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SACERDOTES
PARA EL
TERCER MUNDO
Una frustrada experiencia
de evangelización
n octubre de 1962 Juan XXIII inaugu
ró las sesiones del Concilio Ecuméni
co Vaticano II. Fue éste un hecho de
singular trascendenciaque influiría de
cisivamente sobre la Iglesia en general
y la latinoamericana en particular. La
elección de Juan XXIII, el Bueno, en
1959-1960 había sorprendido al mun
do cristiano que esperaba encontrar un
papa similar a los otros, conservador y
dócil.
Los concilios anteriores —por lo
general— ya estaban resueltos en Ro
ma e imposibilitaban una real discu
sión de los temas a tratar. Pero Juan
XXIII quiso que entrara aire en la Igle
sia corriendo el riesgo de que muchos
se resfriaran, como solía decir. El pa
dre Luis Farinello recuerda el Concilio
con nostalgia, mientras lo evoca: «Y en
el primer tema se levanta un obispo
belga y dice “mi que non place” (a mí
no me gusta) y todos empezaron a
aplaudir. Fue una revolución eso. Y en
tonces el Papa dijo “bueno, si non pla
ce hay que empezar de nuevo; y los
grandes temas, ¿cuáles son? Sociedad,
sacramentos, injusticias, los temas gran
des del mundo. ¿A qué cardenal, a qué
obispo le gustan? Anótense, empece
mos de abajo, a reflexionar” y salieron
documentos del Vaticano II formida
bles que todavía la gente no los ha di
gerido, tenemos unos documentos pa
ra cien años de Iglesia y la gente está
antes del Concilio.
Relegando la vieja práctica jerár
quica, permite e incentiva la participa
ción en el proceso de discusión de to
dos los miembros de la Iglesia, inclui
dos los laicos. Se reelabora la teología,
la práctica cotidiana, la liturgia, y por
sobre todas las cosas la relación entre
los sacerdotes y el mundo de los fieles.
En la opinión del obispo Jerónimo
Podestá los puntos nodales del Conci
lio son tres: «Enseñó que la norma pró
xima e inmediata de la moralidad es la
propia conciencia. Yo obro bien si sigo
mi propia conciencia. Antes decía: no,
usted obra bien si obedece a la Iglesia
(...). La Iglesia está en el mundo, es el
mundo, sigue los procesos humanos.
La Iglesia no está para modificar, dic
tarle normas al mundo sino para apren
der del mundo (...) no se trata de ganar
el cielo, sino de construir el mundo
(...). El tercer punto es más interno de
la Iglesia (...). El Concilio nos acos
tumbra acriticar documentos de la Igle
sia, a reconocer que la Iglesia se equi
vocó...»2.
Este proceso permitió que la discu
sión acerca del Concilio fuera perma
nente, y la búsqueda de una apertura
afectara a muchos sacerdotes argenti
nos en lo personal y teológico.
También en la relación hacia la mu
jer comenzaría una relectura de su rol e
inserción social. La carta Encíclica de
Juan XXIII, conocida como Pacem in
terris, reconoce el ingreso de la mujer a
la vida pública y que no puede ser con
siderada y tratada como un instrumen
to del hombre. «Exige ser considerada
como persona, en paridad de derechos y
obligaciones con el hombre, tanto en el
ámbito de la vida doméstica como en el
de la vida pública»3-
Las organizaciones cristianas se ven
sacudidas por el proceso intemo de la
Iglesia y su adaptación a la realidad po
lítica del país. El presidente Frondizi es
destituido en marzo de 1962 y, con la
asunción de Guido, se proscribe al pe
ronismo. Se realizan el segundo y tercer
encuentros de Militantes Cristianos,
donde se discute el justicialismo y el
socialcristianismo. En septiembre de
1962 y abril de 1963 estallan enfrenta
mientos entre sectores de las Fuerzas
Armadas y, en octubre, asume la presi
dencia Arturo Illia.
Una tiranía evidente
El Concilio Vaticano n produjo, de
hecho, un cisma no declarado en la
Iglesia. Por ello es que a los adherentes
a las reformas y principios del Concilio
se los defina como «posconciliares» y a
sus opositores —no siempre explíci
tos— «preconciliares».
El general Juan Carlos Onganía era
un típico representante de estos últi
mos, recibiendo el apoyo de la jerarquía
eclesiástica que lo consideraba un ge
nuino aliado de sus propios intereses.
«Estamos —escribía en la época el pe
riodista Rogelio García Lupo— en pre
sencia de unaorganización secreta, aun
que no tanto como para cerrarle el ca
mino a nuevos prosélitos; católica, pe
ro sobre todo dispuesta a servirse de la
religión como instrumento de domina
ción política, y militar, aunque con ra
mificaciones entre los civiles, especial
mente los relacionados con el poder
económico y cultural»4. Se refería a los
«Cursillos de Cristiandad», grupos de
cristianos que se reunían habitualmen
te —civiles y militares—, y profesaban
una ideología conservadora y antico
munista.
Sin embargo, este apoyo no hizo
más que acrecentar la división, ya que
destacados obispos y cientos de sacer
dotes condenaron la Revolución Ar
gentina, considerándola lisa y llana-
10 Todo es Historia
Sacerdotes en el entierro del padre Carlos Mugica, asesinado el 11 de mayo de 1974 al salir de la parroquia de San Francisco
Solano. El crimen fue atribuido a la Triple A.
Todo es Historia 11
mente una dictadura militar antipopu
lar.
En muchas provincias se consolida
ron grupos de reflexión y trabajo que se
tomaron muy en serio las discusiones
del Concilio. En Mendoza veintisiete
curas renunciaron a sus cargos diocesa
nos en protesta por la falta de compro
miso con el Concilio.
El 1Q de mayo de 1967 el director de
la revista Cristianismo y Revolución es
arrestado en la Catedral metropolitana.
Su atrevimiento fue mayúsculo: inten
tó cambiar el rumbo de la Misa del Día
Un aspecto de la nave central de la Basílica de San Pedro durante la ceremonia de
apertura del Concilio Vaticano II. Convocado por Juan XXIII, resultó una
verdadera revolución pacífica en la historia de la Iglesia.
del Trabajador para rezar en común un
texto contra la explotación y la injusti
cia. Estas experiencias eran fruto de la
división en la Iglesia y del espíritu de
rebeldía que se extendía por doquier.
Las relaciones estrechas entre el
gobierno y la jerarquía eran abiertas y
públicas, lo que provocó críticas muy
duras por parte de obispos reconocidos
y respetados como Devoto, Podestá y
el mismo Quarracino, que buscaban
distanciarse del embanderamiento de
la Iglesia con el gobierno de Onganía.
Ya en marzo de 1967 un nuevo he
cho dentro de la Iglesia a escala mun
dial había repercutido profundamente
en los sacerdotes argentinos: la encícli
ca Populorum pro gres sio del papa Pau
lo VI. Profundizando algunos concep
tos del Concilio destaca la urgencia de
cambios. El punto 31 es muy claro al
respecto, y sería fuente de futuras con
troversias: «Sin embargo ya se sabe, la
insurrección revolucionaria —salvo en
caso de tiranía evidente y prolongada,
que atentase gravemente a los derechos
fundamentales de la persona y damnifi
case peligrosamente el bien común del
país— engendra nuevas injusticias, in
troduce nuevos desequilibrios y provo
ca nuevas ruinas. No se puede comba
tir un mal real al precio de un mal ma
yor»5-
El punto central y eje de la discu
sión sería lógicamente la excepción «sal
vo en caso de tiranía evidente y prolon
gada». Y precisamente el país estaba
gobernado por una dictadura militar,
los partidos políticos proscriptos, la ac
tividad política vedada, las universida
des intervenidas y la represión afectaba
a todos los sectores. Para muchos sacer
dotes éste era un caso de tiranía evi
dente.
La Populorum progressio rápida
mente circuló entre los obispos y sacer
dotes de todos los países, influyendo
especialmente en el Tercer Mundo. El
15 de agosto de 1967 se hizo conocer
uno de los documentos más importan
tes redactado por autoridades eclesiás
ticas y conocido como Mensaje de 18
obispos del Tercer Mundo. En él se en
cuentran referencias al colonialismo, al
imperialismo del dinero, y una clara de
finición a favor de los pueblos pobres y
los pobres de los pueblos.
Los curas en las fábricas
y en las villas
Por influencia francesa yespañola,
algunos curas sienten la necesidad de
acercarse directamente al mundo obre
ro decidiendo comenzar a trabajar en
fábricas. Grupos de la Democracia Cris
tiana retoman frases de Juan XXIII pa
ra justificar posturas que condenan
abiertamente al capitalismo y apoyan
las luchas de los trabajadores. El entu
siasmo entre los sacerdotes por el Con
cilio encuentra fuertes resistencias, pro
vocando conflictos abiertos donde, por
un lado, se encuentran sacerdotes y lai
cos y, por el otro, la jerarquía eclesiás
tica.
12 Todo es Historia
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Pablo VI, sucesor de Juan XXIII, gobernó a la Iglesia durante el difícil periodo
posconciliar. En su encíclica Populorum progressio destacó la urgencia de
cambios, pero señaló que la acción revolucionaria puede engendrar nuevas
injusticias.
El cardenal Antonio Caggiano saluda al presidente de facto general Juan Carlos
Onganía. La jerarquía eclesiástica no cuestionó al poder militar en los años difíciles
de la inestabilidad política.
A comienzos de la década del 60 el
sacerdote Francisco Paco Huidobro de
cidió incorporarse a la fábrica Indupar,
en Avellaneda. El patrón pensó que un
cura aplacaría los ánimos de los sindi
calistas. Sin embargo fue justamente el
padre Paco quien más impulsó a la or
ganización de los trabajadores. En 1965
su despido conmovió al mundo ecle-
sial, y decenas de curas salieron en su
defensa. Entre ellos muchos que luego
participarían activamente del MSTM,
Rodolfo Ricciardelli, Carlos Mugica,
Domingo Bresci, Eliseo Morales, Ale
jandro Mayol, Andrés Lanson, Alberto
Carbone y otros.
En todas las provincias, sacerdotes
y laicos comienzan a estrechar vínculos
con la clase trabajadora y los sectores
desposeídos que pueblan las «villas mi
serias» en las ciudades y el campo. No
es el fruto de una reflexión teórica
—aunque también haya existido— si
no consecuencia de la realidad del país.
En 1968 hay dos millones de analfabe
tos y una gran deserción escolar, el
hambre existe especialmente en las pro
vincias de Tucumán, Santiago del Este
ro, Formosa, Corrientes y el Chaco. Las
enfermedades endémicas afectan a los
más pobres, cientos de miles habitan en
villas miserias y la discriminación so
cial es notoria. Existe una gran concen
tración de tierras en pocas manos (en su
mayoría sin explotar), lo que obliga a
los trabajadores rurales a emigrar hacia
las grandes ciudades en busca de fuen
tes de trabajo, engrosando así los bolso
nes de pobreza.
En las ciudades existe una división
territorial que permite a cada una de las
parroquias una atención especial sobre
un número determinado de fieles. En la
década del sesenta eran pocos los sacer
dotes que se interesaban en el mundo
villero, considerado despectivamente
marginal y cuna de delincuentes. En
1965 el padre Mugica decidió comen
zar su labor pastoral en la más populo
sa de la Capital Federal, la villa de Re
tiro. Cuatro años después, un documen
to eclesial legaliza este accionar inclu
yendo también el trabajo parcial de los
sacerdotes que se insertan física y mo
ralmente en este ambiente, sufriendo
las mismas condiciones de pobreza que
sus fieles. Sus actividades se desarro
llan en dos ámbitos. Por un lado, lo es
trictamente religioso como la enseñan
za del catecismo, la construcción de ca
pillas o los bautismos. Por el otro, ligar
la búsqueda de la auténtica fe con la or
14 Todo es Historia
ganización de la gente para revertir su
situación de extrema miseria. Las lu
chas por el espacio físico contra la erra
dicación de las villas, el agua potable o
frente a la represión policial, adquieren
un contenido netamente político donde
el sacerdote forma parte integral de las
mismas. Su figura cobra una fuerza
inusitada, pues no predica el evangelio
de la sumisión o la «salvación en el más
allá» sino que vive intensamente la vi
da terrenal. Estas actitudes contrastan
con las prácticas rutinarias desarrolla
das durante años por la Iglesia en su
conjunto. Los sacerdotes cambian, su
compromiso deja de ser incondicional
hacia la estructura eclesial y pasa a ser
lo con el pueblo.
Jerónimo Podestá,
el obispo contestatario
Monseñor Jerónimo Podestá fue
uno de los obispos argentinos que más
fervientemente adhirió a la Populorum
progressio. Siendo obispo de Avella
neda había impactado a la comunidad
por su simpleza y su actitud diferente
hacia los fieles. Además, su brillante
oratoria lo llevó a ser muy solicitado en
todo el país para predicar, incluso den
tro de las mismas Fuerzas Armadas. La
Populorum progressio le permitó en
fatizar los conceptos que venía predi
cando durante años por obtener ahora
la legitimidad directa del papa y su en
cíclica.
Su interpretación fue muy radical
y, en poco tiempo, se convirtió en un
referente social que no se limitaba al
mundo cristiano. Políticos y sindicalis
tas encontraron en él un interlocutor
para los cambios sociales. Si tomamos
en cuenta que su actividad se desarro
lló en plena dictadura militar, se puede
comprender por qué el mismo Onganía
lo consideró un enemigo al cual había
que combatir. Llevar el mensaje de la
Populorum progressio en 1967 en la
Argentina era, sin lugar a dudas, revo
lucionario.
El 1° de mayo, día de los trabajado
res, denunció abierta y públicamente la
alianza de la Iglesia con los ricos: «Y
aquí quiero hacerles una’dolorosa con
fidencia, para que todos sintámos lo
mismo en el Corazón de Cristo: el
mundo obrero no nos ve como los au
ténticos testigos del Cristo Pobre del
Evangelio (...). Para el común de los
obreros, el sacerdote no es un auténti
co testigo de Cristo, porque lo ven más
Era ministro de Educación el doctor Aleonada Aramburu, en la presidencia de tilia,
cuando se tomó esta fotografía en la que figuran, entre otros, el nuncio, monseñor
Mozzoni, el cardenal Caggiano y los rectores de la Universidad del Salvador y de la
Universidad Católica. El último de la fila, a la derecha, es el general Onganía,
entonces comandante del Ejército.
El obispo de Avellaneda, monseñor Jerónimo Podestá, censuró la actitud de
Caggiano de actuaran estrecha colaboración con el gobierno de Onganía. Fue un
difusor entusiasta de los conceptos de la Populorum progressio.
Todo es Historia 15
en contacto y más comprometido con el
mundo de los ricos; porque su actual es
tilo de vida y su mentalidad lo asimilan
a la clase burguesa; porque su condi
ción social lo ubica en el sector del pri
vilegio»6.
El 1Q de noviembre la nunciatura le
pidió la renuncia a monseñor Podestá.
En el breve lapso de 35 días, Avellane
da cambió de obispo. No era fácil des
hacerse de un prelado por su alto rangoeclesial; hubo un hecho que lo precipi
tó y sirvió como excusa para su destitu
ción sobre el cual Jerónimo Podestá
aún no estaba preparado como para lle
var adelante una defensa de sus actitu
des: a su lado se encontraba una mujer.
Podestá consideraba la compañía
de Clelia, su secretaria, algo totalmen
te normal y, probablemente, ella influ
yó en sus concepciones diferentes a las
tradicionales sobre el rol de la mujer en
la sociedad. Sus homilías y discursos al
respecto son elocuentes. «Recién ahora
—decía en una conferencia al Movi
miento Familiar Cristiano de La Pla
ta— la moderna sociología ha comen
zado a denunciar los funestos excesos
del llamado “machismo”, o sea el tre
mendo preconcepto del varón que se.,
cree más realizado y más persona, cuan
to más asegura su predominio sobre la
mujer (...). Los hombres han hecho una
civilización de hombres (...). El con
cepto dominante es el de mujer semi-
Sacerdotes y obreros reunidos en la CGT de los Argentinos, con la presencia de
Raimundo Ongaro, el líder de los gráficos cuyo mensaje político tenía connotaciones
tercermundistas y cristianas.
compañera, semi-sierva, semi-ayudan-
te»7.
Es importante señalar que la activi
dad de Podestá en el MSTM fue restrin
gida (y posteriora su destitución) por lo
que no influyó en el movimiento en es
te punto central. Es más, cuando abogó
por la participación y los derechos de
los curas casados encontró serias resis
tencias.
