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DE UNA DE UNA DE UNA DE UNA 
SENTADSENTADSENTADSENTADA IIA IIA IIA II 
 
 
1ª Antología de Relato Breve 
Asociación Literaria de Alanís y Sierra Norte 
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ASOCIACIÓN LITERARIA DE ALANÍS Y 
SIERRA NORTE 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
I ANTOLOGÍA DE RELATO BREVE 
 
 
 
 
 
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Autores: 
© Antonio Pérez, mayo 2011 
© Lourdes Noguero, mayo 2011 
© Arturo Fernández, mayo 2011 
© Lola Franco, mayo 2011 
© Luis Narbona, mayo 2011 
© Leopoldo F. Espínola 2011 
© Ramona Yanes, mayo 2011 
© Yolanda Sánchez Pérez, mayo 2011 
© Federico Serradilla Spínola, mayo 2011 
 
Portada: 
© Federico Serradilla, mayo 2011 
 
Edita: 
Asociación Literaria de Alanís y Sierra Norte 
C/Juan de Castellanos, 3 
41380 Alanís (Sevilla) 
 
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Prólogo 
 
 ¿Quién no ha contado nunca una historia? ¿Acaso 
tú, que hojeas este cuadernillo, no has contado a tus 
amigos aquella vez que en aquel viaje…? ¿O aquella otra 
que eras pequeña o pequeño y …? ¿O la que soñaste 
mientras dormías y que olvidaste al poco de despertar, 
pero te gustó tanto que te sentiste mal por no recordarla? 
¿O aquella que tantas veces te contó tu abuela y que 
apenas logras componer en tu memoria? Tal vez si la 
hubieras escrito… 
 Eso hacemos los que colaboramos con la Asociación 
Literaria de Alanís y Sierra Norte (ALAS), escribimos 
nuestras historias, realidad o ficción, para que no se nos 
olviden, y para que, editadas en el blog o en un libro como 
éste, lleguen a muchos y diferentes hogares donde puedan 
leerlas cuanta más gente mejor; y que a su vez puedan 
contarlas a otras personas. Por eso te invitamos a que en 
las próximas publicaciones de ALAS incluyas una de 
aquellas historias, de tantas que tienes guardadas en la 
cabeza, a punto de disiparse, para que quede escrita y 
puedan leerla otras generaciones. 
 En esta antología van reunidos algunas de estas 
historias; los mejores relatos publicados por algunos 
miembros de nuestra asociación en nuestro blog 
(http://alasdealanis.blogspot.com) desde que se creara, 
allá por septiembre de 2008. 
 
 
 
Leopoldo F. Espínola 
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Antonio Pérez 
(Alanís) 
 
 
 
 
EL PREJUICIO 
 
Toñi es una chica metidita en carnes. Su cuerpo no va 
con la moda del raquitismo que ahora impera. Tiene una 
cara que no llama la atención y aunque nada feo tiene en 
ella, el conjunto de todos sus rasgos, no es llamativo a la 
vista. Todavía no ha cumplido los veintitrés y en asunto de 
amores, nunca le han dicho “te quiero”. Sólo ha tenido 
amigas y los pocos amigos masculinos que hay en su vida 
son comunes al grupo de chicas. Ninguno ha intentado 
acercarse a ella de una forma más particular. Ni siquiera 
por Internet ha tenido suerte con el otro sexo. Años atrás 
tuvo una relación más estrecha, a través del “chat”, con un 
chico de esos llamados “frikis” y cuando Toñi, que siempre 
ha sido sincera, le envió su foto al natural, sin pasarla por el 
famoso PhotoShop, la relación fue decayendo hasta que 
finiquitó por desidia del varón. 
Mas, Toñi tiene otras cualidades pero son de esas que 
la mayoría de chicos apenas reparan en ellas. Es inteligente, 
trabajadora, le gusta la lectura y la música, tanto moderna 
como clásica. Quizás resulta un poco introvertida, pero 
entre los suyos no tiene reparos en hablar y reír con 
libertad. Está terminando una licenciatura en economía y 
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además de su castellano natal habla inglés e italiano. Para 
dominar este último idioma, ha pasado todo este año de 
“erasmus” en la universidad de Siena. Allí ha conocido a un 
chico muy interesante. 
Los padres de Toni la esperaban en casa con 
impaciencia, ya que no habían podido ir a recogerla al 
aeropuerto. Al sonar el timbre de la puerta, ambos saltaron 
del sofá y corriendo fueron hacia ella para ver a su niña. 
Cuando la abrieron la vieron como siempre, pero su cara 
irradiaba alegría y felicidad. 
Después de los besos, abrazos y preguntas acerca de 
la estancia y los estudios, la madre, que ya no podía 
aguantar más su incertidumbre, le preguntó: 
- ¿Qué te ha pasado en Siena, que te veo con un 
brillo especial en la mirada y muy feliz? 
Toñi, con la sinceridad y tranquilidad que le 
caracterizaba, respondió a su madre con una sonrisa y 
contestó: 
- Veréis, dirigiéndose también al padre, es que… me 
he enamorado. 
- ¡Ah si! ¡Qué bien! - respondió la madre. 
- ¡Vaya! ¡Ya era hora! Esto de tener un yerno me hace 
ilusión – contestó el padre sonriendo. 
- La madre intervino nuevamente y dijo: 
- Tu padre está deseando tener otro hombre en la 
familia, así podrá hablar de fútbol con él. Pero dime ¿Cómo 
es él?- A lo que Toñi, con una sonrisa y una mirada casi 
perdida en el infinito, contestó: 
- Es un chico alto, guapo, muy educado y muy 
simpático. Es americano, de Chicago, y hemos estado todo 
el curso en la misma clase. Desde que lo vi al tercer día de 
 9 
curso ya me fijé en él. Pero… cuando salió a exponer un 
trabajo y lo vi tan seguro de si mismo y con aquella voz tan 
varonil y a la vez dulce, y además con un perfecto italiano, 
entonces fue cuando me quedé “coladita” por él. Fue en 
una fiesta que hubo en la facultad cuando intenté ligarlo… 
¡Y lo conseguí! Desde entonces somos amigos y hemos 
salido muchas veces juntos y…, ¡solos! 
- Y ¿Cómo es su familia? –inquirió la madre, 
pensando quizás, en si tendría que comprase un visón o un 
chándal cuando fueran a visitarlos. 
- Pues… su padre es médico y su madre es abogada 
en un importante bufete de Chicago. Viven en una zona de 
casas “muy pijas” .Ya sabéis… de esas de la clase media-alta 
que salen en las películas americanas. 
- Que bien hija. Pero… ¿Él también está enamorado 
de ti? –volvió a interrogar la madre. 
- No os la vais a creer, pero ayer en la despedida 
estaba muy triste y todo era porque ya no nos veríamos 
más. Entonces me confesó su amor y me pidió que me 
casara con él y que me fuera a Chicago, ya que allí hay 
trabajo de sobra para los dos. Yo le dije que me encantaría, 
pero que debía volver a casa a veros y que ya le contestaría 
a través del “chat”. 
- ¡Que bien hija mía! ¡Por fin nos vas a hacer 
abuelos!- El padre, que callaba y racionalizaba sus 
emociones, preguntó: 
- ¿Y no tienes alguna foto de él, para ver si los nietos 
van a ser guapos o feos? 
- Si. Tengo una en el bolso. Esperad que ahora os la 
enseño –respondió Toñi. 
 
