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CONTENIDO 
 
Prólogo 
1. La caída de Satanás 
2. El pecado de Satanás 
3. La jerarquía satánica 
4. Satanás conquista la tierra 
5. Satanás, el engañador 
6. Satanás, el pervertidor 
7. Satanás, el imitador 
8. Satanás, el inicuo 
9. Satanás, el rebelde 
10. Perseguidos por un león rugiente 
11. La doctrina de Satanás 
12. La respuesta de Satanás a la predicación de la Palabra 
13. Cómo tienta Satanás 
14. Los pasos de Satanás en la tentación 
15. Cómo obra Satanás 
16. Cristo conquista a Satanás 
17. La autoridad del creyente sobre Satanás 
18. Cómo hacer huir al adversario 
19. La comunicación con los demonios 
20. El destino de Satanás 
 
PRÓLOGO 
 
Ningún comandante militar pretendería vencer en la batalla sin conocer al enemigo. Si 
prepara un ataque por tierra, ignorando la posibilidad de que el enemigo pueda atacar 
por aire o por mar, estaría posibilitando una derrota. Si prepara un ataque por tierra y 
por mar, ignorando la posibilidad de un ataque aéreo, ciertamente echaría a perder la 
campaña. 
 Nadie puede salir victorioso ante el adversario de nuestras almas a menos que 
conozca a dicho adversario; a menos que entienda su filosofía, su manera de obrar, sus 
métodos para tentar. Hoy se habla muy poco hablar de Satanás, y en consecuencia 
muchos que reconocen su existencia y saben que es el enemigo de nuestras almas, no 
están en condiciones para enfrentarlo. Ignoramos la naturaleza de aquel que golpea a la 
puerta de nuestro corazón. Desconocemos lo que la Biblia enseña acerca de su persona, 
sus métodos, sus planes, su programa y sus artimañas. En consecuencia, caemos en la 
derrota. 
 ¡Sería completamente insensato que un médico que ha descubierto un cáncer de 
pulmón en un paciente le recetara una pomada para los callos, indicándole aplicársela 
sobre el dedo meñique del pie! El tratamiento debe adecuarse a la enfermedad. Si hemos 
de vencer en la lucha en la cual hemos entrado desde el momento en que aceptamos a 
Cristo como Salvador, necesitamos comprender las Escrituras que nos revela la persona 
y la obra de aquél con quien estamos luchando. Es nuestro deseo examinar las Escrituras 
para aprender de su extensa revelación la naturaleza de nuestro adversario, el diablo, 
sus engaños, sus doctrinas y sus planes —a fin de poder descubrir sus movimientos en 
nuestra experiencia cotidiana. La victoria está a nuestra disposición. Pero ella depende 
del conocimiento. Confiamos en que estas páginas sean usadas por el Vencedor para 
llevarnos a la victoria. 
 Una mención especial y un profundo agradecimiento a la Srta. Nancy Miller y a la 
Sra. Reba Allen por su inestimable colaboración, brindada como al Señor, en la tarea de 
elaborar este manuscrito para su publicación. De no ser por su trabajo, este libro no se 
hubiera publicado. Quiera el Señor concederles gran gozo mientras Él se complace en 
usar esta obra, en la que ellas tuvieron una participación importante, para difundir el 
conocimiento de Su victoria. 
J. DWIGHT PENTECOST 
 
Dallas,Texas. 
 
 
 
 
1 
 
La caída de Satanás 
 
Ezequiel 28:11–27 
 
 
 ¿DE DÓNDE vino Satanás? ¿Creó Dios al Diablo? ¿Es Dios el responsable de que 
exista el mal? Estas preguntas asedian a la persona que tropieza con la existencia de 
nuestro adversario a la luz de la revelación bíblica de la santidad de Dios. La filosofía 
jamás podrá dar una respuesta satisfactoria a estas preguntas. La única respuesta 
satisfactoria es la que nos proporciona Dios en Su Palabra. 
 En Ezequiel 25–32 el profeta se halla pronunciando el juicio sobre muchos de los 
enemigos de Israel. Describe el juicio divino de Dios sobre las naciones que han 
perseguido a Israel. En el capítulo 28, versículos 1 al 10, ha entregado un mensaje de 
juicio contra la tierra de Tiro. Tiro, una parte de la Siria bíblica al norte, ocupada por 
los fenicios, era uno de los principales enemigos de Israel. Pero en los versículos 11 al 
17 el profeta va más allá del verdadero «príncipe de Tiro», el rey de esa nación, y dirige 
un mensaje de juicio sobre aquel que controlaba al «príncipe de Tiro», y a quien se 
denomina el rey de Tiro. Debiéramos observar que Satanás obra por intermedio de los 
hombres. En muchas ocasiones obra por medio de los gobernantes. Como Satanás 
deseaba exterminar a Israel para que el Mesías de Dios no pudiera venir a bendecir la 
tierra por intermedio de esa nación, puso a las naciones gentiles en acción contra Israel. 
Los gentiles al perseguir y tratar de exterminar a Israel estaban ejecutando la filosofía y 
el programa de Satanás sin reconocerlo ni darse cuenta de ello. Y así como el profeta 
pronuncia el juicio sobre este enemigo de Israel en los versículos 1 al 10, prosigue para 
dar un mensaje de juicio sobre quien controla a estos príncipes gentiles. 
 Satanás era conocido al principio por el nombre de Lucifer, que significa «el portador 
de luz», «el ser brillante» o «el resplandeciente». En Ezequiel 28:11–13 descubrimos 
por qué su nombre era tan apropiado. El profeta comienza su juicio diciendo «levanta 
endechas sobre el rey de Tiro (esto es, sobre Satanás mismo) y dile: Así ha dicho Jehová 
el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura». 
El versículo 12 nos describe algo de la perfección de Lucifer antes de su caída. 
 Lucifer fue un ser creado. Se señala esto en el versículo 15. «Perfecto eras en todos 
tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad.» Sólo Dios 
es eterno. Sólo Dios posee la vida eterna o vida increada. Todo lo demás que tiene vida 
existe porque Dios lo creó. Todas las cosas creadas tienen una vida distinta de la que 
tiene Dios, un tipo de vida creada. Dios en su obra de la creación comenzó creando una 
hueste innumerable de seres angelicales, uno de los cuales fue Lucifer. Como criatura 
éste se hallaba obligado a adorar, servir y obedecer al Creador. Satanás no fue creado 
como el diablo que llegó a ser por su rebelión. Las Escrituras testifican en el versículo 
15: «Perfecto eras en todos tus caminos», refiriéndose a Satanás. 
 No sólo era perfecto en todos sus caminos, sino que de acuerdo con el versículo 12, 
era la suma de la sabiduría y la hermosura. En primer lugar, Lucifer era el más sabio de 
todos los seres creados por Dios. Dios lo había puesto por encargado de todos los 
asuntos del dominio angelical. Aunque toda la autoridad residía en el trono de Dios, Él 
había delegado ciertas facultades administrativas en Lucifer. Dios lo había preparado 
por creación para el desempeño de estas funciones. 
 La Palabra de Dios nos revela varias funciones que fueron asignadas a los ángeles 
por el Creador. En Efesios 1:21 descubrimos que existen distintos rangos o clases de 
ángeles. Se les menciona como principados, autoridades, poderes y señoríos. Estas 
cuatro palabras se refieren a distintos rangos o clases de seres angelicales, cada uno con 
sus propias responsabilidades, cada uno en su propia esfera, cada uno con su propio 
ministerio. 
 Algunos seres angelicales tienen un ministerio de preservación. Por ejemplo, en 
Hebreos1:14 el autor nos dice que los ángeles son espíritus ministradores; es decir 
siervos que protegen y preservan a quienes serán los herederos de la salvación. Si 
Satanás pudiera hacerlo, despoblaría el cielo evitando que la gente reciba a Cristo por 
Salvador. Pero no puede hacerlo a causa del ministerio de los ángeles a favor de los que 
serán herederos de la salvación. En el Salmo 91:11. El Salmista dice que Dios «mandará 
a sus ángeles acerca de ti, para que te lleven en sus manos, para que tu pie no tropiece 
en piedra». Me alienta saber que algunos de los ángeles de Dios esperaron a través de 
los siglos hasta que yo naciera, me guardaron hasta que pude recibir a Cristo como mi 
Salvador, y continúan guardándome ahora. Cuando manejo mi automóvil por lasautopistas llenas de vehículos me siento agradecido de esta enseñanza bíblica. 
Innumerables huestes de ángeles, pues, fueron creadas para guardar y preservar a 
quienes habrían de ser los herederos de la salvación. 
 Algunos ángeles son los agentes por medio de los cuales Dios realiza milagros. 
Tenemos un ejemplo de ello en Hechos 5:19, donde se relata que los apóstoles fueron 
librados de la cárcel por el ángel del Señor, quien les abrió las puertas. Ello sucedió 
nuevamente en Hechos 12:7-8. Dios fue quien libertó, pero se valió de los ángeles para 
efectuar el milagro. 
 En Apocalipsis 16:1 descubrimos que ciertos ángeles tienen un ministerio de juicio. 
Leemos allí: «Oí una gran voz que decía desde el templo a los siete ángeles: Id y 
derramad sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios.» Leyendo el Apocalipsis, 
observamos que los juicios de los últimos tiempos son administrados por medio de 
ángeles. Recordamos que cuando Dios juzgó a los egipcios a fin de que los israelitas 
fueran libertados de la esclavitud, fue un ángel el que recorrió la tierra para hacer morir 
al primogénito donde no hubiera sangre en el dintel y en los postes. Los ángeles, pues, 
tienen también un ministerio de juicio. Luego descubrimos en Hebreos 2:2 que algunos 
ángeles tienen un ministerio de revelación, que son como canales a través de los cuales 
la verdad de Dios es revelada a los hombres. Él nos dice en este versículo: «Porque si 
la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia 
recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros...?» Quizá se refiera a la 
experiencia en el monte Sinaí, cuando la ley fue entregada a Moisés por medio del 
ministerio de los ángeles. Esta es otra clasificación del trabajo asignado a los ángeles. 
 Como habrás observado, los ministerios ya enumerados tienen que ver con el hombre. 
Pero hay ángeles que realizan ministerios que tienen que ver con Dios. En Isaías 6:1 el 
profeta nos dice: «En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un 
trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de Él había serafines...» 
Ahora bien, los serafines eran una clase de ángeles que ministraban a Dios. Los serafines 
en cuestión rodeaban el trono de Dios y daban voces el uno al otro diciendo «Santo, 
santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria». Estos ángeles 
son ángeles adoradores que protegen el trono de Dios contra cualquier invasión de 
impiedad. 
 En el primer capítulo de la profecía de Ezequiel encontramos otra referencia a estos 
seres angelicales, mencionados en el versículo 5 como «cuatro seres vivientes». En el 
versículo 13 descubrimos que tenían una apariencia semejante a «carbones de fuego 
encendidos, como visión de hachones encendidos que andaba entre los seres vivientes; 
y el fuego resplandecía, y del fuego salían relámpagos. Y los seres vivientes corrían y 
volvían a semejanza de relámpagos». Observarás que se hace referencia a los ángeles 
como «encendidos», como «resplandecientes», como «hachones encendidos» o como 
«relámpagos». El término serafín en Isaías 6:2 significa literalmente seres 
resplandecientes o seres encendidos. En este capítulo 1 de Ezequiel se describe el brillo 
que emanaba de estos seres angelicales. 
 En Ezequiel estos «seres vivientes» del capítulo 1 son denominados querubines: 
«Miré, y he aquí en la expansión que había sobre la cabeza de los querubines como una 
piedra de zafiro, que parecía como semejanza de un trono.» El versículo 3 prosigue: «Y 
los querubines estaban a la mano derecha de la casa cuando este varón entró; y la nube 
llenaba el atrio de adentro. Entonces la gloria de Jehová se elevó de encima del 
querubín.» Al referirse a los querubines, los profetas están hablando de otra clase de 
ángeles que tenían un ministerio ante el trono de Dios, distinto del de los serafines. 
 Los querubines se mencionan varias veces en la Palabra de Dios. En Génesis 3:24, 
luego del pecado de Adán y Eva, Dios los expulsó del huerto y puso querubines y una 
espada encendida a su entrada para guardar la entrada del huerto. La próxima referencia 
a los querubines se halla en Éxodo 25:18 cuando se le mandó a Moisés hacer un arca, 
el arca del pacto; debía construirse un propiciatorio que sirviera de cubierta al arca y 
debían colocarse dos querubines encima del arca y rodeando el propiciatorio. Luego en 
Apocalipsis 4:8-9 hallamos otra referencia a estos seres vivientes llamados querubines. 
Juan nos dice que «no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor 
Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y... aquellos seres 
vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que 
vive por los siglos de los siglos». Observarás que estos seres vivientes de Apocalipsis 4 
son adoradores. Mientras los serafines decían «santo, santo, santo es el Señor Dios 
Todopoderoso» estaban mirando alrededor del trono para protegerlo de cualquier 
invasión de impiedad. Cuando los querubines rodean el trono están mirando hacia él y 
declarando que el que se halla sentado sobre el trono es «santo, santo, santo... Señor 
Dios Todopoderoso». Los querubines de Génesis 3 a la entrada del Edén se hallaban 
allí para proteger la santidad. Los querubines se hallaban sobre el arca del pacto y sobre 
el propiciatorio declarando que la santidad sería satisfecha mediante la ofrenda de la 
sangre. Los querubines del Apocalipsis están adorando a Dios porque la victoria de 
Cristo sobre Satanás ha vindicado la santidad de Dios. 
 Cuando volvemos a Ezequiel 28:14 descubrimos que Lucifer era uno de los 
querubines protectores grandes. En base a lo que antecede podemos darnos cuenta de la 
posición eminente de Lucifer en el momento de su creación. Lucifer no era un ángel de 
una categoría inferior. Era uno de los querubines que podían contemplar el trono de 
Dios y tributar alabanza y acción de gracias y adorar al Dios santo. Ahora bien, si 
tratamos de asignar posiciones a los distintos órdenes de ángeles, llegaremos a la 
conclusión de que el querubín que podía estar en la presencia de Dios y mirarlo o 
ministrar ante el trono ocupaba la más alta de las posiciones y era el más privilegiado 
de todos los seres creados. Lucifer fue puesto sobre esta clase tan privilegiada de ángeles 
por mandato divino. 
 Satanás no era tan sólo el más sabio de los seres creados, sino también el más 
hermoso. En Ezequiel 28:13 el profeta nos describe algo de la hermosura de Lucifer. Y 
lo hace refiriéndose a él a través del uso de las piedras preciosas. Dice: «De toda piedra 
preciosa era tu vestidura; de cornerina (piedra marrón rojiza), topacio (amarillo dorado), 
jaspe (incoloro; refleja todos los colores), crisólito (piedra color rojo oscuro), berilo 
(multicolor) y ónice (verde azulado); de zafiro (azul vivo e intenso), carbunclo (o 
granate, que es rojo sangre intenso), esmeralda (con su verde centelleante).» ¡Qué 
conjunto de colores! ¡Qué arco iris de brillantez! Pero, lógicamente, una piedra preciosa 
no tiene luz propia. Si lleváramos cualquier piedra preciosa a una pieza oscura, no 
brillaría. No luciría. ¡Su belleza no es propia! Su belleza estriba en su capacidad de 
reflejar la luz exterior. Cuando Dios creó a Lucifer, lo creó con capacidad de reflejar la 
gloria de Dios mejor que cualquier otro ser creado. Pero la belleza que se observaba en 
el más sublime de los seres angelicales era una belleza que le fue dada por creación, no 
una belleza propia por naturaleza. Era belleza reflejada. Dios en su santidad era la luz 
que hacía que Lucifer irradiara y destellara la gloria que era Suya. Podría decirse que 
Lucifer era perfecto en hermosura, porque ninguna criatura reflejó tan plenamente la 
gloria de Dios. 
 Los instrumentos musicales fueron concebidos originalmentecomo medios de alabar 
y adorar a Dios. No era necesario que Lucifer aprendiera a tocar un instrumento musical 
para alabarle. Por decirlo así, tenía un órgano de tubos dentro de sí, o era un órgano. 
Esto es lo que el profeta quiso decir cuando dijo: «los primores de tus tamboriles y 
flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación». Lucifer, a causa de su 
hermosura, hacía lo que un instrumento musical haría en las manos de un diestro 
músico: producir un himno de alabanza a la gloria de Dios. Lucifer no necesitaba buscar 
quien tocara el órgano para él poder cantar la doxología: él era en sí una doxología. La 
misma hermosura de Dios que reflejaba traía alabanza, honra y gloria a Dios. Lucifer 
era llamado el ser resplandeciente, el portador de la luz, y ningún otro ángel podía 
reflejar el grado de la gloria de Dios que reflejaba mientras resplandecía hasta lo sumo 
con alabanza al Dios que lo había creado. 
 ¿Cuál es el deber de una criatura? Someterse a su creador. La criatura debe reconocer 
que es hechura de Dios y que el Creador se halla por encima de él. Pero leemos en 
Ezequiel 28:16-17 que Lucifer dejó su lugar de criatura y usurpó la posición del 
Creador. «Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a 
causa de tu esplendor.» Lucifer, la criatura, no reconoció como soberano al Dios que 
había demostrado la extraordinaria grandeza de su poder al dotarlo de tal hermosura y 
gloria. La sabiduría que Dios había dado a Lucifer fue pervertida. Seguro que se dijo: 
«Un ser tan sabio como yo debiera ser Dios; un ser tan hermoso como yo debiera ser 
adorado, y no adorar a otro.» Precisamente lo que Dios le había dado se convirtió en la 
asechanza que lo hizo renegar de su posición de obediencia, sumisión y dependencia. 
El ser que fue creado para demostrar y manifestar la gloria de Dios trató de glorificarse 
a sí mismo mediante su declaración de independencia. ¿Sabía Dios cuando lo creó que 
el orgullo cautivaría el corazón de Lucifer? Sí; dado que Dios es omnisciente, lo sabía. 
¿Podría haberlo evitado? Sí; ya que Dios es omnipotente, podría haberlo evitado. ¿Por 
qué no lo hizo? Nadie lo sabe. Dios ha elegido entrar en conflicto con el príncipe de la 
potestad del aire para demostrar a toda la creación, por medio de su victoria sobre las 
innumerables huestes de maldad, que Él es un Dios de gloria, un Dios de santidad, un 
Dios de poder, un Dios que es digno de ser adorado y alabado. 
 Hace algunos años, siendo yo pastor en un lugar cerca de Filadelfia, vino a nuestra 
congregación un hombre que se había trasladado del medio oeste para ocupar un puesto 
en el departamento de piedras preciosas de las grandes tiendas John Wanamaker de 
Filadelfia. Al visitarlo varias veces durante el transcurso de mi ministerio pastoral, había 
hablado con él acerca de su trabajo y acerca de algunas de las piedras preciosas que él 
había visto y comerciado. Cierto día en que visitaba yo la tienda, me llamó y me dijo: 
 —Le gustaría ver un diamante que acabamos de recibir. 
 Volvió al subsuelo, regresó con una pequeña bolsa de gamuza y me dijo: 
 —Abra la mano. 
 Abrió la bolsa, depositó una piedra en mi mano y me preguntó: 
 —¿Había tenido antes un diamante de medio millón de dólares en la mano? Le 
contesté: 
 —¡No muy a menudo! 
 Había colocado un diamante de medio millón de dólares en la palma de mi mano. Un 
escalofrío me bajó por la columna vertebral. Cuando hube examinado la enorme piedra 
quedé sumamente desilusionado, porque hasta la pequeña piedra que mi esposa usaba 
sobre su dedo brillaba más y tenía mucha más vida y fuego que el diamante. 
Evidentemente él me leyó el pensamiento. Sonrió y me dijo: 
 —Alcáncemela. 
 Introdujo la mano debajo del mostrador, sacó un trozo de terciopelo negro y colocó 
la piedra sobre él. De pronto el diamante cobró vida. Brillaba, chispeaba. Me explicó 
que cuando uno tiene un diamante en la mano éste luce inerte, opaco, porque refleja el 
color de la carne. Pero una vez colocado sobre un fondo negro el diamante reflejó luz y 
pudimos observar su belleza. Del mismo modo, cuando Dios quiso mostrar la perfección 
de Su santidad, la reveló contra el telón negro del pecado. Cuando Jesucristo vino a 
salvar a los pecadores, el contraste entre su persona y la humanidad pecaminosa hizo 
resplandecer la gloria de su absoluta santidad. 
 Creo que nadie podrá comprender jamás por qué Dios permitió la caída de Satanás. 
Pero las Escrituras registran el hecho de que el más sabio y hermoso de los seres creados 
por Dios apartó su vista del Creador y la volvió hacia sí mismo. No reconoció que todo 
lo que él era y todo lo que él tenía le había sido concedido por la mano del Creador, ante 
quien era responsable. Al darle las espaldas a Dios se volvió hacia sí mismo y se 
transformó en un ser fundamentalmente egoísta. Todo hombre nacido en este mundo 
después del pecado de Adán ha tenido una naturaleza exactamente igual a la de su padre, 
el diablo. Lo que caracteriza al hombre pecador es el egoísmo y el egocentrismo. El 
hombre se caracteriza por su orgullo. Vive su vida independientemente de Dios y sólo 
perpetúa la naturaleza de su padre, el diablo. A menos que llegues a comprender algo 
del egoísmo, del orgullo y de la independencia básicos que caracterizaron a Satanás 
cuando él dejó su estado original, nunca te comprenderás a ti mismo ni comprenderás 
las tentaciones que se te presentan día tras día. 
 Un hombre puede hoy en día andar de acuerdo al modelo de Lucifer. Puede 
enorgullecerse de su preparación, de sus capacidades intelectuales, de sus logros, y no 
reconocer que todo lo que tiene es don de Dios. Puede enorgullecerse de todo lo que 
tiene en el dominio material y no reconocer que proviene de Dios. Puede enorgullecerse 
de su posición en el mundo profesional y no reconocer que también esto es un don de la 
gracia de Dios. Cuando un hombre se observa aparte de Dios está perpetuando el pecado 
de Lucifer, andando según su propio camino. La conducta de una persona que se amolda 
a la conducta de Lucifer puede ser alterada, pero ello sólo sucede cuando recibe a 
Jesucristo como Salvador personal. En ese momento recibe una nueva naturaleza 
mediante un nuevo nacimiento; su egoísmo fundamental puede ser desplazado por una 
preocupación por los demás. El orgullo que en un tiempo caracterizaba todos sus 
pensamientos permite al recién nacido hijo de Dios verse en relación filial con Dios; se 
da cuenta que no es nada y que depende de un padre. Quiera Dios que reconozcas que 
eres hijo de tu padre, el diablo. No eres un pequeño Lucifer; eres un pequeño diablo. La 
diferencia es enorme. Dios desea sacarte de esa familia e introducirte en su familia. ¿Lo 
aceptarás a Él como Salvador? 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
2 
 
El pecado de Satanás 
 
Isaías 14:12-17 
 
 
 A LUCIFER, el más sabio y más hermoso de todos los seres creados por Dios, le 
había sido conferida autoridad sobre todos los querubines que rodeaban el trono de Dios. 
La criatura debe someterse al Creador, y lo que es cierto a través de todo el dominio 
angelical era más cierto aún en lo que respecta a Lucifer, porque el privilegio trae 
aparejada responsabilidad. Las mismas cosas que separan a Lucifer de todos los demás 
seres angélicos son las que causaron su caída. Como ya hemos observado en nuestro 
estudio anterior sobre el capítulo 28 de Ezequiel, el corazón de Lucifer se envaneció 
ante su hermosura, su sabiduría, sus privilegios y sus responsabilidades. De no haber 
sido por la revelación divina hubiéramos permanecido ignorantes con respecto a los 
procesos de pensamiento que causaron la rebelión de Lucifer contra Dios. Dios ha 
considerado conveniente revelarnos en Isaías 14:12–14 lo que sucedió en el corazón de 
Satanás, paso porpaso. 
 Cinco veces en estos versículos la declaración proviene del corazón de Satanás en 
primera persona: «Subiré», «levantaré», «sentaré», «subiré», «seré». Desde el mismo 
comienzo observamos que se produjo un conflicto entre la voluntad de Dios y la 
voluntad de Lucifer. Dios no creó a Lucifer como un ser satánico caído, como un ser 
rebelde contra Dios, enemigo de todo lo bueno y enemigo de Dios. Cuando Lucifer fue 
creado, fue creado en sujeción a Dios. Pero fue creado con la capacidad de elegir. 
Cuando Dios le reveló su propósito a Lucifer, ello trajo aparejada la posibilidad de que 
Lucifer se rebelara contra el plan y el propósito de Dios. El pecado comenzó cuando él 
se rebeló contra la voluntad de Dios y dijo: «Subiré», «levantaré», «sentaré», «subiré», 
«seré». Cada vez que opuso su voluntad a la voluntad de Dios estaba reemplazando el 
programa de Dios con su propio propósito y programa. Estas cinco declaraciones son 
significativas, porque nos revelan el programa de Satanás. Su propósito no ha variado 
ni ha cambiado su voluntad; aún se propone lograr esos cinco deseos. 
 En Isaías 14:13 leemos: «Tú que decías en tu corazón: subiré al cielo; en lo alto, junto 
a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los 
lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.» 
Consideremos estas cinco afirmaciones en primera persona que formulara Satanás. 
 En primer lugar dijo: «Subiré al cielo.» En las Escrituras la palabra cielo es utilizada 
para hacer referencia a tres esferas distintas. Está lo que podríamos denominar el primer 
cielo, en el cual vuelan las aves. Se halla formado por la atmósfera que circunda esta 
tierra y que hace posible la vida sobre ella. El segundo cielo es el espacio interestelar. 
En este cielo se hallan las estrellas. El tercer cielo lo circunda todo; es la misma morada 
de Dios, el asiento de su autoridad soberana, el lugar desde donde Dios gobierna sobre 
los cielos interestelares y los cielos que circundan a esta tierra, o la atmósfera. 
 Lucifer moraba en el segundo cielo, el cielo de los espacios interestelares. Pero 
deseaba subir a la morada de Dios. Ahora bien, su deseo de subir no era el deseo de un 
turista de visitar el trono de Dios para observarlo y ver qué tal era, porque Lucifer, que 
moraba en el segundo cielo junto con todos los demás ángeles creados, tenía acceso al 
tercer cielo o al trono de Dios. En el capítulo seis de Isaías, versículo uno, leemos lo 
siguiente: «En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto 
y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno 
tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. 
Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda 
la tierra está llena de su gloria.» En la visión que Isaías tuvo de la gloria de Dios y de su 
trono, el profeta vio a los serafines. El lector recordará de nuestro estudio anterior sobre 
el capítulo 28 de Ezequiel, versículo 14, lo que fue escrito con respecto a Lucifer: «Tu, 
querubín grande, protector.» En el versículo 13: «En Edén, en el huerto de Dios 
estuviste.» De nuevo en el versículo 14: «En el santo monte de Dios, allí estuviste; en 
medio de las piedras de fuego te paseabas.» Y por su cargo Lucifer ministraba delante 
del trono mismo de Dios, en la morada de Dios o el tercer cielo. 
 De modo que cuando Isaías dice en el capítulo 14, versículo 13: «Tú que decías en tu 
corazón: Subiré al cielo», no es que Lucifer estuviera deseando pasar un mayor lapso 
de tiempo ministrando como querubín delante del trono de Dios. Él, que iba allí a 
ministrar por permiso divino, deseaba quedarse a morar allí al igual que Dios moraba 
allí eternamente. Él, que tenía acceso a la presencia de Dios, quería hacerse igual a Dios. 
La criatura deseaba expulsar al Creador. Quien había recibido la vida por la palabra de 
Dios quería expulsar a Dios de su trono y ocuparlo como si le correspondiera 
legítimamente. De modo que su primera determinación era oponerse a la voluntad de 
Dios, diciendo: «Subiré al cielo» para ocupar la morada de Dios. 
 La segunda decisión en primera persona dice: «En lo alto, junto a las estrellas de Dios, 
levantaré mi trono.» En el libro de Job, capítulo 38, versículo 7, tenemos una clave al 
significado de la frase «las estrellas de Dios». Las estrellas no tienen vida con que 
responder a la voluntad de Dios: son objetos inanimados. Es cierto que reflejan la gloria 
de Dios como nos lo dice el Salmista: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el 
firmamento anuncia la obra de sus manos.» Pero las estrellas no se someten 
voluntariamente a la autoridad de Dios. ¿Qué tenía Satanás en mente cuando dijo: «En 
lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono.»? En el capítulo 38 del libro que 
lleva el nombre de Job se le invita a éste a considerar la majestad y el poder de Dios, tal 
como se los ve en la creación. En los versículos cuatro al siete se formula esta pregunta: 
«¿Dónde estabas tú... cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos 
los hijos de Dios?» Se igualan las estrellas del alba a los hijos de Dios. Las «estrellas 
del alba» llamadas aquí los hijos de Dios se refieren a las huestes angelicales creadas, 
que irrumpieron en un cántico de alabanza cuando contemplaron la gloria y el poder de 
Dios manifestados en su obra creadora. De modo que basándonos en Job 38 llegamos a 
la conclusión de que cuando Lucifer dijo: «En lo alto, junto a las estrellas de Dios, 
levantaré mi trono», quería decir: «Usurparé la autoridad de Dios sobre toda la creación 
angelical.» 
 Sabemos por la Palabra de Dios que los ángeles son seres creados que se hallan 
sujetos a alguna autoridad superior a ellos, porque toda criatura debe hallarse sujeta a 
autoridad. 
 Por voluntad de Dios, Lucifer había sido designado superintendente sobre todos los 
seres angelicales. Pero la autoridad de Lucifer era una autoridad delegada; el derecho a 
gobernar pertenecía a Dios. Aunque Dios lo había designado administrador sobre todas 
las huestes angelicales, no obstante él se hallaba sujeto a Dios, y aunque él podía 
administrar los asuntos de los ángeles, no obstante debía obedecer a otro. Cuando 
Lucifer dijo: «En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono», estaba 
diciendo: «Yo seré el único administrador de todos los asuntos de las huestes 
angelicales, sin someterme a la autoridad del Creador.» Cuando los ángeles recibían sus 
órdenes, reconocían que estaban recibiendo las órdenes procedentes de otro, por vía 
jerárquica. Pero Lucifer dijo: «Seré lo absoluto, lo último. Yo mismo dictaré todas las 
órdenes que se imparten a los ángeles y quitaré a Dios de en medio.» Quería recibir el 
reconocimiento de las vastas huestes angelicales creadas que legítimamente pertenecían 
a Dios. No sólo quería ocupar el cielo; quería también la autoridad que sólo pertenece a 
Dios. 
 En su tercera afirmación en primera persona Satanás dijo: «En el monte del 
testimonio me sentaré, a los lados del norte.» Lucifer expresó en esta declaración el 
deseo de controlar todos los asuntos del universo. Veamos juntos varios pasajes que nos 
indican el uso de esta frase, «el monte del testimonio» o «los lados del norte» en el 
Antiguo Testamento. En Isaías 2:2 leemos: «Acontecerá en lo postrero de los tiempos, 
que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será 
exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.» Observe el lector los 
términos «montes y collados» utilizados aquí. El monte y el collado se refieren a la 
autoridad o derecho de gobernar. Tienen que ver con la autoridad del Mesías como Rey 
sobre la tierra. Cuando Él venga por segunda vez, establecerá un trono. Gobernarácomo 
rey en su reino, llamado aquí un monte, y todas las naciones menores que se hallen bajo 
su autoridad son denominadas collados. En el Salmo 48:2 el Salmista dice, refiriéndose 
a Jerusalén: «Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los 
lados del norte, la ciudad del gran Rey.» Y los «lados del norte» se refieren aquí a la 
autoridad que pertenecía a Jerusalén durante el reinado de David. Jerusalén era la ciudad 
capital, el asiento de la autoridad; desde allí el rey gobernaba y administraba los asuntos 
de su reino. 
 A la luz del capítulo 2 de Isaías y del Salmo 48 nos damos cuenta que cuando Lucifer 
dijo: «En el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte», quiso decir: «Yo 
quiero administrar los asuntos de esta tierra y de todo este universo creado.» De modo 
que quien dijo «quiero entrar y ocupar el cielo» y «quiero poner a todos los ángeles bajo 
mi autoridad absoluta» fue aún más allá en su deseo de poder y dijo: «También quiero 
colocar a todo el universo creado bajo mi dominio e incluirlo en mi esfera de autoridad.» 
 En cuarto lugar, él dijo: «Sobre las alturas de las nubes subiré.» Retrocedamos al 
capítulo 16 de Éxodo. Leemos allí que cuando el pueblo de Israel salía de la tierra de 
Egipto y entraba al desierto, Dios los acompañaba. En Éxodo16:10 leemos que 
«hablando Aarón a toda la congregación de los hijos de Israel, miraron hacia el desierto, 
y he aquí la gloria de Jehová apareció en la nube». La aparición de la nube fue una 
manifestación visible para Israel de que Dios se hallaba presente entre ellos y que iba 
delante de ellos en el desierto preparándoles el camino. En el capítulo 40 de Éxodo, 
versículo 33, leemos que cuando Moisés acabó la obra de construcción del tabernáculo, 
una nube cubrió el tabernáculo de reunión y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. La 
evidencia visible para el pueblo de Israel de que Dios se apropiaría del tabernáculo y lo 
ocuparía fue la revelación de la presencia de Dios mediante la aparición de una nube en 
el tabernáculo. En 1 Reyes 8:10, luego que Salomón hubo levantado el magnífico 
templo, Dios reveló su presencia mediante una nube como señal de que ocuparía y 
tomaría posesión del templo. «Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube 
llenó la casa de Jehová.» En el Nuevo Testamento, cuando Cristo promete en Mateo 
24:30 su segunda venida a la tierra, dice que vendrá en las nubes con poder y gran gloria. 
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, la nube era una señal visible para 
el pueblo de que Dios se hallaba en persona junto a él. La nube era una nube de 
hermosura y de gloria. 
 Cuando Lucifer dijo: «Sobre las alturas de las nubes subiré», quiso decir: «Tomaré 
para mí una gloria mayor que la que pertenece a Dios mismo.» El lector recordará que 
Ezequiel describió la hermosura y la gloria que pertenecían a Lucifer en comparación 
con el brillo del sol sobre las piedras preciosas. Pero la gloria que pertenecía a Lucifer 
no era propia; era gloria reflejada. Porque Dios, el autor de la gloria, el Único lleno de 
gloria, reveló su gloria a través de la obra de sus manos. El deseo de Lucifer era ocupar 
el trono de Dios, gobernar sobre el dominio angelical y sobre todo el universo, para 
poder añadir a la gloria que era suya como criatura toda la gloria que pertenecía a Dios 
como Creador. ¡Cuán necio era el pensamiento de aquel ser: creerse capaz de alcanzar 
una gloria mayor que la gloria infinita de Dios! Ello sugiere que hubiera una deficiencia 
en la gloria de Dios y que Lucifer habría de completar lo que estaba faltando. Al 
apropiarse de toda la infinita gloria de Dios y añadir a ella la gloria creada que le 
pertenecía, Lucifer sería único en el universo, sobre el cual habría impuesto su gobierno. 
 Finalmente dijo: «Seré semejante al Altísimo.» Lucifer debiera haber reconocido el 
hecho de que él era un ser creado. Como tal poseía un tipo de vida creada, porque no 
fue creado con vida eterna. Tuvo un principio. ¿En qué podía entonces ser semejante al 
Creador? ¿En qué sentido podía ser semejante al Altísimo? Era el más sabio de los seres 
de Dios, pero no era omnisciente, no lo sabía todo. Era el más poderoso de los seres 
creados por Dios, pero no era omnipotente. Podía desplazarse de un extremo al otro del 
universo creado, pero no era omnipresente. ¿En qué sentido podía ser semejante, al 
Altísimo? Sólo en un sentido: en ser total y plenamente independiente. Sólo podía ser 
semejante a Dios en no tener que dar cuenta a nadie. El deseo de Satanás era entrar al 
trono de Dios y ocuparlo, ejercer una autoridad absolutamente independiente sobre la 
creación angelical, colocar a la tierra y a todo el universo bajo su autoridad, revestirse 
de la gloria que pertenece sólo a Dios, y no ser responsable ante nadie. 
 ¿Qué fue lo que originó una codicia de poder y gloria tan necia e inconcebible? 
Nuevamente Ezequiel nos da la clave. Podemos observarlo en Ezequiel 28:17: «Se 
enalteció tu corazón (para oponer tu voluntad a la voluntad de Dios) a causa de tu 
hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor (o tu gloria) ... Con la 
multitud de tus maldades y con la iniquidad de tus contrataciones profanaste tu 
santuario; yo, pues, saqué fuego de en medio de ti, el cual te consumió, y te puse en 
ceniza sobre la tierra a los ojos de todos los que te miran.» ¿Qué quiso significar cuando 
dijo: «Saqué fuego de en medio de ti»? La palabra serafín utilizada en el capítulo 6 de 
Isaías significa «ser ardiente, brillante, resplandeciente». Dios dijo: «Te hice por 
creación el más brillante de todos mis seres resplandecientes.» Dentro de Lucifer ardía 
un fuego a causa de su gloria, de su hermosura, de su autoridad. Aquello que le había 
sido dado se transformó en una pasión encendida y consumidora. Su pasión ardiente por 
sentarse en el trono de Dios, gobernar sobre los ángeles y la tierra, colocar a la tierra 
bajo su autoridad, revestirse de la gloria de Dios y entonces ejercer su independencia le 
condujo a su rebelión y eventual destrucción. 
 Cuando Cristo se ofreció a sí mismo como Salvador del pueblo de Israel, comenzó su 
presentación enviando mensajes a todas las autoridades religiosas de su época. Primero 
las exhortó a arrepentirse, a volver a Dios y a recibir la justicia de Dios. Los dirigentes 
comenzaron a preguntarse qué significado tendría para ellos el arrepentirse y volver a 
Dios. Cristo les dijo: «Yo soy la luz del mundo. Venid, andad en mi luz.» Ellos 
comprendieron que si reconocían que Cristo era la luz del mundo también tendrían que 
reconocer que se hallaban en tinieblas y que toda la doctrina que habían enseñado era 
tinieblas. Cristo dijo: «Yo soy la vida del mundo; venid a mí y recibid vida.» Pero ellos 
comprendieron que si iban y reconocían que Jesucristo era la vida del mundo, también 
tendrían que reconocer que ellos, que habían profesado guiar a los hombres por el 
camino de la vida, los habían estado guiando por el camino de la muerte. Y los dirigentes 
de Israel rechazaron a Cristo y rechazaron el ofrecimiento de salvación que Él les había 
presentado. ¿Por qué lo hicieron? Cristo señaló la causa en Juan 8:44, cuando dijo a 
estos líderes que estaban alejando al pueblo de Cristo: «Vosotros sois de vuestro padre 
el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer.» Ahora bien, ¿qué quería decir 
Cristo, sino que estaban repitiendo el pecado de Lucifer? ¿De qué modo? A causa del 
orgullo que sentían por su posición, por su autoridad, por sus logros intelectuales, por 
su pretendido conocimiento de la Ley del Antiguo Testamento, no querían reconocer 
que estaban equivocados. El los acusó de haber engañado a los hombres y de preferir el 
rechazar a Cristo, fuente de luz y de vida, antes que reconocer que sus enseñanzas 
estaban equivocadas. Fue el orgullo el que heló a los fariseos en su incredulidad de talmodo que se mantuvieran inmutables. 
 El orgullo de Lucifer se repite hoy en los hombres no salvos. El hombre inconverso 
dice: «Si recibo a Jesucristo como Salvador, tengo que reconocer que mi justicia no vale 
nada. Tendré que reconocer que mi intelecto no basta para descubrir la verdad divina, 
que mi andar no armoniza con el camino de Dios, y que no me basto para obtener mi 
propia salvación.» Resulta humillante para una persona instruida, independiente y altiva 
el tener que acudir a Dios y decir: «He pecado.» Lo que te aleja de Jesucristo es el 
orgullo de tu padre el diablo. 
 Pero el pecado de Satanás no sólo se repite en los inconversos; también puede 
repetirse en un hijo de Dios. Este es el motivo por el cual Pablo se refiere en 1 Timoteo 
3:6 a quienes deben ser desechados como ancianos en la congregación. Al enumerar los 
requisitos, dice que el anciano no debe ser un neófito, un recién convertido, un nuevo 
creyente. ¿Por qué? «No sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo.» 
El nuevo creyente puede ser severamente tentado por Satanás, para que piense que ha 
sido nombrado para un puesto de responsabilidad por lo que él es, por las capacidades 
que tiene, por su inteligencia, por sus conocimientos, por el ejemplo que ha dado. 
Reproducirá el pecado de Lucifer y se declarará independiente de Dios. No hay un solo 
hijo de Dios que se halle libre de esta tentación de reproducir el pecado del orgullo, de 
renunciar a la dependencia de Dios y a la sumisión a Dios y —al igual que Lucifer— 
independizarse de toda autoridad fuera de sí mismo. 
 El hombre más sabio que jamás haya existido, astuto estudioso de la naturaleza 
humana, escribió estas palabras en Proverbios 16:18. «Antes del quebrantamiento es la 
soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu. Mejor es humillar el espíritu con los 
humildes que repartir despojos con los soberbios.» El orgullo precede a la destrucción. 
En el capítulo 12 de Romanos, Pablo nos proporciona una lista de las virtudes que 
habrán de caracterizar al cristiano controlado por el Espíritu de Dios. El Apóstol 
comienza diciendo en el tercer versículo: «Digo, pues, por la gracia que me es dada, a 
cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe 
tener, sino que piense de sí con cordura (es decir, considerar las cosas en su justo valor), 
conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.» Aunque el Apóstol está 
delineando lo que se espera de los miembros del cuerpo de Cristo, comienza refiriéndose 
al orgullo, a causa de que somos tan penosamente tentados a reproducir lo que ardía 
dentro de Lucifer: el deseo de declararnos independientes de Dios. 
 En Números 12:3 se nos dice que Moisés era el hombre más manso sobre la faz de la 
tierra. Moisés tenía más motivos para enorgullecerse que cualquier persona de su 
generación en Israel. Había sido instruido en la corte del Faraón. No cabe duda alguna 
que su preparación era superior a la de cualquier israelita de su época. Moisés podría 
haberse sentido orgulloso. Tenía una posición superior a la de cualquier otro israelita 
porque era el hijo oficial y el heredero de la hija del Faraón. Tenía mayores riquezas a 
su disposición; tenía mayor poder, influencia y autoridad. Y, sin embargo, Moisés fue 
llamado el hombre más manso, no porque no tuviera nada de lo cual pudiera 
enorgullecerse, sino a causa de una obra divina en su corazón que evitó que cayera en 
la tentación de Satanás. No pensemos que Moisés no fue tentado a sentirse orgulloso a 
causa de su preparación, sus riquezas, su influencia, su poder o su posición. Pero resistió 
la tentación. Moisés no fue utilizado por Dios a causa de su instrucción, su preparación 
y su capacidad. Fue utilizado por Dios porque no sucumbió a la tentación del orgullo. 
Observó las cosas en su verdadera perspectiva. En esto consiste la sobriedad: en ver las 
cosas como son. Moisés reconoció que no importaba lo que él era, sino lo que le había 
sido otorgado. Al ver las cosas en su verdadera perspectiva, dijo: «No soy nada.» Por 
eso Dios pudo utilizarlo. 
 Si eres una persona a quien Dios utiliza diariamente, ello no se debe a lo que sabes, 
ni a lo que has logrado o tienes. Serás utilizado por el Espíritu de Dios mientras resistas 
«la condenación del diablo» o el pecado del orgullo. Debes reconocer que todo lo que 
tienes proviene de Dios y debes depender completamente de Él. Sólo de este modo serás 
una persona que Dios puede utilizar. No creo que haya otra tentación que nos acose con 
tanta frecuencia o que nos enfrente con tanta persistencia y que nos seduzca con tanta 
sutileza como la tentación al orgullo, porque Satanás está tratando de reproducirse. Por 
lo tanto, que nadie «tenga más alto concepto de sí que el que debe tener», no sea que 
pensemos como nuestro adversario, el Diablo. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
3 
 
