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VICTIMAS DEL PARAMILITARISMO EN COLOMBIA

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Pedro Araujo

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EL BLOQUE CAPITAL, LA HISTORIA DE LAS VÍCTIMAS DEL 
PARAMILITARISMO EN BOGOTÁ EN LOS AÑOS 90 
 
 
 
 
 
 
JULIANA JAIMES VARGAS 
 
 
 
 
 
 
 
TRABAJO DE GRADO PARA OPTAR POR TÍTULO DE 
COMUNICADORA SOCIAL 
ÉNFASIS PERIODIMOS 
 
 
 
 
ASESOR 
JORGE CARDONA ALZATE 
 
 
 
 
 
 
PONTIFICIA UNIVERSIDAD JAVERIANA 
FACULTAD DE COMUNICACIÓN Y LENGUAJE 
CARRERA DE COMUNICACIÓN SOCIAL 
 
 
BOGOTÁ D.C 
2018 
ARTÍCULO 23 
 
“La Universidad no se hace responsable por los conceptos emitidos por los alumnos en sus 
trabajos de grado, solo velará porque no se publique nada contrario al dogma y la moral 
católicos y porque el trabajo no contenga ataques y polémicas puramente personales, antes 
bien, se vean en ellas el anhelo de buscar la verdad y la justicia”. 
 
 
2 
 
Tabla de contenido 
Introducción ............................................................................................................................. 3 
1. Problema y justificación………………………………………………………………………10 
2. Marco Teórico ....................................................................................................................... 15 
2.1 Sobe los orígenes del Eln 
2.2 Sobre los orígenes de las Farc y el PCC 
2.3El paramilitarismo en Colombia 
2.4Violencia Urbana 
 3. Entrevistas y trabajo de campo....................................................................................................42 
4.Conclusiones monografía………………………………………………………………………44 
5.La historia del Bloque Capital: las víctimas del paramilitarismo en Bogotá en los años 90...47 
5.1 Capítulo I ¿Existió el Bloque Capital? 
5.2 Los antecedentes del Bloque Capital (Contexto 1996-1997) 
5.3 El apartamento 702 (Historia de Mario Calderón y Elsa Alvarado) 
5.4 Capítulo II- La sucesión de gobiernos 
5.5 En su propia oficina (Historia de Eduardo Umaña) 
5.6 Una muerte que ya se esperaba: el asesinato a Julio Alfonso Poveda 
5.7 Jaime Garzón no solo nos hizo reír 
5.8 Nunca es hora de Callar 
5.9 Wilson Borja: la lucha que continúa 
5.10 Capítulo III -El paramilitarismo pierde los límites 
5.11 Mal paga el diablo a quien bien le sirve (Historia de Euser Rondón) 
5.12 Capítulo IV- Las víctimas anónimas 
5.13 Conclusión 
6. Bibliografía y Referencias……………………………………………………………………146 
7. Anexos…………………………………………………………………………………………154 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
3 
 
 
 
Introducción 
 
 
 
 
En los últimos tiempos, la memoria del conflicto armado en Colombia se ha convertido en 
una atractiva tarea para los medios de comunicación. Pero más que una misión informativa, 
en las actuales circunstancias del país, abocado al desarrollo de instituciones como la 
Justicia Especial de Paz (JEP) o la Comisión de la Verdad, ahora se trata de contribuir 
activamente con el derecho de las víctimas. A construir entre todos la historia reciente de 
una nación que, a falta de justicia, al menos quiere saber lo que pasó. 
 
Esta expectativa no significa que la disciplina del periodismo pueda determinar las 
responsabilidades de los victimarios o aportar conclusiones judiciales inapelables acerca de 
los delitos y acciones graves cometidas en la guerra. Esa es y seguirá siendo una obligación 
prioritaria de la justicia. Pero en términos de verdad, muchas veces no contada en los 
expedientes judiciales, la comunicación y el periodismo poseen herramientas útiles para 
narrar los hechos y contextualizar debidamente las historias. 
 
Por lo general, los testimonios o contextos de esos capítulos difíciles de la violencia 
se quedan guardados en los procesos judiciales, cuando lo que exigen las nuevas 
generaciones son esos detalles ocultos o esas conexiones que explican el horror que no debe 
repetirse. Es claro que los periodistas no son magistrados ni jueces, y por lo tanto no 
pueden señalar con fines de castigo a protagonistas de masacres o asesinatos selectivos, 
pero si pueden aportar información esencial para entender el universo de las víctimas. 
4 
En estos tiempos de posconflicto y de búsqueda incesante por implementar la paz, ese 
interés por la verdad ante una guerra que le ha causado tanto daño y dolor a varias 
generaciones colombianas, la responsabilidad inmediata corresponde a la JEP o a la 
Comisión de la Verdad, pero el periodismo no puede quedarse con los brazos cruzados 
respecto a la misma tarea. Por el contrario, debe activar sus opciones legales y sus 
herramientas de investigación en favor de la memoria colectiva y la lucha contra la 
impunidad. 
 
En este contexto se enmarca este trabajo periodístico. En términos generales, 
documentos como el “Basta ya” del Centro Nacional de Memoria Histórica, entre otros 
similares, reconocen que, en el largo conflicto colombiano de más seis décadas de 
violencia, la transición entre los años 1996 y 1997 marcan un momento crucial en la 
evolución de la guerra. Y esa realidad, trasladada a planos cronológicos, corresponde a 
movimientos determinantes de los principales contendientes, con el propósito de alcanzar la 
victoria militar. 
 
Es la etapa final del gobierno de Ernesto Samper (1994-1998), cuando en la 
trastienda de la pelea judicial en Bogotá por la narcofinanciación de la campaña 
presidencial y los ecos del escandaloso proceso 8000, los dos colosos de la guerra 
extremaron sus acciones. En el sur, las FARC emprendieron su ofensiva militar para sumar 
prisioneros de guerra con fines de canje por sus guerrilleros presos en las cárceles; mientras 
en el norte, el paramilitarismo le daba forma a su ejército nacional llamado Autodefensas 
Unidas de Colombia. 
5 
En ese entramado de violencia, complicidades y corrupción, en los años finales de la 
década de los años 90 y los primeros del siglo XXI, en un periodo que abarca desde la recta 
final de la era Samper, los cuatro años de la administración Pastrana y el primer gobierno 
de Álvaro Uribe, Bogotá fue epicentro de una oleada de guerra sucia sin antecedentes. A 
partir de 1997 y al menos hasta el año 2004, el paramilitarismo incursionó en la ciudad y la 
evidencia fueron varios asesinatos y ataques con claras intenciones de afianzar su poder. 
 
Con el paso del tiempo, a través de las desperdigadas investigaciones judiciales de 
los casos más graves ocurridos en Bogotá en la época señalada, se sabe que buena parte de 
esas acciones fueron desarrolladas por una organización, unas veces identificada como el 
Frente Capital o el Bloque Capital. En cualquier forma, una ofensiva del paramilitarismo en 
la ciudad, que se tradujo en asesinatos políticos, oficinas para concretar ajustes de cuentas, 
extorsiones, secuestros y operaciones de limpieza social. 
 
Lo extraño es que, cuando llegó el proceso de paz entre el gobierno Uribe y las 
autodefensas, y entre 2003 y 2005 se produjo la desmovilización de sus principales frentes 
de guerra, no apareció en esos balances el Bloque Capital. Si existió la entrega de hombres 
y armas del Bloque Centauros, cuyas acciones se entrelazan con muchas de las sucedidas 
en Bogotá en el margen de tiempo descrito, pero como si se tratara de una acción 
deliberada, los que conformaron el Bloque Capital no lo hicieron manifiesto. 
 
En otras palabras, a nivel judicial y también en términos de reconstrucción de 
memoria del conflicto colombiano, hay un vacío respecto a la existencia y acciones 
perpetradas por el Bloque Capital de las Autodefensas Unidas de Colombia. Y lo que está 
claro es que en Bogotá si operó una estructura paramilitar que, de una forma estratégica y 
6 
premeditada, desarrolló una ofensiva violenta, con crímenes específicos y movimientos 
determinantes que hoy representan un capítulo aparte en la historia de la guerra. 
 
A ese Frente o Bloque Capital, enlace del paramilitarismo de la Casa Castaño, ya se 
le atribuyen judicialmente acciones como el triple asesinato de los investigadores del 
CINEP, Mario Calderón y Elsa Alvarado, lo mismo que al padre de ella, Carlos Alvarado. 
El homicidio del penalistay defensor de derechos humanos, Eduardo Umaña Mendoza. El 
crimen del líder sindical del Sumapaz, Julio Alfonso Poveda. El asesinato del periodista 
Jaime Garzón. El secuestro de la comunicadora Jineth Bedoya o el atentado al líder sindical 
Wilson Borja. 
 
No son los únicos casos, pero junto a otros de la misma factura, es evidente que el 
paramilitarismo tuvo su frente de guerra en la capital del país, y que para garantizar sus 
acciones contó con la complicidad de miembros de las Fuerzas Armadas. Una estructura 
que además contó con la impunidad absoluta al interior de la cárcel La Modelo, en Bogotá, 
donde los paramilitares Miguel Arroyave o Ángel Gaitán Mahecha, entre otros, se 
apropiaron de la prisión y la convirtieron en una sede para configurar delitos. 
 
Una telaraña criminal que al exterior de La Modelo también tuvo agresivos 
artífices. El más reconocido, Jesús Emiro Pereira, alias Huevoepisca, concuñado de Carlos 
Castaño, mano derecha de Vicente Castaño y, según sus propias palabras, enlace del 
comandante de la Brigada XIII, general Rito Alejo del Río y del coronel Jorge Eliécer 
Plazas Acevedo, su jefe de inteligencia. Además, Huevoepisca ha reconocido su 
intervención en graves acciones, aunque en casos como el ataque a la periodista Jineth 
Bedoya lo sigue negando. 
7 
De cualquier forma, ese Bloque Capital continúa siendo un capítulo oculto en la 
historia reciente del paramilitarismo. De los demás bloques de las autodefensas se han 
abierto investigaciones concretas y hoy es fácil encontrar documentos de seguimiento de la 
Fiscalía, los jueces o los magistrados de Justicia y Paz. Pero del Bloque Capital, incluso en 
el poder judicial, los silencios son evidentes. O no se le ha dado la importancia y la 
pertinencia que el tema merece o, por alguna razón, no se ha dado un documento 
conclusivo. 
 
El vacío es tan notable que incluso, en fecha reciente, la propia Sala de Justicia y 
Paz del Tribunal Superior de Bogotá instó a la Fiscalía a superar su “letargo judicial” y 
esclarecer la operatividad del paramilitarismo en Bogotá entre finales de los años 90 y la 
expedición de la ley de Justicia y Paz (ley 975 de 2005) en el primer gobierno de Álvaro 
Uribe. Con un agravante: de los múltiples casos atribuidos al Bloque Capital, ocho han sido 
calificados por la misma justicia como crímenes de lesa humanidad. 
 
Debe reiterarse que el propósito de este trabajo periodístico no es hacer justicia, ni 
sustituirla, ni pretende tampoco superar sus alcances. Lo que busca es aportar unos 
contextos y unos perfiles judiciales que, desde el campo de la narrativa, ayuden a entender 
lo que sucedió con el Frente o Bloque Capital o cualquiera haya sido la estructura 
paramilitar que operó en Bogotá en los tiempos señalados. El objetivo es alcanzar una 
visión totalizadora de lo que fue esa cadena de asesinatos selectivos y violación a los 
derechos humanos. 
 
Por eso, es necesario plantear tres contextos en un mismo escenario: Bogotá. La 
perspectiva de la guerrilla, en particular de las FARC, la visión del paramilitarismo en el 
8 
momento de su expansión nacional a través del proyecto Autodefensas Unidas de 
Colombia, y el Estado desde la gestión de tres gobiernos: el final de la administración 
Samper, los años de Andrés Pastrana y sus diálogos fallidos con las FARC en la región del 
Caguán, y la era del gobierno Uribe, su seguridad democrática y la ley de Justicia y paz. 
 
Y para entender lo sucedido, a cada contexto se suman relatos personalizados en 
torno al crimen de Mario Calderón y Elsa Alvarado, el 19 de mayo de 1997; el asesinato a 
Eduardo Umaña, el 18 de abril de 1998; la muerte del sindicalista Julio Alfonso Poveda, el 
17 de febrero de 1999; el crimen del periodista Jaime Garzón, el 13 de agosto de 1999; el 
atentado contra Wilson Borja el 15 de diciembre del 2000; el secuestro de la periodista 
Jineth Bedoya, el 25 de mayo del 2000; y el asesinato del alcalde de El Dorado (Meta) 
Euser Rondón y dos acompañantes, el 13 de septiembre de 2004. 
 
Este trabajo periodístico aporta una mirada final para no dejar pasar por alto las 
acciones del Bloque Capital contra ciudadanos del común, a través de operaciones de 
limpieza en áreas periféricas de la ciudad. Judicialmente es una secuencia más oculta que 
los casos nombrados, pero está claro que tales ataques sucedieron, como lo han reseñado 
algunas organizaciones sociales. Habitantes de localidades como Ciudad Bolívar, Bosa, 
Suba, Soacha u otros municipios adyacentes a la capital. 
 
En síntesis, estrictamente desde el ejercicio del periodismo judicial, este trabajo 
únicamente pretende hacer memoria documentada sobre el ambiguo capítulo del Bloque 
Capital de las autodefensas. Evidenciar quiénes fueron las víctimas, cuál era su importancia 
en el contexto del conflicto armado colombiano, como se conectan los distintos casos y 
9 
cuáles han sido los aportes de la justicia. Un recuento para visibilizar y recordar actos de 
violación de derechos humanos que no pueden quedar en el olvido. 
10 
1. Problema y Justificación 
 
Esta investigación registrada a través de un producto periodístico pretende 
contribuir a la construcción de memoria colectiva en el país, especialmente, en tiempos de 
posconflicto en los que entender los diferentes hechos de violencia y violación a los 
derechos humanos resulta fundamental para reconstruir la historia. El Bloque Capital: la 
historia del paramilitarismo en Bogotá en los años 90, es un reportaje que cuenta la 
historia de 8 víctimas en los años 90, todas ellas asesinadas, ultrajadas o amenazadas por el 
Bloque Capital de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) un frente paramilitar que 
llegó a la ciudad Bogotá para tomar control de zonas lideradas por grupos guerrilleros de 
las FARC. Sin embargo, más allá de la lucha contrainsurgente que definió como grupo a las 
1Autodefensas, El Bloque Capital encontró en la capital de la República un lugar 
estratégico tanto en sus intereses económicos como en sus intereses militares. 
 
Esta investigación intenta generar un análisis crítico de lo que significó la llegada 
del Bloque Capital de las AUC a Bogotá, entendiendo esta ciudad como un lugar decisivo 
para el control del país. En primera instancia porque es la capital de Colombia y se 
encuentran centros de poder importantes para el equilibrio estatal y en segunda instancia, 
siendo esta la razón más importante, Bogotá es la entrada a los Llanos Orientales del país y 
para las AUC era trascendental adquirir el control de ese territorio. 
La toma del poder de las Autodefensas se registró oficialmente a comienzos de 
1997, aunque su incursión comenzó años atrás. El Bloque Capital llega a la ciudad de 
Bogotá en medio de un contexto de desequilibrio político en el que los límites del 
 
 
 
1Ver anexo 1 
11 
narcotráfico habían cruzado lo más alto del poder colombiano: la presidencia de la 
República con el proceso 8000 del gobierno de Ernesto Samper. 
Entre 1997 y 1998 empezó la expansión de las AUC donde se registraron varias 
masacres consecutivas que se acercaban cada vez más al terreno de la capital. Algunas de 
ellas: la masacre del 15 de julio de 1997 en Mapiripán, la masacre de Horqueta en Tocaima 
el 21 de noviembre del mismo año y finalmente se registró la llegada de las AUC al 
Sumapaz zona caracterizada por ser territorio de las FARC. Muchas zonas de control 
guerrillero fueron también interceptadas por las fuerzas paramilitares ya que desde un 
principio ese era el objetivo de las autodefensas: combatir la insurgencia revolucionaria. 
Esta situación afectó en gran medida a las poblaciones que eran víctimas tanto de las FARC 
como de las AUC. En Bogotá el reclutamiento y las infiltraciones de la guerrilla en la 
ciudad eran evidentes en los barrios se encontraban a la periferia: Ciudad Bolívar, Altos de 
Cazucá, Soacha, entre otros. 
En medio de la arremetida paramilitaren la capital de la República, el Bloque 
Capital de las AUC, realizó una serie de asesinatos selectivos en la ciudad. Atentados, 
Amenazas, homicidios y desplazamientos a líderes sociales, sindicalistas, abogados y 
periodistas. Es decir, personas u organizaciones que, de cierta forma, podrían llegar a 
afectar el movimiento paramilitar en la ciudad con las denuncias e investigaciones que se 
encontraban realizando y más allá de eso, con las personas que se orientaban políticamente 
en desacuerdo con el movimiento que promulgaba las Autodefensas. 
Esos diferentes episodios no han sido lo suficientemente registrados en la historia 
de Colombia, porque si bien se encuentran archivos judiciales y documentación en medios 
de comunicación, todos ellos se analizan de forma separada. Este producto periodístico 
intenta, por medio de los recursos del campo de la comunicación social, entender los 
12 
hechos de forma sistemática ya que es innegable que se repiten actores, lugares, modos 
operandi, y tipos de víctimas. 
Para esta investigación se dividieron las víctimas en dos sectores sociales dentro de 
la ciudad, ya que resulta trascendental definir que la llegada del paramilitarismo a la ciudad 
no solo afectó a las zonas más vulnerables, como es el caso de Ciudad Bolívar, Altos de 
Cazucá, y Soacha, sino también otra esfera pública que, aunque se encontraba en una 
posición social un poco más fuerte, también se convirtió en un blanco perfecto para el 
paramilitarismo. 
Como primera instancia se encuentran las víctimas que tal vez han sido menos 
mediáticas pero el impacto social del paramilitarismo contribuyó a problemáticas un poco 
más complejas y son las víctimas pertenecientes a algunas zonas de barrios periféricos del 
sur de la ciudad. lugares donde se instauró el Bloque Capital de las AUC por medio de 
oficinas de cobro, boleteos, desplazamiento interurbano, asesinatos selectivos y limpieza 
social. 
El periodismo entonces, es una herramienta que permite por medio la difusión de la 
verdad contar realidades que liberan. El conflicto armado en Bogotá y específicamente 
el paramilitarismo es un campo que no se ha explorado lo suficiente, comparándolo con el 
registro que se ha tenido del conflicto rural en Colombia. Si bien es cierto que han sido 
consecuencias y magnitudes diferentes, es importante reflejar esa historia de impunidad y 
sufrimiento que también se vivió y aún se vive en la capital. Este tema aporta al campo del 
periodismo en la medida en que se entiende como una herramienta que informa y cuenta 
una historia real, que no todos han escuchado y que quienes lo han hecho no han difundido 
lo suficiente. El periodismo no es el ente encargado de hacer justicia, pero la denuncia por 
13 
medio de los medios es un paso adelante para no dejar en impunidad una realidad que 
también tiene derecho a ser contada. 
 
 
Objetivos generales 
 
Describir cómo se ve reflejado el conflicto armado colombiano en la ciudad de Bogotá 
entendiendo esta como víctima directa al presentar características típicas que por lo general 
se enmarcan en zonas rurales, tales como: asesinato selectivo a líderes comunitarios, 
desplazamiento interurbano y microtráfico local enfocando la investigación al caso 
específico del Bloque Capital de las AUC, como grupo armado paramilitar. Describir las 
diferentes víctimas que el paramilitarismo ha dejado en Bogotá, divididas en esta 
investigación en dos grupos específicos: casos de víctimas en barrios de la periferia de 
Bogotá, como Ciudad Bolívar, Altos de Cazucá, Soacha, entre otros. Y, las víctimas 
pertenecientes a una esfera pública que trabajó en temas de denuncia social o contextos 
políticos, tales como: periodistas, abogados, sindicalistas, investigadores, etc. 
 
 
Objetivos específicos 
 
- Describir cómo y por qué surgió la incursión del Bloque Capital de las AUC en 
Bogotá, teniendo en cuenta el contexto histórico, político y social de los años 90 
en Colombia y en la ciudad y que consecuencias trajo eso para el conflicto 
armado en el país. 
- Describir en qué casos concretos se han presentado en Bogotá patrones típicos 
del conflicto armado colombiano como: ¿desplazamiento interurbano, limpieza 
social y asesinatos selectivos? 
14 
- Describir cómo el Bloque capital de las AUC afectó directamente a víctimas de 
diferentes grupos sociales como es el caso concreto de Altos de Cazucá o 
Ciudad Bolívar y a su vez, víctimas pertenecientes al gobierno, a los medios de 
comunicación y a grupos defensores de derechos humanos. 
15 
2. Marco Teórico 
 
Entender el conflicto armado interno que se vive en Bogotá es de cierta forma, 
entender el conflicto armado en Colombia. Para poder explicar movimientos como el 
Paramilitarismo, se debe primero hacer un recuento por la historia de violencia que ha 
sufrido el país en las diferentes décadas. Este trabajo parte desde el año 1945, tiempo en 
el cual se vivió una de las guerras civiles más violentas en la historia del país, tanto así 
que a esa época se le denominó como la Violencia. Los constantes ataques entre partidos 
liberal y conservador dejaron miles de muertos y desplazados. Sin embargo, esta 
situación no solo afectó las zonas rurales, sino que por el contrario alcanzó la ciudad 
capital de Bogotá y estalló en uno de los episodios que, sin duda, marcaron la historia: el 
Bogotazo del 9 de abril. 
El marco teórico de este trabajo se dividirá en tres tópicos centrales. Como 
primera instancia, se realizará en recuento histórico de la violencia en Colombia 
partiendo desde el 9 de abril. Los conceptos desarrollados están basados en el texto de 
Marco Palacios Violencia Pública en Colombia, 1956-2010; de igual forma se tomarán 
como referentes los informes de Alfredo Molano y Daniel Pecaut de La comisión 
histórica del conflicto y sus víctimas. 
Por otro lado, se desarrollará con mayor profundidad la figura del 
paramilitarismo en Colombia ya que es el tópico que atañe directamente esta 
investigación. Para este tema se utilizará el libro de Raúl Zelik Paramilitarismo 
Violencia y transformación social, política y económica en Colombia y el informe 
¡Basta Ya! del centro de memoria histórica. 
16 
Por último, se abordará el tema de conflicto urbano, teniendo en cuenta que el 
fenómeno paramilitar de las AUC en Altos de Cazucá se manifestó desde diversas 
formas que enmarcan el término de conflicto urbano. Es importante también, entender 
que la concepción y construcción sociocultural de una persona de la ciudad es diferente 
a la de una persona que nace en el campo y es por ello que la violencia y el conflicto 
armado también cambia de significación cuando se aborda desde un campo urbano y 
más, si es una ciudad como Bogotá que representa un centro para todo el país. 
Por lo anterior es importante antes que nada definir el concepto de violencia 
urbana para luego poder enmarcar la violencia en Colombia en ese contexto. 
Es por ello que se utilizará como referente, el artículo de La victimización por 
violencia urbana: niveles y factores asociados en ciudades de América Latina y España 
de José Miguel Cruz en donde se define el concepto de violencia urbana y de 
victimización. De igual forma, Fernando Carrión habla sobre Violencia urbana: un 
asunto de ciudad donde nuevamente explica el concepto de violencia urbana pero 
también se remonta al concepto de políticas urbanas y su relación directa con la 
violencia urbana y del mismo autor también se utilizará De la violencia urbana a la 
convivencia ciudadana. 
Los anteriores textos están basados en el contexto latinoamericano de la violencia 
urbana. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
17 
El comienzo de la violencia en Colombia, tuvo origen a finales del 1945 y principios del 
1946. Las causas principales fueron las fuertes diferencias entre clases sociales generadas 
por un cambio en la política oficial hacia los asalariados, situación que se presentó duranteel gobierno de López Pumarejo quien se vio obligado a renunciar debido a una fuerte 
oposición entre liberales y conservadores. Un periodo en la historia de Colombia también 
denominado como La violencia. 
En noviembre de 1945 estalló una protesta del sindicato más grande de Colombia 
FEDENAL, que controlaba a los trabajadores de transporte fluvial de Magdalena. Para 
ese año, el presidente sucesor de López Pumarejo fue Alberto Lleras Camargo, quien 
tuvo que enfrentarse a las diversas huelgas de trabajadores que pedían mejores salarios. 
De igual forma, La Confederación de Trabajadores de Colombia CTC, tiempo después 
emprendió el primer Paro Nacional en la historia del país con objeto de presionar al 
Gobierno para que apoyara a FEDENAL. 
El Paro Nacional y las diferentes huelgas por parte de los trabajadores y 
sindicalistas dejaron ver la debilidad de los movimientos laborales y sobre todo la falta 
de control del Gobierno Colombiano. El paro nacional de CTC rompió todas las 
relaciones con el gobierno del entonces presidente Mariano Ospina Pérez y se vinculó 
directamente con el partido Liberal para bloquear la dominación de las fuerzas 
conservadoras. 
La violencia en Colombia estalló con un conflicto de clases y de aumento 
salarial. Daniel Pécaut, afirma en su libro Violencia Conflicto y política en Colombia 
que el conflicto en Colombia inició, al igual que en muchas partes del mundo, con una 
“retórica contra la oligarquía” naciente del país. Hecho que se incrementó con las tasas 
de inflación nuevas en el territorio y la falta de apoyo gubernamental. La situación 
18 
económica del país reforzó la visibilidad política del partido liberal, dirigido por Jorge 
Eliécer Gaitán. 
 
 
La retórica de la lucha contra la oligarquía, tuvo un atractivo mayor que el común para el 
proletariado debido a circunstancias de tasas de inflación no acostumbradas; una falta de apoyo 
gubernamental para los aumentos de salarios compensatorios; y políticas de gobierno diseñadas para 
retractar las conquistas laborales anteriores y romper la fuerza de los sindicatos. La política laboral 
de Lleras Camargo identificó a los moderados liberales con estos procesos lo mismo que a los 
conservadores. (Pécaut. pg 230) 
 
 
En Colombia se inició entonces un periodo de guerra bipartidista. En el año 1947 
durante el gobierno de Mariano Ospina Pérez del Partido Conservador, se incrementaron 
los actos violentos entre los dos partidos centrales. El presidente Ospina Pérez 
demostraba firmeza ante la época de La Violencia. 
Los medios de comunicación también fueron relevantes en este proceso histórico 
al incrementar la tensión por medio de la prensa sensacionalista del momento. “La 
ignorancia de aquellos cegados por la pasión política partidista, separados del proceso 
político real del país, la prensa amarilla y las figuras políticas locales, fueron culpados 
de La Violencia, tanto por la prensa liberal como conservadora de la capital.” 
(Oquist. pg 232) 
 
Con el tiempo aumentaba cada vez más la lucha de los partidos por obtener la 
hegemonía política del país. Para el año 1947 se designó a Jorge Eliécer Gaitán como el 
Director Nacional Liberal, hecho que claramente suponía una riña directa para las 
próximas elecciones del 1950 con Gaitán como el candidato liberal y Laureano Gómez 
como Conservador. 
Como también lo señala Oquist, en el informe Una lucha armada al servicio del 
Statu quo social y político presentado ante el Alto Comisionado para la paz en el 2015, 
19 
la violencia en Colombia durante ese periodo alcanzó cifras que superaban el registro 
que el país llevaba hasta entonces. 
 
 
Pero esta alternancia se produce en una coyuntura especial: el ascenso de una movilización populista 
inédita, detrás de Jorge Eliécer Gaitán; y de una contra movilización que se reclama de un 
fundamentalismo católico, detrás de Laureano Gómez. Desde entonces la violencia se exacerba: en 
1948 alcanza cerca de 43.000 muertos, en 1950 más de 50.000. (Oquist. pg. 12. 2015) 
 
 
Entre 1947 y 1948 años próximos a las siguientes elecciones la violencia 
aumentó drásticamente en Colombia, con las elecciones municipales la Casa Liberal de 
Cali fue atacada violentamente y de igual forma en zonas como Boyacá y Santander 
estallaron en un conflicto interno entre Liberales y Conservadores. La situación fue 
descrita por Laureano Gómez como un estado de guerra civil. El 28 de enero de 1948 
Jorge Eliécer Gaitán promulgó un Memorial de Agravios, una lista de las localidades 
afectadas por la violencia. El 7 de febrero de 1948 condujo La Marcha del silencio, en 
cual él fue el único orador frente una multitud silenciosa que pedía por la defensa de la 
vida humana. 
Sin embargo, la situación se agravó aún más cuando en febrero de 1948 el 
partido Liberal anunció su retiro de la Unión Nacional, un pacto de coalición entre los 
dos partidos con los que se había gobernado hasta entonces. Pocas semanas después el 9 
de abril, Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado en Bogotá. 
El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán que desencadenó en el Bogotazo fue un 
hecho social que partió la historia de Colombia en dos. El 9 de abril provocó un 
levantamiento no sólo en la ciudad sino en todo el país, movimientos insurgentes que 
también se conocían como “juntas revolucionarias”. El pueblo colombiano se levantó en 
protesta porque Gaitán representaba de cierta forma un cambio en la estructura política 
20 
que se llevó en el país hasta entonces, y sobre todo su muerte simbolizó represión. En 
Colombia se empezaron a formar grupos que iban en contra del gobierno conservador de 
derecha y eran alentadas por los cambios sociales y políticos que el continente 
latinoamericano también vivía en el momento. 
Para Darío Fajardo, en el informe Estudio sobre los orígenes del conflicto 
armado, razones para su presencia y sus efectos más profundos en la sociedad 
colombiana publicado por el Alto Comisionado para la Paz en las Mesas de 
Conversaciones, señala que la muerte Gaitán estalló la violencia aún con más fuerza de 
lo que se había vivido antes por la guerra partidista entre liberales y conservadores. 
 
 
La muerte de Gaitán fue precedida por una intensa persecución contra sus seguidores, que 
motivaron las grandes manifestaciones de protesta encabezadas por el dirigente. Luego de su 
asesinato la violencia se extendió a varias regiones del país(...) Esta etapa de expansión de las 
acciones represivas habrían de llevar a la crisis política de finales de la década y comienzos de la 
de 1950, en las cuales confluían las expulsiones de campesinos y el exterminio de los opositores, 
en particular, de las filas gaitanistas. (Fajardo, D. pg 24. 2015) 
 
 
Según Oquist (1978) la división partidista redujo la autoridad del Estado y lo 
dejó en una situación de “caos” o colapso que con el tiempo se transfiguró en 
modalidades diferentes de violencia. 
Marco Palacios en su texto Violencia Pública en Colombia 1958-2010 (2012, 
p.41) hace un recuento histórico de la tradición política colombiana en la que la 
violencia y la ausencia del Estado para generar control se convierte en un imperativo que 
pasó del siglo XIX hacía el siglo XX. 
 
 
En el sustrato de la formación nacional colombiana y de su cultura política se había consolidado 
tempranamente un sistema bipolar de tipo representativo en un molde perverso de elecciones - 
violencia-elecciones que dominó prácticamente el siglo XIX y quedó latente en la primera mitad 
del siglo XX. 
21 
 
 
En los años 60 surge la idea del Frente Nacional como una estrategia de 
colaboración entre los dos partidos tradicionales: Liberal y Conservador. Consistía en 
una distribución equitativa entre los dos partidos, en las curules parlamentarias del 
gobierno; todo el con el fin de acabar con la guerra civil colombiana del siglo XX por 
medio de la participación igualitaria de los dos polos políticos que tenía el país. 
El FrenteNacional se puso en marcha después del gobierno de Rojas Pinilla. La 
década de los 60 fue un periodo de tiempo en el cual se consolidaron varios grupos 
insurgentes de la izquierda liberal. La influencia de Cuba y las constantes tensiones de 
Estados Unidos en su lucha anticomunista generaron el ambiente propicio para la 
conformación de diferentes grupos de acción campesina y de acción estudiantil dentro 
de las grandes ciudades. 
 
Para los liberales y muchos conservadores –así no lo confesaran–, la violencia tenía que ver con 
el botín burocrático. La creencia de que la coalición liquidaría la lucha banderiza no resultó 
cierta. El vacío fue llenado por el MRL y la Anapo, movimientos que en última instancia 
trasladaron su fuerza social a los grupos armados. No en vano el MRL tuvo que ver con la 
fundación del ELN, y la Anapo con el M-19. (Molano, A. pg 30. 2015) 
 
 
 
 
 
 
2.1 Sobre los orígenes del ELN 
 
La herencia del populismo gaitanista y por el lado conservador Rojaspinillista 
(Palacios. 2012) crecía con el tiempo. Las bases comunistas rurales como la del 
Sumapaz y la del sur de Tolima se unieron desde el 1963 en las Ligas Campesinas del 
PCC. De igual forma el principal grupo en oposición directa al Frente Nacional era el 
Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) quien tenía como brazos delegados a las 
juventudes del MRL. Por último, los gaitanistas se mantenían firmes en la línea de la 
22 
legalidad del Frente Nacional razón por la cual eran desacreditados por una parte de la 
izquierda Nacional, con el Frente Unido de Acción Revolucionaria (FUAR) liderado por 
Gloria, la hija de Gaitán, se buscó apoyo de Cuba en busca de una salida armada. 
 
El ELN surge en la ciudad, sus movimientos y organizaciones se iniciaron en las universidades. 
Así como señala Marco Palacios “la urgencia de construir aparatos urbanos clandestinos que, 
mediante campañas de propaganda armada, revelaran las debilidades de los regímenes 
oligárquicos y proimperialistas y tempalaran el espíritu combativo de los nuevos dirigentes cuyo 
nicho natural fuerons las universidades.” (Palacios. 2012) 
 
 
Es así como el ELN, comenzó a realizar diferentes ataques en Bogotá, al respecto 
una nota del El Tiempo citada por Marco Palacio (2012) quien hace referencia a los 
diversos ataques en Bogotá generados entre 1962 y 1963. 
 
 
[...] el llamado movimiento de liberación nacional está representado por sujetos que actúan 
clandestinamente, sin jefes conocidos plenamente y ellos se atribuyen la paternidad de todos los 
atentados ocurridos en Bogotá en el curso de este año. De esos actos de sabotaje, los más 
delicados han sido los ocurridos dentro del propio recinto del Congreso de la República” (El 
Tiempo 4 agosto 1963) 
 
 
Para el Ejército de Liberación Nacional el reclutamiento estudiantil fue un factor 
clave ya que los estudiantes se convirtieron en un elemento de confrontación directa con 
el gobierno de entonces; por medio de las marchas, los paros y la resistencia cívica se 
consolidó una fuerza trascendental en la juventud de izquierda del país. Esas expresiones 
de desacuerdo se desarrollaron desde tiempo atrás y fueron cruciales en gobiernos como 
el de Rojas Pinilla. Como lo señala Palacios: “Los estudiantes habían sido una 
importante fuerza de choque en las jornadas de resistencia cívica que forzaron el retiro 
de Rojas Pinilla en mayo de 1957” 
23 
Universidades como la Nacional, la Libre y el Externado en Bogotá 
contribuyeron a la militancia activa del ELN, de igual forma, en la Universidad del 
Atlántico en Barranquilla y la Universidad Industrial de Santander en Bucaramanga 
hicieron parte de este proceso de reclutamiento juvenil que entraron a hacer parte de las 
JMRL (Juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal). 
Sin embargo, los orígenes del ELN se adjudican a la formación revolucionaria 
proveniente de Cuba a cargo de Fabio Vásquez fundador de la guerrilla del ELN. Fabio 
Vásquez nacido en Calarcá, Quindío tuvo que ver el asesinato de su padre a cargo de los 
“pájaros” (grupo armado ilegal conservador durante la época de La Violencia) y desde 
entonces intentó militar en varios grupos armados para contrarrestar el ataque de los 
conservadores. En 1962 fue becado por el gobierno cubano para estudiar economía. 
 
 
La historia con-sagrada enseña, que el ELN nació en Cuba con la formación de la brigada pro 
Liberación Nacional José Antonio Galán, bajo el modelo canónico de la doble dirección: la 
militar Fabio Vásquez Castaño, antiguo militante de las JMRL, y la política, de Víctor Medina 
Morón, es dirigente de la Juventud Comunista y de AUDESA. (...) La formación de la Brigada se 
concentró en una reunión convocada por el Che el 11 de noviembre de 1962. (Palacios, M. pg 
81. 2012) 
 
 
Algunas características a destacar del ELN fue la incorporación del cura Camilo 
Torres a las filas del grupo guerrillero. Camilo Torres fue la figura de la iglesia católica 
en medio de la guerra en Colombia. La idea de un cura militando activamente con un 
grupo guerrillero generó muchas controversias para el cuerpo católico y en general, para 
todo el país. No obstante, su imagen también tuvo mucha fuerza tanto así que llegó a ser 
la cabeza de un masivo movimiento político, el Frente Unido del Pueblo (FUP). 
El ELN no inició como un grupo de autodefensa campesina y, por ende, su 
conformación se diferenció de la de las FARC ya que la primera generación de líderes 
24 
de esta agrupación guerrillera se conformó por agrupaciones del campesinado que 
conformaron guerrillas en el sur del Tolima y otras zonas de Colombia. 
 
 
 
2.2 Sobre los orígenes de las FARC y el PCC 
 
Después del 9 de abril muchos gaitanistas transfirieron su confianza y fuerza 
hacia el PCC (Partido Comunista Colombiano) que había sido fundado desde 1930. Para 
la década de los 60, en los comienzo del Frente Nacional, se vivía una corriente y una 
tensión contra el “peligro comunista” las tensión en medio de la Guerra Fría, la 
conformación y fuerza que tomó la izquierda en el continente latinoamericano y la 
constante intervención de Estados Unidos por impedir que el comunismo se 
incrementara generó el ambiente propicio para que muchos campesinos, mestizo e 
indígenas generaran resistencia contra el gobierno por el periodo de violencia extrema 
en el que se encontraba Colombia. 
Al igual que la mayoría de movimientos sociales y políticos de los cuales se ha 
basado esta investigación, las FARC también surgieron de la constante pugna entre 
liberales y conservadores (1948-1953). La unión de varios grupos de campesinos 
liberales contra los ataques de los pájaros (conservadores) contribuyó la conformación 
de los primeros “ejércitos” o grupos de campesinos que se unieron para proteger a sus 
familias a sus tierras. De la unión de varias familias campesinas que lideraban las 
pequeñas agrupaciones de defensa surgió el “Ejército Revolucionario Nacional”. 
 
