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Sobre la violencia 
Ciencias sociales 
Hannah Arendt 
Sobre la violencia 
m El libro de bolsillo Ciencia política Alianza Editorial 
TÍTULO ORIGINAL. On Violence 
[Esta edición de la obra ha sido publicada por acuerdo 
con Harcourt, Inc ] 
TRADUCTOR: Guillermo Solana 
Primera edición 2005 
Primera reimpresión 2006 
Diseño de cubierta: Ángel Uñarte 
Fotografía © Bettmann / Corbis 
Reservados todos los derechos El contenido de esta obra esta protegido por la 
Ley, que establece penas de prisión y/o multas, ademas de las correspondientes 
indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, 
distribuyeren o comunicaren publicamente, en todo o en parte, una obra literaria, 
artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fija-
da en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la 
preceptiva autorización 
© 1969,1970 by HannahArendt 
© de la traducción: Santillana Ediciones Generales, S. L. (Taurus) 
© de la presente edición Alianza Editorial, S. A., Madrid 2005,2006 
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 
28027 Madrid, teléfono 91 393 88 88 
www alianzaeditonal es 
ISBN-13 978-84-206 5980-0 
ISBN 10 84-206-5980 0 
Deposito legal: M 46 555-2006 
Composición. Grupo Anaya 
Impreso en Fernandez Ciudad, S L. 
Printed m Spain 
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ALIANZA EDITORIAL, ENVIÉ UN CORREO ELECTRÓNICO A LA DIRECCIÓN 
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mailto:alianzaeditorial@anava.es
Para Mary, con amistad 
Uno 
Estas reflexiones han sido provocadas por los acon-
tecimientos y debates de los últimos años, vistos en 
la perspectiva del siglo xx que ha resultado ser, 
como Lenin predijo, un siglo de guerras y revolu-
ciones y, por consiguiente, un siglo de esa violencia 
a la que corrientemente se considera su denomina-
dor común. Hay, sin embargo, otro factor en la ac-
tual situación que, aunque no previsto por nadie, 
resulta por lo menos de igual importancia. El desa-
rrollo técnico de los medios de la violencia ha al-
canzado el grado en que ningún objetivo político 
puede corresponder concebiblemente a su poten-
cial destructivo o justificar su empleo en un con-
flicto armado. Por eso, la actividad bélica -desde 
tiempo inmemorial arbitro definitivo e implacable 
en las disputas internacionales- ha perdido mucho 
de su eficacia y casi todo su atractivo. El ajedrez 
«apocalíptico» entre las superpotencias, es decir, en-
9 
10 SOBRE LA VIOLENCIA 
tre las que se mueven en el más alto plano de nuestra 
civilización, se juega conforme a la regla de que «si 
uno de los dos "gana" es el final de los dos»1; es un 
juego que no tiene semejanza con ninguno de los jue-
gos bélicos que le precedieron. Su objetivo «racio-
nal» es la disuasión, no la victoria y la carrera de 
armamentos, ya no una preparación para la guerra, 
sólo puede justificarse sobre la base de que más y 
más disuasión es la mejor garantía de la paz. No hay 
respuesta a la pregunta relativa a la forma en que 
podremos ser capaces de escapar de la evidente de-
mencia de esta posición. 
Como la violencia -a diferencia del poder o la 
fuerza- siempre necesita herramientas (como En-
gels señaló hace ya mucho tiempo)2, la revolución 
tecnológica, una revolución en la fabricación de he-
rramientas, ha sido especialmente notada en la 
actitud bélica. La verdadera sustancia de la acción 
violenta es regida por la categoría medios-fin cuya 
principal característica, aplicada a los asuntos hu-
manos, ha sido siempre la de que el fin está siempre 
en peligro de verse superado por los medios a los 
que justifica y que son necesarios para alcanzarlo. 
Como la finalidad de la acción humana, a diferen-
cia del fin de los bienes fabricados, nunca puede ser 
fiablemente prevista, los medios utilizados para lo-
1. Harvey Wheeler, «The Strategic Calculators», en Unless Pea-
ce Comes, de Nigel Calder, Nueva York, 1968, p. 109, 
2. Herrn Eugen Diihrings Umwalzung der Wissenschaft (1878), 
Parte II, cap. 3. 
UNO 11 
grar objetivos políticos son más a menudo que lo 
contrario, de importancia mayor para el mundo fu-
turo que los objetivos propuestos. 
Además, como los resultados de la acción del 
hombre quedan más allá del control de quien ac-
túa, la violencia alberga dentro de sí un elemento 
adicional de arbitrariedad; en ningún lugar desem-
peña la Fortuna, la buena o la mala suerte, un papel 
tan fatal dentro de los asuntos humanos como en el 
campo de batalla, y esta intrusión de lo profunda-
mente inesperado no desaparece cuando algunos la 
denominan «hecho de azar» y lo encuentro cientí-
ficamente sospechoso; ni puede ser eliminada por 
situaciones, guiones, teorías de juegos y cosas por el 
estilo. No existe certidumbre en estas materias, ni 
siquiera una última certidumbre de destrucción mu-
tua bajo ciertas circunstancias calculadas. El verda-
dero hecho de que los comprometidos en el perfec-
cionamiento de los medios de destrucción hayan 
alcanzado finalmente un nivel de desarrollo técnico 
en donde su objetivo, principalmente la guerra, está 
a punto de desaparecer para siempre por virtud de 
los medios a su disposición3 es como un irónico re-
cuerdo de esa imprevisibilidad absolutamente pe-
3. Como señala el general André Beaufre en «Battlefields of 
the 1980's»: La guerra sólo es ya posible «en aquellas partes del 
mundo no cubiertas por la disuasión nuclear», e incluso esta 
«guerra convencional», a pesar de sus horrores, resulta ya limi -
tada por la amenaza siempre presente de una escalada hasta 
una guerra nuclear (en Calder, op. cit., p. 3). 
12 SOBRE LA VIOLENCIA 
netrante que hallamos en el momento en que nos 
acercamos al dominio de la violencia, la razón prin-
cipal de que la guerra siga con nosotros no es un 
secreto deseo de muerte de la especie humana, ni de 
un irreprimible instinto de agresión ni, final y más 
plausiblemente, los serios peligros económicos y 
sociales inherentes al desarme4 sino el simple hecho 
de que no haya aparecido todavía en la escena polí-
tica un sustituto de este arbitro final. ¿Acaso no te-
nía razón Hobbes cuando dijo: «Acuerdos, sin la es-
pada, son sólo palabras»? 
Ni es probable que aparezca un sustituto mien-
tras que esté identificada la independencia nacio-
nal, es decir, la libertad del dominio exterior, y la 
soberanía del Estado, es decir, la reivindicación de 
un poder irrefrenado e ilimitado en los asuntos ex-
teriores (Estados Unidos figura entre los pocos paí-
4. Report from Iron Mountain, Nueva York, 1967, la sátira so-
bre la forma de pensar de la Rand Corporation y de otros «tan-
ques de pensamiento», con su «tímida mirada hacia más allá de 
la orilla de la paz», está probablemente más próxima a la reali-
dad que la mayoría de los más «serios» estudios. Su principal 
argumento, el de la guerra, es tan esencial al funcionamiento 
de nuestra sociedad que no nos atreveremos a aboliría a menos 
que descubramos formas aún más homicidas de abordar nues-
tros problemas, sorprenderá sólo a quienes hayan olvidado 
hasta qué punto se resolvió la crisis de desempleo de la Gran 
Depresión únicamente con el estallido de la Segunda Guerra 
Mundial o a quienes convenientemente olvidan o rechazan el 
grado del actual desempleo latente bajo las diferentes formas 
de exceso de trabajadores empleados en muchas empresas. 
UNO 13 
ses donde es al menos teóricamente posible una 
adecuada separación de libertad y soberanía hasta 
el grado en que no se vean los cimientos de la Re-
pública americana. Según la Constitución los Tra-
tados con el exterior son parte y parcela de la ley de 
la tierra y -como el juez James Wilson señaló en 
1793-, «El término soberanía le resulta completa-
mente desconocido a la Constitución de los Esta-
dos Unidos». Pero las épocas de semejante claridad 
y de orgullosa separación del marco conceptual 
político de la Nación-Estado europea han pasado 
hace ya largo tiempo; la herencia de la Revolución 
americana ha sido olvidada yel Gobierno america-
no, para bien y para mal, ha penetrado en la heren-
cia de Europa como si fuera su patrimonio, igno-
rante, ay, de que el declive del poder europeo fue 
precedido y acompañado por una bancarrota polí-
tica, la bancarrota de la Nación-Estado y de su con-
cepto de la soberanía). Que la guerra siga siendo la 
ultima ratio, la vieja continuación de la política por 
medio de la violencia en los asuntos exteriores de 
los países subdesarrollados, no es argumento con-
tra la afirmación de que ha quedado anticuada y el 
hecho de que sólo los pequeños países, sin armas 
nucleares ni biológicas, pueden permitírsela, no es 
ningún consuelo. Para nadie es un secreto que el 
famoso hecho de azar tiene más probabilidades de 
surgir en aquellas partes del mundo donde el anti-
guo adagio «No hay alternativa a la victoria» con-
serva un alto grado de plausibilidad. 
14 SOBRE LA VIOLENCIA 
En estas circunstancias, hay, desde luego, pocas 
cosas más aterradoras que el prestigio siempre cre-
ciente de los especialistas científicos en los organis-
mos consultivos del Gobierno durante las últimas 
décadas. Lo malo no es que tengan la suficiente san-
gre fría como para «pensar lo impensable», sino 
que no piensan. En vez de incurrir en semejante ac-
tividad, anticuada e inaprensible para los compu-
tadores, se dedican a estimar las consecuencias de 
ciertas configuraciones hipotéticamente supuestas 
sin, empero, ser capaces de probar sus hipótesis con 
los hechos actuales. La quiebra lógica de estas hipo-
téticas constituciones de los acontecimientos del 
futuro es siempre la misma: lo que en principio 
aparece como una hipótesis, con o sin sus alternati-
vas implicadas, según sea el nivel de complejidad, se 
convierte en el acto, normalmente tras unos pocos 
párrafos, en un «hecho» y entonces da nacimiento 
a toda una sarta de no-hechos semejantes con el re-
sultado de que queda olvidado el carácter pura-
mente especulativo de toda la empresa. Es innece-
sario decir que esto no es ciencia sino seudociencia, 
el desesperado intento de las ciencias sociales y del 
comportamiento, en palabras de Noam Chomsky, 
por imitar las características superficiales de las 
ciencias que realmente tienen un significativo con-
tenido intelectual. Y la más obvia y «más profunda 
objeción a esta clase de teoría estratégica no es su 
limitada utilidad sino su peligro, porque puede 
conducirnos a creer que poseemos una compren-
UNO 15 
sión de los acontecimientos y un control sobre su 
fluir que no tenemos», como Richard N. Goodwin 
señaló recientemente en un artículo que tuvo la 
rara virtud de detectar el «humor inconsciente» ca-
racterístico de muchas de estas pomposas teorías 
seudocientíficas5. 
Los acontecimientos, por definición, son hechos 
que interrumpen el proceso rutinario y los procedi-
mientos rutinarios; sólo en un mundo en el que 
nada de importancia sucediera podrían llegar a ser 
ciertas las previsiones de los futurólogos. Las previ-
siones del futuro no son nada más que proyeccio-
nes de procesos y procedimientos automáticos pre-
sentes que sería probable que sucedieran si los 
hombres no actuaran y si no ocurriera nada inespe-
rado; cada acción, para bien y para mal, y cada ac-
cidente necesariamente destruyen toda la trama en 
cuyo marco se mueve la predicción y donde en-
cuentra su prueba. (La pasajera observación de Prou-
dhon: «La fecundidad de lo inesperado excede con 
mucho a la prudencia del estadista», sigue siendo por 
fortuna verdadera. Supera aún más claramente a los 
cálculos del experto.) Llamar a tales hechos inespera-
dos, imprevistos e imprevisibles, «hechos de azar» o 
«últimas boqueadas del pasado», condenándoles a 
la irrelevancia o al famoso «basurero de la Historia» 
5. Noam Chomsky en American Power and the New Manda-
rins, Nueva York, 1969; crítica de Richard N. Goodwin de Arms 
and Influence, Yale, 1966, de Thomas C. Schelling, en The New 
Yorker, XI de febrero de 1968. 
16 SOBRE LA VIOLENCIA 
es el más viejo truco del oficio; el truco contribuye 
sin duda a aclarar la teoría, pero al precio de alejar-
la más y más de la realidad. El peligro es que estas 
teorías no sólo son plausibles porque obtienen su 
evidencia de las tendencias actualmente discerni-
bles, sino que, por obra de su consistencia interior, 
poseen un efecto hipnótico; adormecen nuestro 
sentido común, que es nada menos que nuestro ór-
gano mental para percibir, comprender y tratar a la 
realidad y a los hechos. 
Nadie consagrado a pensar sobre la Historia y la 
Política puede permanecer ignorante del enorme 
papel que la violencia ha desempeñado siempre en 
los asuntos humanos, y a primera vista resulta más 
que sorprendente que la violencia haya sido singu-
larizada tan escasas veces para su especial conside-
ración6. (En la última edición de la Encyclopedia of 
the Social Sciences «violencia» ni siquiera merece 
una referencia.) Esto demuestra hasta qué punto 
han sido presupuestas y luego olvidadas la violen-
cia y su arbitrariedad; nadie pone en tela de juicio 
ni examina lo que resulta completamente obvio. 
Aquellos que sólo vieron violencia en los asuntos 
humanos, convencidos de que eran «siempre for-
6. Existe desde luego amplia bibliografía sobre la guerra y las 
actividades bélicas, pero se refiere exclusivamente a los instru-
mentos de la violencia, no a la violencia como tal. 
UNO 17 
tuitos, no serios, imprecisos» (Renán) o que Dios 
estaba siempre del lado de los batallones más fuer-
tes, no tuvieron más que decir sobre la violencia o 
la Historia. Cualquiera que busque algún tipo de 
sentido en los relatos del pasado, está casi obligado 
a ver a la violencia como un hecho marginal. Tanto 
si es Clausewitz, denominando a la guerra «la con-
tinuación de la política por otros medios», como si 
es Engels, definiendo a la violencia como el acelera-
dor del desarrollo económico7, siempre se presta 
relieve a la continuidad política o económica, a la 
continuidad de un proceso que permanece deter-
minado por aquello que precedió a la acción vio-
lenta. Por eso los estudios de las relaciones interna-
cionales afirmaban hasta hace poco que «es una 
máxima que una resolución militar en discordia 
con las más profundas fuentes culturales del poder 
nacional, no podría ser estable», o que, en palabras 
de Engels, «dondequiera que la estructura del po-
der de un país contradiga su desarrollo económico, 
es el poder político con sus medios de violencia el 
que sufrirá la derrota»8. 
Hoy todas aquellas antiguas verdades acerca de la 
relación entre la guerra y la política y sobre la vio-
lencia y el poder se han tornado inaplicables. La se-
gunda guerra mundial no fue seguida por la paz 
sino por una guerra fría y por el establecimiento del 
7. Véase Engels, op. cit., Parte II, cap. 4. 
8. Wheeler, op. cit, p. 107; Engels, ibidem. 
18 SOBRE LA VIOLENCIA 
complejo militar-industrial-laboral. Hablar de «la 
prioridad del potencial bélico como principal fuer-
za estructuradora en la sociedad», mantener que 
«los sistemas económicos, las filosofías políticas y 
los corpora juris sirven y extienden el sistema bélico, 
y no al revés», concluir que «la guerra en sí misma 
es el sistema social básico dentro del cual chocan o 
conspiran otros diferentes modos de organización 
social», parece más plausible que las fórmulas deci-
monónicas de Engels o Clausewitz. Aun más con-
cluyente que la simple inversión propuesta por el 
anónimo autor de Report from Iron Mountain, en 
lugar de ser la guerra «una extensión de la diploma-
cia (o de la política o de la prosecución de objetivos 
económicos)», la paz es la continuación de la gue-
rra por otros medios, es el actual desarrollo de las 
técnicas bélicas. En palabras del físico ruso Sajarov, 
«una guerra termonuclear no puede ser considera-
da una continuación de la política por otros me-
dios (conforme a la fórmula de Clausewitz). Sería 
un medio de suicidio universal»9. 
Además sabemos que «unas pocas armas en unos 
pocos momentos podrían barrertodas las demás 
fuentes de poder nacional»10, que han sido concebi-
das armas biológicas que permitirían a «un pequeño 
grupo de individuos [...] alterar el equilibrio estraté-
gico» y que serían lo suficientemente baratas como 
9. Andrei D. Sajarov, Progress, Coexistence and Intellectual 
Freedom, Nueva York, 1968, p. 36. 
10. Wheeler, ibidem. 
UNO 19 
para poder ser fabricadas por «naciones incapaces 
de desarrollar fuerzas nucleares estratégicas»11, que 
«en unos pocos años», los soldados-robots habrán 
dejado «completamente anticuados a los soldados 
humanos»12 y que, finalmente, en la guerra conven-
cional los países pobres son mucho menos vulnera-
bles que las grandes potencias, precisamente porque 
están «subdesarrollados», y porque la superioridad 
técnica puede ser «más riesgo que ventaja» en las 
guerras de guerrillas13. Lo que estas desagradables no-
vedades añaden es una completa inversión en las 
futuras relaciones entre las pequeñas y grandes po-
tencias. La cantidad de violencia a disposición de 
cualquier país determinado puede muy bien no ser 
pronto una indicación fiable de la potencia del país 
o una fiable garantía contra la destrucción a manos 
de un país sustancialmente más pequeño y más dé-
bil. Y esto aporta una ominosa semejanza con uno 
de los más viejos atisbos de la ciencia política, el de 
que el poder no puede ser medido en términos 
de riqueza, que una abundancia de riqueza puede 
erosionar al poder, que las riquezas son particular-
mente peligrosas para el poder y el bienestar de las 
Repúblicas. -Atisbo que no ha perdido su validez 
porque haya sido olvidado, especialmente en esta 
11. Nigel Calder, «The New Weapons», en op. cit., p. 239. 
12. M. W. Thring, «Robots on the March», en Calder, op. cit, 
p. 169. 
13. Vladimir Dedijer, «The Poor Man's Power», en Calder, op. 
cit, p. 29. 
20 SOBRE LA VIOLENCIA 
época en que esa verdad ha adquirido una nueva 
dimensión en su validez por tornarse también apli-
cable al arsenal de la violencia. 
Cuanto más dudoso e incierto se ha tornado en 
las relaciones internacionales el instrumento de la 
violencia, más reputación y atractivo ha cobrado en 
los asuntos internos, especialmente en cuestiones 
de revolución. La fuerte retórica marxista de la 
Nueva Izquierda coincide con el firme crecimiento 
de la convicción enteramente no marxista, procla-
mada por Mao Tsé-tung, según la cual «el poder 
procede del cañón de un arma». En realidad Marx 
conocía el papel de la violencia en la Historia pero 
le parecía secundario; no era la violencia sino las 
contradicciones inherentes a la sociedad antigua lo 
que provocaba el fin de ésta. La emergencia de una 
nueva sociedad era precedida, pero no causada, por 
violentos estallidos, que él comparó a los dolores 
que preceden, pero desde luego no causan, al hecho 
de un nacimiento orgánico. De la misma manera 
consideró al Estado como un instrumento de vio-
lencia en manos de la clase dominante; pero el ver-
dadero poder de la clase dominante no consistía en 
la violencia ni descansaba en ésta. Era definido por 
el papel que la clase dominante desempeñaba en 
la sociedad o, más exactamente, por su papel en el 
proceso de producción. Se ha advertido a menudo, 
y a veces deplorado, que la Izquierda revolucionaria 
bajo las influencias de las enseñanzas de Marx de-
sechara el empleo de los medios violentos; la «die-
UNO 21 
tadura del proletariado», abiertamente represiva en 
los escritos de Marx, se instauraba después de la Re-
volución y era concebida, como la dictadura ro-
mana, para un período estrictamente limitado. El 
asesinato político, excepto en unos pocos casos de 
terror individual perpetrado por pequeños grupos 
de anarquistas, era fundamentalmente la prerroga-
tiva de la Derecha, mientras que las rebeliones or-
ganizadas y armadas seguían siendo especialidad 
de los militares. La Izquierda permaneció conven-
cida de que «todas las conspiraciones no sólo son 
inútiles sino perjudiciales. [Sabían] muy bien que 
las revoluciones no se hacen intencional y arbitra-
riamente sino que son siempre y en todas partes re-
sultado necesario de circunstancias enteramente 
independientes de la voluntad y guía de los parti-
dos específicos y de las clases en conjunto»14. 
Al nivel de esta teoría existen unas pocas excep-
ciones. Georges Sorel, que al comienzo del siglo tra-
tó de combinar el marxismo con la filosofía de 
Bergson -el resultado, aunque en un nivel de com-
plejidad mucho más bajo, es curiosamente similar a 
la actual amalgama sartriana de existencialismo y 
marxismo- consideró la lucha de clases en térmi-
nos militares; sin embargo, acabó proponiendo 
nada más violento que el famoso mito de la huelga 
14. Debo esta observación de Hegel, formulada en un manus-
crito de 1847, a Jacob Barion, Hegel una die marxistiche Staats-
lehre, Bonn, 1963. 
22 SOBRE U VIOLENCIA 
general, forma de acción que consideraríamos per-
teneciente más bien al arsenal de la política de la no 
violencia. Hace cincuenta años incluso esta modes-
ta propuesta le ganó la reputación de ser un fascista 
a pesar de su entusiástica aprobación a Lenin y a la 
Revolución rusa. Sartre, que en su prólogo a Los 
miserables de la Tierra de Fanón va mucho más le-
jos en su glorificación de la violencia de lo que fue 
Sorel en sus famosas Reflexiones sobre la Violencia 
-más incluso que el mismo Fanón cuya argumen-
tación pretende llevar a su conclusión- sigue men-
cionando las «manifestaciones fascistas de Sorel». 
Esto muestra hasta qué grado ignora Sartre su bási-
co desacuerdo con Marx respecto de la violencia, 
especialmente cuando deciara que Ja «vioiencia in-
domable [...] es el hombre recreándose a sí mismo», 
y que a través de la «loca furia» es como «los mise-
rables de la Tierra» pueden «hacerse hombres». Es-
tas nociones resultan especialmente notables por-
que la idea del hombre recreándose a sí mismo se 
halla estrictamente en la tradición del pensamiento 
hegeliano y marxista. Es la verdadera base de todo 
el humanismo izquierdista. Pero, según Flegel, el 
hombre se «produce» a sí mismo a través del pensa-
miento15, mientras que para Marx, que derribó el 
«idealismo» de Hegel, es el trabajo, la forma humá-
is. Resulta muy sugestivo que Hegel hable en este contexto de 
Sichselbstpraduzieren. Véase Vorlesungen über die Qeschichte 
der Philosophic, ed. Hoffmeister, p. 114, Leipzig, 1938. 
UNO 23 
na de metabolismo con la naturaleza, el que cum-
ple esta función. Y aunque pueda afirmarse que to-
das las nociones relativas a la recreación del hombre 
por sí mismo tienen en común una rebelión contra 
la verdadera positividad de la condición humana 
-nada hay más obvio que el hecho de que el hom-
bre, tanto como miembro de la especie que como 
individuo, no debe su existencia a sí mismo- y que 
por eso lo que Sartre, Marx y Hegel tienen en co-
mún es más relevante que las actividades particula-
res a través de las cuales habría surgido este no-he-
cho, no puede negarse que un foso separa las 
actividades esencialmente pacíficas del pensamien-
to y del trabajo, de los hechos de la violencia. «Ma-
tar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro 
[...] quedan un hombre muerto y un hombre libre» 
afirma Sartre en su prólogo. Ésta es una sentencia 
que Marx jamás podría haber escrito16. 
He citado a Sartre para mostrar cómo este nue-
vo cambio hacia la violencia en el pensamiento de 
los revolucionarios puede permanecer inadverti-
do incluso para uno de sus más representativos y 
prominentes portavoces17, y ello resulta aún más 
notable por no ser una noción abstracta en la his-
toria de las ideas. (Si se derriba la concepción «idea-
lista» del pensamiento se puede llegar a la concep-
ción «materialista» del trabajo; jamás se llegará a la 
16. Véase apéndice I, pág. 119. 
17. Véase apéndice II, pág. 120. 
24 SOBRE LA VIOLENCIA 
noción de violencia.) Sin duda alguna todo esto 
posee una lógica propia pero es una lógica que 
procede de la experiencia y esta experiencia resul-
ta profundamentedesconocida para cualquier ge-
neración anterior. 
El pathos y el élan de la Nueva Izquierda, su cre-
dibilidad, por decirlo así, se hallan íntimamente co-
nectadas al fantástico y suicida desarrollo de las ar-
mas modernas; ésta es la primera generación que 
ha crecido bajo la sombra de la bomba atómica. 
Han heredado de la generación de sus padres la ex-
periencia de una intrusión masiva de la violencia 
criminal en la política: supieron en la segunda en-
señanza y en la Universidad de la existencia de los 
campos de concentración y de exterminio, del ge-
nocidio y de la tortura18, de las grandes matanzas de 
paisanos en guerra, sin las cuales ya no son posibles 
las operaciones militares aunque queden restringi-
das a armas «convencionales». Su primera reacción 
fue la de una repulsión contra toda forma de vio-
lencia, un casi lógico desposorio con la política de 
la no violencia. El enorme éxito de este movimien-
to, especialmente en el campo de los derechos civi-
les, fue seguido por el movimiento de resistencia 
contra la guerra del Vietnam, que ha continuado 
siendo un factor importante en la determinación 
18. Noam Chomsky advierte ciertamente entre los motivos 
para una rebelión abierta «la negativa a ocupar el lugar propio 
junto al "buen alemán" al que todos hemos aprendido a des-
preciar». Op. cit, p. 368. 
UNO 25 
del clima de opinión en este país. Pero no es un se-
creto que las cosas han cambiado desde entonces, 
que los adheridos a la no violencia se encuentran a 
la defensiva y que sería fútil afirmar que solamente 
los «extremistas» se aferran a la glorificación de la 
violencia y han descubierto, como los campesinos 
argelinos de Fanón, que «sólo la violencia renta»19. 
Los nuevos militantes han sido denunciados como 
anarquistas, nihilistas, fascistas, rojos, nazis y, con 
una justificación más considerable, como «ludditas 
destrozadores de máquinas»20 *. Los estudiantes 
han replicado con eslóganes igualmente desprovis-
tos de significado referentes al «Estado policial» o al 
«latente fascismo del postrer capitalismo», y, con una 
19. Frantz Fanón, The Wretched of the Earth (1961), (¡rove 
Press edition, 1968, p. 61. Estoy utilizando esl a obra en razón 
de su gran influencia sobre la actual generación estudiantil. El 
mismo Fanón, sin embargo, se muestra respecto de la violencia 
mucho más dubitativo que sus admiradores, l'arece como si 
sólo el primer capítulo del libro, «Concerning Violence» hu-
biese sido ampliamente leído. Fanón sabe que la «brutalidad 
pura y total [que], si no es inmediatamente combatida, condu-
ce invariablemente a la derrota del movimiento al cabo de unas 
pocas semanas» (p. 147). 
Por lo que se refiere a la reciente escalada de la violencia en 
el movimiento estudiantil, véase la instructiva serie «Gewalt» 
en el semanario alemán Der Spiegel (10 de febrero de 1969 y 
números siguientes) y la serie «Mit dem Lateim am Ende» (nú-
meros 26 y 27,1969). 
20. Véase apéndice III , pág. 122. 
* De Ned Ludd de Leicestershire, Inglaterra, quien, a comien-
zos del siglo xix, encabezó una revuelta para destrozar las pri-
meras máquinas de la Revolución industrial. (N. del T.) 
2() SOBRE LA VIOLENCIA 
justificación más considerable, a la «sociedad de 
consumo»21. Su conducta ha sido atribuida a todo 
tipo de factores sociales y psicológicos. En América, 
a la excesiva tolerancia en su educación y en Alema-
nia y Japón, a la excesiva autoridad sobre ellos, en 
Europa oriental a la falta de libertad y en Occidente 
a la excesiva libertad, en Francia a la desastrosa falta 
de empleos para los estudiantes de sociología y en 
Estados Unidos a la superabundancia de salidas 
para todas las carreras -todo lo cual parece sufi-
cientemente plausible a escala local pero se contra-
dice claramente con el hecho de que la rebelión es-
tudiantil es un fenómeno global-. Parece descartado 
un común denominador social del movimiento, 
pero lo cierto es que esta generación parece en to-
das partes caracterizada por su puro coraje, por una 
sorprendente voluntad de acción y por una no me-
21. El último de estos epítetos tendría sentido si pretendiera 
ser descriptivo. Tras él sin embargo se esconde la ilusión en la 
sociedad marxista de productores libres, en la liberación de las 
fuerzas productivas de la sociedad que ha sido lograda en rea-
lidad no por la revolución sino por la ciencia y la tecnología. 
