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Mujeres-malvadas--El-mito-de-Lilith-y-los-personajes-femeninos-en-las-visitaciones-del-diablo-de-Emilio-Carballido

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El sistema patriarcal desea hacer notar la superioridad del hombre, exagerando las 
características supuestamente negativas de la mujer, condenándola por las acciones de 
las criaturas malvadas de los mitos. Así, estas narraciones adoctrinan a la comunidad 
acerca de los peligros que la mujer puede acarrear. Pero estas enseñanzas no se 
limitan a un lugar o una época determinados, sino que son comunes a diversas culturas 
y logran darle la vuelta al mundo. Aunque sus protagonistas tengan nombres y 
características diferentes, en el fondo, intenten enseñar la misma lección, transmitir el 
mismo conocimiento. Aunque una civilización perezca, el mito no se extingue, sino que 
muta y se extiende a otras cosmovisiones. Cada cultura resalta en él aquellos 
preceptos que considera valiosos. 
 
Entre todos los mitos acerca de hechiceras y criaturas sobrenaturales asociadas con la 
mujer, reconocemos en Las visitaciones del diablo el mito de Lilith, la mujer malvada del 
judaísmo, cuya presencia se siente con mayor fuerza dentro de la Cábala. Ella es el 
opuesto de Eva, es decir, se contrapone a lo socialmente aceptado, a las virtudes 
deseables en una mujer como madre y esposa. 
 
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Lilith exige igualdad, asegura tener los mismos derechos que su marido, quiere ser libre 
para disfrutar de su cuerpo sin que éste quede sometido a la voluntad del hombre. 
Prefiere escapar y copular con los demonios que ceder a las demandas de Adán. Ella 
es una amenaza para el orden social. Representa a la mujer independiente que goza su 
sexualidad, que elige la vida dura, fuera de la ley, al desobedecer a su esposo. 
Personifica la lujuria. 
 
Por ello debe ser castigada: los hijos que ha procreado con los demonios serán 
asesinados noche con noche. Ella, en venganza, ataca a los bebés humanos. Sin 
embargo, Lilith no puede obrar libremente, sino que es relegada a la oscuridad y 
rechazada por los mortales, quienes lanzan conjuros para mantenerla alejada. Ella es 
un fantasma nocturno que corrompe a los hombres en el sueño. Por eso Lisardo, al no 
poder ver a la persona que lo agrede, de inmediato da por sentado que es una mujer. 
Sin embargo, no se atreve a pensar que sea un miembro de la familia quien lo ataca, 
sino que sospecha de esa una entidad demoníaca femenina. 
 
Ahora, bien, es cierto que Lilith consigue librarse del yugo de Adán, pero tampoco es 
completamente libre. Sus acciones siguen restringidas por el castigo que Dios le 
impone. Mientras cien de sus hijos mueren cada noche ella tiene limitados sus ataques 
hasta los ocho días de nacidos en los varones y veinte días para las niñas. Para 
concebir seres demoníacos debe presentarse ante los varones durante el sueño, ya 
que no hay otra manera de copular con un mortal. A fin de cuentas, Lilith vive apartada, 
ese ha sido el costo de su independencia. Esa es la lección que el mito brinda a las 
mujeres: si se rebelan ante el orden social, se verán condenadas a la soledad y al 
rechazo. 
 
En Las visitaciones del Diablo, Arminda y Ángela, al igual que Lilith, vagan en la 
oscuridad, ya que no pueden manifestar abiertamente sus deseos. La madre se ve 
 
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forzada a seducir al sobrino durante sus ataques nocturnos, en sus conversaciones 
diurnas apenas se advierte algún rasgo de coquetería, el cual puede confundirse con 
una intensa necesidad de aprobación. La hija, por su parte, así como Lilith vive 
apartada en una cueva, se aísla en su habitación para leer libros pornográficos, que 
distan mucho de las lecturas impuestas por el padre Mario. Y aunque ambas logran 
confundir los sentimientos de Lisardo, despertando lo mismo su temor que su deseo, al 
final son exhibidas y despreciadas por él, quien parte del brazo de Paloma. Ellas se 
quedan en la soledad, en esa casa inmensa y tétrica. 
 