 
El Ejército Revolucionario Nacional, se instauró en El Davis, una hacienda ganadera en el sur del 
Tolima. Esta zona se autodenominada como “zona liberada” en donde los campesinos que vivían 
allí se organizaban alrededor de la tierra: la cultivaban, la distribuían y la defendían de otros con 
las armas. Una de las principales razones por las cuales surgió esta organización campesina fue 
25 
por el desacuerdo ante la reforma agraria que se instauró durante el gobierno de Lleras Camargo 
(1961) ya que “la política de tierras del Frente Nacional había dejado en la orfandad algunas 
zonas del país, lo que condujo a la creación de territorios autónomos.” (Molano 2016). 
 
 
La hacienda El Davis fue el primer lugar donde se instauró el modelo que más 
adelante se aplicó en Marquetalia y dio por consiguiente la inminente fundación de las 
FARC; de igual forma, las zonas liberadas iniciaron un movimiento agrario que tomó el 
nombre de “Repúblicas Independientes” en donde los campesinosse autogestionaban y 
sentían la seguridad que el Estado no les otorgaba. Las repúblicas independientes que se 
fundaron estaban en: Marquetalia, Riochiquito, El Pato, Guayabero y Sumapaz. 
Como lo señaló Alfredo Molano en una entrevista que realizó a Jaime Guaraca 
uno de los comandantes fundadores de las FARC. 
 
 
No eran 50 familias, pasaban de 200. Fue un campamento muy bien montado, con varias 
organizaciones: de los 15 años hasta los 40, y a veces hasta los 50, eran guerrilleros de fila 
cumplían con cualquier misión militar. Con los mayores de 50 se construían ranchos, cultivaba 
comida, hacían alpargatas (...) Las mujeres remendaban cocinaban, lavaban; algunas eran 
enfermeras y otras enseñaban a leer a los ancianos. (Entrevista a Jaime Guaraca. Molano, A. pg 
66. 2016) 
 
 
Sin embargo, surgieron diferencias entre los campesinos que pertenecían a 
organizaciones liberales y campesinos que hacían parte de organizaciones basadas en el 
modelo comunista. Unos tenían una estrategia militar más completa y otros un modelo 
ideológico más definido. 
 
 
Las armas ganadas en los combates -alegaban los comunistas- no eran propiedad privada de los 
comandantes sino propiedad colectiva del movimiento. En realidad, la organización de los 
limpios (liberales) era un escape de gamonalismo armado contra los conservadores y la policía 
Chulavita. Los comunistas orientados por el Partido, tenían un programa social que reivindicaba 
los derechos a las tierras baldías y las garantías políticas a la oposición. (Molano. pg 24. 2016) 
26 
El Davis se dividió en dos sectores: El Davis, mandado por Isauro Yosa, Mayor 
Lister y Luis Alfonso Castañeda, ese sector era de los Comunes y el sector de La 
Ocasión liberal pertenecía a los “limpios”. El hecho que realmente dividió a estos grupos 
definitivamente fue la Conferencia del Movimiento Popular de Liberación Nacional en 
1952, más conocida como Conferencia de Boyacá, la cual buscaba la unificación de 
todas las guerrillas de las diferentes zonas de Colombia para derrocar la reforma agraria. 
los Comunes fueron a la reunión, pero los liberales no asistieron. 
Después de un tiempo de pequeños combates debido a la división el Ejército 
Nacional de Colombia buscó que los liberales (los limpios) se convirtieran en aliados 
durante el gobierno de Rojas Pinilla, y ellos poco a poco aceptaron las condiciones. Por 
otro lado, los Comunes crearon El Ejército Revolucionario de Liberación. El Ejército 
Revolucionario de Liberación migró hacia Marquetalia, una vereda de Gaitania al sur del 
Tolima, ubicada en el costado occidental del nevado del Huila. 
El 18 de mayo de 1964 durante el gobierno de Guillermo León Valencia las 
fuerzas militares de Colombia inician la operación Marquetalia con el fin de destruir las 
llamadas repúblicas independientes. Esta iniciativa estuvo a cargo de Álvaro Gómez 
Hurtado hijo del expresidente Laureano Gómez quien señaló varios puntos de Colombia 
en donde estaban las zonas que, según él, representaban una amenaza para el país. El 
presidente León Valencia pone en marcha una operación para recuperar a la fuerza esos 
territorios. 
Como se señala en el especial “la operación Marquetalia” de Señal Memoria, la 
estrategia militar se realizó con el apoyo de Estados Unidos, (con la operación Lazo) en 
medio de una guerra contra la expansión del comunismo y aparentemente aquellas 
27 
“Repúblicas Independientes” amenazaban la soberanía de gobierno colombiano, tanto 
así que la operación militar también se conoce como “Operación Soberanía”. 
 
 
Se conoció como la “operación Marquetalia”, y consistió en un despliegue militar que desalojó a 
los llamados “bandoleros” de zonas como Marquetalia (corregimiento de Gaitania, en el 
municipio de Planadas, Tolima), Riochiquito (Cauca), El Pato (Huila) y Guayabero (Guaviare). 
Aquellos bandoleros eran, en su mayoría, campesinos que venían de fracasados procesos de 
amnistía, como los promovidos por el general Rojas Pinilla. En un contexto de guerra fría y de 
miedo al comunismo, el Estado interpretó la organización campesina en torno a propiedades 
colectivas como una amenaza al monopolio de la fuerza y como una alineación con el 
comunismo. (Señal Memoria 2015) 
 
 
Sin embargo, esa operación militar llevaba años de preparación, (Molano 2016) 
explica que en 1963 Manuel Marulanda Vélez , mayor dirigente de estas autodefensas 
campesinas, amplió la influencia de las autodefensas en el área comprendida de Balsillas 
Aipe, Palermo, Órganos, Chapinero, San Luis, La Julia, Aipecito en el Huila; El 
Carmen, Natagaima, El Patá, Monte Frío, Praga, Casadecinc, Santa Rita, Sur de Atá y 
Gaitana en Tolima eran todas las zonas que en realidad constituían la “república 
independiente de Marquetalia. 
En esas zonas, previniendo los operativos del Ejército las guerrillas comenzaron 
a cultivar maíz y arroz y construyeron depósitos para almacenar estos alimentos, se 
organizó la población y se adiestraron diferentes mandos militares. Un año después bajo 
el mando del general José Joaquín Mantilla el 18 de mayo de 1964 el Ejército Nacional 
de Colombia se toma Marquetalia. Sin embargo, la guerrilla de Marulanda estaba 
escondida entre las montañas así que inició una batalla defensiva entre el Ejército y la 
guerrilla. El 27 de marzo, es el encuentro directo con la guerrilla. La constante búsqueda 
del Ejército y los ataques y contraataques de las dos partes se extienden durante unos dos 
meses aproximadamente. El ataque, se prolongó ya que la guerrilla se dividió y se 
28 
expandió hacia las zonas aledañas que también eran consideradas como repúblicas 
independientes. Así lo señala Miguel Pascuas (guerrillero fundador del sexto frente de 
las FARC) en el libro de Alfredo Molano 
 
 
Después de muchos combates salimos hacia el comando de Ciro Trujillo en Riochiquito. Eso 
significaba ocho días por trocha para llegar hasta allá, pasando por el Símbuala. Ya asentados por 
esos lados, veníamos intermitentemente a Marquetalia a pelear unos días y otra vez regresábamos 
a Riochiquito. Ahí generalmente, promediando, entre ida y vuelta y los ratos de pelea, nos 
gastábamos 20 días. (Entrevista Miguel Pascuas. Molano, A. pg 60. 2016) 
 
 
El ataque a la guerrilla en vez de debilitarla la fortaleció y fue el momento 
decisivo en el que la guerrilla se empezó a llamar FARC y dejó de ser un grupo 
autodefensa para convertirse en una organización político militar. Después de la primera 
Conferencia del Bloque Sur entre los meses de octubre o noviembre del 1964 los 
guerrilleros de las repúblicas independientes se proclamaron oficialmente como las 
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. 
En el libro El orden de la guerra: las FARC-EP, entre la organización y la 
política se publica el testimonio de un integrante de las FARC con respecto a la 
Operación Soberanía por parte del Ejército Nacional a Marquetalia. 
 
 
Comienza la operación militar contra Marquetalia, el más grande operativo militar realizado hasta 
el momento en Colombia. Es el comienzo de nuevo de la resistencia armada en Colombia. (...) El 
Ejército toma simbólicamente la región de Marquetalia, pero militarmente le fue imposible, a 
pesar de su nueva concepción contra guerrerista, acabar con la simiente de la lucha que había 
emergido en esas tierras. Esa simiente es la raíz de las FARC-EP. Marquetalia es pues, el símbolo 
de esta etapa prolongada del movimiento guerrillero moderno de nuestra patria. (Testimonio de 
guerrillero FARC, citado por: Ferrero. 2002) 
 
 
Las FARC nacen como una guerrilla que no tienen como bases ideológicas el 
comunismo, sin embargo, El Partido Comunista Colombiano, por medio de su apoyo a 
29 
la conformación del movimiento permitió que se alinearan a estas premisas. Como lo 
señalan Juan Guillermo Ferro, Graciela Uribe Ramón. 
Las FARC no son una organización creada por una institución externa. Los 
fundadores de las FARC fueronde origen campesino, población históricamente ligada a 
la violencia que se profundizó en el país a raíz del asesinato del líder liberal Jorge 
Eliécer Gaitán. (...) La orientación ideológica que reciben en ese momento por parte del 
Partido Comunista Colombiano (PCC) influiría luego en la adopción de los principios 
del marxismo leninismo y en la formación de cuadros. (Ferrero y Uribe, G. pg 30. 2002) 
 
2.3 El Paramilitarismo en Colombia 
 
 
 
Breve definición 
 
El paramilitarismo en Colombia surge en a finales de la década de los 60, 
aproximadamente en el año 1966. Antes que nada, es importante definir el término 
Paramilitar. Zelik (2015) afirma en su libro Paramilitarismo Violencia y transformación 
social, política y económica en Colombia que por paramilitares se entiende aquellos 
grupos cuya meta es luchar contra las agrupaciones contrainsurgentes con orientaciones, 
que por lo general, son de izquierda. De igual forma, es importante señalar que estas 
agrupaciones no tienen el carácter de bandas criminales y es por ello que su relación se 
conecta directamente con el Estado y se pone en tela de juicio su autonomía frente a la 
subordinación de las normativas estatales. 
En el mismo sentido, zelink cita a Ljodal quien le otorga al término paramilitar 
una concepción de casi complicidad con el Estado: 
30 
Por paramilitar se entiende cualquier grupo u organización armada de carácter 
irregular que aparece al margen del Estado, pero no opuesto a él, que reivindica 
un derecho privado a defender alguna definición del statu quo, pero con un 
mínimo de autonomía e independencia frente al Estado. (Ljodal (2002: 300) 
citado por zelik 2015) 
 
 
La definición expuesta anteriormente implica una relación directa con el poder 
estatal y de cierta forma, hace referencia a actividades que salen del marco legal y 
oficial, aunque se tengan algún apoyo por parte del Estado. En Colombia, los medios de 
opinión durante mucho tiempo evitaron emplear el término “paramilitar” ya que 
involucraba una relación con el Estado. El término paramilitares siempre fue 
cuestionado, los medios hablaban de “autodefensas” o “grupos al margen de la ley. 
Zelink (2015) habla de la configuración de los grupos paramilitares debido a la 
yuxtaposición de cuatro fenómenos relevantes en la estructura social colombiana: En 
primera instancia se encuentra el sicariato político vinculado al narcotráfico; de igual 
forma también se encuentran los ejércitos privados de ganaderos, narcotraficantes y 
otros grupos poseedores de capital; También están las estructuras de vigilancia y 
patrullaje legales, por lo general conformados por la población civil y con la utilización 
de armamento otorgados por Ejército; y por último, las organizaciones paramilitares que 
se presentan como actores políticos (tal como lo hicieron las AUC). 
 
 
Historia 
 
Para poder dar una fecha exacta de los orígenes del paramilitarismo es necesario 
delimitar las razones que basan el fenómeno. Si se habla de grupos que toman una 
posición de autodefensas para ir en contra de grupos que atentan contra la seguridad de 
la comunidad, el paramilitarismo se podría remontar a los inicios de la época de la 
31 
Violencia. Sin embargo, es un concepto difícil de registrar ya que al ser “paramilitar” 
debe contar con apoyo oficial o indirecto del Estado. 
Zelink (2015) habla de la teoría de que el paramilitarismo surgió en la época de 
la Violencia con los grupos de patrulleros que estaban al servicio del Partido 
Conservador, los llamados Pájaros o Chulavitas. Esta tesis la sostiene también Gloria 
Gaitán (2004) hija del candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán. Ella, parafraseada 
por Zelink (2015) afirma que las pandillas de los conservadores fueron estructuras que 
se conformaron para ser una fuerza “coercitiva gubernamental al margen de la ley”. Los 
Chulavitas eran grupos de Conservadores que atacaban a los liberales, durante mucho 
tiempo el régimen conservador sectorizó muchas zonas de Colombia, de igual forma los 
liberales también hacían contra peso y es por eso que en la época de la Violencia (de 
1948 a 1953) se cometieron gran número de masacres colectivas. 
El exalcalde de Bogotá Gustavo Petro (2003) escribió en la Revista Rebelión 
sobre el origen del paramilitarismo: 
 
Tras el asesinato de Gaitán la insurrección popular que sobrevino, urbana primero y luego rural, 
obligó a la oligarquía a modificar la práctica selectiva del sicariato a sueldo por una modalidad 
muy parecida al paramilitarismo contemporáneo: los llamados “pájaros”; estos eran bandas 
rurales auspiciadas y protegidas por la Policía de entonces, que se dedicaban a quemar poblados, 
a realizar masacres, a desplazar violentamente la población rural contraria al Gobierno o de 
partidos diferentes al conservador gobernante. 
 
 
Sin embargo, en la época de la Violencia las pandillas conservadoras no tenían 
“una relación no oficial de estructuras informales con el Estado” como lo señala Zelink 
(2015) sino por el contrario eran agrupaciones que se defendían por aparte. El Estado 
tomó partido en esta situación, en el 1958 cuando se instauró el Frente Nacional, 
momento en el cual empezó un proceso de unificación hacia ambos partidos (liberal y 
conservador) y así mismo también se actuó con las agrupaciones alzadas en armas 
32 
respectivamente. “Si asumimos que el término ‘paramilitares’ implica una relación no 
oficial de estructuras informales con el Estado, las pandillas partidistas de la época de la 
Violencia no podrían ser calificadas como paramilitares.” (Zelink 2015) 
 
2.3.1 Primeros movimientos Paramilitares en Colombia 
La Triple A. 
 
A finales de los 70 apareció la organización Acción Americana Anticomunista. Esta 
agrupación en su fin por acabar con el comunismo que se venía desarrollando en 
Colombia desde la década de los 60, cometió varias acciones terroristas: secuestró a 
militantes de la guerrilla, realizó atentados contra periódicos alternativos y envió 
amenazas a jueces y políticos de tendencia izquierdista en el país. Algo curioso de esta 
agrupación fue el modelo que implementó tomado de países donde también surgieron las 
Triple A como el caso de España (Alianza Apostólica Anticomunista 1977) y en 
Argentina (La Alianza Anticomunista Argentina 1970). 
Zelink (2015) señala que la conformación de las Triple A se realizó como ayuda 
de cuerpos de seguridad colombiana. “Investigaciones posteriores de la justicia 
colombiana mostraron que la Triple A se creó con integrantes de los mismos cuerpos de 
seguridad, con lo cual se generaron estructuras militares paralelas y encubiertas”. 
 
 
Los grupos paramilitares de los años 80. 
 
Durante el gobierno de Belisario Betancur se realizó el primer proceso de paz 
con las FARC (1982-1986). De igual forma, en la década de los ochenta surgieron 
nuevas agrupaciones contrainsurgentes que se expandieron a lo largo de todo el país. En 
33 
Medellín y Cali, los líderes del narcotráfico crearon el grupo MAS (Muerte a 
Secuestradores) para protegerse de los secuestros del M-19. También en el Magdalena 
Medio, comerciantes y ganaderos se organizaron para conformar las llamadas 
autodefensas quienes, a su vez, con ayuda del Estado no sólo combatieron los grupos 
subversivos sino los grupos de izquierda y sindicalistas de la región. Asimismo, en 
diferentes partes del país el Ejército le impuso a la población civil a conformar pequeñas 
milicias que apoyaran las Fuerzas Militares. 
En 1987 los paramilitares empezaron a actuar bajo la figura del sicariato, es decir 
se empezaron a registrar los primeros casos de asesinatos selectivos y también los 
primeros secuestros a políticos subversivos. 
En el año 1988, se multiplicaron las masacres a la población civil en 
comunidades. Con el tiempo el control territorial era cada vez más invasivo y resultaba 
una pieza clave para su concentración y posterior configuración. El20 de marzo de 1988 
tuvo lugar el asesinato selectivo a 20 sindicalistas en dos plantaciones bananeras de 
Urabá. En noviembre del mismo año masacraron a otras 40 personas en la ciudad minera 
de Segovia, Antioquia. 
 
 
Los grupos paramilitares se presentaron de manera difusa en este período. Actuaron bajo decenas 
de nombres diferentes y carecieron de una vocería política unificada. Los límites entre sicariato, 
organizaciones cívico-militares y ejércitos privados comenzaron a diluirse en esta fase. (Zelink 
2015) 
 
 
Las ACCU y las AUC. 
 
En 1989 se produjo un cambio dentro del movimiento paramilitar que hasta el 
momento se había llevado. La idea del cambio era adquirir un perfil político que se 
pudiera reflejar en el público. Es así como, en 1994 nacen las ACCU (Autodefensas 
34 
Campesinas de Córdoba y Urabá) y en 1997 se fundaron las AUC (Autodefensas Unidas 
de Colombia) como una coordinación del accionar paramilitar a nivel nacional. 
Las AUC se convirtieron en un tercer actor del conflicto en Colombia 
diferenciando se dé la guerrilla y del Ejército Nacional. Las AUC tomaron un papel 
protagónico en nuevas masacres al redor de Colombia. 
Realizaron un intenso trabajo mediático que les permitiera aparecer como un grupo armado 
dotado de un programa político. Las AUC son responsables de los crímenes de guerra más 
atroces que ha habido en el país, como por ejemplo las masacres de 1997 en Mapiripán (Meta), la 
de 1998 en Barrancabermeja (Santander), la de 1999 en La Gabarra (Norte de Santander) y la del 
2000 en El Salado (Sucre). En el año 2002, las AUC comenzaron un proceso de negociación con 
el Gobierno de Álvaro Uribe, que condujo a una desmovilización por fases hasta el 2006. (Zenlik 
2015) 
 
 
Las AUC mantuvieron relaciones con el Estado una de los ejemplos más claros 
de esto fueron las llamadas cooperativas de seguridad Convivir, creadas por el Estado en 
1994. Las Convivir eran grupos de civiles armados con el fin de proteger las zonas, estos 
civiles tenían el apoyo de gobernadores locales y comandos militares regionales. Con el 
tiempo las AUC conformaron alianzas políticas, en su mayoría con los partidos uribistas, 
y a su vez operaban como instrumentos del Ejército. De igual forma en las zonas donde 
estaban ejercían control político, económico y social y se adentraron en los negocios del 
narcotráfico. 
Se 28 Raul Zelik convirtieron en las organizaciones narcotraficantes más 
importantes del país. Sobre todo, este último factor hizo que las AUC desarrollaran una 
dinámica propia. A través de relaciones clientelistas vincularon a la población civil a su 
proyecto y lograron penetrar las instituciones estatales. (Zelink 2015) 
 
 
Las AUC operaron con las siguientes estructuras regionales. 
35 
• Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Córdoba y Antioquia) 
 
• Bloque Bananero (Urabá) 
 
• Bloque Cacique Nutibara (Antioquia) 
 
• Bloque Capital (Bogotá) 
 
• Bloque Calima (Valle del Cauca) 
 
• Bloque Catatumbo (Norte de Santander) 
 
• Bloque Centauros (Arauca y Casanare) 
 
• Bloque Central Bolívar (Bolívar) 
 
• Bloque Élmer Cárdenas (Antioquia) 
 
• Bloque Héroes de Granada (Antioquia) 
 
• Bloque Héroes de los Montes de María (Bolívar y Sucre) 
 
• Bloque Metro (Medellín) 
 
• Bloque Norte (Costa Caribe) 
 
• Bloque Nutibara (Antioquia) 
 
• Bloque Resistencia Tayrona (Costa Caribe) 
 
 
En el año 2002 bajo el gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez se inició un 
proceso de paz con las AUC (bajo el mando de Carlos Castaño), que llevaba registrados 
aproximadamente 219.000 víctimas -según la Comisión Colombiana de Reparación y 
Reconciliación. Con la Ley 782 de 2002, el decreto 1258 de 2003 y la Ley 975 de 2005, 
llamada Ley de Justicia y Paz reglamentaron la desmovilización de los paramilitares que 
confesaran sus delitos y contaran la verdad a las autoridades, ellos obtendrían una pena 
máxima de ocho años en prisión, a menos de que hubieran cometido delitos de lesa 
humanidad. 
36 
En el año 2003 representantes del Gobierno y los paramilitares iniciaron los 
diálogos en Santa Fe de Ralito (Córdoba). El 15 de julio de ese año se firmó el llamado 
'Acuerdo de Ralito', en el que las AUC se comprometieron a desmovilizar a todos sus 
miembros antes de 2005. Según el entonces alto comisionado para la paz Luis Carlos 
Restrepo, en abril del 2006 se desmovilizó el último de los 30.150 hombres que 
pertenecían a los diferentes bloques. El 13 de mayo de 2008 el presidente Álvaro Uribe 
ordenó la extradición a Estados Unidos de los 14 líderes principales de las AUC. Con el 
fin de que que pagarán en EEUU por sus delitos. Sin embargo, el exmandatario impidió 
que los jefes revelaran verdades como lo señalaba el acuerdo desde un principio. 
A pesar de la desmovilización de las AUC en el 2005 el fenómeno paramilitar 
siguió creciendo en las regiones del país a finales del 2006. Estos nuevos surgimientos 
paramilitares se conocieron con el nombre de Bandas Criminales o Bandas Emergentes. 
El gobierno registró a estas agrupaciones solamente por la realización de negocios 
ilegales por medio del narcotráfico. Sin embargo, estos grupos se conformaron de las 
filas de los exmiembros de las AUC. Algunos de los grupos son: Los Rastrojos, Los 
Urabeños, Oficina de Envigado o Águilas Negras. 
Sin embargo, como lo señala Zelink, estas estructuras aún realizan masacres 
selectivas a líderes comunitarios y sindicalistas, es decir, se contradice un poco la 
posición de que solo son grupos narcotraficantes. 
Estas estructuras armadas siguen siendo empleadas para cometer asesinatos 
políticos o desplazar a la población civil. Aunque estas estructuras, a diferencia de las 
AUC, no manejan un discurso político propio ni obedecen específicamente a lógicas 
contrainsurgentes, representan un potencial de violencia que puede ser utilizado desde 
sectores de las élites de poder. (Zelink 2015) 
37 
2.4 Violencia Urbana 
 
Como se ha enmarcado a lo largo de este trabajo la violencia en Colombia ha 
sido un fenómeno que ha ido evolucionando en diferentes movimientos y agrupaciones, 
pero nunca ha desaparecido. Problemáticas como la del paramilitarismo o las guerrillas 
se han infiltrado en la misma estructura de la sociedad colombiana y es por ello que en 
muchas ocasiones pasan por a ser prácticas normalizadoras y ni siquiera se reconocen 
oficialmente como grupos paramilitares o guerrilleros si no, como en el caso de Bogotá, 
se registran como casos de violencia urbana sin entender que el trasfondo de estas 
agrupaciones tiene un recorrido histórico aún más complejo. Para poder entender esa 
relación entre los fenómenos sociopolíticos en Colombia y la relación con la ciudad, 
antes que nada, es importante definir el concepto de violencia urbana. 
Como primera instancia se toma como referente la definición de José Miguel 
Cruz de violencia urbana en donde se aproxima a la relación del concepto con la 
criminalidad. 
 
 
Muchos autores se refieren al término violencia urbana aproximándolo a criminalidad; la mayor 
parte de la violencia ejercida en contra de una persona tiene una dimensión delictiva y, por tanto, 
está penada socialmente, usualmente se ha adoptado el término de violencia urbana para hacer 
referencia al crimen cometido en los entornos públicos de las grandes ciudades. Así, la violencia 
urbana sería aquella ejercida en el marco de las relaciones y dinámicas mediadas por la 
convivencia urbana, cuyas expresiones más frecuentes son el robo a mano armada, las amenazas, 
las agresiones, los golpes, los secuestros y el homicidio. (Cruz, J. pg 260. 1999) 
 
 
El autor a su vez habla del impacto decisivo que tiene la violencia urbana en las 
condiciones de vida de las personas afectadas ya que se ve involucrada su integridad 
física o en muchas ocasiones su misma supervivencia. De igual forma, esas escenas de 
violencia afectan la calidad de vida de las comunidades. En elcaso de Bogotá o 
Medellín es muy difícil ejercer un control gubernamental sobre estas situaciones ya que 
38 
las diferentes agrupaciones ya están inmersas en la comunidad y sus habitantes ya sea 
por conveniencia o por amenazas no denuncian las situaciones. A lo anterior se le debe 
agregar el componente de microtráfico que se vive en las zonas afectadas lo cual ya 
incluye un contexto económico y de negocios ilegales que agrava aún más la violencia 
ya presentada. 
 
 
La violencia se ha extendido por todos los países y ciudades de la región con peculiaridades y 
ritmos propios, provocando varios cambios: en la lógica del urbanismo (blindaje de la ciudad, 
nuevas formas de segregación residencial); en los comportamientos de la población (angustia y 
desamparo); en la interacción social (reducción de ciudadanía, nuevas formas de socialización); y 
en la militarización de las ciudades (mano dura, ejército en las calles), todo esto amén de la 
reducción de la calidad de vida de la población (homicidios, pérdidas materiales). (Carrión, F. 
2008) 
 
 
La violencia urbana se ve en todas las zonas de la ciudad, pero se representa una 
forma más específica en barrios marginales y zonas, donde la policía local no tiene tanto 
control. Estás poblaciones, además, tienen problemas en la infraestructura, el 
ordenamiento territorial y el transporte público, así como la prestación de servicios 
públicos como el agua. Por lo general estas comunidades se encuentran en una situación 
de vulnerabilidad constante en donde sus derechos fundamentales son violados y se 
encuentran en situaciones de dificultad constante. Es por ello, que son focos de 
población y zonas específicas de las ciudades en donde al no haber tanto control estatal 
se convierten en lugares perfectos para que surjan conflictos internos de violencia 
urbana. 
Fernando Carrión propone la implementación de nuevas políticas urbanas que 
cubran las diferentes situaciones de desigualdad que se viven en las zonas vulneradas y 
que directa simbólicamente también se traducen como violencia. 
39 
En otras palabras, a los problemas de transporte, medio ambiente, pobreza, equipamientos, 
vivienda y gobernabilidad de nuestras ciudades se ha incorporado la violencia; lo cual requiere de 
nuevas políticas urbanas, y también políticas explícitas de seguridad ciudadana, porque no sólo se 
ha convertido en un problema urbano adicional sino ahora tiene autonomía propia y afecta a otros 
componentes de la sociedad y la ciudad. (Carrión, F. 2008) 
 
 
Como se explicó anteriormente estas diversas expresiones de violencia tienen un 
trasfondo mucho más profundo de lo que se entiende a simple vista. En el caso de 
Bogotá tanto las FARC como los grupos Paramilitares entraron a la ciudad con 
diferentes grupos. En el caso específico de las paramilitares, tema central de esta 
investigación, la llegada de estos grupos fue para evitar la expansión del control de las 
FARC en la ciudad y de cierta forma, como una estrategia de colonización ideológica 
bajo sus campos de acción. Bogotá se convirtió en un lugar estratégico para estos grupos 
armados ilegales ya que la captación de dinero, la incidencia política y sobre todo el 
posicionamiento simbólico se debían desarrollar desde la ciudad, teniendo en cuenta que 
es un centro importante si se busca la colonización ideológica del país. 
 
 
Aparición oficial del Bloque Capital de las AUC. 
 
El bloque capital de las AUC operó bajo perfil hasta el 2001, aunque el proyecto 
de instauración inició desde el 1999 por órdenes de Carlos Castaño (líder paramilitar). 
Los miembros de este grupo fueron tomados de los frentes campesinos del Sumapaz, el 
bloque centauros del Llano, las autodefensas del Tolima y del Quindío, de igual forma 
había integrantes de Cundinamarca y del departamento de Boyacá. El primer incidente 
que oficializó al Bloque Capital fue una carta firmada por las AUC en el 2001, la cual se 
enviaron amenazas a varios alcaldes la ciudad. 
40 
Según Nelson Mauricio Pinzón con su tesis Los jóvenes de “La loma”: Altos de 
Cazucá y el paramilitarismo en la periferia de Bogotá para la Universidad Nacional, 
según una declaración de uno de los jefes paramilitares, la orden de que se instaurara un 
Bloque de las AUC en Bogotá venía del gobierno mismo. 
En este proceso, además, se hicieron visibles algunas acciones ejecutadas por ellos que generaron 
cierto debate (oferta de seguridad a actores ilegales y sectores sociales, cobranzas de deudas 
generadas por el narcotráfico, captación de bandas criminales y sicariales, etc.), las cuales 
tradicionalmente estaban asociadas al crimen organizado procedentes de carteles del narcotráfico. 
Luego de las desmovilizaciones también despertaron algunos debates sin gran trascendencia las 
declaraciones de jefes paramilitares como Salvatore Mancuso, quien ha afirmado en varias 
ocasiones que la creación del bloque Capital respondió a la petición del ex vicepresidente 
Francisco Santos (2002-2010) y otros sectores de la élite bogotana. (Pinzón, M. 2005). 
 
 
Estas declaraciones se obtuvieron por medio del proceso de paz con los 
paramilitares y la ley de Justicia y Paz. Sin embargo, la Fiscalía decidió archivar el 
proceso contra 2Francisco Santos al no tener material probatorio. 
De igual forma, el Bloque Capital tuvo un reconocimiento por los casos de las 
casas de cobros y la limpieza social en los sectores periféricos de la ciudad. Estas 
denuncias llegaron a la Defensoría del Pueblo en un informe presentado el 3 de marzo 
del año 2004. Las AUC también llegaron a Bogotá a instaurar negocios ilegales de 
narcotráfico y de esta forma fue más fácil el control de las diferentes zonas no solo de la 
ciudad sino también la expansión por más territorios del país. 
 
 
Cuando las AUC anunciaron su arribo a la ciudad (El Tiempo, enero 21 de 2001), no sólo 
continuaron desarrollando acciones sicariales u operaciones tipo comando o “escuadrones 
de muerte” característico de grupos predecesores de naturaleza paramilitar (Duncan y 
Flores, 2006). También crearon estructuras estables para ejercer control territorial y 
especializaron unidades con el ánimo de desarrollar actividades encaminadas a prestar 
apoyo logístico y financiero a grupos paramilitares en otras regiones del país (Duncan, 
2006). Dejaron de operar exclusivamente de manera local, formaron parte de una red con 
conexiones regionales, nacionales e incluso en algunos casos internacionales, por ejemplo, 
para lo pertinente al tráfico de estupefacientes. ( Pinzón, M. 2005) 
 
 
2 Ver anexo2 
41 
 
 
Las AUC se organizaron en diferentes barrios de la periferia de Bogotá, muchos 
de esos barrios que configuran la comunidad de Altos de Cazucá. Entraron como una 
organización de autoridad que ordenaba el territorio. Así mismo, hay denuncias de 
asesinatos y desaparición de jóvenes de estos lugares a causa de las llamadas “listas 
negras” es decir se hacía control de la población por medio de la limpieza social. 
Estas estructuras se representaron como diferentes factores que generaban un 
contexto de violencia urbana pero en muchos de los casos la limpieza social, el 
microtráfico o las amenazas a los comunitarios aunque fueron analizados por aparte para 
explicar la situación de violencia que se veía en estas zonas marginales de la ciudad, 
tenían como base y epicentro las actividades paramilitares del frente de las AUC y por 
tal razón deben analizarse bajo los patrones de estudio del conflicto armado en Colombia 
y en este caso específico, sus repercusiones en comunidades de la ciudad de Bogotá. 
42 
3. Entrevistas y trabajo de campo 
 
 
El Bloque Capital: la historia del paramilitarismo en Bogotá en los años 90 es un producto 
periodístico que suma los relatos personalizados en torno al crimen de Mario Calderón y 
Elsa Alvarado, el 19 de mayo de 1997; el asesinato a Eduardo Umaña, el 18 de abril de 
1998; la muerte del sindicalistaJulio Alfonso Poveda, el 17 de febrero de 1999; el crimen 
del periodista Jaime Garzón, el 13 de agosto de 1999; el atentado contra Wilson Borja el 15 
de diciembre del 2000; el secuestro de la periodista Jineth Bedoya, el 25 de mayo del 2000; 
el asesinato del alcalde de El Dorado (Meta) Euser Rondón y dos acompañantes, el 13 de 
septiembre de 2004 y la historia de John Alex Olaya, un joven que ha vivido en Ciudad 
Bolívar desde hace 25 años y conoce de cerca casos de limpieza social e incursión del 
Bloque Capital. 
Como insumos fundamentales para la realización de este producto periodístico se realizaron 
diferentes entrevistas a familiares cercanos de las víctimas, relatos que fueron imperativos 
para complementar la investigación realizada y darle voz a las historias. Entrevistas a Iván 
Calderón, hijo de Mario y Elsa; Camilo Umaña, hijo de Eduardo Umaña Mendoza; Alfredo 
Garzón, hermano de Jaime Garzón; Sofía Zambrano, abogada de la Comisión Colombiana 
de Juristas; John Alex Olaya víctima de Bloque Capital en Ciudad Bolívar, entre otras 
personas que enriquecieron la narración y le dieron realismo a los relatos, porque en su 
mayoría, aunque no fueron víctimas directas, el conflicto armado y la impunidad de sus 
casos sí influyó en sus vidas. 
43 
3*No todas las entrevistas se adjuntarán en los anexos de este trabajo, por petición directa 
de los entrevistados quienes piden confidencialidad en los testimonios dados. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
3 Ver anexos 4,5,6 
44 
4. Conclusiones 
 
 
El Bloque Capital de las Autodefensas Unidas de Colombia si existió, pero nunca se 
ha abierto un proceso judicial para estudiar los hechos relacionados con su proceder en la 
ciudad entre los años finales de la década de los 90 y los primeros del siglo XXI. Según lo 
declaró un procesado, unos 200 hombres del paramilitarismo, con ayuda de funcionarios 
públicos y agentes de las Fuerzas Armadas, realizaron múltiples actos de violencia, 
crímenes selectivos, narcotráfico, oficinas de cobro y limpieza social. No obstante, este 
capítulo del paramilitarismo en Bogotá parece un territorio intocable. Sin solvencia jurídica 
en el Estado, ni memoria documentada que haga parte de la historia del conflicto armado. Y 
en términos de graves violaciones a los derechos humanos, la deuda es elevada. 
Lo que quedan son las voces y memorias de las víctimas, insumo trascendental para 
la reconstrucción de la verdad. El espacio narrativo que en este trabajo periodístico plantea 
apenas ocho casos, pero que necesita el registro de todos los que constituyeron el siniestro 
apartado del Bloque Capital. El atentado a la dirigente de la Unión Patriótica, Aída Abella 
en 1996, el asesinato del vicepresidente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), 
Jorge Ortega García el 20 de octubre de 1998, el asesinato del excomisionado de paz Jesús 
Antonio Bejarano en septiembre de 1999, el asesinato del presidente de la Comisión de Paz 
de la Cámara de Representantes Jairo Hernando Rojas, en septiembre de 2001. O por la 
misma época, el exilio del escritor Alfredo Molano y el atentado al sociólogo Eduardo 
Pizarro Leongómez. Todos crímenes y delitos ocurridos en Bogotá con sello paramilitar. 
Y con alto grado de certeza, muchos de estos casos y otros más, como los que 
también se abordan en este aporte periodístico, plantean conexiones del paramilitarismo en 
modus operandi o relación entre víctimas, atribuibles siempre al Bloque Capital. El caso 
45 
Mario Calderón y Elsa Alvarado, con su resguardo ecológico en el Sumapaz, ligado a la 
historia del líder agrario de ese mismo terruño Julio Alfonso Poveda. El fallido intento del 
periodista Jaime Garzón de detener su asesinato acudiendo a la Cárcel Modelo para buscar 
una conexión con Carlos Castaño, en los mismos días en los que la periodista Jineth 
Bedoya documentaba desapariciones, asesinatos o tráfico de armas en el centro 
penitenciario. O las repetidas menciones judiciales al general Rito Alejo del Río o el 
coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo. 
Hilos que se cruzan en el capítulo Bloque Capital para demostrar que esta estructura 
armada del paramilitarismo en Bogotá fue responsable de una sistemática comisión de 
asesinatos y atentados selectivos contra un grupo de personas relacionadas con la defensa 
de los derechos humanos. Una evidencia que para la Justicia Especial de Paz (JEP) y la 
Comisión de la Verdad, representa una nueva oportunidad de alcanzar una visión 
totalizadora de lo que sucedió en la ciudad. Hoy resulta innegable la participación del 
Estado en graves sucesos ocurridos en los años finales de la década de los 90 y los primeros 
del siglo XXI. Varios han sido considerados como de lesa humanidad y crímenes de 
Estado. Persiste el letargo judicial, la pérdida de los testigos o la postergación de los 
expedientes. Pero se puede avanzar. 
No se trata incluso de aclarar solo la mano del paramilitarismo en Bogotá, sino 
desde ella comprender la magnitud del mismo proyecto criminal que se extendió hasta los 
departamentos del Meta, Vichada y Guaviare, entre otros. Mucha tela por cortar alrededor 
del jefe paramilitar Miguel Arroyave, que entre 1999 y 2002 reinó en la cárcel Modelo de 
Bogotá y desde ella, con sus aliados afuera del penal, le dio identidad a una estructura 
armada que cometió incontables crímenes y, a imagen y semejanza de Envigado, se 
desdobló en oficinas de cobro. En el Sanandresito de la 38 o al norte de la ciudad, al mejor 
46 
postor y servicio de ajuste de cuentas. Y grupos de limpieza social que administraron la 
muerte en Ciudad Bolívar, Cazucá o Soacha. Con víctimas anónimas, difíciles de rastrear, y 
la marca común paramilitar y sus efectos colaterales de reclutamiento forzoso, sicariato o 
microtráfico. 
El mismo Miguel Arroyave, que desde el círculo de Jesús Emiro Pereira alias 
Huevoepisca, el Bloque Interno Capital o Henry de Jesús López, alias Mi Sangre, todos con 
libertad para el delito, a su salida de la cárcel Modelo se transformó en el amo y señor del 
Bloque Centauros. En asocio con el enviado especial de la Casa Castaño, despojador de 
tierras y capo Daniel Rendón Herrera, alias Don Mario; o de Manuel de Jesús Pirabán o 
Jorge Pirata. Con manos ávidas para sumar víctimas a su proyecto impune extendido por 
los Llanos Orientales. Una tenebrosa organización insuficientemente documentada, misión 
obligatoria del Estado y las organizaciones sociales, pero también del periodismo y sus 
deberes con la memoria. Con la verdad de la ciudad y del país, para que el olvido no siga 
oculto bajo el tapete de la historia. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
47 
 
