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UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS COLEGIO DE HISTORIA GOBERNAR AL ESPIRITU REFLEXIONES SOBRE LA HISTORIA DEL PODER Y LAS IDEAS DURANTE EL PRIMER IMPERIO CHINO (221 A. E. C. -906 E.C.). TESIS QUE PARA OBTENER EL GRADO DE: LICENCIADO EN HISTORIA PRESENTA: RICARDO CHAPARRO GONZÁLEZ ASESOR: DRA. LUCRECIA CLEMENTINA Y GONZÁLEZ Y TORRES MÉXICO, D.F. 2010 FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS UNAM – Dirección General de Bibliotecas Tesis Digitales Restricciones de uso DERECHOS RESERVADOS © PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL Todo el material contenido en esta tesis esta protegido por la Ley Federal del Derecho de Autor (LFDA) de los Estados Unidos Mexicanos (México). El uso de imágenes, fragmentos de videos, y demás material que sea objeto de protección de los derechos de autor, será exclusivamente para fines educativos e informativos y deberá citar la fuente donde la obtuvo mencionando el autor o autores. Cualquier uso distinto como el lucro, reproducción, edición o modificación, será perseguido y sancionado por el respectivo titular de los Derechos de Autor. 2 Índice Página Introducción 3 Parte 1. Los primeros imperios de China. Poder y pensamiento desde la proclamación del Imperio (221 A.E.C.) a la caída de la dinastía Han (220 E.C.). Capítulo 1. La historia antigua del Imperio 8 Capitulo 2. El legalismo y el Imperio del Huangdi 皇帝 El Legalismo La interpretación legalista de la historia y la fundación de la investidura imperial El ritualismo imperial 25 25 29 34 Capítulo 3. Las implicaciones ideológicas de la transición imperial El fin de la época de los grandes maestros Los filósofos y las Cortes Reflexiones sobre la Quema de libros La forja del canon de textos Clásicos y el triunfo del clasicismo confuciano. 41 41 45 50 61 Parte II. El budismo como aglutinante del la espiritualidad china durante las invasiones nómadas y segunda reunificación (589 E.C.). 74 Capítulo 4. El hundimiento del Imperio y la China “bárbara” 74 Capítulo 5. La segunda unificación del Imperio. 86 Capítulo 6. El budismo en las Cortes. El budismo del otro lado del Himalaya Reflexiones sobre el monasterio budista. Budismo y política Confrontación y síntesis 101 102 109 114 120 Conclusiones 126 Anexo 1. Dinastías de China 129 Anexo 2. Historia del Budismo 130 Anexo 3. Apéndice Geográfico 132 Anexo 4. Ilustraciones 136 Bibliografía 138 3 Introducción. En esta investigación están plasmados los resultados de mis primeras aproximaciones al estudio de la historia china. Se plantean más problemas de los que se resuelven y más conjeturas de las que se confirman. Cada capítulo y cada apartado parecen ser ensayos distintos sobre historia china, algunos de los cuales resumen la historia política y social de extensos periodos de tiempo, otros que se tratan la historia del pensamiento. El hilo conductor es la construcción del Estado imperial y la identidad china ( 漢 han), tanto durante la unificación a cargo de las dinastías Qin (221-207 A.E.C.) y Han (206 A.E.C.- 221 E.C.), como durante la reunificación de las dinastías Sui (581-617 E.C.) y Tang (617-906). El proceso conducido por Qin y Han ocupa la primera parte de esta tesis. El primer capítulo aborda las tendencias políticas, sociales y económicas más importantes del periodo, entre las que se destaca la destrucción del antiguo sistema político sustentado en relaciones de parentesco y la forja de una nueva racionalidad política. En el campo de la historia de las ideas, al cual se dedican los capítulos segundo y tercero, el problema a tratar es la construcción de un nuevo discurso de legitimación para el poder político. Éste abrevaba de múltiples fuentes de pensamiento, rito y tradición filosófica, oral y escrita. Un capítulo está dedicado a la escuela legalista, insignia de la Primera Dinastía, y a sus vínculos con las tradiciones míticas y rituales antiguas. Esta corriente de pensamiento es inseparable de otras en boga anteriormente a la edificación del Imperio, y por ello las referencias al clasicismo confuciano, daoísmo y mohísmo, entre otras, son frecuentes. En el capítulo siguiente se revisa el ascenso del confucianismo como doctrina oficial durante la dinastía Han. En suma, la reconstrucción de la historia de la ideología imperial temprana nos conduce a tratar dos procesos estrechamente vinculados aunque regidos por dinámicas diferentes: la racionalización del horizonte de lo político y la conformación de tradiciones textuales sustentadas en un canon bien establecido de escrituras. Por dispares que parezcan en primera instancia estos fenómenos culturales, ambos cristalizaron en el mismo periodo, entre el siglo III y II A.E.C., al igual que la forja de la 4 institución imperial, vinculados por el esfuerzo de fundar el poder y la legitimidad del nuevo Soberano; y fueron producto de los conflictos políticos manifiestos así como de cambios sociales y económicos graduales ocurridos durante el periodo de los Reinos Combatientes (403 A.E.C.-221 A.E.C.), e incluso desde antes. Al hablar de la racionalización de lo político no se quiere expresar que anteriormente dominaran formas naturales de convivencia. La sugerencia, menos ambiciosa, es que, ante las circunstancias políticas, sociales y económicas cambiantes, proclives para la centralización del poder, tuvo lugar un reajuste, tanto en el marco de referencia desde el que se consolidaba anteriormente el gobierno junto con las múltiples relaciones y atribuciones que lo componían, como en las coordenadas del pensamiento político fuera y dentro del régimen político. Este reajuste, en su aspecto pragmático, respondía al imperativo pragmático de extender y asegurar el poder absoluto, luego de la fractura del orden político de la época de la dinastía Zhou (1050-251 A.E.C.), sustentado en lazos de parentesco y vínculos de vasallaje. Se manifestaría en la necesidad por fortalecer una burocracia contractual, integrada por hombres reclutados según sus méritos, así como en la creación de leyes de aplicación universal entre los súbditos para regular la conducta de los sometidos sin importar su linaje y sin excepciones debidas a su rango social. En su vertiente ideológica, sin embargo, se manifiesta el cambio en un largo proceso de suma constante de tradiciones de pensamiento reinterpretadas, que fortalecieran la investidura. Desde su origen, la institución imperial fue revestida con especial ahínco con un variado y complejo manto ideológico derivado de la mitología, la cosmología, la metafísica, la filosofía natural y moral... Las escuelas de pensamiento político, lo mismo que las sectas religiosas que a lo largo del tiempo habrían de proponer fundamentos y métodos para el gobierno ideal, tendiendo a vincular lo terreno con lo trascendente de múltiples formas, tejían sus soluciones diversas en torno a la figura privilegiada del Huangdi; conscientes de la realidad política ahora vigente, los ideólogos no pretendían sino justificar al que era el puntal esencial del modelo de estado centralizado fundado por Qin y Han, y reeditado, siglos 5 después, por caudillos de amplias miras y funcionarios convencidos de su superioridad. Aparecieron complejas relaciones entre escuelas de pensamiento y hombres cercanos al poder. Unos y otros, ya fueran mohistas, clasicistas, daoístas o budistas (cuyo devenir en las Cortes fue diverso, pero las cuales, al final de cuentas, llegaron a ocupar lugares preponderantes también, en distintos momentos históricos), apelaban a fondos textuales en los cuales aparecían numerosos referentes compartidos. Sus etapas formativas atestiguan la tendencia de varias escuelas a amalgamarse en torno, antes que nada, a escrituras agrupadas en un canon, si bien no inmutable, por lo menos claramente identificable, y luego a normas para realizarlos comentarios, a directrices comunes para conducir la interpretación, a figuras de sabios maestros e instituciones propias o impuestas desde el poder. Incluso los legalistas de fama iconoclasta compartían un bagaje común de conocimientos históricos sobre los que ejercían hermenéutica de pesadas implicaciones políticas, y se ataron firmemente al compromiso institucional y legal del Imperio a lo largo de los siglos. Es necesario, por ello abundar en la medida de lo posible en la composición y el funcionamiento de las corrientes que incubarían elementos posteriormente inseparables del firme entramado ideológico que sostenía la legitimidad del soberano, el cual nunca sería contestado en adelante por fundadores dinásticos, reformadores institucionales, usurpadores o invasores extranjeros, sino, por el contrario, decididamente adoptado. Tuvo lugar un esfuerzo por encuadrar al poder y al gobernante bajo distintas o renovadas coordenadas de pensamiento, esta vez en el nivel histórico, ritual y simbólico, capaces de expresar quizá con más vehemencia que la formalidad institucional la transformación que debía suponer la proclamación del imperio. La segunda parte de esta tesis trata el proceso de disolución y reunificación del Imperio Chino, desde la caída de la dinastía Han, en 220 E.C.. Este periodo, franqueado por invasiones recurrentes de pueblos nómadas, principalmente del norte desértico, implicó un reto para la identidad cultural y 6 política china que se había forjado ya hacía varios siglos. Factores externos, poderes, organizaciones de la sociedad, costumbres y creencias procedentes de otras áreas culturales cambiaban sin remedio la fisonomía de la civilización china, una apertura manifiesta aún en la reunificación acaudillada por los gobernantes de las dinastías de Sui y Tang. Una vez más, los imperativos pragmáticos de mantener y acrecentar el poder implicaban que las instituciones chinas emergieran y se afirmaran en circunstancias distintas. Pero la legitimación del Emperador no conllevó a la declaración de superioridad de una escuela por encima del resto. Tanto el legalismo como el clasicismo confuciano y el daoísmo debieron lidiar en plano de igualdad con una religión venida de la India. La penetración y difusión del budismo de tradición India en China -su “domesticación”, como le han llamado varios autores 1-, ocurrida entre los siglos III al VI E.C., coincide en su inicio con un periodo crítico para la historia imperial de China: la decadencia de la ya longeva dinastía Han (206 A.E.C.-220 E.C.), el fracaso de caudillos posteriores en su búsqueda por restaurar un régimen duradero que abarcara la totalidad del territorio dominado por aquella (durante el llamado periodo de las Tres Dinastías, 220-264 E.C., y la primera época de la dinastía Jin) y las invasiones de numerosos pueblos nómadas, a partir de 311 E.C., quienes finalmente lograrían establecer su dominio sobre la cuenca del Río Amarillo. El trauma dejado por estos trastornos sobre los herederos del que había sido considerado como el gobierno universal de la Civilización y la Moral, bien hubiera podido desembocar en la desaparición del ideal mismo de la institución imperial y de la práctica política forjada hasta entonces. En el último capítulo se aborda por ello el budismo chino. Sin embargo, por tratarse de un tema tan complejo y amplio, que ameritaría por sí sólo una tesis, y que requiere asimismo de múltiples conocimientos previos para su cabal comprensión, el capítulo sólo esboza planteamientos para comprender, como parte de un proyecto más amplio y a continuar posteriormente, la naturaleza del budismo que llegó y floreció en China durante más de medio milenio. 1 Arthur Wright, Buddhism in Chinese History; Kenneth Chen, Buddhism in China. A Historical Survey. 7 El sistema de transcripción para los vocablos chinos que se mencionan es el Pinyin, y varios términos se acompañan con los caracteres chinos tradicionales. 8 Parte 1. Los primeros imperios de China. Poder y pensamiento desde la proclamación del Imperio (221 A.E.C.) a la caída de la dinastía Han (220 E.C.). Capítulo 1. La historia antigua del Imperio En 221 A.E.C., el rey Zheng del reino de Qin creó la dignidad imperial y se proclamó el Primer Emperador (Qin Shi Huangdi 秦始皇帝). Se afirmaba de este modo como el vencedor luego de más de dos centurias de luchas intestinas entre los reinos asentados en los valles de los grandes ríos 2 que conformaban ya el núcleo de la civilización han3. Culminaba asimismo la transición de la China arcaica a la época imperial, y era resultado de una acumulación de cambios políticos, económicos y sociales, concentrados en el transcurso del llamado Periodo de los Reinos Combatientes (403-221 A.E.C.). Se trataba del colofón de una forma de sociedad y un sistema de relaciones políticas dominantes que duraría casi mil años. Para comprender la magnitud del cambio ocurrido entre ambas épocas es conveniente plantear, en términos esquemáticos, la naturaleza de los cambios políticos e intelectuales ocurridos entre la época anterior al Imperio y los siglos subsecuentes. En el transcurso de la mayor parte de la dinastía Zhou (1050-256 A.E.C.), una constelación de reinos y sus gobernantes 4, cuya autoridad derivaba directamente del parentesco y los pactos de 2 En términos generales, China al siglo III A.E.C. está conformada por los valles del Río Amarillo, el Huai, la parte baja del Yangzi, así como su principal afluente, el Han. Durante la primera mitad del primer milenio A.E.C., los reinos centrales como Zhou, Wei Zhao y Hann (para distinguirlo de la dinastía Han posterior, con la cual ésta no tendría nada que ver), constituían el núcleo de la civilización china. Cf. Apéndice geográfico, pp. 3 El término han 漢 puede entenderse como la filiación étnica de las poblaciones sedentarias en el valle del río Amarillo con nexos lingüísticos afines (misma rama lingüística). No obstante, para los fines de este trabajo, se definirá en un sentido más amplio como un forma cultural distintiva, vinculada por una cultura material, por prácticas religiosas y rituales semejantes, así como por una tradición histórica y literaria en desarrollo paulatino, así como por un desarrollo tecnológico compartido. Esta forma cultural se transformará en forma civilizatoria durante la época imperial (desde 221 A.E.C.), cuando se integre al modelo un modo concreto y agresivo de concebir y ejercer el poder. 4 La quíntuple jerarquía de la aristocracia que puede encontrarse en textos tardíos del periodo distinguía los rangos de gongjue 公爵 (duques), houjue 侯爵 (príncipes feudales), bojue 伯爵 (marqueses), zijue 子爵 (condes) y nanjue 男爵 (varones). Las traducciones de esos términos chinos a grados nobiliarios occidentales fueron legado socorrido hasta tiempos recientes de reconocidos traductores de obras arcaicas y Clásicos confucianos a la lengua inglesa, tales como James Legge (en The Chinese Classics, Hong Kong, Hong Kong University, 1950, 5 vols., entre otros muchos textos de diversas tradiciones) y Burton Watson (en su traducción de Sima Qian, Records of the Grand Historian of China, New York, Columbia University Press, 1962, 2 vols., entre otras obras histórcas que vertió a lengua inglesa). 9 fidelidad que mantenían con el Rey (wang 王) de Zhou, combatía y signaba pactos y alianzas en busca de poco más que el reconocimiento como primus inter pares 5. La garantía de orden en el Reino de en Medio (zhongguo 中國 ), el espacio propio de la civilización China, tanto como el límite a las aspiraciones de los vasallos, quedaban resguardados por la figura paternal del Rey, al cual ya se le veía como investido por un Mandato Divino6. Pero había grupos gobernantes de pobre linaje que, desde el siglo VII A.E.C., se consolidaban en la periferia de los estados centrales 7, y cuyo respeto por los lazos familiares y la autoridad arcaica era escaso,por decir lo menos. Era el caso de reinos como el de Qin, Wu y Yen, los cuales, a pesar de estar considerados por antiguas familias como linajes advenedizos, terminarían por desafiar el antiguo orden político en siglos posteriores gracias a su mayor ambición. Comenzaron a luchar por incrementar su poderío militar y así lograr el predominio absoluto y la destrucción de sus rivales, aprovechando para ello la mengua gradual del poder efectivo de los reyes de la dinastía de Zhou. Desconocían el vasallaje que los unía al rey y a los nobles de los que originalmente derivaba su poder y autoridad, fortalecidos por las capacidades específicas que les brindaba el manejo de métodos más sistemáticos de administración del territorio y organización militar en que se apoyaba el gobierno de sus estados. Algunos incluso comenzaban a dar prioridad a las capacidades de gobierno, administración y estrategia militar, antes que a la familiaridad con el gobernante, al momento de reclutar personal. Cada casa gobernante, fortalecida, se resistía ahora a aceptar con sumisión la preeminencia del Rey, y se adjudicaba ya cierta superioridad moral o divina, colocándose en los rudimentos de una intensa pugna ideológica por venir.8 Pronto las antiguas reglas de la guerra noble (la lucha a bordo de pesados carros de batalla, la 5 Cf. Hsu Cho-yun, Ancient China in Tansition. An Analysis of Social Mobility, 722-222 B.C., Stanford, Stanford University Press, 1965, capítulo 1. Este autor define la organización política del periodo anterior al imperial como una aristocracia familiar, donde las relaciones de parentesco configuran todos los referentes del sistema político. 6 El Mandato divino (Ming Tian 命天 ) en este periodo derivaba para diversos gobernantes locales o reyes dinasticos de divinidades protectoras específicas, no de un concepto abstracto como el que se instaurará en la época imperial. Cf. Hsu Cho-yun, op. cit., p. 40 y ss. Véase también el capítulo segundo de esta tesis, sobre las divinidades de diversas dinastías. 7 Aquellos asentados desde hacía varios milenios en las márgenes del Río Amarillo, como Zhao, Wey (para distinguirlo de la dinastía Wei del Norte, del siglo IV E.C., que se mencionará más adelante), Hann (diferente de las dinastías del clan Liu que gobernarán cuatro siglos China) y Zhou. Los principales estados de la periferia son Qin (del que surgirá la primera dinastía), Yen en el norte, Wu al sur y Shu, en el valle principal de la actual provincia del Sichuan. 8 Hsu Cho-yun, op. Cit., capítulo 2 10 preservación del decoro en el campo de lucha, la mera búsqueda de fama y honor así como el respeto al ritual como sostén de los pactos militares) fueron subvertidas por el arribo de los métodos de la guerra convencional. El derrocamiento del último gobernante de los Zhou, en 256 A.E.C., por parte de la fuerzas del vigoroso estado militar de Qin9, generó una situación de incertidumbre política que fue bien capitalizada por sus jefes en las cuatro décadas por venir y hasta la primera unificación de China bajo un sólo trono. El reino de Qin despuntaba precisamente en virtud de sus reformas militares que le daban enormes ventajas en el campo de batalla frente a sus rivales. Tenía un cuerpo castrense sustentado en la lealtad militar más que en vínculos familiares, cuya desventaja era dividir al ejército en una elite en virtud de su abolengo y una masa servil de soldados sin más motivación que respetar el pacto de fidelidad a sus superiores. Esta organización surgió del fogueo incesante con los pueblos nómadas que presionaban sus fronteras (de los que tomó numerosas técnicas militares y a los que dirigió su furia conquistadora tras apaciguar el centro de China). Serían los imperativos del valor en combate y la disciplina hacia el estratega a la hora de la lucha, más que lazos de sangre, lo que estructurarían su ejército, y semejante organización terminaría por penetrar en la incipiente estructura burocrática del estado10; destacados estrategas surgidos en estas campañas integraron la administración del reino. Tras casi treinta años de búsqueda de la unificación interna de su propio reino y de la expansión a expensas del territorio de sus adversarios 11, la proclamación por la cual el Primer Emperador se investía de una nueva legitimidad daba comienzo a un periodo de cambios mucho más profundos que los que desde hacía varios siglos ya pretendían la transformación y renovación de las formas inveteradas de ejercer el gobierno. La vasta pluralidad cultural, social y política que dominaba China debía ser reducida a la unidad 9 Este reino era gobernado entonces justamente por el abuelo del que a la postre se convertiría en el Primer Emperador. Sin otro rey sucesos de la dinastía Zhou que recibiera el Mandato Celeste, la historiografía posterior daría a los últimos tres gobernantes del estado de Qin el título de Reyes (wang 王) antes de la reunificación. 10 Una estructura donde las relaciones serían contractuales, sin importar las relaciones personales entre los individuos. 11 Mark Edward Lewis reconstruye el proceso de fortalecimiento del estado Qin y su expansionismo incesante desde mediados del siglo III A.E.C.. Cf. The Early Chinese Empires. Qin and Han, Cambridge, London, The Velknap Press of Harvard University Press, 2007, Capítulo 2, “A State Organized for War”. 11 y sometida al autócrata. Se buscó erradicar los antagonismos políticos latentes con los clanes enemigos aun después de su derrota mediante la supresión absoluta de los antiguos reinos, que serían sustituidos por una nueva forma de organización administrativa, basada en criterios recaudatorios y burocráticos. Se desconocían así por completo los añejos títulos nobiliarios que por siglos habían conformado en lo esencial el orden político y se les reemplazaba por cargos nombrados desde la Capital Imperial, sobre la base del mérito antes que de la pertenencia al grupo familiar. Además se desarraigaron los clanes mediante traslados forzados de población y se buscó destruir todas las tradiciones escritas que reivindicaran alguno de esos reinos y mantuvieran viva la memoria histórica de sus Cortes. El sistema de pesos y medidas, las monedas circulantes, la amplitud de los caminos y de los ejes de los carros, todo aquel elemento dependiente de los designios de antiguos poderes políticos debía ser unificado según el nuevo estándar imperial. El lenguaje se vertió en una escritura común, que no seguía sino la norma del reino de Qin. Una burocracia cuya autoridad emanaba del Centro se apoyaba en un reglamento judicial 12 que suplía toda otra disposición local y la superaba en razón de su igualitarismo extremo (que costaría la vida al mismo ministro que lo implementó, el legalista Li Si) tanto como de su tremenda crueldad (duro juicio de la historiografía posterior que, empero, apoyan los descubrimientos arqueológicos recientes al respecto). La suma de los sistemas de defensa en la frontera norte, organizados como la primera Gran Muralla (que no era sino la amalgama de murallas de los reinos septentrionales), establecía los nuevos límites tangibles del Reino de en Medio, mientras la fastuosa Ciudad Imperial, Xianyang, se tornaba en centro de la Civilización 13. Poco podemos decir, por razones de espacio, aquí sobre la monumental 12 Para ahondar en el código legal de la Primera dinastía puede verse el minucioso estudio de A. F. P. Hulsewé, An Annotated Translation of the Ch’in Legal and Administrative Rules of the 3 rd Century B. C. Discovered in Yün-Meng Prefecture, Hu-pei Province, in 1975, Leiden, E. J. Brill, 1985, 232 pp. 13 Mark E. Lews destaca el antagonismo geográfico (el valle del río Wei, afluente del Amarillo, aislado por cordilleras y abierto hacia la región seca del Gobi, frente al valle medio del Amarillo, relativamente más protegido de la inclemencia del exterior) que servía de trasfondo a la confrontación entre el reino deQin y sus rivales: los reinos centrales y los del sur. Se excluían mutuamente en virtud de sus características culturales distintas y de su histórica con escasos vasos comunicantes hasta el periodo de las conquistas de Qin y la naturaleza de las ambiciones de éste reino era en buena medida etnocéntrica. Cf. op. cit., p. 11-13. También lo menciona Nicola Di Cosmo en Ancient China and Its Enemies. The Rise of Nomadic Power in East Asian History, Cambridge, Cambridge University Press, 2002, cap. 1 12 arquitectura del Mausoleo de Shi Huangdi, representación de sus aspiraciones por fundar un Imperio que abarcara toda la Tierra. A pesar de sus pretensiones de gobernar largo tiempo sobre un sólido Reino Universal y de ser el primero de una muy larga sucesión de gobernantes (el carácter shi 始 del título que ostentaba puede traducirse como “el que comienza”), su dinastía apenas sobrevivió tres años a su muerte. Sin dar crédito pleno al desprestigio en su contra contenido en la historiografía posterior, podemos hacer algunas observaciones sobre el proceso de la primera unificación, que resultarán útiles para entender el destino del imperio durante el siguiente milenio. El aspecto más notorio es que el Primer Emperador logró llevar a buen puerto la primera unificación de China mediante el uso de métodos racionales de dominación y organización del territorio14. No se niega la enorme relevancia de la parafernalia ideológica que erigió el soberano de Qin para desmarcarse de toda fuente de legitimidad anterior, en su deseo por fundar un nuevo orden político. La manipulación ideológica, la integración y depuración de tradiciones históricas y míticas en boga, la incorporación en la figura imperial de funciones rituales, tanto arcaicas como transformadas acorde con nuevas circunstancias, fueron aspectos prioritarios al ser fundada esta dinastía y las venideras, y se revisarán con más detenimiento en el siguiente capítulo. Pero el evidente horizonte pragmático de las corrientes de pensamiento político que dominaron en la creación de las primeras instituciones y leyes del Imperio indica una tendencia de la época imperial: el predominio de lo político sobre lo religioso, de la administración y la ley como prioridades sobre el vínculo de parentesco y la costumbre. Según las ideas legalistas más socorridas en la época 15, el Estado era entendido como una 14 El reino de Qin siguió una ruta gradual, pero contundente en su expansionismo sobre el valle del río Amarillo, desde mediados del siglo III A.E.C. Aprovechando el esfuerzo de su abuelo por asegurar las fronteras al norte y el oeste (véase mapa 1), el rey Zheng, futuro Primer Emperador, avanzó sobre el reino de Shu, en el actual Sichuan, al sur, incorporando esta región además por completo como parte de la historia de los reinos del río Amarillo. Quedaba garantizado así para el reino de Qin los recursos y las defensas que le permitirían afirmarse en la conquista del reino de Zhou, cede de la última dinastía, y para lanzarse sobre sus rivales, Wu al sur y Yen al norte. Cf. Hebert Franke y Rolf Trauzettel, El imperio chino, 15a. ed., México, Siglo XXI Editores, 2006, pp. 65-70 15 El legalismo (fajia 法家 ) es una de las corrientes predominantes en la época de la unificación, y es posible definirla como una doctrina de administración de los recursos y del gobierno sobre los hombres con el fin de mantener el poder (nos basamos en la definición de Hsu Cho-yun en op. cit., p. 80). Su relevancia en el reino de Qin será tratada en el capítulo siguiente. 13 institución burocrática centralizada en torno a la figura del Soberano. En este edificio burocrático ministerios de funciones expresas conformaban la Corte, encargada de regular las distintas facetas de la vida social, desde la actividad económica y militar hasta la misma práctica ritual cortesana, a partir de regulaciones jurídicas precisas. Funcionarios subordinados a distintos niveles, asistentes y consejeros permitían difundir y ejecutar los lineamientos promulgados por el Emperador y sus ministros. A éstos últimos les correspondía también el nombramiento de los gobernadores provinciales, cuyo aparato era semejante al de sus superiores. La organización militar estaba ramificada del mismo modo y las provincias recién incorporadas eran gobernadas del todo por ellos16. Su remuneración ya no procedía más de dotaciones iniciales de tierras que se heredaban dentro del linaje dedicado en adelante a prestar incondicional servicio a un superior; devengaban salarios, pagados regularmente, por lo general en especie, al menos hasta la dinastía Tang (618-907 E.C.), por lo que su relación era más bien contractual. En consecuencia, el desempeño de un servicio (o de la lealtad militar en caso del ejército) era el aspecto a recompensar cuando fuese satisfactorio en sus resultados, y a ser castigado en caso de no ser así. El sistema legal, por su parte, regulaba la impartición de justicia, las atribuciones de los 16 La estructura de la burocracia desde tiempos Qin hasta Tang es extremadamente compleja. El estudio de Hans Bielenstein, The Bureaucracy of Han Times, New York, Cambridge University, 1980, señala que incluso los cargos más altos cambiaban constantemente, desaparecían o eran sucedidos por otros menores en un tiempo dado. En la cima de la escala burocrática se encontraban las Tres Excelencias (San gong 三公): 1) el Canciller (cheng xiang 丞相), dedicado a las finanzas y el presupuesto, a recomendar candidatos para ingresar al servicio del estado, y a presidir, cuando era la entidad predominante, el principal organismo de gobierno en la Corte: la Conferencia de la Corte (huiyi 會議); 2) el Gran Secretario (yushi daifu 御史大夫 ), principal órgano encargado prevenir el abuso de autoridad y las fallas en la disciplina de los funcionarios, encargado de la transmisión de los memoriales de los funcionarios hasta el trono, así como de los edictos hacia la administración local, y de las bibliotecas imperiales, y 3) el Gran Comandante de Justicia (daiwei 太尉 ), encargado de impartir y vigilar la impartición de justicia a nivel local, de dirigir el Gran Ministerio de Obras y del Tutor Imperial (luego se transformaría en Comandante en Jefe, encargado por completo de los ejércitos). Cada Excelencia tendría por lo menos 15 secretarías diferentes, subdivididas en oficinas, divisiones principales y Asociados, encargadas de desempeñar las mismas funciones (desde las finanzas al ritual), a pesar de que cada Gran Secretaría tuviera atribuciones específicas (que, por lo demás, parecen asignadas arbitrariamente, según las necesidades de la época, y cambiaron con frecuencia). La distribución de tareas como las comisiones de censores enviadas a las provincias para combatir la corrupción era labor compartida, para generar contrapesos y superar la corrupción de alguna área del gobierno con la condena por otra. También la presentación de memoriales y edictos pasaba por órganos de distintas grandes secretarias. Además existían los Nueve Ministerios de la Corte, encargados una vez más de supervisar las administraciones locales, además de ser consejeros imperiales. Entre estos ministerios estaba el Gran Maestro de Ceremonias, el Superintendente de la Casa Imperial, el Comandante de Guardias, El Gran Ministro de Agricultura, etc. Y en ocasiones tuvo presencia el Gran Tutor imperial (daifu 大夫), que se encontraba a la altura de las Tres Excelencias. Se añadía a este complejo sistema las administraciones locales y el sistema militar. 14 funcionarios, el orden fiscal y la relación de los súbditos con la familia Imperial y los lugares propios de la Corte y el ejercicio del poder. Pero no se trataba de un sistema que acotara funciones y circunscribiera responsabilidades. Por el contrario, la lógica jurídica a la que respondía dictaba la duplicación de censores, de tal manera que dos ramas de la administración podían supervisar al mismo funcionarioo conocer la misma causa, como manera de contrarrestar el juicio del otro y detectar corrupción o yerros. Sin embargo, la prematura caída de la primera dinastía parece indicar que el proceso no estuvo exento de tensiones producidas por la introducción de un modelo tan agresivo en contra de las instituciones antes reconocidas y los intereses regionales bien arraigados. Los métodos de la centralización imperial encontrarían en adelante la abierta oposición de fuerzas centrífugas que forzarían la flexibilidad en el sistema para que éste pudiera prosperar. Es por ello que, aunque las dinastías venideras asumieron rasgos fundamentales de un modelo institucional y jurídico semejante al de la Primera Dinastía, como el medio para instaurar la autoridad imperial, introdujeron adecuaciones al original para que fuera viable en circunstancias con frecuencia poco favorables para instaurar de una vez la centralización del poder. Es así como, pese a los intereses del gobernante Qin, la realidad obligaría a otros fundadores y estadistas a conciliar entre los poderes locales y las aspiraciones autocráticas por consolidar un dominio absoluto. Ambas dinámicas fueron resueltas de distinta forma en la dinastía Han (206 A.E.C.-221 E.C.) y en las posteriores dinastías “bárbaras” (siglo IV E.C. al VI E.C.), por establecer un contraste entre dos periodos muy diferentes en cuanto a la naturaleza de sus relaciones políticas. Pero en cada época la tónica era la tensión social y el cambio constante en el orden político predominante, así como en los parámetros de la institucionalización del poder. Liu Bang (256-195 A.E.C.), fundador de la dinastía Han 17, debió dar pasos en la dirección 17 Aunque comúnmente hablamos de la Dinastía Han como de una época completa, en realidad el periodo que va de 206 A.E.C. a 221 E.C. estuvo ocupado por tres dinastía distintas: Han Anterior ( 後漢 206 A.E.C. -6 E.C.), Han Posterior (前漢 24-221 A.E.C.), y la dinastía usurpadora Xin (6-21 A.E.C.), con su único soberano, Wang Mang (véase más adelante p.). La dinastía de los Han posteriores fue una restauración del linaje Liu, pero no sólo fue conducida por una rama distinta y distante, sino que significó el traslado del centro político de Chang’an a Luoyang, más al Este, y un giro en varios aspectos de la administración, la actividad económica y la cultura. A pesar de los rasgos comunes entre las tres dinastías, 15 opuesta a la tomada por el Primer Emperador, a fin de ganarse el apoyo de los descontentos con el régimen de Qin (quienes tampoco confiaban sin más en un campesino sublevado llegado al trono), y de asegurar, a la vez, la lealtad de sus seguidores y sublevados. Repartió para ello el gobierno del territorio conquistado en las guerras por el trono entre los caudillos de baja estirpe que lo apoyaron, a manera de prebendas, y permitió el resurgimiento de reinos 18 de amplia autonomía, dependientes del centro principalmente por vínculos personales de fidelidad 19. También relajará la fuerza del brazo judicial del poder imperial, que junto con la desmesurada exigencia de tributos en trabajo con el fin de edificar las suntuosas obras que engrandecían al Primer Emperador, fueron los aspectos de insatisfacción social cruciales que condujeron a la caída de su dinastía, según consigna la historiografía Han20. Los emperadores Wen y Jing (sucesores suyos que gobernaron entre 179-141 A.E.C.) fueron quienes intentaron retomar de manera gradual la senda de la centralización del poder sobre el territorio y el sistema de recaudación, apartándose de una política conciliadora con las tendencias centrífugas. Un primer paso en este sentido sería la sustitución de antiguos caudillos por miembros de la familia imperial, que reforzaba vínculos políticos mediante el estrechamiento de los familiares. Pero esa unificación quedaría afianzada al consolidar justamente la base institucional legada por la dinastía Qin, tan criticada por el mismo Liu Bang. Ambos emperadores aprovecharon que las instituciones burocráticas se hallaban ya firmemente establecidas en sus líneas básicas tanto en la Corte como en los reinos locales, en virtud de su reconocida eficacia como instrumentos de administración gubernamental, y sólo procedieron los gobernantes Han a integrarlos por completo al poder central. Pese a todo, tocaría al Emperador Jing enfrentar las rebeliones desatadas a mediados de siglo por gobernadores descontentos a causa de la en realidad constituyeron dinastías distintas. 18 La permanencia de linajes nobles (por lo general encumbrados al comienzo de cada dinastía) al frente de unidades territoriales delimitadas como “reinos” (guo 國 ) se mantendrá durante toda la historia dinástica, sus atribuciones será variables y tenderán a ser el punto de partida para la balcanización del Imperio luego del debilitamiento de una dinastía. Por eso varios gobernantes buscaron que miembros de la misma familia imperial, incluso herederos al trono, los administraran. 19 Cf. Mark E. Lewis, op. cit., pp. 21-22 20 Los confucianos que dominaron la Corte de la época Han, desde finales del siglo II A.E.C. (véase capítulo 3) se encargaron asimismo de escribir la historiografía y construir el mito del malévolo Primer Emperador, entregado a la excentricidad a costa de la vida del pueblo campesino, destructor de los Clásicos y cruel en cuanto a los castigos. La proclividad de Sima Qian hace que esta interpretación del periodo Qin esté presente en sus Registros Históricos. 16 pérdida paulatina de sus privilegios; superada esa difícil prueba, el poder imperial tendrá garantizado su predominio en zonas lejanas, al menos hasta que los descalabros de comienzos del primer siglo E.C. reviertan ese estado de cosas21. Las regiones fronterizas 22, por lo demás, al haber sido integradas al Imperio como resultado de las decididas campañas de Conquista de Wudi (reinó de 141 a 87 A.E.C.), serán administradas libremente por el sistema burocrático ordinario, sin la presión de antiguas tradiciones políticas regionales aún latentes que respetar. Durante un periodo posterior a la dinastía Han, sin embargo, conocido como el de las Dinastías del Norte y el Sur (Nanbei Chao 南北朝 , 311-589 E.C.), el predominio de la concepción aristocrática del gobierno se sobrepuso de tal manera al recuerdo mismo del orden institucional de antaño, que cuando los gobernantes de la dinastía Wei del Norte (386-534 E.C.) pretendieron asimilar las instituciones chinas asumieron como un aspecto primordial la construcción de un linaje chino en su base y denominación23. Parece ser que durante el primer milenio del Imperio convivieron y alternaron dos nociones en apariencia incompatibles sobre el poder político, reflejo de sendos sistemas sociales: en uno se privilegiaba la organización institucional, el imperio de la ley, la igualdad jurídica (cuando menos teórica) entre todos los hombres bajo su autoridad, así fueran de alto rango o parientes próximos del Emperador, además de que se tenía en alta estima el mérito como vía de acceso al ejercicio del poder político y la orientación pragmática como criterio de selección de funcionarios; en otro era mayor la importancia del ritual, del nacimiento y de la posición social, así como la voluntad del individuo por 21 Coincide este desarrollo de los acontecimientos con la reconstrucción que hace Mark E. Lewis en op. cit., pp. 23-26 22 En lo fundamental, las regiones fronterizas se encontraban en tiempos del Emperador Wudi en el corredor de Gansu y los pueblos en torno a la Cuenca del Tarim, hacia el oeste, el territorio de la actual Mongolia Exterior (más allá del trazado histórico de la Gran Muralla), hacia el norte, y las regiones al sur de los Grandes Lagos de Hunan y Jiangxi, además del territorio de Guangdong y el norte de Vietnam. 23 Se promulgarían para ello estrictas legislaciones que forzaban la unión entre las aristocracias Tuoba y las han y la determinaciónde los puestos públicos según la clasificación y jerarquía del abolengo (William Jenner, Memories of Loyang, Yang Hsüan-chih and the Lost Capital, 493-534, p. 59-9); los matrimonios eran reglamentados incluso entre la población en general, limitándolos a ciertas “castas” definidas según oficio y ascendencia (Gernet, El mundo chino, p. 168). Un proceso semejante de formación de aristocracias diferenciadas del “pueblo común” en función de la pureza de su abolengo tendría lugar en las dinastías chinas del sur durante el mismo periodo. 