MIRA Y LOPEZ E.   Manual de Psicoterapia.
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MIRA Y LOPEZ E. Manual de Psicoterapia.


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cuanto lleva en sí. Tales dificultades nacen de la emergencia, cada 
vez más numerosa, de otros arquetipos aun más obscuros que los 
 
ESQUEMA DE LOS SECTORES Y NÚCLEOS ENERGÉTICOS
INTEGRANTES DEL INDIVIDUO HUMANO
 
 
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to de «sanar» como de «salvar» al sujeto de su relativa miseria exis- 
tencia!, haciéndole trascender de su miópico estado psíquico y 
descubrir el manantial inagotable de reservas que encierra, en po- 
tencia, su inconsciente ancestral o colectivo. Al incorporar a su 
núcleo yoico estas fuerzas propulsoras y crear así una robusta 
mismidad -que tenga en cuenta suficientemente la «vocación» 
(voz interior) individual- se obtiene una síntesis psíquica que per-
mite al «individuo individuado» (es decir, al individuo que ha ter- 
minado su proceso de individuación) superar todos los conflictos, 
tanto internos como externos y gozar de una Paz y de una satisfac- 
ción hasta entonces desconocida para él. 
La exploración de esas misteriosas zonas en las que reinan los
arquetipos antes descritos se hace principalmente utilizando el
material onírico que el paciente debe librar intacto al psicotera-
peuta. Y, además, las denominadas «vivencias de revelación»,
constituidas por la brusca emergencia en la consciencia de imáge-
nes, ensueños, fantasías o impulsos de expresión artística (plástica 
o literaria) que al ser debidamente analizados demuestran poseer
un carácter simbólico y revelar, por tanto, las fuentes de las que
emanan. 
Con esto ya se implica que las personas que pueden ser someti-
das a esta terapia han de poseer no escasa cultura y una rica vida
interior; no pueden ser imaginativamente «secas» y han de estar
propicias a sumergirse en cualquier momento en ese particular es-
tado de divagación o «ensueño» que es la clave de la exploración
psicoanalítica. 
Es incomprensible, pero cierto, que Jung concede cada vez me- 
nos importancia a su prueba de las asociaciones determinadas en 
la exploración de sus enfermos; sin duda es ello debido a la nueva 
orientación de sus concepciones. 
Si ahora nos preguntamos qué tipo de enfermos es más tribu- 
tario de seguir ese «Heilweg» (camino de curación) que constituye 
la psicoterapia junguiana, nos daremos cuenta que son, sobre to-
do, los que, llegados a la edad madura, sufren al ver el fracaso de
sus vidas: tratan de revivir sus existencias y se dan cuenta de que
es «demasiado tarde» para ello; tratan de consolarse con la prome-
sa de un venturoso «más allá» y les falla su fe religiosa; tratan de
resignarse a seguir viviendo como hasta entonces y les falta ener-
gía para conformarse. Todo ello los lleva hacia el suicidio, hacia la
neurosis o hacia la perversión, mas en todo caso los descentra pro- 
 
 
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gresivamente y los priva de paz y de satisfacción. En tales condi-
ciones, el psicoterapeuta les sirve una doctrina que tiene el encan- 
to de una bella creación artística, la fuerza sugestiva de una tesis
religiosa y el poder de convicción persuasiva de una obra científi-
ca. ¿Qué importa que todo ello no sea verdad si el sujeto llega a
aceptarlos como tal sin tenérselo que imponer como un acto de fe?
El psicoterapeuta impele entonces al enfermo al «desprecio»
de sus síntomas; estos equivalen al precio de su expiación por su
ignorancia de sí mismo. Ya no le dice, como hacían Freud o Adler,
que son el precio que paga para la realización (deformada) de sus
deseos inconfesables o el precio de su cobardía. En todo caso, son
algo que ha de ser desatendido en la medida en que e! enfermo se
interese por el verdadero problema que tiene enfrente y que es, na-
da menos, que el de su Destino y el de su propia formación y auto-
determinación. Así como Freud lleva a muchos sujetos a un cierto
pesimismo y escepticismo vital y Adler los enardece y estimula re-
prochándoles su falta de sinceridad y de coraje, Jung los reanima 
y alegra al asegurarles que «aun no habían llegado a ser todo lo
que eran» y convencerles de que albergan «infinitas posibilidades
creadoras». 
Fácilmente se adivinan las limitaciones de este enfoque: dejan-
do aparte la escasa cultura o el excesivo realismo de los pacientes,
incluso prescindiendo de si son o no jóvenes y escépticos, resulta
evidente que Jung no puede ayudar de un modo efectivo ni a los
enfermos de psicosis propiamente dichas ni, tampoco, a los de psi-
coneurosis un tanto complicadas como son por ejemplo, las de ti-
po compulsivo, pues en éstas la misma estructura de los síntomas
imposibilita el tipo de exploración necesaria para llegar a la inter-
pretación preconcebida. 
No teniendo entonces un modo efectivo de vencer la resisten- 
cia individual -pues ello equivale a presuponer en el sujeto una ac- 
titud demoníaca que es negada por su doctrina- el psicoterapeuta 
junguiano es incapaz en tales casos de «romper la fachada sinto- 
mática»: la privada religión del neurótico. A tales enfermos les im- 
porta un comino descubrir su Anima o conocer las expresiones de 
su Viejo Mago: desean a ser posible un inmediato alivio de su an- 
gustia o, cuando menos, una prueba palpable y evidente de que es- 
tán en la vía para conseguirlo. Ni uno ni otra están a mano de este 
tipo de psicoterapia. 
 
 
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Y lo mismo podríamos decir del sin fin de casos de «órgano- 
neurosis» y de trastornos en los que se imbrican las causas somá- 
ticas y psíquicas produciendo un complicado cuadro morboso que 
es tributario de un ataque «pluridimensional», en todos los frentes 
con todas las armas. Dada la real independencia que Jung conce- de
al territorio de la Psique (para la que admite una «causalidad
cerrada», lo mismo que Freud, en sus primeros tiempos) se ve ads-
rito, forzosamente, a renunciar al uso de medios y recursos que en
cambio pueden integrarse cómodamente en un plan terápico
menos rígido que el impuesto por su credo. 
Ello explica la escasa difusión que ha logrado esta escuela: 
apenas si existen psicoterapeutas junguianos en los países latinos 
ni en América, e incluso el propio autor del sistema parece intere- 
sarse hoy mucho más en resolver problemas relacionados con la 
Astrología, la Alquimia, el Arte, la Religión y la Cosmología que 
con la práctica médica. 
Sin embargo, en cuanto tiene de euforiante la esperanza de un 
cambio estructural a base de la incorporación de nuevos elemen- 
tos, hasta entonces mantenidos en estado potencial, resulta indu- 
dable que algunos de los conceptos de esta doctrina pueden y 
deben incorporarse a la psicoterapia clínica: son más efectivos y 
hasta, si se quiere, más sugestivos para el sujeto que la «concien- 
cia de culpa», el «complejo de castración» o el «instinto tánico» 
que no pueden manejarse a medias y requieren una larga actua- 
ción educadora en el enfermo por parte del psicoanalista. 
BIBLIOGRAFÍA
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1933 (Ver los capítulos: Problems of Modern