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Índice
Portada
Sinopsis
Portadilla
Agradecimientos
Presentación. Aviso a posibles lectores
Hoja de ruta
Parte I. Sistémica para no sistémicos
1. «Había una vez un barquito chiquitito...»
2. El caldero mágico
Parte II. Cambiar el foco
3. La Tierra desde la Luna
4. Las esculturas familiares: el TAC de las relaciones
Parte III. Sacar a la familia de su zona de confort
5. Un ratón de campo colándose en el castillo... Parte I
6. Un ratón de campo colándose en el castillo... Parte II
Parte IV. Desvelar el juego
7. Renarrar el funcionamiento familiar: las cartas terapéuticas
8. Provocar seísmos: la intervención del equipo reflexivo
9. Interestelar: traspasar el tiempo y el espacio. Trabajar con rituales terapéuticos
Epílogo. De castillos a palacios
Bibliografía escogida
Notas
Créditos
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SINOPSIS
Partiendo de una breve introducción de la teoría y la práctica sistémica, el manual introducirá al lector en el
procedimiento de aplicación de las estrategias y técnicas propuestas, desgranando la metodología de aplicación a
través de ejemplos en cada una de ellas.
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Dra. María José Pubill
HERRAMIENTAS
DE TERAPIA FAMILIAR
Técnicas narrativo-experienciales para un enfoque sistémico integrador
 
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AGRADECIMIENTOS
A la Escuela de Terapia Familiar de Sant Pau i de la Santa Creu, por los años de
formación que pasé bajo su auspicio. La tutela del doctor Juan Luis Linares y la doctora
Campo, y de todo su equipo, me nutrieron y me hicieron crecer como profesional y
como persona.
Al doctor Luigi Onnis, que me enseñó a ser una supervisora amable, acogedora,
firme para guiar el timón y respetuosa.
Al doctor Guillem Feixas, que, desde siempre, ha creído en mí y me ha dado, desde
muy joven, la oportunidad de formar en sistémica a montones de alumnos.
Al doctor Manuel Villegas por enseñarme el rigor para llegar a lo esencial.
A todos mis alumnos, que, con sus preguntas y comentarios, me ayudan a pensar, a
formarme, a entusiasmarme. Gracias también por colaborar en este manual.
A todas las familias que han confiado en mí en su camino hacia la transformación.
Para mí, sois un ejemplo de valentía y coraje.
Y, por supuesto, a Sandro, a Míriam y a Toby. Simplemente, los que más amo.
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PRESENTACIÓN
AVISO A POSIBLES LECTORES
¡Hola de nuevo! Soy María José Pubill. Este verano, al igual que el anterior, he
dedicado ratitos a escribir y el resultado es este libro, basado en una de mis grandes
pasiones, el trabajo con las familias.
Dejadme que me presente. Llevo en la práctica profesional de la psicoterapia, en sus
diferentes versiones (individual, familiar, de pareja, de grupos) desde 1986. ¡Una larga
andadura! Sin embargo, mi entusiasmo, mis ganas de saber y de mejorar, se conservan
estupendamente. Si no me «he quemado» por el camino, ha sido gracias a dos factores:
 La creatividad que aplico en las sesiones, en un intento de ser lo más eficaz
posible.
 Mi implicación progresiva en la didáctica de la práctica clínica. Soy
«entrenadora» de terapeutas, desde 1994, en diferentes másteres y posgrados. Ello
ha contribuido a que aprenda a ser pedagógica, ordenada y original, para que mis
alumnos aprendan y se apasionen tanto como yo por la profesión que han escogido.
Mi amplia formación, teórica y técnica (sistémica, humanista, gestáltica, corporal,
constructivista, existencialista, en psicodrama), ha comportado que, paulatinamente,
fuese integrando una forma de hacer que engarzase todos esos conocimientos. No me
considero ecléctica técnicamente sino integradora, en el sentido más amplio de la
palabra. Este libro es una muestra de ello.
Para quienes estáis indecisos sobre si vale o no la pena comprar este manual, os
ofrezco pistas para ver el grado de interés que puede despertar en vosotros:
 No es un libro científico. En él, no se ofrecen estadísticas de eficacia, ni se habla
de experimentos «que confirman...».
 No es un compendio teórico. Hay muchísimos libros que resumen la teoría y la
práctica sistémicas extensamente. En esta obra, hay dos capítulos (uno dedicado a
las bases de la teoría sistémica y otro que pretende esbozar a grandes trazos su
práctica) destinados a los que no son conocedores de este tipo de terapia, con el fin
de que, en la parte fundamental del manual, no se pierdan conceptual y
estratégicamente.
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 No es un estandarte en defensa de ningún modelo. De hecho, hablamos de las
«otras» herramientas de terapia familiar, herramientas surgen del abrazo a otros
modelos. Muchas de ellas ya tienen una larga andadura, si bien su práctica no está
tan extendida y, por ello, la metodología de aplicación no está clara.
 Sí es un manual didáctico, que pretende mostrar cómo y cuándo se aplican
ciertas técnicas (algunas de estas herramientas serían consideradas dudosamente
sistémicas por terapeutas sistémicos muy ortodoxos; sin embargo, aplicadas al
contexto familiar son sorprendentemente eficaces). Por tanto, desarrolla, paso a
paso, la utilización de unos determinados útiles dentro de las tácticas diseñadas para
promover el cambio. En este sentido, el libro intenta ser práctico, didáctico y, sobre
todo, útil. Mi experiencia como formadora me hace consciente de que los
profesionales no tienen tiempo y, por ello, me he esmerado a la hora de diseñar
claves para que acudan al capítulo concreto del que pueden servirse, así como al
punto técnico que les interese para resolver el apuro en el que estén metidos.
¡Espero haberlo conseguido!
¡Allá va el aviso! ¿Recordáis una escena de la película Matrix en la que Morfeo le
ofrece a Neo dos pastillas, una roja (la de la verdad) y una azul (la de la ilusión)? Neo ha
de escoger una de ellas. Bien, al igual que Neo, si escogéis el libro (la pastilla roja), se os
abrirán los ojos a otra realidad. No habrá vuelta atrás. ¿Estáis preparados?
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HOJA DE RUTA
Como en el anterior manual, antes de adentraros en el libro, me permito incluir
ciertas indicaciones sobre su lectura, ya que este se puede abordar de formas distintas,
según el grado de interés por las sugerencias teóricas, los ejemplos o los recursos técnicos
que se van exponiendo.
A medida que avancéis en el escrito, os encontraréis con distintos iconos que
articulan el texto:
El símbolo representa la inserción de un ejemplo relacionado con el discurso
que se está desarrollando.
La imagen , en cambio, informa de una aclaración en torno al caso presentado,
tanto en referencia a la intervención realizada como a las hipótesis que guían el trabajo
descrito.
La ilustración indica una clarificación o ampliación teórica sobre la disquisición
general.
La figura subraya una situación complicada. Por tanto, alerta al lector de que se
han de tomar medidas distintas en los niveles técnico y estratégico.
La imagen señala truquillos que se pueden utilizar en esos casos en concreto.
Podéis deteneros en lo que más os interese, si no gozáis de mucho tiempo para
profundizar en los esquemas descritos, o saltaros los incisos e ir a lo esencial, o estudiar a
fondo las propuestas expuestas. El afán didáctico me ha guiado a la hora de intentar
facilitar la acometida de desgranar los capítulos del libro. Espero haberlo conseguido.
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PARTE I
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Sistémica para no sistémicos
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¡A por la pastilla roja...!
Los dos capítulos que siguen están dedicados o bien a aquellos que no sepan nada o
casi nada de sistémica, o bien aaquellos que deseen «repasar» sus conceptos
fundamentales y su forma básica de trabajar. He intentado darle un formato sencillo y
didáctico, lleno de ejemplos, para que sea fácil y comprensible.
La terapia sistémica es muy práctica, ya que surgió de la interrogación constante
sobre casos difíciles. Su construcción, ladrillo a ladrillo, no deja de ser el fruto de esas
respuestas. De hecho, casi podríamos decir que su alumbramiento es más paralelo a un
caso detectivesco que a un estudio científico de laboratorio.
Conservando la tradición, he pretendido potenciar la vertiente más pragmática, en el
intento de provocar en vosotros un poquito del interés que capta cierto tipo de novelas.
Espero que el dinamismo que impregna estas páginas os convenza para seguir leyendo.
Recordad, no hay vuelta atrás si tomáis la pastilla roja. Cuando uno entra en la
visión sistémica pierde aún más esa inocencia que empezó a volatilizarse a medida que se
adentraba en los entresijos de la psicología. Cae la venda de los ojos. La realidad deja de
ser real. Todo se transforma. Si estáis decididos..., ¡disfrutad del viaje!
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CAPÍTULO 1
«HABÍA UNA VEZ UN BARQUITO CHIQUITITO...»
Descubriendo las bases
Este es un capítulo dirigido a todos aquellos que no conozcan los fundamentos de la
terapia sistémica. Pretende ser fácil y útil para proporcionar una forma distinta de enfocar
los problemas familiares. Para ello, no me remontaré a los orígenes de esta posición
teórico-práctica (de los cuales iré repartiendo migajas durante todos los capítulos de este
manual en los diferentes incisos teóricos) y sí que subrayaré las líneas básicas que
sedimentan su estrategia de trabajo. Empecemos, pues.
La terapia sistémica se basa en un principio muy sencillo: el todo es mucho más
que la suma de las partes. ¿Qué queremos decir con esto? Para responder, nos
remitiremos al juego del ajedrez. Si deseamos jugar, para hacerlo debemos conocer cómo
se mueven sus diferentes piezas, cómo afecta el movimiento de una pieza a las otras de
su mismo color, qué estrategias se pueden elaborar para poner al adversario en aprietos...
Así, saber simplemente cómo se mueve el alfil no nos vale. Tampoco nos sirve saber
cómo afecta el peón al caballo. Necesitamos aprender sus posiciones, desplazamientos,
funciones... Solo así, como jugador, podrás entender qué ocurre en una partida y cuál
es la mejor opción para tu próximo movimiento.
 Karl Ludwig von Bertalanffy concibió la teoría general de sistemas en la década
de 1940, pero esta no se acabó de materializar hasta la de 1960. Von Bertalanffy
pretendió conceptualizar los fenómenos biológicos desde una perspectiva no mecanicista,
concibiendo a todo ser vivo como un sistema abierto, en intercambio constante con los
sistemas que lo rodean, a través de interacciones complejas, formando parte de otro
sistema más amplio que, a su vez, se incluye en otro sistema. Así, todo sistema tendría
un suprasistema de referencia (aquel del que forma parte) y está compuesto de
subsistemas.
Por tanto, la terapia sistémica propugna que para conocer a una familia no solo has
de entender y comprender el funcionamiento de cada uno de sus miembros y las
relaciones «a dos» que se dan entre ellos (la dinámica de pareja, las relaciones madre-
hijo, padre-hijo...) sino, y sobre todo, descifrar cuál es el juego en el que se
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desarrollan sus interacciones para intervenir de forma adecuada y para que el
funcionamiento familiar cambie de forma cualitativa, y no, simplemente, reajustar
levemente sus patrones para que «todo continúe igual pese al cambio».
 Watzlawick, Weakland y Fisch (1974) definieron dos tipos de cambio posible.
El cambio 1 es aquel en el que el sistema (individual, de pareja o familiar) hace leves
reajustes en su forma de funcionar con el fin de volver a su zona de confort. Por tanto,
intenta evitar que, en realidad, algo cambie. Mientras que en el cambio 2, el sistema hace
un salto cualitativo y modifica su funcionamiento. El horizonte en el que se
encuentra tras hacer las modificaciones pertinentes es distinto, y da las posibilidades de
crecer de forma más flexible y con mayor libertad.
En realidad, cuando, soñando, tenemos una pesadilla y escapamos de nuestros
perseguidores, nos escondemos, realizamos cambios de tipo 1. Pero si nos despertamos,
llevamos a cabo un cambio de tipo 2, ya que hemos transformado las reglas del juego.
 Hay muchas familias que, cuando llegan al espacio terapéutico y se les
pregunta qué desean conseguir durante el proceso, responden: «Que todo sea como era
antes». Está claro que pretenden un cambio 1. Aunque uno quiera, nada puede ser igual
que ayer, porque la experiencia del día anterior ya nos ha modificado. Ese tipo de
demanda está basada en el miedo a que los cambios modifiquen una estructura que, por
buena que fuera, ya no es útil.
De hecho, un ejemplo que se suele emplear en sistémica para comprender qué es el
cambio cualitativo y por qué es indispensable que la familia dé el salto junta, es un pasaje
de Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll, 1865), en el que Alicia se
encuentra en el salón de una casa de la que no puede salir porque todo es muy grande: la
llave de la puerta está encima de una mesa y ella no llega. Sin embargo, encuentra un
trozo de pastel con una etiqueta que dice: «Cómeme». Así lo hace, y crece y crece hasta
que la casa se le queda tan pequeña que no se puede mover. Por tanto, no tiene más
remedio que salir porque en su interior se siente muy incómoda. Eso es precisamente lo
que ocurre con el cambio. Si uno crece y su entorno no lo hace, o se encoge y ello
acaba provocando síntomas, o se acaba poniendo distancia con el entorno. Vivir
haciéndose pasar por lo que uno no es siempre acarrea consecuencias negativas para
aquel que lo intenta.
Puesta la primera piedra de la base sistémica, vayamos a la siguiente: un sistema
siempre quiere sobrevivir. Esa es su finalidad fundamental y, para ello, hará los
reajustes necesarios, es decir, todos los movimientos equilibradores que le permitan
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seguir funcionando como sistema.
Figura 1.1. Cada miembro está en su posición y mantiene el equilibrio del funcionamiento familiar.
Imaginémonos que nuestro sistema (familia) está haciendo un viaje (el de la vida
en su ciclo vital particular). Para ello, utiliza una embarcación. En este caso, un bote
(que será más o menos sólido o seguro según ciertas condiciones que veremos más
adelante). Si el agua está tranquila, no hay problemas. Cada uno está en su sitio,
equilibrando el peso de los diferentes lados de la barca. El bote está estable. Pero si hay
tormenta o aguas turbulentas, tal vez se tengan que reajustar las posiciones de cada uno
de los tripulantes para no volcar o aferrarse con tensión al lugar en el que se encuentran.
El caso es que la barca navegue.
Para entender cómo funciona esa rectificación, los sistémicos utilizan el concepto de
homeostasis (Cannon, 1932; Jackson, 1957; Fishman, 1989; De Shazer, 1989). La
homeostasis es un regulador que avisa al sistema de que algo está cambiando en las
condiciones de estabilidad de su funcionamiento. Sería un mecanismo similar al
funcionamiento de un sistema de calefacción central cuando se fija una temperatura
ambiental. El mecanismo está en marcha hasta llegar a los grados señalados. En ese
momento, se desactiva, y se enciende de nuevo cuando la temperatura ambiente está por
debajo de la marcada.
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Figura 1.2. La familia utiliza el síntoma en un momento de crisis para equilibrar el funcionamiento familiar.
Así ocurre también en nuestra balsa: cuando las aguas están movidas, se pone en
marcha la homeostasis y la familia reorganiza sus posiciones. Ahora bien, no
pensemos que solo el cambio en las condiciones externas la activan, también se dispara
cuando uno de los miembros decide moverse del lugar en el que se había mantenido
hasta ese momento, por el motivo que sea (ha podido decidir darse un baño, o bien
acercarse a otro miembro de la familia por la causa que sea, o bien bajarse en un
apeaderoy recorrer su camino a pie, o subirse un nuevo miembro al bote...).
Por tanto, como lo más importante para un sistema es sobrevivir como sistema, los
miembros que lo componen harán lo indispensable para que esa supervivencia esté
garantizada. Así, hasta que consigan de algún modo tener la seguridad de que el sistema
ha encontrado una forma de transporte distinta y más segura, que garantice hasta donde
sea posible el viaje hacia el horizonte que han decidido, difícilmente cambiarán sus
posiciones por incómodas que sean o decidirán apuntarse a otro viaje (sea individual o de
pareja).
 Patricia es una mujer de treinta y cinco años, viuda desde hace siete años,
madre de dos niños de diez y ocho años. Acude con sus padres, con los que convive
junto con sus hijos desde la muerte de su marido, a terapia familiar. Son de un país
sudamericano. La situación en casa es muy difícil. Hace dos años que tiene una relación
de pareja que sus padres no aprueban. Ellos dicen que el chico no les gusta, que ha
tenido detalles feos, que es diferente a su forma de hacer. Patricia comenta que necesita
que todos se lleven bien, que para ella es importante que sus padres acepten a la persona
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a la que ama, pero también que, si ella se va de casa, sus padres amenazan con volverse
a su país porque ella ayuda económicamente, y porque no le encuentran sentido a seguir
aquí si no pueden estar juntos. También añade que es posible que una hermana suya
venga a España y que, por tanto, ella tendría más libertad de acción.
 Desde cualquier posición teórica, podríamos hacer mil y una hipótesis:
Patricia no se ha individuado porque aunque ha crecido «virtualmente» (Pubill, 2016),
no ha evolucionado en algunos aspectos por dificultades asociadas a dilemas
implicativos (Feixas y Compañ, 2015) —ser una buena hija=complacer a sus padres =
estar cerca de sus padres = ser buena persona frente a ir a la suya = ser egoísta =
distanciarse = ser mala persona, por ejemplo— o porque el personaje de su leyenda le
ha resultado útil para sobrevivir (Gonçalves, 1995) —«soy una mujer a la que le
ocurren muchísimas cosas malas y, aunque sé salir adelante, necesito que haya alguien
siempre que me apoye y los más incondicionales son mis padres»—, o porque está
atrapada en una etapa de su desarrollo moral (Villegas, 2011) de la que no encuentra
el modo de salir, o porque tiene un problema en la vinculación afectiva (Bowlby,
1985-1998)... Cualquier hipótesis podría ser válida y «cierta».
También analizar la postura de sus progenitores. Cada uno de ellos debe tener
individualmente motivos para actuar así: miedo a perder a su hija, a que le suceda algo
con una persona que no es de fiar, que se consolide la fractura que ya se está dibujando
en las relaciones... (todo ello es explicitado por los padres durante las visitas). Y esas
dificultades deben estar asociadas a la propia historia individual y como familia.
La visión sistémica añade una mirada más, la de cómo son los lazos familiares y
cómo se atan esos lazos, cómo intervienen en la vida individual de cada uno de sus
miembros e interfieren en su seguridad, bienestar y libertad a la hora de tirar
adelante con sus vidas.
En la práctica, ¿cómo se ve? Imaginemos que sucede algo externo a la familia. Por
ejemplo, por las condiciones socioeconómicas, el padre se queda en paro. Se mueve, por
tanto, de su área de confort: salir cada día de casa para ir a trabajar, aportar una cantidad
determinada de dinero a la economía familiar, estar ocupado una serie de horas... La
familia entrará, con suerte, en una minicrisis y, si reacciona sanamente, mientras no
encuentra otro empleo o una formación que le permita acceder a una actividad laboral
distinta, le cederán funciones de la gestión cotidiana que realizaban otros miembros. En el
caso de que nadie se moviera de su posición, es probable que el padre acabara
desarrollando algún tipo de sintomatología, como forma de avisar(se) de que algo no está
yendo bien.
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En este caso, vemos en acción dos tipos de homeostasis combinada. Por una
parte, la familia puede reaccionar rápidamente y dar posibilidades de adaptación al
miembro descolocado, otorgándole funciones, mientras exteriormente las cosas se
recolocan. Por tanto, por un lado estabilizan la familia (dándole tareas para que esté
ocupado) y, por otro, le dan la posibilidad de crecer (dejándole espacio para hacer cursos
y gestionar su cambio).
Ahora, centrémonos en un ejemplo del ciclo vital familiar: el nacimiento de un niño,
una de las crisis más habituales en las familias. La aparición de un nuevo miembro
indefenso, en el día a día, requiere muchos cambios del funcionamiento cotidiano. Si los
miembros de la familia no son capaces de distribuirlo de forma adecuada y ponen el peso
más en uno de los lados de la balsa que en otros, esta empezará a hundirse. Las señales
de auxilio se darán a través de gritos o a través de síntomas (depresión posparto,
infidelidades...), que pretenden hacer saber a los demás que la situación es insostenible y
que entra agua en la embarcación. La respuesta derivará de la capacidad de flexibilidad
familiar.
Así...
Figura 1.3. Funcionamiento homeostático del síntoma.
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Si una familia tiene la capacidad de reajustarse rápidamente ante la aparición
del síntoma, es que, pese a tener ciertas dificultades, su forma de funcionar es lo
suficientemente flexible como para corregir sus interacciones, y crecer de manera que se
ajuste a las circunstancias y los cambios del ciclo vital familiar y a los acontecimientos
inesperados que puedan ir apareciendo en el devenir cotidiano. Si no es capaz de
hacerlo, es que los posicionamientos previos eran incómodos para algún miembro
familiar (o para todos), y aprovecha el momento de desajuste para intentar modificar el
lugar que ocupa en la estructura familiar.
 Luisa es una mujer de cuarenta y cinco años, soltera, que tiene un hijo de
ocho años. Decidió tener a su hijo cuando se quedó embarazada de un amigo, pese a que
este le anunció que no quería ser padre y que no iba a ejercer como tal. Llega a consulta
familiar, derivada por la terapeuta del niño, a la que le resulta complicado intervenir en
las dificultades de este, debido a que los problemas entre los progenitores conllevan que
las pautas que ayudarían a abordar los síntomas comportamentales del pequeño no se
lleven a cabo de forma coherente. En la segunda visita, queda de manifiesto que Luisa
pretende que el padre del niño se involucre en la vida cotidiana de ellos dos como familia,
aunque este de forma implícita (con actos) y explícita (verbalmente) deja claro que desea
tener el contacto mínimo indispensable tanto con el niño como con ella.
 Luisa sigue atrapada en una lucha por conseguir tener una familia tradicional.
En medio, el niño paga las consecuencias de que sus progenitores no encuentren una
forma más adecuada de ser padres sin que ellos dos sean familia. La madre sigue
«parada en el tiempo», esperando que la decisión que tomó el padre del niño cambie, y
no permite que se ajusten los parámetros para construir una vida de familia monoparental
con su hijo y que, con ello, pueda centrarse en solucionar las dificultades que el niño va
presentando en la cotidianidad. Más adelante, nos plantearemos otro tipo de hipótesis que
tienen que ver más con los juegos de las familias.
Ha llegado el momento de hacer mención a otro de los pilares fundamentales de la
visión sistémica. Cuando se proyecta una mirada sistémica, la visión que se tiene no es
de las características individuales de cada miembro de la familia (que no se niega que
existan), sino que se resaltan las interconexiones entre los diferentes miembros de la
familia. La persona no es, sino que se comporta, y si se comporta, es porque los otros le
dejan comportarse así, es decir, nadie se mueve de su posición para que el otro no tenga
más remedio que reajustarse de otra manera. Por tanto, uno no es «alcohólico», sino que
se comporta de «forma alcohólica» y si lo hace, es porque ello tiene una función en el
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equilibriofamiliar, porque en la balsa hay alguien que tiene más peso y la desequilibra
hacia un lado peligrosamente. En ese sentido, hablamos de la función protectora del
síntoma (Madanes, 1981).
 La expresión función protectora del síntoma, aunque se acuñó para describir
cómo los síntomas de los niños pueden proteger dinámicas familiares en crisis, nos puede
resultar útil para entender la misión principal que, en un inicio, tiene el síntoma, que no
es otra que dar el aviso de que algo va mal, por un lado, y, por otro, dar tiempo para
que el funcionamiento familiar se vuelva más adaptativo con la nueva situación y se
estabilice la crisis. El problema viene dado cuando no se realizan los reajustes, el
síntoma se enquista y el paciente identificado (PI) —así se llama al portador del
síntoma en terapia familiar— logra un plus de poder con su sintomatología. En estos
casos, la reversión de la dificultad familiar se complica.
 Óscar es un niño de ocho años. Presenta dificultades de aprendizaje y un
denominado «trastorno negativista desafiante», que está siendo tratado desde hace dos
años. Su sintomatología ha empeorado en los últimos tiempos debido a que presenció un
accidente de su madre. Desde entonces da muestras de un comportamiento de excesivo
apego: no puede separarse en ningún momento de ella, se empeña en llevar pañal y
quiere dormir con su madre.
En la primera visita, solo acuden la madre y el hijo. El padre no ha venido por
«trabajo». El niño se muestra muy distorsionador durante la visita, hablando todo el
tiempo de penes, haciendo la peineta al equipo ante las cámaras, y poniéndose cojines en
la zona sexual y realizando conductas claramente explícitas en ese sentido (¿podría haber
sufrido abusos?, ¿ha visto relaciones sexuales entre adultos?). La madre no le pone
ningún tipo de límite y justifica el comportamiento de su hijo, diciendo: «Todos los niños
lo hacen, ¿no?». El niño se muestra muy tirano con la madre, la acaricia de forma poco
cariñosa y no la deja hablar. La madre lo permite. En un momento determinado de la
sesión, Óscar comenta mientras realiza su «movimiento sexual con el cojín» ante la cara
de su madre: «Yo te he oído decirle a papá que necesitas sexo... Pero con papá no te das
besos. Con Pedro, sí...».
La madre dice que Pedro es un amigo, al mismo tiempo que añade: «Cualquiera que
nos oyera...».
Cuando, en la devolución, el equipo insinúa que su hijo se comporta como un
pequeño dictador, la madre se ofende. Sin embargo, no acude a la siguiente sesión
porque la pareja se ha separado, ella se ha ido a vivir con Pedro y el niño está en casa de
22
los abuelos maternos, que le han quitado el niño a la madre porque esta no lo sabe
manejar. Todo explota por la declaración del niño de la infidelidad de la madre. Quizá,
¿el síntoma protegía a la familia de su disolución como tal?
Es evidente que si esos reajustes relacionales y comunicativos se realizan es gracias
a una serie de principios básicos (Watzlawick y otros, 1967) que ayudan a esa regulación
en las interacciones. Todos conocemos esos principios porque nos son evidentes, y los
manejamos con cierta soltura, aunque al utilizarlos no seamos del todo conscientes de
que lo hacemos. Todos ellos forman parte de una supuesta constitución sistémica.
Veámoslos:
1. Es imposible no comunicar, tomando la comunicación como conducta. Igual que
es imposible «no comportarnos», es imposible «no comunicar», aunque no queramos.
 Imaginemos a un adolescente que es llevado a la consulta de un profesional de
la psicoterapia a la fuerza. Es muy posible que, mientras el profesional hable con sus
padres, él mire al techo o al suelo. No dice nada, pero su comportamiento nos indica que
no está dispuesto a colaborar. Comunica que no desea comunicar.
2. La comunicación tiene un aspecto relacional y un aspecto de contenido. El
aspecto relacional prima sobre el del contenido, dándole sentido en el contexto en el que
aparece.
 Al igual que en un ordenador hay unos datos y unos programas, y los
programas manejan los datos para hacer algo con ellos, la relación marca el significado
del contenido. No es lo mismo decir «tonta» en una broma, que decir «tonta» enfadado.
Mientras más clara sea la relación, menos confusión genera el contenido. Cuanto menos
clara sea, más problemas habrá para descifrarlo.
 Pensemos en una pareja que tontea. Los primeros momentos siempre
conllevan ansiedad, ya que cada palabra que se dice se examina de diferentes maneras,
intentando averiguar la importancia que tiene para el otro.
3. Es importante reconocer la puntuación de la secuencia de hechos. Dentro de una
secuencia de comunicaciones, los participantes en esa cadena comunicativa «marcan» en
esa serie de interacciones quién inicia la pauta de comportamiento, quién toma el mando
y quién es sumiso o recibe la consecuencia. En general, muchas dificultades en las
relaciones tienen que ver con que la familia (o el grupo) no se pone de acuerdo sobre la
forma de ver lo que sucede. Ponen causa y efecto en lugares distintos.
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 Una pareja llega al espacio de terapia. Cuando se les pregunta que les ocurre
para creer que necesitan hacer terapia de pareja, sucede lo siguiente:
ELLA: Es que no nos comunicamos. Mi marido aterriza del trabajo, se sienta en el sofá y no me explica nada.
Yo le digo que es importante que conversemos, pero él insiste en su mutismo.
ÉL: Es muy pesada. Yo no tengo nada que explicarle, y me insiste y me insiste. Estoy como empachado de
tanto hablar...
¿Cuál es la causa y cuál es el efecto? Eso da igual. Lo importante es que están
metidos en verdaderos círculos viciosos de los que no pueden salir.
4. La comunicación puede ser analógica o digital, considerando analógica toda
aquella comunicación no verbal, y digital toda comunicación verbal. Gran parte de la
comunicación relacional se transmite no verbalmente. Por tanto, si el código relacional no
está claro porque la relación entre los miembros de la familia está en crisis, es fácil que la
mayoría de la información sobre las relaciones y sus conflictos se transfiera de ese modo.
Esto puede comportar dos situaciones: que la persona que califica la relación no
verbalmente dé por sabido por parte de los otros el mensaje que ha enviado y que se
ofenda si los otros no lo tienen en cuenta (aunque, tal vez, los otros no comprenden lo
que sucede) o que, al enviar la información de forma analógica, no se responsabilice de
aquello que está transmitiendo, negándolo en caso de que sea necesario. De todos
modos, como mínimo, aparece un malentendido relacional que puede ocasionar
muchos entuertos.
 María y Sergio son una pareja que ronda los cuarenta años. Tienen dos niños
y vienen porque están muy distanciados. Cuando se les pregunta a los dos los motivos
del distanciamiento, María responde lo siguiente: «Sergio hace cosas que me hacen sentir
mal, pero son ambiguas... Por ejemplo, el otro día me estaba secando el pelo y la niña
vino a pedirme un beso. Le dije: “¡Espera un momento!”. Él cogió a la niña y se la llevó,
como apartándola de mí. Y luego, le comentó: “No le pidas besos a mamá. Eso es pedir
limosna. Mamá no sabe dar cariño porque sus padres no la quisieron”. Para mí, eso es
aleccionar a la niña, darle mensajes que no son educativos y ponerme encima una
etiqueta gratuita. Él dice que no tenía mala intención. Yo creo que sí la tiene. Luego lo
niega».
 Sergio no le dice nada a María directamente, lo hace a través de la niña. Él no
está dispuesto a pedir afecto como si fuera una limosna, y cree que ella no sabe amar
porque no la han querido. Luego, niega que haya querido transmitirle el mensaje (como
mínimo, ya que también podría estar intentando generar una coalición con la niña).
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Evidentemente, esto nos lleva a otro punto esencial que tiene que ver con el
funcionamiento de los sistemas. Este no es otro que el de retroalimentación y feedback
(Wiener, 1985); la información se mueve en el sistema y aquello que emite un miembro
de ese grupo circula entre los diferentes miembros, constituyendo puntos deinflexión
para el ajuste de sus posiciones. Por tanto, la transmisión de la información (verbal o no
verbal) generará transiciones interactivas que se responderán unas a otras,
complementándose y concretando las estrategias de funcionamiento familiar. Por ello,
todo lo que ocurre en la familia tiene sentido para la familia, ya que responde a su
organización circular y al tipo de retroalimentación con la que sustentan sus
comunicaciones. Es tarea del observador externo comprender a qué reglas responde esa
comunicación. Para ellos es obvio; aunque, a veces, no sean conscientes.
 La familia Sánchez se presenta con su hija de veinticinco años que sufre un
problema de bipolaridad. La hija los acusa de ser malos padres y de no entender su
enfermedad. Eso los ha llevado a que en los últimos tiempos hayan estado
incomunicados. Los progenitores no entienden muy bien de qué les habla su hija. Ellos
creen no solo que han estado ahí, sino también que se han informado y han acudido a un
grupo de apoyo para padres. En un momento dado, la hija hace un comentario sobre la
gestión de una reciente comida familiar. Nadie dice nada, pero la hija estalla hecha una
furia, acusando a su madre de pensar y actuar de forma coercitiva, aunque esta
prácticamente no ha movido ni un músculo de la cara. El padre intenta imponer paz, pero
no niega que aquello haya ocurrido. Después de una gran batalla, la madre reconoce que
es cierto. Solo ellos han reconocido las señales no verbales de desaprobación.
5. Todas las interacciones son simétricas o complementarias, en función de si están
basadas en la igualdad o en la diferencia. En general, las sociedades se basan en la
implantación de las dos pautas en los distintos tipos de relaciones. Así, en las familias, la
relación entre padres e hijos, cuando estos son pequeños, son relaciones
complementarias (los padres están arriba —up— y los niños, abajo —down—). Cuando
estos se convierten en adultos, la relación es más simétrica (de igual a igual). Cuando los
padres envejecen, puede volverse complementaria (los hijos, up; los padres, down). En
las parejas, las relaciones deberían basarse en la simetría y, en caso de que exista
complementariedad, la correspondencia entre up y down en diferentes áreas tendría que
estar equilibrada (uno es más up en unas tareas y el otro, en otras). En el trabajo, en la
escuela, hay posiciones up (profesor, jefe) y posiciones down (alumno, empleado). Hasta
aquí todo claro, ¿no? Sin embargo, todo se complica cuando esas posiciones se vuelven
excesivamente rígidas.
Si en la embarcación, por el motivo que sea, no están claros los turnos para llevar el
timón de la vida familiar, es posible que se produzcan dos situaciones:
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a) Que los dos miembros de la pareja echen un pulso sobre quién se sacrifica más por
llevar la embarcación a su destino, o sobre quién ha agraviado más al otro, o quién
ha «ganado» más puntos para tener el derecho a reinar en las relaciones familiares.
A eso se le llama escalada simétrica. Este tipo de situaciones comporta mucha
competitividad, tensión y discusiones frecuentes, ya que con cualquier tema se
pretende decidir quién tiene el poder, no dándose ninguno de ellos por vencido. Nos
encontramos con una confusión entre el nivel de contenido y el de relación. En
vez de metacomunicar sobre las dificultades que se encuentran, pretenden hablar
sobre quién manda sin hablar sobre quién manda.
b) Que uno de los dos se instale en la posición de capitán (up) y ponga al otro en
posición de grumete (down), y que esas posiciones sean incambiables, ocurra lo
que ocurra. El resultado es que, a medio plazo, el grumete acaba desarrollando
sintomatología grave, con la intención de que, una vez puesta en marcha la alarma,
se le releve de ciertas funciones, y logre conseguir un lugar un poco más confortable
en las relaciones familiares y algo de poder en el tándem de la pareja. Esta situación
se denomina complementariedad rígida.
La primera situación dará como resultado conflictividad en la pareja,
sintomatología en los niños, problemas de ansiedad... La segunda, depresión grave y
alcoholismo en la persona que ocupa la posición down (Linares y Campo, 2000).
 Pili y Juan son una pareja que lleva veinticinco años junta. La relación nunca
ha sido fácil, en parte porque la madre de Juan vive dos pisos más arriba y lo reclama
mucho, en parte porque Juan es un hombre muy ocupado y centrado en su trabajo. Pili
siente que siempre ha sido el segundo plato para él. Sin embargo, lo que les trae a terapia
es una infidelidad de Juan que Pili, pese a querer perdonarlo, no consigue olvidar y que
ella suma a los agravios que siente que ha vivido en su etapa matrimonial. Juan, por otro
lado, no para de acusar a Pili de estar insoportable, atribuyéndolo a la menopausia. Las
sesiones, si la terapeuta no corta la dinámica, se desarrollan como una batalla campal, en
la que todo sirve para pelearse e intentar destrozar al adversario.
 Juan y Pili viven inmersos en una escalada simétrica. Están intentando
dilucidar quién tiene más culpa respecto al mal estado en que se encuentra su relación de
pareja.
 Paco y Carmen tienen sesenta años. La demanda de terapia viene relacionada
con la depresión de Carmen. La arrastra desde hace diez años y toda la familia la vincula
con el acoso laboral que vivió en su última etapa en su puesto de trabajo. Aunque se la
ha citado a ella individualmente, se presenta con Paco, que toma la iniciativa y no la deja
26
hablar. Relata su punto de vista sobre lo que ocurre, haciendo hincapié en la vida de él, y
dejando que la dificultad de Carmen apenas ocupe espacio. Cuando la terapeuta invita a
Carmen a hablar, se hace el ofendido y se va intentando reclamar la atención. Al estar a
solas, Carmen confiesa que, en realidad, lo que le ocurre es que ya no soporta más a su
marido y que su vida tenga que girar en torno a él.
 Tal como comentan Linares y Campo (2000), esta es la situación típica de una
pareja con complementariedad rígida. El cónyuge abnegado acompaña al que porta la
sintomatología, etiquetándolo sobradamente para que sea más complicado dar la vuelta a
la dificultad que presenta.
Clínicamente, ¿cómo «palpamos» estos axiomas al margen de lo ya comentado?
Gracias a situaciones tan básicas como las que siguen:
 La descalificación. Si no existe la posibilidad de la no comunicación, ¿qué podemos
hacer si no queremos comunicar y no podemos huir de la situación de exigencia
comunicativa? La única alternativa que nos queda es descalificar la comunicación,
es decir, comunicar de tal manera que la comunicación no sea válida. ¿Cómo?
Tomando lo literal como metafórico, hablando de otras cosas, jugando con las
palabras, o simplemente afirmando que eso que estás diciendo es una tontería, o
calificando al comunicador de poco válido.
 Una de las situaciones más extremas de descalificación que he vivido como
terapeuta se produjo un día en que un cliente hablaba del momento en que su madre
estaba muriéndose. Él se había presentado en consulta unos dos meses después del
fallecimiento con graves ataques de angustia. Siempre negó que lo que le ocurría
estuviese relacionado con el momento de duelo que atravesaba.
Después de mucho trabajo, conseguimos llegar a que el cliente se confrontara con
ese instante. Cuando estábamos totalmente centrados y yo pregunto:
TERAPEUTA: ¿Qué sentías en ese momento?
CLIENTE: Sabes, hoy estás para arrancarte la camiseta que llevas...
 Es evidente que, con esta intervención, el cliente descalifica lo que estamos
trabajando, descalifica la terapia y me descalifica a mí como terapeuta, situándome en el
rol de mujer. La ansiedad que le producía el momento era demasiado alta y esta fue su
forma de huir de ella.
¿Cómo hubieseis manejado vosotros la situación?
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 La desactivación del conflicto relacional a través de un acuerdo en el
contenido. Si una pareja está en una situación de conflicto encubierto, una forma
de no tener que confrontarse con las dificultades de pareja suele ser centrarse en los
«problemas»de uno de los hijos. Mientras se ocupan de solucionar lo que le
ocurre al niño, su problema queda escondido. Es más que probable que, cuando
mejore la sintomatología del niño, aparezca el conflicto de pareja.
 Una de las situaciones más llamativas que he vivido con este tipo de casos
ocurrió tras una llamada muy alarmante de un chico adolescente de dieciséis años. La
madre relata que, en casa, hay mucha tensión y que necesitan empezar el tratamiento
urgentemente. Se presentan en consulta los dos progenitores y el chico. Padre e hijo
coinciden en la forma de vestir, correcta y formal. La madre, en cambio, tiene un estilo
alternativo y muy progre.
Cuando se exploran los problemas que hay en el hogar, la madre relata que su hijo
es muy desordenado en su habitación y que ese desorden significa que tiene un par de
jerséis en la silla y unos papeles en la mesa (¿eso es desorden, si estamos hablando de un
adolescente?), que le tiene que insistir para que lo recoja un par de veces (¡es un
bendito!), y que no hace la cama inmediatamente cuando se levanta, sino antes de irse al
instituto. Otros problemas: que no va a cenar a la primera, cuando lo llaman, y que tienen
que recordarle que baje la basura cuando se va, en vez de hacerlo espontáneamente.
Todos estos «problemas» resultan sospechosos, porque, si no hay nada más, ¿son
problemas o se están buscando excusas para acudir a consulta y solucionar otro tipo de
problemas? Simplemente, rascando un poquito se explicitaron graves conflictos entre la
pareja por muchos motivos, incluidas las dinámicas con las familias de origen de cada
uno de ellos. Por tanto, el trabajo se centró en la pareja, destriangulando al hijo del
conflicto conyugal.
 La desconfirmación de la propia percepción para sostener una relación
fundamental para uno. Es muy duro que uno dude de lo que percibe o siente, con
tal de no confrontarse con que alguien a quien necesita o quiere no lo trata bien.
Esa es la situación que describimos. En cuanto al contenido percibo algo, pero en la
relación no me puedo permitir entrar en conflicto. Eso lleva, sin duda, a la
sintomatología.
 Recojamos el ejemplo de Patricia. Su novio Álvaro es muy celoso y
susceptible. Tienen grandes peleas por cualquier cosa. En esas discusiones, él la agrede
verbalmente y la amenaza con contratar a alguien para que la mate. Patricia le quita
28
importancia y dice que lo que Álvaro hace no es maltrato, porque no le ha puesto la
mano encima, justificando en todo momento su relación a través de los detalles positivos
que tiene su pareja, de tanto en tanto, con ella o con sus hijos.
 Vemos que, aunque desde fuera es evidente que la relación no es demasiado
saludable, Patricia justifica al máximo continuar con ella, negando las pruebas perceptivas
de que Álvaro no la trata con suficiente respeto y afecto.
 La desconfirmación. Uno puede soportar, mejor o peor, el rechazo de los otros,
pero lo que la mayoría de nosotros toleramos (si podemos) con muchísima
dificultad, sobre todo si se da de forma repetida y en nuestra familia, es que nos
ignoren. La desconfirmación es la actitud comunicativa de uno de los componentes
de la relación a través de la que transmite que el otro no está aunque esté, o que
el otro no es tan importante como otro miembro del grupo relacional (agravio
comparativo, Linares, 1996). Esta situación acaba provocando sintomatología muy
grave en el intento de llamar la atención y dejar de ser un mueble en la dinámica
familiar.
 Tomás tiene veinticinco años. Acaba de sufrir un brote. Sus padres lo
encontraron en su habitación en estado catatónico. Últimamente, lo veían muy raro: no
quería salir de casa, estaba apático... No se preocuparon demasiado. Pensaban que ya se
le pasaría. De hecho, cada uno de ellos estaba muy ocupado con su vida. Además,
estaban muy nerviosos porque su hijo mayor se estaba presentando a unas oposiciones
muy importantes. De hecho, acababa de ganarlas. Precisamente, el día del brote iban a
celebrar este gran «triunfo familiar».
 ¡Vaya, qué casualidad! ¿No? El día de la celebración, el hijo «no triunfador»
tiene el síntoma. Explorando, comprobamos que aparece más en el diálogo de los padres
el «hijo ganador» que el sintomático, pese a que la visita es para el sintomático. Estamos
ante un agravio comparativo. Como se ve, no se trata de que al otro no se le tenga en
cuenta, sino que no se le tiene tan en cuenta.
 El doble vínculo (Bateson, Jackson, Haley y Weakland, 1956). Como existen dos
niveles comunicativos, se puede jugar con ellos cuando se siente ambivalencia en
una relación. Por tanto, con un nivel se puede afirmar algo y con el otro nivel,
negarlo. El doble vínculo es eso, generar mensajes contradictorios en los dos
niveles, de forma estable, en el circuito comunicativo relacional. Ello conlleva que el
receptor no sepa a qué debe prestar atención y cuál es el mensaje más relevante,
sumiéndolo en una confusión y ambivalencia relacional, que puede llevarlo a
desarrollar sintomatología grave.
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 El ejemplo típico es el de la madre que, verbalmente, dice que quiere mucho a
su hijo, pero cada vez que este se le acerca, lo aparta y no le da cariño en el plano no
verbal.
El funcionamiento de la estructura familiar
Nos vamos a centrar en aquello indispensable que necesitáis saber para entender las
intervenciones que después irán apareciendo en el libro. Estamos construyendo la familia
como un sistema que tiene como objetivo fundamental sobrevivir. Para ello, tiene que
realizar una serie de funciones. De hecho, Minuchin (1977) define la estructura familiar
como una organización relacional regulada por el conjunto de funciones que debe
realizar cada uno de sus miembros para que la familia se sienta como tal. En ese
sentido, las funciones que aparecen en diferentes familias pueden ser distintas (a lo
mejor, para una familia es esencial que todos cenen juntos y sin la televisión, mientras
que para otra, que los hijos saquen notas altas forma parte de lo que es indispensable),
aunque haya coincidencias en las básicas (nutrición, tener un techo, salud...).
 Salvador Minuchin es uno de los grandes popes de la terapia familiar sistémica
y el máximo representante de uno de sus modelos más importantes: el estructural. Dicho
modelo basa sus intervenciones precisamente en la organización familiar, en de qué
manera se establece la jerarquía, en cómo se mantiene la homeostasis, en sus límites y
sus reglas. Más adelante, trabajaremos más a fondo su forma de enfocar el cambio en
terapia.
 Si tuviésemos que encontrar una metáfora que representase la organización
familiar, sería la estructura de una casa. Los planos los han pensado la pareja, teniendo
en cuenta cómo quieren que sea su familia y, probablemente, influidos por los
respectivos hogares donde han crecido. Escogerán diseñar espacios más abiertos o
cerrados según el grado de privacidad que deseen, una habitación única para los niños si
lo que quieren es que compartan, un salón mayúsculo para recibir a amigos y familiares,
o bien un comedor pequeño si su deseo es mantener mucha intimidad... Pero en ese
diseño, también se traza dónde van los enchufes, por dónde pasan las tuberías y los
cables, el sistema de desagüe... En fin, aquello que hace que un hogar sea eficiente y
genere bienestar.
La familia realiza estas funciones utilizando una serie de reglas que todos conocen,
y que no dejan de ser una serie de acuerdos relacionales que regulan y organizan los
modos de hacer individuales en el sistema familiar. Existen tres tipos de reglas que son la
30
siguientes:
 Las reconocidas, explícitas y directas. Por ejemplo, quién pone la mesa, quién saca
la basura...
 Las implícitas. Son reglas sobreentendidas sobre las que no se habla. Se han ido
instaurando progresivamente durante el desarrollo de la relación. Por ejemplo,
cuando los cónyuges van en coche, pese a que los dos tienen carnet de conducir,
siempre conduce ella. Estas reglas pueden cambiarse en el momento de aparición
de una crisis. Suelen ponerse sobre la mesa aquellasque no gustan y vuelven a
negociarse.
 Las secretas. Son obras maestras de la manipulación. A través de ellas, se bloquea
o se activa el comportamiento del otro, de tal manera que se confirme la hipótesis
relacional que uno de los dos presenta.
 Volvamos con Juan y Pili. Tras unas cuantas sesiones intentando rebajar el
nivel de tensión y trabajar con Pili los agravios recibidos por parte de Juan, estamos en
un momento central en el que Juan le pide a Pili disculpas de corazón. Ella se queda
descolocada y, como eso rompe dónde tiene situado a su marido, responde
descalificando su gesto de reparación.
PILI: A buenas horas, me pides disculpas...
JUAN: ¿No las puedes recibir sin más? Eres una víbora.
PILI (dirigiéndose a la terapeuta): ¡Ves! Ya sabía yo que no eran sinceras... Es un egoísta.
 Pili, con su descalificación del intento de reparación del agravio, hace una
maniobra que sitúa al otro de nuevo en la posición de lucha, volviendo a activar el
conflicto. Ha utilizado una regla secreta de la relación: el otro es el oponente.
Estas reglas, en realidad, definen los límites entre los diferentes subsistemas que
componen la familia y sus fronteras con el exterior. Ya hemos visto, en el apartado
anterior, que todo sistema está constituido por subsistemas. Es a través de los
subsistemas como la familia realiza sus funciones. En una familia, ¿cuáles serían los
subsistemas básicos?
 El conyugal. Está compuesto por la pareja. La función básica del subsistema
conyugal es proporcionarse, uno al otro, apoyo y aceptación mutuos, lealtad
recíproca, sexualidad y objetivos comunes de futuro.
 El parental. Está formado por el equipo de padres. Sus funciones son ofrecer
protección, nutrición emocional y valoración, socialización y apoyo en la
individuación progresiva. Puede coincidir o no con la pareja. En el caso de las
familias reconstituidas no concuerda.
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 Linares (1996), comenta que parentalidad y conyugalidad, pese a que son dos
subsistemas independientes, en general, tienen interdependencia y se influyen
mutuamente. Como iremos viendo, una conyugalidad deteriorada puede influir en la
parentalidad y afectar en alguna de sus funciones con el fin de mantener el equilibrio
homeostático de la familia.
 El filial. Está compuesto por los hijos. Su función debería ser crecer autónomos y
felices. Lo único que, en general, hay en común en todas las familias con respecto a
la función de este subsistema es que esperan que obedezcan y respeten (en la
modalidad que cada familia tenga) a los padres.
 El fraternal. Está formado por los hermanos. Su función es ayudar a desarrollar
las primeras habilidades relacionales con los iguales, fomentar la colaboración y
la competición. Puede coincidir o no con el filial. En el caso de familias
reconstituidas puede no concordar.
Para marcar los límites entre subsistemas se utilizan las reglas familiares,
concretándose así quiénes y de qué manera participan en las funciones familiares. Lo
saludable es que los límites entre subsistemas sean lo suficientemente claros como para
permitir la comunicación y lo bastante definidos como para que cada uno sepa a qué
subsistema pertenece.
 Si una madre con dos hijos sale a hacer un recado y le dice a su hijo mayor
que, cuando ella no esté, si el otro niño se porta mal, lo castigue, los límites entre
subsistemas no están bien definidos. Le está pidiendo a su hijo mayor que ocupe un
rol parental.
Si esa misma madre, cuando se va, le comenta que, si el pequeño hace algo
incorrecto cuando ella no esté, se lo comente y ella ya verá qué hacer, está señalando
un límite claro entre subsistemas: aunque le delega una función, no le da un poder que
no le corresponde. Por tanto, salvaguarda la parentalidad en el territorio adecuado.
Una forma bastante habitual de expresión de que los límites no son demasiado
claros entre subsistemas es la parentalización. Esta forma de funcionamiento familiar se
ha dado habitualmente en estructuras familiares con un subsistema filial amplio, ya que
debido a la gran disparidad en las edades entre el hijo primogénito y el más pequeño, el
primero solía desarrollar funciones parentales más o menos amplias, según el grado de
establecimiento de jerarquías en la organización familiar, y ello se concretaba en la
diferenciación de las labores de los subsistemas.