17 encima del marco legal24. Era una contradicción fundamental dentro del sistema Qin, sin embargo, que el Emperador se hallara siempre por encima de cualquier disposición legal y que de su autoridad emanara toda la fuerza de la institución y la ley. Su soberanía , en última instancia, se legitimaba por sí misma, en virtud de la superioridad militar que lo respaldaba y como expresión de su voluntad política. El Emperador como institución fundamental del régimen, se asimilaba con la persona imperial, la sucesión recaía en un linaje como ningún cargo público lo hacía y no hay que perder de vista que, en última instancia, fue un hombre quien dio impulso al nuevo orden institucional, su voluntad la que se expresó a través de éste y su muerte la que lo llevó al colapso, dada la fragilidad de su dinámica propia. Estas aparentes ambigüedades permanecían latentes y conciliadas por las mismas instituciones imperiales de las dinastías consolidadas 25. Sus arquitectos supieron presentar muchas veces formas opuestas de entender el poder como un solo cuerpo complementario de ideología que se apoyaba y complementaba26. El esfuerzo más importante para reforzar la ideología que respaldaba al Emperador mediante la conciliación de distintas tradiciones de pensamiento político tuvo lugar ya avanzada la dinastía Han, cuando nuevos y poderosos argumentos en torno a la función ritual del gobernante y la legitimación moral del poder cobrarían mayor énfasis. Se trata de la cosmología y la filosofía moral del confucianismo, las cuales intentarían subsanar de forma directa las incómodas contradicciones con el 24 El historiador estadounidense Charles Orzech plantea en su obra Politics and Trascendent Wisdom: The Scripture for Humane Kings in the Creation of Chinese Buddhism, Pennsylvania, The Pennsylvania State University Press, 1998, pp. 23-26, que estas son incongruencias existentes entre un punto de vista estructural o posicional con respecto a la sociedad, que concibe las instituciones y a los cargos públicos como instancias jurídicas, administrativas o militares, independientes de los sujetos que los manejan, y un enfoque personal, que hace confluir la sustancia del individuo con la del poder que se ejerce. 25 Un aspecto relevante de la legislación penal china desde la dinastía Han hasta la Tang (617-906 E.C), por lo menos, era el castigo diferenciado para los crímenes, según la posición social de quien los cometía. El esquema consideraba más de veinte rangos distintos, para todos los hombres adultos que fueran súbditos del emperador, según su extracción social, sus medios de vida y los servicios que hubiesen prestado al gobierno en acciones militares o en la organización de la población en cuanto líderes locales. Se aprecia la noción de una sociedad estamentaria, pero también se deja ver la intensión del poder central de imponer una jerarquía social nueva y unificada que sustituyera todo sistema regional precedente y fortaleciera los vínculos de las comunidades rurales y urbanas con el poder central. Lewis, Op. cit., p. 67-8; para el sistema en la dinastía Tang, véase Jacques Gernet, El mundo chino, Barcelona, Crítica, 1999, p. 214-5. 26 No fueron raras, pese a todo, las disputas en el seno de la corte imperial, como la que refiere Orzech para ilustrar su análisis, referido a cuando el soberano Shizong (reinó de 1522-1566) de la dinastía Ming, sobrino del emperador que lo precedió, deseaba rendir culto a su padre como ancestro, en contra de la opinión de los funcionarios del ritual, quienes recomendaban hacerlo ante la tablilla de su tío (al cargo y no al progenitor) Orzech, Ibid. 18 paradigma nobiliario que seguía identificando abolengo con superioridad moral y mayor capacidad política; más agudas eran dichas contradicciones por el hecho de que el linaje Liu del fundador no era noble en absoluto27. Pero la búsqueda de ideología que legitimara la autoridad del soberano sería constante, dados los condicionantes con que quedaba revestida toda institución humana a la luz de la filosofía de la historia en China. Sometido al tiempo y al desgaste, el estatus especial del Huangdi carecía de fundamento permanente, pues cada monarca y cada dinastía estaba condenada a su caída, un destino marcado por el ciclo de la naturaleza. Una legitimidad que apelara sólo al Mandato Celeste terminaba por justificar peligrosamente su mengua conforme pasaran las generaciones, e incluso su revocación en caso de grave declive moral del monarca, pues la voluntad del Cielo podía cambiar por completo en tal caso28. Era necesario mitigar el carácter temporal con el que inevitablemente parecía quedar marcado el predominio de su linaje. También se volvía más patente la contradicción entre pragmática política y moral; se volvía una pregunta acuciante si la legitimidad del gobernante se sustentaba en la moral o en el carisma (en el sentido weberiano), y ya fuese una u otra la respuesta, cómo se conciliaba ello con la brutalidad política necesaria para imponer la autocracia. Por otro lado, entrará en juego una disyuntiva ideológica más vaga pero no menos relevante: el emperador debía ser considerado como un hombre de naturaleza común al resto, aunque elevado en dignidad por haber recibido el Mandato Celeste, o como un sujeto de esencia distinta y opuesta al resto de los mortales en virtud de ese Mandato, ya fuese por nacimiento, ya por investidura (de ésta última caracterización deriva que se le conociera también como el Hijo del Cielo Tianzi 天子 o el Santo de las Alturas Sheng Shang聖上). Estos aspectos encontrados de la investidura imperial, a la vez transmitida por herencia y conquistada por la virtud constante, explicarían otro fenómeno muy frecuente en la historia dinástica: la tendencia recurrente en varias épocas a retraer las decisiones políticas del campo del Consejo de 27 Este periodo de forja de nuevas ideas sobre la base de pensamiento político heredad de la Primera dinastía se revisa en el tercer capítulo. 28 De ahí la obsesión de tantos Emperadores por obtener la inmortalidad, atemorizados por el declive que seguiría a su dinastía naturalmente, luego de su muerte, pues su dignidad menguaría de sucesor a sucesor. 19 Estado, la cancillería y las altas instancias dirigidas por ministros y funcionarios especializados en conducir la administración central, es decir, del nivel institucional, para llevarlas a los terrenos del recinto imperial y el ámbito íntimo del emperador. El poder, en ese caso, recaía en personajes como los eunucos del harem imperial, la familia de la emperatriz y los consejeros letrados más próximos al trono, los cuales formarían partidos que intentaron hacerse con el control sobre los asuntos públicos cooptando o neutralizando el sistema institucional, muchas veces con éxito y apoyándose en masacres. Quienes conducían este cambio juzgaban que el poder residía en la persona imperial antes que en el aparato de Estado, y que su vínculo privilegiado con el monarca les garantizaba cierta legitimidad. Instancias de estas situaciones son tanto la usurpación de Wang Mang (reinó entre 9 y 23 E.C.) como la lucha de facciones que se desataría entre el partido de los eunucos y los jefes militares después de la Rebelión de los Turbantes Amarillos (184 E.C.). Ambos periodos constituyeron las mayores crisis para el linaje de Liu y desembocaron dos veces en su caída. Enel primer caso, el medio hermano de una emperatriz, hábil en escalar puestos militares con la confianza del Emperador, tanto como en ganarse un grupo de funcionarios adictos a su causa, logró penetrar aún más en la familia imperial cuando hizo de su hija consorte imperial y de él mismo regente. Habiendo propagado su fama mediante pactos, prebendas y la interpretación favorable de augurios, aventuró la promulgación de la dinastía Xin, la “Nueva Dinastía”, que reforzaba la autocracia, aunque su escasa capacidad para remontar circunstancias adversas determinaría su corta duración (concluiría en 23 E.C., año en que otros miembros de la familia Liu recuperarían la sucesión). Las rebeliones campesinas de la década de los años ochenta del siglo segundo E.C., por otro lado, acaudilladas por grupos de inspiración religiosa tales como los Turbantes Amarillos y la Secta de las Cinco Fanegas de Arroz, fueron apaciguadas a cuenta de una polarización entre los los eunucos que controlaban el Palacio Imperial y los militares cuyo poder había sido fortalecido intencionalmente por el Emperador para enfrentar a los sublevados. La destrucción de los eunucos y letrados, en 189 E.C., puede considerarse como un golpe de estado luego del cual el emperador fue recluido por parte de los 20 militares en Luoyang hasta la desaparición formal de la dinastía. Como puede verse, ambas situaciones se relacionaron con el traslado de las decisiones de la administración a la Corte privada29. Sin embargo, no hay que creer que la debilidad institucional siempre condujo al colapso de dinastías. En varias ocasiones un gobierno resuelto desde la alcoba imperial se extendió por muchas décadas. La Emperatriz Lü, viuda de Liu Bang, sostuvo durante casi una década (desde 187 A.E.C.) al Imperio de los Han en sus albores, pues tomó el mando junto con su clan durante la regencia de sus dos hijos menores de edad. El ascenso del Emperador Wen de Han implicó, no obstante, el exterminio de la familia de su madre. Por otro lado, tampoco se debe perder de vista que la fortaleza de los militares que comúnmente estaban detrás de la caída de las dinastías y lideraban el ascenso de otras nuevas se encontraba en la propensión del sistema político en crisis a concentrar un poder excesivo en el brazo castrense de la administración imperial; se trataba, por ello, de un defecto propio de la institución. Las dos tendencias, empero, tanto la personalización del poder como la autonomía incontrolable de la institución militar, conviviendo con el poder formal de los ministros y burócratas, flanquean la historia imperial por lo menos hasta la caída de la dinastía Tang30. La reflexión sobre la permeable frontera que separaba lo público y lo privado en la antigüedad china permite establecer la naturaleza, profundidad y complejidad del gobierno burocrático en el Imperio, siempre inserta en un sistema social y dependiente de intereses locales, tradiciones de pensamiento y costumbres de las que no se podía abstraer fácilmente. Igualmente permite determinar la importancia de las creencias del soberano al integrarse la ideología que le daría legitimidad. Tanto el pensamiento político como todas las demás áreas de la vida política durante la época Han se concebían 29 Mark E. Lewis, traza periodos de fuerte centralización en torno a instituciones y otros, mayoritarios de hecho, en los que intereses personales, regionales o privados imperaban en la administración: establece épocas fuertes para el Estado imperial, desde los gobiernos de Jing y Wendi de Han, hasta el reinado de Wudi, con un subsecuente proceso de debilitamiento que culminaría en la usurpación de Wang Mang. El siglo I E.C. fue otra época de fortalecimiento, en oposición a las tendencias propias de la centuria siguiente. Durante la dinastía Tang (617-906 E.C.), como se verá en el capítulo cuarto, este juego de intereses formales y personales también será discernible. 30 Durante la dinastía Song (960-1279) ocurrieron dos cambios decisivos en favor de la institucionalización duradera del régimen y un nivel de centralización política no vista: los ejércitos mercenarios sustituyeron casi por completo a las fuerzas regulares y funcionarios civiles se hicieron cargo casi por completo del gobierno, incluso por encima de la figura imperial, Jacques Gernet, Op. cit., p. 266. A partir de la invasión mongola, por el contrario, el componente autocrático se tornará dominante. 21 como instituciones de gobierno (oficinas para la determinación del calendario, los rituales, los textos de historia, el protocolo oficial, memoriales y edictos), pero no por ello eran instancias inalterables ante las preferencias del Emperador y sus allegados, quienes al final decidían entre una amplia gama de corrientes filosóficas para dirigir el trabajo de los eruditos. Pero, dejando a un lado los periodos de crisis y las contradicciones que enfrentó el régimen Han, no debe perderse de vista el rotundo éxito que alcanzaron los más célebres gobernantes de las dos dinastías de Han, en cuanto a la consolidación y preservación del poder centralizado se refiere, logros firmes que se convertirían en paradigma para las dinastías posteriores en muchos sentidos. Cuatro siglos de estabilidad institucional, pese altibajos, se constatan por comparación con periodos anteriores y posteriores en los que la integridad de las fronteras y del núcleo definible de un sistema burocrático como objeto de las luchas por el poder, la restauración luego de periodos críticos de usurpación, un ejército estable, aspectos fácilmente asequibles durante Han, difícilmente podían darse por garantizadas. Durante el primer milenio de historia imperial, sólo la dinastía Tang (618-907 E.C.) podrá adjudicarse una solidez semejante. En buena medida el éxito de los Han responde al proyecto bien definido de gobernantes como Wudi (reinó de 141 a 87 A.E.C.) y, luego de la caída de Wang Mang, del emperador Guangwu (r. 25-57 E.C.). Sus políticas se volvieron guías para los gobernantes de dinastías posteriores incluso, transmitidas a través de los textos historiográficos. Y es que el entrelazamiento de un ideal absolutista y centralizado del poder con un conjunto de nociones culturales bien arraigadas entre las elites y difundidas por los intelectuales del periodo forjó un modelo civilizatorio que identificaba el predominio político y militar de los ejércitos imperiales con la superioridad cultural han. Puntal de esta forja ideológica son los Registros Históricos (Shiji 史記 , alrededor del 100 A.E.C.), completados por el célebre Sima Qian (145-90 A.E.C.), así como el Han Shu, la primera historia 22 dinástica propiamente dicha, escrita por Ban Gu (32-92 E.C.) y otros letrados (varios parientes suyos, como su hermana Ban Zhao). Ambas obras servirían de modelo, en adelante, para el género literario de la historia dinástica, el primer proyecto letrado en la agenda de toda dinastía bien asentada. A partir de estos textos, la tradición histórica asumía una dimensión prioritaria en la justificación de la autoridad moral del Emperador; surgía además un nuevo paradigma para la comprensión y la reflexión política, que resultará de larga duración en el imaginario político de la China imperial. La Historia Universal sería comprendida en adelante como el devenir de la institución imperial, garante de la Civilización y la Alta Cultura31. Entre otros de sus logros duraderos se encuentran los éxitos cosechados por su política expansionista, que posibilitaron a ejércitos y funcionarios penetrar en los desiertos del sur de Mongolia y la cuenca del Tarim. La épica pacificación de esas regiones, a cargo de Zhan Qian, Li Kuang y Wei Qing en el siglo II A.E.C., y de Ban Chao en el I E.C., dio pie al primer auge de China como punto de partida de la Ruta de la Seda. Compañías y estrategas militares consiguieron también mantenerse durante siglos en las antes inexploradasregiones montañosas de China meridional 32, a expensas de los pueblos indígenas, desplazados gradualmente a tierras altas, mientras que sus reinos, extraños para los han, serían destruidos o diezmados. La beligerancia del fundador de la dinastía Tang encontraría en la expansión armada hacia estos rumbos apreciados desde antaño (además de Corea y la actual Mongolia) su expresión natural. La prosperidad económica del periodo se manifestó en un comercio boyante, cuya importancia en la vida económica del Imperio crecía gradualmente y puso en contacto a las metrópolis chinas con el centro y el este de Asia. Los funcionarios del gobierno imperial, especialmente durante los Han Anteriores (206 A.E.C.- 6 E.C.), mantenían grandes reservas respecto del comercio, pues los mercaderes no eran vistos como creadores de riqueza según la economía política dominante 33. En consecuencia, 31 El término huaxia 華夏 , de origen arcaico y todavía vigente, enfatiza la refinación de la cultura china, que en la época antigua conllevaba graves implicaciones religiosas, políticas y estéticas. Aquí se traduce como la Alta Cultura China. 32 Se fundan los primeros enclaves en la costa suroeste, desde el actual Fujian hasta la desembocadura del Río Rojo, son aseguradas las fronteras del Sichuan y se conecta este distrito con los puertos incipientes de lo que hoy es Guangdong, una proeza para la exploración y la logística militar de la época. 33 Según consideraban ya los funcionarios del Primer Emperador, el intercambio de mercancías no producía nueva riqueza, 23 durante la primera mitad de la dinastía se fortalecieron los monopolios estatales sobre productos como la sal y el acero, y se introducen controles estatales sobre el intercambio mercantil con los pueblos fronterizos34. Para el Emperador y sus consejeros el método más confiable para fortalecer el Tesoro y mejorar la capacidad del Imperio para garantizar el bienestar de los súbditos 35, en esta época, como en otras más adelante36, era incrementar la productividad agrícola. El sistema fiscal de los Han se edificó sobre un cobro racional y regular de los impuestos, calculado con ayuda de detallados censos de población y estimaciones catastrales. La imposición tributaria por capitación sería la base del sistema hasta la segunda mitad de la dinastía Tang y el reparto de tierras entre los desposeídos fue una política recurrente entre posteriores reformadores políticos de las dinastías Wei del Norte (386-534 E.C.), Sui y Tang (581-906 E.C.) como medio para ampliar la recaudación, pues sólo podían pagar impuestos en especie (no así en mano de obra) quienes tuvieran tierras. También se buscaba limitar de este modo a las grandes propiedades de vocación autárquica que ocupaban relativamente pocos trabajadores, mantenían sin producir grandes superficies y pagaban muy baja tributación en consecuencia 37. Las teorías legalistas sobre sobre la economía del imperio suponían la actividad del gobierno para imponer orden en los campos y mercados. También prescribían la edificación de obras hidráulicas y la obturación de nuevos suelos. No se puede garantizar que estas prácticas de política económica se implementaran en un grado absoluto o de forma permanente, pero sí fueron norma reguladora respetada para la administración pública. El censo de principios de la Era Común arrojará más de 50 millones de como sí los campesinos con cada nueva cosecha; las jugosas ganancias derivadas del mero transporte de bienes superfluos les parecía injustificada. 34 Que se consignaba como un “tributo” de los pueblos vasallos hacia el emperador, en las historias dinásticas del periodo, pero en virtud de cuyo monto, es más factible definirlo como intercambio mercantil bien regulado por el gobierno. 35 Pues según se entendían los designios del Cielo y las experiencias en torno a rebeliones agrarias, alejar catástrofes del pueblo significaba paz y continuidad para la dinastía reinante. Existían incluso funcionarios encargados de revisar que se encontrara en orden el equilibrio de las fuerzas Yin Yang en el imperio, para lo cual recurrían a observaciones constantes de los fenómenos naturales o los comportamientos cotidianos de la población, a fin de identificar cualquier problema que requiriera la rectificación política y la compensación del pueblo. Cf. Fung Yu-lan, A History of Chinese Philosophy, vol. 2 trad. Derk Bodde, Princeton, Princeton University, 1952, p. 114. 36 Esta clase conservadurismo económico retornaría bajo distintos matices durante el periodo de las Dinastías del Norte y el Sur (316-431 E.C.) y de nuevo durante la dinastía Qing, ya en el segundo milenio E.C. 37 Sin control fiscal en este sentido, el latifundio crecerá bastante tras la caída de la dinastía Han (221 E.C.) y tendrá que ser contenido mediante políticas semejantes desde la dinastía Wei del Norte. Cf. Wright, Arthur F., Buddhism in Chinese History, Stanford, California, Stanford University Press, 1959, p. 14 24 habitantes (población semejante a la del Imperio Romano en el periodo) y política militar fronteriza que implicaría gran flujo de recursos durante décadas, indica la existencia de riqueza suficiente para erigir un imperio inédito. El intervencionismo extremo, sin embargo, estaba siendo reconsiderado entre algunos círculos cortesanos, a mediados del siglo I A.E.C., como muestran los argumentos en contra de los monopolios contenidos en las Discusiones sobre la Sal y el Acero (Yantielun). El contrabando que involucraba a una pléyade de funcionarios corruptos y calculadores señalaba las fisuras del sistema 38. Aún así, los atavismos que pesaban sobre el comercio comenzaron a sucumbir hasta que las expediciones militares al Centro de Asia, en la segunda mitad de la dinastía, requirieron de los comerciantes para su abastecimiento, lo cual dio inicio a una relación de dependencia. En adelante serían éstos quienes constituirían las principales líneas de suministro en regiones remotas, a cambio de protección para sus caravanas39. La vida urbana crecería ayudada no sólo por las exigencias de la Corte, sino también y en buena medida por la relevancia de los mercaderes y sus vínculos con la aristocracia; aquellos adquirirán a finales de la dinastía una influencia inédita también en la Corte. Varios consejeros de oficio comerciantes ascenderían durante la dinastía de los Han Posteriores, vaticinando ya el papel fundamental del comercio y sus consecuencias en la época Tang40. 38 Sima Qian, Records of the Grand Historian of China, New York, Columbia, Columbia University Press, 1963, Vol. II, p. 176. 39 Ban Chao aprovechava sus misiones militares y diplomáticas para obtener pingües beneficios del comercio, cf. Nicola di Cosma, Ancient China and Its Enemies, p. 164 40 Luego del desmoronamiento de la dinastía Han, surgirán nuevos esbozos de un imperio unificado bajo esos modelos, como el de Cao Cao (155-220 E.C.), quien se nombró a sí mismo canciller de los Han hasta su muerte y cuyo hijo depuso al último emperador de la dinastía, o el del clan Sima, formado por descendientes de antiguos altos funcionarios de Han y fundador de la dinastía Jin, que en un primer momento (265-316 E.C.) consiguió reunificar el territorio imperial original. Una rama lejana de la familia Liu incluso estableció una prolongación de la dinastía en el Sichuan, también de corta vida, el Reino de Shu (221-263 E.C.), absorbido posteriormente por el clan de Cao Cao, primero, y por la familia Sima, después. Con sus empeños, los herederos de esta última lograrían conciliar a las influyentes familias de caudillos que se habían hecho fuertes en sus reinos, apelando además a ideologías e interpretaciones divergentes de las que habían sido consideradas ortodoxas por los Han. Así consiguió mantener vigente tanto la forma imperial de gobierno dirigida desde las capitales del norte, como el mismo predominio de los chinos en la vida política en la cuenca del RíoAmarillo durante el siglo IV. 25 Capitulo 2. El legalismo y el Imperio del Huangdi 皇帝 Con el Primer Emperador se estaba gestando una nueva manera de legitimación que abrevaba de fuentes antiguas, pero las proyectaba sobre un paradigma absolutista del poder. Pero este discurso de ninguna forma puede entenderse como libre de tensiones ni como un producto refinado de una vez y para siempre. Por el contrario, la pluralidad de pensamiento propia del agitado Periodo de los Reinos Combatientes (403-221 A.E.C.) quedó asentada en la época imperial en una doctrina oficial sintética, bastante compleja, suma, podríamos decir, de diversos niveles discursivos. En los siguientes apartados revisamos someramente aquellos acumulados durante la dinastía Qin, a saber, las ideas legalistas que dirigían las dinámicas del Estado imperial, su bagaje mitológico e histórico expuesto en el concepto del Huangdi, el Emperador, y los basamentos de la ritualidad imperial antigua. Entre las dinastías Qin y Han hubo tanto oposición directa como complementariedad y continuidad en lo institucional y simbólico, por lo que los saltos entre una y otra para entender las transformaciones del pensamiento antiguo serán recurrentes. El Legalismo La historia institucional predominante en la narración expuesta en el capítulo anterior pretendía poner en relación, a grandes rasgos, los acontecimientos en torno al origen del imperio con la expansión de la racionalidad política, entendida como el despliegue de las ideas legalistas sobre la administración, la burocracia y la legislación. Se establece así un primer nivel de discusión en el ámbito de las ideas políticas: el de aquellas relacionadas más estrechamente con el horizonte pragmático de la política en la unificación de China. Y es que, al revisar con detenimiento el desarrollo específico de cada corriente de pensamiento hasta el advenimiento del Imperio, la escuela de las Leyes 41 (fajia 法家 ) aparece como un baluarte 41 Hsu, Cho-yun en Ancient China in Transition. An Analysis of Social Mobility, p. 40, afirma la pertinencia de esta traducción y juzga que los legalistas no estaban interesados en una política entendida en sentido estricto, sino en los 26 ideológico de primera línea, por cuanto que se trataba de la doctrina privilegiada por el reino de Qin, artífice del sometimiento y la unificación de todos los estados rivales en la pugna por la hegemonía en el mundo conocido, el Tianxia 天下. Más que concentrarse en textos o maestros, el legalismo en los albores de la época imperial era un sistema de pensamiento jurídico, social y económico cuya función era aportar a las Oficinas de la alta burocracia lineamientos legales eficaces para ser implementados bajo la forma de edictos, medidas tributarias y políticas de direccionamiento de la economía, a fin de garantizar el dominio territorial intensivo (militar, jurídico, económico, social), extensivo (expansionismo militar, preeminencia cultural allende fronteras, prestigio diplomático) y duradero, del Soberano y la Corte. A diferencia de otras corrientes de pensamiento, la identidad legalista no se sustentaba en un conjunto de escrituras o la tutela de una autoridad casi legendaria. Como la primera corriente en fundirse con el aparato político, su distinción de entre el resto de las corrientes derivaría directamente de su participación del conglomerado institucional del Estado, y su cometido sería desarrollar un sistema jurídico depurado adaptado a las exigencias del gobierno. Con todo, conocemos de algunas obras relevantes como el Libro del Duque de Shang, (supuestamente escrito por Shang Yang, funcionario y primer reformador del reino de Qin) y el Shenzi (obra perdida de pretendida autoría a cargo de Shen Buhai, consejero del reino predinástico de Han), ambas del siglo IV A.E.C. La obra más conocida de este género, con todo, parecer ser el Hanfeizi, del siglo III A.E.C., de autor homónimo, que contiene asimismo dichos y teorías de aquellos y de otros maestros de la escuela, con las cuales, por cierto, no pocas veces está en franco descuerdo. Los códigos y edictos de Qin, así como los testimonios de Lisi (280-208 A.E.C.), canciller de Shi Huangdi, y de otros ministros, consejeros y funcionarios también recabados por Sima Qian en sus Registros Históricos, delatan una marcada influencia de conceptos legalistas, pero no se reconocerán deudas doctrinales con estos u otros personajes u obras. Tampoco ocurrirá en dinastías venideras. De hecho puede apreciarse cierta iconoclastia en la actitud tanto de éste funcionario, como del términos más amplios que implicaría la administración del poder en las diversas esferas de la vida social. 27 mismo Han Feizi, respecto de su maestro, el confuciano Xunzi (siglo III A.E.C.), quien los formaría en un moralismo un tanto más pesimista, en comparación con las ideas de Mengzi sobre la naturaleza humana42. El punto más álgido de esta iconoclastía en contra de tradiciones distintas sería ubicado para la posteridad por los clasicistas confucianos durante el célebre episodio de la Quema de Libros (un suceso fundamental para el imaginario de la antigüedad china, a revisar críticamente en el siguiente capítulo). Pese a ello Sima Qian destacaba el compromiso sincero con las ideas legalistas por parte de los justos y honestos funcionarios que reseña 43, e indica el fuerte sentido de identificación con una causa política, entrelazada con otros vínculos más relevantes que una tradición textual. El más notorio quizá es una manera afín de pensar el horizonte de lo político y lo humano en general. Los legalistas buscaban determinar las leyes, normas, regularidades y técnicas indispensables para organizar y gobernar a la sociedad desde un centro político. La comunidad humana era concebida como un conjunto humano presionado por los imperativos naturales de la subsistencia, estable para el Soberano de lograr su cabal cumplimiento, levantisco de no ser así. El gobierno imponía la paz y regulaba las relaciones entre los hombres mediante un sistema de castigos y recompensas; según las leyes promulgadas por el soberano (por las Grandes Secretarías, en la práctica, adjudicada al Mandatario Celeste cuando se inquiriera por la fuente de su legitimidad) se castigaría sin ambages todo crimen. El sistema meritocrático juzgaría con justicia los actos, virtuosos o criminales, de súbditos y funcionarios, con ascensos, reducción de cargas tributarias, destierro o penas corporales, según fuera el caso. Las normas requeridas surgían de la caracterización de las circunstancias históricas específicas así como del análisis de las tensiones sociales presentes en cada época, por lo que respondían a las exigencias de los tiempos. El mismo Emperador Qin muestra su proclividad por el pragmatismo y el cálculo político propio de la doctrina legalista en una inscripción donde afirma que “llevar a cabo las 42 Xunzi concedía más importancia que éste a las leyes como normativa de la conducta en sociedad, necesaria para el despliegue de las potencias del hombre. Hacia sus ideas, no obstante, sus discípulos no tendrían sino críticas. 43 Sima Qian, Op. cit., vol II, cap. 119, “Biographies of Upright Officials” 28 cosas en concordancia con los tiempos es lo que el Emperador Hace”. 44 Según estas palabras, el presente tiene un valor intrínseco y no meramente derivado de su concordancia con el pasado, como otras escuelas parecían propugnar, entre ellas las confucianas. Del análisis social surgían las soluciones para resolver puntos de conflicto mediante la ampliación de las facultades y capacidades del gobierno en áreas que anteriormente se dirimían localmente, como manejo de tierras, reclutamiento, cobro de impuestos y obras públicas. Al igual que el resto de las Escuelas del periodo de los Reinos Combatientes, los Legalistas daban por supuesta la primacía de la capacidad personal por encimadel linaje. Han Feizi afirma al respecto que la sociedad humana responde al interés egoísta de quien espera recibir una recompensa o compensación a cambio de sus buenos actos o servicios. Los convencionalismos que rigen las relaciones familiares no tienen en verdad una relevancia objetiva a la hora de definir las relaciones ordinarias, por lo que mucho menos deben considerarse como basamento firme para un gobierno burocrático45. Partícipes del espíritu de la época que animaba a gobernantes, estrategas e intelectuales de diversa extracción social, los legalistas consideraban como indispensable la sustitución de un sistema de relaciones políticas que se percibía como superado, por otro acorde con los tiempos. Ellos, en específico, consideraban a la centralización del poder mediante las instituciones y la ley como la ruta preferente para lograr estos objetivos. Tenía divergencias, pese a ello, en cuanto a los medios propuestos para centralizar el gobierno en torno a la figura del gobernante, variando las ideas según la tradición de cada estado. Algunos proponían la limitación del poderío de los nobles y la introducción gradual de la meritocracia como criterio de reclutamiento de personal (como Han Feizi), mientras otros hablaban en favor de la militarización plena del aparato de Estado (como Shang Yang). Para unos el énfasis del soberano debía enfocarse en reanimar y fomentar la economía agrícola, y para otros debía traducirse en leyes que premiaran y castigaran justamente (posturas que sintetiza Lisi, consejero del 44 La inscripción aparece como apéndice en Hardy, Grant and Anne Behnke Kinney, The Establishment of the Han Empire and Imperial China, p. 164-65 45 W. K. Liao (trans.), The Complete Works Of Han Fei Tzŭ. Vol. 2, p. 47 29 Primer Emperador). Pero lo común a todos, el principal rasgo de identidad del legalismo, se hallaba en su consideración de que el Soberano era la autoridad suprema a la cual se buscaba fortalecer. La relación de un Canciller o un Ministro con el Soberano, como empleados contratados en beneficio de la institución, constituía un vínculo con la burocracia y el Estado claramente diferenciados del entre maestro y discípulo, presente entre otras comunidades de pensadores. El perfeccionamiento de la institución y la ley bien pudo ser para los funcionarios el equivalente al canon que estaba todavía por ser culminado, pues la historia de la legislación hasta la dinastía Tang (617-906 E.C.) no es sino la de un sistema jurídico en perpetua refinación, hasta el minucioso código de Taizong. Los consejeros fajia eran, en consecuencia, dependientes más que cualquier otra escuela de las Cortes para desempeñar su oficio. El punto de encuentro de estos teóricos del Estado era el ejercicio efectivo del poder y su lugar estaba en las oficinas de administración gubernamental, donde podían desempeñar funciones en las áreas del gobierno; su estudio, reflexión y actividad carecían de sentido de no realizarse concretamente en el servicio gubernamental. Parecían superfluos los lazos propios de otras Escuelas cuando se tenía en cuenta el ligazón de los estudiosos legalistas con el gobierno. Un Confucio o un Laozi legalista, recluidos en sus viviendas, carentes de influencia y poder, carecería de sentido. La interpretación legalista de la historia y la fundación de la investidura imperial Pese a todo, la tradición de funcionarios legalistas del Primer Emperador tenía en alta estima el cultivo de la historia, no sólo a juzgar por el gran conocimiento recabado en los Anales de Qin, contenidos en los Registros Históricos y testimonios fundamentales sobre el periodo, sino especialmente por las notables resonancias míticas que intervinieron en la creación de la investidura imperial, en cuyo diseño llevaban ellos la voz cantante. 30 La disputa con los clasicistas sobre la forma de interpretar el pasado puede dejar la impresión de que rechazaban la validez de historia, pero a lo que en verdad se oponían era a cierta interpretación de la misma, según la cual ésta debía ser guía para la toma de decisiones políticas en el presente. En ningún momento pretendieron que se rechazara el pasado, sin más, y negar el mérito que se daba a los gobernantes legendarios; conservaban muy presente el valor simbólico de sus atribuciones y logros. Intentarían más bien hallar en la interpretación de la tradición histórica respaldo apropiado para su pragmatismo. Buscarían cimentar así las bases tanto del título imperial como del ritualismo que rodearía a la figura en el Trono. El bagaje histórico de la escuela legalista sirvió a los consejeros del rey Zheng (265-210 A.E.C.), futuro Primer Emperador, cuando decidieron fundar la institución imperial y acuñar el apelativo Huangdi 皇帝 , con el que sería conocido el soberano del Reino de en Medio para la posteridad. Enfrentaba entonces dificultades muy concretas que lo llevaron a buscar una ideología que lo distinguiera de entre quienes fueron oponentes suyos en las décadas anteriores a su triunfo como unificador de China concurrentes por el predominio en el Reino de en Medio, a saber, el grueso de Duques y Marqueses vasallos del rey de Zhou (1050-256 A.E.C.)46. La mayoría de éstos alegaba que les correspondía el Mandato del Cielo por derivar sus familias de los linajes de Zhou o de Shang (como hacía el reino de Song, por ejemplo) por lo que era importante para el Emperador hallar legitimidad a un nivel superior al que apelaban sus predecesores dinásticos 47. Asimismo era consciente del carácter radical de sus reformas, que atentaban con fuerza en contra de los usos políticos del pasado y los intereses de ideólogos muy relevantes. Ambas eran dificultades ligadas con la interpretación histórica y en ese terreno se buscaba resolverlas. Era necesario, en primer instancia, combatir la idea de que desviar el rumbo político que se mantenía desde el pasado equivalía a resquebrajar el fundamento de la política en sí. Anteponer la búsqueda de la paz del reino al respeto pasivo a las formas y tradiciones era un medio para ello. Uno de 46 E incluso más tarde, pues no hay que olvidar que las antiguas Casas gobernantes habían sido trasladadas a la Capital tras la abolición de sus estados como forma de sometimiento y debilitamiento de su poder local. 47 Hsu, Cho-yun, Op. cit., p. 25-7 31 sus funcionarios, según sabemos, argumentaba en favor de la ruptura con el orden anterior y en contra del llamado de los letrados de formación clásica a volver a la idealizada usanza política de la Antigüedad concluyendo de los textos históricos que aquellos sabios soberanos habían implementado la política según la época y no de acuerdo con el principio de la imitación y continuidad de formas heredadas de gobernar 48. Así defendía que las disposiciones del soberano debieran corresponderse con las circunstancias cambiantes del presente. Otro de ellos anteponía la capacidad personal a las familiaridades y los vasallajes cuando afirmaba que, en razón de la “perspicacia y sagacidad” del Emperador, un reino antes débil y de pobre tradición arcaica, ahora había “pacificado las tierras entre los mares” y sometido a la gente, “dondequiera que brilla la luna y el sol”, y había logrado tales proezas justo cuando urgía fundar un estado que saliera al paso de la situación de auténtica anarquía predominante durante el periodo de los Reinos Combatientes (desde 403 A.E.C.). Ese consejero sentenciaba delante de él: “desde la antigüedad, nadie ha tenido el prestigio y las virtudes de Su Majestad”49. A la luz de los turbulentos siglos precedentes, no es de sorprender que equiparara los inauditos alcances de los logros políticos de Shi Huangdi con los de los reyes de la historia arcaica, reconocidos como pródigos forjadores de civilización. El gobierno dinástico de Zhou (1050-256 A.E.C.) había terminado catastróficamente, minado desde hacía siglos por sus mismossúbditos fuera de control y cuya sucesión concluyó por las armas del mismo abuelo de Zheng. Indagando sobre las causas del desmoronamiento de la dinastía antecesora, Li Si, ministro en años críticos para la reunificación, afirmaba en su exhortación para la quema de libros de 213 A.E.C., ya proclamado el Imperio, que había sido por incapacidad de algún soberano para unificar un mundo fragmentado que Duques y Marqueses se levantaron unos contra otros en pos de la hegemonía política50. 48 “Cada [gobernante de tiempos antiguos] regulaba el mundo por su propios medios. No era que ellos estuvieran opuestos unos a otros, sino que los tiempos eran diferentes Ahora Su Majestad ha fundado esta gran empresa y alcanzado un merito que durará por diez mil generaciones”, en Sima Qian, op. cit., Vol I, pp. 348 49 “En tiempos antiguos, el territorio de Qin era de no más de mil li [alrededor de seis kilómetros] por lado. Gracias a la perspicacia y sagacidad de Su Majestad, Qin ha pacificado las tierras entre los mares y expulsado a las tribus incivilizadas. Dondequiera que brilla el sol y la luna, la gente está sometida... esto debe ser transmitido a diez mil generaciones”, en ibid., p. 351 50 Según Sima Qian, las palabras del consejero fueron: “El Canciller, Su Súbdito, arriesga su vida al decir que anteriormente el mundo estaba dividido y en desorden y nadie era capaz de unificarlo, por lo cual los señores feudales 32 La vuelta a la aplicación de las leyes, el impulso a una agricultura floreciente así como la construcción comunicaciones para unir un territorio dividido y destruido por el conflicto, progresos que permitían la mejora sustantiva de la ventura de los hombres, fuertemente dañada por el desorden de antaño, justificaban por sí mismos al nuevo régimen y reformas contundentes como la transformación de sus ejércitos, la racionalización del Estado y el tratamiento de los asuntos políticos con visión pragmática. El funcionario sintetizaba los aires benéficos en todo sentido del cambio en el orden político diciendo que: “Las tierras de los señores feudales han sido convertidas en comandancias y condados para que todos estén contentos con su propia vida y la calamidad de la guerra no exista”51. Sin embargo, el título del Huangdi delata el carácter fundacional que se atribuía a la llegada al poder del rey de Qin e iba más allá de los acontecimientos recientes. En su forja se jugó con referentes legendarios bien conocidos en la época por todo letrado de entonces. Está formado de dos caracteres de significado semejante. Ambos pueden traducirse como Emperador o Soberano (el segundo suele acompañar los nombres póstumos de los gobernantes, como en Wudi 武帝 , mientras que el primero se usaba aislado en títulos como Huang Shang 皇上, el Emperador de lo Alto). Su trasfondo mítico es, sin embargo, más amplio. Refiere a los Tres Soberanos y Cinco Emperadores San Huang Wu Di三皇五帝, presentados por la leyenda y la historiografía como gobernantes sabios, conocedores del principio inmanente que rige al mundo (dao 道 ) y dotados de poder, carisma y virtud (de 德 ). Fueron los forjadores de la civilización para los hombres: los Tres Soberanos (Fuxi, Nüwa y Shennong) eran héroes míticos que contuvieron catástrofes monstruosas, dieron origen al linaje de los hombres (Fuxi y Nüwa son una pareja divina, representación de la fecundación de lo femenino por lo masculino, del sacrificio y la creación) y crearon la agricultura (Shennong puede traducirse como Divino Agricultor, y fue esa labor su aportación a los hombres); con los Cinco Emperadores Sima Qian inicia la narración de sus Registros Históricos, donde son descritos como hombres, soberanos prodigiosos y estrategas emergieron para luchar por la hegemonía al mismo tiempo”. Ibid., p. 341. Es de notar que el funcionario no hace referencia alguna al carácter hereditario o a la exigencia moral incumplida del Mandato del Cielo, sino que su argumentación apunta hacia la incapacidad política de los últimos soberanos, y no específicamente del Rey de la dinastía Zhou, que hacia su ocaso no contaba con oportunidad realista alguna de reunificar el Tianxia 天下, con lo que cualquier legitimidad que alegara era irrelevante. 