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Sobre la violencia
Ciencias sociales
Hannah Arendt
Sobre la violencia
m El libro de bolsillo Ciencia política Alianza Editorial
TÍTULO ORIGINAL. On Violence
[Esta edición de la obra ha sido publicada por acuerdo
con Harcourt, Inc ]
TRADUCTOR: Guillermo Solana
Primera edición 2005
Primera reimpresión 2006
Diseño de cubierta: Ángel Uñarte
Fotografía © Bettmann / Corbis
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© 1969,1970 by HannahArendt
© de la traducción: Santillana Ediciones Generales, S. L. (Taurus)
© de la presente edición Alianza Editorial, S. A., Madrid 2005,2006
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28027 Madrid, teléfono 91 393 88 88
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ISBN-13 978-84-206 5980-0
ISBN 10 84-206-5980 0
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Para Mary, con amistad
Uno
Estas reflexiones han sido provocadas por los acon-
tecimientos y debates de los últimos años, vistos en
la perspectiva del siglo xx que ha resultado ser,
como Lenin predijo, un siglo de guerras y revolu-
ciones y, por consiguiente, un siglo de esa violencia
a la que corrientemente se considera su denomina-
dor común. Hay, sin embargo, otro factor en la ac-
tual situación que, aunque no previsto por nadie,
resulta por lo menos de igual importancia. El desa-
rrollo técnico de los medios de la violencia ha al-
canzado el grado en que ningún objetivo político
puede corresponder concebiblemente a su poten-
cial destructivo o justificar su empleo en un con-
flicto armado. Por eso, la actividad bélica -desde
tiempo inmemorial arbitro definitivo e implacable
en las disputas internacionales- ha perdido mucho
de su eficacia y casi todo su atractivo. El ajedrez
«apocalíptico» entre las superpotencias, es decir, en-
9
10 SOBRE LA VIOLENCIA
tre las que se mueven en el más alto plano de nuestra
civilización, se juega conforme a la regla de que «si
uno de los dos "gana" es el final de los dos»1; es un
juego que no tiene semejanza con ninguno de los jue-
gos bélicos que le precedieron. Su objetivo «racio-
nal» es la disuasión, no la victoria y la carrera de
armamentos, ya no una preparación para la guerra,
sólo puede justificarse sobre la base de que más y
más disuasión es la mejor garantía de la paz. No hay
respuesta a la pregunta relativa a la forma en que
podremos ser capaces de escapar de la evidente de-
mencia de esta posición.
Como la violencia -a diferencia del poder o la
fuerza- siempre necesita herramientas (como En-
gels señaló hace ya mucho tiempo)2, la revolución
tecnológica, una revolución en la fabricación de he-
rramientas, ha sido especialmente notada en la
actitud bélica. La verdadera sustancia de la acción
violenta es regida por la categoría medios-fin cuya
principal característica, aplicada a los asuntos hu-
manos, ha sido siempre la de que el fin está siempre
en peligro de verse superado por los medios a los
que justifica y que son necesarios para alcanzarlo.
Como la finalidad de la acción humana, a diferen-
cia del fin de los bienes fabricados, nunca puede ser
fiablemente prevista, los medios utilizados para lo-
1. Harvey Wheeler, «The Strategic Calculators», en Unless Pea-
ce Comes, de Nigel Calder, Nueva York, 1968, p. 109,
2. Herrn Eugen Diihrings Umwalzung der Wissenschaft (1878),
Parte II, cap. 3.
UNO 11
grar objetivos políticos son más a menudo que lo
contrario, de importancia mayor para el mundo fu-
turo que los objetivos propuestos.
Además, como los resultados de la acción del
hombre quedan más allá del control de quien ac-
túa, la violencia alberga dentro de sí un elemento
adicional de arbitrariedad; en ningún lugar desem-
peña la Fortuna, la buena o la mala suerte, un papel
tan fatal dentro de los asuntos humanos como en el
campo de batalla, y esta intrusión de lo profunda-
mente inesperado no desaparece cuando algunos la
denominan «hecho de azar» y lo encuentro cientí-
ficamente sospechoso; ni puede ser eliminada por
situaciones, guiones, teorías de juegos y cosas por el
estilo. No existe certidumbre en estas materias, ni
siquiera una última certidumbre de destrucción mu-
tua bajo ciertas circunstancias calculadas. El verda-
dero hecho de que los comprometidos en el perfec-
cionamiento de los medios de destrucción hayan
alcanzado finalmente un nivel de desarrollo técnico
en donde su objetivo, principalmente la guerra, está
a punto de desaparecer para siempre por virtud de
los medios a su disposición3 es como un irónico re-
cuerdo de esa imprevisibilidad absolutamente pe-
3. Como señala el general André Beaufre en «Battlefields of
the 1980's»: La guerra sólo es ya posible «en aquellas partes del
mundo no cubiertas por la disuasión nuclear», e incluso esta
«guerra convencional», a pesar de sus horrores, resulta ya limi -
tada por la amenaza siempre presente de una escalada hasta
una guerra nuclear (en Calder, op. cit., p. 3).
12 SOBRE LA VIOLENCIA
netrante que hallamos en el momento en que nos
acercamos al dominio de la violencia, la razón prin-
cipal de que la guerra siga con nosotros no es un
secreto deseo de muerte de la especie humana, ni de
un irreprimible instinto de agresión ni, final y más
plausiblemente, los serios peligros económicos y
sociales inherentes al desarme4 sino el simple hecho
de que no haya aparecido todavía en la escena polí-
tica un sustituto de este arbitro final. ¿Acaso no te-
nía razón Hobbes cuando dijo: «Acuerdos, sin la es-
pada, son sólo palabras»?
Ni es probable que aparezca un sustituto mien-
tras que esté identificada la independencia nacio-
nal, es decir, la libertad del dominio exterior, y la
soberanía del Estado, es decir, la reivindicación de
un poder irrefrenado e ilimitado en los asuntos ex-
teriores (Estados Unidos figura entre los pocos paí-
4. Report from Iron Mountain, Nueva York, 1967, la sátira so-
bre la forma de pensar de la Rand Corporation y de otros «tan-
ques de pensamiento», con su «tímida mirada hacia más allá de
la orilla de la paz», está probablemente más próxima a la reali-
dad que la mayoría de los más «serios» estudios. Su principal
argumento, el de la guerra, es tan esencial al funcionamiento
de nuestra sociedad que no nos atreveremos a aboliría a menos
que descubramos formas aún más homicidas de abordar nues-
tros problemas, sorprenderá sólo a quienes hayan olvidado
hasta qué punto se resolvió la crisis de desempleo de la Gran
Depresión únicamente con el estallido de la Segunda Guerra
Mundial o a quienes convenientemente olvidan o rechazan el
grado del actual desempleo latente bajo las diferentes formas
de exceso de trabajadores empleados en muchas empresas.
UNO 13
ses donde es al menos teóricamente posible una
adecuada separación de libertad y soberanía hasta
el grado en que no se vean los cimientos de la Re-
pública americana. Según la Constitución los Tra-
tados con el exterior son parte y parcela de la ley de
la tierra y -como el juez James Wilson señaló en
1793-, «El término soberanía le resulta completa-
mente desconocido a la Constitución de los Esta-
dos Unidos». Pero las épocas de semejante claridad
y de orgullosa separación del marco conceptual
político de la Nación-Estado europea han pasado
hace ya largo tiempo; la herencia de la Revolución
americana ha sido olvidada yel Gobierno america-
no, para bien y para mal, ha penetrado en la heren-
cia de Europa como si fuera su patrimonio, igno-
rante, ay, de que el declive del poder europeo fue
precedido y acompañado por una bancarrota polí-
tica, la bancarrota de la Nación-Estado y de su con-
cepto de la soberanía). Que la guerra siga siendo la
ultima ratio, la vieja continuación de la política por
medio de la violencia en los asuntos exteriores de
los países subdesarrollados, no es argumento con-
tra la afirmación de que ha quedado anticuada y el
hecho de que sólo los pequeños países, sin armas
nucleares ni biológicas, pueden permitírsela, no es
ningún consuelo. Para nadie es un secreto que el
famoso hecho de azar tiene más probabilidades de
surgir en aquellas partes del mundo donde el anti-
guo adagio «No hay alternativa a la victoria» con-
serva un alto grado de plausibilidad.
14 SOBRE LA VIOLENCIA
En estas circunstancias, hay, desde luego, pocas
cosas más aterradoras que el prestigio siempre cre-
ciente de los especialistas científicos en los organis-
mos consultivos del Gobierno durante las últimas
décadas. Lo malo no es que tengan la suficiente san-
gre fría como para «pensar lo impensable», sino
que no piensan. En vez de incurrir en semejante ac-
tividad, anticuada e inaprensible para los compu-
tadores, se dedican a estimar las consecuencias de
ciertas configuraciones hipotéticamente supuestas
sin, empero, ser capaces de probar sus hipótesis con
los hechos actuales. La quiebra lógica de estas hipo-
téticas constituciones de los acontecimientos del
futuro es siempre la misma: lo que en principio
aparece como una hipótesis, con o sin sus alternati-
vas implicadas, según sea el nivel de complejidad, se
convierte en el acto, normalmente tras unos pocos
párrafos, en un «hecho» y entonces da nacimiento
a toda una sarta de no-hechos semejantes con el re-
sultado de que queda olvidado el carácter pura-
mente especulativo de toda la empresa. Es innece-
sario decir que esto no es ciencia sino seudociencia,
el desesperado intento de las ciencias sociales y del
comportamiento, en palabras de Noam Chomsky,
por imitar las características superficiales de las
ciencias que realmente tienen un significativo con-
tenido intelectual. Y la más obvia y «más profunda
objeción a esta clase de teoría estratégica no es su
limitada utilidad sino su peligro, porque puede
conducirnos a creer que poseemos una compren-
UNO 15
sión de los acontecimientos y un control sobre su
fluir que no tenemos», como Richard N. Goodwin
señaló recientemente en un artículo que tuvo la
rara virtud de detectar el «humor inconsciente» ca-
racterístico de muchas de estas pomposas teorías
seudocientíficas5.
Los acontecimientos, por definición, son hechos
que interrumpen el proceso rutinario y los procedi-
mientos rutinarios; sólo en un mundo en el que
nada de importancia sucediera podrían llegar a ser
ciertas las previsiones de los futurólogos. Las previ-
siones del futuro no son nada más que proyeccio-
nes de procesos y procedimientos automáticos pre-
sentes que sería probable que sucedieran si los
hombres no actuaran y si no ocurriera nada inespe-
rado; cada acción, para bien y para mal, y cada ac-
cidente necesariamente destruyen toda la trama en
cuyo marco se mueve la predicción y donde en-
cuentra su prueba. (La pasajera observación de Prou-
dhon: «La fecundidad de lo inesperado excede con
mucho a la prudencia del estadista», sigue siendo por
fortuna verdadera. Supera aún más claramente a los
cálculos del experto.) Llamar a tales hechos inespera-
dos, imprevistos e imprevisibles, «hechos de azar» o
«últimas boqueadas del pasado», condenándoles a
la irrelevancia o al famoso «basurero de la Historia»
5. Noam Chomsky en American Power and the New Manda-
rins, Nueva York, 1969; crítica de Richard N. Goodwin de Arms
and Influence, Yale, 1966, de Thomas C. Schelling, en The New
Yorker, XI de febrero de 1968.
16 SOBRE LA VIOLENCIA
es el más viejo truco del oficio; el truco contribuye
sin duda a aclarar la teoría, pero al precio de alejar-
la más y más de la realidad. El peligro es que estas
teorías no sólo son plausibles porque obtienen su
evidencia de las tendencias actualmente discerni-
bles, sino que, por obra de su consistencia interior,
poseen un efecto hipnótico; adormecen nuestro
sentido común, que es nada menos que nuestro ór-
gano mental para percibir, comprender y tratar a la
realidad y a los hechos.
Nadie consagrado a pensar sobre la Historia y la
Política puede permanecer ignorante del enorme
papel que la violencia ha desempeñado siempre en
los asuntos humanos, y a primera vista resulta más
que sorprendente que la violencia haya sido singu-
larizada tan escasas veces para su especial conside-
ración6. (En la última edición de la Encyclopedia of
the Social Sciences «violencia» ni siquiera merece
una referencia.) Esto demuestra hasta qué punto
han sido presupuestas y luego olvidadas la violen-
cia y su arbitrariedad; nadie pone en tela de juicio
ni examina lo que resulta completamente obvio.
Aquellos que sólo vieron violencia en los asuntos
humanos, convencidos de que eran «siempre for-
6. Existe desde luego amplia bibliografía sobre la guerra y las
actividades bélicas, pero se refiere exclusivamente a los instru-
mentos de la violencia, no a la violencia como tal.
UNO 17
tuitos, no serios, imprecisos» (Renán) o que Dios
estaba siempre del lado de los batallones más fuer-
tes, no tuvieron más que decir sobre la violencia o
la Historia. Cualquiera que busque algún tipo de
sentido en los relatos del pasado, está casi obligado
a ver a la violencia como un hecho marginal. Tanto
si es Clausewitz, denominando a la guerra «la con-
tinuación de la política por otros medios», como si
es Engels, definiendo a la violencia como el acelera-
dor del desarrollo económico7, siempre se presta
relieve a la continuidad política o económica, a la
continuidad de un proceso que permanece deter-
minado por aquello que precedió a la acción vio-
lenta. Por eso los estudios de las relaciones interna-
cionales afirmaban hasta hace poco que «es una
máxima que una resolución militar en discordia
con las más profundas fuentes culturales del poder
nacional, no podría ser estable», o que, en palabras
de Engels, «dondequiera que la estructura del po-
der de un país contradiga su desarrollo económico,
es el poder político con sus medios de violencia el
que sufrirá la derrota»8.
Hoy todas aquellas antiguas verdades acerca de la
relación entre la guerra y la política y sobre la vio-
lencia y el poder se han tornado inaplicables. La se-
gunda guerra mundial no fue seguida por la paz
sino por una guerra fría y por el establecimiento del
7. Véase Engels, op. cit., Parte II, cap. 4.
8. Wheeler, op. cit, p. 107; Engels, ibidem.
18 SOBRE LA VIOLENCIA
complejo militar-industrial-laboral. Hablar de «la
prioridad del potencial bélico como principal fuer-
za estructuradora en la sociedad», mantener que
«los sistemas económicos, las filosofías políticas y
los corpora juris sirven y extienden el sistema bélico,
y no al revés», concluir que «la guerra en sí misma
es el sistema social básico dentro del cual chocan o
conspiran otros diferentes modos de organización
social», parece más plausible que las fórmulas deci-
monónicas de Engels o Clausewitz. Aun más con-
cluyente que la simple inversión propuesta por el
anónimo autor de Report from Iron Mountain, en
lugar de ser la guerra «una extensión de la diploma-
cia (o de la política o de la prosecución de objetivos
económicos)», la paz es la continuación de la gue-
rra por otros medios, es el actual desarrollo de las
técnicas bélicas. En palabras del físico ruso Sajarov,
«una guerra termonuclear no puede ser considera-
da una continuación de la política por otros me-
dios (conforme a la fórmula de Clausewitz). Sería
un medio de suicidio universal»9.
Además sabemos que «unas pocas armas en unos
pocos momentos podrían barrertodas las demás
fuentes de poder nacional»10, que han sido concebi-
das armas biológicas que permitirían a «un pequeño
grupo de individuos [...] alterar el equilibrio estraté-
gico» y que serían lo suficientemente baratas como
9. Andrei D. Sajarov, Progress, Coexistence and Intellectual
Freedom, Nueva York, 1968, p. 36.
10. Wheeler, ibidem.
UNO 19
para poder ser fabricadas por «naciones incapaces
de desarrollar fuerzas nucleares estratégicas»11, que
«en unos pocos años», los soldados-robots habrán
dejado «completamente anticuados a los soldados
humanos»12 y que, finalmente, en la guerra conven-
cional los países pobres son mucho menos vulnera-
bles que las grandes potencias, precisamente porque
están «subdesarrollados», y porque la superioridad
técnica puede ser «más riesgo que ventaja» en las
guerras de guerrillas13. Lo que estas desagradables no-
vedades añaden es una completa inversión en las
futuras relaciones entre las pequeñas y grandes po-
tencias. La cantidad de violencia a disposición de
cualquier país determinado puede muy bien no ser
pronto una indicación fiable de la potencia del país
o una fiable garantía contra la destrucción a manos
de un país sustancialmente más pequeño y más dé-
bil. Y esto aporta una ominosa semejanza con uno
de los más viejos atisbos de la ciencia política, el de
que el poder no puede ser medido en términos
de riqueza, que una abundancia de riqueza puede
erosionar al poder, que las riquezas son particular-
mente peligrosas para el poder y el bienestar de las
Repúblicas. -Atisbo que no ha perdido su validez
porque haya sido olvidado, especialmente en esta
11. Nigel Calder, «The New Weapons», en op. cit., p. 239.
12. M. W. Thring, «Robots on the March», en Calder, op. cit,
p. 169.
13. Vladimir Dedijer, «The Poor Man's Power», en Calder, op.
cit, p. 29.
20 SOBRE LA VIOLENCIA
época en que esa verdad ha adquirido una nueva
dimensión en su validez por tornarse también apli-
cable al arsenal de la violencia.
Cuanto más dudoso e incierto se ha tornado en
las relaciones internacionales el instrumento de la
violencia, más reputación y atractivo ha cobrado en
los asuntos internos, especialmente en cuestiones
de revolución. La fuerte retórica marxista de la
Nueva Izquierda coincide con el firme crecimiento
de la convicción enteramente no marxista, procla-
mada por Mao Tsé-tung, según la cual «el poder
procede del cañón de un arma». En realidad Marx
conocía el papel de la violencia en la Historia pero
le parecía secundario; no era la violencia sino las
contradicciones inherentes a la sociedad antigua lo
que provocaba el fin de ésta. La emergencia de una
nueva sociedad era precedida, pero no causada, por
violentos estallidos, que él comparó a los dolores
que preceden, pero desde luego no causan, al hecho
de un nacimiento orgánico. De la misma manera
consideró al Estado como un instrumento de vio-
lencia en manos de la clase dominante; pero el ver-
dadero poder de la clase dominante no consistía en
la violencia ni descansaba en ésta. Era definido por
el papel que la clase dominante desempeñaba en
la sociedad o, más exactamente, por su papel en el
proceso de producción. Se ha advertido a menudo,
y a veces deplorado, que la Izquierda revolucionaria
bajo las influencias de las enseñanzas de Marx de-
sechara el empleo de los medios violentos; la «die-
UNO 21
tadura del proletariado», abiertamente represiva en
los escritos de Marx, se instauraba después de la Re-
volución y era concebida, como la dictadura ro-
mana, para un período estrictamente limitado. El
asesinato político, excepto en unos pocos casos de
terror individual perpetrado por pequeños grupos
de anarquistas, era fundamentalmente la prerroga-
tiva de la Derecha, mientras que las rebeliones or-
ganizadas y armadas seguían siendo especialidad
de los militares. La Izquierda permaneció conven-
cida de que «todas las conspiraciones no sólo son
inútiles sino perjudiciales. [Sabían] muy bien que
las revoluciones no se hacen intencional y arbitra-
riamente sino que son siempre y en todas partes re-
sultado necesario de circunstancias enteramente
independientes de la voluntad y guía de los parti-
dos específicos y de las clases en conjunto»14.
Al nivel de esta teoría existen unas pocas excep-
ciones. Georges Sorel, que al comienzo del siglo tra-
tó de combinar el marxismo con la filosofía de
Bergson -el resultado, aunque en un nivel de com-
plejidad mucho más bajo, es curiosamente similar a
la actual amalgama sartriana de existencialismo y
marxismo- consideró la lucha de clases en térmi-
nos militares; sin embargo, acabó proponiendo
nada más violento que el famoso mito de la huelga
14. Debo esta observación de Hegel, formulada en un manus-
crito de 1847, a Jacob Barion, Hegel una die marxistiche Staats-
lehre, Bonn, 1963.
22 SOBRE U VIOLENCIA
general, forma de acción que consideraríamos per-
teneciente más bien al arsenal de la política de la no
violencia. Hace cincuenta años incluso esta modes-
ta propuesta le ganó la reputación de ser un fascista
a pesar de su entusiástica aprobación a Lenin y a la
Revolución rusa. Sartre, que en su prólogo a Los
miserables de la Tierra de Fanón va mucho más le-
jos en su glorificación de la violencia de lo que fue
Sorel en sus famosas Reflexiones sobre la Violencia
-más incluso que el mismo Fanón cuya argumen-
tación pretende llevar a su conclusión- sigue men-
cionando las «manifestaciones fascistas de Sorel».
Esto muestra hasta qué grado ignora Sartre su bási-
co desacuerdo con Marx respecto de la violencia,
especialmente cuando deciara que Ja «vioiencia in-
domable [...] es el hombre recreándose a sí mismo»,
y que a través de la «loca furia» es como «los mise-
rables de la Tierra» pueden «hacerse hombres». Es-
tas nociones resultan especialmente notables por-
que la idea del hombre recreándose a sí mismo se
halla estrictamente en la tradición del pensamiento
hegeliano y marxista. Es la verdadera base de todo
el humanismo izquierdista. Pero, según Flegel, el
hombre se «produce» a sí mismo a través del pensa-
miento15, mientras que para Marx, que derribó el
«idealismo» de Hegel, es el trabajo, la forma humá-
is. Resulta muy sugestivo que Hegel hable en este contexto de
Sichselbstpraduzieren. Véase Vorlesungen über die Qeschichte
der Philosophic, ed. Hoffmeister, p. 114, Leipzig, 1938.
UNO 23
na de metabolismo con la naturaleza, el que cum-
ple esta función. Y aunque pueda afirmarse que to-
das las nociones relativas a la recreación del hombre
por sí mismo tienen en común una rebelión contra
la verdadera positividad de la condición humana
-nada hay más obvio que el hecho de que el hom-
bre, tanto como miembro de la especie que como
individuo, no debe su existencia a sí mismo- y que
por eso lo que Sartre, Marx y Hegel tienen en co-
mún es más relevante que las actividades particula-
res a través de las cuales habría surgido este no-he-
cho, no puede negarse que un foso separa las
actividades esencialmente pacíficas del pensamien-
to y del trabajo, de los hechos de la violencia. «Ma-
tar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro
[...] quedan un hombre muerto y un hombre libre»
afirma Sartre en su prólogo. Ésta es una sentencia
que Marx jamás podría haber escrito16.
He citado a Sartre para mostrar cómo este nue-
vo cambio hacia la violencia en el pensamiento de
los revolucionarios puede permanecer inadverti-
do incluso para uno de sus más representativos y
prominentes portavoces17, y ello resulta aún más
notable por no ser una noción abstracta en la his-
toria de las ideas. (Si se derriba la concepción «idea-
lista» del pensamiento se puede llegar a la concep-
ción «materialista» del trabajo; jamás se llegará a la
16. Véase apéndice I, pág. 119.
17. Véase apéndice II, pág. 120.
24 SOBRE LA VIOLENCIA
noción de violencia.) Sin duda alguna todo esto
posee una lógica propia pero es una lógica que
procede de la experiencia y esta experiencia resul-
ta profundamentedesconocida para cualquier ge-
neración anterior.
El pathos y el élan de la Nueva Izquierda, su cre-
dibilidad, por decirlo así, se hallan íntimamente co-
nectadas al fantástico y suicida desarrollo de las ar-
mas modernas; ésta es la primera generación que
ha crecido bajo la sombra de la bomba atómica.
Han heredado de la generación de sus padres la ex-
periencia de una intrusión masiva de la violencia
criminal en la política: supieron en la segunda en-
señanza y en la Universidad de la existencia de los
campos de concentración y de exterminio, del ge-
nocidio y de la tortura18, de las grandes matanzas de
paisanos en guerra, sin las cuales ya no son posibles
las operaciones militares aunque queden restringi-
das a armas «convencionales». Su primera reacción
fue la de una repulsión contra toda forma de vio-
lencia, un casi lógico desposorio con la política de
la no violencia. El enorme éxito de este movimien-
to, especialmente en el campo de los derechos civi-
les, fue seguido por el movimiento de resistencia
contra la guerra del Vietnam, que ha continuado
siendo un factor importante en la determinación
18. Noam Chomsky advierte ciertamente entre los motivos
para una rebelión abierta «la negativa a ocupar el lugar propio
junto al "buen alemán" al que todos hemos aprendido a des-
preciar». Op. cit, p. 368.
UNO 25
del clima de opinión en este país. Pero no es un se-
creto que las cosas han cambiado desde entonces,
que los adheridos a la no violencia se encuentran a
la defensiva y que sería fútil afirmar que solamente
los «extremistas» se aferran a la glorificación de la
violencia y han descubierto, como los campesinos
argelinos de Fanón, que «sólo la violencia renta»19.
Los nuevos militantes han sido denunciados como
anarquistas, nihilistas, fascistas, rojos, nazis y, con
una justificación más considerable, como «ludditas
destrozadores de máquinas»20 *. Los estudiantes
han replicado con eslóganes igualmente desprovis-
tos de significado referentes al «Estado policial» o al
«latente fascismo del postrer capitalismo», y, con una
19. Frantz Fanón, The Wretched of the Earth (1961), (¡rove
Press edition, 1968, p. 61. Estoy utilizando esl a obra en razón
de su gran influencia sobre la actual generación estudiantil. El
mismo Fanón, sin embargo, se muestra respecto de la violencia
mucho más dubitativo que sus admiradores, l'arece como si
sólo el primer capítulo del libro, «Concerning Violence» hu-
biese sido ampliamente leído. Fanón sabe que la «brutalidad
pura y total [que], si no es inmediatamente combatida, condu-
ce invariablemente a la derrota del movimiento al cabo de unas
pocas semanas» (p. 147).
Por lo que se refiere a la reciente escalada de la violencia en
el movimiento estudiantil, véase la instructiva serie «Gewalt»
en el semanario alemán Der Spiegel (10 de febrero de 1969 y
números siguientes) y la serie «Mit dem Lateim am Ende» (nú-
meros 26 y 27,1969).
20. Véase apéndice III , pág. 122.
* De Ned Ludd de Leicestershire, Inglaterra, quien, a comien-
zos del siglo xix, encabezó una revuelta para destrozar las pri-
meras máquinas de la Revolución industrial. (N. del T.)
2() SOBRE LA VIOLENCIA
justificación más considerable, a la «sociedad de
consumo»21. Su conducta ha sido atribuida a todo
tipo de factores sociales y psicológicos. En América,
a la excesiva tolerancia en su educación y en Alema-
nia y Japón, a la excesiva autoridad sobre ellos, en
Europa oriental a la falta de libertad y en Occidente
a la excesiva libertad, en Francia a la desastrosa falta
de empleos para los estudiantes de sociología y en
Estados Unidos a la superabundancia de salidas
para todas las carreras -todo lo cual parece sufi-
cientemente plausible a escala local pero se contra-
dice claramente con el hecho de que la rebelión es-
tudiantil es un fenómeno global-. Parece descartado
un común denominador social del movimiento,
pero lo cierto es que esta generación parece en to-
das partes caracterizada por su puro coraje, por una
sorprendente voluntad de acción y por una no me-
21. El último de estos epítetos tendría sentido si pretendiera
ser descriptivo. Tras él sin embargo se esconde la ilusión en la
sociedad marxista de productores libres, en la liberación de las
fuerzas productivas de la sociedad que ha sido lograda en rea-
lidad no por la revolución sino por la ciencia y la tecnología.
Esta liberación, además, no se ve acelerada sino seriamente re-
trasada en todos los países que han pasado por una revolución.
En otras palabras, tras su denuncia del consumo, se alza la
idealización de la producción, y con ella la antigua adoración
de la productividad y de la creatividad. «El júbilo de la destruc-
ción es un júbilo creador» -sí, desde luego, si uno cree que el
«júbilo del trabajo» es productivo; la destrucción es el único
«trabajo» que resta que puede realizarse con sencillas herra-
mientas sin la ayuda de máquinas, aunque las máquinas, evi-
dentemente, realicen esta tarea con mucha más eficacia-.
