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MANUALES UNIVERSITARIOS
Javier A lvarado Planas
C onsuelo Maqueda A breu
Jorge J. Montes Salguero
R egina M .A Pérez M arcos
M .A Dolores del M ar Sánchez G onzález
Comentarios de texto de Historia del Derecho
y de las Instituciones.
Adaptados al programa de la UNED.
M anuel C obo del Rosal (Dir.)
Lorenzo M orillas C ueva
Concepción Carmona Salgado
Juan José G onzález Rus
Fernando del R osal B lasco
Íñigo S egrelles de A renaza
M anuel Q uintanar D iez
Compendio de Derecho Penal.
Parle especial.
José A ntonio Souto Paz
Comunidad política y libertad de creencias.
(Introducción a las libertades públicas en el
Derecho Comparado).
Derecho Matrimonial.
Francisco T omás y Valiente
Constitución. Estudios de introducción histórica.
A quilino Iglesias Ferreirós
La creación del Derecho (2 vols.)
La creación del Derecho. Antología de textos.
Javier Pérez R oyo
Curso de Derecho Constitucional (7.a ed.)
José J uan F erreiro Lapatza
Curso de Derecho Financiero Español
(22.a ed.).
Vol. I. Derecho Financiero (Ingresos. Gastos.
Presupuesto).
Vol. II. Derecho Tributario (Parte general: Teoría
general del tributo. Obligaciones.
Procedimiento. Sanciones).
Vol III. Derecho Tributario (Parte especial. Sistema
tributario. Los tribuios en general)
V íctor R eina
Josep M .A Martinell
Curso de Derecho Matrimonial.
Ramón Parada
Derecho Administrativo.
I. Parte general ( 12.a ed.).
II. Organización y empleo público (14.a ed.).
III. Bienes públicos y Urbanismo (8.a ed.).
Martín G arrido M elero
Derecho de Familia.
Derecho de Sucesiones.
Fernando Z unzunegui
Derecho del Mercado Financiero.
Gonzalo D iéguez
Derecho del Trabajo.
Rodrigo Uría
Derecho Mercantil (27.a ed.).
Joan M iquel
Derecho Privado Romano.
Bartolomé C lavero
Institución Histórica del Derecho.
R afael H ernández M arín
Introducción a la teoría de la norma jurídica.
F rancisco Javier G ómez G álligo
Pedro del Pozo C arrascosa
Lecciones de Derecho Hipotecarlo.
C lara Álvarez A lonso
Lecciones de Historia del Constitucionalismo.
Lluís P uig i Ferriol
M .A del C armen G ete-A lonso y C alera
J acinto G il R odríguez
José Javier H ualde Sánchez
Manual de Derecho Civil.
I. Introducción y derecho de la persona (2.a ed.).
II. Derecho de obligaciones, responsabilidad civil
y teoría general del contrato (3.a ed.).
José Luis G abaldón G arcía
José M .A R uiz Soroa
Manual de Derecho de la Navegación Marítima.
Paloma G arcía P icazo
¿Qué es esa cosa llamada Relaciones
Internacionales?
José J uan Ferreiro Lapatza
Francisco C lavijo Hernández
J uan Martín Q ueralt
Fernando Pérez Royo
José M anuel T ejerizo López
Curso de Derecho Tributario (16.a ed.).
Parte especial. Sistema tributario.
Los tributos en particular.
Elías D íaz
Curso de Filosofía del Derecho.
G regorio Peces-B arba
Eusebio F ernández G arcía
Rafael de Asís Roig
Curso de Teoría del Derecho (2.a ed.).
Curso de Teoría del Derecho
GREGORIO PECES-BARBA
EUSEBIO FERNÁNDEZ
RAFAEL DE ASÍS
CURSO DE TEORÍA
DEL DERECHO
Con la colaboración de:
M aría J osé F ariñas
Ángel Llamas
J avier A nsuátegui
J esús P. R odríguez
J osé M aría Sauca
Segunda edición
MARCIAL PONS, EDICIONES JURÍDICAS Y SOCIALES, S. A.
MADRID 2000 BARCELONA
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del «Copy
right», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de
esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografia y el tra
tamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo
públicos.
© Gregorio Peces Barba
Eusebio Fernández
Rafael de Asís
© MARCIAL PONS
EDICIONES JURÍDICAS Y SOCIALES, S. A.
San Sotero, 6 - 28037 MADRID
913043303
ISBN: 84-7248-788-1
Depósito legal: M. 33.537-2000
Fotocomposición: Infortex, S. L.
Impresión: Closas-O rcoyen, S. L.
Polígono Igarsa. Paracuellos de Jarama (Madrid)
MADRID, 2000
LOS AUTORES DE LAS LECCIONES HAN SIDO:
LECCIÓN PRIMERA: Francisco Javier Ansuátegui.
LECCIÓN SEGUNDA: María José Fariñas.
LECCIÓN TERCERA:
La reglas del trato social: Francisco Javier Ansuátegui.
Derecho y Moral: Eusebio Fernández.
Ética pública y ética privada: Gregorio Peces-Barba.
LECCIÓN CUARTA: Gregorio Peces-Barba.
LECCIÓN QUINTA: María José Fariñas.
LECCIÓN SEXTA: Francisco Javier Ansuátegui.
LECCIÓN SÉPTIMA: Ángel Llamas.
LECCIÓN OCTAVA: Rafael de Asís.
LECCIÓN NOVENA: Rafael de Asís.
LECCIÓN DÉCIMA: José María Sauca.
LECCIÓN UNDÉCIMA: José María Sauca.
LECCIÓN DUODÉCIMA:
El iusnaturalismo: Eusebio Fernández.
El positivismo jurídico: Rafael de Asís.
LECCIÓN DECIMOTERCERA: Gregorio Peces-Barba.
LECCIÓN DECIMOCUARTA: Jesús P. Rodríguez.
A Norberto Bobbio y
a Elias Díaz,
maestros académicos y de vida.
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
Quizá hemos tardado mucho tiempo en dar a la luz este Curso de Teoría
del Derecho, que es expresión de un trabajo en equipo de profesores de Filosofía
del Derecho de la Universidad Carlos III, o que, formando parte de nuestra
escuela, se encuentran en otra universidad distinta. En el libro se vierten, al
alcance de los estudiantes, los contenidos de las directrices generales de la asig
natura troncal Teoría del Derecho, que son también aplicables, con excelente
aprovechamiento, en las Introducciones al Derecho que existen en otras titu
laciones. He tenido la satisfacción de dirigir y coordinar la publicación, junto
con los catedráticos profesores Eusebio F e r n á n d e z y Rafael d e A s ís R o ig . L o s
tres hemos redactado dos temas cada uno 1. Tres profesores titulares, la profesora
F a r iñ a s D u l c e , el profesor A n s u á t e g u i R o ig y el profesor S a u c a C a n o , igual
mente han redactado dos temas 2, mientras que los profesores L l a m a s G a s c ó n
y R o d r íg u e z G o n z á l e z han redactado uno cada uno 3.
Estamos ante una obra colectiva, en la que se han homogeneizado los aspectos
formales y se han coordinado los contenidos, dentro de la libertad de cátedra
y de la libertad científica. Aparece a mi juicio como una obra equilibrada que
intenta desmenuzar y divulgar, para jóvenes estudiantes, los complejos problemas
que afectan al Derecho en su concepto, en su consideración entre los sistemas
normativos, como forma de organización social, en su relación con el poder,
en su consideración científica y en su estatuto epistemológico, como norma y
como ordenamiento, en la dinámica de su producción normativa, en su inter
pretación y aplicación, en el análisis de sus conceptos fundamentales, en su rela
ción con la justicia y en la obediencia y la resistencia a sus mandatos. Son
los problemas básicos de la teoría del Derecho, cuyo conocimiento es impres-
1 El profesor Eusebio F ernández, la lección tercera y la duodécima; el profesor Asís Roig,
la octava y la novena, además del apartado referido al positivismo jurídico de la lección duodécima,
y yo mismo las lecciones cuarta y decimotercera, junto al punto sobre ética pública y ética privada
de la lección tercera.
2 La profesora Fariñas, las lecciones segunda y quinta, y el profesor A nsuátegui Roig, las
lecciones primera y sexta, así como el epígrafe primero de la lección tercera; el profesor Sauca,
la lección décima y la undécima.
3 El profesor Llamas, la lección séptima, y el profesor Rodríguez G onzález, la lección deci
mocuarta.
12 PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
cindible para adentrarse en el complejo mundo de los sistemas jurídicos y del\
funcionamiento de la maquinaria del Derecho. Es el compendio de un trabajo
en común que ha dado muchos frutos individuales y colectivos, en un grupo
humano y científico que trabaja hace muchos años en colaboración estrecha,
tratando temas comunes y persiguiendo objetivos investigadores propios que son
identificares en la comunidad académica y científica de los Filósofos del Derecho.
Por otra parte, esta obra nace en un contexto de buena salud en nuestra
área de conocimiento, a la que creo que nuestro grupoha contribuido deci
sivamente, en favor de un ambiente cordial, abierto y tolerante. Ese clima abierto
ha propiciado un espectacular desarrollo de la investigación y de las publica
ciones en nuestra materia y una mejora generalizada de la docencia. Los restos
de los viejos tiempos y de los profesores escogidos por el arbitrio poco fundado
de quienes entonces dominaban languidecen en guetos incomunicados carentes
de legitimidad. Son como los rastrojos y escurrajas de que hablaba Unamuno.
En lo demás, con legítimas discrepancias y con alguna salida de tono que apenas
rompe la actitud general, los síntomas de la buena situación se expresan a través
de muchas y buenas publicaciones en nuestra universidades, con buenos pro
yectos de investigación, con seminarios y con una actividad positiva de la Socie
dad Española de Filosofía Jurídica y Política que preside el catedrático de la
UNED profesor Benito d e C a s t r o C id . Todas las últimas oposiciones a Cátedra
también han ido en la misma línea, como ya he tenido ocasión de expresar
en anterior prólogo. Finalmente, otro rasgo a destacar es el buen nivel de las
tesis doctorales que se están defendiendo. En unos casos por informaciones
de terceros autorizados, y en otros, quizá demasiados, por mi experiencia directa,
he podido conocer o constatar el rigor metodológico y sistemático y el valor
de las conclusiones de muchas de esas tesis. Por cierto que no pocas de ellas
recientemente defendidas en la Carlos ///, como las de los profesores R o d r íg u e z
Ur ib e s y E s c u d e r o A l d a y o la de la profesora B a r r a n c o A v il e s .
Este Curso de Teoría del Derecho pretende contribuir a este desarrollo
de nuestra cultura jurídica y también, y principalmente, a apoyar el estudio
de los alumnos y la mejora y profundización de sus conocimientos. Ellos deben
ser el centro de nuestras ocupaciones y preocupaciones por su formación pro
fesional y también cultural y ciudadana, lo que en Filosofía y Teoría del Derecho
es perfectamente integrable. Creo que todos los autores hemos hecho un esfuerzo
de síntesis, de claridad y de renovación pedagógica para llegar al producto cul
tural que ahora se publica. Probablemente sin el apoyo de la Fundación ONCE,
que nos ha permitido con su patrocinio liberar tiempo para este trabajo, no
hubiéramos alcanzado la meta antes del plazo previsto. A todos los integrantes
de la Fundación, nuestro agradecimiento sincero.
El marco científico en el que se ha concretado este trabajo es el del proyecto
de investigación «Derechos fundamentales y Teoría del Derecho», financiado
porla Dirección General de Enseñanza Superior. José Manuel R o d r íg u e z U r ir e s
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN 13
ha coordinado técnicamente la publicación con la ayuda de Ignacio Ángel Pérez
Macías.
Finalmente, queremos dedicar esta obra a dos maestros, que tantos caminos
nos han abierto y que tantas líneas de investigación nos han proporcionado.
Son Norberto Bobbio y Elias Díaz. El primero, el querido maestro de Turin,
que en noviembre cumplirá noventa años, ha sido para nosotros un faro inte
lectual que siempre ha iluminado sin deslumbrar y que ha ampliado los hori
zontes y las mentes de tantos profesores con una sencillez y una discreción admi
rables. Para mí es un amigo y casi un padre al que le debo mucho y, sobre
todo, la disposición abierta de su amistad. El segundo, Elias D íaz, que me
abrió, como primer discípulo de nuestro común maestro el profesor Rutz-Gi-
ménez, los caminos del pensamiento crítico y de un positivismo flexible y abierto
a la ética, por su proximidad tiene conmigo y con mis discípulos un contacto
directo y permanente. Entre los filósofos del Derecho de la Carlos III es siempre
una voz autorizada y respetada y siempre responde con afecto y amistad a la
entrega y al reconocimiento que nosotros le ofrecemos. Ambos son maestros
de vida y de doctrina y son seguros modelos para los principales destinatarios
de este libro, que son los estudiantes.
Gregorio P eces-Barba Martínez
Catedrático de Filosofía del Derecho
LECCIÓN PRIMERA
EL CONCEPTO DE DERECHO
SUMARIO: 1. El concepto de Derecho.—2. El Derecho como sistema normativo.—3. Validez, efi
cacia y justicia.
1. EL CONCEPTO DE DERECHO
a) Una aproximación inicial a los rasgos básicos del Derecho
Cualquier estudiante universitario que pretenda aproximarse al conoci
miento de una determinada parcela de la realidad tiene como premisa básica
la de conocer el concepto de la materia a la que se acerca. Esto es algo
necesario en cualquier materia. Por tanto, un estudiante de Derecho debe
ser consciente de que lo primero que debe plantearse es la cuestión de la
definición del Derecho. Esto, que parece algo normal en cualquier aproxi
mación a las diversas facetas de la realidad, es especialmente importante
en el caso del Derecho.
Pudiera parecer que el Derecho en esto no se distingue de otras materias
y que, de la misma manera que es aparentemente fácil proponer una defi
nición en las reflexiones preliminares sobre una determinada materia, tam
bién lo es en relación con el Derecho. Pero rápidamente nos damos cuenta
de la complejidad de la cuestión de la definición del Derecho. Son para
digmáticas al respecto las palabras con las que H. L. A. Hart comienza su
obra El concepto de Derecho, una de las más importantes de la literatura
filosófico-jurídica del siglo xx: «Pocas preguntas referentes a la sociedad huma
na han sido formuladas con tanta persistencia y respondidas por pensadores
serios de maneras tan diversas, extrañas y aun paradójicas como la pregunta
“¿qué es Derecho?” Aunque limitemos nuestra atención a la teoría jurídica de
los últimos ciento cincuenta años y dejemos a un lado la especulación clásica
o medieval acerca de la “naturaleza ” del Derecho, nos daremos con una situación
que no encuentra paralelo en ningún otro tema estudiado en forma sistemática
como disciplina académica autónoma. No hay una vasta literatura consagrada
a contestar las preguntas “¿qué es química?” o “¿qué es medicina?”, como
la hay para responderá la pregunta “¿qué es Derecho?”» Y es que, en efecto,
el Derecho es uno de esos aspectos de la realidad que no son fácilmente
definibles o, por lo menos, en los que no hay un acuerdo generalizado en
cuanto a su concepto. Como veremos con posterioridad, variadas son las
causas que pueden influir en dicha circunstancia. Así, hay que tener en cuenta
que el Derecho es un fenómeno multidimensional. Quiere decirse con ello
que puede ser analizado desde múltiples y numerosas perspectivas o puntos
de vista, a partir de los cuales se extraen conclusiones, todas ellas valiosas
aunque no idénticas. Por otra parte —también tendremos ocasión de obser
varlo—, en la definición del Derecho influyen de manera sobresaliente las
distintas concepciones del mismo. Por ello, el que un jurista mantenga una
determinada teoría sobre el Derecho condiciona necesariamente la definición
del mismo. Por último, también debemos ser conscientes de que el propio
término “Derecho”, en tanto que perteneciente al lenguaje natural, tiene
determinados problemas —compartidos con otros términos— que dificultan
en cierta medida su comprensión.
Ante este panorama alguien fácilmente desanimable podría estar tentado
de desistir de la tarea de comprender el Derecho, afirmando que si es muy
difícil llegar a una definición generalmente aceptada, también lo es com
prender lo que el Derecho es. Pero posiblemente, si utilizamos una estrategia
adecuada, podemos superar ese escepticismo.
En efecto, podemos, mejor que intentar desde el principio una definición
más o menos definitiva (que necesariamente debería ser reformulada con
forme avanzáramos en nuestra reflexión), ensayar una «aproximación por
zonas» 2 que nos permita una aproximación paulatina al fenómeno jurídico,
al final de la cual podríamos estar en condiciones de proponer algún tipo
de definición. En dicha aproximaciónsubrayaremos los caracteres o rasgos
básicos del Derecho. No obstante, también en este caso debemos recordar
una advertencia: estos rasgos básicos pueden alterarse en función de la idea
de Derecho (de la precomprensión) que previamente se mantenga \ En todo
caso, intentaremos presentar unos rasgos cuya aceptación no plantee espe
ciales problemas, rasgos que sirven para enmarcar el sentido genérico del
Derecho con independencia de las concretas y particulares definiciones.
1 H. L. A. Hart, El concepto de Derecho (1961), Irad. de Genaro R. Carrió, Buenos Aires,
Abe ledo-Perrot, 1990, p. I.
2 Es la estrategia que propone Elias D íaz en Cuno de Filosofía del Derecho, Madrid, Marcial
Pons, 1998, p. 28.
y Como ha señalado N. Bobbio, «en toda definición del término '‘Derecho” o, como se dice más
pomposamente pero con significado similar, en toda determinación del concepto de Derecho, existe
un elemento de arbitrariedad jx>r lo menos respecto a la delimitación del ámbito de experiencia al que
a partir de entonces se querría ver referido el término definido», «Diritto (I)», Id., Contributi ad un
dizionario giuridico, Torino, Giappichelli, 1994, p. 60.
16 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONCEPTO DE DERECHO 17
Para ello podemos comenzar reconociendo que la experiencia cotidiana
demuestra que el Derecho, aunque no siempre seamos conscientes de ello,
es algo muy próximo a múltiples y diversos aspectos de nuestra existencia.
En efecto, el Derecho nos rodea y nos acompaña constantemente. Desde
los primeros momentos de la vida de un niño hasta las diversas circunstancias
en las que se puede producir la muerte de una persona las normas jurídicas
siempre están presentes. Podríamos pensar que el Derecho regula los momen
tos o las actividades más importantes de la vida de los individuos o de los
grupos en los que éstos se integran. Ello es cierto, pero tenemos que ser
conscientes de que también otras actividades o facetas de nuestra vida, que
a nosotros nos parecen a primera vista menos relevantes o importantes, tam
bién son reguladas por el Derecho. Ello es —lo veremos en otra lección—
porque el Derecho es una forma específica de organización social y por eso
interviene, a través del establecimiento de pautas de conducta, en todos aque
llos aspectos de la vida humana que se consideran imprescindibles para la
efectiva realización del específico modelo de organización social. Cabe subra
yar en este sentido que el Derecho se identifica precisamente por constituir
un mecanismo específico de ordenación de la existencia social humana. Con
ello se quiere decir que en realidad lo definitivo a la hora de identificar
el Derecho no está constituido por el tipo de actividades o dimensiones de
la vida humana reguladas por él, sino por la determinada forma en que
se produce la regulación de aquéllas. Veremos más adelante que hay deter
minados aspectos de la vida humana sometidos al mismo tiempo a normas
de distinto tipo, jurídicas y morales, por ejemplo, y que uno de los criterios
importantes a la hora de diferenciar dichas normas entre sí es el de los
mecanismos propios de cada una de ellas.
Sabemos que el individuo es un ser social que convive en un determinado
entorno con otros seres humanos. La ordenación de la mera coexistencia
de los seres humanos y la obtención de objetivos comunes son elementos
que explican la naturaleza social del Derecho. La social idad del ser humano
y la consiguiente convivencia constituyen el dato a partir del cual podemos
comprender la existencia y la necesidad del Derecho. En efecto, dicha con
vivencia necesita, para prolongarse, la existencia de determinadas pautas de
conducta que establezcan modelos de comportamiento a seguir en el seno
del grupo humano. Es cierto que diferentes son las vías a través de las cuales
se pueden establecer esas pautas. Posiblemente el mecanismo más primitivo
y menos evolucionado es el que consiste en la imposición de comportamientos
a través de la fuerza bruta ejercida por el sujeto más poderoso en ese momen
to en el seno del grupo. Pero una buena señal del proceso de civilización
es que esas pautas de conducta se pueden establecer a través de la imposición
de modelos de conducta, con un cierto nivel de estabilidad, que permiten,
por tanto, el conocimiento previo por parte de los individuos sometidos a
ellas y a las que acompaña una organización de mecanismos que aseguran
el cumplimiento de esos modelos de conducta. En definitiva, el Derecho
se identifica con el resultado de ese proceso de civilización.
En relación con lo anterior, no tendría mucho sentido imaginar un sistema
jurídico en una situación en la que existiera únicamente una persona y que,
por tanto, no fueran imaginables relaciones intersubjetivas. En ese caso ese
individuo obedecería, a la hora de regular sus conductas, a determinadas
normas, que bien podríamos considerar como morales, dictadas por él mismo.
El solitario Robinson Crusoe no actúa de acuerdo con normas jurídicas;
cuando aparece el indígena Viernes y se hace patente la necesidad de regular
una situación de socialidad humana es cuando adquiere sentido comenzar
a pensar en algo parecido al Derecho.
Cuando afirmamos que el Derecho es un fenómeno humano estamos
diciendo dos cosas a la vez: el Derecho es un producto humano, por una
parte, regula comportamientos humanos, por otra. El Derecho es producido
por los seres humanos en el marco de diversas circunstancias y contextos
históricos. Y en el marco de esas circunstancias debe ser entendido. Por
eso se afirma que el Derecho tiene una «vinculación circunstancial» con el
conjunto de realidades concretas en el seno de las que surge4. Además,
el Derecho, a través de sus distintos mecanismos, tiene por objeto sólo la
regulación de diferentes facetas de la vida humana o aspectos directamente
relacionados con ésta y que son importantes para ella. Como ha señalado
A. Falzea, de la anterior afirmación se desprenden dos consecuencias: no
tiene sentido hablar de Derecho en relación con el mundo animal o vegetal,
de la misma manera que tampoco lo tiene en relación con el mundo de
lo trascendente al ser humano5. El Derecho, además de ser un producto
humano destinado a regular diversas dimensiones de la vida humana social,
tiene un carácter histórico. Como ya hemos adelantado, es producido por
hombres en determinadas circunstancias. El Derecho es el resultado de esos
contextos, de las ideologías, de los intereses y conflictos predominantes en
los mismos. Por eso, varía en sus contenidos en función de las circunstancias
históricas y refleja los caracteres de esas circunstancias.
Pero además, el Derecho destaca por su naturaleza normativa. Los mode
los de conducta incluidos en un ordenamiento jurídico constituyen criterios
de comportamiento a los que están sujetos los destinatarios de ese sistema.
En ese sentido, se afirma que el contenido del Derecho pertenece al mundo
del deber ser. Los individuos deben ajustarse a esas conductas para que el
modelo social propuesto por el Derecho pueda realizarse. Las normas jurí
dicas son expresión de un deber ser desde el momento en que tras ellas
se encuentra una determinada voluntad. Es esa voluntad la que pretende
que los individuos actúen de determinada manera. Evidentemente los carac
18 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
4 Vid. L R f.caséns S iche-S, Tratado General de Filosofía del Derecho, México, Porrúa, 1986, p. 111.
5 Vid. A. Falzea, Introduzione alle scienze giuridiche, I, Milano, Giuffrè, 1992, pp. 6-8.
EL CONCEPTO DE DERECHO 19
teres y las consecuencias de la imposición y del ejercicio de esa voluntad
variarán profundamente en función de que nos hallemos en presencia de
un Derecho de origen democrático o no, por ejemplo, pero en todo caso
la presencia de ese elemento volitivo tras el Derecho es insuprimible. Por
ello, uno de los factores básicos para comprender el sentido y la actuación
del Derechoestá constituido por la relación entre el Derecho y el Poder,
entre el Derecho y la fuerza, que será objeto de una lección posterior. La
presencia de esa voluntad explica por qué la noción de coacción está estre
chamente ligada al Derecho. Los ordenamientos jurídicos incluyen sistemas
de coacción destinados a asegurar el cumplimiento de sus modelos de con
ducta. Como señala Kelsen, una «nota común de los sistemas sociales desig
nados como “derecho” es que son órdenes coactivos en el sentido de que reac
cionan con un acto coactivo (esto es: con un mal), como la privación de la
vida, de la salud, de la libertad, de bienes económicos y otros, ante ciertas cir
cunstancias consideradas indeseables, en cuanto socialmente perjudiciales, en
especial ante conducta humana de ese tipo; un mal que debe infligirse contra
la voluntad del que ¡o padece inclusive, de ser necesario, recurriendo a la fuerza
física, es decir, coactivamente» 6. En este sentido, en el Derecho se produce
una interrelación entre libertad y coacción: el Derecho puede ser un meca
nismo para asegurar la libertad de todos, pero para ello es imprescindible
la presencia de dimensiones coactivas. Recordemos la definición de Derecho
que nos propone Kant: «el Derecho es el conjunto de condiciones bajo las
cuales el arbitrio de cada uno puede conciliarse con el arbitrio del otro según
una ley universal de la libertad», y más delante: «si un determinado uso de
la libertad misma es un obstáculo a la libertad según leyes universales [es decir,
contrario al Derecho (unrecht)] entonces la coacción que se le opone, en tanto
que obstáculo frente a lo que obstaculiza la libertad, concuerda con la libertad
según leyes universales; es decir, es conforme al Derecho (recht); por consiguiente,
al Derecho está unida a la vez la facultad de coaccionar a quien lo viola, según
el principio de contradicción» 7.
Pero además, cuando el Derecho establece modelos de comportamiento,
lo hace porque se considera que dichas conductas son necesarias para el
mantenimiento de un modelo o el logro de unos determinados fines. De
ello necesariamente se deduce que el Derecho es expresión de un sistema
de valores, preferencias, ideologías, que se expresan a través de esos modelos
de comportamiento. Por ello, se afirma que ningún sistema jurídico es neutro
desde el punto de vista axiológico. Detrás del Derecho existen unos deter
minados valores, que son los que precisamente pretenden materializarse a
través de la normas jurídicas. Y el Derecho toma posición respecto a esos
valores cuando los juridifica. En este sentido se ha afirmado que el Derecho
u H. Kelsen, Teoría pura del Derecho, trad, de R. J. Vernengo, México, Porrúa, 1995, p. 47.
7 I. Kant, Metafísica de las costumbres, trad, de A. Cortina y J. Conili, Madrid, Tecnos, 1989,
pp. 39 y 41.
es estructural mente moral: «... todo ordenamiento jurídico representa un purttp
de vista sobre la justicia, es decir, sobre lo moralmente justo, y al mismo¡ tiempo
está traduciendo o expresando, a través de normas jurídicas, una cierta legi
timidad que le sirve de justificación» 8. Es esa relación entre legalidad y legi
timidad a la que tantas veces se ha referido Elias D ía z : «... todo sistema
de legalidad tiene tras de sí y dentro de sí uno u otro sistema de legitimidad,
diferentes valores e intereses de los que, con el suficiente apoyo fáctico, deriva
siempre cada Derecho, y —viceversa— (...) todo sistema de legitimidad intenta
expresarse y realizarse, en mayor o menor medida, a través de un determinado
sistema de legalidad, aunque haya por supuesto éticas de carácter más estric
tamente personal que para nada precisan doblarse jurídicamente» 9.
b) Problemas de definición
Los problemas de definición del término Derecho pueden venir deter
minados por varios factores. Ya hemos señalado que el Derecho es un fenó
meno histórico. Quiere decirse con ello que la comprensión contemporánea
del Derecho está en función de unos determinados factores históricos, y por
tanto, su concepto ha variado de acuerdo con la transformación de las coor
denadas históricas en las que se ha realizado esa específica forma de orga
nización social. Además, hemos aludido también al hecho de que en la defi
nición del Derecho influyen necesariamente las concepciones que los indi
viduos tienen sobre el fenómeno jurídico. En efecto, el Derecho es una de
esas parcelas de la realidad sobre las que los sujetos tienen ideas precon
cebidas, previas por tanto al estudio teórico del mismo. Nuestro contacto
cotidiano, más o menos consciente con las normas jurídicas, determina unas
ideas previas que se pueden convertir en auténticos prejuicios y que nece
sariamente condicionan la definición del Derecho.
Por otra parte, debemos tener en cuenta la presencia de problemas que
podríamos considerar de naturaleza terminológica. Sabemos que el término
“Derecho” pertenece al lenguaje natural y forma parte de nuestro bagaje
terminológico cotidiano. Quiere decirse con ello que nosotros lo empleamos
en nuestras conversaciones, discursos y razonamientos de la misma manera
que utilizamos otros muchos términos. Y al mismo tiempo, y precisamente
por pertenecer al lenguaje natural, su comprensión sufre algunos problemas
compartidos también con otros términos de ese tipo de lenguaje. En este
sentido deberíamos aludir a los problemas de ambigüedad, vaguedad y emo
tividad del lenguaje.
Ambigüedad. La ambigüedad de un término implica que éste puede ser
entendido de diferentes maneras, es decir, puede tener diversos significados.
s E. F kknanoi.z , «Ética, Derecho y Política. ¿El Derecho positivo dehe basarse en una ética?»,
Filosofìa, política y Derecho. Madrid, Marcial Pons, 1995, p. 23,
" E. D íaz, Curso de Filosofìa del Deivcho, cit., p. 28.
20 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONCEPTO DE DERECHO 21
La aceptabilidad de dichos significados está en función del contexto en el
que se emplee el término. Como pone de relieve C a r r ió , «el significado de
las palabras está en función del contexto lingüístico en que aparecen y de la
situación humana dentro de la que son usadas» l0. Así, podemos emplear y
comprender el significado del término “Derecho” en cuatro sentidos: 1) como
conjunto de normas. Cuando afirmamos, por ejemplo, «el Derecho español
garantiza las libertades de los individuos» estamos haciendo referencia al con
junto de normas jurídicas que integran el ordenamiento jurídico vigente en
nuestro país. Nos referimos al Derecho como Derecho objetivo (o Derecho
positivo), esto es, como conjunto de normas jurídicas obligatorias en un deter
minado territorio. 2) También podemos decir, «tengo derecho a circular libre
mente por mi ciudad» o «tengo derecho a que Juan me pague el dinero que
me debe». En estos casos estamos haciendo referencia a una posibilidad de
actuación que el ordenamiento me reconoce o me concede; en definitiva,
a una facultad que puede consistir en pasear libremente por mi ciudad o
en desarrollar las actuaciones encaminadas a que Juan acabe pagándome
lo que me debe, pudiendo llegar incluso a acudir a un tribunal reclamando
la cantidad. Aquí “derecho” es entendido como sinónimo de derecho sub
jetivo, esto es como capacidad de actuación respaldada por el ordenamiento,
por el Derecho objetivo ". 3) Por otra parte, también tiene pleno sentido
señalar «quiero estudiaren la Facultad de Derecho» o «tengo examen de Derecho
penal». En estos casos se está empleando el término “Derecho” en referencia
a la ciencia jurídica. Se alude al conjunto de teorías, reflexiones y propuestas
que los estudiosos y profesionales del Derecho, los juristas, elaboran en torno
al ordenamiento jurídico. 4) Por último, muchas veces oímos exclamar frases
como «no hay derecho a que ...». En esos casos estamos utilizando el término
derecho como sinónimo de justicia, es decir, estamos expresando una valo
ración en relación con determinadas situaciones.
Como ya hemos señalado,los problemas de ambigüedad no son exclusivos
del término “Derecho”, pero en nuestro caso esos problemas se agudizan.
La causa es que en relación con el término “Derecho” los significados res
pectivos de todas las acepciones se encuentran bien próximos. Esto no ocurre
con otros términos, con lo cual, a pesar de su ambigüedad, se facilita su
comprensión. Pensemos en el término “cabo”, por ejemplo, con el que se
puede hacer referencia, entre otras cosas, a un determinado empleo militar
o a un accidente geográfico. Como se comprenderá, los contextos del discurso
en el que se emplean esos términos constituyen una gran ayuda para su
correcta comprensión, ya que están netamente diferenciados.
Ciertamente, los cuatro usos anteriores no son absolutamente indepen
dientes entre sí. Cuando nos referimos al derecho subjetivo estamos pensando
G. C akkió, Notas sobre Derecho y lenguaje. Buenos Aires, Abeledo-Perrot, 1990. p. 29.
" Existe la convención de escribir "Derecho" objetivo o positivo con “D“ mayúscula, empleando
la “d" minúscula cuando se hace referencia al “derecho" subjetivo.
en una posibilidad de actuación ofrecida por normas de Derecho objetijjp;
la ciencia jurídica se elabora a partir del trabajo de los juristas sobre las
normas de Derecho positivo; en fin, la comprensión de “derecho” como sinó
nimo de justicia muchas veces expresa nuestro desacuerdo —o acuerdo—
con el contenido de determinadas normas de Derecho positivo. En todo
caso, el objeto del trabajo del jurista está constituido por el Derecho objetivo;
es cierto que todas las anteriores acepciones son igualmente aceptables y
tiene pleno sentido su uso en el lenguaje, pero el centro de referencia del
jurista está constituido por la consideración del Derecho como conjunto de
normas.
Vaguedad. Los términos que empleamos en el lenguaje natural pueden
analizarse tanto desde el plano intensional como desde el plano extensional.
La intensión de un término está constituida por el conjunto de rasgos o
propiedades que se predican de él y que lo caracterizan. La extensión, por
su parte, se refiere al conjunto de objetos o de dimensiones de la realidad
abarcadas por ese término, a los que se hace referencia con ese término.
Tanto en lo que se refiere a la intensión como en lo que se refiere a la
extensión los términos pueden tener ciertas dosis de vaguedad, de manera
que se podría hablar de vaguedad intensional y de vaguedad extensional.
Mientras que la ambigüedad se refiere al problema de la pluralidad de sig
nificados, la vaguedad alude a la falta de certeza de éstos.
Pues bien, podemos afirmar que el término “Derecho” muestra problemas
de ambos tipos de vaguedad. En efecto, “Derecho” tiene una vaguedad inten
sional, ya que no existe certeza o acuerdo sobre los rasgos o propiedades
que deben acompañar a un sistema normativo para poder considerarlo como
jurídico: por ejemplo, desde posiciones iusnaturalistas se exige necesaria
mente el carácter justo de las normas para poder considerarlas jurídicas,
siendo ésta una necesidad que se niega desde el positivismo. Por otra parte,
tiene una vaguedad extensional, ya que no existe certeza sobre el ámbito
de aplicación de dicho término: por ejemplo, desde determinadas posiciones
se puede cuestionar el reconocimiento como jurídico al Derecho canónico
o al Derecho internacional, habida cuenta que el carácter estatal (Derecho
canónico) y coactivo (Derecho internacional) no aparece en ellos de la misma
manera que aparece en los ordenamientos jurídicos estatales.
Emotividad. En relación con la carga emotiva predicada del término “De
recho” debemos saber que éste es también un rasgo compartido con otros
términos del lenguaje. En muchas ocasiones utilizamos términos, como por
ejemplo “democracia”, “amor”, “libertad”, “igualdad”, “pecado”, “solidaridad”,
“atentado”, a través de los cuales no nos limitamos a ofrecer definiciones
de la realidad. Con el empleo de estos términos también provocamos, cons
ciente o inconscientemente, reacciones en nuestros interlocutores, al tiempo
que podemos estar expresando concepciones o puntos de vista personales.
Todos estos términos se caracterizan porque su utilización no tiene efectos
22 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONCEPTO DE DERECHO 23
exclusivamente descriptivos. Al contrario, provoca reacciones, de adhesión
o de rechazo, en aquellas personas que participan en el discurso, y ello,
entre otras cosas, también porque en relación con ellos los individuos tienen
concepciones personales. La ineludible presencia de estos planteamientos
personales y las reacciones emotivas que provocan estos términos, entre los
que se encuentra “Derecho”, pueden llegar a dificultar la comprensión entre
los sujetos que los utilizan. Ciertamente, podríamos considerar que el término
“Derecho” tiene una carga emotiva favorable. Considerar que algo es Dere
cho implica conceder a esa realidad una determinada dosis de obligatoriedad
y reconocimiento por parte de los interlocutores. Esta es la raíz también
de muchas disputas doctrinales, generadas alrededor de la cuestión de qué
normas son o no Derecho. Por otra parte, es patente que el carácter emotivo
del término se evidencia cuando se lo utiliza como sinónimo de justicia.
2. EL DERECHO COMO SISTEMA NORMATIVO
Como ya hemos señalado, el Derecho es, en definitiva, una técnica de
organización de las conductas humanas que pretende conseguir sus objetivos
a través del establecimiento de determinados modelos o patrones de con
ducta, expresados a través de normas. Pero esas normas, las normas jurídicas,
no existen aisladas e independientes. Al contrario, se agrupan en lo que
denominamos ordenamiento jurídico. Por eso podemos afirmar que el Dere
cho, además de tener naturaleza normativa, constituye un sistema de normas.
En el interior de dicho sistema se incluyen, entre otras, normas de conducta,
normas que regulan los criterios o procedimientos que se han de seguir a
la hora de producir normas de conducta, normas que establecen de qué
manera y en qué sentido se debe reaccionar frente a los incumplimientos
de normas, imponiendo en su caso sanciones. Por otra parte, también cabe
señalar aquí que ese sistema normativo que es el Derecho constituye un
conjunto del que se predican determinadas características, como son la uni
dad, la coherencia y la plenitud, que serán estudiadas en la lección séptima.
Hay que recordar también que al comienzo de esta lección se ha llamado
la atención sobre la multidimensionalidad del Derecho y sobre la posibilidad
de emplear diferentes perspectivas en su análisis. La teoría tridimensional
del Derecho ha tenido el mérito de subrayar las tres dimensiones básicas
a través de las cuales se manifiesta el Derecho, que en todo caso deben
ser tenidas en cuenta. Así, cuando se afirma que el Derecho se manifiesta
como norma, como hecho y como valor, se está haciendo referencia a la
dimensión normativa, a la dimensión fáctica y a la dimensión axiológica o
valorativa del Derecho, respectivamente. Antes de continuar conviene señalar
que estas tres dimensiones no reflejan por sí solas la totalidad del sentido
del Derecho. Cualquier explicación del fenómeno jurídico basada exclusi-
vamente en alguna de ellas es incompleta. Una visión completa del Derecho
exige la concurrencia de las tres perspectivas.
Cuando se señala que el Derecho es norma se está aludiendo a que está
compuesto por normas, esto es, por expresiones del deber ser, a través de
las cuales se consideran determinadas conductas como obligatorias, prohi
bidas o permitidas. Es en este punto concreto en donde se puede percibir
más claramente la presencia de una voluntad tras el Derecho, en este caso
tras las normas jurídicas que lo componen.
Al subrayar la dimensión fáctica del Derecho, afirmando que el Derecho
es un hecho, se hace referencia a la existencia en sociedad del fenómeno
jurídico. Dicha existencia es una característica, con uno u otrosrasgos, de
todos los grupos humanos, ya que todos están organizados a partir de la
existencia de imperativos que se vinculan a lo que hoy conocemos y estu
diamos como Derecho. El Derecho existe en la sociedad humana y adquiere
significado en el marco de ella. Entre el Derecho y la sociedad se establecen
relaciones y ambas realidades se condicionan respectivamente. Es un hecho
social de la misma manera que la economía y la política, por ejemplo, también
lo son, y como tal puede ser estudiado.
En tercer lugar, el Derecho presenta una evidente dimensión valorativa.
Ya se ha adelantado la idea de que el Derecho tiene un trasfondo valorativo:
es el resultado de determinadas ideologías, concepciones, etc., en definitiva,
de determinadas opciones axiológicas. Las normas jurídicas son expresión
de dichas opciones. Pero al mismo tiempo las normas jurídicas actúan como
criterios de valoración aplicables a las acciones de los individuos. A partir
de las normas jurídicas se pueden evaluar positiva o negativamente las accio
nes de los individuos sometidos a ellas.
Por tanto, norma, hecho y valor son las tres dimensiones básicas del Dere
cho. Ya hemos señalado que por sí solas constituyen enfoques parciales y
por tanto incompletos del fenómeno jurídico. En todo caso, son los elementos
que suelen ser tenidos en cuenta de manera principal por tres aproximaciones
al Derecho. En efecto, la Teoría del Derecho centra su atención en la con
sideración del Derecho como norma o como conjunto de normas, analizando
los rasgos estructurales y de funcionamiento del mismo; la Sociología del
Derecho analiza cuáles son las funciones del Derecho en la sociedad, qué
otros componentes sociales influyen en el Derecho y cómo éste influye en
aquéllos; la Axiología jurídica o Teoría de la justicia constituye el marco
teórico en el que se reflexiona sobre la dimensión valorativa del Derecho,
analizando cuál es la relación entre el Derecho y determinados valores. En
todo caso, constituye la plataforma más propicia para una aproximación crí
tica al fenómeno jurídico.
24 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONCEPTO DE DERECHO 25
3. VALIDEZ, EFICACIA Y JUSTICIA
a) Los conceptos de validez, eficacia y justicia
El Derecho tiene naturaleza normativa. Es decir, sirve para ordenar las
conductas de los individuos o de los grupos en los que éstos se integran,
en un determinado sentido. Esa ordenación se lleva a cabo a partir de la
producción de determinados enunciados, que en términos generales cono
cemos como normas jurídicas. Esos enunciados pertenecen al mundo del
deber ser, es decir, intentan ordenar de determinada manera las conductas
de los individuos destinatarios del sistema jurídico.
Cuando hablamos de los enunciados del Derecho hacemos referencia
a aquellas proposiciones lingüísticas que conforman el ordenamiento. La
naturaleza normativa del Derecho permite afirmar que, en general, las nor
mas jurídicas pertenecen al mundo de las proposiciones prescriptivas a través
de las que se expresa el deber ser y que se diferencian en este sentido de
las proposiciones descriptivas que intentan ofrecer información sobre la rea
lidad. Ciertamente, todas y cada una de las proposiciones que configuran
un ordenamiento no tienen una forma prescriptiva. En efecto, existen enun
ciados que se configuran como descripciones o definiciones. Pero en todo
caso también esas descripciones configuran la realidad, y de esa manera pode
mos afirmar que tienen un sentido o finalidad prescriptiva o normativa.
Afirmar el carácter normativo del Derecho y de los enunciados que lo
componen tiene consecuencias muy importantes para la comprensión y el
análisis del fenómeno jurídico, que en todo caso deben ser tenidas en cuenta.
Sabido es que de las proposiciones descriptivas podemos predicar ciertos
rasgos o características. Así, podemos afirmar su verdad o su falsedad en
función del grado de adecuación entre dichas proposiciones y la realidad
que pretenden representar o a la que se refieren: tiene pleno sentido aplicar
criterios de verdad/falsedad a una proposición como: «los pupitres de la Uni
versidad Carlos Hl de Madrid son grises». No ocurre lo mismo con las pro
posiciones prescriptivas y, por tanto, con las normas jurídicas.
En efecto, en relación con las normas jurídicas podemos predicar su vali
dez (o invalidez), su eficacia (o ineficacia) y su justicia ( o injusticia). Validez,
eficacia y justicia son los tres parámetros que sirven para analizar las normas
jurídicas y el ordenamiento jurídico en su conjunto. No obstante, es necesario
apuntar que estos rasgos no son predicables en exclusiva de los sistemas
jurídicos, sino que afectan a los sistemas normativos de la conducta humana
en general. Nos detendremos a continuación en ellos.
Validez. La validez de una norma se identifica con su pertenencia a un
determinado sistema normativo. Trasladado esto al mundo del Derecho,
podemos afirmar que la validez de una norma deriva de su pertenencia'a
un determinado ordenamiento jurídico, y si entendemos que no se puede
hablar de normas jurídicas más allá de los ordenamientos jurídicos, debemos
concluir que la validez de una norma significa la existencia de tal norma
como norma jurídica. En definitiva, cuando afirmamos la validez de una
norma estamos formulando un juicio de hecho relativo a la pertenencia de
una norma a un ordenamiento.
En este sentido conviene señalar que el concepto de validez es un con
cepto referencial o relativo. Quiere decirse con esto que en realidad debe
ser entendido en relación con cada sistema normativo (y el sistema jurídico
es un tipo específico de sistema normativo). Todos los sistemas normativos
incluyen determinados parámetros o criterios de validez o pertenencia que
deben ser satisfechos por las normas para poder predicar su pertenencia
a los mismos. De manera que puede que una determinada norma sea válida
en el marco de un determinado sistema y no lo sea en relación con otro.
De la misma manera, puede que una norma sea válida en dos sistemas nor
mativos a la vez, es decir, pertenezca a ambos. Existen normas morales (vá
lidas en sus respectivos sistemas) que carecen de validez jurídica y al mismo
tiempo hay normas morales que están positivizadas.
Todos los sistemas normativos y, por lo que a nosotros nos interesa en
este momento, todos los sistemas jurídicos incluyen criterios de pertenencia
o validez, es decir, requisitos que deben ser satisfechos por las normas para
poder considerar que éstas pertenecen a aquéllos, es decir, son válidas en
relación con aquéllos. En términos generales podemos afirmar que para que
una norma jurídica sea válida debe satisfacer las siguientes exigencias:
1) Debe haber sido producida por el órgano competente; en efecto, en
el seno de un ordenamiento jurídico existen específicas habilitaciones en
favor de determinadas autoridades para producir normas, de manera que
una norma que no ha sido dictada por el sujeto competente al efecto no
puede ser considerada como válida: el Parlamento no puede dictar un regla
mento, de la misma manera que un juez no puede dictar una ley orgánica.