51 Ibid., p. 134 33 militares excepcionales, mientras que en las leyendas arcaicas de las que el eunuco abreva aparecían también como los antepasados del pueblo han, comenzando por Huangdi 黄帝 , el Emperador Amarillo52. Merced a su fabuloso conocimiento, esos héroes culturales, junto con su séquito de sabios cortesanos, inventaron las técnicas primordiales y las pusieron a servicio del hombre: de Fuxi, en especial, el historiador Ban Gu habla en el Baihu Dongyi como del fundador de la sociedad, la moralidad y la familia 53; también enseñó el uso del fuego, dio origen a las prácticas adivinatorias cuando descubrió, según se dice, los ocho trigramas (base de la adivinación del Yijing), y podríamos decir que fundó la cultura china al inventar la escritura; el Emperador Amarillo descubrió, por su parte, la medicina (de ahí su relación posterior con la alquimia daoísta). La cocina, el matrimonio, las normas sociales e incluso armas y juegos se deben a la intercesión de todos ellos, pero también la regularización del tiempo para la siembra y la sucesión de las cambiantes etapas del orden natural fueron obra suya. El mismo Primer Emperador se juzgaba muy favorablemente frente a esa historia mítica. En una inscripción mandada erigir por aquél en un extremo de su Imperio, transmitida por Sima Qian, se lee que “sus méritos sobrepasan aquellos de los Cinco Emperadores” 54. Es muy posible que el soberano se considerara a sí mismo a la par de los Tres Soberanos y los Cinco Emperadores, en cuanto a que su labor también fue la de un creador de civilización: fundador del Estado, preservador de la cultura Han al combatir a los “bárbaros” y benefactor del pueblo chino al devolver la paz. Sumar los títulos de aquellos semidioses en el propio reflejaba este deseo de emulación simbólica de esos viejos y reverenciados modelos tanto como de aventajarlos en sus resultados tangibles. Al reforzar sus vínculos directos con los héroes míticos de la Antigüedad y con los principios 52 Ibid, p. 47, donde da comienzo su narración histórica. 53 “En un principio, no había ni orden moral ni social. Los hombres conocían únicamente a sus madres, no a sus padres. Cuando estaban hambrientos, ellos buscaban comida; cuando estaban satisfechos, ellos desechaban los sobrantes. Ellos devoraban la piel y el pelo de los animales que comían, bebían la sangre, y vestían en pieles y juncos. Entonces llegó Fu Xi; miró hacia lo alto y contempló las imágenes en los cielos; miró hacia la tierra y contempló los sucesos sobre la tierra. Él unió al hombre y la mujer, reguló las cinco etapas del cambio y dio las leyes a la humanidad. Él diluscidó los ocho trigramas para ganar control sobre el mundo.” citado por Yü, Ying-shih en Trade and Expansion in Han China. A Study in the Structure of Sino-Barbarian Economic Relations, Berkeley, University of California Press, 1967. 54 Cf. Hardy, Grant and Anne Behnke Kinney, op. Cit., p. 159-60 34 sagrados en boga se ubicaba de paso por encima de los gobernantes de las dinastías anteriores, Xia (2100-1600 A.E.C.), Shang (1600-1050 A.E.C.) y Zhou (1050-256 A.E.C.). Los Reyes de las Tres Dinastías, quienes recibían simplemente el título de wang 王 , heredaron del Emperador Celeste 55 el Mandato sobre los hombres; a la dinastía Xia le fue legada la sagrada estafeta por Shun, el quinto Emperador legendario. Al adoptar directamente el título compuesto, el rey de Qin, parecía señalar que su dignidad y méritos eran superiores a los de dichos soberanos. Sumado a esto se encuentra el hecho de que en textos como el Clásico de las Odas se dice que los propios fundadores de las dinastías Shang y Zhou eran hijos de una deidad llamada di 帝, protectora y respaldode su linaje 56, por lo que la apropiación del término indica precedencia sobre tales Casas gobernantes. Las resonancias míticas del título imperial son, como se ve, muy amplias. La interpretación de la tradición histórica y el empleo de símbolos religiosos eran una vertientes primarias de legitimidad para la Primera Dinastía. Y es que el pasado era políticamente muy peligroso si se empleaba en su contra. El ritualismo imperial La escritura de la historia y la manipulación de los elementos mitológicos legitimaba ante los vencidos y contendientes del presente la figura del Emperador, pero inspiraba también el acompañamiento ritual 55 Tian Huang 天皇 , otro nombre de Fuxi. El uso de huang 皇 como apelativo del también conocido como Sacrificador Primordial ha llevado a que sea traducido por muchos estudiosos como Augusto, atendiendo a sus semejanzas con el epíteto latino, aplicado a la vez a Zeus, el Dios, y a los Emperadores de Roma. 56 Según el Clásico de las odas, el linaje de la dinastía Shang derivaba del dios supremo di: “el Cielo comisionó a la golondrina / para que descendiera y diera nacimiento al [padre de nuestro] Shang. / [Sus descendientes] habitaron en la tierra de Yin y llegaron a ser grandes. / [Entonces] hace mucho tiempo, di nombró al mariscal Tang / para que gobernara los límites entre los cuatro rumbos del mundo”; otra narración describe los sucesos como sigue: “La hija de Rong ofreció sacrificio. / Di levanto la casa de Zuo y fundó [la familia de] Shang... Los favores de Di no dejaron a Shang. / Y en Tang se encontró al súbdito para desplegarlos. / Tang no nació tardíamente, / y su sabiduría y virtud avanzaban diariamente. / Brillante era la influencia de su carácter [para el Cielo] por mucho tiempo / y Di lo nombró para que fuera un modelo para las nueve regiones”. Sobre la misma dinastía Zhou se dice que “El primer nacimiento de [nuestro] pueblo / fue de Jiang Yuan. / ¿Cómo dio ella a luz a [nuestro] pueblo? / Ella presentó una ofrenda pura y sacrificó / para que su infertilidad se fuera. / Ella entonces pisó la huella de una pie dejado por Di, / y se estremeció, / en el gran lugar donde ella descansaba. / Ella quedó embarazada; ella habitó aislada; ella dio nacimiento y alimentó [un hijo], que fue Hou Ji [fundador de la familia real de Zhou]”; incluso sus funcionarios son enviados por el dios: “el Cielo respaldaba al gobernante de Zhou / afectado brillantemente por su conducta acá abajo; / y para preservarlo así, su hijo / dio nacimiento a Zhong Shan Fu [ministro de Zhou]”. Fragmentos citados por Cho-Yun Hsu, op. cit., p. 14-18 35 que permitía al mismo soberano ir construyendo mediante actos simbólicos un Imperio universal y actualizar los vínculos que supuestamente alimentaban su capacidad de preservarlo. Por lo menos desde Qin Shi Huangdi, el soberano del Reino de en Medio no sólo gobernaba a los hombres, sino igualmente a las bestias, los furiosos ríos y las montañas habitadas por espíritus protectores y guardianes de la fertilidad. Mediante el ritual apaciguaba, entraba en contacto y refrendaba estos nexos con instancias invisibles de la tierra y buscaba convencer a los súbditos de la eficacia de su potencia espiritual. Los rituales de Feng Shan 豐山 (de la Montaña Maravillosa), los sacrificios para propiciar la fertilidad de la tierra y el culto a los ancestros son puntales esenciales en el tejido ideológico por lo menos durante el primer milenio del Imperio. A grandes rasgos, c onsistían en numerosos viajes del Soberano en los primeros años de su gobierno a los cinco puntos cardinales del Imperio, representados por igual número de montañas elegidas tras consultar diversas técnicas de geomancia; el fin de estos recorridos era informar al Cielo que el Tianxia había quedado pacificado y que su vasallo correspondía dignamente con los términos del Mandato (Tianming 天命) que le había sido legado en algún momento para restaurar el orden perdido. La marcha concluía en el Centro, fijado en la dinastía Han como el Gran Monte Song, entre las capitales de Chang’an y Luoyang, pero el sacrificio decisivo era hecho tras escalar el Monte Tai ( 泰山 , Monte de la Paz, situado al Este, donde salía el sol y comenzaba su ascenso el Yang), en Shandong; el soberano presentaba las ofrendas habituales de jade, granos y vasijas rituales, además de los sacrificios animales para recibir por fin la confirmación como Hijo del Cielo; seguía a este momento otro de solitario recogimiento durante el cual el Emperador podía exponer a esta entidad los medios por lo cuales obtuvo el poder, fueran cuales fueran. Se mantenía en absoluto secreto el tiempo y el derrotero de las augustas visitas 57, poniendo especial cuidado en evitar que cualquier hombre conociera el orden de las direcciones hacia las cuales el Emperador efectuaba los sacrificios respectivos, para impedir que pudieran ser reproducidos de 57 Reservas que también mantiene Sima Qian en su descripción, y con él los historiadores posteriores que tomaron su narración como referencia para sus historias dinásticas. Por esta razón no es posible saber si quienes más tarde lo llevaron a cabo de nueva cuenta, pudieron o no seguir la norma de Han. 36 forma sacrílega. Con Wudi, de la dinastía Han (141-87 A.E.C.), de hecho, el ascenso al Monte Tai sería hecho por el soberano en compañía sólo de un asistente quien también le abandonaría después de las ofrendas, para así no compartir con otro mortal el encuentro celeste que sellaría su unción. La historia del sacrificio en la cima del Tai Shan irradia el simbolismo de un ritual de hondas implicaciones para el gobierno de los más importantes emperadores del primer milenio. Un Emperador no escalaría la Montaña al Este por más que se tratase de un fundador dinástico o conquistador militar si no estaba por completo convencido de que su reinado pasaba por un momento excepcionalmente auspicioso, pues el ritual era el aviso al Cielo de la pacificación absoluta del Tianxia y cualquier contratiempo visible para el pueblo podría ser interpretado como el desmentido celeste de tales pretensiones y su supuesta fortaleza. La obsesión por no provocar la ira del Cielo (ni la de sus súbditos y enemigos apenas sometidos) celebrándolo irresponsablemente hizo que únicamente emprendieran dicho viaje, después de Wudi (reinó entre 141 y 87 A.E.C.), quien se sintió capaz de oficiarlo tres veces a mediados de su gobierno, Guangwu (reinó de 25 a 47 E.C.) de Han, pacificador luego del interregno de Wang Mang, Gaozong (reinó de 648 y 684 E.C.), hijo de Taizong, el brillante y ambicioso estratega y arquitecto de la dinastía, y Xuanzong (reinó entre 712 y 752 E.C.), restaurador del linaje Liu tras el arribo de la cortesana venida a Emperatriz, Wu Zetian, ambos de Tang, y Zhenzong de Song (siglo X E.C.)58. Sin embargo, los rituales de Feng y Shan hechos por el Primer Emperador, los originarios al fin y al cabo, son importantes por insertarse como parte fundamental del aparato ideológico consolidado por los legalistas, quienes al igual que los funcionarios clasicistas de Wudi integraron a su conocimiento histórico el de corrientes de filosofía natural comunes en la época. Existía desde la dinastía Han un ritual menos excepcional en cuanto a su realización, 58 Es por ello que puede considerarse un ritual de la exclusivamente de la antigüedad imperial, del primer milenio del Imperio, del que sólo cierta simbología se preservarán en siglos posteriores. Cf. Lewis E. Mark, The Early Chinese Empires. Qin and Han, Cambridge, London, The Belknap Press of Harvard University Press, 2007, pp. 87-92; Guillaeme H. Dunstheimer, “Religión oficial, religión popular y sociedades secretas en la China posterior a los Han” en Henri Charles-Puech (ed.), Las religiones constituidas en Asia y sus contracorrientes II, 4a ed., trad. Alberto Cardín Garay, México, Siglo XXI Editores, 2001, p. 95-102 37 contrapartida de este peregrinajepor el Reino del Medio. Lejos de ir a la caza del favor de la multitud de prodigiosas fuerzas que puebla el mundo, era éste el movimiento de los hombres hacia su soberano y desembocaba en la expresión de la potencia básica del gobernante: dar inicio al ciclo anual de la vida y las labores de la tierra. Se trataba del viaje de los reyes y duques que permanecían gobernando las regiones de sus linajes, luego de la connivencia hacia ellos manifiesta por el fundador Lui Bang y como nueva forma de afirmar su sometimiento; acudían con un animal cargado de tierra fértil de sus tierras para depositarla en un campo ubicado en el Templo de la Tierra, al Sur de la Capital Imperial, dedicado al Divino Agricultor, Shennong, el tercero de los Augustos. La parcela era el lugar para los rituales propiciatorios de la fertilidad de la tierra. A mediados del verano (en el solsticio) trazaba el soberano un par de surcos sobre la tierra y sembraba unas semillas de mijo, con lo cual declaraba el comienzo del tiempo de labranza en todo el Imperio. Esta ceremonia, como otras varias, debían ser reproducidas por cada gobernador provincial y sus subalternos en los terrenos auténticos de donde provenía la tierra presentada, comunicando el mensaje del Emperador. Éste era el primero de cuatro sacrificios oficiados en templos ubicados en rumbos cardinales de la Capital Imperial, afuera de las murallas justo al costado de las grandes puertas en que desembocaban las amplísimas calzadas que iban de norte a sur y de este a oeste. Cada dirección se correspondía ya con una estación del año, un elemento natural (agua, metal, tierra fuego, viento), un color, un número y un momento de ascenso o descenso del Yin y el Yang, respectivamente, entre otras muchas correspondencias surgidas de las distintas escuelas del Yin y el Yang y los Cinco Elementos que estaban entonces en boga. Esta sucesión dinámica de tiempos y elementos tenía efectos concretos en los ciclos de fertilidad y crecimiento de todos los seres vivos59 y, de especial importancia para una sociedad agrícola, de las cosechas. En el solsticio de invierno (justo a mediados de la estación) la fuerza Yang, masculina, cálida, vigorosa, creadora, comenzaba su ascenso desde su punto más bajo, justo cuando el principio 59 En el Clásico de las Odas se afirma que la fertilidad humana, como toda la fertilidad en la naturaleza, se despliega cuando comienza la primavera, siguiendo patrones estacionales; Cho-Yun Hsu, op. cit., p. 21; Parain Brice (ed.), Historia de la filosofía. El pensamiento prefilosófico y oriental, 16 ed., México, Siglo XXI Editores, 2004, p. 178 38 Ying, su contrario, se encontraba en su cenit; con gran solemnidad el Emperador conducía los rituales en el templo del Sol, al Este (lugar del Yang que renace, como el Monte Tai). Medio año más tarde se oficiaba un ritual paralelo para despedir al Yang y recibir al Yin que comenzaba su ascenso, esto en el templo de la Luna, al Oeste. Pero el Emperador no era con esto un mero testigo de los cambios que ocurrían en el mundo natural sino que era su propiciador; sin su intermediación la sucesión de las temporadas fértiles y secas, cálidas y frías podría no ocurrir, mientras que la ostentación de su potencia rectificaría las irregularidades del clima y el temporal. Es verdad que el Cielo podía comprenderse también desde una perspectiva naturalista como el gran principio armonizador de la sucesión de las fuerzas y estados de la materia, la legalidad propia del mundo natural; pero en la visión china requería ser igualmente complementado por los actos en tiempo y forma del soberano, sustentados en la correcta interpretación y una recta conducta moral, pues, como se ha dicho, nada puede el Cielo en el mundo sin el apoyo Soberano, representación del Hombre dentro del macrocosmos. Los rituales se llevaban acabo en las fechas fijadas en el almanaque que el Emperador mismo, a través su Gran Oficina, determinaba y publicaba, a partir de la observación cuidadosa del cosmos mediante la astrología. Era deber suyo fijar la fecha de comienzo de las temporadas de cada año e inaugurar los actos que harían efectivo el movimiento de las épocas. En la capacidad de observar los astros, deducir los movimientos del Yin y el Yang, presentarlos en el calendario a los súbditos y seguir él mismo los rituales correspondientes a cada momento radicaba una facultad primordial derivada del Mandato del Cielo. La tarea no era menor, dado que el año astronómico presenta variaciones, aunque mínimas, que requerían la maestría de los métodos matemáticos a disposición del soberano Cabe la posibilidad de que existiese algún vínculo entre el culto a la tierra y el culto a los -ancestros, en la medida en que devolver las semillas y los muertos a la tierra pareciera contrapartida del nacimiento y la fructificación de las siembras 60. Lo cierto es que las tablillas de los antepasados 60 Guillaeme H. Dunstheimer, Op. cit., p. 116-9 39 familiares se colocan aún a la fecha en el costado sur de la vivienda china, y las del Emperador se localizaban en el templo del Cielo, también al Sur y frente al Templo de la Tierra. La ofrenda ante ellas pretendía granjearse la voluntad de los fallecidos, pues se creía que de cierta manera habitaba su espíritu en ellas para permanecer cerca de su familia y terruño durante varias generaciones, hasta diluirse su presencia y ser retirada la tabla de arcilla del pequeño o gran altar. La idea de un ánima que permanece donde los vivos tras la muerte, aunque con el paso de tiempo perdía su potencia y terminaba por cesar de existir, (en algunas versiones este hálito yace en el cadáver hasta que pierde toda vida biológica y se convierte en cenizas) 61 convivía contradictoriamente en la religiosidad popular con la fe budista en la reencarnación así como con la creencia daoísta en el juicio después de la muerte (ante una Corte de funcionarios celestes), después del cual depararía al finado la alegría del paraíso o el castigo del infierno, según las obras realizadas en vida. Algunas variantes tenía la síntesis de creencias en la religión más refinada del Emperador y su séquito (el paraíso daoísta era localizado geográficamente en las Islas de los Inmortales en el Mar del Este, y estaba habitado por los sabios que habían escapado a la muerte física tanto como a la espiritual, pues ambas dimensiones parecían estar unidas indisolublemente en la cosmología china). Pero subsistía la idea de que los ancestros guiaban al soberano presente y protegían el Reino hasta que su potencia menguaba. Podía perdurar durante más de doce generaciones, a diferencia de las tres que perviviría el alma de un simple campesino junto a sus descendientes, en virtud de las cualidades morales, la eficacia del espíritu sabio e iluminado del fundador dinástico o del vigor del pacto Celeste reforzado de continuo por el linaje, pero terminaría por debilitarse como el mismo Mandato62. La certeza de que una dinastía terminaría por fenecer y ser sucedida por otra más apta era un lastre permanente para el régimen imperial, cuya ideología sacrificaba certidumbre en aras de justificar porqué mudaba de parecer el Cielo cuando cambiaba una dinastía por otra (de ahí que las historias 61 Henri Maspero, El taoísmo y las religiones chinas, Madrid, Editorial Trotta, cap. 1, “La religión china en su desarrollo histórico” 62 Parain Brice, Op. cit., p. 167 40 oficiales de influencia confuciana presenten los últimos años de una dinastía debilitada como infestados por la iniquidad y a los fundadores como dechados de virtudes, donde la moralidad es el motor del cambio para la historia). El Emperador llevaba a cabo, por esta razón, el culto al Cielo como si fuera su ancestro, a fin de no dejar que decayera el vínculo que los unía, pero la noción predominante en la mente china del cambio gradual pero irreversible que abarcaba todas las cosas y lastransformaba hacía ver como algo natural la caída de las dinastías y la actualización del legado divino sobre nuevas63. 63 Ibid., p. 174 41 Capítulo 3. Las implicaciones ideológicas de la transición imperial Las ideas del clasicismo confucianismo, las cuales, durante las dinastías de Han, darán base moral a la dignidad imperial, en poco se asemejan a las de su fundador, del siglo VI A.E.C. Debió mediar una radical transformación en el seno de la misma escuela. Pero, del mismo modo, tuvo que modificarse bastante la sensibilidad de las elites hacia la religión, a fin de que se aceptara que maestros esotéricos y excéntricos se hicieran cargo del ritualismo, la historia y las oficinas imperiales; en efecto, el legado de Qin será adaptado, no rechazado, en el nuevo contexto ideológico de Han. En los apartados siguientes se revisan las acusadas transformaciones en la transmisión del conocimiento y sus implicaciones políticas, así como los medios a los que el poder imperial apelaba para controlar el pensamiento político en la época. El fin de la época de los grandes maestros Contrasta bastante la enseñanza directa y personal de los grandes Maestros reivindicados por las escuelas de pensamiento, como fueron Confucio (Kong zi 孔子 , 551-479 A.E.C.), Laozi 老子 (la tradición dicta que vivió en el siglo VI A.E.C., hoy se cree más probable que fuera del siglo IV A.E.C.) y Mozi 墨子 (siglo V A.E.C.), así como la de sus aventajados discípulos, como Mengzi 孟子 (370-289 A.E.C.) y Xunzi 荀子 (312-230 A.E.C.), generalizada durante la mayor parte de la Época de los Reinos Combatientes (403 A.E.C.-221 A.E.C.), con las formas bien institucionalizadas propias de la época imperial, donde la espontaneidad del maestro se oculta detrás del texto Clásico jing 經 y adquiere la dignidad de comentario, explicación o disertación sobre él64. Las comunidades intelectuales de antaño, unidas por jerarquías y lazos muy próximos a los vínculos familiares65, con aires iniciáticos y mistéricos, no desaparecerán del todo tras los muros de la 64 Fung Yu-lan, en su obra indispensable History of Chinese Philosophy, trad. Derek Bodde, Princeton, Princeton University, 1952, 2 vols., denomina al primero de estos periodos como el de los filósofos (y le dedica el primer tomo de su obra), mientras que al segundo lo llama el de la enseñanza clásica (y le dedica el segundo volumen). La diferencia entre ambos estriba en que, durante el lapso que va del siglo VI al II A.E.C., surgen las doctrinas fundamentales para el pensamiento Chino, mientras que los dos milenios siguientes consistirían en la reflexión sobre aquellas ideas. 65 Cf. Ibid. Cap. 2, pp. 22-41. Conocidas como “escuelas” jia 家 por la historiografía posterior, dicho título originalmente significaba “clan” e indicaba la naturaleza de los vínculos entre maestro y discípulos al seno de una comunidad filosófica en la antigüedad china. El término ru 儒 , que designa a los llamados confucianos era, según algunas 42 Academia Imperial o la Oficina de Eruditos en la Metrópoli, pues todavía el letrado Dong Zhong Shu (siglo II A.E.C.), quien organizara la doctrina de los Nuevos Textos del clasicismo confuciano, enseñaba desde su casa oculto por una enigmática cortina ante discípulos, algunos de los cuales se dice que no lo vieron más que una o dos veces en su vida, a pesar de que la sabiduría de su enseñanza había fascinado al Emperador Wudi de Han (reinó de 141 a 87 A.E.C.) y había logrado que abriera las puertas del Palacio en beneficio de su causa66. Varias ramas dentro del clasicismo divinizarán la figura de Confucio como sabio mentor y encarnación67 de la virtud, e incluso el vínculo ideal con el maestro se reforzará y tenderá al misticismo para innumerables Emperadores que se tenían por discípulos iniciados de Laozi, como sabemos que hicieron entre otros los primeros Emperadores de Han, varios soberanos de la dinastía Jin (265-316 E.C.) y el fundador mismo de Tang (reinó de 617 a 906 E.C.), Taizong (reinó entre 621 y 649 E.C.), o hacia el esoterismo para algunos, partidarios del budismo tántrico, quienes llegarán a considerarse manifestaciones del Buddha mismo luego de ser iniciados, como la Emperatriz viuda Feng de la dinastía Tuoba Wei (460-528 E.C.) y la usurpadora Wu Zetian (reinó entre 690 y 705 E.C.). Pero la situación sí cambiará en cuanto a la cultura escrita, pues dejarán de escribirse las desordenadas compilaciones de discursos de los Maestros, recabados y editados por discípulos y seguidores en esos ambientes intelectuales anteriores al Imperio, tan propicios para el recuento de la oralidad y la originalidad. Baste citar como instancia las conversaciones de Confucio referidas en los célebres Lunyu 論語 o Analectas, el Daodejin 道德經 , dictado, según la leyenda, por Laozi a un soldado antes de su viaje al occidente de China, los capítulos más antiguos del breve compendio de diálogos de Mozi que se conserva como único testimonio directo de su Escuela, y el Libro del Duque de Shang, texto del legalismo del reino de Qin, por poner ejemplos paradigmáticos para diferentes corrientes de pensamiento. Sima Qian siempre repara en sus recuentos biográficos de grandes filósofos tradiciones, el de un linaje descendiente de Shang y desposeído durante la dinastía Zhou. Michael Nylan, The Five “Confucian” Classics, New Haven, London, Yale University Press, 2001, p. 14-15 66 Fung Yu-lan, Op. cit., Vol. 1, p. 86; Nylan, Op. cit., p. 46 67 Así traducimos el carácter ti 體, con mucha frecuencia utilizado en los tratados confucianos y taoístas para expresar la asimilación absoluta de la práctica moral virtuosa por parte del verdadero sabio. Su significado original es cuerpo, pero en ciertos textos es usado como un verbo; Fung Yu-lan, Op. cit., Vol 1, p. 127 43 en lo que ellos dijeron antes que en lo que escribieron. Del siglo III A.E.C. son tratados un tanto más sistemáticos, que recurrían menos al diálogo para exponer sus ideas, como el de Xunzi 荀子 o incluso el de Han Feizi 韓非子 , aunque la viva disputa con otros pensadores no está ausente y aún dota a sus textos con tintes de oralidad. A través de estas obras se aprecia que la enseñanza se relacionaba bastante con la retórica y una exposición verbal no sistemática, deshilvanada del contexto y entretejida en su lugar en torno a ejemplos y digresiones históricas, paradojas, breves ejercicios lógicos, frases abiertas a la interpretación, imágenes naturalistas, aforismos y diálogos que suponían la reflexión y respuesta espontánea del interlocutor, recursos que variaban según la costumbre de cada Maestro, o más bien, según dictara la heterogeneidad en el criterio de selección de los compiladores posteriores. En muy poco se parece esta disciplina y didáctica a la de los minuciosos comentarios donde letrados clasicistas o daoístas exhibían su bagaje de conocimientos en un entorno de discusión académica mucho más exigente. Entre ellos destaca el ya mencionado Dong Zhongshu, Ma Rong (siglo I E.C.) y Liu Xiang, por el lado del clasicismo confuciano y Guo Xiang (siglo III E.C.), entre los comentaristas del daoísmo. Se privilegia en estas obras el análisis de las frases y la polisemia de los caracteres así como distintos niveles de semántica en el texto. Y además de la crítica textual, gracias a la cual se estaría en posibilidad ya de percibir la historicidad de los textos y las etapas de su composición, así como de descartar fabricaciones posteriores o interpolaciones en una obra, se echa mano por primera vez de la etimología para buscar establecer el origen de las palabras y del juego con la fonética, los radicales y los significados de caracteres de escritura semejantes al escribir disertaciones, lo que indica una primera comprensión de la filología y la derivación de palabras. No será un rigor argumentativo y analítico como el que posteriormente caracterizará los comentarios budistas firmemente ajustadosa la lógica nyaya y a la dialéctica madhyamika, traídas de la India, junto con la minuciosa filología sánscrita a ser aplicada en la traducción y comprensión de textos, pero sí muestra el arribo de un uso del lenguaje escrito que apuntaba en una dirección distinta a la del 44 tratamiento a los textos y la argumentación antigua68. En la época imperial las corrientes de pensamiento tendieron a convertirse en tradiciones textuales, es decir, en comunidades de letrados que organizaban la enseñanza, la discusión, la creación intelectual y su identidad misma como grupo en torno a un corpus fijo de escrituras y autoridades que las escribieron o dictaron en el pasado. No ignora esta afirmación el hecho de que ya en el Periodo de los Reinos Combatientes (403 A.E.C.-221 A.E.C.) algunas escuelas usaban textos arcaicos como guía en las disquisiciones, o que los rollos de tiras de bambú escritos jugarían en las postrimerías de la dinastía Zhou un papel muy relevante y generalizado tanto en la transmisión del conocimiento como en el registro de la historia. Tampoco obliga a afirmar que la memorización, la exposición oral y el debate en público o como parte de la formación intelectual desaparecieran en una sociedad donde el avance gradual de las tecnologías de la escritura difícilmente sustituiría por completo en este periodo la palabra por el texto. Lo que se busca destacar es que el origen del canon unificado de textos Clásicos en ciertas escuelas de pensamiento responde a un cambio en las condiciones de la demanda ideológica a comienzos de la época imperial y tuvo efectos directos sobre las formas en que se producirían los textos y las ideas en épocas posteriores. De entrada es notable que las corrientes que lograron el favor de la Corte imperial y las elites gobernantes durante distintos periodos a lo largo del primer milenio del Imperio, a saber, el clasicismo confuciano desde el primer siglo de la dinastía Han, el daoísmo tras la caída de ésta y en adelante, y el budismo de forma parcial en tiempos de las Dinastías del Norte y el Sur (316-589) y durante las dinastías de la reunificación, Sui y Tang, tuvieran cánones de textos Clásicos bien estructurados de atribuida antigüedad y portentosa autoría cuyo indispensable comentario y aprendizaje se llevaba a cabo en entornos bastante institucionalizados establecidos cerca de la Corte y las elites. Los maestros 68 El budismo mostraba, en cuanto a sus cánones de escrituras, grandes semejanzas con las tradiciones chinas de pensamiento. También habían sido compuesto en un periodo anterior (puesto por escrito entre el siglo III y el I A.E.C.), luego del cual, supuestamente habría quedado cerrado a toda añadidura (los nuevos textos eran justificados como el redescubrimiento de antiguas obras recabadas de las palabras del Buddha mismo). Varias tradiciones escolásticas y esotéricas surgieron durante los siglos posteriores, y fueron las que arribaron a China desde el siglo I E.C. Los sutras budistas y sus tratados conformaban el cuerpo de escrituras sobre las que giraba toda enseñanza, a manera de los textos clásicos chinos. 45 itinerantes que recorrían los estados en guerra en los siglos anteriores a la unificación de Qin distaban mucho en sus métodos de este depurado aparato de transmisión del conocimiento (aunque entre más se acercaba el advenimiento del imperio, más se aproximaban) concentrados más bien en el desarrollo de las artes rituales, la retórica, la música, la historia y la alquimia, entre otras más pragmáticas como las matemáticas, las artes militares y las técnicas agrícolas. Como contrapartida de esto, llama la atención que en el transcurso de un par de siglos desde la proclamación de Qin Shi Huangdi y hasta la época que rodea a la usurpación de Wang Mang (7-24 E.C.) el espectro ideológico quedara reducido de las llamadas Cien Escuelas (baijia 百家 )69 a sólo tres (confucianismo, daoísmo y legalismo) lo cual parece indicar que la proliferación ideológica dominante anteriormente cedió el paso a nuevas formas mucho más selectivas y acotadas de producción discursiva y enseñanza, y que esto tuvo relación con el surgimiento del canon de textos Clásicos. Pero lo primero a discernir es la naturaleza del vínculo que unía a los ideólogos y a los gobernantes en el Periodo de los Reinos Combatientes (403 A.E.C.-221 A.E.C.) y qué implicó para esta relación el tránsito al sistema imperial. Los filósofos y las Cortes Es bien sabido que la filosofía china es primordialmente filosofía moral y que el centro de los debates entre las escuelas más sistematizadas en este sentido (clasicismo, daoísmo, mohísmo, legalismo, aceptando que la ética social de los dos últimos es bastante más utilitarista) desde el periodo de los Reinos Combatientes (403-221 A.E.C.) era la transformación individual y, especialmente, social, incluso para quienes la disfrazaban de restauración del orden moral arcaico, como los clasicistas confucianos, o 69 Es el término literario acuñado por Sima Qian para referirse a las numerosas escuelas de pensamiento político, social y moral de la época de los Reinos Combatientes. Fuera de las seis escuelas, también separadas del resto por el historiador de Wudi (que incluye a los nominalistas, los mohístas, la escuela del Yin Yang y las tres mencionadas arriba), otra muy célebre es la Escuela Militarista (bingjia 兵家 ), de la que surgieron tratados como el compilado por los discípulos del conocido Sunzi, maestro cuyas palabras dieron forma al Arte de la Guerra; el ya mencionado Shan Yang, del reino de Qin, era asimismo un militarista en toda regla. Otras escuelas agrupaban a matemáticos, historiadores, agrónomos y retóricos, que durante el Imperio serían incorporadas a las doctrinas oficiales, ya fuese a la actitud pragmática del legalismo, ya al esoterismo de ciertas escuelas confucianas. Lo cierto es que ninguna de estas escuelas conservará una identidad propia durante la época imperial, ni maestros ni textos propios. 46 para los casi legendarios maestros daoístas y venerados eremitas budistas de tiempos venideros, quienes rechazaban someterse al soberano en señal de independencia espiritual, pero que mucho tenían que decir, según se aprecia en textos como el Zhuangzi, sobre el adecuado desarrollo de las capacidades humanas y la convivencia en sociedad, así como en cuanto a la perfección deseada del gobernante; no es casual que estos aparentes parias ejercieran siempre una enorme atracción entre las elites políticas de cada época70. Esta preocupación por el estado de la sociedad reflejaba los tiempos convulsos de guerra fratricida entre Duques y Marqueses, donde añejas Cortes se desmoronaban mientras otras antes desconocidas ocupaban la palestra con vitalidad y voluntad para unificar China. Tanto las reglas de la guerra convencional como las prioridades de los arquitectos de estados capaces de afrontar retos exigentes para la administración en pos de la hegemonía en el Tianxia y el desarrollo del comercio que daba influencia y poder de decisión a gente de escaso nombre, pero gran ambición, se ven reflejadas en las ideas de los filósofos de la época precedente al imperio. Todas las escuelas aceptaban la igualdad entre los hombres, aunque la expresaban variando los matices, y algunas denunciaban con mayor o menor claridad que el gobierno continuara sosteniéndose sobre los vínculos de linaje y parentesco que estructuraban el caduco orden político de comienzos de la dinastía Zhou. Según cada cual, era la formación moral, espiritual, política o técnica la que daba a los hombres su dignidad71. El pensamiento sistémico de la antigüedad trazaba naturalmente la continuación de la reflexión moral en la esfera política, y para todas las escuelas moralistas o humanistas el soberano debía ser ante todo un sabio, un noble por edificación de sí mismo; a partir del criterio propio de cada corriente, el 70 El vínculo del taoísmocon la política se exacerbará en el siglo III E.C., cuando la Escuela de los Misterios se convierta en la doctrina en boga entre las aristocracias gobernantes y surjan una serie de ideas sobre el poder y gobierno, tal como los desempeñaría el sabio que ha alcanzado el conocimiento del dao. Ésta corriente reconocería, además, al mismo Confucio como una auténtico sabio, por encima incluso de Laozi y Zhuanzi, aunque le adjudicarían ideas propias de estos dos. La escuela de los Textos Antiguos del confucianismo también tendría muchos contactos con el taoísmo desde el siglo anterior, que fomentarían esta identificación. 71 Para Confucio, por ejemplo, el hombre noble (jun 君) era el que se formaba en la virtud y ya no el que nacía de alto linaje, mientras que el sabio mohista lo era en buena medida por su conocimiento, no sólo del bien, la virtud y la naturaleza humana, sino de artes bélicas, matemáticas y lógica de la argumentación. 47 gobierno debía integrarse como una meritocracia, de donde participaran los más aptos o los más virtuosos. Surgía la cuestión sobre la naturaleza humana, que dividía a la misma corriente clasicista en optimistas (según Mengzi) y pesimistas (según Xunzi), con una escuela mohísta que concedía parte y parte, pues encontraba en el hombre una proclividad al bien y al amor, pero también al respeto a la ley, y consideraba necesaria la coerción del soberano para bien dirigir esas potencias. Y justamente el problema de la ley, tan caro para los legalistas, quienes buscaba premiar el buen desempeño y castigar el acto criminal, era lo que los enfrentaba con la oposición lo mismo de daoístas que de los clasicistas más proclives a idealizar la naturaleza humana. Pero lo cierto es que ninguna corriente de pensamiento rechazaba la necesidad absoluta del gobernante en la cima de la sociedad y el estado, pensados como órdenes jerárquicos según la virtud (o el poder, en el caso de los legalistas) ni concebían teorías morales o sociales que no pudieran ser llevadas realmente a la práctica comenzando por el soberano mismo. Incluso un modelo muy idealizado sobre el funcionamiento de la comunidad humana en el cual la virtud fuera el principio articulador, tal como sugerían los clasicistas confucianos, o un daoísmo que en sus comienzos encomiaba a tal grado al hombre sabio apartado de la sociedad, terminaron por conquistar la misma Corte imperial en virtud de sus apologías de la autocracia. El punto es que para todas las escuelas la política era el medio para desarrollar los principios más altos del ser humano, la posición como consejero del soberano, el único lugar desde el cual sería posible transmitirlos al conjunto de la sociedad, y el gobernante, destinatario fundamental de su mensaje. Esto pese a que no todas pudieran participar de la misma forma del gobierno. Estas partidas de filósofos hacían lo que en otras civilizaciones tocaba al sacerdote, y que en la dinastía Shang (1600-1050 A.E.C.) pudiera haber sido función de chamanes y brujos: poner al servicio del poder terreno los principios metafísicos, ya cosmológicos, ya morales o mágicos, que lo fundamentaran. Esa inclinación profundamente religiosa, cierta necesidad, diríamos, de fundamentar teológica o trascendentalmente el poder terreno, exacerbada durante la dinastía Han, respecto de cierta 48 sobriedad propia de la Primera Dinastía, puede haber tenido relación con que el clasicismo confuciano se difundiera en las Cortes desde los tiempos del gobierno absoluto de Wudi (141-87 A.E.C.). Este logro es inseparable de los desarrollos teóricos especializados que realizaron los maestros confucianos desde finales del siglo II A.E.C., en torno al ritual, junto con una compleja fundación cosmológica y moral en respaldo del soberano. Es decir, asimilaban elementos de profundas implicaciones simbólicas para los chinos, ajustándolas a la nueva realidad del gobierno absoluto, e introduciendo de forma limitada sus propias teorías sobre el poder. Apoya lo anterior el que hubieran hecho suyo además el culto a la tierra y a los ancestros (a través de la doctrina moral y los rituales imperiales de la piedad filial). Y serán los clasicistas quienes desde la dinastía Han manejarán el aparato ritual (aunque no así con el Primer Emperador), aun cuando muchas otras de sus teorías fundamentales cayeran en el descrédito o sus consejeros en la Corte tuvieran que luchar desde el desprestigio por hacerse de una posición ante sabios de otras corrientes de pensamiento mejor colocados ya. De la misma forma despuntarán en distintas épocas el daoísmo de vertientes trascendentes (la Escuela de los misterios, durante el siglo III E.C.) y el budismo mahayana y tántrico, por encima de otras corrientes como el mohísmo, menos proclives a la espiritualidad y el ritualismo, u otras simplemente menos atractivas para la estética religiosa de las Cortes. A pesar de que las corrientes de pensamiento estuvieran dirigidas hacia el poder y la política, la incertidumbre para todas ellas era la incertidumbre, pues en cualquier momento sus ideólogos podían abandonar la Corte o perder su lugar preponderante 72. Esto responde a que, desde el comienzo de la dinastía Zhou (siglo XI E.C.), la desventaja decisiva que enfrentaban todos en esta tarea por conquistar las Cortes era que en principio el soberano no necesitaba intermediario alguno para entrar en contacto con lo divino. Era él quien oficiaba los rituales, a él antes que a nadie a quien hacían referencia los 72 Un breve recuento de la historia de los clasicistas corrobora este estado de incertidumbre incluso para la corriente que se pretendería con mayor influencia sobre el Imperio. A los sobresaltos ocurridos durante la dinastía Qin y los comienzos de Han hay que sumarle la crisis, durante el siglo III E.C., de la enseñanza clásica, otrora práctica dueña de la Academia Imperial. Su secuela más grave serían más de tres siglos de presencia marginal en la Corte, hasta bien entrada la dinastía Tang (617-906 E.C.). Sería ese el destino, incluso del legalismo, excluido de la Academia Imperial por Wudi, a raíz de lo cual desaparecería como escuela independiente; cf. n. 98. Las persecuciones contra el budismo, muchas de ellas también dirigidas contra el taoísmo muestran en inestable clima ideológico durante este prolongado periodo. 