UNO 27
nos sorprendente confianza en la posibilidad de
cambios22. Mas estas cualidades no son causas y si
uno pregunta qué es lo que ha producido esta evo-
lución completamente inesperada en las universi-
dades de todo el mundo parece absurdo ignorar el
factor más obvio y quizá más potente, para el cual
no existe precedente y analogía -el simple hecho de
que el «progreso» tecnológico está conduciendo en
muchos casos directamente al desastre23; que las
ciencias enseñadas y aprendidas por esta genera-
ción no parecen capaces de deshacer las desastrosas
consecuencias de su propia tecnología sino que han
alcanzado una fase en su desarrollo en la que «no hay
una maldita cosa que hacer que no pueda ser dedi-
22. Este apetito por la acción resulta especialmente observable
en empresas pequeñas y relativamente pacíficas. Los estudian-
tes se alzaron con éxito contra las autoridades del campus que
en la cafetería y en otros menesteres pagaban a los empleados
sueldos inferiores al mínimo legal. Entre tales empresas, aun-
que provocara la hasta ahora peor reacción de las autoridades,
debería figurar la decisión de los estudiantes de Berkeley de
unirse a la lucha para convertir unos solares vacíos, propiedad
de la Universidad, en un «Parque del Pueblo». A juzgar por el
incidente de Berkeley parece que precisamente tales acciones
«no políticas» son las que unifican al cuerpo estudiantil tras
una vanguardia radical. «Un referéndum estudiantil, que re-
gistró la mayor afluencia de votos en la Historia de las votacio-
nes de estudiantes, arrojó el resultado de un 85 por 100 de casi
15.000 estudiantes, favorable al empleo de los solares» como
parque popular. Véase el excelente informe de Sheldon Wolin y
John Schaar, «Berkeley: The Battle of People's Park», New York
Review of Books, 19 de junio de 1969.
23. Véase apéndice IV, pág. 124.
28 SOBRE LA VIOLENCIA
cada a la guerra»24-. (En realidad nada resulta más
importante para la integridad de las universidades
-que, según ha afirmado el senador Fulbright, han
traicionado la confianza pública al tornarse depen-
dientes de los proyectos de investigaciones patroci-
nados por el Gobierno25- como un divorcio riguro-
samente ejercido respecto de la investigación
orientada hacia la guerra y de todas las empresas
conexas; pero sería ingenuo esperar que este paso
modificara la naturaleza de la ciencia moderna o
estorbara el esfuerzo bélico e ingenuo; también se-
ría negar que la limitación resultante puede muy
bien conducir a una reducción del nivel universita-
rio26. A lo único que este divorcio no conduciría
probablemente sería a una retirada general de los
fondos federales; porque, como señaló reciente-
mente Jerome Lettwin, del Instituto Tecnológico de
Massachusetts, «El Gobierno no puede permitirse
no ayudarnos»27 -de la misma manera que las uni-
versidades no pueden permitirse el no aceptar fon-
dos federales; pero esto no significa tampoco que
«deban aprender a esterilizarsu apoyo financiero»
(Henry Steele Commager), una difícil pero no im-
24. Jerome Lettvin, del M.I.T., en The New York Times Magazi-
ne, 18 de mayo de 1969.
25. Véase apéndice V, pág. 125.
26. Ejemplo oportuno y muy significativo es la firme desvia-
ción de la investigación básica de las universidades a los labo-
ratorios industriales.
27. Loe. cit.
UNO 29
posible tarea a la vista del enorme aumento de poder
de las universidades en las sociedades modernas-.
En suma, la proliferación aparentemente irresisti-
ble de técnicas y de máquinas, en vez de amenazar
solamente con el desempleo a ciertas clases, amena-
za la existencia de naciones enteras y, concebible-
mente, de toda la Humanidad.)
Es sólo natural que la nueva generación sea más
consciente que los de «más de treinta años» de la
posibilidad de la catástrofe. No porque sean más jó-
venes sino porque ésta ha sido su primera expe-
riencia decisiva en el mundo. (Lo que para nosotros
son «problemas» se trata de cuestiones «construi-
das en la carne y en la sangre de los jóvenes»28). Si
uno formula a un miembro de esa generación dos
sencillas preguntas: «¿Cómo quieres que sea el mun-
do dentro de cincuenta años?», y «¿cómo quieres
que sea tu vida dentro de cinco años?», las respues-
tas vienen a menudo precedidas de un «con tal de
que todavía haya mundo» y de un «con tal de que
yo siga vivo». En palabras de George Wald, «Con lo
que nos enfrentamos es con una generación que no
está por ningún medio segura de poseer un futu-
ro»29. Porque el futuro, como Spender lo expresó, es
«como una enterrada bomba de relojería, que hace
tic-tac en el presente». A la pregunta a menudo oída
28. Stephen Spender, The Year of the Young Rebels, Nueva York,
1969, p. 179.
29. George Wald, en The New Yorker del 22 de marzo de 1969.
W SOBRE LA VIOLENCIA
¿Quiénes son los de la nueva generación?, se siente
la tentación de responder, los que oyen el tic-tac. Y
a la otra pregunta ¿Quiénes son los que les niegan
profundamente?, la respuesta puede ser los que no
saben, los que no conocen los hechos o se niegan a
enfrentarse con ellos tal como son.
La rebelión estudiantil es un fenómeno global
pero sus manifestaciones, desde luego, varían con-
siderablemente de país a país, a menudo de univer-
sidad a universidad. Esto es especialmente cierto
por lo que se refiere a la práctica de la violencia. La
violencia ha seguido siendo fundamentalmente una
cuestión de teoría y retórica donde el choque entre
generaciones no ha coincidido con un choque en-
tre tangibles intereses de grupo. Así sucedió espe-
cialmente en Alemania donde los claustros de pro-
fesores se beneficiaban del abarrotamiento de clases
y seminarios. En América, el movimiento estudian-
til resultó seriamente radicalizado allí donde la po-
licía y la brutalidad de la policía intervinieron en
manifestaciones esencialmente no violentas: ocu-
pación de edificios de la administración, senta-
das, etc. La violencia seria entró sólo en escena con
la aparición del Black Power en el campus. Los es-
tudiantes negros, la mayoría de los cuales habían
sido admitidos sin la necesaria aptitud académica,
se consideraron y se organizaron como un grupo
de intereses, representantes de la comunidad negra.
Su interés consistía en reducir los niveles académi-
cos. Se mostraron más prudentes que los rebeldes
UNO 31
blancos pero desde un principio resultó claro, aun
antes de los incidentes de la Universidad Cornell y
del City College de Nueva York, que, con ellos, la
violencia no era cuestión de teoría y retórica. Ade-
más, mientras la rebelión estudiantil en los países
occidentales no puede encontrar en parte alguna
apoyo popular fuera de las universidades y, como
norma, halla una violenta hostilidad en el momen-
to en que recurre a medios violentos, una gran mi-
noría de la comunidad negra apoya la violencia
verbal o real de los estudiantes negros30. La violen-
cia negra puede comprenderse en analogía con la
violencia laboral en la América de hace una genera-
ción. Y, aunque por lo que yo sé, sólo Staughton
Lynd ha trazado explícitamente la analogía entre
los disturbios laborales y la rebelión estudiantil31,
parece que el establishment académico, en su cu-
riosa tendencia a condescender con más facilidad
ante las demandas de los negros, aun si son estúpi-
das y perjudiciales32, que ante las desinteresadas y
habitualmente elevadas reivindicaciones morales
de los rebeldes blancos, piensa también en esos tér-
minos y se encuentra más a gusto cuando se en-
frenta con intereses más violencia que cuando es
una cuestión de «democracia participativa» no vio-
lenta. La condescendencia de las autoridades uni-
30. Véase apéndice VI, pág. 127.
31. Véase apéndice VII , pág. 128.
32. Véase apéndice VIII , pág. 129.
32 SOBRE LA VIOLENCIA
versitarias a las demandas negras ha sido explicada
a menudo por los «sentimientos de culpabilidad»
de la comunidad blanca; creo que es más probable
que las universidades, así como los administradores
y los consejos de síndicos, sean a medias conscien-
tes de la obvia verdad de una conclusión del docu-
mento oficial Report on Violence in America: «La
fuerza y la violencia son probablemente técnicas
eficaces de control social y de persuasión cuando
disfrutan de un completo apoyo popular»33.
La nueva e innegable glorificación de la violencia
por el movimiento estudiantil tiene una curiosa pe-
culiaridad: mientras la retórica de los nuevos mili -
tantes se halla claramente inspirada por Fanón, sus
argumentos teóricos contienen habitualmente nada
más que un batiburrillo de residuos marxistas. Y
esto resulta además completamente desconcertante
para cualquiera que haya leído a Marx o a Engels.
¿Quién podría denominar marxista a una ideología
que ha puesto su fe en los «gandules sin clase», que
cree que «en el lumpenproletariado hallará la rebe-
lión su vanguardia» y que confía en que los «gáns-
ters iluminarán el camino al pueblo»?34. Sartre, con
su gran fortuna para las palabras, ha proporciona-
do expresión a la nueva fe. «La violencia», cree aho-
ra basándose en el libro de Fanón, «como la lanza
33. Véase el informe de la Comisión Nacional sobre las Causas
y la Prevención de la Violencia, junio de 1969, tal como se le
cita en The New York Times, del 6 de junio de 1969.
34. Fanón, op. cit, pp. 130,129 y 69, respectivamente.
UNO 33
de Aquiles, puede curar las heridas que ha infligi -
do». Si esto fuera cierto, la venganza sería una pa-
nacea para la mayoría de nuestros males. Este mito
es más abstracto, está más apartado de la realidad
que el mito de Sorel relativo a la huelga general.
Está a la par con los peores excesos retóricos de Fa-
nón, tales como el de que «es preferible el hambre
con dignidad al pan comido en la esclavitud». No
son necesarias historia o teoría algunas para refutar
esta declaración; el más superficial observador de
los procesos que experimenta el cuerpo humano
sabe que no es cierto. Pero si hubiese dicho que el
pan comido con dignidad era preferible al pastel
comido en la esclavitud la nota retórica se habría
perdido.
Leyendo estas irresponsables y grandiosas decla-
raciones -y las que yo he citado son muy represen-
tativas, exceptuando que Fanón consigue perma-
necer más cerca de la realidad que la mayoría de
ellos- y observándolas en la perspectiva de lo que
sabemos sobre la Historia de las rebeliones y las re-
voluciones se siente la tentación de negar su signifi-
cado, de adscribirlas a una moda pasajera o a la ig-
norancia y nobleza del sentimiento de quienes se
ven expuestos a acontecimientos y evoluciones sin
precedentes, sin medios para abordarlos mental-
mente y que reviven curiosamente pensamientos y
emociones de los que Marx había esperado liberar
a la revolución de una vez por todas. ¿Quién ha lle-
gado siquiera a dudar del sueño de la violencia, de
I-/ SOBRE LA VIOLENCIA
que los oprimidos «sueñan al menos una vez» en
colocarse en el lugar de los opresores,que el pobre
sueña con las propiedades del rico, que los perse-
guidos sueñan con intercambiar «el papel de la presa
por el del cazador» y el final del reinado donde «los
últimos serán los primeros, y los primeros los últi-
mos»?35. La realidad como la ve Marx, es que los
sueños jamás llegan a ser ciertos36. La rareza de las
rebeliones de esclavos y de las revueltas de los des-
heredados y oprimidos resulta notoria; en las pocas
ocasiones en que se produjeron fue precisamente
una «loca furia» la que convirtió todos los sueños
en pesadillas. En ningún caso, por lo que yo sé, ha
sido la fuerza de estos estallidos «volcánicos», en
palabra de Sartre, «igual a la presión ejercida so-
bre ellos». Identificar a los movimientos de libera-
ción nacional con tales estallidos es profetizar su
ruina, completamente al margen del hecho de que
esa improbable victoria no determinaría un cam-
bio en el mundo (o en el sistema) sino sólo en las
personas. Pensar, finalmente, que existe algo se-
mejante a una «Unidad del Tercer Mundo», al que
podría dirigirse el nuevo eslogan de la era de la
descolonización «Nativos de todos los países sub-
desarrollados, unios» (Sartre) es repetir las peores
ilusiones de Marx a una escala aun más grande y
con una menos considerable justificación. El Ter-
35. Fanón, op. cit, pp. 37 y ss. y 53.
36. Véase apéndice IX, pág. 130.
UNO 35
cer Mundo no es una realidad sino una ideolo-
gía37.
Sigue cabiendo preguntarse por qué tantos de los
nuevos predicadores de la violencia no son cons-
cientes de su decisivo desacuerdo con las enseñan-
zas de Karl Marx o, por decirlo de otra manera, por
qué se aferran con tal testarudez a conceptos y doc-
trinas que no solamente se han visto refutados por
la evolución de los hechos sino que son claramente
incompatibles con su propia política. El único eslo-
gan positivo que el nuevo movimiento ha subraya-
do, la reivindicación de la «democracia participati-
va» que ha tenido eco en todo el mundo y que
constituye el más significativo denominador co-
mún de las rebeliones en el este y en el oeste, proce-
de de lo mejor de la tradición revolucionaria -el sis-
37. Los estudiantes, entre las dos superpotencias e igualmente
desilusionados del Este y del Oeste, «inevitablemente anhelan
una tercera ideología, desde la de la China de Mao a la de la
Cuba de Castro» (Spender, op. cit, p. 92). Sus apelaciones a
Mao, Castro, Che Guevara y Ho Chi Minh son como conjuros
seudorreligiosos y salvadores de otro mundo; también apela-
rían a Tito si Yugoslavia estuviera más lejana y si su ideología
resultara menos próxima. Es diferente el caso del movimiento
del Black Power; su compromiso ideológico con una inexistente
«unidad del Tercer Mundo» no es puro desatino romántico.
Ellos tienen un interés obvio en la dicotomía negro-blanco; esto
también es, desde luego, simple escapismo, una escapada a un
mundo soñado en el que los negros constituirían una abruma-
dora mayoría de la población del mundo.
36 SOBRE LA VIOLENCIA
tema de consejos, el siempre derrotado pero único
fruto auténtico de cada revolución del siglo xvni-.
Mas no puede hallarse ninguna referencia a este ob-
jetivo ni en las palabras ni en la sustancia de las ense-
ñanzas de Marx y de Lenin; ambos apuntaban por el
contrario a una sociedad en la que la necesidad de
una acción pública y de la participación en los asun-
tos públicos se «esfumarían»38 junto con el Estado.
Por obra de una curiosa timidez en cuestiones teóri-
cas, en curioso contraste con su valor en la práctica,
el eslogan de la Nueva Izquierda, ha permanecido en
una fase declamatoria y ha sido invocado más que
inarticuladamente contra la democracia represen-
tativa occidental (que se halla a punto de perder in-
cluso su función simplemente representativa por
obra de las maquinarias de los grandes partidos, que
«representan» no a los afiliados sino a sus funciona-
rios) y contra las burocracias monopartidistas orien-
tales que descartan la participación como principio.
38. Parece como si pudiera acusarse a Marx y a Lenin de una
contradición semejante. ¿Acaso no glorificó Marx a la Comuna
de París de 1871 y acaso no deseaba Lenin dar «todo el poder a
los soviets»? Pero para Marx la Comuna era sólo un órgano
transitorio de la acción revolucionaria, «una palanca para des-
arraigar las bases económicas de [...] la clase dominante», que
Engels certeramente identificó con la también transitoria «dic-
tadura del Proletariado». (Véase «The Civil War in France», en
Selected Works, Londres, 1950, de Karl Marx y E Engels, vol. I,
pp. 474 y 440, respectivamente.) El caso de Lenin es más com-
plicado. Pero fue Lenin quien castró a los soviets y dio todo el
poder al Partido.
UNO 37
Aun más sorprendente en esta curiosa lealtad al
pasado es la aparente ignorancia de la Nueva Iz-
quierda del grado en que el carácter moral de la re-
belión -ahora un hecho completamente reconoci-
do39- choca con su retórica marxista. Nada, desde
luego, en el movimiento es más sorprendente que
su desinterés; Peter Steinfels, en un notable artículo
sobre la «Revolución francesa de 1968» publicado
en Commonweal (26 de julio de 1968) tenía toda la
razón cuando escribió: «Péguy podría haber sido pa-
trono apropiado de la revolución cultural, con su des-
precio por el mandarinato de la Sorbona [y] su fór-
mula, "La revolución social será moral o no será".»
En realidad, todo movimiento revolucionario ha
sido dirigido por revolucionarios que se veían im-
39. «Su idea revolucionaria», como declara Spender (op. cit,
p. 114), «es la pasión moral». Noam Chomsky (op. cit, p. 368)
cita realidades: «El hecho es que la mayoría del millar de tarje-
tas de alistamiento y de otros documentos devueltos al Depar-
tamento de Justicia el 20 de octubre (de 1967) procedían de
hombres que podían escapar al servicio militar pero que insis-
tían en compartir la suerte de quienes eran menos privilegia-
dos.» Lo mismo puede decirse de las manifestaciones de los
resistentes al alistamiento y de las sentadas en universidades y
otros centros de enseñanza superior. La situación en otros paí-
ses es similar. Der Spiegel describe, por ejemplo, las frustrantes
y a menudo humillantes condiciones de los ayudantes de in-
vestigación en Alemania: «Angesichts dieser Verháltnisse ni-
mmt es geradezu wunder, dass die Assistenten nicht in der
vordersten Front der Radikalen stehen» (23 de junio de 1969,
p. 58). Siempre es la misma historia: los grupos de intereses no
se unen a los rebeldes.
38 SOBRE LA VIOLENCIA
pulsados por la compasión o por una pasión por la
justicia, y esto, desde luego, es también cierto por
lo que se refiere a Marx o a Lenin. Pero Marx, como
sabemos, había marcado efectivamente como «ta-
bus» tales emociones -si hoy el establishment des-
pacha los argumentos morales como «sentimen-
talismo», está mucho más cerca de la ideología
marxista que los rebeldes- y resolvió el problema
de los dirigentes «desinteresados» con la noción de
la vanguardia de la Humanidad, que encarna los
intereses últimos de la Historia humana40.
Pero, primeramente habían de defender los inte-
reses realistas y nada teóricos de la clase trabajadora
e identificarse con ellos; solamente esto les propor-
cionaba una firme base fuera de su grupo. Y esto es,
precisamente, lo que les ha faltado desde el comien-
zo a los rebeldes modernos y lo que han sido inca-
paces de hallar fuera de las universidades a pesar de
su desesperada búsqueda. Es característica la hosti-
lidad de los trabajadores de todo el mundo a este
movimiento41 y en los Estados Unidos el completo
colapso de cualquier cooperación con el movimien-
40. Véase apéndice X, pág. 131.
41. Checoslovaquia parece ser una excepción. Sin embargo, el
movimiento de reforma por el que lucharon en primera fila los
estudiantes fue apoyado por toda la nación, sin ninguna dis-
tinción de clases. Hablando en términos marxistas, los estu-
diantes checoslovacos, y probablemente los detodos los países
del Este, tienen un apoyo excesivo, mejor que escaso, de la co-
munidad, para encajar en el esquema de Marx.
UNO 39
to del Black Power, cuyos estudiantes se hallan más
firmemente enraizados en su propia comunidad y
por eso disfrutan de una mejor posición para ne-
gociar en las universidades, ha constituido la más
amarga decepción para los rebeldes blancos. (Cues-
tión muy distinta es la de que les resulte convenien-
te a los miembros del Black Power negarse a desem-
peñar el papel del proletariado respecto de líderes
«desinteresados» de diferente color.) No es, por eso,
sorprendente que en Alemania, antigua cuna del
movimiento juvenil, un grupo de estudiantes pro-
ponga ahora enrolar en sus filas a «todos los grupos
juveniles organizados»42. Resulta obvio lo absurdo
de esta propuesta.
No estoy segura de que llegue eventualmeute a
hacerse evidente la explicación de estas contradic-
ciones; pero sospecho que la razón profunda de
esta lealtad a una doctrina típicamente decimonó-
nica tiene algo que ver con el concepto de Progreso,
con una repugnancia a apartarse de una noción que
solía unir al Liberalismo, el Socialismo y el Comu-
nismo en la «Izquierda», pero que en parte alguna
alcanzó el nivel de plausibilidad y complejidad que
hallamos en los escritos de Karl Marx. (Las contra-
dicciones han sido siempre el talón de Aquiles del
pensamiento liberal; combinaba una firme lealtad
al Progreso con una no menos estricta negativa a
•12 . Véase la entrevista con Christoph Ehmann en Der Spiegel, 10
de febrero de 1969.
40 SOBRE LA VIOLENCIA
glorificar la Historia en términos marxistas y hege-
lianos, que eran los únicos que podían justificar y
garantizar ese Progreso.)
La noción de que existiera algo semejante a un
progreso de la Humanidad en su totalidad era des-
conocida antes del siglo xvn, evolucionó hasta trans-
formarse en opinión corriente entre los hommes de
íettres del siglo xvin y se convirtió en un dogma casi
umversalmente aceptado durante el siglo xix. Pero la
diferencia entre las primitivas nociones y la de su úl-
tima fase es decisiva. El siglo XVII , en este aspecto es-
pecialmente representado por Pascal y Fontenelle,
pensaba en el progreso como en una acumulación
de conocimientos a través de los siglos, mientras que
para el siglo xvm la palabra implicaba una «educa-
ción de la Humanidad» (Erziehung des Menschenges-
chlechts de Lessing) cuyo final coincidiría con la lle-
gada del hombre a la mayoría de edad. El Progreso
no era ilimitado y la sociedad sin clases marxista
considerada como el reino de la libertad que podría
ser el final de la Historia -interpretada a menudo
como una secularización de la escatología cristiana o
del mesianismo judío- lleva todavía la marca distin-
tiva de la Época de la Ilustración. Al comienzo del
siglo xix, sin embargo, tales limitaciones desapare-
cieron. Entonces, en palabra de Proudhon, el movi-
miento es le fait primitif y «sólo las leyes del mo-
vimiento son eternas». Este movimiento no tiene ni
principio ni fin: Le mouvement est; voilá tout! Por lo
que se refiere al hombre, todo lo que podemos decir
UNO 41
es que «hemos nacido perfectibles pero nunca sere-
mos perfectos»43. La idea de Marx, tomada de Hegel,
según la cual cada sociedad antigua alberga en su
seno las semillas de sus sucesores de la misma mane-
ra que cada organismo vivo lleva en sí las semillas de
su futura prole es, desde luego, no sólo la más inge-
niosa sino también la única garantía conceptual po-
sible para la sempiterna continuidad del progreso en
la Historia; y como se supone que el movimiento del
progreso surge de los choques entre fuerzas antagó-
nicas, es posible interpretar cada «regreso» como un
retroceso necesario pero temporal.
En realidad una garantía que en su análisis final
descansa en poco más que una metáfora no es la más
sólida base para construir sobre ella una doctrina,
pero, desgraciadamente, éste es un fallo que el mar-
xismo comparte con muchas otras grandes doctri-
nas filosóficas. Su gran ventaja se pone de relieve
cuando se le compara con otros conceptos de la His-
toria -tales como el de las «eternas repeticiones», el
de la aparición y caída de los imperios, el de la se-
cuencia fortuita de acontecimientos no relacionados
entre sí- todos los cuales pueden ser igualmente do-
cumentados y justificados pero ninguno de los cua-
les garantizará un continuum de tiempo lineal y un
43. P. J. Proudhon, Philosophie du Progrés (1853), pp. 27-30
y 49, y De la Justice (1858), 1930, I, p. 238, respectivamente.
Véase también «Progressive Humanity: in the Philosophy of
I'. J. Proudhon», de William H. Harbold, Review of Politics, ene-
ro de 1969.
42 SOBRE I A VIOLENCIA
continuo progreso en la Historia. Y el único compe-
tidor en este terreno, la antigua noción de una pri-
mitiva Edad de Oro, de la que se deriva todo lo
demás, implica la desagradable certidumbre de un
continuo declive. Desde luego existen unos pocos
melancólicos efectos marginales en la tranquilizado-
ra idea de que sólo necesitamos marchar hacia el fu-
turo, de que no podemos dejar de contribuir de cual-
quier modo al hallazgo de un mundo mejor. En
primer lugar existe el simple hecho de que el futuro
general de la Humanidad nada tenga que ofrecer a la
vida individual, cuyo único futuro cierto es la muer-
te. Y si se prescinde de esto y se piensa solamente en
generalidades, existe el argumento obvio contra el
progreso según el cual, en palabras de Herzen, «El
desarrollo humano es una forma de deslealtad cro-
nológica, dado que los últimos en llegar son capaces
de beneficiarse del trabajo de sus predecesores sin
pagar el mismo precio»44 o, en palabras de Kant, que
«Será siempre asombroso [...] que las generaciones
primitivas parezcan sufrir el peso de una tarea, sólo
en beneficio de las generaciones posteriores [...] y de
que solamente las últimas tendrán la buena fortuna
de habitar en el edificio [terminado]»45.
44. La cita de Alexander Herzen está tomada de la «Introduc-
tion» de Isaiah Berlin a Roots of Revolutions de Franco Venturi,
Nueva York, 1966.
45. «Idea para una Historia Universal con designio cosmopo-
lita», Tercer Principio, en The Philosophy of Kant, Modern Li-
brary edition.
UNO 43
Sin embargo, estas desventajas que sólo rara vez
son advertidas, resultan sobrepujadas por una enor-
me ventaja: la de que el progreso no sólo explica el
pasado sin romper el continuum temporal sino que
puede servir como guía de actuación en el futuro.
Esto fue lo que descubrió Marx cuando invirtió el
pensamiento de Hegel; cambió la dirección de la
mirada del historiador; en vez de observar al pasa-
do, él podía mirar ahora confiadamente hacia el fu-
turo. El Progreso proporciona una respuesta a la in-
quietante pregunta ¿Y qué haremos ahora? En su
más bajo nivel, la respuesta señala: Vamos a trocar
lo que tenemos en algo mejor, más grande, etc. (La
fe, a primera vista irracional, de los liberales en el
desarrollo, tan característica de todas nuestras ac-
tuales teorías políticas y económicas, depende de
esta noción.) En un nivel más complejo de la Iz-
quierda la respuesta nos indica que desarrollemos
las contradicciones presentes en su síntesis inhe-
rente. En cualquier caso, tenemos la seguridad de
que no puede suceder nada nuevo, y totalmente in-
esperado, nada que no sean los resultados «necesa-
rios» de lo que ya conocemos46. Cuan tranquiliza-
dor es, en palabras de Hegel, que «nada surgirá sino
lo que esté ya allí»47.
46. Para un excelente debate sobre las evidentes falacias de esta
posición, véase «The Year 2000 and All That» de Robert A. Nis-
bet, en Commentary, junio de 1968, y las malhumoradas notas
críticas en el número de septiembre.
'17. Hegel, op. cit., p. 100 y ss.
44 SOBRE LA VIOLENCIA
No necesito añadir que todas nuestras experien-
cias en este siglo, que nos ha enfrentado siempre
con lo totalmente inesperado, se hallan en flagrante
contradicción con estasnociones y doctrinas, cuya
popularidad parece debida al hecho de que ofrecen
un refugio confortable, especulativo o seudocientí-
fico, fuera de la realidad. Una rebelión estudiantil
casi exclusivamente inspirada por consideraciones
morales constituye, desde luego, uno de los aconte-
cimientos totalmente imprevistos de este siglo. Esta
generación, formada casi exclusivamente como las
que le precedieron en los diferentes tipos de teorías
políticas y sociales que la impulsaban a reclamar su
«parte del pastel», nos ha enseñado una lección so-
bre la manipulación o, mejor dicho, sobre sus lími-
tes, que haríamos bien en no olvidar. Los hombres
pueden ser «manipulados» a través de la coacción
física, de la tortura o del hambre, y es posible for-
mar arbitrariamente sus opiniones mediante una
deliberada y organizada aportación de noticias fal-
sas, pero no lo es en una sociedad libre mediante
«persuasores ocultos», la televisión, la publicidad y
cualesquiera otros medios psicológicos. La refuta-
ción de una teoría por la realidad ha sido siempre,
en el mejor de los casos, una tarea larga y precaria.
