Barbara Ann Brennan   Hágase la Luz
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Barbara Ann Brennan Hágase la Luz


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Yo creo que existen dos formas de afrontar esta cuestión. Depende de la formación y la expe-
riencia del sanador. 
Si los sanadores se han formado en una tradición religiosa como el movimiento carismático cristiano, las 
curaciones se efectúan en el servicio eclesiástico, y a menudo se aceptan donativos. Desde mi punto de vista, 
me parece justo. 
Si, en cambio, los sanadores se han sometido a una meticulosa formación a largo plazo -de cuatro años 
como mínimo, en mi opinión-, tienen derecho a cobrar. Esta clase de formación incluye anatomía, fisiología, 
psicología, ética y profesionalización de la práctica, así como el desarrollo de la EPS y de técnicas curativas. 
Es a través de este tipo de formación que los sanadores adquieren una condición profesional lícita en nuestro 
sistema de cuidado de la salud. Esos sanadores tienen derecho a percibir unos honorarios profesionales 
normales, lo mismo que los psicoterapeutas, masajistas, enfermeras que asisten a domicilio, fisioterapeutas y 
médicos. Esos honorarios deberían mantenerse dentro de los límites de los de cualquier terapeuta. Una política 
de no remuneración para tales profesionales no obedece más que a un prejuicio. Si esos sanadores no 
cobrasen, tendrían que trabajar todo el día en un oficio que les aportara un respaldo económico, y sólo 
dedicarían el tiempo sobrante a la curación. Esto no haría más que mantener los servicios curativos bajo 
mínimos. 
 
Diagnósticos no, por favor 
 
Los sanadores no deberían diagnosticar y no pueden prescribir medicamentos. No han recibido una forma-
ción en ese sentido. Por otro lado, un sanador puede recibir orientación sobre qué medicamento podría ser 
beneficioso. El paciente puede transmitir esa información a un médico para que la verifique. (Véase el capítulo 
6 para una explicación detallada sobre la cooperación sanador-médico. ) 
 
¿Tienen los sanadores la responsabilidad de decir todo lo que saben? 
 
