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Libro: La evaluación de competencias Educativa Dr. Omar Iván Gavotto Nogales 2012 Sustentos teóricos en la evaluación de las actitudes Es imprescindible revisar ciertos fundamentos teóricos y reflexionar sobre los mismos, para poder comprender la relevancia de la dimensión actitudinal en el proceso educativo. Cada sociedad tiene reglas de conducta diferentes, que se sustentan en sistemas de valores diferentes. Por ejemplo, el valor de la libertad puede ser entendido de manera distinta en diversos contextos socio-culturales. Esto ocasiona una confusión en cómo se debe interpretar este concepto socialmente. No obstante, se establecen acuerdos internacionales que reconocen el significado universal de ciertos valores, que, por su importancia para las sociedades humanas, se constituyen en metas que han de ser garantizadas, al menos constitucionalmente, por los gobiernos y órganos políticos y civiles de las diversas naciones. En este sentido debe indicarse que si bien los esquemas de valores varían de una sociedad a otra y cada persona tiene su propio criterio sobre los valores, el cual puede ir experimentando modificaciones a lo largo de su vida; los valores en sí mismos, trascienden la apreciación subjetiva y adquieren cierta universalidad independientemente de lo que cada cultura o individuo estime valioso. Es indispensable señalar que los valores coexisten en una polaridad que se presenta desde una perspectiva moral, esto es que a cada valor le corresponde un contrario que se denomina antivalor y las personas pueden presentar conductas inestables que fluctúen de un valor a un antivalor o viceversa. Por esta razón, en todas las sociedades existe el “estado de derecho”, que consiste en la organización de un grupo social conforme a un conjunto de leyes que rigen el comportamiento público de los individuos, en un clima de libertad y justicia. Se establecen derechos y deberes, cuyo cumplimiento es obligatorio y sancionado (Angulo, 2009). El marco normativo de la educación en México, se define como el conjunto de leyes, planes, programas, reglamentos, decretos y circulares, que regulan la función educativa, en su ámbito administrativo y pedagógico. Bajo estos preceptos la escuela es una organización social donde el personal debe respetar la legislación para garantizar su buen funcionamiento, por ejemplo, se debe de actuar con apego a lo establecido en los siguientes documentos: Tratados Internacionales, Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Ley General de Educación, Reglamentos Administrativos, Reglamento Escolar, Reglamento de grupo- asignatura. Por lo tanto, los valores sociales determinan las pautas normativas y operativas por los cuales las personas se ven afectadas en su libertad de conducta en relación a sus intereses, placeres, gustos, deberes morales y preferencias. Conforme a lo antes expuesto, cada individuo no debería actuar sólo bajo su propio esquema de valores o desde su interpretación particular del valor. Libro: La evaluación de competencias Educativa Dr. Omar Iván Gavotto Nogales 2012 En cumplimiento con la política educativa vigente, la escuela debe hacer públicos sus valores de manera objetiva. Permitiendo dicha objetividad un esquema de valores escolares que orientarán las acciones de la comunidad escolar. Las normas y reglamentos constituyen factores externos que regulan el comportamiento de las personas, aunque no garantizan una convivencia adecuada, las consecuencias o sanciones de no cumplir con el reglamento desalienta a las personas a actuar fuera de la legalidad. Cuando una persona observa que otros miembros de la comunidad han sido sancionados o castigados por la autoridad al no cumplir con el reglamento, puede tener mayor consciencia de los perjuicios y consecuencias derivadas del incumplimiento de la norma. Los reglamentos fueron establecidos para procurar alcanzar un propósito dentro de una comunidad, sin embargo en la mayoría de los casos el propósito ya no se recuerda y las personas viven con apego a reglamentos que fuera de su contexto original no favorecen al logro del propósito inicial. Tomando en cuenta las aportaciones de Castro (2004) sobre la función formadora de la escuela es posible clasificarla desde tres perspectivas: la primera es de carácter individual, dirigida al desarrollo de la consciencia personal y al desarrollo moral, la que se puede considerar como una prolongación de la educación moral que se recibe en la familia; la segunda es institucional, debido a que la escuela se convierte en una realidad particular en la que confluyen los valores personales de los actores educativos y los valores institucionales declarados en el Plan Estratégico de Transformación Escolar, como