La jerarquía satánica 
 
Efesios 6:10—17 
 
 LUCIFER, el más sabio y hermoso de todos los seres creados por Dios, recibió el 
inestimable privilegio de estar en la presencia de Dios para supervisar las jerarquías de 
los seres angelicales creados. Y precisamente lo que Dios le había dado al crearlo se 
transformó en la asechanza que produjo su caída. Enaltecido por el orgullo, a causa de 
su sabiduría y hermosura, Lucifer quiso revestirse de toda la gloria que pertenecía al 
Creador. 
 Para alcanzar este deseo, Satanás quiso entrar al cielo y ocuparlo como su morada. 
Quiso gobernar sobre el dominio angelical y extender su autoridad más allá del dominio 
de los ángeles, por todo el universo. Quiso independizarse de toda autoridad externa. Si 
Satanás habría de ejercer el poder y la autoridad de Dios, debía tomar posesión del 
control divino sobre todas las cosas creadas y ejercer ese control en todas las esferas. 
En primer lugar consideraremos el plan de Satanás para gobernar en el dominio 
angelical, para luego estudiar su plan para gobernar sobre el dominio terrenal y alcanzar 
su deseo de ser semejante al Altísimo. 
 El creyente promedio sabe muy poco acerca de los ángeles. Cuando tenemos un 
pequeño bebé en nuestros brazos y observamos su pequeño rostro, si por casualidad está 
durmiendo lo llamamos un ángel. Pero si se halla despierto y llora, quizá lo llamamos 
otra cosa. Como nunca hemos visto un ángel sabemos muy poco acerca de su naturaleza, 
su actividad, su manera de vivir y su propósito. Pero la Palabra de Dios nos proporciona 
una revelación muy clara en lo que respecta al dominio angelical. Antes que podamos 
comprender el dominio de Satanás es necesario que comprendamos algunos aspectos 
esenciales de los ángeles. 
 En este mundo materialista en el cual evaluamos todo por su peso, tamaño y forma 
dejamos poco lugar para los seres angelicales o la creación angélica. Pero la Palabra de 
Dios nos dice que cuando Dios comenzó su obra de creación esa obra no comenzó en el 
reino físico ni en el reino terrenal sino en el reino angelical. Dios creó por su palabra 
inmensas huestes de ángeles. El apóstol Pablo nos dice en Colosenses 1:16: «Porque en 
él (en Cristo) fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en 
la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean 
potestades; todo fue creado por medio de él y para él.» Hablando de la obra de la 
creación, el Apóstol la divide en dos esferas distintas. Está la esfera del cielo, donde 
existen los seres invisibles, y está la esfera de la tierra, en la cual existen los seres 
visibles. Aquella esfera no es menos real porque sea invisible. El Apóstol reúne toda la 
obra creadora del Hijo y nos enseña que el Hijo es el Creador del dominio angelical y 
de la hueste de los ángeles, tanto como de la tierra física y de todos los que moran en 
ella. Los ángeles son entonces seres creados, creados por la autoridad de Dios, a través 
del poderdel Hijo. 
 Los ángeles tienen personalidad. No son una fuerza ni un poder, sino individuos con 
personalidad. La Palabra de Dios dice que poseen todas las capacidades de la 
personalidad. De acuerdo con el Salmo 148:2 los ángeles adoran a Dios. Este es un acto 
volitivo, lo cual nos indica que poseen voluntad. Los ángeles adoran a Dios porque lo 
conocen. Poseen la capacidad del conocimiento. Los ángeles adoran a Dios porque 
observan que Dios es un Dios que debe ser amado, y no sólo obedecido y servido. En 
Mateo 24:36 nuestro Señor se refiere al conocimiento que los ángeles tienen, o a ciertas 
cosas que los ángeles pueden no saber. Las Escrituras consideran a los ángeles como 
seres que poseen las capacidades de la personalidad: intelecto, emoción y voluntad, y 
deben por tanto ser considerados seres individuales, con su propia identidad y existencia 
individual. 
 Es más, descubrimos en Hebreos 1:14 que los ángeles fueron creados para ministrar. 
El Apóstol los menciona allí como «espíritus ministradores enviados para servicio a 
favor de los que serán herederos de la salvación». Los ángeles son siervos, y aun cuando 
puedan haber distintos ministerios, los ángeles fueron creados como especie para 
ejecutar la voluntad de Dios. Dios ejecuta su voluntad sobre la tierra por medio de seres 
angelicales. Los ángeles supervisan la vida de todos los hombres. Guardan a quienes 
habrán de ser herederos de la salvación. A menudo son instrumentos que traen el juicio 
divino sobre la tierra. En consecuencia los ángeles no fueron creados para dar origen a 
un plan, sino para cumplir un plan que les ha sido revelado por Dios, quien es el 
administrador y tiene un propósito soberano en todos los individuos que viven sobre la 
faz de la tierra. 
 Los ángeles no mueren. Cuando los enemigos de nuestro Señor se le acercaron 
durante su permanencia en la tierra y trataron de poner en tela de juicio su enseñanza 
acerca de la resurrección, Él les dijo (Mateo 22:28—30) que en la resurrección los 
hombres son como los ángeles, porque no se casan ni se dan en casamiento. Nuestro 
Señor reveló así el hecho de que las jerarquías de ángeles no se ven reducidas por la 
muerte, por lo que no es necesario que se reproduzcan para mantener un número 
constante de ángeles. Los ángeles que al principio fueron creados todavía viven. 
 Los ángeles no poseen cuerpos físicos, pero ello no significa que no tengan cuerpo. 
Esto constituye un misterio para quienes conciben a los ángeles como seres parecidos a 
una bocanada de humo, que flota alrededor y luego se disipa y que puede reaparecer sin 
un punto específico de existencia. Al dar su enseñanza acerca del cuerpo resucitado en 
1 Corintios 15, Pablo nos dice que hay distintas clases de cuerpos. Hay un cuerpo que 
se adapta a esta tierra. Se le denomina cuerpo animal o terrenal. Se nos dice que hay 
además otra clase de cuerpo: un cuerpo espiritual o celestial. Este es un cuerpo que se 
adapta a los lugares celestiales, y que no es menos real que el cuerpo terrenal. 
 No conocemos la naturaleza del cuerpo celestial, pero podemos aprender algo acerca 
de su naturaleza al observar a nuestro Señor después de su resurrección. Su cuerpo tenía 
forma y peso. No era un cuerpo sostenido por el principio de la sangre. Era sostenido 
por un principio totalmente distinto, pues El mencionó el hecho de que su cuerpo era 
ahora incorruptible. El cuerpo de nuestro Señor resucitado y glorificado no se hallaba 
limitado ni por el tiempo ni por el espacio. Podía aparecer en un momento en Jerusalén 
e instantes después en Galilea. Era un cuerpo que podía materializarse en una pieza que 
se hallaba cerrada y sellada por los discípulos a causa de su temor a los judíos. No 
existen leyes naturales conocidas que nos expliquen de qué modo nuestro Señor en un 
cuerpo resucitado podía aparecer un momento en un lugar e instantes después a cientos 
de kilómetros de allí, ni cómo podía aparecer en una pieza con todas las puertas y 
ventanas cerradas y atrancadas. Pero las Escrituras nos dicen que ello era algo 
característico del cuerpo resucitado glorificado. 
 Así como Cristo tenía un cuerpo espiritual o celestial, los seres angelicales deben 
tener cuerpos que no se hallan limitados por el tiempo ni por el espacio. Esto se halla 
ilustrado en el capítulo nueve del libro de Daniel, donde Dios envía un mensaje al 
profeta. En el versículo 21 leemos: «Aún estaba hablando en oración, cuando el varón 
Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí 
como a la hora del sacrificio de la tarde.» A Daniel le llamó la atención que un ángel 
pudiera desplazarse de un lugar a otro con la velocidad del relámpago. Los ángeles 
fueron creados para vivir en la esfera celestial. No fueron creados para vivir sobre la 
tierra, o sea para depender de la existencia de esta atmósfera para su vida. Ya que ningún 
cuerpo humano puede vivir fuera de la atmósfera de esta tierra, cuando nuestros 
astronautas salen al espacio exterior es necesario que lleven con ellos la atmósfera de la 
tierra para sostenerlos. Dentro de la cápsula espacial hay una tierra en miniatura, la 
atmósfera de la tierra. Cuando abandonan la nave y caminan alrededor de ella en el 
espacio, continúan teniendo la atmósfera de la tierra dentro del traje espacial por medios 
artificiales, porque el cuerpo humano depende de la atmósfera para su sostén. Pero los 
ángeles no fueron creados para morar sobre esta tierra ni en esta atmósfera terrestre. 
Fueron creados para vivir y existir en la esfera de los lugares celestiales. Las palabras 
de nuestro Señor destacan esto. En Marcos 13:32 Él nos dice: «Pero de aquel día y de 
la hora nadie sabe, ni aún los ángeles que están en el cielo.» Y esta frase —«que están 
en el cielo»— nos indica la esfera dentro de la cual viven los ángeles y para la cual 
fueron creados. 
 Ya que cada individuo tiene su propio ángel guardián, debemos llegar a la conclusión 
de que la cantidad de ángeles debe ser igual o superior a la cantidad total de seres 
humanos que han vivido o vivirán sobre la faz de la tierra. Las Escrituras no indican en 
parte alguna la cantidad de ángeles; simplemente nos dicen que son innumerables. 
Vemos en esto algo del vasto poder de Dios, que mediante un solo acto creativo pudo 
crear una hueste tan innumerable de seres angelicales, aptos para cumplir la voluntad de 
Dios y preparados como siervos suyos para ejecutar su voluntad. 
 Los seres angelicales se dividen en muchas jerarquías, y cada una de ellas tiene su 
propia responsabilidad. Se hace referencia a ello, por ejemplo, en Colosenses 1:16, 
donde se divide la creación angelical del cielo en categorías denominadas tronos, 
dominios, principados y potestades. Estas cuatro palabras representan evidentemente 
distintas jerarquías o categorías de ángeles con sus propias responsabilidades. Los 
tronos pudieran referirse a los ángeles que fueron creados para sentarse sobre tronos y 
gobernar. Los dominios se refieren a quienes ejercen el gobierno debajo de Dios. Los 
principados se refieren a los que gobiernan, y los poderes se refieren a quienes ejercen 
alguna autoridad especialmente asignada. Cuando examinamos la Palabra de Dios 
descubrimos que Él tiene un sistema para gobernar su universo. Dios es soberano y 
gobierna sobre todas las cosas, pero como administrador delega autoridad. Por ejemplo, 
descubrimos en Daniel 12:1 que se menciona a Miguel como «el gran príncipe que está 
de parte de los hijos de tu pueblo (Israel)». Dios ha creado seres angelicales a quienes 
ha asignado tronos. Si se me permite usar esta expresión, éstos son el primer ministro 
que ejerce autoridad sobre una nación determinada. El ángel Miguel es este tipo de 
administrador de Israel, y Gabriel se halla relacionado con él. Así que Dios ejecuta su 
voluntad desde su trono por medio de ángeles asignados a los diferentestronos para 
gobernar y ejercer poder y autoridad por la vía jerárquica. Creo que sería lógico llegar 
a la conclusión que si Miguel es el arcángel primer ministro de Israel, habrían ángeles 
bajo su autoridad, doce de ellos, que ejercían autoridad sobre las doce tribus. Habría aún 
otra subdivisión, y bajo el jefe de cada una de las tribus habrían ángeles de menor 
jerarquía para ejercer autoridad sobre distintas esferas en cada tribu de Israel. Lo que es 
cierto con respecto a Israel también es cierto en el caso de Persia, porque en Daniel 
10:13 se hace referencia al «príncipe del reino de Persia». De este modo se ha confiado 
a los ángeles una autoridad administrativa subdividida. 
 Dios, entonces, ejecuta su voluntad y supervisa la administración de su universo total 
por medio de estas jerarquías de ángeles que fueron creadas por Él y que se sujetan a 
Él. Un título habitual que se usa para Dios en el Antiguo Testamento es «el Señor, 
Jehová de los Ejércitos» o «Señor del Sabaoth». Cada vez que se hace referencia a Dios 
como Jehová de los ejércitos, quiere decir que es el Señor de estos ángeles creados. Él 
no es el Señor de los ejércitos de Israel, sino de los ejércitos del cielo. Antes de preparar 
esta tierra como lugar de morada de la raza humana, Dios pobló la esfera celestial de 
innumerables seres creados, cada uno con su propia jerarquía, rango y responsabilidad. 
Cada uno de ellos debía tributar adoración y honra a quien se sentaba en el trono. Lo 
reconocían a Él como el Señor del Sabaoth, el Señor Jehová de los ejércitos del cielo. 
Y bastaba que Dios diera a conocer su voluntad para que aquellos ángeles salieran con 
ímpetu a obedecer y ejecutar la voluntad divina. 
 Lucifer, al rebelarse contra Dios y querer usurpar su trono, sabía que antes de que 
pudiera destronar al Altísimo y gobernar como soberano en este universo tenía que 
colocar la creación angelical bajo su autoridad y control. En Apocalipsis 12:4 se nos 
ofrece un norte con respecto a las proporciones de la rebelión original de Satanás contra 
Dios. Porque luego de decirnos en el tercer versículo que Juan vio una señal en el cielo, 
el gran dragón escarlata que según el versículo 9 es Satanás, leemos en el versículo 
cuatro que «su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo». Aquí las 
estrellas parecen referirse a los seres angelicales, y esto insinúa que cuando Satanás se 
rebeló contra Dios comenzó una campaña para persuadir a los ángeles que se rebelaran 
contra Dios y le siguieran. Logró la adhesión de la tercera parte. Porque los ángeles, que 
fueron creados con capacidades volitivas, que tenían la capacidad de elegir, se vieron 
en una encrucijada. O debían permanecer donde habían sido colocados por el Creador, 
o debían seguir a Satanás con su promesa de que él los enaltecería por encima de lo que 
eran por creación divina. Lucifer no sólo se propuso enaltecerse a sí mismo sino también 
enaltecer a quienes lo siguieran a fin de que gobernaran con él sobre los tronos, 
principados, dominios y potestades que él esperaba someter a su autoridad. Cuando 
Lucifer se rebeló contra Dios, llevó consigo a una tercera parte de la creación angelical, 
constituida por quienes creían que Lucifer serviría al universo mejor que Jehová de los 
Ejércitos. 
 Satanás formó un reino semejante al sistema divino con el grupo de ángeles que lo 
siguió. Ya veremos en los siguientes capítulos el hecho de que Lucifer jamás ha creado 
programa alguno, aparte de su programa inicial de ser superior a Dios. Satanás es un 
imitador, no un creador; y cuando se rebeló contra Dios y planificó su reino, lo hizo de 
acuerdo con el sistema de administración divino. Observamos esto en Efesios 6:12 
donde, al referirse a la lucha del creyente, el Apóstol dice que «no tenemos lucha contra 
sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de 
las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones 
celestes». El lector observará que Pablo señala cuatro categorías en Efesios 6:12 que se 
hallan bajo la autoridad de Satanás, y las cuatro categorías que Satanás ha instituido 
corresponden a las categorías mencionadas en Colosenses 1:16 que Dios instituyó al 
disponer los asuntos de su universo. Satanás ha colocado a algunos de sus seguidores 
sobre tronos, dándoles autoridad. Por ejemplo, en la organización gubernamental de 
Satanás, uno de sus seguidores tiene autoridad sobre Palestina y es el homólogo de 
Miguel; le sigue otro de menor jerarquía que es el homólogo de Gabriel, y luego otros 
de menor jerarquía que tienen autoridad sobre las doce tribus, y dentro de cada tribu se 
hallan los que tienen menos autoridad y que les sirven. Satanás ha imitado 
completamente la organización y el programa de Dios en la administración de sus 
asuntos y en la supervisión de su reino. 
 Los seres que secundaron a Satanás en su primera rebelión son llamados demonios. 
Estos demonios, estos ángeles caídos, poseen las mismas capacidades que tenían antes 
de seguir a Satanás en su rebelión contra Dios. Siguen teniendo todo el poder y la 
sabiduría que tenían antes de su caída. Los demonios no se encuentran más limitados 
por el tiempo y el espacio que los ángeles. Aunque su cantidad es menor que la de 
aquéllos, se nos dice que son innumerables, de modo que existen vastas huestes de seres 
angelicales caídos. Satanás no es omnipresente. No puede estar al mismo tiempo en tu 
casa y en la mía. Pero esto a duras penas me consuela, porque uno de sus demonios 
puede estar allí. Satanás no actúa en persona, sino por intermedio de las jerarquías de 
demonios que se rebelaron con él y a las cuales ha asignado responsabilidades. Todo 
hijo de Dios se halla rodeado a cada momento del día por estas huestes de seres 
angélicos caídos como también por aquel ángel guardián que Dios le ha asignado. No 
estamos luchando contra una fuerza impersonal; no estamos luchando contra un 
principio del mal, opuesto al principio del bien. Tenemos que luchar contra 
personalidades cuya tarea es frustrar y derrotar la voluntad de Dios para con nuestras 
vidas como hijos de Dios. Estas personalidades sirven fielmente a Satanás, sin cesar. No 
marcan la tarjeta a las ocho de la mañana y regresan al hogar a las cuatro y media de la 
tarde, tomándose media hora para el almuerzo e interrumpiendo su trabajo dos veces al 
día para tomar café, de tal modo que haya momentos en que nos hallemos libres de sus 
actividades. Como seres espirituales, con cuerpos espirituales, no se hallan limitados 
por el espacio ni por el tiempo. Pueden ocuparse constantemente de ti, dondequiera que 
te halles, no importa lo que estés haciendo. Estos seres que sirven los propósitos de 
Satanás no te pierden pisada, con la misma constancia con que los seres angelicales de 
Dios, que cumplen Su voluntad, se mantienen fielmente a tu lado para preservarte y 
guardarte como heredero que eres de la salvación. Habiendo elegido una vez obedecer 
a Satanás, los demonios le obedecen perfecta y completamente. Se empeñan en ejecutar 
la voluntad de Satanás para contigo. Y la voluntad de Satanás para con tu vida es frustrar 
la voluntad de Dios para contigo en todo momento. 
 Sabemos que el destino de los demonios es el lago de fuego. Nuestro Señor enseñó 
en Mateo 25:41 que el lago de fuego eterno fue preparado para el diablo y sus ángeles. 
Se les ha condenado a estar en el abismo, separados por siempre de Dios, bajo 
condenación y juicio eternos. Pero aunque se hallan bajo condenación, no dejan de estar 
activos, y el frenesí de su actividad parece deberse a su expectativa cierta del juicio 
futuro. Esto constituye un cuadro aterrador. Pero si hemos logrado que captes esta 
verdad de la Palabra de Dios, para que estés consciente de la existencia de tu adversario, 
te habremos preparado para la victoria que ha sido prometida en Cristo Jesús.Si 
prosigues tu camino despreocupadamente, si vives día tras día como si te hallaras 
aislado de las huestes de Satanás, no te hallas preparado para estos ataques satánicos. 
Pero cuando comprendas que Satanás, luego de su caída, ha organizado su propio reino 
para promover su propósito de destronar a Dios, comprenderás también que a Satanás 
le interesa vigilarte tanto como al Señor Jesucristo. Si Satanás ha de frustrar el propósito 
de Dios, debe hacerlo en ti y por tu intermedio. Por lo tanto sufrimos sus ataques día 
tras día, hora tras hora, momento tras momento. Y ya que estamos luchando contra un 
enemigo invisible, contra un sistema organizado de maldad que intenta destronar a Dios 
y entronizar a Satanás, debemos conocer sus propósitos. Debemos conocer su forma de 
obrar a fin de poder hacer lo que el Apóstol nos exhorta a hacer: «Tomad toda la 
armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, 
estar firmes.» Satanás no pudo lograr que todos los ángeles le siguieran. Pero llevó tras 
sí una cantidad suficiente para organizar un sistema imitado, dispuesto según al modelo 
divino, a fin de cumplir su propósito de recibir la gloria que pertenece a Jehová de los 
ejércitos, el Señor de los ejércitos del cielo. 
 Permíteme decirte, hijo de Dios, que cada vez que desobedeces a Dios y sucumbes a 
la tentación de Satanás, estás dándole un voto a él en vez de dárselo a Dios. Si no tienes 
a Jesucristo como Salvador personal, permíteme decirte que has nacido formando parte 
del reino de Satanás; has nacido en rebeldía; has nacido bajo su hegemonía, bajo su 
supremacía. Él es el dios de este mundo, y tú le estás siguiendo como si no tuvieras que 
dar cuenta ante el Dios que te creó. La única manera de librarte de la autoridad satánica 
es nacer en una nueva familia, recibir una vida nueva. Cristo murió para librarnos del 
reino de Satanás y trasladarnos al reino de su amado Hijo. Si aceptas a Jesucristo como 
Salvador personal, Dios no sólo perdonará tus pecados, no sólo te hará su hijo, no sólo 
te recibirá en su familia, sino que quebrantará el dominio de Satanás sobre tu vida y te 
libertará. 
 Te ofrezco un Salvador que puede librarte del reino de las tinieblas y del dios de este 
mundo. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
4 
 
Satanás conquista la tierra 
 
Génesis 3:1—7 
 
 COMO YA HEMOS DESCUBIERTO, Lucifer codició para sí la gloria que 
pertenecía al infinito y eterno Dios. A fin de obtener esa gloria, Satanás quiso colocar 
una hueste innumerable de ángeles bajo su autoridad. En Apocalipsis 12:4 leemos que 
cuando Satanás se rebeló contra Dios arrastró consigo la tercera parte de los seres 
angelicales creados. Pero Lucifer deseaba revestirse de la gloria de Dios extendiendo 
también su autoridad a la esfera terrenal de la creación. De este modo podría declararse 
independiente de Dios y reclamar una autoridad igual a la suya. 
 Este deseo de gobernar la tierra lo llevó a poner un plan en marcha. En el primer 
capítulo del libro de Génesis, versículo 26, mientras creaba al hombre, el Señor dijo: 
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los 
peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal 
que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo 
creó; varón y hembra los creó.» Cuando Dios creó al hombre y lo colocó sobre la tierra, 
le dio autoridad sobre ella. El hombre no era independiente de Dios. Su dependencia le 
hacía reconocer que Dios era soberano, que tenía el derecho de gobernar, y que era un 
Dios de gloria. Pero el hombre fue designado representante de Dios sobre la tierra para 
la administración de los asuntos de Dios y de su reino. El hombre gobernaba, pero por 
permiso divino. Y Satanás, en su deseo de obtener el dominio de esta tierra, atacó al 
hombre. 
 En el tercer capítulo del Génesis observamos el primer asalto que Satanás dirigió en 
esta esfera terrenal contra el representante de Dios, el hombre. El relato de la tentación 
nos es muy conocido. Quienes creen en la Palabra de Dios creen que este incidente fue 
real y que no debe ser relegado a la categoría de mito. No es la personificación de alguna 
idea indefinida que surgió en las mentes humanas para explicar la presencia del pecado 
y que debe ser desechada como realidad. Esto sucedió. Lucifer entró al huerto del Edén, 
donde Dios había colocado al hombre en el momento de su creación, para apartar su 
corazón del camino de la obediencia a Dios. 
 Cuando Dios puso a Adán en el huerto del Edén, el cual era un reflejo de la perfección 
del cielo, le dijo: «De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia 
del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.» 
(Génesis 2:16.) Este mandato restringía la libertad del hombre. El hombre no es libre 
cuando se halla totalmente independizado de toda autoridad. El hombre es 
verdaderamente libre cuando puede escoger a quien ha de servir como esclavo. Y Adán 
se hallaba libre en cuanto podía elegir obedecer a Dios, sometiendo su voluntad a la 
voluntad divina. Dios había impuesto esta prohibición a Adán: «Del árbol de la ciencia 
del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.» 
Ni el corazón ni la mente de Adán objetaron jamás esta restricción. Nunca se le ocurrió 
pensar que Dios le había negado celosamente algo que hubiera sido para su provecho o 
beneficio. Dios en su gracia infinita había proporcionado a su criatura todo lo que ella 
pudiera querer, necesitar o desear. Sin embargo, cuando Lucifer se acercó a tentar a 
Adán lo tentó en la misma esfera de la prohibición divina, la esfera que había hecho a 
Adán verdaderamente libre. 
 En Génesis 3:1 leemos que la serpiente era más astuta que todos los animales del 
campo que Jehová Dios había hecho. Debe observarse ante todo en nuestra comprensión 
de la metodología satánica que en la tierra Satanás no puede manifestar físicamente su 
cuerpo celestial. Para poder manifestarse en la tierra en cualquier forma visible, debe 
apropiarse un cuerpo físico por medio del cual pueda obrar. El Hijo eterno de Dios podía 
aparecer físicamente. En el Antiguo Testamento el Ángel de Jehová era una aparición 
preencarnada del Señor Jesucristo sobre la tierra. El Ángel de Jehová apareció en un 
cuerpo físico y caminó y habló con los hombres. Pero Satanás no tiene este poder. Más 
bien se ve precisado a posesionarse de un hombre, una mujer o algún animal para poder 
manifestar su presencia entre los hombres. Cuando Satanás fue al huerto del Edén a 
tentar a Adán y Eva para sujetarlos a su propia voluntad, eligió utilizar el cuerpo de una 
serpiente. 
 No pensemos que aquel reptil haya concebido el plan, ni que se opusiera a la 
declaración de Dios, ni que le importaran las decisiones que tomaran Adán y Eva. Aquel 
reptil se limitó a facilitar el cuerpo que Satanás utilizó. Se nos dice que la serpiente 
(ahora poseída por Satanás) era más astuta que todos los animales del campo. Ningún 
animal ha concebido jamás la idea de rebelarse contra Dios. La creación animal se halla 
en perfecta sujeción a Dios. Los evangelios relatan que cuando Cristo fue tentado en el 
desierto por Satanás, durante cuarenta días las fieras fueron su única compañía. ¿Qué 
tiene de significativo esto? Que toda la creación, salvo el hombre, reconoce que Dios es 
soberano. Las fieras que estaban allí con Jesucristo durante ese período de tentación se 
sometieron a su autoridad. La serpiente del Génesis no fue elegida porque fuera más 
astuta, sino porque era un medio adecuado por el cual Satanás podía acercarse a Eva. Y 
llegó a ser más astuta que todo animal del campo en cualquier época, ya que logró que 
Eva se rebelara contra la voluntad de Dios. 
 Lo sutil fue que Satanás pudoacercarse a Eva sin revelar quién era ni cuál era 
realmente su propósito. Porque Satanás sabía que de haber ido a Eva y haberse revelado 
abiertamente como enemigo de Dios, invitándola a repudiar la voluntad divina, Eva y 
Adán hubieran respondido negativamente, repudiando su intento, y su deseo de 
gobernar este universo se hubiera visto frustrado. De modo que a Satanás le fue 
necesario transformarse en algo que no era. Si pasamos al Nuevo Testamento en 2 
Corintios 11:13, 14, veremos que el Apóstol advierte cómo Satanás sigue utilizando el 
mismo método. Leemos: «Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que 
se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se 
disfraza como ángel de luz.» También se menciona esta transformación en el capítulo 
doce del Apocalipsis cuando leemos en el versículo nueve con relación a Satanás: Y fue 
lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual 
engaña al mundo entero...» 
 Ahora bien, diablo y Satanás son palabras significativas, porque significan 
«engañador» y «calumniador». Cuando Satanás vino para oponerse a la voluntad de 
Dios, se presentó como un engañador y denigró el carácter y el amor de Dios para poder 
desviar a Adán y a Eva de su voluntad. Tomemos debida nota de este principio: Satanás 
siempre obra denigrando la bondad y la santidad de Dios y engañando a los hombres 
con respecto a su relación para con Dios y la voluntad divina. La serpiente, sutilmente, 
por engaño, formuló una pregunta: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol 
del huerto?» Esta pregunta tenía por objeto descubrir cuánto sabía Eva con respecto a 
lo que Dios había dicho. Para poder engañar a una persona, Satanás tiene que empezar 
por averiguar el grado de conocimiento que esa persona tiene. Este principio aún tiene 
vigencia. Si una persona ignora por completo la Palabra de Dios, de tal modo que no 
sabe nada acerca de la persona de Dios, de su carácter y de sus demandas, a Satanás le 
resulta fácil engañarla haciéndola creer que ella es completamente aceptable delante de 
Dios y que no es necesario en absoluto tratar el problema del pecado. Pero si una persona 
conoce la Palabra de Dios y la santidad de Dios y conoce su propia impiedad, le resulta 
mucho más difícil a Satanás mantenerla en tinieblas. 
 Así que Satanás sondeó para descubrir cuánto sabía Eva de la Palabra de Dios. Para 
ello formuló esta pregunta: «¿Es cierto que Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol 
del huerto?» Y Eva tuvo que confesar que Dios había impuesto una restricción sobre 
ella, ya que contestó correctamente: «Del fruto de los árboles del huerto podemos 
comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de 
él, ni le tocaréis, para que no muráis.» Observarás que Eva conocía la prohibición, como 
también la pena de la desobediencia. Demostró que se hallaba familiarizada con lo que 
Dios había dicho: El demandaba obediencia a su palabra y había fijado una pena para la 
desobediencia. Satanás entonces actuó en base a este conocimiento. 
 Satanás respondió al conocimiento de Eva con una negativa lisa y llana. «Entonces 
la serpiente dijo a la mujer: No moriréis.» Esto constituye una negación categórica de 
lo que Dios había dicho. Y éste es el mayor insulto que una criatura haya hecho jamás 
a Dios, porque con ello la serpiente decía abiertamente que Dios era un mentiroso. 
Acusó a Dios de engaño. ¿No resulta acaso significativo que quien vino a engañar, cuya 
naturaleza es engañosa, acusara a un Dios santo y justo de aquello que constituía su 
propio carácter tergiversado y pervertido? 
 Luego explicó en el versículo cinco la razón por la cual Dios había negado a Adán y 
Eva el fruto de este árbol: «Sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos 
vuestros ojos, seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.» Aclaremos este versículo 
para descubrir la intención de Satanás. La palabra traducida «Dios» es Eloim y es el 
nombre de Dios en el Antiguo Testamento. Adán y Eva nada sabían de las deidades 
falsas. Satanás les dijo que si comían de aquel árbol serían semejantes a Dios. 
¿Recuerdas lo que el profeta Isaías describió como el deseo de Satanás? «Seré semejante 
al Altísimo.» Ahora bien, la tentación que presentó a Eva era que si ella tomaba del fruto 
del árbol y lo comía, en desobediencia a Dios, se elevaría a tal posición que sería 
semejante al Altísimo. Satanás sabía que quien tiene el derecho de ser obedecido tiene 
el derecho de ser adorado, porque es soberano. También sabía que si lograba seducir a 
Eva para que desobedeciera a Dios, su desobediencia constituiría un acto de obediencia 
a él, y en consecuencia él tendría el derecho de ser adorado. Y si el hombre obedece a 
Satanás y lo adora, Satanás ha usurpado el lugar de Dios en la creación y ha llegado a 
ser semejante al Altísimo. En realidad lo que dijo fue: «Dios es celoso; quiere reservarse 
el derecho de gobernar. No quiere compartir su gloria con nadie. Dios sabe que si tomas 
este fruto y lo comes serás elevada a su trono y te hallarás en pie de igualdad con Dios. 
Dios te ha negado la única cosa que te hace menor que Él. Si comes este fruto serás 
semejante a Dios.» 
 En la mente de Eva nació un deseo de elevarse a una posición de igualdad con Dios, 
de revestirse de la gloria inherente al trono de Dios, de compartir la gloria de su trono. 
Eva alcanzó y tomó el fruto, lo comió y lo ofreció a Adán, el cual también lo comió. El 
resultado (versículo 7) fue que fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que 
estaban desnudos». Pero no estaban desnudos ante los ojos de su compañero ni ante la 
vista de los animales del huerto, ni siquiera ante la vista de. Satanás. Estaban desnudos 
ante los ojos de Dios, porque no hay nada que pueda cubrir la desobediencia que ahora 
caracterizaba su vida y su andar. Nada podía cubrir el pecado y la maldad causada por 
su rebelión contra Dios. 
 Para poder tomar el fruto que Eva le ofreció, Adán tuvo que renunciar al cetro que 
Dios le había dado cuando le dijo: «Sojuzgad la tierra.» Porque Adán no podía tener en 
su mano el cetro y el fruto prohibido al mismo tiempo. Adán sólo podía gobernar 
mientras fuera obediente. Y allí estaba Lucifer, para arrebatar el cetro que Adán dejó 
caer. 
 En la carta a los Efesios, capítulo 2, versículo 2, el Apóstol nos dice: «En los cuales 
anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe 
de la potestad del aire.» Esta descripción —el príncipe de la potestad del aire— reconoce 
que Satanás ha usurpado el poder de Dios en el dominio angelical. En 2 Corintios 4:4 
descubrimos que Pablo reconoce que Satanás ha usurpado la autoridad en otro dominio: 
«En los cuales el dios de este siglo (“mundo” en la versión inglesa) cegó el 
entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la 
gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.» A Satanás se lo denomina allí el Dios de 
este mundo. En su rebelión contra Dios, llevó ángeles tras sí y se constituyó en un 
príncipe del dominio celestial. Pero al inducir a Adán y a Eva a la desobediencia, se 
transformó en el dios de este mundo. Mediante su usurpación de poder en estos dos 
dominios, Satanás ha tratado de revestirse de la gloria que le pertenece a Dios. Como 
cuenta con la obediencia de una hueste innumerable de ángeles caídos, se declara 
independiente de Dios e igual o superior a Dios. A causa de la obediencia que le prestan 
todos los hombres desde la caída de Adán, Satanás reclama la autoridad que pertenecía 
al Creador y pretende ser soberano en este dominio terrenal. 
 Cuando consideramos la tentación en el huerto del Edén, nos llama la atención el 
hecho de que Eva tuviera un conocimiento de Dios. Conocía su mandato. Conocía su 
voluntad. Había andado en armoníay comunión con su amor en el huerto al aire del día. 
El pecado de Eva nació cuando ella reemplazó el conocimiento divino por el 
razonamiento humano. Cuando atendió al susurro de Satanás, quien ponía la Palabra de 
Dios en tela de juicio, ya había dado su primer paso hacia renunciar a la autoridad de 
Dios. 
 La duda y el escepticismo sólo pueden comenzar en la mente. Cuando una persona se 
acerca a la Palabra de Dios con su propia mente natural, ya ha abierto la puerta al repudio 
de toda la revelación Divina, porque está reemplazando la revelación divina con el 
razonamiento humano. El Apóstol señala en el primer capítulo de Romanos que el 
mundo no conoce a Dios. La sabiduría divina es desconocida para los sabios de este 
mundo. 1 Corintios 1:18—25 lo explica muy claramente: 
 «Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, 
esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los 
sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde 
está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la 
sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios 
mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la 
predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero 
nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y 
para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder 
de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, 
y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.» 
 Y cuando el Apóstol fue a Corinto, se dijo: «No he venido a Corinto como un filósofo, 
porque la filosofía es razonamiento natural, una mente natural y oscurecida que trata de 
penetrar en las cosas de Dios por medio del razonamiento. He venido como un 
revelador. No he venido para emprender la búsqueda de la luz. He venido a traerla. Esa 
luz se halla en la palabra de Dios. Esa luz se halla en el Evangelio de Jesucristo.» En 
consecuencia, Pablo dijo: «Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a 
Jesucristo, y a éste crucificado.» 
 Si confiamos hoy en la sabiduría natural, en el razonamiento natural, en la filosofía 
natural, nunca comprenderemos las cosas de Dios ni la persona de Dios, porque el 
hombre no puede conocer a Dios por medio de la filosofía. Nadie podrá conocerle a Él 
hasta que renuncie a su propia sabiduría y acepte la revelación de Dios. Hasta tanto uno 
confíe mediante un acto de fe en lo que se halla revelado en la Palabra de Dios, seguirá 
permaneciendo en ignorancia con respecto a las cosas divinas, no importa cuántos 
títulos universitarios posea. 
 Lucifer preguntó a Eva: «¿Cuánto sabes?» Su desmentida de lo que ella sabía produjo 
escepticismo en la mente de Eva, y ese escepticismo produjo la desobediencia. Como 
resultado de la desobediencia, el cetro que Dios había dado a Adán pasó a manos de 
Satanás. Eva fue vencida por las dudas con respecto a la verdad divina, y a causa de ello 
Satanás se revistió de la gloria de Dios, porque primero Eva y luego Adán se sometieron 
a él y le adoraron en vez de obedecer a Dios. Tú puedes repetir el mismo pecado. Hasta 
que te entregues completamente a la verdad de la Palabra de Dios y hagas de ella tu 
fundamento para la eternidad y tu norma para la vida actual, puedes ser alucinado, 
engañado y conducido por un sendero de tinieblas. El deseo de Satanás es mantenerte 
bajo su autoridad, bajo su control, y sometido a su gobierno. No habrá liberación alguna 
de este reino de tinieblas ni liberación del dios de este mundo hasta que aceptes por la 
fe a Jesucristo como tu Salvador. No serás partícipe con Dios de la vida eterna hasta que 
recibas a Jesucristo. Dios te ofrece un Salvador que es sabiduría de Dios, poder de Dios 
y justicia de Dios, el Único que puede quebrantar el dominio de Satanás sobre tu vida. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
5 
 
Satanás, el engañador 
 
1 Timoteo 4:1—8 
 
 MUCHO ANTES de la creación de este mundo Lucifer codició la gloria, la autoridad 
y el poder de Dios. A fin de obtener para sí esta gloria y ejercer esta autoridad, le fue 
necesario descarriar las cosas creadas. Dios había creado seres que se sujetaban a Él y 
le glorificaban. Lucifer carecía de la facultad de crear. Para poder ser como dios debía 
descarriar a quienes Dios había creado. Luego de usurpar la autoridad en una parte del 
reino angelical, Satanás se transformó en el dios de este mundo. 
 Satanás es un engañador. El necesita operar en la esfera de la negación de la verdad 
o en la esfera de la mentira. Era imposible que Lucifer convenciera a las huestes 
angelicales de seguirle diciéndoles. la verdad de que si le seguían terminarían con él en 
el lago de fuego y separados eternamente del Creador. Tuvo que mentir. Esta es la razón 
por la cual cuando nuestro Señor discutió con los fariseos que estaban rechazando la 
verdad, Él les dijo en Juan 8:44: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos 
de vuestro padre queréis hacer.» Cristo dijo que aquellos fariseos estaban siguiendo un 
sistema satánico y que estaban pensando exactamente como Satanás lo deseaba. Citó 
dos de las características de Satanás que ellos estaban reproduciendo en aquellos 
momentos: «Él ha sido homicida desde el principio», y ustedes están planeando 
asesinarme. Luego dijo también a aquellos líderes religiosos: «No ha permanecido en la 
verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es 
mentiroso, y padre de mentira.» 
 En el capítulo 12 del Apocalipsis, Juan se refiere a la obra que Satanás efectuará 
durante el período de la tribulación para derrotar el propósito y el programa de Dios. 
Luego, en el versículo nueve de ese capítulo, Juan se refiere a quien él ha representado 
mediante el símbolo del gran dragón, y dice que ese dragón se llama «diablo y Satanás, 
el cual engaña al mundo entero». Engañó a Eva para que le siguiera. El resultado fue 
que su engaño ha penetrado en las mentes y en los corazones de todos los descendientes 
de Adán, de tal modo que hoy todo el mundo vive engañado. Juan tiene presente lo que 
se registra en el capítulo 3 del Génesis, donde recordarás que Satanás puso en tela de 
juicio el conocimiento que Eva tenía de la palabra de Dios. Cuando descubrió que Eva 
sabía lo que Dios había revelado, entonces mintió. Le dijo: «No moriréis» (versículo 4). 
Esta era una negación categórica, pues Dios había dicho: «el día que de él comieres, 
ciertamente morirás». La muerte a la cual se refería Dios era la separación de la criatura 
del Creador, la separación del alma de Dios. La muerte física, la separación del alma del 
cuerpo, fue sentenciada como resultado de esa muerte espiritual. 
 Dios, quien es Veraz, había dicho «Moriréis». Lucifer (como padre de la mentira) fue 
lo suficientemente atrevido como para acercarse a Eva con su categórica desmentida: 
«Dios ha mentido; no moriréis.» Eva debió tomar entonces una decisión: ¿a cuál de los 
dos creería? Cuando hay dos afirmaciones precisas y opuestas, ambas no pueden ser 
ciertas. Era necesario que Eva reflexionara sobre el problema. ¿Había mentido Dios 
cuando dijo: «Ciertamente morirás.»? ¿O había mentido Lucifer cuando dijo: «No 
moriréis.»? La conclusión de Eva fue que Dios era quien había mentido. Esto perece tan 
blasfemo que no debiéramos siquiera pensar en ello, pero ésta fue la decisión de Eva: 
Dios es mentiroso y Satanás veraz. Por haber creido la mentira de Satanás y haber 
considerado a Dios mentiroso ella desobedeció a Dios y tomó de aquel fruto prohibido. 
Inmediatamente descubrió que el mentiroso era Satanás, porque apenas hubo 
participado de aquel fruto ella quiso traer a su marido a su estado caído.Juntos 
reconocieron que Dios era veraz, porque trataron de ocultar su desnudez a los ojos de 
Dios, cubriéndose con hojas de higuera. Ello evidencia que reconocieron que se hallaban 
ahora bajo condenación, porque la palabra de Dios permanece cierta. 
 En las páginas del Nuevo Testamento hallamos el comentario del apóstol Pablo sobre 
este incidente en 1 Timoteo 2:14: «Y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo 
engañada, incurrió en transgresión.» Pablo investiga el pecado de Eva hasta su mismo 
origen: ella respondió al engaño de un engañador o respondió a la mentira de un 
mentiroso. 
 Este engaño es la descripción que la Palabra de Dios nos proporciona de Satanás, y 
nos indica el primer principio en base al cual Satanás obra. Quisiéramos destacar este 
aspecto de la verdad. Hasta que descubramos que Satanás no puede bajo circunstancia 
alguna obrar en la esfera de la verdad, sino que debe obrar siempre en la esfera de la 
mentira, no estaremos preparados para sus manifestaciones ni para la tentación que él 
nos presente. 
 La Palabra de Dios es muy clara con respecto a algunas de las mentiras de Satanás. 
Veamos primero 2 Corintios 4, ya que allí el Apóstol destaca la primera esfera en que 
Satanás miente, la esfera de la Palabra de Dios. La autoridad de Pablo estaba siendo 
puesta en tela de juicio en la iglesia de Corinto, donde había quienes despreciaban su 
doctrina. No pudiendo negar la veracidad de su doctrina, negaron que el Apóstol hubiera 
ido a ellos con autoridad divina, con autoridad apostólica, y en consecuencia con un 
mensaje de Dios. Dijeron que había ido con un mensaje concebido por él mismo. A fin 
de contestar esta objeción, el Apóstol dice en el capítulo 4, versículo 1: «Por lo cual, 
teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no 
desmayamos. Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso...» ¿Has observado esta 
frase? Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso o, para parafrasearlo, Pablo 
dice: «No hemos tenido participación alguna en la predicación y enseñanza de ninguna 
mentira. No estamos actuando con astucia.» La astucia sugiere hipocresía, de tal modo 
que las cosas no parezcan ser exactamente lo que son. Esto implica vivir una mentira. 
Luego dice: «No somos de los que adulteran la Palabra de Dios. No os hemos mentido 
cuando os presentamos la verdad divina.» 
 El Apóstol está comparándose con los falsos enseñadores que habían ido a negar la 
simple enseñanza evangélica de que el hombre se salva por fe en Cristo Jesús. Aquellos 
falsos maestros habían entrado con su falsa doctrina. Para poder difundir su falsa 
enseñanza tuvieron que decir que Pablo era un mentiroso y que estaba viviendo una 
mentira, por cuanto no creía lo que predicaba; que él afirmaba que su mensaje provenía 
de Dios, pero que en realidad lo había concebido de acuerdo con su propia filosofía. 
¡Ellos sí que enseñaban la verdad! Pero Pablo dijo que él no estaba «andando en astucia, 
ni adulterando la palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad 
recomendándose a toda conciencia humana delante de Dios». 
 Para poder mantener las mentes y los corazones de los hombres cautivados por su 
mentira, Satanás procura cegar los ojos de los hombres a la verdad revelada en la Palabra 
de Dios. La Palabra de Dios constituye la revelación que Él nos da de sí mismo y todo 
lo que necesitamos saber acerca de Él se halla revelado en su Palabra. Ya que sólo ella 
es la verdad de Dios, Satanás tiene que engañar a los hombres con respecto a la Palabra 
de Dios. Si estudiáramos la historia de las doctrinas desde la época en que Dios dio esta 
Palabra a los hombres hasta el presente, descubriríamos que el ataque satánico contra 
Dios apunta ante todo como un ataque contra la integridad, la autoridad y la inspiración 
divina de las Escrituras. 
 Los hombres hoy repudian abiertamente la Palabra de Dios. Infinidad de pastores se 
levantan hoy en los púlpitos y abren un ejemplar hermosamente encuadernado de lo que 
ellos llaman la Santa Biblia, pero ignoran sus verdades. Repudian públicamente la 
revelación de la Palabra de Dios, y mientras tanto pretenden ser hombres de Dios. Se 
está atacando sin motivo la Palabra de Dios, su integridad, su infalibilidad y su autoridad 
en las universidades y escuelas primarias y secundarias. Parecería que Satanás ha 
conquistado y sojuzgado de tal modo el pensamiento de este mundo, de los ilustrados, 
los sabios, los educados y los pedagogos, que tan sólo una pequeña minoría se mantiene 
fiel a la integridad y autoridad de las Escrituras. 
 Esto forma parte del propósito y el programa satánicos: difundir su mentira de que la 
Biblia no es la Palabra de Dios, que no tiene autoridad, que sólo debe ser estudiada como 
una curiosidad que nos muestra lo que en un tiempo los hombres pensaban de Dios, pero 
que no tiene vigencia ni relación con nuestra vida actual. Sostenemos inequívocamente 
la absoluta infalibilidad y autoridad de la Palabra de Dios. Creemos que las Sagradas 
Escrituras fueron escritas bajo la influencia y la inspiración del Espíritu Santo, y 
constituyen nuestra regla y guía de fe y conducta. Cualquier desviación de esa doctrina 
de la Palabra de Dios significa caer en la mentira del diablo. Quiera Dios librarnos de 
caer en el engaño que niega la autoridad de la Palabra de Dios. 
 Veamos ahora en 1 Timoteo 4 la segunda esfera en la cual Satanás difunde mentiras: 
la esfera de la persona y obra de Jesucristo. En 1 Timoteo 4:1, Pablo escribe: «Pero el 
Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, 
escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.» Parafraseándolo para 
que resulte más claro, Pablo dice: «Escucharán a maestros que seducirán a los hombres, 
apartándolos de la verdad hacia las doctrinas proclamadas por el diablo.» El Apóstol 
está previendo una situación como la que estamos viviendo ahora. Predice que Satanás 
dominará la esfera religiosa de tal modo que lo que se diga en el nombre del cristianismo 
no tenga semejanza alguna con el cristianismo bíblico, y lo que se enseñe en las escuelas 
dominicales y desde los pulpitos en el nombre de Dios niegue sutil y satánicamente la 
verdad de la Palabra de Dios con respecto a la persona y la obra de Jesucristo. Pablo 
añade: «Quiero advertirles que vendrán estos maestros que seguirán el método satánico 
de mentir y seducir tal como Eva fue seducida, y Satanás será quien estará detrás de este 
tipo de doctrina.» Probablemente pensabas que cuando Satanás va a una iglesia se para 
frente a la puerta y dice: «Este no es lugar para mí.» ¡No te engañes! Satanás ha 
penetrado en la iglesia y ha enarbolado sus estandartes. Ha entrado a muchos pulpitos y 
ha tomado el control de la predicación y del ministerio sutilmente, hábilmente pero con 
certeza, para que la verdad divina sea negada, blasfemada y ridiculizada. 
 El apóstol Juan previo esto, pues en 1 Juan 2:21, 22 dice: «No os he escrito como si 
ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la 
verdad. ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el 
anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.» Observarás que Juan dice muy claramente 
quién es el mentiroso. Es mentiroso aquel que niega que Jesucristo es el Mesías, que 
vino conforme, al plan de Dios a redimir y reinar. 
 En 1 Juan 4:1 se enseña la misma verdad: «Amados, no creáis a todo espíritu (es decir 
a todo maestro que pretenda venir en el nombre de Dios), sino probad los espíritus...» 
Debemos probar los espíritus si son de Dios. Para saber si un maestro es de Dios hay 
que probarlo por la Palabra de Dios. La Biblia es el patrón divino. Probad los maestros 
«si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto 
conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo havenido en 
carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no 
es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene...». 
Juan dice que la enseñanza de un hombre con respecto a la persona y obra de Cristo 
debe conformarse a la Palabra de Dios, y que si rebaja a Cristo a algo menos que el Hijo 
absoluto de Dios encarnado, pertenece al diablo y está difundiendo mentiras. El mismo 
ha caído en el engaño de Satanás y es también instrumento del engaño. 
 Satanás está tratando de reproducir su carácter en sus hijos. Como bien sabemos, 
también es propósito de Dios reproducir su carácter en sus hijos. De modo que hay dos 
seres que están tratando de reproducirse. Cada vez que Satanás se reproduzca en ti será 
por medio de una mentira. Cada vez que Dios se reproduzca en ti, será por medio de 
una verdad. A través del Nuevo Testamento, en las exhortaciones prácticas que los 
apóstoles hacen a los creyentes, hacen frecuente alusión a la lengua. ¿Sabes por qué? 
Porque con demasiada frecuencia la lengua es el instrumento por medio del cual damos 
lugar al diablo. En otras palabras: mentimos. En Efesios 4:29 el Apóstol escribe: 
«Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la 
necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.» ¿Qué es una palabra 
corrompida? ¡Una mentira! En Colosenses 4:6 leemos: «Sea vuestra palabra siempre 
con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.» En 
Efesios, Pablo nos dice «No mintáis». En Colosenses nos dice «Decid la verdad». 
 Aunque esto resulte tan evidente que casi no necesita ser destacado, permítenos 
decirte que Satanás, para reproducirse en tu vida, intentará iniciarte en la costumbre de 
engañar. Esa tendencia a exagerar la verdad que todos hemos heredado constituye un 
intento satánico por colocarnos en una posición de repudio directo y abierto a la verdad 
de Dios. ¿Qué pescador no se siente tentado a agregar unos pocos centímetros al tamaño 
del pez que pescó? ¿Qué jugador de golf no siente la tentación de reducir su marca en 
varios golpes? ¿Te has detenido alguna vez a pensar que el mismo Satanás está tratando 
de reproducirse en ti, transformándote en un mentiroso? Cuando mentimos, el carácter 
de Satanás está reproduciéndose en nosotros. Todos somos jactanciosos por naturaleza. 
Nos agrada impresionar a la gente diciéndole cuánto hemos hecho o cuáles son nuestros 
logros, y nunca nos conformamos con decir la verdad. 'Tenemos que agrandarla, 
ampliarla o estirarla un poquito más. Nos agrada vivir una mentira para hacer creer a la 
gente que nuestros ingresos son algo mayores de lo que son en realidad. Esta es la obra 
del diablo tratando de transformarnos en mentirosos. ¡Cuán a menudo nos conducimos 
de tal modo que no se puede confiar en nuestra palabra! Convenimos citas y no vamos. 
No damos ninguna explicación, ni llamamos por teléfono para explicar nuestra demora 
o ausencia. Esto es mentir, y así estamos reproduciendo a nuestro padre, el diablo. 
 ¡Con cuánta frecuencia mentimos! Alguien viene a nosotros y nos dice: «Tengo tal y 
tal necesidad; ¿se acordará usted de mí en sus oraciones?» Contestamos: «¡Claro que 
sí!» Y es una mentira, porque no tenemos la menor intención de recordarlo. Esta 
tentación al engaño se halla entretejida en toda nuestra vida. Caemos en los engaños del 
diablo día tras día. Piensa en la excusa que diste por teléfono a alguien que quería que 
hicieras algo que no deseabas. La excusa, que diste; ¿era cierta, o estabas inventando 
una mentira? Cuando Satanás logra colocar un pie dentro de la puerta, la puede abrir del 
todo de un puntapié. Satanás es un engañador, y aunque quizá no pueda quitar la Palabra 
de Dios de tu vida puede lograr que niegues la verdad. De este modo, mediante este 
descuido de la lengua, puedes abrir el baluarte de tu vida. 
 Otro hecho que Satanás quiere negar es la verdad de que Jesucristo es el único medio 
de salvación. Hay miles de hombres que se llaman ministros del Evangelio que se 
levantan y predican la mentira, y no dicen a los hombres que deben aceptar a Jesucristo 
como Salvador. Proponen otros medios. María Baker Patterson Glover Eddy propuso 
otro medio. José Smith propuso otro medio. Elena G. White propuso otro medio. Los 
cultos falsos que pululan en el mundo son negaciones satánicas de la verdad divina. Son 
mentiras de Satanás para engañar a los hombres con respecto al hecho de que la 
salvación es por la fe en Cristo. 
 Como ministro del Evangelio, basándome en la autoridad de la Palabra de Dios, te 
anuncio que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida; la salvación es por la fe en Él 
y fuera de Él no hay salvación. Aceptando el don de Dios se obtiene una salvación total 
y completa. Esta es la verdad divina. No es mentira. Te ofrecemos a Aquel que pudo 
levantarse delante de los hombres y decir: «Yo —y no otro— soy el camino; yo —y no 
otro— soy la verdad; yo —y no otro— soy la vida.» Te invitamos a recibirle para que 
ya no sigas más la mentira del diablo; para que puedas conocer la verdad, tal como se 
halla en Cristo Jesús. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
6 
 