Los adictos a la manipulación, los que la temen in-
debidamente como quienes en ella ponen sus espe-
ranzas difícilmente advierten cuándo vuelven los
pollos al gallinero. (Uno de los mejores ejemplos
del estallido de una teoría conducida al absurdo
UNO 45
tuvo lugar durante los recientes disturbios del «Par-
que del Pueblo» en Berkeley. Cuando la policía y la
Guardia Nacional atacaron a la bayoneta y con ga-
ses lanzados desde helicópteros a los desarmados
estudiantes -pocos de los cuales «habían lanzado
algo más peligroso que epítetos»-, algunos solda-
dos de la Guardia Nacional fraternizaron abierta-
mente con sus «enemigos» y uno de ellos arrojó sus
armas afirmando: «No puedo resistirlo más.» ¿Qué
es lo que sucedió? En la época ilustrada en que vivi-
mos, esta conducta sólo podía ser justificada por la
locura: «fue sometido a un examen psiquiátrico [y]
se diagnosticó que padecía a consecuencia de "agre-
siones reprimidas"»)48.
El progreso, en realidad, es el más serio y com-
plejo artículo ofrecido en la tómbola de supersti-
ciones de nuestra época49. La irracional creencia
decimonónica en el progreso ilimitado ha encon-
trado una aceptación universal principalmente por
48 El incidente es referido sin comentarios por Wolm y Schaar,
op at Véase también el informe de Peter Barnes «"An Out-
cry": Thoughts on Being Tear Gassed», en Newsweek, del 2 de
junio de 1969.
49. Spender (op at, p 45) señala que durante los incidentes
de mayo en Paris, los estudiantes franceses «se opusieron cate-
góricamente a la ideología del "rendimiento", del "progreso" y
de las así llamadas seudofuerzas». En América este no es toda-
vía el caso por lo que al progreso concierne. Todavía seguimos
rodeados por expresiones como las de fuerzas «progresivas» y
«regresivas», «tolerancia progresiva» y «regresiva» y otras se-
mejantes.
•7 6 SOBRE LA VIOLENCIA
obra del sorprendente desarrollo de las ciencias na-
turales, que, desde el comienzo de la Edad Moder-
na, han sido ciencias «universales» y que, por eso,
podían mirar hacia adelante y contemplar una ta-
rea inacabable en la exploración de la inmensidad
del Universo. No es en absoluto cierto que la cien-
cia, aunque ya no limitada por la finitud de la Tie-
rra y de su naturaleza, esté sujeta a un inacabable
progreso; resulta por definición obvio que la inves-
tigación estrictamente científica en Humanidades,
la llamada Geisteswissenschaften, que se relaciona
con los productos del espíritu humano, debe tener
un final. La incesante e insensata demanda de saber
original en muchos campos donde ahora sólo es
posible la erudición, ha conducido, bien a la pura
irrelevancia, el famoso conocer cada vez más acerca
de cada vez menos, bien al desarrollo de un seudo-
saber que actualmente destruye su objeto50. Vale la
pena señalar que la rebelión de los jóvenes, hasta el
grado en que no se encuentra sólo moral o política-
mente motivada, se haya dirigido principalmente
contra la glorificación del saber y de la ciencia, los
cuales, aunque por diferentes razones, han queda-
do, en su opinión, gravemente comprometidos. Y es
cierto que no resulta en absoluto imposible que ha-
yamos llegado en ambos casos a un punto de in-
50. Para una espléndida ejemplificación de estas empresas, no
simplemente superfluas sino perniciosas, véase The Fruits of
the MLA, de Edmund Wilson, Nueva York, 1968.
UNO 47
flexión, al punto de retorno destructivo. Porque no
sólo ha dejado de coincidir el progreso de la ciencia
con el progreso de la Humanidad (cualquiera que
sea lo que esto pueda significar) sino que ha llegado
a entrañar el fin de la Humanidad, de la misma ma-
nera que el progreso del saber puede acabar muy
bien con la destrucción de todo lo que ha hecho va-
lioso a ese saber. En otras palabras, el progreso pue-
de no servir ya como la medida con la que estimar
los progresos de cambio desastrosamente rápidos
que hemos dejado desencadenar.
Como lo que nos interesa fundamentalmente es la
violencia debo prevenir aquí contra la tentación de
una falsa interpretación. Si consideramos a la Historia
en términos de un continuo proceso cronológico,
cuyo progreso es inevitable, la violencia, en forma de
guerras y revoluciones puede presentarse como la
única interrupción posible. Si esto fuera cierto, si
sólo el ejercicio de la violencia hiciera posible la inte-
rrupción de procesos automáticos en el dominio de
los asuntos humanos, los predicadores de la violen-
cia habrían conseguido una importante victoria.
(Teóricamente, por lo que yo sé, esta victoria nunca
ha sido lograda, pero me parece indiscutible que las
quebrantadoras actividades estudiantiles de los últi-
mos años se hallan basadas en esta convicción.) Es
función, sin embargo, de toda acción, a diferencia
del simple comportamiento, interrumpir lo que de
otra manera se hubiera producido automáticamente
y, por eso, previsiblemente.
Dos
Contra el fondo de estas experiencias me propongo
suscitar ahora la cuestión de la violencia en el terre-
no político. No es fácil; lo que Sorel escribió hace
sesenta años, «los problemas de la violencia siguen
siendo muy oscuros»1 es tan cierto ahora como lo
era entonces. He mencionado la repugnancia gene-
ral a tratar a la violencia como a un fenómeno por
derecho propio y debo ahora precisar esta afirma-
ción. Si comenzamos una discusión sobre el fenó-
meno del poder, descubrimos pronto que existe un
acuerdo entre todos los teóricos políticos, de la Iz-
quierda a la Derecha, según el cual la violencia no
es sino la más flagrante manifestación de poder.
«Toda la política es una lucha por el poder; el úl-
timo género de poder es la violencia», ha dicho
1. Georges Sorel, Reflections on Violence, «Introduction to the
First Publication» (1906), Nueva York, 1961, p. 60 [trad, cast.:
Reflexiones sobre la violencia, Alianza Editorial, Madrid 2005].
df¡
DOS 49
C. Wright Mills, haciéndose eco de la definición del
Estado de Max Weber: «El dominio de los hombres
sobre los hombres basado en los medios de la vio-
lencia legitimada, es decir, supuestamente legiti-
mada»2. Esta coincidencia resulta muy extraña,
porque equiparar el poder político con «la organi-
zación de la violencia» sólo tiene sentido si uno
acepta la idea marxista del Estado como instru-
mento de opresión de la clase dominante. Vamos
por eso a estudiar a los autores que no creen que el
cuerpo político, sus leyes e instituciones, sean sim-
plemente superestructuras coactivas, manifestacio-
nes secundarias de fuerzas subyacentes. Vamos a es-
tudiar, por ejemplo, a Bertrand de Touvenel, cuyo
libro Sobre el poder es quizá el más prestigioso y, en
cualquier caso, el más interesante de los tratados re-
cientes sobre el tema. «Para quien -escribe-, con-
templa el despliegue de las épocas la guerra se pre-
senta a sí misma como una actividad de los Estados
quepertenece a su esencia»3. Esto puede inducirnos
a preguntar si el final de la actividad bélica signifi-
caría el final de los Estados. ¿Acarrearía la desapari-
2. The Power Elite, Nueva York, 1956, p. 171. Max Weber en los
primeros párrafos de Politics as a Vocation (1921). Weber pare-
ce haber sido consciente de su coincidencia con la Izquierda.
Cita en este contexto la observación de Trotsky en Brest-Lito-
vsky, «Todo Estado está basado en la violencia», y añade, «Esto
es desde luego cierto».
3. Power: The Natural History of Its Growth (1945), Londres,
1952, p. 122 [trad, cast.: Sobre el poder: historia natural de su
(recimiento, Unión Editorial, Madrid, 1998].
50 SOBRE LA VIOLENCIA
ción de la violencia, en las relaciones entre los Esta-
dos, el final del poder?
La respuesta, parece, dependerá de lo que enten-
damos por poder. Y el poder resulta ser un instru-
mento de mando mientras que el mando, nos han
dicho, debe su existencia «al instinto de domina-
ción»4. Recordamos inmediatamente lo que Sartre
afirmaba sobre la violencia cuando leemos en Jou-
venel que «un hombre se siente más hombre cuando
se impone a sí mismo y convierte a otros en instru-
mentos de su voluntad», lo que le proporciona «in-
comparable placer»5. «El poder -decía Voltaire- con-
siste en hacer que otros actúen como yo decida»; está
presente cuando yo tengo la posibilidad «de afirmar
mi propia voluntad contra la resistencia» de los de-
más, dice Max Weber, recordándonos la definición
de Clausewitz de la guerra como «un acto de violen-
cia para obligar al oponente a hacer lo que queremos
que haga». El término, como ha dicho Strausz-Hupé,
significa «el poder del hombre sobre el hombre»6.
Volviendo a Jouvenel, es «Mandar y ser obedecido:
sin lo cual no hay Poder, y no precisa de ningún otro
atributo para existir [...] La cosa sin la cual no puede
4. Ibidem, p. 93.
5. Ibidem, p. 110.
6. Véase Karl von Clausewitz, On War (1832), Nueva York, 1943,
cap. 1 [trad, cast: De la guerra, La esfera de los libros, Madrid,
2005]; Robert Strausz-Hupé, Power and Community, Nueva York,
1956, p. 4; la cita de Max Weber: «Macht bedeutet jede Chance,
innerhalb einer sozialen Beziehung den eigenen Willen auch ge-
gen Widerstand durchzusetzen», está tomada de Strausz-Hupé.
DOS 51
ser: que la esencia es el mando»7. Si la esencia del po-
der es la eficacia del mando, entonces no hay poder
más grande que el que emana del cañón de un arma,
y sería difícil decir en «qué forma difiere la orden
dada por un policía de la orden dada por un pistole-
ro». (Son citas de la importante obra The Notion of
the State, de Alexandre Passerin d'Entréves, el único
autor que yo conozco que es consciente de la impor-
tancia de la distinción entre violencia y poder. «Te-
nemos que decidir si, y en qué sentido, puede el "po-
der" distinguirse de la "fuerza" para averiguar cómo
el hecho de utilizar la fuerza conforme a la ley cam-
bia la calidad de la fuerza en sí misma y nos presenta
una imagen enteramente diferente de las relaciones
humanas», dado que la «fuerza, por el simple hecho
de ser calificada, deja de ser fuerza». Pero ni siquiera
esta distinción, con mucho la más compleja y medi-
tada de las que caben hallarse sobre el tema, alcanza
7. Escojo mis ejemplos al azar dado que difícilmente importa
el autor que se elija. Sólo ocasionalmente se puede escuchar
una voz que disiente. Así, R. M. Mclver declara: «El poder co-
activo es un criterio del Estado pero no constituye su esencia
[...] Es cierto que no existe Estado allí donde no hay una fuerza
abrumadora [...] Pero el ejercicio de la fuerza no hace un Esta-
do» (en The Modern State, Londres, 1926, pp. 222-225). Puede
advertirse cuan fuerte es esta tradición en los intentos de Rous-
seau para escapar a ella. Buscando un Gobierno de no-domi-
nación, no halla nada mejor que une forme a"association [...]
par laquelle chacun s'unissantá tous nobéisse pourtant qu'á lui-
tnéme. El énfasis puesto en la obediencia, y por ello en el man-
ilo, permanece inalterado.
52 SOBRE LA VIOLENCIA
a la raíz del tema. El poder, en el concepto de Passe-
rin d'Entréves, es una fuerza «calificada» o «institu-
cionalizada». En otras palabras, mientras los autores
más arriba citados definen a la violencia como la más
flamante manifestación de poder, Passerin d'Entréves
define al poder como un tipo de violencia mitigada.
En su análisis final llega a los mismos resultados8).
¿Deben coincidir todos los autores, de la Derecha a la
Izquierda, de Bertrand de Jouvenel a Mao Tsé-tung
en un punto tan básico de la filosofía política como
es la naturaleza del poder?
En términos de nuestras tradiciones de pensa-
miento político estas definiciones tienen mucho a
su favor. No sólo se derivan de la antigua noción del
poder absoluto que acompañó a la aparición de la
Nación-Estado soberana europea, cuyos primeros y
más importantes portavoces fueron Jean Bodin, en
la Francia del siglo xvi, y Thomas Hobbes en la In-
glaterra del siglo xvil , sino que también coinciden
con los términos empleados desde la antigüedad
griega para definir las formas de gobierno como el
dominio del hombre sobre el hombre -de uno o
de unos pocos en la monarquía y en la oligarquía,
8. The Notion of the State, An Introduction to Political Theory
fue publicada por primera vez en italiano en 1962 [trad, cast.:
La noción de Estado: una introducción a la teoría política, Ariel,
Barcelona, 2001]. La versión inglesa no es una simple traduc-
ción; fue redactada por el propio autor como edición definitiva
y apareció en Oxford en 1967. Las citas están tomadas de las
pp. 64, 70 y 105 de esta edición inglesa.
DOS 53
de los mejores o de muchos en la aristocracia y en la
democracia-. Hoy debemos añadir la última y quizá
más formidable forma de semejante dominio: la bu-
rocracia o dominio de un complejo sistema de ofici-
nas en donde no cabe hacer responsables a los hom-
bres, ni a uno ni a los mejores, ni a pocos ni a muchos,
y que podría ser adecuadamente definida como el do-
minio de Nadie. (Si, conforme el pensamiento políti-
co tradicional, identificamos la tiranía como el Go-
bierno que no está obligado a dar cuenta de sí mismo,
el dominio de Nadie es claramente el más tiránico de
todos, pues no existe precisamente nadie al que pueda
preguntarse por lo que se está haciendo. Es este estado
de cosas, que hace imposible la localización de la res-
ponsabilidad y la identificación del enemigo, una de
las causas más poderosas de la actual y rebelde intran-
quilidad difundida por todo el mundo, de su caótica
naturaleza y de su peligrosa tendencia a escapar a todo
control, al enloquecimiento.)
Además, este antiguo vocabulario es extraña-
mente confirmado y fortificado por la adición de la
tradición hebreo-cristianayde su «imperativo con-
cepto de la ley». Este concepto no fue inventado por
«políticos realistas» sino que es más bien el resulta-
do de una generalización muy anterior y casi auto-
mática de los «Mandamientos» de Dios, según la
cual «la simple relación del mando y de la obedien-
cia» bastaba para identificar la esencia de la ley9. Fi-
l). Ibidem, p. 129.
54 SOBRE LA VIOLENCIA
nalmente, convicciones científicas y filosóficas más
modernas respecto de la naturaleza del hombre han
reforzado aún más estas tradiciones legales y políti-
cas. Los abundantes y recientes descubrimientos de
un instinto innato de dominación y de una innata
agresividad del animal humano fueron precedidos
por declaraciones filosóficas muy similares. Según
John Stuart Mill , «la primera lección de civilización
[es] la de la obediencia», y él habla de «los dos esta-
dos de inclinaciones [...] una es el deseo de ejercer
poder sobre los demás; la otra [...] la aversión a que
el poder sea ejercido sobre uno mismo»10. Si confiá-
ramos en nuestras propias experiencias sobre estas
cuestiones, deberíamos saber que el instinto de su-
misión, un ardiente deseo de obedecer y de ser do-
minado por un hombrefuerte, es por lo menos tan
prominente en la psicología humana como el deseo
de poder, y, políticamente, resulta quizá más rele-
vante. El antiguo adagio «Cuan apto es para man-
dar quien puede tan bien obedecer», que en dife-
rentes versiones ha sido conocido en todos los
siglos y en todas las naciones11 puede denotar una
verdad psicológica: la de que la voluntad de poder
y la voluntad de sumisión se hallan interconecta-
10. Considerations on Representative Government (1861), Libe-
ral Arts Library, pp. 59 y 65 [trad, cast.: Consideraciones sobre el
gobierno representativo, Alianza Editorial, Madrid, 2001].
11. John M. Wallace, Destiny His Choice: The Loyalism of An-
drew Marvell, Cambridge, 1968, pp. 88-89. Debo esta referen-
da a la amabilidad de Gregory Desjardins.
DOS 55
das. La «pronta sumisión a la tiranía», por emplear
una vez más las palabras de Mili , no está en manera
alguna siempre causada por una «extremada pasivi-
dad». Recíprocamente, una fuerte aversión a obede-
cer viene acompañada a menudo por una aversión
igualmente fuerte a dominar y a mandar. Histórica-
mente hablando, la antigua institución de la econo-
mía de la esclavitud sería inexplicable sobre la base
de la psicología de Mili . Su fin expreso era liberar a
los ciudadanos de la carga de los asuntos domésti-
cos y permitirles participar en la vida pública de la
comunidad, donde todos eran iguales; si fuera cier-
to que nada es más agradable que dar órdenes y do-
minar a otros, cada dueño de una casa jamás habría
abandonado su hogar.
Sin embargo, existe otra tradición y otro vocabu-
lario, no menos antiguos y no menos acreditados
por el tiempo. Cuando la Ciudad-Estado ateniense
llamó a su constitución una isonomía o cuando los
romanos hablaban de la civitas como de su forma
de gobierno, pensaban en un concepto del poder y
de la ley cuya esencia no se basaba en la relación
mando-obediencia. Hacia estos ejemplos se volvie-
ron los hombres de las revoluciones del siglo xvm
cuando escudriñaron los archivos de la antigüedad
y constituyeron una forma de gobierno, una repú-
blica, en la que el dominio de la ley, basándose en
el poder del pueblo, pondría fin al dominio del
liombre sobre el hombre, al que consideraron un
«gobierno adecuado para esclavos». También ellos,
56 SOBRE LA VIOLENCIA
desgraciadamente, continuaron hablando de obe-
diencia: obediencia a las leyes en vez de a los hom-
bres; pero lo que querían significar realmente era
el apoyo a las leyes a las que la ciudadanía había
otorgado su consentimiento12. Semejante apoyo
nunca es indiscutible y por lo que a su formalidad
se refiere jamás puede compararse con la «indiscu-
tible obediencia» que puede exigir un acto de vio-
lencia -la obediencia con la que puede contar un de-
lincuente cuando me arrebata la cartera con la ayuda
de un cuchillo o cuando roba a un banco con la ayu-
da de una pistola-. Es el apoyo del pueblo el que
presta poder a las instituciones de un país y este apo-
yo no es nada más que la prolongación del asenti-
miento que, para empezar, determinó la existencia
de las leyes. Se supone que bajo las condiciones de un
Gobierno representativo el pueblo domina a quienes
le gobiernan. Todas las instituciones políticas son
manifestaciones y materializaciones de poder; se pe-
trifican y decaen tan pronto como el poder vivo del
pueblo deja de apoyarlas. Esto es lo que Madison
quería significar cuando decía que «todos los Go-
biernos descansan en la opinión» no menos cierta
para las diferentes formas de monarquía como para
las democracias («Suponer que el dominio de la ma-
yoría funciona sólo en la democracia es una fantásti-
ca ilusión», como señala Jouvenel: «El rey, que no es
sino un individuo solitario, se halla más necesitado
12. Véase apéndice XI, pág. 131.
DOS 57
del apoyo general de la Sociedad que cualquier otra
forma de Gobierno»13. Incluso el tirano, el que rnan-
da contra todos, necesita colaboradores en el asunto
de la violencia aunque su número pueda ser m as
bien reducido). Sin embargo, la fuerza de la opinión,
esto es, el poder del Gobierno, depende del número;
se halla «en proporción con el número de los que
con él están asociados»14 y la tiranía, como descubrió
Montesquieu, es por eso la más violenta y menos po-
derosa de las formas de Gobierno. Una de las distin-
ciones más obvias entre poder y violencia es que el
poder siempre precisa el número, mientras que 1̂ vio-
lencia, hasta cierto punto, puede prescindir del nume-
ro porque descansa en sus instrumentos. Un doniinio
mayontarib legafmente ¿restringido, es decir, Una
democracia sin constitución, puede resultar m Uy
formidable en la supresión de los derechos de la$ mi-
norías y muy efectiva en el ahogo del disentimiento
sin empleo alguno de la violencia. Pero esto no signi-
fica que la violencia y el poder sean iguales.
La extrema forma de poder es la de Todos cQntra
Uno, la extrema forma de violencia es la de Uno
contra Todos. Y esta última nunca es posible si n
instrumentos. Afirmar, como se hace a menudo,
que una minoría pequeña y desarmada ha logrado
con éxito y por medio de la violencia -gritando 0
promoviendo un escándalo- interrumpir clases en
I! . Op. cit, p. 98.
I 'I. The Federalist, num. 49.
58 SOBRE LA VIOLENCIA
donde una abrumadora mayoría se había decidido
porque continuaran, es por eso desorientador. (En
un reciente caso sucedido en una universidad ale-
mana, entre varios centenares de estudiantes hubo
un solo «disidente» que pudo reivindicar esa extra-
ña victoria.) Lo que sucede en realidad en tales ca-
sos es algo mucho más serio: la mayoría se niega
claramente a emplear su poder y a imponerse a los
que interrumpen; el proceso académico se rompe
porque nadie desea alzar algo más que un dedo a
favor del status quo. Contra lo que se alzan las uni-
versidades es contra la «inmensa unidad negativa»
de que habla Stephen Spender en otro contexto.
Todo lo cual prueba sólo que una minoría puede
tener un poder potencial mucho más grande del
que cabría suponer limitándose a contar cabezas en
los sondeos de opinión. La mayoría simplemente
observadora, divertida por el espectáculo de una
pugna a gritos entre estudiantes y profesor, es ya en
realidad un aliado latente de la minoría. (Para com-
prender el absurdo de que se hable de pequeñas
«minorías de militantes» basta sólo imaginar lo que
hubiera sucedido en la Alemania prehitleriana si
unos pocos judíos desarmados hubieran tratado de
interrumpir la clase de un profesor antisemita.)
Es, creo, una muy triste reflexión sobre el actual es-
tado de la ciencia política, recordar que nuestra ter-
minología no distingue entre palabras clave tales
DOS 59
como «poder», «potencia», «fuerza» «autoridad» y,
finalmente, «violencia» -todas las cuales se refieren
a fenómenos distintos y diferentes, que difícilmen-
te existirían si éstos no existieran-. (En palabras de
d'Entréves, «pujanza, poder, autoridad; todas éstas
son palabras a cuyas implicaciones exactas no se
concede gran atención en el habla corriente; inclu-
so los más grandes pensadores las emplean al buen
tuntún. Sin embargo, es fácil suponer que se refie-
ren a propiedades diferentes y que su significado
debería por eso ser cuidadosamente determinado y
examinado [...] El empleo correcto de estas pala-
bras no es sólo una cuestión de gramática lógica,
sino de perspectiva histórica»15). Emplearlas como
sinónimos no sólo indica una cierta sordera a los
significados lingüísticos, lo que ya sería suficiente-
mente serio, sino que también ha tenido como con-
secuencia un tipo de ceguera ante las realidades a
las que corresponden. En semejante situación es
siempre tentador introducir nuevas definiciones,
pero -aunque me someta brevemente a la tenta-
ción- de lo que se trata no es simplemente de una
cuestión de habla descuidada. Tras la aparente con-
IS. Op. at, p. 7. Véase también p. 171, donde, discutiendo el
significado exacto de las palabras «nación» y«nacionalidad»
insiste acertadamente en señalar que «los únicos guías compe-
lí iitcs en la jungla de tan diferentes significados son los linguis-
i is y los historiadores. A ellos debemos dirigirnos en demanda
i!i ' .lyuda». Y, para distinguir entre autoridad y poder se remite
i 11 potestas in populo, auctontas in senatu de Cicerón.
60 SOBRE LA VIOLENCIA
fusión existe una firme convicción a cuya luz todas
las distinciones serían, en el mejor de los casos, de
importancia menor: la convicción de que la más
crucial cuestión política es, y ha sido siempre, la de
¿Quién manda a Quién? Poder, potencia, fuerza,
autoridad y violencia no serían más que palabras
para indicar los medios por los que el hombre do-
mina al hombre; se emplean como sinónimos por-
que poseen la misma función. Sólo después de que
se deja de reducir los asuntos públicos al tema del
dominio, aparecerán o, más bien, reaparecerán en
su auténtica diversidad los datos originales en el te-
rreno de los asuntos humanos.
Estos datos, en nuestro contexto, pueden ser
enumerados de la siguiente manera:
Poder corresponde a la capacidad humana, no sim-
plemente para actuar, sino para actuar concertada-
mente. El poder nunca es propiedad de un individuo;
pertenece a un grupo y sigue existiendo mientras que
el grupo se mantenga unido. Cuando decimos de al-
guien que está «en el poder» nos referimos realmente
a que tiene un poder de cierto número de personas
para actuar en su nombre. En el momento en que el
grupo, del que el poder se ha originado (potestas in
populo, sin un pueblo o un grupo no hay poder),
desaparece, «su poder» también desaparece. En su
acepción corriente, cuando hablamos de un «hombre
poderoso» o de una «poderosa personalidad», em-
pleamos la palabra «poder» metafóricamente; a la que
nos referimos sin metáfora es a «potencia».
DOS 61
Potencia designa inequívocamente a algo en una
entidad singular, individual; es la propiedad inhe-
rente a un objeto o persona y pertenece a su carácter,
que puede demostrarse a sí mismo en relación con
otras cosas o con otras personas, pero es esencial-
mente independiente de ellos. La potencia de, inclu-
so, el más fuerte individuo puede ser siempre supe-
rada por las de muchos que a menudo se combinarán,
sin más propósito que el de arruinar la potencia pre-
cisamente por obra de su independencia peculiar. La
casi instintiva hostilidad de los muchos hacia el uno
ha sido siempre, desde Platón a Nietzsche, atribuida
al resentimiento, a la envidia de los débiles respecto
del fuerte, pero esta interpretación psicológica yerra.
(Corresponde a la naturaleza de grupo y constituye
su poder para hacer frente a la independencia, pro-
piedad de la potencia individual.
La Fuerza, que utilizamos en el habla cotidiana
como sinónimo de violencia, especialmente si la vio-
lencia sirve como medio de coacción, debería quedar
reservada en su lenguaje terminológico, a las «fuerzas
ile la Naturaleza» o a la «fuerza de las circunstancias»
(la [orce des choses), esto es, para indicar la energía li -
berada por movimientos físicos o sociales.
I ,a Autoridad, palabra relativa al más esquivo de
CHIOS fenómenos y, por eso, como término, el más
i tenientemente confundido16, puede ser atribuida
lo líxislc algo como el Gobierno autoritario, pero ciertamen-
te muía liene en común con la tiranía, la dictadura o el domi-
62 SOBRE LA VIOLENCIA
a las personas -existe algo como autoridad perso-
nal, por ejemplo, en la relación entre padre e hijo,
entre profesor y alumno- o a las entidades como, por
ejemplo, al Senado romano (auctoritas in senatu) o a
las entidades jerárquicas de la Iglesia (un sacerdote
puede otorgar una absolución válida aunque esté bo-
rracho). Su característica es el indiscutible reconoci-
miento por aquellos a quienes se les pide obedecer;
no precisa ni de la coacción ni de la persuasión. (Un
padre puede perder su autoridad, bien por golpear a
un hijo o bien por ponerse a discutir con él, es decir,
bien por comportarse con él como un tirano o bien
por tratarle como a un igual.) Permanecer investido
de la autoridad exige respeto para la persona o para la
entidad. El mayor enemigo de la autoridad es, por
eso, el desprecio y el más seguro medio de minarla es
la risa17.
mo totalitario. Para discutir los antecedentes historíeos y el
significado politico del termino, véanse mi trabajo «What is
Authority?», en Between Past and Future Exercises in Political
Thought, Nueva York, 1968 [trad esp -Entre el pasado y el futu-
ro ocho ejercicios sobre la reflexion política, Península, Barcelo-
na, 2003], y la primera parte del valioso estudio de Karl Hemz
Lubke, Auctoritas bei Augustin, Stuttgart, 1968, con extensa bi-
bliografía.
