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SEGURIDAD ETERNA Arthur W. Pink Editado por: Seguridad Eterna Copyright © Arthur W. Pink Copyright © 2021 Editorial Tesoro Bíblico para la versión española Todos los derechos reservados. Puede usar citas breves de este recurso en presentaciones, artículos y libros. Para otros usos, escriba a Editorial Tesoro Bíblico para obtener permiso: tesorobiblico@faithlife.com. A menos que se indique lo contrario, las citas de las Escrituras son de La Santa Biblia, Reina-Valera, Revisión de 1960 (RVR1960), Copyright © 1960 Sociedades Bíblicas Unidas. Usada con autorización. Todos los derechos reservados. Traducción, edición: Equipo de traductores de Faithlife. Editorial Tesoro Bíblico. Contenido PREFACIO 1 INTRODUCCIÓN 2 SU IMPORTANCIA 3 SU NATURALEZA 4 SU MARAVILLA 5 SUS RESULTADOS 6 SU BENDICIÓN 7 SU DISTORSIÓN 8 SU PROTECCIÓN 9 SU OPOSICIÓN 10 SUS BENEFICIOS 11 CONCLUSIÓN PREFACIO La Seguridad Eterna es la enseñanza de que Dios, con toda certeza, traerá a su herencia eterna a aquellos que realmente están justificados, liberados de la maldición de la ley y tienen en cuenta la justicia de Cristo, quienes han sido engendrados por el Espíritu de Dios. Además, es la enseñanza de que Dios hará esto para gloria de sí mismo, en armonía con su naturaleza y de acuerdo con la enseñanza de las Escrituras acerca de la naturaleza de aquellos que son llamados santos. ¿Porque es importante esto? ¿Por qué es importante para cada cristiano saber que, una vez que Dios lo ha tomado por su cuenta, nunca lo dejará ir? Arthur W. Pink da muchas razones para esto en este libro sobre Seguridad Eterna. Por un lado, es necesario para fortalecer a cristianos jóvenes y temerosos de su fe, salvaguardando el honor y la integridad de Dios y su Palabra. Y también es necesario para preservar una de las grandes y características bendiciones del evangelio, que apostatar es atacar los fundamentos mismos del consuelo y la seguridad del creyente. Es necesario que el lector sea avisado desde el principio. Para aquellos que se consideran a sí mismos en oposición a lo que Pink encuentra en las Escrituras pueden sorprenderse al encontrarse de acuerdo con él. Y aquellos que comparten el mismo punto de vista pueden encontrar que Pink ha ido mucho más allá de la simple exposición y ha demostrado las implicaciones de una doctrina aplicadas en sus propias vidas. El autor no es un estudiante superficial de la Palabra, por lo tanto, nos pide que sigamos sus enseñanzas para relacionarlas adecuadamente con el sistema de los asuntos de Dios. Es importante que el lector evite prejuicios erróneos mientras comienza a leer. El libro ha sido titulado Seguridad Eterna debido a que en la actualidad ese es el nombre dado a la doctrina que este libro aborda. Pero históricamente la doctrina se llamaba Perseverancia de los Santos, y el mismo Pink prefería ese título. Pero si se le llama Seguridad Eterna o Perseverancia de los Santos, es la misma doctrina que se ha mantenido a lo largo de los años. No debemos dar importancia a que en algunos puntos haya usado palabras diferentes a las que estamos acostumbrados. Al principio, el lector también podría tener la impresión errónea de que Pink está argumentando en contra de la Seguridad Eterna al mismo tiempo que dice estar a favor. Le aseguramos al lector que esto no es así. Pink no está intentando socavar esta doctrina a través del engaño, en lo más mínimo. Si a veces no pareciera claro, le pedimos al lector que sea paciente y le brinde la oportunidad de explicarse (especialmente en el capítulo 7). Nosotros, al igual que Pink, deberíamos darnos cuenta de que muchas doctrinas de las Escrituras no se pueden expresar plenamente a través de simples conceptos. La seguridad eterna es uno de estas. Procuremos estudiar esta doctrina hasta su conclusión final, ya que es muy importante para nuestro bienestar mientras andamos en la vida cristiana. Puede ser útil saber que Pink originalmente salió de un grupo de bautistas hiper calvinistas bastante sectarios en Inglaterra. Claramente reaccionó enérgicamente a algunos de sus principios característicos. Esto es especialmente cierto en sus tendencias antinomias, en las que se este grupo favorece la idea de que, dado que todas las acciones y circunstancias del hombre están predestinadas, un cristiano no necesita preocuparse por sus responsabilidades: Dios traerá a su vida todo lo que necesita para que automáticamente sea guiado a hacer lo que Él quiere. Pero, aunque rechazó este tipo de pensamiento con mucha fuerza (el libro de Pink Practical Christianity ofrece una visión muy útil y equilibrada), no reaccionó de forma exagerada. Permaneció abiertamente calvinista. Sin embargo, era su deseo evitar toda desigualdad, y es por esa razón, es que realmente se puede decir que el presente escrito es de valor para todos. Sin excepción de lo que haya escrito, consideró cuidadosamente a todos los que de alguna manera intentan basar su punto de vista en las Escrituras. Pink fue inusualmente minucioso en sus escritos. Uno puede leer docenas de libros de otros escritores acerca de un tema y descubrir que no todas las preguntas han sido solucionadas. No sucede así con Pink. Será raro el caso cuando no se haya ocupado de alguna pregunta apremiante. Censuró la superficialidad y la intransigencia. El resultado fue un tratado completo pero práctico de cada tema sobre el que escribió. Sin embargo, no se enredó en la teología filosófica. Pink fue ante todo un cuidadoso expositor de las Escrituras, y esto mismo realizó en su manejo de la doctrina. No citó un texto de la Escritura y dejó que el lector hiciera las conjeturas. Por el contrario, generalmente se tomaba el tiempo para explicarlo ampliamente, relacionando cada parte con el tema y estableciendo, sin lugar a dudas, lo que de manera particular enseñan las Escrituras. También fue un experto en mostrar el significado de un texto de las Escrituras mediante una cuidadosa consideración de su contexto. Demostrando una y otra vez de esta manera que este no puede significar lo que algunos han afirmado. Por lo tanto, evita el método de prueba del texto para desarrollar una doctrina. El lector comprobará esto por sí mismo en este libro. La seguridad eterna es una doctrina que complementa y perfecciona otras verdades. Es la verdad lo que instaura un cristiano en la seguridad de la salvación. La doctrina de la elección en sí misma no puede hacer esto. La justificación no puede hacer esto. La doctrina de la santificación no puede hacer esto. Ni siquiera la doctrina de la glorificación lo hace. Y, por el contrario, cada una de las anteriores está incompleta sin la Seguridad Eterna. La elección, la justificación, la santificación y la glorificación son todas hipotéticas, meras posibilidades, hasta que la Seguridad Eterna las complemente y las perfeccione mostrando cómo se aplican específicamente a ciertos individuos. También es práctico porque brinda a los creyentes la seguridad de la salvación, que según muchos pasajes de las Escrituras deben tener. Sin embargo, existe la posibilidad del autoengaño. La seguridad de la salvación debe basarse en una comprensión correcta de lo que enseña la Palabra de Dios con respecto a la Seguridad Eterna. D. L. Moody contó una historia que ilustra este peligro. Un borracho detuvo a Moody una vez y le dijo: “¿No te acuerdas de mí? Soy el hombre que salvaste aquí hace dos años. “Bueno”, dijo Moody, “efectivamente debí haber sido yo, porque ciertamente el Señor no lo hizo”. Demasiados son “salvados” por los hombres y no salvados por Dios. En otras palabras, uno puede tener la seguridad de la salvación, como el borracho, sin ser salvo. Debemos luchar por la Seguridad Eterna de aquellos que realmente se salvan, que nacen de nuevo y que han sido transformados por dentro. Esto es lo que Arthur W. Pink explica muy bien en estelibro. El contenido para este libro fue tomado de una serie de 34 artículos de Pink’s Studies in the Scriptures (Vols.21–23), escritos bajo el título “La Perseverancia del Santo”, y publicados por primera vez como un libro separado bajo ese título en 1972. 1 INTRODUCCIÓN En volúmenes anteriores hemos expuesto con cierta extensión (aunque no en este preciso orden) las grandes verdades de la Elección Divina o la Predestinación para la salvación; la Expiación o Satisfacción perfecta que hizo Cristo de la ley en nombre de su pueblo; la total impotencia del hombre caído de hacer el bien; el milagro de la Regeneración, por el cual los elegidos (que nacen dentro este mundo muertos en sus delitos y pecados) son trasladados a una nueva vida; la Justificación por la fe, por la cual el pecador creyente es liberado de la maldición de la Ley, la justicia de Cristo abonada a su cuenta; la Santificación del creyente, por medio de la cual es apartado para Dios, constituyendo el templo del Espíritu Santo, liberado del dominante poder del pecado, y hecho apto para el Cielo. Por lo tanto, es oportuno que ahora tomemos la verdad adicional y completa de la perseverancia final de los santos, o la inmutable certeza de su entrada en la Herencia comprada para ellos por medio de Cristo y para la cual han sido engendrados por el Espíritu. Este bendito tema ha sido la ocasión para una fuerte lucha en el mundo teológico, y en ninguna parte la brecha entre calvinistas y arminianos es más evidente que en sus diversos puntos de vista sobre esta doctrina. Los primeros la consideran como la sal del pacto, como una de las principales misericordias adquiridas por la redención de Cristo, como una de las joyas más ricas que adornan la corona del Evangelio, como una de las elecciones más cordiales para la reanimación de los santos debilitados, como uno de los mayores incentivos para la santidad práctica. Pero con respecto a los arminianos, es todo lo contrario. Ellos consideran esta doctrina como un invento del Diablo, como una gran deshonra para Dios, como un envenenamiento de la fuente del Evangelio, como una licencia para la autocomplacencia y la subversión de toda verdadera piedad. En este caso, es imposible buscar el valioso punto medio entre esto dos extremos, pues eso significaría de manera excluyente, que una postura estuviera extremadamente correcta y la otra extremadamente equivocada. Si bien no tenemos ninguna duda acerca de en cuál de esos dos lados se encuentra la verdad, estamos lejos de permitir que los calvinistas como siempre presenten esta doctrina a través de sus proporciones bíblicas; sí, tenemos la firme convicción de que durante las últimas dos o tres generaciones, específicamente, muchos novicios la han explicado de tal manera que hacen mucho más mal que bien. Un gran número de hombres han competido por la “Seguridad de los Santos” de una manera tan cruda y desigual que muchas almas piadosas han sido desviadas, y en su rebelión contra tal extremismo supusieron que su única opción era rechazar el tema en su totalidad. Tal postura estaba equivocada: si algunos cuantos aficionados aspirantes a panaderos produjeran panes no comestibles, esa no sería razón suficiente para que en lo futuro rechazara cualquier pan; yo sería quien perdiera si tomara tal actitud tan radical. No simpatizamos con la declaración calva e incondicional “Una vez salvo, siempre salvo”. En una publicación emitida por un conocido “Instituto Bíblico” aparece lo siguiente. “Fui a la celda de muerte de ese condenado en… prisión hace unos días. Fui a contarle del perdón de mi rey. No tenía derecho a ofrecerle el perdón del estado… pero podía contarle sobre Aquel que ocupó su lugar en la cruz del Calvario, ofreciendo la redención eterna de la pena del pecado, para que pudiera ser justificado ante el “Juez de toda la tierra” en la corte celestial, por todos los siglos sin fin. ¡Gracias a Dios! Me di cuenta de que ese hombre comprendía claramente el plan de salvación, realizando muchos años de ministerio, él había aceptado a Jesús como su Salvador personal. Pero a través de los años se había vuelto frío e indiferente: había perdido su comunión con su Señor, no su salvación. Y el resultado fue una vida de pecado. Se necesitó una experiencia horrible para apartarlo de su obstinado camino; pero mientras hablaba con él en su celda de la prisión, estaba convencido de que había nacido de nuevo y que se había arrepentido de su crimen”. Si bien queda completamente fuera de nuestra jurisdicción formar un juicio sobre el destino eterno de ese asesino, sin embargo, parece que se requieren solo algunos comentarios sobre el relato del predicador sobre el incidente anterior. ¿Qué impresión es probable que se haga en la mente del profesor promedio al leer de este caso? ¿Qué efecto se anticipa se puede producir sobre aquellos miembros de la iglesia que caminan tomados del brazo con el mundo? Primero, se nos dice que este asesino había “comprendido el plan de salvación”: también el Diablo lo ha comprendido, ¡pero de qué le sirve ese conocimiento mental! También se dice que años antes de que este condenado “hubiera aceptado a Jesús como su Salvador personal” bajo el ministerio de cierto “avivamiento” conocido. Pero antes de que cualquier alma pueda recibir a Cristo como Salvador, primero despojarse de las armas de su rebelión, arrepentirse de sus pecados y entregarse a Cristo como Señor. El Salvador es el Santo de Dios, que salva a su pueblo “de sus pecados” (Mt 1:21) y no en sus pecados: quien los salva del amor y del dominio de sus pecados. Cuán diferente fue la predicación de Spurgeon de la de los “evangelistas” que lo siguieron. Él dijo: “No vayas a Dios y pidas misericordia con el pecado en tu mano. ¿Qué pensarías del rebelde que aparece ante la cara de su soberano y pide perdón con la daga pegada al cinturón y con la declaración de su rebelión en el pecho? El tal habría fingido estar buscando piedad. Si una esposa ha abandonado a su esposo, ¿crees que ella tendría la insolencia, descaradamente, de volver y pedirle perdón apoyándose en el brazo de su amante? Sin embargo, tal vez así es con usted, pidiendo misericordia y continuando en pecado, orando para reconciliarse con Dios y, sin embargo, albergando y complaciendo sus deseos… deseche su pecado o Él no podrá escucharlo. Si levantas las manos impías con una mentira en tu mano derecha, la oración no vale nada en tus labios” (C. H. S., 1860). Volviendo al incidente anterior. Este predicador declara al hombre en la celda condenada: “Pero a través de los años se había vuelto frío e indiferente: había perdido su comunión con su Señor, no su salvación, y el resultado fue una vida de pecado”. Tal afirmación es una contradicción plana en términos. La salvación y el pecado son opuestos. “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2Co 5:17). La salvación divina es una obra sobrenatural que produce efectos sobrenaturales. Es un milagro de gracia que hace que el desierto florezca como la rosa. Es conocido por sus frutos. Sería incorrecto llamar bueno a un árbol si da frutos malos. La justificación se evidencia por la santificación. El nuevo nacimiento se manifiesta por una nueva vida. Si uno hace una profesión de fe para salvación y luego sigue con “una vida de pecado” es el mismo caso que “el perro [que] vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno” (2Pe 2:22). Antes de descartar este caso, se debe tomar una decisión sobre la declaración del predicador “Podría decirle de Aquel que ocupó su lugar en la cruz del Calvario”, lo cual ocurre, como se señaló, al comienzo de la narración. Seguramente lo primero que presionaría a un asesino sería lo horrible de su condición: recordarle que no solo había lastimado gravemente a una persona, sino que había pecado contra el Santo;lo cual serviría para presentarle exactamente el enfático hecho de que en unos días tendría que comparecer ante el Juez Divino. Entonces, el predicador podría hablar de la asombrosa gracia de Dios que había provisto un Salvador para los pecadores, incluso para el más grande de ellos, y que el Evangelio se ofrece gratuitamente a todos bajo la condición de arrepentimiento y fe. Pero las Escrituras no justifican en ninguna parte que le digamos a cualquier pecador indiferente e impenitente que Cristo “ocupó su lugar en la cruz”: la obra sustitutiva de Cristo es una verdad para el consuelo de los creyentes y no una concesión para los incrédulos, ni la ignorancia y la confusión resultantes en el cristianismo actualmente. En el Nuevo Testamento, la salvación de Dios se presenta en tres tiempos: pasado, presente y futuro. Como una obra “iniciada” (Fil 1:6), pero no completada en un determinado momento. “Quien nos salvó” (2Ti 1:9), “ocupaos de vuestra salvación con temor y temblor” (Fil 2:12), “ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos” (Ro 13:11) Estos versículos no se refieren a tres salvaciones diferentes, sino a tres fases y etapas distintas de salvación: la salvación como un acto establecido, como proceso presente y como una perspectiva futura. Primero, Dios salva del placer del pecado, haciendo que el corazón deteste lo que antes amaba. Lo que desagrada a Dios se vuelve amargo para el alma, y el pecado se convierte en su mayor dolor y carga. Después, la fe es comunicada por medio del Espíritu y el pecador arrepentido ahora está listo para creer en el Evangelio, y así salvarse del castigo del pecado. Entonces es cuando él entra en la vida cristiana, en donde es llamado a “pelear la buena batalla de la fe” porque hay enemigos internos y externos que buscan provocar su destrucción. Para esa “lucha”, Dios ha provisto una armadura adecuada (Ef 6:11), que el cristiano debe llevar consigo. Para esa pelea, está provisto de armas efectivas, pero debe utilizarlas bien. Para tal lucha, la fuerza espiritual está disponible (2Ti 2:1), pero debe buscarse con diligencia y confianza. Esta lucha es un proceso de toda la vida, un conflicto en el que no se otorgan licencias, el cristiano está siendo salvado del poder del pecado, esta recibe muchas heridas, pero se le lleva al gran médico para que lo cure. Durante esta, a menudo es abatido, pero por gracia puede volver a levantarse. Finalmente, será salvo de la presencia del pecado, porque al morir el creyente se librará para siempre de su naturaleza pecaminosa. Ahora es el tercer aspecto de la salvación lo que nos concierne en esta serie de artículos, concretamente, la constancia del creyente: su perseverancia en la lucha de la fe. La siguiente doctrina se relaciona con el hecho de que el cristiano es salvo de la potestad de morar en el pecado durante el periodo que transcurre entre su salvación del castigo eterno y el momento en que se salvará de su presencia. Entre su salvación del infierno y el cumplimiento de su entrada en el cielo, necesita salvarse de sí mismo, salvarse de este mundo malvado en el que aún permanece, salvarse del demonio que, como león rugiente, busca a quién devorar. El viaje de Egipto a Canaán en su mayoría no es a través de pastos verdes y aguas tranquilas, sino a través de un desierto árido con todas sus pruebas y tentaciones, y pocos de los que abandonaron esa Tierra de Abundancia llegaron a la Tierra donde fluye leche y miel: la gran la mayoría cayó en el desierto por su incredulidad, como el caso de tantos profesores que comenzaron bien pero no resistieron hasta el final. Hoy en día, hay muchísimos cristianos engañados por la idea de que una mera fe histórica en el evangelio asegura su entrada al Cielo: quienes realmente suponen que han “recibido a Cristo como su Salvador personal” simplemente porque creen que Él murió en la cruz como un sacrificio expiatorio por los pecados de todos aquellos que rechazan su propia justicia y confían en Él. Creen que, bajo la influencia de la emoción religiosa y el llamado urgente del evangelista, aferrados a la idea de “Jn 3:16 sí lo dice”, fueron persuadidos a “convertirse en cristianos”, por lo que ahora todo está bien con ellos: suponen que ya han obtenido su boleto para la gloria, como pasajeros en un tren, relajándose y descansando, confiando en que a su debido tiempo llegarán a su destino deseado. Por medio de tales engaños, Satanás arrastra multitudes al infierno. Tan generalizado está este engaño mortal que muchos que se comprometen a exponer su sofistería seguramente serán considerados por muchos como herejes. La vida cristiana comienza en medio de la agonía del nuevo nacimiento, bajo la aguda aflicción del alma. Cuando el Espíritu de Dios comienza su obra en la conciencia del corazón condenado, que experimenta los terrores de la ley, la ira de un Dios que odia el pecado se vuelve real. A medida que los requisitos de la santidad divina comienzan a ser aprehendidos por el alma, tan acostumbrada a hacer su propia voluntad, “patea contra los pinchazos”, y solo en el día del poder de Dios es “ofrecida voluntariamente” (Sal 110:3) tomar el yugo de Cristo sobre él. Después, es que el joven creyente, consciente de la enfermedad de su propio corazón, temeroso de su propia debilidad e inestabilidad, consciente de la enemistad del Diablo contra él, grita ansiosamente: ¿Cómo podré evitar ahogarme en un mundo como este? ¿Qué provisión ha hecho Dios para que no perezca en mi camino a la dicha eterna? El Señor ha hecho grandes cosas por mí, de lo cual me alegro; pero a menos que continúe ejerciendo su poder soberano a mi favor, estaré perdido. Además, mientras el joven cristiano sigue su camino, observa cuántos de los que tomaron una profesión de fe no andan más en los caminos de la justicia, sino que se han vuelto al mundo. Esto lo hace tropezar y cuestionarse: ¿Debo también renunciar a la fe? Ah, ninguno está más seguro y a salvo que aquellos que sienten que no pueden estar de pie, cuyo clamor es “Sostenme, y seré salvo” (Sal 119:117). “Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios” (Pr 28:14). Feliz el alma que posee ese santo temor reverente que lo conduce al Señor, que lo mantiene vil ante sus propios ojos y lo hace depender de la promesa y de la gracia de un Dios santo, que lo hace regocijarse con temblor y temblor en la esperanza. En el caso que acabamos presentar, el cual es uno de la vida real, descubrimos una razón adicional para abordar el presente tema. Es necesario que el cristiano joven y temeroso se fortalezca aún más en la fe, que se le informe que el buen Pastor no deja a Sus corderos indefensos en medio de los lobos, sino que ha hecho una provisión completa para su seguridad. Sin embargo, es en esta etapa, especialmente cuando el maestro necesita de la sabiduría celestial para ser de gran ayuda. Por un lado, debe tener cuidado de no arrojar perlas a los cerdos, y por otro, no debe ser convencido de privar a los hijos de Dios su legítimo y necesario pan. Si permanece en guardia contra de ministrar consuelo ilícito a los maestros carnales, también debe asegurarse de no privar de consuelo y afecto legítimos a los santos con rodillas débiles y cuyas manos cuelgan debido a sus desalientos. Cada uno de los peligros a los que hemos aludido se evitará con la debida atención a los principios de nuestro estudio y su explicación. Es acerca de la perseverancia final de los santos sobre los que escribiremos, la perseverancia de aquellos que han sido lavados por la sangre del Cordero y no de aquellos que han sido blanqueados por la auto reforma. Es la perseverancia final de los santos a lo largo del Camino Estrecho, a lo largo de los caminos de la justicia. Es su perseverancia en la lucha de la fe y la ejecución de la obediencia. La Palabra de Dios en ninguna parte enseña que una vez que un hombre nacede nuevo, puede dar rienda suelta a los deseos de la carne y ser tan mundano como quiera, y aun así estar seguro de que llegará al Cielo. En cambio, la Escritura dice, y estas palabras están dirigidas a los creyentes: “porque si vivís conforme a la carne, moriréis” (Ro 8:13). No, si un hombre nace de nuevo, deseará, se propondrá y se esforzará por vivir como un hijo de Dios. Ha habido cierta deliberación en nuestra mente sobre cuál es el mejor título para esta doctrina: la preservación o la perseverancia de los santos. A primera vista, el primero parece preferible, ya que es más honroso a Dios y pone el énfasis en su poder de guardar. Sin embargo, una reflexión más profunda mostrará que tal preferencia es más aparente que real. Preferimos el último porque entendimos correctamente que incluye al primero, mientras que al mismo tiempo señala la responsabilidad del creyente. Además, creemos que está más de acuerdo con el tenor general de las Escrituras. Los santos son “guardados por el poder de Dios mediante de la fe” (1Pe 1:5). No los trata como autómatas irresponsables, sino como agentes morales, a medida que su vida natural se mantiene mediante el uso de recursos evitando lo que es perjudicial para su bienestar, al igual que con el mantenimiento y la preservación de sus vidas espirituales. Dios preserva a su pueblo en este mundo a través de su perseverancia: el uso de medios y la evasión de lo que es destructivo. No queremos decir por un momento que el propósito eterno del Altísimo sea circunstancial a las acciones del hombre. La perseverancia de los santos es un regalo divino, tan verdaderamente como lo es la salud y la fuerza del cuerpo. Los dos lados de esta verdad, lo Divino y lo humano, se unen para “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Fil 2:12, 13):es Dios quien trabaja en el creyente tanto en el deseo como en la acción al usar los medios, de modo que, toda oportunidad para la jactancia le sea quitada. Cuando Dios comienza su obra de gracia en un alma, el corazón se vuelve hacia Él en penitencia y fe, y mientras continúa esa obra, el alma se mantiene en el ejercicio de su gracia. A medida que busquemos desarrollar este tema, nuestro énfasis cambiará de vez en cuando de acuerdo con lo que tengamos ante nosotros, ya sea a quienes lo repudien o a quienes lo perviertan, cuando abordemos los fundamentos Divinos sobre los cuales descansa o las salvaguardas por las cuales es protegido, o la sabiduría para evitar tanto el arminianismo como el antinomianismo. 2 SU IMPORTANCIA El tema de la presente serie de artículos es mucho más que un dogma teológico o un principio sectario: es una parte esencial de esa Fe, entregada de una sola vez a los santos, respecto de la cual se nos exhorta a “contender seriamente”. En ella se muestra, respectivamente, el honor y la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y, por lo tanto, aquellos que repudiaron esta verdad mancharon el carácter del trino Jehová. La perseverancia final de los santos es una de las grandes y distintivas bendiciones proclamadas por el Evangelio, siendo una parte integral de la salvación misma, y, por lo tanto, cualquier protesta contra esta doctrina es un ataque a los fundamentos mismos del consuelo y la seguridad del creyente. ¿Cómo puedo seguir mi camino regocijándome si hay dudas en mi mente sobre si Dios continuará tratando amablemente conmigo y terminando la obra que ha comenzado en mi alma? ¿Cómo puedo agradecer sinceramente a Dios por haberme librado de la ira venidera si es muy posible que aún me arroje al infierno? Anteriormente hemos dicho que el honor y la gloria de Jehová están relacionados con la perseverancia final de los santos: procedamos ahora a explicar esa afirmación. Dios el Padre predestinó a Su pueblo “para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro 8:29), cuya conformidad no se forja completamente en ninguno de ellos en esta vida, sino que será completada hasta el día del regreso de Cristo (1Jn 3:2). ¿Ahora está puesto en peligro el propósito eterno del Padre para la voluntad humana? ¿Su cumplimiento depende de la conducta humana? o, habiendo establecido el fin, ¿no hará también infaliblemente efectivos todos los medios para ese fin? Esa predestinación se basa en su amor; “Con amor eterno te he amado (dice el Padre a cada uno de sus elegidos); por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jer 31:3). Tampoco hay ninguna variación en su amor, porque Dios no es voluble como nosotros: “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” (Mal 3:6). Si fuera posible que uno de los elegidos de Dios apostatara por completo y finalmente pereciera, eso significaría que el Padre se había propuesto algo que no pudo lograr y que su amor fue frustrado. Considere a Dios el Hijo en su carácter mediador. Los elegidos fueron confiados a Él como un préstamo del Padre; Él dijo: “tuyos eran, y me los diste” (Jn 17:6). En el pacto de redención, Cristo ofreció actuar como su Garantía y servir como su Pastor. Esto implicó la tarea más estupenda que registra la historia del universo: la encarnación del Hijo, la magnificación de la Ley Divina al rendirle obediencia perfecta, derramando Su alma hasta la muerte como un sacrificio a la justicia Divina, venciendo la muerte y la tumba, y finalmente presentando a todos sus redimidos “sin mancha” ante Dios (Judas 24). Como buen pastor, murió por sus ovejas, y como el gran pastor, es su oficio preservarlas de este mundo malvado. Si fallara en esta tarea, si alguna de sus ovejas se perdiera, ¿dónde estaría su fidelidad a ese compromiso que Él mismo hizo? ¿Dónde estaría la eficacia de Su expiación? ¿Cómo podría exclamar triunfante al final “He aquí, yo y los hijos que Dios me dio” (Heb 2:13)? La persona del Espíritu Santo está igualmente interesada en este asunto vital. Los santos no comprenden del todo que están tan definitivamente en deuda con la tercera Persona de la Trinidad como lo están también con la primera y la segunda Persona. El Padre ordenó la salvación, el Hijo en su carácter mediador la compró, y el Espíritu “la aplica” y la hace efectiva. Es la obra del bendito Espíritu ejecutar correctamente el propósito del Padre y la expiación del Hijo:” nos salvó… por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tit 3:5). Cristo dijo a sus discípulos “No los dejaré huérfanos (aunque deje este mundo): Vendré a vosotros” (Jn 14:18). Esa promesa dada en la víspera de su muerte se cumplió en el don del Espíritu “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas” (Jn 14:26). Los redimidos de Cristo fueron así confiados al amor y cuidado del Espíritu, por lo tanto, si alguno de ellos se perdiera ¿dónde estaría la suficiencia del Espíritu? ¿dónde su poder? ¿dónde su fidelidad? Esto, entonces, no es una doctrina trivial que ahora nos preocupa, ya que las consideraciones más importantes están inseparablemente relacionadas con ella. Estamos satisfechos de que debido a su fracaso comprender esto, tantos cristianos profesantes no perciben la seriedad de su consentimiento al dogma opuesto de la apostasía total de los santos. Si entendieran más claramente lo que implicaba afirmar que algunos genuinamente renacidos cayeron en desgracia, continuando en su camino de iniquidad, murieron sin arrepentimiento y se perdieron eternamente, pensarían dos veces antes de dar su aprobación a lo que conllevaba esas horribles implicaciones. Tampoco podemos considerar con indiferencia aquello con tan graves consecuencias. El hecho de que cualquiera de los elegidos perecería necesariamente implicaría un Padre derrotado, que no pudo alcanzar Su propósito: un Hijo decepcionado, que nunca vería la obra de Su alma completaday no podría estar satisfecho; y un Espíritu deshonrado, que había fallado en preservar a los encomendados a Su cuidado. A tales errores terribles podemos ser entregados. La importancia de esta verdad se hace más notable por el lugar destacado que se le otorga en las Sagradas Escrituras. Si recurrimos al Antiguo o al Nuevo Testamento, no hay diferencia; Si consultamos los Salmos o los Profetas, los Evangelios o las Epístolas, encontramos que ocupa la misma posición notable. Si citáramos todas las referencias, deberíamos transcribir literalmente cientos de versículos. En cambio, citaremos solo algunos de los menos conocidos. Aquí hay uno del Pentateuco: “amó a su pueblo; todos los consagrados a él estaban en su mano” (Dt 33:3). Uno de los libros históricos: “Él guarda los pies de sus santos” (1Sa 2:9). Uno de Job: “Me probará, y saldré como oro” (Job 23:10). Uno de los Salmos: “Jehová cumplirá su propósito en mí” (Sal 138:8). Uno de los Proverbios: “La raíz de los justos no será removida” (Pr 12:3 en contraste con Mt 13:21). Otro de los Profetas: “pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer 32:40). Estas son muestras justas de las promesas divinas en todo el Antiguo Testamento. Observe el lugar que ocupa esta verdad en la enseñanza de Cristo. “Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16:18). “Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar, si fuese posible, aun a los escogidos” (Mr 13:22): Satanás no puede engañar contundentemente a ninguno de los elegidos. “Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante. Semejante es al hombre que, al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca” (Lc 6:47–48). “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada” (Jn 6:39). Los escritos de los apóstoles están llenos de eso. “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Ro 5:10). “¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?” (Stg 2:5). “guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación” (1Pe 1:5) “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros” (1Jn 2:19). “Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída” (Jud 24). La tremenda importancia de esta doctrina se evidencia aún más por el hecho de que involucra la integridad misma de las Escrituras. Es inconfundible la enseñanza sobre este tema: los pasajes citados anteriormente dejan inequívocamente claro que cada sección afirma la seguridad de los santos. Quien declara que los santos estarán en riesgo mientras permanezcan en este mundo malvado, insiste en que pueden perderse eternamente, sí, algunos de ellos, como el rey Saúl y Judas, han perecido, el que tal argumento sostiene, repudia la fiabilidad de las Sagradas Escrituras y está queriendo decir que las promesas divinas no valen nada. Oh, lector mío, sopesa esto bien: la veracidad del Señor Dios se preocupa por ello. Él ha prometido guardar los pies de sus santos, librarlos del mal, preservarlos para su reino celestial, y “Dios no es hombre, para que mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Nm 23:19). Eliseo Coles, el puritano, utilizó un fuerte argumento de menor a mayor, cuyo contenido se presentará aquí. Ya que el Señor cumplió su palabra en cosas de menor consideración, cuánto más lo hará en la salvación eterna de su pueblo. Si ciertas personas fueron destinadas por Él a un servicio eminente en este mundo, a pesar de las mayores dificultades e imposibilidades naturales que se interpusieron en el camino para obstruirlo, ¡cuánto más seguro es el cumplimiento de su propósito con respecto a los vasos de misericordia que él mismo ha designado desde la gloria celestial! Dios le prometió a Abraham que su simiente poseería la tierra de Canaán (Gn 12:7). Pasaron los años y a poco menos de un siglo su esposa aún era estéril, pero se produjo un milagro y nació Isaac. Isaac se casó y durante veinte años su esposa permaneció sin hijos, cuando en respuesta a la oración, el Señor le concedió tener hijos (Gn 25:21). Tenían dos, pero el Señor rechazó al mayor, mientras que el menor al quien pertenecía la promesa, estaba en constante peligro de ser asesinado por Esaú (Gn 27:41), y para salvar su vida huyó a Padan Arám. Mientras que en Padan Arám Labán lo trató con aspereza, cuando decidió regresar a casa, su suegro lo siguió con malas intenciones, pero el Señor se puso entre ellos y le advirtió en un sueño (Gn 31:23, 24). Apenas Jacob había escapado de Labán, Esaú se enfrentó a él con cuatrocientos hombres, decidido a vengar su antiguo rencor (Gn 32:6), pero el Señor movió su corazón en un instante y le hizo recibir a Jacob con afecto. Cuando Simeón y Leví provocaron a ira a los cananeos, parecía haber muchas posibilidades de que Jacob y su familia fueran exterminados (Gn 34:25), pero el Señor causó tal terror sobre ellos que no tocaron a ninguno (Gn 35:5) Cuando una hambruna de siete años llegó a la tierra, amenazando con consumirlos, por una extraña providencia, el Señor les proveyó en Egipto. Allí, más tarde, Faraón buscó su destrucción; pero fue en vano. Por su gran poder, Jehová los sacó de casa de esclavitud, abrió un camino a través del Mar Rojo, los condujo por del desierto y los llevó a Canaán. ¿Hará menos por la simiente espiritual de Abraham a quien le ha prometido una Canaán celestial, una herencia eterna? José era alguien a quien el Señor honraría, y en varios sueños le reveló que sería exaltado a una posición de dignidad y preeminencia (Gn 37). Por eso sus hermanos lo odiaban, decidiendo frustrar esas predicciones y matarlo (v. 18). ¿Cómo escapará José? porque eran diez a uno, él solo. A su debido tiempo lo arrojaron a un pozo, donde parecía probable que él pereciera; pero en la buena providencia de Dios, algunos madianitas pasaron por allí antes de que cualquier bestia salvaje lo hubiera encontrado. Lo entregaron en sus manos y lo llevaron a Egipto, donde lo vendieron al capitán de la guardia de Faraón, un hombre que no le mostraría amabilidad. El Señor se complació en darle favor delante de los ojos de su amo (Gn 39:3, 4), pero si las esperanzas de José ahora iban en aumento, qué tan rápido se cayeron. A través de las mentiras de una mujer que quería ser su amante fue encarcelado, donde pasó no pocos días sino muchos años. ¿Cómo se podría ver el favor de Dios? ¡Sin embargo, el buen consejo del Señor se cumplió y lo convirtió en señor de Egipto! Dios prometió el reino de Israel a David y, cuando aún era joven, fue ungido para él (1Sa 16:13). ¡Qué! ¿a pesar de todas las intervenciones? ¡Sí, porque el Señor lo había dicho y lo haría! Por lo tanto, si Saúl le lanza una jabalina, sin sospecharlo, para clavarlo en la pared, el Señor le daría agudeza visual y agilidad motriz para darse cuenta y evitarla (Gn 18:11). Si había determinado algún mal contra él, Jonathan tenía compasión y le avisaba (Gn 19:7). Si envía mensajeros a Naiot para arrestarlo, estos olvidaban su misión y profetizaban (Gn 20–24). Si se encontraba en una ciudad que lo traicionaría, y no había ningún amigo allí que le informara de su peligro, el Señor mismo sería su informante y lo sacaría de ahí (Gn 23:12). Si el ejército de Saúl lo rodeaba sin escapatoria, los filisteos invadían su tierra y el rey tenía que regresar para encontrarse con ellos (vv. 26, 27). Aunque nolibertador para él en la tierra “Él (dijo David) enviará desde los cielos y me salvará” (Sal 57:3). ¡Poco después Saúl fue asesinado y David subió al trono! “He aquí que un varón de Dios por palabra de Jehová vino de Judá a Bet-el; y estando Jeroboam junto al altar para quemar incienso, aquél clamó contra el altar por palabra de Jehová y dijo: Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos que queman sobre ti incienso, y sobre ti quemarán huesos de hombres” (1Re 13:1–2). Lo más notable fue esta profecía. El reino de Judá ha sido despreciado y abandonado por las diez tribus, sin embargo, llegará un día en que la casa de David recupere su poder de tal forma que un miembro de él derribaría ese altar. Nada parece más circunstancial y sencillo que dar nombres a personas, sin embargo, aquí el nombre de este hombre se predice siglos antes de su nacimiento, y a su debido tiempo se le llamó Josías. Durante el intervalo de trescientos cincuenta años entre esta predicción y su cumplimiento (2Re 23:15–16) ocurrieron cosas que pareciera que no llegaría a su cumplimiento. Atalía decidió destruir toda la simiente real de David, pero Joás es desaparecido y preservado (2Re 11:2). Ezequías cae enfermo de muerte, pero quince años se suman a su vida, para posteriormente ser sucedido por su hijo Manasés, quien fue el abuelo del aún no nacido Josías (2Re 20:6, 21). “Pablo fue un vaso elegido, designado para predicar a Cristo entre los gentiles (Hch 9; 15) y finalmente dar testimonio de Él en Roma (Hch 23:11). Esto debía realizarse aunque los azotes, el encarcelamiento y la muerte lo esperaran en todos los lugares. Si, por lo tanto, lo esperaban en Damasco, vigilando las puertas día y noche para matarlo, sería bajado por la pared en una canasta y así escaparía de ellos (Hch 9:24–25). Si toda Jerusalén se alborotara para matarlo, el capitán principal entraría con un ejército y lo rescataría (Hch 21:31–32) aunque no fuera amigo de Pablo ni de su causa. Si más de cuarenta hombres se hubieran comprometido en juramento de que no comerían ni beberían hasta que lo hubieran matado, sus parientes lo sabrían, y por medio de ellos el capitán en jefe sería su amigo nuevamente y le presentaría el convoy necesario (Hch 23:14–23)… ni su ser una vez apedreado, ni el naufragio que sufrió tres veces, ni ninguna otra cosa, anularían el propósito de Dios de dar testimonio de Cristo en Roma” (Elisha Coles). Ahora, lector, por qué, piensa usted, ¿se registran casos como los anteriores en las Sagradas Escrituras? ¿No es para nuestra instrucción y consuelo? ¿No es para asegurarnos que las promesas de Dios son perfectas, que su consejo permanecerá, que una vez que la palabra ha salido de su boca, toda la tierra y el infierno combinados son impotentes para estorbarle? Si el Señor fue tan exacto al cumplir Su palabra en estas cosas menores, que se relacionaban solo con el tiempo y la tierra, ejecutando Su propósito a pesar de todas las oposiciones externas, obrando milagros para lograr Su placer, ¡cuánto más Él será meticuloso para asegurar el bienestar eterno de aquellos a quienes ha designado para la gloria celestial! Si llevaba a su pueblo de antaño sobre “alas de águila” (Is 40:31), por encima del alcance del peligro; si los mantenía como “la niña de sus ojos” (Dt 32:10), con todo el cuidado posible y ternura, hasta presentarlos a sí mismo, ¡no hará menos por los que Cristo murió! Una de las glorias sobresalientes del Evangelio es su promesa de seguridad eterna para todos los que realmente lo creen. El Evangelio no es como un médico de poco nivel que solo puede tratar los casos más leves, sino que es uno que cura “todo tipo de enfermedades” que es capaz de curar los casos más graves. No proclama un Redentor débil, sino Aquel que es “poderoso para salvar”: aunque el mundo, la carne y el Diablo, se unen contra Él, él no fracasa. El que triunfó sobre la tumba no puede ser frustrado por ninguna debilidad o inconstancia en su pueblo. “puede (lo cual no sería posible si la voluntad de alguien más se lo prohibiera) también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (Heb 7:25). Aquellos a quienes perdona también los preserva. Por lo tanto, cada persona que confía en Él, aunque consciente de su propia debilidad y maldad, puede exclamar con confianza: “Sé a quién he creído, y estoy convencido de que es capaz de guardar lo que le entregué ese día”. La importancia de esta verdad aparece claramente si suponemos lo contrario. Supongamos que aquellos que van a Cristo en busca de refugio finalmente terminan en las regiones de desgracia: ¿entonces qué? ¿Por qué, con qué propósito sería la proclamación de un Evangelio que anunciara una “gran salvación” solo para que finalmente sus participantes se desilusionaran? No sería más que un hermoso espejismo contemplado por viajeros sedientos en el desierto: presentando ante sus ojos una esperanza de vida, solo para burlarse de quienes recurrieron a ella. ¿Por qué, con qué propósito se ofreció Cristo como sacrificio ante Dios si su sangre no es suficiente para aquellos que confían en él? ¿Por qué, con qué propósito se da el Espíritu Santo a los hijos de Dios si Él no puede someter la carne en ellos y vencer sus propensiones a vagar? ¿Qué propósito tendría el don divino de la fe si fallara a aquel que la posee en el resultado final? Si la perseverancia final de los santos es un engaño, entonces uno debe cerrar su Biblia y sentarse desesperado. 