renan, ernesto   vida de jesus
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renan, ernesto vida de jesus


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jido de absurdos que confunde la imaginación, y ella a sus 
devotos. El islamismo, segundo acontecimiento de la historia 
del mundo, no existiría si el hijo de Amina no hubiera sido 
epiléptico. El dulce e inmaculado Francisco de Asís hubiese 
permanecido ignorado sin el hermano Elias. La humanidad es 
tan débil de espíritu que la cosa más pura necesita la coopera-
ción de algún agente impuro. 
Guardémonos de aplicar nuestras escrupulosas distincio-
nes, nuestros razonamientos de mentes frías v claras a la 
apreciación de estos acontecimientos extraordinarios que es-
tán, a la vez, tan por encima y tan por debajo de nosotros. 
Tal querría hacer de Jesús un sabio; tal, un filósofo; tal, 
un patriota; tal, un hombre de bien; tal, un moralista; tal, 
un santo. No fue nada de todo ello. Fue un encantador. No 
reconstruyamos el pasado a nuestra imagen. No creamos que 
Asia es Europa. Entre nosotros, por ejemplo, el loco es un 
ser fuera de la normalidad, se le atormenta para hacerle re-
gresar a ella; los horribles procedimientos de las antiguas 
casas de locos eran consecuentes con la lógica escolástica y 
cartesiana. En Oriente, el loco es un ser privilegiado; entra 
en los más altos consejos sin que nadie ose detenerle; se le 
escucha, se le consulta. Es un ser al que se cree más cerca 
de Dios porque se ha extinguido su razón individual y se 
supone que participa de la razón divina. El espíritu que pone 
en evidencia cualquier defecto de razonamiento por medio 
de una fina ironía no existe en Asia. Una alta personalidad 
del islamismo se contaba que, hace algunos afios, habiendo 
llegado a ser urgente una reparación en la tumba de Mahoma 
en Medina, se hizo un llamamiento a los albañiles, en el 
que se anunciaba que a quien descendiese al temible lugar 
se le cortaría la cabeza al subir. Uno, que se presentó, des-
cendió, hizo la reparación y después se dejó decapitar. «Era 
preciso, me dijo mi interlocutor; uno se imagina estos lu-
gares de cierta forma; no hace falta que haya alguien capaz 
de decir que son de otra.» 
Las conciencias confusas serían incapaces de poseer la 
claridad, patrimonio de la cordura. Ahora bien, sólo las con-
ciencias confusas crean valientemente. He querido hacer un 
puadro donde los colores estuviesen mezclados como ]o ge. 
tán en la naturaleza, que fuese semejante a la humanidad, 
es decir, a la vez grande y pueril, donde se viese al instinto' 
divino abrirse paso con seguridad a través de mil singulari-
dades. Si el cuadro hubiera carecido de sombras hubiera pro-
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ERNESTO RENÁN 
bado su falsedad. El estado de los documentos impide decir 
en qué caso la ilusión ha sido consciente de sí misma. Todo 
lo que se puede decir es que lo ha sido a veces. No se 
puede llevar durante años la vida de taumaturgo sin ser diez 
veces acosado, sin ser violentado por el público. Al hombre 
que en vida tiene una leyenda, su leyenda lo conduce tirá-
nicamente. Se comienza por la sencillez, la credulidad ab-
soluta; se termina con dificultades de todo tipo, y para 
apoyar el poder divino que falta, se sale de tales dificultades 
por expedientes desesperados. Si se me apura: ¿hay que 
dejar morir la obra de Dios por que Dios tarde en mani-
festarse? ¿No ha hecho Juana de Arco más de una vez ha-
blar a sus voces según la necesidad del momento? Si la re-
velación secreta, cuyo relato hizo al rey Carlos VII, tiene 
alguna realidad, lo que es difícil negar, es preciso que la 
inocente muchacha haya presentado lo que había conocido 
confidencialmente como el resultado de una intuición so-
brenatural. Toda exposición de historia religiosa será tachada 
de incompleta mientras no incluya suposiciones de este gé-
nero. 
