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DE UNA DE UNA DE UNA DE UNA SENTADSENTADSENTADSENTADA IIA IIA IIA II 1ª Antología de Relato Breve Asociación Literaria de Alanís y Sierra Norte 2 3 ASOCIACIÓN LITERARIA DE ALANÍS Y SIERRA NORTE I ANTOLOGÍA DE RELATO BREVE 4 Autores: © Antonio Pérez, mayo 2011 © Lourdes Noguero, mayo 2011 © Arturo Fernández, mayo 2011 © Lola Franco, mayo 2011 © Luis Narbona, mayo 2011 © Leopoldo F. Espínola 2011 © Ramona Yanes, mayo 2011 © Yolanda Sánchez Pérez, mayo 2011 © Federico Serradilla Spínola, mayo 2011 Portada: © Federico Serradilla, mayo 2011 Edita: Asociación Literaria de Alanís y Sierra Norte C/Juan de Castellanos, 3 41380 Alanís (Sevilla) 5 Prólogo ¿Quién no ha contado nunca una historia? ¿Acaso tú, que hojeas este cuadernillo, no has contado a tus amigos aquella vez que en aquel viaje…? ¿O aquella otra que eras pequeña o pequeño y …? ¿O la que soñaste mientras dormías y que olvidaste al poco de despertar, pero te gustó tanto que te sentiste mal por no recordarla? ¿O aquella que tantas veces te contó tu abuela y que apenas logras componer en tu memoria? Tal vez si la hubieras escrito… Eso hacemos los que colaboramos con la Asociación Literaria de Alanís y Sierra Norte (ALAS), escribimos nuestras historias, realidad o ficción, para que no se nos olviden, y para que, editadas en el blog o en un libro como éste, lleguen a muchos y diferentes hogares donde puedan leerlas cuanta más gente mejor; y que a su vez puedan contarlas a otras personas. Por eso te invitamos a que en las próximas publicaciones de ALAS incluyas una de aquellas historias, de tantas que tienes guardadas en la cabeza, a punto de disiparse, para que quede escrita y puedan leerla otras generaciones. En esta antología van reunidos algunas de estas historias; los mejores relatos publicados por algunos miembros de nuestra asociación en nuestro blog (http://alasdealanis.blogspot.com) desde que se creara, allá por septiembre de 2008. Leopoldo F. Espínola 6 7 Antonio Pérez (Alanís) EL PREJUICIO Toñi es una chica metidita en carnes. Su cuerpo no va con la moda del raquitismo que ahora impera. Tiene una cara que no llama la atención y aunque nada feo tiene en ella, el conjunto de todos sus rasgos, no es llamativo a la vista. Todavía no ha cumplido los veintitrés y en asunto de amores, nunca le han dicho “te quiero”. Sólo ha tenido amigas y los pocos amigos masculinos que hay en su vida son comunes al grupo de chicas. Ninguno ha intentado acercarse a ella de una forma más particular. Ni siquiera por Internet ha tenido suerte con el otro sexo. Años atrás tuvo una relación más estrecha, a través del “chat”, con un chico de esos llamados “frikis” y cuando Toñi, que siempre ha sido sincera, le envió su foto al natural, sin pasarla por el famoso PhotoShop, la relación fue decayendo hasta que finiquitó por desidia del varón. Mas, Toñi tiene otras cualidades pero son de esas que la mayoría de chicos apenas reparan en ellas. Es inteligente, trabajadora, le gusta la lectura y la música, tanto moderna como clásica. Quizás resulta un poco introvertida, pero entre los suyos no tiene reparos en hablar y reír con libertad. Está terminando una licenciatura en economía y 8 además de su castellano natal habla inglés e italiano. Para dominar este último idioma, ha pasado todo este año de “erasmus” en la universidad de Siena. Allí ha conocido a un chico muy interesante. Los padres de Toni la esperaban en casa con impaciencia, ya que no habían podido ir a recogerla al aeropuerto. Al sonar el timbre de la puerta, ambos saltaron del sofá y corriendo fueron hacia ella para ver a su niña. Cuando la abrieron la vieron como siempre, pero su cara irradiaba alegría y felicidad. Después de los besos, abrazos y preguntas acerca de la estancia y los estudios, la madre, que ya no podía aguantar más su incertidumbre, le preguntó: - ¿Qué te ha pasado en Siena, que te veo con un brillo especial en la mirada y muy feliz? Toñi, con la sinceridad y tranquilidad que le caracterizaba, respondió a su madre con una sonrisa y contestó: - Veréis, dirigiéndose también al padre, es que… me he enamorado. - ¡Ah si! ¡Qué bien! - respondió la madre. - ¡Vaya! ¡Ya era hora! Esto de tener un yerno me hace ilusión – contestó el padre sonriendo. - La madre intervino nuevamente y dijo: - Tu padre está deseando tener otro hombre en la familia, así podrá hablar de fútbol con él. Pero dime ¿Cómo es él?