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Un tranvia llamado deseo

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¡Legados! 
 
MEXICANA: -Coronas para los muertos. Coronas... 
 
BLANCHE: -Y otras cosas, tales como las fundas de las almohadas manchadas de sangre... ¡Hay 
que cambiarle la ropa de cama!... Sí, madre. Pero... ¿no podríamos encargárselo a una 
muchacha de color?... No, no podríamos hacerlo, naturalmente... Todo ha desaparecido, 
menos... 
 
MEXICANA (cruzando): -Flores... 
 
BLANCHE: -la muerte. 
 
MEXICANA: -Flores para los muertos... 
 
BLANCHE: -Yo solía sentarme ahí y ella, allá, y la muerte estaba tan próxima como usted. 
 
MEXICANA: -Coronas... 
 
 
 
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BLANCHE: -Ni siquiera nos atrevíamos a admitir que habíamos oído hablar de ella. 
 
MEXICANA: -Coronas para los muertos... 
 
(Sale por el foro izquierda.) 
 
BLANCHE: -La muerte. 
 
MEXICANA: -Flores... 
 
BLANCHE: -Lo opuesto, es el deseo. 
 
MEXICANA (su voz se oye débilmente): -Flores... 
 
BLANCHE: -¿De modo que usted duda? ¿Por qué duda? 
 
MEXICANA (voz muy débil, se oye apenas por la izquierda): -Coronas... 
 
BLANCHE (sentada a la izquierda de la mesa): -No lejos de Belle Rêve, antes de que la 
perdiéramos, había un campamento donde se adiestraban jóvenes soldados. Los sábados por 
la noche, venían al pueblo y se emborrachaban. Y cuando regresaban, se acercaban 
tambaleando a mi parque y llamaban: «¡Blanche! ¡Blanche!» La vieja sorda que había 
quedado no sospechaba nada. Pero yo solía escabullirme afuera al oír sus llamadas... Más 
tarde, el carro los recogía como si fueran margaritas... para emprender el largo regreso... 
 
Al decir «al oír sus llamadas» Blanche se ha levantado, yendo al foro derecha. Mitch la sigue 
rápidamente, le rodea el talle con los brazos y la obliga a volverse. En el primer momento ella 
lo aferra, apasionadamente, luego lo aparta. Mitch la agarra con rudeza, quedándose con unas 
cuantas hebras de su cabello en la mano izquierda. 
 
BLANCHE: -¿Qué quiere? 
 
MITCH (tratando torpemente de abrazarla): -Lo que he estado echando de menos durante todo 
el verano. 
 
BLANCHE: -¡Entonces, cásese conmigo, Mitch! 
 
MITCH: -¡No! ¡Usted no es lo bastante pura para llevarla a casa de mi madre! 
 
BLANCHE (alzando la voz); -Entonces, váyase. (Mitch la mira absorto, luego empieza a 
retroceder en torno de la mesa en dirección a la puerta.) ¡Váyase de aquí, pronto, antes de que 
empiece a gritar «Fuego»! (Mitch sale precipitadamente y se va por el foro derecha. Blanche 
se queda parada en el umbral, gritando.) ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! 
 
 
 
Se apagan las luces y 
TELÓN 
 
 
 
 
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ESCENA CUARTA 
 
Esa noche, pocas horas después. 
 
Blanche ha estado bebiendo, con pocas interrupciones, desde la escena anterior. Ha abierto su 
baúl guardarropa y tirado una buena cantidad de su vistosa indumentaria por todo el aparta-
mento. Las camas, la butaca y el baúl están cubiertos de atavíos. El joyero se halla sobre la 
tapa del baúl. 
 
Una botella, mudo testigo, está sobre el tocador. (Es la botella usada más adelante para 
amenazar en esta escena.) 
 
Blanche está de pie delante del tocador, con un vaso en la mano. Viste un traje de noche de 
satén blanco, algo sucio y arrugado y un par de gastadas pantuflas. Luce una diadema de 
piedras sobre el revuelto cabello. La posee una histérica alegría y le parece oír los aplausos y 
comentarios favorables de sus amigos de antaño en una fiesta de Belle Rêve. 
 
BLANCHE: -¿Qué les parece si nadáramos, si nadáramos a la luz de la luna en la vieja cantera? 
¡Si alguien no estuviera ebrio y pudiese manejar un automóvil! ¡Es la mejor manera de 
ahuyentar los zumbidos de la cabeza! ¡Pero tengan cuidado al zambullirse en la parte honda 
de la laguna, porque si no, no saldrán a la superficie hasta mañana! (Stanley entra por la 
derecha primer término y penetra en el apartamento. Viste aún su camisa rota y vuelve del 
hospital. Trae una gran bolsa de papel que contiene una botella de cerveza, otra de licor, un 
abridor y donas. La puerta del apartamento está abierta. La deja así, pone la bolsa sobre la 
mesa y va hacia el refrigerador. Saca un vaso del armario. Entonces, ve a Blanche. Y 
comprende la situación. Se oye la música de «Good Night, Ladies», mientras Blanche les 
habla a su grupo de admiradores espectrales.) ¡Oh, Dios mío! Están tocando «Good Night, 
Ladies.» ¿Puedo descansar mi fatigada cabeza sobre su hombro? Es tan consolador... 
 
