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Cuerpo, función tónica y movimiento en psicomotricidad

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Director de colección
Pablo Bottini
 Diseño: Gerardo Miño
 Composición: Eduardo Rosende 
 Edición: Primera. Febrero de 2014 
 ISBN: 978-84-15295-63-1 
 Tirada: 600 ejemplares
 Lugar de edición: Buenos Aires, Argentina
 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación 
 pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada 
 con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista 
 por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos 
 Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o 
 escanear algún fragmento de esta obra.
 © 2014, Miño y Dávila srl / © 2014, Miño y Dávila SL
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 En España: P.I. Camporroso. Montevideo 5, nave 15 
 (28806) Alcalá de Henares, Madrid.
 En Argentina: Miño y Dávila srl
 Pje. José M. Giuffra 339
 (C1064ADB), Buenos Aires.
 tel-fax: (54 11) 4300-6919 
Miguel Sassano 
Cuerpo, función tónica 
y movimiento
en Psicomotricidad
9 Prólogo, por Juan Mila
11 Introducción
13 CAPÍTULO 1
 El tono muscular. Actitud, postura y relajación
21 Variables del tono muscular
22 El tono y el reposo
24 Las emociones reflejadas en el tono muscular
26 El tono y su vinculación con la comunicación
28 El tono y su vinculación con el placer
29 La evolución normal del tono en el niño
31 El examen del tono muscular
32 En el recién nacido
36 En el niño hasta los dos años
36 En el niño mayor/adulto
37 Las patologías del tono muscular
39 Paratonías y sincinesias
39 La paratonía
41 La sincinesia
44 Las actitudes
45 Las actitudes emocionales afectivas
47 Las actitudes motriz y perceptiva
50 Las actitudes mentales
52 La función de las actitudes
56 La regulación del tono muscular. La relajación y el estrés
57 La relajación
59 El “entrenamiento autógeno” de Schultz
ÍNDICE
61 La metodología
62 La “relajación progresiva” de Jacobson
62 El método
64 La “relajación tónico-emocional” de Ajuriaguerra 
65 La “relajación psicosomática” de Mme. Soubirán
66 La “eutonía” de Gerda Alexander
68 La “relajación terapéutica en el niño” de Bergès
74 Indicaciones para la relajación
75 Cuando el tono desentona. Estrés
87 CAPÍTULO 2
 El movimiento. Gesto, praxia, postura y coordinación
88 El acto motor
98 La importancia del movimiento en el desarrollo del niño
101 Significado del movimiento en la conducta
101 El significado biológico del movimiento y las motivaciones
103 Una posible clasificación de los movimientos
105 Homeostásis y conducta
108 El movimiento humano
110 ¿Cómo percibimos el movimiento?
115 El movimiento como modo expresión
118 El gesto y la mímica como modo de expresión y comunicación
123 El aspecto transitivo del movimiento humano
125 Las funciones motoras 
128 La contracción del músculo y su control 
128 El control nervioso de la contracción muscular 
130 Tipos de movimiento 
132 Una visión integral del sistema motor 
135 Las praxias
146 La coordinación motriz
149 La coordinación dinámica general
152 La coordinación visomotriz u óculomanual
155 Trastornos de las habilidades motoras
156 Criterios para el diagnóstico de Trastorno del desarrollo 
 de la coordinación
157 Sistema postural: postura y el equilibrio
169 Bibliografía

PRÓLOGO
La aventura de escribir un libro de Psicomotricidad debe tomarse siem-pre como un acto de compromiso con la disciplina y con la profesión 
de psicomotricista. El colectivo de los estudiantes de psicomotricidad y 
los psicomotricistas necesitamos de este tipo de esfuerzos, que nos im-
pulsan a continuar avanzando y seguir profundizando en nuestra práctica 
e intervenciones psicomotrices cotidianas. 
El colega Miguel Sassano es, por derecho propio, un histórico de la 
Psicomotricidad latinoamericana. 
Hubo una época, en los ’80 y los ’90, en que los psicomotricistas 
buscábamos y no encontrábamos libros de Psicomotricidad. Pero allí 
estaban, en los años noventa, como referente y como fuente bibliográfica 
imprescindible, los Cuadernos de Psicomotricidad y Educación Especial, 
donde bajo la dirección científica de Sassano publicaron sus primeros 
escritos varios referentes de la Psicomotricidad de la Argentina, España 
y Francia. 
No cometeré el imperdonable error de querer recorrer el inabarcable 
curriculum vitae del Lic. Miguel Sassano, no corresponde hacerlo aquí 
y ahora. Pero sí señalaré algunos aspectos del “antes y del después” que 
me parecen de obvia justicia. Sassano, junto a algunos otros compañeros 
de la Psicomotricidad argentina, coetáneos y mayores que él, han tenido 
que recorrer el duro camino de protagonizar la historia, han tenido que 
transitar en el tiempo anterior al reconocimiento académico universitario 
de la Psicomotricidad. 
Justamente, el trabajo de Sassano (junto a otros compañeros, entre ellos 
Pablo Bottini) ha permitido construir un lugar para la Psicomotricidad 
argentina en la educación superior universitaria. Eso no es poca cosa. 
Sassano fue el primer director de una licenciatura en Psicomotricidad 
en la Argentina. 

Es así que, en esa lucha, indudablemente ha construido y sigue constru-
yendo mucho. Ha sido de los pioneros en este aspecto, asumiendo situa-
ciones incómodas, de alto nivel de responsabilidad y exposición, como la 
de dirigir y coordinar formaciones universitarias en Psicomotricidad. 
De hecho, debió construir donde no existía experiencia disciplinar ni 
profesional, construir donde aún hay incertidumbre y cuestionamientos, 
donde tal vez aún hay que vencer censuras increíbles e inaceptables 
“bibliografías autorizadas”, como si alguien pudiese “autorizar” el cono-
cimiento. 
La tarea emprendida por Sassano no es tarea fácil, se necesita tem-
ple, convicción, fortaleza y por sobre todas las cosas la energía necesaria 
porque siempre hay que dar lucha y comprender que nadie puede tener 
la ilusión de despertar unanimidades. Nadie, absolutamente nadie. 
Construir en el ámbito universitario es complejo. Crear y ser el direc-
tor de la primera licenciatura en Psicomotricidad de la Argentina, es 
un mérito enorme de Sassano. Y es un logro del que se han beneficiado 
todos los psicomotricistas que, amparados en esa legalidad, han podido 
establecer un camino propio en otras universidades a nivel personal, 
profesional y académico. 
Conocemos su permanente preocupación por apoyar y construir la 
formación de grado y postgrado universitario de los psicomotricistas en 
varios países, e indudablemente el texto que tenemos el honor de prologar 
se orienta hacia allí. Apoyar, ayudar, sostener la formación universitaria 
de psicomotricistas. 
Los lectores, sin preconceptos, sin censuras y sin verdades oficiales, 
siempre son los que en definitiva tomarán de lo escrito lo que consideren 
y valoren. 
Posicionarse en otro lugar es al menos necio y un esfuerzo vano, 
estéril. 
Nuevamente insistimos en nuestra alegría por la edición de este nuevo 
libro de este incansable autor, generoso con su conocimiento y que apuesta 
a la transmisión del saber a las nuevas generaciones sosteniendo desde 
la fragua la formación universitaria de nuevos psicomotricistas. Gracias, 
Sassano.
Prof. Lic. Juan Mila
Profesor Director 
Licenciatura de Psicomotricidad. EUTM
Facultad de Medicina. Universidad de la República, Uruguay. 

INTRODUCCIÓN
Quienes hace mucho tiempo hemos optado por formar psicomotricistas, también hemos decidido que debemos dejar huella por escrito de 
los pocos saberes que adquirimos.
Sabemos que el dar orden, estructura y sistematización a los propios 
pensamientos y sobre todos a los ajenos, evitando creer que inventamos 
la Psicomotricidad, contribuye a dar cuenta del estado de la práctica.
Tal vez nuestra virtud sea contribuir con esta decorosa síntesis, insis-
tiendo además en que estos textos son para iniciar en las lecturas a nues-
tros alumnos y jóvenes profesionales y no tienen más pretensiones que 
intentar fomentar su propia apertura del pensamiento.
Es posible quealgunos de los potenciales lectores consideren que con 
este material tendemos un puente como tentativa, un tanto arriesgada, tal 
vez imposible, frente a las confusiones y extravíos que llevan a muchos 
enfoques a la pérdida de sus lógicas específicas, en aras de una conver-
gencia más efectiva y necesaria.
Aún conocemos poco sobre los vínculos de enlace y causalidad entre 
los procesos orgánicos y la vida psíquica, pero esto no impide que sepa-
mos que forman parte del mismo fenómeno, de la misma problemática. 
Como afirma Moliére en el Don Juan: “¿No es una maravilla que estando 
yo aquí pueda mi cabeza pensar en cien cosas distintas en el momento y 
mi cuerpo haga lo que mi cabeza ordena”.
