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Traducción de
J o s é L u is G il A kist u
Revisión técnica de
E u l a l i a P érez S e d e ñ o
LA MENTE NO FUNCIONA ASÍ
Alcance y limitaciones
de la psicología computacional
J erry F o d o r
SIGLO V EIN TIUN O
D E E S P A Ñ A E D I T O R E S
ÍNDICE
AGRADECIMIENTOS ............................................................................................... XI
LISTA DE ABREVIATURAS....................................................................................... XI] ]
INTRODUCCIÓN: AÚN SIGUE NEVANDO................................. 1
1. VARIEDADES DE INNATISMO................................................ 11
2. LA SINTAXIS Y SUS INSATISFECHOS.................................. 31
3. DOS MANERAS PROBABLES DE NO EXPLICAR LA
ABDUCCIÓN......................................................................................... 55
4 . ¿CUÁNTOS MÓDULOS CREE USTED QUE H A Y ? 73
5. DARWTN ENTRE LOS M ÓDULOS........................................... 107
APÉNDICE: TORQUÉ SOMOS TAN BUENOS PARA CAZAR TRAMPOSOS.. 137
NOTAS................................................................................................... 141
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS................................................................................... 163
ÍNDICE DE AUTORES............................................................................................................ 167
En su primera encarnación, el presente libro fueron tres confe
rencias pronunciadas en la Facultad de Psicología de la Uni
versidad de San Raffaele, en el verano de 1997, con el patroci
nio de la Fundación Sigma Tau. Agradezco la organización del
acto a un antiguo amigo italiano, el profesor Massimo Piatelli; a
muchos nuevos amigos italianos, sus comentarios y observacio
nes críticas; y a la Dra. Donata Vercelli, haberme sacado de mi
traumático extravío tras la pérdida de mis tarjetas de crédito, lo
que constituye la crisis jamesiana por excelencia para un nor
teamericano de viaje por el extranjero.
Las siguientes personas tuvieron la gran amabilidad de leer
de principio a fin versiones anteriores de una parte o la totali
dad del manuscrito y me ayudaron a descubrir sus errores. Me
siento muy agradecido a Ned Block, Noam Chomsky, Shaun
Nichols, Zenon Pylyshyn y Stephen Stich.
El apéndice se publicó por primera vez en Cognition. Quie
ro testimoniar aquí mi agradecimiento por el permiso para ree
ditarlo.
Las aportaciones en apoyo de este trabajo realizadas por la
MacArthur Foundation, la McDonnell Pugh Foundation, la Na
tional Science Foundation y los National Institutes of Health
no fueron ninguna fruslería.
El autor aparece en su lugar alfabético en el índice de autores.
LISTA DE ABREVIATURAS
Éstas son las abreviaturas que aparecen en el texto:
E(TGM) TCM combinada con el principio E.
IA Inteligencia artificial.
MDT Módulo de detección de tramposos.
MP Modus ponens.
M(TCM) Teoría Computacional Mínima de la Mente. (La
función de una representación mental en un pro
ceso cognitivo sobreviene a ciertos hechos sin
tácticos, cualesquiera que sean).
Principio E Sólo las propiedades esenciales de una represen
tación mental pueden determinar su función
causal en la vida mental.
RM Representación mental.
TCM Teoría Computacional de la Mente.
TLG Teoría lingüística general.
(T)MM (Tesis de la) modularidad masiva.
TRM Teoría Representacíonal de la Mente.
INTRODUCCIÓN: AÚN SIGUE NEVANDO
A lo largo de los años he escrito varios libros laudatorios para
la Teoría Computacional de la Mente (que en adelante citaré a
menudo como TCM), Desde mi punto de vista es, con mucho,
la mejor teoría del conocimiento de que disponemos; en reali
dad, la única merecedora de un análisis serio entre todas las
que tenemos. Hay hechos de la mente de los que esta teoría da
razón y que, sin ella, no sabríamos en absoluto cómo explicar.
Además, su idea central —que los procesos intencionales son
operaciones sintácticas definidas realizadas sobre representa
ciones mentales— es de una elegancia sorprendente. En resu
men, hay todo tipo de razones para suponer que, por lo que
respecta al conocimiento, la Teoría Computacional es parte de
la verdad1.
Sin embargo, no se me había ocurrido que alguien pudiera
pensar que fuera una parte muy grande de la verdad. Y todavía
menos que estuviera lejísimos de constituir la explicación com
pleta del funcionamiento de la mente. (Los profesionales de la
inteligencia artificial han dicho a veces cosas que dan a enten
der que están convencidos de ello. Pero, en general —incluso
según sus propias palabras—, se suponía que la IA era un asun
to de ingeniería y no de ciencia; y, desde luego, no de filosofía).
Así pues, al escribir libros para explicar lo estupenda que es la
TCM, he procurado, en general, incluir una sección donde se
dijera que, en mi opinión, no podía abarcar más que un frag
mentó de una psicología cognitiva completa y satisfactoria; y
que los problemas más interesantes —y, sin duda, los más difí
ciles— sobre el pensamiento no podían recibir mucha luz de
ningún tipo de teoría computacional imaginable de momento.
Creo que, en cierto modo, daba por supuesto que nosotros, los
fervientes admiradores de la psicología computacional, estába
mos más o menos de acuerdo sobre ese punto.
Ahora, sin embargo, me he desengañado y he dejado de dar
tal cosa por supuesta. Hace un par de años, The London R eview
ofB ook s me pidió que escribiera acerca de dos nuevas publica
ciones, cada una de las cuales resumía y elogiaba una teoría cada
vez más influyente en ciencia cognitiva: How the Mind Works,
de Steven Pinker, y Evolution in Mind, de Henry Plotkin. Am
bos libros proponen, desde puntos de vista muy similares, cómo
podríamos combinar la TCM con un innatismo psicológico glo
bal y con principios biológicos tomados de una explicación
neodarwinista de la evolución. Al parecer, la opinión de Pinker
y Plotkin es que, a pesar de no constituir plenamente un mapa
general de la mente congnitiva, la síntesis resultante explicaría
en su totalidad extensas zonas de Manhattan, el Bronx y Staten
Island, por así decirlo. Considero ambos libros admirables y va
liosos en muchos aspectos, pero, aunque yo mismo soy un inna-
tista decidido —por no decir fanático—, no me sentí del todo
feliz con ninguno de los dos, y así lo dije en mi reseña2.
En primer lugar, aunque exponen con fidelidad un conjun
to de doctrinas sobre la mente cognitiva defendidas por mu
chos innatistas, ninguno de los dos libros expone de manera
tan explícita como yo pensaba que podrían haberlo hecho
cómo encajan entre sí las diversas líneas arguméntales. En se
gundo lugar, aunque ninguno dedica mucho espacio a las alter
nativas, la opinión de Pinker/Plotkin no es en absoluto la única
variedad de la actual ciencia cognitiva favorable a la idea del
carácter innato de una gran parte del conocimiento. De hecho,
Noam Chomsky, que es, sin duda, la personificación más exac
ta del renacimiento del innatismo que podamos imaginar, no
está, sin embargo, nada de acuerdo con muchas de las ideas de
fendidas por Pinker y Plotkin. Los lectores recién llegados al
juego de la ciencia cognitiva encontrarán, quizá, desconcertan
te este hecho, pero espero poder explicar, a medida que avan
cemos, a qué se refiere el desacuerdo. En tercer lugar, los dos
libros insisten en una vinculación entre el innatismo respecto al
conocimiento y una versión neodarwiniana y adaptacionista de
la evolución de la mente cognitiva. Me pareció que este punto
no estaba argumentado en los textos de manera convincente
y que tampoco era especialmente plausible por sí mismo. En
fin, me sentí y sigo aún sintiéndome perplejo ante una acti
tud de bullente optimismo característico, en particular, del li
bro de Pinker. Por mi parte, según acabo de observar, pensaba
que los últimos cuarenta o cincuenta años habían demostrado
muy claramente la existencia de ciertos aspectos de los proce
sosmentales superiores sobre los que la actual panoplia de mo
delos, teorías y técnicas experimentales computacionales nos
ofrecen una visión escasa hasta la evanescencia. También pen
saba que se trataba de una opinión común dentro de la profe
sión. En vista de ello, ¿cómo podía alguien ser capaz de mos
trar un entusiasmo tan implacable?
Así que se me ocurrió escribir un libro de mi cosecha. Mi
intención era recoger de pasada algunas antiguas líneas de pen
samiento; en concreto, deseaba ampliar un debate en el que me
embarqué por primera vez hace un millón de años, más o me
nos (Fodor, 1983), sobre la modularidad (o no modularidad)
de la arquitectura cognitiva. Pero el libro que pensaba escribir
habría de tratar sobre todo de la situación del innatismo com
putacional en la ciencia cognitiva. Además, sería mucho más
breve y malévolo que los de Pinker y Plotkin. La brevedad se
debería principalmente a que, a diferencia de ellos, no iba a es
cribir un texto introductorio ni a hacer un repaso de la biblio
grafía sobre ciencia empírica cognitiva, ni siquiera a argumen
tar con mucho detalle a favor del campo teórico propuesto por
mí. Me bastaría, simplemente, con trazar una geografía de los
problemas completamente diferente del mapa ofrecido por
Pinker y Plotkin. La malevolencia aparecería principalmente
en la conclusión: el innatismo computacional es, sin duda, la
mejor teoría de la mente cognitiva pensada hasta el momento
(sobradamente mejor que, por ejemplo, el empirismo asocia-
cionista, que es su principal alternativa); además, el conoci
miento tiene facetas sobre las que el innatismo computacional
daría, quizá, ciertamente, una explicación más o menos correc
ta. No obstante, es muy probable que el innatismo computa
cional sea, en gran parte, falso.
En el momento oportuno me embarqué en este proyecto,
pero cuanto más escribía, más insatisfecho me sentía. Comencé
pensando en dar más o menos por supuesta la TCM como teo
ría de fondo y centrarme en cuestiones relativas al innatismo y
al adaptacionismo. Pero, al final, aquello no resultó factible;
quizá no sea nada extraño que lo que decimos sobre cualquiera
de estos asuntos dependa muchísimo de lo que pensamos so
bre los demás.
El libro que acabé escribiendo (y que usted acaba de com
prar, según confío) contiene muchas afirmaciones acerca del
innatismo y el adaptacionismo. Pero el contexto en que se ana
lizan constituye, en parte, un intento de ilustrar con mayor cla
ridad qué hay de cierto y qué hay de falso en la idea de que la
mente es un ordenador5.
La ciencia cognitiva, que tuvo sus inicios más o menos ex
plícitos hace unos cincuenta años, se propuso como proyecto
definitorio4 examinar una teoría debida principalmente a Tu-
ring según la cual los procesos cognitivos mentales son opera
ciones definidas sobre representaciones mentales estructuradas
sintácticamente y que guardan un gran parecido con las fra
ses5. La propuesta consistía en utilizar la hipótesis de que las
representaciones mentales son de tipo lingüístico para explicar
ciertas propiedades omnipresentes y características de los esta
dos y procesos cognitivos; por ejemplo, que aquéllas son pro
ductivas y sistemáticas, y éstos, en general, salvaguardan la ver
dad. Por decirlo de manera aproximada: la sistematicidad y la
productividad del pensamiento se remontarían, según se supo
nía, a la composicionalidad de las representaciones mentales,
que, a su vez, dependería de su estructura sintáctica constituti
va. La tendencia de los procesos mentales a salvaguardar la ver
dad se explicaría mediante la hipótesis de que son computacio
nes, estipulando que una computación es un proceso causal
sintácticamente guiado6.
Creo que el intento de explicar Ja productividad y sistema
ticidad de los estados mentales apelando a la composicionali
dad de las representaciones de la mente ha tenido un éxito de
los que no parecen m enguaren mi opinión, confirma amplia
mente el postulado de un lenguaje del pensamiento. Se trata,
no obstante, de una historia repetida y en la siguiente exposi
ción no voy a deternerme en ella. En cambio, me parece que el
intento de reducir el pensamiento a computación ha tenido un
curso decididamente variado. No obstante, es un consuelo que
tengamos mucho que aprender tanto de sus éxitos como de sus
fracasos. A lo largo de los últimos cuarenta años, aproximada
mente, hemos estado planteando a la naturaleza preguntas
acerca de los procesos cognitivos, y ella nos ha respondido con
indicaciones interpretables respecto al alcance y los límites de
la Teoría Computacional de la Mente cognitiva. El modelo resul
tante es inteligible en líneas generales. Al menos, eso es lo que
voy a sostener.
Sin embargo, antes de iniciar seriamente el debate, quiero
esbozar con fines orientativos una breve panorámica. Esto es,
en pocas palabras, lo que pienso que ha estado intentando de
cirnos la naturaleza respecto al alcance y límites del modelo
computacional:
A partir de Freud ha quedado bastante claro que nuestra
taxonomía «popular» preteórica de los estados mentales refun
de dos tipos naturales muy diferentes: los intrínsecamente in
ten cionales, de los que son paradigmáticos las creencias, los de
seos y otros similares8, y los intrínsecamente conscientes^ , entre
cuyos ejemplos se cuentan las sensaciones, los sentimientos,
etcétera10, Sostengo, así mismo, que un resultado importante
del intento de hacer coincidir los hechos del conocimiento hu
mano con la versión clásica de la computación —la dada por
Turing— es que necesitamos una dicotomía análogamente fun
damental entre procesos mentales lo ca les y no locales. Pode
mos confiar (sigo afirmando) en la existencia de un conjunto
característico de propiedades compartidas por ciertos casos tí
picos de procesos mentales locales, pero que no comparten
con otros ejemplos típicos de procesos mentales globales11.
Tres de esos rasgos son especialmente pertinentes para nuestro
propósito: los procesos mentales locales parecen ajustarse muy
bien a la teoría de Turing de que el pensamiento es computa
ción; al parecer son, en general, modulares; y una gran parte de
su arquitectura y de cuanto saben acerca de sus terrenos pecu
liares de aplicación parecen estar especificados de forma in
nata.
En cambio, lo que descubrimos respecto al conocimiento
global es, en la mayoría de los casos, que se trata de algo dife
rente del tipo local en esos tres aspectos; y que, por eso mismo,
tenemos un profundo desconocimiento del mismo. Y como
entre los procesos mentales afectados de ese modo por la glo-
balidad se cuentan, al parecer, algunos de los más característi
cos del conocimiento humano, no me siento inclinado, en defi
nitiva, a ponderar cuánto hemos aprendido hasta el momento
sobre cómo funcionan nuestras mentes a . El balance final será
que la actual situación en la ciencia cognitiva se halla a años luz
de ser satisfactoria. Tal vez alguien llegue a establecerla de for
ma definitiva, aunque me veo obligado a pensar que tal cosa no
va a ocurrir en un futuro previsible ni con las herramientas de
que disponemos actualmente. Como suele suceder, Eeyore, el
burrito de Winníe-the-Pooh, da en el clavo al describir la situa
ción: « “Aún sigue nevando”, dijo Eeyore, “...y helando... Sin
embargo”, comentó animándose un poco, “últimamente no
hemos sufrido ningún terremoto”».
Este es, pues, el itinerario: en el capítulo 1 expongo algunas
de las principales ideas actualmente vigentes en los debates in-
natistas acerca del conocimiento. En particular, quiero diferen
ciar la síntesis entre innatismo, psicología computacional y
(neo)darwínismo, defendida por Pinker y Plotkin, de la versión
del innatismo propuesta por Chomsky. El innatismo chomskia-
no y esta Nueva Síntesis13 son, en ciertos aspectos totalmente
compatibles. Pero, según veremos, son también totalmente di
ferentes en otros; y aunque apoyan las mismas consignas, no
está a menudo nadaclaro que quieran decir lo mismo con esas
consignas. Tanto los innatistas chomskianos como los compu
tación ales se consideran, por ejemplo, herederos de la tradi
ción del racionalismo filosófico, pero por razones bastante dis
tintas. La versión de Chomsky (así lo propondré) da, ante todo,
respuesta a preguntas relativas a las fuentes y usos del conoci
miento, continuando así la tradición de la epistem ología racio
nalista. En cambio, el innatismo computacional trata principal
mente de la naturaleza de los procesos mentales (como, por
ejemplo, el pensar), continuando así la tradición de la p sico lo
gía racionalista.
Supongo que mucho de lo que voy a decir en el primer ca
pítulo resulta familiar para los veteranos, y, si pudiera, me lo
saltaría. Sin embargo, las versiones estándar de la psicología
cognitiva de la Nueva Síntesis (entre ellas, en particular, las de
Pinker y Plotkin) apenas suelen mencionar algo que me parece
ser su característica más determinante, a saber, su adhesión a la
explicación sintáctica de los procesos mentales ofrecida por
Turing; ahora bien, eso es como representar Hamlet sin el prín
cipe. Mi propuesta consiste en volver a sacar el príncipe a esce
na, aunque ello implique aquí, como en la obra dramática, un
sinnúmero de problemas para todos los interesados. Una gran
parte de este libro tratará de cómo la exposición de la Nueva
Síntesis está configurada por la idea de que los procesos cogni
tivos son sintácticos, de las razones de mis dudas sobre la posi
bilidad de que la teoría sintáctica de los procesos mentales
guarde algún parecido con toda la verdad acerca del conoci
miento, y de qué nos queda si las cosas no son así.
El segundo capítulo analizará lo que considero las limita
ciones de la explicación sintáctica de lo mental, mientras que el
tercero examinará algunos medios por los que los innatistas
computacionales han intentado —sin éxito, en mi opinión—
eludir esas limitaciones. En el capítulo cuarto aparecerá la tesis
de la modularidad masiva, actualmente de moda, como una de
esas soluciones fallidas. El último capítulo aborda la relación
de todo esto con ciertas cuestiones referentes al darwinismo
psicológico.
A medida que avance la exposición, se irá viendo con pro
gresiva claridad mi idea de que cierta versión del innatismo
chomskiano resultará ser, probablemente, cierta, y que la ver
sión actual del innatismo de la Nueva Síntesis no lo es. Sospe
cho que la perplejidad fundamental de la Nueva Síntesis consis
te en que la teoría sintáctica/computacional del pensamiento,
de la que depende, es, probablemente, válida para los procesos
cognitivos en general tan sólo si la arquitectura de la mente es
principalmente modular —sin embargo, hay buenas razones
para suponer que no lo es—. Por otra parte, una psicología cog-
nitiva defendible necesita urgentemente de alguna teoría de los
procesos mentales, y es bastante evidente que Chomsky no tie
ne ninguna. Así pues, si el innatismo computacional es radical
mente insostenible, el chomskiano es radicalmente incompleto.
¡Ah!, pero nadie dijo que entender la mente cognitiva fuera a
ser una tarea fácil.
Por mi parte, al menos, estoy bastante seguro de no haber
lo dicho nunca. En realidad, mis opiniones sobre estos asuntos
—valgan lo que valieren— no han cambiado mucho desde que
comencé a escribir sobre este tipo de cuestiones. El principal
tema del último capítulo de mi libro El len gua je d e l pen sam ien
to (1975) es que el modelo computacional resulta poco convin
cente como explicación del conocimiento global. Por otra par
te, la idea de que el conocimiento modular es el punto en que la
explicación de los procesos mentales propuesta por Turing tie
ne la mayor probabilidad de ser cierta constituye el asunto cen
tral de La modularidad d e la m en te (1983). La coherencia a lo
largo del tiempo no es una virtud que, en general, me preocupe
mucho. Según mi experiencia, el progreso científico (por no
hablar del filosófico) es unas veces no monotónico y otras no.
Admito, sin embargo, que las doctrinas aquí expuestas son
compatibles con algunos de mis intentos anteriores —y, en rea
lidad, se basan casi siempre en ellos.
Para terminar, ya que me estoy confesando, debo hacer hin
capié en que lo que sigue a continuación no es ni remotamente
una obra académica, aunque proponga una lectura de la histo
ria reciente de la ciencia cognitiva. De vez en cuando aparece
rán diversos nombres conocidos (el de Eeyore, por supuesto;
pero también los de Chomsky, Darwin, Hume, Kant, Platón,
Turing y otros), y no hace falta que diga que me sentiré muy sa
tisfecho si he expuesto sus opiniones con cierta corrección. Sin
embargo, mi interés principal es explicar las opciones actual
mente identificables con que cuenta una ciencia cognitiva inna-
tista; en general, los personajes distinguidos con que nos en
contremos a lo largo del camino no serán para mí tanto figuras
históricas cuanto tipos ideales.
En fin, manos a la obra.
EL INNATISMO CHOMSKIANO
La actual fase de la teorización innatista sobre la mente cogniti
va comenzó con dos sugerencias de Noam Chomsky: que los ti
pos de gramáticas que pueden tener las lenguas naturales están
sometidos a limitaciones fundamentales y universales; y que
esas limitaciones expresan propiedades fundamentales y uni
versales de la psicología humana correspondientes a ellas (de
terminadas, probablemente, por la dotación genética caracte
rística de nuestra especie). En efecto, Chomsky predijo la
convergencia de dos líneas de investigación:
— Por un lado, una investigación empírica del alcance de
las estructuras gramaticales que presentan las lenguas
humanas calcularía sus límites de variación posible. A
continuación habría que restar las maneras en que las
lenguas humanas pueden diferir unas de otras de aque
llas en que es concebible que puedan diferir. El resulta
do de la sustracción es el conjunto de universales lin
güísticos que definen implícitamente las «lenguas
humanas posibles»
— Por otro lado, un conjunto de investigaciones históricas
sobre las condiciones en que los niños aprenden a hablar
calcularía la información que les proporcionan sus entor
nos lingüísticos y, por tanto, el grado de pobreza de estí
mulos que tolera el proceso de aprendizaje lingüístico. A
continuación habría que restar la información contenida
en el entorno de la requerida por el niño para conseguir
el dominio de la lengua. El resto, una vez realizada la sus
tracción, es la aportación del conocimiento innato del
niño al proceso de adquisición de la lengua.
Si todo va bien, el resultado debería ser que el conocimien
to innato del niño equivale a los principios universales mismos
que limitan las posibles lenguas humanas. Esta coincidencia
explicaría de un plumazo tanto por qué las lenguas humanas
no difieren arbitrariam ente como por qué los seres humanos
parecen ser los únicos capaces de aprenderlas (con todos mis
respetos para alguna que otra demanda sentimental a favor de
delfines y chimpancés).
En principio, la estrategia de investigación propuesta por
Chomsky parece perfectamente sencilla de aplicar. Sólo necesi
tamos determinar los valores empíricos de los parámetros perti
nentes, realizar las restas indicadas y, luego, comparar los resul
tados. Entonces, se preguntará el lector, ¿por qué no consiguió
alguien una beca y se puso a hacerlo? En la práctica, no resulta
ba nada sencillo. Para empezar, a los científicos del conocimien
to no les resulta fácil conseguir becas cuando trabajan sobre
cuestiones de interés teórico. (Una importante función de la
institución de la revisión entre pares es garantizar que así sea).
Además, hasta las personas razonables pueden disentir sobre el
grado y maneras en que difieren realmente las lenguas; y sobre
si las semejanzas restantes no podrían «solventarse mediante
una explicación» que no recurriera a postulados innatistas (qui
zá, apelando a factoreshistóricos o ambientales, o a las propie
dades funcionales que necesitaría cualquier lengua para ser ex
presiva y eficaz). Así mismo, no es ninguna minucia calcular
cuáles son las informaciones que el entorno lingüístico del niño
pone a disposición del proceso de adquisición, o qué partido le
saca el niño a lo que ese entorno pone a su disposición, o cuánto
de lo que el niño aprovecha en realidad podría haberlo conse
guido sin el entorno, de acuerdo con la consecución de una flui
dez normal recurriendo a medios normales. No podemos, por
supuesto, llevar a cabo experimentos al estilo de Kaspar Hauser
con los retoños de nuestros semejantes.
Así pues, la polémica iniciada por Chomsky hace todos
esos años sigue viva. Doy por supuesto que sus líneas generales
son conocidas y ya no volveré a exponerlas aquí. Lo más desta
cado para nuestro propósito es un punto relativo a sus opinio
nes sobre el que el propio Chomsky ha insistido a menudo: en
la medida en que afecta a la relación entre el lenguaje humano
y la naturaleza humana, su postura prolonga otra defendida
durante siglos por los filósofos racionalistas —en realidad, es
indistinguible de ella—. Si exceptuamos la identificación ca
racterísticamente moderna entre «naturaleza humana» y «lo
especificado por el genotipo humano», las ideas de Chomsky
sobre el innatismo habrían sido inteligibles para Platón; y lo
habrían sido en un sentido muy similar al del actual debate.
Ello se debe a que el innatismo de Chomsky es, ante todo,
una tesis relativa al conocimiento y la creencia; sitúa los proble
mas de la teoría del lenguaje en la línea de los de la teoría del co
nocimiento. En realidad, el vocabulario en el que Chomsky en
marca las cuestiones lingüísticas es, la mayoría de las veces,
explícitamente epistemológico. Así, la gramática de una lengua
especifica lo que sus hablan tes/oyen tes deben saber en cuanto
hablantes y oyentes; y la meta del proceso de adquisición del len
guaje por parte del niño consiste en construir una teoría de la
lengua que exprese correctamente ese conocimiento gramatical.
De la misma manera, el problema central de la adquisición del
lenguaje surge de la pobreza de los «datos lingüísticos prima
rios» a partir de los cuales el niño efectúa esa construcción. La
solución propuesta al problema es que una gran parte del cono
cimiento del que depende la competencia lingüística está a dis
posición del niño d e antemano (es decir, antes del aprendizaje).
Todos los términos que pongo en cursivas forman parte del vo
cabulario del epistemólogo. Diré una vez más que lo que
Chomsky comparte con los racionalistas es, ante todo, un inna
tismo epistemológico. Cuando Platón pregunta qué sabe el jo
ven esclavo sobre geometría y dónde diablos ha podido apren
derlo, está planteando en gran parte la misma cuestión que
propone Chomsky al preguntar sobre lo que los hablantes/oyen-
tes saben de su lengua y dónde diablos han podido aprenderlo.
En mi opinión, los términos clave son inequívocos2.
En cambio, las teorías psicológicas de la Nueva Síntesis,
como las propugnadas por Pinker y Plotkin, se refieren, de for
ma característica, no a estados ep istém icos sino a procesos cogn i
tivos', por ejemplo, los procesos mentales que intervienen en
pensar, aprender y percibir. La idea clave de la psicología de la
Nueva Síntesis es que los procesos cognitivos son com putado-
nales-, y la noción de computación a la que se apela se apoya
fuertemente en la obra fundacional de Alan Turing. Según esta
concepción, la computación es una operación formal sobre re
presentaciones sintácticamente estructuradas. En consecuen
cia, un proceso mental es, en cuanto computación, una opera
ción formal sobre representaciones mentales sintácticamente
estructuradas. Volveremos sobre esta idea muy pronto y en de
talle. De momento nos contentaremos con saber que, mientras
el racionalismo de Chomsky consiste primordialmente en un
innatismo sobre el conocimiento que manifiestan las capacida
des cognitivas, el de la Nueva Síntesis consiste ante todo en un
innatismo acerca de los mecanismos computacionales explota
dos por ese conocimiento con el propósito de conocer. Por de
cirlo en pocas palabras: la novedad d e la Nueva Síntesis es, sobre
todo, la con secu en cia d e aunar una ep istem o logía racionalista
con la noción sintáctica d e computación mental.
El intento de cimentar la psicología sobre la idea de que los
procesos mentales son computaciones es el tema principal de lo
que vamos a debatir seguidamente. Me interesa ante todo decir
al lector qué considero correcto en esta idea y qué no. Pero, en
primer lugar, debo explicarle cómo se supone que funciona.
Eso requerirá una exégesis bastante extensa. Por favor, resistan
conmigo. A diferencia del innatismo epistémico, el computacio
nal es realmente un nuevo tipo de teoría racionalista. Mientras
que Platón habría entendido suficientemente bien a Chomsky,
dudo de que hubiera entendido ni una pizca a Turing.
LA NUEVA SÍNTESIS
1. C om pu ta ción
Es un hecho notable que nos baste una simple ojeada a una
oración (declarativa) de la forma sintáctica P y Q («Juan nada y
María bebe», por ejemplo) para poder decidir que cualquier
oración de ese tipo es verdadera si, y sólo si, P y Q son ambas
verdaderas; es decir, que las oraciones que tienen la forma P y
Q implican las oraciones correspondientes P, Q y son implica
das por ellas. Afirmar que «podemos decidirlo de una simple
. ojeada» equivale a declarar que no es necesario saber nada so
bre el significado de P o de Q para ver que esas relaciones de
implicación son válidas, y que tampoco tenemos que saber
nada sobre el mundo no lingüístico3. Se trata realmente de un
asunto notable pues, a fin de cuentas, lo que decide si P o Q
son verdaderos es lo que significan, junto con los hechos relati
vos al mundo no lingüístico.
Esta manera de pensar se suele resumir diciendo que algu
nas conclusiones son «formalmente válidas», lo que, a su vez,
equivale a decir que se sostienen únicamente en virtud de la
«sintaxis» de las oraciones que las componen4. El gran descu
brimiento de Turing fue el de afirmar que se pueden diseñar
máquinas para evaluar cualquier deducción formalmente váli
da en este sentido. La razón es que, aunque las máquinas son
atrozmente malas para entender qué significan las cosas y tam
poco son mucho mejores para hacerse una idea de lo que pasa
en el mundo, podemos construirlas de tal modo que resulten
buenas para detectar propiedades y relaciones sintácticas y res
ponder a ellas. Por su parte, esto es así porque la sintaxis de
una oración se reduce a la identidad y disposición de sus partes
elementales y, al menos en los lenguajes artificiales en que com
putan las máquinas, estas disposiciones y partes elementales se
pueden desglosar exhaustivamente, al tiempo que se puede di
señar específicamente la máquina para detectarlas.
Así pues, Turing nos mostró cómo construir_una máquina
computadora capaz de reconocer cualquier razonamiento váli^
do en virtud de su sintaxis; y la tesis fundamental de la nueva
síntesis psicológica es que los procesos cognitivos mentales es
tán constituidos (quizá de forma exhaustiva) por el tipo de
~Óperaciones que realizan esa clase de máquinas.-"
Fijémonos, en particular, en que la dependencia de la sinta
xis es esencial; Turing garantiza la capacidad de una máquina
para reconocer la validez de una deducción só lo si las condicio
nes suficientes para que preserve la verdad son sintácticas. Así
pues, sí tenemos intención de admitir, como los teóricos de la
Nueva Síntesis, la explicación dada por Turing sobre la natura
leza de la computación para utilizarla en una psicología cogni
tiva del pensamiento, deberemos asumir que los propios pensa
m ien tos tien en una estructura sintáctica. Lo que se nos ofrece
por el precio de esa suposición es la perspectiva de una teoría
que explica que, en una multiplicidad de casos,los procesos
mentales pueden conducirnos de manera fiable de un pensa
miento verdadero a otro. Eso me suena a auténtica ganga5.
Perfecto; de momento, no diré más sobre la exposición de
Turing acerca de la computación. Pero ¿qué tiene que ver todo
esto con la tradición racionalista en psicología?
CONTINUACIÓN DE LA NUEVA SÍNTESIS
2. P sico lo g ía raciona lista
Los racionalistas son innatistas casi por definición; en cambio,
el consenso de los racionalistas acerca de la naturaleza de los
procesos mentales no es ni mucho menos transparente a prime
ra vista. Sin embargo, ese consenso existe, compendiado, quizá,
por Kant; además, tiene sus raíces en Aristóteles y llega a noso
tros a través de escolásticos como Guillermo de Occam. Si este
libro fuera una obra de erudición y yo un erudito, intentaría ar
gumentar de alguna manera esas aseveraciones históricas; pero
ni el libro ni yo lo somos, así que no voy a intentarlo. Baste ex-
plicitar cuál es, en mi opinión, la idea principal de la psicología
racionalista y cómo supongo que se relaciona con la explicación
déla computación al estilo de Turing esbozada más arriba.
La idea principal de la psicología racionalista es que las
creencias, deseos, pensamientos y otras realidades similares tic-
ríen formas lógicas, v esas formas lógicas se cuentan entre. Jos
determinantes de las funciones que~desempeñan en los procesos
mentales. Por ejemplo, Juan nada y María b eb e es una creencia
copulativa-, ésa es la razón de que su aceptación nos pueda lle
var a deducir que Juan nada. Los un icorn ios no existen es una
creencia existencial negativa, y ésa es la razón de que su acepta
ción nos puede llevar a deducir que Alfredo no es un unicor
nio. Y así seguido. En consecuencia, emplearé la expresión
«psicología racionalista» para cualquier teoría según la cual los
estS5os mentales (al menos algunos) tienen forma lógica y la
función causal de un estado mental depende (al menos entre
otras cosas) de cuál es su forma lógica^ ’
Lo que viene a continuación son varios comentarios exegé-
ticos sobre el carácter general de las psicologías racionalistas
construidas de esta manera y sobre la razón de que se ajusten
de forma natural a la tesis de que los procesos mentales son
computaciones. Veremos que lo que conecta ambas afirmacio-
nes es ante todo la idea de que la forma lógica de un pensa- l
miento se puede reconstruir mediante la sintaxis de una repre- '
sentación mental que la exprese. ->
COMENTARIOS (EXPUESTOS SIN NINGÚN ORDEN CONCRETO)
— Las creencias, deseos, pensamientos y otras cosas simila
res7 (en adelante los denominaré en conjunto «actitudes
proposicionales») poseen sus formas lógicas de manera
intrínseca. Esto equivale a decir no sólo que si x e y son
actitudes proposicionales de formas lógicas diferentes,
son particulares mentales diferentes ipso fa d o , sino tam
bién que son ipso fa d o particulares mentales de diferen-
te tipo. La creencia de Sam en que, por ejemplo, PvQ ,
es, ipso ja cto , de un tipo diferente de su creencia en que
~(~P&~Q), aunque se trate, por supuesto, de equiva
lentes lógicos.
— Actitudes proposicionales con co n ten id o s diferentes
pueden tener una misma forma lógica. La creencia en
que no existe Santa Claus tiene la misma forma lógi
ca que la creencia en que no existen unicornios, aunque
se trate, por supuesto, de creencias diferentes.
— Supongamos, en aras de la sencillez expositiva, que la
actitud proposicional paradigmática es una creencia en
que cierto individuo posee cierta propiedad, por ejem
plo, que Juan es calvo. Esa creencia tiene la forma lógica
Fa, donde «F» expresa la propiedad que, según se cree,
posee el individuo (p.ej., la de ser calvo), y «a» especifi
ca al individuo que se cree posee esa propiedad (p.ej.,
Juan). Una creencia de la forma Va es verdadera si, y
sólo si, el individuo en cuestión posee realmente la pro
piedad en cuestión.
— En el caso general ocurre lo mismo que en el ejemplo
anterior: las actitudes proposicionales son objetos com
plejos; las actitudes proposicionales tienen partes. En
las páginas siguientes me referiré a menudo a las partes
de una actitud proposicional como sus «constituyen
tes». Los constituyentes de la creencia en que Juan es
calvo son: la parte que expresa la propiedad de ser cal
vo, y la que específica a Juan. En la práctica de los psicó
logos, los constituyentes de las actitudes proposiciona
les suelen llamarse «conceptos»8.
— La forma lógica de una actitud proposicional no es (repi
to: no es) reducible a las relaciones causales entre sus
constituyentes (lo que no significa negar que puedan ser
reducibles a algún tipo de relaciones causales). Ésta es
una d iferen cia fu ndam en ta l en tre las p s ico lo g ía s ra cio
nalista y em pirista : mientras que, según la segunda, la
estructura del pensamiento se determina plenamente es
pecificando el patrón de asociaciones entre sus constitu
yentes, según la primera se trata de un parámetro inde
pendiente 9. Si los racionalistas pueden explicar cómo es
posible llegar a creer aquello mismo que se solía poner en
duda o no creer (o viceversa), es básicamente porque dis
tinguen entre la estructura de un pensamiento y lo que se
llama a veces su grado de «integración asociativa».
Quisiera ser lo más claro posible respecto a este asunto,
pues creo que es lo que distingue primordialmente la
psicología computacional del asociacionismo (conectivis-
ta), que es actualmente su principal alternativa. Supon
gamos que me limito a pensar más o m enos que Juan es
calvo, mientras que tú estás seguro de que lo es. Supon
gamos, además, que realmente es importante para ti que
Juan sea o no calvo, mientras que a mí, en realidad, no
me preocupa gran cosa. En ese caso, el que tú pienses en
Juan puede llevarte a pensar en calvo (o en es calvo) con
una regularidad absolutamente mecánica, mientras que,
en mi caso, pensar en Juan puede llevarme a pensar en
calvo sólo de vez en cuando, en el mejor de los casos, o
incluso nunca. Sin embargo, según la opinión aquí trata
da, tu pensamiento de que Juan es calvo es una actitud
proposicional de un tipo exactamente idéntico al mío y,
por tanto, ambos tienen, a fortiori, la misma forma lógi
ca. Así pues, por decirlo una vez más, su forma lógica y
las relaciones causales que pueden existir entre sus cons
tituyentes son, según las psicologías racionalistas, pará
metros independientes de una actitud proposicional10.