3 SU NATURALEZA Tenemos el propósito de tratar este tema, y particularmente en el aspecto que a continuación especificaremos, de una manera bastante diferente a la que siguieron la mayoría de los teólogos calvinistas en el pasado; o más bien, proponemos colocarse en la perspectiva contraria la mayor parte de nuestro análisis. Su objetivo principal era establecer esta verdad, refutando el error de los arminianos, quienes insisten en que aquellos que han sido redimidos por Cristo y regenerados por el Espíritu Santo pueden, a pesar de todo, apostatar completa y absolutamente de la fe, y así perecer eternamente. Nuestro principal objetivo será más bien contrarrestar la manera cruda en que esta doctrina se ha manejado con demasiada frecuencia en tiempos más recientes y el mal uso que le ha dado una generación adúltera. Si bien el arminianismo no ha desaparecido de ninguna manera de la cristiandad, son las incursiones más recientes del antinomianismo (el repudio a la Ley Divina y la conversión de la gracia de Dios en lascivia) las que han causado el mayor daño en nuestra propia vida. Muchos del pueblo del Señor no entienden completamente de que es probable que los “evangelistas” inmaduros, que tienen más celo que conocimiento y que esperan cosechar (“resultados” seguros), hagan mucho más daño que bien, desgarrando el terreno en vez de ararlo. Muchos evangelistas ignorantes han dado a sus oyentes la impresión de que una vez que “aceptan a Cristo como su Salvador personal”, no necesitan preocuparse por el futuro, y miles han sido arrullados erróneamente por la canción de cuna “una vez salvo, siempre salvo”. Imaginar que, si comprometo mi alma y sus intereses eternos en las manos del Señor, desde ese momento y en adelante me libera de toda obligación, eso constituiría aceptar veneno recubierto de azúcar de mano del padre de las mentiras. Cuando deposito mi dinero en el banco para mantenerlo seguro, mi responsabilidad ha concluido: ahora es deber del banco cuidar de este. Pero eso es totalmente opuesto a lo que sucede con el alma en la conversión: la responsabilidad del cristiano es la de evitar la tentación y huir del mal, hacer uso de la gracia como el medio para buscar el bien, esta actitud debe perdurar todo el tiempo que le quede en este mundo. Si nuestros antepasados erraron porescrupulosos, sus descendientes a menudo han herido la causa de Cristo por su liviandad. Las declaraciones al natural, sin aptitud ni análisis, son con frecuencia las más engañosas. Las breves generalizaciones pueden contentar a los superficiales, que carecen tanto del incentivo como de la paciencia para hacer un examen exhaustivo de cualquier tema, pero aquellos que valoran la Verdad lo suficiente como para estar dispuestos a “comprarla” (Pr 23:23) aprecian un análisis detallado, si es así, su contemplación de estos les permite obtener una comprensión inteligente y equilibrada de un tema bíblico importante. El hombre que acepta una cantidad considerable de dinero, ya sea en papel o metal, mirándolo solo de manera superficial, es mucho más probable que sea engañado con una falsificación que aquel que lo examina detenidamente. Y aquellos que dan su consentimiento a una mera declaración resumida de esta doctrina corren un peligro mucho mayor de ser engañados que aquellos que están preparados para examinar cuidadosamente y con oración una exposición sistemática de la misma. Es, por supuesto, para este último tipo de creyente que escribimos. Se ha causado mucha confusión y malentendidos no definir claramente los términos. Quienes atacan esta doctrina generalmente crean un “hombre de paja” y luego suponen que han logrado una victoria notable porque se experimentó muy poca dificultad para demoler un objeto tan débil; y se debe confesar que con demasiada frecuencia los que se han hecho pasar por los campeones de la Verdad son en gran parte los culpables de esto. Se necesita poco argumento para demostrar que quien está enamorados del pecado y beben iniquidad como si fuera agua no tienen la mirada en las cosas de arriba, sin importar la experiencia de gracia que afirman haber tenido en el pasado. Sin embargo, no se debe concluir que el Arminiano ha ganado la batalla cuando apelando a los instintos espirituales del cristiano pregunta: ¿Corresponde con la santidad de Dios, tomar por hijo a aquel que pisotea Sus mandamientos? El calvinista devolvería una respuesta negativa a una iniquidad tan rápida y enfática como lo haría su oponente: “proseguirá el justo su camino” (Job 17:9). Como Spurgeon señaló pertinentemente: “Las Escrituras no enseñan que un hombre llegará hasta el final de su viaje sin continuar avanzando por el camino; no es cierto que un acto de fe lo sea todo, y que no se necesita nada de la fe, la oración y la vigilancia diaria. Nuestra doctrina es todo lo contrario, es decir, que el justo se mantendrá en su camino: o, en otras palabras, perseverará en la fe, en el arrepentimiento, en la oración y bajo la influencia de la gracia de Dios. No creemos en la salvación como una fuerza física que trata al hombre como si fuera un tronco muerto y lo lleva, lo quiera o no, al cielo. No, “prosigue en su camino”, él se encuentra personalmente activo acerca de este asunto y avanza cuesta arriba y cuesta abajo hasta llegar al final de su viaje. Nunca pensamos que simplemente porque un hombre supone que una vez entró de esta manera, puede concluir que está seguro de la salvación, incluso si abandona de inmediato el camino. No, sino que decimos que el que verdaderamente recibe el Espíritu Santo, para creer en el Señor Jesucristo, no volverá, sino que perseverará en el camino de la fe… Detestamos la doctrina que afirma que un hombre que alguna vez creyó en Jesús será salvo incluso si abandona por completo el camino de la obediencia”. Para definir nuestros términos, debemos dejar muy claro quién es el que persevera y en qué es que persevera. Son los santos, y ninguno otro. Esto es evidente en muchos pasajes de las Escrituras. “El guardará los pies de sus santos” (1Sa 2:9). “Porque Jehová ama la rectitud, y no desampara a sus santos. Para siempre serán guardados” (Sal 37:28). “El guarda las almas de sus santos; de mano de los impíos los libra” (Sal 97:10). “Dios intercede por los santos” (Ro 8:27). “cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos” (2Ts 1:10). Todos estos se conservan en el amor y el favor de Dios, y en consecuencia perseveran en la Fe, evitando todos los errores condenables; perseveran en una vida de fe, se aferran a Cristo como un hombre que se ahoga se aferra a un salvavidas; perseveran en el camino de la santidad y la obediencia, caminan a la luz de la Palabra de Dios y son guiados por sus preceptos, no perfectamente, ni sin vagar, sino en el tenor general de sus vidas. Por lo tanto, un “santo” es aquel que es santificado o separado. Primeramente, él es uno de los elegidos por el Padre desde antes de la fundación del mundo y ha sido predestinado para ser conforme a la imagen de su Hijo. Segundo, él es uno de los que fueron redimidos por Cristo, quien dio su vida en rescate por ellos. Tercero, él ha sido regenerado por un milagro de gracia, traído de la muerte a la vida y, por lo tanto, separado de aquellos que están muertos en pecado. Cuarto, él es habitado por el Espíritu Santo, por lo cual ha sido sellado para el día de la redención. Pero ¿cómo puedo saber si soy o no un santo? Al auto examinarme imparcialmente a la luz de las Sagradas Escrituras para ver si poseo el carácter y la conducta de uno de estos. Un “santo” es aquel cuya espalda está hacia el mundo y su rostro hacia Dios; cuyos afectos se sienten atraídos por las cosas de arriba, quien anhela la comunión con su Amado, quien se aflige por lo que en sí mismo desagrada a Dios, quien toma conciencia de sus pecados y se los confiesa a Dios, quien en oración se esfuerza por caminar como cristiano, pero quien todos los días llora sus muchas ofensas. Solo perseveran hasta el final aquellos que han experimentado la gracia salvadora de Dios. Ahora la gracia no es solo un atributo divino inherente a su carácter, sino también un principio divino que imparte a su pueblo. Es a la vez objetivo y subjetivo. Objetivamente, es ese favor gratuito con el que Dios mira eterna e inmutablemente a su pueblo. Subjetivamente, es lo que Él comunica a sus almas, lo que resiste su depravación natural y les permite mantenerse en su camino. Un santo es aquel que no solo ha “hallado gracia ante los ojos de Jehová” (Gn 6:8), sino que también ha recibido “abundancia de gracia” (Ro 5:17) “a cada uno de nosotros fue dada la gracia” (Ef 4:7). El Señor “da gracia a los humildes” (Stg 4:6), y su gracia es una cosa operativa, influyente y transformadora. El Señor Jesús está “lleno de gracia y de verdad”, y de su plenitud recibe todo su pueblo, “y gracia por gracia” (Jn 1:14, 16). Esa gracia es la que enseña a quienes lo reciben “renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tit 2:11–12). Vienen al Trono de la Gracia y “hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb 4:16) y así prueban la declaración Divina “Bástate mi gracia” (2Co 12:9). De todo lo que se ha señalado anteriormente, se deduce que cuando afirmamos la perseverancia final de los santos no queremos decir: 1. Que todo cristiano profesante alcanzará el Cielo. Rociar unas pocas gotas de agua sobre la cabeza de un bebé no lo califica para la herencia de los santos en la luz, ya que en unos años ese niño no se ve diferente de los que no recibieron esta ordenanza. Tampoco una declaración de fe por parte de un adulto demuestra que es una nueva criatura en Cristo. Muchos nacidos de padres papistas han sido convencidos de la locura de inclinarse ante los ídolos, confesar sus pecados a un sacerdote y otros absurdos, pero la conversión al protestantismo no es lo mismo que la regeneración, como muchos evidenciaron en los días de Lutero. Muchos judíos han estado convencidos de las afirmaciones mesiánicas de Jesucristo y han creído en Él como tal, sin embargo, esto no es una prueba de la gracia salvadora, como lo demuestra claramente Jn 2:23, 24, 6:66. Miles más se han conmovidoemocionalmente bajo los llamamientos hipnóticos de los evangelistas, han “tomado decisión por Cristo” y “se han unido a la iglesia”, pero su interés se evaporó rápidamente y pronto volvieron a revolcarse en el lodo. 2. Tampoco queremos decir que la aparente gracia no se puede perder. Satanás es un astuto imitador, por lo que estos hombres no pueden distinguirse, así como el trigo de la cizaña. Al leer obras teológicas y sentarse bajo la predicación de la Palabra, una mente atenta pronto puede adquirir un conocimiento intelectual de la Verdad y ser capaz de discutir los misterios del Evangelio con mayor facilidad y fluidez que un hijo de Dios sin formación. La mentalidad fanática también puede ir acompañada de una disposición naturalmente religiosa que se expresa en fervientes devociones, ofrendas de abnegación y celo proselitista. Pero si tal persona recae y repudia la Verdad, no contradice nuestra doctrina: simplemente muestra que nunca nació de Dios. “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros” (1Jn 2:19). Tales personajes nunca habrían sido recibidos en la comunidad de las asambleas apostólicas a menos que dieran una apariencia creíble de poseer verdadera gracia, pero su partida posterior fue una prueba de que no la tenían “a todo el que no tiene (en realidad), aun lo que piensa tener se le quitará” (Lc 8:18). 3. Tampoco queremos decir que la gracia inicial y preparatoria sea una garantía de glorificación. ¿Qué porcentaje de flores en los manzanos y ciruelos maduran y dan fruto? Y esa es una representación en el mundo natural de lo que se encuentra en el ámbito espiritual. Muchos brotes prometedores son eliminados por las heladas de la primavera y nunca llegan a convertirse en flor. De la misma manera, hay un gran número que lejos de despreciarlo y rechazarlo, “el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración” (Mt 13:20–21). Ese fue el caso cuando Cristo mismo sembró la Semilla, y muchos de sus fieles servidores han encontrado a alguien más cumpliendo las mismas funciones ministeriales que ellos. ¿Con qué frecuencia ha visto aparecer brotes prometedores en la vida de algunos de sus jóvenes, solo para entristecerse más tarde por el descubrimiento de que “La piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece”? (Os 6:4). “Vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz” (Jn 5:35) dijo Cristo acerca de aquellos que se identificaron con la predicación de su antecesor; pero observe que no declaró que se habían “afligido hasta el arrepentimiento”. Los cometas y los meteoritos ardientes pronto se apagan y caen del cielo como un rayo, pero las estrellas mantienen sus órbitas y estaciones, al igual que las “estrellas” espirituales retenidas en la mano derecha de Cristo (Ap 2:1), hay una gracia inicial que produce un efecto real pero transitorio, y hay una gracia salvadora que asegura un resultado permanente. Hebreos 6:4–5 proporciona una ilustración solemne a cerca de este primer tipo. Allí leemos sobre aquellos “que una vez fueron iluminados”, es decir, cuyas mentes fueron iluminadas desde lo alto, de modo que percibieron claramente la excelencia de las cosas Divinas. “Gustaron del don celestial”, por lo que durante una temporada perdieron el gusto por las cosas del mundo. Ellos “fueron hechos partícipes del Espíritu Santo”, siendo convencidos por Él de sus pecados y traídos a decir junto con Balaam “Muera yo la muerte de los rectos” (Nm 23:10); pero las espinas brotaron y ahogaron la Buena Semilla, de modo que “no llevan fruto” (Lc 8:14). Tales son presentados “como un nacimiento prematuro”. 4. Tampoco queremos decir que la verdadera gracia si es dejada en nuestras manos no se perdería. Si Adán y Eva, cuando se quedaron solos, perdieron su inocencia, ¡cuánto más se destruirían aquellos que aún están afectados por el pecado en su interior!, los cuales serían renovados en el Señor en su hombre interior “día a día” (2Co 4:16). La regeneración no hace del cristiano un Dios: independiente y autosuficiente. No, lo une como una rama de la Vid verdadera, como miembro del cuerpo espiritual de Cristo; y así como una rama desprendida del árbol se marchita inmediatamente y como un brazo o una pierna cortada de su cuerpo es algo sin vida, el santo perecería si fuera posible separarlo del Salvador. Pero el creyente no es su propio guardián: “vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3:3) declara el apóstol. En el nuevo nacimiento, nuestra propia justicia recibió su herida de muerte, por lo que nos alegramos de mirar fuera de nosotros mismos a la justicia de Otro, y cuanto más crecemos en gracia, más conscientes somos de nuestra debilidad y más somos “fortalecidos en el Señor y en el poder de su fuerza”. 5. Tampoco queremos decir que la verdadera gracia no sea obstaculizada en su obra y sufra una recaída. “El deseo de la carne es contra el Espíritu” (Gá 5:17):al estar uno en oposición al otro, siempre hay una guerra entre ellos, uno de ellos es el más importante hoy y el otro lo será mañana. La perseverancia cristiana debe medirse no tanto por acciones individuales sino por los hábitos más regulares del alma. Así como las funciones del cuerpo pueden verse obstaculizadas por un desmayo o un ataque, las actividades de la mente se pueden ver perjudicadas por el delirio, el fluir de la gracia interior pueden verse interrumpido por el poder de nuestras propias corrupciones naturales. Cuanto más se rinde el santo a las demandas de la carne, más débiles se vuelven las obras iniciales de la gracia. Esa verdadera gracia puede sufrir una recaída grave, aunque no fatal, aparece en los casos de Noé, Abraham, David y Pedro, que se registran para nuestra advertencia y no para nuestra imitación. La salud del alma varía al igual que la del cuerpo, y así como la de este último con frecuencia es consecuencia de nuestro propio descuido e imprudencia, así mismo sucede con el alma. 6. Tampoco queremos decir que el consuelo de la verdadera gracia no pueda eclipsarse. De hecho, podemos perder el sentido, aunque no la sustancia. La comunión con Cristo se pierde cuando experimentamos una caída, sin embargo, la unión con Él no es interrumpida de la misma manera. La comunión mutua puede suspenderse entre el hombre y la esposa, aunque el nudo conyugal no sea disuelto. Los creyentes pueden estar separados de la sonrisa de Cristo, pero no tanto de su corazón. Si se alejan del Sol de justicia, ¿cómo pueden esperar disfrutar de Su luz y calor? El pecado y la miseria, así como la santidad y la felicidad, están inseparablemente unidos. El camino del transgresor es duro, pero la paz y la alegría caracterizan el de los rectos. Así como el padre sufre cuando permite que su hijo se queme los dedos con una llama para que aprenda a cuidarse del fuego, así Dios permite que su pueblo pierda sus comodidades por una temporada para que puedan probar la amargura del pecado, pero los atrae nuevamente a Él mismo antes de que sean destruidos por esta misma causa. 7. Tampoco queremos decir que la presencia de la gracia interior hace innecesario que su poseedor persevere en ella. Sin embargo, esta es una de las inferencias sin sentido que a los arminianos les encanta presentar. Dicen: “Si es absolutamente seguro que Dios preservará a su pueblo de la apostasía total, entonces no hay necesidad real de por qué deben perseverar en ella”, de igual manera se podría argumentar que no es necesario que respiramos porque Dios nos da el aliento, o que Ezequías ya no necesitaba comer ni beber porque Dios le había prometido que viviría otros quince años. Dondequiera que se concede la gracia salvadora, esta va acompañada por “el espíritu de dominio propio” (2Ti 1:6) para que el alma se abstenga de jugar con Dioso de razonar tonterías Los cristianos están llamados a ejecutar su propia salvación “con temor y temblor”, no a comportarse imprudentemente, sino para capacitarlos para que Dios obre en ellos “el querer como el hacer por su buena voluntad” (Fil 2:12–13). La gracia no anula nuestra responsabilidad, sino que nos capacita para cumplirla; no nos libera de ninguna responsabilidad, sino que nos capacita para el desempeño de estas. Pasamos ahora al lado positivo: aprovechando lo que no significa o implica la perseverancia final de los santos, intentemos ahora demostrar en qué consiste. Y aquí debe considerarse debidamente que el Espíritu Santo no se ha limitado a una sola expresión, sino que ha usado una gran variedad de palabras para describir este deber y esta bendición. En asuntos de gran importancia espiritual, Dios ha empleado muchos términos diferentes en su Palabra, para la instrucción, consuelo y apoyo de su pueblo. De los principios que establecen la perseverancia del creyente, podemos citar los siguientes. “Continuar siguiendo al Señor nuestro Dios” (1Sa 2:14), “andar en los caminos de la justicia” (Sal 23:5), permanecer “firme en el Pacto” (Sal 78:37), “perseverar hasta el fin” (Mt 24:13), “negarse a sí mismo y tomar su cruz diariamente” (Lc 9:23), “permanecer en Cristo” (Jn 15:4), “unirse al Señor” (Hch 11:23), “proseguir a la meta” (Fil 3:14), “continuar en la fe establecida y fundamentada” (Col 1:13), “mantener la fe y una buena conciencia” (1Ti 1:19), “mantener firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza” (Heb 3:6), “correr con paciencia la carrera que tenemos por delante” (Heb 12:1), “establecer nuestros corazones” (Stg 5:8), para “ser fieles hasta la muerte” (Ap 2:10). Debido al limitado espacio disponible para nuestra exposición, es aconsejable resumir las principales secciones de este tema bajo unos cuantos encabezados. 1. La perseverancia espiritual es el mantenimiento de una profesión santa o la continuación de la palabra y la doctrina de Cristo. Dondequiera que se imparta la fe salvadora, el alma recibe las Escrituras como una revelación divina, como la misma Palabra de Dios. La fe es la facultad visual del corazón, por medio de la cual se percibe la majestad y la excelencia de la Verdad y por la cual se transmite tal convicción y certeza al alma de saber que no es otro sino el Dios viviente quien le habla. La fe “ha recibido su testimonio” y por lo tanto “atestigua que Dios es veraz” (Jn 3:33). A partir de ese momento, toma su posición sobre la roca ineludible de la Sagrada Escritura y ni el hombre ni el diablo pueden moverlo de allí: “mas al extraño no seguirán” (Jn 10:5). Mientras que alguien que no es regenerado puede creer intelectualmente y profesar verbalmente su fe en toda la Verdad revelada, sin embargo, ninguna persona regenerada la repudiará “Algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios” (1Ti 4:1). ¡Cuántos lo han hecho en memoria de nuestros lectores mayores! Aquellos que fueron vistos como torres de ortodoxia sucumbieron al “evolucionismo” y la “crítica superior”. Aquellos que eran considerados como protestantes acérrimos quedaron atrapados por el romanismo. Multitudes que anteriormente fueron miembros de iglesias evangélicas o maestros en las Escuelas Dominicales, han sido envenenados por la infidelidad y han repudiado sus anteriores creencias. Pero todos estos casos eran simplemente la paja que se separaba del trigo, lo que hacía que lo verdadero sobresaliera más claramente de lo falso: “Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados” (1Co 11:19). Cuando muchos de los discípulos de Cristo se volvieron y no caminaron más con Él, los apóstoles no se sorprendieron, porque cuando Él les preguntó:” ¿Se irán ustedes también?” su portavoz respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6:66, 68). “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Jn 8:31). Esa es una de las marcas de aquellos que son discípulos de Cristo verdaderamente y no solo en apariencia. Todos ellos son “enseñados por el Señor” (Is 54:13) y no simplemente por hombres, y “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá” (Ec 3:14). Los falsos Cristos y los falsos profetas pueden tratar de engañarlos, pero no es posible engañar a los elegidos (Mt 24:24). Himeneo y Fileto pueden equivocarse con respecto a la Verdad, incluso negar la resurrección, y por consecuencia “trastornar la fe de algunos”, sin embargo, inmediato somo asegurados nuevamente “Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos” (2Ti 2:17–19): nadie con una verdadera fe salvadora puede ser trastornado. ¿Por qué? Porque han sido capacitados para permanecer en la Palabra de Dios. No influenciados por la “opinión actual” o el “pensamiento moderno”, el hijo de Dios, aunque sea el último ser que quede en la tierra debe aspirar a lo que dice Hebreos: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza”, (Heb 10:23). 2. La preservación de los santos afectos y principios. Debe entenderse claramente que la perseverancia no es una gracia distinta y particular, separada de todas las demás, sino que es una virtud que corona todas las virtudes, una gracia que da gloria a todas las demás. Las primeras revoluciones de la nueva vida se ven en la convicción del pecado y el arrepentimiento por el mismo, pero el arrepentimiento no es un acto que se realice una sola vez, sino una gracia que se ejerce constantemente. La fe es aquello que depende de Cristo y obtiene de Él el perdón y la limpieza, pero es algo que necesita ser constate, es una experiencia que requiere ser renovada día a día. Lo mismo aplica para el amor, la esperanza y el celo. La perseverancia es el ejercicio continuo de los afectos y principios sagrados, de modo que no solo confiamos por un tiempo, amamos por un tiempo, obedecemos por un tiempo y luego cesamos; sino que olvidando lo que queda atrás, avanzamos a partir de ello. “Conforme a la fe, murieron todos” (Heb 11:13):no solo vivieron por la fe, sino que continuaron haciéndolo hasta el final de su peregrinaje terrenal. “Bienaventurados los que lloran” (Mt 5:4). Considérese bien el tiempo de esta acción: no los que lloraron en el pasado, sino quienes todavía lo hacen. Incluso Faraón y Acab, Judas también, tenían remordimientos transitorios de conciencia, pero esos no eran más que agitaciones naturales. Pero el hijo de Dios tiene dentro de él un principio más profundo, un principio de santidad que es contrario al mal, y esto hace que quien la posee se aflija por su pecaminosidad. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”; no solo quien alguna vez tuvo hambre de justicia, sino que la anhela ardientemente en el presente: “Bienaventurado el hombre que soporta la tentación” (Stg 1:12): ¡cuánta teología se puede encontrar en la gramática de las Escrituras! “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1Pe 2:4): sí, “acercándose” para obtener una nueva provisión de gracia, para obtener mayor sabiduría e instrucción, por la comunión de un corazón reavivado. “Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas” (Ap 16:15); aquellos sobre quienes descansa la bendición de Dios no son aquellos que una sola vez corrieron bien, sino cuyas gracias continúan vigentes. Los cristianos son “guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1Pe 1:5). Dios no preserva a su pueblo solo a través del poder físico, sino mediante la renovación de su gracia, particularmentede su fe. Es a través de su continua confianza en Cristo, en las promesas divinas y en el perfeccionamiento de Dios y su compromiso a que todo esto ha de ser cumplido, la obediencia a sus mandamientos y la conquista del mundo (1Jn 5:4) que los santos se mantienen a salvo de la fatalidad. Y su fe es sostenida por la constante intercesión de Cristo: “he rogado por ti, que tu fe no falte”, y la respuesta de Dios al respecto, que cumple “todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder” (2Ts 1:11). Esto no significa que la fe del cristiano continúe en ejercicio sin cesar todos sus días, ya que como el árbol más fructífero pasa por un invierno infructuoso, lo cual a menudo también sucede en la experiencia del creyente, la vida todavía está en el árbol aunque sin hojas, la fe permanece y brota de nuevo. “Creo, ayuda mi incredulidad”, expresa su línea principal. 3. La preservación de la conducta santa o las buenas obras. Cuando la comprensión de una persona se ha iluminado sobrenaturalmente y su afecto se ha renovado divinamente, no puede evitar un cambio radical de conducta, aunque esto se hace más evidente y radical en unos que en otros. La diferencia es mucho más visible en alguien que era completamente ateo y culpable de pecados externos graves antes de su nuevo nacimiento que otro que estaba educado bajo el entrenamiento de padres piadosos reservado del libertinaje. Sin embargo, incluso con este último, una “nueva creación” debe expresarse en una nueva vida: la Palabra será leída y meditada no tanto como un deber sino como un deleite, la oración se dedicará no de manera fúnebre sino de corazón, el pueblo del Señor no solo será respetado sino amado por cualquiera que pueda ver a Cristo a través de ellos, la honestidad y la veracidad marcarán sus relaciones con los semejantes no solo porque esto es lo correcto sino porque lo contrario contristaría al Espíritu, mientras que el trabajo diario será realizado no como una molesta tarea que debe hacerse sino como un servicio alegremente prestado a Aquel cuya providencia sabiamente y gentilmente ha ordenó según su voluntad. En la regeneración, Dios imparte vida espiritual al alma, y toda esa vida es seguida por progreso y obra. Antes del nuevo nacimiento, el alma estaba espiritualmente muerta, mientras que sucedía el nuevo nacimiento permanecía completamente pasiva, siendo Dios quien realizaba la obra; pero después del nuevo nacimiento, el alma se vuelve activa. La perseverancia considera, entonces, los esfuerzos del alma por continuar la obra comenzada por Dios. Por lo tanto, la vida cristiana se describe a menudo bajo la metáfora del andar: “porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef 2:10). Los movimientos del cuerpo son conferidos ahora al alma, que por fe y amor se realizan mediante los estatutos de Dios (Ez 36:27). Andar es una acción voluntaria y el alma renovada se complace en el andar el camino de la piedad. De la misma manera, también es una acción constante e incesante, y no una acción impulsiva e irregular: por lo tanto, el cristiano sigue un camino de obediencia, no por impulsos y arranques, sino de manera constante y firme. Andar es un movimiento progresivo, avanzando hacia una meta: por lo tanto, el cristiano normalmente continúa “de poder en poder” (Sal 84:7). La acción de andar como tal es incesante, pues tan pronto como en el camino nos sentemos esta se detiene: así que la vida cristiana es una caminata hasta el final de su peregrinación y hasta que se alcance el Cielo no se logra el descanso perfecto. “Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Judas 20; 21). Es por tales exhortaciones que el cristiano se siente motivado a usar los medios que le ayuden a ser constante. Se debe tener cuidado para que haya crecimiento espiritual. No es suficiente establecerse en la fe, debemos crecer diariamente en ella; Se establece la base para que se pueda edificar una casa sobre ella, lo cual se realiza de manera constante, poco a poco. Para lo cual, se requiere oración; que constituye el medio a través del cual se obtiene sanidad y fortaleza. Abandonar la práctica de la oración implica que el crecimiento se detenga, es decir, de manera lógica, si no avanzamos, retrocedemos. Orar correctamente, requiere buscar la ayuda del Espíritu Santo. Además, debemos mantenernos en el amor de Dios evitando todo lo que le desagrada y manteniendo una comunión cercana y regular con Él. Si dejamos nuestro primer amor, entonces debemos volvernos y hacer las primeras obras (Ap 2:4). Finalmente, la esperanza debe mantenerse en práctica: estableciendo nuestro corazón en el glorioso panorama y final que nos espera. 4. Es necesaria para la salvación tal preservación de una profesión santa, afectos santos y buenas obras. El mismo término “salvación” claramente implica peligro, y de ninguno se puede decir que se está completamente a salvo hasta que se libere completamente del peligro; ciertamente el cristiano no lo está mientras el pecado permanezca en él y viva en un mundo malvado, expuesto a los acometimientos del maligno. “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos” (Heb 12:25). Multitudes de los que salieron de Egipto, cruzaron el Mar Rojo, se alimentaron del maná y bebieron el agua de la roca golpeada, luego perecieron en el desierto, y se nos dice que: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1Co 10:11–12), porque un Dios santo ya no sería burlado más de lo que fue en ese momento. Como hemos visto en un párrafo anterior 1 Pedro 1:5 coloca la salvación en el futuro, como también lo hace Romanos 13:11; 1 Timoteo 4:16 —de lo cual los santos son guardados por el poder de Dios a través de la fe. Solo se puede llegar al cielo continuando por el único camino que conduce a él, en concreto, el “Camino Estrecho”. Quienes no perseveren en la fe y la santidad, el amor y la obediencia, seguramente perecerán. Ya sea la fe temporal, el amor natural, las buenas obras y la confianza todas pueden parecer por un tiempo, como una cama más corta de lo que un hombre mide y una cubierta más estrecha de lo que el alma puede cubrirse (Is 28:20). “Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará (no se entibiará solamente). Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt 24:11–13). Todas las tentaciones de negar la fe, de abandonar a Cristo, de volver al mundo, de dar rienda suelta a los deseos de la carne, deben resistirse hasta nuestro último aliento, o nuestra profesión será inútil. 5. La capacidad de los santos para esta perseverancia proviene de Dios. Su liberación de una caída total y final no se debe a ninguna fuerza de voluntad o suficiencia en sí mismos. Aunque su dependencia moral no se vea alterada y aunque se les siga exigiendo actuar correctamente, su perseverancia hasta el final no debe ser atribuida a su fidelidad ni a la fuerza de la nueva naturaleza que recibieron en la regeneración. No, la perseverancia cristiana depende total y únicamente de la voluntad y la fidelidad, la influencia y el poder de Dios, trabajando en ellos tanto el querer como el hacer por su buena voluntad, haciéndolos perfectos en toda buena obra para cumplir su voluntad, obrando en ellos lo que es agradable a su vista, a través de Jesucristo (Heb 13:21). Es Dios, quien comenzó una buena obra enellos, y quien la continuará hasta el día de Jesucristo (Fil 1:6). “Si el Espíritu Santo fuera quitado del creyente, y él dependiera de sí mismo para permanecer de pie o caer, inmediatamente dejaría de ser creyente y caería totalmente fuera de un estado de gracia” (S. Hopkins). “Si alguna vez llegara a suceder Que alguna oveja de Cristo se desapareciera, Mi débil y voluble alma, desafortunadamente Se perderá mil veces al día; ¿No fue tu amor tan firme como libre? Pronto la tomarías Señor de mi lado” 6. La perseverancia cristiana es consistente con ser santificado pero solo en parte. Es muy importante que esto se explique claramente, para que el pueblo del Señor no llegue a la conclusión del Pacto. En el nuevo nacimiento, se les imparte un principio o naturaleza sagrada, pero la naturaleza antigua y pecaminosa no se erradica, ni se mejora en lo más mínimo. Las corrupciones permanentes son tan opuestas a Dios como lo eran antes de la conversión, y permanecen igual de activas. Ore contra ellas tanto como pueda, luche contra ellas tanto como quiera, pero aun así el creyente será constantemente vencido por ellas: frecuentemente tiene que exclamar al igual que David “las iniquidades prevalecen contra mí” (Sal 65:3). La experiencia descrita en Ro 7:14–25 es la de todo cristiano genuino. Dios no le da a ningún hombre tal medida de gracia en esta vida como para dejarlo sin pecado. “Porque todos ofendemos muchas veces” (Santiago 3:2), y por sorpresas repentinas y bajo grandes tentaciones, los creyentes pueden caer en actos de pecado externos, pero no se volverán totalmente corruptos y pecadores como lo son los no regenerados, ni pecan de manera consciente con todo su corazón. La santificación cristiana es, entonces, la perseverancia por los afectos santos y sus acciones en medio de la depravación natural y todos sus resultados. A pesar de las grandes desilusiones, su fe y gracia nunca fallan por completo. Parcialmente santificado por ahora, pero glorificado en el futuro. 7. De todo lo que hemos estado analizando, se puede considerar que la perseverancia puede ser efectiva solo en aquellos que “conocen la gracia de Dios en verdad” (Col 1:6), que experimentan su obra sobrenatural en sus propias almas. No es una gracia de suposición que puede ser mantenida a pesar de un abandono imprudente, sino una gracia espiritual que hace que su poseedor ande cuidadosamente. Lo que las Escrituras enseñan es que, nunca hubo, nunca existirá, y nunca podrá existir tal cosa como la caída total y final de alguien que realmente se ha arrepentido y confiado en Cristo; específicamente en aquellos casos donde se ha hecho un milagro divino de la gracia, esa alma se mantendrá cuando este mundo y todas sus obras sean consumidas. Con justificada razón se ha dicho: “La cuestión de la perpetuidad de la gracia es la cuestión de un Evangelio genuino. Si se considera a la gracia permanente, entonces el Evangelio será una realidad. Si se le considera una gracia temporal, entonces el Evangelio tiene solamente una voluntad pasajera, una bendición fantasma, un sueño de bendición del cual uno puede despertarse, para encontrarse despojado de todo aquello que lo despojó” (G. S. Bishop). 4 SU MARAVILLA Este es un aspecto de nuestro tema que ha recibido muy poca atención por parte de aquellos que han escrito y predicado al respecto. En medio del polvo que ha levantado tal controversia, con demasiada frecuencia es una de las maravillas más grandiosas de la gracia divina ha ocultado a la vista de los contendientes teológicos: ¡vaya!, ¡Con qué frecuencia sucede esto!, que al estar tan ocupados con el exterior nunca llegamos al núcleo. Incluso aquellos que han tratado de defender esta verdad contra el ataque de los antagonistas papistas y arminianos, no resistieron lo suficiente como para ver el glorioso milagro que representaba. La seguridad del santo concierne no solo a la veracidad y fidelidad divinas, sino que también ejemplifica el funcionamiento del poder divino. La unión del creyente al Señor, a pesar de todos los obstáculos y tentaciones que le son contrarios, no solo manifiesta la eficacia de la gran salvación de Dios, sino que muestra las maravillas de su obra en él. Que las puertas del Infierno no prevalezcan contra la Iglesia de Cristo, que Satanás no pueda destruir a un solo miembro de ella, que los más débiles sean más que vencedores por medio de Aquel que los amó, debería llenarnos de admiración y de adoración. Todas las eminentes bendiciones de la vida del cristiano se pueden resumir en dos, ya que incluyen todas las demás de las cuales él es el receptor desde el momento de su nuevo nacimiento hasta su llegada al Cielo, es decir, la regeneración o el restablecimiento de la vida y la preservación de esa vida a través a pesar de todas las dificultades y peligros de su peregrinación hasta su entrada en gloria a salvo. Es por eso por lo que, a menudo las encontramos juntas en las Escrituras. Así como al inicio la creación y el mantenimiento de todas las cosas por medio del poder divino se unen como una sola obra maravillosa (Heb 1:2–3), así también la regeneración y la preservación se encuentran unidas como la suma de las obras de gracia. “¿No es él tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció” (Dt 32:6); “yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré” (Is 46:4). En el Sal 66:9, ambos términos se comprenden en una sola palabra: “quien preservó la vida a nuestra alma” y “quien sostiene tu alma en la vida”, primero impartiendo vida y luego sosteniéndola. Así también en el Nuevo Testamento declara: “Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás” (Jn 10:28); “nos hizo renacer para una esperanza viva… guardados por el poder de Dios mediante la fe” (1Pe 1:3, 5): “santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo” (Judas 1). Esta gran maravilla de la preservación divina se amplía y celebra en Salmos 66. Después de decir: “Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, y haced oír la voz de su alabanza. Él es quien preservó la vida a nuestra alma, y no permitió que nuestros pies resbalasen”. (Sal 66:8–9) el salmista señaló primero, que habían sido probados y acrisolados “como se afina la plata” (v. 10), lo que denota las pruebas más dolorosas (Ez 22:22). En segundo lugar, Dios los había traído “a la red” y había puesto “sobre nuestros lomos pesada carga” (v. 11):es decir, los había rodeado de tal manera con aflicciones que no había forma de escapar de ellas (cf. Is 51:20). Tercero, Dios había causado que los hombres “cabalgaran sobre sus cabezas” (v. 12):es decir, fueron entregados a la voluntad de enemigos crueles, quienes los trataron como esclavos. Cuarto, habían pasado “a través del fuego y el agua” (v. 12), lo que denota la extremidad de estos males. Estos peligros diversos no eran solo peligros para su hombre exterior, sino que eran pruebas de fe también, como lo dice en el versículo “tú nos probaste, oh, Dios” (v. 10). Sin embargo, a través de todas estas habían sido sostenidos y preservados. Dios había fortalecido su fe manteniéndolos bajo sus más fuertes castigos. Habiendo bendecido a Dios en nombre de otros santos e invitado a sus lectores a hacer lo mismo, el salmista agregó un testimonio personal, relatando la bondad del Señor para con él. “Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma” (v. 16), cuya confesión continúa hasta el final del salmo. Ese testimonio no debe separarse de su contexto, sino considerarse como la continuación de lo que él había afirmado en los versículos anteriores. Era como si él estuviera diciendo, te pido que alabes al Señor no de una manera que yo no conozca, sino como algo que he experimentado en mi accidentada vida. El Señor puso y sostuvo mi alma en la vida durante los muchos golpes que he pasado. Él no permitió que sufriera las aguas en su totalidad, sumergiéndome por completo en ellas, sino que mantuvomi cabeza fuera. Denme una audiencia, compañeros peregrinos, para contarles las maravillas que el Dios de toda gracia ha hecho conmigo. Permítanme repasar todo mi viaje por el desierto y hablar de que Dios no se ha limitado a mostrar su poder a mi favor: “A Él clamé… Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia” (vv. 17, 20). ¡Ah!, ¿no podría cada hijo de Dios imitar al salmista en esto? Permanecemos muy interesados y cautivados cuando leemos o escuchamos cómo los demás fueron sacados de la oscuridad a la maravillosa luz de Dios. Nos maravillamos y admiramos por la variedad de los medios y métodos empleados por Él para convencer de pecado y mostrar a Cristo a los demás. Nos asombrados y regocijados cuando nos enteramos de cómo un rebelde es llevado al pie de la Cruz. Pero igualmente interesante, igualmente maravilloso, igualmente bendecido es la historia de la vida de cada cristiano después de la conversión. Si el creyente maduro mira hacia atrás en todo su viaje y revisa todas las veces que Dios le ha tratado de manera bondadosa, ¡qué historia podría contar! Permítale contar a detalle todos las vueltas extrañas y los giros en su camino, todos ordenados por la Sabiduría infinita, tal como los percibe ahora. Permítale contarle sobre las tempestades y las sacudidas a través de las cuales ha pasado su frágil embarcación y con qué frecuencia el Señor le dijo a los vientos y a las olas “enmudece”. Permítale narrar la ayuda providencial que vino cuando estaba en apuros, las ocasiones en que fue librado de la tentación cuando casi era vencido, las veces que se levantó después de una caída, los renacimientos después de la muerte del corazón, los consuelos en el dolor, las veces que se levantó cuando se vio arrastrado por las pruebas y dificultades, de las respuestas de oración cuando las cosas parecían desesperadas, de la paciencia que ha surgido donde antes solo había insensatez, de la gracia que ha venido con la incredulidad, del gozo de la comunión con el Señor cuando los medios visibles de la gracia son interrumpidos. Pero ¡qué serie de milagros ha experimentado el cristiano! El santo es, de hecho, una maravilla de maravillas: sin fuerza y sin embargo, continúa andando su camino cuesta arriba. Piense en un árbol que florece en medio de un desierto arenoso, donde no hay tierra ni agua; imagine una casa suspendida en el aire, sin ningún tipo de soporte arriba o abajo; imagínese a hombre viviendo semana tras semana y año tras año en una morgue, pero que mantiene su vigor; como un cordero solitario que se mantiene a salvo en medio de lobos hambrientos, o una esclava que mantiene sus ropas blancas mientras camina a través del barro y del lodo, todas estas son figuras válidas de la vida cristiana. La nueva naturaleza se mantiene viva entre las fauces de la muerte. La salud del alma se preserva al respirar aun en medio de una atmósfera fétida y rodeada de personas con las enfermedades más contagiosas y fatales. Es como una paloma indefensa eludiendo con éxito multitudes de halcones pendientes de su destrucción. Es como un hombre que subsiste en un desierto árido donde no hay comida ni bebida. Es como un viajero en una cumbre helada, con precipicios insondables a cada lado, donde un paso en falso significaría una muerte segura. ¡Oh, el milagro de la perseverancia cristiana frente a tales impedimentos y obstáculos! 1. Es evidente en el carácter de aquellos que son elegidos por Dios. Concluiríamos naturalmente, que si escogiera un pueblo en este mundo a través del cual mostrara sus glorias, seleccionaría a los más prometedores y excelentes: a los de intelecto superior, a los de noble cuna, a los de dulce disposición, a los de carácter moral sobresaliente. Pero sus caminos son diferentes a los nuestros. Señala que los más menospreciados y viles son los vasos de misericordia. Así fue en los tiempos del Antiguo Testamento ¿Por qué escogió a los hebreos por encima de los demás pueblos? ¿Eran mejores? Seguramente no. Los egipcios eran una raza más inteligente, como lo atestiguan hasta el día de hoy sus creaciones monumentales. Los caldeos eran una cultura más antigua, un pueblo más numeroso, más civilizado, además de que ejercían una influencia mucho mayor en el resto del mundo. ¿Era entonces que los israelitas eran más espirituales, más susceptibles al gobierno divino? De ninguna manera, porque antes de llegar a Canaán se les declaró expresamente: “Por tanto, sabe que no es por tu justicia que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarla; porque pueblo duro de cerviz eres tú” (Dt 9:6). Es lo mismo en la dispensación del Nuevo Testamento “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es” (1Co 1:26–28). Qué importante es esto: los elegidos para resistir con éxito a Satanás, para vencer al mundo, para perseverar en el difícil camino de la fe y la obediencia y finalmente llegar al Cielo, son los débiles, los frágiles, los sencillos, los despreciados, quienes no son nadie. Esto alguna vez representó un obstáculo para el fariseo orgulloso: “¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?” (Jn 7:48) El hecho de que los sacerdotes y los escribas pasen de largo mientras los publicanos y las rameras son llamados a comer con Cristo, que las cosas celestiales permanezcan ocultas a los sabios y prudentes, pero sean reveladas a los niños, evoca la burla de los eruditos, “el Cristianismo solo es apto para las ancianas y los niños”. ¿Y por qué Dios ha determinado que sea de esta manera? “a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1Co 1:29), para que la corona de honor sea colocada sobre la cabeza de Aquel que es el único con el derecho a usarla, para que podamos aprender que el milagro de la perseverancia es el resultado de la gracia soberana y milagrosa. 2. Es evidente por el número de ellos. No hay sino “un remanente escogido por gracia” (Ro 11:5) incluso entre aquellos que llevan el nombre del Señor, y en comparación con los cientos de millones de paganos que adoran a dioses falsos y las vastas multitudes en el vano cristianismo, el verdadero pueblo de Dios constituye un puñado tan insignificante que casi se pierde de vista. Uno pensaría naturalmente que si el Señor se propusiera tener un pueblo en la tierra que glorificara Su nombre, serían uno de un tamaño notable, uno que demandara atención y respeto. ¿No es una máxima de la sabiduría mundana que “hay fuerza en los números” y que Napoleón no expresó en su frase satírica “Dios siempre está del lado de los batallones más grandes”? Ah, pero aquí también los pensamientos y los caminos de Dios son lo opuesto al mundo, porque su poder se “perfecciona en la debilidad” (2Co 12:9) y las cosas que son altamente estimadas entre los hombres son “delante de Dios (es) abominación” (Lc 16:15). Analicemos Jueces 7:2 y reflexionemos nuevamente sobre la lección que Jehová le enseñó a Gedeón cuando dijo: “El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano, no sea que se alabe Israel contra mí, diciendo: Mi mano me ha salvado”. No solo el pueblo del Señor ha sido siempre una minoría, sino que nunca ha incluido más de un porcentaje insignificante de la población de la tierra. Solo ocho fueron salvados durante el diluvio. Desde los días de Noé a Moisés, un período de aproximadamente ocho siglos y medio, podemos contar con nuestros dedos aquellos personajes registrados en la Sagrada Escritura que dieron evidencia de tener vida espiritual. No requiere valor o resolución seguir la corriente de la corriente, ya que es probable que uno encuentremenos oposición cuando está del lado de la mayoría. ¡Qué milagro que Abraham, Isaac y Jacob preservaran su piedad en Canaán cuando estaban rodeados por los paganos! Moisés enfatizó el principio que ahora nos dedicamos a ilustrar cuando dijo a Israel: “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos” (Dt 7:7). Es lo mismo en esta dispensación de Nuevo Testamento. Cerca del final de la vida de Pablo, a los cristianos se les conoció como una secta de la cual “en todas partes se habla contra ella” (Hch 28:22). El Señor Jesús declaró que su manada era “pequeña” (Lc 12:32), lo que hace todavía más increíble que hará sobrevivido y aunque en los últimos años la membresía en las “iglesias” haya aumentado en mayores proporciones, ahora es cada vez más evidente que, a excepción de algunos casos, no eran más que creyentes nominales y que solo unos “pocos” transitan ese Camino que conduce a la Vida (Mt 7:14). 3. Es evidente cuando Dios les permite quedarse más tiempo en este mundo. Bien podríamos suponer que, dado que el Padre ha puesto su corazón sobre ellos, los llevará a casa tan pronto como pasen de muerte a vida. Por el contrario, permanecen aquí, la mayoría de ellos durante muchos años, en una tierra hostil, en el territorio del Enemigo, pues “el mundo entero está bajo el maligno” (1Jn 5:19). Pero ¿por qué? para que puedan tener la oportunidad de manifestar su amor por Él, que a pesar de la oposición incesante y las innumerables tentaciones de abandonar su lealtad, por Su gracia, permanecerán fieles hasta la muerte. Nos maravillamos de que Noé haya sido preservado en el arca, cuando la inundación devastadora arrasó con toda la raza humana en la tierra estando rodeado de todo tipo de bestias salvajes dentro. ¿Por qué los leones y los tigres no lo hicieron pedazos? o ¿cómo es que no fue envenenado por el hedor del estiércol de todos esos animales? Aunque permaneció allí más de un año, sin embargo, él y toda su familia salieron sanos y salvos. No menos maravillosa es la supervivencia del cristiano en un mundo donde no hay nada que le ayude espiritualmente sino todo lo contrario. El creyente puede ser comparado con un individuo que le ha dado la espalda a su rey, que ha traicionado a su país y que se niega a obedecer sus leyes, pero que continúa viviendo en la tierra a la que ha renunciado y ante el soberano que ha traicionado. La gracia de Dios nos ha llamado a salir del mundo, pero la providencia de Dios nos ha enviado al mundo. Por lo tanto, no podemos esperar nada más que odio y hostilidad de parte del mundo. Este, nunca perdonará el acto por el cual rompimos con su esclavitud, renunciamos a su influencia, a sus placeres y a su amistad. Tampoco puede mirar con buenos ojos la vida piadosa, abnegada y devota del cristiano, la cual constituye una constante reprimenda de su propia carnalidad y locura. Primero hará valer su oposición y ocultará su malignidad bajo sonrisas y halagos, buscando recuperar al que ha perdido. Pero cuando ese esfuerzo demuestre ser inútil, cambiará su curso y con lengua venenosa, celo incansable y tácticas diabólicas buscará, mediante detracción y falsedad, herir y dañar al pueblo de Dios. Nos maravillamos de que los tres hebreos no hayan sido destruidos en el horno de fuego de Babilonia, pero no es menos maravilloso que un creyente persevere en el camino de la santidad en medio del contagioso pecado, las tentaciones seductoras y las persecuciones incansables de un mundo malvado. 