Contrariamente a la educación clá
sica en la Iglesia, Jerónimo Podestá
afirmaba, en primer lugar, que Dios
crea a la pareja poniendo en un mismo
nivel al hombre y la mujer. La imagen
divina no es el hombre solo, por ello es
que pone el acento en la relación hom
bre-mujer. Sirviéndose de su alto cargo
eclesial, no necesitó enfrentar las con
cepciones arraigadas durante siglos;
sencillamente brindaba su interpreta
ción retomando a su manera el Concilio
Vaticano II y ^Populorum progressio,
aunque estos no se hayan explayado so
bre el tema de la mujer.
El «pecado original», para Podestá,
no existe. Es más, hace una defensa del
sexo. «Es indudable —afirmaba— que
en el pensamiento y en la vivencia cris
tiana, la experiencia del pecado ha de
jado escorias de un concepto y de una
actitud negativa frente a la mujer, al
amor humano, al cuerpo, al instinto se
xual y a la intimidad conyugal (...).
Porque el pecado no hace que las cosas
sean feas: ellas siguen siendo hermosas
y bellas tal como salieron de las manos
creadoras. Si el pecado es sucio, es por
que la voluntad del hombre desconoce
y tuerce el sentido maravilloso de lo
que Dios hizo»8.
Estas palabras fueron dichas en una
conferencia en el Movimiento Familiar
Cristiano de San Juan, y buscaban re
vertir la imagen de la mujer, la pareja, el
amor y especialmente la relación con
yugal. En un reportaje televisivo
—posterior a su destitución— decía
que «lo que esencialmente hacía bue
nas o malas las relaciones prematrimo
niales era la presencia o ausencia de
amor, que antes que nada debía tenerse
en cuenta si eran producto y expresión
de un amor maduro (...). Como se ve, la
respuesta fue sumamente sensata y sin
embargo, como yo suponía, mi manera
de contestar escandalizó a muchas per
sonas mayores. Pero lo que no pude su
poner es que esa misma respuesta deja
ría insatisfechos a muchos jóvenes, que
quisieron tener luego, en grupo priva
do, una más amplia explicación»9.
La figura de Jerónimo Podestá fue
descollante en el lugar que ocupaba en
la Iglesia, y la brillante carrera que tenía
ante sí en la estructura oficial. Sin em
bargo, la jerarquía eclesiástica lo desti
tuyó: para la Iglesia, la relación de un
sacerdote —cualquier tipo de relación—
con una mujer es símbolo de pecado y,
aun siendo fraternal, es por lo menos,
«altamente sospechosa».
Es de señalar que la mayoría de los
sacerdotes desconoce los fundamentos
teóricos-teológicos por los cuales se
impuso el celibato, ni siquiera lo estu
dian. El pueblo de Israel nunca le impu
so esta ley a sus rabinos y, en sus oríge
nes, el cristianismo tampoco. Hacia el
siglo v algunos fieles comienzan a prac
ticar el monaquisino, que consiste en
huir del mundo, recluirse, vivir solos en
penitencia y ascetismo; como conse
cuencia de estas experiencias, surgen
los monasterios. El II Concilio de Le-
trán (Roma), en el 1100, intenta impo
ner esta práctica que recién se convier
te en ley universal para la Iglesia Roma
na en el Concilio de Trento, en el siglo
xvi, y está íntimamente ligado al patri
monio económico de la Iglesia en el
feudalismo, buscando de esta manera
evitar la sucesión de bienes de los sa
cerdotes. Sin herederos, todo quedaba
en manos de la institución.
Muchos sacerdotes intentaron im
pedir la renuncia y reemplazo de Po-
16 Todo es Historia
'llene faroles y no es
una plaza.
rHene flores y no es
un jardín.
llene sombrillas y no es
una playa.
'Llene baldosas y no es
una vereda.
Está en las alturas, tiene mesas,
tiene sillas, y sobre todo, tiene
la mejor cocina con el mejor servicio.
Es: Hippo ■ Plaza
el reslaurant en la vereda alta de
Hippopotamus
Junln 1787 Reservas: 804*8310
802*0500
destá. Veinticinco de ellos enviaron
una carta al papa donde expresaban las
características que debía tener el nuevo
obispo de Avellaneda. Comprometido
con la realidad obrera de la zona sur del
Gran Buenos Aires, dar testimonios de
pobreza y amor a los desposeídos sin
depender de los promotores del «impe
rialismo internacional del dinero», man
tener un autentico diálogo con sus cola
boradores. Todas éstas, características
de Podestá y de otros pocos obispos.
Pero el propio Podestá aún confiaba
en la Iglesia, y evitó que se formara un
movimiento en su apoyo a pesar de que
los sacerdotes estaban dispuestos a con
tinuar con las movilizaciones. Creyó
que el papa Paulo VI lo recibiría en Ro
ma y aclararía la situación, especial
mente por el reconocimiento de los fie
les. «Finalmente —recuerda hoy con
amargura— después de haber querido
esclarecer mi situación en Roma, la
frase más definitiva que oí fue la si-
EL MSTM
Y EL
SOCIALISMO
Rolando Concatti, sacerdote
mendocino; era una figura significativa
entre los que confiaban en el peronismo
como el camino al socialismo.
«Dejen de hacer el mal y aprendan
a hacer el bien. Busquen Injusticia, den
sus derechos al oprimido, hagan justi
cia al huérfano y defiendan a la viuda
(...). ¡Oh pueblo mío! Sus opresores lo
mandan y sus prestamistas lo dominan
(...). ¡Pobres de aquellos que, teniendo
una casa, compraron el barrio poco a
poco! ¡Pobres de aquellos que juntan
campo a campo! ¿Así que ustedes se
van a apropiar de todo y no dejarán na- -
da a los demás?», decía el profeta
Isaías.
«Ninguno puede servir a dos seño
res; porque, o aborrecerá al uno y ama
rá al otro, o estimará al uno y menospre
ciará al otro. No podéis servir a Dios y
a las riquezas (...) y tomando los cinco
panes y los dos peces, y levantando los
ojos al cielo, bendijo, y partió y dió los
panes a los discípulos, y los discípulos
a la multitud. Y comieron todos, y se sa
ciaron; y recogieron lo que sobró de los
pedazos, doce cestas llenaron». Decía
el profeta Jesús de Nazareth.
Los textos bíblicos pueden ser in
terpretados de diversas maneras. Los
sacerdotes del Tercer Mundo hallaron
en ellos la fuente para la adhesión al so
cialismo. No hacía falta conocerlo a
Marx para condenar al imperialismo, al
dios del dinero y el poder omnímodo de
los ricos. Ya lo habían hecho Moisés,
Isaías y Jesús, solamente faltaba la ac
tualización del mensaje profético.
Esto, a pesar del empeño de los sec
tores más reaccionarios por demostrar
que en realidad el marxismo infiltró la
Iglesia. «Los marxistes —escribe el sa
cerdote polaco Miguel Poradowski—
aplicaron un método profundamente
psicológico (y muy efectivo), a saber,
el método de graduación. Primero, por
una propaganda adecuada (durante los
retiros espirituales, «jomadas»,«en
cuentros», «congresos», etc., y en los
artículos de los periódicos teológicos)
se efectuó un «lavado de cerebros» y,
de esta manera, se «lavaron» de la men
talidad de una parte del clero la forma
ción y educación recibidas en los se
minarios y las universidades católicas;
después, ya con toda facilidad, pudie
ron inyectar, por pequeñas dosis, la
cosmovisión marxista y especialmen
te el concepto marxista del cristianis
mo»1*.
En realidad, como ya hemos expli
cado, el acercamiento a las definicio
nes socialistas fue un proceso dictami
nado por la realidad social del país y el
continente. Frente a la decadencia eco
nómica y moral del capitalismo liberal
que no ofrecía ningún tipo de proyec
to social, el socialismo aparecía en las
décadas del sesenta y setenta como un
proyecto alternativo viable y atracti
vo, encamado en las revoluciones chi
na, vietnamita, argelina y cubana.
Influenciados por su propia prácti
ca dentro de la Iglesia —que los llevó
a combatir dogmas rígidos y ahistóri-
cos— es que el Movimiento de Sacer
dotes para el Tercer Mundo a nivel
continental rechaza al modelo estali-
nista y se acerca a un marxismo abier
to y antidogmático. La búsqueda de un
modelo «autóctono» de socialismo los
lleva al encuentro de Mariátegui, Qui-
jano, Cantoso, Gunder Frank, Fidel
Castro, Carlos Fonseca, Camilo To
rres y, por supuesto, el Che Guevara,
entre otros.
El dogma de la «conversión mo
ral» puramente personal e interior, de
ja paso a la conversión, en primer lu
gar, de las estructuras económico-so
ciales y su reemplazo por otras nuevas.
Desechan el reduccionismo económi
co enfatizando qué el «tener más» de
be dejar lugar al «ser más», pero en
forma comunitaria. El hombre, some
tido al dinero, a las cosas materiales,
alienado, debe aspirar, en un proceso
liberador, a transformarse en el «hom
bre nuevo», categoría popularizada por
el Che Guevara y retomada desde un
punto de vista cristiano por el MSTM.
18 Todo es Historia
guíente: “Y bueno, usted tiene razón,
pero reconozca que asumió una con
ducta que socialmente no es aceptable
para un obispo... ”»10.
Ocho meses después de la Populo-
rum progressio, fue destituido.
Sacerdotes para el
Tercer Mundo
En el primer aniversariode l&Popu-
lorum progressio, un grupo de cristia
nos se sirve de la encíclica para conde
nar al capitalismo liberal, y al episcopa
do argentino por guardar silencio fren
te a la explotación de los más humildes,
los despidos de obreros y los problemas
de la pobreza, especialmente en el nor
te. Además, alertan sobre la desilusión
que cunde por la pasividad de la jerar
quía, sobre todo después de la encícli
ca.
Sacerdotes de diversas provincias
deciden difundir el Mensaje de los 18
obispos, llevarlo a la opinión pública y
recoger firmas adhiriendo al mismo.
Este hecho les permite nuclearse y, al
poco tiempo, más de 320 sacerdotes se
identifican con el Mensaje. La prensa le
dedica atención a este fenómeno, pues
las críticas de muchos sacerdotes se van
hilvanando y dejan de ser meras actitu
des personales aisladas. Comienzan a
referirse a ellos como los Sacerdotes
del Tercer Mundo.
De una diócesis a otra, de provincia
en provincia, los sacerdotes se contac
tan, discuten y quieren impulsar una or
ganización que les permita intercam
biar vivencias y profundizar el estudio
de las encíclicas papales ligándolas a la
realidad argentina. Al poco tiempo se
realiza, el 1 y 2 de mayo de 1968, el pri
mer encuentro nacional en Córdoba,
donde participan 21 sacerdotes. El ob
jetivo central es estructurar un movi
miento, darse a conocer y afirmar el
compromiso junto a los oprimidos. No
son principios teóricos en abstracto si
no producto de las experiencias coinci
dentes respecto a la necesidad de erra
dicar la pobreza que crece día a día.
Sienten también la necesidad de di
fundir sus posturas en todo el continen
te y, para ello, redactan un documento
que envían a la Conferencia del Episco
pado Latinoamericano (CELAM) en
Medellín, realizada entre el 26 de agos
to y el 4 de setiembre de 1968. El tema
central es el de la violencia, pero «la
violencia del hambre, del desamparo, y
del subdesarrollo. La violencia de la
Manifestantes y fuerzas de seguridad durante el Cordonazo de 1969. Hubo
sacerdotes entre los que se plegaron a esta protesta popular.
El general Alejandro Agustín Lanusse hace declaraciones en Córdoba el 31 de mayo
de 1969, en pleno Cordobazo.
persecución, de la opresión y de la ig
norancia. La violencia de la prostitu
ción organizada, de la esclavitud ilegal
pero efectiva, de la discriminación so
cial, intelectual o económica»11.
Frente a esa situación se insta a los
reunidos en la Conferencia a «que en la
consideración del problema de la vio
lencia en América latina se evite, por
todos los medios, equiparar o confundir
la violencia injusta de los opresores que
sostienen este “nefasto sistema” con la
justa violencia de los oprimidos, que se
ven obligados a recurrir a ella para lo
grar su liberación»12. Los sacerdotes
agrupados en el movimiento conside
ran que el mensaje del Evangelio co
múnmente difundido respecto a las ac
titudes pasivas o pacíficas de Jesús no
hace más que servir de sostén al poder
de los poderosos. En su nueva interpre
tación rescatan la lucha del pueblo de
Israel como único medio para acceder
al «Reino de Dios». Por esta razón, el
tema de la violencia no les provoca un
conflicto con su propia conciencia, más
bien lo toman como algo natural.
En poco menos de un mes juntaron
más de 300 firmas de sacerdotes argen
tinos, y 600 del resto de América laüna,
lo que configuraba un avance real del
nuevo movimiento y su capacidad de
influir dentro de la Iglesia. En concor
dancia con la estructura e ideología
eclesiástica, no hay mujeres entre los
firmantes pues solamente lo hacen sa
cerdotes y obispos, aunque esto no sig
nifica que muchas católicas no hayan
Todo es Historia 19
adherido o participado de las activida
des del movimiento.
El conflicto con
la jerarquía
Lo que comenzó como enfrenta
mientos personales de algunos sacer
dotes lentamente derivó en un conflic
to generalizado dentro de la Iglesia ar
gentina. La formación de un movi
miento disidente y crítico aparecía co
mo un factor de poder alternativo en lo
ideológico-social, con repercusión en
tre los fieles. El Vaticano —a pesar del
Concilio— y sus representantes oficia
les en el país no lo podían permitir.
La confrontación abarcó dos as
pectos esenciales: la reflexión teológi
ca y la práctica cotidiana. Ambos están
íntimamente relacionados, uno es con
secuencia del segundo. El acercamien
to a los sectores populares por parte de
sacerdotes y laicos implicaba necesa
riamente un conflicto con aquellos que
no lo realizaban. Además, especialmen
te importante es de destacar el apoyo
implícito y explícito de la jerarquía
eclesiástica a las dictaduras de Onganía
y Lanusse. La Argentina estaba divi
diéndose en dos campos enfrentados
política, social e incluso militarmente.
Este corte también se produjo dentro de
la Iglesia, a pesar de que la jerarquía hi
ciera todo lo posible —utilizando sus
atributos y relación con la Santa Se
de— para evitarlo, pero sin resultado.
A comienzos de 1969, monseñor
Aramburu —máximo representante del
clero argentino y que había participado
de la Conferencia de Medellín— difun
dió un comunicado por el cual prohibía
a los sacerdotes pertenecientes a la Ar-
quidiócesis de Buenos Aires manifes
tarse públicamente en todo lo concer
niente a cuestiones políticas. A pesar de
queeltemaparecíacircunscriptoaBue-
nos Aires, las respuestas no tardaron en
llegar desde diversas provincias. Todos
los sacerdotes se sintieron involucra
dos. Abiertamente les exigían guardar
silencio frente a la profunda crisis que
atravesaba el país.
Sin embargo, «La Iglesia argentina
parece la Iglesia del Silencio», respon
dió un grupo de sacerdotes tucumanos.
«¿Quédecir de la actitud del episcopa
do frente a las injusticias institucionali
zadas de nuestra sociedad, donde se le
siona la libertad, la dignidad, el derecho
de todo el pueblo? (...) ¿Cómo quiere
usted, Padre, que los sacerdotes, en
contacto con la realidad vital que pade
ce nuestro pueblo, queden callados, es
perando instrucciones que nunca lle
gan, si es vox populi que nuestros obis
pos, salvo honrosas excepciones, pare
cen estar en connivencia con las actua
les autoridades e instituciones causan-
¿QUE
ES LA
TEOLOGIA
DELA
LIBERACION?
La Teología para la Liberación re
fleja el proceso de transformación den
tro de la Iglesia y el mundo que la rodea
a principios de la década del sesenta en
América latina. Por un lado, fue la ex
presión de un vasto movimiento social
que incluyó a laicos, sacerdotes y algu
nos obispos que comenzaron a estruc
turar Comunidades de Base como res
puesta a la pobreza crónica de millones
de creyentes y no creyentes.
El enfrentamiento con la realidad
los llevó a un análisis de las razones es-
tructuralesque sumieron a las mayorías
en la miseria y el analfabetismo. Con
trariamente a las posturas clásicas de la
jerarquía eclesiástica (del griego hie
ras: sagrado y archein: dominar, es de
cir poder o dominio sagrado) se conde
nó moralmente al capitalismo depen
diente como un sistema injusto y opre
sor. Para comprender sus raíces se ana
lizaron las contradicciones del capita
lismo y las luchas entre las clases anta
gónicas.
