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CAPÍTULO V
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO
DE LA SOCIEDAD MODERNA
Como Marx, Emile Durkheim (1858-1917) fue un hombre de
dedicación consumada a una causa desmedida. Mientras que la
causa de Marx era la transformación revolucionaria de la sociedad a
través de una teoría que inspirase directamente la acción, la causa de
Durkheim era la reintegración de la sociedad basada en una
comprensión científica definitiva de su naturaleza. Marx argüía que
la estructura de la sociedad de sus días era transitoria; Durkheim no
reconocía ninguna sociedad que supusiera un avance fundamental
sobre la suya propia, si bien sostuvo que sus instituciones requerían
ser perfeccionadas y rectificadas. Uno, pues, era un revolucionario;
el otro, un reformista. Y, así, mientras Marx deseaba organizar el
proletariado para llevar a cabo su programa de acción política,
Durkheim organizaba a los estudiosos para establecer la autoridad
de las ciencias sociales como el fundamento sobre el que las reformas
podrían basarse llegado el día. Marx se impacientaba con las
interminables interpretaciones filosóficas del mundo; Durkheim
guardaba un profundo desprecio por las polémicas estériles e insistía
en la urgencia del estudio concertado15. «Creemos», escribía:
15 Este contraste entre Durkheim y Marx no es absoluto. Al final de su prefacio a
Una contribución a la Crítica de la Economía Política, Marx invocaba, también, la
autoridad de la ciencia y la investigación concienzuda. Quiso en cierto momento
dedicar El Capital a aquel otro científico pionero malentendido, Charles Darwin. El
discurso de Engels en el funeral de Marx trazaba un paralelo entre la obra de ambos
pensadores. En mi opinión, la tendencia dominante de Marx es ver el conocimiento
de la sociedad y el conocimiento de la naturaleza como si implicasen dos metodolo-
gías diferentes (véase Lichteim, 1961; para un punto de vista diferente, véase Barzun,
1941).
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que para la sociología ha llegado el momento de renunciar a los
éxitos mundanos, y de tomar el carácter esotérico que conviene a
toda ciencia. De esta manera ganará en dignidad y en autoridad lo
que quizás pierda en popularidad. Ya que en tanto siga mezclada a
las luchas partidarias, en tanto se contente con elaborar —con
mayor lógica que el lego— las ideas comunes y que, por lo tanto,
no suponga especial competencia, no tendrá el derecho de elevar la
voz le suficiente como para acallar las pasiones y los prejuicios.
Seguramente todavía está lejos el tiempo en que podrá cumplir
eficazmente este papel; sin embargo, lo que nos debe alentar en
nuestro trabajo, desde ahora, es el pensar en ponerla en condicio-
nes de cumplirlo algún día. (1895, p. 146.)
La teoría de Marx ayudó a configurar la sociología, al tiempo
que cambiaba el mundo; la influencia de Durkheim sobre la
sociología no ha sido igualada.
Durkheim, como Marx, había nacido en una familia con una
herencia de servicio rabínico. Su hogar natal era Epinal, en la vieja
región de Lorena, a unas cien millas arriba del río Mosela desde el
hogar de Tréveris donde nació Marx. Ambas ciudades estaban
situadas en esa región, entre las fértiles tierras de Francia y
Alemania, que durante siglos habían sido objeto de disputa y de
influencia entre ambos países. Durante la juventud de Durkheim, el
equilibrio del liderazgo político en Europa pasó de una Francia
desmoralizada a una Alemania que experimentaba una rápida
industrialización y la largo tiempo esperada unidad política. A los
doce años, su ciudad fue ocupada por breve tiempo por las tropas
alemanas, vencedoras en la guerra franco-prusiana. Si en los años
cuarenta Marx miraba al Oeste como fuente de progreso, Durkheim
buscaría en Alemania, una generación más tarde, la inspiración
sociológica. Pese a su consideración por la intelectualidad alemana,
fue muy a fondo un patriota francés.
Durkheim decidió pronto seguir una carrera académica antes que
convertirse en rabino. Él mismo se preparó concienzudamente para
ingresar en el centro académico de formación más importante de
Francia, la Ecole Nórmale Supérieure, desplegando a la vez un duro
trabajo y una fina inteligencia, pero sintiendo dificultades ante los
estudios, cuestionablemente útiles según él, de los clásicos y de la
retórica tradicional (si bien, en última instancia, se convertiría en un
maestro de la retórica sociológica). En la Ecole Nórmale ganó
reputación como estudiante extraordinariamente serio que mostraba
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 99
disgusto por el diletantismo y por el modo literario y no empírico
del pensamiento predominante entre sus compañeros y profesores.
Se graduó en 1882 e inició su carrera académica docente en las
escuelas preparatorias.
De 1885 a 1886 consiguió un permiso para estudiar la ciencia
social alemana, encontrando allí un modelo conceptual de sociedad
como entidad colectiva y un modelo metodológico de investigación
empírica disciplinada.
Estos modos de pensamiento le impresionaron como superiores a
los sesgos individualistas y especulativos que había encontrado en
sus estudios en Francia. Gracias a la impresión intelectual ejercida
por sus informes publicados sobre la ciencia social alemana, Durk-
heim fue nombrado profesor en la facultad de la Universidad de
Burdeos en 1887, donde permaneció hasta su nombramiento en la
Sorbona de París en 1902.
Sus años de Burdeos estuvieron cubiertos por un esfuerzo.
infatigable y productivo: una pesada carga en la enseñanza, con
nuevos cursos cada año en sociología y en teoría de la educación; la
terminación en 1893 de las requeridas tesis doctorales en latín y
francés (la primera sobre Montesquieu, la segunda sobre La división
del trabajo social); la redacción de otras dos obras clásicas de la
sociología, Las reglas del método sociológico (1895) y El suicidio
(1897) y artículos y recensiones; y la organización y dirección del
periódico L'Année Sociologique.
Durkheim se encontraba ahora en posición de poner en movi-
miento su campaña en pro de la institucionalización de la sociología
científica en Francia. Inició la enseñanza universitaria de la autopro-
clamada sociología y desempeñó la primera cátedra de ciencia social
en Francia. Propuso y defendió enérgicamente sus ideas, y su
concepción de la sociedad y de la ciencia social le granjearon un
círculo de discípulos muy trabajadores a la par que cierto número de
críticos agresivos. Sus esfuerzos se vieron al fin recompensados con
el nombramiento en la Sorbona de París en 1902; logró el pináculo
de la vida académica francesa en 1906 con su paso a catedrático. Sus
esfuerzos académicos y organizativos continuaron siendo inquebran-
tables. -Hacia el final de su vida había configurado profundamente
no sólo el campo de la sociología, sino también el sistema educativo
francés en la dirección de un plan de estudios secular y de inspira-
ción sociológica. La Primera Guerra Mundial movilizó el patriotis-
mo de Durkheim y le inspiró para escribir dos opúsculos que
defendían la causa de Francia. Trágicamente, su único hijo, André,
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discípulo también, fue muerto en acción en 1915; debilitada su
energía, Durkheim murió dos años más tarde.
Dejaba tras de sí cuatro grandes obras clásicas de la sociología
(los tres libros mencionados anteriormente más Las formas elemen-
tales de la vida religiosa [1912]), innumerables artículos (especial-
mente sus contribuciones a L'Année Sociologique) y manuscritos y
notas de lectura (publicados gran parte de ellos por sus discípulos y
asociados). Su lucha, a lo largo de su vida, por hacer de la socjolpgía
un campo de estudios académicamente respetable y sistemáticamen-
te acumulativo debe juzgarse en sus propios términos como un gran
éxito. Su influencia duradera se percibe en la sustancia de sus
conceptos de sociedad y de la naturaleza social del hombre y en su
metodología científica. Voy a discutir en primer lugar el carácter de
estas contribuciones fundamentales para concluir el capítulo con
unas consideraciones sobre la ética de Durkheim.