Es hora de romper con las rigideces y permitir que el péndulo de 
nuestras ideas oscile con libertad y tome lo que necesita para el desarrollo 
del propio pensamiento. Platón afirma:
„⁄incluso durante ese período en que se dice que cada ser vivo vive y es el 
mismo (por ejemplo, se afirma que una persona es la misma desde niño 
hasta que se hace vieja), se dice, sin embargo, que es el mismo a pesar de 
que nunca tiene en sí los mismos elementos, sino que continuamente se 
va renovando y perdiendo otras cosas, en sus cabellos, su carne, sus hue-
sos, su sangre y, en definitiva, en todo el cuerpo. Y no sólo en el cuerpo 
 Miguel Sassano
sino también en los hábitos, los caracteres, opiniones, deseos, placeres, 
penas, temores, cada una de esas cosas jamás existen idénticas en cada 
individuo‰. 
Y de esto se trata, de conservar la esencia de la Psicomotricidad y de 
observar los multifacéticos aportes en camino a que la ya mencionada 
convergencia sea posible.
El término “movimiento” tiene su raíz en la palabra emuove, que pro-
viene a su vez de emoción, por lo tanto se observa que el movimiento 
es una emoción exteriorizada, que trasunta en un gesto. Esta emoción 
repercute hondamente en el tono muscular, que a la vez es transmisor de 
esa forma comunicacional emocionada, tan característica de la persona 
humana.
El estudio del movimiento humano es un medio para conocer al 
hombre en su globalidad indivisa y no es una pura descripción física y 
muscular, explicada por tratados de anatomía y fisiologías analíticas.
Con el tiempo hemos podido percibir que la Psicomotricidad puede 
constituir el medio de prevención adecuado para compensar la multiplici-
dad de epidemias instrumentales, desde una dimensión antropológica de 
la unidad del ser humano, o sea, desde la relación dialéctica entre acción, 
formulación y edificación de la conciencia humana.
Por eso el pensamiento complejo, al que adherimos, respeta las textu-
ras comunes, porque está entretejido, es un todo compuesto por hebras, un 
modo de religazón. El conocimiento que une es el conocimiento complejo 
y eso hemos intentado buscar en este texto.

CAPÍTULO 1
El tono muscular.
Actitud, postura y relajación
Tono:
“El tono se manifiesta por un estado de tensión muscular, que puede ir desde 
la contracción exagerada (hipertonía) hasta una descontracción en estado de 
reposo (hipotonía)” (Coste, 1979).
“Estado de tensión permanente de los músculos” (Macagno et al., 1998).
“Vehículo privilegiado de comunicación y expresión” (Aucouturier, 1985).
Función tónica:
“Resultado de un aprendizaje en el que se relacionan las funciones cerebrales y 
neurovegetativas de la persona, traduciéndose por un estado de tensión mus-
cular” (Comellas y Perpinyá, 2003).
“El desarrollo psicomotor nos enseña que la utilización y el control de la función 
tónica es el resultado de un aprendizaje que pone en juego las funciones cerebrales 
y neurovegetativas del individuo” (Coste, 1979).
Emoción:
“Agitación de las pasiones, sensación fuerte, del francés emotion: excitar, incitar, 
conmover, influido por la relación que hay en francés entre mouvir: mover y 
motion: movimiento” (Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Española. 
Guido Gómez de Silva. México, Fondo de Cultura Económica, 1991).
Actitud:
“Tendencia constante a percibir y reaccionar en un determinado sentido” (Rogers, 
1975).
“Postura del cuerpo, disposición del ánimo, del italiano attitudine, actitud, postura, 
disposición, tendencia natural” (Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Espa-
ñola. Guido Gómez de Silva. México, Fondo de Cultura Económica, 1991).
 Miguel Sassano
“Predisposición positiva o negativa hacia una actividad o tema determinado. 
Comporta una valoración y una implicación emocional y tiende a mostrarse 
estable” (Comellas y Perpinyá, 2003).
Nada puede integrarse realmente al ser, sin pasar 
primero por su organización tónico-emocional.
André Lapierre
El término tono deriva del griego tonos, que significa tensión. Podemos definir entonces al tono muscular como la tensión ligera a la que se 
halla sometido todo músculo en estado de reposo y que acompaña tam-
bién a cualquier actividad postural o cinética. Esta tensión puede ir desde 
una contracción exagerada (paratonía o catatonía) hasta la decontracción 
(hipotonía) y no es constante sino que por el contrario, es sumamente 
variable en cada músculo y está armonizada en cada momento en el 
conjunto de la musculatura, en función de la coordinación estática y 
dinámica del individuo (Ballesteros Jiménez, 1982).
El tono muscular es el acompañante permanente de la existencia del 
hombre en el mundo, ya que existe en el estado de reposo, durante la 
ejecución de un movimiento, durante el mantenimiento de una actitud, 
durante una acción muscular y durante el sueño. La abolición total del 
tono supone la muerte.
La función tónica es la función fundamental en el enfoque psicomotor 
del sujeto humano, en razón de los diversos aspectos que ella reviste. El 
tono es un fenómeno nervioso muy complejo, constituye la trama de 
todos los movimientos, sin desaparecer en la inacción; recubre todos los 
niveles de la personalidad psicomotriz y participa en todas las funciones 
motrices (equilibrio, coordinación, disociación…). Es ante todo el vehí-
culo de expresión de las emociones (Coste, 1978). 
Es, además, el soporte esencial de la comunicación “infraverbal”, del 
“lenguaje corporal” y también un criterio de definición de la personali-
dad, puesto que varía de acuerdo con la inhibición, la inestabilidad y la 
extraversión que la caracterizan.
Junto con el esquema corporal, la función tónica es un concepto básico 
de la Psicomotricidad. Los primeros estudios de que fue objeto señalan el 
nacimiento de la disciplina, especialmente con Dupré (Coste, 1978). 
Observemos algunos aspectos del tono teniendo en cuenta los ele-
mentos enunciados.
Capítulo 1
Dice J.C. Coste (1978) que, en primer lugar, “el tono es un fenómeno 
nervioso. La experiencia de Brondgeest (1860) con una rana decapitada 
puso en evidencia la existencia del tono muscular. La destrucción de los cen-
tros nerviosos superiores no impide que subsista en los miembros inferiores 
cierta tensión muscular que desaparece con la denervación (interrupción 
de los influjos motores) (…) ‘Se trata de un estado de semicontracción de 
naturaleza nerviosa’ ”.
Rademaker (citado por Coste, 1978) afirma: “El tono es una tensión 
de los músculos por la que las posiciones relativas de las diversas partes del 
cuerpo se mantienen correctamente, y que se opone a las modificaciones 
pasivas de esas posiciones”. En ello tiene que ver, sobre todo, la contracción 
tónica. Se trata de un tétano de baja frecuencia, lo que la distingue de la 
contracción fásica.
Se establece lentamente, pero persiste, resistiendo a la fatiga. Sobre 
todo, es permanente. Los centros superiores ejercen una acción mode-
radora y, por tanto, regulan las reacciones tónicas (Sherrington, 1896, 
citado por Coste, 1978).
Se aprecia el estado del tono cuando se comprueba la resistencia de un 
músculo a la movilización pasiva de un segmento corporal. Una marcada 
resistencia es indicio de hipertonía y una resistencia débil, de hipotonía. 
En condiciones normales, el músculo esquelético estriado se hallaen 
reposo sólo aparente. En la medida en que está inervado, es asiento de 
una leve pero constante contracción tónica (Coste, 1978). 
Otro aspecto básico es el reflejo miotático, “que es el propio meca-
nismo del tono. En un animal espinal (cuyos centros nerviosos hayan sido 
destruidos) un dispositivo registra, a través de cierto estiramiento de un 
músculo, una tensión muscular superior a la que podría presumirse por la 
elasticidad del músculo. Cuanto mayor el estiramiento, mayor es la tensión 
del músculo. El mecanismo de aparición de esta tensión responde a la defi-
nición de reflejo: provocado por un estímulo y adaptado a él, estereotipado 
y previsible. Tal es el reflejo miotático, que cesa con el estiramiento y se 
mantiene localizado en el músculo estimulado. La denervación lo suprime 
(como suprime todos los reflejos)” (Coste, 1978). 
En principio, el reflejo miotático (o de estiramiento) depende sólo de 
dos tipos de neuronas: la fibra sensorial aferente 1a y la motoneurona alfa. 
Los terminales sensoriales de la fibra 1a tienen terminales en el músculo 
que son sensibles al estiramiento; se espiralizan alrededor de la región 
central no contráctil de un huso muscular u órgano fusiforme. Las aferen-
tes 1a en la médula espinal hacen sinapsis con las motoneuronas alfa, que 
terminan en el músculo, para formar un arco reflejo monosináptico. 
 Miguel Sassano
„El huso muscular es un receptor de estiramiento que contiene un pequeño 
haz de fibras intrafusales especiales, que son distintas de la masa de fibras 
musculares extrafusales que constituyen la mayor parte del músculo. Este 
órgano es excitado por el estiramiento del músculo, pero su actividad se 
extingue desde el momento en que se inicia la contracción. Las fibras 
musculares extrafusales están inervadas por las motoneuronas alfa; estas 
fibras son las que hacen que el músculo desarrolle tensión y se contraiga. 
Las fibras musculares intrafusales están presentes en un número mucho 
menor y contribuyen poco a la tensión global del músculo. Están inerva-
das por un grupo separado de motoneuronas, las motoneuronas gamma. 
Luego, se volverá al control gamma de las fibras intrafusales. 