América latina se estaba transfor
mando rápidamente desarrollándose las
ciudades como producto de la indus
trialización. Los cordones de pobreza
crecieron, albergando a millones que
masivamente emigraron del campo a la
ciudad en busca de fuentes de trabajo.
Una nueva visión en la reflexión
teológica permitió upa comprensión di
ferente del hombre y de sí mismo. De
una visión cosmológica se pasó a una
antropológica donde el hombre deja de
ser pasivo para ser agente activo de la
historia.
Se desarrollaron las Comunidades
de Base como forma de vida alternati
va al individualismo pregonado por los
medios de comunicación y la salvación
personal en el «más allá» que ofrecía la
Iglesia tradicional. Una nueva lectura
de la Biblia permitió rescatar y resaltar
pasajes que pregonaban la lucha popu
lar y una concepción profética contra
puesta a la sacerdotal. La epopeya de
los hebreos narrada en el Exodo cobró
otra dimensión al reivindicarse la lucha
del pueblo oprimido contra sus opreso
res a través de un proceso de liberación.
Los profetas, como Moisés, Isaías y
Jesús, enarbolaron un mensaje libera
dor chocando con los sacerdotes que
estaban ligados al poder de las clases
dominantes. «Moisés —explica Rubén
Dri en La utopía de Jesús—no se con
vierte para preocuparse de la salvación
de su alma o para entregarse a la con-
templaciónyla penitencia, sino paralu
char junto al pueblo oprimido hasta lo
grar la liberación de todas las opresio
nes. Dios es encontrado y vivido en es
te proceso de lucha que es histórico, es
decir político-social, pero no termina
allí, sino que se prolonga en las profun
didades del hombré hasta hacerlo ple
namente libre, de modo que en él reful-
20 Todo es Historia
El clima político se había enrarecido a fines de 1970, cuando tuvo lugar el velatorio de Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo
Ramus, responsables del asesinato del general Aramburu. Un grupo de sacerdotes tercermundistas participó de esta ceremonia.
Los muertos habían sido dirigentes Juveniles católicos.
ja con todo esplendor la imagen de
Dios». De la misma manera, Jesús se
mezcla entre los pobres liderando una
insurrección.
La concepción sacerdotal es la reli
giosa tradicional basada en el dualis
mo, el inmovilismo y la jerarquía. El
elemento dual se basa en la división del
mundo entre lo sagrado y lo profano as
pirándose —algo imposible— a vivir
en lo sagrado. El dualismo se refleja en
la división entre el cuerpo, que está en
comunicación con el mundo de las co
sas sensibles, y el alma, que representa
el mundo espiritual o de las ideas. La ta
rea fundamental sería «liberar el alma
de los lazos con los que el cuerpo la tie
ne aprisionada», explica Dri. El inmo
vilismo refleja el miedo de las clases
dominantes al cambio y la construcción
de una imagen de Dios como un ser per
fecto. Arriba está Dios en forma pura
sin contaminación con la materia; el or
den jerárquico y la obediencia en este
sentido adquieren una importancia de
primer orden pues sólo se cumple con
Su voluntad.
La concepción profética, por el con
trario, es monista (o totalizante), histó
rica y diaconal. El mundo no está escin
dido de dos realidades distintas (sagra
do y profano) sino que existe una tota
lidad de cuerpo y alma con múltiples di
mensiones. La dimensión histórica lo
arranca a Dios del cielo para situarlo
dialécticamente en las experiencias con
cretas del pueblo. Partiendo de una si
tuación de opresión del pueblo hebreo
por parte del Imperio egipcio y las cla
ses dominantes (corte, ricos, sacerdo
tes), se transita por un camino de libe
ración y se culmina en la tierra prome
tida donde no habrá ni opresores ni
oprimidos. El pensamiento diaconal se
opone a las jerarquías considerando a
todos los hombres como iguales; por
ello los profetas lucharon contra los re
yes, las cortes y los ricos.
Los profetas luchan contra los ído
los, los de madera y oro adorados por el
pueblo en el pasado, y los de la muerte
de hoy en día: el poder, las jerarquías, la
riqueza, el Estado, la fuerza militar. En
este sentido tiene razón el cardenal Rat-
zinger cuando acusa a la Teología de la
Liberación de «poner en duda la estruc
tura sacramental y jerárquica de la Igle
sia, tal como la ha querido el Seflor».
Las Comunidades de Base se desa
rrollaron con sacerdotes que fueron a
vivir con su pueblo, en las mismas con
diciones que ellos, sufriendo las mis
mas penas y participando de las expe
riencias populares. El papa Juan XXIII
fue quien les dio mayor impulso cuan
do afirmó que «el gran escándalo del si
glo xx es la pérdida de la clase obrera
por parte de la Iglesia». Esta frase y su
decisiva participación en el Concilio
Vaticano II influyeron sobre una nueva
camada de sacerdotes que vieron así le
gitimadas sus posturas de acercamien
to a las capas populares. En realidad, el
Concilio y Juan XXIII permitieron que
absolutamente todo fuera rediscutido,
abriéndose la Iglesia a otras posturas
históricamente antagónicas.
Influenciados especialmente por la
revolución cubana en 1959, los con
ceptos de un marxismo abierto y anti
dogmático pudieron hacer pie en mu
chos sacerdotes que comprobaron que
su experiencia no era contradictoria
con muchos de los postulados que pre
gonan la luchade clases. Si bien la fra
se de Marx «la religión es el opio de los
pueblos» es particularmente dura y co
rrecta en un contexto histórico deter
minado, otros aportes del propio Marx
(que dicho sea de paso nunca profundi
zó en el tema) Engels, RosaLuxembur-
go, Gramsci, Bloch, Goldmann y una
nueva generación de marxistas latino
americanos —como Fidel Castro, Car
los Fonseca, el Che Guevara, Marighe-
11a— permitieron acortar la brecha en
tre la Teología de la Liberación y el
marxismo, especialmente porque se fue
desarrollando una práctica conjunta.
Hoy en día, las ricas experiencias
de Nicaragua, El Salvador y Brasil han
demostrado que el cristianismo revolu
cionario se ha convertido en uno de los
factores más poderosos de cuestiona-
miento del capitalismo dependiente.
Todo es Historia 21
tes de los males que es preciso denun
ciar?»13.
Sinceramente, y con cierta ingenui
dad en ese momento, los sacerdotes no
podían creer la actitud de la mayoría del
episcopado. Al fin y al cabo, tomando
en cuenta la concepción jerárquica en
la Iglesia —aceptada aún por todos—
los obispos debían ser los impulsores
de los cambios.
La discusión fue creciendo y obligó
alepiscopado argentino a editar un tex
to oficial, en su Asamblea de abril de
1969, para tratar de apaciguar a los «re
voltosos». Su lenguaje es sumamente
ambiguo. Aparentemente se apoya en
el Concilio y la Populorum progressio
para influir sobre ios sacerdotes, pero
en el fondo su objetivo es acallarlos,
evitar que se profundicen las contradic
ciones dentro de la estructura y frente al
gobierno. Nuevamente se apela a gene
ralidades en el análisis socioeconómico
y a la «buena voluntad» de todas las cla
ses, desconociendo los antagonismos
entre ellas y llamando a los padres a im
pedir la violencia de sus hijos como si
ésta dependiera únicamente de la edu
cación recibida en el hogar.
Comparativamente, parece un texto
preconciliar, y así lo entienden los sa-‘
cerdotes que, un mes más tarde, duran
te el estallido del Cordobazo estarán
junto al levantamiento.
El movimiento estuvo siempre
abierto al diálogo con la jerarquía ecle
siástica —es más, lo buscaba— aun en
El padre Alberto Carbone, señalado con la flecha, participa de una protesta callejera
en 1969. Estuvo entre los acusados por complicidad en el secuestro de Aramburu.
los momentos de mayor confrontación
pública. Sin embargo, desde las esferas
gubernamentales, con el apoyo de los
medios de comunicación, se difundió
la imagen de una agrupación dirigida
por comunistas y guerrilleros. El doc
tor Carlos Sachen, perteneciente al na
cionalismo católico de extrema dere
cha publicó un libro titulado La Iglesia
clandestina plagado de difamaciones
políticas y personales, especialmente
contra el secretario general del MSTM,
Miguel Ramondetti.
Los sacerdotes del movimiento es
taban muy preocupados por la distan
cia que podía existir entre el pueblo y la
Iglesia en el sufrimiento cotidiano. Un
profundo valor moral los acercaba a los
oprimidos y los alejaba de aquellos
obispos que, desde sus confortables si
llones, predicaban en el vacío. El Con
cilio había definido que los clérigos de
bían convertirse en «colaboradores y
consejeros necesarios en el oficio de
enseñar, santificar y apacentar el Pue
blo de Dios». Pero las comunidades
cristianas en los barrios pobres y mar
ginados de la Capital y las provincias
seguían sin ser consultadas.
Las bases eclesiales exigían un com
promiso urgente con un proyecto de li
beración apoyándose en las conclusio
nes de la Conferencia de Medellín y re
curriendo permanentemente al Evan
gelio. Mateo, en el capítulo quinto, alu
de a los «pobres en espíritu, los que llo
ran, los que tienen hambre y sed de jus
ticia, los misericordiosos, los que pade
cen persecución». No tomar en cuenta
estas palabras implicaba —para el
MSTM— falsear el mensaje evangéli
co, despojando al pueblo de la fuerza
revolucionaria de la fe y sometiéndolo
al sistema de dominación vigente.
Esto podía parecer un poco simplis
ta, pero también era fruto de su propia
realidad y formación cerrada aislada de
la sociedad civil. Por otra parte, la ma
yoría de los sacerdotes carecía de expe
riencia política y el enfrentamiento con
la jerarquía los introducía en una discu
sión que mezclaba lo teológico y lo po
lítico.
Los encuentros
nacionales del MSTM
Desde 1968 hasta 1972 el MSTM
realizó cinco encuentros nacionales, an
tes de su desaparición, y los documen
tos de los mismos reflejan una honda
preocupación por los problemas políti
cos, sociales, culturales y morales. Es
interesante destacar que la opresión de
la mujer como tal no es considerada sal
vo cuando está ligada al tema de la pros
titución, cuyas raíces son definidas co
mo sociales. Esto, a pesar de que el tra
bajo con los sectores más empobreci
dos necesariamente implicaba una rela
ción estrecha con los problemas de las
mujeres en los barrios y que, en muchas
ocasiones, ellas estuvieran a la cabeza
de las luchas.
El 15 de setiembre de 1968 comen
zó a circular el primer número de la re
vista Enlace, que se propuso servir de
nexo y socialización de las experien
cias personales y grupales en cada re
gión. De esta manera, entre encuentro y
encuentro, continuaba la discusión, la
reflexión teológica y el intercambio de
información.
En el segundo encuentro nacional,
realizado el 1,2 y 3 de mayo de 1969,
participaron 80 sacerdotes provenien
tes de 27 diócesis; esto comprueba la
expansión del movimiento. Las discu
siones abarcan la relación política y
teológica con las contradicciones pro
pias que se manifestaban individual y
grupalmente. Se aprobaron las Coinci
dencias Básicas que, claramente, apo
yan un proceso revolucionario de cam
bio radical y urgente desde los cimien
tos. Representa de hecho una rebelión
dentro de la Iglesia, enfrentando abier
tamente a monseñor Aramburu que,
tres meses antes, había prohibido la
22 Todo es Historia
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participación de sacerdotes en actos
públicos, o realizar declaraciones de
carácter político-social sin su consenti
miento.
Tapa de la
revista
Primera Plana
en enero de
1972: el
Movimiento de
Sacerdotes para el
Tercer Mundo había
alcanzado amplia
repercusión pública y
la prensa reflejaba sus
relaciones tensas con el
gobierno militar.
Los sacerdotes quieren servir al pue
blo y dejar de recibir las prebendas de la
institución eclesiástica. Muchos están
arraigados en el mundo del trabajo en
fábricas, otros optan por ir a vivir a las
«villas miserias» y compartir las luchas
contra su erradicación forzosa. Algu
nos se interesan en las provincias en re
giones alejadas y especialmente empo
brecidas, donde el analfabetismo y las
enfermedades sOn’ crónicos. «Los chi
cos eñ Goya morían de hambre
—recuerda Miguel Ramondetti— por
que yo los he visto, no “muertos de
hambre”, sino muertos en el cajón.
Muertos, chicos de un año, muertos
(...). Además de todos los que queda
ron vivos, medio lelos, medio tontos,
en la escuela no andaban, ¿Y por
qué?»14.
La realidad es crítica. Los sacerdo
tes se pliegan a las protestas populares
en 1969 y la represión cae sobre ellos.
Varios son detenidos por defender a
miembros de sus parroquias o por ple
garse a las protestas. En junio el padre
Rafael Yaccuzzi, desde el norte santa-
fesino, le envía una carta abierta a On-
ganía como «argentino, hombre y sa
cerdote», alertándolo que «sus armas
ya no serán suficientes, la justicia que
impulsa la lucha del pueblo encontrará
el modo de derrotar sus fusiles». En no
viembre, el presidente busca el apoyo
de la Iglesia y convoca al pueblo a un
acto religioso con el objetivo de «con
sagrar en forma pública y solemne
a la Argentina al Inmaculado Co
razón de María». Centenas de sa
cerdotes lo consideran un agra
vio e, indignados, hacen un lla
mado al pueblo a no participar
de un acto donde «lo religio
so amenaza ser usado como
estupefaciente de las in
quietudes del mismo pue
blo».
Las luchas en 1970
van en aumento. En
marzo los obreros de la
central hidroeléctrica del
Chocón en Neuquén son reprimi
dos, entre ellos el sacerdote-obrero Pas
cual Rodríguez. El obispo Jaime de Ne
vares asume la defensa de los trabaja
dores que así descubren «otra» Iglesia.
Junto a los sacerdotes de la provincia
deciden destinarlas limosnas de las
mismas a las familias de los despedi
dos, y compartir «el sufrimiento del
Cristo vivo en la persona de los obre
ros».
Quienes dirigen las luchas son prin
cipalmente dirigentes sindicales y polí
ticos que participan del peronismo en
sus más diversas expresiones. La ma
yoría de los sacerdotes, en contacto con
los sectores populares, se acerca tam
bién a esta opción política, siendo este
tema el eje de discusión del tercer en
cuentro el 1 y 2 de mayo de 1970.
Con la presencia de los monseñores
Zazpe, Devoto y Brasca, tres obispos
—hecho singuiare importante—sedis-
cute el camino para lograr el socialismo
que ya se había aprobado el año anterior
en las Coincidencias Básicas.
El problema que se le presenta al
Movimiento es que, si bien hay coinci
dencias respecto al objetivo final (el so-
24 Todo es Historia
cialismo), la situación política nacional
requiere de respuestas inmediatas so
bre el papel que el peronismo jugará en
este camino. Aun con dudas, críticas y
cuestionamientos teóricos, en su libro
Nuestra opción por el peronismo, el sa
cerdote mendocino Rolando Concatti
llegaba a la conclusión de que «no bas
ta ser peronista para ser revolucionario.
Pero no se puede ser revolucionario y
antiperonista». De ninguna manera los
sacerdotes —a título individual o como
movimiento— querían desligarse de
los sectores populares. Su destino esta
ba junto a ellos y el peronismo era tam
bién el reflejo de un «sentimiento» re
primido durante 17 años.
En el cuarto encuentro realizado, el
8 y 9 de junio de 1971, se retoma una ál
gida discusión que no había sido salda
da. La mayoría de los sacerdotes cifra
las esperanzas en el retomo de Perón
como paso previo a la verdadera revo
lución. Pero también se manifiestan di
vergencias respecto a los sectores inter
nos del peronismo en los cuales apoyar
se. Además, las declaraciones del líder
son ambivalentes: por un lado apoya al
movimiento y, por el otro, intenta ato
mizarlo subordinándolo a su propia es
trategia política.
La jerarquía eclesiástica práctica
mente no le deja alternativas al movi
miento: es plegarse al fervor de la gen
te o aislarse y retomar a la etapa precon
ciliar. Por ello el padre Mugica sintió la
necesidad de participar del retomo de
Perón. Como él lo describiera: «Cuan
do volví, una de las alegrías más gran
des fue que una señora de la villa, de
unos cincuenta años, me dijo: “los po
bres también estábamos en el avión,
porque estaba usted”».
En octubre de 1972 se realizó el
quinto y último encuentro nacional del
movimiento, mientras el país vivía mo
mentos claves de su historia. El régi
men militar presidido por el general La-
nusse había dispuesto la realización de
elecciones generales para marzo de
1973, y muchos vaticinaban un claro
trinfo del peronismo. El presbítero Jor
ge Vemazza rememora: «Quienes, por
su adhesión a Cristo saben, por ejem
plo, que merecen especial cariño los
más débiles, ¿cómo no han de optar por
una sociedad que en sus leyes, institu
ciones y costumbres profese que los
únicos privilegiados son los ancianos y
los niños?»15.