A SOCIEDAD EINDIVIDUO Y REFORMA SOCIAL
La primacía de la sociedad
Para fundar la sociología era menester, según Durkheim, demos-
trar en primer lugar que la sociedad es una realidad y en consecuen-
cia que toda explicación de fenómenos sociales que arranque de
individuos considerados como unidades autónomas debe de ser
falaz. Durkheim concordaba con Rousseau y Burke en que la
sociedad es previa al hombre tal como le conocemos. De varias
maneras afirmó este punto. En primer lugar, en la vida del individuo,
lo que se reconoce como distintivamente humano existe en el infante
sólo como capacidad; esta capacidad se actualiza sólo a través de la
experiencia social y de la educación. «Considerando los hechos según
son y han sido siempre, se hace evidente de inmediato que la
educación es un esfuerzo continuo por imponer al niño modos de
ver, sentir y actuar a los que espontáneamente no habría podido
llegar» (1895, pp. 5-6). Que el adulto no reconozca conscientemente
el vigor de tales imposiciones constituye una evidencia de su éxito en
configurar su carácter. Lejos de presentar esta" idea como una
exposición crítica de un estado de cosas perjudicial, Durkheim lo
mantuvo como un hecho característico de la existencia social. Como
devoto reformador del sistema educativo francés, trató de hacer uso
- de ese hecho para configurar un carácter adecuado a la sociedad
democrática moderna.
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 101
En segundo lugar, Durkheim argumentó que la individualidad, tal
como la entendemos, ha surgido históricamente. La condición
primitiva del hombre social es la uniformidad, y las diferencias
sistemáticas entre los hombres son un resultado de la evolución
social. Durkheim introdujo con este propósito una terminología
significativa. Las sociedades del pasado —pensaba en las sociedades
tribales sobre las que informaban los antropólogos y en las antiguas
sociedades de Israel, Alemania, Egipto y Grecia más bien que en la
sociedad feudal que proporcionó a Tocqueville y a Marx sus
imágenes del pasado— se caracterizaban por lo que Durkheim
denominó «solidaridad mecánica». Aquellas sociedades se integra-
ban mediante la igualdad de sus miembros. Cada persona era, en
efecto, una réplica de cualquier otra, capaz de realizar las mismas
tareas sencillas y creer las mismas ideas fundamentales. Bajo tales
condiciones la «consciencia colectiva», que Durkheim definía como
la «totalidad de creencias y sentimientos comunes a la media de los
miembros de una misma sociedad», es robusta mientras que la
individualidad está subdesarrollada. Las sociedades modernas, en
contraposición, se caracterizan por la «solidaridad orgánica», en la
cual los miembros se especializan y desarrollan la singularidad
individual. La sociedad está integrada merced a la interdependencia
entre los hombres.
Durkheim era consciente de que esta terminología y las imágenes
que evocaba iban en contra de una noción romántica según la cual la
sociedad moderna es artificial o1 «mecánica», mientras que las
sociedades tradicionales eran, naturales, auténticas y «orgánicas».
Gran parte del atractivo de las denuncias formuladas por Rousseau
y Marx contra la división del trabajo se apoyan sin duda en ideas
románticas, de ese tipo, si bien ninguno de ellos argumentó que el
hombre podría o debería volver a semejante pasado idealizado.
Rousseau y Marx reconocían las contribuciones de la división del
trabajo al progreso histórico, pero querían trascenderlas. Durkheim
consideraba la división desarrollada del trabajo como factor esencial
para «el progreso de la personalidad individual».
Sólo como consecuencia de una ilusión real pudimos creer que
la personalidad era más íntegra mientras la división del trabajo no
había penetrado en ella. Sin duda, al contemplar desde fuera la
diversidad de ocupaciones que abarca entonces el individuo, puede
parecer que se desarrolla de una manera más libre y más completa.
Pero en realidad esta actividad que él manifiesta no es suya. Es la
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sociedad, la raza que actúan en él y por él; es sólo el intermediario
mediante el cual aquéllas se realizan.
Así pues, los progresos de la personalidad individual y los de la
división del trabajo dependen de una sola y misma causa. Es, por
lo tanto, imposible querer unos sin los otros. (1893, pp. 404-405,)
Aunque Durkheim llegara a ver que la sociedad moderna
requería también una mínima solidaridad basada en la semejanza
—una conciencia colectiva atenuada— siempre mantuvo, pese a ello,
que la individualidad es un producto de la historia. Contrariamente
a Hobbes, no es la condición natural del hombre.
En tercer lugar, la comprensión analítica del individuo debe, por
consiguiente, empezar con la sociedad. Gran parte del resultado
científico de Durkheim es, en efecto, una incursión del sociólogo en
la reserva presumiblemente inviolable de la auto-determinación
individual. Muestra que la propensión al suicidio es un hecho social,
no explicable por referencia a motivos individuales; que la sagrada
reserva de la religión es una imposición de la sociedad sobre la
conciencia individual; y que incluso las categorías mismas de
nuestros procesos de pensamiento se derivan de la sociedad. En
oposición a la teoría del conocimiento de Immanuel Kant según la
cual la percepción sólo es posible sobre la base de ciertas categorías
innatas o a priori de la mente, Durkheim sostuvo que los conceptos
fundamentales proceden de la experiencia social. Sólo viviendo en
sociedad, en grupo, podríamos llegar a concebir la idea, por ejemplo,
de totalidad. La «idea de todo», escribe Durkheim:
no podría proceder del individuo mismo, quien es sólo una parte
en la relación con el todo y nunca alcanza sino una fracción
infinitesimal de la realidad.
... Los teóricos del conocimiento la postulan, por lo común,
como si procediera de ellos mismos, cuando realmente rebasa los
contenidos de cada conciencia individual considerada a solas en un
grado infinito. (1912, p. 489.)
El lenguaje de Durkheim es indefectiblemente aseverativoy su
mensaje sorprende a muchos como incompatible con el individualis-
mo liberal. Era muy consciente de su efecto retórico,' pero se
lamentaba cuando era malentendido. Sin rechazar en modo alguno
los valores individualistas de la sociedad occidental, insistía en su
idea según la cual el individualismo analítico, en cuanto explicación
de los fenómenos sociales sobre la premisa de individuos autónomos
y en cuanto negación de la realidad social, constituía sencillamente
una base inadecuada para la comprensión y, en consecuencia, la
reconstrucción social.,Los compromisos de Durkheim con la socio-
logía y con la reforma social se daban ambos la mano.
El reformismo de Durkheim era claramente cauto, incluso
conservador. Como Burke, sostenía que el peso de la prueba recaía
en quienes cambiasen el orden social. Con todo, al igual también
que en Burke, su imagen de la naturaleza humana presentaba
razones en pro de instituciones sociales que hiciesen frente a las
necesidades humanas, necesidades que no se satisfacían en su
sociedad. Pese a ser un realista social, Durkheim formuló ciertos
supuestos psicológicos que servían de premisa para su impulso
reformador. Vaciló en expresar tales supuestos como primeros
principios a la manera de Hobbes, si bien informaban, pese a ello, su
teoría.
La naturaleza social del hombre
Podemos plantear los supuestos psicológicos de Durkheim mi-
rando a su teoría del suicidio. En la sociedad moderna, dijo,
prevalecen crecientemente dos formas de suicidio: el suicidio egoísta
y el suicidio anómico16. El egoísmo es un estado de solidaridad
insuficiente, en el que el individuo se ve demasiado abandonado a
sus propias fuerzas, tiene demasiadas pocas fuentes socialmente
estructuradas de apoyo, y no tiene más sentido de responsabili-
dad que consigo mismo. Los protestantes, a diferencia de los
católicos, y quienes pertenecen a familias pequeñas son especialmen-
te proclives al suicidio egoísta, al sentirse poco implicadoscon la
sociedad. Aunque la vida social, especialmente cuando está centrada
en torno a una familia extensa e implicada cotidianamente en una
comunidad religiosa, presupone claros impedimentos para el indivi-
duo, éstos quedan más que compensados por los beneficios que de
ellos derivan:
""' Existe, en resumen, en una sociedad cohesiva y animada un
intercambio constante de ideas y sentimientos de todos y cada uno
16 Una tercera forma de suicidio, «altruista», es de menor importancia en la
sociedad moderna y acaso también para Durkheim. Véase el ensayo que sigue, La
teoría sociológica: un punto de vista contemporáneo.