Esta liberación, además, no se ve acelerada sino seriamente re-
trasada en todos los países que han pasado por una revolución. 
En otras palabras, tras su denuncia del consumo, se alza la 
idealización de la producción, y con ella la antigua adoración 
de la productividad y de la creatividad. «El júbilo de la destruc-
ción es un júbilo creador» -sí, desde luego, si uno cree que el 
«júbilo del trabajo» es productivo; la destrucción es el único 
«trabajo» que resta que puede realizarse con sencillas herra-
mientas sin la ayuda de máquinas, aunque las máquinas, evi-
dentemente, realicen esta tarea con mucha más eficacia-. 
UNO 27 
nos sorprendente confianza en la posibilidad de 
cambios22. Mas estas cualidades no son causas y si 
uno pregunta qué es lo que ha producido esta evo-
lución completamente inesperada en las universi-
dades de todo el mundo parece absurdo ignorar el 
factor más obvio y quizá más potente, para el cual 
no existe precedente y analogía -el simple hecho de 
que el «progreso» tecnológico está conduciendo en 
muchos casos directamente al desastre23; que las 
ciencias enseñadas y aprendidas por esta genera-
ción no parecen capaces de deshacer las desastrosas 
consecuencias de su propia tecnología sino que han 
alcanzado una fase en su desarrollo en la que «no hay 
una maldita cosa que hacer que no pueda ser dedi-
22. Este apetito por la acción resulta especialmente observable 
en empresas pequeñas y relativamente pacíficas. Los estudian-
tes se alzaron con éxito contra las autoridades del campus que 
en la cafetería y en otros menesteres pagaban a los empleados 
sueldos inferiores al mínimo legal. Entre tales empresas, aun-
que provocara la hasta ahora peor reacción de las autoridades, 
debería figurar la decisión de los estudiantes de Berkeley de 
unirse a la lucha para convertir unos solares vacíos, propiedad 
de la Universidad, en un «Parque del Pueblo». A juzgar por el 
incidente de Berkeley parece que precisamente tales acciones 
«no políticas» son las que unifican al cuerpo estudiantil tras 
una vanguardia radical. «Un referéndum estudiantil, que re-
gistró la mayor afluencia de votos en la Historia de las votacio-
nes de estudiantes, arrojó el resultado de un 85 por 100 de casi 
15.000 estudiantes, favorable al empleo de los solares» como 
parque popular. Véase el excelente informe de Sheldon Wolin y 
John Schaar, «Berkeley: The Battle of People's Park», New York 
Review of Books, 19 de junio de 1969. 
23. Véase apéndice IV, pág. 124. 
28 SOBRE LA VIOLENCIA 
cada a la guerra»24-. (En realidad nada resulta más 
importante para la integridad de las universidades 
-que, según ha afirmado el senador Fulbright, han 
traicionado la confianza pública al tornarse depen-
dientes de los proyectos de investigaciones patroci-
nados por el Gobierno25- como un divorcio riguro-
samente ejercido respecto de la investigación 
orientada hacia la guerra y de todas las empresas 
conexas; pero sería ingenuo esperar que este paso 
modificara la naturaleza de la ciencia moderna o 
estorbara el esfuerzo bélico e ingenuo; también se-
ría negar que la limitación resultante puede muy 
bien conducir a una reducción del nivel universita-
rio26. A lo único que este divorcio no conduciría 
probablemente sería a una retirada general de los 
fondos federales; porque, como señaló reciente-
mente Jerome Lettwin, del Instituto Tecnológico de 
Massachusetts, «El Gobierno no puede permitirse 
no ayudarnos»27 -de la misma manera que las uni-
versidades no pueden permitirse el no aceptar fon-
dos federales; pero esto no significa tampoco que 
«deban aprender a esterilizarsu apoyo financiero» 
(Henry Steele Commager), una difícil pero no im-
24. Jerome Lettvin, del M.I.T., en The New York Times Magazi-
ne, 18 de mayo de 1969. 
25. Véase apéndice V, pág. 125. 
26. Ejemplo oportuno y muy significativo es la firme desvia-
ción de la investigación básica de las universidades a los labo-
ratorios industriales. 
27. Loe. cit. 
UNO 29 
posible tarea a la vista del enorme aumento de poder 
de las universidades en las sociedades modernas-. 
En suma, la proliferación aparentemente irresisti-
ble de técnicas y de máquinas, en vez de amenazar 
solamente con el desempleo a ciertas clases, amena-
za la existencia de naciones enteras y, concebible-
mente, de toda la Humanidad.) 
Es sólo natural que la nueva generación sea más 
consciente que los de «más de treinta años» de la 
posibilidad de la catástrofe. No porque sean más jó-
venes sino porque ésta ha sido su primera expe-
riencia decisiva en el mundo. (Lo que para nosotros 
son «problemas» se trata de cuestiones «construi-
das en la carne y en la sangre de los jóvenes»28). Si 
uno formula a un miembro de esa generación dos 
sencillas preguntas: «¿Cómo quieres que sea el mun-
do dentro de cincuenta años?», y «¿cómo quieres 
que sea tu vida dentro de cinco años?», las respues-
tas vienen a menudo precedidas de un «con tal de 
que todavía haya mundo» y de un «con tal de que 
yo siga vivo». En palabras de George Wald, «Con lo 
que nos enfrentamos es con una generación que no 
está por ningún medio segura de poseer un futu-
ro»29. Porque el futuro, como Spender lo expresó, es 
«como una enterrada bomba de relojería, que hace 
tic-tac en el presente». A la pregunta a menudo oída 
28. Stephen Spender, The Year of the Young Rebels, Nueva York, 
1969, p. 179. 
29. George Wald, en The New Yorker del 22 de marzo de 1969. 
W SOBRE LA VIOLENCIA 
¿Quiénes son los de la nueva generación?, se siente 
la tentación de responder, los que oyen el tic-tac. Y 
a la otra pregunta ¿Quiénes son los que les niegan 
profundamente?, la respuesta puede ser los que no 
saben, los que no conocen los hechos o se niegan a 
enfrentarse con ellos tal como son. 
La rebelión estudiantil es un fenómeno global 
pero sus manifestaciones, desde luego, varían con-
siderablemente de país a país, a menudo de univer-
sidad a universidad. Esto es especialmente cierto 
por lo que se refiere a la práctica de la violencia. La 
violencia ha seguido siendo fundamentalmente una 
cuestión de teoría y retórica donde el choque entre 
generaciones no ha coincidido con un choque en-
tre tangibles intereses de grupo. Así sucedió espe-
cialmente en Alemania donde los claustros de pro-
fesores se beneficiaban del abarrotamiento de clases 
y seminarios. En América, el movimiento estudian-
til resultó seriamente radicalizado allí donde la po-
licía y la brutalidad de la policía intervinieron en 
manifestaciones esencialmente no violentas: ocu-
pación de edificios de la administración, senta-
das, etc. La violencia seria entró sólo en escena con 
la aparición del Black Power en el campus. Los es-
tudiantes negros, la mayoría de los cuales habían 
sido admitidos sin la necesaria aptitud académica, 
se consideraron y se organizaron como un grupo 
de intereses, representantes de la comunidad negra. 
Su interés consistía en reducir los niveles académi-
cos. Se mostraron más prudentes que los rebeldes 
UNO 31 
blancos pero desde un principio resultó claro, aun 
antes de los incidentes de la Universidad Cornell y 
del City College de Nueva York, que, con ellos, la 
violencia no era cuestión de teoría y retórica. Ade-
más, mientras la rebelión estudiantil en los países 
occidentales no puede encontrar en parte alguna 
apoyo popular fuera de las universidades y, como 
norma, halla una violenta hostilidad en el momen-
to en que recurre a medios violentos, una gran mi-
noría de la comunidad negra apoya la violencia 
verbal o real de los estudiantes negros30. La violen-
cia negra puede comprenderse en analogía con la 
violencia laboral en la América de hace una genera-
ción. Y, aunque por lo que yo sé, sólo Staughton 
Lynd ha trazado explícitamente la analogía entre 
los disturbios laborales y la rebelión estudiantil31, 
parece que el establishment académico, en su cu-
riosa tendencia a condescender con más facilidad 
ante las demandas de los negros, aun si son estúpi-
das y perjudiciales32, que ante las desinteresadas y 
habitualmente elevadas reivindicaciones morales 
de los rebeldes blancos, piensa también en esos tér-
minos y se encuentra más a gusto cuando se en-
frenta con intereses más violencia que cuando es 
una cuestión de «democracia participativa» no vio-
lenta. La condescendencia de las autoridades uni-
30. Véase apéndice VI, pág. 127. 
31. Véase apéndice VII , pág. 128. 
32. Véase apéndice VIII , pág. 129. 
32 SOBRE LA VIOLENCIA 
versitarias a las demandas negras ha sido explicada 
a menudo por los «sentimientos de culpabilidad» 
de la comunidad blanca; creo que es más probable 
que las universidades, así como los administradores 
y los consejos de síndicos, sean a medias conscien-
tes de la obvia verdad de una conclusión del docu-
mento oficial Report on Violence in America: «La 
fuerza y la violencia son probablemente técnicas 
eficaces de control social y de persuasión cuando 
disfrutan de un completo apoyo popular»33. 
La nueva e innegable glorificación de la violencia 
por el movimiento estudiantil tiene una curiosa pe-
culiaridad: mientras la retórica de los nuevos mili -
tantes se halla claramente inspirada por Fanón, sus 
argumentos teóricos contienen habitualmente nada 
más que un batiburrillo de residuos marxistas. Y 
esto resulta además completamente desconcertante 
para cualquiera que haya leído a Marx o a Engels. 
¿Quién podría denominar marxista a una ideología 
que ha puesto su fe en los «gandules sin clase», que 
cree que «en el lumpenproletariado hallará la rebe-
lión su vanguardia» y que confía en que los «gáns-
ters iluminarán el camino al pueblo»?34. Sartre, con 
su gran fortuna para las palabras, ha proporciona-
do expresión a la nueva fe. «La violencia», cree aho-
ra basándose en el libro de Fanón, «como la lanza 
33. Véase el informe de la Comisión Nacional sobre las Causas 
y la Prevención de la Violencia, junio de 1969, tal como se le 
cita en The New York Times, del 6 de junio de 1969. 
34. Fanón, op. cit, pp. 130,129 y 69, respectivamente. 
UNO 33 
de Aquiles, puede curar las heridas que ha infligi -
do». Si esto fuera cierto, la venganza sería una pa-
nacea para la mayoría de nuestros males. Este mito 
es más abstracto, está más apartado de la realidad 
que el mito de Sorel relativo a la huelga general. 
Está a la par con los peores excesos retóricos de Fa-
nón, tales como el de que «es preferible el hambre 
con dignidad al pan comido en la esclavitud». No 
son necesarias historia o teoría algunas para refutar 
esta declaración; el más superficial observador de 
los procesos que experimenta el cuerpo humano 
sabe que no es cierto. Pero si hubiese dicho que el 
pan comido con dignidad era preferible al pastel 
comido en la esclavitud la nota retórica se habría 
perdido. 
Leyendo estas irresponsables y grandiosas decla-
raciones -y las que yo he citado son muy represen-
tativas, exceptuando que Fanón consigue perma-
necer más cerca de la realidad que la mayoría de 
ellos- y observándolas en la perspectiva de lo que 
sabemos sobre la Historia de las rebeliones y las re-
voluciones se siente la tentación de negar su signifi-
cado, de adscribirlas a una moda pasajera o a la ig-
norancia y nobleza del sentimiento de quienes se 
ven expuestos a acontecimientos y evoluciones sin 
precedentes, sin medios para abordarlos mental-
mente y que reviven curiosamente pensamientos y 
emociones de los que Marx había esperado liberar 
a la revolución de una vez por todas. ¿Quién ha lle-
gado siquiera a dudar del sueño de la violencia, de 
I-/ SOBRE LA VIOLENCIA 
que los oprimidos «sueñan al menos una vez» en 
colocarse en el lugar de los opresores,que el pobre 
sueña con las propiedades del rico, que los perse-
guidos sueñan con intercambiar «el papel de la presa 
por el del cazador» y el final del reinado donde «los 
últimos serán los primeros, y los primeros los últi-
mos»?35. La realidad como la ve Marx, es que los 
sueños jamás llegan a ser ciertos36. La rareza de las 
rebeliones de esclavos y de las revueltas de los des-
heredados y oprimidos resulta notoria; en las pocas 
ocasiones en que se produjeron fue precisamente 
una «loca furia» la que convirtió todos los sueños 
en pesadillas. En ningún caso, por lo que yo sé, ha 
sido la fuerza de estos estallidos «volcánicos», en 
palabra de Sartre, «igual a la presión ejercida so-
bre ellos». Identificar a los movimientos de libera-
ción nacional con tales estallidos es profetizar su 
ruina, completamente al margen del hecho de que 
esa improbable victoria no determinaría un cam-
bio en el mundo (o en el sistema) sino sólo en las 
personas. Pensar, finalmente, que existe algo se-
mejante a una «Unidad del Tercer Mundo», al que 
podría dirigirse el nuevo eslogan de la era de la 
descolonización «Nativos de todos los países sub-
desarrollados, unios» (Sartre) es repetir las peores 
ilusiones de Marx a una escala aun más grande y 
con una menos considerable justificación. El Ter-
35. Fanón, op. cit, pp. 37 y ss. y 53. 
36. Véase apéndice IX, pág. 130. 
UNO 35 
cer Mundo no es una realidad sino una ideolo-
gía37. 
Sigue cabiendo preguntarse por qué tantos de los 
nuevos predicadores de la violencia no son cons-
cientes de su decisivo desacuerdo con las enseñan-
zas de Karl Marx o, por decirlo de otra manera, por 
qué se aferran con tal testarudez a conceptos y doc-
trinas que no solamente se han visto refutados por 
la evolución de los hechos sino que son claramente 
incompatibles con su propia política. El único eslo-
gan positivo que el nuevo movimiento ha subraya-
do, la reivindicación de la «democracia participati-
va» que ha tenido eco en todo el mundo y que 
constituye el más significativo denominador co-
mún de las rebeliones en el este y en el oeste, proce-
de de lo mejor de la tradición revolucionaria -el sis-
37. Los estudiantes, entre las dos superpotencias e igualmente 
desilusionados del Este y del Oeste, «inevitablemente anhelan 
una tercera ideología, desde la de la China de Mao a la de la 
Cuba de Castro» (Spender, op. cit, p. 92). Sus apelaciones a 
Mao, Castro, Che Guevara y Ho Chi Minh son como conjuros 
seudorreligiosos y salvadores de otro mundo; también apela-
rían a Tito si Yugoslavia estuviera más lejana y si su ideología 
resultara menos próxima. Es diferente el caso del movimiento 
del Black Power; su compromiso ideológico con una inexistente 
«unidad del Tercer Mundo» no es puro desatino romántico. 
Ellos tienen un interés obvio en la dicotomía negro-blanco; esto 
también es, desde luego, simple escapismo, una escapada a un 
mundo soñado en el que los negros constituirían una abruma-
dora mayoría de la población del mundo. 
36 SOBRE LA VIOLENCIA 
tema de consejos, el siempre derrotado pero único 
fruto auténtico de cada revolución del siglo xvni-. 
Mas no puede hallarse ninguna referencia a este ob-
jetivo ni en las palabras ni en la sustancia de las ense-
ñanzas de Marx y de Lenin; ambos apuntaban por el 
contrario a una sociedad en la que la necesidad de 
una acción pública y de la participación en los asun-
tos públicos se «esfumarían»38 junto con el Estado. 
Por obra de una curiosa timidez en cuestiones teóri-
cas, en curioso contraste con su valor en la práctica, 
el eslogan de la Nueva Izquierda, ha permanecido en 
una fase declamatoria y ha sido invocado más que 
inarticuladamente contra la democracia represen-
tativa occidental (que se halla a punto de perder in-
cluso su función simplemente representativa por 
obra de las maquinarias de los grandes partidos, que 
«representan» no a los afiliados sino a sus funciona-
rios) y contra las burocracias monopartidistas orien-
tales que descartan la participación como principio. 
38. Parece como si pudiera acusarse a Marx y a Lenin de una 
contradición semejante. ¿Acaso no glorificó Marx a la Comuna 
de París de 1871 y acaso no deseaba Lenin dar «todo el poder a 
los soviets»? Pero para Marx la Comuna era sólo un órgano 
transitorio de la acción revolucionaria, «una palanca para des-
arraigar las bases económicas de [...] la clase dominante», que 
Engels certeramente identificó con la también transitoria «dic-
tadura del Proletariado». (Véase «The Civil War in France», en 
Selected Works, Londres, 1950, de Karl Marx y E Engels, vol. I, 
pp. 474 y 440, respectivamente.) El caso de Lenin es más com-
plicado. Pero fue Lenin quien castró a los soviets y dio todo el 
poder al Partido. 
UNO 37 
Aun más sorprendente en esta curiosa lealtad al 
pasado es la aparente ignorancia de la Nueva Iz-
quierda del grado en que el carácter moral de la re-
belión -ahora un hecho completamente reconoci-
do39- choca con su retórica marxista. Nada, desde 
luego, en el movimiento es más sorprendente que 
su desinterés; Peter Steinfels, en un notable artículo 
sobre la «Revolución francesa de 1968» publicado 
en Commonweal (26 de julio de 1968) tenía toda la 
razón cuando escribió: «Péguy podría haber sido pa-
trono apropiado de la revolución cultural, con su des-
precio por el mandarinato de la Sorbona [y] su fór-
mula, "La revolución social será moral o no será".» 
En realidad, todo movimiento revolucionario ha 
sido dirigido por revolucionarios que se veían im-
39. «Su idea revolucionaria», como declara Spender (op. cit, 
p. 114), «es la pasión moral». Noam Chomsky (op. cit, p. 368) 
cita realidades: «El hecho es que la mayoría del millar de tarje-
tas de alistamiento y de otros documentos devueltos al Depar-
tamento de Justicia el 20 de octubre (de 1967) procedían de 
hombres que podían escapar al servicio militar pero que insis-
tían en compartir la suerte de quienes eran menos privilegia-
dos.» Lo mismo puede decirse de las manifestaciones de los 
resistentes al alistamiento y de las sentadas en universidades y 
otros centros de enseñanza superior. La situación en otros paí-
ses es similar. Der Spiegel describe, por ejemplo, las frustrantes 
y a menudo humillantes condiciones de los ayudantes de in-
vestigación en Alemania: «Angesichts dieser Verháltnisse ni-
mmt es geradezu wunder, dass die Assistenten nicht in der 
vordersten Front der Radikalen stehen» (23 de junio de 1969, 
p. 58). Siempre es la misma historia: los grupos de intereses no 
se unen a los rebeldes. 
38 SOBRE LA VIOLENCIA 
pulsados por la compasión o por una pasión por la 
justicia, y esto, desde luego, es también cierto por 
lo que se refiere a Marx o a Lenin. Pero Marx, como 
sabemos, había marcado efectivamente como «ta-
bus» tales emociones -si hoy el establishment des-
pacha los argumentos morales como «sentimen-
talismo», está mucho más cerca de la ideología 
marxista que los rebeldes- y resolvió el problema 
de los dirigentes «desinteresados» con la noción de 
la vanguardia de la Humanidad, que encarna los 
intereses últimos de la Historia humana40. 
Pero, primeramente habían de defender los inte-
reses realistas y nada teóricos de la clase trabajadora 
e identificarse con ellos; solamente esto les propor-
cionaba una firme base fuera de su grupo. Y esto es, 
precisamente, lo que les ha faltado desde el comien-
zo a los rebeldes modernos y lo que han sido inca-
paces de hallar fuera de las universidades a pesar de 
su desesperada búsqueda. Es característica la hosti-
lidad de los trabajadores de todo el mundo a este 
movimiento41 y en los Estados Unidos el completo 
colapso de cualquier cooperación con el movimien-
40. Véase apéndice X, pág. 131. 
41. Checoslovaquia parece ser una excepción. Sin embargo, el 
movimiento de reforma por el que lucharon en primera fila los 
estudiantes fue apoyado por toda la nación, sin ninguna dis-
tinción de clases. Hablando en términos marxistas, los estu-
diantes checoslovacos, y probablemente los detodos los países 
del Este, tienen un apoyo excesivo, mejor que escaso, de la co-
munidad, para encajar en el esquema de Marx. 
UNO 39 
to del Black Power, cuyos estudiantes se hallan más 
firmemente enraizados en su propia comunidad y 
por eso disfrutan de una mejor posición para ne-
gociar en las universidades, ha constituido la más 
amarga decepción para los rebeldes blancos. (Cues-
tión muy distinta es la de que les resulte convenien-
te a los miembros del Black Power negarse a desem-
peñar el papel del proletariado respecto de líderes 
«desinteresados» de diferente color.) No es, por eso, 
sorprendente que en Alemania, antigua cuna del 
movimiento juvenil, un grupo de estudiantes pro-
ponga ahora enrolar en sus filas a «todos los grupos 
juveniles organizados»42. Resulta obvio lo absurdo 
de esta propuesta. 
No estoy segura de que llegue eventualmeute a 
hacerse evidente la explicación de estas contradic-
ciones; pero sospecho que la razón profunda de 
esta lealtad a una doctrina típicamente decimonó-
nica tiene algo que ver con el concepto de Progreso, 
con una repugnancia a apartarse de una noción que 
solía unir al Liberalismo, el Socialismo y el Comu-
nismo en la «Izquierda», pero que en parte alguna 
alcanzó el nivel de plausibilidad y complejidad que 
hallamos en los escritos de Karl Marx. (Las contra-
dicciones han sido siempre el talón de Aquiles del 
pensamiento liberal; combinaba una firme lealtad 
al Progreso con una no menos estricta negativa a 
•12 . Véase la entrevista con Christoph Ehmann en Der Spiegel, 10 
de febrero de 1969. 
40 SOBRE LA VIOLENCIA 
glorificar la Historia en términos marxistas y hege-
lianos, que eran los únicos que podían justificar y 
garantizar ese Progreso.) 
La noción de que existiera algo semejante a un 
progreso de la Humanidad en su totalidad era des-
conocida antes del siglo xvn, evolucionó hasta trans-
formarse en opinión corriente entre los hommes de 
íettres del siglo xvin y se convirtió en un dogma casi 
umversalmente aceptado durante el siglo xix. Pero la 
diferencia entre las primitivas nociones y la de su úl-
tima fase es decisiva. El siglo XVII , en este aspecto es-
pecialmente representado por Pascal y Fontenelle, 
pensaba en el progreso como en una acumulación 
de conocimientos a través de los siglos, mientras que 
para el siglo xvm la palabra implicaba una «educa-
ción de la Humanidad» (Erziehung des Menschenges-
chlechts de Lessing) cuyo final coincidiría con la lle-
gada del hombre a la mayoría de edad. El Progreso 
no era ilimitado y la sociedad sin clases marxista 
considerada como el reino de la libertad que podría 
ser el final de la Historia -interpretada a menudo 
como una secularización de la escatología cristiana o 
del mesianismo judío- lleva todavía la marca distin-
tiva de la Época de la Ilustración. Al comienzo del 
siglo xix, sin embargo, tales limitaciones desapare-
cieron. Entonces, en palabra de Proudhon, el movi-
miento es le fait primitif y «sólo las leyes del mo-
vimiento son eternas». Este movimiento no tiene ni 
principio ni fin: Le mouvement est; voilá tout! Por lo 
que se refiere al hombre, todo lo que podemos decir 
UNO 41 
es que «hemos nacido perfectibles pero nunca sere-
mos perfectos»43. La idea de Marx, tomada de Hegel, 
según la cual cada sociedad antigua alberga en su 
seno las semillas de sus sucesores de la misma mane-
ra que cada organismo vivo lleva en sí las semillas de 
su futura prole es, desde luego, no sólo la más inge-
niosa sino también la única garantía conceptual po-
sible para la sempiterna continuidad del progreso en 
la Historia; y como se supone que el movimiento del 
progreso surge de los choques entre fuerzas antagó-
nicas, es posible interpretar cada «regreso» como un 
retroceso necesario pero temporal. 
En realidad una garantía que en su análisis final 
descansa en poco más que una metáfora no es la más 
sólida base para construir sobre ella una doctrina, 
pero, desgraciadamente, éste es un fallo que el mar-
xismo comparte con muchas otras grandes doctri-
nas filosóficas. Su gran ventaja se pone de relieve 
cuando se le compara con otros conceptos de la His-
toria -tales como el de las «eternas repeticiones», el 
de la aparición y caída de los imperios, el de la se-
cuencia fortuita de acontecimientos no relacionados 
entre sí- todos los cuales pueden ser igualmente do-
cumentados y justificados pero ninguno de los cua-
les garantizará un continuum de tiempo lineal y un 
43. P. J. Proudhon, Philosophie du Progrés (1853), pp. 27-30 
y 49, y De la Justice (1858), 1930, I, p. 238, respectivamente. 
Véase también «Progressive Humanity: in the Philosophy of 
I'. J. Proudhon», de William H. Harbold, Review of Politics, ene-
ro de 1969. 
42 SOBRE I A VIOLENCIA 
continuo progreso en la Historia. Y el único compe-
tidor en este terreno, la antigua noción de una pri-
mitiva Edad de Oro, de la que se deriva todo lo 
demás, implica la desagradable certidumbre de un 
continuo declive. Desde luego existen unos pocos 
melancólicos efectos marginales en la tranquilizado-
ra idea de que sólo necesitamos marchar hacia el fu-
turo, de que no podemos dejar de contribuir de cual-
quier modo al hallazgo de un mundo mejor. En 
primer lugar existe el simple hecho de que el futuro 
general de la Humanidad nada tenga que ofrecer a la 
vida individual, cuyo único futuro cierto es la muer-
te. Y si se prescinde de esto y se piensa solamente en 
generalidades, existe el argumento obvio contra el 
progreso según el cual, en palabras de Herzen, «El 
desarrollo humano es una forma de deslealtad cro-
nológica, dado que los últimos en llegar son capaces 
de beneficiarse del trabajo de sus predecesores sin 
pagar el mismo precio»44 o, en palabras de Kant, que 
«Será siempre asombroso [...] que las generaciones 
primitivas parezcan sufrir el peso de una tarea, sólo 
en beneficio de las generaciones posteriores [...] y de 
que solamente las últimas tendrán la buena fortuna 
de habitar en el edificio [terminado]»45. 
44. La cita de Alexander Herzen está tomada de la «Introduc-
tion» de Isaiah Berlin a Roots of Revolutions de Franco Venturi, 
Nueva York, 1966. 
45. «Idea para una Historia Universal con designio cosmopo-
lita», Tercer Principio, en The Philosophy of Kant, Modern Li-
brary edition. 
UNO 43 
Sin embargo, estas desventajas que sólo rara vez 
son advertidas, resultan sobrepujadas por una enor-
me ventaja: la de que el progreso no sólo explica el 
pasado sin romper el continuum temporal sino que 
puede servir como guía de actuación en el futuro. 
Esto fue lo que descubrió Marx cuando invirtió el 
pensamiento de Hegel; cambió la dirección de la 
mirada del historiador; en vez de observar al pasa-
do, él podía mirar ahora confiadamente hacia el fu-
turo. El Progreso proporciona una respuesta a la in-
quietante pregunta ¿Y qué haremos ahora? En su 
más bajo nivel, la respuesta señala: Vamos a trocar 
lo que tenemos en algo mejor, más grande, etc. (La 
fe, a primera vista irracional, de los liberales en el 
desarrollo, tan característica de todas nuestras ac-
tuales teorías políticas y económicas, depende de 
esta noción.) En un nivel más complejo de la Iz-
quierda la respuesta nos indica que desarrollemos 
las contradicciones presentes en su síntesis inhe-
rente. En cualquier caso, tenemos la seguridad de 
que no puede suceder nada nuevo, y totalmente in-
esperado, nada que no sean los resultados «necesa-
rios» de lo que ya conocemos46. Cuan tranquiliza-
dor es, en palabras de Hegel, que «nada surgirá sino 
lo que esté ya allí»47. 
46. Para un excelente debate sobre las evidentes falacias de esta 
posición, véase «The Year 2000 and All That» de Robert A. Nis-
bet, en Commentary, junio de 1968, y las malhumoradas notas 
críticas en el número de septiembre. 
'17. Hegel, op. cit., p. 100 y ss. 