17. Wolin y Schaar, en op cit, tienen razón por completo- «Las
normas son vulneradas porque las autoridades universitarias,
los administradores y los claustros de profesores han perdido
el respeto de muchos de los estudiantes » Y concluyen. «Cuan-
do la autoridad abandona, entra el poder.» Esto también es
cierto pero, me temo, no completamente en el sentido en que
ellos pretenden que lo sea. Lo que primero penetró en Berkeley
BOS 63
La Violencia, como ya he dicho, se distingue por
su carácter instrumental. Fenomenológicamente
está próxima a la potencia, dado que los instru-
mentos de la violencia, como todas las demás he-
rramientas, son concebidos y empleados para mul-
tiplicar la potencia natural hasta que, en la última
fase de su desarrollo, puedan sustituirla.
Quizá no sea superfluo añadir que estas distin-
ciones, aunque en absoluto arbitrarias, difícilmente
corresponden a compartimentos estancos del mun-
do real, del que sin embargo han sido extraídas. Así
el poder institucionalizado en comunidades orga-
nizadas aparece a menudo bajo la apariencia de au-
fue el poder estudiantil, evidentemente el más fuerte en cada
campus, simplemente obra de la superioridad en número de
los estudiantes. Para romper este poder, las autoridades recu-
rrieron a la violencia y precisamente porque la Universidad es
esencialmente una institución basada en la autoridad y por eso
necesitada de respeto, es por lo que le resulta tan difícil tratar
con el poder en términos no violentos. La Universidad recurre
hoy a la protección de la policía de la misma manera que solía
hacer la Iglesia católica antes de que la separación de la Iglesia
y del Estado la obligara a basarse solamente en ía autoridad.
Quizá no sea mera coincidencia el hecho de que las más graves
crisis de la Iglesia como institución se hayan correspondido
con las más graves crisis en la historia de la Universidad, la úni-
ca institución secular todavía basada en la autoridad. Unas y
otras crisis pueden ser atribuidas a la «creciente explosión del
.itomo "obediencia" cuya estabilidad era supuestamente eter-
na», como Heinrich Bóll señaló a propósito de la crisis de las
Iglesias. Véase «Es wird immer spater», en Antwort an Sacha-
IOW, Zurich, 1969.
64 SOBRE LA VIOLENCIA
toridad, exigiendo un reconocimiento instantáneo
e indiscutible; ninguna sociedad podría funcionar
sin él. (Un pequeño y aislado incidente, sobrevenido
en Nueva York, muestra lo que puede suceder cuan-
do se quiebra la auténtica autoridad en las relaciones
sociales hasta el punto de que ya no puede operar ni
siquiera en su forma derivativa y puramente funcio-
nal. Una avería de escasa importancia en el Metro
-las puertas de un tren que dejaron de funcionar-
determinó un grave bloqueo de una línea durante
cuatro horas, que afectó a más de cincuenta mil pa-
sajeros, porque cuando las autoridades de la red pi-
dieron a los ocupantes del tren averiado que lo aban-
donasen, éstos simplemente se negaron18.) Además,
nada, como veremos, resulta tan corriente como la
combinación de violencia y poder, y nada es menos
frecuente como hallarlos en su forma pura y por eso
extrema. De aquí no se deduce que la autoridad, el
poder y la violencia sean todos lo mismo.
Perodebe reconocerse que resulta especialmente
tentador en una discusión sobre lo que es realmente
uno de los tipos del poder, es decir, el poder del Go-
bierno, concebir el poder en términos de mando y
obediencia e igualar así al poder con la violencia.
Como en las relaciones exteriores y en las cuestiones
internas aparece la violencia como último recurso
para mantener intacta la estructura del poder frente a
los retos individuales -el enemigo extranjero, el delin-
18. Véase The New York Times, 4 de enero de 1969, pp. 1 y 29.
DOS 65
cuente nativo- parece como si la violencia fuese pre-
requisite del poder y el poder nada más que una fa-
chada, el guante de terciopelo que o bien oculta una
mano de hierro o resultará pertenecer a un tigre de pa-
pel. En un examen más atento, sin embargo, esta no-
ción pierde gran parte de su plausibilidad. Para nues-
tro objetivo, el foso entre la teoría y la realidad queda
mejor ilustrado por el fenómeno de la revolución.
Desde comienzos de siglo, los teóricos de la revo-
lución nos han dicho que las posibilidades de la re-
volución han disminuido significativamente en pro-
porción a la creciente capacidad destructiva de las
armas a disposición exclusiva de los Gobiernos19.
19. Asi Franz Borkenau, reflexionando sobre la derrota de la
i evolución española, declara «En este tremendo contraste con
las ¡evoluciones antenores queda reflejado un hecho Antes de
estos últimos años, la contrarrevolución habitualmente de-
pendía del apoyo de las potencias reaccionarias que eran técni-
ca e mtelectualmente inferiores a las fuerzas de la revolución.
I sto ha cambiado con el advenimiento del fascismo Ahora
Í .ida revolución sufrirá probablemente el ataque de la más mo-
derna, mas eficiente y mas implacable maquinaria que exista.
1 sto significa que ya ha pasado la época de las revoluciones li -
l»i es de evolucionar según sus propias leyes » Esto fue escrito
luce mas de treinta años (The Spanish Cockpit, Londres, 1937,
Ann Arbor, 1963, pp. 288-289 [trad cast El reñidero español
hi Guerra Civil española vista por un testigo europeo, Península,
ll.i i celona, 2001]) y es ahora citado con aprobación por
( liomsky (op cit, p. 310). Cree que la intervención americana
y 11 .mcesa en la guerra civil del Vietnam confirma el acierto de
lit |utdicción de Borkenau «reemplazando al "fascismo" por el
' Impciíahsmo liberal"» Pienso que este ejemplo sirve mas
lii ( n para demostrar lo opuesto
66 SOBRE LA VIOLENCIA
La historia de los últimos setenta años, con su ex-
traordinaria relación de revoluciones victoriosas y
fracasadas, nos cuenta algo muy diferente. ¿Esta-
ban locos quienes se alzaron contra tan abrumado-
ras probabilidades? Y, al margen de los ejemplos de
éxitos totales, ¿cómo pueden ser explicados incluso
los éxitos temporales? La realidad es que el foso en-
tre los medios de violencia poseídos por el Estado y
los que el pueblo puede obtener, desde botellas de
cerveza a cócteles Molotov y pistolas, ha sido siem-
pre tan enorme, que los progresos técnicos apenas
significan una diferencia. Las instrucciones de los
textos relativos a «cómo hacer una revolución», en
una progresión paso a paso desde el disentimiento
a la conspiración, desde la resistencia a la rebelión
armada, se hallan unánimemente basados en la
errónea noción de que las revoluciones son «reali-
zadas». En un contexto de violencia contra violen-
cia la superioridad del Gobierno ha sido siempre
absoluta pero esta superioridad existe sólo mien-
tras permanezca intacta la estructura de poder del
Gobierno -es decir, mientras que las órdenes sean
obedecidas y el Ejército o las fuerzas de policía es-
tén dispuestos a emplear sus armas-. Cuando ya no
sucede así, la situación cambia de forma abrupta.
No sólo la rebelión no es sofocada, sino que las
mismas armas cambian de manos -a veces, como
acaeció durante la revolución húngara, en el espa-
cio de unas pocas horas-. (Deberíamos saber algo
al respecto después de todos esos años de lucha in-
DOS 67
útil en Vietnam, donde durante mucho tiempo,
antes de obtener una masiva ayuda rusa, el Frente
Nacional de Liberación luchó contra nosotros con
armas fabricadas en los Estados Unidos.) Sólo des-
pués de que haya sucedido esto, cuando la desinte-
gración del Gobierno haya permitido a los rebeldes
armarse ellos mismos, puede hablarse de un «alza-
miento armado», que a menudo no llega a produ-
cirse o sobreviene cuando ya no es necesario. Don-
de las órdenes no son ya obedecidas, los medios de
violencia ya no tienen ninguna utilidad; y la cues-
tión de esta obediencia no es decidida por la rela-
ción mando-obediencia sino por la opinión y, des-
de luego, por el número de quienes la comparten.
Todo depende del poder que haya tras la violencia.
El repentino y dramático derrumbamiento del po-
der que anuncia las revoluciones revela en un re-
lámpago cómo la obediencia civil -a las leyes, los
dirigentes y las instituciones- no es nada más que la
manifestación exterior de apoyo y asentimiento.
Donde el poder se ha desintegrado, las revolucio-
nes se tornan posibles, si bien no necesariamente.
Sabemos de muchos ejemplos de regímenes pro-
fundamente impotentes a los que se les ha permiti-
do continuar existiendo durante largos períodos de
I ¡empo -bien porque no existía nadie que pusiera a
prueba su potencia y revelara su debilidad, bien por-
que fueron lo suficientemente afortunados como
para no aventurarse en una guerra y sufrir la derro-
ta-. La desintegración a menudo sólo se torna mani-
68 SOBRE LA VIOLENCIA
fiesta en un enfrentamiento directo; e incluso enton-
ces, cuando el poder está ya en la calle, se necesita
un grupo de hombres preparados para tal eventua-
lidad que recoja ese poder y asuma su responsabili-
dad. Hemos sido recientemente testigos del hecho
de que haya bastado una rebelión relativamente pa-
cífica y esencialmente no violenta de los estudian-
tes franceses para revelar la vulnerabilidad de todo
el sistema político, que se desintegró rápidamente
ante las sorprendidas miradas de los jóvenes rebel-
des. Sin saberlo lo habían puesto a prueba; trataban
exclusivamente de retar al osificado sistema univer-
sitario y se vino abajo el sistema del poder guberna-
mental junto con las burocracias de los grandes
partidos -une sorte de désintegration de toutes les
hierarchies2®-. Fue el típico caso de una situación
revolucionaria21 que no evolucionó hasta llegar a
ser una revolución porque no había nadie, y menos
que nadie los estudiantes, que estuviera preparado
para asumir el poder y las responsabilidades que
supone. Nadie, excepto, desde luego, De Gaulle.
Nada fue más característico de la seriedad de la si-
20. Raymond Aron, La Revolution introuvable, 1968, p. 41
[trad, cast.: La revolución estudiantil, Desclée de Brouwer, Bil-
bao, 1970].
21. Stephen Spender, op. cit, p. 56, disiente: «Lo que resultó tanto
más aparente que la situación revolucionaria (fue) la no revolu-
cionaria.» Puede ser «difícil pensar que se está iniciando una re-
volución cuando [...] todo el mundo parece de tan buen humor»
pero esto es lo que sucede habitualmente al comienzo de las revo-
luciones, durante el gran éxtasis primitivo de fraternidad.
tuación como su apelación al Ejército, su viaje para
ver a Massu y a los generales en Alemania, una mar-
cha a Canossa (si es que ésta lo fue), a juzgar por lo
que había sucedido unos años antes. Pero lo que
buscaba y obtuvo fue apoyo, no obediencia, y sus
medios no fueron órdenes sino concesiones22. Si las
órdenes hubieran bastado, jamás habría tenido que
salir de París.
Nunca ha existido un Gobierno exclusivamente
basado en los medios de la violencia. Incluso el di-
rigente totalitario, cuyo principal instrumento de
dominio es la tortura, necesita un poder básico -la
policía secreta y su red de informadores-. Sólo el
desarrollo de los soldados robots, que he mencio-
nado anteriormente, eliminaría el factor humano
por completo y, permitiendoque un hombre pudie-
ra, con oprimir un botón, destruir lo que él quisiera,
cambiaría esta influencia fundamental del poder so-
bre la violencia. Incluso el más despótico dominio
que conocemos, el del amo sobre los esclavos, que
siempre le superarán en número, no descansa en la
superioridad de los medios de coacción como tales,
sino en una superior organización del poder, en la
solidaridad organizada de los amos23. Un solo hom-
22. Véase apéndice XII , pag 133.
23. En la antigua Grecia, esa organización de poder era la po-
\h, cuyo mentó principal, según Jenofonte, era el de permitir a
los «ciudadanos actuar como protectores recíprocos contra los
CKLI.IVOS y criminales para que ningún ciudadano pudiera mo-
Itt de muerte violenta» (Gerón, IV, 3).
70 SOBRE LA VIOLENCIA
bre sin el apoyo de otros jamás tiene suficiente po-
der como para emplear la violencia con éxito. Por
eso, en las cuestiones internas, la violencia funcio-
na como el último recurso del poder contra los de-
lincuentes o rebeldes -es decir, contra los indivi-
duos singulares que se niegan a ser superados por el
consenso de la mayoría-. Y por lo que se refiere a la
guerra, ya hemos visto en Vietnam cómo una enor-
me superioridad en los medios de la violencia puede
tornarse desvalida si se enfrenta con un oponente
mal equipado pero bien organizado, que es mucho
más poderoso. Esta lección, en realidad, puede
aprenderse de la guerra de guerrillas, al menos tan
antigua como la derrota en España de los hasta en-
tonces invencibles ejércitos de Napoleón.
Pasemos por un momento al lenguaje concep-
tual: el poder corresponde a la esencia de todos los
Gobiernos, pero no así la violencia. La violencia es,
por naturaleza, instrumental; como todos los me-
dios siempre precisa de una guía y una justificación
hasta lograr el fin que persigue. Y lo que necesita
justificación por algo, no puede ser la esencia de
nada. El fin de la guerra -fi n concebido en su doble
significado- es la paz o la victoria; pero a la pregun-
ta ¿Y cuál es el fin de la paz?, no hay respuesta. La
paz es un absoluto, aunque en la Historia que cono-
cemos los períodos de guerra hayan sido siempre
más prolongados que los períodos de paz. El poder
pertenece a la misma categoría; es, como dicen, «un
fin en sí mismo». (Esto, desde luego, no es negar
DOS 71
que los Gobiernos realicen políticas y empleen su
poder para lograr objetivos prescritos. Pero la es-
tructura del poder en sí mismo precede y sobrevive
a todos los objetos, de forma que el poder, lejos de
constituir los medios para un fin, es realmente la
verdadera condición que permite a un grupo de
personas pensar y actuar en términos de categorías
medios-fin.) Y como el Gobierno es esencialmente
poder organizado e institucionalizado, la pregunta:
¿cuál es el fin del Gobierno?, tampoco tiene mucho
sentido. La respuesta será, o bien la que cabría dar
por sentada -permitir a los hombres vivir juntos- o
bien peligrosamente utópica -promover la felici-
dad, o realizar una sociedad sin clases o cualquier
otro ideal no político, que si se examinara seria-
mente se advertiría que sólo podía conducir a algún
Upo de tiranía-.
El poder no necesita justificación, siendo como
os inherente a la verdadera existencia de las comu-
nidades políticas; lo que necesita es legitimidad. El
empleo de estas dos palabras como sinónimo no es
menos desorientador y perturbador que la corrien-
te ecuación de obediencia y apoyo. El poder surge
allí donde las personas se juntan y actúan concerta-
damente, pero deriva su legitimidad de la reunión
inicial más que de cualquier acción que pueda se-
guir a ésta. La legitimidad, cuando se ve desafiada,
se basa en una apelación al pasado mientras que la
justificación se refiere a un fin que se encuentra en
ti futuro. La violencia puede ser justificable pero
72 SOBRE LA VIOLENCIA
nunca será legítima. Su justificación pierde plausi-
bilidad cuanto más se aleja en el futuro el fin pro-
puesto. Nadie discute el uso de la violencia en de-
fensa propia porque el peligro no sólo resulta claro
sino que es actual y el fin que justifica los medios es
inmediato.
Poder y violencia, aunque son distintos fenóme-
nos, normalmente aparecen juntos. Siempre que se
combinan el poder es, ya sabemos, el factor prima-
rio y predominante. La situación, sin embargo, es
enteramente diferente cuando tratamos con ambos
en su estado puro -como, por ejemplo, sucede
cuando se produce una invasión y ocupación ex-
tranjeras-. Hemos visto que la ecuación de la vio-
lencia con el poder se basa en la concepción del Go-
bierno como dominio de un hombre sobre otros
hombres por medio de la violencia. Si un conquis-
tador extranjero se enfrenta con un Gobierno im-
potente y con una nación no acostumbrada al ejer-
cicio del poder político, será fácil para él conseguir
semejante dominio. En todos los demás casos las
dificultades serán muy grandes y el ocupante inva-
sor tratará inmediatamente de establecer Gobier-
nos «Quisling», es decir, de hallar una base de po-
der nativo que apoye su dominio. El choque frontal
entre los tanques rusos y la resistencia totalmente
no violenta del pueblo checoslovaco es un ejemplo
clásico de enfrentamiento de violencia y poder en
sus estados puros. En tal caso, el dominio es difícil
de alcanzar, si bien no resulta imposible conseguir-
DOS 7.1
lo. La violencia, es preciso recordarlo, no depende
del número o de las opiniones, sino de los instru-
mentos, y los instrumentos de la violencia, como ya
he dicho antes, al igual que todas las herramientas,
aumentan y multiplican la potencia humana. Los
que se oponen a la violencia con el simple poder
pronto descubrirán que se enfrentan no con hom-
bres sino con artefactos de los hombres, cuya inhu-
manidad y eficacia destructiva aumenta en propor-
ción a la distancia que separa a los oponentes. La
violencia puede siempre destruir al poder; del cañón
de un arma brotan las órdenes más eficaces que de-
terminan la más instantánea y perfecta obediencia.
Lo que nunca podrá brotar de ahí es el poder.
En un choque frontal entre la violencia y el po-
der el resultado es difícilmente dudoso. Si la enor-
memente poderosa y eficaz estrategia de resistencia
no violenta de Gandhi se hubiera enfrentado con
un enemigo diferente -la Rusia de Stalin, la Alema-
nia de Hitler, incluso el Japón de la preguerra, en
vez de enfrentarse con Inglaterra-, el desenlace no
hubiera sido la descolonización sino la matanza y
la sumisión. Sin embargo, Inglaterra en la India
y Francia en Argelia tenían buenas razones para
ejercer la coacción. El dominio por la pura violen-
cia entra en juego allí donde se está perdiendo el
poder; y precisamente la disminución de poder del
(íobierno ruso -interior y exteriormente- se tornó
manifiesta en su «solución» del problema checoslo-
vaco, de la misma manera que la disminución de
74 SOBRE LA VIOLENCIA
poder del imperialismo europeo se tornó manifies-
ta en la alternativa entre descolonización y matanza.
Reemplazar al poder por la violencia puede signifi-
car la victoria, pero el precio resulta muy elevado,
porque no sólo lo pagan los vencidos; también lo
pagan los vencedores en términos de su propio po-
der. Esto es especialmente cierto allí donde el ven-
cedor disfruta interiormente de las bendiciones del
Gobierno constitucional. Henry Steele Commager
tiene enteramente la razón al decir: «Si destruimos
el orden mundial y destruimos la paz mundial de-
bemos inevitablemente subvertir y destruir prime-
ro nuestras propias instituciones políticas»24. El
muy temido efecto de boomerang del «gobierno de
las razas sometidas» (Lord Cromer) sobre el go-
bierno doméstico durante la era imperialista signi-
ficaba que el dominio por la violencia en lejanas
tierras acabaría por afectar al gobierno de Inglate-
rra y que la última «raza sometida» sería la de los
mismos ingleses. El reciente ataque con gas en el
campus de Berkeley, donde no sólo se empleó gaslacrimógeno, sino también otro gas «declarado ile-
gal por la Convención de Ginebra y empleado por
el Ejército para dispersar guerrillas en Vietnam»,
que fue lanzado mientras los soldados de la Guar-
dia Nacional equipados con máscaras antigás im-
pedían que nadie «escapara de la zona gaseada», es
24. «Can We Limit Presidential Power?», en The New Repu-
blic, 6 de abril de 1968.
DOS
un excelente ejemplo de este fenómeno de «ie.u
ción». Se ha dicho a menudo que la impotent i,i
engendra la violencia y psicológicamente esto <-,
completamente cierto, al menos por lo que se reí ie
re a las personas que posean una potencia natural,
moral o física. Políticamente hablando lo cierto es
que la pérdida de poder se convierte en una tenta-
ción para reemplazar al poder por la violencia -en
1968, durante la celebración de la Convención De-
mócrata en Chicago, pudimos contemplar este
proceso por televisión25- y que la violencia en sí
misma concluye en impotencia. Donde la violencia
ya no es apoyada y sujetada por el poder se verifica
la bien conocida inversión en la estimación de me-
dios y fines. Los medios, ios medios de destrucción,
ahora determinan el fin, con la consecuencia de
que el fin será la destrucción de todo poder.
En situación alguna es más evidente el factor au-
toderrotante de la victoria de la violencia como en
el empleo del terror para mantener una domina-
ción cuyos fantásticos éxitos y eventuales fracasos
conocemos, quizá mejor que cualquier generación
anterior a la nuestra. El terror no es lo mismo que la
violencia; es, más bien, la forma de Gobierno que
llega a existir cuando la violencia, tras haber des-
truido todo poder, no abdica sino que, por el con-
trario, sigue ejerciendo un completo control. Se ha
advertido a menudo que la eficacia del terror de-
25. Véase apéndice XIII , pág. 133.
76 SOBRE LA VIOLENCIA
pende casi enteramente del grado de atomización
social. Todo tipo de oposición organizada ha de
desaparecer antes de que pueda desencadenarse
con toda su fuerza el terror. Esta atomización -una
palabra vergonzosamente pálida y académica para
el horror que supone- es mantenida e intensificada
merced a la ubicuidad del informador, que puede
ser literalmente omnipresente porque ya no es sim-
plemente un agente profesional a sueldo de la poli-
cía, sino potencialmente cualquier persona con la
que uno establezca contacto. Cómo se establece un
Estado policial completamente desarrollado y cómo
funciona -o más bien cómo nada funciona allí don-
de existe ese régimen-, puede conocerse a través de
la lectura de El Primer Círculo de Aleksandr I. Sol-
zhenitsyn, que quedará como una de las obras
maestras de la literatura del siglo XX y que contiene
ciertamente la mejor documentación sobre el régi-
men de Stalin26. La diferencia decisiva entre la do-
minación totalitaria basada en el terror y las tira-
nías y dictaduras, establecidas por la violencia, es
que la primera se vuelve no sólo contra sus enemi-
gos, sino también contra sus amigos y auxiliares, te-
merosa de todo poder, incluso del poder de sus
amigos. El climax del terror se alcanza cuando el
Estado policial comienza a devorar a sus propios
hijos, cuando el ejecutor de ayer se convierte en la
víctima de hoy. Y éste es también el momento en el
26. Véase apéndice XIV, pág. 134.
DOS 77
que el poder desaparece por completo. Existen aho-
ra muchas explicaciones plausibles de la desestali-
nización de Rusia: ninguna, creo, tan contundente
como la de que los funcionarios stalinistas llegaran
a comprender que una continuación del Régimen
conduciría no a una insurrección, contra la que el
terror es desde luego la mejor salvaguarda, sino a la
parálisis de todo el país.
Para resumir: políticamente hablando, es insufi-
ciente decir que poder y violencia no son la misma
cosa. El poder y la violencia son opuestos; donde
uno domina absolutamente falta el otro. La violen-
cia aparece donde el poder está en peligro pero,
confiada a su propio impulso, acaba por hacer des-
aparecer al poder. Esto implica que no es correcto
pensar que lo opuesto de la violencia es la no vio-
lencia; hablar de un poder no violento constituye
en realidad una redundancia. La violencia puede
destruir al poder; es absolutamente incapaz de
crearlo. La gran fe de Hegel y de Marx en su dialéc-
tico «poder de negación», en virtud del cual los
opuestos no se destruyen sino que se desarrollan
mutuamente porque las contradicciones promue-
ven y no paralizan el desarrollo, se basa en un pre-
juicio filosófico mucho más antiguo: el que señala
que el mal no es más que un modus privativo del
bien, que el bien puede proceder del mal; que, en
suma, el mal no es más que una manifestación tem-
poral de un bien todavía oculto. Tales opiniones
acreditadas por el tiempo se han tornado peligro-
78 SOBRE LA VIOLENCIA
sas. Son compartidas por muchos que nunca han
oído hablar de Hegel o de Marx, por la simple ra-
zón de que inspiran esperanza y barren el temor
-una traicionera esperanza empleada para barrer un
legítimo temor-. Y al decir esto no pretendo igualar
a la violencia con el mal; sólo quiero recalcar que la
violencia no puede derivarse de su opuesto, que es el
poder, y que, para comprender cómo es, tendremos
que examinar sus raíces y naturaleza.
Tres
Debe parecer presuntuoso hablar en estos términos
sobre la naturaleza y las causas de la violencia,
cuando ríos de dinero de las fundaciones van a
parar a diversos proyectos de investigación social,
cuando ya se ha publicado un diluvio de libros so-
bre la materia, cuando científicos eminentes -bió-
logos, fisiólogos, etólogos y zoólogos- han partici-
pado en un esfuerzo general por resolver el «enigma»
de la agresividad del comportamiento humano y
cuando, incluso, ha surgido una ciencia de nuevo
cuño, denominada «polemología». Puedo aducir,
sin embargo, dos excusas.
En primer lugar, aunque me parece fascinante
gran parte del trabajo de los zoólogos, no consigo
ver cómo puede aplicarse a nuestro problema. Para
saber que la gente luchará por su patria, no creo
que necesitásemos conocer los instintos del «terri-
torialismo de grupo» de las hormigas, los peces y
79
80 SOBRE LA VIOLENCIA
los monos; y para conocer que el hacinamiento ori-
gina irritación y agresividad, no creo que necesitá-
semos experimentar con ratas. Habría bastado con
pasar un día en los barrios miserables de cualquier
gran ciudad. Me sorprende y a veces me encanta ver
que algunos animales se comportan como hom-
bres; no puedo discernir cómo esa conducta puede
servir para justificar o para condenar el comporta-
miento humano. No consigo comprender por qué
se nos exige «reconocer que el hombre se conduce
en gran manera como las especies territoriales de
grupo», en vez de decirnos lo inverso; es decir, que
ciertas especies animales se comportan en gran ma-
nera como los hombres1. (Según Adolf Portmann,
estos nuevos atisbos sobre el comportamiento ani-
mal no salvan el foso entre el hombre y el animal;
sólo demuestran que «también sucede en los ani-
males mucho más de lo que sabíamos que sucedía
en nosotros mismos»2). Por qué, tras haber «elimi-
nado» todo antropomorfismo del comportamiento
1 Nikolas Tmbergen, «On War and Peace in Animals and
Man», en Science, 160:1411 (28 dejumo de 1968)
2. Das Tier als soziales Wesen, Zurich, 1953, pp. 237-238: «Wer
sich in die Tatsachen vertieft.. der wird feststellen, dass die
neuen Einbhcke in die Differenziertheit tienschen Treibens
uns zwmgen, mit allzu emfachen Vorstellungen von hoheren
Tieren ganz entschieden aufzuraumen Damit wird aber nicht
etwa -wie zuweilen leichthin gefolgert wird- das Tiensche dem
Menschlichen immer mehr genahert. Es zeigt sich lediblich,
dass viel mehr von dem, was wir von uns selbst kennen, auch
beim Tier vorkommt»
TRES 81
animal (cuestión muy distinta es la de determinar
si lo hemos logrado), tenemos que tratar de averi-
guar «cuan "teromorfo" es el hombre»?3¿Acaso no
resulta evidente que el antropomorfismo y el tero-
morfismo en las ciencias del comportamiento cons-
tituyen las dos caras del mismo «error»? Además,
¿por qué tenemos que exigir del hombre que tome
sus normas de conducta de otras especies animales
si le definimos como perteneciente al reino animal?
