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Jherry Fodor - La mente no funciona así_ Alcance y limitaciones de la psicología computacional-Siglo XXI de España Editores

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Traducción de 
J o s é L u is G il A kist u
Revisión técnica de 
E u l a l i a P érez S e d e ñ o
LA MENTE NO FUNCIONA ASÍ
Alcance y limitaciones 
de la psicología computacional
J erry F o d o r
SIGLO V EIN TIUN O
D E E S P A Ñ A E D I T O R E S
ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS ............................................................................................... XI
LISTA DE ABREVIATURAS....................................................................................... XI] ]
INTRODUCCIÓN: AÚN SIGUE NEVANDO................................. 1
1. VARIEDADES DE INNATISMO................................................ 11
2. LA SINTAXIS Y SUS INSATISFECHOS.................................. 31
3. DOS MANERAS PROBABLES DE NO EXPLICAR LA
ABDUCCIÓN......................................................................................... 55
4 . ¿CUÁNTOS MÓDULOS CREE USTED QUE H A Y ? 73
5. DARWTN ENTRE LOS M ÓDULOS........................................... 107
APÉNDICE: TORQUÉ SOMOS TAN BUENOS PARA CAZAR TRAMPOSOS.. 137
NOTAS................................................................................................... 141
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS................................................................................... 163
ÍNDICE DE AUTORES............................................................................................................ 167
En su primera encarnación, el presente libro fueron tres confe­
rencias pronunciadas en la Facultad de Psicología de la Uni­
versidad de San Raffaele, en el verano de 1997, con el patroci­
nio de la Fundación Sigma Tau. Agradezco la organización del 
acto a un antiguo amigo italiano, el profesor Massimo Piatelli; a 
muchos nuevos amigos italianos, sus comentarios y observacio­
nes críticas; y a la Dra. Donata Vercelli, haberme sacado de mi 
traumático extravío tras la pérdida de mis tarjetas de crédito, lo 
que constituye la crisis jamesiana por excelencia para un nor­
teamericano de viaje por el extranjero.
Las siguientes personas tuvieron la gran amabilidad de leer 
de principio a fin versiones anteriores de una parte o la totali­
dad del manuscrito y me ayudaron a descubrir sus errores. Me 
siento muy agradecido a Ned Block, Noam Chomsky, Shaun 
Nichols, Zenon Pylyshyn y Stephen Stich.
El apéndice se publicó por primera vez en Cognition. Quie­
ro testimoniar aquí mi agradecimiento por el permiso para ree­
ditarlo.
Las aportaciones en apoyo de este trabajo realizadas por la 
MacArthur Foundation, la McDonnell Pugh Foundation, la Na­
tional Science Foundation y los National Institutes of Health 
no fueron ninguna fruslería.
El autor aparece en su lugar alfabético en el índice de autores.
LISTA DE ABREVIATURAS
Éstas son las abreviaturas que aparecen en el texto:
E(TGM) TCM combinada con el principio E.
IA Inteligencia artificial.
MDT Módulo de detección de tramposos.
MP Modus ponens.
M(TCM) Teoría Computacional Mínima de la Mente. (La 
función de una representación mental en un pro­
ceso cognitivo sobreviene a ciertos hechos sin­
tácticos, cualesquiera que sean).
Principio E Sólo las propiedades esenciales de una represen­
tación mental pueden determinar su función 
causal en la vida mental.
RM Representación mental.
TCM Teoría Computacional de la Mente.
TLG Teoría lingüística general.
(T)MM (Tesis de la) modularidad masiva.
TRM Teoría Representacíonal de la Mente.
INTRODUCCIÓN: AÚN SIGUE NEVANDO
A lo largo de los años he escrito varios libros laudatorios para 
la Teoría Computacional de la Mente (que en adelante citaré a 
menudo como TCM), Desde mi punto de vista es, con mucho, 
la mejor teoría del conocimiento de que disponemos; en reali­
dad, la única merecedora de un análisis serio entre todas las 
que tenemos. Hay hechos de la mente de los que esta teoría da 
razón y que, sin ella, no sabríamos en absoluto cómo explicar. 
Además, su idea central —que los procesos intencionales son 
operaciones sintácticas definidas realizadas sobre representa­
ciones mentales— es de una elegancia sorprendente. En resu­
men, hay todo tipo de razones para suponer que, por lo que 
respecta al conocimiento, la Teoría Computacional es parte de 
la verdad1.
Sin embargo, no se me había ocurrido que alguien pudiera 
pensar que fuera una parte muy grande de la verdad. Y todavía 
menos que estuviera lejísimos de constituir la explicación com­
pleta del funcionamiento de la mente. (Los profesionales de la 
inteligencia artificial han dicho a veces cosas que dan a enten­
der que están convencidos de ello. Pero, en general —incluso 
según sus propias palabras—, se suponía que la IA era un asun­
to de ingeniería y no de ciencia; y, desde luego, no de filosofía). 
Así pues, al escribir libros para explicar lo estupenda que es la 
TCM, he procurado, en general, incluir una sección donde se 
dijera que, en mi opinión, no podía abarcar más que un frag­
mentó de una psicología cognitiva completa y satisfactoria; y 
que los problemas más interesantes —y, sin duda, los más difí­
ciles— sobre el pensamiento no podían recibir mucha luz de 
ningún tipo de teoría computacional imaginable de momento. 
Creo que, en cierto modo, daba por supuesto que nosotros, los 
fervientes admiradores de la psicología computacional, estába­
mos más o menos de acuerdo sobre ese punto.
Ahora, sin embargo, me he desengañado y he dejado de dar 
tal cosa por supuesta. Hace un par de años, The London R eview 
ofB ook s me pidió que escribiera acerca de dos nuevas publica­
ciones, cada una de las cuales resumía y elogiaba una teoría cada 
vez más influyente en ciencia cognitiva: How the Mind Works, 
de Steven Pinker, y Evolution in Mind, de Henry Plotkin. Am­
bos libros proponen, desde puntos de vista muy similares, cómo 
podríamos combinar la TCM con un innatismo psicológico glo­
bal y con principios biológicos tomados de una explicación 
neodarwinista de la evolución. Al parecer, la opinión de Pinker 
y Plotkin es que, a pesar de no constituir plenamente un mapa 
general de la mente congnitiva, la síntesis resultante explicaría 
en su totalidad extensas zonas de Manhattan, el Bronx y Staten 
Island, por así decirlo. Considero ambos libros admirables y va­
liosos en muchos aspectos, pero, aunque yo mismo soy un inna- 
tista decidido —por no decir fanático—, no me sentí del todo 
feliz con ninguno de los dos, y así lo dije en mi reseña2.
En primer lugar, aunque exponen con fidelidad un conjun­
to de doctrinas sobre la mente cognitiva defendidas por mu­
chos innatistas, ninguno de los dos libros expone de manera 
tan explícita como yo pensaba que podrían haberlo hecho 
cómo encajan entre sí las diversas líneas arguméntales. En se­
gundo lugar, aunque ninguno dedica mucho espacio a las alter­
nativas, la opinión de Pinker/Plotkin no es en absoluto la única 
variedad de la actual ciencia cognitiva favorable a la idea del
carácter innato de una gran parte del conocimiento. De hecho, 
Noam Chomsky, que es, sin duda, la personificación más exac­
ta del renacimiento del innatismo que podamos imaginar, no 
está, sin embargo, nada de acuerdo con muchas de las ideas de­
fendidas por Pinker y Plotkin. Los lectores recién llegados al 
juego de la ciencia cognitiva encontrarán, quizá, desconcertan­
te este hecho, pero espero poder explicar, a medida que avan­
cemos, a qué se refiere el desacuerdo. En tercer lugar, los dos 
libros insisten en una vinculación entre el innatismo respecto al 
conocimiento y una versión neodarwiniana y adaptacionista de 
la evolución de la mente cognitiva. Me pareció que este punto 
no estaba argumentado en los textos de manera convincente 
y que tampoco era especialmente plausible por sí mismo. En 
fin, me sentí y sigo aún sintiéndome perplejo ante una acti­
tud de bullente optimismo característico, en particular, del li­
bro de Pinker. Por mi parte, según acabo de observar, pensaba 
que los últimos cuarenta o cincuenta años habían demostrado 
muy claramente la existencia de ciertos aspectos de los proce­
sosmentales superiores sobre los que la actual panoplia de mo­
delos, teorías y técnicas experimentales computacionales nos 
ofrecen una visión escasa hasta la evanescencia. También pen­
saba que se trataba de una opinión común dentro de la profe­
sión. En vista de ello, ¿cómo podía alguien ser capaz de mos­
trar un entusiasmo tan implacable?
Así que se me ocurrió escribir un libro de mi cosecha. Mi 
intención era recoger de pasada algunas antiguas líneas de pen­
samiento; en concreto, deseaba ampliar un debate en el que me 
embarqué por primera vez hace un millón de años, más o me­
nos (Fodor, 1983), sobre la modularidad (o no modularidad) 
de la arquitectura cognitiva. Pero el libro que pensaba escribir 
habría de tratar sobre todo de la situación del innatismo com­
putacional en la ciencia cognitiva. Además, sería mucho más
breve y malévolo que los de Pinker y Plotkin. La brevedad se 
debería principalmente a que, a diferencia de ellos, no iba a es­
cribir un texto introductorio ni a hacer un repaso de la biblio­
grafía sobre ciencia empírica cognitiva, ni siquiera a argumen­
tar con mucho detalle a favor del campo teórico propuesto por 
mí. Me bastaría, simplemente, con trazar una geografía de los 
problemas completamente diferente del mapa ofrecido por 
Pinker y Plotkin. La malevolencia aparecería principalmente 
en la conclusión: el innatismo computacional es, sin duda, la 
mejor teoría de la mente cognitiva pensada hasta el momento 
(sobradamente mejor que, por ejemplo, el empirismo asocia- 
cionista, que es su principal alternativa); además, el conoci­
miento tiene facetas sobre las que el innatismo computacional 
daría, quizá, ciertamente, una explicación más o menos correc­
ta. No obstante, es muy probable que el innatismo computa­
cional sea, en gran parte, falso.
En el momento oportuno me embarqué en este proyecto, 
pero cuanto más escribía, más insatisfecho me sentía. Comencé 
pensando en dar más o menos por supuesta la TCM como teo­
ría de fondo y centrarme en cuestiones relativas al innatismo y 
al adaptacionismo. Pero, al final, aquello no resultó factible; 
quizá no sea nada extraño que lo que decimos sobre cualquiera 
de estos asuntos dependa muchísimo de lo que pensamos so­
bre los demás.
El libro que acabé escribiendo (y que usted acaba de com­
prar, según confío) contiene muchas afirmaciones acerca del 
innatismo y el adaptacionismo. Pero el contexto en que se ana­
lizan constituye, en parte, un intento de ilustrar con mayor cla­
ridad qué hay de cierto y qué hay de falso en la idea de que la 
mente es un ordenador5.
La ciencia cognitiva, que tuvo sus inicios más o menos ex­
plícitos hace unos cincuenta años, se propuso como proyecto
definitorio4 examinar una teoría debida principalmente a Tu- 
ring según la cual los procesos cognitivos mentales son opera­
ciones definidas sobre representaciones mentales estructuradas 
sintácticamente y que guardan un gran parecido con las fra­
ses5. La propuesta consistía en utilizar la hipótesis de que las 
representaciones mentales son de tipo lingüístico para explicar 
ciertas propiedades omnipresentes y características de los esta­
dos y procesos cognitivos; por ejemplo, que aquéllas son pro­
ductivas y sistemáticas, y éstos, en general, salvaguardan la ver­
dad. Por decirlo de manera aproximada: la sistematicidad y la 
productividad del pensamiento se remontarían, según se supo­
nía, a la composicionalidad de las representaciones mentales, 
que, a su vez, dependería de su estructura sintáctica constituti­
va. La tendencia de los procesos mentales a salvaguardar la ver­
dad se explicaría mediante la hipótesis de que son computacio­
nes, estipulando que una computación es un proceso causal 
sintácticamente guiado6.
Creo que el intento de explicar Ja productividad y sistema­
ticidad de los estados mentales apelando a la composicionali­
dad de las representaciones de la mente ha tenido un éxito de 
los que no parecen m enguaren mi opinión, confirma amplia­
mente el postulado de un lenguaje del pensamiento. Se trata, 
no obstante, de una historia repetida y en la siguiente exposi­
ción no voy a deternerme en ella. En cambio, me parece que el 
intento de reducir el pensamiento a computación ha tenido un 
curso decididamente variado. No obstante, es un consuelo que 
tengamos mucho que aprender tanto de sus éxitos como de sus 
fracasos. A lo largo de los últimos cuarenta años, aproximada­
mente, hemos estado planteando a la naturaleza preguntas 
acerca de los procesos cognitivos, y ella nos ha respondido con 
indicaciones interpretables respecto al alcance y los límites de 
la Teoría Computacional de la Mente cognitiva. El modelo resul­
tante es inteligible en líneas generales. Al menos, eso es lo que 
voy a sostener.
Sin embargo, antes de iniciar seriamente el debate, quiero 
esbozar con fines orientativos una breve panorámica. Esto es, 
en pocas palabras, lo que pienso que ha estado intentando de­
cirnos la naturaleza respecto al alcance y límites del modelo 
computacional:
A partir de Freud ha quedado bastante claro que nuestra 
taxonomía «popular» preteórica de los estados mentales refun­
de dos tipos naturales muy diferentes: los intrínsecamente in ­
ten cionales, de los que son paradigmáticos las creencias, los de­
seos y otros similares8, y los intrínsecamente conscientes^ , entre 
cuyos ejemplos se cuentan las sensaciones, los sentimientos, 
etcétera10, Sostengo, así mismo, que un resultado importante 
del intento de hacer coincidir los hechos del conocimiento hu­
mano con la versión clásica de la computación —la dada por 
Turing— es que necesitamos una dicotomía análogamente fun­
damental entre procesos mentales lo ca les y no locales. Pode­
mos confiar (sigo afirmando) en la existencia de un conjunto 
característico de propiedades compartidas por ciertos casos tí­
picos de procesos mentales locales, pero que no comparten 
con otros ejemplos típicos de procesos mentales globales11. 
Tres de esos rasgos son especialmente pertinentes para nuestro 
propósito: los procesos mentales locales parecen ajustarse muy 
bien a la teoría de Turing de que el pensamiento es computa­
ción; al parecer son, en general, modulares; y una gran parte de 
su arquitectura y de cuanto saben acerca de sus terrenos pecu­
liares de aplicación parecen estar especificados de forma in­
nata.
En cambio, lo que descubrimos respecto al conocimiento 
global es, en la mayoría de los casos, que se trata de algo dife­
rente del tipo local en esos tres aspectos; y que, por eso mismo,
tenemos un profundo desconocimiento del mismo. Y como 
entre los procesos mentales afectados de ese modo por la glo- 
balidad se cuentan, al parecer, algunos de los más característi­
cos del conocimiento humano, no me siento inclinado, en defi­
nitiva, a ponderar cuánto hemos aprendido hasta el momento 
sobre cómo funcionan nuestras mentes a . El balance final será 
que la actual situación en la ciencia cognitiva se halla a años luz 
de ser satisfactoria. Tal vez alguien llegue a establecerla de for­
ma definitiva, aunque me veo obligado a pensar que tal cosa no 
va a ocurrir en un futuro previsible ni con las herramientas de 
que disponemos actualmente. Como suele suceder, Eeyore, el 
burrito de Winníe-the-Pooh, da en el clavo al describir la situa­
ción: « “Aún sigue nevando”, dijo Eeyore, “...y helando... Sin 
embargo”, comentó animándose un poco, “últimamente no 
hemos sufrido ningún terremoto”».
Este es, pues, el itinerario: en el capítulo 1 expongo algunas 
de las principales ideas actualmente vigentes en los debates in- 
natistas acerca del conocimiento. En particular, quiero diferen­
ciar la síntesis entre innatismo, psicología computacional y 
(neo)darwínismo, defendida por Pinker y Plotkin, de la versión 
del innatismo propuesta por Chomsky. El innatismo chomskia- 
no y esta Nueva Síntesis13 son, en ciertos aspectos totalmente 
compatibles. Pero, según veremos, son también totalmente di­
ferentes en otros; y aunque apoyan las mismas consignas, no 
está a menudo nadaclaro que quieran decir lo mismo con esas 
consignas. Tanto los innatistas chomskianos como los compu­
tación ales se consideran, por ejemplo, herederos de la tradi­
ción del racionalismo filosófico, pero por razones bastante dis­
tintas. La versión de Chomsky (así lo propondré) da, ante todo, 
respuesta a preguntas relativas a las fuentes y usos del conoci­
miento, continuando así la tradición de la epistem ología racio­
nalista. En cambio, el innatismo computacional trata principal­
mente de la naturaleza de los procesos mentales (como, por 
ejemplo, el pensar), continuando así la tradición de la p sico lo ­
gía racionalista.
Supongo que mucho de lo que voy a decir en el primer ca­
pítulo resulta familiar para los veteranos, y, si pudiera, me lo 
saltaría. Sin embargo, las versiones estándar de la psicología 
cognitiva de la Nueva Síntesis (entre ellas, en particular, las de 
Pinker y Plotkin) apenas suelen mencionar algo que me parece 
ser su característica más determinante, a saber, su adhesión a la 
explicación sintáctica de los procesos mentales ofrecida por 
Turing; ahora bien, eso es como representar Hamlet sin el prín­
cipe. Mi propuesta consiste en volver a sacar el príncipe a esce­
na, aunque ello implique aquí, como en la obra dramática, un 
sinnúmero de problemas para todos los interesados. Una gran 
parte de este libro tratará de cómo la exposición de la Nueva 
Síntesis está configurada por la idea de que los procesos cogni­
tivos son sintácticos, de las razones de mis dudas sobre la posi­
bilidad de que la teoría sintáctica de los procesos mentales 
guarde algún parecido con toda la verdad acerca del conoci­
miento, y de qué nos queda si las cosas no son así.
El segundo capítulo analizará lo que considero las limita­
ciones de la explicación sintáctica de lo mental, mientras que el 
tercero examinará algunos medios por los que los innatistas 
computacionales han intentado —sin éxito, en mi opinión— 
eludir esas limitaciones. En el capítulo cuarto aparecerá la tesis 
de la modularidad masiva, actualmente de moda, como una de 
esas soluciones fallidas. El último capítulo aborda la relación 
de todo esto con ciertas cuestiones referentes al darwinismo 
psicológico.
A medida que avance la exposición, se irá viendo con pro­
gresiva claridad mi idea de que cierta versión del innatismo 
chomskiano resultará ser, probablemente, cierta, y que la ver­
sión actual del innatismo de la Nueva Síntesis no lo es. Sospe­
cho que la perplejidad fundamental de la Nueva Síntesis consis­
te en que la teoría sintáctica/computacional del pensamiento, 
de la que depende, es, probablemente, válida para los procesos 
cognitivos en general tan sólo si la arquitectura de la mente es 
principalmente modular —sin embargo, hay buenas razones 
para suponer que no lo es—. Por otra parte, una psicología cog- 
nitiva defendible necesita urgentemente de alguna teoría de los 
procesos mentales, y es bastante evidente que Chomsky no tie­
ne ninguna. Así pues, si el innatismo computacional es radical­
mente insostenible, el chomskiano es radicalmente incompleto. 
¡Ah!, pero nadie dijo que entender la mente cognitiva fuera a 
ser una tarea fácil.
Por mi parte, al menos, estoy bastante seguro de no haber­
lo dicho nunca. En realidad, mis opiniones sobre estos asuntos 
—valgan lo que valieren— no han cambiado mucho desde que 
comencé a escribir sobre este tipo de cuestiones. El principal 
tema del último capítulo de mi libro El len gua je d e l pen sam ien­
to (1975) es que el modelo computacional resulta poco convin­
cente como explicación del conocimiento global. Por otra par­
te, la idea de que el conocimiento modular es el punto en que la 
explicación de los procesos mentales propuesta por Turing tie­
ne la mayor probabilidad de ser cierta constituye el asunto cen­
tral de La modularidad d e la m en te (1983). La coherencia a lo 
largo del tiempo no es una virtud que, en general, me preocupe 
mucho. Según mi experiencia, el progreso científico (por no 
hablar del filosófico) es unas veces no monotónico y otras no. 
Admito, sin embargo, que las doctrinas aquí expuestas son 
compatibles con algunos de mis intentos anteriores —y, en rea­
lidad, se basan casi siempre en ellos.
Para terminar, ya que me estoy confesando, debo hacer hin­
capié en que lo que sigue a continuación no es ni remotamente
una obra académica, aunque proponga una lectura de la histo­
ria reciente de la ciencia cognitiva. De vez en cuando aparece­
rán diversos nombres conocidos (el de Eeyore, por supuesto; 
pero también los de Chomsky, Darwin, Hume, Kant, Platón, 
Turing y otros), y no hace falta que diga que me sentiré muy sa­
tisfecho si he expuesto sus opiniones con cierta corrección. Sin 
embargo, mi interés principal es explicar las opciones actual­
mente identificables con que cuenta una ciencia cognitiva inna- 
tista; en general, los personajes distinguidos con que nos en­
contremos a lo largo del camino no serán para mí tanto figuras 
históricas cuanto tipos ideales.
En fin, manos a la obra.
EL INNATISMO CHOMSKIANO
La actual fase de la teorización innatista sobre la mente cogniti­
va comenzó con dos sugerencias de Noam Chomsky: que los ti­
pos de gramáticas que pueden tener las lenguas naturales están 
sometidos a limitaciones fundamentales y universales; y que 
esas limitaciones expresan propiedades fundamentales y uni­
versales de la psicología humana correspondientes a ellas (de­
terminadas, probablemente, por la dotación genética caracte­
rística de nuestra especie). En efecto, Chomsky predijo la 
convergencia de dos líneas de investigación:
— Por un lado, una investigación empírica del alcance de 
las estructuras gramaticales que presentan las lenguas 
humanas calcularía sus límites de variación posible. A 
continuación habría que restar las maneras en que las 
lenguas humanas pueden diferir unas de otras de aque­
llas en que es concebible que puedan diferir. El resulta­
do de la sustracción es el conjunto de universales lin­
güísticos que definen implícitamente las «lenguas 
humanas posibles»
— Por otro lado, un conjunto de investigaciones históricas 
sobre las condiciones en que los niños aprenden a hablar 
calcularía la información que les proporcionan sus entor­
nos lingüísticos y, por tanto, el grado de pobreza de estí­
mulos que tolera el proceso de aprendizaje lingüístico. A 
continuación habría que restar la información contenida 
en el entorno de la requerida por el niño para conseguir 
el dominio de la lengua. El resto, una vez realizada la sus­
tracción, es la aportación del conocimiento innato del 
niño al proceso de adquisición de la lengua.
Si todo va bien, el resultado debería ser que el conocimien­
to innato del niño equivale a los principios universales mismos 
que limitan las posibles lenguas humanas. Esta coincidencia 
explicaría de un plumazo tanto por qué las lenguas humanas 
no difieren arbitrariam ente como por qué los seres humanos 
parecen ser los únicos capaces de aprenderlas (con todos mis 
respetos para alguna que otra demanda sentimental a favor de 
delfines y chimpancés).
En principio, la estrategia de investigación propuesta por 
Chomsky parece perfectamente sencilla de aplicar. Sólo necesi­
tamos determinar los valores empíricos de los parámetros perti­
nentes, realizar las restas indicadas y, luego, comparar los resul­
tados. Entonces, se preguntará el lector, ¿por qué no consiguió 
alguien una beca y se puso a hacerlo? En la práctica, no resulta­
ba nada sencillo. Para empezar, a los científicos del conocimien­
to no les resulta fácil conseguir becas cuando trabajan sobre 
cuestiones de interés teórico. (Una importante función de la 
institución de la revisión entre pares es garantizar que así sea). 
Además, hasta las personas razonables pueden disentir sobre el 
grado y maneras en que difieren realmente las lenguas; y sobre 
si las semejanzas restantes no podrían «solventarse mediante 
una explicación» que no recurriera a postulados innatistas (qui­
zá, apelando a factoreshistóricos o ambientales, o a las propie­
dades funcionales que necesitaría cualquier lengua para ser ex­
presiva y eficaz). Así mismo, no es ninguna minucia calcular 
cuáles son las informaciones que el entorno lingüístico del niño 
pone a disposición del proceso de adquisición, o qué partido le 
saca el niño a lo que ese entorno pone a su disposición, o cuánto 
de lo que el niño aprovecha en realidad podría haberlo conse­
guido sin el entorno, de acuerdo con la consecución de una flui­
dez normal recurriendo a medios normales. No podemos, por 
supuesto, llevar a cabo experimentos al estilo de Kaspar Hauser 
con los retoños de nuestros semejantes.
Así pues, la polémica iniciada por Chomsky hace todos 
esos años sigue viva. Doy por supuesto que sus líneas generales 
son conocidas y ya no volveré a exponerlas aquí. Lo más desta­
cado para nuestro propósito es un punto relativo a sus opinio­
nes sobre el que el propio Chomsky ha insistido a menudo: en 
la medida en que afecta a la relación entre el lenguaje humano 
y la naturaleza humana, su postura prolonga otra defendida 
durante siglos por los filósofos racionalistas —en realidad, es 
indistinguible de ella—. Si exceptuamos la identificación ca­
racterísticamente moderna entre «naturaleza humana» y «lo 
especificado por el genotipo humano», las ideas de Chomsky 
sobre el innatismo habrían sido inteligibles para Platón; y lo 
habrían sido en un sentido muy similar al del actual debate.
Ello se debe a que el innatismo de Chomsky es, ante todo, 
una tesis relativa al conocimiento y la creencia; sitúa los proble­
mas de la teoría del lenguaje en la línea de los de la teoría del co­
nocimiento. En realidad, el vocabulario en el que Chomsky en­
marca las cuestiones lingüísticas es, la mayoría de las veces, 
explícitamente epistemológico. Así, la gramática de una lengua 
especifica lo que sus hablan tes/oyen tes deben saber en cuanto 
hablantes y oyentes; y la meta del proceso de adquisición del len­
guaje por parte del niño consiste en construir una teoría de la 
lengua que exprese correctamente ese conocimiento gramatical.
De la misma manera, el problema central de la adquisición del 
lenguaje surge de la pobreza de los «datos lingüísticos prima­
rios» a partir de los cuales el niño efectúa esa construcción. La 
solución propuesta al problema es que una gran parte del cono­
cimiento del que depende la competencia lingüística está a dis­
posición del niño d e antemano (es decir, antes del aprendizaje). 
Todos los términos que pongo en cursivas forman parte del vo­
cabulario del epistemólogo. Diré una vez más que lo que 
Chomsky comparte con los racionalistas es, ante todo, un inna­
tismo epistemológico. Cuando Platón pregunta qué sabe el jo­
ven esclavo sobre geometría y dónde diablos ha podido apren­
derlo, está planteando en gran parte la misma cuestión que 
propone Chomsky al preguntar sobre lo que los hablantes/oyen- 
tes saben de su lengua y dónde diablos han podido aprenderlo. 
En mi opinión, los términos clave son inequívocos2.
En cambio, las teorías psicológicas de la Nueva Síntesis, 
como las propugnadas por Pinker y Plotkin, se refieren, de for­
ma característica, no a estados ep istém icos sino a procesos cogn i­
tivos', por ejemplo, los procesos mentales que intervienen en 
pensar, aprender y percibir. La idea clave de la psicología de la 
Nueva Síntesis es que los procesos cognitivos son com putado- 
nales-, y la noción de computación a la que se apela se apoya 
fuertemente en la obra fundacional de Alan Turing. Según esta 
concepción, la computación es una operación formal sobre re­
presentaciones sintácticamente estructuradas. En consecuen­
cia, un proceso mental es, en cuanto computación, una opera­
ción formal sobre representaciones mentales sintácticamente 
estructuradas. Volveremos sobre esta idea muy pronto y en de­
talle. De momento nos contentaremos con saber que, mientras 
el racionalismo de Chomsky consiste primordialmente en un 
innatismo sobre el conocimiento que manifiestan las capacida­
des cognitivas, el de la Nueva Síntesis consiste ante todo en un
innatismo acerca de los mecanismos computacionales explota­
dos por ese conocimiento con el propósito de conocer. Por de­
cirlo en pocas palabras: la novedad d e la Nueva Síntesis es, sobre 
todo, la con secu en cia d e aunar una ep istem o logía racionalista 
con la noción sintáctica d e computación mental.
El intento de cimentar la psicología sobre la idea de que los 
procesos mentales son computaciones es el tema principal de lo 
que vamos a debatir seguidamente. Me interesa ante todo decir 
al lector qué considero correcto en esta idea y qué no. Pero, en 
primer lugar, debo explicarle cómo se supone que funciona. 
Eso requerirá una exégesis bastante extensa. Por favor, resistan 
conmigo. A diferencia del innatismo epistémico, el computacio­
nal es realmente un nuevo tipo de teoría racionalista. Mientras 
que Platón habría entendido suficientemente bien a Chomsky, 
dudo de que hubiera entendido ni una pizca a Turing.
LA NUEVA SÍNTESIS
1. C om pu ta ción
Es un hecho notable que nos baste una simple ojeada a una 
oración (declarativa) de la forma sintáctica P y Q («Juan nada y 
María bebe», por ejemplo) para poder decidir que cualquier 
oración de ese tipo es verdadera si, y sólo si, P y Q son ambas 
verdaderas; es decir, que las oraciones que tienen la forma P y 
Q implican las oraciones correspondientes P, Q y son implica­
das por ellas. Afirmar que «podemos decidirlo de una simple 
. ojeada» equivale a declarar que no es necesario saber nada so­
bre el significado de P o de Q para ver que esas relaciones de 
implicación son válidas, y que tampoco tenemos que saber
nada sobre el mundo no lingüístico3. Se trata realmente de un 
asunto notable pues, a fin de cuentas, lo que decide si P o Q 
son verdaderos es lo que significan, junto con los hechos relati­
vos al mundo no lingüístico.
Esta manera de pensar se suele resumir diciendo que algu­
nas conclusiones son «formalmente válidas», lo que, a su vez, 
equivale a decir que se sostienen únicamente en virtud de la 
«sintaxis» de las oraciones que las componen4. El gran descu­
brimiento de Turing fue el de afirmar que se pueden diseñar 
máquinas para evaluar cualquier deducción formalmente váli­
da en este sentido. La razón es que, aunque las máquinas son 
atrozmente malas para entender qué significan las cosas y tam­
poco son mucho mejores para hacerse una idea de lo que pasa 
en el mundo, podemos construirlas de tal modo que resulten 
buenas para detectar propiedades y relaciones sintácticas y res­
ponder a ellas. Por su parte, esto es así porque la sintaxis de 
una oración se reduce a la identidad y disposición de sus partes 
elementales y, al menos en los lenguajes artificiales en que com­
putan las máquinas, estas disposiciones y partes elementales se 
pueden desglosar exhaustivamente, al tiempo que se puede di­
señar específicamente la máquina para detectarlas.
Así pues, Turing nos mostró cómo construir_una máquina 
computadora capaz de reconocer cualquier razonamiento váli^ 
do en virtud de su sintaxis; y la tesis fundamental de la nueva 
síntesis psicológica es que los procesos cognitivos mentales es­
tán constituidos (quizá de forma exhaustiva) por el tipo de 
~Óperaciones que realizan esa clase de máquinas.-"
Fijémonos, en particular, en que la dependencia de la sinta­
xis es esencial; Turing garantiza la capacidad de una máquina 
para reconocer la validez de una deducción só lo si las condicio­
nes suficientes para que preserve la verdad son sintácticas. Así 
pues, sí tenemos intención de admitir, como los teóricos de la
Nueva Síntesis, la explicación dada por Turing sobre la natura­
leza de la computación para utilizarla en una psicología cogni­
tiva del pensamiento, deberemos asumir que los propios pensa­
m ien tos tien en una estructura sintáctica. Lo que se nos ofrece 
por el precio de esa suposición es la perspectiva de una teoría 
que explica que, en una multiplicidad de casos,los procesos 
mentales pueden conducirnos de manera fiable de un pensa­
miento verdadero a otro. Eso me suena a auténtica ganga5.
Perfecto; de momento, no diré más sobre la exposición de 
Turing acerca de la computación. Pero ¿qué tiene que ver todo 
esto con la tradición racionalista en psicología?
CONTINUACIÓN DE LA NUEVA SÍNTESIS
2. P sico lo g ía raciona lista
Los racionalistas son innatistas casi por definición; en cambio, 
el consenso de los racionalistas acerca de la naturaleza de los 
procesos mentales no es ni mucho menos transparente a prime­
ra vista. Sin embargo, ese consenso existe, compendiado, quizá, 
por Kant; además, tiene sus raíces en Aristóteles y llega a noso­
tros a través de escolásticos como Guillermo de Occam. Si este 
libro fuera una obra de erudición y yo un erudito, intentaría ar­
gumentar de alguna manera esas aseveraciones históricas; pero 
ni el libro ni yo lo somos, así que no voy a intentarlo. Baste ex- 
plicitar cuál es, en mi opinión, la idea principal de la psicología 
racionalista y cómo supongo que se relaciona con la explicación 
déla computación al estilo de Turing esbozada más arriba.
La idea principal de la psicología racionalista es que las 
creencias, deseos, pensamientos y otras realidades similares tic-
ríen formas lógicas, v esas formas lógicas se cuentan entre. Jos 
determinantes de las funciones que~desempeñan en los procesos 
mentales. Por ejemplo, Juan nada y María b eb e es una creencia 
copulativa-, ésa es la razón de que su aceptación nos pueda lle­
var a deducir que Juan nada. Los un icorn ios no existen es una 
creencia existencial negativa, y ésa es la razón de que su acepta­
ción nos puede llevar a deducir que Alfredo no es un unicor­
nio. Y así seguido. En consecuencia, emplearé la expresión 
«psicología racionalista» para cualquier teoría según la cual los 
estS5os mentales (al menos algunos) tienen forma lógica y la 
función causal de un estado mental depende (al menos entre 
otras cosas) de cuál es su forma lógica^ ’
Lo que viene a continuación son varios comentarios exegé- 
ticos sobre el carácter general de las psicologías racionalistas 
construidas de esta manera y sobre la razón de que se ajusten 
de forma natural a la tesis de que los procesos mentales son
computaciones. Veremos que lo que conecta ambas afirmacio- 
nes es ante todo la idea de que la forma lógica de un pensa- l
miento se puede reconstruir mediante la sintaxis de una repre- '
sentación mental que la exprese. ->
COMENTARIOS (EXPUESTOS SIN NINGÚN ORDEN CONCRETO)
— Las creencias, deseos, pensamientos y otras cosas simila­
res7 (en adelante los denominaré en conjunto «actitudes 
proposicionales») poseen sus formas lógicas de manera 
intrínseca. Esto equivale a decir no sólo que si x e y son 
actitudes proposicionales de formas lógicas diferentes, 
son particulares mentales diferentes ipso fa d o , sino tam­
bién que son ipso fa d o particulares mentales de diferen-
te tipo. La creencia de Sam en que, por ejemplo, PvQ , 
es, ipso ja cto , de un tipo diferente de su creencia en que 
~(~P&~Q), aunque se trate, por supuesto, de equiva­
lentes lógicos.
— Actitudes proposicionales con co n ten id o s diferentes 
pueden tener una misma forma lógica. La creencia en 
que no existe Santa Claus tiene la misma forma lógi­
ca que la creencia en que no existen unicornios, aunque 
se trate, por supuesto, de creencias diferentes.
— Supongamos, en aras de la sencillez expositiva, que la 
actitud proposicional paradigmática es una creencia en 
que cierto individuo posee cierta propiedad, por ejem­
plo, que Juan es calvo. Esa creencia tiene la forma lógica 
Fa, donde «F» expresa la propiedad que, según se cree, 
posee el individuo (p.ej., la de ser calvo), y «a» especifi­
ca al individuo que se cree posee esa propiedad (p.ej., 
Juan). Una creencia de la forma Va es verdadera si, y 
sólo si, el individuo en cuestión posee realmente la pro­
piedad en cuestión.
— En el caso general ocurre lo mismo que en el ejemplo 
anterior: las actitudes proposicionales son objetos com­
plejos; las actitudes proposicionales tienen partes. En 
las páginas siguientes me referiré a menudo a las partes 
de una actitud proposicional como sus «constituyen­
tes». Los constituyentes de la creencia en que Juan es 
calvo son: la parte que expresa la propiedad de ser cal­
vo, y la que específica a Juan. En la práctica de los psicó­
logos, los constituyentes de las actitudes proposiciona­
les suelen llamarse «conceptos»8.
— La forma lógica de una actitud proposicional no es (repi­
to: no es) reducible a las relaciones causales entre sus 
constituyentes (lo que no significa negar que puedan ser
reducibles a algún tipo de relaciones causales). Ésta es 
una d iferen cia fu ndam en ta l en tre las p s ico lo g ía s ra cio­
nalista y em pirista : mientras que, según la segunda, la 
estructura del pensamiento se determina plenamente es­
pecificando el patrón de asociaciones entre sus constitu­
yentes, según la primera se trata de un parámetro inde­
pendiente 9. Si los racionalistas pueden explicar cómo es 
posible llegar a creer aquello mismo que se solía poner en 
duda o no creer (o viceversa), es básicamente porque dis­
tinguen entre la estructura de un pensamiento y lo que se 
llama a veces su grado de «integración asociativa». 
Quisiera ser lo más claro posible respecto a este asunto, 
pues creo que es lo que distingue primordialmente la 
psicología computacional del asociacionismo (conectivis- 
ta), que es actualmente su principal alternativa. Supon­
gamos que me limito a pensar más o m enos que Juan es 
calvo, mientras que tú estás seguro de que lo es. Supon­
gamos, además, que realmente es importante para ti que 
Juan sea o no calvo, mientras que a mí, en realidad, no 
me preocupa gran cosa. En ese caso, el que tú pienses en 
Juan puede llevarte a pensar en calvo (o en es calvo) con 
una regularidad absolutamente mecánica, mientras que, 
en mi caso, pensar en Juan puede llevarme a pensar en 
calvo sólo de vez en cuando, en el mejor de los casos, o 
incluso nunca. Sin embargo, según la opinión aquí trata­
da, tu pensamiento de que Juan es calvo es una actitud 
proposicional de un tipo exactamente idéntico al mío y, 
por tanto, ambos tienen, a fortiori, la misma forma lógi­
ca. Así pues, por decirlo una vez más, su forma lógica y 
las relaciones causales que pueden existir entre sus cons­
tituyentes son, según las psicologías racionalistas, pará­
metros independientes de una actitud proposicional10.