104 R. STEPHEN WARNER
y de cada uno a todos, algo como un mutuo apoyo moral, que en
lugar de arrojar al individuo sobre sus propios recursos, le lleva a
compartir la energía colectiva y apoya la suya propia cuando se
agota. (1897, p. 210.)
El mismo tema del apoyo psíquico proporcionado por los lazos
sociales está presente cuando Durkheim, en su última gran obra,
escribe sobre la contribución del ritual religioso colectivo: «La única
fuente de vida a la que podemos moralmente recurrir es la formada
por la sociedad de nuestros iguales»- (1912, p. 473). Un aspecto de la
reforma social de Durkheim consistió, pues, en vigorizar los lazos
sociales para incrementar el bienestar psicológico.
El segundo tipo de suicidio, anómico, era crónico en las socieda-
des rápidamente cambiantes de la época de Durkheim. Es el suicidio
de quienes son repentinamente arrojados a circunstancias que
estimulan inadecuadamente sus expectativas sin proporcionar una
regulación suficiente de sus pasiones. Los ejemplos centrales de
anomia de Durkheim eran el divorcio y los desórdenes en la vida de
los negocios. No es tanto la decepción de las crisis maritales y
económicas cuanto la ruptura de expectativas lo que ocasiona el
suicidio. Durkheim gustaba de decir que no sólo las repentinas
caídas económicas eran generadoras de suicidio, también las alzas
inesperadas (booms). «Toda perturbación del equilibrio, aun si logra
un mayor confort y una elevación de la vitalidad general, es un
impulso a la muerte voluntaria» (1897, pp. 246-254). Su propia
sociedad, en transición todavía entre los estados estables de la
solidaridad mecánica y orgánica, se hallaba repleta de tales rupturas.
Estas constituyen estados de «anomia» o ausencia de normas, estado
en efecto angustioso para que el hombre permanezca en él.
En un notable pasaje de El suicidio (1897, pp. 246-254), Durk-
heim argumenta que los hombres, a diferencia de los animales, no
poseen punto o límite intrínseco de saciedad, pues su capacidad de
imaginación puede ser estimulada por su entorno. Sin regulación
externa «nuestra capacidad de sentir es en sí misma un abismo
insaciable y sin fondo». «Una sed inextinguible es una tortura
constantemente renovada.» Para lograr la felicidad, las pasiones
deben limitarse. «Mas como el individuo no tiene modo de limitar-
las, ello debe realizarse mediante alguna fuerza exterior a él... La
fuerza sólo puede ser moral.», Bajo circunstancias normales, la
sociedad proporciona normas morales, normas que son considera-
das por la mayoría como legítimas, para restringir y disciplinar al
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 105
individuo. «Pero cuando la sociedad es perturbada por alguna crisis
dolorosa o por transiciones beneficiosas pero abruptas, entonces es
Incapaz momentáneamente de ejercer esa influencia», y ésta es la
condición dolorosa que Durkheim denominó «anomia». Durkheim
presume así que los hombres desean orden, ley y equilibrio para
mantener su bienestar, presunción común a miembros de la tradi-
ción conservadora como Burke y Tocqueville. Otro aspecto del
reformismo social de Durkheim consistía, pues, en la vigorización de
las normas.
i Los grupos ocupacionales
Para reintegrar al hombre en la sociedad, hacer frente a las
corrientes egoístas y anémicas de la vida social moderna, Durkheim
propuso concentrarse en los grupos ocupacionales o «corporacio-
nes». Insistía en que la reforma social debía trabajar con los
materiales a mano y que las antiguas formas de integración social
basadas en la geografía, la familia y la religión iban perdiendo
significación en la vida moderna. La quiebra total de esas antiguas
formas de organización social, promovida por Voltaire y Rousseau y
lograda (pensaba Durkheim) por la gran transformación ocurrida en
el paso del siglo XVIII al XIX, parecía dejar sólo las agrupaciones
políticas y económicas con suficiente vitalidad como órganos de
integración social. El estado como órgano político estaba demasiado
alejado, no obstante, del individuo para que sus servicios se adecua-
ran a sus necesidades.
Una sociedad compuesta por un número infinito de individuos
desorganizados, que un estado hipertrofiado se ve obligado a
oprimir y a contener, constituye una verdadera monstruosidad
sociológica.. Pues la actividad colectiva es siempre demasiado
compleja para que pueda expresarse a través del solo y único
órgano del estado. (1902, p. 28)17.
17 Esta cita expresa una convicción (similar a la de Burke), según la cual el
proyecto de Rousseau de abolir todos los cuerpos mediadores entre el hombre y la
comunidad tíabía sido lamentablemente cumplido. Pese a su concepto de hechos
sociales, Durkheim estaba menos dispuesto que Marx y Weber a analizar cuerpos
sociales parciales tales como estamentos y clasesy a concentrarse más probablemente
en la relación directa del hombre con la sociedad, según está representada en el
concepto de conciencia colectiva. Evidentemente, sobreestimó el grado de atomiza-
ción que la sociedad moderna había alcanzado.
106 R. STEPHEN WARNER
A Durkheim, como a Tocqueville, le inquietaba la evidencia de la
atomización en su sociedad, si bien su preocupación se dirigía más al
bienestar individual que hacia la estabilidad constitucional. Durk-
heim, también, urgía la vigorización de las instituciones secundarias
o intermedias. Consecuentemente, al final de su libro sobre El
suicidio (1897) y en un prefacio a la segunda edición de su División
del trabajo social (1902) prescribía el grupo ocupacional como
remedio. «La única descentralización que haría posible la multiplica-
ción de los centros de vida comunitaria sin debilitar la unidad
nacional es lo que podría llamarse descentralización ocupacional»
(1897, p. 390). Los grupos ocupacionales estarían «formados por
todos los agentes de la misma industria, unidos y organizados en un
solo cuerpo» (1902, p. 5). En reconocimiento a la escala metropolita-
na de la economía moderna y del provincialismo que había condena-
do los gremios medievales al olvido, estos grupos no podían ser sino
nacionales en alcance. «La sociedad, en lugar de continuar siendo lo
que es hoy, un agregado de distritos territoriales yuxtapuestos,
se convertiría en un vasto sistema de corporaciones nacionales»
(1902, p. 27).'
Durkheim no proporcionó nunca un plan detallado para tales
grupos, si bien pensaba que quienes ganaban su vida en una sola
rama industrial formarían parte de la «corporación». Reconocía que
las diferencias en interés entre el trabajo y los patronos exigirían que
en el nivel niás bajo los empleadores y empleados deberían organi-
zarse separadamente. Pero las corporaciones en cuanto tales se
proponían representar todos los niveles de trabajadores en una
industria. No equivalían por consiguiente a los sindicatos. La
función de la corporación sería la de mediar, no sólo articular y
abogar, en los conflictos de interés. Gran parte de la discusión de
Durkheim sobre las corporaciones estaba dedicada a demostrar que
otras formas de descentralización serían inadecuadas para la tarea
{una forma de argumentación por eliminación, recurso favorito de
Durkheim) y a analizar las funciones que tales corporaciones
realizarían antes que analizar su estructura propuesta. Sostenía que
reducirían el egoísmo al proporcionar lazos sociales al individuo en
el punto de su actividad más importante, su. trabajo. Las corporacio-
nes revisarían los beneficios de jubilación,la legislación industrial y
la mediación trabajo-patronal (garantizando así su viabilidad utilita-
ria), pero constituiría también un lugar para la implicación social
per se. Durkheim preveía que las corporaciones patrocinarían
acontecimientos culturales y sociales. La corporación es para Durk-
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 107
heim «una- fuente de vida sui generis. De ahí procede un calor que
anima a sus miembros, haciéndoles intensamente humanos, destru-
yendo sus egoísmos» (1902, p. 26).
De otro lado, las corporaciones servirían para reducir la anomia
al establecer reglas apropiadas y otorgando a éstas autoridad moral.
Estas reglas satisfarían las necesidades del individuo a la par que le
recordarían cuál es su lugar:
Obligando al más fuerte a utilizar su fuerza con moderación,
previniendo al más débil de multiplicar interminablemente sus
protestas, recordando a ambos el sentido de sus deberes recíprocos
y el interés general, y regulando la producción en ciertos casos de
suerte que no degenere en una fiebre mórbida, moderaría un
conjunto de pasiones por medio de otros, y posibilitaría su
apaciguamienta asignándoles límites. Así, se instauraría un nuevo
orden de disciplina moral, sin el cual todos los descubrimientos
científicos y los progresos económicos en el mundo producirían
sólo descontento. (1897, p. 383.)