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Así, podemos hablar de parentalización cuando, a uno de los hijos se le delegan
funciones parentales o bien este las asume por iniciativa propia, debido a las
dificultades que existen en la familia, en ese período o siempre, para sostener un
funcionamiento mínimamente adecuado.
Si bien el hecho de que uno de los hijos esté parentalizado puede estabilizar a la
familia, las consecuencias a medio y largo plazo para el hijo que ocupa el lugar que no le
corresponde no suelen ser muy halagüeñas, ya que probablemente no tendrá tanto
tiempo para disfrutar de los aprendizajes que se han de adquirir durante la infancia y la
adolescencia y, aunque aparentemente parezca más maduro que el resto de los chicos de
su edad, esas carencias vivenciales que arrastra y las herramientas que no ha adquirido se
desplegarán a posteriori, a través de síntomas, ya sean dificultades relacionales o
consigo mismo.
 Manuela tiene veinte años. Es la mayor de cinco hermanos. Sus padres se
separaron cuando ella tenía diez años y el pequeño, uno. Su padre consiguió la custodia
tras una batalla legal que dejó a los dos progenitores agotados y con muchas heridas. La
madre se había enamorado de otro hombre y su exmarido no se lo perdonó. Cuando
Manuela y sus hermanos empezaron la nueva vida cotidiana ya en la casa familiar, el
padre la llamó aparte y le dio el siguiente mensaje: «Desde el día de hoy, tú serás la
madre de tus hermanos. Decidirás conmigo qué comen, cómo se visten, qué hacemos el
fin de semana, los vigilarás y los castigarás si no se portan bien, los ayudarás con los
deberes, los consolarás si les pasa algo...».
Y así ocurrió durante diez años. El precio que pagó Manuela fue el fracaso escolar,
que sus amigos fueran los amigos de sus hermanos, con los que ella cumplía el rol de
hermana mayor... Sin embargo, estaba contenta. Llegó a consulta cuando su padre, por
fin, trajo a casa a su nueva pareja. De eso hacía un mes. En ese momento, la llamó de
nuevo aparte y le dijo: «A partir de este momento, tú aquí no eres más importante que
los demás. No eres nadie en particular. Ni se te ocurra decirle a tus hermanos qué tienen
que hacer, ni comentar qué es lo que se tiene que comprar para comer ni dar órdenes a
nadie. Para eso ya está Felisa [su pareja]».
Y en ese instante, Manuela desarrolló un trastorno alimentario muy grave. En un
mes, perdió quince kilos.
 El caso de Manuela es representativo de aquellas situaciones en las que el
padre parentaliza a su hijo, no solo para ser ayudado en la gran tarea de sacar adelante a
una amplia prole, sino también, probablemente, para conseguir tener más influencia en
todos sus hijos para fastidiar a su ex, como así fue (Manuela hablaba a sus hermanos mal
de su madre, repitiendo las palabras de su padre; ninguno de ellos quería pasar más
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tiempo del estrictamente necesario con la madre). Manuela asume el rol parental y se
olvida de sí misma. El pago que recibe es una desconfirmación («no eres nadie en
particular») y el resultado es la sintomatología.
 Selvini-Palazzoli et al. (1990) describen la sintomatología anoréxica como
resultado de la desconfirmación del paciente identificado tras haber estado triangulada en
lo que este equipo llama el embrollo familiar. En este lío, los padres están en un
conflicto sin posibilidades de movimiento. Uno de los dos cónyuges «invita» a la que
será la persona portadora del síntoma a triangularse, haciendo que se sienta muy
importante. Cuando consigue romper la situación de tablas (en lenguaje ajedrecístico),
desconfirma a su aliada y esta desarrolla el síntoma.
Otra posibilidad de rompimiento de los límites entre subsistemas es la
conyugalización de un hijo. En este movimiento, el hijo adoptaparcialmente las
funciones de cónyuge, bien porque uno de los dos no está (por divorcio, muerte o
porque la familia, de entrada, es monoparental), bien porque el otro no asume el papel
por dificultades (de salud, falta de madurez, trabajo...) o porque no quiere hacerlo.
 Francisca y Pablo son madre e hijo. Él tiene veinte años. Francisca y su
marido se separaron un año antes de que este muriera. De eso, ya hace unos seis años.
Pablo tenía muy buena relación con su padre, y su madre cree que no ha superado el
duelo. Acuden a terapia porque no se llevan muy bien y Pablo no sale demasiado de
casa. No tiene muchos amigos y, pese a ser un chico bien plantado, nunca ha tenido
novia. Francisca tampoco ha rehecho su vida sentimental y procura no quedar con sus
amigas por no dejar solo a su hijo. Entre los dos se cuidan desde que están solos y
deciden todo aquello que afecta a sus vidas en diferentes aspectos. Les gustaría que fuera
distinto, pero ninguno de los dos confía en la capacidad del otro si no está a su lado.
 Pablo está conyugalizado en relación con su madre. Y los dos, como familia,
viven en un tiempo parado. Ninguno de los dos está siguiendo con su vida ni con el curso
de su ciclo vital, sobreprotegiéndose el uno al otro.
La estructura familiar consigue definirse y sostenerse sin demasiado trabajo gracias
a los mitos familiares (Ferreira, 1963). Los mitos familiares son un conjunto de
creencias bien sistematizadas y compartidas por todos los miembros de la familia,
respecto a los roles mutuos y a la naturaleza de la relación. ¿Tenéis una etiqueta en
vuestra familia sobre cómo sois y cómo os comportáis, etiqueta que arrastráis desde
vuestra infancia, y que hagáis lo que hagáis no os podéis sacar de encima? Esas etiquetas
forman parte de la mitología de vuestra familia y son consideradas verdades absolutas.
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Evidentemente, si una familia tiene dificultades adaptativas, esas verdades serán más
complejas de cambiar. Si utiliza la flexibilidad ante las crisis, esos etiquetajes se pueden
modificar en esos momentos, ya que se incorporan las reacciones discrepantes a esos
constructos, ante las diferentes maniobras que realizan los distintos miembros de la
familia.
Las características de los mitos familiares son las siguientes:
 Prescriben atributos de cada uno de los miembros de la familia, es decir, dicen
quién es quién y qué lugar ocupa en la estructura familiar.
 En ese sentido, tienen un valor económico y son verdaderos programas de acción.
Como todo el mundo sabe quién es cada cual, no se necesita pensar antes de actuar.
Uno se comporta automáticamente con cada miembro de la familia a través de las
reglas secretas. Así, se bloquean las posibilidades de que uno se mueva de su
etiqueta.
 Cada rol tiene su contrarrol. Si en la familia hay un guapo, hay otro considerado
feo. Aunque no se explicite, todo el mundo lo sabe. Basta preguntarlo para que se
reconozca, aunque sea veladamente.
 No son un rasgo exclusivo de las familias patológicas, pero en este tipo de familias
son inalterables. En este sentido, tienen un valor homeostático.
 Su origen se basa en el principio de la relación de pareja y, a veces, el etiquetaje es
herencia del que ya llevaba encima en su familia de origen.
 Julián, María, Valeria y Flora son una familia que acude a terapia familiar en
un momento de conflicto agudo en sus relaciones familiares. Julián y María son los
progenitores de Valeria, de treinta y tres años, y de Flora, de treinta. Desde hace dos
meses no se hablan a consecuencia de una discusión en una comida familiar. Las hijas se
niegan a mantener contacto con su padre hasta que este no modere su tono cuando se dé
un conflicto. Están hartas de sus imposiciones, faltas de respeto y gritos. No entienden
tampoco a su madre, que, pese a quejarse constantemente de él, en los momentos
importantes no las apoya. Por su parte, los padres no entienden la actitud de sus hijas.
Hasta ahora, ellos creían que los consideraban unos padres modélicos. La única
explicación posible que encuentran es que su hija mayor haya vuelto a caer en la anorexia
(enfermedad que tuvo en la adolescencia y que superó en un año sin tratamiento). De
hecho, ellos siempre están vigilantes porque nunca se han creído que estuviera bien, pese
a que come de todo y su peso es el adecuado.
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 Valeria lleva la etiqueta de anoréxica que se le colgó en la adolescencia y ya no
se la ha podido quitar, aunque hace muchísimo tiempo que superó el problema y este
estuvo en su vida nada más que un año. Parece haberse convertido en la explicación de
cualquier dificultad familiar, para no responsabilizarse de los cambios funcionales ante los
conflictos.
 Stierlin (1979) clasifica los mitos en tres grupos:
 De armonía. «Nosotros nos queremos mucho. Lo único que ocurre es el síntoma,
porque nos llevamos muy bien.» Especialmente, hay que desconfiar de las familias
que llevan este lema como bandera. Seguro que hay mucha porquería debajo de su
alfombra.
 De perdón y de expiación. Hay una persona que es la responsable de lo que ocurre
en la familia. «Si mi hijo es un santo. Es la bruja de su novia la que hace que se
distancie de nosotros.»
 De rescate. Cualquier problema de la familia puede «solucionarlo» la intervención
de una persona omnipotente. «Verás cuando llegue tu padre...»
Las familias, tradicionalmente, se clasifican en algún punto del continuum que hay
entre límites rígidos y límites difusos.
1. Las familias con límites difusos se llaman familias aglutinadas: son familias con un
alto componente de lealtad, en las que es difícil individuarse porque se vive como
una traición. Todos están muy pendientes de todos y reaccionan con rapidez ante
cualquier contratiempo de algún miembro de la familia. Hay grandes dificultades
para enfrentarse a las dificultades reales, sobreprotegiendo las dinámicas familiares.
Son familias de puertas abiertas, en las que no se vive bien la intimidad de sus
miembros.
 Carina es una chica de veintidós años. Aparece en consulta por problemas de
bulimia. La padece desde hace dos años. Su sintomatología coincide con el inicio de una
relación con un chico de otro país europeo, un tanto más mayor, muy autónomo e
independiente. Carina vive con su madre y con su hermano. Su padre murió. En su casa
se siente como una prisionera. El único teléfono que hay es fijo y está en el comedor. La
madre no quiere poner uno inalámbrico (no existen aún los móviles) porque cree que es
una falta de confianza no hablar delante del resto de la familia. No le permite cerrar la
puerta de la habitación porque en su familia nunca se ha hecho eso. Y vive como un
agravio que no le explique cosas de su relación de pareja. Este es un ejemplo muy gráfico
de un tipo de familia superaglutinada.
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 La lealtad familiar (Boszormenyi-Nagy y Spark, 1973) se entiende como un
sentimiento de unidad y compromiso que tiene en cuenta las necesidades, las
expectativas, las exigencias y los límites de los miembros de la familia. Ese
sentimiento, que constituye también la base de sentir «que perteneces a...», conlleva
unos lazos invisibles que te «obligan» con respecto a las reglas y valores familiares, y
pueden dificultar la individuación y la autonomía de sus miembros, así como constituirse
en verdaderos programas de acción sobre la misión que uno tiene en la vida.
 Rosa es una mujer de treinta años, de origen chileno. Llega a consulta con
mucha ansiedad y deprimida. Lleva una década fuera de su país, y se encuentra sola y
triste. Cuando le pregunto por qué no vuelve, me relata que su madre siempre insistió,
desde pequeña, en que lo más importante era que consiguiera la nacionalidad española
(sus abuelos eran de la madre patria), costara lo que costara, porque así sería libre. Lleva
muchos años tramitándola y esperando la libertad que no llega, aunque, en realidad, a ella
no le importa demasiado el tema de la nacionalidad porque lo que quiere, de verdad, es
volver a su país.
 Rosa es un buen ejemplo de delegado expulsado, es decir, aquel que es
programadopara conseguir aquello que desean o no han podido realizar uno o los dos
padres. Es más importante el programa familiar que las propias necesidades. La única
salida es el síntoma.
 Teresa tiene veintinueve años. Llega a consulta porque la ansiedad no le
permite presentarse a los exámenes. Está estudiando una segunda licenciatura, Derecho.
Lo hace porque toda su familia se dedica a ello y, según ellos, es lo más fácil para
trabajar. Ella ya colabora en el despacho que tienen sus padres y su hermano. Allí se
siente un poco incómoda porque, aunque realiza labores propias de la profesión, la tratan
como a una niña pequeña. Tiene la sensación de que, en ningún sitio (ni en casa ni el
trabajo) le permiten crecer. Se ha planteado dejar los estudios y desarrollarse en otros
campos. Sin embargo, sus padres lo vivirían como una traición y eso la frena.
 Teresa pone de manifiesto la parte más conocida de la lealtad familiar: seguir
la tradición. Esa es su cadena y la expresión de esta, la ansiedad que siente mientras
resuelve su dilema (dejar la carrera, traicionar la lealtad, trabajar en lo que quiere, ser
libre y crecer).
En las familias aglutinadas, la lealtad es más evidente que en las familias desligadas,
aunque en las últimas también existe, pese a manifestarse de forma más sutil.
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2. Las familias con límites rígidos se llaman familias desligadas. En ellas, es más
importante la individuación que la pertenencia. Les cuesta responder ante las
dificultades de los miembros, invitando a la autonomía. La información no corre
demasiado rápidamente. El nivel de lealtad es bajo. Son familias de puertas
cerradas.
 Gloria es una chica de veinticinco años que acude a consulta por problemas de
ansiedad muy graves. No puede coger el transporte público desde hace dos años y su
vida está paralizada, ya que los síntomas le impiden presentarse a exámenes en la
universidad. Pese a que ha comunicado a sus padres sus dificultades, ellos les han
quitado importancia y no se han ocupado, en ningún momento, de ayudarla a encontrar
un remedio. En general, no le preguntan ni se interesan en sus progresos. Gloria dice que
ellos esperan que lo resuelva sola. Eso en su casa es lo normal.
No podemos acabar este apartado sin hablar de una parte fundamental del
funcionamiento familiar. Nos referimos a las fronteras que la familia pone con el
exterior. Imaginemos la puerta de acceso y las ventanas de la casa. ¿Cómo están, abiertas
o cerradas? ¿La familia deja pasar a personas que no sean del núcleo familiar? ¿Qué tipo
de relación mantienen con las familias de origen? ¿Viven estas en el mismo edificio o
cerca? ¿Tienen las llaves de ese domicilio y acceden a él cuando quieren sin pedir
permiso? ¿Hasta qué punto dejan entrar a sus amigos (si es que los tienen) o a los de sus
hijos en casa?
Las fronteras familiares son los límites que ayudan a señalar y definir un sistema
con respecto a otros y al suprasistema que lo rodea. Las reglas que lo regulan tienen que
ver con el grado de apertura en el intercambio de información que está dispuesto a tener
el sistema y ello está condicionado, no solo por los valores familiares, sino también por
los acontecimientos vividos en su trayectoria vital. De hecho, por ejemplo, si una pareja
ha sido muy invadida por las familias de origen (o por una de ellas) durante su período de
consolidación, es fácil que cierren fronteras hacia ellos.
 La familia de Joana llega desesperada. Hace años que la madre sufre de
agorafobia. La situación se ha convertido en insostenible desde que no solo esta no
quiere salir de casa, sino que también Joana se niega a acudir al instituto porque está
mejor en su domicilio. Nada la puede obligar a alejarse de su lugar seguro. La madre dice
que, desde que su hija se ha vuelto más obstinada, ella está preocupada, pero menos
ansiosa. Investigando las dinámicas familiares, encontramos que la familia tiene un perro
que nada más deja entrar en casa al abuelo. A los demás se les lanza al cuello. Aunque
los tiene aislados, todos se sienten muy protegidos por el animal. Viven más tranquilos.
38
 Esta familia es un ejemplo extremo de fronteras cerradas. El exterior es
peligroso, y nadie puede salir de casa, ni tampoco entrar. Las posibilidades de cambio son
remotas. ¡Menos mal que la hija presenta un síntoma (el mismo que la madre, pero
desde la procrastinación)! Al menos la alerta se ha puesto en marcha.
 Marisol vive con su madre desde que sus padres se separaron, cuando ella era
muy pequeña. En el mismo edificio habitan en diferentes pisos su abuela y sus tíos.
Todos entran y salen de los espacios de los otros con naturalidad, como si viviesen
juntos. Ella está planeando casarse y su madre le insiste en que se instale en un
apartamento que se ha quedado vacío en el mismo bloque. Se siente obligada, porque
cree que su madre se merece que esté cerca, ya que ha hecho mucho por ella, aunque,
en realidad, ella querría alejarse un tanto de la vida familiar. Si no, nunca tendrá la
posibilidad de llevar el día a día como ella quiere.
 Máximo aglutinamiento, no hay fronteras. Pocas parejas soportan eso sin que
se anuncie una gran crisis a medio plazo.
Jugarretas básicas
En las familias se juegan juegos... Ya hemos dicho que solo los participantes saben
a qué juegan, si bien la mayoría de las veces no tienen demasiada conciencia y lo hacen
de forma automática. Estos juegos, si los límites entre subsistemas son claros y la
comunicación entre los miembros ante los conflictos y las dificultades es buena, serán
positivos y desarrollarán la colaboración, lo que llevará a la familia a buen puerto.
En cambio, si fallan las capacidades metacognitivas y no se tienen herramientas
para afrontar las dificultades y los cambios, los juegos serán complejos, se tenderá a
generar equipos que tendrán una cierta inclinación, explícita o implícita, a enfrentarse,
con el objetivo de vencer al otro, aunque con ello se lleve la balsa a hacer agua.
Veamos los movimientos básicos que conforman estos juegos, que son los
siguientes:
 Alianza. Es la unión de dos o más miembros de un grupo con el fin de coordinarse
para conseguir un objetivo. Fomenta la colaboración, la sensación de ser equipo.
Por ejemplo, hay alianza cuando una parte de la familia se reúne para planear una
sorpresa al padre por su cumpleaños, o se unen para buscar el bien de alguien del
grupo.
 Coalición. Es la unión de uno o más miembros del grupo con la finalidad de ir en
contra de otro miembro del grupo. Tiene lugar, por ejemplo, cuando madre e hija
se ponen de acuerdo para ver una película en televisión, aunque no les guste, solo
39
porque a esa misma hora emiten el partido de fútbol que el padre quiere ver. Ahora
bien, si alguien señala ese hecho, madre e hija lo justificarán con mil razones. Las
coaliciones siempre se niegan.
 La familia Hernández se compone de tres mujeres: María —la madre de
cincuenta y cinco años—, Mercedes —de veintitrés años— y Rocío —de veintiuno—. El
padre murió de un ataque cardíaco hace cinco años, cuando María y él ya estaban
separados. Mercedes fue diagnosticada de trastorno por déficit de atención con
hiperactividad (TDAH) en la adolescencia. Se medica por ello y, a pesar de todo, ha
conseguido terminar sus estudios de grado y ahora está cursando un máster. Desde la
muerte del padre, su madre empezó un peregrinaje de profesional en profesional, debido
a que encontraba que su hija no era lo suficientemente madura. Llegan a terapia familiar
derivadas por la terapeuta individual de Mercedes. El motivo es que no consigue avanzar
en el proceso de crecimiento, ya que la madre y los conflictos familiares que relata
interfieren constantemente en las sesiones.
Durante la primera entrevista, la madre no para de remarcar que Rocío es la más
adulta de sus hijas y, en cambio, Mercedes es desordenada, rebelde y, además, no la ve
capaz de llevar adelante su vida. Relata que el cambio ocurrió cuando se fue con una
beca Erasmus el año anterior. Mientras habla, Mercedes intenta intervenir y justificarse.
Rocíoy María se miran, y hacen gestos burlones ante las palabras de esta y,
básicamente, desarrollan la misma definición de los problemas en casa (la dificultad es
Mercedes, claro). En ningún momento subrayan las mejoras ni los logros que esta ha
llevado a cabo, ni asumen ninguna responsabilidad por parte de ellas en lo que ocurre ni
diferencias —por pequeñas que sean— entre las dos.
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Figura 1.4. Tres contra uno y su síntoma: la coalición.
 Fijémonos en que hay muchas maneras de explicitar una coalición: de forma
verbal, diciendo algo que transmita «estoy contigo» u opinando lo mismo, o criticando a
la misma persona, o apoyando un proyecto que va en contra de un miembro del otro
equipo...; o de forma no verbal, a través de miradas cómplices, desviando el punto de
mira cuando el otro habla, sentándote al lado de tu aliado... Si eso es algo puntual, puede
ser fruto de que uno tiene un punto de vista distinto, de la casualidad, del enfado de un
día... La repetición constante de estas pautas nos señala la presencia de una coalición.
 Triangulación. Es un tipo de coalición. Se desarrolla entre dos personas agobiadas
por un conflicto, explícito o implícito, que incluyen a un tercero con la finalidad de
que ese conflicto se desactive, pierda potencia o —como mínimo— se disimule.
 Una pareja aterriza en terapia porque él tiene problemas patológicos con el
juego. Durante el transcurso de las sesiones se explicita claramente que Manolo toma una
postura poco implicada, tanto en la pareja como en su papel de padre. Luisa, hasta
ahora, lo ha tolerado, pero su adicción a las máquinas tragaperras ha sido la gota que ha
desbordado el vaso. Por ello, no está dispuesta a seguir asumiendo el papel de máxima
responsable de la organización familiar. Ante ello, Manolo sigue en una posición
inamovible por más estrategias que se intenten en terapia. Como último recurso, se utiliza
41
una provocación (movimiento que aparecerá en los capítulos posteriores) con la intención
de hacer saltar la rigidez de su posicionamiento. Llaman al cabo diez días: han decidido
que es necesario trabajar en terapia los problemas de un supuesto TDAH de su niño de
cuatro años, porque, de repente, se ha vuelto superimportante en la dinámica cotidiana.
 Es un ejemplo de desplazamiento del conflicto, con el fin de que la pareja se
ponga a trabajar en algo que dé sentido a su relación y, si se discute, sea por algo que no
sean ellos mismos.
 Las triangulaciones se pueden realizar con cualquier cosa o con cualquier
persona (no tiene por qué ser de la familia). Uno puede triangularse con el perro o con el
gato, con un vecino, con amigos, con la PlayStation, con el móvil, con el trabajo...
 Recuerdo el caso de una pareja; la esposa se quejaba de que él pasaba más
tiempo con la protagonista de un videojuego que con ella. Ciertamente, él estaba muy
agobiado por las constantes demandas de atención de ella. Tenía varias posibilidades
(hablarlo, dejarla, desarrollar síntomas o prestar atención a algo que no le pidiera nada) y
tomó la menos conflictiva en principio: triangular con un juego virtual. No contaba (o sí)
con los celos de ella.
Hay, principalmente, dos tipos de triangulaciones:
 El chivo expiatorio. Dos personas del mismo nivel jerárquico se coaligan para ir
en contra de un tercero (normalmente, de un nivel jerárquico inferior). Es el caso
de los padres que exageran o enfocan en exceso una dificultad del hijo para
enmascarar sus problemas de pareja. Ya hemos visto diferentes ejemplos de ello (el
anterior, sin ir más lejos).
 El triángulo perverso. Dos personas de distinto nivel jerárquico se unen para ir
en contra de una tercera persona con la que ambas tienen un conflicto latente.
Sería el caso de un hijo o hija y uno de sus progenitores contra el otro progenitor, o
bien de un nieto con alguno de los abuelos, en contra de alguno (o de los dos)
padres. Uno de los problemas esenciales que comporta el triángulo perverso es el
tema de la rotación jerárquica: el miembro de la familia de un subsistema inferior
se ve situado de repente en un subsistema con más poder, rompiendo límites y
reglas. Por ello, por una parte ayuda, en la coalición, al partner que está más débil.
Por otra, puede aprovecharse de ese poder y traspasar los límites de lo que se le
demanda, complicando aún más las interacciones familiares (puede volverse un
tirano).
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 Alba es una chica de dieciocho años. Llega a consulta porque el psiquiatra al
que visitó —debido a que estaba muy triste y desmotivada— detectó que había
adelgazado mucho en dos meses. Ella afirma que es cierto, pero que si ha adelgazado, es
porque echa de menos a su hermana, y se le han quitado las ganas de comer. Es más o
menos noviembre. Su hermana se fue de Erasmus en septiembre y, desde entonces, han
cambiado mucho las cosas en su casa. Sus padres no se llevan muy bien. Alba describe
la dinámica de su casa como la de una familia en la que el patrón autoritario es el
dominante: su padre es la persona que manda en todo porque, según él, es el que trae el
dinero a casa. Su madre está muy deprimida y, hasta que su hermana se fue, se apoyaba
en esta. Ahora lo hace en ella. Su hermana, que es una chica con mucho carácter, se
peleaba con su padre constantemente, intentando defender los derechos de la madre. A
ella le cuesta más, en parte, porque hasta hace poco se llevaba bien con su padre. Todo
cambió cuando tuvo que decidir qué carrera quería cursar: ella deseaba hacer una, su
padre la animaba a estudiar otra, y su hermana le insistía en que se metiera en la misma
que ella estaba cursando. Alba se decidió por la tercera opción. Su padre empezó a
meterse con su aspecto desde ese momento, y la relación entre ellos se deterioró. Ahora
discuten mucho, durante la comida, cuando él le pide que coma un poco más. Entonces,
ella le suele soltar que es un materialista, que solo le preocupan el dinero, los coches, la
comida... Su madre, cuando esto ocurre, no se mete y deja que ellos sean los que
monten la guerra. Alba acaba no comiendo y siente que ha ganado la batalla.
Figura 1.5. Representación de las triangulaciones de la familia de Alba. Primera triangulación: madre + hermana
mayor frente al padre; segunda triangulación: madre + Alba frente al padre.
 Observemos la doble triangulación. Antes de irse de Erasmus, la hermana
estaba triangulada: era el brazo armado de su madre. Al no estar en casa, se busca una
sustituta para defender a su progenitora del padre. Ello se concretiza cuando Alba escoge
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seguir el grado de su hermana. El padre así lo entiende y empieza a agredirla. Ella,
incapaz de entrar en guerra como lo hacía su hermana, desarrolla su estrategia a través
del síntoma y discute con su padre en las comidas. Está «servido» el segundo triángulo.
Sobre las transiciones, las crisis y los cambios
Llegados a este punto, hemos de centrarnos más ampliamente en el tema de las
crisis familiares y el cambio. Para ello, hablaremos de la trayectoria que toda familia
atraviesa en el devenir vital. A ese devenir se le denomina ciclo vital familiar e indica
todos los retos que los miembros de una familia tienen que afrontar y superar para
sobrevivir como tal. Veamos cómo funciona.
Cada vez que una familia tiene que encarar un desafío adaptativo, pasa una crisis,
que será mayor o menor según las herramientas con las que cuente para ello, o bien
según el grado de funcionalidad de las diferentes áreas en la gestión de la estructura
familiar.
La etapa adaptativa entre una fase del ciclo vital y otra se denomina fase de
transición; es entonces cuando, ante las dificultades de encaje, puede aparecer la
sintomatología, alertando sobre los aprietos que se están viviendo, y dando tiempo para
encontrar posturas más flexibles y acomodaticias.
De hecho, en general, ante ciertos cambios, las familias tienden a intentar
reequilibrarse, utilizando estrategias de cambio 1, con la finalidad de que «todo siga en
la zona de confort previa a la crisis».
Si recogemos el esquema que ya habíamos utilizado anteriormente(Figura 1.3),
vemos que ante las crisis más o menos graves que las familias viven en las diferentes
etapas del ciclo vital, la tendencia, si no se encuentran estrategias adaptativas, es intentar
funcionar «con más intensidad» tal como hacían hasta ese momento. Ello las llevará a
repetir patrones de funcionamiento que antes les eran útiles, pero que ahora demuestran
su poca validez. Su rigidez a la hora de buscar un nuevo posicionamiento nos habla, o
bien de dificultades en algún área, o bien de carencias con respecto a habilidades o
estrategias, o en el peor de los casos, en el plano metacognitivo. Así, la solución
repetidamente intentada puede instaurarse en un patrón que fácilmente provoque
o intensifique la sintomatología.
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Figura 1.6. Gestión de la crisis y cambio en las etapas de transición.
45
 La escuela estratégica (Watzlawick, Weakland y Fisch, 1974) nos habla de
todas esas «soluciones intentadas» que convierten una dificultad en un problema. Para
ellos, de hecho, es precisamente la aplicación repetida de intentos de procedimientos
ineficaces lo que acaba magnificando un obstáculo que podría haber sido un apuro.
Las formas más comunes de hacerlo son estas:
 Más de lo mismo, o cuando la solución es el problema. Un ejemplo de ello es:
«Tengo ansiedad y me calma comer algo dulce. Lo hago, pero, a medio plazo,
engullir dulce me provoca mucha ansiedad, ya que la bioquímica del azúcar me pide
más y más para mantenerse en el mismo nivel, si no, no tengo energía ni puedo
concentrarme. Así, lo que me tranquilizaba ahora me provoca aquello de lo que
quería huir. Al final, consulto a un terapeuta por los atracones en vez de por
ansiedad».
 Las simplificaciones, o cuando se niega que existe un problema y se tacha de malo
a quien lo señala como tal: «Mi hijo es muy bueno. Fíjese, doctor, que el otro día se
fue con sus amigos a la playa, y ellos que no son como él, le pusieron marihuana en
la mochila. Hacían ruido y molestaban, así que vinieron los municipales. Le hicieron
mostrar lo que había en la mochila a mi hijo y allí estaba lo que le habían puesto. Él
es incapaz de romper un plato. El disgusto que se llevó».
 El síndrome de la utopía, o cómo las cosas deben ser y por ello, se exige un
cambio machaconamente, no aceptando las cosas como son: «No sé qué le pasa a
mi hijo. Habíamos quedado en que sería médico y, ahora, no estudia. Ha repetido
dos veces primero de bachillerato. Lo traemos porque no sabemos qué le ocurre.
Tiene que cumplir con lo que habíamos pactado, pero debe de estar deprimido o
algo, aunque sale y sonríe... Le tiene que estar sucediendo algo, seguro».
 Paradojas, o poner la relación en un callejón sin salida: «Mi pareja no tiene detalles
conmigo y eso me hace infeliz. Él me pide que le diga qué quiero yo que haga, que
no sabe qué hacer. Se lo digo, pero cuando viene con alguna cosilla, ya no tiene
gracia porque se lo he dicho yo. Se ha de esforzar y adivinar qué es lo que quiero».
Estos truquillos y otros provocan que las situaciones se compliquen y se vuelvan
aparentemente irresolubles. Por ello, una de las preguntas indispensables que hemos de
realizar en terapia familiar, durante la primera visita, es:
«¿Qué soluciones se han intentado?».
Como ya se ha comentado, en el ciclo vital se dan diferentes etapas. El corte de
inicio para explicar dichas fases puede ser cualquiera. Tradicionalmente, se sitúa en la
adolescencia. Cada etapa del ciclo vital comporta una serie de habilidades relacionadas
con aprendizajes que han de resultar útiles para el funcionamiento individual, familiar y
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social y, también conlleva un conjunto de posibles dificultades que pueden dar pie a
síntomas en alguno de los miembros de la familia. Más adelante se incluye un cuadro
resumen de todo ello.
Figura 1.7. Río del ciclo vital familiar. Cada etapa tiene uno o varios escollos que superar.
Etapa ciclo vital Funciones que se deben
adquirir
Problemas que puede presentar
Galanteo
(adolescencia)
Salir al mundo: equilibrar la
importancia de la familia y los
amigos
• Habilidades con los iguales.
• Habilidades en las relaciones de
pareja.
• Construcción progresiva de una
identidad diferenciada.
• Posición comprometida en la familia
(triangulación, parentalización, conyugalización):
uno de los progenitores lo necesita. No hay tiempo
para la adquisición de habilidades.
• Lealtad excesiva a la familia: no hay una
individuación completa.
• Sintomatología propia de este período: problemas
de comportamiento, conducta impulsiva, tonteo
con sustancias adictivas, embarazos adolescentes,
trastornos alimentarios...
Construcción del
joven adulto
Inicio de una vida autónoma al
margen de la familia:
• Irse de casa: elaboración de las
reglas de funcionamiento con la
familia de origen.
• Posición comprometida en la familia
(triangulación, parentalización, conyugalización):
uno de los progenitores lo necesita. No hay
proyecto personal, de pareja o profesional.
• Conducta psicótica.
• Sintomatología evitativa, ansiedad y depresión.
47
• Establecimiento de las bases de
un proyecto profesional.
• Primeros compromisos en las
relaciones de pareja.
• Posible huida de una familia excesivamente
aglutinada o problemática: elección impulsiva de
pareja.
Establecimiento
de la convivencia
en la pareja
Aprender a negociar y establecer
relaciones satisfactorias y
equilibradas:
• Poner límites con las familias de
origen.
• Reordenar las relaciones con
amigos.
• Encontrar un equilibrio entre
espacio individual y de pareja.
• Aprender a comunicar
adecuadamente.
• Invasión de las familias de origen: se es más hijo
que pareja todavía.
• Enfriamiento del amor romántico: discusiones
sobre la intensidad de la relación.
• Enfriamiento de la intensidad en las relaciones
sexuales.
• Disconformidad de uno de los miembros en cuanto
a cómo se ha establecido el poder en la pareja:
utilización del síntoma para conseguir más
fuerza.
Nacimiento de los
hijos
Establecimiento de las funciones
parentales:
• Pasar de ser dos a tres: división
de las tareas.
• Superar la soledad de los dos
miembros de la pareja (ella, por
la crianza; él, porque la esposa
está centrada en el bebé).
• Fomentar una conyugalidad
armoniosa: no dejar de lado la
relación de pareja y la
sexualidad.
• Poner límites a las familias de
origen: ser más padres que hijos.
• Reordenar el tiempo con los
amigos.
• Huida del marido ante la responsabilidad respecto al
bebé: intentar seguir con su vida como si no
hubiese cambios, traspasar sus funciones a su
madre (abuela), infidelidad, abandono del hogar.
• Depresión posparto, como señal de sentirse sola y
desbordada.
• Las familias de origen dirigen la vida familiar: más
hijos que padres.
• Lloros, falta de sueño, problemas con la
alimentación.
Crianza Ayudar a construir un proyecto
coherente de ser persona:
• Promover la autonomía
(escuela): primeras
separaciones.
• Establecimiento de la
diferenciación entre
subsistemas: asunción de
normas.
• Problemas de comunicación entre los padres: son
más padres que pareja.
• Los padres no funcionan como un equipo: falta de
habilidades.
• Niños como chivos expiatorios: síntomas diversos
(enuresis, encopresis, problemas de
comportamiento, de sueño, miedo, problemas
escolares, tics, celos entre hermanos...).
48
• Equilibrio progresivo de
responsabilidades, derechos...
Etapa intermedia
de la pareja
(coincidencia con
la pubertad de los
hijos)
Flexibilización de los límites y las
fronteras familiares:
• Recuperar espacios de pareja.
• Conceder más derechos y
establecer más responsabilidades
a los hijos.
• Dar espacios de más libertad a
los cuasi adolescentes.
• Distanciamiento en la pareja. Pueden estar muy
centrados en la vida profesional. Más
profesionales que pareja.
• Infidelidades.
• Posible divorcio: estallan todos los problemas
estructurales que se arrastraban.
• Conciencia de éxito o fracaso profesional:
depresión.
• Triangulación de algún hijo con el fin de desactivar
el conflicto.
• Mentiras de los hijos, escapadas, fracasoescolar,
rebeldía, drogas, desobediencia, trastornos
alimentarios...
Independencia de
los hijos
Dejar ir:
• Construir una relación más
adulta con los hijos.
• Reencontrarse con la pareja.
• Reutilizar el tiempo familiar
como tiempo personal.
• Síndrome del nido vacío.
• Triangular al hijo y no promover su individuación:
sintomatología.
• Sintomatología de uno de los cónyuges para que el
otro pueda seguir cuidándolo.
• Infidelidades. Separaciones y divorcios.
Jubilación Aceptar el cambio de rol:
• Convertirse en abuelo: cuidar de
los nietos.
• Sentirse útil de una forma
distinta.
• Aprender a disfrutar del tiempo
libre.
• Negociar con la pareja nuevas
reglas de convivencia (muchas
horas juntos). • Superar pérdidas
de la pareja, padres, amigos...
• Separaciones: demasiado rato juntos. Estallan
problemas estructurales.
• Inexistencia de fronteras con la familia de los hijos:
crianza de los nietos.
• Depresiones por pérdidas, enfermedades...
• Sintomatología de uno de los cónyuges para que el
otro se sienta útil.
Cuadro 1.1. Ciclo vital familiar: etapas, funciones que hay que sedimentar en cada una de ellas y problemas que
pueden ir apareciendo.
El hecho de que se puedan sistematizar las dificultades que se deben afrontar pone
de manifiesto que hay una serie de crisis, que forman parte del ciclo familiar y que
podrían ser consideradas inesperadas, pero que, en realidad, son bastante frecuentes. En
esta categoría entrarían la infidelidad, el divorcio, los problemas escolares, etcétera.
49
Otras se anticipan como etapas que tendrían que ser maravillosas, pero, en cambio,
la mayoría de las familias descubre horrorizada que son pesadas, complejas y
desgastantes (primeros tiempos de la crianza, el primer año de convivencia, la jubilación,
y demás). De hecho, atravesar el ciclo vital familiar y que la familia y sus miembros
consigan hacerlo con buena salud mental, espacios comunicativos fluidos y una
«nutrición» afectiva y emocional, es realmente un éxito inaudito. Requiere verdaderos
esfuerzos en flexibilidad, generosidad, colaboración, respeto y autonomía.
Si con lo anterior no tuviésemos suficiente, hemos de añadir la gestión de las crisis
inesperadas (Pittman, 2012): muerte de alguien, desastre natural que destruye el entorno
o la casa familiar, pérdida del patrimonio, entre otras. Este tipo de crisis presuponen un
nivel de tensión muy importante que solo como familia se podrá superar con mucho
esfuerzo y colaboración por parte de todos.
Es evidente que, tanto en un tipo de crisis como en el otro, si existen problemas
estructurales en la familia, o bien es el momento de utilizar el conflicto como
catalizador del cambio funcional, o bien, será el punto de inflexión para que pueda
plantearse una ruptura en el proyecto familiar. La tercera opción es el desarrollo de la
sintomatología, si esta todavía no ha aparecido.
Los problemas estructurales son conflictos que aparecen repetidamente en la
familia y tienen que ver con cómo se ha establecido el funcionamiento familiar.
Cualquier tipo de crisis los pone de manifiesto, de forma más o menos intensa, si bien
cada una de estas puede ser una oportunidad de resolver las reglas del juego que no
agradan. Sin embargo, si la familia tiende a la rigidez adaptativa, aquello que suceda
deberá comportar una gran movilización, porque, si no, todo volverá a reequilibrarse
siguiendo las mismas pautas. La regla se puede resumir así: a más dificultad en el
cambio más patología de funcionamiento. De hecho, la narrativa familiar es el gran
sustentador, que a través de toda su mitología (Linares, 1996) canaliza todo el esfuerzo
familiar para que la crisis no produzca un cambio, sino un no cambio (Pittman, 2012).
 Silvia es una chica de veintiocho años que llama muy asustada. «No soy nada
agresiva, y ahora me pongo hecha una fiera con mi novio y, aunque no lo hago, podría
pegarle de la impotencia que me hace sentir.» Hace cuatro meses que se han ido a vivir
juntos. Con él, todo ha sido muy lento. «He tenido que forzarlo a dar pasos. Nos
teníamos que comprar un piso y él lo iba retrasando. Decidí: “Lo voy a comprar sola”, y
entonces se apuntó. Y así, con todo. En este momento, vivimos juntos porque, al final,
ya me iba a ir yo sola.» Ahora que, por fin, comparten espacio (el proceso ha costado
tres años), llama su suegra y, cuando se pone ella, cuelga. Si hay comida los domingos, a
ella no la invitan. Si «esa señora» se encuentra con la madre de Silvia por la calle, se
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pone a llorar y le dice que es una desgracia que su hijo se haya ido a vivir con Silvia. «Lo
peor es que mi novio no ve un problema en todo esto. Lo encuentra normal. Yo no sé
qué hacer.»
 Silvia y su novio están en la etapa del establecimiento de la convivencia en la
pareja. Parece que la familia de origen de él tiene muchas dificultades en aceptar la
individuación de su hijo (o al menos la madre, que está en la etapa de «nido vacío»). El
novio, por su parte, está actuando como si fuera todavía más hijo que pareja. Se siente,
probablemente, más leal a su familia de origen que a la que está formando con Silvia.
Todo ello desata la rabia de nuestra clienta. No han encontrado aún mecanismos
negociadores que resuelvan la crisis: él hace ver que no pasa nada, ella se indigna y
pierde los papeles.
 Carolina y José son pareja desde hace mucho tiempo (treinta y cinco años).
Acuden a terapia empujados por sus hijos. No paran de discutir desde que los dos se
jubilaron. Ella dice que no aguanta más las descalificaciones de su marido y sus rabietas
ante cualquier opinión que disienta de la suya. Él comenta que no soporta que ella lo trate
como a un niño y le esté dando órdenes todo el tiempo. Los dos afirman que, en
realidad, esto siempre ha sido así, pero lo sobrellevaban gracias al trabajo. Se veían
pocas horas y los enfados, aunque durasen días, se notaban menos, ya que cada uno se
distraía durante la jornada laboral. Ahora la situación es insostenible: o el otro cambia o
se separan.
 Vemos claramente que una crisis del ciclo vital (la jubilación) pone de
manifiesto una crisis estructural (simetría inestable y pugnas por el poder de la relación),
ante la que se proponen soluciones extremas y, en cierta manera, continuistas: que
cambie el otro o la separación (posible, pero compleja en estas etapas).
Tras estos esbozos de cómo funciona una familia, para lo bueno y para lo malo, en
el capítulo siguiente nos dedicaremos ya a abordar cómo intervenir, con el fin de
reajustar patrones de funcionamiento complejos que impiden una adaptación saludable.
51
CAPÍTULO 2
EL CALDERO MÁGICO
No es mi intención en este capítulo construir un tratado sobre la intervención
sistémica. Existen muchos manuales que la recogen y que sabiamente han organizado los
procedimientos utilizados desde esta perspectiva. Mi trabajo en este capítulo, en cambio,
es trazar las líneas fundamentales de la actuación que se realiza con familias, con la
finalidad de que se comprendan con facilidad las técnicas que se exponen en los capítulos
posteriores y que, en realidad, son el objetivo de este libro. Por tanto, si se quiere
profundizar en las estrategias, tácticas y técnicas tradicionales, lo mejor es acudir a los
maestros. En la bibliografía se recoge buena parte de los textos ineludibles sobre esta
materia.
Una vez aclarado esto y recogiendo el testigo del capítulo anterior, la pregunta lógica
que hay que plantear es: ¿cuál es el objetivo de la intervención sistémica? Pues no es otro
que el de potenciar que la familia genere un marco de funcionamiento más flexible con
el fin de que pueda adaptarse a los cambios que conlleva su ciclo vital y a los
acontecimientos que la vida le presente, permitiendo la individuación y el crecimiento
emocional de sus miembros, sin por ello traicionar sus valores ni la lealtad y la
confianza que se ofrecen mutuamente.
Para conseguirlo, las líneas estratégicas básicas sobre las que actuar son:
 Destriangular. Los conflictos de una díada han de ser de la díada y no involucrar
a losdemás. Por ello, intentamos sacar de en medio a los desactivadores o brazos
armados en la guerra explícita o implícita que existe entre ellos, ofreciendo claridad
a los problemas verdaderos que hay que tratar.
 Poner «en marcha» el tiempo para que el ciclo familiar siga adelante y todos sus
miembros puedan afrontar las dificultades propias de la etapa vital que les
corresponde y, así, vivir, aprender y madurar.
 Equilibrar lealtad e individuación para que los límites de las familias y entre los
subsistemas sean los adecuados, permitiendo el crecimiento de todos sus miembros
y su autonomía, la libertad de ser y la responsabilidad de cada uno sobre su vida.
Estos itinerarios se corresponden con unas dificultades determinadas que ya se
apuntaron en el capítulo 1:
52
 Dificultades en pautas comunicativas: descalificaciones, malentendidos que tienen
que ver con lo analógico y lo digital, puntuación de secuencias diferente, etcétera.
 Dificultades relacionales, que se basan en:
a) La persona está atrapada en juegos familiares (triangulaciones,
parentalizaciones o conyugalizaciones).
b) Se da una falta de límites con la familia de origen. La lealtad familiar
provoca problemas en la individuación o no permite ser más pareja que hijo.
c) Se hace patente un bloqueo en las etapas de transición (atrapamientos en
juegos familiares o miedos o enquistamientos emocionales).
d) Existen problemas en las jerarquías entre subsistemas. La función
protectora del síntoma ha tomado las riendas de la familia. Sucede, por
ejemplo, si el paciente identificado es un hijo que, a través de la
sintomatología, se ha convertido en el dictador que impone sus normas en el
hogar.
e) Aparece una gestión deficiente de la simetría y la complementariedad. Ello
comporta o bien que alguien de la familia desarrolle una sintomatología, o bien
que los conflictos sean cada vez más patentes e insistentes.
Como ya se ha señalado, que una familia presente una de estas dificultades no
significa que no pueda presentar otras. En general, cuando un grupo familiar aparece en
consulta, vemos asociadas varias de ellas.
Hasta aquí, se han analizado el objetivo general de la intervención, las líneas básicas
de trabajo y los problemas fundamentales con los que podemos encontrarnos. Ahora
bien, ¿cómo se interviene? Centrémonos en ello.
Ingredientes básicos para una buena intervención sistémica
Hay una regla básica en sistémica: «Si tú, como terapeuta, no le sigues el paso a la
familia, la familia no te lo seguirá a ti». ¿Qué se quiere transmitir con ella? Que si tú no
haces esfuerzos por adaptarte a la familia, a su forma de comunicarse, a su forma de
hacer, a su emocionalidad, la familia será más cauta a la hora de concederte su
confianza.
Para conseguir ese objetivo, en sistémica se practica un movimiento terapéutico: la
acomodación.
Dicha táctica consiste en una serie de acciones y gestos por parte del terapeuta que
tienen como fin conseguir la construcción de una buena relación con la familia, que la
predisponga a permitir el acceso a sus dificultades reales, y así consienta al terapeuta
y al equipo la gestión de maniobras técnicas que potencien el cambio.
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Como vemos a través de esta definición, concebimos una familia activa y
responsable de su cambio, ya que está en ella dar acceso o no a los profesionales y,
resolviendo su resistencia a abandonar su zona de confort, potenciar sus recursos para
flexibilizarse.
La acomodación ha desarrollado toda una serie de herramientas técnicas, en los
niveles analógico y digital, que permiten una conexión eficaz con la familia. No es nuestra
intención desplegar el abanico de estrategias útiles para ello, sin embargo, sí
comentaremos las más comunes:
 Mimetismo, también llamada técnica del calcado. Los terapeutas experimentados
lo hacen automáticamente. Consiste en acomodarse al estilo comunicativo y
afectivo de la familia, imitándolo (ritmo de la comunicación, mostrarse jovial si la
familia es jovial, etcétera).
 ¿Nunca os habéis encontrado, muy a gustito, hablando con alguien y de
repente os dais cuenta de que ambos adoptáis el mismo gesto, pero en sentido inverso,
como si uno fuese el reflejo del otro? Bien, pues en ello se basa la técnica del calcado.
 La programación neurolingüística (PNL) ha desarrollado un conjunto de
técnicas muy efectivas, verbales y no verbales, para que la acomodación con los clientes
sea rápida y eficaz. La técnica del calcado es una de ellas. El uso de submodalidades
perceptivas (gusto, olfato, sensaciones físicas, vista y oído) en el plano verbal es otra.
Con ellas se pretende ayudar a la persona a sentir que el terapeuta habla su idioma y la
comprende, facilitar su abertura emocional y potenciar su capacidad de cambio.
 Mantenimiento. El terapeuta, tras observar el funcionamiento familiar, desarrolla
—a través de las preguntas, con la aceptación del etiquetaje en un primer momento,
con la utilización de metáforas familiares— un apoyo programado a la estructura
familiar. De este modo, se consigue que la familia se sienta respetada y que, de
entrada, no exista el peligro de ser empujada a un cambio para el que,
probablemente, no se siente preparada.
 Rastreo. Es la función básica del terapeuta: seguir la pista. El profesional husmea
el contenido de las comunicaciones y de la conducta de la familia y, mediante gestos
y preguntas, los alienta a continuar expresándose en ese sentido. Los truquillos que
generalmente se emplean son repetir su última frase, asentir con la cabeza,
murmurar un «hum» o un «¡ajá!».
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Sin embargo, la acomodación no tendría ningún sentido sin la reestructuración, es
decir, sin todos aquellos movimientos y acciones que llevará a cabo el terapeuta con la
finalidad de que la familia se confronte con la necesidad de cambiar. Por tanto,
acomodación y reestructuración son interdependientes: la una no tiene sentido sin la otra.
De este modo, estamos remarcando que el trabajo básico de un terapeuta se basa en los
siguientes aspectos:
Figura 2.1. Movimientos de acomodación y reestructuración para provocar el cambio familiar.
Por tanto, un terapeuta familiar se acomoda a la familia con la intención de...
 Aceptarla tal como es, de modo que no lo vivan como una amenaza.
 Introducir enlaces hacia otras narrativas sobre qué les sucede y quiénes son
(narrativas que salen del propio discurso de la familia sobre su historia y sus
valores).
 Introducir elementos provocadores (es decir, «llamar para que salga»).
 Situar a la familia en la necesidad de poner en marcha recursos innovadores u
olvidados por desuso.
Todo ello, dando un paso atrás sobre el cómo hacerlo, primando la idiosincrasia y la
libertad de la familia.
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En cierto sentido, el movimiento del terapeuta es el de un péndulo (Andolfi et al.,
1985), que se acerca y se aparta sin cesar hasta que la familia está lista para
reorganizarse sin sufrimiento y es capaz de aumentar la complejidad de
construcción de sus significados familiares.