ocurre en educación básica o en el Proyecto Educativo Institucional en el caso del nivel superior y por último la de carácter social, que busca la promoción de valores cívicos y de consciencia colectiva para el bienestar común. La familia y la escuela conformarán en los niños y jóvenes los principios éticos y morales que favorecerán las conductas que son de alto valor social. En la actualidad un aspecto constantemente citado con respecto a los nuevos modelos educativos es su aspiración de lograr la formación integral del estudiante, entiéndase esta como la formación armónica y equilibrada de los sujetos más allá de su competitividad profesional abarcando una proyección ética y social, responsable, comprometida y digna. Actualmente se relaciona con la integralidad del ser humano el concepto de competencia, donde lo axiológico, lo cognitivo y lo procedimental deberían manifestarse de manera equilibrada, sin embargo, aunque la mayoría de los investigadores y especialistas reconocen esta particularidad de la competencia expresada en la sinergia de conocimiento, habilidad y actitud, se relega el aspecto axiológico, quizás por la misma complejidad que entraña tanto en su desarrollo como en su evaluación. Para analizar tal problemática se debe comenzar clarificando cuál es el significado de aquello que denominamos actitud. De acuerdo con Coll (1992) “Las actitudes son disposiciones hacia objetos, ideas o personas, con componentes afectivos, cognitivos y valorativos, que inclinan a las personas a determinados tipos de acciones”. Libro: La evaluación de competencias Educativa Dr. Omar Iván Gavotto Nogales 2012 Los valores y las actitudes son constructos del ser humano que se manifiestan primeramente en el interior de la persona y que solamente podemos inferirlos por medio de la expresión corporal y el comportamiento. El valor es un juicio apreciativo que motiva a la persona a la acción, acompañado de un gesto o comportamiento. Los valores predisponen a las personas a una posible actuación de acuerdo a sus convicciones y circunstancias. Los valores se estructuran jerárquicamente en un esquema mental relativamente estable que influye en el carácter de la persona. Filosóficamente los valores se ven afectados desde el interior del ser, al evocar la persona las experiencias y vivencias pasadas, o bien desde el exterior a través de los estímulos del entorno circundante. Los valores nos permiten emitir un juicio de los acontecimientos y determinar lo que será importante, por lo tanto, se convierten en modelos ideales de conducta, regulando el comportamiento de acuerdo con lo considerado moralmente correcto. Si la persona se expone a situaciones que promueven comportamientos que no corresponden a su esquema de valores, se espera que la persona realice un juicio valorativo y sin ningún problema responda de acuerdo a sus principios y valores asumidos por convicción. En cambio, las actitudes se presentan cuando una persona manifiesta explícita o implícitamente adhesión o rechazo hacia algo. De acuerdo con Cardona (2000) las actitudes dependen en gran medida de las experiencias previas y delas expectativas hacia el objeto al que se dirige dicha actitud. Los estudiantes manifiestan diversas actitudes que son resultado de sus prejuicios, reaccionando de manera diferente ante los factores que intervienen en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Algunos tienen que ver fundamentalmente con la función del maestro, por ejemplo, la planificación de la enseñanza, la selección de las estrategias y su estilo de enseñanza; y otras tienen que ver con los aspectos propios de los estudiantes como la inteligencia, la atención, el reconocimiento de patrones, la memoria, los estilos de aprendizaje, el predominio de determinado hemisferio cerebral, el procesamiento de la información y la percepción. A continuación, se presenta un cuadro comparativo de las principales características que permiten distinguir a los valores de las actitudes: Tabla 1: Contraste de las principales características de los valores y actitudes. Libro: La evaluación de competencias Educativa Dr. Omar Iván Gavotto Nogales 2012 Los comportamientos y formas concretas de actuación de los maestros y estudiantes en el aula se ven condicionados por la personalidad, creencias y estilos de enseñanza y aprendizaje respectivamente. Las interacciones en el aula entre el maestro y sus estudiantes se encuentran fuertemente influidas por la trayectoria de vida, la experiencia personal, el nivel sociocultural y el contexto socioeducativo donde se desenvuelva, el proyecto curricular en el que se ubique, las opciones pedagógicas y las condiciones bajo las que se encuentre en la institución (Díaz- Barriga y Hernández, 2002). La interacción se encuentra