El orden social que ha de revigorizarse por la instauración de
grupos ocupacionales serviría simultáneamente para mitigar el
egoísmo y la anomia por medio de lazos sociales y reglas limitadoras.
Esto ilustra cómo se vinculan íntimamente los compromisos
parejos de Durkheim en cuanto abogado y reformador social, a
través de su idea del hombre. El desequilibrio en la sociedad
moderna es perjudicial al bienestar individual. Para fomentar el
equilibrio se requiere un conocimiento seguro sobre los engranajes
de la sociedad. Así pues, pese a la paradoja sólo aparente, las formas
individualistas de explicación deben ceder paso a las sociológicas.
Así, sin contradicción, Durkheim en su papel de reformador social
dedicado a fomentar el bienestar psíquico pudo fijar tenazmente sus
ojos en la instauración y progreso de la nueva ciencia de la
sociología. Si su presentación de los métodos y temas de esta ciencia
invocaba frecuentemente una serie penosa de expresiones y concep-
tos que parecen otorgar a la «sociedad» una realidad mística, tales
recursos retóricos deberían entenderse en el contexto de la solemne
dedicación de Durkheim a sus causas.
108 R. STEPHEN WARNER
LA SOCIOLOGÍA COMO CIENCIA
En sus días de estudiante y en los comienzos de su carrera
académica, Durkheim se expresó como precursor de una disciplina
naciente dispuesto a la lucha. Desde el mismo comienzo, rechazó la.
especulación filosófica y el individualismo metodológico como
modos de pensamiento. Insistió en que una disciplina con un cierjto
valor para servir a las necesidades de la sociedad moderna debe ser
científica y tratar la sociedad como un dominio con derecho propio.
Para Durkheim la ciencia era un modo de pensamiento fundado
en la razón y en el conocimiento empírico. Su método ha recibido
con frecuencia el nombre de «positivismo» y según su argumenta-
ción la sociología merecía un lugar entre las ciencias positivas. Según
el sentido que el diccionario da de «positivismo», como punto de
vista según el cual el conocimiento firme sólo puede basarse en el
estudio de los fenómenos naturales a través de métodos empíricos y
no en la metafísica o en la religión, esta caracterización del método"
de Durkheim es verdadera, aunque parcial. Manteniendo que los
métodos adecuados a la ciencia natural pueden también ser adecua-
dos a la ciencia social, Durkheim se situaba en desacuerdo con la
tendencia dominante en Marx, para quien la teoría debería reflejar a
la vez que configurar el mundo. Según nuestros términos, Durkheim
era más bien un pensador positivo que crítico. Creía que una ciencia
de la sociedad requería un estudio naturalista y empírico y criticó a
quienes no tenían en cuenta la evidencia de los hechos o arreglaban
la «evidencia» según una teoría filosófica preconcebida. Acusó al
sociólogo inglés H. Spencer de caer entre otros en ese defecto.
Con todo, el propio método de Durkheim estaba dominado tanto
por un proceso de pensamiento cuanto por la investigación empírica.
Era un racionalista inquebrantable que en la tradición de Descartes
"creía que el conocimiento podía deducirse lógicamente de principios
axiomáticos. Sus escritos están repletos consiguientemente de silo-
gismos, de argumentos por eliminación y analogías que buscan un
rango científico, para desesperación a menudo del lector. Unos
cuantos ejemplos bastarán. Arguye que todos los fenómenos natura-
les están regidos por leyes necesarias (leyes científicas, no jurídicas) y
que la sociedad, que es parte de la naturaleza, debe por consiguiente
regirse también de este modo. Arguye que los fenómenos sociales,
por definición externos al individuo, no pueden ser explicados por la
psicología. «Si la vida social fuese meramente una extensión del ser
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 109
notablemente entre las sociedades europeas de fines del XIX, que
qada sociedad (Italia, Inglaterra, Suecia, Francia, Prusia —«Alema-
nia» todavía era una federación— y Dinamarca) poseía una tasa
característicamente alta o baja de suicidio y que la tasa de suicidio
cambiaba a lo largo del tiempo más bien según pautas regulares que
aleatorias. Durkheim abordaba el problema más difícil posible —lo
que en última instancia es el acto más personal— y mostraba cómo
podía comprenderse como fenómeno social. La tasa de suicidio es un
hecho social, dijo, «peculiar a todo grupo social» y podría explicarse
por aquellos otros «hechos sociales» que agrupaba bajo las catego-
rías de egoísmo, anomia y altruismo.
En la práctica, Durkheim vacilaba entre la tentativa de dar
cuenta de estas variaciones^ en las tasas y la pretensión de que su
teoría era suficiente para la explicación de cualquier suicidio concre-
to. Ahora bien, puesto que sólo una débil proporción de los
identificables por su método como especialmente proclives al suici-
dio —los protestantes, solteros, oficiales del ejército, hombres de
negocios— renuncian a sus,propias vidas, esta última presunción
carece obviamente de apoyo. Durkheim, sin embargo, logró demos-
trar la capacidad de un modo de análisis distintivamente sociológico,
que trata de trascender (o al menos de complementar) las explicacio-
nes basadas en los motivos individuales y las patologías personales.
Como mínimo, su método requiere que el investigador adopte una
actitud especial hacia el plano quizás intangible mas con todo real de
experiencia que denominamos social. La sociedad, repitió incansa-
blemente, es una realidad sui generis («por sí misma») y debe ser
abordada científicamente como tal. (Para un análisis más completo
de El suicidio de Durkheim, véase el ensayo de Smelser.)
El principio metodológico básico en pro del cual Durkheim
argumentaba es que la sociología es una ciencia que se ocupa de un
nivel especial de realidad denominado hechos sociales. No obstante,
esbozó procedimientos sociológicos más específicos, tanto en su
libro Las reglas del método sociológico como en sus trabajos de
investigación empírica. Más que resumir Las reglas (que el propio
Durkheim no siempre sigue) examinaré varios de los pasos que
siguió en su intento de llegar al conocimiento sociológico, tomando
como referencia sus estudios sobre la división del trabajo, el suicidio
y la religión. Tres estrategias metodológicas distintivamente durk-
heimianas serán exploradas: su preocupación por las definiciones, su
intento de refutar las otras explicaciones y su esfuerzo por producir
explicaciones sociológicas, tanto causales como funcionales.
110 R. STEPHEN WARNER
individual, no remontaría de ese modo hasta su fuente, a saber, él
individuo, e impetuosamente lo invadiría... Cuando el individuo ha
sido eliminado sólo queda la sociedad» (1895, pp. 101-102). La
sociología es,por consiguiente, necesaria. Arguye que no cabe negar l
la exterioridad de las fuerzas sociales sobre la base de que tales
fuerzas sean a menudo imperceptibles, tal como tampoco podemos
negar la presión del aire sencillamente porque no la sintamos. -
Persuasivos para algunos, tales recursos retóricos irritan a otros.
Claramente indican que la ciencia de la sociedad de Durkheim de
ningún modo se limitaba a un método de inducción a partir de los
hechos observados.
La ciencia de Durkheim posee un objeto a la par que un método.
Su objeto era la sociedad, estudiada a través de sus manifestaciones
en lo que Durkheim denominó «hechos sociales». La posición
polémica de Durkheim le llevó a utilizar expresiones exageradas que
hicieron difícil durante largo tiempo la recepción de la parte valiosa
de su .mensaje. Decía que los hechos sociales son «cosas», que hay
una «mente de grupo» y que cuando alguien intenta explicar los
fenómenos sociales psicológicamente, «podemos estar seguros de
que la explicación es falsa». Pero Durkheim estaba efectivamente en
lo cierto al apuntar a hechos como que el origen y la persistencia de
las obligaciones morales observadas por los individuos son sociales,
que instituciones tales como los gobiernos existen independiente-
mente de cualquier individuo, que las corrientes emotivas que
sacuden a una multitud «pueden arrastrarnos a pesar nuestro» y que
una sociedad determinada posee características específicas que la
distinguen de las otras sociedades.