— Supongamos que es cierto que los estados mentales pue
den tener formas lógicas que afecten a los procesos
mentales. La pregunta que se sigue planteando es cóm o
unas formas lógicas pueden determinar fuerzas causa
les. No soy lo bastante historiador como para saber si la
tradición del racionalismo filosófico ha mantenido una
opinión de consenso sobre esta cuestión. Pero no me
sorprendería gran cosa oír que no, pues los racionalistas
se han resistido absolutamente a considerar causales los
procesos mentales n . Para sus propósitos les bastaba
con insistir, como también lo he hecho yo, en que la for
ma lógica del pensamiento no está constituida por las
relaciones causales entre sus constituyentes; por tanto, a
fortiori, no está constituida por las relaciones asociativas
entre sus constituyentes.
Pero, en general, los científicos del conocimiento quie
ren ciertam en te considerar causales, por supuesto, los
procesos mentales. Así pues, si desean admitir la idea ra
cionalista de que los pensamientos desempeñan una
función en los procesos mentales en virtud de sus for
mas lógicas —entre otras cosas—, deberán tener una
opinión sobre cómo la forma lógica puede determinar
poderes causales. No basta con limitarse a decir que es
así; se requiere un mecanismo. Se supone que la combi
nación del tipo de TRM de Turing con una psicología
racionalista proporcionaría ese mecanismo: para cada
actitud proposicional con una función causal en una
vida mental existe una representaciónmental corres-
ponHIénte. Las representaciones mentales son particula
res concretos, por lo que pueden hacer que ocurran co
sas. Además, las representaciones mentales poseen
estructuras sintácticas que afectan a los procesos menta-
les en cuanto computaciones. Y la form a lógica d e una
actitud proposicional sob rev ien e a la sintaxis de la corres
pond ien te representación m en ta l12. Es decir que las acti
tudes proposicionales disyuntivas (p.ej., aquellas actitu
des cuya forma ló g ica es disyuntiva) corresponden a
representaciones mentales disyuntivas (p.ej., a represen
taciones mentales cuya forma sintáctica es disyuntiva);
las actitudes proposicionales copulativas corresponden
a representaciones mentales cuya forma sintáctica es co
pulativa; las actitudes proposicionales cuantificadas
existencialmente corresponden a representaciones men
tales cuya sintaxis está cuantificada existencialmente...,
y así sucesivamente para cada caso en que se invoque la
forma lógica de una actitud para explicar su función en
la vida mental13.
Es posible que ahora comience a estar claro por qué la
noción de computación desempeña un papel tan funda
mental en la manera en que los científicos racionalistas
piensan hoy en día acerca de la mente. Una psicología
(racionalista, empirista o del tipo que sea) necesita hacer
algo más que limitarse a enunciar las leyes a las que, se
gún ella, obedecen los procesos mentales. Necesita tam
bién explicar qu é clase d e cosa pu ed e ser la m en te para
que sean verdaderas esas leyes referentes a ella; lo cual
equivale de nuevo a decir que necesita concretar un me
canismo. Los empiristas sostienen, más o menos explíci
tamente, que las leyes típicas de la psicología son genera
lizaciones que especifican cómo se alteran las relaciones
causales entre estados mentales en cuanto función de la
experiencia de un ser. El asociacionismo brindó a los
empiristas una explicación de por qué son válidas esas
generalizaciones al decir que todas ellas son casos espe-
cíales de las leyes asociativas, que a su vez se supone que
son innatas14. En cambio, la psicología racionalista dice
que las leyes típicas relativas a la mente especifican los
modos en que la forma lógica de un estado mental de
termina su función en los procesos mentales. Así, el ra
cionalista estará necesitado de una teoría acerca de
cómo p u ed e verse afectado un proceso mental por la
forma lógica de los estados mentales. Esta teoría puede
ser, por supuesto, asociacionista, ya que, según se supo
ne, las relaciones asociativas entre estados mentales no
son válidas en virtud de una forma lógica sino, más bien,
en virtud de hechos estadísticos sobre (por ejemplo)
la frecuencia en que se han dado juntos o sobre cómo
esa frecuencia de ocurrencia simultánea ha generado un
refuerzo, etcétera. La noción de computación propuesta
por Turing proporciona exactamente lo que necesita un
científico cognitivo racionalista para llenar ese hueco:
hace por los racionalistas lo que las leyes de la asocia
ción habrían hecho por los empiristas si el asociacionis-
mo fuera cierto.
— Finalmente, a primera vista es probable que las compu
taciones, en el sentido de Turing, constituyan de alguna
manera la puesta en práctica de las teorías psicológicas
racionalistas. En efecto, de la misma manera que la sal
vaguarda de la verdad es la virtud característica de las
computaciones tal como las entiende Turing, también es
la virtud característica de lo s p rocesos m entales según los
entienden los racionalistas. En el curso de la cognición,
un pensamiento verdadero tiende a llevar a otro. Uno de
los grandes misterios de la mente es cómo puede ser así.
Quizá este misterio pueda explicarse suponiendo que,
en la medida en que son válidas en virtud de la estructu-
ra lógica de los pensamientos en cuestión, las inferencias
típicas se realizan mediante computaciones guiadas por
la estructura sintáctica de las correspondientes repre
sentaciones mentales15.
De ello se deduce una fusión provisional entre la psicolo
gía racionalista y la explicación de la computación dada por
Turing. Los principales principios de esta fusión son los si
guientes:
La Teoría Computacional de la Mente (= una psicología
racionalista aplicada por medio de procesos sintácticos)
i. Las fundones causales de los pensamientos se deben, entre otras
cosas, a su forma lógica.
ii. La forma lógica de un pensamiento sobreviene a la forma sintác
tica de la correspondiente representación mental.
iii. Los procesos mentales (incluido, paradigmáticamente, el pensa
miento) son computaciones, es decir, operaciones definidas en
función de la sintaxis de las representaciones mentales, y pode
mos confiar en que salvaguarden la verdad en un número indefi
nido de casos.
A primera vista, las virtudes de llevar a cabo esta fusión son
que nos permite (quizá) resolver los dos problemas fundamenta
les de la psicología racionalista mencionados anteriormente:
«¿Qué determina la forma lógica de un pensamiento?» y
«¿Cómo determina sus poderes causales la forma lógica de un
pensamiento?». Respuesta: la forma lógica de un pensamiento
sobreviene a la sintaxis de la correspondiente representación
mentallb, y la forma lógica de un pensamiento determina su ca
pacidad causal porque la sintaxis de una representación mental
determina su función computacional en función de operaciones
como las de las máquinas de Turing. Así (quizá) podemos explí-
car ahora que el hecho de pensar puede ser tanto racional como
mecánico. Pensar puede ser racional porque las operaciones es
pecificadas sintácticamente pueden salvaguardar la verdad en
tanto que reconstruyen relaciones de forma lógica; pensar puede
se r mecánico porque las máquinas de Turing son máquinas17.
Al margen de cómo resulten finalmente las cosas para el in
natismo en ciencia cognitiva, se trata, realmente, de una idea
preciosa, y deberíamos detenemos un momento a admirarla.
La racionalidad es una propiedad normativa, es decir, una pro
piedad que deberían poseer los procesos mentales. Esta es la
primera vez que ha existido una teoría mecánica remotamente
verosímil acerca de la capacidad causal de una propiedad nor
mativa. Absolutamente la primera.
Ya tenemos ahora en su sitio la mitad, aproximadamente,
de la Nueva Síntesis: la mente cognitiva contiene todo el conte
nido innato que le exigen los argumentos de la «pobreza del es
tímulo», además de una arquitectura innata «turingiana» de re
presentaciones mentales sintácticamente estructuradas y de
operaciones computacíonales sintácticamente guiadas, defini
das en función de esas representaciones. Así, la Nueva Síntesis
comparte con el racionalismo tradicional su insistencia en un
contenido innato; pero le ha sumado la idea de Turing de que
la arquitectura mental es computacional en el sentido propia
mente sintáctico. Para dar el último toque a esta exposición del
innatismo computacional necesitamos explicar por qué los psi
cólogos de la Nueva Síntesis defienden tan a menudo la tesis de
que la arquitectura cognitiva es «masivamente modular» y por
qué su adhesión a esta tesis les lleva con frecuencia al adapta
cionismo en sus especulaciones sobre la filogénesis del conoci
miento. Una vez hecho esto, tendremos a la vista el cuadro
completo y podré decir al lector, si es que le interesa, qué tiene
de erróneo, en mi opinión, esa propuesta.
Pero esto vendrá más tarde. Quiero dedicar el resto del ca
pítulo a reflexionar un poco sobre la noción misma de estruc
tura sintáctica. Según hemos ido viendo, la idea de que las re
presentaciones mentales poseen propiedades sintácticas está
en el centro mismo del vínculo entre la psicología racionalista y
la Teoría Computacional de la Mente. Entonces, ¿qué son las
propiedades sintácticas?
ENTONCES, ¿QUÉ SON LAS PROPIEDADES SINTÁCTICAS?
Bien; para empezar, las propiedades sintácticas son peculiares.
Por un lado, se cuentan entre las propiedades «locales»de las
representaciones, lo que equivale a decir que están constituidas
enteramente por las partes de que consta una representación y
la disposición de las mismas. Para veTcüál es lifestructura sin
táctica de una oración no es necesario mirar «fuera» de ella,
por así decirlo, así como tampoco nos hace falta mirar fuera de
una palabra para saber cómo se deletrea. Pero, aunque es cier
to que la sintaxis de una representación es una propiedad local
en este sentido, también lo es que la sintaxis de una representa
ción determina algunas de sus relaciones con otras represen
taciones. La sintaxis mira, por así decirlo, afuera y adentro al
mismo tiempo. Quiero hacer hincapié en esta dualidad pues,
según veremos en el capítulo 2, tanto las virtudes cardinales
como las lamentables limitaciones de la psicología computacio
nal de tipo «turingiano» giran en gran medida en torno a ella.
Para lo que interesa aquí a mí exposición, propongo hablar de
la sintaxis de las oraciones más bien que de la sintaxis de las re
presentaciones mentales; pero la moraleja es válida, mutatis
mutandis, si suponemos que la TRM es verdadera.
El hecho gramatical de que, en la oración «John swims»
[«Juan nada»], «swims» es el verbo principal y «John» su suje
to está constituido enteramente por datos relativos a cuáles
son las partes de esta frase y cómo están combinadas, Pero
esta propiedad local de «John swims» determina, no obstante,
varias de sus relaciones con otras oraciones en inglés: por
ejemplo, «who swims» y «does John swim» son algunas de las
formas interrogativas de «John swims», mientras que *«who
does John swim» no lo es. En consecuencia, si hubiera un me
canismo sensible a la estructura sintáctica lo ca l de «John
swims», se hallaría en condiciones de predecir propiedades re
laciónales de la frase, como la de tener las formas interrogati
vas que tiene.
Lo mismo ocurre con la forma lógica de una oración (su
sintaxis lógica, como se denomina a veces a su forma lógica). El
hecho de que una oración tenga la forma lógica Va es un asunto
relativo por completo a la identidad y disposición de sus par
tes; pero el hecho de tener esa forma impone, no obstante, va
rias de sus relaciones interoracionales. Por ejemplo, si esa ora
ción es cierta, también lo será la oración correspondiente con
la forma 3x(Vx). En consecuencia, un mecanismo directamente
sensible a la forma lógica de una sentencia estará, pues, indi
rectamente sensibilizado a algunas de sus implicaciones. Se tra
ta de otra manera de expresar la intuición de Turing de que la
estructura local puede cifrar no sólo relaciones gramaticales
entre oraciones, sino también relaciones deductivas18.
Las propiedades sintácticas no son, por supuesto, las úni
cas que muestran el tipo de dualidad interna/externa que aca
bamos de comentar. Veamos una especie de símil para los lec
tores a quienes gusten estas cosas.
Consideremos la famosa etología del pez espinoso de tres
espinas. Todo lo que necesitamos saber de él aquí es que, cuan
do un macho de la especie está sexualmente activo desarrolla
una característica mancha roja (más o menos, en su barriga)
ante la que otros espinosos machos sexualmente activos reac
cionan con demostraciones características de agresión territo
rial. Ahora bien, la actividad sexual es una propiedad compleja
y en gran medida dísposicional cuya posesión afecta a todo
tipo de relaciones entre el espinoso y sus iguales. En cambio,
tener (o no tener) una mancha roja en la barriga es una propie
dad «local» de los espinosos, de manera muy parecida a como
el hecho de contener la palabra Juan es una propiedad de
«Juan nada». El que un espinoso tenga una mancha roja en la
barriga es algo constituido enteramente por la identidad y dis
posición de sus partes. Y aquí viene lo que quiero recalcar: de
bido a la fiabilidad de la relación entre ser, por un lado, un es
pinoso macho sexualmente activo y ser, por otro, un espinoso
macho con un manchón rojo en el abdomen, un mecanismo ca
paz de responder (directamente) al manchón rojo setó., p o r tan
to, capaz de responder (indirectamente) al patrón de disposi
ciones de conducta característico de un macho sexualmente
activo l9. No es casual que, entre esos mecanismos, aparezcan
otros espinosos machos.
Esta analogía entre la sintaxis de una oración y la barriga de
un espinoso es, sin duda, imperfecta. Quiero hacer hincapié en
una de las diferencias porque resultará crucial en capítulos
posteriores: mientras la identidad y disposición de las partes
de una representación se cuentan entre las propiedades e s en
ciales de la misma, el color de la barriga de un pez espinoso no
es una de sus propiedades esenciales. La identidad de un pez
sobrevive, en general, a la alteración del color de su abdomen,
pero la identidad d e una oración nunca sob rev iv e a las alteracio
n es d e su sintaxis o d e su form a lógica. Así, una oración que no
contenga a Juan, no podrá, ipso fa cto , ser una muestra del mis-
rno tipo que «Juan es calvo». Lo mismo ocurrirá con una ora
ción que no implique que alguien es calvo.
Creo que ya basta de capítulo 1. Tenemos bien situada la
continuación de la epistemología racionalista que hace hinca
pié en las deducciones derivadas de la pobreza del estímulo
para llegar a conclusiones sobre qué contenidos cognitivos son
innatos. Tenemos, además, la continuación de la psicología ra
cionalista que reconstruye tanto la concepción de que los esta
dos mentales pueden tener formas lógicas como la de que sus
formas lógicas pueden ser determinantes de su capacidad cau
sal. Y lo hace dando por supuesto que las representaciones
mentales poseen estructuras sintácticas, que la forma lógica de
un pensamiento sobreviene a la forma sintáctica de la corres
pondiente representación mental y que los procesos mentales
son computacionales en un sentido propio de «computación»
que gira en torno a la noción de relación causal sintácticamente
guiada. Amén.
2. LA SINTAXIS Y SUS INSATISFECHOS
La idea de Turing de que los procesos mentales son computacio
nes (es decir, que están sintácticamente guiados), junto con la de
Chomsky de que los argumentos de la pobreza del estímulo im
ponen un límite inferior a la información innata que debe poseer
una mente, es el cincuenta por ciento de la teoría de la Nueva
Síntesis. El resto consiste en la tesis de la «modularidad masiva»
y en la afirmación de que la arquitectura cognitiva es una adapta
ción darwiniana. Este capítulo y el siguiente tratan de cómo en
caja aquí la tesis de la modularidad masiva. Voy a sostener que la
consideración del conocimiento como un fenómeno computa
cional supone algunos problemas muy profundos, pero que esos
problemas surgen ante todo en relación con procesos mentales
que no son modulares. El auténtico atractivo de la tesis de la mo
dularidad masiva es que, de ser cierta, podremos resolver esos
problemas o, al menos, arreglárnoslas para negarles una gran im
portancia. Esta es la buena noticia. La mala es que, como la tesis
de la modularidad masiva no es, evidentemente, cierta, vamos a
tener que enfrentamos tarde o temprano a las funestas insufi
ciencias de la única teoría remotamente verosímil sobre la mente
cognitiva con que contamos de momento.
De todos modos, pasaré ahora a exponer mis argumentos.
Este capítulo tratará de por qué es probable que no sea cierto,
al menos en general, que los procesos cognitivos son computa
ciones. En el siguiente capítulo veremos cómo se supone que la
tesis de la modularidad masiva evitaría las objeciones plantea
das a la generalidad de la TCM, y por qué, en caso de no lograr
evitarlo, es un misterio, y no sólo un problema, saber qué mo
delo de ciencia cognitiva de la mente debería ser el siguiente en
intentarlo.
PARTE 1: DONDE COMIENZA A NEVAR
Al final del capítulo 1 señalé que, como la sintaxis de una re
presentación —mental o de algún otro tipo— es una de sus
propiedades esenciales, la identidadde una RM no sobrevivirá
a la alteración de su sintaxis. Supongamos que es así. En tal
caso, la idea de Turing de que los procesos cognitivos son cau
sales sólo si son sintácticos significa que implica lo que deno
minaré principio E.
Principio E. Sólo las prop iedades esen cia les d e una represen ta
ción m en ta l pu ed en determ inar su fu n ción causal en una vida
mental.
Utilizaré la expresión E(TCM) para denominar la doctrina
que obtenemos sí entendemos que la Teoría Computacional de
la Mente implica el principio E, Quiero recalcar que, por razo
nes que se van a exponer ahora, insistir en el principio E es, po
siblemente, una manera demasiado restrictiva de interpretar la
idea del carácter sintáctico de los procesos mentales. Sin em
bargo, propongo continuar con esta interpretación, pues pien
so que las principales moralejas que derivan de ella sobreviven
a las importantes reservas que se le pueden hacer. De momento
nos bastará con saber que hay razones convincentes para pen
sar que la E(TCM) sólo podría ser verdad sí —o sólo en la me
dida en que— la cognición fuera modular. De ser así, la versión
E(TCM) de la Teoría Computacional de la Mente quedará cau
tiva de la tesis de la modularidad masiva. La explicación deta
llada de estas vinculaciones será el asunto principal de la si
guiente parte del análisis.
Supongamos que cierto estado mental tiene una determina
da función en un proceso cognitivo. Damos absolutamente por
supuesta la TKM, de modo que este proceso cognitivo será una
relación causal entre representaciones mentales. Asumimos
también la TCM, de modo que las relaciones causales sean
computaciones. Las computaciones están, por definición, guia
das sintácticamente, de donde se sigue, por tanto, que una RM
debe poseer alguna propiedad sintáctica en virtud de la cual el
estado mental posee la función causal que le es propia. Si aña
dimos ahora la E(TCM) , se seguirá también que esta propie
dad de la RM ha de ser invariante respecto a l contexto. Ello se
debe a que la sintaxis de una representación es una de sus pro
piedades esenciales; y, por supuesto, las propiedades de las re
presentaciones (o de cualquier otra cosa) dependientes del
contexto no forman parte de sus propiedades esenciales. Las
propiedades esenciales de una cosa son, ipso fa d o , las que po
see siempre, sea cual sea el contexto
Juntemos todo y tendremos lo siguiente:
— Los procesos mentales son sensibles únicamente a la sin
taxis de las representaciones mentales (pues dichos pro
cesos son computaciones).
— Las propiedades sintácticas de las representaciones
mentales son, ipso fa d o , esenciales (pues las propieda
des sintácticas de cualquier representación son esencia
les ipso fa d o )2.
— Conclusión: los procesos mentales son ipso fa cto insensi
bles a las propiedades dependientes del contexto de las
representaciones mentales.
Y aquí es donde comienza el problema. En efecto, parece
como si, en realidad, esta conclusión no fuera cierta; de hecho,
hay determinantes de las funciones causales de las representa
ciones mentales que dependen del contexto, al menos en algu
nos procesos cognitivos. Además (argumentando ahora en sen
tido contrario), si un determinante de la función causal de una
representación mental depende del contexto, no será esencial.
Lo cual va en contra d e la E(TCM).
PARTE II: SIMPLICIDAD
Creo que la simplicidad es un ejemplo convincente de una pro
piedad de las representaciones mentales dependiente del con
texto a la que son sensibles los procesos cognitivos. Entre dos
creencias rivales, es racional preferir, ceteris paribus, la más sen
cilla; de la misma manera, es también una característica de la
inteligencia práctica preferir el plan más sencillo entre dos pla
nes rivales para conseguir un objetivo. La imposibilidad de eli
minar el apelar a la simplicidad en el razonamiento científico es
algo prácticamente axiomático. Pero podría parecer igualmen
te claro que comparar la simplicidad relativa de unas creencias
o unos planes de acción posibles forma parte del razonamiento
en las decisiones diarias sobre lo que uno debe pensar o hacer,
Rube Goldberg se ganó la vida con ello. Sus máquinas son di
vertidas porque encuentran formas complicadas de resolver
problemas simples.
Estamos dando por supuesta la vigencia de la TCM; por
tanto, si la valoración de la simplicidad ha de desempeñar una
función causal en los procesos mentales, la simplicidad/com
plejidad 3 de los planes/teorías 4 deberá sobrevenir a la sintaxis
délas correspondientes representaciones mentales. Si la expli
cación del conocimiento dada por Turing es correcta, la sim
plicidad ha de corresponder a un parámetro sintáctico de las
representaciones mentales lo mismo que cualquier otra impor
tante propiedad intencional de los pensamientos. Ahora bien,
podemos imaginar, de hecho, que la sintaxis de una representa
ción mental puede determinar su simplicidad en algunos casos
muy reglamentados. Suponiendo, por ejemplo, que las repre
sentaciones mentales son objetos parecidos, más o menos, a
oraciones, podríamos suponer que cada una de ellas posee una
simplicidad Intrínseca determinada, por ejemplo, por el nú
mero de representaciones constitutivas que contiene5. (La idea
de que el gato está sobre el ordenador sería, así, más sencilla
que la de que el gato duerme sobre el ordenador; lo cual parece
cierto, dentro de unos límites). La simplicidad de una teoría
podría ser, en tal caso, la suma de la simplicidad intrínseca de
las creencias que la constituyen; y elegir la teoría más sencilla
entre todas las posibles se reduciría a una operación aritmé
tica 6. Pero es evidente que nada de esto se puede suponer en
general. En general, el efecto que tiene sobre la simplicidad de
una teoría añadirle un nuevo pensamiento depende del contex
to. Esto es algo evidente, aunque sólo sea por la consideración
de que el propio pensamiento que sirve para complicar una
teoría puede servir para simplificar otra.
Pensemos, para el caso de una teoría particular a la que
añadimos un pensamiento, en la simplicidad de dicho pensa
miento como lo que determina hasta qué punto complica
(/simplifica) esa teoría. En ese caso la simplicidad es una pro
piedad intrínseca (es decir, indep end ien te d e l con tex to) de los
pensamientos si, y sólo si, cada uno de ellos contribuye a un in
cremento (/disminución) de la simplicidad general de cual
quier teoría a la que la añadimos. Sin embargo, es muy palma
rio que, según este criterio, la contribución de un pensamiento
a la determinación de la simplicidad de una teoría no es inde
pendíente del contexto. Más bien, el efecto que tenga la adi
ción de una nueva creencia sobre la simplicidad general de las
anteriores convicciones epistémicas de uno dependerá de cuá
les fu eran esas an teriores con viccion es ep istém ica s1. Ajustar una
o dos regresiones planetarias no requiere apenas una sincroni
zación de la astronomía cuando se tienen convicciones helio
céntricas; pero complicaría notablemente nuestra astronomía
geocéntrica hasta impedirle subsistir.
Lo mismo se puede decir sobre la función de la simplicidad
en el razonamiento práctico. La idea de que mañana no correrá
viento complica de manera importante nuestros planes si te
níamos intención de navegar a vela hasta Chicago, pero no si
nuestro proyecto era ir allí en avión, en coche o andando. Pero,
por supuesto, la sintaxis de la representación mental que ex
presa el pensamiento mañana no correrá v ien to es la misma, al
margen del plan que le añadamos. En resumidas cuentas: la
complejidad de un pensamiento no es algo intrínseco; depende
del contexto. Pero la sintaxis de una representación constituye
una de sus propiedades esenciales y, por tanto, no cambia
cuando la representación se transfiere de un contexto a otro.
Entonces, ¿ cóm o podrá sobreven ir a su sintaxis la simplicidad de
un pensam iento, según lo requiere —recordémoslo—la TCM?
La aportación de un pensamiento en la determinación de la
complejidad de una teoría depende del contexto; creo que ya
lo he dicho. Quiero recalcar que entre las propiedades relació
nales de un pensamiento no está sólo el truismo de su aporta
ción, sea la que fuere, a la complejidad de una teoría que lo
contiene. Agradezco al profesor Paolo Casalegno haberme su
gerido la siguente preciosa manera de ilustrar esa distinción:
pongamos que un texto es «globalmente impar» si contiene un
número impar de palabras, y «globalmente par» en el caso con
trario, y consideremos que la aportación de la oración «Juan la
ama» contribuye a determinar si un texto que la contiene es
globalmente impar. Pregunta: ¿ es esta aportación d ep end ien te
d e l contex to? Es posible que el lector se sienta inclinado a de
cir: «Sin duda que lo es, pues sí un texto determinado tiene un
número impar de palabras, añadir “Juan la ama” hace global
mente par el texto resultante; mientras que si el texto tiene un
número par de palabras, añadirle “Juan la ama” lo hace global
mente impar».
Pues no. No hay duda de que la consideración que acaba
mos de plantear muestra que la contribución de «Juan la ama»
alos textos a los que añadimos esta frase es una propiedad rela-
monal. Pero, puestos a ello, se trata de una propiedad relacio
na! in d ep end ien te d e l contex to. La oración contribuye con la
misma aportación, tanto si el texto al que la añadimos es glo-
fealmente impar como globalmente par; en ambos casos, aporta
e l núm ero d e palabras que con tien e. Y, por supuesto, el hecho
de contener el número de palabras que contiene es una propie
dad sintáctica —y, por tanto, esencial— de una oración, por lo
que no depende del contexto. Lo dependiente del contexto no
es qué aporta una sentencia a la determinación de la imparidad
global de un texto sino, más bien, el resultado de la aportación
con la que contribuye a determinar la imparidad global de un
texto (véase nota 7). En algunos contextos, el resultado de aña
dir tres palabras es un texto globalmente impar; en otros, no.
Así pues, volviendo a la línea principal de la disquisición,
las representaciones aportan las mismas estructuras sintácticas,
al margen del contexto al que las añadamos; pero los pensa
mientos no aportan el mismo grado de complejidad a cualquier
teoría a la que los añadamos. Por tanto —y ésta era mi pregun
ta—, ¿cómo puede sobrevenir la simplicidad de un pensamien
to a la sintaxis de una representación mental? La pregunta era
retórica; a primera vísta da la impresión de que no pude.
Esto es lo que h em os dicho hasta aquí: una parte de las fun
ciones cognitivas de un pensamiento está determinada, proba
blemente, por propiedades esenciales (en concreto, sintácticas)
de la correspondiente representación mental; los efectos de la
forma lógica de un pensamiento sobre su función en las deduc
ciones demostrativas son paradigmáticos, y la historia contada
por Turing acerca del carácter computacional del conocimien
to funciona especialmente bien en este tipo de casos. Pero pa
rece como si algunos determinantes de la función que desem
peña un pensamiento en los procesos mentales no encajasen en
este paradigma; en particular, no parecen hacerlo las propieda
des de un pensamiento sensible a los sistem as d e creen cia en
que se inserta.
Las inferencias en las que las características de una teoría
de inclusión afectan a las funciones a la vez deductivas-y-cau-
sales de sus creencias constitutivas son lo que los filósofos lla
man a veces «inferencias globales», «abductivas», «holísticas»
o «para una mejor explicación». A partir de ahora, utilizaré es
tos términos de forma más o menos intercambiable. Lo que tie
nen de común desde el punto de vista de la E(TMC) es que se
trata de ejemplos basados en presunciones en los que los deter
minantes de la función computacional de una representación
mental pueden pasar de contexto a contexto; así pues, la fun
ción computacional de una representación mental no está de
terminada en ellos por sus propiedades individuantes; y en
ellos, por tanto, la función computacional de una representa-
eión mental no está determinada por su sintaxis. Es decir: lo
que tienen en común desde el punto de vista de la EÍTMC)
es que son contraejemplos basados en presunciones.
-PARTE III: SINTAXIS «INTERNA» Y «EXTERNA»
A primera vista, la línea de pensamiento que he venido siguien
do parecería demostrar que algunos determinantes de la fun
dón causal/ínferencial de un pensamiento no son sintácticos.
Por tanto, parecería demostrar que algún tipo de pensamiento
no es computacional. Pero —esto va en cursiva— no lo dem ues
tra. Lo que demuestra es más bien la importancia de una ambi
güedad que acecha en las formulaciones informales de la idea
de que la función causal de una representación mental está sin
tácticamente determinada. La E(TCM) lo entiende como una
afirmación de que la función causal de una representación
mental está determinada por su sintaxis; es decir, por su estruc
tura constitutiva; es decir, por las propiedades sintácticas que
posee la representación en virtud de sus relaciones con sus par
tes; es decir, por las propiedades sintácticas «locales» que las
representaciones poseen esencialmente. Lo que acabamos de
ver es que entender así la expresión «sintácticamente determi
nado» pone en un aprieto a la E(TCM) con los efectos de la
globalidad en el procesamiento mental. Sin embargo, hay otra
manera más liviana de entender la expresión «determinación
sintáctica», compatible con el mantenimiento de la idea básica
de que los procesos mentales son computaciones. Considere
mos, por tanto, lo que llamaré Teoría Computacional Mínima
de la Mente, la M(TCM).
M(TCM): La fun ción de una representación m ental en los procesos
cogn itivos sob rev ien e a algunos h echos sintácticos o de otro tipo.
Observemos que, hablando estrictamente, la M{TCM) es
compatible con todo cuanto he dicho hasta el momento sobre la
importancia de la globalidad, la abducción y otras características
similares en la vida de la mente cognitiva. Por ejemplo, aunque
parece claro que la simplicidad no es una propiedad intrínseca
de una representación mental y, por tanto, no sobreviene a la sin
taxis de esa representación, todavía está abierto si la simplicidad
es, a pesar de todo, una propiedad sintáctica8. Todo cuanto se
requiere, según la M(TCM), es que, dada la sintaxis d e la repre
sentación R y d e otras representaciones en la teoría incluyen te T, la
simplicidad de R respecto a T esté determinada plenamente. En
efecto, de acuerdo con esta exposición poco rigurosa de la deter
minación sintáctica, el hecho de que la simplicidad sobrevenga a
las propiedades sintácticas, p ero relaciónales, de las representa
ciones mentales estaría en consonancia con la idea de que la
mente es un ordenador. {Como ocurre con los efectos de una
oración sobre la imparidad global de los textos que la conten
gan; véase más arriba). Lo mismo vale, mutatis mutandis, para
otros factores de la cognición que son globales a primera vísta9.
Así, suponiendo que es correcta en lo demás, la M(TCM)
nos ofrece una explicación de qué significa que los procesos
mentales sean sintácticos, es decir, compatibles con el hecho de
tener determinantes globales. Muy bien. Por otra parte, si la
M(TCM) tiene algún fallo, en el caso de que haya realmente
factores globales en el conocimiento, toda esta cuestión de la
Nueva Síntesis se hallará gravemente comprometida.
En realidad, así es como yo veo en gran medida la situación
actual. Quisiera analizar algunas consideraciones que, en mi
opinión, hacen probable este diagnóstico.
La primera dice así: la M(TCM) es suficientemente buena
como para salvar la idea de que las mentes son «equivalentes en
datos de E/S [entrada/salida (input/output)]» a las máquinas
de Turing, puesto que si una relación es sintáctica, entonces al
gún tipo de máquinade Turing podrá computarla10. Pero hay
un sentido claro en que la M(TCM) no es lo bastante buena
como para salvar la probabilidad psicológica del cuadro pre
sentado por Turing acerca del funcionamiento de la mente. En
efecto, lo que las computaciones clásicas añaden a una repre
sentación está determinado, por definición, no sólo por algu
nas de sus propiedades sintácticas, cualesquiera que sean, sino,
m particular, por su estructura constitutiva, es decir, por la ma
nera en que la representación está constituida por sus partes.
Como lo que tenemos en la mente es este tipo de hecho sintác
tico, damos por supuesto que la sintaxis de la representación
¿stá disponible ipso fa d o para las computaciones a las que la
representación proporciona un ámbito. Es de suponer que
cualquier cosa que tenga acceso a X tendrá, por la misma ra
zón, acceso a sus partes. Pero, una vez más, hay un cúmulo de
hechos sintácticos relativos a cada una de las representaciones
que no se identifican con los comprendidos por su estructura
constitutiva; en concreto, hay un cúmulo de hechos referentes
a sus relaciones sintácticas con otras representaciones. Ade
más, por un lado, esos hechos no son accesibles ipso fa d o a
computaciones a las que la representación proporciona un ám
bito; y, por otro, ciertas consideraciones sobre globalidad dan a
entender que podrían ser esenciales para determinar cuál es el
comportamiento de la representación en el proceso cognitivo.
Esta última observación podría parecer incompatible con
la evidencia anteriormente señalada según la cual (en el sentido
de la nota 10) las máquinas de Turing pueden computar cual
quier dato sintáctico. De ser así, algo grave habría fallado, por
supuesto, en el argumento. Pero, pensándolo bien, no es así.
La cuestión gira en torno a una distinción fácilmente pasada
por alto entre una aseveración que garantizaría la M(TCM) —a
saber, que las mentes equivalen a máquinas de Turing— y otra
que podría muy bien ser falsa aunque la M(TCM) fuera verda
dera —a saber, que la arquitectura cognitiva es una arquitectu
ra clásica de Turing, es decir, que la mente es, curiosamente,
como una máquina de Turing—. El hecho de que estas asevera
ciones sean fáciles de refundir es, quizá, el motivo de que tan
tos científicos del conocimiento den por supuesto que la Nue
va Síntesis deb e ser cierta.
Supongamos que S es una relación sintáctica entre R y una
teoría incluyente T, pero que no está constituida por la estruc
tura constitutiva de R. En tal caso, un ordenador no podrá
«ver» 5, por así decirlo, sí únicamente puede dirigir su mirada
a la sintaxis interna de R. Sin embargo, esto no importa para el
principio de que cualquier relación sintáctica puede ser reco
nocida por una máquina de Turing. Ello se debe a que siempre
es posible reescribir R como una expresión formada por la
unión entre R y las partes pertin en tes d e T. En tal caso, S será
una propiedad sintáctica «interna» de la expresión más larga
resultante y, por tanto, «visible» para las computaciones a las
que la última expresión proporciona un ámbito. Si, en el peor
de los casos, resultara que cualquier propiedad sintáctica defi
nible sobre T puede afectar a la función computacional de R,
no pasaría nada; bastaría con suponer que la expresión más
breve sobre la que se definen las computaciones en cuestión es
la totalidad de T, incluida R.
Así, la aseveración de que las propiedades cognitivamente
pertinentes de una representación mental sobrevienen a su sin
taxis no limitaría la capacidad de las mentes más allá de lo que
ya está implícito al afirmar que las propiedades cognitivamente
•pertinentes son sintácticas, Pero se trata de un magro consuelo
para la tesis de que la arquitectura del conocimiento es una ar
quitectura clásica, ya que, en el caso típico, es enormemente
probable que las representaciones sobre las que se definen en
¿realidad los procesos mentales sean m ucho más breves que una
teoría completa. O, por decirlo de manera un poco distinta, tie
n e que ser posible determinar con exactitud razonable las re
percusiones de admitir una nueva creencia relativa a anteriores
convicciones epistémicas sin que haga falta examinar esas con
vicciones en su totalidad. Una teoría com pleta no puede ser una
unidad de computación, como tampoco puede ser una unidad
de confirmación, aserción o evaluación semántica u. La totali
dad de nuestras convicciones epistémicas es un espacio desm e
suradam ente amplio para emprender una búsqueda, sí todo
cuanto tenemos que hacer es entender si no sería sensato llevar
paraguas, puesto que hay nubes. De hecho, la totalidad de
nuestras convicciones epistémicas es un espacio desmesurada
mente amplio como para buscar cualquier cosa que intentemos
entender.
Diré de paso que considero esto como una obviedad no
sólo psicológica sino también epistemológica. No se trata sólo
de que una teoría completa es, por lo general, demasiado ex
tensa como para contemplarla por todos los lados —demasia
do extensa como para pensar en toda ella de una vez—. Se tra
ta también de que se puede, se debe exigir y, en general, se
exige realizar una valoración confirmatoria respecto a objetos
mucho menos complejos que la totalidad de nuestras convic
ciones cognítivas. Los epistemólogos ignoran a veces esta ob
viedad; quizá razonan consigo mismos de la siguiente manera:
«Duhem y Quine tenían razón al decir que, en un sistema de
creencias, las consideraciones pertinentes a las valoraciones
epistémicas racionales pueden provenir de cualquier parte. En
consecuencia, pues, los sistemas totales de creencias deberán
ser así mismo unidades de confirmación. Habrán de ser, por así
decirlo, las cosas más pequeñas para las que se definen propie
dades como la de ser (in va lidado» 12. O, quizá, no se lo digan
de este modo sino que, simplemente, se deslícen de la premisa
a la conclusión sin darse cuenta. Sospecho que el propio Quíne
debió de hacerlo bastante a menudo.
Sin embargo, las dos aseveraciones parecen ser muy dife
rentes, al menos a primera vista. A primera vista, al menos, una
cosa es saber cuáles son las cosas más «pequeñas» para las que
se definen propiedades como la de «ser (in)confirmable» y
otras similares, y otra muy distinta qué consideraciones pueden
decidir sí una cosa de ese (o de otro) tamaño no es confirmada.