48 
 
La historia del Bloque Capital: las víctimas del paramilitarismo 
en Bogotá en los años 90 
En los últimos tiempos, la memoria del conflicto armado en Colombia se ha convertido en una 
atractiva tarea para los medios de comunicación. Pero más que una misión informativa, en las 
actuales circunstancias del país, abocado al desarrollo de instituciones como la Justicia Especial de 
Paz (JEP) o la Comisión de la Verdad, ahora se trata de contribuir activamente con el derecho de las 
víctimas. A construir entre todos la historia reciente de una nación que, a falta de justicia, al menos 
quiere saber lo que pasó. 
Esta expectativa no significa que la disciplina del periodismo pueda determinar las 
responsabilidades de los victimarios o aportar conclusiones judiciales inapelables acerca de los 
delitos y acciones graves cometidas en la guerra. Esa es y seguirá siendo una obligación prioritaria de 
la justicia. Pero en términos de verdad, muchas veces no contada en los expedientes judiciales, la 
comunicación y el periodismo poseen herramientas útiles para narrar los hechos y contextualizar 
debidamente las historias. 
Por lo general, los testimonios o contextos de esos capítulos difíciles de laviolencia se quedan 
guardados en los procesos judiciales, cuando lo que exigen las nuevas generaciones son esos detalles 
ocultos o esas conexiones que explican el horror que no debe repetirse. Es claro que los periodistas no 
son magistrados ni jueces, y por lo tanto no pueden señalar con fines de castigo a protagonistas de 
masacres o asesinatos selectivos, pero si pueden aportar información esencial para entender el 
universo de las víctimas. 
49 
 En estos tiempos de posconflicto y de búsqueda incesante por implementar la paz, ese interés por la 
verdad ante una guerra que le ha causado tanto daño y dolor a varias generaciones colombianas, la 
responsabilidad inmediata corresponde a la JEP o a la Comisión de la Verdad, pero el periodismo no 
puede quedarse con los brazos cruzados respecto a la misma tarea. Por el contrario, debe activar sus 
opciones legales y sus herramientas de investigación en favor de la memoria colectiva y la lucha 
contra la impunidad. 
En este contexto se enmarca este trabajo periodístico. En términos generales, documentos 
como el “Basta ya” del Centro Nacional de Memoria Histórica, entre otros similares, reconocen que, 
en el largo conflicto colombiano de más seis décadas de violencia, la transición entre los años 1996 y 
1997 marcan un momento crucial en la evolución de la guerra. Y esa realidad, trasladada a planos 
cronológicos, corresponde a movimientos determinantes de los principales contendientes, con el 
propósito de alcanzar la victoria militar. 
Es la etapa final del gobierno de Ernesto Samper (1994-1998), cuando en la trastienda de la 
pelea judicial en Bogotá por la narcofinanciación de la campaña presidencial y los ecos del 
escandaloso proceso 8000, los dos colosos de la guerra extremaron sus acciones. En el sur, las FARC 
emprendieron su ofensiva militar para sumar prisioneros de guerra con fines de canje por sus 
guerrilleros presos en las cárceles; mientras en el norte, el paramilitarismo le daba forma a su ejército 
nacional llamado Autodefensas Unidas de Colombia. 
En ese entramado de violencia, complicidades y corrupción, en los años finales de la década 
de los años 90 y los primeros del siglo XXI, en un periodo que abarca desde la recta final de la era 
Samper, los cuatro años de la administración Pastrana y el primer gobierno de Álvaro Uribe, Bogotá 
fue epicentro de una oleada de guerra sucia sin antecedentes. A partir de 1997 y al menos hasta el año 
50 
2004, el paramilitarismo incursionó en la ciudad y la evidencia fueron varios asesinatos y ataques con 
claras intenciones de afianzar su poder. 
 Con el paso del tiempo, a través de las desperdigadas investigaciones judiciales de los casos 
más graves ocurridos en Bogotá en la época señalada, se sabe que buena parte de esas acciones 
fueron desarrolladas por una organización, unas veces identificada como el Frente Capital o el 
Bloque Capital. En cualquier forma, una ofensiva del paramilitarismo en la ciudad, que se tradujo en 
asesinatos políticos, oficinas para concretar ajustes de cuentas, extorsiones, secuestros y operaciones 
de limpieza social. 
 Lo extraño es que, cuando llegó el proceso de paz entre el gobierno Uribe y las autodefensas, 
y entre 2003 y 2005 se produjo la desmovilización de sus principales frentes de guerra, no apareció 
en esos balances el Bloque Capital. Si existió la entrega de hombres y armas del Bloque Centauros, 
cuyas acciones se entrelazan con muchas de las sucedidas en Bogotá en el margen de tiempo descrito, 
pero como si se tratara de una acción deliberada, los que conformaron el Bloque Capital no lo 
hicieron manifiesto. 
En otras palabras, a nivel judicial y también en términos de reconstrucción de memoria del 
conflicto colombiano, hay un vacío respecto a la existencia y acciones perpetradas por el Bloque 
Capital de las Autodefensas Unidas de Colombia. Y lo que está claro es que en Bogotá si operó una 
estructura paramilitar que, de una forma estratégica y premeditada, desarrolló una ofensiva violenta, 
con crímenes específicos y movimientos determinantes que hoy representan un capítulo aparte en la 
historia de la guerra. 
A ese Frente o Bloque Capital, enlace del paramilitarismo de la Casa Castaño, ya se le 
atribuyen judicialmente acciones como el triple asesinato de los investigadores del CINEP, Mario 
51 
Calderón y Elsa Alvarado, lo mismo que al padre de ella, Carlos Alvarado. El homicidio del penalista 
y defensor de derechos humanos, Eduardo Umaña Mendoza. El crimen del líder sindical del 
Sumapaz, Julio Alfonso Poveda. El asesinato del periodista Jaime Garzón. El secuestro de la 
comunicadora Jineth Bedoya o el atentado al líder sindical Wilson Borja. 
No son los únicos casos, pero junto a otros de la misma factura, es evidente que el 
paramilitarismo tuvo su frente de guerra en la capital del país, y que para garantizar sus acciones 
contó con la complicidad de miembros de las Fuerzas Armadas. Una estructura que además contó con 
la impunidad absoluta al interior de la cárcel La Modelo, en Bogotá, donde los paramilitares Miguel 
Arroyave o Ángel Gaitán Mahecha, entre otros, se apropiaron de la prisión y la convirtieron en una 
sede para configurar delitos. 
 Una telaraña criminal que al exterior de La Modelo también tuvo agresivos artífices. El más 
reconocido, Jesús Emiro Pereira, alias Huevoepisca, concuñado de Carlos Castaño, mano derecha de 
Vicente Castaño y, según sus propias palabras, enlace del comandante de la Brigada XIII, general 
Rito Alejo del Río y del coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo, su jefe de inteligencia. Además, 
Huevoepisca ha reconocido su intervención en graves acciones, aunque en casos como el ataque a la 
periodista Jineth Bedoya lo sigue negando. 
De cualquier forma, ese Bloque Capital continúa siendo un capítulo oculto en la historia 
reciente del paramilitarismo. De los demás bloques de las autodefensas se han abierto investigaciones 
concretas y hoy es fácil encontrar documentos de seguimiento de la Fiscalía, los jueces o los 
magistrados de Justicia y Paz. Pero del Bloque Capital, incluso en el poder judicial, los silencios son 
evidentes. O no se le ha dado la importancia y la pertinencia que el tema merece o, por alguna razón, 
no se ha dado un documento conclusivo. 
52 
El vacío es tan notable que incluso, en fecha reciente, la propia Sala de Justicia y Paz del 
Tribunal Superior de Bogotá instó a la Fiscalía a superar su “letargo judicial” y esclarecer la 
operatividad del paramilitarismo en Bogotá entre finales de los años 90 y la expedición de la ley de 
Justicia y Paz (ley 975 de 2005) en el primer gobierno de Álvaro Uribe. Con un agravante: de los 
múltiples casos atribuidos al Bloque Capital, ocho han sido calificados por la misma justicia como 
crímenes de lesa humanidad. 
Debe reiterarse que el propósito de este trabajo periodístico no es hacer justicia, ni sustituirla, 
ni pretende tampoco superar sus alcances. Lo que busca es aportar unos contextos y unos perfiles 
judiciales que, desde el campo de la narrativa, ayuden a entender lo que sucedió con el Frente o 
Bloque Capital o cualquiera haya sido la estructura paramilitar que operó en Bogotá en los tiempos 
señalados. El objetivo es alcanzar una visión totalizadora de lo que fue esa cadena de asesinatos 
selectivos y violación a los derechos humanos. 
Por eso, es necesario plantear tres contextos en un mismo escenario: Bogotá. La perspectiva 
de la guerrilla, en particular de las FARC, la visión del paramilitarismo en el momento de su 
expansión nacional a través del proyecto Autodefensas Unidas de Colombia, y el Estado desde la 
gestión de tres gobiernos: el final de la administración Samper, los años de Andrés Pastrana y sus 
diálogos fallidos con las FARCen la región del Caguán, y la era del gobierno Uribe, su seguridad 
democrática y la ley de Justicia y paz. 
Y para entender lo sucedido, a cada contexto se suman relatos personalizadosen torno al 
crimen de Mario Calderón y Elsa Alvarado, el 19 de mayo de 1997; el asesinato a Eduardo Umaña, el 
18 de abril de 1998; la muerte del sindicalista Julio Alfonso Poveda, el 17 de febrero de 1999; el 
crimen del periodista Jaime Garzón, el 13 de agosto de 1999; el atentado contra Wilson Borja el 15 
de diciembre del 2000; el secuestro de la periodista Jineth Bedoya, el 25 de mayo del 2000; y el 
53 
asesinato del alcalde de El Dorado (Meta) Euser Rondón y dos acompañantes, el 13 de septiembre de 
2004. 
Este trabajo periodístico aporta una mirada final para no dejar pasar por alto las acciones del 
Bloque Capital contra ciudadanos del común, a través de operaciones de limpieza en áreas periféricas 
de la ciudad. Judicialmente es una secuencia más oculta que los casos nombrados, pero está claro que 
tales ataques sucedieron, como lo han reseñado algunas organizaciones sociales. Habitantes de 
localidades como Ciudad Bolívar, Bosa, Suba, Soacha u otros municipios adyacentes a la capital. 
En síntesis, estrictamente desde el ejercicio del periodismo judicial, este trabajo únicamente 
pretende hacer memoria documentada sobre el ambiguo capítulo del Bloque Capital de las 
autodefensas. Evidenciar quiénes fueron las víctimas, cuál era su importancia en el contexto del 
conflicto armado colombiano, como se conectan los distintos casos y cuáles han sido los aportes de la 
justicia. Un recuento para visibilizar y recordar actos de violación de derechos humanos que no 
pueden quedar en el olvido. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
54 
Capítulo I 
 
¿Existió el Bloque Capital? 
 
¿Existió el Bloque Capital? Es la pregunta que se repiten siempre los que han rastreado los pasos del 
paramilitarismo en la guerra colombiana de los últimos tiempos. Fiscales, jueces, investigadores del 
CTI, organizaciones sociales, periodistas. En torno a ese interrogante rondan versiones y circulan 
pistas que, a diferencia de otros frentes de su avanzada territorial, la justicia aún no asume en una 
pesquisa de contexto. 
En términos generales, a través de la ley de Justicia y Paz (ley 975 de 2005) creada en el 
proceso de paz del gobierno Uribe con el paramilitarismo, jueces y magistrados dejaron 
documentados los distintos bloques que integraron el proyecto Autodefensas Unidas de Colombia 
constituido entre 1996 y 1997. Pero respecto al Bloque Capital, su actuar ilícito solo quedó revelado 
en diversas sentencias como propuesta de investigación en deuda. 
En julio de 2016, la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá instó a la Fiscalía a 
dejar su letargo judicial y desarrollar una investigación a fondo sobre la existencia y efectos del 
Bloque Capital. Lo hizo en el marco de una pesquisa general sobre el Bloque Centauros, cuyo 
epicentro de actividades fueron los Llanos Orientales, y claramente porque quedó en evidencia que 
ambas estructuras compartieron delitos. 
Sin embargo, persiste ese letargo advertido por la justicia, aunque cada vez son más las piezas 
sueltas en diferentes expedientes, que demuestran la participación de una estructura organizada del 
paramilitarismo en Bogotá, asociada a graves hechos de violencia, algunos de los cuales 
55 
conmocionaron a la ciudad y al país. Una secuencia criminal, multiplicada en actos de limpieza 
social, que ya no puede negarse a la hora de referir la memoria de la guerra. 
El triple homicidio de los investigadores del Cinep, Mario Calderón y Elsa Alvarado, y el 
padre de ella, Carlos Alvarado. El asesinato del defensor de derechos humanos Eduardo Umaña 
Mendoza. El homicidio del líder agrario del Sumapaz, Julio Alfonso Poveda. El crimen del periodista 
Jame Garzón. El secuestro y ultraje sexual a la periodista Jineth Bedoya. El atentado contra el líder 
sindical Wilson Borja. O la muerte violenta de los políticos del Meta, Euser Rodón, Nubia Sánchez y 
Carlos Sabogal, entre otros. 
Todos sucesos ocurridos en Bogotá entre 1997 y 2004, cuando está claro que el 
paramilitarismo, entre los objetivos de su expansión territorial del proyecto Autodefensas Unidas de 
Colombia, desplegó en la capital uno de sus brazos asesinos. Que no solo estuvo detrás de los hechos 
de violencia referidos, sino también de un sinnúmero de delitos, asociados a sus oficinas de cuentas 
de cobro, o a sus patrullajes clandestinos en barrios marginales de la ciudad para concretar sus 
acciones de limpieza social. 
En su libro Paracos, publicado en 2009, el periodista, documentalista e investigador social, 
Alfredo Serrano Zabala resalta que, en Bogotá, el otrora poderoso jefe del Bloque Centauros, Miguel 
Arroyave Cruz, “llegó a reclutar cerca de 2000 hombres. Delincuentes que se movían a sus anchas 
entre el comercio de los famosos Sanandresitos, Corabastos, oficinas de cobro y las montañas de los 
populosos sectores de Ciudad Bolívar, Bosa y Soacha, al sur occidente de la capital”. 
 
En ese mismo texto, Serrano explica cómo llegaron paramilitares de otras ciudades del país para 
conformar el Bloque Capital, en la expectativa de replicar el modelo de Medellín a través del Bloque 
Metro o la Oficina de Envigado, al punto de que la organización llegó a tener un sofisticado equipo 
satelital de comunicaciones para interceptar teléfonos y obtener información clave para desarrollar su 
56 
poder y rastrear a sus enemigos. Una red clandestina que no se hubiera desarrollado sin una mano del 
Estado. 
Y es ahí donde el poder judicial, así sea a través de expedientes dispersos, ha aportado piezas 
determinantes para entender el entramado criminal que constituyó el paramilitarismo en la capital del 
país. Por ejemplo, las declaraciones que apuntan a reconocer que tuvo enlaces con las Fuerzas 
Armadas para alcanzar sus fines en Bogotá. Como lo admitió el jefe paramilitar, Jesús Emiro Pereira, 
alias Huevoepisca, concuñado de Carlos Castaño, capturado por la Fiscalía y preso desde diciembre 
de 2001. 
Pereira declaró que la persona que los ayudó a entrar a Bogotá en 1998 fue el general Rito 
Alejo del Río, que ejercía como comandante de la Brigada XIII, y que, para ejecutar los planes, le 
recomendó trabajar con el coronel Jorge Eliecer Plazas Acevedo, quien se desempeñaba como su jefe 
de inteligencia. Ambos acababan de llegar a la ciudad provenientes de la región de Urabá, donde 
ejercieron los mismos cargos en la Brigada XVII, investigada por hechos asociados al 
paramilitarismo. 
El mismo Huevoepisca agregó a la justicia que el coronel Plazas puso a su disposición 
algunos hombres a quienes él pagaba, aunque cumplían órdenes del oficial del Ejército. “Los dos 
éramos bandidos, siendo él más bandido que yo, porque supuestamente él estaba encargado de cuidar 
a las personas honestas de este país “, recalcó el declarante. Hoy Plazas Acevedo está vinculado a la 
investigación por el crimen del periodista Jaime Garzón y se indaga su intervención en otros delitos. 
Sin embargo, esta línea de investigación no ha sido la única que ha refrendado los nexos entre el 
paramilitarismo e integrantes de las Fuerzas Armadas para desarrollar su actividad en Bogotá. En el 
caso del atentado al líder sindical Wilson Borja, perpetrado en diciembre de 2000, terminaron 
condenados, el capitán retirado Jorge Galindo Rojas y mayor César Maldonado Vidales, quienes 
hicieron parte del complot criminal ordenado directamente por la casa Castaño desde el departamento 
57 
de Córdoba. 
En los crímenes de Mario Calderón y Elsa Alvarado, lo mismo que los de Jaime Garzón y 
Eduardo Umaña, lo mismo que el secuestro de Jineth Bedoya, también existe el reconocimiento tácito 
de que fueron hechos ordenados por el paramilitarismo. Pero no se ha profundizado en la 
responsabilidad de miembros de las Fuerzas Armadas o funcionarios públicos. Hacen parte de los 
interrogantes que rondan el acertijo del Bloque Capital, que no tiene una sentencia independiente para 
aclarar sus alcances. 
Lo que sí está claro es que desde1997 hubo avanzadas del paramilitarismo en Bogotá, con el 
apoyo de algunos militares o miembros de la Fuerza Pública, y que el tema se consolidó cuando 
Miguel Arroyave fue capturado en mayo de 1999, llegó preso a la cárcel Modelo, y constituyó una 
estructura armada ilegal que se tomó el reclusorio. El Bloque Interno Capital, integrado por al menos 
200 hombres, que, según la Fiscalía, delinquieron bajo las órdenes de Arroyave y Ángel Gaitán 
Mahecha. 
La misma época en la que desde el exterior de La Modelo, pero en estrecha relación con 
Arroyave y sus secuaces, se desarrolló una telaraña de asesinatos selectivos y otros delitos en la 
ciudad, que vio caer a un sinnúmero de líderes sindicales o populares, así como enemigos del 
paramilitarismo o el narcotráfico. Uno de esos personajes que operó desde las calles fue Henry de 
Jesús López, conocido como Mi Sangre, enviado directamente por la casa Castaño a Bogotá, por sus 
antecedentes en Medellín. 
 
López manifestó al portal 1Verdad Abierta, que la labor del Bloque Capital incluyó las oficinas de 
cobro, el microtráfico, el sicariato, la extorsión y los secuestros. Una presencia paramilitar que en 
 
1 “Policía Nacional armó el Frente Capital”: alias ‘Mi Sangre’ (20 de mayo 2013). Verdad Abierta. Recuperado de: 
https://verdadabierta.com/policia-nacional-armo-el-frente-capital-alias-mi-sangre/ 
 
https://verdadabierta.com/policia-nacional-armo-el-frente-capital-alias-mi-sangre/
58 
especial se sintió en la Central Mayorista de Alimentos de Bogotá, (Corabastos), en el Sanandresito 
de la 38, en Ciudad Bolívar, Suba, Kennedy, Soacha o algunas poblaciones de las regiones del 
Tequendama y el Sumapaz. Un despliegue que no hubiera sido posible sin el apoyo de la Fuerza 
Pública. 
“La Policía ponía a nuestro servicio las zonas que ellos tenían bajo su control. Eran 
permisivos con nosotros. Nos brindaban seguridad, nos avisaban de algún operativo. Ellos estaban 
pendientes de todo lo que nos ponía en riesgo para alentarnos”, declaró Mi Sangre a Verdad Abierta,2 
quien detalló como pagaba hasta 400 millones de pesos en promedio a oficiales y suboficiales, y que 
su propósito fue izar las banderas del paramilitarismo en la capital. “Allá estaban las FARC y 
nosotros teníamos que estar ahí también”, puntualizó Henry López. 
Paradójicamente, este individuo, a pesar de sus confesiones públicas, nunca fue procesado en 
Colombia. En octubre de 2012, convertido en un acaudalado comerciante de autos en Buenos Aires 
(Argentina) fue capturado en octubre de 2012. Permaneció seis años en prisión en ese país en espera 
de que se resolviera una petición de la justicia norteamericana para procesarlo por narcotráfico, hasta 
que fue extraditado a Estados Unidos en febrero de 2018. 
Ahora, el destinatario de las verdades de Mi Sangre es Estados Unidos, que no le interesa más 
que sus nexos con el narcotráfico. No obstante, como Jesús Emiro Pereira que sigue preso o Daniel 
Rendón o Don Mario, también en una celda norteamericana, Henry López tiene mucho que contar 
sobre la estructura armada del Bloque Capital de las autodefensas que incursionó en Bogotá desde 
finales de la era Samper hasta el proceso de paz con el gobierno Uribe, con muchos capítulos 
delictivos impunes. 
 
2 ¿Quién miente entre ‘Don Mario’ y ‘Pirata’, Tomado de: VerdaAbierta.co 
https://verdadabierta.com/paramilitares-colombia-don-mario-pirata-despojo-tierras-meta/ 
 
 
https://verdadabierta.com/paramilitares-colombia-don-mario-pirata-despojo-tierras-meta/
59 
El 5 de noviembre de 2008, la Comisión Colombiana de Juristas envió a la Fiscalía y a la 
Corte Suprema de Justicia un documento de 25 páginas con anexos, para pedir una investigación a 
fondo sobre el Bloque Capital y sus crímenes en la ciudad, bajo su convicción de que no se ha hecho 
una actividad probatoria seria en este caso. La razón de la intervención fue oponerse a la decisión de 
la Fiscalía de inhibirse de abrir investigación al entonces vicepresidente de la República, Francisco 
Santos Calderón. 
Ese reclamo está relacionado con una declaración judicial aportada por el jefe paramilitar 
Salvatore Mancuso en mayo de 2007, según la cual el periodista y vicepresidente sostuvo varias 
reuniones con jefes paramilitares, durante las cuales se habló sobre la creación de un bloque de guerra 
para Bogotá. “Santos alabó el modelo que les pusimos, y nos manifestó su interés por que las 
autodefensas algún día pudieran replicar ese modelo en Bogotá, pues veía con preocupación el 
avance de la guerrilla”. 
La Fiscalía investigó el tema y pudo documentar que Francisco Santos, estuvo en cuatro 
reuniones con jefes paramilitares. La primera en la vereda El Volador, en Tierralta (Córdoba), con 
Carlos Castaño, entre 1996 y 1997. La segunda en las instalaciones del periódico El Tiempo, donde 
se habló de encontrar en los medios un espacio para dar a conocer a la sociedad el fenómeno de las 
autodefensas. En esta reunión con Santos y otros periodistas, el interlocutor fue Salvatore Mancuso. 
La tercera reunión se realizó en Valledupar en 1997, en la casa de la familia Gnecco, muy 
conocida políticamente en la ciudad, y el anfitrión del paramilitarismo fue Rodrigo Tovar Pupo, alias 
Jorge 40. La cuarta y última reunión, también con Jorge 40, se concretó en el restaurante Carbón de 
Palo en Bogotá. Según Mancuso, Santos estuvo acucioso en preguntar cuando quedaba constituido el 
Bloque Capital. Después hubo una quinta reunión, con Fredy Rendón, El Alemán, en la región del 
nudo del Paramillo. 
A lo largo de la última década, la Fiscalía ha mantenido su posición de inhibirse de investigar 
60 
al exvicepresidente Francisco Santos por sus supuestos nexos con el Bloque Capital. En su 
providencia de 2016, la Sala de Justica y Paz del Tribunal de Bogotá, volvió a insistir en conclusiones 
de fondo, no solo en el caso Santos sino en general respecto a la presencia del paramilitarismo en la 
capital desde finales de los años 80 hasta la conclusión de la era Uribe. No obstante, el asunto 
continuo en veremos. 
Más allá de la responsabilidad del exvicepresidente Santos, de los militares que han sido 
mencionados en distintas declaraciones, o de los paramilitares que se han referido al tema o han sido 
sentenciados por hechos de violencia en Bogotá atribuidos al paramilitarismo, es evidente que existe 
una deuda judicial respecto al Bloque Capital. Una cuenta pendiente que la Justicia Especial de Paz, 
la Comisión de la Verdad o el periodismo mismo, también tienen que ayudar a cancelar en beneficio 
de la memoria. 
En espera de esas respuestas, ya exististe un listado de 70 acciones ilegales cometidas por el 
paramilitarismo en Bogotá, incluidas en uno de los anexos aportados en el documento entregado por 
la Comisión Colombiana de Juristas a la Fiscalía. En dicho anexo solo se relacionan los crímenes 
entre 2000 y 2008. La lista la encabeza el atentado a Wilson Borja y casi en su mayoría las víctimas 
fueron líderes sindicales, políticos, dirigentes de acción comunal, estudiantes o ciudadanos del 
común. Casi todos anónimos. 
La lista no incluye las acciones del paramilitarismo en Bogotá desde 1997 a 2000, que sin 
duda corresponde al tiempo más lesivo, porque son los años de los graves crímenes políticos, de la 
toma de la cárcel La Modelo y de las redes de asesinos que sembraron la muerte en la ciudad. Estos 
hechos de violencia, y todos los que están detrás de cada uno de los nombres incluidos en la lista 
referida, merecen un capítulo especial que haga homenaje a su memoria y aplique justicia a sus 
victimarios. 
 
61 
 
 
Los antecedentes del Bloque Capital 
(Contexto 1996-1997) 
 
 En 1996, Colombia era gobernada por Ernesto Samper Pizano, un presidente que había perdido su 
credibilidad desde que se dieron a conocer unos casetes en los que loshermanos Rodríguez Orejuela, 
jefes del Cartel de Cali, hablaban de dinero para financiar su campaña política. Era su segundo año en 
el poder aferrado a su consigna desde que estalló el escándalo: “De comprobarse cualquier filtración 
de dineros, su ingreso se habría producido a mis espaldas". Monseñor Pedro Rubiano fue quien puso 
el ejemplo del elefante en la sala de la casa que el dueño no ve. A pesar de que ese año fue absuelto 
por el Congreso, Estados Unidos canceló su visa de ingreso y forzado a promover en el Congreso el 
regreso de la extradición. 
En cuanto a la guerrilla, cada día tenía más fuerza, eran comunes los ataques a estaciones de la 
Policía y hasta un burro bomba fue detonado en el municipio de Chalán, en Sucre, para matar a cuatro 
agentes. Las noticias de prisioneros de guerra comenzaron a volverse normales porque las FARC 
podían salir a las carreteras a hacer pescas milagrosas de pasajeros inermes. El 30 de agosto de 1996, 
un comando del Bloque Sur tomó por asalto la base militar de Las Delicias, en la selva del Putumayo. 
28 uniformados perdieron la vida, 16 más quedaron heridos y 60 fueron hechos cautivos, en una 
acción que las Farc3 hicieron para sacar de las cárceles a sus milicianos presos, abriendo un largo 
capítulo de forcejeo político por la libertad. 
En la perspectiva del conflicto armado, las FARC dominaban en el sur y las autodefensas controlaban 
el norte. Ese año fue pico histórico de violencia en la cronología de la guerra y los secuestrados se 
 
3 Guerrilla colombiana que tuvo sus orígenes en el año 1964. Fuerzas Revolucionarias de Colombia (FARC) 
62 
contaban por miles. Con alta temperatura en el escándalo del 8000 y la guerra a fondo, comenzó a 
forjarse la organización que hizo de la confrontación un capítulo de violencia contra la población 
civil. Todo a partir del invento Autodefensas Unidas de Colombia que tomó forma a partir de abril de 
1997. 4“Un movimiento político-militar de carácter antisubversivo en ejercicio del uso del derecho a 
la legítima defensa que reclama transformaciones del Estado, pero no atenta contra él.”, como se 
autodefinió para justificar su barbarie. 
Una proyección armada que cobró forma a través de la intervención directa en territorios que 
habían sido siempre controlados por la insurgencia. La toma de Barrancabermeja. La guerra por el sur 
de Bolívar, el oriente de Antioquia o los montes de María. La presencia en Arauca, Catatumbo, el alto 
Ariari o Putumayo. La expansión de las AUC que también tuvo desde su origen un objetivo 
primordial: presencia y acción en Bogotá. Una jugada fundamental con puerta directa a los Llanos 
que se conoció después como Frente Capital o Bloque Capital, organización delictiva que operó en la 
ciudad y su entorno geográfico con oficinas de cobro al estilo la de Envigado, y que constituye el 
capítulo menos esculcado por la justicia. 
Previamente, las autodefensas se habían acercado a la capital a través de varios crímenes 
selectivos. Esas operaciones precursoras del Bloque Capital dejaron un mapa de conexiones que hasta 
hoy se intenta descifrar. Una secuencia de masacres, secuestros y asesinatos sistemáticos que en su 
época se describieron como hechos aislados, pero que años después, evaluando la perspectiva que se 
trazó la organización Autodefensas Unidas de Colombia desde su creación, demuestran que fueron 
antecedentes claves para entender el actuar del denominado Bloque Capital. De alguna manera, la 
idea de neutralizar a la guerrilla en el centro del país derivó en acciones violentas de hondo 
significado en Bogotá. 
Es el mismo contexto en que se enmarcan dos ataques de las autodefensas que, si bien no 
 
4 Documento de Constitución de las Autodefensas Unidas de Colombia. Colombia Siglo XXI, las Autodefensas y la Paz. 
Carlos Castaño (1999) 
63 
tuvieron lugar en la capital, si demuestran el propósito de la organización de desplegar un cerco hacia 
la ciudad. El primero de estos hechos fue la masacre de Mapiripán (Meta), perpetrada en julio de 
1997. Un avión fletado de paramilitares partió del Urabá antioqueño, atravesó el país hasta el 
Guaviare, y de allí, sus ocupantes, a través de lanchas rápidas, se desplazaron hasta Mapiripán. 
Fueron cinco días asesinando y torturando a sus anchas. 49 campesinos murieron. En septiembre del 
2005, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, condenó al Estado por la colaboración de 
miembros del Ejército en la consumación de la masacre. 
El otro episodio que demuestra de qué manera las autodefensas tomaron posición en el centro 
del país anunciando el arribo del Bloque Capital, fue la masacre de La Horqueta, cerca al municipio 
de Tocaima (Cundinamarca). El 21 de noviembre, los paramilitares perpetraron esta acción a tan solo 
a 100 km por carretera de Bogotá, causándole la muerte a 15 campesinos. Una de las razones por las 
cuales las Auc decidieron entrar en ese territorio fue el objetivo de desmantelar las células 
guerrilleras que existían en la región de Sumapaz, zona histórica de influencia de las Farc. Las 
autodefensas evaluaron cómo eran sus redes de conexión con el Frente Antonio Nariño y el Bloque 
oriental de las Farc. 
Y definitivamente, el suceso que realmente demostró el propósito del paramilitarismo para 
causar terror en Bogotá tuvo lugar el 19 de mayo de 1997, con el asesinato de los investigadores del 
centro de investigación social Cinep, Mario Calderón y Elsa Alvarado, y el padre es esta última 
Carlos Alvarado. El triple homicidio tuvo lugar en su propio apartamento ubicado en el reconocido 
sector de Chapinero, en el oriente de la ciudad. Como lo demostró tiempo después la justicia, la mano 
del paramilitarismo fue evidente y la razón fundamental del ataque fue el trabajo social que los 
esposos Calderón Alvarado venía desarrollando en la región del Sumapaz, en momentos en que la 
lucha territorial entre guerrilla y paramilitarismo estaba en plena efervescencia. 
 
64 
 
 
El apartamento 702 
 
 
Mario Calderón y Elsa Alvarado. (1997). Foto tomada de: Archivo Particular propiedad de Iván Calderón Alvarado. Recuperada: mayo 
2018 
 