Un gran esfuerzo se ha gastado en debates acerca de la condición
ontológica de la sociedad (entendida como cosa) en la teoría de
Durkheim, pero para ver la importancia de sus ideas basta con
observar sólo que una iglesia, por ejemplo, no es simplemente una
suma de las creencias de sus miembros individuales tomados como
unidades. Más bien, los miembros individuales orientan su compor-
tamiento hacia lo que conciben como prácticas y creencias comunes,
se encuentren o no tales creencias en alguna persona concreta. En
este sentido, la sociedad es en efecto mayor que la suma de sus
partes.
La demostración más cumplida de Durkheim sobre la utilidad de
su concepto de los hechos sociales se encuentra en su tratado sobre
El suicidio. Utilizando datos disponibles de fuentes oficiales, demos-
traba que la tasa de suicidios por millón de habitantes variaba
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 111
Definiciones
Como profeta de una nueva ciencia, Durkheim insistió en la
independencia de la sociología respecto de la psicología y de otras
ciencias y, también, del sentido común. Ello requería una ruptura
con los modos aceptados de pensamiento: «(Si) tiene que haber una
nueva ciencia, tendremos no sólo que parafrasear los prejuicios
tradicionales del hombre común, sino procurarnos una visión nueva
y diferente de aquéllos: pues el objeto de toda ciencia es hacer
descubrimientos, y todo descubrimiento perturba más o menos las
ideas aceptadas» (1895, p. XXXVII). Al igual que Bacon y Descartes,
Durkheim insistía en que el estudio científico comenzase con una
purga de las opiniones recibidas.
Durkheim aborda así muy conscientemente el problema de
definir un fenómeno determinado. Para definir la religión, por
ejemplo, rechaza la noción según la cual la religión se vincula con un
sentido de lo «sobrenatural», porque la categoría de lo sobrenatural
presupone la categoría de lo natural, que es un desarrollo histórico
del pensamiento posterior en el tiempo a la religión primitiva.
Rechaza igualmente la noción según la cual la religión es un asunto
de «dioses» objeto de veneración, pues existen religiones no deístas
tales como el budismo. Durkheim se centra entonces en lo que
sostiene son los rasgos esenciales de la religión: su división del
mundo en cosas «sagradas» y «profanas» y su encarnación colectiva,
social. Al final de un capítulo presenta su propia definición formal:
«Una religión es un sistema unificado de creencias y prácticas
relativas a cosas sagradas, es decir, cosas puestas aparte y prohibidas
—creencias y prácticas que unen en una sola comunidad moral,
llamada iglesia, a todos quienes se adhieren a ellas» (1912, p. 62).
De modo paralelo, Durkheim sostuvo que el «crimen» no ha de
definirse por referencia al contenido de ciertos actos que cabe
presumir son en sí mismos intrínsecamente criminales. Más bien,
dice que, en efecto, el crimen es lo que la sociedad dice que es: «En
otras palabras, no debemos decir que una acción choca con la
conciencia común por ser criminal, sino más bien que es criminal
porque choca con la conciencia común» (1893, p. 81). Utilizando
tales definiciones y trabajando dentro de los dominios de experiencia
circunscritos por ellas, Durkheim pasa a considerar las explicaciones
de los fenómenos de la religión y el crimen.
Estos esfuerzos de Durkheim contienen una gran penetración y
112 R. STEPHEN WARNER
han influido en el posterior trabajo sociológico y antropológico.
Sólo trascendiendo tales definiciones del sentido común, como hace
Durkheim, es posible mantener, por ejemplo, la idea potencial mente
fecunda según la cual los movimientos políticos extremistas compac-
ten las cualidades de las religiones y pueden compararse con ellas.
La definición de crimen de Durkheim expresaba la verdad de que las
normas morales son variables sociales, lo que contenía el germen del
relativismo cultural posteriormente desarrollado en obras tales como
Pautas culturales de Ruth Benedict. Su definición del crimen apunta-
ba también el camino hacia una nueva comprensión de los proble-
mas de la desviación y el control social, hacia un planteamiento que
cuestionase no tanto por qué ciertas personas cometen actos desvia-
dos, cuanto, más bien, cómo algunos actos llegan a ser percibidos o
«marcados» como desviados. En relación, por ejemplo, con la
legislación fiscal, esta última cuestión revela a menudo su gran
significación teórica y práctica.
No obstante, en un plano distinto, las definiciones de Durkheim
confirman profundamente el sentido común. Da por sentado que el
hombre llano está en lo cierto al suponer que el budismo es una
religión y que en consecuencia es fundamentalmente el mismo
fenómeno que el cristianismo. Da por sentado que la categoría- de
«lo criminal», cuando no su definición y explicación de sentido
común, aisla un fenómeno (casi podría decir uno una «cosa») digna
de tratamiento sociológico. Durkheim afirma así que las categorías
normales de religión y crimen son temas legítimos de análisis
sociológico y afirma también la noción de sentido común según la
cual cada uno de estos temas comparte un número suficiente de
propiedades comunes internas como para que sean tratadas como
una entidad. Puede haber sociologías de la religión y el crimen.
Epistemológica como políticamente, Durkheim es un reformista
antes que un revolucionario.
Refutación de las explicaciones optativas
Donde más minuciosamente se manifiesta el considerable vigor
polémico de Durkheim es en sus intentos de rechazar las explicacio-
nes vigentes y, en su opinión, erróneas sobre los temas que él
seleccionó para su estudio, fuesen la división del trabajo, el suicidio
o la religión. Estas refutaciones aseveraban usualmente la inadecua-
ción de las explicaciones basadas en el razonamiento no sociológico,
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 113
especialmente las basadas en la psicología individual, la biología o el
medio natural. Durkheim dedicó capítulos enteros a explicar que la
religión no podía comprenderse como un reflejo meramente intelec-
tual de fenómenos naturales y que la división del trabajo no puede
ser el resultado de propensiones humanas innatas para intercambiar
bienes.
En El suicidio, una sección entera de casi un centenar de páginas
se dedica a la tarea de la refutación. Aunque algunas de las teorías
que Durkheim rechazó parecen exóticas e incluso estúpidas hoy
—por ejemplo, que las variaciones en el suicidio están causadas por
variaciones estacionales o diarias en la luz del sol—, sus métodos
fueron serios y agudos. Para contrarrestarel viejo argumento según
el cual el suicidio, al igual que otras clases de comportamiento
social, resultaba de predisposiciones «raciales» hereditarias, Durk-
heim utilizó un tipo de lógica estadística que ha llegado a ser
fundamental para la sociología empírica contemporánea. Comenza-
ba con una correlación entre nacionalidad y tasa de suicidio, de
acuerdo con la cual los alemanes eran más proclives al suicidio que
los franceses. Sobre la base de semejante correlación, algunos
formulaban el argumento de que el suicidio variaba según la «raza»,
Siendo los «germánicos» más autodestructivos que los «céltico-
romanos». Por el contrario, argumentaba Durkheim, las diferen-
cias nacionales son el resultado de diferencias religiosas, siendo
Alemania mucho más protestante que Francia. Contrastó a conti-
nuación su aseveración en la confederación multiétnica de Suiza
donde los alemanes y los franceses de religión tanto protestante
como católica residían en cantones relativamente homogéneos
(unidades territoriales de Suiza). Considerando simultáneamente
como variables la religión y la «nacionalidad», Durkheim mostró
que la presumida tendencia alemana al suicidio era de hecho una
tendencia protestante: los cantones católicos, fuesen alemanes o
protestantes, poseen una tasa comparativamente baja de suicidios;
los cantones protestantes franceses poseen una tasa de suicidio cinco
veces más alta. «Hechos así concurren —escribió— a mostrar que los
alemanes cometen el suicidio más que otros pueblos no por su
sangre sino por la civilización en cuyo seno se han desarrollado»
(1897, p. 89).
