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CONTENIDO Prólogo 1. La caída de Satanás 2. El pecado de Satanás 3. La jerarquía satánica 4. Satanás conquista la tierra 5. Satanás, el engañador 6. Satanás, el pervertidor 7. Satanás, el imitador 8. Satanás, el inicuo 9. Satanás, el rebelde 10. Perseguidos por un león rugiente 11. La doctrina de Satanás 12. La respuesta de Satanás a la predicación de la Palabra 13. Cómo tienta Satanás 14. Los pasos de Satanás en la tentación 15. Cómo obra Satanás 16. Cristo conquista a Satanás 17. La autoridad del creyente sobre Satanás 18. Cómo hacer huir al adversario 19. La comunicación con los demonios 20. El destino de Satanás PRÓLOGO Ningún comandante militar pretendería vencer en la batalla sin conocer al enemigo. Si prepara un ataque por tierra, ignorando la posibilidad de que el enemigo pueda atacar por aire o por mar, estaría posibilitando una derrota. Si prepara un ataque por tierra y por mar, ignorando la posibilidad de un ataque aéreo, ciertamente echaría a perder la campaña. Nadie puede salir victorioso ante el adversario de nuestras almas a menos que conozca a dicho adversario; a menos que entienda su filosofía, su manera de obrar, sus métodos para tentar. Hoy se habla muy poco hablar de Satanás, y en consecuencia muchos que reconocen su existencia y saben que es el enemigo de nuestras almas, no están en condiciones para enfrentarlo. Ignoramos la naturaleza de aquel que golpea a la puerta de nuestro corazón. Desconocemos lo que la Biblia enseña acerca de su persona, sus métodos, sus planes, su programa y sus artimañas. En consecuencia, caemos en la derrota. ¡Sería completamente insensato que un médico que ha descubierto un cáncer de pulmón en un paciente le recetara una pomada para los callos, indicándole aplicársela sobre el dedo meñique del pie! El tratamiento debe adecuarse a la enfermedad. Si hemos de vencer en la lucha en la cual hemos entrado desde el momento en que aceptamos a Cristo como Salvador, necesitamos comprender las Escrituras que nos revela la persona y la obra de aquél con quien estamos luchando. Es nuestro deseo examinar las Escrituras para aprender de su extensa revelación la naturaleza de nuestro adversario, el diablo, sus engaños, sus doctrinas y sus planes —a fin de poder descubrir sus movimientos en nuestra experiencia cotidiana. La victoria está a nuestra disposición. Pero ella depende del conocimiento. Confiamos en que estas páginas sean usadas por el Vencedor para llevarnos a la victoria. Una mención especial y un profundo agradecimiento a la Srta. Nancy Miller y a la Sra. Reba Allen por su inestimable colaboración, brindada como al Señor, en la tarea de elaborar este manuscrito para su publicación. De no ser por su trabajo, este libro no se hubiera publicado. Quiera el Señor concederles gran gozo mientras Él se complace en usar esta obra, en la que ellas tuvieron una participación importante, para difundir el conocimiento de Su victoria. J. DWIGHT PENTECOST Dallas,Texas. 1 La caída de Satanás Ezequiel 28:11–27 ¿DE DÓNDE vino Satanás? ¿Creó Dios al Diablo? ¿Es Dios el responsable de que exista el mal? Estas preguntas asedian a la persona que tropieza con la existencia de nuestro adversario a la luz de la revelación bíblica de la santidad de Dios. La filosofía jamás podrá dar una respuesta satisfactoria a estas preguntas. La única respuesta satisfactoria es la que nos proporciona Dios en Su Palabra. En Ezequiel 25–32 el profeta se halla pronunciando el juicio sobre muchos de los enemigos de Israel. Describe el juicio divino de Dios sobre las naciones que han perseguido a Israel. En el capítulo 28, versículos 1 al 10, ha entregado un mensaje de juicio contra la tierra de Tiro. Tiro, una parte de la Siria bíblica al norte, ocupada por los fenicios, era uno de los principales enemigos de Israel. Pero en los versículos 11 al 17 el profeta va más allá del verdadero «príncipe de Tiro», el rey de esa nación, y dirige un mensaje de juicio sobre aquel que controlaba al «príncipe de Tiro», y a quien se denomina el rey de Tiro. Debiéramos observar que Satanás obra por intermedio de los hombres. En muchas ocasiones obra por medio de los gobernantes. Como Satanás deseaba exterminar a Israel para que el Mesías de Dios no pudiera venir a bendecir la tierra por intermedio de esa nación, puso a las naciones gentiles en acción contra Israel. Los gentiles al perseguir y tratar de exterminar a Israel estaban ejecutando la filosofía y el programa de Satanás sin reconocerlo ni darse cuenta de ello. Y así como el profeta pronuncia el juicio sobre este enemigo de Israel en los versículos 1 al 10, prosigue para dar un mensaje de juicio sobre quien controla a estos príncipes gentiles. Satanás era conocido al principio por el nombre de Lucifer, que significa «el portador de luz», «el ser brillante» o «el resplandeciente». En Ezequiel 28:11–13 descubrimos por qué su nombre era tan apropiado. El profeta comienza su juicio diciendo «levanta endechas sobre el rey de Tiro (esto es, sobre Satanás mismo) y dile: Así ha dicho Jehová el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura». El versículo 12 nos describe algo de la perfección de Lucifer antes de su caída. Lucifer fue un ser creado. Se señala esto en el versículo 15. «Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad.» Sólo Dios es eterno. Sólo Dios posee la vida eterna o vida increada. Todo lo demás que tiene vida existe porque Dios lo creó. Todas las cosas creadas tienen una vida distinta de la que tiene Dios, un tipo de vida creada. Dios en su obra de la creación comenzó creando una hueste innumerable de seres angelicales, uno de los cuales fue Lucifer. Como criatura éste se hallaba obligado a adorar, servir y obedecer al Creador. Satanás no fue creado como el diablo que llegó a ser por su rebelión. Las Escrituras testifican en el versículo 15: «Perfecto eras en todos tus caminos», refiriéndose a Satanás. No sólo era perfecto en todos sus caminos, sino que de acuerdo con el versículo 12, era la suma de la sabiduría y la hermosura. En primer lugar, Lucifer era el más sabio de todos los seres creados por Dios. Dios lo había puesto por encargado de todos los asuntos del dominio angelical. Aunque toda la autoridad residía en el trono de Dios, Él había delegado ciertas facultades administrativas en Lucifer. Dios lo había preparado por creación para el desempeño de estas funciones. La Palabra de Dios nos revela varias funciones que fueron asignadas a los ángeles por el Creador. En Efesios 1:21 descubrimos que existen distintos rangos o clases de ángeles. Se les menciona como principados, autoridades, poderes y señoríos. Estas cuatro palabras se refieren a distintos rangos o clases de seres angelicales, cada uno con sus propias responsabilidades, cada uno en su propia esfera, cada uno con su propio ministerio. Algunos seres angelicales tienen un ministerio de preservación. Por ejemplo, en Hebreos1:14 el autor nos dice que los ángeles son espíritus ministradores; es decir siervos que protegen y preservan a quienes serán los herederos de la salvación. Si Satanás pudiera hacerlo, despoblaría el cielo evitando que la gente reciba a Cristo por Salvador. Pero no puede hacerlo a causa del ministerio de los ángeles a favor de los que serán herederos de la salvación. En el Salmo 91:11. El Salmista dice que Dios «mandará a sus ángeles acerca de ti, para que te lleven en sus manos, para que tu pie no tropiece en piedra». Me alienta saber que algunos de los ángeles de Dios esperaron a través de los siglos hasta que yo naciera, me guardaron hasta que pude recibir a Cristo como mi Salvador, y continúan guardándome ahora. Cuando manejo mi automóvil por lasautopistas llenas de vehículos me siento agradecido de esta enseñanza bíblica. Innumerables huestes de ángeles, pues, fueron creadas para guardar y preservar a quienes habrían de ser los herederos de la salvación. Algunos ángeles son los agentes por medio de los cuales Dios realiza milagros. Tenemos un ejemplo de ello en Hechos 5:19, donde se relata que los apóstoles fueron librados de la cárcel por el ángel del Señor, quien les abrió las puertas. Ello sucedió nuevamente en Hechos 12:7-8. Dios fue quien libertó, pero se valió de los ángeles para efectuar el milagro. En Apocalipsis 16:1 descubrimos que ciertos ángeles tienen un ministerio de juicio. Leemos allí: «Oí una gran voz que decía desde el templo a los siete ángeles: Id y derramad sobre la tierra las siete copas de la ira de Dios.» Leyendo el Apocalipsis, observamos que los juicios de los últimos tiempos son administrados por medio de ángeles. Recordamos que cuando Dios juzgó a los egipcios a fin de que los israelitas fueran libertados de la esclavitud, fue un ángel el que recorrió la tierra para hacer morir al primogénito donde no hubiera sangre en el dintel y en los postes. Los ángeles, pues, tienen también un ministerio de juicio. Luego descubrimos en Hebreos 2:2 que algunos ángeles tienen un ministerio de revelación, que son como canales a través de los cuales la verdad de Dios es revelada a los hombres. Él nos dice en este versículo: «Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros...?» Quizá se refiera a la experiencia en el monte Sinaí, cuando la ley fue entregada a Moisés por medio del ministerio de los ángeles. Esta es otra clasificación del trabajo asignado a los ángeles. Como habrás observado, los ministerios ya enumerados tienen que ver con el hombre. Pero hay ángeles que realizan ministerios que tienen que ver con Dios. En Isaías 6:1 el profeta nos dice: «En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de Él había serafines...» Ahora bien, los serafines eran una clase de ángeles que ministraban a Dios. Los serafines en cuestión rodeaban el trono de Dios y daban voces el uno al otro diciendo «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria». Estos ángeles son ángeles adoradores que protegen el trono de Dios contra cualquier invasión de impiedad. En el primer capítulo de la profecía de Ezequiel encontramos otra referencia a estos seres angelicales, mencionados en el versículo 5 como «cuatro seres vivientes». En el versículo 13 descubrimos que tenían una apariencia semejante a «carbones de fuego encendidos, como visión de hachones encendidos que andaba entre los seres vivientes; y el fuego resplandecía, y del fuego salían relámpagos. Y los seres vivientes corrían y volvían a semejanza de relámpagos». Observarás que se hace referencia a los ángeles como «encendidos», como «resplandecientes», como «hachones encendidos» o como «relámpagos». El término serafín en Isaías 6:2 significa literalmente seres resplandecientes o seres encendidos. En este capítulo 1 de Ezequiel se describe el brillo que emanaba de estos seres angelicales. En Ezequiel estos «seres vivientes» del capítulo 1 son denominados querubines: «Miré, y he aquí en la expansión que había sobre la cabeza de los querubines como una piedra de zafiro, que parecía como semejanza de un trono.» El versículo 3 prosigue: «Y los querubines estaban a la mano derecha de la casa cuando este varón entró; y la nube llenaba el atrio de adentro. Entonces la gloria de Jehová se elevó de encima del querubín.» Al referirse a los querubines, los profetas están hablando de otra clase de ángeles que tenían un ministerio ante el trono de Dios, distinto del de los serafines. Los querubines se mencionan varias veces en la Palabra de Dios. En Génesis 3:24, luego del pecado de Adán y Eva, Dios los expulsó del huerto y puso querubines y una espada encendida a su entrada para guardar la entrada del huerto. La próxima referencia a los querubines se halla en Éxodo 25:18 cuando se le mandó a Moisés hacer un arca, el arca del pacto; debía construirse un propiciatorio que sirviera de cubierta al arca y debían colocarse dos querubines encima del arca y rodeando el propiciatorio. Luego en Apocalipsis 4:8-9 hallamos otra referencia a estos seres vivientes llamados querubines. Juan nos dice que «no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y... aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos». Observarás que estos seres vivientes de Apocalipsis 4 son adoradores. Mientras los serafines decían «santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso» estaban mirando alrededor del trono para protegerlo de cualquier invasión de impiedad. Cuando los querubines rodean el trono están mirando hacia él y declarando que el que se halla sentado sobre el trono es «santo, santo, santo... Señor Dios Todopoderoso». Los querubines de Génesis 3 a la entrada del Edén se hallaban allí para proteger la santidad. Los querubines se hallaban sobre el arca del pacto y sobre el propiciatorio declarando que la santidad sería satisfecha mediante la ofrenda de la sangre. Los querubines del Apocalipsis están adorando a Dios porque la victoria de Cristo sobre Satanás ha vindicado la santidad de Dios. Cuando volvemos a Ezequiel 28:14 descubrimos que Lucifer era uno de los querubines protectores grandes. En base a lo que antecede podemos darnos cuenta de la posición eminente de Lucifer en el momento de su creación. Lucifer no era un ángel de una categoría inferior. Era uno de los querubines que podían contemplar el trono de Dios y tributar alabanza y acción de gracias y adorar al Dios santo. Ahora bien, si tratamos de asignar posiciones a los distintos órdenes de ángeles, llegaremos a la conclusión de que el querubín que podía estar en la presencia de Dios y mirarlo o ministrar ante el trono ocupaba la más alta de las posiciones y era el más privilegiado de todos los seres creados. Lucifer fue puesto sobre esta clase tan privilegiada de ángeles por mandato divino. Satanás no era tan sólo el más sabio de los seres creados, sino también el más hermoso. En Ezequiel 28:13 el profeta nos describe algo de la hermosura de Lucifer. Y lo hace refiriéndose a él a través del uso de las piedras preciosas. Dice: «De toda piedra preciosa era tu vestidura; de cornerina (piedra marrón rojiza), topacio (amarillo dorado), jaspe (incoloro; refleja todos los colores), crisólito (piedra color rojo oscuro), berilo (multicolor) y ónice (verde azulado); de zafiro (azul vivo e intenso), carbunclo (o granate, que es rojo sangre intenso), esmeralda (con su verde centelleante).» ¡Qué conjunto de colores! ¡Qué arco iris de brillantez! Pero, lógicamente, una piedra preciosa no tiene luz propia. Si lleváramos cualquier piedra preciosa a una pieza oscura, no brillaría. No luciría. ¡Su belleza no es propia! Su belleza estriba en su capacidad de reflejar la luz exterior. Cuando Dios creó a Lucifer, lo creó con capacidad de reflejar la gloria de Dios mejor que cualquier otro ser creado. Pero la belleza que se observaba en el más sublime de los seres angelicales era una belleza que le fue dada por creación, no una belleza propia por naturaleza. Era belleza reflejada. Dios en su santidad era la luz que hacía que Lucifer irradiara y destellara la gloria que era Suya. Podría decirse que Lucifer era perfecto en hermosura, porque ninguna criatura reflejó tan plenamente la gloria de Dios. Los instrumentos musicales fueron concebidos originalmentecomo medios de alabar y adorar a Dios. No era necesario que Lucifer aprendiera a tocar un instrumento musical para alabarle. Por decirlo así, tenía un órgano de tubos dentro de sí, o era un órgano. Esto es lo que el profeta quiso decir cuando dijo: «los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación». Lucifer, a causa de su hermosura, hacía lo que un instrumento musical haría en las manos de un diestro músico: producir un himno de alabanza a la gloria de Dios. Lucifer no necesitaba buscar quien tocara el órgano para él poder cantar la doxología: él era en sí una doxología. La misma hermosura de Dios que reflejaba traía alabanza, honra y gloria a Dios. Lucifer era llamado el ser resplandeciente, el portador de la luz, y ningún otro ángel podía reflejar el grado de la gloria de Dios que reflejaba mientras resplandecía hasta lo sumo con alabanza al Dios que lo había creado. ¿Cuál es el deber de una criatura? Someterse a su creador. La criatura debe reconocer que es hechura de Dios y que el Creador se halla por encima de él. Pero leemos en Ezequiel 28:16-17 que Lucifer dejó su lugar de criatura y usurpó la posición del Creador. «Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor.» Lucifer, la criatura, no reconoció como soberano al Dios que había demostrado la extraordinaria grandeza de su poder al dotarlo de tal hermosura y gloria. La sabiduría que Dios había dado a Lucifer fue pervertida. Seguro que se dijo: «Un ser tan sabio como yo debiera ser Dios; un ser tan hermoso como yo debiera ser adorado, y no adorar a otro.» Precisamente lo que Dios le había dado se convirtió en la asechanza que lo hizo renegar de su posición de obediencia, sumisión y dependencia. El ser que fue creado para demostrar y manifestar la gloria de Dios trató de glorificarse a sí mismo mediante su declaración de independencia. ¿Sabía Dios cuando lo creó que el orgullo cautivaría el corazón de Lucifer? Sí; dado que Dios es omnisciente, lo sabía. ¿Podría haberlo evitado? Sí; ya que Dios es omnipotente, podría haberlo evitado. ¿Por qué no lo hizo? Nadie lo sabe. Dios ha elegido entrar en conflicto con el príncipe de la potestad del aire para demostrar a toda la creación, por medio de su victoria sobre las innumerables huestes de maldad, que Él es un Dios de gloria, un Dios de santidad, un Dios de poder, un Dios que es digno de ser adorado y alabado. Hace algunos años, siendo yo pastor en un lugar cerca de Filadelfia, vino a nuestra congregación un hombre que se había trasladado del medio oeste para ocupar un puesto en el departamento de piedras preciosas de las grandes tiendas John Wanamaker de Filadelfia. Al visitarlo varias veces durante el transcurso de mi ministerio pastoral, había hablado con él acerca de su trabajo y acerca de algunas de las piedras preciosas que él había visto y comerciado. Cierto día en que visitaba yo la tienda, me llamó y me dijo: —Le gustaría ver un diamante que acabamos de recibir. Volvió al subsuelo, regresó con una pequeña bolsa de gamuza y me dijo: —Abra la mano. Abrió la bolsa, depositó una piedra en mi mano y me preguntó: —¿Había tenido antes un diamante de medio millón de dólares en la mano? Le contesté: —¡No muy a menudo! Había colocado un diamante de medio millón de dólares en la palma de mi mano. Un escalofrío me bajó por la columna vertebral. Cuando hube examinado la enorme piedra quedé sumamente desilusionado, porque hasta la pequeña piedra que mi esposa usaba sobre su dedo brillaba más y tenía mucha más vida y fuego que el diamante. Evidentemente él me leyó el pensamiento. Sonrió y me dijo: —Alcáncemela. Introdujo la mano debajo del mostrador, sacó un trozo de terciopelo negro y colocó la piedra sobre él. De pronto el diamante cobró vida. Brillaba, chispeaba. Me explicó que cuando uno tiene un diamante en la mano éste luce inerte, opaco, porque refleja el color de la carne. Pero una vez colocado sobre un fondo negro el diamante reflejó luz y pudimos observar su belleza. Del mismo modo, cuando Dios quiso mostrar la perfección de Su santidad, la reveló contra el telón negro del pecado. Cuando Jesucristo vino a salvar a los pecadores, el contraste entre su persona y la humanidad pecaminosa hizo resplandecer la gloria de su absoluta santidad. Creo que nadie podrá comprender jamás por qué Dios permitió la caída de Satanás. Pero las Escrituras registran el hecho de que el más sabio y hermoso de los seres creados por Dios apartó su vista del Creador y la volvió hacia sí mismo. No reconoció que todo lo que él era y todo lo que él tenía le había sido concedido por la mano del Creador, ante quien era responsable. Al darle las espaldas a Dios se volvió hacia sí mismo y se transformó en un ser fundamentalmente egoísta. Todo hombre nacido en este mundo después del pecado de Adán ha tenido una naturaleza exactamente igual a la de su padre, el diablo. Lo que caracteriza al hombre pecador es el egoísmo y el egocentrismo. El hombre se caracteriza por su orgullo. Vive su vida independientemente de Dios y sólo perpetúa la naturaleza de su padre, el diablo. A menos que llegues a comprender algo del egoísmo, del orgullo y de la independencia básicos que caracterizaron a Satanás cuando él dejó su estado original, nunca te comprenderás a ti mismo ni comprenderás las tentaciones que se te presentan día tras día. Un hombre puede hoy en día andar de acuerdo al modelo de Lucifer. Puede enorgullecerse de su preparación, de sus capacidades intelectuales, de sus logros, y no reconocer que todo lo que tiene es don de Dios. Puede enorgullecerse de todo lo que tiene en el dominio material y no reconocer que proviene de Dios. Puede enorgullecerse de su posición en el mundo profesional y no reconocer que también esto es un don de la gracia de Dios. Cuando un hombre se observa aparte de Dios está perpetuando el pecado de Lucifer, andando según su propio camino. La conducta de una persona que se amolda a la conducta de Lucifer puede ser alterada, pero ello sólo sucede cuando recibe a Jesucristo como Salvador personal. En ese momento recibe una nueva naturaleza mediante un nuevo nacimiento; su egoísmo fundamental puede ser desplazado por una preocupación por los demás. El orgullo que en un tiempo caracterizaba todos sus pensamientos permite al recién nacido hijo de Dios verse en relación filial con Dios; se da cuenta que no es nada y que depende de un padre. Quiera Dios que reconozcas que eres hijo de tu padre, el diablo. No eres un pequeño Lucifer; eres un pequeño diablo. La diferencia es enorme. Dios desea sacarte de esa familia e introducirte en su familia. ¿Lo aceptarás a Él como Salvador? 2 El pecado de Satanás Isaías 14:12-17 A LUCIFER, el más sabio y más hermoso de todos los seres creados por Dios, le había sido conferida autoridad sobre todos los querubines que rodeaban el trono de Dios. La criatura debe someterse al Creador, y lo que es cierto a través de todo el dominio angelical era más cierto aún en lo que respecta a Lucifer, porque el privilegio trae aparejada responsabilidad. Las mismas cosas que separan a Lucifer de todos los demás seres angélicos son las que causaron su caída. Como ya hemos observado en nuestro estudio anterior sobre el capítulo 28 de Ezequiel, el corazón de Lucifer se envaneció ante su hermosura, su sabiduría, sus privilegios y sus responsabilidades. De no haber sido por la revelación divina hubiéramos permanecido ignorantes con respecto a los procesos de pensamiento que causaron la rebelión de Lucifer contra Dios. Dios ha considerado conveniente revelarnos en Isaías 14:12–14 lo que sucedió en el corazón de Satanás, paso porpaso. Cinco veces en estos versículos la declaración proviene del corazón de Satanás en primera persona: «Subiré», «levantaré», «sentaré», «subiré», «seré». Desde el mismo comienzo observamos que se produjo un conflicto entre la voluntad de Dios y la voluntad de Lucifer. Dios no creó a Lucifer como un ser satánico caído, como un ser rebelde contra Dios, enemigo de todo lo bueno y enemigo de Dios. Cuando Lucifer fue creado, fue creado en sujeción a Dios. Pero fue creado con la capacidad de elegir. Cuando Dios le reveló su propósito a Lucifer, ello trajo aparejada la posibilidad de que Lucifer se rebelara contra el plan y el propósito de Dios. El pecado comenzó cuando él se rebeló contra la voluntad de Dios y dijo: «Subiré», «levantaré», «sentaré», «subiré», «seré». Cada vez que opuso su voluntad a la voluntad de Dios estaba reemplazando el programa de Dios con su propio propósito y programa. Estas cinco declaraciones son significativas, porque nos revelan el programa de Satanás. Su propósito no ha variado ni ha cambiado su voluntad; aún se propone lograr esos cinco deseos. En Isaías 14:13 leemos: «Tú que decías en tu corazón: subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.» Consideremos estas cinco afirmaciones en primera persona que formulara Satanás. En primer lugar dijo: «Subiré al cielo.» En las Escrituras la palabra cielo es utilizada para hacer referencia a tres esferas distintas. Está lo que podríamos denominar el primer cielo, en el cual vuelan las aves. Se halla formado por la atmósfera que circunda esta tierra y que hace posible la vida sobre ella. El segundo cielo es el espacio interestelar. En este cielo se hallan las estrellas. El tercer cielo lo circunda todo; es la misma morada de Dios, el asiento de su autoridad soberana, el lugar desde donde Dios gobierna sobre los cielos interestelares y los cielos que circundan a esta tierra, o la atmósfera. Lucifer moraba en el segundo cielo, el cielo de los espacios interestelares. Pero deseaba subir a la morada de Dios. Ahora bien, su deseo de subir no era el deseo de un turista de visitar el trono de Dios para observarlo y ver qué tal era, porque Lucifer, que moraba en el segundo cielo junto con todos los demás ángeles creados, tenía acceso al tercer cielo o al trono de Dios. En el capítulo seis de Isaías, versículo uno, leemos lo siguiente: «En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.» En la visión que Isaías tuvo de la gloria de Dios y de su trono, el profeta vio a los serafines. El lector recordará de nuestro estudio anterior sobre el capítulo 28 de Ezequiel, versículo 14, lo que fue escrito con respecto a Lucifer: «Tu, querubín grande, protector.» En el versículo 13: «En Edén, en el huerto de Dios estuviste.» De nuevo en el versículo 14: «En el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas.» Y por su cargo Lucifer ministraba delante del trono mismo de Dios, en la morada de Dios o el tercer cielo. De modo que cuando Isaías dice en el capítulo 14, versículo 13: «Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo», no es que Lucifer estuviera deseando pasar un mayor lapso de tiempo ministrando como querubín delante del trono de Dios. Él, que iba allí a ministrar por permiso divino, deseaba quedarse a morar allí al igual que Dios moraba allí eternamente. Él, que tenía acceso a la presencia de Dios, quería hacerse igual a Dios. La criatura deseaba expulsar al Creador. Quien había recibido la vida por la palabra de Dios quería expulsar a Dios de su trono y ocuparlo como si le correspondiera legítimamente. De modo que su primera determinación era oponerse a la voluntad de Dios, diciendo: «Subiré al cielo» para ocupar la morada de Dios. La segunda decisión en primera persona dice: «En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono.» En el libro de Job, capítulo 38, versículo 7, tenemos una clave al significado de la frase «las estrellas de Dios». Las estrellas no tienen vida con que responder a la voluntad de Dios: son objetos inanimados. Es cierto que reflejan la gloria de Dios como nos lo dice el Salmista: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.» Pero las estrellas no se someten voluntariamente a la autoridad de Dios. ¿Qué tenía Satanás en mente cuando dijo: «En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono.»? En el capítulo 38 del libro que lleva el nombre de Job se le invita a éste a considerar la majestad y el poder de Dios, tal como se los ve en la creación. En los versículos cuatro al siete se formula esta pregunta: «¿Dónde estabas tú... cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios?» Se igualan las estrellas del alba a los hijos de Dios. Las «estrellas del alba» llamadas aquí los hijos de Dios se refieren a las huestes angelicales creadas, que irrumpieron en un cántico de alabanza cuando contemplaron la gloria y el poder de Dios manifestados en su obra creadora. De modo que basándonos en Job 38 llegamos a la conclusión de que cuando Lucifer dijo: «En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono», quería decir: «Usurparé la autoridad de Dios sobre toda la creación angelical.» Sabemos por la Palabra de Dios que los ángeles son seres creados que se hallan sujetos a alguna autoridad superior a ellos, porque toda criatura debe hallarse sujeta a autoridad. Por voluntad de Dios, Lucifer había sido designado superintendente sobre todos los seres angelicales. Pero la autoridad de Lucifer era una autoridad delegada; el derecho a gobernar pertenecía a Dios. Aunque Dios lo había designado administrador sobre todas las huestes angelicales, no obstante él se hallaba sujeto a Dios, y aunque él podía administrar los asuntos de los ángeles, no obstante debía obedecer a otro. Cuando Lucifer dijo: «En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono», estaba diciendo: «Yo seré el único administrador de todos los asuntos de las huestes angelicales, sin someterme a la autoridad del Creador.» Cuando los ángeles recibían sus órdenes, reconocían que estaban recibiendo las órdenes procedentes de otro, por vía jerárquica. Pero Lucifer dijo: «Seré lo absoluto, lo último. Yo mismo dictaré todas las órdenes que se imparten a los ángeles y quitaré a Dios de en medio.» Quería recibir el reconocimiento de las vastas huestes angelicales creadas que legítimamente pertenecían a Dios. No sólo quería ocupar el cielo; quería también la autoridad que sólo pertenece a Dios. En su tercera afirmación en primera persona Satanás dijo: «En el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte.» Lucifer expresó en esta declaración el deseo de controlar todos los asuntos del universo. Veamos juntos varios pasajes que nos indican el uso de esta frase, «el monte del testimonio» o «los lados del norte» en el Antiguo Testamento. En Isaías 2:2 leemos: «Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.» Observe el lector los términos «montes y collados» utilizados aquí. El monte y el collado se refieren a la autoridad o derecho de gobernar. Tienen que ver con la autoridad del Mesías como Rey sobre la tierra. Cuando Él venga por segunda vez, establecerá un trono. Gobernarácomo rey en su reino, llamado aquí un monte, y todas las naciones menores que se hallen bajo su autoridad son denominadas collados. En el Salmo 48:2 el Salmista dice, refiriéndose a Jerusalén: «Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey.» Y los «lados del norte» se refieren aquí a la autoridad que pertenecía a Jerusalén durante el reinado de David. Jerusalén era la ciudad capital, el asiento de la autoridad; desde allí el rey gobernaba y administraba los asuntos de su reino. A la luz del capítulo 2 de Isaías y del Salmo 48 nos damos cuenta que cuando Lucifer dijo: «En el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte», quiso decir: «Yo quiero administrar los asuntos de esta tierra y de todo este universo creado.» De modo que quien dijo «quiero entrar y ocupar el cielo» y «quiero poner a todos los ángeles bajo mi autoridad absoluta» fue aún más allá en su deseo de poder y dijo: «También quiero colocar a todo el universo creado bajo mi dominio e incluirlo en mi esfera de autoridad.» En cuarto lugar, él dijo: «Sobre las alturas de las nubes subiré.» Retrocedamos al capítulo 16 de Éxodo. Leemos allí que cuando el pueblo de Israel salía de la tierra de Egipto y entraba al desierto, Dios los acompañaba. En Éxodo16:10 leemos que «hablando Aarón a toda la congregación de los hijos de Israel, miraron hacia el desierto, y he aquí la gloria de Jehová apareció en la nube». La aparición de la nube fue una manifestación visible para Israel de que Dios se hallaba presente entre ellos y que iba delante de ellos en el desierto preparándoles el camino. En el capítulo 40 de Éxodo, versículo 33, leemos que cuando Moisés acabó la obra de construcción del tabernáculo, una nube cubrió el tabernáculo de reunión y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. La evidencia visible para el pueblo de Israel de que Dios se apropiaría del tabernáculo y lo ocuparía fue la revelación de la presencia de Dios mediante la aparición de una nube en el tabernáculo. En 1 Reyes 8:10, luego que Salomón hubo levantado el magnífico templo, Dios reveló su presencia mediante una nube como señal de que ocuparía y tomaría posesión del templo. «Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Jehová.» En el Nuevo Testamento, cuando Cristo promete en Mateo 24:30 su segunda venida a la tierra, dice que vendrá en las nubes con poder y gran gloria. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, la nube era una señal visible para el pueblo de que Dios se hallaba en persona junto a él. La nube era una nube de hermosura y de gloria. Cuando Lucifer dijo: «Sobre las alturas de las nubes subiré», quiso decir: «Tomaré para mí una gloria mayor que la que pertenece a Dios mismo.» El lector recordará que Ezequiel describió la hermosura y la gloria que pertenecían a Lucifer en comparación con el brillo del sol sobre las piedras preciosas. Pero la gloria que pertenecía a Lucifer no era propia; era gloria reflejada. Porque Dios, el autor de la gloria, el Único lleno de gloria, reveló su gloria a través de la obra de sus manos. El deseo de Lucifer era ocupar el trono de Dios, gobernar sobre el dominio angelical y sobre todo el universo, para poder añadir a la gloria que era suya como criatura toda la gloria que pertenecía a Dios como Creador. ¡Cuán necio era el pensamiento de aquel ser: creerse capaz de alcanzar una gloria mayor que la gloria infinita de Dios! Ello sugiere que hubiera una deficiencia en la gloria de Dios y que Lucifer habría de completar lo que estaba faltando. Al apropiarse de toda la infinita gloria de Dios y añadir a ella la gloria creada que le pertenecía, Lucifer sería único en el universo, sobre el cual habría impuesto su gobierno. Finalmente dijo: «Seré semejante al Altísimo.» Lucifer debiera haber reconocido el hecho de que él era un ser creado. Como tal poseía un tipo de vida creada, porque no fue creado con vida eterna. Tuvo un principio. ¿En qué podía entonces ser semejante al Creador? ¿En qué sentido podía ser semejante al Altísimo? Era el más sabio de los seres de Dios, pero no era omnisciente, no lo sabía todo. Era el más poderoso de los seres creados por Dios, pero no era omnipotente. Podía desplazarse de un extremo al otro del universo creado, pero no era omnipresente. ¿En qué sentido podía ser semejante, al Altísimo? Sólo en un sentido: en ser total y plenamente independiente. Sólo podía ser semejante a Dios en no tener que dar cuenta a nadie. El deseo de Satanás era entrar al trono de Dios y ocuparlo, ejercer una autoridad absolutamente independiente sobre la creación angelical, colocar a la tierra y a todo el universo bajo su autoridad, revestirse de la gloria que pertenece sólo a Dios, y no ser responsable ante nadie. ¿Qué fue lo que originó una codicia de poder y gloria tan necia e inconcebible? Nuevamente Ezequiel nos da la clave. Podemos observarlo en Ezequiel 28:17: «Se enalteció tu corazón (para oponer tu voluntad a la voluntad de Dios) a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor (o tu gloria) ... Con la multitud de tus maldades y con la iniquidad de tus contrataciones profanaste tu santuario; yo, pues, saqué fuego de en medio de ti, el cual te consumió, y te puse en ceniza sobre la tierra a los ojos de todos los que te miran.» ¿Qué quiso significar cuando dijo: «Saqué fuego de en medio de ti»? La palabra serafín utilizada en el capítulo 6 de Isaías significa «ser ardiente, brillante, resplandeciente». Dios dijo: «Te hice por creación el más brillante de todos mis seres resplandecientes.» Dentro de Lucifer ardía un fuego a causa de su gloria, de su hermosura, de su autoridad. Aquello que le había sido dado se transformó en una pasión encendida y consumidora. Su pasión ardiente por sentarse en el trono de Dios, gobernar sobre los ángeles y la tierra, colocar a la tierra bajo su autoridad, revestirse de la gloria de Dios y entonces ejercer su independencia le condujo a su rebelión y eventual destrucción. Cuando Cristo se ofreció a sí mismo como Salvador del pueblo de Israel, comenzó su presentación enviando mensajes a todas las autoridades religiosas de su época. Primero las exhortó a arrepentirse, a volver a Dios y a recibir la justicia de Dios. Los dirigentes comenzaron a preguntarse qué significado tendría para ellos el arrepentirse y volver a Dios. Cristo les dijo: «Yo soy la luz del mundo. Venid, andad en mi luz.» Ellos comprendieron que si reconocían que Cristo era la luz del mundo también tendrían que reconocer que se hallaban en tinieblas y que toda la doctrina que habían enseñado era tinieblas. Cristo dijo: «Yo soy la vida del mundo; venid a mí y recibid vida.» Pero ellos comprendieron que si iban y reconocían que Jesucristo era la vida del mundo, también tendrían que reconocer que ellos, que habían profesado guiar a los hombres por el camino de la vida, los habían estado guiando por el camino de la muerte. Y los dirigentes de Israel rechazaron a Cristo y rechazaron el ofrecimiento de salvación que Él les había presentado. ¿Por qué lo hicieron? Cristo señaló la causa en Juan 8:44, cuando dijo a estos líderes que estaban alejando al pueblo de Cristo: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer.» Ahora bien, ¿qué quería decir Cristo, sino que estaban repitiendo el pecado de Lucifer? ¿De qué modo? A causa del orgullo que sentían por su posición, por su autoridad, por sus logros intelectuales, por su pretendido conocimiento de la Ley del Antiguo Testamento, no querían reconocer que estaban equivocados. El los acusó de haber engañado a los hombres y de preferir el rechazar a Cristo, fuente de luz y de vida, antes que reconocer que sus enseñanzas estaban equivocadas. Fue el orgullo el que heló a los fariseos en su incredulidad de talmodo que se mantuvieran inmutables. El orgullo de Lucifer se repite hoy en los hombres no salvos. El hombre inconverso dice: «Si recibo a Jesucristo como Salvador, tengo que reconocer que mi justicia no vale nada. Tendré que reconocer que mi intelecto no basta para descubrir la verdad divina, que mi andar no armoniza con el camino de Dios, y que no me basto para obtener mi propia salvación.» Resulta humillante para una persona instruida, independiente y altiva el tener que acudir a Dios y decir: «He pecado.» Lo que te aleja de Jesucristo es el orgullo de tu padre el diablo. Pero el pecado de Satanás no sólo se repite en los inconversos; también puede repetirse en un hijo de Dios. Este es el motivo por el cual Pablo se refiere en 1 Timoteo 3:6 a quienes deben ser desechados como ancianos en la congregación. Al enumerar los requisitos, dice que el anciano no debe ser un neófito, un recién convertido, un nuevo creyente. ¿Por qué? «No sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo.» El nuevo creyente puede ser severamente tentado por Satanás, para que piense que ha sido nombrado para un puesto de responsabilidad por lo que él es, por las capacidades que tiene, por su inteligencia, por sus conocimientos, por el ejemplo que ha dado. Reproducirá el pecado de Lucifer y se declarará independiente de Dios. No hay un solo hijo de Dios que se halle libre de esta tentación de reproducir el pecado del orgullo, de renunciar a la dependencia de Dios y a la sumisión a Dios y —al igual que Lucifer— independizarse de toda autoridad fuera de sí mismo. El hombre más sabio que jamás haya existido, astuto estudioso de la naturaleza humana, escribió estas palabras en Proverbios 16:18. «Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu. Mejor es humillar el espíritu con los humildes que repartir despojos con los soberbios.» El orgullo precede a la destrucción. En el capítulo 12 de Romanos, Pablo nos proporciona una lista de las virtudes que habrán de caracterizar al cristiano controlado por el Espíritu de Dios. El Apóstol comienza diciendo en el tercer versículo: «Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura (es decir, considerar las cosas en su justo valor), conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.» Aunque el Apóstol está delineando lo que se espera de los miembros del cuerpo de Cristo, comienza refiriéndose al orgullo, a causa de que somos tan penosamente tentados a reproducir lo que ardía dentro de Lucifer: el deseo de declararnos independientes de Dios. En Números 12:3 se nos dice que Moisés era el hombre más manso sobre la faz de la tierra. Moisés tenía más motivos para enorgullecerse que cualquier persona de su generación en Israel. Había sido instruido en la corte del Faraón. No cabe duda alguna que su preparación era superior a la de cualquier israelita de su época. Moisés podría haberse sentido orgulloso. Tenía una posición superior a la de cualquier otro israelita porque era el hijo oficial y el heredero de la hija del Faraón. Tenía mayores riquezas a su disposición; tenía mayor poder, influencia y autoridad. Y, sin embargo, Moisés fue llamado el hombre más manso, no porque no tuviera nada de lo cual pudiera enorgullecerse, sino a causa de una obra divina en su corazón que evitó que cayera en la tentación de Satanás. No pensemos que Moisés no fue tentado a sentirse orgulloso a causa de su preparación, sus riquezas, su influencia, su poder o su posición. Pero resistió la tentación. Moisés no fue utilizado por Dios a causa de su instrucción, su preparación y su capacidad. Fue utilizado por Dios porque no sucumbió a la tentación del orgullo. Observó las cosas en su verdadera perspectiva. En esto consiste la sobriedad: en ver las cosas como son. Moisés reconoció que no importaba lo que él era, sino lo que le había sido otorgado. Al ver las cosas en su verdadera perspectiva, dijo: «No soy nada.» Por eso Dios pudo utilizarlo. Si eres una persona a quien Dios utiliza diariamente, ello no se debe a lo que sabes, ni a lo que has logrado o tienes. Serás utilizado por el Espíritu de Dios mientras resistas «la condenación del diablo» o el pecado del orgullo. Debes reconocer que todo lo que tienes proviene de Dios y debes depender completamente de Él. Sólo de este modo serás una persona que Dios puede utilizar. No creo que haya otra tentación que nos acose con tanta frecuencia o que nos enfrente con tanta persistencia y que nos seduzca con tanta sutileza como la tentación al orgullo, porque Satanás está tratando de reproducirse. Por lo tanto, que nadie «tenga más alto concepto de sí que el que debe tener», no sea que pensemos como nuestro adversario, el Diablo. 