44 SOBRE LA VIOLENCIA 
No necesito añadir que todas nuestras experien-
cias en este siglo, que nos ha enfrentado siempre 
con lo totalmente inesperado, se hallan en flagrante 
contradicción con estasnociones y doctrinas, cuya 
popularidad parece debida al hecho de que ofrecen 
un refugio confortable, especulativo o seudocientí-
fico, fuera de la realidad. Una rebelión estudiantil 
casi exclusivamente inspirada por consideraciones 
morales constituye, desde luego, uno de los aconte-
cimientos totalmente imprevistos de este siglo. Esta 
generación, formada casi exclusivamente como las 
que le precedieron en los diferentes tipos de teorías 
políticas y sociales que la impulsaban a reclamar su 
«parte del pastel», nos ha enseñado una lección so-
bre la manipulación o, mejor dicho, sobre sus lími-
tes, que haríamos bien en no olvidar. Los hombres 
pueden ser «manipulados» a través de la coacción 
física, de la tortura o del hambre, y es posible for-
mar arbitrariamente sus opiniones mediante una 
deliberada y organizada aportación de noticias fal-
sas, pero no lo es en una sociedad libre mediante 
«persuasores ocultos», la televisión, la publicidad y 
cualesquiera otros medios psicológicos. La refuta-
ción de una teoría por la realidad ha sido siempre, 
en el mejor de los casos, una tarea larga y precaria. 
Los adictos a la manipulación, los que la temen in-
debidamente como quienes en ella ponen sus espe-
ranzas difícilmente advierten cuándo vuelven los 
pollos al gallinero. (Uno de los mejores ejemplos 
del estallido de una teoría conducida al absurdo 
UNO 45 
tuvo lugar durante los recientes disturbios del «Par-
que del Pueblo» en Berkeley. Cuando la policía y la 
Guardia Nacional atacaron a la bayoneta y con ga-
ses lanzados desde helicópteros a los desarmados 
estudiantes -pocos de los cuales «habían lanzado 
algo más peligroso que epítetos»-, algunos solda-
dos de la Guardia Nacional fraternizaron abierta-
mente con sus «enemigos» y uno de ellos arrojó sus 
armas afirmando: «No puedo resistirlo más.» ¿Qué 
es lo que sucedió? En la época ilustrada en que vivi-
mos, esta conducta sólo podía ser justificada por la 
locura: «fue sometido a un examen psiquiátrico [y] 
se diagnosticó que padecía a consecuencia de "agre-
siones reprimidas"»)48. 
El progreso, en realidad, es el más serio y com-
plejo artículo ofrecido en la tómbola de supersti-
ciones de nuestra época49. La irracional creencia 
decimonónica en el progreso ilimitado ha encon-
trado una aceptación universal principalmente por 
48 El incidente es referido sin comentarios por Wolm y Schaar, 
op at Véase también el informe de Peter Barnes «"An Out-
cry": Thoughts on Being Tear Gassed», en Newsweek, del 2 de 
junio de 1969. 
49. Spender (op at, p 45) señala que durante los incidentes 
de mayo en Paris, los estudiantes franceses «se opusieron cate-
góricamente a la ideología del "rendimiento", del "progreso" y 
de las así llamadas seudofuerzas». En América este no es toda-
vía el caso por lo que al progreso concierne. Todavía seguimos 
rodeados por expresiones como las de fuerzas «progresivas» y 
«regresivas», «tolerancia progresiva» y «regresiva» y otras se-
mejantes. 
•7 6 SOBRE LA VIOLENCIA 
obra del sorprendente desarrollo de las ciencias na-
turales, que, desde el comienzo de la Edad Moder-
na, han sido ciencias «universales» y que, por eso, 
podían mirar hacia adelante y contemplar una ta-
rea inacabable en la exploración de la inmensidad 
del Universo. No es en absoluto cierto que la cien-
cia, aunque ya no limitada por la finitud de la Tie-
rra y de su naturaleza, esté sujeta a un inacabable 
progreso; resulta por definición obvio que la inves-
tigación estrictamente científica en Humanidades, 
la llamada Geisteswissenschaften, que se relaciona 
con los productos del espíritu humano, debe tener 
un final. La incesante e insensata demanda de saber 
original en muchos campos donde ahora sólo es 
posible la erudición, ha conducido, bien a la pura 
irrelevancia, el famoso conocer cada vez más acerca 
de cada vez menos, bien al desarrollo de un seudo-
saber que actualmente destruye su objeto50. Vale la 
pena señalar que la rebelión de los jóvenes, hasta el 
grado en que no se encuentra sólo moral o política-
mente motivada, se haya dirigido principalmente 
contra la glorificación del saber y de la ciencia, los 
cuales, aunque por diferentes razones, han queda-
do, en su opinión, gravemente comprometidos. Y es 
cierto que no resulta en absoluto imposible que ha-
yamos llegado en ambos casos a un punto de in-
50. Para una espléndida ejemplificación de estas empresas, no 
simplemente superfluas sino perniciosas, véase The Fruits of 
the MLA, de Edmund Wilson, Nueva York, 1968. 
UNO 47 
flexión, al punto de retorno destructivo. Porque no 
sólo ha dejado de coincidir el progreso de la ciencia 
con el progreso de la Humanidad (cualquiera que 
sea lo que esto pueda significar) sino que ha llegado 
a entrañar el fin de la Humanidad, de la misma ma-
nera que el progreso del saber puede acabar muy 
bien con la destrucción de todo lo que ha hecho va-
lioso a ese saber. En otras palabras, el progreso pue-
de no servir ya como la medida con la que estimar 
los progresos de cambio desastrosamente rápidos 
que hemos dejado desencadenar. 
Como lo que nos interesa fundamentalmente es la 
violencia debo prevenir aquí contra la tentación de 
una falsa interpretación. Si consideramos a la Historia 
en términos de un continuo proceso cronológico, 
cuyo progreso es inevitable, la violencia, en forma de 
guerras y revoluciones puede presentarse como la 
única interrupción posible. Si esto fuera cierto, si 
sólo el ejercicio de la violencia hiciera posible la inte-
rrupción de procesos automáticos en el dominio de 
los asuntos humanos, los predicadores de la violen-
cia habrían conseguido una importante victoria. 
(Teóricamente, por lo que yo sé, esta victoria nunca 
ha sido lograda, pero me parece indiscutible que las 
quebrantadoras actividades estudiantiles de los últi-
mos años se hallan basadas en esta convicción.) Es 
función, sin embargo, de toda acción, a diferencia 
del simple comportamiento, interrumpir lo que de 
otra manera se hubiera producido automáticamente 
y, por eso, previsiblemente. 
Dos 
Contra el fondo de estas experiencias me propongo 
suscitar ahora la cuestión de la violencia en el terre-
no político. No es fácil; lo que Sorel escribió hace 
sesenta años, «los problemas de la violencia siguen 
siendo muy oscuros»1 es tan cierto ahora como lo 
era entonces. He mencionado la repugnancia gene-
ral a tratar a la violencia como a un fenómeno por 
derecho propio y debo ahora precisar esta afirma-
ción. Si comenzamos una discusión sobre el fenó-
meno del poder, descubrimos pronto que existe un 
acuerdo entre todos los teóricos políticos, de la Iz-
quierda a la Derecha, según el cual la violencia no 
es sino la más flagrante manifestación de poder. 
«Toda la política es una lucha por el poder; el úl-
timo género de poder es la violencia», ha dicho 
1. Georges Sorel, Reflections on Violence, «Introduction to the 
First Publication» (1906), Nueva York, 1961, p. 60 [trad, cast.: 
Reflexiones sobre la violencia, Alianza Editorial, Madrid 2005]. 
df¡ 
DOS 49 
C. Wright Mills, haciéndose eco de la definición del 
Estado de Max Weber: «El dominio de los hombres 
sobre los hombres basado en los medios de la vio-
lencia legitimada, es decir, supuestamente legiti-
mada»2. Esta coincidencia resulta muy extraña, 
porque equiparar el poder político con «la organi-
zación de la violencia» sólo tiene sentido si uno 
acepta la idea marxista del Estado como instru-
mento de opresión de la clase dominante. Vamos 
por eso a estudiar a los autores que no creen que el 
cuerpo político, sus leyes e instituciones, sean sim-
plemente superestructuras coactivas, manifestacio-
nes secundarias de fuerzas subyacentes. Vamos a es-
tudiar, por ejemplo, a Bertrand de Touvenel, cuyo 
libro Sobre el poder es quizá el más prestigioso y, en 
cualquier caso, el más interesante de los tratados re-
cientes sobre el tema. «Para quien -escribe-, con-
templa el despliegue de las épocas la guerra se pre-
senta a sí misma como una actividad de los Estados 
quepertenece a su esencia»3. Esto puede inducirnos 
a preguntar si el final de la actividad bélica signifi-
caría el final de los Estados. ¿Acarrearía la desapari-
2. The Power Elite, Nueva York, 1956, p. 171. Max Weber en los 
primeros párrafos de Politics as a Vocation (1921). Weber pare-
ce haber sido consciente de su coincidencia con la Izquierda. 
Cita en este contexto la observación de Trotsky en Brest-Lito-
vsky, «Todo Estado está basado en la violencia», y añade, «Esto 
es desde luego cierto». 
3. Power: The Natural History of Its Growth (1945), Londres, 
1952, p. 122 [trad, cast.: Sobre el poder: historia natural de su 
(recimiento, Unión Editorial, Madrid, 1998]. 
50 SOBRE LA VIOLENCIA 
ción de la violencia, en las relaciones entre los Esta-
dos, el final del poder? 
La respuesta, parece, dependerá de lo que enten-
damos por poder. Y el poder resulta ser un instru-
mento de mando mientras que el mando, nos han 
dicho, debe su existencia «al instinto de domina-
ción»4. Recordamos inmediatamente lo que Sartre 
afirmaba sobre la violencia cuando leemos en Jou-
venel que «un hombre se siente más hombre cuando 
se impone a sí mismo y convierte a otros en instru-
mentos de su voluntad», lo que le proporciona «in-
comparable placer»5. «El poder -decía Voltaire- con-
siste en hacer que otros actúen como yo decida»; está 
presente cuando yo tengo la posibilidad «de afirmar 
mi propia voluntad contra la resistencia» de los de-
más, dice Max Weber, recordándonos la definición 
de Clausewitz de la guerra como «un acto de violen-
cia para obligar al oponente a hacer lo que queremos 
que haga». El término, como ha dicho Strausz-Hupé, 
significa «el poder del hombre sobre el hombre»6. 
Volviendo a Jouvenel, es «Mandar y ser obedecido: 
sin lo cual no hay Poder, y no precisa de ningún otro 
atributo para existir [...] La cosa sin la cual no puede 
4. Ibidem, p. 93. 
5. Ibidem, p. 110. 
6. Véase Karl von Clausewitz, On War (1832), Nueva York, 1943, 
cap. 1 [trad, cast: De la guerra, La esfera de los libros, Madrid, 
2005]; Robert Strausz-Hupé, Power and Community, Nueva York, 
1956, p. 4; la cita de Max Weber: «Macht bedeutet jede Chance, 
innerhalb einer sozialen Beziehung den eigenen Willen auch ge-
gen Widerstand durchzusetzen», está tomada de Strausz-Hupé. 
DOS 51 
ser: que la esencia es el mando»7. Si la esencia del po-
der es la eficacia del mando, entonces no hay poder 
más grande que el que emana del cañón de un arma, 
y sería difícil decir en «qué forma difiere la orden 
dada por un policía de la orden dada por un pistole-
ro». (Son citas de la importante obra The Notion of 
the State, de Alexandre Passerin d'Entréves, el único 
autor que yo conozco que es consciente de la impor-
tancia de la distinción entre violencia y poder. «Te-
nemos que decidir si, y en qué sentido, puede el "po-
der" distinguirse de la "fuerza" para averiguar cómo 
el hecho de utilizar la fuerza conforme a la ley cam-
bia la calidad de la fuerza en sí misma y nos presenta 
una imagen enteramente diferente de las relaciones 
humanas», dado que la «fuerza, por el simple hecho 
de ser calificada, deja de ser fuerza». Pero ni siquiera 
esta distinción, con mucho la más compleja y medi-
tada de las que caben hallarse sobre el tema, alcanza 
7. Escojo mis ejemplos al azar dado que difícilmente importa 
el autor que se elija. Sólo ocasionalmente se puede escuchar 
una voz que disiente. Así, R. M. Mclver declara: «El poder co-
activo es un criterio del Estado pero no constituye su esencia 
[...] Es cierto que no existe Estado allí donde no hay una fuerza 
abrumadora [...] Pero el ejercicio de la fuerza no hace un Esta-
do» (en The Modern State, Londres, 1926, pp. 222-225). Puede 
advertirse cuan fuerte es esta tradición en los intentos de Rous-
seau para escapar a ella. Buscando un Gobierno de no-domi-
nación, no halla nada mejor que une forme a"association [...] 
par laquelle chacun s'unissantá tous nobéisse pourtant qu'á lui-
tnéme. El énfasis puesto en la obediencia, y por ello en el man-
ilo, permanece inalterado. 
52 SOBRE LA VIOLENCIA 
a la raíz del tema. El poder, en el concepto de Passe-
rin d'Entréves, es una fuerza «calificada» o «institu-
cionalizada». En otras palabras, mientras los autores 
más arriba citados definen a la violencia como la más 
flamante manifestación de poder, Passerin d'Entréves 
define al poder como un tipo de violencia mitigada. 
En su análisis final llega a los mismos resultados8). 
¿Deben coincidir todos los autores, de la Derecha a la 
Izquierda, de Bertrand de Jouvenel a Mao Tsé-tung 
en un punto tan básico de la filosofía política como 
es la naturaleza del poder? 
En términos de nuestras tradiciones de pensa-
miento político estas definiciones tienen mucho a 
su favor. No sólo se derivan de la antigua noción del 
poder absoluto que acompañó a la aparición de la 
Nación-Estado soberana europea, cuyos primeros y 
más importantes portavoces fueron Jean Bodin, en 
la Francia del siglo xvi, y Thomas Hobbes en la In-
glaterra del siglo xvil , sino que también coinciden 
con los términos empleados desde la antigüedad 
griega para definir las formas de gobierno como el 
dominio del hombre sobre el hombre -de uno o 
de unos pocos en la monarquía y en la oligarquía, 
8. The Notion of the State, An Introduction to Political Theory 
fue publicada por primera vez en italiano en 1962 [trad, cast.: 
La noción de Estado: una introducción a la teoría política, Ariel, 
Barcelona, 2001]. La versión inglesa no es una simple traduc-
ción; fue redactada por el propio autor como edición definitiva 
y apareció en Oxford en 1967. Las citas están tomadas de las 
pp. 64, 70 y 105 de esta edición inglesa. 
DOS 53 
de los mejores o de muchos en la aristocracia y en la 
democracia-. Hoy debemos añadir la última y quizá 
más formidable forma de semejante dominio: la bu-
rocracia o dominio de un complejo sistema de ofici-
nas en donde no cabe hacer responsables a los hom-
bres, ni a uno ni a los mejores, ni a pocos ni a muchos, 
y que podría ser adecuadamente definida como el do-
minio de Nadie. (Si, conforme el pensamiento políti-
co tradicional, identificamos la tiranía como el Go-
bierno que no está obligado a dar cuenta de sí mismo, 
el dominio de Nadie es claramente el más tiránico de 
todos, pues no existe precisamente nadie al que pueda 
preguntarse por lo que se está haciendo. Es este estado 
de cosas, que hace imposible la localización de la res-
ponsabilidad y la identificación del enemigo, una de 
las causas más poderosas de la actual y rebelde intran-
quilidad difundida por todo el mundo, de su caótica 
naturaleza y de su peligrosa tendencia a escapar a todo 
control, al enloquecimiento.) 
Además, este antiguo vocabulario es extraña-
mente confirmado y fortificado por la adición de la 
tradición hebreo-cristianayde su «imperativo con-
cepto de la ley». Este concepto no fue inventado por 
«políticos realistas» sino que es más bien el resulta-
do de una generalización muy anterior y casi auto-
mática de los «Mandamientos» de Dios, según la 
cual «la simple relación del mando y de la obedien-
cia» bastaba para identificar la esencia de la ley9. Fi-
l). Ibidem, p. 129. 
54 SOBRE LA VIOLENCIA 
nalmente, convicciones científicas y filosóficas más 
modernas respecto de la naturaleza del hombre han 
reforzado aún más estas tradiciones legales y políti-
cas. Los abundantes y recientes descubrimientos de 
un instinto innato de dominación y de una innata 
agresividad del animal humano fueron precedidos 
por declaraciones filosóficas muy similares. Según 
John Stuart Mill , «la primera lección de civilización 
[es] la de la obediencia», y él habla de «los dos esta-
dos de inclinaciones [...] una es el deseo de ejercer 
poder sobre los demás; la otra [...] la aversión a que 
el poder sea ejercido sobre uno mismo»10. Si confiá-
ramos en nuestras propias experiencias sobre estas 
cuestiones, deberíamos saber que el instinto de su-
misión, un ardiente deseo de obedecer y de ser do-
minado por un hombrefuerte, es por lo menos tan 
prominente en la psicología humana como el deseo 
de poder, y, políticamente, resulta quizá más rele-
vante. El antiguo adagio «Cuan apto es para man-
dar quien puede tan bien obedecer», que en dife-
rentes versiones ha sido conocido en todos los 
siglos y en todas las naciones11 puede denotar una 
verdad psicológica: la de que la voluntad de poder 
y la voluntad de sumisión se hallan interconecta-
10. Considerations on Representative Government (1861), Libe-
ral Arts Library, pp. 59 y 65 [trad, cast.: Consideraciones sobre el 
gobierno representativo, Alianza Editorial, Madrid, 2001]. 
11. John M. Wallace, Destiny His Choice: The Loyalism of An-
drew Marvell, Cambridge, 1968, pp. 88-89. Debo esta referen-
da a la amabilidad de Gregory Desjardins. 
DOS 55 
das. La «pronta sumisión a la tiranía», por emplear 
una vez más las palabras de Mili , no está en manera 
alguna siempre causada por una «extremada pasivi-
dad». Recíprocamente, una fuerte aversión a obede-
cer viene acompañada a menudo por una aversión 
igualmente fuerte a dominar y a mandar. Histórica-
mente hablando, la antigua institución de la econo-
mía de la esclavitud sería inexplicable sobre la base 
de la psicología de Mili . Su fin expreso era liberar a 
los ciudadanos de la carga de los asuntos domésti-
cos y permitirles participar en la vida pública de la 
comunidad, donde todos eran iguales; si fuera cier-
to que nada es más agradable que dar órdenes y do-
minar a otros, cada dueño de una casa jamás habría 
abandonado su hogar. 
Sin embargo, existe otra tradición y otro vocabu-
lario, no menos antiguos y no menos acreditados 
por el tiempo. Cuando la Ciudad-Estado ateniense 
llamó a su constitución una isonomía o cuando los 
romanos hablaban de la civitas como de su forma 
de gobierno, pensaban en un concepto del poder y 
de la ley cuya esencia no se basaba en la relación 
mando-obediencia. Hacia estos ejemplos se volvie-
ron los hombres de las revoluciones del siglo xvm 
cuando escudriñaron los archivos de la antigüedad 
y constituyeron una forma de gobierno, una repú-
blica, en la que el dominio de la ley, basándose en 
el poder del pueblo, pondría fin al dominio del 
liombre sobre el hombre, al que consideraron un 
«gobierno adecuado para esclavos». También ellos, 
56 SOBRE LA VIOLENCIA 
desgraciadamente, continuaron hablando de obe-
diencia: obediencia a las leyes en vez de a los hom-
bres; pero lo que querían significar realmente era 
el apoyo a las leyes a las que la ciudadanía había 
otorgado su consentimiento12. Semejante apoyo 
nunca es indiscutible y por lo que a su formalidad 
se refiere jamás puede compararse con la «indiscu-
tible obediencia» que puede exigir un acto de vio-
lencia -la obediencia con la que puede contar un de-
lincuente cuando me arrebata la cartera con la ayuda 
de un cuchillo o cuando roba a un banco con la ayu-
da de una pistola-. Es el apoyo del pueblo el que 
presta poder a las instituciones de un país y este apo-
yo no es nada más que la prolongación del asenti-
miento que, para empezar, determinó la existencia 
de las leyes. Se supone que bajo las condiciones de un 
Gobierno representativo el pueblo domina a quienes 
le gobiernan. Todas las instituciones políticas son 
manifestaciones y materializaciones de poder; se pe-
trifican y decaen tan pronto como el poder vivo del 
pueblo deja de apoyarlas. Esto es lo que Madison 
quería significar cuando decía que «todos los Go-
biernos descansan en la opinión» no menos cierta 
para las diferentes formas de monarquía como para 
las democracias («Suponer que el dominio de la ma-
yoría funciona sólo en la democracia es una fantásti-
ca ilusión», como señala Jouvenel: «El rey, que no es 
sino un individuo solitario, se halla más necesitado 
12. Véase apéndice XI, pág. 131. 
DOS 57 
del apoyo general de la Sociedad que cualquier otra 
forma de Gobierno»13. Incluso el tirano, el que rnan-
da contra todos, necesita colaboradores en el asunto 
de la violencia aunque su número pueda ser m as 
bien reducido). Sin embargo, la fuerza de la opinión, 
esto es, el poder del Gobierno, depende del número; 
se halla «en proporción con el número de los que 
con él están asociados»14 y la tiranía, como descubrió 
Montesquieu, es por eso la más violenta y menos po-
derosa de las formas de Gobierno. Una de las distin-
ciones más obvias entre poder y violencia es que el 
poder siempre precisa el número, mientras que 1̂ vio-
lencia, hasta cierto punto, puede prescindir del nume-
ro porque descansa en sus instrumentos. Un doniinio 
mayontarib legafmente ¿restringido, es decir, Una 
democracia sin constitución, puede resultar m Uy 
formidable en la supresión de los derechos de la$ mi-
norías y muy efectiva en el ahogo del disentimiento 
sin empleo alguno de la violencia. Pero esto no signi-
fica que la violencia y el poder sean iguales. 
La extrema forma de poder es la de Todos cQntra 
Uno, la extrema forma de violencia es la de Uno 
contra Todos. Y esta última nunca es posible si n 
instrumentos. Afirmar, como se hace a menudo, 
que una minoría pequeña y desarmada ha logrado 
con éxito y por medio de la violencia -gritando 0 
promoviendo un escándalo- interrumpir clases en 
I! . Op. cit, p. 98. 
I 'I. The Federalist, num. 49. 
58 SOBRE LA VIOLENCIA 
donde una abrumadora mayoría se había decidido 
porque continuaran, es por eso desorientador. (En 
un reciente caso sucedido en una universidad ale-
mana, entre varios centenares de estudiantes hubo 
un solo «disidente» que pudo reivindicar esa extra-
ña victoria.) Lo que sucede en realidad en tales ca-
sos es algo mucho más serio: la mayoría se niega 
claramente a emplear su poder y a imponerse a los 
que interrumpen; el proceso académico se rompe 
porque nadie desea alzar algo más que un dedo a 
favor del status quo. Contra lo que se alzan las uni-
versidades es contra la «inmensa unidad negativa» 
de que habla Stephen Spender en otro contexto. 
Todo lo cual prueba sólo que una minoría puede 
tener un poder potencial mucho más grande del 
que cabría suponer limitándose a contar cabezas en 
los sondeos de opinión. La mayoría simplemente 
observadora, divertida por el espectáculo de una 
pugna a gritos entre estudiantes y profesor, es ya en 
realidad un aliado latente de la minoría. (Para com-
prender el absurdo de que se hable de pequeñas 
«minorías de militantes» basta sólo imaginar lo que 
hubiera sucedido en la Alemania prehitleriana si 
unos pocos judíos desarmados hubieran tratado de 
interrumpir la clase de un profesor antisemita.) 
Es, creo, una muy triste reflexión sobre el actual es-
tado de la ciencia política, recordar que nuestra ter-
minología no distingue entre palabras clave tales 
DOS 59 
como «poder», «potencia», «fuerza» «autoridad» y, 
finalmente, «violencia» -todas las cuales se refieren 
a fenómenos distintos y diferentes, que difícilmen-
te existirían si éstos no existieran-. (En palabras de 
d'Entréves, «pujanza, poder, autoridad; todas éstas 
son palabras a cuyas implicaciones exactas no se 
concede gran atención en el habla corriente; inclu-
so los más grandes pensadores las emplean al buen 
tuntún. Sin embargo, es fácil suponer que se refie-
ren a propiedades diferentes y que su significado 
debería por eso ser cuidadosamente determinado y 
examinado [...] El empleo correcto de estas pala-
bras no es sólo una cuestión de gramática lógica, 
sino de perspectiva histórica»15). Emplearlas como 
sinónimos no sólo indica una cierta sordera a los 
significados lingüísticos, lo que ya sería suficiente-
mente serio, sino que también ha tenido como con-
secuencia un tipo de ceguera ante las realidades a 
las que corresponden. En semejante situación es 
siempre tentador introducir nuevas definiciones, 
pero -aunque me someta brevemente a la tenta-
ción- de lo que se trata no es simplemente de una 
cuestión de habla descuidada. Tras la aparente con-
IS. Op. at, p. 7. Véase también p. 171, donde, discutiendo el 
significado exacto de las palabras «nación» y«nacionalidad» 
insiste acertadamente en señalar que «los únicos guías compe-
lí iitcs en la jungla de tan diferentes significados son los linguis-
i is y los historiadores. A ellos debemos dirigirnos en demanda 
i!i ' .lyuda». Y, para distinguir entre autoridad y poder se remite 
i 11 potestas in populo, auctontas in senatu de Cicerón. 
60 SOBRE LA VIOLENCIA 
fusión existe una firme convicción a cuya luz todas 
las distinciones serían, en el mejor de los casos, de 
importancia menor: la convicción de que la más 
crucial cuestión política es, y ha sido siempre, la de 
¿Quién manda a Quién? Poder, potencia, fuerza, 
autoridad y violencia no serían más que palabras 
para indicar los medios por los que el hombre do-
mina al hombre; se emplean como sinónimos por-
que poseen la misma función. Sólo después de que 
se deja de reducir los asuntos públicos al tema del 
dominio, aparecerán o, más bien, reaparecerán en 
su auténtica diversidad los datos originales en el te-
rreno de los asuntos humanos. 
Estos datos, en nuestro contexto, pueden ser 
enumerados de la siguiente manera: 
Poder corresponde a la capacidad humana, no sim-
plemente para actuar, sino para actuar concertada-
mente. El poder nunca es propiedad de un individuo; 
pertenece a un grupo y sigue existiendo mientras que 
el grupo se mantenga unido. Cuando decimos de al-
guien que está «en el poder» nos referimos realmente 
a que tiene un poder de cierto número de personas 
para actuar en su nombre. En el momento en que el 
grupo, del que el poder se ha originado (potestas in 
populo, sin un pueblo o un grupo no hay poder), 
desaparece, «su poder» también desaparece. En su 
acepción corriente, cuando hablamos de un «hombre 
poderoso» o de una «poderosa personalidad», em-
pleamos la palabra «poder» metafóricamente; a la que 
nos referimos sin metáfora es a «potencia». 
DOS 61 
Potencia designa inequívocamente a algo en una 
entidad singular, individual; es la propiedad inhe-
rente a un objeto o persona y pertenece a su carácter, 
que puede demostrarse a sí mismo en relación con 
otras cosas o con otras personas, pero es esencial-
mente independiente de ellos. La potencia de, inclu-
so, el más fuerte individuo puede ser siempre supe-
rada por las de muchos que a menudo se combinarán, 
sin más propósito que el de arruinar la potencia pre-
cisamente por obra de su independencia peculiar. La 
casi instintiva hostilidad de los muchos hacia el uno 
ha sido siempre, desde Platón a Nietzsche, atribuida 
al resentimiento, a la envidia de los débiles respecto 
del fuerte, pero esta interpretación psicológica yerra. 
(Corresponde a la naturaleza de grupo y constituye 
su poder para hacer frente a la independencia, pro-
piedad de la potencia individual. 
La Fuerza, que utilizamos en el habla cotidiana 
como sinónimo de violencia, especialmente si la vio-
lencia sirve como medio de coacción, debería quedar 
reservada en su lenguaje terminológico, a las «fuerzas 
ile la Naturaleza» o a la «fuerza de las circunstancias» 
(la [orce des choses), esto es, para indicar la energía li -
berada por movimientos físicos o sociales. 
I ,a Autoridad, palabra relativa al más esquivo de 
CHIOS fenómenos y, por eso, como término, el más 
i tenientemente confundido16, puede ser atribuida 
lo líxislc algo como el Gobierno autoritario, pero ciertamen-
te muía liene en común con la tiranía, la dictadura o el domi-
62 SOBRE LA VIOLENCIA 
a las personas -existe algo como autoridad perso-
nal, por ejemplo, en la relación entre padre e hijo, 
entre profesor y alumno- o a las entidades como, por 
ejemplo, al Senado romano (auctoritas in senatu) o a 
las entidades jerárquicas de la Iglesia (un sacerdote 
puede otorgar una absolución válida aunque esté bo-
rracho). Su característica es el indiscutible reconoci-
miento por aquellos a quienes se les pide obedecer; 
no precisa ni de la coacción ni de la persuasión. (Un 
padre puede perder su autoridad, bien por golpear a 
un hijo o bien por ponerse a discutir con él, es decir, 
bien por comportarse con él como un tirano o bien 
por tratarle como a un igual.) Permanecer investido 
de la autoridad exige respeto para la persona o para la 
entidad. El mayor enemigo de la autoridad es, por 
eso, el desprecio y el más seguro medio de minarla es 
la risa17. 
mo totalitario. Para discutir los antecedentes historíeos y el 
significado politico del termino, véanse mi trabajo «What is 
Authority?», en Between Past and Future Exercises in Political 
Thought, Nueva York, 1968 [trad esp -Entre el pasado y el futu-
ro ocho ejercicios sobre la reflexion política, Península, Barcelo-
na, 2003], y la primera parte del valioso estudio de Karl Hemz 
Lubke, Auctoritas bei Augustin, Stuttgart, 1968, con extensa bi-
bliografía. 