4. Es evidente a través de la vieja naturaleza que permanece en el santo. Dado que Dios se complace en dejar a su pueblo clamando en este desierto por una temporada, donde toda esperanza parece perdida, con seguridad los librará de todo aquello que está planeado para destruirlo. Si Él requiere que “sean también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1Pe 1:15), ¿no los purificará también de todas las corrupciones internas? Si Dios desea que sus hijos “seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa”, los cuales deben “resplandecer como luminares en el mundo” (Fil 2:15), ¿no eliminará toda oscuridad en su entendimiento? Nos damos cuenta nuevamente de lo inútil que es todo razonamiento humano para comprender los asuntos espirituales. El pecado interno permanece en el creyente: la carne no se erradica ni se transforma. Pero ¿cómo podemos esperar que aquellos que todavía contienen una porción de iniquidad anden de manera santa? Ah, ahí podemos contemplar nuevamente el milagro de la perseverancia de los santos. Si un autobús tiene que pasar por una calle donde los edificios a ambos lados del camino están ardiendo ferozmente, ¿no sería mayor nuestro asombro al enterarnos que además este autobús pudo concluir su viaje estando cargado de barriles de pólvora y dinamita? Este es precisamente el caso del creyente: hay algo en él que responde al mal sin su consentimiento. El mundo y su corazón están en alianza contra el bien de su alma, de modo que no puede comer ni beber, trabajar ni dormir con seguridad debido a los enemigos externos y las lujurias traicioneras internas. El hecho de que un ángel santo habitara aquí no representaría ningún peligro, porque está libre de todo tipo de corrupciones internas, por lo cual no habría nada en él a lo que los atractivos del mundo pudieran apelar. Pero el cristiano tiene un montón de pólvora listo para arden tan pronto como las chispas de la tentación vuelen sobre él. La política y el poder, la fuerza y la prevalencia, la cercanía y la traición del pecado que mora en nosotros es algo que se une a todas las facultades: no solo en nosotros, sino como parte de nosotros. Mora allí (Ro 7:17) siempre buscando nuestra caída. Tal es nuestra depravación innata que es capaz de convertir bendiciones en maldiciones, hacer que las cosas sean lícitas y enredarnos con todo lo que nos encontramos. Ah, mi lector, si fue un milagro cuando Eliseo hizo florar el hacha (2Re 2), otro mucho mayor es cuando nuestros afectos se centran en las cosas de arriba y nuestras mentes permanecen en Jehová. 5. Es evidente en la morada de la gracia. ¿En qué entorno hostil y contrario se establece la nueva naturaleza, en el alma depravada de una criatura caída? No solo no hay nada en el hombre capaz de nutrir el principio de santidad sino todo lo que se opone directamente a él: “el deseo de la carne es contra el Espíritu” (Gá 5:17). Las aves no vuelan debajo de las olas ni los peces viven en tierra seca porque están fuera de su elemento natural: entonces, qué maravilla es que la gracia subsista y crezca en un corazón que, por naturaleza, es irremediablemente malvado. ¿Crecerían los árboles si sus semillas fueran plantadas en sal? ¿Cómo es entonces que la gracia anunciada echa raíces y produce el fruto del Espíritu cuando se planta en medio de la corrupción? Eso es verdaderamente un milagro de la horticultura divina: un milagro que es muy poco atendido y admirado. Cada creyente puede afirmar de sí mismo “Como prodigio he sido a muchos” (Sal 71:7) sin dejar de agregar “y Tú mi refugio fuerte”. El cristiano es un misterio para sí mismo, un enigma para los no regenerados, quienes no pueden entender que se niegue a sí mismo las cosas de las cuales ellos se deleitan y que disfrute aquellas que ellos detestan; pero él es una “maravilla”, un prodigio de gracia para sus hermanos y hermanas en Cristo. El milagro de la supervivencia del principio de la gracia en un alma humana será más evidente si comparamos la situación actual del creyente con la de Adán en el día de esta pureza inicial. La gracia era innata a nuestros primeros padres cuando su Hacedor los declaró como una creación “muy buena”; si inmediatamente perdieron su gracia tan pronto como se les colocó en el suelo, ¡qué maravillaque esta se conserve en un corazón que es esencialmente malvado! Cuando el Hijo de Dios se encarnó, Herodes conmovió a todo el país en un intento decidido de matarlo; de igual manera, cuando Cristo entra en el corazón, toda el alma se levanta en oposición contra Él. La mente mundana, los deseos de la carne, y la voluntad rebelde, son antagónicos a cada acción que se realiza después de la santidad. La preservación de la gracia en el santo es más notable que llevar con éxito en la intemperie una vela encendida a través de un páramo abierto con un viento bullicioso. Sí, los puritanos como solían decir, es como si un fuego se mantuviera encendido año tras año en medio del océano. La gracia no solo se preserva, sino que mantiene su pureza en medio del pecado: así como el oro no puede ser alterado en su naturaleza por la escoria ni tampoco puede convertirse en basura en medio de la cual yace, tampoco la nueva naturaleza puede contaminarse por el entorno de corrupción en el cual habita. 6. Es evidente al estar expuestos a los ataques de Satanás. Si no hubiera ningún demonio, sería un milagro que cualquier creyente perseverara en el camino de la obediencia mientras aun viviera en un mundo como este. Rodeado como está, por los impíos, siempre tratando de seducirlo en sus propios caminos pecaminosos, llevando dentro de él lujurias que están totalmente de acuerdo con el mal que lo rodea, es una maravilla de maravillas que se mantenga firme. Pero más allá de eso, se le pide que resista al mayor enemigo de Dios, la más poderosa de todas sus criaturas, quien está lleno de enemistad contra él y quien maquina por su destrucción. Se nos advierte claramente que “vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1Pe 5:8): ¡Cómo es posible que estos indefensos corderos puedan resistirlo con éxito! Se nos dice que cuando la mujer dio a luz al “hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones”, el dragón “se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese” (Ap 12:4–5). Debido a que el dragón actuó así hacia la misma Cabeza, todavía trata de desahogar su malicia sobre los miembros de su cuerpo espiritual. Quién es capaz de calcular el poder de Satanás y las huestes de espíritus malignos puede dominar. ¿Y quién puede describir adecuadamente la debilidad y la fragilidad de los llamados a resistir sus ataques? Si Adán en el paraíso sin lujuria interior que lo atrajera y sin un mundo bajo la maldición a su alrededor, cayó bajo el primer ataque de Satanás sobre él, ¿quiénes somos nosotros para provocarlo en un conflicto? Si el hombre caído pudiera mover una montaña con un solo dedo entonces también podría vencer al Príncipe de este mundo. Sin embargo, con respecto a los hombres renovados está escrito “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef 6:12). Satanás con toda su sabiduría, su poder, sus estrategias se prepara y ejerce en una tremenda oposición a los intereses de los hijos de Dios, como lo podemos ver a través de las historias de Job, de David (1Cr 21:1), de Josué, (Zac 3:1), de Pedro (Lc 22:31) y de Pablo (1Ts 2:15). A menudo nos hemos maravillado de la liberación de Daniel mientras pasamos una noche en el foso de los leones, no menos milagrosa es la preservación del cristiano de los continuos ataques de Satanás y de todos sus demonios. “Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos” (Ap 12:11). 7. Es evidente en aquello a lo que debe renunciar. “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. ¡Quién se puede esperar que acepte el discipulado cristiano en términos tan exigentes como estos! No es de extrañar que cualquier hombre de entre todos los matices de opinión teológica que existe, haya inventado términos que sean más fáciles y agradables para la carne, sin embargo, tales son solo líderes ciegos que guían a otros ciegos. Cristo no recibirá a nadie que rechace su yugo. Dios no poseerá como su pueblo a aquellos que se niegan a darle sus corazones. El pecado debe ser odiado, las lujurias deben ser castigadas, se debe renunciar al mundo. Un cristiano es alguien que repudia su propia sabiduría, fuerza y justicia. Un cristiano es alguien que se sostiene a sí mismo y todo lo que tiene a disposición del Señor. Así como Abram, quien ante el llamado de Dios le dio la espalda a la vieja forma de vida, quienes fueron constituidos sus hijos espirituales están dispuestos a sacrificar para sí todos sus intereses temporales, sin mencionar sus vidas. Qué maravilla es que la gracia permite a su poseedor renunciar a todo lo que le provoca pecar, que permite hasta los más débiles soportar antes de apostatar. 8. Es evidente en su andar. Es un camino “angosto”, ya que está cerrado a ambos lados por los mandamientos divinos, que prohíben todo lo que sea contrario a la voluntad divina. Es el camino de la “santidad”, sin el cual ningún hombre verá al Señor. Es el camino de la obediencia, de la sujeción completa y continua al Señor, en donde mi propia voluntad se deja de lado. Es un camino difícil de andar y aún más difícil de atravesar, ya que todo es cuesta arriba. Es un camino solitario, pues pocos lo recorren. Por lo tanto, es un camino totalmente contrario a la carne y la sangre, que no presenta atracción por la naturaleza humana caída. Sin embargo, es el único camino que conduce a la vida. Ese camino estrecho de abnegación es el que caminó Cristo y es suficiente para que el discípulo sea como su Maestro. Nos ha dejado el ejemplo de que debemos seguir Sus pasos, no se puede seguir a Cristo sin andar el camino que Él caminó, y ese camino fue de sacrificio, de reproche, y de sufrimientos. “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mt 16:25). Sin cruz, tampoco hay corona. Qué maravilla es para cualquier criatura pecaminosa elegir voluntariamente ese camino, aceptar la cruz como el principio dominante de su vida. 9. Es evidente en la fragilidad del cristiano. Pensaríamos naturalmente que, dado que Dios requiere que su pueblo supere obstáculos tan formidables, realice tareas tan difíciles y luche con tales enemigos, los haría fuertes y poderosos. Seguramente si quieren mantener su piedad en un mundo como este, cumplir con los deberes que son contrarios a la carne y la sangre, resistir al Diablo y a todos sus ejércitos, el Señor hará que cada uno de Sus santos sea tan poderoso espiritualmente como lo fue Sansón físicamente. Si uno de ellos persigue a mil y dos de ellos hacen huir a diez mil, solo se debe a un poder superior. ¿Cómo podrían soportar la oposición, vencer las tentaciones, dar fruto para toda buena obra si no fueran dotados con abundante gracia? Pero aquí, nuevamente, los pensamientos del Señor son todo lo contrario de los nuestros. Su pueblo es tan frágil e impotente en sí mismo que declara “apartados de mí nada podéis hacer” y tarde o temprano cada uno de ellos se da cuenta de esto por sí mismo. Separado del Señor, el creyente es tan débil como el agua. El poder para la lucha no se encuentra en él, sino en otro: “fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza” (Ef 6:10). Pedro pensó que era lo suficientemente fuerte en sí mismo para vencer la tentación, pero pronto descubrió que, aunque el espíritu estaba dispuesto, la carne era débil. ¿Pero no existe tal cosa como crecer en la gracia y en el conocimiento del Señor? Ciertamente lo hay, pero tal progreso es de una naturalezamuy diferente de lo que muchos imaginan. El crecimiento en la gracia es una comprensión cada vez más profunda de dónde se encuentra nuestra fuerza, nuestra sabiduría, la provisión para cada necesidad. Crecer en gracia no es crecer en un mismo sino en dependencia de Dios. Los que son espiritualmente más fuertes son los que reconocen su propia gran debilidad. Que son el recipiente vacío que Dios llena. “El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Is 40:29). Seguramente ninguno de nosotros puede esperar alcanzar una medida más alta que la de los apóstoles más favorecidos: sin embargo, él reconoció “porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Co 12:10). Por lo cual, esto es un milagro verdaderamente: que aquel que está rodeado de enfermos, quien no es suficiente en sí mismo para pensar algo de sí mismo (2Co 3:5), y por lo tanto, es todavía menos capaz de hacer algo bueno, que “no ha podido”, quien está por sí mismo completamente indefenso, sin embargo, deba pelear una buena batalla, terminar la carrera y mantener la fe. “Lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte”. 10. Es evidente en los frutos que el cristiano lleva. Ya hemos mencionado especialmente la supervivencia del principio de la gracia a pesar del terreno poco favorable en el que se encuentra y la mala atmósfera de este mundo donde crece, e igualmente lo maravilloso que emana de ella. Podríamos ampliar esta idea, pero el espacio nos obliga a ser breves. Qué maravilla que la fe del cristiano se conserve en medio de tantas pruebas y golpes, traiciones de falsos hermanos e incluso aunque el rostro de Dios a veces permanezca oculto: que, a pesar de las cruces y pérdidas más dolorosas, afirme “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno”. No solo los santos de Dios se han mantenido firmes ante la persecución, sino que después de ser “azotados” se regocijaron por “haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre” (Hch 5:40, 41), mientras que otros “el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo” (Heb 10:34). Qué fruto tan maravilloso es este, para “gloriarse en la tribulación” (Ro 5:3), cuando “cantaban himnos a Dios” (Hch 16:25) mientras yacían en un calabozo con la espalda ensangrentada. Tales frutos no son productos de la naturaleza. El esperar “en esperanza contra esperanza” (Ro 4:18), reconociendo que “Bueno me es haber sido humillado” (Sal 119:71), y clamar “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hch 7:60) mientras son lapidados hasta la muerte, son frutos de la gracia Divina. 11. Es evidente en su sumisión y triunfo de la fe sobre los castigos más severos. Es natural murmurar cuando todo parece salir mal y el rostro de la Providencia muestra un ceño oscuro, pero es sobrenatural someterse mansamente y decir “que se haga la voluntad del Señor”. Cuando “el fuego del Señor” se apagó y devoró a Nadab y Abiú por causa de su conducta presuntuosa, lejos de que su padre estallara en enojo por la severidad de su castigo, se nos dicen que él “mantuvo la paz” (Lv 10:3) Cuando al anciano Eli le fueron dadas a conocer las terribles noticias de que sus dos rebeldes hijos iban a ser castigados por el juicio Divino en un mismo día, él consintió en silencio diciendo: “Jehová es; haga lo que bien le pareciere” (1Sa 3:18). Cuando los hijos e hijas de Job fueron repentinamente muertos y sus rebaños y manadas robados, él exclamó: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21), y cuando su propio cuerpo fue herido con “dolor desde la planta del pie hasta la coronilla”, lejos de perder toda confianza en Dios y apostatar, declaró “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15). 12. Es evidente cuando prevalecen en la piedad al privarles de todos los medios generales de gracia. Cuando los pastores son quitados, ¿qué harán las pobres ovejas? Cuando el testimonio colectivo se desmorona, ¿qué será del individuo? Cuando Sión quede desolada y el pueblo del Señor sea llevado cautivo a una tierra extraña, ¿no se desanimarán? Es cierto que estos casos fueron excepcionales, pero en varios momentos de la historia a Dios le ha placido privar a unos cuantos de Su pueblo de todos los medios externos de gracia y preservarlos de manera individual. Esto ya había acontecido en una era temprana. He aquí que Abraham, el padre de los fieles, habitaba solo entre los paganos, pero mantuvo su comunión con el Señor. Considere a Daniel en Babilonia, ante peligro mortal, preservando su piedad. Algunos de nosotros solíamos cantar de niños: “Atrévete a ser un Daniel, atrévete a estar solo, atrévete a tener un propósito verdadero y atrévete a darlo a conocer”. ¡No es nuestro deseo que un día de los pocos hijos de Dios dispersos tengan que exclamar: “soy como el pájaro solitario sobre el tejado” (Sal 102:7)! Aun así, como Dios milagrosamente sostuvo a Elías en las soledades de Querit, así preservará a cada uno de ellos. 13. Es evidente al ser librado de la apostasía. Cuántos han sido fatalmente engañados por el romanismo. Qué multitudes de fieles del patio de los gentiles han tropezado por al multiplicarse las sectas en el protestantismo, cada una de las cuales afirma tomar las Escrituras como guía, pero a menudo difieren en las verdades más fundamentales. Cuántos han sido atraídos por los falsos profetas y maestros heréticos, especialmente en América, durante el siglo pasado. Pero, aunque los verdaderos hijos de Dios pueden haber estado confundidos, esto los llevó a buscar más de cerca su Palabra, porque no reconocen la voz de los extraños (Jn 10:5). En nuestros días, debido a que la iniquidad o la anarquía abundan, el amor de muchos se ha enfriado y decenas de miles de personas que hace poco tiempo parecían “andar bien” han regresado al mundo. Sin embargo, todavía hay un remanente que es fiel al Señor, y la escasez de sus números enfatiza el milagro de su preservación. Es un milagro de gracia que cualquiera “retenga firme hasta el fin la confianza y el gloriarse en la esperanza”, como nunca antes especialmente en esta era oscura. Qué asombroso fue que Jonás fuera arrojado por la borda al mar sin un salvavidas y sin un bote para rescatarlo, y aun así no se hubiera ahogado. Aún más notable que una ballena lo tragara y que permaneciera vivo en su vientre durante tres días y noches. Lo más maravilloso de todo es que la ballena arrojó al profeta no en el océano, sino que lo vomitó en la tierra. Tan sorprendente es esto que los infieles lo han convertido en el tema favorito de las bromas. Sin embargo, no presenta ninguna dificultad para el cristiano, que sabe que “con Dios todo es posible”. No solo creemos en la autenticidad de este milagro, sino que estamos convencidos de que una imagen diseñada no solo sobre la resurrección del Redentor, sino también sobre la preservación de los redimidos. El caso de Jonás no solo esboza a un creyente reincidente, sino un caso extremo de obstinación: muestra que cuando un santo cede a la propia voluntad y abandona el camino de la obediencia, aunque sea castigado severamente, el brazo del Señor lo alcanzará después y lo restituirá a los caminos de la justicia. 14. Es evidente en las múltiples obras de Dios en y para ellos. Esto necesariamente se deduce de todo lo que se ha dicho en los puntos anteriores. La perseverancia de los santos debe ser la consecuencia de la preservación divina em ellos: debido a que los creyentes no tienen sabiduría ni fuerza espirituales propias, Dios debe provocar en ellos tanto el querer como el hacer por Su buena voluntad. Su gracia es preventiva: mientras el mártir observaba a un asesino camino a la horca, exclamó: “Ahí va John Bradford, por la gracia de Dios”. De cuántas tentaciones y pecados que intentaron dominar el corazón de los creyentes han sido liberados, como David de fue librado de matar a Nabal. Su gracia es protectora:“le rodea la misericordia” como un escudo (Sal 32:10). Su gracia es vivificante, por la cual se exhorta a mantener su santidad: “el interior no obstante se renueva de día en día” (2Co 4:16). Su gracia confirmada, por la cual se nos impide ser arrastrados de aquí para allá: “Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios” (2Co 1:21 y cf. 2Ts 2:17). Su gracia es fructífera: “de mí será hallado tu fruto” (Os 14:8). Su gracia nos hace madurar: “os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad” (Heb 13:21). Estas y otras obras de la gracia divina se resumen en este reconocimiento: “porque también hiciste en nosotros todas nuestras obras” (Is 26:12) a las que cada santo se atribuye libremente y que solo explican el milagro de su perseverancia. 5 SUS RESULTADOS Ahora continuaremos a estudiar el aspecto más importante y bendecido de nuestro tema, sí, el corazón y el meollo de este. La perseverancia del creyente en la fe y la santidad no es algo aislado y solitario, sino el resultado de la causa apropiada. No debe ser visto como un fenómeno separado sino como el fruto de la obra divina. El hecho de que el creyente continúe en los caminos de la justicia es un milagro, y cualquier milagro requiere necesariamente la participación inmediata de Dios. Nuestra responsabilidad actual consiste en rastrear de vuelta este proceso hasta su origen y mostrar los manantiales de los que surge esta maravilla; admirar los fundamentos inexpugnables sobre los que descansa. Solo cuando esas fuentes y cimientos se revelen claramente le atribuiremos la gloria a Aquel a quien solo se le debe, solo así podremos aprehender la seguridad absoluta de los santos, solo así percibiremos la vanidad y la inutilidad de todos los ataques del enemigo sobre esta verdad fundamental. La perseverancia de los santos está asegurada por tantas garantías infalibles que es difícil saber cuál presentar y cuál omitir. La doctrina por la cual estamos discutiendo aquí se presenta como una secuencia lógica de el perfeccionamiento divino: todo lo que sea agradable a ellos, y lo haga necesario, debe ser necesariamente cierto; por otro lado, todo lo que sea contrario a ellos y refleje deshonra sobre los mismos, entonces, debe ser falso. Ahora la doctrina de la perseverancia final de los santos está de acuerdo con el perfeccionamiento divino, por lo tanto, es completamente necesaria y debe ser verdadera; mientras que la doctrina contraria de la caída de los santos para perecer eternamente es contraria a ellos, refleja gran deshonra y, por lo tanto, debe ser falsa. Lo que aquí hemos afirmado brevemente se explicará a detalle y se demostrará en todo lo que sigue de esta sección y en la siguiente. Resumiendo lo que proponemos presentar, se demostrará que la seguridad eterna del cristiano se basa en la buena voluntad del Padre, la mediación del Hijo y la obra o el funcionamiento del Espíritu Santo, allí tenemos un “triple cordón” que no puede romperse. 1. El amor inmutable de Dios. Sin embargo, este argumento puede tener poco peso con aquellos que han adoptado el arminianismo y aceptado su falsa interpretación de Jn 3:16; pero aquellos que perciben que el amor Divino es discriminatorio y particular, y no indefinido y general encontrarán aquí algo más dulce que la miel. Si fuera cierto que Dios ama a toda la raza humana, entonces, el ver que una gran parte de esta ya está en el Infierno, no podría asegurarme que nunca pereceré. Pero cuando descubro que el amor de Dios está limitado a aquellos que Él eligió en Cristo y que los ama con “amor eterno”, entonces puedo concluir sin vacilar que “muchas aguas” no pueden apagar ese amor (Cnt 8:7). Nos tomaría demasiado tiempo demostrar en cuanto se han equivocado con respecto al significado de Jn 3:16 o manifestar a detalle el carácter discriminatorio del amor de Dios: limitémonos en señalar que si “el Señor al que ama, disciplina” (Heb 12:6) no tendría sentido si Él amara a todos, por lo tanto, la siguiente cláusula “y azota a todo el que recibe por hijo” define a la vez los objetos de su afecto. “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Ro 9:13): luego, Jacob está ahora en el cielo, pero su hermano recibió la debida recompensa de sus iniquidades. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1Jn 4:19). Dios no ama a su pueblo porque lo aman. No, por el contrario, leemos que “por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados” (Ef 2:4–5): cuando no teníamos deseos de ser amados por Él, sí, y cuando lo estábamos provocando mostrando la feroz enemistad de nuestros corazones no renovados. Dios amaba a su pueblo antes de que existiera históricamente, porque cuando aún eran pecadores, Cristo murió por ellos (Ro 5:8). Por eso, Él declara: “Con amor eterno te he amado” (Jer 31:3). Ese amor no depende en absoluto de nosotros, sino que fluye espontáneamente del corazón de Dios, encontrando su profundo origen dentro de Su propio seno. Dado que Dios es amor, no puede dejar de amar así como no puede dejar de ser, y dado que Dios no cambia, tampoco puede haber variación en él ni puede haber fluctuación en su amor. El objeto del amor de Dios es su Iglesia, que es su especial deleite. Desde toda la eternidad, Él amó a Sus elegidos, y los amó como tal, por ser su especial posesión. Los amó en Cristo, los eligió en Cristo y los bendijo con todas las bendiciones espirituales en Cristo (Ef 1:3). Los amaba tanto como para predestinarlos a ser adoptados como hijos (Ef. 1:5). Amaba a su pueblo en Cristo con el mismo amor con que ama a Cristo, su Cabeza (Jn 17:23). Los amaba tanto como para hacerlos “aceptos en el Amado” (Ef 1:6). Es un amor que nunca puede decaer, porque Se basa en el placer de su buena voluntad hacia ellos. El amor de Dios para con Cristo y para con los miembros de su cuerpo no conoce cambios: “y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Jn 17:23), declara el Salvador, y Él está hablando allí como la Cabeza de Su Iglesia. Somos amados en Cristo y de acuerdo con la relación que tenemos con Él, es decir, como miembros de una Cabeza, somos amados de manera libre e inmutable. Aunque los efectos del amor de Dios varían en sus manifestaciones, no hay disminución de este durante toda su perpetuidad. Los hombres a menudo aman a quienes resultan ser lo contrario de lo que esperaban, y se arrepienten del afecto que les prodigan. Pero no es así con Dios, porque Él sabía de antemano todo lo que seríamos y haríamos: nuestros pecados, la indignidad, las rebeliones; sin embargo, puso su corazón sobre nosotros a pesar de eso, de modo que no pueda decir que resultamos de otra manera a la que él esperaba que fuéramos. Si el amor de Dios hubiera sido puesto sobre nosotros por algún bien o excelencia de nosotros, entonces, cuando esa bondad desapareciera, su amor también desaparecía. “Dios previó todos los pecados que tendrías: todo estaba presente en Su mente omnisciente, y sin embargo, Él te amaba y aún te ama” (C. H. Spurgeon). El hijo de Dios puede apartarse por un tiempo de los senderos de la justicia, y luego su Padre corregirá su transgresión con vara y su iniquidad con azotes, “Mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad”. (Sal 89:33) es su propia declaración. Como el amor de Dios no está creado, no cambia. Dios no ama por impulsos o de manera intermitente, sino permanente. Debido a que este amor no tiene como fundamento el objeto de este, ningún cambio en ese objeto puede perderlo. En cada estado y condición en el que los elegidos pueden estar, el amor de Dios hacia ellos es invariable e inalterable, constante y permanente. Podemos arrepentirnos del amor que otorgamos a algunos de nuestros amigos porque no pudimos cambiarlos: cuanto más los amamos, más se aprovecharon. Con Dios no pasa esto: a quien ama lo santifica. Este es uno de los efectos de su amor: derramarsu amor en el corazón de sus objetos, tallar su propia imagen en ellos, hacer que caminen en su temor. Su amor a los elegidos es perpetuo porque está en Cristo; están unidos a Cristo por una unión que no se puede disolver. Dios debe dejar de amar a Cristo, su cabeza, antes de que pueda dejar de amar a cualquier miembro de su cuerpo. ¡Entonces qué locura, qué blasfemia, pensar en alguno de ellos pereciendo! Sobre este bendito atributo del amor divino está escrito en letras de luz “Semper idem”, siempre lo mismo. Aquellos que alguna vez fueron objeto del amor de Dios, siempre lo serán. Si Dios te ha amado alguna vez, mi lector, lo hace hoy: te ama con el mismo amor que cuando dio a su Hijo para que muriera por ti; te ama con el mismo amor que cuando envió a Su Espíritu Santo a tu corazón clamando “Abba Padre”; te ama con el mismo amor que lo hará en el cielo a lo largo de las eras sin fin. Y nada puede o debe separarte de ese amor (véase Ro 8:38, 39). Un predicador una vez llamó a un granjero. Al acercarse a su residencia, vio sobre el granero una veleta y, en la parte superior, en letras grandes, el texto “Dios es amor”. Cuando apareció el granjero, el predicador señaló esa veleta y dijo en tono de reprensión “¿Te imaginas que el amor de Dios fuera tan variable como el clima?” No, dijo el granjero, puse ese texto allí para recordarme que no importa cuál sea la dirección del viento, ¡Dios es amor! “Su amor no conoce fin ni medida, Ningún cambio puede modificar su curso, de una fuente eterna. Inmutablemente siempre fluye 2. La inmutabilidad de Dios. La garantía de la perpetuidad del amor de Dios hacia su pueblo se encuentra en la inmutabilidad de su naturaleza. Desde la eternidad, Jehová es Dios: menospreciado, independiente, autosuficiente, nada puede afectarlo ni producir ningún cambio en él. El salmista dice: “Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán” (Sal 102:25–27). Esta es una de las excelencias del Creador que lo distingue de todas las criaturas. Dios es perpetuamente igual: sujeto a ningún cambio en su ser, atributos o determinaciones. Todo lo que Él es hoy ha sido y será. Él no puede mejorar porque ya es perfecto, y siendo perfecto no puede empeorar. Él solo puede decir “Yo soy el que soy” (Éx 3:14). No afectado por nada fuera de sí mismo, la mejora o el deterioro es imposible. Su gloria es inagotable. Ahora en esta inmutabilidad de Dios se encuentra la seguridad eterna de su pueblo. “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” (Mal 3:6). Si alguno de ellos se perdiera, “consumido” por su ira, entonces eso quería decir que su actitud hacia ellos había cambiado, de modo que aquellos a quienes una vez amó ahora odiaría. Pero eso también implicaría un cambio en su propósito para con ellos, de modo que cuando anteriormente los había destinado “para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1Ts 5:9), ahora debía entregarlos para destrucción. ¡Cuán completamente diferente, variable y voluble sería este personaje del Dios de las Sagradas Escrituras! De Jehová se dice “Pero si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar?” (Job 23:13). Debido a Dios no cambia, su pueblo es consumido: su amor no decae, su voluntad es estable, su palabra segura. Debido a que Él es “Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg 1:17), tenemos una roca inmóvil sobre la cual podemos permanecer de pie mientras todo lo que nos rodea se derrumba. El fundamento de nuestra preservación hasta el final es la inmutabilidad de la misma existencia de Dios, y con su amor sucede lo mismo, de modo que su misma divinidad eterna debería cambiar antes de que cualquiera de sus hijos pudiera perecer. Esta es claramente la idea en los versículos de Malaquías 3:6 y Santiago 1:17. En este último, el apóstol habla de “toda buena dádiva y todo don perfecto” que los santos reciben de su Padre, precediendo el mismo con “Amados hermanos míos, no erréis”. Los dones otorgados a los elegidos en su regeneración no son como la calabaza de Jonás, que floreció solo por una breve temporada. No, estos dones proceden de aquel en quien no hay “variación” ni en su amor ni en su voluntad. “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Ro 11:29, no hay cambio de opinión, y por lo tanto nunca son revocados. Tenga en cuenta que esas palabras se agregaron para asegurar la certeza del propósito de Dios hacia el remanente de los judíos de acuerdo con la elección de la gracia. Así, la inmutabilidad de Dios es la garantía de la estabilidad de su amor y la irrevocabilidad de su gracia para con nosotros. 3. El propósito irreversible de Dios. Después de haber amado a su pueblo elegido, Dios les dio un propósito de gracia: “en amor habiéndonos predestinado” (Ef 1:5) y la inmutabilidad de su ser asegura el cumplimiento de ese propósito. El Altísimo no determina en un momento hacer algo y en otro decide no hacerlo. “El consejo de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones” (Sal 33:11): porque ha advertido la gloria eterna a su pueblo, nada puede alterarla. “Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá?” (Is 14:27). De hecho, hay muchos cambios en las dispensaciones externas de su providencia hacia sus elegidos, pero ninguno con respecto a los pensamientos de su corazón para ellos. “Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero; que llamo desde el oriente al ave, y de tierra lejana al varón de mi consejo. Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré” (Is 46:9–11). Qué gran fundamento hay aquí para que permanezca la fe: la voluntad divina es inflexible, sus consejos irreversibles. “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta” (Nm 23:19). Considere las cosas que mueven a los hombres a cambiar de opinión y alterar sus propósitos, y luego marque cuán completamente inaplicables son tales cosas para el Todopoderoso. Los hombres forman un plan y luego lo cancelan por inconstancia y liviandad: pero Dios es inmutable. Los hombres hacen una promesa y luego la revocan debido a su depravación y falsedad: pero Dios es infinitamente santo y no puede mentir. Los hombres diseñan un proyecto y no lo llevan a cabo por falta de habilidad o poder: pero Dios es omnisciente y omnipotente. Los hombres determinan cierta cosa por falta de previsión y al intervenir algo inesperado esos planes se ven frustrados: pero Dios conoce el final desde el principio. Los hombres cambian sus esquemas porque la influencia o la amenaza de algo superior los disuaden: pero Dios no tiene superior ni igual y no teme a ninguno. No puede surgir ninguna ocasión imprevista que haga conveniente que Dios cambie de opinión. En Romanos 8:28 leemos de un grupo con la siguiente característica “a los que conforme a su propósito son llamados” y a continuación nos específica a qué fue ese llamado. Era un propósito que no podían originar ni frustrar. “A los que antes conoció” con un conocimiento de aprobación (en contraste con “Nunca los conocí”, Mt 7:23) “También los predestinó”, designó y arregló. Esa predestinación divina se refleja en el hecho de que son realmente llamados de la oscuridad a la maravillosa luz de Dios y que son justificados o considerados justos ante Dios porque la obediencia perfecta de Cristo se tiene en cuenta a su favor. Y luego, igualmente cierto es el cumplimiento del propósito de Dios, el apóstol agregó “a éstos también justificó;y a los que justificó, a éstos también glorificó (no dice que lo hará a futuro)”. “Queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo (la inmutable naturaleza de su diseño), interpuso juramento” (Heb 6:17). ¿Qué más podemos desear? Aquel que es el único Santo debería renegar antes de que uno de los Suyos pudiera perecer. 4. El pacto eterno de Dios. Después de haber amado a su pueblo elegido, Dios les dio un propósito de gracia y ese propósito está certificado y asegurado por contrato formal. Por estipulación expresa, los Eternos Tres se comprometieron solemnemente con cada heredero de la promesa de hacer todo por y en ellos, para que ninguno perezca. “Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer 32:40). ¡Esas promesas son absolutas! Primero, Jehová asegura a su pueblo que no habrá alteración de su buena voluntad para con ellos. Puede que se objete, y es cierto, Dios no se alejará de ellos, pero ellos sí pueden alejarse de Él, si apostatan por completo. Por lo tanto, aquí declara que pondrá su temor en sus corazones, o les concederá tales suministros de gracia, para evitar que se aparten. “Si regresaran al dominio de Satanás, no podría continuar siendo bueno con ellos debido a la santidad de su carácter, pero los preservará en tal estado que pueda tener comunión con ellos sin ningún juicio de su santidad” (J. Dick). Este pacto de gracia se hace con los elegidos en Cristo antes de la fundación del mundo, en donde Él se convirtió en su “Fiador” (Heb 7:22), comprometiéndose a cumplir con todas sus responsabilidades y satisfacerlas por completo. En consecuencia, Dios ha prometido la Garantía “Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo” (Heb 8:10). Esas promesas son de pura gracia, y no hay eventualidad o incertidumbre en de ellas, porque son “sí” y “Amén” en Cristo (2Co 1:20). Considere cómo Dios mismo expresa su compromiso allí: “No olvidaré mi pacto, ni mudaré lo que ha salido de mis labios” (Sal 89:34). “Para siempre se acordará de su pacto” (Sal 111:5). ¡Oh, qué motivo de confianza, de alegría y de alabanza hay aquí! Por lo tanto, cada creyente puede afirmar junto con David “él ha hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y será guardado, aunque todavía no haga él florecer toda mi salvación y mi deseo” (2Sa 23:5). “Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti” (Is 54:10). Para resumir lo que hemos estudiado. Si algún santo finalmente se perdiera, solo podría ser porque el ser y el carácter de Dios mismo habría sufrido un cambio en detrimento. Su amor tendría que haber cambiado, de modo que aquel a quien antes amaba ahora se había convertido en el objeto de su odio. Por lo tanto, su propósito para él también habría cambiado, de modo que, si antes lo había destinado para salvación, ahora debería consignarlo para destrucción. Debería revertir las promesas hechas y las bendiciones otorgadas a él. Su fidelidad debería fallar, de modo que ya no se pudiera confiar en su Palabra. Por lo tanto, es obvio que la alternativa a lo expuesto anteriormente es impensable e imposible. La sabiduría de Dios es tal que al especificar el fin (la glorificación de su pueblo) también ha establecido los medios suficientes para este, y su poder asegura que esos medios serán efectivos. Toda perfección de Dios garantiza que todo su pueblo llegue al cielo con seguridad. 5. Las irrepetibles promesas de Dios. Las “preciosas y grandísimas promesas” (2Pe 1:4) que Dios ha hecho a Su pueblo han sido comparadas con las corrientes a lo largo de las cuales fluyen Sus compromisos de pacto, porque todas regresan y tienen su origen en ese pacto eterno que Él hizo con los elegidos en Cristo. Su fianza se comprometió a hacer ciertas cosas por ellos y, en resumen, Dios acordó que se les deberían otorgar aquella en cuyo nombre hizo las transacciones. Estas cosas fueron aquellas que Dios convino impartir a los que Cristo representó, las cuales se revelan en las diversas promesas que les ha hecho. Esas promesas son los privilegios o las revelaciones de la buena voluntad de Dios para con los elegidos en Cristo a través de un pacto de gracia. Allí, por su veracidad y fidelidad, Él se compromete a ser su Dios, a darles a su Hijo y a entregarlo por ellos, y a que su Espíritu permanezca con ellos y en ellos, garantizándoles todo lo que necesitan para hacerlos aceptos delante de Él, a reunirlos a todos y presentarlos para el disfrute eterno de sí mismo. Esas promesas son gratuitas y llenas de gracia en cuanto a su fuente u origen, nos son entregadas simplemente por la buena voluntad de Dios, y no a cambio de alguna cosa que se nos pudiera exigir: lo que ha sido prometido no puede ser de ninguna manera, provocado o alcanzado por nosotros (Ro 4:13, 14; Gá 3:18). Estas promesas se nos hacen a nosotros aun como pecadores, y bajo ningún otro requisito que la mera la misericordia soberana que libra a cualquiera de su estado caído y depravado. Las promesas se presentan como lo dice el siguiente versículo: “encerró todo bajo pecado” (Gá 3:22). El descubrimiento de la buena voluntad de Dios se da a conocer a través de Cristo quien es el único medio de su realización y la única causa de todas las cosas buenas contenidas en ellas. “Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén” (2Co 1:20), en y por medio de Cristo, son confirmadas y completamente ciertas para nosotros. Nuestra certeza de que se llevarán a cabo es el carácter de su Hacedor: son los compromisos de Aquel “que no puede mentir” (Tit 1:2; Heb 6:17, 18): el cielo y la tierra pasarán, pero Su palabra permanecerá para siempre. La gran promesa que da origen a todas las demás es que Dios será “El Dios de su pueblo” (Jer 24:7; 31:33; Ez 11:20). Para que Él sea “nuestro Dios” se requieren dos cosas principales. Primero, que todas las brechas y diferencias entre Él y nosotros sean removidas, se logrará una perfecta paz y una alianza, seremos gratos ante sus ojos: el pecado se quitará por completo y la justicia eterna será introducida. Para que este Cristo actúe como nuestra Garantía, nuestro Sacerdote, nuestro Redentor, y se convierta en “nuestra Paz” (Ef 2:14), siendo “hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1Co 1:30). Él “así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Ef 5:25– 26). Segundo, para que podamos mantenernos unidos en comunión con Él como nuestro Dios y para nuestro disfrute eterno de Él como nuestra Porción. De esto fluye la promesa del Espíritu Santo (Hch 1:5; 2:33) de que Él realizará para nosotros toda obra de amor y obrará en nosotros esa obediencia que Él ha solicitado y acepta de nosotros en Jesucristo, entonces preservándonos para sí mismo. Esta promesa del Espíritu en el pacto se atestigua en Is 59:21; Ez 36:27, etc. De la promesa fundamental de que Dios será nuestro Dios en una relación de pacto, parten dos grandes vertientes: que Él daría a Cristo por nosotros y que nos entregaría al Espíritu Santo, y de estas dos principales vertientes salen mil afluentes para nuestro refrigerio. De esas dos vertientes salen todas las bendiciones que Cristo ha comprado para nosotros, las cuales son hechas aceptables para Dios; y todas las gracias que el Espíritu Santo produce en los elegidos, por medio de las cuales disfrutan de Él. Todas las promesas de misericordia y perdón, fe y santidad, obediencia y perseverancia, gozo y consuelo, aflicción y liberación provienen de ellas. Por lo tanto,se deduce que quien tiene interés en una promesa tiene interés en todas ellas y en su origen del cual fluyen ¿Esperamos alguna promesa? esto es por el Espíritu Santo, y de Él a Cristo, y de allí al seno del Padre. De ahí que las promesas más condicionales se lleven a cabo finalmente en el amor absoluto e incondicional de Dios: quien al creer nos promete la vida y obra fe en nosotros: “nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia” (2Pe 1:3). (La mayor parte de lo anterior está tomado y resumido de John Owen, el puritano). Citemos algunas de las particulares promesas en las que el Señor se ha comprometido a otorgar tales recursos de Su Espíritu para que seamos apoyados contra toda oposición y preservados de los pecados que separan a cualquiera de Sus santos de Él. “Porque Jehová ama la rectitud, y no desampara a sus santos. Para siempre serán guardados” (Sal 37:28). “Los que confían en Jehová son como el monte de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre. Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Jehová está alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre” (Sal 125:1–2). “Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré” (Is 46:4). “Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti” (Is 54:10). “El cual también os confirmará hasta el fin” (1Co 1:8). “No te desampararé, ni te dejaré” (Heb 13:5). La misma protección divina para la dicha eterna es confirmada por muchos pasajes afirmativos y promisorios. “Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días” (Sal 23:4). “Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria” (Sal 73:23–24). “El Señor me librará de toda obra mala y me preservará para su familia celestial” (2Ti 4:18). “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros” (1Jn 2:19). Dios debe abandonar su integridad antes de abandonar a uno de su pueblo. Pero eso no puede ser: “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará” (1Ts 5:24). “Fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal” (2Ts 3:3). Quienes afirman que cualquiera de los hijos de Dios perecerá son culpables del terrible pecado de acusarlo de prevaricación. 6. Los actos de gracia de Dios hacia su pueblo. Estos son de una naturaleza que aseguran su salvación eterna. Además de el hecho de elegirlo, hacer un pacto seguro con su Hijo en su nombre y ponerlos en sus manos con toda gracia y gloria para ellos, podemos mencionar su adopción a la familia de Dios. Esta es una bendición inapreciable, poco entendida hoy. Es una adopción a través de la cual Dios otorga a sus elegidos la condición legal de hijos. Esto es “por Jesucristo” (Ef 1:5): dado que Cristo es substancialmente Hijo de Dios y los elegidos están unidos a Él, por lo tanto, son hijos adoptivos de Dios. Cristo como Dios-hombre fue establecido como el prototipo y estamos modelados a partir de él. Así como una mujer se convierte en la nuera de un hombre por el compromiso de su hijo con ella, así somos hechos hijos de Dios a través de un título legal inalienable, como el término “adopción” claramente establece, al igual que la unión matrimonial. Es por su relación con el Hijo de Dios que los elegidos son hechos hijos de Dios. No es por fe que se convierten en hijos, sino que la fe los manifiesta como tales. “Y por cuanto sois hijos (no que nos haya hecho), Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gá 4:6). “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1Jn 3:1). De allí fluyen todo nuestro valor y honor: “si hijos (griego), también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Ro 8:17). Al igual que Cristo es Rey y Sacerdote, así también nosotros somos “reyes y sacerdotes para Dios, su Padre” (Ap 1:6). ¿Es Cristo el “compañero” de Jehová (Zac 13:7)? así también somos nosotros “compañeros” de Cristo (Sal 45:7). ¿Es Cristo el “Primogénito” de Dios (Sal 89:27)? entonces leemos de “La Iglesia de los primogénitos” (Heb 12:22). Incluso ahora somos hijos de Dios, pero “aún no se ha manifestado lo que hemos de ser”, aún no se manifiesta ante el universo, “pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él” (1Jn 3:2). ¿Y por qué estamos tan seguros? Porque “a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro 8:29). Debido a que Dios nos predestinó para ser adoptados como sus hijos por medio de Jesucristo “según el puro afecto de su voluntad” (Ef 1:5), por gracia soberana y no por nuestros méritos, por lo tanto, nada puede eliminar o anular esa relación maravillosa. La justificación del pueblo de Dios. Este también es un acto legal. Se lleva a cabo en la suprema corte celestial, donde Dios se sienta como el juez de toda la tierra. El pecador creyente es juzgado por la santa ley y declarado justo. Antiguamente se hacía la pregunta: “¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?” (Job 9:2), porque Dios requiere nada menos que una obediencia perfecta y perpetua, y declara maldito a aquel que no cumple con todo lo que Él ordena (Gá 3:10). Si esa pregunta se hubiera dejado como conclusión de la finita inteligencia, entonces nunca hubiera tenido respuesta. ¿Cómo podría Dios mostrar misericordia y no disminuir ni un ápice de lo que demanda su justicia? ¿Cómo podría tratar con los culpables como si fueran inocentes? ¿Cómo podría con justicia otorgar una recompensa a quienes no la merecían? ¿Cómo podía pronunciar justo a los que no lo eran? Tal cosa parece completamente imposible, sin embargo, la omnisciencia divina ha resuelto estos problemas, los resolvió sin manchar su honor, sí, para su gloria eterna y para nuestra admiración eterna. Es la presentación de esta gran muestra de la sabiduría Divina lo que constituye la bendición suprema del Evangelio. De acuerdo con los términos del pacto eterno, Cristo se convirtió en el Benefactor de su pueblo. “Cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gá 4:4). El Hijo encarnado prestó una obediencia completa e impecable a la Ley y, por lo tanto, la magnificó y la hizo honorable (Is 42:21):la dignidad Divina de Su persona le otorgó más honor a la Ley por Su obediencia a la que anteriormente había sido deshonrada por toda nuestra repetida desobediencia. Habiendo cumplido perfectamente la Ley, Cristo sufrió la maldición tomando el lugar de Su pueblo, borrando así sus pecados. Esa obediencia perfecta de Cristo se cuenta a nuestro favor en el momento en que creemos en Él, para que los creyentes puedan decir “Jehová, justicia nuestra” (Jer 23:6). Con base en que la justicia de Cristo se nos adjudica legalmente, Dios nos declara justificados (Ro 3:24; 5:19; 2Co 5:21). Por lo tanto, “Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?” (Ro 8:33,34). Aquellos justificados por Dios no pueden ser injustificados. La justicia por la cual están justificados es una “eterna” (Da 9:24), la sentencia de exoneración que se les impuso en el tribunal supremo del Cielo nunca puede ser revocada por hombre o por demonio. Tienen un título de gloria eterna y no puede venir a condenación. 