Estos y algunos de los otros métodos de Durkheim no están por
encima del reproche. Las estadísticas oficiales sobre tasas de suici-
dio, en las que Durkheim se apoyaba, están sujetas notoriamente al
error y al sesgo. Su uso de correlaciones ecológicas es problemático y
114 R. STEPHEN WARNER
sus refutaciones no tienen en cuenta la posibilidad de causación
múltiple18. Tratar de probar una tesis mediante la refutación de las
tesis concurrentes es cosa en principio cercana a lo imposible: todas
las demás tesis tendrían que mostrarse incorrectas a fin de establecer
la tesis de Durkheim como la única válida. En efecto, las refutacio-
nes de Durkheim son un aspecto de su estrategia retórica para
establecer la sociología mediante la reducción de sus rivales. Desde
luego, no se detiene en argumentos negativos. El poder real de su
obra ha de encontrarse en la sustancia de sus propias explicaciones
sociológicas.
Las explicaciones sociológicas de Durkheim
Nos hemos enfrentado ya con algunos de los intentos de Durk-
heim de dar sentido a los fenómenos sociales y hemos visto los
supuestos básicos temáticos sociológicos y socio-psicológicos sobre
los que se basaban. Aquí, un poco más formalmente, voy a analizar
los dos tipos de explicaciones que presentara, la causal y la
funcional. El suicidio, por ejemplo, está causado por la falta de
integración social. La función de los grupos ocupacionales sería la de
fomentar la reintegración. Durkheim era muy consciente de los
diferentes tipos de pensamiento representados por estos dos térmi-
nos, pero él sostuvo la legitimidad de cada uno de ellos. «Así pues,
cuando se emprende la explicación de un fenómeno social debemos
buscar separadamente la causa eficiente que lo produce y la función
que cumple» (1895, p. 95). A continuación presentaba lo que ha
llegado a ser un ejemplo muy famoso:
18 Una «correlación ecológica» relaciona dos o más características de población
entre sí dentro de una unidad determinada (por ejemplo, el porcentaje de demócratas
y el porcentaje de negros por distritos electorales). Si se proponen tales correlaciones
para explicar el comportamiento de individuos, surge la posibilidad de una «falacia
ecológica». Bajo ciertas circunstancias, los métodos estadísticos pueden mitigar la
gravedad del problema. En otros casos, no es el comportamiento de los individuos lo
que está en cuestión sino el de los grupos y entonces no se da la «falacia». Para dos
versiones diferentes de los métodos ecológicos de Durkheim, véase Blau, 1960, y
Selvin, 1965.
Con respecto a la causación múltiple, la mayoría de los sociólogos contemporá-
neos reconocerían que el suicidio y fenómenos similares debieran explicarse «psicoló-
gicamente» a la par que «sociológicamente». Al concentrar su atención en refutar
explicaciones unifactoriales, Durkheim oscurece la posibilidad de que el hecho social
de la «anomia» pueda exacerbar las tendencias suicidas de individuos psíquicamente
inestables. Las dos formas de explicación no son mutuamente excluyentes.
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 115
¡i ... La reacción social que llamamos castigo se debe a la
¡ intensidad de los sentimientos colectivos que el crimen ofende;
I pero, visto desde otro ángulo, cumple la útil función de conservar
esos sentimientos en el mismo grado de intensidad, los cuales
pronto disminuirán si las ofensas contra ellos no fueran castigadas.
(1895, p. 96.)
Ambos tipos de explicación —los que se centran en cómo los
hechos sociales llegan a ser y los que miran a sus contribuciones a la
sociedad— son válidos.
Cada tipo de explicación está representado en el estudio de
Durkheim sobre La división del trabajo social. Dada la observación
de que en las sociedades avanzadas de su época, y de la nuestra,
existe una variación mayor entre los roles ocupacionales del indivi-
duo de la que se encuentra en las sociedades más sencillas, Durk-
heim quiso explicar cómo se había producido este cambio de la
solidaridad «mecánica» a la «orgánica». Su explicación causal se
centró en factores demográficos, esto es, en el tamaño y distribución
de la población. Era consciente del hecho de que a medida que una
población aumenta en tamaño se hace posible una mayor especiali-
zación en las tareas. (Por ejemplo, la mayor variedad de tipos de
restaurantes se encuentra en las grandes ciudades porque también
allí se encuentra una población suficientemente amplia como para
satisfacer los gustos poco usuales de proporciones reducidas de
población.) Pero el factor específico que Durkheim acentuó fue la
«densidad dinámica» de la población, expresión por la que entendía
la tasa de interacción social. La densidad dinámica aumenta confor-
me crece la concentración de la población y los medios de comunica-
ción; más gente entra en más contacto. Pero si todo el mundo sigue
esencialmente la misma ocupación (esto es, si la sociedad se
caracteriza todavía por la solidaridad mecánica), un aumento en la
densidad dinámica produce un aumento en la competición. Esta
competición produce la especialización.
Durkheim se apoyó en Darwin para una comprensión de la
lógica de tal competición. Así como especies diferentes pueden
coexistir en el mismo territorio porque sus necesidades físicas son
complementarias en lugar de conflictivas, así la división del trabajo
en la sociedad modera la competición:
En la misma ciudad, pueden co-existir ocupaciones diferentes
sin que tengan que destruirse mutuamente entre sí, puesto que
persiguen objetos diferentes. El soldado busca la gloria militar, el
116 R. STEPHEN WARNER
sacerdote la autoridad moral, el político poder, el empresario
riqueza, el científico renombre. Cada uno de ellos puede alcanzar
su fin sin impedir que los otros alcancen el suyo, (1893, p. 267.)
Durkheim reivindicaba así el haber descubierto una ley causal
general de desarrollo social: «La división del trabajo varía en razón
directa del volumen y densidad de las sociedades, y, si progresa de
manera continua en el curso del desarrollo social, ello se, debe a que
las sociedades se hacen regularmente más densas y generalmente
más voluminosas» (1893, p. 262). Con una terminología distinta
—que la diferenciación estructural es el resultado de avances tecnoló-
gicos y de la densidad de población— la ley de Durkheim todavía
posee vigencia en sociología. Aquellos cuya meta científica es la
derivación de un conjunto de leyes relativas a las propiedades de las
sociedades tomadas como unidadespueden ver en Durkheim su
antecesor intelectual.
Ahora bien, Durkheim no estaba satisfecho con las explicaciones
causales sobre la génesis de los fenómenos sociales: quería compren-
der también el funcionamiento de estos fenómenos. Tomando
seriamente la idea de sociedad como una realidad sui generis, creía
que las sociedades poseen una especie de economía interna en la que
la mayoría de los hechos sociales tienen un cometido que desem-
peñar:
En efecto, si la utilidad de un hecho no es la causa de su
existencia, por lo general es necesario que sea útil para que pueda
mantenerse. Pues el hecho de no ser útil basta para hacerlo
perjudicial, dado que en ese caso cuesta un esfuerzo sin aportar
beneficio alguno. Si la mayoría de los fenómenos sociales tuviesen
un carácter parasitario el presupuesto del organismo tendría,
entonces, un déficit y la vida social sería imposible. En consecuen-
cia, para lograr una comprensión satisfactoria de aquélla, es
necesario mostrar cómo los fenómenos que la comprenden se
combinan de forma que ponen en armonía a la sociedad consigo
misma y con el medio ambiente externo a ella. (1895, p. 97.)
Durkheim insistía en que esta presuposición según la cual los
fenómenos sociales han de analizarse de conformidad con su utilidad
era característicamente sociológica. No había que confundir esto con
una preocupación por lo que podrían ser los propósitos de los
individuos en la sociedad. Los individuos pueden no percatarse o
preocuparse de los efectos sociales (o funciones) de sus prácticas;
éstos son a menudo efectos no anticipados. En lugar suyo, «la
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 117
función de un hecho social debería siempre buscarse en relación con
algún fin social» (1895', p. 111).
La división del trabajo social proporciona ejemplos adicionales
de explicaciones funcionales. Durkheim sostenía que la proporción
de dos tipos diferentes de derecho cambia según las sociedades pasan
de la solidaridad mecánica a la orgánica. Las sociedades con
solidaridad mecánica —la solidaridad de la igualdad— poseen
proporciones superiores de leyes penales, que especifican las reglas
de comportamiento correcto amparadas por «sanciones represivas».