2) A través del procedimiento adecuado; las normas jurídicas son el resul
tado final de un procedimiento, más o menos complejamente articulado,
a través del cual se va construyendo y definiendo la voluntad del órgano
productor. La falta de respeto de las exigencias formales de dicho proce
dimiento determina la invalidez de la norma: por ejemplo, en la elaboración
de las leyes por el Parlamento debe respetarse lo establecido por los res
pectivos Reglamentos de las Cámaras y por la Constitución al respecto.
3) No debe haber sido derogada por una norma posterior (evidentemente,
de rango igual o superior); debido al principio de coherencia, no deben existir
en un ordenamiento dos normas contradictorias entre sí. Es una exigencia
derivada de la función de ordenación social que desempeña el sistema jurí-
26 GREGORIOPECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONCEPTO DE DERECHO 27
dico. Por tanto, una norma pierde su validez cuando es contradicha por otra
posterior que se encuentra en el mismo o superior nivel jerárquico.
4) No puede estar en contradicción con las normas superiores a ella en
el sistema jurídico; el sistema jurídico se estructura de un modo jerárquico,
y por tanto las normas inferiores no pueden contradecir lo establecido en
las superiores. Dicha contradicción también es un motivo de invalidez de
la norma inferior.
De lo inmediatamente anterior se debe deducir que, en realidad, los cri
terios de validez no son exclusivamente formales. En efecto, para que una
norma sea válida se debe exigir, además del cumplimiento de requisitos for
males, que esa norma respete unos determinados contenidos. Esos contenidos
van a venir determinados por la adecuación del mandato de la norma concreta
a lo establecido en las normas jerárquicamente más elevadas y, en última
instancia, por la norma superior del ordenamiento. Por ello, frente a la dis
tinción kelseniana entre sistemas normativos estáticos y sistemas normativos
dinámicos debemos reconocer que el Derecho en realidad puede ser con
siderado como un sistema normativo mixto l2.
Eficacia. La eficacia de una norma puede ser entendida de varias maneras.
En primer lugar, podemos afirmar que una norma es eficaz cuando los des
tinatarios de la misma ajustan efectivamente sus conductas al modelo de
conducta establecido en la norma. Es decir, una norma es eficaz cuando
los sujetos a los que la norma va dirigida la cumplen, se comportan de acuerdo
con la misma o, en un momento ulterior, cuando de ser violada se puede
aplicar la correspondiente sanción. En segundo lugar, la eficacia puede ser
entendida como la adecuación entre el mandato de la norma y los fines
que se pretenden alcanzar con la misma. Las normas pueden ser entendidas
como instrumentos para alcanzar determinados objetivos o finalidades. En
este sentido puede existir una inadecuación entre los medios y los fines,
y así se puede afirmar que una norma no es eficaz cuando no sirve para
alcanzar los objetivos propuestos. Esta segunda acepción será tratada en otra
lección, al ocuparnos del Derecho como instrumento de control social. En
todo caso, cabe apuntar aquí que, como ocurre también en relación con
la validez, el juicio sobre la eficacia de una norma es un juicio de hecho.
12 Recordemos que con esta distinción Kelsen diferencia sistemas normativos en función del
fundamento de su validez. Así, en los sistemas estáticos «las normas valen por su contenido... La
conducta determinada por ellas es vista como debida por su contenido, en tanto su contenido puede
ser referido a una norma bajo cuyo contenido el contenido de las normas que constituyen el orden
admite ser subsumido como la particular bajo lo universal... Puesto que todas las normas de un orden
de este tipo están ya contenidas en el contenido de la norma presupuesta, puede deducírselas mediante
una operación lógica, una inferencia de lo general a lo particular» {Teoría pura del Derecho, cit., p. 203).
Por su parte, en los sistemas dinámicos *la norma fundante... no contiene otra cosa que el establecimiento
de un hecho productor de normas, el facultamiento de una autoridad normadora o, lo que significa
lo mismo, contiene una regla que determina cómo deben producirse las normas generales e individuales
del orden sustentado en esa norma fundante básica» (ob. cit., p. 204.).
Las normas jurídicas tienen como destinatarios a los seres húm anosle
cuyos comportamientos depende en última instancia su eficacia. Por eso,
al analizar los problemas de eficacia de las normas jurídicas hay que contar
con la capacidad que tienen los individuos de tomar decisiones en cuanto
al cumplimiento de las mismas. Son variadas las causas por las que los indi
viduos pueden decidir cumplir o no las normas jurídicas. En todo caso, hay
que reconocer que en muchas ocasiones, quizá la mayoría, todos nosotros
cumplimos normas jurídicas, es decir, actuamos de acuerdo con lo establecido
por ellas, sin que seamos conscientes de ello. Se debe a que las normas
jurídicas, como producto cultural que son, tienden a confundirse e integrarse
en el conjunto de patrones de comportamiento normales y admitidos en una
comunidad. Pero muchas otras veces cumplimos las normas jurídicas y somos
conscientes de ello. En e9tas ocasiones podemos estar convencidos de la
bondad de la norma y cumplirla voluntariamente, o actuamos conforme a
ella como resultado de un cálculo de intereses, pudiendo llegar incluso a
estar en desacuerdo con ella, pero pensamos que podemos extraer beneficios
de la actuación conforme a ella; otras veces la cumplimos por la exclusiva
razón de evitar la sanción que se nos puede imponer si la desobedecemos.
En definitiva, como señala B o b b io hay normas que son cumplidas por
todos los individuos de manera espontánea, otras que sólo son cumplidas
cuando van acompañadas de la amenaza de una sanción, otras que no se
cumplen aun estando acompañadas de una amenaza de sanción y otras que,
finalmente, se incumplen sin que tan siquiera se aplique la correspondiente
sanción. Y de la misma manera también hay muchas razones que pueden
explicar la desobediencia a las normas jurídicas. Pero esta cuestión será tra
tada en una lección posterior.
En todo caso, debemos ser conscientes de que podemos plantearnos pro
blemas vinculados a la eficacia del Derecho precisamente porque éste regula
conductas humanas. Dicho de otra manera, el Derecho se desenvuelve en
el ámbito de la libertad y no en el de la causalidad o necesidad. Los individuos
tienen capacidad de decisión y, por tanto, pueden ajustar o no sus com
portamientos a lo establecido en el modelo normativo jurídico (y en otros).
Al contrario de lo que ocurre en el ámbito de lo regulado por las leyes
de la naturaleza, que se puede explicar como una sucesión de acontecimientos
resultado de una cadena de causas y efectos, el ámbito de lo humano es
el ámbito de la libertad, de la decisión y de la voluntad * l4 15.
Justicia. Como ha señalado B o b b io , «el problema de la justicia es el pro
blema de la más o menos correspondencia entre la nonna y los valores superiores
o finales que inspiran un determinado orden jurídico» ls. La idea de justicia
" Vid. N. Bobbio, Teoria General del Derecho, trad, de E. Rozo Acuña, Madrid, Debate, 1992,
p. 35.
14 Vid. al respecto, G. Peces-B arba, Introducción a la Filosofia del Derecho, Madrid, Debate,
1983, pp. 57-60.
15 Vid. N. Bobbio, Teoría General del Derecho, cit., p. 33.
28 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONCEPTO DE DERECHO 29
constituye posiblemente el criterio de valoración último del sistema jurídico.
Tradicionalmente se ha afirmado que la justicia se encuentra entre los gran
des fines o valores a alcanzar por parte de los ordenamientos jurídicos, aun
que hay que reconocer que no es el único. En efecto, los sistemas jurídicos
pueden estar encaminados a alcanzar otros fines. La historia nos ha dado
y nos da buena muestra de ello.
En todo caso, sí cabe afirmar en este momento que cualquier sistema
jurídico constituye un punto de vista sobre la justicia. El Derecho —ya lo
hemos señalado— no es neutro desde el punto de vista axiológico; es un
sistema de ordenación de las conductas humanas de acuerdo con determi
nados modelos de conducta, que son asumidos como criterios de corrección
a partir de los cuales valorar esos comportamientos. El juicio sobre la justicia
de una norma es en este sentido un juicio de valor que surge de la constatación
de la adecuación (o inadecuación) entre el ser de la norma y el deber ser
de la misma.
b) La independencia conceptual entre validez, eficacia y justicia
A la hora de determinar si los conceptos de validez, eficacia y justicia
se implican o no respectivamente, es necesario distinguir dos planos: el de
las normas individualmenteconsideradas y el del ordenamiento jurídico. Así,
podemos llegar a la conclusión de que, desde la perspectiva de la norma,
se puede afirmar la independencia conceptual entre validez, eficacia y justicia;
por el contrarío, no podemos afirmar lo mismo si nos situamos en la pers
pectiva de conjunto.
En efecto, desde la perspectiva de la norma podemos encontrar:
a) Normas válidas, ineficaces e injustas.
b) Normas válidas, ineficaces y justas.
c) Normas válidas, eficaces e injustas.
d) Normas válidas, eficaces y justas.
e) Normas inválidas, ineficaces e injustas.
f) Normas inválidas, ineficaces y justas.
g) Normas inválidas, eficaces e injustas.
h) Normas inválidas, eficaces y justas.
Evidentemente para entender correctamente la anterior tipología debe
mos tener en cuenta que las normas inválidas a las que nos referimos en
los casos f), g), y h), por serlo, no son jurídicas, esto es, no pertenecen a
un ordenamiento jurídico.
Pero si nos situamos en la perspectiva del ordenamiento, vemos que la
validez de un sistema jurídico depende en última instancia de su eficacia.
En efecto, un ordenamiento que en su conjunto no sea obedecido decae
en sus funciones y en su existencia y es sustituido por otro sistema normativ^
al que los individuos prestan efectiva obediencia y que, por tanto, desempeña
la función de ordenación de la vida humana social, que es la propia del
Derecho. Por ello, la identificación del sistema normativo jurídico tiene
mucho que ver con la aceptación y reconocimiento —general y genérico—
de sus destinatarios.
30 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
c) Sobre las relaciones entre los conceptos
Hasta el momento hemos visto que validez, eficacia y justicia son pre
dicados de las normas jurídicas respectivamente independientes. Ello puede
ser mantenido siempre que se entienda que esa independencia es conceptual.
Si observamos el funcionamiento y el desarrollo ordinario de los ordena
mientos jurídicos podemos llegar a la conclusión de que la independencia
conceptual no se mantiene en la práctica.
Pensemos en la relación entre la validez y la eficacia. Sabemos que las
normas son eficaces cuando los destinatarios de las mismas adecúan sus com
portamientos al modelo de conducta establecido por ellas. Sabemos también
que para que los individuos se comporten de determinada manera no es
necesario que esa conducta venga establecida en una norma. Sin embargo,
el apoyo que el aparato coactivo institucional configurado por el ordena
miento jurídico presta a los modelos de conducta previstos en las normas
jurídicas (y por tanto válidas) constituye un dato a tener en cuenta a la hora
de comprender la eficacia de esas normas.
Planteémonos ahora la relación entre la eficacia y la justicia. Las normas
jurídicas son eficaces cuando, en definitiva, son cumplidas. No obstante, ese
cumplimiento puede depender de muy diversos factores. Aunque estas cues
tiones serán tratadas con más profundidad en lecciones posteriores, podemos
adelantar en este momento que los destinatarios de un sistema jurídico pue
den cumplir las normas jurídicas por temor a la sanción, porque han llegado
a la conclusión de que les conviene hacerlo tras haber efectuado un cálculo
de intereses, o incluso porque están de acuerdo con el contenido de la norma,
que les parece justo. En este caso parece evidente que el carácter justo de
una norma es un elemento que puede colaborar a lograr su eficacia —y
por extensión, en este caso, de un ordenamiento jurídico—, ya que los indi
viduos van a obedecer más fácil y gustosamente una norma justa que una
norma injusta. Ello no quiere decir que las normas injustas sean siempre
y necesariamente menos eficaces que las normas justas: dicha eficacia se
puede lograr empleando importantes dosis de coacción y fuerza. Tenemos,
por desgracia, múltiples ejemplos que nos demuestran que también en los
sistemas no democráticos las normas jurídicas injustas pueden ser eficaces.
EL CONCEPTO DE DERECHO 31
Por lo que se refiere a la vinculación práctica entre validez y justicia,
atendamos a lo que ocurre en los ordenamientos jurídicos democráticos, que
se caracterizan por incluir en sus normas superiores determinados contenidos
de justicia (por ejemplo, el art. 1.1 de nuestra Constitución o el título I
de la misma). Hemos señalado que una de las condiciones de la validez
de las normas es precisamente que éstas no sean contradictorias con las
normas superiores del sistema. Pues bien, si en esas normas superiores —en
la Constitución, por ejemplo— se positivizan determinados contenidos de
justicia, estaremos obligados a concluir que en ese ordenamiento las normas,
para poder ser válidas, no pueden contradecir, al menos, los reflejos de la
idea de justicia que se encuentran en la norma superior.
d) Posiciones reduccionistas
En las líneas precedentes hemos partido de la base de que validez, eficacia
y justicia son rasgos de las normas jurídicas y de los ordenamientos en los
que éstas se integran, que pueden ser consideradas y entendidas indepen
dientemente. No obstante, es honesto reconocer que esto supone asumir
un determinado planteamiento doctrinal y, por tanto, una opción intelectual
a la hora de comprender el Derecho y construir un concepto del mismo.
Hay que señalar, por tanto, que existen otros planteamientos que no admi
ten dicha independencia y que vinculan necesariamente alguno de los ante
riores conceptos como exigencia de la correcta comprensión de lo que el
Derecho es. Norberto Bobbio se ha referido a estos planteamientos y los
ha denominado posiciones reduccionistas desde el momento en que reducen
alguno de los tres conceptos a otro, es decir, condicionan respectivamente
los conceptos entre sí. Siguiendo al ¡usfilósofo italiano, podemos identificar
tres reduccionismos, que a su vez se identifican con tres corrientes de pen
samiento que mantienen respectivos conceptos de Derecho:
a) El positivismo ideológico, que reduce la justicia a la validez: las nor
mas jurídicas son justas por el mero hecho de ser válidas.
b) El iusnaturalismo, que reduce la validez a la justicia: las normas son
válidas por el mero hecho de ser justas.
c) Y el realismo jurídico, que reduce la validez a la eficacia: las normas
válidas, para serlo, deben ser eficaces.
Pasemos a continuación a explicar estos tres reduccionismos.
Positivismo ideológico. El núcleo de este reduccionismo está constituido
por la afirmación de que el Derecho, por el mero hecho de ser válido, es
justo. Ciertamente, esta posición no se puede identificar con el positivismo
jurídico en su conjunto, sino más bien con la versión extrema o radical de
una de las manifestaciones del mismo.
En efecto, tal y como veremos en otra lección, Bobbio señala que pued^p
identificarse tres versiones del positivismo jurídico l6: el positivismo conio
metodología, que se caracteriza por ser una aproximación neutral desde el
punto de vista valorativo al Derecho; el positivismo como teoría, que presenta
un determinado concepto de Derecho y que incluye ciertas propuestas sobre
el carácter coactivo de las normas jurídicas, las fuentes del Derecho, la teoría
de la norma y del ordenamiento y la interpretación, y el positivismo como
ideología, que, en términos generales, afirma el valor moral de la ley y por
tanto la obligación incondicionada de obedecerla.
En realidad, la posición reduccionista se identifica más directamente con
la versión radical del positivismo ideológico. Señala H obbes: «Es, asimismo,
evidente que las leyes son normas para establecer lo justo y lo injusto, no pudién
dose decir que algo es injusto si no es contrario a alguna ley. Y también que
nadie puede hacer las leyes excepto el Estado, pues nuestra sujeción es debida
únicamente al Estado» 17. En efecto, esta versión defiende la tesis de la exis
tencia de una obligación de obedecer al Derecho, ya que el Derecho mismo
es expresión de la moralidad. El Estado, aparte de detentar el monopolio
dela producción jurídica, detenta también el monopolio de la moralidad,
que se expresa a través de las normas jurídicas que él mismo dicta. Por
tanto, la obligación de obediencia al Derecho no sólo es jurídica, sino que
también es moral. Es evidente que en este sentido el positivismo ideológico
se mueve en el plano de la ética: es, más que una doctrina científica (de
acuerdo con el paradigma cientificista del positivismo), una posición ética.
Por su parte, la versión moderada del positivismo ideológico también
afirma la identificación entre el Derecho y la justicia, reconociendo a aquél
un valor moral. Pero aquí ese valor no es consustancial, intrínseco al Derecho
como expresión de moralidad o justicia (versión radical), sino que es una
derivación del hecho de que el Derecho sirve como instrumento para alcanzar
determinados fines, como la paz, el orden o la seguridad. Por eso hay que
obedecer al Derecho, ya que sirve para lograr objetivos que se consideran
moralmente apreciables. Aquí el Derecho no es necesariamente justo en
sí, sino que lo es desde el momento en que es un medio para alcanzar deter
minados objetivos, y por eso hay un deber moral de obediencia.
lusnaturalismo. Como ya hemos adelantado, el iusnaturalismo reduce el
concepto de validez al de justicia, afirmando que una norma, para poder
ser válida y, por tanto, jurídica, debe obligatoriamente estar de acuerdo con
la justicia, que en este caso se identifica con el Derecho natural. Escribe
Tomás de A quino: «Como dice San Agustín, “la ley que no es justa no parece
que sea ley". Por tanto, la fuerza de ¡a ley depende de su nivel de justicia.
16 Vid. N. B obbio, El positivismo jurídico, trad, de R. de Asís y A. Greppi, Madrid, Debate,
1993, pp. 141 ss.
17 T. H obbes, Leviatún, trad, de C Mellizo, Madrid, Alianza, 1989, p. 216.
32 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONCEPTO DE DERECHO 33
Y tratándose de cosas humanas, su justicia está en proporción con su con
formidad a la norma de la razón. Pues bien, la primera norma de la razón
es la ley natural (...). Por consiguiente, toda ley humana tendrá carácter de
ley en la medida en que se derive de la ley de la naturaleza, y si se aparta
en un punto de la ley natural, ya no será ley, sino corrupción de la ley» 18.
Evidentemente no nos podemos ocupar aquí del entero análisis del sig
nificado, manifestaciones y consecuencias de las diversas posiciones iusna-
turalistas, que serán tratadas en una lección posterior. En todo caso, sí que
podemos mostrar la caraterización que del iusnaturalismo hace C. S. Nino
y que, con independencia de todas las particularidades de las corrientes ius-
naturalistas, creemos que resume bien el núcleo del iusnaturalismo. En efecto,
para el autor argentino «la concepción iusnaturalista puede caracterizarse
diciendo que ella consiste en sostener conjuntamente esta dos tesis: a) una tesis
de filosofía ética, que sostiene que hay principios morales y de justicia um
versalmente válidos y asequibles a la razón humana; b) una tesis acerca de
la definición del concepto de Derecho, según la cual un sistema normativo o
una norma no pueden ser calificados de “jurídicos” si contradicen aquellos
principios morales o de justicia. Si alguien rechaza alguna de estas tesis, aun
cuando pueda aceptar la otra (suponiendo que ello sea posible), no será con
siderado un iusnaturalista» l9.
A partir de la anterior caracterización podemos extraer algunas conse
cuencias. Por una parte, algunas manifestaciones del iusnaturalismo —las
más tradicionales— mantienen una concepción objetivista de la moral y un
cognitivismo ético. Es decir, afirman que los individuos, a través de deter
minadas vías (que varían en función de la versión de iusnaturalismo que
se mantenga: revelación divina, razón humana, naturaleza...), pueden acceder
al conocimiento de determinados contenidos de moralidad y de justicia —el
Derecho natural— que son ciertos y verdaderos, ahistóricos e inmutables.
Por otra parte, tal y como señala Bobbio, el iusnaturalismo es una concepción
dualista. Mantiene la existencia de dos órdenes normativos, el Derecho natu
ral y el Derecho positivo, y afirma la superioridad normativo-jurídica del
primero sobre el segundo: la validez jurídica y, por tanto, la obligatoriedad
del Derecho positivo depende de su adecuación al Derecho natural. Conviene
añadir también que si bien, como señala el propio N ino, las dos tesis señaladas
son de concurrencia necesaria para poder caracterizar una determinada posi
ción como iusnaturalista, de ello no se debe desprender que todo aquel que
defienda un objetivismo moral es necesariamente iusnaturalista. Se puede
mantener perfectamente esa posición en el terreno de la ética y afirmar
al mismo tiempo que la validez del Derecho no está en función de su ade
cuación con esos contenidos morales o de justicia. Como ha señalado Luis
lx T omás de Aouino, Suma de Teología, l-II, q. 95, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos,
1989.
w C. S. N ino, Introducción al análisis del Derecho, Barcelona, Ariel, 1987, pp. 27 y 28.
34 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
P r ie t o , «si bien no es comente, el positivismo jurídico resulta compatible coff
los mayores excesos cognitivistas y objetivistas en materia de moralidad» ¿°.
Por otra parte, hay que señalar también que posiblemente las diferentes
corrientes iusnaturalistas pueden reconducirse a dos grandes tipos. Así, Elias
D ía z alude al iusnaturalismo ontològico y al iusnaturalismo deontológico* 2I.
El iusnaturalismo ontològico identifica el Derecho natural con el ser del Dere
cho positivo, mientras que el deontológico entiende que el Derecho natural
es el deber ser del Derecho positivo. Así, en el primer caso la existencia
misma del Derecho positivo está constituida por el Derecho natural: más
allá del Derecho natural no cabe considerar el Derecho positivo. En el segun
do caso, el Derecho natural aparece como el paradigma de la moralidad
del Derecho positivo, a la que debe tender éste (el Derecho natural sigue
siendo el deber ser del Derecho positivo), pero no condiciona necesariamente
su validez (jurídica). Como señala Elias D ía z , «quiere ello decir que cabe
admitir la existencia de valores universales e inmutables sin pensar que éstos
sean propia y auténticamente Derecho, sino más bien ética (...), y ello aunque
operen e influyan sobre la realidad jurídica como operan e influyen factores
sociales, políticos, económicos, etc.» 22.
Por otra parte, también hay que reconocer que las conclusiones a las
que se llega desde el iusnaturalismo ontològico son similares a las que se
llega desde el positivismo ideológico, si bien por vías distintas. El iusna
turalismo ontològico afirma que todo Derecho positivo es justo, ya que un
conjunto de normas injustas —o algunas concretas y determinadas—, por
ser contrarias al Derecho natural, no podría ser considerado como jurídico
y tampoco, por tanto, como Derecho. Por su parte, el positivismo ideológico
o la teoría formalista de la justicia señala que todo el Derecho es justo pre
cisamente por haber sido producido por el Poder político y ser, por tanto,
válido. Observamos, en efecto, que, paradójicamente, se llega a las mismas
conclusiones aunque a partir de razonamientos diferentes. En ambos casos
se produce una confusión entre el ser y el deber ser del Derecho. A partir
de ahí se ha podido afirmar que «el positivismo ético, en cualquiera de sus
versiones, es una tesis muy poco positivista, al menos si se considera que el
aspecto metodológico es el central del positivismo, y ello es así porque justamente
el positivismo metodológico postula una aproximación neutral al Derecho, en
la que no tienen cabida planteamientos de obligatoriedad moral (...) Quien
de verdad sostenga una tesis positivista en sentido ideológico difícilmente podrá
sostenerla en sentido metodológico, dado que para este último el problema de
si existen o no razones moralespara obedecer el Derecho no es un problema
conceptual relativo a la definición de lo jurídico, sino un problema moral» 2\
L. Prieto Sanchís, Constitucionalismo y positivismo, México, Fontamara, 1998, p. 27.
21 Vid. E. D íaz, Sociología y Filosofia del Derecho, Madrid, Taurus, 1982, pp. 266 ss,
~ E. D íaz, Sociología y Filosofia del Derecho, cit., p. 267.
L Prieto Sanchís, Constitucionalismo y positivismo, cit., p. 27.
EL CONCEPTO DE DERECHO 35
Realismo jurídico. Desde el reduccionismo realista se hace depender el
concepto de validez del de eficacia, afirmando que las auténticas normas
jurídicas son las normas eficaces, las que realmente son aplicadas y cumplidas.
En este sentido, el realismo es el resultado de un escepticismo ante las nor
mas. En efecto, debe ser entendido como una reacción frente al formalismo
jurídico y a la idea de Derecho propuesta por éste, en la que el concepto
de sistema lógicamente cerrado y perfecto, junto a la construcción formal
de conceptos jurídicos desempeñan un papel muy importante. La reacción
del realismo va a consistir en denunciar la desvinculación entre esos “ar
tificios” y la realidad jurídica vivida por los ciudadanos.
Ciertamente la denominada “revuelta contra el formalismo” no es patri
monio exclusivo del realismo jurídico. Conviene recordar los antecedentes
de la Escuela Histórica del Derecho, del Movimiento del Derecho Libre
y de la Jurisprudencia de Intereses, entre otros. Desde todas estas perspec
tivas se produce una impugnación del Derecho estatal y se va suministrando
el arsenal de argumentos para la refutación del concepto de validez formalista
auspiciado por el positivismo. Pero quizá cuando más propiamente se puede
hablar de reduccionismo es cuando se hace referencia al realismo americano
y al escandinavo.
En efecto, se afirma que el verdadero Derecho debe encontrarse en el
comportamiento de los individuos y no en las normas de los códigos. Así,
se niega el concepto de Derecho objetivo como conjunto de normas y se
afirma que el auténtico Derecho es el creado por el juez cuando interviene
en un caso concreto. Ése es el Derecho que realmente interesa a los sujetos,
y por eso la labor del jurista va a consistir en indagar cuál va a ser el sentido
de la decisión del juez. Recordemos el famoso texto de O. W. H o l m e s : «“¿Qué
es el Derecho?” Encontraréis que ciertos autores os dirán que es algo distinto
de lo que deciden los tribunales de Massachusetts o de Inglaterra, que es un
sistema de la razón, que es deducción a partir de principios de ética o axiomas
universalmente aceptados o cosa parecida, que puede o no coincidir con las
sentencias judiciales. Pero si adoptamos el punto de vista de nuestro amigo
el mal hombre, veremos que a éste le importan un bledo los axiomas o deduc
ciones, pero que en cambio le interesa saber qué es lo que en efecto han de
resolver los tribunales de Massachusetts o de Inglaterra. Yo opino de manera
bastante parecida. Yo entiendo por “Derecho" las profecías acerca de lo que
los tribunales harán en concreto, nada más ni nada menos» 2*. A partir de
la cita anterior se puede entender la afirmación según la cual la ciencia jurí
dica es predictiva.
Es cierto que el realismo ha tenido el acierto de poner de relieve la
importancia de los factores sociales en la comprensión del Derecho y la nece
sidad de tener en cuenta la incidencia de éstos en aquél. Al mismo tiempo
:j O. W. H olmes, La senda del Derecho, Buenos Aires, Abeledo-Pcrrot, 1975, p. 21.
ha llamado la atención de los peligros derivados de los excesos del formalisrpó
jurídico, que podrían desembocar en la construcción de un concepto dé Dere
cho y de ciencia jurídica desvinculados de la realidad social y de la fuerza
derivada de la evolución transformadora de ésta. Sin embargo, también es
criticable en algunos aspectos. El realismo construye un concepto de Derecho
referido exclusivamente a lo que podríamos considerar situaciones de pato
logía del Derecho, que son aquellas en las que intervienen los jueces. En
efecto, si observamos el funcionamiento cotidiano de la sociedad y del sistema
jurídico en seguida nos damos cuenta de que lo normal es que los individuos
se comporten de acuerdo con las normas jurídicas; los jueces intervienen
en determinadas circunstancias en las que se producen incumplimientos o
conflictos y que son una minoría respecto a todas aquellas en las que las
normas jurídicas son efectiva guía de las conductas de los sujetos. Por eso,
afirmamos que el realismo toma como elemento nuclear de su definición
del Derecho, basada en la eficacia, un aspecto sumamente reducido de ésta.
Es normal que el realismo, a la hora de definir el Derecho, se centre además
en aquello que le importa al hombre malo, que es aquel que se las va a
tener que ver con un juez.
Por otra parte, de la centralidad de la acción del juez en la definición
del Derecho realista también se pueden derivar algunas consideraciones crí
ticas. Hemos visto que el realismo propone que es Derecho lo contenido
en las decisiones de los jueces, por tanto los mandatos realmente eficaces.
Pero frente a esta consideración en seguida surge la pregunta sobre el origen
de la capacidad reconocida al juez para intervenir en un determinado caso
conflictivo y para emitir una sentencia. Si el juez lo es, es porque existen
normas jurídicas que le habilitan para desempeñar una determinada función,
porque ha satisfecho ciertas exigencias establecidas en algunas normas y,
además, la sentencia o decisión es el resultado final de un proceso, que se
desarrolla a partir de lo que establecen determinadas normas. De la afir
mación según la cual Derecho es lo que dicen los jueces en sus sentencias
se desprendería entonces la asombrosa conclusión de que todas esas normas
a las que acabamos de hacer alusión no pertenecen al ordenamiento jurídico.
Y además nos veríamos obligados a negar que los jueces aplican el Derecho.
36 GREGORIO PECES-BARBAÆUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
BIBLIOGRAFÍA
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LECCIÓN SEGUNDA
EL DERECHO COMO FORMA
DE ORGANIZACIÓN SOCIAL
SUMARIO: 1. El Derecho como forma de organización social.—2. El control social y el Dere
cho.—3. Derecho y cambio social.—4. Las funciones sociales del Derecho.
1. EL DERECHO COMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL
El Derecho, sus normas y sus instituciones son elementos del proceso
de organización social de los seres humanos y el resultado de los procesos
conflictivos entre intereses contrapuestos de aquéllos. Como señalaron losautores del Realismo jurídico norteamericano, el Derecho realiza una tarea
de “ingeniería social” (social engineering) consistente en la armonización de
intereses en conflicto, en la consecución de fines sociales y en la satisfacción
de necesidades sociales, todo lo cual favorece, a su vez, la cohesión y la
integración social de los individuos en una determinada estructura social '.
El Derecho, pues, organiza la estructura normativa de la sociedad, organiza
los comportamientos de los individuos y regula e interviene, según los casos,
en la estructura social y económica. El Derecho es considerado como una
“institución” (conjunto de procesos y normas) y, por tanto, como actividad
organizada de los grupos sociales1 2.
Desde la antigüedad toda estructura social o comunitaria ha estado orga
nizada por órdenes normativos de regulación que orientaban la conducta
de los individuos. En las sociedades “primitivas” el Derecho aparece indi
ferenciado con respecto a otros órdenes normativos, como la moral o las
costumbres sociales, no existiendo una especificidad jurídica claramente deli
1 Vid. Roscoc Pound, Justicia conforme a Derecho, traducción de M. Estevez, México, Editorial
Letras, 1965.
: Karl N. Llf.wlli.yn, Jurisprudence. Realism in Theory and Practice, Chicago, University of Chi
cago Press, 1962, p. 39
mitada. Tan sólo cuando empieza a aparecer la especificidad de las tareas
jurídicas mediante los procesos de institucionalización de la producción nor
mativa y de la resolución de conflictos y se produce la separación entre la
religión y el Derecho, se puede hablar de la existencia de una especificidad
jurídica y, por tanto, de órdenes normativos, a los que se les denomina “De
recho”. La conducta social se convierte entonces en conducta “institucio
nalizada” y, por tanto, sometida a un tipo de control “concentrado” y no
meramente difuso o espontáneo. Como dice Elias D íaz, «algo está “bajo con
trol”, cuando se conocen y aseguran las claves de su funcionamiento, cuando
se tiene capacidad de respuesta para circunstancias en principio no previstas
o para consecuencias no queridas..., cuando, en definitiva, se tiene poder para
evitar el descontrol, el caos, la desorganización...» 3.
Cada etapa histórica y cada tipo de organización social se han carac
terizado por unas características jurídicas diferentes. Según la clasificación
que hace Max Weber de los “tipos ideales” de Derecho, se pueden distinguir
cuatro tipos de especificidades jurídicas:
— un Derecho de tipo “irracional-formal”, que es propio de la sociedades
“primitivas”, donde las funciones jurídicas estaban todavía vinculadas a fun
ciones religiosas o mágicas, pero existe ya un cierto tecnicismo o formalismo
en los procedimientos jurídicos aun cuando los contenidos sustanciales son
imprevisibles. Suele ser, además, un Derecho no escrito de tipo consuetu
dinario;
— un tipo de Derecho “irracional-material”, también propio de comu
nidades “primitivas”, que tiene un carácter profètico y carismàtico. Se trata
todavía de manifestaciones jurídicas espontáneas e irracionales dirigidas a
la justicia del caso concreto. Se trata de un Derecho casuístico;
— un tipo de Derecho “racional-material”, que es un Derecho en el
cual prima la utilización política y teleologica del mismo, con la intención
de introducir cambios en las estructuras sociales y económicas. Es un Derecho
regulativo o intervencionista;
— un Derecho de tipo “racional-formal”, que es un Derecho caracte
rizado por la previsibilidad, la calculabilidad y el tecnicismo jurídico y la
formulación lógica de sus actuaciones. Este es el tipo de Derecho que se
corresponde con el Derecho occidental moderno propio del Estado liberal4.
Ahora bien, sea cual sea la tipología de la especificidad jurídica en las
distintas etapas históricas y en los diferentes tipo de sociedades, lo cierto
es que la especificidad de lo jurídico se ha caracterizado siempre por un
cierto grado de institucionalización normativa y coactiva, y su funcionalidad
ha estado siempre vinculada a establecer diferentes grados de organización
’ Elias D íaz, Curso de Filosofia del Derecho, Madrid, Marcial Pons, 1998, p. 132.
4 Vid. María José F ariñas D ulce, La Sociología del Derecho de Max Weber, Madrid, Civitas,
1991, pp. 261-274.
40 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO COMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL 41
y cohesión de la vida social, esto es: el Derecho establece autoridades y
“roles” sociales, reglas de comportamiento y directivas para la acción, pro
cedimientos para la resolución de conflictos y distribición del uso de la fuerza.
En definitiva —como ya apuntó D u r k h e im — 5, cuanto mayor es la dife
renciación funcional de la estructura social, mayor es también la especificidad
jurídica con respecto a otros mecanismos de regulación de la conducta, así
como mayor es la complejidad de la propia estructura jurídica. Esto le permite
al Derecho ir monopolizando la organización de las relaciones societarias
de todo tipo e ir monopolizando también la producción de orden, seguridad
y paz social en el sentido “hobbesiano” del término.
2. EL CONTROL SOCIAL Y EL DERECHO
Al igual que otros sistemas normativos, el Derecho representa uno de
los mecanismos o sistemas más efectivos de “control social” en las sociedades
modernas, en cuanto es considerado como mecanismo de integración y regu
lación de las conductas sociales de los individuos. Por ello —como veremos
más adelante—, al Derecho se le ha asignado —especialmente por los autores
funcionalistas, como P a r so n s , M e r t o n , B r e d e m e ie r , L l e w e l l y n ...— como
una de sus funciones principales la de ejercer el “control social”, integrando
los comportamientos sociales en un modelo normativo establecido y corri
giendo o reprimiendo las posibles conductas “desviadas”.
Ahora bien, ¿qué es el control social? y ¿cómo se realiza? Las diferentes
teorías sobre el “control social” del Derecho tratan de responder a la vieja
cuestión hobbesiana sobre qué es lo que mantiene cohesionado y en orden
al sistema social. Para que exista cualquier tipo de “control social” es nece
saria la presencia de dos elementos: uno, de carácter material, consistente
en elementos normativos y valorativos de la conducta (modelos de acción),
que se quieren transmitir a los individuos con la finalidad de orientar e inte
grar socialmente sus comportamientos, y otro, de carácter formal, consistente
en los mecanismos, técnicas e instrumentos a través de los cuales se trans
miten las pautas de comportamiento a los individuos. Dentro de este último
elemento se puede afirmar que el instrumento más efectivo para ejercer
control social es el “uso de la fuerza”. Como los sistemas jurídicos modernos
gozan del monopolio legítimo del uso y de la regulación de la fuerza, esto
conduce a concluir —como ya señaló el sociólogo américano E. Ross a prin
cipios del siglo XX— que el Derecho constituye el mecanismo más eficaz
5 E. Durkheim, La división del trabajo social, Buenos Aires, Scharpire Editor, 1967, el cual
diferenció entre un tipo de “solidaridad mecánica”, propio de las estructuras comunitarias y que
genera un derecho de tipo meramente “represivo”, y otro tipo de "solidaridad orgánica”, propio
de las estructuras societarias modernas y que da lugar a la estructuración de un tipo de derecho
“restitutivo” o “cooperativo”.
y fuertemente acuñado de control social de todos los órdenes normativo^
existentes dentro de los sistemas sociales.
Para Parsons —igual que para todos los sociólogos del “equilibrio
social”— el control social se inicia con un proceso de “socialización” (esto
es, la persecución de la adhesión a unos mismos valores establecidos) de
los individuos en unos mismos y comunes valores culturales, que se transmiten
mediante “modelos normativos” (directivas para la acción) y que van cons
tituyendo la estructura organizativa y consensuada del sistema social. Ahora
bien,en dicho proceso de “socialización” pueden aparecer fallos, los cuales
se producen cuando los individuos no se “socializan”, es decir, no internalizan
por diferentes motivos los modelos normativos transmitidos y, por tanto,
no adecúan sus comportamientos a las exigencias normativas. Aparece enton
ces lo que D urkheim denominó como “anomia social” o las conductas “des
viadas”, es decir, aquellas conductas que no se adhieren al modelo normativo
establecido. Y es precisamente en este momento cuando entran en juego
los mecanismos jurídico-formales de control social, para corregir y paliar
los efectos de las denominadas “conductas desviadas”. Para Parsons, al igual
que para D urkheim, las “conductas desviadas” se producen siempre como
un fallo ocasional, transitorio y coyuntura! (como una patología social) en
el proceso de socialización, siendo entonces el control social que ejerce «el
Derecho un tipo de control represivo y a posteriori, mediante el cual se permite
reafirmar los valores protegidos por el sistema, que son los que realmente man
tienen la cohesión y el orden social» f>. La “desviación” puede ser considerada
también como un fallo estructural, tal y como propuso M erton * 7; el concepto
de “anomia” se utiliza entonces para «expresar una deficiente estructuración
de las expectativas sociales o, lo que es lo mismo, una falta de adecuación
entre los objetivos definidos culturalmente y los medios —siempre legíti
mos— que la sociedad establece para alcanzarlos». Con lo cual la “anomia”
para Merton no es una situación patológica y transitoria como lo era para
D urkheim, sino una situación permanente en los sistemas sociales. Según
Merton, «los deseos y objetivos humanos (riqueza, bienestar social, estatus
social, éxito...) son siempre definidos culturalmente, así como los medios legí
timos por los cuales se pueden conseguir aquéllos. Ahora bien, el problema
se plantea porque la relación entre objetivos y medios legítimos para alcanzarlos
no es armónica, sino que es una relación de permanente tensión debido fun
damentalmente a dos razones. La primera de ellas consiste en que, por regla
general, se suele dar más énfasis socialmente a los objetivos que a los medios
legítimos propuestos para conseguirlos. (...) Así, el que alcanza el poder y la
riqueza será respetado por ello, sean cuales fueren los medios que hubieran
utilizado para conseguirlos. (...) La segunda razón consiste en que si bien los
h André-Jean A rnaud y María José Fariñas Dulce, Sistemas jurídicos: elementos para un análisis
sociológico, Madrid, Universidad Carlos II1-BÛE, 1996, pp. 130-131.
7 R. M erton, Teoría y estructuras sociales^ México, FCE, 1964.
42 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO COMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL 43
objetivos son definidos de forma igual para todos los miembros de la sociedad,
sin embargo los medios materiales para alcanzarlos no están igualmente repar
tidos para todos» 8. Esta permanente tensión de mala estructuración de las
expectativas sociales puede provocar en los individuos una respuesta “des
viada” o de no adhesión a los modelos normativos. Pero el control social
ejercido por el Derecho en estos casos sigue siendo represivo y a posteriori,
y en cierta medida sigue cumpliendo una función conservadora del sistema,
puesto que no se contempla la posibilidad de que los individuos tengan buenas
y suficientes razones para oponerse a un determinado proceso de sociali
zación y, por tanto, que tengan argumentos suficientes para intentar cambiar
el sistema. Antes al contrario, los mecanismos de control social, ejercidos
básicamente a través del control penal de los comportamientos, imponen
un determinado y sutil proceso de dominación.
Existen también otro tipo de teorías que demuestran cómo los propios
órganos jurídico-formales de control social, tales como los funcionarios de
policía, los tribunales de justicia, las instituciones penitenciarias..., pueden
también generar “desviación social”. Por ejemplo, las Labelling Approach
Theories o las teorías del “etiquetamiento social” ponen de manifiesto la
existencia de un tipo de “desviación social” secundaria, es decir, no derivada
de la infracción directa de una norma de conducta. Este tipo de desviación
tiene su origen en un proceso de “etiquetamiento” o “estigmatización” social
llevado acabo por los mecanismos jurídico-formales de control social, median
te el cual se asigna el “rol” social de “desviado” a determinados individuos
o colectivos de personas, como por ejemplo, a los drogadictos, a los homo
sexuales, a los negros, a los gitanos, a los emigrantes económicos, etc... Como
señaló Beckert, uno de los más importantes teóricos norteamericanos de
la Labelling Approach Theory, en estos casos «la desviación no es una cualidad
del acto que la persona realiza.... El desviado es aquel a quien se le ha aplicado
con éxito la etiqueta: el comportamiento desviado es aquel que la gente define
como desviado» Además, dicho proceso de “etiquetamiento” social no es
un proceso neutral ni inocente, sino selectivo, en el cual se “etiqueta” como
desviado a quien no se homologa socialmente, o no se integra en el modelo
normativo dominante, es decir, a quien quiere mantener su especificidad
y diferencia. Esto, a su vez, permite ir construyendo una especie de “chivo
expiatorio” en los sujetos etiquetados como “desviados”, lo cual facilita la
justificación del mantenimiento y la protección del statu quo frente a los
“desviados”, a la vez que permite inferiorizar, marginar y excluir a aquellos
que representan una amenaza para el modelo normativo dominante.
Finalmente, existe otro tipo de control social ejercido por el Derecho,
que no es represivo, ni se produce a posteriori, sino que es promocional, dis-
s María José Fariñas D ui.a-;, «La marginación y la desviación», en AAVV, Derechos de las
Minorías y de los grufx)s diferenciados, Madrid, Escuela Libre Editorial, 1994, p. 195.
0 H. Bec kert, Outsiders, New York, Free Press, l%3, p. 9.
tributivo, regulativo y preventivo. Se trata en este caso de alentar, promover
y facilitar la realización de comportamientos socialmente necesarios.. En di
control social de tipo promocional el proceso de socialización realizado por
el Derecho no se inicia con una amenaza represiva (la ejecución de una
pena o una sanción negativa), sino con la promesa de un premio o la faci
litación de recursos técnicos, económicos y de asesoramiento, esto es, lo que
se denomina una “sanción positiva”, que tiene como finalidad incentivar a
los individuos a la realización de dichos comportamientos. El control social
ejercido por el Derecho se transforma en un control positivo que intenta
introducir cambios en las estructuras sociales y económicas mediante el sis
tema legal, y que conlleva, además, una utilización política del sistema jurídico
para promover valores e intereses sociales, culturales y económicos.
Este tipo de “control social” cumple una función “reformadora” de las
estructuras sociales y económicas, a la vez que “emancipatoria” de los indi
viduos, y especialmente de aquellos más desfavorecidos social, económica
y culturalmente.
44 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
3. DERECHO Y CAMBIO SOCIAL
Hablar de “cambio social” implica hacer referencia a cambios en las
estructuras normativas de la sociedad, es decir, a cambios en las relaciones
y “roles sociales” de todo tipo, a saber, económicas, étnicas, culturales, mora
les, políticas..., y a cambios, por tanto, en la distribución del poder social.
Pueden existir muchos tipos de evoluciones en las sociedades, tanto en las
primitivas (o estáticas) como en las modernas (o dinámicas), pero tan sólo
se puede hablar con propiedad de “cambio social” cuando dicho cambio
afecta a la estructura organizativa y, por tanto, normativa de la sociedad
y no se trata de simples alteraciones repetitivas o imitativas de los com
portamientos sociales.
El problema delcambio social y el cambio jurídico y sus interrelaciones
mutuas es y ha sido un tema clave tanto en los desarrollos sociológico-ju-
rídicos del Derecho como en el ámbito de la Ontologia o Teoría del Derecho,
en cuanto constituye uno de los aspectos más importantes de la concep-
tualización externa y, por tanto, filosófica del Derecho. ¿Es el Derecho un
factor de cambios sociales o es un obstáculo para la realización de los mis
mos?, ¿debe el Derecho limitarse a dar respuestas jurídicas a los cambios
producidos en la sociedad o debe pomover cambios en la estructura social
y económica? O dicho con otras palabras, ¿el Derecho debe ser guía y pla
nificador de la vida social y económica o debe ser neutral y abstenerse de
intervenir en la misma? ¿Debe el Derecho ser expresión únicamente de una
racionalidad jurídico-formal o, por el contrario, puede ser también expresión
de una racionalidad material, política o sustantiva? En definitiva, se trata
EL DERECHO COMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL 45
también del viejo problema de la repercusión de las normas jurídicas en
la sociedad o —con terminología más actual— de los efectos sociales de
las normas.