3 La jerarquía satánica Efesios 6:10—17 LUCIFER, el más sabio y hermoso de todos los seres creados por Dios, recibió el inestimable privilegio de estar en la presencia de Dios para supervisar las jerarquías de los seres angelicales creados. Y precisamente lo que Dios le había dado al crearlo se transformó en la asechanza que produjo su caída. Enaltecido por el orgullo, a causa de su sabiduría y hermosura, Lucifer quiso revestirse de toda la gloria que pertenecía al Creador. Para alcanzar este deseo, Satanás quiso entrar al cielo y ocuparlo como su morada. Quiso gobernar sobre el dominio angelical y extender su autoridad más allá del dominio de los ángeles, por todo el universo. Quiso independizarse de toda autoridad externa. Si Satanás habría de ejercer el poder y la autoridad de Dios, debía tomar posesión del control divino sobre todas las cosas creadas y ejercer ese control en todas las esferas. En primer lugar consideraremos el plan de Satanás para gobernar en el dominio angelical, para luego estudiar su plan para gobernar sobre el dominio terrenal y alcanzar su deseo de ser semejante al Altísimo. El creyente promedio sabe muy poco acerca de los ángeles. Cuando tenemos un pequeño bebé en nuestros brazos y observamos su pequeño rostro, si por casualidad está durmiendo lo llamamos un ángel. Pero si se halla despierto y llora, quizá lo llamamos otra cosa. Como nunca hemos visto un ángel sabemos muy poco acerca de su naturaleza, su actividad, su manera de vivir y su propósito. Pero la Palabra de Dios nos proporciona una revelación muy clara en lo que respecta al dominio angelical. Antes que podamos comprender el dominio de Satanás es necesario que comprendamos algunos aspectos esenciales de los ángeles. En este mundo materialista en el cual evaluamos todo por su peso, tamaño y forma dejamos poco lugar para los seres angelicales o la creación angélica. Pero la Palabra de Dios nos dice que cuando Dios comenzó su obra de creación esa obra no comenzó en el reino físico ni en el reino terrenal sino en el reino angelical. Dios creó por su palabra inmensas huestes de ángeles. El apóstol Pablo nos dice en Colosenses 1:16: «Porque en él (en Cristo) fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.» Hablando de la obra de la creación, el Apóstol la divide en dos esferas distintas. Está la esfera del cielo, donde existen los seres invisibles, y está la esfera de la tierra, en la cual existen los seres visibles. Aquella esfera no es menos real porque sea invisible. El Apóstol reúne toda la obra creadora del Hijo y nos enseña que el Hijo es el Creador del dominio angelical y de la hueste de los ángeles, tanto como de la tierra física y de todos los que moran en ella. Los ángeles son entonces seres creados, creados por la autoridad de Dios, a través del poderdel Hijo. Los ángeles tienen personalidad. No son una fuerza ni un poder, sino individuos con personalidad. La Palabra de Dios dice que poseen todas las capacidades de la personalidad. De acuerdo con el Salmo 148:2 los ángeles adoran a Dios. Este es un acto volitivo, lo cual nos indica que poseen voluntad. Los ángeles adoran a Dios porque lo conocen. Poseen la capacidad del conocimiento. Los ángeles adoran a Dios porque observan que Dios es un Dios que debe ser amado, y no sólo obedecido y servido. En Mateo 24:36 nuestro Señor se refiere al conocimiento que los ángeles tienen, o a ciertas cosas que los ángeles pueden no saber. Las Escrituras consideran a los ángeles como seres que poseen las capacidades de la personalidad: intelecto, emoción y voluntad, y deben por tanto ser considerados seres individuales, con su propia identidad y existencia individual. Es más, descubrimos en Hebreos 1:14 que los ángeles fueron creados para ministrar. El Apóstol los menciona allí como «espíritus ministradores enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación». Los ángeles son siervos, y aun cuando puedan haber distintos ministerios, los ángeles fueron creados como especie para ejecutar la voluntad de Dios. Dios ejecuta su voluntad sobre la tierra por medio de seres angelicales. Los ángeles supervisan la vida de todos los hombres. Guardan a quienes habrán de ser herederos de la salvación. A menudo son instrumentos que traen el juicio divino sobre la tierra. En consecuencia los ángeles no fueron creados para dar origen a un plan, sino para cumplir un plan que les ha sido revelado por Dios, quien es el administrador y tiene un propósito soberano en todos los individuos que viven sobre la faz de la tierra. Los ángeles no mueren. Cuando los enemigos de nuestro Señor se le acercaron durante su permanencia en la tierra y trataron de poner en tela de juicio su enseñanza acerca de la resurrección, Él les dijo (Mateo 22:28—30) que en la resurrección los hombres son como los ángeles, porque no se casan ni se dan en casamiento. Nuestro Señor reveló así el hecho de que las jerarquías de ángeles no se ven reducidas por la muerte, por lo que no es necesario que se reproduzcan para mantener un número constante de ángeles. Los ángeles que al principio fueron creados todavía viven. Los ángeles no poseen cuerpos físicos, pero ello no significa que no tengan cuerpo. Esto constituye un misterio para quienes conciben a los ángeles como seres parecidos a una bocanada de humo, que flota alrededor y luego se disipa y que puede reaparecer sin un punto específico de existencia. Al dar su enseñanza acerca del cuerpo resucitado en 1 Corintios 15, Pablo nos dice que hay distintas clases de cuerpos. Hay un cuerpo que se adapta a esta tierra. Se le denomina cuerpo animal o terrenal. Se nos dice que hay además otra clase de cuerpo: un cuerpo espiritual o celestial. Este es un cuerpo que se adapta a los lugares celestiales, y que no es menos real que el cuerpo terrenal. No conocemos la naturaleza del cuerpo celestial, pero podemos aprender algo acerca de su naturaleza al observar a nuestro Señor después de su resurrección. Su cuerpo tenía forma y peso. No era un cuerpo sostenido por el principio de la sangre. Era sostenido por un principio totalmente distinto, pues El mencionó el hecho de que su cuerpo era ahora incorruptible. El cuerpo de nuestro Señor resucitado y glorificado no se hallaba limitado ni por el tiempo ni por el espacio. Podía aparecer en un momento en Jerusalén e instantes después en Galilea. Era un cuerpo que podía materializarse en una pieza que se hallaba cerrada y sellada por los discípulos a causa de su temor a los judíos. No existen leyes naturales conocidas que nos expliquen de qué modo nuestro Señor en un cuerpo resucitado podía aparecer un momento en un lugar e instantes después a cientos de kilómetros de allí, ni cómo podía aparecer en una pieza con todas las puertas y ventanas cerradas y atrancadas. Pero las Escrituras nos dicen que ello era algo característico del cuerpo resucitado glorificado. Así como Cristo tenía un cuerpo espiritual o celestial, los seres angelicales deben tener cuerpos que no se hallan limitados por el tiempo ni por el espacio. Esto se halla ilustrado en el capítulo nueve del libro de Daniel, donde Dios envía un mensaje al profeta. En el versículo 21 leemos: «Aún estaba hablando en oración, cuando el varón Gabriel, a quien había visto en la visión al principio, volando con presteza, vino a mí como a la hora del sacrificio de la tarde.» A Daniel le llamó la atención que un ángel pudiera desplazarse de un lugar a otro con la velocidad del relámpago. Los ángeles fueron creados para vivir en la esfera celestial. No fueron creados para vivir sobre la tierra, o sea para depender de la existencia de esta atmósfera para su vida. Ya que ningún cuerpo humano puede vivir fuera de la atmósfera de esta tierra, cuando nuestros astronautas salen al espacio exterior es necesario que lleven con ellos la atmósfera de la tierra para sostenerlos. Dentro de la cápsula espacial hay una tierra en miniatura, la atmósfera de la tierra. Cuando abandonan la nave y caminan alrededor de ella en el espacio, continúan teniendo la atmósfera de la tierra dentro del traje espacial por medios artificiales, porque el cuerpo humano depende de la atmósfera para su sostén. Pero los ángeles no fueron creados para morar sobre esta tierra ni en esta atmósfera terrestre. Fueron creados para vivir y existir en la esfera de los lugares celestiales. Las palabras de nuestro Señor destacan esto. En Marcos 13:32 Él nos dice: «Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aún los ángeles que están en el cielo.» Y esta frase —«que están en el cielo»— nos indica la esfera dentro de la cual viven los ángeles y para la cual fueron creados. Ya que cada individuo tiene su propio ángel guardián, debemos llegar a la conclusión de que la cantidad de ángeles debe ser igual o superior a la cantidad total de seres humanos que han vivido o vivirán sobre la faz de la tierra. Las Escrituras no indican en parte alguna la cantidad de ángeles; simplemente nos dicen que son innumerables. Vemos en esto algo del vasto poder de Dios, que mediante un solo acto creativo pudo crear una hueste tan innumerable de seres angelicales, aptos para cumplir la voluntad de Dios y preparados como siervos suyos para ejecutar su voluntad. Los seres angelicales se dividen en muchas jerarquías, y cada una de ellas tiene su propia responsabilidad. Se hace referencia a ello, por ejemplo, en Colosenses 1:16, donde se divide la creación angelical del cielo en categorías denominadas tronos, dominios, principados y potestades. Estas cuatro palabras representan evidentemente distintas jerarquías o categorías de ángeles con sus propias responsabilidades. Los tronos pudieran referirse a los ángeles que fueron creados para sentarse sobre tronos y gobernar. Los dominios se refieren a quienes ejercen el gobierno debajo de Dios. Los principados se refieren a los que gobiernan, y los poderes se refieren a quienes ejercen alguna autoridad especialmente asignada. Cuando examinamos la Palabra de Dios descubrimos que Él tiene un sistema para gobernar su universo. Dios es soberano y gobierna sobre todas las cosas, pero como administrador delega autoridad. Por ejemplo, descubrimos en Daniel 12:1 que se menciona a Miguel como «el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo (Israel)». Dios ha creado seres angelicales a quienes ha asignado tronos. Si se me permite usar esta expresión, éstos son el primer ministro que ejerce autoridad sobre una nación determinada. El ángel Miguel es este tipo de administrador de Israel, y Gabriel se halla relacionado con él. Así que Dios ejecuta su voluntad desde su trono por medio de ángeles asignados a los diferentestronos para gobernar y ejercer poder y autoridad por la vía jerárquica. Creo que sería lógico llegar a la conclusión que si Miguel es el arcángel primer ministro de Israel, habrían ángeles bajo su autoridad, doce de ellos, que ejercían autoridad sobre las doce tribus. Habría aún otra subdivisión, y bajo el jefe de cada una de las tribus habrían ángeles de menor jerarquía para ejercer autoridad sobre distintas esferas en cada tribu de Israel. Lo que es cierto con respecto a Israel también es cierto en el caso de Persia, porque en Daniel 10:13 se hace referencia al «príncipe del reino de Persia». De este modo se ha confiado a los ángeles una autoridad administrativa subdividida. Dios, entonces, ejecuta su voluntad y supervisa la administración de su universo total por medio de estas jerarquías de ángeles que fueron creadas por Él y que se sujetan a Él. Un título habitual que se usa para Dios en el Antiguo Testamento es «el Señor, Jehová de los Ejércitos» o «Señor del Sabaoth». Cada vez que se hace referencia a Dios como Jehová de los ejércitos, quiere decir que es el Señor de estos ángeles creados. Él no es el Señor de los ejércitos de Israel, sino de los ejércitos del cielo. Antes de preparar esta tierra como lugar de morada de la raza humana, Dios pobló la esfera celestial de innumerables seres creados, cada uno con su propia jerarquía, rango y responsabilidad. Cada uno de ellos debía tributar adoración y honra a quien se sentaba en el trono. Lo reconocían a Él como el Señor del Sabaoth, el Señor Jehová de los ejércitos del cielo. Y bastaba que Dios diera a conocer su voluntad para que aquellos ángeles salieran con ímpetu a obedecer y ejecutar la voluntad divina. Lucifer, al rebelarse contra Dios y querer usurpar su trono, sabía que antes de que pudiera destronar al Altísimo y gobernar como soberano en este universo tenía que colocar la creación angelical bajo su autoridad y control. En Apocalipsis 12:4 se nos ofrece un norte con respecto a las proporciones de la rebelión original de Satanás contra Dios. Porque luego de decirnos en el tercer versículo que Juan vio una señal en el cielo, el gran dragón escarlata que según el versículo 9 es Satanás, leemos en el versículo cuatro que «su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo». Aquí las estrellas parecen referirse a los seres angelicales, y esto insinúa que cuando Satanás se rebeló contra Dios comenzó una campaña para persuadir a los ángeles que se rebelaran contra Dios y le siguieran. Logró la adhesión de la tercera parte. Porque los ángeles, que fueron creados con capacidades volitivas, que tenían la capacidad de elegir, se vieron en una encrucijada. O debían permanecer donde habían sido colocados por el Creador, o debían seguir a Satanás con su promesa de que él los enaltecería por encima de lo que eran por creación divina. Lucifer no sólo se propuso enaltecerse a sí mismo sino también enaltecer a quienes lo siguieran a fin de que gobernaran con él sobre los tronos, principados, dominios y potestades que él esperaba someter a su autoridad. Cuando Lucifer se rebeló contra Dios, llevó consigo a una tercera parte de la creación angelical, constituida por quienes creían que Lucifer serviría al universo mejor que Jehová de los Ejércitos. Satanás formó un reino semejante al sistema divino con el grupo de ángeles que lo siguió. Ya veremos en los siguientes capítulos el hecho de que Lucifer jamás ha creado programa alguno, aparte de su programa inicial de ser superior a Dios. Satanás es un imitador, no un creador; y cuando se rebeló contra Dios y planificó su reino, lo hizo de acuerdo con el sistema de administración divino. Observamos esto en Efesios 6:12 donde, al referirse a la lucha del creyente, el Apóstol dice que «no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes». El lector observará que Pablo señala cuatro categorías en Efesios 6:12 que se hallan bajo la autoridad de Satanás, y las cuatro categorías que Satanás ha instituido corresponden a las categorías mencionadas en Colosenses 1:16 que Dios instituyó al disponer los asuntos de su universo. Satanás ha colocado a algunos de sus seguidores sobre tronos, dándoles autoridad. Por ejemplo, en la organización gubernamental de Satanás, uno de sus seguidores tiene autoridad sobre Palestina y es el homólogo de Miguel; le sigue otro de menor jerarquía que es el homólogo de Gabriel, y luego otros de menor jerarquía que tienen autoridad sobre las doce tribus, y dentro de cada tribu se hallan los que tienen menos autoridad y que les sirven. Satanás ha imitado completamente la organización y el programa de Dios en la administración de sus asuntos y en la supervisión de su reino. Los seres que secundaron a Satanás en su primera rebelión son llamados demonios. Estos demonios, estos ángeles caídos, poseen las mismas capacidades que tenían antes de seguir a Satanás en su rebelión contra Dios. Siguen teniendo todo el poder y la sabiduría que tenían antes de su caída. Los demonios no se encuentran más limitados por el tiempo y el espacio que los ángeles. Aunque su cantidad es menor que la de aquéllos, se nos dice que son innumerables, de modo que existen vastas huestes de seres angelicales caídos. Satanás no es omnipresente. No puede estar al mismo tiempo en tu casa y en la mía. Pero esto a duras penas me consuela, porque uno de sus demonios puede estar allí. Satanás no actúa en persona, sino por intermedio de las jerarquías de demonios que se rebelaron con él y a las cuales ha asignado responsabilidades. Todo hijo de Dios se halla rodeado a cada momento del día por estas huestes de seres angélicos caídos como también por aquel ángel guardián que Dios le ha asignado. No estamos luchando contra una fuerza impersonal; no estamos luchando contra un principio del mal, opuesto al principio del bien. Tenemos que luchar contra personalidades cuya tarea es frustrar y derrotar la voluntad de Dios para con nuestras vidas como hijos de Dios. Estas personalidades sirven fielmente a Satanás, sin cesar. No marcan la tarjeta a las ocho de la mañana y regresan al hogar a las cuatro y media de la tarde, tomándose media hora para el almuerzo e interrumpiendo su trabajo dos veces al día para tomar café, de tal modo que haya momentos en que nos hallemos libres de sus actividades. Como seres espirituales, con cuerpos espirituales, no se hallan limitados por el espacio ni por el tiempo. Pueden ocuparse constantemente de ti, dondequiera que te halles, no importa lo que estés haciendo. Estos seres que sirven los propósitos de Satanás no te pierden pisada, con la misma constancia con que los seres angelicales de Dios, que cumplen Su voluntad, se mantienen fielmente a tu lado para preservarte y guardarte como heredero que eres de la salvación. Habiendo elegido una vez obedecer a Satanás, los demonios le obedecen perfecta y completamente. Se empeñan en ejecutar la voluntad de Satanás para contigo. Y la voluntad de Satanás para con tu vida es frustrar la voluntad de Dios para contigo en todo momento. Sabemos que el destino de los demonios es el lago de fuego. Nuestro Señor enseñó en Mateo 25:41 que el lago de fuego eterno fue preparado para el diablo y sus ángeles. Se les ha condenado a estar en el abismo, separados por siempre de Dios, bajo condenación y juicio eternos. Pero aunque se hallan bajo condenación, no dejan de estar activos, y el frenesí de su actividad parece deberse a su expectativa cierta del juicio futuro. Esto constituye un cuadro aterrador. Pero si hemos logrado que captes esta verdad de la Palabra de Dios, para que estés consciente de la existencia de tu adversario, te habremos preparado para la victoria que ha sido prometida en Cristo Jesús.Si prosigues tu camino despreocupadamente, si vives día tras día como si te hallaras aislado de las huestes de Satanás, no te hallas preparado para estos ataques satánicos. Pero cuando comprendas que Satanás, luego de su caída, ha organizado su propio reino para promover su propósito de destronar a Dios, comprenderás también que a Satanás le interesa vigilarte tanto como al Señor Jesucristo. Si Satanás ha de frustrar el propósito de Dios, debe hacerlo en ti y por tu intermedio. Por lo tanto sufrimos sus ataques día tras día, hora tras hora, momento tras momento. Y ya que estamos luchando contra un enemigo invisible, contra un sistema organizado de maldad que intenta destronar a Dios y entronizar a Satanás, debemos conocer sus propósitos. Debemos conocer su forma de obrar a fin de poder hacer lo que el Apóstol nos exhorta a hacer: «Tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.» Satanás no pudo lograr que todos los ángeles le siguieran. Pero llevó tras sí una cantidad suficiente para organizar un sistema imitado, dispuesto según al modelo divino, a fin de cumplir su propósito de recibir la gloria que pertenece a Jehová de los ejércitos, el Señor de los ejércitos del cielo. Permíteme decirte, hijo de Dios, que cada vez que desobedeces a Dios y sucumbes a la tentación de Satanás, estás dándole un voto a él en vez de dárselo a Dios. Si no tienes a Jesucristo como Salvador personal, permíteme decirte que has nacido formando parte del reino de Satanás; has nacido en rebeldía; has nacido bajo su hegemonía, bajo su supremacía. Él es el dios de este mundo, y tú le estás siguiendo como si no tuvieras que dar cuenta ante el Dios que te creó. La única manera de librarte de la autoridad satánica es nacer en una nueva familia, recibir una vida nueva. Cristo murió para librarnos del reino de Satanás y trasladarnos al reino de su amado Hijo. Si aceptas a Jesucristo como Salvador personal, Dios no sólo perdonará tus pecados, no sólo te hará su hijo, no sólo te recibirá en su familia, sino que quebrantará el dominio de Satanás sobre tu vida y te libertará. Te ofrezco un Salvador que puede librarte del reino de las tinieblas y del dios de este mundo. 4 Satanás conquista la tierra Génesis 3:1—7 COMO YA HEMOS DESCUBIERTO, Lucifer codició para sí la gloria que pertenecía al infinito y eterno Dios. A fin de obtener esa gloria, Satanás quiso colocar una hueste innumerable de ángeles bajo su autoridad. En Apocalipsis 12:4 leemos que cuando Satanás se rebeló contra Dios arrastró consigo la tercera parte de los seres angelicales creados. Pero Lucifer deseaba revestirse de la gloria de Dios extendiendo también su autoridad a la esfera terrenal de la creación. De este modo podría declararse independiente de Dios y reclamar una autoridad igual a la suya. Este deseo de gobernar la tierra lo llevó a poner un plan en marcha. En el primer capítulo del libro de Génesis, versículo 26, mientras creaba al hombre, el Señor dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.» Cuando Dios creó al hombre y lo colocó sobre la tierra, le dio autoridad sobre ella. El hombre no era independiente de Dios. Su dependencia le hacía reconocer que Dios era soberano, que tenía el derecho de gobernar, y que era un Dios de gloria. Pero el hombre fue designado representante de Dios sobre la tierra para la administración de los asuntos de Dios y de su reino. El hombre gobernaba, pero por permiso divino. Y Satanás, en su deseo de obtener el dominio de esta tierra, atacó al hombre. En el tercer capítulo del Génesis observamos el primer asalto que Satanás dirigió en esta esfera terrenal contra el representante de Dios, el hombre. El relato de la tentación nos es muy conocido. Quienes creen en la Palabra de Dios creen que este incidente fue real y que no debe ser relegado a la categoría de mito. No es la personificación de alguna idea indefinida que surgió en las mentes humanas para explicar la presencia del pecado y que debe ser desechada como realidad. Esto sucedió. Lucifer entró al huerto del Edén, donde Dios había colocado al hombre en el momento de su creación, para apartar su corazón del camino de la obediencia a Dios. Cuando Dios puso a Adán en el huerto del Edén, el cual era un reflejo de la perfección del cielo, le dijo: «De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.» (Génesis 2:16.) Este mandato restringía la libertad del hombre. El hombre no es libre cuando se halla totalmente independizado de toda autoridad. El hombre es verdaderamente libre cuando puede escoger a quien ha de servir como esclavo. Y Adán se hallaba libre en cuanto podía elegir obedecer a Dios, sometiendo su voluntad a la voluntad divina. Dios había impuesto esta prohibición a Adán: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.» Ni el corazón ni la mente de Adán objetaron jamás esta restricción. Nunca se le ocurrió pensar que Dios le había negado celosamente algo que hubiera sido para su provecho o beneficio. Dios en su gracia infinita había proporcionado a su criatura todo lo que ella pudiera querer, necesitar o desear. Sin embargo, cuando Lucifer se acercó a tentar a Adán lo tentó en la misma esfera de la prohibición divina, la esfera que había hecho a Adán verdaderamente libre. En Génesis 3:1 leemos que la serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho. Debe observarse ante todo en nuestra comprensión de la metodología satánica que en la tierra Satanás no puede manifestar físicamente su cuerpo celestial. Para poder manifestarse en la tierra en cualquier forma visible, debe apropiarse un cuerpo físico por medio del cual pueda obrar. El Hijo eterno de Dios podía aparecer físicamente. En el Antiguo Testamento el Ángel de Jehová era una aparición preencarnada del Señor Jesucristo sobre la tierra. El Ángel de Jehová apareció en un cuerpo físico y caminó y habló con los hombres. Pero Satanás no tiene este poder. Más bien se ve precisado a posesionarse de un hombre, una mujer o algún animal para poder manifestar su presencia entre los hombres. Cuando Satanás fue al huerto del Edén a tentar a Adán y Eva para sujetarlos a su propia voluntad, eligió utilizar el cuerpo de una serpiente. No pensemos que aquel reptil haya concebido el plan, ni que se opusiera a la declaración de Dios, ni que le importaran las decisiones que tomaran Adán y Eva. Aquel reptil se limitó a facilitar el cuerpo que Satanás utilizó. Se nos dice que la serpiente (ahora poseída por Satanás) era más astuta que todos los animales del campo. Ningún animal ha concebido jamás la idea de rebelarse contra Dios. La creación animal se halla en perfecta sujeción a Dios. Los evangelios relatan que cuando Cristo fue tentado en el desierto por Satanás, durante cuarenta días las fieras fueron su única compañía. ¿Qué tiene de significativo esto? Que toda la creación, salvo el hombre, reconoce que Dios es soberano. Las fieras que estaban allí con Jesucristo durante ese período de tentación se sometieron a su autoridad. La serpiente del Génesis no fue elegida porque fuera más astuta, sino porque era un medio adecuado por el cual Satanás podía acercarse a Eva. Y llegó a ser más astuta que todo animal del campo en cualquier época, ya que logró que Eva se rebelara contra la voluntad de Dios. Lo sutil fue que Satanás pudoacercarse a Eva sin revelar quién era ni cuál era realmente su propósito. Porque Satanás sabía que de haber ido a Eva y haberse revelado abiertamente como enemigo de Dios, invitándola a repudiar la voluntad divina, Eva y Adán hubieran respondido negativamente, repudiando su intento, y su deseo de gobernar este universo se hubiera visto frustrado. De modo que a Satanás le fue necesario transformarse en algo que no era. Si pasamos al Nuevo Testamento en 2 Corintios 11:13, 14, veremos que el Apóstol advierte cómo Satanás sigue utilizando el mismo método. Leemos: «Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz.» También se menciona esta transformación en el capítulo doce del Apocalipsis cuando leemos en el versículo nueve con relación a Satanás: Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero...» Ahora bien, diablo y Satanás son palabras significativas, porque significan «engañador» y «calumniador». Cuando Satanás vino para oponerse a la voluntad de Dios, se presentó como un engañador y denigró el carácter y el amor de Dios para poder desviar a Adán y a Eva de su voluntad. Tomemos debida nota de este principio: Satanás siempre obra denigrando la bondad y la santidad de Dios y engañando a los hombres con respecto a su relación para con Dios y la voluntad divina. La serpiente, sutilmente, por engaño, formuló una pregunta: «¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» Esta pregunta tenía por objeto descubrir cuánto sabía Eva con respecto a lo que Dios había dicho. Para poder engañar a una persona, Satanás tiene que empezar por averiguar el grado de conocimiento que esa persona tiene. Este principio aún tiene vigencia. Si una persona ignora por completo la Palabra de Dios, de tal modo que no sabe nada acerca de la persona de Dios, de su carácter y de sus demandas, a Satanás le resulta fácil engañarla haciéndola creer que ella es completamente aceptable delante de Dios y que no es necesario en absoluto tratar el problema del pecado. Pero si una persona conoce la Palabra de Dios y la santidad de Dios y conoce su propia impiedad, le resulta mucho más difícil a Satanás mantenerla en tinieblas. Así que Satanás sondeó para descubrir cuánto sabía Eva de la Palabra de Dios. Para ello formuló esta pregunta: «¿Es cierto que Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» Y Eva tuvo que confesar que Dios había impuesto una restricción sobre ella, ya que contestó correctamente: «Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.» Observarás que Eva conocía la prohibición, como también la pena de la desobediencia. Demostró que se hallaba familiarizada con lo que Dios había dicho: El demandaba obediencia a su palabra y había fijado una pena para la desobediencia. Satanás entonces actuó en base a este conocimiento. Satanás respondió al conocimiento de Eva con una negativa lisa y llana. «Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis.» Esto constituye una negación categórica de lo que Dios había dicho. Y éste es el mayor insulto que una criatura haya hecho jamás a Dios, porque con ello la serpiente decía abiertamente que Dios era un mentiroso. Acusó a Dios de engaño. ¿No resulta acaso significativo que quien vino a engañar, cuya naturaleza es engañosa, acusara a un Dios santo y justo de aquello que constituía su propio carácter tergiversado y pervertido? Luego explicó en el versículo cinco la razón por la cual Dios había negado a Adán y Eva el fruto de este árbol: «Sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.» Aclaremos este versículo para descubrir la intención de Satanás. La palabra traducida «Dios» es Eloim y es el nombre de Dios en el Antiguo Testamento. Adán y Eva nada sabían de las deidades falsas. Satanás les dijo que si comían de aquel árbol serían semejantes a Dios. ¿Recuerdas lo que el profeta Isaías describió como el deseo de Satanás? «Seré semejante al Altísimo.» Ahora bien, la tentación que presentó a Eva era que si ella tomaba del fruto del árbol y lo comía, en desobediencia a Dios, se elevaría a tal posición que sería semejante al Altísimo. Satanás sabía que quien tiene el derecho de ser obedecido tiene el derecho de ser adorado, porque es soberano. También sabía que si lograba seducir a Eva para que desobedeciera a Dios, su desobediencia constituiría un acto de obediencia a él, y en consecuencia él tendría el derecho de ser adorado. Y si el hombre obedece a Satanás y lo adora, Satanás ha usurpado el lugar de Dios en la creación y ha llegado a ser semejante al Altísimo. En realidad lo que dijo fue: «Dios es celoso; quiere reservarse el derecho de gobernar. No quiere compartir su gloria con nadie. Dios sabe que si tomas este fruto y lo comes serás elevada a su trono y te hallarás en pie de igualdad con Dios. Dios te ha negado la única cosa que te hace menor que Él. Si comes este fruto serás semejante a Dios.» En la mente de Eva nació un deseo de elevarse a una posición de igualdad con Dios, de revestirse de la gloria inherente al trono de Dios, de compartir la gloria de su trono. Eva alcanzó y tomó el fruto, lo comió y lo ofreció a Adán, el cual también lo comió. El resultado (versículo 7) fue que fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos». Pero no estaban desnudos ante los ojos de su compañero ni ante la vista de los animales del huerto, ni siquiera ante la vista de. Satanás. Estaban desnudos ante los ojos de Dios, porque no hay nada que pueda cubrir la desobediencia que ahora caracterizaba su vida y su andar. Nada podía cubrir el pecado y la maldad causada por su rebelión contra Dios. Para poder tomar el fruto que Eva le ofreció, Adán tuvo que renunciar al cetro que Dios le había dado cuando le dijo: «Sojuzgad la tierra.» Porque Adán no podía tener en su mano el cetro y el fruto prohibido al mismo tiempo. Adán sólo podía gobernar mientras fuera obediente. Y allí estaba Lucifer, para arrebatar el cetro que Adán dejó caer. En la carta a los Efesios, capítulo 2, versículo 2, el Apóstol nos dice: «En los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire.» Esta descripción —el príncipe de la potestad del aire— reconoce que Satanás ha usurpado el poder de Dios en el dominio angelical. En 2 Corintios 4:4 descubrimos que Pablo reconoce que Satanás ha usurpado la autoridad en otro dominio: «En los cuales el dios de este siglo (“mundo” en la versión inglesa) cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.» A Satanás se lo denomina allí el Dios de este mundo. En su rebelión contra Dios, llevó ángeles tras sí y se constituyó en un príncipe del dominio celestial. Pero al inducir a Adán y a Eva a la desobediencia, se transformó en el dios de este mundo. Mediante su usurpación de poder en estos dos dominios, Satanás ha tratado de revestirse de la gloria que le pertenece a Dios. Como cuenta con la obediencia de una hueste innumerable de ángeles caídos, se declara independiente de Dios e igual o superior a Dios. A causa de la obediencia que le prestan todos los hombres desde la caída de Adán, Satanás reclama la autoridad que pertenecía al Creador y pretende ser soberano en este dominio terrenal. Cuando consideramos la tentación en el huerto del Edén, nos llama la atención el hecho de que Eva tuviera un conocimiento de Dios. Conocía su mandato. Conocía su voluntad. Había andado en armoníay comunión con su amor en el huerto al aire del día. El pecado de Eva nació cuando ella reemplazó el conocimiento divino por el razonamiento humano. Cuando atendió al susurro de Satanás, quien ponía la Palabra de Dios en tela de juicio, ya había dado su primer paso hacia renunciar a la autoridad de Dios. La duda y el escepticismo sólo pueden comenzar en la mente. Cuando una persona se acerca a la Palabra de Dios con su propia mente natural, ya ha abierto la puerta al repudio de toda la revelación Divina, porque está reemplazando la revelación divina con el razonamiento humano. El Apóstol señala en el primer capítulo de Romanos que el mundo no conoce a Dios. La sabiduría divina es desconocida para los sabios de este mundo. 1 Corintios 1:18—25 lo explica muy claramente: «Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.» Y cuando el Apóstol fue a Corinto, se dijo: «No he venido a Corinto como un filósofo, porque la filosofía es razonamiento natural, una mente natural y oscurecida que trata de penetrar en las cosas de Dios por medio del razonamiento. He venido como un revelador. No he venido para emprender la búsqueda de la luz. He venido a traerla. Esa luz se halla en la palabra de Dios. Esa luz se halla en el Evangelio de Jesucristo.» En consecuencia, Pablo dijo: «Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.» Si confiamos hoy en la sabiduría natural, en el razonamiento natural, en la filosofía natural, nunca comprenderemos las cosas de Dios ni la persona de Dios, porque el hombre no puede conocer a Dios por medio de la filosofía. Nadie podrá conocerle a Él hasta que renuncie a su propia sabiduría y acepte la revelación de Dios. Hasta tanto uno confíe mediante un acto de fe en lo que se halla revelado en la Palabra de Dios, seguirá permaneciendo en ignorancia con respecto a las cosas divinas, no importa cuántos títulos universitarios posea. Lucifer preguntó a Eva: «¿Cuánto sabes?» Su desmentida de lo que ella sabía produjo escepticismo en la mente de Eva, y ese escepticismo produjo la desobediencia. Como resultado de la desobediencia, el cetro que Dios había dado a Adán pasó a manos de Satanás. Eva fue vencida por las dudas con respecto a la verdad divina, y a causa de ello Satanás se revistió de la gloria de Dios, porque primero Eva y luego Adán se sometieron a él y le adoraron en vez de obedecer a Dios. Tú puedes repetir el mismo pecado. Hasta que te entregues completamente a la verdad de la Palabra de Dios y hagas de ella tu fundamento para la eternidad y tu norma para la vida actual, puedes ser alucinado, engañado y conducido por un sendero de tinieblas. El deseo de Satanás es mantenerte bajo su autoridad, bajo su control, y sometido a su gobierno. No habrá liberación alguna de este reino de tinieblas ni liberación del dios de este mundo hasta que aceptes por la fe a Jesucristo como tu Salvador. No serás partícipe con Dios de la vida eterna hasta que recibas a Jesucristo. Dios te ofrece un Salvador que es sabiduría de Dios, poder de Dios y justicia de Dios, el Único que puede quebrantar el dominio de Satanás sobre tu vida. 5 Satanás, el engañador 1 Timoteo 4:1—8 MUCHO ANTES de la creación de este mundo Lucifer codició la gloria, la autoridad y el poder de Dios. A fin de obtener para sí esta gloria y ejercer esta autoridad, le fue necesario descarriar las cosas creadas. Dios había creado seres que se sujetaban a Él y le glorificaban. Lucifer carecía de la facultad de crear. Para poder ser como dios debía descarriar a quienes Dios había creado. Luego de usurpar la autoridad en una parte del reino angelical, Satanás se transformó en el dios de este mundo. Satanás es un engañador. El necesita operar en la esfera de la negación de la verdad o en la esfera de la mentira. Era imposible que Lucifer convenciera a las huestes angelicales de seguirle diciéndoles. la verdad de que si le seguían terminarían con él en el lago de fuego y separados eternamente del Creador. Tuvo que mentir. Esta es la razón por la cual cuando nuestro Señor discutió con los fariseos que estaban rechazando la verdad, Él les dijo en Juan 8:44: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer.» Cristo dijo que aquellos fariseos estaban siguiendo un sistema satánico y que estaban pensando exactamente como Satanás lo deseaba. Citó dos de las características de Satanás que ellos estaban reproduciendo en aquellos momentos: «Él ha sido homicida desde el principio», y ustedes están planeando asesinarme. Luego dijo también a aquellos líderes religiosos: «No ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.» En el capítulo 12 del Apocalipsis, Juan se refiere a la obra que Satanás efectuará durante el período de la tribulación para derrotar el propósito y el programa de Dios. Luego, en el versículo nueve de ese capítulo, Juan se refiere a quien él ha representado mediante el símbolo del gran dragón, y dice que ese dragón se llama «diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero». Engañó a Eva para que le siguiera. El resultado fue que su engaño ha penetrado en las mentes y en los corazones de todos los descendientes de Adán, de tal modo que hoy todo el mundo vive engañado. Juan tiene presente lo que se registra en el capítulo 3 del Génesis, donde recordarás que Satanás puso en tela de juicio el conocimiento que Eva tenía de la palabra de Dios. Cuando descubrió que Eva sabía lo que Dios había revelado, entonces mintió. Le dijo: «No moriréis» (versículo 4). Esta era una negación categórica, pues Dios había dicho: «el día que de él comieres, ciertamente morirás». La muerte a la cual se refería Dios era la separación de la criatura del Creador, la separación del alma de Dios. La muerte física, la separación del alma del cuerpo, fue sentenciada como resultado de esa muerte espiritual. Dios, quien es Veraz, había dicho «Moriréis». Lucifer (como padre de la mentira) fue lo suficientemente atrevido como para acercarse a Eva con su categórica desmentida: «Dios ha mentido; no moriréis.» Eva debió tomar entonces una decisión: ¿a cuál de los dos creería? Cuando hay dos afirmaciones precisas y opuestas, ambas no pueden ser ciertas. Era necesario que Eva reflexionara sobre el problema. ¿Había mentido Dios cuando dijo: «Ciertamente morirás.»? ¿O había mentido Lucifer cuando dijo: «No moriréis.»? La conclusión de Eva fue que Dios era quien había mentido. Esto perece tan blasfemo que no debiéramos siquiera pensar en ello, pero ésta fue la decisión de Eva: Dios es mentiroso y Satanás veraz. Por haber creido la mentira de Satanás y haber considerado a Dios mentiroso ella desobedeció a Dios y tomó de aquel fruto prohibido. Inmediatamente descubrió que el mentiroso era Satanás, porque apenas hubo participado de aquel fruto ella quiso traer a su marido a su estado caído.Juntos reconocieron que Dios era veraz, porque trataron de ocultar su desnudez a los ojos de Dios, cubriéndose con hojas de higuera. Ello evidencia que reconocieron que se hallaban ahora bajo condenación, porque la palabra de Dios permanece cierta. En las páginas del Nuevo Testamento hallamos el comentario del apóstol Pablo sobre este incidente en 1 Timoteo 2:14: «Y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión.» Pablo investiga el pecado de Eva hasta su mismo origen: ella respondió al engaño de un engañador o respondió a la mentira de un mentiroso. Este engaño es la descripción que la Palabra de Dios nos proporciona de Satanás, y nos indica el primer principio en base al cual Satanás obra. Quisiéramos destacar este aspecto de la verdad. Hasta que descubramos que Satanás no puede bajo circunstancia alguna obrar en la esfera de la verdad, sino que debe obrar siempre en la esfera de la mentira, no estaremos preparados para sus manifestaciones ni para la tentación que él nos presente. La Palabra de Dios es muy clara con respecto a algunas de las mentiras de Satanás. Veamos primero 2 Corintios 4, ya que allí el Apóstol destaca la primera esfera en que Satanás miente, la esfera de la Palabra de Dios. La autoridad de Pablo estaba siendo puesta en tela de juicio en la iglesia de Corinto, donde había quienes despreciaban su doctrina. No pudiendo negar la veracidad de su doctrina, negaron que el Apóstol hubiera ido a ellos con autoridad divina, con autoridad apostólica, y en consecuencia con un mensaje de Dios. Dijeron que había ido con un mensaje concebido por él mismo. A fin de contestar esta objeción, el Apóstol dice en el capítulo 4, versículo 1: «Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos. Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso...» ¿Has observado esta frase? Antes bien renunciamos a lo oculto y vergonzoso o, para parafrasearlo, Pablo dice: «No hemos tenido participación alguna en la predicación y enseñanza de ninguna mentira. No estamos actuando con astucia.» La astucia sugiere hipocresía, de tal modo que las cosas no parezcan ser exactamente lo que son. Esto implica vivir una mentira. Luego dice: «No somos de los que adulteran la Palabra de Dios. No os hemos mentido cuando os presentamos la verdad divina.» El Apóstol está comparándose con los falsos enseñadores que habían ido a negar la simple enseñanza evangélica de que el hombre se salva por fe en Cristo Jesús. Aquellos falsos maestros habían entrado con su falsa doctrina. Para poder difundir su falsa enseñanza tuvieron que decir que Pablo era un mentiroso y que estaba viviendo una mentira, por cuanto no creía lo que predicaba; que él afirmaba que su mensaje provenía de Dios, pero que en realidad lo había concebido de acuerdo con su propia filosofía. ¡Ellos sí que enseñaban la verdad! Pero Pablo dijo que él no estaba «andando en astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino por la manifestación de la verdad recomendándose a toda conciencia humana delante de Dios». Para poder mantener las mentes y los corazones de los hombres cautivados por su mentira, Satanás procura cegar los ojos de los hombres a la verdad revelada en la Palabra de Dios. La Palabra de Dios constituye la revelación que Él nos da de sí mismo y todo lo que necesitamos saber acerca de Él se halla revelado en su Palabra. Ya que sólo ella es la verdad de Dios, Satanás tiene que engañar a los hombres con respecto a la Palabra de Dios. Si estudiáramos la historia de las doctrinas desde la época en que Dios dio esta Palabra a los hombres hasta el presente, descubriríamos que el ataque satánico contra Dios apunta ante todo como un ataque contra la integridad, la autoridad y la inspiración divina de las Escrituras. Los hombres hoy repudian abiertamente la Palabra de Dios. Infinidad de pastores se levantan hoy en los púlpitos y abren un ejemplar hermosamente encuadernado de lo que ellos llaman la Santa Biblia, pero ignoran sus verdades. Repudian públicamente la revelación de la Palabra de Dios, y mientras tanto pretenden ser hombres de Dios. Se está atacando sin motivo la Palabra de Dios, su integridad, su infalibilidad y su autoridad en las universidades y escuelas primarias y secundarias. Parecería que Satanás ha conquistado y sojuzgado de tal modo el pensamiento de este mundo, de los ilustrados, los sabios, los educados y los pedagogos, que tan sólo una pequeña minoría se mantiene fiel a la integridad y autoridad de las Escrituras. Esto forma parte del propósito y el programa satánicos: difundir su mentira de que la Biblia no es la Palabra de Dios, que no tiene autoridad, que sólo debe ser estudiada como una curiosidad que nos muestra lo que en un tiempo los hombres pensaban de Dios, pero que no tiene vigencia ni relación con nuestra vida actual. Sostenemos inequívocamente la absoluta infalibilidad y autoridad de la Palabra de Dios. Creemos que las Sagradas Escrituras fueron escritas bajo la influencia y la inspiración del Espíritu Santo, y constituyen nuestra regla y guía de fe y conducta. Cualquier desviación de esa doctrina de la Palabra de Dios significa caer en la mentira del diablo. Quiera Dios librarnos de caer en el engaño que niega la autoridad de la Palabra de Dios. Veamos ahora en 1 Timoteo 4 la segunda esfera en la cual Satanás difunde mentiras: la esfera de la persona y obra de Jesucristo. En 1 Timoteo 4:1, Pablo escribe: «Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.» Parafraseándolo para que resulte más claro, Pablo dice: «Escucharán a maestros que seducirán a los hombres, apartándolos de la verdad hacia las doctrinas proclamadas por el diablo.» El Apóstol está previendo una situación como la que estamos viviendo ahora. Predice que Satanás dominará la esfera religiosa de tal modo que lo que se diga en el nombre del cristianismo no tenga semejanza alguna con el cristianismo bíblico, y lo que se enseñe en las escuelas dominicales y desde los pulpitos en el nombre de Dios niegue sutil y satánicamente la verdad de la Palabra de Dios con respecto a la persona y la obra de Jesucristo. Pablo añade: «Quiero advertirles que vendrán estos maestros que seguirán el método satánico de mentir y seducir tal como Eva fue seducida, y Satanás será quien estará detrás de este tipo de doctrina.» Probablemente pensabas que cuando Satanás va a una iglesia se para frente a la puerta y dice: «Este no es lugar para mí.» ¡No te engañes! Satanás ha penetrado en la iglesia y ha enarbolado sus estandartes. Ha entrado a muchos pulpitos y ha tomado el control de la predicación y del ministerio sutilmente, hábilmente pero con certeza, para que la verdad divina sea negada, blasfemada y ridiculizada. El apóstol Juan previo esto, pues en 1 Juan 2:21, 22 dice: «No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo.» Observarás que Juan dice muy claramente quién es el mentiroso. Es mentiroso aquel que niega que Jesucristo es el Mesías, que vino conforme, al plan de Dios a redimir y reinar. En 1 Juan 4:1 se enseña la misma verdad: «Amados, no creáis a todo espíritu (es decir a todo maestro que pretenda venir en el nombre de Dios), sino probad los espíritus...» Debemos probar los espíritus si son de Dios. Para saber si un maestro es de Dios hay que probarlo por la Palabra de Dios. La Biblia es el patrón divino. Probad los maestros «si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo havenido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene...». Juan dice que la enseñanza de un hombre con respecto a la persona y obra de Cristo debe conformarse a la Palabra de Dios, y que si rebaja a Cristo a algo menos que el Hijo absoluto de Dios encarnado, pertenece al diablo y está difundiendo mentiras. El mismo ha caído en el engaño de Satanás y es también instrumento del engaño. Satanás está tratando de reproducir su carácter en sus hijos. Como bien sabemos, también es propósito de Dios reproducir su carácter en sus hijos. De modo que hay dos seres que están tratando de reproducirse. Cada vez que Satanás se reproduzca en ti será por medio de una mentira. Cada vez que Dios se reproduzca en ti, será por medio de una verdad. A través del Nuevo Testamento, en las exhortaciones prácticas que los apóstoles hacen a los creyentes, hacen frecuente alusión a la lengua. ¿Sabes por qué? Porque con demasiada frecuencia la lengua es el instrumento por medio del cual damos lugar al diablo. En otras palabras: mentimos. En Efesios 4:29 el Apóstol escribe: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.» ¿Qué es una palabra corrompida? ¡Una mentira! En Colosenses 4:6 leemos: «Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.» En Efesios, Pablo nos dice «No mintáis». En Colosenses nos dice «Decid la verdad». Aunque esto resulte tan evidente que casi no necesita ser destacado, permítenos decirte que Satanás, para reproducirse en tu vida, intentará iniciarte en la costumbre de engañar. Esa tendencia a exagerar la verdad que todos hemos heredado constituye un intento satánico por colocarnos en una posición de repudio directo y abierto a la verdad de Dios. ¿Qué pescador no se siente tentado a agregar unos pocos centímetros al tamaño del pez que pescó? ¿Qué jugador de golf no siente la tentación de reducir su marca en varios golpes? ¿Te has detenido alguna vez a pensar que el mismo Satanás está tratando de reproducirse en ti, transformándote en un mentiroso? Cuando mentimos, el carácter de Satanás está reproduciéndose en nosotros. Todos somos jactanciosos por naturaleza. Nos agrada impresionar a la gente diciéndole cuánto hemos hecho o cuáles son nuestros logros, y nunca nos conformamos con decir la verdad. 'Tenemos que agrandarla, ampliarla o estirarla un poquito más. Nos agrada vivir una mentira para hacer creer a la gente que nuestros ingresos son algo mayores de lo que son en realidad. Esta es la obra del diablo tratando de transformarnos en mentirosos. ¡Cuán a menudo nos conducimos de tal modo que no se puede confiar en nuestra palabra! Convenimos citas y no vamos. No damos ninguna explicación, ni llamamos por teléfono para explicar nuestra demora o ausencia. Esto es mentir, y así estamos reproduciendo a nuestro padre, el diablo. ¡Con cuánta frecuencia mentimos! Alguien viene a nosotros y nos dice: «Tengo tal y tal necesidad; ¿se acordará usted de mí en sus oraciones?» Contestamos: «¡Claro que sí!» Y es una mentira, porque no tenemos la menor intención de recordarlo. Esta tentación al engaño se halla entretejida en toda nuestra vida. Caemos en los engaños del diablo día tras día. Piensa en la excusa que diste por teléfono a alguien que quería que hicieras algo que no deseabas. La excusa, que diste; ¿era cierta, o estabas inventando una mentira? Cuando Satanás logra colocar un pie dentro de la puerta, la puede abrir del todo de un puntapié. Satanás es un engañador, y aunque quizá no pueda quitar la Palabra de Dios de tu vida puede lograr que niegues la verdad. De este modo, mediante este descuido de la lengua, puedes abrir el baluarte de tu vida. Otro hecho que Satanás quiere negar es la verdad de que Jesucristo es el único medio de salvación. Hay miles de hombres que se llaman ministros del Evangelio que se levantan y predican la mentira, y no dicen a los hombres que deben aceptar a Jesucristo como Salvador. Proponen otros medios. María Baker Patterson Glover Eddy propuso otro medio. José Smith propuso otro medio. Elena G. White propuso otro medio. Los cultos falsos que pululan en el mundo son negaciones satánicas de la verdad divina. Son mentiras de Satanás para engañar a los hombres con respecto al hecho de que la salvación es por la fe en Cristo. Como ministro del Evangelio, basándome en la autoridad de la Palabra de Dios, te anuncio que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida; la salvación es por la fe en Él y fuera de Él no hay salvación. Aceptando el don de Dios se obtiene una salvación total y completa. Esta es la verdad divina. No es mentira. Te ofrecemos a Aquel que pudo levantarse delante de los hombres y decir: «Yo —y no otro— soy el camino; yo —y no otro— soy la verdad; yo —y no otro— soy la vida.» Te invitamos a recibirle para que ya no sigas más la mentira del diablo; para que puedas conocer la verdad, tal como se halla en Cristo Jesús. 