Me temo que la respuesta sea muy simple: es más
fácil experimentar con animales, y no solamente
por razones humanitarias, como la de que no sea
agradable meternos en jaulas; lo malo de los hom-
bres es que pueden engañar.
En segundo lugar, los resultados de las investiga-
ciones, tanto de las ciencias sociales como de las na-
turales, tienden a considerar al comportamiento
violento como una reacción más «natural» de lo
que estaríamos dispuestos a admitir sin tales resul-
tados. Se dice que la agresividad, definida como im-
pulso instintivo, tiende a realizar el mismo papel
funcional en el marco de la Naturaleza que desem-
peñan los instintos nutritivo y sexual en el proceso
de vida de los individuos y de las especies. Pero, a
diferencia de estos instintos, que son activados por
apremiantes necesidades corporales de una parte y
3. Véase ZurVerhaltensphysiologte bei Tieren und Menschen, de
Erich von Hoist, Gesammelte Abhandlungen. Vol. I, Munich,
1969, p. 239.
82 SOBRE LA VIOLENCIA
por estimulantes exteriores de otra, los instintos
agresivos parecen ser en el reino animal indepen-
dientes de semejante provocación; por el contrario,
la falta de provocación lleva aparentemente a una
frustración del instinto, a una agresividad «repri-
mida», que, según los psicólogos, conduce a una
acumulación de «energía» cuya eventual explosión
será mucho más peligrosa. (Es como si la sensación
de hambre en el hombre aumentara con la dismi-
nución del número de personas hambrientas4). En
esta interpretación, la violencia sin provocación re-
sulta «natural»; si ha perdido su explicación, básica-
mente su función de autoconservación, se torna
«irracional» y ésta es supuestamente la razón por la
que los hombres pueden ser más «bestiales» que los
otros animales. (Los libros nos recuerdan constan-
temente el generoso comportamiento de los lobos
que no matan al enemigo derrotado.)
Al margen por completo de la desorientadora
transposición de términos físicos tales como «ener-
gía» y «fuerza» a terrenos biológicos y zoológicos,
donde carecen de sentido puesto que no pueden ser
4. Para contrarrestar el absurdo de esta conclusión se hace una
distinción entre instintos endógenos y espontáneos -como,
por ejemplo, la agresión-, e impulsos reactivos, como el ham-
bre. Pero una distinción entre espontaneidad y reactividad ca-
rece de sentido en una discusión sobre los impulsos innatos.
En el mundo de la Naturaleza no existe espontaneidad, propia-
mente hablando, y los instintos o impulsos solamente manifiestan
la forma muy compleja por la que todos los organismos vivos, in-
cluyendo al hombre, se hallan adaptados a sus procesos.
TRES 83
medidos5, me temo que, tras los más recientes «des-
cubrimientos» nos acecha la antigua definición de
la naturaleza del hombre, la definición del hombre
como animal racional, según la cual sólo diferimos
de las otras especies animales en el atributo adicio-
nal de la razón. La ciencia moderna, partiendo a la
ligera de esta antigua presunción, ha llegado tan le-
jos como para «probar» que el hombre comparte
con algunas especies del reino animal todas las pro-
piedades, a excepción del don adicional de la «ra-
zón» que hace del hombre una bestia más peligrosa.
El uso de la razón nos torna peligrosamente «irra-
cionales», porque esta razón es propiedad de un
«ser originariamente instintivo»6. Los científicos
saben, desde luego, que el hombre es un fabricante
de herramientas que ha inventado esas armas de
largo radio de acción que le liberan de los límites
«naturales» que hallamos en el reino animal, y que
la fabricación de herramientas es una actividad
mental muy compleja7. Por eso, la ciencia está 11a-
5 El carácter hipotético de Sobre la agresión de Konrad Lorenz
(Madrid, 1992) queda aclarado por la interesante colección de
ensayos sobre la agresión y la adaptación editados por Alexander
Mitscherlich bajo el titulo Bis herher und nicht weiter 1st die
menschliche Aggression unbefriedbar?, Munich, 1968
6 VbnHolst, op cit,p 283 «Nicht, weil wir Verstandeswesen,
sondern weil wir ausserdem ganz urtumliche Tnebwesen sind,
ist unser Dasem ím Zeitalter der Technik gefahrdet»
7 Las armas de largo radio de acción -que para los polemólo-
gos han liberado los instintos agresivos del hombre hasta el
punto de que ya no funcionen los controles de salvaguardia de
84 SOBRE LA VIOLENCIA
mada a curarnos de los efectos marginales de la ra-
zón manipulando y controlando nuestros instintos,
habitualmente mediante el hallazgo de vías pací-
ficas de escape, después de haber desaparecido su
«función de promover la vida». Una vez más, la
norma de conducta se hace derivar de las de otras
especies animales en las que la función de los ins-
tintos vitales no ha quedado destruida por la inter-
vención de la razón humana. Y la distinción especí-
fica entre el hombre y la bestia no es ya ahora,
estrictamente hablando, la razón (la lumen naturale
del animal humano) sino la ciencia, el conocimien-
to de esas normas y de las técnicas para aplicarlas.
Conforme a este punto de vista, el hombre actúa
irracionalmente y como una bestia si se niega a es-
cuchar a los científicos o si ignora sus últimos des-
cubrimientos. Razonaré a continuación, en contra
de estas teorías y de sus implicaciones, que la vio-
lencia ni es bestial ni es irracional, tanto si conside-
ramos estos términos en las acepciones corrientes
que les prestan los humanistas, como si atendemos
a los significados que le dan las teorías científicas.
la especie (véase Tinbergen, op. cit.)- son consideradas por
Otto Klineberg («Fears of a Psychologist», en Calder, op. cit, p.
208) más bien como una indicación de «que la agresividad per-
sonal (no) desempeñó un importante papel como motivo de
una guerra». Los soldados, resulta tentador proseguir el argu-
mento, no son homicidas y los homicidas -es decir, los dotados
de «agresividad personal»- ni siquiera son probablemente
buenos soldados.
TRES 85
Es un lugar común el señalar que la violencia brota
a menudo de la rabia y la rabia puede ser, desde luego,
irracional y patológica, pero de la misma manera que
puede serlo cualquier otro afecto humano. Es sin
duda posible crear condiciones bajo las cuales los
hombres sean deshumanizados -tales como los cam-
pos de concentración, la tortura y el hambre- pero
esto no significa que esos hombres se tornen anima-
les; y bajo tales condiciones, el más claro signo de des-
humanización no es la rabia ni la violencia sino la evi-
dente ausencia de ambas. La rabia no es en absoluto
una reacción automática ante la miseria y el sufri-
miento como tales; nadie reacciona con rabia ante
una enfermedad incurable, ante un terremoto o, por
lo que nos concierne, ante condiciones sociales que
parecen incambiables. La rabia sólo brota allí donde
existen razones para sospechar que podrían modi-
ficarse esas condiciones y no se modifican. Sólo reac-
cionamos con rabia cuando es ofendido nuestro
sentido de la justicia y esta reacción no refleja necesa-
riamente en absoluto una ofensa personal, tal como se
advierte en toda la historia de las revoluciones, a las
que invariablemente se vieron arrastrados miembros
de las clases altas que encabezaron las rebeliones de los
vejados y oprimidos. Recurrir a la violencia cuando
uno se enfrenta con hechos o condiciones vergonzo-
sos, resulta enormemente tentador por la inmedia-
ción y celeridad inherentes a aquélla. Actuar con una
velocidad deliberada es algo que va contra la índole de
la rabia y la violencia, pero esto no significa que éstas
86 SOBRE LA VIOLENCIA
sean irracionales. Por el contrario, en la vida privada,
al igual queen la pública, hay situaciones en las que el
único remedio apropiado puede ser la auténtica cele-
ridad de un acto violento. El quid no es que esto nos
permita descargar nuestra tensión emocional, fin que
se puede lograr igualmente golpeando sobre una mesa
o dando un portazo. El quid está en que, bajo ciertas
circunstancias, la violencia -actuando sin argumenta-
ción ni palabras y sin consideración a las consecuen-
cias- es el único medio de restablecer el equilibrio de
la balanza de la justicia. (El ejemplo clásico es el de Bi-
lly Budd, matando al hombre que prestó un falso tes-
timonio contra él.) En este sentido, la rabia y la violen-
cia, que a veces -no siempre- la acompaña, figuran
entre las emociones humanas «naturales», y curar de
ellas al hombre no sería más que deshumanizarle o
castrarle. Es innegable que actos semejantes en los que
los hombres toman la ley en sus propias manos en fa-
vor de la justicia, se hallan en conflicto con las consti-
tuciones de las comunidades civilizadas; pero su ca-
rácter antipolítico, tan manifiesto en el gran relato de
Melville, no significa que sean inhumanos o «simple-
mente» emocionales.
La ausencia de emociones ni causa ni promueve
la racionalidad. «El distanciamiento y la ecuanimi-
dad» frente a una «insoportable tragedia» pueden
ser «aterradores»8, especialmente cuando no son el
8. Estoy parafraseando una frase de Noam Chomsky (op. cit,
p. 371) que resulta muy acertada en la exposición de la «facha-
TRES 87
resultado de un control sino que constituyen una
evidente manifestación de incomprensión. Para
responder razonablemente uno debe, antes que
nada, sentirse «afectado», y lo opuesto de lo emo-
cional no es lo «racional», cualquiera que sea lo que
signifique, sino o bien la incapacidad para sentirse
afectado, habitualmente un fenómeno patológico,
o el sentimentalismo, que es una perversión del
sentimiento. La rabia y la violencia se tornan irra-
cionales sólo cuando se revuelven contra sustitutos,
y esto, me temo, es precisamente lo que recomien-
dan los psiquiatras y los polemólogos consagrados
a la agresividad humana y lo que corresponde, ¡ay!, a
ciertas tendencias y a ciertas actitudes irreflexivas
de la sociedad en general. Sabemos, por ejemplo,
que se ha tornado muy de moda entre los liberales
blancos reaccionar ante las quejas de los negros con
el grito «Todos somos culpables» y que el Black
Power se ha aprovechado con gusto de esta «confe-
sión» para instigar una irracional «rabia negra».
Donde todos son culpables, nadie lo es; las confe-
siones de una culpa colectiva son la mejor salva-
guardia contra el descubrimiento de los culpables,
y la magnitud del delito es la mejor excusa para no
hacer nada. En este caso particular constituye ade-
más una peligrosa y ofuscadora escalada del racis-
mo hacia zonas superiores y menos tangibles. La
da de realismo y seudociencia» y de la «vacuidad» intelectual
que existía tras todo esto, especialmente en lo concerniente a
las discusiones sobre la guerra del Vietnam.
88 SOBRE LA VIOLENCIA
verdadera grieta entre negros y blancos no se cierra
traduciéndola en conflicto aún menos reconciliable
entre la inocencia colectiva y la culpa colectiva. El
«todos los blancos son culpables» no es sólo un pe-
ligroso disparate sino que constituye también un
racismo a la inversa y sirve muy eficazmente para
dar a las auténticas quejas y a las emociones racio-
nales de la población negra una salida hacia la irra-
cionalidad, un escape de la realidad.
Además, si inquirimos históricamente las causas
de probable transformación de los engages en enra-
ges, no es la injusticia la que figura a la cabeza de
ellas sino la hipocresía. Es demasiado bien conoci-
do para estudiarlo aquí, el breve papel de ésa en las
fases posteriores de la Revolución Francesa, cuando
la guerra que Robespierre declaró a la hipocresía
transformó el «despotismo de la libertad» en el Rei-
nado del Terror; pero es importante recordar que
esta guerra había sido declarada mucho antes por
los moralistas franceses que vieron en la hipocresía
el vicio de todos los vicios y hallaron que era el su-
premo dominador de la «buena sociedad», poco
después denominada «sociedad burguesa». No han
sido muchos los autores de categoría que hayan
glorificado a la violencia por la violencia; pero esos
pocos -Sorel, Pareto, Fanón- se encontraban im-
pulsados por un odio mucho más profundo hacia
la sociedad burguesa y llegaron a una ruptura más
radical con sus normas morales que la Izquierda
convencional, principalmente inspirada por la
TRES 89
compasión y por un ardiente deseo de justicia.
Arrancar la máscara de la hipocresía del rostro del
enemigo, para desenmascararle a él y a las tortuosas
maquinaciones y manipulaciones que le permiten
dominar sin emplear medios violentos, es decir,
provocar la acción, incluso a riesgo del aniquila-
miento, para que pueda surgir la verdad, siguen
siendo las más fuertes motivaciones de la violencia
actual en las universidades y en las calles9. Y esta
violencia, hay que decirlo de nuevo, no es irracio-
nal. Como los hombres viven en un mundo de apa-
riencias y, al tratar con éstas, dependen de lo que se
manifiesta, las declaraciones hipócritas -a diferen-
cia de las astutas, cuya naturaleza se descubre al
cabo de cierto tiempo- no pueden ser contrarres-
tadas por el llamado comportamiento razonable.
Sólo se puede confiar en las palabras si uno está se-
guro de que su función es revelar y no ocultar. Lo
que provoca la rabia es la apariencia de racionali-
dad más que los intereses que existen tras esa apa-
riencia. Usar de la razón cuando la razón es em-
9. Si se leen las publicaciones de la SDS se advierte que fre-
cuentemente recomendaban las provocaciones a la policía
como estrategia para «desenmascarar» la violencia de las auto-
ridades. Spender (op. cit, p. 92) comenta que este género de
violencia «conduce a una ambigüedad en la que el provocador
desempeña simultáneamente el papel de asaltante y de vícti-
ma». La guerra contra la hipocresía alberga cierto número de
grandes peligros, algunos de los cuales he examinado breve-
mente en On Revolution, Nueva York, 1963, pp. 91-101 [trad,
cast.: Sobre la revolución, Alianza Editorial, Madrid, 2004].
90 SOBRE LA VIOLENCIA
pleada como trampa no es «racional»; de la misma
manera no es «irracional» utilizar un arma en de-
fensa propia. Esta violenta reacción contra la hipo-
cresía, justificable en sus propios términos, pierde
su raison d'etre cuando trata de desarrollar una es-
trategia propia con objetivos específicos; se torna
«irracional» en el momento en que se «racionali-
za», es decir, en el momento en que la reacción du-
rante una pugna se torna acción y cuando comien-
za la búsqueda de sospechosos acompañada de la
búsqueda psicológica de motivos ulteriores10.
Aunque, como ya señalé antes, la eficacia de la vio-
lencia no depende del número -un hombre con una
ametralladora puede reducir a centenares de perso-
nas-, éste, en la violencia colectiva, destaca como su
característica más peligrosamente atractiva y no en
absoluto porque ese número aporte seguridad. Re-
sulta perfectamente cierto que en la acción militar,
como en la revolucionaria, «el individualismo es el
primer [valor] que desaparece»11; en su lugar halla-
mos un género de coherencia de grupo, nexo más
intensamente sentido y que demuestra ser mucho
más fuerte, aunque menos duradero, que todas las
variedades de la amistad, civil o particular12. En rea-
10. Véase apéndice XV, pág. 135.
11. Fanón, op. cit, p. 47.
12. J. Glenn Gray, The Warriors (Nueva York, 1959) [trad, cast:
Guerreros: reflexiones del hombre en la batalla, Inédita Ediciones,
TRBS 91
lidad, en todas las empresas ilegales, delictivas o po-
líticas, el grupo, por su propia seguridad, exigirá
«que cada individuo realice una acción irrevocable»
con la que rompa su unión con la sociedad respeta-
ble, antes de ser admitido en la comunidad de vio-lencia. Pero una vez que un hombre sea admitido,
caerá bajo el intoxicante hechizo de «la práctica de la
violencia [que] une a los hombres en un todo, dado
que cada individuo constituye un eslabón de violen-
cia en la gran cadena, una parte del gran organismo
de la violencia que ha brotado»13.
Las palabras de Fanón apuntan al bien conocido
fenómeno de la hermandad en el campo de batalla
donde diariamente tienen lugar las acciones más
nobles y altruistas. De todos los niveladores, la
muerte parece ser el más potente, al menos en las
escasas y extraordinarias situaciones en las que se le
permite desempeñar un papel político. La muerte,
tanto en lo que se refiere al morir en este momento
determinado como al conocimiento de la propia
mortalidad de uno, es quizá la experiencia más an-
tipolítica que pueda existir. Significa que desapare-
ceremos del mundo de las apariencias y que dejare-
mos la compañía de nuestros semejantes, que son
las condiciones de toda política. Por lo que a la ex-
periencia humana concierne, la muerte indica un
Barcelona, 2004]; resulta más penetrante e instructivo en este
punto. Debería ser leído por todo el que esté interesado en la
práctica de la violencia.
13. Fanón, op. cit, pp. 85 y 93, respectivamente.
92 SOBRE LA VIOLENCIA
aislamiento y una impotencia extremados. Pero, en
enfrentamiento colectivo y en acción, la muerte
troca su talante; nada parece más capaz de intensifi-
car nuestra vitalidad como su proximidad. De alguna
forma somos habitualmente conscientes principal-
mente de que nuestra propia muerte es acompaña-
da por la inmortalidad potencial del grupo al que
pertenecemos y, en su análisis final, de la especie y
esa comprensión se torna el centro de nuestra ex-
periencia. Es como si la misma vida, la vida inmor-
tal de la especie, nutrida por el sempiterno morir
de sus miembros individuales, «brotara», se reali-
zara en la práctica de la violencia.
Sería erróneo, pienso, hablar de meros senti-
mientos. Al fin y al cabo una experiencia adecuada
halla aquí una de las propiedades más sobresalien-
tes de la condición humana. En nuestro contexto,
sin embargo, lo interesante es que estas experien-
cias, cuya fuerza elemental existe más allá de toda
duda, nunca hayan encontrado una expresión ins-
titucional y política, y que la muerte como nivela-
dora difícilmente desempeñe papel alguno en la fi-
losofía política, aunque la mortalidad humana -el
hecho de que los hombres son «mortales», como los
griegos solían decir- haya sido reconocida como el
más fuerte motivo de acción política en el pensa-
miento político prefilosófico. Fue la certidumbre de
la muerte la que impulsó a los hombres a buscar
fama inmortal en hechos y palabras y la que les im-
pulsó a establecer un cuerpo político que era po-
TEES 93
tencialmente inmortal. Por eso la política fue preci-
samente un medio por el que escapar de la igualdad
ante la muerte y lograr una distinción que asegu-
raba un cierto tipo de inmortalidad. (Hobbes es el
único filósofo político en cuya obra la muerte des-
empeña un papel crucial en la forma del temor a
una muerte violenta. Pero para Hobbes lo decisivo
no es la igualdad ante la muerte sino la igualdad del
temor, resultante de una igual capacidad para ma-
tar, poseída por cualquiera y que persuade a los
hombres en estado de naturaleza para ligarse entre
sí y constituir una comunidad.) En cualquier caso,
y por lo que yo sé, no se ha fundado ningún cuerpo
político sobre la igualdad ante la muerte y su actua-
lización en la violencia; las escuadras suicidas de la
Historia, que fueron desde luego organizadas sobre
este principio y por eso denominadas a menudo «her-
mandades» pueden difícilmente ser consideradas co-
mo organizaciones políticas. Pero es cierto que los
fuertes sentimientos fraternales que engendra la vio-
lencia colectiva han seducido a muchas buenas gentes
con la esperanza de que de allí surgiría una nueva co-
munidad y un «hombre nuevo». La esperanza es ilu-
soria por la sencilla razón de que no existe relación
humana más transitoria que este tipo de hermandad,
sólo actualizado por las condiciones de un peligro in-
mediato para la vida de cada miembro.
Pero éste es sólo un aspecto de la cuestión. Fanón
remata su elogio de la violencia señalando que en
este tipo de lucha el pueblo comprende «que la vida
94 SOBRE LA VIOLENCIA
es una pugna inacabable», que la violencia es un
elemento de la vida. ¿No parece esto plausible?
¿Acaso los hombres no han equiparado siempre a la
muerte con el «descanso eterno», y no se deduce de
ahí que mientras tengamos vida tendremos pugna
e intranquilidad? ¿Acaso no es ese descanso una
clara manifestación de ausencia de vida y de vejez?
¿No es la acción violenta una prerrogativa de los jó-
venes, de quienes presumiblemente se hallan com-
pletamente vivos? ¿No son, por eso, lo mismo el
elogio de la vida que el elogio de la violencia? Sorel,
en cualquier caso, pensaba así hace sesenta años.
Antes que Spengler, predijo él la «Decadencia de Oc-
cidente», tras haber observado claros signos de aba-
timiento en la lucha de clases en Europa. La bur-
guesía -aseguraba- había perdido la «energía» para
desempeñar un papel en la lucha de clases; Europa
sólo podría salvarse si se podía convencer al prole-
tariado para que utilizara la violencia, reafirmando
las distinciones de clase y despertando el instinto
de lucha de la burguesía14.
He aquí, pues, cómo mucho antes de que Konrad
Lorenz descubriera la función promovedora de
vida que ia agresión desempeña en el reino animal,
era elogiada la violencia como manifestación de la
fuerza de la vida y, específicamente, de su creativi-
dad. Sorel, inspirado por el élan vital de Bergson,
14. Sorel, op. cit, capítulo 2, «La decadencia burguesa yla vio-
lencia».
TRES 95
apuntaba a una filosofía de la creatividad concebi-
da para «productores» y dirigida polémicamente
contra la sociedad de consumo y sus intelectuales;
ambos grupos eran, en su opinión, parásitos. La
imagen del burgués -pacífico, complaciente, hipó-
crita, inclinado al placer, sin voluntad de poder, tar-
dío producto del capitalismo más que representan-
te de éste- y la imagen del intelectual, cuyas teorías
son «construcciones», en vez de «expresiones de la
voluntad»15 resultan esperanzadoramenté contra-
rrestadas en su obra por la imagen del trabajador.
Sorel ve al trabajador como el «productor», que
creará las nuevas «cualidades morales que son ne-
cesarias para mejorar la producción», destruir «los
Parlamentos [que] están atestados como juntas de
accionistas»16 y que oponen a «la imagen del Pro-
greso... la imagen de la catástrofe total» cuando un
«género de irresistible ola anegará a la antigua civi-
lización»17. Los nuevos valores no resultan ser muy
nuevos. Son un sentido del honor, un deseo de fama
y gloria, el espíritu de lucha sin odio y «sin el espí-
ritu de venganza» y la indiferencia ante las ventajas
materiales. Son, desde luego, las virtudes que se hallan
evidentemente ausentes de la sociedad burguesa18.
«La guerra social, al apelar al honor que tan natu-
15. Ibidem, «Introducción. Carta a Daniel Halévy», IV.
16. Ibidem, capítulo 7, «La moral de los productores», I.
17. Ibidem, capítulo 4, «La huelga proletaria», II.
18. Ibidem, véase especialmente capítulo 5, III , y capítulo 3,
«Los prejuicios contra la violencia», III .
96 SOBRE LA VIOLENCIA
raímente cunde en todo ejército organizado, puede
eliminar los malvados sentimientos contra los cua-
les la moral seguiría siendo impotente. Aunque no
hubiese más razón que ésta [...] me parecería una
razón harto decisiva en pro de los apologistas de la
violencia»19.
Mucho puede aprenderse de Sorel acerca de los
motivos que impulsan a los hombres a glorificar la
violencia en abstracto. Incluso más puede apren-
derse de su inteligente contemporáneo italiano,
también de formación francesa, Vilfredo Pareto.
Fanón, que poseía con la práctica de la violenciauna intimidad infinitamente más grande que la de
uno u otro, fue influido considerablemente por So-
rel y empleó sus categorías, aunque su propia expe-
riencia las contradecía claramente20. La experiencia
19. Ibidem, Apéndice II , «Apología de la violencia».
20. Esto ha sido recientemente subrayado por Barbara De-
ming en su alegato en favor de la acción no violenta, «On Re-
volution and Equilibrium», en «Revolution: Violent and Non-
violent», reproducido de Liberation, febrero de 1968. Afirma
sobre Fanón en la p. 3: «Estoy convencida de que puede ser
también citado en favor de la no violencia [...] Cada vez que
encuentre en sus páginas la palabra "violencia", sustituyala por
la expresión "acción radical e intransigente". Aseguro que, a ex-
cepción de unos pocos pasajes es posible realizar esta sustitu-
ción y que la acción que reclama podría ser también la acción
no violenta.» Aun más importante para mis fines: la señorita
Deming también trata de distinguir claramente entre poder y
violencia y reconoce que el «quebrantamiento no violento»
significa «ejercer fuerza [...] Se deduce incluso que puede ser
denominado solamente fuerza física» (p. 6). Sin embargo, cu-
TRES 97
decisiva que convenció a Sorel como a Pareto para
subrayar la importancia del factor de la violencia en
las revoluciones fue el affaire Dreyfus en Francia,
cuando, en palabras de Pareto, se sintieron «sor-
prendidos al ver que empleaban [los partidarios de
Dreyfus] contra sus oponentes los mismos villanos
métodos que ellos habían denunciado»21. En esta
coyuntura descubrieron lo que hoy denominamos
el Establishment y que antes se llamaba el Sistema y
fue ese descubrimiento el que les impulsó al elogio
de la acción violenta y el que a Pareto, por su parte,
le hizo desesperar de la clase trabajadora. (Pareto
comprendió que la rápida integración de los traba-
jadores en el cuerpo social y político de la nación
equivalía realmente a «una alianza entre la burgue-
sía y los trabajadores», al «aburguesamiento» de los
trabajadores, lo que entonces, según él, daba paso a
un nuevo sistema, que denominó «pluto-democra-
cia», forma mixta de Gobierno, ya que la plutocracia
corresponde al régimen burgués y la democracia al
régimen de los trabajadores.) La razón por la que
riosamente, menosprecia el efecto de esta fuerza de quebran-
tamiento, que se detiene sólo ante la agresión física, cuando
afirma, «son respetados los derechos humanos del adversa-
rio» (p. 7). Sólo se respeta realmente el derecho a la vida del
adversario pero ninguno de sus otros derechos humanos. Cabe
decir lo mismo respecto de los que abogan por la «violencia
contra las cosas» frente a la «violencia contra las personas».
21. Cita tomada del instructivo ensayo de S. E. Finer «Pareto
and Pluto-Democracy: The Retreat to Galapagos», en The
American Political Science Review, junio de 1968.
98 SOBRE LA VIOLENCIA
Sorel mantuvo su fe marxista en la clase trabajado-
ra fue la de que los trabajadores eran los «produc-
tores», el único elemento creativo de la sociedad,
aquellos que, según Marx, estaban llamados a libe-
rar las fuerzas productivas de la Humanidad; lo
malo era que tan pronto como los trabajadores ha-
bían alcanzado un nivel satisfactorio en sus condi-
ciones de trabajo y de vida, se negaban tozudamen-
te a seguir siendo proletarios y a desempeñar su
papel revolucionario.
Décadas después de que murieran Sorel y Pareto
se tornó completamente manifiesto algo más, in-
comparablemente más desastroso para esta con-
cepción. El enorme crecimiento de la producti-
vidad en el mundo moderno no fue en absoluto
debido a un aumento de la productividad de los
trabajadores, sino exclusivamente al desarrollo de
la tecnología y esto no dependió ni de la clase tra-
bajadora ni de la burguesía, sino de los científicos.
Los «intelectuales», tan despreciados por Sorel y
Pareto, dejaron repentinamente de ser un grupo
social marginal y surgieron como una nueva élite
cuyo trabajo, tras haber modificado en unas pocas
décadas las condiciones de la vida humana, casi
hasta hacerlas irreconocibles, ha seguido siendo
esencial para el funcionamiento de la sociedad.