El hecho de que estas consideraciones (no)confirmadoras pue
dan «provenir de cualquier parte en una teoría» no es, ni si
quiera en principio, un argumento a favor de que las cosas más
pequeñas (no)confirmadas deben s e r teorías. Ahora que lo
pienso, ¡al diablo la con firm ación !; las consideraciones que de
ciden si un sistema de creencias es deductivamente coherente
pueden «provenir también de cualquier parte de la teoría». De
ello no se sigue, y tampoco es verdad, que la totalidad de nues
tras creencias sea la unidad mínima de convicción epistémica
cuya coherencia se pueda afirmar o negar.
Para lo que aquí merece la pena, podría haber pensado que
la unidad de confirmación típica es un juicio según el cual un
determinado individuo posee una determinada propiedad.
Esto es, por decirlo así, la cosa menor que puede ser verdad,
por lo que sería de esperar en cierto modo que fuera lo mínimo
susceptible de confirmación. Sin embargo, el razonamiento de
Duhem/Quine sobre la globalídad de la pertinencia tiene que
ver con algo muy diferente: a priori, no podemos decidir cuál
de nuestras creencias influye en la valoración de alguna otra, ya
que la pertinencia de una cosa respecto a otra depende de su si
tuación contingente en e l mundo. Lo cual depende a su vez de
afano organizó Dios el mundo.
; Sin embargo, aunque está muy bien encaminado, este argu
mento epistemológico es marginal. Este es el punto al que he
mos llegado de momento respecto a la ciencia cognitiva: los
efectos que las características globales de los sistemas de creen
cias parecen tener sobre ios procesos cognitivosplantean un
problema a la explicación computacional clásica de la arquitec
tura mental —ello sigue siendo cierto aun suponiendo que todas
las características globa les d e los sistemas de creen cias que tienen
esa clase d e e fe c to s son sintácticas—. En principio, la M{TCM)
permite [a diferencia de la E(TCM)] que las inferencias abduc-
tivas sean computaciones, es decir que las inferencias abducti-
vas estén guiadas sintácticamente de manera exhaustiva. Así, la
Mente es equivalente a una máquina de Turing tanto según la
E(TCM) com o según la M(TCM). Pero, según es sabido, la teo
rización psicológica clásica sólo puede aprovechar esta escapa
toria a costa de un holismo ruinoso; es decir, asumiendo que las
unidades de pensamiento son mucho mayores de lo que en rea
lidad podrían ser. No creo que nada de esto resulte sorpren
dente. Me parece que, en el fondo, todos los especialistas en
ciencia cognitiva saben perfectamente que las arquitecturas
cognitivas clásicas se enfrentan a un sinnúmero de problemas
al elaborar inferencias abductivas, y que ninguna considera
ción general sobre la equivalencia con máquinas de Turing re
suelve la cuestión de si pueden actuar así. El objetivo del análi
sis expuesto hasta aquí ha sido dejar en claro cuál es la fuente
de este inconveniente.
En este momento nos hallamos próximos a ver por qué es
probable que una psicología de tipo «turingiano» es rehén de
la tesis de la modularidad masiva y, por tanto, cómo encaja la
tesis de la modularidad masiva en el resto de la explicación del
conocimiento propuesta por la Nueva Síntesis.
Volveremos enseguida a tratar todo esto. Antes, sin embar
go, quisiera desarrollar otro ejemplo de lo que parece ser un
asunto muy similar al que nos ha llevado el debate sobre la sim
plicidad.
PARTE IV: CONSERVADURISMO
La gente prefiere, por supuesto, ser conservadora. En igualdad
de condiciones, nos gustaría no cambiar nunca de planes o
creencias Ij. De la misma manera, si no hay más remedio que
cambiarlas, preferiríamos hacerlo descartando el menor núme
ro de las que están asentadas. Al margen de los errores de los
conservadores en general, el conservadurismo epistemológico
es un componente de la racionalidad. No querer cambiar de
opinión a menos que nos veamos obligados a hacerlo forma
parte del deseo de no mantener creencias para las que no ten
gamos motivos.
Pero, ya a primera vista, podemos esperar que haya proble
mas para reconciliar el conservadurismo racional respecto a la
revisión de las creencias con la explicación sintáctica de los
procesos mentales según las interpreta la E(TCM). Voy a decir
por qué: en un primer planteamiento, el conservadurismo pre
fiere el cambio de teoría que renuncia al m enor núm ero de las
anteriores convicciones cognitivas. Pero tal cosa no puede ser
literalmente correcta puesto que algunas creencias cuentan, in
dudablemente, más que otras. Según cualquier punto de vista
remotamente adecuado, el conservadurismo exige que el coste
epistemológico de un cambio de teoría varíe como suma pon-
¿erada de las convicciones epistémicas que se abandonan en el
cam bio. Ahora bien, es muy probable que este mismo ponde
jar dependa, evidentemente, de la teoría; es decir, que la cuan
tía del coste de abandonar una creencia dependa de cuál sea la
teoría en que esté incluida14.
Siguiendo a Quíne, doy por supuesto que es característico
que los distintos constituyentes de una teoría muestren dife
rentes grados de centralidad. Al igual que muchas nociones in
teresantes (y, sin duda, al igual que muchas nociones epistemo
lógicamente interesantes), la centralidad es, más o menos,
indefinida por lo que respecta a su alcance. Pero supongo que
se trata de una intuición clara y que, de acuerdo con las exigen
cias planteadas en su terreno, no es tendenciosa: las teorías es
tán comprometidas de manera desigual con sus diversas impli
caciones. En el caso típico, con unos ligeros arreglos y ajustes,
algunas de las aseveraciones respaldadas por una teoría se pue
den abandonar sin grave daño para sus principales intuiciones.
En cambio, otras encarnan la sustancia misma de la teoría; si
las abandonamos, no queda nada que arreglar o ajustar. Es ob
vio que el conservadurismo racional ha de ser sensible a este
tipo de diferencia, por lo que deberá recomendar mantener el
mayor número posible de convicciones epistémicas; y, en igual
dad de condiciones, cuanto más central sea una convicción,
tanto más recomendará el conservadurismo su mantenimiento.
Esto, según digo, no es especialmente tendencioso; además, de
momento, es indiferente el que la revisión de una creencia pue
da o no ser un proceso computacional tal como entiende esta
noción la E(TCM). Pero el siguiente paso se topa con el pro
blema: la centralidad es por s i misma sensib le a l contexto. Una
consecuencia típica del cambio de teoría es la alteración de la
centralidad relativa de las creencias que sobreviven al cambio,
de modo que lo que parecía enormemente importante mante
ner antes de la revisión de la teoría podría ser absolutamente
marginal para ella una vez revisada; o viceversa.
Hay, sencillamente, tropecientos ejemplos de este caso; una
función típica de las teorías es adjudicar (aunque sólo sea de
manera implícita) la centralidad relativa de sus propias convic
ciones. Fijémonos, por ejemplo, en la observación —suficien
temente fiable dentro de sus limitaciones— de que los cuerpos
en caída libre se aceleran en proporción a su peso. Es fácil su
poner —y de hecho los físicos suelen suponerlo— que sostener
esta generalización es un dato forzoso e inapelable de la mecá
nica. Al margen de cualquier otra cosa que deba hacer la me
cánica, debe a l m enos dar razón de la observación de que las
plumas suelen caer más despacio que las piedras. Pues bien,
aunque es propio de las plumas caer más lentamente que las
piedras, actualmente pensamos que se trata de un efecto de in
teracción y que, por tanto, no es una generalización central de
la mecánica; a fortiori, pues, no derivará directamente de las le
yes de la mecánica básica. Pasar de una mecánica centrada en
el peso a otra centrada en la masa equivale, por tanto, a degra
dar la centralidad de esas generalizaciones respecto al peso que
haya que salvaguardar. A diferencia de la antigua mecánica, la
nueva se puede permitir mostrarse muy displicente respecto a
los cálculos sobre los efectos típicos del peso en la aceleración.
En cambio, está comprometida a defender con uñas y dientes
los cálculos sobre las relaciones entre masa y fuerza.
Las apreciaciones respecto a la centralidad se ven afectadas
por la teoría. Antes era muy importante no equivocarse respec
to a las propiedades superficiales de las sustancias. Por ejem
plo: como la afirmación de que los metales son por sí mismos
sólidos se consideraba un principio central de una buena taxo
nomía química, parecía muy importante que el mercurio no
fuera un metal. Pero resultó que, en definitiva, el mercurio,
aun siendo líquido, era, por supuesto, un metal. No obstante,
también resultó que se trataba de un asunto sin importancia,
pues el estado líquido de un metal depende de la temperatura
gmbíente.
La generalización que atribuye a los metales la caracterís
tica de la solidez (a temperatura ambiente) es aparentemen
te verdadera, como lo es la de que la aceleración de los cuer
pos en caída es característicamente proporcional a su peso.
que ocurre en ambos casos es, sencillamente, que el rigor
con que una teoría preserva estas generalizaciones resulta no
ser muy importante para su valoración. Vemos, por ejemplo,
que una buena teoría puede (en realidad, debe) permitir per
fectamente que esas generalizaciones tengan excepciones. Fi
jémonos, además, en este dato: lo que nos enseña que nues
tras anteriores apreciaciones sobre la centralidad eran
erróneas es nuestra química (/mecánica) revisada —la nueva
teoría incluyente.
■ Aquí, allá y en cualquierlugar, el cambio de apreciación
sobre la centralidad forma parte del cambio teórico. Así, las
apreciaciones sobre qué creencias tienen un gran valor y cuáles
poseen un valor escaso en el momento de calcular el conser
vadurismo de un cambio teórico han de ser sensibles al con
texto 15. Pero las propiedades sintácticas de las represen
taciones, según entiende este concepto la E(TCM), no son
Sensibles a las teorías y no pu eden cambiar con un cambio de
contexto. Volvemos así al punto donde nos dejó el debate so
bre la simplicidad. Es posible que la centralidad se calcule en
función de tal o cual relación sintáctica entre una creencia y
una teoría que la incluya; de ser así, hay una garantía de que
existe una manera clásica de computarla. Aquí, como en cual
quier parte, suponer la verdad de la M(TCM) no garantiza la
existencia de una equivalencia entre las mentes y las máquinas
de Turing. Sin embargo, aun admitiendo la M(TCM), el único
método garantizado de computar de manera clásica una pro
piedad sintáctica-pero-global es la que considera la totalidad
de las teorías como ámbitos computacionales, una opción nada
realista como modelo psicológico. El resultado final es, una vez
más, que el efecto (aparente) de las (aparentes) propiedades
globales del conocimiento pone en entredicho la explicación
clásica de la arquitectura de los procesos cognitivos, incluso
aceptada la M(TCM). Y la Nueva Síntesis dice lo mismo que la
explicación clásica.
Con esto es suficiente. En el próximo capítulo examinare
mos algunos de los medios utilizados por los científicos del co
nocimiento para evitar enfrentarse a los problemas que la glo-
balidad, la abducción y otras cuestiones similares plantean a la
TCM. Intentaré convencer al lector de que la tesis de la modu
laridad masiva se puede considerar verosímilmente uno de esos
medios; en concreto, que se trata de una estrategia para seguir
manteniendo la tesis de que los procesos mentales están de
terminados en gran medida por propiedades loca les de repre
sentaciones mentales. En efecto, la TCM propone hacerlo así
negando su globalídad y su sensibilidad al contexto —o qui
tándole importancia de alguna manera—. Sin embargo, antes
de volver sobre esta cuestión, quiero hacer hincapié en que los
problemas planteados a la ciencia del conocimiento por la ab
ducción no son meramente fundacionales; al menos no lo son
si «meramente fundacionales» significa «meramente filosófi
cos». Al contrario, siguen presentándose de una forma u otra
en todo el campo de estudio. Para mayor desesperación de la
investigación empírica.
PARTE V: DONDE SE INSISTE EN QUE LA PRÁCTICA SIRVE PARA
COMPROBAR EL ESTADO DEL BIZCOCHO
Supongo que si, en general, nuestra ciencia del conocimiento
funcionara de verdad, sería perfectamente correcto vivir, sim
plemente, con las tensiones provocadas entre la idea de que los
procesos mentales son sintácticos y la de que son globales.
Pero hay buenas razones para afirmar que una gran parte de
esa ciencia funciona, en realidad, bastante mal y que sus fallos
se deben directamente al tipo de problemas que acabamos de
analizar: la teoría de que los procesos mentales son sintácticos
ieíerta al decir que la forma lógica tiene poderes causales;
pero, al hacerlo así, convierte en local la causación mental, y
esto no puede ser cierto en general.
: Por ejemplo, la incapacidad de la inteligencia artificial para
generar acertadamente simulaciones de competencias cogníti-
tas de sentido común normal y corriente es tristemente céle
bre, cuando no escandalosa. Todavía no contamos con la fabu
losa máquina capaz de preparar un desayuno sin pegar fuego a
la casa; ni con la que podría traducir inglés coloquial a italiano
coloquial; ni con la que conseguiría resumir un texto; ni siquie
ra con la que sería capaz de aprender algo más que generaliza
ciones estadísticas. (Una sorprendente peculiaridad del libro
de Pinker, en particular, es que comienza señalando lo irreme
diablemente lejos que nos hallamos de ser capaces de construir
un robot práctico, pero nunca explica cómo conciliar esa inca
pacidad nuestra con su tesis de que sabemos, más o menos,
cómo funciona la mente cognitiva).
Me parece que esa incapacidad sigue un patrón. Debido a la
sensibilidad al contexto de muchos parámetros de las inferen
cias abductivas cotidianas, es característico que no haya manera
de delimitar a priori las consideraciones que pudieran ser perti
nentes para evaluarlos. En realidad, se trata de un dilema cono
cido: una abducción fiable podría requerir, en un caso extremo,
utilizar todo el trasfondo de convicciones epistémicas para pla
nificar y fijar una creencia. Pero, en la práctica, las abducciones
factibles requieren que no se consulte, en realidad, más que un
pequeño subconjunto de las creencias de fondo pertinentes. La
cuestión de cómo realizar inferencias abductivas que sean a la
vez fiables y factibles es lo que en IA se denomina el problema
del marco. No hay duda de que esta pretensión es tendenciosa
(véase un análisis más detallado en Fodor, 1987), pero, debido
al problema del marco consistente en que nuestros robots no
funcionan, creo en su probabilidad. Al fin y al cabo, la mayoría
de los robots son máquinas computadoras. Así pues, si una gran
proporción de la cognición cotidiana es abductiva y si existen
tensiones intrínsecas entre abducción y computación, ¿por qué
habríamos d e esperar siquiera que nuestros robots funcionaran ?
El fracaso de nuestra IA es, en efecto, el fracaso de la Teoría
Computacional Clásica de la Mente en la obtención de unos
buenos resultados prácticos. La incapacidad de una teoría para
obtener unos buenos resultados en la práctica se parece mucho a
la incapacidad para predecir los resultados experimentales co
rrectos (en efecto, podría decirse que ésta es un caso particular
de aquélla). Por razones duhemianas bien conocidas, ninguna de
las dos demuestra de entrada que la teoría en cuestión sea falsa.
Pero, por otro lado, ninguna presagia tampoco nada bueno para
la teoría en cuestión. Si la experiencia de tales fracasos no man
tiene desvelado al lector es porque su optimismo respecto a sus
teorías es bastante mayor que el mío respecto a la mía.
Se suponía que el funcionamiento de la ciencia cognitiva
consistía en que los procesos sintácticos ponían en práctica le
yes intencionales. Si admitimos que las propiedades sintácticas
¿ e las representaciones que afectan a las computaciones son
ipso fa cto locales y esenciales, no deberá sorprendernos que la
explicación computacional funcione mejor para deducciones
del tipo P&Q —>P. Las deducciones que simplifican conjuncio
nes están medidas por relaciones causales entre las representa
ciones mentales que las expresan, y la representación mental
que expresa una creencia conjuntiva tiene representaciones
mentales de las conjunciones en tre sus constituyen tes sintácticos.
Por ahora, todo va bien. En realidad, muy bien, Pero resulta (y
esto, una vez más, no es, en definitiva, una sorpresa) que la sim
plificación de conjunciones no es el caso general. En general,
parece ser que, aun pudiendo ser exhaustivamente sintácticas,
ks propiedades de una representación que determinan su fun
dón a la vez causal-y-deductiva no necesitan ser locales ni in
sensibles al contexto. Tal como están las cosas actualmente, las
arquitecturas clásicas no conocen una manera fiable de recono
cer esas propiedades que no llegan a ser búsquedas exhaustivas
del trasfondo16 de compromisos epistémicos. Pienso que ésa es
k razón de que nuestros robots no funcionen.
Dado que todo esto es suficientemente palmario, el lector
puede pensar, quizá, que los especialistas en ciencia del conoci
miento deberían sentirse muy preocupados por las limitaciones
de la Teoría Computacional Clásica de la Mente. Hablando por
mí mismo, estoy medio muerto de preocupación. En realidad,
tne parece que una gran parte de este campo científico esobje
to de un profundo rechazo, estado sorprendentemente atesti
guado por la buena acogida que se presta en general a libros
como los de Pinker y Plotkin, Como es habitual, el mecanismo
característico del rechazo es la supresión. Los medios ideados
por la comunidad científica para no pensar en la función de
la inferencia abductiva en la fijación de creencias constituye la
materia del .siguiente capítulo.
3 . DOS MANERAS PROBABLES DE NO EXPLICAR
LA ABDUCCIÓN
Espero que el lector se muestre de acuerdo, al menos de mane
ra provisional, con las líneas arguméntales que he seguido en el
capítulo 2 ; y que, a la luz de las mismas, esté dispuesto a tomar
se en serio la existencia de una posible fisura de gran tamaño
en los cimientos de la arquitectura cognitiva de la Nueva Sínte
sis. De ser así, podría preguntarse razonablemente por qué los
especialistas en ciencia cognitiva no dedican más tiempo a preo
cuparse porque la Teoría Computacional de los procesos men
tales no funciona, quizá, para las inferencias abductivas. Hasta
donde puedo discernir, hay dos tipos de razones para ello: los
psicólogos a los que agrada la versión sintáctica de la computa
ción ofrecida por Turing suelen pensar que, aunque son inca
paces de dar forma a la determinación global de una deducción
racional ideal, pueden generar aproximaciones heurísticas lo
bastante buenas como para explicar las capacidades cognitivas
reales de la gente. Y los psicólogos a quienes desagrada la ver
sión sintáctica de la computación ofrecida por Turing suelen
preferir un modelo conectivista de la arquitectura cognitiva,
que, según piensan, no tiene dificultades de principio con los
efectos holísticos que se dan en el conocimiento. En realidad,
ésa suele ser a menudo la razón de su preferencia.
En cuanto a mí, me inclino a pensar que la Gallinita del
cuento tenía razón. La abducción es, realmente, un problema
tremendo para la ciencia cognitiva; un problema que no será
resuelto, probablemente, por ningún tipo de teoría como aque
llas de las que hemos oído hablar hasta ahora. El presente capí
tulo trata de por qué pienso que ni el planteamiento heurístico
ni el planteamiento conexionista de la abducción resultan pro-
metedores; luego, para terminar, estaremos en condiciones de
ver dónde encajan la modularidad y la psicología evolucio
nista1.
SOLUCIONES HEURÍSTICAS AL PROBLEMA DE LA ABDUCCIÓN
Una cosa es afirmar que los sistemas de creencias tienen pro
piedades globales a las que los procesos cognitivos óptimamen
te racionales deberían prestar atención, y otra muy distinta afir
mar que los procesos cognitivos humanos prestan realmente
atención a esas propiedades; es bien sabido que el conocimien
to humano se las compone con una racionalidad bastante me
nos que óptima. En tal caso, pudiera ser que el conocimiento
real existente en las cabezas reales alcanzara cierta apariencia
de éxito abductivo mediante aproximaciones locales a los pro
cesos globales; y, quizá, el problema de calcular esas aproxima
ciones se resuelva heurísticamente caso a caso. Una propuesta
así sería totalmente compatible con la idea de que el conoci
miento es computación, con tal de que el curso de los supues
tos cálculos heurísticos esté a su vez determinado sintáctica y
localmente.
Éste es, en realidad, el tipo de sugerencia respaldada a me
nudo por la bibliografía cuando se plantean cuestiones de glo-
balidad en el debate sobre lo que la inteligencia artificial deno
mina el «problema del marco». «El problema del marco» es el
nombre de un aspecto de la cuestión que se refiere a cómo con
f i a r una noción local de la computación mental con el aparen-
tg holismo de la inferencia racional; en particular, con el hecho
¿e que la información pertinente a la solución óptima de un
problema abductivo puede provenir, en principio, de cualquier
parte en la red de nuestras anteriores convicciones epistémicas.
pesde mi punto de vista, lo que hace tan difícil comprender el
conocimiento es, en buena medida, el problema del marco. La
pfeocia cognitiva sin la teoría sintáctica de la computación es
como una representación de Hamlet sin el Príncipe de Dina-
parca. Pero la ciencia cognitiva sin el problema del marco es
un Hamlet sin nadie más que Polonio. (El problema del marco
no aparece, sin embargo, en el índice de materias de los libros
ÚePinker y de Plotkin).
o Nuestra propuesta es, por tanto, que los procesos mentales
efectúan aproximaciones locales, heurísticas, de la determina
ción global de la inferencia abductiva. La objeción que se pue-
(fc hacer a primera vista a esta propuesta es que se trata de un
sugerencia circular, si las deducciones a las que se pide resolver
qué heurística se ha de utilizar son a menudo deductivas ellas
mismas. Y hay todo tipo de razones para pensar que suelen ser
te. Si es difícil representar el efecto de las consideraciones glo
bales en la resolu ción de un problema, es igualmente difícil, en
general, hacerse una idea del efecto de las consideraciones glo
bales sobre la decisión d e cóm o resolverlo. Esto no tiene, proba
blemente, nada de sorprendente, pues decidir cómo resolver
IW problema es, por supuesto, una especie de solución del pro
blema.
<. Supongamos que no tengo claro si, a fin de cuentas, dada
lá situación actual del mercado, sería o no razonable invertir
en futuros de venta de patatas2, A continuación es probable
que siga estando igual de confuso sobre cóm o decid ir si, a fin
de cuentas, dada la situación actual del mercado, no sería ra
zonable invertir en futuros de venta de patatas. Y si hay moti
vos para suponer que las inferencias abductivas tienen a me
nudo una función decisiva al pensar en el primer tipo de
cuestión, es muy probable que existan iguales razones para su
poner que la abducción desempeña a menudo una función de
cisiva al pensar en el segundo. Observemos, en particular, que,
si la función de una información en la decisión de comprar o
no patatas d ep en d e d e l con tex to, es probable que la función
que desempeña la información en la decisión de cómo decidir
si se compran o no patatas dependa también, probablemente,
del contexto. Se trata de un asunto importante, ya que la de
pendencia del contexto y la globalidad son dos caras de una
misma moneda. Decir que un tipo de inferencia es global
equivale a decir, entre otras cosas, que no hay límites al grado
d e contex to ep istém ico que puede afectar a la racionalidad de
su deducción.
Me dicen quejones me aconseja comprar patatas; así pues,
por razones prácticas, mi pregunta sobre si es sensato que las
compre se reduce a la cuestión de si es sensato obrar según los
consejos de Jones. Pero el peso que debería atribuir al propio
consejo de Jones depende mucho del contexto. Si, por ejem
plo, se trata del Dow Jones, podría ser muy importante el hecho
de hallarnos en un contexto financiero. La decisión de aceptar
el consejo de Jones depende, en todos los sentidos, de cuáles
sean mis anteriores creencias sobre Jones, de la misma manera
que la decisión de comprar o no patatas depende, en todos los
sentidos, de mis anteriores creencias respecto al mercado. No
hay nada que indique que los determinantes de un proceso
cognitivo fiable son progresivamente globales, es decir, cada
vez menos dependientes del contexto, a medida que se ascien
de en esta jerarquía de toma de decisiones.
Voy a proponer ahora una breve digresión metodológica
cuyo interés se evidenciará —así lo espero— en cosa de un pá
rrafo.
.,. En realidad, hay dos tipos de explicación psicológica com
putacional: el computacional en sentido estricto y el arquitectó
nico. En términos generales, se podía pensar que las que llamo
«explicaciones computacionales en sentido estricto» muestran
derivaciones —seríes causales de representaciones mentales—
cuya última línea suele ser una especificación del comporta
miento que se trata de explicar \ Mientras que, por el contra
rio, las que denominoexplicaciones «arquitectónicas» respon
den a preguntas sobre cómo —mediante qué proceso causal—
pasa la mente de una línea a la siguiente en esa clase de deriva
ción. La cuestión que ahora nos preocupa es que las explicacio
nes arquitectónicas son indispensables para cualquier teoría
que esté de acuerdo con las explicaciones computacionales en
sentido estricto. Las consideraciones pertinentes son muy pa
recidas a las planteadas por el famoso debate entre Aquiles y la
tortuga. Como son conocidas y constituyen un terreno muy co
mún entre los científicos del conocimiento, no las trataré aquí
en detalle. Baste con decir, a modo de ejemplo, que, para un
adecuado funcionamiento de una computadora clásica, puede
ser a menudo importante ir de las premisas a la conclusión en
un argumento de modus ponens, La razón de que pueda hacer
lo así, a pesar de la tortuga, es básicamente la siguiente: dada
Una derivación que incluya fórmulas con la forma A y A ® D, la
extracción de B se realiza automáticamente mediante un pro
ceso arquitectónico (en concreto, no requiere más premisas o
derivaciones), s i Ay B son expresiones primitivas.
Y aquí viene el asunto de la digresión: para que haya solu
ciones heurísticas a los problemas sobre qué hacer o creer, tie
ne que haber algo que decida qué heurística se ha de utilizar
para resolverlos. Y mientras se acepte el marco general de Tu-
ring y no sea una opción la postulación de procesos globales
cognitivos genuinos, sólo habrá dos posibilidades. O bien esas
decisiones de orden superior se toman de forma computacio
nal (es decir, localmente), o bien no computacional y automáti
camente (es decir, como consecuencia causal de la manera en
que las representaciones mental particulares interactúan con la
arquitectura cognitiva). Estas dos opciones son las únicas con
cordantes con la hipótesis de que las computaciones son ipso
fa cto locales y que la distinción «computacional/arquitectóni
co» es exhaustiva.
Ahora bien, está suficientemente claro por qué no es posi
ble la primera opción en función de las hipótesis actuales: su
ponemos que la inferencia abductíva genuina se ve envuelta a
menudo en la elección de una heurística para resolver proble
mas; pero las inferencias abductivas genuinas son no locales y,
por tanto, no computacionales por definición. Pero la segunda
opción sigue todavía disponible y es razonable que queramos
saber qué hay de malo en ella. Lo más que hemos conseguido
hasta aquí es tener un motivo para dudar de que la versión clá
sica pueda ofrecer una explicación «computacional en sentido
estricto» del papel de la abducción en los procesos cognitivos.
Pero ¿por qué no habría de proponernos una versión que dé
cabida a la inferencia global en la arquitectura?
Pues bien: no lo hace porque, en los modelos clásicos, to
dos los procesos arquitectónicos son locales, exactamente igual
que las computaciones. Es decir, que ningún proceso de ese
tipo es sensible a las propiedades globales de los sistemas de
creencias. Más bien, son (o se reducen a) operaciones definidas
sobre símbolos pertenecientes al prim itivo vocabulario del len
guaje en que computa la máquina (son operaciones como, por
ejemplo, la de escribir un símbolo primitivo, borrar un símbolo
primitivo, etcétera). El efecto, por decirlo una vez más, es que
"'golas máquinas clásicas los procesos arquitectónicos básicos,
j|igual que los procesos computacionales básicos, son locales;
¿ jesponden (sólo) a la identidad y disposición de representacio
nes primitivas.
o' En cambio, el problema de la globalidad es, por supuesto,
parece ser un proceso mental —arquitectónico, computa-
«onal o de ambos tipos, ¿quién lo sabe?— que responde a pro
piedades o sistemas de creencias (irreductiblemente) no locales;
jf,nosotros no entendemos cómo funcionan esos procesos. No
«tendemos cómo un proceso computacional o un proceso ar-
^aítectónico psicológicamente verosímiles pueden ser raciona
les (por ejemplo, en el sentido de salvaguardar fiablemente la
#erdad) y no reducíbles a operaciones locales. En concreto, lo
que he estado esforzándome por decir es que Turing no p reten
día siquiera responder a esta pregunta: lo que quería era mos
trar cómo pueden ser racionales unos procesos que son o com-
putacionales o arquitectónicos (o ambas cosas), sí se reducen
m alm ente a operaciones locales. Eso es lo que hace de la psico
logía de Turing una especie de psicología clásica, y viceversa.
El acento está puesto aquí en que, sí bien la versión clásica
no nos ofrece una reconstrucción de la noción de proceso ar
quitectónico global, el hecho de pensar que pudiera existir al-
guna no tiene nada de rebuscado4. Es evidente que un número
indefinido de propiedades de una representación mental (o de
alguna otra cosa) no se reduce (ni siquiera sobreviene) a la
identidad y disposición de sus partes primitivas. Un ejemplo de
dio consistiría en ser el primer caso de ese tipo de representa
ción mental desde Navidad. Así, si una determinada operación
es aplicable a una representación mental en función de si es o
no la-primera representación de su tipo desde Navidad, enton
ces, estrictamente hablando, esa operación no será com putado-
nal o arquitectónica de acuerdo con la reconstrucción de estas
nociones ofrecida por la teoría clásica, (El ejemplo no tiene
nada de fantástico; invitamos a los lectores del Reino Unido a
pensar en las consecuencias cognitivas generalizadas y deleté
reas de las depresiones sufridas a raíz delBoxing Day*).
Entonces, ¿por qué los defensores de la teoría clásica (o
cualquier otra persona) no se inquietan ante la posibilidad
de unos procesos mentales que se ven afectados por el tiem
po transcurrido desde de Navidad? La respuesta es eviden
te: aunque, estrictamente hablando, no serían computacionales
o arquitectónicas en el sentido clásico, está perfectamente
claro que pueden ser, no obstante, totalmente mecánicos. Todo
lo que necesitamos para describirlos es un reloj. Pues bien, los
problemas relativos a la globalidad desaparecerían así mismo
con tener, simplemente, una versión que contar sobre cómo
esos problemas pueden ser mecánicos sin ser «computaciona
les» ni «arquitectónicos» (en el sentido propio y peculiar de
esas nociones según lo reconstruye, por decirlo una vez más, la
teoría clásica). Pero no la tenemos. Así que los problemas no
desaparecen.
ABDUCCIÓN Y CONECTIVÍSMO
El análisis que acabo de ofrecer se basaba en dos supuestos: pri
mero, que es necesario tomarse en serio la aparición de los efec
tos globales en el conocimiento. Estoy muy dispuesto a admitir
que pueda darse aún la posibilidad de que todos los procesos
* El primer día de la semana después de Navidad, considerado festivo en
Gran Bretaña (N. del T).
cognitivos se reduzcan a procesos locales y que, por tanto, la in
ferencia abductiva se consiga, a fin de cuentas, de alguna mane
ra explicable por la psicología computacional clásica. En estos
momentos, sin embargo, no hay en oferta nada por el estilo, así
que no recomendaría al lector que aguantara sin respirar. Segun
do, que Turing tenía razón cuando decía que los procesos cogni
tivos son computaciones en el sentido registrado en el principio
E del capítulo 2 . Nuestra admisión de la versión de Turing fue
k> que nos llevó a dar por supuesto que todos los procesos cog-
nitivos se reducen a procesos locales. Y eso fue, a su vez, lo que
hizo que la abducción genuina (por oposición a su planteamien
to heurístico) comenzara a parecer imposible.
Así pues, ninguno de los argumentos expuestos hasta aquí
debería inquietarnos, si somos capaces de creer que no hace
falta tomarse en serio la aparición de efectos globales en la ela
boración cognitiva. Otra posibilidad es que, si eso nos parece
difícil de creer, podríamos pensar en abandonar la versión de
Turing como explicación general del funcionamiento de la
mente cognitiva. En realidad, me siento inclinado a pensar
que, anteso después, todos tendremos que abandonar la ver
sión de Turing como explicación general del funcionamiento
de la mente y que, por tanto, a fortiori, tendremos que abando
nar la generalidad de la ciencia cognitiva de la Nueva Síntesis.
Ciertas consideraciones del tipo de las analizadas en el capítu
lo 1 sobre las consecuencias causales de forma lógica nos hacen
pensar que los procesos cognitivos consisten, entre otras cosas,
en operaciones sintácticas locales sobre representaciones men
tales. Pero otras consideraciones acerca de la globalidad de al
gunos tipos de procesos mentales nos sugieren que el conoci
miento no puede estar compuesto únicam ente por operaciones
sintácticas sobre representaciones mentales. Está bien; tan le
jos ha llegado el Espíritu del Mundo.
Por otra parte, en sí y por sí misma, la propuesta de que la
explicación de la abducción reside en la elección correcta de
una arquitectura cognitiva es, sencillamente, una propuesta va
cía. Todo cuanto tienen en común las arquitecturas cognitivas
en cuanto tales es que sus operaciones son mecánicas por prin
cipio. Igualmente, todo cuanto tienen en común las alternati
vas a las arquitecturas clásicas en cuanto tales es que sus opera
ciones son, por principio, mecánicas pero no clásicas. El
problema fundamental es comprender, incluso en un primer
planteamiento, a qu é tipo de arquitectura debería pasarse la
ciencia cognitiva, habida cuenta de que el objetivo es explicar
la abducción. Sin embargo, hasta donde yo sé, nadie tiene la
menor idea de ello.
En concreto, la alternativa actual normal a la arquitectura
de Turing, es decir, las redes conectivistas, es, sencillamente,
inadecuada. En este caso, como en muchos otros, las redes se
las arreglan para obtener lo peor de ambos mundos. Es triste
mente sabido que no consiguen lo que obtienen las arquitectu
ras de Turing: ofrecer una versión plausible de las consecuen
cias causales de la forma lógica. Pero tampoco pueden hacer lo
que hacen las arquitecturas de Turing, a saber, proporcionar
una versión plausible de la inferencia abductiva. La magnitud
misma de su incompetencia debe de ser lo que las hace tan po
pulares.
La aseveración de que las arquitecturas de red tienen pro
blemas de principio con la abducción —en realidad, los mis
mos problemas de principio que tienen con ella las arquitectu
ras de Turing, aunque por razones ligeramente distintas—
podría llamarnos la atención por improbable. Al fin y al cabo,
la abducción se refiere a la globalidad más la sensibilidad al
contexto, y una gran parte de la publicidad que se da a las re
des hace referencia a su elevado grado de globalidad y sensibi-
¡Jádad al contexto. Esta línea de pensamiento es natural» pero
üfiuy equivocada; el resto del presente capítulo intentará acla
rar qué es lo que tiene de errónea. Comenzaré con una breve
¡exposición de lo que son las redes. Como es probable que el
>lector sepa ya de qué voy a hablarle, seré muy breve. (En la bi
bliografía hay exposiciones mucho más amplias; véase, por
'ejemplo, el capítulo 2 de Elman et al., 1995).
f- Lo que hace de una máquina una red es el hecho de tener
una arquitectura computacional diferente en varios sentidos
¡de la arquitectura clásica de las máquinas de Turing (o de las de
¡Neumann o de los ordenadores de sobremesa). Una de las dife
rencias es que las redes no presentan la distinción entre progra
ma y memoria, característica de otros aparatos más conocidos.
Tanto la actual propensión computacional de las redes como
los efectos residuales de su historia computacional están deter-
■ minados, más bien, por el hecho de variar la potencia de conec-
tividad entre un número (característicamente grande) de ele-
mentos sencillos a modo de interruptores. En un momento
determinado, cada uno de esos elementos se halla en uno de es-
tos dos estados de salida: apagado (=0) o encendido (=1). Sí es
pecificamos el estado de encendido de cada uno de los elemen
tos en un momento determinado junto con la potencia de cada
una de las conexiones nodo a nodo, determinaremos qué ele
mentos serán los próximos en encenderse y cuál será la poten
cia de las siguientes conexiones. No nos equivocaremos mucho
si pensamos en los elementos como algo análogo a las ideas (en
el sentido de Hume, por ejemplo), y en la potencia de la conec-
tividad entre elementos como algo análogo al grado de asocia
ción entre las correspondientes ideas. El encendido de un ele
mento en t equivale a considerar la idea correspondiente en i;
ia probabilidad de considerar una idea en t es (entre otras co
sas) 5 una función de la potencia de sus conexiones con cual
quier idea considerada en el instante anterior; y la potencia de
la asociación entre ideas es (entre otras cosas) una función de la
frecuencia de haber considerado las demás6,
Los modelos conectivistas computan en paralelo enviando
ondas de activación a través de redes de esos elementos. La ac
tivación se inicia estimulando los «nodos de entrada» (median
te estimulaciones sensitivas, si hablamos de Hume). El grado
de activación en el momento t depende de la historia de activa
ciones de la red anterior a t, lo cual está codificado, a su vez,
por la fuerza de las diversas conexiones nodo a nodo en t. En
resumidas cuentas: lo que pensamos en t es una función de
nuestras sensaciones junto con la fuerza de nuestras asociacio
nes en t. La tarea del psicólogo es explicítar esa función articu
lando las leyes que determinan las fuerzas de las relaciones aso
ciativas. Esto es lo maravilloso de la ciencia cognitiva empírica:
puedes desaparecer un par de siglos y no perderte nada.
No diré más sobre la clase de artefactos que son las redes.