6 Satanás, el pervertidor Isaías 5:8—23 AL REFERIRSE a algunas de las apostasías doctrinales y morales en la iglesia de Corinto, el apóstol Pablo dijo muy claramente que tal conducta estaba deshonrando al Dios que los había redimido y al Salvador que había muerto por ellos. Al investigar esta conducta hasta su mismo origen, Pablo demuestra que Satanás es el autor de la discordia, la duda, la negación, la confusión y todo tipo de perversión. En 2 Corintios 2:11 Pablo manifiesta su preocupación: «que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones». El apóstol Pablo tenía tanta experiencia en el trato con nuestro adversario que podía reconocer sus rastros cada vez que se encontraba con ellos. Conocía la filosofía de Satanás, sus propósitos y su manera de obrar. Escribió a los corintios para compartir con dios lo que había aprendido con respecto a Satanás y sus métodos, a fin de que no fueran engañados como lo fue Eva. En un capítulo anterior hemos observado que Satanás es mentiroso. Quisiéramos considerar ahora la revelación bíblica de que Satanás es pervertidor. Pervierte o tergiversa lo que ha sido dado por Dios al hombre para su bendición y provecho. Pervertir significa cambiar el uso original o determinado de algo. Ya en el huerto del Edén, Satanás le manifestó a Eva no sólo el hecho de que era un tergiversador de la verdad, sino que también podía pervertir el programa y el plan de Dios. Él se caracterizaba por esta perversión. En Génesis 3:5, cuando Lucifer se presentó en el cuerpo de una de las criaturas de Dios para probar a Eva, le preguntó si era cierto que Dios había dicho que la criatura no debía comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Eva contestó afirmativamente. Luego vino la mentira de Satanás, su engaño: «No moriréis.» Esta mentira fue seguida inmediatamente por su primer acto de perversión. Satanás dijo: «Sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.» En la práctica lo que Satanás le dijo a Eva fue: «Dios no os ha revelado toda la verdad, porque sabe que tan pronto comáis de este fruto seréis iguales a Dios, y Dios no quiere que haya nadie en pie de igualdad con Él. De modo que Dios os ha negado esto, no porque sea malo para vosotros ni porque os pueda causar daño, sino porque es celoso y no desea compartirlo con vosotros.» Satanás tergiversó y pervirtió todo el propósito de Dios al requerir la obediencia de Adán y Eva. Por medio de la obediencia ti hombre podía continuar estando en comunión con Él. Mediante una sumisiónvoluntaria del hombre a la voluntad de Dios, Él y el hombre podrían haber disfrutado eternamente de una comunión mutua. Satanás negó la verdad y luego tergiversó el uso que Dios se había propuesto al imponer estas restricciones, prohibiendo comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. A partir de allí vemos a Satanás transformado en un tergiversador y pervertidor. No existe una sola bendición, un solo beneficio, un solo don bueno, cuyo uso Satanás no haya deformado o no deforme con relación al uso propuesto por Dios. No existe un solo don de Dios que no pueda ser pervertido y deformado. Por ejemplo, tomemos el caso de la comida. En Génesis 1:29 Dios dijo: «He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.» Luego en el capítulo 2 versículo 16: «Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer.» Este era el principio que Dios había establecido en el huerto: Os lo he dado para comer; no hay ningún tipo de restricciones, podéis comer libremente. El énfasis del versículo 16 se halla en la palabra todo. ¡Podéis comer de todo, sin reservas! Ahora bien, pareciera difícil deformar y desviar con fines satánicos algo tan sencillo como la comida, pero descubrimos en las Escrituras que sucedió precisamente esto. ¿Cómo lo hace Satanás? Leamos Colosenses 2:21. Pablo dice que los colosenses se estaban sometiendo a ciertos preceptos que se referían a la alimentación: «no manejes, ni gustes, ni aun toques». Los colosenses que habían sido salvados estaban siendo sometidos a Una ley que contradecía lo que Dios había dicho en el huerto del Edén. No podéis comer todo lo que Dios os ha dado para comer. Estaba penetrando dentro de la iglesia de Colosas un sistema que se proponía restringir la dieta de aquellos colosenses. Aquellos gentiles estaban siendo sometidos a la ley impuesta por Dios al pueblo de Israel. Aquellos gentiles se hallaban libres de cualquier relación con la ley mosaica, pero se les estaba imponiendo una ley. La espiritualidad era juzgada por lo que el hombre comía o no comía. El Apóstol dice que la vida espiritual de la asamblea en Colosas había sido corrompida porque los hombres se estaban sometiendo a una perversión de Satanás. Descubrimos lo mismo en 1 Timoteo 4:3, 4. Falsos maestros habían penetrado en la asamblea de Éfeso, donde Timoteo estaba ministrando. Estaban prohibiendo casarse y mandando «abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la palabra de Dios y por la oración es santificado (apartado para Dios)». Aquí había otra perversión. A esta falsa enseñanza se le llama doctrinas de demonios en el capítulo 4, versículo 1. ¿Qué estaban predicando los demonios? Estaban predicando que la espiritualidad y la vida cristiana consiste en observar ciertas leyes alimenticias; que si queremos ser espirituales y maduros podemos comer esto y no podemos comer aquello. Pablo dice que ésta es una doctrina diabólica. ¿Qué estaba haciendo Satanás? Estaba pervirtiendo el buen don que Dios había dado a sus criaturas. Pero hay otra forma mediante la cual Satanás puede pervertir en esta esfera de la alimentación. En 1 Pedro 4:3 leemos: «Baste ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles, andando en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables idolatrías.» Quisiera llamar la atención ahora a esa parte del versículo que se refiere al exceso de comida y de vino. ¿Qué había hecho Satanás aquí? Los había hecho glotones, y mediante su glotonería estaba pervirtiendo el uso correcto de la comida. Veamos el mandato que Moisés dio en Deuteronomio 21:20. Los padres debían decir a los ancianos de su ciudad: «Este nuestro hijo [es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz; es glotón y borracho. Entonces todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá; así quitarás el mal de en medio de ti...» ¿Comprendes que el pecado de la glotonería era tan serio para Dios bajo la ley mosaica como el adulterio o el asesinato? Salomón se refirió a ello al dar enseñanza en Proverbios 23:1-2: «Cuando te sientes a comer con algún señor, considera bien lo que está delante de ti, y pon cuchillo a tu garganta, si tienes gran apetito.» No podría haberlo expresado más claramente. Dice que es mejor cortarse la garganta que engordar. En el mismo capítulo, versículos 20 y 21, dice: «No estés con los bebedores de vino, ni con los comedores de carne; porque el bebedor y el comilón empobrecerán, y el sueño hará vestir vestidos rotos.» En Filipenses 3:19, Pablo dice, al escribir a los filipenses: «cuyo dios es el vientre...». ¿Qué queremos decir con esto? Dios en el momento de la creación dio la comida al hombre como una bendición, para el sustento de su cuerpo físico. Pero, ¿cómo ha logrado Satanás que los hombres usen esa bendición de Dios? El diablo ha pervertido el uso de la comida. El hombre lucha ahora con los problemas de la obesidad y como consecuencia con los problemas del corazón y de la alta presión y todas las demás consecuencias del peso excesivo. El hombre rechaza la vida de gracia y se coloca bajo el legalismo en lo que respecta a la comida, sirviendo de este modo a los propósitos de Satanás. Puedes servir tanto a Satanás cuando almuerzas el domingo como en la taberna el sábado por la noche. Otra bendición que Dios dio al hombre es el jugo que Él colocó en esa uva grandota. Se hallaba allí como una bendición de Dios, pero ¡cómo lo ha tomado Satanás, pervirtiéndolo y distorsionándolo, usándolo para cumplir sus propios propósitos! El mismo apóstol Pablo testifica que era una bendición y un beneficio al escribir a Timoteo en 1 Timoteo 5:23: «Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades.» Creo que no es difícil deducir cuáles eran las enfermedades de Timoteo como compañero de viajes del apóstol Pablo. Tenía problemas estomacales, como los tiene todo turista que intenta seguir los pasos del apóstol Pablo a través del Asia Menor. Pablo dice que hay un buen remedio para ello. Dice que usemos el vino como medicina, porque el vino curará la disentería como pocas otras medicinas pueden hacerlo. ¿Por qué estaba tan preocupado Timoteo acerca de esto? Antes, en el capítulo 3, el Apóstol había indicado los requisitos para los obispos y diáconos. Pablo había dicho en el capítulo 3, versículo 3, que un obispo no debe ser dado al vino. La clara conclusión aquí es que el obispo debe abstenerse del vino por completo. Al indicar los requisitos para los diáconos, el Apóstol dijo nuevamente que el diácono no debe ser dado a mucho vino, de tal modo que sea esclavizado por él o que dependa de él. Timoteo tomó tan a pecho estas instrucciones y requisitos que trató de vivir con el problema de la disentería antes que utilizar los recursos médicos que estaban a su disposición, no fuera a suceder que alguien pensara que él era infiel a las normas y requisitos que correspondían a quienes servían en oficio de obispos y diáconos. El concepto de Pablo era que lo que Dios le había dado podía ser una bendición y un beneficio. Pero ¡cómo ha sido desviado, deformado y pervertido el concepto de Pablo entre quienes invocan el nombre de Cristo, así como también entre los demás! Hoy en cada país los problemas del alcoholismo y los que resultan de la venta y consumo de bebidas alcohólicas constituyen —tanto económica como socialmente— uno de nuestros mayores problemas, pero lo pasamos por alto en gran medida a causa de la gratificación egoísta de los impuestos. ¡Cuán a menudo el hijo de Dios no se halla alerta antelos artificios de Satanás! Hemos crecido acostumbrados al alcoholismo, porque hemos crecido en medio de él, y nos hemos ajustado y adaptado a él. No nos damos cuenta que es un artificio sutil de Satanás, quien ha tomado otro de los beneficios y bendiciones de Dios y lo ha pervertido y deformado para servir a sus propósitos. Por esta causa el Apóstol tuvo que escribir a los Efesios (capítulo 5, versículo 15) recordándoles que no debían depender del alcohol como medio de apoyo, sino que debían depender del Espíritu de Dios. Quien no quiera andar por fe y confiar en el Santo Espíritu de Dios para sostenerlo y ayudarlo a atravesar una experiencia difícil, espera que la bebida o el cóctel haga lo que debía hacer el Espíritu de Dios. El hombre que se apoya en el alcohol para atravesar una situación difícil nunca aprenderá a andar por fe y a depender del Espíritu de Dios. ¿Crees que Lucifer quiere que andes por fe, dependiendo del Espíritu Santo? ¡Qué ridiculez! ¿Qué hace para desviarte de una vida de fe? Sustituye otra de las bendiciones y beneficios de Dios y dice: «Utiliza el alcohol para fortalecerte en lugar de seguir el camino divino de depender del Espíritu de Dios para tu fortaleza.» Esta es su perversión. ¿Qué podemos decir acerca del ambiente moral en el cual nos hallamos? Nuevamente observamos aquí la perversión de Satanás. La así llamada nueva moralidad o libertinaje sexual ilustra nuevamente el modo de obrar de Satanás. El apóstol Pablo dijo que la respuesta divina a las necesidades físicas del hombre y de la mujer era tener esposo o esposa. En 1 Corintios 7 el Apóstol dijo claramente que la relación matrimonial era la respuesta de Dios a los deseos sexuales. Aquello que Dios ha dado como su mayor bendición a la raza humana ha sido desviado, deformado y torcido con fines satánicos. El Apóstol se refiere claramente a esto en Romanos 1:25: «Ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, orando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío.» Toda esta esfera de perversión, de inmoralidad y de promiscuidad constituye una evidencia manifiesta de que Satanás es un pervertidor de los apetitos y deseos que Dios ha dado para bendición y beneficio de la raza humana. Al poseerlos, pervertirlos y desviarlos de su uso correcto, Satanás produce toda clase de suciedad, inmoralidad e impureza. El Apóstol se ve en la necesidad de referirse a este problema epístola tras epístola. Destaca la ley del matrimonio, a fin de que el marido o la esposa no sean infieles. Se refiere a las relaciones sexuales prematrimoniales para que los jóvenes no sigan el camino de Satanás, incurriendo en lo que las Escrituras prohíben y denominan fornicación. El Apóstol debe ocuparse de ello, como lo hace en 1 Corintios 7, como nuestro Señor lo hace en Mateo 19 con respecto al problema del divorcio, porque el divorcio es la perversión satánica de una bendición que Dios ha dado a la raza humana. Estas son tan sólo algunas ilustraciones que podrían ampliarse hasta el infinito en relación con las bendiciones que reconocemos como dones de Dios y que, sin embargo, han sido tomadas por Satanás y utilizadas para sus propósitos. Satanás pervierte todo don que Dios da: los procesos físicos, la capacidad intelectual, la herencia social, el bienestar material. Todo puede ser transformado en herramienta suya. Pero Satanás no sólo pervierte y deforma cosas físicas como éstas. Satanás obra también en la esfera de la dependencia de los hijos de Dios a la voluntad divina, desviando a las personas de la voluntad de Dios para servir sus propios propósitos. Sin duda viene a nuestra mente el caso de Jonás. Dios reveló a este profeta, quien durante toda una vida de ministerio había honrado y servido a Dios, que era su voluntad que fuera a los gentiles y les predicara el mensaje del juicio. Jonás volvió sus espaldas a la voluntad de Dios, descendió a Jope y se embarcó para alejarse cuanto pudiera del lugar al cual Dios le había enviado a predicar. ¿Por qué procedió Jonás de este modo? El mismo nos proporciona la respuesta en el cuarto capítulo de su profecía. Sabía que Dios los bendeciría por medio de su predicación. Sabía que Dios concedería arrepentimiento y confesión, y que el juicio de Dios sobre aquellos gentiles sería detenido si él predicaba. A Jonás le desagradaba que los gentiles fueran bendecidos. Quería ver castigados a los gentiles juzgados; no quería verlos recibiendo bendiciones. Con seguridad Satanás le estaba diciendo: «Dios te está pidiendo demasiado. Dios te está pidiendo que renuncies a demasiadas cosas. ¿Por qué lo haces?» Satanás pervirtió y tergiversó la voluntad de Dios, hasta que Jonás eligió seguir la perversión que Satanás había puesto delante de él. Esta misma actitud se revela en el capítulo 9 de Lucas. Allí leemos —versículos 23 al 26— que nuestro Señor presentó una opción a quienes se llamaban sus discípulos. Jesús dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará.» Debían hacer una elección: o ser discípulos de Cristo o discípulos de los fariseos; o aceptaban a Cristo o lo rechazaban. Cuando llegamos al versículo 57 de este capítulo leemos que algunos individuos optaron por Cristo. Uno dijo: «Señor, te seguiré adondequiera que vayas.» Nuestro Señor le recordó que no tenía siquiera lo que tienen las aves de los cielos o las zorras: no tenía un solo lugar de refugio. Este hombre se volvió atrás y se alejó porque seguir a Cristo le resultaba demasiado caro. Otro dijo: «Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre.» Ahora bien, el padre aún vivía. Pero si Cristo no disponía de los medios necesarios para mantener a sus discípulos, este hombre consideraba conveniente esperar hasta que tomara posesión de su herencia. Una vez que su padre hubiera muerto y tuviera su propio sostén, entonces podría volver y seguir a Cristo. Así no le costaría nada. Pero se volvió atrás cuando Cristo le dijo: «Debes seguirme ahora». La voluntad de Cristo era demasiado cara para él. Otro se le acercó y dijo: «Déjame que me despida primero de los que están en mi casa», y Cristo lo rechazó. Esa persona se hallaba atada por ligaduras terrenas a las cosas materiales. Recordarás que en Lucas 14 uno se excusó diciendo que acababa de comprar una hacienda y que necesitaba ir a verla. Otro dijo que había comprado unos bueyes y que debía probarlos. Otro contestó que acababa de casarse. Los posibles «seguidores» podían encontrar todo tipo de excusas. ¿Por qué? Porque Satanás estaba pervirtiendo y tergiversando la voluntad de Dios, insinuando a aquellos hombres que si seguían a Cristo tendrían que renunciar a todas las cosas materiales y que Él no les daría absolutamente nada. Insinuó que les convenía juntar bienes para su tranquilidad y comodidad y luego considerar qué podían hacer por Él. Ello era una perversión y una deformación de la voluntad de Dios para aquellas personas. Ciertamente el joven rico entra dentro de esta clasificación, porque fue a pedirle a Cristo que contestara la pregunta más suprema de su mente: cómo podría obtener la vida eterna. Estaba confiando en sus riquezas porque era muy rico. Cristo le dijo que debía dejar de confiar en sus riquezas, repartir todo lo que tenía y seguir en pos de Él. El joven se volvió atrás porque era muy rico; el corazónse le llenó de tristeza porque sus riquezas se interpusieron entre él y el Señor. Lo que estamos tratando de sugerirte de acuerdo con estos casos es que Satanás se acerca al individuo y le dice que si le da el primer lugar a Cristo en su vida saldrá perdiendo. Le dice al comerciante que si administra su negocio de acuerdo con los principios cristianos sus competidores le ganarán de mano, y que si Él es estrictamente honrado al administrar su negocio saldrá perdiendo. Esta es la insinuación de Satanás: la voluntad de Dios es demasiado cara. ¡Cuántos se han visto confrontados con lo que Jesucristo demanda de una persona en absoluta sumisión a Él y se han vuelto atrás porque cuesta demasiado! Han seguido la perversión de Satanás. Hay otra esfera en la cual Satanás pervierte. El pervierte las normas de la santidad divina. Esto es lo que se propone enseñar el capítulo cinco de Isaías. Se resume en el versículo 20: «¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!» Hoy estamos viviendo en medio de un doble criterio moral y ético. El único criterio verdadero es la norma de la Palabra de Dios, que es un reflejo de la santidad del carácter de Dios. Este libro nos revela a Dios y revela lo que Dios espera de quien camina con Él. Dios tiene un sistema y una norma moral, ética y de conducta. Satanás ha pervertido estas normas, de tal modo que la norma de este mundo en lo que respecta a qué constituye una conducta aceptable no se conforma a la Palabra, de Dios. Los hombres dicen malo a lo bueno y bueno a lo malo. Han adaptado la filosofía de que el fin justifica los medios. El mundo está siendo sacudido por el así denominado vacío de la credibilidad. Algunos de los que han sido elegidos para los cargos públicos han adoptado la doble norma de Satanás. Pero esto no sucede tan sólo en las esferas políticas, sino también en todos los demás sectores. Los hombres llaman malo a lo bueno y bueno a lo malo porque Satanás es un pervertidor. Una última esfera en que Satanás pervierte y deforma es la del camino de la salvación. Dios tiene una sola norma. A los hombres hay que hacerlos tan justos como Dios antes que puedan verlo cara a cara. Dios ofrece un Salvador al mundo. Cristo pudo decir de sí mismo: «Yo [y no otro] soy el camino, la verdad y la vida.» Satanás deforma y pervierte esta sencilla verdad y nos ofrece una multitud de filosofías y doctrinas, todas las cuales constituyen la negación de la persona y obra de Cristo Jesús. Multitudes de hombres y mujeres van rumbo a una eternidad sin Cristo —se dirigen al infierno— porque Satanás es un tergiversador y un pervertidor y los ha convencido de que no necesitan a Cristo Jesús para salvarse. Dichas personas se entregan con todo celo y energía a la búsqueda de la salvación por medio de alguna perversión o engaño satánico, ignorando que su fin es la separación eterna de Dios. Es necesario que los creyentes conozcan las artimañas de Satanás para poder mantenerse en guardia contra sus engaños. El —el engañador— quiere pervertir y deformar todas las bendiciones que Dios ha provisto para ti como hijo suyo. Lo que el Apóstol quiso que los corintios comprendieran en 1 Corintios 12—14 es que cada vez que recibieran un don de Dios debían asegurarse que ese don fuera utilizado bajo el control de Dios y no bajo el control de Satanás. Ningún don conocido se halla libre de la posibilidad de ser pervertido por Satanás. No importa cuán buena sea una cosa en sí misma, Satanás puede introducirse para pervertirla, deformarla, destruirla, si nosotros se lo permitimos. Quiera Dios concedernos gracia para poder percibir y evitar la obra del pervertidor. 7 Satanás, el imitador 2 Corintios 11:1—15 SATANÁS es un mentiroso y un engañador. De acuerdo con el capítulo once de segunda Corintios, versículos 13 al 15, Satanás es también un imitador. En el tercer capítulo del Génesis se relata que Satanás dijo a Eva: «El día que comáis de él... seréis como Dios [Elohim].» El propósito expreso de Satanás no era hacer a Eva lo más impía posible sino hacerla lo más pía posible independientemente de Dios. El plan y el programa satánico ha sido siempre imitar a Dios y engañar a los hombres con respecto a su plan, para que mientras siguen su imitación estén convencidos de que están siguiendo a Dios. En 2 Corintios 11:13—15 el apóstol Pablo dice: «Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo». Observa esta frase: «que se disfrazan como apóstoles de Cristo». «Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.» En 1 Timoteo 6:16, refiriéndose al eterno Dios, bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, el Apóstol añade estas palabras: «que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver». La Palabra de Dios dice claramente que nadie ha podido contemplar el rostro descubierto del Dios eterno. Pablo declara como verdad categórica que Dios habita en luz inaccesible, y que ningún hombre le ha visto ni puede verlo. Cuando Moisés rogó a Dios que le mostrara su gloria, Él le recordó (como se relata en Éxodo 33) que nadie puede ver su rostro y vivir. Pero Dios le dijo que lo pondría en una hendidura de la peña y lo cubriría con su mano y que luego El apartaría su mano y Moisés vería su resplandor, su refulgencia y su gloria, si bien no podría ver el rostro de Dios. Moisés contempló la gloria de Dios y se alejó completamente satisfecho. Basándonos en este principio, podríamos llegar a la conclusión que cuando Adán y Eva caminaban con Dios en el huerto al aire del día, tal como se relata en los primeros capítulos del Génesis, Adán y Eva conversaban con un Dios revestido de luz. Percibían la presencia de Dios en el huerto a su lado a causa del resplandor de su gloria. Más adelante, lo mismo sucedió en el tabernáculo y en el templo. El pueblo de Israel sabía que Dios moraba en medio suyo porque contemplaba su gloria brillando en la columna de nube o en la columna de fuego en el tabernáculo y en el templo. Los tres discípulos que estuvieron en el monte de la Transfiguración sabían que Dios estaba en Cristo y que se estaba revelando a Sí mismo a través de Cristo porque contemplaron su gloria, «gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». Dios se presentaba ante Adán y Eva revestido de luz, y ellos se regocijaban en su presencia en una íntima y dulce comunión. Él les hablaba desde más allá de la gloria que rodeaba a su persona. Mientras estaban en comunión con Él, su voz llegó a serles familiar. Pero llegó el momento cuando Eva fue abordada por otro resplandor de luz, una manifestación de gloria, y la voz que habló esta vez desde más allá de la gloria fue algo distinta de la que ella estaba acostumbrada a oír. Esto es evidentemente lo que Pablo tuvo presente cuando dijo en 2 Corintios 11:14: «El mismo Satanás se disfraza como ángel de luz.» Nuestra conclusión es que el Apóstol nos está diciendo la forma en que Satanás se presentó ante Eva. No se presentó en el cuerpo desnudo de un animal del campo. Se apropió de ese cuerpo y lo veló con un resplandor de gloria, de tal modo que a Eva le pareciera que Dios había llegado nuevamente al huerto para hablar con ella. A Eva no le extrañó que la serpiente se le acercara, porque ésta y Satanás —quien la ocupaba— se hallaban escondidos tras un velo de luz. De este modo se apareció a Eva. Y ella, acostumbrada a acercarse a la luz para oír la voz de Dios y recibir instrucciones con respecto a su voluntad y su camino, paradisfrutar de su comunión, una vez más se acercó a la luz. Esta vez la voz contradijo lo que le había sido revelado antes, ya que la voz que procedía de la luz le mandaba tomar y comer para que pudiera ser semejante a Elohim, semejante a Dios. Fue la presencia de la luz lo que convenció a Eva que era Dios quien le estaba mandando comer. Satanás engañó a Eva porque había imitado el modo de revelación por medio del cual Dios se comunicaba con sus criaturas en el huerto. Se le apareció como un ángel de luz. No parece haber tenido cabida en la mente de Eva el pensamiento de que Dios no podía contradecirse a sí mismo, ni que tampoco lo haría; y que el Dios que acababa de decir que «el día que de él comieres, ciertamente morirás» no cambiaría para decirle: «No moriréis, tomad, comed y seréis como Dios.» La mente de Eva fue engañada por el que se disfrazó de ángel de luz. Pero Satanás, que se escondió al imitar a Dios en el huerto, utiliza exactamente los mismos medios de engaño para perpetrar sus mentiras hoy. Satanás aún se disfraza de ángel de luz, y sus representantes y ministros también se disfrazan de ministros de justicia (2 Corintios 11:15). Mientras proclaman aquello que trae muerte y tinieblas a la mente y al corazón del pecador, profesan ser representantes del Dios que es luz, y pretenden estar predicando doctrinas que provienen del Dios de luz, del Dios vivo. Esto es parte del engaño satánico, del sistema satánico que imita el programa de Dios. Podemos ilustrar esto mediante varios episodios registrados en la Palabra de Dios. Recordarás que cuando fue enviado a Faraón para decirle que dejara ir al pueblo de Dios, Moisés preguntó cómo podría convencer al Faraón, ya que no podía convencer al pueblo de Israel. «Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé?» Y Dios reveló su nombre: «Yo soy el que soy», el Ser de existencia eterna. Él lo había enviado. Pero Moisés, previendo la dureza del corazón pagano, dijo que no lo creerían ni estarían dispuestos a seguirle. Por lo tanto, Dios le dio la autoridad de efectuar milagros y señales para autenticar su misión, su persona y su mensaje. Leemos en Éxodo 7:11, 12, que luego que Moisés efectuó el primer milagro, convertir su vara en culebra, Faraón llamó a los sabios y hechiceros, «e hicieron también lo mismo los hechiceros de Egipto con sus encantamientos; pues echó cada uno su vara, las cuales se volvieron culebras...». Nuevamente se imita el programa en el versículo 22: «Los hechiceros de Egipto hicieron lo mismo con sus encantamientos.» ¿Comprendes lo que sucedió? Dios envió un mensajero para dar la liberación y la libertad al pueblo de Israel. El mensajero refrendó su mensaje con milagros y señales. Pero Satanás tenía sus ministros, sus hechiceros, sus encantadores, quienes imitaron los milagros de Moisés. ¿El resultado?: el corazón de Faraón se endureció «y no dejó ir a los hijos de Israel». Opuso su corazón contra Moisés y contra Dios. Satanás, pues, imitó los milagros para engañar a Faraón y a los egipcios. Vemos otro ejemplo en la experiencia de Pabló. El Apóstol fue enviado a predicar el Evangelio de la gracia de Dios por todo el mundo gentil. Cuando Pablo comenzó su primer viaje misionero, llegando a Pafos, «hallaron a cierto mago, falso profeta, judío, llamado Barjesús, que estaba con el procónsul Sergio Paulo, varón prudente. Este, llamando a Bernabé y a Saulo, deseaba oír la palabra de Dios. Pero les resistía Elimas, el mago (pues así se traduce su nombre), procurando apartar de la fe al procónsul» (Hechos 13:6—8). Ahora bien, ¿qué sucedió? Pablo había llegado a un hombre cuyo corazón se hallaba hambriento y clamaba por conocer a Dios. El Apóstol le presentó el Evangelio de la gracia de Dios. Pero Satanás tenía allí su ministro, que profesaba ser un ministro de justicia, para decirle a aquel pecador agobiado que lo que los siervos de Dios decían no era la verdad, sino mentira. Este principio se ilustra más extensamente en el capítulo 13 del Apocalipsis. Cuando la bestia es puesta como objeto de adoración durante el período de la tribulación, el que ministra para ella, el falso profeta, «hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres [imita los milagros de Elías], y engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en presencia de la bestia, mandando a los moradores de la tierra que le hagan imagen a la bestia que tiene la herida de espada, y vivió. Y se le permitió infundir aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el que no la adorase» (Apocalipsis 13:13—15). Cuando Dios envía a sus dos testigos para pronunciar juicio sobre Jerusalén e invitar a los hombres a lavar sus vestidos y blanquearlos en la sangre del cordero (Apocalipsis 11:3—12), Satanás tiene uno que se transforma en ministro de justicia para imitar los milagros de Dios, los milagros de Elías y los milagros de Moisés, a fin de convencer al mundo que lo que él les está diciendo es verdad. Dios envió hombres con autoridad para proclamar un mensaje y rubricó dicha autoridad mediante milagros. Pero Satanás como imitador envió su representante para efectuar los milagros, a fin de engañar a los hombres y apartarlos de la verdad. Observamos otra esfera dentro de la cual Satanás imita. En Hechos 1:8, Dios dijo a los apóstoles: «Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra.» ¡Me seréis testigos! A medida que leemos el libro de los Hechos, vemos a los Apóstoles extendiéndose por toda la faz de la tierra para proclamar una Persona, para presentar a los hombres el Evangelio de las buenas nuevas: que Cristo murió por nuestros pecados. El mensaje que los Apóstoles llevaban se centraba en la persona y obra de Jesucristo. Ellos no sabían cosa alguna sino a Jesucristo y a éste crucificado. Pero cuando Satanás observó el propósito y el programa de Dios al enviar a los hombres para dar testimonio de Jesucristo, él envió a sus hombres para negar esta verdad fundamental. Observamos varias referencias a ello en el capítulo 11 de 2 Corintios. En el versículo 3, Pablo dice a los Corintios: «Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno (obsérvense estas palabras) predicando a otro Jesús que el que os hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis.» Satanás predica otro Jesús por el poder de otro espíritu, lo cual resulta en otro evangelio. En 1 Timoteo 4, Pablo prevé lo mismo: «El Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores (o a maestros engañadores) y a doctrinas de demonios.» Ahora bien, esto no se refiere a doctrinas acerca de los demonios sino a doctrinas que predican los demonios, imitando la verdad concerniente a la persona y la obra de Jesucristo. El diablo es predicador, no lo olvides. Es diabólico en su predicación, pero es un predicador, y tiene otro evangelio, otro Jesús y otro poder para efectuar lo que él desea en las vidas humanas. Sus demonios predican activamente. Juan enseñó lo mismo en 1 Juan 4:1: «No creáis a todo espíritu [o maestro], sino probad los espíritus [juzgadlos de acuerdo a la Palabra de Dios; y así sabréis] si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu [o maestro] que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en elmundo.» Ya en el capítulo 2, versículo 22, Juan formula la misma declaración: «¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre.» Ahora bien, Pablo y Juan estaban previendo el movimiento satánico que habría de lanzar predicadores al mundo con una doctrina que negaría la persona y obra de Jesucristo. Satanás está dispuesto a aceptar cualquier otra doctrina que tú insistas en creer, pero no puede consentir bajo ninguna circunstancia —ni lo hará— que se predique la muerte y la resurrección del Señor Jesucristo a los hombres. Porque la persona y la obra de Cristo constituyen la médula del Evangelio. Por lo tanto, Pablo y Juan advirtieron a la iglesia que surgirían hombres que predicarían otro evangelio y otro Cristo por otro espíritu. ¿Qué nos proponemos destacar? Que el método divino de alcanzar a los hombres es predicar; el método que Dios usa para alcanzar a los hombres es hacer que los hombres proclamen la verdad concerniente a Jesucristo. Y Satanás no ha ideado otro programa. El imita el programa de Dios y envía al mundo a sus ministros, que se fingen ministros de la justicia, a hacer lo que los santos de Dios tienen la orden de hacer: predicar. Pero al ir con otro evangelio inspirado por el poder satánico y no por el poder del Espíritu Santo, lo hacen para engañar, para alucinar, para arrebatar la verdad de las mentes de los hombres mientras proclaman una mentira. Este es el plan del imitador de Dios. Pablo destaca esto mientras escribe a los Gálatas. En Gálatas 1:6—9 dice: «Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Más si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.» El idioma griego no tiene otra palabra más fuerte que la que el Apóstol usa aquí en dos oportunidades (versículos 8 y 9) cuando dice que quien pervierte la doctrina del evangelio de la persona y de la obra de Jesucristo sea maldito eternamente. Pablo, comprendiendo las artimañas de Satanás, sabía que imitaría el programa de Dios y que engañaría a los hombres imitando el mandato divino de predicar por todo el mundo. Necesitamos estar alerta contra un concepto falso que se ha generalizado. Cuando observamos un borracho o un delincuente que se va barranca abajo, decimos: «Miren lo que Satanás ha hecho. Ahí tienen la obra maestra de Satanás.» No estoy de acuerdo con este criterio. Satanás se halla tan disgustado y asqueado con ese resultado como tú. Satanás quiere desentenderse de ese borracho y no tener nada que ver con él, a pesar de que le pertenece. La obra maestra de Satanás es el individuo bueno, recto, honesto, honrado y respetado en la comunidad, que siente que no necesita a Jesucristo, que no necesita a Dios, que puede lograr su propia salvación sin la ayuda divina. El hombre cuyo carácter es incuestionable, cuyo prestigio es intachable, pero que excluye a Dios de su vida, es el deleite de Satanás. Esa es su obra maestra. Satanás está tratando de lograr que sus hijos sean lo más parecidos posible a Dios, para que nunca depositen su fe en el Señor Jesucristo como su Salvador personal. Satanás está tratando de lograr la perfección. Está tratando de obtener un hombre perfecto fuera de Cristo. Entonces podría decir: «Sois semejantes a Dios; siguiéndome habéis llegado a ser como Dios.» ¿Cuál es el objetivo de la evolución? Producir un ejemplar humano perfecto mediante procesos naturales y mediante el control del medio ambiente y de la herencia. Considera que el hombre se acerca a la perfección mediante su propio esfuerzo, sin la ayuda de la gracia divina Satanás proclama la teoría de la evolución para lograr su fin propuesto: hacer creer a los hombres que se asemejan mucho a Dios sin tener conocimiento alguno de Dios ni relación alguna con Él. Leímos recientemente acerca de una boda satánica efectuada en California, con una novia vestida de escarlata. Sobre el altar se hallaba el cuerpo de una mujer desnuda, simbolizando más bien una devoción a la indulgencia que a la sobriedad. Ambos contrayentes se reunieron para ser casados ante Satanás. La característica singular de esta nueva religión satánica es que no tiene concepto alguno del pecado y, en consecuencia, no provoca sentimientos de culpa alguna. El fundador de esta religión está escribiendo una nueva biblia, que será una biblia satánica. ¿A quién no le horroriza esta noticia? ¿Crees que Satanás se halla orgulloso de esto? ¡Claro que no! Se siente avergonzado. Se siente tan avergonzado de ello como cualquier hombre de Dios de carácter recto, porque ello revela lo que Satanás realmente es. Satanás no quiere que esto trascienda. Él quiere ocultar lo que él es: quisiera ocultar este tipo de devoción, porque lo desenmascara. ¿De qué movimientos se siente orgulloso Satanás? De aquellos en los cuales sus ministros aparecen como ministros de luz. En uno de los hoteles más grandes de Dallas, Texas, un grupo de hombres que decían ser ministros del evangelio de Jesucristo se reunieron para hablar sobre la educación cristiana. Un líder dijo ante los delegados de todas las regiones de los Estados Unidos que se hallaban reunidos: lo más peligroso que podemos hacer es enviar a nuestros hijos a la escuela dominical, porque allí se les enseñan los mitos de la Biblia y luego, cuando son mayores, comprenden que deben desechar esos mitos, y desechan a Dios junto con los mitos. Por lo tanto, es peligroso enviar a nuestros hijos a la escuela dominical. Ese hombre no es un ministro de la justicia; es un ministro del diablo. Cierto obispo negó públicamente todas las doctrinas fundamentales de la Palabra de Dios a tal extremo que su denominación ya no lo pudo tolerar más. En una de nuestras universidades en Texas dijo a los jóvenes: «No permitáis que nada ni nadie os diga qué es pecado. Uno es el que decide qué es pecado. Y una cosa es pecado sólo cuando determinamos que lo es para nosotros; si determinamos que no es pecado, no lo es.» A ese hombre lo llaman «obispo» y «pastor de almas». Es más bien un emisario del diablo, disfrazado de ministro de luz. Otro hombre, que se titula sacerdote de salones de baile, vaga de bar en bar para, según dice, alcanzar a los hombres con el evangelio. Y dice públicamente: «No quiero utilizar la palabra Jesucristo: Uno no puede comprender a un dios encarnado. Hablo de Jesús, porque uno sí puede comprender a un hombre que traspira.» Aunque dice ser ministro de luz, habla como un hijo del diablo. Quienes conocen la Palabra de Dios y veneran la autoridad de las Escrituras deberían examinar a toda persona que profesa ser ministro de Jesucristo para ver si pueden aprobar este examen sencillo. ¿Cuál es su actitud con respecto a la persona y obra de Jesucristo? Es peligroso sintonizar la radio sin criterio, porque Satanás —el príncipe de la potestad del aire— puede apropiarse de las ondas del éter para proclamar su impiedad por medio de quienes profesan ser ministros de justicia. La Palabra de Dios te manda que pruebes a todos los que profesan ser ministros del Evangelio de Cristo. Pruébalos de acuerdo a la Palabra de Dios, porque ésta es la norma y la autoridad. El hombre que pone en tela de juicio la autoridad, la integridad y la infalibilidad de la Biblia carece de guía en su doctrina y se ha transformado en emisario de Satanás. Quien niega la suficiencia de la muerte de Cristo para la salvación del pecador, no importa cuál sea su afiliacióno posición, es un emisario de Satanás, un ángel de las tinieblas disfrazado de ángel de luz. Quien niegue que Jesucristo es el Hijo eterno del Dios eterno, que se encarnó para redimir a los pecadores, es un emisario de Satanás, no importa cuán pío sea su vocabulario ni cuál sea su respaldo eclesiástico. Satanás está obrando para engañar, para perpetrar una mentira, y esto lo hace mediante la sutil imitación de la verdad. Quizás algunos de los que leen estas líneas se han confiado en el pasado a ministros de las tinieblas pensando que eran ministros de la luz. Invocamos la autoridad de la Biblia para testificar que hay un solo Salvador y que éste es Jesucristo; que hay un solo plan de salvación: que Cristo murió por nuestros pecados; que hay una sola manera en que puedes recibir la salvación de Dios, y ella es que aceptes a Jesucristo como Salvador personal. Este es el mensaje de luz que se halla en Jesucristo. Te ofrecemos este Salvador. ¿Confiarás en Él para obtener la salvación? 