— Supongamos que es cierto que los estados mentales pue­
den tener formas lógicas que afecten a los procesos 
mentales. La pregunta que se sigue planteando es cóm o 
unas formas lógicas pueden determinar fuerzas causa­
les. No soy lo bastante historiador como para saber si la 
tradición del racionalismo filosófico ha mantenido una 
opinión de consenso sobre esta cuestión. Pero no me 
sorprendería gran cosa oír que no, pues los racionalistas 
se han resistido absolutamente a considerar causales los 
procesos mentales n . Para sus propósitos les bastaba 
con insistir, como también lo he hecho yo, en que la for­
ma lógica del pensamiento no está constituida por las 
relaciones causales entre sus constituyentes; por tanto, a 
fortiori, no está constituida por las relaciones asociativas 
entre sus constituyentes.
Pero, en general, los científicos del conocimiento quie­
ren ciertam en te considerar causales, por supuesto, los 
procesos mentales. Así pues, si desean admitir la idea ra­
cionalista de que los pensamientos desempeñan una 
función en los procesos mentales en virtud de sus for­
mas lógicas —entre otras cosas—, deberán tener una 
opinión sobre cómo la forma lógica puede determinar 
poderes causales. No basta con limitarse a decir que es 
así; se requiere un mecanismo. Se supone que la combi­
nación del tipo de TRM de Turing con una psicología 
racionalista proporcionaría ese mecanismo: para cada 
actitud proposicional con una función causal en una 
vida mental existe una representaciónmental corres- 
ponHIénte. Las representaciones mentales son particula­
res concretos, por lo que pueden hacer que ocurran co­
sas. Además, las representaciones mentales poseen 
estructuras sintácticas que afectan a los procesos menta-
les en cuanto computaciones. Y la form a lógica d e una 
actitud proposicional sob rev ien e a la sintaxis de la corres­
pond ien te representación m en ta l12. Es decir que las acti­
tudes proposicionales disyuntivas (p.ej., aquellas actitu­
des cuya forma ló g ica es disyuntiva) corresponden a 
representaciones mentales disyuntivas (p.ej., a represen­
taciones mentales cuya forma sintáctica es disyuntiva); 
las actitudes proposicionales copulativas corresponden 
a representaciones mentales cuya forma sintáctica es co­
pulativa; las actitudes proposicionales cuantificadas 
existencialmente corresponden a representaciones men­
tales cuya sintaxis está cuantificada existencialmente..., 
y así sucesivamente para cada caso en que se invoque la 
forma lógica de una actitud para explicar su función en 
la vida mental13.
Es posible que ahora comience a estar claro por qué la 
noción de computación desempeña un papel tan funda­
mental en la manera en que los científicos racionalistas 
piensan hoy en día acerca de la mente. Una psicología 
(racionalista, empirista o del tipo que sea) necesita hacer 
algo más que limitarse a enunciar las leyes a las que, se­
gún ella, obedecen los procesos mentales. Necesita tam­
bién explicar qu é clase d e cosa pu ed e ser la m en te para 
que sean verdaderas esas leyes referentes a ella; lo cual 
equivale de nuevo a decir que necesita concretar un me­
canismo. Los empiristas sostienen, más o menos explíci­
tamente, que las leyes típicas de la psicología son genera­
lizaciones que especifican cómo se alteran las relaciones 
causales entre estados mentales en cuanto función de la 
experiencia de un ser. El asociacionismo brindó a los 
empiristas una explicación de por qué son válidas esas 
generalizaciones al decir que todas ellas son casos espe-
cíales de las leyes asociativas, que a su vez se supone que 
son innatas14. En cambio, la psicología racionalista dice 
que las leyes típicas relativas a la mente especifican los 
modos en que la forma lógica de un estado mental de­
termina su función en los procesos mentales. Así, el ra­
cionalista estará necesitado de una teoría acerca de 
cómo p u ed e verse afectado un proceso mental por la 
forma lógica de los estados mentales. Esta teoría puede 
ser, por supuesto, asociacionista, ya que, según se supo­
ne, las relaciones asociativas entre estados mentales no 
son válidas en virtud de una forma lógica sino, más bien, 
en virtud de hechos estadísticos sobre (por ejemplo) 
la frecuencia en que se han dado juntos o sobre cómo 
esa frecuencia de ocurrencia simultánea ha generado un 
refuerzo, etcétera. La noción de computación propuesta 
por Turing proporciona exactamente lo que necesita un 
científico cognitivo racionalista para llenar ese hueco: 
hace por los racionalistas lo que las leyes de la asocia­
ción habrían hecho por los empiristas si el asociacionis- 
mo fuera cierto.
— Finalmente, a primera vista es probable que las compu­
taciones, en el sentido de Turing, constituyan de alguna 
manera la puesta en práctica de las teorías psicológicas 
racionalistas. En efecto, de la misma manera que la sal­
vaguarda de la verdad es la virtud característica de las 
computaciones tal como las entiende Turing, también es 
la virtud característica de lo s p rocesos m entales según los 
entienden los racionalistas. En el curso de la cognición, 
un pensamiento verdadero tiende a llevar a otro. Uno de 
los grandes misterios de la mente es cómo puede ser así. 
Quizá este misterio pueda explicarse suponiendo que, 
en la medida en que son válidas en virtud de la estructu-
ra lógica de los pensamientos en cuestión, las inferencias 
típicas se realizan mediante computaciones guiadas por 
la estructura sintáctica de las correspondientes repre­
sentaciones mentales15.
De ello se deduce una fusión provisional entre la psicolo­
gía racionalista y la explicación de la computación dada por 
Turing. Los principales principios de esta fusión son los si­
guientes:
La Teoría Computacional de la Mente (= una psicología 
racionalista aplicada por medio de procesos sintácticos)
i. Las fundones causales de los pensamientos se deben, entre otras 
cosas, a su forma lógica.
ii. La forma lógica de un pensamiento sobreviene a la forma sintác­
tica de la correspondiente representación mental.
iii. Los procesos mentales (incluido, paradigmáticamente, el pensa­
miento) son computaciones, es decir, operaciones definidas en 
función de la sintaxis de las representaciones mentales, y pode­
mos confiar en que salvaguarden la verdad en un número indefi­
nido de casos.
A primera vista, las virtudes de llevar a cabo esta fusión son 
que nos permite (quizá) resolver los dos problemas fundamenta­
les de la psicología racionalista mencionados anteriormente: 
«¿Qué determina la forma lógica de un pensamiento?» y 
«¿Cómo determina sus poderes causales la forma lógica de un 
pensamiento?». Respuesta: la forma lógica de un pensamiento 
sobreviene a la sintaxis de la correspondiente representación 
mentallb, y la forma lógica de un pensamiento determina su ca­
pacidad causal porque la sintaxis de una representación mental 
determina su función computacional en función de operaciones 
como las de las máquinas de Turing. Así (quizá) podemos explí-
car ahora que el hecho de pensar puede ser tanto racional como 
mecánico. Pensar puede ser racional porque las operaciones es­
pecificadas sintácticamente pueden salvaguardar la verdad en 
tanto que reconstruyen relaciones de forma lógica; pensar puede 
se r mecánico porque las máquinas de Turing son máquinas17.
Al margen de cómo resulten finalmente las cosas para el in­
natismo en ciencia cognitiva, se trata, realmente, de una idea 
preciosa, y deberíamos detenemos un momento a admirarla. 
La racionalidad es una propiedad normativa, es decir, una pro­
piedad que deberían poseer los procesos mentales. Esta es la 
primera vez que ha existido una teoría mecánica remotamente 
verosímil acerca de la capacidad causal de una propiedad nor­
mativa. Absolutamente la primera.
Ya tenemos ahora en su sitio la mitad, aproximadamente, 
de la Nueva Síntesis: la mente cognitiva contiene todo el conte­
nido innato que le exigen los argumentos de la «pobreza del es­
tímulo», además de una arquitectura innata «turingiana» de re­
presentaciones mentales sintácticamente estructuradas y de 
operaciones computacíonales sintácticamente guiadas, defini­
das en función de esas representaciones. Así, la Nueva Síntesis 
comparte con el racionalismo tradicional su insistencia en un 
contenido innato; pero le ha sumado la idea de Turing de que 
la arquitectura mental es computacional en el sentido propia­
mente sintáctico. Para dar el último toque a esta exposición del 
innatismo computacional necesitamos explicar por qué los psi­
cólogos de la Nueva Síntesis defienden tan a menudo la tesis de 
que la arquitectura cognitiva es «masivamente modular» y por 
qué su adhesión a esta tesis les lleva con frecuencia al adapta­
cionismo en sus especulaciones sobre la filogénesis del conoci­
miento. Una vez hecho esto, tendremos a la vista el cuadro 
completo y podré decir al lector, si es que le interesa, qué tiene 
de erróneo, en mi opinión, esa propuesta.
Pero esto vendrá más tarde. Quiero dedicar el resto del ca­
pítulo a reflexionar un poco sobre la noción misma de estruc­
tura sintáctica. Según hemos ido viendo, la idea de que las re­
presentaciones mentales poseen propiedades sintácticas está 
en el centro mismo del vínculo entre la psicología racionalista y 
la Teoría Computacional de la Mente. Entonces, ¿qué son las 
propiedades sintácticas?
ENTONCES, ¿QUÉ SON LAS PROPIEDADES SINTÁCTICAS?
Bien; para empezar, las propiedades sintácticas son peculiares. 
Por un lado, se cuentan entre las propiedades «locales»de las 
representaciones, lo que equivale a decir que están constituidas 
enteramente por las partes de que consta una representación y 
la disposición de las mismas. Para veTcüál es lifestructura sin­
táctica de una oración no es necesario mirar «fuera» de ella, 
por así decirlo, así como tampoco nos hace falta mirar fuera de 
una palabra para saber cómo se deletrea. Pero, aunque es cier­
to que la sintaxis de una representación es una propiedad local 
en este sentido, también lo es que la sintaxis de una representa­
ción determina algunas de sus relaciones con otras represen­
taciones. La sintaxis mira, por así decirlo, afuera y adentro al 
mismo tiempo. Quiero hacer hincapié en esta dualidad pues, 
según veremos en el capítulo 2, tanto las virtudes cardinales 
como las lamentables limitaciones de la psicología computacio­
nal de tipo «turingiano» giran en gran medida en torno a ella. 
Para lo que interesa aquí a mí exposición, propongo hablar de 
la sintaxis de las oraciones más bien que de la sintaxis de las re­
presentaciones mentales; pero la moraleja es válida, mutatis 
mutandis, si suponemos que la TRM es verdadera.
El hecho gramatical de que, en la oración «John swims» 
[«Juan nada»], «swims» es el verbo principal y «John» su suje­
to está constituido enteramente por datos relativos a cuáles 
son las partes de esta frase y cómo están combinadas, Pero 
esta propiedad local de «John swims» determina, no obstante, 
varias de sus relaciones con otras oraciones en inglés: por 
ejemplo, «who swims» y «does John swim» son algunas de las 
formas interrogativas de «John swims», mientras que *«who 
does John swim» no lo es. En consecuencia, si hubiera un me­
canismo sensible a la estructura sintáctica lo ca l de «John 
swims», se hallaría en condiciones de predecir propiedades re­
laciónales de la frase, como la de tener las formas interrogati­
vas que tiene.
Lo mismo ocurre con la forma lógica de una oración (su 
sintaxis lógica, como se denomina a veces a su forma lógica). El 
hecho de que una oración tenga la forma lógica Va es un asunto 
relativo por completo a la identidad y disposición de sus par­
tes; pero el hecho de tener esa forma impone, no obstante, va­
rias de sus relaciones interoracionales. Por ejemplo, si esa ora­
ción es cierta, también lo será la oración correspondiente con 
la forma 3x(Vx). En consecuencia, un mecanismo directamente 
sensible a la forma lógica de una sentencia estará, pues, indi­
rectamente sensibilizado a algunas de sus implicaciones. Se tra­
ta de otra manera de expresar la intuición de Turing de que la 
estructura local puede cifrar no sólo relaciones gramaticales 
entre oraciones, sino también relaciones deductivas18.
Las propiedades sintácticas no son, por supuesto, las úni­
cas que muestran el tipo de dualidad interna/externa que aca­
bamos de comentar. Veamos una especie de símil para los lec­
tores a quienes gusten estas cosas.
Consideremos la famosa etología del pez espinoso de tres 
espinas. Todo lo que necesitamos saber de él aquí es que, cuan­
do un macho de la especie está sexualmente activo desarrolla 
una característica mancha roja (más o menos, en su barriga) 
ante la que otros espinosos machos sexualmente activos reac­
cionan con demostraciones características de agresión territo­
rial. Ahora bien, la actividad sexual es una propiedad compleja 
y en gran medida dísposicional cuya posesión afecta a todo 
tipo de relaciones entre el espinoso y sus iguales. En cambio, 
tener (o no tener) una mancha roja en la barriga es una propie­
dad «local» de los espinosos, de manera muy parecida a como 
el hecho de contener la palabra Juan es una propiedad de 
«Juan nada». El que un espinoso tenga una mancha roja en la 
barriga es algo constituido enteramente por la identidad y dis­
posición de sus partes. Y aquí viene lo que quiero recalcar: de­
bido a la fiabilidad de la relación entre ser, por un lado, un es­
pinoso macho sexualmente activo y ser, por otro, un espinoso 
macho con un manchón rojo en el abdomen, un mecanismo ca­
paz de responder (directamente) al manchón rojo setó., p o r tan­
to, capaz de responder (indirectamente) al patrón de disposi­
ciones de conducta característico de un macho sexualmente 
activo l9. No es casual que, entre esos mecanismos, aparezcan 
otros espinosos machos.
Esta analogía entre la sintaxis de una oración y la barriga de 
un espinoso es, sin duda, imperfecta. Quiero hacer hincapié en 
una de las diferencias porque resultará crucial en capítulos 
posteriores: mientras la identidad y disposición de las partes 
de una representación se cuentan entre las propiedades e s en ­
ciales de la misma, el color de la barriga de un pez espinoso no 
es una de sus propiedades esenciales. La identidad de un pez 
sobrevive, en general, a la alteración del color de su abdomen, 
pero la identidad d e una oración nunca sob rev iv e a las alteracio­
n es d e su sintaxis o d e su form a lógica. Así, una oración que no 
contenga a Juan, no podrá, ipso fa cto , ser una muestra del mis-
rno tipo que «Juan es calvo». Lo mismo ocurrirá con una ora­
ción que no implique que alguien es calvo.
Creo que ya basta de capítulo 1. Tenemos bien situada la 
continuación de la epistemología racionalista que hace hinca­
pié en las deducciones derivadas de la pobreza del estímulo 
para llegar a conclusiones sobre qué contenidos cognitivos son 
innatos. Tenemos, además, la continuación de la psicología ra­
cionalista que reconstruye tanto la concepción de que los esta­
dos mentales pueden tener formas lógicas como la de que sus 
formas lógicas pueden ser determinantes de su capacidad cau­
sal. Y lo hace dando por supuesto que las representaciones 
mentales poseen estructuras sintácticas, que la forma lógica de 
un pensamiento sobreviene a la forma sintáctica de la corres­
pondiente representación mental y que los procesos mentales 
son computacionales en un sentido propio de «computación» 
que gira en torno a la noción de relación causal sintácticamente 
guiada. Amén.
2. LA SINTAXIS Y SUS INSATISFECHOS
La idea de Turing de que los procesos mentales son computacio­
nes (es decir, que están sintácticamente guiados), junto con la de 
Chomsky de que los argumentos de la pobreza del estímulo im­
ponen un límite inferior a la información innata que debe poseer 
una mente, es el cincuenta por ciento de la teoría de la Nueva 
Síntesis. El resto consiste en la tesis de la «modularidad masiva» 
y en la afirmación de que la arquitectura cognitiva es una adapta­
ción darwiniana. Este capítulo y el siguiente tratan de cómo en­
caja aquí la tesis de la modularidad masiva. Voy a sostener que la 
consideración del conocimiento como un fenómeno computa­
cional supone algunos problemas muy profundos, pero que esos 
problemas surgen ante todo en relación con procesos mentales 
que no son modulares. El auténtico atractivo de la tesis de la mo­
dularidad masiva es que, de ser cierta, podremos resolver esos 
problemas o, al menos, arreglárnoslas para negarles una gran im­
portancia. Esta es la buena noticia. La mala es que, como la tesis 
de la modularidad masiva no es, evidentemente, cierta, vamos a 
tener que enfrentamos tarde o temprano a las funestas insufi­
ciencias de la única teoría remotamente verosímil sobre la mente 
cognitiva con que contamos de momento.
De todos modos, pasaré ahora a exponer mis argumentos. 
Este capítulo tratará de por qué es probable que no sea cierto, 
al menos en general, que los procesos cognitivos son computa­
ciones. En el siguiente capítulo veremos cómo se supone que la
tesis de la modularidad masiva evitaría las objeciones plantea­
das a la generalidad de la TCM, y por qué, en caso de no lograr 
evitarlo, es un misterio, y no sólo un problema, saber qué mo­
delo de ciencia cognitiva de la mente debería ser el siguiente en 
intentarlo.
PARTE 1: DONDE COMIENZA A NEVAR
Al final del capítulo 1 señalé que, como la sintaxis de una re­
presentación —mental o de algún otro tipo— es una de sus 
propiedades esenciales, la identidadde una RM no sobrevivirá 
a la alteración de su sintaxis. Supongamos que es así. En tal 
caso, la idea de Turing de que los procesos cognitivos son cau­
sales sólo si son sintácticos significa que implica lo que deno­
minaré principio E.
Principio E. Sólo las prop iedades esen cia les d e una represen ta­
ción m en ta l pu ed en determ inar su fu n ción causal en una vida 
mental.
Utilizaré la expresión E(TCM) para denominar la doctrina 
que obtenemos sí entendemos que la Teoría Computacional de 
la Mente implica el principio E, Quiero recalcar que, por razo­
nes que se van a exponer ahora, insistir en el principio E es, po­
siblemente, una manera demasiado restrictiva de interpretar la 
idea del carácter sintáctico de los procesos mentales. Sin em­
bargo, propongo continuar con esta interpretación, pues pien­
so que las principales moralejas que derivan de ella sobreviven 
a las importantes reservas que se le pueden hacer. De momento 
nos bastará con saber que hay razones convincentes para pen­
sar que la E(TCM) sólo podría ser verdad sí —o sólo en la me­
dida en que— la cognición fuera modular. De ser así, la versión 
E(TCM) de la Teoría Computacional de la Mente quedará cau­
tiva de la tesis de la modularidad masiva. La explicación deta­
llada de estas vinculaciones será el asunto principal de la si­
guiente parte del análisis.
Supongamos que cierto estado mental tiene una determina­
da función en un proceso cognitivo. Damos absolutamente por 
supuesta la TKM, de modo que este proceso cognitivo será una 
relación causal entre representaciones mentales. Asumimos 
también la TCM, de modo que las relaciones causales sean 
computaciones. Las computaciones están, por definición, guia­
das sintácticamente, de donde se sigue, por tanto, que una RM 
debe poseer alguna propiedad sintáctica en virtud de la cual el 
estado mental posee la función causal que le es propia. Si aña­
dimos ahora la E(TCM) , se seguirá también que esta propie­
dad de la RM ha de ser invariante respecto a l contexto. Ello se 
debe a que la sintaxis de una representación es una de sus pro­
piedades esenciales; y, por supuesto, las propiedades de las re­
presentaciones (o de cualquier otra cosa) dependientes del 
contexto no forman parte de sus propiedades esenciales. Las 
propiedades esenciales de una cosa son, ipso fa d o , las que po­
see siempre, sea cual sea el contexto
Juntemos todo y tendremos lo siguiente:
— Los procesos mentales son sensibles únicamente a la sin­
taxis de las representaciones mentales (pues dichos pro­
cesos son computaciones).
— Las propiedades sintácticas de las representaciones 
mentales son, ipso fa d o , esenciales (pues las propieda­
des sintácticas de cualquier representación son esencia­
les ipso fa d o )2.
— Conclusión: los procesos mentales son ipso fa cto insensi­
bles a las propiedades dependientes del contexto de las 
representaciones mentales.
Y aquí es donde comienza el problema. En efecto, parece 
como si, en realidad, esta conclusión no fuera cierta; de hecho, 
hay determinantes de las funciones causales de las representa­
ciones mentales que dependen del contexto, al menos en algu­
nos procesos cognitivos. Además (argumentando ahora en sen­
tido contrario), si un determinante de la función causal de una 
representación mental depende del contexto, no será esencial. 
Lo cual va en contra d e la E(TCM).
PARTE II: SIMPLICIDAD
Creo que la simplicidad es un ejemplo convincente de una pro­
piedad de las representaciones mentales dependiente del con­
texto a la que son sensibles los procesos cognitivos. Entre dos 
creencias rivales, es racional preferir, ceteris paribus, la más sen­
cilla; de la misma manera, es también una característica de la 
inteligencia práctica preferir el plan más sencillo entre dos pla­
nes rivales para conseguir un objetivo. La imposibilidad de eli­
minar el apelar a la simplicidad en el razonamiento científico es 
algo prácticamente axiomático. Pero podría parecer igualmen­
te claro que comparar la simplicidad relativa de unas creencias 
o unos planes de acción posibles forma parte del razonamiento 
en las decisiones diarias sobre lo que uno debe pensar o hacer, 
Rube Goldberg se ganó la vida con ello. Sus máquinas son di­
vertidas porque encuentran formas complicadas de resolver 
problemas simples.
Estamos dando por supuesta la vigencia de la TCM; por 
tanto, si la valoración de la simplicidad ha de desempeñar una 
función causal en los procesos mentales, la simplicidad/com­
plejidad 3 de los planes/teorías 4 deberá sobrevenir a la sintaxis 
délas correspondientes representaciones mentales. Si la expli­
cación del conocimiento dada por Turing es correcta, la sim­
plicidad ha de corresponder a un parámetro sintáctico de las 
representaciones mentales lo mismo que cualquier otra impor­
tante propiedad intencional de los pensamientos. Ahora bien, 
podemos imaginar, de hecho, que la sintaxis de una representa­
ción mental puede determinar su simplicidad en algunos casos 
muy reglamentados. Suponiendo, por ejemplo, que las repre­
sentaciones mentales son objetos parecidos, más o menos, a 
oraciones, podríamos suponer que cada una de ellas posee una 
simplicidad Intrínseca determinada, por ejemplo, por el nú­
mero de representaciones constitutivas que contiene5. (La idea 
de que el gato está sobre el ordenador sería, así, más sencilla 
que la de que el gato duerme sobre el ordenador; lo cual parece 
cierto, dentro de unos límites). La simplicidad de una teoría 
podría ser, en tal caso, la suma de la simplicidad intrínseca de 
las creencias que la constituyen; y elegir la teoría más sencilla 
entre todas las posibles se reduciría a una operación aritmé­
tica 6. Pero es evidente que nada de esto se puede suponer en 
general. En general, el efecto que tiene sobre la simplicidad de 
una teoría añadirle un nuevo pensamiento depende del contex­
to. Esto es algo evidente, aunque sólo sea por la consideración 
de que el propio pensamiento que sirve para complicar una 
teoría puede servir para simplificar otra.
Pensemos, para el caso de una teoría particular a la que 
añadimos un pensamiento, en la simplicidad de dicho pensa­
miento como lo que determina hasta qué punto complica 
(/simplifica) esa teoría. En ese caso la simplicidad es una pro­
piedad intrínseca (es decir, indep end ien te d e l con tex to) de los 
pensamientos si, y sólo si, cada uno de ellos contribuye a un in­
cremento (/disminución) de la simplicidad general de cual­
quier teoría a la que la añadimos. Sin embargo, es muy palma­
rio que, según este criterio, la contribución de un pensamiento 
a la determinación de la simplicidad de una teoría no es inde­
pendíente del contexto. Más bien, el efecto que tenga la adi­
ción de una nueva creencia sobre la simplicidad general de las 
anteriores convicciones epistémicas de uno dependerá de cuá­
les fu eran esas an teriores con viccion es ep istém ica s1. Ajustar una 
o dos regresiones planetarias no requiere apenas una sincroni­
zación de la astronomía cuando se tienen convicciones helio­
céntricas; pero complicaría notablemente nuestra astronomía 
geocéntrica hasta impedirle subsistir.
Lo mismo se puede decir sobre la función de la simplicidad 
en el razonamiento práctico. La idea de que mañana no correrá 
viento complica de manera importante nuestros planes si te­
níamos intención de navegar a vela hasta Chicago, pero no si 
nuestro proyecto era ir allí en avión, en coche o andando. Pero, 
por supuesto, la sintaxis de la representación mental que ex­
presa el pensamiento mañana no correrá v ien to es la misma, al 
margen del plan que le añadamos. En resumidas cuentas: la 
complejidad de un pensamiento no es algo intrínseco; depende 
del contexto. Pero la sintaxis de una representación constituye 
una de sus propiedades esenciales y, por tanto, no cambia 
cuando la representación se transfiere de un contexto a otro. 
Entonces, ¿ cóm o podrá sobreven ir a su sintaxis la simplicidad de 
un pensam iento, según lo requiere —recordémoslo—la TCM?
La aportación de un pensamiento en la determinación de la 
complejidad de una teoría depende del contexto; creo que ya 
lo he dicho. Quiero recalcar que entre las propiedades relació­
nales de un pensamiento no está sólo el truismo de su aporta­
ción, sea la que fuere, a la complejidad de una teoría que lo 
contiene. Agradezco al profesor Paolo Casalegno haberme su­
gerido la siguente preciosa manera de ilustrar esa distinción: 
pongamos que un texto es «globalmente impar» si contiene un 
número impar de palabras, y «globalmente par» en el caso con­
trario, y consideremos que la aportación de la oración «Juan la 
ama» contribuye a determinar si un texto que la contiene es 
globalmente impar. Pregunta: ¿ es esta aportación d ep end ien te 
d e l contex to? Es posible que el lector se sienta inclinado a de­
cir: «Sin duda que lo es, pues sí un texto determinado tiene un 
número impar de palabras, añadir “Juan la ama” hace global­
mente par el texto resultante; mientras que si el texto tiene un 
número par de palabras, añadirle “Juan la ama” lo hace global­
mente impar».
Pues no. No hay duda de que la consideración que acaba­
mos de plantear muestra que la contribución de «Juan la ama» 
alos textos a los que añadimos esta frase es una propiedad rela- 
monal. Pero, puestos a ello, se trata de una propiedad relacio­
na! in d ep end ien te d e l contex to. La oración contribuye con la 
misma aportación, tanto si el texto al que la añadimos es glo- 
fealmente impar como globalmente par; en ambos casos, aporta 
e l núm ero d e palabras que con tien e. Y, por supuesto, el hecho 
de contener el número de palabras que contiene es una propie­
dad sintáctica —y, por tanto, esencial— de una oración, por lo 
que no depende del contexto. Lo dependiente del contexto no 
es qué aporta una sentencia a la determinación de la imparidad 
global de un texto sino, más bien, el resultado de la aportación 
con la que contribuye a determinar la imparidad global de un 
texto (véase nota 7). En algunos contextos, el resultado de aña­
dir tres palabras es un texto globalmente impar; en otros, no.
Así pues, volviendo a la línea principal de la disquisición, 
las representaciones aportan las mismas estructuras sintácticas,
al margen del contexto al que las añadamos; pero los pensa­
mientos no aportan el mismo grado de complejidad a cualquier 
teoría a la que los añadamos. Por tanto —y ésta era mi pregun­
ta—, ¿cómo puede sobrevenir la simplicidad de un pensamien­
to a la sintaxis de una representación mental? La pregunta era 
retórica; a primera vísta da la impresión de que no pude.
Esto es lo que h em os dicho hasta aquí: una parte de las fun­
ciones cognitivas de un pensamiento está determinada, proba­
blemente, por propiedades esenciales (en concreto, sintácticas) 
de la correspondiente representación mental; los efectos de la 
forma lógica de un pensamiento sobre su función en las deduc­
ciones demostrativas son paradigmáticos, y la historia contada 
por Turing acerca del carácter computacional del conocimien­
to funciona especialmente bien en este tipo de casos. Pero pa­
rece como si algunos determinantes de la función que desem­
peña un pensamiento en los procesos mentales no encajasen en 
este paradigma; en particular, no parecen hacerlo las propieda­
des de un pensamiento sensible a los sistem as d e creen cia en 
que se inserta.
Las inferencias en las que las características de una teoría 
de inclusión afectan a las funciones a la vez deductivas-y-cau- 
sales de sus creencias constitutivas son lo que los filósofos lla­
man a veces «inferencias globales», «abductivas», «holísticas» 
o «para una mejor explicación». A partir de ahora, utilizaré es­
tos términos de forma más o menos intercambiable. Lo que tie­
nen de común desde el punto de vista de la E(TMC) es que se 
trata de ejemplos basados en presunciones en los que los deter­
minantes de la función computacional de una representación 
mental pueden pasar de contexto a contexto; así pues, la fun­
ción computacional de una representación mental no está de­
terminada en ellos por sus propiedades individuantes; y en 
ellos, por tanto, la función computacional de una representa-
eión mental no está determinada por su sintaxis. Es decir: lo 
que tienen en común desde el punto de vista de la EÍTMC) 
es que son contraejemplos basados en presunciones.
-PARTE III: SINTAXIS «INTERNA» Y «EXTERNA»
A primera vista, la línea de pensamiento que he venido siguien­
do parecería demostrar que algunos determinantes de la fun­
dón causal/ínferencial de un pensamiento no son sintácticos. 
Por tanto, parecería demostrar que algún tipo de pensamiento 
no es computacional. Pero —esto va en cursiva— no lo dem ues­
tra. Lo que demuestra es más bien la importancia de una ambi­
güedad que acecha en las formulaciones informales de la idea 
de que la función causal de una representación mental está sin­
tácticamente determinada. La E(TCM) lo entiende como una 
afirmación de que la función causal de una representación 
mental está determinada por su sintaxis; es decir, por su estruc­
tura constitutiva; es decir, por las propiedades sintácticas que 
posee la representación en virtud de sus relaciones con sus par­
tes; es decir, por las propiedades sintácticas «locales» que las 
representaciones poseen esencialmente. Lo que acabamos de 
ver es que entender así la expresión «sintácticamente determi­
nado» pone en un aprieto a la E(TCM) con los efectos de la 
globalidad en el procesamiento mental. Sin embargo, hay otra 
manera más liviana de entender la expresión «determinación 
sintáctica», compatible con el mantenimiento de la idea básica 
de que los procesos mentales son computaciones. Considere­
mos, por tanto, lo que llamaré Teoría Computacional Mínima 
de la Mente, la M(TCM).
M(TCM): La fun ción de una representación m ental en los procesos 
cogn itivos sob rev ien e a algunos h echos sintácticos o de otro tipo.
Observemos que, hablando estrictamente, la M{TCM) es 
compatible con todo cuanto he dicho hasta el momento sobre la 
importancia de la globalidad, la abducción y otras características 
similares en la vida de la mente cognitiva. Por ejemplo, aunque 
parece claro que la simplicidad no es una propiedad intrínseca 
de una representación mental y, por tanto, no sobreviene a la sin­
taxis de esa representación, todavía está abierto si la simplicidad 
es, a pesar de todo, una propiedad sintáctica8. Todo cuanto se 
requiere, según la M(TCM), es que, dada la sintaxis d e la repre­
sentación R y d e otras representaciones en la teoría incluyen te T, la 
simplicidad de R respecto a T esté determinada plenamente. En 
efecto, de acuerdo con esta exposición poco rigurosa de la deter­
minación sintáctica, el hecho de que la simplicidad sobrevenga a 
las propiedades sintácticas, p ero relaciónales, de las representa­
ciones mentales estaría en consonancia con la idea de que la 
mente es un ordenador. {Como ocurre con los efectos de una 
oración sobre la imparidad global de los textos que la conten­
gan; véase más arriba). Lo mismo vale, mutatis mutandis, para 
otros factores de la cognición que son globales a primera vísta9.
Así, suponiendo que es correcta en lo demás, la M(TCM) 
nos ofrece una explicación de qué significa que los procesos 
mentales sean sintácticos, es decir, compatibles con el hecho de 
tener determinantes globales. Muy bien. Por otra parte, si la 
M(TCM) tiene algún fallo, en el caso de que haya realmente 
factores globales en el conocimiento, toda esta cuestión de la 
Nueva Síntesis se hallará gravemente comprometida.
En realidad, así es como yo veo en gran medida la situación 
actual. Quisiera analizar algunas consideraciones que, en mi 
opinión, hacen probable este diagnóstico.
La primera dice así: la M(TCM) es suficientemente buena 
como para salvar la idea de que las mentes son «equivalentes en 
datos de E/S [entrada/salida (input/output)]» a las máquinas 
de Turing, puesto que si una relación es sintáctica, entonces al­
gún tipo de máquinade Turing podrá computarla10. Pero hay 
un sentido claro en que la M(TCM) no es lo bastante buena 
como para salvar la probabilidad psicológica del cuadro pre­
sentado por Turing acerca del funcionamiento de la mente. En 
efecto, lo que las computaciones clásicas añaden a una repre­
sentación está determinado, por definición, no sólo por algu­
nas de sus propiedades sintácticas, cualesquiera que sean, sino, 
m particular, por su estructura constitutiva, es decir, por la ma­
nera en que la representación está constituida por sus partes. 
Como lo que tenemos en la mente es este tipo de hecho sintác­
tico, damos por supuesto que la sintaxis de la representación 
¿stá disponible ipso fa d o para las computaciones a las que la 
representación proporciona un ámbito. Es de suponer que 
cualquier cosa que tenga acceso a X tendrá, por la misma ra­
zón, acceso a sus partes. Pero, una vez más, hay un cúmulo de 
hechos sintácticos relativos a cada una de las representaciones 
que no se identifican con los comprendidos por su estructura 
constitutiva; en concreto, hay un cúmulo de hechos referentes 
a sus relaciones sintácticas con otras representaciones. Ade­
más, por un lado, esos hechos no son accesibles ipso fa d o a 
computaciones a las que la representación proporciona un ám­
bito; y, por otro, ciertas consideraciones sobre globalidad dan a 
entender que podrían ser esenciales para determinar cuál es el 
comportamiento de la representación en el proceso cognitivo.
Esta última observación podría parecer incompatible con 
la evidencia anteriormente señalada según la cual (en el sentido 
de la nota 10) las máquinas de Turing pueden computar cual­
quier dato sintáctico. De ser así, algo grave habría fallado, por
supuesto, en el argumento. Pero, pensándolo bien, no es así. 
La cuestión gira en torno a una distinción fácilmente pasada 
por alto entre una aseveración que garantizaría la M(TCM) —a 
saber, que las mentes equivalen a máquinas de Turing— y otra 
que podría muy bien ser falsa aunque la M(TCM) fuera verda­
dera —a saber, que la arquitectura cognitiva es una arquitectu­
ra clásica de Turing, es decir, que la mente es, curiosamente, 
como una máquina de Turing—. El hecho de que estas asevera­
ciones sean fáciles de refundir es, quizá, el motivo de que tan­
tos científicos del conocimiento den por supuesto que la Nue­
va Síntesis deb e ser cierta.
Supongamos que S es una relación sintáctica entre R y una 
teoría incluyente T, pero que no está constituida por la estruc­
tura constitutiva de R. En tal caso, un ordenador no podrá 
«ver» 5, por así decirlo, sí únicamente puede dirigir su mirada 
a la sintaxis interna de R. Sin embargo, esto no importa para el 
principio de que cualquier relación sintáctica puede ser reco­
nocida por una máquina de Turing. Ello se debe a que siempre 
es posible reescribir R como una expresión formada por la 
unión entre R y las partes pertin en tes d e T. En tal caso, S será 
una propiedad sintáctica «interna» de la expresión más larga 
resultante y, por tanto, «visible» para las computaciones a las 
que la última expresión proporciona un ámbito. Si, en el peor 
de los casos, resultara que cualquier propiedad sintáctica defi­
nible sobre T puede afectar a la función computacional de R, 
no pasaría nada; bastaría con suponer que la expresión más 
breve sobre la que se definen las computaciones en cuestión es 
la totalidad de T, incluida R.
Así, la aseveración de que las propiedades cognitivamente 
pertinentes de una representación mental sobrevienen a su sin­
taxis no limitaría la capacidad de las mentes más allá de lo que 
ya está implícito al afirmar que las propiedades cognitivamente
•pertinentes son sintácticas, Pero se trata de un magro consuelo 
para la tesis de que la arquitectura del conocimiento es una ar­
quitectura clásica, ya que, en el caso típico, es enormemente 
probable que las representaciones sobre las que se definen en 
¿realidad los procesos mentales sean m ucho más breves que una 
teoría completa. O, por decirlo de manera un poco distinta, tie­
n e que ser posible determinar con exactitud razonable las re­
percusiones de admitir una nueva creencia relativa a anteriores 
convicciones epistémicas sin que haga falta examinar esas con­
vicciones en su totalidad. Una teoría com pleta no puede ser una 
unidad de computación, como tampoco puede ser una unidad 
de confirmación, aserción o evaluación semántica u. La totali­
dad de nuestras convicciones epistémicas es un espacio desm e­
suradam ente amplio para emprender una búsqueda, sí todo 
cuanto tenemos que hacer es entender si no sería sensato llevar 
paraguas, puesto que hay nubes. De hecho, la totalidad de 
nuestras convicciones epistémicas es un espacio desmesurada­
mente amplio como para buscar cualquier cosa que intentemos 
entender.
Diré de paso que considero esto como una obviedad no 
sólo psicológica sino también epistemológica. No se trata sólo 
de que una teoría completa es, por lo general, demasiado ex­
tensa como para contemplarla por todos los lados —demasia­
do extensa como para pensar en toda ella de una vez—. Se tra­
ta también de que se puede, se debe exigir y, en general, se 
exige realizar una valoración confirmatoria respecto a objetos 
mucho menos complejos que la totalidad de nuestras convic­
ciones cognítivas. Los epistemólogos ignoran a veces esta ob­
viedad; quizá razonan consigo mismos de la siguiente manera: 
«Duhem y Quine tenían razón al decir que, en un sistema de 
creencias, las consideraciones pertinentes a las valoraciones 
epistémicas racionales pueden provenir de cualquier parte. En
consecuencia, pues, los sistemas totales de creencias deberán 
ser así mismo unidades de confirmación. Habrán de ser, por así 
decirlo, las cosas más pequeñas para las que se definen propie­
dades como la de ser (in va lidado» 12. O, quizá, no se lo digan 
de este modo sino que, simplemente, se deslícen de la premisa 
a la conclusión sin darse cuenta. Sospecho que el propio Quíne 
debió de hacerlo bastante a menudo.
Sin embargo, las dos aseveraciones parecen ser muy dife­
rentes, al menos a primera vista. A primera vista, al menos, una 
cosa es saber cuáles son las cosas más «pequeñas» para las que 
se definen propiedades como la de «ser (in)confirmable» y 
otras similares, y otra muy distinta qué consideraciones pueden 
decidir sí una cosa de ese (o de otro) tamaño no es confirmada. 