El 9 de diciembre de 1972 Perón re
cibe a 60 sacerdotes del movimiento
COWUKW A Mis HCRMANOS
*n¡OÍ * MR BUtNOS BUCMÍU1IIM
US Msm ti tVAMBtllQ M MARX
US CULTfVt ti 00» CNTRf ARStNTÍNOO
USCONMMt Al ROCK CAMÍNO M LA VÍOUMCiA.
OTO OTRAS ROUtiAS COSAS
¿ POR QUÉ ESTOY PRESO 9
Ilustración del artículo de Primera Plana relativa al caso Carbone, cuya libertad
solicitaban los clérigos tercermundistas.
que, con grandes expectativas, van a su
encuentro. La mayoría siente reafirma
das sus posturas: una minoría sale desi
lusionada, Perón está muy lejos de po
nerse a la cabeza de un amplio movi
miento popular para transformar radi
calmente las estructuras del país.
El eclipse
El gobierno peronista permite que
los sacerdotes profundicen su trabajo de
evangelización, de concientización y
de organización a nivel de las bases li
gado también a estructuras políticas.
Para muchos es la oportunidad espera
da por años. Durante los regímenes mi
litares la instalación de una escuela o
enfermería en un barrio era un eterno
peregrinar entre oficinas y recibir «fa
vores» de algún funcionario de tumo,
no sin antes ser alertados de que la po
lítica no es para los curas. En cambio,
el peronismo, a través de todas sus ra
mas y líneas internas, comprende que
los sacerdotes sirven como correa de
transmisión hacia amplias capas de la
población —especialmente las más em
pobrecidas— y por medio de los cua
les se pueden impulsar proyectos polí
ticos. Todos quieren «ganarlos», y bus
can la manera de apoyar sus reinvidi-
caciones cotidianas.
Pero la sociedad argentina en 1972-
1973 está altamente politizada, y la
violencia armada forma parte de estos
proyectos totalmente antagónicos. Los
sectores que logran hegemonizar al
peronismo le imprimen un rumbo di
ferente de aquel que los sacerdotes ha
bían considerado como revoluciona
rio. La retórica que los había seducido
va quedando atrás, y se perfila un pro
yecto basado en sectores de la burgue-
Todo es Historia 25
El padre Mágico, la asistencia a los pobres.
sía y apoyados por un aparato estatal
que incluía las bandas parapoliciales
comandadas desde el mismo Ministe
rio de Bienestar Social por José López
Rega.
Aunque a veces lo intentaran, los
sacerdotes no podían quedar al margen
de esta nueva realidad. Las discusio
nes en los encuentros nacionales ha
bían demostrado que coexistían líneas
diferentes en lo político y, también, en
la interpretación eclesial. Por un lado,
una concepción que privilegiaba la de
finición socialista del compromiso sin
quedar atados al peronismo y a Perón.
Por el otro, una continuidad verticalis-
ta junto al peronismo, aun sufriendo en
carne propia las consecuencias.
El trabajo dentro de la Iglesia se les
hace cada vez más difícil, los choques
alcanzan ribetes violentos y algunos
sacerdotes se ven obligados a abando
nar sus parroquias por las presiones de
la jerarquía. El 11 de mayo de 1974, al
salir de la parroquia San Francisco So
lano, es asesinado el padre Mugica.
Otros sacerdotes son arrestados, perse
guidos y muchos deben ocultarse o, fi
nalmente, optar por el exilio. El golpe
de estado de 1976 fue un jalón más en
este porceso de descomposición.
Entre las divergencias y la repre
sión el Movimiento de Sacerdotes pa
ra el Tercer Mundo quedó eclipsado,
aunque todos sus integrantes hayan
continuado de una u otra manera con
su actividad pastoral. En alguna capi
lla de la Capital o el interior; en alguna
villa, dictando clases en talleres de ca
pacitación o en la universidad. Casi
veinte años después de su desapari
ción, su participación en las luchas aún
es recordada, y nuevas generaciones
de fieles se presentan como herederos
de un movimiento que conmocionó la
sociedad argentina.
Bibliografía
Rolando Concatti, Nuestra op
ción por el peronismo, Mendoza, Ed.
Publicaciones del MSTM, 1972.
Mayol-Habegger-Armada, Los
católicos posconciliares en la Argenti
na (1963-1969), Buenos Aires, Ed.
Galerna, 1970.
Jerónimo Podestá, La violencia del
amor, Buenos Aires, 1969.
26 Todo es Historia
El padre Mugica, de importante actuación en la villa de Retiro, come un asado con el presidente Cámpora y con Raúl ÍMStiri
(1973).
Gutiérrez-Alves-Assman: Reli
gión, ¿instrumento de liberación?, Ma
drid, Ed. Marova, 1973.
Rubén La Iglesia que nace del
pueblo, Buenos Aires, Ed. Nueva Amé
rica, 1987.
—La utopía de Jesús, Buenos Ai
res, Ed. Nueva América, 1987.
Jorge Vernazza, Para compren
der una vida con los pobres: los curas
villeros, Buenos Aires, Ed. Guadalupe,
1989.
Carlos Mugica, Una vida para el
pueblo, Buenos Aires, Ed. Pequén,
1984.
Sacerdotes para el Tercer Mundo,
crónica-documentos-reflexión, Buenos
Aires, Ed. Publicaciones del MSTM,
1970.
Afiche alusión al asesinato de
Mugica, calle Florida, junio del
74; la actividad apostólica en las
villasde los tercermundistas era
incompatible con el proyecto
político del ministro López Rega.
Las consecuencias estaban a la
vista.
Todo es Historia 27
Los Sacerdotes para el Tercer
Mundo y la actualidad nacional, Bue
nos Aires, Ed. La Rosa Blindada, 1973.
Pacem in terris: carta encíclica
del papa Juan XXIII, Buenos Aires,
Ed. Paulinas, 1982.
Populorumprogressio: carta en
cíclica del papa Pablo VI, sobre el de
sarrollo de los pueblos, Buenos Ai
res, Ed. Paulinas, 1988.
Notas
1. Testimonio de Luis Farinello ya ci
tado.
2. Testimonio de Jerónimo Podestá
concedido al autor.
3. Pacem in terris, carta Encíclica de
su Santidad el Papa Juan XXm, Buenos
Aires, Ed. Paulinas, 1982, p. 18.
4. García Lupo, Rogelio, Merce
narios y monopolios en la Argentina, de
Onganía a Lanusse (1966-1971), Buenos
Aires, Ed. Achaval Solo, 1971, p. 8.
5. Populorum progressio, carta encí
clica de Su Santidad Pablo VI sobre el de
sarrollo de los pueblos, Buenos Aires,
1968, pp. 201, 202.
6. Podestá, Jerónimo, La violencia
del amor, Buenos Aires, 1968, pp. 201,
202.
7. Citado enBRiEGER, Pedro, Los sa
cerdotes para el Tercer Mundo y la parti
cipación de la mujer, (MS inédito), p. 19.
8. Podestá, Jerónimo, ob. cit., pp.
119,120.
9. Podestá, Jerónimo, La revolu
ción del hombre nuevo, Buenos Aires,
1969, pp.ll, 12.
10. Testimonio de Jerónimo Podestá
ya citado.
11. Mayol, Habegger y Armada,
Los católicos posconciliares en la Argen
tina, Ed. Galerna, Buenos Aires, 1970, p.
351.
12. Idem, ibídem, p. 354.
13. Carta que sacerdotes tucumanos
remitieron a monseñor Aramburu en mar
zo de 1969. Tomado de Sacerdotes para
el Tercer Mundo, crónicas-documentos-
reflexión, Ed. Publicaciones del Movi
miento, Buenos Aires, 1970, pp. 61, 62.
14. Idem, ibídem, nota 5.
15. Vernazza, Jorge, Para com
prender una vida con los pobres: los cu
ras villeros, Ed. Guadalupe, Buenos Ai
res, 1989, pp. 42,43.
16. Poradowski, Miguel, La Teolo
gía de la Liberación, Ed. Quijote, Buenos
Aires 1985, pp. 13, 14.
28 Todo es Historia
MENSAJE DE 18 OBISPOS
DEL TERCER MUNDO zfX
>15 de agosto de 1967-Wf
(...) En cuanto a lo que la Iglesia tie
ne de esencial y de permanente, es decir,
su fidelidad y su comunión con Cristo
en el Evangelio, nunca es solidaria de
ningún sistema económico, político y
social. En el momento en que un sistema
deja de asegurar el bien común en bene
ficio del interés de unos cuantos, la Igle
sia debe no solamente denunciar la in
justicia sino, además, separarse del sis
tema inicuo, dispuesta a colaborar con
otro sistema mejor adaptado a las nece
sidades del tiempo, y más justo.
Fidelidad al pueblo
Esto vale para los cristianos, así co
mo para sus jefes jerárquicos y para las
Iglesias. En este mundo nosotros no te
nemos ciudades permanentes, ya que
nuestro jefe Jesucristo quiso sufrir fue
ra de la ciudad (Heb. 13,12-14). Que na
die de nosotros permanezca vinculado a
los privilegios o al dinero, sino que es
té listo a «poner sus bienes en común...
ya que en estos sacrificios encuentra
Dios placer» (Heb. 13,116). Incluso si
no hemos sido capaces de hacerlo de
buen grado y por amor, sepamos por lo
menos reconocer la mano de Dios que
nos corrige como hijos en los aconteci
mientos que nos obligan a este sacrificio
(Heb. 12,5). (...)
Más aún, los cristianos y sus pasto
res deben saber reconocer la mano del
Todopoderoso en los acontecimientos
que, periódicamente, deponen a los po
derosos de sus tronos y elevan a los hu
mildes, devuelven a los ricos las manos
vacías y sacian a los hambrientos. Ac
tualmente, «el mundo pide, con tenaci
dad y virilidad, el reconocimiento de la
dignidad humana en toda su plenitud, la
igualdad social de todas las clases». Los
cristianos y todos los hombres de buena
voluntad no pueden más que adherirse a
este movimiento, incluso si tienen que
renunciar a sus privilegios, y a sus for
tunas personales, en beneficio de la co
munidad humana en una socialización
más grande. La iglesia no es de ninguna
manera la protectora de las grandes pro
piedades. Ella pide, con Juan XXIII,
que la propiedad sea repartida a todos,
porque la propiedad tiene, ante todo, un
destino social. Paulo VI recordaba hace
poco la frase de San Juan: «Si alguno
que goce de las riquezas del mundo ve a
su hermano en la necesidad y le cierra
sus entrañas, ¿cómo habitará en él el
amor de Dios?» (I Jn. 3,17), y la frase de
San Ambrosio: «La tierra se ha dado a
todo el mundo y no solamente a los ri
cos». (Populorum progressio, NQ 23).
Todos los padres, tanto orientales
como occidentales, repiten el Evange
lio: «Comparte tu cosecha con tus her
manos. Comparte la recolección que
mañana estará podrida. ¡Atroz avaricia
la que deja enmohecer todo antes que
darlo a los menesterosos!». «¿A quién
hago daño guardando lo que me perte
nece?», responde el avaro. «¿Pero cuá
les son, dime, los bienes que te pertene
cen? ¿De dónde los has sacado? Te pa
reces a un hombre que, tomando un lu
gar en el teatro, quisiera impedir que los
otros entren, pretendiendo gozar solo
del espectáculo al que todos tienen dere
cho. Así son los ricos: se declaran due
ños de los bienes comunes que han aca
parado porque han sido los primeros en
ocuparlos. Si cada uno no guardara más
de lo que es necesario para sus necesida
des cotidianas y dejara lo superfluo a los
indigentes, la riqueza y pobreza serían
abolidas... Al hambriento pertenece el
pan que tú guardas. Al hombre desnudo,
el abrigo que está en tu ropero. Al des
calzo, los zapatos que se pudren en tu ca
sa. Al miserable, el dinero que tienes
oculto. Así oprimes a tanta gente que
podrías ayudar. No, no es tu capacidad
lo que se condena aquí, sino tu negativa
a compartir». (San Basilio, Homilía 6
contra la riqueza).
Los cristianos tienen el deber de
mostrar «que el verdadero socialismo es
el cristianismo integralmente vivido, en
el justo reparto de los bienes y la igual
dad fundamental de todos». Lejos de
contrariarse con él, sepamos adherirlo
con alegría, como a una forma de vida
social mejor adaptada a nuestro tiempo
y más conforme con el espíritu del Evan
gelio. Así evitaremos que algunos con
fundan Dios y la religión con los opreso
res del mundo de los pobres y de los tra
bajadores, que son, en efecto, el feuda
lismo, el capitalismo y el imperialismo.
Estos sistemas inhumanos han engen
drado a otros que, queriendo liberar a los
pueblos, oprimen a las personas si caen
dentro del colectivismo totalitario y la
persecución religiosa. Pero Dios y la
verdadera religión no tienen nada que
ver con las diversas formas del dinero
de la maldad (mamona iniquitatis). Por
el contrario, Dios y la verdadera reli
gión están siempre con los que buscan
promover una sociedad más equitativa
y fraternal entre todos los hijos de Dios
en la gran familia humana. (...)
Fidelidad a la palabra
de Dios
Que nadie busque en nuestras pala
bras alguna inspiración política. Nues
tra única fuente es la Palabra de Aquél
La opción preferencial por los pobres.
que habló por medio de los profetas y de
los apóstoles. La Biblia y el Evangelio
denuncian como pecado contra Dios
todo golpe a la dignidad del hombre
creado a su imagen. Dentro de esta exi
gencia de respeto a la persona humana,
los ateos de buena fe se unen ahora a los
creyentes para un común servicio á la
humanidad en su búsqueda de justicia y
de paz. Igualmente nosotros podemos
dirigir con confianza a todos palabras
de aliento, ya que para todos es necesa
rio mucho valor y fuerza para llevar a
buen término la inmensa y urgente ta
rea que es la única que puede salvar al
Tercer Mundo de la miseria y del ham
bre, y librar a la humanidad de la catás
trofe de una guerra nuclear. «Nunca
más la guerra, abajo las armas».
El pueblo de los pobres y los pobres
de los pueblos, en medio de los cuales
nos ha puesto el misericordioso como
pastores de un pequeño rebaño, saben
por experiencia que deben contar con
ellos mismosy con sus propias fuerzas,
antes que con la ayuda de los ricos.
Ciertamente algunas naciones ricas
o algunos ricos de ciertas naciones dan
una ayuda apreciable a nuestros pue
blos, pero sería una ilusión esperar pasi
vamente una libre conversión de todos
aquellos de quienes nuestro padre Abra-
ham nos advierte: «Ellos no escucharán
ni siquiera a alguien que resucite de en
tre los muertos» (Le. 16, 31). (...)
El pueblo tiene, ante todo, hambre
de verdad y de justicia, y los que han re
cibido la misión de instruirlo y educar
lo, deben hacerlo con entusiasmo. Al
gunos errores deben ser disipados con
urgencia: No, Dios no quiere que haya
ricos que aprovechan los bienes de este
mundo explotando a los pobres. No,
Dios no quiere que haya pobres siempre
miserables. La religión no es el opio del
pueblo. La religión es una fuerza que
eleva a los humildes y rebaja a los orgu
llosos, que da pan a los hambrientos y
hambre a los hartos. Ciertamente Jesús
nos previno que siempre habría pobres
entre nosotros (Juan 12,8), pero es por
que siempre habrá ricos para acaparar
los bienes de este mundo y de igual ma
nera ciertas desigualdades debidas a las
diferencias de capacidades y a otros fac
tores inevitables.
Pero Jesús nos enseña que el segun
do mandamiento es igual al primero, ya
que no se puede amar a Dios sin amar a
sus hermanos los hombres. El nos pre
viene que todos~lós hombres seremos
juzgados por una sola frase: «Tuveham-
bre y medieron decomer... Yoera aquel
que tenía hambre» (Mt. 25,31-46). To
das las grandes religiones y sabidurías
de la humanidad hacen eco de esta frase.
Así el Corán anuncia la última prueba a
la que son sometidos los hombres en el
momento del juicio de Dios: «¿Cuál es
esta prueba? La de redimir a los cauti
vos, de alimentar durante la carestía al
huérfano (...) o al pobre dormido en el
suelo (...) y de hacerse una ley de la mi
sericordia» (Sour, 90,11-18).