Existen muchas razones por las que este nuevo gru-
po no se ha constituido, al menos todavía, como
una élite del poder; pero hay también muchas razo-
nes para creer, con Daniel Bell, que «no sólo los
TRES 99
mejores talentos sino, eventualmente, todo el com-
plejo de prestigio social y de estatus social, acabará
por enraizarse en las comunidades intelectual y
científica»22. Sus miembros se hallan más dispersos
y están menos ligados por claros intereses que los
grupos del antiguo sistema de clases; por eso care-
cen de impulso para organizarse a sí mismos y de
experiencia en todas las cuestiones relativas al
poder. Además, estando mucho más vinculados a
las tradiciones culturales, una de las cuales es la
tradición revolucionaria, se aferran con más te-
nacidad a las categorías del pasado, lo que les im-
pide comprender el presente y su propio papel en
éste. Es a menudo emocionante contemplar con
qué nostálgicos sentimientos los más rebeldes en-
tre nuestros estudiantes esperan que surja el «ver-
dadero» ímpetu revolucionario de aquellos gru-
pos de la sociedad que les denuncian tanto más
vehementemente cuanto más tienen que perder
con algo que podría alterar el suave funciona-
miento de la sociedad de consumo. Para lo mejor
y para lo peor -y yo creo que existen razones tan-
to para tener miedo como para tener esperanza-
la realmente nueva y potencialmente revolucio-
naria clase de la sociedad estará integrada por
intelectuales, y su poder potencial, todavía no
comprendido, es muy grande, quizá demasiado
22. «Notes on the Post-Industrial Society», The Public Interest,
num. 6,1967.
100 SOBRE LA VIOLENCIA
grande para el bien de la Humanidad23. Pero todo
esto son especulaciones.
Sea lo que fuere, en este contexto nos interesa
principalmente la extraña resurrección de las filo-
sofías vitalistas de Bergson y Nietzsche en su ver-
sión soreliana. Todos sabemos hasta qué punto esta
antigua combinación de violencia, vida y creativi-
dad figura en el rebelde estado mental de la actual
generación. No hay duda de que el énfasis prestado
al puro hecho de vivir, y por eso a hacer el amor
como manifestación más gloriosa de la vida, es una
respuesta a la posibilidad real de construcción de
una máquina del Juicio Final que destruya toda
vida en la Tierra. Pero no son nuevas las categorías
en las que se incluyen a sí mismos los nuevos glori-
ficadores de la vida. Ver la productividad de la so-
ciedad en la imagen de la «creatividad» de la vida es
por lo menos tan viejo como Marx, creer en la vio-
lencia como fuerza promotora de la vida es por lo
menos tan viejo como Nietzsche y juzgar a la crea-
tividad como el más elevado bien del hombre es
por lo menos tan viejo como Bergson.
Y esta justificación biológica de la violencia, apa-
rentemente tan nueva, está además íntimamente li -
gada con los elementos más perniciosos de nuestras
más antiguas tradiciones de pensamiento político.
Según el concepto tradicional de poder, igualado
como vimos a la violencia, el poder es expansionis-
23. Véase apéndice XVI , pág. 137.
TRES 101
ta por naturaleza. Tiene «un impulso interno de
crecimiento», es creativo porque «le es propio el
instinto de crecer»24. De la misma manera que en
el reino de la vida orgánica todo crece o decae, se su-
pone que en el reino de los asuntos humanos, el po-
der puede sustentarse a sí mismo sólo a través de Ja
expansión; de otra manera, se reduce y muere. «Lo
que deja de crecer comienza a pudrirse», afirma un
antiguo adagio ruso de la época de Catalina la
Grande. Los reyes, se nos ha dicho, fueron muertos
«no por obra de su tiranía ni por su debilidad». El
pueblo erige patíbulos, no como castigo moral al
despotismo sino como castigo biológico a la debili-
dad. (El subrayado es de la autora.) Las revolucio-
nes, poreso, estaban dirigidas contra los poderes
establecidos «sólo desde un punto de vista exterior».
Su verdadero «efecto era dar al Poder un nuevo vi-
gor y un nuevo equilibrio y derribar los obstáculos
que habían obstruido durante largo tiempo su de-
sarrollo»25. Cuando Fanón habla de la «locura crea-
tiva» presente en la acción violenta, sigue pensando
en esta tradición26.
Nada, en mi opinión, podría ser teóricamente
más peligroso que la tradición de pensamiento or-
gánico en cuestiones políticas, por la que el poder y
la violencia son interpretados en términos biológi-
24. Jouvenel, op. cit., pp. 114 y 123, respectivamente.
25. Ibidem, pp. 187 y 188.
26. Fanón, op. cit, p. 95.
102 SOBRE LA VIOLENCIA
cos. Según son hoy comprendidos estos términos,
la vida y la supuesta creatividad de la vida son su
denominador común, de tal forma que la violencia
es justificada sobre la base de la creatividad. Las
metáforas orgánicas de que está saturada toda nues-
tra presente discusión de estas materias, especialmen-
te sobre los disturbios -la noción de una «sociedad
enferma» de la que son síntoma los disturbios, como
la fiebre es síntoma de enfermedad- sólo pueden fi-
nalmente promover la violencia. De esta forma, el
debate entre quienes proponen medios violentos
para restaurar «la ley y el orden» y quienes proponen
reformas no violentas comienza a parecerse alarman-
temente a una discusión entre dos médicos que de-
baten las ventajas de una operación quirúrgica frente
al tratamiento del paciente por otros medios. Se su-
pone que cuanto más enfermo esté el paciente, más
probable será que la última palabra corresponda al
cirujano. Además, mientras hablamos en términos
no políticos, sino biológicos, los glorificadores de la
violencia pueden recurrir al innegable hecho de que
en el dominio de la Naturaleza la destrucción y la
creación son sólo dos aspectos del proceso natural, de
forma tal que la acción violenta colectiva puede apa-
recer tan natural en calidad de prerrequisito de la
vida colectiva de la Humanidad como lo es la lucha
por la supervivencia y la muerte violenta en la conti-
nuidad de la vida dentro del reino animal.
El peligro de dejarse llevar por la engañosa plau-
sibilidad de las metáforas orgánicas es particular-
TRES 103
mente grande allí donde se trata del tema racial. El
racismo, blanco o negro, está por definición preña-
do de violencia porque se opone a hechos orgáni-
cos naturales -una piel blanca o una piel negra-
que ninguna persuasión ni poder puede modificar;
todo lo que uno puede hacer, cuando ya están las
cartas echadas, es exterminar a sus portadores. El
racismo, a diferencia de la raza, no es un hecho de
la vida, sino una ideología, y las acciones a las que
conduce no son acciones reflejas sino actos delibe-
rados basados en teorías seudocientíficas. La vio-
lencia en la lucha interracial resulta siempre homi-
cida pero no es «irracional»; es la consecuencia
lógica y racional del racismo, término por el que yo
no entiendo una serie de prejuicios más bien vagos
de una u otra parte, sino un explícito sistema ideo-
lógico. Bajo la presión del poder, los prejuicios, di-
ferenciados tanto de los intereses como de las ideo-
logías, pueden ceder; como vimos que sucedió con
el muy eficaz movimiento de los derechos civiles,
que era enteramente no violento («Hacia 1964 [...]
la mayoría de los americanos estaban convencidos
de que la subordinación, y en menor grado la segre-
gación, constituían un mal»27). Pero aunque los
boicots, las sentadas y las manifestaciones tuvieron
éxito en la eliminación de las leyes y reglamentos
.'7. Robert M. Folgelson, «Violence as Protest», en Urban Riots:
Violence and Social Change, Proceedings of the Academy of Po-
litical Science, Universidad de Columbia, 1968.
104 SOBRE LA VIOLENCIA
discriminatorios del sur, fracasaron notoriamente y
se tornaron contraproducentes cuando se enfrenta-
ron con las condiciones sociales de los grandes nú-
cleos urbanos: las firmes necesidades de los guetos
negros por un lado, y por el otro los intereses domi-
nantes de los grupos blancos de ingresos más bajos,
respecto a vivienda y enseñanza. Todo lo que este
modo de acción podía hacer, y desde luego hizo, fue
denunciar estas condiciones, llevarlas a la calle,
donde quedó expuesta peligrosamente la irreconci-
liabilidad básica de los intereses.
Pero incluso la violencia de hoy, los disturbios
negros y la violencia potencial de la reacción blanca
no son todavía manifestaciones de ideologías racis-
tas y de su lógica homicida. (Los disturbios, se ha
dicho recientemente, son «protestas articuladas
contra agravios genuinos»28; además su «limitación
y su selectividad o [...] su racionalidad figuran cier-
tamente entre [sus] rasgos más cruciales»29. Y lo
mismo sucede con la reacción blanca, fenómeno
que, contra todas las predicciones, no se ha caracte-
rizado hasta ahora por su violencia. Es la reacción
perfectamente racional de ciertos grupos de intere-
ses que protestan furiosamente de que se les singu-
larice para que sean ellos quienes paguen todo el
precio de una política de integración mal concebi-
28. Ibidem.
29. Ibidem. Véase también el excelente artículo «Official Inter-
pretation of Racial Riots» de Allan A. Silver en la misma colec-
ción.
TRES 105
da a cuyas consecuencias pueden fácilmente esca-
par sus autores30). El peligro mayor proviene de la
otra dirección; como la violencia necesita sienipre
justificación, una escalada de la violencia en las> ca-
lles puede dar lugar a una ideología verdaderamen-
te racista que la justifique. El racismo, tan sonora-
mente evidente en el «Manifiesto» de James Forrfian,
es probablemente más una reacción a los disturbios
caóticos de los últimos años que su causa. Podría,
desde luego, provocar una reacción blanca real-
mente violenta, cuyo mayor peligro consistiría ¿n la
transformación de los prejuicios blancos en una
completa ideología racista, para la que «la ley y el
orden» se convertirían en una pura fachada. En este
caso todavía improbable el clima de opinión en el
país podría deteriorarse hasta el punto de que una
mayoría de ciudadanos deseara pagar el precio del
terror invisible de un Estado policíaco a cambio de
contar con la ley y el orden en las calles. Nada de esto
es lo que ahora conocemos, un género de reacción
policíaca, completamente brutal y muy visible.
El comportamiento y los argumentos en los con-
flictos de intereses no son notorios por su «raciona-
lidad». Nada, desgraciadamente, ha sido tan cons-
tantemente refutado por la realidad como el cfedo
del «ilustrado interés propio» en su versión literal
igual que en su más compleja variante marxista- Al-
guna experiencia más un poco de reflexión nos en-
M). Véase apéndice XVII .
106 SOBRE LA VIOLENCIA
señan, por el contrario, que va contra la verdadera
naturaleza del interés propio el ser ilustrado. Por
tomar un ejemplo de la vida diaria, veamos el con-
flicto de intereses entre inquilino y casero: un inte-
rés ilustrado se concentraría en un edificio apto
para vivienda humana; pero este interés es comple-
tamente diferente del (y en la mayor parte de los
casos opuesto al) interés propio del casero en eleva-
dos beneficios y al del inquilino en un bajo alquiler.
La respuesta corriente de un arbitro, aparentemen-
te portavoz de la «ilustración», sería que, a largo
plazo el interés del edificio es el verdadero interés
del casero y del inquilino, pero esta respuesta no
tiene en cuenta el factor tiempo, de importancia ca-
pital para todos los que intervienen en el asunto.
Interés propio es interés en el yo, y el yo puede mo-
rir o mudarse o vender la casa. Por obra de su cam-
biante condición, es decir, en definitiva por la con-
dición humana de la mortalidad, el yo en cuanto yo
no puede calcular en términos de intereses a largo
plazo, por ejemplo, el interés de un mundo que so-
brevive a sus habitantes. El deterioro de un edificio
es cuestión de años;un aumento del alquiler o un
beneficio temporalmente bajo son cosas de hoy o
de mañana. Y algo similar mutatis mutandis sucede
desde luego en los conflictos laborales y de otro
tipo. El interés propio, cuando se le pide someterse
al «verdadero» interés -es decir, al interés del mun-
do como distinto del interés del yo- siempre repli-
cará: Cerca está mi camisa pero más cerca está mi
TRES 107
piel. Esto puede que no sea muy razonable, pero es
completamente realista; es la no muy noble pero
adecuada respuesta a la discrepancia de tiempo entre
las vidas particulares de los hombres y la totalmente
diferente esperanza de vida del mundo público. Es-
perar que gente que no tiene la más ligera noción de
lo que es la res publica, la cosa pública, se comporte
no violentamente y argumente racionalmente, en
cuestiones de interés, no es ni realista ni razonable.
La violencia, siendo por su naturaleza un instru-
mento, es racional hasta el punto en que resulte
efectiva para alcanzar el fin que deba justificarla. Y
dado que cuando actuamos nunca conocemos con
certeza las consecuencias eventuales de lo que esta-
mos haciendo, la violencia seguirá siendo racional
sólo mientras persiga fines a corto plazo. La violen-
cia no promueve causas, ni la historia ni la revolu-
ción, ni el progreso ni la reacción; pero puede ser-
vir para dramatizar agravios y llevarlos a la atención
pública. Como Conor Cruise O'Brien (en una discu-
sión sobre la legitimidad de la violencia en el «Thea-
tre of Ideas») señaló una vez, citando a William
O'Brien, el agrario y agitador nacionalista irlandés:
A veces, «la violencia es el único camino para lograr
una audiencia a la moderación». Pedir lo imposible
para obtener lo posible no es siempre contraprodu-
cente. Y desde luego, la violencia, contra lo que sus
profetas tratan de decirnos, es más un arma de refor-
108 SOBRE LA VIOLENCIA
ma que de revolución. Francia no hubiera obtenido
su ley más radical desde los tiempos de Napoleón
para modificar su anticuado sistema de enseñanza
si los estudiantes franceses no se hubieran lanzado
a la revuelta; si no hubiera sido por los disturbios
de la primavera, nadie en la Universidad de Co-
lumbia hubiera soñado en aceptar la introducción
de reformas31; y es probablemente muy cierto que
en Alemania occidental la existencia de «minorías
disidentes ni siquiera hubiese sido advertida si no
hubiera sido porque éstas se lanzaron a la provoca-
ción»32. Sin duda alguna, «la violencia renta», pero
lo malo es que renta indiscriminadamente, tanto
para clases sobre música «soul» y de swahili como
31. «En Columbia, hasta la revuelta del último año, por ejem-
plo, habían estado llenándose de polvo en el despacho del Pre-
sidente un informe sobre la vida estudiantil y otro sobre las
viviendas del claustro de profesores», como Fred Hechinger se-
ñaló en The New York Times, «The Week in Review», del 4 de
mayo de 1969.
32. Rudi Dutschke, citado en Der Spiegel, 10 de febrero de
1969, p. 27. Günter Grass, manifestándose en la misma forma
tras el atentado contra Dutschke en la primavera de 1968, sub-
raya también la relación entre reformas y violencia: «El movi-
miento juvenil de protesta ha revelado la fragilidad de nuestra
democracia, insuficientemente afirmada. En esto ha tenido
éxito, pero dista de saberse adonde le conducirá semejante éxi-
to; o bien conseguirá que se realicen las tan demoradas refor-
mas [...] o [...] la incertidumbre ahora expuesta proporcionará
a falsos profetas mercados prometedores y una publicidad gra-
tuita.» Véase «Violence Rehabilitated», en Speak Out!, Nueva
York, 1969.
TRES 109
para reformas auténticas. Y como las tácticas de la
violencia y del quebrantamiento sólo tienen senti-
do cuando se emplean para lograr objetivos a corto
plazo, es más probable, como ha sido recientemen-
te el caso en los Estados Unidos, que el poder esta-
blecido acepte demandas estúpidas y obviamente
dañinas -como las de admitir estudiantes sin las
calificaciones necesarias e instruirles en materias
inexistentes- si tales «reformas» pueden efectuarse
con relativa facilidad, que el que la violencia pueda
ser efectiva con respecto al objetivo, relativamente
a largo plazo, del cambio estructural33. Además, el
peligro de la violencia, aunque se mueva conscien-
temente dentro de un marco no violento de objeti-
vos a corto plazo, será siempre el de que los medios
superen al fin. Si los fines no se obtienen rápida-
mente, el resultado no será sólo una derrota sino la
introducción de la práctica de la violencia en todo
el cuerpo político. La acción es irreversible y siem-
33. Otra cuestión que aquí no podemos discutir es la referente
al grado hasta el que es capaz de reformarse a sí mismo todo el
sistema universitario. Yo creo que no existe una respuesta ge-
neral. Aunque la rebelión estudiantil es un fenómeno global,
los mismos sistemas universitarios no son en absoluto unifor-
mes y varían no sólo de país a país sino de institución a institu-
ción; todas las soluciones al problema deben proceder de, y co-
rresponder a, condiciones estrictamente locales. De esta forma,
en algunos países, la crisis universitaria puede incluso ensan-
charse hasta transformarse en una crisis gubernamental, como
Der Spiegel (23 de junio de 1969) juzgó posible al referirse a la
situación alemana.
no SOBRE LA VIOLENCIA
pre resulta improbable en caso de derrota un retor-
no al status quo. La práctica de la violencia, como
toda acción, cambia el mundo, pero el cambio más
probable originará un mundo más violento.
Finalmente -volviendo a la primitiva denuncia
del sistema como tal, formulada por Sorel y Pare-
to- cuanto más grande sea la burocratización de la
vida pública, mayor será la atracción de la violen-
cia. En una burocracia completamente desarrollada
no hay nadie con quien discutir, a quien presentar
agravios o sobre quien puedan ejercerse las presio-
nes de poder. La burocracia es la forma de Gobier-
no en la que todo el mundo está privado de libertad
política, del poder de actuar; porque el dominio de
Nadie no es la ausencia de dominio, y donde todos
carecen igualmente de poder tenemos una tiranía
sin tirano. La característica crucial de las rebeliones
estudiantiles del mundo entero ha sido el haberse
dirigido en todas partes contra la burocracia domi-
nante. Esto explica lo que a primera vista parece tan
inquietante: que las rebeliones del este exijan preci-
samente aquellas libertades de expresión y pensa-
miento que los jóvenes rebeldes del oeste afirman
despreciar por irrelevantes. Al nivel de las ideolo-
gías, todo es confuso; lo es mucho menos si parti-
mos del hecho obvio de que las maquinarias de los
grandes partidos han logrado en todas partes impo-
nerse a la voz de los ciudadanos, incluso en aquellos
países donde siguen intactas la libertad de expresión
y la de asociación. Los disidentes y los resistentes
TRES 111
del este exigen libertad de expresión y de pensamien-
to como condiciones preliminares de la acción polí-
tica; los rebeldes del oeste viven bajo condiciones en
las que estos preliminares ya no abren canales para la
acción, para el ejercicio significativo de la libertad.
Lo que les importa es, desde luego, la Praxisentzug,
la suspensión de la acción, como Jens Litten, un es-
tudiante alemán, la ha denominado correctamen-
te34. La transformación del Gobierno en Adminis-
tración, o de las Repúblicas en burocracias y la
desastrosa reducción del dominio público que la ha
acompañado, tiene una larga y complicada Historia
a través de la Edad Moderna; y este proceso ha sido
considerablemente acelerado durante los últimos
cien años merced al desarrollo de las burocracias de
los partidos. (Hace setenta años Pareto reconoció
que la «libertad... por lo cual yo entiendo el poder
de actuar, se reduce cada día, salvo para los delin-
cuentes, en los llamados países libres y democráti-
cos»35.) Lo que hace de un hombre un ser político
es su facultad de acción;le permite unirse a sus
iguales, actuar concertadamente y alcanzar objeti-
vos y empresas en los que jamás habría pensado, y
aun menos deseado, si no hubiese obtenido este
don para embarcarse en algo nuevo. Filosóficamen-
te hablando, actuar es la respuesta humana a la con-
dición de la natalidad. Como todos llegamos al
34. Véase apéndice XVIII .
35. Pareto, citado por Finer, op. cit.
112 SOBRE LA VIOLENCIA
mundo por virtud del nacimiento, en cuanto recién
llegados y principiantes somos capaces de comen-
zar algo nuevo; sin el hecho del nacimiento, ni si-
quiera sabríamos qué es la novedad, toda «acción»
sería bien mero comportamiento, bien preserva-
da?. Ninguna c-tra facultad excepto la del lenguaje,
ni la razón ni la conciencia, nos distingue tan radi-
calmente de todas las demás especies animales. Ac-
tuar y comenzar no son lo mismo pero están ínti-
mamente relacionados.
Ninguna de las propiedades de la creatividad es
expresada adecuadamente por metáforas extraídas
del proceso de la vida. Engendrar y parir no son
más creativos de lo que aniquilante es el morir; son
sólo fases diferentes del mismo y periódico ciclo al
que están sujetos todos los seres vivos como si se
hallaran en trance. Ni la violencia ni el poder son
un fenómeno natural, es decir, una manifestación
del proceso de la vida; pertenecen al terreno políti-
co de los asuntos humanos cuya calidad esencial-
mente humana est̂ garantizada por la facultad hu-
mana de la acción, la capacidad de comenzar algo
nuevo. Y creo que puede demostrarse que ninguna
otra capacidad humana ha sufrido hasta tal punto
a consecuencia del progreso de la Edad Moderna
porque progreso, tíü como hemos llegado a conce-
birlo, significa crecimiento, el implacable progreso
de más y más, de más grande y más grande. Cuanto
más grande se torna un país en términos de pobla-
ción, de objetos y de posesiones, mayor será su ne-
TRES 113
cesidad de administración y con ésta mayor el anó-
nimo poder de los administradores. Pavel Kohout,
un autor checo, escribiendo en el apogeo del expe-
rimento de la libertad en Checoslovaquia, definió
a un «ciudadano libre» como un «Ciudadano Co-
Dominante». Aludía nada más ni nada menos que
a la «democracia participativa» de la que tanto he-
mos oído hablar en Occidente durante los últimos
años. Kohout añadió que el mundo de hoy sigue
necesitando grandemente de lo que puede ser «un
nuevo ejemplo» si «los próximos mil años no van a
convertirse en una era de monos supercivilizados»;
o, peor aún, del «hombre convertido en pollo o
rata», dominado por una «élite» cuyo poder se de-
rive «de los sabios consejos [...] de auxiliares inte-
lectuales» quienes creen que los hombres de los
«tanques de pensamiento» son pensadores y que las
computadoras pueden pensar; «los consejos pue-
den resultar ser increíblemente insidiosos y, en vez
de perseguir objetivos humanos, pueden perseguir
problemas completamente abstractos que han sido
transformados de manera imprevista en el cerebro
artificial»36.
Este nuevo ejemplo difícilmente será impuesto
por la práctica de la violencia, aunque estoy incli-
nada a pensar que parte considerable de la actual
36. Véase Brtefe uber die Grenze, de Gunter Grass y Pavel Ko-
hout, Hamburgo, 1968, pp. 88 y 90, respectivamente; y Andrei
D. Sajarov, op. cit.
114 SOBRE LA VIOLENCIA
glorificación de la violencia es provocada por una
grave frustración de la facultad de acción en el
mundo moderno. Es sencillamente cierto que los
disturbios de los guetos y los disturbios de las uni-
versidades logran que «los hombres sientan que es-
tán actuando unidos en una forma que rara vez les
resulta posible»37. No sabemos si estos aconteci-
mientos son los comienzos de algo nuevo -el «nue-
vo ejemplo»- o los estertores de una facultad que la
Humanidad esté a punto de perder. Tal como las co-
sas se encuentran ahora, cuando vemos cómo las
superpotencias encallan bajo el monstruoso peso
de su propia grandeza, parece que habrá una posi-
bilidad de realización del «nuevo ejemplo», aunque
sea en un pequeño país o en sectores reducidos y
bien definidos de las sociedades de masas de las
grandes potencias.
Los procesos de desintegración que se han hecho
tan manifiestos en los últimos años -el deterioro de
los servicios públicos: escuelas, policía, distribución
de la correspondencia, recogida de basuras, trans-
portes, etc.; el índice de mortalidad en las carreteras
y los problemas de tráfico en las ciudades; la polu-
ción del aire y del agua- son resultados automáticos
de las necesidades de las sociedades de masas que se
han tornado tan indominables. Son acompañados y
a menudo acelerados por el simultáneo declive de
37. Herbert J. Gans, «The Ghetto Rebellions and Urban Class
Conflict», en Urban Riots, op. cit.
TRES 115
los diversos sistemas de partidos, todos de máí¡ o
menos reciente origen y concebidos para servir las
necesidades políticas de las masas de población -en
Occidente para hacer posible el Gobierno represen-
tativo cuando ya no lo sería a través de la democracia
directa porque «no hay sitio para todos en la habita-
ción» (John Selden) y en el Este para hacer más efec-
tivo el dominio absoluto sobre vastos territorios-.
La grandeza se ve afligida por la vulnerabilidad y las
grietas en la estructura del poder se ensanchan en to-
das partes menos en los pequeños países. Y aunque
nadie puede señalar con seguridad cuándo y dónde
se llegará al punto de ruptura, podemos observar,
casi medir, cómo son insidiosamente destruidas la
fuerza y la flexibilidad de nuestras instituciones
como si se fueran vaciando gota a gota.
Además, existe la reciente aparición de una cu-
riosa nueva forma de nacionalismo, usualmeíite
concebida como inclinación hacia la Derecha, p£ro
que, más probablemente, constituye un indicio de
un resentimiento creciente y mundial contra la
«grandeza» como tal. Mientras que antiguamente
los sentimientos nacionales tendían a unir a los di-
ferentes grupos étnicos, concentrando sus senti-
mientos políticos en la nación como conjunto, aho-
ra vemos cómo un nacionalismo étnico comienza a
amenazar con disolver las más antiguas y mejor es-
tablecidas Naciones-Estados. Los escoceses y los ga-
leses, los bretones y los provenzales, grupos étnicos
cuya afortunada asimilación fue prerrequisito para
116 SÓBRELA VIOLENCIA
la aparición de la Nación-Estado y que había pare-
cido completamente afirmada, se inclinan hacia el
separatismo en rebeldía contra los Gobiernos cen-
tralizados de Londres y de París. Y justo cuando la
centralización, bajo el impacto de la grandeza, re-
sultaba ser contraproducente en sus propios térmi-
nos, este país, fundado, según el principio federal,
en la división de poderes y poderoso mientras que
esta división fue respetada, se ha lanzado de cabeza,
con el aplauso unánime de todas las fuerzas «pro-
gresistas», a un experimento, nuevo para América,
de administración centralizada: preponderancia del
Gobierno federal sobre los poderes de los Estados y
erosión del poder del Congreso por parte del poder
del Ejecutivo .̂ Es como si la más próspera colonia
europea deseara compartir el destino de las madres
patrias en su decadencia, repitiendo apresurada-
mente los mismos errores que los autores de la
Constitución trataron de corregir y eliminar.
Cualesquiera que puedan ser las ventajas y desven-
tajas administrativas de la centralización, su resultado
político es siempre el mismo: la monopolización del
poder provoca la desecación o el filtrado de todas las
auténticas fuentes de poder en el país. En los Estados
Unidos, basados en una gran pluralidad de poderes y
en sus frenos y equilibrios mutuos, nos enfrentamos
no sólo con la desintegración de las estructuras del
38. Véase el importante artículo de Henry Steele Commager,
al que se alude en la nota 24 de la segunda sección deí presente
texto.
TRES 117
poder, sino con el hecho de que el poder, aparente-
mente todavía intactoy libre de manifestarse por sí
mismo, pierde su garra y se torna ineficaz. Hablar de
la importancia del poder ya no es una ingeniosa para-
doja. La cruzada del senador Eugene McCarthy en
1968 «para probar el sistema» sacó a la luz un resen-
timiento popular contra las aventuras imperialistas,
proporcionó un nexo de unión entre la oposición del
Senado y la de la calle, impuso, al menos temporal-
mente, un cambio espectacular en la política y demos-
tró cuan rápidamente podía ser desalienada la mayo-
ría de los jóvenes rebeldes, saltando a la primera
oportunidad, no para abolir el sistema, sino para ha-
cerlo funcionar de nuevo. Pero todo este poder pudo
ser aplastado por la burocracia del Partido, que, con-
tra todas las tradiciones, prefirió perder la elección
presidencial con un candidato impopular que resulta-
ba ser un apparatchik. (Algo similar sucedió cuando
Rockefeller perdió la candidatura ante Nixon durante
la Convención republicana.)
