Foucault - História da Sexualidade vol. III. O Cuidado de Si (Espanhol)
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Foucault - História da Sexualidade vol. III. O Cuidado de Si (Espanhol)


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nunca más que 
una ínfima minoría.24 Hubo cambios que afectaron también el papel que se 
veían llevados a desempeñar y el lugar que ocupaban en el juego político: 
respecto del emperador, de su círculo, de sus consejeros, de sus 
representantes directos; en el interior de una jerarquía donde la competencia 
juega fuertemente pero bajo otro modo que el que
21. Dión Casio, Historia romana, iii, 19.
22. R. MacMullen, Roman social relations, pp. 125-126.
23. Dión Casio, Historia romana, LII, 19.
24. C.G. Starr, The Roman Empire, p. 64.
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puede encontrarse en una sociedad agonística; bajo la forma de cargos 
revocables que dependen, y a menudo muy directamente, del buen parecer del 
príncipe, y casi siempre en posición de intermediario entre un poder superior 
cuyas órdenes hay que transmitir o aplicar y unos individuos y grupos cuya 
obediencia hay que conseguir. Lo que necesita la administración romana es 
una "manegerial aristocracy", como dice Syme, una aristocracia de servicio 
que "para administrar el mundo" proporcionará las diferentes categorías de 
agentes necesarios -"oficiales en el ejército, procuradores financieros y 
gobernadores de provincia".25
Y si se quiere comprender el interés que se concedió en esas élites a la 
ética personal, a la moral del comportamiento cotidiano, de la vida privada y 
de los placeres, no es tanto de decadencia, de frustración y de retiro 
malhumorado de lo que hay que hablar; hay que ver más bien en esto la 
búsqueda de una nueva manera de reflexionar sobre la relación que conviene 
tener con el propio estatuto, las propias funciones, las propias actividades, 
las propias obligaciones. Mientras que la ética antigua implicaba una 
articulación muy apretada del poder sobre uno mismo y del poder sobre los 
demás, y debía pues referirse a una estética de la vida en conformidad con el 
estatuto, las nuevas reglas del juego político hacen más dif ícil la 
definición de las relaciones entre lo que se es, lo que se puede hacer y lo 
que se espera que cumpla uno; la constitución de uno mismo como sujeto ético 
de sus propias acciones se hace más problemática.
R. MacMullen ha insistido en dos caracteres esenciales de la sociedad 
romana: la publicidad de la existencia y la muy fuerte "verticalidad" de las 
diferencias en un mundo donde la brecha entre el pequeñísimo número de los 
ricos y la grandísima masa de los pobres no cesó de ahondarse.26 En la 
intersección de estos dos rasgos, se comprende la importancia concedida a las 
diferencias de estatuto, a su jerarquía, a sus signos visibles, a su 
escenificación cuidada y ostentosas pU, de suponerse que a partir del momento 
en que las nuevas con-
25. R. Syrne, Roman papers, ii, p. 1576.
26. R. MacMullen, op. cit., p. 93.
27. Ibid., p. 1 10, con referencias a Séneca, Cartas, 31, 1 1; Epicteto, 
Con-
ve rsaciones, iii, 14, 1 1; iv, 6, 4.
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diciones de la vida política modificaban las relaciones entre estatuto, 
cargos, poderes y deberes, pudieron producirse dos fenómenos opuestos. Se 
los verifica en efecto -y en su oposición misma- desde los comienzos de la 
época imperial. Por una parte, una acentuación de todo lo que permite al 
individuo fijar su identidad de¡ lado de su estatuto y de los elementos que 
lo manifiestan de la manera más visible; se intenta hacerse tan adecuado como 
sea posible al propio estatuto por medio de todo un conjunto de signos y de 
marcas que corresponden a la actitud corporal, al vestido y al hábitat, a los 
gestos de generosidad y de magnificencia, a las conductas de gasto, etcétera.
De estos comportamientos con los cuales se afirma uno en la superioridad 
manifestada sobre los demás, MacMullen ha mostrado cuán frecuentes fueron en 
la aristocracia romana y hasta qué punto de exacerbación pudieron llevarse. 