 
Eran las dos de la madrugada del 19 de mayo de 1997, cuando cinco hombres entraron al edificio 
Quinta La Salle, localizado en la carrera 5a en el barrio Chapinero Alto en Bogotá, subieron al 
apartamento 702, y tras derribar la puerta, asesinaron a Mario Calderón y Elsa Alvarado, lo mismo 
que al padre de ella, Carlos Alvarado Pantoja. Herida de gravedad quedó su esposa y madre de Elsa, 
Elvira Chacón. El único sobreviviente del ataque fue Iván Calderón Alvarado, hijo de la pareja de 
apenas 18 meses. El hecho conmocionó a la ciudad y al país porque Mario Calderón y Elsa Alvarado 
eran dos reconocidos investigadores sociales del Centro de Investigación y Educación Popular 
(CINEP), organización asociada al trabajo de la Compañía de Jesús en Colombia. 
65 
La historia de Mario y Elsa demuestra la intolerancia y los prejuicios de quienes ordenaron su 
asesinato. Nacido en Manizales (Caldas) en 1946, a sus 51 años Mario Calderón era un hombre de 
convicciones. Tenía 13 años cuando comenzó su formación para ser sacerdote, y desde el día que se 
ordenó asumió la premisa de articular la labor de la iglesia con los proyectos sociales y políticos. Ver, 
juzgar y actuar fueron tres pilares de la teología de la liberación en los que creyó y apropió para su 
vida personal y religiosa. Por eso sus causas siempre se enmarcaron en la lucha contra las injusticias 
sociales y aunque esa postura le causó tensiones con los sectores más tradicionales de la iglesia, hasta 
el último día bregó siempre por lo que creyó que era correcto. 
Eso explica porque después de un intenso trabajo social con la parroquia de San Javier en 
Bogotá, sus estudios de teología y sociología en La Universidad Javerianao la Escuela de Altos de 
Estudios de París (Francia), se vinculó pronto al CINEP, que sin duda fue la plataforma de su 
proyección personal y profesional. Hacia 1986, a sus 40 años, en apoyo al Programa por la Paz de la 
Compañía de Jesús, viajó a la región de Tierra Alta, en el departamento de Córdoba, a secundar el 
trabajo social del sacerdote antioqueño Sergio Restrepo. Este religioso desarrollaba en la región un 
proceso de organización y desarrollo de las bases campesinas que estaban siendo desalojadas de sus 
tierras, con ocasión del proyecto hidroeléctrico de creación de la represa de Urrá. 
En ese momento, la zona de Tierralta ya era una de las bases de expansión de las 
Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá, ejército paramilitar impulsado por los hermanos Fidel, 
Vicente y Carlos Castaño, tras la muerte de su padre en cautiverio de las FARC, a principios de los 
años 80. En otras palabras, Mario Calderón llegó a una zona de guerra. El sacerdote Sergio Restrepo 
llevaba casi diez años adelantando un intenso trabajo con las comunidades del alto Sinú y San Jorge, 
y Mario Calderón llegó para ser su socio adecuado. Sensible y libertario, pronto encajó en el proyecto 
y entró a coordinar las labores del Programa por la Paz en la región, mientras su colega Sergio 
Restrepo atendía los múltiples requerimientos como vicario de la iglesia de San José. 
66 
Organizaron la biblioteca “Casa campesina” y el Museo Arqueológico Zenú, y estuvieron 
juntos para denunciar la muerte del exsacerdote y colaborador Bernardo Betancur, quien tenía 
ascendente entre la comunidad indígena Emberá-Katío asentada en la zona. En la medida en que 
fueron aumentando los abusos del grupo paramilitar de los Castaño, ellos fueron denunciando esos 
hechos desde el púlpito. El suceso que rebosó la copa de los paramilitares fue la pintura de un mural 
en las paredes de la iglesia de Tierralta, evidenciando las masacres cometidas por el paramilitarismo. 
Desde ese día, la alianza entre Sergio Restrepo y Mario Calderón quedó en la mira de las 
autodefensas. El 1 de junio de 1989, Sergio Restrepo fue asesinado al frente de la iglesia. 
Ese suceso forzó la salida de Mario Calderón de Tierralta y su retorno a Bogotá, donde 
nuevamente el CINEP fue su casa. Entonces, en ese recomienzo en la capital, en contacto con otros 
investigadores, tomó una decisión de vida: dejó el sacerdocio. Sin duda, una de las causas fue Elsa 
Alvarado. “Los hombres paisas enamoran con la palabra”, comentó ella alguna vez al explicar las 
cosas. Mario Calderón era un hombre alto, de barba entrecana, de ideas profundas, que apostaba por 
el cambio, y después de casi tres décadas como cura, abandonó el presbiterado y decidió volcarse de 
lleno al trabajo con las comunidades, ahora con una aliada incondicional, Elsa Alvarado, quien pronto 
se convirtió en su amiga, su compañera de lucha, su esposa. 
Ella era una mujer de letras y pionera en muchos asuntos. Por ejemplo, fue una de las 
primeras investigadoras en hablar de agendas públicas para la paz en un país donde solo se pensaba 
en la guerra. Luego de estudiar Comunicación Social en la Universidad Externado y de especializarse 
en Tecnología Educativa en la Universidad Javeriana, se vinculó al CINEP, donde desarrolló 
trascendentes investigaciones como la democratización de la información o el poder de influencia de 
los medios de comunicación en la sociedad. Para lograrlo, reunió periodistas, educadores y líderes 
comunitarios de barrios y grupos alternativos para idear formas de difusión de la comunicación. En el 
mismo contexto, insistió en expandir las telecomunicaciones a las zonas veredales. 
67 
Cuando Elsa Alvarado hacía públicos sus planteamientos, los propósitos de universalizar la 
informática no eran comunes en Colombia y la idea de difundir las tecnologías de la información y la 
comunicación resultaba utópica. Pero ella quería darle voz a los que no la tenían o nunca imaginaban 
acceder a los medios de comunicación. En medio del avance de la guerra en el país, sobre todo a 
partir de los años 90, Elsa Alvarado ya hablaba de construir memoria y de enfrentar la impunidad 
desde la comunicación. Lo hacía mientras bailaba a sus anchas, porque le encantaba la salsa, era 
hermosa, estaba llena de pasión por Colombia, tenía clara su vocación como defensora de derechos 
humanos, y encontró en Mario Calderón el hombre para compartir su vida. 
Entre ellos había una diferencia de 15 años, pero ella estaba más allá de los prejuicios. 
Escuchaba jazz, bailaba siempre, hacía talleres con niños y jóvenes para acercarlos a una nueva 
visión de lo mediático, y pronto pasó la crítica. Simplemente Mario Calderón dejó de lado sus votos 
como sacerdote y asumió el reto de integrar un hogar con Elsa Alvarado. Pronto, sus amigos los 
acogieron y pasaron a ser una pareja querida por todos. En el CINEP, Mario y Elsa tenían que ver con 
todos, entre otros aspectos porque en su casa se hacían las fiestas. Mario recibía a las visitas con ron y 
Elsa se encargaba de la cocina, otro de sus talentos. En el fondo, son cubano, tango o salsa. 
Con el paso del tiempo, juntos emprendieron un nuevo y ambicioso proyecto: fundaron la 
Asociación Reserva Natural de Suma-Paz, en la región del mismo nombre, en las goteras de Bogotá, 
donde además de su pedagogía por preservar las fuentes de agua que abastecen a la ciudad, se dieron 
a la tarea de empoderar a los campesinos de la región. En los años 90, en esta zona de alta incidencia 
insurgente llegó también el paramilitarismo con la idea de cerrarle el acceso a la capital de la 
República. Era una época de alta incidencia en secuestros y era claro que Sumapaz era también una 
zona aprovechada para mover cautivos a través de su compleja geografía. En medio de la guerra, la 
asociación de Mario y Elsa entró en la lista de sospechosos para el sesgado paramilitarismo. 
En contraste, a través de múltiples proyectos de desarrollo ecológico, Mario Calderón y Elsa 
68 
Alvarado hicieron del Sumapaz su segundo hogar y la asociación su plataforma de trabajo con las 
comunidades. Hasta la madrugada del 19 de mayo de 1997, cuando cinco hombres con prendas falsas 
del CTI de la Fiscalía accedieron hasta su apartamento y los asesinaron. Según las primeras 
pesquisas, días antes un carro rojo pasó una y otra vez frente al edificio, y sucedió un hecho 
inesperado cuando la pareja regresaba del Sumapaz a Bogotá. Un grupo de militares les salió al paso 
para hacerles un extraño interrogatorio acerca de dónde vivían, cuál era la dirección de su 
apartamento o quiénes permanecían en él. Un aire enrarecido parecía advertir lo que sucedió después. 
La noche del 18 de mayo, los padres de Elsa, Carlos Alvarado y Elvira Chacón, se 
encontraban de visita en casa de su hija Elsa. Su propósito era ayudarla con el bebé de 18 meses. Por 
eso decidieron quedarse hasta el otro día. Fueron las primeras víctimas cuando los sicarios 
irrumpieron en el apartamento. Carlos Alvarado era ingeniero Civil de la Universidad Nacional, para 
la época ya acreditaba importantes obras al servicio de la ciudad, era un hombre que disfrutaba la 
música clásica y su obsesión era el cuidado del medio ambiente. Carlos Alvarado fue la primera 
víctima en el asalto en la madrugada del día 19. Su esposa, Elvira Chacón duró 40 días en cuidados 
intensivos. Los disparos de los asesinos se oyeron en todo el edificio porque ni siquiera usaron 
silenciador. 
Sobre Iván Calderón Alvarado se han dicho muchas cosas. Que el día del ataque su madre 
alcanzó a esconderlo en un armario para salvarlo de los sicarios, que su familia lo sacó del país 
después del asesinato de sus padres y abuelo, que lo alejaron de toda información precisa sobre el 
crimen de su familia. Lo cierto es que nada de eso sucedió. Nunca lo escondieron en un armario, ni su 
familia lo sacó del país ni le ocultaron lo sucedido. Hoy, a sus 21 años, conoce perfectamente lahistoria de sus padres, sabe lo que representó su crimen y, lo más importante de todo, no tiene 
prevención alguna para mantener la memoria de sus padres en alto. Hoy, Iván Calderón Alvarado 
lucha para que la vida de sus padres no sea olvidada y sabe que es una tarea compleja en un país que 
69 
prefiere no recordar. 
“Ahora tengo una concepción de las cosas un poco diferente. Ya pasaron 20 años, algunos de 
los amigos de mis papás ya murieron, como el sacerdote Gabriel Izquierdo que fue director del 
CINEP, quien siempre dijo que hubiese preferido que lo hubieran matado a él”, comenta Iván 
Calderón, quien fue criado por su tía Elvira y su esposo Jorge. Además, toda la comunidad del 
CINEP y de la Compañía de Jesús que tuvo algún contacto con Mario Calderón y Elsa Alvarado, lo 
acogió como un hijo más. Hoy, él tiene la convicción de que la guerra le arrebató la oportunidad de 
crecer junto a sus padres, pero también que esa circunstancia le dio fuerzas para cuestionar la realidad 
del país y entender, sin indiferencia, que la impunidad que ha vivido Colombia es su verdadero lastre. 
“Mis papás tenían muchos amigos. Todos los querían mucho y eso me ha ayudado a 
reconstruir su memoria y a saber quiénes eran. Esa siempre ha sido una de las grandes preguntas de 
mi vida, entender por qué fueron asesinados”. Con algunos videos, fotos y recuerdos y anécdotas de 
quienes los conocieron, Iván Calderón Alvarado ha venido reconstruyendo las vidas de sus padres 
Mario y Elsa. Cómo movían sus manos, cómo caminaban, cómo se escuchaban sus voces, los detalles 
que caracterizan a las personas más allá de sus inclinaciones políticas, religiosas o sociales y que hoy 
constituyen aspectos que Iván Calderón ha intentado interpretar. Enfrentado a diario con la pérdida, el 
duelo y el perdón, sabe el precio de la guerra y el de la esperanza por un cambio. 
“Yo siento yo que el dilema político de este país es denso. El Estado debe reconocer las faltas 
que ha hecho y no puede ser tan descarado de negar que le hizo daño a muchos. Y no solamente 
pidiendo perdón se soluciona. Hay vacíos frente a la verdad, pero reconstruir qué pasó es clave para 
que sigan pasando hechos graves. Lo demás es el proceso ordinario de la justicia”, comenta. Hoy 
prepara su tesis de grado universitario y su tema de investigación es la deshumanización de las 
víctimas. En su cabeza resuena como los golpes de un tambor una frase que utiliza para definir la 
guerra que ha afectado a Colombia: “yo realmente pienso que no tiene límites la cantidad de muertos 
70 
que pudo haber en el país, únicamente por proteger los intereses de unos pocos”. 
La investigación por el crimen de Mario Calderón y Elsa Alvarado fue calificada como crimen 
de Lesa Humanidad en septiembre de 2017, en una decisión adoptada por la Comisión Internacional 
de Derechos Humanos. Sin embargo, desde el mismo día de mayo de 1997 en que fueron asesinados, 
no ha sido un ejemplo de justicia. Como los asesinos cometieron el error de dejar abandonado un 
celular en el sitio de los hechos, se logró establecer la participación del sujeto Juan Carlos González 
Jaramillo, condenado a 40 años de prisión. Pero sus cómplices, Alexander Londoño alias El Zarco y 
Edward Melguizo Londoño, aunque fueron llamados a juicio como presuntos coautores de la 
masacre, fueron absueltos de todo cargo en abril de 2007. 
Lo que quedó claro es que los asesinos pertenecían a la banda de sicarios llamada “La 
Terraza”, de Medellín, que trabajaba para las autodefensas, aunque en el fondo atendía las directrices 
de alias Don Berna, a través de un sujeto conocido como el Negro Elkin. Cuando se inició la 
investigación, la Fiscalía alcanzó a llamar a declarar a Fidel y Carlos Castaño, pero casi de inmediato 
dos informantes y cinco funcionarios de la Fiscalía fueron asesinados. En 2013, Diego Fernando 
Murillo Bejarano alias Don Berna, extraditado a los Estados Unidos en 2008, confesó la participación 
de los paramilitares en el asesinato de Mario y Elsa, al igual que en otros crímenes ordenados por las 
AUC, como los asesinatos de Jaime Garzón, Eduardo Umaña y Jesús María Valle. 
 
Además, en el marco de la ley de Justicia y Paz, los jefes paramilitares Ignacio de Jesús Roldán alias 
Monoleche y Hébert Veloza, alias HH admitieron que en el asesinato de Mario Calderón y Elsa 
Alvarado también estuvieron involucrados algunos mandos militares, como el coronel Jorge Eliécer 
Plazas Acevedo, quien dio información para llevar a cabo el asesinato, bajo el señalamiento de que la 
pareja tenía vínculos con el ELN. El referido coronel Plazas Acevedo terminó implicado en la 
masacre de Mapiripán perpetrada por los paramilitares en 1997, cuando ejercía como jefe de 
71 
inteligencia de la Brigada XVII en Urabá, e igualmente en el asesinato del humorista Jaime Garzón, 
cuando ostentaba el mismo cargo, pero en la Brigada XIII en Bogotá. En ambos casos su jefe era el 
general Rito Alejo del Río. 
Según declaraciones judiciales del jefe paramilitar Jesús Emilio Pereira Rivera, alias 
Huevoepisca, él y otros miembros de las autodefensas llegaron a operar a Bogotá a finales de los años 
90, y lo hicieron junto al coronel Plazas Acevedo, a quien conoció a través del general Rito Alejo del 
Río. El sujeto Pereira Rivera fue pieza clave en la conformación del Bloque Capital. En septiembre 
de 2017, el coronel Plazas Acevedo suscribió un acta de sometimiento ante la Jurisdicción Especial 
para la Paz (JEP). Lo paradójico es que judicialmente esa alianza entre el paramilitarismo y miembros 
de las Fuerzas Armadas para operar en la capital de la República continúa siendo uno de los capítulos 
impunes de la violencia reciente. En Justicia y Paz no fue posible aclararlo. 
“Papá y mamá eran dos figuras carismáticas del CINEP y los mataron porque los paramilitares 
necesitaban encontrar a alguien para meterle pánico a Bogotá”, señala con convicción Iván Calderón 
Alvarado. Sus padres murieron acribillados en su apartamento en un séptimo piso en el reconocido 
sector de Chapinero. Un espacio privado, en apariencia protegido y de difícil acceso, al que llegaron 
los paramilitares en una acción tipo comando, para enviar un mensaje a quienes se involucraban en 
acciones sociales que para ellos no eran más que apoyo a la insurgencia, que ya no iban a estar 
seguros en ninguna parte y que el miedo iba a ser la forma para hacerlos callar. Esa acción fue apenas 
el comienzo de una violenta arremetida en la ciudad. 
“En el momento en que se olvidan las víctimas y el trabajo que hicieron, el paramilitarismo va 
a vencer “, puntualiza Iván Calderón para insistir en por qué cree parte de su tarea es bregar contra el 
olvido. La lucha por la misma verdad que le costó la vida a sus padres, y también por darle voz a las 
víctimas de violaciones a los derechos humanos, en un país donde se siguen cometiendo a diario. Por 
eso no siente prevención alguna para manifestar quiénes fueron los asesinos y porque el recuerdo de 
72 
Mario Calderón y Elsa Alvarado debe seguir intacto en el corazón de los colombianos. Hoy, más de 
una década después de los hechos, tiene la convicción de que se debe seguir contando la historia, al 
menos para demostrar, a quienes la protagonizaron, que su miedo no terminó ganando. 
 
 
 
 
Tomada: El Espectador. (20 de mayo 1997). No 32.005 Tomada: El Espectador. (20 de mayo 1997). P. 7-A 
 
 
 
Tomado de: El Espectador. (21 de mayo 1997). No32.006 Tomado de: El Espectador. (21 de mayo 1997). P.7-A 
73 
 
 
Capítulo II 
La sucesión de gobiernos 
 
La transición entre el gobierno de Ernesto Samper y la administración de Andrés Pastrana en 1998 se 
dio en medio de una violenta arremetida del paramilitarismo y la guerrilla. Desde la creación de las 
AutodefensasUnidas de Colombia en 1996, esta sumatoria de frentes de guerra empezó a 
protagonizar a punta de masacres y asesinatos políticos. A su vez, las Farc, después del ataque a la 
base militar de Las Delicias, en el Putumayo, se dedicó a fortalecer su plan de multiplicar prisioneros 
de guerra con fines de canje por sus guerrilleros presos en las cárceles. 
Cuando se asomó 1998, en la recta final de la campaña presidencial para el cuatrienio 1998-
2002, todavía se sentían los ecos de violenta ofensiva de las FARC al cerro de Patascoy (Nariño) del 
domingo 21 de diciembre de 1997. Ese día, varios frentes de la guerrilla desmantelaron una 
estratégica base de comunicaciones situada en lo alto de la cordillera occidental, dejando como saldo 
22 muertos, seis heridos y seis desaparecidos. Los atacantes se llevaron cautivos a 35 militares y 
pronto hicieron saber al país que ingresaban a las listas de sus canjeables. 
En la primera semana de marzo del mismo año, las FARC volvieron a golpear a las Fuerzas 
Armadas, a través de una celada, a un batallón de contraguerrilla que patrullaba en el área de la 
quebrada El Billar, en Caquetá. En el enfrentamiento perdieron la vida medio centenar de militares. 
Por la misma época, en Fómeque (Cundinamarca), el mismo grupo insurgente dio muestras del nivel 
de degradación al que había llegado al conflicto al colocar un artefacto explosivo en el cadáver de un 
soldado para provocar que otros militares murieran al intentar su levantamiento. 
74 
Sin embargo, de la misma manera como la guerrilla de las FARC dominaba en el sur del país, 
el paramilitarismo hacía lo propio en el norte, no solo a través de matanzas de civiles señalados como 
auxiliares de la guerrilla, sino asesinando a destacados líderes de derechos humanos. El 27 febrero de 
1998 en Medellín, la víctima de turno fue el presidente del Comité de Derechos Humanos de 
Antioquia, Jesús María Valle Jaramillo. Un homicidio perpetrado en su propia oficina. Días antes, 
Valle había denunciado a los paramilitares por varias masacres en Ituango (Antioquia). 
El abogado Jesús María Valle había protagonizado un enconado debate con el saliente 
gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe, y señalaba que el paramilitarismo actuaba en Ituango en 
connivencia con miembros de la Fuerza Pública. En respuesta, Uribe lo señaló de ser enemigo de las 
Fuerzas Militares. El crimen de Valle fue realizado por dos hombres y una mujer que accedieron a su 
oficina, inmovilizaron a su hermana que se encontraba en el lugar, lo obligaron a tenderse en el piso y 
le propinaron dos balazos. Desde ese día se dedujo la autoría del paramilitarismo. 
Mes y medio después, en idénticas circunstancias, fue asesinado en su propia oficina en el 
sector de Nicolás de Federman, al occidente de Bogotá, el penalista y defensor de derechos humanos, 
Eduardo Umaña Mendoza. Dos hombres y una mujer se anunciaron como periodistas en la portería 
del edificio donde vivía y laboraba, llegaron a su despacho, redujeron a su secretaria y lo acribillaron 
a bala. Por la naturaleza de los casos judiciales que Umaña llevaba contra el Estado y las Fuerzas 
Militares, nadie dudó que el paramilitarismo estaba detrás del crimen. 
Y mientras en Bogotá o Medellín, el paramilitarismo concretaba asesinatos selectivos, en los 
campos de guerra redondeaba su ofensiva militar en el corazón de Colombia. Fue así como el 16 de 
mayo de 1998 concretó una violenta incursión al puerto petrolero de Barrancabermeja, a orillas del 
río Magdalena, en ataque protagonizado por el Bloque Central Bolívar, que se había convertido en la 
máquina de guerra de las Autodefensas. Bajo el mando de Carlos Mario Jiménez, alias Macaco y 
Rodrigo Pérez alias Julián Bolívar, el paramilitarismo entró a mandar en el Magdalena Medio. 
75 
El día de la primera incursión fueron asesinadas 11 personas y desaparecidas 25 más. El 
paramilitarismo lo acuñó como su victoria contra el Ejército de Liberación Nacional (ELN) que hasta 
ese momento ejercía control en el puerto petrolero. Siguiendo órdenes de Carlos Castaño, el Bloque 
Central Bolívar realizó un sinnúmero de masacres y homicidios, con extensión de sus tentáculos hasta 
el sur del Cesar y el sur de Bolívar. Entre la respuesta de la guerrilla, y las réplicas violentas de las 
autodefensas y el narcotráfico, la mayoría de víctimas las puso la población civil. 
En un ambiente polarizado en lo político y muchas violaciones a los Derechos Humanos en el 
contexto de un conflicto degradado y en auge, el gobierno Samper dio un inesperado anuncio. El 
martes 19 de mayo de 1998, anunció la desactivación de la Brigada XX de inteligencia militar. 
Paradójicamente, las primeras denuncias en contra de esta unidad militar las había aportado la ONU y 
la embajada de los Estados Unidos, a cargo de Myles Frechette. Meses antes, el Departamento de 
Estado de Estados Unidos también había advertido excesos en esa unidad. 
En un informe sobre Derechos Humanos en Colombia, explícitamente quedó escrito: 
“actividad aislada de escuadrones de la muerte dentro de por lo menos una de las unidades del 
Ejército, la Brigada XX de inteligencia”. Aunque en entonces comandante de las Fuerzas Militares, 
general Manuel José Bonett, aseguró que había sido una decisión militar autónoma para transformar a 
fondo los organismos de inteligencia, el fiscal de la época, Alfonso Gómez Méndez señaló que había 
sido decisión del gobierno. Tiempo después se supo que la presión llegó de Washington. 
Pese a la gravedad del escándalo y de que en los territorios de la guerra paramilitarismo y la 
guerrilla cometían toda clase de desafueros, la opinión pública se olvidó de todo por la política. El 
domingo 31 de mayo se realizó la primera vuelta en las elecciones presidenciales, con apretada 
victoria del candidato liberal Horacio Serpa Uribe. “Fue un voto finish”, fue el comentario de los 
analistas de prensa. Desde ese día empezó la cuenta regresiva para la segunda vuelta electoral, que se 
vio alterada por un suceso que cambió la historia de esta justa política y de paso la de Colombia. 
76 
El 17 de julio de 1998, a cuatro días de la segunda vuelta, el candidato Andrés Pastrana sacó 
un as inesperado que le dio la victoria. Ese día reveló que durante el fin de semana había estado 
reunido con los máximos jefes de las Farc, Manuel Marulanda Vélez y Víctor Rojas, más conocido 
como el Mono Jojoy. Como evidencia de su encuentro, su campaña entregó fotografías en las que el 
propio Marulanda Vélez con un reloj de “Andrés presidente”, sin decirlo invitaba a votar por 
Pastrana, con su compromiso de concertar con este candidato un proceso de paz. 
Ese encuentro entre el jefe de las FARC y el candidato Pastrana le cambió el rumbo a la 
campaña presidencial de 1998. El domingo 21 de junio, Pastrana fue elegido presidente, y por medio 
millón de votos derrotó al aspirante liberal Horacio Serpa Uribe. Días después de su victoria, en 
compañía de Víctor G Ricardo, y luego sería designado Comisionado de Paz, el mandatario elegido 
anunció que una vez asumiera la Presidencia, emprendería de inmediato un proceso de paz con las 
FARC en una zona desmilitarizada que debía pactarse con la insurgencia. 
A pesar del anuncio en favor de la paz, los días finales del Ernesto Samper en la jefatura del 
Estado fueron de dolorosas derrotas militares en golpes contundentes de las Farc, que demostraban su 
poder militar y territorial. A tres días de la transmisión de mando en la Casa de Nariño, fue arrasada 
la base antinarcóticos de la Policía en Miraflores (Guaviare), dejando 69 muertos y 39 prisioneros de 
guerra. En 14 departamentos hubo acciones de la guerrilla para despedir a un cuatrienio pasado por el 
escándalo. 
Andrés Pastrana asumió y cumplió con su promesa de encarar de inmediato un proceso de paz 
con las Farc, pero esa premura instigó al paramilitarismo a incentivar su arremetida contra todos 
aquellos que consideraraasociados a la izquierda. No importaba si se trataba de dirigentes sindicales, 
defensores de derechos humanos o maestros. Su línea de guerra sucia continuó y también en Bogotá 
se sumaron nuevas evidencias de que la presencia de las autodefensas en la ciudad no era un rumor o 
un indicio en informes de inteligencia. 
77 
Al igual que el Bloque Norte en la costa Atlántica, o Bloque Central Bolívar en el Magdalena 
Medio, en la capital del país también mostró su marca con el asesinato del vicepresidente de la 
Central Unitaria de Trabajadores (CUT), Jorge Ortega, acribillado el 21 de octubre de 1998 cuando 
ingresaba al edificio donde vivía en Bogotá. Ya en ese momento era innegable que el paramilitarismo 
operaba en la ciudad, no solo a través de misiones ordenadas desde la casa Castaño, sino también 
como oficina de cobro para ajustes de cuentas y la comisión de diversos delitos. 
Ese final de 1998 dejó nuevas pruebas de que buena parte del violento ajedrez del 
paramilitarismo para moverse, pasó por Bogotá en momentos en que el gobierno Pastrana sentaba las 
bases de su proceso de paz con la guerrilla. Al tiempo que las autodefensas hacían explicitas sus 
amenazas contra intelectuales como Alfredo Molano, forzándolos a la ruta del exilio, las FARC 
demostraban que antes que el mismo proceso de paz o la zona desmilitarizada, su prioridad era 
imponer el canje de prisioneros de guerra por sus guerrilleros presos en las cárceles. 
Y varios de esos canjeables de las FARC estaban en la cárcel de La Modelo en Bogotá, donde 
simultáneamente en otro de los patios del reclusorio, estaban privados de la libertad importantes jefes 
del paramilitarismo. En poco tiempo ante los ojos de las autoridades, este centro penitenciario se 
convirtió en un campo de guerra, en un capítulo insospechado del conflicto armado colombiano 
protagonizado por presos que debían estar bajo el control del Inpec o de las autoridades de Policía, 
pero en contraste empezaron a librar una guerra a muerte en los pasillos de La Modelo. 
El siente de enero de 1999, en San Vicente del Caguán, con la ausencia de Manuel Marulanda 
que dejó la imagen de su silla vacía, el gobierno Pastrana inauguró el proceso de paz y desde ese día, 
esta accidentada negociación política se convirtió en una sucesión de escándalos. En un mes ya el 
proceso estaba paralizado mientras la guerra arreciaba en todo el país, y en Bogotá, una oscura 
organización seguía cometiendo crímenes, sin que las autoridades judiciales terminaran de 
convencerse de que en la ciudad operaba un frente paramilitar perpetrando homicidios. 
78 
La nueva víctima fue el dirigente sindical, gerente de la Federación Nacional de Cooperativas 
Agropecuarias, Julio Alfonso Poveda, quien además oficiaba como líder de la Unión Patriótica en el 
populoso sector de Usme, al sur de la capital. Varios informes de inteligencia dados a conocer por los 
medios de comunicación daban cuenta de cómo desde municipios vecinos de Bogotá, a través de 
patrullajes u operaciones de limpieza, el paramilitarismo desplegaba una especie de cerco a la ciudad, 
con conexiones directas con el capítulo autodefensas en la cárcel Modelo. 
Como si fuera poco el sombrío panorama de seguridad a pesar de las negociaciones de paz en 
el Caguán, el ELN también decidió por su cuenta emprender acciones para presionar al gobierno a 
una mesa de paz paralela. Fue así como el 13 de abril de 1999, secuestró un avión Fokker 50 que 
cubría la ruta entre Bogotá y Bucaramanga y se llevó cautivos a 45 civiles entre tripulantes y 
pasajeros. Un mes más tarde, el 30 de mayo, otro comando del ELN interrumpió una misa en la 
iglesia La María en Cali y secuestro a 143 feligreses, 87 de los cuales fueron liberados en las 
siguientes horas. Los 56 restantes quedaron cautivos. 
En el plano paramilitar en Bogotá, en mayo de 1999 se produjo una captura que fue 
determinante para que sus acciones en la ciudad llegaran a niveles extremos. En los Llanos Orientales 
fue aprehendido Miguel Arroyave Ruíz, amigo de crianza de los hermanos Castaño en Amalfi 
(Antioquia). Fue conducido a la cárcel Modelo, donde días después, en asocio con Ángel Gaitán 
Mahecha, terminó de consolidar el llamado Bloque Interno Capital. Una asociación para delinquir 
que se tomó el poder en la cárcel y con sus conexiones fuera del penal, sembró la muerte en Bogotá. 
Por esos mismos días, fueron capturados en la ciudad los sujetos Fabio Casallas y Álvaro 
Guerrero, vinculados con el coronel Gonzalo Plazas Acevedo, quien cumplía funciones de 
inteligencia en la Brigada XIII en Bogotá. Este mismo oficial había cumplido idénticas labores hasta 
fecha reciente en la región de Urabá, a órdenes del general Rito Alejo del Río, quien nuevamente era 
su jefe en la Brigada XIII. Los capturados fueron comprometidos en el secuestro y asesinato del 
79 
ciudadano de origen judío Benjamín Khoudari, y permitió revelar una ilegal rueda suelta del 
engranaje militar. 
En ese contexto de violencia cruzada y oscuras alianzas, se produjo en Bogotá, el 13 de agosto 
de 1999, el asesinato del periodista y humorista, Jaime Garzón Forero. En medio del estupor 
nacional, entre los primeros intentos de las autoridades judiciales por descubrir quienes estaban detrás 
del magnicidio, trascendió que días antes de su asesinato, Garzón había ingresado a la cárcel Modelo 
para hablar con los jefes paramilitares y tratar de contactar directamente a Carlos Castaño para tratar 
de evitar su muerte. De alguna manera era clara la marca del paramilitarismo. 
A pesar de que los medios de comunicación daban despliegue a las revelaciones sobre las 
andanzas del coronel Plazas Acevedo en Bogotá, amparado bajo su condición de hombre clave de la 
inteligencia militar, no hubo pesquisa alguna que asociara su nombre al crimen de Jaime Garzón. 
Como tampoco había mayor interés por responder a los continuos escándalos por asesinatos, 
balaceras, hallazgos de túneles o de armas en la cárcel Modelo, que informaban los mismos medios, 
en especial la periodista Jineth Bedoya desde las páginas del periódico El Espectador. 
En cambio, como los asesinos seguían sueltos en Bogotá, el 15 de septiembre de 1999 
volvieron a actuar, y esta vez la víctima fue el exconsejero de paz del gobierno de César Gaviria, el 
economista Jesús Antonio Bejarano, asesinado en la facultad de economía de la Universidad 
Nacional, en momentos en que ingresaba a dictar clase. Como en el caso Garzón o los demás 
crímenes políticos perpetrados en la ciudad, la constante de la investigación por este nuevo hecho de 
violencia fue la impunidad. No hubo un solo informe que conectara los distintos episodios. 
Hacia octubre de 1999, lo que si provocó escandalo fueron las imágenes difundidas por un 
noticiero de televisión, donde quedó en evidencia como los guerrilleros presos en La Modelo a diario 
desarrollaban una disciplina de instrucción militar en los patios. La revelación periodística provocó 
relevos en La Modelo y pronto asumió su dirección la Policía Nacional. Aun así, no cesaron las 
80 
noticias sobre tráfico de armas o asesinatos en la cárcel. El 26 de noviembre, por ejemplo, fue 
masacrado al interior del penal e interno Jattin Pinto Vásquez, jefe de seguridad del mafioso Alberto 
Orlandé. 
En el ocaso de 1999, mientras en el Caguán, las FARC insistían en el canje de prisioneros, o 
en La Modelo seguían los reportes de crímenes de reclusos, el 22 de diciembre se volvió a fraguar un 
nuevo hecho de violencia en la ciudad. Desconocidos atacaron a bala al sociólogo y catedrático de la 
Universidad Nacional, Eduardo Pizarro Leóngomez, hermano del asesinado excomandante del M-19, 
Carlos Pizarro. El año terminó con el anuncio de que la cárcel de La Modelo iba a ser cerrada por sus 
continuos escándalos. En la periferia de la ciudad, seguían al orden del día las operaciones de 
limpieza. 
 
Nada cambió en el año 2000 respecto a lo que venía aconteciendoen La Modelo y sus enlaces 
en Bogotá. Cada semana una nueva información sobre la guerra entre el paramilitarismo y la 
guerrilla, hasta la mañana del 27 de abril, cuando el asunto se salió de cauce y, en una batalla campal 
en el centro penitenciario, perdieron la vida 23 internos. En medio del escándalo por el 
enfrentamiento entre los paramilitares y los delincuentes comunes, la Policía se tomó La Modelo, 
pero concentró su acción en el patio donde estaban presos los guerrilleros, como lo reportó la 
periodista Jineth Bedoya, que siguió atentamente el caso. 
Se supo entonces que, en distintas acciones, la Policía había encontrado en diferentes patios 
bombas, fusiles AK 47, escopetas, granadas o explosivos. A los pocos días la periodista Jineth 
Bedoya y otros colegas de El Espectador fueron amenazados. El 25 de mayo de 2000, cuando 
tramitaba su ingreso a La Modelo, donde pensaba concertar una reunión con los jefes del 
paramilitarismo, Jineth Bedoya cayó en la trampa, fue secuestrada, en su cautiverio sometida a tortura 
y ultraje sexual, y horas después, cuando la autoridad la buscaban afanosamente, abandonada en un 
81 
despoblado a la salida de Villavicencio (Meta). 
Ni siquiera la gravedad de este hecho modificó la situación en La Modelo. Hubo algunos 
traslados y relevos, pero la guerra siguió, lo mismo que los hechos de violencia selectiva en Bogotá, 
que cada vez demostraron más como operaba el paramilitarismo en la ciudad, en la misa época en que 
sus frentes en guerra en varias regiones del país extremaban la violencia. La guerrilla de las Farc, a 
pesar de continuar en el proceso de paz, tampoco detuvo sus acciones. El ELN, igualmente a través 
de la violencia, en vano se empecinó en imponer una zona desmilitarizada para hablar de paz. 
A finales de 2000, mientras el único tema con avances en la mesa de negociación del Caguán 
era el canje de prisioneros de guerra por presos en las cárceles, en Bogotá el paramilitarismo siguió su 
racha violenta. El 15 de diciembre de 2000, cuando salía del edificio donde vivía al occidente de la 
ciudad, fue blanco de un atentado el dirigente sindical y presidente de la Federación de Trabajadores 
del Estado, Wilson Borja. En la acción perdió la vida la vendedora informal María del Pilar Bolaños 
y quedaron heridos los escoltas Giovanni Alana y Tomás Quiñonez. 
De igual manera, en el suceso murió uno de los sicarios, quien fue identificado como Helmer 
Horacio Rueda Daza. Por el celular que portaba, las autoridades judiciales descubrieron la trama 
criminal que involucraba a las redes del paramilitarismo en Bogotá en clara connivencia con oficiales 
y suboficiales de la Fuerzas Militares. Pero eran tan graves los hechos que ocurrían en todo el país 
producto de la violencia, que ni siquiera estos graves hallazgos obligaron a las autoridades a tomar 
acciones contundentes para desvertebrar las redes asesinas que se movían en la ciudad. 
A finales de 2001, la lista de crímenes sumó al congresista araucano Luis Alfredo Colmenares 
Chía y el presidente de la comisión de paz de la cámara, Jairo Rojas. Ambos hechos atribuidos al 
paramilitarismo lo mismo que una larga lista de líderes sindicales asesinados a tiros en la ciudad hasta 
que concluyó la era Pastrana. En el plano del proceso de paz, el máximo logro fue el acuerdo 
humanitario suscrito en junio de 2001, que permitió a casi 500 militares y policías recordar su 
82 
libertad después de permanecer en las cárceles de la selva, a cambio de 14 guerrilleros que salieron de 
las cárceles. 
Después del acuerdo humanitario de 2001, el proceso de paz entró en crisis, y en febrero de 
2002, el presidente Andrés Pastrana anunció su ruptura definitiva. Habían sido tantos los escándalos y 
tan pocos los avances de la mesa de negociación, que terminó por imponerse la sinrazón. En el ocaso 
de la era Pastrana, cuando ya se perfilaba la victoria electoral de su sucesor, Álvaro Uribe Vélez, el 
jefe de Estado le dio prioridad al plan b que tenía bajo la manga por si fracasaba el proceso de paz. El 
Plan Colombia firmado con Estados Unidos que cambió el curso de la guerra. 
De esta época, sin embargo, quedaron múltiples sucesos de violencia protagonizados por el 
paramilitarismo en la capital, que solo mucho tiempo después dieron pie para que se admitiera que, a 
nombre del Frente Capital, el Bloque Capital, o una estructura parecida, durante buen tiempo la casa 
Castaño tuvo una bien organizada facción en la ciudad que además de acciones de limpieza o 
crímenes selectivos o ajustes de cuentas, perpetró graves hechos que la memoria no puede olvidar y 
que ahora son insumos claves de la Justicia Especial de Paz y la Comisión de la Verdad. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
83 
 
En su propia oficina: el crimen contra Eduardo Umaña 
 
Eduardo Umaña Mendoza. (1998). Foto: Archivo El Espectador. Recuperada: mayo 2018 
 