49 augurios, y él el soporte de la civilización y la cultura según afirmaban las tradiciones históricas desde los Soberanos y Emperadores de los tiempos primigenios. En efecto, el estado precario de los letrados de una y otra corriente en tiempo de los Reinos Combatientes (ligado al colapso de los grandes linajes de consejeros y conocedores de la adivinación y el ritual) que logrará sólo una muy discutible certeza ya en la era imperial, respondía a que el soberano no necesitaba en verdad de ninguna escuela en específico, aunque sí requiriera la asistencia y consejería de algunos eruditos, sabios y maestros versados en ellas. Así las cosas, es posible distinguir un núcleo duro conformado por el complejo de instituciones políticas del imperio, el aparato ritual que manifestaba la dignidad de la investidura imperial y el bagaje de historia tanto legendaria como cercana (las historias dinásticas) en que se fundaba. A estos aspectos que permanecieron como renglón esencial del modelo civilizatorio han, se podían integrar ideas de sabios procedentes de alguna escuela destacada en un momento dado, que permitieran dar solidez simbólica a la dinastía y precisión al sacrificio, o que incluso ampliaran el espectro del ritual. Este papel desempeñaría el culto daoísta a Huanglao 73 y la presencia del panteón búdico en diversas estancias de la Ciudad imperial, desde el siglo IV E.C., así como otros letrados o monjes encargados de la adivinación, la interpretación de los augurios y la alquimia en la Corte 74, lo mismo que de la elucubración moral, cosmológica, de filosofía de la historia,teológica o de cualquier otro género, según supieran ganarse el aprecio de las elites cortesanas. Pero el poder político podía mudar de parecer sobre las teorías en boga y transformar las jerarquías y cabidas en el aparato institucional de la Corte para permitir, por ejemplo, la creación de burocracias monacales para el daoísmo y el budismo, desde la dinastía de los Wei del Norte (331-531 E.C.), como consecuencia de la primera gran persecución contra el budismo, el culto a reliquias budistas en el Palacio Imperial durante el siglo IX E.C., o periodos de importantes donaciones para la edificación de monasterios y sitios de peregrinaje de ambos credos, a despecho de los consejeros que vanamente se 73 Deidad que sintetizaba a Laozi y a Huangdi, el Emperador Amarillo, en boga desde finales de la segunda dinastía Han. 74 En estos rubros las Oficinas de Escribas y Letrados eran especialmente eclécticas, admitiendo la participación en distintos momentos de brahmanes y, mucho después, de sacerdotes astrónomos cristianos, junto a la de los alquimistas chinos de distinta formación y monjes budistas. 50 opusieran. Esta dependencia teórica y operativa de las corrientes de pensamiento de la época anterior al Imperio respecto de la voluntad mudable de los soberanos y las elites, así como de un grado variable de integración al aparato burocrático del Estado, como los ideólogos del soberano, sólo pudo reforzarse tras la unificación absoluta del poder llevada a puerto por Qin Shi Huangdi, cuando uno solo era el soberano, una la Corte en la cual desempeñar un cargo y uno el proyecto político al cual adherirse. Reflexiones sobre la Quema de libros El esfuerzo de los arquitectos de Qin por ejercer control sobre la producción y transmisión de conocimiento se manifestó dramáticamente en el conocido episodio de la “Quema de Libros y ejecución de Letrados” (fenshu kengru 焚書坑儒 75). Indica la vulnerabilidad de la comunidad de estudiosos considerada como institución autónoma y los condicionamientos a que debía acceder con tal de continuar participando en la consejería de la Corte. También señala, sin embargo, junto con otros acontecimientos destacados por Sima Qian, el margen de acción de las corrientes de pensamiento dentro de los limites del sistema, que no pocas veces supieron aprovechar a su favor en entornos hostiles, y la forma como lograron articular facciones de notoria presencia en la capital imperial de Xianyang. Convendrá, por tanto, detenernos en las referencias que hace Sima Qian respecto de los letrados y luego extraer conclusiones útiles para el avance de la investigación. Las palabras que desataron el tremendo acto de insidia contra la cultura escrita de la dinastía Qin fueron pronunciadas por Lisi, canciller del Primer Emperador en tiempos cruciales para la unificación imperial, en 213 A. E. C., a manera de recomendación al monarca: “Yo, su sirviente, propongo que todos los registros de los Escribas fuera de los de Qin sean Quemados. Con la excepción de aquellos necesitados por la Oficina de Eruditos, cuyo deber 75 Los últimos dos caracteres se traducirían literalmente como “el entierro en vida de los clasicistas”, aunque no hay registros de que fueran asesinados de esa manera. 51 incluye poseer libros, si cualquiera bajo el Cielo tiene copias del Shi Jing [el Clásico de las Odas], el Clásico de Historia [denominado en esta investigación como Clásico de los Documentos] o los escritos de las Cien Escuelas de Filosofía, serán enviados (los libros) al gobernador o al comandante para ser quemados. Cualquiera que desee discutir el Shi Jing o el Clásico de Historia será ejecutado públicamente. A cualquiera que use la historia para criticar el presente le será ejecutada su familia.”76 Habiendo escuchado con detenimiento la contundente postura, el soberano asintió y dio pie así a una transformación en la manera de tratar a los grupos de intelectuales dedicados a la producción y transmisión de pensamiento político entre las elites letradas. También desató un acontecimiento que a la postre se convertiría en el gran mito de la ortodoxia clasicista durante la época imperial: la destrucción sin piedad de sus Clásicos y las irreparables pérdidas en su tradición escrita que ello conllevaría; se convertiría a la larga en su estigma permanente por haberse mantenido en su momento del lado de la moralidad, el respeto al pasado y la memoria de los antiguos gobernantes. El cruel asesinato de Eruditos que tuvo lugar un par de años después de la prohibición sería supuestamente uno de los momentos más álgidos en la disputa entre legalistas y clasicistas confucianos durante la Primera Dinastía e indicaría el implacable desprecio que hacia éstos sentía el primer monarca. Es cierto que se podrían señalar cuestiones relevantes que confrontaban a ambos partidos como la disputa sobre la necesidad de las leyes para gobernar la conducta de los súbditos, el uso del pasado y la fundamentación del ritual. Por un lado, los clasicistas rechazaban la introducción de leyes que movieran a los hombres a actuar moralmente buscando rehuir el castigo o anhelando la compensación; en vez de ello, defendían una educación moral deontológica, merced a la cual se enseñaría a practicar el bien y cumplir con el deber porque conviene así a la naturaleza humana. Por otro, se encuentran las tendencias arcaizantes que compartía el clasicismo con otras corrientes, en virtud de las cuales sus modelos de virtud, capacidad de gobierno y conocimiento eran los sabios gobernantes de la antigüedad, cuyos gobiernos idealizados debían servir de alguna manera como modelo a seguir en el presente. Mediante el símil histórico los clasicistas introducían obstinadamente su teoría moralista de la política (Yao y Shun eran las figuras ejemplares predilectas 76 Sima Qian, Op. cit., Vol I, p. 374 52 para los letrados de formación clásica, aunque también los alquimistas seguidores de Laozi sentían alta estima por los personajes del de la historia legendaria, como ocurría con el Emperador Amarillo, durante la era Han, y se dice que Shennong era ancestro de Mozi). En cuanto a las desavenencias rituales que pudieran haber surgido entre ambas corrientes de pensamiento, Sima Qian menciona sólo un suceso a detalle (la única confrontación explícita entre confucianos y el monarca, de hecho), que se suscitó durante la realización de los ya mencionados sacrificios de Feng y Shan, previo a que asumiera el título de Primer Emperador: como de los setenta sabios rujia no surgiera un saber preciso y unificado sobre las prácticas rituales de las dinastías de la antigüedad, decidió excluirlos de su planificación y oficio. En despechada respuesta, los clasicistas confucianos, afamados como custodios de la memoria de tiempos arcaicos y especialistas por excelencia en el rito77, se esforzaron por encontrar augurios adversos en los obstáculos con que se topó el soberano en su proceder para remarcar que no era digno de escalar el Monte Tai y comunicar al Cielo que el mundo entero había quedado pacificado78. Los edictos dejados por el mismo Shi Huangdi en los recorridos que hizo por el Imperio, sin embargo, mencionan que el monarca acudía simplemente a “inspeccionar las Cuatro Regiones” o que corroboraba así que “las seis direcciones pareadas eran la tierra del Emperador” 79, sin reconocer que rindiera por este ritual sus respetos de alguna manera a una entidad celeste o mencionar si quiera el Mandato del Cielo. Es posible que Sima Qian tuviera como implícitas nociones aceptadas ya en su época (fines del siglo II A.E.C.), pero quizá aún discutibles en tiempos de Shi Huangdi y que dichos 77 Los clasicistas contemporáneos al Primer Emperador se referían a los rituales de investidura como al Gran Ritual del que habla Confucio en los Analectas (Confucio, The Original Analects. Sayings of Confucius and his succesors, trad, y comentado por E. Bruce y TaekoBrooks, New York, Columbia University, 1998, capítulos 7, 9 y 13, especialmente), aunque no es probable que el Maestro Kong hablara de los mismos rituales desplegados finalmente por el Primer Emperador. 78 “Los estudiosos confucianos, quienes habían sido depuestos y a quienes no se les permitió tomar parte en el ritual del sacrificio Feng al Cielo, escucharon del encuentro del emperador con la tormenta, y lo usaron rápidamente como una base para hablar mal de él”, Sima Qian, Op. cit., Vol. I, p. 367. El historiador no oculta, sin embargo, su parcialidad en favor del confucianismo, cuando, en el párrafo siguiente ataca al Primer Emperador y le recrimina no haber sido digno de emprender dichos sacrificios. 79 Un edicto encontrado en la provincia de Shandong dice “Cuando el Emperador es brillante, él viene a inspeccionar los cuatro cuadrante [del mundo]” mientras que en otro de Henan se lee “Dentro de las seis direcciones pareadas [se refiere a arriba-abajo, norte-sur, este-oeste] se halla la tierra del Emperador”; inscripciones contenidas en los apéndices de Grant Hardy y Anne Bahnke Kinney, The Establishment of the Han Empire and Imperial China, Westport, Connecticut, Greenwood, 2005, p. 154-60 53 sacrificios entonces tuvieran otro significado. No habría que excluir la posibilidad de que en algún momento se manifestara una diferencia sustantiva en la concepción de este sacrificio (y de todo el entramado ritual de Qin, del que conocemos poco) entre una y otra escuela de pensamiento, como la presente ya en relación a la comprensión del pasado. Si la crítica del presente desde el pasado era en el fondo una comparación entre el ser y el deber ser adversa para el régimen, es decir, una evaluación moral, los sacrificios bien logrados deberían sancionar a su vez la calidad moral del régimen. El ritual era encarecido por la tradición clasicista como representación externa de la virtud plenamente conquistada y el gobernante era ante todo el oficiante máximo, cuyos rituales debían reflejar la pureza de espíritu y rectitud de la conciencia en su más alto grado; un acto ceremonial bien conducido a la vez reforzaría la identificación del Soberano con ese orden moral dictado por el Cielo y difundiría la virtud naturalmente al pueblo, con quien estaría unido por la virtud de la humanidad ren y para el que se oficiaría en última instancia (simbólicamente, pues casi nunca se realizaban rituales en público). Cualquier augurio nefasto sería una respuesta cósmica de la indisposición moral del soberano para llevar a cabo los sacrificios respectivos y para cumplir con sus funciones rituales, por lo menos hasta que rectificara sus acciones80. Sabemos por sus textos y por referencias de otros autores que muchos legalistas, entre ellos Han Feizi, opinaban llanamente que los rituales eran tan inútiles como las virtudes fraternas enaltecidas por el maestro Kong, que inducían a la pasividad de entregarse al cultivo del fuero interno 81. Incluso los legalistas de Qin, más respetuosos de la tradición arcaica, difícilmente aceptarían sin renuencia, por lo 80 En este sentido va la interpretación de los Ceremoniales (Yili 儀禮 o el ritual y la corrección de la conducta), la sección más antigua de las tres integrantes del Canon de Rituales, conocida ya en la época del Primer Emperador, y la única fuente rujia que aborda de alguna manera el rito cortesano; trata únicamente de rituales ordinarios para funcionarios menores (hablan incluso del trato propio de amigos donde uno sea funcionario de bajo rango), tales como reglas de hospitalidad, banquetes, matrimonios, así como normas de etiqueta a seguir al practicar tiro con arco (competencia noble por antonomasia en la antigüedad) y efectuar visitas diplomáticas de bajo perfil. Pero al considerar al ritual como un acto moral y a la moralidad como expresándose mediante los actos del sabio, incluso los aspectos más ínfimos de una acción, como la etiqueta involucrada en las formas del trato fraterno o el desplante en una demostración de arquería, expondrían la fisonomía moral del oficiante. Emerge espontáneamente del espíritu del sabio zhi 智 , quien sabe comportarse y desenvolverse con el prójimo, atendiendo al ceremonial y el ademán (merced a la virtud cardinal del ceremonial y la dignidad en la conducta li 禮), sin dejar de manifestar la estima sentida por el pariente o conocido con quien se departe (por la virtud de la humanidad o caridad ren 仁); Fung Yu-lan, Op. cit., Vol. 1, p. 124; Nylan, Op. cit., pp. 178-81 81 W. K. Liao (trans.), The Complete Works Of Han Fei Tzŭ. Vol. 1, p. 114-6; Confucio, Analectas, cap. 11 54 menos en una época en la que el Emperador comulgaba por completo con su postura, una cosmología donde sutiles vínculos morales unieran a los hombres en sociedad con instancias morales abstractas inmanentes al mundo, y que expresaran su beneplácito por la buena conducta del soberano como una reacción simpatética ocurrida durante el ritual. En esta época existían fricciones indiscutibles entre la pragmática y la ética que muy difícilmente se abstraerían al rito. No es difícil creer que los sacrificios de Feng y Shan fueran para los legalistas de Qin una toma de posesión sobre territorio antes que la búsqueda de la venia del Cielo para que le transmitiera su Mandato sobre la tierra. El hecho es que pese a diferir considerablemente en cuestiones de primer orden e incluso que los clasicistas confucianos sufrieran al parecer de la animadversión del soberano mismo y sus consejeros más próximos (aunque Lisi no menciona en específico a los rujia), aún así permanecían en la Corte pronunciando sus agudas críticas contra el rumbo que tomaba el régimen recién instaurado, incluso cuando los comentarios en torno al tormentoso ascenso de Shi Huangdi al Monte Tai atacaban, junto con el elevado significado simbólico del acto (importante aun si el Primer Emperador no compartía el principio del Mandato Celeste), la legitimidad misma del soberano como gobernante del Tianxia pacificado. Aprovechaban su posición en la Corte y su influencia tanto entre las elites aliadas al monarca como entre las doblegadas y trasladadas a la nueva Ciudad Imperial para emitir sus ásperos juicios (“palabras vacías para confundir la realidad” les llamará Lisi en su recomendación de emprender la Quema82); pero pasarán con todo ocho años antes del golpe oficial a esa u otra escuela. Sin embargo, los alcances de esta medida, radical en apariencia, fueron escasos, si consideramos que el objetivo era erradicar la enseñanza de Confucio. El historiador de Han rememora que, dos años más tarde del episodio y a tan sólo uno de la muerte del rey Zheng de Qin, cuando el Emperador mismo dictaba sentencia de muerte a cientos de Letrados, el príncipe heredero trató de interceder en su favor aduciendo que tal masacre perturbaría a los Eruditos, como grupo de 82 En su célebre discurso sobre la quema de libros afirma que: “esto seguramente no es algo que un confuciano ignorante pueda entender”, y agrega: “en sus discursos, todos ellos [los estudiosos de los clásicos] hablan acerca de los antiguos, mirando por ello el sistema presente como lascivo y elaborando palabras vacías para confundir la realidad”, Sima Qian, Op. cit., Vol. I, p. 374 55 funcionarios, que “veneran a Confucio y lo toman como un modelo” y “podría causar intranquilidad en el Imperio”, dado lo reciente de la pacificación y las amenazas del exterior que aun rondaban. No sorprende quizá tanto corroborar la continuada presencia clasicista en la Corte Qin como el hecho de que la importancia de sus juicios fuera tan marcada. Además de gozar de la defensa por parte de tan distinguido adepto, el sentido de su razonamiento es pragmático, pues reconoce que el descontento de los letrados, en su mayoría confucianos, podría arrastrar zozobra para el Imperio recién pacificado 83. Cobra mayor relevancia quizá la afirmación del historiador de Hanacerca de que, debido a que “los Escolares Confucianos detestaban al gobierno Qin por haber quemado el Libro de las Odas y el Libro de los Documentos y haber condenado a muerte sin piedad a los Escolares que los exponían” 84, apoyaron a los aristócratas sublevados en contra de Er Shi Huangdi (210-207 A.E.C.), el Segundo Emperador, tan pronto como su gobierno comenzó a declinar, hasta que conseguirían derrocarle. Habría que concederle por ello un notable poder a las ideas, difícilmente compartido por el auténtico fundador de Han, Liu Bang, hostil a esas elites letradas que creían la partida ganada y a quienes venció en la lucha más tarde por el Imperio. Y no hay que perder de vista que la pena de ejecución nada tenía que ver con que los condenados estuvieran formados en la ortodoxia de los Clásicos según la tradición confuciana; la condena a muerte era un castigo por haber fracasado en encontrar los conjuros alquímicos necesarios para garantizar la inmortalidad al soberano. Es indispensable determinar, por tanto, cómo funcionaba el sistema institucional que producía el conocimiento oficial y de uso para el poder, pero permitía la convivencia de corrientes diversas de pensamiento y en eso puede ayudar bastante revisar a detalle la propuesta de Lisi, donde se hace referencia a la Oficina de Eruditos, “cuyo deber incluye poseer libros”, y que resguardaba no sólo las obras expresamente condenadas a su destrucción, como el Clásico de las Odas y el de los Documentos, 83 "El Imperio recién ha sido pacificado y los bárbaros en tierras distantes no se han rendido. Todos los estudiosos veneran a Confucio y lo toman como un modelo. Su sirviente teme que si Su Majestad los castiga tan severamente, ello puede causar malestar en el Imperio. Por favor, observe esto, Su Majestad", en Sima Qian, Op. cit., Vol. I, p. 380. Pese a que Lisi era enemigo declarado de esa Escuela y muy probablemente forzó el suicidio del príncipe por no adecuarse a sus preferencias ideológicas y, por tanto, políticas, parece evidente por este episodio que su postura no era la dominante y por el desenlace de los acontecimientos de la dinastía, que no prevalecería a mediano plazo. 84 Se trata del capítulo 28 de sus Registros Históricos, vol. II, página 27; menciones semejantes a este hecho aparecen en el capítulo 6 (“Registros sobre el Primer Emperador”), además de que dicha suposición constituye una base a partir de la cual se articula el capítulo 121 (“Biografías de estudiosos confucianos”). 56 sino a los letrados rebeldes a la autoridad imperial. Se trata de una Institución Oficial(guan 官) de Escribas y Eruditos, como la que se encontrará en el recinto del Palacio Imperial de casi cualquier régimen dinástico en los siglos venideros. El mismo Sima Qian, como antes su padre, Sima Tan, se desempeñaban al frente la Gran Oficina o Prefectura de Escribas (Tai Shi Guan太史官), durante el reinado del Emperador Wu de Han, y sabemos que además de atender los archivos del imperio y escribir textos históricos elaboraba el calendario anual, interpretaba prodigios y apariciones, practicaba técnicas de adivinación y trabajaba en la organización de los rituales85. Dado que se hace incapié en la necesidad de destruir “todos los registros de los Escribas que no sean de la dinastía Qin”, cabe pensar en la existencia de oficinas semejantes en vísperas de la unificación pertenecientes a reinos otrora enemigos de Qin, cuyos trabajos históricos persistirían cubiertos de valor político. Son sus obras históricas las destinatarias concretas de Quema de Libros; además de la condena en contra de los registros de antiguos estados, los dos clásicos mencionados trataban también sobre historia de las dinastías Shang, Zhou y de otros reinos, y se hace hincapié en que se penaría el uso del pasado para criticar al presente. Se menciona dos géneros de funcionarios: los Escribas o historiadores (shi 史) y los Eruditos (boshi 博士 ). Los primeros servían en la antigüedad a reyes y a duques vasallos por igual, quienes patrocinaban libros históricos, anales y crónicas. Dos de los textos más antiguos de esta clase están contenidos en los Anales de Primavera y Otoño: los Anales del Reino de Lü, adscritos a Confucio por Moti, aunque más probablemente se tratase de una obra de varios cronistas del reino, y la narrativa del Zuo Zhuan. Pero como éstas, existía un buen número de versiones y obras independientes que tomaban el nombre de Anales de Primavera y Otoño, como la que mandara compilar el duque Lü Buwei, canciller 85 Acompañó personalmente al soberano en sacrificios como los de pacificación del Cielo y la Tierra, ante ríos de gran caudal fuera de cauce y montañas sagradas, y a los Ocho Espíritus con los que se pretendía detener desastres naturales y propiciar grandeza para el Imperio en campañas militares, vivencia que explica que diera tal importancia al ritualismo en su narración de los acontecimientos durante el ejercicio de su Mandato y que omitiera la redacción de un capítulo que versara sobre los Anales de Wudi, como había hecho con el grueso de los emperadores y las dinastías precedentes. 57 ni más ni menos que del padre del Primer Emperador de Qin, el Lüshi Qunqiu 呂氏春秋 , la historia enciclopédica más antigua que se conoce y que abarcaba teorías de filosofía natural e historia, ideas morales y médicas extraídas de múltiples escuelas de pensamiento y tradiciones mitológicas, en boga en su tiempo. La presencia de un género historiográfico completo que llevara el nombre de Primavera y Otoño (como el Qunqui Fanlu, más tarde adoptado como apócrifo confuciano, entre otros) justificaría que no se le mencionara como tal en el discurso de Lisi a pesar de ser un libro de historia arcaica; es viable que varias versiones ya hubiesen sido sancionadas por los letrados de Qin para que pudieran circular incluso entre privados. Lo cierto es que su sólida tradición de historiadores tenía por referentes anales y crónicas patrimonio común de todas las elites letradas, aunque posteriormente serían capitalizadas por la escuela clasicista confuciana. Las complejas resonancias históricas que acompañan al título del Huangdi serían un testimonio de ello. El nombre original de los que se ha dado en llamar Eruditos, por otro lado, puede traducirse como funcionarios (shi 士 ) muy apreciados (bo 博 ) en virtud de su saber. Su formación se fincaba también en el conocimiento de las tradiciones históricas, pero se les ubica más bien en la práctica de los rituales, derivados, de todas formas, de textos sobre rituales arcaicos y teorías filosóficas diversas. Estos conocedores de la escritura eran los encargados de la producción ideológica en el periodo86. La Oficina eran el depurado mecanismo a través del cual el poder podía integrar a esos letrados itinerantes que arribaban a sus Cortes y constituían una rama burocrática dedicada a producir ideología política; representaba la sustitución del sistema de consejeros de la antigüedad Zhou donde clanes ligados por sangre al soberano desempeñaban el puesto. La solidez institucional que alcanzara esta estructura en el estado de Qin no sorprende dada su tradición reformadora, pero hay que destacar que desde estos tiempos se sintiera la necesidad de incorporar formalmente al Estado a los pensadores 86 Durante las dinastías de Han, desde el reinado del Emperador Wen (reinó del 179 al 157 A.E.C.), los Eruditos ocuparían importantes lugares oficiales. Se especializaban en uno de una gran variedad de textos, dentro de los cuales los propios textos confucianos serían minoría al comienzo. Estaban subordinados al Gran Maestro de Ceremonias y su número fluctuó bastante con el paso de los años: pasó de 70 con Wen a sólo 5 con Wudi, y luego a 12 cien años después. Hans Bielenstein, Op. cit., p. 138-141 58 como funcionarios. Si podía darse cierto grado de convivencia entre corrientes hostiles en virtud de sus planteamientos, enconcreto el legalismo y el clasicismo de los confucianos, o cualquier otra, sólo sería factible gracias a la existencia de un entramado institucional bien acabado para la producción ideológica, cuyos miembros gozaban de libertad para expresar intereses y opiniones al gobernante, además de amplia autonomía para manejar sus recursos materiales, decidir sobre la incorporación de estudiantes y desplegar influencia tanto en la Corte como en los círculos aristocráticos asentados en la Capital. La advertencia del primogénito del Emperador Qin, que transmite Sima Qian, señalaría incluso que los seguidores de Confucio ya tenían control completo sobre una institución crucial para el bienestar del nuevo estado, y es muy probable que dirigieran también la opinión fuera de ellas. Pero es claro que por la Corte Qin circulaban no sólo, críticos con el régimen instaurado, los clasicistas; importantes consejeros formados en una robusta tradición legalista, bien enraizada desde que el duque Shang Yang implementara las primeras reformas del reino a mediados del siglo IV A.E.C. (militares en lo esencial, institucionales desde el abuelo del Primer Emperador, quien gobernara a mediados del siglo III A.E.C.), se desempeñaban junto a historiadores y juristas de oficio en este órgano del Estado que reflejaba un crisol de escuelas disímiles. Y estaban tan sólidamente establecidas, que era posible prescindir en la Corte de los ritualistas confucianos para llevar a cabo unos sacrificios que exigían gran detalle en la planeación y supervisión esmerada, como eran los de Feng Shan. Sima Qian refiere 87 que incluso discípulos de Zou Yan (305-240 A.E.C.), fundador de la escuela del Yin Yang y los Cinco Elementos, supuestamente cercano al clasicismo confuciano, acudieron del estado de Qi a la presencia del Emperador para exponerle la teoría del Yin Yang y se encontraron con un monarca tolerante y entusiasta al respecto (adoptó el agua como elemento propio de su dinastía luego de la interpretación de varios prodigios, como la captura de un dragón negro, color 87 Sima Qian, Op. Cit., Vol I, p. 32 59 correspondiente a dicho elemento88, y nombró Xianyang 咸陽, “todo Yang”, a su capital, para señalarla como lugar de fuerza, acción, cambio, masculinidad y vigor). Por último, se mencionan corrientes estudiosas de alquimia y técnicas para la inmortalidad. Aunque se trata de disciplinas atribuídas tradicionalmente a los daoístas, resalta que fallos en estas actividades formaran parte de la justificación de la condena a cientos de letrados confucianos. Pareciera que la alquimia era practicada también por los estudiosos de esta escuela en esta época, aunque podría ser más bien una generalización de Sima Qian el adscribir el confucianismo a la mayoría de los Eruditos de la época Qin. Lo cierto es que los clasicistas de Han abogaban decididamente en favor de sus colegas alquimistas masacrados por el Primer Emperador, como si fuera causa común. Varias corrientes intervendrían en el diseño de una parafernalia ceremonial capaz de expresar la transformación del orden político que estaba ocurriendo. Pero en tiempos Han, y muy probablemente desde el Primer Emperador, cada detalle del ritual derivaba de la concertación inducida entre estos sabios letrados de origen mixto, reclutados como miembros de la Gran Oficina (o su exclusión en caso de ser incompatibles sus propuestas, como ocurrió a los clasicistas en un principio y a los mohístas definitivamente, más adelante). Las discusiones entre las diversas escuelas muchas veces eran presididas por el soberano mismo, quien gustaba de participar en la toma de decisiones al respecto y debía dar su visto bueno al protocolo acordado89. Lo cierto es que la propuesta de Lisi no buscaba destruir tradiciones de pensamiento divergentes de un legalismo supuestamente hegemónico en la Corte: se circunscribe a la quema de ciertos textos en propiedad de privados, lo que conllevaría tanto el desmantelamiento del sistema de enseñanza practicado fuera de la Oficina, directamente entre maestros y discípulos vinculados ya por remuneración ya por vínculo de fidelidad voluntaria, como de los círculos cortesanos de discusión filosófica que resurgirán más tarde, con la caída de la dinastía Han. En esos espacios, aristócratas antes rivales de Qin, quienes habían sido trasladados por fuerza a la capital de Xianyang, podían discutir con 88 Ibid, p. 36 89 Mediante la intervención imperial se dirimirían, desde el siglo IV E.C., los conflictos entre taoístas y budistas. 60 esos eruditos sobre la ilegitimidad del régimen del autócrata. Es muy probable que estas reuniones de intelectuales y aristócratas fueran el aspecto que más alarmara al régimen y el que motivara la Quema de Libros. Llama la atención, sin embargo, que se excluyera de la destrucción los textos del género de libros de adivinación y medicina, entre ellos el Clásico de las Transformaciones, como afirmarían luego los mismos clasicistas para remarcar la preservación íntegra de su texto como un Clásico, y los primeros tratados daoístas, dado que la adivinación e interpretación de augurios era el arma ideológica por excelencia de los usurpadores (lo sería de Wang Mang, por ejemplo) y no se trataba de una forma de rebeldía aislada entre los clasicistas confucianos. El objetivo de la medida parece haber sido trasladar toda disputa sobre cuestiones ideológicas, impulsada por la corriente que fuera, a los espacios en la Corte para ello destinados. Se veía peligro en la libertad de expresión sobre cuestiones históricas de primera importancia para el sostenimiento del régimen cuando se daban discusiones fuera del control cortesano. Pretender institucionalizar la discusión filosófica a toda costa incorporándola al sistema burocrático y monopolizando las plazas posibles para llevarla a cabo, no es una ambición menor. Sería la manifestación de un celo pocas veces visto en la historia imperial china, porque el estado controlara la producción ideológica, su aplicación y enseñanza, cuya huella sería duradera además. Pero, por lo menos en esas Oficinas, las Cien Escuelas parecían inamovibles baluartes desde donde la oposición de los moralistas confucianos podía increpar al Emperador. En este sentido, desde los soberanos Han en adelante el Memorial a la Corte serviría como mecanismo para encauzar las críticas, dentro del mismo sistema burocrático. Eran textos a través de los cuales hasta el menor de los funcionarios letrados podría expresar sus ideas, observaciones e inconformidades directamente al soberano sobre cuestiones de capital importancia para la continuidad del régimen. No cesarían, por ejemplo, los memoriales clasicistas opuestos a la expansión militar, durante el reinado de Wudi de Han (141-87 A.E.C.), o las denuncias en varias épocas de que las 61 decisiones fundamentales estaban siendo tomadas fuera del aparato estatal, y se dotaba de inusitado poder a arribistas próximos a la figura del Emperador (concubinas y sus familias, monjes). Justamente mediante memoriales se gestaron las tres persecuciones en contra del budismo y el ascenso meteórico en la carrera del primero en proponerlas al emperador de la dinastía Tuoba Wei 90, y fue el principal mecanismo de expresión de la reacción antibudista durante la dinastía Tang. Sin embargo, no era un medio que garantizara el respeto a las opiniones divergentes, pues varias veces ocurrió que el monarca enviara al destierro a letrados inconformes, como pasó al letrado confuciano Hanyu en el siglo IX E.C., cuando se opuso a que se adorara una reliquia budista (un hueso del dedo de Siddhartha, considerado por el clasicista confuciano como impuro para entrar al Palacio Imperial), y acompañó su argumentación de fuertes ataques a la religión de la India; sólo pudo regresar a Chang’an años después, luego de que el Emperador reconsiderara su opinión en virtud de los serviciosde aquel a la Corte. La misma alocución de Lisi guarda cierta semejanza con el Memorial a la Corte. Se puede concluir que la Quema de Libros buscaba fortalecer canales centralizados para la expresión del disenso. Paradójicamente la institución que sometía a los letrados también les daba inusitada libertad de maniobra. El encono que suscitarían sus posturas críticas no desataría una persecución tan grave como el mito confuciano se esforzaría por denunciar a la posteridad. La medida estaría motivada por el deseo de reforzar el espacio de los académicos en la Corte y reducir la capacidad de expresión de las aristocracias que ya no participaban del poder. Sus alcances fueron por demás mesurados. La forja del canon de textos Clásicos y el triunfo del clasicismo confuciano. Una burocracia que tuviera cabida para los pensadores, como si fuesen funcionarios, se amplió considerablemente durante la dinastía Han. Sin embargo, esto no ocurrió al comienzo, sino ya 90 Erik Zürcher, The Buddhist Conquest of China. The Spread and Adaptation of Buddhism in Early Medieval China, Leiden, Netherlands, Ed. E. J. Brill, 1972, vol. 1, p. 96 62 avanzadas las décadas y los gobiernos. Ya se mencionó que Liu Bang, fundador de la dinastía, era un campesino iletrado, hostil en lo fundamental a la cultura aristocrática. La Emperatriz viuda Lü, quien se hizo cargo por varias décadas del imperio aún tambaleante, tampoco se esmero por rehabilitar los estudios antiguos, hecho que atribuye el Historiador a que todos sus esfuerzos estuvieran concentrados en el fortalecimiento del Imperio. No es que fueran indiferentes estos personajes a la espiritualidad, pues eran fieles devotos de Laozi, a cuya tablilla ancestral le rendían tributo en el Palacio, y aspiraban todos a la inmortalidad 91. De lo que estaban divorciados era de buena parte del entramado simbólico construido por las elites del Primer Emperador, tanto como de otras doctrinas concurrentes en sus Cortes92. Los Registros Históricos de Sima Qian apenas ocultan el azaroso destino de la Escuela durante las primeras décadas de la dinastía Han, contrario a lo que pudiera pensarse. La situación no cambio sino hasta el cuarto Emperador de Han, Wudi (reinó de 141 a 87 A.E.C.). Él es encomiado por su destacado historiador a causa de su apoyo al clasicismo confuciano: “desde el tiempo de la muerte de Confucio, no hubo nadie incluso en la capital que honrara las enseñanzas de las escuelas antiguas. Sólo en los primeros años del reino del presente emperador comenzó una vez más a florecer la literatura” 93. Y las honró refundando una Oficina de Eruditos, la Academia Imperial, en 137 A.E.C., donde se cultivaría el estudio de los Clásicos y Libros confucianos. El interés del soberano se vería impulsado quizá por la contundencia de su teoría moralista del Mandato Celeste, una interpretación entonces bien desarrollada de la legitimidad de la autocracia, pero que forzaba hasta los límites la doctrina política sistematizada por Mengzi. Antiguamente se concebía al hombre sabio como un hombre formado por medio de la educación del maestro y el estudio esmerado en las virtudes de la humanidad o caridad hacia las personas ren 仁, la lealtad xin 信 hacia 91 Kenneth Chen, Buddhism in China, p. 221; Livia Kohn, Early Chinese Mysticism, p. 74; John Lagerway, Taoism Ritual in Chinese Society and the History, New York, MacMillan, 1987, p. 311 y ss. 92 El nombre de su dinastía no derivaba de ningún estado de los Reinos Combatientes, sino del río Han, afluente central de China, adoptado como referencia por correr próximo a la región donde vivió el fundador. Asimismo, la costumbre confuciana de dar nombres póstumos a los Emperadores fallecidos, fue común hasta Wudi, ya que se instaurara el confucianismo en la Corte, y hasta entonces se rebautizo a los primeros gobernantes de Han. 93 La cita original dice: “desde el tiempo de la muerte de Confucio, no hubo nadie ni siquiera en la capital que honrara a las antiguas escuelas. Sólo en los años recientes del reino del presente emperador [Wudi de Han] la literatura comenzó de nueva cuenta a florecer”, Sima Qian, Op. cit., p. 395 63 los padres, los amigos, el gobernante, el superior, el maestro..., la corrección moral yi 儀 , el conocimiento zhi 智 , así como la ya mencionada conducta propia o ceremonial. Cualquiera que conociera la virtud y la practicara estaría en posición de gobernar a los hombres a pesar de no provenir de familia noble. Pero la adopción del ideal absolutista del gobierno imperial implicó ver en la conducta del gobernante un modelo trascendente de virtud. Sería el único capaz de interiorizar las leyes del Cielo mismo, comprendido como una entidad esencialmente moral que gobierna el orden del mundo mediante las virtudes. Justo para afianzar esta vocación le fue encomendado el Mandato: debería mandar sobre los hombres tal como el Cielo gobierna sobre el cosmos en su conjunto. Las relaciones básicas existentes en el mundo, tal como la subordinación de lo superior a lo inferior, de lo múltiple a lo único y principal, de lo inacabado a lo completo, respondería al esquema de virtudes antes mencionado, pues serían relaciones correctas o buenas, mientras su desviación sería reprobable, las jerarquías estarían animadas por la fidelidad de lo inferior a lo superior, armoniosas como el acto recatado del sabio, e impulsadas por la caridad, mientras que el caos estaría movido por el egoísmo. El soberano era en el mundo social el Uno superior al que debían sujetarse las personas, el eje moral en torno al cual se unificarían las relaciones entre ellas, gracias a su insuperable humanidad. Es él la representación de la virtud humana, cuyas fallas morales impactarían inmediatamente en la convivencia, e incluso en el mundo natural. Junto con esta ideología madurada durante el siglo II, expuesta en los tratados de Dong Zhong Shu, se encontraba un complejo sistema cosmológico, según el cual el universo entero debería estar en consonancia con la voz y la acción del soberano, aunque no debería éste despegarse del principio moral que rige todas las cosas. Una depurada teoría del ritual se sostenía en clásicos que no existían como tales en la época Qin, sino que fueron manufacturados y reconocidos posteriormente, y la animadversión crónica de los clasicistas contra el Primer Emperador era naturalmente un atractivo fundamental para Wudi. Pero era quizá la gran estructuración de la comunidad y la sistematización de 64 sus conocimientos y formación la que les permitió volver a los primeros sitios en la Corte (o