Satanás, el pervertidor 
 
Isaías 5:8—23 
 
 AL REFERIRSE a algunas de las apostasías doctrinales y morales en la iglesia de 
Corinto, el apóstol Pablo dijo muy claramente que tal conducta estaba deshonrando al 
Dios que los había redimido y al Salvador que había muerto por ellos. Al investigar esta 
conducta hasta su mismo origen, Pablo demuestra que Satanás es el autor de la discordia, 
la duda, la negación, la confusión y todo tipo de perversión. En 2 Corintios 2:11 Pablo 
manifiesta su preocupación: «que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues 
no ignoramos sus maquinaciones». El apóstol Pablo tenía tanta experiencia en el trato 
con nuestro adversario que podía reconocer sus rastros cada vez que se encontraba con 
ellos. Conocía la filosofía de Satanás, sus propósitos y su manera de obrar. Escribió a 
los corintios para compartir con dios lo que había aprendido con respecto a Satanás y 
sus métodos, a fin de que no fueran engañados como lo fue Eva. 
 En un capítulo anterior hemos observado que Satanás es mentiroso. Quisiéramos 
considerar ahora la revelación bíblica de que Satanás es pervertidor. Pervierte o 
tergiversa lo que ha sido dado por Dios al hombre para su bendición y provecho. 
Pervertir significa cambiar el uso original o determinado de algo. Ya en el huerto del 
Edén, Satanás le manifestó a Eva no sólo el hecho de que era un tergiversador de la 
verdad, sino que también podía pervertir el programa y el plan de Dios. Él se 
caracterizaba por esta perversión. 
 En Génesis 3:5, cuando Lucifer se presentó en el cuerpo de una de las criaturas de 
Dios para probar a Eva, le preguntó si era cierto que Dios había dicho que la criatura no 
debía comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Eva contestó afirmativamente. 
Luego vino la mentira de Satanás, su engaño: «No moriréis.» Esta mentira fue seguida 
inmediatamente por su primer acto de perversión. Satanás dijo: «Sino que sabe Dios que 
el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el 
bien y el mal.» En la práctica lo que Satanás le dijo a Eva fue: «Dios no os ha revelado 
toda la verdad, porque sabe que tan pronto comáis de este fruto seréis iguales a Dios, y 
Dios no quiere que haya nadie en pie de igualdad con Él. De modo que Dios os ha 
negado esto, no porque sea malo para vosotros ni porque os pueda causar daño, sino 
porque es celoso y no desea compartirlo con vosotros.» 
 Satanás tergiversó y pervirtió todo el propósito de Dios al requerir la obediencia de 
Adán y Eva. Por medio de la obediencia ti hombre podía continuar estando en comunión 
con Él. Mediante una sumisiónvoluntaria del hombre a la voluntad de Dios, Él y el 
hombre podrían haber disfrutado eternamente de una comunión mutua. Satanás negó la 
verdad y luego tergiversó el uso que Dios se había propuesto al imponer estas 
restricciones, prohibiendo comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. A partir de 
allí vemos a Satanás transformado en un tergiversador y pervertidor. 
 No existe una sola bendición, un solo beneficio, un solo don bueno, cuyo uso Satanás 
no haya deformado o no deforme con relación al uso propuesto por Dios. No existe un 
solo don de Dios que no pueda ser pervertido y deformado. Por ejemplo, tomemos el 
caso de la comida. En Génesis 1:29 Dios dijo: «He aquí que os he dado toda planta que 
da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; 
os serán para comer.» Luego en el capítulo 2 versículo 16: «Y mandó Jehová Dios al 
hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer.» Este era el principio que 
Dios había establecido en el huerto: Os lo he dado para comer; no hay ningún tipo de 
restricciones, podéis comer libremente. El énfasis del versículo 16 se halla en la palabra 
todo. ¡Podéis comer de todo, sin reservas! 
 Ahora bien, pareciera difícil deformar y desviar con fines satánicos algo tan sencillo 
como la comida, pero descubrimos en las Escrituras que sucedió precisamente esto. 
¿Cómo lo hace Satanás? Leamos Colosenses 2:21. Pablo dice que los colosenses se 
estaban sometiendo a ciertos preceptos que se referían a la alimentación: «no manejes, 
ni gustes, ni aun toques». Los colosenses que habían sido salvados estaban siendo 
sometidos a Una ley que contradecía lo que Dios había dicho en el huerto del Edén. No 
podéis comer todo lo que Dios os ha dado para comer. Estaba penetrando dentro de la 
iglesia de Colosas un sistema que se proponía restringir la dieta de aquellos colosenses. 
Aquellos gentiles estaban siendo sometidos a la ley impuesta por Dios al pueblo de 
Israel. Aquellos gentiles se hallaban libres de cualquier relación con la ley mosaica, pero 
se les estaba imponiendo una ley. La espiritualidad era juzgada por lo que el hombre 
comía o no comía. El Apóstol dice que la vida espiritual de la asamblea en Colosas había 
sido corrompida porque los hombres se estaban sometiendo a una perversión de Satanás. 
Descubrimos lo mismo en 1 Timoteo 4:3, 4. Falsos maestros habían penetrado en la 
asamblea de Éfeso, donde Timoteo estaba ministrando. Estaban prohibiendo casarse y 
mandando «abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias 
participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que 
Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque 
por la palabra de Dios y por la oración es santificado (apartado para Dios)». Aquí había 
otra perversión. A esta falsa enseñanza se le llama doctrinas de demonios en el capítulo 
4, versículo 1. ¿Qué estaban predicando los demonios? Estaban predicando que la 
espiritualidad y la vida cristiana consiste en observar ciertas leyes alimenticias; que si 
queremos ser espirituales y maduros podemos comer esto y no podemos comer aquello. 
Pablo dice que ésta es una doctrina diabólica. ¿Qué estaba haciendo Satanás? Estaba 
pervirtiendo el buen don que Dios había dado a sus criaturas. 
 Pero hay otra forma mediante la cual Satanás puede pervertir en esta esfera de la 
alimentación. En 1 Pedro 4:3 leemos: «Baste ya el tiempo pasado para haber hecho lo 
que agrada a los gentiles, andando en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, 
disipación y abominables idolatrías.» Quisiera llamar la atención ahora a esa parte del 
versículo que se refiere al exceso de comida y de vino. ¿Qué había hecho Satanás aquí? 
Los había hecho glotones, y mediante su glotonería estaba pervirtiendo el uso correcto 
de la comida. Veamos el mandato que Moisés dio en Deuteronomio 21:20. Los padres 
debían decir a los ancianos de su ciudad: «Este nuestro hijo [es contumaz y rebelde, no 
obedece a nuestra voz; es glotón y borracho. Entonces todos los hombres de su ciudad 
lo apedrearán, y morirá; así quitarás el mal de en medio de ti...» ¿Comprendes que el 
pecado de la glotonería era tan serio para Dios bajo la ley mosaica como el adulterio o 
el asesinato? Salomón se refirió a ello al dar enseñanza en Proverbios 23:1-2: «Cuando 
te sientes a comer con algún señor, considera bien lo que está delante de ti, y pon 
cuchillo a tu garganta, si tienes gran apetito.» No podría haberlo expresado más 
claramente. Dice que es mejor cortarse la garganta que engordar. En el mismo capítulo, 
versículos 20 y 21, dice: «No estés con los bebedores de vino, ni con los comedores de 
carne; porque el bebedor y el comilón empobrecerán, y el sueño hará vestir vestidos 
rotos.» En Filipenses 3:19, Pablo dice, al escribir a los filipenses: «cuyo dios es el 
vientre...». 
 ¿Qué queremos decir con esto? Dios en el momento de la creación dio la comida al 
hombre como una bendición, para el sustento de su cuerpo físico. Pero, ¿cómo ha 
logrado Satanás que los hombres usen esa bendición de Dios? El diablo ha pervertido 
el uso de la comida. El hombre lucha ahora con los problemas de la obesidad y como 
consecuencia con los problemas del corazón y de la alta presión y todas las demás 
consecuencias del peso excesivo. El hombre rechaza la vida de gracia y se coloca bajo 
el legalismo en lo que respecta a la comida, sirviendo de este modo a los propósitos de 
Satanás. Puedes servir tanto a Satanás cuando almuerzas el domingo como en la taberna 
el sábado por la noche. 
 Otra bendición que Dios dio al hombre es el jugo que Él colocó en esa uva grandota. 
Se hallaba allí como una bendición de Dios, pero ¡cómo lo ha tomado Satanás, 
pervirtiéndolo y distorsionándolo, usándolo para cumplir sus propios propósitos! El 
mismo apóstol Pablo testifica que era una bendición y un beneficio al escribir a Timoteo 
en 1 Timoteo 5:23: «Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu 
estómago y de tus frecuentes enfermedades.» Creo que no es difícil deducir cuáles eran 
las enfermedades de Timoteo como compañero de viajes del apóstol Pablo. Tenía 
problemas estomacales, como los tiene todo turista que intenta seguir los pasos del 
apóstol Pablo a través del Asia Menor. Pablo dice que hay un buen remedio para ello. 
Dice que usemos el vino como medicina, porque el vino curará la disentería como pocas 
otras medicinas pueden hacerlo. ¿Por qué estaba tan preocupado Timoteo acerca de 
esto? Antes, en el capítulo 3, el Apóstol había indicado los requisitos para los obispos y 
diáconos. Pablo había dicho en el capítulo 3, versículo 3, que un obispo no debe ser 
dado al vino. La clara conclusión aquí es que el obispo debe abstenerse del vino por 
completo. Al indicar los requisitos para los diáconos, el Apóstol dijo nuevamente que 
el diácono no debe ser dado a mucho vino, de tal modo que sea esclavizado por él o que 
dependa de él. Timoteo tomó tan a pecho estas instrucciones y requisitos que trató de 
vivir con el problema de la disentería antes que utilizar los recursos médicos que estaban 
a su disposición, no fuera a suceder que alguien pensara que él era infiel a las normas y 
requisitos que correspondían a quienes servían en oficio de obispos y diáconos. El 
concepto de Pablo era que lo que Dios le había dado podía ser una bendición y un 
beneficio. 
 Pero ¡cómo ha sido desviado, deformado y pervertido el concepto de Pablo entre 
quienes invocan el nombre de Cristo, así como también entre los demás! Hoy en cada 
país los problemas del alcoholismo y los que resultan de la venta y consumo de bebidas 
alcohólicas constituyen —tanto económica como socialmente— uno de nuestros 
mayores problemas, pero lo pasamos por alto en gran medida a causa de la gratificación 
egoísta de los impuestos. ¡Cuán a menudo el hijo de Dios no se halla alerta antelos 
artificios de Satanás! Hemos crecido acostumbrados al alcoholismo, porque hemos 
crecido en medio de él, y nos hemos ajustado y adaptado a él. No nos damos cuenta que 
es un artificio sutil de Satanás, quien ha tomado otro de los beneficios y bendiciones de 
Dios y lo ha pervertido y deformado para servir a sus propósitos. 
 Por esta causa el Apóstol tuvo que escribir a los Efesios (capítulo 5, versículo 15) 
recordándoles que no debían depender del alcohol como medio de apoyo, sino que 
debían depender del Espíritu de Dios. Quien no quiera andar por fe y confiar en el Santo 
Espíritu de Dios para sostenerlo y ayudarlo a atravesar una experiencia difícil, espera 
que la bebida o el cóctel haga lo que debía hacer el Espíritu de Dios. El hombre que se 
apoya en el alcohol para atravesar una situación difícil nunca aprenderá a andar por fe 
y a depender del Espíritu de Dios. ¿Crees que Lucifer quiere que andes por fe, 
dependiendo del Espíritu Santo? ¡Qué ridiculez! ¿Qué hace para desviarte de una vida 
de fe? Sustituye otra de las bendiciones y beneficios de Dios y dice: «Utiliza el alcohol 
para fortalecerte en lugar de seguir el camino divino de depender del Espíritu de Dios 
para tu fortaleza.» Esta es su perversión. 
 ¿Qué podemos decir acerca del ambiente moral en el cual nos hallamos? Nuevamente 
observamos aquí la perversión de Satanás. La así llamada nueva moralidad o libertinaje 
sexual ilustra nuevamente el modo de obrar de Satanás. El apóstol Pablo dijo que la 
respuesta divina a las necesidades físicas del hombre y de la mujer era tener esposo o 
esposa. En 1 Corintios 7 el Apóstol dijo claramente que la relación matrimonial era la 
respuesta de Dios a los deseos sexuales. Aquello que Dios ha dado como su mayor 
bendición a la raza humana ha sido desviado, deformado y torcido con fines satánicos. 
El Apóstol se refiere claramente a esto en Romanos 1:25: «Ya que cambiaron la verdad 
de Dios por la mentira, orando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual 
es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues 
aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual 
modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su 
lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y 
recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.» 
 Toda esta esfera de perversión, de inmoralidad y de promiscuidad constituye una 
evidencia manifiesta de que Satanás es un pervertidor de los apetitos y deseos que Dios 
ha dado para bendición y beneficio de la raza humana. Al poseerlos, pervertirlos y 
desviarlos de su uso correcto, Satanás produce toda clase de suciedad, inmoralidad e 
impureza. El Apóstol se ve en la necesidad de referirse a este problema epístola tras 
epístola. Destaca la ley del matrimonio, a fin de que el marido o la esposa no sean 
infieles. Se refiere a las relaciones sexuales prematrimoniales para que los jóvenes no 
sigan el camino de Satanás, incurriendo en lo que las Escrituras prohíben y denominan 
fornicación. El Apóstol debe ocuparse de ello, como lo hace en 1 Corintios 7, como 
nuestro Señor lo hace en Mateo 19 con respecto al problema del divorcio, porque el 
divorcio es la perversión satánica de una bendición que Dios ha dado a la raza humana. 
 Estas son tan sólo algunas ilustraciones que podrían ampliarse hasta el infinito en 
relación con las bendiciones que reconocemos como dones de Dios y que, sin embargo, 
han sido tomadas por Satanás y utilizadas para sus propósitos. Satanás pervierte todo 
don que Dios da: los procesos físicos, la capacidad intelectual, la herencia social, el 
bienestar material. Todo puede ser transformado en herramienta suya. 
 Pero Satanás no sólo pervierte y deforma cosas físicas como éstas. Satanás obra 
también en la esfera de la dependencia de los hijos de Dios a la voluntad divina, 
desviando a las personas de la voluntad de Dios para servir sus propios propósitos. Sin 
duda viene a nuestra mente el caso de Jonás. Dios reveló a este profeta, quien durante 
toda una vida de ministerio había honrado y servido a Dios, que era su voluntad que 
fuera a los gentiles y les predicara el mensaje del juicio. Jonás volvió sus espaldas a la 
voluntad de Dios, descendió a Jope y se embarcó para alejarse cuanto pudiera del lugar 
al cual Dios le había enviado a predicar. ¿Por qué procedió Jonás de este modo? El 
mismo nos proporciona la respuesta en el cuarto capítulo de su profecía. Sabía que Dios 
los bendeciría por medio de su predicación. Sabía que Dios concedería arrepentimiento 
y confesión, y que el juicio de Dios sobre aquellos gentiles sería detenido si él predicaba. 
A Jonás le desagradaba que los gentiles fueran bendecidos. Quería ver castigados a los 
gentiles juzgados; no quería verlos recibiendo bendiciones. Con seguridad Satanás le 
estaba diciendo: «Dios te está pidiendo demasiado. Dios te está pidiendo que renuncies 
a demasiadas cosas. ¿Por qué lo haces?» Satanás pervirtió y tergiversó la voluntad de 
Dios, hasta que Jonás eligió seguir la perversión que Satanás había puesto delante de él. 
 Esta misma actitud se revela en el capítulo 9 de Lucas. Allí leemos —versículos 23 
al 26— que nuestro Señor presentó una opción a quienes se llamaban sus discípulos. 
Jesús dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada 
día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida la perderá; y todo el que pierda 
su vida por causa de mí, éste la salvará.» Debían hacer una elección: o ser discípulos de 
Cristo o discípulos de los fariseos; o aceptaban a Cristo o lo rechazaban. Cuando 
llegamos al versículo 57 de este capítulo leemos que algunos individuos optaron por 
Cristo. Uno dijo: «Señor, te seguiré adondequiera que vayas.» Nuestro Señor le recordó 
que no tenía siquiera lo que tienen las aves de los cielos o las zorras: no tenía un solo 
lugar de refugio. Este hombre se volvió atrás y se alejó porque seguir a Cristo le 
resultaba demasiado caro. Otro dijo: «Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi 
padre.» Ahora bien, el padre aún vivía. Pero si Cristo no disponía de los medios 
necesarios para mantener a sus discípulos, este hombre consideraba conveniente esperar 
hasta que tomara posesión de su herencia. 
 Una vez que su padre hubiera muerto y tuviera su propio sostén, entonces podría 
volver y seguir a Cristo. Así no le costaría nada. Pero se volvió atrás cuando Cristo le 
dijo: «Debes seguirme ahora». La voluntad de Cristo era demasiado cara para él. Otro 
se le acercó y dijo: «Déjame que me despida primero de los que están en mi casa», y 
Cristo lo rechazó. Esa persona se hallaba atada por ligaduras terrenas a las cosas 
materiales. Recordarás que en Lucas 14 uno se excusó diciendo que acababa de comprar 
una hacienda y que necesitaba ir a verla. Otro dijo que había comprado unos bueyes y 
que debía probarlos. Otro contestó que acababa de casarse. 
 Los posibles «seguidores» podían encontrar todo tipo de excusas. ¿Por qué? Porque 
Satanás estaba pervirtiendo y tergiversando la voluntad de Dios, insinuando a aquellos 
hombres que si seguían a Cristo tendrían que renunciar a todas las cosas materiales y 
que Él no les daría absolutamente nada. Insinuó que les convenía juntar bienes para su 
tranquilidad y comodidad y luego considerar qué podían hacer por Él. Ello era una 
perversión y una deformación de la voluntad de Dios para aquellas personas. 
Ciertamente el joven rico entra dentro de esta clasificación, porque fue a pedirle a Cristo 
que contestara la pregunta más suprema de su mente: cómo podría obtener la vida eterna. 
Estaba confiando en sus riquezas porque era muy rico. Cristo le dijo que debía dejar de 
confiar en sus riquezas, repartir todo lo que tenía y seguir en pos de Él. El joven se 
volvió atrás porque era muy rico; el corazónse le llenó de tristeza porque sus riquezas 
se interpusieron entre él y el Señor. 
 Lo que estamos tratando de sugerirte de acuerdo con estos casos es que Satanás se 
acerca al individuo y le dice que si le da el primer lugar a Cristo en su vida saldrá 
perdiendo. Le dice al comerciante que si administra su negocio de acuerdo con los 
principios cristianos sus competidores le ganarán de mano, y que si Él es estrictamente 
honrado al administrar su negocio saldrá perdiendo. Esta es la insinuación de Satanás: 
la voluntad de Dios es demasiado cara. ¡Cuántos se han visto confrontados con lo que 
Jesucristo demanda de una persona en absoluta sumisión a Él y se han vuelto atrás 
porque cuesta demasiado! Han seguido la perversión de Satanás. 
 Hay otra esfera en la cual Satanás pervierte. El pervierte las normas de la santidad 
divina. Esto es lo que se propone enseñar el capítulo cinco de Isaías. Se resume en el 
versículo 20: «¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de 
la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por 
amargo!» Hoy estamos viviendo en medio de un doble criterio moral y ético. El único 
criterio verdadero es la norma de la Palabra de Dios, que es un reflejo de la santidad del 
carácter de Dios. Este libro nos revela a Dios y revela lo que Dios espera de quien 
camina con Él. Dios tiene un sistema y una norma moral, ética y de conducta. Satanás 
ha pervertido estas normas, de tal modo que la norma de este mundo en lo que respecta 
a qué constituye una conducta aceptable no se conforma a la Palabra, de Dios. Los 
hombres dicen malo a lo bueno y bueno a lo malo. Han adaptado la filosofía de que el 
fin justifica los medios. El mundo está siendo sacudido por el así denominado vacío de 
la credibilidad. Algunos de los que han sido elegidos para los cargos públicos han 
adoptado la doble norma de Satanás. Pero esto no sucede tan sólo en las esferas políticas, 
sino también en todos los demás sectores. Los hombres llaman malo a lo bueno y bueno 
a lo malo porque Satanás es un pervertidor. 
 Una última esfera en que Satanás pervierte y deforma es la del camino de la salvación. 
Dios tiene una sola norma. A los hombres hay que hacerlos tan justos como Dios antes 
que puedan verlo cara a cara. Dios ofrece un Salvador al mundo. Cristo pudo decir de 
sí mismo: «Yo [y no otro] soy el camino, la verdad y la vida.» Satanás deforma y 
pervierte esta sencilla verdad y nos ofrece una multitud de filosofías y doctrinas, todas 
las cuales constituyen la negación de la persona y obra de Cristo Jesús. Multitudes de 
hombres y mujeres van rumbo a una eternidad sin Cristo —se dirigen al infierno— 
porque Satanás es un tergiversador y un pervertidor y los ha convencido de que no 
necesitan a Cristo Jesús para salvarse. Dichas personas se entregan con todo celo y 
energía a la búsqueda de la salvación por medio de alguna perversión o engaño satánico, 
ignorando que su fin es la separación eterna de Dios. 
 Es necesario que los creyentes conozcan las artimañas de Satanás para poder 
mantenerse en guardia contra sus engaños. El —el engañador— quiere pervertir y 
deformar todas las bendiciones que Dios ha provisto para ti como hijo suyo. Lo que el 
Apóstol quiso que los corintios comprendieran en 1 Corintios 12—14 es que cada vez 
que recibieran un don de Dios debían asegurarse que ese don fuera utilizado bajo el 
control de Dios y no bajo el control de Satanás. Ningún don conocido se halla libre de 
la posibilidad de ser pervertido por Satanás. No importa cuán buena sea una cosa en sí 
misma, Satanás puede introducirse para pervertirla, deformarla, destruirla, si nosotros 
se lo permitimos. Quiera Dios concedernos gracia para poder percibir y evitar la obra 
del pervertidor. 
 
 
 
7 
 
Satanás, el imitador 
 
2 Corintios 11:1—15 
 
 SATANÁS es un mentiroso y un engañador. De acuerdo con el capítulo once de 
segunda Corintios, versículos 13 al 15, Satanás es también un imitador. En el tercer 
capítulo del Génesis se relata que Satanás dijo a Eva: «El día que comáis de él... seréis 
como Dios [Elohim].» El propósito expreso de Satanás no era hacer a Eva lo más impía 
posible sino hacerla lo más pía posible independientemente de Dios. El plan y el 
programa satánico ha sido siempre imitar a Dios y engañar a los hombres con respecto 
a su plan, para que mientras siguen su imitación estén convencidos de que están 
siguiendo a Dios. 
 En 2 Corintios 11:13—15 el apóstol Pablo dice: «Porque éstos son falsos apóstoles, 
obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo». Observa esta frase: 
«que se disfrazan como apóstoles de Cristo». «Y no es maravilla, porque el mismo 
Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros 
se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.» En 1 
Timoteo 6:16, refiriéndose al eterno Dios, bienaventurado y solo Soberano, Rey de 
reyes y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, el Apóstol añade estas 
palabras: «que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni 
puede ver». La Palabra de Dios dice claramente que nadie ha podido contemplar el 
rostro descubierto del Dios eterno. Pablo declara como verdad categórica que Dios 
habita en luz inaccesible, y que ningún hombre le ha visto ni puede verlo. Cuando 
Moisés rogó a Dios que le mostrara su gloria, Él le recordó (como se relata en Éxodo 
33) que nadie puede ver su rostro y vivir. Pero Dios le dijo que lo pondría en una 
hendidura de la peña y lo cubriría con su mano y que luego El apartaría su mano y 
Moisés vería su resplandor, su refulgencia y su gloria, si bien no podría ver el rostro de 
Dios. Moisés contempló la gloria de Dios y se alejó completamente satisfecho. 
 Basándonos en este principio, podríamos llegar a la conclusión que cuando Adán y 
Eva caminaban con Dios en el huerto al aire del día, tal como se relata en los primeros 
capítulos del Génesis, Adán y Eva conversaban con un Dios revestido de luz. Percibían 
la presencia de Dios en el huerto a su lado a causa del resplandor de su gloria. Más 
adelante, lo mismo sucedió en el tabernáculo y en el templo. El pueblo de Israel sabía 
que Dios moraba en medio suyo porque contemplaba su gloria brillando en la columna 
de nube o en la columna de fuego en el tabernáculo y en el templo. Los tres discípulos 
que estuvieron en el monte de la Transfiguración sabían que Dios estaba en Cristo y que 
se estaba revelando a Sí mismo a través de Cristo porque contemplaron su gloria, «gloria 
como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». 
 Dios se presentaba ante Adán y Eva revestido de luz, y ellos se regocijaban en su 
presencia en una íntima y dulce comunión. Él les hablaba desde más allá de la gloria 
que rodeaba a su persona. Mientras estaban en comunión con Él, su voz llegó a serles 
familiar. Pero llegó el momento cuando Eva fue abordada por otro resplandor de luz, 
una manifestación de gloria, y la voz que habló esta vez desde más allá de la gloria fue 
algo distinta de la que ella estaba acostumbrada a oír. Esto es evidentemente lo que 
Pablo tuvo presente cuando dijo en 2 Corintios 11:14: «El mismo Satanás se disfraza 
como ángel de luz.» Nuestra conclusión es que el Apóstol nos está diciendo la forma en 
que Satanás se presentó ante Eva. No se presentó en el cuerpo desnudo de un animal del 
campo. Se apropió de ese cuerpo y lo veló con un resplandor de gloria, de tal modo que 
a Eva le pareciera que Dios había llegado nuevamente al huerto para hablar con ella. A 
Eva no le extrañó que la serpiente se le acercara, porque ésta y Satanás —quien la 
ocupaba— se hallaban escondidos tras un velo de luz. De este modo se apareció a Eva. 
Y ella, acostumbrada a acercarse a la luz para oír la voz de Dios y recibir instrucciones 
con respecto a su voluntad y su camino, paradisfrutar de su comunión, una vez más se 
acercó a la luz. Esta vez la voz contradijo lo que le había sido revelado antes, ya que la 
voz que procedía de la luz le mandaba tomar y comer para que pudiera ser semejante a 
Elohim, semejante a Dios. Fue la presencia de la luz lo que convenció a Eva que era 
Dios quien le estaba mandando comer. Satanás engañó a Eva porque había imitado el 
modo de revelación por medio del cual Dios se comunicaba con sus criaturas en el 
huerto. Se le apareció como un ángel de luz. 
 No parece haber tenido cabida en la mente de Eva el pensamiento de que Dios no 
podía contradecirse a sí mismo, ni que tampoco lo haría; y que el Dios que acababa de 
decir que «el día que de él comieres, ciertamente morirás» no cambiaría para decirle: 
«No moriréis, tomad, comed y seréis como Dios.» La mente de Eva fue engañada por 
el que se disfrazó de ángel de luz. Pero Satanás, que se escondió al imitar a Dios en el 
huerto, utiliza exactamente los mismos medios de engaño para perpetrar sus mentiras 
hoy. Satanás aún se disfraza de ángel de luz, y sus representantes y ministros también 
se disfrazan de ministros de justicia (2 Corintios 11:15). Mientras proclaman aquello 
que trae muerte y tinieblas a la mente y al corazón del pecador, profesan ser 
representantes del Dios que es luz, y pretenden estar predicando doctrinas que provienen 
del Dios de luz, del Dios vivo. Esto es parte del engaño satánico, del sistema satánico 
que imita el programa de Dios. 
 Podemos ilustrar esto mediante varios episodios registrados en la Palabra de Dios. 
Recordarás que cuando fue enviado a Faraón para decirle que dejara ir al pueblo de 
Dios, Moisés preguntó cómo podría convencer al Faraón, ya que no podía convencer al 
pueblo de Israel. «Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?» 
Y Dios reveló su nombre: «Yo soy el que soy», el Ser de existencia eterna. Él lo había 
enviado. Pero Moisés, previendo la dureza del corazón pagano, dijo que no lo creerían 
ni estarían dispuestos a seguirle. Por lo tanto, Dios le dio la autoridad de efectuar 
milagros y señales para autenticar su misión, su persona y su mensaje. Leemos en Éxodo 
7:11, 12, que luego que Moisés efectuó el primer milagro, convertir su vara en culebra, 
Faraón llamó a los sabios y hechiceros, «e hicieron también lo mismo los hechiceros de 
Egipto con sus encantamientos; pues echó cada uno su vara, las cuales se volvieron 
culebras...». Nuevamente se imita el programa en el versículo 22: «Los hechiceros de 
Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos.» ¿Comprendes lo que sucedió? Dios 
envió un mensajero para dar la liberación y la libertad al pueblo de Israel. El mensajero 
refrendó su mensaje con milagros y señales. Pero Satanás tenía sus ministros, sus 
hechiceros, sus encantadores, quienes imitaron los milagros de Moisés. ¿El resultado?: 
el corazón de Faraón se endureció «y no dejó ir a los hijos de Israel». Opuso su corazón 
contra Moisés y contra Dios. Satanás, pues, imitó los milagros para engañar a Faraón y 
a los egipcios. 
 Vemos otro ejemplo en la experiencia de Pabló. El Apóstol fue enviado a predicar el 
Evangelio de la gracia de Dios por todo el mundo gentil. Cuando Pablo comenzó su 
primer viaje misionero, llegando a Pafos, «hallaron a cierto mago, falso profeta, judío, 
llamado Barjesús, que estaba con el procónsul Sergio Paulo, varón prudente. Este, 
llamando a Bernabé y a Saulo, deseaba oír la palabra de Dios. Pero les resistía Elimas, 
el mago (pues así se traduce su nombre), procurando apartar de la fe al procónsul» 
(Hechos 13:6—8). Ahora bien, ¿qué sucedió? Pablo había llegado a un hombre cuyo 
corazón se hallaba hambriento y clamaba por conocer a Dios. El Apóstol le presentó el 
Evangelio de la gracia de Dios. Pero Satanás tenía allí su ministro, que profesaba ser un 
ministro de justicia, para decirle a aquel pecador agobiado que lo que los siervos de Dios 
decían no era la verdad, sino mentira. 
 Este principio se ilustra más extensamente en el capítulo 13 del Apocalipsis. Cuando 
la bestia es puesta como objeto de adoración durante el período de la tribulación, el que 
ministra para ella, el falso profeta, «hace grandes señales, de tal manera que aun hace 
descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres [imita los milagros de Elías], 
y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en 
presencia de la bestia, mandando a los moradores de la tierra que le hagan imagen a la 
bestia que tiene la herida de espada, y vivió. Y se le permitió infundir aliento a la imagen 
de la bestia, para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el que no la adorase» 
(Apocalipsis 13:13—15). Cuando Dios envía a sus dos testigos para pronunciar juicio 
sobre Jerusalén e invitar a los hombres a lavar sus vestidos y blanquearlos en la sangre 
del cordero (Apocalipsis 11:3—12), Satanás tiene uno que se transforma en ministro de 
justicia para imitar los milagros de Dios, los milagros de Elías y los milagros de Moisés, 
a fin de convencer al mundo que lo que él les está diciendo es verdad. Dios envió 
hombres con autoridad para proclamar un mensaje y rubricó dicha autoridad mediante 
milagros. Pero Satanás como imitador envió su representante para efectuar los milagros, 
a fin de engañar a los hombres y apartarlos de la verdad. 
 Observamos otra esfera dentro de la cual Satanás imita. En Hechos 1:8, Dios dijo a 
los apóstoles: «Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo 
último de la tierra.» ¡Me seréis testigos! A medida que leemos el libro de los Hechos, 
vemos a los Apóstoles extendiéndose por toda la faz de la tierra para proclamar una 
Persona, para presentar a los hombres el Evangelio de las buenas nuevas: que Cristo 
murió por nuestros pecados. El mensaje que los Apóstoles llevaban se centraba en la 
persona y obra de Jesucristo. Ellos no sabían cosa alguna sino a Jesucristo y a éste 
crucificado. Pero cuando Satanás observó el propósito y el programa de Dios al enviar 
a los hombres para dar testimonio de Jesucristo, él envió a sus hombres para negar esta 
verdad fundamental. Observamos varias referencias a ello en el capítulo 11 de 2 
Corintios. En el versículo 3, Pablo dice a los Corintios: «Pero temo que como la 
serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera 
extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno (obsérvense estas 
palabras) predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro 
espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo 
toleráis.» Satanás predica otro Jesús por el poder de otro espíritu, lo cual resulta en otro 
evangelio. En 1 Timoteo 4, Pablo prevé lo mismo: «El Espíritu dice claramente que en 
los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores 
(o a maestros engañadores) y a doctrinas de demonios.» Ahora bien, esto no se refiere 
a doctrinas acerca de los demonios sino a doctrinas que predican los demonios, imitando 
la verdad concerniente a la persona y la obra de Jesucristo. 
 El diablo es predicador, no lo olvides. Es diabólico en su predicación, pero es un 
predicador, y tiene otro evangelio, otro Jesús y otro poder para efectuar lo que él desea 
en las vidas humanas. Sus demonios predican activamente. Juan enseñó lo mismo en 1 
Juan 4:1: «No creáis a todo espíritu [o maestro], sino probad los espíritus [juzgadlos de 
acuerdo a la Palabra de Dios; y así sabréis] si son de Dios; porque muchos falsos profetas 
han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu [o maestro] 
que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no 
confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del 
anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en elmundo.» 
 Ya en el capítulo 2, versículo 22, Juan formula la misma declaración: «¿Quién es el 
mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al 
Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre.» Ahora bien, 
Pablo y Juan estaban previendo el movimiento satánico que habría de lanzar 
predicadores al mundo con una doctrina que negaría la persona y obra de Jesucristo. 
Satanás está dispuesto a aceptar cualquier otra doctrina que tú insistas en creer, pero no 
puede consentir bajo ninguna circunstancia —ni lo hará— que se predique la muerte y 
la resurrección del Señor Jesucristo a los hombres. Porque la persona y la obra de Cristo 
constituyen la médula del Evangelio. Por lo tanto, Pablo y Juan advirtieron a la iglesia 
que surgirían hombres que predicarían otro evangelio y otro Cristo por otro espíritu. 
 ¿Qué nos proponemos destacar? Que el método divino de alcanzar a los hombres es 
predicar; el método que Dios usa para alcanzar a los hombres es hacer que los hombres 
proclamen la verdad concerniente a Jesucristo. Y Satanás no ha ideado otro programa. 
El imita el programa de Dios y envía al mundo a sus ministros, que se fingen ministros 
de la justicia, a hacer lo que los santos de Dios tienen la orden de hacer: predicar. Pero 
al ir con otro evangelio inspirado por el poder satánico y no por el poder del Espíritu 
Santo, lo hacen para engañar, para alucinar, para arrebatar la verdad de las mentes de 
los hombres mientras proclaman una mentira. Este es el plan del imitador de Dios. 
 Pablo destaca esto mientras escribe a los Gálatas. En Gálatas 1:6—9 dice: «Estoy 
maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, 
para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os 
perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Más si aún nosotros, o un ángel del 
cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. 
Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente 
evangelio del que habéis recibido, sea anatema.» El idioma griego no tiene otra palabra 
más fuerte que la que el Apóstol usa aquí en dos oportunidades (versículos 8 y 9) cuando 
dice que quien pervierte la doctrina del evangelio de la persona y de la obra de Jesucristo 
sea maldito eternamente. Pablo, comprendiendo las artimañas de Satanás, sabía que 
imitaría el programa de Dios y que engañaría a los hombres imitando el mandato divino 
de predicar por todo el mundo. 
 Necesitamos estar alerta contra un concepto falso que se ha generalizado. Cuando 
observamos un borracho o un delincuente que se va barranca abajo, decimos: «Miren lo 
que Satanás ha hecho. Ahí tienen la obra maestra de Satanás.» No estoy de acuerdo con 
este criterio. Satanás se halla tan disgustado y asqueado con ese resultado como tú. 
Satanás quiere desentenderse de ese borracho y no tener nada que ver con él, a pesar de 
que le pertenece. La obra maestra de Satanás es el individuo bueno, recto, honesto, 
honrado y respetado en la comunidad, que siente que no necesita a Jesucristo, que no 
necesita a Dios, que puede lograr su propia salvación sin la ayuda divina. El hombre 
cuyo carácter es incuestionable, cuyo prestigio es intachable, pero que excluye a Dios 
de su vida, es el deleite de Satanás. Esa es su obra maestra. Satanás está tratando de 
lograr que sus hijos sean lo más parecidos posible a Dios, para que nunca depositen su 
fe en el Señor Jesucristo como su Salvador personal. 
 Satanás está tratando de lograr la perfección. Está tratando de obtener un hombre 
perfecto fuera de Cristo. Entonces podría decir: «Sois semejantes a Dios; siguiéndome 
habéis llegado a ser como Dios.» ¿Cuál es el objetivo de la evolución? Producir un 
ejemplar humano perfecto mediante procesos naturales y mediante el control del medio 
ambiente y de la herencia. Considera que el hombre se acerca a la perfección mediante 
su propio esfuerzo, sin la ayuda de la gracia divina Satanás proclama la teoría de la 
evolución para lograr su fin propuesto: hacer creer a los hombres que se asemejan 
mucho a Dios sin tener conocimiento alguno de Dios ni relación alguna con Él. 
 Leímos recientemente acerca de una boda satánica efectuada en California, con una 
novia vestida de escarlata. Sobre el altar se hallaba el cuerpo de una mujer desnuda, 
simbolizando más bien una devoción a la indulgencia que a la sobriedad. Ambos 
contrayentes se reunieron para ser casados ante Satanás. La característica singular de 
esta nueva religión satánica es que no tiene concepto alguno del pecado y, en 
consecuencia, no provoca sentimientos de culpa alguna. El fundador de esta religión 
está escribiendo una nueva biblia, que será una biblia satánica. ¿A quién no le horroriza 
esta noticia? ¿Crees que Satanás se halla orgulloso de esto? ¡Claro que no! Se siente 
avergonzado. Se siente tan avergonzado de ello como cualquier hombre de Dios de 
carácter recto, porque ello revela lo que Satanás realmente es. Satanás no quiere que 
esto trascienda. Él quiere ocultar lo que él es: quisiera ocultar este tipo de devoción, 
porque lo desenmascara. 
 ¿De qué movimientos se siente orgulloso Satanás? De aquellos en los cuales sus 
ministros aparecen como ministros de luz. En uno de los hoteles más grandes de Dallas, 
Texas, un grupo de hombres que decían ser ministros del evangelio de Jesucristo se 
reunieron para hablar sobre la educación cristiana. Un líder dijo ante los delegados de 
todas las regiones de los Estados Unidos que se hallaban reunidos: lo más peligroso que 
podemos hacer es enviar a nuestros hijos a la escuela dominical, porque allí se les 
enseñan los mitos de la Biblia y luego, cuando son mayores, comprenden que deben 
desechar esos mitos, y desechan a Dios junto con los mitos. Por lo tanto, es peligroso 
enviar a nuestros hijos a la escuela dominical. Ese hombre no es un ministro de la 
justicia; es un ministro del diablo. Cierto obispo negó públicamente todas las doctrinas 
fundamentales de la Palabra de Dios a tal extremo que su denominación ya no lo pudo 
tolerar más. En una de nuestras universidades en Texas dijo a los jóvenes: «No permitáis 
que nada ni nadie os diga qué es pecado. Uno es el que decide qué es pecado. Y una 
cosa es pecado sólo cuando determinamos que lo es para nosotros; si determinamos que 
no es pecado, no lo es.» A ese hombre lo llaman «obispo» y «pastor de almas». Es más 
bien un emisario del diablo, disfrazado de ministro de luz. 
 Otro hombre, que se titula sacerdote de salones de baile, vaga de bar en bar para, 
según dice, alcanzar a los hombres con el evangelio. Y dice públicamente: «No quiero 
utilizar la palabra Jesucristo: Uno no puede comprender a un dios encarnado. Hablo de 
Jesús, porque uno sí puede comprender a un hombre que traspira.» Aunque dice ser 
ministro de luz, habla como un hijo del diablo. 
 Quienes conocen la Palabra de Dios y veneran la autoridad de las Escrituras deberían 
examinar a toda persona que profesa ser ministro de Jesucristo para ver si pueden 
aprobar este examen sencillo. ¿Cuál es su actitud con respecto a la persona y obra de 
Jesucristo? Es peligroso sintonizar la radio sin criterio, porque Satanás —el príncipe de 
la potestad del aire— puede apropiarse de las ondas del éter para proclamar su impiedad 
por medio de quienes profesan ser ministros de justicia. La Palabra de Dios te manda 
que pruebes a todos los que profesan ser ministros del Evangelio de Cristo. Pruébalos 
de acuerdo a la Palabra de Dios, porque ésta es la norma y la autoridad. El hombre que 
pone en tela de juicio la autoridad, la integridad y la infalibilidad de la Biblia carece de 
guía en su doctrina y se ha transformado en emisario de Satanás. Quien niega la 
suficiencia de la muerte de Cristo para la salvación del pecador, no importa cuál sea su 
afiliacióno posición, es un emisario de Satanás, un ángel de las tinieblas disfrazado de 
ángel de luz. Quien niegue que Jesucristo es el Hijo eterno del Dios eterno, que se 
encarnó para redimir a los pecadores, es un emisario de Satanás, no importa cuán pío 
sea su vocabulario ni cuál sea su respaldo eclesiástico. Satanás está obrando para 
engañar, para perpetrar una mentira, y esto lo hace mediante la sutil imitación de la 
verdad. 
 Quizás algunos de los que leen estas líneas se han confiado en el pasado a ministros 
de las tinieblas pensando que eran ministros de la luz. Invocamos la autoridad de la 
Biblia para testificar que hay un solo Salvador y que éste es Jesucristo; que hay un solo 
plan de salvación: que Cristo murió por nuestros pecados; que hay una sola manera en 
que puedes recibir la salvación de Dios, y ella es que aceptes a Jesucristo como Salvador 
personal. Este es el mensaje de luz que se halla en Jesucristo. Te ofrecemos este 
Salvador. ¿Confiarás en Él para obtener la salvación? 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
8 
 