Por tanto, podemos concluir que Carballido sí reutiliza el mito de Lilith, aunque le da un 
giro presentándonos a unos personajes no abiertamente rebeldes, sino ocultos tras la 
fachada de una exagerada religiosidad. A primera vista, parecería que Arminda es la 
esposa virtuosa y abnegada y Ángela, una muchacha cándida y tímida, educada 
también para complacer a su marido. Ambas como representaciones de Eva, la 
segunda esposa de Adán, a quien si bien se le atribuye el haber cortado el fruto del 
árbol prohibido, acarreando para ella y su esposo la expulsión del paraíso, ello se debe 
más a su curiosidad que a auténtica maldad. Paloma, por otro lado, es mucho más 
cínica, desde el primer momento provoca a Lisardo, se burla del joven para después 
tener relaciones sexuales con él y terminar huyendo en su compañía. Su relación con 
Lisardo surge de manera accidental. Sin embargo, al final los vemos conformes y hasta 
felices con el futuro que les espera. 
 
La relación auténtica no es aquella aprobada por los padres de Ángela, la que será 
bendecida a través del matrimonio, sino el romance improvisado y fugitivo de los 
desheredados, de los huérfanos, Lisardo y Paloma. Ellos no se hablan de amor, no 
legalizan su relación, y sin embargo los vemos felices al final del relato, compartiendo el 
alimento con los campesinos, mientras Arminda, Félix y Ángela, con su abolengo y sus 
buenas costumbres, permanecen infelices. 
 
 
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Aquí Carballido propone un retorno a la simplicidad, a las situaciones honestas, 
directas, que nada tienen que ver con Diablos ni con súcubos, sino con seres humanos 
que expresan su sentir. Paloma es una muchacha franca, que no esconde su 
desagrado por la gente pretenciosa, por los refinamientos excesivos. Lisardo, 
acostumbrado a desenvolverse en ambientes intelectuales, a hablar en lenguas 
extranjeras, de pronto se ve contagiado por su sencillez, y se siente cómodo con su 
nuevo “yo”, con ese Lisardo rodeado de gente humilde. Se halla libre de las ataduras 
impuestas por sus parientes, de las amistades de Arminda, que aspiraban a estándares 
europeos. Y allí, bebiendo pulque en un tren destartalado, por primera vez en toda la 
novela, se sabe feliz. Ya no tiene ese vago sentimiento de vacío, la necesidad de estar 
en otra parte, de seguir siendo Lisardo y no sólo una extensión de sus tíos. 
 
A lo largo de este trabajo se han hecho evidentes las constantes en la escritura de 
Carballido, por ejemplo, el apego a su natal Veracruz, que siempre toma como punto de 
partida para narrar historias acerca de la gente de provincia, de sus costumbres y, 
sobre todo, sus prejuicios. Fundamentalmente, se enfoca en retratar las situaciones 
escandalosas: una mujer mayor que se involucra sentimentalmente con un adolescente, 
un patrón que se enreda con la criada, un crimen pasional, una señora respetable que 
desea a su sobrino, un hombre que abandona a su mujer para fugarse con su amante, 
etc. Y al centro de todas las historias, está el amor y la manera en que complica la 
existencia humana. El amor que sufre, que espera, muy pocas veces, el amor 
correspondido. 
 
En ocasiones se ha encasillado a Carballido como costumbrista, ya que retrata escenas 
cotidianas de la provincia, sin embargo, justamente su afán por abordar los 
sentimientos humanos, hacen que trascienda hacia algo más universal. Los pueblos, 
las ciudades en que se desarrolla la acción, son solamente un escenario, un pretexto. 
 
En este caso, por ejemplo, mientras relata los acontecimientos en casa de los Estrella, 
nos habla acerca de la posición de las mujeres en la sociedad, de los prejuicios que 
 
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limitan sus acciones, de cómo el género femenino ha sido asociado con lo sobrenatural 
y, en específico, con el mal. Trae a nosotros remembranzas de un antiguo mito acerca 
de una mujer rebelde que terminó por transformarse en un demonio, siendo ello su 
liberación y su castigo a la vez. 
 
En gran parte de la obra de Carballido, vemos esta preocupación por mostrar aspectos 
de la vida femenina, sobre todo la manera en que la mujer expresa sus sentimientos,
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