El hecho de que estas consideraciones (no)confirmadoras pue­
dan «provenir de cualquier parte en una teoría» no es, ni si­
quiera en principio, un argumento a favor de que las cosas más 
pequeñas (no)confirmadas deben s e r teorías. Ahora que lo 
pienso, ¡al diablo la con firm ación !; las consideraciones que de­
ciden si un sistema de creencias es deductivamente coherente 
pueden «provenir también de cualquier parte de la teoría». De 
ello no se sigue, y tampoco es verdad, que la totalidad de nues­
tras creencias sea la unidad mínima de convicción epistémica 
cuya coherencia se pueda afirmar o negar.
Para lo que aquí merece la pena, podría haber pensado que 
la unidad de confirmación típica es un juicio según el cual un 
determinado individuo posee una determinada propiedad. 
Esto es, por decirlo así, la cosa menor que puede ser verdad, 
por lo que sería de esperar en cierto modo que fuera lo mínimo 
susceptible de confirmación. Sin embargo, el razonamiento de 
Duhem/Quine sobre la globalídad de la pertinencia tiene que 
ver con algo muy diferente: a priori, no podemos decidir cuál 
de nuestras creencias influye en la valoración de alguna otra, ya
que la pertinencia de una cosa respecto a otra depende de su si­
tuación contingente en e l mundo. Lo cual depende a su vez de 
afano organizó Dios el mundo.
; Sin embargo, aunque está muy bien encaminado, este argu­
mento epistemológico es marginal. Este es el punto al que he­
mos llegado de momento respecto a la ciencia cognitiva: los 
efectos que las características globales de los sistemas de creen­
cias parecen tener sobre ios procesos cognitivosplantean un 
problema a la explicación computacional clásica de la arquitec­
tura mental —ello sigue siendo cierto aun suponiendo que todas 
las características globa les d e los sistemas de creen cias que tienen 
esa clase d e e fe c to s son sintácticas—. En principio, la M{TCM) 
permite [a diferencia de la E(TCM)] que las inferencias abduc- 
tivas sean computaciones, es decir que las inferencias abducti- 
vas estén guiadas sintácticamente de manera exhaustiva. Así, la 
Mente es equivalente a una máquina de Turing tanto según la 
E(TCM) com o según la M(TCM). Pero, según es sabido, la teo­
rización psicológica clásica sólo puede aprovechar esta escapa­
toria a costa de un holismo ruinoso; es decir, asumiendo que las 
unidades de pensamiento son mucho mayores de lo que en rea­
lidad podrían ser. No creo que nada de esto resulte sorpren­
dente. Me parece que, en el fondo, todos los especialistas en 
ciencia cognitiva saben perfectamente que las arquitecturas 
cognitivas clásicas se enfrentan a un sinnúmero de problemas 
al elaborar inferencias abductivas, y que ninguna considera­
ción general sobre la equivalencia con máquinas de Turing re­
suelve la cuestión de si pueden actuar así. El objetivo del análi­
sis expuesto hasta aquí ha sido dejar en claro cuál es la fuente 
de este inconveniente.
En este momento nos hallamos próximos a ver por qué es 
probable que una psicología de tipo «turingiano» es rehén de 
la tesis de la modularidad masiva y, por tanto, cómo encaja la
tesis de la modularidad masiva en el resto de la explicación del 
conocimiento propuesta por la Nueva Síntesis.
Volveremos enseguida a tratar todo esto. Antes, sin embar­
go, quisiera desarrollar otro ejemplo de lo que parece ser un 
asunto muy similar al que nos ha llevado el debate sobre la sim­
plicidad.
PARTE IV: CONSERVADURISMO
La gente prefiere, por supuesto, ser conservadora. En igualdad 
de condiciones, nos gustaría no cambiar nunca de planes o 
creencias Ij. De la misma manera, si no hay más remedio que 
cambiarlas, preferiríamos hacerlo descartando el menor núme­
ro de las que están asentadas. Al margen de los errores de los 
conservadores en general, el conservadurismo epistemológico 
es un componente de la racionalidad. No querer cambiar de 
opinión a menos que nos veamos obligados a hacerlo forma 
parte del deseo de no mantener creencias para las que no ten­
gamos motivos.
Pero, ya a primera vista, podemos esperar que haya proble­
mas para reconciliar el conservadurismo racional respecto a la 
revisión de las creencias con la explicación sintáctica de los 
procesos mentales según las interpreta la E(TCM). Voy a decir 
por qué: en un primer planteamiento, el conservadurismo pre­
fiere el cambio de teoría que renuncia al m enor núm ero de las 
anteriores convicciones cognitivas. Pero tal cosa no puede ser 
literalmente correcta puesto que algunas creencias cuentan, in­
dudablemente, más que otras. Según cualquier punto de vista 
remotamente adecuado, el conservadurismo exige que el coste 
epistemológico de un cambio de teoría varíe como suma pon-
¿erada de las convicciones epistémicas que se abandonan en el 
cam bio. Ahora bien, es muy probable que este mismo ponde 
jar dependa, evidentemente, de la teoría; es decir, que la cuan­
tía del coste de abandonar una creencia dependa de cuál sea la 
teoría en que esté incluida14.
Siguiendo a Quíne, doy por supuesto que es característico 
que los distintos constituyentes de una teoría muestren dife­
rentes grados de centralidad. Al igual que muchas nociones in­
teresantes (y, sin duda, al igual que muchas nociones epistemo­
lógicamente interesantes), la centralidad es, más o menos, 
indefinida por lo que respecta a su alcance. Pero supongo que 
se trata de una intuición clara y que, de acuerdo con las exigen­
cias planteadas en su terreno, no es tendenciosa: las teorías es­
tán comprometidas de manera desigual con sus diversas impli­
caciones. En el caso típico, con unos ligeros arreglos y ajustes, 
algunas de las aseveraciones respaldadas por una teoría se pue­
den abandonar sin grave daño para sus principales intuiciones. 
En cambio, otras encarnan la sustancia misma de la teoría; si 
las abandonamos, no queda nada que arreglar o ajustar. Es ob­
vio que el conservadurismo racional ha de ser sensible a este 
tipo de diferencia, por lo que deberá recomendar mantener el 
mayor número posible de convicciones epistémicas; y, en igual­
dad de condiciones, cuanto más central sea una convicción, 
tanto más recomendará el conservadurismo su mantenimiento. 
Esto, según digo, no es especialmente tendencioso; además, de 
momento, es indiferente el que la revisión de una creencia pue­
da o no ser un proceso computacional tal como entiende esta 
noción la E(TCM). Pero el siguiente paso se topa con el pro­
blema: la centralidad es por s i misma sensib le a l contexto. Una 
consecuencia típica del cambio de teoría es la alteración de la 
centralidad relativa de las creencias que sobreviven al cambio, 
de modo que lo que parecía enormemente importante mante­
ner antes de la revisión de la teoría podría ser absolutamente 
marginal para ella una vez revisada; o viceversa.
Hay, sencillamente, tropecientos ejemplos de este caso; una 
función típica de las teorías es adjudicar (aunque sólo sea de 
manera implícita) la centralidad relativa de sus propias convic­
ciones. Fijémonos, por ejemplo, en la observación —suficien­
temente fiable dentro de sus limitaciones— de que los cuerpos 
en caída libre se aceleran en proporción a su peso. Es fácil su­
poner —y de hecho los físicos suelen suponerlo— que sostener 
esta generalización es un dato forzoso e inapelable de la mecá­
nica. Al margen de cualquier otra cosa que deba hacer la me­
cánica, debe a l m enos dar razón de la observación de que las 
plumas suelen caer más despacio que las piedras. Pues bien, 
aunque es propio de las plumas caer más lentamente que las 
piedras, actualmente pensamos que se trata de un efecto de in­
teracción y que, por tanto, no es una generalización central de 
la mecánica; a fortiori, pues, no derivará directamente de las le­
yes de la mecánica básica. Pasar de una mecánica centrada en 
el peso a otra centrada en la masa equivale, por tanto, a degra­
dar la centralidad de esas generalizaciones respecto al peso que 
haya que salvaguardar. A diferencia de la antigua mecánica, la 
nueva se puede permitir mostrarse muy displicente respecto a 
los cálculos sobre los efectos típicos del peso en la aceleración. 
En cambio, está comprometida a defender con uñas y dientes 
los cálculos sobre las relaciones entre masa y fuerza.
Las apreciaciones respecto a la centralidad se ven afectadas 
por la teoría. Antes era muy importante no equivocarse respec­
to a las propiedades superficiales de las sustancias. Por ejem­
plo: como la afirmación de que los metales son por sí mismos 
sólidos se consideraba un principio central de una buena taxo­
nomía química, parecía muy importante que el mercurio no 
fuera un metal. Pero resultó que, en definitiva, el mercurio,
aun siendo líquido, era, por supuesto, un metal. No obstante, 
también resultó que se trataba de un asunto sin importancia, 
pues el estado líquido de un metal depende de la temperatura 
gmbíente.
La generalización que atribuye a los metales la caracterís­
tica de la solidez (a temperatura ambiente) es aparentemen­
te verdadera, como lo es la de que la aceleración de los cuer­
pos en caída es característicamente proporcional a su peso.
que ocurre en ambos casos es, sencillamente, que el rigor 
con que una teoría preserva estas generalizaciones resulta no 
ser muy importante para su valoración. Vemos, por ejemplo, 
que una buena teoría puede (en realidad, debe) permitir per­
fectamente que esas generalizaciones tengan excepciones. Fi­
jémonos, además, en este dato: lo que nos enseña que nues­
tras anteriores apreciaciones sobre la centralidad eran 
erróneas es nuestra química (/mecánica) revisada —la nueva 
teoría incluyente.
■ Aquí, allá y en cualquierlugar, el cambio de apreciación 
sobre la centralidad forma parte del cambio teórico. Así, las 
apreciaciones sobre qué creencias tienen un gran valor y cuáles 
poseen un valor escaso en el momento de calcular el conser­
vadurismo de un cambio teórico han de ser sensibles al con­
texto 15. Pero las propiedades sintácticas de las represen­
taciones, según entiende este concepto la E(TCM), no son 
Sensibles a las teorías y no pu eden cambiar con un cambio de 
contexto. Volvemos así al punto donde nos dejó el debate so­
bre la simplicidad. Es posible que la centralidad se calcule en 
función de tal o cual relación sintáctica entre una creencia y 
una teoría que la incluya; de ser así, hay una garantía de que 
existe una manera clásica de computarla. Aquí, como en cual­
quier parte, suponer la verdad de la M(TCM) no garantiza la 
existencia de una equivalencia entre las mentes y las máquinas
de Turing. Sin embargo, aun admitiendo la M(TCM), el único 
método garantizado de computar de manera clásica una pro­
piedad sintáctica-pero-global es la que considera la totalidad 
de las teorías como ámbitos computacionales, una opción nada 
realista como modelo psicológico. El resultado final es, una vez 
más, que el efecto (aparente) de las (aparentes) propiedades 
globales del conocimiento pone en entredicho la explicación 
clásica de la arquitectura de los procesos cognitivos, incluso 
aceptada la M(TCM). Y la Nueva Síntesis dice lo mismo que la 
explicación clásica.
Con esto es suficiente. En el próximo capítulo examinare­
mos algunos de los medios utilizados por los científicos del co­
nocimiento para evitar enfrentarse a los problemas que la glo- 
balidad, la abducción y otras cuestiones similares plantean a la 
TCM. Intentaré convencer al lector de que la tesis de la modu­
laridad masiva se puede considerar verosímilmente uno de esos 
medios; en concreto, que se trata de una estrategia para seguir 
manteniendo la tesis de que los procesos mentales están de­
terminados en gran medida por propiedades loca les de repre­
sentaciones mentales. En efecto, la TCM propone hacerlo así 
negando su globalídad y su sensibilidad al contexto —o qui­
tándole importancia de alguna manera—. Sin embargo, antes 
de volver sobre esta cuestión, quiero hacer hincapié en que los 
problemas planteados a la ciencia del conocimiento por la ab­
ducción no son meramente fundacionales; al menos no lo son 
si «meramente fundacionales» significa «meramente filosófi­
cos». Al contrario, siguen presentándose de una forma u otra 
en todo el campo de estudio. Para mayor desesperación de la 
investigación empírica.
PARTE V: DONDE SE INSISTE EN QUE LA PRÁCTICA SIRVE PARA 
COMPROBAR EL ESTADO DEL BIZCOCHO
Supongo que si, en general, nuestra ciencia del conocimiento 
funcionara de verdad, sería perfectamente correcto vivir, sim­
plemente, con las tensiones provocadas entre la idea de que los 
procesos mentales son sintácticos y la de que son globales. 
Pero hay buenas razones para afirmar que una gran parte de 
esa ciencia funciona, en realidad, bastante mal y que sus fallos 
se deben directamente al tipo de problemas que acabamos de 
analizar: la teoría de que los procesos mentales son sintácticos 
ieíerta al decir que la forma lógica tiene poderes causales; 
pero, al hacerlo así, convierte en local la causación mental, y 
esto no puede ser cierto en general.
: Por ejemplo, la incapacidad de la inteligencia artificial para
generar acertadamente simulaciones de competencias cogníti- 
tas de sentido común normal y corriente es tristemente céle­
bre, cuando no escandalosa. Todavía no contamos con la fabu­
losa máquina capaz de preparar un desayuno sin pegar fuego a 
la casa; ni con la que podría traducir inglés coloquial a italiano 
coloquial; ni con la que conseguiría resumir un texto; ni siquie­
ra con la que sería capaz de aprender algo más que generaliza­
ciones estadísticas. (Una sorprendente peculiaridad del libro 
de Pinker, en particular, es que comienza señalando lo irreme­
diablemente lejos que nos hallamos de ser capaces de construir 
un robot práctico, pero nunca explica cómo conciliar esa inca­
pacidad nuestra con su tesis de que sabemos, más o menos, 
cómo funciona la mente cognitiva).
Me parece que esa incapacidad sigue un patrón. Debido a la 
sensibilidad al contexto de muchos parámetros de las inferen­
cias abductivas cotidianas, es característico que no haya manera
de delimitar a priori las consideraciones que pudieran ser perti­
nentes para evaluarlos. En realidad, se trata de un dilema cono­
cido: una abducción fiable podría requerir, en un caso extremo, 
utilizar todo el trasfondo de convicciones epistémicas para pla­
nificar y fijar una creencia. Pero, en la práctica, las abducciones 
factibles requieren que no se consulte, en realidad, más que un 
pequeño subconjunto de las creencias de fondo pertinentes. La 
cuestión de cómo realizar inferencias abductivas que sean a la 
vez fiables y factibles es lo que en IA se denomina el problema 
del marco. No hay duda de que esta pretensión es tendenciosa 
(véase un análisis más detallado en Fodor, 1987), pero, debido 
al problema del marco consistente en que nuestros robots no 
funcionan, creo en su probabilidad. Al fin y al cabo, la mayoría 
de los robots son máquinas computadoras. Así pues, si una gran 
proporción de la cognición cotidiana es abductiva y si existen 
tensiones intrínsecas entre abducción y computación, ¿por qué 
habríamos d e esperar siquiera que nuestros robots funcionaran ?
El fracaso de nuestra IA es, en efecto, el fracaso de la Teoría 
Computacional Clásica de la Mente en la obtención de unos 
buenos resultados prácticos. La incapacidad de una teoría para 
obtener unos buenos resultados en la práctica se parece mucho a 
la incapacidad para predecir los resultados experimentales co­
rrectos (en efecto, podría decirse que ésta es un caso particular 
de aquélla). Por razones duhemianas bien conocidas, ninguna de 
las dos demuestra de entrada que la teoría en cuestión sea falsa. 
Pero, por otro lado, ninguna presagia tampoco nada bueno para 
la teoría en cuestión. Si la experiencia de tales fracasos no man­
tiene desvelado al lector es porque su optimismo respecto a sus 
teorías es bastante mayor que el mío respecto a la mía.
Se suponía que el funcionamiento de la ciencia cognitiva 
consistía en que los procesos sintácticos ponían en práctica le­
yes intencionales. Si admitimos que las propiedades sintácticas
¿ e las representaciones que afectan a las computaciones son 
ipso fa cto locales y esenciales, no deberá sorprendernos que la 
explicación computacional funcione mejor para deducciones 
del tipo P&Q —>P. Las deducciones que simplifican conjuncio­
nes están medidas por relaciones causales entre las representa­
ciones mentales que las expresan, y la representación mental 
que expresa una creencia conjuntiva tiene representaciones 
mentales de las conjunciones en tre sus constituyen tes sintácticos. 
Por ahora, todo va bien. En realidad, muy bien, Pero resulta (y 
esto, una vez más, no es, en definitiva, una sorpresa) que la sim­
plificación de conjunciones no es el caso general. En general, 
parece ser que, aun pudiendo ser exhaustivamente sintácticas, 
ks propiedades de una representación que determinan su fun­
dón a la vez causal-y-deductiva no necesitan ser locales ni in­
sensibles al contexto. Tal como están las cosas actualmente, las 
arquitecturas clásicas no conocen una manera fiable de recono­
cer esas propiedades que no llegan a ser búsquedas exhaustivas 
del trasfondo16 de compromisos epistémicos. Pienso que ésa es 
k razón de que nuestros robots no funcionen.
Dado que todo esto es suficientemente palmario, el lector 
puede pensar, quizá, que los especialistas en ciencia del conoci­
miento deberían sentirse muy preocupados por las limitaciones 
de la Teoría Computacional Clásica de la Mente. Hablando por 
mí mismo, estoy medio muerto de preocupación. En realidad, 
tne parece que una gran parte de este campo científico esobje­
to de un profundo rechazo, estado sorprendentemente atesti­
guado por la buena acogida que se presta en general a libros 
como los de Pinker y Plotkin, Como es habitual, el mecanismo 
característico del rechazo es la supresión. Los medios ideados 
por la comunidad científica para no pensar en la función de 
la inferencia abductiva en la fijación de creencias constituye la 
materia del .siguiente capítulo.
3 . DOS MANERAS PROBABLES DE NO EXPLICAR 
LA ABDUCCIÓN
Espero que el lector se muestre de acuerdo, al menos de mane­
ra provisional, con las líneas arguméntales que he seguido en el 
capítulo 2 ; y que, a la luz de las mismas, esté dispuesto a tomar­
se en serio la existencia de una posible fisura de gran tamaño 
en los cimientos de la arquitectura cognitiva de la Nueva Sínte­
sis. De ser así, podría preguntarse razonablemente por qué los 
especialistas en ciencia cognitiva no dedican más tiempo a preo­
cuparse porque la Teoría Computacional de los procesos men­
tales no funciona, quizá, para las inferencias abductivas. Hasta 
donde puedo discernir, hay dos tipos de razones para ello: los 
psicólogos a los que agrada la versión sintáctica de la computa­
ción ofrecida por Turing suelen pensar que, aunque son inca­
paces de dar forma a la determinación global de una deducción 
racional ideal, pueden generar aproximaciones heurísticas lo 
bastante buenas como para explicar las capacidades cognitivas 
reales de la gente. Y los psicólogos a quienes desagrada la ver­
sión sintáctica de la computación ofrecida por Turing suelen 
preferir un modelo conectivista de la arquitectura cognitiva, 
que, según piensan, no tiene dificultades de principio con los 
efectos holísticos que se dan en el conocimiento. En realidad, 
ésa suele ser a menudo la razón de su preferencia.
En cuanto a mí, me inclino a pensar que la Gallinita del 
cuento tenía razón. La abducción es, realmente, un problema
tremendo para la ciencia cognitiva; un problema que no será 
resuelto, probablemente, por ningún tipo de teoría como aque­
llas de las que hemos oído hablar hasta ahora. El presente capí­
tulo trata de por qué pienso que ni el planteamiento heurístico 
ni el planteamiento conexionista de la abducción resultan pro- 
metedores; luego, para terminar, estaremos en condiciones de 
ver dónde encajan la modularidad y la psicología evolucio­
nista1.
SOLUCIONES HEURÍSTICAS AL PROBLEMA DE LA ABDUCCIÓN
Una cosa es afirmar que los sistemas de creencias tienen pro­
piedades globales a las que los procesos cognitivos óptimamen­
te racionales deberían prestar atención, y otra muy distinta afir­
mar que los procesos cognitivos humanos prestan realmente 
atención a esas propiedades; es bien sabido que el conocimien­
to humano se las compone con una racionalidad bastante me­
nos que óptima. En tal caso, pudiera ser que el conocimiento 
real existente en las cabezas reales alcanzara cierta apariencia 
de éxito abductivo mediante aproximaciones locales a los pro­
cesos globales; y, quizá, el problema de calcular esas aproxima­
ciones se resuelva heurísticamente caso a caso. Una propuesta 
así sería totalmente compatible con la idea de que el conoci­
miento es computación, con tal de que el curso de los supues­
tos cálculos heurísticos esté a su vez determinado sintáctica y 
localmente.
Éste es, en realidad, el tipo de sugerencia respaldada a me­
nudo por la bibliografía cuando se plantean cuestiones de glo- 
balidad en el debate sobre lo que la inteligencia artificial deno­
mina el «problema del marco». «El problema del marco» es el
nombre de un aspecto de la cuestión que se refiere a cómo con­
f i a r una noción local de la computación mental con el aparen- 
tg holismo de la inferencia racional; en particular, con el hecho 
¿e que la información pertinente a la solución óptima de un 
problema abductivo puede provenir, en principio, de cualquier 
parte en la red de nuestras anteriores convicciones epistémicas. 
pesde mi punto de vista, lo que hace tan difícil comprender el 
conocimiento es, en buena medida, el problema del marco. La 
pfeocia cognitiva sin la teoría sintáctica de la computación es 
como una representación de Hamlet sin el Príncipe de Dina- 
parca. Pero la ciencia cognitiva sin el problema del marco es 
un Hamlet sin nadie más que Polonio. (El problema del marco 
no aparece, sin embargo, en el índice de materias de los libros 
ÚePinker y de Plotkin).
o Nuestra propuesta es, por tanto, que los procesos mentales 
efectúan aproximaciones locales, heurísticas, de la determina­
ción global de la inferencia abductiva. La objeción que se pue- 
(fc hacer a primera vista a esta propuesta es que se trata de un 
sugerencia circular, si las deducciones a las que se pide resolver 
qué heurística se ha de utilizar son a menudo deductivas ellas 
mismas. Y hay todo tipo de razones para pensar que suelen ser­
te. Si es difícil representar el efecto de las consideraciones glo­
bales en la resolu ción de un problema, es igualmente difícil, en 
general, hacerse una idea del efecto de las consideraciones glo­
bales sobre la decisión d e cóm o resolverlo. Esto no tiene, proba­
blemente, nada de sorprendente, pues decidir cómo resolver 
IW problema es, por supuesto, una especie de solución del pro­
blema.
<. Supongamos que no tengo claro si, a fin de cuentas, dada 
lá situación actual del mercado, sería o no razonable invertir 
en futuros de venta de patatas2, A continuación es probable 
que siga estando igual de confuso sobre cóm o decid ir si, a fin
de cuentas, dada la situación actual del mercado, no sería ra­
zonable invertir en futuros de venta de patatas. Y si hay moti­
vos para suponer que las inferencias abductivas tienen a me­
nudo una función decisiva al pensar en el primer tipo de 
cuestión, es muy probable que existan iguales razones para su­
poner que la abducción desempeña a menudo una función de­
cisiva al pensar en el segundo. Observemos, en particular, que, 
si la función de una información en la decisión de comprar o 
no patatas d ep en d e d e l con tex to, es probable que la función 
que desempeña la información en la decisión de cómo decidir 
si se compran o no patatas dependa también, probablemente, 
del contexto. Se trata de un asunto importante, ya que la de­
pendencia del contexto y la globalidad son dos caras de una 
misma moneda. Decir que un tipo de inferencia es global 
equivale a decir, entre otras cosas, que no hay límites al grado 
d e contex to ep istém ico que puede afectar a la racionalidad de 
su deducción.
Me dicen quejones me aconseja comprar patatas; así pues, 
por razones prácticas, mi pregunta sobre si es sensato que las 
compre se reduce a la cuestión de si es sensato obrar según los 
consejos de Jones. Pero el peso que debería atribuir al propio 
consejo de Jones depende mucho del contexto. Si, por ejem­
plo, se trata del Dow Jones, podría ser muy importante el hecho 
de hallarnos en un contexto financiero. La decisión de aceptar 
el consejo de Jones depende, en todos los sentidos, de cuáles 
sean mis anteriores creencias sobre Jones, de la misma manera 
que la decisión de comprar o no patatas depende, en todos los 
sentidos, de mis anteriores creencias respecto al mercado. No 
hay nada que indique que los determinantes de un proceso 
cognitivo fiable son progresivamente globales, es decir, cada 
vez menos dependientes del contexto, a medida que se ascien­
de en esta jerarquía de toma de decisiones.
Voy a proponer ahora una breve digresión metodológica 
cuyo interés se evidenciará —así lo espero— en cosa de un pá­
rrafo.
.,. En realidad, hay dos tipos de explicación psicológica com­
putacional: el computacional en sentido estricto y el arquitectó­
nico. En términos generales, se podía pensar que las que llamo 
«explicaciones computacionales en sentido estricto» muestran 
derivaciones —seríes causales de representaciones mentales— 
cuya última línea suele ser una especificación del comporta­
miento que se trata de explicar \ Mientras que, por el contra­
rio, las que denominoexplicaciones «arquitectónicas» respon­
den a preguntas sobre cómo —mediante qué proceso causal— 
pasa la mente de una línea a la siguiente en esa clase de deriva­
ción. La cuestión que ahora nos preocupa es que las explicacio­
nes arquitectónicas son indispensables para cualquier teoría 
que esté de acuerdo con las explicaciones computacionales en 
sentido estricto. Las consideraciones pertinentes son muy pa­
recidas a las planteadas por el famoso debate entre Aquiles y la 
tortuga. Como son conocidas y constituyen un terreno muy co­
mún entre los científicos del conocimiento, no las trataré aquí 
en detalle. Baste con decir, a modo de ejemplo, que, para un 
adecuado funcionamiento de una computadora clásica, puede 
ser a menudo importante ir de las premisas a la conclusión en 
un argumento de modus ponens, La razón de que pueda hacer­
lo así, a pesar de la tortuga, es básicamente la siguiente: dada 
Una derivación que incluya fórmulas con la forma A y A ® D, la 
extracción de B se realiza automáticamente mediante un pro­
ceso arquitectónico (en concreto, no requiere más premisas o 
derivaciones), s i Ay B son expresiones primitivas.
Y aquí viene el asunto de la digresión: para que haya solu­
ciones heurísticas a los problemas sobre qué hacer o creer, tie­
ne que haber algo que decida qué heurística se ha de utilizar
para resolverlos. Y mientras se acepte el marco general de Tu- 
ring y no sea una opción la postulación de procesos globales 
cognitivos genuinos, sólo habrá dos posibilidades. O bien esas 
decisiones de orden superior se toman de forma computacio­
nal (es decir, localmente), o bien no computacional y automáti­
camente (es decir, como consecuencia causal de la manera en 
que las representaciones mental particulares interactúan con la 
arquitectura cognitiva). Estas dos opciones son las únicas con­
cordantes con la hipótesis de que las computaciones son ipso 
fa cto locales y que la distinción «computacional/arquitectóni­
co» es exhaustiva.
Ahora bien, está suficientemente claro por qué no es posi­
ble la primera opción en función de las hipótesis actuales: su­
ponemos que la inferencia abductíva genuina se ve envuelta a 
menudo en la elección de una heurística para resolver proble­
mas; pero las inferencias abductivas genuinas son no locales y, 
por tanto, no computacionales por definición. Pero la segunda 
opción sigue todavía disponible y es razonable que queramos 
saber qué hay de malo en ella. Lo más que hemos conseguido 
hasta aquí es tener un motivo para dudar de que la versión clá­
sica pueda ofrecer una explicación «computacional en sentido 
estricto» del papel de la abducción en los procesos cognitivos. 
Pero ¿por qué no habría de proponernos una versión que dé 
cabida a la inferencia global en la arquitectura?
Pues bien: no lo hace porque, en los modelos clásicos, to­
dos los procesos arquitectónicos son locales, exactamente igual 
que las computaciones. Es decir, que ningún proceso de ese 
tipo es sensible a las propiedades globales de los sistemas de 
creencias. Más bien, son (o se reducen a) operaciones definidas 
sobre símbolos pertenecientes al prim itivo vocabulario del len­
guaje en que computa la máquina (son operaciones como, por 
ejemplo, la de escribir un símbolo primitivo, borrar un símbolo
primitivo, etcétera). El efecto, por decirlo una vez más, es que 
"'golas máquinas clásicas los procesos arquitectónicos básicos, 
j|igual que los procesos computacionales básicos, son locales; 
¿ jesponden (sólo) a la identidad y disposición de representacio­
nes primitivas.
o' En cambio, el problema de la globalidad es, por supuesto, 
parece ser un proceso mental —arquitectónico, computa- 
«onal o de ambos tipos, ¿quién lo sabe?— que responde a pro­
piedades o sistemas de creencias (irreductiblemente) no locales; 
jf,nosotros no entendemos cómo funcionan esos procesos. No 
«tendemos cómo un proceso computacional o un proceso ar- 
^aítectónico psicológicamente verosímiles pueden ser raciona­
les (por ejemplo, en el sentido de salvaguardar fiablemente la 
#erdad) y no reducíbles a operaciones locales. En concreto, lo 
que he estado esforzándome por decir es que Turing no p reten ­
día siquiera responder a esta pregunta: lo que quería era mos­
trar cómo pueden ser racionales unos procesos que son o com- 
putacionales o arquitectónicos (o ambas cosas), sí se reducen 
m alm ente a operaciones locales. Eso es lo que hace de la psico­
logía de Turing una especie de psicología clásica, y viceversa.
El acento está puesto aquí en que, sí bien la versión clásica 
no nos ofrece una reconstrucción de la noción de proceso ar­
quitectónico global, el hecho de pensar que pudiera existir al- 
guna no tiene nada de rebuscado4. Es evidente que un número 
indefinido de propiedades de una representación mental (o de 
alguna otra cosa) no se reduce (ni siquiera sobreviene) a la 
identidad y disposición de sus partes primitivas. Un ejemplo de 
dio consistiría en ser el primer caso de ese tipo de representa­
ción mental desde Navidad. Así, si una determinada operación 
es aplicable a una representación mental en función de si es o 
no la-primera representación de su tipo desde Navidad, enton­
ces, estrictamente hablando, esa operación no será com putado-
nal o arquitectónica de acuerdo con la reconstrucción de estas 
nociones ofrecida por la teoría clásica, (El ejemplo no tiene 
nada de fantástico; invitamos a los lectores del Reino Unido a 
pensar en las consecuencias cognitivas generalizadas y deleté­
reas de las depresiones sufridas a raíz delBoxing Day*).
Entonces, ¿por qué los defensores de la teoría clásica (o 
cualquier otra persona) no se inquietan ante la posibilidad 
de unos procesos mentales que se ven afectados por el tiem­
po transcurrido desde de Navidad? La respuesta es eviden­
te: aunque, estrictamente hablando, no serían computacionales 
o arquitectónicas en el sentido clásico, está perfectamente 
claro que pueden ser, no obstante, totalmente mecánicos. Todo 
lo que necesitamos para describirlos es un reloj. Pues bien, los 
problemas relativos a la globalidad desaparecerían así mismo 
con tener, simplemente, una versión que contar sobre cómo 
esos problemas pueden ser mecánicos sin ser «computaciona­
les» ni «arquitectónicos» (en el sentido propio y peculiar de 
esas nociones según lo reconstruye, por decirlo una vez más, la 
teoría clásica). Pero no la tenemos. Así que los problemas no 
desaparecen.
ABDUCCIÓN Y CONECTIVÍSMO
El análisis que acabo de ofrecer se basaba en dos supuestos: pri­
mero, que es necesario tomarse en serio la aparición de los efec­
tos globales en el conocimiento. Estoy muy dispuesto a admitir 
que pueda darse aún la posibilidad de que todos los procesos
* El primer día de la semana después de Navidad, considerado festivo en 
Gran Bretaña (N. del T).
cognitivos se reduzcan a procesos locales y que, por tanto, la in­
ferencia abductiva se consiga, a fin de cuentas, de alguna mane­
ra explicable por la psicología computacional clásica. En estos 
momentos, sin embargo, no hay en oferta nada por el estilo, así 
que no recomendaría al lector que aguantara sin respirar. Segun­
do, que Turing tenía razón cuando decía que los procesos cogni­
tivos son computaciones en el sentido registrado en el principio 
E del capítulo 2 . Nuestra admisión de la versión de Turing fue 
k> que nos llevó a dar por supuesto que todos los procesos cog- 
nitivos se reducen a procesos locales. Y eso fue, a su vez, lo que 
hizo que la abducción genuina (por oposición a su planteamien­
to heurístico) comenzara a parecer imposible.
Así pues, ninguno de los argumentos expuestos hasta aquí 
debería inquietarnos, si somos capaces de creer que no hace 
falta tomarse en serio la aparición de efectos globales en la ela­
boración cognitiva. Otra posibilidad es que, si eso nos parece 
difícil de creer, podríamos pensar en abandonar la versión de 
Turing como explicación general del funcionamiento de la 
mente cognitiva. En realidad, me siento inclinado a pensar 
que, anteso después, todos tendremos que abandonar la ver­
sión de Turing como explicación general del funcionamiento 
de la mente y que, por tanto, a fortiori, tendremos que abando­
nar la generalidad de la ciencia cognitiva de la Nueva Síntesis. 
Ciertas consideraciones del tipo de las analizadas en el capítu­
lo 1 sobre las consecuencias causales de forma lógica nos hacen 
pensar que los procesos cognitivos consisten, entre otras cosas, 
en operaciones sintácticas locales sobre representaciones men­
tales. Pero otras consideraciones acerca de la globalidad de al­
gunos tipos de procesos mentales nos sugieren que el conoci­
miento no puede estar compuesto únicam ente por operaciones 
sintácticas sobre representaciones mentales. Está bien; tan le­
jos ha llegado el Espíritu del Mundo.
Por otra parte, en sí y por sí misma, la propuesta de que la 
explicación de la abducción reside en la elección correcta de 
una arquitectura cognitiva es, sencillamente, una propuesta va­
cía. Todo cuanto tienen en común las arquitecturas cognitivas 
en cuanto tales es que sus operaciones son mecánicas por prin­
cipio. Igualmente, todo cuanto tienen en común las alternati­
vas a las arquitecturas clásicas en cuanto tales es que sus opera­
ciones son, por principio, mecánicas pero no clásicas. El 
problema fundamental es comprender, incluso en un primer 
planteamiento, a qu é tipo de arquitectura debería pasarse la 
ciencia cognitiva, habida cuenta de que el objetivo es explicar 
la abducción. Sin embargo, hasta donde yo sé, nadie tiene la 
menor idea de ello.
En concreto, la alternativa actual normal a la arquitectura 
de Turing, es decir, las redes conectivistas, es, sencillamente, 
inadecuada. En este caso, como en muchos otros, las redes se 
las arreglan para obtener lo peor de ambos mundos. Es triste­
mente sabido que no consiguen lo que obtienen las arquitectu­
ras de Turing: ofrecer una versión plausible de las consecuen­
cias causales de la forma lógica. Pero tampoco pueden hacer lo 
que hacen las arquitecturas de Turing, a saber, proporcionar 
una versión plausible de la inferencia abductiva. La magnitud 
misma de su incompetencia debe de ser lo que las hace tan po­
pulares.
La aseveración de que las arquitecturas de red tienen pro­
blemas de principio con la abducción —en realidad, los mis­
mos problemas de principio que tienen con ella las arquitectu­
ras de Turing, aunque por razones ligeramente distintas— 
podría llamarnos la atención por improbable. Al fin y al cabo, 
la abducción se refiere a la globalidad más la sensibilidad al 
contexto, y una gran parte de la publicidad que se da a las re­
des hace referencia a su elevado grado de globalidad y sensibi-
¡Jádad al contexto. Esta línea de pensamiento es natural» pero 
üfiuy equivocada; el resto del presente capítulo intentará acla­
rar qué es lo que tiene de errónea. Comenzaré con una breve 
¡exposición de lo que son las redes. Como es probable que el 
>lector sepa ya de qué voy a hablarle, seré muy breve. (En la bi­
bliografía hay exposiciones mucho más amplias; véase, por 
'ejemplo, el capítulo 2 de Elman et al., 1995). 
f- Lo que hace de una máquina una red es el hecho de tener 
una arquitectura computacional diferente en varios sentidos 
¡de la arquitectura clásica de las máquinas de Turing (o de las de 
¡Neumann o de los ordenadores de sobremesa). Una de las dife­
rencias es que las redes no presentan la distinción entre progra­
ma y memoria, característica de otros aparatos más conocidos. 
Tanto la actual propensión computacional de las redes como 
los efectos residuales de su historia computacional están deter- 
■ minados, más bien, por el hecho de variar la potencia de conec- 
tividad entre un número (característicamente grande) de ele- 
mentos sencillos a modo de interruptores. En un momento 
determinado, cada uno de esos elementos se halla en uno de es- 
tos dos estados de salida: apagado (=0) o encendido (=1). Sí es­
pecificamos el estado de encendido de cada uno de los elemen­
tos en un momento determinado junto con la potencia de cada 
una de las conexiones nodo a nodo, determinaremos qué ele­
mentos serán los próximos en encenderse y cuál será la poten­
cia de las siguientes conexiones. No nos equivocaremos mucho 
si pensamos en los elementos como algo análogo a las ideas (en 
el sentido de Hume, por ejemplo), y en la potencia de la conec- 
tividad entre elementos como algo análogo al grado de asocia­
ción entre las correspondientes ideas. El encendido de un ele­
mento en t equivale a considerar la idea correspondiente en i; 
ia probabilidad de considerar una idea en t es (entre otras co­
sas) 5 una función de la potencia de sus conexiones con cual­
quier idea considerada en el instante anterior; y la potencia de 
la asociación entre ideas es (entre otras cosas) una función de la 
frecuencia de haber considerado las demás6,
Los modelos conectivistas computan en paralelo enviando 
ondas de activación a través de redes de esos elementos. La ac­
tivación se inicia estimulando los «nodos de entrada» (median­
te estimulaciones sensitivas, si hablamos de Hume). El grado 
de activación en el momento t depende de la historia de activa­
ciones de la red anterior a t, lo cual está codificado, a su vez, 
por la fuerza de las diversas conexiones nodo a nodo en t. En 
resumidas cuentas: lo que pensamos en t es una función de 
nuestras sensaciones junto con la fuerza de nuestras asociacio­
nes en t. La tarea del psicólogo es explicítar esa función articu­
lando las leyes que determinan las fuerzas de las relaciones aso­
ciativas. Esto es lo maravilloso de la ciencia cognitiva empírica: 
puedes desaparecer un par de siglos y no perderte nada.
No diré más sobre la clase de artefactos que son las redes. 