17. Wolin y Schaar, en op cit, tienen razón por completo- «Las 
normas son vulneradas porque las autoridades universitarias, 
los administradores y los claustros de profesores han perdido 
el respeto de muchos de los estudiantes » Y concluyen. «Cuan-
do la autoridad abandona, entra el poder.» Esto también es 
cierto pero, me temo, no completamente en el sentido en que 
ellos pretenden que lo sea. Lo que primero penetró en Berkeley 
BOS 63 
La Violencia, como ya he dicho, se distingue por 
su carácter instrumental. Fenomenológicamente 
está próxima a la potencia, dado que los instru-
mentos de la violencia, como todas las demás he-
rramientas, son concebidos y empleados para mul-
tiplicar la potencia natural hasta que, en la última 
fase de su desarrollo, puedan sustituirla. 
Quizá no sea superfluo añadir que estas distin-
ciones, aunque en absoluto arbitrarias, difícilmente 
corresponden a compartimentos estancos del mun-
do real, del que sin embargo han sido extraídas. Así 
el poder institucionalizado en comunidades orga-
nizadas aparece a menudo bajo la apariencia de au-
fue el poder estudiantil, evidentemente el más fuerte en cada 
campus, simplemente obra de la superioridad en número de 
los estudiantes. Para romper este poder, las autoridades recu-
rrieron a la violencia y precisamente porque la Universidad es 
esencialmente una institución basada en la autoridad y por eso 
necesitada de respeto, es por lo que le resulta tan difícil tratar 
con el poder en términos no violentos. La Universidad recurre 
hoy a la protección de la policía de la misma manera que solía 
hacer la Iglesia católica antes de que la separación de la Iglesia 
y del Estado la obligara a basarse solamente en ía autoridad. 
Quizá no sea mera coincidencia el hecho de que las más graves 
crisis de la Iglesia como institución se hayan correspondido 
con las más graves crisis en la historia de la Universidad, la úni-
ca institución secular todavía basada en la autoridad. Unas y 
otras crisis pueden ser atribuidas a la «creciente explosión del 
.itomo "obediencia" cuya estabilidad era supuestamente eter-
na», como Heinrich Bóll señaló a propósito de la crisis de las 
Iglesias. Véase «Es wird immer spater», en Antwort an Sacha-
IOW, Zurich, 1969. 
64 SOBRE LA VIOLENCIA 
toridad, exigiendo un reconocimiento instantáneo 
e indiscutible; ninguna sociedad podría funcionar 
sin él. (Un pequeño y aislado incidente, sobrevenido 
en Nueva York, muestra lo que puede suceder cuan-
do se quiebra la auténtica autoridad en las relaciones 
sociales hasta el punto de que ya no puede operar ni 
siquiera en su forma derivativa y puramente funcio-
nal. Una avería de escasa importancia en el Metro 
-las puertas de un tren que dejaron de funcionar-
determinó un grave bloqueo de una línea durante 
cuatro horas, que afectó a más de cincuenta mil pa-
sajeros, porque cuando las autoridades de la red pi-
dieron a los ocupantes del tren averiado que lo aban-
donasen, éstos simplemente se negaron18.) Además, 
nada, como veremos, resulta tan corriente como la 
combinación de violencia y poder, y nada es menos 
frecuente como hallarlos en su forma pura y por eso 
extrema. De aquí no se deduce que la autoridad, el 
poder y la violencia sean todos lo mismo. 
Perodebe reconocerse que resulta especialmente 
tentador en una discusión sobre lo que es realmente 
uno de los tipos del poder, es decir, el poder del Go-
bierno, concebir el poder en términos de mando y 
obediencia e igualar así al poder con la violencia. 
Como en las relaciones exteriores y en las cuestiones 
internas aparece la violencia como último recurso 
para mantener intacta la estructura del poder frente a 
los retos individuales -el enemigo extranjero, el delin-
18. Véase The New York Times, 4 de enero de 1969, pp. 1 y 29. 
DOS 65 
cuente nativo- parece como si la violencia fuese pre-
requisite del poder y el poder nada más que una fa-
chada, el guante de terciopelo que o bien oculta una 
mano de hierro o resultará pertenecer a un tigre de pa-
pel. En un examen más atento, sin embargo, esta no-
ción pierde gran parte de su plausibilidad. Para nues-
tro objetivo, el foso entre la teoría y la realidad queda 
mejor ilustrado por el fenómeno de la revolución. 
Desde comienzos de siglo, los teóricos de la revo-
lución nos han dicho que las posibilidades de la re-
volución han disminuido significativamente en pro-
porción a la creciente capacidad destructiva de las 
armas a disposición exclusiva de los Gobiernos19. 
19. Asi Franz Borkenau, reflexionando sobre la derrota de la 
i evolución española, declara «En este tremendo contraste con 
las ¡evoluciones antenores queda reflejado un hecho Antes de 
estos últimos años, la contrarrevolución habitualmente de-
pendía del apoyo de las potencias reaccionarias que eran técni-
ca e mtelectualmente inferiores a las fuerzas de la revolución. 
I sto ha cambiado con el advenimiento del fascismo Ahora 
Í .ida revolución sufrirá probablemente el ataque de la más mo-
derna, mas eficiente y mas implacable maquinaria que exista. 
1 sto significa que ya ha pasado la época de las revoluciones li -
l»i es de evolucionar según sus propias leyes » Esto fue escrito 
luce mas de treinta años (The Spanish Cockpit, Londres, 1937, 
Ann Arbor, 1963, pp. 288-289 [trad cast El reñidero español 
hi Guerra Civil española vista por un testigo europeo, Península, 
ll.i i celona, 2001]) y es ahora citado con aprobación por 
( liomsky (op cit, p. 310). Cree que la intervención americana 
y 11 .mcesa en la guerra civil del Vietnam confirma el acierto de 
lit |utdicción de Borkenau «reemplazando al "fascismo" por el 
' Impciíahsmo liberal"» Pienso que este ejemplo sirve mas 
lii ( n para demostrar lo opuesto 
66 SOBRE LA VIOLENCIA 
La historia de los últimos setenta años, con su ex-
traordinaria relación de revoluciones victoriosas y 
fracasadas, nos cuenta algo muy diferente. ¿Esta-
ban locos quienes se alzaron contra tan abrumado-
ras probabilidades? Y, al margen de los ejemplos de 
éxitos totales, ¿cómo pueden ser explicados incluso 
los éxitos temporales? La realidad es que el foso en-
tre los medios de violencia poseídos por el Estado y 
los que el pueblo puede obtener, desde botellas de 
cerveza a cócteles Molotov y pistolas, ha sido siem-
pre tan enorme, que los progresos técnicos apenas 
significan una diferencia. Las instrucciones de los 
textos relativos a «cómo hacer una revolución», en 
una progresión paso a paso desde el disentimiento 
a la conspiración, desde la resistencia a la rebelión 
armada, se hallan unánimemente basados en la 
errónea noción de que las revoluciones son «reali-
zadas». En un contexto de violencia contra violen-
cia la superioridad del Gobierno ha sido siempre 
absoluta pero esta superioridad existe sólo mien-
tras permanezca intacta la estructura de poder del 
Gobierno -es decir, mientras que las órdenes sean 
obedecidas y el Ejército o las fuerzas de policía es-
tén dispuestos a emplear sus armas-. Cuando ya no 
sucede así, la situación cambia de forma abrupta. 
No sólo la rebelión no es sofocada, sino que las 
mismas armas cambian de manos -a veces, como 
acaeció durante la revolución húngara, en el espa-
cio de unas pocas horas-. (Deberíamos saber algo 
al respecto después de todos esos años de lucha in-
DOS 67 
útil en Vietnam, donde durante mucho tiempo, 
antes de obtener una masiva ayuda rusa, el Frente 
Nacional de Liberación luchó contra nosotros con 
armas fabricadas en los Estados Unidos.) Sólo des-
pués de que haya sucedido esto, cuando la desinte-
gración del Gobierno haya permitido a los rebeldes 
armarse ellos mismos, puede hablarse de un «alza-
miento armado», que a menudo no llega a produ-
cirse o sobreviene cuando ya no es necesario. Don-
de las órdenes no son ya obedecidas, los medios de 
violencia ya no tienen ninguna utilidad; y la cues-
tión de esta obediencia no es decidida por la rela-
ción mando-obediencia sino por la opinión y, des-
de luego, por el número de quienes la comparten. 
Todo depende del poder que haya tras la violencia. 
El repentino y dramático derrumbamiento del po-
der que anuncia las revoluciones revela en un re-
lámpago cómo la obediencia civil -a las leyes, los 
dirigentes y las instituciones- no es nada más que la 
manifestación exterior de apoyo y asentimiento. 
Donde el poder se ha desintegrado, las revolucio-
nes se tornan posibles, si bien no necesariamente. 
Sabemos de muchos ejemplos de regímenes pro-
fundamente impotentes a los que se les ha permiti-
do continuar existiendo durante largos períodos de 
I ¡empo -bien porque no existía nadie que pusiera a 
prueba su potencia y revelara su debilidad, bien por-
que fueron lo suficientemente afortunados como 
para no aventurarse en una guerra y sufrir la derro-
ta-. La desintegración a menudo sólo se torna mani-
68 SOBRE LA VIOLENCIA 
fiesta en un enfrentamiento directo; e incluso enton-
ces, cuando el poder está ya en la calle, se necesita 
un grupo de hombres preparados para tal eventua-
lidad que recoja ese poder y asuma su responsabili-
dad. Hemos sido recientemente testigos del hecho 
de que haya bastado una rebelión relativamente pa-
cífica y esencialmente no violenta de los estudian-
tes franceses para revelar la vulnerabilidad de todo 
el sistema político, que se desintegró rápidamente 
ante las sorprendidas miradas de los jóvenes rebel-
des. Sin saberlo lo habían puesto a prueba; trataban 
exclusivamente de retar al osificado sistema univer-
sitario y se vino abajo el sistema del poder guberna-
mental junto con las burocracias de los grandes 
partidos -une sorte de désintegration de toutes les 
hierarchies2®-. Fue el típico caso de una situación 
revolucionaria21 que no evolucionó hasta llegar a 
ser una revolución porque no había nadie, y menos 
que nadie los estudiantes, que estuviera preparado 
para asumir el poder y las responsabilidades que 
supone. Nadie, excepto, desde luego, De Gaulle. 
Nada fue más característico de la seriedad de la si-
20. Raymond Aron, La Revolution introuvable, 1968, p. 41 
[trad, cast.: La revolución estudiantil, Desclée de Brouwer, Bil-
bao, 1970]. 
21. Stephen Spender, op. cit, p. 56, disiente: «Lo que resultó tanto 
más aparente que la situación revolucionaria (fue) la no revolu-
cionaria.» Puede ser «difícil pensar que se está iniciando una re-
volución cuando [...] todo el mundo parece de tan buen humor» 
pero esto es lo que sucede habitualmente al comienzo de las revo-
luciones, durante el gran éxtasis primitivo de fraternidad. 
tuación como su apelación al Ejército, su viaje para 
ver a Massu y a los generales en Alemania, una mar-
cha a Canossa (si es que ésta lo fue), a juzgar por lo 
que había sucedido unos años antes. Pero lo que 
buscaba y obtuvo fue apoyo, no obediencia, y sus 
medios no fueron órdenes sino concesiones22. Si las 
órdenes hubieran bastado, jamás habría tenido que 
salir de París. 
Nunca ha existido un Gobierno exclusivamente 
basado en los medios de la violencia. Incluso el di-
rigente totalitario, cuyo principal instrumento de 
dominio es la tortura, necesita un poder básico -la 
policía secreta y su red de informadores-. Sólo el 
desarrollo de los soldados robots, que he mencio-
nado anteriormente, eliminaría el factor humano 
por completo y, permitiendoque un hombre pudie-
ra, con oprimir un botón, destruir lo que él quisiera, 
cambiaría esta influencia fundamental del poder so-
bre la violencia. Incluso el más despótico dominio 
que conocemos, el del amo sobre los esclavos, que 
siempre le superarán en número, no descansa en la 
superioridad de los medios de coacción como tales, 
sino en una superior organización del poder, en la 
solidaridad organizada de los amos23. Un solo hom-
22. Véase apéndice XII , pag 133. 
23. En la antigua Grecia, esa organización de poder era la po-
\h, cuyo mentó principal, según Jenofonte, era el de permitir a 
los «ciudadanos actuar como protectores recíprocos contra los 
CKLI.IVOS y criminales para que ningún ciudadano pudiera mo-
Itt de muerte violenta» (Gerón, IV, 3). 
70 SOBRE LA VIOLENCIA 
bre sin el apoyo de otros jamás tiene suficiente po-
der como para emplear la violencia con éxito. Por 
eso, en las cuestiones internas, la violencia funcio-
na como el último recurso del poder contra los de-
lincuentes o rebeldes -es decir, contra los indivi-
duos singulares que se niegan a ser superados por el 
consenso de la mayoría-. Y por lo que se refiere a la 
guerra, ya hemos visto en Vietnam cómo una enor-
me superioridad en los medios de la violencia puede 
tornarse desvalida si se enfrenta con un oponente 
mal equipado pero bien organizado, que es mucho 
más poderoso. Esta lección, en realidad, puede 
aprenderse de la guerra de guerrillas, al menos tan 
antigua como la derrota en España de los hasta en-
tonces invencibles ejércitos de Napoleón. 
Pasemos por un momento al lenguaje concep-
tual: el poder corresponde a la esencia de todos los 
Gobiernos, pero no así la violencia. La violencia es, 
por naturaleza, instrumental; como todos los me-
dios siempre precisa de una guía y una justificación 
hasta lograr el fin que persigue. Y lo que necesita 
justificación por algo, no puede ser la esencia de 
nada. El fin de la guerra -fi n concebido en su doble 
significado- es la paz o la victoria; pero a la pregun-
ta ¿Y cuál es el fin de la paz?, no hay respuesta. La 
paz es un absoluto, aunque en la Historia que cono-
cemos los períodos de guerra hayan sido siempre 
más prolongados que los períodos de paz. El poder 
pertenece a la misma categoría; es, como dicen, «un 
fin en sí mismo». (Esto, desde luego, no es negar 
DOS 71 
que los Gobiernos realicen políticas y empleen su 
poder para lograr objetivos prescritos. Pero la es-
tructura del poder en sí mismo precede y sobrevive 
a todos los objetos, de forma que el poder, lejos de 
constituir los medios para un fin, es realmente la 
verdadera condición que permite a un grupo de 
personas pensar y actuar en términos de categorías 
medios-fin.) Y como el Gobierno es esencialmente 
poder organizado e institucionalizado, la pregunta: 
¿cuál es el fin del Gobierno?, tampoco tiene mucho 
sentido. La respuesta será, o bien la que cabría dar 
por sentada -permitir a los hombres vivir juntos- o 
bien peligrosamente utópica -promover la felici-
dad, o realizar una sociedad sin clases o cualquier 
otro ideal no político, que si se examinara seria-
mente se advertiría que sólo podía conducir a algún 
Upo de tiranía-. 
El poder no necesita justificación, siendo como 
os inherente a la verdadera existencia de las comu-
nidades políticas; lo que necesita es legitimidad. El 
empleo de estas dos palabras como sinónimo no es 
menos desorientador y perturbador que la corrien-
te ecuación de obediencia y apoyo. El poder surge 
allí donde las personas se juntan y actúan concerta-
damente, pero deriva su legitimidad de la reunión 
inicial más que de cualquier acción que pueda se-
guir a ésta. La legitimidad, cuando se ve desafiada, 
se basa en una apelación al pasado mientras que la 
justificación se refiere a un fin que se encuentra en 
ti futuro. La violencia puede ser justificable pero 
72 SOBRE LA VIOLENCIA 
nunca será legítima. Su justificación pierde plausi-
bilidad cuanto más se aleja en el futuro el fin pro-
puesto. Nadie discute el uso de la violencia en de-
fensa propia porque el peligro no sólo resulta claro 
sino que es actual y el fin que justifica los medios es 
inmediato. 
Poder y violencia, aunque son distintos fenóme-
nos, normalmente aparecen juntos. Siempre que se 
combinan el poder es, ya sabemos, el factor prima-
rio y predominante. La situación, sin embargo, es 
enteramente diferente cuando tratamos con ambos 
en su estado puro -como, por ejemplo, sucede 
cuando se produce una invasión y ocupación ex-
tranjeras-. Hemos visto que la ecuación de la vio-
lencia con el poder se basa en la concepción del Go-
bierno como dominio de un hombre sobre otros 
hombres por medio de la violencia. Si un conquis-
tador extranjero se enfrenta con un Gobierno im-
potente y con una nación no acostumbrada al ejer-
cicio del poder político, será fácil para él conseguir 
semejante dominio. En todos los demás casos las 
dificultades serán muy grandes y el ocupante inva-
sor tratará inmediatamente de establecer Gobier-
nos «Quisling», es decir, de hallar una base de po-
der nativo que apoye su dominio. El choque frontal 
entre los tanques rusos y la resistencia totalmente 
no violenta del pueblo checoslovaco es un ejemplo 
clásico de enfrentamiento de violencia y poder en 
sus estados puros. En tal caso, el dominio es difícil 
de alcanzar, si bien no resulta imposible conseguir-
DOS 7.1 
lo. La violencia, es preciso recordarlo, no depende 
del número o de las opiniones, sino de los instru-
mentos, y los instrumentos de la violencia, como ya 
he dicho antes, al igual que todas las herramientas, 
aumentan y multiplican la potencia humana. Los 
que se oponen a la violencia con el simple poder 
pronto descubrirán que se enfrentan no con hom-
bres sino con artefactos de los hombres, cuya inhu-
manidad y eficacia destructiva aumenta en propor-
ción a la distancia que separa a los oponentes. La 
violencia puede siempre destruir al poder; del cañón 
de un arma brotan las órdenes más eficaces que de-
terminan la más instantánea y perfecta obediencia. 
Lo que nunca podrá brotar de ahí es el poder. 
En un choque frontal entre la violencia y el po-
der el resultado es difícilmente dudoso. Si la enor-
memente poderosa y eficaz estrategia de resistencia 
no violenta de Gandhi se hubiera enfrentado con 
un enemigo diferente -la Rusia de Stalin, la Alema-
nia de Hitler, incluso el Japón de la preguerra, en 
vez de enfrentarse con Inglaterra-, el desenlace no 
hubiera sido la descolonización sino la matanza y 
la sumisión. Sin embargo, Inglaterra en la India 
y Francia en Argelia tenían buenas razones para 
ejercer la coacción. El dominio por la pura violen-
cia entra en juego allí donde se está perdiendo el 
poder; y precisamente la disminución de poder del 
(íobierno ruso -interior y exteriormente- se tornó 
manifiesta en su «solución» del problema checoslo-
vaco, de la misma manera que la disminución de 
74 SOBRE LA VIOLENCIA 
poder del imperialismo europeo se tornó manifies-
ta en la alternativa entre descolonización y matanza. 
Reemplazar al poder por la violencia puede signifi-
car la victoria, pero el precio resulta muy elevado, 
porque no sólo lo pagan los vencidos; también lo 
pagan los vencedores en términos de su propio po-
der. Esto es especialmente cierto allí donde el ven-
cedor disfruta interiormente de las bendiciones del 
Gobierno constitucional. Henry Steele Commager 
tiene enteramente la razón al decir: «Si destruimos 
el orden mundial y destruimos la paz mundial de-
bemos inevitablemente subvertir y destruir prime-
ro nuestras propias instituciones políticas»24. El 
muy temido efecto de boomerang del «gobierno de 
las razas sometidas» (Lord Cromer) sobre el go-
bierno doméstico durante la era imperialista signi-
ficaba que el dominio por la violencia en lejanas 
tierras acabaría por afectar al gobierno de Inglate-
rra y que la última «raza sometida» sería la de los 
mismos ingleses. El reciente ataque con gas en el 
campus de Berkeley, donde no sólo se empleó gaslacrimógeno, sino también otro gas «declarado ile-
gal por la Convención de Ginebra y empleado por 
el Ejército para dispersar guerrillas en Vietnam», 
que fue lanzado mientras los soldados de la Guar-
dia Nacional equipados con máscaras antigás im-
pedían que nadie «escapara de la zona gaseada», es 
24. «Can We Limit Presidential Power?», en The New Repu-
blic, 6 de abril de 1968. 
DOS 
un excelente ejemplo de este fenómeno de «ie.u 
ción». Se ha dicho a menudo que la impotent i,i 
engendra la violencia y psicológicamente esto <-, 
completamente cierto, al menos por lo que se reí ie 
re a las personas que posean una potencia natural, 
moral o física. Políticamente hablando lo cierto es 
que la pérdida de poder se convierte en una tenta-
ción para reemplazar al poder por la violencia -en 
1968, durante la celebración de la Convención De-
mócrata en Chicago, pudimos contemplar este 
proceso por televisión25- y que la violencia en sí 
misma concluye en impotencia. Donde la violencia 
ya no es apoyada y sujetada por el poder se verifica 
la bien conocida inversión en la estimación de me-
dios y fines. Los medios, ios medios de destrucción, 
ahora determinan el fin, con la consecuencia de 
que el fin será la destrucción de todo poder. 
En situación alguna es más evidente el factor au-
toderrotante de la victoria de la violencia como en 
el empleo del terror para mantener una domina-
ción cuyos fantásticos éxitos y eventuales fracasos 
conocemos, quizá mejor que cualquier generación 
anterior a la nuestra. El terror no es lo mismo que la 
violencia; es, más bien, la forma de Gobierno que 
llega a existir cuando la violencia, tras haber des-
truido todo poder, no abdica sino que, por el con-
trario, sigue ejerciendo un completo control. Se ha 
advertido a menudo que la eficacia del terror de-
25. Véase apéndice XIII , pág. 133. 
76 SOBRE LA VIOLENCIA 
pende casi enteramente del grado de atomización 
social. Todo tipo de oposición organizada ha de 
desaparecer antes de que pueda desencadenarse 
con toda su fuerza el terror. Esta atomización -una 
palabra vergonzosamente pálida y académica para 
el horror que supone- es mantenida e intensificada 
merced a la ubicuidad del informador, que puede 
ser literalmente omnipresente porque ya no es sim-
plemente un agente profesional a sueldo de la poli-
cía, sino potencialmente cualquier persona con la 
que uno establezca contacto. Cómo se establece un 
Estado policial completamente desarrollado y cómo 
funciona -o más bien cómo nada funciona allí don-
de existe ese régimen-, puede conocerse a través de 
la lectura de El Primer Círculo de Aleksandr I. Sol-
zhenitsyn, que quedará como una de las obras 
maestras de la literatura del siglo XX y que contiene 
ciertamente la mejor documentación sobre el régi-
men de Stalin26. La diferencia decisiva entre la do-
minación totalitaria basada en el terror y las tira-
nías y dictaduras, establecidas por la violencia, es 
que la primera se vuelve no sólo contra sus enemi-
gos, sino también contra sus amigos y auxiliares, te-
merosa de todo poder, incluso del poder de sus 
amigos. El climax del terror se alcanza cuando el 
Estado policial comienza a devorar a sus propios 
hijos, cuando el ejecutor de ayer se convierte en la 
víctima de hoy. Y éste es también el momento en el 
26. Véase apéndice XIV, pág. 134. 
DOS 77 
que el poder desaparece por completo. Existen aho-
ra muchas explicaciones plausibles de la desestali-
nización de Rusia: ninguna, creo, tan contundente 
como la de que los funcionarios stalinistas llegaran 
a comprender que una continuación del Régimen 
conduciría no a una insurrección, contra la que el 
terror es desde luego la mejor salvaguarda, sino a la 
parálisis de todo el país. 
Para resumir: políticamente hablando, es insufi-
ciente decir que poder y violencia no son la misma 
cosa. El poder y la violencia son opuestos; donde 
uno domina absolutamente falta el otro. La violen-
cia aparece donde el poder está en peligro pero, 
confiada a su propio impulso, acaba por hacer des-
aparecer al poder. Esto implica que no es correcto 
pensar que lo opuesto de la violencia es la no vio-
lencia; hablar de un poder no violento constituye 
en realidad una redundancia. La violencia puede 
destruir al poder; es absolutamente incapaz de 
crearlo. La gran fe de Hegel y de Marx en su dialéc-
tico «poder de negación», en virtud del cual los 
opuestos no se destruyen sino que se desarrollan 
mutuamente porque las contradicciones promue-
ven y no paralizan el desarrollo, se basa en un pre-
juicio filosófico mucho más antiguo: el que señala 
que el mal no es más que un modus privativo del 
bien, que el bien puede proceder del mal; que, en 
suma, el mal no es más que una manifestación tem-
poral de un bien todavía oculto. Tales opiniones 
acreditadas por el tiempo se han tornado peligro-
78 SOBRE LA VIOLENCIA 
sas. Son compartidas por muchos que nunca han 
oído hablar de Hegel o de Marx, por la simple ra-
zón de que inspiran esperanza y barren el temor 
-una traicionera esperanza empleada para barrer un 
legítimo temor-. Y al decir esto no pretendo igualar 
a la violencia con el mal; sólo quiero recalcar que la 
violencia no puede derivarse de su opuesto, que es el 
poder, y que, para comprender cómo es, tendremos 
que examinar sus raíces y naturaleza. 
Tres 
Debe parecer presuntuoso hablar en estos términos 
sobre la naturaleza y las causas de la violencia, 
cuando ríos de dinero de las fundaciones van a 
parar a diversos proyectos de investigación social, 
cuando ya se ha publicado un diluvio de libros so-
bre la materia, cuando científicos eminentes -bió-
logos, fisiólogos, etólogos y zoólogos- han partici-
pado en un esfuerzo general por resolver el «enigma» 
de la agresividad del comportamiento humano y 
cuando, incluso, ha surgido una ciencia de nuevo 
cuño, denominada «polemología». Puedo aducir, 
sin embargo, dos excusas. 
En primer lugar, aunque me parece fascinante 
gran parte del trabajo de los zoólogos, no consigo 
ver cómo puede aplicarse a nuestro problema. Para 
saber que la gente luchará por su patria, no creo 
que necesitásemos conocer los instintos del «terri-
torialismo de grupo» de las hormigas, los peces y 
79 
80 SOBRE LA VIOLENCIA 
los monos; y para conocer que el hacinamiento ori-
gina irritación y agresividad, no creo que necesitá-
semos experimentar con ratas. Habría bastado con 
pasar un día en los barrios miserables de cualquier 
gran ciudad. Me sorprende y a veces me encanta ver 
que algunos animales se comportan como hom-
bres; no puedo discernir cómo esa conducta puede 
servir para justificar o para condenar el comporta-
miento humano. No consigo comprender por qué 
se nos exige «reconocer que el hombre se conduce 
en gran manera como las especies territoriales de 
grupo», en vez de decirnos lo inverso; es decir, que 
ciertas especies animales se comportan en gran ma-
nera como los hombres1. (Según Adolf Portmann, 
estos nuevos atisbos sobre el comportamiento ani-
mal no salvan el foso entre el hombre y el animal; 
sólo demuestran que «también sucede en los ani-
males mucho más de lo que sabíamos que sucedía 
en nosotros mismos»2). Por qué, tras haber «elimi-
nado» todo antropomorfismo del comportamiento 
1 Nikolas Tmbergen, «On War and Peace in Animals and 
Man», en Science, 160:1411 (28 dejumo de 1968) 
2. Das Tier als soziales Wesen, Zurich, 1953, pp. 237-238: «Wer 
sich in die Tatsachen vertieft.. der wird feststellen, dass die 
neuen Einbhcke in die Differenziertheit tienschen Treibens 
uns zwmgen, mit allzu emfachen Vorstellungen von hoheren 
Tieren ganz entschieden aufzuraumen Damit wird aber nicht 
etwa -wie zuweilen leichthin gefolgert wird- das Tiensche dem 
Menschlichen immer mehr genahert. Es zeigt sich lediblich, 
dass viel mehr von dem, was wir von uns selbst kennen, auch 
beim Tier vorkommt» 
TRES 81 
animal (cuestión muy distinta es la de determinar 
si lo hemos logrado), tenemos que tratar de averi-
guar «cuan "teromorfo" es el hombre»?3¿Acaso no 
resulta evidente que el antropomorfismo y el tero-
morfismo en las ciencias del comportamiento cons-
tituyen las dos caras del mismo «error»? Además, 
¿por qué tenemos que exigir del hombre que tome 
sus normas de conducta de otras especies animales 
si le definimos como perteneciente al reino animal? 