¿En qué sentido se les puede adjudicar el carácter de «globali
dad» y en qué sentido no? ¿Y qué tiene que ver todo esto con
la inferencia abductiva y otras cosas similares? Quisiera co
menzar con un punto del capítulo 2. En la ciencia cognitiva clá
sica del tipo de la de Turing, la capacidad causal de una repre
sentación mental (la función que desempeña en los procesos
cognitivos) está determinada por su sintaxis local, determinada
a su vez totalmente por la identidad y disposiciones de sus par
tes primitivas. Las propiedades sintácticas locales son esencia
les en el sentido de que las representaciones que son sintáctica
mente distintas en sentido local son, ipso Ja cto , de un tipo
distinto. Comparemos ahora la individuación y la capacidad
causal de los nodos en las redes. Los nodos son sencillos; lo son
por definición; no tienen partes. A jor tio r i, no tienen partes
sintácticas. Y también a jortiori, la identidad tipológica de los
nodos no está determinada por la identidad y disposición de
jps constituyentes
y. Entonces, ¿qué es lo que determina en un nodo concreto el
pipo nodal al que pertenece? Respuesta: su posición en su red,
¿onde su red es la totalidad de los nodos a los que está conecta
do (directa o indirectamente). Dos nodos en diferentes redes
(p. ej., en redes que no tienen el mismo número de nodos o en
jaldes que tienen un número igual pero una conectividad dife-
lente) pertenecen, ipso /acto, a diferentes tipos de nodos, de la
gúsma manera que, en las arquitecturas clásicas, dos expresio
nes que difieren en cuanto a su agrupación pertenecen ipso fa c
ió a dos tipos de expresión diferentes. Igualmente, como los
nodos en diferentes redes o en diferentes posiciones de la mis-
®a red son, ipso ja c to , tipos nodales diferentes, deberemos
concluir que su posición en su red es una de las características
esencia les de un nodo. De la misma manera que una represen
tación clásica no puede cambiar su sintaxis local, un nodo no
puede cambiar de red ni de ubicación en la red en que se halla.
La imposibilidad de «transportar» nodos de una red a otra
se debe a que las propiedades esenciales de un nodo implican
sus relaciones con la red en que está incluido. Lo mismo ocurre
con las propiedades esencialesde una representación clásica:
no pu eden ser transportadas de una teoría a otra porque todas
ellas implican su relación con sus partes. De igual manera, y
por las mismas razones, mientras que un nodo de un tipo de
terminado sólo puede aparecer una vez en la red que lo inclu
ye, una determinada representación clásica se puede repetir in
definidamente en un texto dado. En resumen, las redes tienen
realmente algo global, a saber, las condiciones de individua
ción de los nodos pertenecientes a ellas. De manera equivalen
te, la unidad «menor» de representación conectivista para la
que se puede definir un tipo/muestra de relación es una red
completa. En consecuencia, los conectivistas se encuentran
con un conocido problema al pretender conciliar la manera en
que individualizan los nodos con las verdades patentes acerca
de la productividad, sistematicidad y composicionalidad de los
sistemas cognitivos típicos: por un lado, todos esos fenómenos
parecen depender de la construcción de representaciones men -
tales complejas a partir de partes recurrentes en disposiciones
diferentes; pero, por otro, las arquitecturas de red no tienen
medio de decir qué representaciones pueden tener partes recu
rrentes; le es imposible decir, por ejemplo, que «Juan quiere a
María» y «María quiere a Juan» las tienen8.
Este tipo de problemas relativos a las arquitecturas conecti
vistas son conocidos en la bibliografía de la ciencia cognitiva.
Pero hay también otro cargo contra ellas, una acusación más
próxima a nuestras actuales preocupaciones. Al abordar la in
ferencia abductiva, las redes se ven, en gran medida, en los mis
mos apuros que las arquitecturas clásicas (aunque, lo repito,
por una razón ligeramente distinta). Consideremos, por ejem
plo, el problema que supone para los modelos clásicos recons
truir los efectos de la «centralidad» de las representaciones so
bre sus funciones cognitivas. Déjenme recordarles cuál era ese
problema: a primera vista, la centralidad de una representación
cambia a medida que pasamos de un sistema de creencias al si
guiente, pero la sintaxis local de la representación no lo hace; la
sintaxis local es independiente del contexto. Así, suponiendo
que los procesos cognitivos son sensibles exclusivamente a la
sintaxis local, ¿cómo consigue la psicología clásica recuperar el
hecho de que una misma creencia puede tener una centralidad
distinta en diferentes teorías? Nadie lo sabe. Pues bien, la cues
tión que se plantea ahora es que si los modelos clásicos no son
capaces de responder a esta pregunta, las redes no son capaces
ni siquiera de plantearla, ya que, por decirlo una vez más, las
69
arqui-
íljpéturas de red son incompatibles con ia identificación transteó-
ffiéca de un nodo 9. Y si ni siquiera puede ser cierto que la misma
^¡^presentación se dé en más de una teoría, entonces, por su-
'¡JpBesto, no podrá ser cierto que una representación sobreviva a
|ft transición de una teoría a otra.
No es de extrañar que si una arquitectura no puede generar
centralidad, tampoco puede generar pertinencia. Supongamos
que una red está cableada de tal manera que la información en
*Í nodo 3 sólo es accesible al nodo 1 a través de cambios de es-
fllácla del nodo 2. En tal caso, nada de lo que le ocurra posterior-
y «tente a la red podrá alterar esa disposición. Lo más que puede
- suceder es que el flujo de información por la ruta del nodo 1 al 3
- le facilite (u obstaculice) a medida que la experiencia altere la
■ potencia de las conexiones de acuerdo con las presuntas leyes
asociativas. Esto, en realidad, equivale a decir que una red no
puede cambiar de opinión sobre si lo representado en un nodo
k$ directamente pertinente para lo representado en otro (o, si la
pertinencia es indirecta, en qué medida lo es). Vuelvo a decir
que, en este sentido, el hecho de que los cálculos sobre la perti
nencia sean estables en los sistemas conectivistas es una propie
dad definitoria de su arquitectura; así se deduce de la condi
ción definitoria de los tipos de nodos. Todo lo cual parece
desvanecerse ante el hecho recalcado por mí en el capítulo 2 :
que el cambio de apreciación respecto a la pertinencia parece
Ser una consecuencia habitual de los cambios cotidianos en las
creencias contingenteslü.
Por favor, por favor, no me respondan a lo que acabo de ex
poner diciendo que, aunque no pueda tener una noción trans
teórica de la identidad nodal, un conectivista podrá apañárse
las con una noción transteórica de la sim ilitud nodal (o de la
red). No existe tal noción, y no hay perspectivas de que vaya a
A
existir alguna que evite un evidente círculo vicioso. En efecto,
lo que supuestamente haría transteóricamente similares a dos
nodos es compartir algo de su conectividad (pero no toda); es
decir, que algunos de los nodos a los que están conectados
(pero no todos) sean nodos del mismo tipo. Pero no existe una
noción transteórica d e identidad d e tipo para los nodos-, éste es el
verdadero problema que he estado planteando. Hay una mora
leja general sobre la que Lepore y yo hicimos hincapié en nues
tro libro Holistn (1992; ver también Fodor y Lepore, 1999): en
todos los casos de los que hemos oído hablar, una noción sólida
de similitud presupone una noción análogamente sólida de
identidad. No hay motivo en el mundo para suponer que las ar
quitecturas de red estén exentas de esta condición.
Por tanto, podríamos resumir muy bien la situación del
conectivista de la manera siguiente: su arquitectura le propor
ciona, sin duda, holismo. Pero lo consigue exactamente don
de no lo desea, es decir, en la individuación de las representa
ciones mentales. En consecuencia, no puede entender el
conservadurismo del cambio teórico ni de cualquier otra pro
piedad similar transteórica de los procesos mentales. Y al ha
ber abandonado la idea de que los estados mentales poseen
una estructura constitutiva, es también incapaz de entender
las consecuencias causales de la forma lógica. El conectivismo
es, por tanto, menos capaz aún de entender la mente cogniti
va que la teoría clásica de la Nueva Síntesis. (Si alguien quiere
tener una comprensión de la mente cognitiva todavía menor
que la del conectivismo, supongo que deberá hacerse con-
ductista)n.
¿Y ahora, qué? Puedo imaginar varias estrategias de inves-
tigación que podrían tenerse en cuenta en este callejón sin sa
lida.
(i) No haga nada respecto a la abducción; esp ere hasta que al
guien tenga una buena idea.
Ésta es, sin duda, la estrategia racional; es muy posible que
sea la única que funcione. Pero ignora las exigencias del siste
ma de acceso a la profesión universitaria y, por tanto, no resulta
práctico.
{ti) A legue que la aparente no localidad de los p rocesos cogn iti
vos co tid ianos t ien e a lgo d e ilusorio; todo es p er fectam en te co
rrecto y la opinión sintáctica d e la computación se verá reivindi
cada en su debido m omento.
í,:
(ii.a) (Variante). En realidad, la in ferencia científica pu ed e ser
a v e ce s abductiva; pero, en tal caso, la ciencia es social, m ientras
que e l conocim ien to cotidiano d e l tipo qu e interesa a los psicó lo
gos se lleva a cabo en cabezas individuales. Al fin y a l cabo, la psi
cología no es la filo so fía de la ciencia en minúscula.
Por lo que respecta a (ii): según le gusta decir a un filósofo
amigo mío ante este tipo de disyuntiva: «Si puedes, cree en
ello». Yo no puedo.
En cuanto a (ii.a): me parece sumamente inverosímil que la
estructura del conocimiento humano cambiara radicalmente
hace unos pocos cientos de años. (Puestos a ello, me llama la
atención como algo sumamente inverosímil que la estructura
del conocimiento humano no haya cambiado nunca de forma
radical). En cualquier caso, éste es un libro para innatistas.
(tú') Admita que rea lm ente es un problema, p ero a férrese a la
esperanza d e que las aproximaciones heurísticas acabarán por re
ducirlo a d im ension es normales.
Supongoque ésta es, de hecho, la estrategia de investiga
ción seguida por la ciencia cognitiva clásica respecto a los pro
blemas de la globalidad. Los resultados no me parecen, hasta
ahora, prometedores.
(iv) De momento, con cen tre sus esfuerzos en aquellas áreas de
la elaboración cogn itiva dond e los e fe c to s d e la globalidad sean
mínimos; lo bastante mínimos, en realidad, com o para p od er ig
norarlos, salvo un grado razonable d e penetración científica (y no
sólo una razonable adecuación).
Le insto a considerar seriamente la cuarta opción (que, por
supuesto, no es lo mismo que instarle a que la admita). Por una
parte, es compatible con una adhesión simultánea y rigurosa a
la opción (i). Por otra, tiene el efecto de vincular ciertas cues
tiones sobre abducción con la posible modularidad del conoci
miento. El paciente lector puede recordar una pregunta pre
sente siempre en nuestro programa y que dice: «¿Cómo enlaza
el compromiso de la Nueva Síntesis con la modularidad con la
adhesión de esa misma corriente a una Teoría Computacional
de la Mente?». En este momento nos hallamos, por fin, prepa
rados para volver sobre este asunto. Supongo que es hora de
pasar a un nuevo capítulo.
; 4. ¿CUÁNTOS MÓDULOS CREE USTED QUE HAY?
f O.
| Creo que comenzaré este capítulo con algunas de sus principa-
* les conclusiones.
' 3 La tarea de los capítulos 2 y 3 consistió en explicar que, de
manera quizá irremediable, la globalidad es una espina clavada
¿n la carne de la teoría de que los procesos cognitivos son com-
t. putaciones clásicas. Sin embargo, al menos en algunas teorías
■ sdbre la cognición, la arquitectura de la mente es modular; y, al
•; menos en una interpretación de lo que es un módulo, los proce -
■ sos modulares son ipso fa d o locales. O, en cualquier caso, relati
vamente locales. Sí eso es así, se pueden deducir algunas mora
lejas, dependiendo del grado de modularidad de la cognición,
i. Si nada es modular en la cognición, sáltese este capítu
lo y el siguiente.
ii. Si sólo lo es una parte, podría centrarse en ella una can
tidad razonable de estrategia de investigación hasta
que se le ocurra a alguien una buena idea acerca de la
abducción.
iii. Si lo es toda la cognición o su mayor parte, entonces mi
pretensión de que la abducción es un problema pro
fundo y general para la ciencia cognitiva está muy erra
da. En cuyo caso, Pinker y Plotkin tendrán proba
blemente razón al pensar que las perspectivas para la
psicología de la Nueva Síntesis son muy buenas y yo le
habré hecho a usted perder el tiempo (ahora que lo
pienso, también lo habré perdido yo).
Llamemos «modularidad masiva» (MM) a la idea de que la
mayor parte del conocimiento o todo él es modular. La conse
cuencia de tal idea es que la probabilidad de que la psicología
de la Nueva Síntesis acabe siendo una teoría general razona
ble de la mente cognitiva será rehén de la MM, Sin embargo
(así lo sostendré), hay buenas razones para dudar de que la
MM sea cierta: en su sentido literal raya en la incoherencia. En
un sentido liberal, carece de probabilidad empírica. Si este
cuadro de nuestra situación general es más o menos cierto, en
tonces hay un cúmulo de cosas que desconocemos acerca del
funcionamiento de la mente cognitiva.
De momento, no diré más sobre las conclusiones finales.
Llegaremos a ellas por fases.
FASE I: ¿QUÉ ES UN MÓDULO?1
En la bibliografía de la ciencia cognitiva se denomina «tesis de
la modularidad» a un gran número de cosas muy distintas. Mu
chas de ellas son conglomerados de doctrinas relativamente in
dependientes, de modo que, si nos apetece, podemos elaborar
nuevas tesis de modularidad mezclando y combinando otras ya
existentes en este campo de la investigación. No veo necesidad
de legislar su uso, aunque fuera posible hacerlo. Pero es evi
dente que lo que hayamos de decir sobre la relación entre modu
laridad y abducción o sobre si la mente es masivamente modular
depende de lo que consideremos que es un módulo. Por tanto,
comencemos por aquí.
Pienso que existen, básicamente, dos tipos de arquitecturas
fcognitivas consideradas modulares, cada una ellas con varias
Opciones secundarias. La principal división se da entre nocio
nes de modularidad que implican una «encapsulación informa-
cional» (véase más abajo) y nociones de modularidad que no la
implican. Sólo las del primer tipo guardan relación con nues
tros intereses, pero, a modo de orientación, comenzaré hablan
do un poco de las segundas.
MODULARIDAD SIN ENCAPSULACIÓN2
1. Hay un uso según el cual cualquier cosa que es o pretende
ser un mecanismo cognitivo funcionalmente inviduado —cual
quier cosa que tuviera su casilla propia en un diagrama de flujo
de información de un psicólogo— se consideraría por eso mis
mo un módulo3. Si aceptamos que alguna especie de «funciona
lismo homuncular» (véase, p. ej., Fodor, 1968; Cummins, 1983)
es la metafísica adecuada para las explicaciones psicológicas,
entonces se considera que es un módulo cada uno de los diver
sos homúnculos que constituyen en conjunto la mente. Quien
piense que los estados mentales tienen algún tipo de estructura
especificable en términos funcionales pasará, probablemente,
por teórico de la modularidad en este sentido difuso. Supongo
que esto nos deja únicamente con los conductistas y los gibso-
nianos (para quienes no existen estados mentales), los conexio-
nistas (que piensan que sí existen, pero carecen de estructura)
y los reduccionistas (que piensan que tienen estructura, pero
que su individuación es neurológica). A diferencia de todos
ellos, sólo daré por sentado que lo característico del conoci
miento es la interacción de muchas partes funcionalmente indi
viduadas, y emplearé la «tesis de la modularidad» como deno
minación de algo más tendencioso.
2 . Hay un uso peculiar de Noam Chomsky (p. ej., 1980)
según el cual un módulo es, simplemente, un cuerpo de cono
cimiento innato (o, si se prefiere, un cuerpo de contenidos pro
posicionales «conocidos de manera innata»). Por razones
como las analizadas en el capítulo 1 , los módulos así entendi
dos no guardan relación con casi ninguna de las cuestiones re
ferentes a la arquitectura de los p ro ceso s mentales. Una gran
parte de la confusión terminológica sobre los módulos en la bi
bliografía de la ciencia cognitiva deriva de ciertas medidas
poco útiles adoptadas por Fodor (1983), donde se toma presta
do el término con que Chomsky denomina las bases de datos
innatas para designar los mecanismos del procesamiento cog
nitivo encapsulado en cuanto a la información. La supuesta
vinculación entre los módulos chomskianos y fodorianos, se
gún la obra The Modularity o fM ind (MOM) es que los cuerpos
de conocimiento innato son procesados de forma característica
por mecanismos cognitivos; y viceversa, que los mecanismos
cognitivos encapsulados se dedican de forma característica al
procesamiento de bases de datos innatas (p. ej., a la integración
de informaciones innatas y entradas sensoriales al comienzo
del proceso del análisis perceptivo). Sigo considerando verosí
mil la idea de que esta relación es la característica entre el tipo
de módulos de Chomsky y el mío.
En cualquier caso, para mal o para bien, el uso neologístico
según el cual los módulos son mecanismos de procesamiento
cognitivo encapsulados en cuanto a la información es ahora co
mún en este campo de la investigación. Dado que, según vamos
a ver, las cuestiones relativas al encapsulamiento y las relativas a
la abducción son, posiblemente, dos caras de la misma mone
da, quisiera recalcar que los módulos de Chomsky son en gran
H¡Uirte indiferentes a ambas, Si la inferencia abductiva es am
pliamente característica de los procesos cognitivos, es de supo
que también será ampliamente característica de procesos
uognitivos como los que interactúan con los módulos choms-
fpano.s. En caso contrario, es de suponer que no lo será. En
cualquiera de los dos casos, y según miinterpretación geográfi
ca, la discusión entre innatistas y empiristas reavivada por
Chomsky ocupa una posición independiente respecto a la
juestión de si los procesos mentales son encapsulados y hasta
qu é punto lo son4. En la medida en que la anterior cuestión se
plantee en la presente exposición, supondré en general la ver
dad de un innatismo más o menos riguroso respecto al conocí-
Miento encapsulado. No obstante, podemos imaginar otras
ideas sobre modularidad. Karmíloff-Smith (1992) propone un
tipo de teoría en la que el encapsulamiento es primordialmente
Un resultado de procesos ontogenéticos más que filogenéticos
[véase una valoración poco favorable acerca de esta teoría en
Fodor (1998a; capítulos 11 y 12)].
Así pues, un módulo sans phrase es un mecanismo cogniti
vo encapsulado en cuanto a la información; y se supone que es
innato, salvo indicación expresa de lo contrario. Un «módulo
chomskiano» es una base de datos innata5. Al referirnos a me
canismos cognitivos funcionalmente individuados en cuanto
tales, los designaremos como mecanismos cognitivos funcio
nalmente individuados, y nunca como módulos.
Especificidad de ámbito
Se suele decir que lo que hace que algo sea un módulo es su
«especificidad de ámbito». Esta afirmación tiene cierto sentido
pero se ha de manejar con cuidado. La página o las dos páginas
siguientes estarán, por tanto, dedicadas a determinar qué signi
fica «especificidad de ámbito» en teorías que utilizan la expre
sión para decir cuál es el significado de «modularidad». Me
temo que todo esto está comenzando a parecer un poco esco
lástico. Pero, cuando lleguemos a las cuestiones principales,
nos será de ayuda a todos habernos puesto de acuerdo sobre
qué es aquello de lo que hablamos.
Si la noción de módulo que tiene el lector es chomskiana, en
tonces la interpretación de la idea de que los módulos poseen
una especificidad de ámbito será una tautología, pues los módu
los chomskianos son cuerpos de información (véase más arriba),
y la información es, ipso fa d o , específica para el ámbito sobre el
que informa. La información de que las vacas tienen cuernos
es específica para las vacas. La información de que todo cuan
to existe es espacialmente extenso es específica para todo cuanto
existe; la información de que los gatos arañan es específica para
los gatos; etcétera. Es evidente que esta noción de la especifici
dad de ámbito informativo no tiene utilidad para nadie. La men
ciono simplemente para hacerla a un lado.
Pero veamos cómo se podría decir en otro sentido que la in
formación es (o no es) de por sí específica respecto al ámbito: la
información sobre algunas propiedades de las cosas es más ge
neral que la información sobre otras por el hecho de que hay al
gunas propiedades poseídas por un gran número de cosas, otras
que no las tienen muchas cosas y otras que no son poseídas por
ninguna. «Tiene cuernos», por ejemplo, es verdad de menos co
sas que «Es espacialmente extenso»; así pues, hay un sentido
(quizá un poco forzado) en el que la información sobre los cuer
nos es más específica de un ámbito que la información sobre la
extensión espacial. Si decidimos hablar de este modo, entonces
el «ámbito» de un cuerpo de información es todo cuanto es
cierto de él, y un cuerpo de información «específico de un ám-
bíto» es aquel que es válido únicamente en un ámbito relativa-
ínente reducido. Cuando Chomsky habla del módulo del len
guaje como específico de un ámbito, está pensando, probable-
mente, en este tipo de cosas. La idea es que las propiedades de
las lenguas naturales son más o menos su i g en er is ; en concre
to, las oraciones, las descripciones estructurales y otras cosas si-
pilares son productos atípleos de la actividad mental humana.
: , La especificidad de ámbito de la supuesta teoría innata del len-
guaje denominada por Chomsky Teoría Lingüística General
, ÍTLG) es, por tanto, del mismo tipo que la especificidad de ám-
frito de la biología del ornitorrinco. Consiste en ambos casos en
1 que en el mundo no hay muchas cosas de esa clase.
» . No tengo nada que objetar a esta manera de hablar. Sin em-
V. bargo, hace hincapié en que la especificidad de ámbito, enten
dida de esa manera, es indiferente respecto a cuestiones relati
vas a la abducción y otras similares. La información que sólo es
verdadera acerca de los ornitorrincos es válida, ipso fa d o , en un
ámbito muy limitado. Pero eso no dice nada sobre cómo se
aprende tal información; o sobre el carácter de los procesos
mentales que ocurren cuando se razona sobre el (o sobre un)
ornitorrinco. Lo mismo ocurre, mutatis mutandis, con la infor
mación especificada por la TLG. En cambio, intento concluir
en una concepción de la modularidad más la especificidad de
ámbito que conecte con cuestiones de este tipo.
En lo que hemos dicho hasta aquí va implícita una distin
ción entre teorías de la modularidad según las cuales la especi
ficidad de ámbito es ante todo una propiedad de la información
y teorías de la modularidad según las cuales no lo es. Las del úl
timo tipo consideran, en general, que la especifidad de ámbito
es una propiedad de los p ro ceso s. Me parece que éste es un
paso en una dirección útil; pero la conexión entre modulari
dad y especificidad de ámbito no llega a ser obvia, aunque este-
mos dispuestos a aceptarla. El problema consiste, una vez más,
en evitar la trivialización de las afirmaciones de especificidad
de ámbito. Así como la información es ipso fa d o específica de
cualquier cosa a la que se refiera, los procesos son ipso fa cto es
pecíficos de cualquier cosa a la que se apliquen. Esto es pura
mente tautológico y, por tanto, no podrá ser aquello en lo que
consiste la modularidad, si la afirmación de que los procesos
cognitivos son modulares ha de tener algún interés empírico6.
Consideremos por ejemplo la siguiente pregunta: «¿Es el
modus ponens (MP) un tipo de deducción específico respecto a
su ámbito?».
— Pues bien, sí lo es. Al fin y al cabo, el MP vale sólo para
argumentos con premisas de la forma P; P —> Q. El nú
mero de argumentos que no tien en esa forma es enorme,
incluso comparado con el número de anímales que no
son ornitorrincos.
Pero, por otro lado:
— No lo es. Como el MP abstrae totalmente del contenido
de las premisas a las que se refiere, deducciones realiza
das en ámbitos muy diferentes (como, por ejemplo, en
física y en teoría de la literatura) pueden ser, no obstan
te, ejemplos de MP.
¿Cuál de estas dos respuestas es la correcta? Posiblemente
ninguna. La noción de especificidad de ámbito, al menos en la
medida en que se supone que conecta con la de modularidad,
no se aplica a procesos en cuanto tales, como tampoco a in for
mación en cuanto tal. Se aplica más bien al m odo en que interac-
túan inform ación y procesos, según vamos a ver ahora.
¡¿¿i , Sí pensamos en el MP tal como lo hacen los lógicos, las in
icias que tienen esa forma son indistinguibles en el plano de
.representación en que se evalúa su validez. En particular, to-
’̂ feeson válidas en cuanto inferencias con la forma: (P, P —> Q),
tanto Q. Es, simplemente, otra manera de decir que el he-
de que una inferencia sea un caso de MP no depende del
Imbíto inferencial (es decir, es independiente del contenido no
lógico de las premisas y las conclusiones). Por tanto, sería razo
nable suponer que, si un mecanismo inferencial tiene algún ac
ceso al MP, deberá ser más o menos igualmente bueno para
evaluar argumentos que tengan esa forma, sin qu e im porte e l
Ámbito d e l qu e s e hayan tom ad o1. Ese mecanismo sería, por
ejemplo, igualmente bueno en el caso de (i):
(i) Si 2 es primo, en ton ces es impar; 2 es primo; luego 2 es impar
t ;
que en el caso de (íi):
(ji) Sí un líquido con tien e agua, es v en en o ; la naranjada con tie
ne agua; lu ego la naranjada es veneno.
Un problema empírico calurosamente debatido entre los
psicólogos cognitivos es el relativo a si los mecanismosdel co
nocimiento cotidiano son característicamente indiferentes al
contenido, tal como lo es el MP en su formulación estándar.
Algunos psicólogos piensan que esa propensión a formas de
inferencia indiferentes al ámbito como las que tenemos es en
realidad un producto de la educación; la lógica es (precisamen
te) algo que se aprende en el colegio. (Se cuenta que, durante
una clase de lógica y pensamiento, un conectivista dijo: «Llevo
semanas sin utilizar el m odus ponens»). Esto es, sin duda, un
caso extremo de gnosticismo. Pero, evidentemente, podemos
imaginar un mecanismo que evalúe las inferencias por referen
cia a una regla de modus pon en s formulada con una generalidad
que no llegu e a ser completa, lo cual podría acercarnos a una no
ción de especificidad de ámbito útil para decir qué es un mó
dulo. El principio al que se apela en la evaluación de (i) podría
ser, por ejemplo, algo parecido a (iii).
(ih) 2 es F; s i 2 es F, en ton ces 2 es G; lu ego 2 es G.
Puesto que (iii) es válido, y puesto que (i) es tanto un caso
de (iii) como de MP («un caso de» es transitivo), (iii) funciona
rá tan bien como el MP para evaluar (i). La cuestión que se
plantea ahora es que, para un artefacto que funciona así, existe
una interacción intrínseca entre el ámbito inferencial y la dis
ponibilidad del MP; en efecto, ese artefacto tiene acceso al MP,
pero sólo para razonar sobre el número 2 8. Una vez supuesto
esto, el hecho de que el artefacto sea fiable para evaluar infe
rencias como (i) no sería en absolu to m otivo para esperar que
fuera fiable en sus evaluaciones de inferencias como (ii). Diré
que un proceso cognitivo es «específico en cuanto al ámbito»
siempre que su disponibilidad dependa de ámbitos de proble
mas de este tipo; de ahí la observación con que inicié esta parte
del debate: que lo «específico en cuanto al ámbito», en el senti
do del término que a mí me interesa, no se aplica ni a la infor
mación ni a los procesos, sino a la manera en que ambos ínte-
ractúan9.
Esto nos lleva a la encapsulación informacional; lo que, a su
vez, va a llevamos a indagar qué es un módulo; lo cual, a su vez,
llevará al capítulo al final de la fase I.
E ncapsu la ción in fo rm a cion a l
j>
Jinaginémonos que en la vida mental de un organismo surge el
Siguiente tipo de situación: cierta información (y/o cierta regla
He inferencia) es, en principio, significativa para el éxito de ese
ger tanto en tareas derivadas del ámbito A como en tareas deri-
' leñadas del ámbito B. Sin embargo, aunque el ser en cuestión uti
liza fiablemente la información para realizar un tipo de tarea,
parece incapaz de hacerlo cuando se le exige que realice tareas
del otro tipo; y esa asimetría persiste aun manteniendo cons
tantes otras variables ajenas (p. ej., de atención o de motiva
ción). Es de suponer, por tanto, que (algunos de) los mecanis
mos cognitivos a los que recurre ese ser para realizar la tarea
son específicos en cuanto al ámbito en el sentido que acabamos
de esbozar. Por expresarlo con un término de jerga, digamos
que uno de esos mecanismos está encapsulado respecto a la in
formación accesible al otro. Ya vimos una de las maneras en
que puede ocurrir esto cuando imaginamos una mente que uti
liza el MP de forma no del todo general y es, por tanto, buena
para evaluar deducciones como (i) pero mala para evaluar de
ducciones como (ii)i0.
Este tipo de situación puede presentarse de otras maneras.
Podemos imaginar una clase de mente que represente sus
principios de inferencia de forma totalmente general, pero
que sólo pueda recurrir a ellos cuando razona sobre números
o sólo cuando navega por estima (o, puestos a ello, cuando
piensa en ovejas). Ello podría deberse a que posee diferentes
mecanismos para cada uno de los distintos ámbitos de conte
nido y existen restricciones sobre el flujo de información de
uno de esos mecanismos a otro. Por ejemplo, la parte de mó
dulo lógico que entiende de modus p on en s podría estar conec
tada a la sección del módulo que entiende de navegación por
estima, pero no a la parte de módulo numérico que entiende
de números primos. En cuyo caso, el ser en cuestión podría
ser capaz de extraer deducciones de la forma del MP cuando
piensa en qué posición se halla, pero no cuando piensa en nú
meros primos. La diferencia entre este tipo de disposición y el
que acabamos de imaginar unas líneas más arriba es que, aquí,
lo que hace que su aplicabilidad sea específica en función del
ámbito no es la form ulación sino la distribución. Lo que tienen
en común los dos tipos de disposición es que la información
disponible para realizar una tarea depende, por algún motivo,
de la tarea de que se trata; y las limitaciones en virtud de las
cuales esto es así son «arquitectónicas» (no son efectos de una
limitación de recursos y no les afectan las preferencias del ser
en cuestión)11.
Ahora puedo decir, por fin, qué es, en mi opinión, un mó
dulo. Imaginemos un sistema computacional con una base de
datos peculiar (p. ej., chomskiana). Imaginemos también que
este artefacto opera para cartografiar sus entradas (input) ca
racterísticas sobre sus salidas (output) características (en reali
dad, para computar una función de una en la otra) y que, mien
tras opera así, sus recursos informacionales se limitan a lo que
contiene su peculiar base de datos. Es decir, el sistema está
«encapsulado» respecto a la información que no se halla en su
base de datos. (Esto podría ocurrir por uno o por ambos tipos
de las razones anteriormente consideradas: o bien sus opera
ciones están definidas con una generalidad que no llega a ser
total o bien sus intercambios de información con otros meca
nismos de procesamiento son limitados). Eso es lo que quiero
decir cuando hablo de módulo. Desde mi punto de vista, lo
que se halla en el corazón de la modularidad es la encapsula-
ción informacional, al margen de cómo se haya adquirido12.
K ‘ Debería estar ya claro por qué, entendida así, la modulari-
Jad puede ser de interés para cualquiera que se sienta preocu-
I j«do por la cuestión de la abducción; por ejemplo, para cual-
quiera a quien preocupe el hecho de que la globalidad de los
procesos cognitivos casa mal con la teoría de la existencia de
\ computaciones clásicas. En resumen: los módulos están infor-
i cativamente encapsulados por definición. Y —también por
•í> definición— cuanto más encapsulados estén los recursos infor-
| macionales a los que tiene acceso un mecanismo computacio-
! nal, menos afectarán al carácter de sus operaciones las propie-
dades globales de los sistemas de creencias. Así, en la medida en
* que la información accesible a un artefacto esté arquitectónica^
II mente limitada a una base de datos peculiar, no tendrá un pro-
* blema del marco y tampoco un problema de relevancia (súpo
la mendo que sean diferentes); al menos no los tendrá si la base
f- de datos es lo bastante reducida como para permitir aproxima-
dones a búsquedas exhaustivas. Los problemas del marco y los
||, de relevancia se refieren al grado de profundidad con que una
11 mente debería examinar, en el curso del procesamiento cogni
;f lavo, su trasfondo de adhesión a una teoría epístémica. Los me-
Ü «mismos modulares para la resolución de problemas no tienen
que preocuparse por ello, ya que, por lo que respecta a la ar-
m qoitectura, sólo puede hallarse en el marco lo que se halla en la
P báse de datos. Esto significa, en concreto, que, en la medida en
l|’ fae un sistema es modular, no tiene que tratar el marco como
' í% ' i|¡v problema com putacional (véase el análisis de los enfoques heu-
m: lísticos de la abducción en el capítulo 3). Lo mismo puede de-
J ! , órse de la centralidad, la simplicidad y otros cadáveres guarda-
ÜS. ¿OS en el armario de Turing. En una primera aproximación,
■[ Bada afecta el curso de las computaciones excepto lo que se in-
; troduce en la cápsula; y cuanto más encapsulado esté el procesador, menor será esa información. Supongo que el caso extre
mo es el reflejo. En efecto, el reflejo está encapsulado para
cualquier información que no sea la de la entrada real, por lo
que opera sin computar y se desconecta automáticamente o no
se desconecta.
La moraleja, de momento, es la siguiente: las computacio
nes clásicas son sensibles al contexto local, al menos; y también
lo son las computaciones realizadas por mecanismos modula
res. Por tanto, no es de extrañar que el conocimiento modular
sea el tipo de procesamiento para el que la versión computado-
nal clásica es, probablemente, la más cierta.
FASE II; MODULARIDAD MASIVA
Supongamos que la mente cognitíva es en gran parte modular.
Ello significa que, para cada tipo de problema que puede re
solver, existe un procesador más o menos encapsulado; y que,
en concreto, no hay nada en la mente que pueda plantear inte
rrogantes sobre cuál de las soluciones a un problema es la
«mejor en general», es decir, la mejor a la luz de la totalidad de
las creencias y ventajas de una criatura. Si esto es así, entonces,
según he observado más arriba, debe de haber algo muy equi
vocado en mi afirmación de que la Nueva Síntesis (y, en parti
cular, la versión clásica de los procesos cognitivos) padece una
abducción irreversible. Pero, en fin, si es así, qué le vamos a
hacer; ya me he equivocado otras veces. En la exposición si
guiente propongo, por tanto, renunciar a los problemas plan
teados por mí acerca de la globalidad y considerar la tesis de la
modularidad masiva desde su propio punto de vista. Voy a
mantener que no existe una razón a p r io r i para que la MM
haya d e ser cierta; que la versión extrema de la MM no pu ede,
f
' sencillamente, serlo; y que, en realidad, no hay pruebas con-
í: vincentes de que sea cierto nada semejante. En suma, nada de
i aclamaciones a la MM.
X A rgum en to s a p r io r i a fa v o r d e la m odu la ridad m asiva
Se ha mantenido a veces (últimamente lo han hecho, en espe-
j|' cial, Tooby y Cosmides) la existencia de consideraciones muy
I generales de carácter adaptacionista que, a priori y sin un exa-
| men previo, militan a favor de la preponderancia de arquitec-
f turas cognitivas masivamente modulares sobre otras de ámbito
1 general o sobre arquitecturas «mixtas» que reconocen meca-
“ nismos computacionales de ambos tipos. En realidad, pienso
<¡ que es difícil creer en la existencia de tales argumentos, pues es
ír evidente que cualquier arquitectura ha de ser una opción entre
distintas virtudes que no podrán maximizarse simultáneamen-
f : te: velocidad frente a precisión, espacio de memoria frente a es-
pació de computación; «profundidad» de computación frente
í. a «amplitud» de computación, etcétera, etcétera. Hay, por su-
;y puesto, un número indefinido de combinaciones imaginables,
í , Los diferentes modos de organizar el conocimiento utilizarán
! ' de manera distinta esos equilibrios, y es de suponer que la apti-
;|: tud relativa del sistema cognitivo resultante dependerá de un
fe cúmulo de detalles referentes a su relación con la ecología lo-
!>: cal. De ser así, resulta difícil imaginar la posibilidad de demos-
trar que algún tipo dado de arquitectura vaya a ser, por así de-
;* cirio, el más apto ante cualquier eventualidad; y ésta es, a fin de
t cuentas, la cuestión a la que deberá enfrentarse cualquier argu-
3, mentó serio a priori a favor de la MM.
5 Quisiera, no obstante, echar una rápida ojeada a algunos
1 ; argumentos de ese tipo propuestos en fechas recientes, pues,
curiosamente, varios científicos del conocimiento los han con
siderado, al parecer, persuasivos.
En su artículo de 1994, Cosmides y Tooby afirman lo si
guiente con notable vehemencia (la cursiva es suya): «/I una
psico log ía humana qu e só lo con tuviera m ecan ism os d e ámbito
gen era l le resultaría, en principio, imposible haber evolucionado,
pu es un sistema así no pu ed e com portarse con tinuam ente d e fo r
ma adaptativa: no pu ed e solucionar los problem as que deberían
haber sido resueltos en en tornos ancestra les para que nos hallára
m os dond e h oy nos hallamos» (p. 90). Ahora bien, personal
mente soy un entusiasta de la modularidad y, con unas cosas y
otras, no creo en la probabilidad de que la mente humana
conste «sólo de mecanismos de ámbito general». Ahora bien,
que eso sea «imposible» y «en principio».,. ¡Caramba!