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La chica tomó su cartera y sacó una foto donde 
estaban ambos en un parque. Se la dio a su padre. Éste 
exclamó: 
 
- Pero… ¡Si es negro! 
- ¿Cómo? –con sorpresa, preguntó la madre. 
 
El padre pasándole la foto a la madre, en tono 
apesadumbrado dijo: 
 
- No me digas que voy a tener un nieto negro. 
 
A la madre le cambió la cara cuando cogió el papel. 
Los ojos se le humedecieron y sentándose en el sofá, con 
voz transformada por el nudo que se le había formado en la 
garganta, dijo: 
- Qué fastidio. Para una vez que te proponen 
matrimonio… ¡Que sea un chico negro! ¡Dios mío! 
 
La TV hizo un fundido en negro y tras un segundo 
apareció el siguiente mensaje: 
 
CONTINUARÁ… 
 
¿Qué pasará en el próximo capítulo? ¿Se dejará 
convencer Toñi por el prejuicio racial de sus padres? ¿Será 
capaz de convencerlos de su error? ¿Será al revés? ¿Habrá 
respuesta positiva de la chica? ¿Seguirá la familia unida 
como hasta ahora? Todo esto y más… en el próximo 
capítulo. 
 
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Lourdes Noguero 
(Constantina) 
 
 
 
¿QUÉ ME PASA DOCTOR? 
 
Me levanto por las mañanas, y al no poder hacerlo 
con el pie derecho (porque me lo he lastimado un poco), lo 
intento con el pie izquierdo. Pero dicen que sobre este pie 
no debo hacerlo, porque tendré un mal día. 
Bien, me escurro poco a poco hacía abajo y caigo 
escurridiza a los pies de la cama, a continuación me estiro y 
me cruje la quinta vértebra, “¡ufff! ¡qué dolor!”, pero lo 
aguantobajo la ducha templada que alivia mis 
contratiempos al despertar. 
Desayuno a penas sin ganas (no hay chocolate) y 
decido ir a hacer un poco de deporte. 
Hoy mi querido doctor, no me apetece coger el ascensor, es 
aburrido y puede que algún día no pare y me lleve hasta el 
cielo o me baje al subsuelo, y claro, no quiero ir tan alto, ni 
tan bajo. 
 “¿Las escaleras?”, ¡oh, no-no!, no quiero 
tropezarme con el vecino del segundo, que cada vez que 
me ve, me echa unas miradas muy raras (y le voy a largar 
tres cuartos de mis cosas, y no quiero follones). 
Entonces, decido tomar una cuerda gorda, la ato a la 
barandilla de mi balcón y me bajo sobre ella, asomándome 
por todas las ventanas de los vecinos (Dios, no sabía que 
 12 
llevaban esa vida). Pero con la mala pata, que me quedo 
con la cuerda corta, “¡joder...!” 
- ¿Le ayudo?- Me dice una señora desde 
abajo, en la acera de la calle, muy bien puestecita ella. 
- Sí, claro me haría un gran favor. 
La mujer sale corriendo por unas escaleras 
suficientemente grandes para poder ayudarme a bajar, 
corto la cuerda y la dejo atada en el piso donde me he 
quedado estancada (por si la mujer la quiere para tender). 
Por fin estoy en la calle doctor, y todo el mundo me mira. 
!Dios, todo el mundo! 
- ¿Y qué le pasó Lourdes? 
- Se me olvidó quitarme el pijama, eso es lo que pasó. 
- ¿Y que hizo? 
- Me lo quité y fui desnuda por la calle. 
- Por Dios, Lourdes-, exagera el doctor, -con estas 
aguas y con el frío. 
A continuación le pido mi diagnóstico al doctor: 
- Bueno Lourdes, sufres un grave trastorno de 
contratiempo, no sabe exactamente qué debe hacer 
y le voy a dar un consejo si me lo permite. 
- Claro doctor, no faltaría más... 
- !VÁYASE CON LAS CABRAS AL MONTE, LE VENDRÁ 
BIEN DURANTE UNOS DIAS! 
- ¿Pero doctor? 
- ¡Por favor, se lo ordeno! 
Hago caso sumisa a mi especialista y me voy al monte 
con las cabras. Una vez allí, entre ellas, oliendo el frescor de 
la yerba mojada y la tierra empapada, se me acerca un 
cabrito y me pregunta: 
- ¿Cómo te va? 
 13 
- Ante mi asombro, le digo : bien. ¿Pero, quién eres? 
- Tu doctor, Lourdes, tu doctor. 
- Oiga, y las demás cabras que están a mi alrededor, 
¿quiénes son? 
- La gente, Lourdes, la gente. 
- Entonces doctor, me está diciendo usted que... 
- Calla, mujer, calla; esto es una vida animada. Lo 
demás, ¡puro cuento todo! 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Arturo Fernández 
(Alanís) 
 