Satanás, el inicuo 
 
2 Tesalonicenses 2:1-2 
 
 CUANDO VAMOS a un estudio fotográfico para que nos hagan un retrato, es 
probable que le pidamos al fotógrafo que tome la foto de un lado o del otro, porque 
estamos convencidos que un lado es mejor que el otro. El fotógrafo puede pensar de 
otro modo y tomar otra pose. El cliente elegirá la foto que más le favorezca. 
 Pero mirémoslo como lo miremos, Satanás no tiene un solo lado bueno. Es un 
mentiroso, un trampista, un engañador, un imitador. Quisiéramos llamar tu atención a 
otra faceta del carácter de Satanás, tal como lo vemos en la Palabra de Dios: sé lo 
describe como el inicuo. 
 El apóstol Pablo al escribir en 2 Tesalonicenses 2 nos recuerda que Satanás 
consumará su plan sobre la tierra durante el período de la Tribulación manifestando al 
mundo al llamado hombre de pecado, el hijo de perdición o, traducido más 
correctamente, el inicuo. Este inicuo, que tiene tanta participación en el programa 
profético, es tan sólo una manifestación del carácter básico de Satanás y de su plan. No 
comprenderemos la naturaleza de la lucha en que nos hallamos comprometidos día tras 
día, ni comprenderemos muchos de los acontecimientos que se están desarrollando a 
nuestro alrededor en el mundo actual, a menos que reconozcamos el hecho de que el 
que es calumniador, engañador y mentiroso es también inicuo. 
 Satanás fue creado por un acto de Dios junto con el resto de la creación angelical. 
Entró en existencia porque Dios habló. En virtud del hecho de que es una criatura, tenía 
la obligación de someterse a la autoridad del Creador. El apóstol Pablo, al referirse a la 
perpleja doctrina de la elección, explica claramente en Romanos 9:20 que el ser creado 
no tiene derecho alguno de decirle al Creador: «¿Por qué me has hecho así?» Durante 
mucho tiempo, no sabemos exactamente cuánto, Lucifer permaneció en el estado en el 
cual fue colocado por creación. Como el mayor de los seres angelicales creados era 
ejecutor de la voluntad divina y administrador en el reino de los seres angelicales. 
Mientras ejercía el poder de Dios, revestido de gloria y de resplandor como el más 
hermoso de todos los seres creados, era superior a todos los demás ángeles. Pero le 
molestaba que hubiera uno sobre él. Codició la autoridad que pertenecía a Dios y, lo 
que es más, codició la independencia de Dios. Cuando Lucifer observó la independencia 
de Dios y la contrastó con su obligación de permanecer sujeto a Él, él dijo (como relata 
Isaías 14:14): «Seré semejante al Altísimo.» Esta frase resume la rebelión de Lucifer 
contra Dios. Nunca podría ser semejante a Dios el Creador, porque era un ser creado. 
Nunca podría ser semejante a Dios en cuanto a la vida eterna, porque poseía vida creada. 
Podía ser semejante a Dios de un solo modo, y éste consistía en no ser responsable ante 
nadie salvo él mismo. De este modo, en su codicia de independencia, dirigió la rebelión 
de una hueste innumerable de ángeles contra la autoridad de Dios, Dios comenta el 
efecto que ello tuvo. 
 «Se inclinarán hacia ti los que te vean, te contemplarán, diciendo: ¿Es éste aquel 
varón que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos; que puso el mundo como 
un desierto, que asoló las ciudades, que a sus presos nunca abrió la cárcel?» (Isaías 
14:16, 17.) 
 Para poder comprender lo que escribe Isaías es necesario que recordemos nuevamente 
la sutileza de la incitación al mal que Satanás hizo a Eva. Satanás se acercó a ella y puso 
en duda su conocimiento de la revelación de Dios. Puso en tela de juicio el amor de Dios 
y lo acusó de ser celoso: por cuanto Él no quería compartir su posición con nadie, le 
negaba a Eva aquello que sería para su provecho y su bendición. 
 Acusó a Dios de tener un carácter imperfecto. Como resultado de esta tentación, 
cuando «vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, 
y árbol codiciable para alcanzar sabiduría... tomó de su fruto, y comió; y dio también a 
su marido, el cual comió así como ella». El primer pecado de Eva fue el pecado de la 
duda, pecado que puso en tela de juicio el carácter de Dios. La duda produjo la rebelión; 
y Eva se rebeló contra Dios, siendo la primera persona rebelde en esta esfera terrenal. 
Adán se unió inmediatamente a su rebelión, de tal modo que fueron dos los rebeldes. Y 
cuando Adán y Eva tuvieron hijos, los hijos que nacieron en su familia nacieron en 
rebelión. Cuando crecieron, su carácter rebelde se manifestó: Caín mató a Abel su 
hermano. Este fue un pecado inicuo. Casi al principio “del libro de Génesis descubrimos 
que toda la tierra se había vuelto tan corrompida, malvada y rebelde que Dios vio que 
«la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los 
pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió 
Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo Jehová: 
«Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta 
la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho.» 
(Génesis 6:5-7.) 
 Ahora comenzamos a comprender lo que Isaías dijo cuando se dirigió a Satanás y 
preguntó: «¿Es éste aquel varón que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos; 
que puso el mundo como un desierto?» Se estaba refiriendo a la convulsión de la raza 
humana en su adhesión a la desobediencia y rebelión que los llevó a repudiar toda la ley 
y orden, y rebelarse contra la autoridad. La raza humana se transformó en una raza 
rebelde, rebelde contra Dios. Se transformó en una raza inicua. Dios tuvo que enviar un 
diluvio que cubrió toda la faz de la tierra, para raer a los hombres de sobre su faz, porque 
Satanás había efectuado su obra, haciendo temblar la tierra y convirtiendo la tierra 
virgen en desolación en su rebelión contra Dios. 
 Pero Dios tenía el propósito de poblar la tierra nuevamente. Utilizó a Noé, su esposa 
y sus hijos, pequeña familia que había crecido en la fe en Dios porque Él se les había 
revelado. La tierra fue poblada nuevamente después del diluvio y, a fin de evitar que la 
tierra fuera sacudida por la desobediencia, leemos en el capítulo nueve del Génesis que 
Dios instituyó el gobierno humano. Se le dio poder al gobierno humano, hasta de 
imponer la pena de muerte para el individuo, para que la iniquidad fuera contenida, para 
que los hombres pudiesen tener justicia y rectitud sobre la tierra. El principio sentado 
en Génesis 9:6 es el siguiente: «El que derramare sangre de hombre, por el hombre su 
sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.» 
 El apóstol Pablo se refiere a las prerrogativas y al propósito del gobierno en el capítulo 
trece de la epístola a los romanos. Pablo manda: «Sométase toda personaa las 
autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, 
por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo 
establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. 
Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. 
¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanzas de ella; porque 
es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque [la autoridad] lleva 
la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.» En 
este pasaje el Apóstol nos dice muy claramente que los gobernadores y autoridades de 
la esfera civil han sido puestos por Dios; Dios los llama sus ministros. No son ministros 
del Evangelio, pero son administradores de la ley y del orden, del derecho y de la 
justicia. Han sido puestos para administrar el juicio de Dios sobre los que hacen lo malo, 
para castigar a los tales y para preservar a los que hacen lo bueno. Para que no pienses 
que éste es un pasaje aislado, observa 1 Pedro 2:13, donde el Apóstol dice que debemos 
someternos «a toda institución humana, ya sea el rey, como a superior, ya a los 
gobernadores, como por él enviado para castigo de los malhechores y alabanza de los 
que hacen bien». 
 En la carta a Tito el apóstol Pablo nos enseña nuevamente lo mismo. Pablo quería 
que los que habían sido libertados en Cristo Jesús reconocieran que se hallaban bajo la 
autoridad del gobierno y que debían someterse a él porque el gobierno era una 
institución divina necesaria, a causa de la rebelión de Satanás y del plan satánico para 
producir la más absoluta iniquidad sobre la faz de la tierra. Quisiera recordarte que el 
apóstol Pablo estaba viviendo bajo uno de los gobiernos más corrompidos y más 
autoritarios que el mundo jamás haya conocido. Sin embargo, Pablo no se ocupó de 
criticar la forma de gobierno, sino que dijo que los creyentes tenían la responsabilidad 
de someterse a él. 
 Esto nos lleva a la conclusión de que cualquier forma de gobierno que cumpla el 
propósito divino de gobierno, esto es, cualquier gobierno que preserva la ley y el orden, 
que contiene la iniquidad y evita el desorden, cuenta con la aprobación divina. El 
creyente tiene la responsabilidad de someterse a él. Estoy tratando de hacerte ver que 
Dios tiene un propósito con el gobierno humano. El gobierno humano fue necesario 
porque Satanás es inicuo, es rebelde, y es su propósito guiar a los hombres a la iniquidad, 
a la rebelión contra la sociedad, contra Dios, contra la ley divina. Y para contener la 
obra de aquel que hace temblar a las naciones, Dios ha instituido el gobierno humano. 
 Satanás tiene un propósito muy distinto. Lo hemos visto en el capítulo seis del 
Génesis con respecto al diluvio. El propósito de Satanás es sumergir a todo el mundo en 
un caos de desobediencia. Es su propósito hacer que los hombres y las naciones se 
rebelen contra el gobierno de Dios, contra las normas morales de la Palabra de Dios y 
contra el carácter de Dios, para producir la iniquidad. Hay un pasaje en el cual Pablo 
describe el carácter de la sociedad de los últimos tiempos, cuando la obra de Satanás ya 
no se halle restringida. El pasaje de 2 Timoteo 3:1—5 en la versión inglesa ampliada 
dice: «También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos 
de gran tensión y perturbación, difíciles de abordar y de sufrir. Porque habrá hombres 
amadores de sí mismos [hasta el extremo], avaros e impulsados por un excesivo [ávido] 
deseo de riquezas, vanagloriosos, soberbios y fanfarrones despectivos. Serán ofensivos 
[blasfemos y burladores], desobedientes a los padres, ingratos, impíos y profanos. [Ellos 
serán] sin afecto natural [humano] [callosos e inhumanos], implacables, sin admitir 
tregua ni pacificación. [Ellos serán] amadores de los placeres sensuales y de vanos 
entretenimientos más que y antes que Dios, Que [aunque] tendrán apariencia de piedad 
[religión verdadera] negarán, rechazarán y desconocerán el poder de ellas: su conducta 
desmiente la genuinidad de su profesión. A [todos] estos evita: apártate de los tales.» 
 Tal es el cuadro de la iniquidad que Satanás trata de provocar en la tierra en estos 
últimos tiempos. 
 El creyente tiene que hacer frente a esta obra de Satanás en el mundo que lo rodea. 
También experimenta la obra de Satanás en su propio corazón, porque Satanás sólo 
puede producir la iniquidad en la sociedad como unidad produciendo la iniquidad en los 
individuos que la constituyen. El método satánico, pues, consiste en hacer tropezar a la 
nación, lanzar a la sociedad violentamente a la desobediencia y a la rebelión contra la 
autoridad guiando a los individuos a ese mismo estado de desobediencia y tumulto. 
 Cuando un individuo nace en este mundo, nace con una naturaleza desobediente y 
rebelde. Esa fue tu naturaleza y la mía antes de ser salvado. Cuando fuimos salvados, 
Dios nos puso bajo su autoridad y nos colocó bajo el dominio de Cristo Jesús. Pero aún 
conservamos la antigua rebeldía contra el gobierno divino y contra la santidad y la 
justicia de Dios que teníamos antes de ser salvos. Y a menos que el Espíritu de Dios nos 
conduzca a someternos, dicha rebeldía habrá de manifestarse. 
 Poco comprendemos la medida de la iniquidad desenfrenada que cubre el mundo hoy 
y que más directamente cubre nuestra nación ahora. Este aumento de la iniquidad 
constituye una indicación de que estamos viviendo en los últimos tiempos antes de la 
aparición del Señor de Gloria, quien conducirá a esta tierra a someterse a Él. También 
constituye una señal de peligro para nuestra nación. 
 Ninguna nación en la historia del mundo ha sido fundada jamás sin un respeto, por la 
ley y el orden en su comienzo. Y ninguna nación ha sido destruida sin que ese respeto 
por la ley y el orden fuera destruido antes. Piensa en Babilonia, la gran nación que 
dominó todas las demás naciones en la historia del Antiguo Testamento. 
 De Babilonia salieron algunos de los más grandes códigos legales, códigos que fueron 
luego norma para las demás naciones. Pero cuando nos volvemos a la profecía de Daniel 
en la víspera de la destrucción de Babilonia, ¿qué encontramos? Encontramos al rey en 
un gran salón de banquetes bebiendo desenfrenadamente y repudiando a todos los 
dioses. 
 La nación que había sido fundada en la ley la despreció, y en una noche fue arrollada 
y su poder fue quebrantado. ¿Cuál fue la grandeza de Roma? La ley romana. El sistema 
legal que Roma desarrolló dio origen a la fundación del Imperio Romano. Pero leamos 
la obra de Gibbons, «Rise and Fall of the Roman Empire» (Surgimiento y caída del 
Imperio Romano); ¿qué descubrimos? Durante la declinación de Roma los ciudadanos 
habían repudiado la ley y su derecho de gobernarlos y hacían lo que les placía tanto 
como nación como individualmente. Fueron barridos por los invasores del Norte. 
Cuando repudiaron la ley, entraron en la declinación y el decaimiento. 
 Los Estados Unidos de América, mi nación, fue fundada sobre la Palabra de Dios, 
sobre el respeto a la autoridad de Dios y sobre el respeto al gobierno legítimo. Acabamos 
de entrar en un periodo donde el rechazo de la ley es la práctica corrientemente aceptada. 
Cuando se organizan marchas para desafiar la ley del país y manifestar una abierta 
rebeldía, podemos observar cuánto hemos transitado por el camino de la desobediencia 
como nación. Concilios de iglesias y organizaciones que pretenden ser cristianas se unen 
a este movimiento impío y satánico, tratando de derribar la ley de la tierra y el gobierno 
de la ley. Las iglesias han contribuido al programa satánico tratando de destruir lo que 
constituye la función primaria del gobierno. 
 Esto es mucho más que una rebelión individual. Es la ilegalidad organizada contra la 
autoridaddel estado, la desobediencia civil, como instrumento para cambiar gobiernos 
u obligar a los gobiernos a cumplir la voluntad del pueblo, forma parte de un sistema 
satánico que pretende desconocer la ley. Y la ilegalidad no se transforma en legítima 
porque sea organizada. 
 Cuando quienes están en los altos cargos dicen que es ridículo esperar que una 
persona obedezca una ley que no le gusta, están defendiendo la ilegalidad. Y cuando 
una persona cuyo oficio es defender la ley y el orden defiende la rebelión porque la ley 
no le conviene, está promoviendo el gran propósito de Satanás en el mundo actual; 
destruir las naciones introduciendo la ilegalidad. Es de preguntarse si Roma avanzó más 
en el camino de la ilegalidad de lo que nosotros ya hemos avanzado. Para Roma no 
podía haber otra cosa que disolución. Es de preguntarse si no habremos avanzado más 
en nuestra impiedad que Babilonia. Nos encontramos en el mismo lugar de Belsasar 
cuando «bebieron vino, y alabaron a los dioses de oro...» (Daniel 5:4) ¡Dios juzgó y 
derribó esa nación! Esta misma ilegalidad ha penetrado en la trama y urdimbre de 
nuestra sociedad. Esto es lo que quiso significar Isaías cuando dijo que Satanás sacudiría 
a las naciones generando el desprecio nacional por la ley. 
 Ahora bien, a fin de evitar que los individuos caigan en este propósito de Satanás, 
Dios ha puesto la autoridad en diversas esferas. Al creyente se le manda someterse a esa 
autoridad. La esfera del gobierno, a la cual el creyente debe sujetarse, es tan sólo una 
esfera de autoridad que se nos manda respetar. Hay autoridad en el hogar. Quienes están 
en el hogar deben reconocer que la autoridad del esposo y padre es una autoridad que 
proviene de Dios. La autoridad fue dada al esposo y padre para contener la 
desobediencia. El esposo, siendo él mismo desobediente por naturaleza, debe hallarse 
en absoluta sujeción a Cristo. Los hijos son desobedientes por naturaleza y deben 
someterse a sus padres. Y la esposa debe sujetarse a su marido para contener la 
desobediencia. Satanás tratará de producir rebelión en el hogar. Esto podría ser evitado 
mediante el ejercicio de la autoridad. 
 La Palabra nos dice que Dios ha constituido autoridad en la iglesia. Esa autoridad ha 
sido confiada a los ancianos, y se manda a los creyentes en la asamblea que se sometan 
a ellos (1 Pedro 5:5). ¿Por qué? Porque los creyentes pueden ser tan rebeldes y 
desobedientes como cualquier otra persona. Y Dios, quien ha provisto la autoridad en 
el estado y ha provisto la autoridad en el hogar, ha provisto también la autoridad en la 
iglesia. 
 Estas son las tres esferas en las cuales se desenvuelve el hombre: la esfera de la 
sociedad o el estado, la esfera de la iglesia y la esfera del hogar. No hay ninguna esfera 
en que vivamos para la cual Dios no haya provisto autoridad, autoridad que es necesaria 
porque nuestro adversario es inicuo, y nosotros somos desobedientes por naturaleza. Y 
para evitar que Satanás tome ventaja sobre nosotros y nos lleve a someternos a él, Dios 
ha impuesto esta autoridad sobre nosotros. 
 Queda aún otra autoridad, la autoridad que pertenece a Aquél cuyo nombre será Rey 
de reyes y Señor de señores. Dios le ha dado a Cristo no sólo el ser Salvador sino 
también nuestro Señor. Y cuando usas la palabra Señor con relación a Cristo Jesús, estás 
confesando que Dios te lo ha dado a Él para que sea tu autoridad, el que te gobierna, el 
que te domina. ¿Con qué propósito? Para evitar que la desobediencia e iniquidad de 
Satanás sean reproducidas en ti. El creyente que se somete a Jesucristo estará sometido 
en el estado, en el hogar y en la iglesia. Pero el método divino para asegurar nuestra 
sujeción en cada una de estas esferas es llevarnos antes que nada al sometimiento a 
Cristo Jesús. 
 El hijo que se somete a Cristo Jesús se someterá también a sus padres, porque el padre 
es el canal por medio del cual Cristo obra. El hijo de Dios que se somete a Cristo se 
someterá al estado, porque reconoce que el estado es un canal por medio del cual Cristo 
ejerce su autoridad. El hijo de Dios que se somete al Señor Jesucristo se someterá a los 
ancianos, porque reconoce que los ancianos son un canal por medio del cual Cristo obra. 
El hijo de Dios debe decidir qué autoridad reconocerá sobre su vida. Satanás lucha por 
esa autoridad. Contra ello, Jesucristo extiende una mano atravesada por los clavos y te 
invita a tomar su yugo sobre ti. Te invita a tomar tu cruz y seguirle como el Señor que 
tiene el derecho de gobernarte. Tú no tienes poder para combatir la iniquidad de Satanás 
y tu voz alzada contra la ilegalidad de la tierra será apenas audible. Pero puedes evitar 
que Satanás te gobierne como individuo. Sólo puedes evitarlo entregando tu vida 
completamente a Jesucristo para que Él ejerza su autoridad soberana sobre ti cual Señor 
sobre su siervo. El engañador tratará de cerrar tus ojos a la verdad, el mentiroso negará 
la verdad, el rebelde inicuo tratará de que te rebeles contra la verdad. Y sólo serás librado 
de ese maligno cuando te coloques en las manos del Señor Jesucristo. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
9 
 
Satanás, el rebelde 
 
Job 1:13—22 
 
 SIENDO DIOS EL CREADOR, toda la gloria, el honor y la majestad, todo el poder, 
el dominio y la autoridad le pertenecen. La responsabilidad primordial de la criatura es 
someterse al Creador. Lucifer, el más sabio y hermoso de todos los seres creados por 
Dios, se rebeló contra esta responsabilidad. Su deseo era deponer a Dios de su trono y 
desplazarlo como autoridad suprema del universo que Él había creado. En su rebelión, 
Lucifer llevó tras sí una gran cantidad de seres angelicales creados, los que al igual que 
él se transformaron en rebeldes. 
 Cuando Dios creó a Adán y lo colocó en el huerto del Edén, le formuló una exigencia: 
que se sometiera a Él y le obedeciera. A fin de que existiera la oportunidad de demostrar 
dicha sumisión, Dios colocó el árbol del conocimiento del bien y del mal en el huerto, 
y dijo a Adán: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que 
de él comieres, ciertamente morirás.» (Génesis 2:17.) Satanás, el rebelde, tenía dentro 
de sí una pasión ardiente y consumidora: conducir a Adán y Eva por su camino de 
rebelión contra Dios. Su tentación en el Edén fue una tentación a la rebelión. Adán 
siguió la rebelión de Eva, y la raza que surgió de ellos fue una raza desobediente y 
rebelde. 
 El plan de Satanás para guiar a los hombres a la rebelión quizá no se ilustra tan 
claramente en otra parte de las Escrituras como en el encuentro entre Dios, Satanás y 
Job, que se relata en los primeros dos capítulos del libro de Job. Del relato que se halla 
allí descubrimos que el propósito de Satanás con Job era idéntico a su propósito con 
Adán. Su propósito contigo es el mismo. El gran deseo de Satanás es conducirte a la 
rebelión contra Dios. A Satanás le interesa tanto tu rebelión contra Dios como cualquier 
otra cosa. No le preocupa tanto hacerte caer en algún pecado atroz como lograr que te 
rebeles contra Dios, ya que ése es el punto de partida de todos los pecados. Esto se 
observa claramente en la experiencia de Job. 
 Job había sido bendecido materialmente quizá como ninguna otra persona de su 
generación. Las Escrituras relatan la bendición de Dios sobre él en su familia, ya que 
tenía siete hijos y tres hijas. Además Dios había multiplicado sus riquezas materiales, 
por cuanto tenía siete mil ovejas y tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, 
quinientas asnas y muchísimos criados (es decir siervos o esclavos que se ocupaban del 
ganado o que se encargaban de la familia). Job reconoció que todo aquello era una 
bendición de Dios. No pensó que lo había acumulado gracias a su propia sabiduría, 
fuerza o poder. Al recibir tal riqueza, su reacciónfue adorar a Dios. Reconoció que Dios, 
quien se lo había dado, podía quitárselo con la misma rapidez. Se dice en el primer 
versículo que Job era un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal 
(o que odiaba el mal o temía caer en él). La prueba de que Job era perfecto y recto era 
que temía a Dios. Su perfección era evidente no sólo para su familia y sus conocidos 
sino también para Dios, ya que Job demostró su perfección y rectitud permaneciendo en 
la relación correcta de una criatura para con el Creador. Temía, respetaba, se sometía y 
se inclinaba a la autoridad de Dios, quien le había dado aquellas bendiciones. 
 La vida de Job se caracterizaba por una adoración constante. No esperaba alguna 
ocasión determinada para ir a un culto de acción de gracias a hacer un repaso del año 
pasado, contar las bendiciones de Dios. La acción de gracia era su actitud cotidiana, ya 
que en el capítulo uno, versículo cinco, se nos dice: «Y acontecía que habiendo pasado 
en tumo los días del convite, Job enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y 
ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizás habrán 
pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera 
hacía todos los días.» Job era un sacerdote en la familia y ofrecía diariamente sacrificios 
a Dios. Mediante este sacrificio él reafirmaba su continua dependencia de Dios y su 
sumisión a Él. Como sacerdote estaba declarando que sus hijos, que se hallaban bajo su 
autoridad, también se hallaban sujetos a la autoridad de Dios. 
 Lo que Job temía más que cualquier otra cosa era que sus hijos fueran rebeldes, 
porque decía: «Quizás habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus 
corazones.» ¿Cómo imaginaba Job la posibilidad de que sus hijos pudieran blasfemar 
contra Dios? Después de todo, habían sido criados en su familia y él los había guiado y 
enseñado, y les había dejado un ejemplo de sumisión y dependencia de Dios. Pero aún 
así Job temía que sus hijos pudieran volverse rebeldes. Job conocía lo que había en su 
propio corazón. Obviamente él mismo había sentido la incitación de Satanás a algún 
acto de rebelión. Ya que él, sentía estas tentaciones, sabía que sus hijos habrían de 
sufrirlas también. Por lo tanto se mantenía en guardia contra esa rebelión mediante sus 
continuos sacrificios a Dios, no fuera que él o su familia blasfemaran contra Dios en sus 
corazones. Así que Dios pudo mostrar qué clase de hombre era Job, un hombre que 
ejercitaba la dependencia consciente de Dios. 
 Satanás no podía descansar mientras hubiera una criatura que se sometiera 
intencionada y voluntariamente a la autoridad de Dios en vez de entregarse a hacer su 
voluntad. Parece ser que toda la atención de Satanás se hallaba centrada sobre este 
hombre más que sobre cualquier otro miembro de su generación. A Satanás no le 
preocupaban algunos de los amigos de Job, que ya eran rebeldes. Era a Job a quien 
Satanás deseaba conducir a la rebelión y someter a sí, causa de la dependencia de Dios 
que Job manifestaba. 
 Quisiéramos señalarte que cuando cualquier hijo de Dios se hace el propósito, 
mediante el Espíritu Santo, de vivir una vida tal que agrade al Señor Jesucristo y andar 
en completa dependencia de Dios, se está exponiendo a todos los dardos de fuego del 
maligno. 
 No pienses que porque sometas voluntariamente tu voluntad a la voluntad de Dios 
que este sometimiento va a ser el fin de tus luchas contra la tentación. 
Desgraciadamente, constituye el comienzo de tu lucha. Mientras camines por el sendero 
de la rebelión contra Dios, Satanás habrá de dejarte tranquilo. ¡El Espíritu de Dios no te 
dejará, pero Satanás sí! Cuando te propongas andar de tal modo que agrades a Aquel 
que te ha llamado a la santidad, Satanás hará de ti su blanco especial. Eso fue lo que 
hizo con Job. 
 Cuando llegó el momento en que se le concedió audiencia a Satanás ante el trono de 
Dios, éste señaló a Job como una lección objetiva para Satanás. Dios se deleitó en gran 
manera al señalar a Job como un hombre en cuya adoración se deleitaba y en cuya 
sumisión hallaba satisfacción. Satanás acusó a Dios de haber comprado a Job. Dijo: 
«¿Acaso teme Job a Dios de balde?» (Job 1:9.) Si Dios no es adorado por el simple 
hecho de que es digno de ser adorado, la adoración no significa nada para El. Dios no 
es honrado y glorificado hasta tanto sus criaturas lo adoren voluntariamente. Esta es la 
razón por la cual la Palabra de Dios siempre considera la adoración como un sacrificio 
voluntario. Algunos sacrificios eran obligatorios. Había también sacrificios voluntarios. 
Dios quedaba satisfecho mediante la obediencia que implicaban los sacrificios 
requeridos. Pero Dios era adorado mediante los sacrificios voluntarios que traían los 
hombres porque lo amaban, porque lo respetaban, porque reconocían su derecho a ser 
adorado. 
 De modo que Satanás estuvo delante de Dios y lo insultó. En la práctica dijo a Dios: 
«Tú has comprado a Job con tus bendiciones; has comprado su adoración; has comprado 
su obediencia; sería necio de su parte no continuar con este ritual, porque así Tú 
continúas brindándole tus bendiciones materiales.» Este fue el desafío de Satanás: 
«Extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra Ti en tu 
misma presencia.» (Job 1:11.) ¿Qué quería Satanás que Job hiciera más que cualquier 
otra cosa? Blasfemar contra Dios. Rebelarse contra Dios. El concepto de Satanás era 
que Dios no era digno de adoración aparte de sus dones. Tal blasfemia no requería un 
juramento de sus labios. Si Job hubiese elevado los ojos al cielo preguntando «¿Por 
qué?», ello hubiera sido una rebelión. Hubiera seguido el plan satánico. Dios hubiera 
sido deshonrado por lo que parecería ser una pregunta inocente. Los mensajeros fueron 
llegando ante Job. El primero de ellos, en el versículo 14, le dijo que sus bueyes y asnas 
habían sido tomados o matados. El segundo, en el versículo 16, le dijo que todas sus 
ovejas habían sido destruidas. El tercero, en el versículo 17, le dijo que todos sus ca-
mellos habían caído en manos de los caldeos. El cuarto, en los versículos 18 y 19, le dio 
la noticia de que sus diez hijos habían muerto en una tormenta. En pocos momentos 
todo lo que Job tenía le había sido quitado; Job era un indigente, privado de sus hijos y 
de sus posesiones. 
 Su fe fue inmutable aun en esta prueba. Aun cuando quizás haya sido tentado a hacer 
lo que Satanás quería, «blasfemar contra Dios», se relata en el versículo 20 que «Job se 
levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza». Estas eran expresiones de dolor. Job no 
se había abstraído a los hechos. No negó que la tragedia hubiera sucedido. No se movió 
en un mundo alejado de la realidad. El que haya rasgado su manto indica que estaba 
plenamente consciente de la importancia de las noticias que los mensajeros le habían 
llevado. Pero en vez de blasfemar contra Dios, «se postró en tierra y adoró». Job seguía 
siendo tan adorador cuando todo le había sido quitado como cuando disfrutaba de la 
abundancia inconmensurable que le había sido dada por Dios. Esta es una de las peores 
derrotas que Satanás jamás haya sufrido. Pocas personas, quizá ninguna, habían sido 
sometidas a la prueba que debió sufrir Job por parte de Satanás para lograr que renegara 
de Dios. Job fue sostenido por su reconocimiento de dependencia de Dios, por su 
reconocimiento de la bondad del carácter de Dios y por su confianza en la sabiduría 
divina. Satanás esperaba oír blasfemias airadas brotando de sus labios. Sin embargo, 
para humillación y disgusto suyo, oyó las palabras de alabanza que fluyeron de los 
labios de aquel santo de Dios. 
 Cuando un hombre ya está en medio de la prueba es demasiado tarde para aprender a 
adorar. Es demasiado tarde para aprender a confiar. Es demasiado tarde para aprender aandar por fe. Un hombre puede triunfar en una prueba satánica si camina todos los días 
con Dios antes que vengan las tormentas, las aflicciones y las pruebas. Job pudo adorar 
en el momento de la aflicción porque la adoración había llegado a ser el modelo 
consagrado de su vida. Su dependencia característica del pasado continuó aun durante 
el ataque de Satanás. 
 Aun cuando Satanás había sufrido una derrota de lo más humillante, se atrevió a 
desafiar nuevamente a Dios. Dios señaló una vez más a Job, precisamente la persona 
sobre la faz de la tierra a quien Satanás más deseaba olvidar. Le preguntó nuevamente: 
«¿No has considerado a mi siervo Job?» (Job 2:3.) En otras palabras, Dios le preguntó: 
«Satanás, ¿cómo me explicas un hombre como Job?» La única respuesta legítima era: 
«Job reconoce su dependencia de ti a causa de lo que eres, y te adora.» Pero Satanás 
tenía otra explicación y desafió a Dios por segunda vez: «... Piel por piel, todo lo que el 
hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, 
y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia.» (Job 2:4, 5.) ¿Qué se proponía 
producir Satanás en Job? ¡La rebelión! Satanás insinuó que ya que Job se sometía al 
Creador, Él como Creador debía tocar los labios que había creado, y que cuando así lo 
hiciera, Job rechazaría el derecho de Dios a gobernar y se rebelaría. 
 Nuevamente con el permiso de Dios, Satanás salió de la presencia del Señor con el 
propósito expreso de obrar para lograr que Job repitiera el pecado de rebelión, el primer 
pecado de Satanás, el pecado de los ángeles, el pecado de Adán y de Eva. 
 Leemos en el versículo 8 que Job «... estaba sentado en medio de ceniza». El 
montículo de cenizas se hallaba fuera de la ciudad. Era un lugar inmundo. Era allí donde 
iban los parias. Job se había aislado de su hogar. Se había aislado de su mujer, el único 
ser que le quedaba. Habiéndose aislado de todos sus amigos, se sentía abandonado. Fue 
entonces cuando le llegó la tentación. Observamos la sutileza de Satanás aquí. Satanás 
no se presentó directamente a Job sino por medio de su esposa, quien vino a ser el agente 
de la tentación. Eva fue tentada cuando Satanás se acercó a ella en la forma de una 
criatura. Job fue sometido a una prueba más grande que Eva, porque esta incitación 
provino del ser más allegado y querido para él. La estrategia de Satanás no consiste en 
utilizar a alguien que sería fácil de rechazar sino en utilizar a quien resulta más difícil 
decirle que no. Pero la tentación no cambia porque el propósito de Satanás no ha variado. 
La mujer de Job se le acercó y le dijo: «¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y 
muérete.» Al pronunciar estas palabras ella estaba promoviendo el propósito de Satanás 
y poniendo una tentación satánica delante de él para que hiciera lo que Satanás deseaba 
más que cualquier otra cosa en este mundo: que Job renunciara a su dependencia, a su 
sumisión, a su obediencia; que se independizara de Dios. 
 ¡Cómo se glorió Dios en la respuesta de Job! (versículo 10). Este censuró a su esposa 
y le dijo: «Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado.» En la 
Palabra de Dios la palabra fatua se aplica a quien ha excluido a Dios de sus 
pensamientos. En otras palabras, le dijo: «Me hablas como una impía cuando me invitas 
a hacer lo que Satanás quiere que la raza humana haga.» «¿Qué? ¿Recibiremos de Dios 
el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios.» (Job 2:10.) 
Job rehusó declararse independiente de Dios gracias a su fe en el carácter de Dios y al 
reconocimiento de su responsabilidad de someterse a Dios. 
 Lo que Satanás quería de Job resume lo que Satanás quiere de ti y de mí. No es su 
deseo que vayas a robar un Banco, ni que cometas un gran desfalco en perjuicio de tu 
patrón, ni que te envuelvas en algún gran escándalo ético o moral. Ese no es su plan 
para ti en absoluto. Lo que quiere es que te rebeles contra Dios; que le digas «no» a Él; 
que le niegues su derecho a ejercer una autoridad absoluta sobre ti. Cuando hayas hecho 
esto habrás caído en el pecado de Eva; le habrás robado a Dios su gloria, y su derecho 
de ser obedecido y adorado. 
 Job no fue el único que debió sufrir esta prueba. En el capítulo 16 del Evangelio de 
Mateo observamos a nuestro Señor caminando con sus discípulos. Se dirigió a ellos con 
la siguiente pregunta (versículo 13): «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del 
Hombre?» Los discípulos comenzaron a repetir las respuestas que habían escuchado. 
Para algunos Cristo era Juan el Bautista; para otros, Elías; para otros, Jeremías; y para 
otros, uno de los profetas. Luego de escuchar lo que sus discípulos habían oído, nuestro 
Señor se volvió directamente a ellos y les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy 
yo?» Pedro, como vocero de los doce, confesó su fe: «Tú eres el Cristo [Mesías], el Hijo 
del Dios viviente.» Luego de esa afirmación de fe, Cristo hizo otra revelación. Les dijo, 
en el versículo 21, que «le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, 
de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día». 
Todo ello era parte de la profecía de lo que el Mesías habría de hacer. Isaías en el 
capítulo 53 había dicho que el Mesías, quien Pedro acababa de confesar era el Señor, 
habría de ser el siervo sufriente que se daría a sí mismo como sacrificio por los pecados, 
para proporcionar por medio del derramamiento de su sangre la salvación de los 
pecadores. Cuando nuestro Señor, luego de la confesión de Pedro, dijo: «Sí, yo soy el 
Mesías y en estos mismos momentos estoy recorriendo mi camino hacia Jerusalén para 
darme a mí mismo como un sacrificio por los pecados del mundo», Pedro extendió su 
mano y la puso sobre los hombros del Señor Jesús y comenzó a desalentarlo, a fin de 
hacerlo razonar. 
 Y le dijo: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.» 
Observemos cuál fue la respuesta del Señor: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!» 
 Así como Satanás utilizó a la esposa de Job gomo canal para presentar la tentación 
delante de Job a fin de que renunciase a la voluntad de Dios para él, Satanás utilizó al 
discípulo que se hallaba tan allegado a Cristo como cualquiera de los discípulos para 
presentar su tentación ante Cristo. ¿En qué consistía? En rebelarse contra la voluntad de 
Dios, porque Él había destinado a Cristo a una cruz. Apartarse del camino de Dios, 
abandonar Jerusalén, huir a la seguridad que Galilea le brindaba. Jesucristo percibió lo 
que esas palabras representaban, una tentación de Satanás, y se dirigió a Pedro no como 
el autor de esa declaración sino como Satanás, que era quien había puesto ese 
pensamiento en Pedro. Le dijo: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, 
porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.» Satanás no 
tenía mejor propósito para el Señor Jesucristo que el de desviar sus pies del camino de 
la perfecta obediencia a la voluntad de Dios. Y presentó esa tentación ante Cristo usando 
los labios de Pedro. 
 Muy poco tiempo después nuestro Señor entró en el huerto de Getsemaní. Allí 
también estuvo el tentador. Cristo resistió la misma tentación de renunciar a la voluntad 
de Dios para Él cuando se inclinó ante el Padre y dijo: «No se haga mi voluntad, sino la 
tuya.» Fue obediente hasta la muerte. Es por ello que el autor de la Epístola a los Hebreos 
nos invita a poner los ojos en Jesús, «el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo 
puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio...» (Hebreos 12:2.) El 
gozo puesto delante de Cristo fue el gozo de ser perfectamente obediente y sujeto a la 
voluntad de Dios. 
 El propósito expreso de Satanás con Job y que constituyó el propósito de Satanás con 
Cristo —apartarlos de la sumisión, dependencia yobediencia a Dios— es también el 
deseo principal de Satanás para cada paso de tu vida. Mantente alerta contra la rebelión. 
Dios te pide que continúes en un plano de obediencia, en un plano de sujeción, en un 
plano de adorador, mientras reconoces el derecho que Dios tiene sobre tu vida. 
 
 
 
10 
 
Perseguidos por un león rugiente 
 
1 Pedro 5:1—11 
 
 EL APÓSTOL PEDRO, cual fiel pastor, estaba preparando sus ovejas para el tipo de 
vida que tendrían que vivir día tras día. Era una vida difícil, porque el Evangelio no era 
bien recibido en la sociedad en la cual se desenvolvían. Desde el punto de vista político 
el cristianismo no era aceptable porque esperaba la venida del Señor Jesucristo, quien 
como Rey de reyes y Señor de señores establecería un reino y sometería a todas las 
naciones a su autoridad. Desde el punto de vista económico, quienes estaban en la iglesia 
cristiana estaban sufriendo privaciones y hambre por haber dejado el sistema 
establecido. 
 En vista de estos problemas, el apóstol Pedro escribió su primera epístola para ayudar 
a estos creyentes dispersos que estaban experimentando sufrimiento para que pudieran 
sobreponerse a la persecución. Habiendo considerado en primer lugar las que parecían 
ser las formas más extremas de persecución, habla de la máxima persecución del más 
grande perseguidor, es decir Satanás mismo. Concluye esta pequeña epístola cual fiel 
pastor: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro rededor buscando a quien devorar.» (1 
Pedro 5:8.) La exhortación que Pedro nos da consiste en cuatro palabras: sed sobrios, y 
velad. 
 La sobriedad en las Escrituras tiene poco o nada que ver con el uso de las bebidas 
alcohólicas. La sobriedad se refiere a la actitud seria de la mente. Tiene que ver con 
nuestra perspectiva de la vida. La sobriedad observa las cosas en su perspectiva correcta. 
Quien considera las cosas seriamente las observa en su verdadera naturaleza, porque 
dispone de un conjunto bíblico de valores y vive a la luz de los nuevos principios que le 
han sido dados por Jesucristo. Quien no tenga comprensión alguna de la naturaleza o 
del carácter del mundo, o que desconozca los propósitos y los ataques de nuestro 
adversario, el Diablo, puede permitirse el lujo de vivir despreocupada o livianamente. 
Pero quien observe la vida como Jesucristo la ve, debe tener una actitud totalmente 
nueva, un enfoque totalmente nuevo, caracterizado por la sobriedad. 
 Pero además de esta actitud seria de la mente, el creyente debe velar. Y ello significa 
observar cuidadosamente, mirar alrededor. Velamos cuando reconocemos la presencia 
de un enemigo o adversario. 
 Mientras que la sobriedad se relaciona con la actitud interior, el velar tiene que ver 
con 1a defensa exterior. De modo que el hijo de Dios debe reconocer que está viviendo 
en medio de un enemigo hostil y que se halla rodeado por un adversario invisible que 
trata de destruirlo. Sabe que debe abrirse paso a través de un cenagal donde el adversario 
puede esconderse fácilmente y donde hay innumerables oportunidades para la 
emboscada. Sería inconcebible que los soldados en Vietnam hicieran una incursión en 
territorio enemigo sin ejercitar la vigilancia y la sobriedad. El haber visto a un 
compañero destruido por las balas adversarias seguramente produciría sobriedad. El 
estar consciente de que detrás de cualquier arbusto puede estar escondido un enemigo 
apuntándonos produciría vigilancia. Cualquier hombre que fuera a la lucha armada con 
otra actitud o enfoque sería un verdadero idiota. Sin embargo, ¡cuántos hijos de Dios 
consideran la vida como si fuera un picnic de la Escuela Dominical, en el que vamos 
hacia la mesa para tomar una gaseosa! 
 Luego de exhortarnos a ser sobrios y velar, Pedro nos explica por qué ello es 
necesario. «Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando 
a quien devorar.» Cuando Pedro utiliza el pronombre vuestro, se está dirigiendo a los 
creyentes. Satanás no es el adversario de quienes ya se hallan en su familia. Es el 
adversario de los que han nacido fuera de toda relación con él por la fe en Cristo Jesús. 
Pedro está hablando a quienes en un tiempo se hallaban sujetos a Satanás como su padre, 
su dictador, su señor, su dios. Ahora, habiendo llegado a conocer al Señor Jesucristo, 
han comprendido que Cristo tiene mayor, autoridad y que su derecho a ser obedecido 
invalida las demandas de Satanás. Han reconocido la mentira de Satanás en su justo 
valor y han recibido la verdad que es en Cristo Jesús. Y por haber repudiado a Satanás 
y haber recibido a Jesucristo como Salvador y Señor, han exasperado a Satanás y se han 
transformado en enemigos de él. 
 Satanás no deja en libertad a sus sujetos voluntaria o fácilmente. El mismo hecho de 
que uno le sea arrebatado cual tizón del fuego y pase a ser hijo de Dios despierta contra 
uno toda la ira del infierno, porque eso constituye un insulto para Satanás. 
 Al recibir a Jesucristo te has convertido en enemigo de Satanás y él ha pasado a ser 
tu adversario. No hay neutralidad alguna en la actitud de Satanás para contigo, y sería 
un engaño satánico pensar que a Satanás no le importa lo que tu hagas ahora que ya no 
le perteneces. 
 Tú personalmente estás dispuesto a dejar tranquilos a los hijos de los demás, porque 
tienes suficientes problemas con los tuyos. Pero ésta no es la actitud de Satanás. El deja 
tranquilos a los suyos y trafica con los hijos de Dios. Tan pronto como uno llega a ser 
hijo de Dios, Satanás pasa a ser su adversario. 
 Satanás no es omnipresente. Dios es omnipresente, y Dios el Padre, Hijo y Espíritu 
Santo pueden brindarte una atención personal como si fueras la única criatura que existe 
sobre la faz de la tierra. El infinito amor, atención, interés, cuidado y provisión de Dios 
son tuyos. Pero Satanás no es omnipresente. ¿Cómo se explica entonces que te cause 
tantos problemas? Satanás es un buen organizador y tiene las cosas bien organizadas en 
su reino. Tenía un buen modelo para seguir. A pesar de que Dios es omnipotente, 
omnipresente y omnisciente, Dios atiende los asuntos de su reino por medio de seres 
creados: los ángeles. Dios asigna soberanamente un ángel guardián a cada uno de los 
que habrán de ser herederos de la salvación. Esto funciona perfectamente, porque los 
ángeles de Dios en perfecta obediencia cumplen la voluntad divina, de tal modo que 
ninguno de los que Dios ha escogido para salvación se pierda jamás. 
 Cuando Lucifer se rebeló contra Dios el llevó consigo una hueste innumerable de 
ángeles que le dieron a él la autoridad que por derecho pertenecía a Dios. Lo 
reconocieron como dios y se sometieron a él. Satanás imita el plan de la administración 
divina y lleva a cabo sus planes diabólicos por medio de estos ángeles caídos, los 
demonios. 
 Aunque Satanás no puede estar presente contigo, puede ejercer autoridad sobre ti por 
medio de sus demonios y puede ordenar a los demonios que se hallan sujetos a él que 
hagan lo que él quiere efectuar en tu vida. Satanás no permitirá que sus demonios 
descansen en su ataque contra ti ni de día ni de noche. En una lucha invisible pero 
constante, el adversario ataca abiertamente al creyente para apartarlo del camino de 
obediencia a la Palabra de Dios. 
 El Apóstol destaca este ataque de Satanás cuando dice «Vuestro adversario... anda 
alrededor». Esta palabra se halla en el tiempo presente y no estarías equivocado si lo 
leyeras así: «Vuestro adversario el diablo anda constantemente alrededor, o está al 
acecho constantemente.» Satanás nunca descansa. Tú duermes, pero él no; está 
planificando el ataque para mañana. Tú te sientas en la iglesia; el también. Él nunca te 
deja solo Él no se queda afuera; está allí para atacar, para apartar y arrebatar la Palabra 
que está siendo sembrada. 
 El Apóstol utiliza una figura descriptiva para tratar de dar a entenderla actividad 
incesante y destructiva de Satanás: la figura de un león. El león que acecha a la presa 
impulsado por el hambre, no la acecha para admirar el hermoso pelaje ni la gracia con 
la cual se mueve el animal; el león acecha porque está empeñado en destruir lo que ha 
elegido por presa. Aquí se representa a Satanás como un león rugiente que está al 
acecho. La expresión león «rugiente» sugiere que Satanás considera que ya ha 
conquistado su presa. Ningún león al acecho de su presa anuncia este hecho rugiendo. 
El león no despierta de su sueño y sale impulsado por el hambre a la llanura donde los 
animales están pastando y les anuncia que está merodeando. Se desplaza velozmente y 
en silencio; ataca y destruye a la presa y luego ruge. Este rugido manifiesta dos cosas. 
En primer lugar es una nota de triunfo en la cual el león anuncia su conquista. Como el 
león es cobarde, es también una advertencia a cualquier otro animal que se mantenga 
alejado mientras él disfruta el fruto de la matanza. 
 Es importante que relaciones estas cosas con Satanás. Pensamos que Satanás habrá 
de rugir como un caballero para anunciar que se halla en las cercanías y que, luego que 
nos halla dicho qué se propone hacer, podremos buscar protección. Hemos caído en el 
engaño de pensar que podemos tomarnos tiempo para ponernos nuestras armaduras y 
prepararnos para enfrentarlo. ¡Cómo nos ha engañado Satanás con respecto a su forma 
de obrar! 
 Satanás no habrá de revelarte su presencia hasta que pueda rugir triunfalmente. 
Cuando Satanás ruge no lo hace para anunciarte que te ha destruido. Tú ya lo sabes. 
Luego que ha destruido o vencido al hijo de Dios, ruge desafiando al Dios Omnipotente, 
desafiándole a hacer algo con respecto al estrago que él ha causado. Cuando Lucifer se 
rebeló por primera vez dijo: «En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi 
trono... Seré semejante al Altísimo.» Cuando Satanás conduce a un hijo de Dios al 
pecado, ruge para desafiar a Dios porque piensa que se ha acercado un paso más a su 
meta de deponer a Dios de su trono y gobernar sobre el universo de Dios. 
 Las Escrituras nos proporcionan varias ilustraciones de cómo Satanás, cual león 
rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar. Observemos ante todo el relato del 
pecado de David en 2 Samuel, capítulo 11. Veamos como actuó Satanás aquí para 
observar el principio de cómo destruyó clandestina y silenciosamente. El versículo 1 
nos relata que este incidente sucedió en el tiempo que salen los reyes a la guerra. Dios 
había dado a David victorias extraordinarias en el frente de batalla. Bajo el reinado de 
David se ensancharon las fronteras de Israel como nunca en la historia. Estas fueron 
victorias de Dios, y éste era obviamente un tiempo de bendición divina sobre David. 
Como David percibía la bendición de Dios y estaba consciente de la presencia de Dios 
con él, no veló como debía. Se nos dice en el segundo versículo que «sucedió un día, al 
caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa 
real». Parece que David ya se había retirado a dormir. Había recibido informes de las 
victorias en la batalla. Se había ido a dormir satisfecho porque la mano de Dios aún 
estaba sobre él bendiciéndolo. Por alguna razón u otra David no podía conciliar el sueño. 
Quizás haya sido a causa del calor, porque cuando David se levantó subió al terrado. De 
haber alguna brisa, allí podría sentirla. Subió sólo para sentir el fresco de la brisa. 
Parecía lógico que lo hiciera, pues era hora de reposar. Él no estaba previendo el pecado. 
Pero mientras se paseaba por el terrado vio una mujer hermosa que se estaba bañando. 
Envió por ella y cayó en el pecado. ¿Acaso planeó David esto? No. ¿Pudo preverlo? 
Tampoco. ¿Había hecho David algo malo que lo condujera a ello? No. Pero allí estaba 
Satanás cual adversario, acechando escondido al hijo de Dios, y David cedió a la 
tentación y cometió un pecado que trajo deshonra sobre él y sobre Dios. Cuando David 
menos lo esperaba, se le presentó a Satanás una oportunidad para atacar, y así lo hizo 
porque David no estaba velando. 
 Consideremos otro incidente. En Lucas 22:31 nuestro Señor dijo: «Simón, Simón, he 
aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que 
tu fe no falte...» Estas palabras siguieron casi inmediatamente a una de las experiencias 
más preciosas que los discípulos habían tenido con su Señor. Cristo había mandado a 
sus discípulos que prepararan la Pascua, aquella conmemoración que recordaba la 
liberación de la mano de Egipto y proyectaba la mirada en la remisión de los pecados 
que sería provista por el Mesías, quien se daría a sí mismo como el Cordero del 
sacrificio. 
 Luego de la cena de la Pascua, tal como leemos en San Juan, capítulos 14, 15 y 16, 
nuestro Señor descubrió su corazón y compartió sus sentimientos con los discípulos. Él 
les había enseñado acerca de la nueva intimidad a la que serían llevados luego de su 
muerte y resurrección. Nuestro Señor había alcanzado y atraído a estos hombres hasta 
lo más íntimo de su propio corazón. Ellos estaban dedicados a Él. Sus palabras llenaban 
sus mentes y su amor llenaba sus corazones. Sin embargo, nuestro Señor dijo: «Simón, 
Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo.» Nuestro Señor 
salió para el huerto; tres veces se inclinó ante el Padre y oró: «No se haga mi voluntad, 
sino la tuya.» Pero su hora de intimidad con el Padre fue interrumpida por la turba de 
soldados que llevó a Cristo ante la presencia del sumo sacerdote. La atención de todos 
se hallaba centrada sobre estas dos figuras, el sumo sacerdote en sus hermosas 
vestiduras, y el Señor Jesús, quien estaba en pie para ser procesado por el sacerdote. 
Todos escuchaban el diálogo entre Cristo y el sacerdote. 
 ¿Quién iba a prestarle atención a Pedro allá fuera en la oscuridad al lado del fuego? 
Satanás no prestaba la menor atención a lo que el sacerdote decía ni a lo que Cristo 
decía. La atención de Satanás se hallaba centrada sobre Pedro. Leemos en Lucas 22:54 
que «Pedro le seguía de lejos. Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se 
sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. Pero una criada, al verle 
sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, 
diciendo: Mujer, no lo conozco». Esta negación se produjo casi inmediatamente después 
del momento de más rica bendición que Pedro tuvo con Cristo en el Aposento Alto. 
¿Por qué? Porque Pedro no se hallaba «sobrio» y velando. Satanás estaba buscando una 
oportunidad y habiéndola encontrado, atacó. 
 Descubrimos el mismo principio nuevamente en el capítulo 5 de los Hechos. En 
Hechos 4:32—37 se reunía una congregación de creyentes que habían sido 
excomulgados del templo. Pusieron todas sus posesiones en el fondo común, y las 
necesidades de cada uno eran satisfechas de ese fondo. Estaban gozando la intimidad de 
una verdadera hermandad, ya que fueron impulsados al apoyo mutuo a causa de la 
persecución del mundo político y religioso incrédulo. Si alguna vez un grupo tenía por 
qué ser cuerdos y velar era aquel pequeño grupo. Sin embargo, leemos que Ananías 
vendió una heredad y «sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo 
una parte, la puso a los pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó 
Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la 
heredad?» Juicio cayó sobre Ananías y poco después sobre su esposa, Safira. ¿Por qué? 
Porque Satanás había estado buscando una oportunidad, y cuando la halló atacó y luego 
rugió en desafío ante Dios. 
 El pecado no es necesariamente el resultado de un plan premeditado. El pecado llega 
a menudo al creyente porque el creyente no ha tenido la cordura de reconocer la 
naturaleza del conflicto y velar. Ha brindadouna oportunidad a Satanás y éste la ha 
tomado y usado para derrotar al hijo de Dios en su vida cotidiana. 
 El Apóstol reconoce este peligro en Efesios 4:27 cuando ordena: «Ni déis lugar al 
diablo.» En 2 Corintios 2:10, 11, Pablo dice: «Y al que vosotros perdonáis, yo también; 
porque también yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho 
en presencia de Cristo, para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros...» La 
persona que escala una montaña no necesita un camino para llegar a la cumbre. El 
alpinista experimentado puede abrirse paso sobre el hielo y escalar las murallas de 
granito si dispone de un punto de apoyo. No toma una topadora y abre un camino con 
ella hasta la cumbre. Sólo necesita un punto de apoyo para escalar la montaña más alta. 
En cierto sentido pareciéramos sentir que a menos que le demos a Satanás una autopista 
pavimentada de cuatro vías él no nos puede atacar, vencer ni derrotar. Pedro no creía 
esto, y Pablo tampoco. Pablo temía que Satanás obtuviera ventaja, un punto de apoyo. 
En una maniobra militar todo lo que hace falta es una cabeza de playa o punto de 
avanzada. Desde ese punto de avanzada el ejército puede lanzar un ataque con éxito. 
 Satanás está buscando un punto de avanzada, y si logra establecer un punto de 
avanzada o un punto de apoyo en tu vida, puede destruirla. Satanás puede establecer un 
punto de avanzada haciendo que dudes. Si comienzas a dudar de la autoridad de la 
Palabra de Dios, has dado a Satanás un punto de avanzada desde el cual puede lanzar 
un ataque que derribará tu fe. No hace falta que deseches la Biblia; abriga tan sólo una 
duda acerca de la verdad que se halla revelada en el libro, y ya habrás brindado a Satanás 
un punto de avanzada para destruir tu fe. No le hace falta lograr que niegues la santidad 
y la justicia de Dios para pervertir tu conducta. Todo lo que necesita hacer es lograr que 
te apartes un poquito del camino de la obediencia perfecta a Dios y desde ese punto de 
avanzada, puede destruir tu vida. 
 Los apóstoles vieron ese peligro; reconocieron que no hay un solo momento, de día 
o de noche, día tras día, en que nuestras huellas no sean seguidas por el adversario que 
observa cada movimiento que hacemos. La primera vez que le brindes un punto de 
avanzada él tomará posiciones en él y comenzará su obra desde allí. Pero no puede 
hacerlo a menos que le brindes la oportunidad. Satanás no puede vencer las defensas del 
Espíritu Santo, ni puede tampoco penetrar la armadura que ha sido provista por medio 
de la Palabra de Dios y que el Apóstol detalla en Efesios. Le es necesario que le des un 
punto de avanzada; hace falta que le brindes la oportunidad. Pedro quería que quienes 
estaban sufriendo la persecución del mundo, del gobierno, de la religión arraigada de 
aquella época, se dieran cuenta que aquellos sistemas no constituían el verdadero 
peligro, y que tampoco constituían el verdadero adversario. El verdadero adversario era 
Satanás, quien seguía sus pisadas paso a paso y los perseguía invariablemente a cada 
momento, todos los días, buscando aun la oportunidad más pequeña para aprovecharla. 
David le dio una oportunidad al mirar por segunda vez. Pedro le dio un punto de apoyo 
al sentir miedo. Ananías le dio un punto de avanzada al abrigar la codicia y alentar una 
mentira. Quienes le han brindado la oportunidad han descubierto que Satanás estaba 
listo para ocupar el territorio. 
 Si es tu propósito oponerte a tu adversario debes, con sobriedad, reconociendo la 
naturaleza del conflicto en el cual te hallas comprometido. Debes velar, reconociendo 
que Satanás sigue tus pisadas cada momento de tu vida. Debes mantener una 
dependencia ininterrumpida del Espíritu de Dios. Debes utilizar la armadura que Dios 
te ha provisto para que puedas resistir los dardos de fuego del maligno. Por tanto, dada 
la naturaleza de tu adversario, mantente sobrio y alerta. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
11 
 