Las respuestas doctrinales a este tipo de preguntas han sido variadas,
pero se pueden englobar, desde una perspectiva tradicional, en dos grandes
grupos: por un lado, las opiniones de los autores que creen que el Derecho
debe limitarse a reflejar los cambios acaecidos en las diferentes estructuras
sociales y ser, por tanto, neutral y abstencionista, y por el otro, las opiniones
de autores que consideran al Derecho como motor, guía e impulsor de cam
bios sociales y de emancipaciones de los individuos. Veamos a continuación
algunas de dichas teorías.
En el primer tipo de opiniones encontramos desde las tesis de los autores
de la Escuela Histórica del Derecho (especialmente Savigny), que consideran
al Derecho como una manifestación del “espíritu del pueblo” (Volksgeist),
expresión con la cual se resumen todas las peculiaridades e individualidades
culturales y sociales de un pueblo, cuyos rasgos de identidad se encuentran
tanto en su propio Derecho como en su lengua, cultura, costumbres, cons
titución política, organización económica...; hasta la tesis de Stammler, según
el cual el Derecho no es más que «la forma de la vida social y la economía
su materia», pasando por todas las tesis derivadas de las interpretaciones
de las obras de Marx, según las cuales el Derecho es considerado como
una variable dependiente unilateralmente de la estructura económica (mo-
nocausalismo económico), es decir, el Derecho sigue, pero no guía a la socie
dad, sino que sirve de instrumento ideológico y conservador a favor de las
estructuras económicas dominantes; o las tesis sociologistas, que consideran
que el Derecho estatal sólo es un conjunto de reglas de decisión dirigidas
a las autoridades públicas, pero su contenido sustantivo surge libremente
en las relaciones sociales, familiares, de producción, etc., mediante un Dere
cho Social (G urvitch) o un Derecho Libre (E hrlich). No han faltado autores
que han destacado cómo el Derecho puede adaptarse al cambio social sin
necesidad de modificar sus leyes e instituciones, es decir, sin cambiar su
forma y su estructura. Así por ejemplo, Max Weber afirma que «un orde
namiento jurídico puede, en ciertas circunstancias, permanecer inmutable mien
tras las relaciones económicas se modifican radicalmente». Incluso señala que
teóricamente un orden de producción económica socialista podría instau
rarse, sin modificar ni una sola ley, en un Estado liberal, «si se piensa que
se llega a una adquisición sucesiva de ¡os medios de producción por el poder
político, por vía de libre contratación...».
Entre el segundo tipo de opiniones estarían todas las denominadas teorías
de la legislación, que creen que a través de ésta se pueden introducir cambios
en el sistema social, cuyo origen se encuentra en la denominada Ciencia
de la Legislación propugnada por Bentham y A ustin. Ambos autores vin
cularon el Derecho con objetivos prácticos y sociales (efectividad social del
Derecho), a la vez que defendieron la eficacia de las leyes reformadoras
desde una perspectiva utilitarista de cálculo de costes y beneficios/ Espe
cialmente B en t h a m realizó importantes trabajos de investigación sobre la
forma de elaboración de las leyes y los efectos reformadores que se pueden
conseguir con ellas en la estructura social; por ejemplo, sus investigaciones
sobre los efectos sociales de la descentralización del poder, o el análisis de
las ventajas derivadas de la emancipación de las colonias inglesas, tanto para
la metrópoli como para los ciudadanos de la propia colonia, o la utilidad
social de introducir reformas en el sistema penitenciario de Inglaterra.
Pero realmente ha sido durante el siglo xx cuando la legislación y la
regulación intervencionista ha producido más cambios en las estructuras
sociales y económicas. Ninguno de los autores antes señalados —al igual
que otros muchos— habrían podido sospechar, «que años más tarde se harían
serios intentos de usar el Derecho del Estado para planificar o estructurar
a gran escala las empresas económicas, para promover una revolución pacífica
en las relaciones sociales —por ejemplo, mediante el derecho antidiscrimi
natorio— y para fomentar actitudes y creencias de un modo mucho más
ambicioso del que se podría haber intentado en anteriores períodos de la
evolución social» 10.
Actualmente, mediante las denominadas técnicas de incentivación o pro
mocionales, tales como las leyes incentivadoras y las sanciones positivas en
su doble faceta de premio o facilitación de la acción, junto a la denominada
función promocional del Derecho —incentivar la realización de valores e inte
reses sociales— y a la puesta en práctica de las denominadas “políticas públi
cas” se ha intentado promover activamente el cambio social mediante los
instrumentos jurídico-legales. Se produce entonces una utilización política del
Derecho con fines redistributivos, asistenciales, ideológicos y sociales que ha
¡do unida al desarrollo del Estado de bienestar y a un derecho de tipo regu
lativo, burocrático, politizado e intervencionista en las estructuras sociales y
económicas. Allora bien, este intento de producir cambios en las estructuras
sociales conlleva paralelamente cambios en los propios instrumentos jurídicos,
de tal manera que en estos casos el cambio jurídico provoca cambio social
y viceversa, ya que los sistemas jurídicos se ven abocados a la invención de
nuevas técnicas jurídicas y nuevos mecanismos de control, tanto positivo como
negativo, para poder alcanzar sus fines reformadores. Todo ello provoca de
nuevo polémicas doctrinas sobre el exceso de la regulación jurídica, la inflación
legislativa y el aumento de normas administrativas de gestión, con el corres
pondiente grado de ineficacia de las mismas, el exceso de intervencionismo
jurídico en todas las esferas de la vida social y económica y, consecuentemente,
el incremento de politización del ámbito jurídico, propugnando tesis de carác
ter neoliberal en favor de la “desregulación jurídica” y del desmantelamiento
46 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
Roger Cotteruell, Introducción a la Sociologia del Derecho, Barcelona. Ariel. I.“ ed., 1961.
EL DERECHO COMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL 47
del Estado de bienestar. También han surgido en los últimos años algunas
propuestas teóricas para superar la polémica entre “regulación” y “desregu
lación” jurídica. Así, por ejemplo, T e u b n e r propuso en los últimos años —ba
sándose en la sociología sistèmica autopoiética del Derecho— una nueva con
cepción del sistema jurídico que superase la vieja polémica entre el abuso
de la regulación jurídica intervencionista del Estado social y las propuestas
neoliberales de desregulación; dicha concepción la resume T e u b n e r con la
expresión “Derecho reflexivo” ", que sería un intentode “síntesis” y de com
plementar la racionalidad jurídico-formal y abstencionista de la concepción
liberal del Derecho, como mero garante neutral de la autonomía de los indi
viduos y del libre juego del mercado, con la racionalidad sustantiva y polí
tico-material de la concepción intervencionista del Estado, sin renunciar al
intento de conducción efectiva de la sociedad por parte del Derecho.
No obstante, y a pesar de las acusaciones de ineficacia funcional derivada
del exceso de la producción legislativa y administrativa del “Derecho regu
lativo”, no se debe olvidar que dicho exceso tiende a ir en favor de las clases
sociales menos favorecidas y tiende a garantizar los derechos sociales y cul
turales, así como a cumplir una función redistributiva de los recusos sociales
disponibles. Además, no podemos renunciar tampoco a la función reforma
dora y emancipatoria del Derecho a través de la legislación y las diferentes
técnicas administrativas.
4. LAS FUNCIONES SOCIALES DEL DERECHO
a) Introducción
Todo planteamiento en torno al análisis funcional del Derecho, esto es,
al análisis de las tareas o funciones que el Derecho cumple en la sociedad,
pasa por considerar que el sistema jurídico es una parte o un subsistema
dentro del sistema social.
Sea cual sea la concepción —organicista, funcionalista, conflictualista,
autopoiética o autorregulativa— 11 12 que del sistema social se tenga, lo cierto
es que todos los autores coinciden en considerar al sistema jurídico como
parte de un marco más amplio de interactuación al que se le denomina como
sistema social. En cuanto parte de un todo, el sistema jurídico tiene unas
tareas o funciones asignadas que se conocen como las “funciones sociales”
del Derecho, y a su vez, está en comunicación con los otros elementos o
11 Vid., entre sus muchos escritos sobre el tema, G. T eubner, «Substantive and Reflexive Ele-
ments in Modern Law», en Law and Society Review, mini. 17, 1983, pp. 239-285; «Evoluzione giuridica
y autopoiesi», en Sociologia del Diritto, 1986, minis. 2-3, pp. 199-214.
'2 Sobre todas estas concepciones véase más ampliamente André-Jean A rnaud y María José
Fariñas D ulce, Sistemas jurídicos: elementos ¡xira un análisis sociológico, cit., primera parte.
subsistemas que forman la totalidad del sistema social, para los cuales tambiép
realiza tareas o aportaciones funcionales. Un análisis de las funciones que
el Derecho cumple dentro dei sistema social nos permite cuestionarnos sobre
la utilidad del Derecho. Se trata en este caso de responder a la pregunta
de para qué nos sirve el Derecho, sus normas o sus instituciones, qué utilidad
social tienen, lo cual nos permite dar respuesta también al problema onto
lògico por excelencia, cual es, ¿qué es el Derecho?, ya que su funcionalidad
o su utilidad sirve, más allá de esencias absolutas, para determinar su exis
tencia y sus características estructurales.
48 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
b) El análisis funcional del Derecho
El análisis funcional del Derecho consiste en el método cognitivo mediante
el cual se analiza la utilidad y la funcionalidad del Derecho dentro de un
sistema social. Dicho análisis completa los estudios meramente estructurales
del Derecho, porque la especificidad de la estructura jurídica sólo llega a
ser comprendida plenamente si se completa con la especificidad de su función.
Por ello, el análisis estructural debe conducir a un análisis funcional, y vice
versa; la especificidad del Derecho no está tanto en su estructura como en
su función. El análisis funcional del Derecho como método cognitivo surgió
en el ámbito de la Sociología del Derecho de la mano de autores como D u r k
h e im , M a r x , P a r so n s , L u h m a n n , dando lugar o bien a concepciones funcio-
nalistas, organicistas y causalistas de la sociedad y del Derecho, que repre
sentan una especie de filosofía o metafísica social, según la cual si el Derecho
cumple una ñinción ésta no puede ser más que positiva, ya que todos los
elementos del sistema social han de ser funcionales para alcanzar el punto
de equilibrio de la cohesión social, o bien a concepciones conflictualistas, según
la cuales la estructura social no se caracteriza por la armonía y por el consenso
generalizado, sino por el conflicto y por el disenso, y por tanto, las funciones
del Derecho son casi siempre negativas y generadoras de conflicto, o bien
concepciones funcionalistas autopoiéticas o autorregulativas, según las cuales
el sistema jurídico, al igual que el social, no es más que un esquema regulativo
de autorreferencias autónomas que tiene como misión reducir la complejidad
existente en el ambiente en el cual se desarrolla el sistema.
Ahora bien, prescindiendo de las diferentes teorías y/o ideologías fun
cionalistas, lo que aquí nos interesa es el análisis funcional del Derecho,
en cuanto método cognitivo y, por tanto, en cuanto análisis crítico y empírico
de la utilidad y el funcionamiento de un sistema jurídico, de una norma
o de una institución jurídicas u. Para ello, deberemos comenzar con la deli- 11
11 Vid. Norberto Bobbio, «El análisis funcional del Derecho: tendencias y problemas», en Con-
tribudón a la Teoría del Derecho (ed. a cargo de Alfonso Ruiz M iguel), Valencia, Femando Torres
Editor, 1980, pp. 263-287.
EL DERECHO COMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL 49
mitación de los propios instrumentos cognitivos del análisis funcional, es
decir, el concepto y la tipología de la función.
c) Concepto de función
Dentro del ámbito de las ciencias sociales se han utilizado dos tipos de
conceptos de función. El primero de ellos viene definido desde una pers
pectiva epistemológica “objetivista”, mientras que el segundo se define desde
una perspectiva epistemológica “subjetivista”.
A) Desde la perspectiva epistemológica “objetivista” se ha ido confi
gurando un concepto de función basado en el paradigma biológico-organicista
de D urkheim. Según la metáfora organicista, el sistema social es comparado
con un organismo vivo, por ejemplo, el cuerpo humano. Al igual que éste,
el sistema social está formado por órganos que realizan una serie de funciones
vitales para la existencia del todo. Luego la función es la tarea o contribución
que una parte (un órgano) realiza para el mantenimiento de un todo (del
organismo). Al igual que en el cuerpo humano (organismo) existen una serie
de tareas o funciones (la respiratoria, la digestiva, la circulatoria..) vitales
para su existencia que son realizadas por otros tantos órganos vitales, también
en el sistema social (organismo) existen unos subsistemas (órganos) que han
de realizar funciones “vitales” para el mantenimiento de la totalidad. La
visión organicista u objetivista del concepto de función implica una definición
aprioristica de las funciones que una parte realiza para un todo. Es decir,
para saber cuáles deben ser las funciones o las aportaciones de cada parte
o subsistema a la totalidad del sistema global es necesario definir primero
cuáles son las necesidades vitales del sistema en cuestión. De esta manera,
la función sería la respuesta adecuada a una necesidad sistèmica vital pre
viamente definida. Con lo cual, si existen unas necesidades sistémicas obje
tivas o, como Parsons decía, unos “requisitos funcionales” objetivos y uni
versales para mantener el equilibrio de todo sistema, entonces existirán tam
bién unas funciones sociales “objetivas” y “universales” para todos los sis
temas. Esto es lo que permite a todos los autores del funcionalismo clásico
presentar una serie de catálogos cerrados de funciones universales del Dere
cho, elaboradas sin ningún referente empírico y partiendo de concepciones
metafísicas del equilibrio y la cohesión sociales.
B) Desde la perspectiva epistemológica subjetivista, el concepto de fu n
ción parte de la “acción social” de los individuos y, por tanto, de los objetivos
y las finalidades que éstos se proponen al interactuar en un marco prede
finido,al que denominamos sistema social. Ferrari propone, por ejemplo,
una definición “subjetivista” defunción y, como tal, operativa: «Por “función”
de un elemento que opera en (o sobre) un sistema entendemos... la tarea
o el conjunto de tareas, no incompatibles entre sí, que son atribuibles con carácter
primario a aquel elemento por el sujeto que actúa mediante ellos en el sistema» *jh
Con la perspectiva subjetivista se rechaza, por tanto, cualquier definición
aprioristica de función, negando la posibilidad de que exista un catálogo
de funciones objetivas y universales común a todo sistema. «Para saber cuáles
deben ser las ‘‘funciones” de los elementos del sistema habrá que conocer los
“objetivos” de los individuos que interactúan en el sistema. Es decir, se produce
un tránsito desde el “objetivismo” determinista del sistema a la “subjetividad”
del “actor social”» *-\ Son los actores sociales, con sus interes, sus objetivos,
sus proyectos de acción, los que plantean necesidades al sistema, al cual
acuden a relacionarse e interactuar, y es el sistema el que define los fines
y los objetivos a alcanzar en base a tales demandas de los individuos. Por
tanto, desde esta perspectiva “subjetivista” las funciones son “relativas” en
cada momento y en cada sistema, y el análisis funcional entonces consistirá
en una explicación crítica y empírica del funcionamiento y utilidad real de
cada sistema, sin caer en apriorismos o metafísicas cognoscitivas. La función
que en cada caso se atribuya dependerá de las necesidades sociales y de
los fines u objetivos definidos para satisfacer dichas necesidades.
Desde una perspectiva crítica y estrictamente metodológica podemos dife
renciar dos tipos de funciones: las funciones “positivas” y las funciones “ne
gativas”. Las primeras surgen cuando existe una correlación adecuada entre
las necesidades planteadas al sistema o a una institución del mismo y la
tarea realizada por éstos. Por el contrario, la función “negativa” aparece
cuando no existe correlación entre lo demandado como necesidad y la res
puesta institucional. Ahora bien, el concepto de función “negativa” ha de
diferenciarse claramente del concepto de disfuncionalidad. Como muy grá
ficamente señaló B o b b io , «la disfunción pertenece a la patología de la función
y la función negativa a la fisiología... La disfunción se refiere al funcionamiento
de una determinada institución y la función negativa a su funcionalidad» l6.
Esta distinción es muy importante desde el punto de vista del análisis fun
cional como método cognitivo, porque para los autores funcionalistas ningún
elemento del sistema puede tener una función negativa, todas son positivas,
puesto que las funciones son objetivas y universales. Sin embargo, desde
una concepción confiictualista de la sociedad interesa destacer más las fun
ciones negativas que las positivas, precisamente para poder replantearse crí
ticamente la utilidad de cualquier institución, norma o sistema.
Partiendo de criterios únicamente epistemológicos, tan importante es el
analizar las funciones positivas como las negativas, puesto que la crítica de
una institución comienza precisamente cuando se constata que está cum
pliendo una función negativa y, por tanto, no adecuada con las exigencias * IS
M Vincenzo F errari, Funciones del Derecho, Madrid. Debate, 1989, p. 53.
IS André-Jean Arnaud y María José Fariñas Dulce, Sistemas jurídicos: elementos para un análisis
sociológico, cit., p. 127.
u' Norl>erto Boumo, «El análisis funcional del Derecho: tendencias y problemas», cit., p. 271.
50 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO COMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL 51
y necesidades de los actores sociales. Habría que plantearse entonces el cam
bio de la función e incluso la reforma de la propia estructura institucional.
Por el contrario, el concepto de “disfunción” hace referencia a la gestión
de la función, es decir, al funcionamiento de la institución. Podría darse
el caso de que existieran instituciones con funciones positivas, pero disfun
cionales, por una mala gestión o realización de la función, o instituciones
que realizan una función negativa, pero que funcionan bien, y cuanto mejor
sea su funcionamiento más evidente será el carácter negativo de la función
que realizan. También una mala gestión reiterada o una disfuncionalidad
permanente podría hacer cambiar el carácter de la función, convirtiendo
la función que inicialmente era positiva en negativa.
Por último, existe otra tipología del concepto función desde el punto de
vista del análisis de los efectos sociales producidos por una institución o
por una norma jurídica. En este caso las funciones pueden ser latentes o
patentes. Las funciones latentes, a diferencia de las patentes, son las que no
aparecen como queridas o exigidas conscientemente por la sociedad. Dichas
funciones latentes, a su vez, podrían ser catalogadas como positivas o negativas
según que contribuyeran o no a la funcionalidad del sistema, mientras que
las funciones patentes son aquellas conscientemente demandas por los actores
sociales. Las funciones latentes de carácter positivo cumplirían un efecto fun
cional en relación con los objetivos inicialmente previstos; sin embargo, las
funciones latentes de carácter negativo provocarían lo que se denominan
“efectos perversos” en relación a dichos objetivos. Por ejemplo, cuando las
leyes antidiscriminatorias producen un “efecto perverso” al victimizar a los
colectivos discriminados, en defensa de los cuales se crearon dichas normas.
d) Función de integración social o de control social
La mayoría de los autores funcionalistas —P a r so n s o B r e d e m e ie r — han
coincidido en señalar como la función más importante del Derecho a la de
integración social o de control social, considerando —como ya se ha dicho
más arriba— que el Derecho constituye el mayor y más importante factor
de cohesión social. Dicha función consiste básicamente en la orientación
de los comportamientos de los individuos, con la finalidad —como dice L le
w elly n— «de producir y mantener la cohesión de un grupo social», ya que
siempre se puede acudir al Derecho cuando fallan otros medios de inte
gración social. Esta función suele ser considerada como la tarea básica del
Derecho en la cual se enmarcan las otras posibles funciones que al mismo
se le asignan. Así, por ejemplo, L lew el ly n considera que dentro de la función
general de integración de los comportamientos se pueden señalar unas fun
ciones típico-ideales de todo sistema jurídico (Law-Johs), que serían las
siguientes: «la resolución de los conflictos, la orientación de la conducta, la
legitimación y organización del poder social, la configuración de las condicionef
de vida y la administración de la justicia». *'
La función de integración social la realiza el Derecho mediante el carácter
persuasivo de sus normas en la acción social de los individuos, lo cual provoca
un proceso de socialización de los individuos en un determinado modelo
normativo, y cuando la persuasión falla, la integración social se consigue
mediante los mecanismos jurídico-formales de “control social”. La idea de
la integración social remite a una concepción consensuada y armónica de
la sociedad y a la idea de orden y paz social, es decir, a lo que Parsons
denominó como el punto de equilibrio objetivo del sistema social, o lo que
Merton denominó como «la unidad funcional de la sociedad». Con lo cual
se acaba dando —como criticó Dahrendorf— una visión demasiado “utó
pica” y “mítica” del funcionamiento del sistema social.
La función de integración y orientación de los comportamientos sociales,
en definitiva la función de “control social”, la puede realizar el Derecho
con diferentes técnicas: protectoras y represivas; organizativas, directivas,
regulativas e intervencionistas, y promocionales o incentivadoras.
a) Las técnicas “protectoras” y “represivas” son aquellas que tienden
a imponer deberesjurídicos positivos (obligaciones) o negativos (prohibicio
nes) a los individuos bajo la amenaza de una pena o sanción de tipo “negativo”.
Es decir, el Derecho tiende a proteger una serie de comportamientos a los
que se les denomina “actos lícitos” (comportamientos permitidos u obliga
torios) y, paralelamente, reprime otro tipo de comportamientos a los que
se les denomina “actos ilícitos” (comportamientos prohibidos), bajo la ame
naza de sanciones negativas, impuestas por los mecanismo jurídicos de “control
penal”. Con la utilización unilateral de este tipo de técnicas el Derecho se
convierte en el instrumento político para salvaguardar el orden público y la
armonía social. Este tipo de técnicas (el Derecho represivo) son las típicas
del Estado liberal clásico, donde el Derecho es un mero garante de la auto
nomía individual y del libre juego del mercado.
b) Las técnicas organizativas, directivas, “regulativas” y de control públi
co son aquellas mediante las cuales el Derecho organiza la estructura social
y económica, define y distribuye “roles sociales”, define y otorga poderes,
otorga competencias, regula la intervención política en la actividad social
y económica mediante el diseño de programas intervencionistas de “políticas
públicas” y redistribuye los recursos disponibles. Este tipo de técnicas (el
Derecho regulativo) tuvo su auge con la aparición del Estado social e inter
vencionista y cumplen una función “reformadora” de las estructuras sociales
y económicas a través de la legislación. Se caracterizan por el aumento de
las estructuras normativo-burocráticas de carácter público o semi-público,
por un incremento de la legislación administrativa y por la aparición de téc
nicas de “control positivo” junto a las tradicionales de “control negativo”.
52 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO COMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL 53
c) Las técnicas “promocionales” o de “alentamiento” son aquellas que
pretenden persuadir a los individuos para la realización de comportamientos
socialmente necesarios. Se incentiva a la realización de dichos comporta
mientos mediante las denominadas “leyes de incentivación” o “leyes-incen
tivo”, a las que se les une un tipo de sanción “positiva” o compensatoria
que «tienden a compensar al agente de los esfuerzos y trabajos hechos o
de los gastos sufridos para procurar una ventaja a la sociedad». Las sanciones
positivas pueden consistir en el otorgamiento de un “premio” o “compen
sación” por la acción ya realizada (por ejemplo, exenciones fiscales, boni
ficaciones en las coutas de la Seguridad Social, pensiones por guerra) o en
una “facilitación” de tipo económico (subvenciones o ayudas crediticias) o
de tipo técnico o de asesoramiento para la realización de la acción social
mente deseada l7. Este tipo de técnicas (el Derecho promocional) comienza
su despliegue con la aparición del Estado de bienestar, con la finalidad de
conseguir la realización de valores o fines sociales y emancipatorios para
toda la ciudadanía, que son imposibles de conseguir mediante un Derecho
meramente protector y no intervencionista. No se trata, pues, de la aparición
de una nueva función del Derecho (la función promocional frente a la función
represiva), como algunos autores han apuntado —por ejemplo B o b b io — ,
sino de la invención de nuevas técnicas jurídicas para el cumplimiento de
la función básica del Derecho, que es la de orientar los comportamientos
de los individuos y ejercer control social, y tal orientación y/o control puede
ser realizada de manera represiva, intervencionista o promocional.
e) Función de tratamiento o resolución de conflictos
Entre los autores norteamericanos, por ejemplo L l e w e l l y n , es frecuente
encontrar, entre el catálogo de funciones atribuidas al Derecho, la función
de resolución de conflictos situada en un primer lugar y otorgándole, por
tanto, una superioridad funcional sobre las demás. Esto se explica, en primer
lugar, por la propia configuración del sistema jurídico anglosajón, donde la
función judicial aparece como la más importante, y en segundo lugar, por
la manera en que se plantea esta función, esto es, como la resolución de
los conflictos sociales planteados ante los tribunales de justicia (adjustment
of the trouble-case). Es decir, se entiende esta función del Derecho desde
una perspectiva estrictamente judicial de «resolución de casos patológicos o
de enfermedad de la vida jurídica». Además, desde las teorías funcional istas
se entendía esta función como “sanadora” de la vida social, es decir, el Dere
cho ha de prevenir y evitar conflictos, pero debe también resolver, arreglar
y solucionar los conflictos de intereses que puedan perturbar el equilibrio
y la paz sociales.
17 Viti, más ampliamente Norberto Bobbio, «Hacia una teoría funcional del Derecho», en Con
tribution a la Teoría del Derecho, cit., pp. 365-390.
Sin embargo, desde una perspectiva epistemológica subjetivista o, .̂ 1
menos desde un funcionalismo no objetivista, la tradicional función de reso
lución de conflictos es entendida de manera diferente. Incluso se propone
un cambio de denominación; por ejemplo, F e r r a r i habla de la «función de
tratamiento de los conflictos declarados» terminología que adoptamos tam
bién aquí. Tras este cambio terminológico se intenta configuar la tradicional
función de resolución de conflictos de una manera más amplia.
En primer lugar, el cambio afecta a la propia concepción de la función.
El Derecho, desde esta perspectiva, no resuelve los conflictos sociales en
el sentido funcionalista del término, es decir, la desaparición del conflicto
en la estructura social, consiguiendo una interactuación social armónica y
pacífica. Por el contrario, se parte de la consideración de que la estructura
social es una estructura conflictual, es decir, que la necesaria interactuación
de los individuos no convierte a aquélla en armónica, sino que la interac
tuación de los individuos es casi siempre conflictual, en cuanto está carac
terizada por exigencias de comportamiento antagónicas entre sí. Y preci
samente en este carácter antagónico de las exigencias de comportamiento
entre individuos, clases sociales, comunidades étnicas, familiares, etc., es don
de aparece —como señala F e r r a r i— el “conflicto declarado” * 19 El conflicto
social es, pues, permanente en toda estructura social, porque existen en ella
intereses diferentes y antagónicos que necesariamente entran en una relación
conflictual. Lo que hace el Derecho entonces es juridificar el conflicto y
mantenerlo bajo control, pero no hacerlo desaparecer. El hecho de que exista,
por ejemplo, una relación conflictual entre empresarios y trabajadores ha
provocado la regulación jurídica de la relación laboral, es decir, el Derecho
ha juridificado el conflicto, lo mantiene bajo su control jurídico ofreciendo
esquemas regulativos sustanciales y procedimentales para encauzarlo, pero
el conflicto social en sí mismo no desaparece, porque de lo contrario acabaría
desapareciendo también el propio Derecho.
En segundo lugar, la función de tratamiento de los conflictos no se cen
traría ya solamente en la tarea judicial, sino que el tratamiento del conflicto
comienza en el momento en que el Derecho “juridifica” el mismo, es decir,
en la fase legislativa y de normación administrativa. El momento de la pro
ducción normativa es el inicio del tratamiento del conflicto, porque el Dere
cho ofrece, mediante sus elementos persuasivos, unos esquemas regulativos
de carácter sustantivo y procesal para armonizar los intereses antagónicos
enfrentados en una interacción social. Solamente cuando dichos elementos
jurídicos persuasivos fallan, es decir, cuando los individuos llegan a la con
clusión de que por sí solos no pueden llegar a alcanzar el acuerdo deseado,
es cuando el Derecho ofrece la posibilidad de declarar el conflicto ante los
mecanismos jurídico-formales de “resolución” de conflictos (lostribunales
54 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
Vili. Vincenzo F ekkaki. Funciones ilei Derecho, cit., pp. 165 ss.
Vincenzo Fekkaki, Funciones ilei Derecho, cit., pp. 114-115.
EL DERECHO COMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL 55
de justicia). Sólo en este momento es cuando los tribunales ofrecen una
“resolución” del conflicto en base al previo tratamiento jurídico de conflicto
ya ofrecido por las normas legislativas o administrativas.
En tercer lugar, la concepción funcionalista de la función de resolución
de conflictos ha olvidado frecuentemente que el Derecho no sólo da un posi
ble tratamiento del conflicto declarado, sino que puede ser también un factor
de disgregación social, es decir, puede también provocar conflictos. Desde
el momento en que se utiliza la legislación como impulsora de cambios y
desarrollos sociales, los nuevos cambios acaecidos pueden generar otro tipo
de conflictos sociales. Por ejemplo, si se ponen en marcha “políticas públicas”
de protección del medio ambiente, la implementación y gestión de sus normas
reguladoras pueden generar conflictos con determinados ámbitos de la pro
ducción económica, lo cual implica a su vez que gran parte de los objetivos
propuestos por el legislador con tales medidas no llegan a alcanzarse. Por
otra parte, también los mecanismos judiciales pueden provocar la generación
de conflictos planteados en cadena ante los tribunales. Por ejemplo, la reso
lución favorable de un supuesto individual puede hacer renacer o manifestar
conflictos subyacentes con similar o igual contenido (esto es, lo que la juris
prudencia denomina “afección masiva”) 20.
En cuarto lugar, al hablar de la función de resolución de conflictos es
preciso tener en cuenta la tipología de los terceros establecidos para dirimir
en un conflicto declarado. Es necesario distinguir en primer lugar entre los
denominados mecanismos “informales” o “extrajudiciales” de resolución de
conflictos y los mecanismos “formales” o “judiciales”. En ambos casos esta
mos ante mecanismos integrados en el Derecho estatal: los mecanismos “in
formales” o procedimientos “extrajudiciales” serían, por ejemplo, la media
ción, la conciliación, el arbitraje, la negociación y los acuerdos corporativistas,
las acciones cooperativas de la administración y las acciones concertadas2I,
mientras que los mecanismos “formales” estarían integrados por el conjunto
de órganos judiciales tradicionales junto al conjunto de órganos adminis
tradores. En la mayoría de los sistemas jurídicos actuales se están intro
duciendo cada vez con más intensidad los denominados “procedimientos
extrajudiciales” de resolución de conflictos como mecanismo de “descarga
funcional” de los órganos jurídico-formales tradicionales (por ejemplo, para
31 I I. C. Brf.df.mkirr, «El Derecho como mecanismo de integración», en V. Aubfrt (ed.), Socio-
logia dei Derecho, Caracas, Tiempo Nuevo, 1971, pp. 64 ss„ apuntó ya la posibilidad de que el
propio procedimiento judicial pueda generar la reproducción de otros conflictos. También Vincenzo
Ferrari, Funciones del Derecho, cit. p. 165 ss., alude al ejemplo de las “causas piloto" en el ámbito
del Derecho laboral, presentadas por los sindicatos.
21 Sobre estos últimos véase Rüdiger Voight, «En defensa de la conducción cooperativa», en
Roberto Bergai.li (ed.), Contradicciones entre Derecho y control social, Barcelona, M. J. Bosch, 1998,
pp. 37-54. Vid. también J. R. Páramo A rguelles, «Negociar y argumentar: entre el mercado y la
política», en Lección inaugural del curso académico 1998-99 de la Facultad de Derecho de la Universidad
de Castilla-La Mancha, Talavera de la Reina, I de octubre de 1998,
alcanzar mayor rapidez, flexibilidad, agilidad, descentralización, disminución
de costes y prevención de conflictos futuros); pero la incorporación de estos
otros mecanismos conlleva una serie de problemas añadidos, por ejemplo,
de “implementación” de dichos procedimientos, de determinar para qué tipo
de conflictos es más adecuado uno u otro tipo de procedimientos, de relación
entre ellos mismos, de quiebra de los principios jerárquico-formales de fun
cionamiento del Derecho estatal y de determinación del tipo de argumen
tación jurídica que se realiza en dichos procedimientos. Cosa diferente son
los denominados mecanismos “alternativos” de resolución de conflictos, que
serían todos aquellos mecanismos no integrados en el Derecho estatal y que,
por tanto, en cierta medida “compiten” con éste en la resolución de conflictos
sociales; éstos pueden ir desde los mecanismos meramente económicos o
financieros, como las grandes negociaciones económicas transnacionales que
escapan al Derecho estatal, hasta los mecanismos de resolución de conflictos
existentes en Derechos consuetudinarios de contextos sociales “primitivos”,
que coexisten junto al Derecho del Estado, o en órdenes jurídicos revolu
cionarios, o incluso en órdenes normativos extra-estatales. En todos estos
casos los “mecanismos alternativos” de resolución de conflictos remiten a
lo que ellos presentan como una regulación conflictual cualitativamente mejor
(el Derecho alternativo). Lo cierto es que los denominados “mecanismos
extrajudicales” —que ahora aparecen incorporados en algunos casos en los
sistemas jurídicos estatales— tuvieron también un origen “alternativo” y en
muchos casos lo siguen manteniendo; ésta es la razón por la cual en ocasiones
se produce también una confusión terminológica en relación al propio tér
mino “alternativo”.
56 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
f) Función de organización social
Ya se ha dicho anteriormente que el Derecho tiene como misión la orga
nización y la dirección de la vida social. Para algunos autores ésta es la
primera y básica función del Derecho.
Como ya apuntó H obbes22, al Derecho le compete otorgar seguridad,
orden y paz social, es decir, evitar el caos existente en el “estado de natu
raleza” que se refleja en la “guerra de todos contra todos”. Elias D ía z , por
ejemplo, considera «que el objetivo primero, en sentido cronológico y funcional,
de cualesquiera normas jurídicas es establecer y lograr imponer un orden social,
una u otra organización de los elementos, fuerzas e intereses que componen
el agregado o conjunto de individuos y corporaciones que llamamos grupo social.
Es decir, la salida del caos, más o menos originario o derivado, cuando y en
el modo... en que también los más fuertes... prefieran el orden —¿su orden?—
“ Vid, Thomas Hobbes» Leviatani edición preparada por C. Moya y A. Escohotado, Madrid,
Editora Nacional, 1980.
al caos, al anteñor desorden» 73. El Derecho se constituye, pues, como un
tipo de organización para la supervivencia.
Esta función tiene un carácter básicamente procedimental. Se trata de
distribuir el poder social y, por tanto, de asignar “roles sociales”, de otorgar
competencias, de regular los comportamientos sociales interviniendo en las
estructuras sociales, culturales y económicas y distribuyendo o redistribu
yendo recursos disponibles (bienes, dineros o servicios) entre los individuos
o los grupos sociales y de ofrecer esquemas procesales para dirimir los posi
bles conflictos de intereses antagónicos cuando las partes llegan a la con
clusión de que ellas por sí solas no pueden alcanzar el acuerdo a pesar de
los criterios persuasivos de las normas.
Esta función organizativa o “regulativa” ha trascendido, en las últimas
décadas, a la concepción exclusivamente privatista de la economía y a la
concepción abstencionista del Derecho. En los últimos años ha provocado
una inflación legislativa, así como una aumento de las normas burocráticas y
administrativas. En definitiva, se trata de una nueva forma de regulación
y organización social en la que el Derecho se hace más intervencionista y
menos neutral, más emancipatorio y menos conservador, tal y como se ha
explicado anteriormente al hablar de las técnicas regulativas de control social.
EL DERECHOCOMO FORMA DE ORGANIZACIÓN SOCIAL 57
g) Función de legitimación del poder social
Desde los primeros autores funcionalistas el Derecho ha sido considerado
como un mecanismo mediante el cual se otorga legitimidad, aceptación y
consenso a las decisiones políticas. El poder se convierte en Derecho median
te la existencia de normas jurídicas que otorgan competencias y establecen
procedimientos para la toma de decisiones. Ya Parsons y Bredemeier, al
establecer la relación existente entre los diferentes subsistemas sociales, seña
laron que el sistema jurídico ha de proporcionar al sistema político la legi
tim idad de sus decisiones24. Otros autores, como Llewellyn, orientan la
función de legitimación únicamente hacia las decisiones de los órganos judi
ciales. Para este autor la función de legitimación del poder social consiste
en la distribución y la organización del poder autoritario de decisión en los
casos de conflictos jurídicos25; la decisión judicial debe ser legítima por su
origen y por su ejercicio, es decir, el órgano judicial debe buscar argumentos
para justificar sus decisiones y, por tanto, debe buscar criterios de acep
tabilidad y consenso.
Existe una forma más amplia de entender esta función de legitimación
del poder social en el sentido de que el Derecho otorga legitimidad a toda * 34 35
Elias D íaz, Curso de Filosofía del Derecho, cit., p. 128.
34 H. C. Bredemeier, «El Derecho como mecanismo de integración», cit., pp. 58-59.
35 Karl N. Llewellyn, «The Normative, the Legal and the Law-Jobs», cit., pp. 380 ss.
persona que pueda tener capacidad de decisión y de realizar una actuaciqp
en el ámbito jurídico, es decir, no solamente las autoridades u órganos públi
cos, sino toda persona usuaria del sistema jurídico puede utilizar los argu
mentos jurídicos como forma de legitimación o de autojustificación. El Dere
cho otorga, pues, legitimidad, aceptación y consenso a todas nuestras actua
ciones jurídicas. Así, por ejemplo, F e r r a r i —siguiendo una interpretación
weberiana del término legitimidad— adopta esta visión amplia de la función
de legitimidad del poder social, distinguiendo, por tanto, dos fases de desarro
llo de dicha función 25:
a) El Derecho otorga legitimidad a los órganos y autoridades públicas
mediante normas competenciales y procedimentales; en este caso se trata
de otorgar legitimidad procedimental al poder político en sentido estricto.
b) El Derecho otorga legitimidad también a las acciones de los des
tinatarios de las exigencias jurídico-normativas. En este caso el Derecho sirve
para otorgar una situación de “ventaja” al actor social mediante la legiti
mación jurídica de su actuación. Así, quienes actúan en un juicio utilizan
los argumentos jurídicos para autojustificarse o autolegitimar sus acciones.
En este caso el Derecho otorga legitimidad a los distintos titulares del poder
social. Pero en este segundo aspecto de la función de legitimidad del poder
social hemos de tener en cuenta que los actores sociales pueden acudir tam
bién a otros “idearios jurídicos” para buscar argumentos justificatorios de
sus acciones; así, por ejemplo, en los juicios políticos, cuando una de las
partes acude a un “Derecho alternativo” que se considera cualitativamente
mejor para legitimar su comportamiento.
58 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
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LECCIÓN TERCERA
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS
SUMARIO: 1. Las reglas del trato social.—2. Derecho y moral.—3. Ética pública y ética privada.
Como ya hemos señalado en las dos lecciones anteriores, el Derecho
es un sistema normativo que tiene como función básica la de organizar la
sociedad de acuerdo con determinados criterios expresados a través de nor
mas. En este sentido, el objeto de regulación del Derecho está constituido
por determinadas parcelas o aspectos de la vida humana. No obstante, debe
mos ser conscientes del hecho de que las normas jurídicas no son las únicas
a las que están sometidas las conductas humanas. Al contrario, coinciden
en la ordenación de dichas conductas con otras normas. A partir de dicha
concurrencia, en ocasiones se producen solapamientos, ya que una acción
humana puede estar regulada al mismo tiempo por normas de distinto tipo.
De lo anterior se puede deducir que esta circunstancia puede dificultar en
ocasiones la correcta comprensión de lo que el Derecho es. Por ello, la res
pectiva caracterización de todos estos tipos de normas aparece como un requi
sito ineludible de la comprensión del concepto de Derecho.
Estas otras normas son las reglas del trato social y las normas morales.
En esta lección nos detendremos en el análisis de los rasgos propios de cada
uno de estos tipos de normas y de sus relaciones con el Derecho, habida
cuenta de que del hecho de que afirmemos su separación conceptual no
se debe derivar que entre estos tipos de normas y el Derecho no se establezcan
relaciones y conexiones. 1
1. LAS REGLAS DEL TRATO SOCIAL
Las conductas de los individuos están reguladas por diversos tipos de
normas. Entre esos tipos encontramos determinadas normas que se iden-
tifican con lo que conocemos como reglas de cortesía, de urbanidad e ¡nclusjy
de educación. Tales reglas, que a primera vista pueden parecer mucHo más
débiles que las normas jurídicas, también rigen efectivamente las acciones
de los sujetos.
R ecaséns las denomina «reglas del trato social» ', término que creemos
más adecuado que el de usos sociales. En efecto, los usos sociales, definidos
por Latorre como «prácticas generalmente admitidas en una comunidad o
en alguno de sus sectores» 1 2 *, pueden ser normativos o no normativos \ Así,
existen modos de comportamiento social, a través de los cuales se desarrolla
una efectiva función de control social, como la opinión públicay la enseñanza,
que no están basadas en normas, no pudiéndose predicar, por tanto, su carác
ter normativo. Por el contrario, existen otros usos que se identifican con
las normas jurídicas, las normas morales y las reglas del trato social, que
están basadas en normas, adquiriendo pleno sentido, por tanto, denominarlos
usos sociales normativos. Así, dado que, de un lado, pueden existir usos
sociales de distinto tipo y, de otro, el Derecho y la moral también se iden
tifican con usos sociales normativos, preferimos utilizar la expresión «reglas
del trato social». Como señala G. Peces-Barba, «la distinción que nos interesa
es la de los comportamientos regulados por la normatividad y no la de los
comportamientos regulares, derivados de la normalidad» 4 5 * * * * *. No obstante, dicha
distinción debe ser completada con otra, la que existe entre la práctica mera
mente fáctica y el uso normativo \ En efecto, la normalidad a la que se
acaba de aludir y que se identifica con los usos debe ser entendida como
un normalidad normativa y no una mera repetición de actos sin ningún tipo
de componente de obligatoriedad.
Es cierto que en muchas ocasiones las reglas del trato social se nos pre
sentan como una forma intermedia entre el Derecho y la moral, un conjunto
de normas a caballo entre ambas que comparten caracteres distintivos de
las mismas. Como señala R ecaséns, estamos ante «una extraña casta de nor
mas que presentan, ante todo, a primera vista, como dimensión común a todas
62 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
1 Vid. L. R ecaséns Sk i íes, TmUulo GeneraI de Filosofia del Derecho, México, Porrúa, 1986,
pp. 199 ss. Por su parte, R. Stammler habla de «reglas convencionales», vid. Tratado de Filosofia
deI Derecho y traducción de W. Roces, México, Editora Nacional, 1980, pp. 102 ss.
2 A. Latorre, introducción al Derecho, Barcelona, Ariel, 1988, p. 22.
' Señala L. Lkgaz Lac ambra: «En cuanto que el Derecho es fonna de vida social, puede decine
que consiste en usos, que es un sector de los usos sociales, dotado de normatividad jurídica», Filosofia
del Derecho, 4/' ed., Barcelona, Bosch, 1975, p. 479.
4 G. Peces-Barba, Introducción a la Filosofia del Derecho, Madrid, Debate, 1983, p. 131.
5 Vid. H. H enkel, Introducción a la Filosofia del Derecho, traducción de E. Gimbernat, Madrid,
Taurus, 1968, pp. 197-198, donde se propone el siguiente ejemplo: «Si el señor Xf un solterón algo
extravagante, no almuerza al mediodía, como es costumbre según la práctica general, sino a la hora
de la merienda, los vecinos tomarán nota, con extrañeza, de esta anormalidad, f>ero a ello no vincularán
ninguna tvacción ulterior. Pero si además omite responder al saludo de los vecinos y a las visitas de
cumplido que le hagan, entonces no sólo le alcanzará la desaprolmción general, sino también otra sensible
reacción, use” le hará el livacío'\ esto es: su propio comportamiento, discrepante del tradicional, le
excluirá socialmente.»
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 63
ellas, dos caracteres comunes: el no ser ni normas morales ni normas jurídicas,
aunque muchas veces se parezcan a las primeras y no pocas a las segundas.
Cabalmente, en esto radica la dificultad del problema que suscita el intento
de caracterización de tales reglas...» 6. Ello ha podido justificar el que en algún
momento se les haya negado sustantividad propia. Posiblemente una de las
posiciones más conocidas al respecto es la de G. R a d b r u c h , que señala la
imposibilidad de llevar a cabo una distinción conceptual entre el decoro social
(reglas del trato social) y las normas jurídicas o las morales. Para R a d b r u c h
la formas de decoro social constituyen la base de la que surgen como producto
de la evolución histórica, el Derecho y la moral: «El decoro social está respecto
al Derecho y la moral en una conexión histórica mejor que sistemática. Es
la protoforma común, en que todavía se contienen indistintos el Derecho y la
moral, el “estado de indiferencia del que se emancipan en direcciones distintas
las formas del Derecho y de la moral” (Georg Simmel). De esta manera, el
uso de la limosna se desarrolla, por un lado, en el deber moral de la misericordia,
y por otro, en la institución jurídica de la beneficencia. El destino del con
vencionalismo social es el de ser absorbido por el Derecho y la moral, luego
que él preparó e hizo posibles tanto el Derecho como la moral» 7 * * lo.