Eduardo Umaña Mendoza fue uno de los abogados y defensores de derechos humanos más incidente 
de Colombia. Muchos aseguran que fue el mejor. Siempre defendiendo lo indefendible y asomado a 
temas complejos en responsabilidad para el Estado. Nacido el 22 de noviembre de 1946 en Bogotá, 
Umaña fue un rolo de traje y corbata, amante de Beethoven, Mozart o Neruda, que estudió Derecho 
en la Universidad Nacional, donde su padre, Eduardo Umaña Luna, era una autoridad como 
cofundador de la facultad de sociología. Además, ya era parte de la historia como coautor del icónico 
libro “La violencia en Colombia”, que en los años 60 documentó las raíces, desarrollo y secuelas de 
la confrontación bipartidista que a mediados del siglo XX desangró al país. 
En pocas palabras, desde su hogar Eduardo Umaña Mendoza parecía destinado a relevar a su 
padre en la defensa del Derecho al servicio de la gente. Por eso, las amenazas o los exilios fueron 
parte de su cotidianidad, lo mismo que sus litigios penales en temas críticos. Un contexto que fue 
84 
alentado desde el debate político que siempre escuchó en su casa. Un día, en la Oficina de Planeación 
del Ministerio de Trabajo, conoció a la trabajadora social Patricia Hernández, y empezó con ella una 
estrecha amistad que terminó en matrimonio y dos hijos, Diana y Camilo. En esos días, también se 
inició como profesor en la Universidad Externado y la Universidad Santo Tomás, donde los espacios 
de debate e investigación continuaron alentando sus propósitos de defensa de los ciudadanos ante el 
laberinto de la justicia. 
“Mi papá era un líder moral y espiritual. Una persona que luchaba todo el tiempo con el 
mayor grado de coherencia”, expresa mientras lo evoca su hijo Camilo Umaña, como él abogado, del 
Externado de Colombia, de la misma línea de los derechos humanos, la investigación y la cátedra. 
Por su padre hoy está convencido que la objetividad no existe, pero que el contexto, la memoria y la 
conciencia crítica no pueden faltar en cualquier proyecto. Para Eduardo Umaña Mendoza se resolvió 
en una decisión personal: denunciar crímenes de Estado. Por eso, a su oficina en su propia casa nunca 
faltaban campesinos desplazados, sindicalistas en líos judiciales, padres de desaparecidos. No todos 
podían pagar un abogado, y él les prestaba atención, los escuchaba y después ponía el alma para 
defenderlos. 
“Comenzó trabajando en casa y terminamos viviendo en su oficina. Con una actividad de 24 
horas, de domingo a domingo, y toda clase de personas con las cuales se palpaba a diario la dura 
realidad nacional. Toda la violencia y la injusticia desfilaban un poco por nuestra casa”, recuerda 
Camilo Umaña. “Su identificación fue hacer de su herramienta, que fue el derecho, un instrumento 
para la gente”. Sin duda, hacer memoria de Eduardo Umaña es registrar paso a paso la historia de 
Colombia. Siempre ahondando en terrenos peligrosos o combatiendo al Estado que paradójicamente 
tenía el deber de protegerlo. Los casos que abordó lo resumen todo. Acusados por el Estatuto deSeguridad de Turbay Ayala, militantes de la Unión Patriótica, sindicalistas, tantas víctimas como le 
fue posible ayudar. 
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Se volvió defensor de “causas perdidas”, una especie de Sherlock Holmes atando y desatando 
cabos de oscuros capítulos de la violencia colombiana. Su trabajo siempre estuvo enfocado a la 
defensa de los derechos de las víctimas de la violencia del Estado, hecho que en la década de los 70 
contribuyó para que apoyara la creación del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos y el 
colectivo de abogados José Alvear Restrepo. Eran días en los que defender más de 300 guerrilleros 
del M-19 en consejos de guerra era una temeridad, pero lo hizo con el mismo énfasis con el que 
insistió en que se investigaran casos de desaparición forzada. Entre los defensores de derechos 
humanos, no faltaba el miedo, pero sobraba el coraje de abogados como Eduardo Umaña Mendoza. 
El 6 de noviembre de 1985 tuvo lugar en Bogotá la toma del Palacio de Justicia por parte del 
M-19. La operación de retoma por parte de las Fuerzas Armadas precipitó una guerra a muerte a 
escasa distancia de la Casa de Nariño, que dejó 98 personas muertas y 12 personas desaparecidas. 
Desde ese día, Umaña Mendoza se concentró en probar cómo se habían presentado excesos en la 
acción de la fuerza pública, con episodios de ejecución extrajudicial, torturas o desaparición forzada. 
En particular, asumió la defensa de las familias de 12 personas cuyo rastro no volvió a saberse 
después de la operación militar. El caso de los desaparecidos del Palacio de Justicia lleva más de tres 
décadas de pesquisas, pero el pionero de esa brega fue el abogado Umaña Mendoza. 
En general, fueron muchos casos de la misma índole los que llevó como abogado o defensor 
de derechos humanos entre los años 80 y 90. La desaparición del activista de la Juventud Comunista, 
Luis Fernando Lalinde en 1984 o la de la activista del M-19, Nydia Erika Bautista en 1987; el 
asesinato del excomandante del M-19 y candidato presidencial en 1990, Carlos Pizarro Leongómez; o 
la defensa de incontables víctimas de la Unión Patriótica. La masacre de varios campesinos en 
Fusagasugá a manos del ejército en 1993; o la defensa a varios dirigentes de la USO (Unión Sindical 
Obrera, procesados por la Justicia Sin Rostro, en una época en la que para preservarlos fue necesario 
someter a reserva la identidad de fiscales, jueces, tribunales y auxiliares de la justicia. 
86 
Sin embargo, esa misma Justicia sin Rostro aprovechó para direccionar sus testigos reservados 
para clonarlos o inducir sus declaraciones para ganar los procesos. Por eso, Umaña Mendoza fue uno 
de sus más incisivos críticos y, en el caso específico de los sindicalistas de la USO, descubrió que las 
acusaciones estaban basadas en informes sesgados de inteligencia militar. Finalmente logró probar la 
inocencia de sus defendidos. Y como este caso, fueron muchos otros los que ayudó a documentar, la 
mayoría de ellos dejando en evidencia los vacíos, omisiones y excesos del Estado. Por eso, hacia 
finales de los años 90, ya era un penalista incómodo para las autoridades y en la óptica del 
paramilitarismo era claramente un objetivo militar. 
Una de sus últimas peleas, a principios de 1998, fue tratar de demostrar que en el asesinato del 
caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán ocurrido 50 años antes, en abril de 1948, además de la oligarquía 
liberal y conservadora, a través de la CIA el gobierno de Estados Unidos había participado en la 
planeación del asesinato. No alcanzó a seguir en esta pelea porque lo sorprendió la muerte, pero dejó 
significativos indicios para persistir en las averiguaciones. Ya era una época difícil. El 
paramilitarismo demostraba su interés explícito de acallar voces críticas. La última semana de febrero 
había asesinado en Medellín al presidente del Comité de Derechos Humanos de Antioquia, Jesús 
María Valle. El 18 de abril en Bogotá la víctima fue el propio Eduardo Umaña Mendoza. 
En la familia Umaña era un sábado normal. La esposa del abogado, Patricia Hernández, salió 
de casa a recoger a su hijo Camilo. Eduardo Umaña quedó en su oficina en el barrio Nicolás de 
Federmann. Antes del mediodía, llegaron al edificio dos hombres y una mujer que se registraron 
como periodistas en la portería, razón por la cual Umaña aceptó que pasaran. Al ingresar a la 
vivienda, pistola en mano inmovilizaron y amordazaron a la secretaría y luego la encerraron en un 
cuarto. Tras la resistencia del abogado a permitir que se lo llevaran, los sicarios le dispararon a 
quemarropa y luego abandonaron el lugar precipitadamente. 
Tres meses antes, Eduardo Umaña había denunciado que la Brigada XX de inteligencia militar 
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lo estaba amenazando. Incluso habló con el entonces director del CTI de la Fiscalía, Pablo Elías 
González Monguí (ex director del CTI), para informarle de extrañas llamadas telefónicas de quienes 
querían acabar con su vida. En esa misma reunión entregó nombres de diferentes fiscales e 
investigadores del CTI y de la brigada XX que estarían implicados en el atentado. González le ofreció 
seguridad con agentes del DAS, pero rotundamente Umaña se negó a aceptarlo y con un contundente 
argumento demostró su grado de desconfianza con las instituciones: no se le puede pedir seguridad al 
Estado, cuando este mismo es el que quiere acabar con la vida de alguien. 
Según refieren sus amigos, estaba acostumbrado a las amenazas y para bajar la tensión y 
tranquilizar a su familia, acostumbraba salir brevemente de Colombia. Semanas antes de su muerte, 
cuando el acoso era evidente, lo hizo a Costa Rica con su esposa Patricia y sus hijos Diana y Camilo. 
Fue su último viaje en familia. A su regreso, se concentró en sus temas críticos: los desaparecidos del 
Palacio de Justicia, las demandas contra el Estado por excesos de las Fuerzas Armadas y el caso Jorge 
Eliécer Gaitán. Sin embargo, el sábado 18 de abril de 1998, a sus 52 años, lo sorprendió la muerte, 
aunque sabía la forma en que iba a llegar. Lo tenía tan claro que, cuando entraba a un restaurante, 
siempre decía a su acompañante: “déjeme mirando a la puerta que tengo que ver llegar al sicario”. 
Desde ese mismo 18 de abril, el proceso penal para tratar de dar con los responsables del crimen se 
vio sujeto a múltiples trabas. En primera instancia, como era de esperarse, la pesquisa se orientó hacia 
el papel que habrían podido desempeñar los miembros de las Fuerzas Armadas y el CTI de la 
Fiscalía. Sin embargo, esta tesis se diluyó rápidamente porque desde los mismos servicios de 
inteligencia se impuso la declaración de un dudoso testigo, detenido en la prisión de Guaduas, quien 
de la nada apareció diciendo saber quiénes eran los asesinos del abogado Umaña. Entonces la 
investigación se orientó hacia cinco delincuentes comunes, aunque la familia de Umaña siempre tuvo 
claro que se trataba de un montaje. Meses después fueron absueltos. 
No obstante, desbaratar esta hipótesis se tomó demasiado tiempo y cada vez que la familia, el 
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periodismo o las organizaciones de derechos humanos intentaron enderezar la búsqueda de los 
asesinos, por casualidad o deliberadamente aparecieron nuevos testigos para desorientar el 
expediente. Es así como el caso pasó por muchos escenarios: asociado a bandas criminales de Pereira, 
vinculado a la delincuencia común, o fruto de venganzas porque supuestamente el abogado pertenecía 
al ELN. Paradójicamente lo que menos se investigó y con el correr del tiempo parece ser la senda 
correcta, es la intervención de la Brigada XX de inteligencia militar. De hecho, antes de ser 
asesinado, el propio Umaña advirtió que esa unidad militar estaba implicada en las amenazas en su 
contra. 
Once años después del crimen, hacia 2009, el extraditado jefe paramilitar Salvatore Mancuso 
admitió a la Fiscalía que la orden para asesinar a Umaña llegó desde los mandos de las AUC, uno de 
ellos Carlos Castaño. En su testimonio,Mancuso también afirmó que estuvieron involucrados altos 
mandos militares, aunque sus nombres fueron ocultados. Cuando la defensa del caso Umaña intentó 
indagar esos nombres, toda la documentación había desaparecido. Tiempo después, el jefe paramilitar 
Diego Fernando Murillo, alias Don Berna, testificó la participación de agentes estatales y de la 
Brigada XX, con funcionarios de la Fiscalía y también funcionarios de Ecopetrol, en la comisión del 
crimen de Umaña. Pero tampoco pasó a mayores. 
Uno de los rompecabezas del asesinato fue la participación de la banda La Terraza, liderada 
por el mismo jefe paramilitar alias Don Berna. Esa banda de sicarios de Medellín se dedicó a hacer 
trabajo sucio para los paramilitares. En 2001, seis de sus integrantes informaron al reportero Jaime 
Vidal, del Noticiero Informativo de Antioquia que, bajo las órdenes de Carlos Castaño, ellos se 
involucraron en el asesinato de Eduardo Umaña, así como en otros crímenes de defensores de 
Derechos Humanos: “Nosotros somos los responsables directos de los crímenes de Jaime Garzón, 
Elsa Alvarado y Mario Calderón, del doctor Eduardo Umaña y de profesor Jesús María Valle”, 
señalaron. Pero no trascendió más allá de lo testificado por Don Berna. 
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Los abogados que llevan su caso insisten en que el Estado debe reconocer que Umaña fue 
asesinado por su labor como defensor de los Derechos Humanos y piden que se desclasifiquen los 
archivos del Ejército para tener acceso a documentos que registren pormenores del plan contra el 
jurista. En el año 2011, este reclamo fue incluido en la demanda ante la Comisión Interamericana de 
Derechos Humanos que presentaron dos abogados para que se fije la responsabilidad del Estado. A su 
vez, en 2017 la Fiscalía declaró el caso como un crimen de lesa Humanidad, es decir, imprescriptible. 
Hoy, dos décadas después, el expediente sigue abierto en la Unidad de Derechos Humanos en 
Bogotá, sin que una sola diligencia haya llegado a algún resultado significativo. 
“Hay quienes dicen que fueron los paramilitares los asesinos. Otros afirman que fueron los 
militares. Yo debo decir que fueron los dos”, concluye Camilo Umaña, quien compara lo sucedido 
con una red de telaraña con un mosco muerto en el centro. Si se pregunta a cualquier observador, 
¿dónde comienza esa red?, la única respuesta es que cada hilo se conecta con otro y cada pequeña 
fibra se entrelaza con una gran estructura. Pero nada más. En una red de telaraña se pueden ver las 
conexiones, pero nunca será claro dónde comienza o dónde termina. Así es la historia del asesinato de 
Eduardo Umaña y así es también parte de la historia reciente de Colombia. Muchas conexiones, hilos 
o fibras, con muchas dificultades para llegar a los culpables. 
“Mi papá tenía una frase, más vale morir por algo que vivir por nada. Me gusta mucho para mi 
vida y lo que yo hago. Pero decidí reordenarla: Más vale vivir por algo que morir por nada”, comenta 
Camilo Umaña con la certeza de que muchas veces, el fin de la vida no es encontrar sino no parar de 
buscar. Y esa es la perspectiva respecto a la historia de su padre, la de una búsqueda incesante por la 
verdad. Él sabe que fueron muchas la razones por las cuales asesinaron a Eduardo Umaña y que ese 
hecho constituye una prueba fehaciente de lo que puede llegar a hacer una fuerza estatal, militar o 
paramilitar cuando se meten con sus intereses. En resumidas palabras, silenciar a aquellos que no 
tuvieron miedo de alzar su voz un poco más fuerte. 
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¿Lo mataron por su defensa a los militantes del M-19, o a los miembros de la UP? o tal vez 
¿por insistir en el caso de los desaparecidos de la toma del Palacio de Justicia que Umaña insistió que 
se trataba de un crimen de desaparición forzada? ¿Por su defensa a los sindicalistas de la USO? o 
¿probablemente por las pruebas que pretendía presentar del caso Jorge Eliécer Gaitán que 
involucraba, según él, a las fuerzas de oligarquía colombiana y a la CIA misma? Lo único claro es 
que Umaña fue más fuerte que las balas que acabaron con su vida y que su recuerdo sigue creciendo 
como un ejemplo de valentía, de lucha y de amor por la memoria de un país que muchas veces 
prefiere no recordar. 
 
 
Tomado de: El Espectador. (19 de abril 1998). Tomado de: El Espectador. (19 de abril 1998). P. 20-A 
 
Tomado de: El Espectador. (19 de abril 1998). P. 21-A 
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Una muerte que ya se esperaba: el asesinato a Julio Alfonso Poveda 
 
Julio Alfonso Poveda. (1998). Foto: Archivo Centro de Memoria Histórica. Recuperado: http://centromemoria.gov.co/julio-poveda-
dirigente-agrario-y-de-la-up/ 
 
 
A las 8:45 de la mañana del 17 de febrero de 1999, cuando se dirigía a una cita médica en compañía 
de su esposa, fue asesinado por tres sicarios el reconocido dirigente agrario del Sumapaz y fundador 
de la Unión Patriótica, Julio Alfonso Poveda. El hecho tuvo lugar en la avenida Primero de Mayo con 
carrera 22 en Bogotá y, como se pudo constatar años después en el proceso de demanda contra el 
Estado resuelto en favor de su familia, no solo Poveda fue acribillado en total indefensión, sino que 
quedó probado que su muerte violenta fue un suceso anunciado por el paramilitarismo. 
Tenía 72 años y desde los 17 hacía parte de las luchas agrarias en la región del Sumapaz, en 
los tiempos en los que Erasmo Valencia y Juan de la Cruz Varela organizaron a los campesinos en la 
defensa de la tierra. Nacido en Nazareth, corregimiento del Sumapaz, al extremo sur de Bogotá, su 
madre y su hermano habían sido asesinados por bandas sicariales y, en pleno auge de la violencia 
http://centromemoria.gov.co/julio-poveda-dirigente-agrario-y-de-la-up/
http://centromemoria.gov.co/julio-poveda-dirigente-agrario-y-de-la-up/
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partidista entre liberales y conservadores, él acogió el ideario comunista. Tras el asesinato de Jorge 
Eliécer Gaitán en Bogotá en 1948, se acentuó su trabajo de defensa de las comunidades agredidas por 
la Policía. 
Junto a otros líderes de la región, Poveda fue fundador de la Federación Sindical Agrícola 
(FENSA), que además fortaleció el cooperativismo campesino. En calidad de miembro del Comité 
Central del Partido Comunista, tiempo después fue también editor y administrador del periódico 
Unidad Sindical. En razón a estas actividades políticas, fueron habituales las amenazas contra su vida 
y las acciones de inteligencia militar para relacionarlo con los grupos insurgentes. 
En vigencia del Estatuto de Seguridad, un decreto de Estado de Sitio expedido por el gobierno 
Turbay en 1978 para enfrentar a la guerrilla con métodos que derivaron en violaciones de derechos 
humanos, Poveda terminó en la cárcel. Incluso fue torturado y quedó con una afección en su columna 
vertebral. Bajo el criterio de la doctrina de seguridad nacional que en otros países de América Latina 
se expresó en dictaduras militares, el Estatuto de Seguridad autorizaba 5“combatir al enemigo interno 
que amenazara intereses nacionales”, y los opositores o críticos del Estado como él, cayeron en la 
redada. 
En 1982, cambió la perspectiva porque se iniciaron diálogos de paz y luego surgió la Unión 
Patriótica (UP). Poveda fue uno de los primeros en liderar la propuesta política y, por eso, durante 
largo tiempo, sufrió el asesinato de decenas de sus copartidarios, en el largo exterminio de este 
movimiento entre los años 80 y 90. Un crimen de lesa humanidad -como lo reconoció la Fiscalía- que 
desde hace 25 años estudia la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para evaluar la 
responsabilidad del Estado. En muchos casos particulares ya ha sido condenado en la Corte 
 
5 Turbay dicta polémico Estatuto de seguridad. El Tiempo (2010). Tomado de: 
http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-4169210 
 
 
http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-4169210
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Interamericana y la justiciacolombiana. 
Al tiempo que apoyó también a la UP, sus denuncias contra el paramilitarismo y sus reclamos 
de justicia, en 1987 Poveda asumió la gerencia de la Federación Nacional de Cooperativas 
Agropecuarias (FENACOA), cargo que desempeñó hasta su muerte en 1999. Fueron doce años en 
estrecho contacto con los trabajadores del campo, constatando como sus principales líderes eran 
blanco de la persecución, sobre todo en aquellas regiones donde las autodefensas habían decidido 
incursionar prioritariamente, bajo el sesgo de que se trataba de zonas con ascendencia comunista por 
exterminar. 
Entre ellas, el Sumapaz, que él había visto desarrollar de la mano de las organizaciones 
campesinas desde los tiempos de Juan de la Cruz Varela a finales de los años 40, y que medio siglo 
después era escenario de territorios para la guerra. A finales de los años 90, el Estado priorizó la 
creación de batallones de alta montaña para hacer presencia en las regiones altas de las tres 
cordilleras, y Sumapaz tuvo uno de ellos. La confrontación arreció porque la guerrilla siempre hizo 
presencia activa en sus montañas y luego llegó el paramilitarismo a desplegar su guerra sucia, con 
extensión hasta Bogotá y sus áreas de influencia. 
En ese complejo contexto se produjo el asesinato de Julio Alfonso Poveda, con un antecedente 
que demostró que la suya fue también la crónica de una muerte anunciada. Un día de octubre de 
1998, como lo recordó su esposa, se desplazó con su hija al centro comercial El Tunal en Bogotá y, 
mientras ella hacía una diligencia, se quedó en su carro esperándola. Entonces se acercaron dos 
hombres y, ante la ventanilla cerrada del lado izquierdo, dijeron en tono intimidante: “Así es como la 
queremos”. Luego tomaron un taxi. Desde ese día se incrementaron las amenazas a través de cartas y 
panfletos. 
El 17 de febrero de 1999, cuando Julio Alfonso Poveda viajaba en su carro particular con su 
esposa y su conductor, tres sicarios lo atacaron y le causaron la muerte. En ese momento su hijo 
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Ramiro Poveda tenía 29 años y estudiaba medicina en el exterior. Apresuradamente tuvo que volver a 
Colombia para ponerse al frente de la familia y acompañar a su madre. Según relató Ramiro Poveda 
al Centro de Memoria Histórica, a su padre lo asesinaron los paramilitares, aunque no se pudieron 
establecer conexiones directas con organismos de seguridad del Estado o miembros de las Fuerzas 
Armadas. 
Lo que sí se pudo demostrar fue que dos enviados de la Casa Castaño a Bogotá fueron los 
encargados de estrechar el cerco sobre el dirigente agrario. En concreto, Eduardo Corena y Temilda 
Martínez, quienes contactaron a Poveda días antes de su muerte con el pretexto de que les ayudara 
con la comercialización de una producción de plátano. Por las pesquisas de la Fiscalía se supo que 
Corena era un hombre de confianza del clan Castaño y líder del corregimiento de Piedras en Tierralta 
(Córdoba), y Martínez presidenta de la Asociación de Mujeres Campesinas de Córdoba. 
Un investigador judicial constató que la pareja, que se hacía llamar José Córdoba y Policarpa, 
también era conocida en otras regiones de Córdoba y en los departamentos de Sucre y Cesar, por sus 
actividades en favor de la expansión paramilitar. En la misma época, Eduardo Corena también resultó 
ser el personaje que tuvo contactos con el integrante del Comité Ejecutivo de la Federación Nacional 
de Trabajadores del Meta y del Comité de Derechos humanos del mismo departamento, Víctor Julio 
Garzón, en los días previos a su asesinato, perpetrado por sicarios en Bogotá el 7 de marzo de 1997. 
Por la desprotección oficial de la que fue objeto el dirigente sindical Julio Alfonso Poveda, 
dados sus antecedentes como miembro principal de la Unión Patriótica, el Partido Comunista y los 
sindicatos agrarios, en especial los de la región del Sumapaz, su esposa Tulia Sofía Vargas y sus hijos 
demandaron al Ministerio de Defensa y al DAS en febrero del año 2001. Más de una década después, 
hasta 2013, el Consejo de Estado condenó a la Nación, ordenó indemnizar a los demandantes, y 
dispuso la realización de una ceremonia pública para pedir perdón, a nombre del Estado, perdón por 
lo sucedido. 
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Aunque la sentencia admitió que la muerte de Poveda fue causada por terceros y no 
participaron servidores públicos o miembros de las Fuerzas Armadas, el hecho es imputable al 
Ministerio de Defensa y el DAS por no prestarle la seguridad que ameritaba su caso. El DAS 
argumentó que jamás fue informado sobre los riesgos de seguridad de Poveda, pero el Consejo de 
Estado recalcó que se trataba de un reconocido dirigente de la Unión Patriótica y del Partido 
Comunista, de tiempo atrás sometido a amenazas y atentados, y era obligación del Estado otorgarle la 
máxima protección. 
Finalmente, en su sentencia, el Consejo de Estado determinó que se necesita conocer las 
circunstancias que permitieron el asesinato, y por eso instó a las autoridades a investigar y juzgar a 
los responsables, como camino de lucha contra la impunidad. Así, remitió copias del fallo a la 
Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que también evalúa el caso. Desde entonces, han 
transcurrido cinco años sin avances. Sólo, en términos de memoria, hoy se reconoce que, junto a 
Jaime Pardo, Bernardo Jaramillo o Manuel Cepeda, el nombre de Julio Alfonso Poveda refiere a uno 
de los mártires ilustres de la izquierda colombiana. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Jaime Garzón no solo nos hizo reír 
 
Jaime Garzón. Asesinado 13 de agosto de 1999/Foto tomada de: Archivo El Espectador 
 
 
Todos conocemos a Jaime Garzón. Muchos solo lo recuerdan como un tipo gracioso que hacía 
parodias de personajes en la televisión. Pero fue mucho más que chistes y risas. Fue protagonista de 
la realidad colombiana porque tocó las fibras de una sociedad deseosa de escuchar sus denuncias. Lo 
asesinó el paramilitarismo, en connivencia con el Estado, la madrugada del 13 de agosto de 1999, 
cuando casi todos dormían y él llegaba a la emisora Radionet donde oficiaba como periodista. Un 
acto de intolerancia extrema que desde el mismo día del asesinato puso en marcha su segundo golpe: 
impedir que la justicia pudiera identificar a los responsables. El mismo rasero en la sucesión de 
asesinatos que por esta misma época ocurrieron en Bogotá. 
Su perfil biográfico refiere que nació un 24 de octubre de 1960 en Bogotá, estudió en el Seminario 
Conciliar y en el Colegio de la Universidad Libre, y que luego entró a Derecho en la Universidad 
 
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Nacional, pero no terminó. En parte porque se fue a la Javeriana a estudiar ciencia política y porque 
prefería vivir enterado de lo que sucedía en el país y escudriñando la historia. 6“Mi mamá nos 
subrayaba el periódico para que nosotros leyéramos. Nos indicaba la columna mordaz de Alfonso 
Castillo Gómez. En casa era común hablar de política y de lo que estaba pasando, hacer críticas. Eso 
fue lo que él hizo después en un escenario más amplio”, señaló en una entrevista para la revista 
Cromos su hermano Alfredo Garzón, caricaturista de El Espectador, desde hace buen tiempo 
domiciliado en Estados Unidos. 
Entre 1977 y 1980, entre el trabajo social y el periodismo, Jaime Garzón trabajó en el CINEP 
elaborando guías para el trabajo popular. En política, terminó como asesor de giras del candidato a la 
alcaldía de Bogotá, Andrés Pastrana en 1988. Por eso terminó nombrado alcalde menor de la región 
rural de Sumapaz. En una época en la que la guerrilla cruzaba normalmente por sus calles y él 
despachaba sin inmutarse, con una forma de hablar y relacionarse que rompía protocolos. Hasta sus 
gafas que ocupaban la mitad de su cara, su sonrisa desordenada y sus dientes descuadrados que 
sobresalían de su boca lo hacían característico. “Y nunca fue políticamente correcto”, resalta Alfredo 
Garzón. Con las mismas sátiras que incomodaron después a sus asesinos. 
 En 1990 entróa trabajar al gobierno de César Gaviria Trujillo como asesor de 
comunicaciones sin cargo y coordinador de traducciones de la constitución de 1991 a las lenguas 
indígenas. Y ese mismo año, la programadora Cinevisión apoyó la realización de su programa de 
televisión Zoociedad, un espacio de humor interpretando a un presentador de noticiero, el colombo-
norteamericano Emerson de Francisco, que acompañado por Elvia Lucía Dávila ejercía una mordaz 
crítica a los personajes de la vida social colombiana. El programa se extendió hasta 1993 y tuvo éxito 
absoluto. Jaime Garzón pasó a ser un personaje público que, en el complejo contexto del país, 
 
6 El Jaime Garzón que no conocimos. Revista Cromos (2000). Tomado de: 
https://cromos.elespectador.com/personajes/actualidad/articulo-147856-el-jaime-garzon-no-conocimos 
 
https://cromos.elespectador.com/personajes/actualidad/articulo-147856-el-jaime-garzon-no-conocimos
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cruzado por la guerra con las FARC y la narcoterrorista de Pablo Escobar, le permitió también ser útil 
en acciones de paz. 
Como su ayuda desinteresada para lograr la liberación de secuestrados en poder de la 
insurgencia, en calidad de intermediario autorizado por la Gobernación de Cundinamarca. Muchos 
recuperaron la libertad que pensaron habían perdido para siempre, pero paradójicamente fue una de 
las razones por las cuales lo asesinaron. El sector recalcitrante empezó a tildarlo de guerrillero por sus 
parodias, y en los prejuicios de la guerra las autoridades militares malinterpretaron su gesto. Desde 
entonces Jaime Garzón representó una voz cómica enemiga. Sin embargo, Jaime Garzón tenía el 
talento y la personalidad para ir más lejos. Lo demostró cuando en 1995 apareció su programa Quac 
El noticiero, donde se consagró como la única voz colombiana capaz de decir lo que todos pensaban. 
En compañía del actor Diego León Hoyos interpretando a María Leona Santodomingo, Jaime 
Garzón le dio vida a Néstor Elí, portero del edificio Colombia que representaba al país, y a otros 
personajes de reparto, todos de su ingenio, que quedaron grabados en la memoria de quienes se rieron 
con sus ocurrencias. Como Inti de la Hoz, una periodista bogotana gomela de frivolidad cargada de 
ironía; John Lenin ‘el compañero’, líder estudiantil de universidad pública de corte mamerto; 
Godofredo Cínico Caspa, el político ultraconservador de hablado marcial; y Dioselina Tibaná, 
trabajadora doméstica experta en cocinar el país. Quac fue denuncia abierta contra la expansión del 
paramilitarismo, los horrores de la guerra, la clientela política o el proceso 8000. 
Al final terminó cancelado por el gobierno Samper y, entre 1997 y 1999, Jaime Garzón se 
inventó La Lechuza en el noticiero CM&, donde encarnó el personaje icónico, por el que Colombia 
más lo recuerda: Heriberto de la Calle, un embolador de zapatos que entrevistó a muchas personas de 
la esfera pública y la escena política. Con entrevistas recordadas fueron las que hizo a los candidatos 
Noemí Sanín, Horacio Serpa y Andrés Pastrana durante las elecciones del 1998, o tantos otros 
funcionarios, periodistas, personajes de la vida pública nacional, literalmente atrapados por el ingenio 
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de un repentista del periodismo. Hasta el 13 de agosto de 1999 en que un grupo de asesinos de mal 
humor decidió asesinarlo porque no soportó que el país pudiera reírse de sus desgracias. 
Eran las 5:45 de la madrugada. Se dirigía a Radionet, al programa radial que hacía desde las 
seis con Yamit Amad. Iba al volante de su Jeep Cherokee gris, se detuvo en un semáforo en la calle 
22F con carrera 42B, a la altura del barrio Quinta Paredes, y un individuo que viajaba como parrillero 
en una moto de alto cilindraje, le propinó seis balazos. La noticia conmocionó a Colombia y muchos 
ciudadanos, desde personajes ilustres hasta ciudadanos del común, acudieron a su sepelio colectivo 
para darle el último adiós. En un país agobiado por la guerra, con el paramilitarismo exacerbado, 
Bogotá en estado de alarma, y un proceso de paz de escándalo en escándalo, la muerte de Jaime 
Garzón fue un golpe bajo que marcó un momento del país donde todo parecía marchar hacia el 
colapso. 
Pero como todas las de su tiempo, la investigación por el asesinato de Jaime Garzón fue un 
derrotero de impunidad. La primera pista hacia el paramilitarismo partió de la certeza de que el 
propio Jaime Garzón ingresó a la cárcel Modelo en Bogotá para buscar un contacto directo con 
Carlos Castaño para tratar de impedir su muerte. Habló directamente con Ángel Gaitán Mahecha, un 
paramilitar que junto a Miguel Arroyave mandaba en el reclusorio. Fue el martes 10 de agosto, tres 
días antes del crimen. En su testimonio a la Fiscalía, bajo gravedad de juramento, Gaitán negó haber 
ayudado a Garzón a comunicarse con Castaño. Pero Ender Olejua Castillo, investigador del CTI, 
aseguró que Gaitán si tenía un radio de comunicaciones con línea directa a Castaño. 
Nada de esto se investigó y, en cambio, dos sospechosos terminaron como chivos expiatorios. 
Juan Pablo Agudelo, alias Bochas y Edilberto Antonio Sierra Ayala, alias Toño. Bocha y Toño 
pertenecían a la banda la Terraza de Medellín, que trabajaba para Don Berna y los altos mandos 
paramilitares. Terminaron presos durante varios años, pero al final, por falta de pruebas, fueron 
absueltos y se demostró que únicamente significaron piezas para desviar la investigación durante una 
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década. La verdad empezó a surgir cuando se destapó la parapolítica en el año 2006, y en medio de 
las verdades del paramilitarismo quedó el rastro para entender lo que hoy la justicia empieza a 
precisar: que a Garzón lo mató el paramilitarismo, pero de la mano de militares desobedientes y 
corruptos. 
Desde una cárcel en Estados Unidos, Diego Fernando Murillo Bejarano, alias Don Berna, 
testificó: “en el año 99, Carlos ordena asesinar al humorista Jaime Garzón y para cometer este acto 
ordena a una banda llamada la Terraza. Ellos efectúan dicha acción. Este crimen conmovió mucho a 
la opinión pública. Creo que Carlos no esperaba una reacción y una condena tan grande”. 7El jefe 
paramilitar Ernesto Báez, agregó haber escuchado como Castaño felicitaba así al Negro Elkin y a 
Lotar, jefes de la Terraza: “felicitaciones, felicitaciones muchachas, actuaron con gran patriotismo y 
profesionalismo… Bueno negrito y cual de ustedes casco a betún?”. El investigador del CTI, Olejua 
Castillo, asegura que el asesinato se pactó en una junta militar en la que se decidió que Castaño iba a 
ser el homicida. 
El jefe paramilitar Jesús Emiro Pereira, alias Huevoepisca, hombre de confianza de Carlos 
Castaño y dirigente del Bloque Capital en Bogotá, en declaración del 9 de agosto de 2011, aseguró 
que el coronel Jorge Eliécer Plazas, alias Don Diego, estuvo directamente involucrado en el 
asesinato. Con anterioridad, alias Don Berna también señaló al oficial como su apoyo en temas de 
logística y movilidad, no solo para el caso de Garzón, sino para otros crímenes. El otro señalado fue 
el exsubdirector del DAS, José Miguel Narváez, quien, según el jefe paramilitar, comentó a 
inteligencia del Ejército que “el periodista era una persona peligrosa para la sociedad por sus nexos 
con las guerrillas del ELN y las FARC”. 
En las declaraciones de Don Berna se escuchó otro nombre: el general Rito Alejo del Río. 
Jefe de Plazas Acevedo en Urabá, cuando el coronel coordinó el despegue del avión fletado de 
 
7 Fiscalía General de la Nación. (2014). Situación fáctica procesal a coronel Jorge Eliecer Plazas 
Acevedo en caso Jaime Hernando Garzón Forero. Recuperado de: Radicado 1942 A UDH. 
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paramilitares que se desplazó hasta San José del Guaviare, y fue primer itinerario de la masacre de 
Mapiripán en el Meta en julio de 1997. El mismo que luego los relacionó con Plazas en 1998. “La 
relaciónera de colaboración mutua. Los dos éramos bandidos, siendo él más bandido que yo porque 
supuestamente él era el encargado de cuidar a las personas honestas del país”. Rito Alejo del Río está 
hoy condenado a 26 años de prisión por el asesinato del líder campesino de Urabá Marino López en 
1997, pero se encuentra en libertad condicional tras acogerse a la Jurisdicción Especial para la Paz 
(JEP). 
A su vez, el excoronel Plazas Acevedo fue condenado a 40 años de cárcel por el secuestro y 
posterior homicidio del empresario israelí Benjamín Khoudari. Por ese crimen estuvo preso, pero se 
fuego de la Escuela de Artillería de Bogotá en 2003. Después de once años en calidad de prófugo, en 
julio de 2014 fue recapturado en el departamento del Meta y hoy, tanto por la masacre de Mapiripán 
como por sus vínculos con el asesinato de Jaime Garzón, desde septiembre de 2017 también está 
acogido a los beneficios de la JEP. En síntesis, hoy el caso Garzón en la justicia tiene nuevas formas 
de reorientarse hacia la verdad que lleva dos décadas oculta, pero escasamente tiene un condenado 
que ya puede confesar uno de sus tantos crímenes: Carlos Castaño. 
“El asesinato de Jaime no es un caso aislado, hace parte de un grupo de crímenes contra 
defensores de derechos humanos o gestores de paz entre 1995 y 2005. Rito Alejo del Río y Plazas 
Acevedo son piezas fundamentales del paramilitarismo en Colombia, que trabajaron en Urabá y luego 
protagonizaron en Bogotá”, sintetizó Alfredo Garzón durante una entrevista a la agencia de noticias 
EFE. El mismo contexto que explica los crímenes de Mario Calderón y Elsa Alvarado, o el asesinato 
a sangre fría del defensor de derechos humanos Eduardo Umaña Mendoza. Todos hechos de 
gravedad perpetrados en la capital de la República, por una organización que operó sin mayores 
apremios por parte de las autoridades, en parte porque algunas de sus piezas fueron parte de su 
ajedrez criminal. 
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Jaime Garzón fue otra de sus víctimas ilustres y, como enfatiza Alfredo Garzón recordando 
las palabras de su hermano, sus personajes fueron muestra de lo que sigue siendo el país: “muchas 
cosas, pero ninguna que nos unifique. Los ricos se creen ingleses, la clase media gringa, los 
intelectuales franceses y los pobres mexicanos”. En medio de los recuerdos de su risa y sus chistes, 
queda su memoria que intentó ir más allá de las balas, la sangre o el dinero. Sus palabras resuenan 
como un legado para las nuevas generaciones que, aunque no vieron sus interpretaciones ni 
lamentaron su fatal adiós, saben que él abrió un camino en favor de Colombia, y que su sacrificio por 
la paz y la libertad, a pesar de las malinterpretaciones, dejó una huella permanente. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Nunca es hora de Callar 
 
 
Jineth Bedoya Lima (s.f). Foto de tomada de: Archivo El Espectador. 
 
 
Jineth Bedoya Lima es una mujer de carácter. Solo así se puede describir en una frase. Nacida en 
1974 en Bogotá, desde su infancia conoció que era rebuscarse la vida con esfuerzo, y junto a su 
madre Nelly y su hermana Jenny, fueron mujeres unidas en el trabajo diario de un restaurante 
familiar. En esa brega, Jenny se graduó en la Escuela Superior de Administración Pública donde hoy 
es docente; y Jineth en periodismo, en la Universidad Central. Tiempos universitarios que moldearon 
sus caminos a pulso, en un hogar donde lo que sobró fue valentía contra la adversidad. 
 