- A lo que Toñi, con una sonrisa y una mirada casi perdida en el infinito, contestó: - Es un chico alto, guapo, muy educado y muy simpático. Es americano, de Chicago, y hemos estado todo el curso en la misma clase. Desde que lo vi al tercer día de 9 curso ya me fijé en él. Pero… cuando salió a exponer un trabajo y lo vi tan seguro de si mismo y con aquella voz tan varonil y a la vez dulce, y además con un perfecto italiano, entonces fue cuando me quedé “coladita” por él. Fue en una fiesta que hubo en la facultad cuando intenté ligarlo… ¡Y lo conseguí! Desde entonces somos amigos y hemos salido muchas veces juntos y…, ¡solos! - Y ¿Cómo es su familia? –inquirió la madre, pensando quizás, en si tendría que comprase un visón o un chándal cuando fueran a visitarlos. - Pues… su padre es médico y su madre es abogada en un importante bufete de Chicago. Viven en una zona de casas “muy pijas” .Ya sabéis… de esas de la clase media-alta que salen en las películas americanas. - Que bien hija. Pero… ¿Él también está enamorado de ti? –volvió a interrogar la madre. - No os la vais a creer, pero ayer en la despedida estaba muy triste y todo era porque ya no nos veríamos más. Entonces me confesó su amor y me pidió que me casara con él y que me fuera a Chicago, ya que allí hay trabajo de sobra para los dos. Yo le dije que me encantaría, pero que debía volver a casa a veros y que ya le contestaría a través del “chat”. - ¡Que bien hija mía! ¡Por fin nos vas a hacer abuelos!- El padre, que callaba y racionalizaba sus emociones, preguntó: - ¿Y no tienes alguna foto de él, para ver si los nietos van a ser guapos o feos? - Si. Tengo una en el bolso. Esperad que ahora os la enseño –respondió Toñi. 10 La chica tomó su cartera y sacó una foto donde estaban ambos en un parque. Se la dio a su padre. Éste exclamó: - Pero… ¡Si es negro! - ¿Cómo? –con sorpresa, preguntó la madre. El padre pasándole la foto a la madre, en tono apesadumbrado dijo: - No me digas que voy a tener un nieto negro. A la madre le cambió la cara cuando cogió el papel. Los ojos se le humedecieron y sentándose en el sofá, con voz transformada por el nudo que se le había formado en la garganta, dijo: - Qué fastidio. Para una vez que te proponen matrimonio… ¡Que sea un chico negro! ¡Dios mío! La TV hizo un fundido en negro y tras un segundo apareció el siguiente mensaje: CONTINUARÁ… ¿Qué pasará en el próximo capítulo? ¿Se dejará convencer Toñi por el prejuicio racial de sus padres? ¿Será capaz de convencerlos de su error? ¿Será al revés? ¿Habrá respuesta positiva de la chica? ¿Seguirá la familia unida como hasta ahora? Todo esto y más… en el próximo capítulo. 11 Lourdes Noguero (Constantina) ¿QUÉ ME PASA DOCTOR? Me levanto por las mañanas, y al no poder hacerlo con el pie derecho (porque me lo he lastimado un poco), lo intento con el pie izquierdo. Pero dicen que sobre este pie no debo hacerlo, porque tendré un mal día. Bien, me escurro poco a poco hacía abajo y caigo escurridiza a los pies de la cama, a continuación me estiro y me cruje la quinta vértebra, “¡ufff! ¡qué dolor!”, pero lo aguantobajo la ducha templada que alivia mis contratiempos al despertar. Desayuno a penas sin ganas (no hay chocolate) y decido ir a hacer un poco de deporte. Hoy mi querido doctor, no me apetece coger el ascensor, es aburrido y puede que algún día no pare y me lleve hasta el cielo o me baje al subsuelo, y claro, no quiero ir tan alto, ni tan bajo. “¿Las escaleras?”, ¡oh, no-no!, no quiero tropezarme con el vecino del segundo, que cada vez que me ve, me echa unas miradas muy raras (y le voy a largar tres cuartos de mis cosas, y no quiero follones). Entonces, decido tomar una cuerda gorda, la ato a la barandilla de mi balcón y me bajo sobre ella, asomándome por todas las ventanas de los vecinos (Dios, no sabía que 12 llevaban esa vida). Pero con la mala pata, que me quedo con la cuerda corta, “¡joder...!” - ¿Le ayudo?- Me dice una señora desde abajo, en la acera de la calle, muy bien puestecita ella. - Sí, claro me haría un gran favor. La mujer sale corriendo por unas escaleras suficientemente grandes para poder ayudarme a bajar, corto la cuerda y la dejo atada en el piso donde me he quedado estancada (por si la mujer la quiere para tender). Por fin estoy en la calle doctor, y todo el mundo me mira. !Dios, todo el mundo! - ¿Y qué le pasó Lourdes? - Se me olvidó quitarme el pijama, eso es lo que pasó. - ¿Y que hizo? - Me lo quité y fui desnuda por la calle. - Por Dios, Lourdes-, exagera el doctor, -con estas aguas y con el frío. A continuación le pido mi diagnóstico al doctor: - Bueno Lourdes, sufres un grave trastorno de contratiempo, no sabe exactamente qué debe hacer y le voy a dar un consejo si me lo permite. - Claro doctor, no faltaría más... - !VÁYASE CON LAS CABRAS AL MONTE, LE VENDRÁ BIEN DURANTE UNOS DIAS! - ¿Pero doctor? - ¡Por favor, se lo ordeno! Hago caso sumisa a mi especialista