en el campo de las vivencias personales, por lo que no se construye en la objetividad, sino en la subjetividad de las personas que la experimentan. La interacción puede verse afectada por la personalidad de los facilitadores y estudiantes, sus motivaciones, intereses, experiencias y vivencias previas, la intencionalidad, los propósitos y el significado que cada sujeto le da a las prácticas de enseñanza-aprendizaje (Gavotto, 2008). Actualmente la tendencia de los modelos educativos se dirige a desarrollar el enfoque constructivista que enfatiza en el potencial de las relaciones interpersonales, poniendo especial atención en la inteligencia intrapersonal del maestro y del estudiante (Gardner, 1983). Gardner ha determinado que la inteligencia interpersonal es la capacidad para entender a los demás y actuar en situaciones sociales, para percibir y discriminar emociones, motivaciones o intenciones, por lo que está estrechamente asociada a los comportamientos que se tienen en la escuela; mientras que la inteligencia intrapersonal es conceptualizada como la capacidad para comprenderse a sí mismo, reconocer los estados personales, las propias emociones, tener claridad sobre las razones que llevan a reaccionar de un modo u otro y comportarse de una manera que resulte adecuada a las necesidades, metas y habilidades personales. Para Piaget, los significados otorgados por los individuos a los conceptos axiológicos, se van construyendo en función de las posibilidades intelectuales del estudiante. Los razonamientos transitan de situaciones concretas a situaciones abstractas a través de un proceso evolutivo del pensamiento; desde la heteronomía a la autonomía, o lo que es lo mismo, hacer lo adecuado para evitar sanciones o recibir recompensas, hasta actuar con la convicción de hacer lo correcto en función de las ideas elaboradas en cooperación con el grupo (Castro, 2004). Cada maestro, como cada institución en su conjunto, crea un clima de aprendizaje mediante las interacciones formales e informales con los estudiantes. Este clima tiene que ver con la forma que ellos y nosotros tenemos de sentir y percibir las cosas y esto, naturalmente, tiene efectos positivos o negativos sobre su aprendizaje. La aportación de Douglas McGregor (1960) sobre los supuestos de la teoría “X” y la teoría “Y” es una buena forma de caracterizar el clima escolar. Libro: La evaluación de competencias Educativa Dr. Omar Iván Gavotto Nogales 2012 Los maestros que imparten sus clases tendientes a desarrollar la teoría “X” asumen que no se puede confiar en los estudiantes, que a la mayoría de los estudiantes no le gusta trabajar y evitarán a toda costa hacerlo. Éstos no quieren aprender; si se les da la menor oportunidad te engañan y por tanto, no se les debe permitir tomar ninguna decisión importante acerca de su aprendizaje. Hay que decirles lo que tienen que hacer y lo que tienen que estudiar, comprobar la asistencia y vigilar los exámenes debido a que en la menor oportunidad intentarán copiar a sus compañeros. Desde la teoría “X”, la autoevaluación y la coevaluación están fuera de lugar, ya que el sistema se sostiene en una serie de plazos y normas, con las consiguientes sanciones por incumplimiento. Los maestros que coinciden con la teoría “Y” asumen que los estudiantes trabajan mejor cuando tienen libertad y espacio para usar su propio juicio; la aplicación del reglamento se justifica siempre y cuando favorezca la eficiencia de los estudiantes, aunque puede ser contraproducente para el buen aprendizaje. El sustento de la teoría “Y” radica en que el desgaste físico y mental en la escuela es normal como ocurre en todas las actividades que realizamos cotidianamente, por lo que la mayoría de los estudiantes en condiciones normales aprenderán no sólo a aceptar responsabilidades, sino a buscarlas, aunque actualmente parezca una utopía. No es necesaria la coacción, la fuerza o las amenazas para que los estudiantes se esfuercen por conseguir los objetivos de aprendizaje. En consecuencia, los maestros que se orientan de acuerdo con la teoría “Y” prefieren no dejar tareas para llevar a casa y no consideran obligatoria la asistencia a clases; otorgando al alumno el beneficio de la confianza. Desde luego, en este caso es más probable que los estudiantes realicen plagio en la elaboración de sus trabajos, que cuando son evaluados mediante tareas y exámenes supervisados por el maestro. La teoría “Y” establece que lo más importante es apoyar el aprendizaje del estudiante, sin limitar su creatividad. Sin embargo, la aplicación de la teoría “Y” en los grupos estudiados por el autor no ha arrojado resultados favorables, pero además se ha confirmado que basarse estrictamente en la teoría “X” sería intolerable para los estudiantes. De igual