Desde que pisó las aulas de la facultad de comunicación, Jineth Bedoya se sintió periodista. Y 
pronto encontró los socios para darle rienda a su creatividad inagotable. Un día se enteró de una 
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convocatoria para participar en el programa institucional de la universidad, Magazín Centralista, que 
se emitía semanalmente en la radio, y terminó codirigiéndolo, escribiendo los libretos o consiguiendo 
las entrevistas. Después apareció “La U en vivo”, para que los estudiantes practicaran la reportería en 
directo en un circuito cerrado de radio, y ella fue la mujer orquesta desde la cabina. 
Durante una semana de la comunicación demostró que además de reportera y locutora, tenía 
dotes para la producción periodística. A pura gestión personal consiguió quien le financiara una 
tarima con buenos amplificadores y micrófonos, y se apareció con un grupo de raperos del barrio Las 
Cruces que armó revuelo. En otra ocasión, logró que la Policía fuera la patrocinadora del evento y 
además de tarima e invitados en uniforme, el patio principal se llenó de propaganda. Otra vez en boca 
de todos y ella muy oronda argumentando que el periodismo era sin sesgos. 
Debutó en el periodismo de medios en 1997, antes de concluir sus estudios. Buscaban un 
reportero judicial para el noticiero Alerta Bogotá de Radio Uno, y ella se presentó respaldada por su 
profesor y colega en las aventuras comunicativas universitarias, Jorge Cardona, quien se había 
iniciado en el mismo espacio radial. En poco tiempo, Jineth Bedoya demostró que estaba hecha para 
el periodismo en la calle, y de su propia inventiva decidió incursionar en un agrietado escenario 
nacional que empezaba a develarse: el infierno de las cárceles donde se fraguaba una guerra aparte. 
Pero ella no se limitó a emitir noticias sobre lo que pasaba en las cárceles o a contribuir o 
deliberar con las instituciones a cargo o con los sindicatos de guardianes. De nuevo en su vocación de 
gestora, decidió hacer jornadas sociales en favor de los presos. La más recordada fue la celebración 
del Día de Las Mercedes, patrona de los reclusos, en 1997, cuando de forma paralela a las 
celebraciones oficiales, agregó una para los niños de los internos, con distribución gratuita de útiles 
escolares y pequeños regalos, gracias a donaciones que ella misma tramitó con empresas. 
Sin embargo, no todos veían con buenos ojos lo que hacía o reportaba Jineth desde la cárcel, y 
en un ambiente que empezaba a caldearse por la política y la pelea de fondo entre guerrilla y 
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paramilitarismo, particularmente en La Modelo, sus incursiones incomodaban. Primero fue un 
narcotraficante preso que le mandó decir que era muy linda pero también hablaba más de la cuenta. 
Su fastidio surgía de que Jineth Bedoya no tenía pelos en la lengua para denunciar los privilegios que 
tenían los mafiosos o los violentos frente al hacinamiento inhumano de los demás internos. 
Después casó pelea con uno de los sindicatos de los guardianes, porque ella hizo públicos 
varios testimonios de reclusos que documentaban cómo operaba el tráfico de droga, de armas o de 
cuanta ilegalidad se colaba en la cárcel bajo la pasiva mirada de las autoridades carcelarias. Nunca se 
estableció si sus denunciados participaron en el hecho, pero un día llegó a la emisora, le entregaron 
un paquete que le habían dejado y cuando lo abrió, sin documento alguno para explicarlo, encontró 
un gato muerto. Sin palabras, pero sin duda una macabra amenaza. 
Fue en ese momento que su amigo Jorge Cardona, entonces editor judicial de El Espectador, 
volvió a aparecerse en su vida y se la llevó a trabajar con él al diario capitalino. Corría el mes de 
febrero de 1999, y aunque la redacción judicial tenía un encargado de noticias carcelarias, a 
regañadientes Cardona aceptó que Jineth Bedoya entrara a reforzar el asunto, dado su conocimiento 
del terreno. Con una necesidad adicional: habían empezado los diálogos de paz entre el gobierno 
Pastrana y las FARC, pero la guerrilla ya demostraba cuál era su prioridad: imponer el canje de 
prisioneros. 
Era la época en la que las FARC ya sumaban por decenas sus listas de militares o policías 
privados de la libertad en cárceles de la selva, y esperaban cambiarlos por guerrilleros presos, los más 
nombrados de ellos detenidos en La Modelo en Bogotá. Simultáneamente, también era el tiempo de 
expansión de las Autodefensas Unidas de Colombia, que entre sus objetivos pusieron en la mira a 
Bogotá,con oficina alterna a sus fortines clandestinos en la ciudad: la propia cárcel Modelo, cuya Ala 
Sur controlaban a sus anchas. Un universo crítico que Jineth decidió encarar desde el periodismo. 
“Lo que siempre me devuelve la esperanza es el periodismo, es mi única terapia. Soy 
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reportera de pies a cabeza, de las que recorre la calle palmo a palmo”, comentó en una entrevista a la 
revista 8Fucsia. Y sin duda, esa opción por contar y denunciar todo lo que empezó a constatar en la 
cárcel La Modelo en Bogotá, fue lo que asumió como su norte inaplazable. Siempre con valor 
agregado, esta vez, inventándose unos talleres para enseñarle a los presos cómo crear un periódico. 
Una de las tantas iniciativas para disuadir a unos y otros de acoger el lenguaje de la guerra. 
El periódico apareció y su nombre no podía ser otro que “Libres”, porque en sus 
intervenciones Jineth Bedoya siempre inculcaba a sus oyentes, que “estaban privados de la libertad 
física, pero sus condenas no incluían la libertad de expresión”. Otra visión con respaldo, pero también 
con detractores. Del ala paramilitar molestaban mucho sus encuentros con jefes guerrilleros como 
Yesid Arteta o Marbel Zamora. Pero ella tenía el coraje de hablar también con los paramilitares, con 
la misma crudeza que a los otros, siempre para exigirles respeto a los derechos humanos. 
De manera simultánea, entre febrero de 1999 y mayo de 2000, escribió 34 artículos en El 
Espectador, documentando lo que estaba sucediendo en La Modelo y el país se negaban a reconocer. 
Desapariciones forzadas, descuartizamientos, torturas, tráfico de armas y droga, ajustes de cuentas, 
túneles de fuga y, en general, toda clase de delitos ante los ojos de las autoridades. Un horror 
carcelario que ella palpaba casi a diario porque no había semana que no entrara a La Modelo y 
volviera a la redacción con una historia escabrosa o una urgencia humanitaria por resolver. 
Hasta que llegó la publicación que rebosó la copa de los intolerantes y el suceso que le mostró 
al país que lo que revelaba Jineth Bedoya se quedaba corto ante la dimensión de lo que realmente 
sucedía. El 26 de abril de 2000, un violento enfrentamiento entre paramilitarismo y delincuencia 
común al interior de la cárcel dejó 32 muertos, 17 heridos y un sinnúmero de desaparecidos. Como 
era lógico, el hecho causó estupor nacional y ella escribió todo lo que supo cuando logró entrar en la 
 
8 Entrevista íntegra a la periodista Jineth Bedoya. (2014) Revista Fucsia. Recuperado: 
https://www.fucsia.co/actualidad/personajes/articulo/entrevista-periodista-jineth-bedoya/58509 
 
https://www.fucsia.co/actualidad/personajes/articulo/entrevista-periodista-jineth-bedoya/58509
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visita habitual y a pesar del bloqueo que se le impuso al periodismo para que se contara la verdad. 
Entre esas verdades, con titular de por medio, reveló un hecho que pasó inadvertido pero que 
desató la ira de quienes se vieron anotados. La Policía, que tenía a su cargo la custodia de las cárceles 
ante la gravedad de lo que estaba ocurriendo, 48 horas después del combate decidió tomarse La 
Modelo. Lo hizo con toda su fuerza, pero en vez de ocupar el patio de los paramilitares que habían 
protagonizado los hechos, lo hizo al patio donde estaban los jefes guerrilleros. El titular a seis 
columnas de El Espectador, con firma de Jineth Bedoya, fue “El objetivo son los presos políticos”. 
Ese titular, acompañado de la información sobre la extraña decisión de la Policía para 
responder a la masacre en La Modelo propiciada por el paramilitarismo, fue el detonante del complot 
para atacar a la periodista. Tiempo después la Fiscalía lo resumió en estas palabras: 9“Con sus 
publicaciones, prendió las alarmas entre quienes estaban interesados en el tráfico de armas (…) 
porque querían desterrar de la Cárcel Modelo todo rastro de poder de la guerrilla. A Jineth había que 
sacarla del medio, Ella era un estorbo para la consecución de sus propósitos criminales”. 
A la semana siguiente, en los casilleros de correo de los periodistas de El Espectador, Jorge 
Cardona, Julián Ríos, Ignacio Gómez y Jineth Bedoya, aparecieron sobres con fotocopias del artículo 
relativo a los presos políticos y, con resaltador, sombreadas las frases que recalcaban las actuaciones 
del paramilitarismo. La novedad amenazante fue reportada a la dirección del diario a cargo de Carlos 
Lleras, y él dispuso que se hablara con la Policía. Con conocimiento de esta autoridad, días después 
se avaló el método que de buena fe aceptaron los periodistas para sortear el dilema. 
Un encuentro directo entre la periodista y los jefes del paramilitarismo presos en La Modelo, 
que primero propusieron ellos a través de un recluso que paradójicamente tenía un hermano que 
laboraba como mensajero en El Espectador; y que después se concertó a través de una llamada al 
 
9 Fiscalía General de la Nación. (2012). Unidad Nacional de Derechos Humanos y Derecho Internacional 
Humanitario. Resuelve situación jurídica, caso de Jineth Bedoya Lima. Recuperado de: Investigación Sumarial No.807 
Fiscalía 49 especializada. 
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celular de la comunicadora, hecha por un tal Ramiro, quien le manifestó que alias El Panadero estaba 
dispuesto a recibirla para entrevista al siguiente día en la cárcel Modelo. El jueves 25 de mayo de 
2000, cuando ella acudió a la cita que resultó una trampa. 
Ese día Jineth Bedoya llegó a la cárcel Modelo hacía la media mañana con su editor Jorge 
Cardona, quien decidió acompañarla hasta el penal. Después de un rato de espera tramitando su 
ingreso, un guardia de seguridad le avisó que estaba lista su boleta de entrada y ella le pidió a 
Cardona que le avisara al reportero gráfico que iba a acompañarla al encuentro en la dirección del 
penal. Él fue a llamarlo hasta donde el conductor había parqueado el vehículo del periódico, distante 
a una cuadra de la puerta de ingreso de La Modelo, pero cuando regresó Jineth ya no estaba. 
Cardona supuso que una vez más Jineth Bedoya hacía las cosas a su manera y esta vez se 
había ido sin el fotógrafo. En la portería ratificaron su ingreso. En vez de regresar al diario optó por 
esperarla hasta el mediodía, momento en que acostumbraba a salir, junto a los abogados, en las citas 
carcelarias. Pero a esa hora, ella ya vivía el infierno de su secuestro. Tiempo después relató a la 
Fiscalía que una vez Cardona se fue de su lado, la abordó una mujer para preguntarle si era la 
periodista, y enseguida, por el otro costado, un hombre le apuntó con una pistola. 
Ella sintió el mareo del miedo, pero igual caminó junto a esas dos personas hasta una bodega 
cercana a la cárcel. En ese sitio aparecieron dos hombres que le vendaron los ojos. Después le halaron 
el pelo con violencia, la golpearon a puños y patadas. Entre todos, comenzaron a interrogarla por el 
periodista que la estaba esperando, por otros que llamaron por sus nombres. Jineth Bedoya guardó 
silencio. La amarraron de brazos y piernas y luego la subieron a una camioneta. El viaje duró más de 
dos horas por carretera y terminó en un predio rural donde su primera sensación fue de olor a carne. 
Con muchas personas hablando y perros que latían. Un largo tiempo sola, y después otra 
golpiza y la agresión sexual. “Cuando a una mujer la agreden tal vez la humillación es lo más 
doloroso. Es decir, lo que te dicen. Las palabras hieren más que los golpes, o que la violación. Porque 
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hay cosas que quedan grabadas en la cabeza y te martillan todos los días. A mí me hicieron cosas 
terribles como mujer, de las que nunca he hablado ni he mencionado siquiera a la Fiscalía, porque 
hacen parte del pudor, lo que guardas en tu corazón de mujer”, reveló en entrevista a la revista 
Fucsia. 
Después la obligaron a subirse de nuevo a la camioneta y cuando la llevaban, quizás a la 
muerte o ala desaparición, vía celular el conductor recibió una orden que él repitió para su 
acompañante. “¡Déjenla con vida, libérenla!”. Después de 16 horas de secuestro, la periodista fue 
abandonada en la vía hacia el terminal de transportes, cerca al CAI Catama de la Policía, a las afueras 
de la ciudad de Villavicencio. En ese lugar, hacia las 8:40 de la noche, tirada a un costado de la 
carretera, Jineth Bedoya fue recogida por un ocasional taxista que la llevó a la clínica más cercana en 
la capital del Llano. 
A partir de ese día, tras la recuperación física, el acompañamiento de sus amigos y el trasiego 
familiar, empezó el tortuoso proceso de recuperación emocional que todavía no termina. Había 
experimentado un forzoso alto en el camino, pero tenía que continuar. Le costaba enfrentarse 
nuevamente al oficio, pero la guerra arreciaba y ella era redactora de orden público. Volvió a escribir 
y a investigar porque el periodismo fue su sanación y su refugio. De narradora de hechos con 
víctimas había pasado a convertirse en una de ellas, ahora afrontaba lo que decían sus historias. 
“Fue mi refugio, mi escudo, mi disculpa, mi motivación y mi oxígeno. El periodismo me 
devolvió la vida”, repite siempre en sus entrevistas. Y literalmente fue así. Usó la comunicación para 
nivelar el peso del calvario que llevaba por dentro. “Me castigaba mucho, me preguntaba por qué 
había seguido en la investigación si me habían advertido que me iban a matar porque estaba tocando 
gente poderosa, si me hicieron un atentado en el que casi matan a mi mamá”. De alguna manera era 
otra Jineth Bedoya, pero la misma periodista que tuvo que reinventarse domando un dolor incesante. 
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10“Una violación nunca se supera. Se aprende a manejar, a transformar, a vivir con ella, pero 
es difícil. Te marca la vida y más cuando fue con sevicia. No solamente la agresión sexual, sino la 
tortura, que te corten el cabello, que te hagan las cosas que me hicieron (…) Es imposible superarlo”, 
dice Jineth Bedoya. “Yo soy más que mis cicatrices” escribió el novelista canadiense Andrew 
Davison. Y ella se convirtió en eso, algo más fuerte que el dolor y más profundo que el silencio. Su 
historia de valentía y de resiliencia es la de una mujer que pagó un altísimo costo por contar la guerra. 
Jineth Bedoya siguió en El Espectador hasta finales de 2001, luego siguió su carrera 
profesional en el diario El Tiempo, donde hoy ejerce como editora. Después de muchos años de 
soportar envidias o dudas y de guardar silencio frente a su caso, hoy es la voz del movimiento 
internacional No es hora de Callar, para animar a las mujeres que han sido víctimas de violencia 
sexual, a alzar sus voces para denunciar a sus victimarios. Una campaña que en 2012 fue destacada 
con el Premio Internacional Mujeres de Coraje, entregado por el Departamento de Estados Unidos. 
También producto de su persistencia, el gobierno Santos declaró el 25 de mayo como el Día 
Nacional por la Dignidad de las Víctimas de Violencia Sexual. Una forma de recordar el capítulo más 
triste de su vida, pero también el deber de ayudar a otras que tuvieron que callar. “Estoy convencida 
que me mataron ese día, pero he resucitado muchas veces (…) cuando me apuntaban con un arma, 
me despedí de mi mamá y de mis amigos y eso es morir”, agrega. Pero renació de sus cenizas y hoy 
exige justicia, no solo para su caso sino para miles de mujeres que cargan su misma cruz. 
En cuanto a la investigación judicial por su secuestro, tortura y ultraje sexual, a pesar de que 
existían pistas confiables para aclarar en corto tiempo lo sucedido y sus responsables, era tal el poder 
del paramilitarismo en el año 2000, que rápidamente el expediente entró al anaquel de los procesos 
impunes. Tuvieron que pasar 12 años para que alguien con influencia se interesara por su caso. 
 
10 Entrevista íntegra a la periodista Jineth Bedoya. Revista Fucsia. Tomado: 
https://www.fucsia.co/actualidad/personajes/articulo/entrevista-periodista-jineth-bedoya/58509 
 
https://www.fucsia.co/actualidad/personajes/articulo/entrevista-periodista-jineth-bedoya/58509
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Primero fue la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) que decidió litigar su caso para sacarlo 
del ostracismo, y después fue la agencia de cooperación inglesa OXFAM que le dio voz 
internacional. 
Finalmente, la entonces fiscal Viviane Morales revivió el caso asignándole un nuevo fiscal, 
esta vez a una mujer, Bibiana Orozco, quien emprendió la investigación con una perspectiva 
alentadora, reconociendo que por las circunstancias en que se dio el secuestro y demás delitos de la 
periodista, debía ser calificado como crimen de lesa humanidad. Inicialmente vinculó al caso a Mario 
Jaimes Mejía, alias El Panadero, el paramilitar que concertó la cita en la cárcel que terminó en una 
trampa fuera de ella, y después a los paramilitares Alejandro Cárdenas y Jesús Emiro Pereira. 
Por esa misma época, a instancias de Justicia y Paz, Alejandro Cárdenas, alias JJ, había dado 
una declaración bajo juramento con detalles sobre el ataque a la periodista. En concreto, que recibió 
la orden de asesinarla y luego de retenerla en los umbrales de la cárcel. Alias JJ, perteneciente al 
Bloque Centauros, sostuvo que había oído decir a sus jefes que el secuestro había sido orquestado por 
los jefes paramilitares recluidos en la cárcel Modelo, para atender una solicitud del general de la 
Policía Leonardo Gallego, y que Jineth Bedoya había estado retenida en un predio de Víctor 
Carranza. 
En la misma diligencia judicial, Jineth Bedoya reconoció a alias JJ y, por unas fotografías 
adicionales, también a Jesús Emiro Pereira, alias Huevoepisca, un personaje ya reconocido en los 
prontuarios del paramilitarismo. El concuñado de Carlos Castaño señalado en diversas piezas 
procesales como el hombre clave para la conformación del Bloque Capital en Bogotá, y sentenciado 
por el asesinato del congresista Octavio Sarmiento en septiembre de 2002, entre otros crímenes 
cometidos en su asociación para delinquir, directamente con el jefe paramilitar Vicente Castaño. 
El mismo Pereira confesó la intervención del paramilitarismo en el asesinato de Mario 
Calderón y Elsa Alvarado en 1997; su estrecha relación con el general Rito Alejo del Río, y a través 
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suyo, con el coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo, para operar en Bogotá; y la actividad del Bloque 
Capital para cometer un sinnúmero de delitos en Bogotá, en connivencia con miembros del DAS, la 
Policía y las Fuerzas Militares. Paradójicamente, a pesar de su largo rosario de delitos admitidos, 
alias Huevoepisca no ha querido aceptar responsabilidades en el caso Bedoya. 
Aun así, la Fiscalía siguió adelante en su proceso contra El Panadero, JJ y Huevoepisca, con 
dificultades para sacarlo adelante. En el caso de El Panadero porque durante varios años se dedicó a 
impedir su juzgamiento. Unas veces por carecer de abogado, otras por no aceptar el otorgado por la 
Defensoría del Pueblo y, la mayoría, porque se negó a ser trasladado por las autoridades carcelarias. 
En cuanto a JJ, porque se quiso retractar de sus confesiones, aunque después fue condenado a 11 
años de prisión. Y Huevoepisca porque sigue negando su responsabilidad en el caso. 
El 2 de febrero de 2016, ante la imposibilidad de continuar dilatando su juzgamiento, 
finalmente Mario Jaimes o El Panadero aceptó su responsabilidad y pidió excusas públicas a la 
periodista por lo sucedido. Un mes más tarde fue condenado a 28 años de prisión, y luego expulsado 
de Justicia y Paz por parte de la Corte Suprema de Justicia. El día de su confesión, El Panadero 
admitió también que en la cárcel Modelo se habían perpetrado muchos graves delitos, y ofreció su 
disposición a revelar lo que realmente fue el Bloque Interno Capital de las autodefensas. 
A partir de esa declaración, la Fiscalía constituyó un grupo de trabajo para revivirlas 
pesquisas sobre lo sucedido en La Modelo desde finales de los años 90 hasta el final del primer 
gobierno Uribe, y sus primeras conclusiones, a finales de 2017, ratifican lo que fue aquel horror 
carcelario. De cómo el paramilitarismo colonizó el ala sur de La Modelo, incluyendo alta seguridad, 
los patios 3,4 y 5 y el patio 11“piloto”, conocido entre los reclusos como el Wimpi. Todo con la 
complacencia de las autoridades carcelarias, nexos en el exterior del penal y licencia abierta para 
 
11 Fiscalía General de la Nación. (2016). Informe final sobre el contexto en que delinquió el Bloque 
Capital al interior de la cárcel Modelo de Bogotá. Recuperada: Resolución No.0341. 
 
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traficar armas. 
Fusiles Galil, R–15 o AK-47, pistolas 9 mm y 7.65, revólveres, subametralladoras, granadas, 
puñales, cuchillos, municiones, explosivos, un arsenal para hacer la guerra. En manos de unos 200 
hombres privados de la libertad, pertenecientes a distintas estructuras del paramilitarismo, que 
conformaron el Bloque Interno Capital. La organización que dirigieron Miguel Arroyave, Ángel 
Gaitán Mahecha, Jairo de Jesús Durango o Mario James Mejía, entre otros, cuyos asesinatos en La 
Modelo y los que ayudaron a fraguar al exterior, constituyen un sombrío capítulo de la violencia 
colombiana. 
El capítulo Bloque Capital que la justicia no ha desarrollado en una sentencia integral, pero 
cuyas actuaciones han venido siendo identificadas en los procesos de investigación por graves hechos 
de violencia. Como la muerte de los investigadores del CINEP, Mario Calderón y Elsa Alvarado; el 
crimen del abogado Eduardo Umaña, el asesinato del líder agrario del Sumapaz, Julio Alfonso 
Poveda, el homicidio de Jaime Garzón, el atentado a Wilson Borja, y también el secuestro, torturas y 
ultraje sexual a la periodista de El Espectador, Jineth Bedoya Lima. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Wilson Borja: la lucha que continúa 
 
Wilson Borja. (s.f). Foto tomada de: Archivo El Espectador 
 
Eran las 6:10 de la mañana de 15 de diciembre del año 2000. Como era su costumbre, el dirigente 
sindical Wilson Borja Díaz salió de su casa a primera hora del día, acompañado por sus escoltas 
Giovanny Aldana Patiño y Tomás Enrique Quiñónez Mendigaño. Frente a la vivienda ubicada en la 
calle 80 con carrera 104 del conjunto residencial Bochica, abordaron una camioneta marca Rodeo, y 
no llevaban mucho espacio recorrido cuando súbitamente fueron atacados por un grupo de individuos 
desde el platón de una camioneta Mazda de color blanco, estacionada frente a un centro comercial. 
Los escoltas de Borja alcanzaron a reaccionar y se produjo un intercambio de disparos. 
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Al término de la balacera, los escoltas Aldana y Quiñonez salieron heridos, pero pudieron 
auxiliar a Wilson Borja, quien quedó con afecciones en el cuello y una de sus piernas. En la acción 
resultó muerta la vendedora estacionaria María del Pilar Bolaños González, quien vendía café en la 
zona e incluso le ofreció una taza a uno de los sicarios. La posibilidad de que los reconociera fue la 
causa para que le dispararan a mansalva. Cuadras más adelante fue encontrado muerto Elmer Horacio 
Rueda Daza, uno de los integrantes del grupo agresor. Después se supo que salió mal herido en el 
intercambio de disparos y que fue rematado por sus propios compinches para evitar que los delatara. 
Sin embargo, en su precipitada huida, los atacantes no advirtieron que, junto al cadáver de 
Rueda Daza, quedó un teléfono celular de su propiedad, que se convirtió en el punto de partida de una 
rápida investigación judicial que permitió develar la autoría del paramilitarismo, en conexión con 
oficiales y suboficiales de las Fuerzas Militares. En ese momento, el gobierno de Andrés Pastrana 
intentaba sacar adelante un proceso de paz con las FARC en una zona de distensión en la región del 
Caguán (Caquetá), y el ELN trataba de imponer su propio despeje militar en alguna zona del sur de 
Bolívar. Como era de esperarse, el atentado a Wilson Borja complicó el panorama político. 
Justamente Borja, en calidad de negociador de paz, cumplía por esos días un papel clave en 
los acercamientos con el ELN, como había sido su conducta en otros intentos por acceder a una 
exitosa negociación política del conflicto armado. Como integrante del Partido Comunista en los años 
70 y luego como líder activo de la Unión Patriótica en los 80, Borja era una pieza clave. Pero lo era 
aún más por su perspectiva como sindicalista, toda vez que por varios años ejercía como presidente 
de la Federación de Trabajadores al Servicio del Estado (Fenaltrase) y también era un hombre muy 
cercano a los desarrollos de la Unión Sindical Obrera (USO) y de la Central Unitaria de Trabajadores 
(CUT). 
Con su típico sombrero de ala ancha, el sindicalista Wilson Borja ya era un representativo 
dirigente de la izquierda democrática, sobre todo en su natal Cartagena. Él sostiene que ese sombrero 
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empezó a usarlo desde su infancia en el municipio de Colosó, departamento de Sucre, para protegerse 
del sol inclemente, y también como una especie de homenaje a la población campesina. Lo cierto es 
que este distintivo lo convirtió también en un personaje reconocido, cuyo atentado fue 
inmediatamente atribuido al paramilitarismo. En sus primeras declaraciones a la prensa, el propio 
Borja no dudó en señalar al jefe de las autodefensas, Carlos Castaño, como el promotor del atentado 
en su contra. 
La razón para hacerlo parte de evaluar el recorrido personal de Borja y sus luchas sindicales. 
Con un ejemplo claro en su propia casa, toda vez que su padre fue también un activo defensor de los 
trabajadores en la costa Atlántica. Después de graduarse como bachiller en el Liceo Bolívar de 
Cartagena, Wilson Borja entró a laborar al Instituto de Crédito Territorial (ICT), donde rápidamente 
se hizo sindicalista y también empezó a ganarse contradictores y enemigos. Entonces se radicó en 
Bogotá, estudió Ingeniería de Sistemas en la Universidad INCCA, volvió a ubicarse como 
funcionario público e inició su larga trayectoria en la Federación de Trabajadores al Servicio del 
Estado. 
Hacia 1992, luego de sus años ayudando a consolidar el proyecto de la Unión Patriótica, 
alcanzó la presidencia de Fenaltrase, en un momento de tensión en las relaciones con el gobierno 
Gaviria, debido a la aplicación de políticas de privatización de empresas públicas y planes de retiro 
de trabajadores para reducir el tamaño del Estado. Su liderazgo en la promoción de paros y huelgas 
elevaron su perfil, de tal modo que cuando llegó la era Samper, ya era un referente político de la 
izquierda y del sindicalismo, lo que le permitió que fuera integrado en las comisiones encargadas de 
buscar acercamientos de paz con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). 
Tanto en la concreción del acuerdo del Palacio de Viana en España a principios de 1998 como 
el concertado en Maguncia (Alemania) a mediados del mismo año, Wilson Borja fue uno de los 
artífices de los pasos hacia una negociación entre el gobierno Samper y el ELN. Desafortunadamente, 
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cuando la administración Pastrana trataba de conservar las bases de este proceso de diálogos, en 
octubre de 1998 el ELN perpetró un atentado al Oleoducto Central de Colombia que desató un 
incendio en la población de Machuca (Antioquia), con más de 50 muertos. Esa circunstancia dio al 
traste con los avances alcanzados y exacerbó el clima de confrontación armada en la región del 
Magdalena Medio, con clara intervención del paramilitarismo. 
En adelante, mientras el ELN pasó a la ofensiva, con ruidosas acciones como el secuestro de 
un avión de Avianca que corría la ruta entre Bogotá y Bucaramanga en abril de 1999, o la retención 
masiva de los feligreses que asistían a una misa dominical en la iglesia de La María en Cali en mayodel mismo año, el gobierno Pastrana endureció su posición. Fue la misma época en la que las 
Autodefensas Unidas de Colombia emprendían sus primeras acciones conjuntas de guerra, y su 
principal estructura, el Bloque Central Bolívar, desplegó una violenta acción desde la región del 
Nudo del Paramillo en Córdoba hasta el sur de Bolívar, Santander, Norte de Santander y Cesar, en 
territorios de influencia del ELN. 
Cuando llegó el año 2000, después de un largo forcejeo político para volver a entablar 
acercamientos de paz entre el gobierno Pastrana y el ELN, el punto de encuentro se convirtió también 
en una pelea política aparte en la que fueron involucradas las comunidades. Ante la posibilidad de 
que el ejecutivo pactara una zona desmilitarizada en el sur de Bolívar para emprender un proceso de 
negociación con el ELN, el paramilitarismo le dio vida al movimiento No al Despeje, que movilizó a 
la gente contra esta opción y que de manera simultánea se convirtió en una plataforma política para 
incidir directamente en los procesos electorales, como terminó por concretarse en las elecciones de 
2002 y 2003. 
En ese contexto, en diciembre de 2000, se produjo el atentado a Wilson Borja en Bogotá. Y 
como en el sitio de los hechos fue hallado el teléfono celular de uno de los atacantes, Elmer Horacio 
Rueda Daza, pronto quedó claro que, durante los días y horas previas a la acción, este sujeto había 
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sostenido permanente comunicación con César Maldonado Vidales, Régulo Rueda Chávez, 
Evangelista Basto Bernal, Ángel Fernando Peña, Jorge Ernesto Rojas Galindo y Freddy Peña Ávila. 
Y todos tenían algo en común: o pertenecían a las Fuerzas Militares o eran sus estrechos 
colaboradores. Uno a uno, fueron cayendo en la redada de la Fiscalía, que también probó el origen 
paramilitar del atentado. 
Sobre Régulo Rueda Chávez, el ente investigador determinó que provenía de Puerto Boyacá, 
había sido escolta personal de Gonzalo Rodríguez Gacha, alumno del mercenario israelí Yair Klein a 
finales de los años 80, y que en los últimos años se había radicado en Bogotá, donde desarrollaba 
acciones delincuenciales de limpieza social y de paramilitarismo en el barrio Fátima, al sur de la 
ciudad. Por la declaración de un teniente retirado se corroboró que Rueda Chávez era conocido con el 
alias de comandante Marcos, y que además había estado involucrado en la consecución de armas y 
uniformes para las autodefensas. Este individuo fue condenado a 28 años de prisión. 
En cuanto al mayor César Maldonado Vidales, lo primero que estableció la justicia fue que 
utilizaba para comunicarse el celular de su compañera permanente, Irma Trujillo, y que a través de 
este dispositivo móvil sostuvo contacto permanente con un grupo de militares y exmilitares 
comprometidos en el atentado a Wilson Borja. El soldado Uriel Grajales, los cabos Ángel Fernando 
Peña y Evangelista Basto, el teniente Fredy Antonio Cadavid y el capitán Jorge Ernesto Rojas 
Galindo. Según la Fiscalía, por las versiones recaudadas y el cruce de llamadas telefónicas, quedó 
claro que el mayor César Maldonado “fue una de las cabezas que estuvieron detrás de la planeación y 
ejecución del acto criminal”. 
El mayor César Maldonado resultó condenado a 28 años de prisión, razón por la cual fue 
remitido a una unidad militar en Bogotá. Sin embargo, en el año 2004, Maldonado se escapó a pesar 
de que más de 30 militares debían custodiarlo. En ese momento, el entonces presidente Álvaro Uribe 
ordenó al comandante de las Fuerzas Militares, general Carlos Alberto Ospina que destituyera a los 
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9 
 
integrantes de la fuerza pública que tuvieran que ver con la seguridad de Maldonado. Cuatro oficiales 
salieron de la institución, pero al poco tiempo trascendió que dos de ellos reaparecieron como 
militares activos, el primero en la Fuerza de Despliegue Rápido y en la Brigada VI con sede en 
Ibagué (Tolima). 
En medio del escándalo por la fuga de Maldonado, su familia alcanzó a decir que realmente lo 
que había sucedido era una desaparición y que detrás de las acciones contra el exoficial del ejército, 
había una justicia “contagiada de izquierda”. En particular, señaló al Colectivo de Abogados José 
Alvear Restrepo y al propio dirigente agredido Wilson Borja de ser “guerrilleros disfrazados”. 
Además, los señaló como responsables de la supuesta desaparición. Finalmente, el mayor César 
Maldonado fue recapturado por la Policía en la ciudad de Cúcuta, el 15 de julio de 2008, y 
actualmente se encuentra privado de la libertad en la cárcel de La Picota de Bogotá, donde cumple su 
condena. 
Un testimonio clave para esclarecer el atentado a Wilson Borja lo aportó el también 
condenado Jorge Ernesto Rojas Galindo, quien a instancias de la jurisdicción de Justicia y Paz 
declaró en 2010 que perteneció a los grupos que comandaron Carlos Castaño y Salvatore Mancuso, y 
que su misión fue la parte logística del Bloque Norte desde el departamento de Córdoba. Sobre su 
presencia en Bogotá a finales de los años 90, Rojas precisó que, por solicitud de Mancuso, adelantó 
un estudio sobre cómo posicionar al paramilitarismo en la ciudad, precisando los puntos críticos que 
podía tener la capital y la sabana de Bogotá, y que así surgió lo que llegó a llamarse el Bloque 
Capital. 
Tras esta gestión de inteligencia, agregó Rojas Galindo, recibió la orden de apoyar en Bogotá 
a una gente que llegó del Bloque Calima, para cumplir misiones encomendadas por Carlos Castaño. 
Ese grupo lo comandó Fredy Cadavid, alias Luis. En ese caso, su misión fue el apoyo logístico y 
económico, que empezó enviando comunicados de su presencia a los alcaldes de Zipaquirá, Cajicá, 
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0 
 
Chía, Sopó, Guasca, La Calera, Mosquera, Funza y Subachoque. Rojas Galindo fue capturado en 
febrero de 2001 y de ahí en adelante no supo más del Bloque Capital. No obstante, sus apreciaciones 
fueron determinantes para la operatividad de este capítulo de violencia protagonizado por las 
autodefensas. 
En concreto, Rojas Galindo, quien fue oficial del ejército entre 1977 y 1994, resaltó que su 
análisis de la situación en Bogotá le permitió al paramilitarismo determinar que los puntos más 
neurálgicos eran Corabastos, los Sanandresitos, Unilago, la Zona Rosa al norte de la ciudad, la zona 
industrial, Ciudad Bolívar, Cazucá, Bosa y el vecino municipio de Soacha. No obstante, en la misma 
declaración Rojas dejó claro que para esa época ya había gente del Magdalena Medio, de los Llanos, 
del Bloque Metro de Medellín y del Bloque Norte. Luego se buscó centralizar las operaciones bajo un 
solo comandante, y este fue Miguel Arroyave cuando dejó la cárcel de La Modelo. 
Igualmente, en desarrollo de la ley de Justicia y Paz, el comandante del Bloque Catatumbo, 
Salvatore Mancuso, aceptó que las autodefensas fueron responsables del atentado contra el ex 
dirigente sindicalista. A su vez, antes de su desaparición en el año 2004, el jefe paramilitar Carlos 
Castaño aseguró que él no mandó matar a Wilson Borja, y que la orden fue secuestrarlo. En una 
entrevista al diario El Tiempo días después del atentado, Castaño aceptó que dio esa orden porque, en 
criterio de las autodefensas, Wilson Borja pertenecía al Ejército de Liberación Nacional. Eso explica 
las continuas amenazas en su contra, que no obedecían únicamente a su condición de sindicalista. 
Después del atentado, Wilson Borja tuvo que afrontar una larga recuperación, que lo mantuvo 
ocho meses en Cuba para recibir el tratamiento apropiado. También estuvo en Estados Unidos 
durante un tiempo. Cuando volvió al país en 2002, fue elegido representante a la Cámara por la 
circunscripción de Bogotá, en las listas del Frente Social y Político. En los comicios parlamentarios 
de 2006 resultó reelecto. Dos años más tarde fue involucrado en el escándalo de la Farcpolítica, 
derivado de supuestos hallazgos de nexos suyos con la guerrilla, detectados en los computadores que 
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1fueron recogidos en el campamento de Raúl Reyes, bombardeado en la Operación Fénix en 2008. 
 
En 2010, Borja vio frustrada su intención de llegar al Senado de la República, pero un año 
después fue absuelto por la Corte Suprema de Justicia en el caso de la Farcpolítica, bajo la 
consideración de que se había violado la cadena de custodia en los aludidos computadores de Raúl 
Reyes. Es decir que, en vez de ser entregados a la Fiscalía para la investigación legal, fueron 
manipulados e incluso algunos de sus apartes fueron filtrados a medios de comunicación de España, 
Estados Unidos y Colombia, para tratar de posicionar el escándalo. Era la misma época en la que 
ardía la parapolítica y el malogrado propósito fue tratar de equilibrar cargas en el alto tribunal de 
justicia. 
En la actualidad, Wilson Borja sigue siendo dirigente político de la izquierda, esta vez en el 
Polo Democrático. De hecho, en las pasadas elecciones de marzo de 2018, no pudo volver a la 
Cámara de Representantes. Respecto a su seguridad, mantiene una cerrada disputa con la agencia de 
protección del Estado, que ha querido disminuir su esquema de escoltas. Borja sostiene que no va a 
someterse a evaluaciones de su caso por cuanto es un hecho históricamente probado que las 
autodefensas intentaron matarlo en 2000. En concreto, el Bloque Capital constituido por Carlos 
Castaño, en una época en la que muchos líderes sindicales no lograron sobrevivir a su ofensiva. 
 