Me temo que la respuesta sea muy simple: es más 
fácil experimentar con animales, y no solamente 
por razones humanitarias, como la de que no sea 
agradable meternos en jaulas; lo malo de los hom-
bres es que pueden engañar. 
En segundo lugar, los resultados de las investiga-
ciones, tanto de las ciencias sociales como de las na-
turales, tienden a considerar al comportamiento 
violento como una reacción más «natural» de lo 
que estaríamos dispuestos a admitir sin tales resul-
tados. Se dice que la agresividad, definida como im-
pulso instintivo, tiende a realizar el mismo papel 
funcional en el marco de la Naturaleza que desem-
peñan los instintos nutritivo y sexual en el proceso 
de vida de los individuos y de las especies. Pero, a 
diferencia de estos instintos, que son activados por 
apremiantes necesidades corporales de una parte y 
3. Véase ZurVerhaltensphysiologte bei Tieren und Menschen, de 
Erich von Hoist, Gesammelte Abhandlungen. Vol. I, Munich, 
1969, p. 239. 
82 SOBRE LA VIOLENCIA 
por estimulantes exteriores de otra, los instintos 
agresivos parecen ser en el reino animal indepen-
dientes de semejante provocación; por el contrario, 
la falta de provocación lleva aparentemente a una 
frustración del instinto, a una agresividad «repri-
mida», que, según los psicólogos, conduce a una 
acumulación de «energía» cuya eventual explosión 
será mucho más peligrosa. (Es como si la sensación 
de hambre en el hombre aumentara con la dismi-
nución del número de personas hambrientas4). En 
esta interpretación, la violencia sin provocación re-
sulta «natural»; si ha perdido su explicación, básica-
mente su función de autoconservación, se torna 
«irracional» y ésta es supuestamente la razón por la 
que los hombres pueden ser más «bestiales» que los 
otros animales. (Los libros nos recuerdan constan-
temente el generoso comportamiento de los lobos 
que no matan al enemigo derrotado.) 
Al margen por completo de la desorientadora 
transposición de términos físicos tales como «ener-
gía» y «fuerza» a terrenos biológicos y zoológicos, 
donde carecen de sentido puesto que no pueden ser 
4. Para contrarrestar el absurdo de esta conclusión se hace una 
distinción entre instintos endógenos y espontáneos -como, 
por ejemplo, la agresión-, e impulsos reactivos, como el ham-
bre. Pero una distinción entre espontaneidad y reactividad ca-
rece de sentido en una discusión sobre los impulsos innatos. 
En el mundo de la Naturaleza no existe espontaneidad, propia-
mente hablando, y los instintos o impulsos solamente manifiestan 
la forma muy compleja por la que todos los organismos vivos, in-
cluyendo al hombre, se hallan adaptados a sus procesos. 
TRES 83 
medidos5, me temo que, tras los más recientes «des-
cubrimientos» nos acecha la antigua definición de 
la naturaleza del hombre, la definición del hombre 
como animal racional, según la cual sólo diferimos 
de las otras especies animales en el atributo adicio-
nal de la razón. La ciencia moderna, partiendo a la 
ligera de esta antigua presunción, ha llegado tan le-
jos como para «probar» que el hombre comparte 
con algunas especies del reino animal todas las pro-
piedades, a excepción del don adicional de la «ra-
zón» que hace del hombre una bestia más peligrosa. 
El uso de la razón nos torna peligrosamente «irra-
cionales», porque esta razón es propiedad de un 
«ser originariamente instintivo»6. Los científicos 
saben, desde luego, que el hombre es un fabricante 
de herramientas que ha inventado esas armas de 
largo radio de acción que le liberan de los límites 
«naturales» que hallamos en el reino animal, y que 
la fabricación de herramientas es una actividad 
mental muy compleja7. Por eso, la ciencia está 11a-
5 El carácter hipotético de Sobre la agresión de Konrad Lorenz 
(Madrid, 1992) queda aclarado por la interesante colección de 
ensayos sobre la agresión y la adaptación editados por Alexander 
Mitscherlich bajo el titulo Bis herher und nicht weiter 1st die 
menschliche Aggression unbefriedbar?, Munich, 1968 
6 VbnHolst, op cit,p 283 «Nicht, weil wir Verstandeswesen, 
sondern weil wir ausserdem ganz urtumliche Tnebwesen sind, 
ist unser Dasem ím Zeitalter der Technik gefahrdet» 
7 Las armas de largo radio de acción -que para los polemólo-
gos han liberado los instintos agresivos del hombre hasta el 
punto de que ya no funcionen los controles de salvaguardia de 
84 SOBRE LA VIOLENCIA 
mada a curarnos de los efectos marginales de la ra-
zón manipulando y controlando nuestros instintos, 
habitualmente mediante el hallazgo de vías pací-
ficas de escape, después de haber desaparecido su 
«función de promover la vida». Una vez más, la 
norma de conducta se hace derivar de las de otras 
especies animales en las que la función de los ins-
tintos vitales no ha quedado destruida por la inter-
vención de la razón humana. Y la distinción especí-
fica entre el hombre y la bestia no es ya ahora, 
estrictamente hablando, la razón (la lumen naturale 
del animal humano) sino la ciencia, el conocimien-
to de esas normas y de las técnicas para aplicarlas. 
Conforme a este punto de vista, el hombre actúa 
irracionalmente y como una bestia si se niega a es-
cuchar a los científicos o si ignora sus últimos des-
cubrimientos. Razonaré a continuación, en contra 
de estas teorías y de sus implicaciones, que la vio-
lencia ni es bestial ni es irracional, tanto si conside-
ramos estos términos en las acepciones corrientes 
que les prestan los humanistas, como si atendemos 
a los significados que le dan las teorías científicas. 
la especie (véase Tinbergen, op. cit.)- son consideradas por 
Otto Klineberg («Fears of a Psychologist», en Calder, op. cit, p. 
208) más bien como una indicación de «que la agresividad per-
sonal (no) desempeñó un importante papel como motivo de 
una guerra». Los soldados, resulta tentador proseguir el argu-
mento, no son homicidas y los homicidas -es decir, los dotados 
de «agresividad personal»- ni siquiera son probablemente 
buenos soldados. 
TRES 85 
Es un lugar común el señalar que la violencia brota 
a menudo de la rabia y la rabia puede ser, desde luego, 
irracional y patológica, pero de la misma manera que 
puede serlo cualquier otro afecto humano. Es sin 
duda posible crear condiciones bajo las cuales los 
hombres sean deshumanizados -tales como los cam-
pos de concentración, la tortura y el hambre- pero 
esto no significa que esos hombres se tornen anima-
les; y bajo tales condiciones, el más claro signo de des-
humanización no es la rabia ni la violencia sino la evi-
dente ausencia de ambas. La rabia no es en absoluto 
una reacción automática ante la miseria y el sufri-
miento como tales; nadie reacciona con rabia ante 
una enfermedad incurable, ante un terremoto o, por 
lo que nos concierne, ante condiciones sociales que 
parecen incambiables. La rabia sólo brota allí donde 
existen razones para sospechar que podrían modi-
ficarse esas condiciones y no se modifican. Sólo reac-
cionamos con rabia cuando es ofendido nuestro 
sentido de la justicia y esta reacción no refleja necesa-
riamente en absoluto una ofensa personal, tal como se 
advierte en toda la historia de las revoluciones, a las 
que invariablemente se vieron arrastrados miembros 
de las clases altas que encabezaron las rebeliones de los 
vejados y oprimidos. Recurrir a la violencia cuando 
uno se enfrenta con hechos o condiciones vergonzo-
sos, resulta enormemente tentador por la inmedia-
ción y celeridad inherentes a aquélla. Actuar con una 
velocidad deliberada es algo que va contra la índole de 
la rabia y la violencia, pero esto no significa que éstas 
86 SOBRE LA VIOLENCIA 
sean irracionales. Por el contrario, en la vida privada, 
al igual queen la pública, hay situaciones en las que el 
único remedio apropiado puede ser la auténtica cele-
ridad de un acto violento. El quid no es que esto nos 
permita descargar nuestra tensión emocional, fin que 
se puede lograr igualmente golpeando sobre una mesa 
o dando un portazo. El quid está en que, bajo ciertas 
circunstancias, la violencia -actuando sin argumenta-
ción ni palabras y sin consideración a las consecuen-
cias- es el único medio de restablecer el equilibrio de 
la balanza de la justicia. (El ejemplo clásico es el de Bi-
lly Budd, matando al hombre que prestó un falso tes-
timonio contra él.) En este sentido, la rabia y la violen-
cia, que a veces -no siempre- la acompaña, figuran 
entre las emociones humanas «naturales», y curar de 
ellas al hombre no sería más que deshumanizarle o 
castrarle. Es innegable que actos semejantes en los que 
los hombres toman la ley en sus propias manos en fa-
vor de la justicia, se hallan en conflicto con las consti-
tuciones de las comunidades civilizadas; pero su ca-
rácter antipolítico, tan manifiesto en el gran relato de 
Melville, no significa que sean inhumanos o «simple-
mente» emocionales. 
La ausencia de emociones ni causa ni promueve 
la racionalidad. «El distanciamiento y la ecuanimi-
dad» frente a una «insoportable tragedia» pueden 
ser «aterradores»8, especialmente cuando no son el 
8. Estoy parafraseando una frase de Noam Chomsky (op. cit, 
p. 371) que resulta muy acertada en la exposición de la «facha-
TRES 87 
resultado de un control sino que constituyen una 
evidente manifestación de incomprensión. Para 
responder razonablemente uno debe, antes que 
nada, sentirse «afectado», y lo opuesto de lo emo-
cional no es lo «racional», cualquiera que sea lo que 
signifique, sino o bien la incapacidad para sentirse 
afectado, habitualmente un fenómeno patológico, 
o el sentimentalismo, que es una perversión del 
sentimiento. La rabia y la violencia se tornan irra-
cionales sólo cuando se revuelven contra sustitutos, 
y esto, me temo, es precisamente lo que recomien-
dan los psiquiatras y los polemólogos consagrados 
a la agresividad humana y lo que corresponde, ¡ay!, a 
ciertas tendencias y a ciertas actitudes irreflexivas 
de la sociedad en general. Sabemos, por ejemplo, 
que se ha tornado muy de moda entre los liberales 
blancos reaccionar ante las quejas de los negros con 
el grito «Todos somos culpables» y que el Black 
Power se ha aprovechado con gusto de esta «confe-
sión» para instigar una irracional «rabia negra». 
Donde todos son culpables, nadie lo es; las confe-
siones de una culpa colectiva son la mejor salva-
guardia contra el descubrimiento de los culpables, 
y la magnitud del delito es la mejor excusa para no 
hacer nada. En este caso particular constituye ade-
más una peligrosa y ofuscadora escalada del racis-
mo hacia zonas superiores y menos tangibles. La 
da de realismo y seudociencia» y de la «vacuidad» intelectual 
que existía tras todo esto, especialmente en lo concerniente a 
las discusiones sobre la guerra del Vietnam. 
88 SOBRE LA VIOLENCIA 
verdadera grieta entre negros y blancos no se cierra 
traduciéndola en conflicto aún menos reconciliable 
entre la inocencia colectiva y la culpa colectiva. El 
«todos los blancos son culpables» no es sólo un pe-
ligroso disparate sino que constituye también un 
racismo a la inversa y sirve muy eficazmente para 
dar a las auténticas quejas y a las emociones racio-
nales de la población negra una salida hacia la irra-
cionalidad, un escape de la realidad. 
Además, si inquirimos históricamente las causas 
de probable transformación de los engages en enra-
ges, no es la injusticia la que figura a la cabeza de 
ellas sino la hipocresía. Es demasiado bien conoci-
do para estudiarlo aquí, el breve papel de ésa en las 
fases posteriores de la Revolución Francesa, cuando 
la guerra que Robespierre declaró a la hipocresía 
transformó el «despotismo de la libertad» en el Rei-
nado del Terror; pero es importante recordar que 
esta guerra había sido declarada mucho antes por 
los moralistas franceses que vieron en la hipocresía 
el vicio de todos los vicios y hallaron que era el su-
premo dominador de la «buena sociedad», poco 
después denominada «sociedad burguesa». No han 
sido muchos los autores de categoría que hayan 
glorificado a la violencia por la violencia; pero esos 
pocos -Sorel, Pareto, Fanón- se encontraban im-
pulsados por un odio mucho más profundo hacia 
la sociedad burguesa y llegaron a una ruptura más 
radical con sus normas morales que la Izquierda 
convencional, principalmente inspirada por la 
TRES 89 
compasión y por un ardiente deseo de justicia. 
Arrancar la máscara de la hipocresía del rostro del 
enemigo, para desenmascararle a él y a las tortuosas 
maquinaciones y manipulaciones que le permiten 
dominar sin emplear medios violentos, es decir, 
provocar la acción, incluso a riesgo del aniquila-
miento, para que pueda surgir la verdad, siguen 
siendo las más fuertes motivaciones de la violencia 
actual en las universidades y en las calles9. Y esta 
violencia, hay que decirlo de nuevo, no es irracio-
nal. Como los hombres viven en un mundo de apa-
riencias y, al tratar con éstas, dependen de lo que se 
manifiesta, las declaraciones hipócritas -a diferen-
cia de las astutas, cuya naturaleza se descubre al 
cabo de cierto tiempo- no pueden ser contrarres-
tadas por el llamado comportamiento razonable. 
Sólo se puede confiar en las palabras si uno está se-
guro de que su función es revelar y no ocultar. Lo 
que provoca la rabia es la apariencia de racionali-
dad más que los intereses que existen tras esa apa-
riencia. Usar de la razón cuando la razón es em-
9. Si se leen las publicaciones de la SDS se advierte que fre-
cuentemente recomendaban las provocaciones a la policía 
como estrategia para «desenmascarar» la violencia de las auto-
ridades. Spender (op. cit, p. 92) comenta que este género de 
violencia «conduce a una ambigüedad en la que el provocador 
desempeña simultáneamente el papel de asaltante y de vícti-
ma». La guerra contra la hipocresía alberga cierto número de 
grandes peligros, algunos de los cuales he examinado breve-
mente en On Revolution, Nueva York, 1963, pp. 91-101 [trad, 
cast.: Sobre la revolución, Alianza Editorial, Madrid, 2004]. 
90 SOBRE LA VIOLENCIA 
pleada como trampa no es «racional»; de la misma 
manera no es «irracional» utilizar un arma en de-
fensa propia. Esta violenta reacción contra la hipo-
cresía, justificable en sus propios términos, pierde 
su raison d'etre cuando trata de desarrollar una es-
trategia propia con objetivos específicos; se torna 
«irracional» en el momento en que se «racionali-
za», es decir, en el momento en que la reacción du-
rante una pugna se torna acción y cuando comien-
za la búsqueda de sospechosos acompañada de la 
búsqueda psicológica de motivos ulteriores10. 
Aunque, como ya señalé antes, la eficacia de la vio-
lencia no depende del número -un hombre con una 
ametralladora puede reducir a centenares de perso-
nas-, éste, en la violencia colectiva, destaca como su 
característica más peligrosamente atractiva y no en 
absoluto porque ese número aporte seguridad. Re-
sulta perfectamente cierto que en la acción militar, 
como en la revolucionaria, «el individualismo es el 
primer [valor] que desaparece»11; en su lugar halla-
mos un género de coherencia de grupo, nexo más 
intensamente sentido y que demuestra ser mucho 
más fuerte, aunque menos duradero, que todas las 
variedades de la amistad, civil o particular12. En rea-
10. Véase apéndice XV, pág. 135. 
11. Fanón, op. cit, p. 47. 
12. J. Glenn Gray, The Warriors (Nueva York, 1959) [trad, cast: 
Guerreros: reflexiones del hombre en la batalla, Inédita Ediciones, 
TRBS 91 
lidad, en todas las empresas ilegales, delictivas o po-
líticas, el grupo, por su propia seguridad, exigirá 
«que cada individuo realice una acción irrevocable» 
con la que rompa su unión con la sociedad respeta-
ble, antes de ser admitido en la comunidad de vio-lencia. Pero una vez que un hombre sea admitido, 
caerá bajo el intoxicante hechizo de «la práctica de la 
violencia [que] une a los hombres en un todo, dado 
que cada individuo constituye un eslabón de violen-
cia en la gran cadena, una parte del gran organismo 
de la violencia que ha brotado»13. 
Las palabras de Fanón apuntan al bien conocido 
fenómeno de la hermandad en el campo de batalla 
donde diariamente tienen lugar las acciones más 
nobles y altruistas. De todos los niveladores, la 
muerte parece ser el más potente, al menos en las 
escasas y extraordinarias situaciones en las que se le 
permite desempeñar un papel político. La muerte, 
tanto en lo que se refiere al morir en este momento 
determinado como al conocimiento de la propia 
mortalidad de uno, es quizá la experiencia más an-
tipolítica que pueda existir. Significa que desapare-
ceremos del mundo de las apariencias y que dejare-
mos la compañía de nuestros semejantes, que son 
las condiciones de toda política. Por lo que a la ex-
periencia humana concierne, la muerte indica un 
Barcelona, 2004]; resulta más penetrante e instructivo en este 
punto. Debería ser leído por todo el que esté interesado en la 
práctica de la violencia. 
13. Fanón, op. cit, pp. 85 y 93, respectivamente. 
92 SOBRE LA VIOLENCIA 
aislamiento y una impotencia extremados. Pero, en 
enfrentamiento colectivo y en acción, la muerte 
troca su talante; nada parece más capaz de intensifi-
car nuestra vitalidad como su proximidad. De alguna 
forma somos habitualmente conscientes principal-
mente de que nuestra propia muerte es acompaña-
da por la inmortalidad potencial del grupo al que 
pertenecemos y, en su análisis final, de la especie y 
esa comprensión se torna el centro de nuestra ex-
periencia. Es como si la misma vida, la vida inmor-
tal de la especie, nutrida por el sempiterno morir 
de sus miembros individuales, «brotara», se reali-
zara en la práctica de la violencia. 
Sería erróneo, pienso, hablar de meros senti-
mientos. Al fin y al cabo una experiencia adecuada 
halla aquí una de las propiedades más sobresalien-
tes de la condición humana. En nuestro contexto, 
sin embargo, lo interesante es que estas experien-
cias, cuya fuerza elemental existe más allá de toda 
duda, nunca hayan encontrado una expresión ins-
titucional y política, y que la muerte como nivela-
dora difícilmente desempeñe papel alguno en la fi-
losofía política, aunque la mortalidad humana -el 
hecho de que los hombres son «mortales», como los 
griegos solían decir- haya sido reconocida como el 
más fuerte motivo de acción política en el pensa-
miento político prefilosófico. Fue la certidumbre de 
la muerte la que impulsó a los hombres a buscar 
fama inmortal en hechos y palabras y la que les im-
pulsó a establecer un cuerpo político que era po-
TEES 93 
tencialmente inmortal. Por eso la política fue preci-
samente un medio por el que escapar de la igualdad 
ante la muerte y lograr una distinción que asegu-
raba un cierto tipo de inmortalidad. (Hobbes es el 
único filósofo político en cuya obra la muerte des-
empeña un papel crucial en la forma del temor a 
una muerte violenta. Pero para Hobbes lo decisivo 
no es la igualdad ante la muerte sino la igualdad del 
temor, resultante de una igual capacidad para ma-
tar, poseída por cualquiera y que persuade a los 
hombres en estado de naturaleza para ligarse entre 
sí y constituir una comunidad.) En cualquier caso, 
y por lo que yo sé, no se ha fundado ningún cuerpo 
político sobre la igualdad ante la muerte y su actua-
lización en la violencia; las escuadras suicidas de la 
Historia, que fueron desde luego organizadas sobre 
este principio y por eso denominadas a menudo «her-
mandades» pueden difícilmente ser consideradas co-
mo organizaciones políticas. Pero es cierto que los 
fuertes sentimientos fraternales que engendra la vio-
lencia colectiva han seducido a muchas buenas gentes 
con la esperanza de que de allí surgiría una nueva co-
munidad y un «hombre nuevo». La esperanza es ilu-
soria por la sencilla razón de que no existe relación 
humana más transitoria que este tipo de hermandad, 
sólo actualizado por las condiciones de un peligro in-
mediato para la vida de cada miembro. 
Pero éste es sólo un aspecto de la cuestión. Fanón 
remata su elogio de la violencia señalando que en 
este tipo de lucha el pueblo comprende «que la vida 
94 SOBRE LA VIOLENCIA 
es una pugna inacabable», que la violencia es un 
elemento de la vida. ¿No parece esto plausible? 
¿Acaso los hombres no han equiparado siempre a la 
muerte con el «descanso eterno», y no se deduce de 
ahí que mientras tengamos vida tendremos pugna 
e intranquilidad? ¿Acaso no es ese descanso una 
clara manifestación de ausencia de vida y de vejez? 
¿No es la acción violenta una prerrogativa de los jó-
venes, de quienes presumiblemente se hallan com-
pletamente vivos? ¿No son, por eso, lo mismo el 
elogio de la vida que el elogio de la violencia? Sorel, 
en cualquier caso, pensaba así hace sesenta años. 
Antes que Spengler, predijo él la «Decadencia de Oc-
cidente», tras haber observado claros signos de aba-
timiento en la lucha de clases en Europa. La bur-
guesía -aseguraba- había perdido la «energía» para 
desempeñar un papel en la lucha de clases; Europa 
sólo podría salvarse si se podía convencer al prole-
tariado para que utilizara la violencia, reafirmando 
las distinciones de clase y despertando el instinto 
de lucha de la burguesía14. 
He aquí, pues, cómo mucho antes de que Konrad 
Lorenz descubriera la función promovedora de 
vida que ia agresión desempeña en el reino animal, 
era elogiada la violencia como manifestación de la 
fuerza de la vida y, específicamente, de su creativi-
dad. Sorel, inspirado por el élan vital de Bergson, 
14. Sorel, op. cit, capítulo 2, «La decadencia burguesa yla vio-
lencia». 
TRES 95 
apuntaba a una filosofía de la creatividad concebi-
da para «productores» y dirigida polémicamente 
contra la sociedad de consumo y sus intelectuales; 
ambos grupos eran, en su opinión, parásitos. La 
imagen del burgués -pacífico, complaciente, hipó-
crita, inclinado al placer, sin voluntad de poder, tar-
dío producto del capitalismo más que representan-
te de éste- y la imagen del intelectual, cuyas teorías 
son «construcciones», en vez de «expresiones de la 
voluntad»15 resultan esperanzadoramenté contra-
rrestadas en su obra por la imagen del trabajador. 
Sorel ve al trabajador como el «productor», que 
creará las nuevas «cualidades morales que son ne-
cesarias para mejorar la producción», destruir «los 
Parlamentos [que] están atestados como juntas de 
accionistas»16 y que oponen a «la imagen del Pro-
greso... la imagen de la catástrofe total» cuando un 
«género de irresistible ola anegará a la antigua civi-
lización»17. Los nuevos valores no resultan ser muy 
nuevos. Son un sentido del honor, un deseo de fama 
y gloria, el espíritu de lucha sin odio y «sin el espí-
ritu de venganza» y la indiferencia ante las ventajas 
materiales. Son, desde luego, las virtudes que se hallan 
evidentemente ausentes de la sociedad burguesa18. 
«La guerra social, al apelar al honor que tan natu-
15. Ibidem, «Introducción. Carta a Daniel Halévy», IV. 
16. Ibidem, capítulo 7, «La moral de los productores», I. 
17. Ibidem, capítulo 4, «La huelga proletaria», II. 
18. Ibidem, véase especialmente capítulo 5, III , y capítulo 3, 
«Los prejuicios contra la violencia», III . 
96 SOBRE LA VIOLENCIA 
raímente cunde en todo ejército organizado, puede 
eliminar los malvados sentimientos contra los cua-
les la moral seguiría siendo impotente. Aunque no 
hubiese más razón que ésta [...] me parecería una 
razón harto decisiva en pro de los apologistas de la 
violencia»19. 
Mucho puede aprenderse de Sorel acerca de los 
motivos que impulsan a los hombres a glorificar la 
violencia en abstracto. Incluso más puede apren-
derse de su inteligente contemporáneo italiano, 
también de formación francesa, Vilfredo Pareto. 
Fanón, que poseía con la práctica de la violenciauna intimidad infinitamente más grande que la de 
uno u otro, fue influido considerablemente por So-
rel y empleó sus categorías, aunque su propia expe-
riencia las contradecía claramente20. La experiencia 
19. Ibidem, Apéndice II , «Apología de la violencia». 
20. Esto ha sido recientemente subrayado por Barbara De-
ming en su alegato en favor de la acción no violenta, «On Re-
volution and Equilibrium», en «Revolution: Violent and Non-
violent», reproducido de Liberation, febrero de 1968. Afirma 
sobre Fanón en la p. 3: «Estoy convencida de que puede ser 
también citado en favor de la no violencia [...] Cada vez que 
encuentre en sus páginas la palabra "violencia", sustituyala por 
la expresión "acción radical e intransigente". Aseguro que, a ex-
cepción de unos pocos pasajes es posible realizar esta sustitu-
ción y que la acción que reclama podría ser también la acción 
no violenta.» Aun más importante para mis fines: la señorita 
Deming también trata de distinguir claramente entre poder y 
violencia y reconoce que el «quebrantamiento no violento» 
significa «ejercer fuerza [...] Se deduce incluso que puede ser 
denominado solamente fuerza física» (p. 6). Sin embargo, cu-
TRES 97 
decisiva que convenció a Sorel como a Pareto para 
subrayar la importancia del factor de la violencia en 
las revoluciones fue el affaire Dreyfus en Francia, 
cuando, en palabras de Pareto, se sintieron «sor-
prendidos al ver que empleaban [los partidarios de 
Dreyfus] contra sus oponentes los mismos villanos 
métodos que ellos habían denunciado»21. En esta 
coyuntura descubrieron lo que hoy denominamos 
el Establishment y que antes se llamaba el Sistema y 
fue ese descubrimiento el que les impulsó al elogio 
de la acción violenta y el que a Pareto, por su parte, 
le hizo desesperar de la clase trabajadora. (Pareto 
comprendió que la rápida integración de los traba-
jadores en el cuerpo social y político de la nación 
equivalía realmente a «una alianza entre la burgue-
sía y los trabajadores», al «aburguesamiento» de los 
trabajadores, lo que entonces, según él, daba paso a 
un nuevo sistema, que denominó «pluto-democra-
cia», forma mixta de Gobierno, ya que la plutocracia 
corresponde al régimen burgués y la democracia al 
régimen de los trabajadores.) La razón por la que 
riosamente, menosprecia el efecto de esta fuerza de quebran-
tamiento, que se detiene sólo ante la agresión física, cuando 
afirma, «son respetados los derechos humanos del adversa-
rio» (p. 7). Sólo se respeta realmente el derecho a la vida del 
adversario pero ninguno de sus otros derechos humanos. Cabe 
decir lo mismo respecto de los que abogan por la «violencia 
contra las cosas» frente a la «violencia contra las personas». 
21. Cita tomada del instructivo ensayo de S. E. Finer «Pareto 
and Pluto-Democracy: The Retreat to Galapagos», en The 
American Political Science Review, junio de 1968. 
98 SOBRE LA VIOLENCIA 
Sorel mantuvo su fe marxista en la clase trabajado-
ra fue la de que los trabajadores eran los «produc-
tores», el único elemento creativo de la sociedad, 
aquellos que, según Marx, estaban llamados a libe-
rar las fuerzas productivas de la Humanidad; lo 
malo era que tan pronto como los trabajadores ha-
bían alcanzado un nivel satisfactorio en sus condi-
ciones de trabajo y de vida, se negaban tozudamen-
te a seguir siendo proletarios y a desempeñar su 
papel revolucionario. 
Décadas después de que murieran Sorel y Pareto 
se tornó completamente manifiesto algo más, in-
comparablemente más desastroso para esta con-
cepción. El enorme crecimiento de la producti-
vidad en el mundo moderno no fue en absoluto 
debido a un aumento de la productividad de los 
trabajadores, sino exclusivamente al desarrollo de 
la tecnología y esto no dependió ni de la clase tra-
bajadora ni de la burguesía, sino de los científicos. 
Los «intelectuales», tan despreciados por Sorel y 
Pareto, dejaron repentinamente de ser un grupo 
social marginal y surgieron como una nueva élite 
cuyo trabajo, tras haber modificado en unas pocas 
décadas las condiciones de la vida humana, casi 
hasta hacerlas irreconocibles, ha seguido siendo 
esencial para el funcionamiento de la sociedad. 
