HEGEL   Filosofia do Direito
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el derecho a 
aplicar la pena de muerte, en razón de que no puede suponerse 
que en el Contrato Social esté contenido el consenso de los indivi-
(1) Autor de la famosa obra De los Aelitos y de las penas, editada en 
Liorna, en 1764. 
FILOSOFÍA DEL DERECHO 109 
dúos para dejarse matar; antes bien, debe presumirse lo contrario. 
Sólo que el Estado no es un contrato (v. $ 75), ni su esencia sus-
tancial en la defensa y garantía de la vida y de la propiedad de 
los individuos como personas, en forma incondicional; más bien, 
es lo más elevado que, también, pretende esa vida y esa propiedad 
y exige el sacrificio de las mismas. 
Por otra parte, no es únicamente el concepto del delito, su ra-
cionalidad en sí y por sí, con o sin el consenso de los individuos, 
lo que el Estado debe hacer válido, sino la racionalidad formal, el 
querer del individuo, que está implícito en la acción del delincuente. 
Como ser racional, el delincuente es honrado con la pena, que 
es mantenida como continente de su derecho particular. Este ho-
nor no llega a él si el concepto y la norma de su pena no se toman 
de su mismo acto y si es considerado el delincuente como un ani-
mal dañino al que habría que hacer inofensivo, o a los fines de la 
intimidación y de la corrección. 
Por otra parte, respecto al modo de existencia de la justicia y 
la forma que como pena tiene en el Estado, no es la forma única y 
el Estado no es el presupuesto que condiciona la justicia en sí. 
§ 101 
La superación del delito es el castigo, pues según el con-
cepto es la vulneración de la vulneración y según la existen-
cia, el delito tiene una extensión determinada cualitativa 
y cuantitativa; por lo tanto, su negación, como existencia, 
tiene otra existencia. Empero, esa identidad que se funda 
sobre el concepto no es la igualdad en la naturaleza especí-
fica, externa, de la vulneración, sino en la que es en sí de 
acuerdo al valor de la misma. 
Puesto que en la ciencia usual la definición de una determi-
nación, aquí de la pena, debe ser tomada de la concepción general 
de la experiencia psicológica de la conciencia, ésta demostraría, 
ciertamente, que el sentimiento universal de los pueblos y de los 
individuos sobre el delito es y ha sido que: debe ser penado y que 
al delincuente le deie acaecer lo mismo que él ha efectuado. No se 
alcanza a comprender cómo nunca estas ciencias, que tienen la 
fuente de sus determinaciones en la concepción general, admitan 
de ella, una vez más, principios contradictorios al hecho general 
de la conciencia. 
Empero, una dificultad capital ha sido introducida por la de-
terminación de la igualdad en la concepción del Castigo; pero la 
l i o GXTILLERMO FKDEñlOO HüGEt 
justicia de las determinaciones de la pena, según su naturaleza 
cualitativa y cuantitativa es, en cuanto sustancia de la cosa misma, 
algo posterior. 
Cuando se debieran procurar, también para esta determina-
ción ulterior, principios diversos que para lo universal de la pena, 
no se ha establecido nada distinto. Pero el concepto mismo debe, 
en general, contener también el p r i n c i p i o fundamental para lo 
particular. Empero, esta determinación del concepto es, precisa-
mente, aquella conexión de la necesidad, por la cual el delito como 
voluntad nula en sí contiene en sí mismo su superación, que apa-
rece como pena. Es la identidad interior que se refleja para el inte-
lecto, como igualdad en la existencia exterior. 
La naturaleza cualitativa y cuantitativa del delito y la de la 
superación del mismo están comprendidas ahora en la esfera de la 
exterioridad en la que, por otra parte, no es posible ninguna de-
terminación absoluta (^ 19). En el ámbito de la finitud, esa deter-
minación de igualdad permanece sólo como una exigencia que el 
intelecto debe siempre limitar más, lo cual es de la mayor impor-
tancia, pero que, sin embargo, avanza hacia el infinito y sólo per-
mite una perenne aproximación. 