7. La muerte de Cristo. Cuando Adán, quien es el principal hombre y el padre de la raza humana, apostató, tanto los elegidos como los no elegidos cayeron a través de él, y por lo tanto “éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef 2:3) De ese espantosoy terrible estado, somos recuperados por la intervención de Cristo y la operación del Espíritu, siendo este último un fruto del primero. Nos hemos referido brevemente a la intervención de Cristo en los dos párrafos anteriores, pero ahora es de vital importancia para nuestro tema actual, por lo cual, requiere ser considerado con más detalle. Aquí se abre un gran panorama ante nosotros, pero ahora solo podemos echarle un vistazo. Una vez más, señalaríamos que lo que estamos a punto de abordar puede tener poco peso con los arminianos, quienes erróneamente suponen que la obra mediadora de Cristo fue en su carácter y diseño, general o universal; pero para aquellos que han aprendido de las Sagradas Escrituras que la redención de Cristo es definitiva y particular, un rescate específico para un pueblo específico, aquí se encontrará una respuesta suficiente a cada acusación de Satanás y una garantía de la que ninguna de las tribulaciones de la vida puede hacer dudar. “¿Quién es el que condenará?” el apóstol pregunta, “Cristo es el que murió” es su respuesta triunfante (Ro 8:34). La fuerza de esa respuesta se basa en el hecho de que la muerte de Cristo es sustituta y expiatoria. “Por la rebelión de mi pueblo fue herido” dice Dios (Is 53:8). “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1Pe 3:18). “Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is 53:5). Jehová puso sobre Cristo las iniquidades de su pueblo (Is 53:6) y luego gritó: “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío, dice Jehová de los ejércitos. Hiere al pastor” (Zac 13:7) En la cruz, Cristo dio a Dios una satisfacción plena por los pecados de todos los que el Padre le dio. Siendo un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en los asuntos pertenecientes a Dios “para expiar (griego) los pecados del pueblo” (Heb 2:17). Porque Cristo fue hecho maldición por el pecado (Gá 3:13), ahora solo bendición es nuestra porción. Todos por quienes Cristo murió seguramente serán salvos, porque Él pagó el precio total de su redención. Cuando un fiador se encuentra en la habitación de la persona que representa, este último obtiene el beneficio de lo que el fiador ha hecho en su nombre, de modo que, si el fiador ha pagado su deuda, el acreedor ya no puede exigirle el pago. Dado que Cristo hizo una reparación completa a la Ley de Dios, haciendo una expiación total por los pecados de su pueblo, sería una violación flagrante de la justicia divina si alguno de ellos fuera castigado por el mismo. Cristo ha comprado a su pueblo con su preciosa sangre, ¿podríamos suponer que Dios permitiría a su acérrimo enemigo robarle alguno de ellos a su Hijo? Si eso sucediera, el nombre del Redentor no tendría sentido, porque Dios mismo dijo “llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1:21). Si eso sucediera, no podría ser cierto que el Redentor “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Is 53:11). Debido a que todos los pecados del creyente fueron puestos sobre Cristo y expiados, ¿cuáles son aquellos que podrían condenarlo? y si no hay ninguno, entonces ¿cómo podría ser arrojado al infierno? Es cierto que nadie puede alcanzar el Cielo sin perseverar en la santidad, pero dado que la expiación de Cristo posee la virtud divina y es de eficacia eterna, todos aquellos para quienes fue hecha deben perseverar en la santidad. La ira de Dios contra su pueblo fue derramada por completo sobre su sustituto: la nube negra de su venganza se vació en el Calvario. “Cuando pienso en mi pecado, parece imposible que alguna expiación sea adecuada; pero cuando pienso en la muerte de Cristo, parece imposible que algún pecado necesite una expiación como esa. En la muerte de Cristo hay suficiente y de sobra. No solo hay un mar en el que ahogar nuestros pecados, sino que las cimas de las montañas de nuestra culpa están cubiertas” (C. H. Spurgeon). Por lo tanto, Dios puede salvar hasta lo sumo a los que vienen a Él por Cristo (Heb 7:25), sí, a pesar de que han pecado tanto como Manasés o Saulo de Tarso. Cristo ha eliminado todo lo que podría causar separación entre Dios y su pueblo. Primero, les ha quitado la culpa de sus pecados, para que ya no puedan seguir apartándolos del Señor. Cristo ha “obtenido eterna redención” (Heb 9:12), para ellos, no una redención transitoria e inestable, sino una permanente y eficaz. En consecuencia, Dios declara: “y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Heb 10:17). ¿Cómo podría hacerlo, viendo que el Redentor iba a “poner fin al pecado” (Da 9:24) —como la separación entre aquellos por quienes Él murió y Dios? Cristo ha satisfecho tanto la justicia de Dios como ha cumplido su ley, de manera que no se puede pronunciar ninguna sentencia de condena contra ellos y, por lo tanto, deben salvarse infaliblemente. En segundo lugar, debido a que Cristo eliminó aquello que solo traía separación de los creyentes con Dios, también anuló aquello que podría hacer que se apartaran de Dios: ni el pecado que mora en él, ni Satanás ni el mundo, pueden prevalecer para hacerlos caer completamente. Cristo le ha quitado el poder a Satanás para gobernarlos (Col 2:15; Heb 2:14), y ha abolido su poder al “atarlo” (Mt 12:29) y, por lo tanto, estamos seguros de que “el pecado no se enseñoreará de vosotros” (Ro 6:14). ¡Cómo podría hacerlo ya que el Espíritu Santo mismo mora en nosotros! “Ya que Cristo llevó nuestros pecados y fue condenado en nuestro lugar; debido a que por su muerte expiatoria se satisfacen todas las demandas de justicia divina y se mantiene la santidad de la Ley Divina, ¿quién puede condenar a aquellos por quienes murió? ¡Oh, qué seguridad es esta para el creyente en Jesús! De pie bajo la sombra de la cruz, el santo más débil puede enfrentarse a su enemigo más mortal; y por cada acusación alegada y cada sentencia de condena pronunciada, él puede señalar a Aquel que murió. En ese hecho, él ve la gran deuda cancelada, la maldición completamente eliminada, la gran acusación terminada ‘No hay condenación para los que están en Cristo Jesús’ son palabras escritas como letras de luz viva en la cruz” (O. Winslow). 8. La resurrección de Cristo. Parece extraño que muchos reciban más consuelo en la cruz que en la tumba vacía de Cristo, porque la Escritura misma dice: “y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1Co 15:17). Un Salvador muerto no podría salvar, uno que fuera vencido por la muerte sería incapaz de liberar a los esclavos del pecado. Este es uno de los principales defectos del romanismo: sus súbditos engañados están ocupados con un Cristo sin vida, adorando un crucifijo. Los predicadores protestantes tampoco están por fuera de estas críticas, ya que con demasiada frecuencia muchos de ellos omiten la parte más grandiosa del Evangelio al no ir más allá del Calvario. El evangelio glorioso no se predica completamente hasta que proclamemos un Redentor resucitado y victorioso (1Co 15:1–3; Hch 5:31). Cristo fue “entregado (hasta la muerte) por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Ro 4:25), y como el apóstol continúa declarando: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Ro 5:10). ¿De qué habría servido que Cristo muriera por su pueblo si la muerte lo hubiera conquistado y abrumado? Si la tumba lo hubiera retenido, todavía estaría prisionero. Pero al resucitar de la tumba, Cristo hizo una demostración de su victoria sobre el pecado y la muerte: así fue “declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Ro 1:4); “Porque Cristo para estomurió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven” (Ro 14:9). La obra sacrificial de Cristo se terminó en la cruz, pero se necesitaban pruebas de que este sacrificio había sido aceptado por Dios. Esa prueba estaba con Aquel que estaba complacido en “herirlo y ponerlo en sufrimiento, y al resucitar al Redentor, Dios proporcionó evidencia incontestable de que se habían cumplido todas Sus demandas. La muerte de Cristo fue el pago por mi terrible deuda”. Su resurrección, El recibo de Dios por la misma; fue el reconocimiento público de que la deuda había sido cancelada. La resurrección de Cristo selló nuestra justificación: era necesario dar realidad a la expiación y proporcionar un fundamento seguro para nuestra fe y esperanza. Como Dios está satisfecho, el pecador tembloroso puede confiar y descansar con seguridad en la obra de un Salvador triunfante. “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó” (Ro 8:34). Aquí la resurrección de Cristo se presenta como la seguridad del creyente contra la condenación. Pero ¿cómo la garantiza? Hay una conexión causal entre estas dos cosas. Primero, porque Cristo resucitó no solo como una persona, sino como la Garantía, la Cabeza y el Representante de todo Su pueblo. No ha sido reconocido y enfatizado lo suficiente, que el Señor Jesús vivió, murió y resucitó como “el Primogénito entre muchos hermanos”. Así como todos los que el primer Adán representó cayeron cuando él cayó, murieron cuando él murió, así todos los que el último Adán representó murieron cuando él murió y resucitaron cuando él resucitó. Dios “nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó”. (Ef 2:5–6). La frase de que estamos “Resucitados con Cristo” (Col 3:1) es judicialmente cierta para cada creyente. La Ley ya no puede condenarlo: ha sido liberado total y definitivamente de la ira venidera. Infalible y absolutamente seguro está él en virtud de su unión legal con el Salvador resucitado. “Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él” (Ro 6:9), ni de mí, porque su liberación fue mía, la segunda muerte no puede tocarme. Segundo, porque hay una unión vital entre Cristo y su pueblo. El Señor Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn 11:25–26). Nada podría ser más claro o decisivo que eso. La resurrección espiritual hace al creyente uno con Aquel que “vive para siempre” estando siempre fuera del alcance de la muerte. Bien, entonces podemos exclamar con el apóstol: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1Pe 1:3). La regeneración o ser engendrado por Dios es el acto de comunicarle al alma acerca de la vida del Cristo resucitado. Una ilustración débil pero sorprendente de esto se ve cuando despertamos de nuestro sueño cada mañana. Mientras nuestra cabeza duerme, cada miembro del cuerpo duerme con ella. Pero la cabeza se despierta primero, y con ella cada miembro también se despierta, después de la cabeza, pero en unión con ella. Lo mismo con el Cuerpo espiritual de Cristo, la Cabeza resucitó primero, y luego, en el buen tiempo de Dios, Su vida se imparte a cada uno de Sus miembros, y antes de que cualquier miembro pueda perecer, la Cabeza debe perecer. Tercero, ya que Cristo fue nuestra Garantía aquí, Él es nuestro Representante en lo alto, y así como soportó nuestro castigo, la justicia pretende que disfrutemos Su plenitud. En consecuencia, leemos: “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Heb 13:20–21). Note bien la coherencia de este pasaje. Es en su carácter como “el Dios de la paz” que Él actúa así. Habiendo sido pacificado o propiciado, Dios trajo nuevamente de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, no como una persona, de manera individual, sino en su carácter oficial, como el “Pastor”, y esto, en cumplimiento de la estipulación y promesa del pacto. En consecuencia, Dios hace perfecta (o completa) cada buena obra en las “ovejas”, preservándolas y santificándolas obrando en ellas lo que es agradable a su vista, y esto “a través de Jesucristo” o, en otras palabras, impartiendo a sus miembros la gracia, la vida y la plenitud, que están en su cabeza. 9. La exaltación de Cristo. Hay una pequeña cláusula, pero de gran significado, que el apóstol agregó “más aun, el que también resucitó”, en concreto, “el que además está a la diestra de Dios” (Ro 8:34). Esa breve oración se pasa por alto con frecuencia, pero es una que también garantiza la seguridad y la perpetuidad de la Iglesia. La ascensión de Cristo es una parte tan vital y cardinal de la Verdad como lo es su muerte y resurrección, y proporciona el mismo alimento sustancioso para que la fe sea alimentada. Como no era posible que la muerte lo detuviera, tampoco era apropiado para la tierra retener a Cristo. El que se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte ha sido “exaltado hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Fil 2:9). La cabeza que una vez fue coronada de espinas ahora está coronada de gloria, una diadema real adorna la poderosa y victoriosa frente. Cristo está ahora en el cielo como un Intercesor eterno, como un Sumo Sacerdote glorificado sobre la Casa de Dios, como el Rey entronizado que gobierna con dominio soberano sobre todas las cosas en el cielo y la tierra, los ángeles, los principados y toda potencia están sujetos a Él (1Pe 3:22). Y Cristo entró en el cielo en nuestra naturaleza, en nuestro nombre, a nuestro favor. El que descendió a la profundidad más recóndita ha sido elevado a la mayor gloria. El acto de coronación del triunfo de Cristo no fue cuando salió victorioso de la tumba, sino cuando entró en los atrios de la dicha celestial, cuando las puertas eternas fueron abiertas y entró el Rey de gloria (Sal 24:9). La resurrección de Cristo fue para su glorificación. Él es exaltado sobre todo: las mismas manos que fueron clavadas en la cruz ahora empuñan el cetro del dominio universal. ¡Cuán apta es tal persona para socorrer y “salvar hasta lo sumo”! Como la fe desciende del Amado del Padre al pesebre de Belén, al Gólgota, al sepulcro, así también lo sigue hasta las alturas más elevadas de dignidad y dicha. Este “mismo Jesús” que fue rechazado y degradado por judíos y gentiles por igual ha sido “coronado con honor y gloria” (Heb 2:9). La exaltación de Cristo fue una parte necesaria en su intervención, porque desde lo alto administra su reino y hace efectiva la redención. La ascensión de Cristo es también una parte esencial del evangelio. “El que además está a la diestra de Dios” este es, primeramente, el lugar de honor y dignidad. Cuando Betsabé apareció ante Salomón, se nos dice que El rey se levantó para recibirla y se inclinó ante su madre, y sentándose en el trono hizo que colocaran un asiento para ella “a su diestra” (1Re 2:19) como una marca de favor y honor especiales. Después de la proclamación real acerca de Cristo es dice: “Has amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros. Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos; desde palacios de marfil te recrean”, se agrega, “Hijas de reyes están entre tus ilustres; está la reina a tu diestra con oro de Ofir” (Sal 45:7–9), indicando el lugar de privilegio y honor que está reservado para la esposadel Cordero. “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús” (Hch 3:13): esta fue su gloria mediadora en respuesta a su oración en Jn 17:5. Cristo “se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb 1:3). Segundo, la “diestra de Dios” es el lugar de suprema autoridad y poder. Como leemos en Éxodo 15:6 “Tu diestra, oh, Jehová, ha sido magnificada en poder”. “Sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Ef 1:20–23). Nuestra Garantía, entonces, no solo fue liberada de la prisión, sino que exaltada al dominio universal, “toda autoridad en el cielo y en la tierra” conferida a Él. ¡Entonces qué tan preparado está para pelear nuestras batallas, someter nuestras iniquidades y suplir todas nuestras necesidades! Cristo ha sido exaltado por encima de todas las criaturas, sin embargo, cualquiera que sea su estado de exaltación, los títulos o dignidades de los demás seres, todos han sido puestos en sujeción absoluta a Él, como lo explica la frase “bajo Sus pies”. Por lo tanto, todo el universo está bajo su control (“sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” Heb 1:3) para el bienestar de su pueblo, para que ningún ejercito ordenado contra ellos pueda prosperar. No es extraño que se inste a “que todos honren al Hijo como honran al Padre” (Jn 5:23). Tercero, es el lugar de toda bendición. Nuestras recompensas y generosidades son otorgadas por Aquel que es nuestra “diestra” (Mt 6:3). Mientras que uno de los grandes salmos Mesiánicos dice “Delicias a tu diestra para siempre” (Sal 16:11). “Se habla con seguridad de tales placeres como los que tuvo Jesucristo a través de goces privilegiados más allá de todos los santos y ángeles, estando Él a la diestra de Dios como solo Él puede estar. Tal fue la motivación peculiar que tuvo Jesucristo, de no estar en el cielo solo como un santo común, sino estar en el cielo a la diestra de Dios; con gozo indescriptible, muy por encima de los placeres de hombres y ángeles… Dios le muestra y le imparte al máximo toda su felicidad, tanto como la naturaleza humana es capaz de experimentar” (Thomas Goodwin) Así en el “gozo” puesto delante de él, (Heb 12:2) Cristo tiene la “preeminencia” como en todas las demás cosas. De acuerdo con este tercer significado de la expresión, Cristo “pondrá a las ovejas a su diestra” diciéndoles: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mt 25:34). Cuarto, esta posición de Cristo a la diestra de la Majestad en lo alto denota que ha sido dotado de su humanidad con la capacidad y la habilidad acorde con la dignidad exaltada que se le confiere. No era como un rey terrenal promoviendo a su favorito para recibir un honor superior, o somo si estuviera exaltando a su hijo para compartir su trono, sino que Dios le otorgaba a Cristo dotes superlativas (ungiéndolo con el óleo del gozo “por encima de Sus semejantes”, es decir, dándole a Él el Espíritu “sin medida”), lo que lo capacita para desempeñar tal oficio. Esto queda claro por el contexto inmediato de Ef 1:21, donde se realiza la oración para que podamos participar “del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales” (vv. 19, 20). Esta característica de la aptitud de Cristo para su posición exaltada aparece en Apocalipsis 5. Allí se presenta un libro misterioso, pero ninguno, ni en el cielo ni en la tierra, era digno de abrirlo hasta que apareció el Cordero. ¿Y dónde está su aptitud? El mismo Cordero que había sido sacrificado poseía “siete cuernos y siete ojos” (v. 6), es decir, poder e inteligencia perfectos. “El que además está a la diestra de Dios” Aquí hay una garantía adicional de la seguridad y la perpetuidad de la Iglesia, y ¡oh, qué consuelo y aliento debería proporcionarle al atribulado y temeroso creyente! Subió “con júbilo” (Sal 47:5), por su conquista, llevando cautiva la cautividad. El hecho de que sen encuentre sentado en el cielo es una prueba de que su obra ha terminado y su sacrificio aceptado (Heb 10:11, 12). En su papel como Cabeza y Representante de Su pueblo, Cristo entró al Cielo para tomar posesión en nombre de ellos: “donde Jesús entró por nosotros como precursor” (Heb 6:20). Fue en nuestro nombre y en nuestro lugar que Él fue allí, para “preparar lugar” para nosotros. (Jn 14:2). Por lo tanto, tenemos un amigo en la corte, pues “si alguno peca, abogado tenemos para con el Padre” (1Jn 2:1). Su gran autoridad, poder, dominio y gloria se ejercen en nuestro nombre. El gobierno del universo está sobre su hombro, para el bienestar, la seguridad y el triunfo de su Iglesia. ¡Aleluya, qué Salvador! Dios ha puesto nuestro socorro “sobre uno que es poderoso” (Sal 89:19). 10. La intercesión de Cristo. “¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro 8:34). Aquí está el gran clímax. Primero, Cristo hizo una expiación completa por los pecados de su pueblo. Luego resucitó de entre los muertos como prueba de que Dios había aceptado su sacrificio. Luego fue llevado al lugar de mayor honor y poder como recompensa por su obra. Y ahora demanda o pide a su pueblo los beneficios que compró para ellos. La bendición inexpresable de esto aparece en el orden anterior. Cuántos de aquellos que han sido repentinamente llevados de la pobreza a la riqueza, de la ignominia al honor, de la debilidad al poder, olvidan rápidamente a sus antiguos compañeros y amigos. Con el Señor Jesús no es así. Aunque ha sido exaltado a una dignidad y dominio inconcebibles, aunque ha sido coronado con honor y gloria inigualables, esto no ha hecho ninguna diferencia en los afectos de Cristo hacia su pueblo que todavía queda aquí, en este mundo. Su amor por ellos no ha disminuido, su cuidado y preocupación por su Iglesia no han disminuido. La buena voluntad del Salvador para con los suyos permanece sin cambios. El Cristo exaltado no está absorto en su propia entronización, sino que todavía está ocupado con el bienestar de su pueblo, cuidando de sus intereses, buscando su bien: “viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb 7:25). Él sabe que son débiles e indefensos por naturaleza, y que están rodeados por aquellos que desean y buscan su destrucción, por lo tanto, ora: “Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado” (Jn 17:11); y basa tal solicitud en la obra terminada por medio de la cual glorificó a Dios (v. 4). La súplica que expresa nuestro gran Sumo Sacerdote no puede descansar sobre nuestro mérito, porque no tenemos ninguno; no es en reconocimiento de nuestra dignidad, porque somos indignos de tal. Tampoco nuestra miseria proporciona la razón por la que el Intercesor pide en nuestro nombre, porque esa miseria nos ha sido traída por nuestros pecados. No hay consideraciones personales para nosotros que Cristo pueda realizar en nuestro nombre. Ninguna, su sacrificio, el cual ha sido suficiente, es la única súplica, y este es el que debe prevalecer. Cristo intercede en el cielo porque murió por nosotros en la tierra (Heb 9:24–5). Si se les dejara solos por completo, los creyentes perecerían. Las tentaciones y tribulaciones externas y las corrupciones internas resultarían demasiado fuertes para ellos, por lo tanto, Cristo intercede en su nombre, para que Dios les otorgue tales provisiones de gracia y misericordia indulgente para ser preservados de la total apostasía. Noes que Él ore para que se les aparate por completo del pecado, sino de una desviación fatal y final de Dios. Esto es evidente por el caso de los once en la noche de su traición: no solo uno, sino todos ellos quienes “dejándole, huyeron” (Mt 26:56). Fue la prevalencia de su intercesión lo que los trajo nuevamente. Eso se hizo más evidente especialmente en el caso de Pedro. El Señor Jesús sabía y anunció con antelación que lo negaría tres veces (cayendo más bajo de lo que parece que un cristiano no puede caer), sin embargo, oró para que su fe no fallara: y fue así, su fe fue forjada por el amor y produjo arrepentimiento. Lo que nuestro gran Sumo Sacerdote particularmente pide es que nuestra fe continúe. Los arminianos buscan evadir esto diciendo: Cristo no ora por que los santos perseveren en su fe, o por aquellos que alguna vez creyeron nunca dejen de creer por más malvados que puedan llegar a ser, sino que pide porque los santos se mantengan santos; es decir, para que mientras continúen en fe y amor, Dios no los rechazará. Pero lo único por lo que Cristo ora es “para que tu fe no falle” (Lc 22:32); para la continuación de una fe viva, porque donde haya una fe así, también habrá buenas obras. Y todo lo que Cristo pide debe realizarse: no solo porque es el Hijo de Dios (y, por lo tanto, no puede pedir nada contrario a la voluntad del Padre), sino porque su intercesión se basa en su sacrificio: define sus demandas por sus propios méritos, solo para las cosas que ha comprado para su pueblo, las cosas a las que tienen derecho. Por lo que Cristo intercede se revela claramente en Juan 17, lo cual es, por la preservación, unificación, santificación y glorificación de su pueblo. La esencia de sus peticiones se encuentra en el v. 11, donde (en efecto) Él dice: Santo Padre, te preocupas por cada una de estas personas y las has estado viendo con una satisfacción indescriptible desde la eternidad: me has dado gozo como una expresión especial de tu amor: mi corazón está puesto sobre ellas y mi alma se deleita en ellas porque son míos porque tú me los has dado. No puedo dejarlos atrás porque son débiles e indefensos en sí mismos, están expuestos a muchos enemigos y tentaciones, te ruego que los guardes. Que tengan al Espíritu Santo morando en ellos: para que renueve su vida espiritual y tu gracia para con ellos día a día, que los guardes en tu santa verdad. Esa oración será totalmente respondida cuando Cristo pueda “presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa” (Ef 5:27). 11. El amor de Cristo. Ah, qué pluma es capaz de escribir sobre tal tema cuando incluso el mayor de los apóstoles se vio obligado a reconocer que “excede a todo conocimiento” (Ef 3:19). Tal fue su maravilloso amor que, para salvar a su pueblo, el Hijo de Dios dejó el cielo por la tierra, dejó a un lado sus vestiduras de gloria y tomó forma de siervo. Tal fue su maravilloso amor que voluntariamente se convirtió en extraño sin hogar aquí, sin tener dónde recostar su cabeza. Tal fue su maravilloso amor que no se negó a ser despreciado y rechazado de los hombres, sufriendo a sí mismo para ser escupido, abofeteado y arrancado su cabello. Sí, tal fue su maravilloso amor por su Iglesia que soportó la cruz, donde fue hecho maldición por causa de ella, donde la ira de un Dios que odia el pecado se derramó sobre él, por lo que durante un instante fue abandonado por él. Verdaderamente, Su amor es “fuerte es como la muerte el amor; duros como el Seol los celos; sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos” (Cnt 8:6–7). Considere cómo ese amor fue demostrado y probado por la respuesta cruel que recibió de los discípulos más favorecidos. Que poco se concentraron en el enfático anuncio de que estaba a punto de ser entregado en manos de los hombres y ser asesinado por ellos, “habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor” (Mr 9:31, 34). Cuando se le presentó la horrible copa de la desgracia en Getsemaní y su agonía fue tan intensa que sudaba grandes gotas de sangre, los apóstoles no pudieron permanecer en vigilia con él al menos durante una sola hora. Cuando sus enemigos, acompañados por una gran multitud armada con espadas y bastones, vinieron a arrestarlo, “todos los discípulos, dejándole, huyeron” (Mt 26:56), y si este escritor y usted lector hubieran estado en su lugar, no habríamos hecho nada diferente. ¿Tal actitud tan ingrata acaso paralizó el amor del Salvador por ellos, o le hizo abandonar su causa? En absoluto; “había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13:1), hasta el final de su desprecio y falta de agradecimiento. ¡Ah, mi lector! su pueblo es el objeto del eterno amor de Cristo. Antes de que la tierra estuviera, Sus delicias ya estaban con ellos (Pr 8:31) y han continuado desde entonces. Como el Padre ha amado a Cristo mismo, Cristo ama a su pueblo (Jn 15:9), con un amor infinito, inmutable, eterno. Nada puede separarnos de este (Ro 8:35). Aquellos a quienes ama son su porción especial y la herencia que le dio el Padre, y ¿perderá Su porción cuando esté en Su poder guardarla? No, no lo hará: “serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Mal 3:17). Cuando el Padre se los dio, fue con la expresa encomienda de “Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero” (Jn 6:39), por esta causa, podemos encontrarlo diciéndole al Padre: “yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino (no “excepto”) el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese” (Jn 17:12), el cual fue un demonio desde el principio. Considere bien las diversas relaciones que los creyentes mantienen con Cristo. Son el Cuerpo espiritual de Aquel quien es la Cabeza: “miembros de Su cuerpo, de Su carne y de Sus huesos” (Ef 5:30). Son “la plenitud de Aquel que todo lo llena” (Ef 1:23) y, por lo tanto, estaría incompleto, mutilado, si uno de ellos pereciera. Ellos son puestos sobre Él quien es el “fundamento” “estable” (Is 28:16), son edificados sobre Él, quien es la “roca” contra la cual “las puertas del Hades no prevalecerán” (Mt 16:18). Ellos son sus “redimidos”, comprados por precio, adquiridos al costo de la sangre de su vida, entonces, ¡Cuánto los procura! Considere bien los términos de cariño con los cuales se dirige a ellos. Los cristianos son “la aflicción de su alma” (Is 53:11). Ellos son sus “hermanos” (Ro 8:29), sus “compañeros” (Sal 45:7), su “esposa” (Ap 19:7). Están colocados como un “sello sobre Su corazón” (Cnt 8:6), esculpidos “en las palmas de Sus manos” (Is 49:16). Son su “corona de gloria” y “diadema de reino” (Is 62:3). Como son tan preciosos a su vista, no dejará que ninguno perezca. 12. El don del Espíritu Santo. Al contemplar la persona y la obra del Espíritu en la tarea de la redención, debemos observarlo con respecto al pacto eterno y la intervención de Cristo. La llegada del Espíritu está inseparablemente relacionada con lo que hemos estudiado anteriormente. Cuando el Salvador ascendió a lo alto, “tomó dones para los hombres, y también para los rebeldes” (Sal 68:18), debido a que Su exaltación fue en recompensa por su victoriosa obra, así también fueron esos “dones”, de los cuales el principal es el Espíritu Santo (Hch 2:33). Como Cristo es el don indescriptible del Padre para nosotros, el Espíritu Santo es el don supremo de Cristo para su pueblo. Ya que Cristo es hombre y también Dios, se le exige que haga lo mismo que hizo el Padre: “Pídeme, y te daré por herencia las naciones (gentiles), y como posesión tuya los confines de la tierra” (Sal 2:8). “Rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14:16). La obra redentora de Cristo garantizó al Espíritu para su pueblo. El Espíritu fue dado a Cristo como consecuencia de haber glorificadotan sublimemente a Dios en la tierra y en respuesta a su intercesión. Es debido a su oración que el Espíritu Santo no solo renueva a los regenerados día a día, sino que, primeramente, los ha traído de la muerte a la vida. Esto se insinúa en el versículo que dice “también para los rebeldes” de Salmos 68:18, incluso mientras estaban en un estado de enemistado con Dios. La dispensación del Espíritu está en manos del Cristo exaltado, por lo tanto, se le reconoce como “El que tiene los siete Espíritus de Dios” (Ap 3:1): el Espíritu Santo es la totalidad o plenitud de Sus dones. A su cuidado inmediato ahora se encuentra el elegido de Dios. Así como Cristo los preservó durante los días de su estancia terrenal (Jn 17:12), el Espíritu ahora los protege mientras Cristo está en lo alto. Esto está claramente explicado en Jn 14:3, donde el Señor Jesús declara: “vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. El Espíritu Santo los devolverá nuevamente a Él. 13. La morada del Espíritu. El Espíritu Santo fue adquirido para su pueblo por medio de la ofrenda de Cristo y es dado por su mediación, para que permanezca con ellos para siempre. La manera en la que Él permanece con aquellos a quienes les es otorgado es a través de, amablemente, hacerlos su morada. “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos (es decir, que nos fue imputada la situación de hijo de una manera legal). Y por cuanto sois hijos (en virtud de la unidad legal con el Hijo), Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo” (Gá 4:4–6). ¡Qué cosa tan maravillosa pero misteriosa es esta!:que la tercera Persona de la Trinidad tenga su morada dentro de las criaturas caídas. No se trata simplemente de que las influencias o gracias del Espíritu se nos participen, sino que Él mismo mora en nosotros: no en nuestras mentes (aunque están iluminadas por Él) sino en nuestros corazones, el centro de nuestros pensamientos, los cuales son “las fuentes de la vida” (Pr 4:23). Esta fue la gran promesa de Dios en el Pacto: “pondré dentro de vosotros mi Espíritu” (Ez 36:27 y cf. 37:14), el cumplimiento del cual nuestro Fiador obtuvo para nosotros: “exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto” (Hch 2:33), porque la dispensación de Él está ahora en manos de Cristo como lo hemos señalado anteriormente. Así es como la morada del Espíritu es la marca distintiva de los regenerados: “Mas vosotros no vivís según la carne (con respecto a su situación legal ante Dios) sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él” (Ro 8:9). Es la morada del Espíritu de Dios lo que identifica al cristiano, y por eso se le llama “el Espíritu de Cristo”. Porque llena al creyente de Cristo y lo conforma a su imagen. La conjetura de este hecho maravilloso ejerce una influencia edificante sobre el creyente, lo que le hace “cada uno de vosotros sepa cómo poseer su propio vaso en santidad y honor”, “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo?” (1Co 6:19). Ahora el Espíritu hace morada en los santos no solo por una temporada, sino para nunca dejarlos. “Y éste será mi pacto con ellos, dice Jehová: (al Redentor, véase v. 20), El Espíritu mío que está sobre ti, y mis palabras que puse en tu boca, no faltarán de tu boca, ni de la boca de tus hijos, ni de la boca de los hijos de tus hijos, dice Jehová, desde ahora y para siempre” (Is 59:21); esa fue una promesa solemne del Padre al Mediador de que el Espíritu estaría para siempre con el Redentor y sus redimidos. El Espíritu bendito no viene como un Visitante transitorio sino como un Invitado permanente del alma: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14:16). Debido a que el Espíritu hace su morada en el alma renovada para siempre, cuán seguro es que será preservado de la apostasía. Esto será más evidente en nuestra próxima sección, cuando parecerá el Espíritu como el Agente poderoso, activo y santificador del cristiano. 14. Las funciones del Espíritu. Estas se resumen en el siguiente versículo “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil 1:6). Esto se refiere a nuestra regeneración, completada a través de nuestra santificación, preservación y glorificación. Impartiendo primeramente vida espiritual a alguien que está muerto en sus delitos y pecados, luego lo sostiene y mantiene en esta vida alimentándolo y animándolo a actuar, para que se vuelva fructífero y abunde en buenas obras. Cada paso en el crecimiento de la vida espiritual es obra del Espíritu Santo: así como la espiga verde es suya, también lo es el maíz maduro. El progreso de la vida, al igual que su comienzo, debe venir por el poder misericordioso del Espíritu de Dios. Nunca más tendremos vida, sabremos lo que necesitamos o pediremos por esto, sino es Él obrando en nosotros para desearlo y pedirlo. Si el Espíritu se retirara totalmente del cristiano, pronto volvería a caer en la muerte espiritual. Pero gracias a Dios no existe la posibilidad de una calamidad tan grave: cada alma nacida de nuevo tiene la garantía infalible de que “Jehová completará sus designios sobre mí” (Sal 138:8). Consideremos ahora más particularmente algunas obras eminentes del Espíritu en el creyente y los efectos de su gracia ejercida en ellos. Él les da poder y los mueve a la obediencia: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis ordenanzas, y las pongáis por obra” (Ez 36:27). Las dos cosas son inseparables: el Espíritu santo que los habita y sus obras. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro 8:14). El Espíritu guía en los caminos de la justicia mediante una bendita combinación de poder invencible y gentil persuasión: no nos obliga contra nuestras voluntades, sino que nos guía dulcemente. Dirige las obras del cristiano iluminando su comprensión, avivando sus afectos, estimulando sus santas inclinaciones y moviendo su voluntad para hacer lo que le agrada a Dios. De esta manera se cumple la promesa divina: “Yo soy Jehová tu Dios, que te enseña para provecho tuyo, que te encamina por el camino que debes seguir” (Is 48:17) y es así como su oración es respondida “Afianza mis pasos con tu palabra” (Sal 119:133). Su gracia, que mora en el Espíritu, es el apoyo de los santos: “de igual manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad” (Ro 8:26). Si el creyente se quedara solo, nunca vería (por fe) la sabia mano de Dios a través de sus aflicciones, y mucho menos su corazón diría honestamente acerca él: “Hágase tu voluntad”. Si se le dejara por su cuenta, el creyente nunca buscaría la gracia para soportar pacientemente la prueba, y aún menos abrigaría la esperanza de que después esta “da fruto apacible de justicia” (Heb 12:11). No, sino que preferiría irritarse y patear como “novillo indómito” (Jer 31:18) y ceder a la vil tentación de “maldecir a Dios, y morir” (Job 2:9). Si el creyente se quedara solo, nunca tendría la seguridad de que sus sufrimientos más agudos se encontrarían entre todas aquellas cosas que trabajan juntas para su bien supremo, y aún menos se gloriaría en su enfermedad cuando el poder de Cristo descansara sobre él (2Co 12:9). No, tales ejercicios sagrados del corazón no son el producto de la naturaleza humana caída: en cambio, son los frutos inmediatos, bondadosos y maravillosos del Espíritu, producidos en un terreno tan poco favorable. El Espíritu, al morar con gracia, energiza al creyente: “vigorizados con poder en el hombre interior por medio de su Espíritu” (Ef 3:16). Esto se manifiesta en muchas direcciones.Cuán a menudo ejerce sobre el creyente una influencia moderadora, sometiendo los deseos de la carne guardándolo de un camino de locura al hacer que un temor solemne caiga sobre él: “con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal”, el Espíritu es el autor de tal santo temor. “El buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros” (2Ti 1:14). Él es quien engrasa las ruedas de la obediencia de los santos. “Pues nosotros por el Espíritu aguardamos a base de la fe la esperanza de la justicia” (Gá 5:5) de lo contrario, el aplazamiento de nuestra esperanza haría que el alma se desvaneciera por completo. Por lo tanto, encontramos a la Esposa orando al Espíritu por fortaleza para dar fruto: “Despierta, viento del norte, y ven, viento del sur; haced que mi huerto exhale fragancia, que se esparzan sus aromas” (Cnt 4:16). Las gracias que produce el Espíritu interior son duraderas y perpetuas, particularmente las tres principales: “ahora permanece la fe, la esperanza, el amor” (1Co 13:13). La fe es esa gracia “más preciosa que el oro que perece” (1Pe 1:7); es el hecho de su perpetuidad lo que la hace excelente. Es “en el poder de Dios” (Col 2:12) y sabemos que todo lo que es de Él “será perpetuo” (Ec 3:14), Cristo ha orado para que “no falle”, y por lo tanto, no importa cuán severamente sea probada, su poseedor puede declarar “aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15). La esperanza del cristiano es “como segura y firme ancla del alma”, porque está puesta sobre Cristo el fundamento, de donde nunca puede ser removida (Heb 6:18–19). En cuanto al amor del creyente, aunque su calor inicial puede enfriarse, no se puede apagar, aunque el primer amor se puede “dejar”, no se puede perder. En los tiempos más oscuros, Cristo sigue siendo el objeto de su amor, como lo es la Iglesia en Cantar de los cantares 3:1–3 y en el caso de Pedro (Jn 21:17). 15. Las relaciones que el Espíritu Santo sostiene con el cristiano. En Efesios 1:14 Es designado como “las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida” (cf. 2Co 1:22). Ahora, las “arras” representan un desembolso parcial que garantiza un pago final en el tiempo establecido: es más que una promesa, ya que es una parte real y una muestra de lo prometido. Si esta propiedad fuera perecedera o suspendida en condiciones inciertas, el Espíritu no podría ser el pago anticipado de la misma. Si las “arras” son una garantía entre los hombres, mucho más entre Dios y su pueblo. Él es también “las primicias” de la glorificación para el creyente (Ro 8:23), una anticipación del cielo, los rayos iniciales del sol naciente de la dicha eterna en el alma del cristiano. Él también es la “unción” que hemos recibido de Cristo (c £ 2Co 1:21) y esto “permanece” en nosotros (1Jn 2:17). De nuevo, Él es el sello del creyente: “no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef 4:30), es decir, hasta que sus cuerpos sean liberados de la tumba. Entre otros propósitos, un “sello”, asegura, por lo tanto, ¿puede perderse el tesoro que guarda el Espíritu? No, pues así como Cristo fue “sellado” [asegurado] (Jn 6:27) y, por consecuencia, “sostenido” por el Espíritu para que no fallara (Is 42:1, 4), también lo es el creyente. Es imposible que un santo perezca. 6 SU BENDICIÓN En la sección anterior nos centramos en la profunda importancia de esta doctrina, aquí deseamos mostrar algo de su gran hermosura. Comencemos señalando lo contrario. Supongamos que el Evangelio proclamó solo el perdón de todos los pecados hasta el momento de la conversión y que a partir de ahí el creyente debe de apartarse por sí mismo de todo lo contrario a este acto de misericordia: proporcionándole los medios, habiendo provisto los motivos y las advertencias de las consecuencias fatales que seguramente habría para quienes no hicieran un buen uso de esos medios y respondieran diligentemente a esos motivos; por lo tanto, finalmente alcanzar o no el Cielo, quedaría totalmente en manos del creyente. ¿Y qué? Bien podemos preguntarnos cuáles serían las consecuencias de una perspectiva tan triste: ¿cuáles serían los pensamientos y el espíritu propagado por tal evangelio? ¿Qué efecto produciría sobre aquellos que realmente lo creyeran? Las respuestas a estas preguntas deberían prepararnos para apreciar más profundamente lo contrario. No se necesita de un teólogo profundo para responder a las preguntas anteriores; solo tienen que ser cuidadosamente meditadas e incluso el cristiano más simple podría ser capaz de percibir por sí mismo cuál sería el inevitable resultado. Si la entrada del cristiano al cielo se basara completamente en su propia fidelidad y en su andar justo hasta el final de su camino, entonces él está mucho peor que Adán en el Edén, porque cuando Dios lo colocó bajo el pacto de obras, él estaba dotado desde el principio con el pecado interno, pero cada uno de sus descendientes caídos nace en este mundo con una naturaleza carnal que permanece sin cambios hasta el momento de la muerte. Así, el creyente entraría en la lucha no solo sin ninguna garantía de victoria, sino que enfrentaría una derrota casi segura. Si tal evangelio fuera verdadero, entonces aquellos que realmente lo creyeran estarían completamente ajenos a toda paz y gozo, porque inevitablemente deberían pasar sus días en perpetuo temor del Infierno. O, a la primera situación en que fueran vencidos por la tentación y rendidos por el Enemigo, abandonarían de inmediato la lucha y darían paso a una desesperación mayor. “No me volveré atrás de hacerles bien” (Jer 32:40). “Nunca te desampararé ni te dejaré” (Heb 13:5). Nada de lo que pueda o “podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ro 8:39). “El guarda los pies de sus santos” (1Sa 2:9). Qué inconmensurable diferencia entre la vana imaginación de los hombres y las seguras declaraciones de Dios: es como el contraste de la oscuridad de una medianoche sin luna y sin estrellas con el resplandor del sol del mediodía. “De los que me diste, no perdí ninguno” (Jn 18:9) afirmó el Redentor. ¿No es tan inexpresablemente bendito que cada uno de los redimidos sea llevado con seguridad al Cielo? La apostasía final de un creyente es una imposibilidad absoluta, no en la naturaleza de las cosas sino por la constitución divina: nadie que haya sido recibido una vez en el favor divino puede ser expulsado. Dios ha otorgado a cada uno de sus hijos una vida que no puede morir, lo ha llevado a una relación a la que nada puede cambiar ni afectar, ha forjado en él una obra que dura “para siempre” (Ec 3:14). Esta tristemente cierta multitud de vanos profesores han “arrebatado” esta verdad para su destrucción, al igual que muchos de movimientos han usado mal algunos de los dones temporales más valiosos de Dios; pero así como algunos glotones necios destruyen su salud a través del abuso, y esto no constituye una razón por la cual las personas sanas deberían negarse a alimentarse sanamente; de la misma manera, cuando el creyente carnal pervierte la doctrina de la preservación divina, esto no representa ningún argumento válido para los cristianos que tienen miedo de obtener consuelo de la misma. Ciertamente, es el diseño de Dios que su pueblo sea fortalecido y establecido por este gran producto de la fe. Observe cómo en Jn 17 Cristo menciona una y otra vez la palabra “guardar” (vv. 6, 11, 12, 13, 15). Y su razón para hacerlo está claramente establecida: “y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos” (v. 13). No querría que pasaran sus días en la miseria de las dudas acerca de su felicidad final, sin saber el motivo de su batalla. Es su voluntad revelada que deben seguir adelante con una canción en sus corazones, alabándolo por la certeza de la victoria final. Pero la alegría que surge del conocimiento de nuestra seguridadno se obtiene por una comprensión casual de esta verdad. La misma repetición de Cristo: “Los guardaba… los que me has dado, yo los guarde” (Jn 17:12) nos insinúa que debemos meditar frecuentemente sobre esta preservación divina para la vida eterna. No debe ser reflexionado de manera superficial, sino que diariamente debe comprometer el corazón del cristiano hasta que sea formado e influenciado por él. Unas pocas gotas de agua no llegan a las raíces de un árbol, sino que se necesitan lluvias frecuentes y abundantes: por lo tanto, no es un pensamiento ocasional sobre Cristo la fortaleza para mantener a Su pueblo seguro para el Cielo, lo que los afectará profundamente es solo una constante y piadosa reflexión espiritual al respecto. Como Jacob le dijo al ángel: “No te dejaré ir si no me bendices” (Gn 32:26), así el creyente debería decir esta verdad, no me apartaré de ella hasta que me haya bendecido. Cuando nuestro gran Sumo Sacerdote oró: “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre” (Jn 17:11). No fue (como dicen los Arminianos) que Él meramente pidió para que pudieran recibir los métodos adecuados, sino que oró por su uso para que ellos mismos fueran guardados. No, mi lector, fue por algo más valioso y esencial. El Salvador pidió para que la fe fuera forjada continuamente en ellos por medio de la grandeza del poder de Dios (Ef 1:19), y donde eso hay, también habrá obras de obediencia sincera (aunque imperfecta) y operará respondiendo a la santidad de la ley para que los pecados sean muertos. El Padre responde a la oración del Redentor trabajando en los redimidos “tanto el querer como el hacer por Su buena voluntad” (Fil 2:13), cumpliendo en ellos “todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder” (2Ts 1:11) preservándolos “mediante la fe para alcanzar salvación” (1Pe 1:5). No los deja a su débil y caprichosa voluntad, sino que los renueva en el hombre interior “día a día” (2Co 4:16). Que Cristo hiciera que sus redimidos se consolaran con esta seguridad está claramente de acuerdo con sus palabras “Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc 10:20). ¿Con qué propósito se dirigió así el Señor Jesús a Sus discípulos, sino para denotar esa certeza infalible de su salvación final por un contraste de aquellos que perecen?:es decir, cuyos nombres se escribieron solo “en el polvo” (Jer 17:13) o en las arenas las cuales pueden perder su forma. Seguramente nunca había hablado así si hubiera la más mínima posibilidad de que sus nombres fueran borrados; “regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” es la implicación más necesaria y clara como rayo de sol; tal regocijo sería precoz si hubiera alguna posibilidad de apostasía final. Este llamado a regocijarse no es por la muerte del creyente, como si viera a los ángeles a punto de convocarlo al reino de la perpetua dicha, sino mientras todavía está aquí en el campo de batalla. Esos nombres están escritos por el dedo de Dios, inscritos indeleblemente en el Libro de la Vida, y ninguno de ellos será borrado. Consideremos nuevamente sus palabras en la parábola de la oveja perdida: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente” (Lc 15:7). “Tales hosanas exaltadas no resonarían en estas ocasiones entre los habitantes de los cielos si la doctrina de la perseverancia final fuera falsa. Decidme, vosotros serafines de luz; decidme, espíritus de hombres elegidos hechos perfectos en gloria, ¿por qué esta exuberancia de éxtasis santo en el verdadero arrepentimiento de un pecador? Porque sabéis con certeza que cada conversión verdadera es (1) una prueba cierta de que la persona convertida es uno de los elegidos, y, que además, (2) será preservado infaliblemente y llevado a esa misma región de bendición en la que ustedes están. Una fe contraria haría silenciar sus arpas y enfriaría sus alabanzas. Si no fuera cierto que la persona que hoy es regenerada puede reinar finalmente junto con ustedes en el cielo o tomar su morada eterna entre los espíritus apóstatas en el infierno, sus alegrías serían demasiado optimistas y sus alabanzas demasiado presuntuosas. Debería entonces, suspender sus canciones hasta que él realmente le alcance y no dar gracias por su conversión hasta que le haya perseverado hasta la glorificación” (A. Toplady). 