MIRA Y LOPEZ E.   Manual de Psicoterapia.
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MIRA Y LOPEZ E. Manual de Psicoterapia.


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la limitación y la 
insuficiencia de dichas técnicas para obtener sus altos fines, se vea 
obligada a utilizarlas como auxiliares y, en ciertas circnnstíincias 
(apremios de tiempo, etc.) las use inclusive como base para conse- 
guir la desaparición de la llamada «fachada sintomática» que mo- 
tiva, aparentemente, la intervención del médico psicoterapeuta. 
DIVERSOS TIPOS DE CURACIÓN SUGESTIVA
En el capítulo anterior mencionamos, en el cuadro sinóptico
de los métodos psicoterápicos, las diversas variedades que puede 
adoptar la técnica sugestiva. Dos datos resultan esenciales para 
clasificarlas: a) el grado de claridad de conciencia (oscilante de la 
vigilia al sueño) con que se aplican en el sujeto; b) el tipo de estí- 
mulo que se usa para «vehicular» la sugerencia. De acuerdo con el 
primero distinguimos las técnicas de sugestión vigil y las de suges- 
tión hipnótica; de acuerdo con el segundo, las de sugestión directa y 
las de sugestión indirecta. De antemano cabe decir que los máximos 
resultados se obtienen cuando se saben combinar adecuadamente to- 
das o la mayor cantidad posible de dichas técnicas. Los efectos de las 
sugerencias hechas durante el estado hipnótico son más notables que 
los que se observan cuando aquellas se efectúan en estado de vigilia, 
pero ello en realidad no se debe tanto a una diferencia en el proceso 
de sugestión como al hecho de que el Yo del hipnotizado no se en- 
cuentra tan sometido como el del sujeto vigil a la coacción de la 
denominada «Censura social» y por tanto es más libre para dar 
rienda suelta a las tendencias y actitudes que le han sido sugeridas 
(y que implícitamente ya se hallaban en él preformadas). 
Es lo común que se asocien las técnicas sugestivas «indirectas» 
y «vigiles», las «directas» c «hipnóticas». Como ahora vamos a 
 
 
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ocuparnos solamente de la sugestión en estado de vigilia no será,
pues, extraño que nos extendamos más en las primeras (indirec- 
tas) que en las segundas (directas); algo vamos no obstante, a de- 
cir también de éstas: 
Sugestión vigil directa. Cada día es menos empleada en Medi-
cina y casi se puede afirmar que se halla abandonada por los psi-
coterapeutas. Su descrédito se debe a su ineficacia, ya que las
condiciones de la vida actual han hecho menos factible la creencia
en la omnipotencia y omniscencia que antes se vinculaba en Re-
yes, Magnates, Magos, Santos o en grandes y extraños personajes
versados en Ciencias Ocultas. El médico actual, ni aun cuando se
presenta vestido de blanco y rodeado de sus ayudantes y enferme-
ras es juzgado por el promedio de enfermos como algo más que
como uno de tantos profesionales cuyos servicios se contratan me-
diante un estipendio más o menos elevado. Por ello le resulta difí-
cil que el enfermo crea «a ciegas» y le obedezca de un modo
automático, tanto si adopta un tono imperativo y autoritario como 
si formula su sugerencia de un modo suave e insinuante. Y no obs-
tante, hay veces en que la sugestión directa en vigilia parece tener
un efecto notable: cuando se realiza bajo la forma de respuesta rápi-
da y categórica a una pregunta o duda planteada por el enfermo; pe-
ro entonces es en realidad éste quien pone todo de su parte puesto
que secretamente ya desea y espera tal contestación (y utiliza al
médico para reafirmar su actitud). En tales casos no puede el psi-
coterapeuta suponer que él ba curado al paciente, sino que éste lo
ha usado como pretexto, apoyo o medio para curarse. 
Únicamente cuando existe una admiración y una sumisión ili-
mitada del enfermo por la persona del psicoterapeuta podrá éste
obtener de él ese «Credo quia absurdum», característico de la su-
gestión vigil directa; pero esto se da en muy contadas excepciones. 
Sugestión vigil indirecta. De aquí que gocen de mucha mayor
estima y difusión los procedimientos de sugestión indirecta, en los
que la sugerencia no se da de u n modo preciso y descarnado sino
envuelta en una apariencia de motivación racional y vehiculada
por extensas tramas verbales, o apoyada mediante la acción coetá-
nea de dispositivos, maniobras, substancias, etc., sobre las que se
desplaza el acento previsor de su eficacia. Tanto si se trata de un
medio físico, químico o biológico como si se trata de un medio
psicológico, el recurso empleado para servir de soporte a la suge-
rencia deberá ser de tal apariencia que por sí mismo tenga ya un 
 
