MIRA Y LOPEZ E.   Manual de Psicoterapia.
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MIRA Y LOPEZ E. Manual de Psicoterapia.


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de los escaparates, vehículos, ruidos,
muebles, paisajes, etc.), no hay por qué pensar que este inmenso
material, pronto convertido en puras «huellas mnémicas» ha de 
 
 
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hallarse en el inconsciente en un «perpetuum mobile». Más lógico 
resulta suponer que pasa a constituir un légamo inerte, sólo ani-
mable por un gran esfuerzo voluntario o con la ayuda de una téc- 
nica especial (hipnosis, creación fantástica, etc.). 
Así mismo supone una afirmación no rigurosamente demostra-
da y atribuible en parte a un exagerado antropomorfismo la de
atribuir una existencia real y autónoma a esas «partes» de la indi-
vidualidad denominadas «Ello», «Yo», «Súper-Yo», «Censura», 
«Libido», etc. Sin quererlo, Freud crea una Psicología de «escena-
rio teatral», muy parecida a la antigua de las llamadas «Faculta-
des»; en ella la síntesis individual no se logra nunca, o dicho de
otro modo, el «sujeto no puedo jamás estar de acuerdo con sí mis
mo» ya que si llegase a estarlo totalmente desaparecería su vida
psíquica propiamente dicha. A esta exageración conduce el querer
ignorar de un modo sistemático las influencias meso-sociales (a
excepción de las provenientes de los «objetos» sexuales). 
Finalmente, el hecho de que todo cuanto en la Psicología clásica 
es adscrito a la «vida intelectual pura» aparezca en el psicoanálisis 
como debido a sucesivas y misteriosas sublimaciones del Eros libidi- 
noso (aun admitiendo -como últimamente lo hizo el Maestro vicnés-
una parte asexual del Yo) es también uno de los blancos que más re- 
ciben los dardos de los detractores de la teoría psicoanal ítica. 
Pero, a decir verdad, el valor de los principios no puede ser dis-
cutido especulativamente sino con los datos estadísticoexperimen-
tales que deben servir para su control. Y desde este punto de vista, 
¿qué resultados prácticos y qué posibilidades ofrece, para el médi- 
co, la obra freudiana? 
Schilder - a quien no se le puede tildar de adversario a ella-
considera, desde luego, que sus adeptos sistemáticos han exagera-
do excesivamente su eficiencia psicoterápica. No se olvide, en pri-
mer lugar, que dada la duración de un tratamiento psicoanah'tico 
y su costo son una ínfima minoría los pacientes que pueden some-
terse al mismo. Si se tiene en cuenta que hay, aproximadamente,
un 3 por ciento de habitantes cosmopolitanos con alteraciones tri-
butarias de una acción psicoterápica y se recuerda que un psicoa-
nalista ortodoxo no puede atender honradamente más allá de una
decena de consultantes al día, resulta que se requeriría un verda-
dero ejército de freudianos para resolver la asistencia psicoterápi-
ca en cualquier población de cierta importancia. Pero -y esto es lo
peor- las estadísticas de curaciones obtenidas por el Instituto Psi- 
 