1. ¡Qué aliento hay aquí para el bebé en Cristo! Consciente de su debilidad, teme que la carne, el mundo y el diablo le resulten demasiado poderosos. Consciente de su ignorancia, desconcertado por la confusión de lenguas en el ámbito religioso, teme que los falsos profetas lo desvíen. Al contemplar a muchos de sus compañeros, que hicieron una profesión de fe similar, perdiendo rápidamente su fervor y volviendo al mundo, tiembla para no naufragar en la fe. Tropezado por las inconsistencias de aquellos llamados “pilares de la iglesia”, enfriados por los cristianos mayores que les dicen que no debe ser demasiado radicales, se alarma y se pregunta cómo se puede esperar que se mantenga en su camino casi solo. Pero si estos temores le quitan la confianza en sí mismo y lo hacen aferrarse más a Cristo, entonces son bendiciones disfrazadas, porque él demostrará por sí mismo que “acá abajo los brazos eternos” le sostienen, y que esos brazos son todopoderosos y completamente suficientes. El bebé en Cristo es tanto un miembro de la familia de Dios como lo es el “padre” maduro (1Jn 2:13) y el primero es tan verdaderamente el objeto del amor y la fidelidad divinos como lo es este último. Sí, los más jóvenes en su rebaño están más sujetos del cuidado del Pastor que las ovejas adultas: “en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará” (Is 40:11). El Señor no quiebra la caña cascada ni apaga el pábilo que humea (Mt 12:20). Dio prueba de esto en los días de su carne. Encontró algo de “pábilo que humea” en el noble que acudió a él en nombre de su hijo enfermo: su fe era tan débil que supuso que el Salvador debía venir a su casa y curarlo antes de morir, como si el Señor Jesús no pudiera obrar mientras estuviera a la distancia o después de que este hubiera muerto (Jn 4:49): sin embargo, lo curó. Así también después de su ascensión, tomó nota de una “poca fuerza” (Ap 3:8) y abrió una puerta que nadie puede cerrar. El roble más alto fue una vez una bellota y Dios fue quien lo mantuvo toda su vida. Cuando afirmamos la perseverancia final de cada alma nacida de nuevo, no queremos decir que los santos no son propensos en sí mismos a caer, ni que en la regeneración se efectúa en ellos de una vez por todas, que ahora tienen suficiente fuerza propia para vencer al pecado y a Satanás y que no hay posibilidad de que su vida espiritual decaiga. Por el contrario, debemos declarar que el principio esencial de la gracia (o “nueva naturaleza”) en el creyente considerado abstractamente en sí mismo, separado del poder renovador y sustentador de Dios, seguramente perecería bajo las corrupciones de la carne y los ataques del diablo. No, la preservación de la fe del cristiano y su continuidad en el camino de la obediencia radica en algo completamente externo a sí mismo o a su condición. ¿Dónde está la imposibilidad de que se rompa cualquier hueso de Cristo? No es porque en sí mismos fueran incapaces de ser quebrados, ya que eran tan propensos a esto como lo fue su carne a ser perforada, sino únicamente por el inquebrantable decreto de Dios. Así sucede con el Cuerpo espiritual de Cristo: ningún miembro de Él puede perecer por el propósito, el poder y la promesa de Dios mismo. Cuán importante es, entonces, que el bebé en Cristo sea instruido en el terreno de la perseverancia cristiana, que el fundamento sobre el cual descansa su seguridad eterna no es nada en sí mismo sino totalmente exterior. La preservación del creyente no depende de que continúe amando a Dios, creyendo en Cristo, andando por el camino de lasantidad o haciendo un uso diligente de los medios de gracia, sino de los compromisos del Pacto celebrados entre el Padre y el Hijo. Esa es la Causa básica y grandiosa que produce como efecto necesario e infalible continuar amando a Dios, creyendo en Cristo y obedeciendo sinceramente. ¡Oh, qué base tan segura es esa! ¡Qué terreno firme para que descanse el alma! ¡Qué indescriptibles decretos de paz y alegría por causa de la confianza de la fe por lo mismo! Aunque voluble en nosotros mismos, el Pacto es inmutable. Aunque somos débiles e inestables como el agua, sin embargo, esto está “ordenado en todas las cosas, y será guardado”. Aunque lleno de pecado e disolución, el sacrificio de Cristo es de mérito infinito. Aunque a menudo el espíritu de oración se apaga en nosotros, nuestro gran Sumo Sacerdote vive para interceder por nosotros. Esta es, entonces, el “ancla del alma”, y permanece “segura y firme” (Heb 6:19). Antes de concluir esta subdivisión, es necesario señalar en días como los nuestros que no debe inferirse con respecto a lo anteriormente mencionado que, debido a que la gracia, el poder y la fidelidad de Dios aseguran la preservación del bebé más débil en Cristo, de ahora en adelante se le libera de toda responsabilidad con respecto a esto. No es así; una verdad tan bendita no ha sido revelada con el propósito de alentar a la pereza, sino más bien para proporcionar un impulso para usar los medios de preservación que Dios ha designado. Aunque no debemos anticipar demasiado lo que pretendemos presentar ante el lector bajo una sección posterior de nuestro tema, cuando consideremos con mayor detenimiento las salvaguardas que la sabiduría Divina ha colocado alrededor de esta verdad, sin embargo, algunas palabras de advertencia, o más bien explicación, deben presentarse para evitar una conclusión errónea de los párrafos anteriores. El bebé en Cristo es débil en sí mismo, se le deja en un mundo hostil, se enfrenta a poderosas tentaciones, tanto internas como externas, las cuales le pueden hacer apostatar. Pero la fuerza está disponible por medio de la fe, la cual proporciona la armadura contra todos los enemigos, mientras que la liberación de las tentaciones se da en respuesta a la constante oración. Pero debe buscar esa fuerza, ponerse esa armadura y resistir esas tentaciones. Debe luchar por su propia vida y negarse a reconocer la derrota. Tampoco peleará en vano, porque Otro ceñirá su brazo y le permitirá vencer. La bendición de esta doctrina es que no se le dejará solo ni sufrirá su muerte. El Espíritu Santo lo renovará día a día, renovará su gracia, lo llevará a la constancia y lo hará “más que vencedor por medio de Aquel que nos amó”. 2. ¡Qué consuelo hay aquí para los temerosos santos! Todos los cristianos tienen un temor reverente y filial a Dios y un horror evangélico al pecado. Algunos son acosados por temores genuinos, y la mayoría de ellos con ansiedades que son producto de una mezcla de principios legales y evangélicos. Estos últimos son ocasionados más inminentemente por dudas ansiosas, dolorosas incertidumbres y suposiciones malvadas de incredulidad. Más remotamente, son el resultado del nombramiento permisivo de Dios, quien ha decretado que el gozo perfecto les espera en el Cielo, hasta que Su pueblo llegue a casa. Si la gracia en nosotros estuviera completa, también nuestra felicidad estaría completa. Mientras tanto, es necesario que el viajero cristiano se ejercite con un aguijón en la carne, y ese “aguijón” asume una variedad de formas con diferentes creyentes; pero sea cual sea su forma, es eficaz para convencerlos de que esta tierra no es su descanso o un monte sobre el cual levantar tabernáculos de permanencia. En muchos casos, ese “aguijón” consiste en recelos ansiosos, como lo insinúa la constante frase de “no temer” en las Escrituras: el miedo a ser completamente vencido por la tentación, o hacer naufragar la fe, el miedo de no perdurar hasta el fin. Una vez más, citaremos las palabras de Cristo: “De los que me diste, no perdí ninguno” (Jn 18:9). ¡Qué bendición tan inexpresable! Que cada uno de los queridos hijos a quienes el Padre ha confiado al cuidado y custodia del Mediador sea llevado a la gloria con toda seguridad; tanto los más débiles como los más fuertes, aquellos con el menor grado de gracia por igual con los mayores, los bebés al igual que los adultos. Donde se imparte la verdadera gracia, aunque sea como un grano de mostaza, será avivada y nutrida para que no perezca. Esto debería ser de gran consuelo para aquellos que son tímidos y dudan de su aptitud, pensando que solo les irá bien a los cristianos de gran fe y dones eminentes, pero que las criaturas tan frágiles como ellos nunca resistirán, quienes temen que el próximo ataque de Satanás los venza por completo. Hágales saber que la misma protección Divina se da a todos los redimidos. No es porque uno sea más piadoso que otro, sino que a ambos se les mantienen firmes sujetados de la mano de Dios. El pequeño ratón estaba tan seguro en el arca como el pesado elefante. Qué aliento hay aquí para los piadosos, quienes cuando ven a los numerosos hijos de Anac en el camino y escuchan de gigantes y ciudades amuralladas ante ellos, son propensos a temer su confrontación. Cuántos han temblado al reflexionar sobre la palabra de Cristo: “De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios” (Mt 19:23, 24) cuando además dijo a los apóstoles: ¿Quién puede ser salvo entonces? Si es tan difícil llegar al Cielo, si la puerta y el camino son tan estrechos, y muchos de los que profesan comenzarlo resultan ser hipócritas y apóstatas, entonces ¿qué será de mí? Cuando esto suceda, recuerde la respuesta de Cristo a los sorprendidos discípulos, “con Dios todo es posible”. El que mantuvo a Israel en la marcha durante cuarenta años sin que sus zapatos se desgastaran, puede preservarte fácilmente, oh hombre de poca fe. “Tuyo es el brazo potente; fuerte es tu mano, exaltada tu diestra” (Sal 89:13). Ese hecho se muestra grandiosamente en la creación. ¿Quién ha extendido la longitud de los cielos? ¿Quién sostiene los pilares de la tierra? ¿Quién ha establecido límites para el embravecido mar, de modo que no pase sus límites? ¿El dedo de quién encendió el sol, la luna y las estrellas, y mantuvo encendidas esas misteriosas lumbreras del cielo todos estos miles de años? ¿La mano de quién ha llenado el mar de peces, los campos con rebaños, y ha hecho que la tierra sea fértil y fructífera? Así también el brazo potente del Señor se manifiesta en el destino. ¿Quién dirige el destino de las naciones y establece los asuntos de los reinos? ¿Quién pone al monarca en su trono y lo echa de allí según le place? ¿Quién abastece las necesidades diarias de innumerables criaturas para que incluso el gorrión esté provisto cuando la tierra esté cubierta de nieve? ¿Quién hace que todas las cosas funcionen para bien de quienes lo aman, quienes conforme a su propósito fueron llamados aun estando en un mundo caído? Cuando un alma se reconcilia verdaderamente con Dios y se deleita en Él, se regocija en todos Sus atributos. Al principio solo está capacitado para descansar en su guía y misericordia, pero a medida que crece en gracia y experiencia, se deleita en su santidad y poder. Esto es una señal de comprensión espiritual cuando hemos aprendido a distinguir las múltiples perfecciones de Dios, a disfrutar de cada una de ellas. Cuando percibimos cuán adorable es el carácter Divino, constituye una evidencia de una comunión más íntima con el Señor, de modo que meditamos sobre sus sublimes características por separado y en detalle, y lo alabamos y bendecimos por cada una de ellas. Cuanto más se nos dé a contemplar todos los rayos variados de Su luz pura,más nos ocuparemos de las muchas glorias de Su corona, y más nos inclinaremos maravillados ante Él. No solo percibiremos cuán infinitamente superior a nosotros es, sino cómo todo lo necesario para nuestras necesidades se encuentra en Él; gracia para enfrentar nuestra indignidad, misericordia para perdonar nuestros pecados, sabiduría para suplir nuestra ignorancia, fortaleza para enfrentar nuestra debilidad. “¿Quién como tú, oh, Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Ex 15:11). ¡Cómo este glorioso atributo del poder de Dios asegura la perseverancia final de los santos! Algunos de nuestros lectores han pasado por pruebas dolorosas y tribulaciones severas, pero no prevalecieron contra ellos: los sacudieron hasta sus cimientos, pero no derrocaron su fe. “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová” (Sal 34:19). Fueron feroces los enemigos que muchas veces se reunieron contra ti, y si el Señor no hubiera estado a tu lado, te habrían devorado rápidamente, pero en Él encontraste un refugio seguro. La fuerza divina se ha manifestado en tu debilidad. ¿No es así, mi hermano, mi hermana: que un gusano tan frágil como tú nunca haya sido aplastado por el peso de la oposición que te ha sobrevenido? Ah, “acá abajo los brazos eternos” se encontraban. Aunque temblaron, “sacaron fuerzas de debilidad” (Heb 11:34) así también ha sido tu caso. Manteniéndote vivo con la muerte a tu alrededor, preservado cuando Satanás y sus huestes te rodearon. ¿No deberías decir “fuerte es tu mano derecha”? 3. ¡Qué consuelo hay aquí para las almas que están tentadas a tener pensamientos ásperos acerca de Dios! Las horribles corrupciones de la carne que aún permanecen en el creyente y que siempre están listas para quejarse de las dificultades del camino y murmurar contra las dispensaciones de la providencia divina, y los cuestionamientos de incredulidad que constantemente preguntan: ¿Ha dejado Dios de ser misericordioso? ¿Cómo puede amarme si me trata así? son suficientes en sí mismos para destruir su paz y apagar su alegría. Pero cuando a esto se suman las infidelidades del arminianismo que declaran que Dios no cuida más a sus hijos porque deja que el diablo entre y los devore, que el Señor Jesús, ese gran Pastor de las ovejas, no ofrece más seguridad a su rebaño porque permite que lobos y leones se acerquen y los devoren a su gusto, ¿cómo podrá el pobre cristiano mantener su confianza en el amor y la fidelidad del Señor? Tales blasfemias son como cubos de agua fría derramados sobre las llamas de su afecto por Dios y son expresadas solo para destruir ese deleite que ha tomado en las riquezas de la gracia divina. El creyente no instruido e inmaduro puede pensar dentro de sí mismo, por el momento puedo estar en un buen estado y condición, pero ¿qué seguridad hay de que continuaré así? ¿No estuvieron los ángeles apóstatas una vez en un estado mucho mejor y en una condición más excelente que la mía? moraron en el Cielo mismo, pero ahora han sido arrojados al Infierno, habiéndolos “guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día” (Jud 1:6)! Adán en el paraíso no tenía dentro de sí deseos que lo tentaran y lo sedujeran, tampoco tuvo ningún mundo en plena oposición que buscara en redarlo y, sin embargo, “su estado de honra” no pudo continuar, sino que pecó y pereció. Si él mismo no se pudo preservar mucho menos alguien como yo, quién está “vendido al pecado” y rodeado de un mundo de tentaciones. ¿Qué esperanza me queda? Que un hombre tenga constantemente pensamientos como estos dando vueltas en su cabeza, ¿qué hay que le pueda dar algún tipo de alivio o llevar a su alma a algún tipo de descanso? Nada, ya que el llamado “poder del libre albedrío” no sirvió ni a los ángeles que pecaron ni a nuestros primeros padres. ¿Y qué es lo que librará al alma angustiada de estos pensamientos desesperados? Nada más sino el apoderarse de este gran consuelo: que el hijo de Dios tiene una promesa infalible de parte de su Padre de que será preservado en su reino celestial, que lo mantendrá alejado de la apostasía, que la intercesión de su gran Sumo Sacerdote impide el fracaso total de su fe. Lejos de que Dios permanezca indiferente ante el bienestar de sus hijos y falle en su cuidado hacia ellos, ha jurado de la siguiente manera “no me volveré atrás de hacerles bien”. Lejos de que el buen pastor demuestre ser infiel a su confianza, Él ha dado una garantía expresa de que ninguna de sus ovejas perecerá. Descansa en esas garantías, mi lector, y tus ásperos pensamientos sobre Dios serán efectivamente silenciados. En cuanto a la estabilidad y excelencia del amor Divino, ¿no está escrito? “Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (Sof 3:17). ¿A caso podría amar más Dios a su pueblo que eso? ¡Cómo debería esto aferrar sus almas a Él! Bien podría decir Stephen Charnock de los Arminianos: ¿pueden estos hombres imaginarse que la Infinita Ternura tan imperturbable permitiría que la niña de Sus ojos fuera arrancada?, ¿permanecería como un Espectador negligente ante el saqueo de Sus joyas a manos de los poderes del Infierno, deleitándose en su alma (si se me permite habla así) al ir de aquí para allá como una pelota de tenis en juego entre Él y el Diablo? El que hace lo mejor por su pueblo, no hará menos que eso: regenerarlos es más maravilloso que preservarlos, ya que el haberles dado vida excede el mantenimiento de esta. EL reconciliarse con los enemigos es mucho más difícil que lidiar con las fallas de los amigos: “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Ro 5:8–10). Si hubo tal eficacia en la muerte de Cristo, ¡quién podría conocer el valor de su resurrección! “viviendo siempre para interceder por ellos”. 4. ¡Qué consuelo hay aquí para los peregrinos ancianos! Quizás algunos se sorprendan con estas líneas, suponiendo que aquellos que han permanecido más tiempo en el camino y han experimentado un mayor número de veces la fidelidad de Dios tienen menos necesidad de consuelo de la verdad. Pero esa opinión es bastante superficial, por decir poco. No importa cuán maduro en la fe se pueda ser, ni cuán bien familiarizado con la bondad Divina se encuentre, mientras permanezca en este mundo no se tiene poder propio y se depende completamente de la gracia Divina para ser preservado. Matusalén tuvo tanta necesidad del apoyo de la mano de Dios durante los últimos días de su peregrinación como el más reciente bebé en Cristo. Considérelo desde este punto de vista: el anciano creyente, ahora se encuentra lleno de enfermedades, sin los compañeros espirituales de su juventud, quizás sin el compañero o la compañera de su alma, aislado de los medios colectivos de gracia, esperando ansiosamente la batalla final. “Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré” (Is 46:4). ¿Por qué Dios ha hecho una promesa tan tierna y apropiada si sus santos ancianos no tienen la misma necesidad? Ellos, al igual que los jóvenes, no son inmunes a los ataques de Satanás. Prontamente advierte al creyente vacilante que muchos barcos se han hundido al ver el puerto, debido a que la tormenta de la vida les ha resultado demasiado; y aunque Dios ha soportado mucho su incredulidad y su capricho, incluso su paciencia tiene un límite. Entonces ¿Cómo podría enfrentar tales ataques del enemigo? De la misma manera que lo ha hecho durante todo su camino. Tomando el escudo de la fe, con el cual podrá apagar todos los dardos de fuego del maligno(Ef 6:16), recurriendo a la promesa segura de Aquel que ha dicho “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Ah, mi viejo amigo, con qué frecuencia ha experimentado la verdad de las palabras: “tus enemigos serán humillados” (Dt 33:29). ¡Qué mentiroso desvergonzado es el diablo! ¿No le ha dicho en alguna cruda prueba “La mano del Señor ha salido contra ti, te ha desamparado y ya no te tendrá más piedad, te ha abandonado como lo hizo con el rey Saúl, y ahora te ha entregado por completo al poder del mal, el Señor nunca más te responderá, te ha desechado por completo”? Sin embargo, usted descubrió que Dios no le había abandonado después de todo, y en este preciso momento puede unirse conmigo para agradecerle por su misericordia y testificar de su indiscutible fidelidad. ¿Cuántas veces te ha susurrado la incredulidad: algún día pereceré de la mano de este enemigo que busca mi vida, mi fuerza se ha ido, y el Espíritu retiene su ayuda, me he quedado solo y seguramente moriré? Sin embargo, años han pasado, y aunque débil, sigues persistiendo, aunque agotado, te has mantenido en tu camino. ¿No te ha dicho frecuentemente Satanás en el pasado: tu convicción es una farsa, las iniquidades prevalecerán sobre ti, esto no es real en ti, fuiste un tonto al tomar esa decisión y creer que formarías parte del pueblo de Dios, no permanecerás, seguramente te alejarás y negarás la causa de Cristo? ¿Y sus propias dudas no han secundado esta idea diciéndole que su experiencia no fue más que un destello, una emoción momentánea, que como una llamarada se reduciría hasta desaparecer en negras cenizas? La incredulidad ha susurrado mil falsedades en su oído, tratándolo de convencer de que esto será demasiado difícil, que esta obra será demasiado grande, que esta adversidad le ahogará. ¡Qué locura es escuchar esas mentiras! ¿Puede Dios desechar a alguien en quien ha fijado su amor eterno? ¿Puede renunciar a alguien que fue comprado por la sangre de Cristo? De esta manera exhibirá sus últimos temores: “Tus enemigos serán humillados”. 5. ¡Qué consuelo hay aquí para los predicadores! Muchos ministros rurales ven con inquietud la migración a las ciudades de algunos de sus jóvenes conversos. Bien podría tomarse esta ilustración para señalar la perspectiva de que abandonan sus hogares protegidos para entrar en contacto cercano con las tentaciones de las que antes eran extraños. Es su deber y privilegio darles consejo y advertencia piadosos, acompañarlos en oración y estar en contacto con ellos; pero si se convirtieron en verdad, no debería temer por su bienestar supremo. Los siervos de Dios llamados a mudarse a otros lugares se preocupan por los bebés en Cristo que dejarán atrás, pero si realmente son de Cristo, pueden encontrar bendito consuelo en el hecho de que el gran Pastor de las ovejas nunca los abandonará ni los dejará. 7 SU DISTORSIÓN En ningún otro punto la depravación del hombre y la enemistad de sus mentes contra Dios se muestran más evidentemente que en el trato que le dan a Su Santa Palabra. Por muchos es abiertamente descuidada, por otros es manipulada y torcida para enseñar las herejías más horribles. Despreciar tal revelación, abandonar dicho tesoro tan inapreciable, es un insulto del cual el Altísimo ciertamente se vengará. Corromper las Sagradas Escrituras, atribuyéndoles forzadamente un significado opuesto al verdadero, manipulándolas engañosamente escogiendo y excluyendo entre su contenido, es un crimen de espantosa magnitud. Sin embargo, de esto, en mayor o menor medida, es de lo que son culpables todas las sectas de la cristiandad. Los unitarios, los universalistas, aquellos que enseñan la inconsciencia del alma entre la muerte y la resurrección y la aniquilación de los malvados, señalan ciertos fragmentos de la Escritura, pero ignoran o justifican cualquier cosa que les sea contraria. Un porcentaje muy alto de los errores propagados desde el púlpito no es más ni menos que la Verdad misma, pero la Verdad distorsionada y pervertida. En términos generales, la doctrina que hemos estado exponiendo en esta serie ha sido pervertida por dos clases principales. Primero, por los arminianos abiertos, que expresamente repudian la mayor parte de lo que se ha estudiado en las secciones anteriores. Con respecto a ellos no estamos directamente interesados aquí. Segundo, aquellos que únicamente podemos designar como “calvinistas mestizos”. Esta clase niega la elección soberana e incondicional de Dios y también la redención limitada o particular de Cristo. Son uno con los arminianos al creer que la elección se basa en el conocimiento previo de Dios de aquellos que creerían el Evangelio, y afirman que Cristo expió los pecados de todos los descendientes de Adán, y sin embargo se autodenominan “calvinistas” porque tienen la seguridad eterna de los santos, o la denominada “una vez en gracia, siempre en gracia”. En su cruda y mal equilibrada presentación de esta doctrina, lamentablemente pervierten la Verdad y hacen un daño incalculable a quienes les prestan oído. Como no todos proceden exactamente de la misma línea ni distorsionan la Verdad en el mismo punto particular, dividiremos esta rama de nuestro tema para cubrir tantos errores como sea posible. 1. Es distorsionada por aquellos que predican solo de profesores lo que pertenece a los regenerados. Aquí hay un joven que asiste a un servicio en una iglesia donde se realiza una “campaña evangelística especial”. No tiene una inclinación seria, de hecho rara vez ingresa a un lugar de culto, pero ahora está visitando uno para complacer a un amigo. El evangelista hace un ferviente llamado emocional y muchos son inducidos a “pasar al frente” y orar por ellos, este joven entre todos ellos, nuevamente por complacer a su amigo. Se le convence de “convertirse en cristiano” firmando una “tarjeta de membresía” y luego se le felicita por el “la valiente decisión” que ha tomado. Él es debidamente “recibido en la iglesia” y de inmediato se le asigna una clase de niños en la “Escuela Dominical”. Es consciente de que no ha habido cambios en su interior y, aunque algo desconcertado, supone que el predicador y los miembros de la iglesia saben más sobre el asunto que él. Lo consideran cristiano y le aseguran que ahora está a salvo por la eternidad. Aquí hay otro joven que está pasando por el “Salón del Evangelio” en una noche en el día del Señor, quien atraído por el dulce canto, entra. El orador explica extensamente Jn 3:16 y otros pasajes similares. Declara con tal vigor que Dios ama a todos y señala que, como prueba de ello dio a su Hijo para morir por los pecados de toda la humanidad. Se insta a los no salvos a creer en esto y se les dice que lo único que ahora puede enviarlos al infierno es su incredulidad. Tan pronto como termina el servicio, el orador se dirige a nuestro joven y le pregunta si es salvo. Al recibir una respuesta negativa, dice: “¿No te gustaría tomar esa decisión ahora?” Le lee Hch 16:31 y le pregunta “¿Te gustaría tomar esa decisión ahora?” Si dice que sí, se le cita a Jn 5:24 y se le dice que ahora está eternamente seguro. Le dan la bienvenida a los hogares de estos nuevos amigos, frecuenta sus reuniones y ahora le llaman “Hermano”. Los anteriores son mucho más que casos imaginarios; hemos entrado en contacto directo con muchas personas de ambas clases. ¿Y cuál fue la consecuencia? En la gran mayoría de los casos, la marea de emoción y entusiasmo pronto disminuyó, la novedad se desvaneció rápidamente, asistiendo a las “lecturas de la Biblia” y el perro volvió al vómito y la puerca a revolcarse en el cieno. Luego fueron considerados como “apostatas” y tal vez se dijeron “el Señor los traerá nuevamente al redil”, y algunos de estos conversos hechos por el hombre son lo suficientemente tontos como para creer a sus engañadores y aseguraron que “salvo una vez, salvo porsiempre” siguiendo su camino mundano sin temor del resultado final. Han sido fatalmente engañados. ¿Y qué hay de sus engañadores? Son culpables de pervertir la Verdad, han arrojado perlas a los cerdos, han tomado el pan de los niños y lo han arrojado a los perros; dieron a profesores vacíos lo que pertenecía solo a los regenerados. 2. Es distorsionada por aquellos que no enfatizan las evidencias convincentes de regeneración, como sucede con los casos anteriores. La responsabilidad de dar estas muestras siempre recae sobre quien hace la declaración. Cuando una persona se da cuenta de que es cristiana, una declaración no lo convierte, y si estuviera en un error, ciertamente no sería amable de mi parte confundirlo con un engaño. Una iglesia se debilita espiritualmente en proporción al número de sus miembros no regenerados. La regeneración es una obra de gracia sobrenatural y, por lo tanto, es un gran insulto al Espíritu Santo imaginar que no hay una diferencia radical entre alguien que ha sido milagrosamente avivado por Él y uno que está muerto en delitos y pecados, entre alguien que es habitado por Él y alguien en quien Satanás está obrando (Ef 2:2). Hasta que no veamos una evidencia clara de que la obra de gracia sobrenatural ha sido moldeada en un alma, no tenemos justificación para considerarlo como un hermano en Cristo. El árbol es conocido por los frutos que lleva; el buen fruto debe manifestarse en sus ramas antes de que podamos identificarlo como un buen árbol. No entraremos en un esforzado intento de describir a detalle las principales señales de nacimiento de un cristiano; por el contrario, mencionaremos algunas cosas que, si están ausentes, indican que “la raíz del asunto” (Job 19:28) no está en la persona. Aquel que considera el pecado a la ligera, que no piensa antes de romper una promesa, que es negligente en el desempeño de las responsabilidades temporales, que no da señales de una conciencia sensible que se ejerce sobre lo que comúnmente se llaman “pequeñeces”, carece de lo único necesario. Una persona que es vanidosa e importante para sí misma, que se pone al frente buscando la atención de los demás, que presume su conocimiento y logros alcanzados, no ha aprendido de Aquel que es “manso y humilde de corazón”. Alguien que es hipersensible, que es herido profundamente si alguien le desprecia, que se resiente por cualquier palabra de reproche, no importa cuán amable sea, carece de un espíritu humilde y enseñable. Quien se inquieta por las decepciones, que murmura cada vez que se frustra su voluntad y se rebela contra las dispensaciones de la Providencia, exhibe una voluntad que no ha sido sometida divinamente. Que una persona pertenezca a alguna “iglesia evangélica” o “asamblea” y asista regularmente allí, no es prueba de que sea miembro de la Iglesia, que es el cuerpo (espiritual) de Cristo. Que una persona vaya con una Biblia en la mano no garantiza que la Ley Divina esté dentro de su corazón. Aunque puede hablar libremente y con fluidez acerca de las cosas espirituales, ¿qué valor tiene si no domina su andar diario? Alguien que es deshonesto en los negocios, que no se preocupa de su hogar, que no considera a los demás, sino que es autoritario y sin compasión, no tiene respaldo para ser considerado como una nueva criatura en Cristo Jesús, no importa cuán santa sea su pose en el día de reposo. Cuando los fariseos y los saduceos vinieron al predecesor de Cristo para ser bautizados por él, él dijo: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mt 3:8): Primero se deben notar algunas señales de congoja divina por el pecado, algunas manifestaciones de un cambio de corazón, algunas muestras de una vida transformada. Por lo tanto, debemos exigir las evidencias de la regeneración antes de que aseguremos una fe verdadera; de lo contrario, estaríamos respaldando algo falso y, por lo tanto, estaríamos reforzando su autoengaño. 3. Es distorsionada por aquellos que separan la causa de su consecuencia necesaria. La causa de la perseverancia del creyente es única e indivisible, porque es Divina y nada de lo que sea humano se mezcla con ella; sin embargo, para nuestra comprensión, se le considerará como un compuesto y podremos analizar sus componentes por separado. El amor inmutable, el propósito inalterable, el pacto eterno y el poder invencible de Dios son elementos conjuntos que hacen que el santificado se encuentre infaliblemente seguro. Pero cada uno de esos elementos está activo y produce fruto según su tipo. El amor de Dios no se limita al seno Divino, sino que “ha sido derramado” en los corazones de Su pueblo por el Espíritu Santo (Ro 5:5), de donde fluye nuevamente hacia su Dador: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1Jn 4:19). Nuestro amor es de hecho débil y fluctuante, sin embargo, real y no se puede apagar, por lo que podemos decir con Pedro “Tú sabes que te amo”. “Conozco a Mis ovejas y (aunque imperfectamente) las mías me conocen”. (Jn 10:14) muestra la respuesta existente. El predicador que tiene mucho que decir sobre el amor de Dios y poco o nada sobre el amor del creyente hacia Él es parcial y falla en su deber. ¿Cómo puedo determinar que soy objeto del amor de Dios sino descubriendo los efectos manifiestos de que Su amor se ha derramado en mi corazón? “Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él” (1Co 8:3). “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro 8:28). Es su amor por Él la prueba de que son los sujetos de Su llamado efectivo. ¿Y cómo se identifica el amor genuino por Dios? Primero, por su eminencia: Dios es amado por encima de todos los demás para que Él no tenga rival en el alma: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal 73:25). Todas las cosas dan paso a su amor; “Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán” (Sal 63:3). El verdadero cristiano se contenta con hacer y sufrir cualquier cosa en lugar de perder el favor de Dios, pues eso lo es todo. Segundo, el verdadero amor a Dios puede ser reconocido por sus elementos. El arrepentimiento es un amor de aflicción, por causa de los errores cometidos en contra de su Amado y la pérdida que esto nos causa. La fe es un amor receptivo, que acepta con gratitud a Cristo y todos sus beneficios. La obediencia es un amor agradable, que busca honrar y glorificar a Aquel que me ha amado. La consideración filial es un amor restrictivo que me impide ofender a Aquel a quien considero por encima de todos los demás. La esperanza es amor esperanzado, anhelando el tiempo cuando no habrá nada interfiriendo entre mi alma y Él. La comunión es amor encontrando satisfacción en el objeto de este. Toda verdadera piedad es la expresión y el flujo del amor a Dios a los que llevan su imagen. Tener hambre y sed de justicia es amor que desea más de Dios y de su santidad. La alegría es la exuberancia del amor, deleitándose en su basta porción. La paciencia es amor esperando que Dios cumpla Su promesa, avanzado mientras soporta las pruebas del camino hasta que Él nos ayude. El amor “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1Co 13:7). Tercero, el verdadero amor por Dios se expresa en obediencia. Donde haya un amor genuino por Dios, la principal preocupación será complacerlo y cumplir su voluntad. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (Jn 14:21). “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos” (1Jn 5:3). El grado de amor de un ser en un nivel inferior hacia otro en un nivel superior, debe mostrarse en una sujeción respetuosa, en el desempeño del deber. Dios devuelve el amor con amor: “Amo a los que me aman” (Pr 8:17 y cf. Jn 14:21). “El cristiano es recompensado como un amante más que como un sirviente: no como por un trabajo, sino como poruna obra de amor” (Manton). Si amamos a Dios cumpliremos sus órdenes, promoveremos sus intereses, buscaremos su gloria. Y esto no esporádicamente, sino de manera uniforme y constante; No siendo devotos solo en ciertos momentos determinados y en la observancia de la cena del Señor, sino respetando su autoridad en todos los detalles de nuestras vidas diarias. Solo así el amor cumple su función y cumple su diseño: “pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado (alcanza su meta oportuna); por esto sabemos que estamos en Él” (1Jn 2:5). Por lo que se ha señalado en los últimos tres párrafos, está claro que aquellos que se encuentran dentro del amor de Dios por su pueblo a la virtual exclusión de su amor por él distorsionan la verdad acerca de la seguridad de los santos, así como el individuo que Se convence a sí mismo de que él es el objeto del amor de Dios sin producir fruto de su amor por Él, están pisando terreno muy peligroso. Esta separación de la evidencia necesaria de su causa podría demostrarse que es igual de concluyente con los otros elementos o partes, pero debido a que entramos en tantos detalles con el primero, apenas mencionaremos las otras tres. La inmutabilidad del propósito de Dios de conducir a Sus elegidos al Cielo no debe considerarse como algo aparte; los medios han sido predestinados tanto como el fin, y quienes desprecian estos medios perecen. El mismo término “pacto” significa un compromiso firmado por dos o más personas, en el que se prescriben términos y se prometen recompensas: en ninguna parte Dios ha prometido bendiciones del pacto a aquellos que no cumplan con las estipulaciones del pacto. Tampoco tengo ninguna garantía de creer que el poder salvador de Dios está obrando en mí a menos que demuestre expresamente la suficiencia de su gracia. 4. Es distorsionada por aquellos que pierden el verdadero equilibrio entre la preservación divina y la perseverancia cristiana. Podemos pensar que es mucho más honroso para Dios escribir o decir diez veces más acerca de Su soberanía que lo que hacemos con la responsabilidad del hombre, pero eso es solo un vano intento de ser sabio por encima de lo que ya está escrito, por lo tanto, hace evidente nuestra propia presunción. y locura. Podemos intentar disculpar nuestro fracaso declarando que es un asunto difícil presentar la supremacía divina y la responsabilidad humana en sus debidas proporciones, pero con la Palabra de Dios en nuestras manos no nos servirá de nada. El ejercicio del siervo de Dios no es solo luchar fervientemente por la fe, sino también exponer la verdad en sus proporciones bíblicas. Hay un error mucho mayor al tergiversar y distorsionar la Verdad que en repudiarla expresamente. Los cristianos profesantes no son engañados por un infiel o ateo declarado, sino que lo son por hombres que citan y vuelven a citar ciertas partes de la Sagrada Escritura, pero que guardan silencio acerca de todos los demás pasajes que contradicen sus opiniones desproporcionadas. Así como podemos detenernos tanto en la Deidad de Cristo como para perder de vista la realidad de Su humanidad, también podemos estar tan ocupados con el cuidado de Dios hacia su pueblo que pasemos por alto aquellos versículos donde se le ordena al cristiano que se guarde a sí mismo. La encarnación de ninguna manera cambió o modificó el hecho de que Cristo mismo era el tabernáculo Emanuel morando entre los hombres, que “Dios fue manifestado en carne”, sin embargo, leemos que “debía ser en todo semejante a sus hermanos” (Heb 2:17), y nuevamente “Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lc 2:52). La persona teatrópica o el Intermediario serían ridiculizados sin o se considerara completamente Su Divinidad o su humanidad. Cualquiera que sea la dificultad que pudiera implicar en nuestras mentes finitas, cualquier misterio que trascienda nuestro alcance, aun así, debemos aferrarnos al hecho de que el Hijo nacido, el Niño que nos ha sido dado, era el mismo “Dios fuerte” (Is 9:6); no debemos minimizar la verdad de la provisión de Dios para su pueblo desplazando la necesidad de cumplir con su responsabilidad. Es perfectamente cierto que hay un peligro en el otro lado y que debemos permanecer atentos para no errar en la dirección opuesta. Algunos lo han hecho. Hay quienes consideran que la humanidad de Cristo no podría ser una verdadera humanidad en el sentido estricto de esa palabra a menos que tuviera la capacidad de pecar, argumentando que su tentación no sería más que un espectáculo sin sentido si no tuviera la capacidad de ceder a los ataques de Satanás. Un error lleva a otro. Si el último Adán se encontró con el Diablo al mismo nivel que el primer Adán, como un hombre sin pecado, y si su victoria (al igual que todas sus maravillas) se debe atribuir únicamente al poder del Espíritu Santo, entonces se deduce que la práctica de sus privilegios y atributos divinos fueron suspendidos por completo durante los años de su humillación. Por lo tanto, encontramos que aquellos que sostienen esta visión ilusoria respaldan la teoría de la “kenosis”, interpretando el “se despojó a sí mismo” o “que renunció” de Fil 2:7 como el abandono temporal de su omnisciencia y omnipotencia. Contender por la perseverancia cristiana ya no justifica el repudio de la preservación divina que insiste en la verdadera humanidad de Cristo justificando la impugnación de su divinidad. Ambos deben considerarse firmemente: por un lado, debe renunciarse al razonamiento que va más allá de lo que la Escritura revela; por otro lado, la fe debe ejercerse libremente, recibiendo todo lo que Dios ha revelado al respecto. La idea principal en Filipenses 2:5–7 es la posición en la que Cristo vino y el carácter en el que apareció. Quien siendo “en forma de Dios” no consideró “ser igual a Dios” sino que tomó “forma de siervo” y fue “hecho semejante a los hombres”. Dejó a un lado las túnicas de su incomprensible gloria, se despojó de sus indecibles honores y asumió el cargo de Mediador en lugar de continuar actuando como el Soberano universal. Descendió a la condición de la servidumbre, pero sin el menor daño a su divinidad. Hubo una abnegación voluntaria a practicar su dominio y soberanía plenos, aunque Él seguía siendo el “Señor de gloria” (1Co 2:8). Él “se hizo obediente hasta la muerte”, pero no se volvió débil ni frágil. Él era y es perfecto, Él es el “Dios poderoso”. Como la persona del Mediador Dios-hombre es corrompida si se niega Su Divinidad o su humanidad, o prácticamente se degenera si se ignora alguna de ellas, así es con la seguridad de los santos cuando se repudia su preservación Divina o su propia perseverancia, o se degenera enfatizando alguna y excluyendo la otra. Ambas deben mantenerse en sus debidas proporciones. La Escritura designa a nuestro Salvador “el verdadero Dios” (1Jn 5:20), pero también habla de Él “como” el hombre Cristo Jesús (1Ti 2:5); una y otra vez Él es denominado “el Hijo del hombre”, sin embargo, Tomás lo consideraba como “mi Señor y mi Dios”. Así también el salmista afirmó: “No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda. Jehová te guardará de todo mal; el guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre” (Sal 121:3, 7, 8); sin embargo, también declaró “por la palabra de tus labios yo me he guardado de las sendas de los violentos” (Sal 17:4), y nuevamente “Porque yo he guardado los caminos de Jehová… me he guardado de mi maldad” (Sal 18:21, 23). Judas exhorta a los creyentes a “conservaos en el amor de Dios” y luego se refiere a Él como Aquel “que es poderoso para guardaros sin caída” (Jud 1:21, 24). La una complementa, y no contradice, a la otra. 5. Es distorsionada por aquellos que separan el propósito de Dios de los medios a través de los cuales se alcanza. Dios ha formuladola felicidad eterna de su pueblo y es completamente seguro que ese propósito se cumplirá, sin embargo, no se realiza sin el uso de los medios establecidos por Él, al igual que una buena cosecha, se obtiene y permanece solo a través de la industria humana y una persistente diligencia. Dios ha prometido a sus santos que “se les dará su pan” y “sus aguas serán seguras” (Is 33:16), pero eso no los exime de la responsabilidad de cumplir su deber ni les proporciona indulgencia para relajarse. El Señor dio abundante suministro de maná del cielo, pero los israelitas tenían que levantarse temprano y recogerlo cada mañana, porque se derretía cuando el sol brillaba sobre él. De modo que ahora se requiere que su pueblo “trabaje… por la comida que a vida eterna permanece” (Jn 6:27). Las promesas de preservación divina no se hacen a los holgazanes ni a los flojos, sino a aquellos llamados echar mano de los medios provistos para fundamentar sus almas en la práctica de la obediencia; esas promesas no se dan para promover la ociosidad, sino que son estímulos para las diligentes garantías de que los esfuerzos sinceros tendrán un exitoso logro. Dios se ha propuesto preservar a los creyentes en la santidad y no en la maldad. Sus promesas están hechas para aquellos que luchan contra el pecado y sufren por él, no para aquellos que lo gozan a plenitud. Si presumo de la bondad de Dios y cuento con que Él me protege cuando me encuentro deliberadamente con el lugar de la tentación, entonces tendré que cosechar lo que he sembrado. Es Satanás quien tienta a las almas a la insensatez y a la distorsión de las promesas divinas. Esto se puede ver claramente en el ataque que hizo contra el Salvador. Cuando le ordenó que se arrojara del pináculo del templo y que confiara en los ángeles para preservarlo del daño, lo tentó a presumir sobre el fin menospreciando los medios; nuestro Señor detuvo su boca al señalar que, a pesar de su seguridad en Dios y en su fidelidad con respecto al fin, la Escritura requería que se emplearan los medios aptos para ese fin, cuyo descuido sería una tentación pecaminosa hacia Dios. Si deliberadamente bebo veneno mortal, no tengo motivos para concluir que la oración me librará de sus efectos fatales. La preservación divina de los santos no suple las responsabilidades de ellos, cuidado constante y esfuerzos superfluos, así como el don de la respiración de Dios no hace innecesario que nosotros mismos respiremos. Es su propia preservación en la fe y la santidad lo que se garantiza; ellos mismos, por lo tanto, deben vivir por fe y en la práctica de la santidad, porque no pueden perseverarse de otra manera que no sea velando y orando, evitando cuidadosamente los engaños de Satanás y las seducciones del mundo, resistiendo y afligiendo los deseos de la carne, trabajando en su propia salvación con temor y temblor. Descuidar esos deberes, siguiendo un curso contrario, es “retroceder para perdición” y no “tener fe para preservación del alma” (Heb 10:39). El que argumenta que, dado que su perseverancia en la fe y la santidad está asegurada, no necesita preocuparse por ella ni hacer nada al respecto, no solo es culpable de una contradicción evidente, sino que demuestra que no ha participado en la regeneración y que no tiene ningún tipo de relación con tal asunto. “Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi voluntad” (Sal 119:35) es el clamor de los renovados. 