afirmarse, si es que nunca se fueron). El canon de Clásicos es el principal elemento de reconocimiento de la escuela, pues ninguna escuela hasta entonces había reclamado para sí el dominio sobre ninguno de esos textos, reconocidos como patrimonio común de las elites letradas. La formación de un letrado consistía en saber de ética y a partir de sus principios desarrollar por analogía e inducción la interpretación moral de los fenómenos del mundo, filosofía de la historia, ritualismo, la organización ideal del Estado, técnicas de adivinación, entre otras ramas de conocimiento. Alguien formado según los principios de esta escuela sería capaz de recitar de memoria por lo menos uno de los Clásicos e identificar una tradición de comentaristas para comprenderlo y exponer su contenido. Debería conocer astronomía y los principios de la Teoría del Yin Yang 94. El conjunto de conocimientos del clasicismo avanzaba al encuentro de las necesidades del régimen. De la sintética reconstrucción de la tradición textual clasicista intentaremos establecer cómo se formó el currículum y la identidad de los confucianos y qué beneficios concretos representaba su dominio en la Corte para un Emperador ávido de edificar una doctrina que legitimara su gobierno, justo cuando pensaba edificar un modelo civilizatorio expansionista a expensasde las comunidades nómadas que habían presionado a los Han desde la derrota del Primer Emperador, y que generara la suficiente cohesión social como para reforzar el aparato militar y administrativo del estado sin dificultades. El núcleo del canon está conformado por los Cinco Clásicos wujing 五經 , textos arcaicos en 94 Durante la dinastía Han, sin embargo, la Academia Imperial (Taixue 太學 ) era sólo uno de varios medios de reclutamiento de personal para ser incluido en el aparato burocrático del Estado. El modo más frecuente era la recomendación directa de algún funcionario o aristócrata. La Academia era una institución manejada por los Eruditos, quienes enseñaban a discípulos el contenido de diversos textos clásicos. Los mismos eruditos se asignaban directamente, rara vez luego de ser examinados. El currículum y las técnicas pedagógicas no estaban unificadas, ni plenamente formalizadas, y el criterio fundamental de selección eran los exámenes al final de cada ciclo de un año. Se trataba de una prueba dividida en tres niveles, según la profundidad del conocimiento que exigía. El número de estudiantes varió considerablemente con el transcurrir de las décadas. Wudi de Han (141-87 A.E.C.) organizó una Academia confuciana con más de 200 discípulos, pero el resurgimiento de la institución, impulsado por el Emperador Shun a mediados del siglo II, dio cabida a cerca de 30,000 alumnos por año. No obstante, “sólo una fracción de los estudiantes entraban a la burocracia directamente de la Academia”. Durante la dinastía de los Han Posteriores (24-221 E.C.), la alta burocracia imperial y de las provincias creó una institución rival de la Academia: la Escuela de las Puertas de la Vasta Capital (Chengdu Men Xue 成都門學 ). Su objetivo específico era desarrollar cuadros burocráticos y su currículum se centraba en la caligrafía, la redacción de documentos y la poesía. Esta institución prevaleció por encima de la Academia, que entró en severa decadencia desde el siglo III E.C. 65 apariencia, a los que preservaban celosamente como legado de sabios y que encerraban en sí todo el conocimiento necesario para el hombre, siempre que quien los leyera supiera comprenderlos. El más importante durante el primer milenio del imperio es, sin duda, el Clásico de los Cambios Yijing 易經 , un complejo texto de adivinación que expone los principios fundamentales del cambio en el cosmos. Según la teoría subyacente existen dos principios, el Yin, pasivo, sujeto, frío, y el Yang, que es activo, dominante, cálido, vigoroso. El primero se representa con una línea quebrada, mientras que el segundo se escribe con una línea continua. Ambos están en constante movimiento y transición, y sus relaciones básicas se representan como trigramas, conjuntos de líneas continuas y quebradas que expresarían ocho formas elementales del cambio; ordenados en hexagramas, a su vez (la reunión de dos trigramas y sus combinaciones), constituirían las situaciones seminales de cualquier transformación. Cada conjunto de líneas, sean trigramas o hexagramas, aparecen acompañados de diversas interpretaciones (una para el conjunto, que se explica como si fueran figuras, otra para cada línea separada, además de otras exposiciones distintas), que constituyen el texto del Yijing. Cabe decir que las lineas largas y divididas que componen los ocho trigramas aparecieron hasta el siglo III A.E.C., pues versiones más antiguas empleaban directamente los caracteres numéricos ( 六 seis, 八 ocho, 一 uno, 三 tres), que aún delatan su semejanza con las cuñas trazadas sobre los caparazones de tortuga y las ramas de soja usadas en otro género de augur 95. Es así como, mediante los números, ya desde la antigüedad se escrutaban los gérmenes del cambio en el cosmos y se buscaba abstraer los significados del mundo. Existe un intuicionismo implícito en el mito sobre el descubrimiento de los trigramas por Fuxi, el legendario Augusto, quien los dedujo de la observación de la naturaleza y los dio a conocer al hombre primitivo como principio de racionalización del mundo. Indica la relevancia de la escritura y el símbolo para comprender las experiencias naturales y se encuentra de un modo u otro en la base de las tradiciones chinas de pensamiento y sus prácticas religiosas; según Joseph Needham, se mantienen latente asimismo en la formación de la cosmología y la filosofía natural. La Teoría de Números y 95 Nylan, op. Cit., p. 142 66 Correspondencias, por ejemplo, cultivada y muy sofisticada desde la dinastía Han, sugería que cada sustancia, momento del tiempo y región del espacio poseía una naturaleza que regía su cambio en correspondencia perfecta con el principio rector del universo (llamado a veces 天 Tian Cielo, 道 dao, 理 li Razón, 大一 dayi, el Gran Uno), una esencia dinámica que ya estaba contenida en los nombres y su sucesión. Tanto la política (nombres de cargos, leyes, edictos) como la filosofía natural china se basaban en la jerarquía, proporción y congruencia de las denominaciones ( 正名 zhengming) antes que en argumentaciones. Las fórmulas anejas a los hexagramas del Clásico de las Transformaciones consignan en sus enunciados algunos de los testimonios más antiguos sobre adivinación y delatan su pertenencia a métodos bien conocidos para dilucidar el destino y las rutas de acción tras ello, a partir de la observación de los sucesos naturales (vuelo de las aves, avance de las constelaciones) tanto como de los humanos (ritos matrimoniales, sucesos de historia arcaica). Se describe un acontecimiento ligado con la forma del hexagrama y luego una fórmula un tanto oracular que debiera dirigir los actos de quien consulta. Los trigramas, donde mejor se explican los principios del cambio, fueron añadiduras posteriores, dado su lenguaje más preciso. Múltiples versiones del texto, desenterradas y fechadas en fechas tan tardías como el siglo III E.C., cuyos comentarios a los símbolos son diferentes, indican al parecer que se trataba de un texto muy socorrido en distintos ambientes intelectuales y religiosos de la época. Maestros de varias ramas dentro de la tradición clasicista en ciernes e incluso de otras escuelas empleaban con regularidad ediciones alternas adaptadas a sus necesidades. Referencias textuales en el Zhuangzi a pasajes suyos son huella de la pertenencia del Clásico de las Transformaciones a distintas tradiciones; los daoístas, por lo demás, nunca dejarán de considerarle también un Clásico de primer orden, al tiempo que el mismo Primer Emperador, de orientación legalista, expresamente impidió la destrucción de todos sus ejemplares en posesión de privados, cuando el episodio de la Quema de Libros (213 A.E.C.). Los clasicistas, por lo menos hasta Mengzi, trataban poco la adivinación, aunque no la 67 despreciaban del todo 96. Pero no fue sino hasta que se añadieron los diez Apéndices atribuidos al Maestro Kong, en el siglo III, que fueron incluidos en el Canon 97. Éstos consisten en interpretaciones generales del cambio de rumbo en los acontecimientos del mundo natural en los que se inspira la adivinación, según las cuales, cada cambio expresa el devenir del principio moral inmanente al mundo, por lo que siempre hay una respuesta adecuada desde la perspectiva de la virtud. Estos apéndices domesticaban el problemático contenido esotérico de los hexagramas y lo vuelven base para la interpretación de augurios, la deducción de tendencias morales en la historia arcaica, antigua y contemporánea. Los demás Clásicos, con todo, no eran mucho más antiguos ni estaban completados ya mucho antes del siglo II A.E.C.98 De los ya referidos Anales Primavera y Otoño (Chunqiu 春秋) completos más antiguos de la escuela. Mengzi, los adjudica directamente a Confucio, lo que los convierte en el primer texto, junto con la última parte del Yijing cuya autoría se le achacaba. Tanto el Clásico de los Documentos (Shujing 書經 ) como los Rituales (Lijing 禮經 ) y las Odas(Shijing 詩經 ) están conformados por varias etapas de redacción. Éste último está compuesto por una sección de cantos lúdicos y costumbristas que delatan gran antigüedad, así como la parte considerada amenazadora para el régimen de Qin sobre cánticos rituales en loa a los Reyes de Shang y de Zhou. Los rituales constan del núcleo ya mencionado de rituales de bajo rango, más otra sección que describe la distribución de cargos en el reino y otra que recaba dichos de Confucio sobre el ritual antiguo. Dado que no se conocía esta información cuando el Primer Emperador les pidió su apoyo a los letrados clasicistas, es de suponerse que fuera una hechura posterior y casi por completo ficticia sobre la usanza ritual de la antigüedad, pero fundamental en el entretejimiento del canon. Los Clásicos, de hecho, no contienen referencias concretas a los rituales antiguos, ni siquiera a los de comienzos de la dinastía Zhou (siglo X A.E.C.), al grado de que Sima Qian afirmaría con imprecisión que “algunos dicen que su culto [de los ocho espíritus inmortales] se inició en tiempos del 96 Feng Yu-lan, Op. Cit., vol I, p. 121 97 Nylan, Op. cit.,p. 21 98 Cf. Shaughnessy, Edward, Before Confucius. Studies in the Creation of the Chinese Classics, Albany, State University of New York, 1997, p. 224 68 Gran Duque, el primer señor del estado de Qi, a comienzos de la dinastía Zhou. Pero desde entonces los sacrificios fueron descontinuados, nadie conoce exactamente cuándo se originaron” 99, situación ante la cual los eruditos consejeros del soberano de Qin recurrieron a la conjetura y la improvisación para ejecutar los desconocidos actos rituales. Hay incluso motivos para negar una gran antigüedad para sus partes reconocidas como más antiguas, pues al parecer su manufactura no antecede el siglo VIII A.E.C. Confucio se quejaba, por ejemplo, de la poca información relativa a los primeros años de la dinastía Zhou (aunque se dice que él, historiador y observador experto, compilo los Anales de Primavera y Otoño, sobre su natal estado de Lü, que parten del 721 A.E.C. y llegan a 479 A.E.C., poco antes de su muerte), lo cual lleva a suponer que la compilación del Clásico de los Documentos, que hace referencia a ese periodo, es posterior al primer cuatro del siglo V A.E.C., cuando vivió sus últimos años100. Variaciones en la escritura de las versiones del siglo III A.E.C. han contribuido a disipar sinsentidos presentes en las versiones oficiales debido a la pérdida de los significados originales o a una incomprensión por parte de los copistas de los caracteres arcaicos, ya que no contaban con radicales que ayudaran a precisar su lectura y significado 101. Esto mostraría que su puesta por escrito fue resultado de un paulatino proceso por el que la oralidad se iba apoyando más y más en la escritura como sistema mnemotécnico hasta que más tarde se volvió dominante por sobre la recitación. Además está el caso del desaparecido Clásico de la Música, mencionado repetidas veces por los grandes comentaristas rujia Xunzi 荀子 y Mengzi 孟子 (siglo IV A.E.C.), entre otros, que completaba los Cinco Clásicos antes de que se integrara el Yijing (se habla de los Seis Clásicos durante el siglo tercero, ya contando a éste) y del que se sospecha se encuentra incluido en el Clásico de las Odas. De ser así, la edición final de éste no debe ser tampoco anterior al siglo III A.E.C. Los mismo la adivinación del Yijing, la mitología e historia sagrada y humana (como aparece en varias partes de los Rituales de Shang, el Clásico de los Documentos y los Anales de Primavera y 99 Sima Qian, op. Cit., vol II, p. 114 100 Ibid., p. 40 101 Ibid., p. 14 69 Otoño), que las fiestas anuales del pueblo campesino, disposición cíclica de las faenas del campo e ideas sobre la fertilidad natural y humana (referidas en el Clásico de las Odas), junto con el ritual y las relaciones familiares, son fundamentos de la reflexión y la sacralidad en la escuela. Abrevan de las fuentes del pensamiento antiguo, y constituyen la base de su atractivo, pero sólo fueron constituyéndose dentro de su canon paulatinamente. Los Cinco Clásicos eran ya estructuras abiertas, que mediante interpolaciones y reediciones iban transformándose para responder a las necesidades que surgían; en efecto, sus textos no quedarían fijados sino hasta el año 175 E.C., cuando por orden imperial se grabarán sus caracteres en piedra y se colocarían al frente de las puertas de la Academia. La Emperatriz Wu Zetian, en 692 E.C., ordenará una nueva creación de estelas que fijara el texto de los Clásicos, lo cual indica que durante varios siglos seguirá sin ser unificado su contenido, aunque ya se habrá reducido bastante la diversidad de sus ediciones, respecto del periodo anterior a la Academia imperial. Pero el listado de Clásicos se complementaría con otros textos, principalmente con el Mengzi 孟子 , los Analectas y el Clásico de la Piedad Filial Xiaojing 孝經 , durante la dinastía de los Han Anteriores (206 A.E.C.-6 E.C.). Varios textos de los Clásicos serán tratados como obras separadas, tal como los tres apartados que forman el Clásico de los Rituales, de los cuales el Liji será editado nuevamente durante la dinastía Song (siglo X-XII) como el Gran Estudio (daxue 大學 ), y el Zuo Zhuan, comentario histórico que formaba parte de los Anales de Primavera y Otoño, incluido junto con otros dos comentarios históricos ligados a la misma crónica. En total se llegaría a hablar de los Trece Clásicos en tiempos de los Han Posteriores, que incluyen textos tan dispares como el Erya 爾雅 , del siglo III A.E.C., un tesauro enciclopédico donde se tratan las relaciones familiares lo mismo que una clasificación de flora y fauna, una rica obra de historia natural. No era, sin embargo, la única forma de integrar nuevas doctrinas, a veces divergentes con los primeros textos, como si se tratara de la incorporación de las fibras principales del entramado de sus tradiciones en ciernes en un mismo corpus textual. La metáfora es válida por cuanto que otras ideas 70 ajenas se traducían a la terminología propia de la escuela a través de un género de textos especialmente floreciente a mediados de la dinastía Han y después durante la dinastía Jin (260-420), los apócrifos, traducción común de wei 緯, que describe las cuerdas secundarias de un tejido; el carácter para Clásico, jing 經 , en correspondencia, se refiere a los hilos primarios, fundamentales (en suma, la trama y la urdimbre)102. A lo largo del tiempo, como es de suponerse, los límites entre Clásico y Apócrifo se tornaban difusos y se entremezclaban. Con el canon daoísta de definición más tardía (siglo III E.C.) el caso será muy semejante en cuanto al reconocimiento del Yijing y el Liezi 列子 como añadidos fundamentales a la dupla formada por el Libro del Camino y la Virtud y el Zhuangzi. El canon, en consecuencia, no era un sistema rígido, sino un compendio jerárquico de obras sagradas más bien flexible, donde libros de distinto origen podían ser incorporados o excluidos del sistema según los intereses intelectuales de la corriente y las circunstancias externas. Eran movimientos a largo plazo que ampliaban o reformaban la tradición. Esta clase de textos permitieron incluso a los clasicistas, cuyo corpus era fundamentalmente histórico, domesticar el cúmulo ingente de textos históricos del periodo de Reinos Combatientes (403-221 A.E.C.), que incluía en especial innumerables escritos, adiciones a los Anales de Primavera y Otoño. Igualmente varios apócrifos del Yijing, algunos adjudicados al mismo Confucio (quien supuestamente los habría escrito con fines didácticos) facilitaron que la tradición moralista de la Escuela pudiera adaptarse, por ejemplo, a las condiciones políticas y legales autoritarias y centralizadas propias del imperio (pues Confucio y sus sucesores nunca habrían pensado en un Emperador absoluto a la manera de Qin Shihuangdi,pero esas eran las circunstancias durante la dinastía Han, para la cual su doctrina ocupaba una posición preeminente), o conciliar con la numerología y la teoría de los Cinco Elementos, en boga durante la dinastía Han, un texto que en su cuerpo principal para nada la tomaba en cuenta 103. Incluso la tradición budista recurrirá 102 La traducción de este término chino a las lenguas occidentales bajo el vocablo en cierta medida despectivo de “apócrifo”, por parte de los sinólogos, no es gratuito. En el mismo sentido lo define la crítica escuela clasicista llamada de los Textos Antiguos, surgida a comienzos del siglo I y fundamento de la Escuela del Estudio del Principio ( 理學 ), conocida por nosotros como Neoconfucianismo, dominante durante todo el Segundo Milenio. Cf. Fung Yu-lan, Op. Cit., p. 94, n. 2. 103 Ibid., cap. 3, p. 79-118 71 siglos después a este género y clasificación104. Sólo comprendiendo así el concepto de canon se entiende que la corriente interpretativa de los textos sagrados chinos reputados como los más antiguos conocidos (de ahí el apelativo de “Clasicistas”, ru 儒 , con el que eran conocidos, pues pese a que otras escuelas también lograran o pretendieran estructurar un canon de Clásicos, éstos eran los preservadores del pasado reconocidos por excelencia) sufriera tantos cambios a través del tiempo; ninguno de sus escritos, ni siquiera los supuestamente más arcaicos es un estanco cerrado. Una consecuencia notable es que, durante el periodo de los Reinos Combatientes, la Escuela de los clasicistas, que discrepaba con prácticamente todas las corrientes de pensamiento de su época y de cuyas polémicas directas abundan testimonios, a comienzos de la época imperial 105 sólo sostenía dos conflictos aún latentes: el ya conocido capítulo contra los legalistas, y la pugna con el Mohismo (mojia 墨家 ). De ésta última conservamos restos de su canon, que al parecer apenas estaba en formación durante la dinastía Qin y Han. Vestigios de dos esbozos de cánones mohístas preservados en el Libro 10 del Mozi indican un esfuerzo por generar una base textual firme y unificada, cuyo fracaso implicó su exclusión de las Cortes y la clandestinidad de la escuela por más de mil quinientos años, hasta las recopilaciones y comentarios realizados por eruditos en el siglo XIX 106. Es posible que se viera superado por la solidez del canon rujia, completado en lo esencial hacia el siglo III A.E.C., y por el monopolio que le fue concedido a éste en la Academia Imperial fundada por Wudi, tras lo cual a los mohístas les depararía la clandestinidad y el gradual olvido durante más de un milenio. 104 Con todo, los sutras principales del budismo integrantes del canon de las diversas sectas de la religión son también diálogos entre Buddha o alguna advocación búdica y discípulos aventajados, y contrastan bastante con la literatura erudita contenida en los Tratados y Exposiciones de los grandes maestros. Se trata al fin de cuentas una tradición de práctica religiosa, enseñanza y comentarios basada en textos esenciales, por lo que lograría entrar pronto en consonancia con el ámbito intelectual de las Cortes chinas, donde muchos de sus primeros maestros extranjeros difundirían la religión y sus primeras glorias nativas se formarían inicialmente como clasicistas o taoístas. No son raros los comentarios budistas de los Clásicos de éstas escuelas, de hecho, lo que atestigua la importancia prioritaria del texto y la exégesis además de la dependencia intelectual de cualquier maestro respecto de escrituras originarias y personajes sabios. 105 Kai – Wing Chow et al., Imagining Boundaries. Changing Confucian Doctrines, Texts, and Hermeneutics, Albany, New York, State University of New York Press, 1999, p. 130 106 Nylan, op. Cit., p. 34. Se menciona además el efecto de la Quema de Libros ordenada por el Primer Emperador, pero las implicaciones de este acontecimiento para la Escuela no aparecen explícitamente en ninguna fuente ni se conservan testimonios de la escuela sobre el suceso, por lo que no se debe sobredimensionar este hecho, que se aborda con cuidado posteriormente. 72 El canon de Clásicos permitió a su vez incorporar planteamientos enteros de diferentes escuela, ya bien entrada la dinastía Han. Si se comparan las principales ramas de estudio tanto dentro de la Ortodoxia clasicista como del daoísmo, se distinguen vestigios de la Escuela del Yin Yang y los Cinco Elementos (yinyang wuxing 陰陽五行 ), fundada por Zou Yan (305-240) en la tercer centuria A.E.C., y ciertos aspectos del Nominalismo (mingjia 名家 ), que se convertirían, entre los siglos III y I A.E.C., en disciplinas y áreas cultivadas como parte integral de su enseñanza durante dos mil años107. Hay que decir, sin embargo, que la doctrina del Yin Yang y la correspondencia numerológica y con los Cinco Elementos se desarrolló en distintas vertientes a lo largo de los siglos, todas las cuales se desarrollarían dentro del clasicismo a partir de la dinastía Han, lo que implicaría una correspondencia con las virtudes confucianas y con la historia y política. Otra escuela menos desarrollada por sí misma, la de los matemáticos, floreció de modo considerable cultivada por los estudiosos clasicistas, mientras que la medicina y alquimia derivada además de otras tradiciones menos conocidas no fue ajena para éstos ni mucho menos para los daoístas108. Los desacuerdos teóricos, agudos o leves, fueron conciliados con éxito a través de los textos y en los recintos de la Academia Imperial. Esto resultaba fundamental, porque en la medida en que permanecían cerca del poder, se sincronizaban con los intereses de las elites y los postulados de un compromiso político concreto. Naturalmente no hay que suponer que las discrepancias entre las corrientes surgidas en el seno de una Escuela fueran de poca monta o tendieran a desaparecer como otras tradiciones originarias de pensamiento, sino que en adelante quedarían encubiertas bajo el aparente manto unificador de un puñado de tradiciones textuales hegemónicas en virtud de sus cánones escritos o de la influencia que lograran ejercer en la Corte sus interpretaciones de textos e historia antigua. La llamada Escuela de los Textos Antiguos, por ejemplo, rechazaría varios textos e interpretaciones esotéricas, especialmente los 107 Incluían la adivinación y las prácticas de alquimia vinculadas a Zou Yan, entre otros maestros, la teoría de la rectificación de los nombres, ostentada por los Nominalistas y favorecida por los rujia, aunque con muy aisladas referencias directas incluso en los Apéndices del Yijing y los Analectas, el análisis del lenguaje y la distinción entre propiedades y sustancias propia de la erística de Hui Zhe y Kong Suan, predilecta, aunque con reservas, de la tradición argumentativa del Zhuangzi, del siglo V A.E.C., como los sofistas mencionados. 108 Cf. apartado “Reflexiones sobre la Quema de Libros” en este capítulo. 73 Apócrifos, privilegiando las palabras directas de Confucio; ya en la dinastía Song propondría los Nueve Clásicos, producto de la suma de los Cinco Clásicos y los los Cuatro Libros (sishu 四書 ): los Analectas, el Mengzi, el Gran Estudio (daxue 大學), y la Doctrina de en Medio (Zhongyong中庸). Lo que sí era impuesto a la comunidad intelectual eran la unificación de autoridades, la verticalidad, sistematización y burocratización de la enseñanza, además del canon sujetando férreamente los límites en las palabras de los maestros como nuevas divisas. Bajo la férula de las antiguas escuelas los escolares no mostrarán aspiraciones ya por reivindicar el comienzo de una tradición propia, sino perfeccionar su sentido (aunque eso conllevara la transformación radical de la enseñanza en un momento dado). El canon sería resultado del esfuerzo de las Escuelas por generar mecanismos de cohesión que las dotaran de identidad ante el poder hegemónico para facilitar su propia institucionalización dentrodel régimen. La figura de Confucio será crucial en este trance, pues será durante el siglo II cuando se le reconocerá como autor, personaje central o editor del grueso de las obras, una concesión que va mucho más allá de todo el reconocimiento que ya se le brindaba en vida. El tránsito de un entorno ideológico dominado por la pluralidad y la renovación constante, donde ni una sola Escuela podía alegar algunos rasgos de identidad indiscutida a través de obras escritas, muy en consonancia con la carencia de un centro político hegemónico, a la solidificación de tradiciones de interpretación, en el grado en que se verá después tiene evidentes vínculos con la forja del Imperio. Un proceso consumado al cabo de múltiples intentos y refrendado sin cesar durante dos milenios, no fue menos complejo en su vertiente ideológica, aunque durante los primeros siglos se establecieron las formas propias del aparato de producción ideológica oficial además de las normas de convivencia entre corrientes antes hostiles bajo un mismo techo en la única Ciudad Imperial. El objetivo de Wudi era elegir de entre el espectro de doctrinas divergentes a la doctrina mejor caracterizada. 74 Parte II. El budismo como aglutinante de la espiritualidad china durante las invasiones nómadas y segunda reunificación (589 E.C.). La revisión de los acontecimientos históricos durante los siglos que siguieron a la caída de la dinastía Han (221 E.C.) muestran tiempos de crisis y recomposición social, política y cultural en China. Se trastornó por completo la correlación de fuerzas e influencias de las doctrinas de pensamiento endémicas y penetró por la Ruta de la Seda y la marítima de las Especias una religión proveniente de la India: el budismo. En los siguientes capítulos se revisarán las circunstancias en torno a la disgregación y reunificación de China, para concluir con un somero examen de la religión venida de la India, sus formas de organización y sus relaciones con otras corrientes religiosas y filosóficas. Capítulo 4. El hundimiento del Imperio y la China “bárbara” La historiografía Tang rememora la desastrosa toma de las capitales imperiales 109, Luoyang (311 E.C.) y Chang’an (316 E.C.), y la ejecución de dos Emperadores, Huai y Min, durante sendas razias, a cargo de la soldadesca mercenaria de las estepas y montañas ubicadas en los flancos desérticos del Imperio 110. La decadencia moral de emperadores indiferentes y funcionarios despreocupados son presentados como la causa111 de que la mismísima civilización imperial, acuñada durante más de cinco centurias de historia dinástica, se viera socavada en sus cimientos. Desde una perspectiva más objetiva, el colapso de un régimen, sostenido esencialmente por una fuerza militar a la que fue incapaz controlar, hundió en la zozobra una forma de gobernar que se creía bien consolidada antes de que la civilización por 109 Desde tiempos de la dinastía Zhou (primer milenio A.E.C.) y hasta el final de la dinastía Tang el centro de irradiación de la cultura y la política chinas se alternaba o se orquestaba desde estas dos urbes vinculadas por el río Amarillo y sus afluentes. 110 Un mercader del Centro de Asia, Nanai Vandak, refiere con dramatismo en una carta hallada en Dunhuang (último bastión militar chino hacia el este en la Ruta de la Seda) a comienzos del siglo XX que “el último Emperador -según dicen- huyó de Saragh [Luoyang] a causa de la hambruna y su palacio y la ciudad amurallada fueron incendiadas”, citado por Arthur Wright, Op. cit. p. 42; la traducción completa y una reproducción fotográfica de este documento aparece en Annette L. Juliano, Monks and merchants, p. 74. Se refiere al saqueo de 311 y a la huida del Emperador Huai. 111 El Jin Shu (648), Historia de Jin, escrita por Fang Xuanling, refiere que cuando el último Primer Ministro de la dinastía Jin del Norte fue capturado por los Xiongnu, alegó en su descargo nunca haber estado interesado en política, lo que le valió la airada cuan improbable respuesta del Jefe bárbaro: “Tú entraste al servicio imperial desde muy joven, hiciste un nombre para ti mismo por doquier dentro de los Cuatro Océanos y ahora ocupas el más alto cargo. ¿Cómo puedes decir que nunca has tenido ambiciones políticas? ¡Si un hombre es responsable por la ruina del Imperio, ese eres tú!” Citado por Arthur Wright en Buddhism in Chinese History, p. 43. 75 completo antagónica de los invasores se apoderara de la cuenca del Río Amarillo como de botín de guerra y extirpara de un plumazo la influencia de las antiguas familias de caudillos, acaudalados terratenientes, funcionarios intelectuales y sabios versados en el antiguo ritual. El grueso de ellos escapó en desbandada hacia el sur 112, siguiendo los pasos de Yuandi (317-323), quien sería el primer Emperador de la dinastía Jin en gobernar desde Nanjing, como sus sucesores lo harían hasta 420, año del fin de la dinastía. Su significado a la postre, no obstante, fue más allá de la erradicación del efímero gobierno de los Sima en el norte de China. Se asistía a la devastadora entrada en escena de un factor siempre latente, al cual la historiografía, la estética de los letrados, la hostilidad de los gobernantes -en su intento por difundir una noción de la identidad han hostil hacia lo ajeno y revestida de imperativos beligerantes- se habían esforzado por excluir como foco generador de cultura: lo bárbaro. El término bárbaro (hu 胡) se usaba, por lo menos desde la dinastía Zhou (1050-256 A.E.C.), para denominar a los pueblos no han, aquellos que se distinguían en sus costumbres, sus hábitos, sus usos políticos y sus prácticas religiosas de los partícipes del legado de Zhou. Éstos no se hallaban bajo la tutela del Cielo ni poseían el conocimiento de la comunicación escrita; tampoco se servían de la agricultura como medio fundamental de subsistencia ni llevaban una la vida sedentaria en los márgenes del Río Amarillo. No obstante, esa denominación no parecía establecer una distinción tajante en tiempos antiguos entre ambas formas culturales, si atendemos al intenso intercambio que se dio en los aparentes confines de la civilización establecida. Apoya esta idea el incesante ir y venir de bienes, de lujo algunos, como la seda que salía de China o el jade de la cuenca del Tarim, el ámbar y las maderas preciosas de Siberia, de consumo otros, como el trigo de las llanuras chinas o las pieles y caballos de 112 El “sur” de China en esta época debe entenderse como las actuales provincias de Anhui, Hubei, Jiansu y Zhejiang y las principales capitales fueron Nanjing y Hefei. Estas regiones se corresponderían con el límite meridional de la presencia de la población china han y coinciden parcialmente con el territorio de los antiguos reinos de Chu u Wu (siglos VI-III A.N.E.). Durante las primeras dinastías, colonos de origen chino a penas lograron asentarse superficialmente en territorios más al sur como el actual Guandong. Será justamente el flujo migratorio que se iniciará en el periodo de las dinastías del Norte y del Sur (más de un millón de personas a comienzos del siglo IV, según Jacques Gernet, El mundo chino, trad. Dolores Folsch, Barcelona, Crítica, 1999, p. 160), el traslado de la Corte a Nanjing en 317 y la expansión económica que estos cambios provocarían en la región lo que fomentará la expansión demográfica han, mientras que factores como la penetración del taoísmo, contribuirán a la difusión de su cultura. 76 los rebaños de los nómadas 113. También fluyeron desde la antigüedad ideas tan cruciales como tecnologías metalúrgicas y bélicas, quizá el mismo arte ecuestre114. Durante el periodo de los Reinos Combatientes (403 A.E.C.-221 A.E.C.), alianzas bélicas entre reinos nómadas y otros reputados como han apuntan incluso a que unos y otros integraban un mismo conglomerado geopolítico. Varios de los primeros reinos en sacudirse la tutela de Zhou, como Chu, Wu y Yan, los cuales no tardaríanen convertirse en fuertes contendientes por la hegemonía en contra de Qin y reinos más claramente “chinos”, eran de cultura no han (uso de ritos chamánicos, prácticas metalúrgicas más desarrolladas) y fueron por ello vilipendiados por los clasicistas en épocas posteriores.115 Una revisión cuidadosa de la historia de los pueblos nómadas asentados en la frontera norte (a quienes se dirige más concretamente la denominación hu en la historiografía del periodo) saca a la luz los frecuentes intercambios, la confrontación recurrente y la paulatina asimilación que muchas veces tuvo lugar en las regiones esteparias fuera de las murallas del Imperio. Uno puede verse tentado incluso a considerar el devenir de esos, a veces aliados, a veces contendientes, como la contrapartida fundamental de la historia china. Durante la formación del Imperio, por otro lado, este antagonismo fue acicate para una actividad conquistadora y el imaginario sobre los “bárbaros” contribuyó a la definición de la identidad cultural china, entonces aún en ciernes. Movidos por los dictados del pastoreo al que dedicaban las fuerzas esenciales de su vida comunitaria, por una vigorosa vocación comercial que se beneficiaba de la vecindad de economías 113 La motivación primera de Wudi de Han (141-87 A.E.C.) para enviar la expedición de Zhan Qian al centro de Asia no fue otra sino la de dar con los exóticos caballos que sudan sangre, portentosos ejemplares de gran tamaño y resistencia que contribuyeron a mejorar la capacidad combativa del ejército chino. Cf. Irene M. Frank y David M. Brownstone, The Silk Road. A History, New York, Facts on File, 1986, p. 178-180. Hasta mediados de la dinastía Tang (siglo VIII E.C.), la movilidad de los ejércitos en el centro de Asia descansaba sobre los animales engordados en los pastos imperiales de Gansu, cuya crianza dependía de los hábiles jinetes de origen nómada; las manadas caballos se integraban y fortalecían aun entonces mediante el comercio con las estepas del norte. Cf. Gernet, Op. cit., p. 245 114 El salto tecnológico que representó la posibilidad de producir los célebres bronces Shang (segundo milenio A.E.C.) sugiere la influencia de pueblos en las fronteras que transmitieran mejoras en las técnicas de fundición. Cf. Irene M. Frank, Op. cit., p. 45. El duque de Liu y la revolución ecuestre durante los Reinos Combatientes Cf. Di Cosmo, Op. Cit., p. 54. En épocas posteriores no cesaría la magnitud de los intercambios. La adopción del uso del estribo y la carretilla, así como el cultivo de la alfalfa abrió enormes posibilidades para la expansión y la militarización durante la dinastía Tang. 115 Cf. Constance Cook y John Major, Defining Chu. Image and Reality in Ancient China, Honolulu, University of Hawaii Press, cap. 2 77 complejas o de importantes rutas de caravanas, empujados por la siempre incierta marea de movimientos migratorios ocasionados por circunstancias dictadas más allá del desierto del Gobi, innumerables pueblos de origen escita, turco, mongol... erigieron, durante más de dos mil años, desde frágiles pero agresivas organizaciones clánicas hasta poderosos imperios sustentados en una sólida y versátil federación tribal. El imperio de los Xiongnu, primero de una sucesión que incluiría al kitán, al mongol y al manchú, surgió paralelamente, y en buena medida en respuesta, a la emergencia del Imperio de los Qin. Nicola di Cosmo argumenta 116 que las incipientes murallas edificadas durante el periodo de los Reinos Combatientes (403 A.E.C.-221 A.E.C.), tanto como la primera Gran Muralla de Shi Huangdi, eran baluartes para el ataque (y no meramente para defensa, como se había dado por cierto) sobre una rica y permeable frontera y en contra de enérgicos y prósperos reinos nómadas que amenazaban los proyectos chinos de centralización y expansionismo 117. El fracaso del Primer Emperador precipitó su caída y obligó a los primeros gobernantes Han a someterse por más de medio siglo como vasallos del primer gran reino nómada, hasta la contundente campaña de Wudi (141-87 A.E.C.)118. No es de sorprender que las varias décadas de confrontación que culminarían con la destrucción del imperio Xiongnu, la penetración militar más exitosa de cualquier dinastía de origen chino en los territorios esteparios del norte y el dominio sobre la naciente Ruta de la Seda generara entre los ideólogos oficiales un radicalismo que impregnó en adelante la percepción de esa frontera119. 116 Nicola Di Cosmo, Ancient China and Its Enemies, pp. 127- 159 117 En los textos arcaicos y la historiografía del periodo se recuerda cómo las dinastías semilegendarias de los Shang (segundo milenio A.E.C.) y los Zhou movieron su capital hacia el norte (al valle del río Wei, donde se edificó posteriormente Xianyang, Capital de Qin Shi Huangdi, y Chang’an, capital de los Han Anteriores) para combatir mejor a los bárbaros y que incluso varios emperadores fueron muertos en estas campañas. Las interpretaciones posteriores enfatizan el carácter defensivo de estos movimientos pero la lógica bélica y expansionista aquí señalada indicaría por lo menos visos muy antiguos de agresión. 