 
 
 
¿ATRÁS, ADELANTE? 
 
Este es el cuento de Luis. Luis puede ser cualquiera 
de nosotros/as, nos lo podemos imaginar como queramos; 
alto, bajo, rubio, moreno. Cada uno le puede poner los 
adjetivos que quiera, pero mi personaje, el protagonista de 
mi cuento es un hombre de unos 35 años, moreno de piel y 
de carácter alegre y soñador, de esas personas con las que 
gusta pararse a hablar. Vivía en un pequeño pueblo donde 
todos/as lo conocían y lo querían, tenía además un oficio 
que se prestaba a ello, era transmisor de noticias, cartero. 
Todos los días se levantaba a la misma hora y hacía 
el mismo recorrido; salía de su casa mano derecha la plaza 
del pueblo, a la izquierda la calle de las tiendas para seguir 
por plazoleta, alameda del parral…, las mismas calles y el 
mismo recorrido siempre. Un día mientras estaba haciendo 
su ruta notó algo extraño, iba a dejar una carta en una casa 
cuando de repente su pierna derecha no reaccionaba a los 
impulsos que le llegaban desde el hipotálamo, no respondía 
a la orden de avanzar y en lugar de hacerlo hacia delante lo 
hizo para atrás. ¿Qué pasaba? Luis se quedo mudo, inmóvil 
y justo en el mismo instante en el que su pierna derecha 
volvía hacía atrás su mente también lo hacía, retrocedió a 
 16 
otra época y vio a una mujer llorando, su madre. En ese 
momento sintió un sobresalto en su corazón que empezó a 
latir más y más rápido, también rápidamente la imagen se 
desvaneció y su pierna volvió a obedecer la orden de 
avanzar y él siguió con su reparto diario pero sin olvidar lo 
sucedido. Esa noche no durmió bien, tuvo pesadillas en las 
que volvió a revivir momentos de su pasado. 
No había tenido una vida fácil, abandonado por su 
padre, sin una figura que fuera su modelo a seguir su 
infancia paso entre robos, peleas, drogas, amores rotos y 
haciendo sufrir a mucha gente, entre ellas a su propia 
madre. 
Después de la noche de pesadillas se levantó y de 
nuevo sus piernas volvieron a fallarle, intentó caminar un 
poco hacia delante, dirigirse hacia el baño pero sus piernas 
volvieron a hacerlo al revés, hacia atrás. Salió a la calle y 
cada vez que él andaba hacia atrás algo de su pasado volvía 
al presente de ahora. Era como si le dieran la oportunidad 
de devolverle a las personas a las que había hecho daño 
para que les pidiera perdón. Con los primeros pasos volvió 
al patio del colegio y se encontró en frente de aquel niño al 
que día tras día pegaba y robaba el bocadillo, intentó 
cambiar aquella situación pero no podía alterar nada de lo 
que había pasado, lo único que podía hacer era reflexionar 
por el comportamiento que tuvo. Siguió andando hacia 
atrás y reviviendo situaciones pasadas, y por un instante 
pensó que si todo el mundo que hubiera hecho algo en su 
pasado de lo que pudiera arrepentirse y ahora 
simplemente con andar hacia atrás tuviera la oportunidad 
de revivirlo y aprender de esa situación, ¿lo haría? 
 17 
Siguió andando y andando hacia atrás y aunque ya 
estaba cansando había una imagen y un recuerdo que 
seguía buscando. Esa imagen apareció, por fin ahí estaba, la 
imagen de su padre sentado y mirando fijamente a los ojos 
del Luis de ahora. Lleno de rabia y de dudas éste sólo logró 
balbucear, “¿Por qué papá?, ¿Por qué me abandonaste?”, 
la imagen del padre comenzó a llorar y entre lágrimas 
acertó a decirle que lo abandonó por miedo, que el miedo 
le hizo un desgraciado a él y lleno de dudas a su hijo que 
todos estos años lo estuvo buscando. “Que el miedo no te 
haga escapar, adelante hijo, siempre adelante”. En ese 
momento las piernas de Luis comenzaron a andar hacia 
delante y nunca más volvieron a hacerle retroceder al 
pasado. Sin duda Luis se había perdonado y había pedido 
perdón a todo aquel que había hecho daño. Desde aquella 
experiencia cada vez que piensa que el miedo le impide 
avanzar vuelve una pierna hacia atrás coge impulso, resopla 
bien fuerte y da un gran salto hacia delante, siempre hacia 
delante. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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 19 
 
 
Lola Franco 
(Alanís) 
 
