Foucault - História da Sexualidade vol. III. O Cuidado de Si (Espanhol)
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Foucault - História da Sexualidade vol. III. O Cuidado de Si (Espanhol)


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duría no 
desc.ba @. @fect-@ @.ludabl@s sin la práctica de la sob@i@d.d. Ahora bicn, la 
sobriedad es wa pb@e. @.I.nt.@ia-"
70. Cf. Diágencs Laercio. Vida de lo@ tilósoto,, vía, 1, 27; P.dirio, Vidd
de Pitdgorw, 40,
71. Séneca, De ira, ni, 36.
EL CULTIVO DE SI 61
da nuestra jornada?¿Qué dormir es el que viene tras esta revista de nuestras 
acciones? Qué tranquilo (tranquillus), profundo (altus) y libre (liber) es 
cuando el alma ha recibido su porción de elogio y de reproche." A primera 
vista, el examen a que se somete Séneca mismo constituye una especie de 
pequeña escena judiciaria que evocan claramente expresiones como "comparecer 
ante el juez", "instruir el proceso de las propias costumbres", "defender o 
citar la propia causa". Estos elementos parecen indicar la cesura de¡ sujeto 
en una instancia que juzga y un individuo acusado. Sin embargo el conjunto 
del proceso evoca también una especie de control administrativo, donde se 
trata de tomar las medidas de una actividad cumplida, para reactivar sus 
principios y corregir en el porvenir su aplicación. Tanto como el papel'de 
un juez, es la actividad de un inspector lo que evoca Séneca, o la de un amo 
de casa verificando sus cuentas.
Los términos empleados son significativos. De la jornada entera que acaba de 
transcurrir Séneca quiere "hacer el examen" (el verbo excutere, sacudir, 
golpear para hacer caer el polvo, se utiliza para designar la verificación 
que permite descubrir los errores de una cuenta); quiere "inspeccionarla"; de 
las acciones ejecutadas, de las palabras proferidas, quiere "volver a tomar 
las medidas" (remetiri, como puede hacerse después de un trabajo terminado 
para ver si es conforme a lo que se había previsto). La relación del sujeto 
consigo mismo en este examen no se establece tanto bajo la forma de una 
relación judiciaria en la que el acusado se encuentra en frente del juez; el 
término speculator (debe uno ser speculator su¡) designa precisamente ese 
papel. Y además el examen así practicado no se aplica, como si se tratara de 
una imitación del procedimiento judiciario, a unas "infracciones", y no lleva 
a una sentencia de culpabilidad, o a decisiones de autocastigo. Séneca, en 
el ejemplo que da aquí, señala acciones como el hecho de discutir demasiado 
encendidamente con ignorantes que, de todas maneras, no puede uno convencer, 
o de vejar con reproches a un amigo al que hubiera uno querido hacer 
progresar. De estas conductas, Séneca no está satisfecho en la medida en 
que, para alcanzar los fines que debe uno en efecto proponerse, los medios 
empleados no han sido los que se necesitaban: es bueno querer corregir a los 
amigos cuando es necesario, pero la reprimenda, de no ser me-
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surada, hiere en lugar de mejorar; es bueno convencer a aquellos que no 
saben, pero con todo es preciso escogerlos de tal manera que sean capaces de 
ser instruidos. La prenda del examen no es pues descubrir la propia 
culpabilidad, hasta en sus menores fonnas y sus más tenues raíces. Si uno 
"no se oculta nada a sí mismo", ni "se perdona nada", es para poder 
memorizar, para tenerlos después presentes en el ánimo, los fines legítimos, 
pero también las reglas de conducta que permiten alcanzarlos gracias a la 
elección de medios adecuados. La falta no es reactivada por medio del examen 
para fijar una culpabilidad o estimular un sentimiento de remordimiento, sino 
para reforzar, a partir de la constatación recordada y meditada de un 
fracaso, los instrumentos racionales que asegu-
ren una conducta sabia.