Si no se descuida, solamente, esta naturaleza de la finitud, sino 
que se detiene además en la abstracta igualdad especifica, nace no 
sólo una dificultad insuperable para determinar la pena (especial-
mente si la Psicología alega la grandeza de los impulsos sensitivos 
y de la fuerza ligada a ellos, o de cualquier otra manera; o bien, 
aquella tanto más fuerte, de la mala voluntad, o la tanto más te-
nue fuerza y libertad de la voluntad en general), sino que es fácil 
demostrar el trueque de la pena como un absurdo (hurto por hurto, 
rapiña por rapiña, ojo por ojo, diente por diente, y en el cual se 
puede representar al que obra como tuerto o desdentado), cosa que 
no importa al concepto, pero de la cual viene a ser deudor dicha 
igualdad específica citada. 
El valor como igualdad interna de las cosas, que en su existen-
cia específica son completamente distintas, es una determinación 
que ya se presenta en los contratos, igualmente que en las accio-
nes civiles frente al delito (J 95), cuya representación es elevada 
a lo universal, superando la naturaleza inmediata de la cosa. En 
el delito, como aquello en lo cual lo infinito del hecho es la dster-
minación fundamental, desaparece tanto más la especificación me-
ramente exterior y la igualdad permanece sólo como norma funda-
mental para lo esencial que el delincuente ha merecido; pero no 
para el externo aspecto específico del castigo. 
Según ese aspecto externo, el hurto, la rapiña, la multa y la 
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pena de cárcel, etcétera, son meramente cosas heterogéneas; pero 
según su valor, su carácter general de ser vulneraciones, son cosas 
comparables. Concierne al intelecto, como se ha notado, el buscar 
la aproximación a la igualdad de estos respectivos valores. Si no 
se comprende la conexión existente en si, entre el delito y su supe-
ración, y el concepto del valor y de la posibilidad de comparar a 
entrambos según el valor, puede acontecer que (Klein: Grunds, des 
peinl. Rechts., § 9) en una pena apropiada se vea solamente un 
vínculo arbitrario de un mal con un acto ilícito. 
§ 102 
La superación del delito en la esfera del Derecho Abs-
tracto es principalmente venganza, justa, según el contenido 
en cuanto es castigo o coacción. Pero según la forma es la 
acción de una voluntad subjetiva que puede poner en cada 
vulneración acaecida su infinitud y cuya justicia es, en ge-
neral, accidental; como, asimismo, para los demás ella es sólo 
en cuanto particular. 
La venganza, por el hecho de que es una acción positiva 
de una voluntad particular, viene a ser una nu£va vulnera-
ción, incorporándose como tal contradicción en el progreso 
al infinito y pasa en herencia, de generación en generación, 
ilimitadamente. 
Donde los delitos son perseguidos y castigados, no como "cri-
mina publica" sino "privata" (como entre los Judíos y los Roma-
nos, el hurto y la rapiña, y ahora entre los Ingleses en ciertos ca-
sos, etcétera), la pena tiene todavía algo de v e n g a n z a . De la 
venganza privada es distinto el ejercicio o práctica de la venganza 
de los héroes, los caballeros andantes, etcétera, que se introducen 
en el origen de los Estados. 
§ 103 
La exigencia de que sea resuelta la contradicción, que 
es aquí como superación de lo Injusto, consiste en la exi-
gencia de una Justicia emancipada del interés y del aspecto 
subjetivo, como de la accidentalidad del poder; una justicia 
no vindicativa, sino punitiva. Aquí se da, sobre todo, la exi-
gencia de una voluntad, que como voluntad particular y 
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subjetiva quiere lo universal en cuanto a tal. Este concepto 
de la Moralidad no es, empero, solamente alguna cosa exi-
gida, sino que es el resultado de ese mismo proceso. 
TRANSITO DEL DERECHO A LA MORALIDAD 
§ 104 
El delito y la justicia vindicativa presentan la forma 
del proceso de la voluntad en cuanto superado en la dife-
rencia de