Pero, en el extremo opuesto, encontramos la actitud que consiste por el 
contrario en fijar lo que se es en una pura relación con uno mismo: se trata 
entonces de constituirse y de reconocerse como sujeto de las propias 
acciones, no a través de un sistema de signos -que marque el poder sobre los 
demás, sino a través de una relación tan independiente como sea posible de¡ 
estatuto y de sus formas exteriores, pues se cumple en la soberanía que 
ejerce uno sobre sí mismo. A las nuevas formas del juego político, y a las 
dificultades de pensarse a uno mismo como sujeto de actividad entre un 
nacimiento y unas funciones, unos poderes y unas obligaciones, unas tareas y 
unos derechos, unas prerrogativas y unas subordinaciones, pudo responderse 
con una intensificación de todas las señales reconocibles de estatuto o por 
la búsqueda de una relación adecuada con uno mismo.
Las dos actitudes fueron percibidas y descritas a menudo en estricta 
oposición una con otra. Así Séneca: "Busquemos algo que no se deteriore día 
a día y a lo que nada pueda ser obstáculo. ¿Y qué es tal cosa? Es el alma, 
quiero decir un alma recta, buena y grande. No se podría nombrarla sino 
diciendo: es un dios que se ha hecho huésped de un cuerpo mortal. Esa alma 
puede caer en el cuerpo de un caballero romano, como en el cuerpo de un 
liberto, de un esclavo. ¿Qué es un caballero romano, qué es un liberto, un 
esclavo? Nombres nacidos del orgullo y de la injusticia. Del más humilde 
alojamien-
o
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to puede uno lanzarse hasta el cielo. En pie pues."28 Es esta manera de ser 
la que reivindica también Epicteto para sí oponiéndola a la de un 
interlocutor ficticio o real: "Tu negocio es vivir en palacios de mármol, 
velas por que tus esclavos y clientes te sirvan, por llevar vestidos que 
atraigan las miradas, tener numerosos perros de caza y citaristas y poetas 
trágicos. ¿Acaso te disputo eso? ¿Acaso te has preocupado tú de los juicios?, 
¿de tu propia razón?"29
Se interpreta a menudo la importancia que tomó el tema del regreso a uno 
mismo o de la atención que hay que poner en uno mismo, en el pensamiento 
helenístico y romano, como la alternativa que se proponía a la actividad 
cívica y a las responsabilidades políticas. -Es cierto que se encuentra en 
ciertas corrientes filosóficas el consejo de apartarse de los negocios 
públicos, de las turbaciones y de las pasiones que suscitan. Pero no es en 
esta elección entre participación y abstención donde reside la principal 
línea divisoria, y no es en oposición con la vida activa como el cultivo de 
sí propone sus valores propios y sus prácticas. Antes bien trata de definir 
el principio de una relación con uno mismo que permita f ijar las formas y 
las condiciones en las que una acción política, una participación en los 
cargos del poder, el ejercicio de una función serán posibles o imposibles, 
aceptables o necesarias. Las transformaciones políticas importantes que 
tuvieron lugar en el mundo helenístico y romano pudieron inducir ciertas 
conductas de repliegue; pero sobre todo, de manera mucho más general y más 
esencial, provocaron una problematización de la actividad política. Se la 
puede caracterizar brevemente.
1. Una relativización. En el nuevo juego político, ejercer el poder se 
encuentra relativizado de dos maneras. Por una parte, incluso si por 
nacimiento está uno destinado a los cargos, ya no se identifica uno con su 
estatuto lo bastante para considerar que es completamente seguro que se los 
aceptará, o en todo caso, si muchas razones, y las mejores, empujan hacia la 
vida pública y política, es bueno hacerlo justamente por esas razones y como 
consecuencia de un acto personal de vo-
28. Séneca, Cartas a Lucilio, 3 1, 1 1; 47, 16; De los dones, ni, 18.
29. Epieteto, Conversaciones, ni, 7, 37-39.
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Juntad. El tratado que Plutarco dirige al joven Menémaco es característico 
desde este punto de vista: condena la actitud que hiciese de la política una 
actividad ocasional;