En realidad, según Cosmides y Tooby, hay tres razones para
que sea «imposible en principio» que la mente humana esté
compuesta únicamente de mecanismos de ámbito general.
Debo admitir que no me conmueven, ni individualmente ni en
conjunto.
Primera razón. «La definición de error depende del ámbito [...].
Pero no hay ningún criterio de éxito o fracaso [cognitivo] inde
pendiente del ámbito que esté relacionado con la adecuación.
Ello es así porque lo que cuenta como conducta adecuada di
fiere notablemente de un ámbito a otro. Supongamos, por
ejemplo, que nuestro mecanismo hipotético de ámbito general
que guiaba a un cazador recolector ancestral llegó de algún
modo a la conclusión de que la relación sexual es condición ne
cesaria para producir descendencia. En tal caso, ¿debería cada
individuo practicar el sexo en cualquier ocasión?» (p. 91). La
cita es relativamente larga porque, a la luz del ejemplo, no estoy
seguro de cuál es la línea argumental. Suena a como si lo que
no marchara bien en el supuesto ancestro fuera el no haberse
dado cuenta de que con el sexo, como con muchas otras cosas
la vida, no hay que excederse. Sin embargo, si estamos dis
puestos a aceptar que un mecanismo de ámbito general puede
enseñarnos que la relación sexual es condición necesaria para
producir descendencia, no veo claro por qué ese mismo meca
nismo de ámbito general no iba a ser capaz de enseñarnos con
«cuánto sexo basta y, por tanto, cuándo deberíamos detenemos.
Sin embargo, sea cual fuere el argumento, existe sin duda un
aspirante obvio, y hasta tradicional, de ámbito general para ex
plicar el «éxito» de un sistema cognitivo: que las creencias a las
que llega en su funcionamiento deberían ser verdaderas en gene-
ja l. No parece una propuesta desaforadamente radical decir
que la verdad es la virtud peculiar del conocimiento, sea cual
fu e r e la manera en que está organizada la arquitectura cognitiva.
Sospecho que Cosmides y Tooby no se sentirían impresio
nados con lo que acabo de decir, pues podrían replicar que te-
jier creencias verdaderas no es, en sí y de por sí, un dato nece
sario o suficiente para la aptitud. Hay veces en que una
creencia falsa podría sernos más útil; y en la historia de cual
quiera hay un número indefinido de creencias que, aun siendo
verdaderas, no merece la pena tener. No obstante, si tener creen
cias verdaderas no es, en sí y de por sí, adaptativo, no podrá ha
ber, sin duda, un mecanismo cognitivo que haya sido seleccio
nado para la adquisición de creencias verdaderas.
Se trata de una línea argumentativa que encanta a los dar-
winistas. Pero, en realidad, nada semejante se deduce de sus
premisas. La cuestión que no hemos de perder de vísta es la si
guiente: para que la evolución seleccione un mecanismo, no es
necesario que su buen funcionamiento mantenga de por sí una
«correlación con la aptitud». Todo cuanto se requiere es que la
aptitud resulte incrementada cuando s e ejerza su fu n ción en in
teracción con las demás propiedades d e l organismo. Lo que se se
lecciona no son unos órganos aptos sino unos organismos aptos.
Tener manos es, sin duda, algo magnífico, pero resulta difí
cil imaginar que sirvieran de mucho si fuesen lo ún ico que tu
viéramos. Pues bien, de la misma manera, parece perfectamen
te posible que el tipo de arquitectura mental que maximiza la
adptatividad del comportamiento sea también la que establece
una división psicológica del trabajo: es posible que un sistema
cognitivo especializado en determinar las creencias verdaderasinteractúe con un sistema conativo especializado en idear
cómo obtener aquello que se desea del mundo que las creen
cias consideran verdadero. Es de suponer que ninguno de esos
mecanismos contribuiría a un aumento de la adaptación s i no
actuara e l otro. En general, no sirve de mucho saber cómo es el
mundo mientras no se tenga la capacidad de actuar sobre lo
que se conoce (el m ero conocim ien to no nos dará la titularidad
de una plaza universitaria; es necesario publicar) .Y, en general,
no sirve de mucho saber cómo actuar en función de la creencia
de que el mundo es de tal o cual manera, a no ser que lo sea.
Siendo así, n i la razón pura n i la razón práctica tienen de por sí
una ventaja selectiva obvia. Pero pongamos las dos juntas y
tendremos unas acciones racionales asignadas a creencias ver
daderas, lo que, probablemente, permitirá tener muchos hijos.
(Según me dicen, eso es lo que Ies gustaba a los cazadores reco
lectores. De gustibus non est disputandum).
En resumen, si adquirir creencias verdaderas no es adap-
tativo en sí y de por sí (y si se acepta, sin más, el darwínismo),
entonces la conclusión a la que se nos permite llegar es disyun
tiva: o bien (disyunción 1) la evolución no seleccionó un meca
nismo para la adquisición de creencias ciertas o bien (disyun
ción 2 ), si lo hizo, la adaptatividad de este mecanismo debió
de haber dependido de sus interacciones con otras facultades de
Jos seresf unas facultades que, por hipótesis y en principio, no
estaban interesadas por la verdad en cuanto tal. (En cuyo caso,
los tipos de interacciones que pudieran haber sido adaptatívas
habrían dependido de equilibrios que, por lo que sabemos, ha
brían sido muy sensibles a la especificidad de la ecología local;
véase supra). Hasta donde puedo discernir, no hay nada obvia
mente erróneo en la disyunción 2; por tanto, es perfectamente
coherente, incluso para un darwinista. mantener todas las afir
maciones siguientes: que descubrir verdades es la virtud carac
terística del conocimiento; que la arquitectura de nuestras
mentes fue seleccionada para poseer esa virtud, y que, para las
mentes, la posesión de ese tipo de arquitectura cognitiva sólo
es selectiva en caso de tener también muchos otros compo
nentes.
No tengo intención de seguir hablando de esto, pero, según
una postura de antiintelectualismo neodarwinista muy publici-
tada (véase, p. ej., Patricia Churchland, 1987), «la función prin
cipal del sistema nervioso, desde una perspectiva evolucionista,
es tener las partes corporales donde deben estar para la super
vivencia del organismo [...] . La verdad, sea lo que fuere, se
sitúa, definitivamente, en un segundo plano». La consecuencia
ha sido una larga alianza entre el darwinismo psicológico y el
pragmatismo (véase, p. ej., Dewey, 1922), lo cual nos horroriza
a los racionalistas ilustrados. Por decirlo una vez más, en la vi
sión del mundo «evolucionista», «biológica» o «científica» no
hay nada que demuestre n i dé, siquiera, a en tend er que la fun
ción peculiar del conocimiento sea otra que la fijación de creen
cias verdaderas. Sin embargo, esta caracterización de la (su
puesta) función peculiar del conocimiento es, al parecer, de
«ámbito general». Por tanto, Cosmides y Tooby no pueden
mantener porque sí la premisa de que «no hay criterio de éxito
o fracaso [cognitivo] que sea independiente del ámbito»; de
berán argumentarlo. Sin embargo, hasta donde yo sé, no han
ofrecido tal argumentación15.
Segunda razón. «Ningún individuo puede mantener en el curso
de su existencia muchas de las relaciones necesarias para regular
con éxito la actividad [...] [Ahora bien, las arquitecturas de ám
bito general] se limitan al conocimiento de lo que puede derivar
se válidamente mediante procesos generales de información per
ceptiva. Los mecanismos de ámbito específico no están sujetos a
esas limitaciones» (Cosmides y Tooby, 1994, p. 92). Esta frase
suena como un buen argumento a la antigua en favor de los con
tenidos innatos basado en la pobreza del estímulo; y, por supues
to, siempre me he tomado en serio esta clase de argumentaciones.
Por otra parte, aquí es donde compensan un poco algunas de las
distinciones expuestas al comienzo del presente capítulo: los ar
gumentos de la pobreza del estímulo militan a favor del innatis-
mo, no de la modularidad. La especificidad de ámbito y el encap-
suiamiento de un mecanismo cognitivo, por un lado, y su carácter
innato, por otro, son propiedades independientes. Podemos,
pues, disponer de mecanismos de aprendizaje perfectamente ge
nerales y dotados de grandes conocimientos desde un primer mo
mento; y también podemos contar con mecanismos plenamente
encapsulados (p. ej., los reflejos) que estén literalmente presentes
en el momento del nacimiento pero no sepan nada de nada a ex
cepción de cuál será el estímulo inmediato al que responder y
cuál la respuesta inmediata a él. Hasta donde yo sé, todas las op
ciones intermedias son igualmente posibles, al menos en princi
pio. En resumen; podemos recurrir al argumento de la pobreza
del estímulo en favor de teorías innatistas frente a otras teorías
empiristas, pero no podemos alegar un argumento de pobreza de
estímulos en favor de la existencia de mecanismos modulares fren
te a la existencia de mecanismos «generales de aprendizaje» La
«pobreza del estímulo» no es la clase de premisa correcta a partir
1 de la cual se puede defender ese tipo de conclusión.
Debería añadir que la Segunda Razón parece tener un sub-
-texto que, sin embargo, no pretendo haber entendido. Al pare
cer, la idea es que, si bien las estimulaciones disponibles pue
den ser demasiado pobres como para que un mecanismo de
aprendizaje general se percate de la existencia de correlaciones
adptativa y mutuamente pertinentes, «la selección natural pu e
d e [sic] detectar esas relaciones estadísticas». Ello se debe a
que «la selección natural no actúa por deducción o simulación
-sino que aborda el problema real, lleva a cabo el experimento y
se queda con aquellos rasgos de diseño que conducen al mejor
resultado disponible [ ...] . Hace un recuento de los resultados
de otros diseños posibles que actúan en el mundo real [...] y
sopesa la distribución estadística de sus consecuencias [ . ..]»
(pp. 93-94). Como acabo de decir, no lo entiendo, realmente;
pero, sea cual sea su significado exacto, estoy seguro de que me
suena mucho a Darwin. Supongamos, como hipótesis, que las
¡consecuencias causales de que se dé P no son tales como para
afectar a los fenotipos individuales de un determinado tipo de
organismo. De ser así, la evolución no pu ed e hacer que ese tipo
de organismo tome conciencia de que se trata de P. En concre-
, to, no puede seleccionar seres del tipo de los que creen que se
da P por delante de los que no lo creen. Al fin y al cabo, la se
lección favorable a los que creen P requiere unos individuos
cuyos fenotipos (p. ej., conductuales) son d iferen tes d e lo que
habrían sido d e no haberse tratado d e P. Pero, esos individuos
no existirán a menos que algunos de los seres en cuestión pue
dan detectar diferencias ecológicas que, según se dice, «son
portadoras de la información» de que se da P.
Pero, quizá, lo único que dicen Cosmides y Tooby es que, a
veces, la evolución es capaz de «ver» que los fenotipos de una
clase de organismos muestran consecuencias del hecho de que
se dé P, aunque el efecto de tales consecuencias sobre la aptitud
de un individuo determinado sea muy pequeño. Supongo que
eso está muy bien, pero la situación es simétrica pues, a menu
do, el aprendizaje es sensible a diferencias fenotípicas invisibles
a la adaptación. Yo, por ejemplo, he conseguido distinguir, por
poner un caso, entre idealistas hegelianos e idealistas kantianos,
o entre positivistas y pragmatistas, o entre dualistas de la pro
piedad y dualistas de la sustancia; y apuesto a que mi abuelo ca
zador recolector habría aprendido a hacerlo silo hubiera inten
tado. Pero, hasta donde puedo discernir, mi sensibilidad a esas
distinciones no ha afectado ni pizca mi aptitud (en cualquier
caso, no lo ha hecho para mejor); y es también improbable que
afecte la aptitud de ninguno de mis descendientes. Como en
este tipo de casos el aprendizaje puede ver, y ve de hecho, aque
llo para lo que la selección se muestra ciega, no se podrá aducir
en gen era l que la selección es sensible a distinciones más sutiles
que el aprendizaje, o viceversa, por supuesto.
Tercera razón. «La explosión combinatoria paraliza cualquier
sistema que sea auténticamente de ámbito general», «Una arqui
tectura [...] de ámbito general [...] carece de cualquier conte
nido, bien en forma de conocimiento de ámbito específico,
bien en forma de procedimientos de ámbito específico [...]. En
consecuencia, un sistema de ámbito general deberá evaluar to
das las alternativas que pueda definir. Dadas las características
de las permutaciones, las alternativas crecen exponencialmente a
medida que aumenta la complejidad del problema» (p. 94).
Creo que hay dos puntos que señalar acerca de esta cuestión. El
primero es que genera la misma confusión sobre lo innato seña
lada ya por mí al analizar la Segunda Razón. Con todos mis res
petos para Cosmides y Tooby, del hecho de que un ser posea una
arquitectura cognitiva indiferente en cuanto al ámbito no se pue
de deducir con garantía que carezca de una dotación cognitiva
Innata. Por tanto, los argumentos según los cuales debe estar
¡provisto de esa dotación innata son indiferentes respecto a la
ánodularidad del conocimiento. En segundo lugar, Cosmides y
fboby se equivocan al suponer que la modularidad masiva es la
•única alternativa a la explosión combinatoria. A lo más que tie-
ínen derecho es a decir que o bien tenemos el tipo de arquitectura
.«cognitiva en la que la modularidad masiva evita una explosión de
computación clásica o bien (al menos algunos de) nuestros pro
cesos mentales no son computaciones clásicas. Dada la aparente
probabilidad de que las consideraciones globales de simplici
dad, centralidad, coherencia interna y otras similares sean cons
tituyentes ineluctables de una cognición fiable, pienso que debe
ríamos tomarnos muy en serio esa segunda posibilidad15.
La moraleja de estas reflexiones críticas no es, a fin de
cuentas, muy sorprendente; la comprensión de la arquitectura
del conocimiento es un problema empírico. De entrada, no es
probable que unas consideraciones adaptacionistas escojan en
tre las diversas arquitecturas en un nivel de abstracción en que
la elección se sitúe entre modularidad, computación d e ob jetivo
general, o alguna d e las dos. Las variedades imaginables de cada
tipo son excesivamente numerosas y el carácter de las (supues
tas) presiones para elegir nos es desconocido en buena medida;
además, en cierto modo, es improbable que esas opciones sean
exhaustivas. Lo que debemos tener en cuenta es que, tal como
están las cosas, nadie sabe cómo diseñar una arquitectura cog
nitiva que tenga probabilidades de ser lo seleccionado por la
evolución cuando seleccionó mentes como las nuestras. Al ser
mucho lo que desconocemos acerca del funcionamiento de la
mente (creo que ya he mencionado este asunto), también será
mucho, en consecu encia , lo que no sabemos sobre la manera en
que las presiones selectivas determinaron ese funcionamiento.
Si es que lo hicieron.
Dicho esto, propongo establecer una priorización propia.
Dejando a un lado consideraciones darwinianas, creo que si se
acepta que los mecanismos modulares son ipso fa cto específicos
en cuanto a su ámbito, la idea de una arquitectura modular ver
daderamente masiva —por ejemplo, tota lm ente masiva— se ha
lla muy próxima a la incoherencia. Los mecanismos que operan
como módulos presuponen mecanismos que no operan así. Dada
nuestra pasmosa ignorancia sobre cómo podría estar organiza
da, en principio, la mente cognitiva, esta observación no ayuda
mucho a reducir el campo. Aunque tal vez ayude un poco.
FASE III: UN ARGUMENTO A PRIORI
CONTRA LA MODULARIDAD MASIVA: El. PROBLEMA
DE LOS DATOS DE ENTRADA
Ésta es la forma que adopta el problema: supongamos, como es
habitual, que los procesos cognitivos típicos trazan mapas a
partir de representaciones mentales para producir representa
ciones mentales. Supongamos que una determinada mente
contiene dos procesadores modulares: MI sirve para pensar
sobre triángulos (se aplica, por tanto, a representaciones de
triángulos pero no a representaciones de cuadrados) y M2 es
un módulo para pensar sobre cuadrados (por tanto, se aplica a
representaciones de cuadrados pero no de triángulos)16, Su
pongamos también, para simplificar, que eso es todo cuanto
hace la mente. TRM y TCM están en vigor, como de costum
bre; por tanto, sabemos que MI y M2 responden a propie
dades formales, no semánticas, de sus representaciones de
’ gntrada iinput). Llamemos a esas propiedades P l y P2 respec-
.pvamente. En tal caso, MI «se activa» cuando, y sólo cuando,
encuentra una representación P l , y M2 se activa cuando, y sólo
Cuando, encuentra una representación P2. Deducimos, por
tanto, que P l y P2 están asignadas de alguna manera a repre-
«¿ntaciones anteriores a la activación de MI y M2 . Preguntas:
¡E l p ro ced im ien to que e fectú a esa asignación es e sp e c ífico en
cuanto a l ámbito} Es decir, ¿hay un mecanismo único que con
sidere ciertas representaciones en general como su ámbito de
«itrada y asigne P l a alguna de ellas y P2 a otras? ¿O existen
Mecanismos distintos, con distintos ámbitos de entrada, uno
de los cuales asigna Pl a sus entradas, mientras el otro asigna
P2 a las suyas? Estas son las dos posibilidades, ¿cuál prefiere
usted (véase figura 4.1)? Es evidente que la primera composi
ción queda excluida, pues si optamos por ella, estaremos pos
tulando un mecanismo (es decir, CASILLA 1 ) que será, en el
mejor de los casos, menos modular que M ío M2. Esto socava
ría la tesis según la cual la mente es masivamente modular; es
FIGURA 4 .1
OPCIÓN 1:
Todas las representaciones*--- ► CASILLA 1 —>-P1 vF2—►MI
— ► M 2
OPCIÓN 2:
CASILLA2 —► P1 —►MI
Todas las representaciones*;^"
CASILLA 3 —► P2 —►M2-^
* Es decir, «todas las representaciones» menos las que sean datos de salida (out-
puts) de los módulos o casillas indicados.
decir, que está compuesta únicamente por sistemas todos los
cuales son, más o menos, específicos en cuanto a su ámbito.
¿Y qué ocurre con la opción 2 ? A primera vista, se expone
a un regressus ad infinitum, En concreto, plantea la cuestión de
qué determina, entre «el total de representaciones», cuáles son
entradas a la CASILLA 2 y cuáles son entradas a la CASI
LLA 3 ,/. Es de suponer que algo ocurre, antes de la activación
de la CASILLA 2 o la CASILLA 3 que sirve (formal o sintácti
camente) para distinguir las representaciones que activan la
una de las que activan la otra. (Por ejemplo, la característica
IR-A-CASILLA 2 podría estar vinculada a ciertas representa
ciones, y la característica IR-A-CASILLA 3 al resto). Pero aho
ra se vuelve a plantear la misma cuestión arquitectónica: ¿exis
te un sistema de ámbito general que se aplique a todas las
representaciones y vincule un rasgo a alguna de ellas, y el otro
al resto? ¿O hay dos sistemas modulares, uno de los cuales vin
cula IR-A-CASILLA 2 a algunas representaciones, y otro que
vincula IR-A-CASILLA 3 a las demás? Si nos decidimos por la
primera opción, estaremos postulando un mecanismo menos
modular que CASILLA I o CASILLA 2 . Si nos decidimos por
la última, postularemos dos mecanismos, cada uno de los cua
les es selectivamente sensible a un ámbito de entrada restringi
do; por tanto, estaremos planteando la pregunta de cómo se
asignan en sus ámbitos las representaciones a las propiedades a
las que son selectivamente sensibles. Y así una y otra vez.
De momento, lo que tenemos, de hecho, es un razonamien
to según el cualcada mecanismo computacional modular pre
supone mecanismos computacionales menos modulares que él
mismo; así pues, en cierto sentido, la idea de una arquitectura
masivam ente modular es autodestructiva. ¿Hasta qué punto es
serio todo esto? Bueno, un científico del conocimiento podría
optar por convivir de alguna manera con esa situación. Al fin y
i al cabo, todos cuantos aceptan la TRM piensan que existen
[ procesos mentales que n o se aplican a las representaciones
inentales sino, directamente, a las incidencias provenientes del
mundo. Dado que, por hipótesis, estos mecanismos no respon
den a ningún tipo de representación, tampoco responderán se-
r lectivamente, a fortiori, a una representación en función de que
sea o no P. Y como no responden selectivamente a una repre
sentación en función de que sea o no P, su acción no presupon
drá otros mecanismos anteriores algunas de cuyas salidas sean
representaciones de P y otras no. Así pues, al fin y al cabo, no
faay un regreso al infinito.
Según la versión empirísta tradicional, lo que impide el re
greso son, en concreto, los mecanismos sensoriales. En efecto,
se supone que nuestro sensorio es menos modular (menos es
pecífico en cuanto a su ámbito) que cualquier otra cosa d e nues
tra cabeza. O, por decirlo al revés, las extensiones de cualquier
¿ categoría que pueden distinguir los procesos efectuados en
nuestra cabeza deben ser susceptibles de ser distinguidas en el
vocabulario de salida de nuestro sensorio.
[En el caso esbozado más arriba, el conjunto del «total de
; representaciones» es la salida del sensorio y, por hipótesis, in
cluye algunas representaciones que tienen una propiedad que
las hace IR-A-CASILLA 2. Así, según lo requerido, las distin
ciones efectuadas por nuestro sensorio incluyen (primigenia
mente o por construcción) cualquier distinción que pueda llevar
a cabo nuestra m ente]. En realidad, se trata de una manera de
formular el «principio empirísta», cuya formulación más nor
mal es la siguiente: «No hay nada en la mente que no haya esta
do antes en los sentidos».
Es posible que el lector se pregunte ahora: «¿Qué tiene que
ver todo esto con la tesis de la modularidad masiva? ¿Y por
qué debería importarle a quien considere valioso su tiempo (a
diferencia, al parecer, del autor de este libro)?». Calma, calma.
No hay duda de que, hasta aquí, no se ha dicho nada que haya
de preocupar a un teórico de la modularidad masiva dispuesto
a s e r tam bién em pirista; en efecto, aunque el argumento de
muestra que cualquier arquitectura cognitiva debe reconocer
al menos un mecanismo que no sea modular, ése puede ser el
sensorio; y nadie lo ha considerado nunca un módulo. Para los
empiristas, toda la función del sensorio ha de ser, según acaba
mos de observar, de ámbito tan general como todo el resto de
la mente en conjunto.
Pero, si usted es un empirista, espero que haya abandonado
la lectura hace un rato; pensándolo bien, es probable que ni si
quiera haya comenzado a leer. Por tanto, consideremos la fu
nesta situación de un teórico de la modularidad masiva que no
esté dispuesto a creer que cualquier distijnción cognitiva co
rresponde a una distinción sensorial.
Supongamos, por ejemplo, que ese científico del conoci
miento se siente impresionado por los argumentos de L. Cos
mides y J. Tooby en favor de la existencia de un Módulo de
Detección de Tramposos encapsulado y de ámbito específico
(un MDT, como lo llamaré a menudo en adelante; véase el
apéndice para más detalles). Pues bien, una de las cosas que,
supuestamente, hace que el Módulo de Detección de Trampo
sos sea modular es que, normalmente, sólo actúa en situacio
nes que son (o así se consideran) intercambios sociales 18. Se
dice, pues, que su actuación apela a capacidades inferenciales
que no se hallan a disposición de la mente cuando ésta piensa
en situaciones que no considera intercambios sociales. De he
cho, se afirma que sólo podemos activar y desactivar el MDT
en tareas experimentales haciendo que el sujeto vea o no la si
tuación com o un intercambio social (véase Gígerenzer y Hug,
1992).
Por tanto, el MDT computa objetos mentales marcados
XMiio representaciones de intercambios sociales; y su función
$ distribuirlos en distintos rimeros, algunos de los cuales re
presentan intercambios sociales en los que se hacen trampas y
sotros en los que noi9. Sin embargo (siguiendo el razonamiento
(.¿expuesto anteriormente), esta explicación exige postular un
¡mecanismo anterior que responda a situaciones en general (o,
.¡quizá, a situaciones que implican supuestamente alguna activi
d ad humana o de otro tipo) y las cartografíe en forma de repre
sentaciones, algunas de las cuales representarán la situaciones
seomo intercambios mientras que otras no. Este mecanismo es,
¡obviamente, menos específico en cuanto a su ámbito que el
sMDT. Pregunta: a pesar de ello, ¿sigue contando como módu
lo? Y de ser así, ¿qué ocurre con el mecanismo cuyos datos de
salida activan este módulo de intercambio social? ¿Para qué
-ámbito es específico?
Hasta aquí me ha preocupado que los argumentos regresi
vos pudieran demostrar la incoherencia de la idea de una men
te de modularidad realmente masiva. Sin embargo, me doy
cuenta de que, aunque algunos científicos del conocimiento
están encantados con tales argumentos, hay también muchos
otros que no lo están y que los consideran filosóficos en un
sentido peyorativo de la expresión. Por decirlo en pocas pala
bras, esos argumentos les dejan fríos; no les divierten. Así
pues, propongo pasar a una preocupación relacionada con la
anterior y que, sin ser tan de principios, es, posiblemente, más
apremiante.
Hemos dado por supuesto que en la entrada (inpu t) del
MDT hay algo que lo activa; alguna propiedad de sus represen
taciones de entrada que le afectan selectivamente y que es
«portadora de la información» de que el presente despliegue
de representaciones no centrales constituye un intercambio so-
cíal. Pregunta: ¿qué característica puede ser ésa? ¿Cómo deci
de un módulo sí lo que está presenciando es un intercambio
social?
Como usted, querido lector, no es un empirísta, es de supo
ner que no cree que los intercambios sociales dispongan de
unos catavientos peculiares20. Es de suponer, por tanto, que no
creerá, por ejemplo, que la distinción entre intercambios socia
les y todo lo demás esté implícita de alguna manera en las sali
das (ou tputs) del transductor sensible que activan. Al fin y al
cabo, no existe una ignota Benevolencia Oculta que pinte los
intercambios sociales de un color peculiar. Calcular si algo es
un intercambio social y, en caso de serlo, sí se trata del tipo de
intercambio social en el que se puede producir una trampa
(que, por supuesto, no se da en todos) implica la detección de
lo que los conductistas solían llamar Claves Muy Sutiles. Lo
que equivale a decir que nadie tiene n i idea de qué tipo de lucu
bración se requiere para comprender qué estimulaciones no
centrales son intercambios sociales o para imaginar a qué tipo
de conceptos necesitaría tener acceso un determinado tipo de
especulación. En concreto, ¿por qué habría de ser verosímil
suponer que un sistema computacional modular, de ámbito es
pecífico y encapsulado podría detectar intercambios sociales?
(Uno de los grandes asuntos tratados por la literatura moder
na es conocer el grado de dificultad que supone comprender
cuál es «la situación» —de qué son capaces los nativos, si es
que son capaces de algo—. Kafka [passim], Melville [1997] y
Martin Amis [1984], por no hablar de Lewis Carroll, nos brin
dan diversos ejemplos. Los teóricos de la modularidad masiva
tendrían que hojear este tipo de obras de ficción para afinar la
sensibilidad de las yemas de los dedos).
«Ah, pero volviendo al tiempo en que éramos cazadores re
colectores, Todo Era Mucho Más Sencillo, Los intercambios
■sociales eran Mucho Más Fáciles de Detectar que ahora. En
• realidad, casitodos eran de color naranja con rayas grises».
Muy bien, si usted lo dice, pero no veo en qué podría ayudar
todo esto a su argumentación. Al fin y al cabo, los experimen
tos que supuestamente muestran que hemos heredado un mó-
(¡dulo detector de trampas se suelen llevar a cabo con contem
poráneos nuestros; y (según se dice) lo que demuestran es, por
ejemplo, que los resultados en la tarea de selección de Wason
se ven afectados por el hecho de que el sujeto pueda considerar
que se trata de un intercambio social. Pero, aunque todos los
intercambios sociales fueran de color naranja con rayas grises a
'fin de que el MDT pudiera identificar —volviendo a aquellos
tiempos— los datos de entrada por su color21, es seguro que el
MDT no puede llevar a cabo actualmente esa identificación.
En el mejor de los casos, lo que activa el MDT en nuestros días
no es el color naranja sino algunas claves sutiles indicativas de
un intercambio social. Así, la tesis de la modularidad masiva no
puede ser cierta, a menos que, entre otras cosas, exista un mó
dulo que detecte las claves sutiles pertinentes y deduzca de
ellas que se está produciendo un intercambio social. Repetiré la
pregunta anteriormente planteada: ¿cuál es la posibilidad de
que un proceso de información modular (es decir, encapsula
do, es decir, computacionalmente local) pueda extraer fiable
mente esas deducciones? 22.
Éste es, por tanto, el balance final: supongamos que ciertos
procesos darwinianos han dotado de alguna manera al hom o
sapiens con un MDT encapsulado que despliega procedimien
tos inferenciales de ámbito específico (o una base de datos de
ámbito específico, o ambas cosas) para evaluar qué se conside
ran intercambios sociales. Aun así, eso no sería una razón para
pensar que la mente es en realidad masivam ente modular, a no
ser que estemos dispuestos a suponer que ciertos procedimíen-
tos de ámbito específico correspondientes y encapsulados po
drían evaluar situaciones en general para saber si son o no in
tercambios sociales. Pero, por decirlo de nuevo, llegar a saber
si algo es un intercambio social y, de serlo, si es el tipo de inter
cambio social en el que pueden producirse trampas, requiere
pensar. En realidad, según sabe todo el mundo, requiere el tipo
de razonamiento abductivo que los módulos no llevan a cabo,
por definición, y que las computaciones clásicas no tienen for
ma de imitar.
Debería añadir que, a diferencia de los problemas de regre
sión planteados unas páginas más arriba, esta cuestión pareci
da a un «análisis de datos de entrada» sobre cóm o se apaña la
m en te para represen ta rse cosas d e una manera que determ ina
qu é m ódulos s e activan no es precisamente «filosófica» sino au
tén ticam en te real; surge en los estudios de ciencia cognitiva de
tal modo que desconcierta a los científicos cognitivos. Mencio
naré sólo un caso muy conocido: ¿cómo decide el (supuesto)
módulo de la percepción del lenguaje sí un suceso de entrada
(input) se halla en su ámbito? La gente solía pensar (y, en cierto
modo, esperar) que la psicofísica respondiera a esta pregunta;
habría cierto(s) rasgo(s) de datos de entrada detectados por un
transductor a los que el sensorio respondería con un tipo de re
presentación mental característico (aún no se ha acabado de
descubrir cómo ocurre); y, ce ter is paribus, el módulo de per
cepción lingüística definiría su ámbito por referencia a caracte
rísticas peculiares de esas representaciones sensoriales. No está
excluido, desde luego, que las cosas acaben siendo así. Pero, de
momento, nadie ha encontrado esas características; ¿y cómo
comenzaría a aplicarse este tipo de explicación al análisis per
ceptivo del lenguaje de signos? ¿O al de la lectura?
Lo especialmente interesante de este caso es que la proba -
bilidad de que no necesitemos realizar ninguna reflexión com-
pilcada para decidir que un dato de entrada pertenece al ámbi -
to del lenguaje será m ucho mayor que para detectar datos de
entrada en el ámbito del MDT. La razón de ello es, precisa-
¿Dente, que la percepción lingüística es una percepción y, por
■fínto, probablemente, algo que ocurre en fases muy tempranas
í'áel jrocesamiento cognitivo, y que además es ineludible. De
¡ hecho, sí los mecanismos del análisis preceptivo son, a primera
rlista, buenos aspirantes a la modularidad, se d eb e en parte a la
; probabilidad de que los ámbitos de los módulos perceptivos
(como el procesador del lenguaje) se puedan detectar psicofísi-
■ camente. (De la misma manera que, al no pod er ser detectados
i;. psicofísicamente, los ámbitos de algunos supuestos módulos
¡ «cognitivos», como el MDT, no son, a primera vista, buenos as-
I pirantes a la modularidad), Y, sin embargo, resulta que no es
i fácil llegar a soluciones empíricas al problema del análisis de
I los datos de entrada n i siquiera en el caso de un probable aspi-
i rante como lo es el lenguaje.
| Lsta es la moraleja: la modularidad realmente masiva sólo
es una explicación coherente de la arquitectura cognitiva si el
!| problema de los datos de entrada para cada módulo (el proble- I ma de identificar las representaciones en su ámbito propio) se puede resolver mediante inferencias que no sean abductivas (o
de algún otro tipo holístico); es decir, mediante mecanismos de
ámbito específico. Sin embargo, no hay razón para pensar que
| pueda ser resuelto. En particular, el tratamiento tradicional
} empírico —es decir, la hipótesis de que los ámbitos de todos
« los procesadores cognitivos son distinguibles en el sensorio—
’ es sumamente improbable fuera de la percepción (y no todos
' son sumamente plausibles dentro de la percepción).
Así, si es cierto que la Nueva Síntesis requiere el modelo
clásico de computación, y si es cierto que el modelo clásico de
computación sólo funciona para las computaciones locales, y si
además es cierto que sólo un procesamiento modularizado tie
ne posibilidades de ser local en los aspectos pertinentes, es pro
bable que no podamos salvar la Nueva Síntesis mediante la su
posición de que la arquitectura cognitiva es masivamente
modular. En la abducción, la mente cognitiva depende, según
todas las apariencias, de sus oídos espirituales. Y no sabemos
cómo funciona la abducción. Así que no sabemos cómo fun
ciona la mente cognitiva; la única cosa sobre la que sabemos
algo son los módulos.
5 . DARWIN ENTRE LOS MÓDULOS
t •
INTRODUCCIÓN
‘Hablando con rigor, podríamos habernos detenido al final
’Hel capítulo 4. Había prometido analizar la relación entre dos
doctrinas —respaldadas ambas por la Nueva Síntesis— que
¡podrían parecer muy independientes a primera vista: que los
procesos cognitivos son computaciones clásicas y que la ar
quitectura del conocimiento es masivamente modular. La in
terpretación ofrecida por mí es que las computaciones clási
cas son intrínsecamente locales y, por tanto, están mal
equipadas para explicar los aspectos abductivos de la cogni
ción. Esto no importaría mucho si la arquitectura cognitiva se
caracterizara por su modularidad, pues cuanto más encapsu
lado sea un proceso inferencíal, menos abductívo será. Pero,
si la tesis de la modularidad masiva no fuera cierta, la locali
dad intrínseca de la computación clásica tendrá mucha im
portancia; es posible que socave la pretensión de que la Nue
va Síntesis brinda una teoría general del funcionamiento de la
'mente. Por tanto, es razonable que un científico del conoci
miento convencido de que los procesos mentales son compu
taciones clásicas espere seriamente que la mente sea masiva
mente modular.
Hasta aquí, perfecto. Pero la Nueva Síntesis está también
ampliamente convencida de la tesis de que la «arquitectura
cognitiva es una adaptación evolucionista», y podríamos pre
guntamos cómo encaja esta aseveración con las otras dos.
Éste es el tema del presente capítulo. Mi línea expositiva será
que ninguno de los argumentos habituales de la Nueva Sínte
sis a favor deladaptacionismo del conocimiento es ni remota
mente convincente. Por otra parte, pienso que hay razones
para mantener que el adaptacionismo debería ser cierto en re
lación con una arquitectura cognitiva en la medida en que ésta
sea m odular (de forma masiva o de cualquier otra manera).
Del mismo modo que la computación clásica requiere modu
laridad, la modularidad necesita del adaptacionismo. Desde
mi punto de vista, estos tres elementos constituyen conjunta
mente una explicación no del todo improbable de algunos as
pectos del conocimiento. Como el lector habrá advertido, sin
duda, lo que me preocupa es la parte del conocimiento que
no funciona de esa manera; además, hay indicios para pensar
que se trata de una parte considerable y que mucho de lo que
tiene de especial el tipo de mente que poseemos se encuentra
allí.
Vamos a proceder de la siguiente manera. En primer lugar,
ofreceré una visión desaprobatoria de los muchos argumentos
aducidos normalmente a favor del adaptacionismo cognitivo.
Todos ellos giran en torno a consideraciones generales acerca
de las relaciones entre teorías psicológicas y biológicas, o sobre
la función central que tiene el darwinismo en nuestra compren
sión de las propiedades innatas de los organismos. Lo más inte
resante de sus rasgos comunes es que, sí son buenos en algo, lo
son en general. Es decir, que dan por supuesto el adaptacionis
mo de la arquitectura cognitiva tanto si la mente es modular
com o sí no lo es. También tienen en común el hecho de ser om
nipresentes en la bibliografía de la Nueva Síntesis. Y también,
que no son buenos.
Luego, diré por qué pienso que, probablemente y a fin de
cuentas, existe una vinculación intrínseca entre modularidad y
adaptacionismo.
PRIMER MAL ARGUMENTO DE POR QUÉ LA PSICOLOGÍA
'EVOLUCIONISTA ES INEVITABLE A PRIORI: COHERENCIA
- f
. Supongamos que el adaptacionismo es verdadero en lo que
,:«specta a la arquitectura cognitiva, tanto si esa arquitectura es
¡modular como sí no lo es. El efecto sería vincular ciertas teorías
psicológicas sobre la organización de la mente con otras bioló-
' gicas sobre la evolución de órganos menos intencionales (el ojo
' de los vertebrados, el cuello de la jirafa, etcétera). En cambio,
! si la arquitectura cognitiva no es una adaptación, la explicación
: correcta de su evolución debería ser más o menos su i generis.
Podría ocurrir que las buenas teorías sobre cómo evoluciona
ron los ojos y los cuellos y las buenas teorías sobre la evolución
de las mentes no guardaran relación. En este sentido, al menos,
ía biología y la psicología del conocimiento serían ciencias rela
tivamente autónomas.
