Denzinger 1  250  ED 3
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Denzinger 1 250 ED 3

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que era temido, sino que entonces
hizo conocer al mismo Abraham que temía a Dios. Porque a la manera como
nosotros llamamos a un día alegre, no porque el día sea alegre, sino porque
nos hace alegres a nosotros; así el Hijo omnipotente dice ignorar el día que El
hace que se ignore, no porque no lo sepa, sino porque no permite en modo
alguno que se sepa. De ahí que se diga que sólo el Padre lo sabe, porque el
Hijo consustancial con El, por su naturaleza que es superior a los ángeles,
tiene el saber lo que los ángeles ignorn. De ahí que se puede dar un sentido
más sutil al pasaje; es decir, que el Unigénito encarnado y hecho por noso-
tros hombre perfecto, ciertamente en la naturaleza humana sabe el día y la
hora del juicio; sin embargo, no lo sabe por la naturaleza humana. Así, pues,
lo que en ella sabe, no lo sabe por ella, porque Dios hecho hombre, el día y
hora del juicio lo sabe por el poder de su divinidad... Así, pues, la ciencia que
no tuvo por la naturaleza de la humanidad, por la que fué criatura como los
ángeles, ésta negó tenerla como no la tienen los ángeles que son criaturas.
En conclusión, el día y la hora del juicio la saben Dios y el hombre; pero por
la razón de que el hombre es Dios. Pero es cosa bien manifiesta que quien no
sea nestoriano, no puede en modo. alguno ser agnoeta. Porque quien confiesa
haberse encarnado la sabiduría misma de Dios ¿con qué razón puede decir
que hay algo que la sabiduría de Dios ignore? Escrito está: En el principio era
el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios... tdo fué hecho
por El [Ioh. 1, 1 y 3]. Si todo, sin género de duda también el día y la hora del
juicio. Ahora bien, ¿quién habrá tan necio que se atreva a decir que el Verbo
del Padre hizo lo que ignora? Escrito está también: Sabiendo Jesús que el
Padre se lo puso toda en sus manos [Ioh, 13, 3]. Si todo, ciertamente también
el día y la hora del juicio. ¿Quién será, pues, tan necio que diga que recibió el
Hijo en sus manos, lo que ignora?

Del bautismo y órdenes de los herejes [De la Carta Quia charitati a los obispos
de Hiberia, hacia el 22 de junio de 601](1)

Nota: (1) PL, 77, 1025 A ss; Jf 1844; CIC Decr. III, 4, 44 y 84; Frdbg I 1380 y 1390.
D-249 De la antigua tradición de los Padres hemos aprendido que quienes en la

herejía son bautizados en el nombre de la Trinidad, cuando vuelven a la San-
ta Iglesia, son reducidos al seno de la Santa madre Iglesia o por la unción del
crisma, o por la imposición de las manos, o por la sola profesión de la fe...
porque el santo bautismo que recibieron entre los, herejes, entonces alcanza
en ellos la fuerza de purificación, cuando se han unido a la fe santa y a las
entrañas de la Iglesia universal. Aquellos herejes, empero, que en modo algu-
no se bautizan en el nombre de la Trinidad, son bautizados cuando vienen a

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la Santa Iglesia, pues no fué bautismo el que no recibieron en el nombre de la
Trinidad, mientras estaban en el error. Tampoco puede decirse que este bau-
tismo sea repetido, pues, como queda dicho, no fué dado en nombre de la
Trinidad.

Así, [pues,] a cuantos vuelven del perverso error de Nestorio, recíbalos sin duda al-
guna vuestra santidad. en su grey, conservándoles sus propias órdenes, a fin
dé que, no poniéndoles por vuestra mansedumbre contrariedad o dificultad
alguna en cuanto a sus propias órdenes, los arrebatéis de las fauces del anti-
guo enemigo.

Del tiempo de la unión hipostática (1) [De la misma Carta a los obispos de
Hiberia]

Nota: (1) PL 77. 1207 D s.
D-250 Y no fué primero concebida la carne en el seno de la Virgen y luego vino la

divinidad a la carne; sino inmediatamente, apenas vino el Verbo a su seno,
inmediatamente, conservando la virtud de su propia naturaleza, el Verbo se
hizo carne... Ni fué primero concebido y luego ungido, sino que el mismo ser
concebido por obra del Espíritu Santo de la carne de la Virgen, fué ser ungido
por el Espíritu Santo.