La clave de este trabajo está en el grado de tensión que se introduce en cada
acercamiento. De hecho, la inclusión de imágenes contrapuestas a las que la familia
propone como propias es progresiva. La evaluación del grado de asimilación de estas nos
dará la pista de hasta qué punto la familia es capaz de flexibilizar la mitología que
ondea como definitoria. Sin embargo, hemos de ir con cuidado : hay familias que no
digieren nuestras propuestas, sino que las fagocitan, en el sentido de que se apropian de
ellas para encajarlas en las justificaciones de su discurso. Esto no es muestra de
flexibilidad, sino de rigidez y de dificultad para el cambio. En tal caso, se requiere el
empleo de escafandra y de otros artilugios del arte de la guerra.
 En general, cuando hablamos del arte de la guerra, pensamos en
intervenciones más estratégicas, siempre dispuestas a diseñar procedimientos creativos
con los que vencer la dificultad de la familia de salir de sus formas de funcionamiento,
intentando desgastar lo menos posible a esta y a los terapeutas en elintento.
¿Dónde se originan esas imágenes contrapuestas? En el ejercicio de una de las
técnicas más utilizadas por los terapeutas: la redefinición.
La redefinición no es otra cosa que la construcción de una perspectiva distinta a la
hora de construir el significado que se le da a lo que está sucediendo. Por tanto, es el
resultado de reetiquetar la «verdad» familiar con una verdad que recoge la que la familia
propone, pero que le da abertura, flexibilidad y posibilidad de evolución. El proceso que
se ha de dar para que sea efectivo es el siguiente:
1. El terapeuta recoge las etiquetas, definiciones, metáforas, que la familia emplea y
los inserta en su discurso.
2. Poco a poco, introduce sinónimos del etiquetaje o las definiciones más suaves y
tolerantes (por ejemplo, de niño hiperactivo = niño inquieto). Si la familia lo
acepta —no insiste en su calificativo o repite la descripción del terapeuta—, el
profesional aplicará un nuevo adjetivo que connote positivamente a la persona
(inquieto = curioso, activo...).
3. Para que ello resulte, es indispensable buscar situaciones de la vida cotidiana o de la
historia familiar —aunque sean excepciones— que apoyen esa descripción. Solo así,
la familia podrá construir una nueva verdad que le sea cómoda.
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4. Es interesante, si estamos redescribiendo una situación, la utilización del lenguaje
evocativo, es decir, metafórico. Cuanto mayor sea el impacto emocional de la
redefinición, más fácil será que la familia la «adopte» como una verdad propia.
 Lucas y Magalí consultan por problemas de pareja. Los dos se sienten muy
ignorados por el otro, como si ya no interesasen a su cónyuge. Todo empezó con el
nacimiento de los gemelos. El exceso de trabajo que comportaba la crianza anuló su vida
de pareja. Han pasado cuatro años desde entonces y no saben cómo volver atrás.
Lucas explica que, para él, es muy importante sentir el afecto de su mujer porque
no tiene más familia que la que ha construido con ella, ya que sus padres están muertos.
Magalí relata que siempre ha tenido problemas de autoestima porque no le ha
gustado nunca su cuerpo. La distancia que se ha establecido con él le confirma que no es
atractiva y eso le hace daño.
Parte de la redefinición que se les dio en la devolución fue la siguiente:
TERAPEUTA: Los dos habéis invertido mucho en esta relación. De hecho, cada uno se convirtió para el otro
en fuente de seguridad, amor y autoestima. El nacimiento de los gemelos os llenó de alegría, pero
también os separó. Al principio, no ocurrió nada... Lo vivisteis como natural... Sin embargo, las
reservas de amor, autoestima y seguridad que los dos habíais acumulado se fueron acabando y ya
habíais perdido el hábito de llamar a la puerta del otro y acurrucaros a su lado. Eso ahora lo hacen los
niños. Tú, Lucas, sin duda, has vuelto a revivir la pérdida de un ser querido, has vuelto a sentirse solo,
perdido... Tú, Magalí, has sentido el pánico de volver a no gustar, de mirarte en el espejo y odiarte... Sin
querer, con vuestra lejanía os habéis roto el corazón el uno al otro... Nuestro trabajo será encontrar la
forma de que sea fácil, de nuevo, estar juntos dándoos el calor que necesitáis.
 Fijémonos en cómo se van introduciendo metáforas que pueden facilitar
entender el proceso que han vivido: reservas de amor, autoestima y seguridad; llamar a la
puerta... Y cómo estas se unen a un lenguaje evocativo: revivir la pérdida de un ser
querido, sentirse solo, el pánico a no volver a gustar, a mirarte al espejo y odiarte... «Os
habéis roto el corazón el uno al otro.»
Se ha construido una verdad que facilita la propuesta de un tipo concreto de
intervención. Por tanto, la dificultad que los trae a consulta encuentra un horizonte de
esperanza, ya que se enlaza con una serie de objetivos terapéuticos.
En realidad, la redefinición va de la mano de otra técnica que forma parte del
abecedario sistémico: el reencuadre. Este procedimiento recoge todas las redefiniciones
que la familia ha ido asimilando y elabora un marco alternativo a la realidad que vive
y se construye el grupo familiar. Para ello, toma aspectos de la historia del ciclo vital,
ciertos etiquetajes, secuencias de lo que ha ido ocurriendo en terapia, y presenta una
narrativa que enfoca la realidad a través de una nueva luz.
Para conseguirlo, terapeuta y equipo han de tener:
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 Una imagen formada de cuál ha de ser el paso siguiente que dar en el proceso
terapéutico para que el reencuadre facilite la gestión técnica del trabajo que se va a
llevar a cabo.
 Una perspectiva que la familia sea capaz de aceptar con más probabilidades que
otras: lo que se evalúa a través de la percepción de las redefiniciones que tolera y de
las preguntas que es capaz de afrontar.
 A partir de estas premisas, el procedimiento siempre pasa por:
1. Resumir brevemente lo comentado hasta ese momento. Poner sobre la mesa cómo
está avanzando el proceso.
2. Enlazarlo con parte de la historia del ciclo vital, secuencias del proceso terapéutico o
del presente, etiquetajes, etcétera.
3. Utilizar las redefiniciones —las ya realizadas o nuevas— para construir una visión
positiva o nueva de la dificultad que se está trabajando.
4. Presentar una perspectiva abierta y flexible que permita salir del bloqueo en que se
encuentran la familia o el proceso terapéutico.
 Cuando llevábamos unas tres visitas, este fue el reencuadre que se les expresó
a Lucas y Magalí:
1. «Lucas, Magalí: estáis trabajando mucho para conseguir que vuestra relación vuelva
a funcionar. Lo habéis demostrado sobradamente, venciendo miedos y vergüenzas,
y os habéis acercado el uno al otro, poco a poco. Sin embargo, hay algo que no
acaba de funcionar. Ambos lo sentís y nosotros también lo notamos... El calorcito
está en vuestro corazón, pero todavía no se nota en vuestros gestos...»
2. «... Ello nos preocupa muchísimo. Pensando, pensando, nos hemos planteado
diferentes hipótesis sobre qué debe de estar pasando. Tal vez nos equivocamos,
pero tenemos la sensación, Magalí, de que al final tu miedo te ha secuestrado, y no
te deja ser valiente y volver a confiar en el amor que, sin duda, siente Lucas por ti.
Lucas, en ti, el miedo funciona de un modo distinto: va unido a un vacío muy
hondo, el vacío que sentiste cuando murieron, uno a uno, todos tus seres queridos.
No quieres volver a sentirlo, no quieres volver a perder... Crees que no podrías
soportarlo. Por ello, te resguardas dentro de ti mismo y no le abres tu corazón a
Magalí...»
3. «... El miedo y quizá el orgullo por la humillación infligida al no tener en cuenta
vuestras necesidades no os dejan avanzar tan rápido como necesitáis y deseáis. La
pregunta es: ¿vais a ser lo suficientemente valientes, generosos y humildes para
entregaros de corazón, como ya hicisteis en el pasado...?»
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4. «... Nosotros confiamos en la fuerza de vuestro afecto y en el sólido vínculo que
habéis construido.»
 Es importante resaltar que el formato que se utiliza para el reencuadre es el de
la interrogación como forma de cuestionar la homeostasis individual y de retar para que
ambos se muevan hacia el cambio. También es importante destacar el juego de imágenes
contrapuestas para alentar una oscilación en las posturas: miedo ≠ valentía, orgullo ≠
humildad, autoprotección ≠ generosidad, abertura...
Así, a través de la redefinición y el reencuadre, se consigue ese movimiento de
unión (aceptación de la familia) y de desmarque (empuje hacia la zona de no confort)
que posibilita la asunción responsable de la experiencia diferencial transformadora por
parte de la familia. Creado el marco de trabajo, el cuestionamiento circular (Boscolo,
Cecchin, Hoffman, & Penn, 1987; Cecchin, 1987) de su forma de funcionamiento
completará la panorámica nueva. Este tipo de preguntas pretende que la familia tome
conciencia de hasta qué punto la conducta de uno afecta a la conducta de los demás.
Por tanto, pone sobre la mesa la retroalimentación en las pautas relacionales y, de este
modo, se hace evidente la responsabilidad de todos los miembros dela familia en la
dificultad que se está presentando. Además, tiene un efecto generador y creativo, en el
sentido de que proporciona la posibilidad de imaginarse el día a día relacional en otros
parámetros.
Existen, básicamente, dos tipos de preguntas circulares:
 Descriptivas. Pretenden explorar un comportamiento relacional en concreto dentro
de la red de comportamientos relacionales de la familia. Por ello, se pregunta a un
miembro de la familia que «no» está incluido en esa interacción en concreto. Por
ejemplo, si se explora cuál es la conducta del marido cuando su esposa hace algo
determinado, se pregunta al hijo, que hace el rol de «observador no consciente» de
esa transacción relacional.
 Estos son algunos ejemplos de preguntas circulares descriptivas:
• A la madre: «Cuando su marido está en casa, ¿el niño come lo mismo o más?».
• Al niño: «¿Reaccionan igual papá y mamá cuando suspendes un examen?».
 Reflexivas. Intentan provocar un efecto generador de nuevas alternativas de
funcionamiento, ayudando a la familia a plantearse formas de interacción distintas.
Normalmente, se formulan en condicional.
 Estos son algunos ejemplos de preguntas circulares reflexivas:
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• A los cónyuges: «¿En qué cambiaría vuestra relación, si tú, María, volvieses a
estudiar en la universidad?».
• Al paciente identificado. «¿Qué crees que pasará con esta dificultad dentro de cinco
años, si la relación entre tus padres mejora?».
Estos son los ejes técnicos que modulan los movimientos de acomodación y
reestructuración. Evidentemente, las herramientas de trabajo en la intervención sistémica
son muchas. Algunas se irán nombrando a lo largo de este capítulo; otras, en los
siguientes.
Hemos analizado brevemente las imágenes que el terapeuta puede ofrecer a la
familia. Como se ha podido comprobar, el terapeuta las extrae de la mina mitológica
familiar. Simplemente, rebusca entre sinónimos y antónimos, evoca emociones
intrínsecas que tienen que ver con los procesos que atraviesa la familia, y así la «nueva
perspectiva» surge como una parte escondida del iceberg de significados familiar.
Construyendo la pócima
Pero centrémonos ahora en el proceso que se lleva a cabo. Una vez valoradas las
dificultades que tiene una familia, ¿cómo vamos a intervenir?
 Para entender qué puede estar pasando en la familia, se han de observar los
siguientes elementos en las interacciones:
• Incongruencias entre lo digital y lo analógico.
• Discrepancias en la puntuación de secuencias.
• Relaciones simétricas o complementarias.
• Familia aglutinada o desligada.
• Reglas familiares.
• Mito familiar.
• Etapa del ciclo vital.
• Lealtad familiar.
• Parentalizaciones.
• Alianzas, coaliciones y triangulaciones.
Puede ayudar responder a las siguientes cuestiones (Asen y Thompson, 1997):
• ¿Cuál es la configuración de la familia y la fase del ciclo vital? ¿Qué transición están
empezando o sufriendo?
• ¿Cómo perjudica el problema a esta familia en la vida diaria?
• ¿Cómo ayuda el problema a afrontar la vida diaria?
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• ¿Qué conseguiría esta familia si el problema se resolviese?
• ¿Qué perdería esta familia si el problema se resolviese?
• Por tanto, ¿qué función tiene el síntoma para estabilizar a la familia? ¿Cómo
funciona la familia para estabilizar el síntoma?
En este sentido, un tema muy importante es el modelo que utilizamos como piedra
angular en el que se asienta nuestro modus operandi. Ya en el capítulo anterior se han
mencionado diferentes escuelas. Cada una de ellas ha contribuido a la construcción de
una visión común, no solo de qué ocurre en las familias, sino también de aspectos
técnicos de la intervención. Cada una de ellas ha puesto sus «ingredientes» para que el
caldero genere la poción mágica que ha de ayudar a la familia a transformarse. Así:
 Modelo de Palo Alto (Jackson, Watzlawick y Weakland). Propugna la intervención
sobre la solución desajustada y ha dado pie al modelo estratégico básico, que
pretende ayudar a cambiar sin luchar contra la homeostasis. Jugando con el
síntoma, se incita a que la familia encuentre el equilibrio a través de la toma de
conciencia de sus recursos y fortalezas. Implica un tipo de terapeuta creativo, con
gran sentido del humor. Trabaja con las redefiniciones en sesión, y pretende que la
familia se implique en las tareas que ha de realizar fuera del espacio terapéutico.
 Modelo estructural (Minuchin, Montalvo y Fishman). Hace hincapié en la
organización, en el poder, en los conflictos bigeneracionales y trigeneracionales. Su
descripción sobre el funcionamiento de las familias y de la homeostasis asienta
gran parte de la construcción del cuerpo teórico sistémico, así como su
planteamiento sobre la crisis del sistema familiar. Evidentemente, su objetivo de
trabajo es potenciar una homeostasis más flexible y adaptativa, modificando de
este modo las reglas que modulan la estructura familiar y marcando límites más
respetuosos con los subsistemas. El terapeuta que trabaja según este modelo es un
profesional que interviene mucho en las sesiones, al menos en su inicio, intentando
que los cambios se produzcan dentro de la sesión. Pretende ser una especie de
director de orquestra que alienta a que la familia interprete nuevas melodías.
 Escuela de Milán (Selvini-Palazzoli, Prata, Boscolo y Cecchin). Su estrategia de
trabajo está muy marcada por los orígenes teóricos de Mara Selvini-Palazzoli, una
psicoanalista que, trabajando con graves casos de anorexia, decidió explorar otros
territorios. Después de una incursión en una modalidad estratégica, de la que salió
una intervención angular en esta escuela, la prescripción invariable (Selvini-
Palazzoli, Boscolo, Cecchin y Prata, 1974), se decantó hacia la elaboración de otro
tipo de trabajo: el de buscar las reglas que rigen el juego familiar. Y si hablamos
de juego familiar, hablamos también de reglamentaciones, equipos ganadores y
perdedores, elementos especialmente importantes en los casos de alta rigidez
familiar ante el cambio.
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 La escuela selviniana utiliza el principio de Ockham para descubrir qué
hipótesis se ajusta más al juego que está en marcha en la familia. Este principio subraya
que siempre se ha de intentar empezar a hipotetizar a través de la formulación más
sencilla. Así, iniciaríamos nuestra secuencia planteando una hipótesis sobre el subsistema;
si no se confirmase, pasaríamos a comprobar si existe algún tipo de coalición o
triangulación, y, por tanto, bosquejaríamos otra sobre el sistema. Si esta tampoco
correspondiera a lo que sucede, ampliaríamos el radio de variables al suprasistema
(familia de origen). Si tampoco se ajusta, tomaríamos como eje el contexto laboral, de
amistades, etcétera.
Además de esta contribución, destacan otras tres: la neutralidad terapéutica, que
comporta una atención constante a mantener el juego de las alianzas con los diferentes
miembros de la familia de forma equidistante; la circularidad, ya que fue parte del
equipo de esta escuela el que desarrolló la técnica de las preguntas circulares (Boscolo y
Cecchin), una vez que viraron hacia planteamientos más constructivistas; y la
devolución por parte del equipo, al finalizar la sesión, copiando las intervenciones
interpretativas del psicoanalista. Apuntar que, en ese sentido, el equipo se sitúa en un
lugar de poder con respecto al saber, ya que funciona igual que un oráculo. No obstante,
la devolución se ha tomado como parte del protocolo de intervención en las sesiones
familiares, y la mayoría de los terapeutas sistémicos cierran su trabajo a través de este
tipo de mensaje (desde diferentes posiciones terapéuticas) que envía el equipo.
 Modelo intergeneracional (Bowen y Boszormenyi-Nagy). Esta escuela ha
ampliado la perspectiva de trabajo con la familia, incluyendo, a la hora de enfocar
las dificultades que arrastra, las herencias, los vínculos y los valores que cada uno
de los miembros de la pareja ha tomado como legado de su familia de origen —
teniendo en cuenta, además, que cuando hablamos de familia de origen podemos
remontarnos a másde una generación, dependiendo del peso de ciertos
acontecimientos en la mitología familiar—. Las contribuciones más conocidas y
utilizadas de este modelo son el genograma familiar —un mapa orientador de los
vínculos biológicos, legales y emocionales entre los miembros de la familia— y los
mitos familiares, de los cuales ya hemos hablado en el capítulo anterior. Destaca
que el objetivo fundamental de este modelo es promover la diferenciación, y
ofrecer la posibilidad de vivir la lealtad a la familia y a sus valores con mayor
respeto a quien es uno y a sus elecciones. Los terapeutas de este modelo tienen una
función pedagógica, pues trabajan con las secuencias emocionales relacionales,
tanto con la familia nuclear como con la familia de origen, con el fin de restablecer
la confianza de los unos en los otros y resolver agravios y malentendidos.
 Modelo experiencial (Satir y Whitaker). Integrando técnicas derivadas de modelos
más humanistas, centra el trabajo en la localización de secuencias que ponen de
manifiesto las dificultades relacionales en la familia, intentando desbloquear los
62
conflictos emocionales subyacentes. Para ello, en sesión, se juega con dramatizar
la vivencia interaccional con la finalidad de que surjan posiciones y significados
alternativos que ayuden a diluir los obstáculos que interrumpen la fluidez en el ciclo
vital familiar. Un instrumento reconocido y utilizado de este modelo es el de la
escultura familiar, a la que dedicamos un capítulo en este libro. El terapeuta es un
director de escena que propone experimentos para que se encuentre una forma
distinta de estar con el otro.
 Modelo narrativo (White y Epson). Es el más contemporáneo. Construye el
discurso familiar como una narrativa que selecciona los acontecimientos vividos
en su ciclo vital familiar, según el grado de encaje en su mitología. Así, en la
leyenda que explica a la familia, a menudo aparecerán los hechos más congruentes
con los etiquetajes tolerados y se ignorarán aquellos que no se ajusten a ellos. La
crisis sobreviene cuando la familia no puede mantener el mismo relato. Es necesario
adaptar la narrativa y, por tanto, la mitología al decurso vital. En este tipo de
abordaje, se trata de reescribir la historia familiar que se halla saturada de
problemas. Por tanto, la redefinición y la externalización de la dificultad (darle
entidad proporcionándole una voz, personificando el problema o cosificando la
dificultad a través de una obra artística) ayudan a canalizar el camino del cambio. El
terapeuta es un buscador de excepciones que potencia que la familia pueda
construirse más desde la perspectiva de sus recursos que desde sus carencias.
Ciertamente, durante la formación, los terapeutas se inscriben en una escuela que
sigue más un modelo que otro. Sin embargo, el grado de comunicación de los
profesionales y la necesidad de avanzar y flexibilizar posturas, hacen que incorporen
tácticas y técnicas de otras escuelas. Por tanto, suele ser común:
 Que el modelo estructural se utilice como brújula.
 Que el modelo estratégico se emplee en ciertas fases de la terapia y cuando a las
familias les cuesta caminar hacia el cambio.
 Que el modelo de Selvini-Palazzoli sirva como forma de trabajo en la evaluación y
en familias muy, muy, rígidas a la hora de abordar un funcionamiento más
flexible.
 Que el modelo intergeneracional se use en las primeras entrevistas, usando el
genograma como instrumento indispensable para construir hipótesis y la
concepción general de los mapas sobre qué puede estar ocurriendo para que la
familia haya entrado en crisis.
 Que el modelo experiencial se ponga en marcha en alguna sesión determinada,
cuando se emplean las esculturas como motor de cambio.
 Que el modelo narrativo sea un hilo que va ayudando a modificar la construcción
que la familia tiene de sí misma y de su historia.
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No obstante, cuando uno es novato en la intervención en familia, más vale adherirse
a su modelo y a los aprendizajes asentados, y dejar para más adelante el preparar
pócimas nuevas.
Como vemos, será la perspectiva que tomemos como base de la intervención la que
marcará el punto de inicio de nuestro trabajo. Aunque hay un esquema básico que todas
siguen:
1. Si existe triangulación, destriangular y dejar que la relación de pareja haga evidente
su conflicto. Dibujar límites entre subsistemas o flexibilizarlos.
2. Si no existen, trazar fronteras con la familia de origen y poner en evidencia el
problema de lealtad familiar, triangulación o tiempo parado.
3. Si este es patente, afrontar el conflicto de pareja.
4. Si el tiempo está parado, abordar el acontecimiento vital que ha bloqueado el ciclo
vital. Trabajar para poner en marcha los aprendizajes no adquiridos.
Desde aquí, las modalidades de intervención conllevarán que estos puntos se
trabajen más de una manera u otra. Habrá quien buscará los recursos positivos de la
familia a través de las excepciones, quien les hará trabajar en vivo y en directo para
construir unos buenos límites entre subsistemas y situar al subsistema parental en el lugar
jerárquico que le corresponde, quien los confronte con su juego a través de devoluciones
trascendentes e impactantes, quien ponga tareas que los ayuden a experimentar sus
relaciones y a sí mismos de forma diversas..., o quien lo haga todo por ser muy ecléctico
o ¡muy integrador!
Para saber cuál es el camino que se va a trazar, en terapia sistémica se introducen
unos componentes considerados indispensables:
 Uso del equipo. La introducción del equipo de supervisión directa fue toda una
novedad en psicoterapia. La observación real de lo que sucedía en el espacio
terapéutico permitió experimentar con un tipo de intervenciones hasta entonces no
conocidas y poner en práctica el llamado triángulo terapéutico (Papp, 1980, 1983)
—familia, terapeutas, equipo— que da margen de maniobra para diversas
intervenciones. Lo más relevante es que la aparición en escena del equipo generó la
verdadera formación de un sistema terapéutico, es decir, un sistema creado por
familia + terapeutas + equipo. Este sistema contaría con sus propias reglas y
límites, y alentaría la creación de una nueva mitología familiar. El equipo, aparte de
observar, tiene diferentes funciones: introducir comentarios y preguntas a través del
interfono (supervisar), dar apoyo a intervenciones de los terapeutas (llamando o
entrando algún miembro del equipo), hacer de poli malo (un miembro del equipo
aparece en la sala y cuestiona a la familia), elaborar las devoluciones junto a los
terapeutas... En fin, el equipo es también un elemento de cambio. Para ello, se
utilizan diversas estrategias, aliando al equipo con la familia o con los terapeutas,
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funcionando como un coro griego, con diversas voces que debaten sobre lo que está
ocurriendo en la familia, o como equipo reflexivo (la familia visualiza una discusión
preparada sobre lo que ha ocurrido en la sesión). Sobre esta última estrategia se
hablará ampliamente en el capítulo 8.
 Santiago y Teresa son una pareja de mediana edad. Ella lleva ocho años
deprimida. Aparentemente, el motivo desencadenante fue un cáncer de mama. Desde
entonces no ha remontado. A la sesión acuden ambos, pese a que la demanda son los
síntomas de la esposa. Sin embargo, ella no abre la boca. Es Santiago quien habla sin
cesar, respondiendo a cada una de las cuestiones que se le plantean a su mujer. El
equipo, viendo que Santiago tendía a ponerse como centro de la sesión, sin dejar que
Teresa hablase, hizo entrar a uno de sus miembros. Este comentó la sorpresa de todos al
comprobar que el 90% del tiempo, Santiago se anticipaba y contestaba por Teresa. La
mayoría del equipo suponía que era por ahorrarle el mal trago a su esposa de tener que
expresar sus opiniones. Otros componentes del equipo, en cambio, pensaban que
Santiago a lo mejor tenía alguna dificultad que no nos estaba explicando todavía y, por
ello, utilizaba el tiempo terapéutico en el intento de soltarlo. Santiago se puso a reír, y
respondió que era muy parlanchín yque, en cambio, su mujer nunca hablaba. En ese
momento, el terapeuta lo invitó a hacer un experimento, quedarse unos segundos en
silencio antes de responder él por su esposa, para ver si Teresa se animaba a hacerlo.
Esta, tras la propuesta, empezó a participar en la sesión de inmediato.
 En este caso, el equipo interviene para hacer una aportación que podría poner
en riesgo el proceso de acomodación de la pareja. Por tanto, aunque aparentemente su
función es hacer un comentario-pregunta, realiza el trabajo sucio de los terapeutas:
rompe una regla secreta de la relación, la señora no tiene voz. El resultado es que el
marido se pone freno y la esposa empieza a recuperar su terreno, al menos en el espacio
terapéutico.
Que el equipo esté visionando directamente las sesiones también abre la puerta a un
nuevo estilo de formación terapéutica, ya que no solo los terapeutas júniores pueden
observar a los séniores en acción, sino a la inversa, siendo una oportunidad de oro para
encontrar un estilo propio de forma bastante más rápida y eficaz.
 Trabajo en coterapia. El hecho de que haya dos terapeutas en el espacio
terapéutico también da mucho juego. Así, entre los dos se puede plantear un trabajo
escindido, en el que uno adopte el papel de aliado de la familia, mientras que el otro
la cuestiona en mayor medida, invirtiendo papeles en la siguiente sesión. Uno de los
terapeutas también puede ejercer el rol de observador y estar en una posición meta
65
en el plano emocional. Otra opción es que los dos sean colaboradores que lleven a
cabo la misma función, ampliando las posibilidades de preguntas y
cuestionamientos.
 Organización del trabajo. Cabe destacar que la sesión de terapia familiar es muy
larga. Abarca entre dos horas y dos horas y media, aunque el tiempo con la familia
sea la mitad. Durante ese lapso, se llevan a cabo diferentes fases:
a) La presesión o espacio de preparación de la visita. Se recogen las
recomendaciones de la última entrevista. Se reflexiona sobre qué creemos que
ha podido ocurrir y se preparan tácticas y técnicas que se podrían llevar a cabo
en la sesión que se ha de afrontar, siempre que la familia lo permita. La
presesión es muy importante en la primera entrevista. Con un minigenograma y
la demanda, se empieza a bosquejar una hipótesis de qué podría estar
ocurriendo, con el fin de empezar a orientar las preguntas. Muchas veces, las
hipótesis no son acertadas y deben construirse de nuevo. Pero el hecho de
hipotetizar ayuda a dibujar un mapa con el que orientarse en la oscuridad.
b) La sesión propiamente dicha, en la que se intenta trabajar sobre lo propuesto.
En caso de que haya que variar los planes, los terapeutas salen unos minutos y
hablan con el equipo y el supervisor, o se les transmite la información por el
interfono, y se modifica el entramado propuesto.
c) El intermedio, o tiempo de debate del equipo con los terapeutas, con el fin de
generar una devolución que encamine a la familia hacia el cambio. Dura unos
quince minutos. De todas las ideas expuestas, se recogen las más adecuadas
para el tipo de afrontamiento que la familia necesita realizar en su camino hacia
la flexibilización. También se preparan tareas para que lleven a cabo en el
tiempo entre sesiones.
d) La devolución, en la que los terapeutas se hacen cargo de las aportaciones
escogidas del equipo y se las expresan a la familia, además de hacerles las
propuestas de tareas. En muchas escuelas, tras la devolución no hay posibilidad
de debate. Se observan atentamente las reacciones de la familia y se da por
acabada la sesión. Otras escuelas utilizan la devolución para que dé pie a una
segunda tanda de entrevista.
e) La postsesión, tras la devolución, en la que se comentan las reacciones de la
familia, se planifica a grandes rasgos la siguiente entrevista, teniendo en cuenta
el efecto de la devolución y de las tareas. En ella, también se trabaja con las
emociones de los terapeutas, según cómo haya ido la dinámica con la familia.
El supervisor es una figura clave en los equipos con miembros júniores, puesto que
coordina, selecciona y marca el rumbo. La familia lo conoce, ya que saluda al entrar y al
salir, y también puede entrar en la sesión para hacer comentarios, intervenciones y
preguntas.
66
Evidentemente, al ser el formato de trabajo tan variado, se ha de explicar muy bien
a la familia cuál es el procedimiento, y pedir su consentimiento para que el equipo
observe mientras se hace la intervención, así como para grabar la sesión, en caso de se
decida hacerlo.
El procedimiento
Una familia puede llegar a un espacio de terapia familiar en dos estados:
 En plena crisis, con la sintomatología en su formato más agudo o en pleno
conflicto relacional.
 Con los síntomas cronificados o la situación interaccional muy estancada.
La forma de actuar es muy diferente en cada caso. En el primero, obviamente,
pretendemos desangustiar. En el segundo, esperanzar. En ambos, que la familia
construya el espacio de terapia como un lugar donde pueden hallar fórmulas y estrategias
para que su vida encuentre nuevamente un flujo sin tanta tensión y fluctuaciones.
En ambas situaciones, hemos de conseguir en la primera entrevista:
 Acomodarnos a la familia utilizando las técnicas que se han comentado
anteriormente.
 Construir una redefinición del síntoma o problema de la familia que se engarce
en su historia y en su mitología, y que dibuje el problema no como tal, sino como
una dificultad trabajable. La única excepción son los cazadores de terapeutas,
con los que es mejor declarar la gran complejidad de su problema y nuestras dudas
sobre nuestra capacidad a la hora de resolverlo.
 Roberto tiene treinta años. Lleva desde los quince de psicólogo en psicólogo
por una depresión reactiva, debido a que sufrió acoso escolar. La psiquiatra sospecha que
tiene un trastorno de personalidad. Viene a consulta derivado por ella. Ha vuelto a sufrir
un bajón. Llega muy animado, como si no tuviese síntomas depresivos, negando que le
ocurra algo determinado. Cuando se explora el trabajo que ha realizado con otros
profesionales, comenta: «Todos me han ayudado mucho. Lo máximo que he estado con
ellos han sido tres meses. Pero siempre han sido muy eficaces. ¡Mírame lo bien que
estoy!», dice riéndose.
 La conducta analógica de Roberto desmiente la demanda. Ha venido a pedir
ayuda, pero está bien. También avisa de que las intervenciones no duran más de tres
meses, mientras afirma (burlonamente) que todas han sido eficaces, aunque lleva toda la
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vida yendo de un lado para otro.
Por tanto, ¿qué está diciendo realmente?, ¿que solo da al terapeuta tres meses de
margen?, ¿que este no tiene nada que hacer?, ¿es un cazador de terapeutas?...
Cuando se cumplieron tres meses justos del inicio del trabajo (harto complicado),
llegó muy sonriente. El terapeuta inició la interacción: «Hoy se cumplen tres meses, es
nuestro último día, ¿no?». «Efectivamente», contestó. El trabajo llevado a cabo fue de
cierre. Su última frase fue la siguiente: «Te aconsejo que, en el futuro, te dejes manipular
más». Era un cazador de terapeutas, por si alguien todavía lo dudaba.
 Pactar unos objetivos (generales aún, y poco definidos, ya que no conocemos
verdaderamente qué le sucede en la familia) que nos permitan empezar a trabajar
desde la primera sesión, y que pongan énfasis en la responsabilidad y la
capacidad de los miembros de la familia en el cambio. Para ello, es interesante
preguntar a cada uno de sus miembros qué sería para él cambiar (con respecto a la
dificultad), formulándolo desde lo positivo.
 Respecto a la formulación de los objetivos:
• No sirve: «Que mi mujer dejase de estar triste».
• Sí sirve: «Que nos levantásemos, compartiéramos el desayuno y nos preguntásemos
qué tal será el día».
 Involucrar a la familia en la terapia a través de tareas, hacerles experimentar
comportamientos diferentes que provoquen vivencias que lleven, tal vez, a un
cambio a la hora de construir las relaciones y ver el grado de obediencia a las
sugerencias terapéuticas.Las personas tendemos a ser básicamente desobedientes a las prescripciones.
¡De eso pueden dar fe los médicos de cabecera! Si a eso sumamos en el caso de la
terapia la ambivalencia hacia el cambio, el grado de cumplimiento de las tareas es un
buen criterio para evaluar no solo la motivación hacia el cambio, sino también el grado de
implicación en el trabajo terapéutico.
Una vez establecida una base sobre la que trabajar, aplicamos con diferentes
variantes el esqueleto antes dibujado.
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Figura 2.2. Esquema básico de la intervención.
Para ello, jugaremos con las convocatorias. En terapia familiar, no siempre se
llama a toda la familia. Se van combinando sesiones a las que vienen todos con sesiones
a las que se llama solo a miembros de alguno de los subsistemas. Incluso podemos recibir
a un miembro en concreto del sistema, si se cree necesario. La elección de la
convocatoria viene dada por diversos factores:
 El objetivo de la intervención que, en ese tramo del proceso terapéutico, puede
necesitar que prioricemos un sistema en concreto. Por ejemplo, cuando
destriangulamos, por una parte, trabajamos con el subsistema parental y con el
conyugal y, por otra, con el subsistema de los hijos, sobre todo con el hijo
triangulado.
 El momento en que se encuentra la familia. Si está en crisis, es probable que
llamemos a todos las dos o tres primeras visitas, con el objetivo de entender y
encauzar los ánimos. Después, con la intención de resolver el conflicto, podemos
convocar a diferentes subsistemas e intervenir en los diversos factores que pueden
estar alimentando que la dificultad no acabe de disolverse.
 El momento en que se halle la terapia. Quizá se necesite alentar la curiosidad y la
implicación de alguien. Así, lo más adecuado no es convocarlo, sino todo lo
contrario. Si a ello sumamos tareas en las que los otros miembros de la familia estén
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muy implicados, el resultado será un incremento de las ganas de asistir a las visitas,
aunque solo sea para mostrarnos su desacuerdo por nuestra actitud.
 La predisposición de los miembros de la familia a participar en la terapia y/o
sus dificultades para asistir. Por mucho que se intenten ajustar los horarios,
conjugar el tiempo de todos es complicado y más si se trabaja en un formato
público. Además, no siempre todo el grupo familiar está de acuerdo en el tipo de
intervención propuesta. Por tanto, es fácil que alguien se despiste muy pronto y
abandone el espacio terapéutico (ya veremos que existen tretas para guiñarle un ojo
e intentar que continúe asistiendo).
También hemos de tener en cuenta que, pocas veces, la familia llega con la
demanda de terapia familiar. En la mayoría de las ocasiones, este abordaje es
consecuencia de involucrar a la familia en un trabajo que, de entrada, es individual, ya
que hay un paciente identificado que lleva a cuestas la sintomatología. En este sentido,
podemos encontrarnos en dos situaciones: el paciente identificado es un niño o
adolescente, o al contrario, se trata de un adulto.
EL PACIENTE IDENTIFICADO ES UN NIÑO O UN ADOLESCENTE
En estos casos, la familia participa. Los niños son mágicos a la hora de cambiar, si
conseguimos que sus padres y hermanos colaboren activamente. Por ello, al tener frente
a nosotros a un niño, hemos de convocar a los padres y valorar si el enfoque, de cara a la
familia, debe ser más psicopedagógico (enseñarlos a manejar los síntomas, ayudarlos a
construir límites entre subsistemas, etcétera) o más terapéutico. En este caso, habremos
de valorar si la terapia familiar pasará a ser una terapia de pareja o una terapia individual
de uno de los padres.
 La familia Dalmau acude por su hijo Gabino, de diecisiete años, que no
consigue centrarse. Abril, la madre, remarca que no pone interés en los estudios y que no
sale lo que debiera para su edad. Fabio, el padre, está de acuerdo, aunque no le da tanta
importancia. Leila, la hermana pequeña (quince años) comenta que sus padres exageran.
Ya desde un primer momento (en capítulos posteriores se analizará la dinámica familiar
en esta visita), nos parece que la familia se centraliza mucho en la madre que,
continuamente, llama la atención y que Gabino asume el papel de «pelearse» un poquito
con ella, con el fin de dar voz a lo que opinan los demás: básicamente, que su madre es
un poco pesada y que está excesivamente nerviosa.
El trabajo gira en torno a descentralizar el conflicto entre madre e hijo y permitir
que este canalice sus esfuerzos en relaciones más adecuadas a su edad. Al poco, da
resultado. Gabino aprueba y empieza a salir más con sus amigos. Sin embargo, pasados
70
seis días justos, Abril llama y dice haber descubierto que Leila vomita. La chica jura y
perjura que ha comenzado a hacerlo esa semana (¿?). Tras una breve intervención, la
sintomatología desaparece, pero al cabo de tres días telefonea de nuevo la madre y
comenta que cree que tiene problemas sexuales con Fabio. Se los convoca y se empiezan
a ajustar, por fin, ciertos parámetros de pareja (hasta ahora, ambos defendían a capa y
espada el mito de armonía en la relación). Mientras esto ocurre, estalla un problema con
la familia de origen de Abril. Ello potencia una intervención en ese sentido, con la
intención de poner una frontera más firme, no solo con la familia de ella, sino también
con la de él, que tiende a meterse a menudo en lo que no la llaman. Tras ajustar patrones
interaccionales en ambos frentes, Abril me escribe un mensaje: «Creo que tengo
problemas de histrionismo. Tal vez necesito trabajar individualmente». He aquí la familia
del síntoma saltarín.
La estrategia en estos casos es la siguiente:
1. Convocar a toda la familia a la primera sesión y analizar sus pautas de
funcionamiento (norma: aceptar la definición familiar).
2. Trabajar una o dos sesiones con el paciente identificado su dificultad sintomática
(norma: redefinir la definición familiar).
3. Convocar a los padres como padres para enfocar el trabajo con los hijos (norma:
devolver la función parental), con el objetivo de asignarles el rol de coterapeutas y
programar junto con ellos la intervención; trabajar progresivamente la toma de
contacto de sus dificultades como pareja; desplazar la atención de las dificultades
sintomáticas del hijo a las quejas de pareja (norma: de 3 a 2), e iniciar el trabajo de
pareja (hay que respetar los tiempos y las resistencias homeostáticas de la pareja).
4. Trabajar con el hijo, por separado, para que se centre en sus dificultades y deje de
inmiscuirse en la dinámica de pareja (norma: potenciar la individuación).
Simultáneamente, hay que ir convocando a toda la familia para realizar
intervenciones relacionales —aquella o todas aquellas que se consideren necesarias
— dirigidas a desbloquear el síntoma (norma: cambiar las maniobras
disfuncionales):
• Trabajar pautas comunicativas (congruencia).
• Marcar límites claros entre subsistemas: evitar triangulaciones y rotación
jerárquica.
• Establecer el equilibrio entre simetría y complementariedad entre cónyuges.
• Delimitar bien las fronteras entre FO (familia de origen) y Fext (familia
extensa).
• Negociar nuevas reglas de funcionamiento adaptativas a CV Fam (ciclo vital
familiar).
• Desmontar juegos disfuncionales.
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5. Todo ello, lleva a buscar alternativas relacionales a la dinámica familiar.
6. Consolidar cambios individuales.
EL PACIENTE IDENTIFICADO ES UN ADULTO
En estos casos, se evalúa hasta qué punto es indispensable una participación puntual
o extendida de la pareja o familia. Si es puntual, se la convoca de tanto en tanto y se
ajustan relacionalmente los parámetros con el fin de que la relación continúe siendo
adecuada, pese al crecimiento de uno de los dos (o de un miembro de la familia). Si es
general, las convocatorias serán más frecuentes y la participación de la pareja o familia
será activa en el cambio.
 Alberto acude a terapia porque está deprimido. No aprueba en la universidad,
pese a que antes era un estudiante brillante. Tiene veintidós años y su vida se reduce a
los estudios y asu familia. No tiene móvil porque su padre no quiere comprárselo, no va
a ningún lugar porque es peligroso. Su existencia se parece a la que vivía cuando tenía
siete años. La intervención familiar es indispensable. El subsistema parental es demasiado
potente. Se requiere el «consentimiento» parental para que Alberto pueda madurar.
El esquema de funcionamiento en estos casos parte de valorar hasta qué punto es
necesaria la intervención de pareja o familiar para que el cambio se desbloquee. Si es el
caso:
1. Después de tres o cuatro sesiones se pide que acuda la pareja o la familia con la
excusa de dar su punto de vista sobre las dificultades.
2. Se les pide colaboración y se les pregunta si estarían dispuestos a acudir más veces.
Se les proponen unas tareas.
3. Se los convoca al cabo de un mes y después, regularmente, cada cierto tiempo.
4. En el caso de intervención rápida de pareja, se trabaja el paso a esta en la primera
sesión o, como máximo, en la segunda.
Por tanto, en el juego de las convocatorias, los factores con los que hemos de
contar son muchos. En realidad, los caminos que llevan al cambio están imbricados. Tal
vez, a la hora de convocar demos un giro. Sin embargo, eso no significa que esté mal
hecho. A lo mejor, simplemente, hemos activado un botón que teníamos previsto para
más tarde, sin que ello repercuta negativamente en la intervención.
De lo mucho que hay que comentar sobre el procedimiento de trabajo sistémico,
sería conveniente resaltar un punto que se tratará más a fondo en otros capítulos: el
posicionamiento terapéutico según el grado de complejidad y motivación de las
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familias. No existen reglas escritas, pero, entre líneas, de los escritos sobre el tema se
deduce:
 Siempre hay que procurar poner orden (posicionamiento estructural).
 Es necesario descubrir las reglas del juego (observación y cuestionamiento
selviniano).
 Explicitar la narrativa y la mitología que arrastra la familia (enfoque narrativo e
intergeneracional).
 Trabajar con el lenguaje analógico (perspectiva experiencial y estratégica).
 Implicarlos en las tareas y trabajar desde lo positivo (perspectiva estratégica y
narrativa).
Pero, realmente, la norma no escrita es:
Figura 2.3. Posicionamiento terapéutico.
Así, intervenciones clave en el enfoque familiar nacieron del trabajo con familias
complejas, con síntomas graves y muy arraigados en el funcionamiento familiar, como la
prescripción invariable, de Selvini-Palazzoli y su equipo (1974).
 La prescripción invariable es un procedimiento de tratamiento para los casos
en que las relaciones familiares son difíciles de cambiar. Su objetivo es conseguir
diferenciar el subsistema parental y filial, rompiendo las coaliciones
intergeneracionales que suelen presentarse en este tipo de familias. Para ello, se envía
un mensaje que pretende organizar jerárquicamente el sistema, clarificar los límites
y potenciar que la pareja se enfrente a sus dificultades. El protocolo es el que sigue:
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1. Se convoca a la familia nuclear junto a personas importantes de la familia
extensa. En la devolución, se explicita, tras dar las gracias a los miembros de la
familia extensa presente por su implicación, que el trabajo se realizará solo con la
familia nuclear, ya que nada más le compete a ella. Así se traza una frontera con la
familia extensa.
2. Acuden los miembros de la familia nuclear. Se declara que lo que ocurre es una
dificultad cuyo abordaje es decididamente familiar. Se convoca solamente a los
padres; de este modo, se da un doble mensaje: no es un problema del paciente
identificado, sino una dificultad familiar, y, al pedir solo a los padres que vengan,
se está marcando un límite entre el subsistema parental y el filial.
3. Se pide a los padres que guarden silencio sobre lo que se ha hablado en la sesión.
Simplemente deben anotar las reacciones de los hijos ante su negativa a ser más
explícitos. Así, se construye un equipo cooperativo entre los padres, al tener que
hacer un frente común ante los hijos.
4. Si han cumplido con la tarea, se les demanda que salgan una tarde, dejando una
nota muy escueta («Hemos salido, llegaremos tarde»). Han de guardar silencio
sobre lo que han hecho. Con ello, se refuerza el equipo y se empieza a trabajar en
el subsistema conyugal.
5. Si han llevado a cabo lo encomendado, se les pide que se vayan un fin de
semana, volviendo a dejar una nota («Volveremos mañana a tal hora»), y así
progresivamente. De este modo, se refuerza el subsistema conyugal.
La prescripción invariable tuvo tal éxito que se popularizó el libro titulado
Paradosso e controparadosso (1974). Muchas de las familias con hijos con este tipo de
síntomas lo compraron. La prescripción, evidentemente, dejó de funcionar. Sin embargo,
dio pie a muchas otras que sí son efectivas con familias complejas. Las veremos a lo
largo de estas páginas.
Como hemos visto, aunque el enfoque directo es el que, de entrada, se utiliza si las
cosas se complican, utilizar procedimientos más paradojales suele ser la salida más
eficaz. En otros capítulos se examinará este asunto más a fondo.
Otras herramientas de trabajo
A lo largo de este capítulo se han revisado los conceptos de redefinición,
reencuadre y preguntas circulares. También se han mencionado las metáforas y el
lenguaje evocativo, o las tareas... En las páginas que siguen, se introducirán técnicas
como la ilusión de alternativas, el uso de prescripciones, las provocaciones, la
hipotetización, la confrontación, la clarificación, las excepciones, el trabajo con las
escalas, etcétera. Todas ellas son herramientas con solera y probada eficacia.
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Sin embargo, este libro se dedica a técnicas que, si bien se utilizan, los terapeutas
júniores no saben cómo sacarles el máximo provecho, o bien apenas las usan,
simplemente porque derivan de otros modelos. Aquí vamos a presentarlas como parte de
un proceso de reexperimentación de la familia en nuevas formas de funcionamiento,
poniendo el acento en su uso en momentos delicados del proceso terapéutico, como
forma de preparar el sistema terapéutico para que aborden el cambio.
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PARTE II
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Cambiar el foco
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Cuando una familia llega al espacio psicoterapéutico, acostumbra a tener claras
ciertas cosas sobre sus dinámicas y sobre su historia. Ello tiene que ver con lo que, de
forma habitual, se ha explicado en torno a quiénes son como familia y como individuos,
y qué les ha sucedido para ser así. En cambio, les suele costar ver las cosas más allá de
los parámetros del discurso pactado o impuesto por la homeostasis, representada por uno
o varios de los miembros del clan familiar. Las voces discordantes, aunque chillen con
fuerza, normalmente no son muy oídas. El único canto de sirena que se atiende es el
del síntoma, que es el que los clínicos procuramos usar con el fin de encontrar una vía
de acceso al cambio. Sin embargo, si algo nos interesa a los profesionales es desplazar la
atención del síntoma al conflicto, ya que sabemos que esa es la forma más segura de
conseguir un cambio de tipo 2 en aquellas áreas algo (o muy) disfuncionales. Mientras
que la familia mantenga el síntoma como bastón que sostenga la estructura familiar, el
sufrimiento será un referente en ella. Es necesario que encuentre la estabilidad a través
de estrategias idiosincráticas y flexibles, considerando su forma de ser y de estar.
Por ello, trasladar el foco es una tarea que debe realizarse con cuidado y respetando
el modelo interactivo de la familia. Nos encontramos ante un trabajo progresivo, en el
que se establece un puente constante desde su punto de vista hasta una mirada distinta
a la panorámica sobre qué les sucede. Así, el uso de los recursos habituales en la clínica,
como la redefinición, el reencuadre, las preguntas circulares en sus diferentes variedades
(pregunta del milagro, trabajo con las excepciones, etcétera) nos ayuda en ese laborioso
camino.
En estos dos capítulos pretendemos abordar dos tipos de metodologías distintas que
nos ayuden en esa labor. Estas metodologíasutilizan como base, precisamente, «las
gafas» que se ponen los miembros de la familia a la hora de explicarse lo que sucede en
sus relaciones. De esta forma, son ellos quienes «hacen y dicen sobre...», y eso es lo
que genera el impacto y facilita el paso hacia el núcleo de la dificultad que presentan.
La primera herramienta que se presenta, la técnica de los círculos, de manera
tímida y humilde, permite que la familia se acerque al conflicto pausadamente y sin
miedo, ya que no la perciben como peligrosa. La segunda, las esculturas familiares —
más conocida entre los psicoterapeutas—, puede provocar cambios inmediatos.
Habitualmente, se emplean para fines «diagnósticos», pero, como veremos, suelen ser un
instrumento lo bastante potente para provocar movimientos reestructuradores en la
dinámica familiar. Ambas pueden usarse independientemente (se utiliza una u otra, para
que la familia tome conciencia) o de forma complementaria (en casos en los que resulta
más complejo para los miembros del clan familiar romper el mito de la armonía sobre sus
relaciones). Sin embargo, su utilización ahorra muchos esfuerzos al clínico para que la
familia perciba la necesidad de cambiar ciertos parámetros si desea que el síntoma
desaparezca.
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CAPÍTULO 3
LA TIERRA DESDE LA LUNA
Algunas familias se presentan en el espacio psicoterapéutico muy desconectadas.
Tienen poca conciencia del peso que las dinámicas familiares representan en su día a día.
Por ello, nos hablan continuamente del problema que los ha traído a la sesión, señalando
a uno (o varios) de sus miembros como generador o portador de las dificultades.
Todos sabemos lo importante que resulta salir de ese discurso si deseamos averiguar
qué es lo que realmente sucede, en el intento de encontrar una vía de escape al
atrapamiento en que el sistema se halla. Abrir ventanas en su narrativa es uno de los
objetivos principales de las primeras sesiones, objetivo que puede ser complicado de
alcanzar según el grado de rigidez y cerrazón con que exterioricen sus hipótesis sobre lo
que ocurre en casa.