 
 
 
CAMBIOS DE COLOR 
 
Con un esfuerzo supremo, fue abriendo muy, muy 
lentamente los ojos mientras que su cerebro iba 
recuperando poco a poco la consciencia. En ese momento, 
ni tan siquiera sabia donde estaba. Intentó levantarse del 
suelo, pero el intenso dolor que casi al instante recorrió su 
cuerpo, le hizo recordar muy pronto como había llegado 
hasta allí y por qué se encontraba en ese estado. Más que 
el cuerpo, le dolió el alma cuando volvió a preguntarse, sin 
comprender, cual había sido su delito. 
También se lo preguntó cuando esos chicos de 
cabeza rapada que se acercaron a él, comenzaron a 
llamarle “negro de mierda” y, mientras que con sus 
pesadas botas descargaban patadas y golpes por todo su 
cuerpo, entre una lluvia de insultos le gritaban con rabia 
que volviese al lugar del que había venido. 
Ya casi inconsciente en el suelo, intentó una vez mas 
convencerse de que había merecido la pena dejar su país, 
su familia y su forma de vida por el triste y oscuro 
cuartucho que compartía con otros “negros de mierda” 
que, como él, un día lo arriesgaron todo para llegar, llenos 
de ilusión y esperanzas, a un país donde cada día 
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deambulaban sin rumbo durante horas entre el tráfico y la 
gente, intentando encontrar, a cualquier precio, un modo 
de seguir sobreviviendo. 
Cuando por fin logró, a duras penas, incorporarsecomprobó que se encontraba en una solitaria, aunque 
céntrica calle y, después de mirar el rojo rastro que su 
cuerpo había dejado en el suelo, llamó su atención un 
enorme cartel que, con una hermosa y perfecta paloma 
blanca pintada en el centro, invitaba a todos los ciudadanos 
a reunirse aquel día en una plaza cercana para celebrar, 
todos juntos el día de la PAZ. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 21 
 
Luis Narbona 
(Alanís) 
 
 
 
 
AMANECERES DE UN OCASO 
 
Está amaneciendo. Juan, como siempre, está 
sentado frente a la ventana. Por allí, los primeros rayos del 
sol se filtran hasta la mesa del salón. El tiempo es bueno. Ya 
pasaron los temporales del invierno y ahora el frescor 
matutino es menos húmedo y frío. Pronto la tibieza del sol 
llegará hasta sus pies y él sentirá rejuvenecer su vida. La luz 
irá subiendo por sus piernas y en pocos minutos bañará su 
rostro enjuto y arrugado. Juan no se mueve, hace años que 
no lo hace. Para él, el tiempo no tiene sentido ni razón de 
ser. Nunca necesita nada. Su vida consiste en mantener fija 
su mirada a través de aquella ventana que da a la calle. Su 
cara es de color marrón cobrizo y refleja al labrador que 
debió ser. Un rostro gastado y quemado por el sol. Sobre su 
frente, un sombrero de paja deshilachado forma un surco 
de sombra oscura. Sus ojos grises, han perdido el brillo de 
antaño y ahora lucen bastante inexpresivos. A través de 
ellos parece haber una cortina impenetrable, un deseo de 
perpetua intimidad. No sabría decir su edad. Podría tener 
60, 70, o tal vez 80. Es de esos hombres que se consumen 
desde jóvenes en su propio fuego vital. Tal vez el sol tenga 
mucho que ver en esa indeterminación. De todas formas, 
no creo que a él le importe demasiado. Su mano mantiene 
 22 
un cigarro encendido. Es casi una pavesa mantenida en un 
absurdo equilibrio de malabarista y siempre a punto de 
caer al suelo. Pasa el tiempo, o mas bien, pasamos 
nosotros… 
 María baja despacio las escaleras. Mas que andar 
arrastra sus pies con paso cansino. Atraviesa el salón en 
silencio y mira a Juan. Murmura unos buenos días y entra 
en la pequeña cocinilla. Pronto un aroma intenso inunda la 
casa. El café está subiendo y se escucha el borboteo del 
agua al hervir. Al salir de la cocina lleva una taza en la mano 
y va a sentarse en la mesa frente a Juan. Bebe el café a 
pequeños sorbos, muy lentamente, saboreando cada gota 
que entra en su boca. El sol atraviesa sus cabellos blancos y 
descuidados y su mano tiembla nerviosa cada vez que 
levanta la taza. El silencio es profundo, casi doloroso, pero 
sus miradas se cruzan con intensidad. No hace falta que 
fluyan las palabras. Su soledad lo dice todo. Ambos están 
solos. María, en su pequeña casa de viuda, esperando que 
la muerte venga a visitarla. Juan, colgado en la pared, 
frente a la ventana del saloncito, en aquella vieja foto que 
un día le hicieran y esperando que María se reúna con él. El 
tiempo dejó hace mucho de existir. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 23 
 
Leopoldo F. Espínola 
(Alanís) 
 
 
 