 
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coanalítico de Berlín y las reunidas por Hyman y Kessel, demues-
tran que el porcentaje de curaciones y mejorías obtenidas con el 
psicoanálisis terapéutico es aproximadamente el mismo que se 
consigue en los grandes centros hospitalarios psiquiátricos con el 
uso de métodos psicoterápicos más rápidos y expeditivos. 
Ello no destruye, como es natural, el valor fundamental de la
obra freudiana: -sin ella puede afirmarse que no se podría hablar
de una Psicoterapia científica- pero la reduce a sus debidas pro-
porciones, en el terreno de la clínica. 
LA TERAPIA INDIVIDUAL DE ALFREDO ADLER
Bajo el embate de algunas de las objeciones antes resumidas y 
acuciados por el deseo de brillar con luz propia en el campo de la 
moderna Psicoterapia, numerosos discípulos de Sigmund Freud 
fueron separándose de su concepción y pasaron a constituir otras 
escuelas, alguna de las cuales hasta renunció al calificativo genéri- 
co de «psicoanalítica», que le correspondía por su origen y hasta 
por su enfoque conceptual. Entre el núcleo de estos selectos disi- 
dentes hay que citar en primer término, respetando su cronología, 
al compatriota y correligionario de Freud, el Dr. A. Adler, creador 
de la por él denominada «Psicología Individual» (con escaso acierto 
nominativo, por cierto, ya que su característica es, precisamente, la 
de ser mucho más «social» que la de su Maestro). El propósito que 
animó a este psiquiatra fue el de proporcionar a los médicos y a los 
educadores un sistema de conocimientos psicológicos que les per- 
mitiese realizar con eficiencia la doble tarea de «Curar y Formar» 
(Heilen und Bilden) los seres humanos. Para ello creyó necesario
simplificar grandemente y a la vez extender en superficie el campo 
de la vida psíquica. De otra parte, no teniendo motivos personales 
de animadversión contra la medicina clínica, procuró dar a sus 
concepciones un carácter más afín a ella, con lo que conquistó rá- 
pidamente el aprecio de muchos de sus cultores. 
Principios de la psicoterapia individual
 
Del propio modo como Freud admite que la vida del Hombre 
representa el resultado de una perpetua lucha entre la fuerza pros- 
 
 
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pectiva, constructiva y creadora del Eros y la fuerza regresiva, des-
tructiva y anuladora del Taños, su discípulo admite que toda la ca- 
racterología individual se constituye entre los polos de dos 
sentimientos opuestos: el que denomina «sentimiento de comuni- 
dad» (que impulsa al sujeto a unirse a los demás y a vincularse 
con las tareas e ideales del grupo social en que vive) y el «senti- 
miento de inferioridad individual» (que lo impulsa a rebelarse y a 
afirmar su personalidad y su dominio ante los demás, en virtud de 
un proceso de supercompensación). Freud considera, no obstante, 
a Eros como Prepotente en su lucha contra Taños (El Amor vence 
a la Muerte) a todo lo largo de la vida humana normal, en tanto 
nup AHlpr onin3 nn.p en los ^riíneros años de la vida el sentimiento 
de invalidez y niinusvalía llevaría al niño a una angustia mortal si 
no fuese porque lo salva, precisamente, su impulso de agresión y de 
dominio (Aggressionstrieb) completamente equiparable a la famosa 
«voluntad de poder» de Schopenhauer y de Nietzsche. Si se tiene en 
cuenta que este «instinto agresivo» es la base de la emoción colérica, 
se verá, ya, una considerable diferencia conceptual entre los puntos 
de vista de ambos psicólogos, toda vez que lo que para Freud es nega- 
tivo (Impulsos agresivos, sádicodestructivos de los instintos de 
Muerte) resulta para Adler positivamente útil, a condición, claro 
es, que no transponga ciertos límites: en efecto, sin ese impulso al 
dominio y a la afirmación prepotente del Ser sobre los demás, el 
sujeto no llegaría nunca a tener personalidad propiamente dicha. 
 
En la medida en que el niño se ve cohibido y anulado en sus
naturales iniciativas por la obra inhibitoria de su educación social,
pero -sobre todo- en la medida en que «se siente inferior» a los
demás de su edad y de su ambiente surge en él, con mayor fuerza, 
el deseo de «Ser todo un Hombre» y si la comprobación de una
debilidad o inferioridad orgánica o vital le lleva al convencimiento
de que no puede serlo, intentará entonces, cuando menos, parecer-
lo, acudiendo para ello a la ficción. Una vez adoptada ésta como
medio, le es difícil mantenerla en sus justos límites y casi siempre la
exagera, en un impulso de autocompensación que