¿En qué sentido se les puede adjudicar el carácter de «globali­
dad» y en qué sentido no? ¿Y qué tiene que ver todo esto con 
la inferencia abductiva y otras cosas similares? Quisiera co­
menzar con un punto del capítulo 2. En la ciencia cognitiva clá­
sica del tipo de la de Turing, la capacidad causal de una repre­
sentación mental (la función que desempeña en los procesos 
cognitivos) está determinada por su sintaxis local, determinada 
a su vez totalmente por la identidad y disposiciones de sus par­
tes primitivas. Las propiedades sintácticas locales son esencia­
les en el sentido de que las representaciones que son sintáctica­
mente distintas en sentido local son, ipso Ja cto , de un tipo 
distinto. Comparemos ahora la individuación y la capacidad 
causal de los nodos en las redes. Los nodos son sencillos; lo son 
por definición; no tienen partes. A jor tio r i, no tienen partes 
sintácticas. Y también a jortiori, la identidad tipológica de los
nodos no está determinada por la identidad y disposición de 
jps constituyentes
y. Entonces, ¿qué es lo que determina en un nodo concreto el 
pipo nodal al que pertenece? Respuesta: su posición en su red, 
¿onde su red es la totalidad de los nodos a los que está conecta­
do (directa o indirectamente). Dos nodos en diferentes redes 
(p. ej., en redes que no tienen el mismo número de nodos o en 
jaldes que tienen un número igual pero una conectividad dife- 
lente) pertenecen, ipso /acto, a diferentes tipos de nodos, de la 
gúsma manera que, en las arquitecturas clásicas, dos expresio­
nes que difieren en cuanto a su agrupación pertenecen ipso fa c ­
ió a dos tipos de expresión diferentes. Igualmente, como los 
nodos en diferentes redes o en diferentes posiciones de la mis- 
®a red son, ipso ja c to , tipos nodales diferentes, deberemos 
concluir que su posición en su red es una de las características 
esencia les de un nodo. De la misma manera que una represen­
tación clásica no puede cambiar su sintaxis local, un nodo no 
puede cambiar de red ni de ubicación en la red en que se halla.
La imposibilidad de «transportar» nodos de una red a otra 
se debe a que las propiedades esenciales de un nodo implican 
sus relaciones con la red en que está incluido. Lo mismo ocurre 
con las propiedades esencialesde una representación clásica: 
no pu eden ser transportadas de una teoría a otra porque todas 
ellas implican su relación con sus partes. De igual manera, y 
por las mismas razones, mientras que un nodo de un tipo de­
terminado sólo puede aparecer una vez en la red que lo inclu­
ye, una determinada representación clásica se puede repetir in­
definidamente en un texto dado. En resumen, las redes tienen 
realmente algo global, a saber, las condiciones de individua­
ción de los nodos pertenecientes a ellas. De manera equivalen­
te, la unidad «menor» de representación conectivista para la 
que se puede definir un tipo/muestra de relación es una red
completa. En consecuencia, los conectivistas se encuentran 
con un conocido problema al pretender conciliar la manera en 
que individualizan los nodos con las verdades patentes acerca 
de la productividad, sistematicidad y composicionalidad de los 
sistemas cognitivos típicos: por un lado, todos esos fenómenos 
parecen depender de la construcción de representaciones men - 
tales complejas a partir de partes recurrentes en disposiciones 
diferentes; pero, por otro, las arquitecturas de red no tienen 
medio de decir qué representaciones pueden tener partes recu­
rrentes; le es imposible decir, por ejemplo, que «Juan quiere a 
María» y «María quiere a Juan» las tienen8.
Este tipo de problemas relativos a las arquitecturas conecti­
vistas son conocidos en la bibliografía de la ciencia cognitiva. 
Pero hay también otro cargo contra ellas, una acusación más 
próxima a nuestras actuales preocupaciones. Al abordar la in­
ferencia abductiva, las redes se ven, en gran medida, en los mis­
mos apuros que las arquitecturas clásicas (aunque, lo repito, 
por una razón ligeramente distinta). Consideremos, por ejem­
plo, el problema que supone para los modelos clásicos recons­
truir los efectos de la «centralidad» de las representaciones so­
bre sus funciones cognitivas. Déjenme recordarles cuál era ese 
problema: a primera vista, la centralidad de una representación 
cambia a medida que pasamos de un sistema de creencias al si­
guiente, pero la sintaxis local de la representación no lo hace; la 
sintaxis local es independiente del contexto. Así, suponiendo 
que los procesos cognitivos son sensibles exclusivamente a la 
sintaxis local, ¿cómo consigue la psicología clásica recuperar el 
hecho de que una misma creencia puede tener una centralidad 
distinta en diferentes teorías? Nadie lo sabe. Pues bien, la cues­
tión que se plantea ahora es que si los modelos clásicos no son 
capaces de responder a esta pregunta, las redes no son capaces 
ni siquiera de plantearla, ya que, por decirlo una vez más, las
69
arqui-
íljpéturas de red son incompatibles con ia identificación transteó- 
ffiéca de un nodo 9. Y si ni siquiera puede ser cierto que la misma 
^¡^presentación se dé en más de una teoría, entonces, por su- 
'¡JpBesto, no podrá ser cierto que una representación sobreviva a 
|ft transición de una teoría a otra.
No es de extrañar que si una arquitectura no puede generar 
centralidad, tampoco puede generar pertinencia. Supongamos 
que una red está cableada de tal manera que la información en 
*Í nodo 3 sólo es accesible al nodo 1 a través de cambios de es- 
fllácla del nodo 2. En tal caso, nada de lo que le ocurra posterior- 
y «tente a la red podrá alterar esa disposición. Lo más que puede
- suceder es que el flujo de información por la ruta del nodo 1 al 3
- le facilite (u obstaculice) a medida que la experiencia altere la 
■ potencia de las conexiones de acuerdo con las presuntas leyes
asociativas. Esto, en realidad, equivale a decir que una red no 
puede cambiar de opinión sobre si lo representado en un nodo 
k$ directamente pertinente para lo representado en otro (o, si la 
pertinencia es indirecta, en qué medida lo es). Vuelvo a decir 
que, en este sentido, el hecho de que los cálculos sobre la perti­
nencia sean estables en los sistemas conectivistas es una propie­
dad definitoria de su arquitectura; así se deduce de la condi­
ción definitoria de los tipos de nodos. Todo lo cual parece 
desvanecerse ante el hecho recalcado por mí en el capítulo 2 : 
que el cambio de apreciación respecto a la pertinencia parece 
Ser una consecuencia habitual de los cambios cotidianos en las 
creencias contingenteslü.
Por favor, por favor, no me respondan a lo que acabo de ex­
poner diciendo que, aunque no pueda tener una noción trans­
teórica de la identidad nodal, un conectivista podrá apañárse­
las con una noción transteórica de la sim ilitud nodal (o de la 
red). No existe tal noción, y no hay perspectivas de que vaya a
A
existir alguna que evite un evidente círculo vicioso. En efecto, 
lo que supuestamente haría transteóricamente similares a dos 
nodos es compartir algo de su conectividad (pero no toda); es 
decir, que algunos de los nodos a los que están conectados 
(pero no todos) sean nodos del mismo tipo. Pero no existe una 
noción transteórica d e identidad d e tipo para los nodos-, éste es el 
verdadero problema que he estado planteando. Hay una mora­
leja general sobre la que Lepore y yo hicimos hincapié en nues­
tro libro Holistn (1992; ver también Fodor y Lepore, 1999): en 
todos los casos de los que hemos oído hablar, una noción sólida 
de similitud presupone una noción análogamente sólida de 
identidad. No hay motivo en el mundo para suponer que las ar­
quitecturas de red estén exentas de esta condición.
Por tanto, podríamos resumir muy bien la situación del 
conectivista de la manera siguiente: su arquitectura le propor­
ciona, sin duda, holismo. Pero lo consigue exactamente don­
de no lo desea, es decir, en la individuación de las representa­
ciones mentales. En consecuencia, no puede entender el 
conservadurismo del cambio teórico ni de cualquier otra pro­
piedad similar transteórica de los procesos mentales. Y al ha­
ber abandonado la idea de que los estados mentales poseen 
una estructura constitutiva, es también incapaz de entender 
las consecuencias causales de la forma lógica. El conectivismo 
es, por tanto, menos capaz aún de entender la mente cogniti­
va que la teoría clásica de la Nueva Síntesis. (Si alguien quiere 
tener una comprensión de la mente cognitiva todavía menor 
que la del conectivismo, supongo que deberá hacerse con- 
ductista)n.
¿Y ahora, qué? Puedo imaginar varias estrategias de inves- 
tigación que podrían tenerse en cuenta en este callejón sin sa­
lida.
(i) No haga nada respecto a la abducción; esp ere hasta que al­
guien tenga una buena idea.
Ésta es, sin duda, la estrategia racional; es muy posible que 
sea la única que funcione. Pero ignora las exigencias del siste­
ma de acceso a la profesión universitaria y, por tanto, no resulta 
práctico.
{ti) A legue que la aparente no localidad de los p rocesos cogn iti­
vos co tid ianos t ien e a lgo d e ilusorio; todo es p er fectam en te co ­
rrecto y la opinión sintáctica d e la computación se verá reivindi­
cada en su debido m omento.
í,:
(ii.a) (Variante). En realidad, la in ferencia científica pu ed e ser 
a v e ce s abductiva; pero, en tal caso, la ciencia es social, m ientras 
que e l conocim ien to cotidiano d e l tipo qu e interesa a los psicó lo­
gos se lleva a cabo en cabezas individuales. Al fin y a l cabo, la psi­
cología no es la filo so fía de la ciencia en minúscula.
Por lo que respecta a (ii): según le gusta decir a un filósofo 
amigo mío ante este tipo de disyuntiva: «Si puedes, cree en 
ello». Yo no puedo.
En cuanto a (ii.a): me parece sumamente inverosímil que la 
estructura del conocimiento humano cambiara radicalmente 
hace unos pocos cientos de años. (Puestos a ello, me llama la 
atención como algo sumamente inverosímil que la estructura 
del conocimiento humano no haya cambiado nunca de forma 
radical). En cualquier caso, éste es un libro para innatistas.
(tú') Admita que rea lm ente es un problema, p ero a férrese a la 
esperanza d e que las aproximaciones heurísticas acabarán por re­
ducirlo a d im ension es normales.
Supongoque ésta es, de hecho, la estrategia de investiga­
ción seguida por la ciencia cognitiva clásica respecto a los pro­
blemas de la globalidad. Los resultados no me parecen, hasta 
ahora, prometedores.
(iv) De momento, con cen tre sus esfuerzos en aquellas áreas de 
la elaboración cogn itiva dond e los e fe c to s d e la globalidad sean 
mínimos; lo bastante mínimos, en realidad, com o para p od er ig­
norarlos, salvo un grado razonable d e penetración científica (y no 
sólo una razonable adecuación).
Le insto a considerar seriamente la cuarta opción (que, por 
supuesto, no es lo mismo que instarle a que la admita). Por una 
parte, es compatible con una adhesión simultánea y rigurosa a 
la opción (i). Por otra, tiene el efecto de vincular ciertas cues­
tiones sobre abducción con la posible modularidad del conoci­
miento. El paciente lector puede recordar una pregunta pre­
sente siempre en nuestro programa y que dice: «¿Cómo enlaza 
el compromiso de la Nueva Síntesis con la modularidad con la 
adhesión de esa misma corriente a una Teoría Computacional 
de la Mente?». En este momento nos hallamos, por fin, prepa­
rados para volver sobre este asunto. Supongo que es hora de 
pasar a un nuevo capítulo.
; 4. ¿CUÁNTOS MÓDULOS CREE USTED QUE HAY?
f O.
| Creo que comenzaré este capítulo con algunas de sus principa- 
* les conclusiones.
' 3 La tarea de los capítulos 2 y 3 consistió en explicar que, de
manera quizá irremediable, la globalidad es una espina clavada 
¿n la carne de la teoría de que los procesos cognitivos son com- 
t. putaciones clásicas. Sin embargo, al menos en algunas teorías
■ sdbre la cognición, la arquitectura de la mente es modular; y, al 
•; menos en una interpretación de lo que es un módulo, los proce -
■ sos modulares son ipso fa d o locales. O, en cualquier caso, relati­
vamente locales. Sí eso es así, se pueden deducir algunas mora­
lejas, dependiendo del grado de modularidad de la cognición,
i. Si nada es modular en la cognición, sáltese este capítu­
lo y el siguiente.
ii. Si sólo lo es una parte, podría centrarse en ella una can­
tidad razonable de estrategia de investigación hasta 
que se le ocurra a alguien una buena idea acerca de la 
abducción.
iii. Si lo es toda la cognición o su mayor parte, entonces mi 
pretensión de que la abducción es un problema pro­
fundo y general para la ciencia cognitiva está muy erra­
da. En cuyo caso, Pinker y Plotkin tendrán proba­
blemente razón al pensar que las perspectivas para la 
psicología de la Nueva Síntesis son muy buenas y yo le
habré hecho a usted perder el tiempo (ahora que lo 
pienso, también lo habré perdido yo).
Llamemos «modularidad masiva» (MM) a la idea de que la 
mayor parte del conocimiento o todo él es modular. La conse­
cuencia de tal idea es que la probabilidad de que la psicología 
de la Nueva Síntesis acabe siendo una teoría general razona­
ble de la mente cognitiva será rehén de la MM, Sin embargo 
(así lo sostendré), hay buenas razones para dudar de que la 
MM sea cierta: en su sentido literal raya en la incoherencia. En 
un sentido liberal, carece de probabilidad empírica. Si este 
cuadro de nuestra situación general es más o menos cierto, en­
tonces hay un cúmulo de cosas que desconocemos acerca del 
funcionamiento de la mente cognitiva.
De momento, no diré más sobre las conclusiones finales. 
Llegaremos a ellas por fases.
FASE I: ¿QUÉ ES UN MÓDULO?1
En la bibliografía de la ciencia cognitiva se denomina «tesis de 
la modularidad» a un gran número de cosas muy distintas. Mu­
chas de ellas son conglomerados de doctrinas relativamente in­
dependientes, de modo que, si nos apetece, podemos elaborar 
nuevas tesis de modularidad mezclando y combinando otras ya 
existentes en este campo de la investigación. No veo necesidad 
de legislar su uso, aunque fuera posible hacerlo. Pero es evi­
dente que lo que hayamos de decir sobre la relación entre modu­
laridad y abducción o sobre si la mente es masivamente modular 
depende de lo que consideremos que es un módulo. Por tanto, 
comencemos por aquí.
Pienso que existen, básicamente, dos tipos de arquitecturas 
fcognitivas consideradas modulares, cada una ellas con varias 
Opciones secundarias. La principal división se da entre nocio­
nes de modularidad que implican una «encapsulación informa- 
cional» (véase más abajo) y nociones de modularidad que no la 
implican. Sólo las del primer tipo guardan relación con nues­
tros intereses, pero, a modo de orientación, comenzaré hablan­
do un poco de las segundas.
MODULARIDAD SIN ENCAPSULACIÓN2
1. Hay un uso según el cual cualquier cosa que es o pretende 
ser un mecanismo cognitivo funcionalmente inviduado —cual­
quier cosa que tuviera su casilla propia en un diagrama de flujo 
de información de un psicólogo— se consideraría por eso mis­
mo un módulo3. Si aceptamos que alguna especie de «funciona­
lismo homuncular» (véase, p. ej., Fodor, 1968; Cummins, 1983) 
es la metafísica adecuada para las explicaciones psicológicas, 
entonces se considera que es un módulo cada uno de los diver­
sos homúnculos que constituyen en conjunto la mente. Quien 
piense que los estados mentales tienen algún tipo de estructura 
especificable en términos funcionales pasará, probablemente, 
por teórico de la modularidad en este sentido difuso. Supongo 
que esto nos deja únicamente con los conductistas y los gibso- 
nianos (para quienes no existen estados mentales), los conexio- 
nistas (que piensan que sí existen, pero carecen de estructura) 
y los reduccionistas (que piensan que tienen estructura, pero 
que su individuación es neurológica). A diferencia de todos 
ellos, sólo daré por sentado que lo característico del conoci­
miento es la interacción de muchas partes funcionalmente indi­
viduadas, y emplearé la «tesis de la modularidad» como deno­
minación de algo más tendencioso.
2 . Hay un uso peculiar de Noam Chomsky (p. ej., 1980) 
según el cual un módulo es, simplemente, un cuerpo de cono­
cimiento innato (o, si se prefiere, un cuerpo de contenidos pro­
posicionales «conocidos de manera innata»). Por razones 
como las analizadas en el capítulo 1 , los módulos así entendi­
dos no guardan relación con casi ninguna de las cuestiones re­
ferentes a la arquitectura de los p ro ceso s mentales. Una gran 
parte de la confusión terminológica sobre los módulos en la bi­
bliografía de la ciencia cognitiva deriva de ciertas medidas 
poco útiles adoptadas por Fodor (1983), donde se toma presta­
do el término con que Chomsky denomina las bases de datos 
innatas para designar los mecanismos del procesamiento cog­
nitivo encapsulado en cuanto a la información. La supuesta 
vinculación entre los módulos chomskianos y fodorianos, se­
gún la obra The Modularity o fM ind (MOM) es que los cuerpos 
de conocimiento innato son procesados de forma característica 
por mecanismos cognitivos; y viceversa, que los mecanismos 
cognitivos encapsulados se dedican de forma característica al 
procesamiento de bases de datos innatas (p. ej., a la integración 
de informaciones innatas y entradas sensoriales al comienzo 
del proceso del análisis perceptivo). Sigo considerando verosí­
mil la idea de que esta relación es la característica entre el tipo 
de módulos de Chomsky y el mío.
En cualquier caso, para mal o para bien, el uso neologístico 
según el cual los módulos son mecanismos de procesamiento 
cognitivo encapsulados en cuanto a la información es ahora co­
mún en este campo de la investigación. Dado que, según vamos 
a ver, las cuestiones relativas al encapsulamiento y las relativas a 
la abducción son, posiblemente, dos caras de la misma mone­
da, quisiera recalcar que los módulos de Chomsky son en gran
H¡Uirte indiferentes a ambas, Si la inferencia abductiva es am­
pliamente característica de los procesos cognitivos, es de supo 
que también será ampliamente característica de procesos 
uognitivos como los que interactúan con los módulos choms- 
fpano.s. En caso contrario, es de suponer que no lo será. En 
cualquiera de los dos casos, y según miinterpretación geográfi­
ca, la discusión entre innatistas y empiristas reavivada por 
Chomsky ocupa una posición independiente respecto a la 
juestión de si los procesos mentales son encapsulados y hasta 
qu é punto lo son4. En la medida en que la anterior cuestión se 
plantee en la presente exposición, supondré en general la ver­
dad de un innatismo más o menos riguroso respecto al conocí- 
Miento encapsulado. No obstante, podemos imaginar otras 
ideas sobre modularidad. Karmíloff-Smith (1992) propone un 
tipo de teoría en la que el encapsulamiento es primordialmente 
Un resultado de procesos ontogenéticos más que filogenéticos 
[véase una valoración poco favorable acerca de esta teoría en 
Fodor (1998a; capítulos 11 y 12)].
Así pues, un módulo sans phrase es un mecanismo cogniti­
vo encapsulado en cuanto a la información; y se supone que es 
innato, salvo indicación expresa de lo contrario. Un «módulo 
chomskiano» es una base de datos innata5. Al referirnos a me­
canismos cognitivos funcionalmente individuados en cuanto 
tales, los designaremos como mecanismos cognitivos funcio­
nalmente individuados, y nunca como módulos.
Especificidad de ámbito
Se suele decir que lo que hace que algo sea un módulo es su 
«especificidad de ámbito». Esta afirmación tiene cierto sentido 
pero se ha de manejar con cuidado. La página o las dos páginas
siguientes estarán, por tanto, dedicadas a determinar qué signi­
fica «especificidad de ámbito» en teorías que utilizan la expre­
sión para decir cuál es el significado de «modularidad». Me 
temo que todo esto está comenzando a parecer un poco esco­
lástico. Pero, cuando lleguemos a las cuestiones principales, 
nos será de ayuda a todos habernos puesto de acuerdo sobre 
qué es aquello de lo que hablamos.
Si la noción de módulo que tiene el lector es chomskiana, en­
tonces la interpretación de la idea de que los módulos poseen 
una especificidad de ámbito será una tautología, pues los módu­
los chomskianos son cuerpos de información (véase más arriba), 
y la información es, ipso fa d o , específica para el ámbito sobre el 
que informa. La información de que las vacas tienen cuernos 
es específica para las vacas. La información de que todo cuan­
to existe es espacialmente extenso es específica para todo cuanto 
existe; la información de que los gatos arañan es específica para 
los gatos; etcétera. Es evidente que esta noción de la especifici­
dad de ámbito informativo no tiene utilidad para nadie. La men­
ciono simplemente para hacerla a un lado.
Pero veamos cómo se podría decir en otro sentido que la in­
formación es (o no es) de por sí específica respecto al ámbito: la 
información sobre algunas propiedades de las cosas es más ge­
neral que la información sobre otras por el hecho de que hay al­
gunas propiedades poseídas por un gran número de cosas, otras 
que no las tienen muchas cosas y otras que no son poseídas por 
ninguna. «Tiene cuernos», por ejemplo, es verdad de menos co­
sas que «Es espacialmente extenso»; así pues, hay un sentido 
(quizá un poco forzado) en el que la información sobre los cuer­
nos es más específica de un ámbito que la información sobre la 
extensión espacial. Si decidimos hablar de este modo, entonces 
el «ámbito» de un cuerpo de información es todo cuanto es 
cierto de él, y un cuerpo de información «específico de un ám-
bíto» es aquel que es válido únicamente en un ámbito relativa- 
ínente reducido. Cuando Chomsky habla del módulo del len­
guaje como específico de un ámbito, está pensando, probable- 
mente, en este tipo de cosas. La idea es que las propiedades de 
las lenguas naturales son más o menos su i g en er is ; en concre­
to, las oraciones, las descripciones estructurales y otras cosas si- 
pilares son productos atípleos de la actividad mental humana.
: , La especificidad de ámbito de la supuesta teoría innata del len- 
guaje denominada por Chomsky Teoría Lingüística General 
, ÍTLG) es, por tanto, del mismo tipo que la especificidad de ám- 
frito de la biología del ornitorrinco. Consiste en ambos casos en 
1 que en el mundo no hay muchas cosas de esa clase.
» . No tengo nada que objetar a esta manera de hablar. Sin em- 
V. bargo, hace hincapié en que la especificidad de ámbito, enten­
dida de esa manera, es indiferente respecto a cuestiones relati­
vas a la abducción y otras similares. La información que sólo es 
verdadera acerca de los ornitorrincos es válida, ipso fa d o , en un 
ámbito muy limitado. Pero eso no dice nada sobre cómo se 
aprende tal información; o sobre el carácter de los procesos 
mentales que ocurren cuando se razona sobre el (o sobre un) 
ornitorrinco. Lo mismo ocurre, mutatis mutandis, con la infor­
mación especificada por la TLG. En cambio, intento concluir 
en una concepción de la modularidad más la especificidad de 
ámbito que conecte con cuestiones de este tipo.
En lo que hemos dicho hasta aquí va implícita una distin­
ción entre teorías de la modularidad según las cuales la especi­
ficidad de ámbito es ante todo una propiedad de la información 
y teorías de la modularidad según las cuales no lo es. Las del úl­
timo tipo consideran, en general, que la especifidad de ámbito 
es una propiedad de los p ro ceso s. Me parece que éste es un 
paso en una dirección útil; pero la conexión entre modulari­
dad y especificidad de ámbito no llega a ser obvia, aunque este-
mos dispuestos a aceptarla. El problema consiste, una vez más, 
en evitar la trivialización de las afirmaciones de especificidad 
de ámbito. Así como la información es ipso fa d o específica de 
cualquier cosa a la que se refiera, los procesos son ipso fa cto es­
pecíficos de cualquier cosa a la que se apliquen. Esto es pura­
mente tautológico y, por tanto, no podrá ser aquello en lo que 
consiste la modularidad, si la afirmación de que los procesos 
cognitivos son modulares ha de tener algún interés empírico6.
Consideremos por ejemplo la siguiente pregunta: «¿Es el 
modus ponens (MP) un tipo de deducción específico respecto a 
su ámbito?».
— Pues bien, sí lo es. Al fin y al cabo, el MP vale sólo para 
argumentos con premisas de la forma P; P —> Q. El nú­
mero de argumentos que no tien en esa forma es enorme, 
incluso comparado con el número de anímales que no 
son ornitorrincos.
Pero, por otro lado:
— No lo es. Como el MP abstrae totalmente del contenido 
de las premisas a las que se refiere, deducciones realiza­
das en ámbitos muy diferentes (como, por ejemplo, en 
física y en teoría de la literatura) pueden ser, no obstan­
te, ejemplos de MP.
¿Cuál de estas dos respuestas es la correcta? Posiblemente 
ninguna. La noción de especificidad de ámbito, al menos en la 
medida en que se supone que conecta con la de modularidad, 
no se aplica a procesos en cuanto tales, como tampoco a in for­
mación en cuanto tal. Se aplica más bien al m odo en que interac- 
túan inform ación y procesos, según vamos a ver ahora.
¡¿¿i , Sí pensamos en el MP tal como lo hacen los lógicos, las in­
icias que tienen esa forma son indistinguibles en el plano de 
.representación en que se evalúa su validez. En particular, to- 
’̂ feeson válidas en cuanto inferencias con la forma: (P, P —> Q), 
tanto Q. Es, simplemente, otra manera de decir que el he- 
de que una inferencia sea un caso de MP no depende del 
Imbíto inferencial (es decir, es independiente del contenido no 
lógico de las premisas y las conclusiones). Por tanto, sería razo­
nable suponer que, si un mecanismo inferencial tiene algún ac­
ceso al MP, deberá ser más o menos igualmente bueno para 
evaluar argumentos que tengan esa forma, sin qu e im porte e l 
Ámbito d e l qu e s e hayan tom ad o1. Ese mecanismo sería, por 
ejemplo, igualmente bueno en el caso de (i):
(i) Si 2 es primo, en ton ces es impar; 2 es primo; luego 2 es impar
t ;
que en el caso de (íi):
(ji) Sí un líquido con tien e agua, es v en en o ; la naranjada con tie­
ne agua; lu ego la naranjada es veneno.
Un problema empírico calurosamente debatido entre los 
psicólogos cognitivos es el relativo a si los mecanismosdel co­
nocimiento cotidiano son característicamente indiferentes al 
contenido, tal como lo es el MP en su formulación estándar. 
Algunos psicólogos piensan que esa propensión a formas de 
inferencia indiferentes al ámbito como las que tenemos es en 
realidad un producto de la educación; la lógica es (precisamen­
te) algo que se aprende en el colegio. (Se cuenta que, durante 
una clase de lógica y pensamiento, un conectivista dijo: «Llevo 
semanas sin utilizar el m odus ponens»). Esto es, sin duda, un 
caso extremo de gnosticismo. Pero, evidentemente, podemos
imaginar un mecanismo que evalúe las inferencias por referen­
cia a una regla de modus pon en s formulada con una generalidad 
que no llegu e a ser completa, lo cual podría acercarnos a una no­
ción de especificidad de ámbito útil para decir qué es un mó­
dulo. El principio al que se apela en la evaluación de (i) podría 
ser, por ejemplo, algo parecido a (iii).
(ih) 2 es F; s i 2 es F, en ton ces 2 es G; lu ego 2 es G.
Puesto que (iii) es válido, y puesto que (i) es tanto un caso 
de (iii) como de MP («un caso de» es transitivo), (iii) funciona­
rá tan bien como el MP para evaluar (i). La cuestión que se 
plantea ahora es que, para un artefacto que funciona así, existe 
una interacción intrínseca entre el ámbito inferencial y la dis­
ponibilidad del MP; en efecto, ese artefacto tiene acceso al MP, 
pero sólo para razonar sobre el número 2 8. Una vez supuesto 
esto, el hecho de que el artefacto sea fiable para evaluar infe­
rencias como (i) no sería en absolu to m otivo para esperar que 
fuera fiable en sus evaluaciones de inferencias como (ii). Diré 
que un proceso cognitivo es «específico en cuanto al ámbito» 
siempre que su disponibilidad dependa de ámbitos de proble­
mas de este tipo; de ahí la observación con que inicié esta parte 
del debate: que lo «específico en cuanto al ámbito», en el senti­
do del término que a mí me interesa, no se aplica ni a la infor­
mación ni a los procesos, sino a la manera en que ambos ínte- 
ractúan9.
Esto nos lleva a la encapsulación informacional; lo que, a su 
vez, va a llevamos a indagar qué es un módulo; lo cual, a su vez, 
llevará al capítulo al final de la fase I.
E ncapsu la ción in fo rm a cion a l
j>
Jinaginémonos que en la vida mental de un organismo surge el 
Siguiente tipo de situación: cierta información (y/o cierta regla 
He inferencia) es, en principio, significativa para el éxito de ese 
ger tanto en tareas derivadas del ámbito A como en tareas deri- 
' leñadas del ámbito B. Sin embargo, aunque el ser en cuestión uti­
liza fiablemente la información para realizar un tipo de tarea, 
parece incapaz de hacerlo cuando se le exige que realice tareas 
del otro tipo; y esa asimetría persiste aun manteniendo cons­
tantes otras variables ajenas (p. ej., de atención o de motiva­
ción). Es de suponer, por tanto, que (algunos de) los mecanis­
mos cognitivos a los que recurre ese ser para realizar la tarea 
son específicos en cuanto al ámbito en el sentido que acabamos 
de esbozar. Por expresarlo con un término de jerga, digamos 
que uno de esos mecanismos está encapsulado respecto a la in­
formación accesible al otro. Ya vimos una de las maneras en 
que puede ocurrir esto cuando imaginamos una mente que uti­
liza el MP de forma no del todo general y es, por tanto, buena 
para evaluar deducciones como (i) pero mala para evaluar de­
ducciones como (ii)i0.
Este tipo de situación puede presentarse de otras maneras. 
Podemos imaginar una clase de mente que represente sus 
principios de inferencia de forma totalmente general, pero 
que sólo pueda recurrir a ellos cuando razona sobre números 
o sólo cuando navega por estima (o, puestos a ello, cuando 
piensa en ovejas). Ello podría deberse a que posee diferentes 
mecanismos para cada uno de los distintos ámbitos de conte­
nido y existen restricciones sobre el flujo de información de 
uno de esos mecanismos a otro. Por ejemplo, la parte de mó­
dulo lógico que entiende de modus p on en s podría estar conec­
tada a la sección del módulo que entiende de navegación por 
estima, pero no a la parte de módulo numérico que entiende 
de números primos. En cuyo caso, el ser en cuestión podría 
ser capaz de extraer deducciones de la forma del MP cuando 
piensa en qué posición se halla, pero no cuando piensa en nú­
meros primos. La diferencia entre este tipo de disposición y el 
que acabamos de imaginar unas líneas más arriba es que, aquí, 
lo que hace que su aplicabilidad sea específica en función del 
ámbito no es la form ulación sino la distribución. Lo que tienen 
en común los dos tipos de disposición es que la información 
disponible para realizar una tarea depende, por algún motivo, 
de la tarea de que se trata; y las limitaciones en virtud de las 
cuales esto es así son «arquitectónicas» (no son efectos de una 
limitación de recursos y no les afectan las preferencias del ser 
en cuestión)11.
Ahora puedo decir, por fin, qué es, en mi opinión, un mó­
dulo. Imaginemos un sistema computacional con una base de 
datos peculiar (p. ej., chomskiana). Imaginemos también que 
este artefacto opera para cartografiar sus entradas (input) ca­
racterísticas sobre sus salidas (output) características (en reali­
dad, para computar una función de una en la otra) y que, mien­
tras opera así, sus recursos informacionales se limitan a lo que 
contiene su peculiar base de datos. Es decir, el sistema está 
«encapsulado» respecto a la información que no se halla en su 
base de datos. (Esto podría ocurrir por uno o por ambos tipos 
de las razones anteriormente consideradas: o bien sus opera­
ciones están definidas con una generalidad que no llega a ser 
total o bien sus intercambios de información con otros meca­
nismos de procesamiento son limitados). Eso es lo que quiero 
decir cuando hablo de módulo. Desde mi punto de vista, lo 
que se halla en el corazón de la modularidad es la encapsula- 
ción informacional, al margen de cómo se haya adquirido12.
K ‘ Debería estar ya claro por qué, entendida así, la modulari- 
Jad puede ser de interés para cualquiera que se sienta preocu- 
I j«do por la cuestión de la abducción; por ejemplo, para cual- 
quiera a quien preocupe el hecho de que la globalidad de los 
procesos cognitivos casa mal con la teoría de la existencia de 
\ computaciones clásicas. En resumen: los módulos están infor- 
i cativamente encapsulados por definición. Y —también por 
•í> definición— cuanto más encapsulados estén los recursos infor- 
| macionales a los que tiene acceso un mecanismo computacio- 
! nal, menos afectarán al carácter de sus operaciones las propie- 
dades globales de los sistemas de creencias. Así, en la medida en 
* que la información accesible a un artefacto esté arquitectónica^ 
II mente limitada a una base de datos peculiar, no tendrá un pro- 
* blema del marco y tampoco un problema de relevancia (súpo­
la mendo que sean diferentes); al menos no los tendrá si la base 
f- de datos es lo bastante reducida como para permitir aproxima- 
dones a búsquedas exhaustivas. Los problemas del marco y los 
||, de relevancia se refieren al grado de profundidad con que una 
11 mente debería examinar, en el curso del procesamiento cogni 
;f lavo, su trasfondo de adhesión a una teoría epístémica. Los me- 
Ü «mismos modulares para la resolución de problemas no tienen 
que preocuparse por ello, ya que, por lo que respecta a la ar- 
m qoitectura, sólo puede hallarse en el marco lo que se halla en la 
P báse de datos. Esto significa, en concreto, que, en la medida en 
l|’ fae un sistema es modular, no tiene que tratar el marco como
' í% ' i|¡v problema com putacional (véase el análisis de los enfoques heu- 
m: lísticos de la abducción en el capítulo 3). Lo mismo puede de- 
J ! , órse de la centralidad, la simplicidad y otros cadáveres guarda- 
ÜS. ¿OS en el armario de Turing. En una primera aproximación, 
■[ Bada afecta el curso de las computaciones excepto lo que se in- 
; troduce en la cápsula; y cuanto más encapsulado esté el proce­sador, menor será esa información. Supongo que el caso extre­
mo es el reflejo. En efecto, el reflejo está encapsulado para 
cualquier información que no sea la de la entrada real, por lo 
que opera sin computar y se desconecta automáticamente o no 
se desconecta.
La moraleja, de momento, es la siguiente: las computacio­
nes clásicas son sensibles al contexto local, al menos; y también 
lo son las computaciones realizadas por mecanismos modula­
res. Por tanto, no es de extrañar que el conocimiento modular 
sea el tipo de procesamiento para el que la versión computado- 
nal clásica es, probablemente, la más cierta.
FASE II; MODULARIDAD MASIVA
Supongamos que la mente cognitíva es en gran parte modular. 
Ello significa que, para cada tipo de problema que puede re­
solver, existe un procesador más o menos encapsulado; y que, 
en concreto, no hay nada en la mente que pueda plantear inte­
rrogantes sobre cuál de las soluciones a un problema es la 
«mejor en general», es decir, la mejor a la luz de la totalidad de 
las creencias y ventajas de una criatura. Si esto es así, entonces, 
según he observado más arriba, debe de haber algo muy equi­
vocado en mi afirmación de que la Nueva Síntesis (y, en parti­
cular, la versión clásica de los procesos cognitivos) padece una 
abducción irreversible. Pero, en fin, si es así, qué le vamos a 
hacer; ya me he equivocado otras veces. En la exposición si­
guiente propongo, por tanto, renunciar a los problemas plan­
teados por mí acerca de la globalidad y considerar la tesis de la 
modularidad masiva desde su propio punto de vista. Voy a 
mantener que no existe una razón a p r io r i para que la MM 
haya d e ser cierta; que la versión extrema de la MM no pu ede,
f
' sencillamente, serlo; y que, en realidad, no hay pruebas con- 
í: vincentes de que sea cierto nada semejante. En suma, nada de 
i aclamaciones a la MM.
X A rgum en to s a p r io r i a fa v o r d e la m odu la ridad m asiva
Se ha mantenido a veces (últimamente lo han hecho, en espe- 
j|' cial, Tooby y Cosmides) la existencia de consideraciones muy 
I generales de carácter adaptacionista que, a priori y sin un exa- 
| men previo, militan a favor de la preponderancia de arquitec- 
f turas cognitivas masivamente modulares sobre otras de ámbito 
1 general o sobre arquitecturas «mixtas» que reconocen meca- 
“ nismos computacionales de ambos tipos. En realidad, pienso 
<¡ que es difícil creer en la existencia de tales argumentos, pues es
ír evidente que cualquier arquitectura ha de ser una opción entre
distintas virtudes que no podrán maximizarse simultáneamen- 
f : te: velocidad frente a precisión, espacio de memoria frente a es- 
pació de computación; «profundidad» de computación frente 
í. a «amplitud» de computación, etcétera, etcétera. Hay, por su- 
;y puesto, un número indefinido de combinaciones imaginables, 
í , Los diferentes modos de organizar el conocimiento utilizarán 
! ' de manera distinta esos equilibrios, y es de suponer que la apti- 
;|: tud relativa del sistema cognitivo resultante dependerá de un 
fe cúmulo de detalles referentes a su relación con la ecología lo- 
!>: cal. De ser así, resulta difícil imaginar la posibilidad de demos-
trar que algún tipo dado de arquitectura vaya a ser, por así de- 
;* cirio, el más apto ante cualquier eventualidad; y ésta es, a fin de 
t cuentas, la cuestión a la que deberá enfrentarse cualquier argu- 
3, mentó serio a priori a favor de la MM.
5 Quisiera, no obstante, echar una rápida ojeada a algunos
1 ; argumentos de ese tipo propuestos en fechas recientes, pues,
curiosamente, varios científicos del conocimiento los han con­
siderado, al parecer, persuasivos.
En su artículo de 1994, Cosmides y Tooby afirman lo si­
guiente con notable vehemencia (la cursiva es suya): «/I una 
psico log ía humana qu e só lo con tuviera m ecan ism os d e ámbito 
gen era l le resultaría, en principio, imposible haber evolucionado, 
pu es un sistema así no pu ed e com portarse con tinuam ente d e fo r ­
ma adaptativa: no pu ed e solucionar los problem as que deberían 
haber sido resueltos en en tornos ancestra les para que nos hallára­
m os dond e h oy nos hallamos» (p. 90). Ahora bien, personal­
mente soy un entusiasta de la modularidad y, con unas cosas y 
otras, no creo en la probabilidad de que la mente humana 
conste «sólo de mecanismos de ámbito general». Ahora bien, 
que eso sea «imposible» y «en principio».,. ¡Caramba!