 
LA VACA 
“Las empresas están para crecer”. Estas fueron las 
palabras que el gerente de una me dedicó en la misma 
reunión en la que contrataba mis servicios. Y añadió: “La 
empresa es como una vaca a la que ordeñamos todos para 
sacar, cada uno la parte de leche que le corresponde”; y 
continuó diciendo: “tenemos que cuidarla trabajando por 
ella. Mientras mejor esté ella, mejor estaremos nosotros”. 
Ni corto ni perezoso, con mi contrato en el bolsillo, 
me puse a extraer leche del pezón que me correspondía 
con todo el compromiso que, mi condición de novato y mi 
interés por agradar, me exigieron. El caso es que, en un par 
de años, la vaca empezó a dar más leche. Extrañamente lo 
hacía por otros pezones más que por el mío. 
De vez en cuando recibía una palmadita en la espalda 
por parte del gerente y un: "Estamos muy contentos 
contigo, ¡ánimo!, que lo haces estupendamente”. Pero lo 
que oía a casi todas horas ordeñando aquella ubre, en la 
voz del encargado, era: “No podemos bajar la guardia. 
Necesitamos más compromiso por tu parte". Más 
compromiso. ¿Cómo podría poner más compromiso un tío 
formal y responsable como yo? 
 24 
A pesar de toda mi labor, veía que mi parte de leche 
no me daba para hacer quesos, como les daba a otros que 
ordeñaban otros pezones. El gerente comía quesos a diario 
y no tenía ni que hacerlos. Cuando pregunté por qué no me 
daban otra mama que diese más leche, lo que me dieron 
fue la de otro que se cansó de ordeñar, para que yo la 
trajinase a la par que la mía. 
Y no conseguí los quesos. Tenía leche, pero como me 
pasaba todo el día ordeñando, no tenía tiempo para 
hacerlos. Así que me fui a la parte de la vaca donde 
controlaban sus recursos humanos y les comenté que 
quería más tiempo libre para poder hacer mis propios 
quesos, a lo que contestaron: “La vaca está en estado y 
hasta que no pase el parto, la cosa estará mal y debemos 
hacer un esfuerzo. Sólo así, muy pronto, podrás tener 
tiempo para hacer tus quesos”. 
Así pasaron los años (que la gestación de esas vacas 
es más larga de lo normal) hasta que llegó el día del parto. 
Y con el ternero llegó una máquina de ordeñar. Yo, que no 
me había olvidado, fui a buscar de nuevo mi tiempo para 
hacer quesos. Esta vez, la respuesta fue una nueva oferta: 
“Con el nuevo instrumental te nombraremos encargado de 
la ubre entera. Te sobrará tiempo para hacer todos los 
quesos que quieras e incluso tiempo para tu familia.” Me 
pareció bien la idea, así que me enviaron un par de días 
fuera, a realizar unos cursos para aprender a usar la 
máquina y cuando regresé me encontré con que tenía 
todos los pezones para mí solito, eso sí, con la ayuda del 
ingenio. 
El problema era que ahora tenía que sacar los 
calostros de todos los pezones para repartir con los que, 
 25 
con la llegada de la máquina, no era necesario que 
ordeñaran. De estos, al que no despidieron lo pusieron de 
comercial a buscar más gente que comprara la leche que yo 
sacaba. Más gente bebiendo leche significaba más presión 
para la vaca y más trabajo para mí. Más trabajo que unir a 
dar de mamar al ternero, limpiar y engrasar todos los 
componentes del artilugio, llevar la leche a la fábrica de 
envasado, dar de comer a la vaca, limpiar los excrementos 
que quedaban en la sala de ordeño... El caso es que cinco 
años después de sacar mucha leche, yo seguía recibiendo la 
misma, y lo que es peor, seguía sin tiempo para hacer 
quesos. Aunque en el fondo, y para ser sincero, prefería 
quedarme tal como estaba, antes que subir a pedir más 
tiempo y conseguir más trabajo. Así continuó el tema 
durante dos años más. Hasta que un día, después de siete 
años, me vino el que fue encargado, que ahora se dedicaba 
a informar por teléfono al gerente de los litros de leche que 
yo sacaba, e inesperadamente me dijo: “La vaca está 
enferma. Se le ha secado la ubre y hay que sacrificarla”. 
Me quedé de piedra. ¿Cómo se le va a secar la ubre a 
la vaca, si yo había sacado leche de ella hasta ese mismo 
día? El caso es que, según él, ya no la salvaba ni un milagro. 
Pues yo no la había oído ni toser. También me dijo que me 
regalarían una cantidad de leche para que aguantara un 
tiempo, mientras encontraba otra cosa; que, de verdad, lo 
sentían y que en el momento que encontraran otra vaca 
me llamarían para trabajar. 
Ya hace un año de esto. La vaca, según las noticias 
que me han llegado, está viva y sigue dando leche. Los 
comerciales, para poder seguir teniendo tiempo de hacer 
quesos, han aprendido a ordeñar con la máquina, incluso 
 26 
están quitando excrementos y dando de mamar al ternero, 
que resultó ser ternera, y que según me han contado, con 
solo un año de vida ya está embarazada. El gerente, que 
sigue comiendo quesos sin tener que hacerlos, ha vuelto a 
su departamento para que no haya que llamarlo por 
teléfono a la hora de informarle sobre la salud de la vaca, la 
hija y el nieto, o la nieta. A mí,ya se me ha acabado la leche 
que me dieron, los quesos ni sueño con ellos y lo peor de 
todo es que hace tiempo que no se ve ni una vaca por el 
prado. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 27 
 
Ramona Yanes 
(Guadalcanal) 
 
 
 