Los cambios en la longitud global de un músculo son detectados por las 
terminales aferentes 1a al notar los cambios en la longitud de los segmentos 
centrales no contráctiles de las fibras musculares intrafusales, localizadas 
en la región central de cada huso muscular. Es importante destacar que 
los husos musculares están dispuestos en paralelo respecto a las fibras 
musculares extrafusales. De este modo se estiran cuando el músculo es 
estirado por una fuerza externa (por ej.: gravedad actuando sobre el cuerpo) 
o por la contracción de un músculo antagonista. El alargamiento de la 
región central del órgano fusiforme provoca un incremento de la descarga 
sensorial aferente 1a y, debido a las uniones sinápticas establecidas por las 
aferentes 1a con las motoneuronas alfa en la médula espinal y su descarga 
causa una contracción refleja de las fibras musculares extrafusales. Cuando 
el sistema es perturbado por una fuerza que estira el músculo, la descarga 
aferente 1a incrementada provoca una descarga aumentada de motoneu-
ronas alfa y, por tanto, una mayor contracción de las fibras musculares 
extrafusales inervadas por dichas motoneuronas‰ (Cervino, 2006). 
El resultado es, frente a un estiramiento del músculo entero, un cierto 
grado de acortamiento (contracción) de dicho músculo. “Esta contracción 
refleja se contrapone a la fuerza que inicialmente había estirado el músculo 
devolviéndole hacia su longitud inicial. Al reducir la tensión de las fibras 
intrafusales, este reflejo disminuye la descarga sensorial de las aferentes 
1a hasta que el sistema se encuentra en un estado estacionario. Aunque el 
reflejo de acortamiento tiende a alcanzar la longitud original del músculo, 
no llega a compensar completamente al cambio” (ibid.). 
El músculo no vuelve a su longitud original debido a que la ganancia 
del bucle de retroalimentación no es infinita. 
Continúa Cervino: “Si se secciona la raíz dorsal por la que la aferente 
1a entra en la médula espinal, se ocasiona la perdida de ‘tono’ o cierto grado 
de contracción en los músculos correspondientes y ya no pueden contraerse 
de forma refleja al ser estirados” (ibid.). Un aspecto interesante es que los 
Capítulo 1
músculos quedarán flácidos aunque la inervación motora queda intacta 
y conectada con la médula espinal. Esta reacción indica que las fibras 
aferentes proporcionan una señal sináptica continua a las neuronas que 
inervan los músculos y son responsables, al menos en parte, del tono 
muscular, el estado de contracción parcial del músculo que existe en 
ausencia de movimiento activo. 
Por otro lado, cuando a un animal se le secciona el neuroeje, diso-
ciando a la médula espinal del encéfalo, se obtiene un estado motor muy 
peculiar, denominado rigidez de descerebración: todos los músculos del 
animal (y muy especialmente los extensores) se encuentran en contrac-
ción permanente (estado denominado hipertonía). Si se intenta forzar 
esta rigidez en el miembro posterior del animal, el miembro opone una 
resistencia a esta fuerza en forma de una contracción activa del músculo: 
justamente, es el reflejo miotático. 
„Es evidente, a partir de estas explicaciones, que el reflejo miotático cons-
tituye un sistema que opera para mantener la longitud del músculo cerca 
de un valor preseleccionado, a pesar de los cambios en la carga aplicada 
El reflejo miotático: A. Estado estacionario con un ligero peso mantenido por contrac-
ción de las fibras extrafusales. B. Una carga mayor sobre el músculo hace que se estire, lo 
que provoca contracción refleja vía excitación aferente 1a. Si se corta la aferencia abre el 
bucle de retroalimentación y el peso estirará el músculo (perfil a trazos) sin contracción 
compensatoria de las fibras extrafusales (Cervino, 2006).
 Miguel Sassano
al mismo. Este mecanismo, que opera sin un control consciente, es im-
portante para el mantenimiento de la postura. Los músculos posturales 
deben mantener el esqueleto erecto frente a la atracción gravitatoria. Los 
músculos extensores, de manera especial, están sujetos al estiramiento por 
acción de la fuerza de la gravedad. La flexión de una extremidad por la 
gravedad aplica un estiramiento a los órganos receptores fusiformes en 
los extensores. En respuesta a este estiramiento, las fibras 1a descargan 
y excitan sinápticamente a las motoneuronas alfa que inervan las fibras 
musculares extrafusales de los extensores. La contracción resultante se 
opone a la fuerza que tiende a flexionar la extremidad. Esta reacción tiene 
lugar frecuentemente cuando se viaja de pie en un colectivo durante un 
recorrido agitado‰ (Cervino, 2006). 
Según Coste, debe distinguirse el reflejo miotático tónico del reflejo 
miotático fásico; se obtiene mediante la percusión de un tendón (la mayo-
ría de las veces ese reflejo se verifica en el nivel del tendón rotuliano). 
El reflejo miotático tónico fue estudiado primeramente por Charcot y 
Vulpian (1863), y definido por Sherrington y Brondgeest.
„Como la amplitud de un reflejo tendinoso (miotático fásico) varía en el 
mismo sentido que el tono muscular, la intensidad de éste se estima mediante 
la amplitud de aquélla. Es la razón del usual estudio del balanceamiento 
de la pierna bajo el efecto del martillo de reflejo. Todas las contracciones 
musculares se ven facilitadas por el fenómeno de inervación recíproca de 
Sherrington, que consiste en una inhibición de los músculos antagónicos 
de los que entran en juego en la acción investigada‰ (Coste, 1978). 
El mecanismo del anillo gamma, elaborado por Sherrington en 
1896, explica el proceso de la contracción muscular independiente de 
las influencias del sistema nervioso central. Recordemos que la trans-
misión del influjo nervioso es un proceso a la vez químico y eléctrico, 
suscitado y sostenido por las células nerviosas alo largo de las grandes 
vías motrices y sensitivas de nuestro sistema nervioso. Pero en el nivel del 
músculo, o más exactamente, del huso neuromuscular (complejo órgano 
sensorial que está presente en todos los músculos estriados) existe un 
sistema de regulación autónomo. Este sistema es el anillo gamma, que 
permite comprender el origen del tono muscular. Toma su nombre de 
las fibras nerviosas gamma, que producen una contracción del miotubo 
(polo de las células del huso neuromuscular). Las fibras alfa producen, 
por su parte, una contracción del músculo (Coste, 1978). 
„La anterior explicación del reflejo de estiramiento ha sido una simpli-
ficación al omitir el mecanismo que determina el punto de ajuste de 
la longitud del huso muscular. La longitud del punto de ajuste es aquella 
longitud del huso, mas allá de la cual la descarga la produce la contracción 
Capítulo 1
refleja de la musculatura extrafusal, contrarrestando las fuerzas que tienden 
a estirar el músculo. Es un proceso análogo al de conexión del termostato 
en un dispositivo de control de la temperatura. 
œCómo se determina el punto de ajuste de la longitud del huso? Antes de 
dar respuesta a esto hay que recordar que las porciones contráctiles de los 
extremos de las fibras musculares intrafusales se disponen en serie con las 
regiones sensoriales medias en estas fibras. Las porciones contráctiles de las 
fibras están inervadas por las motoneuronas gamma, que tienen sus somas 
celulares localizados en la sustancia gris de las astas ventrales de la médula 
espinal. Estas motoneuronas son más pequeñas que las motoneuronas alfa 
que inervan las fibras extrafusales, y sus axones (eferentes gamma) sólo 
inervan las fibras musculares intrafusales de los órganos fusiformes. Las 
motoneuronas gammas y las fibras musculares intrafusales se denominan 
colectivamente sistema fusimotor‰ (Cervino, 2006). 
La activación de este sistema por las órdenes nerviosas desde los cen-
tros motores del cerebro o desde las conexiones reflejas en la médula espi-
nal, provocan el acortamiento de las porciones contráctiles terminales de 
Los sistemas alfa y gamma. Sobre la fibra muscular intrafusal se puede observar al centro 
la salida del axón de la sensorial 1a y la inervación por la motoneurona gamma a ambos 
lados. La parte estriada del músculo es contráctil. La región central es no contráctil y está 
sometida a estiramiento ya sea por la actividad de la motoneurona gamma o por elongación 
del músculo en cuyo interior se encuentra. Los estímulos dolorosos en la piel activan ambos 
sistemas simultáneamente, acortando el músculo. El estiramiento del músculo sólo activa la 
motoneurona alfa (Cervino, 2006). 
 Miguel Sassano
las fibras intrafusales que estiran la porción sensorial no contráctil 
de las fibras intrafusales. Este estiramiento provoca un incremento de 
la actividad sensorial y un acortamiento reflejo de las fibras musculares 
extrafusales hasta que los órganos fusiformes alcanzan su nueva longitud 
de referencia. 
„Un estiramiento aplicado al músculo proporcionara una descarga sen-
sorial 1a adicional, lo que provocará una descarga adicional de las mo-
toneuronas alfa, de modo que la longitud del músculo se aproximara a 
la nueva longitud escogida. Igualmente, una reducción en la excitación 
estacionaria del sistema fusimotor por señales procedentes del encéfalo, 
vuelve a poner el sistema en marcha para mantener una mayor longitud. 