118 El título póstumo Wu 武 , carácter que puede traducirse como “bélico”, fue un adjetivo dado por los letrados a gobernantes de varias dinastías luego de fallecidos. Como Wudi 武帝 , Emperador Marcial, serviría para denominar a uno de los emperadores más ambiciosos, capaces y longevos de la dinastía Han, y hacía referencia a su proclividad por la expansión militar. Esta inclinación, sin embargo, no era vista con buenos ojos por los clasicistas, quienes recomendaban cuidar de la política interior en vez de permitirse extravíos hacía regiones “bárbaras”. Sobre otras coincidencias históricas relacionadas con este título, cf. n. 129 119 Este clima tenso se manifiesta en el memorial que un funcionario de la Corte envió al emperador Guangwu (r. 25-57 E.C.) para mostrar su desacuerdo con la decisión de sustituir la guardia militar en las fronteras del norte por colonos Xiongnu, en un tiempo en el que ya no eran una amenaza directa, sino pueblos sinicizados: “La ferocidad y crueldad de los Xiongnu ha sido notoria desde el tiempo de los Zhou y los Qin, quienes fueron arrasados por sus depredadoras incursiones fronterizas; y en el arribo de Han su depredación llegó a ser todavía más audaz... Durante el reino del 78 Ello es patente en la caracterización que el historiador Ban Gu (siglo I E.C.) hace de los no han, y de los Xiongnu en particular, presentándolos como de beligerancia crónica, con ínfimas instituciones, primitivas leyes y elemental modo de supervivencia, además de que se esfuerza por mostrar la guerra de conquista de Wudi como la reducción de la barbarie por parte de la civilización y la incorporación de aquella por la vía de la conquista al Orden Cósmico dictado por el Cielo y materializado por el Emperador con sus designios 120. Vilipendiados por sus hábitos alimenticios, en lo fundamental carnívoros, por su vestimenta de pieles y no de telas, por su escaso respeto por las jerarquías en la familia y sus pobres relaciones con los antepasados, por su ignorancia de la escritura y en consecuencia de los Clásicos, la distancia que separaba a los han de los nómadas era tanta como entre la cultura humana y el estado natural121. Esta dicotomía cultural se mantuvo durante los siglos de división política que corresponden al periodo de las dinastías del Norte y el Sur (316-689 E.C.), si bien el desplazamiento de los linderos políticos y culturales hasta el sur de los ríos Huai y el Han (afluente del Yangzi, cuya importancia cultural e histórica se adivina ya por el nombre, Han jiang 漢江 , río Han) modificó de forma evidente la relación de fuerzas entre los frustrados y desplazados defensores de la Alta Cultura y unos nómadas que ya no formaban más parte de una amenaza lejana, sino que eran los nuevos dictadores del orden Emperador Wu se reclutarontropas para disciplinar a los barbaros, y lograron expulsarlos y tomar posesión de ese país. Los Xiongnu se dirigieron entonces al norte, desierto adentro. Empalizadas fueron erigidas para marcar las fronteras, los caminos fueron dotados con torres de vigilancia, se construyeron nuevas murallas para las ciudades y se establecieron colonias militares para mayor protección. Después de esto hubo periodos de paz en la frontera... si ahora nosotros abandonamos la frontera y la guardia en las empalizadas, daremos gran ventaja a los bárbaros... China es un imperio que disfruta los beneficios de la civilización y la instrucción, y tiene también penas y castigos para los criminales. Todavía hay gente embrutecida que transgrede los estatutos. ¿Cuánto menos será capaz el Shenyu [líder de los Xiongnu] de impedir [por sí sólo] que su pueblo rompa el tratado [de paz]?”; el texto aparece en el capítulo 88, Xiyu juan “Chapter on the Western Regions”, de The History of the Former Han, vol. 2, 2a ed., traducido por Homer Dubs; consultado el mes de enero de 2010 en http://depts.washington.edu/silkroad/texts/hhshu/hou_han_shu.html#sec1 120 El verso consignado por Ban Gu, con el que concluye el capítulo 94 del Han Shu y reproducido en el 88 de la Historia de los Han Posteriores, Hou Han Shu, compilada durante el periodo de las Dinastías del Norte y el Sur, pone en relieve las diferencias culturales que distinguen ambos pueblos en pugna: “Los Hu del Oeste se encuentran muy lejos. / Ellos viven en una zona exterior. / Los productos de sus países son bellos y preciosos, / pero su carácter es frívolo y sanguinario. / Ellos no siguien los ritos de China. / [Como] los han tienen los libros canónicos, / ellos [los Hu] no obedecen el Camino de los Dioses. / ¡Qué lástimoso! / ¡Cuánta obstinación!”, traducido por John E. Hill en The Western Regions according to the Hou Hanshu; consultado el mes de enero de 2010 en http://depts.washington.edu/silkroad/texts/hhshu/hou_han_shu.html#sec1 121 Sin embargo, es de notar la actitud mesurada al respecto de Sima Qian, buen conocedor de la realidad en la frontera, que lo llevó a justificar en sus textos las instituciones Xiongnu e inclusive a reconocer en varias de ellas mayor virtud. De su lectura de los mitos sobre el origen de esos pueblos concluye que los Xia fueron antepasados comunes con los chinos. Cf. Sima Qian, op. Cit, cap. 110, p. 155-192 79 político. También se definían según tal disociación cultural las relaciones de dominación en el norte invadido a lo largo del caótico periodo conocido como el de los Dieciséis Reinos, entre el 304 y el 431 E.C., cuando oleadas incesantes de orgullosos pueblos invasores pertenecientes a los denominados Cinco Barbaros (wuhu 五胡 )122 se sucedían intermitentemente en sojuzgar a una población en su mayoría de origen han, que era discriminada, no sólo por su estatus de población sometida, sino también y de forma agravada, por la hostilidad prevaleciente entre los dominadores hacia las poblaciones sedentarias. Esto contribuye a explicar la escasa implementación de métodos administrativos para recaudar o incrementar la riqueza agrícola así como los desplazamientos arbitrarios de población y el despojo de los campesinos tan frecuentes con cada nueva campaña de la dinastía en turno. Estos rasgos del nuevo poder en el norte explican en buena medida el desmantelamiento de la economía de esa importante región, al quedar las actividades que la caracterizaban simplemente fuera del panorama político de los incipientes estados. Circunstancias añadidas como las dificultades de conquistadores nómadas para fundar establecimientos duraderos 123 y los estragos ocasionados por un permanente estado de guerra explican el enorme retroceso que sufrieron las otrora prósperas ciudades del norte. El comercio, que se estructuraba en torno al intercambio de granos para abastecimiento de las urbes, se vio tan afectado que la moneda no volvió a circular regularmente sino hasta comienzos del siglo VI E.C.124. En comparación con la situación preponderante en el Valle del Río Amarillo y sus fronteras, 122 Se trata de los tres grupos de ascendencia turca, los Xiongnu, los Xianbei y los Jie, y los grupos prototibetanos y tanguts Qiang y Di. Ninguno de ellos gestó alguna unidad política análoga al imperio Xiongnu de siglos atrás y su forma de subyugación fue más bien difusa al principio. Entre esos Dieciséis Reinos hubo tres reinos chinos: el de los Liang anteriores (314-376) y de los Liang occidentales (397-420), ambos asentados en Gansu y relevantes por su control sobre la ruta de la Seda y su participación en el fortalecimiento del budismo, y el de los Yan del Norte (409-439), establecidos en el actual Liaoning y fervientes patrocinadores del taoísmo y el budismo; su origen, sin embargo no marcó mayores diferencias en cuanto a su forma de ejercer el poder o en la igualmente breve duración de sus linajes. Juliano, Op. cit., p. 41-75 123 La dinastía de los Zhao anteriores (304-329), para poner algunos ejemplos, trasladó su capital cuatro veces durante sus 25 años de existencia. Hacia fines de ese siglo, la dinastía de los Yan occidentales hizo lo mismo en tan sólo una década, para luego desaparecer como fuerza relevante. Es de destacar que ambas dinastías ocuparon por algunos años una Chang’an en ruinas como su capital. 124 Jenner, Op. cit.,p. 73 80 donde la demografía tomaría la fisonomía de un inestable mosaico de aristocracias nómadas rivales en sucesión, los ámbitos cortesanos en el sur, de existencia mucho menos turbulenta, podrían darse el lujo de definirse como preservadores de una superior cultura ancestral y los guardianes de la memoria de los grandes logros dinásticos de antaño. Sin embargo, la dinastía centenaria de los Jin (265-420 E.C.) orientales, así como los cuatro linajes de corta vida que la sucedieron, estaban marcados por fuertes tensiones sociales que impedirían concertar esfuerzos de reconquista hacia el norte y apenas permitieron contener los frecuentes ataques que de allá procedían. El gobierno de los herederos de la tradición imperial padecía de una debilidad crónica, pues los grupos gobernantes se encontraban recluidos en territorios antes considerados colonias, rebasados y apabullados por los terratenientes aristócratas, cuyo poder derivaba justamente de ese estado lamentable de fragmentación; en las grandes Villas de los aristócratas privaba la virtual autarquía económica. La rivalidad entre las familias y colonos chinos de antigua estirpe y los recién llegados fue diluyéndose poco a poco, pero los esfuerzos del poder central por reducir la influencia de los grandes propietarios agrícolas difícilmente tuvieron algún alcance antes de la segunda mitad del siglo V E.C. No habría vestigios de un importante auge comercial sino en vísperas de la reunificación (un proceso cuyo ímpetu finalmente provendría del norte). A pesar de ello, las continuas influencias del centro de Asia y la India que llegaban por la Ruta de la Seda (a través del Sichuan) y los puertos sureños de Guangdong, introdujeron importantes corrientes del budismo, que consiguieron incluso el favor y el fervor de varios gobernantes, como el del emperador Wu de Liang (502-557 E.C.), lo cual de paso colocaba en una situación comprometida y disminuida a los estudiosos de los Clásicos y a los daoístas. La escisión cultural entre el factor han y el no han, empero, se manifestó de forma inesperada durante la dinastía de los Wei del Norte (386-534 E.C.), el mejor consolidado y más duradero poder de origen nómada al norte del río Han durante esta época. Su obra en favor del fortalecimiento del Estado institucionalizado, la centralización del poder y la expansión con vistas a la unificación de China 81 constituyó el primer empeño sólido por revivir el Imperio y se convertiría, como veremos, en referente obligado para las dinastías subsecuentesde los Sui (581-617 E.C.) y los Tang (617-907 E.C.), exitosos en culminar la nueva amalgama entre el norte y el sur. Tai Wudi (reinó de 424 a 452 E.C.), el soberano artífice de estos decisivos logros, llevó a cabo intensos afanes por hacer de su federación tribal y nómada un Imperio bajo las formas chinas, lo cual representaría un parteaguas en las tendencias del periodo y el punto álgido de la asimilación cultural del modelo civilizatorio han por parte de pueblos extranjeros durante el primer milenio. Heredero del clan Tabgach (Tuoba en su transcripción fonética del chino), que como linaje fuera forzado por los “Cinco Bárbaros” a permanecer hasta hacía unos lustros en las inmediaciones del río Amur, en la actual región autónoma de Mongolia Interior, supo llevar a buen puerto los avances de sus antecesores sobre el Río Amarillo, al obligar a los Xiongnu a replegarse (todo parece indicar que definitivamente pues no volverían a aparecer como fuerza beligerante de importancia en las fronteras chinas), y al destruir los últimos grandes reinos hostiles que controlaban Chang`an y la actual provincia de Gansu, esto es, la Ruta de la Seda. De entre los gobernantes nómadas, fue el más susceptible a la influencia de los letrados y funcionarios confucianos y daoístas que llevaban décadas buscando efímero acomodo en las Cortes en boga. Consejeros con esta formación en su séquito itinerante, como fue el caso de Cui Hao (¿-450 E.C.), intervinieron en la elaboración de sus políticas en favor de la sinización: creación de un cuerpo de funcionarios (primordialmente chinos) dedicados a la recaudación del impuesto agrícola, promulgación de un código penal que sustituyera el derecho consuetudinario y marcial que aplicaba sólo para los miembros del clan según sus méritos de conquista, repartición igualitaria de tierras en las regiones fronterizas para manutención de los establecimientos militares, asentamiento de la aristocracia Tuoba en una capital erigida ex profeso, Pingcheng (actual Datong), para facilitar las decisiones de gobierno e impedir la fácil sublevación de parientes o jefes militares descontentos, así como multitudinarios desplazamientos de familias campesinas y artesanas para diversificar la economía 82 urbana y dar viabilidad a la capital. Este movimiento hacia la sinización puso al descubierto como nunca antes la contradicción fundamental del budismo en China durante los siglos de predominio de las corrientes indias: ser una religión de señalado origen extranjero cuyos valores esenciales diferían de los enarbolados por las corrientes nativas de pensamiento e influencia política. El consejero Cui Hao, apoyado por el hábil monje daoísta Kou Qianzhi (365-448 E.C.), instigó la primera gran persecución del budismo, entre 445 y 450 E.C., al tiempo que buscaron la formación de una clerecía daoísta oficialmente sancionada y por completo respetuosa de los designios del Emperador. Estas medidas radicales se materializaron por el eco que tuvieron en el ánimo de Tai Wudi, desconfiado de la sumisión y lealtad de una institución monástica con creciente riqueza e influencia en la sociedad125, pero muy notablemente por su rechazo a doctrinas que él con claridad identificaba como de origen no chino 126 y la identificación que hacía del daoísmo, al que buscó favorecer como la fe suprema, con la religión china por excelencia. Sin embargo, la influencia confuciana en la Corte disminuyó tras la ejecución de Cui Hao, probablemente forzada por antiguos altos mandos militares que estaban siendo desplazados por chinos reclutados en la burocracia del Estado, en atención al nuevo esquema de organización de cargos públicos y militares defendidos por el letrado. La influencia del daoísmo también entró en crisis con la muerte de Kou Qianzhi, pues, sin su poder de persuasión en la Corte, el sucesor del emperador Tai Wu eliminó la iglesia daoísta estatal que comenzaba a erigirse y obligó a sus principales propugnadores a escapar al sur. El budismo, por otra parte, retornaría de modo gradual a los espacios de los que había sido expulsado aunque de un modo condicionado. En efecto, la idea de controlar burocráticamente a las comunidades monásticas persistiría casi sin excepción durante los siglos venideros. Episodios de rivalidad, persecución y represalia entre daoístas, confucianos y budistas serán recurrentes y de especial agresividad durante las Tres Persecusiones del Budismo 127, si bien el rápido restablecimiento de la 125 El detonante para el edicto de proscripción fue, como ocurriría en otras ocasiones, el descubrimiento de armas en varios monasterios para el apoyo de sublevados. 126 Kenneth Chen, op. Cit., p. 174 127 Una incidencia histórica relacionada con el título Wu 武 hace que tres Emperadores bautizados póstumamente de esa 83 comunidad monástica hace pensar en mecanismos de resistencia que requieren explicación y en cierta exageración por parte de los monjes cronistas en cuanto al nivel de su iconoclastia y violencia. Xiao Wen (reinó entre 467 y 499 E.C.), hijo de la concubina china Feng, llevaría más allá el esfuerzo de sinización de su abuelo, pues fue él quien hizo revestir las rehabilitadas instituciones chinas con el manto ideológico de la antigüedad. Reintrodujo la formación moral basada en textos clásicos para los funcionarios, así como la evaluación regular de los funcionarios e incentivos para su actuación honesta y eficiente 128. Ya se habló de su denodado esfuerzo por emparentar los linajes nobles nómadas y chinos fundiéndolos en uno sólo. Serían, no obstante, los nombres chinos los que prevalecerían, pues uno de los edictos de este Emperador 129 dispondría el cambio de apelativos Tuoba por otros en lengua han. Esta norma abarcaría incluso a los ancestros dinásticos, que adquirirían así, a partir de 494 E.C., nombres póstumos, y al título de la dinastía misma, que sería en adelante llamada Yuan. La capital imperial se trasladaría a una Luoyang restaurada luego de ser arrasada y abandonada por casi un siglo, con el fin de alejar de la Corte y debilitar a las familias Tuoba y a sus aliados, descontentos por las decisiones tomadas que les restaban poder. Pero también hay que tomar en cuenta el profundo simbolismo histórico, religioso y cosmológico de la antigua metrópoli, acorde con el plan de transformación social y política que impulsó al emperador a tan arriesgada resolución. Ninguna acción hostil fue dirigida contra el budismo, sino, por el contrario, un gran apoyo político y un vasto derroche en materia de culto, visible en el fasto de las grutas de Longmen y evocado por las historias dinásticas para explicar la caída y muerte de la Emperatriz Viuda Hu y del último heredero de la rama principal de los Tuoba (o Yuan) en las aguas del Río Luo (el que corría junto a la capital). Por otro lado, la posterior división del Reino Wei en dos inestables unidades políticas (occidental y oriental), pone en evidencia la fuerte presión a la que fueron sometidas las aristocracias manera encabezaran las principales persecusiones del milenio en contra del budismo: el ya mencionado Tai Wudi de la dinastía Wei del Norte (reinó de 424 a 452 E.C.), el referido Wudi, y Wuzong de la dinastía Tang (reinó de 840 a 846 E.C.). Las crónicas budistas consignan estos episodios como las Extinciones (o Aniquilaciones) del Buddha por los Tres Beligerantes (San Wu Mie Fo三武滅佛 ). 128 Jenner, op. Cit., p. 28 129 Ibid. p. 84 gobernantes por la implantación de las normas tendientes a la sinización. El único gobernante duradero de la dinastía occidental (535-557 E.C.), gobernando desde Chang’an, heredó el fasto completo de la corte china, en su vestimenta, la arquitectura sagrada de su palacio y sus rituales que reafirmaban la investidura Celeste del Mandato supremo; funcionarios chinos tenían acceso a la Corte en igualdad de circunstancias que sus pares de ascendencia nómada. El soberanocon el que significativamente surgió y terminó la dinastía oriental (534-550 E.C.), en cambio, optó por retornar a las antiguas denominaciones, a los viejos nombres y defender así la preservación de la pureza de la familia Tuoba; el pronto abandono de Luoyang en favor de una capital al noroeste (próxima de hecho al actual Beijing) buscaba la reconciliación con los clanes desplazados. Pero fue durante el gobierno de otro Wudi, éste de la dinastía de los Zhou de Norte (557-581 E.C.), los aventureros sucesores de los Wei occidentales, cuando, pese a haber recibido una sociedad a la vez sinizada y budista en aparente armonía, las tensiones latentes se tradujeron en una nueva persecución no sólo en contra de la religión venida de la India, sino también del daoísmo. El Emperador, temeroso de las instituciones monásticas rebeldes, enarboló en su contra dos de los principios morales de la ortodoxia de los Clásicos, la piedad filial y la frugalidad, para justificar el retorno forzado de millones de monjes a la laicidad y la destrucción de cientos de templos. Que Yang Jian (reinó de 579 a 605 E.C.), fundador la dinastía Sui y de reconocido origen chino, apoyara sin restricción al budismo, se explica no sólo por la personalidad del Emperador, devoto budista. Al haber fundado su Imperio apenas tres años después de la muerte de Wudi, del cual fue incluso funcionario militar, se percató de la crisis social que generó con esas medidas y tomó conciencia de que sólo una decidida política religiosa tendiente a la integración de tradiciones permitiría la recreación de un nuevo Imperio duradero. Es posible corroborar que de la misma forma que el avance de las instituciones, las costumbres, las ideas políticas y religiosas, la expresión literaria, la formación académica, identificadas como características de la cultura han, gozaron de una aceptación creciente, aunque no exenta de tensiones 85 con núcleos de cultura distinta, el budismo, visto desde el siglo IV como una religión surgida fuera de China y distinta de las creencias sínicas tradicionales, se integro en la sociedad han enriquecida por un mayor contacto con lo “bárbaro”. Esta tensión entre lo propio y lo ajeno se manifestó en episodios de hostilidad y persecución, y la religión india nunca perderá totalmente su carácter ajeno en consideración de sus detractores, por lo menos hasta el siguiente milenio. Tanto el elemento chino como la presencia nómada y las influencias del occidente asiático, el budismo entre las principales, intervendrán en la segunda forja del Imperio. 86 Capítulo 5. La segunda unificación del Imperio. Aun cuando conflictos sucesorios, el ascenso de crueles déspotas y agitaciones en la cúpula del ejército impidieron que alguna de las dinastías herederas del legado de los Wei de Norte se sostuvieran en el trono por más de dos décadas, la solidez de la estructura militar y del sistema fiscal forjados por los gobernantes del siglo V sobre modelos chinos conjuró la posibilidad de que se diera un estado de anarquía en el norte semejante al de tiempos pasados. No sorprende que el unificador del Reino de en Medio y fundador de la dinastía Sui (581-617 E.C.) emergiera de entre los altos mandos de la escala militar de los Zhou Septentrionales y pudiera pensar en contar con el apoyo mayoritario de un ejército estable y recursos suficientes para materializar ambiciosos proyectos. Yang Jian (541-604 E.C.), descendiente de una familia de funcionarios chinos y esposo de una recia mujer noble del clan Tuoba Wei, requirió de poco menos de un año para aislar y destruir mediante las armas y la política al despiadado tirano (quien además era su yerno) que sucedió a Wudi de Wei, el segundo persecutor del budismo. De poco sirvió la aplicación de una política religiosa y un código de leyes más transigentes por parte del heredero; según cuenta la Historia de Sui 130, su arbitrariedad, megalomanía y desenfreno le crearon gran hostilidad entre sus tropas 131. Presagios de una purga desde el Palacio entre las elites militares y la aristocracia con el fin de reforzar el mando castrense y cambiar el sentido de la sucesión imperial (a mediados de 580 E.C. el Emperador quiso hacerse de nueva consorte eliminando a la anterior, la hija de Yang Jian) agudizaron las rivalidades y suspicacias. El sublevado, movido por el honor y el deseo de proteger a su familia, no sólo encontraría apoyo casi absoluto entre altos rangos para la usurpación sino que por aclamación sería reafirmado al frente de ésta y entronizado luego de su triunfo. Mediante una reforma militar y un radical reparto de tierras, el nuevo emperador, inmortalizado como Wen de Sui, aspiraba a enderezar las debilitadas finanzas y la capacidad defensiva del régimen en 130 Fragmentos suyos citados por Arthur Wright, “The Origin of Sui Ideology” en John King Fairbank, Chinese Thought and Institutions, Chicago University of Chicago, 1959, pp. 269-286. 131 Debió incluso abdicar en favor de su hijo infante a causa de la impopularidad de sus medidas y la incidencia de catástrofes naturales, que, según la ideología del tiempo, eran provocadas por la mala conducta del gobernante. 87 mal estado luego de supuestos excesos y descuidos que la historiografía posterior achacaría al Emperador defenesatrado. Por ello dotó con tierras a hombres y mujeres adultos para así acrecentar la cantidad de familias propietarias (únicas que pagaban impuestos) y de paso reducir la propiedad de los grandes terratenientes. Seguía en esto las ideas de los gobernantes Wei y sus sucesores, aunque implementándolas de modo generalizado y no sólo en las fronteras y enclaves militares, como habían hecho prioritariamente aquellos. También volvió el reclutamiento para el servicio militar más estricto, al dictar que los adultos estarían obligados a mantenerse en las posiciones fronterizas durante tres años. Estas medidas que abastecieron las barracas y garantizaron para ellas fuerza de trabajo sostuvieron más de un lustro de guerra constante en contra del sur; en 589 E.C., se logró la tan ansiada reunificación de China. Otras directrices de la actividad política, que se convertirían en consigna de gobierno para el Emperador Wen, tendieron hacia la realización territorial de dicha unidad. Un alud de obras faraónicas equiparables a las del Primer Emperador estaban movidas por el deseo de remontar las brechas entre los caminos, las ciudades y la organización política del norte y el sur, cuyos rasgos en común después de siglos de desarrollo divergente eran más bien raras reminiscencias. Un paso fundamental en esta dirección era la reedificación de ambas capitales imperiales, Chang’an y Louyang, según los planos más fastuosos de su historia. Murallas de ocho y diez kilómetros de longitud, al norte y al este, respectivamente, así como la ciudad administrativa interior con mayor superficie jamás construida (cuatro kilómetros cuadrados, en Chang’an), hacían de ambos conjuntos urbanos centros neurálgicos para la extensión de una red burocrática que subsumiera los aparatos locales que ahora fenecían. Núcleos lógicos desde donde emanaba la autoridad de una organización militar fortalecida, no albergaron al Soberano más que una década de su considerable mandato (581-604 E.C.); el Emperador pasó la mayor parte del tiempo en campaña o recorriendo los puestos fronterizos reforzados con una nueva Gran Muralla, erigida en parte sobre las ruinas de los vetustos apisonados de tierra de la época antigua, y también sobre el trazado de dinastías apenas desaparecidas. Por otro lado, no dio marcha atrás en la creación de provincias dependientes por 88 completo de los ministerios imperiales. El portentoso Gran Canal, obra notable por su extensión (más de 1,500 kilómetros de longitud) e ingeniería (la construcción de exclusas y tramos en desnivel para sortear los cambios en el nivel del terreno y de las corrientesque atravesaba), unía la capital del sur (Nanjing) y los importantes puertos en la desembocadura del Yangzi (Yangzhou, prevista para convertirse en capital marítima y fluvial en el sur, Hangzhou, a la postre capital imperial de los Song meridionales, en el siglo XII), así como las importantes zonas agrícolas del noreste (territorio de la actual Beijing) con el Río Amarillo y la ciudad de Luoyang. Las posibilidades que abrió para el transporte de alimentos, textiles y mercancías tanto locales como extranjeras se manifestó en la articulación de crecientes mercados regionales, y satisfizo de modo excepcional sus objetivos estratégicos y administrativos. Su desembocadura marítima fue sede incluso de la armada imperial, que invadiera Corea e islas aledañas. Aparte de la construcción adjunta de canales menores fue renovada y ampliada la red de caminos; especialmente se tendieron amplias vías empedradas dotadas de graneros y hosterías para facilitar el paso y el comercio en el trayecto de 400 kilómetros que comunicaba las dos capitales, imposible de franquear a través del turbulento Río Amarillo. 132 Iniciativas indispensables para el intercambio mercantil y el cobro de impuestos fueron la acuñación de monedas y el emparejamiento de pesos y medidas, de gran simbolismo además, como se vio durante la Primera Dinastía. Algunos esfuerzos se llevaron a cabo en un comienzo para fortalecer la formación y evaluación académica ortodoxa de los funcionarios imperiales (privilegiada ya por los últimos gobernantes Zhou). No obstante el creciente fervor budista que manifestaba la familia imperial así como los conflictos de legitimación que acecharon su Mandato y afectaron el mismo fuero interno del Emperador y su dinastía impidieron el apoyo absoluto a aquella iniciativa. La política religiosa fue relevante, sin embargo, por cuanto procuró la integración forzada de la Academia Imperial de Nanjing con la escuela del norte, la neutralización de corrientes daoístas hostiles a la intromisión de la soberanía imperial en sus 132 Denis Twitchet, Financial Administration under the T’ang Dynasty, Cambridge, Cambridge University, 1963, p. 114- 126, sobre caminos y canales del Imperio. 89 monasterios, desde la huida de varios radicales al sur a causa de la persecusión de Wudi de Zhou, y la puesta de la orden budista sureña bajo la observancia de la burocracia monástica imperial. La precipitada caída de la dinastía Sui derivó, según la historia dinástica, de la ejecución sin mesura por parte de Yangdi (605-617 E.C.) de las majestuosas obras y las gravosas reformas iniciadas por su padre. Se le adjudica a él la obsesión por lo monumental: forzó a cientos de miles de hombres y mujeres a trabajar exhaustivamente por la conclusión del Canal, la Muralla y las Capitales Imperiales133; emprendió formidables cuan fracasadas campañas militares en contra de Corea y Vietnam, cuyo costo fue cargado a las espaldas de millares de campesinos obligados a servir ya al menos cinco años en el ejército. Como respuesta, las rebeliones campesinas se sucedían en todo el territorio. Lluvias torrenciales o muy escasas, grandes ríos fuera de cauce y movimientos telúricos parecían reprobar el Mandato de Yangdi a una docena de años de haberlo recibido. Al desvelar la identidad de los nuevos rebeldes quienes obligaron al Emperador a declinar vanamente en favor de dos de sus noveles nietos y finalmente le dieron muerte, se descubre el persistente talón de Aquiles del régimen: el clan Li acaudilló la rebelión de varias divisiones a su mando apostadas en torno a la vieja ciudad imperial de Datong (en la frontera, a casi 500 kilómetros al norte de Luoyang); una vez más un golpe castrense decidía la sucesión dinástica. Y es que la conformación clánica y aristocrática (aunque ahora se tratara de clanes reconocidos como han) continuó como puntal de la organización militar y burocrática, lo que contribuía parcialmente a que la profesionalización de cargos según el currículum clásico tuviera alcances limitados. La familia Li sirvió a las fuerzas imperiales desde tiempos de la fractura de la dinastía Wei y había permanecido fiel a Wen de Sui y su sucesor al enfrentar levantamientos de otros generales. Pero momentos de definición se avecinaban hacia 617 E.C. Li Yuan y sus hijos enfrentaron una milicia vigorosa que lucía aún bien cohesionada en torno a la figura imperial; en menos de un año, empero, el ejército se había fragmentado bajo el mando y prestigio de varios caudillos militares. 133 Para la apertura del Canal, se dice que Yangdi movilizó cientos de miles de personas para que presidieran como vallas humanas el recorrido del enorme séquito imperial que avanzaba sobre barcazas de un extremo a otro. Además debían alimentarlo y brindarle todo lo necesario en su trayecto. Cf. Wright, Op. cit., p. 86 90 Recién investido como Gaozu (618-624), el patriarca de los Li enfrentó a sus rivales, respaldado por su hijo Li Shiming, el más capaz de sus estrategas. Éste, sin embargo, dirigió su ambición y habilidad de líder en contra de sus hermanos, una vez que arrasó con sus enemigos; luego de matarlos a todos forzó la deposición de su padre y se invistió como Taizong de Tang (624-648), quizá el mayor estratega de la dinastía. No hubo, a pesar de todo, golpes de timón en la forma de conducir los asuntos políticos. Se preservaron las grandes obras, ominosas para los letrados posteriores, amantes de la mesura, y ni siquiera las feroces campañas de conquista perderían su vigor con la nueva casa gobernante. Fuera de alguna rectificación en la política religiosa para contener la intromisión de los budistas en las decisiones políticas, del apaciguamiento de las exigencias relativas al servicio militar y el pago de impuestos, o de la disminución del febril impulso arquitectónico, todas las medidas relevantes -los intentos por centralizar las decisiones militares y reforzar las jerarquías y la fidelidad al Emperador, los esfuerzos por consolidar la repartición de tierras y el ordenamiento de la actividad comercial, etc.- significaban continuidad con las tendencias del siglo134. Tanto su formalización jurídica como su aplicación generalizada significaron, con todo, el avance del gobierno de las instituciones y las leyes por encima de las disposiciones aristocráticas, aunque el peso de los estamentos debió integrarse en los vastos y cuidadosos códigos jurídicos promulgados. La autocracia sucumbió a dos situaciones que comprometieron la continuidad de la dinastía, muy semejantes en sus características a las que antaño aquejaron a la dinastía Han. La primera fue ni más ni menos que la usurpación de la dignidad imperial por una mujer, Wu Zetian (625-705 E.C.), la primera y única emperatriz por derecho propio en China. Ambiciosa concubina del harem de Taizong, fue ganando para su causa el aprecio del sucesor hasta volverse su favorita. A través de la intriga y gracias a la permisividad de Gaozong (reinó de 649 a 682 E.C.), de quien controlaba más la voluntad 134 Denis Twichett señala la adopción por parte de los gobernantes Tang de medidas e instituciones propias de las dinastías Tuoba; cf. Financial Administration under the T’ang Dynasty, pp. 194-5, n. 2. Circunscribe su influencia al sistema de posesión de la tierra (qun tian) y al cobro de impuestos, pero igualmente puede identificarse la continuidad en los impuestos al comercio, el sistema jurídico y sus políticas en torno al budismo. 91 conforme la vejez le debilitaba, consiguió hacerse emperatriz. Carisma, decisión y firmeza le permitieron agrupar un partido de incondicionales a quienes posicionó muy bien en la Corte y el Ejército; recompensaba la fidelidad de sus allegados y varias veces sancionó la incompetencia con la muerte. Supo contrarrestar el fardo de su género y baja extracción social a través de la astuta manipulación de la misma ideología tradicional que la ponía endesventaja. Se aproximó a las corrientes religiosas en boga con el ánimo de hallarse ungida por cada doctrina como emperatriz y acumuló en torno a ella títulos de simbolismo político y sacro muy profundo, ortodoxos y esotéricos, con clara inclinación por la desmesura, para inspirar autoridad y respeto en el pueblo. Sin embargo, ni el ecléctico y difuso entramado ideológico que la encumbró en el Trono del Dragón ni la sustitución sistemática de las elites tuvieron resultados duraderos como se esperaba. La dinastía Zhou (684-705 E.C.) se agotó en el gobierno de su fundadora. Los partidarios del clan Li, desplazados pero no erradicados, se aprovecharon de la senilidad de la matriarca para asesinar a sus seguidores y obligarle a abdicar. Retornaron por fin al gobierno los dos hijos a los que su propia madre había retirado del poder como a marionetas y, desde 712 E.C., otro Emperador poderoso del clan Li, Xuanzong, restauró la fama del Imperio Tang. Los trastornos del periodo de convulsión que concluía, por lo demás, nunca transitaron del terreno de lo simbólico y cortesano a lo estructural. La rebelión de An Lushan a mediados del siglo, por el contrario, sacudió los cimientos del Imperio y llevó a su fin el ansia expansionista que alentaba a sus ejércitos a confrontar avanzadas musulmanas por el dominio de la Ferghana, en el Centro de Asia. De nueva cuenta la senectud y vulnerabilidad del gobernante arrastró la política a su alcoba, lejos de los ministros y funcionarios de la administración del Estado. El vertiginoso ascenso de quien desataría la insurrección, militar de origen parto y de toda la confianza del anciano Xuanzong, dependía de la intercesión de la concubina predilecta, Yang Guifei. Con el mando sobre las tres guarniciones del norte (como el propio Li Shiming en su momento) haría caer el mismo brazo armado del Imperio sobre Chang’an; gozaba ahí, por si fuera poco, del apoyo del hermano de la traicionera cortesana, alto rango en virtud de su benéfico 92 parentesco, acantonado en torno al Palacio merced a la insistencia de la concubina que no quería apartarse de él. El príncipe heredero no tuvo más alternativa que a huir hacia el sur, al Sichuan, desde donde resistiría el embate de los insubordinados. Como añadido a estas dificultades estaban las rebeliones campesinas y bandas de saqueadores generalizadas en el sur, que causaron matanzas de comerciantes extranjeros, las primeras reacciones violentas de xenofobia entre las comunidades rurales y urbanas. Las bases endebles del Imperio de aristócratas sucumbían en razón de sus propias dinámicas que ahora parecían especialmente nocivas. Las circunstancias forzaron el cambio en aspectos cruciales de la administración y la defensa, como reacción desesperada más que como espontánea respuesta para que la investidura imperial se preservara. Por un lado, las exigencias que imponía sostener la resistencia desde una posición muy poco favorable así como los esfuerzos de reconstrucción a partir de un estado de postración, lo mismo ante rivales que ante sus poco confiables aliados (quienes se cobraban por sí mismos mediante el saqueo a las Capitales recuperadas, la negociación favorable para cesar tal rapiña, el dominio sobre el comercio de caballos y pertrechos para el ejército imperial, entre otras jugadas poco leales) llevó a la modificación del sistema fiscal y la abolición definitiva de la tributación por capitación, insostenible si no se podía garantizar el dominio territorial y la estabilidad del mando militar y burocrático. En adelante el impuesto a la producción agrícola y textil dejarían de ser pagado por las unidades familiares para ser sufragado por propietarios, según el tamaño y la producción de sus campos, con lo que se sancionaba el régimen de propiedad privada (antes los campesinos que recibían tierra no podían heredar ni vender sus tierras directamente) y el latifundio. Este giro en la manera de recaudar parecía inminente dado el notable desarrollo agrícola en las zonas húmedas del sur, en la cuenca del Yangzi principalmente. Las técnicas de trasplante introducidas desde el siglo VII para el cultivo del arroz fomentaron la expansión de su cultivo. Al igual que otras especies tropicales también explotadas en gran escala a partir de esa época con miras a la exportación 93 (té, algodón y más tarde caña de azúcar), el arroz requiere de amplias superficies y un uso intensivo de la mano de obra (los suelos irrigados mediante canales, mecanismos hidráulicos para conducir el agua a tierras altas e inundar los campos, obra del trabajo colectivo bien organizado), que pequeñas unidades autónomas no podían sufragar. El despunte económico del sur y el valioso peso de sus contribuciones para las arcas imperiales imperiales que batallaban en circunstancias especialmente adversas en el norte, confirmaban el ascenso del sur como productor de riqueza y justificaba la aplicación de su sistema fiscal en todo el territorio. Su agricultura volcada al comercio, el auge de sus manufacturas y su vocación marítima y comercial harían de esta región el centro de las preocupaciones de los gobiernos dinásticos venideros, cuando menos hasta el arribo de los mongoles en el siglo XIII; los Song (960-1270 E.C.) mirarían al sur en sus comienzos y hacia allá trasladarían su centro político al ser también presionados por invasores. Esta tendencia además se vio fortalecida por la imposibilidad de recobrar el control sobre el corredor comercial y ganadero de Gansu y la Ruta de la Seda. Las fuerzas exhaustas por pacificar el territorio escindido y recuperar sus capitales invadidas no pudieron aspirar si quiera a expulsar a los tibetanos de la Cuenca del Tarim, el Qinghai y las estribaciones del Himalaya en la Cuenca Roja del Sichuan. Las regiones aseguradas por los uigures eran, además, en realidad ajenas al poder de Chang’an, incluyendo la caballerizas imperiales; incluso su abastecimiento de corceles para la milicia quedó en manos de ambas fuerzas más o menos hostiles. En todo el primer milenio no se había encontrado China aislada del occidente asiático por la ruta continental y consecuencias culturales y comerciales no se dejaron esperar. La conformación del ejército también sufrió un cambio sustancial. Las tropas que durante la rebelión debían ser reforzadas y complementadas de inmediato no se bastaban con los efectivos traídos de acantonamientos del interior mientras que las fuerzas populares poco especializadas prestando servicio militar o atraídas mediante leva eran incapaces de oponer resistencia a milicias regulares y profesionales. Los mercenarios de la frontera norte fueron la opción a incorporar y no volverían en 94 adelante a ser considerados un apoyo accesorio para el ejército imperial, sino que constituirían durante muchos siglos el grueso de la soldadesca para una dinastía bien establecida, dados los ya irresolubles problemas financieros que generaba sostener las fuerzas permanentes. Estos cambios significarían el comienzo de un orden político, social y cultural nuevo. Desde otro punto de vista, también constituirían una nueva derrota de la Cultura frente a los “bárbaros”. Pese a la apertura en la sociedad china a lo distinto, los imperativos hegemónicos de un Imperio conquistador indujeron la rivalidad con los nómadas bajo formas muy precisas y difíciles de encasillar bajo viejas categorías. La respuesta impropia de los “vasallos” representaría los límites del expansionismo chino, que pretendía seguir los rumbos de los ejércitos durante los tiempos Han. Tres poderosos e irreductibles reinos surgieron desde el siglo VII E.C. en los confines del Reino del Medio. Songtsen Gampo (reinó de 629 a 649 E.C.) fue el primer soberano de una dinastía que mantendría unidas durante dos siglos a las tribus tibetanas de la Meseta, las alturas y las tierras bajas, próximas al Sichuan y al Gansu, en torno a unapoderosa federación tribal. Durante la siguiente centuria, por su parte, los uighur, pueblo nómada de origen turco, erigieron un khanato en lo que actualmente es el territorio de Mongolia exterior e Interior, con capital en la ciudad de Beshbaliq, por ellos fundada. Los primeros enfrentarían en igualdad de circunstancias al ejército chino por el dominio de la Ruta de la Seda y de los pasos montañosos del Pamir, en el Centro de Asia. Sin el apoyo de las tribus uighur difícilmente habría salido airoso el Hijo del Cielo en las luchas en el frente del Río Amarillo, abierto por An Lushan, quien fuera muerto a traición, y secundado por Shi Shiming, su ejecutor y poco diestro continuador. Tampoco generales aún adictos a la causa imperial, como Zu Yi, podrían haber resistido los oportunistas ataques de los pueblos del Tíbet, cuyos aguerridos jinetes, ávidos de riqueza, aprovecharon las circunstancias para tomar de Chang’an en 762 E.C. además de capturar del corredor de Gansu y varios pueblos antes vasallos de China. Los privilegios otorgados a la comunidad religiosa maniqueísta en el Imperio Chino así como su 95 caída en desgracia en cuanto se consumó la derrota de la federación tribal uighur responde en buena parte a la lógica permisiva de las alianzas estratégicas. Ya cuando Li Shiming se levantó en armas debió pactar con las hordas turcas a las que enfrentaba y ganar su apoyo a cambio de incorporarlos comprometedoramente como fuerzas aliadas. El envío de una princesa china para que se uniera en matrimonio con el Emperador tibetano buscaba conjurar una amenaza que parecía inevitable. Embajadores de Taizong en la Corte de Harsha Vadhana, soberano del norte de la India y el más robusto exponente de los Guptas posteriores (primera mitad del siglo VII E.C.), fueron activos mediadores en otra estrategia: ambos ejércitos desplegarían campañas conjuntas de contención en contra de los tibetanos. El acuerdo tendría sus mayores repercusiones, sin embargo, en la intervención del general chino en favor de la dinastía gobernante en India tras un intento de -usurpación 135. Un pacto semejante se establecería entre el gran soberano de los Tang y los últimos emperadores sasánidas. Aprovechándose de él, Firuz II, heredero al trono persa, huyó a China por la invasión musulmana que cobraría la vida de su padre, Yazdagir III; desde allá encontraría en Gaozong el apoyo para sendas aventuras fallidas de reconquista y aún retornaría a la capital china para habitar ahí sus últimos años. Nan Zhao, El reino de los “bárbaros” del sur, pueblos varios de origen tibeto-birmano asentados durante más de dos siglos en el territorio de las actuales provincias de Guizhou y Yunnan, en las montañas y valles meridionales, resistió ya desde tiempos de Taizong las campañas de pacificación. Beligerantes también tras los conflictos de mediados de siglo VIII E.C., se intentó atraerlos con éxito como aliados en contra de los montañeses tibetanos, y su reino sobrevivió independiente a los mismos emperadores Tang. Junto con la pronta emancipación de Corea y Vietnam del dominio chino, el Emperador perdió la centralidad en el conglomerado de reinos asiáticos, si acaso alguna vez la ostentó de forma indiscutida. 