 
LA LLAVE DE LA MENTIRA 
 
Caterina tenía una gran curiosidad. Se pasaba el día 
y parte de la noche pensando en aquél gran baúl que su 
querida tía Eduvigis, tenía en el sótano. A veces había 
bajado a contemplarlo. Era un baúl de aproximadamente 
dos metros, de un color entre marrón y beige, que su tía 
tenía desde no se sabe cuánto tiempo. Muchas veces le 
preguntó: “Tía, ¿qué guardas en el baúl que tienes en el 
sótano?” Su tía se la quedaba mirando y le respondía: “ya 
lo sabrás querida sobrina cuando me muera”. Caterina 
nunca entendió el porqué de aquel misterio, y con algo de 
rabia siempre le decía: “No deberías de ser tan reservada 
tía, ¿por qué he de esperar a que mueras para saber el 
contenido del baúl? A veces he pensado que guardas en el, 
ropa fastuosa o algunas joyas; y que deseas que sean tu 
legado hacía mí, ¿por qué no dármelas en vida?, ¿acaso 
tienes que esperar a morir para que sea dueña de ellas?” 
Su tía siempre sonreía y se atusaba el cabello y con una 
mueca de sarcasmo respondía: 
- No tengas prisa, al fin y al cabo será para ti, es una gran 
sorpresa que te llevarás. 
Un día, la tía Eduvigis se puso muy enferma tanto 
que llamó a su sobrina Caterina: 
 28 
- Sobrina, ya ha llegado mi momento, no llores pero creo 
que moriré no tardando mucho, y antes de que suceda te 
voy a entregar la llave del baúl, pero te voy a pedir un 
favor. Como puedes comprobar, tengo dos llaves, la que no 
te daré, quiero que sea enterrada conmigo. Esta que te doy 
es de oro, la de plata quiero que me acompañe a la 
eternidad, cógela, guárdala y cuando vuelvas de darme 
sepultura bajas al sótano, todo lo que contenga el baúl es 
tuyo. 
Así se hizo, Caterina dio sepultura a su tía y, ya de 
regreso a casa, lo primero que hizo fue bajar al sótano. Las 
piernas le temblaban y se tuvo que agarrar a la barandilla 
de la escalera para no resbalar. Estaba eufórica, ya todo lo 
que contenía el baúl era suyo. Se acercó a el con sumo 
cuidado, acercó la vela para ver mejor el orificio, puso la 
llave de oro en la ranura e intentó darle la vuelta sin éxito. 
– No puede ser, no abre, serán los nervios… Caterina, 
tranquila - se dijo así misma, inténtalo de nuevo, se ha 
debido de estropear la cerradura. Así una y otra vez sin 
resultado, el baúl no se abría. Sorprendida: 
- ¡Ya está¡, mi tía se ha debido de confundir de llave, ahora 
que lo pienso, me dio la de oro, y sería la de plata. ¿Qué 
hago ahora? Ella está enterrada con la de plata, tengo que 
hacerme con ella esta noche. Cuando todo esté en silencio 
he de volver al Campo Santo, me llevaré la azada e 
intentaré abrir el féretro. Tengo que hacerlo. Mi legado no 
puede quedar en el baúl para siempre. ¡Con la prisa que me 
di en mandarla al cementerio…, ya duraba demasiado la 
tía! 
 29 
Caterina esperó hasta las doce, estaba tan 
intranquila que casi se olvida de llevarse la azada, miró a un 
lado y a otro con sigilo. 
– Ya puedo salir, nadie ha de ver que voy a visitar a mi tía. 
¡Ja, ja, ja, ja, ja…! 
Una vez que estaba dentro del Campo Santo, a 
tientas se dirigió a la tumba de su tía, no fue difícil para 
ella, ya que habían varias coronas de flores frescas y el olor 
la llevó, aparte de que la luna de enero era bastante llena e 
iluminaba el recinto. Apartó todas las coronas, sonrió al 
pensar que en una ponía, “De tu querida sobrina Caterina 
que nunca ha de olvidarte” con energía cogió la azada y 
destrozó la loza que cubría la tumba. 
– Ya queda menos, casi tengo la llave querida tía, no te 
vayas a mover. ¡Ja, ja, ja, ja, ja…! 
Con todo el aplomo necesario, Caterina abrió la tapa 
del ataúd, allí estaba su tía sin moverse, rodeándole el 
cuello una cadena de oro y la llave de plata. De un tirón se 
la arrancó. 
- Ya la tengo, ahora procuraré dejarlo todo como estaba, la 
losa, las flores, aquí no ha pasado nada. Rápidamente se 
encaminó hacia la Mansión. 
– Corre Caterina, corre, ya es tuyo el baúl. 
Bajó las escaleras de dos en dos, allí estaba 
esperándola el hermoso baúl, sólo tenía que meter la llave 
de plata en el orificio, lentamente introdujo la llave y este 
cedió. Acercó más la vela y allí estaba el susodicho legado. 
Era un pergamino de color amarillento el cual estaba 
enrollado. Caterina se sorprendió: 
- ¡Qué es esto! 
 30 
Con avidez lo desenrolló, volvió a acercar la vela y 
leyó en voz alta: “Querida sobrina, sé que te vas a 
sorprender, pero yo desde el más allá lo haré más que tú. 
Sabía de lo que eras capaz de hacer, y es por eso que te he 
puesto a prueba. Ya ves que no existe en el baúl nada de 
oro o piedras preciosas, sólo mi mensaje. Has tenido que 
profanar mi tumba por tu egoísmo desmesurado y he aquí 
el resultado. Sabía de antemano que volverías a por la llave 
y que me matarías para conseguir el contenido del baúl, 
ahora, ya tienes de legado sólo una cosa, el castigo de no 
tener nada por tu avaricia. Espero que te sirva de lección 
para que en un futuro no vuelvas a caer en la codicia. 
Firmado. Tu querida tía Eduvigis”. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 31 
 
Yolanda Sánchez Pérez 
(Alanís) 
 
 
 
