HARVEY, David. Ciudades rebeldes
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HARVEY, David. Ciudades rebeldes


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las am­
pliaciones de diversos mecanismos colectivos y de propiedad co­
mun en otto- sino que el efecto unificado de Ia acci6n politica 
corrija Ia degradaci6n cada vez mayor de los recursos del trabajo 
y de la tierra (incluidos los recursos insertos en la «segunda natu­
raleza» del entorno construido) en manos del capital. En ese es­
fuerzo, la «rica combinaci6n de instrumentos» que Elinor Os­
trom comienza a especificar -no solo publicos y privados, sino 
colectivos y asociativos, anidados, jer:irquicos y horizontales, ex­
cluyentes y abiertos- desempefi.ani un papel clave en la busqueda 
de vias para organizar la producci6n, distribuci6n, intercambio y 
consumo a fin de satisfacer las necesidades y aspiraciones huma­
nas sobre una base anticapitalista . Esa rica combinaci6n no viene 
dada, sino que debe ser construida. 
La cuesti6n no es que la clase que se apropia de la riqueza co­
mun arrebatandosela a la clase que la produce cumpla los requeri­
mientos propios de la acumulaci6n. El resurgimiento de los bienes 
comunes como cuesti6n politica tiene que integrarse plenamente 
en la lucha anticapitalista de forma muy especifica. Desgraciada­
mente, la idea de los bienes comunes (como el derecho a la ciudad) 
esta siendo tan facilmente apropiada por el poder politico existen­
te como lo esta siendo el valor a extraer de los bienes comunes 
urbanos por los intereses inmobiliarios. La cuesti6n es por tanto 
cambiar todo eso y hallar formas creativas de utilizar los poderes 
del trabajo colectivo para el bien comun, y mantener el valor pro­
ducido bajo el control de los trabajadores que lo producen. 
Esto requiere una ofensiva politica en dos direcciones, por un 
lado para obligar al estado a esforzarse mas en el suministro de 
bienes publicos para finalidades publicas, y por otto la autoorgani-
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zaci6n de poblaciones en teras para apropiarse, usar y complemen\ufffd 
tar esos bienes de forma que extiendan y mejoren las cualidades de 
los bienes comunes reproductivos y medioambientales no mercan\ufffd 
tilizados. La producci6n, protecci6n y uso de bienes publicos y 
com\ufffdnes en ciudades como Bombay, Sao Paulo, Johannesburgo, 
Los Angeles, Shanghai y Tokio se convierte en una cuesti6n cen­
tral que de ben afrontar y corregir los movimientos sociales demo­
craticos; y esto requerira mucha mas imaginaci6n y sofisticaci6n 
de la que actualmente circula en las principales teorfas radicales, 
en particular en la medida en que esos bienes comunes est:in sien­
do continuamente creados y apropiados mediante la forma capita­
lista de urbanizaci6n. El papel de los bienes comunes en la forma­
cion de las ciudades y en la polftica urbana solo empieza ahara a 
ser claramente reconocido y elaborado, tanto te6ricamente como 
en el campo de la practica radical. Hay mucho trabajo por hacer, 
pero tambien hay abundantes signos en los movimientos sociales 
urbanos de todo el mundo de que hay mucha gente, con una masa 
critica de energfa polftica, dispuesta a hacerlo. 
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CAPITULO C UATRO 
E l a rte de la renta 
El mimero de trabajadores dedicados a las actividades y pro­
ducciones culturales ha aumentado considerablemente durante 
las ultimas decadas (de unos 1 50 .000 artistas registrados en Ia 
region metropolitana de Nueva York a principios de Ia decada 
de 1 980 a mas del doble en este momenta) , y sigue creciendo. 
Constituyen el nucleo creativo de lo que Daniel Bell llama «la 
masa cultural» (no los creadores, sino los transmisores de Ia cul­
tura en los medias y otros lugares) 1 , y su actitud polftica ha ido 
cambiando con los afi.os. Durante la decada de 1 960 las escuelas 
y talleres de arte eran un vivero de discusiones radicales, pero la 
pacificacion y profesionalizacion subsiguiente ha menguado no­
tablemente su capacidad subversiva . Por mas que Ia estrategia y 
el pensamiento socialista necesiten una reconfiguracion, revita­
lizar tales instituciones como centros de compromiso politico y 
movilizar la capacidad polftica y agitadora de los productores 
culturales es con seguridad un objetivo valioso para Ia izquierda. 