En realidad, según Cosmides y Tooby, hay tres razones para 
que sea «imposible en principio» que la mente humana esté 
compuesta únicamente de mecanismos de ámbito general. 
Debo admitir que no me conmueven, ni individualmente ni en 
conjunto.
Primera razón. «La definición de error depende del ámbito [...]. 
Pero no hay ningún criterio de éxito o fracaso [cognitivo] inde­
pendiente del ámbito que esté relacionado con la adecuación. 
Ello es así porque lo que cuenta como conducta adecuada di­
fiere notablemente de un ámbito a otro. Supongamos, por 
ejemplo, que nuestro mecanismo hipotético de ámbito general 
que guiaba a un cazador recolector ancestral llegó de algún 
modo a la conclusión de que la relación sexual es condición ne­
cesaria para producir descendencia. En tal caso, ¿debería cada 
individuo practicar el sexo en cualquier ocasión?» (p. 91). La 
cita es relativamente larga porque, a la luz del ejemplo, no estoy 
seguro de cuál es la línea argumental. Suena a como si lo que
no marchara bien en el supuesto ancestro fuera el no haberse 
dado cuenta de que con el sexo, como con muchas otras cosas 
la vida, no hay que excederse. Sin embargo, si estamos dis­
puestos a aceptar que un mecanismo de ámbito general puede 
enseñarnos que la relación sexual es condición necesaria para 
producir descendencia, no veo claro por qué ese mismo meca­
nismo de ámbito general no iba a ser capaz de enseñarnos con 
«cuánto sexo basta y, por tanto, cuándo deberíamos detenemos.
Sin embargo, sea cual fuere el argumento, existe sin duda un 
aspirante obvio, y hasta tradicional, de ámbito general para ex­
plicar el «éxito» de un sistema cognitivo: que las creencias a las 
que llega en su funcionamiento deberían ser verdaderas en gene- 
ja l. No parece una propuesta desaforadamente radical decir 
que la verdad es la virtud peculiar del conocimiento, sea cual 
fu e r e la manera en que está organizada la arquitectura cognitiva.
Sospecho que Cosmides y Tooby no se sentirían impresio­
nados con lo que acabo de decir, pues podrían replicar que te- 
jier creencias verdaderas no es, en sí y de por sí, un dato nece­
sario o suficiente para la aptitud. Hay veces en que una 
creencia falsa podría sernos más útil; y en la historia de cual­
quiera hay un número indefinido de creencias que, aun siendo 
verdaderas, no merece la pena tener. No obstante, si tener creen­
cias verdaderas no es, en sí y de por sí, adaptativo, no podrá ha­
ber, sin duda, un mecanismo cognitivo que haya sido seleccio­
nado para la adquisición de creencias verdaderas.
Se trata de una línea argumentativa que encanta a los dar- 
winistas. Pero, en realidad, nada semejante se deduce de sus 
premisas. La cuestión que no hemos de perder de vísta es la si­
guiente: para que la evolución seleccione un mecanismo, no es 
necesario que su buen funcionamiento mantenga de por sí una 
«correlación con la aptitud». Todo cuanto se requiere es que la 
aptitud resulte incrementada cuando s e ejerza su fu n ción en in­
teracción con las demás propiedades d e l organismo. Lo que se se­
lecciona no son unos órganos aptos sino unos organismos aptos.
Tener manos es, sin duda, algo magnífico, pero resulta difí­
cil imaginar que sirvieran de mucho si fuesen lo ún ico que tu­
viéramos. Pues bien, de la misma manera, parece perfectamen­
te posible que el tipo de arquitectura mental que maximiza la 
adptatividad del comportamiento sea también la que establece 
una división psicológica del trabajo: es posible que un sistema 
cognitivo especializado en determinar las creencias verdaderasinteractúe con un sistema conativo especializado en idear 
cómo obtener aquello que se desea del mundo que las creen­
cias consideran verdadero. Es de suponer que ninguno de esos 
mecanismos contribuiría a un aumento de la adaptación s i no 
actuara e l otro. En general, no sirve de mucho saber cómo es el 
mundo mientras no se tenga la capacidad de actuar sobre lo 
que se conoce (el m ero conocim ien to no nos dará la titularidad 
de una plaza universitaria; es necesario publicar) .Y, en general, 
no sirve de mucho saber cómo actuar en función de la creencia 
de que el mundo es de tal o cual manera, a no ser que lo sea. 
Siendo así, n i la razón pura n i la razón práctica tienen de por sí 
una ventaja selectiva obvia. Pero pongamos las dos juntas y 
tendremos unas acciones racionales asignadas a creencias ver­
daderas, lo que, probablemente, permitirá tener muchos hijos. 
(Según me dicen, eso es lo que Ies gustaba a los cazadores reco­
lectores. De gustibus non est disputandum).
En resumen, si adquirir creencias verdaderas no es adap- 
tativo en sí y de por sí (y si se acepta, sin más, el darwínismo), 
entonces la conclusión a la que se nos permite llegar es disyun­
tiva: o bien (disyunción 1) la evolución no seleccionó un meca­
nismo para la adquisición de creencias ciertas o bien (disyun­
ción 2 ), si lo hizo, la adaptatividad de este mecanismo debió 
de haber dependido de sus interacciones con otras facultades de
Jos seresf unas facultades que, por hipótesis y en principio, no 
estaban interesadas por la verdad en cuanto tal. (En cuyo caso, 
los tipos de interacciones que pudieran haber sido adaptatívas 
habrían dependido de equilibrios que, por lo que sabemos, ha­
brían sido muy sensibles a la especificidad de la ecología local; 
véase supra). Hasta donde puedo discernir, no hay nada obvia­
mente erróneo en la disyunción 2; por tanto, es perfectamente 
coherente, incluso para un darwinista. mantener todas las afir­
maciones siguientes: que descubrir verdades es la virtud carac­
terística del conocimiento; que la arquitectura de nuestras 
mentes fue seleccionada para poseer esa virtud, y que, para las 
mentes, la posesión de ese tipo de arquitectura cognitiva sólo 
es selectiva en caso de tener también muchos otros compo­
nentes.
No tengo intención de seguir hablando de esto, pero, según 
una postura de antiintelectualismo neodarwinista muy publici- 
tada (véase, p. ej., Patricia Churchland, 1987), «la función prin­
cipal del sistema nervioso, desde una perspectiva evolucionista, 
es tener las partes corporales donde deben estar para la super­
vivencia del organismo [...] . La verdad, sea lo que fuere, se 
sitúa, definitivamente, en un segundo plano». La consecuencia 
ha sido una larga alianza entre el darwinismo psicológico y el 
pragmatismo (véase, p. ej., Dewey, 1922), lo cual nos horroriza 
a los racionalistas ilustrados. Por decirlo una vez más, en la vi­
sión del mundo «evolucionista», «biológica» o «científica» no 
hay nada que demuestre n i dé, siquiera, a en tend er que la fun­
ción peculiar del conocimiento sea otra que la fijación de creen­
cias verdaderas. Sin embargo, esta caracterización de la (su­
puesta) función peculiar del conocimiento es, al parecer, de 
«ámbito general». Por tanto, Cosmides y Tooby no pueden 
mantener porque sí la premisa de que «no hay criterio de éxito 
o fracaso [cognitivo] que sea independiente del ámbito»; de­
berán argumentarlo. Sin embargo, hasta donde yo sé, no han 
ofrecido tal argumentación15.
Segunda razón. «Ningún individuo puede mantener en el curso 
de su existencia muchas de las relaciones necesarias para regular 
con éxito la actividad [...] [Ahora bien, las arquitecturas de ám­
bito general] se limitan al conocimiento de lo que puede derivar­
se válidamente mediante procesos generales de información per­
ceptiva. Los mecanismos de ámbito específico no están sujetos a 
esas limitaciones» (Cosmides y Tooby, 1994, p. 92). Esta frase 
suena como un buen argumento a la antigua en favor de los con­
tenidos innatos basado en la pobreza del estímulo; y, por supues­
to, siempre me he tomado en serio esta clase de argumentaciones. 
Por otra parte, aquí es donde compensan un poco algunas de las 
distinciones expuestas al comienzo del presente capítulo: los ar 
gumentos de la pobreza del estímulo militan a favor del innatis- 
mo, no de la modularidad. La especificidad de ámbito y el encap- 
suiamiento de un mecanismo cognitivo, por un lado, y su carácter 
innato, por otro, son propiedades independientes. Podemos, 
pues, disponer de mecanismos de aprendizaje perfectamente ge­
nerales y dotados de grandes conocimientos desde un primer mo­
mento; y también podemos contar con mecanismos plenamente 
encapsulados (p. ej., los reflejos) que estén literalmente presentes 
en el momento del nacimiento pero no sepan nada de nada a ex­
cepción de cuál será el estímulo inmediato al que responder y 
cuál la respuesta inmediata a él. Hasta donde yo sé, todas las op­
ciones intermedias son igualmente posibles, al menos en princi­
pio. En resumen; podemos recurrir al argumento de la pobreza 
del estímulo en favor de teorías innatistas frente a otras teorías 
empiristas, pero no podemos alegar un argumento de pobreza de 
estímulos en favor de la existencia de mecanismos modulares fren­
te a la existencia de mecanismos «generales de aprendizaje» La
«pobreza del estímulo» no es la clase de premisa correcta a partir 
1 de la cual se puede defender ese tipo de conclusión.
Debería añadir que la Segunda Razón parece tener un sub- 
-texto que, sin embargo, no pretendo haber entendido. Al pare­
cer, la idea es que, si bien las estimulaciones disponibles pue­
den ser demasiado pobres como para que un mecanismo de 
aprendizaje general se percate de la existencia de correlaciones 
adptativa y mutuamente pertinentes, «la selección natural pu e­
d e [sic] detectar esas relaciones estadísticas». Ello se debe a 
que «la selección natural no actúa por deducción o simulación 
-sino que aborda el problema real, lleva a cabo el experimento y 
se queda con aquellos rasgos de diseño que conducen al mejor 
resultado disponible [ ...] . Hace un recuento de los resultados 
de otros diseños posibles que actúan en el mundo real [...] y 
sopesa la distribución estadística de sus consecuencias [ . ..]» 
(pp. 93-94). Como acabo de decir, no lo entiendo, realmente; 
pero, sea cual sea su significado exacto, estoy seguro de que me 
suena mucho a Darwin. Supongamos, como hipótesis, que las 
¡consecuencias causales de que se dé P no son tales como para 
afectar a los fenotipos individuales de un determinado tipo de 
organismo. De ser así, la evolución no pu ed e hacer que ese tipo 
de organismo tome conciencia de que se trata de P. En concre- 
, to, no puede seleccionar seres del tipo de los que creen que se 
da P por delante de los que no lo creen. Al fin y al cabo, la se­
lección favorable a los que creen P requiere unos individuos 
cuyos fenotipos (p. ej., conductuales) son d iferen tes d e lo que 
habrían sido d e no haberse tratado d e P. Pero, esos individuos 
no existirán a menos que algunos de los seres en cuestión pue­
dan detectar diferencias ecológicas que, según se dice, «son 
portadoras de la información» de que se da P.
Pero, quizá, lo único que dicen Cosmides y Tooby es que, a 
veces, la evolución es capaz de «ver» que los fenotipos de una
clase de organismos muestran consecuencias del hecho de que 
se dé P, aunque el efecto de tales consecuencias sobre la aptitud 
de un individuo determinado sea muy pequeño. Supongo que 
eso está muy bien, pero la situación es simétrica pues, a menu­
do, el aprendizaje es sensible a diferencias fenotípicas invisibles 
a la adaptación. Yo, por ejemplo, he conseguido distinguir, por 
poner un caso, entre idealistas hegelianos e idealistas kantianos, 
o entre positivistas y pragmatistas, o entre dualistas de la pro­
piedad y dualistas de la sustancia; y apuesto a que mi abuelo ca­
zador recolector habría aprendido a hacerlo silo hubiera inten­
tado. Pero, hasta donde puedo discernir, mi sensibilidad a esas 
distinciones no ha afectado ni pizca mi aptitud (en cualquier 
caso, no lo ha hecho para mejor); y es también improbable que 
afecte la aptitud de ninguno de mis descendientes. Como en 
este tipo de casos el aprendizaje puede ver, y ve de hecho, aque­
llo para lo que la selección se muestra ciega, no se podrá aducir 
en gen era l que la selección es sensible a distinciones más sutiles 
que el aprendizaje, o viceversa, por supuesto.
Tercera razón. «La explosión combinatoria paraliza cualquier 
sistema que sea auténticamente de ámbito general», «Una arqui­
tectura [...] de ámbito general [...] carece de cualquier conte­
nido, bien en forma de conocimiento de ámbito específico, 
bien en forma de procedimientos de ámbito específico [...]. En 
consecuencia, un sistema de ámbito general deberá evaluar to­
das las alternativas que pueda definir. Dadas las características 
de las permutaciones, las alternativas crecen exponencialmente a 
medida que aumenta la complejidad del problema» (p. 94). 
Creo que hay dos puntos que señalar acerca de esta cuestión. El 
primero es que genera la misma confusión sobre lo innato seña­
lada ya por mí al analizar la Segunda Razón. Con todos mis res­
petos para Cosmides y Tooby, del hecho de que un ser posea una
arquitectura cognitiva indiferente en cuanto al ámbito no se pue­
de deducir con garantía que carezca de una dotación cognitiva 
Innata. Por tanto, los argumentos según los cuales debe estar 
¡provisto de esa dotación innata son indiferentes respecto a la 
ánodularidad del conocimiento. En segundo lugar, Cosmides y 
fboby se equivocan al suponer que la modularidad masiva es la 
•única alternativa a la explosión combinatoria. A lo más que tie- 
ínen derecho es a decir que o bien tenemos el tipo de arquitectura 
.«cognitiva en la que la modularidad masiva evita una explosión de 
computación clásica o bien (al menos algunos de) nuestros pro­
cesos mentales no son computaciones clásicas. Dada la aparente 
probabilidad de que las consideraciones globales de simplici­
dad, centralidad, coherencia interna y otras similares sean cons­
tituyentes ineluctables de una cognición fiable, pienso que debe­
ríamos tomarnos muy en serio esa segunda posibilidad15.
La moraleja de estas reflexiones críticas no es, a fin de 
cuentas, muy sorprendente; la comprensión de la arquitectura 
del conocimiento es un problema empírico. De entrada, no es 
probable que unas consideraciones adaptacionistas escojan en­
tre las diversas arquitecturas en un nivel de abstracción en que 
la elección se sitúe entre modularidad, computación d e ob jetivo 
general, o alguna d e las dos. Las variedades imaginables de cada 
tipo son excesivamente numerosas y el carácter de las (supues­
tas) presiones para elegir nos es desconocido en buena medida; 
además, en cierto modo, es improbable que esas opciones sean 
exhaustivas. Lo que debemos tener en cuenta es que, tal como 
están las cosas, nadie sabe cómo diseñar una arquitectura cog­
nitiva que tenga probabilidades de ser lo seleccionado por la 
evolución cuando seleccionó mentes como las nuestras. Al ser 
mucho lo que desconocemos acerca del funcionamiento de la 
mente (creo que ya he mencionado este asunto), también será 
mucho, en consecu encia , lo que no sabemos sobre la manera en
que las presiones selectivas determinaron ese funcionamiento. 
Si es que lo hicieron.
Dicho esto, propongo establecer una priorización propia. 
Dejando a un lado consideraciones darwinianas, creo que si se 
acepta que los mecanismos modulares son ipso fa cto específicos 
en cuanto a su ámbito, la idea de una arquitectura modular ver­
daderamente masiva —por ejemplo, tota lm ente masiva— se ha­
lla muy próxima a la incoherencia. Los mecanismos que operan 
como módulos presuponen mecanismos que no operan así. Dada 
nuestra pasmosa ignorancia sobre cómo podría estar organiza 
da, en principio, la mente cognitiva, esta observación no ayuda 
mucho a reducir el campo. Aunque tal vez ayude un poco.
FASE III: UN ARGUMENTO A PRIORI
CONTRA LA MODULARIDAD MASIVA: El. PROBLEMA
DE LOS DATOS DE ENTRADA
Ésta es la forma que adopta el problema: supongamos, como es 
habitual, que los procesos cognitivos típicos trazan mapas a 
partir de representaciones mentales para producir representa­
ciones mentales. Supongamos que una determinada mente 
contiene dos procesadores modulares: MI sirve para pensar 
sobre triángulos (se aplica, por tanto, a representaciones de 
triángulos pero no a representaciones de cuadrados) y M2 es 
un módulo para pensar sobre cuadrados (por tanto, se aplica a 
representaciones de cuadrados pero no de triángulos)16, Su­
pongamos también, para simplificar, que eso es todo cuanto 
hace la mente. TRM y TCM están en vigor, como de costum­
bre; por tanto, sabemos que MI y M2 responden a propie­
dades formales, no semánticas, de sus representaciones de
’ gntrada iinput). Llamemos a esas propiedades P l y P2 respec- 
.pvamente. En tal caso, MI «se activa» cuando, y sólo cuando, 
encuentra una representación P l , y M2 se activa cuando, y sólo 
Cuando, encuentra una representación P2. Deducimos, por 
tanto, que P l y P2 están asignadas de alguna manera a repre- 
«¿ntaciones anteriores a la activación de MI y M2 . Preguntas: 
¡E l p ro ced im ien to que e fectú a esa asignación es e sp e c ífico en 
cuanto a l ámbito} Es decir, ¿hay un mecanismo único que con­
sidere ciertas representaciones en general como su ámbito de 
«itrada y asigne P l a alguna de ellas y P2 a otras? ¿O existen 
Mecanismos distintos, con distintos ámbitos de entrada, uno 
de los cuales asigna Pl a sus entradas, mientras el otro asigna 
P2 a las suyas? Estas son las dos posibilidades, ¿cuál prefiere 
usted (véase figura 4.1)? Es evidente que la primera composi­
ción queda excluida, pues si optamos por ella, estaremos pos­
tulando un mecanismo (es decir, CASILLA 1 ) que será, en el 
mejor de los casos, menos modular que M ío M2. Esto socava­
ría la tesis según la cual la mente es masivamente modular; es
FIGURA 4 .1 
OPCIÓN 1:
Todas las representaciones*--- ► CASILLA 1 —>-P1 vF2—►MI
— ► M 2
OPCIÓN 2:
CASILLA2 —► P1 —►MI
Todas las representaciones*;^"
CASILLA 3 —► P2 —►M2-^
* Es decir, «todas las representaciones» menos las que sean datos de salida (out- 
puts) de los módulos o casillas indicados.
decir, que está compuesta únicamente por sistemas todos los 
cuales son, más o menos, específicos en cuanto a su ámbito.
¿Y qué ocurre con la opción 2 ? A primera vista, se expone 
a un regressus ad infinitum, En concreto, plantea la cuestión de 
qué determina, entre «el total de representaciones», cuáles son 
entradas a la CASILLA 2 y cuáles son entradas a la CASI­
LLA 3 ,/. Es de suponer que algo ocurre, antes de la activación 
de la CASILLA 2 o la CASILLA 3 que sirve (formal o sintácti­
camente) para distinguir las representaciones que activan la 
una de las que activan la otra. (Por ejemplo, la característica 
IR-A-CASILLA 2 podría estar vinculada a ciertas representa­
ciones, y la característica IR-A-CASILLA 3 al resto). Pero aho­
ra se vuelve a plantear la misma cuestión arquitectónica: ¿exis­
te un sistema de ámbito general que se aplique a todas las 
representaciones y vincule un rasgo a alguna de ellas, y el otro 
al resto? ¿O hay dos sistemas modulares, uno de los cuales vin­
cula IR-A-CASILLA 2 a algunas representaciones, y otro que 
vincula IR-A-CASILLA 3 a las demás? Si nos decidimos por la 
primera opción, estaremos postulando un mecanismo menos 
modular que CASILLA I o CASILLA 2 . Si nos decidimos por 
la última, postularemos dos mecanismos, cada uno de los cua­
les es selectivamente sensible a un ámbito de entrada restringi­
do; por tanto, estaremos planteando la pregunta de cómo se 
asignan en sus ámbitos las representaciones a las propiedades a 
las que son selectivamente sensibles. Y así una y otra vez.
De momento, lo que tenemos, de hecho, es un razonamien­
to según el cualcada mecanismo computacional modular pre­
supone mecanismos computacionales menos modulares que él 
mismo; así pues, en cierto sentido, la idea de una arquitectura 
masivam ente modular es autodestructiva. ¿Hasta qué punto es 
serio todo esto? Bueno, un científico del conocimiento podría 
optar por convivir de alguna manera con esa situación. Al fin y
i al cabo, todos cuantos aceptan la TRM piensan que existen 
[ procesos mentales que n o se aplican a las representaciones 
inentales sino, directamente, a las incidencias provenientes del 
mundo. Dado que, por hipótesis, estos mecanismos no respon­
den a ningún tipo de representación, tampoco responderán se- 
r lectivamente, a fortiori, a una representación en función de que 
sea o no P. Y como no responden selectivamente a una repre­
sentación en función de que sea o no P, su acción no presupon­
drá otros mecanismos anteriores algunas de cuyas salidas sean 
representaciones de P y otras no. Así pues, al fin y al cabo, no 
faay un regreso al infinito.
Según la versión empirísta tradicional, lo que impide el re­
greso son, en concreto, los mecanismos sensoriales. En efecto, 
se supone que nuestro sensorio es menos modular (menos es­
pecífico en cuanto a su ámbito) que cualquier otra cosa d e nues­
tra cabeza. O, por decirlo al revés, las extensiones de cualquier 
¿ categoría que pueden distinguir los procesos efectuados en 
nuestra cabeza deben ser susceptibles de ser distinguidas en el 
vocabulario de salida de nuestro sensorio.
[En el caso esbozado más arriba, el conjunto del «total de 
; representaciones» es la salida del sensorio y, por hipótesis, in­
cluye algunas representaciones que tienen una propiedad que 
las hace IR-A-CASILLA 2. Así, según lo requerido, las distin­
ciones efectuadas por nuestro sensorio incluyen (primigenia­
mente o por construcción) cualquier distinción que pueda llevar 
a cabo nuestra m ente]. En realidad, se trata de una manera de 
formular el «principio empirísta», cuya formulación más nor­
mal es la siguiente: «No hay nada en la mente que no haya esta­
do antes en los sentidos».
Es posible que el lector se pregunte ahora: «¿Qué tiene que 
ver todo esto con la tesis de la modularidad masiva? ¿Y por 
qué debería importarle a quien considere valioso su tiempo (a
diferencia, al parecer, del autor de este libro)?». Calma, calma. 
No hay duda de que, hasta aquí, no se ha dicho nada que haya 
de preocupar a un teórico de la modularidad masiva dispuesto 
a s e r tam bién em pirista; en efecto, aunque el argumento de­
muestra que cualquier arquitectura cognitiva debe reconocer 
al menos un mecanismo que no sea modular, ése puede ser el 
sensorio; y nadie lo ha considerado nunca un módulo. Para los 
empiristas, toda la función del sensorio ha de ser, según acaba­
mos de observar, de ámbito tan general como todo el resto de 
la mente en conjunto.
Pero, si usted es un empirista, espero que haya abandonado 
la lectura hace un rato; pensándolo bien, es probable que ni si­
quiera haya comenzado a leer. Por tanto, consideremos la fu­
nesta situación de un teórico de la modularidad masiva que no 
esté dispuesto a creer que cualquier distijnción cognitiva co­
rresponde a una distinción sensorial.
Supongamos, por ejemplo, que ese científico del conoci­
miento se siente impresionado por los argumentos de L. Cos­
mides y J. Tooby en favor de la existencia de un Módulo de 
Detección de Tramposos encapsulado y de ámbito específico 
(un MDT, como lo llamaré a menudo en adelante; véase el 
apéndice para más detalles). Pues bien, una de las cosas que, 
supuestamente, hace que el Módulo de Detección de Trampo­
sos sea modular es que, normalmente, sólo actúa en situacio­
nes que son (o así se consideran) intercambios sociales 18. Se 
dice, pues, que su actuación apela a capacidades inferenciales 
que no se hallan a disposición de la mente cuando ésta piensa 
en situaciones que no considera intercambios sociales. De he­
cho, se afirma que sólo podemos activar y desactivar el MDT 
en tareas experimentales haciendo que el sujeto vea o no la si­
tuación com o un intercambio social (véase Gígerenzer y Hug, 
1992).
Por tanto, el MDT computa objetos mentales marcados 
XMiio representaciones de intercambios sociales; y su función 
$ distribuirlos en distintos rimeros, algunos de los cuales re­
presentan intercambios sociales en los que se hacen trampas y 
sotros en los que noi9. Sin embargo (siguiendo el razonamiento 
(.¿expuesto anteriormente), esta explicación exige postular un 
¡mecanismo anterior que responda a situaciones en general (o, 
.¡quizá, a situaciones que implican supuestamente alguna activi­
d ad humana o de otro tipo) y las cartografíe en forma de repre­
sentaciones, algunas de las cuales representarán la situaciones 
seomo intercambios mientras que otras no. Este mecanismo es, 
¡obviamente, menos específico en cuanto a su ámbito que el 
sMDT. Pregunta: a pesar de ello, ¿sigue contando como módu­
lo? Y de ser así, ¿qué ocurre con el mecanismo cuyos datos de 
salida activan este módulo de intercambio social? ¿Para qué 
-ámbito es específico?
Hasta aquí me ha preocupado que los argumentos regresi­
vos pudieran demostrar la incoherencia de la idea de una men­
te de modularidad realmente masiva. Sin embargo, me doy 
cuenta de que, aunque algunos científicos del conocimiento 
están encantados con tales argumentos, hay también muchos 
otros que no lo están y que los consideran filosóficos en un 
sentido peyorativo de la expresión. Por decirlo en pocas pala­
bras, esos argumentos les dejan fríos; no les divierten. Así 
pues, propongo pasar a una preocupación relacionada con la 
anterior y que, sin ser tan de principios, es, posiblemente, más 
apremiante.
Hemos dado por supuesto que en la entrada (inpu t) del 
MDT hay algo que lo activa; alguna propiedad de sus represen­
taciones de entrada que le afectan selectivamente y que es 
«portadora de la información» de que el presente despliegue 
de representaciones no centrales constituye un intercambio so-
cíal. Pregunta: ¿qué característica puede ser ésa? ¿Cómo deci­
de un módulo sí lo que está presenciando es un intercambio 
social?
Como usted, querido lector, no es un empirísta, es de supo­
ner que no cree que los intercambios sociales dispongan de 
unos catavientos peculiares20. Es de suponer, por tanto, que no 
creerá, por ejemplo, que la distinción entre intercambios socia­
les y todo lo demás esté implícita de alguna manera en las sali­
das (ou tputs) del transductor sensible que activan. Al fin y al 
cabo, no existe una ignota Benevolencia Oculta que pinte los 
intercambios sociales de un color peculiar. Calcular si algo es 
un intercambio social y, en caso de serlo, sí se trata del tipo de 
intercambio social en el que se puede producir una trampa 
(que, por supuesto, no se da en todos) implica la detección de 
lo que los conductistas solían llamar Claves Muy Sutiles. Lo 
que equivale a decir que nadie tiene n i idea de qué tipo de lucu­
bración se requiere para comprender qué estimulaciones no 
centrales son intercambios sociales o para imaginar a qué tipo 
de conceptos necesitaría tener acceso un determinado tipo de 
especulación. En concreto, ¿por qué habría de ser verosímil 
suponer que un sistema computacional modular, de ámbito es­
pecífico y encapsulado podría detectar intercambios sociales? 
(Uno de los grandes asuntos tratados por la literatura moder­
na es conocer el grado de dificultad que supone comprender 
cuál es «la situación» —de qué son capaces los nativos, si es 
que son capaces de algo—. Kafka [passim], Melville [1997] y 
Martin Amis [1984], por no hablar de Lewis Carroll, nos brin­
dan diversos ejemplos. Los teóricos de la modularidad masiva 
tendrían que hojear este tipo de obras de ficción para afinar la 
sensibilidad de las yemas de los dedos).
«Ah, pero volviendo al tiempo en que éramos cazadores re­
colectores, Todo Era Mucho Más Sencillo, Los intercambios
■sociales eran Mucho Más Fáciles de Detectar que ahora. En 
• realidad, casitodos eran de color naranja con rayas grises». 
Muy bien, si usted lo dice, pero no veo en qué podría ayudar 
todo esto a su argumentación. Al fin y al cabo, los experimen­
tos que supuestamente muestran que hemos heredado un mó- 
(¡dulo detector de trampas se suelen llevar a cabo con contem­
poráneos nuestros; y (según se dice) lo que demuestran es, por 
ejemplo, que los resultados en la tarea de selección de Wason 
se ven afectados por el hecho de que el sujeto pueda considerar 
que se trata de un intercambio social. Pero, aunque todos los 
intercambios sociales fueran de color naranja con rayas grises a 
'fin de que el MDT pudiera identificar —volviendo a aquellos 
tiempos— los datos de entrada por su color21, es seguro que el 
MDT no puede llevar a cabo actualmente esa identificación. 
En el mejor de los casos, lo que activa el MDT en nuestros días 
no es el color naranja sino algunas claves sutiles indicativas de 
un intercambio social. Así, la tesis de la modularidad masiva no 
puede ser cierta, a menos que, entre otras cosas, exista un mó­
dulo que detecte las claves sutiles pertinentes y deduzca de 
ellas que se está produciendo un intercambio social. Repetiré la 
pregunta anteriormente planteada: ¿cuál es la posibilidad de 
que un proceso de información modular (es decir, encapsula­
do, es decir, computacionalmente local) pueda extraer fiable­
mente esas deducciones? 22.
Éste es, por tanto, el balance final: supongamos que ciertos 
procesos darwinianos han dotado de alguna manera al hom o 
sapiens con un MDT encapsulado que despliega procedimien­
tos inferenciales de ámbito específico (o una base de datos de 
ámbito específico, o ambas cosas) para evaluar qué se conside­
ran intercambios sociales. Aun así, eso no sería una razón para 
pensar que la mente es en realidad masivam ente modular, a no 
ser que estemos dispuestos a suponer que ciertos procedimíen-
tos de ámbito específico correspondientes y encapsulados po­
drían evaluar situaciones en general para saber si son o no in­
tercambios sociales. Pero, por decirlo de nuevo, llegar a saber 
si algo es un intercambio social y, de serlo, si es el tipo de inter­
cambio social en el que pueden producirse trampas, requiere 
pensar. En realidad, según sabe todo el mundo, requiere el tipo 
de razonamiento abductivo que los módulos no llevan a cabo, 
por definición, y que las computaciones clásicas no tienen for­
ma de imitar.
Debería añadir que, a diferencia de los problemas de regre­
sión planteados unas páginas más arriba, esta cuestión pareci­
da a un «análisis de datos de entrada» sobre cóm o se apaña la 
m en te para represen ta rse cosas d e una manera que determ ina 
qu é m ódulos s e activan no es precisamente «filosófica» sino au­
tén ticam en te real; surge en los estudios de ciencia cognitiva de 
tal modo que desconcierta a los científicos cognitivos. Mencio­
naré sólo un caso muy conocido: ¿cómo decide el (supuesto) 
módulo de la percepción del lenguaje sí un suceso de entrada 
(input) se halla en su ámbito? La gente solía pensar (y, en cierto 
modo, esperar) que la psicofísica respondiera a esta pregunta; 
habría cierto(s) rasgo(s) de datos de entrada detectados por un 
transductor a los que el sensorio respondería con un tipo de re­
presentación mental característico (aún no se ha acabado de 
descubrir cómo ocurre); y, ce ter is paribus, el módulo de per­
cepción lingüística definiría su ámbito por referencia a caracte­
rísticas peculiares de esas representaciones sensoriales. No está 
excluido, desde luego, que las cosas acaben siendo así. Pero, de 
momento, nadie ha encontrado esas características; ¿y cómo 
comenzaría a aplicarse este tipo de explicación al análisis per­
ceptivo del lenguaje de signos? ¿O al de la lectura?
Lo especialmente interesante de este caso es que la proba - 
bilidad de que no necesitemos realizar ninguna reflexión com-
pilcada para decidir que un dato de entrada pertenece al ámbi - 
to del lenguaje será m ucho mayor que para detectar datos de 
entrada en el ámbito del MDT. La razón de ello es, precisa- 
¿Dente, que la percepción lingüística es una percepción y, por 
■fínto, probablemente, algo que ocurre en fases muy tempranas 
í'áel jrocesamiento cognitivo, y que además es ineludible. De 
¡ hecho, sí los mecanismos del análisis preceptivo son, a primera 
rlista, buenos aspirantes a la modularidad, se d eb e en parte a la 
; probabilidad de que los ámbitos de los módulos perceptivos 
(como el procesador del lenguaje) se puedan detectar psicofísi- 
■ camente. (De la misma manera que, al no pod er ser detectados 
i;. psicofísicamente, los ámbitos de algunos supuestos módulos 
¡ «cognitivos», como el MDT, no son, a primera vista, buenos as- 
I pirantes a la modularidad), Y, sin embargo, resulta que no es 
i fácil llegar a soluciones empíricas al problema del análisis de 
I los datos de entrada n i siquiera en el caso de un probable aspi- 
i rante como lo es el lenguaje.
| Lsta es la moraleja: la modularidad realmente masiva sólo 
es una explicación coherente de la arquitectura cognitiva si el
!| problema de los datos de entrada para cada módulo (el proble- I ma de identificar las representaciones en su ámbito propio) se puede resolver mediante inferencias que no sean abductivas (o 
de algún otro tipo holístico); es decir, mediante mecanismos de 
ámbito específico. Sin embargo, no hay razón para pensar que 
| pueda ser resuelto. En particular, el tratamiento tradicional 
} empírico —es decir, la hipótesis de que los ámbitos de todos 
« los procesadores cognitivos son distinguibles en el sensorio— 
’ es sumamente improbable fuera de la percepción (y no todos 
' son sumamente plausibles dentro de la percepción).
Así, si es cierto que la Nueva Síntesis requiere el modelo 
clásico de computación, y si es cierto que el modelo clásico de 
computación sólo funciona para las computaciones locales, y si
además es cierto que sólo un procesamiento modularizado tie­
ne posibilidades de ser local en los aspectos pertinentes, es pro­
bable que no podamos salvar la Nueva Síntesis mediante la su­
posición de que la arquitectura cognitiva es masivamente 
modular. En la abducción, la mente cognitiva depende, según 
todas las apariencias, de sus oídos espirituales. Y no sabemos 
cómo funciona la abducción. Así que no sabemos cómo fun­
ciona la mente cognitiva; la única cosa sobre la que sabemos 
algo son los módulos.
5 . DARWIN ENTRE LOS MÓDULOS
t •
INTRODUCCIÓN
‘Hablando con rigor, podríamos habernos detenido al final 
’Hel capítulo 4. Había prometido analizar la relación entre dos 
doctrinas —respaldadas ambas por la Nueva Síntesis— que 
¡podrían parecer muy independientes a primera vista: que los 
procesos cognitivos son computaciones clásicas y que la ar­
quitectura del conocimiento es masivamente modular. La in­
terpretación ofrecida por mí es que las computaciones clási­
cas son intrínsecamente locales y, por tanto, están mal 
equipadas para explicar los aspectos abductivos de la cogni­
ción. Esto no importaría mucho si la arquitectura cognitiva se 
caracterizara por su modularidad, pues cuanto más encapsu­
lado sea un proceso inferencíal, menos abductívo será. Pero, 
si la tesis de la modularidad masiva no fuera cierta, la locali­
dad intrínseca de la computación clásica tendrá mucha im­
portancia; es posible que socave la pretensión de que la Nue­
va Síntesis brinda una teoría general del funcionamiento de la 
'mente. Por tanto, es razonable que un científico del conoci­
miento convencido de que los procesos mentales son compu­
taciones clásicas espere seriamente que la mente sea masiva­
mente modular.
Hasta aquí, perfecto. Pero la Nueva Síntesis está también 
ampliamente convencida de la tesis de que la «arquitectura
cognitiva es una adaptación evolucionista», y podríamos pre­
guntamos cómo encaja esta aseveración con las otras dos. 
Éste es el tema del presente capítulo. Mi línea expositiva será 
que ninguno de los argumentos habituales de la Nueva Sínte­
sis a favor deladaptacionismo del conocimiento es ni remota­
mente convincente. Por otra parte, pienso que hay razones 
para mantener que el adaptacionismo debería ser cierto en re­
lación con una arquitectura cognitiva en la medida en que ésta 
sea m odular (de forma masiva o de cualquier otra manera). 
Del mismo modo que la computación clásica requiere modu­
laridad, la modularidad necesita del adaptacionismo. Desde 
mi punto de vista, estos tres elementos constituyen conjunta­
mente una explicación no del todo improbable de algunos as­
pectos del conocimiento. Como el lector habrá advertido, sin 
duda, lo que me preocupa es la parte del conocimiento que 
no funciona de esa manera; además, hay indicios para pensar 
que se trata de una parte considerable y que mucho de lo que 
tiene de especial el tipo de mente que poseemos se encuentra 
allí.
Vamos a proceder de la siguiente manera. En primer lugar, 
ofreceré una visión desaprobatoria de los muchos argumentos 
aducidos normalmente a favor del adaptacionismo cognitivo. 
Todos ellos giran en torno a consideraciones generales acerca 
de las relaciones entre teorías psicológicas y biológicas, o sobre 
la función central que tiene el darwinismo en nuestra compren­
sión de las propiedades innatas de los organismos. Lo más inte­
resante de sus rasgos comunes es que, sí son buenos en algo, lo 
son en general. Es decir, que dan por supuesto el adaptacionis 
mo de la arquitectura cognitiva tanto si la mente es modular 
com o sí no lo es. También tienen en común el hecho de ser om­
nipresentes en la bibliografía de la Nueva Síntesis. Y también, 
que no son buenos.
Luego, diré por qué pienso que, probablemente y a fin de 
cuentas, existe una vinculación intrínseca entre modularidad y 
adaptacionismo.
PRIMER MAL ARGUMENTO DE POR QUÉ LA PSICOLOGÍA 
'EVOLUCIONISTA ES INEVITABLE A PRIORI: COHERENCIA
- f
. Supongamos que el adaptacionismo es verdadero en lo que 
,:«specta a la arquitectura cognitiva, tanto si esa arquitectura es 
¡modular como sí no lo es. El efecto sería vincular ciertas teorías 
psicológicas sobre la organización de la mente con otras bioló- 
' gicas sobre la evolución de órganos menos intencionales (el ojo 
' de los vertebrados, el cuello de la jirafa, etcétera). En cambio, 
! si la arquitectura cognitiva no es una adaptación, la explicación 
: correcta de su evolución debería ser más o menos su i generis. 
