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RANCIÈRE, J. Momentos politicos

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igualdad estética, en sus promesas y 
simulaciones. Hace ya dos siglos que esta inclusión estética 
comenzó a mezclar sus efectos con los de las operaciones polí-
ticas de inclusión, a sostenerlas a través de su propia manera 
de revocar las antiguas divisiones y de igualar lo alto y lo bajo, 
a contrariarlos con el exceso mismo de su igualdad, con ese 
poder de inclusión generalizado que borra, con la visibilidad 
de la exclusión, las operaciones que la convertían de nuevo 
en inclusión. Dejemos que las almas tiemasluchen con el arte 
MOMEN"TOS POLITICOS I 85 
contra la fractura social y que los espíritus críticos denuncien 
la dura realidad social que sostiene la distinción estética. Deje-
mos también que las mentes serias y los pícaros y medio se 
lamenten juntos por la colusión fatal de los absolutos artísti-
cos con los totalitarismos políticos o de cualquier estética con 
la indiferencia mercantiL Es a una profundidad muy diferente 
donde la desclasificación estética extiende sus efectos de inclu-
sión e indistinción, donde se juega la complicidad conflictiva 
de la subjetivación política de los hombres de nada y de la 
consagración estética de las cosas de nada. El conflicto de 
las inclusiones no está preparado para dejarse llevar de vuelta 
a una simple línea divisoria. 
EL 11 DE SEPTIEMBRE Y DESPUÉS, 
¿UNA RUPTURA DEL ORDEN SIMBÓLICO? 
Este texto, publicado en mayo de 2002 en el número 8 de la revista Lignes, 
es una versión levemente modificada de una intervención leída en Nueva 
York el 2 de febrero de 2002 en el marco de los "Diálogos francoestadou-
nidenses" organizados de modo conjunto por France-Culture y el Centro 
de civilización y cultura francesas de la New York University, por inicia-
tiva de Laura Adler y Tom Bishop. 
El 11 de septiembre, ¿marca una ruphIra simbólica en nuestra 
historia? La respuesta él esta pregunta evidentemente depende 
de otras dos preguntas previas, dos preguntas preliminares que 
se relacionan mutuamente. En primer lugar, ¿qué entendemos 
por ruphIra simbólica? En segundo lugar, ¿con qué rasgo esen-
cial caracterizamos el acontecimiento del 11 de septiembre? 
88 I JACQUES RANCltRE 
Hay dos puntos de vista desde los cuales podernos hacer 
la primera pregunta. En un primer sentido, podernos llamar 
"acontecimiento simbólico" al acontecimiento que llega a un 
símbolo. La cuestión de lo simbólico será planteada entonces 
desde el punto de vista de un espectador ideal de los asuntos 
humilnos y se formulilrL'i de este I)wdo: ¿de qué son símbolo 
torres corno éstas? y, ¿cuál es la lección que nos deja el derrumbe 
de este objeto simbólico? Esta perspectiva no nos lleva muy 
lejos. Que una torre de cuatrocientos metros de altura, que 
lleva el nombre de "centro financiero del mundo", sea un sím-
bolo del orgullo humano en general y de la voluntad de hege-
monía mundial de un Estado en particular y que su destruc-
ción sea apropiada para alegorizar la vanidad de ese orgullo 
y la fragilidad de esa hegemonía, evidentemente no es un 
gran descubrimiento. 
Por lo tanto, debernos plantear la pregunta por el aconteci-
miento simbólico desde otro punto de vista. Uamaremos enton-
ces" acontecimiento simbólico" al acontecimiento que alcanza 
el régimen existente de las relaciones entre lo simbólico y lo 
real. Es un acontecimiento que los modos de simbolización 
existentes son incapaces de comprender y que revela por ende 
una falla en la relación de lo real con 10 simbólico. Puede ser el 
acontecimiento de una realidad no simbolizable o, a la inversa, 
el del retomo a una prescripción simbólica. Si adoptamos este 
punto de vista, 1/11 de septiembre" ya no designa simplemente 
el éxito de la acción terrorista y el colapso de las torres. El punto 
decisivo para ver si hay ruptura se convierte entonces en la 
recepción del acontecimiento, en la capacidad de los implica-
dos por el suceso y de quienes se encargaban de enunciar su 
significación (gobierno estadounidense y medios de comuni-
MOMENTOS POLlTICOS I 89 
cación), de garantizar su comprensión simbólica. Ese día hubo 
ruphlra simbólica si dicha capacidad de simbolización fue con-
siderada en falta. 