Tenemos el deber de compartir nues
tro pan y todos nuestros bienes. Si algu
nos pretenden acaparar para ellos mis
mos lo que es necesario a los otros, en
tonces es un deber de los poderes públi
cos imponer el reparto que no se hace
voluntariamente. El Papa Paulo VI lo
recuerda en su última encíclica: «El
bien común exige, a veces, la expropia
ción, si, a causa de su extensión, de su
explotación deficiente o nula, de la mi
seria que de ello resulta a las poblacio
nes, del daño considerable producido a
los intereses del país, algunas posesio
nes sirven de obstáculo a la prosperidad
colectiva. Al afirmarlo con claridad, el
Concilio ha recordado no menos clara
mente, que la renta disponible no es co
sa que queda abandonada al libre capri
cho de los hombres; y que las especula
ciones egoístas deben ser eliminadas.
Ya no podrá admitirse que los ciudada
nos, provistos de rentas abundantes, pro
venientes de los recursos y de la activi
dad nacional, transfieran una parte con
siderable de ellas al extranjero para su
beneficio personal, sin preocuparse del
daño que hacen sufrir por ello a su pa
tria» (Populorum progressio» n. 24).
(...)
Ya es tiempo de que los pueblos po
bres, sostenidos y guiados por sus go
biernos legítimos, defiendan eficazmen
te su derecho a la vida. Dios se reveló a
Moisés diciendo: «yo he visto, yo he
visto la miseria de mi pueblo; he escu
chado el grito que le arrancan sus explo
tadores... Y he resuelto liberarlo» (Ex.
3,7).
Jesús tomó sobre sí a toda la huma
nidad para conducirla a la Vida Eterna,
cuya preparación terrenal es la justicia
social, primera forma del amor frater
nal. Cuando Cristo, por medio de su re
surrección, libera a la humanidad de la
muerte, conduce todas las liberaciones
humanas a su plenitud eterna.
De esta manera dirigimos a todos
esta frase del Evangelio que algunos de
entre nosotros dirigieron el año pasado
a su pueblo con esta misma inquietud y
animados por esta misma esperanza de
todos los pueblos del Tercer Mundo:
«Nosotros os exhortamos a permanecer
firmes e intrépidos, como fermento evan-
gélico en el mundo del trabajo, confia
dos en la palabra de Cristo: “Ponéos de
pie y levantad la cabeza, pues vuestra li
beración está próxima”» (Luc. 21,28).
Todo es Historia 29
ENTREVISTA
AL OBISPO
JERONIMO PODESTA
onseñor Jerónimo Podestáfue
£ profesor de Derecho y Teolo-
:: gía Dogmática y Moral en el
Seminario de La Plata y en la Univer
sidad Católica Argentina desde 1950 a
1962. Obispo de Avellaneda entre 1962
y 1967, hasta su destitución.
Nos recibió en el patio techado de
su casa junto a su mujer Clelia. Uno lo
escucha y no es difícil imaginarlo vein
ticinco años atrás exhortando a sus fie
les a poner en práctica las enseñanzas
del Concilio, o discutiendo con los po
líticos de la época que venían a consul
tarlo. No en balde Onganía le temía a
este obispo que prefería sentarse a ma
tear con los obreros del barrio antes
que compartir la mesa con el entonces
Jerónimo Podestá en la actualidad, junto a Clelia, su colaboradora y esposa,
recuerda los motivos por los que se distanció de la jerarquía eclesiástica.
líder de la Revolución Argentina. Su fi
gura es imponente, las palabras surgen
firmes mezclando la dureza de algunos
conceptos con la suavidad de otros
cuando se refiere al amor de Cristo.
Clelia lo interrumpe una y otra vez;
hasta el día de hoy le reprocha no ha
ber movilizado a sacerdotes y fieles en
su defensa. Discuten, y él intenta excu
sarse, no lo logra, fue producto de un
tiempo muy difícil, y reconoce que le
faltó una pizca de coraje que tal vez hu
biera cambiado la historia.
P.B. ¿Por qué deciden destituirlo
del cargo de obispo?
J.P. Mi actitud díscola con respec
to a la autoridad eclesiástica que ya no
me quiere combatir (...). El nuncio
Mazzoni me vino a ver y me dijo: «vos
cuidate, no tropieces, no te malquistes
con los otros obispos, vos tenés que
obedecerme (...)». Pero el golpe de
gracia vino con la Populorum progres-
sio porque habían prohibido toda acti
vidad política (...) Onganía (...).
P.B. ¿Por qué la Populorum era
tan revolucionaria para la época?
J.B. En principio Pablo VI dice
que hay que cambiar la sociedad (...)
propone una revolución de estructuras
(...) contra la estructura autoritaria (...).
Yo tuve siempre y, la sigo teniendo, la
gran ilusión de cambiar el mundo, sí.
¿Pero con qué instrumento? Con la co
munidad cristiana, no como una gran
institución de poder que causa maravi
llas, sino con la idea de Jesucristo en el
Evangelio (...). Yo quería trabajar por
cambiar el rostro de la Iglesia.
Un periodista del diario La Nación
me dice: «¿Pero usted viene a Avella
neda a salvar las almas?» Digo: «No,
no... yo no vengo a salvar almas, yo
vengo a ayudar a los hombres a vivir
una vida digna». «Cómo, ¿pero usted
no cree en las almas?». «No, yo no creo
en las almas, porque las almas como en-
telequia no existen; lo que existen son
hombres». El periodista puso el título:
«Dice el obispo de Avellaneda que no
VIENE A SALVAR ALMAS» (...).
P.B. Leí que muchos amigos salen
a defenderlo, y usted tiene una actitud
de aceptar la destitución y no tratar de
luchar, ¿cómo lo ve ahora, retrospecti
vamente, veinte años después?
J.P. Crearon un clima en el cual los
otros obispos no se atrevieron a interve
nir. Quizás hoy día me doy cuenta de
que podríao debería haber actuado bus
cando apoyo en las bases. No me apo
yé porque tenía la convicción de que la
causa estaba perdida (...). Yo estaba
como Jesús dice en el Evangelio, la
gente lo aplaudía mucho pero, Jesús no
se fiaba de ellos porque sabía que eran
débiles...
30 Tnnn re LIt utopia
GUIA MUNDIAL DE BE
20 BECAS INTERNACIONALES SOBRE TEMAS HISTOF
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Estudios de postgrado
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Nacional del V9 Centenario
Entrenamiento profesional
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España Premio y viajoÍICO
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l FILOSOFIA EE.UU.
ESA, AMERICANA Y CONTINENTAL (1500-1715)
nent for the Humanities (NEH)
Curso de postgrado
ción, lugar, idioma, edíd, requisitos.,':
e la beca, direcciones, teléfonos, ' > >
tán publicadas en la colección 1
MUNDIAL DE BECAS.
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GUIA MUNDIAL DE E
Informes al te
Personalmente o por correo en Azcuénaga 142C
1115- Capital Federal, Lun. a vier. d(
ENTREVISTA
A MIGUEL RAMONDETTI
iguel Ramondetti nos recibió
en su casa del GranBuenosAi-
res. Hay algo muy especial en
él, su humildad y simpleza al narrar he
chos que influyeron en la política ar
gentina y lo tuvieron como uno de sus
principales actores. Es fácil sentir, du
rante la conversación, que forma par
te del mundo de los trabajadores y los
pobres. No hay falsas apariencias; en
tre el mate y laBiblia, Miguel recuerda
con nostalgia las actividades del Movi
miento que lo tuvo como Secretario Ge
neral, título al cual él le resta impor
tancia. Trabaja con adolescentes en la
Municipalidad en el Bajo Flores y en el
hogar Alborada para «chicos de la ca
lle» en Devoto, donde es el instructor
de electricidad.
PE. ¿Quépasó en el 55?
M.R. En el 55 fue el antiperonismo
de la Iglesia, del anticlericalismo de Pe
rón que se complementaron muy bien.
Eso un poco era un encuentro de gente
que confabulaba, sin ser altamente sub
versiva, no en el sentido que tenían ar
mas, pero... ¡si habremos hecho pan
fletos! Los textos no me los acuerdo,
pero yo sólo había hecho miles y repar
tido. Según nosotros era esclarecer a la
gente respecto a la situación que vivía
la Iglesia y el gobierno peronista, con
tra el gobierno. Todo empezó en Cór
doba, me acuerdo de una cosa que me
tocó personalmente y fue mi primer, y
creo único, enfrentamiento con la Igle
sia. En agosto del 55 Perón hace un dis
curso donde por primera vez ataca la
Iglesia, y una de las cosas que dice me
tocan de cerca, dice algo así: «Este es el
agradecimiento de los curas por haber
les aumentado el sueldo». Hace poco
habían aumentado los sueldos; y yo
siempre estuve violentamente en con
tra de todo lo que es relación Iglesia-Es
tado, subvención del Estado a la Igle
sia. Eso me molesta mucho. Casual
mente yo cobraba un sueldo del Estado
por ser empleado —no en la parro
quia—en la curia; era una miseria, pe
ro de todas maneras un sueldo del Esta
do. Yo cada mes fumaba un recibo que
recibía del Estado una cantidad de dine
ro: con mi decisión firme que venía de
lejos que había que cortar de cuajo la re
lación de medioevo Iglesia-Estado, re
nuncio al sueldo y es mi primer conflic
to con el obispo que era Santiago Luis
Copello. El era muy celoso de esas re
laciones, entonces un día fui a verlo y le
dije «yo no quiero en mi conciencia re
cibir más sueldo, voy a venir a trabajar
gratis; no se haga problema, le cumpli
ré como hasta ahora, pero yo no voy a
cobrar». No me dijo nada, pero al mes
devolví mi sueldo y se lo mandé a él y
no le gustó nada, puso el grito en el cie
lo. Yo dije: «muy bien, hay una cosa
que nada me puede prohibir y es que yo
renuncie de hecho aesto». Entonces to
dos los meses recibía, firmaba el recibo
y lo iba a entregar al Cotolengo que era
unaobra de beneficencia. Hice esto cer
ca de dos años y un buen día me harté.
Después viene toda la colaboración con
la contra al peronismo que termina muy
rápidamente el mismo día de la caída de
Perón, que viene Lonardi de Córdoba.
Yo voté por Perón en la primera presi
dencia, en la segunda presidencia yo no
estaba en el país, porque me fui en el 47,
no viví la euforia del peronismo. Sí el
17 de octubre del 45 yo estaba, pero yo
vivía en Devoto encerrado entre cuatro
paredes, prácticamente no estaba en el
país. Me acuerdo del 17 de octubre, pe
ro eran ecos que llegaban de la calle, no
lo viví en la calle, ni siquiera en un ba
rrio. Vivía encerrado en lo que podía
ser la cárcel de contraventores o el se
minario que, en esa época, mucha dife
rencia no había en algunas cosas... El
poco tiempo de gobierno peronista que
viví entre el 45 y agosto del 47 lo viví
aisladamente; el auge y la euforia no lo
viví. Cuando llegué en el 52 acababa de
morir Evita, hacía dos meses.
Entonces el 55 fue para mí las dos
caras de la moneda y, a partir de ahí, a
nivel de Iglesia seguí luchando por esa
íhtimaconvicciónque tenía, de ser obre
ro, trabajar; no podía porque no me de
jaban. La Iglesia era muy verticalista,
muy autoritaria, era mucho más en esa
época, creo que han cambiado bastan
tes cosas; no se podía ni soñar estar en
la Iglesia y hacer lo que quería en algu
nas cosas; fundamentalmente en esto
que tocaba la relación con la sociedad
directamente. En la Argentina no había
ningún obispo que trabajara. Yo empe
cé a vivir la problemática de la vida
obrera medio clandestinamente duran
te varios años, después lo pude oficiali
zar. A nivel local podía hacer algunas
cosas sin levantar mucho la perdiz, y
empecé a trabajar como albañil los fi
nes de semana ayudando a la gente del
barrio y, a partir de allí, adquirí el ofi
cio. Llegó un momento que yo vivía de
mi trabajo en el barrio—lo sabía toda la
gente— en albafiilería, electricidad, y
tenía para vivir.
P.B. La gente, ¿qué decía del cura
que trabajaba como albañil?
M.R.: En Europa ya había sido su
perado, pero en la Argentina todavía
vestíamos de sotana. Yo dejo la sotana
en la semana de la caída de Perón, vi
víamos medio clandestinamente, nos
habían allanado las parroquias que Pe
rón mandó allanar. Empezamos a salir
sin sotana, que era una innovación to
tal, antes no recibíamos a nadie que no
fuera sin uniforme. Yo andaba siempre
con esa idea desde el 53, ¿cómo empie
zo yo un nuevo tipo de vida y cómo
pruebo frente a la gente como anda?
Entonces un día visitando una familia
de italianos, que me contaron que los fi
nes de semana construían su casa y les
dije que iba a ayudarles. Los taños me
miraron, se rieron y dijeron «no padre,
¿cómo va a hacer eso?» Y ni se imagi
naron que les estaba hablando en serio
y yo les estaba hablando en serio. Tan
to es así que el domingo, con el acuer
do de mi jefe, me fui y llego a media ma
ñana con uniforme; ¡los tipos se querí
an morir! Me acuerdo que cruzo un
alambrado, me desabrocho el unifor
me, lo cuelgo y empiezo: «¿qué tengo
que hacer?». Al principio ni hablaban,
a los diez minutos se acabó, se cambió
el clima, todo el día lo pasamos magní
ficamente bien, fui otras veces y se
rompió una barrera que había que rom
per, una vez rota se acabó, vieron que se
podía y yo también... No sabía, la ver
dad... Allí empecé, fui adquiriendo más
práctica, luego creamos toda una orga
nización de gente que íbamos sábados y
domingos a construir viviendas, y lo hi
cimos varios años. Simultáneamente se
cruza que yo trabajo medio día en el ba
rrio como albañil y cuandocuras hoy en
día te dicen: «no, ¡a gente te pide...». Es
mentira, es una mentira total que te pi
32 Todo es Historia
de que estés en la Iglesia, que des misa
y estés al servicio de ellos todo el día.
Nunca te van a pedir nada... por ahí te
pasás meses y años y no te piden nada;
sí un grupito reducido de gente que te
rodea y que se hace ilusiones... Pero to
do eso es ficticio, estoy convencido. Mi
experiencia no es de un día, son años:
después viene lo de Goya. Yo trabajo
como un medio de sustento, nunca me
gustó vivir de limosna que era un poco
la tesitura de los curas —y sigue sien
do— tal vez un poco de orgullo perso
nal. Llega un momento que por una
coincidenciaoun mal entendido el obis
po inedeja trabajar en unafábrica. ¡Per
fecto! A lasemana estaba trabajando en
una metalúrgica, era a comienzos del
sesenta, antes del Concilio. Yocreoque
todas estas cosas indicaban que tenía
que haber un Concilio, que la Iglesia to
ma una serie de experiencias —lo nues
tro es menos conocido, vivimos en la
punta del mundo— pero todo lo euro
peo repercutió mucho. Es una corrien
te enorme que confluye en el Concilio
Vaticano II.
Yo estoy trabajando en la fábrica
durante un año y medio, y me echaron
por razones gremiales. Yo había entra
do por recomendación de un cura y el
patrón —Mario D’ Alessandro— había
hecho una serie de chanchullos. Era tal
maravilla la fábrica, según el patrón,
que no necesitaba sindicatos. Cuando
entro —y él sabía mi origen— es todo
un cuento chino, hay una serie de fallas
tremendas; yo llamo a la gente a que se
movilizara, afiliara, pero había mucho
miedo. Con otro compañero nos vamos
a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM),
a la seccional Buenos Aires a decirles
cuál era la situación, y nos aconsejaron
que nos quedemos en el molde. El asun
to es que llega un día que yo voy de pre-
po porque no doy más, y fui; me dicen:
«no, te van a echar...». Les digo «que
me echen porque yo no aguanto más. . .».
PB. En el 68 te vas a Goya, yeU{
de mayo se da el primer encuentro de
los sacerdotes para el Tercer Mundo,
¿cómo se va gestando el movimiento?
M.R. Te cuento anécdotas que creo
que sirven y se conocen poco. Yo esta
ba con la idea de irme a Goya que esta
ba un conocido mío, monseñor Antonio
Devoto, que luego muere en un acci
dente; llegó un momento que tomé la
resolución de irme al interior con la
idea de ir en busca de trabajar más con
la gente del pueblo y meterme más en el
país real, con la sensación de que don
de yo estaba se había agotado un po
co. .. Era la idea de convivir con mi cla
se, porque yo vengo de una familia de
obreros campesinos, tanto mi madre
como mi padre eran inmigrantes italia
nos obreros. Siempre tuve la idea de
que el hecho de ser cura no debía cam
biar mi extracción de clase. Tenía que
elegir donde me recibieran y tener con
tacto directo con la gente en algún lugar
marginal o por lo menos proletario o se-
mi-rural. Hablo con Devoto y me invi
ta a ir. Allá me dice: «Mirá, me llegó es
to que es muy interesante y a vos te va
a interesar». Y me larga un folletito que
decía: «18 obispos del Tercer Mundo».
