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Montero y Antonio Collados Alcaide_Mediación, interpretación, transculturalidad. El museo como zona de contacto.
los de otras culturas) que solo es posible paliar en este relato mediante 
la consabida cohesión social e integración en grupos convenciona-
les; esto es, dentro de una cultura dominante. Estas operaciones en 
muchas ocasiones se realizan mediante argumentos culturalistas, es 
decir, mediante articulaciones de regulación social fundamentadas en 
la necesidad de integración en un centro con valores culturales. En 
esta integración precisamente reescriben de nuevo las relaciones de 
poder y distinciones sociales y materiales de los grupos, mientras el 
supuesto centro queda intacto (Levitas, 1998). Así, la diversidad cultu-
ral, término más europeo, o el multiculturalismo, término más usado 
en EE. UU, son utilizados como operaciones para demarcar, aglutinar 
y hacer convivir alegremente los grupos identitarios en una supuesta 
integración culturalista, negando la diferencia, la disonancia o el con-
flicto. Estas operaciones son más evidentes en el ámbito de la cultura 
contemporánea y en sus planes de inclusión social, de trabajo comu-
nitario y participativo (Yúdice, 2002; Sánchez de Serdio, 2004). Bajo la 
idea de diversidad cultural, la cultura aparece como un bálsamo para 
la integración social, de tal modo que la diferencia queda neutralizada 
ya sea por narraciones que la musealizan como algo «fijo» a un grupo 
(una minoría representada con sus estigmas o marcos universalistas), 
ya sea por medio de proyectos comunitarios o de programas de acceso 
a los museos (programas donde se ofrecen paquetes y talleres de con-
sumo a diversos grupos bajo el paradigma del museo inclusivo). Este 
efecto paliativo tiene una grave consecuencia que se refleja en muchos 
planes de inclusión social, tanto internacionales como estatales. Este 
hecho no pasa desapercibido para la autora Yaiza Hernández (2003), 
quien describe el cambio de paradigma desde la cultura como ámbito 
de transformación estructural a la cultura como inclusión. La exclusión 
queda particularizada en ciertas personas o colectivos, los grupos ex-
cluidos que parecen adquirir derechos de acceso al ocio y a la cultura 
propios de la clase media del estado del bienestar. De este modo se 
proyecta una falsa imagen de estado de bienestar y una compensación 
cultural que realmente no genera un acceso y cambio profundo de 
las estructuras sociales que producen dicha desigualdad social. Esta 
operación, que Yaiza define como «meliorativa», trata de incluir cultu-
ralmente a grupos en la superficie, mientras se agravan las profundas 
causas de la desigualdad. Tal como afirma la autora: «Es posible pensar 
en la agenda de la inclusión social en las políticas de subvención de las 
artes, como un enorme ejercicio de redefinición de un problema –la 
distribución radicalmente desigual de la renta– en términos de otro –el 
acceso igualitario a (ciertos) recursos culturales; su retórica meliorativa 
deja intactas las razones profundas de aquello que pretende mejorar» 
(idem, 2013).
Cierre: A modo de apertura…
Las consecuencias que hemos descrito influyen directamente en las 
formas de mediación y en los discursos que articulan los museos desde 
su giro social hacia la diversidad cultural y otras formas de trabajo co-
munitario bajo el paradigma de la inclusión social. Es un transfondo o 
escenario político que ha sido muy enarbolado por el laborismo inglés 
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Javier Rodrigo Montero y Antonio Collados Alcaide_Mediación, interpretación, transculturalidad. El museo como zona de contacto.
durante los últimos diez años aproximadamente. Este giro retórico al 
acceso de algunos «recursos culturales», presentados a modo de paque-
tes de consumo de talleres o programas comunitarios despolitizados 
aparece últimamente descrito en planes de compromiso social estata-
les, de museos inclusivos/participativos o programas educativos o «so-
ciales». Propuestas que, bajo la batuta de la inclusión como un discurso 
dominante, parecen justificar la crisis del museo y recontextualizar su 
rol social. Se trata, en muchos casos, de justificar de nuevo y usar la 
cultura otorgándole un papel compensatorio, paliativo, meliorativo, o 
casi pastoral, de sanación y cura mediante proyectos comunitarios o 
participativos (Kravagna, 1998). Este marco salvífico parece querer re-
descubrir un nuevo papel de la cultura en una época de crisis, de tal 
modo que puede justificar la inversión pública y el trabajo en cultura. 
Paralelamente a esta justificación, deja de lado la pregunta política por 
el museo para instaurarse en los cómodos ríos de la diversidad y los 
frágiles muelles de la integración social de las instituciones cultura-
les. Desde los marcos que hemos desarrollado –el museo como una 
zona de contacto, con espacios de desborde, mestizaje y relaciones 
transculturales–, la mediación crítica en el museo puede contribuir a 
repensar otros modos de estar entremedias de la cultura, la educación 
y la ciudadanía. No tanto para justificar o convencernos de que un 
elemento es mejor que otro, sino para seguir abriendo nuevas posibi-
lidades y modos impredecibles de trabajar en común. A este reto nos 
enfrentamos todos desde las diferencias como espacios de aprendizaje 
políticos. Como nuevos lugares donde ampliar y repensar nuestras ins-
tituciones democráticas, ya sean un museo, la escuela de nuestras hijas 
o el centro cívico de nuestro barrio.
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