HEGEL   Filosofia do Direito
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contenido; sino, según la creencia en el 
sentido de fidelidad a la propia convicción, es decir, si el hombre 
en su acción ha permanecido fiel a la propia convicción, a la for-
mal fe subjetiva que únicamente encierra la conformidad del deber. 
En ese principio de la convicción, puesto que a la vez ella es 
determinada como algo subjetivo, realmente también el pensa-
miento debe ser impelido a la posibilidad de un error; y, por lo 
tanto, en lo cual está presupuesta una ley que es en sí y por sí. 
Pero lai ley no actúa, solamente es el hombre real el que actúa y 
en el valor de las acciones humanas, según aquel principio, sólo 
puede Importar hasta qué punto él ha escogido aquella ley en su 
convicción. Pero si, como consecuencia de esto, no son aquéllas laa 
acciones que necesita Juzgar, es decir, comparar con aquella ley, 
no se puede decir para qué aquella ley debe existir y servir; tal ley 
es rebajada a una letra externa solamente y en realidad, a una 
palalrra vacia, puesto que sólo mi convicción es instituida como ley, 
como algo que me obliga y me vincula. 
El hecho de que tal ley tiene para sí la autoridad divina del 
Estado y también la autoridad de los milenios en los cuales fué 
el vínculo con el que los hombres y todos sus hechos recíproca-
mente se sostuvieron y tuvieron consistencia \u2014autoridad que en-
cierra en sí un número Infinito de convicciones de individuos\u2014, 
y el hecho de que yo ponga contra la autoridad de mi convicción 
singular (en cuanto convicción subjetiva mía, su validez sólo ea 
autoridad) esta arrogancia que al comienzo aparece monstruosa, 
es introducida por parte del mismo principio como lo que instituye 
como regla general la convicción subjetiva. 
En verdad, si ahora con la más grande incongruencia que es 
introducida por la razón, no susceptible de ser engañada con una 
ciencia superficial y con una mala sofisticacion, y por la conciencia 
se admite la posibilidad de un error, el delito y el mal, en gene-
ral, son así, representados como errores y la falta reducida al mí-
nimo. 
Puesto que errar es humano, ¿quién no estará equivocado so-
bre esto o aquello, sobre si yo ayer a mediodía he comido sopa o 
repollo, y sobre cosas innumerables, más insignificantes o más im-
portantes? 
Sin embargo, la distinción entre insignificante e importante 
aquí se excluye, si únicamente es la subjetividad de la convicción 
y el perseverar en la misma lo que interesa. Pero aquella más 
grande inconsecuencia de la posibilidad de un error, que deriva 
de la naturaleza de las cosas, se convierte, efectivamente, por el 
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sentido de que una mala convicción es solamente un error, sólo 
en otra inconsecuencia de la deshonestidad; una vez que debe 
ser la convicción en la que reside el Ethos y el sumo valor del 
hombre y, por lo tanto, ella es declarada como algo supremo y 
sano; por otra parte, no se trata de nada sino de un error de mi 
convencimiento, sin valor y accidental; particularmente algo ex-
terno que me puede acaecer asi o de otra manera. 
En realidad, mi persuasión es algo sumamente insignificante 
si yo no puedo conocer nada verdadero; así, es indiferente el 
modo como yo pienso, y me queda en el jjensamiento aquel vano 
Bien, abstracción del entendimiento. 
Por lo demás, para aun destacar esto, según el principio de 
la justificación sobre la base de la convicción, por el modo de 
obrar de los demás frente al mío, se da la consecuencia de que, 
ya que ellos, según su creencia y su convicción, sostienen como 
delito mis acciones, hacen por eso completamente el bien; con-
secuencia en la cual no solamente yo no conservo nada con anti-
cipación, sino que, al contrario, soy degradado, desde el punto de 
vista de la libertad y del honor, a la relación de la servidumbre y 
del deshonor, esto es, a la justicia \u2014que en sí también es algo 
mío\u2014, de sufrir una extraña convicción subjetiva y en su ejercicio 
creerme sólo a merced de un poder externo. 