y me voy al monte con las cabras. Una vez allí, entre ellas, oliendo el frescor de la yerba mojada y la tierra empapada, se me acerca un cabrito y me pregunta: - ¿Cómo te va? 13 - Ante mi asombro, le digo : bien. ¿Pero, quién eres? - Tu doctor, Lourdes, tu doctor. - Oiga, y las demás cabras que están a mi alrededor, ¿quiénes son? - La gente, Lourdes, la gente. - Entonces doctor, me está diciendo usted que... - Calla, mujer, calla; esto es una vida animada. Lo demás, ¡puro cuento todo! 14 15 Arturo Fernández (Alanís) ¿ATRÁS, ADELANTE? Este es el cuento de Luis. Luis puede ser cualquiera de nosotros/as, nos lo podemos imaginar como queramos; alto, bajo, rubio, moreno. Cada uno le puede poner los adjetivos que quiera, pero mi personaje, el protagonista de mi cuento es un hombre de unos 35 años, moreno de piel y de carácter alegre y soñador, de esas personas con las que gusta pararse a hablar. Vivía en un pequeño pueblo donde todos/as lo conocían y lo querían, tenía además un oficio que se prestaba a ello, era transmisor de noticias, cartero. Todos los días se levantaba a la misma hora y hacía el mismo recorrido; salía de su casa mano derecha la plaza del pueblo, a la izquierda la calle de las tiendas para seguir por plazoleta, alameda del parral…, las mismas calles y el mismo recorrido siempre. Un día mientras estaba haciendo su ruta notó algo extraño, iba a dejar una carta en una casa cuando de repente su pierna derecha no reaccionaba a los impulsos que le llegaban desde el hipotálamo, no respondía a la orden de avanzar y en lugar de hacerlo hacia delante lo hizo para atrás. ¿Qué pasaba? Luis se quedo mudo, inmóvil y justo en el mismo instante en el que su pierna derecha volvía hacía atrás su mente también lo hacía, retrocedió a 16 otra época y vio a una mujer llorando, su madre. En ese momento sintió un sobresalto en su corazón que empezó a latir más y más rápido, también rápidamente la imagen se desvaneció y su pierna volvió a obedecer la orden de avanzar y él siguió con su reparto diario pero sin olvidar lo sucedido. Esa noche no durmió bien, tuvo pesadillas en las que volvió a revivir momentos de su pasado. No había tenido una vida fácil, abandonado por su padre, sin una figura que fuera su modelo a seguir su infancia paso entre robos, peleas, drogas, amores rotos y haciendo sufrir a mucha gente, entre ellas a su propia madre. Después de la noche de pesadillas se levantó y de nuevo sus piernas volvieron a fallarle, intentó caminar un poco hacia delante, dirigirse hacia el baño pero sus piernas volvieron a hacerlo al revés, hacia atrás. Salió a la calle y cada vez que él andaba hacia atrás algo de su pasado volvía al presente de ahora. Era como si le dieran la oportunidad de devolverle a las personas a las que había hecho daño para que les pidiera perdón. Con los primeros pasos volvió al patio del colegio y se encontró en frente de aquel niño al que día tras día pegaba y robaba el bocadillo, intentó cambiar aquella situación pero no podía alterar nada de lo que había pasado, lo único que podía hacer era reflexionar por el comportamiento que tuvo. Siguió andando hacia atrás y reviviendo situaciones pasadas, y por un instante pensó que si todo el mundo que hubiera hecho algo en su pasado de lo que pudiera arrepentirse y ahora simplemente con andar hacia atrás tuviera la oportunidad de revivirlo y aprender de esa situación, ¿lo haría? 17 Siguió andando y andando hacia atrás y aunque ya estaba cansando había una imagen y un recuerdo que seguía buscando. Esa imagen apareció, por fin ahí estaba, la imagen de su padre sentado y mirando fijamente a los ojos del Luis de ahora. Lleno de rabia y de dudas éste sólo logró balbucear, “¿Por qué papá?, ¿Por qué me abandonaste?”, la imagen del padre comenzó a llorar y entre lágrimas acertó a decirle que lo abandonó por miedo, que el miedo le hizo un desgraciado a él y lleno de dudas a su hijo que todos estos años lo estuvo buscando. “Que el miedo no te haga escapar, adelante hijo, siempre adelante”. En ese momento las piernas de Luis comenzaron a andar hacia delante y nunca más volvieron a hacerle retroceder al pasado. Sin duda Luis se había perdonado y había pedido perdón a todo aquel que había hecho daño. Desde aquella experiencia cada vez que piensa que el miedo le impide avanzar vuelve una pierna hacia atrás coge impulso, resopla bien fuerte y da un gran salto hacia delante, siempre hacia delante. 