Existen muchas razones por las que este nuevo gru-
po no se ha constituido, al menos todavía, como 
una élite del poder; pero hay también muchas razo-
nes para creer, con Daniel Bell, que «no sólo los 
TRES 99 
mejores talentos sino, eventualmente, todo el com-
plejo de prestigio social y de estatus social, acabará 
por enraizarse en las comunidades intelectual y 
científica»22. Sus miembros se hallan más dispersos 
y están menos ligados por claros intereses que los 
grupos del antiguo sistema de clases; por eso care-
cen de impulso para organizarse a sí mismos y de 
experiencia en todas las cuestiones relativas al 
poder. Además, estando mucho más vinculados a 
las tradiciones culturales, una de las cuales es la 
tradición revolucionaria, se aferran con más te-
nacidad a las categorías del pasado, lo que les im-
pide comprender el presente y su propio papel en 
éste. Es a menudo emocionante contemplar con 
qué nostálgicos sentimientos los más rebeldes en-
tre nuestros estudiantes esperan que surja el «ver-
dadero» ímpetu revolucionario de aquellos gru-
pos de la sociedad que les denuncian tanto más 
vehementemente cuanto más tienen que perder 
con algo que podría alterar el suave funciona-
miento de la sociedad de consumo. Para lo mejor 
y para lo peor -y yo creo que existen razones tan-
to para tener miedo como para tener esperanza-
la realmente nueva y potencialmente revolucio-
naria clase de la sociedad estará integrada por 
intelectuales, y su poder potencial, todavía no 
comprendido, es muy grande, quizá demasiado 
22. «Notes on the Post-Industrial Society», The Public Interest, 
num. 6,1967. 
100 SOBRE LA VIOLENCIA 
grande para el bien de la Humanidad23. Pero todo 
esto son especulaciones. 
Sea lo que fuere, en este contexto nos interesa 
principalmente la extraña resurrección de las filo-
sofías vitalistas de Bergson y Nietzsche en su ver-
sión soreliana. Todos sabemos hasta qué punto esta 
antigua combinación de violencia, vida y creativi-
dad figura en el rebelde estado mental de la actual 
generación. No hay duda de que el énfasis prestado 
al puro hecho de vivir, y por eso a hacer el amor 
como manifestación más gloriosa de la vida, es una 
respuesta a la posibilidad real de construcción de 
una máquina del Juicio Final que destruya toda 
vida en la Tierra. Pero no son nuevas las categorías 
en las que se incluyen a sí mismos los nuevos glori-
ficadores de la vida. Ver la productividad de la so-
ciedad en la imagen de la «creatividad» de la vida es 
por lo menos tan viejo como Marx, creer en la vio-
lencia como fuerza promotora de la vida es por lo 
menos tan viejo como Nietzsche y juzgar a la crea-
tividad como el más elevado bien del hombre es 
por lo menos tan viejo como Bergson. 
Y esta justificación biológica de la violencia, apa-
rentemente tan nueva, está además íntimamente li -
gada con los elementos más perniciosos de nuestras 
más antiguas tradiciones de pensamiento político. 
Según el concepto tradicional de poder, igualado 
como vimos a la violencia, el poder es expansionis-
23. Véase apéndice XVI , pág. 137. 
TRES 101 
ta por naturaleza. Tiene «un impulso interno de 
crecimiento», es creativo porque «le es propio el 
instinto de crecer»24. De la misma manera que en 
el reino de la vida orgánica todo crece o decae, se su-
pone que en el reino de los asuntos humanos, el po-
der puede sustentarse a sí mismo sólo a través de Ja 
expansión; de otra manera, se reduce y muere. «Lo 
que deja de crecer comienza a pudrirse», afirma un 
antiguo adagio ruso de la época de Catalina la 
Grande. Los reyes, se nos ha dicho, fueron muertos 
«no por obra de su tiranía ni por su debilidad». El 
pueblo erige patíbulos, no como castigo moral al 
despotismo sino como castigo biológico a la debili-
dad. (El subrayado es de la autora.) Las revolucio-
nes, poreso, estaban dirigidas contra los poderes 
establecidos «sólo desde un punto de vista exterior». 
Su verdadero «efecto era dar al Poder un nuevo vi-
gor y un nuevo equilibrio y derribar los obstáculos 
que habían obstruido durante largo tiempo su de-
sarrollo»25. Cuando Fanón habla de la «locura crea-
tiva» presente en la acción violenta, sigue pensando 
en esta tradición26. 
Nada, en mi opinión, podría ser teóricamente 
más peligroso que la tradición de pensamiento or-
gánico en cuestiones políticas, por la que el poder y 
la violencia son interpretados en términos biológi-
24. Jouvenel, op. cit., pp. 114 y 123, respectivamente. 
25. Ibidem, pp. 187 y 188. 
26. Fanón, op. cit, p. 95. 
102 SOBRE LA VIOLENCIA 
cos. Según son hoy comprendidos estos términos, 
la vida y la supuesta creatividad de la vida son su 
denominador común, de tal forma que la violencia 
es justificada sobre la base de la creatividad. Las 
metáforas orgánicas de que está saturada toda nues-
tra presente discusión de estas materias, especialmen-
te sobre los disturbios -la noción de una «sociedad 
enferma» de la que son síntoma los disturbios, como 
la fiebre es síntoma de enfermedad- sólo pueden fi-
nalmente promover la violencia. De esta forma, el 
debate entre quienes proponen medios violentos 
para restaurar «la ley y el orden» y quienes proponen 
reformas no violentas comienza a parecerse alarman-
temente a una discusión entre dos médicos que de-
baten las ventajas de una operación quirúrgica frente 
al tratamiento del paciente por otros medios. Se su-
pone que cuanto más enfermo esté el paciente, más 
probable será que la última palabra corresponda al 
cirujano. Además, mientras hablamos en términos 
no políticos, sino biológicos, los glorificadores de la 
violencia pueden recurrir al innegable hecho de que 
en el dominio de la Naturaleza la destrucción y la 
creación son sólo dos aspectos del proceso natural, de 
forma tal que la acción violenta colectiva puede apa-
recer tan natural en calidad de prerrequisito de la 
vida colectiva de la Humanidad como lo es la lucha 
por la supervivencia y la muerte violenta en la conti-
nuidad de la vida dentro del reino animal. 
El peligro de dejarse llevar por la engañosa plau-
sibilidad de las metáforas orgánicas es particular-
TRES 103 
mente grande allí donde se trata del tema racial. El 
racismo, blanco o negro, está por definición preña-
do de violencia porque se opone a hechos orgáni-
cos naturales -una piel blanca o una piel negra-
que ninguna persuasión ni poder puede modificar; 
todo lo que uno puede hacer, cuando ya están las 
cartas echadas, es exterminar a sus portadores. El 
racismo, a diferencia de la raza, no es un hecho de 
la vida, sino una ideología, y las acciones a las que 
conduce no son acciones reflejas sino actos delibe-
rados basados en teorías seudocientíficas. La vio-
lencia en la lucha interracial resulta siempre homi-
cida pero no es «irracional»; es la consecuencia 
lógica y racional del racismo, término por el que yo 
no entiendo una serie de prejuicios más bien vagos 
de una u otra parte, sino un explícito sistema ideo-
lógico. Bajo la presión del poder, los prejuicios, di-
ferenciados tanto de los intereses como de las ideo-
logías, pueden ceder; como vimos que sucedió con 
el muy eficaz movimiento de los derechos civiles, 
que era enteramente no violento («Hacia 1964 [...] 
la mayoría de los americanos estaban convencidos 
de que la subordinación, y en menor grado la segre-
gación, constituían un mal»27). Pero aunque los 
boicots, las sentadas y las manifestaciones tuvieron 
éxito en la eliminación de las leyes y reglamentos 
.'7. Robert M. Folgelson, «Violence as Protest», en Urban Riots: 
Violence and Social Change, Proceedings of the Academy of Po-
litical Science, Universidad de Columbia, 1968. 
104 SOBRE LA VIOLENCIA 
discriminatorios del sur, fracasaron notoriamente y 
se tornaron contraproducentes cuando se enfrenta-
ron con las condiciones sociales de los grandes nú-
cleos urbanos: las firmes necesidades de los guetos 
negros por un lado, y por el otro los intereses domi-
nantes de los grupos blancos de ingresos más bajos, 
respecto a vivienda y enseñanza. Todo lo que este 
modo de acción podía hacer, y desde luego hizo, fue 
denunciar estas condiciones, llevarlas a la calle, 
donde quedó expuesta peligrosamente la irreconci-
liabilidad básica de los intereses. 
Pero incluso la violencia de hoy, los disturbios 
negros y la violencia potencial de la reacción blanca 
no son todavía manifestaciones de ideologías racis-
tas y de su lógica homicida. (Los disturbios, se ha 
dicho recientemente, son «protestas articuladas 
contra agravios genuinos»28; además su «limitación 
y su selectividad o [...] su racionalidad figuran cier-
tamente entre [sus] rasgos más cruciales»29. Y lo 
mismo sucede con la reacción blanca, fenómeno 
que, contra todas las predicciones, no se ha caracte-
rizado hasta ahora por su violencia. Es la reacción 
perfectamente racional de ciertos grupos de intere-
ses que protestan furiosamente de que se les singu-
larice para que sean ellos quienes paguen todo el 
precio de una política de integración mal concebi-
28. Ibidem. 
29. Ibidem. Véase también el excelente artículo «Official Inter-
pretation of Racial Riots» de Allan A. Silver en la misma colec-
ción. 
TRES 105 
da a cuyas consecuencias pueden fácilmente esca-
par sus autores30). El peligro mayor proviene de la 
otra dirección; como la violencia necesita sienipre 
justificación, una escalada de la violencia en las> ca-
lles puede dar lugar a una ideología verdaderamen-
te racista que la justifique. El racismo, tan sonora-
mente evidente en el «Manifiesto» de James Forrfian, 
es probablemente más una reacción a los disturbios 
caóticos de los últimos años que su causa. Podría, 
desde luego, provocar una reacción blanca real-
mente violenta, cuyo mayor peligro consistiría ¿n la 
transformación de los prejuicios blancos en una 
completa ideología racista, para la que «la ley y el 
orden» se convertirían en una pura fachada. En este 
caso todavía improbable el clima de opinión en el 
país podría deteriorarse hasta el punto de que una 
mayoría de ciudadanos deseara pagar el precio del 
terror invisible de un Estado policíaco a cambio de 
contar con la ley y el orden en las calles. Nada de esto 
es lo que ahora conocemos, un género de reacción 
policíaca, completamente brutal y muy visible. 
El comportamiento y los argumentos en los con-
flictos de intereses no son notorios por su «raciona-
lidad». Nada, desgraciadamente, ha sido tan cons-
tantemente refutado por la realidad como el cfedo 
del «ilustrado interés propio» en su versión literal 
igual que en su más compleja variante marxista- Al-
guna experiencia más un poco de reflexión nos en-
M). Véase apéndice XVII . 
106 SOBRE LA VIOLENCIA 
señan, por el contrario, que va contra la verdadera 
naturaleza del interés propio el ser ilustrado. Por 
tomar un ejemplo de la vida diaria, veamos el con-
flicto de intereses entre inquilino y casero: un inte-
rés ilustrado se concentraría en un edificio apto 
para vivienda humana; pero este interés es comple-
tamente diferente del (y en la mayor parte de los 
casos opuesto al) interés propio del casero en eleva-
dos beneficios y al del inquilino en un bajo alquiler. 
La respuesta corriente de un arbitro, aparentemen-
te portavoz de la «ilustración», sería que, a largo 
plazo el interés del edificio es el verdadero interés 
del casero y del inquilino, pero esta respuesta no 
tiene en cuenta el factor tiempo, de importancia ca-
pital para todos los que intervienen en el asunto. 
Interés propio es interés en el yo, y el yo puede mo-
rir o mudarse o vender la casa. Por obra de su cam-
biante condición, es decir, en definitiva por la con-
dición humana de la mortalidad, el yo en cuanto yo 
no puede calcular en términos de intereses a largo 
plazo, por ejemplo, el interés de un mundo que so-
brevive a sus habitantes. El deterioro de un edificio 
es cuestión de años;un aumento del alquiler o un 
beneficio temporalmente bajo son cosas de hoy o 
de mañana. Y algo similar mutatis mutandis sucede 
desde luego en los conflictos laborales y de otro 
tipo. El interés propio, cuando se le pide someterse 
al «verdadero» interés -es decir, al interés del mun-
do como distinto del interés del yo- siempre repli-
cará: Cerca está mi camisa pero más cerca está mi 
TRES 107 
piel. Esto puede que no sea muy razonable, pero es 
completamente realista; es la no muy noble pero 
adecuada respuesta a la discrepancia de tiempo entre 
las vidas particulares de los hombres y la totalmente 
diferente esperanza de vida del mundo público. Es-
perar que gente que no tiene la más ligera noción de 
lo que es la res publica, la cosa pública, se comporte 
no violentamente y argumente racionalmente, en 
cuestiones de interés, no es ni realista ni razonable. 
La violencia, siendo por su naturaleza un instru-
mento, es racional hasta el punto en que resulte 
efectiva para alcanzar el fin que deba justificarla. Y 
dado que cuando actuamos nunca conocemos con 
certeza las consecuencias eventuales de lo que esta-
mos haciendo, la violencia seguirá siendo racional 
sólo mientras persiga fines a corto plazo. La violen-
cia no promueve causas, ni la historia ni la revolu-
ción, ni el progreso ni la reacción; pero puede ser-
vir para dramatizar agravios y llevarlos a la atención 
pública. Como Conor Cruise O'Brien (en una discu-
sión sobre la legitimidad de la violencia en el «Thea-
tre of Ideas») señaló una vez, citando a William 
O'Brien, el agrario y agitador nacionalista irlandés: 
A veces, «la violencia es el único camino para lograr 
una audiencia a la moderación». Pedir lo imposible 
para obtener lo posible no es siempre contraprodu-
cente. Y desde luego, la violencia, contra lo que sus 
profetas tratan de decirnos, es más un arma de refor-
108 SOBRE LA VIOLENCIA 
ma que de revolución. Francia no hubiera obtenido 
su ley más radical desde los tiempos de Napoleón 
para modificar su anticuado sistema de enseñanza 
si los estudiantes franceses no se hubieran lanzado 
a la revuelta; si no hubiera sido por los disturbios 
de la primavera, nadie en la Universidad de Co-
lumbia hubiera soñado en aceptar la introducción 
de reformas31; y es probablemente muy cierto que 
en Alemania occidental la existencia de «minorías 
disidentes ni siquiera hubiese sido advertida si no 
hubiera sido porque éstas se lanzaron a la provoca-
ción»32. Sin duda alguna, «la violencia renta», pero 
lo malo es que renta indiscriminadamente, tanto 
para clases sobre música «soul» y de swahili como 
31. «En Columbia, hasta la revuelta del último año, por ejem-
plo, habían estado llenándose de polvo en el despacho del Pre-
sidente un informe sobre la vida estudiantil y otro sobre las 
viviendas del claustro de profesores», como Fred Hechinger se-
ñaló en The New York Times, «The Week in Review», del 4 de 
mayo de 1969. 
32. Rudi Dutschke, citado en Der Spiegel, 10 de febrero de 
1969, p. 27. Günter Grass, manifestándose en la misma forma 
tras el atentado contra Dutschke en la primavera de 1968, sub-
raya también la relación entre reformas y violencia: «El movi-
miento juvenil de protesta ha revelado la fragilidad de nuestra 
democracia, insuficientemente afirmada. En esto ha tenido 
éxito, pero dista de saberse adonde le conducirá semejante éxi-
to; o bien conseguirá que se realicen las tan demoradas refor-
mas [...] o [...] la incertidumbre ahora expuesta proporcionará 
a falsos profetas mercados prometedores y una publicidad gra-
tuita.» Véase «Violence Rehabilitated», en Speak Out!, Nueva 
York, 1969. 
TRES 109 
para reformas auténticas. Y como las tácticas de la 
violencia y del quebrantamiento sólo tienen senti-
do cuando se emplean para lograr objetivos a corto 
plazo, es más probable, como ha sido recientemen-
te el caso en los Estados Unidos, que el poder esta-
blecido acepte demandas estúpidas y obviamente 
dañinas -como las de admitir estudiantes sin las 
calificaciones necesarias e instruirles en materias 
inexistentes- si tales «reformas» pueden efectuarse 
con relativa facilidad, que el que la violencia pueda 
ser efectiva con respecto al objetivo, relativamente 
a largo plazo, del cambio estructural33. Además, el 
peligro de la violencia, aunque se mueva conscien-
temente dentro de un marco no violento de objeti-
vos a corto plazo, será siempre el de que los medios 
superen al fin. Si los fines no se obtienen rápida-
mente, el resultado no será sólo una derrota sino la 
introducción de la práctica de la violencia en todo 
el cuerpo político. La acción es irreversible y siem-
33. Otra cuestión que aquí no podemos discutir es la referente 
al grado hasta el que es capaz de reformarse a sí mismo todo el 
sistema universitario. Yo creo que no existe una respuesta ge-
neral. Aunque la rebelión estudiantil es un fenómeno global, 
los mismos sistemas universitarios no son en absoluto unifor-
mes y varían no sólo de país a país sino de institución a institu-
ción; todas las soluciones al problema deben proceder de, y co-
rresponder a, condiciones estrictamente locales. De esta forma, 
en algunos países, la crisis universitaria puede incluso ensan-
charse hasta transformarse en una crisis gubernamental, como 
Der Spiegel (23 de junio de 1969) juzgó posible al referirse a la 
situación alemana. 
no SOBRE LA VIOLENCIA 
pre resulta improbable en caso de derrota un retor-
no al status quo. La práctica de la violencia, como 
toda acción, cambia el mundo, pero el cambio más 
probable originará un mundo más violento. 
Finalmente -volviendo a la primitiva denuncia 
del sistema como tal, formulada por Sorel y Pare-
to- cuanto más grande sea la burocratización de la 
vida pública, mayor será la atracción de la violen-
cia. En una burocracia completamente desarrollada 
no hay nadie con quien discutir, a quien presentar 
agravios o sobre quien puedan ejercerse las presio-
nes de poder. La burocracia es la forma de Gobier-
no en la que todo el mundo está privado de libertad 
política, del poder de actuar; porque el dominio de 
Nadie no es la ausencia de dominio, y donde todos 
carecen igualmente de poder tenemos una tiranía 
sin tirano. La característica crucial de las rebeliones 
estudiantiles del mundo entero ha sido el haberse 
dirigido en todas partes contra la burocracia domi-
nante. Esto explica lo que a primera vista parece tan 
inquietante: que las rebeliones del este exijan preci-
samente aquellas libertades de expresión y pensa-
miento que los jóvenes rebeldes del oeste afirman 
despreciar por irrelevantes. Al nivel de las ideolo-
gías, todo es confuso; lo es mucho menos si parti-
mos del hecho obvio de que las maquinarias de los 
grandes partidos han logrado en todas partes impo-
nerse a la voz de los ciudadanos, incluso en aquellos 
países donde siguen intactas la libertad de expresión 
y la de asociación. Los disidentes y los resistentes 
TRES 111 
del este exigen libertad de expresión y de pensamien-
to como condiciones preliminares de la acción polí-
tica; los rebeldes del oeste viven bajo condiciones en 
las que estos preliminares ya no abren canales para la 
acción, para el ejercicio significativo de la libertad. 
Lo que les importa es, desde luego, la Praxisentzug, 
la suspensión de la acción, como Jens Litten, un es-
tudiante alemán, la ha denominado correctamen-
te34. La transformación del Gobierno en Adminis-
tración, o de las Repúblicas en burocracias y la 
desastrosa reducción del dominio público que la ha 
acompañado, tiene una larga y complicada Historia 
a través de la Edad Moderna; y este proceso ha sido 
considerablemente acelerado durante los últimos 
cien años merced al desarrollo de las burocracias de 
los partidos. (Hace setenta años Pareto reconoció 
que la «libertad... por lo cual yo entiendo el poder 
de actuar, se reduce cada día, salvo para los delin-
cuentes, en los llamados países libres y democráti-
cos»35.) Lo que hace de un hombre un ser político 
es su facultad de acción;le permite unirse a sus 
iguales, actuar concertadamente y alcanzar objeti-
vos y empresas en los que jamás habría pensado, y 
aun menos deseado, si no hubiese obtenido este 
don para embarcarse en algo nuevo. Filosóficamen-
te hablando, actuar es la respuesta humana a la con-
dición de la natalidad. Como todos llegamos al 
34. Véase apéndice XVIII . 
35. Pareto, citado por Finer, op. cit. 
112 SOBRE LA VIOLENCIA 
mundo por virtud del nacimiento, en cuanto recién 
llegados y principiantes somos capaces de comen-
zar algo nuevo; sin el hecho del nacimiento, ni si-
quiera sabríamos qué es la novedad, toda «acción» 
sería bien mero comportamiento, bien preserva-
da?. Ninguna c-tra facultad excepto la del lenguaje, 
ni la razón ni la conciencia, nos distingue tan radi-
calmente de todas las demás especies animales. Ac-
tuar y comenzar no son lo mismo pero están ínti-
mamente relacionados. 
Ninguna de las propiedades de la creatividad es 
expresada adecuadamente por metáforas extraídas 
del proceso de la vida. Engendrar y parir no son 
más creativos de lo que aniquilante es el morir; son 
sólo fases diferentes del mismo y periódico ciclo al 
que están sujetos todos los seres vivos como si se 
hallaran en trance. Ni la violencia ni el poder son 
un fenómeno natural, es decir, una manifestación 
del proceso de la vida; pertenecen al terreno políti-
co de los asuntos humanos cuya calidad esencial-
mente humana est̂ garantizada por la facultad hu-
mana de la acción, la capacidad de comenzar algo 
nuevo. Y creo que puede demostrarse que ninguna 
otra capacidad humana ha sufrido hasta tal punto 
a consecuencia del progreso de la Edad Moderna 
porque progreso, tíü como hemos llegado a conce-
birlo, significa crecimiento, el implacable progreso 
de más y más, de más grande y más grande. Cuanto 
más grande se torna un país en términos de pobla-
ción, de objetos y de posesiones, mayor será su ne-
TRES 113 
cesidad de administración y con ésta mayor el anó-
nimo poder de los administradores. Pavel Kohout, 
un autor checo, escribiendo en el apogeo del expe-
rimento de la libertad en Checoslovaquia, definió 
a un «ciudadano libre» como un «Ciudadano Co-
Dominante». Aludía nada más ni nada menos que 
a la «democracia participativa» de la que tanto he-
mos oído hablar en Occidente durante los últimos 
años. Kohout añadió que el mundo de hoy sigue 
necesitando grandemente de lo que puede ser «un 
nuevo ejemplo» si «los próximos mil años no van a 
convertirse en una era de monos supercivilizados»; 
o, peor aún, del «hombre convertido en pollo o 
rata», dominado por una «élite» cuyo poder se de-
rive «de los sabios consejos [...] de auxiliares inte-
lectuales» quienes creen que los hombres de los 
«tanques de pensamiento» son pensadores y que las 
computadoras pueden pensar; «los consejos pue-
den resultar ser increíblemente insidiosos y, en vez 
de perseguir objetivos humanos, pueden perseguir 
problemas completamente abstractos que han sido 
transformados de manera imprevista en el cerebro 
artificial»36. 
Este nuevo ejemplo difícilmente será impuesto 
por la práctica de la violencia, aunque estoy incli-
nada a pensar que parte considerable de la actual 
36. Véase Brtefe uber die Grenze, de Gunter Grass y Pavel Ko-
hout, Hamburgo, 1968, pp. 88 y 90, respectivamente; y Andrei 
D. Sajarov, op. cit. 
114 SOBRE LA VIOLENCIA 
glorificación de la violencia es provocada por una 
grave frustración de la facultad de acción en el 
mundo moderno. Es sencillamente cierto que los 
disturbios de los guetos y los disturbios de las uni-
versidades logran que «los hombres sientan que es-
tán actuando unidos en una forma que rara vez les 
resulta posible»37. No sabemos si estos aconteci-
mientos son los comienzos de algo nuevo -el «nue-
vo ejemplo»- o los estertores de una facultad que la 
Humanidad esté a punto de perder. Tal como las co-
sas se encuentran ahora, cuando vemos cómo las 
superpotencias encallan bajo el monstruoso peso 
de su propia grandeza, parece que habrá una posi-
bilidad de realización del «nuevo ejemplo», aunque 
sea en un pequeño país o en sectores reducidos y 
bien definidos de las sociedades de masas de las 
grandes potencias. 
Los procesos de desintegración que se han hecho 
tan manifiestos en los últimos años -el deterioro de 
los servicios públicos: escuelas, policía, distribución 
de la correspondencia, recogida de basuras, trans-
portes, etc.; el índice de mortalidad en las carreteras 
y los problemas de tráfico en las ciudades; la polu-
ción del aire y del agua- son resultados automáticos 
de las necesidades de las sociedades de masas que se 
han tornado tan indominables. Son acompañados y 
a menudo acelerados por el simultáneo declive de 
37. Herbert J. Gans, «The Ghetto Rebellions and Urban Class 
Conflict», en Urban Riots, op. cit. 
TRES 115 
los diversos sistemas de partidos, todos de máí¡ o 
menos reciente origen y concebidos para servir las 
necesidades políticas de las masas de población -en 
Occidente para hacer posible el Gobierno represen-
tativo cuando ya no lo sería a través de la democracia 
directa porque «no hay sitio para todos en la habita-
ción» (John Selden) y en el Este para hacer más efec-
tivo el dominio absoluto sobre vastos territorios-. 
La grandeza se ve afligida por la vulnerabilidad y las 
grietas en la estructura del poder se ensanchan en to-
das partes menos en los pequeños países. Y aunque 
nadie puede señalar con seguridad cuándo y dónde 
se llegará al punto de ruptura, podemos observar, 
casi medir, cómo son insidiosamente destruidas la 
fuerza y la flexibilidad de nuestras instituciones 
como si se fueran vaciando gota a gota. 
Además, existe la reciente aparición de una cu-
riosa nueva forma de nacionalismo, usualmeíite 
concebida como inclinación hacia la Derecha, p£ro 
que, más probablemente, constituye un indicio de 
un resentimiento creciente y mundial contra la 
«grandeza» como tal. Mientras que antiguamente 
los sentimientos nacionales tendían a unir a los di-
ferentes grupos étnicos, concentrando sus senti-
mientos políticos en la nación como conjunto, aho-
ra vemos cómo un nacionalismo étnico comienza a 
amenazar con disolver las más antiguas y mejor es-
tablecidas Naciones-Estados. Los escoceses y los ga-
leses, los bretones y los provenzales, grupos étnicos 
cuya afortunada asimilación fue prerrequisito para 
116 SÓBRELA VIOLENCIA 
la aparición de la Nación-Estado y que había pare-
cido completamente afirmada, se inclinan hacia el 
separatismo en rebeldía contra los Gobiernos cen-
tralizados de Londres y de París. Y justo cuando la 
centralización, bajo el impacto de la grandeza, re-
sultaba ser contraproducente en sus propios térmi-
nos, este país, fundado, según el principio federal, 
en la división de poderes y poderoso mientras que 
esta división fue respetada, se ha lanzado de cabeza, 
con el aplauso unánime de todas las fuerzas «pro-
gresistas», a un experimento, nuevo para América, 
de administración centralizada: preponderancia del 
Gobierno federal sobre los poderes de los Estados y 
erosión del poder del Congreso por parte del poder 
del Ejecutivo .̂ Es como si la más próspera colonia 
europea deseara compartir el destino de las madres 
patrias en su decadencia, repitiendo apresurada-
mente los mismos errores que los autores de la 
Constitución trataron de corregir y eliminar. 
Cualesquiera que puedan ser las ventajas y desven-
tajas administrativas de la centralización, su resultado 
político es siempre el mismo: la monopolización del 
poder provoca la desecación o el filtrado de todas las 
auténticas fuentes de poder en el país. En los Estados 
Unidos, basados en una gran pluralidad de poderes y 
en sus frenos y equilibrios mutuos, nos enfrentamos 
no sólo con la desintegración de las estructuras del 
38. Véase el importante artículo de Henry Steele Commager, 
al que se alude en la nota 24 de la segunda sección deí presente 
texto. 
TRES 117 
poder, sino con el hecho de que el poder, aparente-
mente todavía intactoy libre de manifestarse por sí 
mismo, pierde su garra y se torna ineficaz. Hablar de 
la importancia del poder ya no es una ingeniosa para-
doja. La cruzada del senador Eugene McCarthy en 
1968 «para probar el sistema» sacó a la luz un resen-
timiento popular contra las aventuras imperialistas, 
proporcionó un nexo de unión entre la oposición del 
Senado y la de la calle, impuso, al menos temporal-
mente, un cambio espectacular en la política y demos-
tró cuan rápidamente podía ser desalienada la mayo-
ría de los jóvenes rebeldes, saltando a la primera 
oportunidad, no para abolir el sistema, sino para ha-
cerlo funcionar de nuevo. Pero todo este poder pudo 
ser aplastado por la burocracia del Partido, que, con-
tra todas las tradiciones, prefirió perder la elección 
presidencial con un candidato impopular que resulta-
ba ser un apparatchik. (Algo similar sucedió cuando 
Rockefeller perdió la candidatura ante Nixon durante 
la Convención republicana.) 