8 Satanás, el inicuo 2 Tesalonicenses 2:1-2 CUANDO VAMOS a un estudio fotográfico para que nos hagan un retrato, es probable que le pidamos al fotógrafo que tome la foto de un lado o del otro, porque estamos convencidos que un lado es mejor que el otro. El fotógrafo puede pensar de otro modo y tomar otra pose. El cliente elegirá la foto que más le favorezca. Pero mirémoslo como lo miremos, Satanás no tiene un solo lado bueno. Es un mentiroso, un trampista, un engañador, un imitador. Quisiéramos llamar tu atención a otra faceta del carácter de Satanás, tal como lo vemos en la Palabra de Dios: sé lo describe como el inicuo. El apóstol Pablo al escribir en 2 Tesalonicenses 2 nos recuerda que Satanás consumará su plan sobre la tierra durante el período de la Tribulación manifestando al mundo al llamado hombre de pecado, el hijo de perdición o, traducido más correctamente, el inicuo. Este inicuo, que tiene tanta participación en el programa profético, es tan sólo una manifestación del carácter básico de Satanás y de su plan. No comprenderemos la naturaleza de la lucha en que nos hallamos comprometidos día tras día, ni comprenderemos muchos de los acontecimientos que se están desarrollando a nuestro alrededor en el mundo actual, a menos que reconozcamos el hecho de que el que es calumniador, engañador y mentiroso es también inicuo. Satanás fue creado por un acto de Dios junto con el resto de la creación angelical. Entró en existencia porque Dios habló. En virtud del hecho de que es una criatura, tenía la obligación de someterse a la autoridad del Creador. El apóstol Pablo, al referirse a la perpleja doctrina de la elección, explica claramente en Romanos 9:20 que el ser creado no tiene derecho alguno de decirle al Creador: «¿Por qué me has hecho así?» Durante mucho tiempo, no sabemos exactamente cuánto, Lucifer permaneció en el estado en el cual fue colocado por creación. Como el mayor de los seres angelicales creados era ejecutor de la voluntad divina y administrador en el reino de los seres angelicales. Mientras ejercía el poder de Dios, revestido de gloria y de resplandor como el más hermoso de todos los seres creados, era superior a todos los demás ángeles. Pero le molestaba que hubiera uno sobre él. Codició la autoridad que pertenecía a Dios y, lo que es más, codició la independencia de Dios. Cuando Lucifer observó la independencia de Dios y la contrastó con su obligación de permanecer sujeto a Él, él dijo (como relata Isaías 14:14): «Seré semejante al Altísimo.» Esta frase resume la rebelión de Lucifer contra Dios. Nunca podría ser semejante a Dios el Creador, porque era un ser creado. Nunca podría ser semejante a Dios en cuanto a la vida eterna, porque poseía vida creada. Podía ser semejante a Dios de un solo modo, y éste consistía en no ser responsable ante nadie salvo él mismo. De este modo, en su codicia de independencia, dirigió la rebelión de una hueste innumerable de ángeles contra la autoridad de Dios, Dios comenta el efecto que ello tuvo. «Se inclinarán hacia ti los que te vean, te contemplarán, diciendo: ¿Es éste aquel varón que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos; que puso el mundo como un desierto, que asoló las ciudades, que a sus presos nunca abrió la cárcel?» (Isaías 14:16, 17.) Para poder comprender lo que escribe Isaías es necesario que recordemos nuevamente la sutileza de la incitación al mal que Satanás hizo a Eva. Satanás se acercó a ella y puso en duda su conocimiento de la revelación de Dios. Puso en tela de juicio el amor de Dios y lo acusó de ser celoso: por cuanto Él no quería compartir su posición con nadie, le negaba a Eva aquello que sería para su provecho y su bendición. Acusó a Dios de tener un carácter imperfecto. Como resultado de esta tentación, cuando «vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar sabiduría... tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella». El primer pecado de Eva fue el pecado de la duda, pecado que puso en tela de juicio el carácter de Dios. La duda produjo la rebelión; y Eva se rebeló contra Dios, siendo la primera persona rebelde en esta esfera terrenal. Adán se unió inmediatamente a su rebelión, de tal modo que fueron dos los rebeldes. Y cuando Adán y Eva tuvieron hijos, los hijos que nacieron en su familia nacieron en rebelión. Cuando crecieron, su carácter rebelde se manifestó: Caín mató a Abel su hermano. Este fue un pecado inicuo. Casi al principio “del libro de Génesis descubrimos que toda la tierra se había vuelto tan corrompida, malvada y rebelde que Dios vio que «la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón. Y dijo Jehová: «Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho.» (Génesis 6:5-7.) Ahora comenzamos a comprender lo que Isaías dijo cuando se dirigió a Satanás y preguntó: «¿Es éste aquel varón que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos; que puso el mundo como un desierto?» Se estaba refiriendo a la convulsión de la raza humana en su adhesión a la desobediencia y rebelión que los llevó a repudiar toda la ley y orden, y rebelarse contra la autoridad. La raza humana se transformó en una raza rebelde, rebelde contra Dios. Se transformó en una raza inicua. Dios tuvo que enviar un diluvio que cubrió toda la faz de la tierra, para raer a los hombres de sobre su faz, porque Satanás había efectuado su obra, haciendo temblar la tierra y convirtiendo la tierra virgen en desolación en su rebelión contra Dios. Pero Dios tenía el propósito de poblar la tierra nuevamente. Utilizó a Noé, su esposa y sus hijos, pequeña familia que había crecido en la fe en Dios porque Él se les había revelado. La tierra fue poblada nuevamente después del diluvio y, a fin de evitar que la tierra fuera sacudida por la desobediencia, leemos en el capítulo nueve del Génesis que Dios instituyó el gobierno humano. Se le dio poder al gobierno humano, hasta de imponer la pena de muerte para el individuo, para que la iniquidad fuera contenida, para que los hombres pudiesen tener justicia y rectitud sobre la tierra. El principio sentado en Génesis 9:6 es el siguiente: «El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.» El apóstol Pablo se refiere a las prerrogativas y al propósito del gobierno en el capítulo trece de la epístola a los romanos. Pablo manda: «Sométase toda personaa las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanzas de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque [la autoridad] lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo.» En este pasaje el Apóstol nos dice muy claramente que los gobernadores y autoridades de la esfera civil han sido puestos por Dios; Dios los llama sus ministros. No son ministros del Evangelio, pero son administradores de la ley y del orden, del derecho y de la justicia. Han sido puestos para administrar el juicio de Dios sobre los que hacen lo malo, para castigar a los tales y para preservar a los que hacen lo bueno. Para que no pienses que éste es un pasaje aislado, observa 1 Pedro 2:13, donde el Apóstol dice que debemos someternos «a toda institución humana, ya sea el rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviado para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien». En la carta a Tito el apóstol Pablo nos enseña nuevamente lo mismo. Pablo quería que los que habían sido libertados en Cristo Jesús reconocieran que se hallaban bajo la autoridad del gobierno y que debían someterse a él porque el gobierno era una institución divina necesaria, a causa de la rebelión de Satanás y del plan satánico para producir la más absoluta iniquidad sobre la faz de la tierra. Quisiera recordarte que el apóstol Pablo estaba viviendo bajo uno de los gobiernos más corrompidos y más autoritarios que el mundo jamás haya conocido. Sin embargo, Pablo no se ocupó de criticar la forma de gobierno, sino que dijo que los creyentes tenían la responsabilidad de someterse a él. Esto nos lleva a la conclusión de que cualquier forma de gobierno que cumpla el propósito divino de gobierno, esto es, cualquier gobierno que preserva la ley y el orden, que contiene la iniquidad y evita el desorden, cuenta con la aprobación divina. El creyente tiene la responsabilidad de someterse a él. Estoy tratando de hacerte ver que Dios tiene un propósito con el gobierno humano. El gobierno humano fue necesario porque Satanás es inicuo, es rebelde, y es su propósito guiar a los hombres a la iniquidad, a la rebelión contra la sociedad, contra Dios, contra la ley divina. Y para contener la obra de aquel que hace temblar a las naciones, Dios ha instituido el gobierno humano. Satanás tiene un propósito muy distinto. Lo hemos visto en el capítulo seis del Génesis con respecto al diluvio. El propósito de Satanás es sumergir a todo el mundo en un caos de desobediencia. Es su propósito hacer que los hombres y las naciones se rebelen contra el gobierno de Dios, contra las normas morales de la Palabra de Dios y contra el carácter de Dios, para producir la iniquidad. Hay un pasaje en el cual Pablo describe el carácter de la sociedad de los últimos tiempos, cuando la obra de Satanás ya no se halle restringida. El pasaje de 2 Timoteo 3:1—5 en la versión inglesa ampliada dice: «También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos de gran tensión y perturbación, difíciles de abordar y de sufrir. Porque habrá hombres amadores de sí mismos [hasta el extremo], avaros e impulsados por un excesivo [ávido] deseo de riquezas, vanagloriosos, soberbios y fanfarrones despectivos. Serán ofensivos [blasfemos y burladores], desobedientes a los padres, ingratos, impíos y profanos. [Ellos serán] sin afecto natural [humano] [callosos e inhumanos], implacables, sin admitir tregua ni pacificación. [Ellos serán] amadores de los placeres sensuales y de vanos entretenimientos más que y antes que Dios, Que [aunque] tendrán apariencia de piedad [religión verdadera] negarán, rechazarán y desconocerán el poder de ellas: su conducta desmiente la genuinidad de su profesión. A [todos] estos evita: apártate de los tales.» Tal es el cuadro de la iniquidad que Satanás trata de provocar en la tierra en estos últimos tiempos. El creyente tiene que hacer frente a esta obra de Satanás en el mundo que lo rodea. También experimenta la obra de Satanás en su propio corazón, porque Satanás sólo puede producir la iniquidad en la sociedad como unidad produciendo la iniquidad en los individuos que la constituyen. El método satánico, pues, consiste en hacer tropezar a la nación, lanzar a la sociedad violentamente a la desobediencia y a la rebelión contra la autoridad guiando a los individuos a ese mismo estado de desobediencia y tumulto. Cuando un individuo nace en este mundo, nace con una naturaleza desobediente y rebelde. Esa fue tu naturaleza y la mía antes de ser salvado. Cuando fuimos salvados, Dios nos puso bajo su autoridad y nos colocó bajo el dominio de Cristo Jesús. Pero aún conservamos la antigua rebeldía contra el gobierno divino y contra la santidad y la justicia de Dios que teníamos antes de ser salvos. Y a menos que el Espíritu de Dios nos conduzca a someternos, dicha rebeldía habrá de manifestarse. Poco comprendemos la medida de la iniquidad desenfrenada que cubre el mundo hoy y que más directamente cubre nuestra nación ahora. Este aumento de la iniquidad constituye una indicación de que estamos viviendo en los últimos tiempos antes de la aparición del Señor de Gloria, quien conducirá a esta tierra a someterse a Él. También constituye una señal de peligro para nuestra nación. Ninguna nación en la historia del mundo ha sido fundada jamás sin un respeto, por la ley y el orden en su comienzo. Y ninguna nación ha sido destruida sin que ese respeto por la ley y el orden fuera destruido antes. Piensa en Babilonia, la gran nación que dominó todas las demás naciones en la historia del Antiguo Testamento. De Babilonia salieron algunos de los más grandes códigos legales, códigos que fueron luego norma para las demás naciones. Pero cuando nos volvemos a la profecía de Daniel en la víspera de la destrucción de Babilonia, ¿qué encontramos? Encontramos al rey en un gran salón de banquetes bebiendo desenfrenadamente y repudiando a todos los dioses. La nación que había sido fundada en la ley la despreció, y en una noche fue arrollada y su poder fue quebrantado. ¿Cuál fue la grandeza de Roma? La ley romana. El sistema legal que Roma desarrolló dio origen a la fundación del Imperio Romano. Pero leamos la obra de Gibbons, «Rise and Fall of the Roman Empire» (Surgimiento y caída del Imperio Romano); ¿qué descubrimos? Durante la declinación de Roma los ciudadanos habían repudiado la ley y su derecho de gobernarlos y hacían lo que les placía tanto como nación como individualmente. Fueron barridos por los invasores del Norte. Cuando repudiaron la ley, entraron en la declinación y el decaimiento. Los Estados Unidos de América, mi nación, fue fundada sobre la Palabra de Dios, sobre el respeto a la autoridad de Dios y sobre el respeto al gobierno legítimo. Acabamos de entrar en un periodo donde el rechazo de la ley es la práctica corrientemente aceptada. Cuando se organizan marchas para desafiar la ley del país y manifestar una abierta rebeldía, podemos observar cuánto hemos transitado por el camino de la desobediencia como nación. Concilios de iglesias y organizaciones que pretenden ser cristianas se unen a este movimiento impío y satánico, tratando de derribar la ley de la tierra y el gobierno de la ley. Las iglesias han contribuido al programa satánico tratando de destruir lo que constituye la función primaria del gobierno. Esto es mucho más que una rebelión individual. Es la ilegalidad organizada contra la autoridaddel estado, la desobediencia civil, como instrumento para cambiar gobiernos u obligar a los gobiernos a cumplir la voluntad del pueblo, forma parte de un sistema satánico que pretende desconocer la ley. Y la ilegalidad no se transforma en legítima porque sea organizada. Cuando quienes están en los altos cargos dicen que es ridículo esperar que una persona obedezca una ley que no le gusta, están defendiendo la ilegalidad. Y cuando una persona cuyo oficio es defender la ley y el orden defiende la rebelión porque la ley no le conviene, está promoviendo el gran propósito de Satanás en el mundo actual; destruir las naciones introduciendo la ilegalidad. Es de preguntarse si Roma avanzó más en el camino de la ilegalidad de lo que nosotros ya hemos avanzado. Para Roma no podía haber otra cosa que disolución. Es de preguntarse si no habremos avanzado más en nuestra impiedad que Babilonia. Nos encontramos en el mismo lugar de Belsasar cuando «bebieron vino, y alabaron a los dioses de oro...» (Daniel 5:4) ¡Dios juzgó y derribó esa nación! Esta misma ilegalidad ha penetrado en la trama y urdimbre de nuestra sociedad. Esto es lo que quiso significar Isaías cuando dijo que Satanás sacudiría a las naciones generando el desprecio nacional por la ley. Ahora bien, a fin de evitar que los individuos caigan en este propósito de Satanás, Dios ha puesto la autoridad en diversas esferas. Al creyente se le manda someterse a esa autoridad. La esfera del gobierno, a la cual el creyente debe sujetarse, es tan sólo una esfera de autoridad que se nos manda respetar. Hay autoridad en el hogar. Quienes están en el hogar deben reconocer que la autoridad del esposo y padre es una autoridad que proviene de Dios. La autoridad fue dada al esposo y padre para contener la desobediencia. El esposo, siendo él mismo desobediente por naturaleza, debe hallarse en absoluta sujeción a Cristo. Los hijos son desobedientes por naturaleza y deben someterse a sus padres. Y la esposa debe sujetarse a su marido para contener la desobediencia. Satanás tratará de producir rebelión en el hogar. Esto podría ser evitado mediante el ejercicio de la autoridad. La Palabra nos dice que Dios ha constituido autoridad en la iglesia. Esa autoridad ha sido confiada a los ancianos, y se manda a los creyentes en la asamblea que se sometan a ellos (1 Pedro 5:5). ¿Por qué? Porque los creyentes pueden ser tan rebeldes y desobedientes como cualquier otra persona. Y Dios, quien ha provisto la autoridad en el estado y ha provisto la autoridad en el hogar, ha provisto también la autoridad en la iglesia. Estas son las tres esferas en las cuales se desenvuelve el hombre: la esfera de la sociedad o el estado, la esfera de la iglesia y la esfera del hogar. No hay ninguna esfera en que vivamos para la cual Dios no haya provisto autoridad, autoridad que es necesaria porque nuestro adversario es inicuo, y nosotros somos desobedientes por naturaleza. Y para evitar que Satanás tome ventaja sobre nosotros y nos lleve a someternos a él, Dios ha impuesto esta autoridad sobre nosotros. Queda aún otra autoridad, la autoridad que pertenece a Aquél cuyo nombre será Rey de reyes y Señor de señores. Dios le ha dado a Cristo no sólo el ser Salvador sino también nuestro Señor. Y cuando usas la palabra Señor con relación a Cristo Jesús, estás confesando que Dios te lo ha dado a Él para que sea tu autoridad, el que te gobierna, el que te domina. ¿Con qué propósito? Para evitar que la desobediencia e iniquidad de Satanás sean reproducidas en ti. El creyente que se somete a Jesucristo estará sometido en el estado, en el hogar y en la iglesia. Pero el método divino para asegurar nuestra sujeción en cada una de estas esferas es llevarnos antes que nada al sometimiento a Cristo Jesús. El hijo que se somete a Cristo Jesús se someterá también a sus padres, porque el padre es el canal por medio del cual Cristo obra. El hijo de Dios que se somete a Cristo se someterá al estado, porque reconoce que el estado es un canal por medio del cual Cristo ejerce su autoridad. El hijo de Dios que se somete al Señor Jesucristo se someterá a los ancianos, porque reconoce que los ancianos son un canal por medio del cual Cristo obra. El hijo de Dios debe decidir qué autoridad reconocerá sobre su vida. Satanás lucha por esa autoridad. Contra ello, Jesucristo extiende una mano atravesada por los clavos y te invita a tomar su yugo sobre ti. Te invita a tomar tu cruz y seguirle como el Señor que tiene el derecho de gobernarte. Tú no tienes poder para combatir la iniquidad de Satanás y tu voz alzada contra la ilegalidad de la tierra será apenas audible. Pero puedes evitar que Satanás te gobierne como individuo. Sólo puedes evitarlo entregando tu vida completamente a Jesucristo para que Él ejerza su autoridad soberana sobre ti cual Señor sobre su siervo. El engañador tratará de cerrar tus ojos a la verdad, el mentiroso negará la verdad, el rebelde inicuo tratará de que te rebeles contra la verdad. Y sólo serás librado de ese maligno cuando te coloques en las manos del Señor Jesucristo. 9 Satanás, el rebelde Job 1:13—22 SIENDO DIOS EL CREADOR, toda la gloria, el honor y la majestad, todo el poder, el dominio y la autoridad le pertenecen. La responsabilidad primordial de la criatura es someterse al Creador. Lucifer, el más sabio y hermoso de todos los seres creados por Dios, se rebeló contra esta responsabilidad. Su deseo era deponer a Dios de su trono y desplazarlo como autoridad suprema del universo que Él había creado. En su rebelión, Lucifer llevó tras sí una gran cantidad de seres angelicales creados, los que al igual que él se transformaron en rebeldes. Cuando Dios creó a Adán y lo colocó en el huerto del Edén, le formuló una exigencia: que se sometiera a Él y le obedeciera. A fin de que existiera la oportunidad de demostrar dicha sumisión, Dios colocó el árbol del conocimiento del bien y del mal en el huerto, y dijo a Adán: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.» (Génesis 2:17.) Satanás, el rebelde, tenía dentro de sí una pasión ardiente y consumidora: conducir a Adán y Eva por su camino de rebelión contra Dios. Su tentación en el Edén fue una tentación a la rebelión. Adán siguió la rebelión de Eva, y la raza que surgió de ellos fue una raza desobediente y rebelde. El plan de Satanás para guiar a los hombres a la rebelión quizá no se ilustra tan claramente en otra parte de las Escrituras como en el encuentro entre Dios, Satanás y Job, que se relata en los primeros dos capítulos del libro de Job. Del relato que se halla allí descubrimos que el propósito de Satanás con Job era idéntico a su propósito con Adán. Su propósito contigo es el mismo. El gran deseo de Satanás es conducirte a la rebelión contra Dios. A Satanás le interesa tanto tu rebelión contra Dios como cualquier otra cosa. No le preocupa tanto hacerte caer en algún pecado atroz como lograr que te rebeles contra Dios, ya que ése es el punto de partida de todos los pecados. Esto se observa claramente en la experiencia de Job. Job había sido bendecido materialmente quizá como ninguna otra persona de su generación. Las Escrituras relatan la bendición de Dios sobre él en su familia, ya que tenía siete hijos y tres hijas. Además Dios había multiplicado sus riquezas materiales, por cuanto tenía siete mil ovejas y tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas y muchísimos criados (es decir siervos o esclavos que se ocupaban del ganado o que se encargaban de la familia). Job reconoció que todo aquello era una bendición de Dios. No pensó que lo había acumulado gracias a su propia sabiduría, fuerza o poder. Al recibir tal riqueza, su reacciónfue adorar a Dios. Reconoció que Dios, quien se lo había dado, podía quitárselo con la misma rapidez. Se dice en el primer versículo que Job era un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal (o que odiaba el mal o temía caer en él). La prueba de que Job era perfecto y recto era que temía a Dios. Su perfección era evidente no sólo para su familia y sus conocidos sino también para Dios, ya que Job demostró su perfección y rectitud permaneciendo en la relación correcta de una criatura para con el Creador. Temía, respetaba, se sometía y se inclinaba a la autoridad de Dios, quien le había dado aquellas bendiciones. La vida de Job se caracterizaba por una adoración constante. No esperaba alguna ocasión determinada para ir a un culto de acción de gracias a hacer un repaso del año pasado, contar las bendiciones de Dios. La acción de gracia era su actitud cotidiana, ya que en el capítulo uno, versículo cinco, se nos dice: «Y acontecía que habiendo pasado en tumo los días del convite, Job enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizás habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días.» Job era un sacerdote en la familia y ofrecía diariamente sacrificios a Dios. Mediante este sacrificio él reafirmaba su continua dependencia de Dios y su sumisión a Él. Como sacerdote estaba declarando que sus hijos, que se hallaban bajo su autoridad, también se hallaban sujetos a la autoridad de Dios. Lo que Job temía más que cualquier otra cosa era que sus hijos fueran rebeldes, porque decía: «Quizás habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones.» ¿Cómo imaginaba Job la posibilidad de que sus hijos pudieran blasfemar contra Dios? Después de todo, habían sido criados en su familia y él los había guiado y enseñado, y les había dejado un ejemplo de sumisión y dependencia de Dios. Pero aún así Job temía que sus hijos pudieran volverse rebeldes. Job conocía lo que había en su propio corazón. Obviamente él mismo había sentido la incitación de Satanás a algún acto de rebelión. Ya que él, sentía estas tentaciones, sabía que sus hijos habrían de sufrirlas también. Por lo tanto se mantenía en guardia contra esa rebelión mediante sus continuos sacrificios a Dios, no fuera que él o su familia blasfemaran contra Dios en sus corazones. Así que Dios pudo mostrar qué clase de hombre era Job, un hombre que ejercitaba la dependencia consciente de Dios. Satanás no podía descansar mientras hubiera una criatura que se sometiera intencionada y voluntariamente a la autoridad de Dios en vez de entregarse a hacer su voluntad. Parece ser que toda la atención de Satanás se hallaba centrada sobre este hombre más que sobre cualquier otro miembro de su generación. A Satanás no le preocupaban algunos de los amigos de Job, que ya eran rebeldes. Era a Job a quien Satanás deseaba conducir a la rebelión y someter a sí, causa de la dependencia de Dios que Job manifestaba. Quisiéramos señalarte que cuando cualquier hijo de Dios se hace el propósito, mediante el Espíritu Santo, de vivir una vida tal que agrade al Señor Jesucristo y andar en completa dependencia de Dios, se está exponiendo a todos los dardos de fuego del maligno. No pienses que porque sometas voluntariamente tu voluntad a la voluntad de Dios que este sometimiento va a ser el fin de tus luchas contra la tentación. Desgraciadamente, constituye el comienzo de tu lucha. Mientras camines por el sendero de la rebelión contra Dios, Satanás habrá de dejarte tranquilo. ¡El Espíritu de Dios no te dejará, pero Satanás sí! Cuando te propongas andar de tal modo que agrades a Aquel que te ha llamado a la santidad, Satanás hará de ti su blanco especial. Eso fue lo que hizo con Job. Cuando llegó el momento en que se le concedió audiencia a Satanás ante el trono de Dios, éste señaló a Job como una lección objetiva para Satanás. Dios se deleitó en gran manera al señalar a Job como un hombre en cuya adoración se deleitaba y en cuya sumisión hallaba satisfacción. Satanás acusó a Dios de haber comprado a Job. Dijo: «¿Acaso teme Job a Dios de balde?» (Job 1:9.) Si Dios no es adorado por el simple hecho de que es digno de ser adorado, la adoración no significa nada para El. Dios no es honrado y glorificado hasta tanto sus criaturas lo adoren voluntariamente. Esta es la razón por la cual la Palabra de Dios siempre considera la adoración como un sacrificio voluntario. Algunos sacrificios eran obligatorios. Había también sacrificios voluntarios. Dios quedaba satisfecho mediante la obediencia que implicaban los sacrificios requeridos. Pero Dios era adorado mediante los sacrificios voluntarios que traían los hombres porque lo amaban, porque lo respetaban, porque reconocían su derecho a ser adorado. De modo que Satanás estuvo delante de Dios y lo insultó. En la práctica dijo a Dios: «Tú has comprado a Job con tus bendiciones; has comprado su adoración; has comprado su obediencia; sería necio de su parte no continuar con este ritual, porque así Tú continúas brindándole tus bendiciones materiales.» Este fue el desafío de Satanás: «Extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra Ti en tu misma presencia.» (Job 1:11.) ¿Qué quería Satanás que Job hiciera más que cualquier otra cosa? Blasfemar contra Dios. Rebelarse contra Dios. El concepto de Satanás era que Dios no era digno de adoración aparte de sus dones. Tal blasfemia no requería un juramento de sus labios. Si Job hubiese elevado los ojos al cielo preguntando «¿Por qué?», ello hubiera sido una rebelión. Hubiera seguido el plan satánico. Dios hubiera sido deshonrado por lo que parecería ser una pregunta inocente. Los mensajeros fueron llegando ante Job. El primero de ellos, en el versículo 14, le dijo que sus bueyes y asnas habían sido tomados o matados. El segundo, en el versículo 16, le dijo que todas sus ovejas habían sido destruidas. El tercero, en el versículo 17, le dijo que todos sus ca- mellos habían caído en manos de los caldeos. El cuarto, en los versículos 18 y 19, le dio la noticia de que sus diez hijos habían muerto en una tormenta. En pocos momentos todo lo que Job tenía le había sido quitado; Job era un indigente, privado de sus hijos y de sus posesiones. Su fe fue inmutable aun en esta prueba. Aun cuando quizás haya sido tentado a hacer lo que Satanás quería, «blasfemar contra Dios», se relata en el versículo 20 que «Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza». Estas eran expresiones de dolor. Job no se había abstraído a los hechos. No negó que la tragedia hubiera sucedido. No se movió en un mundo alejado de la realidad. El que haya rasgado su manto indica que estaba plenamente consciente de la importancia de las noticias que los mensajeros le habían llevado. Pero en vez de blasfemar contra Dios, «se postró en tierra y adoró». Job seguía siendo tan adorador cuando todo le había sido quitado como cuando disfrutaba de la abundancia inconmensurable que le había sido dada por Dios. Esta es una de las peores derrotas que Satanás jamás haya sufrido. Pocas personas, quizá ninguna, habían sido sometidas a la prueba que debió sufrir Job por parte de Satanás para lograr que renegara de Dios. Job fue sostenido por su reconocimiento de dependencia de Dios, por su reconocimiento de la bondad del carácter de Dios y por su confianza en la sabiduría divina. Satanás esperaba oír blasfemias airadas brotando de sus labios. Sin embargo, para humillación y disgusto suyo, oyó las palabras de alabanza que fluyeron de los labios de aquel santo de Dios. Cuando un hombre ya está en medio de la prueba es demasiado tarde para aprender a adorar. Es demasiado tarde para aprender a confiar. Es demasiado tarde para aprender aandar por fe. Un hombre puede triunfar en una prueba satánica si camina todos los días con Dios antes que vengan las tormentas, las aflicciones y las pruebas. Job pudo adorar en el momento de la aflicción porque la adoración había llegado a ser el modelo consagrado de su vida. Su dependencia característica del pasado continuó aun durante el ataque de Satanás. Aun cuando Satanás había sufrido una derrota de lo más humillante, se atrevió a desafiar nuevamente a Dios. Dios señaló una vez más a Job, precisamente la persona sobre la faz de la tierra a quien Satanás más deseaba olvidar. Le preguntó nuevamente: «¿No has considerado a mi siervo Job?» (Job 2:3.) En otras palabras, Dios le preguntó: «Satanás, ¿cómo me explicas un hombre como Job?» La única respuesta legítima era: «Job reconoce su dependencia de ti a causa de lo que eres, y te adora.» Pero Satanás tenía otra explicación y desafió a Dios por segunda vez: «... Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia.» (Job 2:4, 5.) ¿Qué se proponía producir Satanás en Job? ¡La rebelión! Satanás insinuó que ya que Job se sometía al Creador, Él como Creador debía tocar los labios que había creado, y que cuando así lo hiciera, Job rechazaría el derecho de Dios a gobernar y se rebelaría. Nuevamente con el permiso de Dios, Satanás salió de la presencia del Señor con el propósito expreso de obrar para lograr que Job repitiera el pecado de rebelión, el primer pecado de Satanás, el pecado de los ángeles, el pecado de Adán y de Eva. Leemos en el versículo 8 que Job «... estaba sentado en medio de ceniza». El montículo de cenizas se hallaba fuera de la ciudad. Era un lugar inmundo. Era allí donde iban los parias. Job se había aislado de su hogar. Se había aislado de su mujer, el único ser que le quedaba. Habiéndose aislado de todos sus amigos, se sentía abandonado. Fue entonces cuando le llegó la tentación. Observamos la sutileza de Satanás aquí. Satanás no se presentó directamente a Job sino por medio de su esposa, quien vino a ser el agente de la tentación. Eva fue tentada cuando Satanás se acercó a ella en la forma de una criatura. Job fue sometido a una prueba más grande que Eva, porque esta incitación provino del ser más allegado y querido para él. La estrategia de Satanás no consiste en utilizar a alguien que sería fácil de rechazar sino en utilizar a quien resulta más difícil decirle que no. Pero la tentación no cambia porque el propósito de Satanás no ha variado. La mujer de Job se le acercó y le dijo: «¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete.» Al pronunciar estas palabras ella estaba promoviendo el propósito de Satanás y poniendo una tentación satánica delante de él para que hiciera lo que Satanás deseaba más que cualquier otra cosa en este mundo: que Job renunciara a su dependencia, a su sumisión, a su obediencia; que se independizara de Dios. ¡Cómo se glorió Dios en la respuesta de Job! (versículo 10). Este censuró a su esposa y le dijo: «Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado.» En la Palabra de Dios la palabra fatua se aplica a quien ha excluido a Dios de sus pensamientos. En otras palabras, le dijo: «Me hablas como una impía cuando me invitas a hacer lo que Satanás quiere que la raza humana haga.» «¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios.» (Job 2:10.) Job rehusó declararse independiente de Dios gracias a su fe en el carácter de Dios y al reconocimiento de su responsabilidad de someterse a Dios. Lo que Satanás quería de Job resume lo que Satanás quiere de ti y de mí. No es su deseo que vayas a robar un Banco, ni que cometas un gran desfalco en perjuicio de tu patrón, ni que te envuelvas en algún gran escándalo ético o moral. Ese no es su plan para ti en absoluto. Lo que quiere es que te rebeles contra Dios; que le digas «no» a Él; que le niegues su derecho a ejercer una autoridad absoluta sobre ti. Cuando hayas hecho esto habrás caído en el pecado de Eva; le habrás robado a Dios su gloria, y su derecho de ser obedecido y adorado. Job no fue el único que debió sufrir esta prueba. En el capítulo 16 del Evangelio de Mateo observamos a nuestro Señor caminando con sus discípulos. Se dirigió a ellos con la siguiente pregunta (versículo 13): «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» Los discípulos comenzaron a repetir las respuestas que habían escuchado. Para algunos Cristo era Juan el Bautista; para otros, Elías; para otros, Jeremías; y para otros, uno de los profetas. Luego de escuchar lo que sus discípulos habían oído, nuestro Señor se volvió directamente a ellos y les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro, como vocero de los doce, confesó su fe: «Tú eres el Cristo [Mesías], el Hijo del Dios viviente.» Luego de esa afirmación de fe, Cristo hizo otra revelación. Les dijo, en el versículo 21, que «le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día». Todo ello era parte de la profecía de lo que el Mesías habría de hacer. Isaías en el capítulo 53 había dicho que el Mesías, quien Pedro acababa de confesar era el Señor, habría de ser el siervo sufriente que se daría a sí mismo como sacrificio por los pecados, para proporcionar por medio del derramamiento de su sangre la salvación de los pecadores. Cuando nuestro Señor, luego de la confesión de Pedro, dijo: «Sí, yo soy el Mesías y en estos mismos momentos estoy recorriendo mi camino hacia Jerusalén para darme a mí mismo como un sacrificio por los pecados del mundo», Pedro extendió su mano y la puso sobre los hombros del Señor Jesús y comenzó a desalentarlo, a fin de hacerlo razonar. Y le dijo: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.» Observemos cuál fue la respuesta del Señor: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!» Así como Satanás utilizó a la esposa de Job gomo canal para presentar la tentación delante de Job a fin de que renunciase a la voluntad de Dios para él, Satanás utilizó al discípulo que se hallaba tan allegado a Cristo como cualquiera de los discípulos para presentar su tentación ante Cristo. ¿En qué consistía? En rebelarse contra la voluntad de Dios, porque Él había destinado a Cristo a una cruz. Apartarse del camino de Dios, abandonar Jerusalén, huir a la seguridad que Galilea le brindaba. Jesucristo percibió lo que esas palabras representaban, una tentación de Satanás, y se dirigió a Pedro no como el autor de esa declaración sino como Satanás, que era quien había puesto ese pensamiento en Pedro. Le dijo: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.» Satanás no tenía mejor propósito para el Señor Jesucristo que el de desviar sus pies del camino de la perfecta obediencia a la voluntad de Dios. Y presentó esa tentación ante Cristo usando los labios de Pedro. Muy poco tiempo después nuestro Señor entró en el huerto de Getsemaní. Allí también estuvo el tentador. Cristo resistió la misma tentación de renunciar a la voluntad de Dios para Él cuando se inclinó ante el Padre y dijo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya.» Fue obediente hasta la muerte. Es por ello que el autor de la Epístola a los Hebreos nos invita a poner los ojos en Jesús, «el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio...» (Hebreos 12:2.) El gozo puesto delante de Cristo fue el gozo de ser perfectamente obediente y sujeto a la voluntad de Dios. El propósito expreso de Satanás con Job y que constituyó el propósito de Satanás con Cristo —apartarlos de la sumisión, dependencia yobediencia a Dios— es también el deseo principal de Satanás para cada paso de tu vida. Mantente alerta contra la rebelión. Dios te pide que continúes en un plano de obediencia, en un plano de sujeción, en un plano de adorador, mientras reconoces el derecho que Dios tiene sobre tu vida. 10 Perseguidos por un león rugiente 1 Pedro 5:1—11 EL APÓSTOL PEDRO, cual fiel pastor, estaba preparando sus ovejas para el tipo de vida que tendrían que vivir día tras día. Era una vida difícil, porque el Evangelio no era bien recibido en la sociedad en la cual se desenvolvían. Desde el punto de vista político el cristianismo no era aceptable porque esperaba la venida del Señor Jesucristo, quien como Rey de reyes y Señor de señores establecería un reino y sometería a todas las naciones a su autoridad. Desde el punto de vista económico, quienes estaban en la iglesia cristiana estaban sufriendo privaciones y hambre por haber dejado el sistema establecido. En vista de estos problemas, el apóstol Pedro escribió su primera epístola para ayudar a estos creyentes dispersos que estaban experimentando sufrimiento para que pudieran sobreponerse a la persecución. Habiendo considerado en primer lugar las que parecían ser las formas más extremas de persecución, habla de la máxima persecución del más grande perseguidor, es decir Satanás mismo. Concluye esta pequeña epístola cual fiel pastor: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro rededor buscando a quien devorar.» (1 Pedro 5:8.) La exhortación que Pedro nos da consiste en cuatro palabras: sed sobrios, y velad. La sobriedad en las Escrituras tiene poco o nada que ver con el uso de las bebidas alcohólicas. La sobriedad se refiere a la actitud seria de la mente. Tiene que ver con nuestra perspectiva de la vida. La sobriedad observa las cosas en su perspectiva correcta. Quien considera las cosas seriamente las observa en su verdadera naturaleza, porque dispone de un conjunto bíblico de valores y vive a la luz de los nuevos principios que le han sido dados por Jesucristo. Quien no tenga comprensión alguna de la naturaleza o del carácter del mundo, o que desconozca los propósitos y los ataques de nuestro adversario, el Diablo, puede permitirse el lujo de vivir despreocupada o livianamente. Pero quien observe la vida como Jesucristo la ve, debe tener una actitud totalmente nueva, un enfoque totalmente nuevo, caracterizado por la sobriedad. Pero además de esta actitud seria de la mente, el creyente debe velar. Y ello significa observar cuidadosamente, mirar alrededor. Velamos cuando reconocemos la presencia de un enemigo o adversario. Mientras que la sobriedad se relaciona con la actitud interior, el velar tiene que ver con 1a defensa exterior. De modo que el hijo de Dios debe reconocer que está viviendo en medio de un enemigo hostil y que se halla rodeado por un adversario invisible que trata de destruirlo. Sabe que debe abrirse paso a través de un cenagal donde el adversario puede esconderse fácilmente y donde hay innumerables oportunidades para la emboscada. Sería inconcebible que los soldados en Vietnam hicieran una incursión en territorio enemigo sin ejercitar la vigilancia y la sobriedad. El haber visto a un compañero destruido por las balas adversarias seguramente produciría sobriedad. El estar consciente de que detrás de cualquier arbusto puede estar escondido un enemigo apuntándonos produciría vigilancia. Cualquier hombre que fuera a la lucha armada con otra actitud o enfoque sería un verdadero idiota. Sin embargo, ¡cuántos hijos de Dios consideran la vida como si fuera un picnic de la Escuela Dominical, en el que vamos hacia la mesa para tomar una gaseosa! Luego de exhortarnos a ser sobrios y velar, Pedro nos explica por qué ello es necesario. «Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.» Cuando Pedro utiliza el pronombre vuestro, se está dirigiendo a los creyentes. Satanás no es el adversario de quienes ya se hallan en su familia. Es el adversario de los que han nacido fuera de toda relación con él por la fe en Cristo Jesús. Pedro está hablando a quienes en un tiempo se hallaban sujetos a Satanás como su padre, su dictador, su señor, su dios. Ahora, habiendo llegado a conocer al Señor Jesucristo, han comprendido que Cristo tiene mayor, autoridad y que su derecho a ser obedecido invalida las demandas de Satanás. Han reconocido la mentira de Satanás en su justo valor y han recibido la verdad que es en Cristo Jesús. Y por haber repudiado a Satanás y haber recibido a Jesucristo como Salvador y Señor, han exasperado a Satanás y se han transformado en enemigos de él. Satanás no deja en libertad a sus sujetos voluntaria o fácilmente. El mismo hecho de que uno le sea arrebatado cual tizón del fuego y pase a ser hijo de Dios despierta contra uno toda la ira del infierno, porque eso constituye un insulto para Satanás. Al recibir a Jesucristo te has convertido en enemigo de Satanás y él ha pasado a ser tu adversario. No hay neutralidad alguna en la actitud de Satanás para contigo, y sería un engaño satánico pensar que a Satanás no le importa lo que tu hagas ahora que ya no le perteneces. Tú personalmente estás dispuesto a dejar tranquilos a los hijos de los demás, porque tienes suficientes problemas con los tuyos. Pero ésta no es la actitud de Satanás. El deja tranquilos a los suyos y trafica con los hijos de Dios. Tan pronto como uno llega a ser hijo de Dios, Satanás pasa a ser su adversario. Satanás no es omnipresente. Dios es omnipresente, y Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo pueden brindarte una atención personal como si fueras la única criatura que existe sobre la faz de la tierra. El infinito amor, atención, interés, cuidado y provisión de Dios son tuyos. Pero Satanás no es omnipresente. ¿Cómo se explica entonces que te cause tantos problemas? Satanás es un buen organizador y tiene las cosas bien organizadas en su reino. Tenía un buen modelo para seguir. A pesar de que Dios es omnipotente, omnipresente y omnisciente, Dios atiende los asuntos de su reino por medio de seres creados: los ángeles. Dios asigna soberanamente un ángel guardián a cada uno de los que habrán de ser herederos de la salvación. Esto funciona perfectamente, porque los ángeles de Dios en perfecta obediencia cumplen la voluntad divina, de tal modo que ninguno de los que Dios ha escogido para salvación se pierda jamás. Cuando Lucifer se rebeló contra Dios el llevó consigo una hueste innumerable de ángeles que le dieron a él la autoridad que por derecho pertenecía a Dios. Lo reconocieron como dios y se sometieron a él. Satanás imita el plan de la administración divina y lleva a cabo sus planes diabólicos por medio de estos ángeles caídos, los demonios. Aunque Satanás no puede estar presente contigo, puede ejercer autoridad sobre ti por medio de sus demonios y puede ordenar a los demonios que se hallan sujetos a él que hagan lo que él quiere efectuar en tu vida. Satanás no permitirá que sus demonios descansen en su ataque contra ti ni de día ni de noche. En una lucha invisible pero constante, el adversario ataca abiertamente al creyente para apartarlo del camino de obediencia a la Palabra de Dios. El Apóstol destaca este ataque de Satanás cuando dice «Vuestro adversario... anda alrededor». Esta palabra se halla en el tiempo presente y no estarías equivocado si lo leyeras así: «Vuestro adversario el diablo anda constantemente alrededor, o está al acecho constantemente.» Satanás nunca descansa. Tú duermes, pero él no; está planificando el ataque para mañana. Tú te sientas en la iglesia; el también. Él nunca te deja solo Él no se queda afuera; está allí para atacar, para apartar y arrebatar la Palabra que está siendo sembrada. El Apóstol utiliza una figura descriptiva para tratar de dar a entenderla actividad incesante y destructiva de Satanás: la figura de un león. El león que acecha a la presa impulsado por el hambre, no la acecha para admirar el hermoso pelaje ni la gracia con la cual se mueve el animal; el león acecha porque está empeñado en destruir lo que ha elegido por presa. Aquí se representa a Satanás como un león rugiente que está al acecho. La expresión león «rugiente» sugiere que Satanás considera que ya ha conquistado su presa. Ningún león al acecho de su presa anuncia este hecho rugiendo. El león no despierta de su sueño y sale impulsado por el hambre a la llanura donde los animales están pastando y les anuncia que está merodeando. Se desplaza velozmente y en silencio; ataca y destruye a la presa y luego ruge. Este rugido manifiesta dos cosas. En primer lugar es una nota de triunfo en la cual el león anuncia su conquista. Como el león es cobarde, es también una advertencia a cualquier otro animal que se mantenga alejado mientras él disfruta el fruto de la matanza. Es importante que relaciones estas cosas con Satanás. Pensamos que Satanás habrá de rugir como un caballero para anunciar que se halla en las cercanías y que, luego que nos halla dicho qué se propone hacer, podremos buscar protección. Hemos caído en el engaño de pensar que podemos tomarnos tiempo para ponernos nuestras armaduras y prepararnos para enfrentarlo. ¡Cómo nos ha engañado Satanás con respecto a su forma de obrar! Satanás no habrá de revelarte su presencia hasta que pueda rugir triunfalmente. Cuando Satanás ruge no lo hace para anunciarte que te ha destruido. Tú ya lo sabes. Luego que ha destruido o vencido al hijo de Dios, ruge desafiando al Dios Omnipotente, desafiándole a hacer algo con respecto al estrago que él ha causado. Cuando Lucifer se rebeló por primera vez dijo: «En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono... Seré semejante al Altísimo.» Cuando Satanás conduce a un hijo de Dios al pecado, ruge para desafiar a Dios porque piensa que se ha acercado un paso más a su meta de deponer a Dios de su trono y gobernar sobre el universo de Dios. Las Escrituras nos proporcionan varias ilustraciones de cómo Satanás, cual león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar. Observemos ante todo el relato del pecado de David en 2 Samuel, capítulo 11. Veamos como actuó Satanás aquí para observar el principio de cómo destruyó clandestina y silenciosamente. El versículo 1 nos relata que este incidente sucedió en el tiempo que salen los reyes a la guerra. Dios había dado a David victorias extraordinarias en el frente de batalla. Bajo el reinado de David se ensancharon las fronteras de Israel como nunca en la historia. Estas fueron victorias de Dios, y éste era obviamente un tiempo de bendición divina sobre David. Como David percibía la bendición de Dios y estaba consciente de la presencia de Dios con él, no veló como debía. Se nos dice en el segundo versículo que «sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real». Parece que David ya se había retirado a dormir. Había recibido informes de las victorias en la batalla. Se había ido a dormir satisfecho porque la mano de Dios aún estaba sobre él bendiciéndolo. Por alguna razón u otra David no podía conciliar el sueño. Quizás haya sido a causa del calor, porque cuando David se levantó subió al terrado. De haber alguna brisa, allí podría sentirla. Subió sólo para sentir el fresco de la brisa. Parecía lógico que lo hiciera, pues era hora de reposar. Él no estaba previendo el pecado. Pero mientras se paseaba por el terrado vio una mujer hermosa que se estaba bañando. Envió por ella y cayó en el pecado. ¿Acaso planeó David esto? No. ¿Pudo preverlo? Tampoco. ¿Había hecho David algo malo que lo condujera a ello? No. Pero allí estaba Satanás cual adversario, acechando escondido al hijo de Dios, y David cedió a la tentación y cometió un pecado que trajo deshonra sobre él y sobre Dios. Cuando David menos lo esperaba, se le presentó a Satanás una oportunidad para atacar, y así lo hizo porque David no estaba velando. Consideremos otro incidente. En Lucas 22:31 nuestro Señor dijo: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte...» Estas palabras siguieron casi inmediatamente a una de las experiencias más preciosas que los discípulos habían tenido con su Señor. Cristo había mandado a sus discípulos que prepararan la Pascua, aquella conmemoración que recordaba la liberación de la mano de Egipto y proyectaba la mirada en la remisión de los pecados que sería provista por el Mesías, quien se daría a sí mismo como el Cordero del sacrificio. Luego de la cena de la Pascua, tal como leemos en San Juan, capítulos 14, 15 y 16, nuestro Señor descubrió su corazón y compartió sus sentimientos con los discípulos. Él les había enseñado acerca de la nueva intimidad a la que serían llevados luego de su muerte y resurrección. Nuestro Señor había alcanzado y atraído a estos hombres hasta lo más íntimo de su propio corazón. Ellos estaban dedicados a Él. Sus palabras llenaban sus mentes y su amor llenaba sus corazones. Sin embargo, nuestro Señor dijo: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo.» Nuestro Señor salió para el huerto; tres veces se inclinó ante el Padre y oró: «No se haga mi voluntad, sino la tuya.» Pero su hora de intimidad con el Padre fue interrumpida por la turba de soldados que llevó a Cristo ante la presencia del sumo sacerdote. La atención de todos se hallaba centrada sobre estas dos figuras, el sumo sacerdote en sus hermosas vestiduras, y el Señor Jesús, quien estaba en pie para ser procesado por el sacerdote. Todos escuchaban el diálogo entre Cristo y el sacerdote. ¿Quién iba a prestarle atención a Pedro allá fuera en la oscuridad al lado del fuego? Satanás no prestaba la menor atención a lo que el sacerdote decía ni a lo que Cristo decía. La atención de Satanás se hallaba centrada sobre Pedro. Leemos en Lucas 22:54 que «Pedro le seguía de lejos. Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco». Esta negación se produjo casi inmediatamente después del momento de más rica bendición que Pedro tuvo con Cristo en el Aposento Alto. ¿Por qué? Porque Pedro no se hallaba «sobrio» y velando. Satanás estaba buscando una oportunidad y habiéndola encontrado, atacó. Descubrimos el mismo principio nuevamente en el capítulo 5 de los Hechos. En Hechos 4:32—37 se reunía una congregación de creyentes que habían sido excomulgados del templo. Pusieron todas sus posesiones en el fondo común, y las necesidades de cada uno eran satisfechas de ese fondo. Estaban gozando la intimidad de una verdadera hermandad, ya que fueron impulsados al apoyo mutuo a causa de la persecución del mundo político y religioso incrédulo. Si alguna vez un grupo tenía por qué ser cuerdos y velar era aquel pequeño grupo. Sin embargo, leemos que Ananías vendió una heredad y «sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?» Juicio cayó sobre Ananías y poco después sobre su esposa, Safira. ¿Por qué? Porque Satanás había estado buscando una oportunidad, y cuando la halló atacó y luego rugió en desafío ante Dios. El pecado no es necesariamente el resultado de un plan premeditado. El pecado llega a menudo al creyente porque el creyente no ha tenido la cordura de reconocer la naturaleza del conflicto y velar. Ha brindadouna oportunidad a Satanás y éste la ha tomado y usado para derrotar al hijo de Dios en su vida cotidiana. El Apóstol reconoce este peligro en Efesios 4:27 cuando ordena: «Ni déis lugar al diablo.» En 2 Corintios 2:10, 11, Pablo dice: «Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo que he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo, para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros...» La persona que escala una montaña no necesita un camino para llegar a la cumbre. El alpinista experimentado puede abrirse paso sobre el hielo y escalar las murallas de granito si dispone de un punto de apoyo. No toma una topadora y abre un camino con ella hasta la cumbre. Sólo necesita un punto de apoyo para escalar la montaña más alta. En cierto sentido pareciéramos sentir que a menos que le demos a Satanás una autopista pavimentada de cuatro vías él no nos puede atacar, vencer ni derrotar. Pedro no creía esto, y Pablo tampoco. Pablo temía que Satanás obtuviera ventaja, un punto de apoyo. En una maniobra militar todo lo que hace falta es una cabeza de playa o punto de avanzada. Desde ese punto de avanzada el ejército puede lanzar un ataque con éxito. Satanás está buscando un punto de avanzada, y si logra establecer un punto de avanzada o un punto de apoyo en tu vida, puede destruirla. Satanás puede establecer un punto de avanzada haciendo que dudes. Si comienzas a dudar de la autoridad de la Palabra de Dios, has dado a Satanás un punto de avanzada desde el cual puede lanzar un ataque que derribará tu fe. No hace falta que deseches la Biblia; abriga tan sólo una duda acerca de la verdad que se halla revelada en el libro, y ya habrás brindado a Satanás un punto de avanzada para destruir tu fe. No le hace falta lograr que niegues la santidad y la justicia de Dios para pervertir tu conducta. Todo lo que necesita hacer es lograr que te apartes un poquito del camino de la obediencia perfecta a Dios y desde ese punto de avanzada, puede destruir tu vida. Los apóstoles vieron ese peligro; reconocieron que no hay un solo momento, de día o de noche, día tras día, en que nuestras huellas no sean seguidas por el adversario que observa cada movimiento que hacemos. La primera vez que le brindes un punto de avanzada él tomará posiciones en él y comenzará su obra desde allí. Pero no puede hacerlo a menos que le brindes la oportunidad. Satanás no puede vencer las defensas del Espíritu Santo, ni puede tampoco penetrar la armadura que ha sido provista por medio de la Palabra de Dios y que el Apóstol detalla en Efesios. Le es necesario que le des un punto de avanzada; hace falta que le brindes la oportunidad. Pedro quería que quienes estaban sufriendo la persecución del mundo, del gobierno, de la religión arraigada de aquella época, se dieran cuenta que aquellos sistemas no constituían el verdadero peligro, y que tampoco constituían el verdadero adversario. El verdadero adversario era Satanás, quien seguía sus pisadas paso a paso y los perseguía invariablemente a cada momento, todos los días, buscando aun la oportunidad más pequeña para aprovecharla. David le dio una oportunidad al mirar por segunda vez. Pedro le dio un punto de apoyo al sentir miedo. Ananías le dio un punto de avanzada al abrigar la codicia y alentar una mentira. Quienes le han brindado la oportunidad han descubierto que Satanás estaba listo para ocupar el territorio. Si es tu propósito oponerte a tu adversario debes, con sobriedad, reconociendo la naturaleza del conflicto en el cual te hallas comprometido. Debes velar, reconociendo que Satanás sigue tus pisadas cada momento de tu vida. Debes mantener una dependencia ininterrumpida del Espíritu de Dios. Debes utilizar la armadura que Dios te ha provisto para que puedas resistir los dardos de fuego del maligno. Por tanto, dada la naturaleza de tu adversario, mantente sobrio y alerta. 11 La doctrina de Satanás 2 Pedro 1:16—2:2 SI ESTUVIESES buscando a Satanás y sólo supieses que está disfrazado, ¿dónde lo buscarías? ¿En el bar de la esquina? ¿En el negocio de artículos pornográficos? ¿En el hipódromo? ¿En la sala de juegos? ¿En el salón de baile? ¿Se te ocurriría buscarlo en un púlpito? Allí lo encontrarías. Porque, por más extraño que parezca, a Satanás le preocupa más lo que tú pienses y lo que tú creas que lo que tú hagas. El deseo de Satanás es controlar tu mente, para poder así controlar tus acciones. Satanás no malgasta el tiempo en cosas triviales; él concentra sus esfuerzos en su objetivo: controlar tus creencias. Por lo tanto, Satanás ha entrado al púlpito. Satanás tiene una doctrina. Se menciona en 1 Timoteo 4:1, donde Pablo escribe: «Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.» La expresión doctrinas de demonios no se refiere a doctrinas acerca de los demonios sino a doctrinas propagadas por ellos. Al escribir sus cartas a las siete iglesias, el apóstol Juan dice en Apocalipsis 2:24: «Pero a vosotros y a los demás que están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina, y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades [o cosas profundas] de Satanás, yo os digo...» La predicación constituye la influencia más poderosa para conmover y cambiar los hombres que este mundo jamás haya visto. Aun con todos los medios modernos de comunicación que Satanás tiene a su disposición, no existe un solo medio de comunicación que pueda cambiar de tal modo el curso de la vida, de la conducta o del pensamiento de una persona como el medio divinamente ordenado de la predicación. Quien ha sido llamado a predicar ha sido llamado a controlar las mentes de los hombres. Lógicamente, Satanás utiliza todos los medios a su disposición para cambiar la forma de pensar de una persona. Utiliza tácticas de relaciones públicas sumamente persuasivas. Utiliza una publicidad sumamente persuasiva por medio de la página impresa, la radio y la televisión. Pero aún después de haber hecho esto, le queda el método más efectivo que jamás se haya conocido: la predicación. Por lo tanto, Satanás ocupa el púlpito disfrazado de ministro de justicia, a fin de proclamar su doctrina. Esto lo hace a fin de dictar y controlar lo que los hombres creen. En 2 Corintios 11:13 se nos describe el método que el diablo usa para propagar su doctrina. El Apóstol dice: «Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Así que no es extraño que también sus ministros se disfracen de ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.» Variando un poco el texto del versículo 14, observamos el énfasis que Pablo quiso hacer: «Satanás se está disfrazando de ángel de luz; por lo tanto, no es extraño que también sus ministros se disfracen de ministros de justicia.» Satanás tiene entonces una doctrina que proclamar y un método de propagarla. Su método consiste en imitar el método divino. Coloca a los hombres en lugares donde la gente se someterá a su enseñanza. Les da toda la autoridad que corresponde a un ministro comisionado, instruido y enviado por Dios. Luego hace que ese engañador enseñe una falsa doctrina que capte las mentes y los corazones de los hombres. En 1 Juan 4:2 el Apóstol destaca nuevamente este mismo hecho: «En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios.» En este pasaje observamos que el Apóstol está advirtiendo a sus lectores acerca de la presencia de espíritus falsos. Ahora bien, estos espíritusfalsos son maestros, hombres que se están haciendo pasar por hombres de Dios, pero cuya energía proviene de Satanás. No vienen para proclamar la verdad de la Palabra, sino para propagar la falsa doctrina que Satanás quiere utilizar para cegar y vendar las mentes de los hombres. Y así como hay un espíritu que proviene de Dios o un maestro enviado por Él, también hay un imitador del ministro de Dios que viene con autoridad satánica para engañar a los hombres. Pedro se refirió a lo mismo en 2 Pedro 2:1: «Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente [secreta o hábilmente] herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató.» Estos pasajes que hemos considerado en conjunto destacan el hecho de que Satanás obra por medio de hombres que se fingen ministros del evangelio u hombres de Dios, cuando en realidad son ministros de Satanás, enviados por él, con un mensaje satánico. Nuestro Señor indicó muy claramente que Satanás jamás proclamaría la verdad. Satanás siempre propaga el error. Juan 8:44 dice: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo.» Esta fue una declaración enérgica, ya que Cristo se estaba dirigiendo a los líderes religiosos de su época. Estos eran hombres honrados, rectos, educados y respetados que habían sido colocados en cargos de autoridad a causa de sus capacidades en la religión de su época. Pero Cristo les dijo: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo.» El Señor los llamó así porque cuando Él vino y dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida», ellos dijeron que esto no era cierto. Dijeron a los hombres que debían seguir su camino, el camino de conformarse exteriormente a los requisitos del fariseísmo. Cristo dijo: «Yo soy la verdad», y ellos dijeron: «No es cierto, eres un mentiroso; nosotros tenemos la verdad. La recibimos de Moisés.» El Señor dijo: «Yo soy la vida», y ellos dijeron: «No es verdad, tú tienes vida porque eres de la simiente física de Abraham. Si quieres entrar en la plenitud de la vida, moldea tu vida de acuerdo con nuestras tradiciones.» A Cristo lo llamaron mentiroso. Cuando Él dijo: «Yo soy el Hijo de Dios», ellos respondieron: «Tú tienes demonio.» Por lo tanto el Señor les dijo: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.» Cristo estaba diciendo que Satanás miente. Recordarás que el diablo mintió cuando fue a tentar a Eva y le dijo: «No moriréis.» Pero Cristo estaba destacando algo más que esto. Satanás no tan sólo miente; tiene el carácter de un mentiroso. El diablo había instaurado un sistema falso, opuesto a la verdad de Dios. Satanás no es mentiroso por el solo hecho de no decir la verdad; es mentiroso porque ha instituido un sistema falso denominado «las cosas profundas de Satanás» que es contrario a la verdad revelada de la Palabra de Dios. Esto se destaca en 2 Timoteo 3:13, donde Pablo dice: «Mas los malos hombres y los engañadores [es decir, los falsos maestros] irán de mal en peor, engañando y siendo engañados.» Luego los falsos maestros practican el engaño. Engañados y engañándose a sí mismos, hablan engaño para controlar el pensamiento de los hombres. En 2 Tesalonicenses, capítulo 2, Pablo destaca esto nuevamente al referirse a la venida del hombre de pecado. En el versículo 9 dice: «Inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron él amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira.» Lo que estamos puntualizando al considerar estos pasajes en conjunto es que Satanás tiene un propósito expreso: controlar el pensamiento de los hombres. Si logra controlar sus mentes, puede luego en consecuencia controlar sus acciones. Él ha instituido un sistema de engaño que se opone a la verdad revelada de Dios. El diablo ha disfrazado a sus ministros de modo que parezcan ministros de justicia, cuando en realidad son ministros del engaño y del fraude. Los coloca en puestos de autoridad y responsabilidad, de tal modo que mientras los hombres les brindan respeto a causa de su posición y se someten a su enseñanza, ellos se someten a las enseñanzas de Satanás y son sometidos a su engaño. En consecuencia, sus vidas se conforman a su modelo. Al leer la Palabra de Dios descubrimos que hay ciertas esferas especiales de la verdad revelada que son objeto del ataque satánico. Hay ciertas doctrinas de la Palabra de Dios que Satanás no puede permitir ni permitirá que un hombre crea si está dentro de sus posibilidades el engañarlo. Satanás está dispuesto a conceder lo que sea necesario. Si un hombre desea dar a Cristo el mérito de buen maestro, Satanás lo acepta. Si desea creer que la Biblia es un libro errático y falible, pero que a la vez es un libro especial, Satanás lo acepta. Aceptará que una persona crea toda la verdad divina que insista en creer, excepto ciertos elementos básicos. Pero Satanás nunca ha aceptado, nunca aceptará ni puede aceptar esos elementos. La primera doctrina a la cual se opone Satanás es la doctrina de la autoridad de las Escrituras, la doctrina de la inspiración verbal y absoluta de la Palabra de Dios, que otorga la autoridad y la infalibilidad a la Biblia. Quizás algunas de estas palabras te resulten un tanto extrañas. Cuando decimos que la Palabra de Dios fue verbalmente inspirada, queremos decir que la supervisión divina de lo que fue escrito llegó a cada palabra del texto original de las Escrituras. Dios no dio a los hombres ideas que ellos pudieran luego relatar en cualquier generalización que fuese de su agrado. Dios inspiró hasta cada palabra. Cuando decimos que las Escrituras se hallan plenamente inspiradas, queremos decir que se hallan inspiradas en su totalidad, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Aun cuando es posible que no todas las Escrituras tengan el mismo valor espiritual, no obstante todas son igualmente inspiradas por Dios. Puede ser que no encontremos tanta doctrina en el libro de Crónicas como en la epístola a los Efesios, pero Efesios no es más inspirado que el libro de Crónicas. Se halla inspirada verbalmente; se halla inspirada en su totalidad. La Biblia carece de errores, ya que Dios inspiró las Escrituras. No existe un solo error geográfico, histórico, científico, religioso ni doctrinal en el Libro, porque Dios no participaría en el engaño propagando el error. Ya que la Palabra de Dios ha sido dada enteramente por el Espíritu de Dios y carece de errores, ella es nuestra autoridad final y absoluta en todos los asuntos de vida y doctrina. Lo que hacemos y lo que creemos debe conformarse a la Palabra de Dios, pues de lo contrario estamos siguiendo el engaño de Satanás. Esta es una doctrina que el diablo odia. En 2 Timoteo 4:4 leemos que vendrá el día cuando «apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas». ¿Qué es la verdad? Es la Palabra de Dios. El propósito primordial de Satanás es apartar a los hombres de su creencia en la integridad y autoridad de las Escrituras, que descansa sobre su inspiración. Muchos me han dicho que fueron al colegio o a la universidad con una fe sencilla en la Palabra de Dios que había sido plantada en sus mentes en alguna iglesia de las que algunos denominan «anticuadas». Pero a medida que fueron expuestos a la enseñanza de aquellos hombres instruidos a cuyas clases asistían, descubrieron que su actitud hacia la Palabra de Dios estaba cambiando; y al finalizar sus estudios universitarios ya habían desechado las Escrituras, considerándolas pasadas de moda como medio de revelacióny negándoles toda autoridad en la época actual. Quienes destruyeron de este modo su confianza en la palabra de Dios fueron instrumentos de Satanás, ministros de Satanás. Haciéndose pasar por ministros de la libertad intelectual, hacían la obra del diablo propagando su doctrina y quitando lo que constituye el fundamento del programa divino. Satanás no puede consentir que una persona reconozca la autoridad e integridad de la Palabra de Dios basada en su inspiración. Y para observar el éxito que Satanás ha tenido en esta parte de su sistema de mentiras, basta investigar las escuelas que se dedican a preparar ministros en los Estados Unidos. Tratar de encontrar una escuela o instituto totalmente adherido a la inspiración, autoridad e integridad de la Palabra de Dios equivale a buscar una aguja en un pajar. Tales escuelas son «ministros de justicia» que destruyen sistemáticamente el fundamento de la verdad. Son emisarios de Satanás, que propagan su error y doctrina. La segunda cosa que Satanás no puede consentir que una persona acepte es la doctrina de la Persona de Cristo. La Palabra de Dios presenta a Jesucristo como el Hijo eterno del Dios eterno. Él es un ser no creado, coigual con el Padre, que para redimirnos se hizo carne y tomó para sí una verdadera humanidad, uniendo de este modo al Dios infinito con una humanidad verdadera y completa, a fin de que pudiésemos tener un Salvador que muriese a nuestro favor. Dios en el momento del bautismo de Cristo dio testimonio de su Hijo al decir: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» Pero hay quienes no vacilan en llamar a Dios mentiroso y decir que Dios estaba engañando y alucinando a los hombres. Tales personas enseñan que Jesucristo fue un hombre bueno y honrado, pero que Él mismo fue engañado y alucinado. Sin embargo, nos piden que sigamos al que fue engañado y se creía Dios a pesar de no serlo. Es esto lo que advierte el apóstol Juan en 1 Juan 4:2: «Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo.» El Apóstol, escribiendo a aquel pequeño rebaño al cual había servido de ministro por tanto tiempo, comprendió el engaño de Satanás. El diablo, que no puede consentir que los hombres acepten la integridad de las Escrituras, tampoco puede consentir que el hombre acepte la realidad que Dios afirma: que Jesucristo es el encarnado Hijo eterno del Dios eterno. Junto a esta negación se halla la negación del nacimiento virginal de Cristo. La única manera en que Dios podía encarnar era venir sobrenaturalmente, prescindiendo del nacimiento natural. El Antiguo Testamento prometió que Él vendría de este modo (Isaías 7:14). El Nuevo Testamento testifica que Él nació de una virgen, sin la participación de un padre humano. Si el nacimiento de Jesucristo fue realmente virginal, no cabe otra explicación sino que Él es quien Dios dijo que Él era, y que Él mismo sostuvo ser: el Hijo de Dios. De modo que para suprimir la doctrina de la deidad de Cristo, le es necesario a Satanás socavar la doctrina del nacimiento virginal de Cristo. Esta es una de las doctrinas de la Palabra de Dios atacadas con mayor frecuencia. Continuamente se publica en nuestros diarios que hombres de alta posición repudian públicamente esta doctrina, que es esencial para quienes reverencian la Palabra de Dios. Al proceder de este modo están cayendo en el engaño de Satanás y se están convirtiendo en sus instrumentos, aun cuando aparenten ser ministros de justicia. Son engañadores, y su engaño es una insensatez. Hay una tercera cosa que Satanás no puede consentir bajo ninguna circunstancia que los hombres crean. Ella es la doctrina de la salvación por medio de la sangre de Cristo. Si Satanás odia la Palabra de Dios, y si el diablo odia la doctrina de la Persona de Cristo y de la deidad de Cristo, mucho más odia la doctrina del valor de la sangre derramada de Cristo. Pedro infiere esto en 2 Pedro 2:1: «Habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató.» Observa esta frase: «Negarán al Señor que los rescató.» Ello nos conduce a la doctrina de la redención. Redimir significa libertar mediante compra. Y el precio de la compra según la Palabra de Dios es la sangre de Jesucristo. Cristo murió a fin de que fuésemos libertados de la esclavitud del pecado, de su culpa y de su castigo. La única manera de pagar la deuda que teníamos con Dios era la muerte, ya que habíamos pecado. «Porque la paga del pecado es muerte.» Jesucristo vino para pagar esa deuda, y la saldó totalmente. Jesucristo no presentó a Dios una declaración de bancarrota para que éste se transara aceptando el diez por ciento de la deuda. Cuando Cristo vino a pagar nuestra deuda, se hizo cargo de todo. Ya que para saldar nuestra deuda teníamos que morir, Él derramó su sangre. Satanás odia la doctrina de la sangre de Cristo más que cualquier otra doctrina de la Palabra de Dios. Ahora resulta fácil observar como Satanás trata de promover su doctrina. Nuestra doctrina se halla basada en la autoridad de las Escrituras. Cuando Satanás trata de promover su doctrina, envía a un falso ministro de justicia a poner algo en el lugar que pertenece a la Palabra de Dios. Todo culto falso, secta o «ismo» que existe pretende complementar las Escrituras con algún libro añadido, que presentan como revelación adicional, ya se trate de Ciencia y Salud con una Clave a las Escrituras de María Baker Patterson Glover Eddy, o del Libro del Mormón, o de los escritos de Ellen G. White, o del juez Rutherford o del pastor Russell, o de las encíclicas papales, o de las tradiciones de los padres, el Talmud. En cada falsa doctrina que se propaga la Palabra de Dios ha sido reemplazada por escritos de los hombres que son elevados a una posición de autoridad superior a la de las Escrituras, para que puedan ser la base de la doctrina. De este modo Satanás pone la Palabra de Dios a un lado y la reemplaza con las palabras de los hombres. Pero es la Palabra de Dios la que redarguye, reprende, exhorta y convence, y no las palabras escritas por los hombres. Por lo tanto, cuando vamos a los hombres para llevarles la verdad de las Escrituras, debemos colocarlos frente a la Palabra de Dios. Sólo ella hará la obra de Dios. Dios nos presenta a una Persona que debe ser creída y seguida, pero el método de Satanás consiste en colocar a Jesucristo a un lado y despojarlo del lugar de preeminencia, y centrar la atención sobre algún otro individuo. La inmensa mayoría de la población del mundo actual se inclina ante algún otro nombre y no ante el del Señor Jesucristo. Poco importa que se trate de Mahoma, Buda, Confucio, o algún filósofo o líder religioso o político. Satanás ha logrado cautivar las mentes de los hombres, sujetándolas a alguna autoridad fuera de Cristo. Este peligro amenazaba la iglesia de Corinto. Los falsos maestros que penetraron en Corinto no estaban introduciendo otro evangelio. Pero la iglesia de Corinto se hallaba dividida a causa de que los maestros que la habían visitado eran elevados a una posición superior a la autoridad de Cristo, de tal modo que algunos hombres se consideraban seguidores de Pablo, otros de Cefas, otros de Apolo, y la obra diabólica era efectuada. Cuando Satanás enfrenta la verdad de que los hombres son salvados por la fe en Cristo Jesús, se ve en la necesidad de presentar otro plan de salvación. Sus ministros de justicia reemplazan las ordenanzas, convenciendo a los hombres de que si se bautizan y participan de la Cena del Señor y se unen a una iglesia habrán de salvarse. O que si hacen una cantidad suficiente de buenas obras habrán desalvarse. O que si son caritativos y amables habrán de salvarse. Esto es un engaño satánico, porque la verdad de la Palabra de Dios es la que fue predicada por Pedro: «No hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos», fuera del nombre del Señor Jesucristo. Cuando el diablo encuentra una persona que sostiene estas doctrinas; que cree en la inspiración verbal y absoluta de las Escrituras y en su integridad y autoridad; que cree que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios, que se encarnó para redimirnos; que cree que la salvación es solamente por la fe en la sangre de Cristo, ¿la deja sola Satanás? ¡Pluguiera a Dios que así fuera! ¡Pluguiera a Dios que Satanás admitiera su derrota! Pero Satanás sigue obrando en las personas aun cuando están absolutamente comprometidas con estas verdades cardinales, a fin de oscurecer el problema de tal modo que los hombres no sean confrontados con la realidad de que la salvación es únicamente por medio de la fe en Jesucristo. Hay ciertas palabras que el diablo odia, como por ejemplo sangre, salvado, nacido de nuevo. Cuán fácil resulta, para congraciarnos con una persona, dejar estas palabras claves del Evangelio fuera de nuestro vocabulario, como si fuera posible hablar solapadamente a las personas acerca de su ceguera y de algún modo guiarlas a la fe en Cristo sin decirles que son pecadoras, que necesitan ser salvadas, y que pueden renacer por medio de la fe en Cristo Jesús. Una persona no se salva por tener un conocimiento superficial del hombre Jesús. Se salva por recibir personalmente al Señor Jesucristo como Salvador. No se salva por «hacer una promesa a Cristo», sino por recibir a Jesucristo y confiar en su sangre expiatoria. Tratamos de adaptar tan bien el Evangelio para los inconversos que quitamos el tropiezo de la cruz. No queremos decirle a los hombres: «Estáis perdidos», porque esto constituye un insulto. Claro que sí. Pero ninguna persona podrá allegarse jamás a Cristo a menos que comprenda que está perdida. Nunca se allegará a Cristo a menos que comprenda que se halla bajo condenación. Si bien la Palabra de Dios es penetrante, le hemos quitado todo el filo y estamos tratando de llevar la gente a la salvación con una espada desafilada. Pablo no lo hizo así. Necesitamos mantenernos en guardia para que Satanás no tome ventaja sobre nosotros. El Apóstol tiene algo interesante que decirnos en Gálatas 5:11: «Y yo, hermanos, si aún predico la circuncisión, ¿por qué padezco persecución todavía? En tal caso se ha quitado el tropiezo de la cruz.» Expliquemos esto claramente: la cruz es hediondez en el olfato del inconverso. Cuidémonos de tratar de usar un rociador de perfume para que lo que es un tropiezo huela mejor, no vaya a ser que las personas que deseamos alcanzar con el Evangelio sean engañadas por Satanás y crean que los problemas son distintos de lo que son en realidad. Cristo le dijo a Nicodemo: «Os es necesario, nacer de nuevo.» Tú me dirás: «Los hombres no comprenden esa expresión hoy en día.» Quizá no, pero no te llevaría más de dos minutos explicarles lo que significa. Dirás: «A la gente no le gusta oír hablar de la sangre.» No, pero debemos decirles que necesitan ser salvados por medio de la sangre. Quienes reverenciamos la Biblia como Palabra de Dios y respetamos la autoridad de la Persona de Cristo, y estamos comprometidos con la verdad de que la salvación es por gracia, por medio de la fe, basada en la sangre de Cristo, deberíamos abstenernos de hacer el Evangelio tan atractivo para el inconverso que no pueda hacer su obra trayendo convicción, acusando y reprendiendo. Si lo hacemos, hemos pasado a ser herramientas del maligno. Dios amó al mundo, y envió a su Hijo para salvar al mundo. Dios ahora envía a los creyentes al mundo para contar a los hombres la verdad divina. Y ella debe ser presentada tal cual Dios lo ha dispuesto, con la autoridad de Dios y en las condiciones impuestas por Dios, para que los hombres comprendan que están perdidos, que necesitan un Salvador, y que Jesucristo es el único Salvador. El Evangelio es el poder de Dios que puede redimir. El Evangelio puede hacer que un hombre se humille ante Dios reconociendo que se halla perdido, arruinado y condenado. El Evangelio puede dar el perdón de los pecados e impartir la vida eterna, si se lo presenta fielmente. Debemos permanecer alerta, no sea que inadvertidamente permitamos a nuestro adversario utilizarnos como instrumentos para pervertir la verdad de Dios. Quisiéramos decir estas últimas palabras a quienes nunca han recibido a Cristo como Salvador Quizás has sido engañado e ilusionado por uno de los representantes de Satanás. Has creído que las Escrituras no tienen autoridad alguna, que Cristo fue tan sólo un hombre bueno y que tú puedes lograr tu propia salvación. Quiero decirte, basado en la autoridad de las Escrituras, que sólo hay Uno que puede salvarte y se trata del Señor Jesucristo. Él te salvará en el mismo momento que le digas: «Yo, pecador, recibo a Cristo como Salvador personal.» Es así de sencillo, pero así de concluyente. ¿Deseas recibirlo? 12 La respuesta de Satanás a la predicación de la Palabra Mateo 13:1—9 EN LA PARÁBOLA del sembrador (Mateo 13), nuestro Señor reveló las actividades que Satanás realiza cada vez que la Palabra de Dios es proclamada. Hebreos 4:12 nos dice que «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón». Satanás sabe que la palabra de Dios es viva y eficaz. Él sabe como tú que ella tiene una naturaleza capaz de reproducirse. La semilla viva no puede permanecer dormida sobre el suelo para siempre. Si se le permite permanecer en buena tierra y se le riega, la semilla viva germinará, crecerá y traerá fruto. Ya que la palabra de Dios es la buena semilla de Dios y tiene vida, una vez sembrada en tierra preparada habrá de dar fruto y producirá el fruto apacible de justicia. Esta era la confianza del profeta Isaías cuando escribió en el capítulo 55 que Dios haría prosperar la Palabra sembrada, haciéndola cumplir el propósito divino. Esa fue la enseñanza de nuestro Señor en el capítulo 13 de Mateo, ya que nos habla en el versículo ocho de la semilla que cayó en buena tierra, y dio fruto, cual a ciento, cual a sesenta y cual a treinta por uno. A fin de que los discípulos no perdieran de vista el sentido de esta enseñanza, nuestro Señor la explicó en el versículo 23: «Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.» Nuestro Señor afirma que cuando la palabra de Dios, la buena semilla, cae sobre un corazón que ha sido preparado por el Espíritu de Dios para recibir esa Palabra, tiene que haber fruto. Ya que la palabra de Dios es viva y eficaz, o poderosa, habrá de reproducirse. Satanás sabe esto perfectamente, y toda vez que él prevé que la palabra de Dios habrá de ser predicada, se presenta para hacer su obra: arrebatar la semilla. Lógicamente, Satanás preferiría no tener que arrebatar la semilla que ha sido sembrada. Preferiría controlar de tal modo a la persona que habrá de predicar que lo que se proclame sea cualquier cosa menos la buena semilla de la palabra de Dios. Piensa en la obra que Satanás debe efectuar cuando la Palabra es predicada: si hay 500 personas presentes cuando la verdadera palabra de Dios es plantada en 500 corazones, él debe disponer de 500 demonios para entrar en 500 vidas distintas a fin de arrebatar lo que ha sido sembrado. ¡Cuánto esfuerzo se ahorraría si logra que esas personas que esperan oír la palabra de Dios escuchan alguna mentira del diablo! Sólo necesitatrabajar con un individuo en lugar de quinientos. Pero sabiendo que la Palabra de Dios habrá de ser proclamada y que la verdad de Dios será predicada, Satanás se ha preparado para evitar que la buena semilla de la palabra caiga en buena tierra para que pueda producir fruto. En el tercer versículo de Mateo 13 nuestro Señor declara que el sembrador salió a sembrar, y explica que El mismo es el sembrador (Mateo 13:37). «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino.» El ahora proclama la Palabra de Dios, la buena semilla, por medio de hombres que ha redimido. Pero tan pronto como el Hijo de Dios hace sembrar la semilla de la Palabra, Satanás y sus esbirros entran en acción. Leemos en el versículo cuatro que cuando Él sembró «parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron». El camino era el sendero que bordeaba el campo. En el límite de todos los campos se colocaban piedras indicadoras. A fin de no malgastar la tierra aprovechable, el sendero iba a lo largo del límite. La tierra del camino era pisada y nunca se araba. Al caminar a lo largo de los surcos para esparcir las semillas, parte de ellas caía sobre el sendero duro y compacto. No había allí tierra preparada para recibirla. Cuando la semilla caía sobre terreno no preparado, las aves que seguían al sembrador las arrebataban. Nuestro Señor explicó esta parte de su parábola en el versículo 19: «Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.» Se nos dicen dos cosas acerca de la buena semilla que cayó junto al camino. En primer lugar, no fue comprendida por el oyente. «No la entiende.» La segunda cosa que se nos dice acerca de esta semilla es que Satanás arrebata la semilla sembrada, para que no pueda germinar. «Vinieron las aves y la comieron.» Tal semilla no puede reproducirse. Esto nos revela la más importante de las estrategias de Satanás en respuesta a la predicación de la Palabra de Dios. En primer lugar, cuando la Palabra de Dios es proclamada, Satanás ciega la mente para que el oyente no pueda comprender lo que se dice. Cuando un individuo escucha una verdad que no comprende, está pronto y dispuesto a renunciar a ella. Si Satanás permite que la semilla permanezca, ésta germina. Las lluvias que descienden del cielo harán que la semilla manifieste su vida; y donde hay vida siempre existe la posibilidad de fruto. El primer objetivo de Satanás es entonces quitar la Palabra de Dios de tu mente, a fin de que cuando la oigas te entre por un oído y te salga por el otro. Si puedes hacer caso omiso de la Palabra de Dios y no prestarle atención alguna, Satanás habrá evitado que la semilla sea sembrada y produzca fruto. Satanás cegará tu mente a la verdad de la Palabra de Dios, de ser ello posible. Donde no hay Palabra no puede haber crecimiento, y donde no hay Palabra no puede haber fruto. El fruto en la vida de un individuo depende de la recepción de la Palabra de Dios, pues no puede haber fruto alguno sin la semilla viva. A fin de evitar que recibas la Palabra de Dios, Satanás tratará de hacer algunas sustituciones. Si el diablo ve que te propones tomar la Biblia para buscar luz sobre algún problema actual, tratará de reemplazarla con la palabra de un hombre que, si bien dice ser ministro del Evangelio, tratará de resolver tus problemas independientemente de la Palabra de Dios. ¿Cuántas veces en una investigación de la verdad con respecto a Jesucristo has leído algún escrito esperando satisfacer tu sed espiritual, pero has descubierto que te dejó sediento y que no pudo satisfacerte? ¿Sabes por qué? Porque no había vida en el escrito. No era la semilla de la Palabra de Dios. Satanás te habrá de desviar de la Palabra de Dios, de ser ello posible. No hay otra semilla, escrita o hablada, fuera de la Palabra de Dios. O sino Satanás tratará de llevarte a un lugar donde la Palabra de Dios sea recibida con un corazón y una mente no preparados. Te llenará la mente de tanta confusión y desorden que la Palabra de Dios no podrá penetrar. Muchos no reciben provecho alguno de la Palabra que se enseña en la escuela dominical o en el devocional los domingos por la mañana a causa de lo que han hecho el sábado por la noche. Satanás comienza su obra para derrotar la presentación de la Palabra mucho antes de que ella sea predicada. No te diste cuenta. Pensaste que estabas disfrutando un momento de esparcimiento o de descanso, sin darte cuenta que Satanás te estaba preparando para «escuchar» un sermón con los oídos o el corazón sordos. A veces Satanás te llevará a escuchar la Palabra con algún pecado no confesado. Cuando hay pecado no confesado, el Espíritu de Dios debe dirigir su atención a producir convicción, y entonces no efectúa la obra de enseñar. El Espíritu de Dios no trae convicción y enseñanza al mismo tiempo. De modo que si Satanás puede hacerte caer en algún pecado y llevarte donde la Palabra de Dios ha de ser predicada con ese pecado no confesado, habrá logrado que te resulte imposible comprender la Palabra de Dios y apropiártela. El pecado no confesado es parte del programa satánico de colocar la semilla junto al camino. O quizá Satanás te llevará a una congregación con algún antagonismo o amargura contra otro creyente, para lograr que pienses en ese individuo o en ti mismo. Esa amargura, esa falta de unidad, impide que el Espíritu de Dios riegue la semilla sembrada para producir fruto para la gloria de Dios. La amargura habrá de endurecer el terreno de tu corazón para que no recibas la Palabra de Dios. Hay una segunda respuesta a la Palabra predicada. Leemos en el versículo cinco: «Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra.» Satanás necesita trabajar un poco más con este individuo. No pudo evitar que escuchara la Palabra de Dios. La escucha, la recibe y es una semilla viva, que comienza a reproducirse. Satanás se ve precisado a usar otra estrategia. La semilla ha sido sembrada, ha echado raíces, está creciendo y finalmente habrá de producir fruto, a menos que su crecimiento sea detenido. ¿Qué hace Satanás? Leemos en el versículo cinco que se trata de semilla que cae entre «pedregales». En los versículos 20 y 21 hallamos la explicación de nuestro Señor: «Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.» Aquí tenemos a un individuo que oye la Palabra de Dios proclamada y la acepta; se regocija en ella. Ese amor que acaba de brotar por la Palabra y por el Señor revelado en ella lo lleva a contar su gozo a otra persona. Pero en vez de reaccionar con gozo igual que él, aquel individuo lo mira con escepticismo, con duda» sorprendido. Y la Palabra de Dios que había comenzado a crecer es ahogada a causa de la oposición, de la indiferencia, de la duda que se le expresa cuando trata de compartir su fe en el Señor Jesucristo. Nuestro Señor dijo a los discípulos en el aposento alto que iban a sufrir persecuciones. Les advirtió acerca de la persecución civil, política y religiosa, la persecución que les llegaría tanto desde dentro de la familia como desde afuera. Estaba tratando de preparar a sus discípulos para este sistema de ataque del maligno. ¡Cuántas personas que han oído la Palabra de Dios y están convencidas de su verdad se vuelven atrás cuando comienzan a calcular lo que les costará mantenerse firmes y sin reservas a favor de Jesucristo! ¡Cuántos comerciantes nunca han crecido espiritualmente porque temen lo que les costaría en su vida comercial el entregarse completamentea Jesucristo y manejar sus negocios de acuerdo con los principios divinos, obedeciéndole a Él por sobre todo lo demás! ¡Cuántos jóvenes han encubierto el hecho de que creen que las Escrituras son la Palabra de Dios por lo que les podría costar en el colegio en lo que respecta a su popularidad o prestigio! De este modo la Palabra de Dios deja de dar fruto, porque luego que comienza a crecer llegan las persecuciones y ahogan el crecimiento. Nuestro Señor prosigue diciendo en el versículo siete: «Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.» Este es el tercer método que utiliza Satanás para arrebatar la palabra de Dios de la vida de una persona. Nuestro Señor lo explica en el versículo 22: «El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.» Aquí se trata de semilla que fue plantada en tierra fértil. Incluso se ha abierto paso a través del escaramujo, de tal modo que se halla encima de él. Aunque está creciendo en medio de los espinos, allí está. Satanás se ve en la necesidad de efectuar la tarea más difícil, ya que debe arrancar una planta firmemente arraigada y bien desarrollada. ¿Cómo lo hace? Cristo nos contesta en el versículo 22: consiguiendo que nos ocupemos de los cuidados o las responsabilidades de este mundo y seduciéndonos con el engaño de las riquezas. Si Satanás no logra arrebatar la Palabra antes que germine, ni arrancarla cuando es aún un brote tierno, si ha crecido hasta el punto donde está lista para dar frutos, habrá de ocuparnos con las cosas materiales. Él nos dará algún nuevo objetivo en la vida que reemplace los objetivos y metas que habíamos recibido de Jesucristo en la Palabra de Dios. El método satánico consiste en tomar un hombre de negocios, por ejemplo, y en lugar de rebajarlo como acto de persecución (lo intentó y no dio resultado) ahora lo asciende. Lo eleva a un puesto destacado y de autoridad en tal medida que el hombre se halla demasiado ocupado para poder dedicar tiempo alguno a la Palabra de Dios. Tal responsabilidad en su vida profesional ocupa su tiempo por completo. O puede suceder que Satanás, que trató de probar a su hombre por medio de la pobreza, según el segundo método descripto, y descubrió que esa tentación sólo llevó al individuo a la Palabra de Dios en busca de apoyo, ahora cambie de táctica y enriquezca de tal modo a esa persona que sus riquezas se conviertan en una trampa. Se enreda tanto en la preservación y multiplicación de los bienes que ha recibido que no le queda tiempo para la Palabra de Dios. El afán de este siglo logra que nos ocupemos de nosotros mismos, y el engaño de las riquezas hace que nos ocupemos de nuestras cosas materiales. De ambas maneras nos ocupamos tanto de nuestra posición, condición, responsabilidades y logros en la vida que descuidamos la Palabra de Dios. Y donde la Palabra de Dios es descuidada no puede haber fruto. Quizá creas que las bendiciones materiales que tienes provienen de Dios. Permíteme decirte que pueden ser una trampa de Satanás; pueden ser lo que Satanás está utilizando en tu vida para arrancar la Palabra de Dios que está siendo predicada, a fin de que no haya fruto alguno en tu vida. Recordemos nuevamente que a Satanás no le importa lo que hagas; le interesa vitalmente lo que crees y sabes. Él te permitirá hacer todo lo que desees, pero no puede permitir que creas la Palabra de Dios y la recibas, ni tampoco que ordenes tu vida de acuerdo con ella. Hacer esto es dejar buena semilla en buena tierra, la cual será regada por el Espíritu de Dios y tendrá que producir su fruto en el momento oportuno determinado por Dios. Sería realmente extraño que la atención de algunos de los lectores no haya sido desviada desde que comenzó la lectura de este libro hacia ordenar los problemas futuros de la oficina o solucionar los pasados. Algunas de las amas de casa que leen estas líneas habrán sido distraídas por las responsabilidades del hogar. ¿Creéis acaso que esto es obra del Espíritu de Dios? No, el diablo está zumbando alrededor, ocupado cual abeja laboriosa, a fin de evitar que alguna verdad de la Palabra de Dios sea plantada. Quizá sentiste sueño la última vez que asististe a un servicio de predicación de la Palabra. ¿Piensas que lo que te adormecía era la paz de Dios? ¡No!, había alguna buena semilla que Satanás no podía tolerar que oyeras, de modo que te presentó una tentación el sábado por la noche. Te convenció que te quedaras levantado hasta altas horas de la noche, y a causa de ello te dormiste durante la reunión el domingo por la mañana. Satanás te miró mientras cabeceabas y pensó: «Aquí hay alguien por quien no necesito preocuparme. Ninguna semilla está siendo plantada en él esta mañana.» Su obra estaba siendo ejecutada. En la primera parábola de Mateo 13, Cristo enseñó lo que hace Satanás cuando el Hijo de Dios planta su semilla. Pero esto es tan sólo una parte de su obra. Nuestro Señor relató en el versículo 24 una segunda parábola, la cual es la contraparte de la primera. Dijo que «el reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña». La cizaña es una planta que se parece tanto al trigo que no se puede observar la diferencia entre ambos hasta el momento de la cosecha. Las plantas son muy parecidas, pero la cizaña nunca produce grano. «Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto.» Estudiemos la explicación de nuestro Señor en el versículo 36. Esto constituía un misterio para los discípulos, y ellos dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo. Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles.» Nuestro Señor nos dice en su explicación cuál es la segunda respuesta de Satanás al ministerio de la Palabra. Él está plantando una mala semilla para ahogar la Palabra de Dios. A menudo pasamos por alto el hecho de que, si bien nos sometemos durante una o dos horas semanales a la predicación y enseñanza de la Palabra de Dios, somos sometidos a la siembra de Satanás durante toda la semana. Y él no descansa. Algo que podemos decir acerca del diablo es que no es ocioso y persevera con su siembra. El prepara la tierra para su semilla, a fin de que lleve su fruto. Cada vez que te vuelves de la Palabra de Dios a las palabras de los hombres estás recibiendo su semilla. Cada vez que tu mente se ocupa de cualquier cosa que no sea Jesucristo, estás aceptando la semilla de Satanás. Luego te preguntas por qué hay tan poco fruto en tu vida y tan poco crecimiento en tu experiencia cristiana. No puede haber crecimiento alguno sin la siembra de la buena semilla. No puede haber crecimiento sin la Palabra de Dios. Nuestro Señor dijo en Mateo 13:8: «Pero parte cayó en buena tierra; y dio fruto, cual a ciento, cual a sesenta, y cual a treinta por uno.» Nos explicó la causa del fruto en el versículo 23: «Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.» Observa que en todos los casos la semilla fue la misma. La que cayó junto al camino, la que cayó en pedregales y la que cayó entre espinos era toda la misma semilla. En cada caso el sembrador era el mismo, el Señor Jesús. De modo que ni el sembrador ni la semilla tienennada que ver con la diferencia en la cantidad de fruto. Había una sola diferencia: la preparación del terreno. Terreno sin preparar: la que cayó junto al camino. Insuficiente preparación: la que cayó en pedregales. Poca preparación: la que creció entre los espinos. Pero hubo una preparación cuidadosa en aquella que produjo fruto a ciento, a sesenta, y a treinta por uno. Lo que la Palabra de Dios produzca en tu vida se halla en relación directa a la preparación que tú permitas efectuar al Espíritu de Dios en tu vida y en tu corazón. Si te acercas a la Palabra con un corazón no preparado, la semilla será arrebatada. Si vienes a la Palabra con una vida ahogada por los espinos, con pecado, con amargura, con envidia, con contiendas, la Palabra nunca habrá de producir fruto. Pero si vienes a la Palabra de Dios con una vida preparada por el Espíritu de Dios para recibir la verdad de la Palabra, la buena semilla sembrada por el Señor Jesús habrá de producir su fruto. Como semilla viva, tiene que reproducirse. 