 
LA MUÑECA DE PORCELANA 
 
Era el día de Reyes, y su Rey Mago favorito le había 
regalado una muñeca, de tez pálida y ojos redondos y 
negros como perlas de azabache; su pelo era castaño y 
rizado y tenía un traje de los de época, de color carmín y 
con puntillas por el cuello y por el bajo. ¡Estaba tan 
contenta con su muñeca! Salió corriendo a su cuarto y la 
apoyó sobre los almohadones de su cama. 
No solía jugar con ella pero, de vez en cuando, sobre 
todo en los momentos más necesitados, la cogía, la 
abrazaba y así se llevaba un rato, hasta que sus 
pensamientos se volvían alegres y ya todo quedaba 
olvidado. 
A los cuatro meses justos tuvo que mudarse de casa, 
de ciudad y hasta de comunidad. El día de la despedida 
envolvió su muñeca en un retal de raso blanco y luego la 
metió en una caja de zapatos con algodones por todos los 
lados, para que en ningún momento sufriera daño. Al llegar 
a su nueva casa la colocó en su cuarto, pero no en la cama 
sino encima de la peinadora, al lado de un retrato. 
En su nuevo hogar era muy feliz, era la “reina de la 
casa” pero muy a menudo recordaba su antiguo cuarto y 
corría en busca de su muñeca para abrazarla y para que la 
 32 
ayudara a pasar ese mal rato como tantas otras veces 
hacía. 
Se acercaba la Navidad y ocurrió algo tal vez 
inesperado: murió su madre. En el cementerio no fue capaz 
de llorar, no le salían las lágrimas, pero cuando llegó a su 
casa subió rápidamente las escaleras y sacó de su maleta la 
muñeca de porcelana, que estaba envuelta en el retal de 
raso blanco que usó aquel día de la mudanza, se aferró a 
ella y, de pronto, tuvo una visita: era su Rey Mago 
preferido; entró en la habitación y sin decir palabras, la 
abrazó fuertemente, con mucho cariño, y entonces le 
rompió el llanto. Entre las tinieblas de sus lágrimas vio 
reflejado su rostro en el espejo de su armario y la figura de 
un hombre mayor, con los hombros anchos pero caídos y el 
pelo muy blanco; entonces notó que la muñeca se le 
resbalaba de las manos y, al caer al suelo, se rompió su 
carita en mil pedazos, eso aumentó el caudal de su llanto, 
mas el hombre le levantó el rostro con una mano, la besó 
en la frente y le dijo: “No llores más mi niña, así es la vida, 
tienes que aceptarlo, aunque sólo tengas treinta y dos 
años”. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 33 
Federico Serradilla 
(Alanís) 
 
 
 