Hay que admitir que determinadas reglas del trato social han podido
dar origen a ciertas normas jurídicas e incluso morales. Ello es el lógico
resultado de que esos órdenes normativos son en definitiva productos cul
turales a través de los cuales se desarrollan procesos de socialización y que
actúan como pautas de comportamiento que los individuos asumen e inte
riorizan. Además, también es cierto que determinadas reglas del trato social
se encuentran en el origen de ciertas normas jurídicas, por ejemplo. Entre
las reglas del trato social y el Derecho hay conexiones que en determinadas
ocasiones son más densas y fluidas que en otras. Lo cual se observa en los
casos en los que se produce una juridificación de los usos o reglas del trato
social, de un lado, y una remisión del Derecho a aquéllas, de otro. No obs
tante, todo ello no impide ensayar una caracterización de las reglas del trato
social, de manera que podamos distinguirlas de las normas jurídicas, siendo
conscientes de que «el carácter difuso y heterogéneo de los usos hace difícil
f' L. R ecasfns Siches, Tratado General de Filosofia del Derecho, cít., p. 2(X).
7 G. Raodrucii, Filosofia del Derecho, traducción de J. Medina Echeverría, Madrid, Editorial
Revista de Derecho Privado, 1959, p. 66. H enkel critica esta posición al señalar: «... es correcto
que en las é/xrcas primitivas de las sociedades humanas los usos representan la preforma histórica del
Derecho; correcto es también que enne usos y Derecho existe un constante proceso de integración. Pero
lo que no es cierto es que el destino de los usos sea el de ser absorbidos fror el Derecho. Por una
parte, esta afirmación va demasiado lejos, pues sólo una parte del sector de los usos se tiene en cuenta
en la integración jurídica; por otra parte, se desconoce que, normalmente, con ello no se ve afectada
la ulterior existencia de la costumbre como tal, esto es: no se puede hablar de una absorción de los
usos, sino que más bien éstos siguen conservando su validez como usos, cumpliendo con ello su función,
absolutamente independiente, junto al Derecho», introducción a la Filosofia del Derecho, cit., p. 203.
establecer una noción precisa de ellos, de contornos bien delimitados, rigurosas
e inequívocos» 8.
Pero antes de continuar conviene aludir a una circunstancia que ha de
tenerse en cuenta a la hora de caracterizar a las reglas del trato social y
de establecer su diferenciación respecto a otras normas, especialmente las
jurídicas. Las reglas deí trato social no se diferencian de las normas jurídicas
por la materia regulada respectivamente. En efecto, no hay materias que
por definición sean exclusivas de uno u otro conjunto de normas. Lo que
en un momento histórico ha podido ser objeto de regulación por parte de
reglas del trato social en otro lo es por parte de normas jurídicas. En todo
caso, y con independencia de lo anterior, sí parece adecuado que deter
minadas cuestiones, por su nivel de complejidad o por su importancia para
un concreto modelo de organización social, sean reguladas por normas jurí
dicas, dada, por una parte, la estabilidad que dicha regulación confiere y,
por otra, la presencia del respaldo coactivo estatal tras la misma. Lo cual
puede ser puesto en relación con el hecho de que el progreso y la complejidad
de las sociedades humanas determina en muchas ocasiones la conversión
de antiguas reglas del trato social en normas jurídicas. Además, las reglas
del trato social tampoco difieren mucho de las normas jurídicas en lo que
se refiere a su estructuraformal. En efecto, ambos son imperativos hipotéticos
y se caracterizan por su exterioridad: regulan las conductas externas de los
individuos 9.
Pero aludiendo ya a la comprensión de las reglas del trato social, para
empezar podemos señalar su carácter heterónomo. Con independencia de
que el individuo pueda asumir como propios los comportamientos estable
cidos por ellas, tienen un origen extraño al destinatario de las mismas. Son
establecidas por alguien diferente al sujeto y el asentimiento de éste no con
diciona su existencia. Este rasgo asemeja a las reglas del trato social con
el Derecho y las distingue de las normas morales. En directa relación con
lo anterior hay que señalar también que, a diferencia de las normas jurídicas,
en las que el sujeto creador está bien identificado, las reglas del trato social
presentan grandes problemas en lo que se refiere al conocimiento exacto
de quién, en qué circunstancias, en qué momento, fueron producidas. Muchas
de ellas se difuminan en la historia y se confunden con tradiciones inme
moriales.
Por otra parte, el significado y sentido de las reglas del trato social es
incomprensible sin la referencia al grupo o contexto en el que están vigentes.
En efecto, sólo son obligatorias en el seno de ese grupo y no obligan más
allá del mismo. Así, su obligatoriedad está en función de coordenadas tem-
" A. E. Pérez Luño y otros, Teoria del Derecho, Madrid, Tecnos, 1997, p. 149.
’ Vid. F. González V icen, «Los usos sociales. Un ensayo de sociología descriptiva». Anuario
de Filosofia del Derecho, VIII, 1991, p. 488.
64 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 65
porales y geográficas, variando por tanto con el cambio de las mismas. Lo
que hoy en España puede ser considerado como una regla del trato social,
por ejemplo, una determinada manera de saludar, en otros contextos actual
mente y en otros momentos históricos incluso en nuestro país no fue enten
dida como tal.
Junto a lo anterior hay que subrayar también que las reglas del trato
social sólo exigen cumplimiento externo. Quiere decirse con ello que no exi
gen aceptación íntima e individual del contenido de las mismas. Al contrario,
se cumplen cuando el individuo ajusta su conducta al modelo establecido
en la regla. En este sentido se asemejan a las normas jurídicas y se distancian
de las normas morales. En efecto, las reglas del trato social pueden ser incum
plidas involuntariamente y dicho incumplimiento no tiene por qué generar
en el sujeto un sentimiento de culpabilidad o de remordimiento. No obstante,
G o n z á l e z V ic é n afirma que en este punto la similitud entre el Derecho
y las reglas del trato social no es total. Con independencia de la existencia
de convencimiento interno, el cumplimiento de las reglas del trato social
exige una apariencia externa de afabilidad, respeto, cordialidad: «¿quiere con
ello decirse que mientras que el Derecho es el ámbito de la exterioridad, los
usos sociales son el ámbito de la interioridad o intimidad individuales? De nin
guna manera. Lo que la obligación social demanda es la apariencia de un
ánimo propicio, no la existencia efectiva de este ánimo en el sujeto obligado;
lo que pide es la apariencia de afabilidad, respeto, benevolencia, no que estos
sentimientos se den realmente en el sujeto. El sentido de los usos sociales es
el de un orden de las apariencias que no descansa en sentimientos auténticos,
sino en la mostración de ellos» l0.
Por otra parte, como las normas jurídicas y las normas morales, las reglas
del trato social están acompañadas de sanciones. Existe una presión, que
puede ser más o menos difusa, en el seno del grupo social en favor de su
cumplimiento, y en el caso de que se produzca el incumplimiento, se genera
una reacción en contrario. Por tanto, hay que reconocer que aunque en este
caso existan diferencias con las sanciones jurídicas, que se caracterizan por
ser sanciones organizadas e institucionalizadas, las reglas del trato social tam
bién son normas reforzadas por sanciones que pueden consistir en el des
precio, en la creación de una mala imagen pública, en la marginación dentro
del grupo o incluso en la exclusión del mismo. La no institucionalización
de las sanciones propias de las reglas del trato social no es sinónimo necesario
de falta de gravedad o importancia. En muchas ocasiones pueden ser sentidas
como más fuertes por parte del individuo, al que le puede importar más
el reproche del que es objeto por parte del grupo en el que se integra que
una determinada sanción administrativa, por ejemplo. Como señala H e n k e l ,
«el acto de realización del Derecho (la sentencia, ¡a orden de pago y de ejecución,
F. G onzález V icén, «Los usos sociales. Un ensayo de sociología descriptiva», cit., p. 491.
por ejemplo) puede, bajo determinadas circunstancias, impresionar a un deudor
menos que el miedo a la desaprobación y a las otras reacciones de su contorno
inmediato o de un grupo estamental de cuya actitud amistosa depende el indi
viduo» Por ello, la mayor o menor gravedad que se otorga a las sanciones
derivadas del incumplimiento del Derecho o de las reglas del trato social
depende de las situaciones concretas individuales en que se encuentran los
sujetos y debe ser el resultado de una consideración caso por caso. Es difícil
establecer reglas generales en este punto. Por otra parte, el carácter no ins
titucionalizado de la sanción sería, precisamente, una de las semejanzas entre
reglas del trato social y normas morales.
Con independencia del valor de la caracterización anterior parece que
el criterio último y definitivo a la hora de establecer las diferencias entre
las reglas del trato social y las normas jurídicas es el de la pertenencia o
no al ordenamiento. Ya hemos visto que ambos tipos de normas no se pueden
diferenciar por su contenido y que, por tanto, determinadas conductas huma
nas pueden estar sometidas, incluso al mismo tiempo, a ambas normas. Por
tanto, habrá que recurrir a la inclusión o no de esas normas en un orde
namiento jurídico para saber si son normas jurídicas o si, por el contrario,
son reglas del trato social. Así, el criterio de la validez jurídica nos permite
identificar a las normas jurídicas respecto a las reglas del trato social. Y
en directa relación con lo anterior hay que señalar también que el Derecho
tiene una naturaleza sistemática que permite una autorregulación de los cri
terios de pertenencia, no compartida por las reglas del trato social.
66 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
2. DERECHO Y MORAL
El tema de las relaciones entre la Moral y el Derecho es una de las
cuestiones más vitales, importantes y complejas de la Teoría y Filosofía del
Derecho. Además, de ella dependen, o se ven afectadas, otras cuestiones
referentes al concepto de Derecho, a su aplicación, a las relaciones entre
legalidad y justicia o a la obediencia al Derecho.
Uno de los datos que avalan la exactitud de estos juicios es que a lo
largo de la historia de la reflexión sobre el Derecho ningún filósofo o teórico
del mismo ha dejado de enfrentarse a este asunto. Y lo mismo cabe decir
de la filosofía del Derecho contemporánea. Las teorías que esta reflexión
ha propiciado tienen diferente valor y significado, pero sirven de prueba
convincente acerca de la oportunidad de los planteamientos utilizados.
Existe una explicación sencilla del por qué de todo esto. La Moral y
el Derecho componen una parte sobresaliente del comportamiento humano.
Además comparten una serie de términos: deber, obligación, culpa, respon-
" H. H enkel, Introducción a la Filosofía del Derecho, cit., p. 211.
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 67
sabilidad, etc. El contenido del Derecho tiene una clara dependencia de la
moral social vigente, de la misma forma que toda moral social pretende
contar con el refuerzo coactivo del Derecho para así lograr eficacia social.
Las Constituciones suelenapelar a conceptos como justicia, libertad, dignidad
humana o derechos fundamentales, que tienen un fuerte componente ético.
Quizá esto no pueda ser de otra manera y de ahí que sea conveniente llamar
la atención para evitar la confusión entre la Moral y el Derecho.
Hoy los nombres de H. Kelsen, Alf Ross, G. Radbruch, H. L. A. Hart,
Lon L. F uller, R. D workin, J. Rawls o Norberto Bobbio van unidos a
interesantes polémicas l2 13, donde con frecuencia el asunto de fondo tiene que
ver con la cuestión de las relaciones entre la Moral y el Derecho. En muchas
de esas polémicas los asuntos planteados siguen abiertos porque, con uno
u otro ropaje, con mejores o peores utensilios de análisis, han trasladado
a nuestro tiempo preguntas eternas de la historia de la Filosofía del Derecho.
La tesis que aquí se mantiene es la de la necesaria distinción entre la
Moral y el Derecho, en ningún caso separación tajante, acompañada de una
serie de conexiones empíricas muy relevantes. Como ha señalado Gregorio
Peces-Barba: «La distinción entre Derecho y Moral no debe dificultar el esfuerzo
por constatar las conexiones entre ambas normatividades en la cultura moderna,
ni la lucha por la incorporación de criterios razonables de moralidad en el
Derecho, ni tampoco la crítica desde criterios de moralidad al Derecho válido» l\
En cambio, las tesis de la vinculación conceptual necesaria entre la Moral
y el Derecho me parece difícil de mantener. Aunque aquí no se tratará,
sí creemos que debe ser mencionada, ya que es objeto de revitalización y
desarrollo por importantes sectores de la actual Filosofía del Derecho.
a) La constitución moral de los seres humanos y el Derecho
En esta parte del tema señalaremos las dos tesis siguientes:
1. a Que la persona humana es estructuralmente moral.
2. a Que el Derecho, como consecuencia de la tesis anterior y de que
se trata de una obra humana, es estructuralmente moral.
¿Qué significa que los seres humanos son estructuralmente morales? No
pretendemos aquí ninguna descripción suficientemente completa de lo que
deba ser entendido por moral. Simplemente deseamos insistir en que la moral
tiene que ver no sólo con la perfección individual y con la vida buena y
virtuosa (ética privada), sino también con el bienestar, la justicia o la felicidad
En el trabajo de Francisco L aporta, «Ética y Derecho en el pensamiento contemporáneo»,
incluido en su libro Entre el Deivchoyla Moral, México, Editorial Fontaniara, 1993, se puede encontrar
una buena muestra y un buen tratamiento de estas polémicas.
13 Gregorio Peces-B arda, Introducción a la Filosofìa del Derecho, Madrid, Debate, 1983, p. 157.
68 GREGORIO PECES-BARBAÆUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
de los que nos rodean (ética pública). Es algo que atañe a todos los ser^S
humanos durante toda la vida y que tiene una importancia de primer grado
para su adecuado desenvolvimiento.
La vida humana es un quehacer moral, un conjunto de elecciones, pre
ferencias y formas de actuar que sirven para definirnos moralmente. De ahí
que sea muy adecuada la distinción que José Luis L ó p e z A r a n g u r e n esta
bleció entre tres perspectivas de la moral: la moral como estructura, la moral
como contenido y la moral como actitud. La moral como estructura, que
es la perspectiva que ahora nos interesan, significa que «el hombre, por inmoral
que sea en cuanto al contenido que su comportamiento pueda, en ocasiones,
ser, es estructuralmente moral en cuanto que, inexorablemente, le compete el
quehacer de su vida (incluida la forma, deficiente por donde quiera que se
le mire, de dejar que la hagan los demás). El hombre, personal y socialmente
considerado, es el actor, el agente y el autor de su vida; representa un papel
—o muchos— con el cual actúa sobre la realidad, siguiendo el hilo de su propia
invención» ,4.
En cuanto a la segunda tesis anteriormente expresada, que el Derecho
es estructuralmente moral, significa que todo ordenamiento jurídico repre
senta un punto de vista sobre la justicia y traduce, por medio de normas
jurídicas, una legitimidad, es decir, unos valores, que le sirven de justificación
e inspiración. Todo Derecho es legitimidad legalizada, es decir, una especie
de justicia con j minúscula que puede, siempre, ser objeto de valoración
moral desde la legitimidad Justa, con J mayúscula, es decir, desde unos prin
cipios ideales de justicia que actúan críticamente. Como ha indicado Elias
D ía z : «El Derecho aparece siempre... como realización de una cierta idea de
justicia, una u otra, la que sea, como materialización de un cierto sistema de
valores. Toda legalidad es, en este sentido, expresión de una determinada legi
timidad, lo mismo que, viceversa, toda legitimidad tiende a realizarse a través
de una concreta y efectiva legalidad» 14 l5.
Un aspecto básico del análisis de toda esta cuestión es que la idea de
la vida humana como quehacer moral, aunque se trate de una tarea fun-
14 José Luis L ó pez A ranguren , Ética de la felicidad y otros lenguajes, Madrid, Tecnos, 1988,
p. 106.
Sobre estos puntos ver el Capítulo V, «Sobre la Ética y su justificación», del libro de Eusebio
F ern án dez Estudios de Ética jurídica, Madrid, Debate, 1990, pp. 99 ss.
La cuestión de la moral como estructura es un tema recurrente en la producción intelectual
de A ranguren desde su Ética, publicada en 1958. Allí le dedica el Capítulo VII de la primera
parte, que lleva por título «La realidad constitutivamente moral del hombre: moral como estructura».
También allí deja constancia de las influencias, en este asunto, de las ideas antropológicas de Xavier
Zubiri y de la filosofía de J. Ortega y Gasset. Ver sobre este punto el Capítulo IV del libro de
Cristina H erm ida d el L lano J. L. L. Aranguren. Estudio sobre su vida, obra y pensamiento, Madrid,
Universidad Carlos III de Madrid y Dykinson, 1997, pp. 189 ss.
15 Elias D ía z , Sociología y Filosofía del Derecho, Madrid, Taurus, 1980, p. 52.
Ver también el Capítulo 1, «Ética, Política y Derecho. ¿El Derecho positivo debe basarse en
una Ética?», del libro de Eusebio F ernández Filosofía Política y Derecho, Madrid, Marcial Pons,
1995, pp. 23 y 24.
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 69
damentalmente personal e individual, ello no significa que agote aquí su
proyección. Se trata de una tarea compartida con otros sujetos morales, cada
uno de ellos agente de otros tantos quehaceres. Es aquí donde entra en
juego el Derecho como mecanismo social que posibilita, con una eficacia
especial que le otorga ser la organización e institucionalización de la coacción,
la paz social, la estabilidad y la convivencia humana.
La vida como quehacer moral, por tanto, trasciende la pura individualidad
y se proyecta socialmente. Modelamos nuestra vida en convivencia con los
otros; de ahí surgen las normas de organización social en general y gran
parte de los deberes morales y los deberes jurídicos en particular ,6.
De ahí también que se deba tener en cuenta que aunque el mundo de
los valores es el mundo de la pluralidad de sistemas de valores, éstos deben
coexistir en el marco del reconocimiento de un conjunto básico de intereses,
necesidades y derechos comunes. El pluralismo de concepciones ideológicas,
culturales y axiológicas tiene que convivir con la idea de una humanidad
común. Éste es un importante reto de la época contemporánea. Como ha
señalado A. R e n a u t : «El hombre democrático no está, por tanto, condenado
en absoluto a vivir sin valores susceptibles de ser compartidos y capaces de
imponer a la afirmación de sí mismo un principio de limitación» l7.
b) Moral y Derecho. Modelos de relación
El tratamiento de las relaciones entre la Moral y el Derecho se puede
llevar a cabo, a nuestro juicio, por medio de tres modelos generales: A) con
fusión; B) separación tajante, y C) distinciones y conexiones.
A) En este primer modelo se confunden los contenidos de la Moral
y el Derecho. Al mismo tiempo se da una subordinación totaldel Derecho
a la Moral: ni lógica ni prácticamente cabe la posibilidad de encontrar normas
jurídicas inmorales.
Tradicionalmente se suele expresar esta postura a través de la idea de
dos círculos concéntricos. La moral sería el círculo exterior y el Derecho
el círculo interior. El Derecho es una parte de la moral, puesto que las normas
jurídicas se refieren a las exigencias necesarias e imprescindibles para la con
Es interesante la lectura del reciente libro de Alain R en aut, El futuro de la Ética, traducción
de José L. Gil Aristu, Barcelona, Galaxia Gutenbcrg-Círculo de Lectores, 1998. Una de sus apor
taciones es el intento de compatibilizar los valores de la individualidad, es decir, la autonomía moral,
con la idea universal de humanidad: «puesto que somos modernos y puesto que el cielo de las ideas
está vacío, necesitamos inventar nuestros valores, y a no ser que imaginemos una especie de intuición
de las verdades morales, no podremos esperar encontrarlas ya de aquí en adelante partiendo cada uno
de sí, sino únicamente en esta confrontación entre argumentaciones que obliga a cada cual a situarse
en el punto de vista de todos los demás y produce de ese modo una especie de práctica efectiva del
imperativo categórico» (p. 110).
17 Obra y edición citada, p. 91.
70 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
vivencia humana y por ello precisan de coactividad en su cumplimiento. Sis?’
embargo, aunque hay normas morales que no se transforman en normas
jurídicas, todas las normas jurídicas son normas a las que se debe dar por
presupuesta su moralidad.
Ésta es la postura realizada por aquellos ordenamientos jurídicos inspi
rados en planteamientos fundamentalistas e integristas, tanto religiosos como
políticos, o en los Estados confesionales. También es posible encontrar ejem
plos de ella en la historia de las teorías iusnaturalistas. La dependencia del
Derecho en relación con una moral absoluta y excluyente es su rasgo más
notable. No solo los contenidos del Derecho dependen de los contenidos de
esa moral cerrada que se predica universal e inmutable, sino que todo ello
se acompaña con una tendencia obsesiva a convertir lo calificado como inmoral
en ilegal, traspasando también los límites de la moral personal o privada.
B) La tesis radicalmente contraria a la anterior es la de la separación
tajante entre la Moral y el Derecho. Los criterios de moralidad e inmoralidad
de una conducta son totalmente independientes de los criterios de legalidad
e ¡legalidad de la misma.
Este modelo encuentra su mejor expresión en el positivismo jurídico más
radical, por ejemplo: se trata de la tesis mantenida por Hans K e l s e n . La
postura de H. K elsen de separación e independencia total entre la Moral
y el Derecho es consecuencia de dos tesis filosóficas que en su obra son deter
minantes: en primer lugar, la tesis de filosofía moral, que considera relativos
todos los valores morales y de justicia, es decir, la tesis fuerte del relativismo
moral, y en segundo lugar, su concepción de la racionalidad y de la ciencia
jurídica, plasmada en su intento de elaborar una teoría pura del Derecho.
Así, cuando H. K elsen se refiere a la tesis de la separación entre Moral
y Derecho en Teoría pura del Derecho escribe:
«La exigencia, formulada presuponiendo una doctrina relativista de los valo
res, de separar Derecho y moral y también Derecho y justicia, sólo significa
que cuando se evalúa un orden jurídico como moral o inmoral, justo o injusto,
expresando así ¡a relación del orden jurídico con uno de los muchos sistemas
morales posibles y no con “la ” moral, sólo efectúa un juicio de valor relativo,
no absoluto, y expresa que la validez de un orden jurídico positivo es inde
pendiente de su correspondencia, o de su falta de correspondencia, con cierto
sistema moral...
La función de la ciencia jurídica de ninguna manera radica en valoraciones
y evaluaciones, sino en una descripción axiológicamente neutral de su obje
tivo» l8.
Is H. K rlsen, Teoría pura del Derecho, traducción de Roberto J. Vernengo, Universidad Nacional
Autónoma de México, 1979, pp. 79, 80 y 81. Para una descripción más extensa y una crítica de
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 71
Parece que la idea kelseniana de que la validez de las normas jurídicas
positivas no depende de su correspondencia con el orden moral (que no
es más que uno de los existentes) ayuda a un análisis clarificador de las
necesarias distinciones existentes entre la Moral y el Derecho, pero olvida
la existencia, también, de puntos de contacto, entre ellos el de que el orde
namiento jurídico siempre traduce valores y concepciones morales vigentes
o aceptados socialmente con carácter predominante. Creemos, en todo caso,
que se impone una revisión crítica de esta postura kelseniana y de los pre
supuestos filosóficos que la inspiran.
C) El tercer modelo es propio de la modernidad occidental e ilustrada.
Sugiere la existencia de distinciones importantes entre la Moral y el Derecho
al mismo tiempo que no pasa por alto conexiones igualmente fundamentales.
Aunque la convivencia entre Moral y Derecho no esté exenta de tensiones,
pueden ser complementarios como órdenes de comportamiento humano.
La génesis histórica de esta postura está más o menos clara: el intento
de solucionar las guerras de religión, la reivindicación de la tolerancia y la
libertad religiosa. Más tarde, con el triunfo de las convicciones ilustradas
y liberales, se considerará que una sociedad plural precisa, para su realización
y mantenimiento, tener claras las fronteras entre la Moral y el Derecho.
Dentro de esta postura se señala que hay un campo común a la Moral y
al Derecho y es el que tiene que ver con las exigencias necesarias para una
convivencia social estable y suficientemente justa. Un Derecho que se pre
tenda correcto ha de incluir, por tanto, en grado aceptable, unos mínimos
éticos. Pero además hay un campo de la moral que, a pesar de su excelencia,
no tiene como objetivo transformarse en normas jurídicas. Y también un
ámbito dentro del Derecho que puede ser indiferente desde el punto de
vista moral.
Esta postura, consistente en la existencia, conjuntamente, de distinciones
y conexiones entre la Moral y el Derecho es la que aquí se mantiene. Quizá
sea la única compatible con los valores del pluralismo, las libertades de creen
cias, pensamiento y de expresión y con los principios que inspiran la tradición
liberal democrática y el Estado de Derecho.
c) Moral y Derecho como formas de comportamiento humano. Distinciones
y conexiones
La Moral hace siempre y predominantemente referencia a un conjunto
de valores, principios, deberes y obligaciones que sirven de guía para la con
ducta humana. Suele expresarse a través de normas de actuación, y como
esta postura de H. K elsen puede consultarse el Capítulo 11 del libro de Eusebio F ernández Teoría
de la Justicia y Derechos Humanos, Madrid, Debate, 1984, pp. 50 ss.
tales, y a través de hábitos de comportamiento, configuran una manera (Çp
ser o el carácter de las personas. Ese carácter o talante moral de las personas
expresa las señas de identidad de lo que tenemos como más personal e íntimo,
pues es el reflejo de la conciencia individual. Si nos detenemos un poco
en nuestro análisis del comportamiento humano podemos tomar nota de
que ese conjunto de valores y normas que rigen la conducta moral, debido
a su particular importancia, ya que hace entrar en juego a lo más personal
que tenemos, la conciencia individual, necesariamente ha de relacionarse
con otras normas y formas de organizar el comportamiento y la convivencia
de los seres humanos. Unas veces coincidirá, hasta confundirse y ocultar
sus diferencias, con los valores y normas religiosas, usos sociales y costumbres
y normas jurídicas. No puede ser de otra manera, porque las normas que
rigen el comportamiento humano son un conjunto de guías para la acción
que se encuentran siempre interrelacionadas.Así, la historia del Derecho
en la historia de todas las sociedades nos permite comprobar estas conexiones
continuas entre los ámbitos religiosos, social, moral y jurídico, hasta el punto
de señalar que el contenido de las normas jurídicas es un producto, aunque
no estático ni mecánico, de todo ello.
Sin embargo, también puede ocurrir que los contenidos de los distintos
tipos de normas no coincidan, en mayor o menor grado, y hasta se encuentren
radicalmente enfrentados. Por ejemplo: que lo permitido por el Derecho
esté prohibido por un determinado tipo de creencias y normas morales y
religiosas. O que los deberes jurídicos sean incompatibles con los deberes
morales, hasta el punto de que debamos elegir, sin otra salida posible, entre
seguir los dictados de nuestra conciencia y la sanción penal, o traicionar
a nuestra conciencia y no ser sancionados. Los conflictos entre normas reli
giosas, morales y jurídicas son mayores en las sociedades libres y abiertas
que en las sociedades más tradicionales y conservadoras. Las sociedades cul
turalmente homogéneas son menos conflictivas, desde este punto de vista,
que las sociedades plurales. Son los riesgos que hay que correr y los incon
venientes que hay que sufrir por la valoración positiva de la tolerancia y
las libertades de conciencia, pensamiento y expresión. Por ello, no es extraño
que los progresos en el reconocimiento y garantía de las libertades y derechos
humanos hayan sido acompañados de una progresiva desconexión en los con
tenidos, entre los valores y normas religiosas y morales de grupos sociales
hasta ese momento preponderantes, y hasta excluyentes, y las normas jurí
dicas, que necesariamente deben tener vocación de servir al interés general.
Ésta es la más influyente razón de que muchos de los problemas sociales
contemporáneos que comprometen las formas de vida y las creencias de
mucha gente se hayan convertido en casos prácticos de esa heterogénea,
plural y conflictiva relación entre los ámbitos religiosos, moral y jurídico.
Ahí se deben situar asuntos que reclaman soluciones acuciantes y rápidas,
pero que deben ser discutidas y tomadas con prudencia, en torno, por ejem-
72 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 73
pio, a la eutanasia, al aborto, al tratamiento de las parejas de hecho, a los
controles ecologistas al desarrollo económico o a la respuesta del ordena
miento jurídico a la desobediencia moral al Derecho. Son sólo un ejemplo
de algunas de las cuestiones fronterizas entre la Moral y el Derecho que
preocupan a los ciudadanos responsables y son un reto a las capacidades
y sensibilidades del legislador.
Buscar y encontrar salidas adecuadas, desde el punto de vista moral y
jurídico, a estos conflictos no es tarea fácil; mucho más difícil aún si deseamos
permanecer fíeles a los valores de una sociedad democrática, respetuosa del
Estado de Derecho y de los derechos individuales. Las respuestas, induda
blemente, deben estar bien argumentadas y justificadas moralmente, pero
quizá no esté de más partir de la idea de que la solución total y definitiva,
que integre las mejores perspectivas morales y jurídicas, sin ningún resquicio
ni incompatibilidad, en una constante armonía, es extremadamente rara. En
ese sentido es muy provechoso, también moralmente, pero, sobre todo, a
la hora de la elaboración de las normas jurídicas, tomar en serio la siguiente
advertencia de un filósofo contemporáneo recientemente fallecido:
«La idea de que tiene que haber respuestas últimas y objetivas para las cues
tiones normativas; verdades que pueden demostrarse o intuirse directamente;
que es posible en principio descubrir una estructura armónica en la que sean
compatibles todos los valores; que hacia esta única meta es hacia la que tenemos
que dirigimos, y que nosotros podemos descubrir un único principio fundamental
que configura toda esta concepción y que, una vez encontrado, éste regirá nues
tras vidas; toda esa vieja y casi universal creencia, sobre ¡a que se basan tanto
pensamiento y acción tradicionales y tanta doctrina filosófica, a mí —concluye
I. Berlín— me parece que no es válida y que a veces ha conducido (y todavía
sigue conduciendo) al absurdo, en teoría, y a consecuencias bárbaras, en la
práctica» l9.
Sea cual sea nuestra posible y previa postura al respecto, entendemos
que puede ayudarnos mucho en su consolidación, o en su revisión, el análisis
de las conexiones y distinciones entre la Moral y el Derecho, entendido como
un desarrollo de la tercera postura antes anunciada.
c. 1 ) Distinciones entre el Derecho y la Moral
La historia del Derecho y de la reflexión filosófica en torno al Derecho
nos presenta un conjunto de posturas, indicadas ya anteriormente, que han
ido desde la confusión entre las normas jurídicas y otros tipos de norma-
tividad, hasta la tesis que pretende una total y tajante separación entre Dere- 14
14 Isaiah B er lin , Cuatro ensayos sobre la libertad, versión española de Belén Urrutia, Julio Bayón
y Natalia Rodríguez Salmones, Madrid, Alianza Editorial, 1988, p. 58.
cho y Moral. Entre estas posturas extremas se encuentra, en distintos momen
tos históricos y en diferentes niveles y grados, la tesis de la distinción entre
Derecho y Moral, que normalmente se centra en relación con la estructura,
formas de eficacia y vigencia y fines de ambos órdenes de comportamiento
comparados.
Sin embargo, hay que esperar hasta muy avanzado el mundo moderno
para encontramos en la historia de la cultura occidental una delimitación
suficientemente clara y ámbitos diferenciados entre el Derecho y la Moral.
A la distinción entre Iglesia y Estado y Ética y Política se añadirá la de
estos dos órdenes de comportamiento. Y como ellas, es el resultado de un
determinado contexto histórico y cultural y del intento de responder a nuevas
necesidades, intereses y valores también históricos.
En ese sentido es en el que Elias D íaz ha señalado que:
«Fue fundamentalmente la escuela racionalista de Derecho natural, en el
siglo XVIII, quien, bajo la preocupación primordial de la defensa de la libertad
religiosa, insistió en la necesidad de diferenciar, e incluso separar, la órbita de
lo jurídico y la órbita de lo moral, ésta intangible para el Derecho y en la cual
se alojaría íntegra la libertad religiosa» 20.
Del pensamiento de esa época va a ser sobre todo Kant el autor que
desarrolló unos criterios de distinción (en su obra Metafísica de las Costum
bres, 1797), que actualmente reelaborados y modificados darían el siguiente
resultado, que aquí se toma de la obra de Elias D íaz Sociología y Filosofía
del Derecho21.
74 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
1. Distinción por razón del objeto: los actos interiorizados y los límites
de lo jurídico
Parte del criterio kantiano de situar a la Moral preferentemente en el
campo de las acciones y deberes internos y al Derecho en el de las acciones
y deberes externos (lo cual no significaría que la calificación jurídica de una
conducta prescinda siempre de las intenciones, ni que la moral se desinterese
por los resultados externos).
La modificación actual objetaría que se pueda mantener una distinción
tajante entre acciones internas y externas. Pues «hay actos que, en efecto,
no trascienden al exterior, no se manifiestan externamente; son actos intemos,
de pensamiento, intención, etc., exclusivamente. Pero no hay actos puramente
extemos: todo acto humano posee una vertiente interior, una zona de inten
cionalidad, de reflexión, de decisión. En atención a ello, se propone diferenciar
hoy, con terminología bastante generalizada, entre actos interiorizados (que no
s ’ Elias D(az, Sociología y Filosofìa del Derecho, 2.a ed., Madrid, Taurus, 1980, p. 17.
21 Ob. eit., pp. 18 ss.
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 75
se exteriorizan) y actos exteriorizados (que no niegan su dimensión intema).
De este modo, el Derecho se referiría solamente alos actos exteriorizados y
en tanto en cuanto que se exteriorizan, aunque apreciando y valorando debi
damente su carga intema cuando sea necesario22 La moral, en cambio, inter
vendría tanto en los actos interiorizados como en los exteriorizados».
2. Criterio del fin
En su versión tradicional diría que el Derecho persigue exclusivamente
fines sociales temporales como el bienestar, la justicia o la seguridad, y todo
ello utilizando el criterio de la generalidad. En cambio la moral tiene como
fin los objetivos que tienen que ver con la perfección personal e individual.
La reelaboración actual de este criterio niega que los fines sociales com
prendan exclusivamente al Derecho y los fines individuales a la Moral. Pues,
«resulta extremadamente difícil —indica Elias D íaz— poder distinguir con sufi
ciente rigor y claridad qué actos o normas se dirigen a un fin y cuáles a otro;
habría, en verdad zonas indiscutidas, pero en la mayor parte de los supuestos
el criterio del fin se revelaría como insatisfactorio. Por otro lado, no puede decirse
que la ética sea algo sólo personal, entendido como individual (la ética es “tam
bién” social), ni que se desinteresa de los fines temporales e inmediatos del
hombre. A su vez, el Derecho toma asimismo bajo su control y orientación
acciones que difícilmente podrían disociarse de los fines últimos, más personales
y fundamentales para el hombre» 23.
3. Autonomía de la Moral, heteronomía del Derecho
Según este criterio la Moral es autónoma, porque no es producto de
ninguna voluntad exterior al sujeto, sino del propio sujeto obligado por la
norma moral (imperativo categórico de la conciencia, en el sentido kantiano).
Por el contrario, el Derecho es heterónomo, pues procede de una voluntad
exterior (decisión de la autoridad investida de poder coactivo) y diferente
del destinatario de dicha norma jurídica. La revisión contemporánea de este
criterio de distinción nos recordaría, por lo que se refiere a la autonomía
moral, que aun en el caso de admitir que la Moral en última instancia es
~ Piénsese, por ejemplo, en el Derecho penal, en la distinción entre delitos dolosos o inten
cionados y delitos culposos, cometidos por imprudencia o negligencia. O en las circunstancias men
tales que pueden eximir o modificar (atenuando o agravando) la responsabilidad criminal. Piénsese
también en el ámbito del Derecho civil, cuando se protege la buena fe, cuando se valora en la
interpretación de los contratos la intención de los contratantes (art. 1.281 del Código Civil) o los
elementos que afectan a la dimensión interna de la conducta en los vicios del consentimiento en
los contratos (art. 1.265 del Código Civil). La cita de Elias D íaz es de la obra y edición citadas
en la nota 20, p. 19.
Obra y edición citada, p. 22.
76 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
el reflejo de la conciencia moral autónoma, libre e individual, ello no esv
totalmente incompatible con tener en cuenta que su formación y confor
mación es social. Según esto, el hablar exclusivamente de autonomía moral
es «una ilusión engañosa», pues «la ética es siempre una intemalización de
valores o normas sociales. Lo que creemos creer y lo que estimamos como
bueno y justo no proviene en última instancia de nosotros mismos, de nuestro
interior, de nuestra conciencia, sino de la “sociedad”, del grupo, clase social,
etc., a que pertenecemos» 24.
Esta objeción es interesante de tomar en consideración siempre y cuando
no reduzcamos la moral a un fenómeno exclusivamente social. Nuestros valo
res, creencias y normas morales son producto tanto de la sociedad en la
que desarrollamos nuestras vidas como del resultado de su aceptación o falta
de aceptación crítica por parte de la conciencia moral, que es siempre un
elemento personal e individual. Si evitamos los reduccionismos exclusivistas
de uno u otro signo, es cuando podemos compatibilizar la idea, indiscutible,
de autonomía moral con la de su configuración social2S.
En cuanto a la tesis de la heteronomía del Derecho, se mantiene actual
mente la ¡dea de que la validez y vigencia del Derecho no requieren la acep
tación de su destinatario, es decir, del jurídicamente obligado. Sin embargo,
existen hoy mecanismos políticos y jurídicos que debilitan la tesis de la hete
ronomía del Derecho y se dirigen hacia la de una mayor autonomía: «la
real participación de los ciudadanos, destinatarios de las normas, en el proceso
de creación del Derecho. Participación-aceptación serían así términos no siempre
absolutamente coincidentes, pero dotados de un alto índice de correlatividad.
Como es bien sabido, el problema y, a la vez, el objetivo central de la democracia
en nuestro tiempo radica precisamente en el intento de autentificar, perfeccionar
al máximo las vías de esa participación real en la toma de decisiones» 26.
4. Distinción por el cumplimiento: legalidad y moralidad
Según el criterio kantiano, el Derecho queda cumplido satisfactoriamente
por la legalidad, es decir, la obediencia externa a la norma, aunque inte
riormente, en conciencia, se disienta de ella. Sin embargo, el cumplimiento
de las normas morales exige moralidad, es decir, adhesión interna, intención
u obrar por estímulo del deber moral.
Obra y edición citada, p. 24.
25 Se ha intentado mantener y argumentar a favor de esta idea en el Capítulo V, «Sobre la
ética y su justificación», apartado 1, «Acerca de las obligaciones morales», del libro de Eusebio
F ern án dez, E studios d e ética jurídica, Madrid, Debate, 1990, pp. 99 ss.
Allí se señala que ría m ora l es originaría y m ateria lm ente social, pero es fu n dam en ta lm en te person al
o autónom a». Ver laspp. 101, 102 y 103.
* Obra y edición citada, p. 24.
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 77
La revisión contemporánea de este criterio mantendría que el Derecho
se vea cumplido externamente sin exigir la adhesión interior, de conciencia,
o moral a sus normas. La intencionalidad solamente juega un papel jurídico
en los supuestos de incumplimiento de sus normas. Sin embargo, se tiene
la convicción de que si pensamos en la eficacia de las normas jurídicas, en
su propia validez y en la justicia de ellas, condiciones esenciales para que
el Derecho cumpla con sus fines sociales, el criterio no es satisfactorio. Las
razones estriban en que «también en el Derecho lo deseable es lograr esa adhe
sión interior a la norma, disminuyéndose así las posibilidades de incumplimien
to... Una vez más la participación general, libre y democrática en la legislación
y la orientación de ésta hacia los reales intereses comunes parecen ser el mejor
camino para lograr rectamente esa adhesión interior, que es, sin duda, garantía
importantísima para el cumplimiento del Derecho» * 21.
5. El Derecho como organización e institucionalización de la coacción
Aquí se encontraría el criterio básico diferenciador entre la Moral y el
Derecho. La coacción o posibilidad de coacción es una dimensión esencial
del Derecho. En ningún caso es una dimensión de la moral. El Derecho
puede ser impuesto coactivamente; las normas morales, en cambio, exigen
como requisitos imprescindibles de su cumplimiento conductas libremente
aceptadas y libremente realizadas. Ello no quiere decir que las normas mora
les no cuenten también con sanciones o que estén desprovistas de algún
tipo de coactividad o presión para su cumplimiento. Lo que pretende resaltar
este criterio de distinción es que las sanciones, presiones y coacciones son
de muy diferente tipo. El Derecho se basa, en último término, en la posi
bilidad de imponer una determinada conducta, aunque sea utilizando la fuer
za física. Entre los mecanismos de presión de la moral, para lograr el cum
plimiento de sus normas, no se encuentra la fuerza física. Por tanto, «lo
que caracteriza al Derecho y sirve para diferenciarlo de la ética, es, puede decirse,
la existencia de un aparato coactivo organizado, capaz de garantizar el cum
plimiento de las normasy, cuando ya no resulte posible, capaz de imponer
sanciones al infractor de las mismas. Se logra así como resultado la institu
cionalización jurídica de la coacción, la coacción organizada, que es el rasgo
típico del Derecho» 28.
Hay una advertencia de Elias D ía z en relación con este criterio, el más
definitivo, de distinción entre la Moral y el Derecho, que me parece impor
tante y serviría a modo de conclusión de todo este apartado y a modo, además,
de lanzamiento de una llamada de atención también de la necesaria vin
culación que debe primar entre una y otro. Dice así: «Afirmar la dimensión
27 Obra y edición citada, p. 25.
21 Obra y edición citada, pp. 27 y 28.
78 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
coactiva del Derecho no significa rebajar el Derecho al nivel de la simple fuerza?
física. A l contrario, significa dignificar el necesario uso de la fuerza, de la coac
ción, haciéndola legítima, justa, poniéndose ella y el Derecho al servicio de
fines humanos como la libertad, la paz, la justicia, la igualdad y el bienestar
de todos los hombres» 29.
Finalmente, otros criterios de distinción entre la Moral y el Derecho que
suelen citarse son el del diferente sentido que tiene la vigencia de las normas
jurídicas y las normas morales. Mientras las normas jurídicas son promulgadas
en un determinado tiempo y una determinada sociedad y entran en vigor
y se derogan un determinado día, esa precisión temporal no tiene sentido
referida a las normas morales.
Tampoco la ¡dea de eficacia de las normas funciona de la misma manera,
pues «una norma jurídica que es violada por casi todo el mundo es ineficaz
y puede ser dejada de lado. En cambio, las reglas morales siguen teniendo vigen
cia aun cuando, en general, no sean respetadas» 30.
Además, otra distinción se refiere al diferente campo de actuación de
la Moral y el Derecho: «La moral tiene un campo de actuación más amplio
que el del Derecho. No sólo contempla los comportamientos interindividuales
y las relaciones sociales, sino también el comportamiento estrictamente indi
vidual. El Derecho no regula la totalidad de las relaciones sociales contempladas
por la Moral, sino solamente alguna o algunas de ellas, cuya ordenación se
considera como necesaria desde el punto de vista de la convivencia pacífica» 31.
C.2) Las conexiones entre la Moral y el Derecho
Se trata ahora de mostrar una serie de ejemplos que manifiestan la exis
tencia de puntos de contacto empíricos entre la Moral y el Derecho y que
tienen un alto grado de frecuencia. Sin embargo, esta idea no debe ser con
fundida con la tesis de la existencia de una vinculación conceptual necesaria
entre la Moral y el Derecho, que convertiría ciertos contenidos y elementos
de la Moral en requisitos imprescindibles para que a una norma o conjunto
de normas se le pudiera aplicar el calificativo de jurídica32. * 11
Obra y edición citada, p. 30
*" G. Pa tzio , «Moral y Derecho», en Ética sin metafisica, traducción de Ernesto Garzón Valdés,
Buenos Aires, Alfa, 1975, pp. 15 y 16.
11 Luis D ie z -P icazo , Experiencias jurídicas y teoría del Derecho, Barcelona, Ariel, 1973, pp. 51
7 52.^
“ Sobre este punto, que a pesar de su importancia en la actual Filosofía del Derecho no podemos
aquí tratar, pueden consultarse los libros Derecho y Moral. Ensayos sobre un debate contemporáneo,
Rodolfo Vázquez (compilador), Barcelona, Gedisa, 1998, y Aspectos morales de la teoría jurídica.
Ensayos sobre la ley, la justicia y la responsabilidad política, de David L yons, traducción de Stella
Álvarez, Barcelona, Gedisa, 1998.
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 79
Lo que aquí se intenta llevar a cabo es una descripción de un número
de hechos que reproducen estos contactos y que nos ayudan a rechazar aque
llas tesis que defienden una separación tajante entre Moral y Derecho. Por
tanto, al estudiar el fenómeno “Derecho” en una sociedad surgen cuestiones
que tienen que ver con la Moral. Estas cuestiones no son solamente aquellas
que nos permiten calificar o evaluar moralmente las normas jurídicas, sino
también las derivadas de la comprensión y del análisis del Derecho. Son
cuestiones que afectan a la creación, aplicación, funcionamiento y mante
nimiento de las normas jurídicas.
Veámoslas:
1.a La Moral (la moral social vigente o moral positiva y la moral crítica)
influye en el contenido del Derecho de todas las sociedades, a través tanto del
proceso de creación como en el de la interpretación de las normas jurídicas.
En el primer caso, el de la creación del Derecho, parece lógico que el
papel desempeñado por la moral social vigente, y dentro de ella la de los
grupos sociales dominantes políticamente, tiene una fuerza mayor que la
de la moral crítica en ese momento creativo (cuyo papel es más fácil de
ver en la tarea de interpretación de las normas jurídicas). Los valores y normas
morales vigentes y predominantes en una sociedad y en un momento histórico
concreto son los llamados a plasmarse y a ser recogidos por el Derecho.