135 Sen Tansen, Buddhism, Diplomacy and Trade, The Realignment of Sino-Indian Relations, 600-1400, Honolulu, University of Hawaii Press, Association for Asian Studies, 2003, p. 145-147; con este soberano se entrevistó Xuanzang en una etapa de su viaje a Occidente, cuando llegó a Mathura. 96 El budismo adquiere carta plena de naturalización en China después de la segunda persecución, en 574 E.C. Habrá que analizar con cuidado los primeros desarrollos doctrinales a cargo de pensadores chinos que aparecerían en adelante, así como los arreglos políticos y disciplinarios que significarían la madurez de la institución monástica; su presencia en las Cortes también cambiaría cualitativamente. Lo que hay que destacar por ahora es que la religión procedente de India fue cabeza de playa de una infiltración cultural, paulatina pero irreversible, desde el Este de Asia. Tanto la aceptación de formas culturales novedosas como su impugnación cobraron formas extremadas en el norte; así como el celo por la civilización han impulsó recias represalias contra el budismo entre gobernantes de origen nómada, el reconocimiento de sus raíces extranjeras propició por parte de otros, se podría decir que la mayoría 136, un decidido apoyo, con más fuerza aun entre dinastías reivindicadas como chinas, en principio predispuestas a rechazar una religión proveniente de regiones remotas. Las aristocracias Sui y Tang eran “bárbaras” en su carácter, a despecho de los historiadores letrados de entonces: la huella indudable de una emperatriz Tuoba en la corte Sui, una auténtica euforia por la cultura esteparia, manifiesta en el aprecio a los caballos, en la vestimenta de pieles y la práctica ecuestre, incluso entre las jóvenes nobles137; el primogénito de Taizong habitaba en yurtas instaladas en los jardines anejos al Palacio Imperial 138. La célebre cerámica vidriada de tres colores (san cai 三彩 ) encontrada en diversas tumbas de funcionarios destacados y comerciantes desde comienzos del siglo XX maravilla por la técnica que exhibe tanto como por el realismo de sus representaciones, pero los temas predominantes son indicativos de la marcada presencia de culturas occidentales. Deidades búdicas, leones domados (originalmente protectores de la Ley del budismo), caballos briosos y vívidos camellos cargados de mercancías, mercaderes de tierras remotas, de grandes narices y frentes amplias, 136 Un emperador de la dinastía de los Liang del Norte, de principios del siglo V E.C., exhibía la actitud común de los soberanos de origen nómada al responder a un letrado han que intentaba lograr arraigo en su corte fustigando la impropiedad de una religión “nómada” en la Corte Imperial que nada de malo había en su procedencia cuando él mismo provenía de las estepas del norte. cf. Chen, Los emperadores Wei que se proponían reformar la usanza y el gobierno a la manera china no tuvieron mayores problemas en aceptar también el budismo, dejando a un lado su procedencia. 137 Tansen, Op. cit., p. 214 138 Frank, Op. cit., p. 274 97 rasgos exagerados, casi caricaturescos, acompañaban a los difuntos en vez de los monstruos míticos en cobre (qilin) de la época antigua o alternando con la imagen de cielos daoístas trazados sobre laca y seda. Los artículos de la vida bucólica en entierros de la época antigua abren paso a extravagantes riquezas y símbolos de nuevas creencias.139 Desde el siglo V E.C., el comercio se identificaba como el vehículo primordial de estos cambios; cien años después se apreciaba la profundidad de sus efectos. La actividad constante en los caravanserarios de las rutas que desde el oeste desértico conducían a Chang’an; las amplísimas calzadas que llevaban a mercados atiborrados de negociantes y especuladores lucían llenas durante todo el día. Valiosísimos cuencos de vidrio de Cachemira, orfebrería mesopotámica y parta, con motivos grecolatinos, escultura en jade del centro de Asia, piezas de oro y pedrería de la India colmaban monasterios y casas de aristócratas y funcionarios. Artistas, acróbatas, bailarinas llegadas del Levante y Centro de Asia contribuían a modificar la estética de los tiempos en las animadas calles, mesones y burdeles donde se entremezclaban mercaderes agotados por largas jornadas de viaje y parroquianos de clases acomodadas ávidos de exoticidad. Esa vida urbana que ya había florecido durante la dinastía Han alrededor del lujo, ahora se manifestaba en nuevos valores, tanto económicos como culturales, en boga en un sector minoritario pero preponderante en la sociedad urbana. Las diásporas comerciales provenientes del centro asiático eran abundantes como nunca e influyentes como pocas. Los entierros defamilias de mercaderes originarios de la Sogdiana, en el Asia Central, muestran la preservación de sus prácticas religiosas (eran zoroastrianos en su mayoría), simbología y festividades, reproducidas en los bajorelieves de sarcófagos y muros, al tiempo que la joyería presente testimonia la bonanza derivada de su actividad por excelencia 140. Los hogares sogdianos en la metrópolis china serían fieles imitaciones de los que se acostumbraban levantar en Samarcanda y su impacto en las corrientes de la moda no se dejaría esperar. Los más ricos comerciantes pronto podrían aspirar a participar del poder en las Cortes. Minorías partas, sogdianas y 139 Yanli Zhu, Influence of Tributary System on Sculptures in Tang Dinasty, Toronto, University of Toronto, Graduate Department of the East Asian Studies, Thesis for the Degree of Master of Art, 2008, p. 25 140 Jonathan Tucker, The Silk Road. Art and History, London, Phillip Wilson, 2003, p. 114-118 98 turcas no tardaron en aportar líderes al ejército durante buena parte de la época Tang. Junto con estos esos comerciantes natos, pobladores cachemiros, khotaneses, tibetanos y nómadas norteños habitaban muchos de los barrios amurallados que formaban la traza de la capital que daba hacia la Ruta y algunas otras grandes ciudades. En el contexto de estas presencias extranjeras, Taizong refrendó mediante edictos una conveniente libertad de cultos. Se han encontrado estelas en cuyas inscripciones se permitía a zoroastrianos del centro de Asia y a cristianos nestorianos practicar sus rituales 141; se erigió un templo mazdeísta en la cercanía del mercado al oeste, designado para los productos del occidente de China. Más tarde se expidieron edictos de tolerancia hacia el maniqueísmo y el Islam. El budismo no necesitaba de tales deferencias; mediante sus enormes y numerosas propiedades la comunidad era virtual poseedora de las Capitales Imperiales. En las localidades portuarias de la desembocadura del Yangzi y el Gran Canal, así como el actual Guangdong, fenómenos migratorios de magnitud semejante estaban consolidándose; se cuentan cientos de miles de habitantes del sureste asiático, gran cantidad de musulmanes e indios, hacia el siglo IX E.C.142. La prosperidad del comercio comenzaba a modificar el sentido de las formas habituales de tributación. Al compartir senderos, las caravanas y barcas rebosantes de mercancías convivían con las fuerzas militares en marcha hacia los confines del Imperio, y encontrar ambas sede común en la grandes ciudades, el cobro de impuestos se tornó por lo menos tan preciso como en las principales regiones agrícolas. El emperador Wen de Sui era sabedor de ello y actuó en consecuencia cuando viajó a los confines de Gansu, al puesto fronterizo de Yumenguan, para reunirse con comerciantes y embajadores de países sobre la Ruta, también beneficiados por el flujo mercantil; su intensión era garantizar el tránsito seguro y el férreo dominio del monarca sobre los caminos y urbes en que desembocaban143. Sin embargo, las rupturas culturales producidas por el arribo de nuevos patrones de consumo 141 Ibid., p. 175 142 Gernet, Op. cit., p. 295 143 Wright, Op. cit., p. 81 99 también eran profundas y chocantes para la estética y la moralidad china tradicional. Arribaban a la Capital Imperial productos de lujo que enriquecían las soberbias moradas de funcionarios y relajaban su disciplina. Más inquietante resultaba para algunos el uso religioso de las riquezas traídas de occidente asiático, pues la donación a instituciones monásticas se convirtió en puntal de la religiosidad y en ella los aristócratas competían sin mezquindad entre sí. Las residencias monacales exhibían ya más suntuosidad que el Palacio Imperial 144 y sus benefactores proseguían, sabedores de que se ganaban la liberación tras la muerte y el prestigio en vida. Hasta qué punto el emperador Wen apoyaba al comercio en función de su asimilación de dichos valores económicos y religiosos se revisará en otra parte. Aunque el clima hasta el siglo VIII E.C. fue de tolerancia en lo general y las voces puritanas fueron parcialmente acalladas, contundentes limitaciones impuestas al ejercicio del comercio y a la residencia misma de los mercaderes en la Capital permiten apreciar su situación de vulnerabilidad y el modo amenazante con que siempre fueron vistos los nuevos valores desde una llana e indispensable pragmática política. Sólo se podían efectuar transacciones mercantiles en los terrenos amurallados habilitados para ello, uno al este y otro al oeste del palacio imperial; únicamente en el segundo se podrían intercambiar bienes foráneos, mientras que el anterior se dedicaba a la venta de pieles y productos agrícolas traídos del sur, mucho mas caros (arroz, te, algodón) que los granos de las proximidades, así como al abastecimiento de la Ciudad Imperial, propiamente. Al terreno occidental se restringían los locales de comida y diversiones donde descansarían los viajantes extranjeros y exclusivamente ciertos barrios aledaños estaban habilitados para albergarlos. 145 Si algún comerciante nacido en el occidente de Asia formaba familia con una mujer china, no podría marcharse de vuelta dejándola en la ciudad, mientras que si decidía viajar e instalarse en China con esposa e hijos, su movilidad quedaba limitada del mismo modo. Eran las condiciones impuestas y aceptadas por la diáspora comercial. Tras el levantamiento de An Lushan, a mediados del siglo VIII E.C., se percibía a muchos 144 Gernet, Les aspects économiques du bouddhisme dans la société chinoise du Ve au Xe siécle, Saigon, Ecole Francaise d ´Extréme-Orient, 1956, p. 21 145 Heng Chye Kiang, Cities of Aristocrats and Bureaucrats. The Development of Medieval Chinese Cityscapes, Honolulu, University of Hawaii Press, 1999, p. 24-27 100 niveles la tragedia de una dinastía boyante llevada al naufragio por la codicia de militares levantiscos y grupos tribales apostados en las fronteras para el bandolerismo 146. Mayores contradicciones entre propietarios de la tierra y sus peones, así como entre los miserables del campo y los ostentosos comerciantes y usureros prestamistas de la ciudad (muchos de ellos extranjeros), crearon profundo resentimiento social. La relativa bonanza de los monasterios budistas continuó en tiempos de honda crisis económica y social, así como su actitud avara en perjuicio de los campesinos, que abonó el campo del descontento. Llegaba a su fin la tolerancia por lo culturalmente diferente, sustentada por una imagen idílica de la cultura nómada y la estética suntuosa del occidente asiático. Lentamente la xenofobia manifiesta ocupó su lugar, hallándose en el trasfondo de los saqueos sobre las ciudades símbolo del cosmopolitismo, del bandolerismo en caminos por donde transitaban esas desusadas riquezas y del asesinato de mercaderes por agencia de forajidos inflamados de radicalismo religioso daoísta y budista. Su contrapunto en la corte eran los letrados que, como el letrado Hanyu, en el siglo IX E.C., nuevamente osaban alzar la voz contra el credo budista y sus prácticas, motivo crucial, desde su perspectiva, de la degeneración de la dinastía. Con el cierre de la misma concluye un periodo de especial florecimiento de la cultura occidental en China. Señal de cambio es quizá la tercera persecución de 845 E.C. en contra del budismo, a cargo de Wudi de Tang, cuyo impacto habrá que revisar con cuidado. 146 Es sintomático que la versión revisada de la Historia de Tang (Xin Tang Shu), escrita en el siglo XI, durante la dinastía Song, describa moralmente a los uighures en un tono muy semejante a como los Xiongnu fueron caracterizados por los Han Posteriores, como aliados incómodos, poco leales, crueles, altivos y faltos de correctos modales diplomáticos, cuya crueldad fue in crecendo a medida en que su alianza militar les daba más autoridad sobre las decisiones del Emperador. Véase latraducción al inglés de textos selectos al respecto en http://depts.washington.edu/silkroad/texts/tangshu/tangshu.html, página consultada en enero de 2010. 101 Capítulo 6. El budismo en las Cortes. La religión budista floreció en el Imperio Chino durante varios siglos, y dejo profundas huellas en el arte, la literatura, el lenguaje y la sociedad. Es todavía una religión viva después de siglos de vastas transformaciones culturales y políticas. Pero de entre todos los elementos religiosos, simbólicos, mitológicos y filosóficos que intervinieron en la forja de la identidad china durante el periodo de la segunda reunificación, quizá sea éste el más contrastante con el pensamiento, la estética y la política misma de la antigüedad Qin y Han. La religión del Sur de Asia que durante el periodo de las Dinastías del Norte y el Sur (316-589 E.C.) se expandió lo mismo por campos y ciudades, por regiones invadidas o por otras en resistencia, a través de las rutas de caravanas y embarcaciones mercantes representa uno de los fenómenos culturales más notables de la época imperial china, por la profundidad inédita con que ese elemento externo fue asimilado a las instituciones, prácticas y principios religiosos chinos. En este capítulo se esbozarán varias cuestiones relacionadas con el arraigo del budismo durante los siglos de recomposición política revisados antes. Primero se introducirá la religión del Buddha, planteándola como un conjunto de tradiciones textuales en desarrollo y confrontación a través del tiempo. Las dinámicas de estas tradiciones, además, se veían afectadas por su entorno, respondían a los cambios sociales ocurrentes y se adaptaban a las circunstancias predominantes del poder y la economía. Lo que llegó a China durante los primeros siglos E.C. fueron justo esas tradiciones textuales, las cuales mantuvieron vínculos indivisibles con la India hasta finales de la dinastía Tang (906 E.C.). Es por ello que resulta forzado pretender concebir dos variantes totalmente distintas del budismo, cuando en las épocas que se revisan en esta investigación se trataba de una misma familia que se ramificaba paulatinamente147. El monasterio (sansc. Vihara, ch. Jingshe 精舍) y la comunidad monástica (sansc. Sa ghaṃ , ch. 147 Es posible dividir sectas de origen indio (Madhyamika, Sarvastivada, Yogacara, etc., cada una con múltiples divisiones) y de origen chino (Tiantai, Tierra Pura, Chan), según sus características. Entre estas destacan su actitud hacia los textos, profusamente venerados por las escuelas de la India, menos valorados e incluso rechazados por las chinas; la inclinación india por concebir la Iluminación como un proceso gradual de liberación, contra la noción china del salto repentino; la conjunción de meditación y naturalismo, propio de china, inspiradas en una estética muy distinta a la india, y, más relevante para esta investigación, un mayor sometimiento de los budistas chinos a la autoridad imperial. 102 Seng 僧) eran dos instituciones fundamentales en la transmisión de la religión hacia regiones lejanas y en todos los escalafones de la sociedad. En este capítulo se revisarán algunos de sus aspectos económicos y políticos concretos, pues es en esos terrenos donde emergen varios de los rasgos propios del budismo chino. En la última parte de este capítulo se abordan los conflictos del budismo con el confucianismo en particular. Ellos exhiben una confrontación entre diferentes sistemas de valores y referentes trascendentes, además de señalar la magnitud del salto que significó la asimilación del budismo en las Cortes imperiales. El budismo del otro lado del Himalaya El budismo es una religión surgida en la India en el siglo V E.C. La vida y enseñanza de su fundador, Siddhartha Gautama (560-480 E.C., según las fechas tradicionales), aparece en los textos religiosos de los cánones antiguos que conservamos, entre los que destaca el de los Theravadins. Estos documentos reconstruyen los acontecimientos maravillosos que rodearon los grandes momentos de su vida: su nacimiento, su renuncia al mundo de placeres y a su vida palaciega, el logro de su Iluminación, su muerte, y los revisten de un magnífico dramatismo que ha inspirado siglos de arte budista en toda Asia. Pero no sólo esos, sino todos los textos del canon temprano, aun los que más profundamente abordan aspectos psicológicos y antropológicos, están expuestos como discursos del mismo Buddha, y ambientados en el marco de su larga predicación de más de cuarenta años. Los textos tempranos, recordados por los fieles monjes de prodigiosa memoria Ananda y Upali, constituyen el dharma (fa 法, la Ley), la enseñanza del maestro, dividida en un principio en el conjunto de los sutras, donde está contenido el conocimiento, y de la disciplina (sansc. vinaya, ch. Jielü 戒律 ), que contienen las sanciones y los mandatos a los miembros (sansc. bikshu, upasakas, ch. Hetang 和倘) de la comunidad monástica. Otros libros se añadieron, a manera de comentarios, para formar la tercera división del 103 canon, el Abbhidharma, que suscitó una gran cantidad de elucubración metafísica en torno a la doctrina inicial del Buddha, y desembocó en una escolástica de las primeras escuelas.148 Este triple formato lo conservarán los textos de todos los cánones posteriores, Hinayana y Mahayana, aun escritos mil años después del gran Parinirvana 149 del fundador (la muerte física sin reencarnación, la total liberación de Buddha). La enseñanza del Bhagavan, el Señor, está ahí expuesta con espontaneidad. Las cuatro nobles verdades (catturaryasatya) exponen fundamentalmente que: la causa del sufrimiento incesante en este mundo es el deseo, es él el que echa a andar la cadena de condicionantes que conducen al surgimiento y a la destrucción de todo lo existente, a su impermanencia, incluyendo en esta finitud al hombre con todos sus atributos. La renuncia a los apegos que nos atan al mundo, a los actos (sansc. Karman, ch. 業 ye) que dejan su marca en nuestra psique y nos condicionan para seguir buscando nuestra imposible afirmación en el mundo, es el camino hacia la destrucción de la ignorancia (sansc. Avidhya, ch. 無知 wuzhi) y la superación de la creencia en la misma existencia permanente de lo que nos rodea, de lo que nos comunican los sentidos. Tanto el desarrollo moral y la práctica de la meditación son vías para escapar al continuo ciclo de muertes y sufrimiento (sansc. Samsara, ch. 輪廻 lunhui). El camino de la liberación es conocido como el noble óctuple sendero y da la pauta para quien quiera iniciar con el buen esfuerzo, con el más valioso. Esta ruta de la renuncia al deseo y al placer en busca de la liberación, que definirá al budismo por siempre, fue canalizada desde el comienzo como una vía monástica. Aunque la salvación se entendía como un esfuerzo individual, semejante al del Buddha histórico, la colectividad de monjes fue reuniéndose cada vez con más frecuencia en torno al Monasterio (vihara) y los sitios de culto (stupa). Surgía la necesidad de reglas para esa convivencia y para moderar el comportamiento de los monjes itinerantes. El discípulo Sariputra fue quien organizó los tratados de disciplina monástica (vinaya sutra) y organizó los compendios escolásticos de la enseñanza temprana, el Abhidharma. Quedan así definidas 148 149 Escribo todos los términos budistas en su acepción sánscrita, aunque los del budismo temprano estaban en lengua pali, derivada del sánscrito. El mahayana adoptará definitivamente el sánscrito y de está lengua se verterán los textos al chino, tibetano y otras lenguas centroasiáticas. 104 las tres joyas (triratna) del budismo: buddha, el dharma y la sangha.150 A pesar de los fuertes cambios en la religión, en sus desarrollos teológicos y doctrinales, en sus relaciones con lo mundano, se mantendrán estas instituciones bien definidas. Todas las escuelas principales desarrollaron su vinaya reguladora,muchas estructurarán sus interpretaciones y enseñanzas en torno a los textos bajo la forma de un Abbhidharma. 151 También mantendrán todas ellas la veneración al principio de la “budeidad”, si bien le otorgarán diversas potencias y lo relacionarán de un modo distinto con la naturaleza y las posibilidades del ser humano. Las tempranas divisiones en el budismo, se manifestaban ya durante la compilación del canon en el Primer Concilio (un siglo después de la muerte del fundador), con el desconocimiento por parte de varios monjes del sistema escolástico Abbhidharma temprano. Muy pronto coexistían diferentes escuelas de reflexión y práctica, pero lo que definiría nuevos caminos de ruptura sería el surgimiento de las llamadas escuelas del Mahayana, el gran camino (en despectiva oposición a las escuelas Hinayana, o del pequeño sendero, dado que limitaban a unos cuantos la posibilidad de obtener la salvación). Los monjes que dieron forma a las nuevas corrientes propugnaban la extensión de la salvación a la comunidad de laicos, prácticamente excluidos por las primeras escuelas del mérito alcanzado mediante la moralidad y la meditación por los monjes 152. Estos reformistas ponían énfasis en la compasión infinita de Buddha, que de ningún modo podría abandonar a las criaturas al sufrimiento del mundo. Acorde con esta inquietud se dio privilegio a la idea del Boddhisattva. Este estado, que en el budismo temprano era uno anterior a la obtención de la iluminación (quien la obtenía era llamado arhat), se convirtió en un estado superior. Definía a quien, habiendo logrado la perfección absoluta, hacía voto de no sumergirse en el estado nirvánico, de no desvanecer para siempre su identidad, hasta que no fueran liberados del sufrimiento todos los seres vivientes por su intercesión. Este acto que 150 Peter Harvey, El budismo, trad. Francisco Díez de Velasco y Silvia Noble, España, Cambridge University Press, 1998, cap. 3 151 Leon Wieger, Bouddhisme chinoise. Vinaya, monachisme et discipline Hinayana, véhicule inférieur, Paris, Cathasis, 1951, Introduction 152 Edward Conze, El budismo. Su esencia y su desarrollo, trad. Flora Button-Burla, México, Fondo de Cultura Económica, 1978, cap. 4; Ikeda Daisaku, Budismo. El primer milenio, Buenos Aires, Emecé, 1983, cap. 1; Liu Xinru, Ancient India and Ancient China. Trade and Religious Exchanges, A. D. 1-600, Delhi, Oxford University Press, 1988, cap 3 105 postergaba su salvación personal en virtud de la inmensa compasión propia de su estado espiritual, era la marca de estas nuevas formas de entender al principio divino, como una entidad intercesora, y transformarían al budismo en una religión salvífica, más próxima a la comprensión de los laicos. La idea del Buddha también se transformó. Se le adjudicaron cualidades cósmicas que lo volvían omnipotente tras haber logrado el nirvana definitivo y que le permitían ser el protector de los seres que le rindieran homenaje y tuvieran la disposición firme de seguir su enseñanza. Fue quedando relegada su personalidad histórica en favor de una naturaleza trascendente, y con ciertos visos gnósticos, se hablaría de que su encarnación entre los hombres sería meramente un medio para que ese principio sagrado pudiera difundir su enseñanza.153 El mérito, que es la contrapartida del karman y está conformado por aquellos actos bondadosos y virtuosos que permitirían eliminar el desapego y borrar la ignorancia que nos mantiene en este mundo, también cambió su connotación y sus alcances. Apartándose de su concepción original, moral en lo fundamental, adoptaría una predominantemente ritual, donde la donación y el homenaje a Buddha se transformaría en culto a los boddhisattvas, a petición de auxilio para lidiar con los infortunios de la vida y a confianza en la intercesión salvadora de la advocación a la que se dirigía el acto meritorio, no sólo en ésta, sino en las vidas por venir. Se veía en los boddhisattvas a un guía, tanto en la realización espiritual a muy largo plazo, como en la actividad cotidiana. Una invocación o la recitación de un sutra traía consigo las bondades de la cuasi-deidad a la que estaba dedicada.154 El budismo Mahayana representó una transición de la religión entre los siglos II A.E.C. y II E.C.155, aunque el budismo indio continuó generando maestros y corrientes hasta bien entrado el siglo VIII E.C., cuando las corrientes tántricas llegarían a ser dominantes en Bengala. Pero aquel giro devocional y ritualista terminaría por imponerse en la preferencia popular a las corrientes abbhidármicas y sarvastivadas, más austeras. No hay que recargar las tintas en la oposición que tanto han fomentado los estudios budistas 153 Liu Xinru, Op. cit., pp. 74-78 154 Robinson, Richard H., The Buddhist Religion. A historical Introduction, Belmont, California, Ed. Dickenson, 1970, p. 112-3 155 Liu Xinru, Op. cit., pp. 65 106 entre las escuelas Hinayana y Mahayana, como si las segundas fueran una degeneración en favor de la religión popular de la enseñanza más noble e intelectualmente refinada de la primera. La mengua de las primeras fue paulatina y el avance de las segundas no fue violento en modo alguno. La notable y conjunta expansión de ambas ramas a lo largo de todo el sur, sureste, centro y este asiático, la convivencia por lo general pacífica de ambas, que compartían incluso el techo en los monasterios a lo largo de las rutas de transmisión, testimonian además que el llamado budismo temprano también generó fuertes vínculos con los laicos. Ello pese a que, hasta la fecha, las escuelas del sureste asiático y Sri Lanka no han divinizado al Buddha histórico. Aún así la donación, la magia y los pactos políticos y económicos recubren el desarrollo del ahora llamado budismo del Sur. Hay dos ideas que marcan desde periodos muy antiguos la forma como la comunidad de monjes convivía con la sociedad en su conjunto. Uno es el ideal del gobernante universal (cakravartin), derivado del hinduísmo, pero cuyo paradigma será Ashoka (304-232 A.E.C.), el tercero de los Maurya y primer soberano en declararse fiel discípulo del Buddha. Fue seguidor de sus principios morales en la práctica del gobierno y generoso patrocinador del Segundo Concilio Budista. Ahí mismo él rechazó las incipientes ideas de los mahasamghikas, antecesores de los mahayanistas, y se decantó por la enseñanza Theravada (de los ancianos).156 El otro paradigma es la leyenda de Bhallikha y Tapussa, los dos comerciantes quienes serían los primeros en rendir homenaje al Buddha histórico inmediatamente tras haberse iluminado, y se convertirán en los primeros dos hombres que reconocerán al Maestro y a la Verdadera Ley. Esta historia aparece ya en los cánones tempranos y es un relato que aproxima bastante a la comunidad religiosa con los comerciantes 157. El deseo por la riqueza que acompaña la actividad mercantil no sería obstáculo para seguir la enseñanza del Señor, sino que, por el contrario, representaría en adelante una actividad privilegiada en virtud del gran apoyo que podría otorgar para la difusión de la enseñanza. 156 Romila Thapar, “The King Aśoka” en Seneviratna, Anuradha (ed.), King Aśoka and Buddhism. Historical and Literary Studies, Kandi, Sri Lanka, Buddhist Publication Society, 1994, pp. 58-92 157 Liu Xinru, Op. cit., pp. 104; Gopinath Mohanty, C. B. Patel, R. Pradhan and B. Tripathy, “Tapassu and Bhallika of Orissa, Their Historicity and Nativity. Fresh Evidence from Recent Archaeological Explorations and Excavations” en Orissa Review, November, 2007, pp. 1-11 107 Pero estos vínculos y estas “concesiones” con lo mundano y lo popular no son meros añadidos a una tradición espiritual bien formada, sino parte integral del núcleo doctrinal del budismo. Aunque será más patente en los desarrollos de las corrientes del Mahayana, la totalidad de la religión budista está definida en función de la comunidad que la sostiene con su apoyoeconómico y político. El budismo Mahayana, a su vez, nunca abandonará la actitud escéptica y contraria a la metafísica, característica desde los primeros siglos de la religión, y en virtud de la cual se negaría recurrentemente la existencia misma de la esencia de personas y los seres vivos en general. Es por ello que la religión que llegó a China durante el segundo siglo E.C. era desde el principio una creencia capaz de entrar en gran sincronía con la sociedad y sus movimientos. Hasta el siglo IV E.C. cobra identidad de entre las religiones, filosofías y prácticas meditativas chinas, muy próximas al daoísmo en sus múltiples variantes 158. Pero su proliferación deberá tanto a esta capacidad de integración como su desaparición se explica en buena medida por el desfase entre la religión y su sociedad. El arribo del budismo como una religión extranjera se dio, en primer lugar, gracias a la difusión de textos y de traducciones. Toda la primera etapa formativa del budismo chino (siglo I al V E.C.) gira en torno a textos más que a escuelas (las escuelas chinas, de hecho, giraban en torno a textos y no a maestros, como en la India), a traducciones más que a creaciones propias 159. Es por ello que el budismo chino mantendrá durante todo el primer milenio la huella de las escuelas India y de los monjes que extenderán los mensajes del Shakyamuni al resto del mundo. Todas las grandes escuelas de la India llegarán al Este de Asia, al grado de que muchos textos del budismo temprano cuyos originales han desaparecido se conservan sólo en sus traducciones chinas y tibetanas. Desde el siglo V E.C. cobraron especial relevancia a ambos lados de los Himalaya las escuelas tántricas o del Vajrayana (sendero del diamante). Esta corriente, deudora, en cierta forma, del idealismo Vijñanavada, asume la máxima propia de las escuelas mahayánicas: Nirvana es Samsara; la salvación 158 Kenneth Chen, Op. cit., caps. 4 y 5 159 Así establecen su periodización, entre otros, Chen (Ibid., p. 54) y Zürcher (Op. cit., p. 34-5) 108 se encuentra en el mundo finito, no fuera de él. Su objetivo era que el iniciado lograra completo dominio de sus capacidades espirituales a fin de poder percibir el principio búdico que subyace al mundo. En última instancia, el practicante se identificaría con Buddha mismo y alcanzaría la liberación por propio esfuerzo. Entre los medios útiles usados para dominar la mente se encontraba la invocación directa de las deidades búdicas, prácticas de visualización apoyadas en Mandalas y recitaciones sagradas, rituales de iniciación y tránsito a través de diversos niveles espirituales, prácticas sexuales, meditaciones sobre la muerte, etc. Quien domina la práctica ascética y logra el conocimiento intuitivo, inmediato, derivado de ella, domina el mundo y logra realizar por sí mismo la iluminación160. Durante varios siglos, la teología budista respondió a las necesidades concretas de la comunidad, a las exigencias de la sociedad en que se insertaba y a la presión o los ofrecimientos que hacía el poder político. Estas concesiones conllevaban cambios sustanciales en la tradición misma. Tendían a generar nuevos vínculos de la comunidad monástica con los fieles laicos, así como generar símbolos y un lenguaje que diera sustento trascendente la autoridad política. Es así como varios autores 161 interpretan giros fundamentales de las corrientes mahayánicas como la naturaleza del buddha que subyace a todas las cosas, y, por tanto, a todas las dimensiones de la vida del hombre, por mundanas que parezcan; la existencia de deidades búdicas intercesoras y protectoras (boddhisattvas) del destino espiritual y de los negocios mundanos de los creyentes; la afirmación de paraísos magníficos como destino para las reencarnaciones producto de buen karma; la donación y la adoración como medios privilegiados para la liberación entre los laicos, así como las sugerentes imágenes del tantrismo usadas como la metáfora de la entronización del iniciado y la afirmación de la naturaleza búdica del gobernante, capaz de dominar el mundo de las apariencias tanto como el conocimiento de lo Real. Era una forma de adaptar la teología a las expectativas espirituales y mundanas de los practicantes laicos, cambio plenamente identificados y originados en India, pero de 160 Davidson, Ronald, Indian Esoteric Buddhism. A social history of the tantric movement, New York, Columbia University, 2002 161 Cf. Liu Xinru, Ancient India and Ancient China. Trade and Religious Exchanges, A. D. 1-600, y Ronald Davidson, Op. cit., cap. 1 y 2 109 amplios desarrollos en China. Reflexiones sobre el monasterio budista. El conjunto de los creyentes budistas se dividía desde los tiempos del buddha histórico en la comunidad de los monjes ordenados según los votos que aparecen en las reglas de disciplina monástica, y los fieles laicos, quienes tomaron los cinco votos del creyente. Aun después de los importantes desarrollos de las corrientes del budismo mahayana, que buscaban que los laicos pudieran acceder plenamente a la senda de la liberación mediante actos de expiación de karma (donación, participación en rituales) y la práctica devocional, la vida religiosa dentro del budismo de tradición india seguiría gravitando durante casi todo el primer milenio E. C. en torno a la actividad de los monjes y su vida comunitaria, cada vez más sedentaria, en el monasterio. Al respecto hay que hacer algunas distinciones pertinentes. La comunidad de los monjes (samgha) estaba integrada por individuos ordenados (bikshus, śramanas, o alguno de los estados anteriores a la toma definitiva de votos) que han roto los vínculos que les prescribía el sistema social vigente, en favor de una vida comunitaria de renuncia a los placeres, y de dedicación al estudio y la meditación. Están regidos por un código de disciplina que establece sus deberes materiales y espirituales hacia sí mismos, con respecto a la comunidad de monjes y a la sociedad en su conjunto. Éstos últimos se refieren, ante todo, a la difusión entre los laicos del mensaje del Iluminado y de los medios útiles de salvación por él propuestos. Según las estrictas normas contenidas en los códigos de disciplina más antiguos, la vida de los monjes debía ser mendicante, de preferencia solitaria, y sólo podían reunirse en temporadas de lluvias al resguardo de establecimientos o cuevas que luego se tornaron en monasterios formales (muchos de ellos excavados en las cuevas mismas). El monasterio que albergaba a los monjes, sin embargo, fue transformándose en la institución encargada de satisfacer las necesidades fundamentales del los monjes 110 en su camino a la liberación. Con este fin se erigió en institución receptora y administradora de las limosnas dirigidas a la subsistencia de los monjes, así como en centros avanzados de estudio, transmisión (mediante la memorización y la traducción de textos) y reproducción de las escrituras sagradas. Con el tiempo, y más aún tras su arribo a China, los monasterios de mayores dimensiones y prestigio, receptores además de los mayores privilegios por parte de los sectores acomodados de la sociedad, se volvieron el fundamento de una arquitectura proselitista que abarcaba la recepción de monjes extranjeros, la traducción y la adaptación de escrituras religiosas, así como la difusión de la doctrina y del ritual en las múltiples esferas de la sociedad, desde las elites letradas de la corte y las aristocracias hasta las comunidades rurales más miserables. El monasterio era la base material de todos los esfuerzos de la comunidad y se entendía como una entidad independiente de cualquiera de sus miembros, en la medida en que debía perdurar en su tarea hasta que la abandonara el último de los monjes. La misión de preservar el mensaje del Iluminado de generación en generación era el fundamento moral de su existencia. En este entorno se desenvolvían actividadesde diverso tipo. Algunas eran espirituales o religiosas, al ser lugar de culto y ritual (festividades, banquetes vegetarianos, procesiones y peregrinaciones); otras se relacionaban con el estudio y el desarrollo de las facultades intelectuales que se desarrollaban en la transmisión de la religión mediante disertaciones públicas, traducciones, ediciones, composiciones de literatura sagrada, además de desarrollos teológicos, científicos y administrativos, entre otros. Además se desarrollaba el trabajo humano, pues una función principal del monasterio es garantizar la reproducción material de la comunidad, brindándole a los monjes los medios de subsistencia necesarios. El monasterio era, por ello, también una institución económica y los monjes de la comunidad estaban en parte dedicados a la administración de su patrimonio. Para ello seguían criterios de producción de riqueza a fin de garantizar su viabilidad como unidad económica. 111 El principal origen de sus recursos era la donación por parte de los creyentes. Esta práctica, bien difundida entre los budistas de India y el resto de Asia, era considerada como especialmente benéfica para el donante, pues la entrega voluntaria de riqueza en favor de la causa de los monjes que siguen el camino del Iluminado contribuía a expiar gran cantidad de karma y propiciaba renacimientos más venturosos en el futuro. La controversia sobre si la comunidad debía aceptar donaciones distintas de las que los primeros códigos estipulaban llevó a múltiples rupturas desde los tiempos del Segundo Concilio, durante el reinado de Aśoka Maurya (siglo III A. E. C.). Para comienzos de la Era Común se había saldado con la práctica imposición del punto de vista Mahayana favorable a que la comunidad pudiera aceptar donaciones de cualquier tipo, siempre que no estuvieran a nombre de ningún monje, sino adscritas a los monasterios y dispuestas para el beneficio de los renunciantes 162. Los donantes también esperaban que sus aportaciones les garantizaran lugares de culto adecuados y la realización de rituales comunitarios dirigidos por los monjes. Varios escollos se superaban estableciendo que los monjes ordenados tendrían prohibido poseer bienes o beneficiarse del usufructo directo de alguna propiedad, así como la imposibilidad de heredar o de apropiarse de los bienes del monasterio. Aunque en ocasiones la práctica imponía otras conductas, este principio contribuía a mantener indiviso el patrimonio de la comunidad y su exposición era fundamental para defender a la religión tanto al nivel de la filosofía moral como en la esfera de la política. No obstante, a medida que las donaciones implicaban cada vez más capital productivo y que la dependencia de la comunidad respecto de los comerciantes se hacía más acusada, los monasterios incursionaron en negocios productivos que terminarían por alterar la naturaleza de su actividad económica, originalmente limitada a la administración de las propiedades y su distribución entre los monjes163. 