En muchas ocasiones, el relato unitario e indivisible es el predominante, y no da pie
a explicaciones más amplias y prismáticas que incorporen voces más frágiles del sistema
familiar. Ofrecer sonido a esos silencios potencia las disonancias y en esas disonancias
encontramos información. Recordemos que son las diferencias las que provocan el
cambio (Kelly, 1955). Será, pues, a través de ellas como la familia pueda potenciar o
desarrollar las capacidades metacognitivas que le permitan adaptarse a aquello que el
síntoma, a través del sufrimiento de uno o varios de sus miembros, les reclama.
 George Kelly (1955) concibió al hombre como un científico que
constantemente está elaborando hipótesis sobre su vida, en un intento de gestionar la
incertidumbre vital. A la hora plantearse o no la validez de estas hipótesis, se enfrenta a la
experiencia con el deseo de comprobar hasta qué punto encajan con su planteamiento.
Para ello, utiliza el llamado ciclo de la experiencia (anticipación, implicación, encuentro
con el acontecimiento, validación o invalidación de la anticipación, revisión del sistema de
constructos), en el que a través de vivenciar la anticipación construida y de ratificar o no
si es acertada, procura (a no ser que la persona tenga dificultades) ajustar su hipótesis a
la experiencia que acaba de realizar. Por ello, la diferencia es la base del conocimiento, ya
que introduce parámetros que impulsan a la evolución y la flexibilidad, como vemos en la
teoría constructivista.
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La técnica de los círculos (Asen y Thompson, 1997) pretende que cada uno de los
componentes de la familia haga una «foto» de su realidad y de la realidad de las demás
personas que con las que convive. Esa foto se realiza en pocos minutos, de forma rápida
y fácil, y posee las características siguientes:
 Cada componente de la familia tiene voz. Presenta la realidad desde la perspectiva
de cada uno de los miembros.
 Es una representación gráfica. Es un resumen de la visión del presente familiar
desde miradas diversas.
 Ofrece una información diferente a la del genograma. Aparecen personas que no
son de la familia, aficiones, hábitos, etcétera. Todo lo relevante para los diferentes
miembros de la familia, contribuyendo de este modo a un enfoque más complejo
por parte del clínico en sus primeros movimientos tácticos.
 Es una aproximación metacognitiva a las relaciones familiares y al
funcionamiento individual de cada uno. Por tanto, este «desde fuera», por sí
mismo, provoca «otra conciencia» sobre las dificultades que atraviesan como
familia.
 Da pistas sobre los ajustes relacionales que la familia tiene que adoptar para que
el cambio sea fácil, efectivo y factible. De hecho, la familia «observará» los
movimientos que va a realizar para que sus miembros estén más cómodos entre sí.
Posiblemente, el paciente identificado será uno de los primeros en «darse cuenta».
No es extraño, ya que es el que da la señal de alarma y el que lleva a cuestas el
sufrimiento.
 En este sentido, permite diseñar estrategias de cambio con mayor rapidez, ya que
la familia estará más abierta a las modificaciones propuestas. Esto es así no solo por
la toma de conciencia, sino también porque, al trabajar con ellos sus círculos, a los
miembros de la familia les resultará más fácil predecir las consecuencias de los
cambios y ajustar los pasos para poderlos asimilar.
Además, uno de los efectos más directos de trabajar con esta técnica es la inflexión
que se da en la dinámica de las sesiones: se deja de hablar de forma reiterativa e
insistente sobre el núcleo del problema que los lleva a consulta para comenzar a tratar
otro tipo de dificultades, posibilitando que el aire que respira la familia esté más
oxigenado.
Metodología de aplicación
Como se ha señalado ya, es un método fácil y rápido en su aplicación. En realidad,
no requiere más que unos pocos minutos por círculo. Para ponerlo en práctica, el
psicoterapeuta sacará un folio y dibujará un gran círculo (todo lo grande que pueda).
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 Podéis tener láminas preparadas para tal fin y, simplemente, repartirlas.
Figura 3.1. Técnica de los círculos.
La instrucción que se da es sencilla: «Hoy vamos a hacer un ejercicio un tanto
diferente. Necesito conoceros más a fondo a cada uno de vosotros y vuestra forma de
relacionaros, para acabar de comprender cómo hemos de solucionar la dificultad que os
ha traído aquí. Para ello, voy a pedir os que colaboréis en un ejercicio muy sencillo».
El clínico dibuja el círculo. «Ahora os entregaré a cada uno un folio con un círculo
dibujado como este. Se trata de que completéis, cada uno el suyo, de la siguiente
manera», y se proporcionan las siguientes instrucciones:
 Se tienen que representar con círculos todas las personas importantes para cada uno
de ellos. Pueden incluir amigos, jefes, personas que les molesten, familiares
significativos, etcétera.
 Las personas tendrán un círculo más grande o más pequeño, en función de lo
relevantes que sean para cada uno.
 Los círculos estarán más cerca o más lejos del círculo que se les ha entregado, en
función de cómo se considere la relación con él en este momento.
 Se pueden situar dentro o fuera del círculo principal los demás círculos, según el
grado de participación que tengan en la vida cotidiana. Se permite superponer
círculos si se considera conveniente.
 Trabajo, aficiones, animales de compañía, etcétera, también tienen una entidad si
son relevantes para ellos.
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 Si alguien que falleció sigue siendo importante en el día a día, también se puede
incluir.
Por último, se indica que no hay una forma correcta de hacer este ejercicio.
Simplemente, se trata de dibujar la impresión que tenga cada uno de cómo son las cosas
desde su punto de vista.
Una vez entregadas las páginas con los círculos y unos lápices, el psicoterapeuta se
retira y presta atención a otra cosa. El objetivo es que los miembros de la familia no lo
utilicen para transmitir «información condicionadora»al resto de los miembros
(información que tenga que ver con la mitología familiar), o bien intenten averiguar qué
quiere el profesional para ser complacientes. Es importante que la familia trace sus
círculos de la forma más espontánea posible. Solo así maximizaremos el provecho que
puede aportar la técnica a la familia.
Cuando todos hayan acabado, la intervención ha de centrarse en comentar los
dibujos con cada uno de los miembros de la familia. Para ello, se siguen los pasos
mencionados a continuación.
1. CADA MIEMBRO DE LA FAMILIA HA DE PRESENTAR SU DIBUJO
Se ha de invitar y ayudar a que nos expliquen las disposiciones que han planteado.
En general, si una familia es muy tradicional, se puede respetar la jerarquía y pedir
directamente al padre que nos muestre lo que ha delineado. El peligro es que imponga, de
entrada, un discurso monocorde. Ahora bien, si no lo hacemos así, puede ofenderse y
poner trabas en el trabajo, interviniendo y descalificando a los miembros de su familia
durante la presentación de sus esbozos, o a los clínicos. En familias menos tradicionales,
podemos dejar abierta la posibilidad de quién toma la iniciativa, y recabar el hecho de
que alguien se ofrezca voluntario.
Si a la persona que habla le cuesta desarrollar su discurso sobre el dibujo, podemos
ayudarla con preguntas del tipo: «Y esta persona, ¿quién es?, ¿cómo es que la has
incluido?»... Poco a poco, se irá soltando, si nota que nos interesa lo que nos explica.
Es importante repetir aquello que digan que sea relevante para la familia, tanto
para que la persona tome conciencia como para que la familia lo escuche. De
hecho, cuando el terapeuta decide repreguntar algo, en general no es porque no lo haya
entendido, sino porque necesita que lo dicho quede fijado en el discurso individual o
familiar.
 En una sesión con una pareja con graves problemas en la conyugalidad —que
habían ocultado triangulando a una de las hijas—, la terapeuta pregunta al marido por
qué continúa con su mujer.
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MARIDO (M.) (piensa más de un minuto): Porque no ha pasado nadie por delante... (deja pasar unos
segundos que se hacen largos). Por costumbre... (de nuevo, largos segundos), por la familia...
(larguísimos segundos), ¿porque la quiero?
TERAPEUTA (T.) (a la esposa): ¿Qué opinas de lo que ha dicho tu marido?
ESPOSA (E.): Es normal. Yo lo entiendo...
T. (A la esposa): Te repito la pregunta, ¿qué opinas de lo que ha dicho tu marido? (Y lo imita.) Porque no ha
pasado nadie por delante... (hace una pausa larga), por costumbre... (pausa), por la familia... (pausa
larguísima), ¿porque la quiero?
E. (Se queda chocada, pero rápidamente se recoloca): Es normal. Yo lo conozco y es así.
T. (A la esposa): Te repito la pregunta, ¿qué opinas de lo que ha dicho tu marido? (Y lo imita.) Porque no ha
pasado nadie por delante... (hace una pausa larga), por costumbre... (pausa), por la familia... (pausa
larguísima), ¿porque la quiero?
E.: Yo, yo... (Se pone a llorar.)
 Esta es una intervención dura. La intención es la toma de conciencia de las
grandes dificultades que existen en la pareja, ya que ellos tienden a mirar hacia otra parte
y utilizan a la hija como chivo expiatorio. La terapeuta preguntando, primero al marido y
luego repitiendo su respuesta, no deja escapar a los cónyuges hacia la zona confortable
de la negación.
Repetiremos el ejercicio con cada uno de los miembros de la familia. Es importante
conseguir que todos presten atención. Por tanto, si en algún momento algún miembro se
despista, es bueno hacerle ver que, sin querer, puede hacer que otro miembro de la
familia se sienta descalificado.
 Jorge tiene quince años. Es la segunda visita y la terapeuta observa que, cada
vez que habla su padre, el joven alza la vista y mira distraídamente al techo.
TERAPEUTA (T.): Luis, un segundo (se dirige al padre). Jorge, perdona. (El chico mira a la terapeuta.) No
sé si te has dado cuenta de que cuando tu padre toma la palabra, tú no lo miras. Prefieres prestar
atención a otra cosa, por ejemplo, al techo. ¿Es algo de lo que eres consciente? (Jorge niega con la
cabeza.) Cuando una persona habla y ve que los demás, con su lenguaje no verbal, no atienden, se
siente poco importante. No sé si te ha pasado a ti. (Jorge asiente.) ¿Cómo te sentiste cuando te ocurrió?
JORGE (J.): Mal.
T.: Bien, si tu objetivo es hacer que tu padre se sienta mal, puedes continuar haciéndolo. Sin embargo, si no
pretendes eso, es mejor que con tu lenguaje no verbal también le indiques que lo que dice es relevante
para ti. ¿Te parece? ( Jorge asiente).
 La terapeuta corta la conducta descalificatoria de Jorge. Primero, señalándola,
segundo, dándole un significado, tercero bloqueando a través de una ilusión de
alternativas (si quieres hacer que se sienta mal, continúa haciéndolo; si no, préstale
atención) la posibilidad de seguir actuando así, ya que tendrá que responsabilizarse de su
agresión, lo que va en contra de la descalificación (negarse a participar en la
comunicación, pero sin entrar en conflicto).
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 La ilusión de alternativas es una técnica desarrollada por Milton Erickson (en
O’Hanlon, 1993). Se basa en la hipnoterapia ericksoniana, con la que se busca «no ir en
contra del síntoma», sino utilizarlo a favor del cambio. Así, en personas o en dinámicas
que se encuentran en momentos que no propician la flexibilidad, se enmarca la situación
de tal manera que solo existen dos o tres posibilidades —como máximo— a la hora de
situarse. Ahora bien, esas opciones existen «en apariencia»: la redefinición que ha
realizado el terapeuta de la situación (paradojal) no permite más que una única opción, la
de abandonar la posición que propicia el síntoma o el comportamiento inadaptativo. De
este modo, la ambivalencia hacia el cambio se reduce y es más factible la intervención.
2. DESARROLLAR LAS CAPACIDADES METACOGNITIVAS DE CADA MIEMBRO DE LA FAMILIA
El objetivo es que la familia y sus miembros sean capaces de «pensarse» y
«mirarse» de forma más compleja. Para ello, necesitamos introducir preguntas que
ayuden a reflexionar y a expresar su sorpresa sobre lo que han dibujado o sobre lo que
ven en los demás.
«¿Qué te parece lo que has dibujado?»
«¿Hay algo que te haya sorprendido?»
«Estos círculos están muy cercanos, ¿puedes comentarme por qué los has situado
así?»
Estas preguntas pueden facilitar que la gente empiece a comentar. Es cierto que
algunas personas pueden tirarse hacia atrás cuando ven lo que han esbozado: «Es
casualidad», «No calculé bien las distancias». No le demos ningún significado
psicológico. Tranquilicemos a la persona y sigamos explorando.
«Así que te gustaría ponerlo de otra manera. ¿Cómo lo modificarías sin borrar
nada? Y de este modo, ¿te parece que se ajusta más a lo que ves?»
Nuestra pretensión no es convencer a nadie, sino dar la oportunidad de que nos
expliquen y se expliquen y que ello, por sí mismo, dé pie a iniciar un camino distinto.
 Una buena estrategia es la utilización de las preguntas circulares, ya
comentadas en el capítulo anterior. Las emplearemos para explorar tanto las relaciones
entre los miembros de la familia —vistas por el dibujante con el que estamos trabajando
—, como para poner encima de la mesa posibles estrategias de cambio.
«Has puesto el círculo de tu madre y el círculo de tu padre a cierta distancia.
¿Cómo se te ha ocurrido colocarlos así?, ¿qué es lo que observas en el día a día para que
hayas decidido ponerlos en esas ubicaciones?»
«¿Qué tendría que ocurrir para que el círculo que representa a tu padre y el círculo
que representa a tu madre se acercaran?»
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 Observa que hablamos de círculos y no de personas. Con ello, se pretenden
dos objetivos. El primero, poner más distancia metacognitiva (no son personas, sino algo
que observamos desde fuera). El segundo es reducir la posibilidad de bloqueos a la hora
de hablar de algo que puede ser delicado, ya que pone en juego la homeostasis familiar.
«Si hubieras hecho este dibujo antes de que tu hermano se fuera de casa, ¿sería
diferente?»
«Si tuvieras quedibujar este círculo desde lo que te gustaría, ¿cómo cambiaría?»
Por tanto, a través de las preguntas no solo ayudamos a que la persona y la familia
enfoquen sus dificultades de forma menos automática, sino también promovemos que
planifiquen el cambio de forma más creativa.
3. PROMOVER LA CONSTRUCCIÓN DE UNA REALIDAD MÁS CÓMODA PARA TODOS
Para ello, los invitamos a que dibujen un nuevo círculo y lo rellenen entre todos,
pactando las distancias y los tamaños de los círculos. Les damos un tiempo para que
discutan, ayudando a que unas voces no «se coman» a las otras («¿Estás de acuerdo con
la propuesta de tu marido?»). Una vez realizado el círculo, lo exploramos. El siguiente
paso es ayudar a fijar aquello que tendría que pasar en la vida cotidiana para que ese
círculo se hiciera real.
Así, por ejemplo, planteamos a los cónyuges: «Para que vuestros círculos
estuvieran tan cerca como en el dibujo, ¿qué pequeñas cosas tendrías que llevar a cabo
en el día a día?». O al hijo: «Para que el círculo de los estudios estuviera más cerca de ti,
¿qué tendría que cambiar en tu comportamiento?».
Poco a poco, se consigue trazar una red de comportamientos posibles que lleven a
una realidad relacional distinta. La prescripción de comportamientos a través de tareas
puede propiciar la modificación progresiva de las pautas relacionales.
 De esta manera, definimos claramente los objetivos de trabajo, basándonos en
la postura de que la familia es la experta en el cambio. Recogiendo sus ideas,
potenciamos el movimiento hacia lo que es importante para ellos. Con ello, seguimos una
modalidad de trabajo que se encuentra dentro de los parámetros de la terapia centrada
en soluciones (De Shazer, 1985; Beyebach, 2006), en la que la prescripción de tareas
sobre la planificación del cambio pautado a través de técnicas diversas —propias de esta
escuela—, da como resultado oscilaciones en patrones que pueden resultar estáticos.
Este tipo de enfoque tiene como principio básico ser práctico y sencillo. Para ello,
cuenta con la evidencia de que el cliente posee una serie de recursos que salen a la luz en
las excepciones, lo que comporta que ese mismo cliente no sea excesivamente consciente
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de ello. Así, poniendo el foco en estas, trabaja con pequeños objetivos, que pretende
alcanzar resaltando las habilidades del consultante y generalizándolas. De este modo,
descarga el discurso del problema y se centra en los logros progresivos que el consultante
va obteniendo, en el intento de que el cliente adquiera confianza en su capacidad para
resolver la dificultad, y de que la narrativa del cliente se abra a una definición de sí
mismo y de su historia más flexible, otorgándole más libertad de maduración.
Así, la familia empezará a estar más preparada para un trabajo relacional a la hora
de abordar el problema con el que acude a terapia. También nos resultará más fácil
centrarnos, a partir de ese momento, en las dinámicas más que en la sintomatología, por
lo que la redefinición sobre la función de esta se hace más plausible.
 La familia Carrasco acude a terapia porque su hijo Marc sufre mucha
ansiedad desde hace unos seis meses. Han probado con medicación natural y medicación
psiquiátrica, pero los síntomas no se han reducido. Son los padres, pese a la edad de
Marc (diecinueve años), quienes piden la visita y se personan junto con él en consulta.
Figura 3.2. Genograma de la familia Carrasco.
En ese primer encuentro, toman bastante la iniciativa y tienden a contestar por su
hijo, sobre todo la madre. Presentan una visión similar sobre el problema: «Está agobiado
por los estudios», dicen los padres. Él asiente no verbalmente. De forma oral, tampoco
añade nada relevante. Para la siguiente cita, se les demanda que acudan con su otra hija
(Noemí, de veintitrés años), exponiéndoles que es un procedimiento habitual en estos
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casos, para jugar con todos los elementos que nos puedan aportar los miembros de la
casa, a la hora de elaborar una estrategia eficaz para mejorar la sintomatología. No ponen
ningún tipo de objeción.
En esta segunda visita, tras presentar el espacio a la hija y comprobar que, de
entrada, sitúa sus hipótesis en la misma gama que los padres, se decide variar el rumbo
de la sesión introduciendo la técnica de los círculos. No insistiremos en las instrucciones
para ponerlas en juego.
Figura 3.3. Técnica de los círculos (visión de Alejandro).
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Figura 3.4. Técnica de los círculos (visión de Silvia).
Figura 3.5. Técnica de los círculos (visión de Noemí).
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Figura 3.6. Técnica de los círculos (visión de Marc).
Se empieza la exploración de los círculos dibujados por la familia.
TERAPEUTA (T.): ¿Quién desea tomar la iniciativa y comenzar a explicarnos sus círculos?
SILVIA (S.): Yo misma.
T.: ¿Qué es lo que más te ha sorprendido del dibujo que has hecho?
S.: La ansiedad... La he puesto como enlace entre Marc y yo. Sé que soy ansiosa porque me preocupo
mucho de todo... No sé, me he sentido descolocada...
T.: ¿A los demás también les sorprende cómo ha representado Silvia la ansiedad?
NOEMÍ (N.): A mí, nada... Está muy encima de Marc. Siempre lo ha estado. Ahora que es mayor, creo que
es su forma de continuar unida a él.
T.: Es una hipótesis muy interesante. ¿Alguien opina otra cosa?
MARC (M.): Yo creo que mi madre y yo somos los más sensibles de la casa, por eso sufrimos de ansiedad.
T.: ¿Estás de acuerdo, Silvia, con que tú y Marc sois los más sensibles y que eso os hace susceptibles de
padecer ansiedad?
S.: Me parece que sí...
T.: Alejandro, ¿tú tienes alguna opinión al respecto?
ALEJANDRO (A.): La misma que Noemí. Mi mujer es muy pesada con las preocupaciones, y ahora está
desbordada por el tema de Marc.
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 Son fácilmente visibles los dos bandos en que se organiza la familia. Por
ahora, son indicios de alianzas.
 Se exploran más las posiciones del dibujo para localizar algún tipo de
movimiento preocupante.
T.: ¿Te ha sorprendido algo más del dibujo?
S.: Sí, veo que nuestra familia está saturada de obligaciones, con poco tiempo para la diversión. No he
puesto hobbies de ninguno de nosotros y los tenemos.
T.: ¿Te pesa el día a día?
S.: Bastante... Me gustaría ser más feliz, pero apuesto por ser más responsable.
T.: ¿Crees que a tus hijos les pasa lo mismo?
S.: Me da la sensación de que sí. Estudian mucho y salen poco... Es la época del esfuerzo, pero, a veces, y
sobre todo ahora con lo de Marc, tengo miedo de habernos equivocado con la educación que les hemos
dado...
T.: ¿Opinas lo mismo, Alejandro?
A.: Para nada, tenemos unos hijos ejemplares, preparados para las exigencias de la vida. Lo hemos hecho
bien.
T.: Y vosotros, ¿qué pensáis de lo que ha apuntado vuestra madre?
N.: Creo que tiene un punto de razón. A mí me gustaría ser un poco más fresca, pero, simplemente, no
puedo. Ser tan cumplidora comporta incluso que deje un tanto de lado a mi novio, que es un sol y no se
queja... Y a los amigos, no los veo tanto como quisiera...
M.: Sí, apoyo lo que dice mi hermana. Supongo que nos han hecho excesivamente responsables. Yo no vivo
pensando que no voy a superar el curso o que no hago esto o lo otro bastante bien...
T.: ¿Es algo que como familia querríais trabajar?
A.: Yo no lo tengo claro... Aunque si influye en la ansiedad de Marc...
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 Se aprovecha la ocasión para empezar a proponer objetivos familiares no
sintomáticos. Sin embargo, el padre hace un enlace y lo conecta con el síntoma,
planteando que lo importante es el paciente identificado.
 Se continúa planteando una pregunta a Silvia:
T.: En tu círculo, aparecen las familias de origen, la tuya y la de Alejandro...
S.: Sí, mis padres son muy importantes para mí. Confío plenamente en ellos y voy a verlos a menudo. Ahora
bien, a diferencia de los padres y de la familia de Alejandro, ni les doy prioridad ni sus opiniones
interfieren en nuestras vidas... (lo dice indignada; su lenguaje no verbal indica enfado).
T.: Veo que has superpuesto el círculo de la familia de Alejandro con el del propio Alejandro...
S.: Su familia lo tienedominado. Ellos son él... Nos han fastidiado el día a día. (La tensión se corta con un
cuchillo.)
T.: Tu círculo y el de Alejandro están muy distantes, ¿a qué se debe?
S.: A su familia... Yo hace tiempo que no estoy dispuesta a ser un juguete en sus manos. Desde que yo me he
plantado, estamos muy enfadados el uno con el otro.
T.: ¿Crees que tus hijos notan esta tensión?
S.: Sí, claro que la notan... Y los pobres nos hacen de apoyo. Por sintonía, Marc me sostiene más a mí y
Noemí a su padre.
N.: Pero eso no implica que no esté cerca de mamá...
S.: No digo que estés en mi contra, pero yo te noto más lejana...
M.: De hecho, en las conversaciones siempre opinas lo mismo que papá... Al final, se acaba haciendo lo que
queréis vosotros...
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 Ahora se han dibujado bien los equipos: Alejandro y Noemí frente a Silvia y
Marc. También ha aparecido cuál de los dos equipos suele ganar las partidas (Alejandro y
Noemí). ¿Quizá por ello el otro equipo necesita el síntoma?
 Se insiste buscando la visión de Silvia:
T.: Silvia, además de que te gustaría que fuerais una familia un «poco menos responsable», si pudieras
transformar algo de este círculo, ¿qué retocarías?
S.: Haría desaparecer la ansiedad, claro; el círculo de la familia de Alejandro no se superpondría al de
Alejandro, así él podría ser quien es y tomar sus decisiones; y nosotros dos nos apoyaríamos
mutuamente y nuestros hijos no tendrían que hacer esa función.
T.: ¡Caramba! Es todo un programa de cambio.
 Silvia ha marcado unos objetivos muy claros sobre las pautas de
transformación familiar: hacer desaparecer el síntoma, flexibilizar las etiquetas familiares
(responsabilidad), destriangular a los hijos, poner una buena frontera a la familia de
origen de Alejandro y, por tanto, conseguir que sea más pareja que hijo, y arreglar sus
problemas conyugales.
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 A continuación, se plantea una pregunta abierta:
T.: ¿Quién nos presenta ahora su círculo?
A.: Yo mismo.
T.: Perfecto. Te hago la misma pregunta que le he formulado a Silvia. ¿Qué te sorprende más del círculo que
has dibujado?
A.: Lo grande que es el círculo que representa a Silvia. No sé por qué lo he puesto así. Si reflexiono, creo
que es que, aunque ella piense lo contrario, es la persona más importante de mi vida.
T.: Así que Silvia es la persona más importante de tu vida...
 Repitiendo la declaración de Alejandro, la terapeuta subraya y le da
importancia a la afirmación, provocando que los demás tengan que escucharla.
 Se da tiempo para que Alejandro responda:
A.: Sí, por supuesto. Sin embargo, me da la sensación de que yo tengo una visión distinta del amor. Para mí,
querer no es algo que se hace en exclusiva con alguien, sino que se puede querer de muchas maneras y
a mucha gente...
S. (Salta): Perdona, yo también opino lo mismo y, de hecho, quiero a mis padres, a mis hijos, a mis
amigos... Pero querer no significa obedecer...
T.: Vuelve a salir el tema de tu familia, Alejandro... Veo que tú la has puesto muy cerca de ti, tocándote, pero
no encima de ti...
A.: Sí, porque para mí son muy importantes y también porque creo que me necesitan. Mis padres son muy
mayores y entre todos tenemos que organizarnos... No es que mi familia me comande, como afirma
Silvia. Negociamos y nos ponemos de acuerdo.
S.: Entonces, eres tú el que no tienes en cuenta lo que necesitamos nosotros...
N.: Mamá, no seas exagerada...
A.: Sí que lo tengo en cuenta... Quizá lo que ocurre es que tomo decisiones sin consultártelas, pero yo
pienso en qué querríamos nosotros. No atino. Eso es todo.
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 Poco a poco, se va perfilando no solo el núcleo del problema (Alejandro no
tiene suficientemente en cuenta lo que Silvia necesita, aunque lo contempla,
probablemente por falta de comunicación, y sí lo que le pide su familia de origen, con
quien habla más), sino también las secuencias comunicativas: escalada simétrica entre
Alejandro y Silvia, que cortan los hijos, que hacen de árbitros o aliados de... En este
caso, ha sido Noemí la que ha parado la discusión, decantando «el punto» hacia el padre.
 El padre continúa:
A.: Yo he situado también a los amigos de mis hijos un poco más lejos de lo que los ha puesto Silvia... Creo
que están pasando un período en el que están muy centrados en los estudios y ello los lleva a salir
menos.
T.: Antes has dicho que tenía que ver con el período vital que atraviesan...
A.: Sí, no me preocupa en exceso...
T.: Me llama la atención que cerca de tu familia has puesto la religión... ¿Es importante para ellos? ¿También
para ti?
A.: Es central para ellos, para mí fue relevante. Ahora no tanto.
T.: ¿Estáis de acuerdo?
M.: Yo creo que lo ha puesto más de un modo simbólico... No me parece que tenga ninguna influencia en su
vida...
S.: Yo, en cambio, tengo la sensación de que la religión es algo que lleva muy dentro y que dirige bastante su
día a día...
A.: Tienes razón.
T.: ¿Influye en la relación con tu familia?
A.: Mucho. Para mí el «honrarás a tu padre y a tu madre» tiene mucho peso. Si no lo hiciera, me sentiría
culpable.
S.: Y te harían sentir culpable. (Alejandro calla.)
 Aparece el tema de la lealtad familiar sustentado por las creencias religiosas.
Al mismo tiempo, se explicita la manipulación si se rompe la norma (estar cerca de..., no
individuarse).
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 Se dirige la atención a otro círculo del dibujo de Alejandro:
T.: Hay un elemento que me ha llamado la atención. Cerca de Marc pones «ex».
A. (Dirigiéndose a Marc): Creo que en tu ansiedad también desempeña un papel Julia, tu ex. Sufres por la
ruptura.
M.: Papá, no exageres. Ya pasó.
N.: Yo también lo veo así. No hablas de ello, pero yo que te conozco también lo noto.
T.: ¿Y tú, Silvia?
S.: No lo sé. Él siempre tiende a intentar no preocuparnos. Espero que ya esté mejor de ese tema. No lo sé.
 La madre intenta respetar la alianza y apoyar a su hijo cuando el equipo
contrario lo confronta con una dificultad.
 Se insiste con Alejandro:
T.: Además, asocias ansiedad, estudios y ex...
A.: Sí, creo que es un cóctel que lo tiene atrapado... No es el que era...
M.: Estoy triste y angustiado... No sé cómo salir de ahí.
T.: Es normal estar así durante un duelo y si estás agobiado por los estudios.
M.: Supongo...
 El padre vuelve a etiquetarlo y Marc acepta la etiqueta. La terapeuta intenta
quitarle la etiqueta, normalizando.
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 Tras normalizar, se indaga más en las posiciones del padre:
T.: Alejandro, ¿hay algo más que te llame la atención?
A.: Sí, la gran distancia que hay entre Silvia y yo. Quisiera que fuera diferente, que volviéramos a estar
cerca...
T.: ¿Qué tendría que pasar para acercaros de nuevo?
A.: Que pudiéramos perdonarnos el uno al otro.
T.: ¿Perdonaros qué?
A.: Haber antepuesto batallitas diversas a lo que nos queremos... Para mí, ella y mis hijos son lo más
importante. Tal vez he de demostrárselo más.
T.: Silvia, tu marido dice que tal vez te ha de demostrar más que te quiere y eres importante para él...
S.: Me gustaría mucho que eso pasara...
T.: ¿Cómo te lo podría demostrar?
S.: Teniéndome más en cuenta..., dejando de tomar decisiones que nos implican sin consultar, por ejemplo.
T.: Silvia siempre con ideas sobre cómo cambiar las cosas... (Y se dirige a Alejandro.) Tienes una mujer
muy eficiente y práctica.
A.: Es verdad. Siempre tiene buenas ideas.
 La terapeuta vuelve a trabajar en positivo sobre el tema de la distancia.
Retoma la afirmación del marido sobre la importancia que tiene para él su familia.
Pretende que todos la escuchen de nuevo. Aprovecha las ideas de Silvia para etiquetarla
en positivo. Alejandro recoge esa etiqueta, la hace suya y la amplifica.
 Se formula de nuevo una pregunta abierta.
T.: Bien, ¿quién de vosotros, Noemí y Marc, nos enseña ahora su círculo?
N.: Yo misma.
T.: ¿Qué te llama la atención de tu representación?
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N.: Comparando mi círculo con el de mis padres, lo cerca que nos he puesto a los cuatro. A mamá y a
Marc, los he puesto superpuestos. Y también a Marc y a mí, un poco. Si pienso en por qué lo he hecho,
es porque creo que lo vemos más débily que necesita más apoyo. Ahora especialmente. Pero siempre
ha sido un poco así.
T.: ¿Qué te parece lo que tu hermana indica sobre ti?
M.: Estoy pasando una mala temporada y es verdad que quizá reclamo más atención... Sobre que siempre es
así... Yo no soy tan autónomo como ella... Me gusta estar mucho en casa y hablar... Ella es más callada.
A.: Yo estoy bastante de acuerdo con lo que dicen todos... Hasta ahora no ha sido un problema que él fuera
más casero. Ahora opino que pasa un mal momento...
 Pese al etiquetaje que recae sobre Marc (débil, necesitado de los demás,
casero, menos autónomo que Noemí) también hay un intento de relativizarlo,
atribuyendo la intensidad al momento que atraviesa.
 Noemí continúa:
N.: Sobre mi círculo..., lo veo y creo que refleja bien cómo está mi vida. Lo más importante es mi pareja.
Luego los estudios y los amigos. En eso, estoy en desacuerdo con mi familia. Puedo dedicar tiempo a la
carrera, pero Ángel es prioritario. Me sorprende estar tan cerca de papá, aunque es cierto que nos
llevamos muy bien. Pero también estoy cerquísima de mamá.
T.: Silvia, Noemí ha situado su círculo superpuesto al tuyo.
S.: Sí, es cierto... Ella nos percibe más próximas que como yo nos percibo...
T.: ¿Crees que hay algo de lo que no eres consciente en el día a día?
S.: Quizá está más pendiente de mí de lo que creo.
T.: ¿Es así, Noemí?
N.: Yo tengo la sensación de que mi madre, si no es tu centro de atención, no es consciente de lo mucho que
está en tu vida. Mamá, yo te tengo muy en cuenta en mis decisiones, en la distribución de mis
responsabilidades... Siempre cuento contigo, si he de salir, veo si os va bien, me preocupo por cómo te
encuentras, intento cuidarte...
S.: Es cierto...
N.: Mamá, lo hago porque te quiero.
T. (Le habla a Silvia): Es muy difícil que una hija de la edad de la tuya haga una declaración tan abierta
sobre el afecto a una madre...
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S.: Lo sé, lo sé... Es que estoy un poco impactada... No era muy consciente de lo que me dicen mi marido y
mi hija.
T.: ¿Crees que eso cambiará tu relación con ellos?
S.: Sin duda, pero aún no sé cómo...
T.: Eso está bien..., que por una vez no organices, de entrada, lo que tiene que suceder... Que te dejes fluir.
 La terapeuta recoge nuevamente una declaración de afecto y la subraya.
Después connota positivamente el bloqueo de Silvia como un cambio. En este caso, lo
redefine como «bajar el control».
 Se analizan ahora otros aspectos de la representación de la hija:
T.: Veo que tus padres también están más próximos que en sus dibujos...
N.: Sí, yo noto que se quieren mucho, pero que la familia de mi padre está en medio.
T.: ¿Cómo lo notas?
N.: Porque interfieren en la cotidianidad de mis padres. Llaman, les hacen cambiar de planes... Luego, mis
padres discuten.
T.: Dices que llaman, les hacen cambiar de planes... ¿Ellos?
N.: Sí, no decide mi padre, sino mis tíos o mis abuelos...
Y.: ¿Qué opinas de lo que dice tu hija?
A.: Que yo no lo veo así... Pero si lo dicen ellos...
S.: No, lo dice tu hija... Si soy yo quien lo afirma, te lo tomas como un ataque de rabia...
M.: Papá, mamá tiene un poco de razón...
T.: En todo caso, sea por boca de Noemí o no, parece que, por fin, lo está escuchando ¿no?
101
 Noemí ha roto el tándem y ha declarado que su padre se deja manipular por
su familia. La madre entra en acción y señala la alianza entre padre e hija y la guerra
entre ellos. Marc se posiciona con la madre y con la hermana. La terapeuta corta la
posibilidad de escala e intenta que la conversación siga positivamente.
 Alejandro responde:
A.: Sí, sí... Debo empezar a tener en cuenta lo de mi familia. Me aleja demasiado de Silvia y ya no quiero
eso.
T.: ¿Silvia?
S.: Yo tampoco lo quiero... Pero me cuesta confiar...
T.: Es algo que tendremos que trabajar...
 El padre, por fin, se ha mostrado dispuesto a cambiar la relación con su
familia de origen. Tal vez, perder a su aliada ha influido en ello.
 Se retoma el dibujo de Noemí:
T.: ¿Y el círculo de Marc?, ¿tú también has incluido a su ex?
N.: Sí, es que yo, como papá, lo veo sufrir por ella. Estaba muy enamorado. Ha sido muy duro que lo dejara.
M. (Impaciente): ¡Estoy mejor!
T.: Parece que a Marc no le apetece hablar de ello. ¿Lo consideras parte de tu intimidad?
M.: Sí...
T.: ¿Os parece que lo respetemos? (Todos asienten.)
102
 La terapeuta marca un límite y sitúa a Marc como adulto, con temas que no
se tratan en familia si no quiere hacerlo. Pretende, con ello, compensar etiquetas como la
de débil o «necesitado»...
 La terapeuta continúa:
T.: ¿Algo que quisieras cambiar de tu círculo?
N.: Sí, mi madre menos encima de Marc y mis padres más próximos.
T.: ¿Qué tendría que pasar para que sucediera?
N.: Que Marc se encontrara mejor, sin ansiedad. Para ello, debería aprender a tomárselo todo menos a
pecho... Sobre mis padres, que resolvieran lo de la familia... ¡Ah!, y que saliesen más con sus amigos...
Ahora los he puesto casi fuera del círculo. Estaría bien que estuviesen otra vez dentro.
 Las propuestas de Noemí son muy sensatas y complementarias a las de sus
padres. El tema de la frontera con la familia de origen de Alejandro se esboza con fuerza
como objetivo de trabajo.
 Se da, al fin, la voz al hijo:
T.: Queda tu círculo, Marc.
M.: Lo que más me sorprende es que me he situado en medio de mamá y Noemí, como si fuese un puente.
Y también en línea directa con papá, desplazando a mamá... Es como si fuese un mediador.
103
 Él mismo describe su función familiar.
 Se le anima a continuar:
T.: Y eso ¿cómo se refleja en el día a día?
M.: Mamá siempre me lo comunica todo a mí... Y ahora que lo pienso, también los demás... Soy como el
correveidile de la casa.
T.: Debe de ser muy cansado...
M.: Lo es... Y también me pone muy nervioso... Aunque lo que comunique no sea un problema... Es
agotador.
T.: ¿Crees que influye en tu ansiedad?
M.: No lo había pensado hasta ahora, pero quizá sí... Hace que tenga más preocupaciones...
T.: ¿Influye en algo más?
M.: En las épocas en que mis padres están muy enfadados, me he quedado en casa por si había problemas...
T.: ¡Ah! Entonces no es que seas tan casero como dicen, sino que, en cambio, lo que hacías era actuar
como el guardián de la morada...
M.: Sí, sí, vigilo para que no surjan conflictos... Mi hermana creo que también, pero de otro modo...
T.: ¡Me parece a mí que no eres tan débil como se creen!
M.: Supongo... Lo que sí estoy es fatigado.
 La conversación entre Marc y la terapeuta busca descubrir las «patas» del
síntoma, y cómo se ha establecido un circuito de retroalimentación entre este y su
etiquetaje. La pretensión era empezar a modificarlo.
104
 Se pregunta al resto de la familia:
T: ¿Qué opináis los demás de lo que estamos hablando?
S. (Dirigiéndose a Marc): No quiero que sigas sintiendo que tienes que hacer de mediador. Todos somos
mayorcitos. Los problemas que yo tenga con papá son míos y, si no los resolvemos, ya veremos qué
hacer... Por ejemplo, hablarlo aquí. ¡Vive tu vida!
 La madre acaba de dar permiso a su aliado para romper el pacto de lealtad no
escrito. Lo ha destriangulado.
 El padre retoma la palabra:
A.: Yo tampoco quiero que sufras más por ello. Viendo tu dibujo, a mí me gustaría estar más próximo a ti.
T.: ¿Qué tendría que pasar para que tu padre estuviese más cerca?
M.: Que compartiera más conmigo sus cosas, que hiciésemos regularmente algo a solas, que me preguntara
más sobre mis estudios y amigos...
T.: ¿Has tomado nota, Alejandro?
A.: Creo que sí...
T.: Veo que, para ti, tus abuelos maternos son importantes...
M.: Mucho... En mi abuelo he encontrado el apoyo que en mi padre no he hallado... No porque estemos
enfadados... Es que él ha sido más «de mi hermana»...
N.: En eso tiene razón... Mi padre y yo hemos ido más a la una... Yo también creo que, sin mala fe, le ha
costado más acercarse a Marc. No ha visto que lo necesitaba.
A.: Eso va a cambiar.
105
 Noemí está decidida a cambiar el juego de las alianzas. Ahora no se casa con
nadie. Ello incide en la flexibilización desu padre, que está dispuesto a modificar
posiciones.
Figura 3.7. El acuerdo sobre cómo querrían estar en familia.
 La terapeuta vuelve a dirigirse al hijo:
T.: ¿Quieres comentar algo más?
M.: Sí, creo que si yo me aparto un poco, mis padres estarán más unidos.
T.: Eso que dices es muy interesante.
M.: Mi lugar apoyando a mamá es el que tiene que ocupar mi padre...
T. (Dirigiéndose a la pareja): ¿Qué os parece?
A.: Tiene razón. Soy yo quien ha de asumir ese papel...
S. (Llora): Me sabe mal... No he querido sobrecargarlo...
M.: Ya lo sé mamá... No te preocupes.
106
 Marc se desconyugaliza. Los padres lo admiten.
 La terapeuta hace una nueva propuesta:
T.: Si os parece, entre todos vais a dibujar, poniéndoos de acuerdo, un círculo de cómo os gustaría que
fueran las cosas entre vosotros y, en la realidad, de cada uno de vosotros. Ya se han dicho muchas
cosas...
(Dibujan el círculo, negociando las ideas... Cuando finalizan, lo examinamos juntos.)
T.: ¡Qué interesante distribución!
N.: Sí, es verdad... Los viajes parecen un nexo de unión entre los padres y los hijos, pero también es como si
señalasen espacios distintos. Por un lado ellos y por otro, nosotros...
107
 Noemí señala la necesidad de límites entre subsistemas como forma de seguir
adelante saludablemente.
 Se profundiza en la visión de todos los miembros de la familia:
T.: ¿Todos os sentís cómodos con cómo lo plantea Noemí?
A.: Creo que ha llegado la hora de cada uno esté en su espacio... Son mayores y los viajes pueden ser una
forma de mantener a la familia unida, con el objetivo de pasárnoslo bien.
T.: Es curioso, pero, al principio, se hablaba de que erais una familia responsable y que teníais poco tiempo
para el ocio.
N.: Por eso me parece bonito que los viajes se resalten. Siempre hemos valorado ir a sitios distintos, pero
jamás lo hemos utilizado para definirnos. Ese sería buen cambio.
T.: Para que suceda, ¿qué tendría que cambiar?
S.: Hablar menos de obligaciones y más de lo que nos ocurre... Yo debo confiar más en que mis hijos saben
lo que tienen que hacer y no seguir recordándoselo... Eso me daría tranquilidad y tiempo para mis
cosas, al menos mentalmente.
A.: Yo debería virar: si estoy con mi familia, estoy con mi familia, y no en el trabajo o preocupado por mis
padres...
108
 Todos se reafirman en aceptar la opción de los límites y aplauden la iniciativa
que han tenido en común de transformar la idea de familia sacrificada por la de familia
que puede disfrutar de la vida. Es como si se dieran permiso, al definirse de otra manera,
a pasar a otra etapa.
 Se recaba la opinión de los hijos:
T.: Chicos, para que eso suceda, ¿qué modificaciones en su comportamiento deberían afrontar vuestros
padres?
M.: Mamá, tú no deberías atacar a la familia de papá cada vez que sale en la conversación. Así, tal vez, papá
no la defendería tanto. Si eso no sucede, ni Noemí ni yo tendremos que estar pendientes de poner paz
entre vosotros. Y tú, papá, deja de obedecer a tus padres. Ya eres mayor...
 Marc señala el problema del padre claramente. Tal vez, al darles permiso a los
padres para que ellos se individúen, también se dan permiso ellos para individuarse.
 Se continúa con la hija:
T.: ¿Qué opinas, Noemí?
M.: Que mi hermano debería dejar Físicas y dedicarse a Psicología... Me gusta su programa de acción.
T.: Marc, ¿crees que si tus padres dejan de estar tan tensos mejorará tu ansiedad?
M.: Probablemente...
 La terapeuta vuelve a ligar el síntoma con el conflicto familiar, construyendo
el puente entre disminución de la tensión y desaparición de la sintomatología.
 La terapeuta destaca otro de los elementos novedosos de la representación:
109
T.: Otra cosa que me llama la atención, Alejandro y Silvia, es que vuestros amigos vuelven a estar cerca...
S.: En la misma línea... Necesitamos divertirnos. Si nos reímos más, estaremos mejor.
 Silvia baja la guardia: señala que no necesita ganar la guerra para volver a
estar bien con su marido, sino pasar tiempo con él y divertirse. Las declaraciones abiertas
de él han ablandado el muro que ponía entre ellos.
 El padre aporta su visión:
A.: Lo que me gusta de este dibujo es que todos estamos cerca, pero que cada uno tiene su espacio. Nadie
abandona nada, pero no hay ninguna cosa ni ninguna persona que invada. Estamos unidos, pero
podemos respirar.
T.: Eso es precioso.
110
 Alejandro, por fin, se muestra conforme con la individuación. Toma su
espacio y da espacio a los demás.
 La madre aporta su visión:
S.: A mí me gusta.
A.: Es la primera vez que estamos de acuerdo en la visita.
T.: ¿Significa que estáis más cerca?
S.: Sí, un poco más. Ahora tenemos que ver si somos capaces de hacer lo que ha ido saliendo.
T.: Bueno, Roma no se construyó en un día... Es cuestión de trabajo y empeño.
A.: Y de ser fuerte para resistir embestidas.
S.: Supongo que sí.
 La terapeuta recoge el acuerdo de paz que Silvia y Alejandro firman, y señala
que, para que todo vaya bien, han de trabajar.
 La sesión se cierra programando una visita de los padres a solas. Ya han
admitido sus dificultades, y la familia tiene claro que ello influye en la sintomatología de
Marc. Por tanto, se puede trabajar sobre ello. Posteriormente, citaremos a los hermanos
para incidir sobre los límites entre subsistemas.
 Evidentemente, podríamos haber jugado de diversas maneras con la distancia
de los padres. Por ejemplo, haberla representado físicamente, poniendo los obstáculos
que había entre ellos: cojines que simbolizaran la familia de origen de él, a Marc, las
preocupaciones... Hubiese sido más vivencial y el trabajo se hubiera enfocado de una
forma distinta. Lo veremos en otros capítulos.
Hemos visto que una técnica aparentemente sencilla puede ser una estrategia útil
para ayudar a la familia a tomar conciencia de cómo sus dinámicas intervienen en la
sintomatología de uno de sus miembros. La capacidad de que, a través de ello, puedan
virar hacia el cambio, dependerá del grado de disfuncionalidad en alguna de sus áreas,
de la cronicidad que tengan esas dificultades y de la rigidez con la que se posicionan
en la homeostasis. Por ello, no debemos pensar que el uso de este procedimiento no ha
resultado adecuado si se queda en un nivel explorativo. Cada familia tiene su tiempo
para conocer y su tiempo para cambiar. Démosles la oportunidad de aportar cómo
quieren hacerlo.
111
112
CAPÍTULO 4
LAS ESCULTURAS FAMILIARES: EL TAC DE LAS RELACIONES
Luigi Onnis (1988), terapeuta familiar de la Escuela de Roma, retomando los
trabajos de Virginia Satir (1972) y de Peggy Papp (1976) —a los que nos referiremos
más tarde— impulsó la utilización de las esculturas familiares, debido en gran parte al uso
que les dio. Trabajaba, básicamente, con familias con niños que padecían asma crónica
resistente a la medicación. Recogiendo la hipótesis de que la persona con síntomas
psicosomáticos presenta alexitimia, es decir, la incapacidad de comprender las
emociones propias y, por tanto, ponerles palabras, y traspasando dicha hipótesis al grupo
familiar, decidió buscar un método que permitiera dar expresión a lo que ocurría en la
familia. Así surgió la idea de utilizar esculturas.
 Estos niños llegaban derivados al servicio de terapia familiar por un hospital
pediátrico con el que Onnis colaboraba. Las familias del paciente identificado
presentaban las siguientes características (Minuchin y Montalvo, 1967). Todas eran:
 Aglutinadas.
 Muy sobreprotectoras.
 Evitadoras del conflicto.
 Rígidas, con dificultades para cambiar.
Onnis descubrió, además, que por duelos repetidos en sus historias familiares, se
daba un miedo a la pérdida, que comportaba que viviesen en tiempo parado, lo que
implicaba que la familia no pudiese adaptarse adecuadamente a cada uno de los
momentos del ciclo vital ni imaginarse a sus hijos abandonando la casa familiar (si no
a todos, al menos al sintomático).
La intervención con esculturas juega con los niveles comunicativos: ya que no
podemos usar la palabra (nivel digital), utilizaremos el componenteno verbal (nivel
analógico), tanto para que se expliquen como para devolverles lo que observemos. De
hecho —como veremos más adelante—, no son ellos solamente los que esculpen, sino
también nosotros, en el intento de acomodarnos y emplear un lenguaje conocido para
ellos.
113
Y cuando se afirma que la familia «no puede usar la palabra» no queremos decir
que todas sufran de alexitimia. ¡Ni mucho menos! Ahora bien, sí que es cierto que la
narrativa que adoptan para explicar y explicarse (su relato plagado de mitos sobre el
funcionamiento familiar y sobre sus miembros) nos muestra solo la decoración de su
hogar y no los problemas en las cañerías, el cableado eléctrico o, incluso, en los
cimientos.
 Felipe y Dolores se separaron hace cinco años. Ella lo dejó a él por otra
persona. Tienen un hijo (Joan) de diez años que lleva acudiendo a diferentes tratamientos
psicológicos desde la separación. Consultan derivados por el conjunto de profesionales
que intervienen en el caso (equipo de asesoramiento pedagógico, tutor y psicóloga).
DOLORES (D.): Mi hijo tiene muchos problemas y soy yo la única que se hace cargo de ellos. Felipe no se
implica en nada, ni se interesa por las sugerencias que nos proponen todos los que intervienen en el caso
de Joan. Nadie dice que no sea un padre cariñoso, pero no hace ningún esfuerzo y, para él, tiene más
importancia lo que le pide su pareja que lo que necesita su hijo. Por tanto, no servirá de nada que él esté
aquí. Mejor que venga yo sola. Ya os lo anticipo.
FELIPE (F.): No me implico porque ella no me incluye. Me lo da todo hecho. Acuerda algo con los
profesionales y yo me lo encuentro. No me avisa de las reuniones. No me da la oportunidad de que haga
las cosas a mi manera.
D.: No hay un «tu manera»... No me vengas con tonterías.
 Vemos claramente que el discurso de Dolores es cerrado y encasilla a Felipe
como un padre irresponsable. Con su narrativa descalifica a su exmarido; con su actitud,
lo desconfirma. Probablemente, hay algo de cierto en que Felipe no se ha implicado
como ella desearía, pero también podría ser que Felipe esté en una actitud de «huelga de
brazos caídos» a la espera de que ella reaccione. En todo caso, el planteamiento
simétrico de la hipótesis sobre el problema no nos facilita el trabajo. Debemos encontrar
un atajo.