No veo nada de eso en el acontecimiento del 11 de sep-
tiembre. Ciertamente, el atentado combinó hasta un punto 
hélstél entonces desconocido la visibilidéld dl'l <lcontl:'cimil'r,l\\ 
su poder de destrucción material y la ejemplaridad del blanco. 
Pero la caída de las torres y la muerte horrible de miles de 
inocentes no constituyen la fractura de una realidad no 
simbolizable. Si algo se cuestionó con el éxito de los ata-
ques terroristas tal vez haya sido la capacidad del servicio 
secreto estadOlmidense y, de lU1 modo más lejano, la lucidez 
de la política "realista" que durante mucho tiempo apoyó y 
armó a los movimientos islámicos en Medio Oriente. 
Pero seguramente no es la capacidad de inscribir el acon-
tecimiento en la simbolización del "vivir jlU1tos" estadotmi-
dense y el estado del mundo. Todo sucede como si, por el 
contrario, la vivacidad de ese poder de reacción simbólica al 
acontecimiento fuera inversamente proporcional a la capa-
cidad de prever e impedir su efectuación. En la misma mañana 
del 11 de septiembre, el espectro de lo inconcebible ya había 
sido exorcizado. Mucho antes incluso de que se pudieran con-
tar los muertos y los supervivientes, algo ya se sabía y se repe-
tía en todas partes: que los terroristas habían querido tocar los 
cimientos de América, pero que el intento estaba condenado 
al fracaso porque las torres sólo representaban materialmente 
el "United We Stand" del pueblo estadolU1idense. 
En Union Square lU1 dibujo en el suelo representa las "ver-
daderas torres", las torres indestructibles: cientos de cuer-
pos estadotmidenses de pie lU10S sobre otros, reemplazando 
90 I JACQUES RANCltRE 
las torres de vidrio y acero y a quienes habían muerto allí, 
inmediatamente semejantes a la elevación del "vivir juntos" 
colectivo. Y el presidente podía decir esa misma noche lo que 
había sucedido: que las fuerzas del mal habían atacado a las 
fuerzas de] bien. 
Aquí]" rt'"lidad no I1llH::'str" la f?olla de In simbólico. Pero 
el 11 de septiembre tampoco es ese regreso simbólico a lo real, 
esa revancha simbólica sobre el realismo occidental que algu-
nos declaran. El argmnento del regreso de lo simbólico que 
nos muestra a Occidente castigado por desconocer las exi-
gencias del orden simbólico. Occidente había creído irracio-
nalmente que los hombres podían modificar a voluntad las 
relaciones fundadoras de la existencia humana: el orden sim-
bólico del nacimiento y la muerte, de la diferencia de los sexos, 
del parentesco y de la alianza, de la relación del hombre con 
la alteridad fundadora. Los representantes del otro mundo, 
del mundo de la tradición simbólica, se ocuparían de recor-
dar el precio de esta locura. 
Pero esto es confundir los niveles. El blanco del 11 de sep-
tiembre no era Occidente, sino el poder estadounidense. Y 
quienes dieron el golpe no eran la voz del inconsciente repri-
mido. Eran ejecutantes al servicio de redes paramilitares vin-
culadas con estados aliados de Estados Unidos que se vol-
vieron contra el poder que en otro tiempo los había utilizado. 
Lo que era susceptible de mostrarse como falla en el 11 de sep-
tiembre no era el orden o el desorden occidental del paren-
tesco y la alianza. No era el orden simbólico constitutivo de 
la humanidad en general, era el orden simbólico específico 
que define el "vivir juntos" de una comunidad nacional. Era 
la capacidad de esta comunidad de utilizar sus referencias 
MOMENTOS POLITICOS I 91 
simbólicas tradicionales, de integrar el acontecimiento en 
los marcos donde ésta representa su relación con uno mismo, 
con los otros y con el otro. En este punto no hubo ruptura, no 
hubo revelación de una falla entre la realidad