La doctrina de Satanás 
 
2 Pedro 1:16—2:2 
 
 SI ESTUVIESES buscando a Satanás y sólo supieses que está disfrazado, ¿dónde lo 
buscarías? ¿En el bar de la esquina? ¿En el negocio de artículos pornográficos? ¿En el 
hipódromo? ¿En la sala de juegos? ¿En el salón de baile? ¿Se te ocurriría buscarlo en 
un púlpito? Allí lo encontrarías. Porque, por más extraño que parezca, a Satanás le 
preocupa más lo que tú pienses y lo que tú creas que lo que tú hagas. El deseo de Satanás 
es controlar tu mente, para poder así controlar tus acciones. Satanás no malgasta el 
tiempo en cosas triviales; él concentra sus esfuerzos en su objetivo: controlar tus 
creencias. Por lo tanto, Satanás ha entrado al púlpito. 
 Satanás tiene una doctrina. Se menciona en 1 Timoteo 4:1, donde Pablo escribe: 
«Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de 
la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.» La expresión 
doctrinas de demonios no se refiere a doctrinas acerca de los demonios sino a doctrinas 
propagadas por ellos. Al escribir sus cartas a las siete iglesias, el apóstol Juan dice en 
Apocalipsis 2:24: «Pero a vosotros y a los demás que están en Tiatira, a cuantos no 
tienen esa doctrina, y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades [o cosas 
profundas] de Satanás, yo os digo...» 
 La predicación constituye la influencia más poderosa para conmover y cambiar los 
hombres que este mundo jamás haya visto. Aun con todos los medios modernos de 
comunicación que Satanás tiene a su disposición, no existe un solo medio de 
comunicación que pueda cambiar de tal modo el curso de la vida, de la conducta o del 
pensamiento de una persona como el medio divinamente ordenado de la predicación. 
Quien ha sido llamado a predicar ha sido llamado a controlar las mentes de los hombres. 
Lógicamente, Satanás utiliza todos los medios a su disposición para cambiar la forma 
de pensar de una persona. Utiliza tácticas de relaciones públicas sumamente 
persuasivas. Utiliza una publicidad sumamente persuasiva por medio de la página 
impresa, la radio y la televisión. Pero aún después de haber hecho esto, le queda el 
método más efectivo que jamás se haya conocido: la predicación. 
 Por lo tanto, Satanás ocupa el púlpito disfrazado de ministro de justicia, a fin de 
proclamar su doctrina. Esto lo hace a fin de dictar y controlar lo que los hombres creen. 
En 2 Corintios 11:13 se nos describe el método que el diablo usa para propagar su 
doctrina. El Apóstol dice: «Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que 
se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se 
disfraza de ángel de luz. Así que no es extraño que también sus ministros se disfracen 
de ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.» Variando un poco el texto 
del versículo 14, observamos el énfasis que Pablo quiso hacer: «Satanás se está 
disfrazando de ángel de luz; por lo tanto, no es extraño que también sus ministros se 
disfracen de ministros de justicia.» 
 Satanás tiene entonces una doctrina que proclamar y un método de propagarla. Su 
método consiste en imitar el método divino. Coloca a los hombres en lugares donde la 
gente se someterá a su enseñanza. Les da toda la autoridad que corresponde a un 
ministro comisionado, instruido y enviado por Dios. Luego hace que ese engañador 
enseñe una falsa doctrina que capte las mentes y los corazones de los hombres. En 1 
Juan 4:2 el Apóstol destaca nuevamente este mismo hecho: «En esto conoced el Espíritu 
de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y 
todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios.» En este 
pasaje observamos que el Apóstol está advirtiendo a sus lectores acerca de la presencia 
de espíritus falsos. Ahora bien, estos espíritusfalsos son maestros, hombres que se están 
haciendo pasar por hombres de Dios, pero cuya energía proviene de Satanás. No vienen 
para proclamar la verdad de la Palabra, sino para propagar la falsa doctrina que Satanás 
quiere utilizar para cegar y vendar las mentes de los hombres. Y así como hay un espíritu 
que proviene de Dios o un maestro enviado por Él, también hay un imitador del ministro 
de Dios que viene con autoridad satánica para engañar a los hombres. 
 Pedro se refirió a lo mismo en 2 Pedro 2:1: «Pero hubo también falsos profetas entre 
el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente 
[secreta o hábilmente] herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató.» 
Estos pasajes que hemos considerado en conjunto destacan el hecho de que Satanás obra 
por medio de hombres que se fingen ministros del evangelio u hombres de Dios, cuando 
en realidad son ministros de Satanás, enviados por él, con un mensaje satánico. 
 Nuestro Señor indicó muy claramente que Satanás jamás proclamaría la verdad. 
Satanás siempre propaga el error. Juan 8:44 dice: «Vosotros sois de vuestro padre el 
diablo.» Esta fue una declaración enérgica, ya que Cristo se estaba dirigiendo a los 
líderes religiosos de su época. Estos eran hombres honrados, rectos, educados y 
respetados que habían sido colocados en cargos de autoridad a causa de sus capacidades 
en la religión de su época. Pero Cristo les dijo: «Vosotros sois de vuestro padre el 
diablo.» El Señor los llamó así porque cuando Él vino y dijo: «Yo soy el camino, y la 
verdad, y la vida», ellos dijeron que esto no era cierto. Dijeron a los hombres que debían 
seguir su camino, el camino de conformarse exteriormente a los requisitos del 
fariseísmo. Cristo dijo: «Yo soy la verdad», y ellos dijeron: «No es cierto, eres un 
mentiroso; nosotros tenemos la verdad. La recibimos de Moisés.» El Señor dijo: «Yo 
soy la vida», y ellos dijeron: «No es verdad, tú tienes vida porque eres de la simiente 
física de Abraham. Si quieres entrar en la plenitud de la vida, moldea tu vida de acuerdo 
con nuestras tradiciones.» A Cristo lo llamaron mentiroso. Cuando Él dijo: «Yo soy el 
Hijo de Dios», ellos respondieron: «Tú tienes demonio.» Por lo tanto el Señor les dijo: 
«Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. 
Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no 
hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de 
mentira.» Cristo estaba diciendo que Satanás miente. Recordarás que el diablo mintió 
cuando fue a tentar a Eva y le dijo: «No moriréis.» Pero Cristo estaba destacando algo 
más que esto. 
 Satanás no tan sólo miente; tiene el carácter de un mentiroso. El diablo había 
instaurado un sistema falso, opuesto a la verdad de Dios. Satanás no es mentiroso por el 
solo hecho de no decir la verdad; es mentiroso porque ha instituido un sistema falso 
denominado «las cosas profundas de Satanás» que es contrario a la verdad revelada de 
la Palabra de Dios. Esto se destaca en 2 Timoteo 3:13, donde Pablo dice: «Mas los malos 
hombres y los engañadores [es decir, los falsos maestros] irán de mal en peor, 
engañando y siendo engañados.» Luego los falsos maestros practican el engaño. 
Engañados y engañándose a sí mismos, hablan engaño para controlar el pensamiento de 
los hombres. 
 En 2 Tesalonicenses, capítulo 2, Pablo destaca esto nuevamente al referirse a la 
venida del hombre de pecado. En el versículo 9 dice: «Inicuo cuyo advenimiento es por 
obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de 
iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron él amor de la verdad para ser 
salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira.» 
 Lo que estamos puntualizando al considerar estos pasajes en conjunto es que Satanás 
tiene un propósito expreso: controlar el pensamiento de los hombres. Si logra controlar 
sus mentes, puede luego en consecuencia controlar sus acciones. Él ha instituido un 
sistema de engaño que se opone a la verdad revelada de Dios. El diablo ha disfrazado a 
sus ministros de modo que parezcan ministros de justicia, cuando en realidad son 
ministros del engaño y del fraude. Los coloca en puestos de autoridad y responsabilidad, 
de tal modo que mientras los hombres les brindan respeto a causa de su posición y se 
someten a su enseñanza, ellos se someten a las enseñanzas de Satanás y son sometidos 
a su engaño. En consecuencia, sus vidas se conforman a su modelo. 
 Al leer la Palabra de Dios descubrimos que hay ciertas esferas especiales de la verdad 
revelada que son objeto del ataque satánico. Hay ciertas doctrinas de la Palabra de Dios 
que Satanás no puede permitir ni permitirá que un hombre crea si está dentro de sus 
posibilidades el engañarlo. Satanás está dispuesto a conceder lo que sea necesario. Si un 
hombre desea dar a Cristo el mérito de buen maestro, Satanás lo acepta. Si desea creer 
que la Biblia es un libro errático y falible, pero que a la vez es un libro especial, Satanás 
lo acepta. Aceptará que una persona crea toda la verdad divina que insista en creer, 
excepto ciertos elementos básicos. Pero Satanás nunca ha aceptado, nunca aceptará ni 
puede aceptar esos elementos. La primera doctrina a la cual se opone Satanás es la 
doctrina de la autoridad de las Escrituras, la doctrina de la inspiración verbal y absoluta 
de la Palabra de Dios, que otorga la autoridad y la infalibilidad a la Biblia. Quizás 
algunas de estas palabras te resulten un tanto extrañas. Cuando decimos que la Palabra 
de Dios fue verbalmente inspirada, queremos decir que la supervisión divina de lo que 
fue escrito llegó a cada palabra del texto original de las Escrituras. Dios no dio a los 
hombres ideas que ellos pudieran luego relatar en cualquier generalización que fuese de 
su agrado. Dios inspiró hasta cada palabra. Cuando decimos que las Escrituras se hallan 
plenamente inspiradas, queremos decir que se hallan inspiradas en su totalidad, desde 
el Génesis hasta el Apocalipsis. Aun cuando es posible que no todas las Escrituras 
tengan el mismo valor espiritual, no obstante todas son igualmente inspiradas por Dios. 
Puede ser que no encontremos tanta doctrina en el libro de Crónicas como en la epístola 
a los Efesios, pero Efesios no es más inspirado que el libro de Crónicas. Se halla 
inspirada verbalmente; se halla inspirada en su totalidad. 
 La Biblia carece de errores, ya que Dios inspiró las Escrituras. No existe un solo error 
geográfico, histórico, científico, religioso ni doctrinal en el Libro, porque Dios no 
participaría en el engaño propagando el error. Ya que la Palabra de Dios ha sido dada 
enteramente por el Espíritu de Dios y carece de errores, ella es nuestra autoridad final y 
absoluta en todos los asuntos de vida y doctrina. Lo que hacemos y lo que creemos debe 
conformarse a la Palabra de Dios, pues de lo contrario estamos siguiendo el engaño de 
Satanás. Esta es una doctrina que el diablo odia. 
 En 2 Timoteo 4:4 leemos que vendrá el día cuando «apartarán de la verdad el oído y 
se volverán a las fábulas». ¿Qué es la verdad? Es la Palabra de Dios. El propósito 
primordial de Satanás es apartar a los hombres de su creencia en la integridad y 
autoridad de las Escrituras, que descansa sobre su inspiración. Muchos me han dicho 
que fueron al colegio o a la universidad con una fe sencilla en la Palabra de Dios que 
había sido plantada en sus mentes en alguna iglesia de las que algunos denominan 
«anticuadas». Pero a medida que fueron expuestos a la enseñanza de aquellos hombres 
instruidos a cuyas clases asistían, descubrieron que su actitud hacia la Palabra de Dios 
estaba cambiando; y al finalizar sus estudios universitarios ya habían desechado las 
Escrituras, considerándolas pasadas de moda como medio de revelacióny negándoles 
toda autoridad en la época actual. Quienes destruyeron de este modo su confianza en la 
palabra de Dios fueron instrumentos de Satanás, ministros de Satanás. Haciéndose pasar 
por ministros de la libertad intelectual, hacían la obra del diablo propagando su doctrina 
y quitando lo que constituye el fundamento del programa divino. Satanás no puede 
consentir que una persona reconozca la autoridad e integridad de la Palabra de Dios 
basada en su inspiración. Y para observar el éxito que Satanás ha tenido en esta parte 
de su sistema de mentiras, basta investigar las escuelas que se dedican a preparar 
ministros en los Estados Unidos. Tratar de encontrar una escuela o instituto totalmente 
adherido a la inspiración, autoridad e integridad de la Palabra de Dios equivale a buscar 
una aguja en un pajar. Tales escuelas son «ministros de justicia» que destruyen 
sistemáticamente el fundamento de la verdad. Son emisarios de Satanás, que propagan 
su error y doctrina. 
 La segunda cosa que Satanás no puede consentir que una persona acepte es la doctrina 
de la Persona de Cristo. La Palabra de Dios presenta a Jesucristo como el Hijo eterno 
del Dios eterno. Él es un ser no creado, coigual con el Padre, que para redimirnos se 
hizo carne y tomó para sí una verdadera humanidad, uniendo de este modo al Dios 
infinito con una humanidad verdadera y completa, a fin de que pudiésemos tener un 
Salvador que muriese a nuestro favor. Dios en el momento del bautismo de Cristo dio 
testimonio de su Hijo al decir: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» 
Pero hay quienes no vacilan en llamar a Dios mentiroso y decir que Dios estaba 
engañando y alucinando a los hombres. Tales personas enseñan que Jesucristo fue un 
hombre bueno y honrado, pero que Él mismo fue engañado y alucinado. Sin embargo, 
nos piden que sigamos al que fue engañado y se creía Dios a pesar de no serlo. Es esto 
lo que advierte el apóstol Juan en 1 Juan 4:2: «Todo espíritu que confiesa que Jesucristo 
ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido 
en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído 
que viene, y que ahora ya está en el mundo.» El Apóstol, escribiendo a aquel pequeño 
rebaño al cual había servido de ministro por tanto tiempo, comprendió el engaño de 
Satanás. El diablo, que no puede consentir que los hombres acepten la integridad de las 
Escrituras, tampoco puede consentir que el hombre acepte la realidad que Dios afirma: 
que Jesucristo es el encarnado Hijo eterno del Dios eterno. 
 Junto a esta negación se halla la negación del nacimiento virginal de Cristo. La única 
manera en que Dios podía encarnar era venir sobrenaturalmente, prescindiendo del 
nacimiento natural. El Antiguo Testamento prometió que Él vendría de este modo 
(Isaías 7:14). El Nuevo Testamento testifica que Él nació de una virgen, sin la 
participación de un padre humano. Si el nacimiento de Jesucristo fue realmente virginal, 
no cabe otra explicación sino que Él es quien Dios dijo que Él era, y que Él mismo 
sostuvo ser: el Hijo de Dios. De modo que para suprimir la doctrina de la deidad de 
Cristo, le es necesario a Satanás socavar la doctrina del nacimiento virginal de Cristo. 
Esta es una de las doctrinas de la Palabra de Dios atacadas con mayor frecuencia. 
Continuamente se publica en nuestros diarios que hombres de alta posición repudian 
públicamente esta doctrina, que es esencial para quienes reverencian la Palabra de Dios. 
Al proceder de este modo están cayendo en el engaño de Satanás y se están convirtiendo 
en sus instrumentos, aun cuando aparenten ser ministros de justicia. Son engañadores, 
y su engaño es una insensatez. 
 Hay una tercera cosa que Satanás no puede consentir bajo ninguna circunstancia que 
los hombres crean. Ella es la doctrina de la salvación por medio de la sangre de Cristo. 
Si Satanás odia la Palabra de Dios, y si el diablo odia la doctrina de la Persona de Cristo 
y de la deidad de Cristo, mucho más odia la doctrina del valor de la sangre derramada 
de Cristo. Pedro infiere esto en 2 Pedro 2:1: «Habrá entre vosotros falsos maestros, que 
introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los 
rescató.» Observa esta frase: «Negarán al Señor que los rescató.» Ello nos conduce a la 
doctrina de la redención. Redimir significa libertar mediante compra. Y el precio de la 
compra según la Palabra de Dios es la sangre de Jesucristo. Cristo murió a fin de que 
fuésemos libertados de la esclavitud del pecado, de su culpa y de su castigo. La única 
manera de pagar la deuda que teníamos con Dios era la muerte, ya que habíamos pecado. 
«Porque la paga del pecado es muerte.» Jesucristo vino para pagar esa deuda, y la saldó 
totalmente. Jesucristo no presentó a Dios una declaración de bancarrota para que éste se 
transara aceptando el diez por ciento de la deuda. Cuando Cristo vino a pagar nuestra 
deuda, se hizo cargo de todo. Ya que para saldar nuestra deuda teníamos que morir, Él 
derramó su sangre. Satanás odia la doctrina de la sangre de Cristo más que cualquier 
otra doctrina de la Palabra de Dios. 
 Ahora resulta fácil observar como Satanás trata de promover su doctrina. Nuestra 
doctrina se halla basada en la autoridad de las Escrituras. Cuando Satanás trata de 
promover su doctrina, envía a un falso ministro de justicia a poner algo en el lugar que 
pertenece a la Palabra de Dios. Todo culto falso, secta o «ismo» que existe pretende 
complementar las Escrituras con algún libro añadido, que presentan como revelación 
adicional, ya se trate de Ciencia y Salud con una Clave a las Escrituras de María Baker 
Patterson Glover Eddy, o del Libro del Mormón, o de los escritos de Ellen G. White, o 
del juez Rutherford o del pastor Russell, o de las encíclicas papales, o de las tradiciones 
de los padres, el Talmud. En cada falsa doctrina que se propaga la Palabra de Dios ha 
sido reemplazada por escritos de los hombres que son elevados a una posición de 
autoridad superior a la de las Escrituras, para que puedan ser la base de la doctrina. De 
este modo Satanás pone la Palabra de Dios a un lado y la reemplaza con las palabras de 
los hombres. Pero es la Palabra de Dios la que redarguye, reprende, exhorta y convence, 
y no las palabras escritas por los hombres. Por lo tanto, cuando vamos a los hombres 
para llevarles la verdad de las Escrituras, debemos colocarlos frente a la Palabra de Dios. 
Sólo ella hará la obra de Dios. 
 Dios nos presenta a una Persona que debe ser creída y seguida, pero el método de 
Satanás consiste en colocar a Jesucristo a un lado y despojarlo del lugar de 
preeminencia, y centrar la atención sobre algún otro individuo. La inmensa mayoría de 
la población del mundo actual se inclina ante algún otro nombre y no ante el del Señor 
Jesucristo. Poco importa que se trate de Mahoma, Buda, Confucio, o algún filósofo o 
líder religioso o político. Satanás ha logrado cautivar las mentes de los hombres, 
sujetándolas a alguna autoridad fuera de Cristo. Este peligro amenazaba la iglesia de 
Corinto. Los falsos maestros que penetraron en Corinto no estaban introduciendo otro 
evangelio. Pero la iglesia de Corinto se hallaba dividida a causa de que los maestros que 
la habían visitado eran elevados a una posición superior a la autoridad de Cristo, de tal 
modo que algunos hombres se consideraban seguidores de Pablo, otros de Cefas, otros 
de Apolo, y la obra diabólica era efectuada. 
 Cuando Satanás enfrenta la verdad de que los hombres son salvados por la fe en Cristo 
Jesús, se ve en la necesidad de presentar otro plan de salvación. Sus ministros de justicia 
reemplazan las ordenanzas, convenciendo a los hombres de que si se bautizan y 
participan de la Cena del Señor y se unen a una iglesia habrán de salvarse. O que si 
hacen una cantidad suficiente de buenas obras habrán desalvarse. O que si son 
caritativos y amables habrán de salvarse. Esto es un engaño satánico, porque la verdad 
de la Palabra de Dios es la que fue predicada por Pedro: «No hay otro nombre debajo 
del cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos», fuera del nombre del Señor 
Jesucristo. 
 Cuando el diablo encuentra una persona que sostiene estas doctrinas; que cree en la 
inspiración verbal y absoluta de las Escrituras y en su integridad y autoridad; que cree 
que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios, que se encarnó para redimirnos; que cree que 
la salvación es solamente por la fe en la sangre de Cristo, ¿la deja sola Satanás? 
¡Pluguiera a Dios que así fuera! ¡Pluguiera a Dios que Satanás admitiera su derrota! 
Pero Satanás sigue obrando en las personas aun cuando están absolutamente 
comprometidas con estas verdades cardinales, a fin de oscurecer el problema de tal 
modo que los hombres no sean confrontados con la realidad de que la salvación es 
únicamente por medio de la fe en Jesucristo. 
 Hay ciertas palabras que el diablo odia, como por ejemplo sangre, salvado, nacido de 
nuevo. Cuán fácil resulta, para congraciarnos con una persona, dejar estas palabras 
claves del Evangelio fuera de nuestro vocabulario, como si fuera posible hablar 
solapadamente a las personas acerca de su ceguera y de algún modo guiarlas a la fe en 
Cristo sin decirles que son pecadoras, que necesitan ser salvadas, y que pueden renacer 
por medio de la fe en Cristo Jesús. Una persona no se salva por tener un conocimiento 
superficial del hombre Jesús. Se salva por recibir personalmente al Señor Jesucristo 
como Salvador. No se salva por «hacer una promesa a Cristo», sino por recibir a 
Jesucristo y confiar en su sangre expiatoria. Tratamos de adaptar tan bien el Evangelio 
para los inconversos que quitamos el tropiezo de la cruz. No queremos decirle a los 
hombres: «Estáis perdidos», porque esto constituye un insulto. Claro que sí. Pero 
ninguna persona podrá allegarse jamás a Cristo a menos que comprenda que está 
perdida. Nunca se allegará a Cristo a menos que comprenda que se halla bajo 
condenación. Si bien la Palabra de Dios es penetrante, le hemos quitado todo el filo y 
estamos tratando de llevar la gente a la salvación con una espada desafilada. 
 Pablo no lo hizo así. Necesitamos mantenernos en guardia para que Satanás no tome 
ventaja sobre nosotros. El Apóstol tiene algo interesante que decirnos en Gálatas 5:11: 
«Y yo, hermanos, si aún predico la circuncisión, ¿por qué padezco persecución todavía? 
En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz.» Expliquemos esto claramente: la cruz 
es hediondez en el olfato del inconverso. Cuidémonos de tratar de usar un rociador de 
perfume para que lo que es un tropiezo huela mejor, no vaya a ser que las personas que 
deseamos alcanzar con el Evangelio sean engañadas por Satanás y crean que los 
problemas son distintos de lo que son en realidad. Cristo le dijo a Nicodemo: «Os es 
necesario, nacer de nuevo.» Tú me dirás: «Los hombres no comprenden esa expresión 
hoy en día.» Quizá no, pero no te llevaría más de dos minutos explicarles lo que 
significa. Dirás: «A la gente no le gusta oír hablar de la sangre.» No, pero debemos 
decirles que necesitan ser salvados por medio de la sangre. Quienes reverenciamos la 
Biblia como Palabra de Dios y respetamos la autoridad de la Persona de Cristo, y 
estamos comprometidos con la verdad de que la salvación es por gracia, por medio de 
la fe, basada en la sangre de Cristo, deberíamos abstenernos de hacer el Evangelio tan 
atractivo para el inconverso que no pueda hacer su obra trayendo convicción, acusando 
y reprendiendo. Si lo hacemos, hemos pasado a ser herramientas del maligno. 
 Dios amó al mundo, y envió a su Hijo para salvar al mundo. Dios ahora envía a los 
creyentes al mundo para contar a los hombres la verdad divina. Y ella debe ser 
presentada tal cual Dios lo ha dispuesto, con la autoridad de Dios y en las condiciones 
impuestas por Dios, para que los hombres comprendan que están perdidos, que necesitan 
un Salvador, y que Jesucristo es el único Salvador. El Evangelio es el poder de Dios que 
puede redimir. El Evangelio puede hacer que un hombre se humille ante Dios 
reconociendo que se halla perdido, arruinado y condenado. El Evangelio puede dar el 
perdón de los pecados e impartir la vida eterna, si se lo presenta fielmente. Debemos 
permanecer alerta, no sea que inadvertidamente permitamos a nuestro adversario 
utilizarnos como instrumentos para pervertir la verdad de Dios. 
 Quisiéramos decir estas últimas palabras a quienes nunca han recibido a Cristo como 
Salvador Quizás has sido engañado e ilusionado por uno de los representantes de 
Satanás. Has creído que las Escrituras no tienen autoridad alguna, que Cristo fue tan 
sólo un hombre bueno y que tú puedes lograr tu propia salvación. Quiero decirte, basado 
en la autoridad de las Escrituras, que sólo hay Uno que puede salvarte y se trata del 
Señor Jesucristo. Él te salvará en el mismo momento que le digas: «Yo, pecador, recibo 
a Cristo como Salvador personal.» Es así de sencillo, pero así de concluyente. ¿Deseas 
recibirlo? 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
12 
 
La respuesta de Satanás a la predicación de la Palabra 
 
Mateo 13:1—9 
 
 EN LA PARÁBOLA del sembrador (Mateo 13), nuestro Señor reveló las actividades 
que Satanás realiza cada vez que la Palabra de Dios es proclamada. Hebreos 4:12 nos 
dice que «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos 
filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne 
los pensamientos y las intenciones del corazón». Satanás sabe que la palabra de Dios es 
viva y eficaz. Él sabe como tú que ella tiene una naturaleza capaz de reproducirse. La 
semilla viva no puede permanecer dormida sobre el suelo para siempre. Si se le permite 
permanecer en buena tierra y se le riega, la semilla viva germinará, crecerá y traerá fruto. 
Ya que la palabra de Dios es la buena semilla de Dios y tiene vida, una vez sembrada 
en tierra preparada habrá de dar fruto y producirá el fruto apacible de justicia. 
 Esta era la confianza del profeta Isaías cuando escribió en el capítulo 55 que Dios 
haría prosperar la Palabra sembrada, haciéndola cumplir el propósito divino. Esa fue la 
enseñanza de nuestro Señor en el capítulo 13 de Mateo, ya que nos habla en el versículo 
ocho de la semilla que cayó en buena tierra, y dio fruto, cual a ciento, cual a sesenta y 
cual a treinta por uno. A fin de que los discípulos no perdieran de vista el sentido de esta 
enseñanza, nuestro Señor la explicó en el versículo 23: «Mas el que fue sembrado en 
buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a 
sesenta, y a treinta por uno.» Nuestro Señor afirma que cuando la palabra de Dios, la 
buena semilla, cae sobre un corazón que ha sido preparado por el Espíritu de Dios para 
recibir esa Palabra, tiene que haber fruto. Ya que la palabra de Dios es viva y eficaz, o 
poderosa, habrá de reproducirse. Satanás sabe esto perfectamente, y toda vez que él 
prevé que la palabra de Dios habrá de ser predicada, se presenta para hacer su obra: 
arrebatar la semilla. Lógicamente, Satanás preferiría no tener que arrebatar la semilla 
que ha sido sembrada. Preferiría controlar de tal modo a la persona que habrá de predicar 
que lo que se proclame sea cualquier cosa menos la buena semilla de la palabra de Dios. 
 Piensa en la obra que Satanás debe efectuar cuando la Palabra es predicada: si hay 
500 personas presentes cuando la verdadera palabra de Dios es plantada en 500 
corazones, él debe disponer de 500 demonios para entrar en 500 vidas distintas a fin de 
arrebatar lo que ha sido sembrado. ¡Cuánto esfuerzo se ahorraría si logra que esas 
personas que esperan oír la palabra de Dios escuchan alguna mentira del diablo! Sólo 
necesitatrabajar con un individuo en lugar de quinientos. Pero sabiendo que la Palabra 
de Dios habrá de ser proclamada y que la verdad de Dios será predicada, Satanás se ha 
preparado para evitar que la buena semilla de la palabra caiga en buena tierra para que 
pueda producir fruto. 
 En el tercer versículo de Mateo 13 nuestro Señor declara que el sembrador salió a 
sembrar, y explica que El mismo es el sembrador (Mateo 13:37). «El que siembra la 
buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los 
hijos del reino.» El ahora proclama la Palabra de Dios, la buena semilla, por medio de 
hombres que ha redimido. 
 Pero tan pronto como el Hijo de Dios hace sembrar la semilla de la Palabra, Satanás 
y sus esbirros entran en acción. Leemos en el versículo cuatro que cuando Él sembró 
«parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron». El camino 
era el sendero que bordeaba el campo. En el límite de todos los campos se colocaban 
piedras indicadoras. A fin de no malgastar la tierra aprovechable, el sendero iba a lo 
largo del límite. La tierra del camino era pisada y nunca se araba. Al caminar a lo largo 
de los surcos para esparcir las semillas, parte de ellas caía sobre el sendero duro y 
compacto. No había allí tierra preparada para recibirla. Cuando la semilla caía sobre 
terreno no preparado, las aves que seguían al sembrador las arrebataban. Nuestro Señor 
explicó esta parte de su parábola en el versículo 19: «Cuando alguno oye la palabra del 
reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este 
es el que fue sembrado junto al camino.» 
 Se nos dicen dos cosas acerca de la buena semilla que cayó junto al camino. En primer 
lugar, no fue comprendida por el oyente. «No la entiende.» La segunda cosa que se nos 
dice acerca de esta semilla es que Satanás arrebata la semilla sembrada, para que no 
pueda germinar. «Vinieron las aves y la comieron.» Tal semilla no puede reproducirse. 
Esto nos revela la más importante de las estrategias de Satanás en respuesta a la 
predicación de la Palabra de Dios. En primer lugar, cuando la Palabra de Dios es 
proclamada, Satanás ciega la mente para que el oyente no pueda comprender lo que se 
dice. Cuando un individuo escucha una verdad que no comprende, está pronto y 
dispuesto a renunciar a ella. Si Satanás permite que la semilla permanezca, ésta germina. 
Las lluvias que descienden del cielo harán que la semilla manifieste su vida; y donde 
hay vida siempre existe la posibilidad de fruto. El primer objetivo de Satanás es entonces 
quitar la Palabra de Dios de tu mente, a fin de que cuando la oigas te entre por un oído 
y te salga por el otro. Si puedes hacer caso omiso de la Palabra de Dios y no prestarle 
atención alguna, Satanás habrá evitado que la semilla sea sembrada y produzca fruto. 
Satanás cegará tu mente a la verdad de la Palabra de Dios, de ser ello posible. Donde no 
hay Palabra no puede haber crecimiento, y donde no hay Palabra no puede haber fruto. 
El fruto en la vida de un individuo depende de la recepción de la Palabra de Dios, pues 
no puede haber fruto alguno sin la semilla viva. 
 A fin de evitar que recibas la Palabra de Dios, Satanás tratará de hacer algunas 
sustituciones. Si el diablo ve que te propones tomar la Biblia para buscar luz sobre algún 
problema actual, tratará de reemplazarla con la palabra de un hombre que, si bien dice 
ser ministro del Evangelio, tratará de resolver tus problemas independientemente de la 
Palabra de Dios. ¿Cuántas veces en una investigación de la verdad con respecto a 
Jesucristo has leído algún escrito esperando satisfacer tu sed espiritual, pero has 
descubierto que te dejó sediento y que no pudo satisfacerte? ¿Sabes por qué? Porque no 
había vida en el escrito. No era la semilla de la Palabra de Dios. Satanás te habrá de 
desviar de la Palabra de Dios, de ser ello posible. No hay otra semilla, escrita o hablada, 
fuera de la Palabra de Dios. 
 O sino Satanás tratará de llevarte a un lugar donde la Palabra de Dios sea recibida con 
un corazón y una mente no preparados. Te llenará la mente de tanta confusión y 
desorden que la Palabra de Dios no podrá penetrar. Muchos no reciben provecho alguno 
de la Palabra que se enseña en la escuela dominical o en el devocional los domingos por 
la mañana a causa de lo que han hecho el sábado por la noche. Satanás comienza su obra 
para derrotar la presentación de la Palabra mucho antes de que ella sea predicada. No te 
diste cuenta. Pensaste que estabas disfrutando un momento de esparcimiento o de 
descanso, sin darte cuenta que Satanás te estaba preparando para «escuchar» un sermón 
con los oídos o el corazón sordos. 
 A veces Satanás te llevará a escuchar la Palabra con algún pecado no confesado. 
Cuando hay pecado no confesado, el Espíritu de Dios debe dirigir su atención a producir 
convicción, y entonces no efectúa la obra de enseñar. El Espíritu de Dios no trae 
convicción y enseñanza al mismo tiempo. De modo que si Satanás puede hacerte caer 
en algún pecado y llevarte donde la Palabra de Dios ha de ser predicada con ese pecado 
no confesado, habrá logrado que te resulte imposible comprender la Palabra de Dios y 
apropiártela. El pecado no confesado es parte del programa satánico de colocar la 
semilla junto al camino. 
 O quizá Satanás te llevará a una congregación con algún antagonismo o amargura 
contra otro creyente, para lograr que pienses en ese individuo o en ti mismo. Esa 
amargura, esa falta de unidad, impide que el Espíritu de Dios riegue la semilla sembrada 
para producir fruto para la gloria de Dios. La amargura habrá de endurecer el terreno de 
tu corazón para que no recibas la Palabra de Dios. 
 Hay una segunda respuesta a la Palabra predicada. Leemos en el versículo cinco: 
«Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía 
profundidad de tierra.» Satanás necesita trabajar un poco más con este individuo. No 
pudo evitar que escuchara la Palabra de Dios. La escucha, la recibe y es una semilla 
viva, que comienza a reproducirse. Satanás se ve precisado a usar otra estrategia. La 
semilla ha sido sembrada, ha echado raíces, está creciendo y finalmente habrá de 
producir fruto, a menos que su crecimiento sea detenido. ¿Qué hace Satanás? Leemos 
en el versículo cinco que se trata de semilla que cae entre «pedregales». En los 
versículos 20 y 21 hallamos la explicación de nuestro Señor: «Y el que fue sembrado 
en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no 
tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución 
por causa de la palabra, luego tropieza.» Aquí tenemos a un individuo que oye la Palabra 
de Dios proclamada y la acepta; se regocija en ella. Ese amor que acaba de brotar por la 
Palabra y por el Señor revelado en ella lo lleva a contar su gozo a otra persona. Pero en 
vez de reaccionar con gozo igual que él, aquel individuo lo mira con escepticismo, con 
duda» sorprendido. Y la Palabra de Dios que había comenzado a crecer es ahogada a 
causa de la oposición, de la indiferencia, de la duda que se le expresa cuando trata de 
compartir su fe en el Señor Jesucristo. Nuestro Señor dijo a los discípulos en el aposento 
alto que iban a sufrir persecuciones. Les advirtió acerca de la persecución civil, política 
y religiosa, la persecución que les llegaría tanto desde dentro de la familia como desde 
afuera. Estaba tratando de preparar a sus discípulos para este sistema de ataque del 
maligno. 
 ¡Cuántas personas que han oído la Palabra de Dios y están convencidas de su verdad 
se vuelven atrás cuando comienzan a calcular lo que les costará mantenerse firmes y sin 
reservas a favor de Jesucristo! ¡Cuántos comerciantes nunca han crecido espiritualmente 
porque temen lo que les costaría en su vida comercial el entregarse completamentea 
Jesucristo y manejar sus negocios de acuerdo con los principios divinos, obedeciéndole 
a Él por sobre todo lo demás! ¡Cuántos jóvenes han encubierto el hecho de que creen 
que las Escrituras son la Palabra de Dios por lo que les podría costar en el colegio en lo 
que respecta a su popularidad o prestigio! De este modo la Palabra de Dios deja de dar 
fruto, porque luego que comienza a crecer llegan las persecuciones y ahogan el 
crecimiento. 
 Nuestro Señor prosigue diciendo en el versículo siete: «Y parte cayó entre espinos; y 
los espinos crecieron, y la ahogaron.» Este es el tercer método que utiliza Satanás para 
arrebatar la palabra de Dios de la vida de una persona. Nuestro Señor lo explica en el 
versículo 22: «El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el 
afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.» 
Aquí se trata de semilla que fue plantada en tierra fértil. Incluso se ha abierto paso a 
través del escaramujo, de tal modo que se halla encima de él. Aunque está creciendo en 
medio de los espinos, allí está. Satanás se ve en la necesidad de efectuar la tarea más 
difícil, ya que debe arrancar una planta firmemente arraigada y bien desarrollada. 
¿Cómo lo hace? Cristo nos contesta en el versículo 22: consiguiendo que nos ocupemos 
de los cuidados o las responsabilidades de este mundo y seduciéndonos con el engaño 
de las riquezas. 
 Si Satanás no logra arrebatar la Palabra antes que germine, ni arrancarla cuando es 
aún un brote tierno, si ha crecido hasta el punto donde está lista para dar frutos, habrá 
de ocuparnos con las cosas materiales. Él nos dará algún nuevo objetivo en la vida que 
reemplace los objetivos y metas que habíamos recibido de Jesucristo en la Palabra de 
Dios. El método satánico consiste en tomar un hombre de negocios, por ejemplo, y en 
lugar de rebajarlo como acto de persecución (lo intentó y no dio resultado) ahora lo 
asciende. Lo eleva a un puesto destacado y de autoridad en tal medida que el hombre se 
halla demasiado ocupado para poder dedicar tiempo alguno a la Palabra de Dios. Tal 
responsabilidad en su vida profesional ocupa su tiempo por completo. O puede suceder 
que Satanás, que trató de probar a su hombre por medio de la pobreza, según el segundo 
método descripto, y descubrió que esa tentación sólo llevó al individuo a la Palabra de 
Dios en busca de apoyo, ahora cambie de táctica y enriquezca de tal modo a esa persona 
que sus riquezas se conviertan en una trampa. Se enreda tanto en la preservación y 
multiplicación de los bienes que ha recibido que no le queda tiempo para la Palabra de 
Dios. El afán de este siglo logra que nos ocupemos de nosotros mismos, y el engaño de 
las riquezas hace que nos ocupemos de nuestras cosas materiales. De ambas maneras 
nos ocupamos tanto de nuestra posición, condición, responsabilidades y logros en la 
vida que descuidamos la Palabra de Dios. Y donde la Palabra de Dios es descuidada no 
puede haber fruto. 
 Quizá creas que las bendiciones materiales que tienes provienen de Dios. Permíteme 
decirte que pueden ser una trampa de Satanás; pueden ser lo que Satanás está utilizando 
en tu vida para arrancar la Palabra de Dios que está siendo predicada, a fin de que no 
haya fruto alguno en tu vida. Recordemos nuevamente que a Satanás no le importa lo 
que hagas; le interesa vitalmente lo que crees y sabes. Él te permitirá hacer todo lo que 
desees, pero no puede permitir que creas la Palabra de Dios y la recibas, ni tampoco que 
ordenes tu vida de acuerdo con ella. Hacer esto es dejar buena semilla en buena tierra, 
la cual será regada por el Espíritu de Dios y tendrá que producir su fruto en el momento 
oportuno determinado por Dios. 
 Sería realmente extraño que la atención de algunos de los lectores no haya sido 
desviada desde que comenzó la lectura de este libro hacia ordenar los problemas futuros 
de la oficina o solucionar los pasados. Algunas de las amas de casa que leen estas líneas 
habrán sido distraídas por las responsabilidades del hogar. ¿Creéis acaso que esto es 
obra del Espíritu de Dios? No, el diablo está zumbando alrededor, ocupado cual abeja 
laboriosa, a fin de evitar que alguna verdad de la Palabra de Dios sea plantada. Quizá 
sentiste sueño la última vez que asististe a un servicio de predicación de la Palabra. 
¿Piensas que lo que te adormecía era la paz de Dios? ¡No!, había alguna buena semilla 
que Satanás no podía tolerar que oyeras, de modo que te presentó una tentación el 
sábado por la noche. Te convenció que te quedaras levantado hasta altas horas de la 
noche, y a causa de ello te dormiste durante la reunión el domingo por la mañana. 
Satanás te miró mientras cabeceabas y pensó: «Aquí hay alguien por quien no necesito 
preocuparme. Ninguna semilla está siendo plantada en él esta mañana.» Su obra estaba 
siendo ejecutada. 
 En la primera parábola de Mateo 13, Cristo enseñó lo que hace Satanás cuando el 
Hijo de Dios planta su semilla. Pero esto es tan sólo una parte de su obra. Nuestro Señor 
relató en el versículo 24 una segunda parábola, la cual es la contraparte de la primera. 
Dijo que «el reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en 
su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre 
el trigo, y se fue. Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la 
cizaña». La cizaña es una planta que se parece tanto al trigo que no se puede observar 
la diferencia entre ambos hasta el momento de la cosecha. Las plantas son muy 
parecidas, pero la cizaña nunca produce grano. «Vinieron entonces los siervos del padre 
de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, 
pues, tiene cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto.» Estudiemos la explicación 
de nuestro Señor en el versículo 36. Esto constituía un misterio para los discípulos, y 
ellos dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo. Respondiendo él, les dijo: 
El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena 
semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la 
sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles.» 
 Nuestro Señor nos dice en su explicación cuál es la segunda respuesta de Satanás al 
ministerio de la Palabra. Él está plantando una mala semilla para ahogar la Palabra de 
Dios. A menudo pasamos por alto el hecho de que, si bien nos sometemos durante una 
o dos horas semanales a la predicación y enseñanza de la Palabra de Dios, somos 
sometidos a la siembra de Satanás durante toda la semana. Y él no descansa. Algo que 
podemos decir acerca del diablo es que no es ocioso y persevera con su siembra. El 
prepara la tierra para su semilla, a fin de que lleve su fruto. Cada vez que te vuelves de 
la Palabra de Dios a las palabras de los hombres estás recibiendo su semilla. Cada vez 
que tu mente se ocupa de cualquier cosa que no sea Jesucristo, estás aceptando la semilla 
de Satanás. Luego te preguntas por qué hay tan poco fruto en tu vida y tan poco 
crecimiento en tu experiencia cristiana. No puede haber crecimiento alguno sin la 
siembra de la buena semilla. No puede haber crecimiento sin la Palabra de Dios. 
 Nuestro Señor dijo en Mateo 13:8: «Pero parte cayó en buena tierra; y dio fruto, cual 
a ciento, cual a sesenta, y cual a treinta por uno.» Nos explicó la causa del fruto en el 
versículo 23: «Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la 
palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.» Observa que en 
todos los casos la semilla fue la misma. La que cayó junto al camino, la que cayó en 
pedregales y la que cayó entre espinos era toda la misma semilla. En cada caso el 
sembrador era el mismo, el Señor Jesús. De modo que ni el sembrador ni la semilla 
tienennada que ver con la diferencia en la cantidad de fruto. Había una sola diferencia: 
la preparación del terreno. Terreno sin preparar: la que cayó junto al camino. 
Insuficiente preparación: la que cayó en pedregales. Poca preparación: la que creció 
entre los espinos. Pero hubo una preparación cuidadosa en aquella que produjo fruto a 
ciento, a sesenta, y a treinta por uno. 
 Lo que la Palabra de Dios produzca en tu vida se halla en relación directa a la 
preparación que tú permitas efectuar al Espíritu de Dios en tu vida y en tu corazón. Si 
te acercas a la Palabra con un corazón no preparado, la semilla será arrebatada. Si vienes 
a la Palabra con una vida ahogada por los espinos, con pecado, con amargura, con 
envidia, con contiendas, la Palabra nunca habrá de producir fruto. Pero si vienes a la 
Palabra de Dios con una vida preparada por el Espíritu de Dios para recibir la verdad de 
la Palabra, la buena semilla sembrada por el Señor Jesús habrá de producir su fruto. 
Como semilla viva, tiene que reproducirse. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
13 
 