Hay otros ejemplos que demuestran la curiosa 
contradicción inherente a la impotencia del poder. 
Por obra de la enorme eficacia del trabajo científico 
en equipo, que es quizá la más sobresaliente contri-
bución americana a la ciencia moderna, podemos 
controlar los más complicados procesos con una 
precisión tal que los viajes a la Luna son menos peli-
grosos que las habituales excursiones de fin de sema-
na; pero la supuesta «mayor potencia de la Tierra» es 
incapaz de acabar una guerra, claramente desastrosa 
118 SOBRE LA VIOLFNCIA 
para todos los que en ella intervienen, en uno de los 
más pequeños países del globo. Es como si estuviéra-
mos dominados por un hechizo de cuento de hadas 
que nos permitiera hacer lo «imposible» a condición 
de perder la capacidad de hacer lo posible, lograr ha-
zañas fantásticas y extraordinarias con tal de no ser 
ya capaces de atender debidamente a nuestras nece-
sidades cotidianas. Si el poder guarda alguna rela-
ción con el nosotros-queremos-y-nosotros-podemos, 
a diferencia del simple nosotros-podemos, entonces 
hemos de admitir que nuestro poder se ha tornado 
impotente. Los progresos logrados por la ciencia 
nada tienen que ver con el Yo-quiero; seguirán sus 
propias leyes inexorables, obligándonos a hacer lo 
que podemos, prescindiendo de las consecuencias. 
¿Se han separado el Yo-quiero y el Yo-puedo? ¿Tenía 
Valéry razón cuando dijo hace cincuenta años: On 
peut dire que tout ce que nous savons, c'est-á-dire tout 
que nous pouvons, a fini par sopposer a ce que nous 
sommes? [«¿Puede decirse que todo lo que sabemos, 
es decir, todo lo que podemos, ha acabado por en-
frentarse con lo que somos?»] 
Una vez más, ignoramos a dónde nos conduci-
rán estas evoluciones, pero sabemos, o deberíamos 
saber, que cada reducción de poder es una abierta 
invitación a la violencia; aunque sólo sea por el he-
cho de que a quienes tienen el poder y sienten que 
se desliza de sus manos, sean el Gobierno o los go-
bernados, siempre les ha sido difícil resistir a la ten-
tación de sustituirlo por la violencia. 
Apéndices 
Apéndice I (nota 16, pág. 23) 
El profesor B. C. Parekh, de la Universidad de Hull, Ingla-
terra, me llamó amablemente la atención sobre el siguiente 
párrafo en la sección sobre Feuerbach de La Ideología Ale-
mana (1846) de Marx y Engels, de la que Engels escribió 
más tarde: «La parte concluida [...] sólo demuestra cuan in-
completo era en la época nuestro conocimiento de la His-
toria de la Economía.» «Tanto para la producción en una 
escala masiva de esta conciencia comunista, como para el 
éxito de la misma causa, es necesaria la transformación del 
hombre [des Menschen] en una escala de masas, una trans-
formación que sólo puede operarse en un movimiento 
práctico, en una revolución. Esta revolución es necesaria 
por ello, no sólo porque la clase dominante no puede ser 
derribada de otra manera, sino también porque el derroca-
miento de una clase en una revolución sólo puede tener éxi-
to desprendiéndose de todo el estiércol de los siglos y aco-
plándose para formar una nueva sociedad» (cita de la 
edición de R. Pascal, Nueva York, 1960, pp. xv y 69). Inclu-
í /9 
120 SOBRE LA VIOLENCIA 
so en estas manifestaciones premarxistas, como en realidad 
eran, Marx habla de «la transformación del hombre en una 
escala masiva» y de una «producción en masa de concien-
cia», no de la liberación de un individuo a través de un ais-
lado acto de violencia. (Para el texto alemán, véase Marx/ 
Engels, Gesamtausgabe, 1932,1. Abteilung, vol. 5, pp. 59 y ss.) 
Apéndice II (nota 17, pág. 23) 
El inconsciente deslizamiento de la Nueva Izquierda, del 
marxismo, ha sido debidamente advertido. Véanse espe-
cialmente los recientes comentarios sobre el movimiento 
estudiantil formulados por Leonard Schapiro en New York 
Review of Books (5 de diciembre de 1968) y por Raymond 
Aron en La Revolution Introuvable, París, 1968 [trad, cast.: 
La revolución estudiantil, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1970]. 
Ambos consideran que el nuevo énfasis sobre la violencia 
constituye un tipo de orientación, bien hacia el socialismo 
utópico premarxista (Aron), bien al anarquismo ruso de 
Nechaev y Bakunin (Schapiro) que «tenían mucho que de-
cir acerca de la importancia de la violencia como factor de 
unidad, como fuerza de ligazón en una sociedad o grupo, 
un siglo antes de que emergieran las mismas ideas en las 
obras de Jean Paul Sartre y de Frantz Fanón». Aron se ma-
nifiesta de la misma manera: Les chantres de la revolution de 
mai croient dépasser le marxisme... ils oublient un siécle 
d'histoire (p. 14). Para un no marxista, semejante salto atrás 
difícilmente constituiría un argumento: pero para Sartre 
quien, por ejemplo, escribe: Un prétendu «dépassement» du 
marxisme ne sera au pis qu'un retour au prémarxisme, au 
mieux que la redécouverte d'une pensée deja contenue dans la 
philosophic qu'on a cru dépasser («Question de Méthode», 
en Critique de la raison dialectique, París, 1960, p. 17) debe 
APÉNDICES 121 
constituir una formidable objeción. (Vale la pena subrayar el 
hecho de que Sartre y Aron, encarnizados adversarios políti-
cos, coincidan completamente en este punto. Muestra hasta 
qué grado el concepto hegeliano de la Historia domina tanto 
el pensamiento de marxistas como de no marxistas.) 
El mismo Sartre en su Crítica de la Razón Dialéctica pro-
porciona un tipo de explicación hegeliana a su adhesión a la 
violencia. Su punto de partida es el de que «la necesidad 
y la escasez determinaron la base maniqueísta de acción y 
moral» en la Historia presente, «cuya verdad está basada en 
la escasez [y] debe manifestarse a sí misma en una recipro-
cidad antagónica entre las clases». La agresión es la conse-
cuencia de la necesidad en un mundo donde «no hay bas-
tante para todos». En tales circunstancias la violencia ya no 
es un fenómeno marginal. «La violencia y la contraviolen-
cia son quizá contingencias, pero son necesidades contin-
gentes y la consecuencia imperativa de cualquier intento de 
destruir esta inhumanidad es que, al destruir en el adversa-
rio la inhumanidad del contrahombre, yo puedo destruir 
en él sólo la humanidad del hombre, y realizar en mí su in-
humanidad. Si yo mato, torturo, esclavizo... mi objeto es su-
primir su libertad -es una fuerza ajena, de trop-.» Su mode-
lo para una condición en la que «cada uno es demasiado. 
Cada uno es redondantpara el otro» es una cola de autobús, 
cada uno de cuyos miembros, evidentemente «no se fija en 
los demás excepto como número de una serie cuantitativa». 
Y concluye: «Recíprocamente rehusan cualquier relación 
entre cada uno de sus mundos interiores.» De aquí se dedu-
ce que la praxis «es la negación de alteridad, que es ella mis-
ma una negación», conclusión muy grata dado que la nega-
ción de una negación es una afirmación. 
El fallo del argumento me parece obvio. Existe toda la 
diferencia del mundo entre «no fijarse» y «rehusar», entre 
«rehusar cualquier relación» con alguien y «negar» su di-
122 SOBSE LA VIOLENCIA 
versidad; y parauna persona cuerda hay una distancia con-
siderable que recorrer desde esta «negación» teórica a la 
muerte, la tortura y la esclavización. 
La mayoría de las citas anteriores pertenecen a la obra de 
R. D. Laing y D. G. Cooper, Reason and Violence. A Decade of 
Sartre's Philosophy, 1950-1960, Londres, 1964, Tercera Parte 
[trad, cast.: Razón y violencia: una década de pensamiento sar-
treano, Paidós, Barcelona, 1984]. Me parece legítimo porque 
Sartre en el prólogo dice: Tai lu attentivement l'ouvrage que 
vous avez bien voulu me confier etj'ai eu le grand plaisir d'y 
trouver un exposé tres clair et tresfidéle de mapensée. 
Apéndice III (nota 20, pág. 25) 
Constituyen, desde luego, un grupo muy mezclado. Los es-
tudiantes radicales se reúnen fácilmente con individuos que 
han abandonado sus estudios, con hippies, drogadictos y psi-
cópatas. La situación se complica aún más merced a la insen-
sibilidad de los poderes establecidos ante las distinciones, a 
menudo sutiles, entre delito e irregularidad, distinciones que 
son de gran importancia. Las sentadas y las ocupaciones de 
edificios no son lo mismo que los incendios provocados y la 
revuelta armada y la diferencia no es simplemente de grado. 
(Contra la opinión de un miembro del Consejo de Síndicos 
de Harvard, la ocupación por los estudiantes de un edificio 
de una Universidad no es lo mismo que la invasión por el 
populacho de una sucursal del First National City Bank, por 
la simple razón de que los estudiantes penetran en una pro-
piedad cuyo uso les pertenece tanto como al claustro de pro-
fesores y a la Administración de la Universidad.) Aún más 
alarmante es la inclinación del Claustro y de la Administra-
ción a tratar a los drogadictos y a los elementos delictivos con 
mayor tolerancia que a los auténticos rebeldes. 
APÉNDICES 123 
Helmut Schelsky, el investigador social alemán, descrjDj5 
en fecha tan temprana como 1961 (en Der Mensch \n ¿er 
wissenschaftlichen Zivilisation, Colonia y Opladen, 1961) la 
posibilidad de un «nihilismo metafísico», por lo que él en-
tendía la radical negación social y espiritual «de t(^¿0 e[ 
proceso de reproducción científico-técnica del horQDre») 
esto es, el decir no al «creciente mundo de una civili^ aci5n 
científica». Llamar «nihilista» a esta actitud presupone u n a 
aceptación del mundo moderno como único posible. J;J j e . 
safio de los jóvenes rebeldes se refiere precisamente a e s te 
punto. Tiene, por lo demás, mucho sentido el mvertj r l os 
términos y declarar, como Sheldon, Wolin y John Sch%ar n ¡ _ 
cieron, en op. cit:. «El mayor peligro en la actualidad es qUe 
lo establecido y lo respetable [...] parecen preparadô a se_ 
cundar la negación más profundamente nihilista que pare-
ce posible, o sea, la negación del futuro a través de la nega-
ción de sus propios hrjbs, los portadores del'futuro.» 
Nathan Glazer, en un artículo, «Student Power at Berke-
ley», en el número especial The Universities, de The Public 
Interest, otoño de 1968, escribe: «Los estudiantes rad,icaies 
me recuerdan más a los ludditas destrozadores de niaqUi_ 
ñas que a los sindicalistas socialistas que lograron la c;ju¿a_ 
danía y el poder para los trabajadores», y de esta impresión 
deduce que Zbigniew (en un artículo sobre Columb;a pU_ 
blicado en The New Republic, 1 de junio de 1968) puq0 ha-
ber tenido razón en su diagnóstico: «Muy frecuente, ^as re_ 
votaciones son los últimos espasmos del pasado, y p r̂ e s0 
no son realmente revoluciones sino contrarrevoluqoneS; 
que actúan en nombre de las revoluciones.» ¿No re s ui t a 
muy curiosa esta inclinación a marchar hacia adeláj ĝ a 
cualquier precio, en dos autores generalmente consiaera_ 
dos como conservadores? ¿Y no es aún más curios0 que 
Glazer se mostrara ignorante de las diferencias decisivas en_ 
I re la maquinaria inglesa de comienzos del siglo xix y la téc-
124 SOBRE IA VIOLENCIA 
nica desarrollada a mediados del siglo xx, que ha resultado 
ser destructiva aun cuando parecía la más beneficiosa: el 
descubrimiento de la energía nuclear, la automación, la Me-
dicina, cuyos poderes curativos han conducido a la super-
población, que a su vez conducirá casi con certeza al ham-
bre masiva, la polución de la atmósfera, etc.? 
Apéndice IV (nota 23, pág. 27) 
Buscar precedentes y analogías donde no existen, evitar la 
información y la reflexión sobre lo que se está haciendo y 
diciendo en términos de los mismos acontecimientos, bajo 
el pretexto de que debemos aprender las lecciones del pasa-
do, especialmente las de la época comprendida entre las dos 
guerras mundiales, se ha tornado característica común a 
muchas grandes discusiones actuales. El espléndido y docu-
mentado informe de Stephen Spender, citado más arriba, 
referente al movimiento estudiantil, se halla enteramente 
libre de esta forma de escapismo. Es uno de los pocos hom-
bres de su generación que vive completamente el presente y 
que recuerda lo suficiente su propia juventud como para 
ser consciente de las diferencias en modo, estilo, pensa-
miento y acción. («Los estudiantes de hoy son enteramente 
diferentes de los de Oxbridge, Harvard, Princeton o Hei-
delberg de hace cuarenta años», p. 165.) Pero la actitud de 
Spender es compartida por quienes, sea cual fuere su gene-
ración, se hallan verdaderamente preocupados por el futu-
ro del mundo y del hombre, a diferencia de los que prefie-
ren jugar con todo eso. (Wolin y Schaar, op. cit, hablan de 
«el revivir de un sentido de destino compartido» como 
puente entre las generaciones, «de nuestros comunes temo-
res a que las armas científicas puedan destruir toda vida, a 
que la tecnología desfigure crecientemente a los hombres 
APÉNDICES 125 
que viven en la ciudad como ya ha envilecido la tierra y os-
curecido el cielo»; a «que el "proceso" de la industria des-
truya la posibilidad de todo trabajo interesante; y a que las 
"comunicaciones" borren los últimos rastros de las culturas 
diferenciadas que han sido herencia de todas las sociedades, 
menos de las más ignorantes».) Parece natural que esta po-
sición debería ser más corriente entre físicos y biólogos que 
entre los consagrados a las ciencias sociales, aunque los es-
tudiantes de las especialidades primero señaladas tardaron 
más en unirse a la rebelión que sus compañeros de Huma-
nidades. Así, Adolf Portmann, el famoso biólogo suizo, con-
sidera que el foso entre generaciones guarda escasa relación 
con un conflicto entre lo Joven y lo Viejo; coincide con el 
desarrollo de la ciencia nuclear; «el mundo resultante es en-
teramente nuevo [...] [Esto] no puede compararse ni si-
quiera con la más poderosa revolución del pasado» (en un 
folleto titulado «Manipulation des Menschen ais Schicksal 
und Bedrohung», Zurich, 1969). Y George Wald de Harvard, 
galardonado con el Premio Nobel, en su famoso discurso del 
4 de marzo de 1969 en el Instituto Tecnológico de Massachu-
setts, declaró acertadamente que tales maestros comprenden 
«las razones del desasosiego [de sus estudiantes] aun mejor 
que ellos» y, aún más, que <\\o comparten», op. cit. 
Apéndice V (nota 25, pág. 28) 
La actual politización de las universidades, acertadamente 
denunciada, es atribuida habitualmente a los estudiantes 
rebeldes, a quienes se acusa de atacar a las universidades 
porque éstas constituyen el eslabón más débil en la cadena 
del poder establecido. Es perfectamente cierto que las uni-
versidades no podrían sobrevivir si desaparecieran el «dis-
tanciamiento intelectual y la desinteresada búsqueda de la 
126 SOBRE LA VIOLENCIA 
verdad»; y que, lo que resulta aún peor, es improbable que 
una sociedad civilizada de cualquier clase pueda sobrevivir 
a la desaparición de estas curiosas instituciones cuya prin-
cipal función social y política descansa precisamente en su 
imparcialidad y en su independencia de la presión social y 
del poder político. El poder y la verdad, ambos perfectamen-
te legítimos por sus propios derechos, son esencialmente 
fenómenos distintos y su prosecución determina estilosde 
vida existencialmente diferentes: Zbigniew Brzezinski, en 
«America in the Technotronic Age» (Encounter, enero de 
1968) advierte este peligro pero, o se resigna o no se mues-
tra al menos indebidamente alarmado por la perspectiva. 
La «Tecnotrónica», cree, nos conducirá a una nueva «su-
percultura» bajo la guía de los nuevos «intelectuales orien-
tados a la organización e inclinados a la aplicación» (véase 
especialmente el reciente análisis crítico de Noam Choms-
ky, «Objectivity and Liberal Scholarship», en op. cit). Pues 
bien, es mucho más probable que esta nueva raza de inte-
lectuales, anteriormente denominados tecnócratas, nos con-
duzca a una época de tiranía y de profunda esterilidad. 
Sea como fuere, lo cierto es que la politización de las 
universidades por el movimiento estudiantil fue precedida 
por la politización de las universidades por los poderes es-
tablecidos. Los hechos son sobradamente conocidos como 
para que sea necesario subrayarlos, pero bueno es recordar 
que no se trata simplemente de una cuestión de investiga-
ción bélica. Henry Steele Commager denunció reciente-
mente a «la Universidad como Agencia de empleos» (The 
New Republic, 24 de febrero de 1968). Desde luego «por 
mucha imaginación que se derroche no puede decirse que 
la Dow Chemical Company, los Marines o la CÍA sean em-
presas docentes» o instituciones cuya finalidad sea la bús-
queda de la verdad. El alcalde John Lindsay suscitó la cues-
tión del derecho de la Universidad a «denominarse a sí 
APÉNDICES 127 
misma una institución especial, divorciada de pretensiones 
mundanas, mientras que interviene en especulaciones in-
mobiliarias y ayuda a planear y evacuar proyectos para los 
militares en Vietnam» (The New York Times, «The Week in 
Review», 4 de mayo de 1969). Pretender que la Universidad 
es el «cerebro de la sociedad» o de la estructura de poder es 
un disparate peligroso y arrogante; aunque sólo fuera por el 
hecho de que la sociedad no es un «cuerpo», y menos aún, 
un cuerpo sin cerebro. 
Para evitar equívocos: Estoy de acuerdo con Stephen Spen-
der en que sería una locura que los estudiantes destrozaran 
las universidades (aunque son los únicos que podrían ha-
cerlo efectivamente, por la simple razón de que cuentan en 
su favor con el número, y por eso con el verdadero poder) 
porque el campus constituye no sólo su base real sino la 
única posible. «Sin la Universidad, no habría estudiantes» 
(p. 22). Pero las universidades seguirán siendo una base 
para los estudiantes sólo mientras proporcionen el único lu-
gar en la sociedad donde el poder no tenga la última palabra, 
pese a todas las perversiones e hipocresías en contra. En la 
actual situación existe el peligro de que o bien los estudiantes, 
o bien, como en Berkeley, el poder que sea, enloquezcan; si 
esto sucediera, los jóvenes rebeldes habrían hilado una fibra 
más en lo que se ha denominado certeramente «la trama del 
desastre» (Profesor Richard A. Falk, de Princeton). 
Apéndice VI (nota 30, pág. 31) 
Fred M. Hechinger, en un artículo, «Campus Crisis», publi-
cado en The New York Times, «The Week in Review» (4 de 
mayo de 1969), escribe: «Como las exigencias de los estu-
diantes negros están habitualmente justificadas [...] la reac-
ción es generalmente favorable. Hecho característico de la 
128 SOBRE LA VIOLENCIA 
actitud presente en estas cuestiones es el de que el «Mani-
fiesto a las Iglesias Cristianas Blancas, a las Sinagogas Judías 
y a todas las demás Instituciones Racistas de los Estados 
Unidos», aunque hubiese sido leído y distribuido pública-
mente, y fuera por eso ciertamente, «noticia apta para ser 
publicada»*, no fuese publicado hasta que la New York Re-
view of Books (10 de julio de 1969) lo implicó sin la Intro-
ducción. Su contenido, en realidad, es una fantasía semi-
analfabeta y no puede ser tomado en serio. Pero es algo más 
que una broma y para nadie resulta un secreto que la co-
munidad negra incurre ahora caprichosamente en seme-
jantes fantasías. Es comprensible que las autoridades se ate-
rraran. Lo que no puede comprenderse ni perdonarse es su 
falta de imaginación. ¿Acaso no resulta evidente que si Mr. 
Forman y sus seguidores no encuentran oposición en la co-
munidad general y aunque reciban un poco de dinero apa-
ciguador, se verán forzados a tratar de ejecutar un progra-
ma en el que quizá ni siquiera ellos creen? 
Apéndice VII (nota 31, pág. 31) 
En una carta a The New York Times (fechada el 9 de abril de 
1969), Lynd menciona sólo «acciones quebrantaduras no 
violentas, tales como huelgas y sentadas», ignorando para 
sus fines los tumultuosos disturbios violentos de la clase 
trabajadora durante la década de los años veinte, y suscita la 
cuestión de por qué estas tácticas «aceptadas por una gene-
ración en las relaciones trabajo-capital [...] son rechazadas 
* «News that's fit to print», alusión al lema de The New York 
Times, contra el que evidentemente dirige la autora su acusa-
ción en primer término: «Al the news that's fit to print» ('To-
das las noticias aptas para ser publicadas'.) (N. del T.) 
APÉNDICES 129 
cuando se practican en el campus [...] Cuando un dirigente 
sindical es expulsado del taller de una fábrica, sus comPa-
ñeros abandonarán el trabajo hasta que el agravio sea satis-
fecho». Parece como si Lynd hubiera aceptado una irrfagen 
de la Universidad, desgraciadamente no infrecuente entre 
síndicos y administradores, según la cual el campus es pro-
piedad del consejo de síndicos, que, para gobernar su propie-
dad, contrata a una administración, la que a su vez contrata 
al claustro de profesores para atender a sus clientes, lc)s es-
tudiantes. No hay realidad que corresponda a esta ¿ima-
gen». Por agudos que puedan llegar a ser los conflictos en el 
mundo académico, nunca se tratará de choque de intéreses 
ni de guerra de clases. 
Apéndice VIII (nota 32, pág. 31) 
todo lo que se necesita decir sobre la materia: Los funciona-
rios universitarios deberían «dejar de capitular ante l£S es-
túpidas demandas de los estudiantes negros»; es un error 
que el «sentimiento de culpabilidad y el masoquismo ¿e un 
grupo permitan a otro segmento de la sociedad poseer ar-
mas en nombre de la justicia»; los estudiantes negros están 
«sufriendo el shock de la integración» y buscando «una sa-
lida fácil a sus problemas»; lo que los estudiantes negr os 
necesitan es una «preparación reparadora» para que ¿pue-
dan conocer las Matemáticas y escribir correctamente n ° 
«clases de música "soul"» (cita del Daily News, del ?8 de 
abril de 1969). ¡Qué reflexión supone sobre el estado rnoral 
e intelectual de la sociedad que se requiera tanto valoí para 
hablar con sentido común sobre estas cuestiones! Aún niás 
aterradora es la perspectiva completamente probable de 
que, dentro de cinco o diez años, esa «educación» en s^ahi-
130 SOBRE LA VIOLENCIA 
li (una clase de jerga del siglo xix, hablada por los traficantes 
árabes en marfil y en esclavos, híbrida mezcla de un dialecto 
bantú con un enorme vocabulario de términos tomados del 
árabe; véase la Encyclopaedia Britannica, 1961), en literatu-
ra africana y en otros temas inexistentes, será interpretada 
como otra trampa del hombre blanco para impedir que los 
negros adquieran una adecuada educación. 
Apéndice IX (nota 36, pág. 34) 
El «Manifiesto» de James Forman (adoptado por la Confe-
rencia Nacional de Desarrollo Económico Negro), al que 
me he referido antes, y que presentó a las Iglesias y Sinago-
gas «sólo como el comienzo de la reparación que nos es 
debida a quienes hemos sido explotados y degradados, 
embrutecidos, asesinados y perseguidos», aparece como un 
ejemplo clásico de tales fútiles sueños. Según éste, «se dedu-
ce de las leyes de la revolución que serán los más oprimidos 
quienes harán la revolución» cuyo objetivo último es que 
«debemos asumir la jefatura y el control total [...] de todo lo 
que existe dentro de los Estados Unidos. Ya ha pasado la 
época en que éramos los segundos en el mando y en la queel chico blanco figuraba a la cabeza». Para lograr esta inver-
sión será preciso «utilizar cualesquiera métodos que sean 
necesarios, incluyendo el empleo de la fuerza y el poder de 
las armas para derribar al colonizador». Y mientras que él, 
en nombre de la comunidad (que, desde luego, en manera 
alguna, le secunda), «declara la guerra», se niega a «com-
partir el poder con los blancos» y exige que «los blancos de 
este país [...] consientan en aceptar la jefatura negra», al 
mismo tiempo apela «a todos los cristianos y judíos para 
que practiquen la paciencia, la tolerancia, la comprensión y 
la no violencia» durante el periodo que pueda ser necesario 
APÉNDICES 131 
-«no importa que pueda tratarse de mil años»- par¿ c o n" 
quistar el poder. 
Apéndice X (nota 40, pág. 38) 
Jürgen Habermas, uno de los más profundos e inteligentes es" 
tudiosos de las ciencias sociales en Alemania, es un buen ejem-
plo de las dificultades que estos marxistas o ex-marxistas en" 
cuentran al separarse de cualquier parte de la obra del niílestro-
En su reciente Technik und Wissenschaft ais «Ideologies (Fr a n c' 
fort, 1968) señala varias veces que «ciertas categorías cl a v es 
de la teoría de Marx, principalmente, la lucha y la ideoloŜ ^e 
clases, ya no pueden ser aplicadas sin esfuerzo [umstan?'-0SJ>> -
Una comparación con el ensayo de Andrei D. Sajarov mu e s t ra 
cuan mucho más fácil resulta desprenderse de teorías y esl°§a-
aes. des.qgstad.os a.a.aiieÜQS. ojie. emmnacLdUa^iíalismíi* "es" 
de la perspectiva de los desastrosos experimentos del este-
Apéndice XI (nota 12, pág. 56) 
Las sanciones de las leyes, que, sin embargo, no constituyen 
su esencia, están dirigidas contra los ciudadanos qúe> s m 
retirarles su apoyo, desean lograr una excepción en si1 pro-
pio favor; el ladrón sigue esperando que el Gobierno prote-
gerá su recientemente adquirida propiedad. Se ha aJve r t l_ 
do que en los primeros sistemas legales no existían san¿-lones 
de ningún género. (Véase Touvenel, op. cit., p. 276.) El c a s ti " 
go para quien violaba la ley era la expulsión o proscrifclon; 
al violar la ley, el delincuente se había colocado él rA l sm0 
fuera de la comunidad constituida por ésta. 
Passerin d'Entréves (op. cit, pp. 128 y ss.), toman"0 en 
cuenta «la complejidad de la ley, incluso la de la ley del Es-
des.qgstad.os
132 SOBRE LA VIOLENCIA 
tado», ha señalado que «hay desde luego leyes que son "di-
rectivas" más que "imperativas", que son "aceptadas" más 
que "impuestas" y cuyas "sanciones" no consisten necesa-
riamente en el posible uso de la fuerza por parte del "sobe-
rano"». Ha comparado tales leyes con «las reglas de un jue-
go, o las de mi club, o las de la Iglesia». Las acato «porque 
para mí, a diferencia de otros conciudadanos míos, estas re-
glas son "válidas"». 
Creo que la comparación de Passerin d'Entréves de la ley 
con las «reglas válidas del juego» puede ser llevada más le-
jos. Porque la clave de estas reglas no es que yo me someta 
a ellas voluntariamente o reconozca teóricamente su vali-
dez, sino que, en la práctica, yo no puedo participar en el 
juego a menos que las acate; mi motivo para la aceptación 
es mi deseo de jugar y como los hombres existen sólo en 
pluralidad, mi deseo de jugar es idéntico a mi deseo de vi-
vir. Cada hombre nace en una comunidad con leyes pre-
existentes que «obedece» en primer lugar porque no hay 
para él otra forma de participar en el gran juego del mundo. 
Yo puedo desear cambiar las reglas del juego, como desea el 
revolucionario o lograr una excepción para mí, como hace 
el delincuente; pero negarlas en principio no significa mera 
«desobediencia» sino la negativa a entrar en la comunidad 
humana. El dilema corriente -o bien la ley es absolutamen-
te válida y por eso precisa para su legitimación un legislador 
inmortal y divino, o bien la ley es simplemente una orden 
que no tiene tras de sí más que el monopolio estatal de la 
violencia- es una quimera. Todas las leyes son «"directivas" 
más que "imperativas"». Dirigen la comunicación humana 
como las reglas dirigen el juego. Y la garantía última de su 
validez está contenida en la antigua máxima romana Pacta 
sunt servanda. 