Servirse de una herramienta desconocida para la familia otorga la ventaja de la
sorpresa, y así, existen más posibilidades de que todos ellos sean sinceros. Lo habitual es
que los portadores del síntoma y los niños sean los más abiertos para mostrarnos los
boquetes estructurales en el funcionamiento familiar. Los miembros de la familia que
más miedo tienen a que la casa se derrumbe van a continuar intentando esconder la
mierda debajo de la alfombra, pese a que la alfombra ya se haya convertido en su
Everest particular.
114
Figura 4.1. La mitología familiar escondiendo la suciedad debajo de la alfombra.
Por tanto, dar espacio a la comunicación analógica es dar «otra voz» a aquellos
que están dispuestos a reformar la casa, a abrir sus puertas y sus ventanas, a establecer
otro tipo de límites; dar visibilidad a los que desean que cambien las reglas que regulan
quién manda y en qué. Y eso es lo que nosotros necesitamos para que la intervención sea
lo más eficaz posible.
Al mismo tiempo, las esculturas nos muestran los escollos que vamos a tener que
esquivar, ya que exponen los miedos que arrastra la familia (elementos homeostáticos a
través de etiquetajes). Esto nos dará pistas de las «patas» que tendremos que sacar a la
luz, para que la familia sienta que no «se cae» en el proceso de transformación.
 El dilema del cambio (Papp, 1988) pone sobre la mesa la capacidad
reguladora del síntoma en una familia. Si un síntoma, por mucho sufrimiento que
comporte a una familia, tiene la función de sostenerla, hacerlo desaparecer conllevará la
aparición de un problema mayor que, posiblemente, no sepa afrontar (por ello,
precisamente, han hecho uso del síntoma). De ahí que sea indispensable trabajar con el
«después» al mismo tiempo que con el «ahora». Solo así, la familia «soltará» el
síntoma y afrontará el conflicto de base.
 Begoña tiene veinticinco años. Lleva desde la adolescencia con un trastorno
alimentario de tipo anoréxico restrictivo. Ha realizado diferentes tratamientos que han
conseguido estabilizarla en un peso muy bajo, pero que no es de riesgo vital. Acude con
su familia, agobiada por la insistencia de sus padres para que solucione definitivamente
115
sus dificultades. Explorando la historia del problema, aparece que, cada vez que Begoña
consigue mantenerse en un peso adecuado y come bien durante una temporada, sus
padres explicitan que se quieren separar. Begoña inmediatamente recae.
 Begoña parece atrapada en una triangulación, en la que ella desempeña el
papel de chivo expiatorio. Sus padres hace años que arrastran un grave conflicto de
pareja. Su síntoma sirve para mantenerlos juntos. Por ello, cuando desparece, el
conflicto resurge. Como no son capaces de encontrar una salida que «salve» a la familia,
el síntoma toma el timón de la situación.
 Cancrini (1991) clasificó este tipo de problemas (en relación con las adicciones)
como adicciones por neurosis actual. En este tipo de funcionamiento, el hijo ha caído
en un círculo vicioso: el síntoma sirve para regular a la familia, pero no permite a sus
miembros avanzar con sus vidas, ya que si se desprenden de este, la familia (tal como la
conocen) desaparece. La lealtad familiar puede más que su bienestar. Por ello, se
sacrifican. Linares (1996), recogiendo la propuesta de Cancrini, señala que, en estos
casos, la familia se regula a través de una triangulación manipulatoria (la parentalidad
está aprisionada por una conyugalidad en simetría inestable, y no puede cumplir su
función de fomentar la autonomía del hijo, ya que este es indispensable en el juego de
poder de los padres).
Por todo ello, podemos considerar que las esculturas familiares son una prueba
diagnóstica esencial en el trabajo familiar, ya que encuadran las dificultades
familiares de forma patente. Ahora bien, no solo por ello son importantes. En realidad
(y por eso las incluimos en este libro), lo más interesante de la técnica es que la propia
familia experimenta las grietas que ellos han planteado, se responsabilizan de ellas y
esto —por sí solo— provoca un cambio.
Así, la escultura es una técnica:
 Activa.
 Dinámica.
 Corresponsabilizadora, ya que hace intervenir a todos los miembros de la familia
con el mismo grado de compromiso en la expresión de su visión sobre la familia.
 Relacionada con técnicas psicodramáticas de tipo humanista.
En este sentido, «rompe» con el formato habitual de las sesiones, e introduce la
experiencia del cambio como algo que les ha de sacar de sus posiciones anteriores,
anticipando ya en la familia una transformación en su narrativa: nada será igual a partir
de ese momento, aunque el trasfondo, el vínculo, no se modifique.
116
 Una de las dificultades esenciales en la familia es la confusión entre
organización y estructura (Minuchin, 1977). La estructura de funcionamiento se ha de ir
modificando a medida que el ciclo vital familiar avanza; si no, les resultará imposible
adaptarse a los distintos retos que plantean las diferentes etapas. La organización, en
cambio, permanece, ya que esta se sustenta en los vínculos que se han establecido legal,
biológica y afectivamente. Solo hay una forma de que la organización cambie y es que la
pareja se separe. Entonces, si hay hijos, surgirán dos nuevas organizaciones: la de cada
uno de los excónyuges con los hijos de ambos.
Metodología de aplicación
La primera cuestión que debemos plantearnos sobre la metodología de trabajo con
las esculturas es cuándo es conveniente utilizarlas. La respuesta es fácil y difícil a la
vez. Fácil, si nuestro objetivo es que la familia nos descubra qué hay más allá de su
tarjeta de presentación; difícil, si lo que pretendemos es emplear la técnica con la
finalidad de incentivar la ruptura conposiciones excesivamente estáticas en las
dinámicas familiares.
En el primer caso, es interesante poner en juego este recurso en la segunda o
tercera sesión como máximo. Si el grado de conflictividad es alto y la familia tiene la
tendencia a engarzarse en discusiones intensas a través de escaladas simétricas, la
aplicación de las esculturas en la segunda sesión trunca esa forma de comunicación,
pudiendo así trabajar de una manera más productiva. El tipo de escultura que se propone
que construyan los miembros de la familia es la del presente.
En el segundo de los casos, la imposibilidad de modificar algunas pautas de
funcionamiento familiar impulsa el uso de la técnica. Por ello, es probable que el
momento óptimo se produzca alrededor de la quinta o sexta sesión, como máximo.
Como en las primeras sesiones todos participan, llegado el momento, con estas esculturas
podemos trabajar solo alguno de los subsistemas (ya sea aquellos que tengan más
dificultades con el cambio, ya sea aquellos que pueden propiciar más el cambio). Se
aplica una gran variedad de esculturas (la de futuro, la del pasado, la ideal, la
posible...) en las que posteriormente profundizaremos.
La siguiente cuestión que debemos plantearnos es cuál es el papel de los
terapeutas en este tipo de trabajo. Esta cuestión nos enfrenta con uno de los debates
más interesantes de la sistémica (y de la psicoterapia en general): la influencia del
terapeuta en aquello que es observado. En las esculturas familiares, el profesional solo
da unas instrucciones sobre cómo deben emplear la técnica los miembros de la familia.
Ellos construyen sus esculturas y, a partir de ahí, el terapeuta usará ciertos truquillos para
117
que la experiencia alcance su máxima intensidad. Pero es la familia la que retrata,
explicita y toma conciencia. La influencia del terapeuta en el trabajo, aunque intente ser
mínima, se filtrará. Es algo que, como profesionales, hemos de asumir.
 La cibernética de segundo orden (Von Foerster, 1991) puso de relieve cómo
el observador influye en la realidad del observado. Por tanto, no hay observación
objetiva y no hay observación que no retroalimente, introduciendo algún tipo de
información, aquello que está siendo observado.
Sin embargo, al dar instrucciones y utilizar truquillos, el terapeuta:
 Hace de oyente de la melodía familiar. Hasta ese momento, solo habíamos
escuchado la letra del hit que la familia emplea cotidianamente para definirse. «No
hay nada más lindo que la familia unida», por ejemplo. De repente, empieza a sonar
una melodía que crea, posiblemente, discordancias con esa letra y ya no la hace tan
pegadiza. El terapeuta da espacio y libertad para que cada uno plantee la propia
visión de cómo se baila esa nueva melodía.
 Hace de director de orquestra con el fin de que la melodía se toque con cierto
sentido, haciendo las preguntas adecuadas a cada uno, ayudando a posicionarse
metacognitivamente con respecto a lo que les sucede a los otros, poniéndose él en
rol de alguno de ellos y lanzando mensajes «no vistos»...
 Hace de coreógrafo, proponiendo posturas flexibles ante la rigidez homeostática,
con la finalidad de que la familia experimente, y ello dé pie algún tipo de cambio,
venciendo la ambivalencia a la transformación.
Tras realizar todos estos papeles, se retira y deja que la vivencia cumpla su efecto,
modificando los pasos del baile que hasta ahora han seguido.
Llegados a este punto, hemos ya de centrarnos en qué se hace para aplicar la
técnica. En primer lugar, hay que anunciar a la familia que el planteamiento de la sesión
será diferente: «Hoy haremos un trabajo distinto. Por ello, os pido que os pongáis de pie.
Vamos a profundizar sobre cómo cada uno de vosotros ve las relaciones familiares. Para
ello, uno por uno, haréis de escultores, de pintores, de fotógrafos..., y usaréis como
material de trabajo a los demás miembros de la familia. Con ello quiero decir que, a
quien le toque hacer de creador, agarrará a uno de vosotros, lo pondrá en una posición
corporal, modelando sus gestos, su expresión de la cara..., en función de cómo vea que
está, se siente o se relaciona en la familia. Luego, hará lo mismo con otro de vosotros y,
así, sucesivamente hasta situarse él mismo en su obra. Una vez acabado ese trabajo, lo
llevará a cabo otra persona. Todos seréis escultores, todos seréis esculpidos. Jugad con
las distancias, las miradas, los contactos..., para expresar todo aquello que queréis
explicitar».
118
En general, la familia suele entender bastante rápido lo que queremos decir. Si no es
así, podemos poner ejemplos: «Una forma de manifestar distancia puede ser poner a un
miembro lejos del otro, o de espaldas o con algo en medio que los separe, o hacer que
esas dos personas no se miren...». Estas pequeñas indicaciones suelen bastar y la familia
se pone en marcha.
Una pregunta básica para que el trabajo adquiera impulso es: «¿Quién quiere
empezar?». Pueden ocurrir que inicie la secuencia la persona que, aparentemente, asume
más control sobre la familia. Una hipótesis es que pretende imponer su «visión» del
problema. Cabe también la posibilidad que, en vez de esta, se proponga su aliado, con el
fin de hacer menos evidente ese control. Una de las situaciones que más aparece es que
sea la persona portadora del síntoma (tanto si es un adolescente como si es un adulto)
quien decida comenzar. Como veremos más adelante, las esculturas del paciente
identificado son las que más claramente reflejan el juego familiar. Son el TAC
perfecto.
Una de las preguntas que surge antes de la realización de las esculturas es si tienen
que ser fijas o en movimiento. La mayoría de los terapeutas dan plena libertad de acción
a la familia en este aspecto.
 Satir (1972) utilizó las esculturas para poner de manifiesto su teoría de los roles
familiares —la forma en que cada miembro realiza sus funciones usando las etiquetas
interpersonales que los defienden en el plano comunicativo, ante la tensión, la debilidad,
la ansiedad que provoca la incomodidad o el conflicto—. De este modo, la aplicación que
hacía de ellas era estática. Peggy Papp (1976), en cambio, creía más en una idea
dinámica del juego familiar. Por ello, empleaba las esculturas para mostrar la
coreografía familiar y dotaba de movimiento a las posiciones en que se situaban los
miembros de la familia. En la actualidad, la mayoría de los profesionales mezcla los dos
modelos de trabajo.
 Mientras el primer miembro de la familia realiza la escultura, el terapeuta tiene
que ayudarlo a reflexionar sobre cómo la está haciendo.
«¿Esa es la posición corporal que quieres que tengan?, ¿hacia dónde prefieres que
miren?, ¿estas dos personas se tocan?, ¿cómo?, ¿es adecuada la distancia entre estas tres
personas?, ¿cómo tiene que ser la expresión de su cara?, ¿está triste, sonríe o está
enfadado...?» Así se facilita que el «creador» pueda dar más expresión a lo que desea
plantear.
Una vez que el escultor ha acabado su trabajo, se pide a todos los miembros de la
familia que permanezcan en esa posición unos segundos en silencio, tomando conciencia
de cómo se sienten en la postura en que los han situado. A partir de entonces, empieza la
verdadera intervención.
119
 Margarita y Raúl son una pareja que acude a terapia porque son incapaces de
superar una infidelidad del marido de hace unos meses. Aunque la esposa dice haberlo
perdonado, es incapaz de dejar de pensar en ello y de preguntarle obsesivamente sobre
detalles de lo sucedido. Tras una primera visita, en que se puso de manifiesto el
funcionamiento en bucle de la pareja en estos momentos, se les propone hacer esculturas
de su relación en el ahora.
Figura 4.2. Alumnos representando la escultura de Margarita y Raúl. Ella le corta la cabeza.
Tras darles las instrucciones, Raúl se propone como escultor en primera instancia.
Coloca a su mujer de pie, con el brazo extendido hacia delante, rígidamente, y la mano
abierta, enfocada hacia delante, con los dedos pegados los unos a los otros. «Es una
guillotina —comenta—. Me tiene quecortar la cabeza cuando me sitúe.»
Su posición, tronco doblado, la cabeza como encima de un cepo, denota que está
preparado para la decapitación.
De repente, sin previo aviso, ella hace bajar el brazo, cortándole la cabeza. El golpe
que le da en la nuca es contundente y el sonido resultante es tan intenso, que da la
sensación de que verdaderamente lo ha ejecutado. Los dos se quedan impactados.
MARGARITA (M.): Me siento muy mal. No quería cortarte la cabeza. Me ha salido solo.
RAÚL (R.): Es lo que haces cada día. Yo me siento así.
Ellos mismos toman la iniciativa y se comunican cómo se sienten. Posteriormente,
se llevará a cabo otro tipo de intervenciones con la pareja en torno a la escultura.
120
 Lo sucedido en esta primera escultura y el diálogo posterior ya fueron, de por
sí, lo suficientemente clarificadores para provocar modificaciones en la situación que los
traía a terapia.
Las primeras preguntas con las que trabajar son: «¿Cómo te sientes en la posición
en que te ha puesto X (el miembro escultor)?, ¿es cómoda o incómoda?, ¿la puedes
mantener bien a largo plazo?». Se da tiempo para que todo el mundo pueda comentar y,
luego se propone una serie de estrategias para que tomen conciencia:
 Del funcionamiento familiar.
 De otras visiones del funcionamiento familiar y de su papel dentro de él.
 De las posiciones, incomodidades, dificultades, privilegios...; en resumen, de la
función de los otros miembros de la familia dentro del juego familiar.
 De las vivencias de los demás en la familia.
 Es importante, para que la escultura funcione:
 Salir del espacio de creación de la escena. Al igual que en el psicodrama, hay un
espacio para la representación de la escultura. Cuanto más nos apartemos, más
libres se sentirán para crear y más responsables se harán de la escultura.
 Intentar no comentar mientras construyen y dan un significado propio a lo que
están viviendo. Y, sobre todo, no interpretar.
 Tensionar las posturas interesantes. Así tendrán más conciencia de su significado.
Cuanto más exagerado es un gesto, más claramente notamos lo que implica llevarlo
a cabo.
 Preguntar para desencallar la construcción de la escultura o los comentarios sobre
ellas. Hacer preguntas lógicas sobre lo que se ve, no sobre significados latentes, ya
que ello podría propiciar que los miembros del grupo familiar se cerraran. En
cambio, trabajar sobre las posturas y los gestos dará información diferencial a la
familia sobre lo que les ocurre.
 Como ya se ha comentado, dar tiempo a la familia para pensar y tomar
conciencia. Este proceso, para ciertas personas, es más lento. No nos
impacientemos.
 A ser posible, poner título a todas las esculturas. Así se ayuda a construir la
definición de lo que ocurre y hacia dónde se va (en las esculturas que tienen que ver
con el futuro o con lo posible).
A partir de ese momento, podemos maximizar el aprovechamiento de la técnica
utilizando las siguientes estrategias de trabajo con esculturas.
121
1. MIRAR LA ESCULTURA DESDE FUERA
El terapeuta o el coterapeuta sustituyen a los miembros —por orden— en su
posición. La intención es hacer consciente, tanto al creador como a las demás personas
de la familia, de cómo uno de sus miembros percibe el funcionamiento familiar. Es
interesante también que el que sale ponga un título a la escultura. La instrucción para
llevar a cabo esta estrategia es: «Ahora, uno a uno, iréis saliendo de vuestra posición y yo
os sustituiré (o el coterapeuta). Así podréis ver la escultura desde fuera».
 En el caso de la escultura de Raúl, todavía bajo el impacto de lo que ha
ocurrido, se le pide a él que salga y mire su escultura desde todos los ángulos posibles.
La coterapeuta lo sustituye. Se demanda a Margarita que vuelva a poner en acción la
escultura.
RAÚL (R.): Lo que veo es que ella no está mirando hacia mí. No ve cómo me siento. Mira al infinito. Y creo
que también ocurre así en la vida cotidiana. Ahora no hace el esfuerzo de entender cómo me siento.
T.: ¿Cómo titularías la escultura?
R.: La ejecución.
Figura 4.3. Alumnos representando el «mirar desde fuera» en la escultura de él. La coterapeuta sustituye a la
esposa. Esta observa la escultura.
T.: Repetimos contigo la operación, Margarita. ¿Qué observas mirando la escultura desde fuera?
M.: Veo a la justicia en acción. Implacable y fría.
T.: ¿Título?
M.: El verdugo.
T.: Gracias, vuelve a tu lugar.
122
2. CAMBIAR DE ROL
Cada miembro adopta la posición de los diferentes miembros de la familia. El
objetivo de este ejercicio es que sea capaz de entender cómo se siente el otro en su
lugar. Para ello, mientras, por ejemplo, el padre se pone en lugar del hijo, el terapeuta o
el coterapeuta ocupa su puesto. También podría hacerlo el hijo y, así, avanzar en el
ejercicio. Se debe tener en cuenta que, si el hijo está ocupando el lugar del padre, quizá
no ponga toda su atención en lo que dice este, ya que está ocupado «poniéndose en lugar
de...», y, por tanto, tal vez no pueda escuchar lo que comenta, y sentirse más o menos
entendido. Por ello, la primera opción, aunque sea más lenta, suele ser más efectiva. La
instrucción sería la siguiente: «Ahora, progresivamente, os pediremos que sustituyáis a
miembros de la familia en su posición. Nos parece interesante que conozcáis cómo se
sienten en el lugar que ocupan. Yo [terapeuta] o X [coterapeuta] ocuparemos vuestro
sitio». Las preguntas que realizaremos mientras están ocupando la posición del otro son:
«¿Cómo te sientes estando ahí?, ¿es difícil mantener esa postura?, ¿qué posibilidades
tienes, a medio plazo, de mantener esa posición en buenas condiciones?»...
 La familia Sánchez está compuesta por cuatro miembros: los padres y dos
hijos. La chica, una adolescente de catorce años, está en plena lucha con su madre por
gestionar su libertad. La madre no está de acuerdo porque cree excesivo el margen que
pide y, además, la forma en que se enfrenta a ella le parece inaceptable. El padre opina
que su mujer está encarando mal el asunto y que lo que hace raya la agresión. Madre e
hija se enzarzan en discusiones violentas, e incluso han acabado pegándose. El padre no
interviene. Llama a la policía, que ya se ha personado varias veces en la casa, y va de
servicio en servicio, intentando que diagnostiquen a su mujer o de loca o de maltratadora.
En ningún caso comenta que quiere separarse. El niño, de siete años, vive con mucha
impotencia todo lo que ocurre en su casa. Dice querer tirarse por el balcón. La escultura
que realiza el niño no tiene desperdicio. Examinaremos uno de los elementos más
relevantes de la escultura, que sucede cuando el padre se pone en la posición del niño.
123
Figura 4.4. Alumnos representando la escultura de la familia Sánchez. Madre (derecha) e hija (izquierda)
enfrentadas. El padre (de pie) se encuentra detrás de la hija. El niño entre ambas.
TERAPEUTA (T.): Ahora, nos gustaría que tú (se dirige al padre) te pusieras en la posición que ocupa tu hijo
(el padre lo hace). ¿Qué tal estás ahí?
PADRE (P.): Desde aquí, todo se ve muy grande. Y estar en medio de mi madre y mi hermana que se están
pegando me da miedo. Me siento muy poco protegido. Mi padre no está y me siento solo y aterrorizado.
El niño va hacia su padre y lo abraza muy fuerte. Es un momento muy emotivo.
Figura 4.5. El padre cambia de rol con el niño. La coterapeuta lo sustituye.
 Esta escultura es muy llamativa porque desvela claramente el funcionamiento
familiar: la posición evitativa del padre que se sitúa más cerca de la hija (con la que, en
las sesiones, aparece que tiene una coalición), la lucha simétrica entre madre e hija (ya
que el padre le da el poder a esta para que combata en su lugar). El niño, que sufre ante
la tensión que hay en casa y lucha para interrumpir las secuencias agresivas. Lo
124
interesante del cambio de rol es que el padre, una persona con dificultades para ponerse
en la piel de los demás, enseguida conecta y comprende perfectamente lo que le pasa a
su hijo. El resultado es un acercamiento entre el progenitor y el niño.3. EL TERAPEUTA (O EL COTERAPEUTA) TRABAJA COMO YO AUXILIAR
Terapeuta y coterapeuta adoptan la posición de los diferentes miembros de la familia
en la escultura, dando mensajes evidentes, pero no dichos, que son relevantes para la
toma de conciencia familiar.
 Los yos auxiliares surgen del psicodrama (Moreno, 1966). Son asistentes del
terapeuta y ocupan un rol intermedio entre este y el miembro del grupo con el que se está
trabajando, haciendo la función de persona ausente en la escena psicodramática. Muchas
veces, cuando se utiliza la expresión yo auxiliar, en verdad nos estamos refiriendo a los
«dobles», que son aquellos ayudantes del terapeuta que ponen voz a lo no dicho. Las
intervenciones que realizan son breves y precisas, sin meterse en porqués. Cada vez que
realizan una intervención se sitúan detrás del protagonista e intervienen apuntando a lo
que parece esencial para que el cliente comprenda lo que sucede (Pubill, 2016).
Normalmente, se aprovecha el momento en que se está sustituyendo a un miembro
para que vea la escultura desde fuera, o bien cuando tiene que ocupar la posición de
alguien durante un cambio de rol. Cuando la persona sustituida acaba de hablar, el
terapeuta o el coterapeuta envían el mensaje.
 Para saber qué decir no hace falta más que...
 Observar la escultura con atención y ver lo que implica estar en cada posición
(incomodidad, ángulo de visión, apoyos, posición difícil de mantener mucho
tiempo...).
 Ocupar la posición de la persona y experimentar cómo es estar ahí (la tensión
de los gestos, la expresión de la cara, el cansancio que produce, el calor que siente
por parte de los otros miembros de la familia...).
 Intentar utilizar el otro polo del etiquetaje que porta esa persona en la
familia. Así, todos podrán ver una perspectiva distinta de lo que le ocurre.
Sumando todas estas acciones, es relativamente fácil decir algo diferencial del
discurso familiar.
125
 En la anterior escultura, la coterapeuta se pone en el lugar de la madre y dice
lo siguiente:
COTERAPEUTA (C.): Me siento sola como madre. Mi hija me falta al respeto y parece que solo me importa a
mí. Me siento sin fuerzas y no tengo el apoyo de mi compañero. Estoy triste.
MADRE (M.): Es verdad; es así como me siento. A ratos estoy gastando tanta energía en intentar que no se
descontrole todo, que no soy consciente de lo sola, cansada y triste que me encuentro.
PADRE (P.): Yo, hasta ahora, la he visto más enfadada que triste.
 Fijémonos en cómo las palabras de la coterapeuta provocan un
reconocimiento familiar de algo evidente (viendo la escultura se hace explícito), pero
que no es dicho, ya que no se corresponde con el etiquetaje que, en la familia, tiene la
madre (controladora y fuerte). De ahí la potencia de este tipo de intervenciones. La
coterapeuta ha utilizado el tema del etiquetaje, la sensación de falta de apoyo y el
desgaste de estar constantemente en una posición de lucha.
4. CENTRARSE EN LA POSICIÓN DE UNA PARTE DEL CUERPO EN CONCRETO
Exageramos la posición de una parte del cuerpo y dejamos que exprese la relación
con las interacciones familiares. En esta estrategia, se juega con elementos que tienen que
ver con el focusing y las terapias experienciales. Al intensificar y poner toda la atención
en un gesto corporal, pretendemos que la persona que lo está llevando a cabo y el resto
de la familia trabajen con la comunicación metafórica, «tocando» más plenamente en la
parte emocional.
 Gendlin (1983) desarrolló el concepto de focusing en un intento de formalizar
el proceso que utilizaban los clientes exitosos en sus terapias. Estos clientes hablaban
desde la experiencia, y no acerca de ella. Se consigue enfocándose en las sensaciones
que despierta la experiencia y no conformándose con algo vago, atendiéndolas mientras
estas se concretizan. Por tanto, Gendlin le da tanta importancia a cómo habla el cliente
de lo que le ocurre como a lo que le ocurre. El procedimiento para potenciar la
focalización corporal y aleccionar al cliente sobre cómo meterse en la experiencia pasa
primero por despejar la conciencia de otros problemas, para que la mente se ocupe solo
de las sensaciones corporales que son claves de memoria. Después, el proceso de prestar
atención precisa crear un asidero, una imagen o forma que permita definir, dejarla luego
resonar en nuestra experiencia vital y que, a través de preguntas, nos conduzca al tema
«incómodo» o disonante que hemos de trabajar (Pubill, 2016).
126
¿Cuándo llevaremos a cabo este trabajo? Cuando localicemos algún gesto lo
suficientemente significativo en el plano relacional de una escultura como para
subrayarlo. Así, señalándolo, intensificándolo, poniendo palabras a lo que se explicita,
hacemos notar a la persona y a la familia el peso y la tensión que presuponen funcionar
así. Se puede realizar en cualquier momento, dentro de las diferentes intervenciones ya
comentadas. Emplearla cuando explican cómo se sienten en su posición o mientras hacen
cambios de rol dependerá de la estrategia que queramos aplicar a la toma de conciencia
(si nos conviene más que tome conciencia aquel que se está posicionado en ese lugar, o
que lo haga algún miembro a quien le cuesta comprender qué sucede en algunas de las
dinámicas relacionales).
Para llevar a cabo esta intervención, necesitamos hacer un inciso en el trabajo con
la escultura. Por ejemplo, nos dirigimos a uno de los miembros de la familia: «Es muy
interesante esa posición en la que te encuentras, ¿qué te sugiere?», y se deja un tiempo
para que conteste.
O: «¿Podrías acentuar la postura [o el gesto] todo lo posible? Muy bien, ¿cómo te
sientes?», y de nuevo se concede tiempo para contestar.
A los demás, se les puede preguntar: «Y a vosotros ¿qué os sugiere el gesto?,
¿alguien quiere probar a hacerlo?». Se permite que jueguen a imitar y que expliquen lo
que experimentan. El coterapeuta también puede hacerlo y comentar.
El resultado es un conjunto variado de experiencias que comunican el valor del
gesto, lo que suele ser movilizador por sí mismo.
127
Figura 4.6. Alumnos representando la escultura de la familia González. La primera, en plano general; la segunda,
del detalle en el que nos centramos en terapia. En la última se maximiza el detalle. La hija mayor está en la
posición más alta, moviendo los hilos; la pequeña lo mira todo desde fuera (primera escultura).
 La familia González está compuesta por los padres (de unos cincuenta y
tantos años) y dos hijas, una de veinticinco años y otra de veinte. Consultan porque les
resulta muy difícil tolerar las dinámicas de celos que se dan entre las dos hijas. «Somos
los padres de dos encantadoras hijas únicas, pero no podemos ser una familia de cuatro.»
Es así desde siempre, aunque ha habido épocas en las que las hermanas se han llevado
mejor, coincidiendo con los bajones depresivos de la mayor. «Ella nos ha necesitado
más. Nació con problemas en la cadera. Esto ha provocado que sea un tanto
dependiente. La pequeña es más autónoma. A los dieciocho años se fue a una casa
okupa, trabaja, estudia... No nos preocupa.»
Esta es la escultura de la hija mayor (figura 4.6). Como nos pareció relevante su
gesto con respecto a los padres, decidimos trabajar con él.
TERAPEUTA (T.): Si os parece, vamos a centrarnos en este gesto que haces tú. (Se dirige a la hija mayor.)
¿Cómo te sientes manteniendo todo el tiempo ese gesto?
HIJA MAYOR (H. M.): Me parece que es cansado... Es difícil tener en tensión los brazos tanto tiempo...
T.: ¿Por qué? (Lo mira desde fuera.) Sal y ya me pongo yo. ¿Qué dirías que parece que quiere destacar este
gesto?
H. M.: No lo sé, es como si tuviese unos hilos que atan a mis padres a mis manos...
T.: Interesante lo que dices... Ponte de nuevo en tu lugar. ¿Podrías exagerar el gesto?
(La hija mayor eleva los brazos y los extiende más.)
T.: Y estar así, ¿qué te hace experimentar?
H. M.: Es como si fuera un titiritero... Y mis padres mis marionetas...
T.: ¡Vaya...! ¿Y alguna vez has sentido que vuestra relación es así?
H. M.: Sí, cuando empiezo aencontrarme triste, mis padres se preocupan tanto, que hacen lo que les pido
con tal de que no caiga en la depresión.
T. (A los padres): Y vosotros, ¿alguna vez sentís que sois los títeres de vuestra hija?
PADRE (P.): A menudo, nos hace ir por donde ella quiere. Como es capaz de montar una rabieta en cualquier
lugar y estemos con quien estemos, preferimos complacerla, aunque eso comporte que no podamos
hacer lo que querríamos.
MADRE (M.): Yo me siento bastante una marioneta con mi hija. No soy yo. Solo quiero que no haya líos.
T. (A la hermana pequeña): ¿Y tú, crees que tus padres se comportan como marionetas en manos de tu
hermana?
128
HIJA PEQUEÑA (H. P.): Toda la vida. Yo se lo he dicho muchas veces. Por eso, también me he alejado de la
familia. No es que yo sea autónoma, es que no he tenido más remedio. Mi hermana los manipula como
quiere y no les da ni espacio ni tiempo para que se ocupen de otra cosa que no sea ella. Siento que no
tengo padres. Por eso estoy aquí.
 Es evidente la potencia de la intervención realizada. Trabajar con un gesto
significativo ha destapado parte del juego familiar. Todos han reconocido el poder de la
sintomatología de la paciente identificada. Ahora queda profundizar en la función que
tienen los síntomas en la homeostasis familiar.
5. UTILIZAR MUÑEQUITOS PARA HACER LA ESCULTURA
Esta estrategia se pone en práctica si varios miembros de la familia están ausentes
(si es uno, se recurre al coterapeuta, que puede «ocupar» su lugar), o si sabemos que a la
familia o a uno de sus miembros les cuesta meterse en la técnica de la escultura por
diversos motivos (inhibición, falta de energía por depresión...). En estos casos,
presentamos una caja llena de muñecos de diferentes estilos que representen a distintos
personajes (indios, príncipes, damas, sirvientes, guerreros y guerreras...), y pedimos que
escojan entre ellos aquellos que mejor reflejen cómo ven a los miembros de la familia y a
sí mismos. Una vez que lo han hecho, solicitamos que los coloquen componiendo una
«fotografía» de su relación. Para ello, han de emplear la ubicación, las distancias entre
las figuras y su colocación entre uno y otro. Después, realizamos preguntas del estilo: «Al
escoger este muñeco, ¿qué característica querías destacar de X? ¿Cómo afecta ese rasgo
a la convivencia en casa? ¿Cómo te hace sentir a ti esa característica?», «¿Qué opinas
del muñeco que ha escogido para ti? ¿Pensabas que alguien te veía así?», «¿Por qué has
colocado a esa distancia estos dos muñecos? ¿Qué tipo de relación crees que
mantienen?», «Los muñecos no se miran, ¿crees que en la dinámica cotidiana pasa algo
entre estas dos personas?». Este tipo de preguntas nos permiten pedir que sean ellos
quienes representen la relación expuesta por los muñecos a través de una escultura, y
hacer el trabajo ya directamente con esta.
 Iván y Natalia forman una pareja que lleva diez años junta. Ella está pasando
un mal momento. Ha perdido el trabajo y está muy deprimida desde hace meses. Ahora
solo se ocupa de la casa y de las niñas. Acuden a terapia porque Natalia dice no poder
más, ni con su vida ni con la relación. No sabe decir por qué, pero no puede. Iván se
muestra solícito y cariñoso, aunque afirma que la ve distante desde hace unos meses. Se
les propone hacer el trabajo con los muñequitos. Ella toma la iniciativa.
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Figura 4.7. Muñequitos representando la escultura familiar de Natalia.
 Las constelaciones familiares (Hellinger, 2001) han resultado el nexo de unión
entre la práctica sistémica y la psicoterapia transpersonal. Esta técnica pretende —a
través del trabajo con los vínculos con la familia extensa, viva o muerta, o con personas
significativas para los miembros de esa familia— canalizar la solución a dificultades
emocionales o relacionales de la persona que constela. Al principio, el trabajo se
realizaba en un espacio grupal. Actualmente, también se lleva a cabo en la intervención
individual, utilizando para ello los muñequitos. Las diferencias con las esculturas
familiares son:
 La escultura familiar se realiza con la familia. La mayoría de las constelaciones se
lleva a cabo con personas que ocupan, psicodramáticamente, la posición de los
miembros de la familia del que constela.
 En la escultura familiar, se trabaja casi siempre con los miembros vivos de la familia.
En las constelaciones, se tienen en cuenta las personas muertas especialmente
significativas.
 En la escultura familiar, se trabaja con el aquí y el ahora. En las constelaciones, está
muy presente la historia familiar e individual de alguno de sus miembros.
 Las esculturas trabajan con las relaciones; las constelaciones, con los vínculos.
Por tanto, la intervención que se realiza en cada procedimiento es distinta, aunque
pueden ser complementarias.
 Así se desarrolló el trabajo con Natalia e Iván.
TERAPEUTA (T.): Explícame, ¿por qué has escogido estos muñecos?
130
NATALIA (N.): Creo que Iván se comporta como el rey de la casa. Dicta sus leyes, manda, y yo simplemente
tengo que obedecer. Por eso me he puesto barriendo.
T.: ¿Y la distancia entre vosotros?
N.: Es que, si pudiera, lo pondría en lo alto y yo en lo bajo. Está muy lejos porque su posición lo aleja de mí.
T. (A Iván): ¿Qué opinas del muñequito que ha escogido para ti tu mujer?
IVÁN (I.): Estoy sorprendido. Yo no me veo así, en absoluto. Creo que la cuido y estoy cercano.
 Tanto los muñecos escogidos por Natalia como el significado que les da ponen
de manifiesto que ella percibe la relación como complementaria. Él, en cambio, no. Con
esta premisa se amplía el trabajo.
T.: Me gustaría, si te ves con ganas, que lo que has representado con muñequitos lo llevarais a cabo con
vuestro cuerpo, que hicierais una escultura de vuestra relación, utilizando el cuerpo, los gestos, las
distancias, las miradas...
(Natalia se levanta y construye la escultura de la figura 4.8.)
I. (Por iniciativa propia): Jamás me hubiese esperado que me pusiera en esta posición.
131
Figura 4.8. Alumnos representando la escultura construida por Natalia de su relación de pareja. En la segunda
posición, hay un cambio de rol.
N.: Yo te veo así cada vez que llegas a casa y fiscalizas lo que hago. Siempre me estás preguntando si he
hecho esto, lo otro... Parece que no te fías de mí.
I.: Yo confío mucho en ti...
N.: Pues no me lo demuestras...
T. (Interrumpe una secuencia que podría iniciar una escalada simétrica): Me gustaría que os intercambiarais
los sitios.
(Lo hacen.)
T.: Iván, ¿cómo te sientes ahí en el lugar de tu mujer?
I.: Me siento como con mis superiores, con miedo a que me riñan, inhibido, descalificado... Me sorprende
mucho que yo también haga sentir así...
 La escultura es tan impactante que es imposible que no se pueda encarar su
funcionamiento complementario. El cambio de rol descubre dificultades individuales de
Iván, que proyecta en su relación de pareja claramente. Todo ello pone en evidencia el
conflicto que ambos tienen que abordar.
Tipologías de esculturas
Una vez examinada la metodología esencial, vamos a centrarnos en qué tipo de
esculturas llevar a cabo una vez que se ha puesto de relieve el funcionamiento familiar a
través de la escultura del presente. La intervención con este tipo de esculturas, aunque
siempre tiene un punto diagnóstico, pretende apuntar a la reestructuración de las pautas
de funcionamiento, es decir, a provocar y potenciar cambios en las transacciones de la
familia.
Las formas escultóricas más destacadas son las siguientes.
ESCULTURA DE FUTURO
Este tipo de escultura sitúa a las familias un (largo) tiempo después. Ese tiempo se
decide en función de la edad de los hijos, de la pareja de cónyuges o padres, del
problema sobre el que se esté trabajando y las dificultades de cambio que comporta. En
general, la mayoría de las esculturas se suelen ubicar entre cinco y diez años después. La
intención es:
 Comprobar si la familia vive en «tiempo parado». Si es así, los hijos
continuarán en una posición similar en la estructura familiar, centrados más en
mantenerla homeostasis que en seguir con su ciclo vital individual (en el que
132
progresivamente se ven signos de estar más fuera que dentro de la familia), y los
padres tampoco habrán variado en exceso la relación que hay entre ellos (lo que se
explicitará en que las posturas y las distancias serán parecidas).
 Constatar si la familia se ha podido desprender del síntoma y flexibilizarse. Si
es así, no se darán posiciones más «frágiles» y todos podrán seguir adelante con los
procesos adaptativos en el ciclo vital familiar e individual.
 Verificar si la familia se percibe flexible y tolerante al cambio. Eso implica que
los miembros de las interacciones que «están en crisis» y que han arrastrado a la
familia a terapia, se ven capaces de renunciar a sus posiciones y «moverse» lo
suficiente, con la finalidad de que todo se resitúe de otra manera.
El objetivo es ajustar nuestros patrones de intervención, pero, sobre todo, utilizando
esta técnica, empujar a la familia para que confronte la necesidad de flexibilidad y
de cambio, en un intento de que aparte la ambivalencia y el miedo, de forma que el
proceso sea más rápido y eficaz.
Existen diferentes maneras de llevar a cabo una escultura de futuro. La más habitual
es, simplemente, hacer una pequeña visualización con los ojos cerrados y ayudarlos a
imaginarse cómo será la vida de cada uno de ellos y de la familia diez años más tarde,
por ejemplo. Después, el proceso de construcción de la escultura será el mismo. Sí
cambiarán las preguntas al cerrar el turno de interrogación sobre esa escultura en
concreto. Añadiremos cuestiones como las siguientes: «¿Cómo te sientes en esta
escultura, en relación con la que hiciste del presente?», «¿Qué ha cambiado y qué
permanece igual?», «¿Qué posibilidades de futuro tiene la posición en la que estás?»,
«¿Qué te ha sorprendido sobre cómo están ubicados el resto de los miembros de tu
familia?».
Si no recuerdan la escultura del presente, es conveniente que la reproduzcan
nuevamente y, luego, volverlos a colocar en la del futuro. Así serán conscientes de cada
uno de los gestos.
 Una visualización que se puede utilizar para llevar a cabo este trabajo es la
siguiente: «Me gustaría que cerraseis los ojos unos momentos. Respirad profundamente.
Ahora, dejad ir el aire poco a poco. Vamos a llevar a cabo un ejercicio de visualización.
Es posible que, mientras intentáis centraros en mi voz, escuchéis otros sonidos a vuestro
alrededor. No importa. Al igual que en un cuadro hay una figura y un fondo, mi voz será
la figura y los otros sonidos, el fondo. Serán el hilo musical que nos acompañe. También
es posible que os vengan pensamientos que se relacionan con vuestra vida cotidiana.
Simplemente, dejad que vengan y luego, ponedlos en una cinta transportadora y dejadlos
pasar. Mientras os centráis en mi voz y dejáis que los pensamientos vengan y se vayan,
podéis imaginar que estáis en el aeropuerto a punto de tomar un vuelo. Estáis todos
133
nerviosos y contentos. Y sentís un cosquilleo en el estómago. Es lo que ocurre cuando
uno va a otro lugar. Vivir nuevas experiencias apetece, pero también genera un poco de
inquietud. Ya estáis en la puerta de embarque y entráis casi corriendo en el avión, un
avión que os llevará al futuro. Y os ponéis los cinturones de seguridad y el avión
despega. Notáis la velocidad mientras corre. Y sube. ¡Uf, es como estar en una
atracción! Está ya en lo alto, miráis desde la ventanilla. ¡Todo es tan pequeño desde
arriba! Y ese avión es veloz recorriendo el tiempo. De hecho, ya está llegando a su
destino y se anuncia el descenso. El entusiasmo se acrecienta. Ya ha aterrizado. Bajáis
nerviosos. Al salir del avión, sois conscientes de que han pasado diez años. Sois todos
diez años más mayores. Recordad, han pasado diez años. ¿Cómo sois cada uno de
vosotros?, ¿cómo os relacionáis?... Respirad, cuando crucéis la puerta del aeropuerto y
estéis en esa realidad, lo veréis y lo notaréis todo con claridad. Uno, dos, tres..., salid del
aeropuerto. Miraos los unos a los otros, daos el tiempo de comprobar cómo sois, cómo
son ahora vuestras relaciones, cómo han cambiado, si es que han cambiado... (Se dejan
pasar unos minutos.) Ahora, dad un último vistazo al futuro... Dirigíos otra vez a la
puerta del aeropuerto... Entrad... Subid al avión... Y vivid la experiencia de volar, de
volar al presente... El avión es veloz, tan veloz que ya está aterrizando. Estáis en el hoy.
Salid del avión y atravesad el aeropuerto. Cuando cuente tres y os diga que crucéis la
puerta que os devuelve a vuestra realidad, hacedlo... ¿Estáis preparados? Una, dos y
tres... Cruzad: ya estáis en el presente. Y ahora con una respiración muy profunda,
moved la cabeza lentamente de un lado a otro. Con otra respiración muy profunda,
desperezaros, y con otra respiración, abrid los ojos y volved aquí, conmigo, a esta sala».
Una posibilidad muy interesante de trabajo es introducir en la escultura de futuro
una doble alternativa: cómo sería si no suceden cambios, y cómo si esas
transformaciones se producen. Ello permite:
 Presentar un futuro catastrófico que provoque miedo e impulse al cambio. De
hecho, este tipo de escultura se podría llegar a enlazar con la escena temida
(Pavlovsky et al., 1979), en la que la familia podría representar aquello que más
pánico le provoca que suceda (ruptura emocional o relacional). Se realice esta última
o no, el terapeuta tiene la oportunidad, en este tipo de esculturas, de resaltar el
hecho de que hacer rígidas las posturas conlleva inevitablemente sufrimiento.
 Trabajar las diferencias realizadas en la segunda para producir modificaciones en
las relaciones familiares. Esta alternativa también es posible a través de otro tipo
de esculturas que ahora examinaremos.
ESCULTURA DE LO POSIBLE
134
Esta escultura pretende situar a la familia en el principio de realidad. No se trata
de que se centren en cómo les gustaría que fueran las relaciones familiares, sino en de
qué manera podrían colocarse en el aquí y el ahora para que las relaciones con
algunos (o todos) los miembros de la familia sean más cómodas y menos tensas.
Ello nos lleva a trabajar sobre cambios pequeños, accesibles y efectivos. De este modo,
pretendemos ayudar a la familia a que, de forma fácil y natural, se posicione en el
camino de la transformación. En general, el ideal suele estar bastante alejado de la
realidad que están viviendo. Desmontar el trabajo en ese sentido ajusta expectativas,
facilita la aceptación y baja resistencias en algunos miembros de la familia. Por tanto,
apostando por lo posible y no por lo ideal facilitamos la flexibilización de patrones.
El trabajo con la escultura de lo posible es artesanal. En él, aparecen diferencias
con respecto a las esculturas anteriores:
 La pactan todos los miembros de la familia. Todos han de negociar cómo se han
de posicionar para estar cómodos los unos con los otros. No se acepta una escultura
como válida hasta que todos se encuentran relajados en su ubicación.
 El terapeuta interviene constantemente. Ha de preguntar, de forma continua, a
unos y a otros si esa posición es confortable y si quieren estar así. Para evitar que
las coaliciones y las alianzas interfieran, el terapeuta tapará la línea de visión de la
persona con quien esté hablando, propiciando que se centre en él y no en los otros.
El hecho de que todos opinen y negocien ya es de por sí un cambio.
 Tiene como objetivo trabajar con pequeños movimientos, que se han de
traducir en acciones cotidianas que propicien los cambios relacionales. Por
ello, cada variación de un gesto hacia «lo posible» tendrá su analogía en la realidad.
Así es una escultura centrada en la acción.
La metodología de aplicación es la siguiente:
1. Pedir a la familia que construyan entre todos una escultura que refleje no cómo
les gustaría estar idealmente, sino cómo creen que podrían situarse para estar más
cómodos los unos con los otros.
2. Ayudar a negociar posiciones y gestos. Como ya se ha indicado, no se da por
buena una postura si no están todos cómodos.Para ello, hay que preguntar
insistentemente.
3. Una vez que todos estén de acuerdo con la colocación en la que se encuentran,
volver a situarse en la ubicación que tomaron en su escultura del presente.
4. Comparar esa posición con la de la escultura de lo posible. Eso se hace situándose
varias veces en las dos posiciones.
5. Analizar, movimiento a movimiento, cómo pasar de la colocación y la postura del
presente a la colocación y la postura de lo posible.
135
6. Una vez detectados cada uno de los pasos, traducirlos uno a uno en
comportamientos hacia los demás en la vida cotidiana.
7. Interrogar sobre la dificultad de llevar a cabo esos pasos y la posibilidad de
comprometerse a dar alguno de ellos.
8. Repetir el ejercicio con cada miembro de la familia.
 A veces, es interesante, para facilitar el trabajo con lo posible, invitar a la
familia a realizar la escultura del futuro si nada cambia. Esta suele o bien estar tan
alejada del momento que viven, o bien ser tan estereotipada, o bien causar tanto impacto
en alguno de los miembros, que simplemente por ello se propicia la utilización de la
escultura posible y, así, un trabajo dirigido hacia la acción y el cambio.
 Marisa y Ona son madre e hija. Acuden a terapia porque su relación cada vez
es más distante. Ona siente que sus padres la han utilizado desde su separación en
multitud de ocasiones. El padre convive con una nueva pareja con la que Ona se lleva
bien. Eso conlleva que pase mucho más tiempo con ellos. Marisa explicita tener miedo de
que su hija no quiera estar con ella. Comenta que está muy distante. Ona afirma que es
cierto, pero que el alejamiento se relaciona más con agravios que su madre le ha infligido
(traicionar secretos, descalificarla en público, no tener en cuenta necesidades concretas
que ella le ha explicitado) que con su padre. Se les propone realizar la escultura del
presente. Aunque la construye Marisa, Ona está totalmente de acuerdo con ella.
Figura 4.9. Dos alumnas representando la escultura del presente de Marisa y Ona.
TERAPEUTA (T.): Estáis de brazos cruzados...
MARISA (M.): Sí, enfrentadas y enfadadas... Yo no quiero estarlo. Me gustaría que tuviésemos una relación
como la de antes: estar muy unidas.
136
T.: Céntrate en la escultura, en tu posición...
M.: Estoy tensa, a la defensiva... Pero a ella, la veo igual.
T.: ¿Y tú, Ona?
ONA (O.): Yo veo a mi madre acorazada. Yo estoy poniendo un límite y no lo quiero sacar. No me siento
segura si me relajo.
 Fijémonos en que las dos explicitan estar en guerra. Cierto es que la madre
comenta su necesidad de acercarse, pero, al mismo tiempo, acusa a su hija por la
colocación en la que está. Hay una escala simétrica implícita. Todo nos invita a
profundizar más en estas posiciones tan polares que han tomado madre e hija. Por ello,
se decide realizar una escultura de futuro sin cambio para que vean la necesidad de
flexibilizar sus posiciones.
 La terapeuta se dirige a ambas:
T.: Si me permitís, vamos a continuar profundizando en el ejercicio. Me gustaría que cerraseis los ojos.
Vamos a llevar a cabo una visualización... (Se introduce la inducción hipnótica apuntada en páginas
anteriores, señalando que es un futuro sin cambios). Y ahora, ¿quién de vosotras quiere comenzar a
construir su escultura de futuro si todo continúa como hasta ahora y no sois capaces de cambiar?
(Inicia la construcción Ona.)
Figura 4.10. Dos alumnas representando la escultura de Ona del futuro sin cambio. Ona se sitúa a la derecha;
Marisa, a la izquierda.
T.: Marisa ¿cómo te sientes?
M.: Me siento triste, distanciada... Siento pena.
T.: ¿Y tú, Ona?
O.: Siento indiferencia, desgaste...
T.: Marisa, sal fuera de la escultura. (La coterapeuta la sustituye.) ¿Qué ves?
M.: Lejanía. Es muy triste.
Marisa vuelve a su lugar.
T.: Ona, ¿miras desde fuera la escultura?
137
O.: Veo agotamiento, desgaste...
T.: Vamos a intercambiar las posiciones... (Lo hacen.)
O.: En el lugar de mi madre, siento un peso... No estoy cómoda. Me siento triste.
T.: ¿Y tú, Marisa?
M.: Me siento segura, superior. No me encuentro mal aquí.
T.: Ahora, la coterapeuta te sustituirá, Ona.
COTERAPEUTA (C.): Aquí, en el lugar de Ona, siento vacío. Estoy bien, pero no estoy relajada.