' Pues bien, de acuerdo con una gran parte de la bibliografía
efe la Nueva Síntesis, este resultado es intolerable. Se considera
metodológicamente inaceptable, lo cual me parece un tanto
raro. Al fin y al cabo, la Nueva Síntesis está dispuesta a admitir
que la psicología y la botánica, por ejemplo, no tienen mucho
' que decirse la una a la otra; que cada una se apañe como pueda.
Pero suponer que la psicología cognitiva no debería estar limi
tada por la teoría de la evolución sería «descuidar o, incluso,
rechazar el principio central de que los conocimientos científi
cos —de un mismo campo o de campos diferentes— deberían
poseer coherencia mutua [...] . Este principio es el que hace
que diferentes campos sean mutuamente significativos y for
men parte del mismo sistema de conocimiento más amplio»
(Cosmides y Tooby, 1992, p. 22). «Si, dentro del vasto paisaje
de la causación nos es posible ahora situar “el lugar del hombre
en la naturaleza”, por emplear la famosa frase de Huxley», es
tan sólo porque «Darwin [ . ..] demostró cómo el mundo men
tal [...] debía probablemente su compleja organización al mis
mo proceso de selección natural que explicaba la organización
física de las cosas vivas» (pp. 20 -2 1 ).
Sospecho que todo esto resulta muy conmovedor. Pero,
pensándolo mejor, es un asunto excesivamente fuerte y excesi
vamente débil.
Es excesivamente fuerte porque, de hecho, mucho de lo
que sabemos sobre el «lugar del hombre en la naturaleza» (su
pongo que esto quiere decir algo así como «la relación entre los
fenómenos estudiados por las ciencias intencionales y los fenó
menos pertenecientes al ámbito de las ciencias biológicas y na
turales») no pa rece tener, realmente, mucho que ver con la evo
lución. Lo cierto es que, en principio —así deberíamos haberlo
imaginado—, podríamos conocer la explicación completa de
cómo sobreviene la mente al cerebro sin saber nada sobre la
evolución de ambos; y eso equivaldría, sin duda, a saber mucho
acerca del lugar de la mente en la naturaleza. ¿O no? Así pues,
¿qué es lo que se está afirmando exactamente y cuál es exacta
mente la garantía de esa afirmación, cuando se dicen cosas
como ésta?: «[Como] los seres humanos, al igual que cualquier
otro sistema natural, están integrados en las contingencias de
una historia más amplia y no arbitraria [...] la explicación de
cualquier dato particular referente a ellos requiere el análisis
conjunto de todos los principios y contingencias en juego.
Romper esta matriz causal inconsútil [ ...] equivale a asumir y
’l perpetuar un dualismo antiguo endémico en la tradición de la
■ cultura occidental [ . . .] » (p. 2 1 ), etcétera,
i; : «Caramba», podríamos decirnos razonablemente, «la psi-
I cología debe de ser m uy diferente de muchas otras ciencias,
pues, en un gran número de ellas es perfectamente correcto
> -r-en realidad, es lo habitual— que una explicación que encaje
un fenómeno en “el vasto paisaje de la causación” sea en gran
I medida, o del todo, ahistórica. En el caso habitual, esas explicá
is dones ahistóricas funcionan mediante la exposición del me-
t canismo de causación sin crón ica de un fenómeno. Así, por
i ejemplo, la explicación aerodinámica del vuelo de las aves no
! nos dice nada en sí, y de por sí, sobre cómo llegaron a volar.
Ahora bien, si tal explicación no logra encajar el vuelo de las
| aves en el orden causal, no consigo realmente imaginar qué po
pí:, dría hacerlo. Por tanto, si una teoría totalmente ahistórica pue-
jg"; de servir para explicar cómo el vuelo de las aves forma parte de
•f la matriz inconsútil de la causación, ¿por qué una teoría igual-
f mente ahistórica de la aparición de la mente/cerebro no podría
p;. servir para explicar cómo se integra la mente en el orden cau-
j í sal? ¿Cuál es exactamente el principio metodológico que vio-
S¡’: lan las explicaciones psicológicas ahistóricas? ¿Y de dónde
L surge, en cualquier caso, ese súbito arrebato de apriorismo me-
¡ i todológico? ¿Son, tal vez, dualistas de algún modo estos psícó-
fc logos evolucionistas?». Esto es lo que razonablemente podría-
mos decirnos1.
É El argumento de la coherencia es demasiado d éb il porque,
| : aun siendo cierto que la psicología necesita ser coherente con el
resto de la ciencia —en realidad, es cierto a priori—, ello no le
=r, aporta ningún interés metodológico. En concreto, la coherencia
no es lo que hace que «diferentes campos sean mutuamente sig
nificativos». Al contrario, la mera coherencia tiene poco valor;
cualquier par de teorías verdaderas la tienen ipso fa d o . Si, por
ejemplo, estamos convencidos de que nuestra teoría botánica
predilecta y nuestra teoría astrofísica favorita son ambas ciertas,
no necesitamos nada más para justificar que son coherentes. Así,
también, las leyes de la mecánica cuántica (de ser ciertas) son
ipso fa d o compatibles con la verdad de que Columbus (Ohio)
es mayor que Urbana-Champaign. De ahí no se sigue que la
mecánica cuántica tenga mucho que decir sobre demografía, o
viceversa. Lo mismo ocurre, mutatis mutandis, con nuestra teo
ría favorita sobre el funcionamiento de la mente y nuestra teoría
predilecta sobre cómo funciona la evolución2.
Por supuesto, no es accidental que la Nueva Síntesis siga
incurriendo en ese curioso error de suponer quela mera coh e
rencia de las ciencias psicológicas con la biología exige de algún
modo que la arquitectura cognitiva haya de ser una adaptación
darwiniana \ Lo que realmente necesitan es, por supuesto, un
argumento que demuestre por qué ciertas consideraciones so
bre la historia de la selección humana deberían tener una gran
importancia en la explicación psicológica intencional. En con
secuencia, lo que requieren como premisa de su argumenta
ción no es que todas las ciencias deban ser mutuamente coh e
ren tes , sino que todas sean mutuamente relevantes, en concreto
mutuamente relevantes desde el punto de vista de la explica
ción . Litego^el hecho interesante de que la teoría evolucionista
imponga limitacionesa la psicologíacógñitíva (y viceversa, por
supuesto) se seguiría de ello como un caso especial. La exigen
cia de relevancia mutua tiene realmente garra, y aceptarla
como principio metodológico tendría consecuencias graves
para nuestra idea de la organización de las ciencias. Pero ¿qué
importa? Pues (por volver al razonamiento expuesto más arri
ba), simplemente, no es cierto que todas las ciencias son rele
vantes entre sí. Al contrario, resulta sorprendente la nula rela
ción que guardan entre sí la mayoría de ellas, al menos por lo
que sabemos. Puestos a ello, lo mismo ocurre con la mayoría de
las verdades contingentes, científicas o de otro tipo. En gene
ral, hacer que teorías de diversas ciencias se apoyen mutua
mente es una tarea difícil; a menudo, cuando se logra, se consi
gue un gran avance. Si alguien pudiera demostrar, por ejemplo,
que la teoría de la geografía lunar impone restricciones a la teo
ría de la mitosís celular, estoy seguro de que conseguiría que se
lo publicaran en la revista Nature. Pero, con toda probabilidad,
no veremos esa publicación, ya que no existe tal restricción;
por tanto, podemos respirar tranquilos. ¿Por qué estas triviales
obviedades metodológicas no se aplican también a la relación
entre teorías de la evolución y teorías del conocimiento?
Podría ser cierto que la biología evolucionista impusiera
importantes restricciones a la psicología cognitiva; a posteriori,
'poáría tiei TlIÜltóü ptobaWt>*ju*í~k» hk4era; Pero él matiz «a
•y&Stefíori» es muy tmportaTire.'Tiiíechó dé'que la Biología
evolutiva impone unos límites importantes a la psicología cog-
nítiva no deriva de ningún principio metodológico como el que
dice que todas las ciencias se imponen (o deberían imponerse)
importantes restricciones mutuas, ya que, hasta donde sabe
mos, no existe tal principio metodológico4,
Decir que la filosofía de la ciencia no está todavía termina
da sería una expresión moderada. Por tanto, es posible que, en
última instancia, se demuestre que existe alguna verdad a priori
sobre la exigencia de que las teorías científicas encajen entre
sí y que esa verdad no consista en afirmar que sería mejor
que fueran mutuamente coherentes. Podría resultar, incluso, que
haya algún principio a p r io r i de «unidad de la ciencia» o de
«coincidencia» del que se derivaría que la biología es significa
tiva para la ciencia cognitiva en un sentido (hasta donde sabe
mos) en que no lo es la geografía lunar para la teoría de la mito-
sis celular; la filosofía está llena de sorpresas. Pero, tal como
están las cosas actualmente, no se puede crear una psicología
evolucionista mediante un «hágase» metodológico. Si existe al
guna razón para defender que la arquitectura metodológica de
la mente evolucionó por presión selectiva, se ha de basar en
motivos empíricos. Mi abuela preferiría que los biólogos deja
ran de intentar enseñar filosofía de la ciencia a los filósofos de
la ciencia. Dice que gracias; que ya sabe cómo se cuece un
huevo.
SEGUNDO MAL ARGUMENTO DE POR QUÉ LA PSICOLOGÍA
EVOLUCIONISTA ES INEVITABLE A PRIORL TELEOLOGÍA
Se puede sostener que la explicación funcional es esencial en
las ciencias biológicas y también (y no por casualidad) en la
ciencia del conocimiento. De hecho, el descubrimiento de da
tos sobre funciones parece ser uno de los principales logros en
ambos campos. El que la función del corazón sea poner en cir
culación la sangre, la de la clorofila realizar la fotosíntesis y la
de la memoria icónica retener las representaciones de estímu
los próximos hasta que se puedan inferir sus fuentes distantes,
son paradigmas de teorías de éxito en sus ciencias respectivas.
En resumen, hay una especie de consenso sobre el hecho de
que «sencillamente, no podemos hacer biología [...] sin pre
guntarnos por las razones de todo lo que estamos estudian
do [...] . Tenemos que preguntar “porqués” [...] . Si [los biólo
gos y los psicólogos] no pueden aceptar que existe una buena
razón para las características observadas por ellos, no podrán
ni siquiera comenzar sus análisis» (Dennett, 1995, p. 213). La
idea, en síntesis, es que no hay probabilidad de que entenda
mos cómo funciona una cosa a menos que comprobemos qué
Jiace; y no podemos comprobar qué hace si no hace algo. Por
tanto, sin una teleología natural no hay biología ni ciencia cog-
uitiva. No sé si las cosas son así, pero la gente está siempre di
ciendo (por escrito) que así es, y quizá haya algo en todo ello,
i Sin embargo, donde vacilo es ante el siguiente paso que lle
va del argumento teleológico a la psicología evolucionista, el
que dice que la (¿única?) manera de garantizar la noción de
función requerida por la biología y la ciencia cognitiva es ape
lar a Darwin y, en concreto, asumir que el órgano cuya función
estamos procüfandoéñtender evolucionó por presíónselectT
va y que la función de un órgano es aquello para lo que fue se
leccionado. (En cambio, se supone quelasfex adaptaciones es
porádicas son excepciones del tipo de las que demuestran la
regla). «Lo que Darwin nos mostró no fue que no debamos
preguntar [“porqués”], sino cómo darles respuesta» (ibid.,
p. 213). Por tanto, si buscamos una teoría de.la.-arquitectura
cognitiva, necesitamos un concepto de función; y si buscamos
rnTcoñceptodel^ tenemos que ser adaptacionistas res-
pecto al conocimiento. Esta es la línea areumental.
Pero, aunque supongamos, en forma concesiva, que no po
demos hacer biología/psicología sin una teleología natural, no
es ni mucho menos evidente que la noción de teleología natu
ral proporcionada (supuestamente) 5 por la teoría de la evolu
ción sea la requerida por la explicación teleológica en biología
y psicología. Lo que debemos tener en cuenta aquí es que
cualquier noción darwiniana de función es ip so fa cto díacróni-
ca; contempla la función de los órganos como si estuviera in
trínsecamente conectada con la historia de su selección. Por
tanto, si es verdad que ahora la función del corazón es bombe
ar la sangre, lo es porque en aquel entonces fue seleccionado
para bombearla. A primera vista, se trata de una característica
incómoda de la versión darwiniana de la teleología que, ade
más, hace difícil creer que pueda ser la única requerida por la
explicación biológica/psicológica. Imaginemos, sólo como un
experimento especulativo, que Darwin se equivocó del todo
sobre el origen de las especies (todos cometemos errores). ¿Se
seguiría de ello que la función del corazón no es bombear la
sangre? ¿O, en realidad, que el corazón, como el apéndice, no
tiene ninguna función y que tampoco hace ninguna otra cosa
en el orden natural? Si nos sentimos inclinados a dudar de la
conclusión, es probable que el concepto de función en el que
estamos pensando no sea diacrónico; y, a jo r t io r i , tampoco
darwiniano6.
Pero, en fin, supongamos que no podemos hacer psicología
sin un concepto de función y que el concepto de función que
necesitamos es, en definitiva, darwiniano. Aun así, no se segui
rá de ello que, para hacer psicología, tengamos que desentra
ñar previamente toda la historia evolutiva, ni siquiera una par
te, ya que a menudo podemos hacer una conjetura sagaz sobre
qué es un órgano basándonos por entero en consideraciones sincrónicas. Así, podríamos suponer que las manos son para aga
rrar y los ojos para ver o, incluso, que las mentes son para pen
sar, sin saber nucho de su historia selectiva ni preocuparnos
gran cosa por ella. Comparemos esto con lo que dice Pinker
(1997, p. 38); «Los psicólogos tienen que mirar fuera de la psi
cología sí quieren explicar para qué son las partes de la mente».
¿De veras? Harvey no tuvo que mirar fuera de la fisiología para
explicar para qué sirve el corazón. En concreto, es moralmente
cierto que Harvey no leyó nunca a Darwin. Igualmente, la filo
genia del vuelo de las aves sigue siendo un problema abierto en
la teoría de la evolución. Pero supongo que el primer individuo
que comprendió el uso que daban las aves a sus alas vivía en
una caverna. Argumentar que si A = B, no podemos saber
(comprender, tener una teoría de, explicar, realizar aseveracio
nes justificadas sobre) nada de A a menos que sepamos (com
prendamos. es (otro) tipo de falacia intencional.
En realidad, en asuntos de realidad histórica, parece que el
curso habitual de la investigación en las ciencias teleológícas es
exactamente el inverso del que habría sido según la propuesta
del razonamiento funcionalista a favor del darwinismo. Lo que
realmente ocurre es que biólogos y psicólogos son capaces de
elaborar, a partir de consideraciones sincrónicas, una explica
ción probable y convincente de lo que hace y no hace un siste
ma. Luego, consideran suficientemente garantizada la hipótesis
evolucionista de que la función que, según su descubrimiento,
lleva a cabo el sistema en la actualidad es, probablemente,
aquella para la que fue seleccionado. (Estoy dispuesto a escu
char ejemplos genuinos tomados de la historia de la biología o
la psicología en los que el rumbo de la deducción sea el contra
rio; así, de pronto, no se me ocurre ninguno). Apenas sorpren
de que el orden del descubrimiento sea éste, pues las pruebas
relativas al funcionamiento actual de un sistema son por lo ge
neral más accesibles que las referentes a la historia de su selec
ción. En concreto, es difícil realizar experimentos con seres ex
tinguidos.
Concluyo esta diatriba señalando, de paso, que es posible
imaginar fácilmente concepciones no darwinianas de función.
Intuyo, por ejemplo, que la función de mi corazón tiene menos
que ver con sus orígenes evolutivos que con la verdad actual de
afirmaciones contrafácticas como la de que si dejara de bom
bear mi sangre, me moriría. Es posible que, en general, lo que
determina la función de un órgano sea algo relativo a qué afir
maciones contrafácticas de ese tipo son ciertas cuando se refie
ren a é l
TERCER MAL ARGUMENTO DE POR QUÉ ES INEVITABLE
UNA PSICOLOGÍA EVOLUCIONISTA: COMPLFJÍDAD
«Es muy evidente que la mente está dotada de una gran comple
jidad, y a pesar de que la historia de Hamlet diga lo contrario,
tener una mente es probablemente un rasgo adaptativo (o lo ha
bría sido en aquel tiempo pasado en que cazábamos y recolectá
bamos). Pero la única manera que tiene la naturaleza de cons
truir un sistema complejo y adaptativo es la selección evolutiva.
Por tanto, la mente ha tenido que evolucionar por presión selec
tiva». Los libros sobre darwinismo psicológico no pueden, sen
cillamente, pasar de los prólogos a las conclusiones sin decir
este tipo de cosas; habitualmente más de una vez; en realidad,
habitualmente muchas más veces. Por ejemplo, Plotkin (1997):
«Si el comportamiento es adaptativo, deberá ser producto de la
evolución [...]. La teoría neodarwinista [es] el teorema central
de toda biología, incluida la conductista» (pp. 53-54). Y tam
bién Pinker (op. cit.)\ «La selección natural es la única explica
ción de que disponemos para saber cómo puede evolucionar la
vida compleja [...] , [por tanto] la selección natural es indispen
sable para entender la mente humana» (p. 55). Y Cosmides y
Tooby (1992): «La selección [...] es la única explicación cono
cida de la aparición natural de funcionalidades de organización
compleja en el diseño heredado de organismos no domestica
dos» (p. 53). Y Dawkins (1996): «Siempre que existe en la natu
raleza una ilusión suficientemente poderosa de un buen diseño
para algún objetivo, la selección natural es el único mecanismo
conocido que puede dar razón de ella» (p. 202). Así sucesiva
mente, a i infinitum\ alguien podría espetarnos: deja lu.
Por todo ello, la complejidad de nuestras mentes, o de
nuestro comportamiento, no es, sencillamente, intrascendente
para la cuestión de si nuestra arquitectura cognitiva evolucionó
por presión selectiva. Considero notable que nadie parezca ha
berse dado cuenta de ello.
Lo que importa para la probabilidad de que una nueva pro
piedad fenotípica sea una adaptación no tiene nada que ver
con su complejidad. Lo único que cuenta es cuánta alteración
se habría necesitado en el genotipo del antepasado más próxi
mo carente del rasgo para producir descendientes que lo tuvie
ran. De haberse necesitado mucha, es probable que la altera
ción sea una adaptación; de lo contrario, no. En el presente
caso, lo que importa para la probabilidad de que la arquitectu
ra de nuestras mentes sea una adaptación es cuánta alteración
genotípica se habría requerido para que evolucionara a partir
de la mente del simio antropomorfo ancestral más próximo
con una arquitectura cognitiva diferente de la nuestra.
Sobre esto, sin embargo, no sabemos nada. (Véase una ex
posición especulativa pero interesante en Mithen, 1996). Lo
cual se debe en parte, por supuesto, a que no sabemos nada so
bre la arquitectura cognitiva del simio ancestral. Pero todavía
es más importante que, puesto que la estructura psicológica le
sobreviene (probablemente) a la estructura neurológica, la va
riación genotípica sólo afecta a la arquitectura a través de su
efecto en la organización del cerebro. Y como no sabemos
nada sobre cómo sobreviene la arquitectura del conocimiento
a la estructura de nuestro cerebro, es perfectamente posible
que reorganizaciones neuroíógícas muy pequeñas hayan podi
do provocar enormes disparidades psicológicas entre nuestras
mentes y la del simio ancestral. Se trata de una posibilidad com
p letam en te real; no co n o c em o s nada acerca déla relación men
te/cerebro que sea incompatible con ello. En realidad, lo poco
que sabemos apunta en la otra dirección: nuestros cerebros
son, al menos en términos generales, muy similares a los de los
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simios antropoides; pero nuestras mentes son, al menos en ge
neral, muy distintas. Parece, pues, como si unas alteraciones
neurológicas relativamente pequeñas debieran haber produci
do disparidades muy grandes («saltos», según cierto autor) en
las capacidades cognitivas en el curso de la transición de los si
mios ancestrales a nosotros. De ser así, no hay razón alguna
para creer que nuestro conocimiento fue configurado por la
acción gradual de la selección darwiniana sobre fenotipos con-
ductuales prehumanos. En particular, el (supuesto) hecho de
que nuestras mentes son complejas y propicias a la adaptación
no es razón para creerlo.
En mi opinión, si pensamos en la manera como el adapta
cionismo impone —o no impone— limitaciones a la psicolo
gía, creo que merece más la pena tener en cuenta esta línea de
pensamiento. Por tanto, propongo insistir un poco más en el
tema.
En todos los casos paradigmáticos de explicaciones evolu
cionistas atinadas, la existencia de una relación lineal en térmi
nos generales entre algún parámetro fisiológico y la consi
guiente alteración de la aptitud de un ser forma parte de la
explicación. Si alargamos sólo un poco más el cuello de la jira
fa, aumentaremos sólo un poco, de manera correspondiente,
la capacidad del animal para llegar a la fruta situada en lo alto
del árbol; por tanto, es probable que la selección estirara los
cuellos de las jirafas poco a poco hasta alcanzar esa medida.
(Esa pareceser la explicación. Sin embargo, me dicen que, en
general, las jirafas no comen alargando el cuello. Espero que
así sea).
Quisiera hacer hincapié en que, en las explicaciones darwi-
nianas, no es indispensable aceptar una covariación más o me
nos lineal. Si un cambio fisiológico no genera un cambio de
aptitud, la evolución habrá alcanzado un punto máximo (posi-
blemente local) y la selección se interrumpirá. Si un pequeño
cambio fisiológico genera un gran cambio en la aptitud, desa
parecerá la diferencia entre una teoría de la selección y una teo
ría del salto. {Recordemos que el argumento darwiniano están
dar a favor del gradualismo evolutivo es que los grandes
cambios fenotípicos acabarán, probablemente, en desadapta
ciones, y que cuanto mayor sea el cambio, mayor será esa posi
bilidad), Lo diré una vez más: el darwinismo sólo puede fun
cionar donde exista algún parámetro orgánico (y sólo allí) en el
que una pequeña variación de incremento produzca corres
pondientemente unas pequeñas variaciones de incremento en
la aptitud. Muchos de los grandes éxitos de la teoría darwinista
han consistido precisamente en demostrar la existencia de un
parámetro así en algún caso en que, a primera vista, no parecía
existir. Véase, por ejemplo, la respuesta de Dawkins (1996) a la
objeción tradicional de que la variación aleatoria no pudo ha
ber producido nada tan complicado como un ojo.
Pero, una vez más, desconocemos simple y totalmente sí las
relaciones existentes entre las alteraciones de las estructuras
cerebrales y las de las estructuras cognitivas cumplen esta con
dición de una linealidad similar de aumento. Ello es así porque, —
lo repito, no sabemos nada en absoluto sobre las leyes por las
que la cognición sobreviene a las estructuras cerebrales, y ni si
quiera a qué estructuras cerebrales les sobreviene. Alarguemos
un poco el cuello de la jirafa y, mutatis mutandis, su aptitud au
mentará de manera correspondiente. Pero agrandemos sólo un
poco el cerebro de un simio ancestral (hagámoslo más denso o
más plegado o, quién sabe, más gris) y ¿podrá alguien adivinar
qué le ocurre al repertorio cognitivo y conductual de ese ser? A
lo mejor el simio se convierte en un ser humano. I
Ahora que caigo, la polémica situación del darwinista psi- J
eclógico es aún peor de como la había pintado hasta ahora./
Nada de lo que sabemos sobre cómo sobreviene la estructura
cognitiva a la neuronal impugna la posibilidad de que unas va
riaciones muy pequeñas en esta última puedan producir reor
ganizaciones muy grandes en aquélla. Pues bien, de la misma
manera, nada de cuanto sabemos impugna la posibilidad de
que cambios muy pequeños en la estructura cognitiva de un ser
puedan producir reorganizaciones muy grandes en su capaci
dad cognitiva. Turing nos enseñó a tomarnos en serio las analo
gías entre mentes y ordenadores; y, según vimos en anteriores
capítulos, la ciencia cognitiva de la Nueva Síntesis se ha toma
do muy a pecho la lección de Turing. Amén. Pero en tal caso,
merece la pena recordar que la relación entre el programa de
una máquina y su capacidad computacíonal es, en general, muy
poco transparente; cambios muy pequeños en uno pueden
afectar radicalmente a la otra. Por poner un ejemplo trivial, no
hace falta gran cosa para convertir una máquina finita en infini
ta; todo cuanto se requiere es una regla aplicada a su propia sa
lida (output). Esta consideración podría resultar especialmente
interesante a quien sea proclive al holismo cuando piensa en la
mente. Lo menos que puede significar para un sistema ser ho-
lístico es que los cambios pequeños se ramifican. Si pensamos
qúe los procesos mentales son globales, no podemos aceptar
razonablemente que los cambios locales vayan a tener efectos
proporcíonalmente locales.
Hasta aquí hemos repasado algunos argumentos estándar
que, según se supone, demuestran que quien defienda algún
tipo de innatísmo respecto a la mente cognitiva deberá ser tam
bién darwinista psicológico. Pienso que esos argumentos son
muy atrayentes; el hecho de qúe tengan una influencia tan am-,
pTía~müestra únicamente lo^olítizadas que siguen estando las_
cuestiones relativas á la’evoTución humana. Quizá no sea sor
prendente, pero no es menos kmentableTOno acaba cansándo-
se de oír decir a los darwinistas que «el planteamiento biológico
de la mente» o, lo que todavía resulta más irritante, «la visión
científica del mundo» exigen de alguna manera que sus teorías
filogenétícas (en realidad, muy especulativas) sean ciertas. Es
posible que, al final, el darwinismo acabe siendo la explicación
correcta de la evolución de la estructura cognitiva innata; pero
dudo de que existan consideraciones relativas al innatismo p er
je o a la filogenia p er se o al conocimiento p er se que demuestren
a priori que así va a ser. Lo cierto es que, hasta ahora, nadie nos
ha ofrecido nunca ni un atisbo de esas consideraciones.
Por otra parte, pienso que hay una vinculación intrínseca
entre el adaptacionismo y el tipo particular de innatismo cogni
tivo defendido por los psicólogos de la Nueva Síntesis. El resto
del debate tratará de este asunto.
En los capítulos anteriores esbocé la siguiente línea de ra
zonamiento, Comenzó con la idea de Turing de que los proce
sos cognitivos son sintácticos. De ahí se puede inferir de forma
plausible la conclusión de que dichos procesos son en general
locales (p. ej., no abductivos); de donde se puede inferir plausi
blemente la tesis de la modularidad masiva. Es cierto que nin
guna de esas inferencias es apodíctíca; no son cuestión de de
mostración sino de afinidades electivas. Sin embargo, espero
haber convencido al lector de que no es accidental que, tras ha
ber adoptado el lenguaje del pensamiento, la Nueva Síntesis
optara luego por la modularidad de la mente.
De la misma manera —así lo sostengo— existe una línea ar-
gumental probable que lleva de la modularidad masiva al dar
winismo psicológico, independientemente de la aceptación,
anteriormente reconocida, de que los innatistas psicológicos
son seguidores ipso fa d o del darwinismo psicológico. El adap
tacionismo de la modularidad se infiere, en mi opinión, de la
manera que explico en los párrafos siguientes.
Se supone que un módulo es un mecanismo computacional
especializado y que parte de su especialización consiste en una
limitación arquitectónica impuesta a la información de que dis
pone para computar. En un primer planteamiento se supone
que cada módulo tiene acceso a su actual entrada de datos y a
su base de datos propia y nada más. (El nombre que se da a esa
restricción es el de «encapsulamiento» o «impenetrabilidad»
arquitectónica del módulo). Quiero hacer hincapié en que, en
cuanto teoría de la modularidad, el tipo de innatísmo que esta
mos imaginando postula, pues, tanto rasgos de con ten ido cog-
nitivo innato como de una arquitectura cognitiva innata. Cada
módulo se presenta con una base de datos que es, en realidad,
lo que cree de manera innata respecto a sus ámbitos computa-
cíonales propios.
Se supone que estas creencias innatas y encapsuladas son rea
les y, de forma bastante general, con tingen tes. Quizá exista un
módulo aritmético y/o, quizá, también un módulo lógico, y, tal
vez, lo que esos módulos creen de manera innata es necesaria
m en te verdadero (es decir, verdadero en cualquier mundo don
de 2 + 2 = 4; o sea, en todos los mundos posibles). Pero nada de
eso sucedería, en general, sí la tesis de la modularidad masiva
fuera cierta; si tiene que haber módulos para casi todo lo cogniti-
vo realizado por nosotros —o, en cualquier caso, para casi todo
lo cognitivo que hicimos cuando éramos cazadores y recolecto
res—, entonces un gran número de creencias innatas asumidas
por estos módulos deberán ser contingentes7. Y, de hecho, así se
supone en gran parte, de una u otra manera, en casi todo el inna
tismo de la Nueva Síntesis. Por ejemplo, según cierta formula
ción, el éxito de lascomputaciones modulares de un ser depende
de que se atenga a las «restricciones naturales» o acepte la «vali
dez ecológica», actitudes que dependen a su vez de regularida
des contingentes fiablemente ciertas en el entorno de ese ser. Las
inferencias que derivan la «forma del movimiento» sólo contri
buyen a la aptitud de un ser si se da el caso de que, en el mundo
de ese ser, los puntos que se mueven conjuntamente se hallan, en
general, en una misma superficie. Evitar precipicios visuales sólo
aumenta la aptitud en aquellos mundos donde se dan unas regu-
' laridades contingentes adecuadas entre diferencias de profundi
dad y diferencias de textura visual. Etcétera.
Un breve excurso para filósofos: para mal o para bien, éste
es un aspecto palmario en el que la teoría de la modularidad es
un tipo de innatismo psicológico muy distinto del refrendado
tradicionalmente por los racionalistas. Descartes, por ejemplo,
insistía en una supuesta vinculación entre las creencias consi
deradas por él innatas y las que consideraba necesarias; de he
cho, parece como si pensara que el innatismo explicaba la ne
cesidad. Hablando de manera muy general, desde el punto de
vista de los racionalistas, los aspirantes favoritos al innatismo
tendían a ser o verdades lógico-matemáticas o verdades su
puestamente sintéticas pero no contingentes (la independencia
de los objetos físicos respecto de la mente, la fiabilidad de la in
ducción y otros asuntos semejantes). Aquí «no contingente»
significa algo parecido a «no empíricamente falsable» y, por
tanto, garantizado como ecológicamente válido en cualquier
mundo posible donde se encuentre un ser, mientras que las hi
pótesis innatistas que concuerdan con las actuales teorías de la
modularidad.de la arquitectura cognitiva admiten, por decirlo
una vez más, todo tipo de proposiciones contingentes según el
criterio de cualquiera. A este tipo nuestro de racionalistas se les
plantea así una pregunta por la que Descartes no tuvo que
preocuparse y que es la siguiente: ¿cuál sería la explicación de
la validez ecológica de creencias innatas que no expresan ver
dades necesarias? Hasta donde puedo ver, la respuesta ha de
ser que son productos de la selección evolutiva.
Ahora se evidencia la vinculación interna entre la tesis de la
modularidad masiva y el darwinismo psicológico. No hay duda
de que, según he recalcado anteriormente en este capítulo, es
perfectamente concebible que la no linealidad de las relaciones
entre cambios en la estructura del cerebro y en la estructura
cognitiva, o en la relación entre cambios en la estructura y en la
capacidad cognitiva, o en ambas, podría provocar diferencias
masivas de aptitud entre las psicologías de seres estrechamente
relacionados, incluso desde utTpunto dewStagéneticoTDé ser
así, nuestras mentes podrían haber llegado más o menos de un
salto aTpunto en que se encuentran, aunque nuestros cerebros
no lo hayan hecho. Pero, lo que sin ~(!u35~ ñó^s~coñcéEIElees
que unos cambios relativamente pequeños y fortuitos en la es~
tructura cereBraTdeEan haber producido incrementos masivos
en el arsenal de las creencias verdaderas y contingentes de un
ser. Supongamos, como parecen sugerir las pruebas experi
mentales, que los niños humanos nacen creyendo que los obje
tos no sustentados caen, en general, y que la localización audi
tiva de una fuente sonora predice, en general, su ubicación
visual; y que en los bordes de los objetos aparecen, en general,
disparidades de color; y que los objetos siguen existiendo, en
general, aunque queden ocultos a la vísta por breves momen
tos; y que las partes de un mismo objeto se mueven, en general,
conjuntamente; etcétera. Lo que quiero decir es que la pose
sión innata de este tipo de creencias contingentes aumenta la
aptitud únicamente porque son verdaderas contingentemente
en el mundo en que ha nacido el niño (o, al menos, porque son
coextensivas con esas verdades contingentes en la ecología lo
cal). Además, salvo un rarísimo accidente, no es, sin más, con
cebible que una gran base de datos de creencias contingentes y
lógicamente independientes formada de manera fortuita (p. ej.,
a consecuencia de alteraciones casuales de la estructura cere
bral) pueda resultar verdadera en general. Para hacemos a la
idea de ello, imaginemos que recortamos el listín telefónico de
Manhattan y, luego, emparejamos al azar todos los nombres y
todos los números. ¿Con qué frecuencia supondremos que el
número asignado a alguien de esa manera será el que realmente
tiene?
La única posibilidad concebible de que se produzcan fia
blemente grandes cantidades de creencias verdaderas contin
gentes es la existencia de algún tipo de mecanismo 8 «de ins
trucciones». Y si las creencias en cuestión son innatas, el único
mecanismo de instrucciones que se nos ofrece como posible as
pirante es la selección natural. Ningún dato conocido excluye
que la organización de la mente cognitiva se deba a un salto.
Pero si los módulos cognitivos forman parte de los elementos
del inventario de los innatistas, entre las cosas supuestamente
innatas habrá un gran número de creencias verdaderas inde
pendientes, de ámbito específico y contingentes; en el caso de
cada uno de los módulos, esas creencias ciertas serán suficien
tes como para hacer que sus deducciones sean en general sóli
das en el ámbito privativo del módulo. Por tanto, los módulos
innatos requieren un detallado ajuste epistémico entre lo que
se halla en la mente y lo que hay en el mundo. Sólo una instruc
ción proporcionalmente detallada de la mente por parte del
mundo podrá tener la posibilidad de producirlo, pues pode
mos confiar en la hipótesis de que el mundo es anterior a la
mente.
Digamos de paso que es una ironía de la historia de la cien
cia cognitiva que el conocimiento del lenguaje natural, que fue
el primer aspirante a módulo y aún sigue siendo el mejor9, sea
absolutamente atípico en la relación habitual entre contenido
innato y selección natural. Se supone que, al igual que todos los
módulos, el órgano del lenguaje tiene a su disposición un con-
128 -S* 2 q Je rry Fodor
V $ <£
junto incorporado de información contingente y de ámbito es
pecífico; y, como es también habitual, se supone que el acceso a
creencias innatas o de otro tipo aumenta fiablemente la aptitud
sólo si dichas creencias son verdaderas. Esta consideración sus
cita normalmente la siguiente pregunta que ya me he planteado
más arriba: ¿cómo —por qué mecanismo— produce la filoge
nia la correspondencia requerida entre información contingen-
' te en el módulo y hechos contingentes en el mundo? ¿Cómo
garantiza la filogenia que lo que cree el módulo es, en general,
verdadero? Según mi propuesta, la respuesta a esta pregunta
debería recurrir a algún tipo de proceso de instrucciones (al
gún tipo de proceso en el que la experiencia configura las
creencias); y, en realidad, si el módulo es innato, la selección
natural es el único aspirante a ello.
Pero consideremos ahora el órgano putativo del lenguaje y
supongamos que sus creencias innatas se expresan mediante
una «Teoría Lingüística General», es decir, mediante una espe
cificación de las limitaciones universales impuestas a las len
guas naturales (véase capítulo 1). Ln este caso se aplica, por su
puesto, el principio general de que sólo merece la pena poseer
algo innato si es verdadero. Si, por casualidad, un bebé hu
mano heredara un módulo de lenguaje según el cual las oracio
nes negativas se forman mediante oraciones afirmativas expre
sadas al revés, entonces (en igualdad de condiciones para todo lo
demás) la dotación genética del niño no mejoraría su aptitud en
ese punto. En efecto, lo cierto es que las oraciones negativas no
se forman así en ninguna lengua hablada por seres humanos;
a fortiori, no se formarán de ese modo en la lengua que haya de
aprender el bebé. Así pues, en el caso del órgano lingüístico,
como en cualquier otro, se plantea la preguntade cuál es el
proceso filogenético por el que el módulo ha podido adquirir
el importante complemento de unas verdades contingentes.
y ^ í c t U r j le U
Darwin entre los módulos 129
Sin embargo, en ese mismo caso, a diferencia de otros, la
respuesta no necesita apelar a un mecanismo de instrucciones
mediante el cual unos hechos contingentes relativos al mundo
podrían configurar el contenido de las creencias de un ser. La
razón es, por supuesto, que los hechos que hacen verdaderas (o
falsas) las creencias innatas de un hablante/oyente acerca de
los universales del lenguaje no son hechos relativos al mundo;
son hechos relativos a las mentes de los individuos de la misma
especie que esa criatura. En líneas generales, todo cuanto se
necesita para garantizar que mis creencias innatas relativas a la
estructura lingüística me permitirán aprender la lengua que tú
hablas es que tú y yo seam os de la misma especie; y (por tanto)
que tengas las mismas creencias innatas que yo en relación con
la estructura lingüística, y (por tanto) que tu comportamiento
lingüístico esté configurado por la misma «teoría lingüística in
nata» que mis creencias sobre tus creencias respecto a tu com
portamiento lingüístico. Y, probablemente, lo que garantiza to
das estas correspondencias es que, en cuanto miembros de una
misma especie, compartimos los determinantes genotípicos de
nuestras creencias innatasI0.