EL ÁRBOL ROJO 
 
La lluvia rebotaba en el tejado y en los cristales de la 
Escuela, con las moscas pegajosas de la tormenta 
persiguiéndose alrededor de las bombillas. Asistía a esta 
escuela Isidro, un muchacho de unos diez años, hijo de un 
aparcero muy pobre. Era delgado,de ojos azules y 
bizqueaba ligeramente al hablar. Todos los muchachos de 
la escuela lo admiraban y envidiaban un poco por el don 
que poseía de atraer la atención sobre sí, en todo 
momento. No es que fuera inteligente o gracioso pero 
había algo en él... Quizás era en las cosas que contaba pues 
conseguía cautivar a quien le escuchase. También don 
Francisco, el maestro, se dejaba prender por aquella 
atracción, un tanto misteriosa, que Isidro conseguía con 
cuantos atendían sus enrevesadas conversaciones. A veces, 
contra su voluntad, don Francisco le confiaba tareas 
deseadas por todos o distinciones que merecían alumnos 
más estudiosos y aplicados. Quizás lo que más se envidiaba 
de Isidro era la posesión de la codiciada llave de la 
“torrecilla”. Una pequeña torre situada en un ángulo de la 
escuela, en cuyo interior se guardaban los libros de lectura. 
Allí entraba Isidro a buscarlos, y allí volvía a dejarlos al 
terminar la clase; misión encomendada por don Francisco 
aunque nadie sabía en realidad por qué. Isidro estaba muy 
 34 
orgulloso de esta distinción y por nada del mundo la 
hubiera cedido. 
Un día, Iván Ruiz, el más estudioso y aplicado de la 
escuela pidió encargarse de la tarea y don Francisco pareció 
acceder. A todos los niños fascinaba el misterioso interior 
de la "torrecilla", adonde no habían entrado nunca. Mas 
Isidro se levantó y acercándose al maestro, empezó a 
hablarle con su voz baja, bizqueando los ojos y moviendo 
mucho las manos, como tenía por costumbre. don 
Francisco dudó un poco y al fin dijo: 
- Quede todo como estaba, que siga Isidro 
encargándose de la “torrecilla”. 
A la salida de la Escuela, Pedro, su compañero de 
banca, preguntó a Isidro: 
- ¿Qué le has dicho al Maestro? 
Isidro lo miró de través y con los ojos azules 
relampagueantes. 
- ¿Le has hablado del árbol rojo con caras?- 
preguntaba Pedro con gran curiosidad. 
- ¿Qué árbol?- le contestó Isidro de forma muy 
descarada. 
- Del que se habla en clase...- Se atrevió 
tímidamente a contestar Pedro. 
Hacía frío y el camino estaba húmedo con grandes 
charcos que brillaban al sol pálido de la tarde. Isidro 
empezó a chapotear en ellos sonriendo con misterio. 
- Si no se lo cuentas a nadie... 
- ¡Te lo juro! ¡A nadie se lo diré!- le respondió 
Pedro. 
Entonces Isidro le explicó: 
 35 
- Sí, veo un árbol rojo con caras... Un árbol 
completamente rojo, ramas, tronco, hojas y con 
caras colgando de ellas... ¿Sabes? Las hojas no se 
caen nunca y las caras, unas veces ríen y otras 
lloran. En verano y en invierno. ¡Siempre! 
- ¡Qué embustero eres!- le dice Pedro, aunque con 
algo de zozobra. 
Isidro, mirándolo con desprecio, le contestó: 
- Me es completamente igual que te lo creas o no... 
¡Nadie entrará nunca en la “torrecilla” y a nadie 
dejaré ver mi árbol rojo con caras! ¡Es mío! don 
Francisco lo sabe y no se atreve a darle la llave a 
Ivan Ruiz, ni a nadie. ¡Mientras yo viva nadie podrá 
entrar allí y ver mi árbol! 
Pedro se atrevió a preguntarle: 
- ¿Y, cómo lo ves...? 
- ¡Ah! no es fácil- le contesta Isidro con aire 
misterioso,- cualquiera no podría verlo. Yo sé la 
rendija exacta. 
- ¿Rendija? 
- Sí, una rendija en la pared. La que hay corriendo el 
cajón de la derecha, me agacho y me paso horas y 
horas... ¡Qué resplandor rojo desprende el árbol! 
Fíjate que, si algún pájaro se posa en él, también se 
pone rojo. 
Desde aquél momento el deseo de Pedro por ver el 
árbol le traía inquieto. Todos los días, al acabarse la clase 
de lectura, Isidro se acercaba al cajón del maestro, sacaba 
la llave y se dirigía a la “torrecilla”. Cuando volvía le 
preguntaba Pedro: 
- ¿Lo has visto? 
 36 
- Sí- le contestaba, y todos los días le explicaba 
alguna novedad. 
- Le han salido flores que parecen de oro. Es más, 
creo que son de oro puro. 
La escuela estaba situada en el pueblo de Maguilla, 
provincia de Badajoz. Pedro quería fervientemente entrar 
en la “torrecilla” antes de las vacaciones. Ocurrió algo que 
secretamente Pedro deseaba; se avergonzaba sentirlo pero 
así era. Isidro enfermó y don Francisco encargó a otro la 
llave de la “torrecilla”. ¡Cómo no!... a ¡Iván Ruiz!. Pedro 
espió su regreso el primer día y le dijo: 
- ¿Has visto un árbol rojo con caras y flores de oro? 
- ¿Qué andas graznando?- le contestó Iván de malos 
modos. No era simpático y menos con Pedro. Unos 
días después dijo: 
- Si me das algo a cambio, te dejo un ratito la llave y 
vas durante el recreo. Nadie té verá... 
Pedro le dio, por lo menos, la mitad de los ahorrillos 
que tenía para la feria del pueblo. Y, ¡por fin! consiguió la 
codiciada llave. Las manos le temblaban de emoción 
cuando entró en el cuartillo de la torre. Allí estaba el cajón. 
Lo apartó y vio brillar la rendija en la oscuridad. Se agachó y 
miró. Cuando la luz dejó de cegarle, su ojo derecho, sólo 
descubrió una cosa: los troncos retorcidos de las vides ya 
casi sin hojas y la llanura extremeña con su carretera 
polvorienta y estrecha, camino de Llerena. Nada más, lo 
mismo que se veía desde las ventanas altas de la clase. 
Pedro tuvo una gran decepción y la seguridad de que le 
habían estafado. No sabía cómo ni de qué manera, pero le 
habían estafado. Al final, Pedro, olvidó la llave y el árbol 
rojo con sus caras y sus flores de oro. 
 37 
 Los padres de Pedro, que trabajaban en un cortijo 
bastante lejano del pueblo, fueron trasladados a otra finca 
en Alanís, por lo que, también tuvo que cambiar de escuela. 
Dos veranos más tarde, Pedro volvió a Maguilla. Y, un día, 
al pasar por el cementerio, era ya tarde y se anunciaba la 
noche en el cielo, cuando el sol, como una bola roja caía a 
lo lejos, hacia la carrera sosegada de la llanura, Pedro vio 
algo extraño; entre la tierra grasienta y pedregosa, entre las 
cruces caídas de aquél viejo cementerio, nacía un árbol 
grande y hermoso que con la luz rojiza del atardecer 
resplandecía todo en rojo y sus flores parecían de oro. Algo 
le vino a la memoria, como un sueño, y pensó: “¿Sería este 
el árbol que veía el misterioso Isidro?” Buscó al pie del 
árbol y no tardó en dar con una crucecilla de hierro negro, 
mohosa por la lluvia. Mientras la enderezaba leyó: 
"ISIDRO MÁRQUEZ. DIEZ AÑOS DE EDAD”. La enfermedad 
que le apartó de la clase y de la llave de la “torrecilla”, se lo 
había tomado demasiado en serio con él. Con aquella 
crucecilla ante mí sentí tristeza y a la vez una extraña 
alegría por haberla encontrado. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 38 
 
 
INDICE 
 
 
 
 
Prólogo 5 
 
EL PREJUICIO, Antonio Pérez 7 
 
¿QUÉ ME PASA, DOCTOR?, Lourdes Noguero 11 
 
¿ATRÁS, ADELANTE?, Arturo Fernández 15 
 
CAMBIOS DE COLOR, Lola Franco 19 
 
AMANECERES DE UN OCASO, Luis Narbona 21 
 
LA VACA, Leopoldo F. Espínola 23 
 
LA LLAVE DE LA MENTIRA, Ramona Yanes 27 
 
LA MUÑECA DE PORCELANA, Yolanda Sánchez 31 
 
EL ÁRBOL ROJO 33 
 
 
 
 
 
 39 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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