 
 
 
 
 
 
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2 
 
Capítulo III 
El paramilitarismo pierde los límites 
Contexto 2002 -2006 
Cuando el presidente Andrés Pastrana anunció la terminación del proceso de paz con las 
FARC en febrero de 2002, el paramilitarismo había perdido sus límites. No solo era autoridad en 
varias regiones de Colombia y su ofensiva militar se expresaba en masacres y homicidios políticos, 
sino que desarrollaba un estratégico plan para penetrar el Estado y cooptar el poder político. Una 
compleja transición que se dio mientras sus principales jefes afrontaban una enconada confrontación 
interna para resolver el dilema de separar sus caminos del narcotráfico. 
Al tiempo que Carlos Castaño anunciaba su renuncia a la comandancia de las autodefensas en 
2001 porque la avidez de otros jefes no tenía reservas frente al tráfico de narcóticos, en uno de sus 
feudos históricos en el departamento de Córdoba, se gestaba una alianza entre paramilitarismo y 
políticos. El denominado Pacto de Ralito que firmaron los jefes paramilitares Salvatore Mancuso, 
Diego Murillo o Berna, Eduard Cobos o Diego Vecino y Rodrigo Tovar o Jorge 40, entre otros, con 
un grupo significativo de líderes políticos, mandatarios, funcionarios públicos y candidatos. 
En ese contexto, las campañas políticas de 2002 para Congreso y Presidencia, y 2003 para 
mandatarios regionales y locales, se convirtieron para las autodefensas en un botín prioritario por 
alcanzar. Fue la misma época en la que tras el fracaso del proceso de paz con las FARC en el Caguán, 
la pelea electoral por suceder al presidente Andrés Pastrana, asistió a la victoria en primera vuelta del 
candidato de Colombia Primero, Álvaro Uribe Vélez. Desde ese mismo día, Uribe se mostró 
dispuesto a entablar diálogos de paz con los grupos que facilitaran un cese de hostilidades. 
Cuatro meses después de constituido, el primero de diciembre de 2002, el gobierno Uribe 
Vélez, a través de su comisionado de paz, Luis Carlos Restrepo, anunció que desde octubre una 
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3 
 
comisión episcopal integrada por los obispos de Montería, Apartadó y Sonsón, autorizada por el 
ejecutivo, había indagado la voluntad de las autodefensas para iniciar diálogos, previo cese de 
hostilidades, con resultados optimistas. Ese fue el comienzo del accidentado proceso de paz entre el 
gobierno Uribe y las autodefensas que marcó el rumbo de su mandato. 
Y mientras ese entramado político y militar se configuraba en el país, la incidencia del 
paramilitarismo en Bogotá también tuvo su transformación. A mediados de 2002, por los recovecos 
de la justicia quedó libre Miguel Arroyave, quien había formado un imperio de horror en la cárcel 
Modelo, y con la complacencia de la casa Castaño y su enviado Daniel Rendón Herrera, alias Don 
Mario, se constituyó el Bloque Centauros con una pretensión más ambiciosa: una estructura de poder 
militar desde la capital y Cundinamarca hasta Meta, Guaviare, Casanare, Arauca o Vichada. 
El Bloque Centauros que hizo estragos a lo largo y ancho de los Llanos Orientales, quedó a 
disposición de dos viejos conocidos los hermanos Fidel, Vicente y Carlos Castaño. Todos oriundos de 
Amalfi (Antioquia), amigos desde la infancia. Miguel Arroyave, mandamás de los precursores 
químicos para abastecer el narcotráfico y luego jefe del Bloque Interno Capital en La Modelo; y 
Daniel Rendón, hermano de Fredy Rendón -comandante del Bloque Helmer Cárdenas en Urabá-, y 
mano derecha de Vicente Castaño en asuntos de tráfico de drogas. 
Su centro de operaciones fue un enclave geográfico conocido como Casa Roja, situado en El 
Dorado (Meta), con un político cooptado por las autodefensas llamado Euser Rondón, que ya había 
sido determinante para el incursionar de esta organización ilegal en la región del río Ariari. En 
calidad de alcalde del municipio entre 1999 y 2001, Rondón había permitido que el movimiento de la 
casa Castaño en el Meta tuviera desarrollo. Por eso, encajó sin dificultades en una región con larga 
tradición de paramilitarismo desde los tiempos de Rodríguez Gacha a finales de los años 80 
Aunque tiempo después el Bloque Centauros entró en conflicto con las autodefensas del 
Casanare y otros grupos, y los Llanos Orientales se anegaron en sangre, para 2002 Miguel Arroyave y 
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4 
 
Daniel Rendón o Don Mario eran los jefes mayores y su expansión territorial incluía despojo de 
tierras. Mientras Arroyave se sumaba al proceso de paz planteado por el gobierno Uribe en la agonía 
de 2002, Don Mario sellaba los acuerdos políticos para la toma del poder local en las elecciones del 
año 2003. 
En Bogotá, tras la libertad de Miguel Arroyave y el asesinato de Ángel Gaitán a manos de un 
guerrillero durante un traslado a La Picota, en 2003 comenzó a declinar el Bloque Interno Capital de 
La Modelo, pero la ciudad pasó a ser la otra sede de Arroyave cuando volvía del Meta. Con oficinas 
para concertar ajustes de cuentas en el sector del Sanandresito del barrio Ricaurte y la 116 con 11 en 
el norte, el paramilitarismo siguió actuando, aunque bajó el perfil de sus víctimas. No fueron 
magnicidios, pero si sindicalistas u operaciones de limpieza desde Ciudad Bolívar hasta Soacha. 
Años después, en noviembre de 2008, en un oficio a la Corte Suprema de Justicia por asuntos 
relacionados en el que después se llamó la parapolítica, la Comisión Colombiana de Juristas aportó 
un documento con anexos que en parte resume lo que pasó con el paramilitarismo en Bogotá desde 
2000 a 2006. Con nombres de víctimas, fechas y lugar de ocurrencia, la organización de derechos 
humanos registró 70 casos de homicidios y amenazas. La mayoría de las víctimas fueron líderes 
sindicales o de juntas de acción comunal, estudiantes de universidades públicas o políticos. 
En octubre de 2003, mientras las autodefensas le daban los últimos retoques a la 
desmovilización de sus frentes de guerra, incluyendo putas y mendigos para que se vieran más 
combatientes, tuvo lugar la elección de mandatarios locales en Colombia. A imagen y semejanza del 
Pacto de Ralito de 2001 en Córdoba, de acuerdo a lo concertado en el pacto de Los Mandarinos en 
Guamal (Meta), Don Mario y Arroyave dispusieron que el nuevo gobernador del Meta debía ser 
Euser Rondón y estructuraron su propia campaña para asegurar ese botín. 
El otro frente paralelo, la Alcaldía de Villavicencio se transformó en otro objetivo político. 
Terminado el gobierno de Omar López Robayo, que para tratar de perpetuarse en el poder y oponerse 
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a las pretensiones de las autodefensas, le dio todos su apoyo político y económico al candidato 
Germán Chaparro Carrillo. Gracias a esta alianza, Chaparro fue elegido en 2003, pero apenas llegó al 
cargo terminó aliándose con el paramilitarismo para facilitar el acceso de la organización ilegal a los 
contratos públicos. Algo parecido a lo que pasó con la gobernación del Meta. 
En otras palabras, los paramilitares perdieron con Euser Rondón para la gobernación y con su 
candidato para la Alcaldía de Villavicencio, pero gracias a su poder de intimidación y la corrupción, 
terminaron cooptando el poder con los ganadores. Edilberto Castro en la gobernación del Meta y 
Germán Chaparro en la Alcaldía de Villavicencio. En pocos meses esa transición, que se dio en la 
misma época en la que el paramilitarismo daba espectáculos regionales en su desmovilización y sus 
jefes intervenían en el Congreso, terminó en una racha de asesinatos. 
El 22 de febrero de 2004 en una cancha de futbol en Villavicencio, fue asesinado a tiros el 
exalcalde de la misma ciudad, Omar López Robayo. Ante su oposición a que su ungido Germán 
Chaparro le recortara su poder contractual para cederlo a las autodefensas, el Bloque Centauros 
ordenó el homicidio. Años después la justicia condenó al exalcalde Chaparro y a Wilmar Rondón, 
hermano de Euser Rondón, el exalcalde de El Dorado que perdió la elección de la gobernación del 
Meta en 2003 y se había convertido en denunciante contra el gobierno de Edilberto Castro. 
Y se repitió la película. Ante la necesidad de intervenir los millonarios recursos de la 
gobernación del Meta o apoyar a su viejo aliado Euser Rondón, el paramilitarismo optó por el primer 
objetivo. El 12 de septiembre de 2004, Miguel Arroyave citó a su amigo Euser Rondón en Bogotá 
para hacer planes. Rondón le pidió dos políticos cercanos que lo acompañaran. La diputada del Meta, 
Nubia Sánchez Romero y exgobernador del mismo departamento Carlos Javier Sabogal Mojica 
aceptaron hacerlo. Ese mismo día fueron asesinados por las autodefensas. 
Sus cuerpos sin vida aparecieron baleados en el interior de un vehículo que fue abandonado 
entre los municipios de Sopó y Briceño, al norte de Bogotá. Además del escándalo judicial y político, 
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6 
 
el triple asesinato de Rondón y sus acompañantes, fue la gota que rebosó la copa en la crisis que ya se 
vivía al interior del Bloque Centauros. Una semana después del triple homicidio, en área rural de 
Puerto Lleras en el Meta, fue asesinado por sus secuaces el todopoderoso Miguel Arroyave. Lo 
hicieron sus segundos, encabezados por Oliverio Guerrero, alias Cuchillo. 
Concluía el año 2004, desde abril nada se sabía sobre el paradero de Carlos Castaño que 
después fue declarado muerto, y era clara la crisis que se vivía al interior del paramilitarismo. Aunque 
el proceso de paz con el gobierno Uribe pasó derecho y para el año 2005 ya existía la ley de Justicia y 
Paz (ley 975 de 2005) para garantizar el tránsito de las autodefensas a la política, la disyuntiva de 
romper definitivamente con el narcotráfico dio al traste con todo. En esa cronología, quedó perdida 
una pieza clave del engranaje: el Bloque Capital en Bogotá. 
La primera desmovilización de las autodefensas fue la del Bloque Cacique Nutibara de 
Antioquia en noviembre de 2003 y la encabezó Don Berna. Para diciembre de 2004 lo hizo el Bloque 
Catatumbo de Salvatore Mancuso. El último en hacerlo en todo el país fue Rodrigo Tovar o Jorge 40 
hasta 2006. Nunca hubo una desmovilización a nombre del Bloque Capital, pero el Bloque Centauros 
si lo hizo en 2005, meses después del crimen de Miguel Arroyave. Es decir, incluso entre las 
autodefensas, se dio una especie de concertación para borrar sus huellas en la capital de la República. 
En enero de 2006, la Corte Constitucional dejó en sus justas proporciones la ley de Justicia y 
Paz y, al declarar inexequible la denominación de sediciosos para los paramilitares, bloqueó su salto 
de trampolín a la política. Fue el momento en el que se multiplicó la crisis del proceso de paz, 
comenzó el rearme y se dio la génesis de las bandas criminales que luego pasaron a llamarse 
Urabeños, Autodefensas Gaitanistas o Clan del Golfo, hasta que el gobierno Uribe decidió trasladar a 
los principales jefes paramilitares a la cárcel de Itagüí en diciembre de 2006. 
Como era el momento de que operara la ley de Justicia y Paz y los jefes paramilitares estaban 
conminados a decir la verdad, cumplir unos años de cárcel y reparar a sus víctimas, comenzaron a 
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aflorar las cuentas pendientes del paramilitarismo. Y en un contexto de clara confrontación entre el 
gobierno y las autodefensas por el fallo de la Corte Constitucional y el rearme, como estaba cantado 
las verdades revirtieron contra el Estado y se dio la génesis del escándalo de la parapolítica. Pronto, 
en los poderes legislativo y judicial el tema tomó proporciones de terremoto. 
A pesar de que Álvaro Uribe había ganado la reelección en agosto, con triunfo en primera 
vuelta con más del 60% de los votos, los debates de Gustavo Petro en el Congreso, las denuncias de 
Clara López ante la Corte Suprema de Justicia, y la avalancha de declaraciones judiciales de los 
acogidos a la ley de Justicia y Paz, multiplicaron los ecos de la parapolítica. Para noviembre de 2006 
ya habían sido capturados varios congresistas de Sucre. En febrero de 2007 se sumaron otros del 
Cesar, Atlántico y Magdalena. Y así sucesivamente fue subiendo la temperatura política. 
Lo demás es historia conocida. El escándalo de la parapolítica fue la raíz de otros desafueros 
como la Yidispolítica, las chuzadas ilegales del DAS, el espionaje a la Corte Suprema de Justicia, la 
interinidad en la Fiscalía y las peleas diarias de Uribe con sus detractores. Una secuencia de ruidosos 
hechos que terminó parcialmente el 13 de marzo de 2008, cuando el gobierno Uribe decidió extraditar 
a Estados Unidos a 14 de los principales jefes paramilitares. Como era lógico, desde cárceles 
norteamericanas, los extraditados aumentaron el calibre de sus verdades. 
Entre el cúmulo de declaraciones ante Justicia y Paz, aunque sin la contundencia de los 
expedientes radicados en la costa Atlántica, Antioquia, Tolima, Norte de Santander, Santander o 
Valle, no demoraron en aparecer las primeras verdades sobre la existencia del Frente Capital o 
Bloque Capital. De cualquier manera, la búsqueda de respuestas para determinar hasta donde llegó el 
paramilitarismo en Bogotá, y de qué manera fue responsable de graves violaciones de los derechos 
humanos. Un capítulo judicial que sigue esperando que se puedan esclarecer muchos interrogantes. 
 
 
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8 
 
Mal paga el diablo a quien bien le sirve 
 
Euser Rondón. Asesinado el 13 de septiembre de 2004. Foto tomada de: Archivo Equipo Verdad Abierta 
 
La vía Briceño-Zipaquirá, jurisdicción de Tocancipá (Cundinamarca), a escasos 48 kilómetros 
de Bogotá, no era muy concurrida en las noches. Sus propios pobladores no la transitaban después de 
las seis de la tarde. Sin alumbrado, era realmente peligrosa y por esa misma razón era habitual 
recoger en ella uno que otro cadáver. A las 9:30 de la noche del 13 de septiembre de 2004 se hizo 
noticia cuando se reportó que, al interior de un carro rojo abandonado, habían sido encontrados los 
cuerpos tiroteados de tres líderes políticos del departamento del Meta. Crimen perpetrado por las 
redes del paramilitarismo que desde la capital operaban como plataforma de su expansión a los 
Llanos Orientales. 
Según el registro policial, la diputada Nubia Sánchez, fue impactada con cinco balazos en su 
espalda y su mano derecha. El exgobernador Carlos Sabogal Mojica fue baleado en el pecho, el rostro 
y la cabeza. Al excandidato a la gobernación y exalcalde de El Dorado, Euser Rondón, le dispararon 
en el rostro. Las primeras pesquisas determinaron que el triple homicidio no se cometió en ese lugar y 
quehurtar sus documentos de identidad fue una artimaña que retrasó la investigación. La pregunta 
que se hizo el comandante de Policía de la localidad ante los medios ese día resumió la primera 
impresión: ¿Quiénes pidieron ser tan osados como para llevar en un auto tres cadáveres y desde 
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dónde los trajeron?”. 
Cuando fueron identificados y comenzó la reconstrucción judicial de lo sucedido con los tres 
políticos, se supo que llegaron juntos a Bogotá ese mismo día, unas seis horas antes del hallazgo de 
sus cadáveres. Tiempo después se probó que el motivo de ese viaje fue una cita pactada entre el 
comandante del Bloque Centauros Miguel Arroyave y el excandidato a la gobernación Euser Rondón, 
y que por alguna razón éste lo hizo en compañía de Nubia Sánchez y Carlos Sabogal. De los dos no 
quedó evidencia de ilegalidades, pero Rondón sí dejó trazas de una larga relación con algunos jefes 
del Bloque Centauros, desde que ofició como alcalde de El Dorado, donde el paramilitarismo tuvo su 
fortín. 
Euser Rondón fue alcalde de El Dorado (Meta) entre 1997 y 2000, la misma época en la que, 
recién constituida la plataforma paramilitar de las Autodefensas Unidas de Colombia, el 
departamento del Meta se convirtió en punta de lanza de su expansión territorial. Y como se demostró 
en las investigaciones de la justicia, en zona rural del mismo municipio se constituyó un enclave 
conocido como Casa Roja, donde no sólo se gestó un sistema de despojo de tierras, sino que obró 
como una especie de bunker desde el cual Miguel Arroyave o Arcángel, Daniel Rendón Herrera o 
Don Mario y Manuel de Jesús Pirabán o Jorge Pirata, entre otros, ordenaron decenas de delitos. 
Aunque formalmente el Bloque Centauros se constituyó en 2002, cuando Miguel Arroyave 
salió de la cárcel La Modelo y afianzó su alianza con la Casa Castaño, cuyo enviado al Meta fue 
Daniel Rendón, ya existían nexos de guerra con corredores geográficos desde Bogotá hacia el Meta y 
los Llanos Orientales. Un espacio ampliado en el que se concretaron incontables planes de violencia, 
como los que tuvieron lugar en Bogotá desde finales de los años 90, atribuidos al Frente o Bloque 
Capital. De hecho, antes de convertirse en el jefe del Bloque Centauros, Miguel Arroyave y sus 
secuaces, desde la cárcel La Modelo o fuera de ella, fueron partícipes directos o indirectos de muchas 
acciones de guerra. 
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Un violento contexto que no excluyó el claro enfoque de toma del poder político que el 
paramilitarismo ideó para el país en los mismos tiempos de antesala a los debates electorales de 2002 
y 2003. El entramado que también explica el triple asesinato de los políticos del Meta Euser Rondón, 
Nubia Sánchez y Carlos Javier Sabogal. Un crimen con detonante en la intención del paramilitarismo 
de imponer mandatarios locales en el Meta, a imagen y semejanza del Pacto de Ralito en 2001 en el 
departamento de Córdoba, cuando un grupo de jefes paramilitares y dirigentes políticos sellaron una 
alianza para asegurar el poder local. 
Según las pesquisas de la justicia, esta estrategia en el Meta cobró forma a través de la entrega 
de $2.000 millones por parte del paramilitarismo a la candidatura de Euser Rondón a la gobernación 
del departamento en las elecciones de 2003. Antes y durante el tiempo de las elecciones, quedaron 
probadas las relaciones de cercanía entre Miguel Arroyave y Daniel Rendón con el candidato del 
movimiento Equipo Colombia. El propio Don Mario testificó que Euser Rondón fue un activo 
simpatizante de las autodefensas además de amigo personal, y que diariamente le dieron entre diez y 
quince millones de pesos para cubrir los gastos que su campaña política requiriese. 
En contraprestación, la idea era que una vez elegido Rondón, éste quedaba comprometido a 
dar a las autodefensas toda la información que tuviese sobre los movimientos de la Fuerza Pública y 
permitir que el paramilitarismo accediese a la contratación del departamento. En el mismo contexto, 
en versiones libres ante la justicia, tanto Daniel Rendón como Manuel de Jesús Pirabán y también el 
declarante Mauricio de Jesús Roldán, alias Julián, ex jefe del Frente Ariari, entregaron listas con casi 
todos los políticos que se beneficiaron de este dinero ilegal, y señalaron que, en la mayoría de los 
casos, Rondón fue el puente directo entre ellos y la escena política del Meta. 
En las mismas versiones, los jefes paramilitares reconocieron que, aunque su candidato era 
Euser Rondón, su plan era que todos los candidatos a la gobernación del Meta se sintieran apoyados 
por ellos. De esta manera, cualquiera que ganara, necesariamente debía convertirse en un mandatario 
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a su servicio. Por eso, el ganador y contrincante de Rondón en las elecciones de 2003, que resultó ser 
Edilberto Castro, también terminó inmerso en la parapolítica. Igualmente fue beneficiario de los 
votos que las autodefensas le aseguraron. El objetivo de Arroyave siempre fue crear una empresa de 
obras públicas que les permitiera controlar toda la contratación del departamento. 
El día de las elecciones, la certeza que Rondón tenía para alzarse con la victoria se fue 
esfumando. Al final de los escrutinios, cuando se anunciaban los últimos boletines oficiales, se fue la 
luz en Villavicencio. Cuando volvió, Edilberto Castro apareció ganando con cerca de 87.368 votos, 
menos de 3.000 más sobre Euser Rondón. Inicialmente, basado en la novedad del repentino apagón 
energético, su movimiento Equipo Colombia alegó fraude en las elecciones y organizó una protesta 
que duró cerca de 20 días. Después demandó la elección de Castro ante el Consejo de Estado, 
sacando a relucir un rosario de acusaciones para impedir su posesión como primer mandatario del 
Meta. 
Sin embargo, a pesar de que en su desespero Euser Rondón trató de imponer la tesis de que el 
electo Edilberto Castro no podía ejercer porque había sido condenado a 24 meses de prisión por 
homicidio culposo derivado de su participación en 1995 en un accidente de tránsito en el que murió 
un médico, no pudo evitar la posesión de su rival como gobernador electo del Meta. En enero de 
2004, Castro asumió el cargo y de inmediato se desencadenó una crisis que terminó en violencia. A 
pesar de que los jefes paramilitares sabían que de cualquier manera tenían como influir en el gobierno 
departamental, Rondón no se quiso dar por vencido y arreció en sus denuncias. 
Pronto se descubrió que la administración Castro había incurrido en una ambigua contratación 
de 159.000 paquetes escolares, avaluados en un costo de $1.900 millones, pero con un exceso de 
$800 millones. El asunto se volvió escándalo judicial y mediático, y Euser Rondón aprovechó para 
sumarlo a sus señalamientos. Por su propia cuenta y riesgo, no solo se volvió el azote del gobernador 
Castro, sino que se convirtió en una piedra en el zapato para los paramilitares. Era la misma época en 
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la que las autodefensas negociaban su desmovilización con el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, y las 
actuaciones de Rondón como una rueda suelta del engranaje, los colocaban en una situación 
incómoda. 
Como si fuera poco, a raíz de la visita que el 28 de julio de 2004 hicieron al Congreso los 
negociadores de las autodefensas Ramón Isaza, Salvatore Mancuso y alias Ernesto Báez, se 
desencadenó otra situación que aumentó la desconfianza de los jefes del Bloque Centauros con su 
antiguo aliado del municipio de El Dorado. Como los jefes de las autodefensas pidieron a sus 
políticos amigos llevar ese día manifestantes a la Plaza de Bolívar para tratar de demostrar respaldo a 
sus negociaciones políticas, Euser Rondón llevó bastante gente, pero después aprovechó para 
reclamar al Consejo de Estado por su demora en su demanda contra la elección de la gobernación del 
Meta. 
Según versión del portal 12Verdad Abierta, citando testigos de lo sucedido, después de este 
episodio se colmó la paciencia de los dirigentesparamilitares del Bloque Centauros, que empezaron a 
concebir la idea de deshacerse de Euser Rondón. Paradójicamente, cinco meses antes, los mismos 
jefes Miguel Arroyave y Daniel Rendón habían logrado, a través de sus sicarios, asesinar al exalcalde 
Villavicencio, Ómar López Robayo, también cruzado en sus aspiraciones de acceder a la contratación 
pública de la ciudad. El hecho tuvo lugar el 22 de febrero de 2004 en una cancha de fútbol de 
Villavicencio y terminaron condenados el alcalde Franklin Germán Chaparro y Wilmar Rondón, 
hermano de Euser Rondón. 
 
El destino fatal de este último empezó a sellarse la noche del 12 de septiembre de 2004, 
cuando Miguel Arroyave lo citó a una reunión en una casa situada entre Sopó y Briceño, en la sabana 
 
12 Traición y muerte en la parapolítica del Meta. Verdad Abierta (2009). Tomado de: https://verdadabierta.com/traicion-
y-muerte-en-politica-del-meta/ 
 
https://verdadabierta.com/traicion-y-muerte-en-politica-del-meta/
https://verdadabierta.com/traicion-y-muerte-en-politica-del-meta/
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de Bogotá. Rondón le pidió a la diputada Nubia Sánchez que lo acompañara a la cita, dado que había 
sido uno de sus principales soportes políticos, y también le solicitó el mismo favor al ex gobernador 
del Meta, Carlos Javier Sabogal, con el propósito de convencer al jefe paramilitar de insistir en sus 
denuncias. Pero Arroyave y sus compinches ya tenían tratos con el gobernador Edilberto Castro y la 
entrevista se convirtió en una trampa. El 13 de septiembre de 2004, los tres políticos fueron 
asesinados. 
En las reseñas de prensa, escasamente se dijo que Euser Rondón había sido alcalde de El 
Dorado entre 1997 y 2000 y Premio Nacional de Paz como integrante de la Asociación de Municipios 
del Alto Ariari en 2002. Sobre Carlos Javier Sabogal se informó que era un ingeniero civil, experto 
en planeación y activo empresario agrícola, que había desarrollado una larga trayectoria como alcalde 
de Villavicencio y gobernador del Meta. En cuanto a Nubia Sánchez, se reportó que era abogada 
experta en derecho administrativo, que fue secretaria general de la asamblea departamental, que 
ejerció cargos en la Contraloría del Meta y que desde 2000 hasta su muerte fue diputada del Meta y 
opositora de Edilberto Castro. 
Un año después del triple homicidio de Euser Rondón, Carlos Javier Sabogal y Nubia 
Sánchez, el Consejo de Estado anuló la elección del gobernador Edilberto Castro, tras constatar que 
antes de las elecciones de 2003 se había suscrito un contrato por $423 millones entre la 
electrificadora del departamento y la firma Cepesp para la lectura de contadores y distribución del 
servicio público, y entre los accionistas de la empresa contratante estaba Castro. Es decir, que estaba 
inhabilitado para ejercer como primer mandatario del Meta. En otras palabras, el alto tribunal terminó 
por darle la razón a Euser Rondón y Nubia Sánchez, quienes habían promovido la acción en contra de 
Castro. 
Meses después, el destituido gobernador Edilberto Castro fue vinculado a la investigación por 
el triple asesinato de los políticos del Meta, pues testigos declararon que había buscado a los jefes 
13
4 
 
paramilitares para encontrar ayuda a cambio de favores económicos, para que le quitaran de encima 
las denuncias de Euser Rondón. En 2007, la justicia lo condenó a 40 años de prisión. Sin embargo, 
cuando esta sentencia se dio, ya no existía el jefe del Bloque Centauros, Miguel Arroyave, quien 
resultó asesinado por sus propios secuaces. En medio de los escándalos que dejaba a su paso el 
proceso de paz entre el gobierno Uribe y las autodefensas, este crimen dejó ver su crisis interna. 
El asesinato de Arroyave se dio el 19 de septiembre de 2004, seis días después del triple 
crimen de los políticos del Meta. El cerebro del crimen fue Oliverio Guerrero, alias Cuchillo, jefe del 
Bloque Centauros en el Guaviare. También fueron involucrados Arlex Arango, alias Chatarro; José 
Vicente Rivera, alias Soldado; y Erlin Pino alias Fercho. Según el testimonio de Chatarro, lo 
mataron por sus excesos en el mando. “Era un comandante déspota y estaba enfrascado en lo 
económico. Daba órdenes sin fundamento, como matar a alguien por quitarle su propiedad. Nos llevó 
a una guerra sin sentido con las autodefensas del Casanare y ordenó matar a Don Mario, pero le 
hicimos consejo de guerra y los matamos”. 
La muerte de Arroyave evidenció la transición que se vivía al interior del paramilitarismo, 
pues a pesar de que hasta 2006 terminaron las desmovilizaciones y el Bloque Centauros lo hizo en 
septiembre de 2005, un sector de las autodefensas desertó del proceso de paz y comenzó a estructurar 
las bandas criminales (Bacrim). De alguna manera, con el asesinato de Arroyave se cerró un capítulo 
en la historia de la violencia desde Bogotá hasta los Llanos Orientales, y se abrió uno nuevo que no 
termina y uno de cuyos líderes fue Daniel Rendón, extraditado a Estados Unidos en abril de 2018. El 
del reacomodo paramilitar en el narcotráfico, principal desafío de seguridad en el presente. 
 
 
 
13
5 
 
Capítulo IV 
Las víctimas anónimas 
 
El fenómeno del Bloque Capital de las Auc no solamente actuó en contra de una esfera 
pública, que, en medio de todo, estaba involucrada con temas sociales y de cierta forma se convertían 
en blancos susceptibles de ser atacados por un mando de ultraderecha o un frente paramilitar. A 
finales de los 90 los tentáculos del paramilitarismo penetraron en las calles de Bogotá. Su objetivo 
principal era contrainsurgente, es decir combatir los fortines de la guerrilla de las FARC que desde 
años atrás ya habían dominado el territorio capitalino. De igual forma, tener control en Bogotá fue 
fundamental para el Bloque Capital, pues al parecer algunos barrios periféricos y municipios vecinos 
servían de corredores de armamento, producción de cocaína y una salida a los llanos orientales que 
los conectaba inmediatamente con el Bloque Centauros. 
La estrategia inició con la vinculación de bandas criminales en distintos barrios de la periferia 
de la ciudad. Grupos delincuenciales que ya tenían una incursión en el microtráfico y el robo en los 
barrios, que con la llegada del frente paramilitar se vincularon rápidamente al Bloque Capital. Así lo 
señaló José Efraín Pérez Cardona 13alias Eduardo 400, paramilitar que también perteneció al frente 
capital. “La idea era coger barrios, apoderarse de las pandillas, o bandas organizadas delincuenciales 
que estaban allí, la idea era una orden seca: ‘señores de las bandas delincuenciales se organizan con 
nosotros o serán borrados de la faz de la tierra’. Por lo visto esa presión logró que mucha gente se 
volteara para el lado de nosotros”. admitió en la décima primera audiencia en su contra, en el año 
2009. 
Según como lo recalcó alias Eduardo 400, para el Bloque Capital fue más fácil apoderarse de 
 
13 Fiscalía General de la Nación. (2009) Audiencia en versión libre José Efraín Pérez alias Cuatrocientos. 
Recuperado de: Transcripción de la décimo primera audiencia primera sesión de versión José Efraín Pérez Cardona. 
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6 
 
conquistar esas bandas ya organizadas que tenían armas, territorios y control de la autoridad local. 
Desde su llegada a Bogotá el frente paramilitar produjo una inmensa cantidad de víctimas, hechos 
que en su mayoría no se encuentran registrados y siguen liderando las filas de víctimas anónimas que 
aún viven o, en el peor de los casos, murieron en impunidad. 
De igual forma, el Bloque Capital también constituyó estrategias de negociación que les 
permitieran adquirir recursos ilícitos. Este tipo de actividades también fueron impulsadas por la 
información que tenían del control de las FARC en zonas como San Andresito de la 38 y Corabastos. 
Fue así como instauraron las oficinas de cobro, ubicadas tambiénen Sanandresito de la 38. En este 
sector del sur de Bogotá, los paramilitares cobraban un impuesto para permitir delinquir en diferentes 
zonas, ya fuera con tráfico de drogas o en cobro de deudas. Este modelo fue copiado de lo que Pablo 
Escobar implantó en lugares como Envigado y Medellín, en donde literal tocaba pagar para poder 
delinquir. 
Según lo afirmó Castaño ante la justicia, el Bloque Capital llegó hasta esa zona pues en el 
sector de la calle 39 con carrera novena, funcionaban las oficinas de cobro a cargo de Fabián 
Ramírez, jefe del Bloque Sur de las Farc. Es así como el frente paramilitar tomó el control del barrio 
y desplazó el poder que la guerrilla ya había conquistado. 
“Al principio fue con el tema del boleto o de los impuestos que les cobraban a los puestos de 
transportes, las tiendas y a los negocios. Habían encargados por cada sector. Entonces cada bus le 
cobraban para que pudieran hacer sus rutas dentro de los barrios. En el día era gente vestida normal, 
pero en las noches si se les podía ver con distintivos de las Auc cuando iban y hacían las mal 
llamadas limpiezas que eran en contra los jóvenes” afirmó John Alex Olaya, un habitante de Ciudad 
Bolívar. 
La justicia señaló en su momento que Miguel Arroyave puso como jefe de las calles a Henry 
de Jesús López Londoño, alias Mi Sangre quien lideró las oficinas de cobro que con el tiempo se 
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7 
 
tomaron el control del sector de Sanandresito de la 38, así como la extorsión de los comerciantes que 
no colaboran puntualmente con la cuota de seguridad. Así también lo señaló alias Eduardo 400, “La 
idea era que tenía que ir en contra de la guerrilla, pero también tener sus bandas de cobro de tal 
manera que se cumplieran las dos funciones, porque igual se necesitaba la economía para el 
sostenimiento del Bloque”. 
Esta situación de control económico se pudo evidenciar en una entrevista que Miguel 
Arroyave concedió al diario El Tiempo, el 9 de marzo de 2004, en la que confesó que el Bloque 
Capital había sido responsable de la explosión el 8 de octubre de 2003 en Sanandresito de la 38, que, 
al parecer, atendió a la disputa entre las FARC y el frente paramilitar. Los distintos grupos de cobro 
que rondaban la ciudad, estaban conformados entre 5 a 10 personas y seguían órdenes directas de 
Ángel Gaitán Mahecha y Miguel Arroyave. 
Bajo las órdenes de Castaño y Miguel Arroyave se determinó la estrategia de quitar a la 
guerrilla esas rutas de abastecimiento que ya habían dominado dentro de la capital de la República. El 
Bloque Capital se tomó las localidades de Kennedy y Usme, Soacha, Tunja y La Calera. Debe 
recalcarse el hecho de que estas tomas no se comparan con el control que los grupos armados 
tuvieron en diferentes poblados del país, no porque sean menos importantes o menos violentas, sino 
porque la configuración geográfica y social de Bogotá permitió que estas estructuras existieran sin 
que hubiera un impacto que alarmara a toda la ciudad. De igual forma, otro factor que también 
influyó en el registro y rastreo por parte de las autoridades de los hechos de violencia ocurridos en la 
periferia fue el mimetismo del control paramilitar, cobijado y entendido, muchas veces por las 
autoridades o incluso por los mismos habitantes de la zona, como actuar de bandas criminales y 
delincuenciales locales. 
Según como lo confirmó el Centro de Memoria, en su informe Limpieza Social una violencia 
mal nombrada (2015), las operaciones de limpieza social se incrementaron particularmente en los 
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8 
 
límites de Ciudad Bolívar y el municipio de Soacha. 14El ascenso de homicidios, especialmente de la 
población juvenil, pasó de 66 personas muertas entre enero y marzo de 2004 a 88 víctimas en los 
mismos meses en el siguiente año, 2005. Para las comunidades fueron hechos impactantes ya que, si 
bien es cierto que en esas zonas siempre ha habido altos niveles de inseguridad, el incremento de las 
amenazas y asesinatos, especialmente en la población joven, fue algo que sin duda marcó la historia 
de estos barrios, que sin saberlo y tal vez sin entenderlo bien, habían entrado a ser parte del conflicto 
armado en el país. Una guerra que logró penetrar una estructura que hasta el momento parecía 
invencible: la ciudad de Bogotá. 
En los barrios se realizaron diferentes actos para conmemorar el asesinato de más de 140 
jóvenes muertos en el lapso de 2004 a 2005. Como lo registró El Tiempo 15la comunidad realmente 
estaba siendo amenazada, “Aquí todas las semanas hay entierros. El 90 por ciento de las personas se 
mueren de plomanía… por plomo o por bala”, señaló un sacerdote del barrio Jerusalén al medio de 
comunicación. Para el año 2008 la Comisión de Juristas de Colombia en un documento de denuncia, 
dirigido a un fiscal de la Corte Suprema, ante la situación del Bloque Capital, logró referenciar 44 
casos de homicidios, más de tres lesiones personales y 33 amenazas. Es decir, un total de 80 registros 
de violaciones atribuidas a paramilitares entre 2000 y 2008. Algunos de las cifras referenciadas por la 
Comisión fueron: 
-16febrero de 2006: se denunció persecución política por parte del Bloque Capital, contra 
ciudadanos que concurrían eventos relacionados con el partido de izquierda Polo Democrático 
Alternativo. 
-Entre agosto de 2004 y junio de 2005, se registró el asesinato de más de 100 jóvenes 
 
14 Cifras tomadas de Centro de Memoria Histórica. (2015) Limpieza Social. Una violencia mal nombrada, Bogotá, CNMH- 
IEPRI. 
15 Citado por Centro de Memoria Histórica. (2015). El Tiempo. (23 de abril 2000) 
16 Centro de Memoria Histórica. (2015) Limpieza Social. Una violencia mal nombrada, Bogotá, CNMH- 
IEPRI. 
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9 
 
asesinados en Altos de Cazucá a manos de los paramilitares. 
-Para 2006, la Policía de Bogotá desmanteló 15 estructuras de las Autodefensas en la ciudad y 
detuvo 94 integrantes, entre ellos 26 de sus principales líderes. 
De igual forma, en la base de datos del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), 
en un informe presentado en el 2014 se registraron varios hechos de asesinato y desaparición a los 
jóvenes de Ciudad Bolívar y Altos de Cazucá. El 30 de agosto de 2002 se registró un asesinato 
colectivo en el barrio La María de la Comuna 3 en el municipio de Soacha. Según los testimonios 
presentados, un grupo de personas identificadas como pertenecientes a las AUC masacraron a seis 
jóvenes entre los 18 y los 22 años en horas de la tarde. Meses después ocurrió lo mismo pero esta vez 
las siete personas aparecieron muertas en el barrio Villa Mercedes, sector de La Meseta en Cazucá. 
Como estos, hay miles de casos registrados, casos que quedaron en denuncias, el levantamiento de los 
cuerpos y la misa del barrio que les dio el último adiós. 
Los drogadictos, delincuentes y los cuenta gotas se convirtieron en el objetivo de los 
paramilitares que hacían control en las calles e instauraron toques de queda en las noches, los jóvenes 
no podían salir a algunas zonas del barrio porque después de cierta hora, nunca regresaban a su casa. 
En el informe del Cinep del 2014, también se registraron las denuncias de algunos habitantes que 
aseguraban que en muchas ocasiones los grupos de paramilitares venían acompañados a prudente 
distancia por uniformados del Ejército Nacional. “Patrullajes en la zona por parte de miembros de la 
Policía, Ejército, cometiendo requisas constantes, detenciones arbitrarias y señalamientos contra 
algunos pobladores. Dichas acciones coincidían posteriormente con actividades de limpieza social y 
con la ausencia de fuerza pública por determinados periodos de tiempo”, afirmó un habitante de la 
zona. 
La persecución no solo fue en contra de los drogadictos y ladrones, muchos líderes sociales de 
los barrios también manifestaron estar en peligro. La situación que muchos tuvieron que vivir fue así: 
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0 
 
Primero llegaban panfletoscon amenazas “lo vamos a matar por sapo”; “no queremos verlo más 
aquí”; “cuídese lo estamos vigilando”. Tiempo después, personas que no eran conocidas en el barrio 
intentaban entablar alguna conversación con los vecinos y las personas cercanas a las víctimas. 
Finalmente, se encontraban muertos en el barrio o simplemente desaparecían sin explicación. Muchos 
habitantes de la localidad de Ciudad Bolívar también admitieron, en la investigación realizada por el 
Centro de Memoria Histórica, que los mismos grupos convocaron a miembros de la comunidad a 
grupos de vigilancia de vecinos para controlar el supuesto incremento de la delincuencia. Estos actos 
claramente representaron la construcción del típico modelo paramilitar de pequeños ejércitos 
privados de al servicio de la seguridad local. 
Entre Santo Domingo y Potosí dos barrios ubicados en la parte más alta de Ciudad Bolívar 
existen un árbol que ha sido testigo de todo. “el árbol del ahorcado es un sector simbólico que queda 
en medio de Potosí y Santo Domingo (Ciudad Bolívar). Allí había fosas, allí enterraban a los jóvenes. 
De hechos muchos paramilitares dentro del proceso confesaron que había muchos cuerpos allá que 
después fueron entregados”, contó Jhon Alex Olaya. El arbusto se convirtió en un recuerdo constante 
para todos quienes caminan por allí. Un recuerdo de la muerte y del dolor de las víctimas anónimas, 
de aquellos que hoy están ausentes porque la guerra los silenció. En un contexto social que siempre 
ha sido vulnerable y en un conflicto que nunca supo perdonó. 
Jhon Alex Olaya vive en Ciudad Bolívar desde hace 25 años y afirma conocerse todos los 
rincones de la localidad que lo vio nacer. Como simpatizante del M-19, en su momento, sufrió 
amenazas contra su vida y tuvo que perder a más de un amigo que cayó en las garras de la limpieza 
social. “Como se desintegraron las autodefensas cada quien armó su grupo, que las águilas negras, 
que los cuchillos, los urabeños. Entonces yo creo que ya se trasladó el tema al micrográfico. Aún hay 
presencia de esas bandas en los barrios de la localidad y de hecho ahora es como más cruel la vaina 
porque la principal actividad económica de ellos es el micrográfico entonces es más peligroso”. Jhon 
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1 
 
Alex Olaya asegura que aún hay grupos armados ilegales dentro de ese territorio. 
El 4 de mayo de 2018, el diario El Tiempo publicó una alerta enviada por la Defensoría del 
Pueblo al ministro del Interior pues según varias denuncias en el momento casi 15 años después de la 
desmovilización de las autodefensas y casi dos años después de la firma de los Acuerdos Paz, aún se 
registran víctimas de grupos armados ilegales dentro de la ciudad. La Defensoría del Pueblo se basó 
en 17 hechos ocurridos entre 21 de marzo del 2017 y 2 de abril del año en curso. 
El 15 de marzo de 2018 Germán Espinel, un líder social de la comunidad, recibió dos disparos 
de revólver cerca de su casa en La Alameda (Ciudad Bolívar), el joven resultó ileso gracias a un 
chaleco antibala que le había entregado la Unidad de Protección. De igual forma, Camilo Arana, 
integrante del Comité de Derechos Humanos de la localidad, “Realmente lo que se escucha en la zona 
es que están descubriendo el agua tibia. Como siempre, hay una respuesta tardía de algo que desde 
hace tres o cuatro años veníamos denunciando”, señaló el Arana al diario El Tiempo el pasado 4 de 
mayo. 
Sin embargo, a pesar de las denuncias de los habitantes, la intervención de la Defensoría del 
Pueblo y los correspondientes informes del Centro de Memoria Histórica y el Cinep, aún muchos se 
niegan a ver estos hechos como una realidad enlazada con el conflicto armado en Colombia, o por lo 
menos con los resquicios que quedan de este. Miguel Uribe, secretario de Gobierno, afirmó a El 
Tiempo que las víctimas registradas no tenían que ver con grupos armados al margen de la ley, “De 
acuerdo con reportes de Policía y Ejército podemos afirmar que en ninguno de los 38 casos atendidos 
en Ciudad Bolívar hay riesgo o amenaza que provenga de un actor armado. Se trata de delincuencia 
común”, señaló. 
Las víctimas del Bloque Capital, de ELN y de las FARC en Bogotá se siguen recordando con 
dolor. Muchos pensaron y, tristemente aún piensas, que el conflicto armado en Colombia era ajeno a 
la capital de la República y cuando se hablaba de víctimas se visualizaba a campesinos en lejanas 
14
2 
 
zonas del país. Pero la realidad y la historia se encargó de demostrar lo contrario la guerra si llegó y 
logró acallar a muchos que intentaron denunciar o hacer algo para que no hubiera impunidad. Otros, 
simplemente desaparecieron cuando iban del colegio hacia su casa y sus nombres aún se desconocen. 
Lo cierto es que los unos y los otros no se convirtieron en simples cifras y recuerdos que permanecen 
en la memoria de quienes los conocieron o llegaron alguna vez a escuchar lo ocurrido. Sin duda 
alguna, esas víctimas son las pruebas más sinceras que existe para seguir luchando cada vez con más 
fuerza y continuar construyendo una memoria colectiva. Porque, aunque la guerra les arrebató sus 
vidas, el miedo nunca borrará su historia. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
14
3 
 