Lo que suele nacer fiablemente verdaderas las creencias
contingentes de una persona es que estén formadas por proce
sos sensibles a cómo es el mundo en su ser contingente. Pero,
en casos especiales, como el lenguaje, lo que hace verdaderas
nuestras creencias innatas y contingentes es que se refieren a
las mentes de seres cuyas capacidades cognitivas innatas están
determinadas por la misma dotación genética que determina la
nuestra, Según la explicación chomskiana habitual, la perte
nencia de hablante y oyente a una misma especie es lo que ga
rantiza que sea verdadero aquello que creen de manera innata
sobre el lenguaje mutuo y, por tanto, que sus descendientes
(que, en general, pertenecerán también a su misma especie)
sean capaces de aprender la lengua que comparten. De ser así,
no hay una necesidad particular de que las creencias del órgano
lingüístico hayan sido configuradas por selección natural. Ésa
es la razón de que Chomsky pueda sostener (y, si lo entiendo ̂
correctamente, así lo hace) que el lenguaje humano es a la vez
innato y modular y que no es una adaptación. Mi conjetura es
que todas esas aseveraciones son ciertas.
Sin embargo, si lo entiendo correctamente, Chomsky se
siente también tentado por la tesis de la modularidad masiva,
es decir, por la afirmación de que la mayoría de nuestras capa
cidades cognitivas, o todas ellas, están mediadas por módulos
innatos n. Pues bien, si la línea argumental que he ido desarro
llando es correcta, el hecho de que Chomsky propugne la mo
dularidad masiva no sería coherente con su antidarwinismo.
Los módulos (en especial los chomskianos; véase capítulo 1 )
son, entre otras cosas, bases de datos. Y —por decirlo una últi
ma vez— los datos no son útiles mientras no sean verdaderos; y
sólo unos procesos instructivos pueden generar datos verdade
ros de manera fiable y a gran escala.
Dado que sólo merece la pena poseer módulos innatos si
tienen acceso a un gran número de creencias verdaderas sobre
la estructura contingente de sus respectivos ámbitos, y puesto
que el mundo es anterior a la mente, no hay manera de lograr
la exigida correspondencia entre la mente y el mundo a menos
que éste pueda configurar lo que cree aquélla. Ahí tenemos,
pues, lo que me parece ser un argumento muy convincente
para pasar de la afirmación de que algunas funciones cogni
tivas son realizadas por un módulo innato a la afirmación de
que ese logro fue configurado por un proceso de selección
natural. Consecuentemente, si la mente cognitiva es masiva
mente modular —es decir, si la mente es exhaustivamente un
conjunto de módulos—, entonces el darwinismo psicológico
debería ser verdadero respecto a este punto de manera muy
general.
La moraleja es que, si nos sentimos inclinados a no ser
adaptacionistas en lo que respecta a la evolución del conoci
miento, liaríamos bien en respaldar la importancia fundamen
tal de la abducción en la fijación de creencias. No hay duda de
que el conocimiento del lenguaje de los miembros de nuestra
misma especie es una excepción a esta regla, pues, en este caso,
los hechos que hacen verdaderas nuestras creencias innatas no
son, por así decirlo, ontológicamente anteriores a las propias
creencias. Lo mismo ocurre, quizá, con la teoría intencional in
nata de la mente que, según creemos muchos ínnatistas, forma
probablemente parte de la dotación genotípica de las personas.
Esa misma dotación que determina mi teoría innatista de cómo
funciona la mente del lector determina también que su mente
funcione tal como dice que funciona mi teoría innatista de su
mente (véase, p. ej., Leslíe, 1987) u . Consideraciones similares
explican, probablemente, por qué en etología es un dato prác
ticamente invariable que los comportamientos innatos más
complejos de un ser resultan ser aquellos que están dirigidos a
otros de su misma especie. Pero el hecho de que en estos casos
especiales no funcione la inferencia de la modularidad al dar-
winismo no constituye una grave objeción a su solidez en el
caso general. Más bien, cuando vemos por qué el módulo del
lenguaje y el módulo de «la teoría de la mente» no tienen por
qué ser adaptaciones, vemos también por qué muchos otros
módulos lo son casi con seguridad.
Esto, desde luego, no se considera un argumento en apoyo
de que, a fin de cuentas, la arquitectura de la mente cognitiva es
una adaptación. ¡Dios nos libre! En efecto, según espero que
haya deducido el lector, y al margen de las cuestiones sobre el
darvinismo psicológico, considero probable que la mente no
sea masivamente modular. Al parecer, una gran parte de lo que
la mente sabe hacer mejor es «abducir» o «inferir la mejor ex
plicación», y pienso que un elemento prácticamente definito-
rio es que, así como los procesos globales no pueden estar por
principio encapsulados informativamente, tampoco pueden
depender por principio de un despliegue de información con
tingente y de ámbito específico. Se supone que las inferencias
globales dependen de la «forma» de las teorías, por así decirlo,
más que de los detalles de su contenido. Aquí, por tanto, no se
trata de si el darwinismo psicológico es verdadero, sino, más
bien, de que si dudamos de ello, deberíamos dudar igualmente
de que lo que diferencia a nuestras mentes de las de los simios
es que hemos acumulado una gran cantidad de creencias inna
tas contingentes que ellos no tienen. Se trata más bien de que, J
en el proceso del paso de sus mentes a las nuestras, ha debido !
de producirse alguna reorganización radical de la estructura \
cognitiva global; y de que esa reorganización fue la que nos |
permitió adquirir nuestra capacidad característica para la infe- |
rencia abductiva13. Según he señalado a menudo de pasada, no f
sabemos nada acerca de la mente, el cerebro o la evolución del
con o c im ien to que haga improbable esta suposición.
No diré más sobre la materia tratada en este capítulo. Pien
so, no obstante, que debo al lector un resumen de las principa
les conclusiones generales. Aquí están:
— Un gran número de inferencias cognitivas parecen ser
abductivas. Si ello es cierto, una gran parte de la arqui
tectura cognitiva no podrá ser modular. Mientras que
los módulos están, ipso fa d o , encapsulados, es cierto
—prácticamente por definición— que las inferencias
abductivas son sensibles a ciertas propiedades globales
de los sistemas de creencias.
Dado que las inferencias abductivas son sensibles a cier
tas propiedades globales de los sistemas de creencias, es
casi seguro que no podrán estar dirigidasúnicamente
por la sintaxis de las representaciones mentales; al me
nos, no lo podrán estar en el sentido «interno» de una
sintaxis según el cual ésta estaría constituida por relacio
nes entre las representaciones y sus constituyentes, ya
que, interpretadas así, las propiedades sintácticas de las
representaciones son ipso fa d o locales, y es una eviden
cia que las inferencias globales no lo son.
Las propiedades sintácticas internas de las representa
ciones son, ipso fa cto , esenciales y, por tanto, no se ven
afectadas por el contexto. Por tanto, cuanto más deter
minada esté por su sintaxis interna la función inferencial
y causal de una representación mental, menos «trans
portable» será la representación de un sistema de creen
cias a otro.
Aunque los procesos mentales globales no sean compu
taciones, podría ocurrir que las inferencias abductivas y
otros procedimientos similares fueran exhaustivamente
sintácticos, pues quizá sean sensibles no (sólo) a las re
laciones constitutivas entre las representaciones y sus
partes, sino también a relaciones «externas» sintáctica
mente específicables que mantienen entre sí algunas re
presentaciones. Si esto es así en el sentido más débil de
que todos los procesos cognitivos son sintácticos, enton
ces las mentes —y, a fortiori, sus mecanismos de inferen
cia abductíva— siguen siendo equivalentes a máquinas
de Turing, Pero esto no es una razón de peso para creer
que la arquitectura cognitiva es una arquitectura clási
ca. Al contrarío, las arquitecturas clásicas que intentan
explotar las relaciones sintácticas externas tienen pro-
blemas tremendos con los marcos. Ése es uno de los ex
tremos del dilema.
— El otro extremo es que el coste de tratar las inferencias
abductivas tal como la arquitectura clásica trata las in
ferencias que dependen de su forma lógica —es decir,
determinadas por la sintaxis interna («local») de las re
presentaciones mentales— constituiría un holismo ra
dical en lo relativo a las unidades sobre las que se defi
nen los procesos cognitivos. Esos brotes de holismo en
psicología (como en semántica o en epistemología) son
siempre indicio de que algo va mal en la teoría propues
ta. Hasta ahora, la ciencia cognitiva ha oscilado durante
unos cincuenta años entre los polos de este dilema, pero
supongo que habrá que acabar aceptando la conclusión
de que la teoría computacional sólo puede ser cierta, a
lo sumo, en las partes modulares de la mente. Y que
una ciencia cognitiva que nos proporcione alguna com
prensión de la parte no modular de la mente puede
muy bien ser diferente, en sus raíces y en sus ramas, del
tipo de explicación sintáctica inspirada por las intuicio
nes de Turing, Volviendo a la manera de hablar de
Chomsky, saber cómo los procesos mentales podrían
ser simultáneamente viables y además abductivos y me
cánicos constituye un misterio, y no sólo un problema.
De hecho, pienso que, tal como están las cosas, esto y la
conciencia parecen ser los misterios últimos respecto a
la mente.
— Lo cual, en definitiva, equivale a decir simplemente que
en este momento nos faltan algunas ideas fundamenta
les sobre el conocimiento y que no es probable que pro
gresemos mucho mientras no se le ocurran a alguien
esas ideas fundamentales de las que carecemos. En esta
situación no hay nada que lamentar. No hay duda de
que, antes o después, se le ocurrirán a alguien y se pro
ducirá un progreso. Hasta entonces, creo que sería sen
sato insistir en aquellos problemas de la mente sobre
los que no sabemos cómo pensar. Por fortuna, parece ser
que hay partes de la mente interesantes, si bien periféri
cas, que son modulares, aunque también haya otras más
interesantes y menos periféricas que no lo son. Y tam
bién parece ser que Turing estaba en lo cierto, salvo al
gunas minucias, en sus ideas sobre el funcionamiento de
las partes modulares. Por tanto, tenemos mucho que ha
cer, pues sabemos más o menos cómo hacerlo. Es, pues,
probable, que podamos mantener a raya el desempleo
masivo de los científicos del conocimiento. Suponiendo
siempre, desde luego, que se pueda conseguir apoyo
económico.
Sin embargo, si ésta es, de hecho, la situación a la que nos
han conducido los primeros cuarenta años, más o menos, de
ciencia cognitiva, resultaría, sin duda, presuntuoso, por no de
cir engreído, celebrar de algún modo ruidosamente la rapidez
de nuestros progresos. El engreimiento es, en general, una acti
tud arriesgada. Sabemos que irrita a los poderes establecidos y,
según autoridades dignas de fiar, los poderes establecidos tie
nen muy malas pulgas. Hay que evitar el engreimiento en parti
cular en las ciencias cognitívas, pues no sólo es improcedente,
sino también inexacto. En realidad, lo que nuestra ciencia cog
nitiva ha conseguido hasta el momento para algunos es permi
tirles ver algo de luz en la gran oscuridad reinante. De momen
to, lo que nuestra ciencia cognitiva ha descubierto sobre la
mente es, ante todo, que no sabemos cómo funciona.
APÉNDICE: POR Q U É SOMOS TAN BUENOS PARA CAZAR TRAMPOSOS
Hay una sólida evidencia experimental de que los S a quienes se pide
que comprueben si P —> Q suelen pasar por alto la pertinencia de Q.
Así, aunque aquellos S a quienes se pide que verifiquen (1) suelen de
sear saber qué beben las personas de menos de 18 años, sólo se acuer
dan raramente de preguntar a los bebedores de cocacola sí tienen me
nos de 18 años (Wason, 1966).
(1) Si alguien tiene .menos de 18 años, bebe coca-cola
(2) Se exige que, si alguien tiene menos de 18 años, beba coca-cola
En cambio, los S a quienes se dice que (2) es una norma y se les
pide que comprueben si todo el mundo la cumple, se acuerdan de ma
nera fiable de preguntar por su edad a quien no bebe coca-cola. Al pa
recer, el tipo de bebida en cuestión es un aspecto más destacado si
evaluamos (2) que si evaluamos (1). ¿Por qué diablos es así?
Según una explicación muy divulgada recientemente, estamos equi
pados de manera innata con unos mecanismos modulares especiales y
de ámbito concreto para detectar tramposos, y estos mecanismos Eevan
a cabo su tarea mejor que otros circuitos utilizados por nosotros para
enfrentarnos a situaciones hipotéticas. [Véase Cosmides y Tooby (1992)
y las referencias dadas en su obra]. La razón de que dispongamos de
este equipamiento de gran eficacia, como se explica a continuación, es
que nos resultaba útil cuando estábamos intensamente dedicados a la
caza y la recolección. (Una teoría similar explicaría nuestra asombrosa
capacidad innata para navegar siguiendo el campo magnético terrestre
—un gran consuelo si regresamos tarde al hogar tras una cacería o una
recolección—, de no ser porque no poseemos esa capacidad). Esta su
puesta explicación selectiva de los datos relativos a la detección de
tramposos es uno de los poquísimos resultados sobresalientes que se su
pone que brindan un apoyo experim ental a la explicación neodarwinis-
ta de la evolución del conocim iento. P o r tanto, su posib le mantenimien-
to tiene cierta im portancia polémica.
En realidad, podría parecer que existe una explicación sincrónica
perfectamente plausible, aunque menos imaginativa, para la asimetría en-
tre (1) y (2). Creo que la clave es la siguiente intuición, que, por la presen
te, invito al lector a com partir conmigo: (1) afirma que existe una relación
condicional entre P yQ (a saber, que Q es verdadera si P lo es). P es, por
tanto, uno de los correlatos entre los que (1) dice que se produce esta rela
ción condicional (el otro es, por supuesto, Q). En cambio, lo que (2) p ro
híbe no es en absoluto condicional. Más bien (2) prohíbe categóricamen
te Q, aunque, indudablemente, im pone su prohibición categórica a Q en
el caso de que se dé P. Por tanto, lo que expresa lo afirmado p o r (1) es la
totalidad del símbolo « P Q». Sin embargo, lo que expresa lo prohibido
p or (2) es sólo la parte «Q ». Todo cuanto hace P en (2) es determ inar so
bre quiénrecae la prohibición de (2). Sí el análisis sintáctico de (2) es co
rrecto, difícilmente podrá sorprendem os que los S que no logran ver a los
no bebedores de coca-cola com o eventuales falsadores ipso fa d o de (1)
sean perfectamente capaces de ver a los no bebedores de coca-cola como
violadores ipso facto de (2). P or decirlo una vez más, lo que (2) prohíbe es,
precisamente, no beber coca-cola.
Así, el m isterio sob re la detección de tram posos se desvanece si
podem os hacer que resu lte verosím il que m ientras que (1) trata, en
cierto sentido, de que si se da P, entonces se da Q, (2) trata de que Q
es preceptivo. En realidad, es p ro b ab le que (1) y (2) d ifieran precisa
m ente así. El hecho de que lo hagan de ese m odo form a parte de una
diferencia entre la lógica indicativa y los condicionales deontológicos;
es decir, en tre condicionales que afirm an verd ad es y condicionales
que im ponen obligaciones.
D oy a con tin u ación el esquem a de un argu m ento qu e m uestra
que, aunque es un h ech o acep tad o que «si P, en to n ces Q» a firm a
P > Q, «se exige que si P, entonces Q» exige Q y no P -> Q2.
i. Supongam os, reduciendo, que «se exige que si P, entonces
Q» es equivalente de exigido (P —>Q).
ii. Supongam os que (exigido P —>Q) &c ~Q.
iii. El esquem a inferencia] ((A & (exigido A —>B)) —» (exigido B)
es válido. [Sí n o lo fuera, Sam tiene menos de 18 años & (exi
gido (si tiene menos de 18 años ® bebe coca-cola)) no im plica
ría exigido (Sam bebe coca-cola)].
iv. Exigido (P Q) —>exigido (~Q —> ~P). L a contraposición es
válida en el ám bito de «exigido». («Exigido A» está encerrado
bajo las im plicaciones de^4).
v. í~Q & (exigido (~Q -> ~P)) —> exigido ~P) [según (iii) y (iv),
sustituyendo ~Q p o r A, y sustituyendo exigido ~Q->~P por
exigido A B. Esto nos dice que si se exige que P —>Q y se
da ~Q, entonces se exige ~P],
P ero (véase más abajo) hay ejem plos de casos contrarios a (v), po r
lo que el argum ento que lleva hasta ese punto debe ser im pugnable. Y
com o la única prem isa tendenciosa utilizada en la argum entación es
(i), no deberíam os in terp retar «se exige que si P, entonces Q » com o
exigido (P —> Q).
Tenemos aquí un caso en que (ii)-(iv) son ciertos, p ero (v) es fa l
so J. Supongam os que todos los que tengan m enos d e 1 8 años estén
obligados a beber coca-cola. Entonces, si Sam tiene m enos de 18 , se le
p ro h íb e b e b e r w hisky. P ero , d e e llo n o se sigue q u e si Sam b eb e
w hisky está obligado a tener más de 18 años. En realidad, no se puede
obligar a Sam a tener más de 18 años porque n o se le puede ob ligar a
hacer nada que no pueda hacer. Y Sam , com o cualquier o tro , no p u e
de hacer gran cosa respecto a su edad (en ninguna dirección, lam enta
blem ente). M i conclusión es que las autoridades n o pueden exigir el
condicional (Sam beb e coca-cola, si tiene m enos de 18 años). La única
iniciativa que pueden tom ar coherentem ente es exigir de form a cate
górica que Sam beba coca-cola, tras haber tom ado nota de que tiene
m enos de 18 años.
Así pues, tenem os un argum ento de que, aun siendo verdad que si
P —>Q trata realm ente, p o r así decirlo, de que P Q es verdad, se exi
ge que P —* Q no trata realm ente de que se exija P —> Q. Se exige que
P —>Q trata de la exigencia de Q (en un caso determ inado, a saber, en
el caso de que se dé P). C om o los S saben tod o esto, oyen (2) com o una
orden de beber coca-cola (en un caso determ inado, a saber, cuando el
b eb ed or tiene menos de 18 años); y com o oyen (2) com o una orden de
beb er coca-cola, ven, de inm ediato que, si se desobedece (2), los b eb e
dores de w hisky se hallan entre los posibles sospechosos4. D ifícilm ente
debería sorprendernos que lo vean de inm ediato; si la o rd en es «beban
sólo coca-cola», es obvio que los bebedores de whisky no estarían aca
tándola (aunque, com o d iría un abogado, quienes tienen m ás d e 18
años han conseguido una dispensa) \
Podem os afirm ar que P —> Q, o podem os afirm ar Q; lo que prefira
mos. Pero com o no podem os exigir que P —> Q, tam poco podem os ha
cer tram pas respecto a P —> Q; lo m ejor que podem os hacer es tram pear
sobre Q en el caso de que se dé P, P ero la posibilidad de que haya algu
nos ~Q que pueden tram pear sobre Q debería ser más obvio, en la ve r
sión de cualquiera , que n o que haya ~Q q u e pu edan con trad ecir
P Q, pues, según tod o cálculo razonable, ~(Q&~Q) es más obvio
que ((P —> Q )&~Q) —> ~ P. Es probable que sean estas obviedades lógi
cas — y n o lo que les ocurrió a nuestra abuela y a nuestro abuelo m ien
tras m archaban hacia la sabana— lo que exp lique p o r qué somos tan
buenos detectando tram posos (por com paración, al menos, con lo m a
los que somos para solucionar una tarea norm al de W ason),
Según la op inión com ún, los datos sobre detección de tram posos
m uestran que, al tra tar oraciones com o (1) y (2), razonam os con partes
diferentes de nuestras mentes. M i propuesta, que no tiene ni de lejos
tanto lustre, es que razonam os siguiendo vías deductivas diferentes al
tra ta r oraciones com o (1) y (2), D ifíc ilm en te podríam os hacerlo de
o tro m od o h a b id a cuen ta d e las desem ejanzas estru c tu ra les e n tre
ellas, ta l com o acabam os d e exponer. E n e fecto , sostengo que una
gran parte de la supuesta evidencia experim ental — m uy posib lem en
te toda— favorab le al efecto de la detección de un tram poso en la ta
rea propuesta p o r W ason fusiona la distinción entre razonar con la ley
de contraposición/razonar con la ley de contradicción con la distinción
entre razonar sobre condicionales indicativos/razonar sobre condiciona
les deontológicos, y, p o r tanto, es nula e inválida.
M oraleja m etodológica: no es nada in frecuente que, si parece que
algún sujeto se com porta de m anera pecu liar en una tarea experim en
tal, se deba a su sensibilidad ante una variación en los m ateriales de la
que el experim en tad or n o se ha p erca ta d o 6.
NOTAS
INTRODUCCIÓN
1. Con esto no quiero decir que la TCM sea parte de la verdad respecto a la
conciencia, ni siquiera cuando se trate de una cognición consciente. Hay
entusiastas acérrimos de la TCM que así lo piensan; pero yo no soy uno
de ellos,
2. Reimpreso en Fodor (1998c).
3. Una gran parte del debate específicamente filosófico sobre esta cuestión
ha girado en torno a sí las mentes son «equivalentes a máquinas de Tu
ring» (es decir, sí hay algo que las mentes pueden hacer y la máquinas de
Turing no). En cambio, la cuestión que más preocupa a los científicos del
conocimiento, y la única con la se compromete la TCM, es sí la arquitec
tura del conocimiento (humano) es —lo cúal tiene interés— como la ar
quitectura de las computadoras del tipo ideado por Turing. Sería preo
cupante que la respuesta dada en las páginas siguientes a la segunda
cuestión fuera «no» o «sólo en parte», al margen de cuál fuese la respues
ta a la primera.
4. Sin embargo, las probabilidades de que así sea son más bien menos que
más; llegar a una conclusión clara sobre la naturaleza del proyecto requi
rió un considerable gasto de tiempo y esfuerzo. Volviendo la vista atrás,
resultó especialmente llamativa la extendida incapacidad para distinguir
entre el programa computacional en psicología del programa funciona-
lista en metafísica —este último consistía, aproximadamente, en la idea
de que las propiedades mentales tienen esencias funcionales—. El pre
sente libro se ocupa únicamente del primero, (Véase un caso de desarro
llo conjunto de ambos en Fodor, 1968).
5. La teoría de Turing era, por tanto, una variante de las Teorías Representa-
cionales de la Mente, conocidas desde hacía siglos en la tradición empi-
rista británica y en otras. Lo que tienen en común las TRM es la idea de
que las relaciones mente-mundo (o las relaciones mente-proposición, si
asíse prefiere) están mediadas por realidades concretas mentales que ex
hiben propiedades tanto semánticas como causales. («Ideas», en la ter
minología de Hume; «conceptos» y «representaciones mentales», en el
vocabulario de los psicólogos cognitivos completamente modernos).
Desde este punto de vista fue crucial la propuesta de Turing de que las
realidades concretas mentales en cuestión están organizadas sintáctica
mente, pues abría la posibilidad de tratar sus interacciones causales
como computacionales y no como asociativas. Insistiré sobre este punto
en capítulos posteriores.
6. Véase una lúcida introducción a este programa de investigación y a mu
chas de las cuestiones filosóficas planteadas por él en Rey (1997).
7. Sobre algunas de las relaciones entre asuntos relativos a la productivi
dad, sistematicidad y composicionalidad del pensamiento y las tesis de
que las representaciones mentales poseen estructuras sintácticas, véase
Fodor y Pylyshyn (1988), Fodor y McLaughlin (1998) y Fodor (1998c).
8. Una de las consecuencias, no pretendida pero gratificante, de reconocer
la composicionalidad de las representaciones mentales es que impone
fuertes restricciones a las teorías psicológicas de los conceptos; y entre
las excluidas se hallan varias que, de lo contrario, habrían resultado ten
tadoras. A esto lo llamo yo progreso. (Véase un análisis en Fodor, 1998b,
Fodor y Lepore, 1999).
9. Dados los objetivos del presente libro, que en gran medida no son filosó
ficos, no me comprometeré casi nunca respecto a los «criterios de inten
cionalidad» (es decir, respecto a qué es, exactamente, lo que hace que un
estado sea intencional). Baste saber que todos los estados intencionales
tienen condiciones de satisfacción de uno u otro tipo y son, por tanto,
susceptibles de evaluación semántica.
10. El hecho de que algún estado mental sea consciente es más bien un in
conveniente para la ciencia cognitiva. «¿Por qué no son todos incons
cientes, si tantos de ellos lo son?» es una pregunta que nuestra ciencia
del conocimiento parece plantear pero no responder. Sin embargo,
como no tengo la menor idea de cuál es la respuesta correcta, propongo
ignorarla.
11. Los procesos mentales son también clasif¡cables, desde luego, como
conscientes o inconscientes. Pero mi hipótesis es que se trata de una de
rivación; un proceso mental (in)consciente es sólo una secuencia causal
de estados (inconscientes. (Si estoy equivocado al respecto, qué le va
mos a hacer. Nada de lo que sigue va a depender de ello).
12. Hay incluso un atisbo de chispa de cierta evidencia de que quizá estén
mediadas por mecanismos psicológicos distintos y disociables. Véase
Happé, 1999.
13. En las páginas siguientes escribiré a menudo «la Nueva Síntesis», con
mayúsculas, a modo de atajo pata referirme a la constelación de opinio
nes compartidas por innatistas computacionales como Pinker y Plotkin.
Se conviene en que la Nueva Síntesis está integrada por tres doctrinas re
cién enumeradas en el texto, junto con la aseveración de que la mente
cognitiva es «masivamente modular».
CAPÍTULO 1
1. Éste es el sentido nomológico de «posible». La idea es que, dadas las le
yes de la psicología humana, existen conceptualmente lenguas posibles
que no pueden ser lenguas nativas de un hablante/oyente humano.
2. La doctrina oficial de Chomsky es, por cierto, que lo que se dice sobre el
conocimiento de las gramáticas se podría sustituir por otras expresiones
neologistas respecto a su concimiento que ofrecieran una formulación de
sus opiniones adecuadamente aséptica. Chomsky lo hace así porque de
sea, de forma muy apropiada, evitar concluir que aprender una lengua es
adquirir creencias justificadas. (En realidad, desea evitar concluir que
aprender una lengua es adquirir cualquier tipo de creencias, puesto que la
identidad de las creencias de una persona no está constituida sólo por su
contenido sino también, p. ej., por sus relaciones con las ventajas que ten
gan para ella desde el punto de vista de la teoría de la decisión). Pero nada
de esto guarda relación con lo que se dice en el texto, donde se afirma que
«conocen, lo mismo que creer y saber, es algo genuinamente intencional.
Como conocer es una actitud proposicional, el innatismo de Chomsky,
como los de Platón y Descartes, es un innatismo de actitudes proposicío-
nales. Esto es lo que vincula a Chomsky con la epistemología racionalista.
(Véase un análisis más a fondo en este sentido en Fodor, 1983).
3. Para simplificar la exposición, doy por supuesto que n i P n i Q contienen
expresiones demostrativas o de algún otro tipo reflexivo.
4. Un argumento es «válido» si, y sólo si, la verdad de sus premisas puede
garantizar la verdad de su conclusión. En consecuencia, es «formalmen
te» válido si, y sólo sí, es válido en virtud de la forma sintáctica de las pre
misas y la conclusión. Si el lector es filósofo, esta manera de exponer la
idea estará muy lejos de hacerle feliz, pero será suficiente para los fines
expositivos que aquí persigo.
5. Algunos filósofos piensan, al parecer, que alzar el entrecejo y decir: «¡No
estará usted suponiendo realmente que en la cabeza hay oraciones!», es
un penetrante argumento contra esta especie de teoría. Mi respuesta,
igualmente penetrante, es: «Sí que lo estoy».
6. Observemos la vinculación con la idea de que las leyes psicológicas guar
dan relación con estados mentales en cuanto estados con forma lógica.
En consecuencia, la causación mental en virtud de la forma lógica de ac
titudes proposicionales es, probablemente, la subsunción de realidades
concretas mentales bajo leyes que se aplican a ellas por tener sus mismas
formas lógicas.
7. Al hablar de «creencias, deseos, pensamientos y otras cosas similares» me
estoy refiriendo a realidades mentales concretas (y no a entidades abs
tractas) del tipo de las que provocan comportamientos, como, por ejem
plo, el que John piense que está lloviendo como causa de que lleve para
guas. De este modo me atengo al uso psicológico, que da por supuesto
que las creencias y otras realidades similares tienen fuerza causal, más que
al uso filosófico, que las considera objetos abstractos (p. ej,, proposicio
nes). Eso no significa negar que existan esos objetos abstractos o que ten
gan también formas lógicas.
8. Como ocurre con las oraciones, los constituyentes de las creencias (/pen
samientos/actitudes proposicionales) incluyen los constituyentes de sus
constituyentes.
9. Se trata de una versión de lo que intentan demostrar Kant y Frege cuan
do insisten en la distinción entre asociación y «juicio».
10. En este sentido, el conectivísmo es la forma degenerada de un empirismo
según el cual la asociación es la relación causal básica entre realidades
mentales concretas, pero los pensamientos no tienen ni estructuras ni
constituyentes. (Véase un análisis más a fondo en este sentido en Fodor y
Pylyshyn,1988).
11. Descartes pensaba, por supuesto, que es típico de las interacciones entre
sucesos mentales y corporales ser causales. Pero la pregunta planteada
ahora se refiere a las interacciones entre los propios sucesos mentales
(p. ej., el tipo de interacciones causales que probablemente ocurren al ra
zonar partiendo de premisas para llegar a conclusiones).
12. No se supone ninguna afirmación relativa a prioridades metafísicas (ni
siquiera epistemológicas), aunque es probable que tal o cual afirmación
de ese tipo debiera ser verdad, Me gustaría saber cuál de ellas.
13. Tendría cierto interés metafisico explicar por qué es válida esta relación
de sobrevenimiento. La suposición natural es que las muestras de actitu
des proposicionales son sólo muestras de representaciones mentales.
Pero, para nuestro actual propósito, mantengo una neutralidad metafísi
ca especiosa; bastará perfectamente el mero sobrevenimiento.
14. La idea no es, por supuesto, que las leyes asociativas estén representadas
de manera innata sino, exactamente, que los mecanismos que constituyen la arquitectura cognitiva innata de un ser obedecen a esas leyes.
15. El que las deducciones válidas típicas preserven la verdad en virtud de
su forma no implica, por supuesto, que sólo las deducciones válidas
preservan de manera típica la verdad en virtud de su forma. El progra
ma de Turing en psicología vive en la esperanza de que es posible re
construir todo tipo de deducciones heurísticamente fiables, aunque no
válidas (y, en realidad, todo tipo de deducciones tentadoras pero fala
ces) como relaciones formales/sintácticas entre representaciones men
tales. Creo que este programa no ha tenido, en general, mucho éxito en
la práctica. El siguiente capítulo nos ofrecerá un diagnóstico de por
qué no lo ha tenido.
16. En una primera aproximación, la RM es la representación mental «co
rrespondiente a» la actitud proposicional AP si y sólo sí (RM está repre
sentada sí y sólo si AP está representada).
17. Dada la hipótesis de que el sistema representacional en el que computa
la mente es sistemático y productivo, la TCM será también capaz de
explicar por qué los pensamientos que puede tener la mente son tam
bién sistemáticos y productivos. Se trata de un avance real y no de una
petición de principio, ya que es razonablemente claro cómo de ciertos
rasgos especificables de la sintaxis y semántica de un sistema represen
tacional pueden surgir la sistematicidad y productividad de dicho sis
tema.
IB. Turing estaba, desde luego, considerablemente en deuda con la anterior
tradición «logicista» por esta concepción. Pero como mí libro no es una
obra erudita, no estoy obligado a mencionarlo.
19. Los filósofos advertirán que, mientras que la expresión «responde direc
tamente» es intencional, «responde indirectamente» no lo es. Este tipo
de distinción será importante cuando lleguemos al capítulo 4.
CAPÍTULO 2
l . Esto deja sin resolver la muy diferente cuestión de si podría ser esencial
la propiedad (de orden superior) de poseer cierta propiedad depen
diente del contexto. Observemos que si la propiedad de poseer cierta
propiedad dependiente del contexto fuera esencial, entonces no sería
dependiente del contexto. El que la propiedad de poseer cierta propie
dad dependiente del contexto sea esencial a X no implica, pues, la exis
tencia de una propiedad dependiente del contexto que X posea esen
cialmente.
2. Observemos que el principio de que la sintaxis de una representación se
cuenta entre sus propiedades esenciales y es, por tanto, independiente
del contexto trasciende las discrepancias acerca de qué expresiones de
una lengua son muestras de ese mismo tipo. Supongamos, por alguna ra
zón, que preferiríamos no reconocer que el John que aparece en «John
loves Mary» [«Juan quiere a María»! es la misma palabra que el John que
aparece en «Mary loves John» [«María quiere a Juan»]. (Los conectivis-
tas suelen preferir no reconocer este tipo de hechos. El no quererlo es
coherente con su rechazo de las representaciones mentales estructuradas
y, por tanto, de la teoría sintáctica de los procesos mentales). En ese caso
tal vez querríamos adoptar la opinión de que el inglés contiene dos pala
bras John diferentes —«John-sujeto-de-un-verbo» y «John-objeto-
de-un-verbo», por así decirlo— que se deletrean «John» y significan
John. Podría razonablemente considerarse que este análisis es rebusca
do; es evidente que desatiende intuiciones convincentes sobre la indivi
duación de las palabras inglesas. Pero el asunto aquí tratado es que dicho
análisis es completamente compatible con la independencia contextual
de la sintaxis. Así, por ejemplo, la expresión (independiente del contex
to) «John-sujeto-de-un-verbo» que se encuentra en la oración «John co
rre» es exactamente la misma expresión «john-sujeto-de-un-verbo» que
se encuentra en «John salta».
3. A partir de aquí suelo emplear únicamente la palabra simplicidad como
término no marcado para designar la escala simplicidad/complejidad.
4. Mientras falten indicaciones en sentido contrario, plan y teoría son sim
plemente términos coinciden tes para cualquier conjunto de una o más
proposiciones. No me lo estoy sacando de la manga. Por comodidad ex
positiva suelo utilizar teoría para referirme tanto a las teorías como a los
planes.
5. Para que esto parezca siquiera remotamente probable, hay que suponer
que una descripción canónica de una representación mental especifica,
entre otras cosas, la identidad de su «inventario léxico». Ello se debe a la
probabilidad de que oraciones que, por lo demás, son idénticas puedan
diferir en complejidad dependiendo de qué palabras contengan (y de la
misma manera, la complejidad de pensamientos por lo demás idénticos
puede diferir dependiendo de qué conceptos contengan). En las páginas
siguientes daré por supuesto este punto.
6. Algunos lingüistas generativos solían dar este tipo de explicación al he
cho de que, durante la adquisición de su primera lengua, las mentes de
los niños escogen entre gramáticas «equivalentes desde el punto de vista
de la observación»: el aspirante de mayor simplicidad es la más breve, si
todas están escritas en notación canónica. Pero esas propuestas se pasa
ron de moda cuando se introdujo la «fijación de parámetros».
7. Seguro que al lector se le ha ocurrido ya que la presunta dependencia del
contexto se puede evitar sí la simplicidad de una creencia B se entiende
como función que, dada una teoría T, produce la simplicidad de la teoría
T&B. En ese caso, el hecho de que la simplicidad de las teorías a las que
se añade varía con los valores de esta función sería una propiedad de B
independiente del contexto (véase nota 1). Totalmente de acuerdo. Sin
embargo, lo que determina los efectos de añadir B a 7’ no son sólo las-
propiedades de B sino también las de T. Así pues, la aportación de B a la
simplicidad de T&B no es únicamente una función de la simplicidad de
B, sino también de a qué T'la añadimos. Esta cuestión comenzará ahora a
predominar en el texto.
8. Lo que afirmo es que el análisis desarrollado hasta aquí no ha resuelto
esta cuestión, y no que sea probable, en realidad, que la simplicidad
constituya una propiedad sintáctica. (Aunque oficialmente soy neutral
en función de mis actuales objetivos, me sorprendería que así fuese).
Baste con saber que si las propiedades globales de las representaciones
mentales son determinantes del conocimiento, y sí esas propiedades no
son, no obstante, sintácticas, la TCM se viene abajo, al margen de cómo
entendamos la expresión «determinación sintáctica».
9. Nota geográfica: no distinguir la E(TCM) de la M(TCM) puede resultar
pernicioso también en otros aspectos. Sí la EÍTCM) está en lo cierto, en
tonces la función causal de una RM estaría determinada (únicamente) por
propiedades sintácticas locales. Ahora bien, con independencia de ello, es
sumamente probable que sólo las propiedades sintácticas de una RM
puedan afectar a su semántica. Esto es tan sólo una manera de decir que
es muy probable que la semántica de la RM sea composicional. Así pues,
sí se acepta la E(TCM), lo natural será pensar que las propiedades sintác
ticas de las RM que pueden afectar a sus funciones causales son así mismo
las propiedades sintácticas de las RM que producen sus contenidos. Pien
so que esta idea es una fuente original de la intuición de que las teorías
computacionales de la mente concuerdan de manera natural con las teo
rías de la función conceptual del significado. (Véase, p. ej., Block, 1986).