Tales sanciones amenazan al malhechor con privaciones: «revierten
sobre su fortuna, o sobre su honor, o su vida, o su libertad, y le
privan de algo de lo que goza» (1893, p. 69). Ahora bien, a medida
que la división del trabajo aumenta y conforme la sociedad llega a
integrarse mediante la solidaridad orgánica, otros tipos de derecho
llegan a prevalecer —civil, comercial, procesal y administrativo—
cuyos mecanismos impositivos son las «sanciones restitutivas». Las
sanciones restitutivas no infligen tanto una pérdida sobre el agente
que viola la ley cuanto funcionan para devolver las cosas al lugar
donde estaban. Un ejemplo de una sanción restitutiva es la repara-
ción de daños en un juicio civil. Examinando un amplio espectro de
hallazgos históricos y antropológicos, Durkheim alega haber confir-
mado esta relación macroscópica entre el tipo de solidaridad y el
tipo de derecho.
Para dar sentido a esta correlación, invoca la imagen de la
sociedad como una entidad en funcionamiento. Cabe esperar, podría
haber dicho Durkheim, que la sociedad esté organizada de modo
que reproduzca las condiciones de su existencia. Donde prevalece la
solidaridad mecánica, la cohesión de la sociedad depende de la
intensidad de la conciencia común. La función social del derecho
penal y de las sanciones represivas —en resumen, del castigo— es no
tanto rehabilitar al criminal o evitar la repetición del acto, cuanto
reforzar en cada uno de los miembros de la sociedad un sentimiento
de unión con la colectividad. El derecho penal refuerza esta concien-
cia común, «tanto al pedir de cada uno de nosotros un mínimo de
semejanzas sin las cuales el individuo constituiría una amenaza para
la unidad del cuerpo social, cuanto al imponer en nosotros el respeto
hacia el símbolo que expresa y resume estas semejanzas al mismo
tiempo que las garantiza» (1893, p. 106). Durkheim explica así no
sólo la causa del castigo —el ultraje ocasionado por el comporta-
miento criminal— sino también sus efectos o funciones sociales.
Con la llegada de la división del trabajo, el problema para la
118 R. STEPHEN WARNER
sociedad es no tanto alcanzar el máximo de similitud entre los
miembros individuales cuanto más bien integrar formas complemen-
tarias de comportamiento. Los individuos prosiguen ahora líneas
muy diferentes de trabajo, si bien Durkheim insistió en que su
análisis no se limitaba al área estrictamente económica de la
producción de bienes. Los individuos no son autosuficientes; deben
comprometerse en múltiples intercambios entre ellos. Así, no basta
con que cada uno de ellos siga un cierto curso de acción idéntico,
plenamente preestablecido. Más bien, debe haber algún mecanismo
que facilite su interacción:
A cada instante y a menudo de improviso nos encontramos
contrayendo estos lazos, ya sea que compremos, ya sea que
vendamos, ya que viajemos, ya que arrendemos servicios, ya que
nos hospedemos en una hostería, etc. La mayoría de nuestras
relaciones con nuestros semejantes son de naturaleza contractual.
Por lo tanto, quedaríamos inmovilizados si fuera necesario, cada
vez, emprender nuevamente las luchas, las negociaciones necesa-
rias para establecer mejor las condiciones del acuerdo en el
presente y en el futuro. (1893, pp. 213-214.)
El derecho contractual con sus sanciones meramente restrictivas
funciona como un mecanismo que reduce los costes de la negocia-
ción continua; fomenta así la solidaridad orgánica. El derecho
contractual «expresa las condiciones normales de equilibrio... Se
ofrece aquí un breviario de las numerosas y variadas experiencias
que no pueden preverse individualmente, lo que no podemos regular
está regulado aquí, y esta regulación se impone a nosotros, aunque
no pueda ser nuestro propio trabajo, sino el de la sociedad y la
tradición» (1893, p. 214). La sociedad con una división avanzada de
trabajo no es una mezcolanza en continua fluctuación de átomos
yuxtapuestos. Una vez más, Durkheim ha abordado la comprensión
de las instituciones sociales con la inclinación a esclarecer sus
contribuciones positivas al orden social. En este respecto, él es la
fuente de la escuela funcionalista en la sociología moderna.
SOCIOLOGÍA Y ÉTICA
Más que cualquier otro hombre, merece Durkheim el calificativo
de fundador de la sociología científica. La actitud naturalista que
adoptó hacia los fenómenos sociales, su uso perspicaz de los datos
EMILE DURKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 119
estadísticos, su tratamiento de las sociedades como unidades y su
orientación funcionalista han sido incorporadas en un esfuerzo
acumulativo por muchos de los sociólogos contemporáneos. Y, aun
así, los ingredientes sustantivos básicos de su perspectiva sociológica
nos son familiares ya desde los primeros pensadores. Creía, con
Rousseau y Burke, en la prioridad de la sociedad respecto del
hombre tal como le conocemos y en la universalidad de la vida
social; con Burke, en la realidad de la sociedad y en la inadecuación
de la política radical; con Burke y Tocqueville, en la necesidad
psíquica que el hombre siente por los límites. En común con todos
los pensadores que hemos visto, se sentía poderosamente motivado
por preocupaciones éticas. Puede parecer paradójico reafirmar el
carácter central de la ética social en la vida y la obra de Durkheim.
Al fin y al cabo, fue un profeta de la ciencia, que insistió en la
necesaria autonomía de la sociología respecto de los supuestos del
sentido común y de las presiones políticas, y que a la par con Max
Weber argumentaba que los hechos deben distinguirse de los valores
del científico so pena de que los buenos deseos deformen el
conocimiento. Por todo ello, algunos sociólogos comprometidos
politicamente le han motejado como precursor de la posición
aséptica y apolítica de la sociología contemporánea Pese a ello,
Durkheim intenta combinar sus compromisos científicos yéticos de
forma tal que esa combinación arroja una luz importante sobre su
teoría. El capítulo tercero de Las reglas del método sociológico ofrece
su respuesta.
La propuesta de Durkheim
Durkheim era consciente de un punto de vista (representado,
como veremos, por Max Weber) según el cual la ciencia, ocupándose
de hechos, no puede decirnos nada sobre lo que deberíamos hacer.
Los valores éticos pueden ser estudiados científicamente como
fenómenos, según esta opinión, pero no pueden derivarse de la
ciencia: la ciencia «puede, en efecto, esclarecer el mundo, pero deja
oscuros nuestros corazones» (1895, pp. 47-48). El problema que se
plantea con esta actitud, dice Durkheim, es que deja la ciencia sin
utilidad práctica y por tanto sin justificación. Quienes quieran salvar
esta brecha subordinando la ciencia a algún imperativo ideológico
(Durkheim puede haber tenido presente a Marx) no son fieles ni
respecto de la ciencia ni respecto de la naturaleza de la sociedad.
Durkheim quiso ser fiel a ambas. Este es su punto de partida:
120 R. STEPHEN WARNER EMILE DU-RKHEIM: SOCIÓLOGO Y MÉDICO 121
En pocas palabras, tanto para las sociedades como para los
individuos, la salud es buena y deseable; la enfermedad, por el
contrarióles mala y ha de evitarse. Caso, pues, de poder encontrar'
un criterio objetivo, intrínseco a los propios hechos, que nos
permita distinguir científicamente entre salud y morbilidad en los
diferentes órdenes de los fenómenos sociales, la ciencia estará en
posición de arrojar luz sobre los problemas prácticos y seguir
siendo fiel a su propio método. (1895, p. 49.)
Así como el médico puede ser un científico aplicado que prescribe
cursos de acción para restaurar la salud, así también podría <el
sociólogo en cuanto sociólogo pronunciarse en cuanto a la deseabilj-
dad de los hechos sociales.
Durkheim considera entonces lo que podría constituir un «crite-
rio objetivo» para la determinación de la morbilidad social. Tras
refutar varios criterios alternativos, esboza el suyo propio: lo que es
normal o saludable es lo que es esencial a un determinado tipo de
sociedad; lo enfermo o anormal es lo que es evitable. Dentro de un ^
tipo determinado cualquiera de sociedad o especie social, un índice
de lo esencial lo suministra el promedio. Durkheim llega a la
siguiente fórmula: «Denominaremos "normales" aquellas condicio-
nes sociales que están distribuidas más generalmente y "mórbidas" o
"patológicas" a las restantes... Una vez que sabemos cómo distin-
guir entre sí las diferentes especies sociales... es siempre posible
encontrar la forma más general de un fenómeno en una especie
determinada» (1895, p. 56).