Ésta es una pregunta que me preocupó de veras al comienzo de mi práctica. Al principio, simplemente ofrecía 
toda la información que recibía a través de mi canal a la persona implicada. Pensaba que no era mi trabajo 
discriminar. Aquello que yo recibía, lo facilitaba a los demás. Con esta actitud, no tardé en tener problemas. 
Asustaba a la gente. En realidad no querían saber nada, aun cuando declaraban lo contrario. No estaban pre-
parados para oír la respuesta. 
Recuerdo que en 1978 asistí a una conferencia sobre curación en Washington. Un miembro del público sabía 
que yo tenía EPS y que podía ver sus vértebras cervicales. Me persiguió durante todo el fin de semana, 
pidiéndome sin cesar que le dijera qué aspecto tenía su cuello. Por último, me senté en los peldaños de un an-
cho pasillo del hotel y dibujé la desalineación de su cuello. El hombre quedó en silencio y se marchó con el 
dibujo. Le vi dos semanas después en otra conferencia, y me dijo que había pasado varios días muy inquieto 
tras el incidente. No había visto nunca un dibujo de la desalineación de los huesos del cuello, y no comprendía 
el significado de ese trastorno. Yo no me había molestado en explicarle cómo podía resolver su problema y 
decirle que no era grave. 
En otro caso, una de mis mejores amigas, Cindy M., de Washington, D.C., estaba estudiando en la ciudad de 
Nueva York durante unas semanas y decidió someterse a una curación. Se quejó de un cierto dolor en el pe-
cho. Durante la curación, observé su pecho con EPS y vi una forma de un color gris metálico que parecía un 
triángulo tridimensional. Al mismo tiempo, mi guía Heyoan se inclinó sobre mi hombro derecho y dijo: «Tiene 
cáncer y morirá». 
Tuve una discusión privada con Heyoan. Estaba ofendida por el hecho de que él pudiera saber acerca de una 
muerte inminente y, peor aún, de que me lo anunciara. Ni decir tiene que lo guardé en secreto. Después de la 
sesión, asistí a una fiesta de cumpleaños. Me sentía tan trastornada, que tuve que marcharme muy pronto. No 
sabía qué hacer. ¿Estaba equivocado mi guía? ¿Era posible recibir el anuncio de la muerte de una persona? 
¿Contribuiría a precipitarla si pensaba en esos términos mientras administraba curación a Cindy M.? ¿Qué 
debía aconsejarle? Más tarde consulté con varios sanadores expertos que conocía para averiguar si esto era 
posible. Me contestaron que sí. 
Hice lo único que podía hacer. Dije a Cindy que abandonara sus estudios, fuera a casa, dedicara tiempo a su 
marido y acudiera a un médico para hacerse mirar el pecho. Ella acudió a dos sesiones más antes de mar-
charse de Nueva York. En cada sesión, yo veía la misma forma oscura en su pulmón, y Heyoan se inclinaba 
sobre mi hombro derecho y decía: «Tiene cáncer y morirá». 
Le insistí que se fuera a casa. No le conté la revelación de mi guía. Por último, Cindy hizo lo que yo le pedía. 
Las pruebas eran claras. Asumí que mi guía estaba equivocado. Pero ella se puso peor. Al cabo de cuatro 
meses y tres exploraciones asistidas por ordenador, los médicos del George Washington Hospital encontraron 
el tumor, del mismo tamaño, la misma forma e idéntica ubicación. Dijeron que era un coágulo sanguíneo. Una 
vez más, di gracias a Dios de que mi guía se hubiera equivocado. Cindy no respondió al tratamiento, y 
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empeoró. La abrieron y descubrieron un mesotelioma, un cáncer de pulmón que no sabían cómo curar. Cindy 
murió ocho meses más tarde. 
Unos tres días antes de su muerte, cuando yo estaba en Washington para ayudar a Cindy a despedirse de 
sus amigos, ella me llamó a su habitación poco después de haber ido al baño. Me dijo: «Me debes media 
verdad. ¿Qué era?». 
Le expliqué por qué no le había dicho lo que vi la primera vez que acudió para someterse a una curación. Ella 
respondió: «Gracias por no decírmelo antes. No estaba preparada. Ahora sí lo estoy». 
Aprendí que, como sanadora, y al igual que cualquier profesional, puedo acceder a una «información 
privilegiada». Esta información debe manejarse profesionalmente, bajo un código ético que incluye la persona 
adecuada y el momento oportuno. Ahora sólo brindo «información privilegiada» que recibo a través de mi guía 
cuando éste me dice que lo haga, y a quien me indica el guía. 
 
Cuándo los sanadores deberían inhabilitarse 
 
Todos los sanadores se topan con circunstancias en las que deberían inhabilitarse a sí mismos. Es muy 
importante que esto lo entiendan tanto los sanadores como los pacientes. Significa que cualquier sanador al 
que usted acuda podría tener que inhabilitarse. Una señal que identifica a los buenos sanadores es que asegu-
ran que están capacitados para tratarle antes de aceptarle como paciente. Tal vez no lo comenten abierta-
mente con usted si no existe ningún problema. Pero por lo general, al término de la primera sesión, sabrán y le 
dirán si hay algún problema. Las dos razones principales por las que los senadores se inhabilitan son: su re-
lación previa con un paciente o con el cónyuge de un paciente y porque no están capacitados para ocuparse 
del caso. 
En el primer caso, mucha gente cree que puede acudir a un sanador que es, además, amigo suyo. Esto está 
bien, siempre y cuando los dos sepan que cambiará su relación permanentemente. Ambos deben tomar la de-
cisión sobre qué es más importante: la relación curativa o la personal. Comoquiera que la curación es un pro-
ceso tan intenso, si los dos tratan de conservar su amistad personal tal y como era, en seguida llegarán a un 
punto en que las sesiones curativas estarán en peligro o el proceso curativo profundo se verá comprometido. 
También en los casos en que un marido y su esposa quieren acudir al mismo sanador, si el proceso curativo se 
prolonga durante algún tiempo pueden darse problemas de relación, debido a la intensidad del cambio personal 
implicado en el proceso curativo. Por este motivo, recomiendo que los sanadores utilicen las mismas directrices 
que los terapeutas, que no aceptan a los dos