MIRA Y LOPEZ E.   Manual de Psicoterapia.
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MIRA Y LOPEZ E. Manual de Psicoterapia.


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o Eros. No obstante, ello no significa que sea exclusiva- 
mente sexual, pues contiene elementos indi ferendados y comunes 
a otras funciones vitales. Sin embargo, el haz central de su estruc- 
tura sí es de naturaleza sexual y sufre una serie de transformacio- 
nes y fijaciones evolutivas hasta llegar a concentrarse, en la vida 
del adulto, en el ejercicio de la función genital propiamente dicha 
y en la presentación accesional de la llamada «hambre sexual». 
Veamos, brevemente, cuáles son las evoluciones en cuestión: 
 
 
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Cuando el niño viene al mundo su libido no tiene objeto ni fi- 
nalidad sexual concreta y se acusa solamente como una vaga im- 
presión de placer que aquel experimenta cuando halla satisfechas 
sus necesidades térmicas y nutricias (período termonutritivo de la 
libido). Pronto, no obstante, la mucosa bucal empezará a consti- 
tuir la primera zona erógena. En efecto, el niño que al principio, 
cuando lloraba solamente era calmado por el ingreso de la leche 
en el estómago, a las pocas semanas lo es ya por la simple succión 
del pecho o de la tetina del biberón y luego lo será por la de un 
«chupete» o por la succión de sus propios dedos Es así como esta 
succión, primitivamente desprovista de significación, pasa con el 
tiempo a constituir una fuente intensa de placer libidinoso (por lo- 
calización periférica de éste en la zona bucal). Durante esta fase 
oral del desarrollo libidinoso las criaturas se llevan a la boca cuan- 
to encuentran y son bastantes las que no pueden dormirse sin te- 
ner un objeto en su interior. 
Algunos contradictores han pretendido que esta especie de ca-
nibalismo de los lactantes hallaría su explicación en la irritación
de sus encías, producida por la próxima salida de los dientes, de
suerte que los pequeñuelos intentarían calmar el dolor gingival
mediante el frote con la encía de los objetos, no demasiado duros,
que introdujesen en la boca. Sin embargo, ello no es exacto, pues
no explica el movimiento rítmico de avance y retroceso, caracterís-
tico de la succión, que los lactantes imprimen a tales objetos. Hay
que recordar que el placer sexual del adulto se halla ligado tam-
bién al frote rítmico de una mucosa sensible y, de otra parte cuan-
do efectivamente el pequeñuelo sufre los efectos de una crisis
dentaria su conducta (intranquila y quejumbrosa) es bien distinta de 
la que se observa durante sus nocturnas y silenciosas succiones que 
podrían ser consideradas como una especie de masturbación oral. 
La teoría psicoanalítica de Freud sostiene que alrededor del se- 
gundo año el placer libidinoso emigra hacia el otro extremo del 
aparato digestivo y se localiza en la zona anal dando lugar así a la 
segunda fase evolutiva, designada con el nombre de fase anal, du- 
rante la cual el placer libidinoso es despertado principalmente por 
la lenta e intermitente succión de los excrementos contra dicha 
mucosa. Los infantes se acostumbran a retener entonces sus depo- 
siciones para procurarse una mayor satisfacción en el momento 
de su expulsión. Otras veces introducen sus dedos en el orificio 
anal con el mismo fin y no es raro tampoco que la zona erógena se 
 
 
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extienda hasta la región glútea, debido al hábito que tienen las ni- 
ñeras de «dar golpecitos en las nalgas» de las criaturas para que 
callen y se duerman más pronto. Los niños que presentan un ero- 
tismo anal intenso sienten un interés creciente por sus excremen- 
tos (y por los ajenos), juegan y se ensucian los vestidos, el cuerpo y 
las manos con ellos -aprovechando cualquier olvido- y no es raro 
que lleguen incluso a meterse los dedos en la boca, o los huelan 
con fruición, después de haber defecado. 
Coincidiendo con esta fase, o quizás un poco después, se insta- 
la una tercera localización extragenital de la libido en el aparato 
excretor urinario, constituyendo el denominado erotismo uretral. 
Los infantes se acostumbran a retener las ganas de orinar, o bien 
quieren estar orinando a cada instante, acudiendo -sobre todo si 
son niños- a pequeños frotes digitales en la extremidad uretral ex- 
terna. Es frecuente el caso de criaturas que «jugando» se introdu- 
cen objetos a través del orificio uretral o anal (a veces también lo 
hacen en el conducto auditivo o en la nariz, siendo éstas, asimis- 
mo, muestras de localizaciones extragenitales de la libido durante 
el período autoerótico o narcisístico de su desarrollo). El hecho de 
la progresión intermitente de estos objetos a través de un conduc- 
to revestido de una mucosa sensible es el factor común que permi- 
te referir todas estas aparentes «chiquilladas» a su motivo: la 
búsqueda del placer libidinoso. 
Cuando el niño empieza a ser un poco más grande y se acerca 
a la segunda infancia, la libido continúa extendiéndose por su 
cuerpo, y llega a un período final en que el autoerotismo se en- 
cuentra diseminado por toda la superficie tegumentaria, a pesar 
de que continúan existiendo determinadas zonas erógenas que 
monopolizan preferentemente el placer libidinoso (pecho, meji- 
llas, región glútea, boca, ano, etc.). En este período (que tiene una 
duración muy variable según los casos, pero que ordinariamente 
podemos localizar entre los 3 y 6-7 años) el niño empieza a utilizar 
un nuevo órgano a provecho de la búsqueda del placer sexual: la 
vista. Es la época en la cual él goza con la contemplación de su 
propio cuerpo y toma un interés especial en exhibirse desnudo de- 
lante de los otros. ¿Quien no recuerda estas criaturas que en los 
pueblos esperan ver algún extraño (al paso del tren, por ejemplo) 
para subirse las faldas y mostrarnos con una sonrisa sus genitales? 
No hay duda de que el período narcisístico (denominado así por 
analogía con el joven Narciso que, según la Mitología, estaba ena- 
 
 
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morado de sí mismo) incluye, además de las manifestaciones pasi- 
vas que antes hemos citado, otras de erotismo activo que se tradu-
cen en el exhibicionismo de que acabamos de hablar. Es, pues, un 
período de transición entre las fases anteriores (en las cuales la sa- 
tisfacción libidinosa es conseguida dentro del mismo cuerpo, de 
modo que coinciden el sujeto y el objeto sexuales) y las que estu- 
diaremos en seguida, en las cuales empieza ya la proyección de la 
libido al exterior y el infante localiza fuera de él el objeto de su 
placer sexual. 
En efecto, la observación atenta de los niños ha demostrado a
Freud que después de la difusión general de la libido por el cuerpo
de! infante, y del periodo exhibicionista de éste, existe un lapso
considerable de tiempo durante el cual no se observa aparente-
mente ninguna manifestación objetiva de la sexualidad infantil. Es 
el denominado período de latencia o de recogimiento (Aufschub-
periode), que, generalmente se extiende hasta la época puberal, El
infante, que era -según la afortunada expresión freudiana- un per-
verso polimorfo, desarrolla durante este tiempo, bajo la influencia
de la educación, una serie de mecanismos inhibidores de sus ten-
dencias libidinosas (anales, uretrales, autoeróticas, exhibicionis-
tas, etc.) y se crea en él un conjunto de factores