No está de más llamar la atención en torno al hecho de que dentro de la
moral social vigente se albergan con frecuencia también intereses sociales,
parciales y no generales, que se envuelven bajo la fachada de teorías e ideo
logías más o menos objetivas o neutras, simples prejuicios y hasta convicciones
integristas y fanáticas. De ahí la necesidad de estimular la existencia de mora
les críticas e ¡lustradas. El continuo diálogo entre uno y otro tipo de moral
es un acicate para el progreso moral de los individuos y las sociedades.
En resumen, como David L y o n s ha señalado: «Nadie pone en duda que
las opiniones morales influyen sobre el Derecho. Las normas que rigen la con
ducta sexual, el uso de drogas, la propiedad, los contratos y una gran cantidad
de otros temas han sido inspirados, al menos hasta cierto punto, por ideas de
justicia moral y responsabilidad. Las leyes corresponden al Código de valores
en uso por aquellos que tienen capacidad para influir en su desarrollo. El Dere
cho, a su vez, repercute en las actitudes morales. Su cumplimiento, por ejemplo,
tiende a reforzar los valores que reflejan» 33.
En segundo lugar, también en el ámbito de la interpretación de las normas
jurídicas la argumentación moral puede servir de buen complemento a las
“necesidades” de la argumentación jurídica.
Daniel L yons, Ética y Derecha, traducción de Monserrat Serra Ramoneda, Barcelona, Ariel,
1986, p. 71.
80 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
La interpretación de las normas jurídicas desde y en conformidad coiv
la Constitución suele poner en evidencia que si, «la Constitución incorpora
siempre determinadas opciones políticas y sociales profundas... Todo ello lleva
a que el proceso aplicativo del Derecho, lejos de poder entenderse como una
operación mecánica, pase a ser algo necesaria y rigurosamente axiológico», según
ha indicado Eduardo G a r c ía d e E n t e r r ía 34.
Una adecuada toma de postura sobre la interpretación que ha de darse
a los valores superiores que son propugnados por la Constitución española
en su art. 1.1 o el contenido del apartado 1 del art. 10, el papel que ocupan
los principios en la tarea de establecer una aplicación correcta de las normas
del ordenamiento jurídico o cómo solucionar casos difíciles de colisión de
derechos, son algunos de los ejemplos pertinentes al respecto35.
2.a El Derecho como opción moral.
Este punto de contacto entre la Moral y el Derecho revela que la mera
existencia del Derecho es un hecho que tiene consecuencias y repercusiones
morales.
Por un lado, habría que admitir que el ordenamiento jurídico está ins
pirado, generalmente, en ciertos valores, como la seguridad, la libertad, la
autonomía, la igualdad, el bien común, la justicia, etc., y al mismo tiempo
se convierte en un vehículo social que tiene a esos valores como fines y
objetivos. Ello significa que el funcionamiento del Derecho en una sociedad
produce unaserie de fenómenos que no son neutrales moralmente. Incluso
el Derecho puede estimular u obstaculizar, según sean sus contenidos, el
libre desarrollo moral de los individuos y grupos sociales.
Pero además habría que tener en cuenta que, sin llegar el Derecho a
acometer esos generosos objetivos, generalmente los ordenamientos jurídicos
de por sí realizan unos mínimos morales muy valorados y reconocidos social
mente, hasta el punto que cabría plantearse si es adecuado denominar Dere
cho a un conjunto de normas que no los incluyan.
Ése creemos que es el caso de las tesis de dos eminentes teóricos del
Derecho: H. L. A. H art y Lon L. Fuller. En el primer caso nos referimos
a la tesis del contenido mínimo del Derecho natural, desarrollada por aquel
autor en su obra El concepto de Derecho. Esa teoría contiene una serie de
normas básicas de convivencia que resultan comunes a la Moral y al Derecho.
Establecido que la meta de toda sociedad es la supervivencia, se trata de
deducir ciertas normas necesarias a partir del descubrimiento de un número •
•u Eduardo G a r c Ia d e E n terrIa y Aurelio M en én dez M en én d ez , «El Derecho, la Ley y el
Juez. Dos estudios», Cuadernos Civitas, Madrid, 1997, pp. 48 y 49.
15 Sobre todo esto ver Manuel A tif.nza, Tras la justicia. Una introducción al Derecho y al razo
namiento jurídico, Barcelona, Ariel, 1993, y Luis P rieto Sanchís, Ley, principios, derechos, Instituto
de Derechos Humanos «Bartolomé de las Casas», Madrid, Universidad Carlos III de Madrid y
Dykinson, 1998.
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 81
de datos generales en torno a la naturaleza humana. Esas normas serían:
no matarás (derivada del dato de la vulnerabilidad humana), la necesidad
de un sistema de abstenciones y concesiones mutuas (derivada de la igualdad
aproximada y del altruismo limitado), la necesidad de reglas que respeten
la existencia de algún tipo de propiedad (derivadas de la existencia de recursos
limitados) y la necesidad de sanciones36.
Por su parte, L. F u l l e r sugiere con su teoría de la moral interna del
Derecho que existen unos principios morales implícitos al concepto de Dere
cho que impiden que el Derecho pueda dar lugar a resultados claramente
injustos. La moral interna al Derecho incluye los siguientes ocho requisitos:
la generalidad del Derecho, la exigencia de promulgación, la prohibición
de las leyes retroactivas, la claridad de las leyes, la inexistencia de contra
dicciones entre las leyes, que las leyes no requieran lo imposible, la estabilidad
del Derecho a través del tiempo y la congruencia entre la acción oficial y
la ley declarada37.
3.a El tercer punto de contacto entre la Moral y el Derecho nos lo
aportan las referencias explícitas del ordenamiento a la Moral en general o
a conceptos, terminología o elementos de carácter moral.
Con estas referencias el Derecho “moraliza” ciertas relaciones sociales
reguladas por él y evidentemente posibilita un refuerzo continuo y recíproco
entre estos dos órdenes de comportamiento. No está de más tener en cuenta
que en estas referencias la moral ha de entenderse como moral social positiva
o vigente o como moral comúnmente aceptada, conceptos no exentos de
ambigüedad y generalidad.
En el Código Civil español encontramos buenos ejemplos en el art. 1,
apartado 3, que señala que «la costumbre sólo regirá en defecto de ley aplicable
siempre que no sea contraria a la moral o al orden público y que resulte probada».
También la libertad contractual contemplada en el art. 1.255 está limitada
por las leyes, la moral y el orden público. De la misma manera que el art. 1.271
estipula que «pueden ser igualmente objeto de contrato todos los servicios que
no sean contrarios a ¡as leyes o a las buenas costumbres» y el art. 1.275 reza
que «los contratos sin causa, o con causa ilícita, no producen efecto alguno.
Es ilícita la causa cuando se opone a las leyes o a la moral».
Algo similar diríamos de la protección de la buena fe por parte del
Derecho. *
* H . L. A. H a r t , Et concepto de Derecho, traducción de Genaro R . Carrió, México, Editora
Nacional, 1980, p. 238. Sobre este punto y otras ideas de H a r t respecto a la relación entre Derecho
y Moral se puede consultar el libro de Eusebio F ernández Teoría de la Justicia y Derechos Humanos,
Madrid, Debate, 1984, pp. 63 ss.
Lon. L. F uller, La morat del Derecho, traducción de Francisco Navarro, México, Trillas,
1967, pp. 56 ss.
82 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
También los Códigos Penales, cuando aluden a la moral, buenas cos-v
tumbres o conceptos morales, están pensando en la moralización de las rela
ciones sociales. Quizá ése sea el sentido de la conversión del deber moral
de socorro en un deber jurídico de socorro, al sancionarse, por ejemplo,
en el art. 195 de nuestro Código Penal, la omisión del deber de socorro.
Además las tradicionales acciones de beneficencia son objetos de derechos
y deberes en el marco del Estado social, asistencial o de bienestar social.
En definitiva, es posible que estos puntos de contacto, sobre todo los
ejemplos citados en primer lugar, se deban a la búsqueda, por parte del
Derecho, como ha señalado Luis D íez-Picazo, «de una moralización de las
relaciones jurídicas y un desarrollo de ¡as mismas que se produzca de acuerdo
con los dictados de la moral, impidiendo resultados jurídicos que sean inmo
rales» 38.
4.a Finalmente, tanto la justificación moral de un determinado orde
namiento jurídico y sus contenidos como la crítica moral del Derecho exis
tente conectan uno y otra. En todo caso, se trata de la labor de calificación
moral del Derecho, acción que es expresión de prácticas individuales y sociales
muy frecuentes.
Por un lado, la última referencia que justifica un determinado ordena
miento jurídico, que lo legitima y da autoridad moral y nos mueve a su
aceptación y obediencia es un conjunto de valores morales que le inspiran.
Es decir, un punto de vista sobre la justicia que se convierte, gracias al Dere
cho, en legitimidad legalizada.
Sin embargo, por otro lado, también juega un papel importante la ape
lación a criterios morales críticos con el Derecho positivo y vigente, a una
legitimidad crítica que se sitúa en el marco del deber ser del Derecho, no
en el del Derecho que es.
Aquí la crítica moral al Derecho cumple con una función moralmente
importante al pretender que la legalidad se acerque lo más posible a la Jus
ticia. Como ha indicado Elias D ía z : «Sólo desde una plataforma ética cabe,
en última instancia, la crítica, el cambio y la necesaria transformación del Dere
cho. Se trata de no confundir el Derecho que “es” y el Derecho que “debe
ser”; pero se trata también de que ambos niveles no se desconozcan ni se
ignoren» 7,9.
w Luis Díhz-Pk a zo , Experiencias jurídicas y Teoría del Derecho, ob. cit., p. 50.
Ver también Karl L a k e n z , Derecho justo. Fundamentos de Ética jurídica, traducción de Luis
Diez Picazo, Madrid, Civitas, 1985.
y> Elias D íaz, Sociología y Filosofìa del Detecho, ob. cit., p. 17.
En su reciente libro Curso de Filosofìa del Derecho ha escrito: «La justicia, la teoría crítica de
la justicia, sería así el gozne, por decirlo gráficamente, o el punto de necesario contraste con tespecto,
por un lado, a las legítimas éticas de la felicidad, y por otro, con respecto a los legítimos sistemas
jurídicos de seguridad», Madrid, Marcial Pons, 1998, p. 61.
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 83
3. ÉTICA PÚBLICA Y ÉTICA PRIVADA
La relación entre la ética y el Derecho exige una distinción conceptual
entre ética pública y ética privada. Eso abarca una dimensión histórica y
otra analítica. Las dos son imprescindibles y la segunda no se puede entender
plenamente sin la primera. La confusión entre ambos términos es premo
derna, y en ese sentido habitual en la Edad Media, pero se prolonga en
la Edad Moderna y hasta la actualidad cuando se pretende que la ética pri
vada, defendida por una Iglesia,una confesión religiosa o una escuela filo
sófica, sea al tiempo ética pública. Por otra parte, en la propia Edad Moderna
y sobre todo en la Contemporánea, y en este siglo xx, surge también otro
modo de desconocer la distinción cuando una concepción política totalitaria
pretende que su ideal político y jurídico (ética pública) se convierta también
en el ideario moral de cada uno de sus ciudadanos.
Parece necesario, para continuar, dar una definición de ambos términos,
tal como se entienden en estas lecciones, para que se pueda seguir el sentido
de la argumentación.
La ética privada es un camino para alcanzar la autonomía o la indepen
dencia moral, un proyecto de salvación o de realización plena de la condición
humana desde una concepción del bien, de la virtud o de la felicidad. Uti
lizamos aquí ética como sinónimo de moral y no como estudio de la moral.
Sus titulares o sus destinatarios son las personas individuales que buscan
alcanzar ese fin último, su destino personal a través de un cauce que necesita
su aceptación (autonomía). No se puede imponer y no puede ser una oferta
extravagante ni marginal, sino un proyecto que pueda ofrecerse a todos con
carácter general (universalidad). Es difícil que las personas se construyan
en todas sus dimensiones su ética privada, aunque es necesaria su aceptación.
Lo común es que se acepte o se asuma un cuerpo de doctrina moral propuesto
por una Iglesia o una confesión religiosa o por una escuela de filosofía moral.
Así, podemos hablar de una ética privada religiosa o de una ética privada
laica. La primera tiene una dimensión vinculada a la fe y sus seguidores
son creyentes, mientras que la segunda se nutre fundamentalmente de cri
terios racionales y sus seguidores se adhieren a esos criterios, aunque se
pueden también encontrar dimensiones emotivas o afectivas en las éticas
laicas.
Por su parte, la ética pública es el conjunto de objetivos o de fines que
se consideran debe realizar el poder político a través de su Derecho y que
tradicionalmente se ha conocido desde Aristóteles como Justicia, si se refie
ren al contenido del Derecho. Cuando afectan al poder es preferible usar
el término legitimidad. De todas formas, la segunda dimensión de la legi
timidad, la llamada legitimidad de ejercicio, coincide en parte con la idea
de justicia, puesto que la acción del poder político moderno se realiza a
través del Derecho. Si la ética privada atiende al bien de los individuos,'
la ética pública se refiere al bien común. Este concepto, entendido como
la serie de bienes que los Estados deben proporcionar a sus miembros para
facilitar su subsistencia, su bienestar o el desarrollo de su condición, coincide
en sus contenidos con el concepto de ética pública. Aparece ya con P la tó n
(La República, IV) y A r ist ó t e l e s (Política, III), pero sobre todo en Tomás
d e A q u in o (por ejemplo, en De regimine principum, /-/). El bien común,
al ser un concepto griego bautizado por la escolástica, carece de la dimensión
laica del término ética pública, pero sirve, distinguido de la idea de bien
particular, privado o individual, para comprender mejor la distinción entre
la ética privada y la ética pública. Se puede decir que la ética pública establece
los criterios de organización social y los fines del Derecho para que las per
sonas puedan vivir dignamente en la sociedad y puedan realizar libremente
todas las facetas de su personalidad (capacidad de elegir, de razonar y de
construir conceptos generales, de comunicarse y de dialogar y de decidir
libremente sobre sus planes de vida, sobre su ética privada).
Así como la ética privada es una concepción del bien, una verdad que
puede liberar, en el sentido de facilitar el camino hacia la autonomía moral,
pero no puede convertirse en el núcleo de la ética pública, la ética pública
no puede establecer conductas como obligaciones o deberes directamente
dirigidas a la salvación, al bien o a la virtud, es decir, no puede invadir
los espacios de la ética privada.
Pero la distinción no supone, en forma alguna, separación ni mucho
menos ignorancia mutua; ambas tienen dimensiones secantes y tienen como
destinatario de sus normas al mismo sujeto, a la persona, que es ciudadano
y a la vez, en su caso, creyente o adherente a alguna concepción de ética
privada. Como consecuencia de esa relación, la ética pública, que debe favo
recer y hacer posible el libre ejercicio de la ética privada por las personas
situadas en su ámbito de competencia, debe también congruentemente evitar
que sus normas lo dificulten o impidan. En la evolución histórica aparecerán
las razones que llevan a incluir en el ámbito de la ética pública a instituciones
y derechos para garantizar esa situación. Se trata de la libertad de conciencia,
de la libertad ideológica y de la libertad religiosa en todas sus dimensiones.
Son instituciones jurídicas que tienen por objeto proteger el libre ejercicio
de la ética privada, pero, si pese a las mismas se estableciesen obligaciones
jurídicas perturbadoras para la ética privada, se prevé asimismo la institución
de la objeción de conciencia para las respuestas acreditadas y reconocidas
por el sistema jurídico en que se pueda evitar, por esa razón, el cumplimiento
de la obligación. Naturalmente que las Iglesias, confesiones o escuelas filo
sóficas con ofertas de ética privada tienen todo el derecho a intervenir, como
cualquier otro agente social, en los debates y en las deliberaciones que en
el espacio público se producen en relación con la creación, modificación
o extinción de los contenidos de la ética pública, aunque deben actuar en
84 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 85
igualdad de condiciones con los demás, sin pretender una posición dominante
o de autoridad.
Históricamente la Edad Media no conoce la distinción y la Iglesia católica
define tanto los criterios de la ética pública como los de la ética privada
a partir de la idea del Orden creado por Dios, que tiene su ámbito para
la criatura humana que es la ley natural. La Iglesia será la única intérprete
tanto de los criterios morales individuales, que son exclusivamente religiosos,
como de los criterios del Derecho natural, a los que deben ajustarse las
leyes positivas.
A partir de la obra de S a n A g u s t ín y frente a las posiciones tomistas
se extenderá la doctrina de los dos reinos, que luego retomará en el pro
testantismo L u t e r o , y que incide en nuestro tema. En efecto, en la Ciudad
de Dios distinguirá entre el reino de los creyentes, la civitas dei y el reino
de los pecadores, la civitas diaboli, y solamente en la segunda existirá el
Derecho, como coacción y represión de los pecados y de los delitos. En
esta idea de los dos reinos, lo que llamamos ética privada, la ética católica
en este caso, sin necesidad del Derecho, regirá en el Reino de Dios, y la
ética pública, a través del Derecho orientada por la Iglesia, regirá el reino
de los pecadores.
La ruptura de la unidad religiosa, con la aparición del protestantismo
a partir de 1521, modificará el panorama y surgirá una multiplicidad de inter
pretaciones sobre el orden divino y los designios de Dios sobre el mundo.
Además de la Iglesia católica, la luterana, la calvinista o la Iglesia de Ingla
terra, expresiones éstas del primer protestantismo o protestantismo viejo,
y las diversas confesiones y sectas que a partir de las primeras constituyen
el llamado protestantismo nuevo, socinianos, arminianos, puritanos, inde-
pendentistas, cuáqueros, baptistas, etc., pretenden, aunque no en todos los
casos, imponer su credo desde una intolerancia y persecución de los demás.
Ese clima de guerras de religión, con la imposición por la fuerza de unas
creencias, requiere utilizar la fuerza del poder político para imponer esas
creencias. Esta alianza entre una Iglesia e incluso la identificación de un
Estado con una Iglesia, incluso siendo el Jefe del Estadocabeza de la Iglesia
como en la Iglesia anglicana, constituye el fenómeno del Estado-Iglesia, don
de la ética privada y la pública se identifican y se confunden.
La superación de las guerras de religión, que se consagra definitivamente
en el tratado de Westfalia que acaba con la Guerra de los Treinta Años
(1648), supone la aparición de nuevas situaciones donde se afirman las ideas
de tolerancia y de separación entre Derecho y moral, decisivas para la com
prensión moderna de nuestro tema.
La tolerancia, entre otras dimensiones, expresa la ¡dea de que ninguna
concepción religiosa, ideario de una Iglesia o confesión, se puede imponer
por la fuerza y, como consecuencia, que no forma parte de las misiones
de los poderes públicos ayudar a implantar una determinada confesióg.
Podíamos traducirlo a nuestro tema diciendo que ninguna ética privada puede
imponerse por la fuerza y como cometido del Derecho de un Estado moderno.
También se podrá decir, desde la perspectiva de la ética pública, que entre
sus contenidos no pueden estar los de ninguna confesión religiosa o moral,
porque entre éstas, y como consecuencia de la tolerancia, se incorporarán
ios principios de pluralismo y de neutralidad de la Administración en materia
religiosa, y el derecho fundamental a la libertad ideológica y de conciencia,
que son incompatibles con un confesionalismo político y con la asunción
por un Estado de los valores de una ética privada. Estas conclusiones pro
ceden de la reflexión sobre las consecuencias desastrosas de las guerras de
religión en Francia, en Alemania y, en general, en todos los países donde
se implanta el protestantismo. En España se mantiene la unidad religiosa
y los sectores que quieren instaurar el protestantismo son perseguidos por
la Inquisición o tienen que abandonar el país hacia el exilio. Así, el man
tenimiento de una religión oficial y la confesionalidad del Estado, salvo perío
dos excepcionales (Constitución de 1869, Constitución republicana de 1931
y vigente Constitución de 1978), hace especialmente difícil la distinción entre
ética pública y ética privada en España.
La aportación de John Locke en su Carta sobre la tolerancia 40 es muy
representativa de esa mentalidad, que se impone en la modernidad, de la
distinción entre ética pública y ética privada:
«El Estado es... una sociedad de hombres constituida solamente para pro
curar, preservar y hacer avanzar sus propios intereses de índole civil.
Estimo, además, que los intereses civiles son la vida, la libertad, la salud,
el descanso del cuerpo y la posesión de cosas extemas, tales como dinero, tierras,
casas, muebles y otras semejantes... Toda la jurisdicción del magistrado se extien
de únicamente a estos intereses civiles, y todo poder, derecho y dominio civil
está limitado y restringido al solo cuidado de promover esas cosas y no puede,
ni debe, en manera alguna, extenderse hasta la salvación de las almas...»*1
Está describiendo los contenidos de la ética pública y excluyendo los de
la privada como función del magistrado, es decir, de los poderes públicos.
La separación entre Derecho y moral, que formula en primer lugar Toma-
sio en sus Fundamentos de Derecho Natural y de Gentes42, será consecuencia
a la vez del proceso de secularización del Derecho, sobre todo expresado
a partir de G rocio, en el número 11 de los Prolegómenos al Derecho de
la guerra y de la Paz, y de la cultura de la tolerancia. Aunque ya ha sido
estudiada en otro apartado de esta lección, a nuestros efectos, la distinción
J" Edición castellana de Pedro Bravo Gala. Madrid. Tecnos, 1994.
Jl Obra y edición citadas, p. 9.
j; Edición castellana con estudio preliminar de Juan José Gil Cremades y traducción de Salvador
Rus Rufino y M.“ Asunción Sánchez Manzano, Madrid, Tecnos, 1994.
86 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 87
entre Derecho y moral debe ser entendida como referida a la moralidad
privada, en un sentido concordante con las exigencias de la tolerancia, y
así apoya también la idea de separación entre ética pública, que se realiza
a través del Derecho, y ética privada, que tiene su propio ámbito de implan
tación. Una interpretación amplia de la separación conceptual entre Derecho
y moral llevó a sectores del positivismo jurídico (K e l s e n , por ejemplo) a
propugnar una idea pura del Derecho donde las dimensiones de justicia no
formasen parte de su concepto. Sin embargo, la distinción entre ética pública
y ética privada permite otra interpretación. Así, la separación del Derecho
es con la ética privada y no alcanza a la ética pública, que tiene precisamente
como vocación realizarse en el Derecho. Representa los objetivos y fines
de justicia que el Derecho debe alcanzar. En todo caso, a partir de T o m a sio
la separación entre Derecho, que incorpora la ética pública, y moral (si
nónimo de ética privada) es un rasgo inseparable de la cultura política y
jurídica modernas.
La ética pública es un depósito de razón producido por la aportación
creativa de una pluralidad de personas, filósofos, juristas, politólogos, teó
logos, literatos, científicos, etc., desde el tránsito a la modernidad hasta hoy.
Es un acervo dinámico que recibe además toda la herencia clásica y muchas
aportaciones medievales adaptadas a los nuevos tiempos. El fundamento es
la idea de dignidad humana y se diversifica en dimensiones liberales, demo
cráticas, socialistas, entre otras menos centrales que analizaremos en la última
parte de estas lecciones sobre la teoría de la justicia. En ese contenido nuclear
o esencial de la ética-pública está la propia distinción entre ética pública
y ética privada.
Este depósito creado previamente y a disposición como patrimonio polí
tico cultural de la humanidad es asumido, en cada momento histórico, por
un determinado poder político en dimensiones suficientes para que forme
el ideario, la moralidad política de ese poder y reciba la adhesión de los
miembros de esa institución, que convierten a ese núcleo de ética política
en la razón de su aceptación del sistema, que no funciona sólo, ni siquiera
principalmente, por la coacción o la pretensión de vinculación forzosa.
Como moralidad política, su vocación de configurar y organizar la vida
social y establecer los objetivos del poder a través de su Derecho supone
su transformación en moralidad jurídica, es decir, en contenidos de un sistema
u ordenamiento jurídico. Las formas en que se integra la moralidad en el
Derecho, como ética pública positivizada, es a través de los valores, de los
principios de organización, de producción normativa y de interpretación y
de los derechos fundamentales. Los valores expresan la comunicación entre
la moralidad política y la jurídica y son la raíz y la fuente de los principios
y de los derechos fundamentales. Aunque con diferentes matices según los
sistemas políticos, en el mundo moderno tiene el protagonismo principal
la libertad, acompañado de la igualdad y de la solidaridad o fraternidad,
88
y precedidos todos de la seguridad, primer valor, valor inicial de los sistejj&as
políticos modernos desde el Estado absoluto. Los principios y los derechos,
también elementos centrales de la ética pública, se sitúan principalmente
en su positivación en el interior del sistema jurídico, aunque como moralidad
pública derivada del valor libertad y de los demás valores participan también
de esa dimensión comunicativa con la moralidad política.
Los contenidos de los valores, de los principios y de los derechos serán
examinados más ampliamente en la Teoría de la Justicia, última parte de
estas lecciones. Aquí importa señalar que la libertad y los demás valores,
principios y derechos se realizan a través del Derecho positivo. Es la vieja
definición de libertad de Montesquieu cómo hacer lo que las leyes permiten,
porque si se pudiera hacer lo que prohíben, todos tendrían ese derecho y
ya no habría libertad. Así, en tanto en cuanto la éticapública pretende que
los ciudadanos puedan alcanzar el más amplio desarrollo de su condición
en cada momento histórico, que las dimensiones de su dignidad sean efectivas,
se puede decir que la libertad, entendida ésta como la raíz de la ética pública,
pretende hacernos a todos más verdaderos, más plenamente personas y tiene
un solo cauce, que es el Derecho, para su eficacia social.
La ética privada se puede entender como oferta de una Iglesia, de una
confesión, o de una escuela filosófica para seguir un camino que conduzca
a la salvación, al bien, a la virtud o a la felicidad. En ese sentido es posible
decir que ofrece una verdad que posibilita a sus creyentes alcanzar una auto
nomía o independencia moral, también denominada libertad moral. La expre
sión evangélica «la verdad os hará libres» se debe entender en ese sentido,
de que los creyentes, en este caso católicos, aunque la expresión se podría
extender y generalizar a las religiones y a las concepciones de ética privada
que partan de la existencia de un mensaje moral verdadero, alcanzan su
libertad moral siguiendo el camino marcado en esa religión. Pero la expresión
«la verdad os hará libres» no se puede trasladar al ámbito de la ética pública.
Las verdades de la ética pública o se plasman en la ley o no son relevantes,
aunque pueden expresar una moralidad crítica frente a las leyes injustas.
Pero la verdad histórica y cultural que supone la ética pública del Derecho
liberal democrático contiene dimensiones como el pluralismo, la neutralidad
del Estado y la libertad ideológica, religiosa y de convivencia, que se con
trapone a una utilización fundamentalista de la expresión «la verdad os hará
libres» en el marco de una concepción religiosa que afirma el valor de su
verdad por encima de coyunturales mayorías. No es pues «la verdad os hará
libres» un buen lema de la ética pública, sino «la libertad os hará más ver
daderos».
La ética pública asumida, que no creada inicialmente, por un poder polí
tico, al convertirse en ética jurídica positivizada, entra en las formas de pro
ducción normativa y, a través del legislador y después del juez, adquiere
una dimensión de construcción, de manipulación no en sentido peyorativo,
GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 89
sino de operar con las manos, en este caso en sentido metafórico, iden
tificándolas con los instrumentos de que dispone el Derecho para producir
las normas. Así, la ética pública dada se convierte en ética pública construida.
Obviamente la construcción parte de los valores básicos dados, que tienen
un contenido esencial no manipulable y del espacio público en que se realiza
con unos ciudadanos en igual posición de ciudadanía, afecta al ámbito de
la ética pública y no al de la privada. La realización de esa construcción
tiene que ser visible, con publicidad en los procedimientos y en los debates.
Los operadores jurídicos son los profesionales funcionarios y jueces o
los políticos adscritos a órganos representativos como el Parlamento (Cortes
Generales) o ejecutivos como el Gobierno, que desarrollan y actúan sobre
la ética pública dada. A través de sus decisiones, basadas en argumentos
y razonamientos, pero en última instancia expresión de una voluntad, con
cretan los objetivos morales del Derecho, los modulan con criterios de uti
lidad o de oportunidad, los adaptan a nuevas situaciones, resuelven los casos
difíciles y desarrollan y aplican los principios y los derechos a los casos
concretos.
Cuentan, estos operadores con capacidad de decisión, con el apoyo de
la reflexión de los operadores, que sólo poseen capacidad de consejo o de
opinión jurídica, los científicos y los filósofos del Derecho, que perfilan los
conceptos, establecen criterios de distinción, contribuyen con el metalenguaje
que construyen a perfilar el lenguaje del Derecho y en esa tarea inciden
en la concreción de la ética pública, proporcionando a los operadores con
capacidad de decisión terminología que se incorpora a las normas.
En los sistemas jurídicos modernos esta inserción de la ética pública en
el Derecho cuenta con cuatro grupos de operadores especialmente impor
tantes: dos donde la dialéctica político-jurídica, siempre presente, se inclina
hacia el correlativo político, y otros dos donde se inclina hacia el correlativo
jurídico. En el primer grupo tenemos al poder constituyente y al legislador
ordinario, que decide entre las distintas opciones políticas, constitucionalmente
posibles, el sentido y la orientación de la ley. En el segundo tenemos a los
jueces que aplican la Constitución y la ley, interpretan las antinomias (con
tradicciones entre normas), salvan las lagunas y vacíos legales y resuelven
los casos difíciles por zonas de penumbra o por textura abierta de los términos
jurídicos. También y con carácter resolutivo último, allí donde existe garantía
de la Constitución, una exigencia de la ética pública democrática, los Tri
bunales supremos (jurisdicción difusa) o los Tribunales Constitucionales (ju
risdicción concentrada) tienen la última palabra sobre el sentido de los valores,
de los principios y de los derechos, es decir, del contenido de la ética pública.
Las patologías que afectan a la distinción entre ética pública y ética pri
vada son confusiones e identificaciones que no reconocen la separación, que
configuran sociedades diferentes de la democrática y pueden ser de dos tipos,
según la confusión suponga una imposición de la ética pública sobre la privaba
o al revés.
La primera es la que favorece el modelo totalitario propio de sociedades
cerradas, que disuelven al individuo en la colectividad y le niegan el ámbito
de autonomía que supone la ética privada. Son patologías modernas que
rechazan la distinción cuando ésta es una realidad histórica. En el fascismo
y en el marxismo-leninismo se encuentran las raíces de esa patología. G entile,
el filósofo italiano teórico del fascismo, hará una afirmación modélica de
la patología totalitaria desde la idea del Estado ético, como fuente de mora
lidad. El lema será: «... Ni el Estado exterior al individuo, ni el individuo con
cebible como abstracta particularidad, fuera de la inmanente comunidad ética
del Estado, en el cual éste (el individuo) realiza su efectiva libertad...» 43. Lenin,
en el discurso que pronuncia el 2 de octubre de 1920 en el III Congreso
de la Unión de juventudes Comunistas de Rusia, afirmará que «... la moral
está subordinada a los intereses de la lucha de clases del proletariado...» y que
«... la base de ¡a moralidad comunista está en la lucha por afianzar y culminar
el comunismo» 44.
El segundo tipo es previo a la distinción y se mantiene en la modernidad,
una vez que la ética pública y la privada se separan, y supone que una con
cepción del bien pretende convertirse en definidora de la ética pública. Esta
mos en el supuesto del Estado-Iglesia, del Estado confesional, o de los fun-
damentalismos religiosos. En el siglo xix defendía el antiguo régimen, derro
tado por la Revolución francesa, a los «sagrados derechos de los príncipes»,
y en la actualidad pretende extender el principio de la ética privada «la verdad
os hará libres» a la ética pública.
En todo caso, el Derecho de una sociedad democrática tiene, entre los
contenidos necesarios de su idea de justicia, la distinción entre ética pública
y ética privada. Como dice Habermas: «... el Derecho positivo no puede ya
obtener su legitimidad de un orden moral que quedase por encima de él» y
«se nutre de la actividad democrática de los ciudadanos y de la receptividad
de una cultura política liberal» 4\ También en otro trabajo sobre el bicen
tenario de «La Paz perpetua» de Kant dirá que «la acción política y su Derecho
no pueden ser evaluados desde la categoría del bien y del mal» 46. Eso exac
tamente pretende la distinción entre ética pública y ética privada, rasgo esen
cial de las sociedades secularizadas modernas.
J' GiovanniG en tile , Quaderni della voce, Roma, 1970, p. 172.
44 Vid. el texto en V. I. L enin, Obras escogidas, t. I ll , Moscú, Progreso, 1966, pp. 490 y 493.
45 Vid. J. H aberm as, Faclicidad y Validez (epílogo a la 4.a ed.). Edición castellana de Manuel
Jiménez Redondo, Madrid, Trotta, 1998, pp. 656 y 660. Los traductores han modificado dos palabras
para facilitar, a su juicio, la comprensión del texto de H abermas: «orden» por «derecho» en la
p. 656 y «facilitación» por «receptividad».
* Vid. edición francesa La paix perpeluelle, Paris, Editories du Cerf, 1996, p. 120.
90 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL DERECHO Y OTROS ÓRDENES NORMATIVOS 91
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LECCIÓN CUARTA
DERECHO Y FUERZA
SUMARIO: 1. Derecho y fuerza.—2. Derecho y poder político. Aproximación histórica.—3. Derecho
y poder. Aproximación sistemática.—4. El Estado de Derecho y sus tipos.
La vinculación del Derecho con la fuerza y con el poder aparece de una
forma o de otra en la historia de la cultura jurídica, aunque en el mundo
moderno, escenario de estas lecciones, tendrá una especial relevancia para
establecer el propio concepto de Derecho y para comprender sus fines y
sus objetivos. En la Edad Media aunque el Derecho no estuviera vinculado
tan claramente al soberano como ocurrirá a partir de B o d in o en el siglo xvi,
y a primera vista se le identifica con la búsqueda por el juez de lo que es
justo en el caso concreto, tiene un último referente de poder o de autoridad.
Es verdad que existe una poliarquía y varios poderes se reparten la potestas,
desde los señores feudales, las monarquías emergentes, la Iglesia y el Imperio,
pero hay un referente de autoridad que es el orden del universo, establecido
por Dios, que afecta al hombre y al que todos los poderes temporales deben
ajustarse. La ética autoritaria de la Iglesia, a través de la teología, controlará
la orientación del auténtico Derecho justo. A ese orden de Dios, interpretado
por la Iglesia y su jerarquía, deberán ajustarse los distintos Derechos que
el pluralismo medieval contiene. Es, sin duda, una forma de relación entre
Poder —la voluntad y la razón de Dios— y Derecho. De todas formas, a
partir del tránsito a la modernidad la relación poder-Derecho sufrirá una
transformación que tiene su base en las siguientes causas:
1) El proceso de secularización^ que deriva de la ruptura de la unidad
religiosa y que culmina con el reconocimiento del pluralismo religioso, de
la tolerancia y de la libertad de conciencia. El poder de la Iglesia católica
como única mediadora con Dios se debilita y la mentalidad del hombre cen
trado en el mundo favorecerá la hegemonía del poder temporal.
2) El proceso de unificación de los poderes medievales en un podçf
hegemónico, que pretende no tener superior y asumir el monopolio de la
fuerza legítima. Es el poder del Estado, que se impone a los gremios, a
los señores feudales, a las Iglesias y al Imperio. El concepto de soberanía,
construido por B o d in o en los Seis libros de la República 1 como «poder abso
luto y perpetuo de una República» para identificar al Estado, comprende
«el poder de dar leyes a todos en general y a cada uno en particular, sin
consentimiento de superior, igual o inferior». El poder político moderno,
en su forma inicial de Estado absoluto, identificará Derecho con Ley y con
siderará a ésta como expresión del poder soberano.
3) El poder político del Estado estará en el origen de la eficacia del
Derecho moderno, que será fundamentalmente Derecho estatal y que podrá
delegar o recibir Derecho producido al margen del Estado, pero que sólo
será plenamente Derecho tras esa delegación o ese reconocimiento. Así, el
Derecho inicialmente será un instrumento del poder para favorecer la uni
ficación y el monopolio de la fuerza y para crear seguridad, que será el
primer fin pretendido por el Estado moderno.
4) En la evolución del Estado moderno y en el paso desdeel Estado
absoluto al liberal y más tarde al democrático y al social, el Derecho a su
vez organiza y racionaliza el poder del Estado y a sus instituciones y garantiza
los derechos de los ciudadanos, sólo plenamente eficaces cuando forman
parte del Derecho positivo.
Así, Poder y Derecho serán dos caras de una misma moneda difíciles
de separar. Se puede hablar de poder jurídico y de Derecho como poder,
donde ambas realidades están estrechamente entrelazadas.
La distinción que hacemos para la mejor comprensión de la relación es
difícil de trasladar desde el plano especulativo del pensamiento jurídico a
la verificación en la realidad. Es como un experimento químico que separa
dos elementos, como el hidrógeno y el oxígeno, que aparecen como agua
ante los ojos del profano. Aquí el poder y el Derecho aparecen en la realidad
como Derecho estatal. En el umbral del siglo xxi ya no estamos sólo hablando
de los Estados-nación, que aparecen en el tránsito a la modernidad, sino
también de las ampliaciones regionales, como la Unión Europea, que es
un macroestado en formación. Cuando las unidades que lo forman —los
Estados nacionales— culminen el proceso de ampliación de competencias
y se perfilen las instituciones comunitarias —Parlamento, Comisión, Tribunal,
etc...— los rasgos de la relación poder-Derecho se podrán también atribuir
a esos ámbitos más amplios con mayor plenitud.
94 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
’ Vid. Juan Bodino , L os Seis libros de la República, edición castellana de Pedro Bravo Gala.
Madrid, Tecnos, 1985.
DERECHO Y FUERZA 95
1. DERECHO Y FUERZA
En el mundo del Derecho la experiencia de cualquier observador externo
es que se usa la fuerza, e incluso se puede llegar a identificar al Derecho
con el guardia o con el policía; L u t e r o lo identificaba con la espada. No
estamos ante un escenario de consejos o de recomendaciones. Se manda
o se prohíbe, y cuando se desobedece se hace una ejecución forzosa o se
impone una sanción. No hay duda de que el Derecho usa la fuerza en oca
siones, pero parece que no es suficiente constatar la relación porque también
los ladrones y los criminales usan la fuerza. Un atraco, la exigencia del impues
to revolucionario por un grupo terrorista o las extorsiones y amenazas maño
sas, son también mandatos que usan la fuerza y no son Derecho. La máxima
expresión de la fuerza, la guerra, se plantea en el mundo moderno como
un instrumento del Derecho internacional para resolver conflictos que no
tienen solución por vías pacíficas, y así, a partir de Francisco de Vitoria,
el dominico español de la escuela de Salamanca, se habla en esos casos de
guerra justa, y desde el punto de vista de los Estados que la usan, de derecho
a la guerra, ius ad bellum, cuando la causa es justa (legítima defensa frente
a la guerra de agresión, defensa de los derechos fundamentales o reacción
frente a crímenes contra la humanidad practicados sistemáticamente desde
un Estado...). Incluso, la idea del derecho a la guerra para limitar la legi
timidad de los conflictos bélicos, abrirá la cuestión del Derecho en la guerra,
es decir, las reglas que deben regir en los conflictos armados (trato de las
poblaciones civiles, de los prisioneros de guerra, etc.). De todas formas, con
la aparición del armamento nuclear está cuestionado el mismo principio de
la guerra justa. En todo caso, esta segunda perspectiva que relaciona al Dere
cho con la fuerza pone de relieve que si el Derecho usa la fuerza, también
tiene la tendencia a regularla y a racionalizarla.
Podemos decir que el Derecho expresa mandatos respaldados por la ame
naza del uso de la fuerza, pero esa definición es aplicable también a las
órdenes de grupos terroristas que reclaman un impuesto revolucionario, o
de bandas de ladrones que invaden una propiedad ajena o se incautan de
bienes ajenos.
Para entender la diferencia y poder expresarla tenemos que especificar
las diferencias de la fuerza del Derecho con los otros tipos de uso de la
fuerza por bandas terroristas o de ladrones.
La fuerza supone el uso de la violencia o la amenaza de usarla, a través
de la intervención de un individuo o grupo contra otro individuo o grupo,
para modificar el comportamiento de éstos en el sentido deseado por el
que ejerce la fuerza. Esta definición es descriptiva e incluye tanto a la fuerza
jurídica como a la de los delincuentes.
Es la fuerza expresión de la voluntad del que la ejerce y, si existen razonas
que la justifican, se puede hablar de fuerza racionalizada, es decir, de fuerza
legítima. El Estado moderno será el resultado de un proceso donde la racio
nalización de los diversos tipos de fuerza procedentes de la Edad Media
conducirá a un monopolio en el uso de la misma2, que asumirá esa nueva
forma de poder político y que será el núcleo central de su identificación.
El modo de expresar esa fuerza legítima será a través del Derecho. En gran
parte la historia de la cultura política y jurídica modernas es la historia de
la búsqueda de criterios de justificación del poder político, titular que pre
tende ese monopolio del uso de la fuerza legítima. Es, por un lado, un poder
que con esa fuerza mantiene la eficacia de su sistema jurídico y, por otro
lado, que se legitima y da seguridad a sus ciudadanos a través del some
timiento de su fuerza a procedimientos y reglas establecidas por el Derecho
que el mismo poder ayuda a sostener.
Podríamos decir, por consiguiente, que el poder político es un tipo de
ejercicio de la fuerza con un sentido y con arreglo a unos valores o fines
que justifican esos comportamientos. Frente a la fuerza bruta es fuerza ins
titucionalizada o violencia legítima y supone una capacidad de actuar, de
producir efectos, de determinar los comportamientos ajenos con arreglo a
unos objetivos o fines que hemos denominado ética pública.
El concepto de poder legítimo se despliega en dos grandes dimensiones:
en la legitimidad de su origen y en la legitimidad de su ejercicio. Será, pues,
el origen del poder y la forma de su actuación lo que justificará la fuerza
que ejerce y también le distinguirá de los mandatos de los terroristas y de
los ladrones. A diferencia de estos supuestos, en que es inconcebible la adhe
sión libre y espontánea y la coincidencia, con los objetivos terroristas y cri
minales, de las personas normales, no comprometidas con los objetivos y
los beneficios de esas prácticas, en el poder político cabe la adhesión y la
coincidencia con sus fines, de tal manera que en muchos supuestos el cum
plimiento de las normas es resultado de ese consenso de los destinatarios
con los contenidos de las mismas, o también con la orientación general o
con los programas de quienes ejercen el poder.
Históricamente la legitimidad de origen podía derivar de la autoridad
que la amparaba, Dios como fuente de todo poder, del propio carisma de
quien lo ejercía, por su capacidad para expresar el espíritu del pueblo, de
la tradición y de la costumbre que transmitía el poder desde los padres a
los hijos en una misma familia, poder monárquico, o por el consentimiento
de los gobernados. Esta última, expresión del poder legítimo, se potenciará
en el mundo moderno por el auge de las doctrinas pactistas o contractualistas,
que residenciaban el origen del poder en el acuerdo de los ciudadanos. La
2 Vid. Max W eb er , Economía y Sociedad, 2.a ed , traducción castellana en México, Fondo de
Cultura Económica, 1944.
96 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
DERECHO Y FUERZA 97
explicación del consentimiento como origen del poder todavía en H o b b es
era una positivación o racionalización de la justificación del poder absoluto
de la monarquía3. Era el momento de una burguesía que buscaba todavía
la seguridad para sus negocios o transacciones, pero que ya había secularizado
la justificación del poder. Sin embargo, ya en L o c k e , sus tesis contractualistas
perseguían también la participación en el poder y no sóloque se ejerciera
en su beneficio. Aquí ya el consentimiento reclamará para la burguesía el
ejercicio, todavía con el Rey, del poder político. De la legitimidad de origen
carismàtica, histórica o del contractualismo asegurador de una burguesía que
no pretendía ejercer el poder, sino beneficiarse con la paz y la seguridad
que generaba, pasamos a la legitimidad de origen, basada en el consenti
miento y en la participación. Es la respuesta a la pregunta ¿quién manda?
el primer signo distintivo de la legitimidad de origen. La idea de democracia
está en el círculo de problemas de este orden de cosas.
La legitimidad de ejercicio expresa la forma en que se ejerce y se admi
nistra el poder, cómo se manda, con qué procedimientos, con qué contenidos
y con qué límites. En la Edad Media la legitimidad de ejercicio tenía una
dimensión moral, rex eris si recte facies (serás Rey si actúas rectamente), pero
no existían límites jurídicos, si no era la propia voluntad del titular del poder
para actuar adecuadamente con los fines del bien común. Será en el mundo
moderno cuando se dé el paso del establecimiento de límites jurídicos. Será
una legitimidad formal, pero también de contenidos, porque el contractua
lismo planteará el objeto del pacto, que se concretará en señalar los objetivos
o fines del poder. Todo este debate abrirá las puertas a un ejercicio del
poder, en forma de fuerza, con unos objetivos para favorecer los grandes
valores de la dignidad humana y el desarrollo de la libertad, la igualdad
y la solidaridad. El gran valor de la seguridad, que contempla unos ideales
del mundo moderno, pero válidos también para el Estado absoluto, adquirirá,
sin embargo, un nuevo sentido cuando se añadan esos otros grandes valores
que expresan la ética política del Estado liberal y democrático de Derecho.