APÉNDICES 133 
Apéndice XII (nota 22, pág. 69) 
Existe alguna controversia sobre el objetivo de la visita de 
De Gaulle. La evidencia de los acontecimientos mismos pa-
rece señalar que el precio que hubo de pagar por el apoyo 
del Ejército fue la rehabilitación pública de sus enemigos: 
amnistía de Salan, regreso de Bidault, y también el del coro-
nel Lacheroy, a veces llamado «el torturador de Argelia». 
No parece saberse mucho acerca de las negociaciones. Se 
siente la tentación de pensar que la reciente rehabilitación 
de Pétain, otra vez glorificado como el «vencedor de Ver-
dun» y, lo que es más importante, la increíble y ruidosa-
mente falsa declaración de De Gaulle inmediatamente des-
pués de su retorno, culpando al Partido Comunista de lo 
que los franceses llaman ahora les événements, fueron parte 
del trato. Dios sabe que el único reproche que el Gobierno 
podría haber formulado al Partido comunista y a los Sindi-
catos sería el de que les faltó poder para impedir les événe-
ments. 
Apéndice XIII (nota 25, pág. 75) 
Sería interesante saber si, y hasta qué grado, la creciente 
proporción de delitos no resueltos se equipara no sólo con 
el bien conocido y espectacular crecimiento de delitos per-
petrados, sino también con un definido aumento de la bru-
talidad de la policía. Un informe recientemente publicado, 
Uniform Crime Report for the United States, de J. Edgar Hoo-
ver (Federal Bureau of Investigation, United States Depart-
ment of Justice, 1967) no indica cuántos delitos quedan 
ahora resueltos —a diferencia de los señalados como «cance-
lado por detención»- pero menciona en el sumario que la 
resolución por la policía de delitos graves descendió duran-
134 SOBRE LA VIOLENCIA 
te 1967 en un 8 % ¡Sólo un 21,7 (o 21,9) % de todos los de-
litos son «cancelados por detención», y de éstos sólo el 75 % 
llegan a los tribunales, en donde sólo un 60 % de los acusa-
dos fueron hallados culpables! Por eso, las probabilidades a 
favor del delincuente parecen tan elevadas que resulta sola-
mente natural el constante aumento de los delitos. Cuales-
quiera que sean las causas de la reducción espectacular de la 
eficiencia policíaca, parece evidente el declive del poder de 
la policía, y con éste, la posibilidad de que aumente su bru-
talidad. Los estudiantes y los otros manifestantes son fáciles 
objetivos para una policía que casi ha perdido la costumbre 
de capturar a un delincuente. 
Resulta difícil una comparación con la situación de otros 
países por la diferencia de los métodos estadísticos emplea-
dos. Sin embargo, aunque el crecimiento del número de 
delitos no resueltos resulta ser un problema muy generali-
zado, parece que en ningún lugar ha alcanzado proporcio-
nes tan alarmantes como en América. En París, por ejem-
plo, la proporción de delitos resueltos descendió de un 
62 % en 1967, a un 56 % en 1968; en Alemania, de un 73,4 % 
en 1954 a un 52,2 % en 1967; y en Suecia resultaron resuel-
tos en 1967 el 41% de todos los delitos (véase «Deutsche 
Polízeí», en Der Spiegel, 7 de abril de 1967). 
Apéndice XIV (nota 26, pág. 76) 
Solzhenitsyn muestra con detalles concretos cómo resulta-
ron frustrados por los métodos de Stalin los intentos de 
realizar un desarrollo económico racional. Espero que este 
libro acabará con el mito de que el terror y las enormes pér-
didas en vidas humanas fueron el precio que hubo que pa-
gar por la rápida industrialización del país. El progreso rá-
pido fue realizado tras la muerte de Stalin, y lo que es 
APÉNDICES 135 
sorprendente en la Rusia de hoy es que el país siga atrasado 
en comparación no sólo con Occidente, sino también con 
la mayoría de los países satélites. En Rusia no parece existir 
mucha ilusión al respecto, si es que queda alguna. Las gene-
raciones más jóvenes, especialmente la de losveteranos de 
la segunda guerra mundial, saben muy bien que sólo un 
milagro salvó a Rusia de la derrota en 1941 y que ese mila-
gro fue el hecho brutal de que el enemigo resultara ser aún 
peor que el dictador nativo. Lo que alteró la balanza fue que 
el terror policíaco quedara abatido por la presión de la si-
tuación de emergencia nacional; las gentes, entregadas a 
ellas mismas, pudieron volver a reunirse y a generar poder 
suficiente para derrotar al invasor extranjero. Cuando los 
hombres regresaban de los campos de prisioneros de guerra 
o de su servicio en las tropas de ocupación eran enviados 
inmediatamente, y por largos años, a campos de trabajo y 
de concentración para que se rompieran en ellos los hábitos 
de la libertad. Es precisamente esta generación, que probó 
la libertad durante la guerra y el terror posterior, la que está 
desafiando la tiranía del presente Régimen. 
Apéndice XV (nota 10,pág. 90) 
Nadie en su sano juicio puede creer, como teorizaron re-
cientemente ciertos grupos estudiantiles alemanes, que sólo 
cuando el Gobierno ha sido forzado «a practicar abierta-
mente la violencia» serán los rebeldes capaces de «luchar 
contra esta puerca sociedad [Scheissgesellschaft] con medios 
adecuados para destruirla» (cita de Der Spiegel, 10 de febre-
ro de 1969, p. 30). Esta nueva versión vulgarizada lingüísti-
camente (aunque apenas intelectualmente) del viejo dispa-
rate comunista de los años treinta, según el cual la victoria 
del fascismo beneficiaba completamente a quienes estaban 
136 SOBRE LA VIOLENCIA 
en contra de éste, es o bien pura comedia la variante «revo-
lucionaria» de la hipocresía, o bien testimonio de la idiotez 
política de los «creyentes». Con la excepción de que, hace 
cuarenta años, tras ese disparate se hallaba la deliberada po-
lítica prohitleriana de Stalin y no simplemente una estúpida 
teorización. 
En realidad no hay razón para mostrarse particularmen-
te sorprendido por el hecho de que los estudiantes alema-
nes sean más dados a teorizar y menos aptos para la acción 
y el discernimiento político que sus colegas de otros países, 
políticamente más afortunados; ni de que «el aislamiento 
de las mentes inteligentes y vitales [...] en Alemania» sea 
más pronunciado, la polarización más desesperada que en 
otras partes y casi nulo su impacto sobre el clima político de 
su propio país, si se exceptúa el fenómeno de la reacción. Yo 
coincidiría también con Spender (véase «The Berlin Youth 
Model», en op. cit.) sobre el papel desempeñado en esta si-
tuación por el pasado todavía reciente, de tal forma que los 
estudiantes «ofenden no sólo por su violencia sino porque 
son recordatorios [...] tienen también la apariencia de fan-
tasmas surgidos de tumbas apresuradamente cubiertas de 
tierra». Y, sin embargo, después de que se ha dicho y tenido 
en cuenta todo esto sigue existiendo el extraño e inquietan-
te hecho de que ninguno de los nuevos grupos izquierdistas 
de Alemania, notoriamente extremistas por su vociferante 
oposición a las políticas nacionalistas o imperialistas de 
otros países, se haya preocupado seriamente del reconoci-
miento de la Línea Oder-Neisse, que, al fin y al cabo, es el 
tema crucial de la política exterior alemana y la piedra de 
toque del nacionalismo alemán desde la derrota del Régi-
men de Hitler. 
APÉNDICES 137 
Apéndice XVI (nota 23, pág. 100) 
Daniel se muestra cautamente esperanzado porque sabe 
que la obra científica y técnica depende del «conocimiento 
[que] es buscado, probado y codificado de una forma des-
interesada» (op. cit.). Quizá este optimismo pueda estar jus-
tificado mientras que los científicos y los tecnólogos, estan-
do desinteresados del poder y preocupados sólo del prestigio 
social, es decir, mientras ni dominen ni gobiernen. El pesi-
mismo de Noam Chomsky, «ni la Historia, ni la Psicología, 
ni la Sociología nos dan razón particular -alguna para 
aguardar con esperanza la dominación de los nuevos man-
darines», puede ser excesivo; no existen todavía preceden-
tes históricos y los científicos e intelectuales que, con tan 
deplorable regularidad, se han mostrado dispuestos a servir 
a cada Gobierno que estuviera en el poder, no han sido 
«meritócratas» sino más bien escaladores sociales. Pero 
Chomsky tiene enteramente razón al formular esta pregun-
ta: «¿Qué fundamentos hay, en general, para suponer que 
quienes afirman que el poder está basado en el conocimien-
to y en la técnica, sean más benignos en el ejercicio del po-
der que quienes afirman que está basado en la riqueza o en 
el origen aristocrático?» (op. cit, p. 27). Y existe también ra-
zón para formular la pregunta complementaria: ¿Qué fun-
damentos existen para suponer que el resentimiento, con-
tra una meritocracia, cuyo dominio esté exclusivamente 
basado en los dones «naturales», es decir, en el poder de la 
mente, no sea más peligroso y más violento que el resenti-
miento de los grupos anteriormente oprimidos, quienes al 
menos tenían el consuelo de que su condición no estaba 
causada por «faltas» propias? ¿No es plausible suponer que 
este resentimiento albergará todos los rasgos homicidas de 
un antagonismo radical, a diferencia de los simples conflic-
tos de clases, puesto que también se referirá a datos natura-
138 SOBRE LA VIOLENCIA 
les que no pueden ser cambiados y por eso a una condición 
de las que sólo podría liberarse uno mismo mediante el ex-
terminio de quienes resulten tener un más elevado cociente 
intelectual? Y como en semejante configuración será abru-
mador el poder numérico de los desfavorecidos y nula la 
movilidad social. ¿No es probable que el peligro de los de-
magogos, de los líderes populares sea tan grande que la me-
ritocracia se vea forzada a convertirse en tiranía y despotis-
mo? 
Apéndice XVII (nota 30, pág. 105) 
Stewart Alsop, en un penetrante artículo, «The Wallace 
Man», en Newsweek, 21 de octubre de 1968, da la clave: 
«Puede ser antiliberal por parte de un seguidor de Wallace 
no enviar a sus hijos a malas escuelas en nombre de la inte-
gración, pero no es antinatural. Como tampoco lo es que le 
preocupe la "vejación" de su mujer o que disminuya el valor 
de su casa, que es todo lo que él tiene.» Cita también la más 
efectiva manifestación de la demagogia de George Wallace: 
«Son 535 los miembros del Congreso y muchos de esos li -
berales también tienen hijos. ¿Sabe usted cuántos envían 
sus chicos a las escuelas públicas de Washington? Seis.» 
Otro excelente ejemplo de una mal concebida política de 
integración fue referido recientemente por Neil Maxwell en 
The Wall Street Journal (8 de agosto de 1968). El Gobierno 
federal promueve la integración escolar en el sur, negando 
los fondos federales en los casos de flagrante incumpli-
miento. En uno de tales casos se suspendió la entrega de 
una ayuda anual de 200.000 dólares. «Del total, 175.000 es-
taban directamente destinados a las escuelas negras [...] Los 
blancos elevaron pronto los impuestos para reemplazar los 
otros 25.000 dólares.» En suma, lo que se suponía iba a ayu-
APÉNDICES 139 
dar a la educación de los negros constituyó un «aplastante 
impacto» sobre su sistema escolar existente y no produjo 
impacto alguno en las escuelas de los blancos 
Apéndice XVIII (nota 34, pág. 111) 
En el sombrío clima de expresiones ideológicas y ambigüe-
dades del debate estudiantil en Occidente, estos temas rara 
vez han tenido la posibilidad de ser aclarados; desde luego, 
en palabras de Gunter Grass, «esta comunidad, verbalmen-
te tan radical, siempre ha buscado y hallado un escape». Es 
también cierto que esto resulta especialmente visible en los 
estudiantes alemanes y en otros miembros de la Nueva Iz-
quierda. «No saben nada pero lo conocen todo», como, se-
gún Grass, lo resumió un joven historiador de Praga. Hans 
Magnus Enzensberger proclama la actitud general alemana; 
los checos padecen «un horizonte extremadamente limita-
do. Su sustancia política es escasa». (Véase Gunter Grass, 
op. at, pp. 138-142.) En contraste con esta mezclade estu-
pidez e impertinencia, la atmosfera de los rebeldes del este 
resulta refrescante aunque se tiembla al pensar en el exhor-
bitante precio que ha habido que pagar por eso. Jan Kavan, 
un líder estudiantil checo, escribe: «A menudo me han di-
cho mis amigos de Europa occidental que nosotros lucha-
mos solamente por las libertades burgo-democráticas. Pero 
en cierta manera yo no puedo distinguir entre libertades 
capitalistas y libertades socialistas. Lo que yo reconozco son 
las libertades humanas básicas» {Ramparts, septiembre de 
1968). Parece seguro suponer que tendría una dificultad si-
milar con la distinción entre «violencia progresista y regre-
siva». Sin embargo, sena erróneo deducir, como frecuente-
mente se hace, que los que habitan en los países occidentales 
no tienen quejas legitimas, precisamente en materia de h-
140 SOBRE LA VIOLENCIA 
bertad. En realidad, es sólo natural «que la actitud de los 
checos hacia los estudiantes occidentales esté ampliamente 
coloreada por la envidia» (cita tomada de una publicación 
estudiantil por Spender, op. cit, p. 72); pero también es 
cierto que ellos carecen de experiencias menos brutales, y, 
sin embargo, decisivas, de frustración política. 
índice onomástico 
Alemania, 26, 30, 37 n., 39, 58, 
69, 73, 108, 131, 134, 136, 
139 
Alsop, Stewart, 138 
American Political Science Re-
view, The, 97 n. 
Argelia, 25, 73, 133 
Aron, Raymond, 68 n., 120-
121 
Bakunin, Mikhail, 120 
Barion, Jacob, 21 n. 
Barnes, Peter, 45 n. 
Beaufre, André, 11 
Bell, Daniel, 98, 137 
Bergson, Henri, 21,94, 100 
Berlin, Isaiah, 42 n. 
Bidault, Georges, 133 
Bodin, Jean, 52 
Bóll, Heinrich, 63 n. 
Borkenau, Franz, 65 n. 
Brzezinski, Zbigniew, 123, 
126 
Calder, Nigel, 10 n., 11 n., 19 n., 
84 n. 
Castro, Fidel, 35 n. 
Catalina la Grande, 101 
Checoslovaquia, 38 n., 72,113, 
139 
China, 35 n. 
Chomsky, Noam, 14, 15 n., 
24 n., 37 n., 65 n., 86 n., 
126,137 
Cicerón, 59 n. 
City College de Nueva York, 
31 
Clausewitz, Karl von, 17-18, 
50, 50 n. 
Commager, Henry Steele, 28, 
74,117 n., 126 
Commentary, 43 n. 
Commonweal, 37 
Conferencia Nacional de De-
sarrollo Económico Negro, 
130 
Cooper, D. G., 122 
142 
Cromer, Lord, 74 
Cuba, 35 n. 
De Gaulle, Chales, 68,133 
Dedijer, Vladimir, 19 n. 
Deming, Barbara, 96 n. 
D'Entréves, Alexandre Passe-
rin, 51-52, 59,131-132 
Des jardins, Gregory, 54 n. 
Dreyfus, Alfred, 97 
Dutschke, Rudi, 108 n. 
Ehmarm, Christoph, 39 n. 
Encyclopedia of the Social Scien-
ces, 16 
Encounter, 126 
Encyclopaedia Britannica, 130 
Engels, Friedrich, 10,17-18,32, 
2,6n., 119,120 
Enzensberger, Hans Magnus, 
139 
España, 70 
Estados Unidos, 12-13, 26, 30, 
31, 38, 45 n., 67, 109, 116, 
133-134 
Europa, 13,26, 74,94,139 
Falk, Richard A., 127 
Fanon, Frantz, 22, 25, 32, 34 n., 
88,90 n., 91,93,96,101,120 
Feuerbach, Ludwif, 119 
Finer, S.E., 97 n., I l l n. 
Fogelson, Robert N., 103 n. 
Fontenelle, Bernard le Bovier 
de,40 
Forman, James, 105,128,130 
Francia, 26, 52, 73, 108, 133, 
134 
Frente de Liberación Nacional, 
67 
SOBRE LA VIOLENCIA 
Fulbricht, William, 28 
Gandhi, Mahatma, 73 
Gans, Herbert J., 114 n. 
Glazer, Nathan, 123 
Goodwin, Richard N., 15 
Grass, Günter, 108 n., 113,139 
Gray, J. Glenn 90 n. 
Grecia, 69 n. 
Guardia Nacional, 45, 74 
Guevara, Che, 35 n. 
Habermas, Jürgen, 131 
Halevy, Daniel, 95 n. 
Harbold, William H.,41 n. 
Hechinger, Fred M., 108 n., 
127 
Hegel, Georg Friedrich, 21 n., 
22-23,41,43,77,121 
Herzen, Alexander, 42 
Hitler, Adolf, 58, 73,136 
Ho Chi Minh, 35 n. 
Hobbes, Thomas, 10, 52,93 
Hoover, J. Edgar, 133 
India, 73 
Inglaterra, 52, 73, 74,123 
Instituto Tecnológico de Mas-
sachusetts, 28,125 
Japón, 26, 73 
Jenofonte, 69 n. 
Jouvenel, Bertrand de, 49, 50, 
52,56,101 n., 131 
Kant, Immanuel, 42 
Kavan, Jan, 139 
Klineberg, Otto, 84 n. 
Kohout, Pave, 113 
ÍNDICE ONOMÁSTICO 143 
Lacheroy, coronel, 133 
Laing, R. D., 122 
Lenin, Vladimir I. U., 9, 22, 35, 
38 
Lessing, Gotthold Ephraim, 40 
Lettvin, Jerome, 28,28 n. 
Liberation, 96 n. 
Lindsay, John V., 126 
Litten, Jens, 111 
Lorenz, Konrad, 83 n., 94 
Lübke, Karl-Heinz, 62 n. 
Lynd, Staughton, 31,128 
Madison, James, 56 
Mao Tsé-tung, 20,35 n, 52 
Marx, Karl, 20,21,23,26 n., 32, 
33,34,35,36,38,39,40,41, 
43, 49, 77, 78, 98, 100, 119, 
120, 131 
Massu, Jacques, 69 
Maxwell, Neil, 138 
McCarthy, Eugene, 117 
McIver,R.M.,51n. 
Melville, Herman, 86 
Mill , John Stuart, 54,55 
Mills, C.Wright, 49 
Mitscherlich, Alexander, 83 n. 
Montesquieu, Charles L. De, 
57 
Napoleón Bonaparte, 70,108 
Nechaev, Serey Kravinsky, 120 
New Republic, The, 74 n., 123, 
126 
New York Daily News, 129 
New York Review of Books, 27 n., 
120,128 
New York Times, 32 n., 64 n., 
108 n., 127,128 
New York Times Magazine, 28 n. 
New Yorker, The, 15 n., 29 n. 
Newsweek, 45 n., 138 
Nietzsche, Friedrich, 61,100 
Nisbet, Robert A., 43 
Nixon, Richard, 117 
Nueva Izquierda, 20,24,36-37, 
120,139 
O'Brien, Conor Cruise, 107 
O'Brien, William, 107 
Parekh,B.C, 119 
Pareto, Vilfredo, 88,97,98,110, 
111 
Pascal, Blaise, 40 
Péguy, Charles, 37 
Pétain, Henri Philippe, 133 
Platón, 61 
Portmann, Adoii, 80,123 
Proudhon, P.-J., 15,40,41 n. 
Public Interest, The, 99 ii., 123 
Ramparts, 139 
Rand Corporation, 12 n. 
Renan, Joseph Ernest, 17 
Review of Politics, 41 n. 
Robespierre, Maximilien, 88 
Rockefeller, Nelson a., 117 
Rousseau, Jean Jacques, 51 n. 
Rusia, 72-73, 77,135 
Rustin, Bayard, 129 
Sajarov, Andrei D., 18, 63 n., 
113 n., 131 
Salan, Raoul, 133 
Sartre, Jean-Paul, 22,23,32,34, 
50,120-122 
Schaar, John, 27 n., 45 n., 62 n., 
123, 124-125 
Schapiro, Leonard, 120 
144 SOBRE LA V I 0 L E N C I A 
Schelling, Thomas C, 15 n. 
Schelsky, Helmut, 123 
Science, 80 n. 
Selden, John, 115 
Silver, Allan A., 104 n. 
Solzhenitsyn, Aleksandr I., 76, 
134 
Sorel, Georges, 21, 33, 48, 88, 
94-98,110 
Spender, Stephen, 29, 35 n., 
37 n., 45 n., 58, 69 n., 89 n., 
124 n., 127, 136,140 
Spengler, Oswald, 94 
Spiegel, Der, 25 n., 37 n., 39 n., 
108 n., 109 n., 134,135 
Stalin, Iosiv, 73, 76,134,136 
Steinfels, Peter, 37 
Strausz-Hupé, Robert, 50 
Students for a Democratic So-
ciety (SDS), 89 n. 
Suecia, 134 
Theatre of Ideas, 107 
Thring, M. W., 19 n. 
Tinbergen, Nikolas, 80 n., 
84 n. 
Tito, Josip Broz, 35 n. 
Trotsky, Leon, 49 n. 
Universidad de California, 27 n., 
44,62 n„ 74,123,127 
Universidad de Columbia' °°' 
123 
Universidad de Cornell, 
Universidad de Harvarc' 1 2 2' 
124,125 
Universidad de Heidelber& 1 ¿4 
Universidad de Hull, 1191 
Universidad de Princeton> ' 
127 
Valéry, Paul Ambroise, 118 
Venturi, Franco, 42 n. 
Verdún, 133 
Vietnam, 25, 65 n., 67, 70> 74> 
87 n., 127 
Voltaire, Francois, 50 
Von Hoist, Erich, 8 In., ¿3 n-
Wald, George, 29,125 
Wallace, George, 138 
Wallace, John M., 54 n. 
Wall Street Journal, The, 
Weber, Max, 49, 50, 50 i>-
Wheeler, Harvey, 10 n., 17 n-> 
18 n. 
Wilson, Edmund, 46 n. 
Wilson, James, 13 
Wolin, Sheldon, 27 n. 4 5 n-> 
62 n., 123, 124-125 
Yugoslavia, 35 n. 
Índice 
Uno 9 
Dos 48 
Tres 79 
Apéndices 119 
índice onomástico 141 
En los trabajos que componen EL POLÍTICO Y EL 
CIENTÍFICO -precedidos por un prólogo de RAY-
MOND ARON en esta edición-, MAX WEBER 
(1864-1920) reflexiona acerca de la contraposición 
entre el quehacer del investigador y el comporta-
miento del hombre de acción. Por una parte, las 
virtudes del político parecen incompatibles con las 
cualidades del hombre de ciencia; por otra, sin em-
bargo, existe una comunicación dialéctica entre co-
nocimiento y acción, ya que el saber objetivo favo-
rece un comportamiento racional y aumenta las 
probabilidades de conseguir las metas que el políti-
co se propone. 
Max Weber 
El político y el 
científico 
Friedrich A. fWek 
Camino de 
servidumbre 
Publicado en 1944 y traducido a numerosos idiomas* 
CAMINO DE SERVIDUMBRE popularizó el nombre d« 
FRIEDRICH A. HAYEK más allá de las fronteras del 
mundo académico, donde su prestigio científico (rece 
nocido en 1974 con la concesión del PremioNobel d£ 
Economía) estaba ya sólidamente establecido. La tesis 
central del libro es que los avances de la planificado!1 
económica van necesariamente unidos a la pérdida d£ 
las libertades y al progreso del totalitarismo. Resulta no' 
table que una obra de tan acusado filo polémico, nacidí* 
para suscitar la controversia y el debate, fuera acogida 
con respeto incluso por sus críticos debido a su honestr 
dad intelectual, rigor lógico e información fiable. Si Key 
nes mostró su acuerdo con los puntos de vista de mora' 
y filosofía social de «este gran libro», Schumpeter subra' 
yó un rasgo poco común en obras de este género: «Es ui1 
libro cortés que casi nunca atribuye a sus contrarios otr# 
cosa que el error intelectual». 
C. B. Macpherson 
La democracia 
liberal y su 
época 
Este lúcido estudio sobie LA DEMOCRACIA LIBERAL Y SU 
ÉPOCA se inserta dentro de los numerosos trabajos dedica-
dos por C. B. MACPHERSON a la ideología y funciona-
miento de los sistemas democráticos. La democracia liberal 
nació hace menos de dos siglos, asociada a la existencia de 
una economía capitalista de mercado y a la aceptación teó-
rica de la sociedad de clases. Tres son los modelos que per-
fila Macpherson de este régimen político: «la democracia 
como protección», entendida como escudo de los ciudada-
nos frente a los abusos de poder; «la democracia como desa-
rrollo», que permite el despliegue de la personalidad de los 
individuos, y «la democracia como equilibrio», resultado de 
la concurrencia de elites que se disputan entre sí eí predo-
minio. El autor se plantea, en el último capítulo, las posi-
bilidades de un cuarto modelo, «la democracia como 
participación», que no se basaría en el mercado capitalista y 
que llevaría hasta sus últimas conclusiones los postulados y 
los valores de la libertad. 
Georges Sorel 
Reflexiones 
sobre la 
violencia 
Prefacio de Isaiah Berlin 
Como señala Isaiah Berlin en el extenso prefacio que abre 
este volumen, GEORGES SOREL (1847-1922) es una figu-
ra anómala en la galería de ideólogos, teóricos y profetas 
del siglo xix. No obstante, un hilo central conecta todo cuan-
to publicó y propugnó: la idea de que el hombre no busca ni 
la felicidad ni la paz, ni el conocimiento, ni el poder sobre los 
demás, ni la salvación en la otra vida, sino su realización a 
través de la actividad espontánea, libre y creadora, en un 
denodado esfuerzo por imponer su personalidad mediante 
el trabajo a un medio hostil y por dar forma al caos que el 
mundo de la naturaleza y el pensamiento representan. Sus 
escritos constituyeron la primera gran rebelión contra el ideal 
racionalista del progreso ilimitado y del bienestar sin ten-
siones, dentro del marco de un sistema social armonioso en 
el que las cuestiones sociales quedarían presumiblemente 
reducidas a problemas técnicos. REFLEXIONES SOBRE LA 
VIOLENCIA (19G6) es, SAI obía más ijxypvAai y tal v«x Vi vais, 
representativa de su extraña y contradictoria personalidad. 
Anthony Storr 
La agresividad 
humana 
Aunque los actos de crueldad humana suelen ser atribuidos a 
instintos atávicos procedentes de anteriores etapas de la evolu-
ción biológica, lo cierto es que nuestra especie es la más despia-
dada de cuantas habitan el planeta: dentro del reino animal, sólo 
el hombre ha llegado a extremos de conducta que llevan apare-
jada la destrucción sistemática de miembros de su propia colec-
tividad. ANTHONY STORR, escritor y psiquiatra, estudia las 
diversas teorías que a partir de Freud han tratado de descubrir 
las raíces de LA AGRESIVIDAD HUMANA y analiza las formas 
que ésta adopta durante los sucesivos períodos de desarrollo 
humano y en los comportamientos neuróticos y psicóticos. «El 
sano sentido común con que ha sido escrito el libro -subrayó en 
su día Konrad Lorenz, una de las autoridades máximas en la 
materia- lo hace comprensible para todo el mundo.» Ajuicio de 
Storr, la agresividad del hombre es un instinto cuyos efectos 
pueden ser controlados y encauzados, pero en ningún caso 
suprimidos. 
E 
mJ^mm^mX término «violencia», en su sentido más ek 
mental, refiere al daño ejercido sobre las personas por parte 
de otros seres humanos. Los experimentos totalitarios del 
siglo xx ampliaron este uso de la violencia, a una escala y 
una intensidad meditas en la historia déla humanidad, y 
es en este contexto donde cabe encuadrar esta obra peren-
ne de HANNAH ARENDT. Para la filosofía política, la vio-
lencia objeto de su estudio tiene dos caras: la violencia 
organ izada del Estado o aquella que irrumpe frente al mismo. 
Esto ha hecho que muchos pensasen que la violencia es sobre 
todo una forma de ejercicio del poder. La posición de par-
tida de la autora en SOBRE LA VIOLENCIA consiste en el 
estudio minucioso de la violencia política en sus encarna-
ciones extremas dentro del mundo contemporáneo y en su 
cuidadosa separación entre violencia y poder político; este 
último es el resultado de la acción cooperativa, mientras que 
la violencia del siglo XX está ligada al alcance magnificador 
de la destrucción que proporciona la tecnología.