MIRA Y LOPEZ E.   Manual de Psicoterapia.
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MIRA Y LOPEZ E. Manual de Psicoterapia.


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la catatimia encie-
rra un grave peligro, pues al apartar al sujeto de la realidad
objetiva, si bien lo concilia consigo mismo, puede ponerlo en con- 
 
 
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flicto con las opiniones de sus semejantes y conducirlo a conduc- 
tas patológicas, como pronto veremos. 
Proyección. Se da este nombre a la función en virtud de la que
se efectúa la extrayección de las tendencias afectivas del sujeto,
que son proyectadas fuera de él y referidas a otras fuentes de ori-
gen. En virtud de ello el sujeto pasa de ser activo a pasivo, que no
influye sino es influenciado (con la particularidad de que lo es en
el sentido o dirección en que él tiende a actuar). De esta suerte se
ve libre de la responsabilidad de sus actos y desaparece en su con-
ciencia todo conflicto entre el deseo y el deber (o, por decir mejor,
entre la tendencia natural y la tendencia ética). Un ejemplo típico
de proyección nos ha sido dado por Sanchis Banús al citar la con-
ducta de su hijo durante una visita al parque zoológico del Retiro: 
el niño había ido con su abuelo a ver la jaula de los leones y al oír
un rugido fuerte de uno de estos ejemplares tiró de la manga al
viejo diciéndole: «Vamonos de aquí abuelíto, que tú tienes mucho
miedo». Gracias a la función proyectiva muchos ataques se trans-
forman aparentemente en defensas y muchas acciones egoístas ad-
quieren un aspecto altruista (recordemos el frecuente caso del
joven profesional que compra un automóvil para distraer a sus pa-
dres y evitar que se cansen o el del contribuyente que da por senta-
do que el Estado quiere estafarlo y para evitarlo hace una
declaración falsa de sus utilidades... o el del estudiante que al en-
contrar pesada y difícil una asignatura proyecta su antipatía hacia
quien la explica y seguidamente realiza la extrayección de ese
odio, tratando de convencerse de que el profesor «le tiene ojeriza» 
al no aprobarle). 
Una de las formas más corrientes de la proyección es la que
consiste en transformar un deseo en temor: así se explica una de
las génesis de las ideas de persecución y de influencia: el sujeto se
cree perseguido por quienes en realidad desearía se fijasen en él.
Ahora solamente nos limitaremos a señalar que todo temor repre-
senta la extrayección de un deseo y sirve en definitiva, casi siem-
pre, para realizar la conducta que se derivaría directamente de
éste. 
Así, el deseo de ser santo se transformará en el miedo de ser
pecador, el deseo de ser rico da paso al temor de la pobreza, el de-
seo de vivir largo tiempo crea el miedo a la muerte, etc., y en todos
estos casos el sujeto realiza bajo la influencia de su temor lo que
quizás no se habría decidido a hacer bajo el directo impulso de su 
 
 
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deseo. La importancia enorme que la proyección afectiva tiene en 
la vida psíquica, tanto normal como patológica, apenas si puede 
ser entrevistada por quien no se halle acostumbrado al análisis 
profundo de la motivación de los actos humanos. 
Racionalización. Esta función autocompensadora consiste en
crear una falsa motivación subjetiva que permita justificar aparen-
temente la satisfacción de la tendencia a la cual se opone la censu-
ra. Gracias a ese artificio los pretextos se erigen en razones y
logran su tranquilidad quienes en realidad obedecen en sus deci-
siones a la acción de las fuerzas pasionales del Ello. 
La racionalización pone al servicio de la animalidad humana
todas las sutilidades de una lógica partidista, con tal habilidad y
éxito que en bastantes casos la razón colectiva se ha inclinado, su-
gestionada, ante los sofismas de un inteligente y desaprensivo teó-
rico o de un infeliz paranoico que así han conseguido pasar a la
posterioridad. 
Parece innecesario aducir ejemplos de este mecanismo: nadie 
se ve libre de su actuación (que constituye por lo demás una seria 
objeción a la teoría del libre albedrío). Recordemos solamente, por 
ser típicos, el caso de la zorra de la fábula de La Fontaine (cuando 
al darse cuenta de que no puede alcanzar el racimo de uvas se ale- 
ja desdeñosa diciendo: «están verdes») y el de las atrocidades sin 
cuento que han sido y son cometidas escudándose en el sofisma de
que «el fin justifica los medios». Así como la catatimia y la proyec- 
ción se observan de preferencia en personas débiles, tímidas o de 
escaso talento, la racionalización acostumbra a ser tanto más acti-
va y peligrosa cuanto mayores son la agresividad y la inteligencia 
de quien la exhibe. Su fuerza crece, en efecto, con la soberbia y la 
apetencia de dominio. Por ello no progresa más la Humanidad en 
su conocimiento, toda vez que las mentalidades creadoras -en el 
terreno de los valores filosóficos- han visto contrarrestadas las 
ventajas de su genio intelectual por los inconvenientes de su genio 
afectivo y han sido más propensas a la acción del proceso de ra- 
cionalización. Así se explica la violencia y la esterilidad de la lucha 
de las diversas escuelas y doctrinas culturales, ante las que palide- 
cen las desviaciones de los enfermos mentales a quienes se despre- 
cia por ser «privados de razón». 
Holotimia. En virtud de los mecanismos anteriores puede el
sujeto conseguir casi siempre una dosis suficiente de «autoenga-
ño» que le permita conciliar sus opuestas tendencias. Mas si aque- 
 
 
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líos fallan cabe aún que se conforme a la obtención de un resulta- 
do parcial o incluso a una renunciación total de sus deseos si es 
capaz de prometerse a sí mismo un mayor bien ulterior con tal ac- 
titud de sacrificio. Para ello concibe que una conciencia superior a 
la suya toma en cuenta sus penas y fracasos para recompensar 
aquellas y reparar estos en una vida ulterior, en un «más allá» en 
el que se hallará la Justicia que el Mundo le niega y la Felicidad a 
la que ahora renuncia. Este proceso es evidentemente mucho más 
eficaz que los anteriores, una vez puesto en marcha, pues permite 
prescindir en absoluto de la realidad exterior y compensar, siquie- 
ra sea imaginativamente, todos los malestares. Por ello se engen- 
dró con fuerza irresistible en la mentalidad primitiva y constituyó 
la más firme base para el desarrollo ulterior de las creencias reli- 
giosas (en cuanto a los ritos derivados de ellas y especialmente a 
los orígenes del monoteísmo han sido objeto de una más compli- 
cada y atractiva explicación por Freud, en su libro: Tótem y Tabú). 
LA TEORÍA DE LA LIBIDO
He aquí otro de los puntos de ataque más apasionadamente 
disputados en el movimiento psicoanalítico: la naturaleza y el de- 
sarrollo de la fuerza propulsora de la actividad psíquica. Freud 
mantiene que esta fuerza o energía es transmitida al Ser en el acto 
de la fecundación y le es, por así decirlo, consubstancial. Desde un 
punto de vista teleológico hay que considerarla como un obscuro 
«impulso creador», tendiente a asegurar la expansión y la perpe-
tuación de ese Ser en el espacio y en el tiempo. Su Naturaleza fun- 
damental parece, en algunos pasajes de la obra freudiana, ser 
hormonal e instintiva, mas precisa advertir que acerca de ella no 
da precisiones su revelador y se limita a postular que engloba, eso 
sí, a las energías sexuales, motivo por el cual la denomina Libido 
Sexualis