c. A esto se añade la necesidad de un trabajo del pensamiento sobre sí 
mismo; deberá ser más que una prueba destinada a tomar la medida de aquello 
de que somos capaces; deberá ser también otra cosa que la estimación de una 
falta en relación con las reglas de conducta; debe tener la forma de una 
filtración permanente de las representaciones: examinarlas, controlarlas y 
seleccionarlas. Más que un ejercicio hecho a intervalos regulares, es una 
actitud constante la que hay que adoptar respecto de uno mismo. Para 
caracterizar esta actitud, Epicteto emplea unas metáforas que tendrán un 
largo destino en la espiritualidad cristiana; pero allí tomarán valores bien 
diferentes. Pide que adopte uno para consigo mismo el papel y la postura de 
un "vigilante nocturno" que verifica las entradas a la puerta de las ciudades 
o de las casas;72 0 también sugiere que ejerza uno sobre sí mismo las 
funciones de un "verificador de la moneda", de un "argirónomo", de uno de 
esos cambistas de dinero que no aceptan ninguna moneda sin haberse asegurado 
de lo que vale. "Mirad cuando se trata de la moneda... hemos inventado un 
arte, ¡y qué de procedimientos pone en obra el argirónomo para hacer la 
verificación de la moneda! La vista, el tacto, el olfato@ finalmente el 
oído; tira al suelo el denario y observa el sonido que produce; no se 
contenta con hacerlo sonar una sola vez, sino que se aplica a ello 
repetidamente, hasta hacerse un oído de músico." Desgraciadamente, prosigue 
Epicteto, estas precaucio.
72. Epicteto, Coriversaciones, iii, 12, 15.
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nes que estamos dispuestos a tomar cuando se trata del dinero, las 
descuidamos cuando se trata de nuestra alma. Ahora bien, la tarea de la 
filosofía -su ergon principal y primeroserá precisamente ejercer ese control 
(dokimazein).73
Para formular lo que es a la vez principio general y esquema de actitud, 
Epicteto se refiere a Sócrates así como al aforismo que se enuncia en la 
Apología: "Una vida sin examen (anexetastos bios) no merece ser vivida."74 De 
hecho el examen de que hablaba Sócrates era aquel al que pretendía someter 
tanto a sí mismo como a los demás a propósito de la ignorancia, del saber y 
del no-saber de esa ignorancia. El examen de que habla Epicteto es muy 
diferente: es un examen que se refiere a la representación y que apunta a 
"ponerla a prueba", a "distinguirlas" (diakrinein) unas de otras y a evitar 
así que se acepte "la primera que venga". "Cada representación será 
necesario poder detenerla y decirle: 'Espera, déjame ver quién eres y de 
dónde vienes'del mismo modo que los guardas nocturnos dicen: 'Muéstrame tus 
papeles'. ¿Has recibido de la naturaleza la señal que debe poseer la 
representación para ser aprobada?"75 Hay que precisar sin embargo que el 
punto del control no es localizable en el origen o en el objeto m@ismo de 
representación, sino en el asentimiento que conviene o no conviene darle. 
Cuando una representación surge en el espíritu, el trabajo de la 
discriminación, de la diakrisis, consistirá en aplicarle el famoso canon 
estoico que señala la distribución entre lo que no depende de nosotros y lo 
que depende; las primeras, puesto que están fuera de nuestro alcance, no las 
acogeremos, las rechazaremos como representaciones que no deben convertirse 
en objetos de "deseo" o de "aversión", de "propensión" o de "repulsión". El 
-ontrol es una prueba de poder y una garantía de libertad: una manera de 
asegurar permanentemente que no nos ligaremos a lo que no cae bajo nuestro 
dominio. Velar permanentemente sobre nuestras representaciones, o verificar 
las seMes como se autentifica una moneda, no es interrogarnos (como se hará 
más tarde en la espiritualidad cristiana) sobre el origen profundo de la idea 
que viene; no es tratar de desci-
73. Ibid., i, 20, 7-1 1; cf. también ni, 3, 1-13.
74. Platón, Apología de Sócrates, 38a.
75. Epicteto, Conversaciones, ni, 12, 15.
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frar un sentido oculto bajo la representación aparente; es calibrar la 
relación entre uno mismo y lo que es representado, para no aceptar en la 
relación con uno mismo sino lo que puede depender de la elección libre y 
razonable del sujeto.
5. El objetivo común de estas prácticas de uno mismo, a través de las 
diferencias que presentan, puede caracterizarse