Hay otros ejemplos que demuestran la curiosa
contradicción inherente a la impotencia del poder.
Por obra de la enorme eficacia del trabajo científico
en equipo, que es quizá la más sobresaliente contri-
bución americana a la ciencia moderna, podemos
controlar los más complicados procesos con una
precisión tal que los viajes a la Luna son menos peli-
grosos que las habituales excursiones de fin de sema-
na; pero la supuesta «mayor potencia de la Tierra» es
incapaz de acabar una guerra, claramente desastrosa
118 SOBRE LA VIOLFNCIA
para todos los que en ella intervienen, en uno de los
más pequeños países del globo. Es como si estuviéra-
mos dominados por un hechizo de cuento de hadas
que nos permitiera hacer lo «imposible» a condición
de perder la capacidad de hacer lo posible, lograr ha-
zañas fantásticas y extraordinarias con tal de no ser
ya capaces de atender debidamente a nuestras nece-
sidades cotidianas. Si el poder guarda alguna rela-
ción con el nosotros-queremos-y-nosotros-podemos,
a diferencia del simple nosotros-podemos, entonces
hemos de admitir que nuestro poder se ha tornado
impotente. Los progresos logrados por la ciencia
nada tienen que ver con el Yo-quiero; seguirán sus
propias leyes inexorables, obligándonos a hacer lo
que podemos, prescindiendo de las consecuencias.
¿Se han separado el Yo-quiero y el Yo-puedo? ¿Tenía
Valéry razón cuando dijo hace cincuenta años: On
peut dire que tout ce que nous savons, c'est-á-dire tout
que nous pouvons, a fini par sopposer a ce que nous
sommes? [«¿Puede decirse que todo lo que sabemos,
es decir, todo lo que podemos, ha acabado por en-
frentarse con lo que somos?»]
Una vez más, ignoramos a dónde nos conduci-
rán estas evoluciones, pero sabemos, o deberíamos
saber, que cada reducción de poder es una abierta
invitación a la violencia; aunque sólo sea por el he-
cho de que a quienes tienen el poder y sienten que
se desliza de sus manos, sean el Gobierno o los go-
bernados, siempre les ha sido difícil resistir a la ten-
tación de sustituirlo por la violencia.
Apéndices
Apéndice I (nota 16, pág. 23)
El profesor B. C. Parekh, de la Universidad de Hull, Ingla-
terra, me llamó amablemente la atención sobre el siguiente
párrafo en la sección sobre Feuerbach de La Ideología Ale-
mana (1846) de Marx y Engels, de la que Engels escribió
más tarde: «La parte concluida [...] sólo demuestra cuan in-
completo era en la época nuestro conocimiento de la His-
toria de la Economía.» «Tanto para la producción en una
escala masiva de esta conciencia comunista, como para el
éxito de la misma causa, es necesaria la transformación del
hombre [des Menschen] en una escala de masas, una trans-
formación que sólo puede operarse en un movimiento
práctico, en una revolución. Esta revolución es necesaria
por ello, no sólo porque la clase dominante no puede ser
derribada de otra manera, sino también porque el derroca-
miento de una clase en una revolución sólo puede tener éxi-
to desprendiéndose de todo el estiércol de los siglos y aco-
plándose para formar una nueva sociedad» (cita de la
edición de R. Pascal, Nueva York, 1960, pp. xv y 69). Inclu-
í /9
120 SOBRE LA VIOLENCIA
so en estas manifestaciones premarxistas, como en realidad
eran, Marx habla de «la transformación del hombre en una
escala masiva» y de una «producción en masa de concien-
cia», no de la liberación de un individuo a través de un ais-
lado acto de violencia. (Para el texto alemán, véase Marx/
Engels, Gesamtausgabe, 1932,1. Abteilung, vol. 5, pp. 59 y ss.)
Apéndice II (nota 17, pág. 23)
El inconsciente deslizamiento de la Nueva Izquierda, del
marxismo, ha sido debidamente advertido. Véanse espe-
cialmente los recientes comentarios sobre el movimiento
estudiantil formulados por Leonard Schapiro en New York
Review of Books (5 de diciembre de 1968) y por Raymond
Aron en La Revolution Introuvable, París, 1968 [trad, cast.:
La revolución estudiantil, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1970].
Ambos consideran que el nuevo énfasis sobre la violencia
constituye un tipo de orientación, bien hacia el socialismo
utópico premarxista (Aron), bien al anarquismo ruso de
Nechaev y Bakunin (Schapiro) que «tenían mucho que de-
cir acerca de la importancia de la violencia como factor de
unidad, como fuerza de ligazón en una sociedad o grupo,
un siglo antes de que emergieran las mismas ideas en las
obras de Jean Paul Sartre y de Frantz Fanón». Aron se ma-
nifiesta de la misma manera: Les chantres de la revolution de
mai croient dépasser le marxisme... ils oublient un siécle
d'histoire (p. 14). Para un no marxista, semejante salto atrás
difícilmente constituiría un argumento: pero para Sartre
quien, por ejemplo, escribe: Un prétendu «dépassement» du
marxisme ne sera au pis qu'un retour au prémarxisme, au
mieux que la redécouverte d'une pensée deja contenue dans la
philosophic qu'on a cru dépasser («Question de Méthode»,
en Critique de la raison dialectique, París, 1960, p. 17) debe
APÉNDICES 121
constituir una formidable objeción. (Vale la pena subrayar el
hecho de que Sartre y Aron, encarnizados adversarios políti-
cos, coincidan completamente en este punto. Muestra hasta
qué grado el concepto hegeliano de la Historia domina tanto
el pensamiento de marxistas como de no marxistas.)
El mismo Sartre en su Crítica de la Razón Dialéctica pro-
porciona un tipo de explicación hegeliana a su adhesión a la
violencia. Su punto de partida es el de que «la necesidad
y la escasez determinaron la base maniqueísta de acción y
moral» en la Historia presente, «cuya verdad está basada en
la escasez [y] debe manifestarse a sí misma en una recipro-
cidad antagónica entre las clases». La agresión es la conse-
cuencia de la necesidad en un mundo donde «no hay bas-
tante para todos». En tales circunstancias la violencia ya no
es un fenómeno marginal. «La violencia y la contraviolen-
cia son quizá contingencias, pero son necesidades contin-
gentes y la consecuencia imperativa de cualquier intento de
destruir esta inhumanidad es que, al destruir en el adversa-
rio la inhumanidad del contrahombre, yo puedo destruir
en él sólo la humanidad del hombre, y realizar en mí su in-
humanidad. Si yo mato, torturo, esclavizo... mi objeto es su-
primir su libertad -es una fuerza ajena, de trop-.» Su mode-
lo para una condición en la que «cada uno es demasiado.
Cada uno es redondantpara el otro» es una cola de autobús,
cada uno de cuyos miembros, evidentemente «no se fija en
los demás excepto como número de una serie cuantitativa».
Y concluye: «Recíprocamente rehusan cualquier relación
entre cada uno de sus mundos interiores.» De aquí se dedu-
ce que la praxis «es la negación de alteridad, que es ella mis-
ma una negación», conclusión muy grata dado que la nega-
ción de una negación es una afirmación.
El fallo del argumento me parece obvio. Existe toda la
diferencia del mundo entre «no fijarse» y «rehusar», entre
«rehusar cualquier relación» con alguien y «negar» su di-
122 SOBSE LA VIOLENCIA
versidad; y parauna persona cuerda hay una distancia con-
siderable que recorrer desde esta «negación» teórica a la
muerte, la tortura y la esclavización.
La mayoría de las citas anteriores pertenecen a la obra de
R. D. Laing y D. G. Cooper, Reason and Violence. A Decade of
Sartre's Philosophy, 1950-1960, Londres, 1964, Tercera Parte
[trad, cast.: Razón y violencia: una década de pensamiento sar-
treano, Paidós, Barcelona, 1984]. Me parece legítimo porque
Sartre en el prólogo dice: Tai lu attentivement l'ouvrage que
vous avez bien voulu me confier etj'ai eu le grand plaisir d'y
trouver un exposé tres clair et tresfidéle de mapensée.
Apéndice III (nota 20, pág. 25)
Constituyen, desde luego, un grupo muy mezclado. Los es-
tudiantes radicales se reúnen fácilmente con individuos que
han abandonado sus estudios, con hippies, drogadictos y psi-
cópatas. La situación se complica aún más merced a la insen-
sibilidad de los poderes establecidos ante las distinciones, a
menudo sutiles, entre delito e irregularidad, distinciones que
son de gran importancia. Las sentadas y las ocupaciones de
edificios no son lo mismo que los incendios provocados y la
revuelta armada y la diferencia no es simplemente de grado.
(Contra la opinión de un miembro del Consejo de Síndicos
de Harvard, la ocupación por los estudiantes de un edificio
de una Universidad no es lo mismo que la invasión por el
populacho de una sucursal del First National City Bank, por
la simple razón de que los estudiantes penetran en una pro-
piedad cuyo uso les pertenece tanto como al claustro de pro-
fesores y a la Administración de la Universidad.) Aún más
alarmante es la inclinación del Claustro y de la Administra-
ción a tratar a los drogadictos y a los elementos delictivos con
mayor tolerancia que a los auténticos rebeldes.
APÉNDICES 123
Helmut Schelsky, el investigador social alemán, descrjDj5
en fecha tan temprana como 1961 (en Der Mensch \n ¿er
wissenschaftlichen Zivilisation, Colonia y Opladen, 1961) la
posibilidad de un «nihilismo metafísico», por lo que él en-
tendía la radical negación social y espiritual «de t(^¿0 e[
proceso de reproducción científico-técnica del horQDre»)
esto es, el decir no al «creciente mundo de una civili^ aci5n
científica». Llamar «nihilista» a esta actitud presupone u n a
aceptación del mundo moderno como único posible. J;J j e .
safio de los jóvenes rebeldes se refiere precisamente a e s te
punto. Tiene, por lo demás, mucho sentido el mvertj r l os
términos y declarar, como Sheldon, Wolin y John Sch%ar n ¡ _
cieron, en op. cit:. «El mayor peligro en la actualidad es qUe
lo establecido y lo respetable [...] parecen preparadô a se_
cundar la negación más profundamente nihilista que pare-
ce posible, o sea, la negación del futuro a través de la nega-
ción de sus propios hrjbs, los portadores del'futuro.»
Nathan Glazer, en un artículo, «Student Power at Berke-
ley», en el número especial The Universities, de The Public
Interest, otoño de 1968, escribe: «Los estudiantes rad,icaies
me recuerdan más a los ludditas destrozadores de niaqUi_
ñas que a los sindicalistas socialistas que lograron la c;ju¿a_
danía y el poder para los trabajadores», y de esta impresión
deduce que Zbigniew (en un artículo sobre Columb;a pU_
blicado en The New Republic, 1 de junio de 1968) puq0 ha-
ber tenido razón en su diagnóstico: «Muy frecuente, ^as re_
votaciones son los últimos espasmos del pasado, y p r̂ e s0
no son realmente revoluciones sino contrarrevoluqoneS;
que actúan en nombre de las revoluciones.» ¿No re s ui t a
muy curiosa esta inclinación a marchar hacia adeláj ĝ a
cualquier precio, en dos autores generalmente consiaera_
dos como conservadores? ¿Y no es aún más curios0 que
Glazer se mostrara ignorante de las diferencias decisivas en_
I re la maquinaria inglesa de comienzos del siglo xix y la téc-
124 SOBRE IA VIOLENCIA
nica desarrollada a mediados del siglo xx, que ha resultado
ser destructiva aun cuando parecía la más beneficiosa: el
descubrimiento de la energía nuclear, la automación, la Me-
dicina, cuyos poderes curativos han conducido a la super-
población, que a su vez conducirá casi con certeza al ham-
bre masiva, la polución de la atmósfera, etc.?
Apéndice IV (nota 23, pág. 27)
Buscar precedentes y analogías donde no existen, evitar la
información y la reflexión sobre lo que se está haciendo y
diciendo en términos de los mismos acontecimientos, bajo
el pretexto de que debemos aprender las lecciones del pasa-
do, especialmente las de la época comprendida entre las dos
guerras mundiales, se ha tornado característica común a
muchas grandes discusiones actuales. El espléndido y docu-
mentado informe de Stephen Spender, citado más arriba,
referente al movimiento estudiantil, se halla enteramente
libre de esta forma de escapismo. Es uno de los pocos hom-
bres de su generación que vive completamente el presente y
que recuerda lo suficiente su propia juventud como para
ser consciente de las diferencias en modo, estilo, pensa-
miento y acción. («Los estudiantes de hoy son enteramente
diferentes de los de Oxbridge, Harvard, Princeton o Hei-
delberg de hace cuarenta años», p. 165.) Pero la actitud de
Spender es compartida por quienes, sea cual fuere su gene-
ración, se hallan verdaderamente preocupados por el futu-
ro del mundo y del hombre, a diferencia de los que prefie-
ren jugar con todo eso. (Wolin y Schaar, op. cit, hablan de
«el revivir de un sentido de destino compartido» como
puente entre las generaciones, «de nuestros comunes temo-
res a que las armas científicas puedan destruir toda vida, a
que la tecnología desfigure crecientemente a los hombres
APÉNDICES 125
que viven en la ciudad como ya ha envilecido la tierra y os-
curecido el cielo»; a «que el "proceso" de la industria des-
truya la posibilidad de todo trabajo interesante; y a que las
"comunicaciones" borren los últimos rastros de las culturas
diferenciadas que han sido herencia de todas las sociedades,
menos de las más ignorantes».) Parece natural que esta po-
sición debería ser más corriente entre físicos y biólogos que
entre los consagrados a las ciencias sociales, aunque los es-
tudiantes de las especialidades primero señaladas tardaron
más en unirse a la rebelión que sus compañeros de Huma-
nidades. Así, Adolf Portmann, el famoso biólogo suizo, con-
sidera que el foso entre generaciones guarda escasa relación
con un conflicto entre lo Joven y lo Viejo; coincide con el
desarrollo de la ciencia nuclear; «el mundo resultante es en-
teramente nuevo [...] [Esto] no puede compararse ni si-
quiera con la más poderosa revolución del pasado» (en un
folleto titulado «Manipulation des Menschen ais Schicksal
und Bedrohung», Zurich, 1969). Y George Wald de Harvard,
galardonado con el Premio Nobel, en su famoso discurso del
4 de marzo de 1969 en el Instituto Tecnológico de Massachu-
setts, declaró acertadamente que tales maestros comprenden
«las razones del desasosiego [de sus estudiantes] aun mejor
que ellos» y, aún más, que <\\o comparten», op. cit.
Apéndice V (nota 25, pág. 28)
La actual politización de las universidades, acertadamente
denunciada, es atribuida habitualmente a los estudiantes
rebeldes, a quienes se acusa de atacar a las universidades
porque éstas constituyen el eslabón más débil en la cadena
del poder establecido. Es perfectamente cierto que las uni-
versidades no podrían sobrevivir si desaparecieran el «dis-
tanciamiento intelectual y la desinteresada búsqueda de la
126 SOBRE LA VIOLENCIA
verdad»; y que, lo que resulta aún peor, es improbable que
una sociedad civilizada de cualquier clase pueda sobrevivir
a la desaparición de estas curiosas instituciones cuya prin-
cipal función social y política descansa precisamente en su
imparcialidad y en su independencia de la presión social y
del poder político. El poder y la verdad, ambos perfectamen-
te legítimos por sus propios derechos, son esencialmente
fenómenos distintos y su prosecución determina estilosde
vida existencialmente diferentes: Zbigniew Brzezinski, en
«America in the Technotronic Age» (Encounter, enero de
1968) advierte este peligro pero, o se resigna o no se mues-
tra al menos indebidamente alarmado por la perspectiva.
La «Tecnotrónica», cree, nos conducirá a una nueva «su-
percultura» bajo la guía de los nuevos «intelectuales orien-
tados a la organización e inclinados a la aplicación» (véase
especialmente el reciente análisis crítico de Noam Choms-
ky, «Objectivity and Liberal Scholarship», en op. cit). Pues
bien, es mucho más probable que esta nueva raza de inte-
lectuales, anteriormente denominados tecnócratas, nos con-
duzca a una época de tiranía y de profunda esterilidad.
Sea como fuere, lo cierto es que la politización de las
universidades por el movimiento estudiantil fue precedida
por la politización de las universidades por los poderes es-
tablecidos. Los hechos son sobradamente conocidos como
para que sea necesario subrayarlos, pero bueno es recordar
que no se trata simplemente de una cuestión de investiga-
ción bélica. Henry Steele Commager denunció reciente-
mente a «la Universidad como Agencia de empleos» (The
New Republic, 24 de febrero de 1968). Desde luego «por
mucha imaginación que se derroche no puede decirse que
la Dow Chemical Company, los Marines o la CÍA sean em-
presas docentes» o instituciones cuya finalidad sea la bús-
queda de la verdad. El alcalde John Lindsay suscitó la cues-
tión del derecho de la Universidad a «denominarse a sí
APÉNDICES 127
misma una institución especial, divorciada de pretensiones
mundanas, mientras que interviene en especulaciones in-
mobiliarias y ayuda a planear y evacuar proyectos para los
militares en Vietnam» (The New York Times, «The Week in
Review», 4 de mayo de 1969). Pretender que la Universidad
es el «cerebro de la sociedad» o de la estructura de poder es
un disparate peligroso y arrogante; aunque sólo fuera por el
hecho de que la sociedad no es un «cuerpo», y menos aún,
un cuerpo sin cerebro.
Para evitar equívocos: Estoy de acuerdo con Stephen Spen-
der en que sería una locura que los estudiantes destrozaran
las universidades (aunque son los únicos que podrían ha-
cerlo efectivamente, por la simple razón de que cuentan en
su favor con el número, y por eso con el verdadero poder)
porque el campus constituye no sólo su base real sino la
única posible. «Sin la Universidad, no habría estudiantes»
(p. 22). Pero las universidades seguirán siendo una base
para los estudiantes sólo mientras proporcionen el único lu-
gar en la sociedad donde el poder no tenga la última palabra,
pese a todas las perversiones e hipocresías en contra. En la
actual situación existe el peligro de que o bien los estudiantes,
o bien, como en Berkeley, el poder que sea, enloquezcan; si
esto sucediera, los jóvenes rebeldes habrían hilado una fibra
más en lo que se ha denominado certeramente «la trama del
desastre» (Profesor Richard A. Falk, de Princeton).
Apéndice VI (nota 30, pág. 31)
Fred M. Hechinger, en un artículo, «Campus Crisis», publi-
cado en The New York Times, «The Week in Review» (4 de
mayo de 1969), escribe: «Como las exigencias de los estu-
diantes negros están habitualmente justificadas [...] la reac-
ción es generalmente favorable. Hecho característico de la
128 SOBRE LA VIOLENCIA
actitud presente en estas cuestiones es el de que el «Mani-
fiesto a las Iglesias Cristianas Blancas, a las Sinagogas Judías
y a todas las demás Instituciones Racistas de los Estados
Unidos», aunque hubiese sido leído y distribuido pública-
mente, y fuera por eso ciertamente, «noticia apta para ser
publicada»*, no fuese publicado hasta que la New York Re-
view of Books (10 de julio de 1969) lo implicó sin la Intro-
ducción. Su contenido, en realidad, es una fantasía semi-
analfabeta y no puede ser tomado en serio. Pero es algo más
que una broma y para nadie resulta un secreto que la co-
munidad negra incurre ahora caprichosamente en seme-
jantes fantasías. Es comprensible que las autoridades se ate-
rraran. Lo que no puede comprenderse ni perdonarse es su
falta de imaginación. ¿Acaso no resulta evidente que si Mr.
Forman y sus seguidores no encuentran oposición en la co-
munidad general y aunque reciban un poco de dinero apa-
ciguador, se verán forzados a tratar de ejecutar un progra-
ma en el que quizá ni siquiera ellos creen?
Apéndice VII (nota 31, pág. 31)
En una carta a The New York Times (fechada el 9 de abril de
1969), Lynd menciona sólo «acciones quebrantaduras no
violentas, tales como huelgas y sentadas», ignorando para
sus fines los tumultuosos disturbios violentos de la clase
trabajadora durante la década de los años veinte, y suscita la
cuestión de por qué estas tácticas «aceptadas por una gene-
ración en las relaciones trabajo-capital [...] son rechazadas
* «News that's fit to print», alusión al lema de The New York
Times, contra el que evidentemente dirige la autora su acusa-
ción en primer término: «Al the news that's fit to print» ('To-
das las noticias aptas para ser publicadas'.) (N. del T.)
APÉNDICES 129
cuando se practican en el campus [...] Cuando un dirigente
sindical es expulsado del taller de una fábrica, sus comPa-
ñeros abandonarán el trabajo hasta que el agravio sea satis-
fecho». Parece como si Lynd hubiera aceptado una irrfagen
de la Universidad, desgraciadamente no infrecuente entre
síndicos y administradores, según la cual el campus es pro-
piedad del consejo de síndicos, que, para gobernar su propie-
dad, contrata a una administración, la que a su vez contrata
al claustro de profesores para atender a sus clientes, lc)s es-
tudiantes. No hay realidad que corresponda a esta ¿ima-
gen». Por agudos que puedan llegar a ser los conflictos en el
mundo académico, nunca se tratará de choque de intéreses
ni de guerra de clases.
Apéndice VIII (nota 32, pág. 31)
todo lo que se necesita decir sobre la materia: Los funciona-
rios universitarios deberían «dejar de capitular ante l£S es-
túpidas demandas de los estudiantes negros»; es un error
que el «sentimiento de culpabilidad y el masoquismo ¿e un
grupo permitan a otro segmento de la sociedad poseer ar-
mas en nombre de la justicia»; los estudiantes negros están
«sufriendo el shock de la integración» y buscando «una sa-
lida fácil a sus problemas»; lo que los estudiantes negr os
necesitan es una «preparación reparadora» para que ¿pue-
dan conocer las Matemáticas y escribir correctamente n °
«clases de música "soul"» (cita del Daily News, del ?8 de
abril de 1969). ¡Qué reflexión supone sobre el estado rnoral
e intelectual de la sociedad que se requiera tanto valoí para
hablar con sentido común sobre estas cuestiones! Aún niás
aterradora es la perspectiva completamente probable de
que, dentro de cinco o diez años, esa «educación» en s^ahi-
130 SOBRE LA VIOLENCIA
li (una clase de jerga del siglo xix, hablada por los traficantes
árabes en marfil y en esclavos, híbrida mezcla de un dialecto
bantú con un enorme vocabulario de términos tomados del
árabe; véase la Encyclopaedia Britannica, 1961), en literatu-
ra africana y en otros temas inexistentes, será interpretada
como otra trampa del hombre blanco para impedir que los
negros adquieran una adecuada educación.
Apéndice IX (nota 36, pág. 34)
El «Manifiesto» de James Forman (adoptado por la Confe-
rencia Nacional de Desarrollo Económico Negro), al que
me he referido antes, y que presentó a las Iglesias y Sinago-
gas «sólo como el comienzo de la reparación que nos es
debida a quienes hemos sido explotados y degradados,
embrutecidos, asesinados y perseguidos», aparece como un
ejemplo clásico de tales fútiles sueños. Según éste, «se dedu-
ce de las leyes de la revolución que serán los más oprimidos
quienes harán la revolución» cuyo objetivo último es que
«debemos asumir la jefatura y el control total [...] de todo lo
que existe dentro de los Estados Unidos. Ya ha pasado la
época en que éramos los segundos en el mando y en la queel chico blanco figuraba a la cabeza». Para lograr esta inver-
sión será preciso «utilizar cualesquiera métodos que sean
necesarios, incluyendo el empleo de la fuerza y el poder de
las armas para derribar al colonizador». Y mientras que él,
en nombre de la comunidad (que, desde luego, en manera
alguna, le secunda), «declara la guerra», se niega a «com-
partir el poder con los blancos» y exige que «los blancos de
este país [...] consientan en aceptar la jefatura negra», al
mismo tiempo apela «a todos los cristianos y judíos para
que practiquen la paciencia, la tolerancia, la comprensión y
la no violencia» durante el periodo que pueda ser necesario
APÉNDICES 131
-«no importa que pueda tratarse de mil años»- par¿ c o n"
quistar el poder.
Apéndice X (nota 40, pág. 38)
Jürgen Habermas, uno de los más profundos e inteligentes es"
tudiosos de las ciencias sociales en Alemania, es un buen ejem-
plo de las dificultades que estos marxistas o ex-marxistas en"
cuentran al separarse de cualquier parte de la obra del niílestro-
En su reciente Technik und Wissenschaft ais «Ideologies (Fr a n c'
fort, 1968) señala varias veces que «ciertas categorías cl a v es
de la teoría de Marx, principalmente, la lucha y la ideoloŜ ^e
clases, ya no pueden ser aplicadas sin esfuerzo [umstan?'-0SJ>> -
Una comparación con el ensayo de Andrei D. Sajarov mu e s t ra
cuan mucho más fácil resulta desprenderse de teorías y esl°§a-
aes. des.qgstad.os a.a.aiieÜQS. ojie. emmnacLdUa^iíalismíi* "es"
de la perspectiva de los desastrosos experimentos del este-
Apéndice XI (nota 12, pág. 56)
Las sanciones de las leyes, que, sin embargo, no constituyen
su esencia, están dirigidas contra los ciudadanos qúe> s m
retirarles su apoyo, desean lograr una excepción en si1 pro-
pio favor; el ladrón sigue esperando que el Gobierno prote-
gerá su recientemente adquirida propiedad. Se ha aJve r t l_
do que en los primeros sistemas legales no existían san¿-lones
de ningún género. (Véase Touvenel, op. cit., p. 276.) El c a s ti "
go para quien violaba la ley era la expulsión o proscrifclon;
al violar la ley, el delincuente se había colocado él rA l sm0
fuera de la comunidad constituida por ésta.
Passerin d'Entréves (op. cit, pp. 128 y ss.), toman"0 en
cuenta «la complejidad de la ley, incluso la de la ley del Es-
des.qgstad.os
132 SOBRE LA VIOLENCIA
tado», ha señalado que «hay desde luego leyes que son "di-
rectivas" más que "imperativas", que son "aceptadas" más
que "impuestas" y cuyas "sanciones" no consisten necesa-
riamente en el posible uso de la fuerza por parte del "sobe-
rano"». Ha comparado tales leyes con «las reglas de un jue-
go, o las de mi club, o las de la Iglesia». Las acato «porque
para mí, a diferencia de otros conciudadanos míos, estas re-
glas son "válidas"».
Creo que la comparación de Passerin d'Entréves de la ley
con las «reglas válidas del juego» puede ser llevada más le-
jos. Porque la clave de estas reglas no es que yo me someta
a ellas voluntariamente o reconozca teóricamente su vali-
dez, sino que, en la práctica, yo no puedo participar en el
juego a menos que las acate; mi motivo para la aceptación
es mi deseo de jugar y como los hombres existen sólo en
pluralidad, mi deseo de jugar es idéntico a mi deseo de vi-
vir. Cada hombre nace en una comunidad con leyes pre-
existentes que «obedece» en primer lugar porque no hay
para él otra forma de participar en el gran juego del mundo.