18 19 Lola Franco (Alanís) CAMBIOS DE COLOR Con un esfuerzo supremo, fue abriendo muy, muy lentamente los ojos mientras que su cerebro iba recuperando poco a poco la consciencia. En ese momento, ni tan siquiera sabia donde estaba. Intentó levantarse del suelo, pero el intenso dolor que casi al instante recorrió su cuerpo, le hizo recordar muy pronto como había llegado hasta allí y por qué se encontraba en ese estado. Más que el cuerpo, le dolió el alma cuando volvió a preguntarse, sin comprender, cual había sido su delito. También se lo preguntó cuando esos chicos de cabeza rapada que se acercaron a él, comenzaron a llamarle “negro de mierda” y, mientras que con sus pesadas botas descargaban patadas y golpes por todo su cuerpo, entre una lluvia de insultos le gritaban con rabia que volviese al lugar del que había venido. Ya casi inconsciente en el suelo, intentó una vez mas convencerse de que había merecido la pena dejar su país, su familia y su forma de vida por el triste y oscuro cuartucho que compartía con otros “negros de mierda” que, como él, un día lo arriesgaron todo para llegar, llenos de ilusión y esperanzas, a un país donde cada día 20 deambulaban sin rumbo durante horas entre el tráfico y la gente, intentando encontrar, a cualquier precio, un modo de seguir sobreviviendo. Cuando por fin logró, a duras penas, incorporarsecomprobó que se encontraba en una solitaria, aunque céntrica calle y, después de mirar el rojo rastro que su cuerpo había dejado en el suelo, llamó su atención un enorme cartel que, con una hermosa y perfecta paloma blanca pintada en el centro, invitaba a todos los ciudadanos a reunirse aquel día en una plaza cercana para celebrar, todos juntos el día de la PAZ. 21 Luis Narbona (Alanís) AMANECERES DE UN OCASO Está amaneciendo. Juan, como siempre, está sentado frente a la ventana. Por allí, los primeros rayos del sol se filtran hasta la mesa del salón. El tiempo es bueno. Ya pasaron los temporales del invierno y ahora el frescor matutino es menos húmedo y frío. Pronto la tibieza del sol llegará hasta sus pies y él sentirá rejuvenecer su vida. La luz irá subiendo por sus piernas y en pocos minutos bañará su rostro enjuto y arrugado. Juan no se mueve, hace años que no lo hace. Para él, el tiempo no tiene sentido ni razón de ser. Nunca necesita nada. Su vida consiste en mantener fija su mirada a través de aquella ventana que da a la calle. Su cara es de color marrón cobrizo y refleja al labrador que debió ser. Un rostro gastado y quemado por el sol. Sobre su frente, un sombrero de paja deshilachado forma un surco de sombra oscura. Sus ojos grises, han perdido el brillo de antaño y ahora lucen bastante inexpresivos. A través de ellos parece haber una cortina impenetrable, un deseo de perpetua intimidad. No sabría decir su edad. Podría tener 60, 70, o tal vez 80. Es de esos hombres que se consumen desde jóvenes en su propio fuego vital. Tal vez el sol tenga mucho que ver en esa indeterminación. De todas formas, no creo que a él le importe demasiado. Su mano mantiene 22 un cigarro encendido. Es casi una pavesa mantenida en un absurdo equilibrio de malabarista y siempre a punto de caer al suelo. Pasa el tiempo, o mas bien, pasamos nosotros… María baja despacio las escaleras. Mas que andar arrastra sus pies con paso cansino. Atraviesa el salón en silencio y mira a Juan. Murmura unos buenos días y entra en la pequeña cocinilla. Pronto un aroma intenso inunda la casa. El café está subiendo y se escucha el borboteo del agua al hervir. Al salir de la cocina lleva una taza en la mano y va a sentarse en la mesa frente a Juan. Bebe el café a pequeños sorbos, muy lentamente, saboreando cada gota que entra en su boca. El sol atraviesa sus cabellos blancos y descuidados y su mano tiembla nerviosa cada vez que levanta la taza. El silencio es profundo, casi doloroso, pero sus miradas se cruzan con intensidad. No hace falta que fluyan las palabras. Su soledad lo dice todo. Ambos están solos. María, en su pequeña casa de viuda, esperando que la muerte venga a visitarla. Juan, colgado en la pared, frente a la ventana del saloncito, en aquella vieja foto que un día le hicieran y esperando que María se reúna con él. El tiempo dejó hace mucho de existir. 