Podría ocurrir que las buenas teorías sobre cómo evoluciona­
ron los ojos y los cuellos y las buenas teorías sobre la evolución 
de las mentes no guardaran relación. En este sentido, al menos, 
ía biología y la psicología del conocimiento serían ciencias rela­
tivamente autónomas.
' Pues bien, de acuerdo con una gran parte de la bibliografía 
efe la Nueva Síntesis, este resultado es intolerable. Se considera 
metodológicamente inaceptable, lo cual me parece un tanto 
raro. Al fin y al cabo, la Nueva Síntesis está dispuesta a admitir 
que la psicología y la botánica, por ejemplo, no tienen mucho 
' que decirse la una a la otra; que cada una se apañe como pueda. 
Pero suponer que la psicología cognitiva no debería estar limi­
tada por la teoría de la evolución sería «descuidar o, incluso, 
rechazar el principio central de que los conocimientos científi­
cos —de un mismo campo o de campos diferentes— deberían
poseer coherencia mutua [...] . Este principio es el que hace 
que diferentes campos sean mutuamente significativos y for­
men parte del mismo sistema de conocimiento más amplio» 
(Cosmides y Tooby, 1992, p. 22). «Si, dentro del vasto paisaje 
de la causación nos es posible ahora situar “el lugar del hombre 
en la naturaleza”, por emplear la famosa frase de Huxley», es 
tan sólo porque «Darwin [ . ..] demostró cómo el mundo men­
tal [...] debía probablemente su compleja organización al mis­
mo proceso de selección natural que explicaba la organización 
física de las cosas vivas» (pp. 20 -2 1 ).
Sospecho que todo esto resulta muy conmovedor. Pero, 
pensándolo mejor, es un asunto excesivamente fuerte y excesi­
vamente débil.
Es excesivamente fuerte porque, de hecho, mucho de lo 
que sabemos sobre el «lugar del hombre en la naturaleza» (su­
pongo que esto quiere decir algo así como «la relación entre los 
fenómenos estudiados por las ciencias intencionales y los fenó­
menos pertenecientes al ámbito de las ciencias biológicas y na­
turales») no pa rece tener, realmente, mucho que ver con la evo­
lución. Lo cierto es que, en principio —así deberíamos haberlo 
imaginado—, podríamos conocer la explicación completa de 
cómo sobreviene la mente al cerebro sin saber nada sobre la 
evolución de ambos; y eso equivaldría, sin duda, a saber mucho 
acerca del lugar de la mente en la naturaleza. ¿O no? Así pues, 
¿qué es lo que se está afirmando exactamente y cuál es exacta­
mente la garantía de esa afirmación, cuando se dicen cosas 
como ésta?: «[Como] los seres humanos, al igual que cualquier 
otro sistema natural, están integrados en las contingencias de 
una historia más amplia y no arbitraria [...] la explicación de 
cualquier dato particular referente a ellos requiere el análisis 
conjunto de todos los principios y contingencias en juego. 
Romper esta matriz causal inconsútil [ ...] equivale a asumir y
’l perpetuar un dualismo antiguo endémico en la tradición de la 
■ cultura occidental [ . . .] » (p. 2 1 ), etcétera, 
i; : «Caramba», podríamos decirnos razonablemente, «la psi- 
I cología debe de ser m uy diferente de muchas otras ciencias, 
pues, en un gran número de ellas es perfectamente correcto 
> -r-en realidad, es lo habitual— que una explicación que encaje 
un fenómeno en “el vasto paisaje de la causación” sea en gran 
I medida, o del todo, ahistórica. En el caso habitual, esas explicá­
is dones ahistóricas funcionan mediante la exposición del me- 
t canismo de causación sin crón ica de un fenómeno. Así, por 
i ejemplo, la explicación aerodinámica del vuelo de las aves no 
! nos dice nada en sí, y de por sí, sobre cómo llegaron a volar.
Ahora bien, si tal explicación no logra encajar el vuelo de las 
| aves en el orden causal, no consigo realmente imaginar qué po­
pí:, dría hacerlo. Por tanto, si una teoría totalmente ahistórica pue- 
jg"; de servir para explicar cómo el vuelo de las aves forma parte de 
•f la matriz inconsútil de la causación, ¿por qué una teoría igual- 
f mente ahistórica de la aparición de la mente/cerebro no podría 
p;. servir para explicar cómo se integra la mente en el orden cau- 
j í sal? ¿Cuál es exactamente el principio metodológico que vio- 
S¡’: lan las explicaciones psicológicas ahistóricas? ¿Y de dónde 
L surge, en cualquier caso, ese súbito arrebato de apriorismo me- 
¡ i todológico? ¿Son, tal vez, dualistas de algún modo estos psícó- 
fc logos evolucionistas?». Esto es lo que razonablemente podría- 
mos decirnos1.
É El argumento de la coherencia es demasiado d éb il porque, 
| : aun siendo cierto que la psicología necesita ser coherente con el 
resto de la ciencia —en realidad, es cierto a priori—, ello no le 
=r, aporta ningún interés metodológico. En concreto, la coherencia 
no es lo que hace que «diferentes campos sean mutuamente sig­
nificativos». Al contrario, la mera coherencia tiene poco valor; 
cualquier par de teorías verdaderas la tienen ipso fa d o . Si, por
ejemplo, estamos convencidos de que nuestra teoría botánica 
predilecta y nuestra teoría astrofísica favorita son ambas ciertas, 
no necesitamos nada más para justificar que son coherentes. Así, 
también, las leyes de la mecánica cuántica (de ser ciertas) son 
ipso fa d o compatibles con la verdad de que Columbus (Ohio) 
es mayor que Urbana-Champaign. De ahí no se sigue que la 
mecánica cuántica tenga mucho que decir sobre demografía, o 
viceversa. Lo mismo ocurre, mutatis mutandis, con nuestra teo­
ría favorita sobre el funcionamiento de la mente y nuestra teoría 
predilecta sobre cómo funciona la evolución2.
Por supuesto, no es accidental que la Nueva Síntesis siga 
incurriendo en ese curioso error de suponer quela mera coh e­
rencia de las ciencias psicológicas con la biología exige de algún 
modo que la arquitectura cognitiva haya de ser una adaptación 
darwiniana \ Lo que realmente necesitan es, por supuesto, un 
argumento que demuestre por qué ciertas consideraciones so­
bre la historia de la selección humana deberían tener una gran 
importancia en la explicación psicológica intencional. En con­
secuencia, lo que requieren como premisa de su argumenta­
ción no es que todas las ciencias deban ser mutuamente coh e­
ren tes , sino que todas sean mutuamente relevantes, en concreto 
mutuamente relevantes desde el punto de vista de la explica­
ción . Litego^el hecho interesante de que la teoría evolucionista 
imponga limitacionesa la psicologíacógñitíva (y viceversa, por 
supuesto) se seguiría de ello como un caso especial. La exigen­
cia de relevancia mutua tiene realmente garra, y aceptarla 
como principio metodológico tendría consecuencias graves 
para nuestra idea de la organización de las ciencias. Pero ¿qué 
importa? Pues (por volver al razonamiento expuesto más arri­
ba), simplemente, no es cierto que todas las ciencias son rele­
vantes entre sí. Al contrario, resulta sorprendente la nula rela­
ción que guardan entre sí la mayoría de ellas, al menos por lo
que sabemos. Puestos a ello, lo mismo ocurre con la mayoría de 
las verdades contingentes, científicas o de otro tipo. En gene­
ral, hacer que teorías de diversas ciencias se apoyen mutua­
mente es una tarea difícil; a menudo, cuando se logra, se consi­
gue un gran avance. Si alguien pudiera demostrar, por ejemplo, 
que la teoría de la geografía lunar impone restricciones a la teo­
ría de la mitosís celular, estoy seguro de que conseguiría que se 
lo publicaran en la revista Nature. Pero, con toda probabilidad, 
no veremos esa publicación, ya que no existe tal restricción; 
por tanto, podemos respirar tranquilos. ¿Por qué estas triviales 
obviedades metodológicas no se aplican también a la relación 
entre teorías de la evolución y teorías del conocimiento?
Podría ser cierto que la biología evolucionista impusiera 
importantes restricciones a la psicología cognitiva; a posteriori, 
'poáría tiei TlIÜltóü ptobaWt>*ju*í~k» hk4era; Pero él matiz «a 
•y&Stefíori» es muy tmportaTire.'Tiiíechó dé'que la Biología 
evolutiva impone unos límites importantes a la psicología cog- 
nítiva no deriva de ningún principio metodológico como el que 
dice que todas las ciencias se imponen (o deberían imponerse) 
importantes restricciones mutuas, ya que, hasta donde sabe­
mos, no existe tal principio metodológico4,
Decir que la filosofía de la ciencia no está todavía termina­
da sería una expresión moderada. Por tanto, es posible que, en 
última instancia, se demuestre que existe alguna verdad a priori 
sobre la exigencia de que las teorías científicas encajen entre 
sí y que esa verdad no consista en afirmar que sería mejor 
que fueran mutuamente coherentes. Podría resultar, incluso, que 
haya algún principio a p r io r i de «unidad de la ciencia» o de 
«coincidencia» del que se derivaría que la biología es significa­
tiva para la ciencia cognitiva en un sentido (hasta donde sabe­
mos) en que no lo es la geografía lunar para la teoría de la mito- 
sis celular; la filosofía está llena de sorpresas. Pero, tal como
están las cosas actualmente, no se puede crear una psicología 
evolucionista mediante un «hágase» metodológico. Si existe al­
guna razón para defender que la arquitectura metodológica de 
la mente evolucionó por presión selectiva, se ha de basar en 
motivos empíricos. Mi abuela preferiría que los biólogos deja­
ran de intentar enseñar filosofía de la ciencia a los filósofos de 
la ciencia. Dice que gracias; que ya sabe cómo se cuece un 
huevo.
SEGUNDO MAL ARGUMENTO DE POR QUÉ LA PSICOLOGÍA 
EVOLUCIONISTA ES INEVITABLE A PRIORL TELEOLOGÍA
Se puede sostener que la explicación funcional es esencial en 
las ciencias biológicas y también (y no por casualidad) en la 
ciencia del conocimiento. De hecho, el descubrimiento de da­
tos sobre funciones parece ser uno de los principales logros en 
ambos campos. El que la función del corazón sea poner en cir­
culación la sangre, la de la clorofila realizar la fotosíntesis y la 
de la memoria icónica retener las representaciones de estímu­
los próximos hasta que se puedan inferir sus fuentes distantes, 
son paradigmas de teorías de éxito en sus ciencias respectivas. 
En resumen, hay una especie de consenso sobre el hecho de 
que «sencillamente, no podemos hacer biología [...] sin pre­
guntarnos por las razones de todo lo que estamos estudian­
do [...] . Tenemos que preguntar “porqués” [...] . Si [los biólo­
gos y los psicólogos] no pueden aceptar que existe una buena 
razón para las características observadas por ellos, no podrán 
ni siquiera comenzar sus análisis» (Dennett, 1995, p. 213). La 
idea, en síntesis, es que no hay probabilidad de que entenda­
mos cómo funciona una cosa a menos que comprobemos qué
Jiace; y no podemos comprobar qué hace si no hace algo. Por 
tanto, sin una teleología natural no hay biología ni ciencia cog- 
uitiva. No sé si las cosas son así, pero la gente está siempre di­
ciendo (por escrito) que así es, y quizá haya algo en todo ello, 
i Sin embargo, donde vacilo es ante el siguiente paso que lle­
va del argumento teleológico a la psicología evolucionista, el 
que dice que la (¿única?) manera de garantizar la noción de 
función requerida por la biología y la ciencia cognitiva es ape­
lar a Darwin y, en concreto, asumir que el órgano cuya función 
estamos procüfandoéñtender evolucionó por presíónselectT 
va y que la función de un órgano es aquello para lo que fue se­
leccionado. (En cambio, se supone quelasfex adaptaciones es­
porádicas son excepciones del tipo de las que demuestran la 
regla). «Lo que Darwin nos mostró no fue que no debamos 
preguntar [“porqués”], sino cómo darles respuesta» (ibid., 
p. 213). Por tanto, si buscamos una teoría de.la.-arquitectura 
cognitiva, necesitamos un concepto de función; y si buscamos 
rnTcoñceptodel^ tenemos que ser adaptacionistas res- 
pecto al conocimiento. Esta es la línea areumental.
Pero, aunque supongamos, en forma concesiva, que no po­
demos hacer biología/psicología sin una teleología natural, no 
es ni mucho menos evidente que la noción de teleología natu­
ral proporcionada (supuestamente) 5 por la teoría de la evolu­
ción sea la requerida por la explicación teleológica en biología 
y psicología. Lo que debemos tener en cuenta aquí es que 
cualquier noción darwiniana de función es ip so fa cto díacróni- 
ca; contempla la función de los órganos como si estuviera in­
trínsecamente conectada con la historia de su selección. Por 
tanto, si es verdad que ahora la función del corazón es bombe­
ar la sangre, lo es porque en aquel entonces fue seleccionado 
para bombearla. A primera vista, se trata de una característica 
incómoda de la versión darwiniana de la teleología que, ade­
más, hace difícil creer que pueda ser la única requerida por la 
explicación biológica/psicológica. Imaginemos, sólo como un 
experimento especulativo, que Darwin se equivocó del todo 
sobre el origen de las especies (todos cometemos errores). ¿Se 
seguiría de ello que la función del corazón no es bombear la 
sangre? ¿O, en realidad, que el corazón, como el apéndice, no 
tiene ninguna función y que tampoco hace ninguna otra cosa 
en el orden natural? Si nos sentimos inclinados a dudar de la 
conclusión, es probable que el concepto de función en el que 
estamos pensando no sea diacrónico; y, a jo r t io r i , tampoco 
darwiniano6.
Pero, en fin, supongamos que no podemos hacer psicología 
sin un concepto de función y que el concepto de función que 
necesitamos es, en definitiva, darwiniano. Aun así, no se segui­
rá de ello que, para hacer psicología, tengamos que desentra­
ñar previamente toda la historia evolutiva, ni siquiera una par­
te, ya que a menudo podemos hacer una conjetura sagaz sobre 
qué es un órgano basándonos por entero en consideraciones sin­crónicas. Así, podríamos suponer que las manos son para aga­
rrar y los ojos para ver o, incluso, que las mentes son para pen­
sar, sin saber nucho de su historia selectiva ni preocuparnos 
gran cosa por ella. Comparemos esto con lo que dice Pinker 
(1997, p. 38); «Los psicólogos tienen que mirar fuera de la psi­
cología sí quieren explicar para qué son las partes de la mente». 
¿De veras? Harvey no tuvo que mirar fuera de la fisiología para 
explicar para qué sirve el corazón. En concreto, es moralmente 
cierto que Harvey no leyó nunca a Darwin. Igualmente, la filo­
genia del vuelo de las aves sigue siendo un problema abierto en 
la teoría de la evolución. Pero supongo que el primer individuo 
que comprendió el uso que daban las aves a sus alas vivía en 
una caverna. Argumentar que si A = B, no podemos saber 
(comprender, tener una teoría de, explicar, realizar aseveracio­
nes justificadas sobre) nada de A a menos que sepamos (com­
prendamos. es (otro) tipo de falacia intencional.
En realidad, en asuntos de realidad histórica, parece que el 
curso habitual de la investigación en las ciencias teleológícas es 
exactamente el inverso del que habría sido según la propuesta 
del razonamiento funcionalista a favor del darwinismo. Lo que 
realmente ocurre es que biólogos y psicólogos son capaces de 
elaborar, a partir de consideraciones sincrónicas, una explica­
ción probable y convincente de lo que hace y no hace un siste­
ma. Luego, consideran suficientemente garantizada la hipótesis 
evolucionista de que la función que, según su descubrimiento, 
lleva a cabo el sistema en la actualidad es, probablemente, 
aquella para la que fue seleccionado. (Estoy dispuesto a escu­
char ejemplos genuinos tomados de la historia de la biología o 
la psicología en los que el rumbo de la deducción sea el contra­
rio; así, de pronto, no se me ocurre ninguno). Apenas sorpren­
de que el orden del descubrimiento sea éste, pues las pruebas 
relativas al funcionamiento actual de un sistema son por lo ge­
neral más accesibles que las referentes a la historia de su selec­
ción. En concreto, es difícil realizar experimentos con seres ex­
tinguidos.
Concluyo esta diatriba señalando, de paso, que es posible 
imaginar fácilmente concepciones no darwinianas de función. 
Intuyo, por ejemplo, que la función de mi corazón tiene menos 
que ver con sus orígenes evolutivos que con la verdad actual de 
afirmaciones contrafácticas como la de que si dejara de bom­
bear mi sangre, me moriría. Es posible que, en general, lo que 
determina la función de un órgano sea algo relativo a qué afir­
maciones contrafácticas de ese tipo son ciertas cuando se refie­
ren a é l
TERCER MAL ARGUMENTO DE POR QUÉ ES INEVITABLE 
UNA PSICOLOGÍA EVOLUCIONISTA: COMPLFJÍDAD
«Es muy evidente que la mente está dotada de una gran comple­
jidad, y a pesar de que la historia de Hamlet diga lo contrario, 
tener una mente es probablemente un rasgo adaptativo (o lo ha­
bría sido en aquel tiempo pasado en que cazábamos y recolectá­
bamos). Pero la única manera que tiene la naturaleza de cons­
truir un sistema complejo y adaptativo es la selección evolutiva. 
Por tanto, la mente ha tenido que evolucionar por presión selec­
tiva». Los libros sobre darwinismo psicológico no pueden, sen­
cillamente, pasar de los prólogos a las conclusiones sin decir 
este tipo de cosas; habitualmente más de una vez; en realidad, 
habitualmente muchas más veces. Por ejemplo, Plotkin (1997): 
«Si el comportamiento es adaptativo, deberá ser producto de la 
evolución [...]. La teoría neodarwinista [es] el teorema central 
de toda biología, incluida la conductista» (pp. 53-54). Y tam­
bién Pinker (op. cit.)\ «La selección natural es la única explica­
ción de que disponemos para saber cómo puede evolucionar la 
vida compleja [...] , [por tanto] la selección natural es indispen­
sable para entender la mente humana» (p. 55). Y Cosmides y 
Tooby (1992): «La selección [...] es la única explicación cono­
cida de la aparición natural de funcionalidades de organización 
compleja en el diseño heredado de organismos no domestica­
dos» (p. 53). Y Dawkins (1996): «Siempre que existe en la natu­
raleza una ilusión suficientemente poderosa de un buen diseño 
para algún objetivo, la selección natural es el único mecanismo 
conocido que puede dar razón de ella» (p. 202). Así sucesiva­
mente, a i infinitum\ alguien podría espetarnos: deja lu.
Por todo ello, la complejidad de nuestras mentes, o de 
nuestro comportamiento, no es, sencillamente, intrascendente
para la cuestión de si nuestra arquitectura cognitiva evolucionó 
por presión selectiva. Considero notable que nadie parezca ha­
berse dado cuenta de ello.
Lo que importa para la probabilidad de que una nueva pro­
piedad fenotípica sea una adaptación no tiene nada que ver 
con su complejidad. Lo único que cuenta es cuánta alteración 
se habría necesitado en el genotipo del antepasado más próxi­
mo carente del rasgo para producir descendientes que lo tuvie­
ran. De haberse necesitado mucha, es probable que la altera­
ción sea una adaptación; de lo contrario, no. En el presente 
caso, lo que importa para la probabilidad de que la arquitectu­
ra de nuestras mentes sea una adaptación es cuánta alteración 
genotípica se habría requerido para que evolucionara a partir 
de la mente del simio antropomorfo ancestral más próximo 
con una arquitectura cognitiva diferente de la nuestra.
Sobre esto, sin embargo, no sabemos nada. (Véase una ex­
posición especulativa pero interesante en Mithen, 1996). Lo 
cual se debe en parte, por supuesto, a que no sabemos nada so­
bre la arquitectura cognitiva del simio ancestral. Pero todavía 
es más importante que, puesto que la estructura psicológica le 
sobreviene (probablemente) a la estructura neurológica, la va­
riación genotípica sólo afecta a la arquitectura a través de su 
efecto en la organización del cerebro. Y como no sabemos 
nada sobre cómo sobreviene la arquitectura del conocimiento 
a la estructura de nuestro cerebro, es perfectamente posible 
que reorganizaciones neuroíógícas muy pequeñas hayan podi­
do provocar enormes disparidades psicológicas entre nuestras 
mentes y la del simio ancestral. Se trata de una posibilidad com ­
p letam en te real; no co n o c em o s nada acerca déla relación men­
te/cerebro que sea incompatible con ello. En realidad, lo poco 
que sabemos apunta en la otra dirección: nuestros cerebros 
son, al menos en términos generales, muy similares a los de los
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simios antropoides; pero nuestras mentes son, al menos en ge­
neral, muy distintas. Parece, pues, como si unas alteraciones 
neurológicas relativamente pequeñas debieran haber produci­
do disparidades muy grandes («saltos», según cierto autor) en 
las capacidades cognitivas en el curso de la transición de los si­
mios ancestrales a nosotros. De ser así, no hay razón alguna 
para creer que nuestro conocimiento fue configurado por la 
acción gradual de la selección darwiniana sobre fenotipos con- 
ductuales prehumanos. En particular, el (supuesto) hecho de 
que nuestras mentes son complejas y propicias a la adaptación 
no es razón para creerlo.
En mi opinión, si pensamos en la manera como el adapta­
cionismo impone —o no impone— limitaciones a la psicolo­
gía, creo que merece más la pena tener en cuenta esta línea de 
pensamiento. Por tanto, propongo insistir un poco más en el 
tema.
En todos los casos paradigmáticos de explicaciones evolu­
cionistas atinadas, la existencia de una relación lineal en térmi­
nos generales entre algún parámetro fisiológico y la consi­
guiente alteración de la aptitud de un ser forma parte de la 
explicación. Si alargamos sólo un poco más el cuello de la jira­
fa, aumentaremos sólo un poco, de manera correspondiente, 
la capacidad del animal para llegar a la fruta situada en lo alto 
del árbol; por tanto, es probable que la selección estirara los 
cuellos de las jirafas poco a poco hasta alcanzar esa medida. 
(Esa pareceser la explicación. Sin embargo, me dicen que, en 
general, las jirafas no comen alargando el cuello. Espero que 
así sea).
Quisiera hacer hincapié en que, en las explicaciones darwi- 
nianas, no es indispensable aceptar una covariación más o me­
nos lineal. Si un cambio fisiológico no genera un cambio de 
aptitud, la evolución habrá alcanzado un punto máximo (posi-
blemente local) y la selección se interrumpirá. Si un pequeño 
cambio fisiológico genera un gran cambio en la aptitud, desa­
parecerá la diferencia entre una teoría de la selección y una teo­
ría del salto. {Recordemos que el argumento darwiniano están­
dar a favor del gradualismo evolutivo es que los grandes 
cambios fenotípicos acabarán, probablemente, en desadapta­
ciones, y que cuanto mayor sea el cambio, mayor será esa posi­
bilidad), Lo diré una vez más: el darwinismo sólo puede fun­
cionar donde exista algún parámetro orgánico (y sólo allí) en el 
que una pequeña variación de incremento produzca corres­
pondientemente unas pequeñas variaciones de incremento en 
la aptitud. Muchos de los grandes éxitos de la teoría darwinista 
han consistido precisamente en demostrar la existencia de un 
parámetro así en algún caso en que, a primera vista, no parecía 
existir. Véase, por ejemplo, la respuesta de Dawkins (1996) a la 
objeción tradicional de que la variación aleatoria no pudo ha­
ber producido nada tan complicado como un ojo.
Pero, una vez más, desconocemos simple y totalmente sí las 
relaciones existentes entre las alteraciones de las estructuras 
cerebrales y las de las estructuras cognitivas cumplen esta con­
dición de una linealidad similar de aumento. Ello es así porque, — 
lo repito, no sabemos nada en absoluto sobre las leyes por las 
que la cognición sobreviene a las estructuras cerebrales, y ni si­
quiera a qué estructuras cerebrales les sobreviene. Alarguemos 
un poco el cuello de la jirafa y, mutatis mutandis, su aptitud au­
mentará de manera correspondiente. Pero agrandemos sólo un 
poco el cerebro de un simio ancestral (hagámoslo más denso o 
más plegado o, quién sabe, más gris) y ¿podrá alguien adivinar 
qué le ocurre al repertorio cognitivo y conductual de ese ser? A 
lo mejor el simio se convierte en un ser humano. I
Ahora que caigo, la polémica situación del darwinista psi- J 
eclógico es aún peor de como la había pintado hasta ahora./
Nada de lo que sabemos sobre cómo sobreviene la estructura 
cognitiva a la neuronal impugna la posibilidad de que unas va­
riaciones muy pequeñas en esta última puedan producir reor 
ganizaciones muy grandes en aquélla. Pues bien, de la misma 
manera, nada de cuanto sabemos impugna la posibilidad de 
que cambios muy pequeños en la estructura cognitiva de un ser 
puedan producir reorganizaciones muy grandes en su capaci­
dad cognitiva. Turing nos enseñó a tomarnos en serio las analo­
gías entre mentes y ordenadores; y, según vimos en anteriores 
capítulos, la ciencia cognitiva de la Nueva Síntesis se ha toma­
do muy a pecho la lección de Turing. Amén. Pero en tal caso, 
merece la pena recordar que la relación entre el programa de 
una máquina y su capacidad computacíonal es, en general, muy 
poco transparente; cambios muy pequeños en uno pueden 
afectar radicalmente a la otra. Por poner un ejemplo trivial, no 
hace falta gran cosa para convertir una máquina finita en infini­
ta; todo cuanto se requiere es una regla aplicada a su propia sa­
lida (output). Esta consideración podría resultar especialmente 
interesante a quien sea proclive al holismo cuando piensa en la 
mente. Lo menos que puede significar para un sistema ser ho- 
lístico es que los cambios pequeños se ramifican. Si pensamos 
qúe los procesos mentales son globales, no podemos aceptar 
razonablemente que los cambios locales vayan a tener efectos 
proporcíonalmente locales.
Hasta aquí hemos repasado algunos argumentos estándar 
que, según se supone, demuestran que quien defienda algún 
tipo de innatísmo respecto a la mente cognitiva deberá ser tam­
bién darwinista psicológico. Pienso que esos argumentos son 
muy atrayentes; el hecho de qúe tengan una influencia tan am-, 
pTía~müestra únicamente lo^olítizadas que siguen estando las_ 
cuestiones relativas á la’evoTución humana. Quizá no sea sor­
prendente, pero no es menos kmentableTOno acaba cansándo-
se de oír decir a los darwinistas que «el planteamiento biológico 
de la mente» o, lo que todavía resulta más irritante, «la visión 
científica del mundo» exigen de alguna manera que sus teorías 
filogenétícas (en realidad, muy especulativas) sean ciertas. Es 
posible que, al final, el darwinismo acabe siendo la explicación 
correcta de la evolución de la estructura cognitiva innata; pero 
dudo de que existan consideraciones relativas al innatismo p er 
je o a la filogenia p er se o al conocimiento p er se que demuestren 
a priori que así va a ser. Lo cierto es que, hasta ahora, nadie nos 
ha ofrecido nunca ni un atisbo de esas consideraciones.
Por otra parte, pienso que hay una vinculación intrínseca 
entre el adaptacionismo y el tipo particular de innatismo cogni­
tivo defendido por los psicólogos de la Nueva Síntesis. El resto 
del debate tratará de este asunto.
En los capítulos anteriores esbocé la siguiente línea de ra­
zonamiento, Comenzó con la idea de Turing de que los proce­
sos cognitivos son sintácticos. De ahí se puede inferir de forma 
plausible la conclusión de que dichos procesos son en general 
locales (p. ej., no abductivos); de donde se puede inferir plausi­
blemente la tesis de la modularidad masiva. Es cierto que nin­
guna de esas inferencias es apodíctíca; no son cuestión de de­
mostración sino de afinidades electivas. Sin embargo, espero 
haber convencido al lector de que no es accidental que, tras ha­
ber adoptado el lenguaje del pensamiento, la Nueva Síntesis 
optara luego por la modularidad de la mente.
De la misma manera —así lo sostengo— existe una línea ar- 
gumental probable que lleva de la modularidad masiva al dar­
winismo psicológico, independientemente de la aceptación, 
anteriormente reconocida, de que los innatistas psicológicos 
son seguidores ipso fa d o del darwinismo psicológico. El adap­
tacionismo de la modularidad se infiere, en mi opinión, de la 
manera que explico en los párrafos siguientes.
Se supone que un módulo es un mecanismo computacional 
especializado y que parte de su especialización consiste en una 
limitación arquitectónica impuesta a la información de que dis­
pone para computar. En un primer planteamiento se supone 
que cada módulo tiene acceso a su actual entrada de datos y a 
su base de datos propia y nada más. (El nombre que se da a esa 
restricción es el de «encapsulamiento» o «impenetrabilidad» 
arquitectónica del módulo). Quiero hacer hincapié en que, en 
cuanto teoría de la modularidad, el tipo de innatísmo que esta­
mos imaginando postula, pues, tanto rasgos de con ten ido cog- 
nitivo innato como de una arquitectura cognitiva innata. Cada 
módulo se presenta con una base de datos que es, en realidad, 
lo que cree de manera innata respecto a sus ámbitos computa- 
cíonales propios.
Se supone que estas creencias innatas y encapsuladas son rea­
les y, de forma bastante general, con tingen tes. Quizá exista un 
módulo aritmético y/o, quizá, también un módulo lógico, y, tal 
vez, lo que esos módulos creen de manera innata es necesaria­
m en te verdadero (es decir, verdadero en cualquier mundo don­
de 2 + 2 = 4; o sea, en todos los mundos posibles). Pero nada de 
eso sucedería, en general, sí la tesis de la modularidad masiva 
fuera cierta; si tiene que haber módulos para casi todo lo cogniti- 
vo realizado por nosotros —o, en cualquier caso, para casi todo 
lo cognitivo que hicimos cuando éramos cazadores y recolecto­
res—, entonces un gran número de creencias innatas asumidas 
por estos módulos deberán ser contingentes7. Y, de hecho, así se 
supone en gran parte, de una u otra manera, en casi todo el inna 
tismo de la Nueva Síntesis. Por ejemplo, según cierta formula­
ción, el éxito de lascomputaciones modulares de un ser depende 
de que se atenga a las «restricciones naturales» o acepte la «vali­
dez ecológica», actitudes que dependen a su vez de regularida­
des contingentes fiablemente ciertas en el entorno de ese ser. Las
inferencias que derivan la «forma del movimiento» sólo contri­
buyen a la aptitud de un ser si se da el caso de que, en el mundo 
de ese ser, los puntos que se mueven conjuntamente se hallan, en 
general, en una misma superficie. Evitar precipicios visuales sólo 
aumenta la aptitud en aquellos mundos donde se dan unas regu- 
' laridades contingentes adecuadas entre diferencias de profundi­
dad y diferencias de textura visual. Etcétera.
Un breve excurso para filósofos: para mal o para bien, éste 
es un aspecto palmario en el que la teoría de la modularidad es 
un tipo de innatismo psicológico muy distinto del refrendado 
tradicionalmente por los racionalistas. Descartes, por ejemplo, 
insistía en una supuesta vinculación entre las creencias consi­
deradas por él innatas y las que consideraba necesarias; de he­
cho, parece como si pensara que el innatismo explicaba la ne­
cesidad. Hablando de manera muy general, desde el punto de 
vista de los racionalistas, los aspirantes favoritos al innatismo 
tendían a ser o verdades lógico-matemáticas o verdades su­
puestamente sintéticas pero no contingentes (la independencia 
de los objetos físicos respecto de la mente, la fiabilidad de la in­
ducción y otros asuntos semejantes). Aquí «no contingente» 
significa algo parecido a «no empíricamente falsable» y, por 
tanto, garantizado como ecológicamente válido en cualquier 
mundo posible donde se encuentre un ser, mientras que las hi­
pótesis innatistas que concuerdan con las actuales teorías de la 
modularidad.de la arquitectura cognitiva admiten, por decirlo 
una vez más, todo tipo de proposiciones contingentes según el 
criterio de cualquiera. A este tipo nuestro de racionalistas se les 
plantea así una pregunta por la que Descartes no tuvo que 
preocuparse y que es la siguiente: ¿cuál sería la explicación de 
la validez ecológica de creencias innatas que no expresan ver­
dades necesarias? Hasta donde puedo ver, la respuesta ha de 
ser que son productos de la selección evolutiva.
Ahora se evidencia la vinculación interna entre la tesis de la 
modularidad masiva y el darwinismo psicológico. No hay duda 
de que, según he recalcado anteriormente en este capítulo, es 
perfectamente concebible que la no linealidad de las relaciones 
entre cambios en la estructura del cerebro y en la estructura 
cognitiva, o en la relación entre cambios en la estructura y en la 
capacidad cognitiva, o en ambas, podría provocar diferencias 
masivas de aptitud entre las psicologías de seres estrechamente
relacionados, incluso desde utTpunto dewStagéneticoTDé ser 
así, nuestras mentes podrían haber llegado más o menos de un 
salto aTpunto en que se encuentran, aunque nuestros cerebros 
no lo hayan hecho. Pero, lo que sin ~(!u35~ ñó^s~coñcéEIElees 
que unos cambios relativamente pequeños y fortuitos en la es~ 
tructura cereBraTdeEan haber producido incrementos masivos 
en el arsenal de las creencias verdaderas y contingentes de un 
ser. Supongamos, como parecen sugerir las pruebas experi­
mentales, que los niños humanos nacen creyendo que los obje­
tos no sustentados caen, en general, y que la localización audi­
tiva de una fuente sonora predice, en general, su ubicación 
visual; y que en los bordes de los objetos aparecen, en general, 
disparidades de color; y que los objetos siguen existiendo, en 
general, aunque queden ocultos a la vísta por breves momen­
tos; y que las partes de un mismo objeto se mueven, en general, 
conjuntamente; etcétera. Lo que quiero decir es que la pose­
sión innata de este tipo de creencias contingentes aumenta la 
aptitud únicamente porque son verdaderas contingentemente 
en el mundo en que ha nacido el niño (o, al menos, porque son 
coextensivas con esas verdades contingentes en la ecología lo­
cal). Además, salvo un rarísimo accidente, no es, sin más, con­
cebible que una gran base de datos de creencias contingentes y 
lógicamente independientes formada de manera fortuita (p. ej., 
a consecuencia de alteraciones casuales de la estructura cere­
bral) pueda resultar verdadera en general. Para hacemos a la 
idea de ello, imaginemos que recortamos el listín telefónico de 
Manhattan y, luego, emparejamos al azar todos los nombres y 
todos los números. ¿Con qué frecuencia supondremos que el 
número asignado a alguien de esa manera será el que realmente 
tiene?
La única posibilidad concebible de que se produzcan fia­
blemente grandes cantidades de creencias verdaderas contin­
gentes es la existencia de algún tipo de mecanismo 8 «de ins­
trucciones». Y si las creencias en cuestión son innatas, el único 
mecanismo de instrucciones que se nos ofrece como posible as­
pirante es la selección natural. Ningún dato conocido excluye 
que la organización de la mente cognitiva se deba a un salto. 
Pero si los módulos cognitivos forman parte de los elementos 
del inventario de los innatistas, entre las cosas supuestamente 
innatas habrá un gran número de creencias verdaderas inde­
pendientes, de ámbito específico y contingentes; en el caso de 
cada uno de los módulos, esas creencias ciertas serán suficien­
tes como para hacer que sus deducciones sean en general sóli­
das en el ámbito privativo del módulo. Por tanto, los módulos 
innatos requieren un detallado ajuste epistémico entre lo que 
se halla en la mente y lo que hay en el mundo. Sólo una instruc­
ción proporcionalmente detallada de la mente por parte del 
mundo podrá tener la posibilidad de producirlo, pues pode­
mos confiar en la hipótesis de que el mundo es anterior a la 
mente.
Digamos de paso que es una ironía de la historia de la cien­
cia cognitiva que el conocimiento del lenguaje natural, que fue 
el primer aspirante a módulo y aún sigue siendo el mejor9, sea 
absolutamente atípico en la relación habitual entre contenido 
innato y selección natural. Se supone que, al igual que todos los 
módulos, el órgano del lenguaje tiene a su disposición un con-
128 -S* 2 q Je rry Fodor
V $ <£
junto incorporado de información contingente y de ámbito es­
pecífico; y, como es también habitual, se supone que el acceso a 
creencias innatas o de otro tipo aumenta fiablemente la aptitud 
sólo si dichas creencias son verdaderas. Esta consideración sus­
cita normalmente la siguiente pregunta que ya me he planteado 
más arriba: ¿cómo —por qué mecanismo— produce la filoge­
nia la correspondencia requerida entre información contingen- 
' te en el módulo y hechos contingentes en el mundo? ¿Cómo 
garantiza la filogenia que lo que cree el módulo es, en general, 
verdadero? Según mi propuesta, la respuesta a esta pregunta 
debería recurrir a algún tipo de proceso de instrucciones (al­
gún tipo de proceso en el que la experiencia configura las 
creencias); y, en realidad, si el módulo es innato, la selección 
natural es el único aspirante a ello.
Pero consideremos ahora el órgano putativo del lenguaje y 
supongamos que sus creencias innatas se expresan mediante 
una «Teoría Lingüística General», es decir, mediante una espe­
cificación de las limitaciones universales impuestas a las len­
guas naturales (véase capítulo 1). Ln este caso se aplica, por su­
puesto, el principio general de que sólo merece la pena poseer 
algo innato si es verdadero. Si, por casualidad, un bebé hu­
mano heredara un módulo de lenguaje según el cual las oracio­
nes negativas se forman mediante oraciones afirmativas expre­
sadas al revés, entonces (en igualdad de condiciones para todo lo 
demás) la dotación genética del niño no mejoraría su aptitud en 
ese punto. En efecto, lo cierto es que las oraciones negativas no 
se forman así en ninguna lengua hablada por seres humanos; 
a fortiori, no se formarán de ese modo en la lengua que haya de 
aprender el bebé. Así pues, en el caso del órgano lingüístico, 
como en cualquier otro, se plantea la preguntade cuál es el 
proceso filogenético por el que el módulo ha podido adquirir 
el importante complemento de unas verdades contingentes.
y ^ í c t U r j le U
Darwin entre los módulos 129
Sin embargo, en ese mismo caso, a diferencia de otros, la 
respuesta no necesita apelar a un mecanismo de instrucciones 
mediante el cual unos hechos contingentes relativos al mundo 
podrían configurar el contenido de las creencias de un ser. La 
razón es, por supuesto, que los hechos que hacen verdaderas (o 
falsas) las creencias innatas de un hablante/oyente acerca de 
los universales del lenguaje no son hechos relativos al mundo; 
son hechos relativos a las mentes de los individuos de la misma 
especie que esa criatura. En líneas generales, todo cuanto se 
necesita para garantizar que mis creencias innatas relativas a la 
estructura lingüística me permitirán aprender la lengua que tú 
hablas es que tú y yo seam os de la misma especie; y (por tanto) 
que tengas las mismas creencias innatas que yo en relación con 
la estructura lingüística, y (por tanto) que tu comportamiento 
lingüístico esté configurado por la misma «teoría lingüística in­
nata» que mis creencias sobre tus creencias respecto a tu com­
portamiento lingüístico. Y, probablemente, lo que garantiza to­
das estas correspondencias es que, en cuanto miembros de una 
misma especie, compartimos los determinantes genotípicos de 
nuestras creencias innatasI0.
