MIRA Y LOPEZ E.   Manual de Psicoterapia.
307 pág.

MIRA Y LOPEZ E. Manual de Psicoterapia.


DisciplinaPsicologia57.923 materiais425.798 seguidores
Pré-visualização50 páginas
biológica con la época de mayor prestigio y satisfac- 
ción económicosocial (por término medio) y en tercer orden a que 
la opinión popular es menos adversa y severa en la valoración de 
las deformaciones morfoestéticas del cuerpo masculino que en las 
correspondientes del cuerpo femenino en esta edad. De todas suer- 
tes, es en esta fase de la vida cuando en ambos sexos se «agria» el 
carácter, aparecen crisis de angustia o ansiedad, de disgusto y
malhumor y se propende a tomar posturas de crítica resentida, de 
pesimismo escéptico o de intolerante fanatismo. Coincidiendo tal 
actitud con la de «liberación» de los hijos, se adivina cuan difícil 
resulta a veces conservar la paz familiar en la intimidad de los ho- 
gares en tal fase de su devenir. 
Jung ha señalado, sin duda bajo la influencia de las doctrinas
de la evolución sexológica, que en la fase del climaterio se tiende a
producir una «inversión de la fórmula afectiva personal», de suer- 
te que, de una parte, los sujetos esquizoides (hoscos, tímidos y se-
veros) tienden a cicloidizarse y a permitirse todas las licencias que
antes no se concedieron, en tanto los sujetos cicloides (liberales,
expansivos y sociales) devienen reposados, serios y un tanto her-
méticos. Y, de otra parte, prescindiendo de tal cambio tempera-
mental, el hombre se feminiza y la mujer se viriliza (ver la
exposición de estas ideas en el capítulo IX) o, más exactamente ex-
presado, emerge en el varón el «Anima» y en la hembra el «Ani-
mus». No obstante, más bien que una verdadera transformación
personal -condicionada por profundos cambios en su estructura
temperamental- hay que pensar en alteraciones del carácter que
pueden hallar su explicación en factores puramente «exógenos»,
ya en parte señalados y que propenderían a hacer al hombre más
plácido y tolerante (conciliador) y a la mujer más intransigente y
agresiva, por diferencias en la satisfacción de sus fines vitales. 
De otra parte, no es raro que sea en la época involutiva cuando 
el sujeto se enfrente seriamente con la idea de la Muerte, propen- 
da por vez primera a mirar retrospectivamente y sienta nacer en 
él, en forma consciente, diversos «sentimientos de culpa», hasta 
entonces latentes y recubiertos por el diario ajetreo de su vida ac- 
tiva. Por ello hay en esta fase una nueva propensión a las crisis re- 
ligiosas. El Hombre necesita refugiarse en su fe para caminar por 
 
 
4 6 EMILIO MIRA LÓPEZ
la ruta que le conduce inexorablemente al sarcófago. Si esta fe no 
la halla en alguno de los credos religiosos ad usum habrá de cons- 
truírsela, o reconstruírsela con la ayuda de conceptos filosófico- 
éticos o biosociales adecuados. De aquí la necesidad de que el 
psicoterapeuta se vea más obligado ahora que ante otros casos a 
plantear y discutir la teología vital de sus pacientes.
La vejez y la senilidad
 