El sistema también se activa reflejamente junto con el sistema motor alfa 
en respuesta a estímulos dolorosos procedentes de la piel, así como durante 
un movimiento voluntario. Esta coactivación de las motoneuronas alfa y 
gamma sirve para preservar de la inactividad al huso muscular durante la 
contracción de las fibras musculares extrafusales y mantiene la sensibilidad 
frente al estiramiento de los órganos fusiformes a diferentes longitudes 
del músculo‰ (Cervino, 2006). 
Según Coste, “la actividad gamma es permanente. El reflejo de estira-
miento es tanto más fuerte cuanto mayor la actividad gamma. Un disposi-
tivo está destinado a limitar el efecto de una actividad gamma demasiado 
intensa. Esta actividad se incrementa con la contracción sostenida y decrece 
con el estiramiento sostenido. Es pues, en realidad, un sistema regulador 
del reflejo miotático que evita la producción brusca de los movimientos 
que caracteriza a la verdadera actividad refleja, con la torpeza que la 
acompaña” (Coste, 1978). 
Algunos de sus caracteres pueden explicarse porque existe un umbral 
del estiramiento pasivo, por un lado, y de la actividad gamma por otro, 
para que la respuesta tónica se produzca en forma adecuada. Esa activi-
dad gamma se refuerza antes de la ejecución de los actos motores y los 
prepara, mientras la excitación nociceptiva (estímulo doloroso) acrecienta 
la actividad poniendo en estado de alerta (Coste, 1978). “Así, gracias a 
esta actividad específica del músculo, la precisión de los gestos, su modu-
lación, su desarrollo sin brusquedades y su regulación, se ven reforzados y 
se asegura constantemente el mantenimiento del equilibrio, a causa de la 
tensión de los músculos extensores que luchan contra la gravedad (músculos 
antigravitatorios) permitiendo, tanto al hombre como al animal, mantenerse 
erguido” (ibid.). 
Por último existen influencias procedentes del sistema nervioso central. 
El tono muscular es un fenómeno de naturaleza refleja cuyo origen se 
Capítulo 1
sitúa en el músculo, pero cuya regulación depende del cerebelo. De este 
modo, cuando se suprimen todas las estructuras centrales y la totalidad 
de las reacciones de estabilidad, de enderezamiento y de equilibrio, el 
reflejo miotático se mantiene.
La experiencia de Sherrington permite comprobar un incremento 
excesivo de la tensión de los músculos extensores en la que se maniflesta la 
llamada “rigidez de decerebración”. El propio reflejo miotático es excesivo. 
Se suprimen todas las reacciones de sostén de la adaptación estática y del 
equilibrio cuyos orígenes residen en el músculo (aunque se mantienen 
todos los reflejos laberínticos) (Coste, 1978). 
Estos son, brevemente expuestos, algunos de los aspectos neurofisio-
lógicos del tono. Este enfoque neurofisiológico, si bien es esencial para 
la comprensión de los mecanismos del tono, no reviste, sin embargo, 
importancia fundamental para la psicomotricidad. Hay otros aspectos 
que sí revisten interés verdadero para el especialista, pues son los que 
debe enfrentar en su tarea cotidiana.
El tono es la “trama” del movimiento. El movimiento humano, en todas 
sus formas, aun la de su ausencia (la relajación), se elabora sobre un fondo 
tónico, que es a la vez su sustrato y su materia.
Al principio es indiferenciado y mal distribuido en el niño, cuya madu-
ración aún es imperfecta; cobra precisión, se ajusta y se afirma progre-
sivamente. Se especifica para cada uno de nuestros movimientos, sean o 
no voluntarios, en cada una de nuestras actitudes, en nuestras posturas 
y aun en nuestro reposo (Coste, 1978). 
Variables del tono muscular
Según Wallon (1949) existen dos componentes del tono: uno plástico y 
otro contráctil. Ambos, aunque distintos, están muy relacionados. El tono 
plástico está regulado por las fibras nerviosas que proceden del sistema 
vegetativo, pero su núcleo de origen es la médula, lo mismo que el del tono 
contráctil. El componente plástico, al ser más débil, está generalmente 
enmascarado por el contráctil. El tono plástico está influenciado por las 
incitaciones interoceptivas que provienen del intestino, la vejiga y los 
órganos genitales. También recibe influencias del laberinto, del mismo 
músculo, así como de las articulaciones, ligamentos y tendones. Recibe 
también impresiones exteroceptivas, sobre todo, a través de la piel y la 
retina. De hecho, dice Wallon (1949) que al ser el número de influencias 
tan grande, se puede distinguir entre numerosos tipos de tono, aunque 
él habla de tres fundamentales:
 Miguel Sassano- Tono residual del músculo en reposo, que es el estado de tensión 
permanente que existe en un músculo cualquiera y que permite en una 
contracción muscular o en un influjo un poco brusco, no descargar 
el músculo si esta contracción llega inesperadamente. Representa la 
actividad mínima de las células musculares y de las células nerviosas 
que las inervan. El músculo está en tensión incluso en el reposo. Sirve 
para mantener en su sitio las diferentes piezas de una articulación 
móvil. El tono de reposo está regulado por el arco reflejo miotático; a 
todo estiramiento un músculo responde contrayéndose. En el reflejo 
miotático hay una parte estática y otra dinámica. Para que aparezca 
el componente estático, es preciso que el estiramiento sea constante. 
Es lo que ocurre en el músculo que lucha contra la pesadez, donde el 
estiramiento es siempre constante. El tono de reposo se regula sólo 
en la periferia del cuerpo.
- Tono de actitud, que es el que nos permite mantener una actitud: el 
simple hecho de estar de pie pone en juego la función tónica de acti-
tud que lucha contra el peso. Permite mantener cualquier actitud sin 
demasiado cansancio. El tono de reposo se regula a nivel medular, el 
tono de actitud se regula a nivel superior, en los centros subcorticales, 
en los núcleos grises centrales. Fue Sherrington el primero en hablar 
del tono de actitud.
- Tono de acción, que es una función que acompaña a la actividad 
muscular y que es indisociable de la fuerza muscular.
“Es así –dice Henri Wallon (1949)– como se ha distinguido un tono 
residual o tono del músculo en reposo; un tono ortostático, que asegura la 
permanencia de pie, y cuya superficie de excitación periférica es la planta de 
los pies; un tono de equilibración, o tono laberíntico; un tono explosivo, que 
corresponde a los movimientos en preparación; un tono de sostenimiento, 
que acompaña y sostiene a los movimientos en curso de ejecución; un tono 
catatónico, que sirve a la conservación de las actitudes”. Pero precisa, no obs-
tante, que “la diversidad de sus caracteres no autoriza, sin embargo, a yuxta-
ponerlos simplemente, como si cada uno de ellos dependiera de una naturaleza 
o de una esencia particular…; es a las acciones padecidas por el tono adonde 
hay que remontar la determinación de sus diferentes aspectos”.
El tono y el reposo
Otros de los aspectos que analizaremos es el carácter comunicativo 
del tono. En primer lugar y siguiendo a Coste (1978), hablaremos del 
tono, el reposo y la relajación. 
Capítulo 1
„El sueño y el reposo en general no son simplemente interrupciones de la 
actividad, pues aun en el más profundo descanso la inactividad muscular 
es solamente relativa y muy variable. Pareciera haber un solo ejemplo 
de la relajación muscular total, pero pasajero. Es el que acompaña a la 
iniciación rápida y profunda del sueño. El niño muy pequeño muestra 
claramente en su actitud la persistencia de un importante tono muscular, 
puesto que se recoge sobre sí mismo hasta encontrar la posición fetal. En 
un mismo individuo se verifican durante el sueño actitudes características 
que objetivamente y anatómicamente no parecieran favorecer un descanso 
óptimo. Por ejemplo, la posición de ÿgatillo de fusilŸ, la posición fetal, 
el brazo debajo de la cabeza, etcétera. Pero corresponden a las estructuras 
personales que a veces reaparecen en todos los miembros de una misma 
familia‰ (ibid.). 
Hay, por otra parte, modos muy distintos de iniciar el sueño: algunos 
pueden hallar reposo en cualquier momento del día y distenderse com-
pletamente en cuanto se procuran un instante de calma. Otros acceden al 
sueño sólo al cabo de un largo y preciso ritual: lectura, luz, movimientos 
sobre sí mismo en la cama; otros, sólo si están familiarizados con el marco 
de objetos que lo rodean (ibid.). 
Efectivamente, el tono y su comportamiento, su movilización excesiva 
(hipertonía) o deficiente (hipotonía), dependen de los estímulos del medio 
tanto como del sujeto que las percibe. Sea como fuere, “cualquier actitud 
y cualquier posición, tanto en el sueño como en la vigilia, dependen de la 
actividad tónica, es decir, de esa actividad que da a los músculos un grado 
de consistencia y una forma determinada” (Wallon, 1949). 
Por ello, continúa Coste (1978), aun durante el sueño, cuando los 
músculos conservan cierta consistencia, la actividad tónica persiste.
„No obstante, entre el tono y la distensión muscular hay una relación muy 
estrecha. Según Dupré, la relajación, es decir, la distensión muscular es otro 
aspecto de la motricidad. Para la Psicomotricidad reviste tanto interés el 
movimiento, al que subyace cierto comportamiento tónico, como la relaja-
ción, que no es simple inacción sino un comportamiento tónico específico, 
puesto que apunta justamente a la resolución tónica, al descenso del tono 
residual de fondo, a la distensión muscular. Se advierte de tal modo que 
en una situación terapéutica privilegiada el sujeto, buscando la distensión 
en la posición más adecuada (decúbito dorsal, cabeza, mano y pliegue del 
poplíteo apoyados en almohadones), se ve llevado a percibir variaciones 
tónicas cada vez más finas, hasta llegar a un completo relajamiento del 
conjunto de la musculatura periférica‰ (Coste, 1978). 
