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CONTRAINDICACIONES DE LOS DISCURSOS QUE DIFICULTAN LA TRANSFORMACIÓN

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CONTRAINDICACIONES DE LOS DISCURSOS QUE DIFICULTAN LA TRANSFORMACIÓN 
DE LAS PRACTICAS DE PROMOCIÓN DE LA SALUD
Los gobiernos han puesto en la agenda, la promoción de la salud como herramienta que permite disminuir el riesgo de enfermar – morir y alcanzar la salud para todos.
El documento que centra a la promoción de la salud en la agenda de los gobiernos es la carta de Ottawa 1986. 
En la carta de Ottawa la definición planteada de promoción de la salud es la que “consiste en proporcionar a los pueblos los medios necesarios para mejorar su salud y ejercer un mayor control sobre la misma”.
Es decir, darle herramientas necesarias para que el otro empoderándose pueda decidir sobre su salud. Donde el otro es el protagonista.
Donde el sujeto pueda ser capaz de identificar y hacer frente a los determinantes que influyan en su salud.
Desde esta propuesta, la población destinataria, debe participar del reconocimiento y priorización de sus necesidades y satisfactores, en cambio el Estado, es el responsable de proveer las herramientas necesarias para satisfacer las necesidades reconocidas.
Firmada por 36 países reunidos emiten la carta de Ottawa, dirigida a la obtención del objetivo “salud para todos” en el año 2000. En ella se establece la promoción de la salud como la herramienta fundamental.
Según la carta de Ottawa “la promoción de la salud consiste en proporcionar…” donde cada grupo debe ser capaz de identificar y realizar sus aspiraciones, de satisfacer sus necesidades y cambiar o adaptarse al medio ambiente.
Haciendo hincapié de una concepción de salud entendida como un proceso en el que las poblaciones viven “comprendiendo y luchando ante los conflictos” en una perpetua tensión entre la adaptación a la vida y al ambiente”. Y dejan muy claro que “cualquier mejora de la salud ha de basarse necesariamente en estos prerrequisitos: la paz, la educación, la vivienda, la alimentación, la renta, un ecosistema estable, la justicia social y la equidad.
El determinante más importante que obstaculiza la promoción de la salud: es la pobreza y la relación compleja de dependencia entre los países del mundo. Desarrollo y subdesarrollado, hoy como ayer, siguen interviniendo positivamente sobre las cuestiones estructurales:
Agua potable, control adecuado de excretas y basuras, vivienda digna, normativas claras sobre contaminación desertización, medicamentos, urbanidad.
Son situaciones para las cuales los países más pobres no han podido tomar decisiones adecuadas, en la mayoría de los casos, por la presión ejercida desde los países desarrollados hacia quienes quieren emprender el camino del progreso económico. 
En vista de las condiciones citadas y el propio entendimiento de promoción de la salud – ella se vuelve más utópica. Sobre todo, si depositamos toda la confianza en la adquisición de información y no en la transformación de las condiciones objetivas de existencia que hagan viable contar con esa información.
Así que, de poco sirve el saber sobre la importancia para la salud del agua potable, si ella no es accesible, saber que tomar sol en horas inadecuadas aumenta las posibilidades de problemas dermatológicos, si hoy se prioriza un cuerpo bronceado, o cambiar el hábito de fumar cuando el negocio del tabaco mantiene y aumenta su rentabilidad.
La propuesta de promoción de la salud que surge de la carta de Ottawa, continuidad en estos temas de la declaración de Alma ata sobre APS respecto de las responsabilidades intersectoriales sobre la salud, no ha sido respectada por los mismos organismos internacionales.
En este sentido, es imposible pensar que: 
“la promoción de la salud radica en la participación efectiva de la comunidad en la fijación de prioridades, la toma de decisiones y elaboración y puesta en marcha de estrategias de planificación para alcanzar un mejor nivel de salud”
Esa participación efectiva y concreta de la comunidad, que hoy se traduce como empoderamiento de la población, lejos de ser un derecho, parece más una estrategia de responsabilizar a la comunidad por la no intención o imposibilidad de llevar adelante aquellas acciones aconsejadas que producirían transformaciones.
La utopía de la libre elección o desarrollo de hábitos en un contexto desfavorable, es un romanticismo que no ayuda a la promoción de la salud, tanto en el campo de los hábitos individuales, colectivo-comunitario, así como en las decisiones políticas a nivel del Estado.
En este contexto, el enfoque que privilegia el “autocuidado” modificando las conductas consideradas de riesgo y la adopción de “estilos de vida” teóricamente saludables por medio del disciplinamiento, muestra mucha dificultad. Sin embargo, dicha interpretación de la Promoción de la Salud no pierde vigencia, ya que genera un lucrativo consumo “saludable” y remueve la responsabilidad del Estado en el mejoramiento de la salud de su población, culpabilizando al propio enfermo de su situación.
Las desigualdades sociales reconocidas en los países desarrollados y subdesarrollados muestran que para una gran parcela de la población el cumplimiento de lo que plantea la promoción de la salud queda como algo utópico, si el Estado no garantiza las mínimas condiciones que uno tiene derecho.
CONCLUSIÓN
Como defensores de la promoción de la salud, se hace necesarios remarcar aquellas situaciones que la desvalorizan como herramienta de la salud pública, ya que se solicitaron logros utópicos que la realidad nunca ha podido, ni podrá reflejar; 
De forma contraria, siguiendo una tradición moderna que otorga a la ciencia y a las profesiones que se basan en ella y la ejecutan, un poder de control absoluto de todas las variables presentes en la realidad. 
Desde su enunciación en la carta de Ottawa en 1986, se especifica la necesidad del cumplimiento de prerrequisitos imprescindibles para que la promoción de la salud pueda darse. Estos podrían resumirse en cerrar la brecha entre ricos y pobres, garantizando condiciones de vida a todos. 
La promoción de la salud no es una campaña, ni una lucha, sino una acción permanente destinada a intervenir sobre los determinantes que definen en cada momento las relaciones culturales, económicas, políticas y sociales.
El rol del profesional promotor de la salud queda así definido como el de estimulador de movimientos, que además acerca herramientas adecuadas y aceptables por la comunidad, generando un proceso permanente.

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