23 Leopoldo F. Espínola (Alanís) LA VACA “Las empresas están para crecer”. Estas fueron las palabras que el gerente de una me dedicó en la misma reunión en la que contrataba mis servicios. Y añadió: “La empresa es como una vaca a la que ordeñamos todos para sacar, cada uno la parte de leche que le corresponde”; y continuó diciendo: “tenemos que cuidarla trabajando por ella. Mientras mejor esté ella, mejor estaremos nosotros”. Ni corto ni perezoso, con mi contrato en el bolsillo, me puse a extraer leche del pezón que me correspondía con todo el compromiso que, mi condición de novato y mi interés por agradar, me exigieron. El caso es que, en un par de años, la vaca empezó a dar más leche. Extrañamente lo hacía por otros pezones más que por el mío. De vez en cuando recibía una palmadita en la espalda por parte del gerente y un: "Estamos muy contentos contigo, ¡ánimo!, que lo haces estupendamente”. Pero lo que oía a casi todas horas ordeñando aquella ubre, en la voz del encargado, era: “No podemos bajar la guardia. Necesitamos más compromiso por tu parte". Más compromiso. ¿Cómo podría poner más compromiso un tío formal y responsable como yo? 24 A pesar de toda mi labor, veía que mi parte de leche no me daba para hacer quesos, como les daba a otros que ordeñaban otros pezones. El gerente comía quesos a diario y no tenía ni que hacerlos. Cuando pregunté por qué no me daban otra mama que diese más leche, lo que me dieron fue la de otro que se cansó de ordeñar, para que yo la trajinase a la par que la mía. Y no conseguí los quesos. Tenía leche, pero como me pasaba todo el día ordeñando, no tenía tiempo para hacerlos. Así que me fui a la parte de la vaca donde controlaban sus recursos humanos y les comenté que quería más tiempo libre para poder hacer mis propios quesos, a lo que contestaron: “La vaca está en estado y hasta que no pase el parto, la cosa estará mal y debemos hacer un esfuerzo. Sólo así, muy pronto, podrás tener tiempo para hacer tus quesos”. Así pasaron los años (que la gestación de esas vacas es más larga de lo normal) hasta que llegó el día del parto. Y con el ternero llegó una máquina de ordeñar. Yo, que no me había olvidado, fui a buscar de nuevo mi tiempo para hacer quesos. Esta vez, la respuesta fue una nueva oferta: “Con el nuevo instrumental te nombraremos encargado de la ubre entera. Te sobrará tiempo para hacer todos los quesos que quieras e incluso tiempo para tu familia.” Me pareció bien la idea, así que me enviaron un par de días fuera, a realizar unos cursos para aprender a usar la máquina y cuando regresé me encontré con que tenía todos los pezones para mí solito, eso sí, con la ayuda del ingenio. El problema era que ahora tenía que sacar los calostros de todos los pezones para repartir con los que, 25 con la llegada de la máquina, no era necesario que ordeñaran. De estos, al que no despidieron lo pusieron de comercial a buscar más gente que comprara la leche que yo sacaba. Más gente bebiendo leche significaba más presión para la vaca y más trabajo para mí. Más trabajo que unir a dar de mamar al ternero, limpiar y engrasar todos los componentes del artilugio, llevar la leche a la fábrica de envasado, dar de comer a la vaca, limpiar los excrementos que quedaban en la sala de ordeño... El caso es que cinco años después de sacar mucha leche, yo seguía recibiendo la misma, y lo que es peor, seguía sin tiempo para hacer quesos. Aunque en el fondo, y para ser sincero, prefería quedarme tal como estaba, antes que subir a pedir más tiempo y conseguir más trabajo. Así continuó el tema durante dos años más. Hasta que un día, después de siete años, me vino el que fue encargado, que ahora se dedicaba a informar por teléfono al gerente de los litros de leche que yo sacaba, e inesperadamente me dijo: “La vaca está enferma. Se le ha secado la ubre y hay que sacrificarla”. Me quedé de piedra. ¿Cómo se le va a secar la ubre a la vaca, si yo había sacado leche de ella hasta ese mismo día? El caso es que, según él, ya no la salvaba ni un milagro. Pues yo no la había oído ni toser. También me dijo que me regalarían una cantidad de leche para que aguantara un tiempo, mientras encontraba otra cosa; que, de verdad, lo sentían y que en el momento que encontraran otra vaca me llamarían para trabajar. Ya hace un año de esto. La vaca, según las noticias que me han llegado, está viva y sigue dando leche. Los comerciales, para poder seguir teniendo tiempo de hacer quesos, han aprendido a ordeñar con la máquina, incluso 26 están quitando excrementos y dando de mamar al ternero, que resultó ser ternera, y que según me han contado, con solo un año de vida ya está embarazada. El gerente, que sigue comiendo quesos sin tener que hacerlos, ha vuelto a su departamento para que no haya que llamarlo por teléfono a la hora de informarle sobre la salud de la vaca, la hija y el nieto, o la nieta. A mí,ya se me ha acabado la leche que me dieron, los quesos ni sueño con ellos y lo peor de todo es que hace tiempo que no se ve ni una vaca por el prado. 