Lo que suele nacer fiablemente verdaderas las creencias 
contingentes de una persona es que estén formadas por proce­
sos sensibles a cómo es el mundo en su ser contingente. Pero, 
en casos especiales, como el lenguaje, lo que hace verdaderas 
nuestras creencias innatas y contingentes es que se refieren a 
las mentes de seres cuyas capacidades cognitivas innatas están 
determinadas por la misma dotación genética que determina la 
nuestra, Según la explicación chomskiana habitual, la perte­
nencia de hablante y oyente a una misma especie es lo que ga­
rantiza que sea verdadero aquello que creen de manera innata 
sobre el lenguaje mutuo y, por tanto, que sus descendientes 
(que, en general, pertenecerán también a su misma especie)
sean capaces de aprender la lengua que comparten. De ser así, 
no hay una necesidad particular de que las creencias del órgano 
lingüístico hayan sido configuradas por selección natural. Ésa 
es la razón de que Chomsky pueda sostener (y, si lo entiendo ̂
correctamente, así lo hace) que el lenguaje humano es a la vez 
innato y modular y que no es una adaptación. Mi conjetura es 
que todas esas aseveraciones son ciertas.
Sin embargo, si lo entiendo correctamente, Chomsky se 
siente también tentado por la tesis de la modularidad masiva, 
es decir, por la afirmación de que la mayoría de nuestras capa­
cidades cognitivas, o todas ellas, están mediadas por módulos 
innatos n. Pues bien, si la línea argumental que he ido desarro­
llando es correcta, el hecho de que Chomsky propugne la mo­
dularidad masiva no sería coherente con su antidarwinismo. 
Los módulos (en especial los chomskianos; véase capítulo 1 ) 
son, entre otras cosas, bases de datos. Y —por decirlo una últi­
ma vez— los datos no son útiles mientras no sean verdaderos; y 
sólo unos procesos instructivos pueden generar datos verdade­
ros de manera fiable y a gran escala.
Dado que sólo merece la pena poseer módulos innatos si 
tienen acceso a un gran número de creencias verdaderas sobre 
la estructura contingente de sus respectivos ámbitos, y puesto 
que el mundo es anterior a la mente, no hay manera de lograr 
la exigida correspondencia entre la mente y el mundo a menos 
que éste pueda configurar lo que cree aquélla. Ahí tenemos, 
pues, lo que me parece ser un argumento muy convincente 
para pasar de la afirmación de que algunas funciones cogni­
tivas son realizadas por un módulo innato a la afirmación de 
que ese logro fue configurado por un proceso de selección 
natural. Consecuentemente, si la mente cognitiva es masiva­
mente modular —es decir, si la mente es exhaustivamente un 
conjunto de módulos—, entonces el darwinismo psicológico
debería ser verdadero respecto a este punto de manera muy 
general.
La moraleja es que, si nos sentimos inclinados a no ser 
adaptacionistas en lo que respecta a la evolución del conoci­
miento, liaríamos bien en respaldar la importancia fundamen­
tal de la abducción en la fijación de creencias. No hay duda de 
que el conocimiento del lenguaje de los miembros de nuestra 
misma especie es una excepción a esta regla, pues, en este caso, 
los hechos que hacen verdaderas nuestras creencias innatas no 
son, por así decirlo, ontológicamente anteriores a las propias 
creencias. Lo mismo ocurre, quizá, con la teoría intencional in­
nata de la mente que, según creemos muchos ínnatistas, forma 
probablemente parte de la dotación genotípica de las personas. 
Esa misma dotación que determina mi teoría innatista de cómo 
funciona la mente del lector determina también que su mente 
funcione tal como dice que funciona mi teoría innatista de su 
mente (véase, p. ej., Leslíe, 1987) u . Consideraciones similares 
explican, probablemente, por qué en etología es un dato prác­
ticamente invariable que los comportamientos innatos más 
complejos de un ser resultan ser aquellos que están dirigidos a 
otros de su misma especie. Pero el hecho de que en estos casos 
especiales no funcione la inferencia de la modularidad al dar- 
winismo no constituye una grave objeción a su solidez en el 
caso general. Más bien, cuando vemos por qué el módulo del 
lenguaje y el módulo de «la teoría de la mente» no tienen por 
qué ser adaptaciones, vemos también por qué muchos otros 
módulos lo son casi con seguridad.
Esto, desde luego, no se considera un argumento en apoyo 
de que, a fin de cuentas, la arquitectura de la mente cognitiva es 
una adaptación. ¡Dios nos libre! En efecto, según espero que 
haya deducido el lector, y al margen de las cuestiones sobre el 
darvinismo psicológico, considero probable que la mente no
sea masivamente modular. Al parecer, una gran parte de lo que 
la mente sabe hacer mejor es «abducir» o «inferir la mejor ex­
plicación», y pienso que un elemento prácticamente definito- 
rio es que, así como los procesos globales no pueden estar por 
principio encapsulados informativamente, tampoco pueden 
depender por principio de un despliegue de información con­
tingente y de ámbito específico. Se supone que las inferencias 
globales dependen de la «forma» de las teorías, por así decirlo, 
más que de los detalles de su contenido. Aquí, por tanto, no se 
trata de si el darwinismo psicológico es verdadero, sino, más 
bien, de que si dudamos de ello, deberíamos dudar igualmente 
de que lo que diferencia a nuestras mentes de las de los simios 
es que hemos acumulado una gran cantidad de creencias inna­
tas contingentes que ellos no tienen. Se trata más bien de que, J 
en el proceso del paso de sus mentes a las nuestras, ha debido ! 
de producirse alguna reorganización radical de la estructura \ 
cognitiva global; y de que esa reorganización fue la que nos | 
permitió adquirir nuestra capacidad característica para la infe- | 
rencia abductiva13. Según he señalado a menudo de pasada, no f 
sabemos nada acerca de la mente, el cerebro o la evolución del 
con o c im ien to que haga improbable esta suposición.
No diré más sobre la materia tratada en este capítulo. Pien­
so, no obstante, que debo al lector un resumen de las principa­
les conclusiones generales. Aquí están:
— Un gran número de inferencias cognitivas parecen ser 
abductivas. Si ello es cierto, una gran parte de la arqui­
tectura cognitiva no podrá ser modular. Mientras que 
los módulos están, ipso fa d o , encapsulados, es cierto 
—prácticamente por definición— que las inferencias 
abductivas son sensibles a ciertas propiedades globales 
de los sistemas de creencias.
Dado que las inferencias abductivas son sensibles a cier­
tas propiedades globales de los sistemas de creencias, es 
casi seguro que no podrán estar dirigidasúnicamente 
por la sintaxis de las representaciones mentales; al me­
nos, no lo podrán estar en el sentido «interno» de una 
sintaxis según el cual ésta estaría constituida por relacio­
nes entre las representaciones y sus constituyentes, ya 
que, interpretadas así, las propiedades sintácticas de las 
representaciones son ipso fa d o locales, y es una eviden­
cia que las inferencias globales no lo son.
Las propiedades sintácticas internas de las representa­
ciones son, ipso fa cto , esenciales y, por tanto, no se ven 
afectadas por el contexto. Por tanto, cuanto más deter­
minada esté por su sintaxis interna la función inferencial 
y causal de una representación mental, menos «trans­
portable» será la representación de un sistema de creen­
cias a otro.
Aunque los procesos mentales globales no sean compu­
taciones, podría ocurrir que las inferencias abductivas y 
otros procedimientos similares fueran exhaustivamente 
sintácticos, pues quizá sean sensibles no (sólo) a las re­
laciones constitutivas entre las representaciones y sus 
partes, sino también a relaciones «externas» sintáctica­
mente específicables que mantienen entre sí algunas re­
presentaciones. Si esto es así en el sentido más débil de 
que todos los procesos cognitivos son sintácticos, enton­
ces las mentes —y, a fortiori, sus mecanismos de inferen­
cia abductíva— siguen siendo equivalentes a máquinas 
de Turing, Pero esto no es una razón de peso para creer 
que la arquitectura cognitiva es una arquitectura clási­
ca. Al contrarío, las arquitecturas clásicas que intentan 
explotar las relaciones sintácticas externas tienen pro-
blemas tremendos con los marcos. Ése es uno de los ex­
tremos del dilema.
— El otro extremo es que el coste de tratar las inferencias 
abductivas tal como la arquitectura clásica trata las in­
ferencias que dependen de su forma lógica —es decir, 
determinadas por la sintaxis interna («local») de las re­
presentaciones mentales— constituiría un holismo ra­
dical en lo relativo a las unidades sobre las que se defi­
nen los procesos cognitivos. Esos brotes de holismo en 
psicología (como en semántica o en epistemología) son 
siempre indicio de que algo va mal en la teoría propues­
ta. Hasta ahora, la ciencia cognitiva ha oscilado durante 
unos cincuenta años entre los polos de este dilema, pero 
supongo que habrá que acabar aceptando la conclusión 
de que la teoría computacional sólo puede ser cierta, a 
lo sumo, en las partes modulares de la mente. Y que 
una ciencia cognitiva que nos proporcione alguna com­
prensión de la parte no modular de la mente puede 
muy bien ser diferente, en sus raíces y en sus ramas, del 
tipo de explicación sintáctica inspirada por las intuicio­
nes de Turing, Volviendo a la manera de hablar de 
Chomsky, saber cómo los procesos mentales podrían 
ser simultáneamente viables y además abductivos y me­
cánicos constituye un misterio, y no sólo un problema. 
De hecho, pienso que, tal como están las cosas, esto y la 
conciencia parecen ser los misterios últimos respecto a 
la mente.
— Lo cual, en definitiva, equivale a decir simplemente que 
en este momento nos faltan algunas ideas fundamenta­
les sobre el conocimiento y que no es probable que pro­
gresemos mucho mientras no se le ocurran a alguien 
esas ideas fundamentales de las que carecemos. En esta
situación no hay nada que lamentar. No hay duda de 
que, antes o después, se le ocurrirán a alguien y se pro­
ducirá un progreso. Hasta entonces, creo que sería sen­
sato insistir en aquellos problemas de la mente sobre 
los que no sabemos cómo pensar. Por fortuna, parece ser 
que hay partes de la mente interesantes, si bien periféri­
cas, que son modulares, aunque también haya otras más 
interesantes y menos periféricas que no lo son. Y tam­
bién parece ser que Turing estaba en lo cierto, salvo al­
gunas minucias, en sus ideas sobre el funcionamiento de 
las partes modulares. Por tanto, tenemos mucho que ha­
cer, pues sabemos más o menos cómo hacerlo. Es, pues, 
probable, que podamos mantener a raya el desempleo 
masivo de los científicos del conocimiento. Suponiendo 
siempre, desde luego, que se pueda conseguir apoyo 
económico.
Sin embargo, si ésta es, de hecho, la situación a la que nos 
han conducido los primeros cuarenta años, más o menos, de 
ciencia cognitiva, resultaría, sin duda, presuntuoso, por no de­
cir engreído, celebrar de algún modo ruidosamente la rapidez 
de nuestros progresos. El engreimiento es, en general, una acti­
tud arriesgada. Sabemos que irrita a los poderes establecidos y, 
según autoridades dignas de fiar, los poderes establecidos tie­
nen muy malas pulgas. Hay que evitar el engreimiento en parti­
cular en las ciencias cognitívas, pues no sólo es improcedente, 
sino también inexacto. En realidad, lo que nuestra ciencia cog­
nitiva ha conseguido hasta el momento para algunos es permi­
tirles ver algo de luz en la gran oscuridad reinante. De momen­
to, lo que nuestra ciencia cognitiva ha descubierto sobre la 
mente es, ante todo, que no sabemos cómo funciona.
APÉNDICE: POR Q U É SOMOS TAN BUENOS PARA CAZAR TRAMPOSOS
Hay una sólida evidencia experimental de que los S a quienes se pide 
que comprueben si P —> Q suelen pasar por alto la pertinencia de Q. 
Así, aunque aquellos S a quienes se pide que verifiquen (1) suelen de­
sear saber qué beben las personas de menos de 18 años, sólo se acuer­
dan raramente de preguntar a los bebedores de cocacola sí tienen me­
nos de 18 años (Wason, 1966).
(1) Si alguien tiene .menos de 18 años, bebe coca-cola
(2) Se exige que, si alguien tiene menos de 18 años, beba coca-cola
En cambio, los S a quienes se dice que (2) es una norma y se les 
pide que comprueben si todo el mundo la cumple, se acuerdan de ma­
nera fiable de preguntar por su edad a quien no bebe coca-cola. Al pa­
recer, el tipo de bebida en cuestión es un aspecto más destacado si 
evaluamos (2) que si evaluamos (1). ¿Por qué diablos es así?
Según una explicación muy divulgada recientemente, estamos equi­
pados de manera innata con unos mecanismos modulares especiales y 
de ámbito concreto para detectar tramposos, y estos mecanismos Eevan 
a cabo su tarea mejor que otros circuitos utilizados por nosotros para 
enfrentarnos a situaciones hipotéticas. [Véase Cosmides y Tooby (1992) 
y las referencias dadas en su obra]. La razón de que dispongamos de 
este equipamiento de gran eficacia, como se explica a continuación, es 
que nos resultaba útil cuando estábamos intensamente dedicados a la 
caza y la recolección. (Una teoría similar explicaría nuestra asombrosa 
capacidad innata para navegar siguiendo el campo magnético terrestre 
—un gran consuelo si regresamos tarde al hogar tras una cacería o una 
recolección—, de no ser porque no poseemos esa capacidad). Esta su­
puesta explicación selectiva de los datos relativos a la detección de 
tramposos es uno de los poquísimos resultados sobresalientes que se su­
pone que brindan un apoyo experim ental a la explicación neodarwinis- 
ta de la evolución del conocim iento. P o r tanto, su posib le mantenimien- 
to tiene cierta im portancia polémica.
En realidad, podría parecer que existe una explicación sincrónica 
perfectamente plausible, aunque menos imaginativa, para la asimetría en- 
tre (1) y (2). Creo que la clave es la siguiente intuición, que, por la presen­
te, invito al lector a com partir conmigo: (1) afirma que existe una relación 
condicional entre P yQ (a saber, que Q es verdadera si P lo es). P es, por 
tanto, uno de los correlatos entre los que (1) dice que se produce esta rela­
ción condicional (el otro es, por supuesto, Q). En cambio, lo que (2) p ro­
híbe no es en absoluto condicional. Más bien (2) prohíbe categóricamen­
te Q, aunque, indudablemente, im pone su prohibición categórica a Q en 
el caso de que se dé P. Por tanto, lo que expresa lo afirmado p o r (1) es la 
totalidad del símbolo « P Q». Sin embargo, lo que expresa lo prohibido 
p or (2) es sólo la parte «Q ». Todo cuanto hace P en (2) es determ inar so­
bre quiénrecae la prohibición de (2). Sí el análisis sintáctico de (2) es co­
rrecto, difícilmente podrá sorprendem os que los S que no logran ver a los 
no bebedores de coca-cola com o eventuales falsadores ipso fa d o de (1) 
sean perfectamente capaces de ver a los no bebedores de coca-cola como 
violadores ipso facto de (2). P or decirlo una vez más, lo que (2) prohíbe es, 
precisamente, no beber coca-cola.
Así, el m isterio sob re la detección de tram posos se desvanece si 
podem os hacer que resu lte verosím il que m ientras que (1) trata, en 
cierto sentido, de que si se da P, entonces se da Q, (2) trata de que Q 
es preceptivo. En realidad, es p ro b ab le que (1) y (2) d ifieran precisa­
m ente así. El hecho de que lo hagan de ese m odo form a parte de una 
diferencia entre la lógica indicativa y los condicionales deontológicos; 
es decir, en tre condicionales que afirm an verd ad es y condicionales 
que im ponen obligaciones.
D oy a con tin u ación el esquem a de un argu m ento qu e m uestra 
que, aunque es un h ech o acep tad o que «si P, en to n ces Q» a firm a 
P > Q, «se exige que si P, entonces Q» exige Q y no P -> Q2.
i. Supongam os, reduciendo, que «se exige que si P, entonces 
Q» es equivalente de exigido (P —>Q).
ii. Supongam os que (exigido P —>Q) &c ~Q.
iii. El esquem a inferencia] ((A & (exigido A —>B)) —» (exigido B) 
es válido. [Sí n o lo fuera, Sam tiene menos de 18 años & (exi­
gido (si tiene menos de 18 años ® bebe coca-cola)) no im plica­
ría exigido (Sam bebe coca-cola)].
iv. Exigido (P Q) —>exigido (~Q —> ~P). L a contraposición es 
válida en el ám bito de «exigido». («Exigido A» está encerrado 
bajo las im plicaciones de^4).
v. í~Q & (exigido (~Q -> ~P)) —> exigido ~P) [según (iii) y (iv), 
sustituyendo ~Q p o r A, y sustituyendo exigido ~Q->~P por 
exigido A B. Esto nos dice que si se exige que P —>Q y se 
da ~Q, entonces se exige ~P],
P ero (véase más abajo) hay ejem plos de casos contrarios a (v), po r 
lo que el argum ento que lleva hasta ese punto debe ser im pugnable. Y 
com o la única prem isa tendenciosa utilizada en la argum entación es 
(i), no deberíam os in terp retar «se exige que si P, entonces Q » com o 
exigido (P —> Q).
Tenemos aquí un caso en que (ii)-(iv) son ciertos, p ero (v) es fa l­
so J. Supongam os que todos los que tengan m enos d e 1 8 años estén 
obligados a beber coca-cola. Entonces, si Sam tiene m enos de 18 , se le 
p ro h íb e b e b e r w hisky. P ero , d e e llo n o se sigue q u e si Sam b eb e 
w hisky está obligado a tener más de 18 años. En realidad, no se puede 
obligar a Sam a tener más de 18 años porque n o se le puede ob ligar a 
hacer nada que no pueda hacer. Y Sam , com o cualquier o tro , no p u e­
de hacer gran cosa respecto a su edad (en ninguna dirección, lam enta­
blem ente). M i conclusión es que las autoridades n o pueden exigir el 
condicional (Sam beb e coca-cola, si tiene m enos de 18 años). La única 
iniciativa que pueden tom ar coherentem ente es exigir de form a cate­
górica que Sam beba coca-cola, tras haber tom ado nota de que tiene 
m enos de 18 años.
Así pues, tenem os un argum ento de que, aun siendo verdad que si 
P —>Q trata realm ente, p o r así decirlo, de que P Q es verdad, se exi­
ge que P —* Q no trata realm ente de que se exija P —> Q. Se exige que 
P —>Q trata de la exigencia de Q (en un caso determ inado, a saber, en 
el caso de que se dé P). C om o los S saben tod o esto, oyen (2) com o una 
orden de beber coca-cola (en un caso determ inado, a saber, cuando el
b eb ed or tiene menos de 18 años); y com o oyen (2) com o una orden de 
beb er coca-cola, ven, de inm ediato que, si se desobedece (2), los b eb e­
dores de w hisky se hallan entre los posibles sospechosos4. D ifícilm ente 
debería sorprendernos que lo vean de inm ediato; si la o rd en es «beban 
sólo coca-cola», es obvio que los bebedores de whisky no estarían aca­
tándola (aunque, com o d iría un abogado, quienes tienen m ás d e 18 
años han conseguido una dispensa) \
Podem os afirm ar que P —> Q, o podem os afirm ar Q; lo que prefira­
mos. Pero com o no podem os exigir que P —> Q, tam poco podem os ha­
cer tram pas respecto a P —> Q; lo m ejor que podem os hacer es tram pear 
sobre Q en el caso de que se dé P, P ero la posibilidad de que haya algu­
nos ~Q que pueden tram pear sobre Q debería ser más obvio, en la ve r­
sión de cualquiera , que n o que haya ~Q q u e pu edan con trad ecir 
P Q, pues, según tod o cálculo razonable, ~(Q&~Q) es más obvio 
que ((P —> Q )&~Q) —> ~ P. Es probable que sean estas obviedades lógi­
cas — y n o lo que les ocurrió a nuestra abuela y a nuestro abuelo m ien­
tras m archaban hacia la sabana— lo que exp lique p o r qué somos tan 
buenos detectando tram posos (por com paración, al menos, con lo m a­
los que somos para solucionar una tarea norm al de W ason),
Según la op inión com ún, los datos sobre detección de tram posos 
m uestran que, al tra tar oraciones com o (1) y (2), razonam os con partes 
diferentes de nuestras mentes. M i propuesta, que no tiene ni de lejos 
tanto lustre, es que razonam os siguiendo vías deductivas diferentes al 
tra ta r oraciones com o (1) y (2), D ifíc ilm en te podríam os hacerlo de 
o tro m od o h a b id a cuen ta d e las desem ejanzas estru c tu ra les e n tre 
ellas, ta l com o acabam os d e exponer. E n e fecto , sostengo que una 
gran parte de la supuesta evidencia experim ental — m uy posib lem en­
te toda— favorab le al efecto de la detección de un tram poso en la ta­
rea propuesta p o r W ason fusiona la distinción entre razonar con la ley 
de contraposición/razonar con la ley de contradicción con la distinción 
entre razonar sobre condicionales indicativos/razonar sobre condiciona­
les deontológicos, y, p o r tanto, es nula e inválida.
M oraleja m etodológica: no es nada in frecuente que, si parece que 
algún sujeto se com porta de m anera pecu liar en una tarea experim en­
tal, se deba a su sensibilidad ante una variación en los m ateriales de la 
que el experim en tad or n o se ha p erca ta d o 6.
NOTAS
INTRODUCCIÓN
1. Con esto no quiero decir que la TCM sea parte de la verdad respecto a la 
conciencia, ni siquiera cuando se trate de una cognición consciente. Hay 
entusiastas acérrimos de la TCM que así lo piensan; pero yo no soy uno 
de ellos,
2. Reimpreso en Fodor (1998c).
3. Una gran parte del debate específicamente filosófico sobre esta cuestión 
ha girado en torno a sí las mentes son «equivalentes a máquinas de Tu­
ring» (es decir, sí hay algo que las mentes pueden hacer y la máquinas de 
Turing no). En cambio, la cuestión que más preocupa a los científicos del 
conocimiento, y la única con la se compromete la TCM, es sí la arquitec­
tura del conocimiento (humano) es —lo cúal tiene interés— como la ar­
quitectura de las computadoras del tipo ideado por Turing. Sería preo­
cupante que la respuesta dada en las páginas siguientes a la segunda 
cuestión fuera «no» o «sólo en parte», al margen de cuál fuese la respues­
ta a la primera.
4. Sin embargo, las probabilidades de que así sea son más bien menos que 
más; llegar a una conclusión clara sobre la naturaleza del proyecto requi­
rió un considerable gasto de tiempo y esfuerzo. Volviendo la vista atrás, 
resultó especialmente llamativa la extendida incapacidad para distinguir 
entre el programa computacional en psicología del programa funciona- 
lista en metafísica —este último consistía, aproximadamente, en la idea 
de que las propiedades mentales tienen esencias funcionales—. El pre­
sente libro se ocupa únicamente del primero, (Véase un caso de desarro­
llo conjunto de ambos en Fodor, 1968).
5. La teoría de Turing era, por tanto, una variante de las Teorías Representa- 
cionales de la Mente, conocidas desde hacía siglos en la tradición empi- 
rista británica y en otras. Lo que tienen en común las TRM es la idea de
que las relaciones mente-mundo (o las relaciones mente-proposición, si 
asíse prefiere) están mediadas por realidades concretas mentales que ex­
hiben propiedades tanto semánticas como causales. («Ideas», en la ter­
minología de Hume; «conceptos» y «representaciones mentales», en el 
vocabulario de los psicólogos cognitivos completamente modernos). 
Desde este punto de vista fue crucial la propuesta de Turing de que las 
realidades concretas mentales en cuestión están organizadas sintáctica­
mente, pues abría la posibilidad de tratar sus interacciones causales 
como computacionales y no como asociativas. Insistiré sobre este punto 
en capítulos posteriores.
6. Véase una lúcida introducción a este programa de investigación y a mu­
chas de las cuestiones filosóficas planteadas por él en Rey (1997).
7. Sobre algunas de las relaciones entre asuntos relativos a la productivi­
dad, sistematicidad y composicionalidad del pensamiento y las tesis de 
que las representaciones mentales poseen estructuras sintácticas, véase 
Fodor y Pylyshyn (1988), Fodor y McLaughlin (1998) y Fodor (1998c).
8. Una de las consecuencias, no pretendida pero gratificante, de reconocer 
la composicionalidad de las representaciones mentales es que impone 
fuertes restricciones a las teorías psicológicas de los conceptos; y entre 
las excluidas se hallan varias que, de lo contrario, habrían resultado ten­
tadoras. A esto lo llamo yo progreso. (Véase un análisis en Fodor, 1998b, 
Fodor y Lepore, 1999).
9. Dados los objetivos del presente libro, que en gran medida no son filosó­
ficos, no me comprometeré casi nunca respecto a los «criterios de inten­
cionalidad» (es decir, respecto a qué es, exactamente, lo que hace que un 
estado sea intencional). Baste saber que todos los estados intencionales 
tienen condiciones de satisfacción de uno u otro tipo y son, por tanto, 
susceptibles de evaluación semántica.
10. El hecho de que algún estado mental sea consciente es más bien un in­
conveniente para la ciencia cognitiva. «¿Por qué no son todos incons­
cientes, si tantos de ellos lo son?» es una pregunta que nuestra ciencia 
del conocimiento parece plantear pero no responder. Sin embargo, 
como no tengo la menor idea de cuál es la respuesta correcta, propongo 
ignorarla.
11. Los procesos mentales son también clasif¡cables, desde luego, como 
conscientes o inconscientes. Pero mi hipótesis es que se trata de una de­
rivación; un proceso mental (in)consciente es sólo una secuencia causal 
de estados (inconscientes. (Si estoy equivocado al respecto, qué le va­
mos a hacer. Nada de lo que sigue va a depender de ello).
12. Hay incluso un atisbo de chispa de cierta evidencia de que quizá estén 
mediadas por mecanismos psicológicos distintos y disociables. Véase 
Happé, 1999.
13. En las páginas siguientes escribiré a menudo «la Nueva Síntesis», con 
mayúsculas, a modo de atajo pata referirme a la constelación de opinio­
nes compartidas por innatistas computacionales como Pinker y Plotkin. 
Se conviene en que la Nueva Síntesis está integrada por tres doctrinas re­
cién enumeradas en el texto, junto con la aseveración de que la mente 
cognitiva es «masivamente modular».
CAPÍTULO 1
1. Éste es el sentido nomológico de «posible». La idea es que, dadas las le­
yes de la psicología humana, existen conceptualmente lenguas posibles 
que no pueden ser lenguas nativas de un hablante/oyente humano.
2. La doctrina oficial de Chomsky es, por cierto, que lo que se dice sobre el 
conocimiento de las gramáticas se podría sustituir por otras expresiones 
neologistas respecto a su concimiento que ofrecieran una formulación de 
sus opiniones adecuadamente aséptica. Chomsky lo hace así porque de­
sea, de forma muy apropiada, evitar concluir que aprender una lengua es 
adquirir creencias justificadas. (En realidad, desea evitar concluir que 
aprender una lengua es adquirir cualquier tipo de creencias, puesto que la 
identidad de las creencias de una persona no está constituida sólo por su 
contenido sino también, p. ej., por sus relaciones con las ventajas que ten­
gan para ella desde el punto de vista de la teoría de la decisión). Pero nada 
de esto guarda relación con lo que se dice en el texto, donde se afirma que 
«conocen, lo mismo que creer y saber, es algo genuinamente intencional. 
Como conocer es una actitud proposicional, el innatismo de Chomsky, 
como los de Platón y Descartes, es un innatismo de actitudes proposicío- 
nales. Esto es lo que vincula a Chomsky con la epistemología racionalista. 
(Véase un análisis más a fondo en este sentido en Fodor, 1983).
3. Para simplificar la exposición, doy por supuesto que n i P n i Q contienen 
expresiones demostrativas o de algún otro tipo reflexivo.
4. Un argumento es «válido» si, y sólo si, la verdad de sus premisas puede 
garantizar la verdad de su conclusión. En consecuencia, es «formalmen­
te» válido si, y sólo sí, es válido en virtud de la forma sintáctica de las pre­
misas y la conclusión. Si el lector es filósofo, esta manera de exponer la
idea estará muy lejos de hacerle feliz, pero será suficiente para los fines 
expositivos que aquí persigo.
5. Algunos filósofos piensan, al parecer, que alzar el entrecejo y decir: «¡No 
estará usted suponiendo realmente que en la cabeza hay oraciones!», es 
un penetrante argumento contra esta especie de teoría. Mi respuesta, 
igualmente penetrante, es: «Sí que lo estoy».
6. Observemos la vinculación con la idea de que las leyes psicológicas guar­
dan relación con estados mentales en cuanto estados con forma lógica. 
En consecuencia, la causación mental en virtud de la forma lógica de ac­
titudes proposicionales es, probablemente, la subsunción de realidades 
concretas mentales bajo leyes que se aplican a ellas por tener sus mismas 
formas lógicas.
7. Al hablar de «creencias, deseos, pensamientos y otras cosas similares» me 
estoy refiriendo a realidades mentales concretas (y no a entidades abs­
tractas) del tipo de las que provocan comportamientos, como, por ejem­
plo, el que John piense que está lloviendo como causa de que lleve para­
guas. De este modo me atengo al uso psicológico, que da por supuesto 
que las creencias y otras realidades similares tienen fuerza causal, más que 
al uso filosófico, que las considera objetos abstractos (p. ej,, proposicio­
nes). Eso no significa negar que existan esos objetos abstractos o que ten­
gan también formas lógicas.
8. Como ocurre con las oraciones, los constituyentes de las creencias (/pen­
samientos/actitudes proposicionales) incluyen los constituyentes de sus 
constituyentes.
9. Se trata de una versión de lo que intentan demostrar Kant y Frege cuan­
do insisten en la distinción entre asociación y «juicio».
10. En este sentido, el conectivísmo es la forma degenerada de un empirismo 
según el cual la asociación es la relación causal básica entre realidades 
mentales concretas, pero los pensamientos no tienen ni estructuras ni 
constituyentes. (Véase un análisis más a fondo en este sentido en Fodor y 
Pylyshyn,1988).
11. Descartes pensaba, por supuesto, que es típico de las interacciones entre 
sucesos mentales y corporales ser causales. Pero la pregunta planteada 
ahora se refiere a las interacciones entre los propios sucesos mentales 
(p. ej., el tipo de interacciones causales que probablemente ocurren al ra­
zonar partiendo de premisas para llegar a conclusiones).
12. No se supone ninguna afirmación relativa a prioridades metafísicas (ni 
siquiera epistemológicas), aunque es probable que tal o cual afirmación 
de ese tipo debiera ser verdad, Me gustaría saber cuál de ellas.
13. Tendría cierto interés metafisico explicar por qué es válida esta relación 
de sobrevenimiento. La suposición natural es que las muestras de actitu­
des proposicionales son sólo muestras de representaciones mentales. 
Pero, para nuestro actual propósito, mantengo una neutralidad metafísi­
ca especiosa; bastará perfectamente el mero sobrevenimiento.
14. La idea no es, por supuesto, que las leyes asociativas estén representadas 
de manera innata sino, exactamente, que los mecanismos que constitu­yen la arquitectura cognitiva innata de un ser obedecen a esas leyes.
15. El que las deducciones válidas típicas preserven la verdad en virtud de 
su forma no implica, por supuesto, que sólo las deducciones válidas 
preservan de manera típica la verdad en virtud de su forma. El progra­
ma de Turing en psicología vive en la esperanza de que es posible re­
construir todo tipo de deducciones heurísticamente fiables, aunque no 
válidas (y, en realidad, todo tipo de deducciones tentadoras pero fala­
ces) como relaciones formales/sintácticas entre representaciones men­
tales. Creo que este programa no ha tenido, en general, mucho éxito en 
la práctica. El siguiente capítulo nos ofrecerá un diagnóstico de por 
qué no lo ha tenido.
16. En una primera aproximación, la RM es la representación mental «co­
rrespondiente a» la actitud proposicional AP si y sólo sí (RM está repre­
sentada sí y sólo si AP está representada).
17. Dada la hipótesis de que el sistema representacional en el que computa 
la mente es sistemático y productivo, la TCM será también capaz de 
explicar por qué los pensamientos que puede tener la mente son tam­
bién sistemáticos y productivos. Se trata de un avance real y no de una 
petición de principio, ya que es razonablemente claro cómo de ciertos 
rasgos especificables de la sintaxis y semántica de un sistema represen­
tacional pueden surgir la sistematicidad y productividad de dicho sis­
tema.
IB. Turing estaba, desde luego, considerablemente en deuda con la anterior 
tradición «logicista» por esta concepción. Pero como mí libro no es una 
obra erudita, no estoy obligado a mencionarlo.
19. Los filósofos advertirán que, mientras que la expresión «responde direc­
tamente» es intencional, «responde indirectamente» no lo es. Este tipo 
de distinción será importante cuando lleguemos al capítulo 4.
CAPÍTULO 2
l . Esto deja sin resolver la muy diferente cuestión de si podría ser esencial 
la propiedad (de orden superior) de poseer cierta propiedad depen­
diente del contexto. Observemos que si la propiedad de poseer cierta 
propiedad dependiente del contexto fuera esencial, entonces no sería 
dependiente del contexto. El que la propiedad de poseer cierta propie­
dad dependiente del contexto sea esencial a X no implica, pues, la exis­
tencia de una propiedad dependiente del contexto que X posea esen­
cialmente.
2. Observemos que el principio de que la sintaxis de una representación se 
cuenta entre sus propiedades esenciales y es, por tanto, independiente 
del contexto trasciende las discrepancias acerca de qué expresiones de 
una lengua son muestras de ese mismo tipo. Supongamos, por alguna ra­
zón, que preferiríamos no reconocer que el John que aparece en «John 
loves Mary» [«Juan quiere a María»! es la misma palabra que el John que 
aparece en «Mary loves John» [«María quiere a Juan»]. (Los conectivis- 
tas suelen preferir no reconocer este tipo de hechos. El no quererlo es 
coherente con su rechazo de las representaciones mentales estructuradas 
y, por tanto, de la teoría sintáctica de los procesos mentales). En ese caso 
tal vez querríamos adoptar la opinión de que el inglés contiene dos pala­
bras John diferentes —«John-sujeto-de-un-verbo» y «John-objeto- 
de-un-verbo», por así decirlo— que se deletrean «John» y significan 
John. Podría razonablemente considerarse que este análisis es rebusca­
do; es evidente que desatiende intuiciones convincentes sobre la indivi­
duación de las palabras inglesas. Pero el asunto aquí tratado es que dicho 
análisis es completamente compatible con la independencia contextual 
de la sintaxis. Así, por ejemplo, la expresión (independiente del contex­
to) «John-sujeto-de-un-verbo» que se encuentra en la oración «John co­
rre» es exactamente la misma expresión «john-sujeto-de-un-verbo» que 
se encuentra en «John salta».
3. A partir de aquí suelo emplear únicamente la palabra simplicidad como 
término no marcado para designar la escala simplicidad/complejidad.
4. Mientras falten indicaciones en sentido contrario, plan y teoría son sim­
plemente términos coinciden tes para cualquier conjunto de una o más 
proposiciones. No me lo estoy sacando de la manga. Por comodidad ex­
positiva suelo utilizar teoría para referirme tanto a las teorías como a los 
planes.
5. Para que esto parezca siquiera remotamente probable, hay que suponer 
que una descripción canónica de una representación mental especifica, 
entre otras cosas, la identidad de su «inventario léxico». Ello se debe a la 
probabilidad de que oraciones que, por lo demás, son idénticas puedan 
diferir en complejidad dependiendo de qué palabras contengan (y de la 
misma manera, la complejidad de pensamientos por lo demás idénticos 
puede diferir dependiendo de qué conceptos contengan). En las páginas 
siguientes daré por supuesto este punto.
6. Algunos lingüistas generativos solían dar este tipo de explicación al he­
cho de que, durante la adquisición de su primera lengua, las mentes de 
los niños escogen entre gramáticas «equivalentes desde el punto de vista 
de la observación»: el aspirante de mayor simplicidad es la más breve, si 
todas están escritas en notación canónica. Pero esas propuestas se pasa­
ron de moda cuando se introdujo la «fijación de parámetros».
7. Seguro que al lector se le ha ocurrido ya que la presunta dependencia del 
contexto se puede evitar sí la simplicidad de una creencia B se entiende 
como función que, dada una teoría T, produce la simplicidad de la teoría 
T&B. En ese caso, el hecho de que la simplicidad de las teorías a las que 
se añade varía con los valores de esta función sería una propiedad de B 
independiente del contexto (véase nota 1). Totalmente de acuerdo. Sin 
embargo, lo que determina los efectos de añadir B a 7’ no son sólo las- 
propiedades de B sino también las de T. Así pues, la aportación de B a la 
simplicidad de T&B no es únicamente una función de la simplicidad de 
B, sino también de a qué T'la añadimos. Esta cuestión comenzará ahora a 
predominar en el texto.
8. Lo que afirmo es que el análisis desarrollado hasta aquí no ha resuelto 
esta cuestión, y no que sea probable, en realidad, que la simplicidad 
constituya una propiedad sintáctica. (Aunque oficialmente soy neutral 
en función de mis actuales objetivos, me sorprendería que así fuese). 
Baste con saber que si las propiedades globales de las representaciones 
mentales son determinantes del conocimiento, y sí esas propiedades no 
son, no obstante, sintácticas, la TCM se viene abajo, al margen de cómo 
entendamos la expresión «determinación sintáctica».
9. Nota geográfica: no distinguir la E(TCM) de la M(TCM) puede resultar 
pernicioso también en otros aspectos. Sí la EÍTCM) está en lo cierto, en­
tonces la función causal de una RM estaría determinada (únicamente) por 
propiedades sintácticas locales. Ahora bien, con independencia de ello, es 
sumamente probable que sólo las propiedades sintácticas de una RM 
puedan afectar a su semántica. Esto es tan sólo una manera de decir que
es muy probable que la semántica de la RM sea composicional. Así pues, 
sí se acepta la E(TCM), lo natural será pensar que las propiedades sintác­
ticas de las RM que pueden afectar a sus funciones causales son así mismo 
las propiedades sintácticas de las RM que producen sus contenidos. Pien­
so que esta idea es una fuente original de la intuición de que las teorías 
computacionales de la mente concuerdan de manera natural con las teo­
rías de la función conceptual del significado. (Véase, p. ej., Block, 1986). 