El estaba muy embalado con el Conci
lio, había asistido y junto con otros lide
raba discusiones donde decían que ha
bía que ser más agresivos. Me acuerdo
que, viniendo de vuelta en balsa, leo el
folleto y me entusiamo. Primera vez
que en un documento oficial de la Igle
sia —porque eran obispos—, no es lo
mismo que sean cuatro curas u obispos
de todo el mundo, se autotitulan del
Tercer Mundo y además hablaban del
socialismo como una forma aceptable.
A mí me entusiasmó.
Entonces, cuan
do vuélvo en aque
lla balsa, me puse
ahí nomás a tradu
cirlo del francés, del
entusiasmo que te
nía. Cuando llegoa Bue
nos Aires estoy eufórico y comienzo a
hablar con los más allegados, general
mente más jóvenes que yo, algunos del
Seminario. Y les pregunto: «¿qué les
parece que hacemos con esto?». Nos
impactó y también nos dio bronca que
entre les firmantes no había ningún
obispo argentino, éso fue la piedra fun
damental del asunto. Bueno, no hay
obispos argentinos, no importa, haga
mos algo nosotros. Sacamos algunas
copias del documento, hicimos una lis
ta de curas y mandamos el texto y una
adhesión de tres lúteas. Contra toda
previsión comenzaron a llover cartas
que nos decían que adherían y querían
hacer algo más, juntarse. De allí surge
el primer encuentro de lo que fue des
pués el Movimiento de Curas para el
Tercer Mundo. Ahí surge la primera ta
rea nuestra para la conferencia de Me
dellín que se preparaba. A nosotros nos
preocupa una problemática que es el
tratamiento que va a hacer Medellút
acerca de la violencia en contra de los
movimientos de liberación. Sabíamos
que iba a tomar lo del Concilio, a hablar
de los problemas del continente y te
míamos que se hiciera un análisis uni
lateral de la utilización de la violencia.
O sea, que se dejara intacto lo que lla
mábamos la «violencia institucionali
zada» y por el otro lado se condenara la
guerrilla, todo lo que eran los movi
mientos en cierne de liberación. Se nos
ocurrió hacer una carta a los obispos
que iban a Medellfn, firmada por sacer
dotes argentinos y eventualmente lati
noamericanos —si conseguíamos al
gunos—para mandar a Medellfn. En la
iniciativa estaba Andrés Lansón, que
era uno de los que más empujaba en es
ta problemática, creo que estaba Dri,
Concatti, Brascelis en Mendoza, Ric-
ciardelli, Vemazza.
Respecto a la carta para Medellfn,
me encargaron de la redacción, la man
do a todos los que habían estado presen
tes, me mandan sus correcciones y la
carta comienza a circular con las firmas
de 500 sacerdotes argentinos y 500 la
tinoamericanos, más de mil firmas. Me
gustaría hoy ver las ideas de esa carta,
sabemos que llegó y que fue incluida
del dossier de cada uno formando par
te del debate. Creo que hizo su trabajo
esa carta.
P.B. ¿Cuáles fueron los objetivos
de Medellín y como lo viven ustedes?
M.R. Medellín es el fruto de un cli
ma creado en la Iglesia por el Concilio
a nivel latinoamericano. Es la época de
mi vida que viví un poco marginalmen
te, porque estaba en Goya, lo clerical-
eclesiástico. Si tuviera que sintetizar de
alguna manera podría decir que Mede
llín lo vivimos con una enorme espe
ranza. ¿En qué consistía? Todos los que
queríamos cambio y renovación, el pa
so de lo estrictamente religioso a lo po-
Todo es Historia 33
lírico, lo vivimos con la esperanza de
que diera cauce a esa renovación a ni
vel oficial, que ya existía en la base;
que se oficializara. Eso no sucedió, fue
la gran frustración a nivel personal, pe
ro no solamente personal. En América
latina sirvió para frustrar a mucha gen
te porque, en realidad, a partir de allí
hay una gran involución, Puebla no es
Medellín aunque todavía hay cosas in
teresantes y rescatables, pero a partir
de allí, ¿qué tenemos? Argentina, por
de pronto, nada que ver, los muchachos
del clero hoy, una involución feroz. Se
concretaron muy pocas cosas.
P.B. Hay algo que no nombraste al
hablar del proletariado y el cambio so
cial, ¿qué influencia tiene Jesús?
M.R.: Para nosotros mucha, ini
cialmente toda. En la teología de la li
beración no partimos de un angelito
que viene volando por el aire sino de un
hombre concreto que tiene un mensaje
fundamental quees liberador. Por ejem
plo, uno de los títulos que se le dan es
«Jesús el Príncipe de la Paz». Es un
príncipe de la paz que muere de mane
ra muy diferente a como mueren los
príncipes de la guerra en la Argentina;
nuestros generales, San Martín inclui
do, mueren en la cama. Jesús murió
condenado a muerte. Ninguna socie
dad condena a muerte por hablar, por
hacer cosas que no son de delincuentes
comunes, de los datos que tenemos de
Jesús es de un tipo que se enfrenta di
rectamente con el poder constituido,
cuestiona la sociedad. Hay otro án
gulo, que la Iglesia oficial estructu
rada, desde el cual vivíamos estos plan
teos y que nos parecían normales.
P.B.: Pero, cuando un feligrés
venía a la Iglesia, ¿no le decías «Cris-
o sana y salva», o «Cristo Rey»?
M.R.: ¡No! Jamás en la vida. Lo de
«Cristo Rey» lo levanté en mis épocas
más oscuras de ignorancia total en la
Acción Católica, pero ya después del
seminario no, porque nunca me lo pude
imaginar al pobre Jesucristo como un
rey. Y «Cristo sana y salva» tampoco.
Pero hay frases peores, «El gran Sal
vador». Respecto a Jesús, la Iglesia le
ha puesto un título «Cristo Rey», pero
hay otra: «Cristo obrero». El título de
Cristo que levantábamos en la Juven
tud Obrera Católica (JOC), cuando yo
tenía 15 años, era «Cristo obrero», y es
mucho más real porque el Cristo histó
rico —no sé si mucho habrá trabajado
como carpinterocon su padre— es de
extracción proletaria. María y José, su
ambiente era de pobreza.
P.B. ¿Qué hacían en la villa?
M.R.: No era una villa, más bien un
barrio muy marginal con gente de ex
tracción campesina que emigró del
campo correntino a la ciudad y
viven en el barrio «del asfalto»;
del otro lado del asfalto, la ciu
dad. Era de tierra, de ahí que las
inundaciones nos ofrecían gran
des posibilidades de acción polí
tica y concientización. Casi los 10
años que estuve allí trabajé como
albañil y en algunas empresas chicas.
Cuando yo llegué el trato con el obispo
es que me dejan libertad de acción, no
iba a asumir ninguna responsabilidad
directamente vinculado con la Iglesia.
Yo iba a colaborar con la parroquia que
estaba a dos cuadras de mi casa. Mi
función principal —a lo que yo fui con
el acuerdo del obispo— era compartir
la vida de la gente; todo el mundo sabía
quién era. Trabajábamos con la gente a
nivel de conciencia, se creó una comi
sión vecinal y por ese medio teníamos
el barrio prácticamente organizado por
manzanas; con todos los partidos que
quisieron colaborar, aportar, se recibía
a todQ el mundo. Pero directamente del
barrio, con la gente del barrio, para el
barrio. Teníamos relación con grupos
menos visibles y el peronismo, pero no
vinculados a ellos.
P.B. Y el Cordobazo, ¿cómo lo vi
ven?
M.R.: Lo vivimos en Corrientes,
pero los cordobeses obviamente lo vi
ven en Córdoba y el movimiento lo asu
me como un momento importante. Te
níamos una organización mínima con
responsables en’cáda diócesis del país
(donde funcionábamos). Habíamos di
vidido al país en zonas, agrupando dió
cesis y cada zona tenía un coordinador;
el cuerpo formado por los coordina
dores era un poco la dirección del mo
vimiento. Yo era secretario general, pe
ro como coordinador de los coordina
dores, nada más. Decidimos reunimos
los coordinadores —la instancia eje
cutiva deliberativa del movimiento—
después del cordobazo en Córdoba y
sale un documento sobre el Cordobazo
y es uno de los documentos más im
portantes. Me parece claro, no digo que
ahora diría lo mismo, pero entonces me
pareció el más clarito. Me acuerdo más
de Mendoza que de Córdoba. Lo
vivimos como una reacción de un pue
blo que se defiende, reivindi
cábamos el derecho del pue
blo denunciando una canti
dad de cosas que eran falsas.
Hacíamos ver cómo el go
bierno era selectivo sobre la
detrucción y que si se atacó
centros de poder es porque
tenían alguna responsabilidad en la
situación que estaba viviendo la gente.
P.B. Por esa época ya hay organi
zaciones armadas en la Argentina, ha
bíamos dicho que el tema de la violen
cia había sido fundamental, ¿cuál es la
relación de ustedes con esas organi
zaciones? No a nivel práctico, sino a
nivel de la discusión, de los métodos
que utilizaban. Cristianismo y Revolu
ción, por ejemplo, es un poco indirec
tamente un vocero de esas organiza
ciones.
M.R. Habría que analizar distintas
épocas. Al comienzo, como vimos la
revolución cubana, a nadie se le ocurría
objetar el hecho de que se hayan tirado
algunos tiros para que tomen el poder.
Después discutíamos ciertos métodos,
con algunos estábamos de acuerdo, con
otros no. Una anécdota va a servir para
entender, un día viene un periodista,
que creo que era un poco de derecha, y
me viene a hacer una entrevista sobre el
tema de la violencia. Me preguntó que
pensaba de la violencia y le dije: «se
equivocó de puerta. No, aquí no es don
de tiene que preguntar, tiene que ir a tal
lado», y le di la dirección del cuartel, «a
ellos les tiene que preguntar qué pien
san de la violencia, ¿y yo que tengo qué
pensar? A mí no me importa». Esa era
la idea que yo tenía, la violencia en sí no
es un bien, a quién se le ocurre que ma
tar a una persona o destruir un bien
—sea de quien sea— en sí mismo es un
bien. Pero es que tenemos que analizar
causas, de dónde vienen, quién loprovo-
34 Todo es Historia
ca. O sea, nos situábamos en lo más tra
dicional de la teología católica que ha
bla del derecho a la defensa. La bronca
que nos daba a nosotros. Me acuerdo
que discutimos eso a gritos con un
obispo que se iba a Medellín y no nos
volvimos a ver: «Ustedes en Medellín
deberían hablar de la violencia, pero en
serio, para mí lo primero que tienen
que hacer es llamar a la deserción a to
dos los soldados católicos del con
tinente latinoamericano. ¿Es un
mal la violencia, no? ¿Quién
tiene las armas y la mayor
cantidad de poder bélico en
este continente? Los milita
res. Después hablen de la gue
rrilla y de lo que se les cante las
pelotas, pero primero hagan eso.
Primero: desertores, ningún soldado
puede manejar un arma. Segundo: Ex
comulguen á todos los generales y lla
men a la destrucción de todos los ejér
citos latinoamericanos». Después es
tuvo diciendo por ahí que era comunis
ta de mierda.
P.B. Cuando venían las organiza
ciones político-guerrilleras y distri
buían camiones con leche o productos
alimenticios que expropiaban, ¿quéac
titud tenían ustedes?
M.R. Nunca lo hicieron en nuestra
zona, pero yo lo hubiera aceptado. Sí,
sí, hoy lo aceptaría. Desde el punto de
vista teórico, otra cosa es después lo
político, razones de seguridad. ¿De dón
de sale esa leche? Si un camión de San-
cordistribuyeleche gratis en Villa Ocul
ta, claro que lo voy a aceptar.
P.B. Pero, si lo robaron... no por el
robo, sino que no ayuda a la organiza
ción de la gente...
M.R. Es otra cosa, creo que a la
gente no se la organiza dándole todos
los días una carga de leche gratis; pero
que venga de vez en cuando... Yo no
estoy inventando nada, cuando yo te
digo que chicos en Goya morían de
hambre no estoy haciendo una exage
ración. Chicos en Goya morían de
hambre, porque yo los he visto, no
«muertos de hambre», sino muertos,
en el cajón. Muertos, chicos de un año,
muertos. Con el certificado del médico
que, claro, no va a decir «murió de
hambre». Sino de inanición... traduci
do al lenguaje común. Además de to
dos los que quedaron vivos, medios le
los, medio tontos, en la escuela no an
daban, ¿y por qué? Ahí es donde yo
aprendí que la leche es fundamental
para el desarrollo en el primer afio de
vida y que eso es irreversible. Un día
me llamó la atención, ¿por qué en este
barrio hay tantos chicos así y en el as
falto no? Entonces un médico me ex
plicó, ¡te imaginás la bronca!
P.B. Esto se liga con lo di
cho antes de la pobreza co
mo antievangélica o evan
gélica.
M.R. Claro, lo que pasa
quelaacepción de la palabra,
en el Evangelio dice y noso
tros lo levantábamos como una
bandera de lucha nuestra: «Felices los
pobres, bienaventurados los pobres»,
dice Jesús en el Evangelio. Eso se pue
de interpretar de muchas maneras. Pe
ro felices los pobres porque son los que
van a liberarse y van a liberar al mun
do, es decir otra coincidencia más.
Quienes son los que van a aportar la
nueva sociedad, quienes la construi
rán.
P.B. En esta época ya surge un te
ma fundamental y que también lleva
ría a diversas corrientes dentro del
MSTM: el peronismo. ¿ Cuál era la ac
titud del MSTM ante el peronismo?
M.R. Cerramos un capítulo y abri
mos otro. Sobre esta época vas a en
contrar honestamente distintas versio
nes, fundamentalmente dos: si hablás
con unos curas de Buenos Aires te van
a dar una versión, y otros pocos —y
yo— otra. El MSTM surge con las
ideas fundamentales que acabo de
decir, que son las que traemos inicial
mente en el Documento de los obispos
para el Tercer Mundo, y fundamental
mente la idea del socialismo. Hablá
bamos sobre las opciones políticas del
movimiento —era la terminología de
la época— y ¿cuál es la opción políti
ca del MSTM? Inicialmente está ex
presada literal- mente en los primóos
do- cumentos, sobre todo en el segun
do, hay una clara opción por el socia
lismo. Que tratamos de definir muy so
meramente, partí cipación en los bie
nes, la cultura. Cuando aparece la po
sibilidad de la vuelta de Perón en1972,
en el movimiento se comienza a crear
todo un clima diferente. Creo —y ésa
es mi interpretación personal com
partida por unos pocos, no la mayoría
—que para muchos compañeros, aque
lla opción antigua por el socialismo en
la Ar-gentina se llamaba peronismo.
Para otros la opción socialista en la Ar
gentina es el socialismo. Me acuerdo
siempre que con esos compañeros
discutía mucho, y me decían una cosa:
«vos, lo que pasa, es que te falta co
nocer las últimas expresiones de
Perón», todo el mundo estaba pen
diente de la línea político-ideológica
de Perón del 72-73, no del Perón que
conocíamos históricamente. Todo eso
nos llegaba por cintas grabadas, por vi
deo. Decían, «en las declaraciones a
fulano de tal, él habla de socialismo»,
y yo iba a las declaraciones al «fulano
de tal» y no encontraba nada... Un día
me di-cen: «lo que pasa a vos, lo que te
falta es las declaraciones que hace Pe
rón en la filmación...». Busco esa fil
mación que finalmente alguien llevó a
Goya, y creo que dura como dos o tres
horas, y yo pendiente... Cuando termi
nó me dio una bronca feroz porque
tampoco encontré en eso el socialismo
de Perón. Mi idea fija era: ¿qué hace
mos con la propiedad?, aquella pre
gunta que le hacía entonces a Onganía
se la volvía a hacer a Perón, y no me
aparecía nada. En esta grabación creo
que habla de socialismo y lo nombra
tres veces, muy bien, fenómeno. Pao
me habla del socialismo sueco. La ver
dad, el socialismo sueco me interesa
relativamente; pero a nivel ideológico,
¿cómo lo definimos? Habla de media
hora del socialismo y ni una vez
—especialmente estaba yo atento a
eso, porque era mi argumento ade
más—la palabra. ¿Cómo definís el so
cialismo sino es a partir de la propie
dad y fundamentalmente de los medios
de producción? La gran discusión de la
época... Estos enfrentamientos en al
gunos casos fueron serios, pero en al
gunos casos los mantuvimos a un ni
vel, con Rubén Dri, por ejemplo; pero
digamos también que estaban con un
peronismo mucho más potable, el Pe
ronismo de Base, que era otra cosa.