27 Ramona Yanes (Guadalcanal) LA LLAVE DE LA MENTIRA Caterina tenía una gran curiosidad. Se pasaba el día y parte de la noche pensando en aquél gran baúl que su querida tía Eduvigis, tenía en el sótano. A veces había bajado a contemplarlo. Era un baúl de aproximadamente dos metros, de un color entre marrón y beige, que su tía tenía desde no se sabe cuánto tiempo. Muchas veces le preguntó: “Tía, ¿qué guardas en el baúl que tienes en el sótano?” Su tía se la quedaba mirando y le respondía: “ya lo sabrás querida sobrina cuando me muera”. Caterina nunca entendió el porqué de aquel misterio, y con algo de rabia siempre le decía: “No deberías de ser tan reservada tía, ¿por qué he de esperar a que mueras para saber el contenido del baúl? A veces he pensado que guardas en el, ropa fastuosa o algunas joyas; y que deseas que sean tu legado hacía mí, ¿por qué no dármelas en vida?, ¿acaso tienes que esperar a morir para que sea dueña de ellas?” Su tía siempre sonreía y se atusaba el cabello y con una mueca de sarcasmo respondía: - No tengas prisa, al fin y al cabo será para ti, es una gran sorpresa que te llevarás. Un día, la tía Eduvigis se puso muy enferma tanto que llamó a su sobrina Caterina: 28 - Sobrina, ya ha llegado mi momento, no llores pero creo que moriré no tardando mucho, y antes de que suceda te voy a entregar la llave del baúl, pero te voy a pedir un favor. Como puedes comprobar, tengo dos llaves, la que no te daré, quiero que sea enterrada conmigo. Esta que te doy es de oro, la de plata quiero que me acompañe a la eternidad, cógela, guárdala y cuando vuelvas de darme sepultura bajas al sótano, todo lo que contenga el baúl es tuyo. Así se hizo, Caterina dio sepultura a su tía y, ya de regreso a casa, lo primero que hizo fue bajar al sótano. Las piernas le temblaban y se tuvo que agarrar a la barandilla de la escalera para no resbalar. Estaba eufórica, ya todo lo que contenía el baúl era suyo. Se acercó a el con sumo cuidado, acercó la vela para ver mejor el orificio, puso la llave de oro en la ranura e intentó darle la vuelta sin éxito. – No puede ser, no abre, serán los nervios… Caterina, tranquila - se dijo así misma, inténtalo de nuevo, se ha debido de estropear la cerradura. Así una y otra vez sin resultado, el baúl no se abría. Sorprendida: - ¡Ya está¡, mi tía se ha debido de confundir de llave, ahora que lo pienso, me dio la de oro, y sería la de plata. ¿Qué hago ahora? Ella está enterrada con la de plata, tengo que hacerme con ella esta noche. Cuando todo esté en silencio he de volver al Campo Santo, me llevaré la azada e intentaré abrir el féretro. Tengo que hacerlo. Mi legado no puede quedar en el baúl para siempre. ¡Con la prisa que me di en mandarla al cementerio…, ya duraba demasiado la tía! 29 Caterina esperó hasta las doce, estaba tan intranquila que casi se olvida de llevarse la azada, miró a un lado y a otro con sigilo. – Ya puedo salir, nadie ha de ver que voy a visitar a mi tía. ¡Ja, ja, ja, ja, ja…! Una vez que estaba dentro del Campo Santo, a tientas se dirigió a la tumba de su tía, no fue difícil para ella, ya que habían varias coronas de flores frescas y el olor la llevó, aparte de que la luna de enero era bastante llena e iluminaba el recinto. Apartó todas las coronas, sonrió al pensar que en una ponía, “De tu querida sobrina Caterina que nunca ha de olvidarte” con energía cogió la azada y destrozó la loza que cubría la tumba. – Ya queda menos, casi tengo la llave querida tía, no te vayas a mover. ¡Ja, ja, ja, ja, ja…! Con todo el aplomo necesario, Caterina abrió la tapa del ataúd, allí estaba su tía sin moverse, rodeándole el cuello una cadena de oro y la llave de plata. De un tirón se la arrancó. - Ya la tengo, ahora procuraré dejarlo todo como estaba, la losa, las flores, aquí no ha pasado nada. Rápidamente se encaminó hacia la Mansión. – Corre Caterina, corre, ya es tuyo el baúl. Bajó las escaleras de dos en dos, allí estaba esperándola el hermoso baúl, sólo tenía que meter la llave de plata en el orificio, lentamente introdujo la llave y este cedió. Acercó más la vela y allí estaba el susodicho legado. Era un pergamino de color amarillento el cual estaba enrollado. Caterina se sorprendió: - ¡Qué es esto! 30 Con avidez lo desenrolló, volvió a acercar la vela y leyó en voz alta: “Querida sobrina, sé que te vas a sorprender, pero yo desde el más allá lo haré más que tú. Sabía de lo que eras capaz de hacer, y es por eso que te he puesto a prueba. Ya ves que no existe en el baúl nada de oro o piedras preciosas, sólo mi mensaje. Has tenido que profanar mi tumba por tu egoísmo desmesurado y he aquí el resultado. Sabía de antemano que volverías a por la llave y que me matarías para conseguir el contenido del baúl, ahora, ya tienes de legado sólo una cosa, el castigo de no tener nada por tu avaricia. Espero que te sirva de lección para que en un futuro no vuelvas a caer en la codicia. Firmado. Tu querida tía Eduvigis”. 