Dos ingredientes de la teoría de Durkheim, ya discutidos, se
contienen en esta fórmula. El primero es el funcionalismo, la
disposición a creer que las condiciones sociales, particularmente las
recurrentes y extendidas, cumplen un papel colaborador en el orden
social. En efecto, las sociedades, en cuanto tipos de organismos,
seleccionan aquellas condiciones que conducen a su bienestar. Así,
las condiciones promedio es probable que sean saludables. El
segundo ingrediente es el relativismo sociológico de Durkheim, la
convicción de que la moralidad no puede ser impuesta por ninguna
norma absoluta independiente del tiempo y lugar, sino que se deriva
de la propia sociedad. Durkheim define así la normalidad y con ello
lo que es moralmente deseable en relación con la especie social. (No
pasa de esbozar el problema de definir las especies sociales —esto es,
de desarrollar una taxonomía de sociedades—, pero está claro que
habría utilizado el criterio básico de los niveles evolutivos de
diferenciación social según los había desarrollado en La división del
trabajo'social. Como Burke, defendía un enfoque contextual de la
reforma social; a diferencia de Burke, expresaba su argumento en el
lenguaje de la ciencia y no en el de la política.
Durkheim pudo así hacer declaraciones prescriptivas sobre pro-
blemas sociales con la autoridad de la ciencia tras de sí. Un cierto
nivel de crimen, por ejemplo, es normal y saludable para una
sociedad. El crimen es inevitable y esencial; no es patológico a
menos que se eleve por encima de un cierto nivel no especificado. En
las sociedades modernas, el crimen es un aspecto concomitante con
su intrínseca individuación creciente. Para todas las sociedades, el
riesgo de crimen es parte del precio pagado por la posibilidad de
cambio social. Más que eso, el crimen y el castigo que ocasiona
funcionan para reafirmar la conciencia común y, así, fomentar la
solidaridad. Teniendo a la vista estas cuestiones, Durkheim arguye
que sería un error ético tratar de erradicar el crimen19.
El problema de la anomia en la sociedad contemporánea —una
condición que Durkheim quiso claramente remediar— movilizó su
criterio relativista y evolutivo de normalidad. La anomia estaba muy
extendida en sus días, según evidenciaban las tasas crecientes de
suicidio y el predominio del conflicto industrial. No obstante, su
naturaleza ampliamente extendida no constituía un índice de su
normalidad. Durkheim argüía que la anomia era una patología de
transición entre los estados plenamente desarrollados de la solidari-
dad mecánica y orgánica. Acaecía en el proceso de evolución entre
dos especies sociales y Durkheim mostró que era más bien perjudi-
cial que funcional tanto para el bienestar individual como social.
Así, no sintió apuros en denominarlo anormal y en prescribir para
su erradicación medios tales como las corporaciones ocupacionales.
El médico social y la armonía
Cabría hacer objeciones a varios pasos de la argumentación de
Durkheim; de éstos, el uso de la analogía del médico social es el más
interesante. El médico puede ser y está legalmente autorizado a ser
tanto un científico cuanto una autoridad moral en- asuntos de salud,
19 Así como el análisis de Marx sobre el papel históricamente progresivo jugado
por la burguesía no constituía una apología moral de sus tendencias explotadoras, así
también la demostración de Durkheim de las funciones positivas del crimen tampoco
constituía un alegato en defensa del criminal. Ambos argumentos se proponían
orientar la acción social consciente (revolucionaria o reformista) en direcciones
apropiadas así como desanimar los intentos fútiles de volver a una idílica y fantasmal
existencia precapitalista o de instaurar un mundo liberado del crimen.
122 R. STEPHEN WARNER
pues reconocemos no sólo la autoridad de la medicina sino también
el valor supremo de la vida humana. Durkheim invoca esta analogía
en su deseo de establecer la autoridad ética de la ciencia social. Pero
el doctor debe frecuentemente sacrificar microorganismos (prescri-
biendo antibióticos) e incluso partes del cuerpo (mediante la cirujía)
para restaurar la salud del paciente. Por analogía, no obstante, el
médico social tendría que sacrificar individuos —sus valores, digni-
dad, incluso sus vidas— para establecer la «normalidad» social. En
tales casos, las elecciones éticas se hacen más ambiguas y la
autonomía ética de la ciencia social menos vinculante de lo que
Durkheim admite. Incluso la autoridad del doctor queda circunscrita
en aquellos casos en los que valores humanos fundamentales entran
en conflicto: aborto, eutanasia, trasplantes y hemodiálisis son
ejemplos vigentes y controvertidos. La analogía de Durkheim del
médico social no tiene en cuenta problemas tales como el conflicto
de valores, problemas que son los más arduos si se considera el tema
inmensamente complejo de la ética social. Pero los descuida no en
virtud de valores conscientemente aliberales. Dados sus propios
valores —su compromiso con la dignidad humana, la razón, la
libertad de expresión— no es probable que hubiese decidido cons-
cientemente subordinar los valores humanos conflictivos al valor
global de la salud social. Por el contrario, creía que las elecciones
éticas eran inequívocas en principio (si bien, por cierto, arduas de
elaborar) sólo porque creía en la armonía de la vida social, porque
en el nivel más profundono cree en la necesidad de elecciones
trágicas.
La alienación era para Marx algo intrínseco a la sociedad
capitalista, algo que ha de transcenderse sólo con la abolición de esa
sociedad, pero para Durkheim la anomia podría superarse mediante
la reforma de los grupos ocupacionales en el seno del marco de la
solidaridad orgánica. Durkheim no veía conflictos inerradicables o
trágicos en la sociedad. Por eso, porque las sociedades estaban
potencialmente en armonía, podía la ciencia, por sí sola, responder a
cuestiones éticas. Como veremos, es en este punto donde Weber se
opone radicalmente a Durkheim. Tal como Tocqueville argüía que
podríamos tener que elegir entre libertad e igualdad, así Weber vio la
elección entre valores fundamentales como algo intrínseco a la vida
social. Weber reservó así orgullosamente para el individuo la
autonomía ética que Durkheim quiso delegar en el sociólogo.
Durkheim podía embarcarse en ese camino sólo porque el conflicto
como algo inevitable no tenía cabida en su teoría.
CAPÍTULO VI
MAX WEBER:
ANALISTA DE LA RACIONALIZACIÓN
Max Weber (1864-1920) y Emile Durkheim son considerados
comúnmente como los dos antecesores más importantes de la
sociología americana contemporánea. Ambos fueron apóstoles del
método científico y defensores de separar, en principio, los enuncia-
dos de hecho de los juicios de valor. Ambos contribuyeron a nuestra
comprensión de la religión y el derecho, si bien la atención especial
que Durkheim dedicó a la conducta desviada contrasta con la
preocupación de Weber por la organización política. Hasta un cierto
punto, pues, Weber y Durkheim concordaban y se complementaban
entre sí. Y, sin embargo, el proyecto mismo al que Durkheim dedicó
su vida —la instauración de una sociología científica con suficiente
autoridad para «silenciar pasiones» y responder a cuestiones éticas—
era un proyecto al que Weber se opondría resueltamente. «La
alegación científica—dice Weber— carece en principio de significado
porque las diversas esferas de valor permanecen en irreconciliable
conflicto entre sí» (1919b, p. 147). A todo individuo, no al médico
sociólogo que habla en nombre de todos, «le es menester realizar
una elección decisiva» (1919b, p. 152).-
La presunción de Durkheim acerca de una armonía inmanente
era el axioma implícito que hizo posible su ética sociológica. En
contraposición, Weber fue un teórico de la tragedia, para quien
ninguna cantidad de conocimiento científico era capaz de liberar al
individuo de la responsabilidad ética. Si bien Weber no formula
explícitamente su actitud hacia el tipo de sociología de Durkheim,
pues ninguno de los dos autores tuvo en cuenta al otro, no es difícil