Pero, si bien es realmente probable que todos los determinantes sintácti
cos de los contenidos de las RM sean locales, las consideraciones sobre la
globalidad de los procesos cognitivos analizadas en el texto dan a enten
der que los determinantes de sus funciones causales no pueden serlo.
10. Es decir, que algunas máquinas de Turing pueden decidir si los miem
bros de un conjunto de n representaciones mantienen relaciones mutuas.
11. Sobre este punto, véase Fodor y Lepore (1992). El peor panoramasería,
quizá, que las unidades naturales de computación no encajaran con las
unidades naturales de confirmación, aserción, evaluación semántica, et
cétera. De ser así, sólo Dios sabe cómo podríamos llegar siquiera a co
menzar a esbozar la relación entre cómo pensamos y qué creemos.
12. Y si tenemos la mala suerte de ser verificaciónistas o de estar convenci
dos, de alguna otra manera, de que las propiedades semánticas están
constituidas epístémicamente, la consecuencia será hacer de toda una
teoría el elemento mínimo para el que se definen el significado, el conte
nido y otras cosas similares. Un verificacionista que desee evitar esta tesis
semántica demencialmeme improbable haría mejor, por tanto, rechazan
do la deducción que lleva del holismo sobre qué es lo pertinente para
una confirmación al holismo sobre la unidad de confirmación. Sin em
bargo, esta cuestión es de interés exclusivamente académico, pues aún
habría hecho mejor abandonando la idea de que las propiedades semán
ticas están constituidas epistémicamente.
13. «En igualdad de condiciones» quiere decir «de acuerdo en cuanto a co
herencia, cobertura de datos, sencillez y, supongo que también, otras li
mitaciones metodológicas y empíricas que nadie sabe cómo enumerar».
14. Aquí y en los siguientes párrafos, teoría significa, realmente, teoría, y no
sólo un conjunto arbitrario de proposiciones. Véase nota 4.
15. Para comodidad de la exposición, he tomado de la historia de la ciencia
mis ejemplos sobre la sensibilidad de la centralídad respecto al contexto.
Pero la psicología cognitiva experimental y anecdótica está también lie
na, por supuesto, de ese tipo de casos. Así pues, muchos de los datos des
critos en las obras de psicología como efectos de las «estrategias cogniti
vas» de un sujeto en sus tareas de categorización podrían considerarse
así mismo ilustraciones de los efectos del cambio de valoración de un su
jeto respecto a qué hechos relativos a los estímulos tratados hasta aquí
son centrales. Las propiedades de un nuevo estímulo que pasan a ser «re
levantes» dependen, entre otras cosas, del patrón de éxitos y fracasos de
un S en juicios anteriores. Para los psicólogos del conocimiento, la expre
sión de que «lo relevante depende del contexto» significa algo muy simi
lar a lo que para los filósofos de la ciencia quiere decir «la centralidad de
pende de la teoría».
16. Tomo prestada la palabra trasfondo de Searle (1992), quien, en mi opi
nión, la tomó prestada de Heidegger (a quien, no obstante, no propongo
que se lea para descubrir ese dato). Sin embargo, hay una considerable di
ferencia, Hasta dónde puedo discernir, Searle mantiene que los efectos
del trasfondo son una especie de causación intencional, y tiene razón; el
trasfondo sólo afecta a la mente «bajo una descripción». Sin embargo,
Searle mantiene también, al parecer, que el trasfondo no está representa
do mentalmente. Lo que desaprueba no es la TRM en general, sino sólo la
TCM en particular. Eso, en mi opinión, hace que los efectos del trasfondo
no sean sólo misteriosos, sino directamente milagrosos. Al parecer, la me
tafísica de Searle tolera la causación intencional a distancia.
Searle es hostil también a una sintaxis que, según él, carece en cierta ma
nera de objetividad. Me resulta difícil entender cómo puede haber una
relación más real que la mantenida entre una cosa y sus partes.
CAPÍTULO 3
1. Esa misma opinión se expresa en The Modulan'(y o f the Mind [La modula
ridad de la mente] (Fodor, 1983), que, según la paráfrasis realizada por
muchos comentaristas con el paso de los años, mantenía que «sólo el co
nocimiento modular puede estudiarse de manera científica». La MGM,
por supuesto, no lo decía; y tampoco yo. Aparte de la dificultad de expli
car cómo se supone que se puede distinguir estudiar algo «de manera
científica» de estudiarlo, sin más, ¿cómo diablos podría saber lo que
pueden llegar a entender otras personas más listas que yo?
2. Eso no significa que esté exactamente seguro de qué son los futuros de
venta de patatas o de qué patatas tienen ese futuro. Pero no creo que los
detalles de los ejemplos importen mucho.
3. Por decirlo un poco mejor: se trata de una instrucción que discierne los
mecanismos de realización apropiados para producir el comportamien
to. F.l lector podría sentirse disgustado al pensar que el texto está pro
vocando un equívoco entre las representaciones mentales que figuran
(p. ej., de manera causal) en los procesos mentales, por un lado, y, por
otro, las representaciones de esas representaciones que figuran en las ex
plicaciones psicológicas de tales procesos. Por mí parte, consideraría
grosera una queja de ese tipo.
4. A lo largo de mi análisis he dado por supuesto que el término computa-
cional designa, por definición, una «computación local/clásica». Es sólo
un asunto terminológico y, en realidad, carece de importancia. Necesita
mos un significado de «proceso computacional» que sea clásico (y, por
tanto, local) por convención y otro que no lo sea, de la misma manera
que necesitamos un significado de «proceso arquitectónico» que sea clá
sico (y, por tanto, local) por convención y otro que no lo sea. Se invita a
los lectores que así lo deseen a hacer según se les pide. De vez en cuando,
emplearé la frase «computación en el sentido de Turing» para referirme
a procesos guiados ipso facto por una sintaxis local.
5. La estimulante probabilidad de activar los nodulos de uno en uno es sen
sible también al «actual umbral» de elementos (que, a su vez, podría con
siderarse o no inestable). Cfr. Hume: algunas ideas son «relativamente
vividas» y, por tanto, relativamente fáciles de activar por parte de las aso
ciadas a ellas. Para nuestros actuales propósitos, podemos ignorar esta
posibilidad, y así lo haremos.
6. O —según versiones de «propagación inversa»— a la frecuencia con que
tener ideas en serie genera un refuerzo.
7. Si al final resulta que los nodos son neuronas, entonces las partes de las
neuronas serán, por supuesto, partes de nodos. Pero, en este sentido de
«partes de», las partes de un nodo e, incluso, el hecho de que un nodo
tenga partes, es algo que permanece invisible para aquellos procesos que
operan en el plano respecto al cual pretenden ser verdaderos los mode
los de red (a saber, en el plano psicológico; es decir, en el plano en el que
se asigna contenido intencional a estados mentales; es decir, en el plano
en que los nodos tienen etiquetas). Me es imposible comenzar siquiera
a decir al lector el grado de caos que ha generado en la literatura conec-
tivista la incapacidad de comprender esta rudimentaria distinción de
planos.
8. Dos puntualizaciones expositivas. En primer lugar, en algunas versiones
del conectivismo, los contenidos de las actitudes proposicionales no son
expresados por los nodos sino por vectores de ellos. Esto no importa
para lo que estamos tratando aquí; como los vectores son conjuntos de
nodos, heredan las condiciones de individuación de los propios nodos.
En concreto, dos redes que difieran en el número de nodos que contie
nen o en la conectividad entre ellos son ipso jacto incapaces de hallarse
nunca en el mismo estado vectorial.
En segundo lugar, los conectivistas escriben a veces como si las condicio
nes de individuación para los nodos no importaran, puesto que la rela
ción semántica fundamental entre representaciones es la semejanza (y no
la identidad). Pero nunca se ha dejado claro cómo habría que entender la
requerida noción de semejanza; y tampoco se dejará. Véase más abajo
una breve exposición. Para un análisis más extenso, véase Fodor (1998a)
y Fodor y Lepore (1999). Observemos también que el recurso a la seme
janza de contenido sólo resuelve las actuales perplejidades respecto a la
transportabilidad, si la semejanza de contenido no depende del contex
to. Sin embargo me parece inverosímil, por decirlo de manera suave, que
la semejanza de contenido no sea dependiente, pero la identidadde con
tenido sí.
9. Sin duda, es posible disponer de una arquitectura clásica que adolezca
del mismo defecto; por ejemplo, aceptando una semántica según la cual
el contenido de una representación dependa de sus relaciones intrateóri-
cas, como en las teorías del significado de «función inferencial» que tra
tan del significado. La principal objeción que se puede hacer a tales teo
rías es que abandonan en la semántica lo que la explicación clásica
consiguió con tanto esfuerzo en la sintaxis: una relación de tipo/ejemplar
para las representaciones mentales independiente del contexto.
10. Al ser un buen seguidor de Quine, sospecho que (fuera de la lógica y las
matemáticas) todos los cálculos racionales de relevancia son empírica
mente revisables (y no estipulativos, definitorios o semánticos de alguna
otra manera). Por tanto, me'opongo firmemente a los verificacionistas,
operacionalistas y criteriologístas; y mi abuela ancestral también les plan
ta cara. Sin embargo, no es necesario que el lector acepte esta opinión in
transigente para estar de acuerdo conmigo en que los cálculos de rele
vancia son a veces empíricamente revisables, que es todo cuanto requiere
lo que se dice en el texto.
11. De vez en cuando, los conectivistas han intentado imaginar redes capa
ces de rehacer su cableado y, por tanto, capaces de alterar tanto su conec
tividad como la solidez de sus conexiones. Dadas las condiciones de
identidad requeridas para nodos y redes, esta idea carece de sentido, es-
tridamente hablando. Sin embargo, es concebible que un conectívista
modele una mente como una sucesión de redes que, con el paso del tiem
po, se sustituyen unas a otras de algún modo. (De la misma manera, es
concebible que un teórico clásico modele una mente como una sucesión
de programas que, con el paso del tiempo, se sustituyen unos a otros de
algún modo). Sólo Dios sabe cómo podrían ser en ambos casos las leyes
que rigieran esas sucesiones. En realidad, se trata simplemente de ciencia
ficción neurocognítiva; no se ha planteado ninguna propuesta.
12. Podríamos aducir que, como el estado de activación de cualquier nodo
en una red contribuye, en principio, a determinar el estado de activación
de cualquier otro nodo, la arquitectura conectivista está bien situada
para comprender el principio de Quine de que una creencia puede guar
dar relación con cualquier otra. Pero la idea de que la relevancia puede
aparecer en cualquier lugar se debería distinguir cuidadosamente de la
de que todo cuanto creemos simultáneamente afecta causalmente a cual
quier otra cosa. La primera aseveración es la probable, pero la arquitec
tura conectivista sólo apoya la segunda. Una cosa es cualquier cosa puede,
y otra muy distinta todas las cosas lo hacen.
CAPÍTULO 4
1. Si sirve el recuerdo (que cada vez sirve menos), diré que algunas de las
posibilidades taxonómicas analizadas en esta sección me fueron indica
das por la profesora FJizabeth Spelke en una conversación que mantuvi
mos hace unos años. Por si acaso, le ofrezco aquí mi agradecido recono
cimiento.
2. Es decir, «sin aceptar ni rechazar la encapsulación»; o sea, teorías que no
toman postura sobre si los módulos están encapsulados.
3. Por ejemplo, el «principio del diseño modular» de Marr (1982, p. 325),
según el cual «cualquier computación extensa debería escindirse en un
conjunto de pequeños subprocesos especializados casi independientes»
(citado por Coltheart, 1999). Véase también Tooby y Cosmides (1992),
donde los módulos se caracterizan como «estructuras complejas funcio
nalmente organizadas para procesar información» (p. 33).
4. En cambio, la cuestión del innatismo está íntimamente vinculada a los ti
pos de cuestiones sobre adaptacionismo que serán la principal materia
tratada en el capítulo 5.
5. Esto significa dejar abierta la posibilidad de que módulos sam phrase
puedan incluir entre sus partes otros módulos chomskianos. Me parece
probable que, según he señalado anteriormente, se trate del caso típico.
6. Coltheart (op.cit.) propone «definir el “módulo” como “un sistema cog
nitivo cuya aplicación es de ámbito específico [ .. .] ; un sistema cognitivo
es de ámbito específico si sólo responde a estímulos de una clase particu
lar» (p. 118). El problema está en que, según este criterio, si excluimos
una noción de «clase de estímulo» caracterizada (y motivada) indepen
dientemente, iodo «sistema cognitivo» es, de manera trivial, de ámbito
específico.
7. Creo que se trata de una suposición razonable; pero sólo en relación con
una cláusula ceteris paribm realmente enorme. No podemos servirnos
del MP para evaluar la validez de una inferencia mientras no seamos ca
paces de reconocer la forma de la inferencia. Además, es perfectamente
posible que el ámbito de un argumento afecte a la facilidad del reconoci
miento de su forma. Es posible, por ejemplo, que ese reconocimiento sea
intrínsecamente más difícil en el caso de argumentos sobre números que
en el de argumentos sobre líquidos, o viceversa. En tal caso, podríamos
tener efectos de especificidad de ámbito sobre la evaluación computa
cional de (i) y (ii), aun cuando se evalúen en realidad como ejemplos de
la misma forma argumental.
8. Si la distinción entre vocabulario «lógico» y «no lógico» es una distin
ción de principio, también lo es la idea de especificar un tipo de inferencia
de «generalidad completa». Pero, por supuesto, hay un número indefini
do de maneras de especificar un tipo de inferencia con una generalidad
que no llegue a ser completa. Por ejemplo (iii), podría volver a formular
se así: «un número es F; si un número es F, entonces es G; por tanto, el
número es G». Formulado así, regiría inferencias sobre números en ge
neral, y no sólo sobre el número 2.
9. Quiero hacer hincapié en que esto sólo puede servir, en el mejor de los
casos, como un medio informal de introducir una noción de especifici
dad de ámbito. En concreto, presupone lo que evidentemente no hemos
obtenido; un medio anterior y motivador para individuar ámbitos de
problemas. No creo que el lector se vaya a sentir muy sorprendido al oír
que «ámbito» y «de ámbito específico» se deben definir juntos o no se
definirán en absoluto.
10. Quizá sea tendencioso describir este caso como encapsulación informal
genuina. Preferiría decir que una mente que utiliza (iii) para evaluar (ii)
no ha obtenido un acceso encapsutado al MP sino, más bien, un acceso
libre a una versión de ámbito específico de un caso de MP. Sin embargo,
prefiero pensar en la encapsulación formal como una organización ar
quitectónica que se puede lograr, quizá, por un cúmulo de medios dife
rentes entre los que este tipo de especificidad de ámbito podrá ser o no
ser el más importante. Lo hago así porque sospecho que el conocimiento
encapsulado presenta en gran parte idénticas virtudes e inconvenientes,
al margen de cuál sea el medio por el que se efectúa la encapsulación. En
cualquier caso, saber cuál es el medio por el que el sistema cognitivo al
canza realmente la encapsulación (si es que se trata de alguno de los dos)
es asunto de gran interés.
11. Cfr. la idea de Pylyshyn de que las organizaciones arquitectónicas son
ipso fado «impenetrables cognitivamente».
12. Es en buena medida el cuadro propuesto en MOM, donde sugerí que va
rias otras propiedades interesantes de los mecanismos cognitivos se con
juntan a menudo con el encapsulamiento. También esto me parece vero
símil.
13. Véase en Fodor (1998c), especialmente en el capítulo 16, una discusión
de otros argumentos darwinístas sobre si la función del conocimiento se
ha de hallar en la verdad.
14. En función de mi análisis, doy por supuesto que la noción de mecanismo
general de aprendizaje se puede entender de otra manera. Pero no puedo
imaginar esta hipótesis para ningún otro objetivo; esto es, por supuesto,
una crítica diferente de las hechas por Cosmides y Tooby.
15. Cfr. Sperber (en Hirschfeld y Gelman, 1994, p. 63):
Fodor [consideraque] el problema del marco está indisolublemente ligado a la no
m odularidad y a la racionalidad del pensam iento. El problem a del mareo se
sobrevalora en cuanto problema psicológico. Dos hipótesis psicológicas nos per
miten reducirlo a una cuestión abordable. En primer lugar, la hipótesis de la mo-
dularídad del pensamiento, según señalan Tooby y Cosmides [ . . . ] , reduce consi
derablem ente la gama de datos y procedim ientos a los que se puede apelar en
cualquier tarea conceptual dada. En segundo lugar, la hipótesis de que los pro
cesos cognitivos tienden a conceder una importancia máxima a la relevancia [ , . . ]
restringe de manera radical el espacio real de búsqueda para cualquier tarea con
ceptual.
Sin embargo, sólo la aceptación de la modularidad masiva eliminaría el
problema del marco, pero el coste de hacerlo es negar la función de la
simplicidad (y otras similares) en la fijación cotidiana de las creencias. La
moraleja que extraigo es, pues, exactamente la contraria a la que me atri
buye Sperber: no es posible que el problema del marco esté indisoluble
mente vinculado a la racionalidad; a lo que parece estar indisolublemen
te ligado es, más bien, a la suposición de que los procesos cognitivos en
general son computaciones.
Por lo que respecta a una teoría de la relevancia, decir que el hecho de
disponer de una resolvería el problema del marco tiene tan poco sentido
como decir que si solucionáramos el problema del marco, ello nos pro
porcionaría una teoría de la relevancia: ambas propuestas son, desde lue
go, verdaderas, ya que «evaluar la relevancia» y «establecer un marco»
son dos formulaciones de una misma cosa. (Erase una vez un gusano que
se enamoró de otro de su especie. «Cásate conmigo», le dijo, «y podre
mos vivir felices para siempre». «No seas tonto», le respondió su compa
ñero de especie, «soy tu otro extremo»). Si el conocimiento consiste en
alcanzar creencias verdaderas con alguna eficiencia, ocurrirá que lo im
portante en cuanto a la relevancia se halla en general en el marco, y lo no
importante no se halla, en general, en él. Cumplir estas condiciones es,
quizá, algo factible dentro de las suposiciones de las teorías clásicas, pero
no conozco ninguna propuesta de arquitectura cognitiva, clásica o no,
que parezca capaz de conseguirlo,
16. Léase «representación d e » como extensional para la posición
« ».
17. Si todas las «representaciones» hubieran de ir tanto a la CASILLA 2
como a la CASILLA 3, volveríamos a la opción 1; es decir, la CASILLA 2
y la CASILLA 3 serían menos modulares que MI o M2, lo que va en con
tra de la modularidad masiva.
18. El supuesto Mecanismo de Detección de Tramposos ha sido durante un
tiempo el ejemplo más representativo de un módulo cognitivo; se trata
de un ejemplo especializado para un tipo peculiar de razonamiento (a di
ferencia del sistema de percepción visual o del de utilización del lenguaje
o del que constituye el comportamiento motor). Sin embargo, ahora pa
rece muy claro que, tal como están las cosas, los resultados experimenta
les que se presentaban como prueba de la existencia de ese sistema son
artificios. Véase el apéndice (y también Sperber et al., 1995).
En realidad, según observan los propios Tooby y Cosmides (1992,
c. pp. 58-59), casi todas las pruebas favorables a un conocimiento modu
lar que pudieran caracterizarse razonablemente como no muy discuti
bles están tomadas del estudio del lenguaje y la percepción. E incluso
allí la pluralidad de la comunidad de científicos del conocimiento que
no las discuten es bastante exigua. Por lo tanto no es de extrañar que la
mayoría de los argumentos acerca de la modularidad o, por decirlo de
otra manera, del pensamiento (en cuanto opuesto a la percepción) tien
dan al apriorismo.
Hay pocos datos significativos en un sentido o en otro.
19. Se supone que todo esto son proposiciones de dicto. Por tanto, en una
formulación mejor, sería: «algunos de los que representan lo que se con
sidera intercambios sociales en cuanto intercambios sociales en los que se
produce alguna trampa, y otros que no representan lo que se considera
intercambios sociales en cuanto intercambios sociales en los que se pro
duce alguna trampa». Esta manera de exponer el caso es, sin embargo,
farragosa, incluso para mis laxos criterios.
La distinción entre de re y de dicto suele ser muy importante cuando se
discuten actitudes proposicionales, mecanismos cognitivos y otros asun
tos similares; por tanto, a riesgo de poner furioso al lector, propongo se
guir insertando, a medida que avancemos, notas que eliminen las ambi
güedades.
20. Es decir, que la distinción entre intercambios sociales y cualquier otra
cosa coincide con cierta distinción sensorial.
21. En realidad, no sirve de nada suponerlo. Ser de color naranja y ser una
situación social son, por supuesto, propiedades diferentes aunque fue
ran localmente coincidentes en aquel entonces (en realidad, aunque fueran
coincidentes en la actualidad). Por hipótesis, lo que evolucionó fue un
detector de tramposos cuyos datos de entrada representan situaciones
como ejemplificaciones de intercambio social, y no (sólo) como ejemplifi-
caciones de color naranja. Es obvio que la historia de que las situaciones
sociales fueran de color naranja en los viejos tiempos no explica cómo
pudo haber ocurrido tal cosa.
A veces pienso que la psicología evolucionista es en conjunto una gran
falacia intencional (véase nota 18, capítulo 1)
22. Un pasaje de Sperber (1989) ilustra lo fácil que es, para un entusiasta de
la modularidad masiva, pasar por alto las dificultades que genera el pro
blema del análisis de los datos de entrada (input). Los módulos, dice
Sperber, «procesan todas las representaciones y sólo ellas allí donde apa
rece su concepto más propio L ..J. Por lo demás, son ciegos a las demás
propiedades conceptuales de la representación que procesan [ . . .] . En
general, la presencia de conceptos específicos en una representación de
termina qué módulos se activarán» (p. 49). Sin embargo, en primer lugar,
no se dice nada sobre cómo conceptos muy abstractos («intercambio
social» y otros por el estilo) llegan a estar en las representaciones de los
datos de entrada del módulo; y, en particular, no se dice nada sobre
cómo podrían ser detectados fiablemente por inferencias no abductivas.
CAPÍTULO 5
1. Se podría insistir, no obstante, en que unas explicaciones meramente
ahistóricas de, por ejemplo, el vuelo de las aves son ipso facto incomple
tas. Por lo que yo sé, es posible que sea así; en realidad, podría tratarse de
una obviedad. Pero no puedo decirlo, ya que no tengo ni idea de cómo
podría ser una explicación completa del vuelo de las aves (o de cualquier
otra cosa). No estoy seguro de que pueda existir una explicación seme
jante o, de ser posible, para qué diablos podría uno quererla. Hasta don
de a mí se me alcanza, la bibliografía en la que se supone que las explica
ciones completas son el objetivo de la ciencia no cesa nunca de decirlo.
Por si sirve de algo, sospecho que la explicación es un concepto demasia
do pragmático corno para permitir formular condiciones generales para
conseguir explicaciones completas.
2. En Cosmides y Tooby hay una nota a píe de página donde se da a enten
der que son más o menos conscientes de ello. Dice que lo que realmente
piden a la unificación de las ciencias naturales y sociales es sólo «la idea
de sentido común de la mutua coherencia y pertinencia» (op. cít.,
p. 123). Pero, luego, necesitan sostener que los datos de las ciencias natu
rales o biológicas son, de manera íntima, «relevantes» para una explica
ción psicológica intencional. Si lo son o no, es una cuestión completa
mente empírica y no se puede establecer mediante una apelación general
a lo que ordena el «método científico».
3. Véase algunos magníficos ejemplos de esta falacia en E. O. Wilson (1998).
4. Pensar que estaría bien que todas las ciencias se impusieran restriccionesmutuas importantes es probablemente (aunque en absoluto obviamente)
un apriorismo; por tanto, ése es el resultado que deberíamos esperar,
manteniendo lo demás en igualdad de condiciones. Pero no creo que
esto nos permita conseguir mucho más, aunque sea verdad. Hablando
sólo por mí mismo, no consigo recordar la última vez en que las cosas re
sultaron tan bien como pudieron haber sido,
5. La salvedad se debe al conjunto de cuestiones que giran en torno a la no
ción de «selección para». Probablemente, la requerida noción de fun
dón deberá distinguir entre propiedades necesariamente coextensivas
(la función del corazón es bombear la sangre y no generar ruidos cardía
cos, aunque sea nomológicamente necesario que los corazones hagan
tanto lo uno como lo otro). El inconveniente está en que una noción de
función basada en la explicación habitual de la selección no parece satis
facer esta condición ya que, en general, si es necesario que los A sean B,
parece igualmente necesario que un proceso que selecciona A seleccione
ipso [acto B,
Sin embargo, se supone que esto no es así si «selecciona» se sustituye por
«selecciona para» (véase, p. ej., Sober, 1984). En particular, se estipula
que «selecciona para» es opaco para la sustitución de predicados nomo-
lógicamente coextensivos. Hasta aquí, muy bien. Pero, entonces, no está
claro que una teoría darwiniana de la adaptación proporcione, o pueda
proporcionar, una idea de selección para que difiera en este sentido de la
noción estándar de selección. (Véase un análisis más detallado en Fodor,
1990, capítulo 3).
Merece la pena señalar que hay teóricos evolucionistas perfectamente
respetables que sostienen que lo único seleccionado (seleccionado para,
o de otra manera) es la aptitud general de los organismos completos. Así,
el genetista de la evolución Alan Robertson advierte de que afirmar que
la variación de tal o cual propiedad fenotípica afecta la aptitud es presu
poner una decisión sobre cómo se han de individuar las propiedades fe-
notípicas; y que, en el caso general, no está nada claro cómo motivar tales
decisiones:
Analizamos el efecto de la variación en una medición o en una característica man
teniendo iguales todas las demás, lo cual es un magnífico ardid para el estadístico,
pero al propio animal 1c resultará de difícil realización. Cuando alguien pregunta:
«¿Cuáles son las demás características que mantenemos iguales?», se ve con clari
dad que se trata de un punto de vista completamente ajeno a la biología [...] . [Si
se me preguntaJ cómo decido si [...'] la relación observada entre una medición fe
notípica y la aptitud tiene consecuencias normalizadotas o no, tengo que respon
der sencillamente que no sé cómo hacerlo. (Robertson, 1968, pp. 13-14).
(Estoy en deuda con el profesor H. Alien Orr por haber llamado mi aten
ción sobre la obra de Robertson y la Escuela de Edimburgo).
6. Hasta donde me es posible discernir, los darwinistas apenas tienen nunca
en cuenta la posibilidad de que la noción de función requerida por la
biología sea sincrónica y, por tanto, no susceptible, ni siquiera en princi
pio, de ser reconstruida por el adaptacionismo. De hecho, suelen escribir
como si nunca, literalmente, se les hubiera pasado por la cabeza la posi
bilidad de una interpretación no darwiniana de función. Un ejemplo en
tre miles es el rechazo escandalizado de Cosmídes y Tooby (1992,
pp. 57-58} de la propuesta de Lewontin, según el cual «el conocimiento
humano podría haberse desarrollado como una consecuencia puramente
epifenoménica del importante crecimiento del tamaño del cerebro, que,
en realidad, podría haber sido seleccionado por razones completamente
distintas». C&T se preguntan retóricamente si Lewontin es incapaz de
«detectar en el pensamiento y la conducta humana algo más que un mero
accidente [ . . . ] Un alto grado de funcionalidad está muy bien en el caso
de los ojos, los intestinos y el sistema inmunitario, pero ¿qué pasa con la
estructura constitutiva de la arquitectura psicológica humana?».
Sin embargo, su vehemencia no nos interesa, a menos que se dé por su
puesto que la funcionalidad se ha de entender histórica y no sincrónica
mente. La tínica conclusión a la que a Cosmides y Tooby les da realmente
derecho su argumentación es que o bien Lewontin se equivoca respecto
a la filogenia de la mente o bien, sí no se equivoca, la función de la mente
(suponiendo que la tenga) no está determinada por la historia de la selec
ción. ¿Qué hay exactamente de erróneo en el segundo miembro de la
disyunción?
Véase en Koons (1998) un análisis reciente de algunas opciones no dar-
winianas para el desarrollo de una teoría de la teleología natural.
7. En este sentido, no influye para nada que el formato en que se expresan es
tas verdades contingentes se considere «declarativo» o «procedimental».
Ignoraré esta cuestión por lo que respecta a lo que aquí estoy tratando.
8. Sobre la distinción entre procesos que configuran la reserva genética me
diante «instrucción» y procesos que la configuran seleccionando entre
un menú previo de opciones, véase Píatellí (1989). El que la «selección
natural» sea un mecanismo de cambio por «instrucción», según esta ma
nera de hablar, contribuye a aumentar al máximo la confusión termino
lógica reinante; en cambio, las teorías preformacionistas se consideran,
en este sentido, «seleccionistas». ¡Ah, estupendo!
9. Sin embargo, hay un nuevo aspirante a «mejor ejemplo de módulo»: el
mecanismo encapsulado, aparentemente de ámbito específico, utilizado
por muchos vertebrados, incluidos los seres humanos, para recuperarse
de una desorientación espacial. Véase algunos resultados experimentales
realmente sorprendentes en Cheng y Gallistel (1986) y Hermer y Spelke
(1996).
10. Mi actitud respecto a los mecanismos de «ejecución» que pueden explo
tar esta dualidad genotípica con el fin de adquirir o utilizar el lenguaje es
neutral. Una de las posibilidades es una explicación de tipo «simula
ción» (véase, p. ej., Gordon, 1986); pero hay muchas más.
11. Sin embargo, podría parecer que no lo he leído correctamente. Chomsky
me dice (en una comunicación personal) que él es rigurosamente neutral
respecto a la modularidad masiva. Por tanto, el Chomsky de mi texto no
se ha de identificar con el lingüista del mismo nombre,
12. Se podría pensar que algunos principios de psicología intencional explí
citamente representados se hallan computacionalmente implicados tanto
en la integración de la propia conducta como en la predicción de cómo
se comportarán los miembros de nuestra misma especie. Entre los aspi
rantes naturales se hallarían ciertas versiones convenientemente psicolo-
gizadas de la teoría de la decisión y de la lógica inductiva. (Pensamientos:
«Si yo [él] quiero [quiere] que se dé P y pienso [piensa] que ~P, a menos
que Q, entonces, ceteris paribus, debería intentar hacer realidad Q»),
Sólo la fuerza asertiva de los pensamientos distinguiría en tal caso entre
decidir sobre lo que debería hacer y predecir lo que haré.
Por supuesto, no toda causación intencional podría ser así; para decidir
sí pensamos que Juan nos está pisando el dedo del pie no consultamos
una representación interna de nuestras preferencias personales. Pero,
quizá, un cuadro de este tipo funcionaría en aquellos casos en que la cau
sación intencional fuera computacional.
13. Shawn Níchols me recuerda que, aunque es probable que nuestras
mentes sean enormemente más abductivas que las de los simios, lo es
también que la mente de casi todos los mamíferos son enormemente
más abductivas que las de las máquinas más inteligentes que hemos
sido capaces de construir de momento. Supongo que no hay un lugar
definitivo en el que esos cambios cuantitativos se convierten en cualita
tivos; y, desde luego, tampoco tiene que haberlo para que existan casos
claros.
APÉNDICE
1. «P» y «Q » corresponden, respectivamente, a «alguien tiene menos de
18 años» y «bebe/está bebiendo coca-cola». Losejemplos podrían pare
cer menos forzados si añadiéramos siempre «(y no whisky)» a modo de
apéndice y estipulásemos que «bebe whisky si, y sólo si, no bebe coca
cola» fuera cierto de todos los individuos implicados.
2. Para información del lector: creo que lo que se dice en el texto es un ex
celente argumento y que, de hecho, da a entender claramente que P no
pertenece al contexto de lo que se requiere en «se exige que sí P, enton
ces Q». Pero la explicación del efecto de la detección de tramposos en la
tarea de Wason, que es la principal cuestión del debate, no necesita en
realidad que esta argumentación sea sólida. Iodo cuanto necesita es la
verdad de la conclusión, es decir, que Q sea lo requerido por «se exige
que si P, entonces Q».
3. El hecho de que (v) no sea válido no significa, por supuesto, que cual
quier inferencia de esta forma no tenga base. Las inferencias que no tie
nen forma válida pueden ser, no obstante, sólidas a la luz de suposiciones
apoyadas en el vocabulario no lógico. Agradezco a Alan Leslíe haberme
proporcionado ejemplos como el siguiente: «Si me pides prestada mi
trompeta, deberías darme unos tomates», de donde se sigue que si no me
das los tomates, no tomarás prestada mi trompeta. Sin embargo, creo
que más que la lógica de las inferencias condicionales deontológicas per
se, lo que soporta la contraposición en tales casos es más bien el significa
do de «tomar prestado». Comparémoslo con «si te vendo mi trompeta,
deberías estar agradecido», de donde no se sigue que si no estás agrade
cido no debería venderte mi trompeta.
4. Los demás sospechosos probables son, por supuesto, los bebedores de
menos de 18 años. No es de extrañar que los S que evalúan oraciones
como (1) en la tarea de selección de Wason entiendan prácticamente
siempre que la tarjeta P está íntimamente relacionada. (La tarjeta P es la
que afirma el antecedente de la hipótesis que debe verificarse). S contem
pla la posibilidad del modus ponens en «Sí tienes menos de 18 años, se
te exige que bebas coca-cola»; por tanto, si tienes menos de 18 años,
S deseará saber qué estás bebiendo.
5. Sin embargo, me he topado con un psicólogo evolutivo entusiasta que
consideró sorprendente mí afirmación de que si los S interpretan los con
dicionales deontológicos tal como he sugerido, entonces deberían ver
«de inmediato» que los bebedores de whisky son violadores potenciales
de la proposición «sí tienes menos de 18 años, bebe coca-cola». De hecho
sostenía que, si lo hacían así, tal cosa requeriría ser explicada tanto como
el descubrimiento original de que la tarea de Wason es más fácil en la
versión de detección de tramposos. Si el psicólogo estuviera en lo cierto,
entonces mis esfuerzos habrían sido, desde luego, vanos; sólo habría ex
plicado un misterio conjurando otro. Pero sospecho en él un mero des
concierto táctico. Imaginemos un experimento en que se habla a S de
una fiesta donde unos beben y otros no. Para verificarlo» se ofrece a S Jo
siguiente; «En esta fiesta sólo se está bebiendo coca-cola», y se le pregun
ta a quién preferiría entrevistar, sí a los bebedores o a los demás. ¿Qué
supone el lector que elegiría?
6. Muchas gracias a David Rosenthal por haberme ayudado a organizar
todo este material. David se maneja mucho mejor que yo con las P y
las Q.
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ÍNDICE DE AUTORES
Amis, M., 102
Aristóteles, 17
Block, N., 148n
Carroll, L., 102
Casalegno, P., 37
Chomsky, N , 3, 7, 9-15, 31, 76-79,
84, 129, 130, 134, 143n, 153n,
160n
Churchland, P., 91
Coitheart, M., 152n, 155n
Cosmides.J,, 87-89, 91-95,100,110,
118,137 ,152n, 154n, 155n, 157n,
159n
Cummins, R., 75
Darwin, C, (darwinismo), 2, 3, 7, 8,
10, 3 ! , 89-91, 93, 96, 103, 108,
110, 112, 115-118, 120-123, 126,
130-132,154n, 158n, 159n
Dawkins, R., 118,121
Dennett, D„ 114,115
Descartes, R., 125,143n
Dewey, J., 91
Duhem, P., 43,44, 52
Fodor, J„ 3, 52, 70, 75-77, 141n,
142n, 143n, 144n, 148n, 149n,
151n, 154n, 158n
Frege, C., 144n
Freud, S„ 6
Gelman.S., 154n
Gibson, J. ]., 75
Gigerenzer, C., 100
Goldberg, R , 34
Guillermo de Occam, 17
Happé, F., 143n
Harvey, W,, 116
Hegel,C .,94
Heídegger, M., 149n
Hirschfeld, L., 154n
Hug, K., 100
Hume, D,, 10, 65, 66, 142n, 150n
Huxiey, T,, 110
Kafka, E, 102
Kant,I„ 1 0 , 1 7 ,9 4 ,144ti
Karmiloff-Smith, A . , 77
Lepore, E„ 7 0 ,142n, 148n, 151n
Leslie, A . , 131,161n
Elman, 65
168 Índice de autores
Marr, D., 152n
McLaughlin, B., 142n
Melville, H., 102
Mithen, S., 119
Pinker, S., 2-4, 7, 8, 14 ,5 1 ,5 3 ,5 7 ,
73, 116,118, 143n
Platón, 10, 13-15,143n
Plotkin, H., 2-4, 7, 8, 14, 53, 57, 73,
118 ,143n
Pylyshyn, Z., 142n, 144n, 154n
Quine, W. V. O., 43, 44, 47, 15ln,
152n
Searle, J., 149n
Spelke, E., 152n, 159n
Sperber, D., 154n, 155n, 156n
Tooby, ]., 87-89, 91-95, 100, 110,
118, 137, 152n, 154n, 155n, 157n,
159n
Turing, A. (máquinas de Turing;
arquitecturas de Turing), 5, 8-10,
14-17, 21, 23-25, 27, 31, 32, 35,
3 8 ,4 1 ,4 2 ,4 5 ,5 0 , 55, 60 ,61 ,63-
66, 85, 122, 123, 133-135, 141n,
145n, 148n, 150n
Rey, G., 142n Wason, P , 103, 137,161n
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esta obra
el 5 de febrero de 2003