6. Es distorsionada por aquellos que niegan la verdad de la responsabilidad cristiana. En esta sección nos alejaremos de los “calvinistas mestizos” para considerar un defecto grave por parte de los “hipercalvinistas”, o como algunos prefieren llamarlos, “fatalistas”. Estas personas no solo desprecian la oferta general del Evangelio, argumentando que es prácticamente una negación de la impotencia espiritual del hombre el llamar a los no regenerados a arrepentimiento y tener fe para salvación, sino que lamentablemente también son negligentes al exhortar a los creyentes a cumplir con los deberes cristianos. Su texto favorito es “separados de mí nada podéis hacer”, pero no dicen nada del versículo “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4:13). Se deleitan en citar las promesas en las que Dios declara “lo haré” y “yo haré”, pero ignoran los versículos que contienen el calificativo “si vosotros” (Jn 8:31) y “si nosotros” (Heb 3:6). Son firmes y concluyentes en la verdad de la preservación de Dios de su pueblo, pero son débiles y vacilantes en la verdad correlativa de la perseverancia de los santos. Dicen mucho sobre el poder y la obra del Espíritu Santo, pero muy poco sobre el método que emplea o los medios y motivos que utiliza. “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Ro 8:14). Dios no obliga, pero predispone; no por el uso de la fuerza física, sino a través de la persuasión moral y los dulces estímulos que le lleva a Él. Él trata con los santos no como acciones y palos, sino por medio de entidades racionales. “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos” (Sal 32:8). El significado de esto es más evidente por el contraste presentado en el siguiente versículo: “No seáis como el caballo (corriendo hacia donde no debería) o como el mulo (negándose obstinadamente a ir a donde sí debería), sin entendimiento, Que han de ser sujetados con cabestro y con freno”. Dios no conduce a sus hijos como animales irracionales, sino que los guía al iluminar sus mentes, provocando sus acciones, guiando sus voluntades. Dios guió a Israel a través del desierto por una columna de nube durante el día y una columna de fuego durante la noche: pero ellos tenían que responder a esto siguiéndolo. Por lo tanto, el buen Pastor va delante de sus ovejas, y ellas lo siguen. Es cierto, benditamente cierto, que Dios “atrae”, sin embargo, ese tipo de atracción no es mecánica como si fuéramos máquinas, sino moral según nuestra naturaleza y constitución. Esto se expresa maravillosamente en Oseas 11:4, “Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor”. Se apela y se convoca a la acción a toda virtud moral y a toda gracia espiritual. Hay amor perfecto y cuidado amable por parte de Dios hacia nosotros; mientras que de nuestra parte existe la inteligencia de la fe y la respuesta de amor hacia Él; y de esta manera nos mantiene en el camino. Bienaventurado y maravilloso es la obra en conjunto de la gracia divina y la responsabilidad del creyente. Todos los afectos de la nueva criatura son forjados por el Espíritu Santo. Extiende nuestro amor al presentarnos el amor de Dios: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”, y en efecto le amamos, no somos pasivos, ni el amor permanece inactivo. Él aviva nuestros deseos y revive nuestra seguridad, mientras que nosotros “nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”. Él trae a la vista “el premio del supremo llamamiento” y nuestra actitud es: “olvidar ciertamente lo que queda atrás, y extenderme a lo que está delante, prosigo a la meta” (Fil 3:13–14). Esto es muy parecido a un músico profesional y un arpa: cuando sus dedos tocan sus cuerdas producen sonidos melodiosos. Dios obra en nosotros y produce la belleza de la santidad. ¿Pero cómo? Al presentar ante nuestras mentes razones importantes y motivos poderosos, y hacer que respondamos a estas. Al darnos una conciencia sensible a su voz suave y apacible. Al apelar a nuestras motivaciones: temor, deseo, amor, odio, esperanza, ambición. Dios preserva a sus santos no como lo hace el pino de montaña que está habilitado para resistir la tormenta sin su participación, sino al hacer una preparación y poner en acción el principio que se les impartió en el nuevo nacimiento. Primeramente, está la obra de la gracia divina, y a partir de ella fluye la energía cristiana. Dios trabaja en su pueblo tanto el querer como el hacer porSu buena voluntad, mientras que ellos se ocupan de su propia salvación con temor y temblor (Fil 2:12–13). Y esa es la función de los siervos de Dios, ser utilizados como instrumentos en las manos del Espíritu. Es su tarea verificar que los santos cumplan su responsabilidad, amonestar la pereza, advertir contra la apostasía, exhortar al uso de los recursos provistos y al cumplimiento del deber. Si el predicador hipercalvinista compara el siguiente método con la política seguida por los apóstoles, podría percibir rápidamente la gran diferencia que existe entre ellos. Es cierto que los apóstoles prestaron atención a la instrucción doctrinal, pero también se dedicaron a exhortar y enseñar. Es cierto, magnificaron la gracia soberana de Dios y tuvieron cuidado de poner la corona de gloria sobre Aquel a quien únicamente pertenecía, pero estaban lejos de dirigirse a sus oyentes como si fueran paralíticos o criaturas que debían permanecer impotentes hasta que las aguas se movieran. “No”, dijeron, “durmamos como los demás” (1Ts 5:6, sino “Velad debidamente, y no pequéis” (1Co 15:34). “Corred con paciencia la carrera que tenemos por delante” (Heb 12:2), no se sienten, no se desanimen y ni abracen su miseria. Los exhortaron a “resistir al Diablo” (Stg 4:7), no tomando una actitud como de estar indefensos ante esto. Por el contrario, les dieron la orden para “guardarse de los ídolos” (1Jn 5:21) e inmediatamente agregaron, “pero ustedes no hagáis así”. Cuando el apóstol dijo: “en tanto que estoy en este cuerpo, el despertaros con amonestación” (2Pe1:13), no estaba usurpando el privilegio del Espíritu, sino que estaba enfatizando la importancia de cumplir la responsabilidad de los santos. 7. Es distorsionada por aquellos que usan la doctrina de la justificación para desplazar la conjunta doctrina de la santificación. Aunque están inseparablemente conectadas, pueden estar y deben considerarse de forma individual y distinta. Según la Ley, las purificaciones y las ofrendas, los lavados y los sacrificios se unieron, de igual manera, la justificación y la santificación son bendiciones que no deben ser desarticuladas. Dios nunca otorga la una sin la otra, sin embargo, no tenemos manera de saber que hemos recibido la primera separada de las evidencias de la segunda. La justificación se refiere al cambio relativo o legal que tiene lugar en la condición del pueblo de Dios. La santificación se desarrolla durante el tiempo de su peregrinación terrenal y se perfecciona en el cielo ante el cambio real y experimental que acontece en su condición, un cambio que comienza en el nuevo nacimiento. Una de estas le da al creyente un título del cielo, la otra lo une para la herencia de los santos en la luz; la primera lo limpia de la culpa del pecado, mientras que la última lo limpia de la contaminación del pecado. En la santificación algo se le imparte al creyente, mientras que en la justificación solo se imputa. La justificación se basa completamente en la obra que Cristo realizó para su pueblo, pero la santificación es principalmente una obra realizada en ellos. Por nuestra caída en Adán, no solo perdimos el favor de Dios, sino también la pureza de nuestra naturaleza, y por lo tanto necesitamos reconciliarnos con Dios y renovarnos en nuestro hombre interior, porque sin santidad personal “nadie verá al Señor”. (Heb 12:14). “Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir (comportamiento); porque escrito está: Sed santos porque yo soy santo” (1Pe 1:15–16). La naturaleza de Dios es tal que, a menos que seamos santificados, no podemos relacionarnos con Él. Pero ¿pueden las personas ser pecaminosas y santas al mismo tiempo? Los cristianos genuinos descubren tanta carnalidad, inmundicia y vileza en sí mismos que les resulta casi imposible estar seguros de que son santos. Esta dificultad tampoco es resuelta, como en la justificación, al reconocer que, aunque somos completamente impíos en nosotros mismos, somos santos en Cristo, porque las Escrituras enseñan que aquellos que son santificados por Dios son santos en sí mismos, aunque la naturaleza maligna no ha sido eliminada en ellos. Nadie excepto “los puros de corazón” jamás “verán a Dios” (Mt 5:8). Debe haber una renovación del alma por medio de la cual nuestras mentes, afectos y voluntades se armonicen con Dios. Debe haber ese cumplimiento imparcial de la voluntad revelada de Dios y la abstinencia al mal que surge de la fe y el amor. Debe haber esa dirección de todas nuestras acciones a la gloria de Dios, por Jesucristo, de acuerdo con el Evangelio. Debe haber un espíritu de santidad que obre dentro del corazón del creyente para santificar sus acciones externas de tal modo que puedan ser aceptables para Aquel en quien “no hay oscuridad”. Es cierto, hay una santidad perfecta en Cristo para el creyente, pero también debe haber una naturaleza santa recibida de Él. Hay algunos que parecen deleitarse con la imputada obediencia de Cristo y que se preocupan poco o nada por la santidad personal. Dejan mucho que desear con respecto a estar vestidos con “vestiduras de salvación, rodeado de manto de justicia”, (Is 61:10), quienes no dan evidencia de que están “revestíos de humildad” (1Pe 5:5). o que se han “vestíos… de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Col 3:12). ¿Cuántos hay hoy en día que suponen que, si han confiado en Cristo, todo seguramente estará bien con ellos al final, aunque no mantengan su santidad personal? Bajo la motivación de honrar la fe, Satanás, como ángel de luz, ha engañado y ahora está engañando a multitudes de almas. Cuando se examina y se prueba su “fe”, ¿cuánto vale? Nada, en lo que respecta a asegurar una entrada al Cielo se trata de algo sin poder, sin vida, sin fruto. La fe de los elegidos de Dios es “el conocimiento de la verdad que es según la piedad” (Tit 1:1). Es una fe que purifica el corazón (Hch 15:9) y que se lamenta de toda impureza. Es una fe que produce una obediencia incuestionable (Heb 11:8). Por lo tanto, se engañan a sí mismos al suponer que se acercan diariamente al Cielo mientras siguen esos caminos que conducen solo al Infierno. Quien piensa disfrutar a Dios sin ser personalmente santo, lo convierte en un Dios impío y le impone la más alta inmoralidad. La autenticidad de la fe salvadora es evidente, ya que tiene las flores de la santidad práctica y los frutos de la verdadera piedad. La santificación consiste en recibir la naturaleza santa de Cristo y ser habitados por el Espíritu para que el cuerpo se convierta en su templo, apartado para Dios. Al darme el Espíritu, se lleva a cabo una unión vital con “el Santo”, por lo cual, soy “santificado en Cristo Jesús” (1Co 1:2). Donde hay vida hay crecimiento, e incluso cuando cesa el crecimiento hay un desarrollo y maduración de lo que ha crecido. Hay un principio vivo, una cualidad moral adquirida en el nuevo nacimiento, y practicada bajo la santificación la cual nos lleva a vivir para Dios. En la regeneración, el Espíritu imparte gracia salvadora, en la santificación la fortalece y la desarrolla: uno es un nacimiento y el otro es un crecimiento; esto difiere de la justificación de la siguiente forma: la justificación es un solo acto de gracia, la santificación es una obra de gracia continua; una está completa mientras que la otra es progresiva. A algunos no les gusta el término “santificación progresiva”, pero esto mismo se enseña claramente en las Escrituras. “Todo aquel [pámpano] que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Jn 15:2). “Pido en oración, que vuestro amor abunde aún más y más en ciencia y en todo conocimiento” (Fil 1:9). El versículo: “crezcamos en todo en Cristo” (Ef 4:15) es una exhortación a esto. 8. Es distorsionada por aquellos que no dan al ejemplo de Cristo el mérito apropiado. De hecho, pocos han mantenidoun equilibrio en este importante asunto. Si los socinianos han hecho de la vida ejemplar de Cristo el final de la encarnación, otros han enfatizado tanto su muerte expiatoria como para reducir su ejemplo a una insignificante comparativa. Si bien el predicador debe dejar en claro que la razón principal y primordial por la que el Hijo de Dios fue encarnado, fue para poder honrar a Dios al brindarle a la Ley una satisfacción perfecta en nombre de Su pueblo, también debería dejar igualmente claro que un punto importante y un objetivo contundente de la encarnación de Cristo fue proporcionar a su pueblo un ejemplo de santidad que pudieran imitar. Así lo declaran las Escrituras: “Nos dio un ejemplo para que sigamos sus pasos” (1Pe 2:21) y ese ejemplo obliga imperativamente a los creyentes a imitarlo. Si algunos se han equivocado queriendo imponer el ejemplo de Cristo sobre los incrédulos, otros han fallado lamentablemente al hacer lo mismo con los creyentes. Debido a que esto no tiene lugar en la justificación de un pecador, es un grave error suponer que no ejerce influencia sobre la santificación del creyente. El mismo nombre “cristiano” da a entender que existe una relación íntima entre Cristo y el creyente. Significa “ungido”, es decir, alguien que ha sido dotado con una medida de esa unción divina que su Maestro recibió “sin medida” (Jn 3:34). Y como Flavel, el puritano, señaló: “Los creyentes son llamados “compañeros” (Sal 45:7) de Cristo por su participación junto con Él del mismo Espíritu. Dios nos da el mismo espíritu que derramó más abundantemente sobre Cristo. Ahora, donde habita el mismo espíritu y se encuentra el mismo principio, deben producirse los mismos frutos y obras, de acuerdo con las proporciones y medidas del Espíritu de gracia proporcionadas… Su naturaleza también es transformadora y convierte a aquellos en quienes está a la misma imagen de Cristo, su cabeza celestial (2Co 3:18). De nuevo; los creyentes son denominados “cristianos” porque son discípulos de Cristo (Mt 28:19, Hch 11:26), es decir, sus aprendices y seguidores, por lo tanto, el término es mal empleado cuando se designa a un hombre que no se esfuerza sinceramente por mitigar y abandonar lo que sea contrario al carácter de Cristo; para justificar su nombre debe ser como Cristo. Aunque la vida perfecta de Cristo no debe exaltarse con la eliminación de su muerte expiatoria, tampoco debe omitirse como modelo del creyente. Si es cierto que ningún intento de imitar a Cristo puede obtener la aceptación de un pecador con Dios, es igualmente cierto que emularlo es imperioso y absolutamente esencial para la preservación y salvación final de los santos. “Todo hombre está obligado a imitar a Cristo bajo pena de perder su derecho a Cristo. Esta imitación es indispensable por el orden establecido de salvación, el cual es fijo e inalterable. Ahora, el ser hechos conforme a Cristo es el método establecido en el cual Dios traerá muchas almas a la gloria. “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro 8:29). El mismo Dios que predestinó a los hombres para salvación, a fin de hacerlo, los predestinó para ser conformes a la imagen de Cristo, y este mandato celestial nunca debe ser alterado. Así como no se puede ser salvo sin Cristo, tampoco se puede ser salvo sin ser hecho conforme a la imagen de Cristo” (John Flavel). En Cristo, Dios ha presentado delante su pueblo ese estándar de excelencia moral que es necesario que anhelen y se esfuercen por alcanzar. En su vida contemplamos una representación gloriosa de nuestra propia naturaleza en el camino de obediencia que exige de nosotros. Cristo se hizo semejante a nosotros por medio de su encarnación humillante, cuán razonable es, por lo tanto, que ahora nosotros seamos hechos semejantes a Él en el camino de la obediencia y la santificación. “Que haya en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús” (Fil 2:5). Él se acercó a nosotros lo más posible, cuán razonable es, entonces, que debamos tratar de acercarnos lo más posible hacia Él. “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí”. Si “ni aun Cristo se agradó a sí mismo” (Ro 15:3), cuán razonable es que también se nos exhorte a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirlo (Mt 16:24), sino hacemos esto, no podemos ser sus discípulos (Lc 15:27). Si debemos ser hechos conforme a Cristo en gloria, cuán necesario es que primero seamos hechos conforme a Él en su santidad: “el que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1Jn 2:6). “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2Ti 2:19), vistiéndose de la vida de Cristo o humillando el nombre de Cristo. 8 SU PROTECCIÓN Puede haber algunos que de inmediato hagan una excepción al empleo de este término en tal relación, afirmando que la Verdad de Dios no requiere protección a manos de aquellos llamados por Él para mostrarla: que su responsabilidad es mantenerse predicando fielmente y dejarle los resultados completamente a su autor. Estamos totalmente de acuerdo en que la Verdad eterna de Dios no necesita ayuda terrenal de nuestra parte, ya sea disfrazándola para hacerla más atractiva o atenuándola para que sea menos ofensiva; así es, asentimos de corazón la afirmación del apóstol de que “nada podemos contra la Verdad, sino por la Verdad” (2Co 13:8): Dios anula la oposición de aquellos que lo odian y hace que la ira de sus enemigos le alabe. Sin embargo, al considerar pasajes como Mr 4:33; Jn 16:12; 1 Corintios 3:2; Hebreos 5:12 está claro que nuestra presentación de la Verdad necesita ser regulada por la condición de aquellos a quienes se ministra. Además, esto plantea la pregunta: ¿Qué es presentar fielmente la Verdad? ¿Hay otros adverbios modificadores que se deben omitir? La Verdad no solo debe ser predicada “fielmente” sino también sabiamente, proporcionalmente, de manera razonable. Hay un celo que no está de acuerdo con el conocimiento ni es regulado por la sabiduría. Hay una presentación desequilibrada de la Verdad que hace más daño que bien. Leemos sobre “la Verdad presente” (2Pe 1:12) y sobre “la palabra a su tiempo” (Pr 15:23 y cf. Is 50:4), lo que implica que también se puede presentar de una manera incorrecta, aunque sea la Verdad misma de la que se habla y de una manera “fiel”. ¿A qué se refiere con “la palabra a su tiempo”? ¿No se refiere a un mensaje acorde a la condición, oportuno, pertinente, conforme a las circunstancias y necesidades de las personas a las que se dirige? En su sabiduría y bondad, Dios ha provisto cordialidad para los débiles y consuelo a aquellos que lloran, así como también ha dado exhortaciones a los perezosos, amonestaciones a los simples y solemnes advertencias a los imprudentes y terribles amenazas a los rebeldes. Se debe realizar una selección en nuestra apropiación y aplicación de las Escrituras. Así como sería cruel citar pasajes aterradores a alguien que ya está de luto por sus pecados, sería un error asignar las promesas de preservación divina a un cristiano profeso pero que vive una vida carnal y mundana. “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt 26:41). Esas palabras proporcionan una ilustración de una “palabra a su tiempo”. Los discípulos (no solo Pedro) se habían jactado “aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré”. Estaban seguros de sí mismos y parcialmente ciegos de su propia inestabilidad. Por lo tanto, su Señor les ordenó cuidarse de su propia confianza y buscar la gracia que viene de lo alto, porque, aunque eran bastante sinceros en su declaración, eran demasiado débiles para resistir los ataques de Satanás con sus propias fuerzas. Se creían inmunes a un pecado tan horrible como negar a su Maestro, pero en lugar de reforzarlosen su sentido de seguridad, les advirtió de su peligro. Otro ejemplo de una palabra a su tiempo es la exhortación del apóstol a quien afirma que “permanece firme por la fe”, concretamente de la siguiente manera: “No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado” (Ro 11:20, 22). Pero son más bien esos medios de protección por los cuales Dios mismo ha abordado el tema de la seguridad eterna de su pueblo que ahora estudiaremos particularmente, estos medios están establecidos para excluir a los impíos intrusos en este jardín de delicias; o para cambiar la imagen, esas descripciones de carácter y conducta que sirven para reconocer a las personas a quienes únicamente pertenecen Sus promesas. En la sección anterior hablamos un poco sobre cómo esta bendita doctrina es tergiversada por los arminianos y pervertida por los antinomianos. Para usar un término empleado por un apóstol, ha sido gravemente “retorcida”, arrancada de su contexto, distorsionada desproporcionadamente, separada de sus términos calificativos, apartada de los medios necesarios por los cuales se alcanza, aplicada a aquellos a quienes no pertenece. Por lo tanto, nuestro objetivo es dirigir la atención a algunos de los baluartes principales por los cuales se protege esta preciosa verdad y que los siervos de Dios deben enfatizar y reforzar debidamente para que reflejen su verdadera perspectiva con el objetivo de que las almas no sean fatalmente engañadas. Solo así presentaremos “fielmente” esta verdad. 1. Insistiendo en que la preservación solo es de los santos y no de todos los que se consideran cristianos, es de gran importancia definir clara y detalladamente el carácter de aquellos que están divinamente asegurados para ser preservados para el reino celestial con el propósito de que Dios no sea deshonrado, su verdad no sea falsificada, y las almas no sean engañadas. “El guarda las almas de sus santos” (Sal 97:10), pero de nadie más. Es tan fácil apropiarse (de manera incorrecta) una promesa como “Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria” (Sal 73:24), pero antes de hacerlo, es necesario contrastar las experiencias de los que se describen en el contexto de las mías. Asaf confiesa haber experimentado envidia por causa de la prosperidad de los malvados (vv. 3, 12) a tal grado que pensó que había limpiado su propio corazón y manos “en vano” (v. 13). Pero se controla a sí mismo, no sea que, con tal queja, haga tropezar a los hijos de Dios (v. 15), expresa cómo su “corazón sentía punzadas” y su conciencia se llenó de amargura al dar paso a tales quejas tontas, hasta que le confesó a Dios “era como una bestia delante de ti” (v. 22). El recuerdo de la gracia tolerante de Dios (v. 23) lo conmovió a decir “en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien” (v. 28). Cuando puedo encontrar en mí las mismas señales que el salmista, tales gracias operan también en mi corazón como lo hizo en el suyo, entonces, y solo entonces, tengo la garantía de ser consolado como él fue. Si me cuestiono sobre la posibilidad de que las afirmaciones de mi boca ofendan o no a los hijos de Dios, si tomo conciencia de envidiar la prosperidad de los malvados, si sufro y me siento profundamente avergonzado por ello, si me doy cuenta de que “casi se deslizaron mis pies” (v. 2) y que era un Dios sufriente quien había “sostenido por mi diestra”, solo para preservarme de la apostasía; si este sentido de su bondad soberana me permite afirmar “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (v. 25); si todo esto produce en mí una sensación de insuficiencia total como para exclamar “Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios” (v. 26), entonces se me permite decir “Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria”. Sí, Dios “guarda las almas de sus santos”, pero esto solo me sirve ¡si es que yo soy uno de ellos! Nuevamente; ¿Cuántos hay que entienden ansiosamente esas palabras de Cristo acerca de sus ovejas, que solo tienen una vaga idea de los que Él designa así: “y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”? (Jn 10:28). El hecho mismo de que el versículo se abra con “y” requiere que reflexionemos sobre lo que precede inmediatamente, y debido a que su manada no es más que una “pequeña” (Lc 12:32), es propio de quien valore su alma no escatimar esfuerzos en la búsqueda para determinar si él mismo le pertenece. En este contexto, el Salvador dice: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen”. Observe a detalle los tres aspectos que aquí se predican sobre ellas. Primero, escuchan la voz de Cristo. Ahora, escuchar Su voz significa mucho más que estar familiarizado con Sus palabras tal como están plasmadas en las Escrituras, más que creer que son Sus palabras. Cuando se le dijo a Israel “Y clamaréis aquel día… mas Jehová no os responderá en aquel día” (1Sa 8:18) significaba que no atendería sus peticiones ni las concedería. Cuando Dios se quejó “hablé, y no oíste”, no era que estuvieran sordos físicamente, sino que sus corazones estaban en contra de Él, como indica el resto del versículo: “sino que hicisteis lo malo delante de mis ojos, y escogisteis lo que me desagrada” (Is 65:12). Cuando Dios dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia, a él oíd” (Mt 17:5). Él está requiriendo algo más de nosotros que simplemente escuchar respetuosamente y creer lo que dice; está exigiendo que nos sometamos sin reservas a su autoridad, que respondamos prontamente a sus órdenes, que le obedezcamos. En Proverbios 8:33 “atender” se contrasta con negarse, y en Heb 3:15 leemos: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones”. Cuando Cristo declara que “Mis ovejas oyen mi voz”, significa que le prestan atención; no son rebeldes, sino receptivas, y hacen lo que Él les ordena. Segundo, declara “y yo las conozco”, es decir, con conocimiento de aprobación. Tercero, “y ellas me siguen”, no siguen los deseos de la carne, ni los intereses de Satanás, ni los caminos del mundo, sino el ejemplo que Cristo les dejó (1Pe 2:21). A esto se refería con el versículo “siguen al Cordero por donde quiera que va” (Ap 14:4). Pero para seguir a Cristo, se debe negar el yo y tomar la cruz (Mt 16:24). Solo aquellos que “atienden”, son “conocidos” por Cristo, y quienes “le siguen”, “nunca perecerán”. 2. Insistiendo en que ninguna persona tiene el derecho de obtener consuelo en la doctrina de la Seguridad Divina hasta que esté seguro de que posee el carácter y la conducta de un santo. Naturalmente, esto surge del primer punto, aunque hemos anticipado algo de lo que debería decirse aquí. No todos los que llevan el nombre de Cristo entrarán al cielo, sino solo sus ovejas. Por lo tanto, se deduce que solo aquellos que llevan las marcas de estos tienen derecho a reclamar las promesas hechas a ese grupo favorecido. Y la responsabilidad de la evidencia siempre recae sobre el que afirma. Si se responde a alguna oferta de empleo, se requiere que el trabajador calificado certifique sus aptitudes mediante testimonios acreditados. Si alguna persona presenta el reclamo de una herencia, debe presentar pruebas de que es el heredero legítimo y satisfacer las demandas del tribunal de buena manera. Si un capitán requiere ayuda adicional para su barco, exige que el solicitante muestre sus documentos o demuestre que es un marinero totalmente calificado. Antes de poder obtener un pasaporte, debo presentar mi certificado de nacimiento. Y aquel que se convierte en santo debe autenticar su profesión y demostrar su nuevo nacimiento antes de tener derechoa ser considerado como tal. Los santos de Dios se distinguen de todas las demás personas, no solo por lo que ha hecho por ellos, sino también por lo que ha hecho en ellos. Él los amo desde la eternidad “con amor eterno” (Jer 31:3) y, por lo tanto, “nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”, han sido elegidos en Él antes de la fundación del mundo, predestinados “para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo” y “aceptados en el Amado” (Ef 1:3–6). Es cierto que cayeron en Adán y se hicieron culpables ante Dios, pero se les proporcionó un Redentor que ha sido suficiente, escogido para asumir y aligerar todas sus responsabilidades, satisfaciendo por completo la Ley quebrantada por su comportamiento. También es cierto que ellos son “por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”, nacidos en este mundo “muertos en delitos y pecados” (Ef 2:1–3); pero a la hora señalada se realiza el milagro de gracia dentro de ellos para que se conviertan en “nuevas criaturas en Cristo Jesús” (2Co 5:17) y sus cuerpos se conviertan en “el templo del Espíritu Santo” (1Co 6:19). Se les ha impartido la fe y la santidad, de modo que, aunque todavía están en el mundo, no pertenecen a él (Jn 17:14). Los santos están dotados de una nueva vida, con un principio espiritual y sobrenatural o una “naturaleza” que afecta a su alma por completo. Tan radical y transformador es el cambio producido en ellos por este milagro de gracia que se describe como un paso de muerte a vida (Jn 5:24), del poder de las tinieblas al reino del querido Hijo de Dios (Col 1:13), de estar “sin esperanza y sin Dios en el mundo” a ser “hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Ef 2:12, 13), de un estado de enemistad a uno de reconciliación (Col 1:21), de la oscuridad a la luz admirable de Dios (1Pe 2:9). De ellos, Dios dice: “Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará” (Is 43:21). Obviamente, un cambio tan tremendo en su condición y posición debe efectuar un cambio real y notorio en su carácter y conducta. De la rebelión contra Dios ahora son sujetos a Él, de modo que arrojan sus armas de oposición y ceden a Su cetro. De amar el pecado ahora lo odian, y por temor a Dios ahora se deleitan en Él. Antes pensaban solo en agradarse a sí mismos, ahora su anhelo más profundo es complacer a Aquel que les ha mostrado una gracia tan asombrosa. Los santos son aquellos que entran en un pacto solemne con el Señor, entregándose sin reservas a Él, haciendo de Su gloria su mayor preocupación. “Antes los soldados solían hacer un juramento de permanecer leales, de seguir fielmente a sus líderes; a esto lo llamaron sacramentum militare, un juramento militar; un juramento así recae sobre cada cristiano. Es tan esencial para la existencia de un santo, que se describen de la siguiente manera: “Juntadme mis santos, los que hicieron conmigo pacto” (Sal 50:5). No somos cristianos hasta que nos hayamos suscrito en este pacto, y lo hayamos hecho sin reserva alguna. Cuando declaramos nuestra fe en el nombre de Cristo, nos enrolamos en su lista de candidatos, y de esa manera prometemos que viviremos y moriremos con Él en oposición a todos Sus enemigos… Él no nos dejará hasta que renunciemos voluntariamente a nosotros mismos y nos entreguemos a su disposición, para que no haya altercados con sus mandamientos posteriormente, sino que, sujetos a su autoridad, vayamos y vengamos de acuerdo a sus órdenes” (W. Gurnall, 1660). 3. Insistiendo en que la perseverancia es una necesidad imprescindible. Adherirse a la Verdad sin importar la oposición con la que nos encontremos, viviendo una vida de fe en y sobre Dios a pesar de todo el antagonismo de la carne, andando firmemente el camino de la obediencia frente a las burlas del mundo, continuando por la senda de la santidad, a pesar de los obstáculos de Satanás y sus emisarios, no es opcional sino obligatorio. Es de acuerdo con el inalterable decreto de Dios que nadie puede alcanzar el Cielo sino es por el único camino que lleva allí: Cristo quien “soportó la cruz” antes de recibir la corona. Lo cual concuerda con el nombramiento irreversible de Dios: “porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef 2:10). Estando de acuerdo con el orden establecido por Dios: “a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia (la palabra griega también puede ser traducida, como perseverancia) heredan las promesas” (Heb 6:12). De acuerdo con el diseño de la Expiación, que Cristo vivió y murió, pudo “purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tit 2:14). La seguridad de la preservación divina no hace menos importante la perseverancia de los santos de la misma manera que el informe de Dios a Ezequías de que viviría quince años más no suprimió la necesidad de comer y beber, descansar y dormir”. “Los elegidos son tan escogidos para la santificación intermedia en su camino como lo son para esa glorificación suprema que corona el final de su viaje, y no se llega a una sino a través de la otra. De modo que ni el valor, ni la necesidad, ni el valor práctico de las buenas obras son reemplazados por esta gloriosa verdad… Es imposible que ni el Hijo de Dios, que bajó del cielo para presentar y dar a conocer la voluntad de su Padre; o que el Espíritu de Dios, hablando en las Escrituras y actuando en el corazón, deben proporcionar el menor estímulo a la negligencia y la impiedad de la vida. Por lo tanto, esa opinión de que la santidad personal es innecesaria para la glorificación final está en oposición directa a cada razonamiento, a cada declaración de las Escrituras” (A. Toplady). Por desgracia, la actitud de multitudes de cristianos profesos es: “Alma, muchos bienes tienes guardados… regocíjate” (Lc 12:19), y la condenación del necio también será de ellos. Con respecto al imperativo de la perseverancia C. H. Spurgeon dijo en la parte introductoria de su sermón sobre el siguiente versículo “proseguirá el justo su camino” (Job 17:9), “el hombre que es justo ante Dios tiene su propio camino. No es el camino de la carne, ni el camino del mundo; es un camino marcado para él por orden Divina, en el cual camina por fe. Es la senda de santidad del rey, el cual no será transitado por los impuros, solo los rescatados por el Señor andarán por allí, ellos encontrarán un camino apartado del mundo. Una vez entrado en el camino de la vida, el peregrino debe perseverar en él o perecer, porque así dice el Señor: “Y si retrocediere, no agradará a mi alma”. La perseverancia en el camino de la fe y la santidad es una necesidad del cristiano, porque solo “el que persevere hasta el fin será salvo”. Es en vano brotar rápidamente como la semilla que se sembró en la roca, y luego, poco a poco, marchitarse cuando sale el sol; eso solo probaría que tal planta no tiene raíz en sí misma, de manera opuesta, “se llenan de savia los árboles de Jehová”, los cuales permanecen, crecen y dan fruto, incluso en la vejez, para demostrar que el Señor es recto. “Hay una gran diferencia entre el cristianismo nominal y el cristianismo real, y esto se ve generalmente en el fracaso de uno y la continuación del otro. Ahora, la afirmación del texto es que el hombre verdaderamente justo se mantendrá en su camino: no retrocederá, no saltará las cercas desviándose hacia la derecha o la izquierda, no reposará ociosamente, no se desanimará ni abandonará su viaje; sino que ‘se mantendrá en su camino’. Con frecuencia será muy difícil para él hacerlo, pero tendrá tal resolución, habrá recibido tal poder de gracia interna que, ‘se mantendrá en su camino’ con firme determinación, como si lo sujetara con los dientes, resolviendo no soltarlo nunca. Quizás no siempre viaje con la misma velocidad; no se dice que mantendrá su ritmo, sino que se mantendráen su camino. Hay momentos en que corremos y no estamos cansados, en otras ocasiones caminamos y estamos agradecidos al menos de no caer; y hay períodos en los que apenas podemos arrastrarnos con dolor; pero aun así demostramos que “proseguirá el justo su camino”. A pesar de todas las dificultades, el rostro del hombre a quien Dios ha justificado está firmemente colocado hacia Jerusalén, y no se apartará hasta que sus ojos vean al Rey en su esplendor”. 4. Insistiendo en persistir en buenas obras. Lo más importante no es cómo una persona comienza sino cómo termina. Ciertamente no creemos que alguien que ha nacido de Dios pueda perecer, pero una de las marcas de la regeneración son sus efectos permanentes y, por lo tanto, debe producir esos frutos permanentes que acrediten esa decisión de fe. Tanto las Escrituras como la observación dan testimonio del hecho de que hay quienes parecen correr bien durante una temporada y luego abandonan la carrera. No solo son las multitudes influidas a “presentarse” y “unirse a la iglesia” bajo los métodos de alta presión utilizados por los evangelistas profesionales, que rápidamente regresan a su antigua forma de vida; sino que además son muchos los que ingresan a una religión de manera más sobria y aplazada. Algunos parecen estar genuinamente convertidos: se separan de sus amigos inconversos, buscan la comunión con el pueblo de Dios, manifiestan un sincero deseo de saber más de la Palabra, se vuelven bastante estudiosos de las Escrituras, y por varios años muestran todas las señales externas de ser cristianos. Pero poco a poco su amor disminuye, o se ofenden por alguna cosa, y finalmente regresan nuevamente al mundo. Leemos que algunos de ellos “creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan” (Lc 8:13). Hubo quienes siguieron a Cristo por una temporada, sin embargo, también de ellos sabemos que “desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él” (Jn 6:66). Ha habido muchos de este tipo en cada época. No todo lo que brilla es oro, y no todos los que hacen un comienzo prometedor en la carrera alcanzan la meta. Por lo tanto, nos corresponde tomar nota de esos pasajes que nos enfatizan la necesidad de perseverar, ya que constituyen otra de esas protecciones que Dios ha puesto alrededor de la doctrina de la seguridad de sus santos. En cierta ocasión “muchos creyeron en Él” (Jn 8:30), pero lejos de que Cristo les asegurara que el Cielo era ahora su hogar final, se nos dice “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (v. 31). A menos que permanezcamos sujetos a Cristo, a menos que caminemos en obediencia a Él hasta el final de nuestro camino terrenal, no somos más que discípulos de nombre y apariencia. Leemos de ciertos hombres que “cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús”. El poder de Dios los acompañó y bendijo ricamente sus esfuerzos, porque “la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor” (Hch 11:20, 21). La noticia de esto llegó a la iglesia en Jerusalén y como respuesta les enviaron a Bernabé, “este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor” (v. 23). Bernabé no fue uno de esos hipercalvinistas fatalistas que argumentaron que, debido a que Dios había comenzado una buena obra en ellos, sería bueno que el Espíritu Santo los cuidara, los instruyera y los protegiera, estando o no provistos de padres y maestros espirituales. En cambio, reconoció y cumplió con su propia responsabilidad cristiana, los trató como seres responsables, les dirigió exhortaciones adecuadas y les exigió el deber indispensable de unirse al Señor. Por desgracia, hay tan pocos como Bernabé hoy. En una fecha posterior, encontramos que Bernabé regresó a Antioquía acompañado por Pablo, y mientras estaban allí de manera comprometida realizaban su labor “confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe” y advirtiéndoles que “a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch 14:22). ¡Cuán lejos estaban de creer en una salvación mecánica, pensando que si estas personas se hubieran convertido genuinamente, necesitarían “continuarían en la fe”! Escribiendo a los corintios, el apóstol les recordó el Evangelio que les había predicado y que habían recibido, aunque no agregó: “si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano” (1Co 15:2). De la misma manera, les recordó a los colosenses que se habían reconciliado con Dios, que serían preservados sin culpa y sin reproche “si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio” (1:23). Hay quienes se atreven a decir que no hay un “si” al respecto, pero esas personas tienen un claro problema con la Sagrada Escritura. Incluso cuando le escribió a un ministro del Evangelio, su propio “hijo en la fe”, Pablo no dudó en exhortarlo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás (de la apostasía) a ti mismo y a los que te oyeren” (1Ti 4:16). A los hebreos les dijo: “pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza” (Heb 3:6). Y nuevamente, “Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio” (Heb 3:14). ¡Cuán deshonestamente ha sido manejada la Palabra de Dios por muchos! Pasajes como estos nunca se escuchan en muchos púlpitos. Es de temer que muchos pastores de iglesias “calvinistas” tengan miedo de citar dichos versículos para que su gente no los acuse de arminianismo. Tales aún tendrán que enfrentarse a la acusación Divina “no habéis guardado mis caminos, y en la ley hacéis acepción de personas” o de la Palabra (Mal 2:9). Encontramos precisamente lo mismo en los escritos de otro apóstol. Aunque Santiago se dirige a aquellos a quienes llama “amados hermanos míos”, exhorta a sus lectores de la siguiente manera “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era (que produce nada más que un efecto superfluo y fugaz en él). Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Stg 1:22–25). La palabra “considerar” es una metáfora tomada de aquellos que no solo miran una cosa de manera superficial, sino que se inclinan hacia ella para poder escudriñarla cuidadosamente, usada también en Lucas 24:12 y 1 Pedro 1:12; denota la seriedad de un deseo genuino y una verdadera diligencia por saber. “Persevera en ella” significa un estudio perseverante de la Verdad, creyéndola y obedeciéndola, evidenciando así nuestro amor por ella. Muchos la prueban brevemente, pero su apetito es apagado rápidamente por las cosas de este mundo. Es perfectamente cierto, benditamente cierto, que no hay “si”, no hay incertidumbre, desde el lado Divino en relación con la llegada del cristiano al Cielo: todos los que han sido justificados por Dios serán glorificados sin excepción. Aquellos que han recibido vida de manera divina seguramente continuarán en la fe y perseverarán en su santidad hasta el final de su camino terrenal. Esto está claro en 1 Juan 2:19, donde el apóstol menciona a aquellos que apostataron: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros”, aunque nunca pertenecieron a la familia de Diosfraternizaban con algunos de sus miembros. “Porque” agrega el apóstol, “si hubiesen sido de nosotros (si realmente hubieran experimentado de manera personal el poder regenerador del Espíritu) habrían permanecido con nosotros”, nada podría haberlos inducido a escuchar la voz de sus seductores como la de una seductora sirena. “Pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros”, profesaron temporalmente una fe pero eran oyentes cuyo terreno era entre las piedras, cristianos solo de nombre, miembros de una familia totalmente diferente. Anteriormente tuvieron la apariencia de ser genuinos, pero a través de su deserción fueron expuestos como falsos. No, no hay un “si” del lado Divino. Sin embargo, hay un “si” desde el lado humano de las cosas, desde el punto de vista de nuestra responsabilidad, en relación con mi seguridad de que soy uno de aquellos a quienes Dios ha prometido preservar para su reino celestial. El perseverar en la fe en el camino de la obediencia, el negarse a sí mismo y seguir a Cristo, no es simplemente deseable sino indispensable. No importa cuán excelente haya sido mi comienzo, si no continúo esforzándome, estaré perdido. Sí, perdido, y no simplemente habré perdido simplemente una corona u honores en el milenio como enseñan los engañosos dispensacionalistas. Se trata de perseverar o perecer: es la perseverancia final o perecer eternamente, no hay otra alternativa. Romanos 11:22 deja eso inequívocamente claro; “Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron (los judíos incrédulos) pero la bondad para contigo, (los gentiles creyentes del v. 11) si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado”. Continuar en la bondad de Dios es lo opuesto a volver a nuestra maldad. La evidencia de que somos receptores de la bondad de Dios es que continuamos en la fe y la obediencia al Evangelio. El fin no puede alcanzarse por otro medio que no sea el designado. Algunos podrán decir que no hay coherencia entre lo que se ha dicho en los últimos dos párrafos. ¿Qué hay de ello?; ¿quién eres tú? ¿quién soy? Simplemente criaturas miopes de ayer, sobre las cuales Dios ha dicho “locura y vanidad”. ¡La ignorancia humana se enfrentará a la sabiduría divina! ¿Algún lector se atreverá a cuestionar la práctica de Cristo y de sus apóstoles; enfatizando el “si” e insistiendo en las necesidades de esta “perseverancia”? aquellos ministros que no lo hacen, sin importar su posición o reputación, no son siervos de Dios ¿Puede ver la consistencia entre el apóstol afirmando tan positivamente de aquellos que han recibido el Espíritu Santo de Cristo “deben permanecer (“continuar”- la misma palabra griega que en todos los pasajes anteriores) en Él” y el posterior aliento exhortándolos “Y ahora, hijitos, permaneced (“continúen”) en Él” (1Jn 2:27)? si no pueden hacerlo, debe ser debido a cegueras teológicas. ¿Puedes ver la consistencia de David afirmando con tanta confianza “Jehová cumplirá su propósito en mí, tu misericordia, oh, Jehová, es para siempre” e inmediatamente después orar “no desampares la obra de Tus manos” (Sal 138:8)? Si no puede, este escritor colocará un gran signo de interrogación sobre su fe religiosa. 