Cómo tienta Satanás 
 
Mateo 4:1-11 
 
 LA PRIMERA REBELIÓN de Satanás desafió la autoridad de Dios. Puso en tela de 
juicio el derecho de Dios de gobernar sobre su creación y sus criaturas; puso en tela de 
juicio el derecho de Dios de ser obedecido y de ser creído. A través del desarrollo del 
drama de la historia humana, Satanás ha estado perpetrando su mentira, la mentira de 
que él tiene el derecho de gobernar, de ser obedecido, de ser creído. En última instancia 
es necesario decidir quién está en lo cierto, porque es imposible que dos tengan 
autoridad en la misma esfera. Cuando dos seres sostienen puntos de vista divergentes, 
ambos no pueden estar en lo cierto. Ambos no pueden reclamar el derecho de ser 
adorados. Satanás reconoció que él era una criatura, que poseía vida creada. Él debía 
haber reconocido que Dios es el creador y que posee vida increada, pero trató de 
postergar esta confrontación directa. Pero en la economía divina llega el momento 
cuando la batalla ya no puede ser postergada, cuando el conflicto debe ser resuelto. 
 Antes que nuestro Señor comenzara su ministerio propiamente dicho, El salió al 
desierto a desafiar a Satanás, a obligar al diablo a presentarle batalla para resolver el 
problema de una vez por todas. De algún modo hemos llegado a la conclusión de que 
Jesucristo salió al desierto y que allí fue perseguido por Satanás; que Cristo estaba 
buscando algún lugar para esconderse a fin de que Satanás no pudiera hallarle y 
desafiarlo. Pero la verdad es otra. Satanás fue el perseguido y Cristo el perseguidor; el 
Señor, quien había estado escuchando a través de los siglos las pretensiones del diablo 
desde su rebelión, obligó a Satanás a enfrentarlo, presentándole batalla. ¿Es digno Dios 
de ser obedecido? ¿Es su Palabra digna de ser creída? ¿Es digno Dios de ser adorado? 
Satanás, conociendo el resultado final de este conflicto entre él y Cristo, ciertamente 
trató de huir del lugar de la tentación. Cristo se hallaba en el desierto bajo el control del 
Espíritu; estaba allí por la voluntad de Dios. Estaba allí para perseguir al acusador y 
obligarlo a ponerlo a Él a prueba. Podemos observar la tentación de Jesucristo por parte 
de su adversario en el relato que se nos proporciona en Mateo 4. 
 Según la Palabra de Dios hay solamente tres canales o puertas a Través de las cuales 
el diablo puede penetrar en la ciudadela de la vida humana. Satanás puede entrar por 
medio de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, la soberbia de la 
vida. El escritor a los Hebreos nos dice que Cristo fue tentado en todo según nuestra 
semejanza, pero sin pecado (Hebreos 4:15). El autor no está sugiriendo que Cristo haya 
sido sometido numéricamente a cada tentación con que hemos sido tentados, sino que 
afirma que Jesucristo fue tentado a través de todos los cañales. Cada puerta que Satanás 
podía asaltar para conformar a Cristo a la voluntad satánica fue atacada. Resulta 
significativo entonces observar que la tentación de Cristo se limitó a tres esferas 
específicas. Cuando fue tentado en cuanto a la concupiscencia de la carne, sintió 
hambre. El orgullo puso a prueba su fe en Dios. En lo que respecta a la concupiscencia 
de los ojos, todos los reinos del mundo le fueron mostrados en un momento. El relato 
que se nos proporciona sobre la tentación de Cristo nos es conocido. Observemos estas 
esferas, ya que ellas nos revelan el método satánico en la tentación. El modo en que 
Satanás tentó a Cristo y el método que emplea contra ti son los mismos. 
 Se relata en Mateo que Cristo fue al desierto a luchar con Satanás, no según su propia 
voluntad sino de acuerdo con la voluntad de Dios, ya que fue guiado por el Espíritu al 
desierto. Él no fue en su propia fortaleza o poder, sino dependiendo conscientemente 
del poder sustentador del Espíritu Santo. No fue a buscar lo suyo, sino a resolver el 
problema causado por la rebelión original de Satanás contra Dios. Las Escrituras relatan 
que nuestro Señor ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches. Recién entonces, 
luego de ese extenso período de tiempo, Jesucristo físicamente sintió hambre. Mateo 
explica esto con suma claridad cuando dice que «después de haber ayunado cuarenta 
días y cuarenta noches, tuvo hambre». 
 No hay explicación natural con respecto a cómo un hombre pudo haber ayunado 
durante este período prolongado y no sentir efectos adversos. Sin embargo, la 
explicación se halla en el capítulo cuatro de San Juan. Durante su visita a Samaría, Cristo 
envió a los discípulos a la ciudad a comprar de comer a fin de poder estar un tiempo 
solo con alguien que tenía una profunda necesidad espiritual. Mientras los discípulos 
estaban ausentes, nuestro Señor satisfizo la necesidad espiritual de la mujer samaritana. 
Cristo se le reveló como el que había venido de Dios a satisfacer las necesidades de los 
hombres. Luego que nuestro Señor concluyó su plática con ella, los discípulos volvieron 
trayéndole la comida que habían adquirido en la ciudad, y le invitaron diciendo: «Rabí, 
come.» (Juan 4:21.) Pero Él les contestó: «Yo tengo una comida que comer, que 
vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien 
de comer? Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que 
acabé su obra.» Nuestro Señor reveló a los discípulos en aquella ocasión que su relación 
con la voluntad de Dios era la que lo sostenía hora tras hora y día tras día. Mientras otras 
personas dependían del alimento físico para el sostén de sus cuerpos, Él dependía de la 
voluntad de Dios para su sostén. Mientras caminaba dependiendo de Dios y en perfecta 
obediencia a la voluntad divina, Dios lo sostenía en todo lo que Él le había encomendado 
que hiciera. Nuestro Señor pasó cuarenta días y cuarenta noches sin alimento físico y 
fue sostenido durante ese período porque andaba en perfecta obediencia a la voluntad 
de Dios. Su dependencia del Espíritu de Dios y su obediencia simultánea a Dios le 
proporcionaron el sostén que su cuerpo necesitaba. 
 Fue precisamente en esa esfera de su relación con la voluntad de Dios donde Satanás 
presentó su primera tentación. El diablo dio por sentada la realidad de la Persona de 
Cristo. En nuestras Biblias leemos las palabras de Satanás: «Si eres Hijo de Dios.» No 
hace falta recordar que las Escrituras nos dicen que los demonios creen y tiemblan 
(Santiago 2:19). Aun cuando el hombre de nuestros días no vacila en negar la doctrina 
de la deidad de Jesucristo, y no vacila en negar que Jesucristo es el Hijo eterno del Dios 
eterno, encarnado a través del nacimiento virginal, ningún ángel del infierno ha puesto 
aún en tela de juicio la realidad de la Persona de Jesucristo, Satanás en aquella 
oportunidadno estaba poniendo en tela de juicio la Persona de Cristo; la estaba dando 
por sentada. Podríamos leer con propiedad: «Ya que tú eres Hijo de Dios, di que estas 
piedras se conviertan en pan.» Dios había dado la comida para el sostén del cuerpo. Esto 
lo explicó muy claramente en el momento de la creación, ya que cuando Dios puso a 
Adán y a Eva en el huerto, dijo a sus criaturas: «De todo árbol del huerto podrás comer.» 
(Génesis 2:16.) El método divino de sostener el cuerpo era el consumo de comida. 
Satanás, entonces, no estaba tentando a Cristo a Hacer algo que la Palabra de Dios 
hubiera prohibido. El diablo estaba tentando a Cristo en una esfera que Dios había 
mandado y aprobado. De una manera perfectamente razonable y lógica, pues. Satanás 
se presentó ante Cristo y le dijo: «Ya que tú eres él Hijo de Dios, di que estas piedras se 
conviertan en pan.» 
 Satanás estaba reconociendo algo que los hombres no están dispuestos a reconocer 
hoy en día. Los hombres dudan hoy de la autoridad de la Palabra de Dios. Por ejemplo, 
la Palabra dice que todas las cosas que existen fueron creadas por Él. La Palabra de Dios 
enseña que el universo fue creado por el poder del Señor Jesucristo. Las Escrituras 
revelan que Jesucristo es el Hijo de Dios. El hombre contemporáneo no vacila en decir 
que la Palabra de Dios es falsa, y no vacila en llamar a Dios mentiroso. Pero Satanás no 
es tan osado como algunos hombres. Él reconoció que Jesucristo era el Creador y el 
Hijo de Dios y que por medio de la palabra hablada podía efectuar nuevamente el 
milagro que había realizado en el momento de la creación. Sería mucho más sencillo 
para Jesucristo transformar una piedra en pan que hacer este universo de la nada, y 
Satanás reconoció que Jesucristo podía hacerlo. De modo que lo desafió: «Di que estas 
piedras se conviertan en pan.» 
 ¿En qué consiste, entonces, la tentación? Dios ha dado los alimentos para el sostén 
del cuerpo. Cristo necesitaba el sostén físico luego de un ayuno de cuarenta días. 
Jesucristo tenía el poder y la autoridad para mandar a las piedras que se convirtieran en 
pan. ¿En qué consistía la tentación? La tentación sutil que Satanás presentó ante 
Jesucristo fue la de apartarse de la voluntad de Dios. Ya que Jesucristo se hallaba en el 
desierto bajo el control del Espíritu y estaba siendo sostenido por su obediencia al 
Espíritu de Dios, el hambre física que Él estaba sufriendo era parte de la voluntad de 
Dios para Él. El hambre era parte del propósito divino. Para Jesucristo, el ejercer un 
poder independiente para satisfacer sus propias necesidades significaba desobedecer la 
voluntad de Dios tal como le había sido revelada. 
 La sutileza de la insinuación satánica consistía en esto: Ya que tú eres Hijo de Dios, 
no es razonable que se te pida que te prives de cualquier cosa que tú quieras. Su 
insinuación era que la relación de Hijo permite estar independiente de Dios. Ya que eres 
el Hijo, ¿por qué andar con privaciones? Satisface tu propia necesidad sin continuar en 
la voluntad de Dios, sin depender del Padre. Lo que más quería Satanás de Cristo era 
entonces que Él desobedeciera y se apartara de la obediencia perfecta a la voluntad de 
Dios. 
 Dios quiere nuestra obediencia. Dios tiene un plan para nosotros y su plan se halla 
revelado en la Biblia. Dios lo ha revelado con notable claridad, de tal modo que quien 
acude a las Escrituras puede saber paso por paso qué es lo que Dios tiene para él, qué 
espera Dios de él y cuál es la voluntad de Dios para él. Por alguna razón hemos llegado 
a pensar que la relación filial que tenemos con Él por pertenecer a Jesucristo nos da el 
derecho de juzgar la voluntad de Dios o decidir si hemos de someternos a su voluntad o 
no, de continuar en nuestro propio camino si así nos place, de pasar por alto los 
mandatos de las Escrituras cuando nos conviene, y de hacer lo que nos dé la gana. 
Satanás se presenta con la sutil insinuación de que, ya que eres hijo de Dios por medio 
de tu fe en Jesucristo, no es necesario que hagas lo que Él dice. Tú tienes derechos como 
hijo. Tienes una mente que es tuya: úsala. La primera tentación que Satanás presentó a 
Cristo fue la de apartarse de la voluntad de Dios para Él. Este es el mayor deseo de 
Satanás en lo que respecta a ti: que no hagas caso a la voluntad de Dios y te 
independices. 
 En Mateo 4:5, 6, se relata la segunda tentación. Satanás llevó a Cristo «a la santa 
ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate 
abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te 
sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra». La ciudad de Jerusalén había 
sido edificada en la parte superior de una colina, y alrededor de ella había un muro ancho 
y alto, construido para su protección. La esquina del muro de la ciudad de Jerusalén se 
elevaba unos 120 metros sobre el fondo del valle del Cedrón, que se extendía a sus pies. 
Jesucristo fue llevado por el diablo al borde del muro de la ciudad, conocido aún hoy 
como «el pináculo del templo». Satanás dirigió su mirada al valle unos ciento veinte 
metros más abajo, y dijo a Cristo: «Tú me citaste el libro de Deuteronomio, por el cual 
desechaste mi primera tentación: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra 
que sale de la boca de Dios”. Tu respuesta me indica que tienes confianza en lo que Dios 
ha dicho. Ahora bien, quiero ver exactamente cuánta confianza tienes en realidad. 
Permíteme citarte una promesa. El salmista ha dicho que “a sus ángeles mandará acerca 
de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra”. Ahora 
bien, si crees la Palabra de Dios como dices creerla, entonces salta y demuestra tu fe. 
Desafía a Dios, ponlo a prueba y observa si se puede confiar en Dios. Demuestra tu fe 
en la promesa de Dios.» 
 Al igual que la primera tentación, ésta parece bastante razonable y lógica. Si tenemos 
la Palabra de Dios y hemos descubierto una promesa apropiada en la misma, podemos 
descansar en ella. Al fin y al cabo, ¿qué garantía tenemos de que Dios ha perdonado 
nuestros pecados cuando hemos creído en Jesucristo como nuestro Salvador personal? 
No tenemos ninguna salvo la Palabra de Dios. ¿Qué seguridad tenemos de que no hay 
condenación ni juicio para quienes están en Cristo Jesús? Ninguna, salvo la promesa de 
la Palabra de Dios. Todo nuestro destino descansa sobre la confiabilidad de la Palabra 
de Dios. Quienes hemos recibido a Jesucristo hemos confiado nuestro destino eterno a 
la Palabra del Padre; ¿podemos confiar en ella? De modo que Satanás le sugirió a 
Jesucristo que pusiera a Dios a prueba. 
 Detrás de ello se hallaba la tentación sutil de dudar de la Palabra de Dios. Estaba 
escrito que «a sus ángeles mandará acerca de ti», pero esa promesa era para quienes 
estaban andando en obediencia a la voluntad de Dios, para quienes estaban caminando 
conforme a la Palabra de Dios. Para Jesucristo el poner a Dios a prueba significaba decir 
que no aceptaba el hecho sólo porque Dios lo hubiera dicho, sino que tenía que 
comprobarlo por sí mismo. 
 El científico que dice: «Creeré lo que pueda comprobar en mi laboratorio» es 
básicamente un escéptico. Se coloca en el lugar de un juez y demanda una satisfacción. 
Cuando Dios ha dicho algo y lo ponemos a prueba, estamos diciéndole que no le 
creemos. Satanás se acercó a Cristo y lo tentó a demostrar cuán grande era su fe en lo 
que Dios había dicho que haría. Cristo le respondió: «No tentarás al Señor tu Dios» (v. 
7). Jesucristo no necesitaba poner a prueba a Dios para creer en Él. El Señor creía a 
Dios. La persona que pone la Palabra de Dios a prueba está diciendo que no le cree hasta 
que Él haga algo para comprobarlo. ¡Esa es la tentación del diablo! Si tratas de 
comprobarlo, estás llamando a Dios mentiroso, y esto es precisamente lo que Satanás 
quiere que hagas.Estás sucumbiendo ante la segunda tentación del diablo, en la cual su 
deseo es hacerte dudar de la Palabra de Dios. 
 Cuando Cristo no quiso sucumbir ante la segunda tentación de Satanás, el diablo le 
presentó la tercera. Leemos en Mateo 4:8 que «otra vez le llevó el diablo a un monte 
muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo 
esto te daré, si postrado me adorares». El Creador había depositado en las manos de 
Adán la autoridad sobre la tierra, y él como gobernador designado por Dios administró 
la autoridad de Dios sobre el mundo. Cuando Adán y Eva sucumbieron a la tentación 
de Satanás y comieron del fruto prohibido, abandonaron el cetro que Dios les había dado 
en las manos del diablo, y éste pasó a ser el dios de este mundo. Satanás ha sido 
gobernador usurpador desde el momento de la caída de Adán hasta ahora. Era el 
propósito de Dios, declarado en el Salmo 8, arrancar el cetro de Satanás y restaurarlo a 
Jesucristo, el Hijo del Hombre, para que Él pudiese gobernar como Rey de reyes y Señor 
de señores. El diablo, sabiendo que tenía la autoridad de un usurpador, le mostró a 
Jesucristo la gloria de los reinos de esta tierra. En ese momento ofreció entregar a 
Jesucristo el cetro que tenía en su mano, para que Él reinase como Rey de reyes y Señor 
de señores. Había un requisito: que Jesucristo lo adorara. 
 La sutileza de esta tentación consistía en el hecho de que quien tiene el derecho de 
ser adorado tiene también el derecho de ser obedecido. Si Jesucristo tributaba a Satanás 
un acto de adoración, razonablemente y por lógica debía obedecer a aquél cuyo derecho 
de recibir adoración acababa de reconocer. Esta fue la tentación culminante que Satanás 
presentó ante Cristo. Le invitó a desobedecer la voluntad de Dios y a dudar de la Palabra 
de Dios, pero todo ello era inherente a este gran deseo: desviar para sí la adoración que 
pertenece a Dios. 
 Basándome en la autoridad de la Palabra de Dios, quisiera decirte que esto es lo que 
Satanás quiere de ti más que cualquier otra cosa. Cuando Jesucristo estuvo en el 
aposento alto una semana después de su resurrección, mostró sus manos y su costado a 
los discípulos y Tomás exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» No hay nada que Satanás 
desee más que oír pronunciar esas palabras, pero dirigidas a él. Él está dispuesto a 
renunciar a cualquiera de las pretensiones que tiene sobre este universo con tal de lograr 
que tú le adores, te sometas a él, le obedezcas y hagas su voluntad. Si tú reconoces el 
derecho de Satanás de ser adorado, le has concedido su derecho de ser obedecido. 
Satanás obra sobre tu mente, tu corazón y tu voluntad para llevarte al punto en que lo 
escuches y le digas: «Sí, mi señor.» Cuando ha logrado llevarte hasta ese punto, 
entonces mira al rostro de Dios y dice: «Aquí tienes a otro que dice que yo soy dios, que 
tengo el derecho de ser obedecido, y que reconoce mi autoridad en lugar de la tuya.» 
 El mundo ha andado en desobediencia. Al someterse a la autoridad de Satanás, se ha 
hecho eco de la pretensión satánica de que Dios debiera ser depuesto y que Satanás 
debiera ser entronizado. No fue sino hasta que Jesucristo vino a este mundo que hubo 
uno que obedeció la voluntad de Dios perfectamente. Cuando Cristo dijo al Padre en el 
huerto de Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya», estaba diciendo en 
realidad: «Satanás reclama el derecho de ser obedecido, de ser creído y de ser adorado. 
La raza humana se ha hecho eco de su pretensión, pero yo me someto a ti a fin de que 
el mundo y los ángeles sepan que eres Dios; que fuera de ti no hay otro y que tu voluntad 
debe ser obedecida, tu palabra creída y tu Persona adorada.» 
 El deseo de Dios es que obedezcas Su voluntad, que creas Su Palabra y que adores 
Su Persona, tal como lo hizo Jesucristo. Tú puedes ser en las manos de Dios una lección 
objetiva para los ángeles, por medio de tu sumisión, tu fe y tu adoración, de que Él es 
Dios y que fuera de Él no hay otro. ¡Cuán fácil resulta desobedecer, dudar y retener el 
sacrificio de alabanza y acción de gracias que pertenece justamente a Dios! Te 
desafiamos a la luz de la Palabra de Dios a que examines tu andar en relación con la 
voluntad de Dios y la actitud de tu corazón frente a la Palabra de Dios y a la Persona del 
Padre, a fin de que no cumplas el deseo de Satanás. 
14 
 
Los pasos de Satanás en la tentación 
 
1 Juan 2:7—17 
 
 MUCHOS de los hijos de Dios han sido engañados y creen que Satanás es invencible 
y que cuando él tienta a una persona no hay nada que ésta pueda hacer para resistirle; 
que el diablo cuenta con tantos artificios a su disposición que —lo queramos o no— 
eventualmente él triunfa sobre nosotros. Esta es una mentira del diablo. Es una mentira 
concebida para cegarnos frente a los pasos que Satanás utiliza en la tentación. Porque si 
comprendemos estos pasos y nos mantenemos en guardia contra él, si comprendemos 
los artificios del maligno, estaremos preparados para hacerle frente y derrotarlo 
mediante la ayuda del Espíritu. 
 El apóstol Pedro nos dice en 1 Pedro 5:8: «Vuestro adversario el diablo, como león 
rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.» Satanás ruge para atraer nuestra 
atención hacia él y distraernos con respecto a la verdadera naturaleza de sus artimañas. 
El apóstol Juan escribe en 1 Juan 2:16 con respecto a los canales por medio de los cuales 
Satanás puede atacar a una persona. Es un consuelo saber que el diablo no puede atacar 
a través de una multitud de canales; hay sólo tres a través de los cuales puede atacar al 
individuo. Satanás sólo puede entrar a la vida de una persona por medio de estas tres 
puertas, que son bien conocidas. El apóstol Juan dice que todo lo que se halla en el 
mundo puede ser resumido en tres categorías: los deseos de la carne, los deseos de los 
ojos y la vanagloria de la vida. Todo pecado cae necesariamente dentro de una de estas 
tres clasificaciones. Está la categoría de lo carnal. Esta división reconoce que el hombre, 
a causa del pecado de Adán, se halla dominado por una naturaleza que se caracteriza 
por su carnalidad, su apetito, sus deseos, sus anhelos insaciables y sus pasiones. Satanás 
puede apelar a estos pecados de la carne. 
 La segunda categoría de pecado, que también caracteriza la naturaleza del hombre, 
se halla en la frase «los deseos de los ojos». Ello nos revela el hecho de que el hombre 
no sólo es carnal por naturaleza, sino también fundamentalmente egoísta; desea y 
codicia lo que ve y trata de lograr para si aquello que desea o codicia. Ello puede suceder 
en una esfera totalmente independiente del dominio de la carne. El hombre es ambicioso 
y egoísta por naturaleza y Satanás puede hacer caer a una persona en la tentación a través 
de este egoísmo fundamental. 
 La tercera categoría de pecado característico de la naturaleza humana se halla en la 
frase «la vanagloria de la vida». Existen aquellos pecados que apelan al orgullo, porque 
la naturaleza humana es fundamentalmente orgullosa; ama y se esfuerza por todo lo que 
estimula y exalta al individuo, agradándolo y dándole un sentido de independencia. 
 Cuando Satanás va a tentar a una persona, se ve obligado a apelar a una de estas tres 
características fundamentales de la naturaleza humana: su capacidad carnal, sus 
intereses egoístas, o su orgullo. Satanás no se preocupa tan sólo en conseguir que una 
persona sufra una tentación y la considere como tal. A Satanás le importa lograr que esa 
persona sucumba ante esa tentación; él dirige sus tentaciones fundamentalmente a la 
voluntad del individuo para producir una acción, un pensamiento o una palabra 
contrarios a la voluntad revelada de Dios. Satanás puede usar la mente, el corazón, o 
ambos. Pero en última instancia su deseo es producir una acción que provenga de la 
voluntad del individuo que se somete a la seducción deSatanás, siguiéndole en 
desobediencia contra Dios. Satanás sabe que el hombre llega a amar lo que conoce y 
que obedece a aquello que ama. De modo que el diablo planta una semilla en la mente 
y luego la riega para que nazca el afecto por esa cosa, ya que al fin y al cabo el hombre 
sirve a lo que ama. Este proceso puede ser prolongado. Una semilla puede ser plantada 
y dejada durante un largo período hasta que la persona llega a amar lo que Satanás ha 
propuesto y obedece la propuesta del diablo. O el proceso puede ser tan acelerado que 
el amor por aquella cosa que Satanás ha plantado en la mente sea casi instantáneo. Pero 
el objetivo fundamental es producir obediencia a lo que Satanás desea. La persona que 
enfrenta cualquier tentación puede analizarla y descubrir inmediatamente dentro de qué 
categoría se halla. ¿Es una apelación a los deseos de la carne? ¿Es una apelación a la 
naturaleza fundamentalmente egoísta que se manifiesta a través de los deseos de los 
ojos? ¿Es una apelación a la vanagloria? Una vez que hayamos determinado la 
naturaleza del ataque podemos usar entonces la Palabra de Dios, en el poder del Espíritu 
de Dios, para hacer frente a ese ataque. 
 En las tentaciones en el desierto que ya hemos citado, Cristo utilizó la Palabra de Dios 
para resistir los ataques de Satanás. En la esfera de la apelación a los deseos de la carne, 
citó las Escrituras: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de 
la boca de Dios.» En la segunda esfera, la de los deseos de los ojos, hizo frente a la 
tentación con esta frase: «Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.» En respuesta 
a la apelación del diablo al egoísmo, Cristo dijo: «Estoy dispuesto a esperar el momento 
dispuesto por Dios.» Frente a la apelación de Satanás al orgullo, nuestro Señor citó 
nuevamente la Palabra de Dios: «No tentarás [o pondrás a prueba] al Señor tu Dios.» 
Entonces leemos en Lucas 4:13: «Cuando el diablo hubo acabado toda tentación...» 
Habiendo apelado Satanás a los deseos de la carne, a los deseos de los ojos y a la 
vanagloria de la vida, no le quedaba ya otro canal a través del cual pudiera intentar 
atacar al Señor Jesucristo. Satanás no disponía de otros artificios para tentar a Cristo 
que los mismos que ha utilizado con tanto éxito en la vida de cada persona desde los 
días de Adán hasta el presente. Cristo venció porque reconoció la naturaleza de la 
apelación, y pudo entonces utilizar la Escritura adecuada para resistir la tentación. 
Observarás que no fue una adhesión ciega a la Palabra de Dios. Al analizar y compren-
der la tentación, Cristo pudo aplicar un principio y promesa específicos de la Palabra de 
Dios a cada tentación. Muchos caemos derrotados ante Satanás no por falta de respeto 
a 1a Palabra de Dios. ya que la respetamos, sino por ignorar lo que se halla en sus 
páginas y ser incapaces de aplicar una palabra específica a una situación dada. Esto fue 
lo que hizo Cristo. 
 En 2 Samuel, capítulo 11, leemos la historia de uno que fue tentado por el maligno y 
derrotado. El pecado de David se halla escrito en las páginas de la Palabra de Dios para 
recordarnos el peligro que acecha al hijo de Dios que no discierne el método satánico 
de ataque y no puede, por tanto, utilizar los principios bíblicos para resistir. El rey David 
estaba tomando fresco sobre el terrado de su palacio al atardecer. Leemos en el versículo 
dos: Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba 
sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, 
la cual era muy hermosa. Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: 
Aquélla es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo. Y envió David mensajeros, y 
la tomó; y vino a él, y él durmió con ella... Observamos en el segundo versículo que el 
primer ataque de Satanás a David se produjo a través de los deseos de los ojos, porque 
él miró y vio. Ya que era fundamentalmente egoísta, como todos los hombres, codició 
lo que vio. Él podía justificar su actitud para consigo mismo diciendo que como rey 
tenía autoridad absoluta sobre todos sus súbditos, y que era una prerrogativa real 
demandar lo que deseaba, Pero la Palabra de Dios no dejaba lugar a dudas. La ley decía: 
«No cometerás adulterio.» Habían instrucciones más amplias en Deuteronomio 17. Allí 
Moisés previó, mientras preparaba a Israel para transformarse en una nación con 
gobierno propio, que algún día Dios le daría un rey a Israel. Moisés dijo en el versículo 
14: «Cuando... digas: Pondré un rey sobre mí, como todas las naciones que están en mis 
alrededores; ciertamente pondrás por rey sobre ti al que Jehová tu Dios escogiere; de 
entre tus hermanos pondrás rey. sobre ti; no podrás poner sobre ti a hombre extranjero, 
que no sea tu hermano. Pero él no aumentará para sí caballos, ni hará volver al pueblo 
a Egipto con el fin de aumentar caballos; porque Jehová os ha dicho: No volváis nunca 
por este camino.» Los hombres confían en la fortaleza, en el poder, en la defensa propia 
y no quieren depender de Dios, y por ello Dios dijo que el rey no debía construir un gran 
establo de caballos. El versículo 17 dice: «Ni tomará para sí muchas mujeres, para que 
su corazón no se desvíe; ni plata ni oro amontonará para sí en abundancia.» 
 Lo que David estaba contemplando se hallaba prohibido, no sólo por la ley sino 
también por las demás instrucciones claras de la Palabra de Dios. Pero David miró, y 
codició lo que vio, porque era fundamentalmente egoísta. Luego mandó buscar aquello 
que había visto y codiciado. Los deseos de los ojos despertaron los deseos de la carne, 
y David puso en acción un plan para obtener lo que la carne había codiciado. Y llegó a 
tomar lo que había visto y deseado. La mente vio, el corazón codició, y luego la voluntad 
desobedeció la Palabra de Dios. 
 Los pasos de la tentación que condujo a David a la deshonra son los mismos que 
Satanás utiliza en la experiencia de cada persona para apartarla de la voluntad de Dios. 
 La Palabra de Dios proporciona algunas instrucciones precisas a causa de estos tres 
pasos en la tentación. Con respecto a la mente, el Apóstol dice en Filipenses 4:8: «Por 
lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo 
puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno 
de alabanza, en esto pensad.» Nuevamente en 2 Corintios 10:5 el Apóstol dice que 
debemos «…derribar argumentos [es decir, juzgar todo pensamiento maligno] y toda 
altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, llevando cautivo todo 
pensamiento a la obediencia a Cristo». 
 Satanás comienza por la mente. Él planta un deseo en la mente, ya sea a través de la 
carne, del egoísmo o del orgullo. La Palabra de Dios advierte que la semilla que Satanás 
ha plantado debe ser arrancada antes que germine, antes que avance un solo paso más, 
porque si se permite que el pensamiento plantado por Satanás permanezca en la mente, 
habrá de producir fruto. Así que cuando Satanás ataca por medio de la mente, ese 
pensamiento debe ser juzgado y reconocido como un ataque satánico. Debe ser 
reconocido como un primer paso en la tentación y arrancado por la Palabra de Dios y 
por el poder del Espíritu, a fin de impedir que permanezca y produzca pecado. 
 En segundo lugar, Satanás se desplaza desde la mente a la esfera del corazón. Aquello 
que él ha plantado en la mente y que apela a los deseos de la carne, a los deseos de los 
ojos o a la vanagloria de la vida pasa a ser el objeto de tus afectos. Esta es la causa por 
la cual Salomón, quien tuvo mucha experiencia en luchas con Satanás, generalmente 
para su propia destrucción, escribió en Proverbios 4:23: «Sobre toda cosa guardada, 
guarda tu corazón porque de él mana la vida.» Si permitimos que la semilla plantada en 
la mente comience a germinar, el corazón comenzaráa amar lo que Satanás ha colocado 
allí. Por este motivo el Apóstol nos exhorta en 1 Juan 2:15: «No améis al mundo, ni las 
cosas que están en el mundo.» Santiago se ve en la necesidad de recordarnos que amar 
al mundo es ser adúlteros para con Dios, porque la amistad del mundo es enemistad 
contra Dios (Santiago 4:4). ; 
 Una persona no sólo debe examinar su mente para mantenerla limpia, sino también 
examinar sus afectos. Todo hombre obedecerá a lo que conoce y ama, a menos que el 
desarrollo de la semilla sea interrumpido por la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios. 
En 1 Samuel 15:22, el profeta recordó a Saúl que la obediencia es mejor que los 
sacrificios. Si una persona ha sufrido una tentación en su naturaleza egoísta, orgullosa 
y carnal y comienza a amar esa tentación, el próximo paso será obedecerla. Los afectos 
deben ser purificados, a fin de que no sirvamos al pecado. 
 En Romanos 13:14, Pablo nos proporciona un breve principio que es de fundamental 
importancia: «Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.» 
Como somos propensos a colocarnos en circunstancias en que somos blanco de los 
ataques de Satanás, facilitamos su tarea. Pablo advierte al hijo de Dios contra el peligro 
de abrir la mente para que Satanás pueda derramar pensamientos en ella. Advierte al 
creyente contra el abrir el corazón para que Satanás pueda incitar emociones dentro de 
él. También advierte que uno no debe someterse a las tentaciones de Satanás 
voluntariamente. Mucho de lo que leemos, de lo que vemos y de lo que hacemos es 
diametralmente opuesto al principio expuesto por Pablo en Romanos 13:14, y estamos 
llenando nuestras mentes de cosas que Satanás puede utilizar. Sufrimos los ataques de 
Satanás porque proveemos para los deseos de la carne. El diablo utiliza lo que hemos 
colocado allí sin hacer caso a la amonestación de Pablo. Hemos permitido que nuestros 
afectos sean desviados del Señor Jesucristo y hemos llegado a amar de tal modo las 
cosas de este mundo que la obra de Satanás ya está hecha en parte; él puede actuar sobre 
los afectos, por los cuales él no es culpable, ya que han sido incitados por nosotros 
mismos. Luego nos preguntamos por qué estamos sufriendo tal ataque del maligno. Pero 
no es culpa suya. El sólo está aprovechando el material que nosotros le hemos 
proporcionado. Hay un paso muy corto entre la desobediencia a este principio y la caída 
en el pecado. «No proveáis para los deseos de la carne.» 
 Satanás no puede atacarte de una infinidad de maneras; sólo puede recurrir a estos 
tres canales: puede apelar a lo que es carnal, a lo que es egoísta o a lo que es una 
manifestación de orgullo. La Palabra de Dios nos brinda esta enseñanza para que 
podamos comprender la naturaleza de la tentación y enfrentarla por medio de la Palabra 
y por medio del Espíritu Santo. Debemos proteger nuestras mentes y corazones, a fin de 
no proporcionar lo que Satanás pueda utilizar para producir el pecado. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
15 
 
Cómo obra Satanás 
 
Mateo 17:14—21 
 
 MUCHOS creyentes viven una vida derrotada por no haber reconocido la naturaleza 
del adversario y el tipo de conflicto en el cual se hallan comprometidos. Nuestro 
adversario se disfraza de un modo tan hábil y sutil que muchos ni siquiera reconocen su 
existencia. No puede haber victoria alguna hasta que reconozcamos la naturaleza de esta 
guerra. Pablo destacó esto en Efesios 6:12: «Porque no tenemos lucha contra sangre y 
carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las 
tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.» 
Luchamos contra un adversario invisible, pero que a pesar de ser invisible es poderoso 
y formidable. 
 Sabemos que Satanás como ser creado no es omnipresente. Aunque los ángeles son 
sobrenaturales, no son dioses y no pueden estar presentes en todas partes al mismo 
tiempo como Dios. Como seres personales, los ángeles no perdieron su personalidad en 
su caída con Satanás. Tampoco Satanás perdió su personalidad a causa de su caída. Las 
limitaciones impuestas sobre Lucifer por creación no han desaparecido luego de su 
caída, porque la rebelión no le dio prerrogativas divinas. El diablo no. puede estar 
presente en todas partes al mismo tiempo, luchando contra Dios y contra los hijos de 
Dios. Satanás se ve precisado a obrar por medio de los ángeles que le secundaron en su 
rebelión original. 
 Poco nos dicen las Escrituras con respecto a la magnitud de la rebelión angelical. Lo 
que las Escrituras dan a entender es que cuando Satanás se rebeló, una gran hueste de 
seres angelicales creados lo siguió, y que quienes aceptaron su liderazgo y se rebelaron 
con él son llamados demonios. 
 En Efesios 6:12, Pablo dice que Satanás ha imitado el modelo divino de organización 
y ha dispuesto a sus demonios en distintas jerarquías denominadas principados, 
potestades y gobernadores. A cada una de estas jerarquías se les asignan distintas 
responsabilidades. Las Escrituras no nos dicen cuáles son las responsabilidades 
asignadas a estos distintos grupos. Pero sabemos que tienen un propósito en común: 
oponerse a Dios y derrotar el programa de Dios con los hombres en la tierra, ya que 
dicho programa se halla revelado en las Escrituras. 
 En Apocalipsis 9:11 hay otra referencia a esta organización del mundo demoníaco. 
Descubrimos en los primeros diez versículos de este capítulo que una multitud de 
demonios ha sido soltada del abismo, el cual constituye el destino de todos los ángeles 
caídos. Se les permite ir a la tierra para hacer sufrir a los hombres y torturarlos. En el 
versículo 11 se dice que «tienen por rey sobre ellos al ángel del abismo, cuyo nombre 
en hebreo es Abadón, y en griego, Apolión». Apolión o Abadón significa exterminador. 
De este modo descubrimos que los demonios se hallan organizados bajo la dirección de 
uno cuyo nombre es Exterminador. Estos demonios serán soltados bajo su dirección, a 
fin de que puedan exterminar el propósito o el plan de Dios. 
 Nada sabemos acerca de la cantidad de demonios que existen. Sabemos que toda 
persona que haya vivido en cualquier época ha tenido un ángel guardián. La Palabra de 
Dios lo dice claramente. La magnitud original de la creación angelical evidentemente 
fue muy superior a la suma total de todos los habitantes que jamás hayan vivido o vivirán 
sobre la faz de la tierra. Parecería lógico Legar a la conclusión que los rebeldes 
organizados bajo Satanás igualan o superan en cantidad al total de la población de este 
mundo en cualquier momento dado desde Adán hasta el tiempo del fin. 
 Evidentemente a los demonios no les agradan los hombres. Las Escrituras parecen 
inferir que cuando se les brinda alguna elección, evitan los escenarios habitados por el 
ser humano. En Mateo 12:43, Cristo dice lo siguiente con respecto a la actividad 
demoníaca: «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, 
buscando reposo, y no lo halla.» Cuando una persona ha sido libertada del control 
demoníaco, el demonio sale al desierto huyendo del lugar habitado por los hombres. El 
capítulo 13 de Isaías se refiere también a este hecho en lenguaje simbólico, cuando en 
el versículo 20 habla de la ciudad de Babilonia que será destruida: «Nunca más será 
habitada...» y en el versículo 21: «sino que dormirán allí las fieras del desierto, y sus 
casas se llenarán de hurones; allí habitarán avestruces, y allí saltarán las cabras 
salvajes». En este lenguaje simbólico Isaías dice que este lugar que en un tiempo fuera 
centro del imperio mundial sería destruido, que nunca más sería habitado, y que 
entonces se transformaría en lugar de morada de demonios. 
 Ciertamente los demonios se sienten incómodos viviendo alrededor de un individuo 
que conoce a Cristo como Salvador personal o en una zonadonde Dios es reconocido y 
su autoridad honrada. Esta es la razón por la cual vemos menos actividad demoníaca en 
nuestro país que la que se observa en muchas partes del mundo. Si has tenido la 
oportunidad de conversar mucho con los misioneros, sabrás que cuando ellos van a 
tierras paganas que se hallan totalmente ciegas al Evangelio y a la verdad de la Palabra 
de Dios, les impresiona el hecho de que son rodeados por influencias demoníacas 
malignas y viven bajo la presión de esa presencia demoníaca. Mientras se hallan en 
tierras paganas se hallan especialmente sometidos a ataques satánicos, porque están 
invadiendo un territorio ocupado y dominado por el enemigo, y éste resiste su presencia. 
Una de las principales razones por las cuales debemos ser fieles en la oración a favor de 
nuestros misioneros es porque ellos han ido al centro del campo enemigo para derrotar 
al adversario. Puedes tener la certeza de que serán el blanco de toda clase de ataques por 
parte del enemigo para anular su testimonio, derrotarlos espiritualmente, destruir su 
salud y fortaleza físicas para que no puedan ministrar, y rodearlos con innumerables 
peligros para evitar que su ministerio fructifique. La ausencia del Evangelio deja una 
zona sujeta al control satánico de un modo muy real. 
 Una de las artimañas de Satanás ha sido cerrar nuestros ojos con respecto a la medida 
de esta actividad demoníaca, haciéndonos creer que no existen Satanás ni los demonios. 
Si negamos su existencia no nos hallamos enfrascados en lucha contra ellos. Nos 
abandonamos a su ataque, y ellos pueden derrotarnos o destruirnos fácilmente. Mientras 
que muchas personas están dispuestas a aceptar la existencia de los ángeles, no 
reconocen que los demonios son personalidades reales ni que ejercen influencia sobre 
nuestras vidas. Satanás quisiera que creyéramos que tal doctrina es el resultado de la 
superstición medioeval y que no hay lugar para ella en una mente iluminada en nuestros 
días. Esta es una artimaña de Satanás para disfrazar su existencia en nuestro medio y su 
ataque e influencia sobre nuestras vidas, para que no caminemos por la senda de la 
victoria cristiana. 
 La Palabra de Dios tiene mucho que decir acerca de los demonios. Sería de lo más 
necio aventurarnos en este terreno sin fundamentar nuestra doctrina en la Palabra de 
Dios. Sin embargo, tenemos la revelación de la Palabra de Dios con respecto a estos 
hechos y verdades. En 1 Reyes, capitulo 22, observamos el hecho interesante de que 
Satanás puede controlar gobiernos y movimientos en la esfera política por medio de la 
actividad de los demonios. Dios tiene un propósito para esta tierra, y el mismo consiste 
en colocar a su Hijo Jesucristo en autoridad como Rey de reyes y Señor de señores. Es 
propósito de Dios colocar a todos los reinos, lenguas y naciones bajo la autoridad de 
Jesucristo. Este plan es constantemente atacado por Satanás, quien trata de controlar los 
gobiernos y apartarlos del reconocimiento de la autoridad de Dios hacia la sujeción a su 
autoridad, a fin de poder ejercer un dominio universal. Muchos de los que leen los 
titulares de los diarios estarán de acuerdo en que Satanás ha hecho un buen trabajo. 
 En 1 Reyes, capítulo 22, se halla ilustrado el modo en que Satanás obra en la esfera 
política. El versículo 20, dice: «Y Jehová dijo: ¿Quién inducirá a Acab, para que suba y 
caiga en Ramot de Galaad...?» Era el propósito de Dios juzgar al malvado rey Acab 
haciéndolo caer en la batalla. Ahora bien, para que Acab cayera en la batalla debía haber 
un adversario, y una nación debía decidir un ataque contra Israel. De modo que se 
formuló la pregunta: ¿cómo podría lograrse esto? «Y uno decía de una manera, y otro 
decía de otra. Y salió un espíritu y se puso delante de Jehová, y dijo: Yo le induciré. Y 
Jehová le dijo: ¿De qué manera? Él dijo: Yo saldré, y seré espíritu de mentira en boca 
de todos sus profetas. Y él dijo: Le inducirás, y aun lo conseguirás; ve, pues, y hazlo 
así.» 
 Sin entrar en todas las implicaciones de este pasaje, observamos que un espíritu 
maligno o demonio habló a Acab a través de sus falsos profetas y que Acab escuchó a 
los falsos profetas en vez de escuchar al verdadero profeta de Dios; Acab hizo caso a 
los falsos profetas. Cuando los falsos profetas le dijeron que habría de vencer, ello era 
una mentira. Aceptando las falsedades de Satanás, Acab fue a la batalla y fue derrotado, 
perdiendo su vida. Los demonios actuaron en la esfera política. El propósito del 
derrocamiento de Acab era evitar que el Hijo de David subiera al trono de David para 
gobernar como Rey de reyes y Señor de señores. 
 Los demonios no sólo obran en la esfera política cambiando los gobernantes; también 
obran en la esfera religiosa. Varios pasajes de las Escrituras lo reconocen. En Levítico 
17 el pueblo estaba cumpliendo con las ceremonias o rituales exteriores de la religión, 
ofreciendo los sacrificios de acuerdo con lo que se hallaba prescripto en la ley de Moi-
sés, pero en el versículo 7 Dios dice: «Y nunca más sacrificarán sus sacrificios a los 
demonios.» En Deuteronomio 32:17 se infiere el mismo hecho de que cuando una 
persona ofrece un sacrificio a un ídolo está ofreciendo sacrificio a los demonios. En 1 
Timoteo 4:1 Pablo dice: «Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos 
algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de 
demonios», es decir, a las doctrinas que están siendo propagadas por los demonios. 
Detrás de cada ídolo que ha sido erigido para adoración ha habido siempre un demonio, 
y los demonios propagan todas las falsas religiones y formas de idolatría que hayan 
existido o que existirán. Esto forma parte del engaño de Satanás. Él obra en la esfera 
religiosa para evitar que los hombres se sometan a la autoridad de Dios a fin de que 
permanezcan bajo la autoridad de Satanás. 
 Los Evangelios son los que contienen la mayor cantidad de referencias a la actividad 
demoníaca. Esta actividad se hallaba tan generalizada a causa de que el Hijo de Dios se 
hallaba personalmente presente entre los hombres. Cuando Él se estaba ofreciendo a Si 
Mismo como Salvador y Soberano, Satanás y sus esbirros entraron en frenética 
actividad a fin de oponérsele y derrotarlo. Para ello bastan unas pocas referencias. En 
Marcos 1:23—26 leemos que cuando Cristo entró en Capernaum había «un hombre con 
espíritu inmundo [un demonio] que dio voces, diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, 
Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quien eres, el Santo de Dios. Pero 
Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él! Y el espíritu inmundo, sacudiéndole 
con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. Y todos se asombraron». Cristo se 
hallaba allí para presentarse como el Salvador. Inmediatamente le salió al encuentro un 
estallido de violencia mientras el demonio trataba de callar la voz de Cristo que les 
explicaba las Escrituras. Ello se relata nuevamente en Lucas 4:33. Luego que Cristo se 
hubo presentado como Aquel que había cumplido la profecía de Isaías, leemos que 
«estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de demonio inmundo, el cual 
exclamó a gran voz, diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has 
venido para destruirnos? Yo te conozco quien eres, el Santo de Dios». Estos eran 
hombres en quienes moraban demonios, y los demonios los utilizaron para oponerse a 
Cristo, para hacer callar su voz y para evitar que fuera recibido por el pueblo de Israel. 
 Los demonios no poseen el poder de materializarse. No pueden tomar una forma para 
manifestarse a los hombres. Moran en el mundo invisible y son seres espirituales que 
no tienen un cuerpo de carne y hueso. Para poder manifestar su presencia entre los 
hombres los demonios deben poseer o controlar un cuerpo físico, ya se trate del cuerpo 
de un animal o de una persona. No advertiríamosla presencia de los demonios fuera del 
desorden que producen cuando controlan una persona. Resultó evidente para quienes 
estaban en la sinagoga de Capernaum que los demonios estaban oponiéndose 
activamente a Cristo. La evidencia fue observada en la exclamación que brotó de los 
labios de este hombre endemoniado. No hubiera habido conciencia alguna de la 
actividad ni de la presencia demoníaca aparte del desorden en la sinagoga. Tenemos una 
buena ilustración de este hecho en el capítulo 9 del evangelio de Lucas. Según los 
versículos 38 y 39, un hombre se acercó a Cristo, diciendo: «Maestro, te ruego que veas 
a mi hijo, pues es el único que tengo; y sucede que un espíritu le toma, y de repente da 
voces, y le sacude con violencia, y le hace echar espuma, y estropeándole, a duras penas 
se aparta de él.» Para el padre era evidente que su hijo estaba poseído y dominado por 
un demonio. ¡La prueba de ello se hallaba en la desorganización, el desorden, la 
confusión y el sufrimiento producidos en la vida de su único hijo! 
 Ahora bien, según cómo los demonios influenciaron a los hombres, su efecto se 
manifestaba en varias esferas distintas. En primer lugar, descubrimos que los demonios 
que obraban en la esfera física podían producir enfermedades físicas. Observamos en 
Mateo 9:32 y 33: «Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. Y 
echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se 
ha visto cosa semejante en Israel.» Ahora bien, en casos de sordera, mudez, o cualquier 
dolencia física producida por el demonio, se trataba de una enfermedad muy real. Debía 
ser tratada como tal. Pero había una diferencia entre ser controlado por el demonio y la 
enfermedad física que resultaba de ese control demoníaco, y Cristo debía tratar ambas 
cosas. Debía libertar al hombre del control del demonio y luego tratar los efectos físicos 
de la presencia del demonio en su vida. En base a muchas ilustraciones diversas en los 
evangelios, se puede comprobar que los demonios podían producir efectos físicos. 
 Los demonios afectaban a los hombres en la esfera mental. En Mateo 17:15. un 
hombre fue a Cristo y le dijo: «Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático.» Esto 
tenía que ver con un desarreglo o desorden mental, y la presencia del demonio privaba 
al hijo de sus facultades racionales, de modo que su proceso mental era controlado por 
el demonio y no por el individúo. 
 Descubrimos que los demonios tenían influencia en la esfera emocional, así como 
también en la mental. Ello se infiere en Mateo 17:15 donde el padre dijo: «Mi hijo 
padece muchísimo.» En Marcos 9:18, se sugiere que fue un efecto en la esfera 
emocional. Constituye una buena ilustración que Cristo sanara a esta persona, porque 
«se iba secando». Esto es lo que se desprende del relato que se nos proporciona en Lucas 
8:26—39. El individuo poseído por el demonio que conocemos como el endemoniado 
gadareno había sido desterrado de su propia comunidad. Tenía su morada en los se-
pulcros. Allí se sentaba a herirse. Los hombres habían intentado atarlo de pies y de 
manos. Aquí tenemos un cuadro expresivo de lo que un demonio era capaz de hacer. 
Afectó su cuerpo de tal modo que tuvo que abandonar su residencia habitual. Afectó sus 
emociones porque indudablemente buscó en las tumbas un lugar inmundo porque se 
sentía inmundo. Tenía complejo de culpa. Se hería a sí mismo. Ello se debe a que se 
hallaba en tal estado mental de depresión que se consideraba indigno de seguir viviendo, 
y ese estado emotivo fue producido por el control demoníaco. Allí estaba sentado, sin 
poder hacer nada, sin esperanza, habiendo llegado a esa situación no por algo que él 
había hecho, sino porque los demonios lo habían utilizado para tratar de lograr el 
propósito y el programa de Satanás. Vemos entonces que los demonios en la esfera física 
podían producir la enfermedad física; en la esfera mental eran capaces de producir la 
demencia; y en la esfera emocional podían producir una depresión tal que la persona 
intentaba poner fin a su propia vida. 
 En un pastorado anterior tuve en la congregación a un doctor en medicina que 
dedicaba varios días a la semana a trabajar en un instituto de salud mental del estado, a 
unos pocos kilómetros de donde vivíamos. En innumerables ocasiones me dijo que lo 
que determinado paciente necesitaba no era medicina sino mi ministerio. En otras pa-
labras, el médico estaba diciendo que el estado del individuo en cuestión no se debía a 
causas físicas sino a causas espirituales, a actividad demoniaca. Este es un tema al cual 
hemos cerrado nuestras mentes en gran medida, y hemos negado que en la América que 
se llama cristiana Satanás pueda tener influencia alguna sobre los individuos veinte 
siglos después de Cristo. La actividad demoniaca de Satanás se halla muy generalizada, 
es real, y constituye una parte de nuestra lucha, acerca de la cual necesitamos estar 
informados si hemos de vencer al maligno. 
 Los demonios pueden controlar a su voluntad a una persona no salva. El inconverso 
es miembro del reino de Satanás, se somete a su autoridad y se somete sin resistencia al 
control de la influencia o actividad demoníaca. Un creyente puede ser controlado por 
Satanás a través de los demonios tan solo mediante el consentimiento de su propia 
voluntad. Ya que el creyente es hijo de Dios y se halla sujeto a la autoridad de Cristo, 
Cristo no permitirá que esa persona sea habitada por un demonio. Pero los demonios 
pueden controlar un creyente si este se somete conscientemente a ese control e 
influencia. Por no estar conscientes de esta posibilidad, muchos creyentes pueden 
experimentar alguna afección física, algún desorden o dificultad emocional, o alguna 
dificultad mental por no haber reconocido la verdadera fuente de la dificultad y no 
haberla tratado de acuerdo con los principios de la Palabra de Dios. 
 Hay un peligro en hablar de estas cosas, porque es posible quedar tan obsesionado 
con la actividad demoniaca que la misma absorba nuestros pensamientos. Cierta vez 
desayuné con un amigo en un restaurante. En medio de nuestra conversación me pidió 
que lo disculpara, inclinó la cabeza y tuvo una breve oración. Continuamos con nuestra 
conversación. Pocos minutos después sucedió lo mismo. Supongo que debo haberme 
mostrado algo extraño, pues me explicó que estaba sufriendo un ataque satánico y que 
debía invocar a Cristo para su liberación. Le pregunté: «¿Qué te hace pensar que estás 
sufriendo un ataque satánico aquí?» Me respondió: «¿No viste esa gota de café que 
salpicó del fondo de la taza sobre mi corbata? Ese es un ataque satánico.» La segunda 
vez había dejado caer un poco de huevo revuelto del tenedor sobre su ropa y consideró 
que ello era un ataque satánico. No me corresponde a mí decir si lo era o no. Quizás él 
tenía un mayor discernimiento espiritual que yo, pero existe el peligro de obsesionarse 
tanto con nuestro adversario que lo veamos precisamente donde no está. Pero ése no es 
el mayor peligro. El mayor peligro es que no reconozcamos su actividad en nuestras 
vidas. 
 La Palabra de Dios nos proporciona la defensa contra los ataques del maligno. Ya nos 
hemos referido al relato de Lucas 4:35, en que Cristo se enfrentó al endemoniado en la 
sinagoga y le dijo: «Cállate, y sal de él.» La autoridad de Cristo era tal que podía someter 
a los demonios. Como le obedecían, aquel demonio abandonó la habitación que había 
estado utilizando para sus propios fines. En el capítulo 17 del evangelio de Mateo se 
nos relata que, mientras Cristo se hallaba en el monte de la transfiguración, el padre del 
endemoniado apeló a los discípulos, pero éstos no pudieron echar fuera el demonio. 
Cuando Cristo regresó y echó fuera el demonio, los discípulos quisieron saber por qué 
ellos no habían podido hacerlo. Cris to les respondió: «Por vuestra poca fe; porquede 
cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate 
de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. Pero este género no sale sino con 
oración y ayuno.» La montaña se usa frecuentemente en las Escrituras como símbolo de 
un reino, y creemos que éste es el sentido en que se utiliza aquí. Lo que Cristo estaba 
diciendo era: Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este representante del 
reino de Satanás: «Sal fuera» y en respuesta a vuestra fe, sobre la base de la autoridad 
de Cristo, este, representante del reino satánico habrá de huir. Pero ello no habrá de 
suceder sin oración y ayuno. La oración y el ayuno eran dos evidencias de una 
dependencia completa de Dios. Eso es la oración: dependencia de Dios. Cristo, por 
tanto, estaba diciendo que si reconocemos que tenemos su autoridad, y creemos que Él 
nos hace sus partícipes en esta lucha contra Satanás, y ejercemos su autoridad 
dependiendo de Dios, podremos decir a cualquier representante del reino de Satanás: 
«Sal fuera» y se irá. 
 En Mateo 16:17 leemos que Cristo dijo a Simón: «Bienaventurado eres, Simón, hijo 
de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.» 
Ahora bien, el hecho que había sido revelado a Pedro era la realidad de la autoridad de 
Cristo. Cristo era el que debía reinar. Su reino abarcaría no sólo este mundo, sino 
también el dominio de los demonios. Cristo dice en Marcos 16:16: «Y estas señales 
seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios.» La expresión «en mi 
nombre» no se refería a ningún sortilegio misterioso ni a ninguna fórmula mágica que 
utiliza el nombre de Jesús. Hablar en nombre de una persona es emplear toda su 
autoridad. Cristo dijo que si actuamos contra nuestro adversario, o su representante, con 
su autoridad, dependiendo de Dios, podremos decir a Satanás «déjame en paz» y él lo 
hará. 
 Mucho de lo que sufrimos en la esfera física, en la esfera emocional y en la esfera 
mental lo sufrimos porque, como embajadores de Cristo, somos sometidos a los ataques 
de Satanás. No nos damos cuenta que Satanás está tratando de frustrar el propósito de 
Dios en nosotros y a través de nosotros. Le permitimos que continúe oprimiéndonos y 
esclavizándonos mediante alguna debilidad física, mental o emocional. No hemos re-
sistido al diablo en la autoridad de Cristo para que huya de nosotros. Necesitamos 
prestar atención al mandato de Santiago: «Resistid al diablo» y a su promesa, «y huirá 
de vosotros» (Santiago 4:7). 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
16 
 