 Miguel Sassano
Lo que podría llamarse el “tono de relajación” es característico de una 
distensión completa, a la inversa de la hipnosis, en la que sugestión induce el 
relajamiento muscular mediante un condicionamiento psíquico (ibid.). 
La relajación muscular induce la distensión psíquica y enriquece la 
imaginación corporal pues hay una estrecha relación entre el comporta-
miento tónico y el psiquismo. En su obra La relajación terapéutica en la 
infancia, Bergès y Bounes muestran que los niños inestables son capaces, 
después de una terapéutica de relajación, de proyectar en las planchas 
del test de Rorschach percepciones globales y en movimiento (factor K, 
por “kinestesia”), mientras que anteriormente eran fragmentarias y está-
ticas, como si la resolución tónica de la inestabilidad hubiese permitido 
recuperar, en el nivel de la imaginación, la energía gastada sin objeto en 
los movimientos incontrolados del inestable (ibid.). 
No obstante, según las expresiones de Coste, “la definición de esa «ener-
gía» y las modalidades de su paso del «soma» a la «psique» siguen siendo 
completamente misteriosas. Pertenecen al mismo orden que los fenómenos 
que Charcot y después Freud habían observado en relación con la histeria (y 
con la hipnosis), y de los que la conceptualización energética (a la manera 
del siglo XIX) no permite una clara comprensión” (ibid.).
Esta relación entre el tono y el psiquismo, entre el movimiento y el 
pensamiento, es muy evidente en las manifestaciones que Ajuriaguerra 
llama “tónico-emocionales”.
Las emociones reflejadas en el tono muscular
Los sentimientos son nuestros amigos.
Carl Rogers
En segundo lugar, hablaremos sobre el tono en la expresión de las 
emociones. Las manifestaciones emocionales, que implican la proble-
mática de la emoción, pertenecen a un orden del que desde hace mucho 
tiempo se ocupó la psicología clásica. “Desde Descartes –para quien la 
pasión es una irrupción de la vida corporal en el plano del alma, que debe 
dominarla– a W. James, que hace de la emoción el único ingreso en la con-
ciencia de un desorden orgánico («no lloramos porque estamos tristes, sino 
que estamos tristes porque lloramos»), muchos pensadores han intentado 
explicar este fenómeno particular, que muchas veces se presenta como una 
sucesión de reacciones sin orden ni coherencia y que pareciera que no es 
posible sistematizar” (Coste, 1978). 
H. Wallon (1949) plantea claramente el problema:
Capítulo 1
„O bien la emoción es esencialmente una perturbación, una gradación 
de la actividad, y el lugar que ocupa en el plano las reacciones biológicas 
es el de la enfermedad, o a lo sumo, de los defectos que contrarían el 
normal juego de las funciones, o bien tiene, entrelas funciones, su razón 
de ser, pero hay que explicar las manifestaciones perjudiciales o molestas 
que siempre la acompañan‰. 
Nos limitaremos ahora sólo a las manifestaciones emocionales que 
se vinculan con el tono.
Para desarrollar esta idea Wallon (1949) toma el ejemplo de la risa: 
una excitación periférica como el cosquilleo desencadena una elevación 
del tono que, al acumularse, encuentra una salida en la risa. Tal es la 
fuente de toda emoción: ésta viene a resolver la tensión que crea una 
acumulación de hipertonía.
Esa elevación de la tensión dará lugar a manifestaciones emocionales 
paroxísticas si la excitación produce una cantidad tal de tono que no 
puede liberarse en una reacción del organismo, o cuya creciente tensión 
éste no puede soportar. La hipertonía es causa de malestar si no logra 
resolverse en actividad equivalente: si nos obstinamos en hacer cosqui-
llas a un chico que ríe, el tono acumulado por la excitación, después de 
la risa, desembocará en los espasmos del sollozo, manifestándose de tal 
modo el malestar del niño.
Hay que tener en cuenta, como señala Wallon, que “las relaciones que 
pueden existir entre la emoción y las circunstancias exteriores son de tipo 
condicional” (ibid.), es decir que habiéndose ligado con ciertos estímulos 
exteriores, como una imagen, una actitud o un marco (oscuridad, sole-
dad…), la excitación que originariamente desencadenó la emoción ya 
no es necesaria. Basta el estímulo que la acompañaba, el cual desempeña 
entonces el papel de estímulo condicional. Ese es el origen de muchas 
supersticiones: si en una situación dada, un incidente ha suscitado una 
emoción fuerte, esta emoción resurgirá cada vez que el incidente se repita, 
sea cual fuere la situación y por distinta que sea. El ladrido de un perro 
en el momento de una ansiosa expectativa que nos provoca temor, basta 
para hacer del ladrido una causa persistente de temor que reactiva la 
hipertonía originariamente debida, sin embargo, a la expectativa.
Además, cualquier expectativa produce un estado de tensión tónica 
que se incrementa y puede transformarse en angustia, de acuerdo con 
mecanismos al mismo tiempo nerviosos y humorales (que involucran 
la intervención de glándulas endócrinas, en particular las suprarrenales 
–superproducción de glucosa, aumento de las oxidaciones, aceleración car-
díaca, contracción vascular, inhibición del aparato digestivo–) bajo la acción 
particular de la adrenalina (Cannon, 1929, citado por Coste, 1978).
 Miguel Sassano
Subrayemos, dice Coste (1978), que la relajación produce los efectos 
contrarios: dilatación vascular, regulación de los ritmos cardíaco y res-
piratorio, disminución de las oxidaciones.
„En resumen, hay que insistir en el lazo estrecho y necesario que existe entre 
el comportamiento tónico y la emoción: toda emoción tiene origen en el 
dominio postural, es decir, según Sherrington, en toda actividad tónica. 
Si en el niño, la sensibilidad de relación (que Head llama protopática) 
es sustituida por la sensibilidad orgánica (epicrítica), inmediatamente 
conquistará su autonomía. Así, la mirada del otro, o su simple presencia, 
una palabra que él pronuncie, serán para el niño de seis años, lo mismo 
que para el adulto, excitación suficiente para desencadenar un aumento 
de la tensión y, con ello, reacciones emocionales que traducirán el ma-
lestar o la alegría que producen. Esta sensibilidad frente otro, o ante la 
presencia del otro, que ya se manifiesta en la nutrición, es muy marcada 
en el plano emotivo. La disminución del tono en algunos (introvertidos, 
autocontemplativos), la hipertonía en otros, ponen de manifiesto la in-
fluencia que sobre ellos ejercen las exigencias del otro. El miedo es el mejor 
ejemplo de ello. Muchos giros lingüísticos lo revelan: ÿme tiemblan las 
piernasŸ por el golpe de una fuerte emoción, o ÿno puedo ni mover un 
brazoŸ; si tengo miedo, ÿse me seca la bocaŸ y ÿse me hace un nudo en el 
estómagoŸ‰ (Coste, 1978). 
Ello se debe a que el tono participa en todos los comportamientos 
comunicativos del individuo.
El tono y su vinculación con la comunicación
El tono es, además, un factor fundamental en la comunicación. Para 
analizar este otro aspecto del tono, que ciertamente no es el menos impor-
tante en relación con la psicomotricidad, nos remitimos asimismo a un 
estudio de Michel Bernard (1976) donde nos previene acerca de la ambi-
güedad del término: “El concepto de «expresión» es sin duda uno de los 
mas ambivalentes de la lengua francesa. En otro registro rivaliza con la 
polisemia de «hacer» que la acompaña y a menudo la completa”.
Esta función comunicativa que el tono asegura, tiene su origen en la 
primera infancia, cuando el cuerpo del niño no es algo distinto del cuerpo 
de la madre y del mundo que lo circunda.
Se trata, según la feliz expresión de Ajuriaguerra, del “diálogo tónico” 
que une al niño con su madre. Veamos cuál es el papel y cuál es el lugar 
de la madre en esa relación, analizando tres aspectos comunicacionales 
y vinculares (Coste, 1978). 
Capítulo 1
El primero, precisamente, es el mecanismo de comunicación entre 
la madre y su hijo. Hasta el noveno mes, si bien progresivamente se 
establece entre la madre y el niño una comunicación activa, recíproca, 
el niño aún no emplea ninguna “señal semántica”, es decir, cargada de 
sentido, ni, claro está, palabras: no hace más que reaccionar de manera 
espontánea a estímulos, tanto externos como internos, que sólo la madre 
sabe interpretar dándole un sentido. Esta comunicación se organiza en 
un sistema gestual hasta el fin del primer año, cuando el niño utiliza 
algunas palabras que indican más que nombran. Hay que esperar hasta 
el segundo año para que el niño utilice de manera realmente simbólica 
algunas articulaciones fonéticas.
Spitz (1965) señala que en toda la naturaleza no hay otro ejemplo 
de una comunicación cuya relación sea tan desigual. Desde antes del 
nacimiento el niño ocupa un determinado lugar en el deseo de la madre: 
deseo de tener un niño o una niña, una educación, un ideal.