modo un ambiente absolutamente basado en la teoría “Y” sería casi imposible de mantener con eficiencia. Difícilmente un sistema educativo permitiría desarrollar la teoría “Y” plenamente, debido a que sus programas educativos presenciales o virtuales establecen requisitos de participación para evidenciar el desempeño de los estudiantes, en cumplimiento de los criterios que establecen los organismos acreditadores de programas académicos. Se realizó un cuasi experimento con dos grupos de licenciatura en educación, conformados en su mayoría por mujeres. Los grupos en promedio tenían 30 estudiantes. Al grupo de control se le pasó lista de asistencia durante los dos primeros parciales y el grupo experimental no se le pasó lista durante el mismo periodo. En el grupo de control casi siempre asistieron los estudiantes y las inasistencias en su mayoría fueron justificadas por enfermedad. En el grupo experimental se fueron incrementando las faltas paulatinamente y Libro: La evaluación de competencias Educativa Dr. Omar Iván Gavotto Nogales 2012 la presencia de los estudiantes en el aula fue disminuyendo, algunos solamente permanecían aproximadamente 20 minutos en el aula y se retiraban. Además, se realizó otro estudio cuasi experimental en el mismo período escolar con dos grupos experimentales, sin grupo de control. Se solicitó a los estudiantes contestar dos pruebas de cuatro preguntas abiertas cada una, para verificar el dominiode la información y la comprensión de los estudiantes de los contenidos del curso. Aplicándose una semana antes de los dos primeros exámenes parciales. En la primera prueba se informó que los estudiantes que contestaran bien las cuatro preguntas tendrían un punto más en su calificación del examen parcial y si no contestaban correctamente no afectaría su calificación, casi todos los estudiantes expresaron que no habían estudiado y entregaron sin contestar la prueba y de los que contestaron, ninguno contestó correctamente las cuatro preguntas. En la segunda prueba se informó que los estudiantes que contestaran bien las cuatro preguntas tendrían un punto extra en su calificación parcial y si no contestaban correctamente, al menos una pregunta, tendrían un punto menos en su calificación del examen parcial. Los estudiantes después se manifestaron inconformes, pero aun así el 40% entregó la prueba sin contestar. En los climas de aprendizaje que regularmente crean los maestros en el nivel medio superior y superior, hay elementos de la teoría “X” - “Y”, pero los maestros tendemos a dar más crédito a una teoría que a otra. Nuestras tendencias pueden deberse a nuestra personalidad y experiencia profesional, pero en su mayor parte, se deben a las estrategias de enseñanza- aprendizaje. Debemos crear el clima de aprendizaje idóneo para lograr el equilibrio entre las interacciones y así favorecer un ambiente propicio para que los estudiantes aprendan. La Teoría Holística de la Docencia establece que ninguna teoría incluyéndose ella misma debe apoyarse totalmente en un paradigma específico, ya sea naturalista o positivista; no podemos basarnos en leyes, porque no es posible predecir y controlar el proceso educativo; no existen fórmulas o modelos que permitan generalizar las experiencias para todos los tiempos y lugares. Sin embargo, paradójicamente la teoría holística de la docencia establece que la adaptación de las teorías, de los métodos y las estrategias que emplea el maestro en sus clases es el elemento constante en todos los tiempos y lugares. La Teoría Holística de la Docencia busca un equilibrio entre la uniformidad y la multiformidad, entre lo convergente y lo divergente; busca que la aparente tensión existente entre la polarización de los elementos aparentemente contrarios, se utilicen como complementos, ya que pertenecen a una misma naturaleza (Gavotto, 2008). Esta teoría busca guiar la acción educativa al paradigma, al método o técnica de enseñanza que mejor corresponda a las necesidades y requerimientos para lograr los propósitos educativos, sin transgredir o forzar la naturaleza misma del proceso y de sus agentes involucrados, por lo que deberíamos transitar entre la teoría “X” y la teoría “Y” de acuerdo a las reacciones y comportamientos de los estudiantes. El punto de equilibrio entre la teoría “X” y la teoría “Y” resultará efímero debido a las interacciones y negociaciones que se presentan en el aula cotidianamente, siendo parte de las tareas y responsabilidades del maestro. En la medida en que las reglas promuevan el orden y el desarrollo responsable serán justificables. El maestro puede dirigirse a sus alumnos buscando un punto de equilibrio entre amabilidad y firmeza. Libro: La evaluación de competencias Educativa Dr. Omar Iván Gavotto Nogales 2012 A