Todo es Historia 35
ENTREVISTA
A FRANCISCO «PACO» HUIDOBRO,
PARROCO
DE VILLA DOMINICO
/ padre Paco nos recibió en la
•misma parroquia que lo viera lu-
char en 1965 contra su despido
de la fábrica Indupar. Nos sentamos en
una pequeña pieza y, por enésima vez,
cuenta la historia que lo hiciera famo
so, aunque él no se lo propusiera. La
imagen que da es la de un hombre sin
cero, alejado de la política, poco pro
clive al escándalo. Y pensar que se pu
so al frente de sus compañeros trabaja
dores arriesgando su pellejo. A él le pa
rece natural, hizo lo que su conciencia
y fe le ordenaban. Seguramente mu
chos de losfieles que hoy participan en
sus misas desconocen la historia de es
te pequeño hombre, callado y aguerri
do.
P.H. Mi nombre es Francisco Hui-
dobro, pero me hago conocer como Pa
co Huidobro, es una cosa más simple
porque soy de origen español. Fui a
Francia, donde mi papá tomó la nacio
nalidad francesa; llegué acá a la Argen
tina porque, cuando estaba en el Semi
nario, justamente en la Misión de Fran
cia, el ministerio era ir hacia el mundo
que está fuera de la Iglesia. El mundo
obrero, de Francia está muy alejado,
hay como una pared que separa la Igle
sia del mundo obrero y esa pared se tie
ne que derrumbar. Y se derrumba con
hechos y no con palabras; de allí la lle
gada de sacerdotes a las fábricas y, co
mo yo soy un antiguo obrero, me fui a
España a trabajar como minero en el
tiempo de Franco. Tengo la impresión
de que acá va a ser peor la condición
obrera, y me vino la idea de venir al
continente, un poco para reparar lo que
España y Portugal habían hecho acá.
Me vine en el 62 con 30 años. Antes
de radicarme en la Argentina mis supe
riores me pidieron que hiciera una gira
para conocer algunos países más, pasé
por Chile, Perú, Brasil —donde estuve
un año—, Uruguay y Argentina. Se de
cidió Argentina porque Podestá, entre
los obispos, era el más abierto a aceptar
El cura obrero Francisco Paco Huidobro, uno de los precursores del Movimiento,
promovió huelgas en las fábricas donde ejercía su ministerio. Sus compañeros lo
eligieron delegado general.
36 Todo es Historia
un tipo de ministerio sacerdotal en fá
brica. Cuando llegué en el 62 trabajé
tres meses en la construcción. Pero al
principio él se dedicaba a ayudar a la
gente de la villa a levantar casas; des
pués, al final, comienza a trabajar en la
fábrica. Yo conocía a un sefior, entré, el
patrón me conocía y los demás no. Di
jo que no había ningún problema; creo
que él se equivocó mucho porque tenía
una empresa donde era duefio y señor
de todo, y pensaba que la llegada de un
cura le iba a facilitar las cosas y había
jurado que jamás iba a haber un sindica
to, no había porqué, él era bueno...
Cuando yo vi tantas injusticias les pre
gunté a los compañeros: «¿pero ustedes
que hacen, por qué no se unen y movi-
lizan?». Pero, todos tenían miedo de
que los echen, si levantaban cabeza los
echaban. Entonces me pidieron a mí y
dije que no tenía problemas, me eligie
ron delegado general de la fábrica. El
sindicato estaba manejado por los trots-
kistas, al ser trotskista no tuvimos todo
el apoyo de la CGT. Fuimos a la CGT;
hablamos con Perette, el vicepresiden
te de la nación. Es decir que la ley esta
ba a nuestro favor pero lamentable
mente el hombre, el patrón, hizo inter
venir la policía a su favor y nos prohi
bió la entrada.
P.B. La cuestión central era la or
ganización de un sindicato dentro de la
fábrica.
P.H. Cosa que el patrón había jura
do que jamás habría un sindicato dentro
de la fábrica y lo formamos más de un
año y medio, y conseguimos lo que la
ley decía a nuestro favor.
P.B. ¿Y por qué a usted lo despi
den?
P.H. Me despidió porque hicimos
una asamblea dentro de la fábrica
—que estaba prohibido— y nos manda
el despido. Todos los compañeros uná
nimemente se meten en huelga, y duró
casi dos meses. El Ministerio de Traba
jo nos dio la razón e intimó a la fábrica
a reincorporar al delegado general y
cuando llegué a la fábrica la policía me
impidió entrar. Fuimos detenidos por
que hicimos piquete de huelga para que
nos dejen entrar; la fábrica consiguió
levantar la cabeza porque, como era de
una multinacional, tiene otra fábrica en
Chile, hacemos carteles luminosos de
publicidad. Trajo los profesionales, los
que hacen la matriz, y los peones lo aga
rraban por acá y venían con camiones
frigoríficos para que no le paremos no
sotros. Había una comisión de huelga
que planteó el asunto: «¿Qué hacemos,
los reventamos, le metemos bomba a
los camiones?». Yo le dije que no era
indicadoporque eran compañeros nues
tros; otra cosa sí, pero si ustedes co
mienzan con la violencia yo no voy a
seguir así.
P.B. En 1966fue el golpe de Onga-
nía y comienza una etapa política que
también afectó a los sacerdotes, hay lu
chas de sacerdotes en diferentes pro
vincias, ¿ cómo recuerda usted esa épo
ca?
P.H. En esa época Mugica empieza
a largarse con nosotros, apoyó la huel
ga de Indupar, el padre Paco. Empezó
él, Mugica, a meterse en el baile, con
Ricciardelli, Tedeschi, Francisco Suá-
rez de Tigre.
P.B. ¿Y la Conferencia Episcopal
de Medellín?
P.H. Eso sí, son documentos que
traen esa alegría porque uno se encuen
tra identificado con ellos, hasta ahora
uno los lleva en su conciencia y de re
pente aparece esa dimensión de la Igle
sia oficial. Pero son documentos que
están archivados, ¿quién los mete en
práctica? Nosotros por lo menos trata
mos de vivir dentro del mundo que nos
toca evangelizar, por lo menos nace una
simpatía con la Iglesia, con los curas,
que, hasta ese momento, el cura es vis
to como un funcionario de la Iglesia, es
un «vivo» que vive de «arriba», que no
tiene mujer, pero tiene mujer... tiene la
plata que quiere. Para conocer al obre
ro, en la fábrica se lo conoce mejor que
en el barrio donde está un poco atenua
do, la fábrica essu mundo, su alma es
tá allí. Por eso queríamos evangelizar la
fábrica a partir de la justicia, justamen
te en ese programa de televisión que hi
zo el periodista Bonín en el 89 empieza
así: un tipo que llega a la fábrica y no se
sabe nada y al final se sabe que as cura.
«¿Y vos a qué venís acá? ¿a repartir cs-
tampitas, medallas?», dicen... «No,
compañero, yo no vengo por eso, ven
go para colaborar con ustedes a defen
der Injusticia social, no tengo ninguna
medallita en mi bolsillo». Nosotros, co
mo somos del mundo obrero, nos due
le ver esa parte de la sociedad, de la hu
manidad, que deberían ser los primeros
y son los últimos.
P.B. Respecto a lo que dice de la
clase obrera es muy similar a lo que
plantean los socialistas, ¿ hay conexión
entre lo que usted dice y las teorías de
la revolución socialista?
P.H. No, no. Si hay no te voy a dis
cutir, pero yo no me muevo con un sis
tema filosófico ni nada, la fe me hace
mover a mí y el amor al prójimo, amar
al obrero.
P.B. ¿Su amor y su fe llevan tam
bién a pensar en una revolución?
P.H. No sé, por ahora no, poro no sé.
P.B. Porque elMSTMen muchas de
sus declaraciones tomaba el socialis
mo como respuesta...
P.H. Pero lamentablemente justa
mente hay una tendencia política —es
normal que la tenga— pero el movi
miento como tal no tiene que ser políti
co. Al principio participé del MSTM
porque me encontraba identificado con
sacerdotes que tenían mi misma preo
cupación, estar en el mundo de los po
bres, evangelizarlos y estar con ellos.
Después, sin retirarme participé me
nos, más pasivo que activo. Eso no cor
tó mi trabajo en la fábrica, nó me cam
bió nada.
Todo es Historia 37
TESTIMONIO
DE RUBEN DRI,
TEOLOGO, FILOSOFO
Y PROFESOR DE LA UBA
a conversación con Rubén Dri
inevitablemente se desliza por los
carriles teóricos de la teología.
Sentado apaciblemente y explicando
los fundamentos de la concepción pro-
fética, cuesta imaginarlo al frente de
una manifestación de pobladores de
Entre Ríos y alertando al gobernador
de la provincia por la violencia que
ejercían sus policías. Todo su serse lle
na de pasión al recordar que, veinte
años atrás, él, y muchos más, creían
que la revolución estaba al alcance de
la mano. Hoy, tal vez más reflexivo, con
más años, pero no menos pasión, sigue
difundiendo el mensaje evangélico.
R.D.: Yo soy Rubén Dri, nací el 11
de agosto de 1929 en Federación, Entre
Ríos, la ciudad que fue barrida por las
obras del embalse de Salto Grande.
Ahora hay una nueva Federación. Mi
casa estaba en el campo, también inun
dada por el lago. Y o soy nieto de una fa
milia de inmigrantes italianos por am
bas partes, familia muy religiosa, cató
lica. Eramos ocho hermanos, dos mu
jeres y seis varones; vivíamos en el
campo y, en esa época, Federación te
nía 5000 habitantes más o menos el
pueblo y 15.000 el departamento. Ha
bía solamente escuela primaria en el
pueblo, en el campo una escuelita con
una sola maestra; ahí comencé yo, ha
bía la posibilidad formalmente de hacer
hasta tercer grado, en realidad era un
primer y segundo grado nada más. Des
de chico tenía deseos de estudiar, iba
siempre a la escuela, nos turnábamos
con un hermano mayor en el trabajo del
campo; pero él prefería quedarse a tra
bajar y yo a la escuela, de manera que
solía aprovechar más que él la escuela.
Y surge —sobre todo por influencia del
ambiente y mi madre— el deseo de es
tudiar y comenzar la carrera sacerdotal.
Isabel Perón visita la Iglesia Cristo Obrero en Retiro. A su derecha, Carlos Mugica. Entre los tercermundistas, muchos
concluyeron por aceptar el verticalismo de Perón : otros quedaron incluidos en Montoneros.
38 Todo es Historia
Y es la única posibilidad que tenía yo de
salir de ese medio, era muy chico y de
cisión no podía tomar, de hecho a los
once años me voy a un colegio salecia-
no en Curuzú Cuatiá, con la intención
de ir al seminario y por eso me aceptan
gratis, de hecho mi familia tampoco po
día pagar ningún tipo de estudio. Des
pués de un año me mandan a Ramos
Mejía, donde ya sí entro en el semina
rio, lo que se llama el aspirantado en la
congregación salesiana. Hago la carre
ra normal y cuando tengo que hacer la
teología me seleccionan para ir a Euro
pa y hacer estudios superiores en Euro
pa. La idea era que hiciese los estudios
teológicos, que sacase la licenciatura y
siguiese después haciendo un doctora
do, probablemente en historia eclesiás
tica o en Biblia, pero en Italia ya co
mienza mi gran crisis con la forma tra
dicional de la Iglesia y de concebir la
actividad sacerdotal. Eso fue en 1953.
Yo tenía una serie de contradicciones
que iban por tres lados: en primer lugar,
desde chico tuve una gran inclinación
hacia el estudio, deseaba una forma
ción mayor, a pesar de que me habían
mandado para realizar estudios supe
riores siempre era visto con cierta des
confianza dentro de la congregación
porque generalmente se veía a un estu^
dio demasiado profundo como un ca
mino de libertad que tomaba el indivi
duo frente a la institución. Una segun
da inclinación que tenía era la política,
ya en seminario antes de la teología tu
ve problemas precisamente por partici
paciones y expresiones políticas. Yo
era muy peronista, mi familia era muy
peronista, como toda familia pobre en
general de esa época, y además peronis
ta nacionalista en el nivel ideológico.
Esto me ocasionó determinados tipos
de problemas por participaciones en lo
político. Una tercera inclinación que
tuve era la de trabajar con los sectores
populares y un cuestionamiento interno
a la institución salesiana de que a pesar
de que había nacido para trabajar en los
sectores populares su trabajo se había
aburguesado mucho. A los cuestiona-
mientos que hacía se le unía toda una
concepción muy estrecha de lo que era
el sacerdocio, la actividad religiosa,
que luego se va a corregir más adelan
te con el Concilio Vaticano II, en parte.
Para nosotros el paso fúndamentaí lo
daba Theilard de Chardin, pero había
otro paso además que es el existencia-
lismo, sobre todo en su vertiente católi
ca, de Marcel Gabriel, Lacroix que es
tá más bien dentro del personalismo
con Mounier. Esta línea para nosotros
fue importante para romper la estructu
ra mental tomista, porque toda nuestra
teología y visión estaba dentro de los
moldes clásicos ya institucionalizados
de la Iglesia. Tanto el existencialismo
cristiano y Theilard de Chardin sirven
para romper estos moldes y comenzar a
leer la Biblia de otra manera. Había ha
bido en Europa todo un movimiento de
renovación de la teología y de estudios
bíblicos que a nosotros nos llegaban,
pero que recién podíamos comenzar a
leer realmente y a comprender y a asi
milar. Este es el lapso del 60 al 65 y 67,
épocas de transformación.
En Resistencia teníamos a monse
ñor Marozzi, en Corrientes a monseñor
Vicentín y, en Goya a monseñor Devo
to que conformaban el nordeste. Más
tarde se crea la diócesis de Sáenz Peña
donde va monseñor Distéfano, y la de
Formosa dondé va monseñor Scozzina,
y la de Misiones, donde estaba monse
ñor Kemerer y Reconquista, donde es
taba monseñor Iriarte.
Cuando se produce el Cordobazo
yo estaba en Europa terminando mi te
sis de doctorado, y estaba decidido a
volver, y digo: «punto, se acabó, me
vuelvo».
PB. En el ínterin, ¿no fuiste a ver
lo a Perón?
R.D. Fui a verlo a Perón. Eso fue de
la manera siguiente: yo tenía unos ami
gos españoles y aproveché las. vacacio
nes de Pascua del 69 para viajar a Espa
ña con ellos. Estaba en Madrid, mandé
una nota a Puerta de Hierro diciendo
quien era e inmediatamente, al día si
guiente o a los dos días, me habló López
Rega diciendo que el General me espe
raba. Y fui a verlo, estaba el viejo con
los perritos, la Chabela, así que los vi a
todos. Y el viejo habló de todo un poco,
me acuerdo que habló de Velazco Al-
varado y tenía cierta desconfianza por
que los militares peruanos no eran de
mucho confiar, pero que habíaque es
perar... que a Fidel Castro lo conocía
mucho, que era un buen muchacho, in
clusive dice «Fidel Castro... son bue
nos muchachos» (risas). Por supuesto
la importancia del trabajo que hacía
mos, de la JP, me alentó a seguir en el
trabajo, y después se sumó otra delega
ción que venía de la Argentina, creo
que era de la Universidad y otro sacer
dote, así que se habló de temas muy ge
nerales. Pero al principio sí me ubicaba
el Chaco y el trabajo que hacíamos por
que, de hecho, había una corresponden-
ciaconél. Yo le hice llegar información
del trabajo que se hacía en la zona.
P.B. ¿Cómo lo viviste internamente
el hecho de encontrarte con «el Gene
ral»?
R.D. Aunque te parezca mentira yo
no soy muy fetichista, así que tengo
cierta desconfianza en las grandes per
sonalidades, entonces fui con cierta des
confianza, pero yo iba con representa
ción déla JP y de toda la línea de trans
formación revolucionaria y popular que
estábamos trabajando en el Chaco, y
como sacerdote para el Tercer Mundo.
El era realmente lo más representativo
y lo creía fundamental, pero no es que...
yo fui muy peronista y una persona que
me emocionó mucho es Evita. No hablé
personalmente con ella, la he visto de
lejos, y la escuché y realmente me hacía
vibrar, con Evita sí una relación muy
especial, muy afectiva, muy profunda.