Cristo conquista a Satanás 
 
Colosenses 2:9—17 
 
 SI TU MÉDICO te dijera que estás padeciendo una enfermedad mortal, para la cual 
no hay cura conocida, y cuando tú me lo cuentas yo te digo que dispongo de un remedio 
cierto, recibirías esta buena nueva con alegría. Pues te traigo una noticia mejor aún. 
Aunque no todos caemos presa de alguna de las enfermedades espantosas, todos hemos 
nacido en este mundo bajo la condenación del pecado. El pecado se interpone entre cada 
persona y Dios, ya que Él es santo y justo y no puede admitir ninguna cosa inmunda en 
su presencia. La buena nueva se halla en Colosenses 2:13: Dios ha perdonado todos tus 
pecados. 
 La barrera del pecado que en un tiempo separaba al pecador de Dios ha sido quitada. 
Se ha tendido un puente sobre la sima del pecado. La condenación que pesaba sobre el 
pecador ha sido quitada. La muerte que caracterizaba al pecador ha sido quitada, y se le 
ha dado vida. Esta es la buena nueva del Evangelio de Jesucristo. Sólo la eternidad podrá 
revelarnos cuánto le costó a Dios el poder efectuar un ofrecimiento tan sencillo de 
salvación al hombre. Mientras que las condiciones del Evangelio son de lo más 
sencillas, aquello que hizo posible este ofrecimiento es tan complejo como el problema 
involucrado en satisfacer a un Dios santo. 
 El Apóstol luego de su gran declaración —que Dios ha perdonado todos nuestros 
pecados— prosigue diciendo: «anulando el acta de los decretos que había contra 
nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y 
despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente triunfando 
sobre ellos en la cruz». Antes de que Dios pudiese declarar la salvación para los 
pecadores, fue necesario que Jesucristo entrase en un conflicto con Satanás, que luchase 
con él, que saliese victorioso de esa lucha y que proclamase la derrota de Satanás como 
adversario. 
 El apóstol Pablo se hallaba familiarizado con la ley romana. Bajo un procedimiento 
legal muy estricto, todo testigo acusador era en primer lugar interrogado por las 
autoridades romanas y su testimonio tenía que ser sustanciado antes que el caso pudiese 
ser presentado ante el tribunal romano. Luego que el sumario fuera preparado y el caso 
pasara a juicio, era necesario que el acusador concurriera en presencia del acusado a dar 
su testimonio ante el juez. Pablo tiene en mente este cuadro legal cuando dice que Cristo 
ha anulado el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era, contraria. En 
este caso el acusador no es otro que Satanás mismo. El diablo sabe que Dios ha 
declarado que el alma qué pecare morirá. Sabe que Dios ha dicho que la paga del pecado 
es muerte. Satanás se resiste a renunciar al control sobre cualquier persona que ha nacido 
en su reino. Cuando entra a la presencia de Dios como acusador, señala en presencia del 
altísimo los pecados por los cuales el hombre es culpable. La acusación de Satanás es 
justa. Es recta y cierta, ya que no ha nacido nadie en este mundo fuera del Señor 
Jesucristo que haya vivido sin pecado. Pablo ha dicho en Romanos 3:10 que «no hay 
justo, ni aun uno» y en el versículo 23 «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de 
la gloria de Dios». A Satanás no le hace falta indagar mucho para descubrir la lista de 
delitos que puede utilizar como base para la acusación. 
 El Apóstol dice que Dios ha anulado el acta de los decretos que había contra nosotros. 
En otras palabras, antes que Dios pudiera perdonar todos nuestros pecados era necesario 
que encontrara una solución justa con respecto a la acusación que se nos había hecho. 
Dios reconoció el hecho de que éramos pecadores. Dios no pasó por alto el hecho de 
que habíamos nacido en pecado, que practicábamos el pecado, y que nos hallábamos 
bajo la condenación del pecado. Dios lo había reconocido aun antes que Satanás nos 
acusara de pecado. Pero antes que Dios pudiera recibirnos en su familia, antes que Dios 
pudiese declarar que nuestros pecados habían sido perdonados, era necesario que 
Jesucristo hiciera algo con respecto a la acusación del diablo. Un juez justo no puede 
oír una acusación y pasarla por alto si ella es cierta. Sólo puede cerrar el caso si la 
acusación es falsa. 
 Recordarás que cuando los fariseos quisieron que Cristo fuera condenado a muerte, 
lo llevaron ante las autoridades romanas y lo acusaron de traición. El primer paso en el 
juicio a Cristo fue interrogarlo con respecto a la acusación. Pilato retiró a Cristo de la 
presencia de la multitud enfurecida y lo llevó al pretorio para interrogarlo. Estaba 
actuando como investigador para ver si la acusación que se había hecho contra Cristo 
era cierta. Interrogó al Señor con respecto a su reino y sus discípulos, a fin de determinar 
en qué medida se había extendido este movimiento, cuál era la actitud de Cristo para 
con Roma y si planeaba derrocar al César. A medida que Pilato interrogaba a Cristo, se 
fue dando cuenta que no había ninguna acusación justa que pudiera ser causa de juicio 
contra Él. En consecuencia, salió a enfrentarse a la turba enojada, diciéndoles: «Yo no 
hallo en él ningún delito. Es inocente de las acusaciones que vosotros le hacéis.» 
 Fue en ese momento que la turba se levantócontra Pilato, clamando por la sangre de 
Cristo y diciendo que acusarían a Pilato ante el Senado romano si no hacía lo que ellos 
querían. Cuando Pilato —que ya estaba siendo investigado por Roma— oyó que aquella 
gente añadiría acusaciones a las que ya se habían hecho contra él, trató de lavarse las 
manos con respecto a la sangre de Cristo, declarando que el Señor estaba siendo 
entregado en base a una falsa acusación que no podría ser sostenida en una corte romana. 
No obstante, Pilato cedió a la voluntad del pueblo. Hemos de referirnos a esa acusación 
con el propósito de demostrar que el sistema legal de Roma exigía que toda acusación 
fuera investigada antes que el acusado pudiera ser procesado. 
 El Apóstol señala en Colosenses 2:14 que la acusación que había contra nosotros 
pudo mantenerse en pie porque «nos era contraria». Esto sugiere que la acusación había 
sido ya investigada por las autoridades legales y que se había descubierto que era cierta. 
Cuando Satanás ante la presencia de Dios te señaló con dedo acusador, nosotros ya 
habíamos proporcionado una prueba abrumadora de que éramos pecadores y que no 
éramos aceptables en la presencia de Dios. Dios no podía honradamente suspender el 
proceso, ya que éramos culpables. No podía permitir que la acusación se mantuviera en 
pie y al mismo tiempo aceptarnos en la gloria como pecadores, porque ello hubiera 
contaminado la corte del cielo. 
 Jesucristo vino para resolver el problema de la acusación. Cuando una persona 
resultaba culpable ante el tribunal romano había tan sólo una cosa justa que podía 
hacerse, y ello consistía en ejecutar la pena que había sido fijada para esa transgresión. 
A fin de que Jesucristo pudiera solucionar el problema de la acusación que Satanás había 
hecho contra nosotros, fue necesario que Él muriera en nuestro lugar. El Apóstol dice 
que Cristo quitó la acusación de en medio, clavándola en la cruz. 
 Cuando un reo era declarado culpable y sentenciado por un crimen, los tribunales 
redactaban un escrito oficial explicando la naturaleza del delito y su pena. Si la persona 
era encarcelada, esa acusación era clavada sobre la puerta del calabozo. Cuando una 
persona era hallada culpable de algún delito capital, debía escribirse una acusación 
oficial y colocarla sobre la cruz. Cuando Pilato entregó a Jesús para ser crucificado, 
redactó la acusación oficial de Roma y la escribió en tres idiomas para que todos 
pudieran leer la acusación. Esta era: «Este es Jesús Nazareno, el Rey de los Judíos.» En 
otras palabras, este hombre ha sido suspendido aquí para que muera porque se le ha 
hallado culpable del delito de traición. 
 Cuando Jesucristo murió, otra acusación fue clavada sobre esa cruz, pero no por un 
clavo romano, sino por el mismo Dios Todopoderoso. Era la lista de tus pecados y los 
míos. Porque cuando Jesucristo fue a la cruz Dios cargó sobre Él tu iniquidad y la mía. 
Toda acusación que Dios podía formular contra nosotros fue colocada sobre esa cruz, 
de tal modo que cuando los ángeles de gloria desfilaban al lado de la cruz de Jesucristo 
sobre el Gólgota, podían leer la lista de tus delitos y de mis delitos que llevaron a 
Jesucristo a la cruz. Dios no omitió uno solo de ellos. Jesucristo fue a la cruz llevando 
sobre Él la causa que se había levantado contra ti: la suma de las cosas de las cuales 
podrías haber sido acusado delante de Dios por Satanás y que requerirían que Dios te 
expulsara para siempre de su presencia. 
 En Hebreos 2:14 la Biblia dice: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne 
y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que 
tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de 
la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.» Este pasaje destaca el 
hecho de que para poder perdonarte todos tus pecados, fue necesario, que Jesucristo 
pagara tu deuda a Dios, para quitar la acusación que Satanás había hecho contra ti y 
satisfacerla completamente. Ya que la pena por tu pecado y por mi pecado era la muerte, 
Jesucristo tuvo que morir. Jesucristo no podía pagar mediante su vida la pena de tus 
pecados y los míos porque la pena por el pecado no era la vida sino la muerte. La deuda 
fue plenamente saldada cuando Jesucristo fue a la cruz cargando todos nuestros pecados, 
tomando nuestra culpa, llevando nuestra acusación. La próxima vez que observes una 
cruz, ¡reconoce que Dios puso tus pecados sobre la cruz de Cristo! Dios reveló 
públicamente la acusación que llevó al Hijo de Dios a morir. 
 La segunda cosa que el Apóstol señala en Colosenses 2:15 es que, para que tus 
pecados pudieran ser perdonados, no sólo fue necesario que Cristo muriera por la 
acusación que había contra ti, sino también que triunfara sobre aquel que te había 
acusado. Esto es lo que Pablo dice que Cristo hizo: «y despojando a los principados y 
potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz». La expresión 
«principados y potestades» se utiliza a menudo en las Escrituras para hacer referencia 
a toda la jerarquía de demonios que se halla bajo la autoridad de Satanás (Efesios 6:12). 
Para poder brindar la salvación para los hombres, Jesucristo tuvo que ganar una victoria 
sobre el acusador de los hombres, es decir Satanás mismo. 
 Según Hebreos 2:14, quien trataba de destruir a los hombres y mantenerlos bajo el 
poder de la muerte era el diablo. La única manera mediante la cual Jesucristo podía 
darnos la victoria sobre Satanás era morir por los hombres y luego resucitar. Satanás 
puede destruir la vida, pero no puede crearla. Satanás podía causar la muerte física, pero 
no podía hacer resucitar a una persona. De modo que el Apóstol, que ha hecho referencia 
a la muerte de Cristo en el versículo 14, se refiere ahora a la resurrección de Cristo en 
Colosenses 2:15 para mostrarnos que su resurrección constituye la victoria de Dios 
sobre el acusador. Satanás no puede ya entrar a la presencia de Dios y acusarte 
nuevamente por ningún pecado, porque Jesucristo ha quitado la acusación, y porque 
además la deuda ya ha sido pagada. 
 El escrito del Apóstol en 1 Corintios 15:3 resume el Evangelio. Comprende dos 
grandes hechos. En primer lugar, que Cristo murió por nuestros recados conforme a las 
Escrituras. La prueba de que Él murió se halla confirmada allí: fue sepultado. La 
segunda gran realidad del Evangelio es que Cristo resucitó de los muertos, y se agrega 
la prueba: fue visto por muchos testigos. La muerte de Cristo y su resurrección son las 
dos grandes realidades sobre las cuales descansa nuestra salvación. 
 Antes de concluir con esta gran verdad de Colosenses 2:15, Pablo nos dice que «los 
exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz». Nuevamente Pablo se está 
refiriendo a la costumbre de la corte romana. Como ya lo hemos mencionado, la 
acusación de un reo era clavada sobre la puerta de su calabozo, a fin de que cualquier 
persona que pasara por allí pudiera saber de qué se le había acusado y cuál era la pena 
que se le había impuesto. Cuando la persona cumplía la sentencia y era libertada de la 
cárcel, la acusación era retirada de la puerta, y el juez que la había enviado a la cárcel 
firmaba la acusación: escribía sobre ella la palabra tetelestai, que significaba 
excarcelado o «totalmente pagado». Toda persona que cumplía su condena llevaba la 
acusación anulada y la clavaba sobre la puerta de su propia casa. Si se le preguntaba por 
qué estaba fuera de la cárcel, podía señalar el documento sobre el cual el juez había 
escrito tetelestai. Podía descansar confiada y segura porque la palabra tetelestai ga-
rantizaba su liberación y su libertad. 
 Cuando Jesucristo estaba sobre la cruz, antes de entregar su espíritu, dijo al Padre: 
«Consumado es.» La palabra traducida «consumado» es la palabra tetelestai. ¿Qué 
estaba diciendo? Sabiendoque tus pecados y los míos estaban clavados en la cruz en la 
acusación que Dios había escrito, Jesucristo anuló la acusación con su propia sangre y 
escribió sobre ella la misma palabra que la corte escribía sobre toda acusación anulada: 
tetelestai. Dios ha recibido la acusación en contra suya. La paga del pecado es muerte, 
pero Jesucristo fue a la cruz y pagó esa acusación. Consumado es. Ha sido plenamente 
pagada. Ahora Dios te ofrece una acusación anulada. No obstante, si tú rehúsas aceptar 
a Jesucristo como tu propio Salvador personal, es como si Cristo nunca hubiera muerto, 
y la acusación de Satanás contra ti aún mantiene su vigencia. 
 ¿Qué has hecho con la acusación anulada que Dios te ofrece? ¿La has recibido? ¿La 
has clavado sobre tu puerta? ¿Descansas en su seguridad? ¿O has despreciado ese pago 
que Cristo ha hecho, de tal modo que tu deuda aún existe? Conocer a Cristo significa 
experimentar el perdón de los pecados y recibir la vida eterna. Rechazar a Cristo 
significa padecer la acusación de Satanás por siempre jamás. Dios está dispuesto a 
perdonar cualquier pecado, menos el pecado de rechazar a Jesucristo como el Salvador 
que ha pagado tu deuda. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
17 
 
La autoridad del creyente sobre Satanás 
 
Efesios 2:1—10 
 
 ES BASTANTE COMÚN oír hablar de Satanás como Su Majestad, el Diablo. Pero 
sí nos referimos a él de este modo le estamos atribuyendo una autoridad que no le 
corresponde por derecho, porque cualquier autoridad que Satanás pueda tener ha sido 
usurpada de Dios. Si un hijo de Dios atribuye autoridad a Satanás, ciertamente habrá de 
someterse a la autoridad que reconoce y caerá bajo su dominio. Hemos estado 
desarrollando la enseñanza bíblica con respecto a nuestro adversario, y hemos visto algo 
acerca de sus métodos y propósitos. Si hemos de derrotarlo, es necesario que 
reconozcamos la autoridad que Dios nos ha dado sobre el diablo a causa de nuestra 
relación con Jesucristo. 
 La Palabra de Dios dice claramente que Jesucristo es el Creador de todas las cosas. 
Comienza con una declaración sencilla: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» 
A medida que las Escrituras van desarrollándose, continuamente atribuyen la obra 
creadora al Hijo de Dios. Pablo lo afirma muy claramente en Colosenses 1:16: «Porque 
en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, 
visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo 
fue creado por medio de él y para él.» Cuando el Apóstol se refiere a tronos, dominios, 
principados y potestades, se está refiriendo a las jerarquías de seres angelicales creados 
a las que se hace referencia tan frecuentemente en la Palabra de Dios. Estos seres 
angelicales fueron creados por Dios. En Juan 1 el Apóstol afirma que «todas las cosas 
por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho». Jesucristo es el 
Creador no sólo de este universo material, sino también del dominio angelical. 
 Lucifer, uno de los seres creados por Dios, se rebeló contra el Creador, tal como se 
relata en Isaías 14 y Ezequiel 28. Rehusó la sumisión que le era requerida como ser 
creado. Se declaró independiente de Dios y arrastró una hueste innumerable de ángeles 
en su rebelión contra Él. Los ángeles que le siguieron se transformaron en los demonios 
que se opusieron al ministerio de Cristo durante su permanencia en esta tierra. 
 Observamos en los evangelios que Cristo estaba casi continuamente en lucha con los 
demonios. Aquellos demonios eran seres espirituales; tenían personalidad. 
Reconociendo a Satanás como jefe, resistían a Dios, resistían su programa y se oponían 
a Jesucristo. Resulta significativo que muchos de los milagros de Cristo fueron 
efectuados en la esfera demoníaca. El libertó a los hombres de la esclavitud de Satanás, 
de las enfermedades físicas y aflicciones que eran el resultado del control satánico o 
demoníaco sobre los individuos. Desde el mismo comienzo de su ministerio, se declara 
que Jesucristo sanó y echó fuera demonios. 
 Esto es significativo, porque Jesucristo no vino sólo para redimir, sino para reinar. 
No vino sólo para ser Salvador, sino para ser soberano. Vino para arrancar de las manos 
de Satanás el cetro que éste había arrebatado de Adán, a fin de instituir un reino sobre 
esta tierra. Y si Jesucristo ha de reinar sobre esta tierra como Rey de reyes y Señor de 
señores, tiene que ser capaz de someter al usurpador. Cada milagro en el dominio 
demoniaco era una confirmación de la autoridad de Cristo sobre Satanás, una 
demostración de su derecho a reinar. 
 Cuando Cristo se enfrentó a los demonios, éstos reconocieron su autoridad sin 
objeción alguna. El apóstol Santiago afirma en su carta (Santiago 2:19) que los 
demonios creen y tiemblan. Mientras que los hombres pueden caer en la incredulidad y 
el escepticismo con respecto a la persona de Cristo, ningún demonio del infierno ha 
cuestionado aún la deidad absoluta de Jesucristo. Ningún demonio ha negado el derecho 
de Cristo de gobernar como Rey. ni ha negado su derecho a juzgar. Los demonios 
preveen un juicio futuro. Esta es la razón por la cual Santiago dice que los demonios 
creen y se estremecen. Ellos preveen la manifestación de la autoridad de Jesucristo. 
 Podemos seleccionar en los evangelios varios ejemplos de la sumisión de los 
demonios a la autoridad de Cristo y ver cómo reconocieron su derecho absoluto de 
gobernar. 
 En el capítulo cinco del evangelio de Marcos se relata el encuentro de Cristo con un 
endemoniado, a quien conocemos como el endemoniado gadareno. Al principio del 
versículo nueve, Cristo preguntó al demonio que vivía en este insano: «¿Cómo te 
llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos. Y le rogaba 
mucho que no los enviase fuera de aquella región. Estaba allí cerca del monte un gran 
hato de cerdos paciendo. Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los 
cerdos para que entremos en ellos. Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos 
espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se 
precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron.» ¡El cuerpo de este 
hombre se hallaba ocupado por una cantidad de demonios suficiente para ocupar y 
morar en un hato de dos mil cerdos! Pero al leer este relato observamos que los 
demonios no podían hacer un solo movimiento sin el permiso de Cristo, y cuando Él dio 
una orden ellos respondieron inmediatamente a su autoridad. Reconocieron su autoridad 
y se sometieron a ella. 
 Tenemos otro caso igual en Marcos 1:23, 24. Mientras el Señor entraba a la sinagoga 
de Capernaum, «había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio 
voces, diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para 
destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios». Observa que cuando Cristo llegó a donde 
estaba este endemoniado, antes que nada los demonios reconocieron a la persona de 
Cristo. Reconocieron que Él era el Santo de Dios. También reconocieron el derecho de 
Jesucristo de juzgar a los demonios, ya que le preguntaron: «¿Has venido para 
destruirnos?» Continuando en el versículo 25, «Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y 
sal de él! Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, 
salió de él». El demonio resistió el dejar el cuerpo que había estado ocupando. Luchó 
contra la sumisión a Cristo sacudiendo al hombre con violencia, pero no pudo resistir la 
autoridad de Cristo. Estos son tan sólo unos pocos casos de los muchos que podríamos 
mostrarte en los evangelios para demostrar que Cristo tiene autoridad absoluta en el 
dominio satánico. 
 En Colosenses 2:15, Pablo hace una declaración a la cual ya nos hemos referido, pero 
que es de suma importancia en cuanto a esto. Jesucristosobre la cruz despojó a los 
principados y potestades de su autoridad usurpada y los exhibió públicamente, 
triunfando sobre ellos en la cruz. Hasta el momento de la cruz de Cristo el diablo había 
tenido una autoridad absoluta en este dominio terrenal. Se había establecido como el 
príncipe de la potestad del aire, como el dios de este mundo, y había gozado de autoridad 
absoluta. Jesucristo había desafiado la autoridad de Satanás al libertar el hombre del 
control demoníaco durante su vida terrenal. Pero no fue sino hasta que fue a la cruz que 
Jesucristo libró batalla acerca de este problema de autoridad, y mediante su muerte y 
resurrección demostró sin lugar a dudas su autoridad absoluta sobre el diablo. La cruz 
de Cristo es la respuesta de Dios con respecto a la autoridad de su Hijo. La muerte y 
resurrección de Cristo revelan que Satanás es un usurpador. La cruz de Cristo constituye 
entonces la base divina para la liberación del poder satánico. 
 Avanzando un paso más, descubrimos que luego de la muerte y resurrección de 
Cristo, el Padre estableció la autoridad absoluta de Cristo. En Filipenses 2:9—11, Pablo 
escribe: «Por lo cual Dios también le exaltó [al Hijo] hasta lo sumo, y le dio un nombre 
que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los 
que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que 
Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.» Ha habido controversias con respecto 
a las tres esferas de autoridad mencionadas en el versículo 10. Parecería que «los que 
están en los cielos» se refiere a la esfera de Dios; «en la tierra» se refiere a este dominio 
natural, la esfera humana; y «debajo de la tierra» se refiere a la esfera satánica o al 
dominio demoníaco. En estas tres esferas hay uno sólo a quien se reconoce como Señor, 
uno que tiene autoridad absoluta, y ése es Jesucristo. Satanás no tiene una autoridad 
absoluta; Jesucristo es Señor, y fuera de Él no hay otro. Esta misma verdad se halla en 
Efesios 1:19-22, donde Pablo ora diciendo: «y cuál la supereminente grandeza de su 
poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la 
cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los 
lugares celestiales [presta atención ahora], sobre todo principado y autoridad y poder y 
señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el 
venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies...» Ahora Pablo está afirmando lo que 
ya hemos visto en Filipenses 2 que, en la resurrección de Cristo, Dios demostró que toda 
la autoridad pertenece a su Hijo, y que todos los demás seres que pretendan tener 
autoridad están formulando una pretensión falsa. 
 Cuando Jesucristo vino al mundo, desafió a Satanás. Puso en tela de juicio el derecho 
del diablo a ser adorado; puso en tela de juicio el derecho de Satanás de ser creído y 
desafió su dominio. Cuando Jesucristo fue a la cruz, entró en lucha con el diablo y, al 
derrotarlo mediante la resurrección, autenticó su autoridad. Dios, al recibir a Cristo en 
la gloria, demostró que estaba entronizando al Señor en el lugar de autoridad, y que 
todos los hombres estaban obligados a obedecerle, a creer y confiar en Él y no en otro. 
Pasando al capítulo dos de Efesios, descubrimos que la autoridad de Cristo ahora 
pertenece al creyente porque éste se halla relacionado con Jesucristo. En nosotros 
mismos no tenemos autoridad alguna sobre Satanás. El salmista nos dice en el Salmo 8 
que en el orden de la creación divina los ángeles se hallan en un nivel superior al de los 
hombres. Si fuéramos a estratificar la creación de Dios, los hombres fueron creados un 
poco más bajo que los ángeles. Lógicamente Dios, el ser increado, es el ápice. Debajo 
de Él están los seres angelicales, luego —más abajo de los ángeles— la raza humana. 
Después —debajo de la raza humana— la creación animal. Debajo de ella la creación 
vegetal. El hombre no tiene ni puede tener autoridad sobre los ángeles, porque no fue 
colocado en un nivel superior a los ángeles en el momento de su creación. El caso es 
entonces que como seres humanos no tenemos autoridad alguna sobre los ángeles, ni 
podemos tener autoridad sobre los ángeles caídos, sobre los demonios, ni sobre Satanás. 
Por creación somos una clase inferior de seres creados que los ángeles. Si el hombre ha 
de tener autoridad sobre Satanás y sobre el dominio satánico, es necesario que reciba 
una autoridad mayor que la que ha recibido por creación. 
 Esto es importante, porque a menos que comprendamos que no tenemos autoridad 
alguna en nosotros mismos o como seres humanos, habremos de vivir continuamente 
una vida derrotada, sujeta a la autoridad de Satanás, por no habernos apropiado de lo 
que nos ha sido dado por Cristo Jesús. Mediante su resurrección Cristo fue puesto en 
autoridad sobre todos los dominios. Permítenos recordarte una vez más lo que Pablo 
dice en Efesios 1:20: «la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole 
a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y 
señorío, y sobre todo nombre que se nombra... y sometió todas las cosas bajo sus pies... 
(1:22)... Y él os dio vida a vosotros... (2:1)». Subraya estas dos últimas palabras. Él lo 
resucitó y lo sentó a su diestra... y a vosotros. Jesucristo nos ha unido a Él de tal modo 
que nos hallamos identificados con Él. Mediante la obra del Espíritu Santo, cuando 
Jesucristo murió, nosotros morimos. Cuando Jesucristo fue sepultado, nosotros fuimos 
sepultados. Cuando Jesucristo resucitó, nosotros resucitamos. Cuando Jesucristo 
ascendió y se sentó a la diestra del Padre, nosotros ascendimos y nos sentamos con Él. 
Cristo y el creyente jamás podrán ser separados. Nosotros participamos en todo lo que 
Jesucristo ha hecho. Él nos ha unido a sí de tal modo que el Apóstol puede decir: «Dios 
lo resucitó a él... y a vosotros.» Dios lo sentó a su diestra... y a vosotros también. Y él 
ha puesto todas las cosas bajo sus pies y bajo los tuyos, porque (versículo 5) «aun 
estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo... y juntamente 
con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo 
Jesús». 
 ¿Qué nos está enseñando Pablo? Que cuando Cristo resucitó, nosotros los creyentes 
resucitamos con Él. Cuando Cristo ascendió, los creyentes ascendimos con Él. Cuando 
Cristo se sentó a la diestra del Padre, los creyentes fuimos sentados con Cristo Jesús. Y 
cuando Dios dio al Hijo autoridad sobre el dominio angelical y sobre el dominio de 
Satanás, nos dio a nosotros esa autoridad porque estamos en Cristo Jesús. Ahora el 
creyente tiene una autoridad sobre Satanás que no tenía como hombre natural. Antes se 
hallaba debajo de los ángeles por creación, pero en virtud de su nueva creación en Cristo 
Jesús ha sido elevado a un lugar superior a los ángeles. Se halla sentado con Cristo en 
los lugares celestiales y tiene la autoridad que pertenece a Cristo, que le fue dada a Él 
por Dios el Padre. 
 El creyente ha recibido, entonces, la autoridad de Cristo sobre Satanás. Pero mientras 
te refieras a tu adversario como «su majestad, el diablo» seguirás recibiendo órdenes de 
él y seguirás sometiéndote a él, porque le estás atribuyendo la autoridad que él finge 
tener pero que es un fraude absoluto, como Jesucristo lo ha demostrado mediante su 
muerte. Estás siendo estafado por un engañador. Satanás es el más grande artista en 
estafas que el mundo jamás haya conocido. Él está engañando a muchos porque se han 
convencido que son impotentes, creen que no le pueden resistir y que no hay nada que 
puedan hacer contra él, que cuando él tira del hilo ellos tienen que bailar como títeres. 
Esta es una mentira del diablo. Como creyente tienes autoridad sobre Satanás y sobre 
sus lacayos, porque has sidounido a Jesucristo y tienes la misma autoridad que 
Jesucristo tiene. Esta es la gracia divina que nos ha sido dada. 
 ¿Qué autoridad tenía Cristo sobre Satanás? En Mateo 16, apenas Pedro pronunció sus 
palabras de confesión: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente», Satanás entró en 
acción. ¿Por qué? Porque lo que menos quería Satanás que Pedro hiciera era confesar 
que Jesucristo era Señor. Luego de la confesión de fe de Pedro, Cristo dijo a sus 
discípulos que iba a Jerusalén para morir. En el versículo 22 leemos que «Pedro, 
tomándole aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en 
ninguna manera esto te acontezca». La palabra traducida «reconvenir» significa 
literalmente tomar a uno por la espalda y sacudirlo. Pedro estaba tratando de infundir 
un poco de juicio al Señor Jesucristo. El Señor, volviéndose, dijo: «¡Quítate de delante 
de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en 
las de los hombres.» Cristo reconoció que Pedro era un medio que estaba siendo 
utilizado por el diablo para dar expresión a su propia filosofía. Y habló directamente a 
Satanás y le dijo: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo.» Cristo repudió 
lo que el diablo dijo y lo que estaba tratando de hacer. 
 ¿Qué efecto tuvo esto? ¿Qué aprendió Pedro de ello? Leamos 1 Pedro 5:8. Pedro 
aprendió la lección, pero el costo fue elevado. Esto es lo que aprendió de esta 
experiencia: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león 
rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, 
sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en 
todo el mundo.» Pedro quiso que su grey recordara que Satanás los estaba acechando a 
cada paso del camino. ¿Qué debían hacer? ¿Huir? No podrían correr más rápido que él. 
¿Esconderse? No podrían esconderse de él. Pedro les dice en el versículo 9: «al cual 
resistid firmes en la fe». Observa la palabra «resistid». Esa palabra significa «hacer 
frente». Pedro no está hablando, pues, de estar a la defensiva, sino a la ofensiva. Es 
importante que observemos esto. Cuando Satanás nos presenta alguna tentación, 
pensamos que lo mejor que podemos hacer es correr, huir de ella. En las Escrituras se 
nos dice que debemos huir de ciertas cosas, pero nunca que huyamos del diablo. 
 El método divino para derrotar al diablo no consiste en correr más rápido que él. Eso 
es imposible. Al fin y al cabo, si un ángel puede desplazarse desde el este al oeste en un 
instante por ser una criatura espiritual, ¿cómo piensas que puedes correr más rápido que 
él? Es imposible. Allí está él, esperándote, cuando llegas al final de tu huida. No; el 
método divino para combatir al diablo es lanzar una contraofensiva, resistirlo, u 
oponerte activamente a él. Recuerda, eso fue lo que hizo Cristo cuando fue tentado. Él 
no salió corriendo entre las rocas, tratando de ocultarse de Satanás, y luego el diablo lo 
sorprendió. No. Cristo se quedó allí obligando a Satanás a presentar batalla. Ahora bien, 
esto es lo que aprendió Pedro. Él observó a Cristo enfrentar la misma tentación que 
asaltó a Pedro resistiendo, oponiéndose o repudiando a Satanás. Y Pedro dijo a sus 
ovejas: «El único modo en que podéis resistir a Satanás, la única manera en que podréis 
luchar contra él, es oponeros a él activamente, firmes en la fe.» 
 Pasemos a Santiago 4:7: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de 
vosotros.» Aquí encontramos la misma palabra. Ha sido traducida «resistid» al igual 
que en 1 Pedro 5:9 y tiene el mismo sentido: «oponeos activamente a Satanás cuando lo 
hagáis, él huirá de vosotros». El problema es que, como se menciona a Satanás como 
león rugiente, pensamos que no teme a nada. No nos damos cuenta que Satanás es un 
cobarde abyecto. Solemos hablar del arrojo del león. Sin embargo, luego que el león ha 
matado a su presa, ruge para ahuyentar a los chacales u otros animales que esperan que 
algún otro mate su presa para entonces arrebatársela. El león ruge luego de haber matado 
porque teme a los chacales. Teme que vayan y le arrebaten lo que ha logrado para sí. El 
rugido del león, pues, no es evidencia de arrojo; es evidencia de cobardía. Pero Satanás 
te ha engañado. Tú piensas que él no teme absolutamente nada, y que no te teme a ti ni 
teme nada que tú puedas hacer. Él quiere que creas eso. Pero Santiago nos dice que si 
te opones activamente a Satanás él huirá de ti. Esta es la autoridad del creyente. El 
creyente, por haber sido entronizado con Jesucristo, puede ejercer la autoridad de Cristo, 
y Satanás no puede resistir la autoridad de Cristo más de lo que tú puedes oponerte a la 
autoridad de Jesucristo que emana del trono de Dios. 
 Considera ahora Efesios 6:13: «Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que 
podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.» La palabra 
«resistir» es exactamente la misma palabra utilizada en 1 Pedro 5:9 y en Santiago 4:7 y 
significa lanzar la ofensiva. Lo que Pablo dice es que cuando tú te apropias por la fe de 
toda la armadura de Dios para que tu persona se halle protegida, puedes lanzar tu 
ofensiva. Ya que Satanás es un cobarde, habrá de huir cuando lo resistas en el nombre 
de Jesucristo, y con la autoridad de Cristo podrás estar firme. No se puede estar firme 
sin una ofensiva, y no puede haber victoria alguna sin ejercer la autoridad de Cristo. 
 Dios no nos ha salvado, no nos ha hecho sus hijos ni nos ha recibido en su familia 
para que vivamos una vida derrotada. Él no nos ha recibido en su familia para que 
vivamos con un temor cobarde de nuestro adversario, como si él fuera absolutamente 
irresistible y nosotros completamente impotentes, y como si cada vez que él nos 
persigue es necesario que caigamos. La Palabra de Dios declara que la victoria y el 
triunfo de Jesucristo sobre Satanás son absolutos. Dios le ha dado al Señor toda 
autoridad, y Jesucristo nos ha investido de esa misma autoridad. Por lo tanto podemos 
resistir a Satanás tan efectivamente como Jesucristo lo hizo cuando Él miró a Pedro y 
dijo: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!» 
 Si escucharas a algún amigo que está sufriendo una tentación satánica decir: «¡Quítate 
de delante de mí, Satanás!», probablemente te sorprenderías. Ello demuestra cuán poco 
comprendemos el plan de Dios para nuestra victoria sobre el maligno. Esta verdad se 
halla claramente revelada en la Biblia: Dios te ha investido como hijo suyo de lo misma 
autoridad que pertenece a Jesucristo. Y Dios espera que participes de la lucha, que estés 
en pie de guerra contra el adversario, que ejerzas la autoridad que te ha dado de tal modo 
que resistas y hagas frente a los ataques del maligno. En nosotros mismos no tenemos 
derecho alguno; no podemos entrar en batalla sin el poder del Espíritu Santo. No hace 
falta que te inclines, no es necesario que retrocedas ni que trates de huir, porque puedes 
usar la autoridad que corresponde a tu posición como hijo de Dios. Puedes usar el poder 
que fue liberado en la cruz de Cristo para oponerte al maligno, para que él huya de ti. 
 Muchos creyentes sufrimos constantemente tentaciones y temores incesantes por no 
habernos apropiado y ejercitado la autoridad que Dios nos ha dado. La próxima vez que 
sientas que tus pasos están siendo seguidos por Satanás, ejercita tu fe en la promesa de 
Dios, vuélvete hacia quien te ha estado persiguiendo y dile: «Te resisto en la autoridad 
de Cristo y por su sangre.» Y en vez de oír tus propias pisadas tratando de correr más 
rápidamente que Satanás, oirás los pasos del diablo huyendo de la autoridad que Dios 
te ha dado. Tu eres un hijo de Dios. Has sido entronizado. La autoridad de Cristo te ha 
sido dada, y Dios espera que la utilices activamente y que resistas y hagas frente al 
maligno, oponiéndote a él para hacerlo huir.¿Acaso mentiría Dios? ¿Te enviaría Él a la batalla con armas inadecuadas? Claro que 
no. De modo que si Dios te dice que hagas frente al maligno en la autoridad de Cristo, 
«resiste al diablo, y huirá de ti». 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
18 
 