(Cambia de posición. Se pone en la colocación de Marisa.)
C.: En el lugar de Marisa, me siento triste. Tengo un pesar muy grande.
 En el caso de Marisa y Ona se aplican tres de las estrategias para maximizar la
efectividad de la escultura. Se profundiza en la sensación de tristeza e incomodidad si no
sucede el cambio.
Figura 4.11. Representación de Marisa de la escultura de futuro sin cambios. La persona de delante es Ona; la de
detrás, Marisa.
 La terapeuta le habla a Marisa:
T.: Bueno, ahora te toca a ti.
T.: ¿Cómo te encuentras en esta posición?
O.: Estoy desconcertada. La siento surrealista. Por una parte, siento que me puedo comer el mundo y, por
otra, me siento aislada y sola.
T.: ¿Y tú, Marisa?
M.: Estoy hecha polvo, porque no he conseguido nada, después de tanto esfuerzo y paciencia.
T.: Vais a salir. La coterapeuta os sustituirá.
O.: Veo contradicción: libertad y tristeza...
M.: Veo angustia, soledad.
T.: Vamos a cambiar de roles.
O. (Ocupando la posición de Marisa): Me noto indefensa. No sé cómo actuar. Estoy triste y sola.
M. (En el lugar de Ona): Me siento libre, pero sola. Veo mucho camino por delante. Noto algo detrás, una
carga... Así, tampoco es fácil caminar.
T.: La coterapeuta os sustituirá y dirá cómo se siente.
138
C. (Desde el posicionamiento de Ona): Tengo ganas de abrir y salir, pero tengo un peso detrás. No es fácil
caminar hacia delante con ese peso. Me hace sentir impotente.
C. (Desde el posicionamiento de Marisa): Estoy triste, aunque quiera estar contenta. No puedo sin Ona.
(El tono emocional de la sesión es pesado y triste.)
 Al realizar la segunda escultura del futuro sin cambios, conseguimos ahondar
en los sentimientos: en la primera aparecían la distancia y la tristeza. En la segunda, el
peso y el fracaso que supone no haber resuelto la guerra que se ha instaurado en la
relación de ambas. En este momento, viendo el futuro catastrófico que se les viene
encima, están preparadas para trabajar y para cambiarlo.
 La sesión continúa:
T.: Bien, ahora nos centraremos en que esto (señala la escultura) no suceda. ¿Podríais construir una
escultura de cómo os gustaría que fuera vuestra relación? Marisa toma la iniciativa.
O.: ¡Suelta, qué agobio!
Figura 4.12. Escultura ideal de madre e hija.
T.: Para ti, esta escultura, Ona, ¿no es la ideal?
O.: No, no... No soy una niña pequeña. Somos adultas. Necesito distancia...
M.: Yo necesito contacto.
T.: Entonces tendremos que encontrar una posición cómoda para las dos, en la que encontréis una forma de
estar juntas y que cubra, al menos, una parte de vuestras necesidades. Esta escultura representaría
vuestra relación de aquí a un año, si sois capaces de cambiar.
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 Vemos que, precisamente, a partir de la incomodidad que le comporta a una
de ellas la escultura ideal de la otra, podemos empezar a trabajar sobre lo posible.
 Empiezan a transformar la escultura ideal. Ona se separa. Marisa la agarra del
brazo y la acerca. Ona pone mala cara.
T.: ¿Estás cómoda, Ona? Pones una cara rara...
O.: Estoy tensa. Me siento atrapada.
T.: ¿Cómo te pondrías?
(Se separa de su madre y no hay contacto físico entre ellas.)
Figura 4.13. Representación de la escultura de lo posible. Ona es la que regula el contacto con su madre,
poniéndole el brazo sobre el hombro.
M.: Pero yo necesito contacto.
O.: Yo no quiero contacto.
T. (Dirigiéndose a Ona): ¿Y si el contacto lo regulas tú? (Ona pone la mano en el hombro de su madre.)
T.: ¿Qué tal ahora?
M.: Yo estoy bien. La siento cercana, pero cada una estamos en nuestro sitio. Me gusta que sea ella la que
tome la iniciativa de aproximarse.
O.: Estoy cómoda. Soy yo quien regulo. No me siento invadida. Si quiero, no estoy sola.
T.: Vamos a ver cómo conseguirlo... Que cada una se ponga en la posición de la escultura inicial.
(Recuperanla colocación de brazos cruzados. Empezamos a trabajar con Marisa.)
T.: Marisa, ¿qué movimientos tendrías que hacer para pasar de la primera escultura a la esta última?
M.: Relajar la expresión de la cara y estar más contenta, bajar los brazos, esperar...
T.: ¿En qué actos se traduciría cada uno de esos pasos?
M.: No replicar cada cosa que me dice, no justificarme tanto... Cuando viene, no echarle en cara que no me
trata igual que a la familia del padre... Escucharla más...
T.: Ona, ¿y tú? ¿Qué movimientos tendrías que hacer?
O.: Mirarla más, bajar los brazos, acercarme, tocarla...
T.: Y todo ello, ¿en qué comportamientos se traduciría?
140
O.: En no tomarme a mal todo lo que me dice, ser un poco más afectuosa, cuando estoy en su casa,
compartir más tiempo con ella...
T.: De lo que habéis dicho, ¿qué creéis que podéis llevar a cabo de aquí a la próxima visita?
M.: No recriminarla porque no pasa tiempo conmigo.
O.: Yo, cuando me toca estar con mi madre, no encerrarme en mi habitación, sino compartir algo de tiempo
con ella.
T.: De acuerdo, vamos a empezar por ahí.
 La escultura de lo posible nos ha permitido trabajar desde la negociación de
una realidad compartida, en la que hay un reconocimiento de las necesidades de ambas.
Se traslada, utilizando técnicas del trabajo centrado en soluciones, a compromisos
sobre comportamientos dirigidos al cambio. El trabajo de la sesión no solo ha puesto
sobre la mesa un escenario terrorífico para ambas, sino que ha hecho virar la relación
familiar hacia la flexibilidad en sus patrones relacionales.
 Ya en el anterior capítulo se mencionó la terapia centrada en soluciones (De
Shazer, 1985; Beyebach, 2006). Este posicionamiento de trabajo psicoterapéutico utiliza
un conjunto de herramientas que son muy útiles para definir objetivos, operativizarlos
idiosincráticamente (midiendo el grado de mejora que supondría en la familia cada uno
de los pasos en que se avance hacia el cambio), y prescribir activamente, con tareas,
cada uno de los estadios marcados para conseguir que la dificultad desaparezca. La
pregunta del milagro, el trabajo con las excepciones y la pregunta de la escala son
las técnicas más conocidas de esta escuela. Todas ellas pretenden tomar las secuencias
explicitadas a través de preguntas circulares, ampliando la respuesta dada en otros
momentos o áreas de funcionamiento. Para ello, se utilizan mecanismos generalizadores,
atribuyendo el control de esos cambios a miembros de la familia, señalando la gestión
de variables que forman parte de la solución, y construyendo así el siguiente paso que
hay que dar, con el fin de asentar los cambios que empiezan a producirse. Eso es lo que
hemos pretendido con la escultura de lo posible.
ESCULTURA DEL PASADO: ANTES DE LA CRISIS Y EN LA CRISIS
Resulta interesante realizar estas esculturas cuando la familia no detecta problemas
antes del momento en que estalla el conflicto. La conjunción de las dos esculturas
propicia la toma de conciencia de las áreas de funcionamiento en las relaciones familiares
que tenían (y tienen) dificultades. Para ello, es bueno situar el «antes» en los meses que
preceden al estallido. El trabajo que se lleva a cabo es similar. Es interesante el cambio de
rol para incentivar la toma de conciencia. Rápidamente, pasaremos a la escultura de la
crisis, en la que trabajaremos con el mismo sistema para que la combinación de ambas
sea efectiva al máximo.
141
 Javier y Elena son una pareja de unos cuarenta años. Llevan juntos toda una
vida, y casados, unos quince años. Aparecen en consulta porque uno de sus hijos
(Pedro) está presentando un comportamiento disruptivo en el colegio. Hace poco más de
un año que muestra faltas de respeto a cualquier persona que represente la autoridad. En
casa no hace lo mismo, pero su conducta pasiva consigue sacar a ambos de sus casillas.
Tras investigar sobre el cómo, cuándo y de qué manera se presenta el síntoma, se
interroga sobre los acontecimientos vitales que rodearon la época de presentación del
problema. En ese momento, Javier confiesa que, unos meses antes, le fue infiel a Elena.
Ella le pilló por las conversaciones de su WhatsApp. Hubo peleas y tensiones en casa.
Estuvieron a punto de separarse. Los niños lo vivieron en primera línea, sobre todo
Pedro. Decidieron darse una oportunidad. Ahora están más o menos bien, pero
preocupados por su hijo. No saben si han superado la crisis, pero intentan no profundizar
demasiado. En visitas posteriores informan de que, en la medida que ellos ponen límites
a Pedro y se van centrado en sus dificultades conyugales, el comportamiento de su hijo
mejora ostensiblemente. Llegados a este punto, se decide afrontar las dificultades de
pareja existentes antes de la infidelidad, con la finalidad de que no utilicen esta última
para esconder áreas disfuncionales en sus pautas relacionales. Para ello, se les propone
realizar una escultura del pasado centrada en un tiempo anterior al estallido del conflicto.
Esta es la escultura que lleva a cabo Javier (analizamos solo una para ejemplificar el
trabajo).
Figura 4.14. Representación de la escultura del pasado, antes de la crisis, de Javier.
TERAPEUTA (T.): Elena ¿cómo te sientes en tu posición?
ELENA (E.): Por un lado, siento a Javier cerca, porque me está cogiendo de la mano. Por el otro, está lejano.
Mira hacia el otro lado. Es un poco como si estuviera conmigo por costumbre.
142
T.: ¿Tú te sentías así durante ese período?
E.: Quizá no tenía conciencia de ello, pero un poco sí. Era como si ya no hubiera misterio, como si hubiese
desinterés.
T.: ¿Solo por parte de él?
E.: No, también mía.
T.: Y tú, Javier, ¿cómo te sientes?
JAVIER (J.): Siento algo parecido. Estoy en mi mundo y ella en el suyo. No hay comunicación. Siento que no
le intereso y creo que ella a mí tampoco.
T.: Vaya, qué duro debe ser... ¿Queréis ver la escultura desde fuera?
E.: Yo, sí. (Sale fuera de la escultura y la sustituye la coterapeuta.)
T.: ¿Qué impresión te da?
E.: De desapego, de costumbre...
T.: ¿Título?
E.: Soledad.
(Sale Javier.)
T.: ¿Qué impresión te da?
J.: Me pone triste.
T.: ¿Título?
J.: Incomunicación.
T.: Bien, vamos a ver qué pasó durante la crisis.
 No hacemos la sustitución de roles porque en la escultura los dos están en la
misma postura, solo que miran hacia sitios distintos.
 Representamos la escultura de la crisis de Elena para ejemplificar el trabajo
realizado y porque fue la más efectiva para el cambio.
T.: ¿Cómo te sientes en tu posición, Javier?
J.: Muy mal, como si tiraran de mí en distintas direcciones. Soy como un trofeo. No me miran, solo luchan
por mí. De todas maneras, hay una parte de mí que se siente importante, aunque esté muy incómodo.
T.: ¿Y tú, Elena?
E.: Estoy angustiada, tensa, tengo miedo. Voy a perder algo muy preciado. Me lo están robando. Pongo toda
mi energía ahí.
T.: ¿Y tú, coterapeuta?
COTERAPEUTA (C.): Yo voy a por todas. Quiero a este hombre y se lo voy a robar a su mujer.
143
Figura 4.15. Representación de los alumnos de la escultura de crisis de Javier y Elena. La coterapeuta (en la
esquina de la habitación), en el lugar de la amante, tira de Javier, mientras que en el otro extremo Elena hace lo
mismo con fuerza.
T. (A Elena y Javier): Vais a cambiaros de posición y comprobar qué sentís en el lugar del otro. (Lo hacen.)
E.: Yo me siento muy mal. Estoy atrapada y no sé qué hacer. No sé a cuál de las dos decir que me suelte.
J.: Yo siento pánico. No sé lo que ha sucedido. Solo defiendo lo que es mío. Quiero a esa persona y no sé si
me va a dejar.
T.: Esto que estáis sintiendo, ¿cambia en algo la visión que tenéis de lo que pasó en ese momento?
J.: Sí. Creo que no era consciente del miedo de Elena y de lo mucho que sufrió durante esos meses.
¿Todavía sufres? (Le pregunta, dirigiéndose a ella.)
E.: Sí, tengo miedo a perderte. No sé por qué te quedaste...
J.: Me quedé por los niños, pero sobre todo por ti.
E.: Es la primera vez que me lo dices...
J.: Sí, quizá porque es la primera vez que he sentido lo mucho que debiste de padecer...Hemos estado
demasiado ocupados en hacer ver que no había pasado nada. Yo creí que tú querías continuar por
seguridad, por los niños, por la familia. No confiaba en que fuera por nuestra relación.
T.: ¿Qué necesitáis el uno del otro a partir de ahora?
J.: Más comunicación y más contacto.
E.: Volver a conocer quién es el otro. Creo que hemos imaginado que conocíamos a nuestra pareja, y tal vez
sí, pero al de hace quince años. Hemos cambiado. Nos merecemos encontrarnos y reconocernos. (Se
abrazan. Se dan unos minutos. Luego, se pactan unas tareas que faciliten el reencuentro entre ambos,
recogiendo su propuesta.)
 Como vemos, el trabajo con el pasado puede dar la posibilidad de aclarar
momentos difíciles en que los miembros de la familia han reaccionado como han podido.
Retratar las dinámicas que se dieron, trabajar desde una posición metacognitiva,
empatizando y viéndolo con otros ojos, desde la distancia, limpia las heridas y permite
acercarse al otro sin tanto dolor. Eso es lo que ha ocurrido en este caso, con efectos
144
inmediatos. Fijémonos en que la escena de la crisis también se relaciona directamente
con la escena temida, la de la pérdida. Se podría haber enlazado con esa escultura, si el
trabajo no hubiese dado frutos. No ha sido el caso.
Utilizar esculturas aporta al sistema terapéutico la posibilidad de profundizar,
comprender y empezar a modificar estructuras familiares poco facilitadoras de la
plasticidad que requiere el cambio. De este modo, incorporarlas en la práctica cotidiana
de la intervención familiar ahorra esfuerzos y desgaste ante las dificultades de
transformar la rigidez homeostática del sistema. Es evidente que el terapeuta y el equipo
también han de salir de su zona de confort, y dejar de lado la palabra para centrarse en
una parte de la comunicación tan importante, que la mayoría de los mensajes relevantes
en el plano relacional pasan por ese canal. Recordad, en la diferencia están el
crecimiento y el cambio. ¿Vale la pena, entonces, atreverse a experimentar?
145
146
PARTE III
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Sacar a la familia de su zona de confort
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Psicoterapéuticamente hablando, es imposible producir un cambio si no
conseguimos sacar al otro de su zona de confort. La necesidad de vivir experiencias
distintas para podernos construir de manera diferente (Kelly, 1955) es indispensable si
queremos resituar metacognitivamente todo aquello que se ha trabajado en el espacio
psicoterapéutico.
Cierto que el espacio de terapia ya es, de por sí, un laboratorio donde la familia se
percibe, se vive y se comunica de un modo diverso, y ello aporta esa multiplicidad que
contribuye a una visión compleja sobre quiénes son y cómo es su familia.
Sin embargo, acelerar el proceso a través de resaltar las evidencias de
funcionamiento conduce a una potenciación de la transformación, no solo porque los
miembros de la familia no tienen más remedio que mirar, sino porque los prepara para
ejercicios más complejos en sesión o fuera de ella (tareas).
Todas las técnicas que propondremos en el siguiente capítulo tienen que ver con
resaltar y redefinir características homeostáticas que posicionan a la familia en
espacios de rigidez, y utilizamos el concepto de espacios como metáfora de la
posibilidad de movimiento, de cambio. Si retomamos el ejemplo de la balsa, todos los
miembros de la familia se agarran fuerte al lugar en el que están sentados. Pero si
pierden el miedo, pueden desplazarse...
El objetivo de los psicoterapeutas no deja de ser, en todo momento, el de dotar a
los clientes de coraje para dar un paso más allá de su territorio. Pretendemos que
salgan de sus dominios, sean estos estilos de comportamiento, formas de pensarse,
valores, reverberaciones emocionales... Para ello, redefinimos el territorio exterior, sus
crisis, a ellos mismos... Redefinimos para acomodarnos, para invitarlos a acomodarse al
espacio y tiempo terapéuticos... Sin embargo, lo único que deseamos es gritar: «¡Eh!
¿Vienes? Hay un camino estupendo aquí por explorar. ¿Te atreves?».
En el siguiente capítulo os damos fórmulas distintas de hacerlo, a veces, divertidas;
a veces, atrevidas.
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CAPÍTULO 5
UN RATÓN DE CAMPO COLÁNDOSE EN EL CASTILLO... PARTE I
Escudos, máscaras y valores: la externalización de la familia
Cuando una familia llega a terapia, viene dispuesta a presentarnos o la mejor versión
de sí misma (el mito de la armonía y del chivo expiatorio, ya sea un síntoma o una
persona, culpado de provocar el «desastre» que atraviesa) o la peor versión de sí misma
(tensa y en lucha). Las dos posiciones tienen que ver con la crisis que atraviesan y con
las defensas que ponen en marcha en esos momentos. Sabemos ya que esos recursos se
relacionan con los mecanismos homeostáticos que regulan el funcionamiento familiar, si
algo no anda como siempre. Por ello, cuando iniciamos el trabajo resulta complicado
«adivinar» cómo es, cómo funciona y se comunica en circunstancias más propicias.
Recordemos que no todas las áreas de funcionamiento de la familia están en crisis.
Conseguir que los miembros del clan familiar olviden, por un rato, la tensión que los
ocupa y nos muestren (no solo nos expliquen) esas zonas más funcionales es todo un
récord.
No nos tiene que resultar extraño. Pensemos en un país que está en guerra o, como
mínimo, en alerta roja ante la posibilidad de que esta se inicie. Activar los protocolos de
defensa puede ser más o menos complejo, según el grado de peligrosidad con que sientan
lo que están viviendo. Pero desacelerarlos requiere, de por sí, esfuerzos titánicos, tiempo
y paciencia. La adrenalina necesaria para estar vigilante deja cansancio, malestar, aunque
solo sea por la tensión vivida.
Por tanto, impulsar que la familia relaje sus atrincheramientos protectores cuando se
encuentra amurallada precisa de inventiva y creatividad, además de paciencia y tolerancia
a la frustración. Lo que es obvio para el observador, para ellos es «de locos», ya que «lo
natural» es funcionar desde los mecanismos que, hasta ese instante, han utilizado.
En sistémica, desde un posicionamiento estructural, sacar a la familia de los muros
de su castillo se ha denominado intensificación del estrés (Minuchin, 1977). Esta
estrategia, que recoge un conjunto de técnicas determinadas, pretende inducir
movimientos reestructuradores en las pautas de funcionamiento familiar mediante el
bloqueo de las formas habituales de comunicarse y relacionarse, provocando que la
familia deba hallar estilos nuevos, más cómodos y ajustados a sus circunstancias.
Tradicionalmente, se han utilizado tres tácticas para conseguirlo:
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1. Obstruir el flujo de la comunicación. Se impide que la familia se comunique
como siempre lo hace, usando diferentes tipos de recursos, como, por ejemplo,
establecer una nueva norma: si en una familia se empiezan las frases con un «es que
tú...», cambiarlo por «yo necesito...», «yo me siento...», «yo opino...». Taponar el
curso del diálogo acostumbrado supone interrumpir continuamente a la familia
cuando habla. Es una tarea pesada y lenta, pero conlleva efectos beneficiosos:
a) Por un lado, presiona a los miembros de la familia para que salgan de los
automatismos comunicativos que utiliza a diario. Eso supone esforzarse para
hacerse entender no desde el rol habitual, marcado por su etiquetaje, sino
desde un «yo» que no suele sacar a escena en el teatro familiar.
b) Por otro, da tiempo (al no actuar de forma mecánica) a ser más consciente y,
de este modo, responsable del mensaje que se envía en la comunicación. Ello
varía tanto el plano del contenido como el relacional, en la interacción que se
va a llevar a cabo.
c) Por último, proporciona un margen para la creatividad y la flexibilidad.
Estamos en un espacio (el terapéutico) que invita a probar. De hecho, se alienta
a ello. Después de intentos renqueantes, los miembros de la familia irán
encontrando su propio estilo expresivo.
2. Analizar la redistribución geográfica. Ya vimos en el capítulo anterior cómo las
posiciones en las que se colocan losmiembros de la familia son verdaderas
declaraciones de las reglas que rigen su maquinaria interna. El baile de las alianzas y
las coaliciones, de hecho, se puede percibir de manera clara, en muchísimas
ocasiones, gracias a la observación de cómo se acomodan los miembros de la
familia en el espacio terapéutico. No es extraño, por ejemplo, que un hijo
triangulado se siente entre ambos padres, si es hijo único o predomina el mito de la
armonía, o al lado de su aliado y alejado del contrario, en caso de lucha abierta
entre bandos o de que haya más hijos. Utilizar cambios de lugar de los miembros
de la familia para sugerir, de forma analógica, la conveniencia de modificaciones
en sus pautas de funcionamiento es el objetivo fundamental de la técnica. Para ello,
el terapeuta pide, sin dar más explicaciones, que los miembros de la familia se alcen
de sus asientos, y los organiza —cambiándolos de lugar— como le parece más
oportuno sin introducir ningún tipo de justificación. El resultado suele ser inmediato.
La comunicación cambia; las interacciones, también.
 La familia Rovira se compone de cuatro miembros: los padres y sus dos hijos,
un niño de trece años y una niña de nueve. Se encuentran los cuatro muy angustiados.
Desde hace cosa de un mes, la niña tiene pensamientos obsesivos de tipo sexual y no
152
puede evitar insultar a su madre, diciéndole que es fea, que se avergüenza de ella y que
no la quiere. Luego, se pone a llorar desesperadamente, comentando que hay algo dentro
de ella que la obliga a expresarse así.
La familia se distribuye así en la consulta:
Figura 5.1. Distribución de la familia Rovira en el espacio terapéutico.
Se empieza explorando la dificultad que presentan y, ante la pregunta acerca de qué
hipótesis tienen sobre lo que le ocurre a la niña, sucede lo siguiente:
PADRE (P.): La culpa es mía. Tengo poco trabajo y llego a casa borracho... Mi mujer se enfada y me dice
que me vaya a dormir al sillón... Esta tensión..., la niña la capta, seguro...
(La niña se levanta y abraza a su padre.)
MADRE (M.): Él dice que es por el tema del trabajo, pero tiene problemas con el alcohol.
(La niña se sienta en las rodillas del padre.)
HIJA (HA.): ¡Tonta!, ¡fea! (Grita de repente y luego se echa a llorar.) ¡Mamá, perdona, perdona, no quería
decirlo!
M.: No pasa nada, cariño... (La tranquiliza.) A mí, me duele mucho lo que ocurre... No sé por qué la tiene
tomada conmigo...
TERAPEUTA (T.): ¿Tú qué opinas de lo que le sucede a tu hermana? (Se dirige al hijo.)
HIJO (HO.): Siempre ha estado muy mimada, sobre todo por papá. Mamá, yo no pienso eso de ti... Ya se
arreglará. No te preocupes...
T.: ¿Estás sufriendo por tu madre?
HO.: Sí...
T.: ¿Por alguien más?
HO.: No... (No mira a su padre.)
P.: Está enfadado conmigo, creo.
HA.: ¡Tonta! ¡Idiota! (La niña se echa a llorar...)
T.: Vamos a hacer un pequeño experimento. Si os levantáis...
(La terapeuta dispone a la familia del siguiente modo:)
153
Figura 5.2. Redistribución geográfica de la familia Rovira.
 En la secuencia comunicativa de la familia, cada vez que alguien «agrede» al
padre, de forma verbal o no verbal, la niña explicita la sintomatología atacando a la
madre. Eso lleva a hipotetizar, junto con la disposición que la familia tomó al sentarse,
dos posibles coaliciones: padre-hija y madre-hijo.
 Se redistribuye geográficamente a la familia, para ver si de este modo cambian
las interacciones.
T.: Bien, estábamos comentando los acontecimientos que de forma reciente sucedían en vuestro día a día...
M.: Sí, sí... Hay mucha tensión en casa.
P.: Demasiada...
T.: Vamos a hacer otra cosa distinta...
(La terapeuta se levanta; hace alzarse al padre y a la madre, disponiendo sus sillas una frente a la
otra.)
T.: Voy a pediros que os dirijáis el uno al otro si os habláis. No me utilicéis como intermediaria. Además,
intentad hablar desde el «yo». Por tanto, dejad de iniciar las frases comentando la conducta de vuestro
cónyuge. Por ejemplo, «Yo siento que...», «Yo necesito...», «Quizá estoy equivocado, pero creo que...».
Es difícil. Nadie está acostumbrado, pero vamos a intentarlo. ¿De acuerdo? Por vuestra parte (se dirige
a los niños), voy a pediros que permanezcáis callados y agarrados de la mano. Si uno de los dos se
pone nervioso, el otro lo calma acariciándole el brazo. ¿Sí?
(Todos asienten.)
T.: Decíais que hay mucha tensión...
M.: Sí, me ha decepcionado cómo ha reaccionado ante sus problemas laborales.
(Se dirige a la terapeuta. Esta le indica con la cabeza —no verbalmente— que se lo explique a su
marido.)
M.: Me has decepcionado.
T.: Habla desde el «yo»... «Yo me siento decepcionada...»
M.: Yo me siento decepcionada porque pensaba que ibas a reaccionar de otra manera...
P.: Yo también estoy frustrado. Esperaba que me entendieras...
154
T.: Parece que los dos teníais ideas distintas sobre lo que iba a pasar. ¿Os las habíais expresado alguna vez?
M.: No, nunca...
T.: Podrías empezar ahora...
M.: Yo imaginaba que no te rendirías tan rápido. Me has parecido una persona fuerte y capaz hasta ahora. Tu
reacción no me cuadra, y me hace sentir sola, y que todo se me cae a mí encima.
P.: Yo deseaba que, ante este momento duro, me acogieras y me cuidaras... También me siento solo y
rechazado... Me siento un inútil.
T.: ¿Creéis que podéis hacer algo con eso que os estáis diciendo?
M.: Hablar más. Así quizá no nos sintamos tan mal... Pero yo necesito que te esfuerces por no beber... No
puedo estar preocupada por tantas cosas y tirar yo sola.
P.: He ido al médico y le he pedido tratamiento... Me ha derivado al psiquiatra...
M.: No me lo habías comentado...
P.: No nos hablamos...
T.: Fijaos, vuestros hijos están un poco más tranquilos si os ven empezar a resolver vuestros problemas...
(Se dirige a los niños.) Os felicito, os habéis ayudado el uno al otro, como un buen equipo de
hermanos. ¿Cómo podríais hacerlo en el día a día?
 Tras la redistribución geográfica, la terapeuta impone unas nuevas reglas de
juego comunicativas (obstruye la comunicación). Invita a los padres a dirigirse el uno al
otro, hablando desde el yo, mientras que pone un límite entre subsistemas proponiendo
que los hermanos se apoyen el uno al otro. El resultado es una comunicación más clara
entre los cónyuges y una menor triangulación con sus hijos.
Es importante también que la terapeuta redefina directamente el estado de los
hermanos como de mayor tranquilidad y que etiquete su comportamiento como el de un
«equipo». Como no hay protestas, la redefinición es aceptada por los niños.
3. Aliarse temporalmente con uno de los miembros de la familia. En momentos en
que la situación está muy encallada, en tablas, el terapeuta puede decidir romper el
equilibrio, aliándose con un miembro de la familia o con uno de los equipos. Forma
parte de la estrategia para desbloquear el proceso e impulsar el cambio, ya que a
través de esa alianza:
a) Ponemos de nuestra parte a un integrante «esquivo» a la terapia. Así,
predisponemos a esa persona a aceptar el espacio terapéutico.
b) Damos fuerza al componente más «débil» del juego familiar y, de este modo,
reequilibramos las asimetrías y marcamos límites y fronteras.
c) Impulsamos el tiempo en el ciclo vital familiar, dando alas a los miembros
que más reclaman el crecimiento.
d) Abrimos perspectivas en la narrativa familiar, otorgando peso a las voces
discordantes.
Pero esa alianza es temporal, como se ha apuntado ya en capítulos anteriores. Si no,
romperíamos con uno de los principios básicos de la terapia sistémica, la neutralidad.
Por ello, de alguna manera, posteriormente, hemos de decantarnos hacia el otro bando.
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Solo así, la familia entenderá que no se trata de que estemos más o menos de acuerdo
con alguno de sus miembros, sino que simplemente trabajamos para su bienestar.
 Cuidado si en la familia hay algún miembro especialmente susceptible! En ese
caso, es mejor utilizar poco esta estrategia y, si lo hacemos, explicar muy bien el porqué
del apoyo en ese momento y a esa persona en concreto.
 Recordemos a la familiadel síntoma saltarín (capítulo 2). Cuando expone las
hipótesis sobre lo que ocurre en la dinámica familiar, la madre se siente señalada, aunque
todos ponen bastante empeño en comentar que está muy estresada y que debería delegar.
Como se muestra muy susceptible a los comentarios, al menos en sesión (aunque la
delicadeza con la que hablan de ella los componentes del clan hace sospechar que
normalmente es así), la terapeuta decide aliarse temporalmente con ella:
TERAPEUTA (T.): Parece que tú tienes otra hipótesis sobre lo que ocurre en casa...
MADRE (M.): Sí, yo tengo que hacerlo todo, porque mis hijos no se esfuerzan ni en poner los platos en el
lavavajillas después de comer. Cuando llego del trabajo, está todo por el medio... Mi marido aterriza en
casa de la oficina muy tarde y cansado. Los fines de semana, pese a que intenta ayudarme, no sabe
hacer gran cosa.
T.: ¿Crees que si todos colaboraran todo iría mejor?
M.: Pienso que tendríamos menos motivos para saltar.
T.: Entonces, ¿podríamos intentar repartir tareas cotidianas?
M.: No las harán... Yo seré la bruja que los persiga.
T: ¿Y si las pusiéramos en una tabla con recompensas para quien las haga y «reprimendas» para el que no
cumpla con ellas...? Eso te quitaría presión.
M.: Estoy harta de ser la mala.
HIJA (H.): Mamá, no eres la mala...
M.: Sí, sí que lo soy...
T.: Bien, entonces, ¿te parece quitarte de encima ese papel y que cada uno sea responsable de sí mismo?
M.: No estoy muy convencida, pero probemos.
 Para aliarse con la madre y que no bloquee la sesión, la terapeuta se centra en
interrogarla a ella desde su punto de vista. Así consigue no solo su visión del problema,
donde resalta el etiquetaje que siente que le ponen (el cual su hija no confirma, aunque
ella es incapaz de escucharla), sino también la posibilidad de hacer un experimento para
cambiar las cosas. La sensación de la madre es que la terapeuta está junto a ella y, de
este modo, va a favor de la terapia y no en contra de ella.
Otras escuelas sistémicas han añadido su granito de arena a ese «sacar fuera». Por
ejemplo, la escuela estratégica practica intervenciones para prescribir el síntoma desde la
posición selviniana de las devoluciones y las tareas; pero, en general, el juego pretende
hacer que la familia funcione, aunque sea solo un rato, a través de otro estilo. Es la
percepción de la discrepancia.
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En los siguientes apartados, se expondrán diferentes recursos para provocar un
contraste en la visión de sí mismos. Estas herramientas suelen ser útiles. Con todo, invito
al lector a que experimente con su creatividad y genere otras nuevas. Cada sesión es una
oportunidad de crear, si nos atrevemos.
En realidad, el principio en el que se basan es el de la metaforización (Andolfi y
otros, 1985). Habitualmente, los terapeutas ya tendemos a emplear el lenguaje
evocativo (Nardone, 2006) para conectar y acomodarnos a la familia, para redefinir lo
que ocurre en la crisis que atraviesan, para resaltar el valor analógico de la
sintomatología, para intervenir emocionalmente... En la caja de herramientas que ahora
se presenta, la metaforización va más allá. Se concretiza en objetos (Angelo, 1979), con
el fin de destacar aspectos relacionales que condicionan —por su presencia o su ausencia
— las dificultades para resolver la crisis que atraviesan. De hecho, el principio utilizado
no deja de ser el mismo que el que se usa en la externalización de síntoma (White y
Epson, 1993). La diferencia estriba en el «creador» de la externalización —en este caso,
el terapeuta— y lo que se representa —normalmente, posiciones relacionales, valores,
etiquetas, etcétera.
 White y Epson (1993), con sus trabajos, no solo popularizaron la terapia
narrativa, sino que generaron también un cuerpo pragmático, a través del que pudieron
aplicar sus principios teóricos, mediante unas técnicas que convertían la intervención en
algo fácil y efectivo. Esa metodología de trabajo se ha extendido y ha sido adoptada por
diversos modelos psicoterapéuticos, ampliando los enlaces de la terapia narrativa a
perspectivas psicológicas diferenciadas de ella.
La externalización del síntoma es una técnica que se ha desarrollado en el marco
de la terapia narrativa, con resultados eficaces y efectivos. Esta técnica pretende separar
la sintomatología de la persona, con la finalidad de que viendo a esta desde fuera, se
puedan aplicar las capacidades metacognitivas con más facilidad y comprender lo que
nos está ocurriendo, sea a título individual o relacional. Para ello, como veremos más
adelante, se personaliza o se cosifica el síntoma y se le da una voz con identidad propia
(Pubill, 2016).
Trabajando con el escudo y las máscaras familiares: la familia externaliza
Sé que los que trabajáis con terapia sistémica, cuando leáis escudo familiar,
pensaréis: «Esta se cree que ha inventado las sopas de ajo». Os puedo asegurar que no
es así. Introduzco esta técnica archiconocida en todas las escuelas de terapia familiar, y la
utilizo para ayudar a reflexionar sobre los valores que rigen la estructura familiar, con una
finalidad diversa.
157
El trabajo que aquí se presenta pretende exponer un rumbo distinto, ya que se
encadena con otro tipo de técnica, el de la externalización de las máscaras familiares
(Andolfi et al., 1985). La finalidad no es otra que la de abrir la puerta de sus jaulas a los
miembros de la familia, jaulas en las que se han visto encerrados por unos valores, y la
mitología consiguiente que los sostiene.
En las crisis, los dilemas morales que suelen presentar la familia y sus componentes
tienen que ver con los conflictos de lealtad que les generan esos valores, forjados a través
de herencias, traspasadas de unos a otros de generación en generación, y de respuestas
que han fomentado la supervivencia en momentos de alto estrés vital. Conocer esos
valores, explicitar su función vivencialmente, y sacar a la luz el peso que les comportan
individualmente, pone sobre la mesa el sacrificio y el sufrimiento que reporta a todos
funcionar de ese modo, en mayor o menor medida.
Si la generosidad y el amor no hacen el resto, como mínimo, todos estarán de
acuerdo sobre una realidad, la situación estática que no permite movimientos hacia
el cambio, y que suscita una incongruencia difícil de tolerar por mucho tiempo, por parte
de todos los miembros.
Esta técnica es conveniente utilizarla o bien tras la profundización del trabajo con la
familia de origen a través del genograma, o bien cuando empiezan a explicitarse los
dilemas «morales» que bloquean el avance hacia el cambio. Por tanto, será al principio
de las fases medias de la terapia, una vez que la familia se haya acomodado al sistema
terapéutico.
La presentación de la intervención requiere un poco de humor y actitud muy
activa por parte de los terapeutas: «Hoy vamos a hacer un trabajo muy diferente. Vamos
a dibujar entre todos. Ya sabéis que antiguamente (en la Edad Media, por ejemplo), las
familias de prestigio tenían un escudo. Ese escudo representaba los valores que las
caracterizaban y lo ponían en sus estandartes, en las armas de sus soldados (si eran
señores feudales), en la entrada de sus mansiones y castillos... Vosotros, entre todos, vais
a construir el vuestro. Por tanto, primero tendréis que acordar cuáles son los símbolos
que reflejan aquello que os define, cómo vais a representarlos y, luego, dibujarlos o
buscar imágenes en revistas y hacer un collage. ¿De acuerdo?».
El terapeuta se aparta y solo está atento a que todos participen y no sea uno el que
se imponga. Se les da tiempo para dibujar o construir la imagen que han convenido.
En la exploración del trabajo es importante que expliquen:
1. Cómo han decido escoger esas imágenes, qué sentido tienen para ellos.
2. La historia de esos valores.
3. Cómo condicionan sus vidas en sentido positivo y si les coartan en algunos
aspectos.
4. Qué función tienen en las dinámicas familiares.
158
5. Si es posible que evolucionen o, en cambio, pretenden que sigan siendo los mismos,
y qué tendría que pasarpara que ocurra.
Una vez explicitada la externalización, trabajaremos con el escudo vivencialmente.
Se hará convirtiéndolo directamente en un escudo, con el fin de que vean su función
homeostática. Con ello, se pretende ablandar el callo endurecido de ciertos valores que
acorazan la apertura de la familia hacia una evolución más flexible. Es decir, haremos
que la familia utilice su dibujo como un escudo realmente, poniéndoselo de frente,
protegiéndose de un posible enemigo (una crisis). Después trabajaremos con ellos las
consecuencias que supone tener ese escudo como salvaguarda familiar.
 La familia Anglada está compuesta por Ingrid (50 años) y Jaime (53 años), y
sus hijos, Luis (20 años) y Helena (17 años). Acuden porque están muy preocupados por
Luis. Se pasa el día encerrado en casa, sin querer salir. Han probado de todo, también la
terapia individual, pero no consiguen que socialice más allá de los amigos virtuales con
los que habla por Internet. Siempre ha sido «muy de estar por casa», dicen. Ahora,
mucho más.
Aparentemente, no ocurre nada excepcional en la vida de esta familia.
Económicamente, es acomodada. Tienen trabajo. Los hijos estudian y sacan adelante sus
grados. Presentan una imagen idílica, menos por «el tema» de Luis. No les parece
normal su cerrazón comunicativa ante el mundo. Luego, confiesan que también ocurre
en casa. Les preocupa que se vuelva un adicto a los ordenadores.
 De entrada, la demanda parece más preventiva que «curativa». El chico sigue
adelante con su vida, en todos los aspectos menos en el social. El hecho de que los
padres estén alerta por su dificultad nos hace ver que la familia desea que sus hijos se
desarrollen de manera adecuada. El empeño de Luis en no resolver sino endurecer su
comportamiento (el enfoque individual no ha podido con el síntoma), nos lleva a
sospechar que hay en juego más cosas que las que la familia nos muestra en un primer
momento.
 En la segunda visita les pedimos que construyan el escudo familiar. El objetivo
es mirar debajo de la alfombra sin que, a priori, sean conscientes de ello, averiguando
los hilos que mueven el mito familiar.
No les cuesta demasiado ponerse de acuerdo. Helena es la encargada de dibujar
porque todos comentan «que se le da mejor». Los demás buscan una imagen para
recortar.
TERAPEUTA (T.): ¡Qué bonito os ha quedado! Explicadme...
159
INGRID (I.): El árbol representa la solidez de nuestra familia, que está enraizada en la de nuestros padres, y
que pretende seguir creciendo y dando frutos... La casa es nuestro espacio de encuentro y de
seguridad. Es donde nos sentimos cómodos... Todos somos muy caseros. El corazón representa el
amor que nos tenemos los unos a los otros. Somos afectuosos. Cada uno a nuestra manera... Unos
físicamente, otros con las palabras... Y el perro, la lealtad. Nos ponemos «primero» a nosotros, antes
que a los demás.
T.: ¡Qué claros tenéis estos principios! ¿De dónde surgieron?
JAIME (J.): Creo que tanto la familia de Ingrid como la mía defienden el principio de la lealtad. Eso nos trajo
problemas en un inicio, porque les costaba soltarnos.
Figura 5.3. Escudo familiar de los Anglada.
T.: ¿Qué quieres decir?
J.: Que intentaban hacernos sentir mal por querer construir nuestro propio núcleo. Tendían a reclamarnos
demasiado.
T.: ¿Hubo discusiones por ello entre vosotros?
I.: Bastantes. Yo tenía muy claro que debía marcar un límite con mis padres y mis hermanos, que se
presentaban sin avisar para quedarse a dormir y así, salir de noche sin el control de mis padres. A
Jaime, le costaba más. Tuve que convencerle de que sus padres abusaban de la llave que tenían de casa.
Venían el domingo a primera hora a traernos el desayuno, se dedicaban a limpiar y hacer arreglillos
cuando no estábamos... Buena gente, con buena intención, pero poco respetuosos.
J.: Mis padres, en un inicio, se ofendieron. Ahora se han acostumbrado a llamar y a pedir permiso si quieren
venir a hacer algo.
T.: Por tanto, ¿esa es la historia del perro?
I.: Sí, escogernos el uno al otro antes que a los demás... Pero también es la historia de la casa. Es un
territorio que nos ha costado construir a nuestra manera, sin que nadie se entrometa.
T.: ¿Y qué representa el árbol?
HELENA (H.): Es que todos hemos vivido momentos difíciles y ese árbol representa la unión y la fortaleza de
todos, incluidos los abuelos y los tíos...
T.: ¿A qué momentos te refieres?
H.: Cuando mi hermano casi se ahoga con cinco años en la playa; cuando el tío Jorge tuvo un accidente de
coche; cuando a mi abuelo le diagnosticaron un cáncer que tiene controlado... Allí, todos fuimos uno.
T.: ¿Eso te gusta de tu familia?
H.: Sí, me gusta que somos solidarios y que sabemos reaccionar. No pensamos solo en nosotros mismos.
T.: ¿El corazón, Luis?
160
LUIS (L.): Supongo que el afecto. Yo no soy especialmente cariñoso, pero me gusta que estén pendientes de
mí y me cuiden.
J.: Mi familia es así, pero no es muy efusiva. Cuando encontré a Ingrid, es una de las cosas que me gustó de
ella. Es franca y expresiva. A mí, me cuesta un poco más.
H.: Papá es como un huevo... Duro por fuera, blando por dentro.
J.: Siempre me toma el pelo. (Sonríe.)
 Progresivamente, van saliendo las etiquetas que se han colocado los unos a los
otros. Ello nos dará pie, al cabo de un rato, a introducir el siguiente trabajo.
 La terapeuta continúa.
T.: Y ¿cómo creéis que estos valores condicionan vuestro día a día?
H.: A mí, a ser igual con los de fuera que con los de casa.
I.: Sí, ella es feliz... Me angustia que, al tratar a los demás como a los de casa, se lleve decepciones. De
momento, lo que va sucediendo lo encaja bien, pero no sé si se construye un mundo demasiado bonito.
T. (Dirigiéndose a la madre): Y a ti, ¿cómo te condiciona?
I.: Siempre estoy en todo. Son mi prioridad. Tal vez, me hace estar demasiado ocupada con ellos.
T.: Debe ser cansado...
I.: Sí, lo es...
J.: A mí, me hace poner todo mi esfuerzo en ser el pilar de mi familia. Todos somos uno y ese uno se debe
apoyar en mí.
T.: Eso te debe hacer sentir muy importante en casa...
J.: Sí, pero también siento un gran peso...
T.: No me extraña... Y a ti, Luis, ¿cómo te condiciona?
L.: Me siento a gusto en mi casa. También me siento seguro. Tengo todo lo que necesito.
T.: ¿Todo?
L.: Por ahora, sí. Es lo que no entienden ellos. Por ahora, estoy bien.
T.: Por tanto, este escudo, aparte de haceros sentir que sois una familia, para algunos resulta un espacio de
seguridad (mira a Luis), para otros, es una brújula (señala a Helena) y para vosotros (sonríe a Ingrid y
a Jaime) conlleva mucho esfuerzo... (todos asienten). ¿Qué pasa con él en los momentos de crisis?
J.: Creo que lo utilizamos para protegernos. Nos unimos más y eso se percibe en que estamos más los unos
por los otros. Pero también es cierto que salimos menos de casa.
T.: ¡Qué interesante! Eso es lo que estás haciendo tú, Luis. ¿Estás en un momento complicado?
L.: Tal vez...
T.: ¿Debido a algo en concreto?
L.: No lo sé... Nada en particular, creo.
T.: Ya veo que no quieres hablar de ello, al menos delante de tu familia.
L.: No es por mi familia. Es que por ahora está bien no salir de casa.
 Aunque está claro el paralelismo entre la reacción de la familia ante una crisis
y la forma de comportarse de Luis, él no está dispuesto a dejarnos entrar. Tenemos que
trabajar más a fondo para encontrar una grieta en la que introducir alguna variable de
cambio.
 Se pasa al trabajo vivencial con el escudo:
161
Figura 5.4. Una voluntaria asume el rol de Helena portando el escudo.
T.: El escudo que habéis realizado podría convertirse en un «escudo». Si me permitís, vamos a
transformarlo...
(La terapeuta coge un escudo y pega los símbolos que han dibujado representando a la familia.
Después, pide un voluntario, con el fin de experimentar cómo se sienten siendo portadores de su
emblema familiar ante un enemigo. Se ofrece Helena.)
T.: ¿Cómo te sientes llevando el escudo?
H.: Me siento muy protegida, pero también alerta. Si llevo mucho tiempo el escudo, me canso porla tensión
y, además, no puedo ver bien. Me tapa la visión.
T.: ¿Alguien más quiere probar?
(Lo cogen todos y refuerzan los comentarios de Helena: «Es pesado llevar siempre el escudo», dice
Ingrid; «No te permite avanzar, ya que estás demasiado ocupado en sostenerlo», señala Jaime; «Te
sientes seguro», apunta Luis.)
T.: ¿Qué os hace pensar lo que estáis diciendo?
I.: En que estos valores son muy bonitos, pero que, tal vez, a veces, todos los aplicamos con demasiada
intensidad y ello nos perjudica.
J.: A mí me hace pensar que nos los pusimos en momentos duros de nuestra vida... Nos son muy útiles,
pero estaría bien introducir cosas nuevas. Ahora todo nos va mejor...
T.: Eso que estás diciendo es muy importante.
I.: Sí, es cierto... Nuestros hijos son mayores ya y nos necesitan de otro modo...
T.: ¿Tal vez estáis tan alertados con la conducta de Luis porque lo veis demasiado apegado a estos valores?
J.: Sí, son una guía. No, una ley.
T.: ¿A alguien se le ocurre cómo suavizarlos?
J.: De momento, no. Yo, al menos, no lo sé.
H.: A mí me parece un inicio que papá sea optimista sobre cómo estamos.
T.: Eso está bien...
 Comprobamos que introducir el escudo real y hacerles experimentar la función
defensiva de sus valores les aporta un conocimiento meta que los predispone para
trabajar en pro del cambio. La exploración solo de los valores ayuda a una toma de
162
conciencia, pero no siempre moviliza hacia la acción. La tensión que conlleva la alerta, la
inmovilidad y la falta de visión global, sí. Por ello, introducir ese punto vivencial afloja
las tensas ligaduras relacionales, si hace falta, y contribuye a dejar libertad para la
evolución individual y familiar.
Para extraer el máximo jugo a la intervención con el escudo familiar, es interesante
completarla con otra técnica, la de las máscaras. Este tipo de trabajo suele realizarse
desde siempre en posiciones terapéuticas más experienciales (Moreno, 1993; Presta,
2010, por ejemplo). El objetivo de esta clase de externalizaciones es ofrecer la
posibilidad, a la persona que se está expresando, de profundizar sobre la imagen de sí
misma que muestra al exterior. La finalidad no es otra que tomar conciencia del grado
de congruencia entre la apariencia que proyecta y quién es verdaderamente.
En caso de llevar a cabo este trabajo en familia, la pretensión es el darse cuenta de
cómo las etiquetas familiares aprietan como una camisa de fuerza la posibilidad de
ser y mostrarse con libertad en la dinámica familiar, sin que ello distorsione la
estabilidad en el día a día. Soltar los precintos en que nos envuelven los mitos conlleva
creatividad e innovación, menos pesadez en el camino vital. Aspiramos a que tomen
conciencia de ello.
La modalidad para trabajar en esta línea puede ser diversa. Podemos ofrecer
máscaras ya elaboradas y que escojan cuál se ponen (podrían elegir varias para diferentes
roles), o bien trabajamos con una máscara neutra que han de adornar con expresiones o
símbolos que los representen, ya sea dibujando o construyendo un collage.
Figura 5.5. Ejemplos de máscaras ya elaboradas que se presentan a la familia para utilizar en el ejercicio.
163
Para ello, después de explicarles el ejercicio, se les da un tiempo para realizarlo.
También puede ser una tarea para casa, que se trabaje en la siguiente sesión.
Las instrucciones son sencillas: «Ahora que ya estáis acostumbrados a dibujar,
vamos a pediros que sigáis en la línea artística. Voy a entregar a cada uno de vosotros
una cartulina, y voy a pediros que dibujéis la máscara que utilizáis para estar con la
familia. Ya sé que me diréis que con la familia no lleváis máscara. Eso no es del todo
cierto. Igual que en casa os quitáis los zapatos de la calle y os ponéis las zapatillas, un
calzado más cómodo, en vuestro hogar, os quitáis la imagen que dais fuera, pero os
ponéis la imagen que dais dentro, probablemente muy vuestra y real. Me gustaría que la
representarais con símbolos, como cuando hemos hecho el escudo familiar».
Como la familia ya ha llevado a cabo el anterior trabajo, no le resulta difícil entender
qué debe hacer. Una vez que se acaba la tarea, la intervención se centra en los siguientes
puntos:
1. Cada uno ha de presentar su máscara. Explica sus símbolos y el significado de
cada uno de ellos. Es interesante que la persona construya una escultura acorde con
su máscara y trabajarla como hemos visto en el capítulo anterior. El objetivo es
detectar hasta qué punto le es fácil «sostener» su máscara ante la familia e
individualmente.