 
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cierto influjo sugestivo, es decir, que resulte atrayente y efectivo 
ante el sujeto, para crear en él la fe curativa. De aquí la convenien- 
cia de sondear previamente las opiniones del enfermo respecto a 
los diversos medios terápicos; aquel que es mejor valorado por el 
sujeto debe ser elegido para convertirlo en psicoterápico mediante 
su refuerzo con la técnica sugestiva indirecta. Por desgracia una 
mayoría de médicos mantiene el criterio de rechazar a priori todas 
las insinuaciones que los enfermos hacen respecto a la posibilidad 
de ensayar tales o cuales recursos para su curación; lo hacen así 
con el propósito de imponer al paciente el respeto a su personali- 
dad, mas con ello pierden una excelente ocasión de utilizar la téc- 
nica que nos ocupa y retornan, aún sin saberlo, a las dificultades 
de la sugestión directa. El enfermo puede sospechar entonces que 
el terapeuta le indica un nuevo recurso con fines comerciales y 
ello bastaría para dar al traste con su posible eficacia. 
 
Si en vez de esto el psicoterapeuta acepta -con las modificacio- 
nes y ampliaciones que sean del caso - el punto de vista del sujeto 
(¿qué haría Vd. para curarse si no pudiese consultar a nadie?) y lo
engloba en su programa sugestivo, adquiere con ello la doble ven-
taja de aprovechar al máximo la pre-existente sugestibilidad del
enfermo y, de otra parte, la de compartir con él la responsabilidad
del fracaso, si éste llega a producirse (siempre le es posible, enton-
ces, decir al enfermo: «No quise quitar a Vd. su ilusión, tanto más
cuanto que se hallaba en parte fundada, pero ahora vamos a em-
plear un recurso más efectivo»). 
Considerando estrictamente la cuestión puede afirmarse que,
excepto en los limitados casos en los que la terapéutica medica-
mentosa adquiere el valor de ser absolutamente específica, los
efectos que con ella se observan son en mucha mayor medida de-
bidos a la «espectancia» que el enfermo tiene de los mismos (por 
lo que el médico le ha anticipado que «va a suceder») que a su real
acción somática. No se olvide, en efecto, que la Medicina actual ha
tenido necesidad de recurrir, cada vez más, a los llamados «especí-
ficos», es decir, a medicamentos preparados con arreglo a una fór-
mula general, que para nada tiene en cuenta las idiosincrasias ni
las peculiaridades morbosas de las masas de enfermos que los to-
man. Y a pesar de esa falta de adecuación individual -que en el te-
rreno científico supone una verdadera herejía- lo cierto es que su
eficacia acostumbra a ser mayor que la de las modestas recetas del
antiguo médico de familia. ¿A qué se debe esto? Con todo el respe- 
 
 
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to debido a quienes elaboran y a quienes prescriben tales remedios
(que por lo demás acostumbran, en contra de su nombre, a ser 
anunciados como panaceas) creemos que su mayor eficacia se de- 
be, pura y simplemente,