Estamos ya en condiciones de adelantar en qué se diferencian los man
datos del Derecho de los de una banda de ladrones, y que son la legitimidad
de origen y la legitimidad de ejercicio. El poder legítimo en su origen y
en su ejercicio será quien cree el Derecho. Cuando actúa a través del Derecho
sus mandatos se racionalizan y se someten a límites. La fuerza del poder
es controlada por el Derecho al señalar quién puede ejercerla, en qué supues
tos, con qué procedimientos y con qué límites y frente a quiénes se puede
dirigir. Los objetivos o fines del Derecho se han denominado, desde A r is
t ó t e l e s , justicia, y así, también desde esta perspectiva, señalaríamos como
signos de la distinción entre el poder político y su Derecho y los mandatos
de las bandas de ladrones y de terroristas, el que el primero manda desde
un poder legítimo y por medio de un Derecho justo.
' Vid. H obbes, Leviatán, edición de Carlos Mellizo, Madrid, Alianza Editorial, 1993.
La Constitución será el instrumento jurídico en que, a partir del Estaco
liberal, plasmará la legitimidad de origen, el estatuto democrático del poder
y la legitimidad de ejercicio, el Estado de Derecho. Ese desarrollo de la
racionalidad de la fuerza del Poder político la distinguirá claramente de la
fuerza de los grupos de terroristas y criminales. Así, hablaríamos de mandatos
legítimos respaldados por amenazas racionalizadas dentro del sistema jurí
dico.
98 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
2. DERECHO Y PODER POLÍTICO. APROXIMACIÓN HISTÓRICA
La conexión entre Derecho y poder es un rasgo de la cultura política
y jurídica moderna. No se daba esa relación, al menos de manera tan central,
como aparece cuando el Derecho será utilizado como instrumentum regni
para conseguir la unificación del poder. El Derecho romano, racional y uni
ficado, será empleado como integrador frente a la dispersión de los Derechos
medievales y frente a la idea del ius, es decir, del Derecho como búsqueda
del equilibrio en el caso concreto, búsqueda del id quod iustum est, lo que
es justo en la relación que se analiza. Así, poco a poco en el nacimiento
del Estado moderno, con la construcción teórica del concepto de soberanía
por Bodino, que hemos señalado al principio de este tema, el ius será sus
tituido por la ley, producto del soberano como normas generales y abstractas,
en el sentido utilizado por Rousseau en El Contrato social4 5. En el mismo
sentido ya H obbes había distinguido el ius de la ley.
En la cultura política y jurídica rrtbderna la teoría tradicional suponía
al Derecho como un conjunto de normas apoyadas en la fuerza del poder,
pero en el siglo xix, a partir de la obra de Rodolfo Ihering, se empieza
a sostener que el Derecho supone la regulación del uso de la fuerza como
alternativa a la primera, que concebía primordialmente al Derecho como
sistema de normas de conducta apoyadas en la coacción del poder del Estado.
Ambas construcciones no son contradictorias, sino perfectamente compa
tibles, y ponen de relieve la complejidad de la estructura del Derecho.
Ihering, en su obra El fin en el Derecho tiene una idea del Derecho
como “violencia justa”, como «organización social de la coacción». Así, dirá
que «el Estado es la sociedad como detentadora de la violencia, de la coacción
regulada y disciplinada. El conjunto de los principios según los cuales actúa
de esa manera, la disciplina de la coacción es el Derecho...». Y en él aparece
ya la distinción entre normas primarias o de conducta y normas secundarias
o de organización, cuyos destinatarios son los jueces y funcionarios. Es decir,
estamos ya en los dos tipos de relación entre poder y Derecho, el punto
de vista externo, el poder que apoya la obligatoriedad de las normas de
4 Vid. El contrato social, edición castellana de María José Villaverde, Madrid, Tecnos, 1988.
5 Traducción de Diego Abad de Santillán. México, Cagica, 1961.
DERECHO Y FUERZA 99
comportamiento y el punto de vista interno, regulación del uso de la fuerza.
Llamamos normas primarias a las de comportamiento y secundarias a las
de organización, siguiendo la terminología de H a r t .
«... Hay imperativos que tienen exclusivamente la mirada en las autoridades.
Las disposiciones que regulan la organización, la marcha de los negocios y
la competencia de las diversas autoridades no tienen nada que ver con la persona
particular... La coacción estatal para la realización de todas ellas, sea por la
legislación o por los imperativos dictados por el poder estatal..., tiene lugar en
el interior del mecanismo coactivo del Estado; es el trabajo de la máquina
hacia el interior, sin ninguna exteriorización de fuerza hacia fuera...» I h e r in g
llamará a éstas «normas intemas de coacción», que regulan la coacción gene
rada por el uso de la fuerza del poder, mientras que serán «normas extemas
de coacción» las que regulan el comportamiento de las personas privadas,
apoyadas en la coacción del poder.
La incorporación de la idea del Derecho como regulación del uso de
la fuerza del poder, de I h e r in g en adelante, es apoyada por K e l sen en sus
obras principales, Teoría pura del Derecho6 y Teoría General del Derecho y
del Estado* 7, y así afirma en la primera de ellas que el Derecho es «... uso
de la fuerza autorizado en cuanto sanción, atribuible a la comunidad jurídica».
En su obra postuma, Teoría General de las Normas, aceptará los dos mode
los de relación entre poder y Derecho como complementarios y no como
excluyentes, lo que expresa correctamente la configuración de la comuni
cación entre ambas realidades en el mundo moderno: «... Toda norma jurídica
es la yuxtaposición de dos normas, una de las cuales establece como debido
un cierto comportamiento por parte de los sujetos del Derecho y otra establece
como debido, por parte de un órgano jurídico, un acto coercitivo condicionado
en el caso de que esta norma sea violada». Es, por una parte, la norma de
comportamiento apoyada por la coacción de la fuerza del poder (K elsen
las llama secundarias) y, por otra, la regulación de la referida coacción que
actúa cuando la norma secundaria sea violada (K elsenlas llama primarias).
En la terminología de H a r t , que preferimos, las normas de comportamiento
son las primarias y las de organización de la coacción las secundarias.
Pese a que los realistas escandinavos añrman que el Derecho consiste
principalmente en normas sobre la fuerza y autores como Ross rechazarán
el valor jurídico de las normas de comportamiento8, en la cultura política
y jurídica moderna se ha aceptado la compatibilidad de las concepciones
que consideran al Derecho apoyado en el poder y las del Derecho como
̂ Traducción de la 2.a ed. de 1960 por Roberto J. Vernengo, UNAM, México, 1979.
7 Edición castellana de E. García Maynez, UNAM, México, 1979.
* Vid. O uvf.crona, K., El Derecho como hecho, traducción de Luis López Guerra, Barcelona,
Labor, 1980, y A. Ross, Sobre el Derecho y la justicia, traducción de G. Carrió, Buenos Aires, Eudema,
1963.
regulación del uso del poder. Históricamente la primera en el tiempo'es
la que vincula Derecho y poder, considerando a éste como apoyo externo
para la eficacia del Derecho y como fuente social de la producción normativa.
El Derecho será Derecho del Estado en cuanto es producto de la acción
soberana del poder, que garantizará además su eficacia y a partir del apoyo
a la norma básica de identificación de normas, que establece los criterios
para reconocer a las normas válidas, es decir, pertenecientes al sistema, garan
tizará también la validez. Esta dimensión regula lo que se puede llamar el
punto de vista externo, en cuanto desde fuera el poder apoya y asegura la
existencia del Derecho.
El poder será, por su parte, Estado de Derecho, y así su estructura y
su función serán reguladas por el Derecho. En ese sentido debe entenderse
que el Derecho es la regulación del uso de la fuerza del poder del Estado.
Esta dimensión, sobre la que se ha hecho tanto hincapié a partir de I h e r in g ,
regula el punto de vista interno, es decir el propio poder es sometido al
Derecho. Derecho del Estado y Estado de Derecho serán las dos caras de
una relación desarrollada en la cultura política y jurídica moderna difíciles
de diferenciar en la realidad, pero que se pueden diferenciar conceptual
mente.
En la historia, Derecho-poder han aparecido con múltiples perfiles en
la realidad política y en la doctrina, y debemos ordenar esos diferentes tipos
señalando los posibles modelos en que se encuadra la relación: 1
1. Supremacía del poder sobre el Derecho. El gobierno de los hombres
prevalece sobre el gobierno de las leyes. Es la tesis del filósofo-rey del P la tó n
de La República, son los ideales jurídicos imperiales en Roma, es la teoría
de la Monarquía absoluta de que el Rey hace la Ley y no al revés, es la
posición de B o d in o y también la de H o b b e s de la imposibilidad de someter
al soberano a la Ley.
2. Supremacía del Derecho sobre el Poder. Es la posición tradicional de
los iusnaturalismos, especialmente del clásico cristianismo medieval. Se cons
truye sobre la tesis de que existe un Derecho natural cuyo autor último es
Dios, que está por encima del poder que crea el Derecho positivo. Si el
Derecho positivo es contrario al Orden establecido por Dios, no será Dere
cho, sino corrupción del Derecho.
3. Identificación entre Derecho y poder. Es la forma extrema de los dos
modelos anteriores, donde uno de los dos términos desaparece en beneficio
del otro. La perspectiva extrema de la supremacía del poder sobre el Derecho
lleva a su consideración como un apéndice instrumental del poder.
Ross, en Sobre el Derecho y la justicia, afirmará que «el poder es un hecho
social, es dominio sobre hombres... y consiste en la capacidad para motivarles
a actuar de acuerdo con ¡a voluntad de aquel que ejerce el poder... Un punto
100 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
DERECHO Y FUERZA 101
de vista realista no ve el Derecho y el poder como cosas opuestas...». Se ve
siempre al Derecho desde el poder.
En el lado opuesto, la supremacía del Derecho sobre el poder puede
llevar en su planteamiento radical a la consideración exclusiva de éste como
realidad jurídica. Es la posición del formalismo kelseniano para quien «... lo
específico de este objeto espiritual que llamamos Estado consiste en ser un sis
tema de normas...». Y añadirá: «... se advierte que el llamado poder del Estado
no es otra cosa que el poder del Derecho y no de un Derecho natural ideal,
sino sólo del Derecho positivo...». K e l sen pretende un imposible, un posi
tivismo sin poder derivado de una hipótesis o de una ficción. Es un purismo
metodológico que se separa de la realidad.
4. La separación entre poder y Derecho. Es la posición de todos los puntos
de vista que niegan que el Derecho deriva, de alguna manera, del poder:
sociologistas, realistas americanos, partidarios de la tópica y de la identi
ficación del Derecho como ius, es decir, como búsqueda de lo justo en el
caso concreto. Es un tipo de aproximación que rechaza en algún sentido
el mundo moderno, con nostalgias tradicionales y comparativas de origen
medieval. También se pueden encuadrar en este grupo a posiciones neo
liberales que reducen al mínimo el Derecho creado a partir de la existencia
del poder político y que propugnan un Derecho surgido y mantenido al mar
gen del poder del Estado.
5. La coordinación e integración entre poder y Derecho. Es la relación
más adecuada y que explica mejor el funcionamiento de los sistemas políticos
y jurídicos del mundo moderno. Considera al poder y al Derecho como dos
caras de la misma moneda. El poder respalda con su fuerza la validez del
sistema jurídico, al apoyar a la norma básica de identificación de normas.
En realidad, como fuerza coactiva suprema, garantiza primordialmente la
eficacia de un sistema de normas, y con ella y derivada de esa eficacia, la
validez que ese sistema de normas ha creado. Por otra parte, el poder no
es un hecho bruto, un hecho de fuerza, es una institución que agrupa e
integra a grupos de personas que se adhieren a la ideología, a la ética pública
política que el poder reconoce como idea integradora de su identidad, como
razón de su cohesión y de la adhesión de personas. Así, esa ética pública
política se positiviza y se incorpora al Derecho como valores superiores de
su ordenamiento, que tienen también, en la relación legitimidad del poder
y justicia del Derecho, una comunicación que expresa esa coordinación e
integración entre poder y Derecho.
El poder, que forma parte de la realidad social y que debe tenerla en
cuenta en su relación con el Derecho, no es el creador de esa ética pública
que permite identificarlo, la asume procedente de las aportaciones de razón
que los hombres construyen en la cultura histórica. No se puede entender
la correcta relación entre la ética pública del poder y la del Derecho como
102 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
una relación de positivismo ideológico, donde el poder crea los valores qwë
el Derecho asume. El depósito de moralidad social y política que constituye
la ética pública de la modernidad es creación humana, desde la idea básica
de la dignidad de la persona y cuyos núcleos centrales serán la idea de demo
cracia y de Estado de Derecho, en su dimensión objetiva, y los derechos
fundamentales en su dimensión subjetiva.
3. DERECHO Y PODER. APROXIMACIÓN SISTEMÁTICA
La idea de poder que emerge de la relación de coordinación e integración
que defendemos en este curso supone un poder único, abierto, institucio
nalizado y complejo. Es un poder único en cuanto que el Estado no le reco
noce superior en su versión clásica. De todas formas, en el umbral del siglo xxi,
el fenómeno de la globalización también repercute en nuestro tema y, en
Europa, la característica del poder único tiene que ser matizada en el proceso
de la unidad europea, puesto que están los Estados perdiendo parte de sus
competencias soberanas en beneficio del nuevo ente, la Unión Europea.
Es también un poder abierto a la realidad socialy a la moralidad. Será
el centro de imputación de lo jurídico, de tal manera que todas las normas
necesitarán el refrendo del Derecho estatal, y en ese sentido la mayoría serán
normas directas, creadas por el sistema de fuentes del Derecho del Estado
—Derecho legal y Derecho judicial—, pero podrá delegarse la creación de
normas a fuentes sociales distintas —son las normas delegadas hacia el exte
rior del sistema (contratos, convenios colectivos) y también se podrán asumir
como jurídicas normas producidas previamente en fuentes sociales externas
(son las normas recibidas como la costumbre).
Es, en tercer lugar, un poder institucionalizado, integrado en torno a
ideales, a valores, a principios que actúan como objetivos o fines máximos
para su actuación. No es sólo un hecho de fuerza. Así, la adhesión de las
personas se produce centralmente por el consenso y marginalmente por la
fuerza. El poder no es un hecho bruto, posee dimensiones normativas, de
deber ser, que facilitan la relación con el deber ser que supone el Derecho.
Finalmente, es un poder complejo, con plurales fuentes en su formación.
Ciertamente, el núcleo central y la referencia ¡dentificadora de ese poder
son las instituciones, pero éstas no se pueden entender desde la tradicional
identificación con el soberano bodiniano o de H o b b es o de A u s t in . El poder
es más que un hombre o una asamblea de hombres, que H o b b e s identifica
con el Leviatán soberano. Por supuesto que el poder son esas instituciones
del legislativo, el ejecutivo y el judicial, y el Jefe del Estado, y los demás
órganos estatales, entre los cuales están los detentadores de la fuerza (fuerzas
armadas y de seguridad y policía), pero también los poderes económicos,
culturales, sociales y religiosos, los operadores jurídicos que aceptan y aplican
DERECHO Y FUERZA 103
el Derecho amparado por ese poder y también los ciudadanos, que participan
en su formación y que se identifican con la ética pública política que cohesiona
a ese poder.
Esta perspectiva sociológica, que expresa la complejidad con la que debe
entenderse el poder real, no elimina la dimensión del poder desde la pers
pectiva jurídica, donde entra en juego la noción de competencia y la idea
de que el Parlamento —las Cortes Generales— representa a la soberanía,
que en España corresponde al pueblo español, del que emanan los poderes
del Estado (art. 1.2 de la Constitución de 1978). Así, la relevancia y el papel
de las instituciones del poder deriva del ámbito de competencia que tengan
para tomar decisiones, a través del Derecho normalmente. Esas instituciones
que tienen competencia forman el poder de decisión, y aquellas que pueden
presionar, apoyar al poder de decisión, criticarlo o incidir de alguna manera
en la orientación de sus decisiones, como los grupos de presión económicos,
las universidades, las academias y las asociaciones de vecinos o las orga
nizaciones no gubernamentales, forman el poder de influencia.
En este modelo de relación poder-Derecho que propugnamos el concepto
de Derecho correlativo del poder en la relación es un modelo sistemático
de Derecho como ordenamiento. No cabe en la relación una concepción
tópica excluyente, es decir, donde el Derecho se considere sólo en el caso
concreto, aunque en una idea sistemática del Derecho son posibles dimen
siones tópicas, sobre todo en el ámbito del Derecho judicial, pero éste se
inserta en un sistema encabezado por la Constitución, sede de la norma
superior puesta, que es, con el resto de normas que constituyen el bloque
de constitucionalidad, la norma básica de identificación de normas.
El poder sostiene con su fuerza al sistema jurídico encabezado por la
Constitución, apoyando su eficacia y, a su vez, el Derecho juridifica al poder.
En esa comunicación necesaria entre los dos correlativos el primer elemento
de integración son los valores políticos (la ética pública política), que se
positivizan y se convierten en valores jurídicos (son, por ejemplo, los valores
superiores del art. 1.1 de la Constitución de 1978).
El sistema jurídico se estructura con la ayuda de principios internos totales
(de organización de los poderes, de producción normativa, de interpretación)
o de subsistemas que existen en el interior del ordenamiento (como los prin
cipios de independencia del poder judicial o de neutralidad de la adminis
tración). Son principios que traen causa de los principios políticos que iden
tificamos con la democracia y con el Estado de Derecho y que hacen posible
la legitimidad de origen y de ejercicio del poder.
La moralidad jurídica (la ética pública positivizada) tiene una dimensión
subjetiva muy importante al servicio de los ciudadanos que se articula en
forma de derechos fundamentales y que identifica también al sistema jurídico
con el poder político. En cuanto el contenido de los derechos limita la capa
cidad normativa de los poderes jurídicos se puede hablar también de una
vertiente objetiva de los derechos, que actúan en ese sentido como principios
o como valores.
Además de las normas principio, que se identifican por el importante
contenido de ética pública, el sistema jurídico está formado por un conjunto
de normas de comportamiento y otro de normas de organización y de pro
ducción de normas.
Un poder juridificado y un Derecho mantenido eficaz por un poder, que
además regula y racionaliza a ese poder, es el resultado de esta relación.
Ambos se benefician de la mutua relación. El poder es limitado, y se pasa
del poder absoluto al poder compartido, del poder invisible al poder visible,
del unitario al dividido y del poder libre al poder controlado.
El Derecho puede ser eficaz y mantiene, efectivamente, la validez de
sus normas por el apoyo del poder, y también racionaliza la voluntad de
ese poder, sometiéndole a sus reglas. Es lo que hemos llamado el punto
de vista externo, el poder como hecho fundante básico y el punto de vista
interno, el Derecho como regulación del uso de la fuerza del poder.
104 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
a) El punto de vista externo: el hecho fundante básico y la norma fundante
básica
El sistema jurídico es una construcción gradual y escalonada donde la
norma superior apoya la producción de la norma inferior y donde ésta es
ejecución de la norma superior. Pero no podemos llevar ese proceso hasta
el infinito. Tenemos que señalar la norma de cierre, aquella que clausura
en la cima el sistema y que no reconoce ninguna otra norma superior. En
nuestro modelo hay una norma básica puesta que es la norma de identi
ficación de normas, que se residencia, en el Derecho positivo, en la Cons
titución y en el bloque de constitucionalidad, y que contiene los referentes
de la validez de las restantes normas, el órgano competente para producirlas,
el procedimiento de producción y los contenidos y límites en esos contenidos.
Las dos primeras dimensiones formales son las respuestas a las preguntas
¿quién manda? y ¿cómo se manda?, y la segunda dimensión material res
ponde a la pregunta ¿qué se manda?, cuáles son los contenidos, los com
portamientos que se pueden exigir o prohibir si estamos ante normas pri
marias, y el tipo de fuerza, los límites, los destinatarios y los objetivos que
se puede ejercer si estamos ante normas secundarias. La norma básica de
identificación de normas resuelve los problemas de validez, entendida ésta
como pertenencia al ordenamiento, al establecer los criterios para que una
norma sea considerada válida. A las tres dimensiones de la producción hay
que añadir que no exista una norma contraria dentro del sistema, una anti
nomia, y que no haya sido derogada. El requisito de la publicación en el
DERECHO Y FUERZA 105
Boletín Oficial es una exigencia del procedimiento de producción que no
está completo sin esa publicación.
K e l sen construye una norma hipotética fundamental por encima de la
última norma puesta (que he llamado norma fundante básica de identificaciónde normas), que es una ficción o una hipótesis lógica para cerrar el sistema
y que vendría a decir que hay que obedecer a todas las normas que traigan
causa de la Constitución o, como aquí se prefiere decir, de la norma fundante
básica. Sin embargo, esa ficción es el enmascaramiento de la voluntad del
poder, y aunque se ajusta a la exigencia de que el deber ser deriva de otro
deber ser y no incurre en la falacia naturalista (en derivar del ser un deber
ser), lleva hasta extremos que dificultan la comprensión de la realidad. Por
eso, el cierre del sistema jurídico se entiende desde esta relación Derecho
y poder y situando a ese poder institucionalizado, integrado por personas
con referencia a valores, como cierre del sistema y apoyo externo a la eficacia
del sistema jurídico. Así se pueden entender las situaciones de excepción,
donde no funciona la normalidad en el cambio jurídico, que actúa a través
de la reforma de la Constitución y los procedimientos son sustituidos por
situaciones de fuerza. Es el supuesto de rupturas jurídicas revolucionarias,
como la que se produjo en España en abril de 1931, con el advenimiento
de la República y la caída de la monarquía de Alfonso XIII, o de derrotas
militares que destruyen un país, como la disolución del imperio austrohún-
garo, al final de la Primera Guerra Mundial, en 1918, a partir del Tratado
de Saint Germain. En esos casos el hecho fundante básico que mantenía
la validez del sistema anterior es sustituido por la fuerza por otro diferente
hecho fundante básico que cambiará la norma fundante básica y modificará
la validez del sistema jurídico.
El hecho fundante básico actúa como la regla de reconocimiento har-
tiana9, es una realidad social que mantiene, con la efectividad de su apoyo,
la eficacia del sistema. En realidad, la última norma que expresa nítidamente
un deber ser es la norma fundante básica. El hecho fundante básico tiene
dimensiones normativas, como la moralidad política (ética pública política),
que agrupa a las personas que se adhieren y que matizan la dimensión fáctica
del poder, y también dimensiones de hecho, como el apoyo que prestan a
la norma fundante básica y al conjunto del ordenamiento, cuya validez deriva
de ella, los poderes, los operadores jurídicos, los grupos de presión y los
ciudadanos que conforman el poder político como unidad que se identifica,
en el mundo moderno, con el Estado. *
* Vid. H. L. A. H art, El concepto de Derecho, traducción de Genaro Carrió, Abeledo Perrot,
Buenos Aires, 1960.
106 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
b) El punto de vista interno: el Derecho como organización del poder '
En este aspecto nos encontramos con la acción del Derecho que regula
la acción del poder, que racionaliza los comportamientos de la fuerza. Como
hemos visto, para un sector de autores modernos, de I h e r in g en adelante,
esta perspectiva agotaría los contenidos del Derecho como regulación del
uso de la fuerza, pero esos puntos de vista no se pueden aceptar porque
quedaría al margen del Derecho la regulación de las normas de compor
tamiento, las normas primarias en la clasificación de H a r t y también la regu
lación jurídica de la libertad, un tema tan central para la cultura política
y jurídica actual como los derechos fundamentales.
Si nos fijamos en esta dimensión del Derecho como regulación del uso
de la fuerza podemos centrar nuestra atención en el punto de vista formal,
criterios de organización sobre el uso de la fuerza, y en los contenidos que
puede tener esa fuerza. En la perspectiva formal las normas que regulan
el uso de la fuerza se distinguen según sean sus destinatarios. Si son los
operadores con poder de decisión para producir otras normas generales pode
mos identificar a esas normas como normas de segundo grado, que se cons
truyen sobre los tres tipos posibles de normas de comportamiento, que man
dan, prohíben o permiten. Son normas secundarias que regulan la producción
de las normas primarias. Son las que llama H a r t normas de cambio.
Así tendríamos:
mandar
Normas que mandan: prohibir
permitir
mandar
Normas que prohíben: prohibir
permitir
mandar
Normas que permiten: prohibir
permitir
Por señalar algunos ejemplos, piénsese, como normas que mandan man
dar, todos los preceptos constitucionales que establecen que una ley orgánica
regulará una determinada materia (el poder judicial o los estados de alarma,
excepción y sitio). Entre las normas que mandan prohibir piénsese en la
abolición de la pena de muerte y en la prohibición de los tratos inhumanos
DERECHO Y FUERZA 107
y degradantes o de las asociaciones de carácter paramilitar. Por fin, entre
las normas que permiten mandar, piénsese en los preceptos que autorizan
el carácter normativo de los convenios colectivos.
La segunda perspectiva formal afecta como destinatarios a los jueces y
a los funcionarios, y estamos ante las normas que llama H a r t de adjudicación,
que permiten crear normas que en sí mismas son singulares, aunque la repe
tición, sobre todo en los supuestos de recursos ante el Tribunal Supremo,
puede convertirlas en generales. Podemos distinguir:
1) Normas que establecen las condiciones en las cuales el uso de la
fuerza puede o debe ser ejercido.
2) Normas que designan a los operadores competentes para, en los
supuestos concretos adecuados, ejercer la fuerza.
3) Normas que regulan el procedimiento para el uso de la fuerza y
las personas que pueden ser afectadas por ese uso.
4) Normas que regulan el contenido y la cantidad de fuerza que debe
ser ejercida.
En estos casos estamos, principalmente, ante las normas procesales y las
normas penales: condiciones para el ejercicio de las pretensiones, capacidad
procesal, juez competente, procedimientos civiles, penales, laborales, etc.,
y sanciones y penas que pueden aplicarse en relación con los hechos que
se prueban y que están descritos en tipos penales.
Finalmente, desde el punto de vista de los contenidos y de los tipos de
fuerza que se pueden ejercer podemos señalar los siguientes grupos de nor
mas:
1) Normas que obligan por la fuerza a los que no hacen lo que una
norma prescribe.
2) Normas que impiden por la fuerza la acción de aquellos que hacen
lo que una norma prohíbe.
3) Normas que utilizan la fuerza para garantizar que se pueda hacer
o no hacer lo que una norma permite.
4) Normas que autorizan la sustitución por la fuerza de las conductas
obligadas por una norma y que han sido incumplidas (ejecución forzosa).
5) Normas que aplican una sanción para los supuestos de obligaciones
personalísimas que han sido incumplidas y cuyas conductas no pueden ser
sustituidas (indemnización por daños y perjuicios).
6) Normas que declaran la nulidad de otra norma o de un acto jurídico
y que suponen la retirada del apoyo de la fuerza a las conductas que se
pretendían apoyar en la norma o en el acto declarados nulos.
7) Normas que autorizan a utilizar la fuerza para castigar con penas
u otras sanciones a los que han actuado en contra de lo establecido en una
norma o que han omitido una conducta que una norma regulaba como
obligatoria.
8) Normas que autorizan el uso de la fuerza para promover las co%
diciones que hagan posible o para remover los obstáculos que impiden ló
dificultan la libertad y la igualdad del individuo o de los grupos en que se
desarrolla (función promocional).
108 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
4. EL ESTADO DE DERECHO Y SUS TIPOS
La legitimidad de origen del poder en la cultura jurídica y política actual
se basa en el consentimiento y se identifica con la democracia, entendida
como elección de los gobernantes por sufragio universal. Trataremos de ese
tema a fondo en la lección decimotercera. Por el contrario, el Estado de
Derecho, que expresa, desde otra perspectiva, el punto de vista interno de
la relación entre Derecho y poder, va a ser analizado en la última parte
de esta lección. Supone la legitimidad de ejercicio delpoder.
Este concepto de Estado de Derecho puede ser entendido como la rela
ción necesaria que en la cultura política y jurídica moderna tienen Derecho
y poder. Eso significa afirmar que todo Estado es un Estado de Derecho,
porque en todo Estado se da el apoyo a la eficacia de su sistema jurídico,
todo Derecho supone siempre regulación del uso de la fuerza del poder.
Este planteamiento es neutro desde el punto de vista axiológico y se puede
aplicar tanto a una dictadura como a una democracia. Pero esa constatación
de que todo Estado es Estado de Derecho es poco relevante, no añade nada
para la valoración de los tipos de poder ni suministra elementos adicionales
a la legitimidad de ejercicio, que es, sin embargo, lo que interesa.
Existe otra noción de Estado de Derecho menos descriptiva y menos
irrelevante, que incorpora una serie de elementos normativos que proceden
de la ética pública de la modernidad. A su vez, este segundo concepto de
Estado de Derecho tiene una versión más restringida, donde los rasgos iden-
tificadores son formales y se refieren a la acción limitadora que el Derecho
ejerce sobre el poder, racionalizando las expresiones de su voluntad, some
tiéndola al Derecho y separando las funciones del poder para contrapesarlos
entre sí. Así, se puede decir que el Estado de Derecho se caracteriza por
el gobierno de las leyes y por la separación de poderes. Si la versión normativa
restringida supone Estado de Derecho como gobierno de las leyes y como
división de los poderes en legislativo, ejecutivo y judicial, la versión normativa
más amplia incluye dimensiones materiales, como el reconocimiento y la
garantía de los derechos y, a su vez, según el tipo de derechos que se reco
nozcan, el Estado será liberal de Derecho, democrático de Derecho o social
de Derecho, pudiendo también combinar esos signos identificadores y hablar
de Estado liberal, democrático y social de Derecho, como es el caso del
modelo de la Constitución española de 1978. En todo caso, perfilaremos
estas características generales, que incorporan consideraciones de contenido
DERECHO Y FUERZA 109
en la identificación del Estado de Derecho. Pero antes veamos los dos rasgos
de la concepción normativa restringida: el gobierno de las leyes y la sepa
ración de poderes.
a) El gobierno de las leyes
Cuando se habla de gobierno de las leyes hay que distinguir entre gobierno
por las leyes y gobierno bajo las leyes.
Gobierno por la ley es sinónimo de gobierno mediante la ley, con normas
generales y abstractas. El legislador gobierna por las leyes y, así, el Estado
de Derecho o Estado Constitucional es gobierno a través de la ley. Como
veremos, los autores clásicos del liberalismo político, de L o c k e en adelante,
configuran este tipo de Estado de leyes o de Derecho. Pero este modelo
no abarca el problema de si el poder supremo, el soberano, el legislador,
la voluntad general, formas distintas de denominar una misma realidad, están
o no sometidos a la ley. Gobiernan por la ley, pero no necesariamente bajo
la ley.
Los argumentos tradicionales en favor del gobierno por la ley son la
generalidad frente a la arbitrariedad y al trato diferente según condiciones
sociales y de riqueza, y la objetividad, la falta de pasiones según A r is t ó t e l e s ,
frente a las preferencias personales y a los tratos discriminatorios.
L o c k e , en su Segundo Tratado sobre el Gobierno civil10 considera que,
a partir del pacto social por el que se sale del estado de naturaleza y se
crea el poder político para gobernar al hombre en sociedad, la ley es el
instrumento de organización y de protección de los individuos. Así, en el
Capítulo VI-57 dirá que «... la ley tomada en su verdadero concepto no equivale
tanto a limitación como a dirección de un agente libre e inteligente hacia su
propio interés y sólo manda lo que conviene al interés general de los que están
sometidos a ella... La finalidad de la ley no es suprimir o restringir la libertad,
sino lo contrario: protegerla y ampliarla...».
L o c k e , como lo hará más tarde M o n t e s q u ie u , vincula la ley con la liber
tad, lo que pone de relieve la dificultad de construir un concepto de Estado
de Derecho exclusivamente formal que considere al gobierno de las leyes
y a la separación de poderes como valores en sí sin contar con los objetivos
materiales a alcanzar y, especialmente, la finalidad de defender la libertad
y los derechos.
Más adelante señalará L o c k e el sentido en que debe ser ejercido el poder
supremo y las características de las leyes: «... Quien tiene en sus manos el
poder legislativo o supremo de un Estado hállase en la obligación de gobernar
Vid. edición castellana de Carlos Mellizo, Madrid, Alianza Editorial, 1990.
mediante leyes fijas y establecidas, promulgadas y conocidas por el pueblo.t»
(Cap. IX-131). Se contrapone el gobierno de las leyes al gobierno arbitrario
y se considera que su objetivo es el bien de la sociedad, es decir, la protección
de la seguridad, de la libertad y de la propiedad de sus miembros. Así se
añade: «... Así como el poder de que dispone el gobierno le ha sido conferido
únicamente por el bien de la sociedad y no debe ser arbitrario y ejercido a
capricho, de esa misma manera debe ser ejercido por medio de leyes establecidas
y promulgadas...» (Cap. XI-137).
No se establece que el poder supremo, el legislador, tenga que estar
sometido a las leyes, aunque sí que debe cumplir el objeto del pacto si no
quiere que el derecho a la insurrección, al que L o c k e considera legítimo,
se pueda poner en marcha. Y esta vinculación de las leyes con el objeto
de la libertad del hombre aparece centralmente en M o n tesq u ieu , aunque
éste no sea contractualista. Así definirá a la libertad en relación con las
leyes:
«... La Libertad es el derecho de hacer todo lo que las leyes permiten, y
si un ciudadano pudiera hacer lo que prohíben, no tendría libertad, porque
los demás tendrían igualmente ese poder...» (El espíritu de las leyes. Segunda
Parte. Libro XI-3) ". La libertad será siempre jurídica. Otra idea de libertad
al margen de las leyes llevaría a la anarquía y de nuevo a la falta de libertad.
Este rasgo del Estado de Derecho, del gobierno de las leyes, al vincularse
con la idea de libertad, justifica la concepción normativa amplia del Estado
de Derecho, inseparable de los conceptos de libertad y derechos humanos.
Tampoco aquí se aclara si el legislador supremo debe estar sometido
a la ley, aunque reconoce que en un Estado libre los hombres que se supone
tienen un alma libre deberían gobernarse a sí mismos y así el pueblo debería
tener el poder legislativo, pero como eso no es posible, propondrá el gobierno
representativo.
En R o u sse a u y en K a n t , aunque se refuerzan los rasgos del gobierno
de las leyes, se deja claro, especialmente en K a n t , que el poder supremo,
el soberano, no está sometido a la ley. Es, en estos autores, gobierno por
medio de las leyes, pero no gobierno bajo las leyes, aunque R o u sse a u hará
una matización importante.
K a n t , en la Metafísica de las costumbres, en la segunda parte de La Doc
trina del Derecho 11 l2, señalará los rasgos del Estado de Derecho:
«... Un Estado (civitas) es la unión de un conjunto de hombres bajo leyes
jurídicas...». El ejecutivo, el gobierno, debe actuar sometido a ¡a ley, pero el
poder legislativo, que es el poder supremo, no está sometido a la ley: «... El
soberano en el Estado tiene ante el súbdito sólo derechos y ningún deber...».
11 Vid. edición castellana de Mercedes Blázquez y Pedro de Vega, Madrid, Tecnos, 1985, reim
presión 1987.
Vid edición castellana de Adela Cortina, Madrid, Tecnos, 1989.
110 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
DERECHO Y FUERZA m
Tampoco los órganos estatales o los funcionarios pueden, de acuerdo
con la Constitución, oponer resistencia al soberano ni, por tanto, limitarlo,
en el caso de que viole la Constitución. Claramente en K a n t gobiernode
las leyes no es gobierno bajo las leyes para el soberano. En su trabajo anterior
de 1793, «En torno al tópico Tal vez esto sea correcto en teoría, pero no sirve
para la práctica», ya había planteado con claridad contundente la misma idea:
«... Cada miembro de la comunidad tiene derechos de coacción frente a
cualquier otro, circunstancia de la que queda excluido el jefe de dicha comunidad
(y ello porque no es miembro de la misma sino creador o conservador), siendo
éste el único que tiene la facultad de coaccionar, sin estar él mismo sometido
a las leyes de coacción...» I3.
La aportación de R o u sse a u será especialmente relevante para distinguir
la fuerza del Derecho, y así, en el libro I, Capítulo III de El contrato sociall4,
dirá que «... el más fuerte no es nunca suficientemente fuerte para ser siempre
el dueño si no transforma su fuerza en Derecho y la obediencia en deber ...
Convengamos que fuerza no hace Derecho y que sólo se está obligado a obedecer
a los poderes legítimos...». Traza claramente la frontera entre la fuerza que
puede estar en los mandatos de las bandas de ladrones y la fuerza del poder
legítimo que actúa a través del Derecho. Y si el pacto social hace nacer
al cuerpo político, el movimiento y la voluntad devienen por la legislación,
gobierno de las leyes que en R o u sse a u tendrán los rasgos de generalidad
y abstracción y no cabrán ni discriminación, ni privilegios, ni tratamientos
individualizados a través de la ley. De ahí lo que considera el régimen ideal:
«Llamo, por consiguiente, República a todo Estado regido por las leyes, sea
cual sea la forma de administración; entonces sólo el interés general gobierna
y la cosa pública es relevante. Todo gobierno legítimo es republicano...». Aquí
dejó R o u sse a u definitivamente claro que la legitimidad de ejercicio corres
ponde al poder del Estado que actúa por medio de leyes, es decir, al Estado
de Derecho, aunque sigue considerando que es contrario a la naturaleza
del soberano que imponga una ley que no puede infringir. En el libro II
queda claro que identifica soberanía con voluntad general (Capítulo I), y
además, matizará la tajante exclusión del control al soberano en el Capítulo
IV, «Límites al poder soberano». Así dirá que «el poder absoluto, aunque
sea absoluto, sagrado e inviolable, no supera ni puede superar los límites de
las convenciones generales...». Es una puerta abierta al gobierno bajo las leyes.
Gobierno bajo la ley significa sometimiento de los gobernantes a la ley
y una barrera contra el abuso de poder.
La primera línea de apoyo a esta ¡dea está en algunas doctrinas con-
tractualistas, donde el poder soberano aparece como producto de un acuerdo
para superar el Estado de naturaleza y para explicar la aparición del Derecho 11
11 Vid. el texto Teoría y Praxis, Madrid, Tccnos, 1986, pp. 28 y 29.
N Vid. edición castellana de El contrato social, citada.
como primer efecto de ese poder. El Derecho regula al poder y le subordina
al cumplimiento de los fines del pacto.
La segunda línea de apoyo para justificar el gobierno bajo la ley es el
constitucionalismo, que ayudará a distinguir entre poder constituyente y
poder constituido. El poder constituido, el gobierno ordinario, el Parlamento
y los jueces están sometidos a la Constitución, y el gobierno y los jueces
también a la ley, y el poder constituyente se somete a sí mismo al regular
en la Constitución el procedimiento jurídico para su reforma. En ese ámbito
y con esos contenidos se debe entender el Estado de Derecho como Estado
constitucional, que integra el gobierno bajo la ley. De todas formas, el poder
constituyente sometido al Derecho por la regulación constitucional de la
reforma puede romper los límites o ser sustituido por la fuerza por otro
poder constituyente que pretenda otras reglas del juego diferente. En ambos
casos se produce una ruptura, voluntaria u obligada, del Estado de Derecho,
y, consiguientemente, de la legitimidad de ejercicio. Sin embargo, esos
momentos de excepción tienden a ser muy limitados en el tiempo, con una
tendencia a restablecer el gobierno de las leyes y el gobierno bajo las leyes.
W e b e r descubrirá estas situaciones al estudiar la que denomina legiti
midad racional, derivada de la sumisión del poder al ordenamiento jurídico,
frente a la carismàtica o la tradicional, propias de situaciones premodernas
o de Estados totalitarios l5.
El gobierno de las leyes, por las leyes y bajo las leyes, forma ordinaria
de los actuales Estados Constitucionales de Derecho, supone una triple fun
ción, que constituye el contenido de la legitimidad de ejercicio del poder:
En primer lugar, una función igualadora donde todas las personas son
sujetos de Derecho, los destinatarios de las normas son el genérico homo
iuridicus y las normas tienen un contenido abstracto igual para todos, lo
que excluye la discriminación y la arbitrariedad. Asimismo, esta función ase
gura la igualdad procedimental y el acceso de todos a los empleos y dignidades
públicas según su mérito y capacidad. La ley es el vehículo para regular
la satisfacción de las necesidades básicas a través de los derechos sociales,
lo que nos lleva a la concepción normativa amplia.
La función de seguridad, decisiva para identificar al Estado de Derecho,
es garantía de certeza, de saber a qué atenerse. Así, la Constitución regula
la organización, funciones y competencias de los órganos e instituciones públi
cas, Jefe del Estado, Parlamento, Gobierno, Gobierno del Poder Judicial,
Tribunal Constitucional, jueces y tribunales, etc. Regula el reclutamiento de
los miembros de esos órganos e instituciones, excepto el Jefe del Estado
en las Monarquías Parlamentarias como España, que tienen unas reglas muy
cerradas referidas a la sucesión. Así, se regula la investidura del presidente
112 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
15 Economía y sociedad, edición citada, «Vili. Las Comunidades políticas».
DERECHO Y FUERZA 113
del Gobierno, la elección de los vocales del Consejo General del Poder Judi
cial o de los magistrados del Tribunal Constitucional. Igualmente, se fijan
las reglas generales de la producción normativa, el funcionamiento reglado
de los órganos y funcionarios, con muy limitados ámbitos de discrecionalidad,
los principios de irretroactividad y de jerarquía normativa, la inderogabilidad
singular de los reglamentos y otros principios para regular la dinámica del
sistema jurídico.
La función de libertad, que conecta la libertad con la ley, es decir, como
libertad jurídica en la forma en que M o n t e s q u ie u entiende el tema, en la
tradición, que arranca de los estoicos, de que para ser libre hay que ser
siervos de la ley (Legum servi sumus, ut Uberi esse possumus. C ic e r ó n ).
Así los contenidos y los límites de la libertad los establecen la Constitución
y la ley. Como veremos, según sea más amplio o más restringido el ámbito
de libertad por los derechos fundamentales, reconocidos y garantizados, esta
remos ante un modelo u otro de Estado de Derecho, pero eso nos conduce
al Estado de Derecho normativo de carácter amplio que veremos más ade
lante.
El Estado de Derecho es el signo evidente de que Derecho y poder son
las dos caras de la misma moneda. H a b e r m a s lo reflejará en Facticidad y
Validez: «... De la constitución original y del entrelazamiento conceptual de
Derecho y poder político resulta, pues, una más amplia necesidad de legiti
mación, a saber, la necesidad de canalizar a su vez, en términos jurídicos, el
poder estatal de sanción, organización y ejecución» 16.
En la Constitución española el Gobierno de las leyes que se detecta en
todo el texto tiene una singular presencia en el art. 1.1: «España se constituye
en un Estado social y democrático de Derecho que propugna como valores
superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el
pluralismo político»; en el art. 9.1: «Los ciudadanos y los poderes públicosestán sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico»; en el art. 97:
«El Gobierno dirige la política in terior y exterior, la administración civil y militar
y la defensa del Estado, ejerce la función ejecutiva y la potestad reglamentaria
de acuerdo con la Constitución y las leyes»; en el art. 103.1 : «La Administración
pública sirve con objetividad los intereses generales y actúa de acuerdo con
los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coor
dinación, con sometimiento pleno a la ley y al Derecho...». Por fin, en el
art. 117.1: «La justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey
por jueces y magistrados integrantes del Poder Judicial, independientes, inamo
vibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley...».
16 Facticidad y validez, edición castellana de M. J iménez R edondo, Madrid, Trotta, 1998, pp. 199
y 200.
114 GREGORIO PECES-BARBAÆUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
ÿ
b) La separación de poderes
La separación de poderes, como expresión de la legitimidad de ejercicio
del poder en el Estado de Derecho, tiene su precedente, en la literatura
clásica y medieval, en el concepto de gobierno mixto. Así, P o l ib io , en la
Roma republicana, lo centraba en la dimensión monárquica de los cónsules,
en la aristocrática del Senado y en la democrática de las Asambleas populares.
En C ic e r ó n , en S a n t o T o m á s , en F o r t e s c u e o en H o o k e r se pueden encon
trar planteamientos similares. Sin embargo, el tema alcanza su mayor sentido
en la modernidad y para superar al Estado absoluto, limitándolo. Junto a
la resistencia de la monarquía absoluta, la separación de poderes tendrá
también que superar el obstáculo teórico de defensores de la unidad del
soberano, como H o b b e s y R o u s s e a u .
Históricamente, el planteamiento inicial de la separación de poderes apa
rece con nitidez y sentido moderno distinto de la idea de gobierno mixto,
en L o c k e , aunque no todavía con la claridad y la construcción sistemática
que presentará en la obra de M o n t e s q u ie u , casi un siglo más tarde. En el
Segundo tratado sobre el gobierno civil (1689), en el Capítulo VII sobre «La
sociedad política o civil», al criticar la monarquía absoluta y su teoría que
formula F il m e r en Patriarca, que justifica el gobierno de Jacobo I Estuardo,
apuntará el mal del poder único: «... Al partirse del supuesto de que ese príncipe
absoluto reúne en sí mismo el poder legislativo y el poder ejecutivo sin par
ticipación de nadie, no existe juez, ni manera de apelar a nadie capaz de decidir
con justicia e imparcialidad y con autoridad para sentenciar, o que pueda reme
diar y compensar cualquier atropello o daño que ese príncipe haya causado
porsi mismo o por orden suya» (VII-91).
Y ya en el Capítulo IX, al analizar las finalidades de la sociedad política
y el gobierno frente al estado de naturaleza, estará fijando lo que hoy enten
demos por poderes separados en el Estado de Derecho.