5. Insistiendo en que hay peligros contra los cuales protegerse. Aquí nuevamente habrá quienes objeten contra el uso de este término en tal relación. ¿Qué tipo de peligros, preguntarán; los peligros de que el cristiano rompa su comunión con Dios, de que pierda la paz, de que eche a perder su potencial y se vuelva infructuoso? - correcto, pero no de perder el cielo mismo. Señalarán que la seguridad y el peligro son opuestos y que quien está seguro en Cristo no puede estar en peligro de perecer. Por más plausible, lógico y aparentemente honroso a Cristo de lo que pudiera parecer, nos preguntaríamos: ¿Es así como las Escrituras presentan la situación? ¿Las Epístolas presentan a los santos sin peligro de apostatar? O, por decirlo de otra forma: ¿no se advierte de ningún pecado, no se denuncia ninguna perversidad, no se describe ninguna forma de injusticia, no se menciona que si persisten en ello terminarán en destrucción? ¿Y no hay responsabilidad sobre mí en relación con esto? No se llega a la apostasía de una sola vez, sino que es la culminación final de un proceso perverso, y es contra aquellas cosas que pueden llevar a ella que los santos son advertidos repetidamente con la mayor seriedad posible. Quien ahora tiene buena salud no corre peligro inmediato de morir de tuberculosis, sin embargo, si se expone imprudentemente al frío y a la humedad, si se abstiene de tomar suficientes alimentos nutritivos que le fortalezcan contra las enfermedades, o quien se enferma de una fuerte tos y no hace ningún esfuerzo por sanar, es más probable que sea víctima de tal enfermedad. Por lo tanto, mientras el cristiano permanece espiritualmente saludable, no corre peligro de apostatar, pero si comienza a hacer compañía con los malvados, si se expone imprudentemente a la tentación, si no usa la provisión de la gracia, si experimenta una caída triste, y no se arrepiente de ello y vuelve a sus primeras obras, se dirige deliberadamente al desastre. La semilla de la muerte eterna todavía está en el cristiano: esa semilla es pecado, y es solo cuando la gracia Divina es buscada diligente y constantemente, que frustra sus inclinaciones y suprime sus obras, que se ve obstaculizada de convertirse en un final fatal. Una pequeña fuga que se descuida hundirá un barco con la misma eficacia que el mar más bullicioso. Y como Spurgeon dijo sobre el Salmo 19:13, “El pecado discreto es un peldaño hacia el pecado presuntuoso, y ese es el vestíbulo del pecado que lleva hasta la muerte” (El tesoro de David). ¿No amenazaron los peligros a Israel después de que Jehová los sacó de Egipto con brazo fuerte y poderoso y los condujo a salvo a través del Mar Rojo? ¿Todos los que comenzaron el viaje a Caná llegaron realmente a la tierra prometida? Quizás alguien responda: estaban bajo el antiguo pacto y, por lo tanto, no representa una analogía a la situación de los cristianos en la actualidad. ¿Qué dice la palabra? Lo siguiente “todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo”. ¿Qué analogía podría estar más cerca que eso? Sin embargo, el pasaje continúa diciendo: “Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto” (1Co 10:2–5). ¿Y cuál es el uso que hace el apóstol de esta enfática historia? ¿Dice que no tiene aplicación para nosotros? Todo lo contrario: “Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes” (vv. 6–9). Aquí tenemos el peligro más mortal del cual debemos protegernos. Tampoco el apóstol lo dejó así. Él fue aún más preciso al decir “Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”, haciendo esta aplicación específica a los cristianos “así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (vv. 10–12). Pablo no fue fatalista sino que hizo cumplir la responsabilidad moral. No inculcó ninguna salvación mecánica, sino una que debe ser atendida “con temor y temblor”. Chas Hodge de Princeton era un calvinista muy fuerte, pero con respecto a 1 Corintios 10:12 no pudo decir: “Existe el peligro perpetuo de caer. Ningún grado de progreso que ya hayamos logrado, ni la cantidad de privilegios que hayamos disfrutado, pueden justificar la falta de precaución. “Elque piense estar firme, mire que no caiga”, es decir, el que se cree estar seguro… ni los miembros de la iglesia ni los elegidos pueden ser salvos a menos que perseveren en la santidad, y no pueden perseverar en la santidad sin vigilancia y esfuerzo continuos, es decir, los peligros que los amenazan”. El anterior no es el único caso en que el apóstol hizo mención de aquellos israelitas que perecieron camino a Caná para advertir a los santos del Nuevo Testamento acerca de su peligro. Después de afirmar que Dios se entristeció con esa generación, diciendo: “Siempre andan vagando en su corazón, y no han conocido (ni amado) mis caminos. Por tanto, juré en mi ira: No entrarán en mi reposo”, agregó Pablo, “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado” (Heb 3:12, 13). No se nos advierte aquí de un peligro imaginario sino de uno real. “Mirad” significa vigilar contra el descuido y la pereza, manteniéndose alerta como un soldado que sabe que el enemigo está cerca, para no ser una presa fácil. Aquellos a quienes se les presenta la exhortación aquí son considerados con estima como “hermanos”, hay momentos en los que los mejores santos necesitan ser advertidos contra los peores males. Un “corazón malo de incredulidad” es un corazón que no le gusta la severidad de la obediencia y la totalidad de la santidad que Dios requiere de nosotros. Después de referirse nuevamente a aquellos “cuyos cuerpos cayeron en el desierto” a quienes Dios les advirtió “no entrarán en mi reposo por su incredulidad” o “desobediencia” (Heb 3:18, 19), el apóstol dijo: “Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado” (Heb 4:1). El “temor” es tan verdaderamente una gracia cristiana como lo es la fe, la paz o el gozo. El cristiano debe temer las tentaciones, los peligros que lo amenazan, el pecado que lo habita, las advertencias señaladas por otros que han hecho naufragar la fe y la severidad de Dios en su trato con ellos. Debe temer las amenazas de Dios contra el pecado y los que se entregan a él. Fue debido a que Noé actuó “con temor” ante la advertencia que recibió de Dios que tomó precauciones contra el diluvio inminente (Heb 11:7). Dios ha anunciado claramente la terrible condena de todos los que continúan en el pecado permitido, y el temor a esa condena generará cautela y prudencia, guardándolo de la seguridad y presunción carnales. Y, por lo tanto, se nos aconseja “conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1Pe 1:17), no solo en momentos excepcionales, sino durante todo nuestro tiempo aquí. Apenas hemos podido estudiar algunas de las advertencias más importantes dirigidas no solo a quienes se dicen creyentes sino a aquellos que son reconocidos como genuinos santos. “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe” (1Pe 5:8–9). Obviamente, tal advertencia no tendría sentido si los cristianos no fueran amenazados con el peligro más mortal. “Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que, arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza” (2Pe 3:17). Esta advertencia recuerda a los falsos profetas de 1 Pedro 2:1–2 y lo que se dice de ellos en los vv. 18–22. El “error de los impíos” aquí advertido incluye tanto doctrinales como prácticos, especialmente estos últimos: el abandonar el “camino estrecho”, la senda de la santidad que es la única que conduce al Cielo. “Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona” (Ap 3:11), se refiere a la Verdad que ha sido recibida, a la fe que ha sido plantada en su corazón, a la medida de la gracia que le fue otorgada. ¿Pero cómo reconciliar el peligro del cristiano con su seguridad? No hay nada que reconciliar, porque no hay antagonismo. Son los enemigos y no los amigos los que necesitan reconciliarse, y las advertencias son amigas del cristiano, una de las protecciones que Dios ha puesto en torno a la verdad de la seguridad de su pueblo evitando que lo destruyan. Al revelar las consecuencias de la apostasía total, los cristianos son advertidos y evadidos de la misma: un temor sagrado mueve sus corazones y se convierte así en el medio para prevenir el mal que el mismo enuncia. Un faro debe advertir a los marineros contra la imprudencia de acercarse demasiado a la costa, de tal forma que estos se alejen de las fatales rocas. Una cerca antes de un precipicio no es superflua, sino que está diseñada para detener a aquellos que viajan en esa dirección. Cuando el conductor de un tren ve que las señales cambian a rojo, para y así guarda a los pasajeros que están bajo su cuidado. Las señales de peligro de la Escritura que hemos estudiado son atendidas por los regenerados y, por lo tanto, se encuentran entre los mismos medios designados por Dios para la preservación de su pueblo, ya que solo atendiendo a estos se les impide destruirse a sí mismos. En el capítulo anterior, dedicamos cuatro secciones a la presentación de las principales fuentes de las cuales surge la perseverancia final de los santos (en su unión al Señor, su amor a la Verdad y su andar por el camino de la obediencia), o los motivos en los que descansa su seguridad eterna. En este libro, dedicamos un capítulo a la presentación de los principios vitales de los cuales surge la perseverancia mínima de los santos (en su unión al Señor, su amor a la Verdad y su andar por el camino de la obediencia), o los motivos en los que descansa su seguridad eterna. Por lo tanto, es apropiado, si se desea observar debidamente el equilibrio de la verdad, que debamos dar espacio a una presentación de las garantías mediante las cuales Dios ha cubierto esta doctrina, prohibiendo así que los profesores vacíos y los rebeldes presuntuosos invadan esta tierra sagrada. En este capítulo ya nos hemos centrado en cinco de estas protecciones y ahora procedemos a señalar otras. En épocas como estas, es necesario especificar la rama actual de nuestro tema mientras las bocas de ciertos enemigos de la Verdad permanecen cerradas, a los formalistas se les puede demostrar que no tienen parte en lo más mínimo en este asunto, a los hipercalvinistas pueden ser instruidos en el camino del Señor de manera más perfecta, para que su propio pueblo pueda salir de su letargo. 6. Insistiendo en la necesidad de utilizar los medios de gracia. Hay quienes afirman que si Dios ha regenerado un alma, es infaliblemente seguro que esta alcanzará el Cielo, ya sea que use o no los medios designados, sí, sin importar en qué medida falle en el cumplimiento del deber o cuán carnalmente viva, no puede perecer. Ahora no dudamos en decir que tal afirmación es una grave perversión de la Verdad, y en vista de las palabras de Satanás a Cristo “Si eres Hijo de Dios, échate abajo (desde un pináculo del templo), porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán” (Mt 4:6), no hay lugar a duda sobre quién es el autor de tal mentira. Es una perversión grave porque es una ruptura de lo que Dios mismo ha unido. El mismo que ha decretado el fin también ha ordenado los medios necesarios para ese fin. Él ha prometido ciertas cosas a su pueblo, pero requiere tales le sean solicitadas; si Él no las ha otorgado, es porque no las han pedido. Incluso entre aquellos que rechazarían con aborrecimiento la forma extrema de antinomianismo mencionada anteriormente, hay quienes consideran el uso de los medios con bastante indiferencia con respecto a esto, argumentando que cualquier cosa que se requiera para preservar de la apostasía, el Señor mismo atenderá, que obraráen su pueblo tanto el querer como el hacer por su buena voluntad, por lo cual es innecesario que los ministros del Evangelio se dirijan constantemente a ellos exhortándolos e instando a cumplir con su deber. Pero tal conclusión es completamente incorrecta y está equivocada, ya que pierde de vista el hecho de que Dios trata con su pueblo en todo momento como agentes morales, haciendo cumplir su responsabilidad. Si podemos ver o no el equilibrio entre la preordenación divina y el cumplimiento de la responsabilidad humana, entre el decreto divino y la imperativa de que hagamos uso de los medios de gracia, eso no tiene importancia. Cristo exhortó y amonestó a sus apóstoles, y ellos a su vez a las iglesias; y eso es suficiente. Es en vano enfrentar nuestras pequeñas objeciones contra su práctica habitual. Así como Dios ha ordenado medios materiales para el logro de su buena voluntad en el ámbito material, también ha designado que los agentes racionales usarán medios espirituales para cumplir su voluntad en relación con los asuntos espirituales. Podría hacer campos fértiles y árboles fructíferos sin el uso de la lluvia y del sol, pero le ha complacido emplear estas causas secundarias y agentes subordinados en la producción de nuestros alimentos. De la misma manera, Él podría hacer que Su pueblo crezca en gracia, hacerlos fructíferos para toda buena obra y preservarlos de todo lo que sea perjudicial para su bienestar, sin requerir ninguna acción ni diligencia de su parte; pero no le ha placido prescindir de su participación. Por el contrario, les dice “ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Fil 2:12), “Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia” (Heb 4:11) Se les dan promesas y preceptos, exhortaciones y amenazas adecuadas a los seres morales, que exigen el empleo de esas facultades y el ejercicio de esas gracias que Él les ha otorgado. Es un grave error suponer que existe algún conflicto entre una clase de pasajes que contienen las promesas de Dios de gracia suficiente para Su pueblo, y otra clase en la que Él exige que cumplan con su deber. En su exposición de Hebreos 3:14 John Owen señaló que la fuerza del griego traducida “retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio” denota “nuestro mayor esfuerzo para mantenerla estable, segura y firme”; agregando “será sacudida, tendrá oposición, no se mantendrá, sin nuestra mayor diligencia y esfuerzo. Es cierto que nuestra persistencia en Cristo no depende, en absoluto, tanto en cuestión como del evento, de nuestra propia diligencia. La imperturbabilidad de nuestra unión con Cristo depende de la fidelidad del pacto, lo cual la origina y finalmente la asegurará. Sin embargo, nuestro propio diligente esfuerzo es un medio tan indispensable para ese fin que sin él no se logrará”. Nuestro dedicado esmero es necesario por el precepto, que Dios nos ordena utilizar, y por el orden que ha establecido en las relaciones de un asunto espiritual con otro. Los anteriores escritores solían ilustrar el equilibrio entre el propósito de Dios y nuestra responsabilidad mediante una apelación a Hch 27. El barco que transportaba al apóstol y otros prisioneros se encontró con una terrible tormenta la cual fue tan duradera y con tal severidad que la narración inspirada declara que “ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos” (v 20). Un mensajero divino le aseguró al apóstol: “Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido (las vidas de) todos los que navegan contigo”, y tan seguro estaba el apóstol de que esta promesa se cumpliría, que dijo a sus acompañantes “tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho” (vv. 21–25). Sin embargo, al día siguiente, cuando los marineros temieron chocar contra las rocas comenzaron a huir del barco, Pablo le dijo al centurión “¡Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros!” (v. 31). Aquí se presenta un buen problema para los calvinistas más extremistas: ¿cómo puede la promesa positiva “no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros” (v. 22) y el eventual “si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros” (v. 31) permanecer juntos? ¿Cómo los reconciliarían de acuerdo con sus principios? En realidad, no hay ninguna dificultad: Dios no hizo ninguna promesa absoluta de que preservaría a los que estaban en el barco, independientemente de su uso de los medios apropiados. No eran criaturas irracionales que Él salvaría, sino seres morales que debían cumplir con su propia responsabilidad, que no debían permanecer pasivos ni actuar presuntuosamente. De acuerdo con esto, encontramos a Pablo ordenando a sus compañeros “coman”, diciendo “por vuestra salud” (v. 34), y posteriormente el barco fue librado de su carga (v. 38) y su vela mayor izada (v. 40), lo que condujo aún más a su seguridad. La certeza de la promesa de Dios no se suspendió cuando permanecieron en el barco, sino que fue una forma de dar a conocer los medios por los cuales Dios llevaría a cabo su seguridad. Volviendo a la exposición de Owen de Heb 3:14, dijo: “Nuestra persistencia en nuestra perseverancia en Cristo es el origen y el efecto de nuestra gracia obrando para ese propósito. La diligencia y los esfuerzos para esto son como los marineros de Pablo cuando naufragó en Malta. La preservación de sus vidas dependía absolutamente de la fidelidad y el poder de Dios, pero cuando los marineros comenzaron a salir del barco, Pablo le dice al centurión que, a menos que sus hombres se quedaran allí, no podrían ser salvados. Pero ¿por qué necesitaba considerar a los marineros cuando Dios se encargaría de preservarlos a todos? Sabía muy bien que los preservaría; pero aun así lo haría en y por el uso de los medios. Si estamos en Cristo, Dios nos ha otorgado la vida de nuestras almas, y ha tomado sobre sí mismo, en su pacto, la preservación de ellas. Sin embargo, podemos decir, con referencia a los medios que Él ha designado, cuando surgen tormentas y pruebas, a menos que usemos nuestros propios esfuerzos diligentes, no podremos ser salvos”. Por desgracia, algunos que profesan admirar tanto a este puritano y respaldar su enseñanza se han alejado tanto del curso que él siguió. Si se pregunta, ¿el propósito de Dios de que Pablo y sus compañeros llegaran a tierra con seguridad dependía de la voluntad y las acciones inciertas de los hombres? La respuesta es, no, no como una causa de la cual el propósito de Dios recibió su motivación y apoyo. Pero sí, como un medio, designado por Él, para asegurar el fin que Él mismo había ordenado, porque Dios ha establecido los medios sujetos por los cuales el fin se logrará tan verdaderamente como Él ha decretado el fin mismo. En Su Palabra, Dios ha revelado una conjunción de medios y fines, y existe la necesidad de que los hombres utilicen los medios y no esperen el fin sin ellos. Es bajo nuestro riesgo que separamos lo que Dios ha unido e interrumpimos el orden que Él ha designado. El mismo Dios que nos ordena creer sus promesas, nos prohíbe tentar sus providencias (Mt 4:7). Aunque nos parezca que los medios no tienen una conexión adecuada con el fin, al ver que Dios los ha ordenado, debemos usar los mismos. Naamán debía lavarse en el Jordán si quería ser limpiado de su lepra (2Re 4:10) y Ezequías debía hacer una torta de higos y colocarla sobre la llaga si quería recuperarse (2Re 20:4–7). Están muy equivocados al suponer que, dado que la preservación de los creyentes está garantizada en el pacto de la gracia, esto hace que todos los medios y motivos, exhortaciones y amenazas sean inútiles y sin sentido. No es así. La doctrina de la seguridad eterna del santo no significa que Dios lo preservará si persevera o no, sino que ha prometido darle toda la gracia necesaria para que continúe en el camino de la santidad.Esto supone que los creyentes contarán con tales ventajas y se le proveerán los apoyos adecuados para ello, y que constantemente tendrán ante sí motivos que le inducirán y convencerán para la obediencia, la piedad personal y los protegerán de lo contrario. De ahí la importancia y utilidad de las ordenanzas del Evangelio, uso de exhortaciones y preceptos, las promesas e incentivos que nos impulsan a la perseverancia, sin los cuales el propósito de Dios de que debemos perseverar no podría realizarse de una manera apropiada a nuestra naturaleza moral. De hecho, los cristianos son “guardados por el poder de Dios” (1Pe 1:5), sin embargo, debe señalarse que no son preservados mecánicamente, como un niño en la guardería es protegido por una reja de metal, o como cuando el caballo que no está dispuesto a obedecer es sujetado por una guarda y una brida; sino espiritualmente mediante la obra de la gracia Divina en ellos y por medio de motivos e incentivos desde los cuales generan esa gracia en práctica y obra. Quitaríamos fuerza de esa declaración a menos que consideremos el versículo completo: “que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero”. No es “para” o “por la fe”, sino “mediante la fe”, pero no sin ella, porque la fe es la mano que, mediante un sentido de total insuficiencia e impotencia, se aferra a Dios y toma su fuerza, no siempre con firmeza sino a menudo débilmente; no siempre conscientemente, sino instintivamente. Aunque el santo sea “guardado por el poder de Dios”, él mismo tiene que luchar en cada paso del camino. Si leemos acerca de “esta gracia en la cual estamos firmes” (Ro 5:2), también se nos dice “porque por la fe estáis firmes” (2Co 1:24). Al considerar este evento desde el punto de vista del decreto divino, no era posible que Herodes matara a Cristo en su infancia, sin embargo, Dios le ordenó a José que usara los medios necesarios para evitarlo, huyendo a Egipto. De la misma manera, desde el punto de vista del propósito eterno de Dios, no es posible que ningún santo perezca, sin embargo, Él ha puesto sobre él la necesidad de usar los medios provistos para prevenir la apostasía y todo lo que le lleve a ella. Es cierto que no se debe confiar en los medios sin considerar a Dios, ya que esos medios solo son eficaces mediante su nombramiento y bendición; por otro lado, es la presunción y no la fe lo que muestra la confianza en Dios al despreciar o ignorar tales medios. Tampoco hemos dicho nada en esta sección que justifique la inferencia de que el Cielo es algo que ganamos por nuestra propia cuenta y fidelidad, sino que los medios designados por Dios marcan el curso que debemos tomar si alcanzamos la Meta deseada. Es “por la fe y la paciencia” que “heredamos las promesas” (Heb 6:12): nuestra glorificación no se otorgará a cambio de ellos, sin embargo, no puede haber glorificación para aquellos que carecen de estas gracias. El sol brilla en nuestras habitaciones a través de sus ventanas: las cuales no contribuyen en nada a nuestra apreciación y disfrute del sol, pero son necesarias como medios para que entren sus rayos. Los medios y recursos que Dios ha diseñado para el cumplimiento de sus fines con respecto a nosotros no son como “condiciones” en las que esos fines están suspendidos en la incertidumbre en cuanto a su problema, sino que son los vínculos seguros por los cuales Él ha relacionado uno con otro. Las exhortaciones y advertencias no son tanto el medio por el cual se cumplen las promesas de Dios, sino el medio por el cual estas se prometen. Dios ha prometido a Su pueblo la gracia suficiente para permitirles usar los medios para que sean preservados de los peores pecados y la apostasía, las exhortaciones, consuelos, amonestaciones de las Escrituras están diseñadas para provocar el ejercicio de esa gracia. La certeza del fin está asegurada no por la naturaleza o suficiencia de los medios en sí mismo considerados, sino por el mandato de Dios en relación con ellos. Dios ha asegurado a su pueblo que su gracia será suficiente y que su fuerza se perfeccionará en su debilidad, pero en ninguna parte ha prometido que su amor y favor continuará para con los perros que regresan a su vómito o con las cerdas que se contentan con revolcarse nuevamente en el lodo. Si nuestros pensamientos sobre este tema se forman enteramente por la enseñanza de la Palabra de Dios (y no en parte por razones carnales), entonces esperaremos perseverancia solo de la manera en que Dios lo ha prometido, y eso es, aprovechando la ayuda y el apoyo que Él ha provisto, especialmente mediante el estudio y la meditación de Su Palabra, escuchando o leyendo los mensajes de Sus siervos. Aunque Dios ha prometido gracia a su pueblo, sin embargo, les exige que, sinceramente, creyendo y fervientemente, lo busquen: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb 4:16). Y esa gracia que constantemente necesitamos mientras estamos aquí: “caerá como día a día cayó el maná, oh, para aprender bien esa lección”. Se ha producido mucha confusión sobre este y otros puntos debido a la incapacidad de distinguir entre la solicitud y la aplicación, o lo que Cristo adquirió para su pueblo y que Dios realmente ha hecho acerca de esto de acuerdo con el orden de las cosas que ha establecido. Así como la fe es indispensable antes de la justificación, también lo es la perseverancia antes de la glorificación, y eso necesariamente implica el uso de medios. Es cierto, nuestra fe no añade nada a los méritos de Cristo para lograr nuestra justificación, sin embargo, hasta que creamos, estamos bajo la maldición de la Ley; nuestra perseverancia nos da derecho a la glorificación, sin embargo, solo aquellos que perseveren hasta el final serán glorificados. Ahora, como Dios requiere completa obediencia de nuestra parte, así en su Palabra ha provisto los motivos para tal obediencia requerida, motivos adecuados para “todo aquello que está dentro de nosotros: el amor, el temor, la esperanza, etc. puede ser llamado a la acción. Nosotros mismos no somos suficientes para hacer un buen uso de los medios, y por lo tanto le rogamos a Dios que trabaje en nosotros lo que Él quiere” Col 1:29. Dios ha prometido reparar las corrupciones espirituales de su pueblo y sanar sus caídas gratuitamente, sin embargo, lo hará de tal manera que pueda comunicar su gracia con justicia para la alabanza de su gloria. Por lo tanto, los deberes, especialmente los de la confesión de los pecados a Dios, nos son prescritos para ello. “El que encubre su pecado no prosperará, mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Pr 28:13). “Yo sanaré su rebelión” (Os 14:4): existe la promesa y el fin. Pero primero: “Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien” (v. 2): existe el deber y los medios para ese fin. Aunque el arrepentimiento y la confesión no son la causa de la gracia y el amor de Dios, sí son los medios de los cuales procede nuestra sanidad o recuperación, los cuales son requeridos en el método designado por Dios para suministrar su gracia. Debe quedar claro en que la participación del cristiano con la voluntad divina de ninguna manera avala la errónea conclusión de que tiene derecho a repartir los honores con Dios. ¿Cómo podría ser esto posible, considerando que, si hace lo que se le ordena, sigue siendo un “siervo inútil”? ¿Cómo podría ser, que, en la medida en que mejore, solo representa el poder de la gracia divina que obra en él? ¿Cómo podría ser, que cuanto más sensato es, tiene más posibilidades de fracaso que éxito en sus esfuerzos? Esto es para que, cuando los redimidos hayan cruzado el Jordán y hayan llegado a salvo a las costas de la Caná celestial, exclamena una sola voz: “No a nosotros, oh, Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad” (Sal 115:1). Para resumir la doctrina de la perseverancia de los santos, en la búsqueda y práctica de la santidad tal como se establece en la Palabra de Dios, no proporciona refugio ni para la pereza ni para el libertinaje: no nos alienta a dar por sentada nuestra regeneración y glorificación, sino que nos pide que “procurad hacer firme vuestra vocación y elección” (2Pe 1:10). Las exhortaciones y las amenazas no se nos hacen como a aquellos que ya tienen asegurada la perseverancia final, sino como a aquellos que están llamados al uso de los medios para el fundamento de nuestras almas en las sendas de la obediencia, siendo agregados a esos caminos de gracia y paz a los que Dios llama a sus santos. La perseverancia consiste en un ejercicio continuo de las gracias espirituales en los santos, y las exhortaciones son los medios divinamente designados para impulsar esas gracias a la acción y para un crecimiento de estas. Por lo tanto, aquellos predicadores que no motivan al pueblo del Señor al cumplimiento de sus responsabilidades y son negligentes en advertirlos y amonestarlos, fracasan gravemente en uno de los puntos más indispensables del cargo que se les ha hecho. 7. Al hacer cumplir las amenazas de las Escrituras. Aquel con quien nos relacionamos es inefablemente santo y, por lo tanto, odia el pecado en cualquiera de sus formas. Él no ignorará el pecado en sus propios hijos cuando no lo confiesen, de igual manera con aquellos que son hijos del diablo. El papa y sus subordinados pueden traficar con sus viles “indulgencias” y “dispensaciones especiales”, pero el Señor Dios nunca baja su nivel, e incluso aquellos en Cristo no están exentos de amargas consecuencias si siguen un curso de perdición. Pero Dios también es misericordioso y fiel, y por eso advierte antes de castigar y exhorta antes de herir. En su Palabra, ha descrito aquellos caminos que conducen a la calamidad y a la destrucción, para que podamos evitarlos; sin embargo, aquellos que los siguen deliberadamente pueden tener la certeza de que recibirán la debida recompensa de su desafío. Por lo tanto, corresponde al ministro del Evangelio enfatizar las amenazas divinas, ya que es sabio que sus oyentes o lectores las consideren seriamente. “Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mt 6:15). “Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes” (Lc 12:47, hablado a Pedro: v. 41). “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (Jn 5:14). “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden” (Jn 15:6 — hablado con los once apóstoles). “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Ro 8:13). “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gá 6:7, 8). ¿Se han estudiado pasajes como estos en las predicaciones y los escritos de los ortodoxos durante los últimos cincuenta años? Realmente no, ¿por qué? Hay tres pasajes específicos que requieren una atención más completa de nuestra parte, estos pasajes se encuentran entre los más solemnes y aterradores que se pueden encontrar en toda la Palabra de Dios, pero que, sin embargo, se dirigen totalmente al pueblo de Dios. Antes de citarlos, se podrían describir conjuntamente con la siguiente observación: no han recibido la atención que deberían en los ministerios prácticos de los siervos de Dios. El ministro del Evangelio solo ha cumplido la mitad de su deber cuando borra estos versículos de los falsos comentarios que sus oponentes les han impuesto. Es bastante cierto que los arminianos los han usado completamente de manera injustificada e incorrecta, pero probablemente Dios padeció a manos de Sus enemigos para llamar la atención porque Sus amigos los ignoraron. El maestro cristiano no solo debe mostrar que no hay conflicto entre estos pasajes y versículos, como por ejemplo, Jn 10:28 y Filipenses 1:6, sino que también debe resaltar su significado positivo y la fuerte relación que tienen con los cristianos mismos. “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada” (Heb 6:4–8). Esas palabras están dirigidas a “hermanos santos, participantes del llamamiento celestial” (Heb 3:1), y su relación es la siguiente. En 5:11–14 el apóstol había reprendido a los hebreos por ser lentos en su aprehensión de la Verdad y en su caminar conforme a esta, después de la exhortación en 6:1–3 les advierte del terrible peligro de continuar en un estado pasivo - “Porque es imposible”. Pero, esto puede ser objetado. Seguramente no es la intención de nuestro Padre Celestial aterrorizar a Sus queridos hijos. No, ciertamente no; sin embargo, los afectaría adecuadamente por esto. Aunque tales amenazas no están diseñadas para provocar en los cristianos temor a la condenación, deben engendrar en ellos un santo cuidado y diligencia para evitar los males denunciados. No hay más incongruencia entre el hecho de que un cristiano sea consolado por las promesas divinas y alarmado por las amenazas celestiales, entre el vivir una vida de gozosa confianza en Dios y también una humilde dependencia de él. Debemos distinguir entre cosas que difieren: hay un temor por la precaución, así como por la desconfianza, un miedo que produce cuidado y vigilancia, y otro que llena de ansiedad. Hay una gran diferencia entre algo que está destinado a debilitar la seguridad de la carne y la confianza que la fe tiene en Cristo. La seguridad de la perseverancia es bastante consistente y siempre debe ir acompañada de “temor y temblor” (Fil 2:12, 13). En sus comentarios de apertura sobre Heb 6:4–6 John Owen dijo: “Es una afirmación (enunciación) necesaria y saludable, debidamente considerada por todos los profesores del Evangelio”. Y en el curso de su exposición magistral señaló: “Porque no proceder en el camino del Evangelio y la obediencia al mismo es una entrada desfavorable en la renuncia total de uno y otro. Para que, por lo tanto, conozcan el peligro del presente y sean persuadidos a evitarlo, el apóstol les cuenta de aquellos que, después de haber tomado una decisión de fe, comenzando con una falta de dominio, terminaron en apostasía. Y podemos ver que los menajes más severos no solo son útiles en la predicación del Evangelio, sino que son muy necesarios para las personas que se observa son negligentes en su fe”. La escritura en ninguna parte enseña que el santo está tan seguro de que no necesita ser cuidadoso de sí mismo, ni descuidar la deserción de aquellos que por un tiempo parecieron correr bien. Otro de los puritanos dijo sobre este pasaje: “Ciertamente, todos deberíamos temer el severo juicio al cual nuestra apostasía nos podría llevar a sufrir, temer a tener un corazón obstinado, que no nos permita nunca reconciliarnos con el arrepentimiento, incluso los hijos de Dios; a quienes va dirigido esto… El apóstoldice: es imposible que se salven, porque es imposible que se arrepientan. Este es un horrible estado y, sin embargo, así como es de temeroso, no es inusual: es algo que vemos a menudo en algunos que han tomado una decisión de fe en el nombre de Dios y luego han sido criticados. ¡Oh, por lo tanto, ustedes que han comenzado y han probado los caminos de Dios, para andar con Él, deben tomarse en serio esto! Por lo cual, se propone a los creyentes, que deben mantenerse alejados de tal juicio, para no caer en un estado tan obstinado como para ser entregados a una mente reprobada y a afectos viles” (Thomas Manton). El mejor preventivo es mantener una conciencia sensible al pecado, que sufre y confiesa a Dios sus transgresiones, y busca la gracia para mitigar sus lujurias. “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Heb 10:26–31). No es nuestra motivación por el momento dar una explicación de estos versículos (que hicimos al pasar por esa Epístola), ya que no expondremos por ahora los errores arminianos al respecto (lo cual esperamos hacer muy pronto); más bien, ahora dirigiremos nuestra atención hacia ellos como otro ejemplo de las terribles amenazas que se dirigen claramente a los cristianos, y de las cuales burlarse es una locura y no una sabiduría. El alcance del pasaje anterior se comprende fácilmente, Hebreos 10:23 da una exhortación, vv. 24, 25 menciona los medios para continuar en esa fe, mientras que los vv. 26–31 declaran lo que sucederá a aquellos que renuncien a la Verdad. En sus comentarios, J. Owen señala: “El apóstol se identifica con ellos (“si pecamos”, etc.), como es su costumbre en sus mensajes, esto para mostrar que no hay acepción de personas en este asunto, sino que quienes igualmente pecaron serán indistintamente castigados; y para quitar cualquier imagen de severidad hacia ellos, al ver que no habla nada de lo cual él mismo no estuviera preocupado, sino que también lo pronuncia contra sí mismo. La palabra ‘voluntariamente’ significa, por elección, sin sorpresa, sin compulsión o sin temor… Si un abandono voluntario de la profesión del Evangelio y sus deberes es el pecado más alto, y será castigado con la mayor de las iras y el castigo, debemos velar seriamente contra todo lo que nos incite o nos disponga a ello”. J. Owen concluyó sus comentarios sobre estos versículos diciendo: “Por lo tanto, este es un pasaje de la Sagrada Escritura que debe considerarse, especialmente en estos días en que vivimos, donde los hombres tienden a enfriarse y descuidar su fe, donde declinan gradualmente de aquello que habían alcanzado. Primeramente, fue escrito para ser útil en un tiempo así, pero es igual de importante para nosotros que para quienes lo fue originalmente. Además, vivimos en tiempos en los cuales la seguridad y el desprecio a Dios, a pesar del Señor Cristo y su Espíritu, se hacen evidentes, así como justificar la verdad en la que hemos insistido”. Si la importancia y atención a este pasaje se consideraba tan necesaria por parte de todos los cristianos profesantes en los días de los puritanos, ¡cuánto más en los tiempos oscuros en los que nos encontramos! Cuán lamentablemente negligentes, entonces, son esos predicadores que no solo no dedican un sermón completo a estos versículos, sino que nunca los han citado a través de los años, excepto para refutar a los arminianos de tal manera que se hace creer a los creyentes vanos que no hay nada que temer. “Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno” (2Pe 2:20–22). Al final de sus comentarios sobre este pasaje, Matthew Henry dice: “Si las Escrituras dan una descripción del cristianismo, por un lado, y del pecado, por el otro, como lo hemos hecho en estos versículos, ciertamente deberíamos aprobar el primero y perseverar en este, porque es un ‘camino de justicia’ y un ‘mandamiento sagrado’, al mismo tiempo que repudiamos y nos alejamos del pecado porque se presenta como ofensivo y abominable”. Sería mucho mejor nunca hacer una profesión de fe, que hacerla y luego deshonrarla y repudiarla. “El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina” (Pr 29:1). Las amenazas solemnes de la Escritura son una revelación tanto para la Iglesia en particular como para el mundo en general de la severidad de Dios contra el pecado y de aquellos a quienes Él juzga dignos de la destrucción eterna por su persistencia en esto. Si los cristianos profesos hacen oídos sordos a las exhortaciones, amonestaciones y advertencias, si endurecen sus corazones contra las súplicas y las amenazas, y determinan seguir el camino de su propia voluntad y complacencia, se colocan fuera de toda esperanza de misericordia. Por lo tanto, es el deber imperativo del siervo de Cristo advertir fielmente al pueblo de Dios del terrible peligro de retroceder y de lo que les espera si permanecen en esa condición: señalar definitivamente la relación que Dios ha establecido entre el pecado y el castigo, entre apostasía y condenación, de tal manera que les infunda un temor sagrado a fin de evitar que naufraguen en la fe y disuadir a los creyentes carnales de entregarse a la vana esperanza de que, una vez en gracia siempre en gracia. 8. Al retener las recompensas. Muchos predicadores se han equivocado en esto, permitiendo que el temor al hombre le niegue a los hijos de Dios una porción de su pan necesario. Debido a que ciertos enemigos de la Verdad han suprimido este tema, consideraron que era más sabio guardar silencio al respecto. Debido a que los papistas han pervertido gravemente la enseñanza de la Escritura sobre las “recompensas”, presentando insidiosamente el mérito de su posición como abogados de la corona en este punto, muchos protestantes se han reservado la predicación de este asunto por no ser acusados de favorecer el romanismo. Más bien, este mismo abuso los debería motivar a ser más diligentes y celosos en presentar su significado y uso correcto y verdadero. Amenazas y recompensas: ¿el uno no sugiere naturalmente al otro? los primeros para actuar como elementos disuasivos, y los segundos como estimulantes: elementos disuasivos contra el mal, estimulantes o incentivos para el cumplimiento del deber. Pero si uno ha sido archivado en el púlpito, el otro ha recibido poca atención incluso en contextos ortodoxos. Podemos abordar brevemente el tema aquí, pero esperamos dedicarle un artículo separado en la siguiente sección. En la Escritura, la “vida eterna” se presenta como un “regalo” y como una “recompensa”, la recompensa de la perseverancia. Para algunos puede parecer que tales términos y conceptos son mutuamente opuestos. Sin embargo, ¿no es la oración tanto un privilegio como un deber? ¿No se asusta el hombre natural cuando descubre que Dios le ordena a su pueblo que “seregocije con temblor”? ¡qué aparente paradoja! La aparente dificultad se elimina cuando se considera que las “recompensas” que Dios ha prometido a su pueblo no son las de la justicia sino las de la generosidad; que no son una representación proporcional o devolución por los deberes que realizamos o los servicios que hemos prestado, sino el fin para el cual nuestra obediencia es apta. Por lo tanto, las recompensas que Dios nos propuso no están diseñadas para formar en su pueblo un espíritu legalista, sino que están diseñadas para conformar nuestros corazones bajo las abnegaciones a las que estamos llamados, para animarnos en medio de los sufrimientos que encontramos por el amor de Cristo, y para estimularnos a los actos de obediencia que nos ayuden cumplir con lo prometido. Ciertamente, Moisés no fue inspirado por ningún espíritu ávaro cuando “tenía puesta la mirada en el galardón” (Heb 11:26). Hebreos declara que la vida eterna y la gloria están establecidas en la Palabra de Dios como la recompensa y el fin de la perseverancia que esperan a todos los cristianos fieles, mencionaremos por ejemplo Hebreos 10:35 por no citar otros pasajes ahora: “No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón”. En esas palabras Matthew Henry dijo: “Los exhorta a no abandonar su confianza, es decir, su santo valor y valentía, sino a retener la profesión por la cual anteriormente habían padecido tanto, y cuyos sufrimientos soportaron tan bien”. Segundo, los alienta a esto asegurándoles que la recompensa de su santa confianza es muy grande: conlleva en ella una recompensa, en santa paz y gozo y gran parte de la presencia y el poder de Dios derramado sobre ellos; la cual tendrá un gran galardón de ahora en adelante”. Mientras el cristiano se esfuerza de todo corazón por caminar obedientemente y unir su fe con las promesas de Dios, el Espíritu consuela y testifica a su espíritu de que es hijo de Dios; pero cuando descuida su responsabilidad y los medios de gracia, no solo retiene este testimonio, sino que sufre las amenazas de la Escritura las cuales se apoderarán de él de tal manera que Salmos 38:2, 3 se convertirá en su propia experiencia. 9. Persistiendo en la firmeza. “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza” (Heb 10:23). Sigan adelante por el camino de la santidad, sin importar los obstáculos y la oposición que encuentren. Su seguridad depende de ello, ya que si niegan la fe ya sea por palabras o acciones, es “peor que un infiel” que nunca la profesó. El hecho mismo de permanecer aquí nos obliga a “aferrarnos” a nuestra profesión cristiana, esto no implica que sea una tarea fácil, habrá dificultades que superar que exigirán desplegar nuestra mayor fuerza y esfuerzo en la defensa y crecimiento de esta. “Sin fluctuar” quiere decir, con constancia firme e inquebrantable. El pecado siempre busca vencer al cristiano; el mundo siempre se esfuerza por atraerlo nuevamente hacia sus seductores brazos; el diablo, como un león rugiente, siempre está buscando devorarlos. Por lo tanto, el llamado a él es a “estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre”, en los deberes que Él ha asignado (1Co 15:58). La necesidad de enfatizar las exhortaciones como la anterior aparece en la seria advertencia dirigida a aquellos a quienes el apóstol llama “amados” en 2 Pedro 3:17; “guardaos, no sea que, arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza”. Sobre esto Matthew Henry dice: “Estamos en gran peligro de ser seducidos y apartados de la Verdad. Muchos de los que tienen las Escrituras y las leen no entienden lo que leen, y muchos de los que tienen una comprensión correcta del sentido y el significado de la Palabra no están fundamentados en la fe de la Verdad, y todo esto puede guiar al error. Pocos alcanzan el conocimiento y el reconocimiento del cristianismo doctrinal; y aún menos se mantienen firmes en el camino de la piedad práctica, que es el camino angosto que solo conduce a la vida. Debe haber una gran cantidad de abnegación y desconfianza de nosotros mismos, sometiéndonos a la autoridad de Cristo Jesús, nuestro gran Profeta, antes de que podamos recibir de todo corazón todas las verdades del Evangelio, y por lo tanto, estamos en gran peligro de rechazar la Verdad. Los ministros de Cristo, entonces, deben insistir mucho en la importancia de la firmeza y la constancia. 10. Al no otorgarles a los rebeldes el consuelo de la verdad de la seguridad eterna. Después de todo lo que se ha dicho en los puntos anteriores, hay poca necesidad de que expliquemos este. Cualquier predicador que aliente a los perezosos y a los indignos, está haciendo un gran daño a las almas. Decirles a los que han abandonado los caminos de la justicia que, dado que alguna vez creyeron en Cristo, al final todo les saldrá bien, es dar un premio a su carnalidad. Asegurar a aquellos que han abandonado los medios de gracia y han vuelto al mundo nuevamente que, debido a que anteriormente hicieron una profesión de fe, Dios los retomará y restaurará, es decir algo que las Escrituras en ninguna parte justifican. Lo que necesita alguien cuyo cuerpo está enfermo es un purgante insípido y no viandas ricas y sabrosas. Las divinas amenazas y no las promesas deben enfatizarse sobre aquellos que están siguiendo los deseos y caminos de sus propios corazones. Solo al prestar atención a las diez cosas mencionadas en estas secciones se salva la preciosa verdad de la profanación de la seguridad eterna de los santos. 