Al pasar de los 60 años puede decirse que ya se ha fijado en el
Ser la actitud con que acogerá su Muerte (Claro es que aquí como
en todo el campo de la psicogénesis hay numerosas excepciones y
por tanto no han de tomarse más que como puntos de referencia
nuestras acotaciones cronológicas). El proceso de paulatina dismi-
nución de la plasticidad reaccional, es decir, la rigidización y es-
clerosis que acostumbra a producirse en los procesos orgánicos 
-bien estudiado por Metchnikoff y recientemente por Metalnikov-
se refleja en la esfera psíquica por una lenta pero constante dismi-
nución de la productividad intelectual, por una limitación del cír-
culo de los intereses personales, por un despertar de la emotividad 
y por una «sensibilización» progresiva ante los conflictos y dificul-
tades de la vida que refuerzan así la actitud de enquistamiento y
de automatización del plan o régimen existencial: el viejo propen-
de a la iteración de sus actos, verbales o práxicos; deviene «latoso» 
e «infantil», un tanto caprichoso y obstinado, unas veces hiperes- 
tésico y otras insensible, siempre desmemoriado para lo reciente 
(por falta de capacidad de aprehensión de los nuevos estímulos)
con sueño escaso y fatigabilidad aumentada, pierde su eficiencia
para el trabajo y se ve constreñido a llevar una vida cada vez más
puramente vegetativa, sólo alterada por el crecimiento de sus
achaques y padecimientos que le llevan a concentrar en su propio
cuerpo (autoscopia) y en la acción de tales o cuales remedios la es-
casa capacidad de observación y atención que aun le resta. 
Factores de la individuación
 
Prescindiendo de las variaciones que el Ser Humano experi-
menta en el curso de su existencia, es lo cierto que a lo largo de
ella se impone su inconfundible individualidad. Ahora bien, el gra- 
 
 
MANUAL DE PSICOTERAPIA 4 7 
do de coherencia que ésta alcanza así como el de su estabilidad, 
son datos que tienen gran importancia para la comprensión de no
pocas de sus manifestaciones, normales y anormales. De aquí que
hayamos de conceder atención a los factores que de un modo más
efectivo influyen en la formación y fijación de la misma, es decir,
en el proceso de «individuación». 
Como ya hemos avanzado en más de un lugar de este volumen, 
la personalidad individual se constituye como «síntesis de contra-
rios», es decir, como resultado de un equilibrio entre núcleos de
tendencias opuestas, sin cuya existencia la vida de todos los seres
humanos resultaría de una insoportable y monótona uniformidad.
Según el punto de las escalas timopráxicas en que se estabilice el
carácter tendremos una fórmula diferencial de unos a otros suje-
tos; así como según los grados y contenidos de su conocimiento 
(es decir según la modalidad de su «gnosis intelectiva») podemos
también distinguirlos entre sí. No hay dos hombres «que sepan lo
mismo» (aun cuando hayan estudiado lo mismo) ni tampoco los
hay que sientan y procedan idénticamente ante cualquier situa-
ción. Ahora bien: dejando aparte tales diferencias en cuanto al
caudal y al tipo de sus «saberes», «sentires» y «poderes», lo que
ahora nos interesa, como psicoterapeutas, es llegar a descubrir la
mayor o menor propensión con que una determinada individuali-
dad va a caer en el terreno de nuestra actuación, es decir, va a re-
querir la obra correctora que la evite sufrir o hacer sufrir una
desadaptación ante la vida. Para deducir este dato, que bien po-
dríamos denominar «umbral de psicopaticidad» (o «valor de la
predisposición psicopática del fenotipo») necesitamos, en lo posi-
ble, llegar al mejor conocimiento de las siguientes incógnitas: 
a) Cómo se cree el individuo que es (Cuál es la opinión que tie- 
ne de sí mismo en todos los aspectos de su Ser, de su Valer 
y de su Parecer). 
b) Cómo desea ser (Cuál es su «Ideal del Yo»: cómo habría 
querido ser). 
c) Cómo cree que llegará a ser (Cuál es la prospección de sí 
mismo. Qué situación y valer espera poder alcanzar). 
d) Cómo se cree que es juzgado (Cuál es la idea que él se
hace de su «Parecer») par a compararlas con sus corres-
pondientes: 
 
 
4 8 EMILIO MIRA LÓPEZ
a') Cómo es en realidad apreciado por los demás (Cuál es la 
opinión que de su Ser, Valer y Parecer, tienen sus fa- 
miliares, amigos y compañeros y, en general las perso- 
nas de su sexo o del opuesto