Además, sostiene Coste (1978), depende enteramente de su madre 
en todo lo que se relaciona con la supervivencia, pues sólo ella puede 
satisfacer sus necesidades, y todas sus necesidades son vitales.
La madre tiene una triple función: protege al niño de los estímulos 
exteriores que lo perturban imponiendo, por ejemplo, reglas de silencio 
en el entorno; apacigua la tensión nacida de los estímulos interiores susci-
tados por las necesidades, satisfaciendo a éstas y proporciona los estímu-
los necesarios para su desarrollo perceptivo y afectivo como el contacto 
dérmico, calor, caricias, miradas, palabras tiernas (Coste, 1978). 
„Esta presencia materna exhibe caracteres muy destacables, que pertenecen 
a la psicología profunda. La identificación íntima que une al niño con 
su madre (ÿcarne de su carne⁄Ÿ) le permite percibir muy sutilmente sus 
necesidades y sus reacciones. Lo escucha moverse o gemir en su cuna aun 
cuando el ruido de una calle con mucho tránsito no la despierta. Por su 
parte, el niño percibe, no sólo en el tono de su voz y en sus gestos, sino 
también en la más ínfima variación neurovegetativa, el humor y las dis-
posiciones afectivas de su madre para con él‰ (Coste, 1978). 
Tales son los caracteres de esa díada, según el término de Spitz (1989), 
donde “lo que en ella ocurre sigue siendo un tanto oscuro”. Uno de los 
procesos que se verifican en esta díada que será la base de los compor-
tamientos comunicativos del niño está constituido por la doble relación 
dolor/placer, tensión/distensión que señala el ritmo de las variaciones 
de la necesidad.
Otro aspecto esencial en este análisis es lo que Ajurriaguerra (1993) 
ha dado en llamar la hipertonía del llamado y la hipotonía de satis-
 Miguel Sassano
facción. Dice Freud que “el fin de una pulsión es siempre la satisfacción, 
la cual sólo puede obtenerse suprimiendo el estado de excitación que es la 
fuente de la pulsión”.
„Toda necesidades fuente de una excitación que crea tensión, y ésta es 
acompañada de displacer. El descenso de la tensión, por la satisfacción 
de la necesidad, va acompañada de placer, correlativo de la distensión. 
El niño, como para defenderse de la agresión que representa para él su 
estado de necesidad, manifiesta una tensión en todo su cuerpo. Tiende 
los brazos, cierra los puños, levanta su cabeza sosteniéndose sobre su eje 
corporal (espalda y nuca). En el nivel neurovegetativo se registra rubor, 
calor, llanto. Grita, suspira: es la hipertonía de llamado. Y lo hace porque 
la madre interpreta el comportamiento del niño como un llamado dirigido 
a ella. Responde a él satisfaciendo su necesidad de calor, de comodidad, su 
hambre. Durante el amamantamiento, la distensión se apodera del niño, 
ya no grita y, naturalmente, sus miembros se relajan, los dedos se abren 
y el ritmo respiratorio se hace más lento. Después del amamantamiento, 
cuando la necesidad está satisfecha, su cuerpo se halla enteramente disten-
dido, su fisonomía se ha apaciguado, su respiración es regular y profunda. 
Es el estado de hipotonía de satisfacción‰ (Coste, 1978). 
El tono y su vinculación con el placer
El tercer aspecto del análisis se refiere al interjuego entre displacer/
placer y tensión/distensión. Dice Coste (1978): “la tensión es la mani-
festación y el signo de un displacer. La fuente de la excitación de necesidad, 
que se sitúa en ciertas partes del cuerpo, suscita estímulos de displacer en 
esas zonas: el niño vive el hambre como un malestar en la boca, esa parte 
extraña de un cuerpo aún desconocido”. 
El placer, ligado a la satisfacción de la necesidad, será experimentado 
en esa misma zona: ése es el motivo por el cual tal o cual región del 
cuerpo será una zona erógena, lugar de displacer (estado de necesidad) 
y de placer (durante la satisfacción), que rápidamente el niño aprenderá 
a estimular con independencia de la necesidad, por el solo placer que en 
ella encuentra y para pasar así a la distensión y al sueño con sólo chupar 
su dedo (Coste, 1978). 
Pero es la madre y su cuerpo, al responder al cuerpo del niño, lo que 
le permite resolver esas tensiones: “El placer/displacer y la tensión y la 
distensión que le son inherentes, se vinculan siempre con la ausencia y la 
presencia de la madre, y están marcadas por el silencio o las exclamaciones 
y las palabras de ésta. Es en la necesidad insatisfecha y en la boca que busca 
Capítulo 1
en vano el seno donde nace el deseo, el deseo de que su madre acuda, el 
deseo de su madre” (ibid.).
Es una verdadera corriente de intercambio la que se instaura entre 
la madre y el niño, intercambio que toma las vías silenciosas e intuitivas 
del cuerpo y del tono. “Esta alternancia de la tensión y de la distensión, 
del displacer y el placer es escondida por las expresiones y las palabras de la 
madre: «Aquí está… nono… bebé…». El niño se halla, pues, condicionado a 
la articulación de un sonido y de una reacción tónica, a la simbolización de 
su estado de necesidad y de los medios de resolverlo. Podrá hacer que surja 
el placer de la presencia materna, escondiendo, como lo describe Freud, su 
aparición y su desaparición” (ibid.). 
Estas experiencias originarias que el niño vive en el cuerpo serán las 
que en definitiva lo empujarán al universo de la comunicación humana, 
la cual, si bien se organiza según el modelo y las leyes del lenguaje, no 
excluye, sin embargo, al cuerpo y sus reacciones. Por el contrario, siempre 
presentes e interviniendo constantemente, nuestras posturas, nuestras 
actitudes, nuestros gestos, tejen la textura de nuestras relaciones con los 
otros. Nuestro placer, el que obtenemos en la satisfacción parcial que nunca 
llega a ser realmente completa, de nuestro deseo, provoca una distensión. 
La tensión o el hipertono acumulado es fuente de malestar (ibid.). 
Ese es el motivo por el cual el dominio de las reacciones tónico-emo-
cionales es un elemento fundamental en el comportamiento equilibrado 
de un cuerpo muchas veces vivido bajo la incomodidad, la inquietud o la 
torpeza. Permite la elaboración de una gestualidad adecuada al mundo e 
integrada con la personalidad.
La evolución normal del tono en el niño
Según Ballesteros Jiménez (1982) el ser humano nace sin córtex, ya que 
las estructuras corticales son ineficaces. Podemos decir, por tanto, que es 
un ser subcortical, ya que solo funcionan las estructuras cerebrales más 
antiguas y es a lo largo del desarrollo psicomotor cuando las diferentes 
estructuras cerebrales se van haciendo eficaces, esto es, van entrando en 
funcionamiento sucesivamente.
En el momento del nacimiento, el tono está regulado por los centros 
subcorticales que aún no están inhibidos por el córtex. El niño es en estos 
momentos hipertónico. A medida que el córtex va entrando en funciona-
miento, el tono se va modificando de acuerdo con reglas fijas. Si un niño 
no sigue estas reglas puede pensarse que su desarrollo es patológico.
 Miguel Sassano
Mira Stambak (1973) ha estudiado en un grupo de niños desde el 
nacimiento hasta los tres años, mes a mes, el desarrollo de diferentes 
aspectos motores y movimientos espontáneos tales como la extensibili-
dad, el desarrollo postural y el desarrollo de la prehensión. Estudiando 
también las leyes generales de la evolución del tono, las conclusiones a 
las que llegó fueron:
„- La extensibilidad muscular obedece a un ritmo diferente de evolución 
de los miembros superiores que para los inferiores. Para los miembros 
inferiores existe un período de hipoextensibilidad (hipertonía) entre 
cero a seis meses, después otro de hiperextensibilidad (hipotonía) entre 
diez y los veinticuatro meses. Hacia los treinta meses la extensibilidad 
es normal y varía ya poco en el curso de la evolución posterior. Para los 
miembros superiores existe un período de hipoextensibilidad durante 
el primer año, pero a partir del segundo año se constata un aumento 
progresivo de la extensibilidad apreciable hasta los tres años. A pesar de 
esta diferencia de ritmo en la evolución, existe una relación significativa 
entre la extensibilidad de los miembros superiores e inferiores.
- El grado de movilidad está en relación con el grado de extensibilidad. Los 
niños hipertónicos realizan más movimientos que los hipotónicos.
- Existen dos tipos de niños: los niños hipertónicos (poco extensibles) 
manifiestan durante los primeros meses una gran actividad que aumenta 
con cada adquisición del desarrollo postural. Adquieren precozmente 
la posición vertical y la marcha y realizan movimientos violentos; y los 
niños hipotónicos (muy extensibles) que son tranquilos; su desarrollo 
postural es más tardío, prefieren manipular objetos con los que tenga 
que realizar movimientos finos y explorar su cuerpo. Son niños más 
creativos y más dependientes que los hipertónicos‰ (Stambak, 1973).
Al decir de Ballesteros Jiménez (1982), las reglas de la evolución nor-
mal del tono se pueden resumir de la siguiente manera:
Para el tono de reposo: el niño al nacer es hipertónico (poco extensi-
ble) ya que las estructuras inhibidoras no funcionan; su tono está regulado 
por los centros subcorticales que no están aún inhibidos por el córtex. 