«En primer lugar se necesita una ley establecida, aceptada, conocida y fírme
que sirve, por común consenso, de noima de lo justo y de lo injusto y de medida
común para que puedan resolverse por ella todas las disputas que surjan entre
los hombres...» (IX-124). Como se ve, L o c k e , con su sobrevaloración de la
ley, identifica su validez con su justicia e incurre en positivismo ideológico.
Es una tentación cuando se coloca a la ley como la máxima expresión del
poder.
En segundo lugar, dirá, hace falta «... un juez reconocido e imparcial, con
autoridad, para resolver todas las diferencias, de acuerdo con la ley establecida...»
(IX-125). Inmediatamente añadirá que: «en tercer lugar se carece con frecuen
cia en el estado de naturaleza de un poder suficiente que respalde y sostenga
la sentencia cuando ésta es justa y que la ejecute debidamente...» (IX-126).
DERECHO Y FUERZA 115
Para la superación del estado de naturaleza y para resolver esas nece
sidades L o c k e está dibujando la constitución de una sociedad política con
un poder legislativo, jueces rectos e ¡mparciales, aunque no los considera
un poder separado, y un poder ejecutivo, que dividirá en dos, ejecutivo y
federativo, aunque admitirá que puedan y suelan estar unidos (Cap. XII)
Afirmará también que «el legislativo es el poder superior y los demás le estarán
subordinados...» (Cap. XIII).
M o n t e s q u ie u , en El espíritu de las leyes (1748), será quien plantee el
tema de manera más profunda, justificando la separación de poderes. Al
analizar, en el Libro XI de la Segunda Parte, la idea de libertad, la relacionará
con la idea de poder, y para ello señala que sólo hay libertad cuando no
se abusa del poder. Sin embargo, añade que «... es una experiencia eterna
que todo hombre que tiene poder tiende a abusar. Llega hasta que encuentra
límites...». Y añade muy agudamente: «... ¡Quién lo diría! la virtud misma
tiene necesidad de límites...» (XI-4). Para que haya libertad será pues necesario
controlar el poder, limitándolo: «... Para que no se pueda abusar del pódel
es necesario que por la disposición de las cosas el poder detenga al poder...»
(XI-4, párrafo segundo).
Tomará el modelo de la Constitución inglesa, que, a su juicio, ha realizado
prácticamente esos postulados teóricos que él defiende, y la analizará en
el famoso Capítulo XI-6: «... Hay en cada Estado dos tipos de poderes, el
poder legislativo, el poder ejecutivo de las cosas que dependen del Derecho de
gentes y el poder ejecutivo de las cosas que dependen del Derecho civil... Por
el primero, el príncipe o el magistrado hace las leyes para un plazo de tiempo
o para siempre y corrige o abroga (deroga) las que existen. Por el segundo hace
la paz o la guerra, envía o recibe embajadas, establece la seguridad, previene
las invasiones. Por el tercero, castiga las crímenes o juzga los conflictos entre
particulares. Se llamará a este último poder de juzgar y al otro simplemente
poder ejecutivo del Estado...»
Tenemos ya las tres funciones: legislativa, ejecutiva y judicial, aunque
a la segunda le asigna competencias de seguridad, de defensa y de repre
sentación internacional, sin todas las de fomento y de promoción que hoy
le corresponden. En todo caso, justificará que esas tres funciones deben per
manecer separadas: «... Cuando en una misma persona o en un mismo cuerpo
de magistrados el poder legislativo está unido al ejecutivo, no hay libertad, porque,
se puede temer que el mismo monarca o el mismo Senado hagan leyes tiránicas
para aplicarlas tiránicamente.
No hay tampoco libertad si el poder de juzgar no está separado del legislativo
o del ejecutivo. Si está unido al legislativo el poder sobre la vida y la libertad
de los ciudadanos sería arbitrario, porque el juez sería legislador. Si estuviera
unido al poder ejecutivo el juez podría tener la fuerza de un opresor...»
De todas formas, autores tan importantes como H o b b es y como R o u s s e a u
rechazarán enérgicamente la tesis de la separación de poderes.
El primero, en el Leviatán, cuando tras el pacto social construye la teoría
del Soberano, único titular del poder, considera que ese poder es indivisible.
Así, en la parte segunda, Capítulo XXIX, «De las cosas que debilitan o
tienden a la disolución de una república», señala la doctrina de que «el poder
soberano puede dividirse. Pues dividir el poder de una república es simplemente
disolverla, dado que poderes mutuamente divididos se destruyen uno al otro...».
Por su parte, R o u s s e a u , en el Libro II, Capítulo II, de El Contrato Social,
que titula «La soberanía es indivisible», sostiene la misma tesis:
«... La voluntad es general o no lo es; si es la del cuerpo del pueblo o
sólo de una parte. En el primer caso esta voluntad declarada es un acto de
soberanía y hace ley; en el segundo, no es sino una voluntad particular o un
acto de magistratura; es todo lo más un Decreto.
Pero nuestros políticos, no pudiendo dividirla soberanía en su principio,
la dividen en su objeto: la dividen en fuerza y en voluntad, en poder legislativo
y en poder ejecutivo, en derechos de impuestos, de justicia y de guerra; en admi
nistración interior y en poder de tratar con el extranjero. A veces confunden
todas esas partes, a veces las separan. Convierten al soberano en un ser fantástico
y formado por piezas que se unen; es como si compusieran al hombre de varios
cuerpos, uno de los cuales tendría los ojos, otro los brazos, otro los pies y nada
m ás...»
Para estos autores la esencia de la soberanía la convierte en indivisible,
pero sus tesis no prosperarán. En la Declaración de los derechos del hombre
y del ciudadano de 1789, texto que representará el modelo de la cultura
política y jurídica liberal, y cuya influencia se extenderá universalmente, se
reconoce que una sociedad sin separación de poderes carece de Constitución
(art. 16). Desde entonces, junto al gobierno de las leyes, la separación de
poderes forma parte del contenido esencial del Estado de Derecho. Sin
embargo, el contenido y el sentido de la separación de poderes ha variado
a lo largo de estos dos siglos muy profundamente.
En primer lugar, el poder ejecutivo ha crecido desmesuradamente y hoy
es el poder más fuerte, aunque el legislativo siga teniendo el monopolio
de la producción normativa, sea la sede de la representación de la soberanía
y también del control y de la fiscalización del ejecutivo. Además, hay que
distinguir entre la separación funcional, que es la tradicional, y la territorial,
que supone la distribución espacial del poder en el federalismo y en los
Estados regionales o de .las Autonomías, como es el caso de España. Por
otra parte, separación no es incomunicación ni independencia total. La sepa
ración se completa con la teoría de los contrapesos. Así, los poderes se equi
libran entre sí: el legislativo otorga la competencia de juzgar a través de
116 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
DERECHO Y FUERZA 117
la Constitución y de la ley, los tribunales constitucionales garantizan la Cons
titución vigilando al legislador y los jueces garantizan la producción par
lamentaria de la ley, protegiéndola de las violaciones reglamentarias pro
ducidas por el ejecutivo, que a su vez les suministra los medios económicos
a través del presupuesto.
El legislador elige al gobierno de los jueces y a un número de magistrados
del Tribunal Constitucional. El ejecutivo depende en su origen del legislativo
(investidura), pero a su vez tiene la iniciativa legislativa y puede disolver
las Cámaras.
Con esta red de comunicaciones y de competencias de un poder en rela
ción con otro se supera el peligro de la descoordinación, y la separación
de poderes aparece como un criterio jurídico que distribuye el poder entre
distintos órganos constitucionales para limitar el poder arbitrario acumulado
en uno solo. De todas formas, como hemos señalado, la separación de pode
res, concebida por los padres fundadores de la democracia, ha sufrido impor
tantes mutaciones porque el legislativo ejecuta y juzga, el ejecutivo legisla
y juzga y el judicial legisla y ejecuta. En efecto, el poder legislativo tiene
su propia administración parlamentaria y puede ser sede de procesos en
causas de ministros o de Jefes de Estado. El impeachement de Estados Unidos
es un ejemplo, que acaba además de funcionar en los últimos tiempos con
el proceso de destitución del presidente Clinton. El ejecutivo, el gobierno,
tiene un poder sancionador administrativo y puede legislar a través de los
decretos-leyes, sometidos después a convalidación en las Cortes Generales,
o por medio de los decretos legislativos, con delegación por medio de ley
(sistema constitucional español). Por su parte, los jueces legislan, y no sólo
el Tribunal Constitucional, sino el Tribunal Supremo por medio de la juris
prudencia, que complementa al ordenamiento jurídico con normas de carác
ter general. Estos cambios profundos han hecho que se propongan otras
distribuciones del poder que matizan la división tradicional entre legislativo,
ejecutivo y judicial. Así, Michel T r o p e r hablará de función gubernamental
(poder de decisión, incluida la iniciativa legislativa), de función deliberativa
y de función de control (que podría incluir no sólo al Parlamento, sino tam
bién a los medios de comunicación). También se puede hablar, para T r o p e r ,
de función de arbitraje, que consiste en intervenir para regular las relaciones
de los órganos que forman los otros poderes. Está pensando en el Jefe del
Estado, pero muy en la versión francesa de la V República, y también en
el Tribunal Constitucional, aunque no en la versión mayoritaria de sistemas,
como el alemán, el italiano o el español, sino en el sistema francés del Consejo
Constitucional, donde los recursos previos, nunca frente a leyes en vigor,
pueden entenderse como arbitraje, lo que es imposible en los demás sistemas,
que expresan más una función de garantía.
Por nuestra parte, añadiríamos dos funciones o dos dimensiones que
podrían diferenciarse: el poder garantizador de la Constitución, que corres-
ponderia al Tribunal Constitucional, y el poder de visibilidad, la visibilidad
del espacio público, que correspondería al papel de control y de fiscalización
del Parlamento y a los medios de comunicación, como ámbito propio y cauce
de ese poder y como contraposición a la tendencia a la opacidad y a la
oscuridad del poder, las viejas doctrinas de la Razón de Estado y de los
arcana imperii, los secretos de Estado. En esta idea de la visibilidad aparece
la justificación de una concepción normativa amplia del Estado de Derecho
con un claro vínculo de las ideas de visibilidad y representación, puesto que
esa visibilidad es condición para la existencia de la opinión pública y para
que el espacio público sea democrático. Estamos ante un ideal de la Ilus
tración que K a n t reivindica. En «¿Qué es la Ilustración?» 17 dirá que «el 1lu
minismo requiere la más inofensiva de todas la libertades, que es hacer el uso
público de la propia razón...». En congruencia con lo anterior, en el segundo
apéndice de «La Paz Perpetua» establece el siguiente principio: «... Todas
las acciones relativas a los derechos de los demás hombres, cuya máxima no
sea susceptible de publicidad, son injustas...» IS.
En todo caso, todas estas modificaciones al modelo clásico pueden ser
incorporadas sin necesidad de desvirtuar su sentido a la división tradicional
entre legislativo, ejecutivo y judicial, que sigue siendo indispensable para
identificar al Estado de Derecho.
c) La concepción normativa amplia y los tipos de Estado de Derecho
En este modelo se supera la dimensión formal y se introducen dimen
siones axiológicas materiales. Ya hemos visto cómo lo que he llamado el
poder de visibilidad influye en la libertad de la opinión pública, en la auten
ticidad de la representación y, en definitiva, en la democracia. También hemos
apuntado que la legitimidad que complementa a la de ejercicio, que hemos
identificado con el Estado de Derecho, la legitimidad de origen del poder,
tiene que ver con el consentimiento y que en el mundo actual se plasma
en el sufragio universal. También sabemos que los clásicos de la división
de poderes, como M o n t e s q u ie u , la vinculan con la libertad, con lo que par
ticipan de esta concepción normativa amplia del Estado de Derecho. Asi
mismo, el art. 16 de la Declaración de 1789 vincula la separación de poderes
con la garantía de los derechos para considerar que una sociedad tenga Cons
titución. Es difícil mantener una concepción normativa formal restringida
y no incorporar al Estado de Derecho aspectos como los derechos funda
mentales. Hermann H e l l e r en su Teoria del Estado reconocerá la conexión:
«... Implica una incomprensión radical y peligrosa del Estado de Derecho
constitucional el considerar a la división de poderes y a los derechos funda
17 Vid. «¿Que es la Ilustración?»,en Filosofía de la Historia. Traducción de E. Imaz. México,
Fondo de Cultura Económica, 1941, pp. 25 ss.
Is Vid, La Paz Perpetua, traducción de M. Abellán, Madrid, Tecnos, 1985.
118 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁN DEZ/RAFAEL DE ASÍS
DERECHO Y FUERZA 119
mentales como dos instituciones independientes una de otra. En realidad, la
tendencia a la organización planificada y según el Estado de Derecho del poder
del Estado, y la encaminada a la salvaguardia de ¡a libertad se condicionan
recíprocamente... En la realidad social la libertad humana tiene que ser siempre
organizada...» I9.
Es, con lenguaje más moderno, la vieja idea de M ontesquieu de la
conexión del imperio de la ley y de la separación de poderes con la libertad.
Estamos ante la concepción normativa amplia de Estado de Derecho que
incluye el valor libertad y los derechos fundamentales.
La dimensión objetiva para la limitación del poder vendría del some
timiento de los gobernantes a la ley y de la división de los poderes, mientras
que la dimensión subjetiva derivaría del respeto y de la garantía de los dere
chos, que actuaría como límite al poder, como cauce para la participación
en el poder y como medio para obtener beneficios del poder a través de
su acción promocional. Como se ve, hay tres posibles modelos de la con
cepción normativa amplia, según sea el nivel de incorporación de las gene
raciones de los derechos al concepto de Estado de Derecho. Una de esas
generaciones, la primera, la de los derechos que limitan al poder, que son
los que forman la libertad protectora, formada por los individuales y civiles,
es imprescindible para que se pueda hablar de Estado de Derecho. En efecto,
estos derechos actúan como una barrera que impide los excesos del poder
y que crea un ámbito de autonomía para la libre toma de decisiones sin
interferencias. Gobierno de las leyes, separación de poderes y derechos indi
viduales y civiles configuran el modelo del Estado liberal de Derecho. Hoy
existe un consenso generalizado que alcanza a todos los partidos políticos
relevantes —conservadores, liberales, demócratas-cristianos, socialistas y
comunistas— sobre la necesidad de la existencia de estos derechos para que
se pueda hablar de concepción normativa amplia de Estado de Derecho.
Sobre la incorporación de los derechos de la segunda generación, los
derechos políticos vinculados a la libertad participación y, sobre todo, en
relación con la incorporación de todos, hombres y mujeres mayores de edad,
a su disfrute, es decir, sobre la conveniencia de su generalización, no ha
existido consenso históricamente, aunque sí existe en la actualidad. Desde
la Revolución francesa en adelante, y durante todo el siglo xix, la burguesía
liberal que gozaba de los derechos individuales y civiles, y era la monopo-
lizadora de la participación, con el sufragio censitario, que reconocía el dere
cho al voto de los que tenían un nivel cultural y una solvencia económica,
se opuso, incluso por la fuerza, a la ampliación del sufragio. Pretendía evitar,
con el rechazo del sufragio universal, la participación de los trabajadores
y de las mujeres en la vida política. La lucha y la presión de sectores liberales
progresistas, como St u a r t M ill, y de socialistas democráticos como Louis
n Teoría del Estado. México, Fondo de Cultura Económica, 9.a reimpresión, 1983, p. 292.
120 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
B la n c o Femando d e los R ío s , produjo la superación de esas resistencias
y la progresiva implantación del sufragio universal. Hoy existe el misino con
senso para su aceptación que con los derechos individuales y civiles. Su incor
poración a la concepción normativa amplia nos llevará a hablar de Estado
democrático de Derecho, y con la acumulación de la primera generación,
de Estado liberal y democrático de Derecho. Finalmente, en lo referente
a la tercera generación de los derechos, vinculados a la libertad prestación,
no existe un consenso generalizado y son rechazados por sectores políticos
neoliberales. Sin embargo, en Europa ha existido un consenso político prác
tico, impulsado por los partidos socialistas y socialdemócratas en el poder
desde la Segunda Guerra Mundial, para implantar esos derechos sociales
a la educación, a la protección de la salud y a la seguridad social princi
palmente. Cuando partidos conservadores o liberales, inspirados en esa ideo
logía neoliberal, ocuparon el poder en Europa, no supieron, no quisieron
o no pudieron desmontar los beneficios de los derechos sociales, aunque
en algún sentido los limitaron o apuntaron privatizaciones frente a la acción
pública. Este tipo de Estado que pretende, con el apoyo de los poderes públi
cos y de la función promocional del Derecho, crear condiciones de cohesión
social para que todas las personas tengan satisfechas sus necesidades básicas
y puedan gozar en plenitud de los restantes derechos individuales, civiles
y de participación política es el llamado Estado social de Derecho.
Podemos, pues, hablar de tres tipos de Estado de Derecho, liberal, demo
crático y social, según integren sólo los derechos individuales y civiles, los
derechos de participación política o los derechos de prestación para exigir
al Estado la satisfacción pública de las necesidades básicas de los individuos.
En la realidad todos los Estados de Derecho son liberales y son democráticos
y algunos son, especialmente en Europa, además, sociales. Es el caso de
España, que se define en la Constitución como Estado social y democrático
de Derecho.
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LECCIÓN QUINTA
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO
SUMARIO: 1. El conocimiento científico sobre el Derecho: la polémica histórica sobre su posi
bilidad.—2. La ciencia del Derecho.—3. La filosofía del Derecho.—4. La sociología del Derecho.
1. EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO SOBRE EL DERECHO:
LA POLÉMICA HISTÓRICA SOBRE SU POSIBILIDAD
La presencia continua del “Derecho” en los diferentes tipos de orga
nización social que a lo largo de la historia han existido ha motivado siempre
una necesidad de formalizarlo como objeto de conocimientohumano. Lo
cual ha dado lugar también a una interesante búsqueda de elementos epis
temológicos que permitieran el desarrollo de un conocimiento científico sobre
el Derecho. Todo ello ha motivado constantemente una serie de cuestiones,
tales como las siguientes: ¿le es realmente posible al hombre el conocimiento
científico sobre el Derecho?, ¿qué tipo de conocimiento filosófico o saber
científico se puede desarrollar sobre el Derecho y cómo ha de estructurarse?,
¿existe un único tipo de conocimiento científico sobre el Derecho o varios?,
¿qué funciones teóricas o prácticas han de cumplir tales conocimientos?
La respuesta a este tipo de preguntas cognitivas ha sido variable a lo
largo de la historia, dependiendo, por una parte, de la propia concepción
que sobre el Derecho se adopte (como norma lógico-formal o como conjunto
de textos legales, como experiencia social o psicológica, como conjunto de
valores ético-jurídicos o como expresión d.e leyes naturales), lo cual ha dado
lugar también a posturas reduccionistas (iusnaturalismo, positivismo, histo-
ricismo, sociologismo...) y unilaterales en relación con la comprensión cien
tífica o filosófica del Derecho y, por otra parte, ha dependido también de
los modelos epistemológicos o de los paradigmas cognitivos, que en cada
época han imperado y dominado en el ámbito del conocimiento humano
y que han condicionado una determinada manera de formalizar y estructurar
el conocimiento del Derecho (como conocimiento racional, abstracto, exe-
gético, analítico, pragmático, sociológico, histórico...).
Así, por ejemplo, en la época de los romanos se desarrolló un tipo de
conocimiento científico sobre el Derecho de carácter básicamente práctico,
la iurisprudentia (que coincide con el viejo concepto griego de frónesis) y,
por tanto, un conocimiento no absoluto ni incuestionable, sino derivado de
la recta ratio agibilium. El desarrollo de la iurisprudentia romana, que ha
sido considerada posteriormente como el origen de la ciencia jurídica euro
pea, se inició en el siglo v a. C. cuando, con la aparición del primer texto
legal conocido —la ley de las XII Tablas— los juristas romanos comenzaron
una labor básicamente interpretativa y técnica dirigida al desarrollo y apli
cación prácticos del Derecho y, por tanto, dirigida a la toma de decisiones
jurídicas. Posteriormente, en la Edad Media, el conocimiento científico del
Derecho se convierte en un conocimiento de tipo dogmático, basado en inter
pretaciones exegéticas de los textos del Derecho romano. Con la aparición
en el siglo x ii primero de los “glosadores” (juristas teóricos formalistas del
Derecho) y después de los “comentaristas” (juristas prácticos del Derecho),
se fueron elaborando las grandes exégesis, codificaciones y comentarios jurí
dicos con base en el Derecho romano, el cual era tomado siempre como
argumento de autoridad incuestionable. Esta labor favoreció una concepción
dogmática del Derecho, al igual que la concepción desarrollada en la teología
y en la medicina escolásticas. Esta similitud entre la labor de los teólogos
escolásticos y la labor científica de los juristas dogmáticos fue puesta de
manifiesto a principios del siglo xx por K a n t o r o w ic z y utilizada, a su vez,
por él mismo para desvalorizar científicamente a la Dogmática Jurídica rea
lizada en Europa a principios del siglo xx, la cual, al igual que la Teología
escolástica, no era más que «un conjunto de reglas para la interpretación de
textos legales» 1 que se consideraban, al igual que los dogmas de fe de la
teología, como un argumento de autoridad indiscutible y absoluto, dando
lugar a una sacralización de los contenidos normativos del texto legal y del
legislador.
Con la llegada de la Modernidad el conocimiento se convierte en racio
nalista, abstracto, lógico y deductivo, adoptando como modelo cognitivo a
seguir el de las ciencias lógico-matemáticas. En relación con el conocimiento 1
1 Hermann Kantorowicz, Der K am pf um die Rechtswissenschaft, 1.“ ed„ Heidelberg, 1906; pos-
teriormente recogido en Rechtswissenschaft und Soziologie, edición de Th. W urtenbekger, Karruhe,
Verlag C F. Müller, 1962; existe traducción castellana a cargo de W. Goldschmidt, con el título
de La Ciencia del Derecho, Losada, Buenos Aires, 1949; Kantorowicz se sirvió de este paralelismo
entre la Teología y la Dogmática jurídica con el objetivo de desvalorizar científicamente a ésta:
«El paralelismo que hoy por hoy existe entre ¡a ciencia jurídico-dogmática y la teología ortodoxa (...)
salta a la vista. Por un lado, se habla de Dios: por el otro, del legislador; ambos seres inasequibles
a la experiencia. La masa profana desconoce sus intenciones o las conoce sólo de modo confuso. Una
casta privilegiada de teólogos o de juristas es mediadora de las revelaciones...»
124 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 125
científico del Derecho el modelo epistemológico dominante dio lugar a una
concepción iusnaturalista y racionalista del Derecho. El ¡usnaturalismo racio
nalista aspiró a la construcción de conceptos jurídicos de validez universal,
basados no ya en los argumentos de autoridad escolásticos, propios de la
Edad Media, sino en la deducción lógica y racional de unos principos aprio-
rísticos y metafísicos. Es decir, se toma como punto de partida la existencia
de leyes naturales, inmutables, eternas y universales, que rigen la conducta
humana, y a cuyo conocimiento llega el hombre mediante un procedimiento
cognitivo lógico, racional y deductivo, que parte de la propia naturaleza racio
nal del ser humano, lo cual significa el triunfo definitivo de la “razón abs
tracta”, que busca fundamentos absolutos y firmes en que basar sus deci
siones. El conocimiento científico sobre el Derecho se torna en esta etapa
en un conocimiento teórico, formal, abstracto, racional y metafisico y, por
tanto, bastante alejado de la realidad histórica y de las experiencias sociales
del Derecho positivo.
A partir del siglo xix el auge de la epistemología positivista, junto con
las corrientes historicistas y con el triunfo definitivo del paradigma de las
ciencias físico-naturales como modelo cognitivo dominante, produjeron un
cambio radical de orientación en el conocimiento científico sobre el Derecho.
La epistemología positivista se enfrentó a cualquier tipo de concepción meta
física del Derecho como las anteriormente existentes (las diferentes teorías
del ¡usnaturalismo) y centró la reflexión científica sobre el “Derecho posi
tivo”, es decir, el Derecho que es realmente, en cuanto “dato real” que debe
ser analizado y descrito. El positivismo jurídico, en sus diversas manifes
taciones, parte de la concepción básica del «positivismo filosófico o cien
tífico», según el cual «la ciencia se ocupa únicamente de los fenómenos obser
vables» 2, es decir, lo dado en el ámbito del “ser”, de la experiencia real.
En este sentido, la filosofía positivista rompe con el “ser ideal” y separa
radicalmente los hechos de los valores, el mundo del “ser” del mundo del
“deber ser”, rechazando todo tipo de concepción metafísica y reivindicando
lo real, los hechos y sus leyes. El modelo epistemológico que triunfa en esta
época consiste, por tanto, en lo siguiente: observación de la realidad sensible,
de los fenómenos naturales y de los hechos “brutos”, generalización de las
características comunes a los hechos mediante el método inductivo con la
finalidad de descubrir las leyes generales del acontecer, y verificación o com
probación empírica. Todo ello, a su vez, tiene como base una concepción
meramente descriptivista y objetivista de la realidad. El observador es un
sujeto pasivo y acritico, y —como señala G o n z á l e z V ic é n— «el conocer no
es más que el proceso de recepción a través de nuestros sentidos de las imágenes
de los objetos»,3; con lo cual la premisa cognitiva se centra en la separación
2 Vid. K. O livecr o n a , El Derecho comohecho, Labor, Barcelona, 1980, pp. 53 ss.
3 F, G onzález V icén, «El Positivismo en la Filosofía del Derecho Contemporáneo», en Estudios
de Filosofía del Derecho, Facultad de Derecho, Universidad de La Laguna, 1979, pp. 47-140 (la
radical del objeto de conocimiento y del sujeto cognoscente, con una supr^r-
denación de aquél sobre éste, es decir, el objeto trasciende siempre al sujeto
y a éste no le está permitido interferir en aquél. La epistemología del posi
tivismo asume, por tanto, plenamente el paradigma de cientificidad de las
ciencias físico-naturales e intenta sacar consecuencias filosóficas del método
cognitivo elaborado por ellas, lo cual implica —como ha señalado G o n zá lez
V icén— «un esfuerzo por dotar a la especulación de una certeza y una verdad
medidas según el criterio del conocimiento científico. Su gran principio es, por
eso..., la limitación de la esfera de lo cognoscible a lo fenoménico y causal;
la renuncia al planteamiento y a la solución de problemas valorativos, onto-
lógicosy, en general, supraempíricos»4 * *.
Por su parte, la corriente historicista, especialmente representada en Ale
mania por la Escuela Histórica del Derecho (F. K. von S avig n y y P u ch ta),
se ocupó de destacar la realidad histórica, evolutiva y variable del Derecho
positivo, propugnando desde un punto de vista epistemológico un método
cognitivo de carácter socio-histórico-comparativo. En palabras de D elg ado
P into, «el historicismo representó una justificada tendencia reactiva frente a
la invasión de la razón teorizante y generalizadora en el dominio propio de
la razón práctica y de la praxis jurídico-política vinculada al tiempo y al lugar» \
En pocas palabras, supuso el paso de la razón abstracta —propia del ius-
naturalismo racionalista— a la razón “histórica” y “contextualizada”. Al his
toricismo no le interesa estudiar lo que el Derecho debe ser, sino lo que
realmente es, su origen y su evolución histórica y social; el Derecho, para
los autores de la Escuela Histórica, no es ninguna abstracción racional, ni
la expresión unilateral del acto de voluntad de un legislador (postura anti
legalista), sino un fenómeno social e histórico, y como tal, variable y relativo.
En este sentido se puede afirmar que la Escuela Histórica del Derecho aportó
también una concepción positivista del Derecho o al menos —como señala
B obbio— preparó el terreno para el pleno desarrollo de las corrientes posi
tivistas \ al rechazar las pretensiones iusnaturalistas de alcanzar un Derecho
de validez universal y de fundamentación absoluta e inmutable, destacando,
por el contrario, el desarrollo interno y espontáneo de cada Derecho.
La vertiente más destacada —y a la vez más criticada— del desarrollo
de la epistemología positivista en el Derecho ha sido la corriente del for
malismo jurídico, tanto en su versión meramente legalista (el positivismo
legalista de la Escuela de la Exégesis o el legalismo de John A ustin), la
126 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
referencia en p. 53); véase» también en este mismo volumen, su artículo titulado «Sobre el positivismo
jurídico», pp. 171-205.
4 F. G onzález V icén, ob. cit., p. 49.
*s J. D elgado P into, «Derecho. Historia. Derecho Natural. Reflexiones acerca del problema
de la oposición entre la existencia del Derecho natural y la historicidad de los ordenamientos jurí
dicos», en Anales de la Cátedra de Francisco Suárez, núm. 4, 1964, pp. 73-174 (la referencia en
la p. 88).
f' N. Bouuio, El Positivismo Jurídico, Debate, Madrid, 1993, pp. 61-77.
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 127
cual identifica el derecho real con el Derecho legislado por una autoridad
estatal, es decir, reduce el Derecho a la ley escrita, aportando una concepción
dogmática de los contenidos normativos del texto legal, como en su versión
normativista (Hans K elsen), la cual reduce el Derecho a un mero conjunto
lógico-formal de normas, olvidando otras dimensiones de la realidad jurídica.
El formalismo jurídico de K elsen, por ejemplo, redujo la reflexión científica
sobre el Derecho al análisis de la estructura lógico-formal de las normas
jurídicas, prescindiendo de sus contenidos y de los desarrollos empíricos de
las mismas, es decir, ignorando la realidad fáctica (social y económica) y
la racionalidad político-material (los factores valorativos e ideológicos) del
Derecho. Su finalidad fue crear una «ciencia pura del Derecho» 7 *.
Como se ha señalado más arriba, la epistemología positivista impuso,
como modelo de cientificidad, el denominado paradigma naturalista, siendo
la metodología de las ciencias físico-naturales la que ejercía una especie de
monismo metodológico sobre cualquier saber que pretendiera alcanzar el
carácter de cientificidad; dicho paradigma se basaba, a su vez, en una errónea
equiparación entre el objeto formal de conocimiento de las ciencias físico-na
turales y el de las ciencias sociales, culturales o históricas. Esto dio lugar
a un “cientificismo” o “dogmatismo científico”. Y precisamente desde los pre
supuestos epistemológicos de dicho paradigma naturalista de cientificidad
surgen algunas importantes críticas a la Ciencia Jurídica de principios del
siglo XX. Dichas críticas pretendían descalificar y cuestionar la labor de teo
rización jurídica llevada a cabo por la Ciencia Jurídica, negándole el carácter
de cientificidad exigido por el paradigma dominante. Se afirmaba que la
Ciencia del Derecho nunca podría llegar a alcanzar un saber universalmente
válido, porque su objeto material de conocimiento (los textos legales) era
variable y contingente. En este sentido ha de entenderse la famosa crítica
del fiscal prusiano Julius von K irchmann, según la cual, y en base al criterio
“aristotélico” de la inmutabilidad del objeto cognitivo, se negaba valor cien
tífico a la Ciencia del Derecho, porque ni el objeto material de conocimiento
de la misma, ni su objeto formal, ni los resultados cognitivos coincidían con
el modelo epistemológico de las ciencias físico-naturales *. Este planteamien
to le sirvió a K irchmann para formular su famosísima sentencia: «En cuanto
la ciencia hace de lo contingente su objeto, ella misma se hace contingencia:
tres palabras rectificadoras del legislador convierten bibliotecas enteras en basu
ra.»
Frente al dominio del paradigma naturalista de la epistemología posi
tivista, en primer lugar, y contra el imperialismo del formalismo y del lega
lismo en la Ciencia Jurídica, en segundo lugar, surgieron a principios del
siglo XX una serie de corrientes críticas que aportaron otras dimensiones
7 Vid. Hans Kelsen, La Teoría Tura del Derecho, Mexico, UNAM, 1981.
s Dicha crítica puede encontrarse en J. H. von Kirchmann, La jurisprudencia no es ciencia,
traducción castellana de A. Truyol Serra, Madrid, CEC, 1983.
cognoscitivas, pero manteniéndose todas dentro del talante positivista de-la
época. En primer lugar, en contra del paradigma del naturalismo, «propiciado
por una lectura caricaturesca e inexacta de la epistemología de las ciencias natu
rales y elaborado p o rla filosofía positivista-mecanicista» 9, se alzan críticas pro
venientes de la filosofía historicista ( D ilthey) y de la filosofía neokantiana
(R ickert, W indelband y W eber) io * 12, las cuales parten de un dualismo dife-
renciador entre una epistemología de las ciencias sociales en general —no
dominada por el monismo epistemológico impuesto por el paradigma natu
ralista— y la epistemología de las ciencias físico-naturales. Dicha diferen
ciación, especialmente en los autores pertenecientes a las escuelas neokan-
tianas, se centraba en la formalización del objeto material de conocimiento,
esto es, en el método cognitivo, propugnando —como hizo W indelband—
un método de conocimiento generalizante, propio de las denominadas cien
cias nomotéticas, y otro individualizante, propio de las ciencias ideográficas,
tales como las ciencias sociales, culturales, históricas. De estamanera sal
vaban el principio positivista de unidad de la ciencia, puesto que la realidad
es única, al igual que lo es el sustrato empírico de “ser”, pero se oponían
al imperialismo del monismo metodológico impuesto por el paradigma “na
turalista” de la ciencia.
En segundo lugar se produjeron también unos movimientos críticos del
Derecho, cuyo denominador común fue lo que T reves ha denominado «la
revuelta contra el formalismo» “, tales como la Jurisprudencia de Intereses,
el Movimiento del Derecho Libre o las diferentes corrientes realistas, tanto
el Realismo Jurídico escandinavo, que representó, desde presupuestos empi-
ristas, una fuerte crítica al formalismo normativista, como el Realismo Jurí
dico norteamericano, cuya crítica fue dirigida hacia el formalismo jurispru
dencial. Dichos movimientos asumieron todos, en mayor o menor medida,
una fuerte posición crítica frente a la labor de la Ciencia Jurídica (tanto
en su vertiente práctica o dogmática como en su vertiente teórica), acusándola
o bien de no aportar un verdadero conocimiento científico sobre el Derecho,
sino de limitarse a ser una mera técnica de interpretación de los contenidos
de los textos legales (Ehrlich), o bien de «racionalizar ilegítimanente»... «meras
vivencias revestidas de una peculiar ilusión de objetividad» (Ross) n. Como
* André-Jean A rnaud y María José Fariñas D ulce, Sistemas Jurídicos: Elementos para un análisis
sociológico, Madrid, Universidad Carlos III-BOE, 1996, pp. 108 ss.
10 Sobre ia polémica epistemológica (Methodenstreit) —polémica que tiene su origen en el seno
de la ciencia económica—, desarrollada en Alemania en tomo al estatuto científico de las ciencias
sociales e históricas en general frente a la epistemología dominante de las ciencias físico-naturales;
véase María José Fariñas Dulce, La Sociologia del Derecho de Max Weber, Madrid, Civitas, 1991,
pp. 89 ss., y la bibliografía allí citada.
M Renato T reves, La Sociología del Derecho. Orígenes, investigaciones, problemas, Barcelona,
Ariel, 1988, pp. 81 ss.
12 Alf Ross, Hacia una ciencia realista del Derecho, Buenos Aires, Abeledo-Perrot, 1961, pp. 16
y 88. Sobre esta crítica véase más ampliamente María José Fariñas D ulce, El problema de la validez
jurídica, Madrid, Civitas, 1991, pp. 94-108.
128 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 129
alternativa proponen un conocimiento científico del Derecho de carácter
social, realista y empirista que se ocupe de estudiar cuál y cómo es el Derecho
vigente, y no cómo debería ser entendido el Derecho estructurado a través
de formulaciones abstractas. De esta manera las corrientes sociologistas del
Derecho reivindican también otras perspectivas cognitivas sobre el Derecho,
tales como la Sociología del Derecho, la Historia del Derecho, la Antro
pología Jurídica, etc. Consideran, por tanto, que el Derecho no se puede
limitar a un conjunto de normas legales estatales, sino que es también una
realidad y una experiencia social y, por otra parte, la teorización de lo jurídico
no puede limitarse a ser meramente estructural y formal, sino que ha de
intentar ser también “realista” y “funcional”, centrándose más en el análisis
empírico y crítico del funcionamiento real y práctico de las normas y de
las instituciones que forman parte del Derecho.
Finalmente, en la actualidad —y propiciado por el ámbito de pluralismo
metodológico existente— se puede hablar de varios tipos de “saberes jurí
dicos” o incluso de ciencias jurídicas o de diferentes perspectivas científicas
de análisis del Derecho. Este último es considerado como un fenómeno com
plejo que no puede ser abordado unilateralmente en su totalidad por un
único tipo de conocimiento científico, sino que debe ser estudiado desde
diferentes perspectivas científicas —las cuales tienen todas ellas como objeto
material de conocimiento al Derecho—, diferenciadas teórica y metodoló
gicamente, pero complementadas entre sí en la práctica. A veces se ha esta
blecido una distinción entre la Ciencia del Derecho, que sería aquella que
estudia normativa e internamente el Derecho, es decir, en su doble versión
de Teoría General del Derecho y Dogmática Jurídica, y las «ciencias sobre
el Derecho», que serían aquellas que estudian el Derecho desde una pers
pectiva externa, analizándolo y describiéndolo como una realidad social y
aplicando, por tanto, un método de conocimiento no jurídico, a saber: un
método sociológico, histórico, psicológico, antropológico, económico, etc.,
y entre las que suelen existir conexiones y complementaciones muy estrechas.
«Ciencias sobre el Derecho» serían, por ejemplo:
— La Sociología del Derecho —que será analizada con detenimiento más
adelante—, que estudia los diferentes contextos sociales en los que se desarro
lla el Derecho en su interrelación mutua, entendiendo el Derecho como
un subsistema integrado en el sistema social.
— La Antropología y la Etnografia Jurídicas, que desde las primeras obras
de M alinowski y L evy-bruhl se ocupan del estudio de las instituciones y
de los sitemas jurídicos “primitivos” y de la organización de las culturas jurí
dicas no occidentales, es decir, lo que se ha denominado «los derechos de
los pueblos sin Derecho» (en el sentido del Derecho occidental, fundamen
talmente escrito), así como de la búsqueda de fundamentos antropológicos
del Derecho y de los problemas de internormatividad surgidos como con
secuencia de la existencia de derechos de culturas “primitivas” que coexisten,*
con los derechos estatales en un contexto de pluralismo jurídico.
— La Psicología Jurídica, consistente en la actualidad no sólo en con
siderar el Derecho como expresión de un fenómeno de naturaleza psicológica
o psicosociológica (es decir, el Derecho entendido como la racionalización
de vivencias de obligatoriedad), como hicieron algunos autores del Realismo
Jurídico escandinavo, especialmente, Karl O l iv e c r o n a , sino también en la
aplicación de las técnicas de la psicología experimental en diversos ámbitos
del funcionamiento de los sistemas jurídicos, muy especialmente en los dis
tintos campos de aplicación del Derecho penal y de la Criminología.
— La Informática Jurídica, que aparece cuando se empieza a generalizar
el uso de los ordenadores y la aplicación del proceso de datos en el Derecho
(la Cibernética Jurídica) y para fines jurídicos, junto a la denominada “Ju-
rimetría”, que hoy día es utilizada en el Análisis Económico del Derecho,
especialmente en el uso de la estadística —y otros medios de análisis empí
ricos cuantitativos y matemáticos— y en la teoría de la decisión jurídica.
— La Lógica Jurídica, ciencia de difícil definición por la diversa utilización
que de la lógica se ha realizado en el ámbito del Derecho13, desde la lógica
formal aplicada al estudio de las normas (la denominada lógica deóntica o
lógica del Derecho) hasta la denominada lógica de los juristas, que entronca
directamente con la llamada teoría de la argumentación jurídica, demostrando
que el razonamiento seguido por los juristas no es el lógico-silogístico, sino
la retórica o la dialéctica, entendidas en el sentido clásico del término, esto
es —siguiendo a P er elm a n y V ie h w e g—, el razonamiento retórico o tópico.
Podría decirse incluso que la Lógica Jurídica más que una ciencia sobre el
Derecho debería ser considerada como una parte de la Ciencia del Derecho,
ya que la aplicación de la lógica al Derecho y a las decisiones jurídicas se
podría enmarcar dentro de la perspectiva interna de análisis del Derecho.
— El Análisis Económico del Derecho, que se caracteriza por la aplicación
de los métodos y técnicas de conocimientos propios de las ciencias econó
micas al conocimiento del sistema jurídico y sus instituciones, por ejemplo,
la jurimetría, las teorías de los juegos aplicadas a las decisiones jurídicas,
los cálculos “utilitaristas” de costes y beneficios, la aplicación de criterios
de eficienciay de “optimización” en la utilización de las acciones y de las
decisiones jurídicas, la utilización de cálculos estadísticos y matemáticos en
la utilización del Derecho, etc.
En las últimas décadas —como puso de manifiesto Elias D ía z , entre
otros— l4, y partiendo de la realidad compleja y plural del Derecho, se llegó
al acuerdo de considerar, por su aparente simplicidad, tres principales pers-
1 ' Véase al respecto las diferentes perspectivas de Lógica Jurídica recogidas por Manuel A tienta,
Introducción al Derecho, 2.a ed., Barcanova, Barcelona, 1988, pp. 304-347.
14 Vid. Elias D íaz, Sociología y Filosofia del Derecho, 2.a ed., Madrid, Taurus, 1980, y Curso
de Filosofia del Derecho, Madrid, Marcial Pons, 1998; véase también Antonio-Enrique P érez Luño,
Teoría del Derecho. Una concepción de la experiencia jurídica, Madrid, Tecnos, 1997.
130 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 131
pectivas de análisis del Derecho que se centrarían cada una de ellas, res
pectivamente, en la dimensión normativa del Derecho, en la dimensión socio
lógica o social en general y en la dimensión valorativa. De esta manera,
la Ciencia del Derecho, en su doble versión de la Teoría General del Derecho
y de la Dogmática Jurídica, se ocuparía de las estructuras lógico-formales
y normativas del Derecho; la Sociología del Derecho se ocuparía de las rela
ciones del Derecho vigente con las diferentes estructuras sociales, convir
tiéndose así en la perspectiva científica paradigmática de todas las ciencias
sobre el Derecho, y por último, la Filosofía del Derecho, se ocuparía de
los problemas valorativos y éticos del Derecho, así como de la búsqueda
de criterios de legitimación para los sistemas jurídicos vigentes, incorporando
una postura crítica frente al Derecho establecido.
2. LA CIENCIA DEL DERECHO
En principio, es necesario distinguir las cuatro vertientes o dimensiones
de la actual Ciencia del Derecho, a saber: la Dogmática Jurídica, que se
ocupa del aspecto material o de los contenidos normativos de los sistemas
jurídicos; la Teoría General del Derecho, que se ocupa de la estructura lógi
co-formal de los mismos; el Derecho Comparado, que es el sector de la
Ciencia Jurídica que analiza comparativamente tanto las instituciones jurí
dicas vigentes como sectores jurídicos en su conjunto o incluso los sistemas
jurídicos considerados en su totalidad, y por último, la Teoría de la Legis
lación, que se ocupa del análisis de los procesos y técnicas legislativos y
tiene un carácter prescriptivo, en cuanto suministra criterios, principios y
directivas para la correcta elaboración de las leyes.
a) La Dogmática Jurídica
La teorización jurídica realizada por esta disciplina científica —que tiene
una larga tradición histórica, como se ha señalado en el apartado anterior—
se centra sobre un sistema jurídico concreto y en lo referente al contenido
material de sus normas, es decir, al contenido normativo de los textos legales.
«Por ello, no se puede hablar de una dogmática “general” del Derecho, sino
de la dogmática de cada sistema jurídico en concreto, e incluso para ser más
exactos habría que hablar de las distintas dogmáticas jurídicas de cada orde
namiento jurídico en junción de las diferentes ramas o sectores existentes dentro
del mismo, como por ejemplo, la dogmática penal, la dogmática civil, la dog
mática mercantil, la administrativa, la laboral, etc.» El método de análisis
utilizado por la Dogmática Jurídica es el método exegético y el de la inter
15 André-Jean A rnaud y María José F ariñas D u lc e , Sistemas Juridicos: Elementos para un aná
lisis sociológico, cit., p. 33.
pretación dogmática del “deber ser” formal contenido en los textos legales,
lo cual ha constituido tradicionalmente la labor por excelencia realizada por
los juristas. La tarea de la Dogmática Jurídica es, en principio, interpretativa,
pero también realiza una labor de sistematización, de ordenación y de cons
trucción de conceptos dogmático-jurídicos, y todo ello con la finalidad de
contribuir a la realización de la aplicación práctica del Derecho. Su objeto
de estudio está configurado por un conjunto de normas jurídicas formalmente
válidas, cuyo contenido conceptual ha de interpretarse con la finalidad de
sistematizarlo y estructurarlo, contrayendo un sistema lo más coherente y
completo posible.
Respecto a las funciones que ha de cumplir la Dogmática Jurídica se
pueden enumerar las siguientes:
a) La función descriptiva: en principio y bajo la influencia de la filosofía
positivista se le asignó a la Dogmática Jurídica una función meramente des
criptiva y cognoscitiva de los contenidos normativos de los textos legales.