2. Componer entre todos la máscara familiar y comprobar el grado de rigidez
que les comporta a la hora de evolucionar. Para ello, la dramatización con
esculturas permite a la familia trabajar posiciones y evoluciones más respetuosas,
con las necesidades verdaderas de cada uno de sus miembros y de la familia como
clan. La forma de llevar a cabo la técnica de la máscara sería la siguiente:
a) Los miembros de la familia presentan sus máscaras.
b) Cada uno se pone su máscara y representa su escultura. Tienen que regular
las distancias y disposiciones de la escultura familiar que están construyendo.
La instrucción será la siguiente: «Poneos vuestras máscaras y adoptad la
postura que nos habéis mostrado anteriormente, en la escultura. Ahora se trata
de que os organicéis de tal manera que construyáis una escultura conjunta de
vuestras relaciones, a través de las máscaras que lleváis. Regulad distancias,
quién está al lado de quién...». Se les ayuda intentando que todos opinen que
las posiciones son adecuadas.
c) Se pide que cada uno «mueva» su escultura en la medida en que cree que
lo hace cotidianamente, como si fuera un baile, siempre volviendo a su
postura inicial. Así, elaboran sin darse cuenta una coreografía (Papp, 1976) de
su homeostasis, tomando conciencia no solo de la rigidez de su funcionamiento
individual, sino también familiar.
d) Se incide con preguntas en lo que cada uno experimenta, haciendo
hincapié en cómo les facilita y en cómo les dificulta eso la vida.
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e) Se trabaja buscando posibilidades de expresión, posición y movimiento
más cómodas, abiertas y afines a estas etapas vitales.
 Peggy Papp (1976) utiliza esculturas en movimiento con el fin de modificar
las pautas transaccionales, buscando posiciones más flexibles y dinámicas, a través de
esas acciones propias de la familia. Está muy en la línea del trabajo propuesto en el
capítulo anterior con las esculturas de lo posible.
3. Se les da la posibilidad de completar la máscara introduciendo elementos
sobre quiénes son ellos fuera de la familia. Así, integramos aspectos que les
resulta difícil mostrar por ser poco coherentes con el etiquetaje familiar, ya que a lo
mejor tapan las características que otro componente de la familia tiene asignadas.
Por tanto, de este modo, se allana el paso a la oportunidad de que las posiciones
dejen de ser polares y los atributos puedan adoptarse en grados diversos,
compartiéndolos y no disputándoselos. Por ejemplo, en una familia, un hijo puede
tener la etiqueta de ser maduro, y el otro la de ser la oveja negra. Es curioso que en
cuanto el bala perdida se vuelve responsable y toma las riendas de su vida, el
supuestamente asentado comienza a comportarse más bizarramente. ¿Solo hay
espacio para uno en esa posición?
 Volvemos con la familia Anglada. Se les pide como tarea que cada uno elabore
su máscara de cómo creen que se muestran en el día a día dentro de la familia.
Comenzamos el trabajo. El padre, Jaime, inicia su exposición.
Figura 5.6. Máscara del padre, Jaime.
165
T.: Bien, explícanos.
J.: He puesto las tres características que creo que ven de mí en casa: que soy muy trabajador..., demasiado
(el hombre tirando del carro); que soy muy fuerte, sólido, lo aguanto todo (por eso la pirámide); que
tengo autoridad (el árbitro). En casa siempre soy el que pone orden y las discusiones se acaban
conmigo.
T.: Es curioso, pero todas las características van en la misma línea...
J.: Sí, si lo miro, cumplo bastante con el rol tradicional dehombre de la casa...
T.: ¿Podrías ponerte la máscara y hacer una postura con el cuerpo acorde con ella? (Lo hace.)
Figura 5.7. Escultura del padre, Jaime.
T.: ¿Cómo te sientes en esa postura?
J.: Me siento muy fuerte. Pero mantener esta postura todo el rato es complicado. Es muy cansado y no me
deja hacer otras cosas.
T.: Es muy importante eso que dices... ¿Algo más?
J.: No, no...
T.: ¿Quién nos presenta su máscara?
I.: Yo misma. Mi máscara contiene cuatro elementos.
T.: Sí, parece muy interesante...
I.: La madre con los niños representa la preocupación. Siempre me muestro preocupada, tensa. Tengo la
capacidad de relajarme, pero en casa no estoy así. El coche significa que estoy en todo. Controlo la vida
de los demás: cuándo tienen exámenes mis hijos, las reuniones de mi marido, la compra, mi trabajo, las
reparaciones que hay que hacer... ¡Un agobio!
T.: ¡No me extraña que estés preocupada!
I.: Ya... La pareja es mi lado cariñoso. Soy la que reparte afecto en casa. Una pesada. No quiero que nadie se
vaya de casa sin un beso y sin saber que lo quiero.
T.: Eso es bonito...
I.: El dedo en la boca de la niña representa que me callo mis necesidades. Atiendo a las de los demás, pero a
las mías no les doy importancia. Supongo que es algo que hacemos las mamás...
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Figura 5.8. Máscara de la madre, Ingrid.
T.: ¿Podrías poner una postura acorde? (La madre la hace.)
Figura 5.9. Escultura de la madre, Ingrid.
I.: Intento abarcarlo todo. Es mucho... No llego a la cantidad de tareas que hay.
T.: Debe ser muy frustrante.
I.: Sí, y agotador...
T.: Ahora, ¿quién nos muestra su trabajo?
H.: Yo misma.
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Figura 5.10. Máscara de la hija, Helena.
H.: Yo soy una persona muy sociable. Eso lo represento con el autobús lleno de todo tipo de animales. Me
gusta conocer a gente de todo tipo. Soy muy abierta y creo que eso lo llevo a casa. Siempre estoy
explicando cosas de la gente. La sonrisa significa que procuro estar de buen humor cuando llego. Soy
muy activa y ello lo representa la deportista. Intento ayudar a mamá en todo lo que hace. Y un poco
payasa, hago tonterías. Se ríen mucho conmigo.
T.: Parece que transmites «buen rollo».
H.: Eso es lo que pretendo.
T.: ¿La postura? (La hace.)
Figura 5.11. Escultura de la hija, Helena.
H.: Estoy haciendo juegos malabares. Los distraigo de sus obligaciones. Intento que sean felices.
T.: ¿Y tú?
H.: Yo lo encuentro entretenido...
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T.: ¿Todo el rato?
H.: Supongo que no será todo el tiempo... Una temporada...
T.: ¡Esperemos! Faltas tú, Luis. ¿Nos presentas tu máscara?
L.: ¡Claro!
Figura 5.12. Máscara del hijo, Luis.
L.: Los libros significan que me gusta leer, estudiar. Me gusta estar entre ellos, por tanto, no voy a estar
comunicativo. Prefiero estar conmigo mismo. La postura de yoga, que soy una persona tranquila,
calmada. No me gustan los nervios ni las prisas. En casa, mi madre, a veces me pone nervioso con su
tensión. Las manos, que soy una persona disponible para lo que me necesiten. El picnic es que me gusta
estar en casa, soy muy casero. ¿Hago la postura?
Figura 5.13. Escultura del hijo, Luis.
L.: Estoy en mi mundo, abstraído. Asumo que si me necesitan, acudirán a mí.
T.: ¿Cómo te sientes ahí?
L.: Cómodo y seguro.
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T.: Es curioso, eres el que ha buscado la posición menos cansada, pero también, al menos lo parece, el que
maneja menos cosas de la familia.
 La terapeuta, durante todo el proceso, sostiene la evolución del ejercicio. Las
intervenciones (preguntas, señalamientos...) que realiza tienen que ver con subrayar la
incomodidad de ciertas posiciones. Ello propicia que cada uno de los miembros de la
familia sea capaz de empezar a reconocer lo estrechas que se le quedan ciertas etiquetas.
Solo con Luis, que es el que se muestra «aparentemente» satisfecho con su posición, es
más incisiva, poniendo de relieve su supuesto «no control».
 La sesión avanza:
T.: Ahora que todos habéis presentado vuestras esculturas y representado una postura acorde con ellas, me
gustaría que compusierais con ellas un cuadro que las uniera. Para ello, tendréis que establecer quién va
al lado de quién y a qué distancia...
(Se levantan y entre todos se van colocando.)
Figura 5.14. Escultura común con las máscaras familiares.
T.: ¿Todo el mundo está donde cree que ha de estar? (Luis se acerca más a la madre.) ¿Sí? Bien, pues ahora
tenéis que imaginar que vuestra posición es una posición en movimiento. ¿Cuál sería?, ¿hasta dónde da
de sí?
(Se ríen y empiezan a probar.)
T.: Exagerad al máximo el movimiento.
(El movimiento de la madre interfiere en algún instante con el del padre. Luis se mete cada vez más
en el libro y no ve nada. De hecho se da cabezazos. Y Helena mueve tanto los brazos que parece un
molino de viento.)
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T.: ¿Qué sentís?
H.: Que es una tontería, ajustarnos siempre a un papel. Es como meterse en un agujerito.
Figura 5.15. Escultura en movimiento con las máscaras familiares.
I.: Nos quita la posibilidad de ser nosotros mismos. Yo soy todo lo de la máscara, pero fuera de casa soy
más. Y con ellos también, pero solo se ve eso.
L.: No es cierto. Todos sabemos que el otro es más, pero nos empeñamos en señalar solo determinadas
cosas.
T.: Eso que dices es interesante. ¿A ti cómo te afecta?
L.: En no probar a ser más sociable. Ese papel es el de mi hermana.
T.: ¿Tú estarías dispuesta a compartirlo con Luis?
H.: ¡Claro que sí! Es muy cansado ser la radio de la familia.
J.: Yo he acabado agotado. Está bien ser el fuerte, pero los demás también lo son. No necesitan mi
sobreesfuerzo.
T.: ¿Estáis de acuerdo?
(Todos asienten.)
 Realizar la coreografía ha resultado agotador y ha mostrado muy claramente
que nadie puede ser plenamente uno mismo. Además, se ha puesto en evidencia cómo el
que uno sea portador de una etiqueta quita la posibilidad a otro de manejarla. La
polarización de las posiciones se ha hecho patente. Simplemente, explicitarlo lo ha hecho
ridículo y ha abierto la posibilidad de hablar de quiénes son ellos más allá del espacio
familiar, abiertamente.
T.: Ya que han empezado a salir voces de protesta sobre las máscaras que habéis elaborado por limitantes,
¿qué aspectos veis en los otros que no se han puesto?
171
H.: Mamá es muy divertida y también sociable. Papá es generoso, deportista, irónico. Luis tiene una visión
muy distinta de las cosas, siempre escucha, es cariñoso...
L.: Helena sabe dar muy buenos consejos, y da calma cuando los otros están muy estresados. Papá es un
«cocinitas». Mamá es muy independiente, si la dejamos...
I.: Jaime es afectuoso y disponible. Helena es creativa. Luis es muy intuitivo.
J.: Ingrid es lista e ingeniosa. Sabe darle la vuelta a todo. Helena piensa muy rápido y eso la hace saber
reaccionar. Luis es muy observador, se da cuenta de todo.
T.: Habéis encontrado etiquetas para los otros muy positivas y distintas. ¿Qué pasaría si, en el día a día,
empezarais a tenerlas en cuenta?, ¿cómo cambiarían vuestras relaciones y vosotros mismos en casa?
L.: Cada día sería una aventura. No sabríamos qué podría ocurrir. Sería divertido.
H.: Sí, sería como si cada día conociéramos al otro de nuevo. Eso sería interesante.
J.: Un poco de lío, pero quizá, a medio plazo, todos estaríamos más relajados. No tendríamos que cumplir
con un papel. Seríamos más «nosotros».
I.: Estoy de acuerdo...
T.: ¿Qué tendría que pasar para que ello sucediera?
I.: Decidirlo... Y no obligarnos a actuar como los demás esperan. Yo no sé si podré...
T.: ¿Podríais ayudaros los unos a los otros?
L.: Sí, recordándonos las etiquetas nuevas y positivas cada vez que el otro la lleva a la práctica.
J.: Sí, pero yo también soy el de la máscara...
T.: No se trata de borrar lo anterior, sino de complementarlo. Habéis visto que las posturas son rígidas si
seguís siempre en el mismo papel. Se trata de ampliar movimientos. ¿Os parece que lo trabajemos?
 En realidad, todos saben que en cada uno hay más de lo que muestran en el
juego familiar. Dar permiso para que lo pongan en juego es el primer paso para el
cambio, ya que a nuevas cualidades,nuevas experiencias, más ajustes, más flexibilidad y,
por tanto, cambio.
Una forma divertida de trabajar con las nuevas etiquetas es externalizarlas con
medallas de «ganador». Para ello:
 Jugamos a los pósits. Con todos en pie, cada uno escribe en un pósit una cualidad o
característica que vea en el otro. Utilizará tantos pósits como crea necesario por
persona y se los pegará por el cuerpo.
 Cada persona recogerá los pósits que los demás le han pegado y los leerá.
Escogerá con cuáles se siente más identificado y no suelen ser las «etiquetas» que
normalmente lo retratan.
 Antes de salir, se elaborarán unas medallas de oro, plata y bronce con esas
características para cada uno de los miembros de la familia.
 Cada uno de los miembros de la familia se comprometerá a poner en juego entre
visitas los etiquetajes nuevos. Los demás, cada vez que lo detecten, le enviarán un
mensaje positivo al respecto. Por ejemplo: «Me gusta cuando muestras...».
 Antes de la siguiente visita, reunidos en asamblea, se concederán las medallas
correspondientes a cada característica para cada uno de los miembros. La
medalla será de oro, plata o bronce en función del grado en que se hayan puesto en
juego los nuevos etiquetajes.
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 Las medallas se han de traer a la sesión. El terapeuta invitará a los miembros de la
familia a colocarse las medallas que han ganado y a seguir así el resto del tiempo
terapéutico, como explicitación de las nuevas reglas del juego.
Figura 5.16. Arriba, diversas medallas de oro y plata. Abajo, se le han colgado medallas a un miembro de la
familia reforzando la aparición de esas características entre sesión y sesión.
Este juego, aunque parezca ridículo, es divertido. Las familias, una vez que han
perdido la vergüenza, se lo pasan bien colocando medallas. Al final, todos se sienten
orgullosos de ganar las suyas. De hecho, suelen trabajar bastante para conseguirlas.
Vemos así que la experimentación de la estrechez de una definición simplista y
poco respetuosa con la complejidad de la vida de una persona, provoca rápidos deseos
de cambio. «Programar vivencias» de forma creativa y ajustada al funcionamiento de la
familia comporta la comprobación de los desajustes que el síntoma ya está marcando. No
necesitan interpretaciones, sino solo guías para que los ejercicios den resultado. Al fin y
al cabo, son sus externalizaciones, son sus significados.
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174
CAPÍTULO 6
UN RATÓN DE CAMPO COLÁNDOSE EN EL CASTILLO... PARTE II
JUEGOS Y JUGUETES: LA EXTERNALIZACIÓN DEL TERAPEUTA
En el juego de utilizar lo analógico para facilitar decir lo que hasta ahora no ha
podido ser expresado, los terapeutas también creamos material que propicie jugar con los
intersticios ambivalentes entre los dos niveles comunicativos. Hay mensajes verbales que
producirían rechazo de entrada; sin embargo, al mostrarlos de forma no verbal, generan
cortocircuitos que el razonamiento lógico no es capaz de afrontar con rapidez. El objetivo
es que la incomodidad provoque la interrogación interna sobre «lo no dicho dicho», y
que se abra espacio para conversaciones que vayan más allá de los discursos aprendidos
sobre el problema.
La elección de un enfoque analógico para afrontar el desvelamiento progresivo de
las reglas del juego vendrá dado por las dificultades de abordaje desde un
posicionamiento directo, ya que la familia:
 Está enzarzada en continuas luchas comunicativas.
 Insiste en un discurso reiterado y monotemático sobre el síntoma o sus relaciones,
sin que el terapeuta pueda encontrar un «abrelatas narrativo».
 Rechaza o descalifica cualquier sugerencia, redefinición o aportación terapéutica.
 Veamos ejemplos de las tres situaciones:
1. Joaquín y Marisa son una pareja «enviada» por su hijo de veinte años. No puede
más con la tensión en casa. Hace tres meses que no se hablan y, si lo hacen por
algo, caen en una escala simétrica de «y tú más». En la sesión, no hay forma de que
respeten los turnos que el terapeuta intenta establecer. Están en una lucha sin fin en
la que no les interesa que haya un árbitro.
2. La familia Martínez acude a terapia porque su hija Lola ha sido diagnosticada de un
trastorno límite de personalidad. Llevan años de terapeuta en terapeuta, comentando
los problemas que acarrea vivir con ella. Pese a que el psicólogo da espacio al
discurso familiar, cada vez que intenta darle un giro y hablar de dinámicas familiares
más amplias, cualquier miembro de la familia reintroduce a Lola y la narrativa se
sitúa, de nuevo, en la paciente identificada.
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3. Con los Ibáñez, una familia que acude por la depresión de la madre, cada vez que el
terapeuta intenta hacer una aportación, tan sencilla como «debe usted de haberse
sentido muy mal», la respuesta es «no». Si se efectúa una pregunta, la contestación
es: «Creo que esta demanda es inadecuada». El resultado es la inmovilización del
terapeuta.
La familia monopoliza la sesión a través de discusiones o una narrativa que no tiene
fin y es poco productiva para abrir espacios comunicativos diversos.
En estos casos, la utilización de este tipo de recursos permite incidir en el juego
familiar en el nivel metafórico, apremiando a un «darse cuenta» ante el que antes giraban
la cabeza.
Cierto es que si realizamos este tipo de intervención, hemos de tener preparados
unos cuantos «conejos en la chistera», ya que no podemos provocar un pequeño (o
gran) seísmo sin dar cobijo a la familia mientras se construye un nuevo refugio
confortable y a su gusto. Por ello, antes de accionar la palanca de lo no verbal,
prepararemos una red de seguridad detectando los mecanismos que son la base de su
supervivencia en sus áreas funcionales.
Trabajando desde esa posición, y siguiendo a Beyebach (Navarro Góngora y
Beyebach, 1995), pretendemos:
 Poner de manifiesto situaciones o relaciones que a la familia le cuesta
observar, concretar y modificar. Tras enfrentarse con la evidencia, no puede
escapar y deberá tomar una postura diversa, sea esta la que sea.
 Propiciar la cooperación de la familia que, hasta ese momento, había cerrado
puertas.
 Aumentar la intensidad de un mensaje central (Minuchin y Fishman, 1984) para
producir el cambio, sea porque está bloqueando el salto cualitativo, sea porque
puede impulsar la transformación.
 Incrementar la duración del impacto del mensaje debido a la función evocativa
emocional que tienen los objetos, utilizados desde la dramatización de la estrategia
del «como si...».
 El trabajo con el «como si...» nos ha acompañado a todos desde niños. Gracias
a él, hemos elaborado conflictos, imaginado soluciones, flexibilizado posturas... No es
por casualidad que la escuela estratégica haya desarrollado una técnica con ese nombre,
dada la naturalidad y la efectividad con que todos la vivenciamos.
En esa técnica, tras preguntar cómo serían las cosas «si ya no existiera la
dificultad», se prescriben los comportamientos explicitados progresivamente «como si el
problema se hubiese resuelto». La mejoría es notable en los planos sintomático y
176
relacional.
El trabajo con juegos y juguetes lo que pretende es pasar ese «como si...» de un
trabajo cognitivo y pragmático a un trabajo más experiencial, a través de concretar lo
imaginado en aquello que ya está ocurriendo en el aquí y el ahora mediante el juego. Con
ello, se desea incidir no solo en la experiencia del cambio, sino también en aquello que lo
interfiere, en caso de que sea indispensable para desbloquear la situación.
Es evidente que, para introducir este tipo de técnicas, el terapeuta también debe
estar dispuesto a soltarse, a arriesgarse. La ambigüedad que se muestra en el trabajo,
lanzando una piedra analógicamente y dejando que produzca ondas expansivas, requiere
de tolerancia a la incertidumbre y capacidad de recoger cualquier tipo de cosecha. Lo
interesante es no esperar nada en concreto para reconocer cambios en los pequeños
detalles de la comunicación familiar.
Tal y como comentan Andolfi y Angelo (1989), al trabajar con objetos, damos a
estos últimos la posibilidad de quese conviertan en coterapeutas que faciliten, entrando
en el espacio vital de la familia, una mayor expresión:
 De sus mecanismos de funcionamiento y de sus emociones subyacentes.
 De la capacidad de salir de su zona de confort y de sus recursos para la potenciación
del cambio.
De esta forma, conseguimos una vía para integrar el sistema terapéutico en el
sistema familiar, propiciando una acomodación compleja de abordar.
En este apartado vamos a mostrar solo una parte del trabajo con juegos y juguetes,
ya que se desarrollará de forma más amplia e integrada en el capítulo dedicado a los
rituales, donde el uso de diferentes herramientas es indispensable para el éxito del trabajo
experiencial.
Jugando con la redistribución geográfica: el uso de la verticalidad y la
horizontalidad
En páginas anteriores hemos visto cómo se aplica la redistribución geográfica de los
diferentes miembros de la familia de forma tradicional: se reposiciona a las personas
alterando alianzas, con la finalidad de facilitar una comunicación más fluida y de
explicitar que se ha detectado el juego.
La propuesta que vamos a hacer en este apartado es más radical, ya que planteamos
el uso de todo el espacio terapéutico en horizontal y en vertical, como metáfora del
estado relacional de la familia.
177
Sabemos que las relaciones son simétricas o complementarias, que en las familias
suele haber problemas con las jerarquías y los límites... También, es obvio que todo ello
puede ser representado de maneras muy diversas. Lo hemos visto con las esculturas.
Ahora se trata de que nosotros aprendamos a utilizarlo bien, para hacer patentes las
dificultades que manifiesta, pero no enfrenta, el clan familiar.
Es interesante aplicar la verticalidad ante situaciones de complementariedad rígida
en la pareja, señalando al cónyuge abnegado su posición de privilegio incambiable; o
entre subsistemas, en familias muy autoritarias; o en contextos de rotación jerárquica
entre padres o hijos, o entre familias nucleares y extensas.
Para ello, simplemente tenemos que jugar con el up y el down, utilizando una
escalera para poner al que está arriba en esa posición, y al que está debajo, en la parte
inferior. También podemos sentar a este último en el suelo.
Figura 6.1. Utilización de la verticalidad en la redistribución geográfica.
Si, aunque en principio la persona up se encuentre cómoda, la discordancia va en
aumento y tiende a manifestar que quiere estar en la misma posición que los demás, se
trabajará a partir de este punto la toma de conciencia familiar sobre las transacciones y
las relaciones en las que se mueven.
 Pepita y Emilio son una pareja de unos sesenta años. Acuden a consulta
porque la esposa hace muchos años que arrastra una depresión que, progresivamente, se
hace más palpable y potente. Como es habitual en estos casos, habla él, poniendo de
manifiesto todo lo que ha hecho y lo que hace por ella, y subrayando la inutilidad
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progresiva en la que se va encerrando Pepita. Ella mira al suelo y asiente. Tras varios
intentos fallidos de hacerla participar activamente en la sesión, el terapeuta coge una
escalera, la sitúa próxima al sillón de Pepita, pone un cojín en el escalón más alto y le
pide a Emilio que se siente allí. Este obedece sorprendido, y el profesional continúa con
la sesión como si nada. Al cabo de unos minutos, Pepita comenta:
PEPITA (P.): Así es como yo veo nuestra relación. Él desde arriba, controlándolo todo. Yo abajo, como una
hormiga.
TERAPEUTA (T.): ¿Desde cuándo te sientes así?
P.: Casi desde siempre... Pero él está tan alto que ni me oye. Por eso ya no hablo.
T.: ¿Has oído lo que está diciendo tu mujer?
EMILIO (E.): Sí, pero es incómodo comunicarse desde aquí.
T.: Parece que justo eso es lo que ella te está manifestando.
E.: No sé cómo bajar de aquí... Ni siquiera sabía que ella me veía tan arriba y que ella se sentía tan abajo.
 Vemos que, simplemente, al posicionarlos reflejando claramente su asimetría,
se provoca la toma de conciencia. Desde ahí, existe la oportunidad de iniciar la apertura a
dinámicas distintas.
179
Figura 6.2. Utilización de la horizontalidad en la redistribución geográfica.
Podemos jugar con la horizontalidad de distintas formas, utilizando distancias y
posicionamientos «en relación con...». Empleemos el espacio como un ring de boxeo.
Pongamos a cada miembro en uno de los extremos. Si la pareja está a punto de
separarse, coloquemos a uno de los miembros en la puerta de salida y al otro de cara a la
pared. Si están incomunicados, uno de espaldas al otro...
Trabajar en una sesión de esta manera es muy complejo, tan difícil como es la
situación en casa. Por tanto, el desbloqueo relacional en el espacio terapéutico es rápido,
lo que permite que las intervenciones sean más efectivas y fáciles de llevar a cabo.
Las instrucciones son sencillas. De hecho, casi las mismas que en la redistribución
geográfica. La única diferencia es que, en estos casos, a veces solo movemos a uno de
los componentes de la familia, y no a todos, como suele ocurrir en la forma tradicional de
aplicación de la técnica. Por ello, simplemente con decir: «Si me permites...», e indicar a
ese miembro de la familia dónde ha de ubicarse, basta.
Como vemos, el terapeuta hace de director de escena seleccionando enfoques
dramáticos lo suficientemente intensos como para generar la tensión adecuada que
vehicule el cambio. En este sentido, al igual que en un reencuadre, magnifica ciertos
aspectos del discurso para potenciar la intolerancia de la familia a continuar del
mismo modo. En este caso, resaltando la evidencia se bloquea su uso indiscriminado
sin responsabilización. Eso conlleva transformar lo que hasta el momento se ha percibido
como confort en malestar y nos dirige hacia el cambio.
180
Por tanto, la exageración de ciertos rasgos disfuncionales a través de este tipo de
trabajo es una «patada en la espinilla» de la homeostasis, que provoca en la familia una
reacción automática que la sacará de la rigidez inmovilista.
Explicitar relaciones con juguetes
Como ya se ha manifestado, los juguetes suelen ser útiles como espejo metafórico
de las dinámicas relacionales de la familia. Introducirlos espontáneamente en la
comunicación familiar en medio de una sesión produce sorpresa primero y emociones
encontradas después. El objetivo es propiciar una rebelión interna hacia el
posicionamiento actual, y que ello comporte una modificación en las líneas comunicativas
de los participantes en la sesión terapéutica.
¿Cómo llevar a cabo este tipo de trabajo?
1. Lo primero que hay que tener en cuenta es el tipo de relación que queremos
resaltar y dramatizar: ¿la lucha?, ¿la agresión?, ¿el dolor que le genera una
persona a la otra?, ¿el poder unilateral?, ¿la servidumbre?... Es interesante escoger
bien, ya que solo podremos poner encima de la mesa una de ellas con total potencia
o, como máximo, dos. Si intentásemos reflejarlas todas, la dramatización perdería
intensidad y duración.
2. Una vez escogido el objetivo, deberemos tener un buen baúl lleno de cachivaches
para poner en práctica nuestra estrategia externalizadora: coronas, pistolas,
hachas, delantales, plumeros, corazones, tiritas, varitas mágicas... Un surtido de
juguetes acompaña el empleo de estas técnicas. La explicitación de la dinámica
depende de la buena elección de la metáfora con la que trabajar.
Figura 6.3. Explicitación de la dinámica relacional con juguetes.
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3. Entregar en mano (o poner en la cabeza o en la parte correspondiente del cuerpo)
el objeto, sin comentar nada, mientras la familia sigue comunicando. Se
fomentan así congruencias relacionales, pero incongruencias comunicativas, porque,
aunque se expone lo que sucede en realidad, se produce de tal manera que nada
tiene que ver con lo que se espera racionalmente de un espacio terapéutico.
Colapsamos, nuevamente, los circuitos de funcionamiento lógico. Funcionan los
emocionales. Y si esto ocurre, hay posibilidad de cambio.
4. Ante el cambio de posiciones, el terapeuta toma la batuta e introducediscursos
facilitadores de reencuadres y redefiniciones que establezcan puentes propicios entre
síntoma y sistema y que conlleven la posibilidad de intervención terapéutica.
 Charo y Mireia son dos hermanas que llevan muchos años enfadadas. Todo
empezó durante la enfermedad terminal de la madre. Aunque ambas se alternaban en el
cuidado, Mireia sintió que su hermana no reconocía los esfuerzos que para ella suponía,
ya que en ese momento estaba en la época de crianza de dos niñas pequeñas. Charo,
entonces, estaba soltera y vivía con sus padres. Tras la muerte de la madre, hubo un tira
y afloja con respecto a la repartición de las pocas joyas de la madre. Mireia se quedó sin
nada. No se lo perdonó a su hermana ni a su padre. Ahora han acudido a este espacio
ante la necesidad de colaborar. El padre tiene alzhéimer y necesitan ponerse de acuerdo.
No consiguen comunicarse.
Durante la sesión, no paran de lanzarse reproches la una a la otra. Debido a que no
son capaces de utilizar estrategias que no pasen por la escalada simétrica. La terapeuta
entrega a Charo un corazón con una tirita y le pide que, cada vez que se comunique con
Mireia, hinque el dedo en la zona con el apósito. A Mireia le entrega una pistola de
juguete y la invita a que cuando hable con su hermana dispare continuadamente.
Las dos miran a la terapeuta, pero no se atreven a replicar e inician la comunicación
de este modo.
Tras dos o tres asaltos verbales, Charo refiere:
CHARO (C.): No me gusta dañarte. No es mi intención. Nunca lo ha sido.
MIREIA (M.): A mí no me agrada ser agresiva.
TERAPEUTA (T.): Entonces, ¿podemos intentar buscar otra forma de resolver vuestro problema que no sea la
de hace unos años?
182
Figura 6.4. Señalamiento de la dinámica relacional entre Mireia y Charo.
 El cambio ha sido muy rápido. Simplemente, exagerar los movimientos que
ambas llevaban a cabo rompe la baraja y cambia el juego.
La efectividad de estas técnicas contribuye a un ahorro energético enorme del
sistema terapéutico, que acaba menos desgastado y resentido por el tira y afloja que
impone la rigidez. Por ello, aunque en un inicio el terapeuta se sienta incómodo por el
manejo relacional mediante instrumentos no habituales, la habilidad que los humanos
hemos desarrollado durante la infancia para jugar facilita que nos acostumbremos a
metaforizar con los juguetes y traduzcamos nuestras estrategias a lo analógico sin
problemas.
Utilizar los juguetes como mecanismo externalizador del cambio en la familia
La aplicación de los juguetes como mecanismo de cambio se basa en la estrategia de
desfocalizar la atención de un recurso narrativo en concreto para concentrarlo en
otro, a través de introducir «jugando» un código de trabajo distinto (Angelo, 1979).
Gracias a ello, empezarán a redefinirse las relaciones en el sistema terapéutico, ya que el
grado de profundidad que la expresión comunicativa alcance permitirá el acceso del
terapeuta a niveles de trabajo subterráneos.
 Fran y Terelu son una pareja entrañable. Vienen en un momento complicado
de sus vidas. Tienen una hija de siete años, Joana, con un autismo extremo y con un
retraso intelectual importante. Los dos han hecho un frente común y las familias de
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origen los han ayudado mucho. El motivo por el que acuden al espacio no es el de
regular su relación con la niña o su rechazo, sino que ella quiere tener otro hijo y él no.
Terelu argumenta que no quiere que su hija esté sola cuando ellos envejezcan. Fran, en
cambio, cree que es mucho el peso que llevan con Joana y, además, opina que esta
requiere toda su atención. No se ve capaz de asumir otra responsabilidad y hacer más
esfuerzos. Con el fin de salir de la situación de tablas, la terapeuta les entrega una
lámpara de Aladino y les indica que la froten y pidan tres deseos.
Figura 6.5. La lámpara de los deseos.
FRAN (F.): Mi primer deseo y casi único es que Terelu deje de estar triste. Creo que ya no tengo ninguno
más.
TERELU (TR.): ¡Uy! El genio se enfadará si no formulas tus tres deseos...
F.: Mi segundo deseo es que Joana esté siempre protegida, que alguien siempre esté pendiente de ella... Mi
tercer deseo (se pone a llorar) es que esto no hubiese ocurrido, volver nueve años atrás y no quedarnos
embarazados... Ya habíamos sufrido bastante, no nos merecíamos lo que nos ha pasado.
 Al jugar los deseos, aparece un duelo no elaborado totalmente por las
dificultades de desarrollo de su hija, explicitando emociones que le cuesta confesar desde
su papel de padre entregado y responsable.
 Se profundiza en ello, dando vías de expresión a lo que ha confesado.
Después, se entrega la lámpara a Terelu.
TR.:Mi primer deseo es dejar de sufrir por mi hija. Me gustaría poder mirarla y no estar pensando
«pobrecita». Ella es feliz. Soy yo la que no lo es. En realidad, creo que cuando digo «pobrecita», no sé
si es a ella o a mí. Me compadezco y no tengo por qué hacerlo. Tengo un marido estupendo, una familia
fantástica, muchas amigas, un buen trabajo, mi hija es un amor. No es «normal», pero es un tesoro. Me
cuesta verlo todo. Por eso pido dejar de sufrir.
TERAPEUTA (T.): O ver lo que tienes...
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TR.:No, no, dejar de sufrir... El segundo, tener un hijo con el que comunicarme sin problemas, ver cómo
evoluciona, jugar, hablar... Necesito sentir eso. Para ello, quizá tendría que pedir que Fran también lo
desease. Y tercero, aceptar a mi hija tal como es. Tengo que esforzarme mucho. La quiero y trabajo con
ella para que mejore. No obstante, no la acepto. (Se pone a llorar.)
 Aparece, de nuevo, el tema de un duelo no cerrado. Es probable que este
proceso, que no se ha completado, esté interfiriendo en la decisión que los tiene
atascados. Por ello, retomar el duelo por la salud y la normalidad de su hija y por sus
propias vidas a través del trabajo con rituales será uno de los procedimientos que se
llevará a cabo para resolver la demanda que han presentado en el espacio terapéutico.
El objetivo de la intervención tiene que estar definido en la mente del terapeuta
para que, a la hora de trasladar el peso de la sesión de sí mismo (el psicólogo) al
juguete (entendido como fuente potenciadora de la comunicación), la estrategia resulte y
el terapeuta no vuelva a ser triangulado en la trama de trabajo. Por ello, los objetos
escogidos deben reunir las siguientes características:
 Han de funcionar en la mente colectiva como objetos simbólicos, representativos
de valores y emociones y, como tales, deben ser fácilmente identificables (corazón
= sentimientos; reloj de arena = tiempo vivido; cofre = tesoros o secretos; hacha =
agresividad).
 Deben ser lo suficientemente dúctiles como para permitir una gran variedad de
proyecciones, ya que, si no, sería fácil que todos los miembros de la familia
repitieran los mismos mensajes. Por ejemplo, si buscamos la representación de un
sabio (por ejemplo, el maestro Yoda de La guerra de las galaxias, el mago Merlín
de las leyendas artúricas, el mago Gandalf de El Señor de los Anillos...), cada una
de las personas que componen el grupo familiar se enviará a sí misma, sin
demasiados problemas, los mensajes que cree que le son indispensables para
mejorar y salir de la crisis. En cambio, a no ser que tenga cierta habilidad para
escribir, si le entregamos una pluma y le decimos que ella, de forma automática,
transcribirá aquello que necesita, no sería extraño o bien que se bloquee, o bien que
reproduzca un mensaje familiar. Romper las reglas de la lógica siempre da
resultados inesperados. Y ello es lo que precisa la familia. En este sentido:
a) Debe ser lo suficientemente ambiguo para hacer sentir que jugamos. Solo
así la familia y sus miembros pueden permitirse «entrar» y traspasar la
ambivalencia hacia el cambio, manifestando sus ansias de ser y estar
diferentes.
b) Ha de ser lo bastante concreto para que la familia pueda expresar la
intencionalidad que deja emerger.
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 Utilizar piedrecillas para representar la carga que los acontecimientos vitales
han ido depositando en la familia es un símbolo entendible,que no hace sentir
incomodidad con el juego, ya que es una metáfora clara. No obstante, permite la
suficiente permeabilidad para que cada uno pueda, por su ambigüedad, dejar vía libre
para proyectar aquellas cosas que, en concreto, no ha podido superar. Por ello, cumple
los requisitos para ser un buen instrumento de trabajo con el juego.
c) Debe permitir redefiniciones saludables y transformativas al terapeuta, ya
que los juguetes son vehículos expresivos, pero también palancas que ayudan a
dar saltos cualitativos de un cambio tipo 2.
 En el caso de Fran y Terelu, tras expresar por fin, uno ante el otro,
sentimientos que habían guardado en lo más profundo de su ser para no dañar a la
familia, el terapeuta redefine lo explicitado de la manera que sigue.
T.: ¡Cuánto dolor hay detrás de estos deseos! Un dolor que os habéis intentado ocultar para no dañaros, pero
un dolor legítimo. No es fácil continuar caminando juntos, dándoos apoyo, protección y amor después
de lo que os ha sucedido. Cuando empezasteis a detectar problemas en vuestra hija, el mundo se
derrumbó a vuestro alrededor. Todas vuestras esperanzas sobre un presente y un futuro se cayeron, y
comenzó un peregrinaje para alcanzar una existencia confortable y segura que entregarle a vuestra hija.
Durante un tiempo, el tiempo del superviviente es lo que os guio. Pero ahora todo se ha tranquilizado. La
niña evoluciona. Y aparecen, por fin, vuestras heridas y necesidades. Precisáis mirar a vuestro alrededor
y ver la magnitud del seísmo. Ya no vale no ver, no tomar conciencia. Solo así podréis reconstruir.
Probablemente, los planos de vuestro hogar serán distintos a los de hace unos años, pero incorporarán
la sabiduría que dan los desastres. Creo que tenemos que hacer el trabajo de limpiar y de cerrar. De este
modo, ya no habrá heridas que supuren y podréis centraros en lo que realmente os pide vuestro
corazón. ¿Os parece?
 En la devolución, se normalizan los sentimientos expresados como parte del
proceso de supervivencia, y se dibuja la necesidad de acabar de elaborar el duelo para
construir un horizonte hacia el que caminar, no tanto como náufragos que han luchado
por llegar a tierra firme, sino como personas que merecen vivir y disfrutan de la vida.
La utilización de objetos en terapia familiar puede introducirse con diferentes
objetivos y en diversos momentos:
1. Para formular objetivos de trabajo en el espacio terapéutico.
2. Para introducir temas y expresar emociones prohibidas por la mitología familiar.
3. Para resolver conflictos enquistados en las dinámicas familiares.
4. Para trabajar de forma circular y creativa modificaciones en las relaciones.
5. Para elaborar rituales terapéuticos (duelo, agravio, paso de ciclo, etcétera).
6. Para cerrar el espacio terapéutico.
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Vamos a centrarnos en los cuatro primeros puntos y en el sexto. El tema de los
rituales (el punto 5) será objeto del capítulo 9, centrado en exclusiva en su diseño y
aplicación.
FORMULAR OBJETIVOS DE TRABAJO
Conseguir que, en ocasiones, las familias formulen claramente qué quieren
conseguir en el trabajo psicoterapéutico no resulta fácil, sobre todo si pretendemos
centrarnos en algo más que en la dificultad (síntoma) que implican.
El trabajo con los juguetes ayuda a centrarlos en conductas concretas que reflejen
los signos de mejora relacional y bienestar personal. Para conseguir un óptimo resultado,
la combinación adecuada es la que sigue:
Juguete + pregunta en condicional (tipo pregunta milagro).
 Tal como ya se comentó en Pubill (2016), la pregunta milagro (Navarro
Góngora y Beyebach, 1995) puede ser una buena fórmula para trabajar la clarificación
del problema y la solución óptima según el cliente. Esta técnica surge de la terapia
centrada en soluciones y su aplicación es fácil.
Veamos un modelo de pregunta milagro: «Imagínate que esta noche, cuando te
vayas a la cama, sucede un milagro y que el problema que te ha traído aquí se soluciona
mágicamente (no como se solucionan los problemas, que es a base de empeño y trabajo).
Si tú fueras el protagonista de un reality de televisión y yo un espectador, ¿cómo me
daría cuenta de que ha ocurrido el milagro?».
 Es importante introducir el apunte de que es el protagonista de show
televisivo, porque, si no, la tendencia general de respuesta es: «Me sentiría bien». Así
situamos la visualización de los cambios en el comportamiento.
Presentaríamos la técnica del siguiente modo: «Ahora voy a entregaros por turnos
una bola de cristal, de esas que usan las pitonisas para ver posibles futuros. Cuando sea
vuestro turno, me gustaría que miréis atenta y profundamente en el interior, y que os
fijéis en cada cambio de forma que percibáis. Cada uno de esos cambios os hablará de
aquello que os haría estar bien en casa, de actitudes y comportamientos de los otros que
os traerían calma, tranquilidad, satisfacción... Solo tenéis que mirar y dejaros llevar. Es
un juego, un juego de dejarse llevar...».
 Es importante el tono de voz que se utiliza. En realidad, pretendemos hacer entrar
a la familia en un estado de trance. Por tanto:
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 Hablamos poco a poco.
 Subrayamos las palabras y expresiones que puedan ser relevantes para el trance:
atenta, profundamente, dejarse llevar, solo tenéis que mirar... Eso se consigue
estirando esas palabras, casi silabeándolas.
 Aunque nuestro tono de voz sea monótono, se ha de variar (subiéndolo y bajándolo
en ciertos momentos) para que mantengan la atención y nos escuchen.
Luego, se entrega el objeto (en este caso una bola de cristal) al que primero alce la
vista, se espera unos segundos y se le pregunta: «¿Qué ves?». El trabajo a partir de ese
momento es concretar y aclarar. Cada respuesta se ha de asentar y ratificar para
conseguir un anclaje sobre ella.
 Nardone (2006) sugiere que, para conseguir una buena acomodación y evitar
resistencias al cambio, se trabaje siguiendo el procedimiento de preguntar antes de
afirmar. Cuando un miembro de la familia expone su hipótesis sobre algo, el terapeuta
debe siempre recoger su respuesta, resumiéndola, y comprobar si su resumen es
acertado: «Por tanto, tú crees [resumen de lo que ha dicho]. ¿Es así?». Verificando que
las demandas sean adecuadas, se consigue:
1. Que la persona se sienta escuchada.
2. Que la persona valide y se responsabilice de lo dicho.
3. Que se produzca un proceso de autohipnosis en el que cada respuesta sea un ancla
en el camino de la reconstrucción de la historia del problema desde otra perspectiva.
Además, desde el rol «preguntón», el profesional se presenta desde una posición de
humildad. Así, la familia se construye como experta en su dificultad y, por ello, es más
fácil que la colaboración sea fluida.
Los objetos posibles en este tipo de intervención son la bola de cristal, la varita
mágica, la lámpara de Aladino, la brújula, el sabio, los posos del té, un vehículo (nave
espacial, avión...) que traslade a un futuro mejor... Como siempre, os invitamos a ser
creativos.
Esta técnica con niños resulta increíble, porque son capaces de formular los
objetivos familiares de forma clara, concisa y breve. La clave es que ellos están todo el
día haciendo el puente entre el «como si...» y el presente real. Los adultos, de entrada,
debemos urdir más operaciones cognitivas y emocionales. La magia ha desaparecido.
Tenemos que volver a acceder a ella a través de los canales evocativos.
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 La familia Medina está compuesta por los padres y un niño de siete años.
Consultan por la combinación letal de TDAH y altas capacidades que lleva al colegio y a
la misma familia a considerar al niño «poco manejable». Durante la sesión, el niño se
muestra preguntón, pero encantador. Los padres, en cambio, sobrepreocupados, toman
una conducta defensiva (rebotan todas las preguntas, a cualquier sugerencia comentan
que ya la han probado, cierran filas ante cualquier exploración que tenga que ver con la
parte relacional...) que no deja de ser coherente con el estado de alerta en el que viven
(la protección es un signo de ello).
Intentando abrirun espacio de colaboración, la terapeuta decide introducir un
juguete. La presentación que hace es la siguiente:
TERAPEUTA (T.): Ahora vamos a jugar un poco... (Guiña el ojo a los padres.) ¿Os parece? (No espera
respuesta. Va a un baúl y extrae una varita mágica. Se dirige a todos.) Esta varita es mágica. Me la
regaló hace años un mago muy muy muy sabio. Cuando lo hizo me dijo: «Te doy esta varita. Es mágica,
pero no en el sentido tradicional. No concede deseos, pero sí permite a los demás ver lo que anhela su
corazón para que su vida sea más satisfactoria, más completa... Solo hace falta mover la varita rozando
el corazón y ¡pam!, aparece»... ¿Quién quiere intentarlo?
 Explicar historias suele ser un buen recurso para introducir estrategias de
intervención diversas. Los cuentos nos siguen atrapando, tengamos la edad que
tengamos. Para ello, preparar pequeñas fábulas que acompañen técnicas facilitará nuestra
labor. Sin embargo, para que dé resultado nuestra narración se ha de actuar, no
simplemente explicar. Es decir, se ha de poner intensidad en ciertos puntos, tanto verbal
como no verbalmente. Una buena manera de narrar es pensar que estamos ante niños.
Con ellos, nos desinhibimos y utilizamos toda nuestra expresividad para que se metan en
la historia. Exactamente lo mismo ha de suceder con la familia.
 El padre toma la iniciativa:
PADRE (P.): Mi corazón desea que no estemos tan nerviosos. Le gustaría que no nos estuviésemos vigilando,
para ver si alguno en casa está de malhumor o haciendo algo que no corresponde, que cada uno hiciese
lo que le apeteciera sin contar que eso le va a molestar al otro.
T.: ¿Tu corazón desea algo más?
P.: No, no... Tranquilidad, paz.
T.: ¿Que se conseguiría estando cada uno más en sus cosas, sin estar pendientes de si a los otros le gusta o
no?
P.: Sí, sí...
T.: ¿Te refieres a alguien en concreto con lo de molestar?
P.: A mi mujer, con lo de molestar... Está demasiado pendiente de que todo vaya bien y, si no la ayudo en la
labor, se enfada conmigo y con el niño también.
T.: Por tanto, tu corazón pide no tener que responsabilizarse de los deseos de tu mujer, ¿no?
P.: No todo el tiempo. Yo también quiero estar tranquilo en casa, y si el niño desmonta algo..., ¡es un niño!
T.: ¿Quién quiere seguir?
MADRE (M.): Yo... (Mueve la varita.) Mi corazón desea que seamos más afectuosos los unos con los otros.
Estamos siempre enfadados... Le gustaría reírse más.
189
T.: Y tu corazón, ¿cuándo se ríe?
M.: Cuando le prestan atención y se preocupan por él.
T.: Es decir, tu corazón estaría contento si todos fuerais más afectuosos, estuvierais de buen humor y le
prestaran más atención.
M.: Sí, así es...
T.: ¿Recuerdas algún día en que eso ocurriera?
 La técnica de las excepciones se basa en utilizar aquellas ocasiones, por
circunstanciales que sean, en que no se da la conducta problema (De Shazer, 1986),
destacando la situación, marcándola como excepción, ampliando la secuencia en el
tiempo para examinarla a fondo, con el fin de atribuir el control de la conducta a la
persona o familia. De este modo, troceando la estrategia que ha seguido para generar un
comportamiento diferente, se programan tareas que promocionen la aplicación de esa
secuencia conductual, y se garantiza una nueva forma más exitosa de enfrentarse al
conflicto (Navarro Góngora y Beyebach, 1995).
 Continúa la madre:
M.: Suele pasar si estamos de vacaciones... Como no hay deberes, no nos tenemos que ir a dormir pronto, la
casa no debe estar impecable porque, al día siguiente, como no trabajamos, la podremos arreglar. No
hay presión, entonces disfrutamos los unos de los otros...
T.: Y eso, ¿qué significa?
M.: Escuchamos lo que el otro quiere decir, cedemos ante los deseos de unos y de otros de hacer algo...
T.: O sea que si en casa, cotidianamente, funcionarais como en vacaciones, ¿tu corazón estaría contento?
M.: Exacto...
T.: ¿Se te ocurre cómo podrías hacer eso?
M.: Supongo que no intentando que todo fuera perfecto...
T.: ¡Ah! Recuerdo haber leído en alguna parte que no se trata de tener una vida perfecta, sino de vivir una
vida maravillosa... ¿Eso es lo que quiere tu corazón?
M.: Sí, sí, es eso...
T.: Interesante... (Se dirige al niño.) Faltas tú.
NIÑO (N.) (Mueve la varita): Lo que quiere mi corazón es que mis papás se quieran mucho y que estén
contentos conmigo. Están siempre enfadados. Eso lo pone triste.
T.: ¿Cómo sería que tus padres se quisieran más?
N.: Que se sonrieran más, se dijeran por favor y gracias, no se dieran órdenes...
T.: Y ¿cómo sería que estuviesen contentos contigo?
N.: Que me dijeran que también hago cosas bien, que no me riñeran tanto...
T.: ¡Vaya! Parece que, en casa, todos estáis bastante tristes y enfadados... Eso no sienta bien a los
corazones.
N.: El mío quiere estar feliz.
T.: Eso es muy importante... Bueno, creo que la varita nos ha ayudado bastante a ver qué necesitáis para
estar mejor en casa. ¿Trabajamos sobre ello? Todos estáis de acuerdo en que queréis más
comunicación, más atención positiva, más alegría, centraros más en actividades lúdicas, combinándolas
con las obligaciones, más espacio individual, menos control... ¿Es así? (Asienten todos.) Vamos a
trabajar para ver cómo puede ser eso posible.
 Hemos utilizado la técnica de «preguntar antes de afirmar».
190
Recogemos ratificamos anclaje trabajamos
INTRODUCIR TEMAS Y EXPRESAR EMOCIONES PROHIBIDAS POR LA MITOLOGÍA FAMILIAR
En todas las familias hay temas difíciles de tocar, bien porque están asociados a
situaciones traumáticas, bien porque tienen que ver con la mitología familiar y podrían
poner en riesgo la homeostasis, bien porque hay una persona con poca o ninguna
tolerancia a la confrontación con la opinión que los otros tienen de ella (y el resto de los
miembros la sobreprotegen; recordemos, por ejemplo, la familia con el síntoma saltarín
del primer capítulo). En estos casos, el uso de objetos puede facilitar la expresión
emocional y abrir una vía para establecer un diálogo.
