MIRA Y LOPEZ E.   Manual de Psicoterapia.
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MIRA Y LOPEZ E. Manual de Psicoterapia.


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mentos de la ecuación morbosa- para la obtención del éxito
psicoterápico. Y de otra parte, el conocimiento exacto de la indivi-
dualidad a tratar, permitirá también formular un pronóstico de
probabilidades de tal éxito, pues cuanto mayor sea el aporte cons-
titucional (psicopático) y menor el influjo paratípico, más escasas
serán las esperanzas de un a adaptación definitiva y más necesaria
resultará la adopción de una permanente «tutela» psicoterápica.
Como dice agudamente Prinzhorn, a veces la psiconeurosis es has- 
ta cierto punto conveniente pues «denuncia» al psicópata y sirve
de señal de alarma para la Sociedad; curada aquella y no modifi-
cado éste, el resultado se asemeja al que se obtiene cuando se qui- 
ta el polvo a una vieja alfombra: se destacan entonces las manchas 
y los agujeros de su trama, ya consubstanciales. 
c) EL AMBIENTE 
 
Aun cuando la exploración de la personalidad morbosa ya pro-
porciona datos referentes a «su» ambiente, es necesario que el psi-
coterapeuta conozca, a poder ser, de «visu» el medio -físico y
psicológico- en el que se desarrolla la vida del sujeto a quien
atiende. En primer lugar, el estudio de los caracteres de los fami-
liares con quienes convive, el de sus amigos íntimos y el de las per-
sonas que, en general, le rodean va a servir para establecer un plan
de «acción conjunta» en la que deberán colaborar con el psicotera-
peuta todos esos elementos, proporcionándole datos, siguiendo
sus indicaciones hasta donde sea posible y evitando, sobre todo, el 
 
 
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ahondar más las divergencias de opinión y los conflictos que exis- 
tan entre ellos y el enfermo. Unas veces con razón y otras sin ella, 
lo cierto es que éste casi siempre tiene una relación interpsicológi-
ca difícil y compleja con su ambiente social inmediato. La moder-
na Psicoterapia opina -e n contra del psicoanálisis ortodoxo- que
su acción no ha de limitarse al enfermo sino extenderse al campo
vital que le rodea y por ello en muchas ocasiones se hace necesa-
rio sustraerlo provisionalmente de él, con el fin de estudiar mejor 
el plan de su ulterior readaptación. 
Es por ello que el psicoterapeuta se verá obligado en muchos
casos a prescribir el trasplante del enfermo a un «ambiente psico-
lógico artificial y csnerialíñente apto para adaptarse a sus peculia-
res necesidades»: tal ambiente se halla en los Sanatorios o
Institutos o Casas Médicas especiales (Kurhaus, Heime, Maisons
de Repos, Psychological Clinics, Ortophreníc Institutes, etc.), en
donde aquel va a convivir no sólo con el psicoterapeuta y su fami-
lia (que por definición es «neutra», pero en realidad es «simpati-
zante»), sino con un personal técnico subalterno especialmente
preparado para seguir las normas psicoterápicas convenientes.
Entre tanto se iniciará la modificación de las actitudes del medio
psíquico que habitualrnente ha rodeado al paciente, con el fin de
preparar su ulterior reingreso en él sin temor a recaídas. Esta
obra, de corrección del ambiente, es tan o más importante -sobre
todo cuando se trata de psicópatas con gran tara hereditaria- que 
la ejercida directamente sobre estos y a veces es incluso necesario
acompañarla de una total modificación del medio físico (clima,
casa, alimentación, etc.), tanto más si se tiene en cuenta la in-
fluencia que éste puede ejercer sobre la somatopsique y, a su tra-
vés, sobre la timopsique. En efecto, las variaciones del ambiente
físico influyen directamente en el metabolismo y en el equilibrio
hormonal, determinando oscilaciones del tono neurovegetativo las
que, a su vez, influyen en la «resonancia afectiva» que encuentren
las ideas y propósitos del sujeto. 
d) E L TRASTORNO MORBOSO
 
Podría parecer, a priori, que el éxito o el fracaso de la Psicote-
rapia ha de hallarse exclusiva o principalmente ligado a la natura-
leza de las alteraciones que intenta combatir. Esto es cierto 
 
 
7 2 EMILIO MIRA LÓPEZ
solamente en los casos extremos, de morbosismos netamente fisió- 
genos (neoplasias, septicemias, traumas) o netamente psicógenos 
(crisis emotivas «situativas»), pero lo cierto es que en la inmensa 
mayoría de enfermos tal división resulta imposible de establecer, 
ni siquiera aproximadamente, observándose un tal imbricamiento 
e interacción entre las alteraciones locales y las globales de su in-
dividualidad que se hace necesario renunciar a la diferenciación,
antes tan importante, de los trastornos en psíquicos y orgánicos.
Solamente podrá tratarse de establecer la separación sintomática
en los dos planos: subjetivo y objetivo (el primero constituido por 
lo que el sujeto espontáneamente expresa mediante sus quejas ver-
bales y el segundo formado por lo que el psicoterapeuta observa
mediante sus sentidos). Y también -como ya expresamos en el ca-
pítulo primero - habrá de intentar separar las alteraciones que
constituyen un modo de respuesta habitual del organismo frente a
múltiples influencias nocioceptivas y que, por lo tanto, aparecen
ya precozmente en la historia de su evolución individual, de aque-
llas que representan un algo inusitado y extraño -valga el término-
en la misma. Así, la valoración de un insomnio dependerá, en pri-
mer término, de que éste sea o no objetivamente revelado y, en se-
gundo lugar, de que haya sido ya observado desde la infancia o
aparezca inicialmente (y en franco contraste con un sueño plácido 
y regular) en una época avanzada. 
Para la debida clasificación de la fenomenología morbosa se 
han ideado diversas pautas. Una de las más útiles es la que presen- 
ta en sentido ascendente la vida individual, cual si fuese un edifi-
cio cuyos cimientos se hallan representados por el aporte
heredado (genotipo) y cada uno de los pisos corresponde a un año
de su edad postnatal. Las incidencias y variaciones de su vitalidad 
e higidez se anotan en el nivel cronológico en que aparecen y, den-
tro de él, se disponen en diversas columnas los síntomas, motiva-
ciones o causas, datos médicos, mesológicos, etc., debidamente
clasificados, de suerte que al final de cada año evolutivo se pueda
establecer una síntesis, no sólo del estado sino de la marcha o de-
venir individual. Este tipo de representación gráfica de la historia
clínica ayuda enormemente a la debida comprensión de las interac-
ciones que se establecen entre los factores morbosos y la resistencia
individual, proporcionando una visión diagnóstica pluridimensional 
(Kretschmer) y permitiendo la mejor comprensión de la que Birn- 
 
 
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baum denomina arquitectónica o estructura morbosa (Véase a este
respecto, en el Apéndice, el cuadro sintético (E. I. A.) y las normas
para interpretación de antecedentes que usa en su servicio de Clí-
nica Médica el Dr. M. J. Barílari).
e) ACTITUD DEL SUJETO ANTE SU TRASTORNO
 
Sumamente interesante, para fundamentar la obra y el pronós- 
tico psicoterápico, resulta la averiguación del concepto que el suje-
to tiene de su propio estado morboso la importancia relativa que 
concede a sus síntomas, la actitud que toma frente a ellos y ante el 
terapeuta, la prospección que adopta como válida para el futuro de 
su curso morboso, etc. Todos estos datos pueden ser sistemática- 
mente investigados mediante un cuestionario que usamos, desde 
hace años, como