Cómo hacer huir al adversario 
 
Santiago 4:1—8 
 
 NO HACE MUCHO alguien me regaló una bala dum-dum calibre 31 tomada de un 
soldado del Vietcong. Está diseñada de tal modo que cuando alcanza un objeto gira y se 
abre paso llevando muerte y destrucción a su paso. Sin embargo, si alguien colocara esa 
bala en un fusil y me apuntara con él e hiciera fuego no sentiría el menor temor, porque 
la bala ha sido desactivada. La pólvora ha sido quitada y ahora es absolutamente 
inofensiva. No obstante, si ignorase esto y alguien la colocara en un fusil y te apuntara, 
y tú supieras que quien sostiene el fusil se propone hacer fuego, ciertamente correrías 
hasta el refugio más cercano y te agacharías con espanto y terror. Pero si supieras que 
la bala había sido bien neutralizada, no te preocuparía en absoluto. 
 Muchos viven en temor y caen derrotados ante nuestro adversario, el diablo, porque 
no comprenden el principio bíblico de que él ha sido neutralizado y ha sido hecho 
inofensivo. Cada vez que Satanás aparece, se inclinan ante él y son vencidos. Están 
convencidos de que deben hundirse en la derrota, porque no se han apropiado el 
principio de que Jesucristo ha hecho ineficaz a Satanás mediante su muerte, y nos ha 
dado los medios para la victoria. Desarrollemos un paso más la promesa que nos ha sido 
dada en Santiago 4:7: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros.» 
 La palabra «resistid» no implica una resistencia pasiva ni nos sugiere un esfuerzo fútil 
por defendernos. Da la idea del soldado de Jesucristo que marcha a presentar combate 
al adversario con la seguridad plena y absoluta de que la victoria ya es suya por medio 
de Aquel que lo ha incorporado a su caravana triunfal. Cuando el Apóstol nos manda: 
«Resistid al diablo», está haciendo las veces de un general que ante las tropas que se 
hallan bajo su mando da la orden: «¡De frente, march!» No está ordenando retirada. No 
está haciendo tocar una alarma para enviar a los soldados de Dios a una trinchera 
individual por no tener defensa alguna contra el adversario. El Apóstol nos está 
mandando presentar batalla contra Satanás porque tiene la seguridad que si nos 
oponemos activamente a él de acuerdo con los principios bíblicos, el diablo habrá de 
huir, tendrá que huir ante nuestro ataque. 
 En el mandato similar de Pedro (1 Pedro 5:9), el Apóstol quiso decir: «Volveos y 
hacedle frente. Resistidlo. Oponeos activamente a él, y mediante vuestra oposición 
activa lo haréis huir. El perseguidor pasará a ser el perseguido.» Observa especialmente 
una frase que el Apóstol ha colocado en esta exhortación: «Resistid firmes en la fe.» 
 Cuando el Apóstol se refiere a la fe, no está refiriéndose al cuerpo de verdades divinas 
que nos ha sido revelado en la Palabra de Dios. Esa es la fe que ha sido dada una vez a 
los santos. Nos dice: «Manteneos firmes en el principio de la fe.» Resistid por la fe. El 
Apóstol está eligiendo del cuerpo entero de verdades reveladas, un aspecto especial de 
la verdad divina que es aplicable a nuestro conflicto con el adversario. Ahora bien, ¿qué 
verdad tiene en mente, a la cual se nos exhorta a creer? 
 La primera verdad es la verdad de la autoridad del creyente. En la Epístola de Judas, 
versículos 8 y 9, leemos: «No obstante, de la misma manera también estos soñadores 
mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores. Pero 
cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de 
Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te 
reprenda.» Recuerda lo que ya hemos destacado: Dios ha dado al creyente en el Señor 
Jesucristo una autoridad que es superior a la autoridad de nuestro adversario. Cuando 
Lucifer fue creado, fue creado como el mayor de los arcángeles de Dios. Mas, a pesar 
de que Lucifer se había rebelado y se había transformado en Satanás o el diablo, el resto 
del dominio angelical recordaba y reconocía la autoridad que él había tenido por 
creación. Miguel era un arcángel. De acuerdo con la jerarquía dispuesta en el momento 
de la creación angelical, Miguel estaba tan sólo un peldaño debajo de Lucifer, siendo 
directamente responsable ante él, quien a su vez era responsable ante Dios. Aunque 
Lucifer se había rebelado transformándose en Satanás, Miguel no podía olvidar que por 
creación Lucifer había sido su superior. 
 Mucho más adelante, luego de la caída de Satanás, cuando Miguel y el diablo entraron 
en contienda por el cuerpo de Moisés, Miguel no se atrevió a oponerse solo contra 
Lucifer. En este conflicto sobre el cuerpo de Moisés, Miguel —quien es ahora muy 
superior a Satanás por ser un ángel no caído— invocó a Dios y dijo: «El Señor te 
reprenda.» Ni aun un ángel no caído se atrevió a tratar de ejercer autoridad sobre 
Satanás. Los ángeles no caídos confiaban en Dios para derrotar a Satanás en los 
conflictos en los cuales habían sido colocados por Dios. Miguel no se hallaba en 
conflicto con Satanás por su propia voluntad, ni para perseguir sus propios propósitos. 
Miguel estaba disputando sobre el cuerpo de Moisés porque Dios lo había enviado en 
esa misión. Pero la autoridad de Miguel por sí sola no era suficiente para derrotar a 
Satanás. Tuvo que invocar a Dios por la fe. 
 La gran verdad de Efesios 2 es que cuando Jesucristo fue resucitado, ascendido y 
entronizado en gloria, tú y yo como creyentes en Cristo Jesús fuimos entronizados con 
Él. Dios lo ha resucitado de los muertos, y a nosotros también. Dios lo ha glorificado y 
nos ha glorificado a nosotros con Él. Pablo dice en Efesios 2:6: «Y juntamente con él 
nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.» Ya 
que nos hallamos relacionados con Cristo en el trono de Dios, la autoridad del trono 
pertenece al hijo de Dios en nuestro conflicto con el maligno. Tenemos una autoridad 
sobre Satanás que es superior a la que tenía Miguel. Pero así como Miguel no se atrevió 
a entrar en lucha contra Satanás por sí solo, sino que invocó a Dios para que le diera la 
victoria, debemos recordar que necesitamos y tenemos la autoridad de Dios, y que esta 
autoridad debe ser ejercida por la fe. 
 ¿Cómo sabemos que esto es cierto? La Palabra de Dios lo dice. Es algo que debe ser 
creído. El primer paso en la victoria sobre el diablo es el paso de la fe, un paso que cree 
a Dios, un paso que cree la Palabra de Dios. Cuando Pedro escribe a sus ovejas 
temerosas que estaban entrando en lucha con un león rugiente, y las exhorta a estar 
«firmes en la fe», les está diciendo que cuando oigan al adversario acercarse deben creer 
lo que Dios dice: que ellos tienen autoridad sobre él y que pueden hacerlo retroceder. Si 
tú crees que eres impotente ante Satanás, si crees que no dispones de medio alguno para 
alcanzar la victoria, si estás convencido que cada vez que él habla debes obedecer, si 
crees que cada vez que él tienta es necesario que caigas, habrás de obedecerle, serás 
derrotado y caerás. Pero cuando crees que te ha sido dada autoridad sobre Satanás, 
puedes resistirlo activamente e impedirle seguir el curso que causaría tu destrucción o 
caída. 
 La segunda cosa que se nos insta a creer si queremos vencer a Satanás es el hecho de 
que Satanás es un enemigo derrotado. A medida que leemos la Palabra de Dios, llama 
la atención la unanimidad que hay en cuanto a esto. Leamos Mateo 8:29, por ejemplo. 
Leemos que todos los demonios en el infierno reconocen la realidad de su derrota. 
Observamos que cuando Cristo entró en la tierra de los gadarenos, salierona su 
encuentro dos endemoniados que andaban entre los sepulcros, feroces en gran manera, 
tanto que nadie podía pasar por aquel camino. En el versículo 29 se relata que los 
demonios «clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has 
venido acá para atormentarnos antes de tiempo?» La. palabra tormento tiene que ver 
con la partida al castigo eterno, el tormento eterno de los condenados. Estos demonios 
que estuvieron frente a frente con Jesucristo reconocieron que Él es su juez y que ellos 
se hallaban condenados a vivir apartados de Dios por la eternidad. Esperaban un juicio 
futuro sobre los ángeles caídos, en el cual serían desterrados por la eternidad de la 
presencia de Dios. En consecuencia, cuando se encontraron con Cristo, se preguntaron 
si Él había ido antes de lo que ellos esperaban. Este versículo nos muestra que los 
demonios reconocen que Satanás ha sido derrotado y que, por ser suyos, ellos sufren la 
derrota. 
 Pero no sólo los demonios, sino Satanás mismo reconoce esa derrota. Juan escribe en 
Apocalipsis 12:12: «Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los 
moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido a vosotros con gran 
ira, sabiendo que tiene poco tiempo.» Lógicamente, Juan está describiendo la actividad 
de Satanás en el período de la tribulación. Juan atribuye el frenesí de la última parte del 
período de la tribulación al conocimiento que tiene el diablo de que el tiempo en que 
será atado y echado al lago de fuego se acerca rápidamente y que lo que él quiera hacer 
debe hacerlo inmediatamente. Satanás reconoce el hecho de su derrota, el hecho de que 
ha sido juzgado y que habrá de ser confinado eternamente al lago de fuego. Los 
demonios y el diablo no discuten este hecho; lo aceptan y reconocen. 
 En otros pasajes Dios consigna la realidad de la derrota de Satanás. En Colosenses 
2:15, Pablo declara que mediante su muerte Cristo despojó a los principados y 
potestades, es decir que les quitó su autoridad. Los exhibió públicamente, triunfando 
sobre ellos en la cruz. Nuevamente en 2 Corintios 2:14, Pablo escribe: «Mas a Dios 
gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús.» Podríamos leer este 
versículo del siguiente modo: «Mas a Dios gracias, el cual nos guía siempre por la senda 
del triunfo de Cristo.» El cuadro que se presenta aquí es el de un general victorioso que 
regresa de una conquista militar. En estos pasajes en que el Apóstol presenta a Cristo 
como vencedor, está declarando nuevamente la verdad que todo el cielo conoce: que 
Jesucristo ha triunfado sobre Satanás mediante su muerte y resurrección y que habrá de 
conducir en triunfo a todos los que creen en su victoria. Cuando Pedro exhorta a sus 
ovejas, perseguidas por un león rugiente, a permanecer «firmes en la fe», lo que quiere 
es que se aferren a la verdad de que no sólo les ha sido dada la autoridad de Dios sobre 
el diablo, sino que pueden desfilar cual vencedores porque Jesucristo es el vencedor del 
maligno. 
 Reconocemos que la resurrección de Jesucristo es una clave de nuestra fe. Cuando 
Pablo quiso ofrecer a los corintios un resumen del Evangelio, lo redujo a su esencia más 
sencilla y dijo que predicamos las buenas nuevas de que Cristo fue muerto por nuestros 
pecados y que resucitó nuevamente al tercer día. La muerte de Cristo proporciona la 
base para nuestra salvación por medio del derramamiento de sangre. La resurrección de 
Cristo no sólo significa la aceptación por parte de Dios de su muerte como pago de 
nuestros pecados, sino que proporciona la base para la victoria cotidiana del creyente 
sobre el adversario. Mientras que el infierno no puede olvidar que Cristo resucitó como 
vencedor; mientras que todo el cielo reconoce el hecho de que Jesucristo resucitó, los 
que aquí vivimos parecemos vivir como si Él aún se hallara en el sepulcro. Jesucristo 
salió cual vencedor a fin de que anduviéramos por la senda de su triunfo, a fin de que 
luchásemos una buena batalla por la fe en su victoria. 
 Hay una tercera verdad que debemos creer si hemos de vencer al maligno. No sólo se 
nos llama a creer en la autoridad del creyente, que es superior a la autoridad de los 
ángeles; no sólo debemos creer que Satanás ha sido derrotado, sino que debemos creer 
en la promesa categórica de Dios: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros.» (Santiago 
4:7.) Oponte activamente a Satanás en base a la verdad que la Palabra de Dios revela 
acerca de él, y él huirá. Cuando la sangre había sido aplicada a los dinteles y los postes 
de las casas en Egipto, el ángel de la muerte no entraba. No había fuerza alguna en el 
infierno que pudiera forzar y abrir una puerta que había sido sellada por la sangre. 
Cuando estés sufriendo algún ataque satánico, ya sea que se trate de una tentación a 
pecar, ya sea que se trate de alguna opresión o depresión en el dominio de la mente, ya 
sea que suceda en la esfera de tus afectos, en la cual tu amor a Cristo esté siendo 
desviado hacia otras cosas, sea cual fuera la forma del ataque, cuando alegas el valor de 
la sangre de Cristo, Satanás no puede proseguir el ataque. Lo único que puede hacer es 
dar media vuelta y huir, porque odia ver la sangre. Tu victoria se basa en el valor de la 
muerte de Cristo, una muerte que no sólo proporciona la salvación de la condenación 
del pecado, sino una muerte que te protege de los asaltos del maligno. 
 Como creyentes en Cristo, también podemos alegar los beneficios de su resurrección. 
Sólo necesitamos recordar al adversario que el capitán de nuestra salvación es un Cristo 
resucitado y glorificado y que sólo recibimos órdenes de Él. Satanás huye de la batalla 
porque es cobarde y no luchará donde no hay esperanza de victoria. Cuando el hijo de 
Dios alega el valor de la cruz de Cristo y alega la victoria y el triunfo del Cristo 
resucitado, la derrota de Satanás es absolutamente segura. Es una tragedia que 
disponiendo de los medios de obtener la victoria en nuestras manos abandonemos el 
principio de la fe y entremos en una lucha mano a mano con Satanás y luego nos 
preguntemos por qué somos derrotados. ¿Habrá algo más necio que enviar soldados a 
la batalla completamente desarmados? Sin embargo, ésa es la manera en que muchos 
están tratando de luchar contra Satanás. Has dejado atrás todas las armas y has pensado 
que con tu propia habilidad, tu propia destreza y tu propio engaño podrás disfrazarte y 
derrotar el enemigo. Hasta ahora nadie lo ha logrado. Si has de experimentar la victoria 
lo lograrás por la fe, creyendo lo que Dios dice acerca de tu posición en Cristo. 
 Dios no te ha mandado que te escondas, no te ha mandado que huyas, ni te ha 
mandado que superes en ingenio al adversario. Te ha llamado a que te vistas de la 
armadura de Dios, para que puedas resistirlo activamente, creyendo lo que la Palabra de 
Dios dice acerca de tu autoridad y de tu victoria, y haciendo huir al adversario, porque 
te hallas unido al vencedor. Cuando reconozcas la presencia del adversario, ojalá lo 
resistas activamente por haber creído lo que Dios ha dicho acerca de tu calidad de 
invencible, por lo que ha dicho acerca de tu autoridad, y por lo que ha dicho acerca de 
tu victoria. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
19 
 
La comunicación con los demonios 
 
Deuteronomio 18:9—11 
 
 EL HOMBRE TIENE una curiosidad insaciable con respecto al futuro. A pesar de 
que es incapaz de resolver todos los problemas que el presente le trae aparejado, quiere 
cargar con el peso del futuro. Mediante un medio u otro, trata de descubrir lo que habrá 
de suceder. Este no es un fenómeno nuevo; es tan antiguo como la raza humana. Cuando 
vamos a los primeros capítulos de la Palabra de Dios, descubrimos que los hombres de 
aquella época trataban de investigar o saber algo con respecto a los hechos futuros. 
 Dios ha considerado oportuno confiarnos algoacerca de su programa. 
Independientemente de cualquier otro motivo, la Palabra de Dios se halla autenticada 
porque contiene muchas profecías que podemos estudiar para nuestra comprensión y 
edificación. Pero cuando una persona va más allá de lo que ha sido escrito en la Palabra 
de Dios se está sometiendo al engaño; se halla sometida al engaño a través de la 
actividad de Satanás, por medio de sus demonios. 
 Todo contacto con los demonios se halla expresamente prohibido en la Palabra de 
Dios. Esto era tan común, aún en la experiencia de Israel en el Antiguo Testamento, que 
Dios tuvo que dar el siguiente mandamiento en Éxodo 22:18: «A la hechicera no dejarás 
que viva.» Evidentemente la hechicería era algo muy serio, ya que su práctica colocaba 
a la hechicera bajo pena de muerte. No debemos confundirnos con respecto a nuestra 
definición de hechicera o bruja. Nuestro pensamiento se halla moldeado en buena parte 
por la teología medioeval y por las prácticas de la época colonial en la Nueva Inglaterra. 
Según nuestro concepto, una hechicera es la persona que arroja una maldición sobre un 
individuo. Tal concepto nos dice que la hechicera puede causar daño físico, mental o 
emocional en la persona sobre la que ha echado un hechizo. Pero la Palabra de Dios no 
tiene ese concepto de la bruja o hechicera. Hechicera en el Antiguo Testamento significa 
una que sabe, una que pronostica, una que predice el futuro. La hechicería en el Antiguo 
Testamento era un medio demoníaco mediante el cual los acontecimientos futuros eran 
revelados a la persona que se sometía al control de los demonios. 
 En sus primeras experiencias, Israel no quedó satisfecho con las revelaciones que 
Dios había dado con respecto a su programa. Hubo quienes quisieron saber más acerca 
de los acontecimientos futuros. No satisfechos con la revelación que Dios había dado 
en su Palabra, consultaban a los demonios a fin de recibir revelaciones con respecto al 
futuro. El rebajar la autoridad de la Palabra de Dios, el negar la suficiencia de la 
revelación que se hallaba en ella y el asociarse con los demonios para obtener una mayor 
información, que Dios no había considerado oportuno revelar, colocaba a tal persona 
bajo pena de muerte. 
 El capítulo 18 de Deuteronomio se refiere a la hechicería o brujería. En el versículo 
9, Dios dijo por medio de Moisés: «Cuando entres a la tierra que Jehová tu Dios te da, 
no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones.» Sabemos que la 
tierra de Canaán a la cual Dios llevo al pueblo de Israel luego de su redención de Egipto 
se hallaba poblada por muchas tribus y pueblos distintos que tenían una cosa en común: 
adoraban a los demonios y tenían prácticas de asociación con los demonios en la esfera 
religiosa bajo el disfraz de la adoración. Estos demonios eran adorados mediante todo 
tipo de prácticas abominables, y todo tipo de perversiones e inmoralidad, aun mediante 
sacrificios humanos. Dios estaba introduciendo al pueblo de Israel, que había recibido 
una revelación autorizada de Dios, a la tierra donde Él sabía que serían sometidos a la 
influencia de estas religiones paganas, y Dios les advirtió con respecto a tales prácticas. 
Luego, en los versículos 10 y 11, se nombran las diversas manifestaciones de esta 
actividad que se desarrollaba en nombre de la religión: «No sea hallado en ti quien haga 
pasar a su hijo o a su hija por el fuego...» Esto se refiere a la práctica de ofrecer las 
criaturas como sacrificios humanos a estas deidades de los cananeos. Si fueras hoy a 
Biblos verías las excavaciones de la antigua adoración cananea, y el guía te mostraría 
las plataformas de piedra donde se ofrecían sacrificios de niños a las deidades 
demoníacas. Dios lo prohibió. 
 Junto con el sacrificio humano Dios prohibió otras cosas que eran tan graves como 
esta práctica. Dios dijo: «No sea hallado en ti... quien practique adivinación, ni agorero, 
ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los 
muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera qué hace estas cosas.» Dios 
se refiere aquí a muchas expresiones distintas de contacto o comunicación con los de-
monios que se practicaban en la tierra a la cual iba Israel. Habían quienes practicaban 
la adivinación, que era un proceso de predecir el futuro por medios mágicos. 
Generalmente practicaban alguna forma de augurio, investigando las entrañas de un ave 
o de un animal para descubrir el futuro o determinar la acción a seguir. Si has leído la 
historia romana, estarás familiarizado con los adivinadores romanos que pronosticaban 
y predecían el resultado de los desplazamientos militares romanos mediante el sacrificio 
de animales, a los que luego examinaban las entrañas. Ello determinaba el movimiento 
de las tropas en las conquistas militares romanas. Dependían de esta forma de 
comunicación con los demonios. Dios dijo que ello estaba prohibido. 
 En segundo lugar, no debía haber entre ellos agoreros. Ello tenía que ver con 
determinar o dirigir el curso de la vida de una persona o determinar su conducta 
mediante el contacto con las estrellas o el estudio de la astrología. No es necesario que 
te recuerde cuán común es esta práctica hoy en día, ni cuán difundida está. Hace poco 
leí un informe con respecto a la enormidad de cartas sin precedentes que recibió un 
diario local cuando por descuido omitieron el horóscopo diario en el mismo. ¡La gente 
no pudo tomar ninguna decisión durante el día! Dios prohibió a los israelitas el 
«observar los tiempos», ya que ello era una forma de creencia en los demonios. 
 La próxima cosa a la cual se refirió Dios fue los sortílegos. El sortílego era la persona 
bajo control demoníaco que ponía a otra persona bajo el control demoníaco con sus 
encantamientos. Ello tiene que ver con echar hechizos y quizá se acerca más a nuestro 
concepto habitual del hechicero que cualquiera de las demás actividades que hemos 
considerado. 
 Otra forma de tráfico con los demonios que se hallaba prohibida era la del hechicero. 
La palabra hechicero quiere decir aquí uno que sabe. Por tanto, a muchas personas les 
resultaba imposible temar una decisión sin antes consultar a un astrólogo o 
pronosticador. 
 Luego estaba el encantador. El encantador era la persona que utilizaba la magia y 
efectuaba milagros mediante el poder demoníaco. Los hechiceros de Egipto tenían esta 
clase de poder, ya que podían imitar mediante la actividad demoníaca los milagros que 
Dios efectuó por medio de Moisés. Daniel se encontró con este mismo tipo de actividad 
demoníaca en la corte del rey de Babilonia. Se hallaba rodeado por los magos de 
Babilonia quienes mediante sus encantamientos y pronósticos o control demoníaco, eran 
capaces de dirigir el curso del imperio al guiar a Nabucodonosor. Estos encantadores 
eran otra expresión de la comunicación con los espíritus malignos. 
 Dios se refiere luego al adivino. Este era el individuo que se hallaba familiarizado con 
un demonio y estaba bajo su control. Ninguna persona podía caer bajo control 
demoníaco sin su sumisión voluntaria. El demonio no tenía poder para dominar y 
gobernar la voluntad de un individuo de tal modo que éste fuera poseído sin su 
consentimiento. Los adivinos se sometían voluntariamente para que los espíritus les 
pudieran revelar las cosas futuras y para que ellos, a su vez, pudiesen ser contactos entre 
quien los consultaba y los demonios. Hoy nos referimos a los tales como médiums 
espiritistas. 
 Luego estaban los magos. El mago es el masculino de bruja o hechicera. El mago era 
el «hombre que sabía». Esto era algo que no sólo las mujeres podían practicar. 
 Finalmente estaba el que consultaba a los muertos. Un demonio era el contacto entre 
el mundo vivo y el mundo de los espíritus difuntos, a fin de suministrar algún 
conocimiento de las cosas futuras. 
 En Deuteronomio18:10, 11, podemos observar cuán ampliamente difundida se 
hallaba esta práctica en Israel y de cuántas maneras distintas se manifestaba. La 
finalidad de todas estas distintas expresiones de creencia en los demonios era obtener 
información independientemente de la Palabra de Dios que guían a las personas en sus 
actos o decisiones. Quizá seamos tentados a pensar que esto es algo de aquella época 
supersticiosa. Pero a medida que leemos la Palabra de Dios descubrimos que se hallaba 
tan ampliamente difundida en la época del Nuevo Testamento como en la época del 
Antiguo Testamento. Y aún ahora en inmensas zonas de la tierra es la forma dominante 
de experiencia o práctica religiosa entre quienes no conocen a Jesucristo como salvador 
personal. 
 Consideremos un caso de este tipo de comunicación con los demonios en la 
experiencia de Saúl, tal como se halla relatado en 1 Samuel 28:1—6. Para muchas 
personas éste es un pasaje difícil de explicar. Observemos ante todo el trasfondo de esta 
experiencia. Saúl, rey de Israel, estaba sufriendo un ataque de los filisteos quienes eran 
sus enemigos más poderosos. Saúl había dependido de Samuel, el profeta de Dios, como 
guía y consejero. Samuel había muerto, y Saúl sintió que no tenía fuente alguna de guía 
en la crisis nacional que atravesaban. Ahora bien, Saúl tenía las Escrituras que habían 
sido dadas por Dios por medio de Moisés, y ellas bastaban para guiar a Saúl con respecto 
a lo que debía hacer. Pero como éste repudiaba la revelación que Dios había dado en su 
Palabra, buscó otra guía. Y mandó en el versículo 7: «Buscadme una mujer que tenga 
espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte.» Él quería 
una mujer que se hallara familiarizada con algún demonio a fin de obtener conocimiento 
mediante la comunicación con un muerto. Observa que las Escrituras no dicen que tal 
práctica sea imposible. Dicen que tal práctica se halla prohibida, pero no dicen que es 
imposible. Saúl sabía que la Palabra de Dios prohibía tal actividad, porque leemos en el 
versículo 3 que él había arrojado de la tierra a los encantadores y adivinos. A pesar de 
lo que sabía, Saúl mandó a buscar a la adivina de Endor. No la llaman hechicera. El 
término que se aplica, traducido literalmente, significa dama de un demonio. Luego que 
Saúl garantizó su inmunidad, ella preguntó: «¿A quién te haré venir? Y él respondió: 
Hazme venir a Samuel.» Ahora bien, ¿por qué quería Saúl comunicarse con el piadoso 
profeta Samuel? Obviamente era para que pudiese saber por su intermedio qué le tenía 
Dios deparado. «Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz.» Esta reacción nos 
sugiere que la mujer adivina quedó pasmada cuando Samuel apareció. Ella esperaba que 
apareciera el espíritu familiar, y luego por medio de él esperaba poder comunicarse con 
Samuel. Cuando Samuel apareció, la adivina quedó sorprendida, ya que ella no había 
tenido comunicación alguna con Samuel y éste no era un espíritu familiar. Saúl le 
preguntó: «¿Qué has visto?» Cuando ella le describió quien había aparecido, Saúl 
entendió que era Samuel. Observa que Saúl no vio a Samuel. La mujer lo vio, pero no 
Saúl. Saúl no podría haberse comunicado con un muerto excepto por medio de un 
demonio, y él no estaba bajo el control de un demonio. Samuel no apareció por haber 
sido convocado por demonios, sino porque fue enviado por Dios para anunciar juicio 
sobre Saúl y anunciar la caída de su reino. Este caso ciertamente no marca pauta, pero 
sí indica cómo una persona sometida a un demonio podía obtener información con 
respecto a las cosas futuras por medio de la actividad demoníaca. 
 En Hechos 8:9 descubrimos que esta misma actividad era practicada en la época 
neotestamentaria. Felipe, el evangelista, estaba ministrando en Samaría. Estaba 
predicando a Cristo y proclamándolo como el salvador del pecado y el libertador del 
poder de Satanás. Había en esa ciudad un hombre llamado Simón, quien antes había 
ejercido la magia. Tenía contacto con un demonio para efectuar obras mágicas y revelar 
acontecimientos futuros. Había fascinado al pueblo de Samaría, es decir, lo había 
impresionado con un conocimiento del futuro, que había logrado por medios 
demoníacos, y como resultado de su contacto con los demonios se le había atribuido el 
tener poder de Dios. La gente decía de él (v. 10): «Este es el gran poder de Dios.» Fue 
incapaz de distinguir entre la magia efectuada mediante el poder demoníaco y los 
milagros efectuados mediante el poder divino. Es propósito de Satanás lograr que los 
hombres crean que él es Dios y que le rindan la adoración que corresponde a Dios. 
Recordemos que el deseo original de Satanás era ser semejante al Altísimo y recibir la 
adoración que pertenece a Dios. Dios demuestra que Él es Dios por medio de los 
milagros que realiza y por medio de sus revelaciones con respecto al futuro mediante la 
profecía. Resulta significativo que cuando Satanás trata de autenticarse lo haga haciendo 
que quienes están bajo el control de sus demonios efectúen milagros y revelen el futuro. 
Descubrimos esto en el caso de Simón. Tal era la sutileza de Satanás que controlaba a 
este hombre de tal modo que tenía convencido al pueblo de Samaría que era Dios. 
 La única liberación de esta influencia demoníaca era el Evangelio de Jesucristo. 
Leemos en Hechos 8:12: «Pero cuando creyeron a Felipe... se bautizaban hombres y 
mujeres. También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con 
Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían estaba atónito.» La gente 
de Samaría que había escuchado a Simón fue libertada de la influencia demoníaca al 
creer el evangelio de Jesucristo, y el mismo mago fue libertado de la influencia y control 
demoníaco del mismo modo. El Evangelio fue confirmado por medio de los milagros 
que los apóstoles efectuaron. De modo que Dios utilizó a Felipe para dar una evidencia 
a quienes se habían comunicado con los demonios de que Él era Dios y que Satanás era 
un impostor. 
 El programa de Satanás ha estado marchando bien desde los días del Antiguo 
Testamento hasta la época actual. Satanás ha engañado a los hombres obrando por 
medio de distintas formas de demonismo para cegar las mentes de los hombres a la 
verdad. Muchos han sido convencidos que ya que los demonios de Satanás pueden 
revelar acontecimientos futuros o establecer comunicación con los muertos, él es 
realmente Dios. Se nos dice en la Palabra de Dios que cuanto más nos acercamos a los 
últimos tiempos tanto mayor habrá de ser la actividad del diablo. Juan nos dice en 
Apocalipsis 12:12 que al saber Satanás que tiene poco tiempo él sale furiosamente para 
engañar y destruir. Se nos ha dicho tan poco acerca del método y de la obra del diablo 
por medio de la actividad demoníaca que no nos hemos hallado en condiciones para 
hacerle frente. 
 Hace algún tiempo fue publicado un libro que tuvo amplia difusión, en el cual su 
autora afirma ser capaz de predecir acontecimientos futuros. Ella formuló una cantidad 
de predicciones que se cumplieron. Estas predicciones sólo pueden provenir de una de 
las dos fuentes posibles: o vienen de Dios, o vienen de Satanás por medio de la 
influencia demoníaca. Dios ha indicado muy claramente que, completado el Nuevo 
Testamento, Él ya no efectúa más revelaciones y predicciones. Dios ha cerrado la puerta 
a nuevas revelaciones de parte de Él porque la revelación ha sido completada en 
Jesucristo. Ello nos deja una sola alternativa: estas predicciones deben provenir de 
Satanás por medio de la influencia demoníaca. Algunas de estas predicciones han sido 
lo suficientemente pasmosas como para engañar aun a muchos creyentes, haciéndoles 
creer que ella tiene autoridad divina. Tanto ella como otras personas semejantes han 
pasado a ser consejeros de algunas personas que ocupan lugares destacados en el 
gobierno. ¡Esta es una actividaddemoníaca! Controla las naciones, influencia a los 
gobiernos para que reemplacen la autoridad y la Palabra de Dios por las revelaciones 
que provienen de los demonios. 
 Otras formas de actividad demoníaca se hallan muy difundidas, como por ejemplo la 
astrología, los horóscopos y la influencia de las estrellas sobre la vida diaria. La telepatía 
o percepción extrasensoria es considerada por muchos como un fenómeno de la mente 
natural. Estas personas atribuyen a la mente humana las cualidades que pertenecen 
únicamente a Dios, y no alcanzan a ver la influencia y actividad demoníacas en esta 
esfera. Esta es otra forma mediante la cual Satanás trata de controlar la mente de los 
hombres. Muchos han experimentado con una tabla ouija (tabla de escritura espiritista). 
¡Cuán inofensiva e inocua es una tabla ouija! Con un poco de práctica uno puede 
manejarla y obtener las respuestas que quiera. Si se utiliza de este modo es algo 
completamente inofensivo, pero cuando una persona renuncia al control de sus 
facultades y se somete a una influencia externa está posibilitando el control demoníaco 
de su persona. Un demonio podría controlar hasta a un hijo de Dios que abandonara el 
control consciente de sus propias facultades y se sometiera a los movimientos de una 
tabla. De un modo tan inocuo como éste, Satanás puede lograr el acceso a la mente para 
controlar el pensamiento o dirigir la acción a seguir por parte de una persona. 
 Dios y Satanás están luchando por las mentes de los hombres. Satanás quiere la 
mente, porque si logra controlar la mente puede controlar eventualmente la voluntad. 
Se está desarrollando una batalla en la esfera de la mente mientras Satanás trata de 
someternos a influencias que nos harían desechar la autoridad de la Palabra de Dios y 
buscar alguna otra cosa o alguna otra persona como guía de nuestra conducta. Esta es la 
razón por la cual el apóstol Pablo escribe en 1 Timoteo 4:1: «Pero el Espíritu dice 
claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a 
espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos.» Lo 
que Pablo está diciendo es que tan pronto como una persona desecha la infalibilidad, 
autoridad e integridad de la Palabra de Dios y se somete a la autoridad de los hombres, 
está haciendo posible el engaño satánico y el control satánico de su pensamiento. La 
gran tragedia de la época actual es que los hombres se sienten capaces de actuar como 
jueces con respecto a la Palabra de Dios, aceptando lo que les place y rechazando lo que 
les desagrada, sin darse cuenta siquiera de que lo que sucede es que en la batalla por las 
mentes Satanás ha conquistado una victoria y los ha sometido al control demoníaco. 
Esta batalla se está desarrollando hoy en el púlpito, donde los ministros de Satanás se 
han sometido a la influencia satánica y predican doctrinas proclamadas por los 
demonios, rechazando la Palabra de Dios. Esta es la razón por la cual el apóstol Pablo 
coloca tanto énfasis sobre la mente. En Filipenses 2:5 nos dice: «Haya, pues, en vosotros 
este sentir que hubo también en Cristo Jesús.» Luego, en Filipenses 4:8: «Todo lo que 
es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es 
de buen nombre... en esto pensad.» Porque tan pronto como una persona abandona el 
sentir de Cristo está posibilitando el engaño demoníaco. 
 Hace muchos años, estando yo en el seminario, se celebró un congreso nacional de 
médiumes espiritistas en la ciudad de Dallas. En este congreso los médiumes estaban 
comunicándose con sus espíritus guías, demonios con quienes tenían contacto, para 
ofrecer mensajes a los individuos. Seis compañeros decidimos asistir a la reunión, que 
según se había anunciado, era pública. Entramos al oscuro auditorio y nos sentamos 
atrás silenciosamente para observar. Se inauguró la sesión y el presidente del congreso 
presentó a distintos médiumes, quienes convocaron a sus espíritus guías, demonios con 
los cuales se hallaban familiarizados. Uno tras otro trataron de comunicarse sin lograrlo, 
y se sentaron. Cada uno informó que algo estaba interfiriendo con su intento de 
comunicar se. Luego toda la concurrencia se conmocionó, ya que evidentemente los 
presentes no estaban acostumbrados a que sucediera esto. El presidente se levantó, pidió 
que se prendieran las luces, y dijo que había alguna influencia que les estaba impidiendo 
comunicarse con sus espíritus. Señalándonos, dijo que esa fila de jóvenes al fondo les 
estaba impidiendo comunicarse. Se nos pidió que nos retiráramos, a fin de que la reunión 
pudiera proseguir. Nos fuimos. Como el congreso continuó durante el resto de la 
semana, supongo que una vez que nos retiramos pudieron restablecer la comunicación 
con los demonios y engañar las mentes de las personas mediante el engaño demoníaco. 
La presencia del Espíritu de Dios en los seis creyentes evitó una manifestación de poder 
satánico. 
 Puede resultarnos extraño hablar acerca de algo que no podemos ver, sentir, tocar, 
gustar ni percibir. Pero no habrás de comprender la naturaleza de la guerra en la cual te 
hallas comprometido como hijo de Dios hasta que reconozcas que Satanás está luchando 
para controlar tu mente a cada momento, todos los días, para engañarte con respecto a 
la verdad divina. El mismo momento que dejas de apoyarte en la autoridad de las 
Escrituras estás posibilitando el engaño satánico. 
 ¿Recuerdas lo que dijo el Padre a los discípulos en el monte de la Transfiguración? 
Estos acababan de ver un gran milagro allí; habían visto a Cristo transfigurarse delante 
de ellos. Pero Satanás puede capacitar a los hombres para efectuar milagros por medio 
del poder demoníaco. Por eso Dios dijo a los discípulos: «Este es mi Hijo amado, a él 
oíd.» No existe otra defensa contra el engaño satánico que la sumisión a la Palabra de 
Cristo y la autoridad de su Persona. 
20 
 
El destino de Satanás 
 
Apocalipsis 20:1—10 
 
 EN JUNIO DE 1967 estalló la guerra entre los israelíes y los árabes. A causa de su 
significado bíblico seguimos atentamente los acontecimientos día tras día. De acuerdo 
con los informes que procedían de El Cairo, parecía que los israelitas estaban sufriendo 
una terrible derrota, ya que informe tras informe nos contaba cuántos aviones israelitas 
habían sido destruidos, cuántos tanques habían perdido y cuánto habían avanzado los 
egipcios en territorio israelí. Los informes predecían que las tropas de Egipto se 
hallarían en Tel Aviv esa misma noche. La guerra prosiguió aún algunos días más, 
mientras Egipto seguía afirmando sus victorias y anunciando sus triunfos. Lo que no se 
supo hasta que las hostilidades cesaron es que Israel había obtenido una victoria 
completa en las dos primeras horas de lucha al destruir la aviación y los aeropuertos de 
los Estados árabes vecinos. Pero los árabes continuaron luchando, aun cuando sabían 
que habían sido derrotados. 
 El saber que uno ha sido vencido no impide seguir luchando. Y el hecho de que 
Satanás ha sido derrotado, su sentencia pronunciada y su destino dispuesto no le impide 
luchar contra Dios, contra el Hijo de Dios y contra los creyentes. El curso de esta guerra 
nos ha sido revelado en las Escrituras. 
 La Palabra de Dios nos proporciona amplios detalles con respecto al destino de 
Satanás. En este capítulo estudiaremos los pasajes de las Escrituras que revelan la 
ejecución de la sentencia que fue dictada de antemano por Dios y por Jesucristo. Ya en 
el capítulo 12 de Juan nuestro Señor anunció a los discípulos la certeza de su victoria, y 
en revelación profética manifestó que Satanás es un enemigo derrotado. Luego de haber 
hablado de su muerte en la cruz, asemejando esa muerte a un grano de trigo que cae a 
la tierra y muere para poder producir una gran cosecha, nuestro Señor dijo: «Ahora es 
el juicio de este mundo; ahora el príncipede este mundo será echado fuera. Y yo, si 
fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.» Nuestro Señor, quien acababa 
de hablar de su muerte, se refirió luego a su resurrección. Cuando dijo: «Y yo, si fuere 
levantado de la tierra», no se estaba refiriendo a la cruz sobre la cual fue levantado para 
morir. Estaba hablando de la resurrección en la cual Jesucristo, mediante el Espíritu de 
Dios, sería levantado del sepulcro, sobre el poder de la muerte y el poder de Satanás, y 
exaltado a la diestra de Dios. Y Él prometió que cuando fuera levantado habría de atraer 
a todos a sí. Nuestro Señor dice que atraerá a sí aún a individuos que han sido atraídos 
por Satanás, pues Él es vencedor sobre el diablo. La resurrección es la prueba de su 
victoria. En el versículo 31, nuestro Señor anunció el juicio que sería dictaminado sobre 
Satanás en la cruz: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo 
será echado fuera.» La cruz constituyó el juicio de Dios sobre el pecado. 
 La muerte de Cristo fue el medio, y la cruz de Cristo fue el lugar en que se dictó 
sentencia contra Satanás. El adversario, quien había comenzado su rebelión contra Dios 
antes de la creación de este mundo, tuvo que comparecer ante el tribunal de justicia. 
Mediante su muerte y resurrección Jesucristo dictó sentencia contra el adversario de 
Dios. Dios, quien tuvo que resolver el problema del pecado enviando a su Hijo a la 
muerte, tuvo que resolver también el problema del autor del pecado. El Dios que nos 
libró del juicio juzgando a otro, quitó el adversario de nuestra alma para siempre, 
echándolo para siempre de la presencia de Dios. Los escritores del Nuevo Testamento 
se refieren con frecuencia al juicio que fue pronunciado sobre Satanás y sus huestes en 
la cruz. 
 Leemos en la epístola de Judas, versículo 6: «Y a los ángeles que no guardaron su 
dignidad [los seres creados que habían sido siervos de Dios pero que se rebelaron contra 
El junto con Satanás y se unieron al diablo en su rebelión], sino que abandonaron su 
propia morada, los ha guardado, bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del 
gran día.» La sentencia ha sido dictada, y quienes secundaron a Satanás en su rebelión 
están ya condenados. La condena ha sido dispuesta y Dios aguarda el día de la ejecución 
del juicio que ha sido fijado. 
 Pedro se refiere a este mismo juicio en 2 Pedro 2:4: «Porque si Dios no perdonó a los 
ángeles que pecaron [los ángeles caídos], sino que arrojándolos al infierno los entregó 
a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio...» El hecho de que Dios juzgó a 
los ángeles es utilizado por Pedro para apoyar el hecho de que Él habrá de juzgar a los 
hombres que se rebelan contra Dios. Pedro observa un juicio ya predeterminado, pero 
cuyo momento de ejecución es aún futuro. 
 Encontramos un testimonio de este hecho en la respuesta de los demonios a nuestro 
Señor. Se relata en Mateo 8:28. que cuando Cristo llegó a la tierra de los gadarenos, 
luego de haber cruzado el mar de Galilea, «vinieron a su encuentro dos endemoniados 
que salían de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por 
aquel camino». Observa ahora en el versículo 29 la respuesta involuntaria de los 
demonios al Señor Jesucristo: «Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros [o, para 
traducirlo más literalmente: ¿Qué tenemos en común?], Jesús, Hijo de Dios? ¿Has 
venido acá para atormentamos antes de tiempo?» Estos demonios reconocieron que 
estaban condenados. También reconocieron que Jesucristo es el juez y que será por la 
Palabra de su boca que una condena predeterminada les será aplicada y que la sentencia 
dictada será ejecutada. También sabían algo acerca del programa de Dios y del momento 
en que esto sucederá, porque cuando Jesucristo venga a esta tierra para reinar, la primera 
demostración de su autoridad soberana sobre la tierra será atar a Satanás y quitarlo de 
esta esfera. Sabían entonces que su juicio coincide con la venida de Cristo para reinar. 
Ya que Jesucristo fue rechazado por Israel en su primera venida, fueron lo 
suficientemente despiertos para deducir que el momento de su juicio aún no había 
llegado, a pesar de que el juez se hallaba presente. De modo que se dirigieron a Cristo 
confesando que Él es el juez, confesando que estaban condenados, y reconociendo que 
vendrá el día cuando El habrá de ejecutar la sentencia ya dictada contra ellos. 
 En el capítulo veinte del Apocalipsis hay una descripción de la primera fase de la 
ejecución del juicio previamente determinado. Leemos en Apocalipsis 19:11—16 
acerca de la segunda venida de Jesucristo a la tierra, en que vendrá como vencedor 
cabalgando sobre un caballo blanco. Lleva escrito el nombre REY DE REYES Y 
SEÑOR DE SEÑORES. Luego de someter a las naciones que se han rebelado contra Él 
en su segunda venida (Apocalipsis 19:15), leemos en Apocalipsis 20:1: «Vi a un ángel 
que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y 
prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; 
y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a 
las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años.» Tomamos este acontecimiento al 
pie de la letra. 
 La oposición de Satanás ha evitado el reinado del Señor Jesucristo sobre esta tierra y 
la instauración del reino de Dios sobre la tierra. Cuando los profetas ofrecieron un 
Mesías a Israel, el diablo puso falsos profetas en movimiento para negar el mensaje de 
los profetas de Dios y apartar a Israel. Cuando Jesucristo vino para ofrecerse a Israel 
cómo Mesías, fue Satanás quien incitó a los líderes religiosos a oponerse a Él y 
persuadió al pueblo de que Él era un impostor endemoniado y blasfemo. Fue así como 
aquel pueblo secundó la oposición del diablo y rechazó a Jesucristo. 
 Hasta que Jesucristo venga a esta tierra por segunda vez y ate a Satanás, quitándolo 
de en medio, no será posible que el Señor instaure un reinado de justicia sobre esta tierra. 
Los hombres tienen una naturaleza caída y pecaminosa. El diablo aún puede engañar a 
los hombres, incluso a los santos de Dios. Satanás puede desviar a los hombres del 
camino de la obediencia a Dios, distorsionar sus afectos y apartarlos del amor de Dios, 
y puede cegar sus mentes a la verdad divina. El diablo trabaja activamente en esta obra 
de engaño para impedir el reinado físico y literal de Jesucristo sobre esta tierra en la 
época futura que conocemos como el Milenio. De modo que cuando Jesucristo venga a 
cumplir el propósito y el programa de Dios de establecer el trono de David y reinar 
como el Hijo de David de un mar hasta el otro y de costa a costa, será necesario quitar 
de en medio a nuestro adversario, el diablo, de este escenario terrenal. Y Cristo lo hará 
literalmente, atándolo y encerrándolo en el abismo, a fin de que no pueda engañar a las 
naciones durante el reinado terrenal de nuestro Señor. Esta tierra habrá de experimentar 
un reinado de justicia. 
 La acción de atar a Satanás constituirá una señal para todo el cielo y toda la tierra de 
que Jesucristo es realmente Rey de reyes y Señor de señores. Dios ha autenticado a 
Jesucristo como el Hijo de Dios mediante la resurrección de los muertos. La 
resurrección es para nosotros una evidencia de que Jesucristo es Salvador y Señor. Pero 
Dios habrá de brindar otra demostración de la autoridad de Cristo en su segunda venida. 
Esa demostración será atar y quitar de en medio al diablo. La inmensa mayoría de los 
milagros relatados en los evangelios fueron efectuados en la esfera demoníaca, milagros 
que se relacionaron con la liberación de personas que estaban ciegas-, sordas o mudas 
por haber sido poseídas por los demonios de Satanás. Ello fue una evidencia para el 
pueblo de Israel de que la autoridad de Cristo era superior a la autoridaddel diablo, ya 
que Cristo podía entrar al dominio satánico y libertar a los que estaban en esclavitud. 
Ello fue un cuadro de lo que Cristo hará cuando venga por segunda vez para reinar. 
 Concluimos que no sólo Satanás será quitado de en medio sino también todos los 
demonios que le sirven, a fin de que por primera vez desde la caída de Adán el mundo 
se halle sin influencias demoníacas. Y la razón por la cual la tierra podrá florecer como 
una rosa es que ella no estará plagada por la cizaña del diablo. La razón por la cual los 
hombres podrán vivir en rectitud, justicia y paz será que los habitantes no estarán 
plagados por las mentiras de Satanás. Jesucristo reinará como Rey de reyes y Señor de 
señores de mar a mar y de costa a costa por haber atado al diablo. 
 Pero éste es tan sólo el primer paso hacia el destino final de Satanás. Leemos en 
Apocalipsis 20:3 que luego de mil años Satanás debe ser soltado por un poco de tiempo. 
Luego se describe la actividad del diablo en ese breve período durante el cual habrá de 
ser soltado (versículos 7 al 9). La tierra, cuya población habrá sido diezmada por las 
guerras de la Tribulación, habrá de experimentar una gran explosión demográfica 
durante el milenio. Pero quienes nazcan en el milenio habrán de; nacer con la naturaleza 
caída y pecaminosa heredada de sus padres. El milenio no es el cielo. La naturaleza 
pecaminosa no habrá sido erradicada de quienes viven en él. La gente entrará en este 
reinado terrenal con una naturaleza caída y pecaminosa y sus hijos habrán de nacer con 
la misma naturaleza caída. Y necesitarán ser salvados. 
 El Evangelio habrá de ser proclamado a lo largo y a lo ancho de la tierra, y Cristo 
será presentado como el Salvador. Los hombres podrán contemplar a quien fue 
traspasado por los pecados del mundo, y multitudes llegarán a conocer al Señor por 
medio del ministerio de los evangelistas de Dios, el pueblo de Israel, quienes publicarán 
entonces las buenas nuevas de salvación en Cristo. 
 Habrá muchos pequeños rebeldes que crecerán y se transformarán en mayores 
rebeldes. Pero sabrán que rebelarse contra la autoridad del rey es buscar la muerte, 
porque Cristo quitará de en medio inmediatamente a todo aquel que se rebele contra Él 
y lo juzgará con la muerte física. De modo que habrá multitudes que por falta de con-
diciones propicias y a causa de su temor a la pena de muerte fingirán someterse al rey, 
aunque sus corazones sean rebeldes. No habrá oportunidad para rebelarse. De modo que 
a fin de separar los salvos de los perdidos, a fin de separar a quienes se someten a Cristo 
de los rebeldes, se abrirá la puerta del abismo y Satanás será soltado. El diablo saldrá 
para hacer lo que estará impedido de hacer durante los mil años del reinado terrenal de 
Cristo. Saldrá a engañar a las naciones e intentar nuevamente lo que hizo antes con tanto 
éxito. Satanás repetirá su pecado anterior y saldrá a engañar a las naciones ofreciéndose 
como rey y prometiendo que si le siguen habrá de librarlas de la obligación de someterse 
a Jesucristo. Y quienes habrán sido rebeldes contra Jesucristo tendrán por primera vez 
la oportunidad de participar en la rebelión contra Él. Se reunirán alrededor del que se 
complacen en reconocer como señor y maestro, confiando que podrá librarlos del juicio, 
destronando al juez que reina, al Señor Jesucristo. 
 Luego de esta ráfaga de actividad, leemos en el versículo 10 el destino de Satanás. 
«Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban 
la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.» 
Satanás, junto con todos los ángeles que lo secundaron en su primera rebelión contra 
Dios y todos los rebeldes incrédulos que hayan vivido durante el milenio, serán 
expulsados sumariamente de la presencia de Dios y lanzados al lago de fuego y azufre, 
donde serán atormentados día y noche por toda la eternidad. 
 Nuestro Señor se refirió frecuentemente al destino del diablo. Señaló que Satanás está 
destinado a un lago de fuego y azufre. Cristo enseñó que este lago era un lugar real al 
cual serán enviados los perdidos. Habló de la intensidad del sufrimiento de quienes se 
hallan en él. También destacó el hecho de la perdición eterna de quienes se hallan 
separados de Dios y bajo juicio divino. Nuestro Señor, Aquel en quien pensamos tan 
frecuentemente como el apacible Jesús, habló más que cualquier otro del castigo eterno, 
reveló el destino del diablo, y advirtió a los individuos que no debían participar de ese 
destino. 
 Muchas personas ponen en tela de juicio el carácter eterno del lago de fuego. Cuando 
hablamos de fuego pensamos en la combustión y en la destrucción del material 
combustible. Por lo tanto, resulta inconcebible que hubiera suficiente material 
combustible en el universo para alimentar un fuego eterno. De modo que algunos se 
consuelan calculando cuánto tiempo demandaría quemar todo el material en el universo, 
y llegan a la conclusión de que una vez que se haya consumido todo este material los 
fuegos del infierno se apagarán y ellos serán relevados del castigo eterno. 
 Existe un fenómeno acerca del cual los astrónomos saben muy poco, un fenómeno 
que los desconcierta: se trata de las diminutas estrellas blancas. Estos son cuerpos 
celestes que han experimentado algún tipo de contracción por medio de la cual la 
sustancia material de dichos cuerpos ha sido comprimida en tal forma que una cantidad 
de material del tamaño de un dedo pulgar pesaría varias toneladas. La compresión de 
esta materia en un espacio tan reducido ha creado un calor intenso. La compresión causa 
la expansión; cuanto mayor la expansión, tanto mayor es el calor; y el calor invierte el 
proceso y causa la contracción. La materia en estas diminutas estrellas blancas no puede 
enfriarse jamás, porque la compresión causa la expansión, la expansión genera calor, y 
éste a su vez produce la contracción. Los astrónomos dicen que estas diminutas estrellas 
blancas se hallan en un estado permanente en el cual —a causa de la presión— todos 
los gases se han convertido en líquidos y toda la materia ha sido reducida a un estado 
fundido que nunca podrá cambiar. El astrónomo nos habla entonces de la existencia de 
cuerpos celestes que de acuerdo con sus cálculos son verdaderos lagos de fuego que 
nunca podrán enfriarse. 
 No sabemos si uno de ellos será el lugar reservado para el confinamiento de Satanás 
y sus ángeles por toda la eternidad, pero lo que sí sabemos es que el astrónomo certifica 
la veracidad de lo que dijo nuestro Señor, que Dios ha preparado un lugar para el diablo 
y sus ángeles, donde no sólo habrán de sufrir físicamente a causa del medio ambiente, 
sino mucho más aún: sufrirán mentalmente y físicamente por lo que podrían haber sido. 
Sería inconcebible que un ángel en el lago de fuego no recuerde el privilegio que tenía 
antes de prestar atención a la seducción de Lucifer y seguirle en su rebelión. Ciertamente 
clamará en medio del tormento: «¡Ojalá no hubiese hecho caso a aquella tentación, ojalá 
no hubiese cometido ese pecado, siguiendo a Lucifer en su rebelión contra Dios! Podría 
estar hoy sirviendo en la presencia del Dios del universo.» Aun los que estén en el 
infierno habrán de confesar que Jesucristo es Señor, que es soberano, que tiene el 
derecho de ser obedecido, y renunciarán a todas las pretensiones de soberanía que 
Satanás ha hecho. Mas ¡ay!, será demasiado tarde. 
 Nuestro Señor advirtió que habrá quienes estarán con Satanás en ese lugar preparado 
para él y sus ángeles. Esta tierra fue creada para ser la morada del hombre. El lago de 
fuego fue creado para ser la morada de Satanás y de sus ángeles, que ya se habían 
rebelado contra Dios antes que el hombre fuese creado. Cuando Adán se rebeló, su 
destino cambió: perdió el derecho a estar en la presencia de Dios, se unió con Satanás