31 Yolanda Sánchez Pérez (Alanís) LA MUÑECA DE PORCELANA Era el día de Reyes, y su Rey Mago favorito le había regalado una muñeca, de tez pálida y ojos redondos y negros como perlas de azabache; su pelo era castaño y rizado y tenía un traje de los de época, de color carmín y con puntillas por el cuello y por el bajo. ¡Estaba tan contenta con su muñeca! Salió corriendo a su cuarto y la apoyó sobre los almohadones de su cama. No solía jugar con ella pero, de vez en cuando, sobre todo en los momentos más necesitados, la cogía, la abrazaba y así se llevaba un rato, hasta que sus pensamientos se volvían alegres y ya todo quedaba olvidado. A los cuatro meses justos tuvo que mudarse de casa, de ciudad y hasta de comunidad. El día de la despedida envolvió su muñeca en un retal de raso blanco y luego la metió en una caja de zapatos con algodones por todos los lados, para que en ningún momento sufriera daño. Al llegar a su nueva casa la colocó en su cuarto, pero no en la cama sino encima de la peinadora, al lado de un retrato. En su nuevo hogar era muy feliz, era la “reina de la casa” pero muy a menudo recordaba su antiguo cuarto y corría en busca de su muñeca para abrazarla y para que la 32 ayudara a pasar ese mal rato como tantas otras veces hacía. Se acercaba la Navidad y ocurrió algo tal vez inesperado: murió su madre. En el cementerio no fue capaz de llorar, no le salían las lágrimas, pero cuando llegó a su casa subió rápidamente las escaleras y sacó de su maleta la muñeca de porcelana, que estaba envuelta en el retal de raso blanco que usó aquel día de la mudanza, se aferró a ella y, de pronto, tuvo una visita: era su Rey Mago preferido; entró en la habitación y sin decir palabras, la abrazó fuertemente, con mucho cariño, y entonces le rompió el llanto. Entre las tinieblas de sus lágrimas vio reflejado su rostro en el espejo de su armario y la figura de un hombre mayor, con los hombros anchos pero caídos y el pelo muy blanco; entonces notó que la muñeca se le resbalaba de las manos y, al caer al suelo, se rompió su carita en mil pedazos, eso aumentó el caudal de su llanto, mas el hombre le levantó el rostro con una mano, la besó en la frente y le dijo: “No llores más mi niña, así es la vida, tienes que aceptarlo, aunque sólo tengas treinta y dos años”. 33 Federico Serradilla (Alanís) EL ÁRBOL ROJO La lluvia rebotaba en el tejado y en los cristales de la Escuela, con las moscas pegajosas de la tormenta persiguiéndose alrededor de las bombillas. Asistía a esta escuela Isidro, un muchacho de unos diez años, hijo de un aparcero muy pobre. Era delgado,de ojos azules y bizqueaba ligeramente al hablar. Todos los muchachos de la escuela lo admiraban y envidiaban un poco por el don que poseía de atraer la atención sobre sí, en todo momento. No es que fuera inteligente o gracioso pero había algo en él... Quizás era en las cosas que contaba pues conseguía cautivar a quien le escuchase. También don Francisco, el maestro, se dejaba prender por aquella atracción, un tanto misteriosa, que Isidro conseguía con cuantos atendían sus enrevesadas conversaciones. A veces, contra su voluntad, don Francisco le confiaba tareas deseadas por todos o distinciones que merecían alumnos más estudiosos y aplicados. Quizás lo que más se envidiaba de Isidro era la posesión de la codiciada llave de la “torrecilla”. Una pequeña torre situada en un ángulo de la escuela, en cuyo interior se guardaban los libros de lectura. Allí entraba Isidro a buscarlos, y allí volvía a dejarlos al terminar la clase; misión encomendada por don Francisco aunque nadie sabía en realidad por qué. Isidro estaba muy 34 orgulloso de esta distinción y por nada del mundo la hubiera cedido. Un día, Iván Ruiz, el más estudioso y aplicado de la escuela pidió encargarse de la tarea y don Francisco pareció acceder. A todos los niños fascinaba el misterioso interior de la "torrecilla", adonde no habían entrado nunca. Mas Isidro se levantó y acercándose al maestro, empezó a hablarle con su voz baja, bizqueando los ojos y moviendo mucho las manos, como tenía por costumbre. don Francisco dudó un poco y al fin dijo: - Quede todo como estaba, que siga Isidro encargándose de la “torrecilla”. A la salida de la Escuela, Pedro, su compañero de banca, preguntó a Isidro: - ¿Qué le has dicho al Maestro? Isidro lo miró de través y con los ojos azules relampagueantes. - ¿Le has hablado del árbol rojo con caras?- preguntaba Pedro con gran curiosidad. - ¿Qué árbol?- le contestó Isidro de forma muy descarada. - Del que se habla en clase...- Se atrevió tímidamente a contestar Pedro. Hacía frío y el camino estaba húmedo con grandes charcos que brillaban al sol pálido de la tarde. Isidro empezó a chapotear en ellos sonriendo con misterio. - Si no se lo cuentas a nadie... - ¡Te lo juro! ¡A nadie se lo diré!