Así, pues, toda circunstancia verdadera, probable o posi-
ble, debía tener un lugar en mi narración, con su matiz de 
probabilidad. En tal historia era preciso decir no solamente 
lo que ha ocurrido, sino incluso lo que, verosímilmente, ha 
podido ocurrir. La imparcialidad con que yo trataba mi tema 
me prohibía descartar una conjetura, incluso chocante; por-
que, sin duda, ha habido mucho de chocante en la manera 
de que han ocurrido los hechos. He aplicado de principio 
a fin, inflexiblemente, el mismo procedimiento. He manifes-
tado las buenas impresiones que los textos me sugerían; no 
debía callar las malas. He querido que mi libro conservase 
su valor, incluso el día en que se llegase a considerar cierto 
grado de fraude como un elemento inseparable de la historia 
religiosa. Era preciso hacer a mi héroe grande y atractivo 
(porque sin duda lo fue); y esto a pesar de hechos que en 
nuestros días serían calificados desfavorablemente. Se ha 
aplaudido el intento de construir un relato viviente, huma-
no, posible. ¿Hubiera merecido mi relato tales elogios de 
presentar los orígenes del cristianismo como absolutamente 
inmaculados? Hubiese significado admitir el más grande de 
los milagros. El resultado hubiese sido un cuadro de la peor 
frialdad. No digo que, a falta de manchas, hubiera debido 
inventarlas. Al menos, debía dejar a cada texto producir su 
nota suave o discordante. Si Goethe viviese aprobaría este 
escrúpulo. Aquel gran hombre no me hubiera perdonado un 
retrato totalmente celestial; hubiera exigido rasgos repulsi-
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VIDA DE JESÚS 
vos; porque, seguramente, en la realidad suceden cosas que 
nos molestarían si nos fuese dado verlas (9). 
La misma dificultad se presenta, por lo demás, con la 
historia -de los apóstoles. Esta historia es admirable a su 
manera. ¿Pero hay algo más sorprendente que la glosolalia, 
atestiguada por textos irrecusables de San Pablo? Los teó-
logos liberales admiten que la desaparición del cuerpo de Je-
sús fue una de las bases de la creencia en la Resurrección. 
¿Qué significa esto sino que la conciencia cristiana estuvo 
dividida en aquel momento, que una mitad de esta con-
ciencia creó la ilusión de la otra mitad? Si los mismos dis-
cípulos hubieran arrebatado el cuerpo y se hubiesen repartido 
por la ciudad gritando: «¡Ha resucitado!», la impostura hu-
biese sido evidente. Pero, sin duda, no fueron los mismos los 
que hicieron las dos cosas. Para que la creencia en un mi-
lagro se acredite es preciso que alguien sea responsable del 
primer rumor extendido; pero corrientemente éste no es el 
actor principal. Su papel se limita a no protestar contra la 
reputación que se le crea. Además, aunque reclamase, sería 
en vano; la opinión popular tendría más fuerza que él (10). 
En el milagro de La Salette se tuvo idea clara del artificio; 
pero el convencimiento de que significaba un beneficio para 
la religión lo hizo seguir adelante pese a todo (11). Al divi-
dirse el fraude entre varios se hace inconsciente, o más bien 
deja de ser fraude para convertirse en malentendido. En este 
caso nadie miente deliberadamente; todo el mundo miente 
inocentemente. En otro tiempo se suponía que cada leyenda 
implicaba la existencia de embaucados y embaucadores; a 
nuestro parecer, todos los colaboradores de una leyenda son 
a la vez embaucados y embaucadores. En otros términos, un 
milagro supone tres condiciones: 1.°, la credulidad de to-
dos; 2°, un poco de complacencia por parte de algunos, 
y 3.°, el tácito consentimiento por parte del autor princi-
pal. En contra de las groseras explicaciones del siglo xvm, 
no caigamos en las hipótesis que implicarían efectos sin causa. 
La leyenda no nace sola* se la ayuda a nacer. Los puntos 
(9) Sin embargo, como en tales temas la edificación se derrumba por to-
das partes, me he creído en el deber de extractar la Vida de Jesús formando 
un pequeño volumen, donde nada pueda detener a las almas piadosas des-
preocupadas por la crítica. Lo he titulado Jesús, para distinguirlo de la 
presente obra, la cual sólo es una parte de la serie titulada: Historia de 
los orígenes del cristianismo. Ninguna de las modificaciones introducidas en 
la edición que