Aunque hoy dfa dominan incuestionablemente Ia comercializa­
cion y los incentivos de mercado, entre los productores cultura­
les hay muchos descontentos y corrientes disidentes que pueden 
fertilizar ese campo, abriendolo a Ia expresion crftica y a Ia agi­
tacion polftica para Ia produccion de un nuevo tipo de bienes 
comunes. 
1 Daniel Bell, The Cultural Contradictions of Capitalism, Nueva York, Ba­
sic Books , 1 978 , pp. 20; David Harvey, The Condition of Postmodernity, cit. , 
pp. 290-2 9 1 , 347-349; Brandon Taylor, Modernism, Postmodernism, Realism: 
A Critical Perspective for Art, Winchester, Winchester School of Art Press, 
1 987, p. 77 . 
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La cultura es un bien comun y es innegable que se ha converti­
do en una especie de mercancia. Aun asi, tambien es general la 
creencia de que en ciertos productos y acontecimientos culturales 
(ya sea en las artes plasticas o en el teatro, la musica, el cine, la ar­
quitectura o mas en general en ciertas formas de vida, tradici6n, 
recuerdos colectivos y comunidades afectivas) hay alga especial 
que los diferencia de las mercancias ordinarias como las camisas o 
los zapatos. Aunque la frontera entre unos y otros tipos de mer­
candas sea muy porosa (quiza cada vez mas), hay todavia razones 
para mantener entre ellos una distancia analitica. Puede suceder, 
par supuesto, que distingamos los artefactos y acontecimientos 
culturales porque no podemos sino pensarlos como autenticamen­
te diferentes, situados en un plano mas elevado de la creatividad y 
la sensibilidad humana que las mercancias producidas y consumi­
das en masa; pero aun si prescindimos de cualquier residua de qui­
meras ilusorias (a menudo respaldadas por poderosas ideologias), 
todavia queda alga muy especial en esos productos denominados 
«culturales». Los estudios y galerias de arte y los cafes y bares don­
de los musicos se encuentran para tocar no son lo mismo que las 
tiendas de ropa aunque para seguir existiendo tengan igualmente 
que obtener beneficios suficientes para pagar el alquiler del local. 
\ufffdComo se puede reconciliar entonces el estatus mercantil de tan­
tos de esos fen6menos con su caracter especial? 
R ENTA DE M O NOPOL IO Y COM PETEN C IA 
A los propios productores culturales, habitualmente mas inte­
resados par las cuestiones de estetica, los valores afectivos, la vida 
social y los sentimientos (a veces dedicados ellos mismos incluso 
al arte par el arte, como se solia decir), un termino como «renta 
de monopolio» les puede parecer demasiado tecnico y arido como 
para incluir alga mas alia que los posibles dlculos del financiero, 
el promotor, el especulador inmobiliario y el propietario de tie­
rras, pero espero mostrar que tiene una importancia mucho rna-
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yor; que, adecuadamente planteado, puede generar ricas interpre­
taciones de los muchos temas practicos y personales que brotan 
del nexo entre la globalizacion capitalista, los desarrollos politico­
economicos locales y Ia evolucion de los significados culturales y 
los val ores esteticos2 \u2022 
Toda renta se basa en el monopolio de alglin bien por determi­
nados propietarios privados. La renta de monopolio surge porque 
ciertos agentes sociales pueden obtener una mayor corriente de 
ingresos durante un tiempo dilatado en virtud de su control ex­
clusivo sabre alglin articulo directa o indirectarr..ente comerciali­
zable que es en ciertos aspectos cruciales unico e irreproducible. 
Hay dos situaciones en las que esa categoria cobra mayor impor­
tancia. La primera es aquella en que determinados agentes so­
ciales controlan alglin recurso, mercanda o Iugar con cualidades 
especiales, lo que les permite, en relacion con cierto tipo de acti­
vidad, extraer rentas de monopolio de quienes desean usarlo. En 
el campo de