La Dogmática Jurídica debía limitarse a realizar una exégesis descriptivista
de los textos legales. Con ello se cumplía la aspiración de neutralidad y obje
tividad cognoscitivas de la epistemología positivista.
b) La función interpretativa y práctica: la labor del dogmático del Dere
cho tiene una finalidad esencialmente práctica, porque dicha labor ha de
consistir en suministrar criterios interpretativos y de aplicación del Derecho,
así como propuestas de interpretación que contienen, a su vez, una valoración
del Derecho vigente. El dogmático del Derecho opta —y, por tanto, valora
previamente— por uno de los posibles contenidos interpretativos de los textos
legales.
c) La función normativa o prescriptiva: se ha discutido mucho sobre
si realmente la Dogmática Jurídica ha de cumplir una función normativa
o no, y a la vez, si la Dogmática Jurídica ha de ser una ciencia normativa
o una ciencia meramente descriptiva. Al respecto ha de distinguirse clara
mente entre las normas y los enunciados sobre normas y, consecuentemente,
entre el Derecho y la Ciencia Jurídica. Los enunciados de la Dogmática
Jurídica son enunciados sobre normas y en sí mismos no tienen carácter
normativo, sino que son enunciados descriptivos y conceptuales de cómo
es el contenido normativo de los textos legales. Ahora bien, en la labor prác
tica de interpretación de la ley realizada por la Dogmática Jurídica ésta esta
blece también propuestas de lege ferenda, es decir, propuestas para la modi
ficación de las leyes, que conllevan una labor de valoración, de enjuiciamiento
y de crítica de los textos legales en sí mismos, más allá de la mera descripción
de lo que aquéllos dicen. Por tanto, la Dogmática Jurídica, sin ser una ciencia
normativa en sentido estricto —tan sólo lo sería por su objeto, pues analiza,
describe e interpreta normas, pero no por sus resultados, pues no crea leyes
que regulen el acontecer social ni proponen pautas de comportamiento—,
sin embargo cumple una importante labor “prescriptiva”, orientada prác
132 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 133
ticamente a la configuración final del Derecho, así como a la modificación
del mismo mediante la presentación de propuestas de interpretación jus
tificadoras. Ahora bien, esta labor entra en directa confrontación con las
aspiraciones meramente descriptivas y conceptuales que la Dogmática Jurí
dica ha tenido bajo el dominio del positivismo jurídico. Actualmente —como
señala C a l sa m ig l ia— «las debilidades de la dogmática son evidentes. Por una
parte, pretende ser un saber descriptivo y no valorativo. Por la otra, busca ser
relevante no sólo desde el punto de vista descriptivo, sino también desde el
punto de vista del participante. Ello le compromete en la tarea de recomendar
soluciones a los problemas con los que se encuentra el participante, y entonces
se desliza por la pendiente de la reformulación del Derecho. Su función ya
no sólo es descriptiva, sino también prescriptiva. Pero la prescripción se hace
en nombre de la ciencia, y ello conlleva una función ideológica en el sentido
de que trata de presentar como resultado de una actividad científica lo que
es producto de la voluntad» l617.
d) La función de sistematización y ordenación: la Dogmática Jurídica,
en su labor práctica e interpretativa, realiza también una labor de sistema
tización y ordenación del material legislativo, construyendo conceptos jurí
dicos y estructurando las diferentes materias legisladas. Todo ello con la
finalidad de construir un sistema jurídico con las características de la cohe
rencia, la unidad y la plenitud, el cual haga factible la realización de las
demás funciones señaladas. Los textos legales no son más que el material
básico con el cual el dogmático del Derecho construye y modeliza un sistema
jurídico, que es mucho más que una mera suma de normas.
e) La función de crítica a la práctica judicial: cada vez más en los últimos
años, la Dogmática Jurídica ha ¡do incorporando a su labor interpretativa
y crítica de los textos legales también una labor interpretativa y crítica de
las decisiones judiciales en aplicación de la ley. A su vez, esta labor contribuye
a la realización de propuestas de lege ferenda y de cambios jurisprudenciales
y, por tanto, sirve de apoyo para la función prescriptiva de la Dogmàtica
Jurídica anteriormente referida n. Es más, podría afirmarse que la crítica
a la práctica judicial encierra en sí misma una función también prescriptiva.
b) La Teoría general del Derecho
La segunda dimensión de la Ciencia Jurídica es aquella que se ocupa
de estudiar el aspecto formal y estructural de los sistemas jurídicos, o dicho
16 Albert Calsamiglia, «Ciencia Jurídica», en Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, t. II:
El Derecho y la Justicia, edición de Ernesto G arzón Valdés y Francisco J. Laporta, Madrid, Trotta,
1996, p. 23.
17 Elias D íaz, Curso de Filosofía del Derecho, cit., p. 172, señala como función de la Dogmática
Jurídica la de establecer: «críticas derivadas de los mayores o menores desajustes reales que pueden
darse..., entre Derecho válido y Derecho efectivamente aplicado por los jueces: cabe proponer desde
ahí cambios en la legislación o (...) cambios en la orientación de tal jurisprudencia».
con otras palabras, la Teoría general del Derecho es el análisis lógico-formal
de los conceptos fundamentales del Derecho. Como disciplina científica, la
Teoría general del Derecho «surgió a finales del siglo xix a raíz del triunfo
del positivismo jurídico, paralelamente, en dos ámbitos idiomáticos: en Ingla
terra, bajo la denominación de “Analytical Jurisprudence” y de la mano de
Jeremy B entham y John A ustin, y en Alemania, bajo la denominación de
“allgemeine Rechtslehre” de la mano de autores tales como A. M erkel,
B ergbohn y, posteriormente, Hans K elsen» i8. Su finalidad básica consiste
en la elaboración de conceptos jurídicos formales que son comunes y básicos
para todos los sistemas jurídicos, tales como el concepto de “deber jurídico”,
el de “derecho subjetivo”, el de “norma jurídica”, el de “deber ser-formal”,
el de “sanción”, el de “delito”, el de “proceso”, el de “plenitud jurídica”,
el de “coherencia normativa”, el de “unidad sistèmica”, etc., y se propone
también el conocimiento de la estructura y funcionamiento interno de los
sistemas jurídicos. Básicamente estaría formada por dos grandes partes (B ob
bio): la teoría general de la norma y la teoría general del ordenamiento
jurídico l9. «Por ello, a diferencia de la Dogmática Jurídica, que se ocupa del
análisis de un sólo sistema jurídico, la Teoría general del Derecho tiene como
finalidad el análisis comparado de diferentes sistemas jurídicos con el objetivo
no de analizar e interpretar sus contenidos materiales sino de estudiar su estruc
tura formal, es decir, los elementos comunes a todos ellos (aspecto formal)
y no los elementos diferenciadores (aspecto material o de contenido)» 20. Se
trata, pues, de una perspectiva científica del Derecho, de carácter descriptivo
y de conceptualización interna.
Como se puede apreciar por lo dicho anteriormente, la teorización jurí
dica realizada por la Teoría general del Derecho es una labor compleja y
extensa que actualmente se ha ido configurando como la parte más general
de la reflexión teòrico-filosòfica del Derecho. También en la actualidad la
Teoría general del Derecho ha dejado de ser meramente estructural para
adoptar, además, una perspectiva funcional, de tal manera que no se limita
al análisis lógico-formal de los conceptos jurídicos básicos, sino que se incor
poran también los problemas relacionados con el funcionamiento interno
del sistema jurídico, especialmente centrados en los diferentes ámbitos de
la decisión jurídica, por ejemplo, cómo se interpretan o se deben interpretar
los textos legales, o cómo se aplica o se debe aplicar el Derecho (problemas
de metodología jurídica) y cómo se crean o elaboran las leyes, es decir, cómo
se produce la decisión legislativa.
'* María José F ariñas D u lce , «Filosofía del Derecho versus Teoría del Derecho», en Anuario
de Filosofía del Derecho, Madrid, núm. IX, 1992, pp. 207-222 (la referencia en pp. 209-210).
Véase, por ejemplo, Norberto Boumo, Teoría General del Derecho, 1." ed., Madrid, Debate,
1991.
31 André-Jean A rnaud y María José F arinas D u lce , Sistemas jurídicos: Elementos para un aná
lisis sociológico, cit., p. 38.
134 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 135
c) El Derecho comparado
La ciencia del Derecho comparado es aquella rama de la Ciencia Jurídica
que trata de analizar comparativamente diferentes sistemas jurídicos con
siderados en su totalidad o diferentes sectores normativos o incluso insti
tuciones jurídicas concretas pertencientes a otros tantos sistemas de Derecho.
El análisis comparativo de los sistemas jurídicos es una labor que facilita
y ayuda a la elaboración de una «Teoría general del Derecho» tal y como
anteriormente se ha explicado. Asimismo, los estudios comparativos del Dere
cho pueden contribuir y ayudar también a la labor interpretativa y a la pres-
criptiva de la Dogmática Jurídica, en cuanto esta última puede utilizar las
propuestas de interpretación realizadas en otros sistemas jurídicos como apo
yo de sus propios criterios o propuestas de interpretación o de lege ferenda.
d) La Teoría de la Legislación
Tiene por objeto el estudio de los procesos legislativos de producción
de normas. Su origen podemos encontrarlo en los trabajos de John A u s t in ,
el cual propugnó, junto a la Jurisprudence o ciencia descriptiva de los textos
legales, la existencia de una Ciencia de la Legislación que tuviera un contenido
normativo y presentivo y que se propusiera conocer cómo deben elaborarse
las leyes. Es una disciplina que se encuentra a medio caminó entre la Filosofía
Política y la Ciencia Jurídica. Es, en definitiva, una ciencia normativa porque
intenta suministrar criterios éticos, pragmáticos, teleológicos e incluso lógi
co-formales para la mejor elaboración de las leyes; pero también tiene un
carácter descriptivo previo, porque le interesa saber qué es lo que hacen
los legisladores a la hora de crear una ley, es decir, cómo se produce la
toma de decisiones legislativas. Cumple, además, una función crítica sobre
los procesos de elaboración de las leyes, pero dicha labor crítica no se basa
sólo en criterios éticos o morales (labor tradicionalmente asumida por la
dimensión axiológica de la Filosofía del Derecho), sino también en criterios
técnicos, lógicos, pragmáticos, lingüísticos, políticos, utilitaristas y de opti
mización o eficiencia de las leyes. No obstante, la actual Teoría de la Legis
lación se debate —como señala Virgilio Z a p a t e r o — entre la perspectiva
meramente técnica o minimalista (ciencia descriptiva de las técnicas y los
procesos legislativos) y la perspectiva normativa o maximalista, que intenta
dar cabida también a criterios de racionalidad no meramente técnicos o for
males y considera a la Teoría de la Legislación como una ciencia prescriptiva
o normativa2I. Lo cierto es que, adoptando una u otra perspectiva,los análisis
de la legislación están en auge en las últimas décadas, ya que también la
:i Vid. Virgilio Z apatero, «De la Jurisprudencia a la Legislación», en Doxa, núm. 15-16, vol. II,
pp. 769-789, y la bibliografía por él recogida.
legislación en sí misma se ha desarrollado excepcionalmente como conse
cuencia de la aparición del “Derecho regulativo”, propio del Estado social
e intervencionista, planteando de nuevo la vieja polémica sobre las facultades
reformadoras de la legislación en el ámbito social y económico.
136 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
3 LA FILOSOFÍA DEL DERECHO
La Filosofía del Derecho, a diferencia de la Ciencia Jurídica, supone
una reflexión filosófica o “metajurídica” sobre el Derecho, trascendiendo
el dato empírico del Derecho positivo. Los orígenes de la reflexión filosófica
sobre el Derecho se pueden remontar hasta la filosofía griega. Ahora bien,
hasta el siglo xvm dicha reflexión en occidente gira en torno a la idea del
Derecho natural, aportando, por tanto, una concepción metafísica e iusna-
turalista del Derecho. La sustitución de la misma denominación “iusnatu-
ralismo” por la de “Filosofía del Derecho”, para referirse a la reflexión filo
sófica sobre el Derecho se produce, en parte, cuando H egel, en 1821, tituló
su obra como Líneas fundamentales de la Filosofía del Derecho (Grundlinien
der Philosophie des Rechts). A partir de este momento la Filosofía del Derecho
fue considerada como la reflexión filosófica sobre el Derecho positivo, ligada
a la aparición de la filosofía positivista, y como veremos, intenta aportar
una concepción crítica y totalizadora del Derecho positivo.
No obstante, dentro de la actual Filosofía del Derecho existe una gran
pluralidad de corrientes, que van unidas a la propia orientación y concepción
filosófica de los autores en cuestión. Por ello —como señala Eusebio F er
nández— «el concepto que se tenga de la Filosofía del Derecho (temas, plan
teamientos, funciones, fines, etc.) depende de la concepción que tengamos de
la filosofía; los distintos sistemas filosófico-jurídicos contemporáneos responden,
en general, al pluralismo existente sobre el concepto y función de la filosofía,
y ésta participa de distintas versiones (que van desde su sobrevaloración a la
certificación de su muerte) según los planteamientos ideológicos de cada autor,
escuela o sistema filosófico; esta circunstancia nos obliga de forma inmediata
a tomar postura sobre lo que entendemos por Filosofía» 22. Ahora bien, quizá
la forma más adecuada de saber qué es la Filosofía y, en concreto, qué es
la Filosofía del Derecho, sea la delimitación de sus campos de aplicación
o, lo que es lo mismo, la delimitación de sus temas o problemas básicos
de análisis. Tradicionalmente se han señalado tres grandes áreas temáticas
comunes a toda reflexión filosófica, a saber, el problema del conocimiento,
el problema del ser y el problema de los valores; aplicando éstos a la Filosofía
del Derecho los temas de desarrollo de esta última serían los siguientes: 22
22 Eusebio Fernández, «Filosofía del Derecho, Teoría de la Justicia y Racionalidad Práctica»,
en Teoría de la justicia y derechos humanos, Madrid, Debate, 1984, pp. 15-44 (la referencia en la
p. 16).
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 137
1. La Epistemologa Jurídica o el problema relacionado con los tipos
de conocimiento científico que se pueden desarrollar sobre el Derecho, tam
bién denominada, a veces, como Teoría de la Ciencia Jurídica o Metodología
del Conocimiento Jurídico. Se trata de analizar problemas precientíficos y
heurísticos —y, por tanto, filosóficos— relacionados con: la reflexión sobre
la formalización del objeto material de conocimiento de las diferentes ciencias
jurídicas; la reflexión sobre la construcción conceptual de cada una de ellas;
la reflexión sobre las funciones que debe realizar cada una de dichas ciencias,
y la reflexión sobre la estructura del método cognitivo, en este caso la
reflexión sobre los diferentes métodos jurídicos de conocimiento y sobre la
aplicación de otros métodos cognitivos al conocimiento del Derecho. En defi
nitiva, se trataría de abordar todos los problemas relacionados con el estatus
del conocimiento científico de lo jurídico, o lo que es lo mismo, la aplicación
de los diferentes modelos cognoscitivos sobre el saber jurídico. La teoría
del conocimiento jurídico o teoría de la ciencia jurídica tiene, por tanto,
un carácter previo y propedèutico, lo cual la convierte en básica y funda
mental, porque el problema del conocimiento y de cómo se produce éste
está en la base de cualquier construcción filosófica sobre el Derecho. Pero
también cumple una función crítica, en cuanto la Epistemología Jurídica
implica una reflexión crítica sobre la propia posibilidad del conocimiento
jurídico y de su cientificidad, así como sobre las características y las funciones
de las ciencias jurídicas y de sus respectivos métodos cognitivos.
Ahora bien, conviene diferenciar claramente entre los problemas rela
cionados con la “metodología jurídica” (propios de la Teoría general del
Derecho), que hacen referencia al funcionamiento interno del Derecho, y
los problemas anteriormente señalados de «metodología del conocimiento
jurídico» o «metodología de las ciencias jurídicas» (propios de la dimensión
epistemológica de la Filosofía del Derecho), porque la no delimitación o
incluso la identificación de ambos campos de análisis implicaría —como ha
señalado C alsam iglia— la no delimitación exacta entre «Derecho y ciencia
del Derecho» 23.
2. La Ontologia Jurídica o el estudio del “ser” del Derecho, también
denominada Teoría del Derecho. Este aspecto de la Filosofía del Derecho
tiene por misión la delimitación del objeto cognitivo, esto es, la delimitación
del marco conceptual del Derecho, es decir, conseguir un concepto unitario,
global y totalizador del Derecho en el cual se puedan incluir y sintetizar
todas las definiciones y aportaciones parciales proporcionadas por las dife
rentes ciencias jurídicas particulares (la Teoría general del Derecho, las dife
rentes dogmáticas jurídicas, la ciencia de la legislación, la sociología del Dere
cho, la lógica jurídica, la historia del Derecho, la antropología jurídica...),
23 Albert Calsamiglia, Introducción a la ciencia jurídica, Barcelona, Ariel, 1986, p. 46, utiliza
ese ejemplo para denunciar el hecho de que «la comunidad dogmática no ha aceptado mayori-
tariamente la distinción entre Derecho y la ciencia del Derecho».
lo cual implica, a su vez, la renuncia a todo tipo de vestigio o enfoque m et^
físico del Derecho y, por tanto, la radical separación entre el “ser” del- Dere
cho y el “deber ser” del mismo. En la moderna Filosofía del Derecho la
Ontologia Jurídica aparace totalmente independizada de la Axiología Jurí
dica, lo cual no ocurría en la teoría iusnaturalista del Derecho, que podría
definirse como una concepción óntico-axiológica del Derecho o como una
concepción metafísica del mismo. La actual Ontologia Jurídica o Teoría del
Derecho trata de responder a la pregunta de qué es el Derecho partiendo
del dato real del Derecho positivo y no a la pregunta de qué debe ser el
Derecho, la cual pertenece al ámbito axiológico de la Filosofía del Derecho.
En definitiva, los problemas ontológicos del Derecho tienen que ver mucho
con las distintas concepciones jurídicas (normativistas, realistas, analíticas,
iusnaturalistas...), pero lo que parece fuera de toda duda es que la teoría
del Derecho ha de tender a una concepción “totalizadora” e integradora
del fenómeno jurídico, y dicha concepción sólo se puede alcanzar —como
ha indicado P érez L uño— «a partir de la experiencia jurídica, esto es, captando
su entero desenvolvimiento desde su génesis en las relaciones sociales, a su for
malization normativa, su aplicación judicial y su teorización doctrinal» 24.
Los problemas ontológicos del Derecho son, por tanto, problemas de
conceptualizaciónexterna, lo cual permite distinguir a la Ontologia Jurídica
o Teoría del Derecho de la Teoría general del Derecho, que se ocupa de
la conceptualización interna del mismo. Por ello, los problemas relacionados
con los distintos criterios de “validez” del Derecho, o los problemas externos
de relación y diferenciación del sistema jurídico con otros sistemas norma
tivos, o los problemas externos de interconexión entre el Derecho y el poder
político (por ejemplo, el Derecho como mecanismo represivo o como ins
trumento de políticas sociales), o los problemas relacionados con la acep
tación o reconocimiento social del Derecho, o los problemas relacionados
con la obediencia al Derecho y los tipos de desobediencia justificada reco
nocidos en cada sistema jurídico, o los problemas de la justificación de la
coacción y de la pena... son típicos de la Teoría del Derecho, mientras que
la definición de conceptos jurídicos internos, tales como “deber jurídico”,
“derecho subjetivo”, “sanción”, “norma jurídica y sus tipos”, etc., son tareas
propias de la Teoría general del Derecho.
3. La Axiología Jurídica o la Teoría de la Justicia. Esta parte de la
reflexión filosófica sobre el Derecho se centra fundamentalmente en el aná
lisis de cómo “debe ser” el Derecho. Es, pues, una investigación de tipo
deontológico que tiene como objeto de estudio los siguientes temas: el pro
blema general de la valoración y justificación del Derecho, con especial aten
ción a la finalidad o fines del mismo; la elaboración de los criterios de legi
timación del mismo y la crítica de los diferentes sistemas de legitimidad exis- •
•J Antonio-Enrique Pérez Luño, «Problemas abiertos en la Filosofía del Derecho», en Doxa,
núm. 1, 1984, p. 199.
] 38 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 139
tentes; la definición de los contenidos de justicia, de los valores superiores
de cada sistema jurídico y de los principios jurídicos fundamentales, y, en
definitiva, la respuesta a los problemas éticos que al Derecho se le plantean.
Dicho en palabras de Elias D íaz se trata del «enjuiciamiento crítico del Derecho
positivo desde un determinado sistema de valores; pero también confrontación
racional y análisis crítico de los diferentes posibles sistemas de valores que, de
modo sucesivo (dinámico) y simultáneo (sincrónico) tratan de presentarse como
legítimos o justos»2S. Para algunos autores (B obbio entre otros), la «teoría
de la Justicia» constituye la parte fundamental de la Filosofía del Derecho,
ya que exige una “toma de posición” frente al Derecho positivo, lo cual
potencia la función crítica y de transformación social del orden jurídico esta
blecido realizada por aquélla. Como señala P eces-B a r b a , «... tiene la función
de reflexionar críticamente sobre los valores del Derecho positivo y proponer
otros valores distintos, en su caso para transformar los ideales jurídicos de ese
ordenamiento jurídico positivo. Su reflexión se centra en el derecho que debe
ser, en los elementos de moralidad que debe contener un orden jurídico» 26.
Por tanto, la Filosofía del Derecho en su dimensión axiológica representa
la faceta más crítica y utópica frente ai Derecho positivo vigente.
Finalmente, a la hora de establecer cómo “debe ser” el Derecho o de
formular críticas al Derecho establecido, dentro del ámbito axiológico de
la Filosofía del Derecho, habrá que tener muy en cuenta las aportaciones
de otra disciplina científica del Derecho, cual es la Sociología jurídica. Desde
este ámbito cognoscitivo se pueden aclarar o explicar en buena medida las
actitudes psicológicas y psicosociales, de aceptación o desaprobación, que
los individuos muestran socialmente con respecto a determinados valores
jurídicos y al desarrollo legislativo y jurisprudencial de los mismos, así como
la formación social de nuevos valores o fines que aspiran, desde el ámbito
de la reivindicación social, a su reconocimiento y desarrollo jurídico.
4 LA SOCIOLOGÍA DEL DERECHO
La Sociología del Derecho es la ciencia paradigmática de todas aquellas
denominadas «ciencias sobre el Derecho» que pretenden analizar éste desde
una perspectiva científica externa o, si se quiere, no normativa. Es una ciencia
social de reciente creación y consolidación que tiene por objeto el estudio
de los sistemas jurídicos en sus diferentes contextos sociales, a saber: cul
turales, económicos, históricos, políticos, antropológicos, etc.
Su nacimiento como disciplina científica tiene lugar a principios del
siglo XX como consecuencia de las reivindicaciones planteadas por varios
movimientos críticos del Derecho, los cuales tuvieron como denominador
:5 Elias Díaz, Sociología y Filosofia ilei Derecho, c¡U p- 255.
J' Gregorio Pl c is -B akba. introducción a la Filosofa del Derecho, Madrid, Debate, 1983, p. 305.
común —en mayor o menor medida— la reacción frente al formalismo,
dogmatismo y al legalismo existentes en la Ciencia jurídica de principios
de siglo. «En concreto, en la tradición de la cultura jurídica europea la Sociología
del Derecho se manifiesta principalmente a través de los movimientos socio-
logistas y antiformalistas desarrollados dentro del propio pensamiento jurídico
a principios del siglo xx, los cuales supusieron una reivindicación de la pers
pectiva socio-cultural y socio-histórica del Derecho, así como una reivindicación
de mayor flexibilidad en los mecanismos de funcionamiento intemo de los sis
temas jurídicos. Desde la Jurisprudencia de Intereses —que aportó la idea de
fin y, sobre todo, las ideas de interés y de conflicto, como elementos básicos
de toda construcción científica del Derecho—, pasando por el Movimiento del
Derecho libre —que defendió una concepción pluralista del Derecho y de sus
fuentes de producción, así como una concepción sociológica de la Ciencia del
Derecho y un rechazo a los dogmas de la lógica deductiva y de la plenitud
del ordenamiento jurídico—, hasta las denominadas corrientes realistas —que
pretendieron elaborar una teoría sociologista del Derecho partiendo de una rede
finición de todas las categorías jurídico-ficticias elaboradas por la dogmática
jurídica—, se produjo toda una corriente crítica frente a las constmcciones cien
tíficas del Derecho realizadas por los juristas, que tuvieron como fruto la intro
ducción —y posterior consolidación académica— de una perspectiva de análisis
del Derecho novedosa hasta ese momento, cual era la perspectiva sociológica
del Derecho» 11, o la Sociología Jurídica.
Desde una concepción tradicional, como la de Renato T r e v e s 27 28, la Socio
logía del Derecho ha sido entendida en una doble vertiente: en primer lugar,
como estudio de la situación que ocupa el «Derecho en la sociedad», es
decir, el análisis funcional y finalista del Derecho y de sus instituciones con
respecto al sistema social en su conjunto, y en segundo lugar, como el análisis
de la «sociedad en el Derecho», es decir, el estudio de las consecuencias
fácticas que los sistemas jurídicos provocan en las acciones y relaciones socia
les, esto es, la respuesta social al Derecho. Por otra parte, el tema del objeto
material de conocimiento de la Sociología del Derecho ha sido siempre, desde
sus orígenes, el caballo de batalla, especialmente entre sociólogos y juristas,
que ha provocado más desencuentros que acuerdos. No se puede afirmar
que la Sociología del Derecho tiene un objeto único y diferenciado de cono
cimiento, porque si entendemos que tiene como objeto material de cono
cimiento solamente el sistema jurídico y sus instituciones, caeremos entonces
en lo que se ha denominado una «Sociología del Derecho de los juristas»,
pero si se afirma que ha de estudiar sólo los comportamientos sociales que
tienen que ver con la existencia de un sistema jurídico o los problemas rela
cionados sólo con la “eficacia” de las normas y de las instituciones jurídicas
27 André-Jean A rnaud y María José Fariñas D ulce, Sistemas Jurídicos:Elementos para un ana-
lisis sociológico, citM p. 19,
Renato T reves, La i Sociologici d e l Derecho, ob. cit.
140 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 141
entonces caeríamos en lo que se ha denominado como «Sociología del Dere
cho de los sociólogos» o «Sociología de la eficacia», la cual incurría en un
reduccionismo fáctico que olvidaba el carácter esenciamente normativo de
esa denominada “facticidad” del Derecho.
Con respecto al método cognitivo o a la formalización del objeto material
de conocimiento de la Sociología del Derecho, tampoco ha existido acuerdo.
En base a los presupuestos epistemológicos del positivismo sociológico —que
dominó durante décadas el panorama sociológico-jurídico—, se propugnaba
una Sociología del Derecho de carácter descriptivo y acritico, sometida al
monismo metodológico del “cientificismo” impuesto por aquél. Esto dio lugar
al predominio de una Sociología del Derecho predominantemente cuanti
tativa, descriptiva, objetivista, mecanicista, organicista, causalista, reduccio
nista, determinista y basada en una filosofía social funcionalista29 *.
Actualmente, y superadas ya las primeras disputas metodológicas en torno
al estatuto científico de la Sociología del Derecho M, la perspectiva socio-
lógico-jurídica de análisis de los sistemas jurídicos se constituye más que
como una “comtiana” disciplina autónoma, diferenciada y cerrada, como un
«campo de análisis interdisciplinario», centrado en el estudio social de los
sistemas jurídicos y de sus normas e instituciones, enmarcados en sus con
textos sociales, culturales, políticos, económicos, etc. Desde el punto de vista
epistemológico, el actual Análisis Sociológico de los sistemas jurídicos parte
de presupuestos constructivistas del conocimiento, según los cuales la “rea
lidad”, y también la “realidad jurídica”, es el resultado de un proceso “cons
tructivo”, es un “constructo” en sí mismo, y no algo dado de antemano (on
tologia de lo dado), que espera allí fuera a ser descubierto por la razón
humana, y se enmarca, además, en una opción de pluralismo metodológico,
donde tanto valen las metodologías cuantitativas como las cualitativas, pro
venientes de las diferentes ciencias sociales (metodologías y ténicas de inves
tigación antropológicas, etnográficas, fenomenológicas, económicas, históri-
co-comparativas, sociológico-cuantitativas o sociológico-cualitativas, funcio-
nalistas, sistémicas, cibernéticas, pragmáticas, etc.). Por ello, «¡o que debe
unir a los diferentes investigadores, con formaciones académicas diversas (ju
ristas, economistas, sociólogos, antropólogos, politólogos,...), que se acercan al
análisis del Derecho desde la óptica sociológica, es el interés por contribuir a
un proyecto científico interdisciplinario donde tengan cabida también los aspec
tos económicos, políticos, prácticos y valorativos, más allá de las iniciales pos
turas “sociologistas” o “realistas” de la Sociología del Derecho tradicional» 31.
Véase más ampliamente André-Jean A rnaud y María José Fariñas D u lc e , Sistemas Jurídicos:
Elementos para un análisis sociológico, cit., primera parte.
Véase sobre dicha polémica metodológica María José F ariñas D u lc e , La Sociología del Dere
cho de Max Weber, cit., y la bibliografía allí citada.
'' André-Jean A rnaud y María José F ariñas D u lc e , Sistemas Jurídicos: Elementos para un aná
lisis sociológico, cit., p. 22.
Dichos planteamientos constructivistas e ¡nterdiciplinarios del conocimiento
social del Derecho se enfrentan radicalmente a toda la epistemología tra
dicional y muy especialmente a la positivista32.
La actual Sociología del Derecho o Análisis Sociológico de los sistemas
jurídicos abarca un amplísimo campo temático de investigación por la propia
característica de campo interdisciplinario que adopta la perspectiva socio-
lógico-jurídica. Sin ánimo de totalidad —porque además el campo queda
abierto a nuevos problemas— señalaré a continuación algunas de las áreas
temáticas más consolidas y destacadas:
a) La dimensión teórica y metodológica de la propia perspectiva socio-
lógico-jurídica. Durante décadas, y especialmente en la cultura europea, ha
predominado una Sociología del Derecho básicamente teórica y metodo
lógica, la cual se centraba en la construcción de una teoría sociológica del
Derecho y en la discusión de los aspecto metodológicos relacionados con
el conocimiento social del Derecho. Este área temática está muy relacionada
con la filosofía social, con la filosofía del Derecho y con la teoría sociológica.
En la actualidad se centra en la delimitación del campo interdisciplinario
de la Sociología del Derecho, así como en problemas ontológicos, cognitivos
y en conceptualizaciones externas y globales de la realidad socio-jurídica,
que tienen que ver, entre otros problemas, con: la definición del sistema
jurídico en las ciencias sociales, el problema del cambio social y el cambio
jurídico, la vinculación del Derecho con el control social y con el control
político, los procesos de socialización, la relación del sistema jurídico con
el sistema social, las diferencias entre monismo jurídico y pluralismo jurídico,
los problemas de interlegalidad, etc.
b) El análisis sociológico de los procesos de producción normativa, tam
bién denominado como Sociología Legislativa. Se trata de analizar cómo
se originan las normas jurídicas, desde los propios “conflictos sociales” que
se tratan de juridificar y la definición de valores, fines y objetivos, pasando
por los “intereses” en juego y la ponderación jurídica de alguno/s de ellos
con los condicionamientos fácticos —especialmente políticos y económicos—
de dicha ponderación, hasta el análisis técnico del propio proceso legislativo
y la influencia de diversos interes y factores sociales en el mismo. Este ámbito
de análisis —como ha advertido Virgilio Z apatero— n no ha sido demasiado
desarrollado tradicionalmente por los sociólogos del Derecho, los cuales han
estado siempre más atentos a los desarrollos empíricos y sociales de las nor
mas jurídicas una vez elaboradas; pero tampoco lo ha sido por los teóricos
ni por los filósofos del Derecho, salvo las propuestas de una Ciencia de
la Legislación, en cuanto ciencia prescriptiva del Derecho, realizadas por
B entham y A ustin. Actualmente la interdisciplinariedad de la Sociología
^ Sobre dicha oposición véase más ampliamente María José F ariñas D u lce , «Sociología del
Derecho versus Análisis Sociológico del Derecho», en Doxa, núm. 15-16, vol. II, pp. 1013-1023.
Vid. Virgilio Z apatero G óm ez, «De la jurisprudencia a la legislación», cit., p. 771.
142 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO DEL DERECHO 143
Legislativa y de la Teoría de la Legislación es algo necesario e inevitable,
ya que la cuestión de producción normativa genera una problemática fron
teriza entre ambas. Además las investigaciones socio-jurídicas de los procesos
legislativos pueden servir de apoyo a las propuestas normativas realizadas
desde el ámbito de la Teoría de la Legialción, la cual, a diferencia de aquélla,
se configura como una ciencia normativa y no meramente descriptiva. Por
otra parte, la inflación legislativa producida en las últimas décadas como
consecuencia de la función regulativa o intervencionista del Derecho ha reno
vado el interés por los estudios legislativos y ha revalorizado la propia función
legislativa del Derecho.
c) El análisis sociológico de los procesos de interpretación y aplicación
del Derecho, también denominado como Sociología Judicial. En este ámbito
se desarrolla un variadísimo campo temático, por ejemplo: análisis de los
comportamientos de los diferentes operadores jurídicos que participan en
el proceso judicial, con especial atención a la figura de los jueces; análisis
institucional y funcional de la administración de justicia; análisis sociológico
del acceso a la justicia y a latutela judicial y los problemas de litigiosidad;
análisis de los mecanismos “informales” de resolución de conflictos, como
la mediación, el arbitraje, la conciliación o la negociación internacional; aná
lisis de los mecanismos “alternativos” y extraestatales de resolución de con
flicto desde una perspectiva de pluralismo jurídico; el “uso alternativo” del
Derecho y del sistema judicial como técnica de interpretación política de
las normas por parte de los jueces; los enfoques etnográficos sobre la orga
nización de la administración de la justicia; los condicionamientos fácticos
que influyen en la toma de la decisión judicial; la relación de la justicia
con subsistemas sociales como el penal o el penitenciario; los análisis socio-
lógico-interpretativos de la jurisprudencia, etc.
d) Investigaciones sobre los “operadores jurídicos”, es decir, sobre todas
aquellas personas o grupo de personas que trabajan directa o indirectamente
en los procesos de producción, interpretación, aplicación y ejecución del
Derecho, por ejemplo, jueces, fiscales, abogados, notarios, legisladores, fun
cionarios de policía, árbitros, mediadores o asistentes sociales... Este tipo
de investigaciones gira en torno a determinar cuál es el proceso de socia
lización, el uso del lenguaje, la procedencia y pertenencia a un estrato social
determinado, las concepciones religiosas e ideológicas, el comportamiento
procedimental derivado de la asunción de un rol social y/o jurídico deter
minado, los códigos de comportamiento... de los diferentes “operadores jurí
dicos”.
e) Los análisis de “implementación” de las normas jurídicas, es decir,
el estudio de todo lo relacionado con la puesta en práctica de las normas
jurídicas, con especial referencia a los análisis de eficacia y efectividad de
las mismas. Es decir, el seguimiento social de las normas jurídicas desde
el momento de su entrada en vigor.
f ) Las investigaciones sobre la respuesta social al Derecho, con especia}*
referencia al origen, motivaciones y consecuencias de las denominadas con
ductas “desviadas” y a la función de los mecanismos jurídico-formales para
integrarlas o disgregarlas, según los casos.
g) El análisis organizativo y funcional de las normas y las instituciones
jurídicas y el “análisis funcional” del Derecho con respecto al sistema social.
Se trata de responder a la pregunta de para qué nos sirve el Derecho, sus
normas y sus instituciones, lo cual está muy relacionado con la definición
de fines y objetivos y con las necesidades funcionales del sistema social y
con las de los individuos que usan el sistema jurídico como marco de inte
ractuación social.
h) La relación del sistema jurídico con otros subsistemas sociales, tales
como el sistema político, el sistema económico o el sistema cultural, donde
se enmarcarían problemas tales como las consecuencias del proceso de glo-
balización económica en los sistemas jurídicos estatales o los problemas rela
cionados con la “gobemabilidad” o la definición política de valores, fines
y objetivos sociales que han de implementarse mediante normas regulativas
e intervencionistas.
i) Las sociologías jurídicas particulares; se podría afirmar que a cada
rama de la Dogmática Jurídica le corresponde una sociología jurídica par
ticular. Así, podríamos hablar de una sociología del Derecho laboral y de
los mercados de trabajo, una sociología del Derecho de familia, una sociología
del Derecho penal, una sociología del delito con especial relación con la
criminología, una sociología del Derecho de contratos, etc. Se trata en este
caso de aplicar los conceptos y métodos cognitivos definidos en el ámbito
de la Sociología del Derecho teórica a las diferentes ramas o sectores del
derecho positivo.
j ) El análisis de los procesos de configuración e implementación de las
“políticas públicas”, en el marco de la función promocional del Derecho
y del ejercicio de un control de tipo positivo. Se trata en este ámbito de
analizar cómo se produce el proceso de definición de las políticas públicas
y de los programas estatales de intervención en la estructura social y eco
nómica, cuál ha de ser el marco de intervención de los diferentes poderes
públicos, cuáles han de ser las normas específicas de regulación para el
desarrollo de éstos y aquéllas, así como la configuración de los mecanismos
internos de control y evaluación de tales políticas y programas.
144 GREGORIO PECES-BARBA/EUSEBIO FERNÁNDEZ/RAFAEL DE ASÍS
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vol. II, pp. 769-789.
LECCIÓN SEXTA
EL DERECHO COMO NORMA
SUMARIO: 1. Funciones del lenguaje.—2. La norma como proposición prescriptiva. Tipos de nor
mas.—3. Principales dimensiones de las prescripciones.—4. Principales concepciones de las nor
mas jurídicas: Kelsen y H art.—5. Principios y reglas.
En las lecciones precedentes hemos afirmado la naturaleza normativa
del Derecho y al mismo tiempo hemos señalado también que el Derecho
es un conjunto de normas. A continuación, procede dar un paso más en
nuestro intento de comprensión del Derecho y aproximarnos a la noción
de norma jurídica, analizando sus dimensiones básicas, sus datos estructurales
y las principales propuestas de comprensión al efecto.
Afirmar la naturaleza normativa del Derecho y señalar al mismo tiempo
que el Derecho es un conjunto de normas supone reconocer que el Derecho
pertenece al mundo del deber ser. Enefecto, las normas jurídicas son expre
sión del deber ser. No son descripciones de la realidad. A través de ellas
no se pretende describir o dar cuenta de lo que ya existe, sino modificar,
cambiar, transformar o incluso mantener lo que ya existe. El Derecho, por
tanto, interviene en la realidad. Por eso, las normas jurídicas son expresión
de una determinada voluntad; es esa voluntad la que quiere que se transforme
la realidad en un determinado sentido, que los individuos se conduzcan de
determinada manera y la que establece qué consecuencias se derivan del
incumplimiento de los criterios de comportamiento establecidos.
Conviene comenzar afirmando la inescindible vinculación entre el Dere
cho y el lenguaje. El Derecho se expresa a través del lenguaje, es una forma
concreta del lenguaje. Por ello, si queremos comprender en qué consisten
los elementos básicos del Derecho, las normas jurídicas, debemos tener bien
presente que en realidad son trozos o parcelas de lenguaje. En efecto, el
Derecho, las leyes, los códigos, son manifestaciones del lenguaje escrito. El
Derecho se manifiesta normalmente a través de esta vía, si bien es cierto
que en algunas ocasiones el mandato expresado a través de las normas jurí
dicas se puede manifestar también mediante símbolos (pensemos en una
señal de tráfico o en un gráfico que señala la prohibición de fumar en un
hospital o en un centro oficial, por ejemplo).
No obstante, cuando afirmamos que el Derecho se expresa a través del
lenguaje debemos tener en cuenta también que en esos casos estamos hacien
do referencia a una de las variadas funciones que éste puede desarrollar.
Conviene por ello referirse en este momento a las funciones del lenguaje.
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1. FUNCIONES DEL LENGUAJE
El lenguaje no siempre se usa con las mismas finalidades. En efecto,
se puede utilizar para lograr determinados objetivos. Así, podemos distinguir
diferentes usos o funciones del lenguaje '. Pero antes de ir a esta cuestión,
conviene aludir al concepto de proposición. De acuerdo con B o b b io , una
proposición es un «conjunto de palabras que tienen un significado entre sí,
es decir, en su conjunto» 1 2. Las proposiciones deben ser distinguidas de sus
enunciados, es decir de la forma lingüística a través de la cual las propo
siciones expresan su significado. De lo anterior se derivan consecuencias:
1) una proposición se puede expresar a través de diferentes enunciados; 2) un
mismo enunciado puede expresar diversas proposiciones. Dicho esto pasemos
a mostrar las diversas funciones del lenguaje3:
Función descriptiva: En ocasiones el lenguaje se puede emplear para des
cribir determinados aspectos de la realidad o para transmitir ciertas infor
maciones. Se lleva a cabo a través de proposiciones descriptivas. Dichas pro
posiciones pueden ser consideradas verdaderas o falsas en función de si su
contenido se ajusta o no a la realidad.
Función emotiva o expresiva: Sirve para comunicar emociones o senti
mientos o para provocarlos en el interlocutor. En este sentido, el estilo poé
tico está asociado a esta función del lenguaje. Sus enunciados no pueden
ser examinados de acuerdo con criterios de verdad o falsedad.
Función performativa, operativa o ejecutiva: En ocasiones el lenguaje no
sólo se utiliza para comunicar informaciones, se puede emplear también para
hacer cosas, de manera que cuando pronunciamos determinados términos
del lenguaje estamos haciendo cosas y estamos produciendo, por tanto, una
1 Vid. al respecto G. C a rrió , Notas sobre Derecho y lenguaje (4.:| edic. corregida y aumentada),
Buenos Aires, Abeledo-Perrot, 1990, pp. 19 ss.
2 N. Bobbio, Teoría General del Derecho, traducción de E. Rozo Acuña, Madrid, Debate, 1992,
p. 56.
* Siendo conscientes de que, como afirma R. J. V ern en go , la lista de los usos posibles del
lenguaje no es limitada, vid. Curso de Teoría General del Derecho, Buenos Aires, Depalma, 1988,
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determinada transformación sobre la realidad. Pronunciar esos términos
supone realizar al mismo tiempo la acción a la que esos términos se refieren.
Imaginemos aquella situación en la que, en el marco de un acto de celebración
del matrimonio, una pareja expresa, a través de la pronunciación de deter
minados términos, su consentimiento, o aquella situación en la que una per
sona jura o promete la Constitución ante determinadas autoridades. En
ambos casos, a partir de la emisión de esas palabras, se produce una trans
formación de la realidad, ya que estamos en presencia de nuevos cónyuges
o de un nuevo cargo público. Hay que aclarar que una exigencia para que
las palabras pronunciadas desarrollen esta función performativa es que hayan
sido emitidas en determinados contextos y circunstancias: las mismas pala
bras, emitidas en contextos diferentes, no tienen esos efectos ejecutivos. Por
ello, el uso del lenguaje en función performativa presupone la existencia
de un determinado sistema de normas.
Función interrogativa: A través de la misma se requiere determinada
información.
Función directiva oprescriptiva: El lenguaje se utiliza en esta función cuan
do, a través de él, se pretende condicionar o influir en la conducta de los
demás, haciendo que éstos se comporten de determinada manera. Para tal
fin se emiten proposiciones prescriptivas. Las proposiciones prescriptivas son
expresión de una determinada voluntad, que es la del que emite la pro
posición. Por otra parte, dicha emisión no tiene por qué producir de por
sí los efectos pretendidos, es decir, la modificación efectiva del comporta
miento del destinatario. El cumplimiento de esos objetivos depende de otros
elementos externos a la proposición misma, que constituyen las condiciones
de eficacia de la prescripción. En todo caso, el incumplimiento de sus obje
tivos no determina la pérdida del carácter prescriptivo de dicha proposición.
Dicho carácter depende en última instancia de la intención del sujeto que
la formuló. Por ello, la función directiva presupone que el sujeto que emite
la prescripción se encuentra en una situación de superioridad respecto al
destinatario de la misma, y en consecuencia le puede exigir, a través de deter
minados mecanismos, su cumplimiento.
Junto a lo anterior cabe señalar también que, a diferencia de las pro
posiciones descriptivas, las prescriptivas no pueden ser evaluadas de acuerdo
con criterios de verdad o falsedad, ya que su función no es la de ofrecer
información sobre la realidad. Al contrario, las proposiciones prescriptivas
pueden ser calificadas, por ejemplo, como justas o injustas, eficaces o ine
ficaces, convenientes o inconvenientes, legítimas o ilegítimas, pero no ver
daderas o falsas. No obstante, en este punto cabría efectuar una aclaración.
Como vamos a ver a continuación, la vinculación entre las normas jurídicas
y la categoría de los enunciados prescriptivos es estrecha. Pues bien, debemos
ser conscientes de que el Derecho consiste en normas y que la ciencia jurídica
construye enunciados sobre esas normas. Así, mientras que de las normas
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no podemos afirmar su verdad o falsedad, de los enunciados formulados
por la ciencia jurídica sí es posible hacerlo. Por ejemplo, nuestro ordena
miento jurídico incluye la norma según la cual «El que matare a otro será
castigado, como reo de homicidio, con la pena de prisión de diez a quince
años» (art. 138 del Código Penal). Podremos afirmar que esa norma es justa
o injusta, eficaz o no, o válida o inválida, pero no tiene sentido predicar
su verdad o falsedad. Sin embargo, si en un manual de Derecho Penal, por
ejemplo, leemos una proposición según la cual «en nuestro ordenamiento el
que mate a otro será castigado con una pena de prisión de diez a quince años»
podremos afirmar sin problemas que es verdadera, ya que ofrece una infor
mación cierta sobre el contenido de nuestro ordenamiento, en este caso.