f) En fin, la forma más alta en la cual se aprehende y se 
expresa absolutamente esa subjetividad, es aquella que se ha 
llamado ironía con una palabra "prestada" por Platón, puesto 
que de Platón sólo se ha tomado el nombre, el cual lo empleó 
en el sentido con que Sócrates (i) lo aplicara en un diálogo per-
sonal contra la presunción de la conciencia inculta y de la so-
fística en provecho de la Idea de verdad y de justicia; pero, sin 
embargo, sólo trató irónicamente a la conciencia y no a la Idea 
misma. La ironía considera solamente una posición del razona-
miento acerca de la persona; sin dirección personal, el movimien-
to esencial del pensamiento es la dialéctica, y Platón estaba tan 
lejos de tomar el elemento dialéctico por sí, o más bien la Ironía 
como la cosa última, como la idea misma, que, por lo contrario, 
él pone fin al vagabundear (2) del pensamiento y tanto más de una 
opinión subjetiva, y la sumerge en la sustancialidad de la Idea (3). 
(1) Memorabilia, de Jenofonte (I, 3, 8 ) . 
(2) das Herübera-und Hiuübergehen = andar de acá para allá. 
(3) MI difunto colega profesor Solger (profesor de la Universidad de 
Berlín desde 1811 hasta su muerte, 1819), en verdad ha recogido la expre-
sión de Ironía, empleada por el señor Federico Schlégel, en el primer pe-
ríodo de su carrera de escritor y exagerada hasta aquella subjetividad que se 
conoce a sí misma como algo supremo; pero, su buen sentido algo distante 
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Kl ápice de la subjetividad, a considerar aún aquí, que se en-
tiende como lo Absoluto, puede ser solamente esto: un saberse 
aún como aquella decisión y determinación respecto a la verdad, 
el derecho y el deber, que en las formas precedentes existe ya 
en sí. Ese culminar consiste, en consecuencia, en conocer así la 
objetividad ética, empero, no olvidándose de sí mismo ni hacien-
do renuncia de sí, al ahondar en la severidad de la misma y al 
obrar en base a ella; pero, con referencia a la objetividad, con-
servarse al mismo tiempo la misma por sí y conocerse como lo 
que quiere y decide de un modo dado y que puede querer y deci-
dir igualmente, de otro modo, al Bien. En efecto, toma una ley, 
escuetamente como es en sí y por sí; yo también estoy presente 
en ella, pero más aún de vosotros; por eso Yo estoy más allá, 
puedo obrar así o de otro modo. La cosa no es lo superior, sino 
que yo soy el excelente y soy el dueño por encima de la ley 
y de la cosa; que sólo juego con ellas, como con su placer y en 
esa conciencia irónica, en la cual Yo dejo sucumbir lo más alto, 
sólo me gozo a mi mismo. Esto no sólo es la vamidad de todo con-
tenido ético de los derechos, deberes y leyes \u2014el mal, es decir, 
de tal determinación y su penetración filosófica, sólo hfi apresado y retenido 
aqui, particularmente, el lado de la dialéctica propia, del pulso motor de la 
consideración especulativa. Empero, claro del todo, no puede encontrar ni 
convenir también con los conceptos, que él mismo desarrolla aún en su últ ima 
obra de gran valor, en una critica detallada de las lecciones del señor Augusto 
Guillermo Schlegel, En tomo al Arte y a la literatura dramática (Anales, vol. 
VII, pág. 90 y sig.). Solger dice aUi: &quot;I<a verdadera ironía procede del punto 
de vista por el cual el hombre, mientras tanto vive en este mundo presente, 
puede sólo en este mundo cumplir su destino, también, en el más alto signi-
ficado de la palabra. Todo eso coa lo cual creemos trascender los fines finitos 
es presunción vana y vacía. También lo Supremo existe, p^ra nuestro obrar, 
sólo en forma limitaSa y finita.&quot; Esto, exactamente entendido, es platónico y 
ha sido dicho más Justamente contra el vacío esfuerzo señalado más arriba, 
hacia lo infinito (abstracto); pero que lo Supremo es, en forma limitada, finito 
como el Ethos \u2014y el Ethos es esencialmente como realidad y acción\u2014, es muy 
distinto de que él sea un fin finito; el íispecto