- le respondió Pedro. Entonces Isidro le explicó: 35 - Sí, veo un árbol rojo con caras... Un árbol completamente rojo, ramas, tronco, hojas y con caras colgando de ellas... ¿Sabes? Las hojas no se caen nunca y las caras, unas veces ríen y otras lloran. En verano y en invierno. ¡Siempre! - ¡Qué embustero eres!- le dice Pedro, aunque con algo de zozobra. Isidro, mirándolo con desprecio, le contestó: - Me es completamente igual que te lo creas o no... ¡Nadie entrará nunca en la “torrecilla” y a nadie dejaré ver mi árbol rojo con caras! ¡Es mío! don Francisco lo sabe y no se atreve a darle la llave a Ivan Ruiz, ni a nadie. ¡Mientras yo viva nadie podrá entrar allí y ver mi árbol! Pedro se atrevió a preguntarle: - ¿Y, cómo lo ves...? - ¡Ah! no es fácil- le contesta Isidro con aire misterioso,- cualquiera no podría verlo. Yo sé la rendija exacta. - ¿Rendija? - Sí, una rendija en la pared. La que hay corriendo el cajón de la derecha, me agacho y me paso horas y horas... ¡Qué resplandor rojo desprende el árbol! Fíjate que, si algún pájaro se posa en él, también se pone rojo. Desde aquél momento el deseo de Pedro por ver el árbol le traía inquieto. Todos los días, al acabarse la clase de lectura, Isidro se acercaba al cajón del maestro, sacaba la llave y se dirigía a la “torrecilla”. Cuando volvía le preguntaba Pedro: - ¿Lo has visto? 36 - Sí- le contestaba, y todos los días le explicaba alguna novedad. - Le han salido flores que parecen de oro. Es más, creo que son de oro puro. La escuela estaba situada en el pueblo de Maguilla, provincia de Badajoz. Pedro quería fervientemente entrar en la “torrecilla” antes de las vacaciones. Ocurrió algo que secretamente Pedro deseaba; se avergonzaba sentirlo pero así era. Isidro enfermó y don Francisco encargó a otro la llave de la “torrecilla”. ¡Cómo no!... a ¡Iván Ruiz!. Pedro espió su regreso el primer día y le dijo: - ¿Has visto un árbol rojo con caras y flores de oro? - ¿Qué andas graznando?- le contestó Iván de malos modos. No era simpático y menos con Pedro. Unos días después dijo: - Si me das algo a cambio, te dejo un ratito la llave y vas durante el recreo. Nadie té verá... Pedro le dio, por lo menos, la mitad de los ahorrillos que tenía para la feria del pueblo. Y, ¡por fin! consiguió la codiciada llave. Las manos le temblaban de emoción cuando entró en el cuartillo de la torre. Allí estaba el cajón. Lo apartó y vio brillar la rendija en la oscuridad. Se agachó y miró. Cuando la luz dejó de cegarle, su ojo derecho, sólo descubrió una cosa: los troncos retorcidos de las vides ya casi sin hojas y la llanura extremeña con su carretera polvorienta y estrecha, camino de Llerena. Nada más, lo mismo que se veía desde las ventanas altas de la clase. Pedro tuvo una gran decepción y la seguridad de que le habían estafado. No sabía cómo ni de qué manera, pero le habían estafado. Al final, Pedro, olvidó la llave y el árbol rojo con sus caras y sus flores de oro. 37 Los padres de Pedro, que trabajaban en un cortijo bastante lejano del pueblo, fueron trasladados a otra finca en Alanís, por lo que, también tuvo que cambiar de escuela. Dos veranos más tarde, Pedro volvió a Maguilla. Y, un día, al pasar por el cementerio, era ya tarde y se anunciaba la noche en el cielo, cuando el sol, como una bola roja caía a lo lejos, hacia la carrera sosegada de la llanura, Pedro vio algo extraño; entre la tierra grasienta y pedregosa, entre las cruces caídas de aquél viejo cementerio, nacía un árbol grande y hermoso que con la luz rojiza del atardecer resplandecía todo en rojo y sus flores parecían de oro. Algo le vino a la memoria, como un sueño, y pensó: “¿Sería este el árbol que veía el misterioso Isidro?” Buscó al pie del árbol y no tardó en dar con una crucecilla de hierro negro, mohosa por la lluvia. Mientras la enderezaba leyó: "ISIDRO MÁRQUEZ. DIEZ AÑOS DE EDAD”. La enfermedad que le apartó de la clase y de la llave de la “torrecilla”, se lo había tomado demasiado en serio con él. Con aquella crucecilla ante mí sentí tristeza y a la vez una extraña alegría por haberla encontrado. 38 INDICE Prólogo 5 EL PREJUICIO, Antonio Pérez 7 ¿QUÉ ME PASA, DOCTOR?, Lourdes Noguero 11 ¿ATRÁS, ADELANTE?, Arturo Fernández 15 CAMBIOS DE COLOR, Lola Franco 19 AMANECERES DE UN OCASO, Luis Narbona 21 LA VACA, Leopoldo F. Espínola 23 LA LLAVE DE LA MENTIRA, Ramona Yanes 27 LA MUÑECA DE PORCELANA, Yolanda Sánchez 31 EL ÁRBOL ROJO 33 39 Los contenidos de este libro están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y pertenecen a sus respectivos autores. 40 Colabora Excmo. Ayuntamiento de Alanís