9 SU OPOSICIÓN Se ha demostrado extensamente en secciones anteriores que el concepto de una apostasía total y final de un alma regenerada no está de acuerdo con la Verdad. Demandar la destrucción eterna de alguien a quien la gracia Divina ha sido comunicada de manera salvadora al alma es contrario a todo el contenido del Pacto de redención, a los atributos de Dios involucrados en él, al diseño y la obra del Redentor en él, a la misión del Espíritu y su permanencia con los hijos de Dios “para siempre” (Jn 14:16). Quien mora en el Dios Triuno no debe ni puede perder la santidad y servir al pecado para entregarse por completo a sus órdenes. Quien ha sido liberado del poder de las tinieblas y trasladado al reino del amado Hijo de Dios, nunca más volverá a ser un sujeto disponible para Satanás. Aquel que se ha convertido en receptor de una experiencia sobrenatural de la Verdad nunca será fatalmente engañado por las mentiras del diablo. Es cierto que su propia voluntad es cambiante, pero la promesa de Dios es inmutable; su propia fuerza es débil, pero el poder de Dios es invencible, sus oraciones son débiles, pero la intercesión de Cristo prevalece. Sin embargo, en todas las épocas, esta doctrina de la perseverancia final de los santos ha encontrado oposición y ha sido negada. Satanás mismo creía en la obra de la apostasía y tenía el descaro de confesarlo a Jehová (Job 1:8–11). No debemos sorprendernos entonces al descubrir que la suprema calumnia del reino religioso repudia con vehemencia esta preciosa verdad y profiere a todos los que la sostienen. Los mercaderes de méritos de Roma se oponen a todo lo que exalta la gracia. Además, aquellos que tan fuertemente niegan la elección incondicional, la redención particular y el llamado efectivo, deben, para ser consistentes, negar también la seguridad eterna del cristiano. Dado que los papistas son tan agresivos y opuestos al “libre albedrío” del hombre caído, lógicamente, deben negar la perfección de todos los que están en Cristo. Si por un acto de mi propia voluntad puedo permanecer en un estado de gracia, entonces se deduce claramente que soy capaz de abandonar el mismo. Si el “libre albedrío” del pecador lo inclina primero a ejercer el arrepentimiento y la fe, entonces obviamente puede recaer en un estado de impenitencia e incredulidad confirmadas. Pero Roma de ninguna maneraestá sola en oposición a esta bendita cláusula del Padre. Otros que difieren ampliamente con ella en muchos otros aspectos se le han unido en este asunto. Considerables grupos de “protestantismo”, denominaciones enteras que afirman tomar la Palabra de Dios como su única regla de fe y práctica, también han luchado enérgicamente y amargamente contra aquellos que sostenían esta verdad. Estos son los que se conocen como arminianos, debido a que James Arminius o Van Harmin, un holandés del siglo XVI, fue el primer hombre sobresaliente entre los círculos ortodoxos que se opusieron a la teología enseñada por John Calvin, quien lo hizo de una manera encubierta, astuta y contraria a la promesa más solemne y particular que le dio al Classis antes de ser instituido como profesor de Divinidades en Leyden en 1602. Desde entonces, con motivo de la clasificación teológica, los no calvinistas y los anti calvinistas han sido denominados “arminianos”. El único hombre que hizo más que ningún otro para popularizar y difundir el arminianismo en el mundo de habla inglesa fue John Wesley. Ahora nos ocuparemos de examinar los ataques que los arminianos han hecho sobre esta verdad de la perseverancia final de los santos y los argumentos principales que emplean para criticarla y suprimirla. Pero aclaremos desde el principio, no es porque abriguemos ninguna esperanza de liberar a tales personas de los errores que ahora estamos escribiendo, y menos aún ponernos en su contra. No, es inútil discutir con aquellos cuyos corazones están en contra de la Verdad: tratar de convencer a un hombre en contra de su voluntad, que al final mantendrá su misma opinión. Además, la Verdad eterna de Dios es infinitamente demasiado sagrada como para ser objeto de debate carnal y disputas. Más bien, es nuestro propósito ayudar a aquellos del pueblo de Dios que han sido perseguidos muy de cerca por los perros y mostrar que su ladrido es peor que su mordida. Escribimos ahora con el propósito de liberar a estos “bebés” de ser “extraviados de la sincera fidelidad a Cristo” (2Co 11:3). 1. Al tergiversar y confundir la verdad por la que luchamos. Formular un “hombre de paja” es un recurso favorito de los arminianos porque es incapaz de resistir sus ataques, fingiendo que han derrocado el principio calvinista. Caricaturizar una doctrina y luego exhibirla para ridiculizarla, falsificando una doctrina y luego acusando que tal acción es algo perverso, equivale a reconocer que no pueden derribar la doctrina tal como la presentan y sostienen sus amigos. Sin embargo, esta es la práctica de la que los dialécticos arminianos son culpables. Seleccionan una sola parte de nuestra doctrina y luego la toman como si fuera el todo. Separan los medios del fin y afirman que enseñamos que el fin se alcanzará independientemente de los medios. Ignoran la protección que Dios le ha brindado a esta parte de su verdad, la cual sus verdaderos siervos han mantenido, afirmando posteriormente que tal doctrina es perjudicial, peligrosa, enemiga de la promoción de la piedad práctica. En lenguaje sencillo, buscan aterrorizar a los simples con un fantasma que ellos mismos han elaborado. De la siguiente cita se deriva que no hemos presentado una acusación indebida e injusta contra los arminianos. “La doctrina común de que la perseverancia requiere y ordena a todos los santos o creyentes que se convenzan completamente, con la fe más grande e indudable, de modo que no exista ninguna posibilidad de una deserción total o final de esta que “aunque caigan en diez mil enormidades de los pecados más abominables y se revolcaran en ellos como un cerdo en el lodo, aun así permanecerían en un estado de gracia constante, mientras que Dios los traerá de vuelta con mano fuerte de gracia irresistible fuera de sus pecados al arrepentimiento antes de morir”. Esas fueron las palabras de uno de los arminianos ingleses más influyentes en los principales días de los puritanos, que surgieron de la pluma de uno, John Goodwin, sobrino del piadoso expositor y eminente, Thomas Goodwin. A la luz de lo que hemos escrito en secciones anteriores de esta serie, pocos de nuestros lectores deberían presentar alguna dificultad en percibir el sofisma de este miserable cambio. Ningún escriba bien instruido de Cristo jamás expuso la doctrina de la perseverancia de los santos de una manera tan distorsionada y usando términos tan extravagantes como los anteriores, sin embargo, esta es, precisamente una muestra de los recursos empleados por los arminianos con respecto a esta verdad: toman solo un elemento de ella y luego rechazan su tergiversación unilateral del todo. La perseverancia por la que luchamos, y de la cual la obra de la gracia divina provee y asegura efectivamente, es una perseverancia en fe y santidad, una firma convicción de fe para producir todos los frutos de justicia. Mientras que cualquiera puede notar a primera vista, la parodia presentada en la cita anterior, la cual se refiere a una preservación a pesar de y en medio de la práctica de los pecados abominables, revolcándose en ellos como un cerdo en el lodo (es decir, bastante acostumbrados a tanta inmundicia), y aun así permaneciendo todo el tiempo en un “estado de gracia” es una contradicción palpable, porque un “estado de gracia” es uno de sujeción y obediencia a Dios. Una vez más, Goodwin hace que el calvinista afirme en nombre de Dios: “Ustedes que realmente creen en Mi Hijo, que han sido hechos partícipes del Espíritu Santo, y que, por lo tanto están completamente persuadidos y seguros de Mi voluntad y mandamiento que se les ha dado en ese nombre, de acuerdo con la infalible Palabra de verdad que tienes de Mí, no pueden, ni por los pecados más horribles ni por las prácticas abominables, no es posible, de ninguna manera apartarte total o finalmente de tu fe; porque aún en medio de tus peores y más sucios actos, queda en ti una semilla que es suficiente para convertirte en verdadero creyente, para evitar que finalmente caigas, que es imposible que mueras en tus pecados; tú qué sabes y estás seguro que por obra irresistible formaré una perseverancia en ti, y que como consecuencia, estarás fuera de todo peligro de condenación; que el cielo y la salvación te pertenecen, lo cual es tan cierto como tú, de lo cual no te corresponde sino solo agradecer”. La incongruencia de tal afirmación debería ser evidente de inmediato. Primero, todos los santos verdaderos no tienen una seguridad absoluta y total de su perseverancia: muchos de ellos son frecuentemente asaltados por dudas y temores. En segundo lugar, es a través de las promesas y preceptos, exhortaciones y amenazas de Dios, que se les estimula al uso de aquellas cosas por las cuales se alcanza la perseverancia y se obtiene seguridad. Tercero, ningún santo con sana doctrina esperaría que su perseverancia fuera formada bajo una suposición tan cruda como caer y continuar en “pecados horribles y prácticas abominables”. Cuarto, las promesas de seguridad eterna se hacen a aquellos en cuya mente Dios ha escrito Sus leyes y en cuyos corazones Él pone Su santo temor, para que no se aparten de Él: tales promesas han sido hechas a aquellos que “escuchan” la voz del buen pastor y “siguen” el ejemplo que les ha dejado. Quinto, lejos de “solo agradecer”, se les pide que atiendan su propia salvación con temor y temblor corriendo con paciencia la carrera que se les presenta, haciendo su llamado y elección auténtica a través de su gratitud y produciendo frutos de justicia. Digamos una vez más, y no lo suficiente ni enfáticamente en esta era degenerada, que la perseverancia de los santos que se describe en la Sagrada Escritura no es una simple continuación de los cristianos en esta tierra durante varios años después de su regeneración, luego de que la fe ha sido forjada en ellos, para culminar su admisión al Cielo como una cuestión de rutina, sin considerarsu antecedente historia moral en el período intermedio. No, aunque puede ser así como los incompetentes principiantes lo han descrito, al igual que los antinomianos lo han pervertido, sin embargo, ese concepto está tan alejado de la realidad como la oscuridad está de la luz. La perseverancia de los santos es un progreso constante en el camino que comenzaron durante su conversión, una perseverancia hasta el final en el ejercicio de la fe y en la práctica de la santidad. La perseverancia de los santos consiste en continuar negándose a sí mismo, mitigando los deseos de la carne, resistiendo al Diablo, peleando la buena batalla de la fe; y aunque, por cierto, sufren muchas caídas y reciben numerosas heridas de sus enemigos, sin embargo, aun si “desmayan”, “perseveran en su camino”. 2. Al insistir en que esta doctrina fomenta la vida disoluta. Hemos escuchado a numerosos arminianos declarar: “Si estuviera absolutamente seguro de que el Cielo sería mi porción eterna; entonces abandonaría toda piedad y volvería al mundo”, a lo que respondemos: Tal vez lo harías, pero con los regenerados es bastante diferente, ellos encuentran su deleite en Aquel que es infinitamente mejor a todo lo que se puede encontrar en este mundo perecedero. Sin embargo, los arminianos nunca se cansan de decir que esta cláusula sobre la no apostasía de los santos es viciosa y peligrosa, lo que brinda un gran estímulo a aquellos que se creen cristianos para caer en iniquidades, como Lot, David, Salomón y Pedro lo hicieron. Aseguran que aquellos que cometen tales pecados y mueren sin arrepentirse, aun manteniendo su fe en la sangre del Cordero no tienen herencia en el reino de Dios y de Cristo. También es un hecho que Dios trató las transgresiones de esos hombres con Su disciplina y los levantó de sus caídas. Tales casos no están registrados en la Palabra para alentarnos a pecar, sino para advertirnos y para desconfiar de nosotros mismos. Una visión tan manipulada como la que se propone en la objeción anterior pierde de vista por completo la naturaleza de la regeneración, negando tácitamente que el nuevo nacimiento es un milagro de la gracia, efectuando un cambio radical en el interior, renovando las facultades del alma, dando una motivación completamente diferente a las inclinaciones naturales de una persona. Hablar de un hijo de Dios que se enamora nuevamente del pecado equivale a sugerir que no hay una diferencia real entre alguien que ha pasado de muerte a vida, a quien se le ha imputado el principio de santidad, que está siendo habitado por el Espíritu. de Dios y los que no son regenerados. Se acepta fácilmente que alguien que ha sido meramente impresionado intelectualmente y movido emocionalmente para modificar temporalmente su conducta externa puede volver a su antigua forma de vida; pero aquel que ha experimentado una obra de gracia sobrenatural en su interior, alguien que se ha convertido en una “nueva criatura en Cristo Jesús “, puede perder o perderá todo el gusto por las cosas espirituales y quedará satisfecho con las cáscaras de las que se alimentan los cerdos, lo negamos enfáticamente. 3. Al afirmar nuestra doctrina, se priva al pueblo de Dios de la porción más aguda que Él ha dado por cortar la carne en ellos. Muchos arminianos afirman que el medio más efectivo para restringir sus inclinaciones malvadas, tanto en los regenerados como en los no regenerados, es el miedo al fuego eterno, y de esta premisa sacan la conclusión de que cuando una persona está definitivamente segura de que ha sido liberada de una vez por todas de la ira venidera, se le ha quitado el disuasivo más fuerte contra la carnalidad y la lujuria. Este argumento tiene una considerable razón, si Dios no hubiera comunicado a sus hijos lo que opera en ellos de manera más poderosa y efectiva que el temor al castigo, tal como lo ha hecho, este argumento tendría poco sentido o peso. Cualquiera que sea la influencia que el miedo al infierno ejerce en la supresión de los deseos de la carne, es cierto que los justos son guardados de una vida de pecado por consideraciones mucho más fuertes. La fe purifica el corazón (Hch 15:9), la fe vence al mundo (1Jn 5:4), pero las Escrituras en ninguna parte atribuyen tales virtudes al temor del Lago de fuego. Un caballo rebelde necesita ser sujetado con brida, pero uno que ha sido bien entrenado es manejado mejor por una mano suave que por una áspera. En el caso del santo, sin duda, sería peligroso si no hubiera una restricción más fuerte sobre sus deseos que el miedo al Infierno: ¡hasta qué punto ese miedo frena a los impíos! Así como la naturaleza de una causa determina la naturaleza de sus efectos, de la misma manera la conducta de un hombre estará determinada por el principio más poderoso que la gobierna, un temor servil puede producir solo una obediencia servil, y seguramente Dios espera algo mejor de su pueblo. El servicio que produce el miedo al Infierno será débil y vacilante, ya que nada perturba más la mente y enervará el alma que las advertencias y los horrores. Se nos dice con respecto a Nabal, que “desmayó su corazón” por miedo (1Sa 25:37), y los soldados que guardaban el sepulcro “se quedaron como muertos” por miedo (Mt 28:4): por lo tanto, cualquier obediencia procedente de tal emoción solo puede producir una obediencia muerta. Además, será voluble y fugaz en el mejor de los casos: Faraón relajó su persecución de los hebreos cuando ya no fue atormentado por las plagas de Dios, e incluso les dio permiso para salir de Egipto; pero poco después se arrepintió de su indulgencia, enojándose por ello, y persiguiéndolos con el deseo de matarlos (Éx 14:5). Aquellos hipócritas a quienes sorprendió el “temor”, aun después, siguieron siendo hipócritas (Is 33:14). Es cierto que a los creyentes se les ordena “temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mt 10:28), sin embargo, debe señalarse que existe una gran diferencia entre temer a Dios y temer el castigo eterno. En el párrafo y en el pasaje completo, Cristo agregó: “sí, os digo, a éste temed” (Lc 12:5), ¡no temas al infierno! Una de las promesas del pacto que Dios ha hecho con respecto a sus elegidos es: “pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jer 32:40), el cual es un temor filial, un respeto por Su autoridad, una veneración asombrosa de su majestad; mientras que el miedo de los no regenerados es servil, ansioso y atormentador. El temor sagrado de los justos hace que estén atentos y alerta contra los caminos que conducen a la destrucción, mientras que el miedo de los malvados solo considera la destrucción misma: uno está preocupado por los males que ocasionan la ira de Dios, el otro está confinado a los efectos de su ira. Pero el ejercicio de la fe y los resultados del miedo filial no son los únicos principios que regulan al santo: el amor de Cristo lo constriñe, la gratitud a Dios por su maravillosa gracia tiene un poderoso efecto sobre su conducta. 4. Al declararlo neutraliza el poder de las exhortaciones. El argumento utilizado por los arminianos sobre este punto puede expresarse de la siguiente manera: si es absolutamente seguro que todas las almas regeneradas alcanzarán el Cielo, entonces no puede haber una necesidad real de hacerles andar por el camino que los lleva, no tendría sentido exhortarlos a correr con paciencia la carrera que se les ha puesto por delante; pero debido a que Dios ha pronunciado tales advertencias a su pueblo, se deduce que su perseverancia final no es segura, y menos aún que no atender a esas amonestaciones es advertido con la muerte eterna. Se insiste en que las exhortaciones al esfuerzo, la vigilancia, la diligencia, etc., implican claramente el destino de la salvación del creyente, que todas esas llamadas al cumplimiento de estos deberes significan que la seguridad está condicionada a su propia fidelidad,a la respuesta de estas demandas que Dios le hace. Debería ser una respuesta suficiente para señalar que si esta objeción fuera realmente válida, entonces ningún cristiano podría estar seguro de su felicidad eterna mientras estuviera en este mundo: de ahí que la inferencia formulada por los arminianos de tales exhortaciones debe estar equivocada. Qué lógica más extraña es esta: porque estoy convencido de que Dios me ama con un amor inmutable e insaciable, por lo tanto, me siento libre de pisotear su voluntad revelada y no preocuparme si mi conducta le agrada o le desagrada. Debido a que estoy seguro de que Cristo, a costa de una vergüenza y sufrimiento incomparables, compró mi redención eterna, una herencia inalienable, esto me alienta a abandonarlo en vez de seguirlo, denigrarlo en vez de honrarlo. Esa podría ser la teología de los demonios y de aquellos a quienes poseen, pero sería repudiada y aborrecida por cualquiera renovado por el Espíritu Santo. Qué absurdo argumentar que debido a que una persona cree que perseverará hasta el final, despreciará y descuidará todo lo que promueva tal perseverancia. Un argumento como el anterior equivale a decir que, debido a que Dios ha regenerado un alma, ahora esta no requiere obedecerle, mientras que uno de los principales objetivos por los que es renovada es capacitarla para la obediencia, para que pueda ser conformada a la imagen de su hijo. Lejos de las promesas absolutas de Dios que corroboran la seguridad eterna de su pueblo debilitando la fuerza de los motivos para la justicia, están los mismos medios utilizados por el Espíritu para motivar a los santos a la práctica de la justicia y comprometerlos en la práctica de esta. Ciertamente, los apóstoles no percibieron ninguna inconsistencia o incongruencia entre las promesas divinas y los preceptos. No dijeron que no tuviera sentido argumentar a partir de tales benditas garantías para la práctica de la responsabilidad de la santidad. Uno de ellos dijo: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2Co 7:1). Esas promesas fueron: “Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas” (2Co 6:16,18), y en esto basó su exhortación. Después de decir: “sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación”, otro apóstol procedió a instar: “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad… Y si invocáis al Padre… conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1Pe 1:5, 13, 17) - aparentemente nunca se le ocurrió que tales exhortaciones habían sido nulificadas o incluso debilitadas por la doctrina antes mencionada. 5. Al apelar a casos y ejemplos que, aunque plausibles, no son concluyentes. Demostrar su afirmación de que un verdadero hijo de Dios puede retroceder tanto como para perder todo el gusto por las cosas espirituales, renunciar a su profesión y morir como un infiel, es algo que a los arminianos les gusta referirse con ilustraciones no demostradas. Señalarán a ciertos hombres y mujeres que han estado antes que ellos, personas que fueron genuina y profundamente condenadas por el pecado, que buscaron sinceramente el alivio de una conciencia cargada, que finalmente creyeron en el Evangelio, depositaron su fe en la sangre expiatoria de Cristo y encontraron descanso para sus almas. Hablarán de la brillante profesión que hicieron estas personas, de la paz y la alegría que les sobrevino, del cambio radical que hicieron en sus vidas, y de cómo se unieron a la iglesia, de cómo habían bendecido la comunión con los santos, de que alzaron sus voces en alabanza y petición en las reuniones de oración, de que fueron diligentes al hablar a sus compañeros de su bienestar eterno, de cómo caminaron en los senderos de la justicia y causaron que los santos agradecieran a Dios por sus vidas transformadas. Pero que, por desgracia, estos meteoritos brillantes en el firmamento religioso pronto se desvanecieron. Los arminianos buscan sacar provecho de tales ejemplos. Cuentan de cómo, tal vez en unos pocos meses, el fervor religioso de estos “conversos” se enfrió, relatan cómo las tentaciones del mundo y las lujurias de la carne resultaron demasiado fuertes para ellos, y cómo, al igual que perros, volvieron a su vómito El arminiano luego alega que tales casos son ejemplos reales de hombres y mujeres que han “caído en desgracia”, que han renegado de la fe, y al apelar a eso, imagina que ha logrado derrocar la doctrina de la perseverancia final de los santos. En realidad, no ha hecho nada de esto. Simplemente ha mostrado cuán fácilmente los cristianos pueden estar equivocados, y por lo tanto nos señaló una advertencia para estar atentos cuidando de no caer en ilusiones y pensar que todo lo que brilla es oro. Las Escrituras nos advierten claramente que hay una clase cuya “piedad … es como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece” (Os 6:4). Cristo nos ha hablado de aquellos que recibieron la Palabra con alegría, pero que no tenían raíces en sí mismos (Mt 13:20, 21). Las vírgenes insensatas llevaban la lámpara de su profesión, pero no tenían aceite en sus vasijas. Uno puede acercarse “al” reino, pero nunca entrar en él (Mr 12:34). Para respaldar su objeción, el Arminiano debe hacer algo más que señalar a aquellos que hicieron una profesión de fe creíble pero que luego resultó falsa y se alejaron: debe demostrar que una persona verdaderamente regenerada, nacida de lo alto, hecha una nueva criatura en Cristo, luego de ser regenerada, pereció en apostasía. Lo cual no puede hacer, ya que ninguna situación así ha existido o existirá. El hecho es que, si bien hay muchos que, en diversos niveles, adoptan la religión cristiana, hay muy pocos que han nacido del Espíritu, y la única forma en que podemos identificar a estos últimos es por su permanencia en la santidad. El que no persevera hasta el final es porque nunca fue engendrado por Dios. Esa afirmación tampoco es un comienzo del asunto en cuestión, insiste en la enseñanza de la Sagrada Escritura. “Proseguirá el justo su camino” (Job 17:9): observe que no se trata de “tener que hacerlo” ni simplemente de que “puede hacerlo”, sino que es un positivo y no calificado lo “proseguirá”. Por lo tanto, cualquiera que no pueda “proseguir su camino”, ya sea un entusiasta religioso, un cristiano profeso o un miembro de la iglesia, nunca fue “justo” ante los ojos de Dios. Vamos a abordar un poco más este punto porque es probablemente el que ha presentado más dificultades para nuestros lectores. Sin embargo, no debería, porque cuando se resuelve con la Palabra, todo es tan claro como un rayo de sol. “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres” (Ec 3:14). Esta es una de las señales distintivas de la obra divina: su indestructibilidad, su permanencia y, por lo tanto, es por esta señal que debemos probarnos a nosotros mismos y a nuestros compañeros. “La doctrina ortodoxa no afirma la certeza de la salvación solo porque alguna vez hayamos creído, sino que la certeza de la perseverancia en la santidad es si realmente hemos creído, esa perseverancia en la santidad, por lo tanto, en oposición a todas las debilidades y tentaciones, es la única evidencia segura de la autenticidad de la experiencia pasada o de la validez de nuestra confianza en cuanto a nuestra salvación futura” (AA Hodge). “Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Jn 11:26) dijo Cristo, porque la vida que Él da es “eterna”, la cual ni el mismo Diablo puede destruir (ver Job 2:6). Por lo tanto, a menos que reconozcamos nuestro error al concluir que losapóstatas alguna vez fueron regenerados, le mentimos a la Palabra de Dios. 6. Al afirmar que esta doctrina hace que todas las advertencias y amenazas no tengan sentido. Los arminianos argumentan que, si el creyente está eternamente seguro en Cristo, no puede estar en peligro, y que advertirlo contra el peligro no tiene sentido. Primero, digamos que no tenemos nada en contra de aquellos que insisten en que las advertencias más solemnes y las amenazas más terribles son dirigidas especialmente a los hijos de Dios, ni tampoco estamos de acuerdo con aquellos que buscan mitigar la importancia de esas advertencias y explicar esas amenazas: por el contrario, en un capítulo anterior de este libro, hemos demostrado que Dios mismo ha protegido la verdad de la perseverancia final de su pueblo con estas mismas medidas, y ha insistido en que existen peligros muy reales contra los que deben protegerse y amenazas genuinas a las que deben prestar atención. Mientras el cristiano se quede en este mundo, será acosado por peligros mortales, tanto internos como externos, y sería una locura ignorarlos y jugar con ellos. Es el reconocimiento de su fe lo que le hace clamar: “Sosténme, y seré a salvo” (Sal 119:117). Sin embargo, lo que acabamos de admitir anteriormente no acepta en modo alguno que exista un conflicto entre las promesas y las advertencias de Dios: una asegura la preservación mientras que la otra pronostica la destrucción. Porque, ¿qué es lo que Dios ha prometido a su pueblo? Sino que “no se apartarán de Él” (Jer 32:44), que “proseguirán su camino” (Job 17:9), y que para este fin Él “producirá así el querer como el hacer por Su buena voluntad “(Fil 2:13), otorgándoles la gracia suficiente (2Co 12:9), y supliendo todas sus necesidades (Fil 4:19). En perfecta armonía con estas promesas están las advertencias y amenazas dirigidas a ellos, por medio de las cuales Dios ha dado a conocer la relación inseparable que existe, mediante su nombramiento, entre un camino de maldad y el castigo resultante. Esas mismas amenazas son utilizadas por el Espíritu para producir en los cristianos una prudencia y precaución santas, de modo que se conviertan en los medios para prevenir su apostasía. Esas advertencias tienen un uso apropiado y eficacia con respecto a los santos, ya que les hacen prestar atención a sus caminos, evitan las trampas que les han tendido y les sirven para afirmar sus almas en la práctica de la obediencia. Si podemos o no percibir la consistencia entre las garantías que Dios ha hecho a su pueblo y los motivos que les ha dado para que tiemblen ante su Palabra, entre las promesas reconfortantes y las exhortaciones conmovedoras, entre los testimonios de su seguridad y las advertencias de su peligro., cierto es, que las Escrituras abundan tanto en la una como en la otra. Si, por un lado, el cristiano tiene la garantía de estar completamente persuadido de que “ni principados ni potestades” podrán separarlo del amor de Dios en Cristo Jesús, y que Dios pisoteará a Satanás bajo sus pies en breve (Ro 8:38, 39; 16:20): por otro lado, se le ordena “Tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo… Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades” (Ef 6:12, 13), y “Sed sobrio y velad, porque vuestro adversario, el Diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1Pe 5:8). Sin embargo, aunque se advierte al creyente: “El que piensa estar firme, mire que no caiga”, es seguido inmediatamente por la declaración “pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir” (1Co 10:13, 14). Entonces tengamos cuidado de ser prudentes en nuestro propio concepto y de no acusar al Todopoderoso de locura. Debido a que los enemigos del cristiano son antiguos, sutiles y poderosos, y que la práctica de sus gracias es inconstante, es saludable que él viva bajo un continuo recuerdo de su debilidad, inconstancia y peligro. Necesita estar siempre atento y orando para no caer en la tentación, recordando lo que le sucedió al seguro de sí mismo Pedro. Debido a que la corrupción permanente sigue siendo parte de sí mismo, mientras se le deja en este mundo, le corresponde cuidar su corazón con toda diligencia, porque el que confía en su propio corazón es un tonto (Pr 27:26), sin importar sus mejores motivaciones. Solo se nos preserva de la presunción mientras se conserva un sentido real de nuestra propia insuficiencia. La conciencia del pecado interno debe hacer que cada hijo de Dios doble la rodilla de manera suplicante con la mayor frecuencia, humildad y fervor. Que el cristiano no confunda el campo de batalla con una cama de descanso. Que no se entregue a una profesión descuidada o a deleites carnales, mientras sus enemigos implacables, la carne, el mundo y el diablo siempre buscan su ruina. Que escuche las advertencias de un Dios fiel, quien demostrará que es una Guía infalible y una Protección invencible. 7. Al sacar una falsa inferencia de la justicia divina. A los arminianos les gusta citar que “Dios no hace acepción de personas”, por lo que argumentan que su justicia requiere que él dé la misma retribución a los cristianos pecadores que a los no cristianos que transgreden; y dado que nuestra doctrina no da lugar al castigo eterno de un santo, se dice que acusamos a Dios de parcialidad e injusticia. Que el Señor “es justo en todos sus caminos y misericordioso en todas sus obras” (Sal 145:17) es sostenido con tanto fervor por nosotros como por nuestros oponentes; pero lo que el arminiano niega lo sostiene el calvinista, y es la soberanía absoluta de Dios. Que el Altísimo está obligado a dar castigos iguales a faltas iguales y recompensas iguales a méritos iguales, no puede permitirse por un momento el estar por encima de toda ley, ni a quien la dictó no estar sujeto a ella, la voluntad de Dios es suprema, y Él hace lo que le agrada. Si Dios otorga gracia y perdón misericordioso a los que están en Cristo, pero por el contrario los retira a quienes están fuera de Cristo, ¿quién podría cuestionarlo? ¿No tiene derecho a hacer lo que elija con los suyos: dar un denario al que trabaja todo el día y lo mismo para el que trabaja solo una hora (Mt 20:12–15)? Argumentar que debido a que Dios no hace acepción de personas, por lo tanto, debe tratar con cristianos y no cristianos por igual es ignorar el caso especial de los primeros. Quienes mantienen una relación más cercana a Él en comparación con los otros. ¿Debería un padre tratar a un niño desobediente como si fuera un empleado rebelde? Despediría a su empleado, pero entonces, ¿debería expulsar a su hijo de su hogar? Las Escrituras enseñan que Dios el Padre es tierno con Sus queridos hijos, rescatándolos de sus pecados y sanando sus recaídas, mientras sufre cuando quienes no son sus hijos se revuelquen en sus rebeliones y contaminaciones durante toda su vida. Además, un Fiador los defendió y tomó su lugar, soportando el mayor rigor de la sentencia de la Ley, para que Dios justamente pudiera remitir sus pecados. Sin embargo, para que sepan que Él no considera a la ligera su desobediencia, dice “castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades” (Sal 89:32). Finalmente, son guiados a un sincero arrepentimiento, confesión y abandono de sus pecados, y de ese modo obtienen el alivio provisto para ellos, lo cual nunca acontece con los hijos del Diablo. 8. Alegando que nuestra doctrina hace a aquellos que la creen, hombres orgullosos y presuntuosos. Que el carnal pueda arrebatar esta doctrina, como otras porciones de la Verdad, para su propia destrucción, es fácilmente aceptado (2Pe 3:16); pero que cualquier apartado de la fe que Dios ha entregado a sus santos tiene la menor tendencia al mal, lo negamos con indignación. En realidad, la doctrina de la perseverancia en la santidad, en la humilde dependencia de Diospara la provisión de la gracia, pone el hacha en la raíz misma de las presunciones orgullosas y presuntuosas de los hombres, ya que despoja sus pensamientos arrogantes y su elevada imaginación sobre su propia habilidad natural para creer en el Evangelio, obedecer sus preceptos y continuar en la fe y la práctica de estos. Descansamos totalmente en la bondad y fidelidad de Dios, los méritos de la sangre de Cristo y la eficacia de su intercesión, el poder y la obra del Espíritu, al no tener “confianza en la carne” (Fil 3:3). Solo el Día por venir revelará cuántos de los que “confiaron en sí mismos” y fueron persuadidos de su poder inherente de volverse a Dios y guardar Sus mandamientos, se endurecieron y se apresuraron a su ruina eterna. Deje que cualquier lector sincero reflexione sobre la siguiente pregunta. ¿Qué es más probable que promueva el orgullo y la presunción: ensalzar las virtudes y la suficiencia del “libre albedrío” del hombre, o enfatizar nuestra total dependencia de la gracia libre de Dios? ¿Lo que más fomenta la autoconfianza y la justicia propia es el principio arminiano de que el hombre caído tiene la capacidad dentro de sí mismo para recurrir a Dios cuando así lo decide y hacer las cosas que le agradan, o la insistencia de los calvinistas en las declaraciones de las Escrituras que incluso el cristiano no tiene poder propio, que separados de Cristo nada “podéis hacer” (Jn 15:5), que “no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos” (2Co 3:5), que “todas nuestras fuentes” están en Dios (Sal 87:7), y que por causa de nuestra debilidad y nuestra impotencia reconocidas, Dios guarda lleno de gracia nuestros pies y nos protege de la destrucción? Es porque nuestra doctrina es tan humillante y aflictiva para el orgullo que los fariseos la detestan y critican tan amargamente. 9. Pretendiendo que nuestra doctrina hace que el uso de medios sea superficial. Si los cristianos están seguros en la mano de Dios y Él les da poder por medio de Su Espíritu, ¿por qué entonces deberían hacer uso de sus energías para preservarse? Tal razonamiento deja de tener en cuenta que, en todo momento, Dios trata con su pueblo como agentes morales y criaturas responsables. Por esta razón, Calvin señaló: “El que ha fijado los límites de nuestra vida, también nos ha confiado su cuidado; nos ha proporcionado los medios y recursos para su preservación; también nos ha hecho propensos a los peligros y, para que no nos aplasten sin saberlo, nos ha provisto advertencias y remedios. Por lo tanto, es evidente cuál es nuestro deber”. La gracia no se da para que nuestros esfuerzos sean innecesarios, sino para que sean efectivos. Decir que la seguridad de la salvación final resta importancia de tal tarea es contrario a toda experiencia: ¿quién trabajará más duro, el hombre sin esperanza o al menos con un poco de esperanza, o aquel que está seguro de que el éxito coronará su trabajo? 10. Argumentando que nuestra doctrina hace que las “recompensas” no tengan sentido. Si es Dios quien nos preserva, entonces no queda espacio para el reconocimiento de nuestra fidelidad o la posesión de nuestros esfuerzos. Si no hay posibilidad de que el santo caiga finalmente, entonces es su perseverancia no merece recompensa por parte de Dios. La respuesta correcta sería que el cielo no es algo que el cristiano gane por su obediencia o que merezca por su fidelidad, sin embargo, la felicidad eterna se presenta ante él como un estímulo lleno de gracia, como la meta de su obediencia. Debe reconocerse que la recompensa no es lógica, sino un galardón, conforme con las garantías del Pacto de Gracia, y ante esto toda objeción debería desaparecer. Que este punto se decida a la luz de la experiencia de nuestra Garantía: ¿no era imposible que Cristo fallara en su obediencia? ¡pero Dios no lo recompensó (Fil 2:10, 11)! Entonces, conforme a nuestra pequeña medida, debido a la “gozo puesto delante de nosotros”, despreciemos nuestra cruz y soportemos el sufrimiento por amor de Cristo. Ahora unas palabras a modo de aplicación. Dado que este apartado de Fe es tan criticado y condenado como algo cargado de tendencias malignas, con respecto a esto, el cristiano debe desmentir por medio de su conducta las objeciones de los arminianos. Permítale hacer su constante preocupación “para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tit 2:10), atendiendo a sus caminos, sin dar licencia a la carne, atendiendo las advertencias divinas y dando una respuesta alegre y completa a sus exhortaciones. Deje que muestre en su vida diaria que esta preservación es una continuación en la fe, en la obediencia, en la santidad. Déjelo estar atento como evidencia real de su profesión de fe y de la espiritualidad de su credo al crecer en gracia y dar a luz los frutos de la justicia. Que se esfuerce sinceramente por mantenerse a sí mismo en el amor de Dios, y con ese fin evite todo lo que le haga caer, para que de ese modo “hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos” (1 Pe 2:15). En el análisis anterior tratamos de mostrar cuán inútil es el razonamiento de los arminianos en la oposición que hacen a este bendito apartado de la Fe: pero ahora en lo que sigue trataremos de demostrar que su uso de la Escritura es igualmente insensato. Si los cargos que presentan contra esta doctrina carecen de fundamento, si las inferencias que extraen y las conclusiones que sacan de ella son extensas, ciertamente sus interpretaciones y aplicaciones de la Sagrada Escritura con respecto a este tema son aún más erróneas. Sin embargo, apelan directamente a la Palabra de Dios e intentan probar a partir de su contenido que cada uno de los santos que renunciaron a la Fe, quienes regresaron al mundo y murieron en sus pecados; todos estos casos no solo sufrieron una grave caída por el camino o entraron en un estado reincidente, sino que total y finalmente cayeron de manera irremediable. Además de estos ejemplos específicos, citan varios pasajes que, según afirman, enseñan la misma terrible cosa. Por lo tanto, nos corresponde examinar con atención los casos que señalan y sopesan cuidadosamente los pasajes que citan. Sin embargo, antes de entrar inmediatamente en esta tarea, es necesario hacer una o dos observaciones generales que pueden aclarar la cuestión entre los calvinistas y los arminianos. Primero, debe establecerse como un principio universal que la Palabra de Dios no puede contradecirse a sí misma. Es humano errar y el más sabio de los mortales es incapaz de vivir sin fallas, pero es muy diferente con la Palabra de Verdad. Las Escrituras no son de origen humano, sino Divinas, y aunque los santos hombres fueron utilizados para escribirlas, fueron controladas e inspiradas tan completamente por el Espíritu Santo en su obra, de modo que no hay error ni defecto en el Volumen Sagrado. Esa afirmación se refiere, por supuesto, a los manuscritos originales: sin embargo, tenemos tanta confianza en la superintendencia de la providencia de Dios, y estamos completamente seguros de que Él ha guardado su propia Palabra Santa con tanto celo, que ha ordenado la traducción del hebreo y griego en nuestra lengua materna que toda falsa doctrina ha sido excluida. Partiendo de esto, las Escrituras están divinamente inspiradas, por lo tanto, no pueden enseñar en una parte que es imposible que el hijo de Dios se pierda eternamente, y en otra que sí es posible que se pierda, y luego en otra que haya casos en los que esto pueda ser así. En segundo lugar, se ha demostrado extensamente en secciones anteriores que la Palabra de Dios enseña claramente la perseverancia final de Sus santos, y, que no ha sido en uno o dos versículos imprecisos e inciertos, sino en el lenguaje más efectivo e inequívoco de muchos pasajes. Se ha demostrado que la seguridad eterna del cristiano descansa sobre un fundamento que “estáfirme”, que Satanás y sus emisarios ni siquiera pueden sacudir; que su felicidad eterna depende, en última instancia, de nada en sí mismo o de él mismo, sino está infaliblemente asegurada por la invencibilidad del propósito del Padre, la inmutabilidad de su amor y la certeza de la fidelidad de su pacto; que está inapelablemente asegurado por los compromisos del Fiador que es Cristo, por la suficiencia de su expiación y por la permanencia de su continua intercesión; que está inequívocamente asegurado por la obra regeneradora del Espíritu Santo, por su morada permanente y por la eficacia de su poder al guardarlo. El mismo honor, veracidad y gloria del Triuno Jehová está en juego, sí, comprometidos en este asunto. Porque “queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo”, el Altísimo ha ido tan lejos como para “interponer juramento” (Heb 6:17). Por lo tanto, la perfección de la Iglesia se hace infaliblemente segura, y ningún “alegato especial” de los hombres, por sutil y plausible que sea, puede tener el menor peso contra ella. En tercer lugar, en vista de lo que se ha señalado en el último párrafo, debe quedar manifiesto para todas las mentes honestas e imparciales que los casos citados por los arminianos como ejemplos de hijos de Dios apostatando y pereciendo deben ser susceptibles de ser diagnosticados de manera muy diferente, y que Las Escrituras a las que apelan en apoyo de su argumento deben poder interpretarse en plena armonía con las que afirman claramente lo contrario. Es un principio básico de la exégesis que ningún pasaje individual de la Palabra debe ser neutralizado por alguien cuyo significado parezca dudoso o ambiguo, que ninguna parábola cuyo significado explícito no se determine fácilmente, que ninguna declaración doctrinal debe ser anulada por la interpretación arbitraria de una figura o tipo. Lo que es incierto debe ceder a lo que es visible y obvio, lo que está abierto a discusión debe estar subordinado a lo que está más allá de cualquier debate. Es cierto que el calvinista no debe recurrir a ningún recurso para evitar una dificultad, ni manipular un pasaje aducido por sus oponentes para que enseñe lo que quiere. Si no puede explicar un versículo, debe admitirlo honestamente, porque ningún hombre tiene toda la luz; sin embargo, debemos creer que hay una explicación y que, de acuerdo con la Analogía de la fe, debemos esperar humildemente en Dios para obtener más luz. Cuarto, para refutar la doctrina de la perseverancia final de los santos, el arminiano debe hacer dos cosas: producir el caso de alguien que realmente nació de nuevo, y luego demostrar que esta persona realmente murió en un estado de apostasía, a menos que pueda hacer ambas cosas, su ejemplo no es útil. No es suficiente que presente a alguien que hizo una profesión de fe y luego la despreció, ya que la Escritura misma muestra enfáticamente que esa persona nunca fue regenerada: un hombre que fue “de corta duración” solamente, y quien después de una temporada de tentación o de persecución es “lastimado” y se aparta, esa persona es descrita por Cristo como alguien que “no tiene raíz en sí” (Mt 13:21), si la “raíz del asunto” (Job 19:28) hubiera estado en él, él habría sobrevivido a la prueba. En el mismo sentido, el apóstol declara que tales “salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros” (1Jn 2:19). Tampoco es suficiente que el arminiano señale a los verdaderos hijos de Dios que retroceden o que caen gravemente: tal fue la experiencia de David y Pedro; pero quienes lejos de ser abandonados por Dios y sufrir la muerte en esa condición, cada uno fue guiado al arrepentimiento y restaurado en su comunión con el Señor. Veamos ahora ejemplos más avanzados. El caso de Adán. Aquí tenemos a alguien que fue la obra inmediata de las propias manos de Dios, creado a su imagen y semejanza, “bendecido” por el Señor y pronunciado “muy bueno” (Gn 1:28, 31). Aquí hay alguien que no tenía herencia pecaminosa detrás de él ni corrupción dentro de él, situado en el favor Divino, colocado en un jardín de delicias y con dominio sobre todas las criaturas terrestres. Sin embargo, no vivió en ese justo jardín, sino que cayó en desgracia, desobedeció a su Hacedor y trajo consigo la muerte espiritual. Cuando escuchó la voz del Señor Dios, en lugar de correr hacia Él en busca de misericordia, se escondió; cuando fue juzgado ante Él, en lugar de confesar humildemente su pecado, trató de evadirlo, buscando echarle la culpa a Eva y a Dios por haberle dado a su mujer. En la secuela, su terrible destino está claramente insinuado, porque el Señor Dios “expulsó al hombre” del Edén y le impidió regresar al “árbol de vida” al colocar alrededor de él “querubines y una espada encendida” (Gn 3:24) Ahora, dicen nuestros oponentes, ¡qué podría ser más importante! Adán ciertamente tenía “la raíz del asunto” dentro de él, y es igualmente cierto que renegó y que pereció. Si Adán, estando sin pecado cayó, entonces obviamente un cristiano que todavía tiene pecado morando en él puede caer y perderse. ¿Cómo, entonces, se explica la caída fatal de Adán de manera consistente con la doctrina de la perseverancia final de los santos? Al llamar la atención sobre la inconmensurable diferencia que había entre él y ellos. ¿Qué pone de manifiesto el caso de Adán? Esto: la insuficiencia del hombre cuando se coloca aun en las circunstancias más favorables y ventajosas. Esto: que el ser y la inconstancia son términos correlativos: “Mas el hombre no permanecerá en honra” (Sal 49:12). Esto: que para evitar que el ser creado muriera espiritualmente, un poder fuera de sí mismo debía preservarlo. El caso de Adán proporciona el fondo oscuro que resalta más vívidamente las riquezas de la gracia divina, que muestra la gloria del Evangelio. En otras palabras, sirve para demostrar más allá de cualquier duda la necesidad imperiosa de Cristo si el ser humano, ya sea que haya caído o no, debe salvarse a sí mismo. Existe la diferencia fundamental, tremenda y vital entre el caso de Adán y el del cristiano: él nunca estuvo en Cristo, mientras que ellos lo están; Adán nunca fue redimido por tan preciosa sangre, ellos sí lo han sido; no había nadie que intercediera por él ante Dios, para ellos sí hay. “Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual” (1Co 15:46). Si bien la aplicación inmediata de estas palabras se emplea a los cuerpos de los creyentes, enuncian un principio general y básico en los caminos de Dios con los hombres, en la manifestación de su propósito con respecto a ellos. Adán aparece en la tierra antes de Cristo: Caín fue dado a Eva antes que Abel; Ismael nació antes que Isaac y Esaú antes que Jacob: los elegidos nacen carnalmente antes de nacer de nuevo sobrenaturalmente. Del mismo modo, el Pacto de las Obras tuvo prioridad sobre el Pacto de la Gracia, en lo que respecta a su revelación. Por lo tanto, Adán estaba dotado de un poder natural, es decir, el de su propio libre albedrío, pero el cristiano está dotado de un poder espiritual y sobrenatural, incluso la obra de Dios en él “tanto por voluntad como por voluntad propia”. Adán no recibió ninguna promesa de preservación divina, pero los santos sí. Adán se puso delante de Dios en dependencia de la justicia de su propia existencia, y cuando eso se perdió, todas las bendiciones y virtudes resultantes se perdieron; mientras que la justicia del creyente está en Cristo: “en Jehová está la justicia y la fuerza” (Is 45:24) es su gozosa declaración y, dado que su justicia está en Cristo, es inquebrantable y no se puede perder. Adán fue puesto bajo un pacto de obras: haz esto y vivirás, dejarás de hacerlo y morirás. Era un pacto de estricta justicia, sin mezcla de misericordia, sin previsión alguna para fallar. La gracia, la