Denzinger 1  250  ED 3
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el Hijo que es en-
gendrado y el Espíritu Santo que procede, no creemos que se diera intervalo 
alguno de tiempo, por el que el engendrador precediera jamás al engendrado, 
o el engendrado faltara al engendrador, o el Espíritu que procede apareciera poste-
rior al Padre o al Hijo. Por esto, pues, esta Trinidad es predicada y creída por 
nosotros como inseparable e inconfusa. Consiguientemente, estas tres perso-
nas son afirmadas, como lo definen nuestros mayores, para que sean recono-
cidas, no para que sean searadas. Porque si atendemos a lo que la Escritura 
Santa dice de la Sabiduría: Es el resplandor de la luz eterna [Sap. 7, 26]; co-
mo vemos que el resplandor está inseparablemente unido a la luz, así confe-
samos que el Hijo no puede separarse del Padre. Consiguientemente, como 
no confundimos aquellas tres. personas de una sola e inseparable naturale-
za, así tampoco las predicamos en manera alguna separables. Porque, a la 
verdad, la Trinidad misma se ha dignado mostrarnos esto de modo tan evi-
dente, que aun en los nombres por los que quiso que cada una, de las perso-
nas fuera particularmente reconocida, no permite que se entienda la una sin 
la otra; pues no se conoce al Padre sin el Hijo ni se halla al Hijo sin el Padre. 
En efecto, la misma relación del vocablo de la persona veda que las personas 
se separen, a las cuales, aun cuando no las nombra a la vez, a la vez las in-
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sinúa. Y nadie puede oír cada uno de estos nombres, sin que por fuerza ten-
ga que entender también el otro. Así, pues, siendo estas tres cosas una soa 
cosa, y una sola, tres; cada persona, sin embargo, posee su propiedad per-
manente. Porque el Padre posee la eternidad sin nacimiento, el Hijo la eterni-
dad con nacimiento, y el Espíritu Santo la procesión sin nacimiento con eter-
nidad. 
D-282 [Sobre la Encarnación.] Creemos que, de estas tres personas, sólo la persona 
del Hijo, para liberar al género humano, asumió al hombre verdadero, sin pe-
cado, de la santa e inmaculada María Virgen, de la que fué engendrado por 
nuevo orden y por nuevo nacimiento. Por nuevo orden, porque invisible en la 
divinidad, se muestra visible en la carne; y por nuevo nacimiento fué engen-
drado, porque la intacta virginidad, por una parte, no supo de la unión viril 
y, por otra, fecundada por el Espíritu Santo, suministró la materia de la car-
ne. Este parto de la Virgen, ni por razón se colige, ni por ejemplo se muestra, 
porque si por razón se colige, no es admirable; si por ejemplo se muestra, no 
es singular (1). 
Nota: (1) Cf. S. AUGUST., Ep. 137, 2, 8 [PL 33, 519] 
D-283 No ha de creerse, sin embargo, que el Espíritu Santo es Padre del Hijo, por el 
hecho de que María concibiera bajo la sombra, del mismo Espíritu Santo, no 
sea que parezca afirmamos dos padres del Hijo, cosa ciertamente que no es 
lícito decir. En esta maravillosa concepción al edificarse a sí misma la Sabi-
duría una casa, el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros [Ioh. 1, 19]. 
Sin embargo, el Verbo mismo no se. convirtió y mudó de tal manera en la 
carne que dejara de ser Dios el que quiso ser hombre; sino que de tal modo el 
Verbo se hizo carne que no sólo esté allí el Verbo de Dios y la carne del hom-
bre, sino también el alma racional del hombre; y este todo, lo mismo se dice 
Dios por razón de Dios, que hombre por razón del hombre. En este Hijo de 
Dios creemos que ha dos naturalezas: una de la divinidad, otra de la huma-
nidad, a las que de tal manera unió en sí la única persona de Cristo, que ni 
la divinidad podrá jamás separarse de la humanidad, ni la humanidad de la 
divinidad. De ahí que Cristo es prfecto Dios y perfecto hombre en la unidad 
de una sola persona. .Sin embargo, no porque hayamos dicho dos naturale-
zas en el Hijo, defenderemos en El dos personas, no sea que a la Trinidad - lo 
que Dios no permita - parezca sustituir la cuaternidad. Dios Verbo, en efecto, 
no tomó la persona del hombre, sino la naturaleza, y en la eterna persona de 
la divinidad, tomó la sustancia temporal de la carne. 