Con Perón larelación primera, allácuan-
do soy adolescente y estoy haciendo el
seminario, sí era una relación muy afec
tiva, a través de mi familia y viendo un
poco en Perón el ideal de una patria li
bre, nacionalista frente al imperio, so
bre todo frente al imperio y después el
bienestar general del pueblo. Pero cuan
do lo voy a ver ya soy una persona ma
yor y ya tenía mis lecturas e interpreta
ciones sobre Perón, y mi cierta descon
fianza que se fue agudizando a partir de
mis entrevistas con él.
A principios de junio me volví. El
que dirigía la tesis no daba crédito por
que no le quería decir cuál era el moti
vo por el cual me volvía, entonces le di
je que se terminaba la beca y me dijo
que no era ningún problema, que se re
novaba y me daba todos los avales, y
que cómo iba a abandonar la tesis. Yo
ya estaba decidido y no pensaba más en
la tesis, sino en lo que se estaba vivien
do en la Argentina. Así que me volví en
el 69.
P.B. ¿Quépensabas de lo que se vi
vía en la Argentina?
R.D. Lo que pasa es que yo pensa
ba que comenzaba la revolución. Noso
tros en realidad a partir de la dictadura
de Onganía vamos profundizando más
nuestro compromiso con los sectores
populares y vamos participando en mo
vilizaciones y luchas que eran nuestras
primeras participaciones en este tipo de
luchas de hecho, y teniendo ahora sí el
horizonte de la Revolución cubana, del
Che en Bolivia. Teníamos fácilmente,
traducíamos como si fuese una realidad
cercana todo este proyecto utópico de
la revolución y del Reino de Dios, y de
la terminación de la dominación impe
rialista. Estaba la CGT de los Argenti
nos en ese momento, veíamos todo un
proceso de movilización popular que
creíamos era el inicio realmente aquí de
una revolución que iba a ser latinoame
ricana. Aparte había síntomas en todas
partes. Cuando me vuelvo, me acuerdo
que compañeros me decían «no, va a
pasar como siempre» y yo les decía «es-
Todo es Historia 39
toes nuevo, es distinto, aquírealmen-
te comienza una etapa nueva revolu
cionaria, se va a transformar todo y yo
quiero participar, además me siento
parte integrante de este proceso». Así
decido mi vuelta con esta idea, esta cre
encia, de que era cuestión de unos aflos,
pero que la cosa estaba cerca y que real
mente se iba a transformar esto. Y que
fue el sueño que prendió en esos años y
va a durar hasta el 74 —y que algunos
lo van a seguir— y yo en el 74-75 ya me
convenzo de que hemos sido derrota
dos.
P.B. Ustedes en el 70 tienen el ter
cer encuentro, ¿ya comienza a haber
una discusión en el MSTM sobre el pe
ronismo, el socialismo? ¿qué tipo de
discusiones hay en el movimiento?
R.D. Sobre el socialismo no hay
discusión, es decir, estamos todos de
acuerdo. El problema es el camino y es
aquí donde viene la discusión sobre el
peronismo. En ese momento la mayoría
pensábamos que el peronismo era el ca
mino al socialismo y había una minoría
que no pensaba eso. No se puede hablar
de dirigentes en la mayoría y minoría,
tal vez había algunas figuras significa
tivas, los mendocinos Concatti y Bras-
celis, yo en el nordeste-Resistencia;
Mugica en Buenos Aires y, en general,
todo el grupo de Buenos Aires, el gru
po tucumano con Dip, Carmona. Todos
estos pensábamos que el camino era el
peronismo, pero también teníamos di
vergencias muy grandes que se fueron
acentuando después. El grupo de Bue
nos Aires, con una tendencia verticalis-
ta hacia Perón que terminan finalmen
te en el verticalismo peronista. Son
errores que devienen de una determina
da concepción que es política y ecle
siástica. Hay otro grupo que va a quedar
más en el montonerismo, como Rafael
Yacuzzi, y otro grupo como yo que es
tamos en una posición peronista pero
muy crítica y evolucionamos hacia el
PB (Peronismo de Base). Entre los que
no veían al peronismo como camino
hacia el socialismo hay posiciones mar-
xistas como Pucho Tiscomia de Co
rrientes, que estaba en el PCR (Partido
Comunista Revolucionario) en ese mo
mento. Mis discusiones ahí eran inter
minables en tomo al peronismo, para
ellos era burgués y el PCR la solución,
yo lo veía al PCR como un grupúsculo
que no tenía nada que ver con la reali
dad y en cambio al peronismo con po
sibilidades de evolucionar hacia el so
cialismo. Otro grupo en que está Ra-
mondetti, que creo que es de una carac
terización más difícil, no son un grupo
marxiste, pero tiene hondas descon
fianzas hacia el peronismo y no llega a
configurar nunca una
posición política. Tie
ne profundas críticas a
todo y plantea una es
pecie —dicho sin me
noscabo o peyorativamen
te—de purismo crítico frente a las dis
tintas posiciones. No sé cuál de estas
era mejor o no... Las discusiones fue
ron muy fuertes, en ese momento era si
había que adherir al peronismo como
paso hacia el socialismo o no, de hecho
triunfamos nosotros de que había que
adherir, esa es la verdad de esa discu
sión en ese momento.
PJB. ¿Había también una discusión
teológica respecto al verticalismo?
R.D. Eso se demuestra después, has
ta ese momento no, pero después de
Santa Fe en 1970 todas las contradic
ciones van a aparecer con claridad en el
último momento, es allí donde el abani
co se abre completamente. A mi modo
de ver se cruzan eclesiológicamente
(contenido teológico de la Iglesia. p.b.)
o teológicamente tres líneas, y política
mente éstas son tres a su vez. Una línea
mayoritariamente de Buenos Aires, con
Vemazza, Ricciardelli los más conno
tados, está Bresci también, Carbone.
Teológicamente esta línea defiende lo
siguiente: nosotros tenemos que estar
dentro de la Iglesia, esto significa den
tro de la estructura eclesiástica, y res
ponder disciplinariamente a las normas
del derecho canónico, por lo tanto el ce
libato es una norma central de la Iglesia
y debe serlo de todo movimiento de cu
ras y por lo tanto también del MSTM.
PJ}. Por lo tanto dicen queaPodes-
tá no lo pueden aceptar...
R.D. Correcto, frente a esta línea
teológica está Rosario con Podestá que
se junta cón ellos y van en «patota» al
último encuentro a imponer su línea
que es: los curas casados reconocidos
por el movimiento y en puestos de di
rección. Esta es la segunda línea y que
va al cuestionamiento de las líneas or
todoxas. La tercera es la nuestra —en
general del interior— que dice: noso
tros pertenecemos a la Iglesia, pero
nuestra Iglesia no significa pertenecer a
la estructura eclesiástica sino que a lo
eclesial, al contenido teológico, lo co
munitario y no plantear directamente
cuestiones eclesiásticas que nos des
viarían de nuestro compromiso funda
mental que es con el pueblo. Acáesta
mos junto con Ramondetti. Y decimos
que los curas se casen o no, eso es un
problema de cada cura y cada comuni
dad, porque cada comunidad debe re
solver como absorben eso porque es un
fenómeno que no es tan simple como
cualquier otro que plantea una serie de
problemas, pero que lo resuelva cada
comunidad. El movimiento en eso no
se mete, no tiene un dogma o una disci
plina para imponer.
P.B. Si tomamos como referente tu
libro La utopía de Jesús, ¿los tres sec
tores estarían de acuerdo con lo que es
tá escrito allí?
R.D. No, no creo. Porque La utopía
de Jesús el grupo de Buenos Aires no lo
aceptaría, estaba encuadrado en ese mo
mento ya en la estructura eclesiástica, y
el libro la rebasa al hacer eje en el Rei
no de Dios y poner a la Iglesia como
instrumento y sacramento del Reino, y
en el mensaje del Reino hay un mensa
je de liberación muy grande, donde la
cuestión del celibato salta por los aires.
Creo que el grupo de Buenos Aires es
to no lo podría aceptar, el del interior sí.
Pero junto al problema teológico está el
político; qué paralelismo interesante se
da, al verticalismo religioso le corres
ponde uno político. El grupo de Buenos
Aires es verticalista políticamente, y
por eso se queda con Perón y hasta con
Isabel Perón, y ahí vienen los proble
mas con Mugica —que no es hacerle un
cuestionamiento ético a Mugica, lo re
conozco como mártir del campo popu
lar y lo reivindicamos— pero sus erro
res teológicos y políticos lo llevaron
hasta a colaborar con López Rega. Por
esta misma concepción, y mucho más
Carbone, me acuerdo bien las exposi
ciones deél que decía: «Yonecesitopo-
der indicar, señalar dónde está la Igle
sia, y la Iglesia está ahí donde está la je
rarquía y los sacramentos, si yo destru
yo eso me quedo sin Iglesia». Pero es
to lo lleva también al verticalismo polí
tico; nosotros en cambio, cuestionamos
el verticalismo y la estructura religiosa
y el político. Por lo tanto, algunos traba
jamos en el peronismo porque creemos
que —haciendo una especie de analo
gía— así como la Iglesia, lo eclesial y
teológico rebasa lo institucional, tam
bién en el peronismo el campo popular
rebasa lo que es la institución o el par
tido.
Pero está el grupo Rosario con Po
destá que asume una militancia ecle
siástica. ¿Qué quiere? Transformar la
Iglesia. ¿Por qué se les arma el gran
despelote con Bolatti? Bolatti es un re
accionario, pero ellos quieren ser reco
nocidos por él; me acuerdo una discu
sión con ellos y les decía: «¿Por qué
quieren ser reconocidos? Bolatti no los
va a reconocer, cómo los va a recono
cer, a mí mi obispo no me reconoce, ni
el trabajo que estoy haciendo». Plan
tean otro tipo de lucha y, políticamente,
este tipo de lucha los lleva a una cierta
prescindencia política.
40 Todo es Historia
TESTIMONIO
DE LUIS FARINELLO
uis Farinello es cura párroco de
la parroquia Nuestra Señora de
Luján en Quilmes hace ya 25
años. Estuvo preso junto con Carlos
Mugica en la época de Lanusse, y hoy
preside una cooperativa de viviendas y
una guardería de la parroquia que al
berga diariamente a 900 chicos.
El padre Luis—como todos lo co
nocen—tiene una voz suave, casi aflau
tada, que resalta tranquilidad y senci
llez al hablar. En tiempos del MSTM
era muy joven, y lo subraya al referir
se con mucho respeto al padre Mugica,
a Angelelli o su visita a la casa de Pe
rón en la calle Gaspar Campos. Toda
vía hoy se emociona al recordar la fo
to donde aparecía prendiéndole un ci
garrillo al «General».
L.F. (...) Juan XXIII, que fue in
creíble su vida, fue el hombre que cam
bió la Iglesia, fue un hombre extraordi
nario (...) y él dijo: «Voy a hacer el
Concilio y va a entrar mucho aire en la
Iglesia y muchos se van a resfriar, pero
nos va a hacer bien porque hay que ag-
gionar, estamos muy encerrados». Fue
un hombre providencial (...) y salieron
unos documentos del Vaticano II for
midables que todavía la gente no los ha
digerido, tenemos unos documentos pa
ra cien años de Iglesia y la gente está an
tes del Concilio.
PB. ¿Y a ustedes los irfluyó mu
cho?
L.F. Muchísimo, porque había todo
un contexto que te empujaba, como una
Iglesia nueva, un mundo nuevo que ve
nía, te mentías Iglesia renovada.
P B. ¿ Y qué tratan de hacer ustedes
con el Concilio en la Argentina?
L.F. Y claro, cuando ya en el Con
cilio se encontraron aquellos 18 obis
pos y sacan ese documento de los Obis
pos del Tercer Mundo, los que estába
mos aquí nos sentimos interpretados al
leerlo, es maravilloso. Donde habla de
las causas de la injusticia, de la pobre
za (...), al comienzo fue todo maravi
lloso, nos juntábamos todos los que
pensábamos igual respecto a una Igle
sia distinta, junto al pobre, nos exigía
mos ser curas obreros, compartir con el
pobre, tener un estilo de vida compro
metido, con un testimonio vivo de las
cosas. Fue una cosa hermosa; en los en
cuentros nacionales —yo era un curita
recién recibido— me quedaba con la
boca abierta. Ver curas hacheros, había
curas mayores, tipos que habían lucha
do. Yo lo vi a Angelelli, tomando mate
con ese poncho marrón gastado, era
otra cosa, una Iglesia formidable. Cuan
do fue todo problemas de tipo social lo
que nos unía fue bárbaro, pero después
comenzaron las opciones políticas (...).
No nos considerábamos la Iglesia
oficial, veíamos la Iglesia de otro pun
to de vista y, de hecho, el movimiento
comenzó a tener algunos problemitas
en el comienzo con algunos obispos, y
después se hizo bastante serio porque
se cuestionaba también el estilo de vida
de algunos obispos, la vida que lleva
ban. Los obispos se asustaban de todos
estos curas que hablaban de política y
cuestionaban a la Iglesia y entonces hu
bo casos de sacerdotes que eran margi
nados de la Iglesia, que se les prohibía
decir misa...
PB. Lo que pasó con Podestá en el
67...
L.F. Pero con Podestá fue otro el
problema, y no tanto porque pertenecía
al Tercer Mundo; fue la relación que te
nía con Clelia, una mujer...
PB. ¿Piensa que fue lo central, la
relación con Clelia?
L.F. No, no. Lo central era que él
molestó a Onganía con su predicación;
buscaron algo como para molestar. En
todo ese tiempo yo estaba muy cerca de
Podestá, y Clelia era compañera, amiga
de Podestá. El decía, en ese tiempo:
«para mí Clelia es como la Virgen Ma
ría, me enriquece. El que piense mal,
piensa mal porque es malo, ¿por qué
voy a decir que se vaya si me enrique
ce? Es un don de Dios para mí». Podes
tá se adelantó diez aflos a lo que vendría
después. Tenía audiencias a las tres,
cuatro de la maflana, era un trabajo in
creíble; por ahí terminábamos el traba
jo c íbamos a comer pizza todos los que
trabajábamos en la Curia. El en mangas
de camisa, Clelia a su lado, y era un es
cándalo para un montón de gente. Per
otro lado era adorado por montones de
gente por su sencillez; la gente pobre,
no te podés imaginar. Todavía ahora
hablás de Podestá en Avellaneda y son
palabras mayores (...).
Yo lo vi a Perón dos veces, una con
el padre Mugica, Perón y yo, los tres. Y
otra con un montón de sacerdotes del
Tercer Mundo que nos atendió y ahí es
taba la cosa clara, muchos salieron co
mo decepcionados. Uno esperaba en
contrar un Perón revolucionario, y apa
reció en pijama con pantuflas diciendo:
«Hola muchachos...». Un hombre ya
mayor, se sentó y habló (...) para mu
cha gente los defraudó, porque Perón
decía: «no muchachos (...) el péndulo
del reloj se va a un lado, al otro, pero en
medio está la verdad, no se vayan (...)
la gente los quiere como sacerdotes...
no los quiere como revolucionarios, co
mo violentos (...)».
Decía cosas como que estaba más
allá de todo. Nosotros a lo mejor que
ríamos algo más contundente, y mu
chos salieron puteando y yo no enten
día mucho de política, pero me daba
cuenta de que Perón tenía como la sabi
duría de un hombre que había vivido
(...). Yo entendía que Perón decía gran
des verdades, pero yo también salía co
mo defraudado porque unotenía unas
ganas de que hablara de socialismo, de
que se iban a acabar los pobres, que iba
a haber trabajo, que iba a haber una
América latina unida. Uno se hacía
fuerte en eso, eran los grandes sue-
Todo es Historia 41
Una tiranía evidente
Los curas en las fábricas y en las villas
LLEGAMOS A LA MAYORIA
Mediplan, una vez más cerca suyo... y con la mayoría.
Jerónimo Podestá, el obispo contestatario
Sacerdotes para el Tercer Mundo
El conflicto con la jerarquía
Los encuentros nacionales del MSTM
Ojo clínico.
COMUNICACIONES EMPRESARIAS S.A
El eclipse
Notas
Fidelidad al pueblo
Fidelidad a la palabra de Dios
ENTREVISTA
AL OBISPO
JERONIMO PODESTA
20 BECAS INTERNACIONALES SOBRE TEMAS HISTOF
ción, lugar, idioma, edíd, requisitos.,': e la beca, direcciones, teléfonos, ' > > tán publicadas en la colección 1
MUNDIAL DE BECAS.
ENTREVISTA
A MIGUEL RAMONDETTI
TESTIMONIO DE LUIS FARINELLO