Conclusión 
 
El Bloque Capital de las Autodefensas Unidas de Colombia si existió, pero nunca se ha 
abierto un proceso judicial para estudiar los hechos relacionados con su proceder en la ciudad entre 
los años finales de la década de los 90 y los primeros del siglo XXI. Según lo declaró un procesado, 
unos 200 hombres del paramilitarismo, con ayuda de funcionarios públicos y agentes de las Fuerzas 
Armadas, realizaron múltiples actos de violencia, crímenes selectivos, narcotráfico, oficinas de cobro 
y limpieza social. No obstante, este capítulo del paramilitarismo en Bogotá parece un territorio 
intocable. Sin solvencia jurídica en el Estado, ni memoria documentada que haga parte de la historia 
del conflicto armado. Y en términos de graves violaciones a los derechos humanos, la deuda es 
elevada. 
Lo que quedan son las voces y memorias de las víctimas, insumo trascendental para la 
reconstrucción de la verdad. El espacio narrativo que en este trabajo periodístico plantea apenas ocho 
casos, pero que necesita el registro de todos los que constituyeron el siniestro apartado del Bloque 
Capital. El atentado a la dirigente de la Unión Patriótica, Aída Abella en 1996, el asesinato del 
vicepresidente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), Jorge Ortega García el 20 de octubre de 
1998, el asesinato del excomisionado de paz Jesús Antonio Bejarano en septiembre de 1999, el 
asesinato del presidente de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes Jairo Hernando 
Rojas, en septiembre de 2001. O por la misma época, el exilio del escritor Alfredo Molano y el 
atentado al sociólogo Eduardo Pizarro Leongómez. Todos crímenes y delitos ocurridos en Bogotá con 
sello paramilitar. 
Y con alto grado de certeza, muchos de estos casos y otros más, como los que también se 
abordan en este aporte periodístico, plantean conexiones del paramilitarismo en modus operandi o 
relación entre víctimas, atribuibles siempre al Bloque Capital. El caso Mario Calderón y Elsa 
14
4 
 
Alvarado, con su resguardo ecológico en el Sumapaz, ligado a la historia del líder agrario de ese 
mismo terruño Julio Alfonso Poveda. El fallido intento del periodista Jaime Garzón de detener su 
asesinato acudiendo a la Cárcel Modelo para buscar una conexión con Carlos Castaño, en los mismos 
días en los que la periodista Jineth Bedoya documentaba desapariciones, asesinatos o tráfico de armas 
en el centro penitenciario. O las repetidas menciones judiciales al general Rito Alejo del Río o el 
coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo. 
Hilos que se cruzan en el capítulo Bloque Capital para demostrar que esta estructura armada 
del paramilitarismo en Bogotá fue responsable de una sistemática comisión de asesinatos y atentados 
selectivoscontra un grupo de personas relacionadas con la defensa de los derechos humanos. Una 
evidencia que para la Justicia Especial de Paz (JEP) y la Comisión de la Verdad, representa una 
nueva oportunidad de alcanzar una visión totalizadora de lo que sucedió en la ciudad. Hoy resulta 
innegable la participación del Estado en graves sucesos ocurridos en los años finales de la década de 
los 90 y los primeros del siglo XXI. Varios han sido considerados como de lesa humanidad y 
crímenes de Estado. Persiste el letargo judicial, la pérdida de los testigos o la postergación de los 
expedientes. Pero se puede avanzar. 
No se trata incluso de aclarar solo la mano del paramilitarismo en Bogotá, sino desde ella 
comprender la magnitud del mismo proyecto criminal que se extendió hasta los departamentos del 
Meta, Vichada y Guaviare, entre otros. Mucha tela por cortar alrededor del jefe paramilitar Miguel 
Arroyave, que entre 1999 y 2002 reinó en la cárcel Modelo de Bogotá y desde ella, con sus aliados 
afuera del penal, le dio identidad a una estructura armada que cometió incontables crímenes y, a 
imagen y semejanza de Envigado, se desdobló en oficinas de cobro. En el Sanandresito de la 38 o al 
norte de la ciudad, al mejor postor y servicio de ajuste de cuentas. Y grupos de limpieza social que 
administraron la muerte en Ciudad Bolívar, Cazucá o Soacha. Con víctimas anónimas, difíciles de 
rastrear, y la marca común paramilitar y sus efectos colaterales de reclutamiento forzoso, sicariato o 
14
5 
 
microtráfico. 
El mismo Miguel Arroyave, que desde el círculo de Jesús Emiro Pereira alias Huevoepisca, el 
Bloque Interno Capital o Henry de Jesús López, alias Mi Sangre, todos con libertad para el delito, a 
su salida de la cárcel Modelo se transformó en el amo y señor del Bloque Centauros. En asocio con el 
enviado especial de la Casa Castaño, despojador de tierras y capo Daniel Rendón Herrera, alias Don 
Mario; o de Manuel de Jesús Pirabán o Jorge Pirata. Con manos ávidas para sumar víctimas a su 
proyecto impune extendido por los Llanos Orientales. Una tenebrosa organización insuficientemente 
documentada, misión obligatoria del Estado y las organizaciones sociales, pero también del 
periodismo y sus deberes con la memoria. Con la verdad de la ciudad y del país, para que el olvido no 
siga oculto bajo el tapete de la historia. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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6 
 
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15
4 
 
Anexos 
 
Anexo 1 
*Carta de constitución de las AUC. Firmada por Carlos Castaño, Urabá 1997 
 
15
5 
 
 
15
6 
 
 
15
7 
 
Anexo 2 
*Carta de la Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por la Paz, para Francisco Santos Calderón. 
(2007). Sobre las declaraciones del Paramilitar Salvatore Mancuso. 
 
15
8 
 
 
15
9 
 
 
16
0 
 
 
16
1 
 
 
Anexo 3 
*Lista de Víctimas del Bloque Capital de las AUC en Bogotá. Documento elaborado por 
la Comisión Colombiana de Juristas en 2008. 
 
 
 
 
16
2 
 
 
16
3 
 
 
 
16
4 
 
 
16
5 
 
 
16
6 
 
Anexo 4 
 
Entrevista a Iván Calderón (Hijo de Mario Calderón y Elsa Alvarado) 
 
 
Entrevista a Iván Calderón Alvarado (Hijo de Mario y Elsa) 
 
¿Por qué estudias sociología? 
 
Mentiría si te dijera que fue solo porque ajá, me inspiré mucho por papá. Él fue sacerdote a 
los 13 se lo llevaron para ingresar a formarlo. De ahí en adelante hay muchos años de su 
vida que son desconocidos para mí. Luego de eso sé que hizo un doctorado de sociología en 
la Sorbona estudió filosofía y sociología. yo he tenido siempre habilidades para las 
humanidades sociales: la lectura, la historia la política. y por eso estudié sociología. 
 
¿Tienes interés en seguir un legado de lo que tus padres hicieron? 
 
por un tiempo si pensé en seguir su legado, pero me he dado cuenta: uno de que tengo 
habilidades e intereses muy similares a ellos, pero objetivos diferentes la verdad y yo no 
puedo vivir la vida de otra persona no solo eso acabaría mal, sino que no es lo que ellos 
quisieran. Ellos trabajaban su reserva en el Sumapaz y yo soy miembro de esa reserva todos 
los hijos de esas personas ahora son miembros o herederos. Estamos aprendiendo todavía. 
La reserva está en el Sumapaz, lugar histórico del conflicto, fui hasta los 17 meses y luego 
mueren mis padres me acogen la hermana de mama Elsa, Elvira ella me protege de todo y 
ella es mi mamá y su esposo Jorge Mican es mi figura paterna. ellos me alejaron de eso 
entonces nunca iba. Ahora voy de vez en cuando y estamos tratando de mirar cómo 
hacemos porque es una reserva no se puede cultivar nada allí, nosotros pagamos impuestos 
eso va a la alcaldía y financia proyectos de educación y básicamente lo que estamos 
haciendo es conservar bosque y proteger la reserva. Queremos ver cómo la ponemos a 
producir turísticamente sin dañar el lugar y ofreciendo resistencia con las comunidades 
también a las empresas hidroeléctricas y petroleras junto con los campesinos de cabrera que 
es el centro urbano más cercano que hay. Nosotros también nos oponemos a las 
multinacionales y sabemos que también tenemos una responsabilidad re grande ahí. 
 
**Mis papás tenían muchos amigos y todos los querían mucho eso me ha ayudado a 
reconstruir su memoria y a saber quiénes eran ellos. Una de las grandes preguntas de mi 
vida ha sido saber quiénes eran esas personas porque realmente lo que empiezo sabiendo es 
que murieron. Murieron, pero eran grandes personas, murieron, pero eran severos, pero 
eran muy queridos, pero eran re dulces, pero eran re inteligentes. Ese discurso no lo 
rechazo, pero digo, hombre, yo quiero saber más y de pronto no tanto como en el campo 
político y académico sino como eran ellos informalmente. Lo más cercano que he podido 
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7 
 
ver, creo yo, han sido unos vídeos ahí en vhs y pude escuchar las voces de ellos, ver cómo 
es que se movían, como es que se llevaban conmigo, con la otra gente. lastimosamente es 
poquito lo que hay, pero bueno también me hay muchas fotos. Pero lo que captura un vídeo 
realmente es muy poco. 
 
¿cómo es tu relación con todos los amigos y compañeros de tus papás? (13:39) 
 
Cinep totalmente, hice prácticas con ellos el semestre pasado y me recibieron muy bien, 
tuve que presentar la mitad de papeleos ni entrevistas ni nada. Mi papá tuvo algunas 
tensiones con un cura llamado el padre Fernán porque es un cura totalmente tradicional 
ideológicamente se llevaban mal y yo acabé trabajando en su oficina y el tipo tuvo total 
respeto conmigo, siempre me aceptó, el padre Fernando un tipo muy inteligente. 
 
¿realmente crees en una reivindicación que el estado pueda darles a las víctimas? 
 
Yo ya estoy metido en un proceso legal. La comisión de juristas colombianos está llevando 
el caso estuvieron mucho tiempo primero, esperando a yo creciera y que tuviera la mayoría 
de edad no solamente para poder firmar un papel sino también para saber yo que quiero 
respectos eso, yo firme y estuve de acuerdo. Sin embargo, el proceso es muy demorado y 
eso también me lo dijo camilo Umaña, hijo de Eduardo Umaña. 
 
Siento que no es solamente el Estado el que debe reconocer las faltas que ha cometido, son 
los grupos armados ilegales que muchas veces también han sido apoyadas por Estado pero 
también hay que reconocer que hay una parte del estado que está apoyando a las víctimas 
siento yo que el dilema político de este país es muy denso, el Estado tiene que reconocer las 
faltas que ha hecho y reconocer que no puede ser tan descarado de negar lo que le ha hecho 
a las víctimas y reconocer que tienen, estructuralmente, que han permitido que grupos al 
margen de la ley lastimen a la sociedad civil o a gente que no tiene nada que ver con el 
conflicto. No solamente es pedir perdón, es solucionarlo. 
 
Apoyo el proceso de justicia transicional, como entiendo que se va a desarrollar en teoría 
estoy muy de acuerdo con él. Claro que hay miedos y vacíos, ¿preguntarse si realmente se 
sabrá la verdad y a partir de esa verdad podremos reconstruir que paso? y poder evitar que 
siga pasando? esas preguntas son muy importante planteárselas, más que hacer un proceso 
ordinario de justicia. 
 
Yo la verdad, personalmente no tengo miedo a apuntar a nadie sin algúnmomento me toca 
apuntar a alguien lo haré aceptando las consecuencias, ojalá que no sean muy pesadas y 
muy graves sobre todo por mi familia. mi abuelita que también sobrevivió conmigo a eso. 
Lo que pasó esa noche la ha marcado por toda la vida y ahora que está envejeciendo le está 
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8 
 
dejando consecuencias más graves. Mi abuelita no piensa igual que yo, ella me apoya en 
todo lo que yo haga, pero ella dice “devuélvanme a mi familia y ahí sí puedo perdonar” 
Me preocupa en la práctica que se inventen alguna manera o de no acatar a la justicia o de 
congelar el caso hasta que se enfríe y literalmente Todo se muera. Yo ahora mismo tengo 
una concepción del tiempo, mientras que yo crecí pasaron 19-20 años en esos años amigos 
de mis papás han muerto de viejos , por ejemplo Gabriel Izquierdo, el quedó como con un 
dolor adentro él decía que hubiese preferido que lo hubieran matado a él, pero papá y mamá 
eran las figuras carismáticas y necesitaban encontrar a alguien que de verdad pudiese 
conmover a todos y meterle pánico a toda la sociedad, él no era esa figura carismática por 
eso a él no le apuntaron. 
 
Yo pienso que con tal de que haya una retribución simbólica a ellos más allá de lago 
material. Yo siento que en el momento en que se olvidan víctimas y se olvida el trabajo que 
hicieron personas como papá y mamá yo creo que ya el paramilitarismo venció eso es lo 
que no podemos permitir y es lo que o no puedo permitir que pase, aunque yo la verdad 
ahora no tengo idea de cómo dirigir un proceso de memoria simbólica en mis papás, pero 
supongo que lo sabré con la edad. … afortunadamente aún están vivas personas que 
estuvieron en el poder como Javier Giraldo, como pacho de rue gente capaz e inteligente no 
van a dejar que esos hechos pasen efímeramente y que quieren la paz. 
 
El general plazas tiene ahí el beneficio de una pena más corta a cambio de la verdad. Hay 
un debate ético respeto a sí reconstruye o no el castigo y yo la verdad me encuentro con la 
mente en blanco respecto a eso porque ellos les dijeron a los sicarios que mandaron que 
prácticamente dentro del apartamento que yo estaba, estaba un tipo armado hasta los 
dientes. Un tipo que nunca mató a nadie, un tipo que antes organizó comunidades en 
córdoba contra el paramilitarismo y que los maten eso de verdad es una parada política 
totalmente inetica no estaban matando combatientes no estaban matando a alguien que 
abiertamente hubiese hecho daño a esas personas era gente que simplemente se anteponía 
sus intereses. Uno de esos sicarios, al parecer el que tenía la carga emocional más pesada, 
dijo que él también tenía un hijo, yo no quisiera matar a alguien con hijos. Un tiempo 
después lo mataron en la cárcel. 
 
Yo pienso que no tiene límites la cantidad de muertos que puede haber solo por proteger los 
intereses de algunos. En Bogotá también hay víctimas, en Bogotá también sufrimos y 
estamos sufriendo la guerra de alguna manera afortunadamente a mí no me tocó n procesos 
de desplazamiento cuando me quede sin padres y sin un futuro, llegó detrás toda mi familia 
y amigos de mis papás y la verdad yo he sido criado por todos ellos y gracias a esas 
personas soy la persona que soy ahora. 
Np hay que olvidar que definitivamente la perspectiva que hay en Bogotá de la guerra es 
diferente porque, aunque no se han vivido confrontaciones entre guerrilleros y paramilitares 
en medio de la ciudad, si se ha vivido y tal vez esto pueda ayudar a quien los bogotanos 
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sean más conscientes de la resolución del conflicto si a mí se me metieron a mi apartamento 
a matar, le puede pasar a cualquier bogotano. ¿Invito a que todos los bogotanos sean más 
activos en esta reconstrucción del conflicto porque así se hace democracia no? 
 
 
 
Anexo 5 
Entrevista a Camilo Umaña (Hijo de Eduardo Umaña Mendoza) 
Entrevista Camilo Umaña 
 
Mi papá nació en una familia de un profesor universitario mi abuelo Eduardo Umaña Luna 
y una señora con un gran talante humano y que por las dinámicas de la vida nacional no dio 
la oportunidad de que estudiara temas universitarios, pero con una gran aspiración artística. 
 
Mis abuelos tienen una vida bastante turbulenta, mi abuelo fue una de las primeras personas 
que sistemáticamente y académicamente aquí en Colombia habló de derechos humanos y 
termina después constituyendo la facultad de sociología de la Universidad Nacional con su 
primo Camilo Torres Restrepo y sacan el libro de la violencia en Colombia los amenazan se 
ven exiliados y entonces mi papá (Eduardo Umaña) nace en un ambiente de mucha 
discusión política de crítica social de valores de soberanía de un ambiente muy intelectual 
también porque era toda la explosión de la llegada de la sociología en Colombia de los 
abogados que no estaban comprometidos con la ley, la norma, muy tinterillos digamos, sino 
abogados que estaban muy comprometidos socialmente en esa mezcla nació mi papá y mi 
papá se explica un poco en eso intelectual y físicamente. 
 
Su identificación siempre fue hacer de su herramienta, que fue el derecho, un instrumento 
para la otra gente. Eso lo llevó a asumir muchos casos ad honorem y no recibía ningún 
pago, de la gente jodida de la sociedad digamos, gente que no tenía ningún tipo de 
representación política era negada y sus derechos eran pisoteados y nadie sabía nada. 
 
 
Mi papá y mi abuelo llegaron a vivir en el mismo edificio y mi papá tuvo muchos 
problemas económicos derivados de dar todo su trabajo sin paga. Mucha gente que tenía 
muchos problemas decía “si usted necesita algo vaya a tal edificio que lo atienden” y yo 
también vivía allí en principio era que mi papá viniera a la casa y trajera su despacho a la 
casa para solventar un poco económicamente y después cuando se equilibrara un poco 
poder volver a buscar oficina, pero eso nunca pasó … (silencio) yo siempre digo que el 
comenzó trabajando en nuestra casa y nosotros terminamos viviendo en su oficina 
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0 
 
Donde finalmente lo mataron y allí la actividad era impresionante era de domingo a 
domingo a todas horas, personas de todo tipo con historias muy muy tristes de la realidad 
nacional… toda la violencia pasaba allí y desfilaba un poco por nuestra casa. 
 
En nuestra casa había un pequeño refugio de amistad y amor, pero también de compromiso 
y lucha. Entonces en esa dinámica mi conocimiento concreto de mi papá está muy mediado 
también por esa experiencia de lucha, de reivindicación de los derechos entonces yo 
siempre tuve muy claro que no había dos papás: un papá para la casa y un papá para afuera 
sino había uno ese era el papá que estaba en su lucha y en su compromiso social. 
 
Eso implica ausencia personales, porque no era el papá que tenía el tiempo para sacar al 
parque habitualmente pero también fue un papá que fijó muchos ejemplos de una brujul 
impresionante y una especia de cartógrafo que te dice mire hacia allá se pierde, hacia allá 
hay estos problemas y hacía allá hay cosas bonitas entonces ese ejemplo obró de esa forma 
y yo después de un tiempo lo pude entender un poco así porque yo tenía ciertas guías en 
momentos tan difíciles y partía de esos ejemplos. 
 
Dicen que los líderes no versan su gobierno en el poder, sino que lo vuelven en ejemplo 
entonces creo que un líder moral y espiritual era mi papá…. una persona que luchaba todo 
el tiempo con el mayor grado de coherencia posible entonces es muy difícil también, es 
muy difícil los noticieros, los periódicos todo lo veía críticamente hasta un paseo entonces 
era exigente no era una vida ni mediocre ni fácil, fue una vida hermosamente exigente. y 
también difícilmente exigente. 
 
(min 9:50) 
-Mira hay un problema de análisis y es cuando uno ve dos fenómenos muy aparte, uno 
aparta los fenómenos sociales y hay ciertos fenómenos que en ciertas ocasiones están muy 
juntos y muy próximos entonces si alguien dice eso fueron los paramilitares o los militares 
yo lo que te debería decir es fueron los dos. 
No los dos porque uno haya pegado un disparo yel otro sino porque hubo una actuación 
conjunta y digamos en ese punto de la historia y frente a este tipo de delitos no se puede 
trazar una distinción tan clara de la operación del paramilitarismo en las ciudades y la 
operación de inteligencia militar. Por eso es tan confuso entender cuando salen los 
paramilitares y dicen no a nosotros nos dieron información inteligencia militar y después le 
dijimos a castaño y castaño dijo que sí y luego inteligencia dio las motos 
 
Esos operativos tan conjuntos implican un nivel de coordinación que lo que nos permite 
analizar es que cuando hay grandes niveles de coordinación existe un fenómeno si bien no 
jerárquico, es altamente interconectado entonces, es cierto como tu puedes distinguir en 
ciertos fenómenos la distinción, pero aquí no es muy claro, entonces eso también impone 
una gran dificultad para el reconocimiento y el conocimiento de las responsabilidades. 
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1 
 
 
cuando tú tiendes en torno a los delitos grandes redes muy complejas y eso funcionaba 
además y funciona aún, pero sobre todo en los 90's funcionaba con niveles de 
subcontratación, diferentes órdenes políticamente decididas y después habían grandes 
niveles de subcontratación entonces la subcontratación de los equipos de inteligencia 
militar … 
 
Todo comienza a perder rastro, cuando tu comienzas a subir la cadena del pistolero, a quien 
determina el crimen comienzas a perderte porque las conexiones son muy amplias. ¡Es lo 
mismo como cuando te pones a analizar una red de una telaraña y tu vez que hay un 
mosquito, un insecto que está muerto en una parte de la red y le preguntas a quien observa 
donde comienza la red y entonces tu comienzas a ver las conexiones !2:27 
pero no te es muy claro donde comienza esa red, es muy difícil de ver. 
 
Que conexiones hay en el crimen de mi papá, las conexiones son de intereses digámoslo así 
de venta de las empresas públicas, de encumbramiento del paramilitarismo y de la 
implantación de un centro modelo político que ha venido triunfando políticamente 
Bajo esa lógica, había que evitar los procesos de negociación con la insurgencia, había que 
generar procesos de exterminio, había que generar un proceso de exterminio: político, 
jurídico y físico del sindicalismo para poder vender las empresas. (ejemplo, telecom, 
ecopetrol, encali) a mi papá lo matan desintegran ese sindicalismo y todo lo han vendido 
(telecom, ecopetrol mitad privatizada, la etb está a punto y emcali) ese es el mapa de la 
extracción de los recursos 
 
-luego te pones a ver el mapa del paramilitarismo y ves casos como el de Jesús María Valle, 
como el de Eduardo Umaña Mendoza, como el de Mario y Elsa, y aprecias un mapa de 
incursión del paramilitarismo en la sociedad que no era sencillamente un mapa de incursión 
militar en las ciudades sino era un mapa de infusión ideológica y en ciertos estratos de la 
sociedad. Entonces qué pasaba, si tu tenías a unos ciertos senadores que eran procesados o 
que eran políticamente que eran miembros de un frente de los paramilitares y que habían 
ejecutado masacres, se generaba una cortapisa para que esas personas pudieran entrar a la 
institucionalidad de lleno y tener una cierta potencia política. Viene toda una estrategia del 
paramilitarismo para ocupar los cargos políticos ya no era solamente la cuestión de las 
empresas sino también la cuestión política, hacia dónde se dirigía el país. y eso ya toca un 
ámbito ideológico y un espectro gigante 
 
entonces ciertos defensores sociales habían tenido cierto éxito en contener algunos sectores 
políticos que estaban generando gran violencia del país. 
 
A mi papá lo seguían desde los 80 
dos meses antes fue al CTI 
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2 
 
 
Este es un clásico procesos de impunidad en donde hay un bloque político del cual no 
podemos pasar. Entonces tú puede llegar a tener evidencias muy concretas, pero hay un 
bloque político del cual no puedes pasar. 
 
Al final lo que nos ha mostrado la historia el paramilitarismo que se cría tan instalado tan 
importante políticamente los verdaderos líderes de todo el cuento han dicho ustedes no 
cuentan en el escenario político, ustedes nos sirvieron para conformar un congreso peor 
afuera y ahora tenemos el campo libre para hacer reformas sin ustedes. 
 
Lo otro es poder ver el segundo nivel, pero para poder verlo, normalmente las 
investigaciones jurídicas solo ven el primer nivel porque no le interesan ni los estudios 
sociológicos ni antropológicos ni históricos y sin eso no puedes entender quién lo hizo ni 
como lo hizo. entonces estamos en la telaraña……. mi papá tiene una muy buena frase en 
esta clase de procesos hay una telaraña jurídica urdida con una tenaza política 
 
Hay una inacción el siguiente paso debería ser que la justicia hiciera algo, pero no hacen 
nada. Yo la verdad soy una persona pesimista de lo que pueda pasar, pero pues no 
derrotista yo lo intento siempre… Mi papá tenía una frase que decía más vale morir por 
algo que vivir por nada y yo he trabajo esa frase entendí que podía sonar un poco a una 
invitación a inmolarse a ser un mártir porque hay que morir por algo … me gusta mucho la 
frase para mi vida y para mí para lo que yo hago y por eso la ordené y decir más vale vivir 
por algo que morir por nada. 
 
si esto no tiene sentido y si además vivimos cierto punto no quiero encontrar quiero 
buscar… el desenlace es un problema muy grande por los novelistas como terminar mi 
historia, ya la comencé? pero yo me veo un poco más activista el problema no es como voy 
a terminar mi historia si no que voy a hacer mientras eso termine ha siempre que ser 
consciente de que hay una transformación social más grande los procesos tienen que seguir 
sin muchas de las personas … 
 
 
 
Anexo 6 
 
Entrevista Alfredo Garzón (Hermano de Jaimes Garzón) 
 
 
Alfredo dice: Yo estuve en la audiencia de Rito Alejo del Río 
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3 
 
Su opinión acerca de qué Plazas Acevedo el general del ejército estuviera involucrado 
en el crimen de su hermano, ¿qué opina de eso? Que opina que un general esté 
involucrado en el crimen de una persona que es como Jaime Garzón 
 
A: Pues digamos que opinión, no sé si ahí cabría para mí el término opinión, porque lo que 
hay es un resultado de investigaciones que hizo la fiscalía de las audiencias que ha habido 
del caso, yo estuve en la audiencia de Rito Alejo del Río cuando todavía estaba en el cantón 
norte, la audiencia sobre el caso. 
 
Ellos niegan todo, por ejemplo, Rito Alejo trataba de demostrar que él no tenía mando ni 
control total sobre lo que estaba haciendo Plazas Acevedo en Bogotá. Y Plazas Acevedo 
estaba coordinando en Bogotá el grupo que hizo los seguimientos y pidió la información de 
inteligencia para poder cometer el crimen. Eso lo cuenta un testigo, usted de pronto sabe 
todo eso. 
 
Lo que yo veo alejándome, es que hubo una operación para asesinar periodistas, 
investigadores, intelectuales como Mario Calderón Alvarado, (inaudible de paso pues el 
papá de ...), periodistas como Jaime, defensores de derechos humanos. 
 
En el caso, por ejemplo, de Eduardo Umaña aparecen estos mismos personajes, con los 
mismos procedimientos y luego están estos otros testigos, algunos de ellos muertos que 
hablan de la conexión entre esta organización, que hacía parte de todo el sistema 
paramilitar, que vinculan a políticos, hermanos de políticos, industriales. 
 
Lo que se ve es el funcionamiento de todo un aparato para eliminar opositores, personas 
incómodas. Veo más como una serie de hechos que fueron saliendo, mostrando cómo 
funcionaba esa estructura. 
 
J: Todos tienen el mismo "modus operandi", es igualito, en todos los crímenes que hubo. Le 
quería preguntar si Jaime Garzón en vida alguna vez tuvo algún enfrentamiento, o alguna 
persona oficial de las fuerzas militares o de la política directamente dijo que lo incomodaba 
o en las amenazas que él tuvo. ¿Es decir, mucho tiempo antes que lo mataran ya le 
habían dicho que él era incómodo para alguna persona del ejército? o tuvo unproblema directo con alguien del ejército? 
 
A: En las historias estas del general Mora, Jorge Enrique Mora Rangel, quien era el 
comandante del ejército; Esa historia me imagino que esta también (presumir) de esa 
investigación. Eso sucede porque cuando las FARC secuestraron unos observadores de paz 
en la carretera Bogotá - Villavicencio, los observadores eran gringos y el embajador de la 
época era Fréchet , él había conocido a Jaime, lo llamó para que le ayudará a rescatarlos 
porque Jaime había sido alcalde de Sumapaz que es una zona donde las FARC tenían 
17
4 
 
control y donde tenían secuestrados. Sumapaz tiene una parte que es un páramo al que es 
muy difícil llegar, era un lugar habitual donde ellos tenían secuestrados. 
 
Jaime hace una gestión en coordinación con la oficina zar antisecuestros que existía en esa 
época y no recuerdo si eran cinco o cuatro quienes rescataron primero, y luego entregaron 
en una especie de evento, los traen en helicóptero, etc. En todas esas sesiones que hizo 
Jaime aparece él hablando con Jorge Umaña y con otros guerrilleros. Y lo hizo Mora fue 
que cogió esos clips y los presentó como prueba de que Jaime era miembro de las FARC 
porque en ese clip, según ese general, Jaime era el que tenía mando sobre estos guerrilleros. 
 
Todo esto hace parte del primer intento que hicieron ellos por eliminar a Jaime que fue 
judicializarlo, consiguieron testigos falsos, entre ellos quien contó todo lo de Jorge Eliécer 
Plazas Acevedo, todo esto para decir que él era miembro de las FARC, y al no poder 
judicializarlo continuaron con el plan de asesinarlo. Mora pide públicamente que 
investiguen a Jaime con las "pruebas" que él tenía, lo que demuestra esto es que, en el 
ejército, del comandante para abajo había una incomodidad que era generada por políticos, 
ganaderos e industriales quienes son los que realmente le dan órdenes al ejército, el ejército 
no es una organización que se mande sola, ni es independiente. Uno lo ve a nivel regional 
los terratenientes tienen problemas con colonos y llaman al comandante del ejército de la 
región y coordinar con ellos para que les ayude a resolver el problema.10:34 
 
Jaime intenta conversar con Mora Rangel, el tipo no lo recibe y en esas gestiones logra 
hablar con Rito Alejo, son cosas que sucedieron. Con respeto a su pregunta, lo que se ve es 
eso. Después Mora Rangel aparece como uno de los miembros del grupo que negoció la 
paz con las FARC la paz en la Habana durante cuatro años. Cuando a mi hermana la 
invitaron a la Habana lo que hizo fue decirle esto a Mora Rangel, él no dijo ni una palabra, 
nadie dijo nada, todo quedó así. 
 
¿Qué es lo que pasa en estos procesos? Estas comisiones, como la comisión de la verdad, 
comisiones como esta no tienen ningún efecto en lo judicial. Yo creo que acá hay una serie 
de cosas como declarar el crimen como crimen de estado, eso no tiene ningún efecto en el 
crimen de Jaime, el crimen de él sigue en la impunidad hoy en día por que el único 
condenado fue Carlos Castaño quien ahora está muerto. A él cuando lo condenaron por el 
crimen de Jaime tenía veintisiete condenas encima y nunca estuvo en la cárcel, ni un solo 
día. 
 
Así que declarar un crimen de estado no tiene ningún [objeto(?)] penal, es impresionante. 
Es una cosa simbólica, el crimen sigue impune y los procesados siguen siendo protegidos 
por sus padrinos, digamos, porque además funciona como una mafia. Narváez, por ejemplo, 
no está en la cárcel, él realmente está en un casino de la Escuela de Comunicaciones del 
Ejército en Facatativá. Cuando ha ido el I.N.P.E.C a traerlo a diligencias que tienen que ver 
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5 
 
con el caso de Jaime y él no está y algunos abogados han dicho que lo han visto en centro 
de Bogotá caminando por la calle. 
 
Esta gente sigue siendo protegida por ellos, ahora se metieron Rito Alejo y el coronel 
Acevedo a la jurisdicción especial para la paz y seguramente de ahí saldrán igual que en 
otros casos, con cinco u ocho años y con sus fortunas y con todo intacto, es realmente 
lamentable. 
 
J: Con respecto a eso, Según entiendo usted no adjudicaría el crimen ni al estado o a los 
paramilitares. ¿Cree usted que es un trabajo conjunto que se hizo?, Además me 
gustaría saber si de pronto tiene conocimiento sobre lo que el bloque capital hizo en 
Bogotá? ¿Se ha adjudicado con ese nombre al crimen de Jaime Garzón? Por qué el 
bloque capital siempre estuvo hizo muchos crímenes, pero no se dieron cuenta que era 
una cosa sistemática más grande.15:17 
 
A: La respuesta si es una cosa conjunta entre agentes del estado, paramilitares. Lo que 
decía antes es que toda esta gente no actúa por sí misma, qué interés tiene un empleado del 
DAS por ejemplo, en asesinar a alguien así, ninguno, él está es siendo parte de un gran 
mecanismo criminal del estado que en el caso de Colombia, como lo muestra María Teresa 
Ronderos en el libro de ella, funcionan en total coordinación, son como mafias que se 
coordinan, la del narcotráfico, los paramilitares y los militares que es una de las 
instituciones más corruptas en Colombia. 
 
La segunda parte de la pregunta, lo que muestran las declaraciones del proceso de Jaime es 
que Rito Alejo del Río y el coronel Plazas Acevedo llegaron de hacer todas operaciones en 
el Urabá Antioqueño, ellos venían de adelantar toda esa "limpieza" y comenzaron a hacer 
esas operaciones en Bogotá. En el caso de Plazas Acevedo está demostrado que el combinó 
eso con sus negocios particulares que eran criminales, como el secuestro, de hecho, la 
condena que el tiene es por un secuestro de un industrial israelí. En el caso de Jaime sí se 
habló del Bloque capital, pero lo que yo observé en esas audiencias es que los jueces que 
son puestos ahí, impiden o boicotean cualquier intento de los abogados de la parte por 
demostrar todas estas cosas del contexto, entonces ellos tienen preguntas para los testigos 
como por ejemplo la que se hizo para un testigo que estaba hablando contra Plazas 
Acevedo, -Usted oyó a Plazas Acevedo diciendo esto o aquello, ¿usted lo oyó? Entonces el 
otro dice: -No yo no lo oí pero los que me mandaban a mi si lo dijeron y me lo dijeron 
como una orden de él, o también conocía a 'este' o 'aquel' los jueces eso no lo aceptan - 
Usted conoció una serie de personajes conectados con esa organización? Entonces el juez 
dice: -Que tiene que ver eso con el crimen de Jaime Garzón, las preguntas tienen que ser 
relacionadas directamente con el crimen de Jaime Garzón. Entonces las preguntas empiezan 
a ser: ¿Usted conoció a ‘Fulanito’ y sabe si tiene relación con el crimen de Jaime Garzón?, 
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entonces la respuesta obviamente es: -No tuvo que ver, o -Yo no sé qué haya tenido que 
ver. 
 
Los jueces empiezan a destruir todo ese intento de construcción de un contexto para 
mostrar que estos eran organizaciones, bueno no eran, siguen siendo organizaciones que 
funcionan con otro nombre y de otras maneras, pero por ejemplo, en la última audiencia en 
la que yo estuve, la de Plazas Acevedo; El juez estuvo mirando el celular todo el tiempo un 
tipo ahí como de treinta y pico de años mirando el celular todo el tiempo y cada que había 
una pregunta de esas ahí si levantaba la cabeza para objetarla, y es el tercer juez que ponen 
en este caso, entonces los procesos se alargan y se alargan porque como los expedientes son 
tan largos y el juez llega y no conoce, tiene que empezar a leer el expediente nuevamente, 
además las audiencias son lejísimos una de la otra entonces así se pasó un el año y hubo 
cuatro diligencias en el caso, y ya se completan ahora veinte años el año entrante. 
 
Este es un sistema de impunidad, una cosa hecha para garantizar la impunidad, o por 
ejemplo cuando se llegó en el caso de Narváez, a la última parte del proceso que se llama 
alegatos de compensación y cada parte en el proceso presenta un resumen del proceso 
demostrado por que el acusado es culpable o es inocente. Entonces le tocó el caso a la 
fiscalía, hizo su exposicióny pidió la condena por que lo considera culpable y así mismo 
cada una de las partes hace su exposición, fiscalía, procuraduría, los representantes de la 
parte civil, la defensa. En el caso este de Narváez, le tocó el turno al delegado de la 
procuraduría, en ese momento el procurador era Ordoñez. Ordoñez cuando el caso llegó a 
esa parte del proceso reemplazó al delegado que había, (sobre esto hay una columna que 
escribió Daniel Coronell), y envió a su amigo con el que quemaba libros en Bucaramanga, 
que ahorita no recuerdo el nombre, el tipo llegó y dilató el proceso siete meses, diciendo 
que necesitaba más tiempo para leer el expediente y al final de ese proceso pidió la 
absolución de Narváez, por qué? Pues porque hace parte de sus amigos, en ese caso ahí está 
la conexión, Ordoñez defendiendo a un acusado en un crimen de un periodista. 
 
23:02 Entonces así se pasan los años, así se garantiza que el caso siga impune y lo que pasa 
alrededor como declararlo crimen de estado no tiene ningún valor es algo simbólico, no 
tiene ningún efecto en lo penal, esta gente está ahí tranquila. 
	EL BLOQUE CAPITAL, LA HISTORIA DE LAS VÍCTIMAS DEL PARAMILITARISMO EN BOGOTÁ EN LOS AÑOS 90
	Introducción
	1. Problema y Justificación
	Objetivos generales
	Objetivos específicos
	2. Marco Teórico
	2.1 Sobre los orígenes del ELN
	2.2 Sobre los orígenes de las FARC y el PCC
	2.3 El Paramilitarismo en Colombia
	Historia
	2.3.1 Primeros movimientos Paramilitares en Colombia La Triple A.
	Los grupos paramilitares de los años 80.
	Las ACCU y las AUC.
	2.4 Violencia Urbana
	Aparición oficial del Bloque Capital de las AUC.
	3. Entrevistas y trabajo de campo
	4. Conclusiones
	Anexos
	Anexo 1
	Anexo 3
	Anexo 4
	¿Por qué estudias sociología?
	¿Tienes interés en seguir un legado de lo que tus padres hicieron?
	¿cómo es tu relación con todos los amigos y compañeros de tus papás? (13:39)
	¿realmente crees en una reivindicación que el estado pueda darles a las víctimas?
	Anexo 5
	Anexo 6
	Su opinión acerca de qué Plazas Acevedo el general del ejército estuviera involucrado en el crimen de su hermano, ¿qué opina de eso? Que opina que un general esté involucrado en el crimen de una persona que es como Jaime Garzón