162 Edward Conze, Op. cit., p. 87-91 163 Liu Xinru, Op. cit., p. 114-16 112 Sobre esta base, las actividades económicas del monasterio se diversificaron, abarcando el cultivo de grandes extensiones de tierra, la formación de capital (molinos, prensas para aceite, producción artesanal de artículos devocionales), la utilización de ciertas propiedades como almacenes, además del servicio de préstamos para campesinos y comerciantes (junto con otras modalidades de la actividad financiera)164. Las acumulación de la riqueza se legitimaba así al extenderse a la comunidad de laicos en su conjunto e incluso a los no creyentes que residían en la vecindad del establecimiento monacal. Se tornó en prioridad de la institución mantener sitios de beneficencia tales como dispensarios médicos, comedores, abastecimiento de granos en tiempo de sequía o inundación, préstamos con bajo interés, aunque los abusos fueron muy frecuentes. Pero la función económica del monasterio introducía labores mundanas en primera instancia injustificables dentro de los compromisos espirituales de los monjes. Ya se esbozó que uno de los argumentos que sirvieron para conciliar ambas actividades era que el objetivo perseguido no era otro que la manutención estable de los miembros del samgha para que desarrollaran su actividad espiritual. Se añadía además el deber de garantizar el bienestar de la población, posible sólo cuando los recursos y las actividades del monasterio desbordaran los alcances del primero y generaran excedentes. La función social de la institución justificaba la propiedad monástica. Asimismo las reglas monásticas impedían a los monjes desempeñar cualquier clase de trabajo productivo que buscara la ganancia, debido a los deseos y las tendencias que tal actividad suscitaba (el enorme apego y karma que generaban). La agricultura era prohibida con aún mayor vehemencia en virtud del daño que infringe a los seres vivos que habitan en la tierra de labranza. Es por ello que se imponía la necesidad de echar mano del trabajo de otros, miembros laicos que hicieran producir las tierras (las otras actividades económicas eran de todos modos organizadas y dirigidas por monjes). Hacia el siglo V E. C., en el norte de China se profundizó en el debate sobre si el monasterio debía manejar tierras productivas y la responsabilidad social que esto entrañaría, una discusión que ya 164 Esta diversificación aparece en los documentos de Dunhuang que estudia en detalle Jacques Gernet en su obra Les aspects économiques du bouddhisme dans la société chinoise du Ve au Xe siécle, Saigon, Ecole Francaise d´Extréme- Orient, 1956 113 había tenido lugar en India varios siglos antes. La conclusión esta vez fue extremadamente favorable: el sistema que entró en vigor durante la dinastía de los Wei del Norte (331-531 E.C.) y que luego se buscaría reimplantar no sólo consistía en el régimen privilegiado de exención de impuestos sobre las propiedades monásticas, sino también en el reconocimiento de familias igualmente libres de gravamen alguno y dependientes por completo del monasterio en el aspecto fiscal. Eran arrendatarios que entregaban a los monjes una parte de sus cosechas en reciprocidad165. El amplio alcance de las actividades económicas del monasterio permitió crecer enormemente la institución monástica, en cuanto entidad religiosa y económica, y se encuentra en estrecha relación con su actividad social y con los objetivos espirituales de la comunidad. La búsqueda de un régimen que diera certidumbre a sus propiedades y le permitiera actuar libremente dentro de la sociedad será un elemento fundamental de la agenda del budismo respecto de los gobernantes. La doctrina moral budista que regulaba el uso de la riqueza para sí misma y para el resto de la sociedad no era por ello un agregado o un sistema sin formulación. Tampoco lo eran prácticas religiosas que iban contra la austera estética china tradicional e impulsaban nuevos patrones de consumo de mercancías entre los creyentes 166. El culto a las representaciones de Buddhas y Boddhisattvas así como a sus reliquias exigía objetos de lujo, cristales y corales traídos de la India y el Cercano Oriente, telas de seda y piezas de oro. Es así como la religión producía un sistema de valores económicos del cual salía beneficiada167. En efecto, las diásporas mercantiles que transmitieron esta religión desde el Sur y el Centro de 165 Kenneth Chen, Op. cit., p. 238 y 254-5 166 El filósofo Bolivar Echeverría (Bolivar Echeverría, Definición de cultura. Curso de filosofía y economía, 1981-1982) habla de que toda mercancía que se intercambia posee un contenido cultural que es antagónico con su valor de cambio, por definición una medida abstracta que domina su fase mercantil. Sin embargo, otras teorías de la mercancía permiten plantear que el marco cultural de una mercancía integra su valor de cambio. Lo que Mary Douglasllama régimen de consumo (establecer qué productos deben ser deseados, en qué medida y cómo deben consumirse), y Arjun Appadurai (Arjún Appadurai, La vida social de las cosas. Perspectiva cultural de las mercancías, p. 12-78) denomina régimen de valor (el incremento o disminución en el valor de cambio de un producto al intercambiarlo en ciertas situaciones culturales), permiten explicar la influencia que tuvo el budismo sobre la cultura material y el respaldo que le dieron las comunidades mercantiles. 167 Seguimos de cerca las ideas de Liu Xinru, Op. cit. y John Kieschnick, The Impact of Buddhism on Chinese Material Culture, New Jersey, Oxfordshire, Princeton University Press, 2003, sobre la transformación estética que trajo consigo el budismo en China. Victor Mair lo aborda en cuanto a los cambios en los estándares literarios, inicialmente en el marco de la literatura popular, a partir de este periodo, y que tendrían profundas repercusiones en los siglos por venir. 114 Asia a China identificaban las mercancías sagradas que transportaban (textos sagrados, imágenes, piedras y telas preciosas) con formas de culto y de devoción. Por su parte, la práctica de la donación se basaba en la idea de que traería mérito para el donante aportar recursos a la actividad productiva del monasterio. Esta conducta no sería propia solamente de esta religión sino de otras que también ingresarían a China durante la segunda reunificación, aunque sus consecuencias no serían tan notables como las del budismo. Mary Douglas define como espiritualidad 168 la doctrina que privilegia la entrega voluntaria de la riqueza por parte de los laicos a una institución religiosa a la cual se profesa fidelidad en espera de obtener beneficios espirituales en esta vida o en la otra. Para explicarla se debe desentrañar la razón convincente por la cual se mantiene la fidelidad del creyente, lo cual nos lleva a buscar las causas de la adhesión religiosa en la relación de las doctrinas teológicas que propaga, referidas a la riqueza, al consumo, o al éxito, según fuera el caso. La economía política del budismo tendía a conciliar la doctrina del desapego predicada por el Fundador con la actividad económica mundana, estableciendo los medios legítimos para que su producción y consumo no conllevara lastre kármico, sino todo lo contrario, ayudara a eliminarlo. El deseo debía dirigirse a la adoración del buddha y la manutención de su samgha, noble institución capaz de generar riqueza libre de mancha moral alguna. Budismo y política Durante el periodo de fragmentación política que siguió al desmoronamiento de la dinastía Han (221 E.C.), las Cortes imperiales albergaron a una religión extranjera, el budismo indio, y le permitieron ocupar espacios en una proporción y de una importancia no vista en la historia anterior y posterior de China. Esta presencia en los debates políticos, en las discusiones filosóficas, en el afecto de buena parte de los nobles cortesanos, en los templos y pabellones de palacios, tanto como en las zonas administrativas de las ciudades imperiales, se fortaleció, más que aminorar, tras la reunificación de 168 Mary Douglas y Baron Isherwood, El mundo de los bienes. Hacia una antropología del consumo, p. 42-46. 115 Wendi de Sui (589 E.C.) y logró una sólida implantación y madurez creativa durante la mayor parte de la dinastía Tang (618-906 E.C.), hasta la tercera gran persecución del budismo en 845 E.C. El estatus de esta religión dentro de la Corte rebasa por mucho al de otras religiones del occidente asiático que consiguieron prerrogativas en la misma época o en los siglos por venir. El cosmopolitismo de los tiempos (que era más bien una exigencia política, dada la pluralidad étnica de un territorio dominado durante siglos por numerosos pueblos “bárbaros” y la fisonomía que tomaban las ciudades y regiones surcadas por las rutas comerciales, terrestres y marítimas, provenientes del Centro y el Sur de Asia) explica las facilidades que profesiones de fe como el nestorianismo, maniqueísmo, judaísmo e islam encontraron a su llegada, entre el siglo VI y el VIII E.C. (desde la época de Jin oriental, entre 264 y 316 E.C., para el caso del zoroastrismo), así como la tolerancia y el reconocimiento a sus representantes religiosos por parte del poder, que permitió la edificación de templos apropiados para el culto. La proclividad de las dinastías de origen no chino a incorporar dentro de su cuerpo de consejeros a sabios provenientes de distintas latitudes y tradiciones religiosas contribuyó a fortalecer el papel del budismo dentro de la Corte, y también es válido para explicar la aceptación de algunos brahmanes hindúes (si bien no muy exitosa ni duradera) y, en la época mongola y manchú, tanto de musulmanes como de cristianos ortodoxos rusos y latinos de Europa occidental. Pero ninguna de estas causas explica por completo ni la gran cosecha de adeptos que el budismo logró entre las elites durante todo el periodo (una constante que se alza por encima de las distintas circunstancias en el norte y el sur de China antes de la segunda reunificación, y de la fuerte institucionalización del imperio en sentido confuciano, después, y que la vuelve incomparablemente exitosa respecto de los monoteísmos que arribaron luego). Tampoco aclara la profunda injerencia que los consejeros budistas llegarían a alcanzar en las decisiones políticas de ciertos monarcas, lo que no sólo respondía a su carácter de hombres sabios, versados en ciencia (en lo que no se diferenciarían de sabios de otras pertenencias religiosas), sino que atendía, con más fuerza incluso, a la religión 116 específica que enarbolaban. Una vez que se desmarcó el budismo de su identificación temprana con el daoísmo, el prestigio de los sabios budistas en China se mostró meramente como el salvoconducto que les permitió entrar a las Cortes del norte “bárbaro” y desplegar su exitosa actividad proselitista desde los monasterios169. El impacto continuado que tuvo el budismo sobre gobernantes y grupos de poder de durante eñ gobierno de dinastías de variado origen, que se desenvolvieron en circunstancias políticas y sociales muy distintas, distingue al budismo de entre las religiones extranjeras. Esto se manifestó en la capacidad que mostró para introducirse en todos los aspectos de la vida social e intervenir en el proceso mismo de redefinición de la identidad china que tuvo lugar luego del resquebrajamiento del cuerpo ideológico confuciano y daoísta que había resultado de la labor de producción ideológica impulsada por los Han. Tenemos conocimiento de emperadores que, desde fines del siglo IV E.C., profesaban la fe budista así como de varios gobernantes que apelaron a principios de la teología budista para fundamentar la potestad del gobernante y apuntalar la legitimidad de su dinastía. Es así como los primeros emperadores de la dinastía Wei del Norte (439-531 E.C.) eran identificados por los monjes más destacados como el mismo Tathagata (un apelativo de Buddha), sus sucesores como gobernantes protectores del Dharma (la doctrina budista) 170, Wu de los Liang del Sur (512-552 E.C.) era visto como el mayor de los fieles laicos 171, Wendi de Sui (581-605 E.C.) como el Cakravartin Raja (gran patrocinador y difusor del budismo, a imagen del legendario emperador maurya Aśoka) 172 y la Emperatriz Wu Zetian (690-705 E.C.) como la reencarnación de un Boddhisattva (representación de algún atributo supremo del buddha) 173. Emperadores Tang como Gaozong (649-685 E.C.) y Xuanzong 169 El número de establecimientos budistas, con todo, era mucho mayor en el norte que en el sur al momento de la segunda reunificación (589), llegando a los 350,000 y más de tres millones de monjes y monjas; Kenneth Chen, Op. cit., p. 245- 6. El crecimiento de la religión en el sur no sería menor, pero sí dependería bastante de los grandes monasterios del norte, luego de la unificaciónde las jerarquías budistas para toda China durante el periodo de las dinastías Sui y Tang. 170 Kenneth Chen, Op. cit., p. 147 171 Paul Demieville, “El budismo chino”, en Charles-Henri Puech, Las religiones en la India y en el Extremo Oriente, 8va. ed., Trad. Francisco Torres Olivier, México, Siglo XXI Editores, 2001, p. 24 172 Wright, Arthur, “The Formation of Sui Ideology, 581-604” en John King Fairbank, Chinese Thought and Institutions, Chicago, University of Chicago, 1959, pp. 71-104 173 Sen Tansen, Buddhism, Diplomacy and Trade. The Realignment of Sino-Indian Relations, 600-1400, Honolulu, University of Hawaii Press, Association for Asian Studdies, 2003 117 (712-756 E.C.) presidieron disertaciones sobre escrituras y tópicos del budismo, y toleraban procesiones con reliquias en el Palacio Imperial.174 Las doctrinas mencionadas fueron expuestas por monjes que, desde los monasterios, buscaban dar fundamento a determinadas pretensiones mundanas que respondían a situaciones políticas concretas. Incluso gobernantes de la misma dinastía apelaron a distintos argumentos, apoyaron escuelas divergentes e impulsaron u honraron a algunos maestros por encima del resto. En los periodos en los cuales fue más intensa la aproximación del poder mundano con el poder religioso budista, su doctrina se tornó en fuente privilegiada de la doctrina política que había permanecido hasta entonces (y habría de mantenerse en adelante) reservada para los estudiosos de formación clásica. Es así como los monjes respaldaban una pluralidad de doctrinas sobre el poder político y aprovechaban sus vínculos a la elite gobernante para introducir con sutileza sus ideas en traducciones, ediciones o compilaciones de textos sagrados, así como en sus sermones. No obstante, y de manera semejante a como había ocurrido a otras corrientes de pensamiento, la relación entre célebres e influyentes maestros budistas que teorizaban sobre la política entre las elites gobernantes parecía estar sometida a las inclinaciones religiosas y a los intereses subjetivos de los emperadores, algunos de los cuales se portaron más bien con indiferencia o incluso persiguieron a la religión del Buddha. La inexistencia de instituciones budistas apoyadas permanentemente por el gobierno, como las academias imperiales donde se estudiaban los Clásicos, contribuye a explicar los altibajos en la influencia del budismo en la Corte. El aparato confuciano y los principios daoístas que sí contaban con un irrevocable sustento en la tradición política china, nunca fueron desplazadas por completo en época alguna como fuentes autorizadas de la doctrina política en China, pese a quiebres políticos desfavorables, y era frecuente el retorno a ellos para restaurar el ideal del Imperio. El carácter externo al Estado de los centros budistas donde se escribía la teología y se cultivaban las Nobles Verdades ayuda a comprender la debilidad de los vínculos de sus teólogos con la Corte, dado que no estaban institucionalizados. Pero también muestran la fortaleza de la institución monástica: 174 Kenneth Chen, Op. cit., p. 212 118 su autonomía, que la hacía capaz de sacar provecho de los periodos de apoyo oficial para incrementar su arraigo entre la población y mantenerse latente durante los periodos de relativa exclusión de los asuntos de Estado, aunque activa en el fuero privado de los altos estratos de la sociedad, en espera de los tiempos adecuados para participar en las decisiones políticas, cuando se le requiriera. Además su capacidad de recuperación tras tiempos de persecución y proscripción, firmemente ligada a la fortaleza de sus vínculos con la aristocracia, resultó fundamental para su subsistencia en tiempos difíciles. También hay que tomar en cuenta que su menor propensión a servir como polo de identidad para minorías extranjeras, como ocurría con el zoroastrismo y el maniqueísmo, a aislar sus instituciones por completo en torno a elites aristocráticas, en detrimento de su difusión entre las comunidades rurales y urbanas depauperadas y analfabetas, así como a aceptar sin restricciones las jerarquías sociales le permitió gozar de una muy amplia libertad de acción entre los estratos bajos de la sociedad y conseguir mayor penetración en el tejido social que otras religiones. Baste pensar en la profunda y no resuelta dicotomía entre el daoísmo (o los daoísmos, podríamos decir) de letrados y aristócratas y el de las masas populares. En la medida en que el budismo se arraigaba en amplios sectores de la sociedad, conforme aglutinaba más poder e influencia, lo mismo sobre masas de desprotegidos que sobre destacadas familias de la aristocracia, menos podía ser ignorada por los nuevos edificadores del imperio. Su relevancia creciente exigía poner en armonía el funcionamiento del monasterio con el del Imperio, apoyarse en su aparato mismo de difusión que trascendía las fronteras abiertas en el seno de una China dividida desde múltiples flancos. La comunidad religiosa budista era asimismo un ente permanente, de gran importancia para la vida social y económica de las capitales y las comunidades rurales, las que sustentaban, en última instancia, las finanzas del Palacio; ejercer control sobre su acelerada expansión, sobre su penetración en la Corte, sobre su presencia en las grandes urbes y sobre de sus propiedades fue la pretensión incluso de los gobernantes más devotos y derivó en la creación de sistemas burocráticos para controlar el 119 número de ordenaciones, el cumplimiento de la disciplina, la propiedad del cuerpo monástico sobre la tierra y las fábricas, su función social, etc. Los constantes levantamientos budistas en el campo, asimismo, hacían evidente que el control sobre las comunidades rurales debía ser prioridad para el poder. El entramado institucional que intentó forjarse para este fin produjo sendos esfuerzos, durante la dinastía de los Wei del Norte y posteriormente durante Tang 175, por generar una burocracia monástica, que rigiera a la comunidad de religiosos desde oficinas del estado, así como otros sistemas de alcances y éxito más moderados. La interacción entre la comunidad budista y el orden político dominante partía siempre de un marco teológico y moral sustentado en los principios de su religión, marcados por el contenido de las escrituras y su interpretación a cargo de monjes venerables y reconocidos, o, en caso de no existir regulación explícita en los textos sagrados, por soluciones implementadas por las autoridades de la comunidad. El objetivo consistía en hacerse con el apoyo del gobernante para que la comunidad budista de tradición india pudiera extender desde una posición privilegiada su labor proselitista en la sociedad china, actividad que constituye la misión fundamental con la que fue constituida por el mismo buddha. Sin embargo, este esfuerzo aspiró a más, siempre que las condiciones le fueron propicias; pretendía intervenir en la edificación misma del orden institucional y de la ideología que legitimaba al gobernante, o, al menos, modificarlos sustancialmente en su favor, apartando estos procesos de las fuentes de la ideología establecidas en China desde la antigüedad. A esta espontaneidad, tanto intelectual como política de parte de los budistas chinos, correspondió un esfuerzo por parte de los constructores de la legislación y del sistema de administración imperial encaminado a sujetar a las instituciones budistas al orden institucional, burocrático y autocrático predominante. Es así como el sujeto que llevaba adelante el esfuerzo por forjar una ideología política budista y jerarquizar los principios políticos dentro de una escala de principios trascendentes, a saber, la institución monástica, parece ser el objeto a su vez de una política 175 El primero en el marco de la restauración del budismo luego de la persecución de mediados del siglo IV E.C., poco antes de la instauración de ladinastía Sui (581-518 E.C.); el segundo durante el gobierno de Taizong de Tang (624-648 E.C.); Cf. Buckley Ebrey, Patricia and Peter N. Gregory (eds.), Religion and Society in T´ang and Sung China, Honolulu, Hawaii, University of Hawaii Press, 1993 120 de sometimiento a los designios del Estado. El cuerpo monástico respondía en última instancia a un objetivo trascendente que era la transformación de sus seguidores y de la sociedad en la que se desenvolvía. Desde esta perspectiva, un ideal de sociedad budista iba de la mano con otro sobre el uso del poder político. Las discusiones teológicas sobre las realidades mundanas estaban animadas por el objetivo de dar sustento metafísico a la política, la sociedad y la economía. La preservación de la tradición no se dio sin cambios, sin intentar adaptarla receptivamente al flujo de los acontecimientos, con el fin de organizar un modo de vida regido por valores religiosos. Confrontación y síntesis En este apartado se intenta determinar esquemáticamente en qué campos se dio la confrontación doctrinal entre el budismo y las escuelas chinas de pensamiento, en el marco de la disputa por el dominio de la enseñanza espiritual y los discursos de legitimación del gobierno imperial. Podemos ubicar estas disputas en torno a tres cuestiones, atendiendo a los principales argumentos que las escuelas chinas esgrimieron en contra de la religión que juzgaban como extranjera, por oponerse a un conjunto de principios fundamentales de la ideología definida como china. Cuestión en disputa Principios sostenidos por las escuelas chinas tradicionales Ideas budistas al respecto Sobre el fundamento de la legitimidad del poder político del Su legitimidad deriva del Mandato del Cielo y se mantiene mediante el cumplimiento de sus deberes morales y rituales, que remarcan la dimensión cósmica de su acción. - No acepta la legitimación divina del gobernante. - A estos principios opone el ideal del Cakravartin rāja, el emperador universal que ha abrazado las verdades del budismo y rinde homenaje con su acción a las tres joyas (buddha, dharma, Saghaṇ ). Su deber es proteger a la comunidad monástica y 121 gobernante convertirse en gran benefactor de la religión (mahādānapati). 176 Sobre la función de la comunidad monástica budista en la sociedad -El individuo define su identidad y su deber moral en relación con su posición en la jerarquía social y la red de las cinco relaciones de parentesco que encuadran familia y comunidad. -Estas relaciones se afirman a todos los niveles mediante el ritual (culto a los ancestros, festividades según el calendario ritual, y las ceremonias del Emperador que afirman su vínculo con el Cielo y su dominio paternal sobre la sociedad. - Aunque se reconocen y aceptan los deberes sociales y políticos de los laicos, la comunidad monástica budista (Saghaṇ ) se define como un cuerpo diferenciado y ajeno a los principios que sirven de base al orden social. - Su función primordial es albergar a quienes han hecho votos para seguir el camino de la renuncia y la liberación del ciclo de reencarnaciones (Sa saraṁ ). - Otra justificación acentuada especialmente en las corrientes mahāyāna es la labor social en favor del desarrollo espiritual y el bienestar material de la comunidad de creyentes laicos. Esto se logra cuando la institución a) sirve de medio eficaz para que la comunidad obtenga mérito mediante la donación (dāna), b) apoyando a los actos de culto propios de las comunidades para lograr buenas cosechas, evitar o paliar las epidemias y desastres naturales, rituales de matrimonio y funerarios, etc., y c) mediante la actividad económica que vuelve - La comunidad monástica (que no comprendía sólo a los monjes, sino a los sirvientes de los monasterios y trabajadores de las tierras propiedad de la comunidad) desvía a los hombres del trabajo y del cumplimiento de sus deberes de 176 Los conceptos fundamentales del budismo indio sobre el poder temporal del estado y el ideal de gobernante budista (Cakravartin rāja), derivan del contenido de las escrituras religiosas y de las leyendas transmitidas por la tradición religiosa. En este marco se ubican los relatos míticos de grandes gobernantes protectores del budismo (los paradigmas míticos del gobernante maurya Aśoka y del kuśana Kaniśka, así como la figura de Harśa Vardana, último gran rey de los Gupta posteriores, tal como nos lo presenta el monje chino Xuanzang). Hay que mencionar, sin embargo, que el budismo chino no rechazaba diversas implicaciones cosmológicas del mandato divino relacionadas con la preservación del orden cósmico y social, manifiesto en la prosperidad de las cosechas y el bienestar del pueblo; como consecuencia, el culto a las deidades budistas se entrelaza con los ritos y cultos de implicaciones políticas de la religión tradicional. 122 piedad filial (que incluyen el culto al emperador y la tributación al gobierno). - El dispendio del culto exuberante y de los templos y monasterios remarca su carácter inapropiado. productivas las donaciones en favor de la comunidad. Sobre el consumo de la riqueza Régimen de valor y consumo177 -Resultan marcadamente puritanos en sus ideas en torno a la riqueza. La sencillez es la virtud del hombre moralmente noble y debe serlo del gobernante también - El culto religioso también debe ser austero - La agricultura aporta la parte fundamental de los recursos del Estado y ocupa al grueso de la población, por lo que la acción el gobierno debe concentrar sus esfuerzos en la relación administrativa y ritual con las comunidades campesinas. - La actividad comercial resulta inevitable pero potencialmente - Desarrollos doctrinales, especialmente de las corrientes mahāyāna del budismo, justifican la riqueza empleada en un culto exuberante, la naturaleza meritoria de la donación y el simbolismo espiritual de los bienes de lujo. - Los vínculos comerciales de la comunidad budista medieval en China eran fuertes, pues mantenían su vitalidad doctrinal a través del intercambio de textos de la India y del Centro de Asia, de los monjes itinerantes que difundían nuevas doctrinas y se desempeñaban en la traducción de textos sagrados del sánscrito o alguna otra lengua del Centro de Asia, del comercio de reliquias y de la red de monasterios que servían de base institucional a estos intercambios. 177 Lo definimos como el conjunto de criterios que permiten vuelven deseable o no la adquisición de ciertos bienes y están respaldados en un sistema de creencias religiosas o sociales. El consumo de productos sancionados por el régimen es el medio por el que se constituye el entorno cultural de los individuos. 123 dañina al distender el ambiente moral de la población y predisponer los gustos a la asimilación de lo extranjero. Su control político estricto, así como el del consumo y uso de los bienes de lujo debe ser estricto. Cada lugar sagrado y cada acto de culto debe manifestar el orden del cosmos. La ciudad esta revestida por un plano ritual que afirma la preeminencia de la actividad del emperador para dar seguimiento a ese orden cósmico. El consumo debe responder a la posición y los deberes sociales de los individuos En el ritual la riqueza sirve para expresar los principios trascendentes manifiestos en las verdades de la religión. El simbolismo debe tender hacia la veneración fastuosa de las reliquias y la memoria de los grandes Iluminados. El poder político buscó zanjar esta división entre corrientes y crear una ideología útil para el gobierno de la sociedad china. El complejo sincretismo al que nos referimos es manifiesto en la misma religión del Emperador, que abreva de todas las fuentes mencionadas en el objetivo uno, pero en la dimensión política que priorizamos se encuentranrespuestas de dos géneros: Jurídica e institucional. Implicó la definición de la comunidad budista dentro de la sociedad, sus derechos, exenciones y obligaciones. Constituyó un cuerpo jurídico en constante tensión; alternaba un régimen de exenciones fiscales junto con la encomienda de los asuntos del gobierno al Ministerio de Asuntos del Extranjero (y no al de Asuntos Religiosos y Ritos) 178. La burocracia monástica que ejercía 178 Gernet, El mundo chino, p. 179 124 control de la comunidad religiosa no impedía las esporádicas persecuciones o proscripciones del budismo como religión extranjera, pese a haber vivido todo el primer milenio integrada a la vida social de la comunidad. Esta disputa data de las controversias sobre le estatus de la Sagha ṇ frente al poder político, dando relevancia especial a la postura sostenida por el monje Hui Yuan (334-416 E.C.; vivió durante la dinastía de los Jin orientales) 179 y a los memoriales de Wang Xuance (c. a. 600-78 E.C.), enviado oficial de la corte de Taizong (reinó de 626 a 648 E.C.) y Gaozong (reinó de 648 a 685 E.C.) a los reinos del valle del Ganges180. Es importante revisar en un sentido más formal las soluciones jurídicas e institucionales que los gobiernos imperiales más sólidos instauraron para integrar el cuerpo de la comunidad budista a la tutela del poder imperial. Sin embargo, hubo una respuesta jurídica que buscaba contrarrestar la forma cultural que representaba el budismo, a través del consumo de mercancías. La comunidad mercantil, lo mismo que la monástica, y todos los extranjeros estaban sujetos a estrictos reglamentos que limitaban esencialmente su movilidad. Considerando lo que ambos, comunidad monástica y comunidad mercantil, se deben mutuamente, en cuanto a su definición cultural, doctrinal y moral, la reglamentación del comercio equivale a una reglamentación de la comunidad misma, al establecer los límites de la actualización de su tradición de procedencia extranjera. La limitación de la institución budista equivale, dada su función en la vida urbana y en las rutas de intercambio, a una legislación sobre la comunidad mercantil misma. Mítico-profética. Varios fueron los gobernantes que entretejieron sus pretensiones de legitimidad con los mitos y profecías de la religión budista, sin renunciar por ello a su justificación con base en los argumentos tradicionales de la religión y la filosofía política china. Distinguimos dos formas de elaborar esta justificación en casos insignes: - La emulación de los paradigmas míticos del Cakravartin rāja por el emperador Wendi (581- 605 A.C.) de la dinastía Sui, como medio de legitimar la reunificación china tras 360 años de división y 179 Erik Zürcher, Op. cit., cap. 4 180 Sen Tanzen, Op. cit., pp. 147-52 125 confrontación entre reinos bárbaros y chinos, aristócratas y centralizados. - La producción de textos derivada del patrocinio real a la labor de ciertos monasterios, escuelas y traductores. Sus implicaciones más importantes son los discursos en apoyo del encumbramiento de gobernantes como encarnaciones del buddha Maitreya o Samantabhadra, o de la justificación de su ascenso al poder como un suceso ya predicho en textos sagrados. Los gobernantes de la dinastía de los Wei septentrionales (431-530 E.C.) y la emperatriz Wu en su intento por dar legitimidad a su efímera dinastía Zhou (690-705 E.C.) 126 Conclusiones. Esta investigación ha sido un intento por aproximarse al complejo entramado de la legitimidad imperial, que abreva de múltiples fuentes y difícilmente puede entenderse como un sistema cerrado de pensamiento. En un primer momento se revisaron las principales tendencias de la historia política durante el primer milenio del Imperio, y se desprendió de ello que existía un sistema institucional bien integrado, sostenido por leyes y burocracia, y que se volvería símbolo del sistema político han y motivo de su eficacia. Constituía la base material de la institución imperial y se fundaba en la vertiente pragmática de la ideología legalista. El legalismo, sin embargo, por lo menos el de la tradición del reino de Qin, comenzó la edificación de un entramado mitológico y ritual para apoyar la dignidad imperial. Esta labor sería apuntalada por las dinastías venideras, especialmente por el Emperador Wudi de Han, quien dio vía libre a los clasicistas de formación confuciana para que se hicieran cargo de complementar, preparar y poner en marcha los rituales en adelante. Es este un núcleo duro del Imperio, a la vez institucional y legalista, soportado por la historia y por las funciones rituales, potestad del soberano. Sobre este entramado, las tradiciones del clasicismo confuciano y el daoísmo intentaron ejercer influencia, con éxitos temporales. El eje rector de sus doctrinas y su sistema de enseñanza y producción ideológica, sin embargo, se sostenía en un conjunto de textos Clásicos, que las dotarían de nueva fisonomía como corrientes de pensamiento, respecto de su funcionamiento en la época anterior al Imperio. Lo que buscaban era mostrarse como un conjunto ordenado, discernible y unificado de ideología útil al soberano. Esta tendencia a solidificar la enseñanza, el conocimiento y las palabras de las autoridades respondía al esfuerzo del poder imperial por controlar la ideología, mediante las Oficinas de Eruditos, por lo menos desde la dinastía Qin, que concentraba todas sus actividades intelectuales en el recinto imperial; el canon de escrituras constituía una etapa posterior, donde debía exhibirse un mínimo de cohesión en las teorías y corrientes mismas, que difícilmente se había mostrado antes. 127 El canon era una estructura dinámica que admitía la integración de tradiciones ya fuesen rivales o próximas y compatibles. La reedición de textos, la admisión de interpolaciones, los apócrifos, eran medios que flexibilizaban una tradición escrita que clamaba por la vida y el cambio, y es casi por completo una forja de la época imperial. El budismo pudo ingresar a las cortes de múltiples maneras a través igualmente de su canon de escrituras. Un caso especial, un tanto apartado de los lineamientos iniciales del estudio, sin embargo, muestra el nivel de integración posible de esta religión india en el entorno espiritual y filosófico chino. Muestra que la adivinación y el manejo de escrituras y rituales fue su salvoconducto a la presencia del emperador, pero también queda claro que el budismo logró consolidar una organización social privilegiada, sobre una noción del valor, la riqueza y la conquista espiritual, a través de la económica o la política, que le permitió responder con gran estabilidad, por lo menos durante este periodo, a los esporádicos embates del poder político en su contra. Es verdad que el budismo tenía autonomía afianzada en su base social, pero el afán integrador del poder imperial se manifestó en la burocracia monástica invulnerable a ataques desde la dinastía Wei. Las mismas tensiones que anteriormente con las corrientes chinas se manifiestan con respecto al budismo e indican características generales del trato de la ideología dentro del aparato institucional del régimen imperial. La forja o reunificación del Imperio no fueron procesos unilineales, cuya conclusión fuera definitiva. Resultaron por el contrario de varios intentos subsecuentes o confrontados cuyo éxito fue dispar, cuyas prácticas, estrategias políticas y vicios inveterados se transmitían de una empresa madura y en declive a otra en ascenso, aun siendo rivales, y, más importante quizá, cuyos logros más o menos aparentes en hacerse con el poder indiscutido del Reino de en Medio debían ser tarde o temprano reafirmados mediante nuevos actos de poder y reformas radicales del sistema, a riesgo de ser barridos por nuevas fuerzas en pugna; la hegemonía, en consecuencia, nunca fue un privilegio duradero, sino una investidura a conquistar permanentemente.128 129 Anexo 1. Dinastías de China Xia (2700 - 1600 A.E.C.) Shang (1600 - 1050 A.E.C.) Zhou (1050 – 256 A.E.C.) • Zhou del Este (1050-771 A.E.C.) • Zhou del Oeste (770-256 A.E.C.) ◦ Periodo de Primavera y Otoño (770 - 476 A.E.C.) ◦ Periodo de los Reinos Combatientes (401-221 A.E.C.) INICIO DE LA ERA IMPERIAL Dinastía Qin (221 – 207 A.E.C.) Dinastía Han (206 A.E.C.-221 E.C.) • Han Anteriores (206 A.E.C. - 6 E.C.) ◦ Gaozu (Liu Bang) (206 - 195 A.E.C.) ◦ Weidi (179 - 157 A.E.C.) ◦ Jingdi (156 – 141 A.E.C.) ◦ Wudi (141 – 87 A.E.C.) • Dinastía Xin (Wang Mang) (8 - 23 E.C.) • Han Posteriores (24 - 221 E.C.) Los Tres Reinos (220-280 E.C.) • Reino de Cao Wei (220 – 265 E.C.) • Reino de Shu Han (221 – 263 E.C.) • Reino de Wu (222 – 280 E.C.) Dinastía Jin Occidental (265 – 316 E.C.) PERIODO DE LAS DINASTÍAS DEL NORTE Y EL SUR (320 – 589 E.C.) Las Seis Dinastías del Sur Dieciséis Reinos (304 – 431 E.C.) Dinastía de los Wei del Norte (386 – 535 E.C.) Wei del Este (534 – 550 E.C.) Wei del Oeste (535 – 556 E.C.) Qi del Norte (550-577 E.C.) Zhou del Norte (557-581 E.C.) SEGUNDA REUNIFICACIÓN IMPERIAL Dinastía Sui (581 – 617 E.C.) • Wendi (581 – 604 E.C.) • Yangdi (605 - 617 E.C.) Dinastía Tang (618 – 906 E.C.) • Taizong (626 – 648 E.C.) • Gaozong (648 – 685 E.C.) Dinastía Zhou (Wu Zetian) (690 – 705 E.C.) • Xuanzong (712 – 756 E.C.) Rebelión de An Lushan (752 – 762 E.C.) 130 Anexo 2. Historia del budismo Fechas India China Budismo Política Budismo Política c. a. 563 Nace Siddhartha, el Buda histórico Reyes de Magadha Dinastía de los Zhou orientales. Época de Primavera y Otoño Siglo VI a. e. c. Buda se ilumina en Sarnath; pri- meros sermones Siglo V a. e. c. Muerte de Buda o gran Parinirvana. Primer concilio Periodo de los Estados en Guerra Siglo II a. e. c. Segundo concilio y escisión de los Mahasamghikas Inicio de la dinastía Maurya (321 a. e.c) 273- 232 Tercer Concilio Emperador Ashoka 221- 206 Vinaya Mahasamghika Qin Shihuang Di y la dinastía Qin 206-6 Se comienzan los monasterios cueva de Ajanta. Stupas de Sarnath Dinastía de los Han anteriores Siglo I al III Cuarto Concilio Dinastía Kushana Kajula Kadphises Kanishka Huvishka Sueño de Ming Di Han posteriores - Ashvagosha - Nagarjuna - Textos de la Perfección de la Sabiduría (Prajñaparamita) - Amitabha sutra Avatamsaka sutra -Vimalakirti Nirdeśa Sutra Primer templo budista en China Escuelas artísticas y pictóricas de Mathura, Gandhara y Amaravati Primeras traducciones: Sutra en cuarenta y dos secciones, Sutra de la perfección de la sabiduría (Prajñaparamita), Sutra del Loto de la verdadera ley. Traductores: An Shigao, Lokakśema, Las tres dinastías Dinastía de los Jin Occidentales Siglo IV -Nalanda -Bamiyan Dinastía Gupta. Época de florecimeinto de las artes y la teología. Las seis dinastías del sur -Inicia la construcción 131 Darmarakśa, Kumarajiva, Hui Yuan Escuelas: Tierra Pura (culto a Amitabha), Tian Dai. de las cuevas templo de Dung Huang (siglo IV) -Viaje de Faxian -Monasterio de Famen -Asanga y Vasubandhu Siglo V y VI Escuela Hua Yen -Cuevas templo de Yungang y Longmen Wei del norte -Traslado de la capital a Loyang (495) 581 - 618 Dinastía Sui Emperadores Wendi y Yangdi Siglo VII Harsha Vardana y los Gupta posteriores Dinastía Pala de Bengala Escuela Chan -Viaje de Xuan Zang -Viaje de Yi Zing Dinastía Tang -Taizong y Gaozong -Emperatriz Wu y la dinastía Zhou -Emperador Xuan Zong Corrientes principales del budismo Budismo indio Budismo chino Corrientes del budismo temprano Se habla de las 18 escuelas de budismo temprano. Algunas de las principales son las siguientes: Sthaviravada Escuela del Abhidharma Sarvastivada Vibhajñavada - Buddhagosha Escuela de la disciplina (Vinaya) Mahasamghika Corrientes mahayana Escuela Madhyamika (siglo II e. c. en adelante); Nagarjuna. Corrientes Prasangika y svatantrika. Escuela Tian Dai o del Sutra del Loto Escuela de la tierra pura(Sukhavati o Qingtu) Escuela Vijñanavadin o yagacara (derivada de la anterior) Autores: Asanga, Vasuvandhu Escuela Chan Escuela Huayen o del sutra Avatamsaka Corrientes tántricas o Vajrayana Escuela esotérica o de los mantras. 132 Anexo 3. Apéndice geográfico Mapa 1 133 Mapa 2 134 Mapa 3 135 Mapa 4 Mapas tomados de Jacques Gernet, El Mundo Chino, Barcelona, Crítica, p. 79, 129, 209 y 219, respectivamente. 136 Anexo 4. Ilustraciones Lámina 1. Carruaje tirado por cuatro caballo, parte del entierro de los Guerreros de Terracota, en la tumba del Primer Emperador Lámina 2. Representación de Buddha en las grutas de Longmen 137 Lámina 3. Comerciante del centro de Asia sobre su camello. Escultura estilo sancai, vidriada. 138 Bibliografía Fuentes primarias Ban Gu, Courtier and Commoner in Ancient China. Selections from the Former Han, trad. Burton Watson, New York, Columbia University, 1974, 282 pp Confucio, The Original Analects, Sayings of Confucius and his succesors, trad. y comentado por E. Bruce Brooks y Taeko Brooks, New York, Columbia University, 1998, 342 pp De Barry, Theodore (comp.), Sources of Chinese Tradition, New York, Columbia University, 1960, 976 pp Gregory, Peter, Inquiry into the Origin of Humanity. An Annotated Traslation of Tsung Yüan Jen Lun With an Modern Commentary, Honolulu, Hawaii, University of Hawaii Press, 1995, 264 pp Hsüan-Tsang, Si-yu-ki. Buddhist Records of the Western World, trad. Samuel Beal, Delhi, Oriental, 1969, 2 vols. Hui, Li, The life of Hiuen-Tsiang, With an introduction containing an account of the works of I-tsing, by Samuel Beal, 2a ed., New Delhi, ed. 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