Pero, si bien es realmente probable que todos los determinantes sintácti­
cos de los contenidos de las RM sean locales, las consideraciones sobre la 
globalidad de los procesos cognitivos analizadas en el texto dan a enten­
der que los determinantes de sus funciones causales no pueden serlo.
10. Es decir, que algunas máquinas de Turing pueden decidir si los miem­
bros de un conjunto de n representaciones mantienen relaciones mutuas.
11. Sobre este punto, véase Fodor y Lepore (1992). El peor panoramasería, 
quizá, que las unidades naturales de computación no encajaran con las 
unidades naturales de confirmación, aserción, evaluación semántica, et­
cétera. De ser así, sólo Dios sabe cómo podríamos llegar siquiera a co­
menzar a esbozar la relación entre cómo pensamos y qué creemos.
12. Y si tenemos la mala suerte de ser verificaciónistas o de estar convenci­
dos, de alguna otra manera, de que las propiedades semánticas están 
constituidas epístémicamente, la consecuencia será hacer de toda una 
teoría el elemento mínimo para el que se definen el significado, el conte­
nido y otras cosas similares. Un verificacionista que desee evitar esta tesis 
semántica demencialmeme improbable haría mejor, por tanto, rechazan­
do la deducción que lleva del holismo sobre qué es lo pertinente para 
una confirmación al holismo sobre la unidad de confirmación. Sin em­
bargo, esta cuestión es de interés exclusivamente académico, pues aún 
habría hecho mejor abandonando la idea de que las propiedades semán­
ticas están constituidas epistémicamente.
13. «En igualdad de condiciones» quiere decir «de acuerdo en cuanto a co­
herencia, cobertura de datos, sencillez y, supongo que también, otras li­
mitaciones metodológicas y empíricas que nadie sabe cómo enumerar».
14. Aquí y en los siguientes párrafos, teoría significa, realmente, teoría, y no 
sólo un conjunto arbitrario de proposiciones. Véase nota 4.
15. Para comodidad de la exposición, he tomado de la historia de la ciencia 
mis ejemplos sobre la sensibilidad de la centralídad respecto al contexto. 
Pero la psicología cognitiva experimental y anecdótica está también lie 
na, por supuesto, de ese tipo de casos. Así pues, muchos de los datos des­
critos en las obras de psicología como efectos de las «estrategias cogniti
vas» de un sujeto en sus tareas de categorización podrían considerarse 
así mismo ilustraciones de los efectos del cambio de valoración de un su­
jeto respecto a qué hechos relativos a los estímulos tratados hasta aquí 
son centrales. Las propiedades de un nuevo estímulo que pasan a ser «re­
levantes» dependen, entre otras cosas, del patrón de éxitos y fracasos de 
un S en juicios anteriores. Para los psicólogos del conocimiento, la expre­
sión de que «lo relevante depende del contexto» significa algo muy simi­
lar a lo que para los filósofos de la ciencia quiere decir «la centralidad de­
pende de la teoría».
16. Tomo prestada la palabra trasfondo de Searle (1992), quien, en mi opi­
nión, la tomó prestada de Heidegger (a quien, no obstante, no propongo 
que se lea para descubrir ese dato). Sin embargo, hay una considerable di­
ferencia, Hasta dónde puedo discernir, Searle mantiene que los efectos 
del trasfondo son una especie de causación intencional, y tiene razón; el 
trasfondo sólo afecta a la mente «bajo una descripción». Sin embargo, 
Searle mantiene también, al parecer, que el trasfondo no está representa­
do mentalmente. Lo que desaprueba no es la TRM en general, sino sólo la 
TCM en particular. Eso, en mi opinión, hace que los efectos del trasfondo 
no sean sólo misteriosos, sino directamente milagrosos. Al parecer, la me­
tafísica de Searle tolera la causación intencional a distancia.
Searle es hostil también a una sintaxis que, según él, carece en cierta ma­
nera de objetividad. Me resulta difícil entender cómo puede haber una 
relación más real que la mantenida entre una cosa y sus partes.
CAPÍTULO 3
1. Esa misma opinión se expresa en The Modulan'(y o f the Mind [La modula­
ridad de la mente] (Fodor, 1983), que, según la paráfrasis realizada por 
muchos comentaristas con el paso de los años, mantenía que «sólo el co­
nocimiento modular puede estudiarse de manera científica». La MGM, 
por supuesto, no lo decía; y tampoco yo. Aparte de la dificultad de expli­
car cómo se supone que se puede distinguir estudiar algo «de manera 
científica» de estudiarlo, sin más, ¿cómo diablos podría saber lo que 
pueden llegar a entender otras personas más listas que yo?
2. Eso no significa que esté exactamente seguro de qué son los futuros de 
venta de patatas o de qué patatas tienen ese futuro. Pero no creo que los 
detalles de los ejemplos importen mucho.
3. Por decirlo un poco mejor: se trata de una instrucción que discierne los 
mecanismos de realización apropiados para producir el comportamien­
to. F.l lector podría sentirse disgustado al pensar que el texto está pro­
vocando un equívoco entre las representaciones mentales que figuran 
(p. ej., de manera causal) en los procesos mentales, por un lado, y, por 
otro, las representaciones de esas representaciones que figuran en las ex­
plicaciones psicológicas de tales procesos. Por mí parte, consideraría 
grosera una queja de ese tipo.
4. A lo largo de mi análisis he dado por supuesto que el término computa- 
cional designa, por definición, una «computación local/clásica». Es sólo 
un asunto terminológico y, en realidad, carece de importancia. Necesita­
mos un significado de «proceso computacional» que sea clásico (y, por 
tanto, local) por convención y otro que no lo sea, de la misma manera 
que necesitamos un significado de «proceso arquitectónico» que sea clá­
sico (y, por tanto, local) por convención y otro que no lo sea. Se invita a 
los lectores que así lo deseen a hacer según se les pide. De vez en cuando, 
emplearé la frase «computación en el sentido de Turing» para referirme 
a procesos guiados ipso facto por una sintaxis local.
5. La estimulante probabilidad de activar los nodulos de uno en uno es sen­
sible también al «actual umbral» de elementos (que, a su vez, podría con­
siderarse o no inestable). Cfr. Hume: algunas ideas son «relativamente 
vividas» y, por tanto, relativamente fáciles de activar por parte de las aso­
ciadas a ellas. Para nuestros actuales propósitos, podemos ignorar esta 
posibilidad, y así lo haremos.
6. O —según versiones de «propagación inversa»— a la frecuencia con que 
tener ideas en serie genera un refuerzo.
7. Si al final resulta que los nodos son neuronas, entonces las partes de las 
neuronas serán, por supuesto, partes de nodos. Pero, en este sentido de 
«partes de», las partes de un nodo e, incluso, el hecho de que un nodo 
tenga partes, es algo que permanece invisible para aquellos procesos que 
operan en el plano respecto al cual pretenden ser verdaderos los mode­
los de red (a saber, en el plano psicológico; es decir, en el plano en el que 
se asigna contenido intencional a estados mentales; es decir, en el plano 
en que los nodos tienen etiquetas). Me es imposible comenzar siquiera 
a decir al lector el grado de caos que ha generado en la literatura conec- 
tivista la incapacidad de comprender esta rudimentaria distinción de 
planos.
8. Dos puntualizaciones expositivas. En primer lugar, en algunas versiones 
del conectivismo, los contenidos de las actitudes proposicionales no son
expresados por los nodos sino por vectores de ellos. Esto no importa 
para lo que estamos tratando aquí; como los vectores son conjuntos de 
nodos, heredan las condiciones de individuación de los propios nodos. 
En concreto, dos redes que difieran en el número de nodos que contie­
nen o en la conectividad entre ellos son ipso jacto incapaces de hallarse 
nunca en el mismo estado vectorial.
En segundo lugar, los conectivistas escriben a veces como si las condicio­
nes de individuación para los nodos no importaran, puesto que la rela­
ción semántica fundamental entre representaciones es la semejanza (y no 
la identidad). Pero nunca se ha dejado claro cómo habría que entender la 
requerida noción de semejanza; y tampoco se dejará. Véase más abajo 
una breve exposición. Para un análisis más extenso, véase Fodor (1998a) 
y Fodor y Lepore (1999). Observemos también que el recurso a la seme­
janza de contenido sólo resuelve las actuales perplejidades respecto a la 
transportabilidad, si la semejanza de contenido no depende del contex­
to. Sin embargo me parece inverosímil, por decirlo de manera suave, que 
la semejanza de contenido no sea dependiente, pero la identidadde con­
tenido sí.
9. Sin duda, es posible disponer de una arquitectura clásica que adolezca 
del mismo defecto; por ejemplo, aceptando una semántica según la cual 
el contenido de una representación dependa de sus relaciones intrateóri- 
cas, como en las teorías del significado de «función inferencial» que tra­
tan del significado. La principal objeción que se puede hacer a tales teo­
rías es que abandonan en la semántica lo que la explicación clásica 
consiguió con tanto esfuerzo en la sintaxis: una relación de tipo/ejemplar 
para las representaciones mentales independiente del contexto.
10. Al ser un buen seguidor de Quine, sospecho que (fuera de la lógica y las 
matemáticas) todos los cálculos racionales de relevancia son empírica­
mente revisables (y no estipulativos, definitorios o semánticos de alguna 
otra manera). Por tanto, me'opongo firmemente a los verificacionistas, 
operacionalistas y criteriologístas; y mi abuela ancestral también les plan­
ta cara. Sin embargo, no es necesario que el lector acepte esta opinión in­
transigente para estar de acuerdo conmigo en que los cálculos de rele­
vancia son a veces empíricamente revisables, que es todo cuanto requiere 
lo que se dice en el texto.
11. De vez en cuando, los conectivistas han intentado imaginar redes capa­
ces de rehacer su cableado y, por tanto, capaces de alterar tanto su conec­
tividad como la solidez de sus conexiones. Dadas las condiciones de 
identidad requeridas para nodos y redes, esta idea carece de sentido, es-
tridamente hablando. Sin embargo, es concebible que un conectívista 
modele una mente como una sucesión de redes que, con el paso del tiem­
po, se sustituyen unas a otras de algún modo. (De la misma manera, es 
concebible que un teórico clásico modele una mente como una sucesión 
de programas que, con el paso del tiempo, se sustituyen unos a otros de 
algún modo). Sólo Dios sabe cómo podrían ser en ambos casos las leyes 
que rigieran esas sucesiones. En realidad, se trata simplemente de ciencia 
ficción neurocognítiva; no se ha planteado ninguna propuesta.
12. Podríamos aducir que, como el estado de activación de cualquier nodo 
en una red contribuye, en principio, a determinar el estado de activación 
de cualquier otro nodo, la arquitectura conectivista está bien situada 
para comprender el principio de Quine de que una creencia puede guar­
dar relación con cualquier otra. Pero la idea de que la relevancia puede 
aparecer en cualquier lugar se debería distinguir cuidadosamente de la 
de que todo cuanto creemos simultáneamente afecta causalmente a cual­
quier otra cosa. La primera aseveración es la probable, pero la arquitec­
tura conectivista sólo apoya la segunda. Una cosa es cualquier cosa puede, 
y otra muy distinta todas las cosas lo hacen.
CAPÍTULO 4
1. Si sirve el recuerdo (que cada vez sirve menos), diré que algunas de las 
posibilidades taxonómicas analizadas en esta sección me fueron indica­
das por la profesora FJizabeth Spelke en una conversación que mantuvi­
mos hace unos años. Por si acaso, le ofrezco aquí mi agradecido recono­
cimiento.
2. Es decir, «sin aceptar ni rechazar la encapsulación»; o sea, teorías que no 
toman postura sobre si los módulos están encapsulados.
3. Por ejemplo, el «principio del diseño modular» de Marr (1982, p. 325), 
según el cual «cualquier computación extensa debería escindirse en un 
conjunto de pequeños subprocesos especializados casi independientes» 
(citado por Coltheart, 1999). Véase también Tooby y Cosmides (1992), 
donde los módulos se caracterizan como «estructuras complejas funcio­
nalmente organizadas para procesar información» (p. 33).
4. En cambio, la cuestión del innatismo está íntimamente vinculada a los ti­
pos de cuestiones sobre adaptacionismo que serán la principal materia 
tratada en el capítulo 5.
5. Esto significa dejar abierta la posibilidad de que módulos sam phrase 
puedan incluir entre sus partes otros módulos chomskianos. Me parece 
probable que, según he señalado anteriormente, se trate del caso típico.
6. Coltheart (op.cit.) propone «definir el “módulo” como “un sistema cog­
nitivo cuya aplicación es de ámbito específico [ .. .] ; un sistema cognitivo 
es de ámbito específico si sólo responde a estímulos de una clase particu­
lar» (p. 118). El problema está en que, según este criterio, si excluimos 
una noción de «clase de estímulo» caracterizada (y motivada) indepen­
dientemente, iodo «sistema cognitivo» es, de manera trivial, de ámbito 
específico.
7. Creo que se trata de una suposición razonable; pero sólo en relación con 
una cláusula ceteris paribm realmente enorme. No podemos servirnos 
del MP para evaluar la validez de una inferencia mientras no seamos ca­
paces de reconocer la forma de la inferencia. Además, es perfectamente 
posible que el ámbito de un argumento afecte a la facilidad del reconoci­
miento de su forma. Es posible, por ejemplo, que ese reconocimiento sea 
intrínsecamente más difícil en el caso de argumentos sobre números que 
en el de argumentos sobre líquidos, o viceversa. En tal caso, podríamos 
tener efectos de especificidad de ámbito sobre la evaluación computa­
cional de (i) y (ii), aun cuando se evalúen en realidad como ejemplos de 
la misma forma argumental.
8. Si la distinción entre vocabulario «lógico» y «no lógico» es una distin­
ción de principio, también lo es la idea de especificar un tipo de inferencia 
de «generalidad completa». Pero, por supuesto, hay un número indefini­
do de maneras de especificar un tipo de inferencia con una generalidad 
que no llegue a ser completa. Por ejemplo (iii), podría volver a formular­
se así: «un número es F; si un número es F, entonces es G; por tanto, el 
número es G». Formulado así, regiría inferencias sobre números en ge­
neral, y no sólo sobre el número 2.
9. Quiero hacer hincapié en que esto sólo puede servir, en el mejor de los 
casos, como un medio informal de introducir una noción de especifici­
dad de ámbito. En concreto, presupone lo que evidentemente no hemos 
obtenido; un medio anterior y motivador para individuar ámbitos de 
problemas. No creo que el lector se vaya a sentir muy sorprendido al oír 
que «ámbito» y «de ámbito específico» se deben definir juntos o no se 
definirán en absoluto.
10. Quizá sea tendencioso describir este caso como encapsulación informal 
genuina. Preferiría decir que una mente que utiliza (iii) para evaluar (ii) 
no ha obtenido un acceso encapsutado al MP sino, más bien, un acceso
libre a una versión de ámbito específico de un caso de MP. Sin embargo, 
prefiero pensar en la encapsulación formal como una organización ar­
quitectónica que se puede lograr, quizá, por un cúmulo de medios dife­
rentes entre los que este tipo de especificidad de ámbito podrá ser o no 
ser el más importante. Lo hago así porque sospecho que el conocimiento 
encapsulado presenta en gran parte idénticas virtudes e inconvenientes, 
al margen de cuál sea el medio por el que se efectúa la encapsulación. En 
cualquier caso, saber cuál es el medio por el que el sistema cognitivo al­
canza realmente la encapsulación (si es que se trata de alguno de los dos) 
es asunto de gran interés.
11. Cfr. la idea de Pylyshyn de que las organizaciones arquitectónicas son 
ipso fado «impenetrables cognitivamente».
12. Es en buena medida el cuadro propuesto en MOM, donde sugerí que va­
rias otras propiedades interesantes de los mecanismos cognitivos se con­
juntan a menudo con el encapsulamiento. También esto me parece vero­
símil.
13. Véase en Fodor (1998c), especialmente en el capítulo 16, una discusión 
de otros argumentos darwinístas sobre si la función del conocimiento se 
ha de hallar en la verdad.
14. En función de mi análisis, doy por supuesto que la noción de mecanismo 
general de aprendizaje se puede entender de otra manera. Pero no puedo 
imaginar esta hipótesis para ningún otro objetivo; esto es, por supuesto, 
una crítica diferente de las hechas por Cosmides y Tooby.
15. Cfr. Sperber (en Hirschfeld y Gelman, 1994, p. 63):
Fodor [consideraque] el problema del marco está indisolublemente ligado a la no 
m odularidad y a la racionalidad del pensam iento. El problem a del mareo se 
sobrevalora en cuanto problema psicológico. Dos hipótesis psicológicas nos per­
miten reducirlo a una cuestión abordable. En primer lugar, la hipótesis de la mo- 
dularídad del pensamiento, según señalan Tooby y Cosmides [ . . . ] , reduce consi­
derablem ente la gama de datos y procedim ientos a los que se puede apelar en 
cualquier tarea conceptual dada. En segundo lugar, la hipótesis de que los pro­
cesos cognitivos tienden a conceder una importancia máxima a la relevancia [ , . . ] 
restringe de manera radical el espacio real de búsqueda para cualquier tarea con­
ceptual.
Sin embargo, sólo la aceptación de la modularidad masiva eliminaría el 
problema del marco, pero el coste de hacerlo es negar la función de la 
simplicidad (y otras similares) en la fijación cotidiana de las creencias. La 
moraleja que extraigo es, pues, exactamente la contraria a la que me atri­
buye Sperber: no es posible que el problema del marco esté indisoluble­
mente vinculado a la racionalidad; a lo que parece estar indisolublemen­
te ligado es, más bien, a la suposición de que los procesos cognitivos en 
general son computaciones.
Por lo que respecta a una teoría de la relevancia, decir que el hecho de 
disponer de una resolvería el problema del marco tiene tan poco sentido 
como decir que si solucionáramos el problema del marco, ello nos pro­
porcionaría una teoría de la relevancia: ambas propuestas son, desde lue­
go, verdaderas, ya que «evaluar la relevancia» y «establecer un marco» 
son dos formulaciones de una misma cosa. (Erase una vez un gusano que 
se enamoró de otro de su especie. «Cásate conmigo», le dijo, «y podre­
mos vivir felices para siempre». «No seas tonto», le respondió su compa­
ñero de especie, «soy tu otro extremo»). Si el conocimiento consiste en 
alcanzar creencias verdaderas con alguna eficiencia, ocurrirá que lo im­
portante en cuanto a la relevancia se halla en general en el marco, y lo no 
importante no se halla, en general, en él. Cumplir estas condiciones es, 
quizá, algo factible dentro de las suposiciones de las teorías clásicas, pero 
no conozco ninguna propuesta de arquitectura cognitiva, clásica o no, 
que parezca capaz de conseguirlo,
16. Léase «representación d e » como extensional para la posición
« ».
17. Si todas las «representaciones» hubieran de ir tanto a la CASILLA 2 
como a la CASILLA 3, volveríamos a la opción 1; es decir, la CASILLA 2 
y la CASILLA 3 serían menos modulares que MI o M2, lo que va en con­
tra de la modularidad masiva.
18. El supuesto Mecanismo de Detección de Tramposos ha sido durante un 
tiempo el ejemplo más representativo de un módulo cognitivo; se trata 
de un ejemplo especializado para un tipo peculiar de razonamiento (a di­
ferencia del sistema de percepción visual o del de utilización del lenguaje 
o del que constituye el comportamiento motor). Sin embargo, ahora pa­
rece muy claro que, tal como están las cosas, los resultados experimenta­
les que se presentaban como prueba de la existencia de ese sistema son 
artificios. Véase el apéndice (y también Sperber et al., 1995).
En realidad, según observan los propios Tooby y Cosmides (1992, 
c. pp. 58-59), casi todas las pruebas favorables a un conocimiento modu­
lar que pudieran caracterizarse razonablemente como no muy discuti­
bles están tomadas del estudio del lenguaje y la percepción. E incluso 
allí la pluralidad de la comunidad de científicos del conocimiento que 
no las discuten es bastante exigua. Por lo tanto no es de extrañar que la
mayoría de los argumentos acerca de la modularidad o, por decirlo de 
otra manera, del pensamiento (en cuanto opuesto a la percepción) tien­
dan al apriorismo.
Hay pocos datos significativos en un sentido o en otro.
19. Se supone que todo esto son proposiciones de dicto. Por tanto, en una 
formulación mejor, sería: «algunos de los que representan lo que se con­
sidera intercambios sociales en cuanto intercambios sociales en los que se 
produce alguna trampa, y otros que no representan lo que se considera 
intercambios sociales en cuanto intercambios sociales en los que se pro­
duce alguna trampa». Esta manera de exponer el caso es, sin embargo, 
farragosa, incluso para mis laxos criterios.
La distinción entre de re y de dicto suele ser muy importante cuando se 
discuten actitudes proposicionales, mecanismos cognitivos y otros asun­
tos similares; por tanto, a riesgo de poner furioso al lector, propongo se­
guir insertando, a medida que avancemos, notas que eliminen las ambi­
güedades.
20. Es decir, que la distinción entre intercambios sociales y cualquier otra 
cosa coincide con cierta distinción sensorial.
21. En realidad, no sirve de nada suponerlo. Ser de color naranja y ser una 
situación social son, por supuesto, propiedades diferentes aunque fue­
ran localmente coincidentes en aquel entonces (en realidad, aunque fueran 
coincidentes en la actualidad). Por hipótesis, lo que evolucionó fue un 
detector de tramposos cuyos datos de entrada representan situaciones 
como ejemplificaciones de intercambio social, y no (sólo) como ejemplifi- 
caciones de color naranja. Es obvio que la historia de que las situaciones 
sociales fueran de color naranja en los viejos tiempos no explica cómo 
pudo haber ocurrido tal cosa.
A veces pienso que la psicología evolucionista es en conjunto una gran 
falacia intencional (véase nota 18, capítulo 1)
22. Un pasaje de Sperber (1989) ilustra lo fácil que es, para un entusiasta de 
la modularidad masiva, pasar por alto las dificultades que genera el pro­
blema del análisis de los datos de entrada (input). Los módulos, dice 
Sperber, «procesan todas las representaciones y sólo ellas allí donde apa­
rece su concepto más propio L ..J. Por lo demás, son ciegos a las demás 
propiedades conceptuales de la representación que procesan [ . . .] . En 
general, la presencia de conceptos específicos en una representación de­
termina qué módulos se activarán» (p. 49). Sin embargo, en primer lugar, 
no se dice nada sobre cómo conceptos muy abstractos («intercambio 
social» y otros por el estilo) llegan a estar en las representaciones de los
datos de entrada del módulo; y, en particular, no se dice nada sobre 
cómo podrían ser detectados fiablemente por inferencias no abductivas.
CAPÍTULO 5
1. Se podría insistir, no obstante, en que unas explicaciones meramente 
ahistóricas de, por ejemplo, el vuelo de las aves son ipso facto incomple­
tas. Por lo que yo sé, es posible que sea así; en realidad, podría tratarse de 
una obviedad. Pero no puedo decirlo, ya que no tengo ni idea de cómo 
podría ser una explicación completa del vuelo de las aves (o de cualquier 
otra cosa). No estoy seguro de que pueda existir una explicación seme­
jante o, de ser posible, para qué diablos podría uno quererla. Hasta don­
de a mí se me alcanza, la bibliografía en la que se supone que las explica­
ciones completas son el objetivo de la ciencia no cesa nunca de decirlo. 
Por si sirve de algo, sospecho que la explicación es un concepto demasia­
do pragmático corno para permitir formular condiciones generales para 
conseguir explicaciones completas.
2. En Cosmides y Tooby hay una nota a píe de página donde se da a enten­
der que son más o menos conscientes de ello. Dice que lo que realmente 
piden a la unificación de las ciencias naturales y sociales es sólo «la idea 
de sentido común de la mutua coherencia y pertinencia» (op. cít., 
p. 123). Pero, luego, necesitan sostener que los datos de las ciencias natu­
rales o biológicas son, de manera íntima, «relevantes» para una explica­
ción psicológica intencional. Si lo son o no, es una cuestión completa­
mente empírica y no se puede establecer mediante una apelación general 
a lo que ordena el «método científico».
3. Véase algunos magníficos ejemplos de esta falacia en E. O. Wilson (1998).
4. Pensar que estaría bien que todas las ciencias se impusieran restriccionesmutuas importantes es probablemente (aunque en absoluto obviamente) 
un apriorismo; por tanto, ése es el resultado que deberíamos esperar, 
manteniendo lo demás en igualdad de condiciones. Pero no creo que 
esto nos permita conseguir mucho más, aunque sea verdad. Hablando 
sólo por mí mismo, no consigo recordar la última vez en que las cosas re­
sultaron tan bien como pudieron haber sido,
5. La salvedad se debe al conjunto de cuestiones que giran en torno a la no­
ción de «selección para». Probablemente, la requerida noción de fun­
dón deberá distinguir entre propiedades necesariamente coextensivas
(la función del corazón es bombear la sangre y no generar ruidos cardía­
cos, aunque sea nomológicamente necesario que los corazones hagan 
tanto lo uno como lo otro). El inconveniente está en que una noción de 
función basada en la explicación habitual de la selección no parece satis­
facer esta condición ya que, en general, si es necesario que los A sean B, 
parece igualmente necesario que un proceso que selecciona A seleccione 
ipso [acto B,
Sin embargo, se supone que esto no es así si «selecciona» se sustituye por 
«selecciona para» (véase, p. ej., Sober, 1984). En particular, se estipula 
que «selecciona para» es opaco para la sustitución de predicados nomo- 
lógicamente coextensivos. Hasta aquí, muy bien. Pero, entonces, no está 
claro que una teoría darwiniana de la adaptación proporcione, o pueda 
proporcionar, una idea de selección para que difiera en este sentido de la 
noción estándar de selección. (Véase un análisis más detallado en Fodor, 
1990, capítulo 3).
Merece la pena señalar que hay teóricos evolucionistas perfectamente 
respetables que sostienen que lo único seleccionado (seleccionado para, 
o de otra manera) es la aptitud general de los organismos completos. Así, 
el genetista de la evolución Alan Robertson advierte de que afirmar que 
la variación de tal o cual propiedad fenotípica afecta la aptitud es presu­
poner una decisión sobre cómo se han de individuar las propiedades fe- 
notípicas; y que, en el caso general, no está nada claro cómo motivar tales 
decisiones:
Analizamos el efecto de la variación en una medición o en una característica man­
teniendo iguales todas las demás, lo cual es un magnífico ardid para el estadístico, 
pero al propio animal 1c resultará de difícil realización. Cuando alguien pregunta: 
«¿Cuáles son las demás características que mantenemos iguales?», se ve con clari­
dad que se trata de un punto de vista completamente ajeno a la biología [...] . [Si 
se me preguntaJ cómo decido si [...'] la relación observada entre una medición fe­
notípica y la aptitud tiene consecuencias normalizadotas o no, tengo que respon­
der sencillamente que no sé cómo hacerlo. (Robertson, 1968, pp. 13-14).
(Estoy en deuda con el profesor H. Alien Orr por haber llamado mi aten­
ción sobre la obra de Robertson y la Escuela de Edimburgo).
6. Hasta donde me es posible discernir, los darwinistas apenas tienen nunca 
en cuenta la posibilidad de que la noción de función requerida por la 
biología sea sincrónica y, por tanto, no susceptible, ni siquiera en princi­
pio, de ser reconstruida por el adaptacionismo. De hecho, suelen escribir 
como si nunca, literalmente, se les hubiera pasado por la cabeza la posi­
bilidad de una interpretación no darwiniana de función. Un ejemplo en­
tre miles es el rechazo escandalizado de Cosmídes y Tooby (1992, 
pp. 57-58} de la propuesta de Lewontin, según el cual «el conocimiento 
humano podría haberse desarrollado como una consecuencia puramente 
epifenoménica del importante crecimiento del tamaño del cerebro, que, 
en realidad, podría haber sido seleccionado por razones completamente 
distintas». C&T se preguntan retóricamente si Lewontin es incapaz de 
«detectar en el pensamiento y la conducta humana algo más que un mero 
accidente [ . . . ] Un alto grado de funcionalidad está muy bien en el caso 
de los ojos, los intestinos y el sistema inmunitario, pero ¿qué pasa con la 
estructura constitutiva de la arquitectura psicológica humana?».
Sin embargo, su vehemencia no nos interesa, a menos que se dé por su­
puesto que la funcionalidad se ha de entender histórica y no sincrónica­
mente. La tínica conclusión a la que a Cosmides y Tooby les da realmente 
derecho su argumentación es que o bien Lewontin se equivoca respecto 
a la filogenia de la mente o bien, sí no se equivoca, la función de la mente 
(suponiendo que la tenga) no está determinada por la historia de la selec­
ción. ¿Qué hay exactamente de erróneo en el segundo miembro de la 
disyunción?
Véase en Koons (1998) un análisis reciente de algunas opciones no dar- 
winianas para el desarrollo de una teoría de la teleología natural.
7. En este sentido, no influye para nada que el formato en que se expresan es­
tas verdades contingentes se considere «declarativo» o «procedimental». 
Ignoraré esta cuestión por lo que respecta a lo que aquí estoy tratando.
8. Sobre la distinción entre procesos que configuran la reserva genética me­
diante «instrucción» y procesos que la configuran seleccionando entre 
un menú previo de opciones, véase Píatellí (1989). El que la «selección 
natural» sea un mecanismo de cambio por «instrucción», según esta ma­
nera de hablar, contribuye a aumentar al máximo la confusión termino­
lógica reinante; en cambio, las teorías preformacionistas se consideran, 
en este sentido, «seleccionistas». ¡Ah, estupendo!
9. Sin embargo, hay un nuevo aspirante a «mejor ejemplo de módulo»: el 
mecanismo encapsulado, aparentemente de ámbito específico, utilizado 
por muchos vertebrados, incluidos los seres humanos, para recuperarse 
de una desorientación espacial. Véase algunos resultados experimentales 
realmente sorprendentes en Cheng y Gallistel (1986) y Hermer y Spelke 
(1996).
10. Mi actitud respecto a los mecanismos de «ejecución» que pueden explo­
tar esta dualidad genotípica con el fin de adquirir o utilizar el lenguaje es
neutral. Una de las posibilidades es una explicación de tipo «simula­
ción» (véase, p. ej., Gordon, 1986); pero hay muchas más.
11. Sin embargo, podría parecer que no lo he leído correctamente. Chomsky 
me dice (en una comunicación personal) que él es rigurosamente neutral 
respecto a la modularidad masiva. Por tanto, el Chomsky de mi texto no 
se ha de identificar con el lingüista del mismo nombre,
12. Se podría pensar que algunos principios de psicología intencional explí­
citamente representados se hallan computacionalmente implicados tanto 
en la integración de la propia conducta como en la predicción de cómo 
se comportarán los miembros de nuestra misma especie. Entre los aspi­
rantes naturales se hallarían ciertas versiones convenientemente psicolo- 
gizadas de la teoría de la decisión y de la lógica inductiva. (Pensamientos: 
«Si yo [él] quiero [quiere] que se dé P y pienso [piensa] que ~P, a menos 
que Q, entonces, ceteris paribus, debería intentar hacer realidad Q»), 
Sólo la fuerza asertiva de los pensamientos distinguiría en tal caso entre 
decidir sobre lo que debería hacer y predecir lo que haré.
Por supuesto, no toda causación intencional podría ser así; para decidir 
sí pensamos que Juan nos está pisando el dedo del pie no consultamos 
una representación interna de nuestras preferencias personales. Pero, 
quizá, un cuadro de este tipo funcionaría en aquellos casos en que la cau­
sación intencional fuera computacional.
13. Shawn Níchols me recuerda que, aunque es probable que nuestras 
mentes sean enormemente más abductivas que las de los simios, lo es 
también que la mente de casi todos los mamíferos son enormemente 
más abductivas que las de las máquinas más inteligentes que hemos 
sido capaces de construir de momento. Supongo que no hay un lugar 
definitivo en el que esos cambios cuantitativos se convierten en cualita­
tivos; y, desde luego, tampoco tiene que haberlo para que existan casos 
claros.
APÉNDICE
1. «P» y «Q » corresponden, respectivamente, a «alguien tiene menos de 
18 años» y «bebe/está bebiendo coca-cola». Losejemplos podrían pare­
cer menos forzados si añadiéramos siempre «(y no whisky)» a modo de 
apéndice y estipulásemos que «bebe whisky si, y sólo si, no bebe coca­
cola» fuera cierto de todos los individuos implicados.
2. Para información del lector: creo que lo que se dice en el texto es un ex­
celente argumento y que, de hecho, da a entender claramente que P no 
pertenece al contexto de lo que se requiere en «se exige que sí P, enton­
ces Q». Pero la explicación del efecto de la detección de tramposos en la 
tarea de Wason, que es la principal cuestión del debate, no necesita en 
realidad que esta argumentación sea sólida. Iodo cuanto necesita es la 
verdad de la conclusión, es decir, que Q sea lo requerido por «se exige 
que si P, entonces Q».
3. El hecho de que (v) no sea válido no significa, por supuesto, que cual­
quier inferencia de esta forma no tenga base. Las inferencias que no tie­
nen forma válida pueden ser, no obstante, sólidas a la luz de suposiciones 
apoyadas en el vocabulario no lógico. Agradezco a Alan Leslíe haberme 
proporcionado ejemplos como el siguiente: «Si me pides prestada mi 
trompeta, deberías darme unos tomates», de donde se sigue que si no me 
das los tomates, no tomarás prestada mi trompeta. Sin embargo, creo 
que más que la lógica de las inferencias condicionales deontológicas per 
se, lo que soporta la contraposición en tales casos es más bien el significa­
do de «tomar prestado». Comparémoslo con «si te vendo mi trompeta, 
deberías estar agradecido», de donde no se sigue que si no estás agrade­
cido no debería venderte mi trompeta.
4. Los demás sospechosos probables son, por supuesto, los bebedores de 
menos de 18 años. No es de extrañar que los S que evalúan oraciones 
como (1) en la tarea de selección de Wason entiendan prácticamente 
siempre que la tarjeta P está íntimamente relacionada. (La tarjeta P es la 
que afirma el antecedente de la hipótesis que debe verificarse). S contem­
pla la posibilidad del modus ponens en «Sí tienes menos de 18 años, se 
te exige que bebas coca-cola»; por tanto, si tienes menos de 18 años, 
S deseará saber qué estás bebiendo.
5. Sin embargo, me he topado con un psicólogo evolutivo entusiasta que 
consideró sorprendente mí afirmación de que si los S interpretan los con­
dicionales deontológicos tal como he sugerido, entonces deberían ver 
«de inmediato» que los bebedores de whisky son violadores potenciales 
de la proposición «sí tienes menos de 18 años, bebe coca-cola». De hecho 
sostenía que, si lo hacían así, tal cosa requeriría ser explicada tanto como 
el descubrimiento original de que la tarea de Wason es más fácil en la 
versión de detección de tramposos. Si el psicólogo estuviera en lo cierto, 
entonces mis esfuerzos habrían sido, desde luego, vanos; sólo habría ex­
plicado un misterio conjurando otro. Pero sospecho en él un mero des­
concierto táctico. Imaginemos un experimento en que se habla a S de
una fiesta donde unos beben y otros no. Para verificarlo» se ofrece a S Jo 
siguiente; «En esta fiesta sólo se está bebiendo coca-cola», y se le pregun­
ta a quién preferiría entrevistar, sí a los bebedores o a los demás. ¿Qué 
supone el lector que elegiría?
6. Muchas gracias a David Rosenthal por haberme ayudado a organizar 
todo este material. David se maneja mucho mejor que yo con las P y 
las Q.
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ÍNDICE DE AUTORES
Amis, M., 102 
Aristóteles, 17
Block, N., 148n
Carroll, L., 102 
Casalegno, P., 37
Chomsky, N , 3, 7, 9-15, 31, 76-79, 
84, 129, 130, 134, 143n, 153n, 
160n 
Churchland, P., 91 
Coitheart, M., 152n, 155n 
Cosmides.J,, 87-89, 91-95,100,110, 
118,137 ,152n, 154n, 155n, 157n, 
159n 
Cummins, R., 75
Darwin, C, (darwinismo), 2, 3, 7, 8, 
10, 3 ! , 89-91, 93, 96, 103, 108, 
110, 112, 115-118, 120-123, 126, 
130-132,154n, 158n, 159n 
Dawkins, R., 118,121 
Dennett, D„ 114,115 
Descartes, R., 125,143n 
Dewey, J., 91 
Duhem, P., 43,44, 52
Fodor, J„ 3, 52, 70, 75-77, 141n, 
142n, 143n, 144n, 148n, 149n, 
151n, 154n, 158n 
Frege, C., 144n 
Freud, S„ 6
Gelman.S., 154n 
Gibson, J. ]., 75 
Gigerenzer, C., 100 
Goldberg, R , 34 
Guillermo de Occam, 17
Happé, F., 143n 
Harvey, W,, 116 
Hegel,C .,94 
Heídegger, M., 149n 
Hirschfeld, L., 154n 
Hug, K., 100
Hume, D,, 10, 65, 66, 142n, 150n 
Huxiey, T,, 110
Kafka, E, 102 
Kant,I„ 1 0 , 1 7 ,9 4 ,144ti 
Karmiloff-Smith, A . , 77
Lepore, E„ 7 0 ,142n, 148n, 151n
Leslie, A . , 131,161n
Elman, 65
168 Índice de autores
Marr, D., 152n 
McLaughlin, B., 142n 
Melville, H., 102 
Mithen, S., 119
Pinker, S., 2-4, 7, 8, 14 ,5 1 ,5 3 ,5 7 , 
73, 116,118, 143n 
Platón, 10, 13-15,143n 
Plotkin, H., 2-4, 7, 8, 14, 53, 57, 73, 
118 ,143n 
Pylyshyn, Z., 142n, 144n, 154n
Quine, W. V. O., 43, 44, 47, 15ln, 
152n
Searle, J., 149n 
Spelke, E., 152n, 159n 
Sperber, D., 154n, 155n, 156n
Tooby, ]., 87-89, 91-95, 100, 110, 
118, 137, 152n, 154n, 155n, 157n, 
159n
Turing, A. (máquinas de Turing; 
arquitecturas de Turing), 5, 8-10, 
14-17, 21, 23-25, 27, 31, 32, 35, 
3 8 ,4 1 ,4 2 ,4 5 ,5 0 , 55, 60 ,61 ,63- 
66, 85, 122, 123, 133-135, 141n, 
145n, 148n, 150n
Rey, G., 142n Wason, P , 103, 137,161n
Se terminó de imprimir 
esta obra 
el 5 de febrero de 2003