continuación, se presentan algunas actitudes del maestro que repercuten directamente en el proceso educativo cuando su actitud es autoritaria y cuando es permisivo (Díaz, 2004). • Actitudes autoritarias del maestro • Determina los procedimientos que se han de seguir. • Determina las tareas a realizar. • Establece lo que el alumno debe hacer. • Dirige, pero no participa. • Controla los premios y castigos. • Actitudes permisivas del maestro • Permite que el grupo determine la manera de organizarse para trabajar. • No participa en la asignación de tareas. • No evalúa el desempeño de sus estudiantes. • Se muestra neutral en todo. • Sólo retroalimenta a los alumnos cuando le preguntan. Carr (2005, p. 303) ha señalado que “a pesar de que los principios, reglas y virtudes de honestidad, el autocontrol y el respeto tienen su fuente en los más elevados impulsos (sociales) de la naturaleza humana, no son eternamente naturales y los jóvenes deben aprender que la disciplina necesaria para adquirir estas virtudes consiste precisamente en la obediencia a algo que trasciende los propios impulsos naturales.” Podría suponerse que por ser la educación tradicional y la progresista dos posturas extremas, la solución consistiría en encontrar un término medio entre ellas, la respuesta a los problemas de disciplina en el aula sería quedarse en el centro de las dos propuestas pedagógicas. Sin embargo, aunque existen buenos argumentos racionales para rechazar los extremos, en el amplio territorio del centro existe mucho espacio para continuar realizando tanto prácticas tradicionalistas como progresistas. Hoy en día, el maestro no sólo se debe preocupar por planificar bien las clases y tener un amplio dominio de los contenidos que desarrollará en el curso, requiere encontrar el balance adecuado de disciplina en los estudiantes, entre libertad y respeto al reglamento, entre flexibilidad y cumplimiento, es el desafío más grande que enfrenta el docente actualmente al impartir sus clases. Se ha comprobado científicamente que un factor determinante en el fracaso escolar es la adopción dogmática de los métodos de enseñanza-aprendizaje, revelando una vez más que la dicotomía de la educación tradicional-progresista, podría resolverse de una vez y para siempre mediante un método de enseñanza valorativamente neutro a la inclinación y preferencia del maestro (Carr, 2005). Libro: La evaluación de competencias Educativa Dr. Omar Iván Gavotto Nogales 2012 Considerando que la enseñanza tradicional corresponde al empleo de métodos educativos eminentemente formales y la enseñanza progresista es el modo de enseñanza orientada al empleo de métodos activos, más flexibles, que pretenden desarrollar el aprendizaje a través de la integración grupal y la interdisciplinariedad de los contenidos. Por otra parte, es necesario distinguir entre la actitud que describe la competencia a evaluar y el conjunto de actitudes que manifiesta el alumno en el ámbito escolar. Si bien frecuentemente los docentes son dados a confundir la actitud correspondiente al desempeño de la competencia, con aquellas actitudes que demuestra el estudiante dentro y fuera del salón de clases; actuando el docente en un aparente compromiso como educador, queriendo fungir más en su rol de educador que en el de formador y evaluador de competencias. Aunque no se debería atomizar las prioridades de la educación en una competencia, es importante diferenciar la evaluación de la competencia del resto de las experiencias formativas, que si bien contribuyen a la adquisición del perfil de egreso, son objetos de evaluación distintos. No resulta válida una evaluación de competencias que se ve afectada o condicionada por los productos no entregados o las actitudes negativas del estudiante durante el proceso de adquisición de la competencia, o por la consideración de la trayectoria de participación en el desarrollo de la asignatura. En este sentido puede parecernos incongruente desestimar las evidencias favorables o desfavorables que traduzcan el grado de motivación hacia el estudio, el esfuerzo y la perseverancia del alumno, su respeto hacia el profesor, aspectos cardinales de la formación integral del individuo. Sin embargo, desde un enfoque de formación por competencias, debemos concentrarnos en la evaluación de la competencia. No se trata aquí de la evaluación global del curso, por lo que la evaluación se enfocará hacia las actitudes que acompañan y sustentan el desempeño a través del cual se verifica la competencia. Remitimos aquía la cualidad de sinergia inherente al concepto competencia. Seguir apegados a una evaluación que mide actitudes pasadas y no sincrónicas y constatables en la observación de la competencia es negar el carácter integrador que distingue a las competencias.