D-284 Igualmente, de una sola sustancia creemos que es el Padre y el Hijo y el Es-
píritu Santo; sin embargo, no decimos que María Virgen engendrara la uni-
dad de esta Trinidad, sino solamente al Hijo que fué el solo que tomó nuestra 
naturaleza en la unidad de su persona. También ha de creerse que la encar-
nación de este Hijo de Dios fué obra de toda la Trinidad, porque las obras de 
la Trinidad son inseparables. Sin embargo, sólo el Hijo tomó la forma de sier-
vo [Phil. 2, 7] en la singularidad de la persona, no en la unidad de la natura-
leza divina, para aquello que es propio del Hijo, no lo que es común a la Tri-
nidad; y esta forma se le adaptó a El para la unidad de persona, es decir, pa-
ra que el Hijo de Dios y el Hijo del hombre sea un solo Cristo. Igualmente el 
mismo Cristo, en estas dos. naturalezas, existe en tres sustancias: del Verbo, 
que hay que referir a la esencia de solo Dios, del cuerpo y del alma, que per-
tenecen al verdadero hombre. 
D-285 Tiene, pues, en sí mismo una doble sustancia: la de su divinidad y la de 
nuestra humanidad. Este, sin embargo, en cuanto salió de su Padre sin co-
mienzo, sólo es nacido, pues no se toma por hecho ni por predestinado; mas, 
en cuanto nació de María Virgen, hay que creerlo nacido, hecho y predesti-
nado. Ambas generaciones, sin embargo, son en El maravillosas, pues del 
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Padre fué engendrado sin madre antes de los siglos, y en el fin de los siglos 
fué engendrado de la madre sin padre. Y el que en cuanto Dios creó a María, 
en cuanto hombre fué creado por María: El mismo es padre e hijo de su ma-
dre María. Igualmente, en cuanto Dios es igual al Padre; en cuanto hombre 
es menor que el Padre. Igualmente hay que creer que es mayor y menor que 
sí mismo porque en la forma de Dios, el mismo Hijo es también mayor que sí 
mismo, por razón de la humanidad asumida, que es menor que la divinidad; 
y en la forma de siervo es menor que sí mismo, es decir, en la humanidad, 
que se toma por menor que la divinidad. Porque a la manera que por la carne 
asumida no sólo se toma como menor al Padre sino también a sí mismo; así 
por razón de la divinidad es igual con el Padre, y El y el Padre son mayores 
que el hombre, a quien sólo asumió la persona del Hijo. Igualmente, en la 
cuestión sobre si podría ser igual o menor que el Espíritu Santo, al modo co-
mo unas veces se cree igual, otras menor que el Padre, respondemos: Según 
la forma de Dios, es igual al Padre y al Espíritu Santo; según la forma de 
siervo, es menor que el Padre y que el Espíritu Santo, porque ni el Espíritu 
Santo ni Dios Padre, sino sola la persona del Hijo, tomó la carne, por la que 
se cree menor que las otras dos personas. Igualmente, este Hijo es creíd in-
separablemente distinto del Padre y del Espíritu Santo por razón de su per-
sona.; del hombre, empero (v. 1. asumido), por la naturaleza asumida. 
Igualmente, con el hombre está la persona; mas con el Padre y el Espíritu 
Santo, la naturaleza de la divinidad o sustancia. Sin embargo, hay que creer 
que el Hijo fué enviado no sólo por el Padre, sino también por el Espíritu San-
to, puesto que El mismo dice por el Profeta: Y ahora el Señor me ha enviado, 
y también su Espíritu [Is. 48, 18]. También se toma como enviado de sí mis-
mo, pues se reconoce que no sólo la voluntad, sino la operación de toda la 
Trinidad es inseparable. Porque éste,, que antes de los siglos es llamado uni-
génito, temporalmente se hizo primogénito: unigénito por razón de la sustan-
cia de la divinidad; primogénito por razón de la naturaleza de la carne asu-
mida. 
D-286 [De la redención.] En esta forma de hombre asumido, concebido sin pecado 
según la verdad evangélica, nacido sin peca ' do, sin pecado es creído que 
murió el que solo por nosotros se hizo pecado [2 Cor. 5, 21], es decir, sacrifi-
cio por nuestros pecados. Y, sin embargo,