Es una hipertonía en flexión. Si estiramos el pie del bebé, éste vuelve a su 
sitio como si tuviese un muelle. A esta hipertonía general se opone una 
hipotonía axial (al nivel del cuello y la columna).
Progresivamente va pasando a una hipertonía en extensión pues 
empieza a madurar. De los dos a los seis meses la hipertonía de los miem-
bros disminuye y se nota la aparición de un cierto tono axial.
Hacia los seis meses llega a una rigidez que se parece mucho a la 
rigidez de descerebración. Es una rigidez en extensión.
Capítulo 1
El córtex va mielinizándose, el tono va disminuyendo progresiva-
mente y en torno a los doce meses aparece una hipotonía, muy pequeña 
al principio, que va aumentando hasta los tres años. A los doce meses la 
actividad tónica axial está suficientementedesarrollada para permitir la 
posición de pie.
A partir de los tres años la hipotonía va disminuyendo progresiva-
mente y el tono va haciéndose más elevado.
Hasta los siete-ocho años el tono no es muy importante, pero a esa 
edad ya empieza a serlo.
El tono del reposo se estudia a través de la extensibilidad de los mús-
culos y el balanceo de éstos. Dicho balanceo depende de datos madu-
rativos y tipológicos. La extensibilidad está condicionada por factores 
emocionales.
Para el tono de actitud: “el tono de actitud permite mantener una 
postura y no existe en el niño hasta lo ocho-diez años. Hasta esa edad el 
niño mantiene su posición de pie mediante contracciones sucesivas, mientras 
que en el adulto es una contracción continua y refleja. A los seis-siete años 
el tono no está totalmente desarrollado y aparecen las deformaciones de la 
edad escolar. A los diez-doce años el tono aumenta. En la pubertad existe 
otra modificación tónica debido a una transformación hormonal que se 
acompaña de una hipotonía. Es esta una época propicia para deformaciones 
de la columna” (Ballesteros Jiménez, 1982).
Pasada la pubertad el tono toma su aspecto adulto definitivo y en la 
vejez suceden modificaciones menos conocidas, para llegar a la pérdida 
total del tono con la muerte. Los cadáveres son absolutamente blandos, 
flexibles al principio, después se produce la rigidez cadavérica, debido 
a ciertos fenómenos físico-químicos que van a modificar los músculos. 
Esta rigidez no tiene nada que ver con la hipertonía.
Estas reglas de evolución del tono son fijas en el sujeto normal. Si un 
niño no se desarrolla de acuerdo con ellas, indica que su desarrollo es 
patológico desde el punto de vista neurológico o psiquiátrico (Ballesteros 
Jiménez, 1982).
El examen del tono muscular
La forma de realizar el examen varía con la edad del sujeto. Se puede 
distinguir entre el examen del recién nacido, el del lactante hasta los dos 
años y el del niño mayor/adulto.
 Miguel Sassano
En el recién nacido
“Se considera dentro de este grupo al niño desde que nace hasta el primer 
mes de vida. Se tiene que examinar en el recién nacido el grado de elasticidad 
muscular. Este grado de elasticidad se mide observando la extensibilidad 
de cada grupo muscular” (Ballesteros Jiménez, 1982).
Suele entenderse, menciona L. Coriat (1974), como sencillo –y en 
general lo es– decidir si un lactante es normo, hiper o hipotónico. Pero la 
valoración precisa del tono muscular requiere el apoyo de datos objetivos 
a los cuales referirse. Para lograr información confiable hay que recoger 
metódicamente los hallazgos aportados por una cuidadosa semiología y 
discriminar paso a paso cada una de las propiedades del tono muscular. 
Después de un detallado trabajo analítico, la síntesis conceptuará la ver-
dadera calidad tónica del niño examinado. Y es importante conocer dicha 
calidad desde las primeras etapas de la vida porque, como señala Roberts, 
“…la cualidad de la función muscular parece jugar un rol vital no solamente 
en el estado neurológico actual del lactante sino también en la futura integri-
dad de toda la función neurológica” (citado por Coriat, 1974).
El estudio semiológico del tono comienza con la inspección del niño 
desnudo, que informa, a su vez, sobre su estado de nutrición y el volumen 
de sus músculos. Asevera Coriat:
„La consistencia de las masas musculares se aprecia por palpación y se 
mide con patrones personales dados por la experiencia de cada observador. 
Como se trata de pautas subjetivas es imprescindible que se unifiquen 
criterios entre los miembros de cada equipo, quienes deben examinar a 
los niños al mismo tiempo como única posibilidad de transmitirse sus 
impresiones. Los intentos de medición objetiva de la consistencia muscular 
en lactantes, por no resultar útiles, no se han generalizado. La maniobra 
semiológica consiste en tomar a plena mano la masa muscular en estudio 
�generalmente deltoides, bíceps o gemelos�, evitando abarcar los huesos 
subyacentes. Si se intenta pinzar los músculos con índice y pulgar es pro-
bable que se mida sólo la consistencia del panículo adiposo.
 La consistencia muscular es, por lo común, uniforme en los cuatro 
miembros. La buena técnica exige, sin embargo, que se la estudie de modo 
comparativo en cada uno de ellos por separado para detectar deferencias 
que puedan tener significación clínica.
 La mayor o menor dificultad que presentan los músculos y tendones 
a la movilización pasiva puede medirse en forma directa o indirecta. (⁄)
 La pasividad directa o resistencia a la movilización se aprecia ac-
tuando sobre el segmento corporal en estudio. Para determinarla en los 
músculos cervicales se moviliza la cabeza a distintas posiciones; en general, 
Capítulo 1
en el cuello, el plano extensor ofrece mayor resistencia, es decir, muestra 
menor pasividad, que el plano flexor. En otros términos, cuesta más lograr 
flexionar la cabeza del niño que extenderla. En cambio en los miembros 
predomina el tono del plano flexor, al menos durante el primer semestre. 
Así se constata al tomar a plena mano el segmento distal de un miembro 
y probar su resistencia a ser extendido: normalmente es mucho mayor que 
la que opone a su flexión. Por otra parte, una vez liberado el segmento 
que se extendió pasivamente vuelve en forma espontánea y rápida a su 
actitud primitiva.
 Para establecer la pasividad indirecta se actúa sobre un segmento del 
cuerpo proximal en relación con el segmento a evaluar. Movilizándolo con 
suave balanceo se mide la mayor o menor amplitud de los desplazamientos 
que imprime al segmento distal. Tomando al niño por el tronco, a ambos 
lados del tórax, puede provocarse balanceo cefálico por movimientos de 
rotación, asimismo, girando el tronco, se mueven los miembros superiores 
o inferiores para observar la pasividad de brazos y muslos. Para buscarla 
en manos y pies se agitan respectivamente antebrazos y piernas‰ (Coriat, 
1974).
Continúa Coriat analizando el examen del tono muscular y dice que 
la cabeza del recién nacido y del lactante muy pequeño muestra amplia 
pasividad indirecta, pero va adquiriendo firmeza semana a semana y, 
hacia el cuarto mes, ya casi no se balancea al rotar el tronco. Ocurre 
lo inverso con los miembros, tanto superiores como inferiores: de un 
máximo de resistencia y con carencia casi total de balanceo al nacer, se 
aflojan progresivamente hasta la suelta pasividad indirecta que se observa 
a fines del segundo semestre.
„La extensibilidad mide la elongación que sufren músculos, tendones 
y ligamentos cuando se alejan pasivamente sus puntos de inserción. Al 
estudiar la consistencia y la pasividad queda en el observador exigente un 
dejo de insatisfacción por no poder cuantificar sus conclusiones. La exten-
sibilidad, en cambio, puede ser expresada en números, que miden el ángulo 
que abren dos segmentos de miembros cuyos extremos son alejados.
 Las maniobras afectan tanto al plano flexor como al extensor, e inte-
resan preferentemente las grandes articulaciones.
 La extensibilidad de los músculos del cuello y del tronco es menor que 
la de los flexores de la misma zona. Si se suspende dorso arriba a un niño 
del primer trimestre la columna se mantiene recta y hasta dibuja un arco 
cóncavo hacia arriba; suspendiéndolo dorso abajo, los músculos ventrales 
se extienden y el conjunto diseña una curva a concavidad inferior. Esta 
respuesta es más notoria en los músculos del cuello, donde al margen 
del hecho objetivo de la poca extensibilidad del plano dorsal, reacciones 
 Miguel Sassano
laberínticas coadyuvan para mantener la actitud erecta de la cabeza durante 
la suspensión dorso arriba‰ (Coriat, 1974).
Para evaluar la extensibilidad de los músculos del hombro y, en gene-
ral, del miembro superior, es útil la maniobra “de la bufanda”: fijando el 
tronco del niño, se toma una de sus manos y se intenta rodear el cuello 
con el miembro superior. Normalmente el miembro no es tan extensible 
como para adosarse al cuelloy mantiene sus angulaciones normales; 
así, el ángulo del codo abarca como un compás el cuello, con el que no 
contacta. 