Los juguetes que se pueden utilizar son diversos: un corazón de espuma para hablar
de los sentimientos, una muñequita para expresar los miedos, un reloj que nos hable del
tiempo parado, una jaula para expresar cómo sentirse confortable, un mapa para que
señalen hacia dónde se dirigen... Todo sirve si le damos el contenido metafórico
adecuado.
El empleo de estos objetos puede o no requerir una introducción, dependiendo del
tipo de juguete y del momento en que se utilice. Este tipo de preámbulos se relacionan
con pautas hipnóticas, encuadradas en formatos de cuento o de historia curativa. Ya
hemos visto en el epígrafe anterior un ejemplo de ello.
La familia también puede traer objetos significativos para ellos. Por ejemplo,
en el caso de un duelo, algo relacionado con la persona o con la relación que ha perdido.
Esa pieza actuará como puente de transición y canalizará la emoción que se va a trabajar.
Hemos ya comprobado cómo, en el caso de Terelu y Fran, la lámpara abre una vía
para poner encima de la mesa un tema muy delicado entre ellos: las dificultades de
desarrollo de su hija y sus limitaciones para digerirlas y asumirlas. Ambos han tirado
adelante, aparentemente, aceptando la situación. En realidad, han hecho ajustes
funcionales, pero emocionalmente la transición que llevaría a un cambio 2 no ha
ocurrido. Solo virtualmente se ha encajado el golpe. El deseo de Terelu de tener un hijo
ha puesto de nuevo en acción el duelo y es en el espacio de silencio sobre ese dolor
donde la lámpara da voz al sufrimiento escondido para sobreprotegerse como familia.
La presentación implica:
 Poner en las manos de esa persona el juguete, introduciéndolo con alguna frase:
«Este es tu corazón; sostenlo. Si le prestas atención, tiene muchas cosas que
decirte»; «Esta muñequita tiene tanto miedo como tú; tal vez quieras decirle algo»;
«La arena de este reloj nos indica todas las cosas que han ocurrido para que se
encuentre atascado»... La frase contiene una sugerencia hipnótica emocional. La
intención es facilitar que la familia se metaen la experiencia y deje de lado el
discurso normativo reiterado en miles de conversaciones entre ellos.
191
 Salir de escena. Es importante que el terapeuta se aparte. Ahora el espacio
terapéutico es un escenario. Sobre el juguete está el foco. La voz está en la persona
que lo tiene en sus manos. Al retirarse, el profesional ofrece la posibilidad de
proyectar en el objeto sus dificultades, y entrar en un lenguaje más evocativo y
conectado con las emociones.
 Ayudar a la persona a expresarse, a través de preguntas breves y concisas que lo
centren, recogiendo lo que acaba de decir. El tono de voz ha de ser bajo y se ha de
hablar lentamente. Todo ello promoverá matices relacionales de tipo emocional.
 Pasar el juguete a otro miembro de la familia, sin romper el ambiente íntimo que
se ha creado. Para ello, repetir la frase de inicio puede ser una fórmula que
contribuya a que la cadena emocional prosiga adecuadamente.
 Sebastián y Luisa llevan doce años casados. Él acaba de descubrir que su
mujer se ha enamorado de otro. Ella no quiere abandonarlo, pero no sabe cómo dejar de
pensar en la otra persona. Tras renunciar ella a una relación paralela, ambos se enfrentan
a continuar juntos y al dolor que ha generado la situación. Ninguno de los dos quiere ser
del todo sincero para no dañarse más todavía y que el vínculo acabe más resentido. La
terapeuta decide introducir un muñeco de trapo y unos alfileres.
TERAPEUTA (T.) (En voz baja, mirándolos a los ojos): Este muñequito os representa. Aquí tenéis unos
alfileres. Hablan del dolor que siente vuestro corazón. Me gustaría que uno de los dos lo cogiera en sus
manos y que fuera clavando en él tantos alfileres como sufrimientos acoja su corazón. Al mismo tiempo
que hinca la aguja, es importante que exprese cuál es ese dolor... (Adelanta el muñeco para ver quién lo
toma. Lo hace Sebastián. Se lo entrega, se levanta de su silla y se pone tras ellos.)
SEBASTIÁN (S.) (Hunde el primer alfiler): Me duele sentirme idiota por confiar en Luisa. (El segundo.) Me
hace sufrir sentir que ya no me quiere lo suficiente; si no, no se habría fijado en otro. (El tercero.) Son
mis celos. (El cuarto lo hinca con más fuerza.) Mi dignidad está pisoteada. Me siento ridículo. Me da
vergüenza lo que ha ocurrido. (Se pone a llorar, Luisa lo toma de la mano.)
LUISA (L.): Lo siento... (La terapeuta le da el muñeco a ella y se aparta.) Me duele haberte hecho daño, ser
tonta e inmadura y dejarme llevar. (Clava el primer alfiler.) Me avergüenzo de mí, de haberme saltado
mis valores y creencias. (El segundo.) Me siento sucia. (El tercero.) Me siento confusa. (El cuarto.)
Me hace sufrir no saber si vamos a ser capaces de superarlo. (Clava un último alfiler y se echa a
llorar.)
T. (Entra en escena y los mira alternativamente): Tal vez necesitáis algo el uno del otro. (Ambos se levantan
y se abrazan muy fuerte llorando. Los deja un par de minutos.) ¿Estáis preparados para curaros las
heridas? (Ambos afirman con la cabeza.) Entonces, vamos a empezar a trabajar en ello.
 El objeto sirve para expresar de forma poco agresiva el daño que ha generado
la situación, propiciando un clima emocional que da pie a la reparación. Desde ahí, es
más sencilla la reconstrucción.
RESOLVER CONFLICTOS ENQUISTADOS EN LAS DINÁMICAS FAMILIARES
192
En realidad, la metodología de trabajo sería la misma. En situaciones en que hay
conflictos que centralizan dinámicas familiares rígidas, que mantienen en tensión y sin
cambios el funcionamiento familiar, la introducción de objetos ayuda a explosionar esos
núcleos, aportando movimiento a las transacciones y, por tanto, posibilidad de cambio.
Aunque no entraremos en indicaciones, sí se presenta un ejemplo.
 Laura e Inés son madre e hija. La consulta fue idea de Inés. No tienen una
relación fluida y ella quiere acabar el distanciamiento. Laura y el padre de su hija se
divorciaron hace unos cinco años. Fue un golpe muy duro. Él las abandonó sin previo
aviso, dejándolas en una situación económica complicada. Inés sufrió mucho. Quería
intensamente a su padre. No sabe nada de él. Fue complicado sobrevivir. Laura puso
todo su empeño en ello. A medida que el tiempo pasaba, ambas se iban encerrando en sí
mismas hasta hoy. Cuando se habla de lo ocurrido, Inés le reclama a su madre afecto y
atención. Su madre le responde que no es su estilo, que ella la quiere de otra forma,
intentando que tenga una buena vida. Cada una en su rincón, les cuesta hacer el esfuerzo
de entender a la otra. La terapeuta introduce una muñequita de trapo.
TERAPEUTA (T.) (En voz baja): Esta muñequita se siente tan sola y desprotegida como vosotras todos estos
años. Me gustaría que, primero una y luego la otra, la cogierais, la miraseis a los ojos y nos dijerais lo
que veis en ellos. (Se la entrega a Inés, que ha abierto su mano. Se retira de la escena.)
INÉS (I.): La muñeca siente que, desde que se fue papá, nadie le dice que la quiere y nadie la escucha. Es
como si no tuviera padres... Está muy triste. Se siente abandonada. (Inés está apenada. Le entrega la
muñeca a Laura.)
Figura 6.6. Muñeca de trapo.
LAURA (L.): La muñeca tiene el corazón roto y no puede dejarse llevar por su dolor. Tiene que tirar adelante.
Hay alguien que depende de ella.
193
T.: Laura, mira el dolor de la muñeca, mira el dolor de tu hija...
L. (Llora): Lo siento. No quería hacerte sentir abandonada. No podía con más dolor. (Se levanta y la
abraza.) ¿Puedes perdonarme?
I. (Abraza a su madre): Sí, claro...
(La terapeuta las deja unos minutos. Luego, las invita a sentarse.)
T.: El dolor de cada una era una barrera para el amor que os tenéis. Nunca más ha de suceder esto. Os tenéis
incondicionalmente, pero, durante un tiempo, no habéis podido acceder la una a la otra. Ahora que ha
caído el muro del sufrimiento, hay que limpiar el terreno para que el camino que conduce del corazón de
una al corazón de la otra sea fácil de transitar. ¿Os parece? (Asienten y se empieza otro tipo de
intervención.)
 El reencuadre de lo que ha sucedido, por parte de la terapeuta, continúa con el
estilo evocativo. Así se mantiene abierta la entrada emocional de la intervención y se
allana la posibilidad de favorecer el cambio, ya que si activamos la emoción, activamos el
cambio metacognitivo, pues la implicación de la persona en el proceso de validación de
sus anticipaciones sobre la experiencia es más alta (Semerari, 2001) y, por tanto, el
impacto de encontrar una experiencia diferencial es más intenso.
TRABAJAR DE FORMA CIRCULAR Y CREATIVA MODIFICACIONES EN LAS RELACIONES
Jugar suele ser un buen método para que las familias aprendan a funcionar de un
modo diverso. No es extraño que se propongan ejercicios lúdicos como tareas para
realizar en familia, ya fuera del espacio psicoterapéutico (Beyebach y Herrero de la Vega,
2010). No suele ser tan habitual practicar dentro de ese espacio este tipo de actividades.
Sin embargo, observar a los miembros de la familia mientras juegan e ir redefiniendo lo
que ocurre puede ser el punto de partida para una exploración valiente de nuevas formas
de interaccionar.
En el psicoanálisis, la observación del juego aparece, desde un inicio, en el trabajo
con niños. Con adultos, la terapia de la caja de arena (Kalff, 1980), basándose en la
visión junguiana, ha desarrollado una metodología de expresión e intervención en los
conflictos del inconsciente.
Nosotros proponemos un modelo más parecido a las propuestas experienciales de
los trabajos en grupo, que pretenden dar la oportunidad a las personas que participan de
vivir, ser conscientes y atreverse a experimentar. Por ello, cada juego es una oportunidad
de aprender a estar con uno mismo y con los demás desde posiciones distintas. De
hecho, todo experimento fuerza a salir de la zona de confort y, así, no queda más
remedio que ser valiente y colocarse en un punto cambiante y, posiblemente, divergente
del habitual. Es importante que los juegos sean activos, divertidos y un tanto
sorprendentes. Solo así, la familia perderá la vergüenza inicial y se dejarállevar.
A la hora de planear un «experimento juego» es relevante esbozar:
194
 El objetivo. Es importante que esté bien definido para escoger un juego que
conduzca a ese fin.
 Las características de las familias. No todas pueden hacerlo todo. Por ejemplo: en
una familia debíamos desarrollar la confianza entre sus miembros. Un buen ejercicio
es que uno se deje caer hacia atrás y los otros lo recojan. Sin embargo, las
dificultades físicas del padre no permitían llevarlo a cabo y tuvimos que buscar otras
estrategias.
 El lugar en que se realizan las visitas. En ciertos espacios resulta difícil llevar a
cabo algunas actividades, por la limitación de sus dimensiones o por prohibiciones
con respecto al sonido (las paredes son delgadas y no se puede hacer ruido). Por
ejemplo: con la anterior familia, seguíamos buscando actividades que favorecieran la
confianza. Se pensó en que uno guiara a otro solo con palabras, mientras este último
estaba «ciego» (se le pondría un antifaz para dormir). Debido a que las posibilidades
de trabajo se limitaban a un pasillo por donde debían pasar otros terapeutas y
familias, se descartó la idea.
 El material con que se cuente en el setting terapéutico, en caso de que se improvise
el juego.
¿Cuándo es conveniente «jugar» en la sesión? Cuando hemos intentado diversas
estrategias para modificar ciertas pautas y ha resultado inútil, debido a que las posiciones
están muy polarizadas. La introducción del juego nada más iniciar la sesión resulta
extremadamente productiva.
¿Cuál es la metodología de aplicación?
 Presentar el juego: «Hoy haremos algo diferente y divertido...». Revelamos la
actividad que se va a realizar. Es importante mostrarse risueños y convencidos para
que la familia se implique en la tarea.
 Apartarse de la actividad y dejar a la familia sola en la escena. Para que no se
distraigan de su labor, es mejor no estar en su ángulo de visión.
 Aportar observaciones que definan las dificultades que se van presentando. Solo
así serán conscientes de que vuelven a caer en las mismas trampas de siempre.
 Ofrecer la oportunidad de llevar a cabo la tarea de forma distinta. Así, después de
que la familia se sienta frustrada por no ser capaz de alcanzar el objetivo, se le
brinda la posibilidad de volver a empezar utilizando nuevas estrategias (no se le da
pistas sobre ello).
 Subrayar los cambios que van apareciendo en la realización de la actividad y
enlazarlos con las modificaciones convenientes en sus pautas interaccionales. Poco a
poco se resalta todo aquello que sea nuevo en su forma de posicionarse. Es
interesante asociarlos a caminos de afrontamiento más flexibles.
195
 Resumir lo sucedido, comparando la conducta del inicio con la nueva conducta
presentada. Es importante porque aporta conciencia a la familia sobre lo sucedido,
redimensionando la conducta nueva con respecto a la antigua. Le permite entender
qué movimientos ha de hacer para gestionar sus cambios y verlos a cámara lenta.
 Trabajar para generalizar todo ello en el día a día. Pacientemente, se han de
construir puentes entre la actividad realizada y las dificultades con las que se
encuentran cotidianamente, y ver cómo las nuevas estrategias son aplicables a sus
dificultades.
 Pablo y Manoli tienen dos estilos muy diferentes de afrontar la parentalidad.
Eso está conllevando graves problemas de gestión de la jerarquía con su hija de dos
años, que es quien manda en casa. La sensación del equipo terapéutico es que están en
un pulso de poder para ver quién tiene razón sobre los valores que deben inculcar en la
educación de la pequeña. Debido a que ninguno de los dos se mueve de su posición,
dificultando la construcción de un «equipo de padres», se les plantea el siguiente juego:
TERAPEUTA (T.): Hoy os vamos a proponer una actividad distinta y divertida. Mirad, aquí tenemos un
foulard. Con él os vamos a ligar el uno al otro. A ti, Pablo vamos a anudarte la mano izquierda con el
pañuelo; y a ti, Manoli, la derecha. ¿Por qué hacemos esto? Porque tenéis que colaborar el uno con el
otro para construir un castillo con estas piezas de madera (es un juego de preescolar). Como solo
contáis con una mano cada uno, tendréis que ayudaros para que salga bien. ¿De acuerdo?
 El objetivo del juego es que, al no poder hacer el castillo cada uno por su
cuenta, se comuniquen y vean lo que los dos pueden aportar.
 Los terapeutas se apartan y observan. Empiezan a trabajar y cada uno de ellos
construye una parte del castillo, sin comunicarse en ningún momento. Hacen, en
realidad, dos construcciones diferentes. Los terapeutas se lo hacen notar.
T.: Fijaos. Cada uno está haciendo un montaje diferente. No estáis colaborando.
PABLO (P.): Sí, es lo que solemos hacer siempre... Cada uno por su cuenta...
T.: Sí, pero no era lo que os habíamos planteado... Da la sensación de que con el castillo pasa lo mismo que
con vuestra hija: cada uno se plantea tener una hija distinta. Le ofrecéis dos planteamientos que no
tienen nada que ver y la niña se pierde.
MANOLI (M.): Es verdad...
T.: ¿Qué os parece si empezáis de nuevo? ¿Qué es lo primero que tenéis que hacer?
M.: Hablar mientras construimos...
T.: Muy bien...
 Subrayar la repetición de pautas en el juego ha dado como resultado la toma
de conciencia.
196
 Comienzan de nuevo:
P.: Vamos a poner las bases del castillo... Tiene que ser sólido.
M.: Vale.
(Van construyendo y hablando sobre cómo tiene que ser.)
M.: Pero a mí me gustaría que también fuera bonito.
T.: Un castillo puede ser fuerte y bonito a la vez, ¿no?
Figura 6.7. Castillo construido por Pablo y Manoli.
T.: Fijaos bien. Habéis empezado actuando como siempre, cada uno por vuestra cuenta. El resultado, nulo.
En la medida en que habéis empezado a comunicaros sobre cómo sería mejor hacer este castillo, la
construcción se ha generado respetando vuestros deseos, que fuera fuerte y sólido, y que fuera bonito.
Vuestra hija puede crecer siguiendo esos dos principios. Puede ser fuerte, valiente, decidida y activa,
pero también culta, curiosa, coqueta... No es opuesto, es complementario. Pero debéis hablar,
comunicaros, respetaros... Solo así, crearéis aquello que anheláis. (Ambos asienten con la cabeza.)
Vamos a ver cómo trasladar todo ello a la vida cotidiana...
Este trabajo es representativo de lo que una actividad tan sencilla es capaz de lograr
en una situación de máximo bloqueo. El ahorro de energías ante el cambio es notable.
Por ello, invitamos a incorporar juegos sencillos en situaciones terapéuticas. Como se ve,
con poco material se consiguen grandes cosas. Solo hace falta redefinir de forma
adecuada todo lo que ocurre y el cambio está servido.
CERRAR EL ESPACIO TERAPÉUTICO
El valor metafórico de los objetos también sirve para poner un colofón a un buen
trabajo terapéutico. White y Epson (1993) son un claro exponente de este tipo de
intervenciones. Sus diplomas en reconocimiento a vencer síntomas llenan de orgullo y
197
satisfacción a sus clientes y a sus familias.
Un paso más allá, es buscar un juguete u objeto representativo del esfuerzo
realizado o del cambio producido, o bien construir material que pueda ayudar a recordar
a la familia los aprendizajes llevados a cabo.
Son ejemplos del primer tipo de cierre los barquitos que ya pueden navegar, las
mochilas de exploradores, las regaderas para cuidar el jardín de la relación, las alas para
volar... Las metáforas que se han utilizado en el transcurso de la terapia dan
muchas ideas, sobre todo si nos las ha ofrecido la familia. Devolvérselas
materializadas en la última sesión actúa a modo de anclaje, sedimentando más los
cambios activados.
Si se desea diseñar material como resumen de aprendizajes, una caja de
herramientas, por ejemplo, es una buena idea. Para ello, no tenemos más que escoger
una cajita de cartón bonita, meter en ella unos tarjetones con los recursos puestos en
marcha (podemos comentarlos en sesión con la familia y escribirlos allí) y luego, con
toda solemnidad, entregarla.
Figura 6.8. La caja de herramientas que contiene losaprendizajes de la familia.
A veces, es bueno acompañar el regalo con un cuento, escrito exclusivamente para
ellos o escogido entre los miles de relatos curativos que existen. Hay webs en las que se
puede encontrar abundante material. Otra posibilidad es entregarles una carta escrita por
el equipo terapéutico, felicitándolos ampliamente por los cambios realizados. En el
próximo capítulo, se darán instrucciones para el diseño y la elaboración de este tipo de
material.
Como hemos ido desgranando en el capítulo hay multitud de ideas con las que
elaborar intervenciones creativas, útiles y eficaces. La única forma de romper ciertas
interacciones es sorprender. Y el juego siempre es un buen aliado para ello. Sin embargo,
es necesario romper límites con respecto a las «normas establecidas» que enmarcan el
trabajo psicoterapéutico. Si nosotros nos damos la oportunidad de ser libres, también se
la ofrecemos a la familia. Eso, de por sí, es terapéutico.
198
199
200
PARTE IV
201
Desvelar el juego
202
203
En capítulos anteriores ya hemos introducido la normal ambivalencia que todas las
familias presentan ante el cambio. Sin embargo, hay un tipo de familias en las que esa
ambivalencia se convierte en un parapeto, que sume la terapia en un espacio paradojal,
donde una relación de doble vínculo entre el sistema familiar y el equipo terapéutico deja
poco margen de maniobra. En estos casos, cualquier movimiento que se realice, en el
sentido de promover oscilaciones diferenciales, se ve noqueado, y los terapeutas sienten,
sin duda alguna, la impotencia de la familia ante la situación que está experimentando y
los síntomas subyacentes que la acompañan.
Probablemente, desde alguna corriente psicoterapéutica se hablaría de resistencia.
En cambio, desde la posición sistémica, se prefiere hablar de muro de goma (Wynne,
1970, 1984). Con ello, se pone de relieve la necesidad de la familia de cerrar puertas y
fortificarse, ya que aquello que llega del exterior no anuncia peligro, sino guerra. En
general, a más intensidad sintomática en la cronificación, más posibilidades hay de
atrincheramiento. Y a más cronificación, más probabilidades hay de que la familia haya
pasado por una gran variedad de tratamientos y servicios y que, por tanto, sea una
especialista en relacionarse con los profesionales y sus herramientas de trabajo. Todo ello
deriva en una capacidad mínima por parte del terapeuta de sacar «conejos de la
chistera».
Por tanto, encontrar un método para hacer salir a la familia de sus barricadas y
sentarse a la mesa para desatascar los desagües de su sistema es esencial si nuestro
objetivo es romper la obstinación retroalimentadora en torno al «no cambio» familiar.
Podríamos incluir muchas propuestas técnicas para ello. Sin duda, en multitud de
manuales se encontrarán amplias referencias sobre el tema. Aquí nos centraremos en dos
recursos distintos, pero complementarios, que tienen como sustento un eje, el equipo
terapéutico: las cartas terapéuticas y el equipo reflexivo. Ambos procedimientos son
potentes y rompedores, como veremos, y producen cambios de forma cuasi inmediata.
Antes de profundizar en ellos, un pequeño apunte. Afortunadamente, en terapia
familiar se trabaja en equipo, sea directamente (el equipo está tras el espejo u
observando la sesión a través de un circuito cerrado de televisión) o de forma indirecta
(gracias a la supervisión semanal). Este procedimiento, como ya se ha adelantado,
permite tener una visión externa más allá del sistema terapéutico en sí mismo, lo que
dota al proceso:
 De mayor complejidad metacognitiva (una perspectiva amplia, ya que hay más
personas que experimentan lo que ocurre desde fuera).
 De más agilidad en la acción (los miembros del equipo no están maniatados por la
alianza terapéutica).
204
 De un plus de legitimidad en el discurso (hay personas distintas con experiencias
diversas e, incluso, en muchas ocasiones, el supervisor que dirige el equipo es
alguien con reconocimientos externos).
 De más posibilidades de jugar con el discurso, introduciendo contradicciones que,
al generar ambigüedad, permitan transmitir la ambivalencia que la familia plasma a
través de su persistencia en no cambiar.
Todo ello va a tener un peso fundamental a la hora de utilizar las técnicas que se
describen. «A grandes males, grandes remedios», dice el refrán. Estas herramientas van
un poco de eso...
205
CAPÍTULO 7
RENARRAR EL FUNCIONAMIENTO FAMILIAR: LAS CARTAS
TERAPÉUTICAS
Ya en publicaciones anteriores (Linares, Pubill y Ramos, 2005), se desarrolló
ampliamente el trabajo con cartas terapéuticas, sistematizando una forma de intervención
que han utilizado de manera extensa Linares y su equipo en el Hospital de la Santa Creu i
Sant Pau de Barcelona.
Nuestra intención en este capítulo no es repetir lo ya escrito, sino organizar,
profundizar y ejemplificar este tipo de herramienta, con el objetivo de que su
construcción y su uso sean fáciles para aquellos que necesiten y deseen experimentar con
él. Por ello, aunque en la base encontremos los fundamentos de aquella publicación, la
estructura y la metodología que aquí se proponen varían y se ajustan más a protocolos
didácticos desarrollados por la autora.
Al margen de todo ello, unos apuntes. El primero nace de una pregunta: ¿Por qué
escribir cartas a las familias? La respuesta no es sencilla.
Cuando un terapeuta interroga a la familia, una gran parte de las ocasiones no lo
hace para conocer la respuesta. Probablemente, a través de la comunicación no verbal ya
ha captado transacciones significativas y claras que reflejan la afirmación que acabará
dando algún miembro de clan familiar. Interpela para que todos los integrantes de la
familia escuchen la contestación y así tomen conciencia de lo que ocurre en las
dinámicas relacionales. Por tanto, hay una necesidad en la familia de prestar atención
a aquello que no quiere ser oído y que, a veces, requiere de mucha insistencia para
que aquello que es evidente sea visto y asumido. Las cartas pueden ayudar a ese
cometido.
 Cuenta una fábula que un hombre fue invitado a una cena en una gran
mansión. Era una reunión en la que había muchos asistentes y la conversación entre unos
y otros resultaba muy animada. Cuando llegó el momento de pasar al comedor, se
encontraron ante una mesa alargada, ornamentada con un gusto exquisito. Sin embargo,
justo en el centro de ese mueble, de pie, se encontraba un magnífico caballo.
Los comensales, sorprendidos, buscaron su ubicación para la cena en silencio.
Todos miraban de reojo al animal, pero como los anfitriones no comentaban nada en
absoluto sobre esa original presentación del ágape, nadie se atrevía a tomar la iniciativa y
206
preguntar sobre el asunto. El ambiente se fue haciendo cada vez más pesado y las
conversaciones fueron diluyéndose. Al final, se comió rápido. Preponderaba el deseo de
salir huyendo.
Unos días después nuestro protagonista le relató la anécdota a un amigo. «Tendrías
que haber preguntado. Seguro que había una explicación para ello. No creo que fuera del
gusto de los amos de la casa incomodaros», le comentó. El hombre pensó que tenía
razón y, así, cuando unos meses después recibió de nuevo una invitación, decidió llevar a
cabo la propuesta de su compañero. Las escenas se repitieron como si fueran un calco de
la anterior ocasión. De este modo, el silencio se instauró en cuanto entraron todos al
comedor y vieron al caballo encima de la mesa. Sin embargo, esta vez, nuestro hombre
comentó en voz alta: «Hay un caballo encima de la mesa...». Inmediatamente, el
anfitrión tomó la iniciativa y empezó a relatar la historia que acompañaba esa
peculiaridad. La tensión se rompió y la cena fue de lo más agradable.
Ese día, nuestro protagonista aprendió que no hay nada como hablar sobre las cosas
para que las relaciones sean fluidas y satisfactorias.
Dejar por escrito lo que a la familia le cuesta escuchar y ver es uno de los
objetivos de escribir cartas.
Además, recibir una carta tiene un halo de solemnidad queha perdido la palabra
hablada, a no ser que se construya en un entorno analógico dramatizado (con los gestos,
el tono de voz, la mirada...). De hecho, que un equipo dedique un tiempo no solo a
pensar (ese es su trabajo) sino a plasmar en escritura su pensamiento, hace que la
familia se sienta importante para los profesionales, y eso por sí solo da valor al
mensaje transmitido. Ese valor es mucho más hoy que hace unos años, simplemente
porque, en la actualidad, nadie recibe cartas. A lo sumo, correos electrónicos, pero
reconoceréis que ambas cosas no tienen la misma categoría para la mayoría.
Las cartas poseen, por una parte, el empaque de que lo escrito no se puede
modificar fácilmente, sobre todo si son manuscritas, y por otra, el protocolo de que, para
ser respondidas, siguiendo el mismo método, se necesita pensar bien, si no quieres acabar
emborronando el folio. Además, si se envían, tardan en llegar a su destino, lo que genera
el suspense de aquello que no puedes controlar. Por tanto, desaparece la inmediatez, la
impulsividad... Hay responsabilidad en lo que se escribe, en lo que se lee.
De este modo, todo ese ceremonial da intensidad a la información transmitida y,
por ende, potencia el alcance de la intervención terapéutica en la familia.
 Todas las escuelas (PNL, estratégica, ericksoniana...) que trabajan intentando
generar la acomodación en la familia basándose en técnicas hipnóticas resaltan la
importancia de cómo se da el mensaje al interlocutor. Su norma es: «Las cosas no se
dicen, se interpretan».
207
Con ello quieren resaltar que, al igual que para que un cuento atrape al oyente hay
que representarlo, una devolución importante para la familia debe dotarse de la intensidad
que le infiere dramatizar un tanto el momento. Así se generará suspense se intensificará
la tensión, con el fin de que el mensaje llegue con su máxima potencia.
Recogiendo algo que ya se ha dicho —que la familia se siente importante para los
profesionales— y sumando otros aspectos, pongamos sobre la mesa un asunto esencial:
el equipo elabora una serie de comunicaciones esenciales para provocar «temblores»
en los procedimientos funcionales de la familia. Los mensajes pretenden generar una
apertura en el discurso sobre la mitología de la familia y la historia del síntoma. La
posibilidad de la aparición de una narrativa alternativa se consigue gracias a la
multiplicidad de aspectos que pueden plasmarse en la misiva. Jugando con la
simultaneidad de capas superpuestas de mensajes contradictorios en el plano lógico, pero
emocionalmente congruentes, se ayuda a bombardear las defensas infranqueables de la
homeostasis familiar y se fomentan las fluctuaciones que, bien orientadas, pueden
decantar a la familia hacia el cambio.
Así, mientras se afirma algo a un nivel, en otro se dice lo contrario. Ambas cosas
son ciertas, pero, al mismo tiempo, contradictorias. La evidencia de la ambivalencia en la
que se mueve la familia desencadena cortocircuitos que la terapia ha de aprovechar para
fomentar el cambio en el sistema.
 A menudo, se describe a la familia como «cuidadora protectora» y, al poco,
unos párrafos después, como impulsora del sufrimiento de uno de sus miembros al
fomentar la sintomatología de este por miedo a...
Por tanto, los diferentes aspectos de las dinámicas relacionales se plantean en un
espacio en el que el funcionamiento emocional familiar se plasma a través de los
diferentes juegos lógicos.
 La teoría de los tipos lógicos (Whitehead y Russell, 1962) fue utilizada por
Bateson en su intento de explicar las paradojas comunicacionales. Esta teoría explica que
esos enredos se basan en mezclar la clase y sus miembros. Cuando ocurre, las paradojas
están servidas. Un ejemplo archiconocido es la paradoja de Epiménides, «todos los
cretenses son unos mentirosos», que pone al receptor del mensaje en un dilema, ya que
asevera algo de la clase (la sentencia es mentira), afirmando algo de los miembros de la
clase (los cretenses), siendo Epiménides, el autor de la sentencia, cretense. Este juego
lógico es el que se capta en las prácticas relacionales más a menudo de lo que sería
conveniente. Un ejemplo es el doble vínculo, en el que en un nivel se afirma algo (por
ejemplo, «te quiero») y en otro se transmite lo contrario («no te quiero»).
208
Esa ambigüedad también permite mantener una buena relación terapéutica, ya que
el juego de aseverar diferentes hipótesis a través de diversos estratos comunicativos,
amparados además en la opacidad del equipo, abre la posibilidad de acercarse a los
terapeutas sin chocar de lleno en las defensas familiares. Así, la propuesta esboza una
nueva narrativa, para que la familia dibuje con formas reconocibles, pero variadas, su
historia, puesta en escena como parte del protocolo del cambio.
La metodología se basa en pautas simples:
1. Reconocimiento o connotación positiva de las características familiares.
2. Reencuadre o resumen de la parte trabajada que más nos interese en ese momento.
3. Redefinición de la dificultad o problema, o construcción de un puente entre
síntoma y sistema (a través de estrategias que se comentarán más adelante).
4. Posibilidades de evolución según el grado de cambio implementado.
En realidad, los dos primeros puntos (reconocimiento y reencuadre) son esenciales
si queremos que, en el diálogo terapéutico, el otro (individuo o familia) nos escuche. Solo
si conseguimos hacerles llegar que los valoramos y que les hemos prestado atención, se
nos abre una posibilidad de que nuestras palabras sean la llave que encaje en la cerradura
del portón de su fortaleza. El tercer y el cuarto punto (redefinición de la dificultad o
problema y posibilidades de evolución) dependerán del tipo de enfoque que decidamos
dar a la intervención (más directo o más paradojal, como se verá más adelante). De
hecho, esta fórmula es la que tendemos a utilizar en las devoluciones que se comunican
a la familia en el último tramo de las sesiones de terapia familiar, devoluciones que se
elaboran —recordemos— con las percepciones de los terapeutas junto con las
impresiones del equipo. El grado de impacto que pretenden ejercer dependerá de
distintos factores:
 El momento del proceso terapéutico en que se ha desarrollado la sesión. En las
primeras sesiones, probablemente debido a que la relación terapéutica no es sólida,
se optará por la prudencia, aunque esto no implique que no se pueda utilizar
metodología estratégica si es necesaria.
 El grado en que se ha podido intervenir en las interacciones familiares durante la
sesión. Si la familia se ha mostrado cerrada y poco receptiva al trabajo terapéutico,
es posible utilizar alguna estratagema un tanto contundente. La regla es que ninguna
familia se vaya de terapia con el «cesto vacío». Por tanto, hacer sonar un gong,
metafóricamente hablando, hará que preste atención.
 La familia Fuentes es una familia reconstituida encantadora. Vienen porque el
hijo adolescente (fruto del primer matrimonio de ella) está en plena pelea consigo mismo
(y por ende, con los demás) por convertirse en adulto. Aparte de esta crisis típica del
209
ciclo vital familiar, sortean otra: la de hacer crecer a una niña de dos años. Tienen hijos
de distintas edades, con necesidades educativas diversas. Ello comporta continuas
tensiones que se plasman en una lucha entre padrastro e hijo.
Una afirmación llama la atención del equipo desde un primer momento: el padrastro
dice y ratifica que, para él, los dos hijos son iguales. Eso contrasta con la dureza con la
que trata al niño y con la queja de este de que el padrastro no es cariñoso ni le presta
atención. Poco a poco, se hace patente que hay una verdad no dicha, pero sí entendida:
el padrastro quiere al niño, pero no como a su hijo. Es algo que admiten madre e hijo
cuando se explicita. Sin embargo, es algo que el padre no escucha ni desea evidenciar.
Esta cuestión se pone sobre la mesa en un equipo reflexivo. La consecuencia: el cambio
de comportamiento del padrastro, que flexibiliza sus posiciones; el niño no necesitaya ser
perfecto para ser su hijo, simplemente porque no lo es. Solo ha de ser él mismo y
encontrar la forma de llevarse bien.
 Las posibles maniobras descalificadoras de la familia hacia el equipo
terapéutico. Si la familia juega sucio, descalificando a los terapeutas o bloqueando
ejercicios, se podría intentar hacer una «llave de judo» a través de la devolución. 
 Francisca acude a terapia por el mal comportamiento de su hijo pequeño en el
colegio. Le han llamado la atención porque el niño incita a sus compañeros para que
hagan bullying a los más pequeños. No entiende lo que le ocurre a su hijo, ya que el
mayor fue víctima de acoso escolar y es algo que hablan en casa, puesto que ella es
«terapeuta» (tiene un título de reiki y ha hecho algún cursillo de PNL).
En un momento determinado, los terapeutas preparan un diálogo entre el hijo mayor
y el pequeño, creando un clima de intensidad emocional, con el fin de conseguir que el
primero le transmita su sufrimiento durante el período escolar. Cuando ya está todo
preparado y la terapeuta va a poner a un chico frente al otro, Francisca coge a su hijo
pequeño y le dice: «Atento, ahora te van a hacer PNL».
El niño dice que sí y la intervención se va al traste.
 El grado de tolerancia a la frustración por parte de la familia, es decir, en qué
medida se redefinen las interacciones y se cuestionan los posicionamientos, qué
grado de flexibilidad explicitan en sus ajustes... A menor tolerancia, más
posibilidades de utilizar la ambigüedad comunicativa paradojal.
 La intensidad del sufrimiento por la sintomatología que arrastran los miembros del
grupo familiar y su cronicidad. A veces, la única manera de cambiar algo es poner
dinamita en la base...
 La itinerancia y el peregrinaje familiar de servicio en servicio. Cuando ya se ha
intentado todo, quizá deban tomarse «medidas desesperadas»... 
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Por tanto, las devoluciones no solo recogen y reencuadran lo dicho y hecho durante
la sesión, sino que completan los objetivos propuestos para la fase en la que se encuentre
el proceso, utilizando una serie de ardides o tretas, más o menos elaborados en función
del grado de flexibilidad, claridad y ajuste que las intervenciones terapéuticas hayan
potenciado en la familia.
Las cartas terapéuticas pretenden reproducir este esquema con efectos retardados,
en un espacio no terapéutico, con el fin de colapsar las articulaciones funcionales de la
familia y propiciar un nuevo sistema de equilibrio. Para ello, la carta se lee en el último
tramo de la devolución, sin posibilidades de réplica (los terapeutas se alzan de sus
asientos y abren la puerta, mientras insisten en que vuelvan a repasar la misiva a solas en
su hogar) o se entrega para que la familia la hojee en casa. Así, en realidad,
conseguimos plenamente que sea la familia la que se responsabilice de su cambio
(Andolfi et al., 1985), provocando con nuevas definiciones que se coloquen en otro
lugar.
De este modo, se busca un efecto diana, es decir, apuntar al objetivo de cambio de
forma directa. La finalidad no es otra que la movilización hacia la zona de
transformación, sin billete de vuelta al modus organizativo anterior.
Tempus de utilización de las cartas
En general, las cartas se emplean cuando el proceso terapéutico está atascado. Se
han utilizado diversos recursos, pero ya no hay demasiado margen de maniobra. Por
tanto, situamos su uso en las zonas medias del proceso terapéutico. Sin embargo, si
trabajásemos desde un modelo estratégico, podríamos decidir escribir una carta e invitar
a la familia a darse un descanso terapéutico y volver cuando estuviesen más preparados
para el cambio (o emplazarlos al cabo de tres meses). Esa treta sería básicamente
provocadora, y llevaría el sello de alguna prescripción, como desarrollaremos en las
páginas siguientes.
Sin embargo, hay otros momentos en que podemos valernos de las cartas como
técnica. Por ejemplo, si un miembro de la familia no acude al espacio terapéutico,
podemos servirnos de ella bien para convocarlo, bien para informarle de lo que va
ocurriendo, por más que esa persona niegue que le interesa lo que ocurre en la terapia
familiar.
Queridísima Alba:
Te escribimos con la intención de comentarte aspectos de lo sucedido hoy en la
sesión de terapia con tus padres. Lo hacemos porque sabemos lo involucrada que estás
en su relación de pareja, y no querríamos ser nosotros los que rompiéramos el canal de
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información.
Nos parece interesante hacerte llegar que ha aparecido en este espacio la gran
incongruencia que se da en vuestras relaciones: por una parte, tú demandas, con toda
legitimidad, un espacio de intimidad que te garantice la no intromisión de tu madre en
tu vida social. Sin embargo, tus padres tienen la impresión de que eres tú quien dirige,
hace tiempo, su relación de pareja, chivándole a tu padre cómo ha de actuar con tu
madre. Todo esto nos parece tan raro que no sabemos si tú eres algo así como «el
Padrino» de esta trama, o bien, simplemente, eres un títere al servicio de un juego
mayor que todavía no entiendes. De todas formas, querida Alba, no dudes que «un
culo no puede montar dos caballos a la vez». El jinete que lo intenta siempre acaba
cayéndose al suelo y dándose un buen coscorrón. Por tanto, ¡vigila!, no vayas a
hacerte daño.
Con afecto,
El equipo terapéutico
 Como puede observarse, la carta anterior es provocadora desde el inicio
(«sabemos lo involucrada que estás en su relación de pareja, y no querríamos ser
nosotros los que rompiéramos el canal de información»), con la intención de desvelar el
juego familiar: la triangulación en la que está inmersa, gracias al estado de simetría tensa
entre sus padres. La finalidad explícita de la carta es doble: informar a Alba de que la
posible coalición con su padre no es del todo leal por parte de él (cuando ella no está
presente explícita que lo manipula), y que actuar como brazo armado de su padre puede
tener consecuencias negativas para ella. El objetivo implícito pasa por fracturar la
coalición y alentar a que Alba, aunque sea enfadada, acuda al espacio terapéutico con sus
padres.
También solemos recurrir a las cartas cuando cerramos un proceso con el fin de
reconocer el trabajo realizado por la familia, a la vez que le recordamos las trampas en
las que debe intentar no caer, y los aprendizajes llevados a cabo. Otras veces,
simplemente se emplean como reforzadoras de la voluntad de la familia si notamos que
esta se tambalea o puede decaer.
 En el caso de la familia Fuentes, esta fue la carta que se le envió al cierre de
las sesiones familiares.
Queridos Margarita, Raúl y Víctor:
Hemos recibido noticias de vosotros a través de vuestra terapeuta. Os felicitamos
por los cambios que habéis sido capaces de generar en vuestras relaciones familiares.
Sabemos que no ha sido fácil y que cada uno de vosotros se ha tenido que bajar del
burro en ciertas actitudes habituales en él. Este proceso ha requerido transitar de la
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idea de familia ideal (que cada uno deseaba a su manera) a la de familia real, una
familia con conflictos varios, con hijos con necesidades diferentes (uno reivindicativo,
la otra aprendiendo a adaptarse a la vida), y con la obligación de hacer equilibrios
con las normas, las negociaciones y los afectos, por ser una familia reconstituida.
Víctor, ya estás en el camino de abrirte al mundo, al mismo tiempo que aprendes
a tener una relación excelente con las personas importantes de tu vida: tu madre, tu
hermana, tu padre y Raúl. Sabemos que es difícil, pero lo estás consiguiendo.
Margarita, has hecho el trabajo de poner las cosas en su sitio, respetar tu criterio
y tu forma de hacer, sin por ello perder la consideración hacia las personas con las
que convives. Eres una mujer fuerte que siempre se ha hecho valer, y te esfuerzas por
enseñar esto a tus hijos.
Raúl, sabemos que el otro día te fuiste enfadado con nosotros. A veces es duro
escuchar versiones sobre uno mismo. Margarita nos ha comentado que, pese a tu
enojo, has modificado algunas cosas de tu comportamiento.Nos da la sensación de
que tu familia te lo agradece y que eso va a intervenir positivamente en vuestro futuro.
Nosotros, por nuestra parte, reconocemos ampliamente tu participación en todo el
proceso. Pocos padrastros lo habrían hecho con tu implicación.
Después de esto, nada más señalaros que creemos que estáis preparados para el
alta. Estamos orgullosos de vuestro trabajo y os vemos capaces de caminar solos. Sin
embargo, ya sabéis dónde encontrarnos si nos necesitáis. ¡Feliz viaje!
Con afecto,
El equipo terapéutico
 Esta carta de despedida tiene dos partes bien diferenciadas: la del inicio, en la
que, tras una breve introducción, pasamos a remarcar los cambios que han debido
realizar como familia para transformarse («sabemos que no ha sido fácil y que cada uno
de vosotros se ha tenido que bajar del burro [...] por ser una familia reconstituida»), y la
dedicada a cada uno de sus miembros, en la que, aparte de señalar sus características
positivas, también subrayamos los esfuerzos que han llevado a cabo. Cabe destacar el
párrafo dedicado a Raúl, especialmente aprobador, ya que, con él, el equipo reflexivo fue
especialmente insistente en ciertos puntos. También es importante comunicar que «nos
sentimos orgullosos de la familia», ya que en nuestra cultura se suele decir poco, y la
valoración positiva es esencial para que uno se sienta seguro y capaz.
 La respuesta de la familia Fuentes fue la siguiente:
Buenos días:
Perdonad por no contestaros antes. Muchísimas gracias por habernos ayudado y
enseñado cómo seguir el camino para que, en casa, tuviéramos una buena relación.
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Queda mucho por hacer todavía, pero, pasito a pasito, vamos hacia delante y —lo
que es más importante— los cuatro juntos.
Víctor seguirá en el grupo de habilidades sociales que le recomendasteis, ya que
va supercontento y le está ayudando mucho.
¡Un millón de gracias a todas y a todos los miembros del equipo!
Raúl, Margarita y Víctor
Las cartas pueden ser empleadas en diferentes circunstancias. Solo hemos de tener
claro su objetivo y su función en el proceso que se lleva a cabo.
Metodología de aplicación
Para escribir una carta terapéutica, hay una pregunta básica que se ha de responder
si nuestro objetivo es empezar a resquebrajar el juego familiar. Ya conocemos cuál es
esta pregunta, puesto que forma parte de las cuestiones que solemos plantearnos a la
hora de formular hipótesis: ¿Qué pasaría si el síntoma se resolviera?, ¿Cómo afectaría a
la familia, positiva o negativamente? Relacionados con estos interrogantes, aparece otro:
¿Con qué miedos individuales o familiares conecta la evolución de la organización
familiar?
Una vez hemos hipotetizado sobre una serie de argumentos, podemos empezar a
imaginar el formato de nuestra carta. El momento del proceso terapéutico, el
enquistamiento de la evolución en el cambio, la relación básica que se dé en el sistema
terapéutico, serán otros componentes que decidirán el enfoque que la intervención
tenderá a explicitar. Podríamos resumir unas cuantas de estas variables tal como
aparecen en el siguiente cuadro:
Objetivo de la carta Momento en que se
escribe
Enfoque
Convocar a algún
miembro de la familia
En todo momento Directo: si lo convocamos por primera vez y no se
hay una situación que produzca intranquilidad.
Estratégico: si sospechamos que la persona está
envuelta en juegos patológicos o sabotea la terapia de
algún modo.
Desmontar el juego
(por atasco en la
evolución)
Fases medias, sobre todo,
Fases finales, si no se
consiguen cambios
Básicamente, estratégico. Puede haber alguna
excepción y usar enfoques más neutros o
experienciales.
Cerrar el proceso
terapéutico temporal o
definitivamente
Fases finales;
Fases medias (cierre
paradójico)
Básicamente, directo. Alguna vez estratégico si se
pretende provocar a la familia y convocarla después
a un seguimiento.
214
Cuadro 7.1. Tipo de enfoque, en función del objetivo de la carta y la fase terapéutica en la que se encuentra el
proceso.
Ya en el capítulo 2 hablamos de los dos posibles enfoques en la estrategia de trabajo
con familias. Si profundizamos, vemos que se suele utilizar:
 Un enfoque directo si el síntoma era reactivo a una situación y no se «usaba» al
paciente identificado en juegos que podrían derivar hacia una disfuncionalidad
peligrosa.
 Un enfoque estratégico o indirecto en los siguientes casos:
a) Si el síntoma se usa como arma arrojadiza en una guerra no declarada y
persistente de diversas maneras en el tiempo.
b) Si el síntoma está muy cronificado.
c) Si la familia ya ha pasado por diferentes servicios terapéuticos.
d) Si ya se ha recurrido a tácticas de enfoque directo y no han resultado
efectivas.
En la mayoría de los casos en que decidimos trabajar con cartas, lo hacemos porque
otras estrategias han fracasado. Por tanto, el enfoque estratégico va a ser el prevalente
en el diseño de la misiva, poniendo en él más o menos énfasis en la provocación que
pretende acompañar la intervención.
Sin embargo, hay cartas que, pese a pretender desvelar el juego, no abusan de la
provocación, sino que simplemente relatan, con la mayor neutralidad posible, lo que el
equipo observa, esperando que eso, por sí mismo, produzca el efecto esperado.
De este modo, podríamos dividir el tipo de cartas según el enfoque en los siguientes
grupos:
Enfoque estratégico Enfoque neutro Enfoque experiencial
(psicodramático)
Paradójicas
Provocación escindida
De ilusión de alternativas
Desveladoras
De despedida o cierre
De convocatoria
Del yo auxiliar
Cuadro 7.2. Tipos de cartas según el enfoque escogido para la intervención.
Siendo sinceros, la regla es: cuando mayor es la desesperación terapéutica, más
posibilidades de utilizar un enfoque estratégico.
Y cuando decimos «más desesperación», nos referimos a que prácticamente se ha
probado todo (menos dar volteretas, ¡claro!). Por tanto, antes de provocar, aunque sea
ligeramente, los métodos para encontrar la clave que desvele el misterio del cambio
familiar han sido variados, pacientes y cautos. Recordamos esto para aquellos que no
son expertos en sistémica. Sabemos el miedo que producen ciertas intervenciones para
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los que no están acostumbrados. Así que, por favor, tened en cuenta que la tolerancia,
la templanza y el buen hacer son las normas que dirigen los procesos que se llevan a
cabo.
Vamos a centrarnos, ahora, en el formato de cada una de las cartas que tienen como
objetivo desvelar el juego, intentando describir paso a paso su estructura para que sea
fácil desarrollar cualquiera de ellas, en caso de que se necesite hacerlo.
Tipología de cartas
Cuando un equipo terapéutico decide escribir una carta a una familia es importante
que nunca lo haga como fruto de un acting-out, es decir, como una respuesta emocional.
Habrá caído en la trampa que sin querer le ha preparado la familia: la de hacerle sentir su
misma frustración.
Una carta ha de ser un ejercicio pensado y ponderado, fruto de un conjunto de
tácticas que pretenden conseguir un objetivo. Es cierto que, probablemente, hemos
intentado trabajar con la familia desde diferentes perspectivas y la frustración es latente.
Ahora bien, la carta debe mesurar bien aquello que se puede explicitar, porque la familia
es capaz de soportarlo, y aquello que es mejor que continúe formando parte de la agenda
secreta del equipo, ya que percibir esa parte de la información haría entrar en barrena a
la familia en su conjunto.
Por ello, la intensidad y el grado de tensión con los que se juega han de ser tratados
con moderación, si queremos que el proceso transcurra tal como todos deseamos dentro
del sistema terapéutico.
Vamos a empezar con las cartas de estilo estratégico. Son las más atrevidas e
irreverentes. Después trabajaremos con las de enfoque más neutro, para acabar con las
experienciales, que adoptan un formato totalmente distinto.
Para ejemplificar las diversas cartas, presentaremos distintos casos y utilizaremos
modelos modificados de cartas que han trabajado alumnos del Máster de Terapia
Familiar de la