Yo puedo desear cambiar las reglas del juego, como desea el
revolucionario o lograr una excepción para mí, como hace
el delincuente; pero negarlas en principio no significa mera
«desobediencia» sino la negativa a entrar en la comunidad
humana. El dilema corriente -o bien la ley es absolutamen-
te válida y por eso precisa para su legitimación un legislador
inmortal y divino, o bien la ley es simplemente una orden
que no tiene tras de sí más que el monopolio estatal de la
violencia- es una quimera. Todas las leyes son «"directivas"
más que "imperativas"». Dirigen la comunicación humana
como las reglas dirigen el juego. Y la garantía última de su
validez está contenida en la antigua máxima romana Pacta
sunt servanda.
APÉNDICES 133
Apéndice XII (nota 22, pág. 69)
Existe alguna controversia sobre el objetivo de la visita de
De Gaulle. La evidencia de los acontecimientos mismos pa-
rece señalar que el precio que hubo de pagar por el apoyo
del Ejército fue la rehabilitación pública de sus enemigos:
amnistía de Salan, regreso de Bidault, y también el del coro-
nel Lacheroy, a veces llamado «el torturador de Argelia».
No parece saberse mucho acerca de las negociaciones. Se
siente la tentación de pensar que la reciente rehabilitación
de Pétain, otra vez glorificado como el «vencedor de Ver-
dun» y, lo que es más importante, la increíble y ruidosa-
mente falsa declaración de De Gaulle inmediatamente des-
pués de su retorno, culpando al Partido Comunista de lo
que los franceses llaman ahora les événements, fueron parte
del trato. Dios sabe que el único reproche que el Gobierno
podría haber formulado al Partido comunista y a los Sindi-
catos sería el de que les faltó poder para impedir les événe-
ments.
Apéndice XIII (nota 25, pág. 75)
Sería interesante saber si, y hasta qué grado, la creciente
proporción de delitos no resueltos se equipara no sólo con
el bien conocido y espectacular crecimiento de delitos per-
petrados, sino también con un definido aumento de la bru-
talidad de la policía. Un informe recientemente publicado,
Uniform Crime Report for the United States, de J. Edgar Hoo-
ver (Federal Bureau of Investigation, United States Depart-
ment of Justice, 1967) no indica cuántos delitos quedan
ahora resueltos —a diferencia de los señalados como «cance-
lado por detención»- pero menciona en el sumario que la
resolución por la policía de delitos graves descendió duran-
134 SOBRE LA VIOLENCIA
te 1967 en un 8 % ¡Sólo un 21,7 (o 21,9) % de todos los de-
litos son «cancelados por detención», y de éstos sólo el 75 %
llegan a los tribunales, en donde sólo un 60 % de los acusa-
dos fueron hallados culpables! Por eso, las probabilidades a
favor del delincuente parecen tan elevadas que resulta sola-
mente natural el constante aumento de los delitos. Cuales-
quiera que sean las causas de la reducción espectacular de la
eficiencia policíaca, parece evidente el declive del poder de
la policía, y con éste, la posibilidad de que aumente su bru-
talidad. Los estudiantes y los otros manifestantes son fáciles
objetivos para una policía que casi ha perdido la costumbre
de capturar a un delincuente.
Resulta difícil una comparación con la situación de otros
países por la diferencia de los métodos estadísticos emplea-
dos. Sin embargo, aunque el crecimiento del número de
delitos no resueltos resulta ser un problema muy generali-
zado, parece que en ningún lugar ha alcanzado proporcio-
nes tan alarmantes como en América. En París, por ejem-
plo, la proporción de delitos resueltos descendió de un
62 % en 1967, a un 56 % en 1968; en Alemania, de un 73,4 %
en 1954 a un 52,2 % en 1967; y en Suecia resultaron resuel-
tos en 1967 el 41% de todos los delitos (véase «Deutsche
Polízeí», en Der Spiegel, 7 de abril de 1967).
Apéndice XIV (nota 26, pág. 76)
Solzhenitsyn muestra con detalles concretos cómo resulta-
ron frustrados por los métodos de Stalin los intentos de
realizar un desarrollo económico racional. Espero que este
libro acabará con el mito de que el terror y las enormes pér-
didas en vidas humanas fueron el precio que hubo que pa-
gar por la rápida industrialización del país. El progreso rá-
pido fue realizado tras la muerte de Stalin, y lo que es
APÉNDICES 135
sorprendente en la Rusia de hoy es que el país siga atrasado
en comparación no sólo con Occidente, sino también con
la mayoría de los países satélites. En Rusia no parece existir
mucha ilusión al respecto, si es que queda alguna. Las gene-
raciones más jóvenes, especialmente la de losveteranos de
la segunda guerra mundial, saben muy bien que sólo un
milagro salvó a Rusia de la derrota en 1941 y que ese mila-
gro fue el hecho brutal de que el enemigo resultara ser aún
peor que el dictador nativo. Lo que alteró la balanza fue que
el terror policíaco quedara abatido por la presión de la si-
tuación de emergencia nacional; las gentes, entregadas a
ellas mismas, pudieron volver a reunirse y a generar poder
suficiente para derrotar al invasor extranjero. Cuando los
hombres regresaban de los campos de prisioneros de guerra
o de su servicio en las tropas de ocupación eran enviados
inmediatamente, y por largos años, a campos de trabajo y
de concentración para que se rompieran en ellos los hábitos
de la libertad. Es precisamente esta generación, que probó
la libertad durante la guerra y el terror posterior, la que está
desafiando la tiranía del presente Régimen.
Apéndice XV (nota 10,pág. 90)
Nadie en su sano juicio puede creer, como teorizaron re-
cientemente ciertos grupos estudiantiles alemanes, que sólo
cuando el Gobierno ha sido forzado «a practicar abierta-
mente la violencia» serán los rebeldes capaces de «luchar
contra esta puerca sociedad [Scheissgesellschaft] con medios
adecuados para destruirla» (cita de Der Spiegel, 10 de febre-
ro de 1969, p. 30). Esta nueva versión vulgarizada lingüísti-
camente (aunque apenas intelectualmente) del viejo dispa-
rate comunista de los años treinta, según el cual la victoria
del fascismo beneficiaba completamente a quienes estaban
136 SOBRE LA VIOLENCIA
en contra de éste, es o bien pura comedia la variante «revo-
lucionaria» de la hipocresía, o bien testimonio de la idiotez
política de los «creyentes». Con la excepción de que, hace
cuarenta años, tras ese disparate se hallaba la deliberada po-
lítica prohitleriana de Stalin y no simplemente una estúpida
teorización.
En realidad no hay razón para mostrarse particularmen-
te sorprendido por el hecho de que los estudiantes alema-
nes sean más dados a teorizar y menos aptos para la acción
y el discernimiento político que sus colegas de otros países,
políticamente más afortunados; ni de que «el aislamiento
de las mentes inteligentes y vitales [...] en Alemania» sea
más pronunciado, la polarización más desesperada que en
otras partes y casi nulo su impacto sobre el clima político de
su propio país, si se exceptúa el fenómeno de la reacción. Yo
coincidiría también con Spender (véase «The Berlin Youth
Model», en op. cit.) sobre el papel desempeñado en esta si-
tuación por el pasado todavía reciente, de tal forma que los
estudiantes «ofenden no sólo por su violencia sino porque
son recordatorios [...] tienen también la apariencia de fan-
tasmas surgidos de tumbas apresuradamente cubiertas de
tierra». Y, sin embargo, después de que se ha dicho y tenido
en cuenta todo esto sigue existiendo el extraño e inquietan-
te hecho de que ninguno de los nuevos grupos izquierdistas
de Alemania, notoriamente extremistas por su vociferante
oposición a las políticas nacionalistas o imperialistas de
otros países, se haya preocupado seriamente del reconoci-
miento de la Línea Oder-Neisse, que, al fin y al cabo, es el
tema crucial de la política exterior alemana y la piedra de
toque del nacionalismo alemán desde la derrota del Régi-
men de Hitler.
APÉNDICES 137
Apéndice XVI (nota 23, pág. 100)
Daniel se muestra cautamente esperanzado porque sabe
que la obra científica y técnica depende del «conocimiento
[que] es buscado, probado y codificado de una forma des-
interesada» (op. cit.). Quizá este optimismo pueda estar jus-
tificado mientras que los científicos y los tecnólogos, estan-
do desinteresados del poder y preocupados sólo del prestigio
social, es decir, mientras ni dominen ni gobiernen. El pesi-
mismo de Noam Chomsky, «ni la Historia, ni la Psicología,
ni la Sociología nos dan razón particular -alguna para
aguardar con esperanza la dominación de los nuevos man-
darines», puede ser excesivo; no existen todavía preceden-
tes históricos y los científicos e intelectuales que, con tan
deplorable regularidad, se han mostrado dispuestos a servir
a cada Gobierno que estuviera en el poder, no han sido
«meritócratas» sino más bien escaladores sociales. Pero
Chomsky tiene enteramente razón al formular esta pregun-
ta: «¿Qué fundamentos hay, en general, para suponer que
quienes afirman que el poder está basado en el conocimien-
to y en la técnica, sean más benignos en el ejercicio del po-
der que quienes afirman que está basado en la riqueza o en
el origen aristocrático?» (op. cit, p. 27). Y existe también ra-
zón para formular la pregunta complementaria: ¿Qué fun-
damentos existen para suponer que el resentimiento, con-
tra una meritocracia, cuyo dominio esté exclusivamente
basado en los dones «naturales», es decir, en el poder de la
mente, no sea más peligroso y más violento que el resenti-
miento de los grupos anteriormente oprimidos, quienes al
menos tenían el consuelo de que su condición no estaba
causada por «faltas» propias? ¿No es plausible suponer que
este resentimiento albergará todos los rasgos homicidas de
un antagonismo radical, a diferencia de los simples conflic-
tos de clases, puesto que también se referirá a datos natura-
138 SOBRE LA VIOLENCIA
les que no pueden ser cambiados y por eso a una condición
de las que sólo podría liberarse uno mismo mediante el ex-
terminio de quienes resulten tener un más elevado cociente
intelectual? Y como en semejante configuración será abru-
mador el poder numérico de los desfavorecidos y nula la
movilidad social. ¿No es probable que el peligro de los de-
magogos, de los líderes populares sea tan grande que la me-
ritocracia se vea forzada a convertirse en tiranía y despotis-
mo?
Apéndice XVII (nota 30, pág. 105)
Stewart Alsop, en un penetrante artículo, «The Wallace
Man», en Newsweek, 21 de octubre de 1968, da la clave:
«Puede ser antiliberal por parte de un seguidor de Wallace
no enviar a sus hijos a malas escuelas en nombre de la inte-
gración, pero no es antinatural. Como tampoco lo es que le
preocupe la "vejación" de su mujer o que disminuya el valor
de su casa, que es todo lo que él tiene.» Cita también la más
efectiva manifestación de la demagogia de George Wallace:
«Son 535 los miembros del Congreso y muchos de esos li -
berales también tienen hijos. ¿Sabe usted cuántos envían
sus chicos a las escuelas públicas de Washington? Seis.»
Otro excelente ejemplo de una mal concebida política de
integración fue referido recientemente por Neil Maxwell en
The Wall Street Journal (8 de agosto de 1968). El Gobierno
federal promueve la integración escolar en el sur, negando
los fondos federales en los casos de flagrante incumpli-
miento. En uno de tales casos se suspendió la entrega de
una ayuda anual de 200.000 dólares. «Del total, 175.000 es-
taban directamente destinados a las escuelas negras [...] Los
blancos elevaron pronto los impuestos para reemplazar los
otros 25.000 dólares.» En suma, lo que se suponía iba a ayu-
APÉNDICES 139
dar a la educación de los negros constituyó un «aplastante
impacto» sobre su sistema escolar existente y no produjo
impacto alguno en las escuelas de los blancos
Apéndice XVIII (nota 34, pág. 111)
En el sombrío clima de expresiones ideológicas y ambigüe-
dades del debate estudiantil en Occidente, estos temas rara
vez han tenido la posibilidad de ser aclarados; desde luego,
en palabras de Gunter Grass, «esta comunidad, verbalmen-
te tan radical, siempre ha buscado y hallado un escape». Es
también cierto que esto resulta especialmente visible en los
estudiantes alemanes y en otros miembros de la Nueva Iz-
quierda. «No saben nada pero lo conocen todo», como, se-
gún Grass, lo resumió un joven historiador de Praga. Hans
Magnus Enzensberger proclama la actitud general alemana;
los checos padecen «un horizonte extremadamente limita-
do. Su sustancia política es escasa». (Véase Gunter Grass,
op. at, pp. 138-142.) En contraste con esta mezclade estu-
pidez e impertinencia, la atmosfera de los rebeldes del este
resulta refrescante aunque se tiembla al pensar en el exhor-
bitante precio que ha habido que pagar por eso. Jan Kavan,
un líder estudiantil checo, escribe: «A menudo me han di-
cho mis amigos de Europa occidental que nosotros lucha-
mos solamente por las libertades burgo-democráticas. Pero
en cierta manera yo no puedo distinguir entre libertades
capitalistas y libertades socialistas. Lo que yo reconozco son
las libertades humanas básicas» {Ramparts, septiembre de
1968). Parece seguro suponer que tendría una dificultad si-
milar con la distinción entre «violencia progresista y regre-
siva». Sin embargo, sena erróneo deducir, como frecuente-
mente se hace, que los que habitan en los países occidentales
no tienen quejas legitimas, precisamente en materia de h-
140 SOBRE LA VIOLENCIA
bertad. En realidad, es sólo natural «que la actitud de los
checos hacia los estudiantes occidentales esté ampliamente
coloreada por la envidia» (cita tomada de una publicación
estudiantil por Spender, op. cit, p. 72); pero también es
cierto que ellos carecen de experiencias menos brutales, y,
sin embargo, decisivas, de frustración política.
índice onomástico
Alemania, 26, 30, 37 n., 39, 58,
69, 73, 108, 131, 134, 136,
139
Alsop, Stewart, 138
American Political Science Re-
view, The, 97 n.
Argelia, 25, 73, 133
Aron, Raymond, 68 n., 120-
121
Bakunin, Mikhail, 120
Barion, Jacob, 21 n.
Barnes, Peter, 45 n.
Beaufre, André, 11
Bell, Daniel, 98, 137
Bergson, Henri, 21,94, 100
Berlin, Isaiah, 42 n.
Bidault, Georges, 133
Bodin, Jean, 52
Bóll, Heinrich, 63 n.
Borkenau, Franz, 65 n.
Brzezinski, Zbigniew, 123,
126
Calder, Nigel, 10 n., 11 n., 19 n.,
84 n.
Castro, Fidel, 35 n.
Catalina la Grande, 101
Checoslovaquia, 38 n., 72,113,
139
China, 35 n.
Chomsky, Noam, 14, 15 n.,
24 n., 37 n., 65 n., 86 n.,
126,137
Cicerón, 59 n.
City College de Nueva York,
31
Clausewitz, Karl von, 17-18,
50, 50 n.
Commager, Henry Steele, 28,
74,117 n., 126
Commentary, 43 n.
Commonweal, 37
Conferencia Nacional de De-
sarrollo Económico Negro,
130
Cooper, D. G., 122
142
Cromer, Lord, 74
Cuba, 35 n.
De Gaulle, Chales, 68,133
Dedijer, Vladimir, 19 n.
Deming, Barbara, 96 n.
D'Entréves, Alexandre Passe-
rin, 51-52, 59,131-132
Des jardins, Gregory, 54 n.
Dreyfus, Alfred, 97
Dutschke, Rudi, 108 n.
Ehmarm, Christoph, 39 n.
Encyclopedia of the Social Scien-
ces, 16
Encounter, 126
Encyclopaedia Britannica, 130
Engels, Friedrich, 10,17-18,32,
2,6n., 119,120
Enzensberger, Hans Magnus,
139
España, 70
Estados Unidos, 12-13, 26, 30,
31, 38, 45 n., 67, 109, 116,
133-134
Europa, 13,26, 74,94,139
Falk, Richard A., 127
Fanon, Frantz, 22, 25, 32, 34 n.,
88,90 n., 91,93,96,101,120
Feuerbach, Ludwif, 119
Finer, S.E., 97 n., I l l n.
Fogelson, Robert N., 103 n.
Fontenelle, Bernard le Bovier
de,40
Forman, James, 105,128,130
Francia, 26, 52, 73, 108, 133,
134
Frente de Liberación Nacional,
67
SOBRE LA VIOLENCIA
Fulbricht, William, 28
Gandhi, Mahatma, 73
Gans, Herbert J., 114 n.
Glazer, Nathan, 123
Goodwin, Richard N., 15
Grass, Günter, 108 n., 113,139
Gray, J. Glenn 90 n.
Grecia, 69 n.
Guardia Nacional, 45, 74
Guevara, Che, 35 n.
Habermas, Jürgen, 131
Halevy, Daniel, 95 n.
Harbold, William H.,41 n.
Hechinger, Fred M., 108 n.,
127
Hegel, Georg Friedrich, 21 n.,
22-23,41,43,77,121
Herzen, Alexander, 42
Hitler, Adolf, 58, 73,136
Ho Chi Minh, 35 n.
Hobbes, Thomas, 10, 52,93
Hoover, J. Edgar, 133
India, 73
Inglaterra, 52, 73, 74,123
Instituto Tecnológico de Mas-
sachusetts, 28,125
Japón, 26, 73
Jenofonte, 69 n.
Jouvenel, Bertrand de, 49, 50,
52,56,101 n., 131
Kant, Immanuel, 42
Kavan, Jan, 139
Klineberg, Otto, 84 n.
Kohout, Pave, 113
ÍNDICE ONOMÁSTICO 143
Lacheroy, coronel, 133
Laing, R. D., 122
Lenin, Vladimir I. U., 9, 22, 35,
38
Lessing, Gotthold Ephraim, 40
Lettvin, Jerome, 28,28 n.
Liberation, 96 n.
Lindsay, John V., 126
Litten, Jens, 111
Lorenz, Konrad, 83 n., 94
Lübke, Karl-Heinz, 62 n.
Lynd, Staughton, 31,128
Madison, James, 56
Mao Tsé-tung, 20,35 n, 52
Marx, Karl, 20,21,23,26 n., 32,
33,34,35,36,38,39,40,41,
43, 49, 77, 78, 98, 100, 119,
120, 131
Massu, Jacques, 69
Maxwell, Neil, 138
McCarthy, Eugene, 117
McIver,R.M.,51n.
Melville, Herman, 86
Mill , John Stuart, 54,55
Mills, C.Wright, 49
Mitscherlich, Alexander, 83 n.
Montesquieu, Charles L. De,
57
Napoleón Bonaparte, 70,108
Nechaev, Serey Kravinsky, 120
New Republic, The, 74 n., 123,
126
New York Daily News, 129
New York Review of Books, 27 n.,
120,128
New York Times, 32 n., 64 n.,
108 n., 127,128
New York Times Magazine, 28 n.
New Yorker, The, 15 n., 29 n.
Newsweek, 45 n., 138
Nietzsche, Friedrich, 61,100
Nisbet, Robert A., 43
Nixon, Richard, 117
Nueva Izquierda, 20,24,36-37,
120,139
O'Brien, Conor Cruise, 107
O'Brien, William, 107
Parekh,B.C, 119
Pareto, Vilfredo, 88,97,98,110,
111
Pascal, Blaise, 40
Péguy, Charles, 37
Pétain, Henri Philippe, 133
Platón, 61
Portmann, Adoii, 80,123
Proudhon, P.-J., 15,40,41 n.
Public Interest, The, 99 ii., 123
Ramparts, 139
Rand Corporation, 12 n.
Renan, Joseph Ernest, 17
Review of Politics, 41 n.
Robespierre, Maximilien, 88
Rockefeller, Nelson a., 117
Rousseau, Jean Jacques, 51 n.
Rusia, 72-73, 77,135
Rustin, Bayard, 129
Sajarov, Andrei D., 18, 63 n.,
113 n., 131
Salan, Raoul, 133
Sartre, Jean-Paul, 22,23,32,34,
50,120-122
Schaar, John, 27 n., 45 n., 62 n.,
123, 124-125
Schapiro, Leonard, 120
144 SOBRE LA V I 0 L E N C I A
Schelling, Thomas C, 15 n.
Schelsky, Helmut, 123
Science, 80 n.
Selden, John, 115
Silver, Allan A., 104 n.
Solzhenitsyn, Aleksandr I., 76,
134
Sorel, Georges, 21, 33, 48, 88,
94-98,110
Spender, Stephen, 29, 35 n.,
37 n., 45 n., 58, 69 n., 89 n.,
124 n., 127, 136,140
Spengler, Oswald, 94
Spiegel, Der, 25 n., 37 n., 39 n.,
108 n., 109 n., 134,135
Stalin, Iosiv, 73, 76,134,136
Steinfels, Peter, 37
Strausz-Hupé, Robert, 50
Students for a Democratic So-
ciety (SDS), 89 n.
Suecia, 134
Theatre of Ideas, 107
Thring, M. W., 19 n.
Tinbergen, Nikolas, 80 n.,
84 n.
Tito, Josip Broz, 35 n.
Trotsky, Leon, 49 n.
Universidad de California, 27 n.,
44,62 n„ 74,123,127
Universidad de Columbia' °°'
123
Universidad de Cornell,
Universidad de Harvarc' 1 2 2'
124,125
Universidad de Heidelber& 1 ¿4
Universidad de Hull, 1191
Universidad de Princeton> '
127
Valéry, Paul Ambroise, 118
Venturi, Franco, 42 n.
Verdún, 133
Vietnam, 25, 65 n., 67, 70> 74>
87 n., 127
Voltaire, Francois, 50
Von Hoist, Erich, 8 In., ¿3 n-
Wald, George, 29,125
Wallace, George, 138
Wallace, John M., 54 n.
Wall Street Journal, The,
Weber, Max, 49, 50, 50 i>-
Wheeler, Harvey, 10 n., 17 n->
18 n.
Wilson, Edmund, 46 n.
Wilson, James, 13
Wolin, Sheldon, 27 n. 4 5 n->
62 n., 123, 124-125
Yugoslavia, 35 n.
Índice
Uno 9
Dos 48
Tres 79
Apéndices 119
índice onomástico 141
En los trabajos que componen EL POLÍTICO Y EL
CIENTÍFICO -precedidos por un prólogo de RAY-
MOND ARON en esta edición-, MAX WEBER
(1864-1920) reflexiona acerca de la contraposición
entre el quehacer del investigador y el comporta-
miento del hombre de acción. Por una parte, las
virtudes del político parecen incompatibles con las
cualidades del hombre de ciencia; por otra, sin em-
bargo, existe una comunicación dialéctica entre co-
nocimiento y acción, ya que el saber objetivo favo-
rece un comportamiento racional y aumenta las
probabilidades de conseguir las metas que el políti-
co se propone.
Max Weber
El político y el
científico
Friedrich A. fWek
Camino de
servidumbre
Publicado en 1944 y traducido a numerosos idiomas*
CAMINO DE SERVIDUMBRE popularizó el nombre d«
FRIEDRICH A. HAYEK más allá de las fronteras del
mundo académico, donde su prestigio científico (rece
nocido en 1974 con la concesión del PremioNobel d£
Economía) estaba ya sólidamente establecido. La tesis
central del libro es que los avances de la planificado!1
económica van necesariamente unidos a la pérdida d£
las libertades y al progreso del totalitarismo. Resulta no'
table que una obra de tan acusado filo polémico, nacidí*
para suscitar la controversia y el debate, fuera acogida
con respeto incluso por sus críticos debido a su honestr
dad intelectual, rigor lógico e información fiable. Si Key
nes mostró su acuerdo con los puntos de vista de mora'
y filosofía social de «este gran libro», Schumpeter subra'
yó un rasgo poco común en obras de este género: «Es ui1
libro cortés que casi nunca atribuye a sus contrarios otr#
cosa que el error intelectual».
C. B. Macpherson
La democracia
liberal y su
época
Este lúcido estudio sobie LA DEMOCRACIA LIBERAL Y SU
ÉPOCA se inserta dentro de los numerosos trabajos dedica-
dos por C. B. MACPHERSON a la ideología y funciona-
miento de los sistemas democráticos. La democracia liberal
nació hace menos de dos siglos, asociada a la existencia de
una economía capitalista de mercado y a la aceptación teó-
rica de la sociedad de clases. Tres son los modelos que per-
fila Macpherson de este régimen político: «la democracia
como protección», entendida como escudo de los ciudada-
nos frente a los abusos de poder; «la democracia como desa-
rrollo», que permite el despliegue de la personalidad de los
individuos, y «la democracia como equilibrio», resultado de
la concurrencia de elites que se disputan entre sí eí predo-
minio. El autor se plantea, en el último capítulo, las posi-
bilidades de un cuarto modelo, «la democracia como
participación», que no se basaría en el mercado capitalista y
que llevaría hasta sus últimas conclusiones los postulados y
los valores de la libertad.
Georges Sorel
Reflexiones
sobre la
violencia
Prefacio de Isaiah Berlin
Como señala Isaiah Berlin en el extenso prefacio que abre
este volumen, GEORGES SOREL (1847-1922) es una figu-
ra anómala en la galería de ideólogos, teóricos y profetas
del siglo xix. No obstante, un hilo central conecta todo cuan-
to publicó y propugnó: la idea de que el hombre no busca ni
la felicidad ni la paz, ni el conocimiento, ni el poder sobre los
demás, ni la salvación en la otra vida, sino su realización a
través de la actividad espontánea, libre y creadora, en un
denodado esfuerzo por imponer su personalidad mediante
el trabajo a un medio hostil y por dar forma al caos que el
mundo de la naturaleza y el pensamiento representan. Sus
escritos constituyeron la primera gran rebelión contra el ideal
racionalista del progreso ilimitado y del bienestar sin ten-
siones, dentro del marco de un sistema social armonioso en
el que las cuestiones sociales quedarían presumiblemente
reducidas a problemas técnicos. REFLEXIONES SOBRE LA
VIOLENCIA (19G6) es, SAI obía más ijxypvAai y tal v«x Vi vais,
representativa de su extraña y contradictoria personalidad.
Anthony Storr
La agresividad
humana
Aunque los actos de crueldad humana suelen ser atribuidos a
instintos atávicos procedentes de anteriores etapas de la evolu-
ción biológica, lo cierto es que nuestra especie es la más despia-
dada de cuantas habitan el planeta: dentro del reino animal, sólo
el hombre ha llegado a extremos de conducta que llevan apare-
jada la destrucción sistemática de miembros de su propia colec-
tividad. ANTHONY STORR, escritor y psiquiatra, estudia las
diversas teorías que a partir de Freud han tratado de descubrir
las raíces de LA AGRESIVIDAD HUMANA y analiza las formas
que ésta adopta durante los sucesivos períodos de desarrollo
humano y en los comportamientos neuróticos y psicóticos. «El
sano sentido común con que ha sido escrito el libro -subrayó en
su día Konrad Lorenz, una de las autoridades máximas en la
materia- lo hace comprensible para todo el mundo.» Ajuicio de
Storr, la agresividad del hombre es un instinto cuyos efectos
pueden ser controlados y encauzados, pero en ningún caso
suprimidos.
E
mJ^mm^mX término «violencia», en su sentido más ek
mental, refiere al daño ejercido sobre las personas por parte
de otros seres humanos. Los experimentos totalitarios del
siglo xx ampliaron este uso de la violencia, a una escala y
una intensidad meditas en la historia déla humanidad, y
es en este contexto donde cabe encuadrar esta obra peren-
ne de HANNAH ARENDT. Para la filosofía política, la vio-
lencia objeto de su estudio tiene dos caras: la violencia
organ izada del Estado o aquella que irrumpe frente al mismo.
Esto ha hecho que muchos pensasen que la violencia es sobre
todo una forma de ejercicio del poder. La posición de par-
tida de la autora en SOBRE LA VIOLENCIA consiste en el
estudio minucioso de la violencia política en sus encarna-
ciones extremas dentro del mundo contemporáneo y en su
cuidadosa separación entre violencia y poder político; este
último es el resultado de la acción cooperativa, mientras que
la violencia del siglo XX está ligada al alcance magnificador
de la destrucción que proporciona la tecnología.