(Se queda parada en el centro del foro del dormitorio, apoyando su cabeza contra su mano. 
Cesa la música.) 
 
STANLEY: -Hola, Blanche. 
 
BLANCHE (adelantándose): -¿Cómo está mi hermana? 
 
STANLEY (deja un vaso sobre la mesa): -Le va muy bien. 
 
BLANCHE: -¿Y el niño? 
 
STANLEY (sonriendo amablemente): -El niño no llegará antes de la mañana, de modo que me 
dijeron que me viniese a casa y durmiera un rato. 
 
(Saca las botellas y las pone sobre la mesa.) 
 
BLANCHE (avanza, entrando en la sala): -¿Significa eso que estaremos solos aquí? 
 
 
 
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STANLEY (mira a Blanche, que va hacia el aparador): -Sí. Usted y yo, Blanche. Solitos. ¿Para 
qué se ha puesto esas bonitas plumas? 
 
BLANCHE (en el dormitorio): -¡Ah, claro! Usted se fue antes de que llegara mi telegrama. 
 
STANLEY: -¿Ha recibido un telegrama? 
 
BLANCHE: -Sí, de un viejo admirador mío. 
 
STANLEY (junto a la mesa): -¿Algo bueno? 
 
BLANCHE: -Así lo creo. Una invitación. 
 
STANLEY: -¿Para qué? 
 
BLANCHE (yendo hacia el baúl): -¡Para un crucero por el Caribe en yate! 
 
STANLEY: -Vamos. ¡Qué interesante! 
 
BLANCHE: -Nunca me he sentido tan asombrada en toda mi vida. 
 
STANLEY: -Me lo imagino. 
 
BLANCHE: -¡Me llegó como un rayo del cielo! 
 
STANLEY (junto a la mesa): -¿De quién era el telegrama, me dijo? 
 
BLANCHE (en el centro): -De un viejo galán mío. 
 
STANLEY (toma la botella del licor y se adelanta hacia ella): -¿El que le regaló los zorros? 
 
(Saca la botella de cerveza de la bolsa.) 
 
BLANCHE: -El señor Shep Huntleigh. Usé su distintivo durante mi último curso en la 
universidad. No lo había vuelto a ver hasta navidad. Nos encontramos en Biscayne Boulevard. 
Y luego... justamente ahora... ese telegrama... ¡Invitándome a un crucero por el Caribe! ¡El 
problema es la ropa! ¡Me precipité a mi baúl para ver cuáles de mis vestidos son adecuados 
para los trópicos! 
 
(Va hacia el baúl.) 
 
STANLEY: -¿Y para ir con esa... suntuosa... diadema... de diamantes? 
 
BLANCHE: -¡Esta vieja reliquia! Sólo son piedras de imitación. 
 
STANLEY: -¡Vaya! Creí que eran diamantes de Tiffany. 
 
BLANCHE: -Bueno. De todos modos, me agasajarán como es debido. 
 
STANLEY (deja la botella de licor sobre la mesa): -Ya lo ve. Nunca se sabe qué nos espera. 
 
 
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BLANCHE: -En el preciso momento en que yo creía que me abandonaba la suerte... 
 
STANLEY: -Aparece en escena ese millonario de Miami. 
 
BLANCHE: -Ese hombre no es de Miami. Es de Dallas. 
 
STANLEY (entrando en el dormitorio y quitándose la camisa): -¿Ese hombre es de Dallas? 
 
BLANCHE: -¡Sí, de Dallas, donde el oro brota a chorros de la tierra! 
 
STANLEY (quitándose la camisa y tirándola sobre el escritorio): -¡Bueno, el caso es que es de 
alguna parte! 
 
BLANCHE (moviéndose con indecisión junto al baúl): -Corra las cortinas antes de seguirse 
desvistiendo. 
 
STANLEY (amablemente): -Por ahora, no me quitaré más que eso. (Va hacia el refrigerador. 
Ella se retira al dormitorio, envolviéndose en un velo roto y mirándose de soslayo en el 
espejo.) ¿Ha visto por ahí un abridor? (Escudriña en el armario.) Yo tenía un primo que era 
capaz de abrir con los dientes una botella de cerveza. (Va hacia la mesa, se sienta sobre ella, 
saca la botella de cerveza, se dispone a abrirla.) Esa era su única hazaña, todo lo que sabía 
hacer... Sólo era un abridor humano. (Se sienta a la mesa.) ¡Y luego, una vez, en una boda 
(encuentra el abridor en la bolsa de papel) se rompió los dientes! Desde entonces, estaba tan 
avergonzado de sí mismo que se escabullía de la casa cuando venía gente... (Abre la botella, 
dejando que la cerveza se derrame sobre sus brazos y su cuerpo.) ¡Lluvia celestial! (Bebe.) 
¿Qué
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