MIRA Y LOPEZ E.   Manual de Psicoterapia.
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MIRA Y LOPEZ E. Manual de Psicoterapia.


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auf Personalisüscher Grundlage. M. Nij- 
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1934. 
 
 
CAPITULO IV
Métodos psicoterápicos. Factores que determinan el éxito o el fracaso de
toda actuación psicoterápica; a) el psicoterapeuta; b) el enfermo; c) 
ei ambiente; ci) ei trastorno inuiuoso; c) actitud de! sujeto ante su
trastorno; f) la elección y el dosaje de las técnicas; g) su integración
en el plan terápico general. 
Por lo que ya hemos visto acerca del concepto que ha de presi- 
dir la actuación psicoterápica ya se comprende que presupone no 
sólo una sistemática concepción del Mundo y del Hombre, sino 
también, de los Derechos y Deberes de éste en la Sociedad. Sin sa- 
ber el fin y el sentido que ha de darse a cada vida humana, en las 
especiales circunstancias de tiempo y lugar en que se desarrolla, 
es punto menos que imposible precisar la dirección a seguir en la 
cura psicoterápica. Pero esto, a su vez, presupone una filosofía y 
una moral: no es factible adoptar la cómoda postura de que el psi- 
coterapeuta ha de limitarse a readaptar al sujeto en el grupo social, 
eliminando los síntomas que le apartaron de él. Ello equivaldría a 
considerar que la desadaptación a la norma social vigente es siem- 
pre morbosa y esto no es cierto: los grandes hombres que han he- 
cho progresar la organización y los valores sociales han sido, antes 
que nada, desadaptados, es decir, rebeldes a las normas. Pero tam- 
poco sería factible propugnar la postura inversa y tratar de conse- 
guir la felicidad de quien sufre llevándolo a realizar sus anhelos a 
costa de su salud o de la de los demás. 
En el fondo, el psicoterapeuta se halla frente al mismo dilema
que el pedagogo: no debe anular ni el individuo ni la Sociedad; ha
de desarrollarlos armónicamente y conseguir la síntesis de contra-
rios sin merma de sus elementos. Para esta tarea cuenta con mul-
tiplicidad de armas técnicas y principios metodológicos, pero por
encima de todo ha de contar con cualidades personales especiales y 
 
 
5 6 EMILIO MIRA LÓPEZ
difíciles de reunir; por ello ha dicho Prinzhorn, con justeza, que el 
problema principal de la Psicoterapia es: el terapeuta. De él depen-
de, en efecto, la mayor probabilidad de éxito o de fracaso. Dando
por supuesto que bastan con las nociones indicadas en el capítulo
anterior para conocer los dispositivos básicos de las reacciones
personales y admitiendo, además, que el lector posee la suficiente
cultura médica y psiquiátrica para obviarnos la necesidad de ex-
plicar la sintomatología que lleva al sujeto a manos del psicotera-
peuta, vamos a emprender, en los capítulos sucesivos, la exposición
seriada de aquellas armas y métodos, mas antes conviene fijar nues-
tra atención detallada en los elementos de la «situación psicoterá-
pica» con el fin de precisar mejor su interdinamismo:
a) EL PSICOTERAPEUTA
 
Las condiciones que ha de reunir un buen psicoterapeuta son, 
a juicio de Prinzhorn, las siguientes: 1° amplio y seguro conoci-
miento humano; 2U fácil autoobjetivación (desprendimiento del Yo
privado o personal); 3o innata capacidad de conducción (seguridad
personal, instintiva, en el descubrimiento de las rutas vitales). A
estos requerimientos agrega, secundariamente, condiciones inte-
lectuales y éticas y, sobre todo, la ausencia de rasgos de inmadurez 
y neurosismo. Por nuestra parte creemos que pueden aclararse
más tales condiciones empleando otra terminología. He aquí nues-
tra lista de aptitudes: 
Io Capacidad de empatia (Einfuhlung) es decir, de situarse
imaginativamente en la conciencia del enfermo y comprender
directamente sus vivencias, tanto en su aspecto pático (afec-
tivo) como gnóstico (intelectivo). 
2o Capacidad de intuición para descubrir, más allá del propio
plano consciente del sujeto ayudado, los móviles y factores que
intervienen en la edificación (estructural) de sus trastornos. 
3" Capacidad de síntesis y jerarquización, de ordenación y sis-
tematización de los complejos datos obtenidos, en un esque-
ma conceptual coherente y laxo a la vez, que permita atender 
a las emergencias del curso terápico sin perder la orientación 
del mismo y el dominio de la situación en todo momento. 
4° Ductilidad y energía («suaviter in forma, fortitur in re») en el 
manejo del enfermo: su resistencia habrá de ser unas veces su- 
 
 
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perada con una réplica ingeniosa o humorista, otras, con una 
apelación sentimental, otras con una afirmación tajante, etc. 
5o Seguridad y confianza en sí mismo, sin llegarnunca al narcisismo. 
6° Mimetismo caracterológico (es decir, agilidad mental y do-
tes histriónicas suficientes para presentarse ante el enfer-
mo con el tipo o «aspecto» personal que mejor cuadre a su
propio carácter). 
7o Entusiasmo y fe en la eficacia de la obra psicoterápica. Este
entusiasmo no ha de ser ciegamente irreflexivo como lo es
en no pocos psicópatas, que bordean el curanderismo y se
creen ungidos de poderes más o menos mágicos, sino que
uebe lesulíai del aütoconoci miento de ios recursos con que
cuenta la especialidad y de la grandeza de su actuación
cuando es llevada con plena responsabilidad. 
Dejando aparte que es difícil reunir en un mismo individuo tal 
suma de condiciones, pues algunas de ellas incluso parecen ex- 
cluirse mutuamente, lo cierto es que en su inmensa mayoría esas 
cualidades son innatas y por ello se ha afirmado, no sin razón, que 
el psicoterapeuta «nace» y «no se hace». Hay, en efecto un «quid 
ignotum», imponderable e inanalizable, en la eficacia que la sim- 
ple «presencia» de una persona dotada de «poder curativo» ejerce 
sobre el curso de múltiples trastornos morbosos; no obstante, la 
mayor parte de ese misterio radica en la acción del «Eros paidogo- 
gos» platoniano: tales seres actúan de estímulos universales o, 
cuando menos, genéricos, despertando en los enfermos una pecu- 
liar atracción que les lleva a vincularse mentalmente con ellos y a 
sentirse revitalizados por su influjo. La misma acción regenerante 
que el amor de la doncella ejerce sobre todo su Ser, se observa en 
el cuerpo y en la persona del enfermo que se «siente» protegido y 
ayudado por un psicoterapeuta innato. 
Sería una torpeza creer que esa acción se circunscribe a un es-
tímulo sexual, aun cuando puede, evidentemente apoyarse en él.
Pero lo cierto es que se ejerce con bastante independencia