D-250* Sobre el culto de las imágenes, v. Kch 1054 ss; sobre la autoridad de los
cuatro concilios, v. R 2291; sobre la crismación, ibid. 2294; el rito del bau-
tismo, ibid. 2292; su efecto, ibid. 2298; sobre la indisolubilidad del matrimo-
nio, ibid. 2297.

SABINIANO, 604-606 SAN BONIFACIO IV, 608-615 BONIFACIO
III, 607 SAN DEODATO, 615-618 BONIFACIO V, 619-625
HONORIO I, 625-638

[De la Carta 1 Scripta fraternitatis vestrae a Sergio, patriarca de Constantino-
pla, del año 634]

Nota: (2) Msi XI 538, D s y 579 D ss; Jf 2018 y 2024 c. Add.; Hrd III 1319 B ss y
1351 E ss; PL 80, 471 B ss y 475 A. Este texto latino es versión de la versión
griega. - Más de esta carta y de la siguiente, en Kch 1057 ss.

D-251 ... Si Dios nos guía, llegaremos hasta la medida de la recta fe, que los Após-
toles extendieron con la cuerda de la verdad de las Santas Escrituras: Confe-
sando al Señor Jesucristo, mediador de Dios y de los hombres [1 Tim. 2, 8],
que obra lo divino mediante la humanidad, naturalmente [griego: hipostáti-
camente] unida al Verbo de Dios, y que el mismo obró lo humano, por la car-
ne inefable y singularmente asumida, quedando íntegra la divinidad de modo
inseparable, inconfuso e inconvertible...; es decir, que permaneciendo, por
modo estupendo y maravilloso, las diferencias de ambas naturalezas, se re-
conozca que la carne pasible está unida a la divinidad... De ahí que también
confesamos una sola voluntad de nuestro Señor Jesucristo, pues ciertamente
fué asumida por la divinidad nuestra naturaleza, no nuestra culpa; aquella
ciertamente que fué creada antes del pecado, no la que quedó viciada des-
pués de la prevaricación. Porque Cristo, sin pecado concebido por obra del
Espíritu Santo, sin pecado nació de la sana e inmaculada Virgen madre de
Dios, sin experimentar contagio alguno de la naturaleza viciada... Porque no
tuvo el Salvador otra ley en los miembros o voluntad diversa o contraria, co-
mo quiera que nació por encima de la ley de la condición humana... Llenas
están las Sagradas Letras de pruebas luminosas de que el Señor Jesucristo,
Hijo y Verbo de Dios, por quien han sido hechas todas las cosas [Ioh. 1, 3], es
un solo operador de divinidad y de humanidad. Ahora bien, si por las obras
de la divinidad y la humanidad deben citarse o entenderse una o dos opera-
ciones derivadas, es cuestión que no debe preocuparnos a nosotros, y hay

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que dejarla a los dramáticos que suelen vender a los niños exquisitos nom-
bres derivados. Porque nosotros no hemos percibido por las Sagradas Letras
que el Señor Jesucristo y su Santo Espíritu hayan obrado una sola operación
o dos, sino que sabemos que obró de modo multiforme. [De la Carta 2 Scripta
dilectissimi filii, al mismo Sergio]

D-252 Por lo que toca al dogma eclesiástico, lo que debemos mantener y predicar en
razón de la sencillez de los hombres y para cortar los enredos de las cuestio-
nes inextricables, no es definir una o dos operaciones en el mediador de Dios
y de los hombres, sino que debemos confesar que las dos naturalezas unidas
en un solo Cristo por unidad natural operan y son eficaces con comunicación
de la una a la otra, y que la naturaleza divina obra lo que es de Dios, y la
humana ejecuta lo que es de la carne, no enseñando que dividida ni confusa
ni convertiblemente la naturaleza de Dios se convirtió en el hombre ni que la
naturaleza humana se convirtiera en Dios, sino confesando íntegras las dife-
rencias de las dos naturalezas... Quitando, pues, el escándalo de la nueva in-
vención, no es menester que nosotros proclamemos, definiéndolas, tina o dos
operaciones; sino que en vez de la única operación que algunos dicen, es me-
nester que nosotros confesemos con toda verdad a un solo operador Cristo
Señor, en las dos naturalezs; y en lugar de las dos operaciones, quitado el
vocablo de la doble operación, más bien proclamar que las dos naturalezas,