13 Cómo tienta Satanás Mateo 4:1-11 LA PRIMERA REBELIÓN de Satanás desafió la autoridad de Dios. Puso en tela de juicio el derecho de Dios de gobernar sobre su creación y sus criaturas; puso en tela de juicio el derecho de Dios de ser obedecido y de ser creído. A través del desarrollo del drama de la historia humana, Satanás ha estado perpetrando su mentira, la mentira de que él tiene el derecho de gobernar, de ser obedecido, de ser creído. En última instancia es necesario decidir quién está en lo cierto, porque es imposible que dos tengan autoridad en la misma esfera. Cuando dos seres sostienen puntos de vista divergentes, ambos no pueden estar en lo cierto. Ambos no pueden reclamar el derecho de ser adorados. Satanás reconoció que él era una criatura, que poseía vida creada. Él debía haber reconocido que Dios es el creador y que posee vida increada, pero trató de postergar esta confrontación directa. Pero en la economía divina llega el momento cuando la batalla ya no puede ser postergada, cuando el conflicto debe ser resuelto. Antes que nuestro Señor comenzara su ministerio propiamente dicho, El salió al desierto a desafiar a Satanás, a obligar al diablo a presentarle batalla para resolver el problema de una vez por todas. De algún modo hemos llegado a la conclusión de que Jesucristo salió al desierto y que allí fue perseguido por Satanás; que Cristo estaba buscando algún lugar para esconderse a fin de que Satanás no pudiera hallarle y desafiarlo. Pero la verdad es otra. Satanás fue el perseguido y Cristo el perseguidor; el Señor, quien había estado escuchando a través de los siglos las pretensiones del diablo desde su rebelión, obligó a Satanás a enfrentarlo, presentándole batalla. ¿Es digno Dios de ser obedecido? ¿Es su Palabra digna de ser creída? ¿Es digno Dios de ser adorado? Satanás, conociendo el resultado final de este conflicto entre él y Cristo, ciertamente trató de huir del lugar de la tentación. Cristo se hallaba en el desierto bajo el control del Espíritu; estaba allí por la voluntad de Dios. Estaba allí para perseguir al acusador y obligarlo a ponerlo a Él a prueba. Podemos observar la tentación de Jesucristo por parte de su adversario en el relato que se nos proporciona en Mateo 4. Según la Palabra de Dios hay solamente tres canales o puertas a Través de las cuales el diablo puede penetrar en la ciudadela de la vida humana. Satanás puede entrar por medio de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, la soberbia de la vida. El escritor a los Hebreos nos dice que Cristo fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (Hebreos 4:15). El autor no está sugiriendo que Cristo haya sido sometido numéricamente a cada tentación con que hemos sido tentados, sino que afirma que Jesucristo fue tentado a través de todos los cañales. Cada puerta que Satanás podía asaltar para conformar a Cristo a la voluntad satánica fue atacada. Resulta significativo entonces observar que la tentación de Cristo se limitó a tres esferas específicas. Cuando fue tentado en cuanto a la concupiscencia de la carne, sintió hambre. El orgullo puso a prueba su fe en Dios. En lo que respecta a la concupiscencia de los ojos, todos los reinos del mundo le fueron mostrados en un momento. El relato que se nos proporciona sobre la tentación de Cristo nos es conocido. Observemos estas esferas, ya que ellas nos revelan el método satánico en la tentación. El modo en que Satanás tentó a Cristo y el método que emplea contra ti son los mismos. Se relata en Mateo que Cristo fue al desierto a luchar con Satanás, no según su propia voluntad sino de acuerdo con la voluntad de Dios, ya que fue guiado por el Espíritu al desierto. Él no fue en su propia fortaleza o poder, sino dependiendo conscientemente del poder sustentador del Espíritu Santo. No fue a buscar lo suyo, sino a resolver el problema causado por la rebelión original de Satanás contra Dios. Las Escrituras relatan que nuestro Señor ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches. Recién entonces, luego de ese extenso período de tiempo, Jesucristo físicamente sintió hambre. Mateo explica esto con suma claridad cuando dice que «después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre». No hay explicación natural con respecto a cómo un hombre pudo haber ayunado durante este período prolongado y no sentir efectos adversos. Sin embargo, la explicación se halla en el capítulo cuatro de San Juan. Durante su visita a Samaría, Cristo envió a los discípulos a la ciudad a comprar de comer a fin de poder estar un tiempo solo con alguien que tenía una profunda necesidad espiritual. Mientras los discípulos estaban ausentes, nuestro Señor satisfizo la necesidad espiritual de la mujer samaritana. Cristo se le reveló como el que había venido de Dios a satisfacer las necesidades de los hombres. Luego que nuestro Señor concluyó su plática con ella, los discípulos volvieron trayéndole la comida que habían adquirido en la ciudad, y le invitaron diciendo: «Rabí, come.» (Juan 4:21.) Pero Él les contestó: «Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabé su obra.» Nuestro Señor reveló a los discípulos en aquella ocasión que su relación con la voluntad de Dios era la que lo sostenía hora tras hora y día tras día. Mientras otras personas dependían del alimento físico para el sostén de sus cuerpos, Él dependía de la voluntad de Dios para su sostén. Mientras caminaba dependiendo de Dios y en perfecta obediencia a la voluntad divina, Dios lo sostenía en todo lo que Él le había encomendado que hiciera. Nuestro Señor pasó cuarenta días y cuarenta noches sin alimento físico y fue sostenido durante ese período porque andaba en perfecta obediencia a la voluntad de Dios. Su dependencia del Espíritu de Dios y su obediencia simultánea a Dios le proporcionaron el sostén que su cuerpo necesitaba. Fue precisamente en esa esfera de su relación con la voluntad de Dios donde Satanás presentó su primera tentación. El diablo dio por sentada la realidad de la Persona de Cristo. En nuestras Biblias leemos las palabras de Satanás: «Si eres Hijo de Dios.» No hace falta recordar que las Escrituras nos dicen que los demonios creen y tiemblan (Santiago 2:19). Aun cuando el hombre de nuestros días no vacila en negar la doctrina de la deidad de Jesucristo, y no vacila en negar que Jesucristo es el Hijo eterno del Dios eterno, encarnado a través del nacimiento virginal, ningún ángel del infierno ha puesto aún en tela de juicio la realidad de la Persona de Jesucristo, Satanás en aquella oportunidadno estaba poniendo en tela de juicio la Persona de Cristo; la estaba dando por sentada. Podríamos leer con propiedad: «Ya que tú eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.» Dios había dado la comida para el sostén del cuerpo. Esto lo explicó muy claramente en el momento de la creación, ya que cuando Dios puso a Adán y a Eva en el huerto, dijo a sus criaturas: «De todo árbol del huerto podrás comer.» (Génesis 2:16.) El método divino de sostener el cuerpo era el consumo de comida. Satanás, entonces, no estaba tentando a Cristo a Hacer algo que la Palabra de Dios hubiera prohibido. El diablo estaba tentando a Cristo en una esfera que Dios había mandado y aprobado. De una manera perfectamente razonable y lógica, pues. Satanás se presentó ante Cristo y le dijo: «Ya que tú eres él Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.» Satanás estaba reconociendo algo que los hombres no están dispuestos a reconocer hoy en día. Los hombres dudan hoy de la autoridad de la Palabra de Dios. Por ejemplo, la Palabra dice que todas las cosas que existen fueron creadas por Él. La Palabra de Dios enseña que el universo fue creado por el poder del Señor Jesucristo. Las Escrituras revelan que Jesucristo es el Hijo de Dios. El hombre contemporáneo no vacila en decir que la Palabra de Dios es falsa, y no vacila en llamar a Dios mentiroso. Pero Satanás no es tan osado como algunos hombres. Él reconoció que Jesucristo era el Creador y el Hijo de Dios y que por medio de la palabra hablada podía efectuar nuevamente el milagro que había realizado en el momento de la creación. Sería mucho más sencillo para Jesucristo transformar una piedra en pan que hacer este universo de la nada, y Satanás reconoció que Jesucristo podía hacerlo. De modo que lo desafió: «Di que estas piedras se conviertan en pan.» ¿En qué consiste, entonces, la tentación? Dios ha dado los alimentos para el sostén del cuerpo. Cristo necesitaba el sostén físico luego de un ayuno de cuarenta días. Jesucristo tenía el poder y la autoridad para mandar a las piedras que se convirtieran en pan. ¿En qué consistía la tentación? La tentación sutil que Satanás presentó ante Jesucristo fue la de apartarse de la voluntad de Dios. Ya que Jesucristo se hallaba en el desierto bajo el control del Espíritu y estaba siendo sostenido por su obediencia al Espíritu de Dios, el hambre física que Él estaba sufriendo era parte de la voluntad de Dios para Él. El hambre era parte del propósito divino. Para Jesucristo, el ejercer un poder independiente para satisfacer sus propias necesidades significaba desobedecer la voluntad de Dios tal como le había sido revelada. La sutileza de la insinuación satánica consistía en esto: Ya que tú eres Hijo de Dios, no es razonable que se te pida que te prives de cualquier cosa que tú quieras. Su insinuación era que la relación de Hijo permite estar independiente de Dios. Ya que eres el Hijo, ¿por qué andar con privaciones? Satisface tu propia necesidad sin continuar en la voluntad de Dios, sin depender del Padre. Lo que más quería Satanás de Cristo era entonces que Él desobedeciera y se apartara de la obediencia perfecta a la voluntad de Dios. Dios quiere nuestra obediencia. Dios tiene un plan para nosotros y su plan se halla revelado en la Biblia. Dios lo ha revelado con notable claridad, de tal modo que quien acude a las Escrituras puede saber paso por paso qué es lo que Dios tiene para él, qué espera Dios de él y cuál es la voluntad de Dios para él. Por alguna razón hemos llegado a pensar que la relación filial que tenemos con Él por pertenecer a Jesucristo nos da el derecho de juzgar la voluntad de Dios o decidir si hemos de someternos a su voluntad o no, de continuar en nuestro propio camino si así nos place, de pasar por alto los mandatos de las Escrituras cuando nos conviene, y de hacer lo que nos dé la gana. Satanás se presenta con la sutil insinuación de que, ya que eres hijo de Dios por medio de tu fe en Jesucristo, no es necesario que hagas lo que Él dice. Tú tienes derechos como hijo. Tienes una mente que es tuya: úsala. La primera tentación que Satanás presentó a Cristo fue la de apartarse de la voluntad de Dios para Él. Este es el mayor deseo de Satanás en lo que respecta a ti: que no hagas caso a la voluntad de Dios y te independices. En Mateo 4:5, 6, se relata la segunda tentación. Satanás llevó a Cristo «a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra». La ciudad de Jerusalén había sido edificada en la parte superior de una colina, y alrededor de ella había un muro ancho y alto, construido para su protección. La esquina del muro de la ciudad de Jerusalén se elevaba unos 120 metros sobre el fondo del valle del Cedrón, que se extendía a sus pies. Jesucristo fue llevado por el diablo al borde del muro de la ciudad, conocido aún hoy como «el pináculo del templo». Satanás dirigió su mirada al valle unos ciento veinte metros más abajo, y dijo a Cristo: «Tú me citaste el libro de Deuteronomio, por el cual desechaste mi primera tentación: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Tu respuesta me indica que tienes confianza en lo que Dios ha dicho. Ahora bien, quiero ver exactamente cuánta confianza tienes en realidad. Permíteme citarte una promesa. El salmista ha dicho que “a sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra”. Ahora bien, si crees la Palabra de Dios como dices creerla, entonces salta y demuestra tu fe. Desafía a Dios, ponlo a prueba y observa si se puede confiar en Dios. Demuestra tu fe en la promesa de Dios.» Al igual que la primera tentación, ésta parece bastante razonable y lógica. Si tenemos la Palabra de Dios y hemos descubierto una promesa apropiada en la misma, podemos descansar en ella. Al fin y al cabo, ¿qué garantía tenemos de que Dios ha perdonado nuestros pecados cuando hemos creído en Jesucristo como nuestro Salvador personal? No tenemos ninguna salvo la Palabra de Dios. ¿Qué seguridad tenemos de que no hay condenación ni juicio para quienes están en Cristo Jesús? Ninguna, salvo la promesa de la Palabra de Dios. Todo nuestro destino descansa sobre la confiabilidad de la Palabra de Dios. Quienes hemos recibido a Jesucristo hemos confiado nuestro destino eterno a la Palabra del Padre; ¿podemos confiar en ella? De modo que Satanás le sugirió a Jesucristo que pusiera a Dios a prueba. Detrás de ello se hallaba la tentación sutil de dudar de la Palabra de Dios. Estaba escrito que «a sus ángeles mandará acerca de ti», pero esa promesa era para quienes estaban andando en obediencia a la voluntad de Dios, para quienes estaban caminando conforme a la Palabra de Dios. Para Jesucristo el poner a Dios a prueba significaba decir que no aceptaba el hecho sólo porque Dios lo hubiera dicho, sino que tenía que comprobarlo por sí mismo. El científico que dice: «Creeré lo que pueda comprobar en mi laboratorio» es básicamente un escéptico. Se coloca en el lugar de un juez y demanda una satisfacción. Cuando Dios ha dicho algo y lo ponemos a prueba, estamos diciéndole que no le creemos. Satanás se acercó a Cristo y lo tentó a demostrar cuán grande era su fe en lo que Dios había dicho que haría. Cristo le respondió: «No tentarás al Señor tu Dios» (v. 7). Jesucristo no necesitaba poner a prueba a Dios para creer en Él. El Señor creía a Dios. La persona que pone la Palabra de Dios a prueba está diciendo que no le cree hasta que Él haga algo para comprobarlo. ¡Esa es la tentación del diablo! Si tratas de comprobarlo, estás llamando a Dios mentiroso, y esto es precisamente lo que Satanás quiere que hagas.Estás sucumbiendo ante la segunda tentación del diablo, en la cual su deseo es hacerte dudar de la Palabra de Dios. Cuando Cristo no quiso sucumbir ante la segunda tentación de Satanás, el diablo le presentó la tercera. Leemos en Mateo 4:8 que «otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares». El Creador había depositado en las manos de Adán la autoridad sobre la tierra, y él como gobernador designado por Dios administró la autoridad de Dios sobre el mundo. Cuando Adán y Eva sucumbieron a la tentación de Satanás y comieron del fruto prohibido, abandonaron el cetro que Dios les había dado en las manos del diablo, y éste pasó a ser el dios de este mundo. Satanás ha sido gobernador usurpador desde el momento de la caída de Adán hasta ahora. Era el propósito de Dios, declarado en el Salmo 8, arrancar el cetro de Satanás y restaurarlo a Jesucristo, el Hijo del Hombre, para que Él pudiese gobernar como Rey de reyes y Señor de señores. El diablo, sabiendo que tenía la autoridad de un usurpador, le mostró a Jesucristo la gloria de los reinos de esta tierra. En ese momento ofreció entregar a Jesucristo el cetro que tenía en su mano, para que Él reinase como Rey de reyes y Señor de señores. Había un requisito: que Jesucristo lo adorara. La sutileza de esta tentación consistía en el hecho de que quien tiene el derecho de ser adorado tiene también el derecho de ser obedecido. Si Jesucristo tributaba a Satanás un acto de adoración, razonablemente y por lógica debía obedecer a aquél cuyo derecho de recibir adoración acababa de reconocer. Esta fue la tentación culminante que Satanás presentó ante Cristo. Le invitó a desobedecer la voluntad de Dios y a dudar de la Palabra de Dios, pero todo ello era inherente a este gran deseo: desviar para sí la adoración que pertenece a Dios. Basándome en la autoridad de la Palabra de Dios, quisiera decirte que esto es lo que Satanás quiere de ti más que cualquier otra cosa. Cuando Jesucristo estuvo en el aposento alto una semana después de su resurrección, mostró sus manos y su costado a los discípulos y Tomás exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» No hay nada que Satanás desee más que oír pronunciar esas palabras, pero dirigidas a él. Él está dispuesto a renunciar a cualquiera de las pretensiones que tiene sobre este universo con tal de lograr que tú le adores, te sometas a él, le obedezcas y hagas su voluntad. Si tú reconoces el derecho de Satanás de ser adorado, le has concedido su derecho de ser obedecido. Satanás obra sobre tu mente, tu corazón y tu voluntad para llevarte al punto en que lo escuches y le digas: «Sí, mi señor.» Cuando ha logrado llevarte hasta ese punto, entonces mira al rostro de Dios y dice: «Aquí tienes a otro que dice que yo soy dios, que tengo el derecho de ser obedecido, y que reconoce mi autoridad en lugar de la tuya.» El mundo ha andado en desobediencia. Al someterse a la autoridad de Satanás, se ha hecho eco de la pretensión satánica de que Dios debiera ser depuesto y que Satanás debiera ser entronizado. No fue sino hasta que Jesucristo vino a este mundo que hubo uno que obedeció la voluntad de Dios perfectamente. Cuando Cristo dijo al Padre en el huerto de Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya», estaba diciendo en realidad: «Satanás reclama el derecho de ser obedecido, de ser creído y de ser adorado. La raza humana se ha hecho eco de su pretensión, pero yo me someto a ti a fin de que el mundo y los ángeles sepan que eres Dios; que fuera de ti no hay otro y que tu voluntad debe ser obedecida, tu palabra creída y tu Persona adorada.» El deseo de Dios es que obedezcas Su voluntad, que creas Su Palabra y que adores Su Persona, tal como lo hizo Jesucristo. Tú puedes ser en las manos de Dios una lección objetiva para los ángeles, por medio de tu sumisión, tu fe y tu adoración, de que Él es Dios y que fuera de Él no hay otro. ¡Cuán fácil resulta desobedecer, dudar y retener el sacrificio de alabanza y acción de gracias que pertenece justamente a Dios! Te desafiamos a la luz de la Palabra de Dios a que examines tu andar en relación con la voluntad de Dios y la actitud de tu corazón frente a la Palabra de Dios y a la Persona del Padre, a fin de que no cumplas el deseo de Satanás. 14 Los pasos de Satanás en la tentación 1 Juan 2:7—17 MUCHOS de los hijos de Dios han sido engañados y creen que Satanás es invencible y que cuando él tienta a una persona no hay nada que ésta pueda hacer para resistirle; que el diablo cuenta con tantos artificios a su disposición que —lo queramos o no— eventualmente él triunfa sobre nosotros. Esta es una mentira del diablo. Es una mentira concebida para cegarnos frente a los pasos que Satanás utiliza en la tentación. Porque si comprendemos estos pasos y nos mantenemos en guardia contra él, si comprendemos los artificios del maligno, estaremos preparados para hacerle frente y derrotarlo mediante la ayuda del Espíritu. El apóstol Pedro nos dice en 1 Pedro 5:8: «Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.» Satanás ruge para atraer nuestra atención hacia él y distraernos con respecto a la verdadera naturaleza de sus artimañas. El apóstol Juan escribe en 1 Juan 2:16 con respecto a los canales por medio de los cuales Satanás puede atacar a una persona. Es un consuelo saber que el diablo no puede atacar a través de una multitud de canales; hay sólo tres a través de los cuales puede atacar al individuo. Satanás sólo puede entrar a la vida de una persona por medio de estas tres puertas, que son bien conocidas. El apóstol Juan dice que todo lo que se halla en el mundo puede ser resumido en tres categorías: los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Todo pecado cae necesariamente dentro de una de estas tres clasificaciones. Está la categoría de lo carnal. Esta división reconoce que el hombre, a causa del pecado de Adán, se halla dominado por una naturaleza que se caracteriza por su carnalidad, su apetito, sus deseos, sus anhelos insaciables y sus pasiones. Satanás puede apelar a estos pecados de la carne. La segunda categoría de pecado, que también caracteriza la naturaleza del hombre, se halla en la frase «los deseos de los ojos». Ello nos revela el hecho de que el hombre no sólo es carnal por naturaleza, sino también fundamentalmente egoísta; desea y codicia lo que ve y trata de lograr para si aquello que desea o codicia. Ello puede suceder en una esfera totalmente independiente del dominio de la carne. El hombre es ambicioso y egoísta por naturaleza y Satanás puede hacer caer a una persona en la tentación a través de este egoísmo fundamental. La tercera categoría de pecado característico de la naturaleza humana se halla en la frase «la vanagloria de la vida». Existen aquellos pecados que apelan al orgullo, porque la naturaleza humana es fundamentalmente orgullosa; ama y se esfuerza por todo lo que estimula y exalta al individuo, agradándolo y dándole un sentido de independencia. Cuando Satanás va a tentar a una persona, se ve obligado a apelar a una de estas tres características fundamentales de la naturaleza humana: su capacidad carnal, sus intereses egoístas, o su orgullo. Satanás no se preocupa tan sólo en conseguir que una persona sufra una tentación y la considere como tal. A Satanás le importa lograr que esa persona sucumba ante esa tentación; él dirige sus tentaciones fundamentalmente a la voluntad del individuo para producir una acción, un pensamiento o una palabra contrarios a la voluntad revelada de Dios. Satanás puede usar la mente, el corazón, o ambos. Pero en última instancia su deseo es producir una acción que provenga de la voluntad del individuo que se somete a la seducción deSatanás, siguiéndole en desobediencia contra Dios. Satanás sabe que el hombre llega a amar lo que conoce y que obedece a aquello que ama. De modo que el diablo planta una semilla en la mente y luego la riega para que nazca el afecto por esa cosa, ya que al fin y al cabo el hombre sirve a lo que ama. Este proceso puede ser prolongado. Una semilla puede ser plantada y dejada durante un largo período hasta que la persona llega a amar lo que Satanás ha propuesto y obedece la propuesta del diablo. O el proceso puede ser tan acelerado que el amor por aquella cosa que Satanás ha plantado en la mente sea casi instantáneo. Pero el objetivo fundamental es producir obediencia a lo que Satanás desea. La persona que enfrenta cualquier tentación puede analizarla y descubrir inmediatamente dentro de qué categoría se halla. ¿Es una apelación a los deseos de la carne? ¿Es una apelación a la naturaleza fundamentalmente egoísta que se manifiesta a través de los deseos de los ojos? ¿Es una apelación a la vanagloria? Una vez que hayamos determinado la naturaleza del ataque podemos usar entonces la Palabra de Dios, en el poder del Espíritu de Dios, para hacer frente a ese ataque. En las tentaciones en el desierto que ya hemos citado, Cristo utilizó la Palabra de Dios para resistir los ataques de Satanás. En la esfera de la apelación a los deseos de la carne, citó las Escrituras: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» En la segunda esfera, la de los deseos de los ojos, hizo frente a la tentación con esta frase: «Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.» En respuesta a la apelación del diablo al egoísmo, Cristo dijo: «Estoy dispuesto a esperar el momento dispuesto por Dios.» Frente a la apelación de Satanás al orgullo, nuestro Señor citó nuevamente la Palabra de Dios: «No tentarás [o pondrás a prueba] al Señor tu Dios.» Entonces leemos en Lucas 4:13: «Cuando el diablo hubo acabado toda tentación...» Habiendo apelado Satanás a los deseos de la carne, a los deseos de los ojos y a la vanagloria de la vida, no le quedaba ya otro canal a través del cual pudiera intentar atacar al Señor Jesucristo. Satanás no disponía de otros artificios para tentar a Cristo que los mismos que ha utilizado con tanto éxito en la vida de cada persona desde los días de Adán hasta el presente. Cristo venció porque reconoció la naturaleza de la apelación, y pudo entonces utilizar la Escritura adecuada para resistir la tentación. Observarás que no fue una adhesión ciega a la Palabra de Dios. Al analizar y compren- der la tentación, Cristo pudo aplicar un principio y promesa específicos de la Palabra de Dios a cada tentación. Muchos caemos derrotados ante Satanás no por falta de respeto a 1a Palabra de Dios. ya que la respetamos, sino por ignorar lo que se halla en sus páginas y ser incapaces de aplicar una palabra específica a una situación dada. Esto fue lo que hizo Cristo. En 2 Samuel, capítulo 11, leemos la historia de uno que fue tentado por el maligno y derrotado. El pecado de David se halla escrito en las páginas de la Palabra de Dios para recordarnos el peligro que acecha al hijo de Dios que no discierne el método satánico de ataque y no puede, por tanto, utilizar los principios bíblicos para resistir. El rey David estaba tomando fresco sobre el terrado de su palacio al atardecer. Leemos en el versículo dos: Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa. Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquélla es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo. Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella... Observamos en el segundo versículo que el primer ataque de Satanás a David se produjo a través de los deseos de los ojos, porque él miró y vio. Ya que era fundamentalmente egoísta, como todos los hombres, codició lo que vio. Él podía justificar su actitud para consigo mismo diciendo que como rey tenía autoridad absoluta sobre todos sus súbditos, y que era una prerrogativa real demandar lo que deseaba, Pero la Palabra de Dios no dejaba lugar a dudas. La ley decía: «No cometerás adulterio.» Habían instrucciones más amplias en Deuteronomio 17. Allí Moisés previó, mientras preparaba a Israel para transformarse en una nación con gobierno propio, que algún día Dios le daría un rey a Israel. Moisés dijo en el versículo 14: «Cuando... digas: Pondré un rey sobre mí, como todas las naciones que están en mis alrededores; ciertamente pondrás por rey sobre ti al que Jehová tu Dios escogiere; de entre tus hermanos pondrás rey. sobre ti; no podrás poner sobre ti a hombre extranjero, que no sea tu hermano. Pero él no aumentará para sí caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto con el fin de aumentar caballos; porque Jehová os ha dicho: No volváis nunca por este camino.» Los hombres confían en la fortaleza, en el poder, en la defensa propia y no quieren depender de Dios, y por ello Dios dijo que el rey no debía construir un gran establo de caballos. El versículo 17 dice: «Ni tomará para sí muchas mujeres, para que su corazón no se desvíe; ni plata ni oro amontonará para sí en abundancia.» Lo que David estaba contemplando se hallaba prohibido, no sólo por la ley sino también por las demás instrucciones claras de la Palabra de Dios. Pero David miró, y codició lo que vio, porque era fundamentalmente egoísta. Luego mandó buscar aquello que había visto y codiciado. Los deseos de los ojos despertaron los deseos de la carne, y David puso en acción un plan para obtener lo que la carne había codiciado. Y llegó a tomar lo que había visto y deseado. La mente vio, el corazón codició, y luego la voluntad desobedeció la Palabra de Dios. Los pasos de la tentación que condujo a David a la deshonra son los mismos que Satanás utiliza en la experiencia de cada persona para apartarla de la voluntad de Dios. La Palabra de Dios proporciona algunas instrucciones precisas a causa de estos tres pasos en la tentación. Con respecto a la mente, el Apóstol dice en Filipenses 4:8: «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.» Nuevamente en 2 Corintios 10:5 el Apóstol dice que debemos «…derribar argumentos [es decir, juzgar todo pensamiento maligno] y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo». Satanás comienza por la mente. Él planta un deseo en la mente, ya sea a través de la carne, del egoísmo o del orgullo. La Palabra de Dios advierte que la semilla que Satanás ha plantado debe ser arrancada antes que germine, antes que avance un solo paso más, porque si se permite que el pensamiento plantado por Satanás permanezca en la mente, habrá de producir fruto. Así que cuando Satanás ataca por medio de la mente, ese pensamiento debe ser juzgado y reconocido como un ataque satánico. Debe ser reconocido como un primer paso en la tentación y arrancado por la Palabra de Dios y por el poder del Espíritu, a fin de impedir que permanezca y produzca pecado. En segundo lugar, Satanás se desplaza desde la mente a la esfera del corazón. Aquello que él ha plantado en la mente y que apela a los deseos de la carne, a los deseos de los ojos o a la vanagloria de la vida pasa a ser el objeto de tus afectos. Esta es la causa por la cual Salomón, quien tuvo mucha experiencia en luchas con Satanás, generalmente para su propia destrucción, escribió en Proverbios 4:23: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón porque de él mana la vida.» Si permitimos que la semilla plantada en la mente comience a germinar, el corazón comenzaráa amar lo que Satanás ha colocado allí. Por este motivo el Apóstol nos exhorta en 1 Juan 2:15: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo.» Santiago se ve en la necesidad de recordarnos que amar al mundo es ser adúlteros para con Dios, porque la amistad del mundo es enemistad contra Dios (Santiago 4:4). ; Una persona no sólo debe examinar su mente para mantenerla limpia, sino también examinar sus afectos. Todo hombre obedecerá a lo que conoce y ama, a menos que el desarrollo de la semilla sea interrumpido por la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios. En 1 Samuel 15:22, el profeta recordó a Saúl que la obediencia es mejor que los sacrificios. Si una persona ha sufrido una tentación en su naturaleza egoísta, orgullosa y carnal y comienza a amar esa tentación, el próximo paso será obedecerla. Los afectos deben ser purificados, a fin de que no sirvamos al pecado. En Romanos 13:14, Pablo nos proporciona un breve principio que es de fundamental importancia: «Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne.» Como somos propensos a colocarnos en circunstancias en que somos blanco de los ataques de Satanás, facilitamos su tarea. Pablo advierte al hijo de Dios contra el peligro de abrir la mente para que Satanás pueda derramar pensamientos en ella. Advierte al creyente contra el abrir el corazón para que Satanás pueda incitar emociones dentro de él. También advierte que uno no debe someterse a las tentaciones de Satanás voluntariamente. Mucho de lo que leemos, de lo que vemos y de lo que hacemos es diametralmente opuesto al principio expuesto por Pablo en Romanos 13:14, y estamos llenando nuestras mentes de cosas que Satanás puede utilizar. Sufrimos los ataques de Satanás porque proveemos para los deseos de la carne. El diablo utiliza lo que hemos colocado allí sin hacer caso a la amonestación de Pablo. Hemos permitido que nuestros afectos sean desviados del Señor Jesucristo y hemos llegado a amar de tal modo las cosas de este mundo que la obra de Satanás ya está hecha en parte; él puede actuar sobre los afectos, por los cuales él no es culpable, ya que han sido incitados por nosotros mismos. Luego nos preguntamos por qué estamos sufriendo tal ataque del maligno. Pero no es culpa suya. El sólo está aprovechando el material que nosotros le hemos proporcionado. Hay un paso muy corto entre la desobediencia a este principio y la caída en el pecado. «No proveáis para los deseos de la carne.» Satanás no puede atacarte de una infinidad de maneras; sólo puede recurrir a estos tres canales: puede apelar a lo que es carnal, a lo que es egoísta o a lo que es una manifestación de orgullo. La Palabra de Dios nos brinda esta enseñanza para que podamos comprender la naturaleza de la tentación y enfrentarla por medio de la Palabra y por medio del Espíritu Santo. Debemos proteger nuestras mentes y corazones, a fin de no proporcionar lo que Satanás pueda utilizar para producir el pecado. 15 Cómo obra Satanás Mateo 17:14—21 MUCHOS creyentes viven una vida derrotada por no haber reconocido la naturaleza del adversario y el tipo de conflicto en el cual se hallan comprometidos. Nuestro adversario se disfraza de un modo tan hábil y sutil que muchos ni siquiera reconocen su existencia. No puede haber victoria alguna hasta que reconozcamos la naturaleza de esta guerra. Pablo destacó esto en Efesios 6:12: «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.» Luchamos contra un adversario invisible, pero que a pesar de ser invisible es poderoso y formidable. Sabemos que Satanás como ser creado no es omnipresente. Aunque los ángeles son sobrenaturales, no son dioses y no pueden estar presentes en todas partes al mismo tiempo como Dios. Como seres personales, los ángeles no perdieron su personalidad en su caída con Satanás. Tampoco Satanás perdió su personalidad a causa de su caída. Las limitaciones impuestas sobre Lucifer por creación no han desaparecido luego de su caída, porque la rebelión no le dio prerrogativas divinas. El diablo no. puede estar presente en todas partes al mismo tiempo, luchando contra Dios y contra los hijos de Dios. Satanás se ve precisado a obrar por medio de los ángeles que le secundaron en su rebelión original. Poco nos dicen las Escrituras con respecto a la magnitud de la rebelión angelical. Lo que las Escrituras dan a entender es que cuando Satanás se rebeló, una gran hueste de seres angelicales creados lo siguió, y que quienes aceptaron su liderazgo y se rebelaron con él son llamados demonios. En Efesios 6:12, Pablo dice que Satanás ha imitado el modelo divino de organización y ha dispuesto a sus demonios en distintas jerarquías denominadas principados, potestades y gobernadores. A cada una de estas jerarquías se les asignan distintas responsabilidades. Las Escrituras no nos dicen cuáles son las responsabilidades asignadas a estos distintos grupos. Pero sabemos que tienen un propósito en común: oponerse a Dios y derrotar el programa de Dios con los hombres en la tierra, ya que dicho programa se halla revelado en las Escrituras. En Apocalipsis 9:11 hay otra referencia a esta organización del mundo demoníaco. Descubrimos en los primeros diez versículos de este capítulo que una multitud de demonios ha sido soltada del abismo, el cual constituye el destino de todos los ángeles caídos. Se les permite ir a la tierra para hacer sufrir a los hombres y torturarlos. En el versículo 11 se dice que «tienen por rey sobre ellos al ángel del abismo, cuyo nombre en hebreo es Abadón, y en griego, Apolión». Apolión o Abadón significa exterminador. De este modo descubrimos que los demonios se hallan organizados bajo la dirección de uno cuyo nombre es Exterminador. Estos demonios serán soltados bajo su dirección, a fin de que puedan exterminar el propósito o el plan de Dios. Nada sabemos acerca de la cantidad de demonios que existen. Sabemos que toda persona que haya vivido en cualquier época ha tenido un ángel guardián. La Palabra de Dios lo dice claramente. La magnitud original de la creación angelical evidentemente fue muy superior a la suma total de todos los habitantes que jamás hayan vivido o vivirán sobre la faz de la tierra. Parecería lógico Legar a la conclusión que los rebeldes organizados bajo Satanás igualan o superan en cantidad al total de la población de este mundo en cualquier momento dado desde Adán hasta el tiempo del fin. Evidentemente a los demonios no les agradan los hombres. Las Escrituras parecen inferir que cuando se les brinda alguna elección, evitan los escenarios habitados por el ser humano. En Mateo 12:43, Cristo dice lo siguiente con respecto a la actividad demoníaca: «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla.» Cuando una persona ha sido libertada del control demoníaco, el demonio sale al desierto huyendo del lugar habitado por los hombres. El capítulo 13 de Isaías se refiere también a este hecho en lenguaje simbólico, cuando en el versículo 20 habla de la ciudad de Babilonia que será destruida: «Nunca más será habitada...» y en el versículo 21: «sino que dormirán allí las fieras del desierto, y sus casas se llenarán de hurones; allí habitarán avestruces, y allí saltarán las cabras salvajes». En este lenguaje simbólico Isaías dice que este lugar que en un tiempo fuera centro del imperio mundial sería destruido, que nunca más sería habitado, y que entonces se transformaría en lugar de morada de demonios. Ciertamente los demonios se sienten incómodos viviendo alrededor de un individuo que conoce a Cristo como Salvador personal o en una zonadonde Dios es reconocido y su autoridad honrada. Esta es la razón por la cual vemos menos actividad demoníaca en nuestro país que la que se observa en muchas partes del mundo. Si has tenido la oportunidad de conversar mucho con los misioneros, sabrás que cuando ellos van a tierras paganas que se hallan totalmente ciegas al Evangelio y a la verdad de la Palabra de Dios, les impresiona el hecho de que son rodeados por influencias demoníacas malignas y viven bajo la presión de esa presencia demoníaca. Mientras se hallan en tierras paganas se hallan especialmente sometidos a ataques satánicos, porque están invadiendo un territorio ocupado y dominado por el enemigo, y éste resiste su presencia. Una de las principales razones por las cuales debemos ser fieles en la oración a favor de nuestros misioneros es porque ellos han ido al centro del campo enemigo para derrotar al adversario. Puedes tener la certeza de que serán el blanco de toda clase de ataques por parte del enemigo para anular su testimonio, derrotarlos espiritualmente, destruir su salud y fortaleza físicas para que no puedan ministrar, y rodearlos con innumerables peligros para evitar que su ministerio fructifique. La ausencia del Evangelio deja una zona sujeta al control satánico de un modo muy real. Una de las artimañas de Satanás ha sido cerrar nuestros ojos con respecto a la medida de esta actividad demoníaca, haciéndonos creer que no existen Satanás ni los demonios. Si negamos su existencia no nos hallamos enfrascados en lucha contra ellos. Nos abandonamos a su ataque, y ellos pueden derrotarnos o destruirnos fácilmente. Mientras que muchas personas están dispuestas a aceptar la existencia de los ángeles, no reconocen que los demonios son personalidades reales ni que ejercen influencia sobre nuestras vidas. Satanás quisiera que creyéramos que tal doctrina es el resultado de la superstición medioeval y que no hay lugar para ella en una mente iluminada en nuestros días. Esta es una artimaña de Satanás para disfrazar su existencia en nuestro medio y su ataque e influencia sobre nuestras vidas, para que no caminemos por la senda de la victoria cristiana. La Palabra de Dios tiene mucho que decir acerca de los demonios. Sería de lo más necio aventurarnos en este terreno sin fundamentar nuestra doctrina en la Palabra de Dios. Sin embargo, tenemos la revelación de la Palabra de Dios con respecto a estos hechos y verdades. En 1 Reyes, capitulo 22, observamos el hecho interesante de que Satanás puede controlar gobiernos y movimientos en la esfera política por medio de la actividad de los demonios. Dios tiene un propósito para esta tierra, y el mismo consiste en colocar a su Hijo Jesucristo en autoridad como Rey de reyes y Señor de señores. Es propósito de Dios colocar a todos los reinos, lenguas y naciones bajo la autoridad de Jesucristo. Este plan es constantemente atacado por Satanás, quien trata de controlar los gobiernos y apartarlos del reconocimiento de la autoridad de Dios hacia la sujeción a su autoridad, a fin de poder ejercer un dominio universal. Muchos de los que leen los titulares de los diarios estarán de acuerdo en que Satanás ha hecho un buen trabajo. En 1 Reyes, capítulo 22, se halla ilustrado el modo en que Satanás obra en la esfera política. El versículo 20, dice: «Y Jehová dijo: ¿Quién inducirá a Acab, para que suba y caiga en Ramot de Galaad...?» Era el propósito de Dios juzgar al malvado rey Acab haciéndolo caer en la batalla. Ahora bien, para que Acab cayera en la batalla debía haber un adversario, y una nación debía decidir un ataque contra Israel. De modo que se formuló la pregunta: ¿cómo podría lograrse esto? «Y uno decía de una manera, y otro decía de otra. Y salió un espíritu y se puso delante de Jehová, y dijo: Yo le induciré. Y Jehová le dijo: ¿De qué manera? Él dijo: Yo saldré, y seré espíritu de mentira en boca de todos sus profetas. Y él dijo: Le inducirás, y aun lo conseguirás; ve, pues, y hazlo así.» Sin entrar en todas las implicaciones de este pasaje, observamos que un espíritu maligno o demonio habló a Acab a través de sus falsos profetas y que Acab escuchó a los falsos profetas en vez de escuchar al verdadero profeta de Dios; Acab hizo caso a los falsos profetas. Cuando los falsos profetas le dijeron que habría de vencer, ello era una mentira. Aceptando las falsedades de Satanás, Acab fue a la batalla y fue derrotado, perdiendo su vida. Los demonios actuaron en la esfera política. El propósito del derrocamiento de Acab era evitar que el Hijo de David subiera al trono de David para gobernar como Rey de reyes y Señor de señores. Los demonios no sólo obran en la esfera política cambiando los gobernantes; también obran en la esfera religiosa. Varios pasajes de las Escrituras lo reconocen. En Levítico 17 el pueblo estaba cumpliendo con las ceremonias o rituales exteriores de la religión, ofreciendo los sacrificios de acuerdo con lo que se hallaba prescripto en la ley de Moi- sés, pero en el versículo 7 Dios dice: «Y nunca más sacrificarán sus sacrificios a los demonios.» En Deuteronomio 32:17 se infiere el mismo hecho de que cuando una persona ofrece un sacrificio a un ídolo está ofreciendo sacrificio a los demonios. En 1 Timoteo 4:1 Pablo dice: «Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios», es decir, a las doctrinas que están siendo propagadas por los demonios. Detrás de cada ídolo que ha sido erigido para adoración ha habido siempre un demonio, y los demonios propagan todas las falsas religiones y formas de idolatría que hayan existido o que existirán. Esto forma parte del engaño de Satanás. Él obra en la esfera religiosa para evitar que los hombres se sometan a la autoridad de Dios a fin de que permanezcan bajo la autoridad de Satanás. Los Evangelios son los que contienen la mayor cantidad de referencias a la actividad demoníaca. Esta actividad se hallaba tan generalizada a causa de que el Hijo de Dios se hallaba personalmente presente entre los hombres. Cuando Él se estaba ofreciendo a Si Mismo como Salvador y Soberano, Satanás y sus esbirros entraron en frenética actividad a fin de oponérsele y derrotarlo. Para ello bastan unas pocas referencias. En Marcos 1:23—26 leemos que cuando Cristo entró en Capernaum había «un hombre con espíritu inmundo [un demonio] que dio voces, diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quien eres, el Santo de Dios. Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él! Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. Y todos se asombraron». Cristo se hallaba allí para presentarse como el Salvador. Inmediatamente le salió al encuentro un estallido de violencia mientras el demonio trataba de callar la voz de Cristo que les explicaba las Escrituras. Ello se relata nuevamente en Lucas 4:33. Luego que Cristo se hubo presentado como Aquel que había cumplido la profecía de Isaías, leemos que «estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz, diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quien eres, el Santo de Dios». Estos eran hombres en quienes moraban demonios, y los demonios los utilizaron para oponerse a Cristo, para hacer callar su voz y para evitar que fuera recibido por el pueblo de Israel. Los demonios no poseen el poder de materializarse. No pueden tomar una forma para manifestarse a los hombres. Moran en el mundo invisible y son seres espirituales que no tienen un cuerpo de carne y hueso. Para poder manifestar su presencia entre los hombres los demonios deben poseer o controlar un cuerpo físico, ya se trate del cuerpo de un animal o de una persona. No advertiríamosla presencia de los demonios fuera del desorden que producen cuando controlan una persona. Resultó evidente para quienes estaban en la sinagoga de Capernaum que los demonios estaban oponiéndose activamente a Cristo. La evidencia fue observada en la exclamación que brotó de los labios de este hombre endemoniado. No hubiera habido conciencia alguna de la actividad ni de la presencia demoníaca aparte del desorden en la sinagoga. Tenemos una buena ilustración de este hecho en el capítulo 9 del evangelio de Lucas. Según los versículos 38 y 39, un hombre se acercó a Cristo, diciendo: «Maestro, te ruego que veas a mi hijo, pues es el único que tengo; y sucede que un espíritu le toma, y de repente da voces, y le sacude con violencia, y le hace echar espuma, y estropeándole, a duras penas se aparta de él.» Para el padre era evidente que su hijo estaba poseído y dominado por un demonio. ¡La prueba de ello se hallaba en la desorganización, el desorden, la confusión y el sufrimiento producidos en la vida de su único hijo! Ahora bien, según cómo los demonios influenciaron a los hombres, su efecto se manifestaba en varias esferas distintas. En primer lugar, descubrimos que los demonios que obraban en la esfera física podían producir enfermedades físicas. Observamos en Mateo 9:32 y 33: «Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel.» Ahora bien, en casos de sordera, mudez, o cualquier dolencia física producida por el demonio, se trataba de una enfermedad muy real. Debía ser tratada como tal. Pero había una diferencia entre ser controlado por el demonio y la enfermedad física que resultaba de ese control demoníaco, y Cristo debía tratar ambas cosas. Debía libertar al hombre del control del demonio y luego tratar los efectos físicos de la presencia del demonio en su vida. En base a muchas ilustraciones diversas en los evangelios, se puede comprobar que los demonios podían producir efectos físicos. Los demonios afectaban a los hombres en la esfera mental. En Mateo 17:15. un hombre fue a Cristo y le dijo: «Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático.» Esto tenía que ver con un desarreglo o desorden mental, y la presencia del demonio privaba al hijo de sus facultades racionales, de modo que su proceso mental era controlado por el demonio y no por el individúo. Descubrimos que los demonios tenían influencia en la esfera emocional, así como también en la mental. Ello se infiere en Mateo 17:15 donde el padre dijo: «Mi hijo padece muchísimo.» En Marcos 9:18, se sugiere que fue un efecto en la esfera emocional. Constituye una buena ilustración que Cristo sanara a esta persona, porque «se iba secando». Esto es lo que se desprende del relato que se nos proporciona en Lucas 8:26—39. El individuo poseído por el demonio que conocemos como el endemoniado gadareno había sido desterrado de su propia comunidad. Tenía su morada en los se- pulcros. Allí se sentaba a herirse. Los hombres habían intentado atarlo de pies y de manos. Aquí tenemos un cuadro expresivo de lo que un demonio era capaz de hacer. Afectó su cuerpo de tal modo que tuvo que abandonar su residencia habitual. Afectó sus emociones porque indudablemente buscó en las tumbas un lugar inmundo porque se sentía inmundo. Tenía complejo de culpa. Se hería a sí mismo. Ello se debe a que se hallaba en tal estado mental de depresión que se consideraba indigno de seguir viviendo, y ese estado emotivo fue producido por el control demoníaco. Allí estaba sentado, sin poder hacer nada, sin esperanza, habiendo llegado a esa situación no por algo que él había hecho, sino porque los demonios lo habían utilizado para tratar de lograr el propósito y el programa de Satanás. Vemos entonces que los demonios en la esfera física podían producir la enfermedad física; en la esfera mental eran capaces de producir la demencia; y en la esfera emocional podían producir una depresión tal que la persona intentaba poner fin a su propia vida. En un pastorado anterior tuve en la congregación a un doctor en medicina que dedicaba varios días a la semana a trabajar en un instituto de salud mental del estado, a unos pocos kilómetros de donde vivíamos. En innumerables ocasiones me dijo que lo que determinado paciente necesitaba no era medicina sino mi ministerio. En otras pa- labras, el médico estaba diciendo que el estado del individuo en cuestión no se debía a causas físicas sino a causas espirituales, a actividad demoniaca. Este es un tema al cual hemos cerrado nuestras mentes en gran medida, y hemos negado que en la América que se llama cristiana Satanás pueda tener influencia alguna sobre los individuos veinte siglos después de Cristo. La actividad demoniaca de Satanás se halla muy generalizada, es real, y constituye una parte de nuestra lucha, acerca de la cual necesitamos estar informados si hemos de vencer al maligno. Los demonios pueden controlar a su voluntad a una persona no salva. El inconverso es miembro del reino de Satanás, se somete a su autoridad y se somete sin resistencia al control de la influencia o actividad demoníaca. Un creyente puede ser controlado por Satanás a través de los demonios tan solo mediante el consentimiento de su propia voluntad. Ya que el creyente es hijo de Dios y se halla sujeto a la autoridad de Cristo, Cristo no permitirá que esa persona sea habitada por un demonio. Pero los demonios pueden controlar un creyente si este se somete conscientemente a ese control e influencia. Por no estar conscientes de esta posibilidad, muchos creyentes pueden experimentar alguna afección física, algún desorden o dificultad emocional, o alguna dificultad mental por no haber reconocido la verdadera fuente de la dificultad y no haberla tratado de acuerdo con los principios de la Palabra de Dios. Hay un peligro en hablar de estas cosas, porque es posible quedar tan obsesionado con la actividad demoniaca que la misma absorba nuestros pensamientos. Cierta vez desayuné con un amigo en un restaurante. En medio de nuestra conversación me pidió que lo disculpara, inclinó la cabeza y tuvo una breve oración. Continuamos con nuestra conversación. Pocos minutos después sucedió lo mismo. Supongo que debo haberme mostrado algo extraño, pues me explicó que estaba sufriendo un ataque satánico y que debía invocar a Cristo para su liberación. Le pregunté: «¿Qué te hace pensar que estás sufriendo un ataque satánico aquí?» Me respondió: «¿No viste esa gota de café que salpicó del fondo de la taza sobre mi corbata? Ese es un ataque satánico.» La segunda vez había dejado caer un poco de huevo revuelto del tenedor sobre su ropa y consideró que ello era un ataque satánico. No me corresponde a mí decir si lo era o no. Quizás él tenía un mayor discernimiento espiritual que yo, pero existe el peligro de obsesionarse tanto con nuestro adversario que lo veamos precisamente donde no está. Pero ése no es el mayor peligro. El mayor peligro es que no reconozcamos su actividad en nuestras vidas. La Palabra de Dios nos proporciona la defensa contra los ataques del maligno. Ya nos hemos referido al relato de Lucas 4:35, en que Cristo se enfrentó al endemoniado en la sinagoga y le dijo: «Cállate, y sal de él.» La autoridad de Cristo era tal que podía someter a los demonios. Como le obedecían, aquel demonio abandonó la habitación que había estado utilizando para sus propios fines. En el capítulo 17 del evangelio de Mateo se nos relata que, mientras Cristo se hallaba en el monte de la transfiguración, el padre del endemoniado apeló a los discípulos, pero éstos no pudieron echar fuera el demonio. Cuando Cristo regresó y echó fuera el demonio, los discípulos quisieron saber por qué ellos no habían podido hacerlo. Cris to les respondió: «Por vuestra poca fe; porquede cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. Pero este género no sale sino con oración y ayuno.» La montaña se usa frecuentemente en las Escrituras como símbolo de un reino, y creemos que éste es el sentido en que se utiliza aquí. Lo que Cristo estaba diciendo era: Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este representante del reino de Satanás: «Sal fuera» y en respuesta a vuestra fe, sobre la base de la autoridad de Cristo, este, representante del reino satánico habrá de huir. Pero ello no habrá de suceder sin oración y ayuno. La oración y el ayuno eran dos evidencias de una dependencia completa de Dios. Eso es la oración: dependencia de Dios. Cristo, por tanto, estaba diciendo que si reconocemos que tenemos su autoridad, y creemos que Él nos hace sus partícipes en esta lucha contra Satanás, y ejercemos su autoridad dependiendo de Dios, podremos decir a cualquier representante del reino de Satanás: «Sal fuera» y se irá. En Mateo 16:17 leemos que Cristo dijo a Simón: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.» Ahora bien, el hecho que había sido revelado a Pedro era la realidad de la autoridad de Cristo. Cristo era el que debía reinar. Su reino abarcaría no sólo este mundo, sino también el dominio de los demonios. Cristo dice en Marcos 16:16: «Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios.» La expresión «en mi nombre» no se refería a ningún sortilegio misterioso ni a ninguna fórmula mágica que utiliza el nombre de Jesús. Hablar en nombre de una persona es emplear toda su autoridad. Cristo dijo que si actuamos contra nuestro adversario, o su representante, con su autoridad, dependiendo de Dios, podremos decir a Satanás «déjame en paz» y él lo hará. Mucho de lo que sufrimos en la esfera física, en la esfera emocional y en la esfera mental lo sufrimos porque, como embajadores de Cristo, somos sometidos a los ataques de Satanás. No nos damos cuenta que Satanás está tratando de frustrar el propósito de Dios en nosotros y a través de nosotros. Le permitimos que continúe oprimiéndonos y esclavizándonos mediante alguna debilidad física, mental o emocional. No hemos re- sistido al diablo en la autoridad de Cristo para que huya de nosotros. Necesitamos prestar atención al mandato de Santiago: «Resistid al diablo» y a su promesa, «y huirá de vosotros» (Santiago 4:7). 16 Cristo conquista a Satanás Colosenses 2:9—17 SI TU MÉDICO te dijera que estás padeciendo una enfermedad mortal, para la cual no hay cura conocida, y cuando tú me lo cuentas yo te digo que dispongo de un remedio cierto, recibirías esta buena nueva con alegría. Pues te traigo una noticia mejor aún. Aunque no todos caemos presa de alguna de las enfermedades espantosas, todos hemos nacido en este mundo bajo la condenación del pecado. El pecado se interpone entre cada persona y Dios, ya que Él es santo y justo y no puede admitir ninguna cosa inmunda en su presencia. La buena nueva se halla en Colosenses 2:13: Dios ha perdonado todos tus pecados. La barrera del pecado que en un tiempo separaba al pecador de Dios ha sido quitada. Se ha tendido un puente sobre la sima del pecado. La condenación que pesaba sobre el pecador ha sido quitada. La muerte que caracterizaba al pecador ha sido quitada, y se le ha dado vida. Esta es la buena nueva del Evangelio de Jesucristo. Sólo la eternidad podrá revelarnos cuánto le costó a Dios el poder efectuar un ofrecimiento tan sencillo de salvación al hombre. Mientras que las condiciones del Evangelio son de lo más sencillas, aquello que hizo posible este ofrecimiento es tan complejo como el problema involucrado en satisfacer a un Dios santo. El Apóstol luego de su gran declaración —que Dios ha perdonado todos nuestros pecados— prosigue diciendo: «anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente triunfando sobre ellos en la cruz». Antes de que Dios pudiese declarar la salvación para los pecadores, fue necesario que Jesucristo entrase en un conflicto con Satanás, que luchase con él, que saliese victorioso de esa lucha y que proclamase la derrota de Satanás como adversario. El apóstol Pablo se hallaba familiarizado con la ley romana. Bajo un procedimiento legal muy estricto, todo testigo acusador era en primer lugar interrogado por las autoridades romanas y su testimonio tenía que ser sustanciado antes que el caso pudiese ser presentado ante el tribunal romano. Luego que el sumario fuera preparado y el caso pasara a juicio, era necesario que el acusador concurriera en presencia del acusado a dar su testimonio ante el juez. Pablo tiene en mente este cuadro legal cuando dice que Cristo ha anulado el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era, contraria. En este caso el acusador no es otro que Satanás mismo. El diablo sabe que Dios ha declarado que el alma qué pecare morirá. Sabe que Dios ha dicho que la paga del pecado es muerte. Satanás se resiste a renunciar al control sobre cualquier persona que ha nacido en su reino. Cuando entra a la presencia de Dios como acusador, señala en presencia del altísimo los pecados por los cuales el hombre es culpable. La acusación de Satanás es justa. Es recta y cierta, ya que no ha nacido nadie en este mundo fuera del Señor Jesucristo que haya vivido sin pecado. Pablo ha dicho en Romanos 3:10 que «no hay justo, ni aun uno» y en el versículo 23 «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». A Satanás no le hace falta indagar mucho para descubrir la lista de delitos que puede utilizar como base para la acusación. El Apóstol dice que Dios ha anulado el acta de los decretos que había contra nosotros. En otras palabras, antes que Dios pudiera perdonar todos nuestros pecados era necesario que encontrara una solución justa con respecto a la acusación que se nos había hecho. Dios reconoció el hecho de que éramos pecadores. Dios no pasó por alto el hecho de que habíamos nacido en pecado, que practicábamos el pecado, y que nos hallábamos bajo la condenación del pecado. Dios lo había reconocido aun antes que Satanás nos acusara de pecado. Pero antes que Dios pudiera recibirnos en su familia, antes que Dios pudiese declarar que nuestros pecados habían sido perdonados, era necesario que Jesucristo hiciera algo con respecto a la acusación del diablo. Un juez justo no puede oír una acusación y pasarla por alto si ella es cierta. Sólo puede cerrar el caso si la acusación es falsa. Recordarás que cuando los fariseos quisieron que Cristo fuera condenado a muerte, lo llevaron ante las autoridades romanas y lo acusaron de traición. El primer paso en el juicio a Cristo fue interrogarlo con respecto a la acusación. Pilato retiró a Cristo de la presencia de la multitud enfurecida y lo llevó al pretorio para interrogarlo. Estaba actuando como investigador para ver si la acusación que se había hecho contra Cristo era cierta. Interrogó al Señor con respecto a su reino y sus discípulos, a fin de determinar en qué medida se había extendido este movimiento, cuál era la actitud de Cristo para con Roma y si planeaba derrocar al César. A medida que Pilato interrogaba a Cristo, se fue dando cuenta que no había ninguna acusación justa que pudiera ser causa de juicio contra Él. En consecuencia, salió a enfrentarse a la turba enojada, diciéndoles: «Yo no hallo en él ningún delito. Es inocente de las acusaciones que vosotros le hacéis.» Fue en ese momento que la turba se levantócontra Pilato, clamando por la sangre de Cristo y diciendo que acusarían a Pilato ante el Senado romano si no hacía lo que ellos querían. Cuando Pilato —que ya estaba siendo investigado por Roma— oyó que aquella gente añadiría acusaciones a las que ya se habían hecho contra él, trató de lavarse las manos con respecto a la sangre de Cristo, declarando que el Señor estaba siendo entregado en base a una falsa acusación que no podría ser sostenida en una corte romana. No obstante, Pilato cedió a la voluntad del pueblo. Hemos de referirnos a esa acusación con el propósito de demostrar que el sistema legal de Roma exigía que toda acusación fuera investigada antes que el acusado pudiera ser procesado. El Apóstol señala en Colosenses 2:14 que la acusación que había contra nosotros pudo mantenerse en pie porque «nos era contraria». Esto sugiere que la acusación había sido ya investigada por las autoridades legales y que se había descubierto que era cierta. Cuando Satanás ante la presencia de Dios te señaló con dedo acusador, nosotros ya habíamos proporcionado una prueba abrumadora de que éramos pecadores y que no éramos aceptables en la presencia de Dios. Dios no podía honradamente suspender el proceso, ya que éramos culpables. No podía permitir que la acusación se mantuviera en pie y al mismo tiempo aceptarnos en la gloria como pecadores, porque ello hubiera contaminado la corte del cielo. Jesucristo vino para resolver el problema de la acusación. Cuando una persona resultaba culpable ante el tribunal romano había tan sólo una cosa justa que podía hacerse, y ello consistía en ejecutar la pena que había sido fijada para esa transgresión. A fin de que Jesucristo pudiera solucionar el problema de la acusación que Satanás había hecho contra nosotros, fue necesario que Él muriera en nuestro lugar. El Apóstol dice que Cristo quitó la acusación de en medio, clavándola en la cruz. Cuando un reo era declarado culpable y sentenciado por un crimen, los tribunales redactaban un escrito oficial explicando la naturaleza del delito y su pena. Si la persona era encarcelada, esa acusación era clavada sobre la puerta del calabozo. Cuando una persona era hallada culpable de algún delito capital, debía escribirse una acusación oficial y colocarla sobre la cruz. Cuando Pilato entregó a Jesús para ser crucificado, redactó la acusación oficial de Roma y la escribió en tres idiomas para que todos pudieran leer la acusación. Esta era: «Este es Jesús Nazareno, el Rey de los Judíos.» En otras palabras, este hombre ha sido suspendido aquí para que muera porque se le ha hallado culpable del delito de traición. Cuando Jesucristo murió, otra acusación fue clavada sobre esa cruz, pero no por un clavo romano, sino por el mismo Dios Todopoderoso. Era la lista de tus pecados y los míos. Porque cuando Jesucristo fue a la cruz Dios cargó sobre Él tu iniquidad y la mía. Toda acusación que Dios podía formular contra nosotros fue colocada sobre esa cruz, de tal modo que cuando los ángeles de gloria desfilaban al lado de la cruz de Jesucristo sobre el Gólgota, podían leer la lista de tus delitos y de mis delitos que llevaron a Jesucristo a la cruz. Dios no omitió uno solo de ellos. Jesucristo fue a la cruz llevando sobre Él la causa que se había levantado contra ti: la suma de las cosas de las cuales podrías haber sido acusado delante de Dios por Satanás y que requerirían que Dios te expulsara para siempre de su presencia. En Hebreos 2:14 la Biblia dice: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.» Este pasaje destaca el hecho de que para poder perdonarte todos tus pecados, fue necesario, que Jesucristo pagara tu deuda a Dios, para quitar la acusación que Satanás había hecho contra ti y satisfacerla completamente. Ya que la pena por tu pecado y por mi pecado era la muerte, Jesucristo tuvo que morir. Jesucristo no podía pagar mediante su vida la pena de tus pecados y los míos porque la pena por el pecado no era la vida sino la muerte. La deuda fue plenamente saldada cuando Jesucristo fue a la cruz cargando todos nuestros pecados, tomando nuestra culpa, llevando nuestra acusación. La próxima vez que observes una cruz, ¡reconoce que Dios puso tus pecados sobre la cruz de Cristo! Dios reveló públicamente la acusación que llevó al Hijo de Dios a morir. La segunda cosa que el Apóstol señala en Colosenses 2:15 es que, para que tus pecados pudieran ser perdonados, no sólo fue necesario que Cristo muriera por la acusación que había contra ti, sino también que triunfara sobre aquel que te había acusado. Esto es lo que Pablo dice que Cristo hizo: «y despojando a los principados y potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz». La expresión «principados y potestades» se utiliza a menudo en las Escrituras para hacer referencia a toda la jerarquía de demonios que se halla bajo la autoridad de Satanás (Efesios 6:12). Para poder brindar la salvación para los hombres, Jesucristo tuvo que ganar una victoria sobre el acusador de los hombres, es decir Satanás mismo. Según Hebreos 2:14, quien trataba de destruir a los hombres y mantenerlos bajo el poder de la muerte era el diablo. La única manera mediante la cual Jesucristo podía darnos la victoria sobre Satanás era morir por los hombres y luego resucitar. Satanás puede destruir la vida, pero no puede crearla. Satanás podía causar la muerte física, pero no podía hacer resucitar a una persona. De modo que el Apóstol, que ha hecho referencia a la muerte de Cristo en el versículo 14, se refiere ahora a la resurrección de Cristo en Colosenses 2:15 para mostrarnos que su resurrección constituye la victoria de Dios sobre el acusador. Satanás no puede ya entrar a la presencia de Dios y acusarte nuevamente por ningún pecado, porque Jesucristo ha quitado la acusación, y porque además la deuda ya ha sido pagada. El escrito del Apóstol en 1 Corintios 15:3 resume el Evangelio. Comprende dos grandes hechos. En primer lugar, que Cristo murió por nuestros recados conforme a las Escrituras. La prueba de que Él murió se halla confirmada allí: fue sepultado. La segunda gran realidad del Evangelio es que Cristo resucitó de los muertos, y se agrega la prueba: fue visto por muchos testigos. La muerte de Cristo y su resurrección son las dos grandes realidades sobre las cuales descansa nuestra salvación. Antes de concluir con esta gran verdad de Colosenses 2:15, Pablo nos dice que «los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz». Nuevamente Pablo se está refiriendo a la costumbre de la corte romana. Como ya lo hemos mencionado, la acusación de un reo era clavada sobre la puerta de su calabozo, a fin de que cualquier persona que pasara por allí pudiera saber de qué se le había acusado y cuál era la pena que se le había impuesto. Cuando la persona cumplía la sentencia y era libertada de la cárcel, la acusación era retirada de la puerta, y el juez que la había enviado a la cárcel firmaba la acusación: escribía sobre ella la palabra tetelestai, que significaba excarcelado o «totalmente pagado». Toda persona que cumplía su condena llevaba la acusación anulada y la clavaba sobre la puerta de su propia casa. Si se le preguntaba por qué estaba fuera de la cárcel, podía señalar el documento sobre el cual el juez había escrito tetelestai. Podía descansar confiada y segura porque la palabra tetelestai ga- rantizaba su liberación y su libertad. Cuando Jesucristo estaba sobre la cruz, antes de entregar su espíritu, dijo al Padre: «Consumado es.» La palabra traducida «consumado» es la palabra tetelestai. ¿Qué estaba diciendo? Sabiendoque tus pecados y los míos estaban clavados en la cruz en la acusación que Dios había escrito, Jesucristo anuló la acusación con su propia sangre y escribió sobre ella la misma palabra que la corte escribía sobre toda acusación anulada: tetelestai. Dios ha recibido la acusación en contra suya. La paga del pecado es muerte, pero Jesucristo fue a la cruz y pagó esa acusación. Consumado es. Ha sido plenamente pagada. Ahora Dios te ofrece una acusación anulada. No obstante, si tú rehúsas aceptar a Jesucristo como tu propio Salvador personal, es como si Cristo nunca hubiera muerto, y la acusación de Satanás contra ti aún mantiene su vigencia. ¿Qué has hecho con la acusación anulada que Dios te ofrece? ¿La has recibido? ¿La has clavado sobre tu puerta? ¿Descansas en su seguridad? ¿O has despreciado ese pago que Cristo ha hecho, de tal modo que tu deuda aún existe? Conocer a Cristo significa experimentar el perdón de los pecados y recibir la vida eterna. Rechazar a Cristo significa padecer la acusación de Satanás por siempre jamás. Dios está dispuesto a perdonar cualquier pecado, menos el pecado de rechazar a Jesucristo como el Salvador que ha pagado tu deuda. 17 La autoridad del creyente sobre Satanás Efesios 2:1—10 ES BASTANTE COMÚN oír hablar de Satanás como Su Majestad, el Diablo. Pero sí nos referimos a él de este modo le estamos atribuyendo una autoridad que no le corresponde por derecho, porque cualquier autoridad que Satanás pueda tener ha sido usurpada de Dios. Si un hijo de Dios atribuye autoridad a Satanás, ciertamente habrá de someterse a la autoridad que reconoce y caerá bajo su dominio. Hemos estado desarrollando la enseñanza bíblica con respecto a nuestro adversario, y hemos visto algo acerca de sus métodos y propósitos. Si hemos de derrotarlo, es necesario que reconozcamos la autoridad que Dios nos ha dado sobre el diablo a causa de nuestra relación con Jesucristo. La Palabra de Dios dice claramente que Jesucristo es el Creador de todas las cosas. Comienza con una declaración sencilla: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» A medida que las Escrituras van desarrollándose, continuamente atribuyen la obra creadora al Hijo de Dios. Pablo lo afirma muy claramente en Colosenses 1:16: «Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.» Cuando el Apóstol se refiere a tronos, dominios, principados y potestades, se está refiriendo a las jerarquías de seres angelicales creados a las que se hace referencia tan frecuentemente en la Palabra de Dios. Estos seres angelicales fueron creados por Dios. En Juan 1 el Apóstol afirma que «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho». Jesucristo es el Creador no sólo de este universo material, sino también del dominio angelical. Lucifer, uno de los seres creados por Dios, se rebeló contra el Creador, tal como se relata en Isaías 14 y Ezequiel 28. Rehusó la sumisión que le era requerida como ser creado. Se declaró independiente de Dios y arrastró una hueste innumerable de ángeles en su rebelión contra Él. Los ángeles que le siguieron se transformaron en los demonios que se opusieron al ministerio de Cristo durante su permanencia en esta tierra. Observamos en los evangelios que Cristo estaba casi continuamente en lucha con los demonios. Aquellos demonios eran seres espirituales; tenían personalidad. Reconociendo a Satanás como jefe, resistían a Dios, resistían su programa y se oponían a Jesucristo. Resulta significativo que muchos de los milagros de Cristo fueron efectuados en la esfera demoníaca. El libertó a los hombres de la esclavitud de Satanás, de las enfermedades físicas y aflicciones que eran el resultado del control satánico o demoníaco sobre los individuos. Desde el mismo comienzo de su ministerio, se declara que Jesucristo sanó y echó fuera demonios. Esto es significativo, porque Jesucristo no vino sólo para redimir, sino para reinar. No vino sólo para ser Salvador, sino para ser soberano. Vino para arrancar de las manos de Satanás el cetro que éste había arrebatado de Adán, a fin de instituir un reino sobre esta tierra. Y si Jesucristo ha de reinar sobre esta tierra como Rey de reyes y Señor de señores, tiene que ser capaz de someter al usurpador. Cada milagro en el dominio demoniaco era una confirmación de la autoridad de Cristo sobre Satanás, una demostración de su derecho a reinar. Cuando Cristo se enfrentó a los demonios, éstos reconocieron su autoridad sin objeción alguna. El apóstol Santiago afirma en su carta (Santiago 2:19) que los demonios creen y tiemblan. Mientras que los hombres pueden caer en la incredulidad y el escepticismo con respecto a la persona de Cristo, ningún demonio del infierno ha cuestionado aún la deidad absoluta de Jesucristo. Ningún demonio ha negado el derecho de Cristo de gobernar como Rey. ni ha negado su derecho a juzgar. Los demonios preveen un juicio futuro. Esta es la razón por la cual Santiago dice que los demonios creen y se estremecen. Ellos preveen la manifestación de la autoridad de Jesucristo. Podemos seleccionar en los evangelios varios ejemplos de la sumisión de los demonios a la autoridad de Cristo y ver cómo reconocieron su derecho absoluto de gobernar. En el capítulo cinco del evangelio de Marcos se relata el encuentro de Cristo con un endemoniado, a quien conocemos como el endemoniado gadareno. Al principio del versículo nueve, Cristo preguntó al demonio que vivía en este insano: «¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos. Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región. Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron.» ¡El cuerpo de este hombre se hallaba ocupado por una cantidad de demonios suficiente para ocupar y morar en un hato de dos mil cerdos! Pero al leer este relato observamos que los demonios no podían hacer un solo movimiento sin el permiso de Cristo, y cuando Él dio una orden ellos respondieron inmediatamente a su autoridad. Reconocieron su autoridad y se sometieron a ella. Tenemos otro caso igual en Marcos 1:23, 24. Mientras el Señor entraba a la sinagoga de Capernaum, «había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios». Observa que cuando Cristo llegó a donde estaba este endemoniado, antes que nada los demonios reconocieron a la persona de Cristo. Reconocieron que Él era el Santo de Dios. También reconocieron el derecho de Jesucristo de juzgar a los demonios, ya que le preguntaron: «¿Has venido para destruirnos?» Continuando en el versículo 25, «Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él! Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él». El demonio resistió el dejar el cuerpo que había estado ocupando. Luchó contra la sumisión a Cristo sacudiendo al hombre con violencia, pero no pudo resistir la autoridad de Cristo. Estos son tan sólo unos pocos casos de los muchos que podríamos mostrarte en los evangelios para demostrar que Cristo tiene autoridad absoluta en el dominio satánico. En Colosenses 2:15, Pablo hace una declaración a la cual ya nos hemos referido, pero que es de suma importancia en cuanto a esto. Jesucristosobre la cruz despojó a los principados y potestades de su autoridad usurpada y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. Hasta el momento de la cruz de Cristo el diablo había tenido una autoridad absoluta en este dominio terrenal. Se había establecido como el príncipe de la potestad del aire, como el dios de este mundo, y había gozado de autoridad absoluta. Jesucristo había desafiado la autoridad de Satanás al libertar el hombre del control demoníaco durante su vida terrenal. Pero no fue sino hasta que fue a la cruz que Jesucristo libró batalla acerca de este problema de autoridad, y mediante su muerte y resurrección demostró sin lugar a dudas su autoridad absoluta sobre el diablo. La cruz de Cristo es la respuesta de Dios con respecto a la autoridad de su Hijo. La muerte y resurrección de Cristo revelan que Satanás es un usurpador. La cruz de Cristo constituye entonces la base divina para la liberación del poder satánico. Avanzando un paso más, descubrimos que luego de la muerte y resurrección de Cristo, el Padre estableció la autoridad absoluta de Cristo. En Filipenses 2:9—11, Pablo escribe: «Por lo cual Dios también le exaltó [al Hijo] hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.» Ha habido controversias con respecto a las tres esferas de autoridad mencionadas en el versículo 10. Parecería que «los que están en los cielos» se refiere a la esfera de Dios; «en la tierra» se refiere a este dominio natural, la esfera humana; y «debajo de la tierra» se refiere a la esfera satánica o al dominio demoníaco. En estas tres esferas hay uno sólo a quien se reconoce como Señor, uno que tiene autoridad absoluta, y ése es Jesucristo. Satanás no tiene una autoridad absoluta; Jesucristo es Señor, y fuera de Él no hay otro. Esta misma verdad se halla en Efesios 1:19-22, donde Pablo ora diciendo: «y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales [presta atención ahora], sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies...» Ahora Pablo está afirmando lo que ya hemos visto en Filipenses 2 que, en la resurrección de Cristo, Dios demostró que toda la autoridad pertenece a su Hijo, y que todos los demás seres que pretendan tener autoridad están formulando una pretensión falsa. Cuando Jesucristo vino al mundo, desafió a Satanás. Puso en tela de juicio el derecho del diablo a ser adorado; puso en tela de juicio el derecho de Satanás de ser creído y desafió su dominio. Cuando Jesucristo fue a la cruz, entró en lucha con el diablo y, al derrotarlo mediante la resurrección, autenticó su autoridad. Dios, al recibir a Cristo en la gloria, demostró que estaba entronizando al Señor en el lugar de autoridad, y que todos los hombres estaban obligados a obedecerle, a creer y confiar en Él y no en otro. Pasando al capítulo dos de Efesios, descubrimos que la autoridad de Cristo ahora pertenece al creyente porque éste se halla relacionado con Jesucristo. En nosotros mismos no tenemos autoridad alguna sobre Satanás. El salmista nos dice en el Salmo 8 que en el orden de la creación divina los ángeles se hallan en un nivel superior al de los hombres. Si fuéramos a estratificar la creación de Dios, los hombres fueron creados un poco más bajo que los ángeles. Lógicamente Dios, el ser increado, es el ápice. Debajo de Él están los seres angelicales, luego —más abajo de los ángeles— la raza humana. Después —debajo de la raza humana— la creación animal. Debajo de ella la creación vegetal. El hombre no tiene ni puede tener autoridad sobre los ángeles, porque no fue colocado en un nivel superior a los ángeles en el momento de su creación. El caso es entonces que como seres humanos no tenemos autoridad alguna sobre los ángeles, ni podemos tener autoridad sobre los ángeles caídos, sobre los demonios, ni sobre Satanás. Por creación somos una clase inferior de seres creados que los ángeles. Si el hombre ha de tener autoridad sobre Satanás y sobre el dominio satánico, es necesario que reciba una autoridad mayor que la que ha recibido por creación. Esto es importante, porque a menos que comprendamos que no tenemos autoridad alguna en nosotros mismos o como seres humanos, habremos de vivir continuamente una vida derrotada, sujeta a la autoridad de Satanás, por no habernos apropiado de lo que nos ha sido dado por Cristo Jesús. Mediante su resurrección Cristo fue puesto en autoridad sobre todos los dominios. Permítenos recordarte una vez más lo que Pablo dice en Efesios 1:20: «la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra... y sometió todas las cosas bajo sus pies... (1:22)... Y él os dio vida a vosotros... (2:1)». Subraya estas dos últimas palabras. Él lo resucitó y lo sentó a su diestra... y a vosotros. Jesucristo nos ha unido a Él de tal modo que nos hallamos identificados con Él. Mediante la obra del Espíritu Santo, cuando Jesucristo murió, nosotros morimos. Cuando Jesucristo fue sepultado, nosotros fuimos sepultados. Cuando Jesucristo resucitó, nosotros resucitamos. Cuando Jesucristo ascendió y se sentó a la diestra del Padre, nosotros ascendimos y nos sentamos con Él. Cristo y el creyente jamás podrán ser separados. Nosotros participamos en todo lo que Jesucristo ha hecho. Él nos ha unido a sí de tal modo que el Apóstol puede decir: «Dios lo resucitó a él... y a vosotros.» Dios lo sentó a su diestra... y a vosotros también. Y él ha puesto todas las cosas bajo sus pies y bajo los tuyos, porque (versículo 5) «aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo... y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús». ¿Qué nos está enseñando Pablo? Que cuando Cristo resucitó, nosotros los creyentes resucitamos con Él. Cuando Cristo ascendió, los creyentes ascendimos con Él. Cuando Cristo se sentó a la diestra del Padre, los creyentes fuimos sentados con Cristo Jesús. Y cuando Dios dio al Hijo autoridad sobre el dominio angelical y sobre el dominio de Satanás, nos dio a nosotros esa autoridad porque estamos en Cristo Jesús. Ahora el creyente tiene una autoridad sobre Satanás que no tenía como hombre natural. Antes se hallaba debajo de los ángeles por creación, pero en virtud de su nueva creación en Cristo Jesús ha sido elevado a un lugar superior a los ángeles. Se halla sentado con Cristo en los lugares celestiales y tiene la autoridad que pertenece a Cristo, que le fue dada a Él por Dios el Padre. El creyente ha recibido, entonces, la autoridad de Cristo sobre Satanás. Pero mientras te refieras a tu adversario como «su majestad, el diablo» seguirás recibiendo órdenes de él y seguirás sometiéndote a él, porque le estás atribuyendo la autoridad que él finge tener pero que es un fraude absoluto, como Jesucristo lo ha demostrado mediante su muerte. Estás siendo estafado por un engañador. Satanás es el más grande artista en estafas que el mundo jamás haya conocido. Él está engañando a muchos porque se han convencido que son impotentes, creen que no le pueden resistir y que no hay nada que puedan hacer contra él, que cuando él tira del hilo ellos tienen que bailar como títeres. Esta es una mentira del diablo. Como creyente tienes autoridad sobre Satanás y sobre sus lacayos, porque has sidounido a Jesucristo y tienes la misma autoridad que Jesucristo tiene. Esta es la gracia divina que nos ha sido dada. ¿Qué autoridad tenía Cristo sobre Satanás? En Mateo 16, apenas Pedro pronunció sus palabras de confesión: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente», Satanás entró en acción. ¿Por qué? Porque lo que menos quería Satanás que Pedro hiciera era confesar que Jesucristo era Señor. Luego de la confesión de fe de Pedro, Cristo dijo a sus discípulos que iba a Jerusalén para morir. En el versículo 22 leemos que «Pedro, tomándole aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca». La palabra traducida «reconvenir» significa literalmente tomar a uno por la espalda y sacudirlo. Pedro estaba tratando de infundir un poco de juicio al Señor Jesucristo. El Señor, volviéndose, dijo: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.» Cristo reconoció que Pedro era un medio que estaba siendo utilizado por el diablo para dar expresión a su propia filosofía. Y habló directamente a Satanás y le dijo: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo.» Cristo repudió lo que el diablo dijo y lo que estaba tratando de hacer. ¿Qué efecto tuvo esto? ¿Qué aprendió Pedro de ello? Leamos 1 Pedro 5:8. Pedro aprendió la lección, pero el costo fue elevado. Esto es lo que aprendió de esta experiencia: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo.» Pedro quiso que su grey recordara que Satanás los estaba acechando a cada paso del camino. ¿Qué debían hacer? ¿Huir? No podrían correr más rápido que él. ¿Esconderse? No podrían esconderse de él. Pedro les dice en el versículo 9: «al cual resistid firmes en la fe». Observa la palabra «resistid». Esa palabra significa «hacer frente». Pedro no está hablando, pues, de estar a la defensiva, sino a la ofensiva. Es importante que observemos esto. Cuando Satanás nos presenta alguna tentación, pensamos que lo mejor que podemos hacer es correr, huir de ella. En las Escrituras se nos dice que debemos huir de ciertas cosas, pero nunca que huyamos del diablo. El método divino para derrotar al diablo no consiste en correr más rápido que él. Eso es imposible. Al fin y al cabo, si un ángel puede desplazarse desde el este al oeste en un instante por ser una criatura espiritual, ¿cómo piensas que puedes correr más rápido que él? Es imposible. Allí está él, esperándote, cuando llegas al final de tu huida. No; el método divino para combatir al diablo es lanzar una contraofensiva, resistirlo, u oponerte activamente a él. Recuerda, eso fue lo que hizo Cristo cuando fue tentado. Él no salió corriendo entre las rocas, tratando de ocultarse de Satanás, y luego el diablo lo sorprendió. No. Cristo se quedó allí obligando a Satanás a presentar batalla. Ahora bien, esto es lo que aprendió Pedro. Él observó a Cristo enfrentar la misma tentación que asaltó a Pedro resistiendo, oponiéndose o repudiando a Satanás. Y Pedro dijo a sus ovejas: «El único modo en que podéis resistir a Satanás, la única manera en que podréis luchar contra él, es oponeros a él activamente, firmes en la fe.» Pasemos a Santiago 4:7: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.» Aquí encontramos la misma palabra. Ha sido traducida «resistid» al igual que en 1 Pedro 5:9 y tiene el mismo sentido: «oponeos activamente a Satanás cuando lo hagáis, él huirá de vosotros». El problema es que, como se menciona a Satanás como león rugiente, pensamos que no teme a nada. No nos damos cuenta que Satanás es un cobarde abyecto. Solemos hablar del arrojo del león. Sin embargo, luego que el león ha matado a su presa, ruge para ahuyentar a los chacales u otros animales que esperan que algún otro mate su presa para entonces arrebatársela. El león ruge luego de haber matado porque teme a los chacales. Teme que vayan y le arrebaten lo que ha logrado para sí. El rugido del león, pues, no es evidencia de arrojo; es evidencia de cobardía. Pero Satanás te ha engañado. Tú piensas que él no teme absolutamente nada, y que no te teme a ti ni teme nada que tú puedas hacer. Él quiere que creas eso. Pero Santiago nos dice que si te opones activamente a Satanás él huirá de ti. Esta es la autoridad del creyente. El creyente, por haber sido entronizado con Jesucristo, puede ejercer la autoridad de Cristo, y Satanás no puede resistir la autoridad de Cristo más de lo que tú puedes oponerte a la autoridad de Jesucristo que emana del trono de Dios. Considera ahora Efesios 6:13: «Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.» La palabra «resistir» es exactamente la misma palabra utilizada en 1 Pedro 5:9 y en Santiago 4:7 y significa lanzar la ofensiva. Lo que Pablo dice es que cuando tú te apropias por la fe de toda la armadura de Dios para que tu persona se halle protegida, puedes lanzar tu ofensiva. Ya que Satanás es un cobarde, habrá de huir cuando lo resistas en el nombre de Jesucristo, y con la autoridad de Cristo podrás estar firme. No se puede estar firme sin una ofensiva, y no puede haber victoria alguna sin ejercer la autoridad de Cristo. Dios no nos ha salvado, no nos ha hecho sus hijos ni nos ha recibido en su familia para que vivamos una vida derrotada. Él no nos ha recibido en su familia para que vivamos con un temor cobarde de nuestro adversario, como si él fuera absolutamente irresistible y nosotros completamente impotentes, y como si cada vez que él nos persigue es necesario que caigamos. La Palabra de Dios declara que la victoria y el triunfo de Jesucristo sobre Satanás son absolutos. Dios le ha dado al Señor toda autoridad, y Jesucristo nos ha investido de esa misma autoridad. Por lo tanto podemos resistir a Satanás tan efectivamente como Jesucristo lo hizo cuando Él miró a Pedro y dijo: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!» Si escucharas a algún amigo que está sufriendo una tentación satánica decir: «¡Quítate de delante de mí, Satanás!», probablemente te sorprenderías. Ello demuestra cuán poco comprendemos el plan de Dios para nuestra victoria sobre el maligno. Esta verdad se halla claramente revelada en la Biblia: Dios te ha investido como hijo suyo de lo misma autoridad que pertenece a Jesucristo. Y Dios espera que participes de la lucha, que estés en pie de guerra contra el adversario, que ejerzas la autoridad que te ha dado de tal modo que resistas y hagas frente a los ataques del maligno. En nosotros mismos no tenemos derecho alguno; no podemos entrar en batalla sin el poder del Espíritu Santo. No hace falta que te inclines, no es necesario que retrocedas ni que trates de huir, porque puedes usar la autoridad que corresponde a tu posición como hijo de Dios. Puedes usar el poder que fue liberado en la cruz de Cristo para oponerte al maligno, para que él huya de ti. Muchos creyentes sufrimos constantemente tentaciones y temores incesantes por no habernos apropiado y ejercitado la autoridad que Dios nos ha dado. La próxima vez que sientas que tus pasos están siendo seguidos por Satanás, ejercita tu fe en la promesa de Dios, vuélvete hacia quien te ha estado persiguiendo y dile: «Te resisto en la autoridad de Cristo y por su sangre.» Y en vez de oír tus propias pisadas tratando de correr más rápidamente que Satanás, oirás los pasos del diablo huyendo de la autoridad que Dios te ha dado. Tu eres un hijo de Dios. Has sido entronizado. La autoridad de Cristo te ha sido dada, y Dios espera que la utilices activamente y que resistas y hagas frente al maligno, oponiéndote a él para hacerlo huir.¿Acaso mentiría Dios? ¿Te enviaría Él a la batalla con armas inadecuadas? Claro que no. De modo que si Dios te dice que hagas frente al maligno en la autoridad de Cristo, «resiste al diablo, y huirá de ti». 18 Cómo hacer huir al adversario Santiago 4:1—8 NO HACE MUCHO alguien me regaló una bala dum-dum calibre 31 tomada de un soldado del Vietcong. Está diseñada de tal modo que cuando alcanza un objeto gira y se abre paso llevando muerte y destrucción a su paso. Sin embargo, si alguien colocara esa bala en un fusil y me apuntara con él e hiciera fuego no sentiría el menor temor, porque la bala ha sido desactivada. La pólvora ha sido quitada y ahora es absolutamente inofensiva. No obstante, si ignorase esto y alguien la colocara en un fusil y te apuntara, y tú supieras que quien sostiene el fusil se propone hacer fuego, ciertamente correrías hasta el refugio más cercano y te agacharías con espanto y terror. Pero si supieras que la bala había sido bien neutralizada, no te preocuparía en absoluto. Muchos viven en temor y caen derrotados ante nuestro adversario, el diablo, porque no comprenden el principio bíblico de que él ha sido neutralizado y ha sido hecho inofensivo. Cada vez que Satanás aparece, se inclinan ante él y son vencidos. Están convencidos de que deben hundirse en la derrota, porque no se han apropiado el principio de que Jesucristo ha hecho ineficaz a Satanás mediante su muerte, y nos ha dado los medios para la victoria. Desarrollemos un paso más la promesa que nos ha sido dada en Santiago 4:7: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros.» La palabra «resistid» no implica una resistencia pasiva ni nos sugiere un esfuerzo fútil por defendernos. Da la idea del soldado de Jesucristo que marcha a presentar combate al adversario con la seguridad plena y absoluta de que la victoria ya es suya por medio de Aquel que lo ha incorporado a su caravana triunfal. Cuando el Apóstol nos manda: «Resistid al diablo», está haciendo las veces de un general que ante las tropas que se hallan bajo su mando da la orden: «¡De frente, march!» No está ordenando retirada. No está haciendo tocar una alarma para enviar a los soldados de Dios a una trinchera individual por no tener defensa alguna contra el adversario. El Apóstol nos está mandando presentar batalla contra Satanás porque tiene la seguridad que si nos oponemos activamente a él de acuerdo con los principios bíblicos, el diablo habrá de huir, tendrá que huir ante nuestro ataque. En el mandato similar de Pedro (1 Pedro 5:9), el Apóstol quiso decir: «Volveos y hacedle frente. Resistidlo. Oponeos activamente a él, y mediante vuestra oposición activa lo haréis huir. El perseguidor pasará a ser el perseguido.» Observa especialmente una frase que el Apóstol ha colocado en esta exhortación: «Resistid firmes en la fe.» Cuando el Apóstol se refiere a la fe, no está refiriéndose al cuerpo de verdades divinas que nos ha sido revelado en la Palabra de Dios. Esa es la fe que ha sido dada una vez a los santos. Nos dice: «Manteneos firmes en el principio de la fe.» Resistid por la fe. El Apóstol está eligiendo del cuerpo entero de verdades reveladas, un aspecto especial de la verdad divina que es aplicable a nuestro conflicto con el adversario. Ahora bien, ¿qué verdad tiene en mente, a la cual se nos exhorta a creer? La primera verdad es la verdad de la autoridad del creyente. En la Epístola de Judas, versículos 8 y 9, leemos: «No obstante, de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores. Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda.» Recuerda lo que ya hemos destacado: Dios ha dado al creyente en el Señor Jesucristo una autoridad que es superior a la autoridad de nuestro adversario. Cuando Lucifer fue creado, fue creado como el mayor de los arcángeles de Dios. Mas, a pesar de que Lucifer se había rebelado y se había transformado en Satanás o el diablo, el resto del dominio angelical recordaba y reconocía la autoridad que él había tenido por creación. Miguel era un arcángel. De acuerdo con la jerarquía dispuesta en el momento de la creación angelical, Miguel estaba tan sólo un peldaño debajo de Lucifer, siendo directamente responsable ante él, quien a su vez era responsable ante Dios. Aunque Lucifer se había rebelado transformándose en Satanás, Miguel no podía olvidar que por creación Lucifer había sido su superior. Mucho más adelante, luego de la caída de Satanás, cuando Miguel y el diablo entraron en contienda por el cuerpo de Moisés, Miguel no se atrevió a oponerse solo contra Lucifer. En este conflicto sobre el cuerpo de Moisés, Miguel —quien es ahora muy superior a Satanás por ser un ángel no caído— invocó a Dios y dijo: «El Señor te reprenda.» Ni aun un ángel no caído se atrevió a tratar de ejercer autoridad sobre Satanás. Los ángeles no caídos confiaban en Dios para derrotar a Satanás en los conflictos en los cuales habían sido colocados por Dios. Miguel no se hallaba en conflicto con Satanás por su propia voluntad, ni para perseguir sus propios propósitos. Miguel estaba disputando sobre el cuerpo de Moisés porque Dios lo había enviado en esa misión. Pero la autoridad de Miguel por sí sola no era suficiente para derrotar a Satanás. Tuvo que invocar a Dios por la fe. La gran verdad de Efesios 2 es que cuando Jesucristo fue resucitado, ascendido y entronizado en gloria, tú y yo como creyentes en Cristo Jesús fuimos entronizados con Él. Dios lo ha resucitado de los muertos, y a nosotros también. Dios lo ha glorificado y nos ha glorificado a nosotros con Él. Pablo dice en Efesios 2:6: «Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.» Ya que nos hallamos relacionados con Cristo en el trono de Dios, la autoridad del trono pertenece al hijo de Dios en nuestro conflicto con el maligno. Tenemos una autoridad sobre Satanás que es superior a la que tenía Miguel. Pero así como Miguel no se atrevió a entrar en lucha contra Satanás por sí solo, sino que invocó a Dios para que le diera la victoria, debemos recordar que necesitamos y tenemos la autoridad de Dios, y que esta autoridad debe ser ejercida por la fe. ¿Cómo sabemos que esto es cierto? La Palabra de Dios lo dice. Es algo que debe ser creído. El primer paso en la victoria sobre el diablo es el paso de la fe, un paso que cree a Dios, un paso que cree la Palabra de Dios. Cuando Pedro escribe a sus ovejas temerosas que estaban entrando en lucha con un león rugiente, y las exhorta a estar «firmes en la fe», les está diciendo que cuando oigan al adversario acercarse deben creer lo que Dios dice: que ellos tienen autoridad sobre él y que pueden hacerlo retroceder. Si tú crees que eres impotente ante Satanás, si crees que no dispones de medio alguno para alcanzar la victoria, si estás convencido que cada vez que él habla debes obedecer, si crees que cada vez que él tienta es necesario que caigas, habrás de obedecerle, serás derrotado y caerás. Pero cuando crees que te ha sido dada autoridad sobre Satanás, puedes resistirlo activamente e impedirle seguir el curso que causaría tu destrucción o caída. La segunda cosa que se nos insta a creer si queremos vencer a Satanás es el hecho de que Satanás es un enemigo derrotado. A medida que leemos la Palabra de Dios, llama la atención la unanimidad que hay en cuanto a esto. Leamos Mateo 8:29, por ejemplo. Leemos que todos los demonios en el infierno reconocen la realidad de su derrota. Observamos que cuando Cristo entró en la tierra de los gadarenos, salierona su encuentro dos endemoniados que andaban entre los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino. En el versículo 29 se relata que los demonios «clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?» La. palabra tormento tiene que ver con la partida al castigo eterno, el tormento eterno de los condenados. Estos demonios que estuvieron frente a frente con Jesucristo reconocieron que Él es su juez y que ellos se hallaban condenados a vivir apartados de Dios por la eternidad. Esperaban un juicio futuro sobre los ángeles caídos, en el cual serían desterrados por la eternidad de la presencia de Dios. En consecuencia, cuando se encontraron con Cristo, se preguntaron si Él había ido antes de lo que ellos esperaban. Este versículo nos muestra que los demonios reconocen que Satanás ha sido derrotado y que, por ser suyos, ellos sufren la derrota. Pero no sólo los demonios, sino Satanás mismo reconoce esa derrota. Juan escribe en Apocalipsis 12:12: «Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo.» Lógicamente, Juan está describiendo la actividad de Satanás en el período de la tribulación. Juan atribuye el frenesí de la última parte del período de la tribulación al conocimiento que tiene el diablo de que el tiempo en que será atado y echado al lago de fuego se acerca rápidamente y que lo que él quiera hacer debe hacerlo inmediatamente. Satanás reconoce el hecho de su derrota, el hecho de que ha sido juzgado y que habrá de ser confinado eternamente al lago de fuego. Los demonios y el diablo no discuten este hecho; lo aceptan y reconocen. En otros pasajes Dios consigna la realidad de la derrota de Satanás. En Colosenses 2:15, Pablo declara que mediante su muerte Cristo despojó a los principados y potestades, es decir que les quitó su autoridad. Los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. Nuevamente en 2 Corintios 2:14, Pablo escribe: «Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús.» Podríamos leer este versículo del siguiente modo: «Mas a Dios gracias, el cual nos guía siempre por la senda del triunfo de Cristo.» El cuadro que se presenta aquí es el de un general victorioso que regresa de una conquista militar. En estos pasajes en que el Apóstol presenta a Cristo como vencedor, está declarando nuevamente la verdad que todo el cielo conoce: que Jesucristo ha triunfado sobre Satanás mediante su muerte y resurrección y que habrá de conducir en triunfo a todos los que creen en su victoria. Cuando Pedro exhorta a sus ovejas, perseguidas por un león rugiente, a permanecer «firmes en la fe», lo que quiere es que se aferren a la verdad de que no sólo les ha sido dada la autoridad de Dios sobre el diablo, sino que pueden desfilar cual vencedores porque Jesucristo es el vencedor del maligno. Reconocemos que la resurrección de Jesucristo es una clave de nuestra fe. Cuando Pablo quiso ofrecer a los corintios un resumen del Evangelio, lo redujo a su esencia más sencilla y dijo que predicamos las buenas nuevas de que Cristo fue muerto por nuestros pecados y que resucitó nuevamente al tercer día. La muerte de Cristo proporciona la base para nuestra salvación por medio del derramamiento de sangre. La resurrección de Cristo no sólo significa la aceptación por parte de Dios de su muerte como pago de nuestros pecados, sino que proporciona la base para la victoria cotidiana del creyente sobre el adversario. Mientras que el infierno no puede olvidar que Cristo resucitó como vencedor; mientras que todo el cielo reconoce el hecho de que Jesucristo resucitó, los que aquí vivimos parecemos vivir como si Él aún se hallara en el sepulcro. Jesucristo salió cual vencedor a fin de que anduviéramos por la senda de su triunfo, a fin de que luchásemos una buena batalla por la fe en su victoria. Hay una tercera verdad que debemos creer si hemos de vencer al maligno. No sólo se nos llama a creer en la autoridad del creyente, que es superior a la autoridad de los ángeles; no sólo debemos creer que Satanás ha sido derrotado, sino que debemos creer en la promesa categórica de Dios: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros.» (Santiago 4:7.) Oponte activamente a Satanás en base a la verdad que la Palabra de Dios revela acerca de él, y él huirá. Cuando la sangre había sido aplicada a los dinteles y los postes de las casas en Egipto, el ángel de la muerte no entraba. No había fuerza alguna en el infierno que pudiera forzar y abrir una puerta que había sido sellada por la sangre. Cuando estés sufriendo algún ataque satánico, ya sea que se trate de una tentación a pecar, ya sea que se trate de alguna opresión o depresión en el dominio de la mente, ya sea que suceda en la esfera de tus afectos, en la cual tu amor a Cristo esté siendo desviado hacia otras cosas, sea cual fuera la forma del ataque, cuando alegas el valor de la sangre de Cristo, Satanás no puede proseguir el ataque. Lo único que puede hacer es dar media vuelta y huir, porque odia ver la sangre. Tu victoria se basa en el valor de la muerte de Cristo, una muerte que no sólo proporciona la salvación de la condenación del pecado, sino una muerte que te protege de los asaltos del maligno. Como creyentes en Cristo, también podemos alegar los beneficios de su resurrección. Sólo necesitamos recordar al adversario que el capitán de nuestra salvación es un Cristo resucitado y glorificado y que sólo recibimos órdenes de Él. Satanás huye de la batalla porque es cobarde y no luchará donde no hay esperanza de victoria. Cuando el hijo de Dios alega el valor de la cruz de Cristo y alega la victoria y el triunfo del Cristo resucitado, la derrota de Satanás es absolutamente segura. Es una tragedia que disponiendo de los medios de obtener la victoria en nuestras manos abandonemos el principio de la fe y entremos en una lucha mano a mano con Satanás y luego nos preguntemos por qué somos derrotados. ¿Habrá algo más necio que enviar soldados a la batalla completamente desarmados? Sin embargo, ésa es la manera en que muchos están tratando de luchar contra Satanás. Has dejado atrás todas las armas y has pensado que con tu propia habilidad, tu propia destreza y tu propio engaño podrás disfrazarte y derrotar el enemigo. Hasta ahora nadie lo ha logrado. Si has de experimentar la victoria lo lograrás por la fe, creyendo lo que Dios dice acerca de tu posición en Cristo. Dios no te ha mandado que te escondas, no te ha mandado que huyas, ni te ha mandado que superes en ingenio al adversario. Te ha llamado a que te vistas de la armadura de Dios, para que puedas resistirlo activamente, creyendo lo que la Palabra de Dios dice acerca de tu autoridad y de tu victoria, y haciendo huir al adversario, porque te hallas unido al vencedor. Cuando reconozcas la presencia del adversario, ojalá lo resistas activamente por haber creído lo que Dios ha dicho acerca de tu calidad de invencible, por lo que ha dicho acerca de tu autoridad, y por lo que ha dicho acerca de tu victoria. 19 La comunicación con los demonios Deuteronomio 18:9—11 EL HOMBRE TIENE una curiosidad insaciable con respecto al futuro. A pesar de que es incapaz de resolver todos los problemas que el presente le trae aparejado, quiere cargar con el peso del futuro. Mediante un medio u otro, trata de descubrir lo que habrá de suceder. Este no es un fenómeno nuevo; es tan antiguo como la raza humana. Cuando vamos a los primeros capítulos de la Palabra de Dios, descubrimos que los hombres de aquella época trataban de investigar o saber algo con respecto a los hechos futuros. Dios ha considerado oportuno confiarnos algoacerca de su programa. Independientemente de cualquier otro motivo, la Palabra de Dios se halla autenticada porque contiene muchas profecías que podemos estudiar para nuestra comprensión y edificación. Pero cuando una persona va más allá de lo que ha sido escrito en la Palabra de Dios se está sometiendo al engaño; se halla sometida al engaño a través de la actividad de Satanás, por medio de sus demonios. Todo contacto con los demonios se halla expresamente prohibido en la Palabra de Dios. Esto era tan común, aún en la experiencia de Israel en el Antiguo Testamento, que Dios tuvo que dar el siguiente mandamiento en Éxodo 22:18: «A la hechicera no dejarás que viva.» Evidentemente la hechicería era algo muy serio, ya que su práctica colocaba a la hechicera bajo pena de muerte. No debemos confundirnos con respecto a nuestra definición de hechicera o bruja. Nuestro pensamiento se halla moldeado en buena parte por la teología medioeval y por las prácticas de la época colonial en la Nueva Inglaterra. Según nuestro concepto, una hechicera es la persona que arroja una maldición sobre un individuo. Tal concepto nos dice que la hechicera puede causar daño físico, mental o emocional en la persona sobre la que ha echado un hechizo. Pero la Palabra de Dios no tiene ese concepto de la bruja o hechicera. Hechicera en el Antiguo Testamento significa una que sabe, una que pronostica, una que predice el futuro. La hechicería en el Antiguo Testamento era un medio demoníaco mediante el cual los acontecimientos futuros eran revelados a la persona que se sometía al control de los demonios. En sus primeras experiencias, Israel no quedó satisfecho con las revelaciones que Dios había dado con respecto a su programa. Hubo quienes quisieron saber más acerca de los acontecimientos futuros. No satisfechos con la revelación que Dios había dado en su Palabra, consultaban a los demonios a fin de recibir revelaciones con respecto al futuro. El rebajar la autoridad de la Palabra de Dios, el negar la suficiencia de la revelación que se hallaba en ella y el asociarse con los demonios para obtener una mayor información, que Dios no había considerado oportuno revelar, colocaba a tal persona bajo pena de muerte. El capítulo 18 de Deuteronomio se refiere a la hechicería o brujería. En el versículo 9, Dios dijo por medio de Moisés: «Cuando entres a la tierra que Jehová tu Dios te da, no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones.» Sabemos que la tierra de Canaán a la cual Dios llevo al pueblo de Israel luego de su redención de Egipto se hallaba poblada por muchas tribus y pueblos distintos que tenían una cosa en común: adoraban a los demonios y tenían prácticas de asociación con los demonios en la esfera religiosa bajo el disfraz de la adoración. Estos demonios eran adorados mediante todo tipo de prácticas abominables, y todo tipo de perversiones e inmoralidad, aun mediante sacrificios humanos. Dios estaba introduciendo al pueblo de Israel, que había recibido una revelación autorizada de Dios, a la tierra donde Él sabía que serían sometidos a la influencia de estas religiones paganas, y Dios les advirtió con respecto a tales prácticas. Luego, en los versículos 10 y 11, se nombran las diversas manifestaciones de esta actividad que se desarrollaba en nombre de la religión: «No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego...» Esto se refiere a la práctica de ofrecer las criaturas como sacrificios humanos a estas deidades de los cananeos. Si fueras hoy a Biblos verías las excavaciones de la antigua adoración cananea, y el guía te mostraría las plataformas de piedra donde se ofrecían sacrificios de niños a las deidades demoníacas. Dios lo prohibió. Junto con el sacrificio humano Dios prohibió otras cosas que eran tan graves como esta práctica. Dios dijo: «No sea hallado en ti... quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera qué hace estas cosas.» Dios se refiere aquí a muchas expresiones distintas de contacto o comunicación con los de- monios que se practicaban en la tierra a la cual iba Israel. Habían quienes practicaban la adivinación, que era un proceso de predecir el futuro por medios mágicos. Generalmente practicaban alguna forma de augurio, investigando las entrañas de un ave o de un animal para descubrir el futuro o determinar la acción a seguir. Si has leído la historia romana, estarás familiarizado con los adivinadores romanos que pronosticaban y predecían el resultado de los desplazamientos militares romanos mediante el sacrificio de animales, a los que luego examinaban las entrañas. Ello determinaba el movimiento de las tropas en las conquistas militares romanas. Dependían de esta forma de comunicación con los demonios. Dios dijo que ello estaba prohibido. En segundo lugar, no debía haber entre ellos agoreros. Ello tenía que ver con determinar o dirigir el curso de la vida de una persona o determinar su conducta mediante el contacto con las estrellas o el estudio de la astrología. No es necesario que te recuerde cuán común es esta práctica hoy en día, ni cuán difundida está. Hace poco leí un informe con respecto a la enormidad de cartas sin precedentes que recibió un diario local cuando por descuido omitieron el horóscopo diario en el mismo. ¡La gente no pudo tomar ninguna decisión durante el día! Dios prohibió a los israelitas el «observar los tiempos», ya que ello era una forma de creencia en los demonios. La próxima cosa a la cual se refirió Dios fue los sortílegos. El sortílego era la persona bajo control demoníaco que ponía a otra persona bajo el control demoníaco con sus encantamientos. Ello tiene que ver con echar hechizos y quizá se acerca más a nuestro concepto habitual del hechicero que cualquiera de las demás actividades que hemos considerado. Otra forma de tráfico con los demonios que se hallaba prohibida era la del hechicero. La palabra hechicero quiere decir aquí uno que sabe. Por tanto, a muchas personas les resultaba imposible temar una decisión sin antes consultar a un astrólogo o pronosticador. Luego estaba el encantador. El encantador era la persona que utilizaba la magia y efectuaba milagros mediante el poder demoníaco. Los hechiceros de Egipto tenían esta clase de poder, ya que podían imitar mediante la actividad demoníaca los milagros que Dios efectuó por medio de Moisés. Daniel se encontró con este mismo tipo de actividad demoníaca en la corte del rey de Babilonia. Se hallaba rodeado por los magos de Babilonia quienes mediante sus encantamientos y pronósticos o control demoníaco, eran capaces de dirigir el curso del imperio al guiar a Nabucodonosor. Estos encantadores eran otra expresión de la comunicación con los espíritus malignos. Dios se refiere luego al adivino. Este era el individuo que se hallaba familiarizado con un demonio y estaba bajo su control. Ninguna persona podía caer bajo control demoníaco sin su sumisión voluntaria. El demonio no tenía poder para dominar y gobernar la voluntad de un individuo de tal modo que éste fuera poseído sin su consentimiento. Los adivinos se sometían voluntariamente para que los espíritus les pudieran revelar las cosas futuras y para que ellos, a su vez, pudiesen ser contactos entre quien los consultaba y los demonios. Hoy nos referimos a los tales como médiums espiritistas. Luego estaban los magos. El mago es el masculino de bruja o hechicera. El mago era el «hombre que sabía». Esto era algo que no sólo las mujeres podían practicar. Finalmente estaba el que consultaba a los muertos. Un demonio era el contacto entre el mundo vivo y el mundo de los espíritus difuntos, a fin de suministrar algún conocimiento de las cosas futuras. En Deuteronomio18:10, 11, podemos observar cuán ampliamente difundida se hallaba esta práctica en Israel y de cuántas maneras distintas se manifestaba. La finalidad de todas estas distintas expresiones de creencia en los demonios era obtener información independientemente de la Palabra de Dios que guían a las personas en sus actos o decisiones. Quizá seamos tentados a pensar que esto es algo de aquella época supersticiosa. Pero a medida que leemos la Palabra de Dios descubrimos que se hallaba tan ampliamente difundida en la época del Nuevo Testamento como en la época del Antiguo Testamento. Y aún ahora en inmensas zonas de la tierra es la forma dominante de experiencia o práctica religiosa entre quienes no conocen a Jesucristo como salvador personal. Consideremos un caso de este tipo de comunicación con los demonios en la experiencia de Saúl, tal como se halla relatado en 1 Samuel 28:1—6. Para muchas personas éste es un pasaje difícil de explicar. Observemos ante todo el trasfondo de esta experiencia. Saúl, rey de Israel, estaba sufriendo un ataque de los filisteos quienes eran sus enemigos más poderosos. Saúl había dependido de Samuel, el profeta de Dios, como guía y consejero. Samuel había muerto, y Saúl sintió que no tenía fuente alguna de guía en la crisis nacional que atravesaban. Ahora bien, Saúl tenía las Escrituras que habían sido dadas por Dios por medio de Moisés, y ellas bastaban para guiar a Saúl con respecto a lo que debía hacer. Pero como éste repudiaba la revelación que Dios había dado en su Palabra, buscó otra guía. Y mandó en el versículo 7: «Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte.» Él quería una mujer que se hallara familiarizada con algún demonio a fin de obtener conocimiento mediante la comunicación con un muerto. Observa que las Escrituras no dicen que tal práctica sea imposible. Dicen que tal práctica se halla prohibida, pero no dicen que es imposible. Saúl sabía que la Palabra de Dios prohibía tal actividad, porque leemos en el versículo 3 que él había arrojado de la tierra a los encantadores y adivinos. A pesar de lo que sabía, Saúl mandó a buscar a la adivina de Endor. No la llaman hechicera. El término que se aplica, traducido literalmente, significa dama de un demonio. Luego que Saúl garantizó su inmunidad, ella preguntó: «¿A quién te haré venir? Y él respondió: Hazme venir a Samuel.» Ahora bien, ¿por qué quería Saúl comunicarse con el piadoso profeta Samuel? Obviamente era para que pudiese saber por su intermedio qué le tenía Dios deparado. «Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz.» Esta reacción nos sugiere que la mujer adivina quedó pasmada cuando Samuel apareció. Ella esperaba que apareciera el espíritu familiar, y luego por medio de él esperaba poder comunicarse con Samuel. Cuando Samuel apareció, la adivina quedó sorprendida, ya que ella no había tenido comunicación alguna con Samuel y éste no era un espíritu familiar. Saúl le preguntó: «¿Qué has visto?» Cuando ella le describió quien había aparecido, Saúl entendió que era Samuel. Observa que Saúl no vio a Samuel. La mujer lo vio, pero no Saúl. Saúl no podría haberse comunicado con un muerto excepto por medio de un demonio, y él no estaba bajo el control de un demonio. Samuel no apareció por haber sido convocado por demonios, sino porque fue enviado por Dios para anunciar juicio sobre Saúl y anunciar la caída de su reino. Este caso ciertamente no marca pauta, pero sí indica cómo una persona sometida a un demonio podía obtener información con respecto a las cosas futuras por medio de la actividad demoníaca. En Hechos 8:9 descubrimos que esta misma actividad era practicada en la época neotestamentaria. Felipe, el evangelista, estaba ministrando en Samaría. Estaba predicando a Cristo y proclamándolo como el salvador del pecado y el libertador del poder de Satanás. Había en esa ciudad un hombre llamado Simón, quien antes había ejercido la magia. Tenía contacto con un demonio para efectuar obras mágicas y revelar acontecimientos futuros. Había fascinado al pueblo de Samaría, es decir, lo había impresionado con un conocimiento del futuro, que había logrado por medios demoníacos, y como resultado de su contacto con los demonios se le había atribuido el tener poder de Dios. La gente decía de él (v. 10): «Este es el gran poder de Dios.» Fue incapaz de distinguir entre la magia efectuada mediante el poder demoníaco y los milagros efectuados mediante el poder divino. Es propósito de Satanás lograr que los hombres crean que él es Dios y que le rindan la adoración que corresponde a Dios. Recordemos que el deseo original de Satanás era ser semejante al Altísimo y recibir la adoración que pertenece a Dios. Dios demuestra que Él es Dios por medio de los milagros que realiza y por medio de sus revelaciones con respecto al futuro mediante la profecía. Resulta significativo que cuando Satanás trata de autenticarse lo haga haciendo que quienes están bajo el control de sus demonios efectúen milagros y revelen el futuro. Descubrimos esto en el caso de Simón. Tal era la sutileza de Satanás que controlaba a este hombre de tal modo que tenía convencido al pueblo de Samaría que era Dios. La única liberación de esta influencia demoníaca era el Evangelio de Jesucristo. Leemos en Hechos 8:12: «Pero cuando creyeron a Felipe... se bautizaban hombres y mujeres. También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían estaba atónito.» La gente de Samaría que había escuchado a Simón fue libertada de la influencia demoníaca al creer el evangelio de Jesucristo, y el mismo mago fue libertado de la influencia y control demoníaco del mismo modo. El Evangelio fue confirmado por medio de los milagros que los apóstoles efectuaron. De modo que Dios utilizó a Felipe para dar una evidencia a quienes se habían comunicado con los demonios de que Él era Dios y que Satanás era un impostor. El programa de Satanás ha estado marchando bien desde los días del Antiguo Testamento hasta la época actual. Satanás ha engañado a los hombres obrando por medio de distintas formas de demonismo para cegar las mentes de los hombres a la verdad. Muchos han sido convencidos que ya que los demonios de Satanás pueden revelar acontecimientos futuros o establecer comunicación con los muertos, él es realmente Dios. Se nos dice en la Palabra de Dios que cuanto más nos acercamos a los últimos tiempos tanto mayor habrá de ser la actividad del diablo. Juan nos dice en Apocalipsis 12:12 que al saber Satanás que tiene poco tiempo él sale furiosamente para engañar y destruir. Se nos ha dicho tan poco acerca del método y de la obra del diablo por medio de la actividad demoníaca que no nos hemos hallado en condiciones para hacerle frente. Hace algún tiempo fue publicado un libro que tuvo amplia difusión, en el cual su autora afirma ser capaz de predecir acontecimientos futuros. Ella formuló una cantidad de predicciones que se cumplieron. Estas predicciones sólo pueden provenir de una de las dos fuentes posibles: o vienen de Dios, o vienen de Satanás por medio de la influencia demoníaca. Dios ha indicado muy claramente que, completado el Nuevo Testamento, Él ya no efectúa más revelaciones y predicciones. Dios ha cerrado la puerta a nuevas revelaciones de parte de Él porque la revelación ha sido completada en Jesucristo. Ello nos deja una sola alternativa: estas predicciones deben provenir de Satanás por medio de la influencia demoníaca. Algunas de estas predicciones han sido lo suficientemente pasmosas como para engañar aun a muchos creyentes, haciéndoles creer que ella tiene autoridad divina. Tanto ella como otras personas semejantes han pasado a ser consejeros de algunas personas que ocupan lugares destacados en el gobierno. ¡Esta es una actividaddemoníaca! Controla las naciones, influencia a los gobiernos para que reemplacen la autoridad y la Palabra de Dios por las revelaciones que provienen de los demonios. Otras formas de actividad demoníaca se hallan muy difundidas, como por ejemplo la astrología, los horóscopos y la influencia de las estrellas sobre la vida diaria. La telepatía o percepción extrasensoria es considerada por muchos como un fenómeno de la mente natural. Estas personas atribuyen a la mente humana las cualidades que pertenecen únicamente a Dios, y no alcanzan a ver la influencia y actividad demoníacas en esta esfera. Esta es otra forma mediante la cual Satanás trata de controlar la mente de los hombres. Muchos han experimentado con una tabla ouija (tabla de escritura espiritista). ¡Cuán inofensiva e inocua es una tabla ouija! Con un poco de práctica uno puede manejarla y obtener las respuestas que quiera. Si se utiliza de este modo es algo completamente inofensivo, pero cuando una persona renuncia al control de sus facultades y se somete a una influencia externa está posibilitando el control demoníaco de su persona. Un demonio podría controlar hasta a un hijo de Dios que abandonara el control consciente de sus propias facultades y se sometiera a los movimientos de una tabla. De un modo tan inocuo como éste, Satanás puede lograr el acceso a la mente para controlar el pensamiento o dirigir la acción a seguir por parte de una persona. Dios y Satanás están luchando por las mentes de los hombres. Satanás quiere la mente, porque si logra controlar la mente puede controlar eventualmente la voluntad. Se está desarrollando una batalla en la esfera de la mente mientras Satanás trata de someternos a influencias que nos harían desechar la autoridad de la Palabra de Dios y buscar alguna otra cosa o alguna otra persona como guía de nuestra conducta. Esta es la razón por la cual el apóstol Pablo escribe en 1 Timoteo 4:1: «Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos.» Lo que Pablo está diciendo es que tan pronto como una persona desecha la infalibilidad, autoridad e integridad de la Palabra de Dios y se somete a la autoridad de los hombres, está haciendo posible el engaño satánico y el control satánico de su pensamiento. La gran tragedia de la época actual es que los hombres se sienten capaces de actuar como jueces con respecto a la Palabra de Dios, aceptando lo que les place y rechazando lo que les desagrada, sin darse cuenta siquiera de que lo que sucede es que en la batalla por las mentes Satanás ha conquistado una victoria y los ha sometido al control demoníaco. Esta batalla se está desarrollando hoy en el púlpito, donde los ministros de Satanás se han sometido a la influencia satánica y predican doctrinas proclamadas por los demonios, rechazando la Palabra de Dios. Esta es la razón por la cual el apóstol Pablo coloca tanto énfasis sobre la mente. En Filipenses 2:5 nos dice: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.» Luego, en Filipenses 4:8: «Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre... en esto pensad.» Porque tan pronto como una persona abandona el sentir de Cristo está posibilitando el engaño demoníaco. Hace muchos años, estando yo en el seminario, se celebró un congreso nacional de médiumes espiritistas en la ciudad de Dallas. En este congreso los médiumes estaban comunicándose con sus espíritus guías, demonios con quienes tenían contacto, para ofrecer mensajes a los individuos. Seis compañeros decidimos asistir a la reunión, que según se había anunciado, era pública. Entramos al oscuro auditorio y nos sentamos atrás silenciosamente para observar. Se inauguró la sesión y el presidente del congreso presentó a distintos médiumes, quienes convocaron a sus espíritus guías, demonios con los cuales se hallaban familiarizados. Uno tras otro trataron de comunicarse sin lograrlo, y se sentaron. Cada uno informó que algo estaba interfiriendo con su intento de comunicar se. Luego toda la concurrencia se conmocionó, ya que evidentemente los presentes no estaban acostumbrados a que sucediera esto. El presidente se levantó, pidió que se prendieran las luces, y dijo que había alguna influencia que les estaba impidiendo comunicarse con sus espíritus. Señalándonos, dijo que esa fila de jóvenes al fondo les estaba impidiendo comunicarse. Se nos pidió que nos retiráramos, a fin de que la reunión pudiera proseguir. Nos fuimos. Como el congreso continuó durante el resto de la semana, supongo que una vez que nos retiramos pudieron restablecer la comunicación con los demonios y engañar las mentes de las personas mediante el engaño demoníaco. La presencia del Espíritu de Dios en los seis creyentes evitó una manifestación de poder satánico. Puede resultarnos extraño hablar acerca de algo que no podemos ver, sentir, tocar, gustar ni percibir. Pero no habrás de comprender la naturaleza de la guerra en la cual te hallas comprometido como hijo de Dios hasta que reconozcas que Satanás está luchando para controlar tu mente a cada momento, todos los días, para engañarte con respecto a la verdad divina. El mismo momento que dejas de apoyarte en la autoridad de las Escrituras estás posibilitando el engaño satánico. ¿Recuerdas lo que dijo el Padre a los discípulos en el monte de la Transfiguración? Estos acababan de ver un gran milagro allí; habían visto a Cristo transfigurarse delante de ellos. Pero Satanás puede capacitar a los hombres para efectuar milagros por medio del poder demoníaco. Por eso Dios dijo a los discípulos: «Este es mi Hijo amado, a él oíd.» No existe otra defensa contra el engaño satánico que la sumisión a la Palabra de Cristo y la autoridad de su Persona. 20 El destino de Satanás Apocalipsis 20:1—10 EN JUNIO DE 1967 estalló la guerra entre los israelíes y los árabes. A causa de su significado bíblico seguimos atentamente los acontecimientos día tras día. De acuerdo con los informes que procedían de El Cairo, parecía que los israelitas estaban sufriendo una terrible derrota, ya que informe tras informe nos contaba cuántos aviones israelitas habían sido destruidos, cuántos tanques habían perdido y cuánto habían avanzado los egipcios en territorio israelí. Los informes predecían que las tropas de Egipto se hallarían en Tel Aviv esa misma noche. La guerra prosiguió aún algunos días más, mientras Egipto seguía afirmando sus victorias y anunciando sus triunfos. Lo que no se supo hasta que las hostilidades cesaron es que Israel había obtenido una victoria completa en las dos primeras horas de lucha al destruir la aviación y los aeropuertos de los Estados árabes vecinos. Pero los árabes continuaron luchando, aun cuando sabían que habían sido derrotados. El saber que uno ha sido vencido no impide seguir luchando. Y el hecho de que Satanás ha sido derrotado, su sentencia pronunciada y su destino dispuesto no le impide luchar contra Dios, contra el Hijo de Dios y contra los creyentes. El curso de esta guerra nos ha sido revelado en las Escrituras. La Palabra de Dios nos proporciona amplios detalles con respecto al destino de Satanás. En este capítulo estudiaremos los pasajes de las Escrituras que revelan la ejecución de la sentencia que fue dictada de antemano por Dios y por Jesucristo. Ya en el capítulo 12 de Juan nuestro Señor anunció a los discípulos la certeza de su victoria, y en revelación profética manifestó que Satanás es un enemigo derrotado. Luego de haber hablado de su muerte en la cruz, asemejando esa muerte a un grano de trigo que cae a la tierra y muere para poder producir una gran cosecha, nuestro Señor dijo: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipede este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.» Nuestro Señor, quien acababa de hablar de su muerte, se refirió luego a su resurrección. Cuando dijo: «Y yo, si fuere levantado de la tierra», no se estaba refiriendo a la cruz sobre la cual fue levantado para morir. Estaba hablando de la resurrección en la cual Jesucristo, mediante el Espíritu de Dios, sería levantado del sepulcro, sobre el poder de la muerte y el poder de Satanás, y exaltado a la diestra de Dios. Y Él prometió que cuando fuera levantado habría de atraer a todos a sí. Nuestro Señor dice que atraerá a sí aún a individuos que han sido atraídos por Satanás, pues Él es vencedor sobre el diablo. La resurrección es la prueba de su victoria. En el versículo 31, nuestro Señor anunció el juicio que sería dictaminado sobre Satanás en la cruz: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera.» La cruz constituyó el juicio de Dios sobre el pecado. La muerte de Cristo fue el medio, y la cruz de Cristo fue el lugar en que se dictó sentencia contra Satanás. El adversario, quien había comenzado su rebelión contra Dios antes de la creación de este mundo, tuvo que comparecer ante el tribunal de justicia. Mediante su muerte y resurrección Jesucristo dictó sentencia contra el adversario de Dios. Dios, quien tuvo que resolver el problema del pecado enviando a su Hijo a la muerte, tuvo que resolver también el problema del autor del pecado. El Dios que nos libró del juicio juzgando a otro, quitó el adversario de nuestra alma para siempre, echándolo para siempre de la presencia de Dios. Los escritores del Nuevo Testamento se refieren con frecuencia al juicio que fue pronunciado sobre Satanás y sus huestes en la cruz. Leemos en la epístola de Judas, versículo 6: «Y a los ángeles que no guardaron su dignidad [los seres creados que habían sido siervos de Dios pero que se rebelaron contra El junto con Satanás y se unieron al diablo en su rebelión], sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado, bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día.» La sentencia ha sido dictada, y quienes secundaron a Satanás en su rebelión están ya condenados. La condena ha sido dispuesta y Dios aguarda el día de la ejecución del juicio que ha sido fijado. Pedro se refiere a este mismo juicio en 2 Pedro 2:4: «Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron [los ángeles caídos], sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio...» El hecho de que Dios juzgó a los ángeles es utilizado por Pedro para apoyar el hecho de que Él habrá de juzgar a los hombres que se rebelan contra Dios. Pedro observa un juicio ya predeterminado, pero cuyo momento de ejecución es aún futuro. Encontramos un testimonio de este hecho en la respuesta de los demonios a nuestro Señor. Se relata en Mateo 8:28. que cuando Cristo llegó a la tierra de los gadarenos, luego de haber cruzado el mar de Galilea, «vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino». Observa ahora en el versículo 29 la respuesta involuntaria de los demonios al Señor Jesucristo: «Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros [o, para traducirlo más literalmente: ¿Qué tenemos en común?], Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentamos antes de tiempo?» Estos demonios reconocieron que estaban condenados. También reconocieron que Jesucristo es el juez y que será por la Palabra de su boca que una condena predeterminada les será aplicada y que la sentencia dictada será ejecutada. También sabían algo acerca del programa de Dios y del momento en que esto sucederá, porque cuando Jesucristo venga a esta tierra para reinar, la primera demostración de su autoridad soberana sobre la tierra será atar a Satanás y quitarlo de esta esfera. Sabían entonces que su juicio coincide con la venida de Cristo para reinar. Ya que Jesucristo fue rechazado por Israel en su primera venida, fueron lo suficientemente despiertos para deducir que el momento de su juicio aún no había llegado, a pesar de que el juez se hallaba presente. De modo que se dirigieron a Cristo confesando que Él es el juez, confesando que estaban condenados, y reconociendo que vendrá el día cuando El habrá de ejecutar la sentencia ya dictada contra ellos. En el capítulo veinte del Apocalipsis hay una descripción de la primera fase de la ejecución del juicio previamente determinado. Leemos en Apocalipsis 19:11—16 acerca de la segunda venida de Jesucristo a la tierra, en que vendrá como vencedor cabalgando sobre un caballo blanco. Lleva escrito el nombre REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES. Luego de someter a las naciones que se han rebelado contra Él en su segunda venida (Apocalipsis 19:15), leemos en Apocalipsis 20:1: «Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años.» Tomamos este acontecimiento al pie de la letra. La oposición de Satanás ha evitado el reinado del Señor Jesucristo sobre esta tierra y la instauración del reino de Dios sobre la tierra. Cuando los profetas ofrecieron un Mesías a Israel, el diablo puso falsos profetas en movimiento para negar el mensaje de los profetas de Dios y apartar a Israel. Cuando Jesucristo vino para ofrecerse a Israel cómo Mesías, fue Satanás quien incitó a los líderes religiosos a oponerse a Él y persuadió al pueblo de que Él era un impostor endemoniado y blasfemo. Fue así como aquel pueblo secundó la oposición del diablo y rechazó a Jesucristo. Hasta que Jesucristo venga a esta tierra por segunda vez y ate a Satanás, quitándolo de en medio, no será posible que el Señor instaure un reinado de justicia sobre esta tierra. Los hombres tienen una naturaleza caída y pecaminosa. El diablo aún puede engañar a los hombres, incluso a los santos de Dios. Satanás puede desviar a los hombres del camino de la obediencia a Dios, distorsionar sus afectos y apartarlos del amor de Dios, y puede cegar sus mentes a la verdad divina. El diablo trabaja activamente en esta obra de engaño para impedir el reinado físico y literal de Jesucristo sobre esta tierra en la época futura que conocemos como el Milenio. De modo que cuando Jesucristo venga a cumplir el propósito y el programa de Dios de establecer el trono de David y reinar como el Hijo de David de un mar hasta el otro y de costa a costa, será necesario quitar de en medio a nuestro adversario, el diablo, de este escenario terrenal. Y Cristo lo hará literalmente, atándolo y encerrándolo en el abismo, a fin de que no pueda engañar a las naciones durante el reinado terrenal de nuestro Señor. Esta tierra habrá de experimentar un reinado de justicia. La acción de atar a Satanás constituirá una señal para todo el cielo y toda la tierra de que Jesucristo es realmente Rey de reyes y Señor de señores. Dios ha autenticado a Jesucristo como el Hijo de Dios mediante la resurrección de los muertos. La resurrección es para nosotros una evidencia de que Jesucristo es Salvador y Señor. Pero Dios habrá de brindar otra demostración de la autoridad de Cristo en su segunda venida. Esa demostración será atar y quitar de en medio al diablo. La inmensa mayoría de los milagros relatados en los evangelios fueron efectuados en la esfera demoníaca, milagros que se relacionaron con la liberación de personas que estaban ciegas-, sordas o mudas por haber sido poseídas por los demonios de Satanás. Ello fue una evidencia para el pueblo de Israel de que la autoridad de Cristo era superior a la autoridaddel diablo, ya que Cristo podía entrar al dominio satánico y libertar a los que estaban en esclavitud. Ello fue un cuadro de lo que Cristo hará cuando venga por segunda vez para reinar. Concluimos que no sólo Satanás será quitado de en medio sino también todos los demonios que le sirven, a fin de que por primera vez desde la caída de Adán el mundo se halle sin influencias demoníacas. Y la razón por la cual la tierra podrá florecer como una rosa es que ella no estará plagada por la cizaña del diablo. La razón por la cual los hombres podrán vivir en rectitud, justicia y paz será que los habitantes no estarán plagados por las mentiras de Satanás. Jesucristo reinará como Rey de reyes y Señor de señores de mar a mar y de costa a costa por haber atado al diablo. Pero éste es tan sólo el primer paso hacia el destino final de Satanás. Leemos en Apocalipsis 20:3 que luego de mil años Satanás debe ser soltado por un poco de tiempo. Luego se describe la actividad del diablo en ese breve período durante el cual habrá de ser soltado (versículos 7 al 9). La tierra, cuya población habrá sido diezmada por las guerras de la Tribulación, habrá de experimentar una gran explosión demográfica durante el milenio. Pero quienes nazcan en el milenio habrán de; nacer con la naturaleza caída y pecaminosa heredada de sus padres. El milenio no es el cielo. La naturaleza pecaminosa no habrá sido erradicada de quienes viven en él. La gente entrará en este reinado terrenal con una naturaleza caída y pecaminosa y sus hijos habrán de nacer con la misma naturaleza caída. Y necesitarán ser salvados. El Evangelio habrá de ser proclamado a lo largo y a lo ancho de la tierra, y Cristo será presentado como el Salvador. Los hombres podrán contemplar a quien fue traspasado por los pecados del mundo, y multitudes llegarán a conocer al Señor por medio del ministerio de los evangelistas de Dios, el pueblo de Israel, quienes publicarán entonces las buenas nuevas de salvación en Cristo. Habrá muchos pequeños rebeldes que crecerán y se transformarán en mayores rebeldes. Pero sabrán que rebelarse contra la autoridad del rey es buscar la muerte, porque Cristo quitará de en medio inmediatamente a todo aquel que se rebele contra Él y lo juzgará con la muerte física. De modo que habrá multitudes que por falta de con- diciones propicias y a causa de su temor a la pena de muerte fingirán someterse al rey, aunque sus corazones sean rebeldes. No habrá oportunidad para rebelarse. De modo que a fin de separar los salvos de los perdidos, a fin de separar a quienes se someten a Cristo de los rebeldes, se abrirá la puerta del abismo y Satanás será soltado. El diablo saldrá para hacer lo que estará impedido de hacer durante los mil años del reinado terrenal de Cristo. Saldrá a engañar a las naciones e intentar nuevamente lo que hizo antes con tanto éxito. Satanás repetirá su pecado anterior y saldrá a engañar a las naciones ofreciéndose como rey y prometiendo que si le siguen habrá de librarlas de la obligación de someterse a Jesucristo. Y quienes habrán sido rebeldes contra Jesucristo tendrán por primera vez la oportunidad de participar en la rebelión contra Él. Se reunirán alrededor del que se complacen en reconocer como señor y maestro, confiando que podrá librarlos del juicio, destronando al juez que reina, al Señor Jesucristo. Luego de esta ráfaga de actividad, leemos en el versículo 10 el destino de Satanás. «Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.» Satanás, junto con todos los ángeles que lo secundaron en su primera rebelión contra Dios y todos los rebeldes incrédulos que hayan vivido durante el milenio, serán expulsados sumariamente de la presencia de Dios y lanzados al lago de fuego y azufre, donde serán atormentados día y noche por toda la eternidad. Nuestro Señor se refirió frecuentemente al destino del diablo. Señaló que Satanás está destinado a un lago de fuego y azufre. Cristo enseñó que este lago era un lugar real al cual serán enviados los perdidos. Habló de la intensidad del sufrimiento de quienes se hallan en él. También destacó el hecho de la perdición eterna de quienes se hallan separados de Dios y bajo juicio divino. Nuestro Señor, Aquel en quien pensamos tan frecuentemente como el apacible Jesús, habló más que cualquier otro del castigo eterno, reveló el destino del diablo, y advirtió a los individuos que no debían participar de ese destino. Muchas personas ponen en tela de juicio el carácter eterno del lago de fuego. Cuando hablamos de fuego pensamos en la combustión y en la destrucción del material combustible. Por lo tanto, resulta inconcebible que hubiera suficiente material combustible en el universo para alimentar un fuego eterno. De modo que algunos se consuelan calculando cuánto tiempo demandaría quemar todo el material en el universo, y llegan a la conclusión de que una vez que se haya consumido todo este material los fuegos del infierno se apagarán y ellos serán relevados del castigo eterno. Existe un fenómeno acerca del cual los astrónomos saben muy poco, un fenómeno que los desconcierta: se trata de las diminutas estrellas blancas. Estos son cuerpos celestes que han experimentado algún tipo de contracción por medio de la cual la sustancia material de dichos cuerpos ha sido comprimida en tal forma que una cantidad de material del tamaño de un dedo pulgar pesaría varias toneladas. La compresión de esta materia en un espacio tan reducido ha creado un calor intenso. La compresión causa la expansión; cuanto mayor la expansión, tanto mayor es el calor; y el calor invierte el proceso y causa la contracción. La materia en estas diminutas estrellas blancas no puede enfriarse jamás, porque la compresión causa la expansión, la expansión genera calor, y éste a su vez produce la contracción. Los astrónomos dicen que estas diminutas estrellas blancas se hallan en un estado permanente en el cual —a causa de la presión— todos los gases se han convertido en líquidos y toda la materia ha sido reducida a un estado fundido que nunca podrá cambiar. El astrónomo nos habla entonces de la existencia de cuerpos celestes que de acuerdo con sus cálculos son verdaderos lagos de fuego que nunca podrán enfriarse. No sabemos si uno de ellos será el lugar reservado para el confinamiento de Satanás y sus ángeles por toda la eternidad, pero lo que sí sabemos es que el astrónomo certifica la veracidad de lo que dijo nuestro Señor, que Dios ha preparado un lugar para el diablo y sus ángeles, donde no sólo habrán de sufrir físicamente a causa del medio ambiente, sino mucho más aún: sufrirán mentalmente y físicamente por lo que podrían haber sido. Sería inconcebible que un ángel en el lago de fuego no recuerde el privilegio que tenía antes de prestar atención a la seducción de Lucifer y seguirle en su rebelión. Ciertamente clamará en medio del tormento: «¡Ojalá no hubiese hecho caso a aquella tentación, ojalá no hubiese cometido ese pecado, siguiendo a Lucifer en su rebelión contra Dios! Podría estar hoy sirviendo en la presencia del Dios del universo.» Aun los que estén en el infierno habrán de confesar que Jesucristo es Señor, que es soberano, que tiene el derecho de ser obedecido, y renunciarán a todas las pretensiones de soberanía que Satanás ha hecho. Mas ¡ay!, será demasiado tarde. Nuestro Señor advirtió que habrá quienes estarán con Satanás en ese lugar preparado para él y sus ángeles. Esta tierra fue creada para ser la morada del hombre. El lago de fuego fue creado para ser la morada de Satanás y de sus ángeles, que ya se habían rebelado contra Dios antes que el hombre fuese creado. Cuando Adán se rebeló, su destino cambió: perdió el derecho a estar en la presencia de Dios, se unió con Satanás