En los miembros superiores se mide la extensibilidad del plano exten-
sor flexionando al máximo los antebrazos sobre los brazos: por lo común 
las muñecas llegan a contactar con los hombros sólo durante los primeros 
meses. Extendiendo al máximo los antebrazos sobre los brazos se evalúa la 
extensibilidad del plano flexor: habitualmente se llega a la línea recta des-
pués de vencer la resistencia que ofrece a la movilización pasiva (ibid.).
Para determinar la extensibilidad de los músculos aductores de los 
muslos, estando el niño en decúbito dorsal se flexionan sus piernas sobre 
los muslos y, tomando las rodillas, se las separa al máximo: el ángulo 
abierto entre los muslos, con vértice en el pubis, que no sobrepasa los 
90º durante el primer trimestre, se va ampliando progresivamente hasta 
un máximo de 120 a 160º a fines del primer año. Pero evaluar la exten-
sibilidad consiste en medir el ángulo poplíteo de un niño mantenido en 
decúbito dorsal, firmemente apoyados dorso y glúteos sobre el plano de 
la camilla: en esas condiciones se flexionan al máximo los muslos sobre el 
abdomen y, tomando los pies, se procura aproximarlos al rostro abriendo 
al máximo el ángulo poplíteo; se llega así a un punto donde la resistencia 
indica que conviene no forzar más la extensión de las piernas; la medición 
del ángulo alcanzado es fácil. Los observadores coinciden en que durante 
el primer trimestre ese ángulo es de 90º, durante el segundo de 120º y, 
más allá de los seis meses, de 150º a 170º (ibid.).
Durante el primer año de vida, sostiene Coriat, el tono muscular 
muestra amplias variantes como parte del proceso madurativo. Después 
de la dura lucha librada durante el parto y como respuesta al cúmulo de 
estímulos nociceptivos, los neonatos suelen presentar tono muscular 
elevado. Sobreviene luego una etapa durante la que deben adaptarse al 
mundo externo. La repercusión del parto y las dificultades de adapta-
ción condicionan sensibles variaciones del tono muscular entre uno y 
otro niño, pero por lo común los recién nacidos presentan un período 
de hipotonía generalizada desde el primero al tercer día (Coriat, 1960; 
Escardó y Coriat, 1960; Coriat, 1970, citados por Coriat, 1974). Luego van 
Capítulo 1
recobrando paulatinamente su tono muscular para alcanzar, al cuarto o 
quinto día, los valores máximos que le acompañarán durante los meses 
subsiguientes: la consistencia de las masas musculares se hace firme y 
casi no se logra balanceo de miembros, cuya extensibilidad, así como la 
del tronco, es mínima. A fines del tercer mes, o en el curso del cuarto, 
comienza un suave y progresivo descenso del tono muscular que recién 
se detendrá pasado el año de vida; a esa edad, hay franca hipotonía fisio-
lógica, determinante del pie plano y del genu valgo de los pequeños que 
inician la deambulación (Coriat, 1974).
Normalmente hay concordancia entre las tres propiedades del tono 
muscular: los lactantes con masas musculares consistentes –pequeñas 
o voluminosas– presentan elevada resistencia a la movilización pasiva, 
escaso balanceo y extensibilidad limitada. Características inversas se aso-
cian con los lactantes de músculos poco consistentes.
El tono muscular evoluciona en el decurso de los meses manteniendo 
cierto paralelismo entre sus varias propiedades, particularmente entre la 
pasividad y la extensibilidad. La consistencia es más independiente ya que 
pueden modificarla por separado factores nutricionales y metabólicos.
En general, insiste Coriat, no existen asimetrías entre el tono mus-
cular de ambos hemicuerpos; no obstante, particularmente durante los 
primeros tres meses, las aferencias provenientes de las terminaciones de 
los nervios cervicales suelen inducir respuestas tónicas diferentes según 
el lado hacia el cual está volcada la cabeza. Casi siempre el plano flexor se 
encuentra más extensible del lado de la mandíbula que del de la nuca. Por 
eso, cuando hay dudas sobre las características del tono y se quiere obtener 
información más exacta, es conveniente examinar al pequeño lactante en 
decúbito dorsal manteniendo fija su cabeza en la línea media. Sugerimos 
usar ese artilugio sólo para recabar datos referentes a la simetría del tono 
muscular. Dado que a esa edad es fisiológica la asimetría tónica a partir de 
los reflejos cervicales, consideramos que todo el examen de la motilidad 
del niño debe efectuarse sin modificar su conducta natural.
A su vez, el tono muscular presenta variantes fisiológicas notorias con 
el sueño y disminuye al máximo; durante el llanto se exalta.
„La calidad del tono muscular constituye una característica inherente a cada 
niño, puesto que dentro de los límites normales para las distintas edades 
hay múltiples matices individuales; estas variantes son particularmente 
notorias a través de las actitudes, en las cuales se percibe el sello con que el 
tono en acción modifica los reflejos posturales. Los niños con músculos de 
consistencia elevada y pasividad y extensibilidad escasas, mantienen en esta-
do de vigilia una franca actitud antigravitatoria: el cuerpo se destaca, bien 
perfilado sobre el plano de la camilla, y los miembros están flexionados 
 Miguel Sassano
y adducidos. En cambio, los niños con tendencia a la hipotonía parecen 
adaptar su masa corporal a las formas del plano sobre el que apoyan, y 
los miembros, abducidos, quedan laxamente flexionados.
La actitud postural del bebé determina una actitud general ante sí y ante 
el mundo que le rodea, influye, rige aspectos de su conducta y continuará 
influyendo a lo largo de su infancia, coadyuvando en el modelamiento 
de su personalidad. Gesell se pregunta ÿsi existe algún estado psíquico, 
por atenuado que sea, que se halle exento de cierta tensión corporal de 
algún contenido motor activo o de una derivación motrizŸ‰ (Ballesteros 
Jiménez, 1982).
En el niño hasta los dos años
“El niño se convierte en un ser cortical. Desaparecen en él los reflejos 
arcaicos. La extensibilidad de los músculos flexores aumenta mientras que 
la de los extensores disminuye. En los miembros superiores la flexión del 
puño sigue siendo de 90º. Los codos se flexionan más fácilmente si se les lleva 
hacia atrás, hacia la línea dorsal media” (Ballesteros Jiménez, 1982).
Coriat (1974) muestra que en los miembros inferiores, el talón toca 
más fácilmente el muslo. El ángulo poplíteo se abre hasta los 180º y los 
abductores a 150º (se hace más hipotónico).
Constatamos el paso de la hipertonía de los cuatro primeros meses 
a la hipotonía que va a aumentar desde los seis a los dieciocho meses, 
llegando al máximo hacia los dos años.
La pasividad de los músculos apreciada por la movilización pasiva 
rápida mostrará la aparición de un balanceo normal.
En el niño mayor/adulto
A partir de los dos años el niño coopera y el examen será parecido al 
del adulto. A este niño se le examina con los pies juntos, inmóvil. Hay que 
fijarse si mantiene bien la posición de pie, sin oscilaciones, sin inclinarse 
hacia los lados.
La marcha deberá ser regular y bien coordinada, se observará un 
balanceo alternativo de los brazos. La media vuelta rápida la ejecutará 
correctamente, lo mismo que la parada brusca cuando se le ordena. Puede 
caminar sobre las puntas y los talones.
Hay que apreciar su fuerza muscular, el mantenimiento de la actitud y 
la coordinación segmentaria. La fuerza muscular se aprecia por la resis-
tencia que opone a la mano del examinador cuando le pedimos que haga 
un movimiento determinado. Esto a nivel de los miembros superiores. 
Capítulo 1
Para los miembros inferiores se prueba la fuerza que opone la abducción 
de las piernas, la flexión sobre la cadera, la fuerza de extensión del dedo 
gordo cuando nos oponemos a ella. Este estudio se hace de los dos lados 
del cuerpo, comparando la extensibilidad y fuerza de uno y otro lado. 
El tono muscular se examinará estandoel niño completamente relajado; 
examinando la extensibilidad a la movilización pasiva, lenta, buscada a 
través del balanceo del miembro (Ballesteros Jiménez, 1982).
Las patologías del tono muscular
Ballesteros Jiménez (1982) sostiene que la evolución del tono puede 
estar perturbada, ya sea por un retraso en la maduración, ya sea por 
disarmonía. 
Existirá un retraso en la maduración cuando las diferentes etapas no 
se alcanzan a la edad normal. Suponen la persistencia de una hipertonía 
cuando ya debía haber una hipotonía. Son retrasos de la maduración 
tónica.
En tanto que existirá una disarmonía en el desarrollo cuando no hay 
modificaciones tónicas esperadas, en los lugares esperados y puede haber 
músculos menos tónicos y otros que son más de lo que deberían ser (ibid.). 
„Estas modificaciones del desarrollo del tono pueden ser independientes 
de toda perturbación cortical. Sujetos con inteligencia normal pueden 
presentar modificaciones tónicas anormales a lo largo de su desarrollo. 
Esto indica que el cortex ha madurado normalmente, pero el subcórtex no 
lo ha hecho. Es fácil percibir retrasos de evolución del tono en los débiles 
mentales, aunque se pueden encontrar otros débiles que no presentan mo-
dificaciones tónicas. Por otro lado, podemos encontrar manifestaciones 
de hipertonía debidas a problemas afectivos‰ (ibid.).
Existen dos tipos de contracciones neurológicas: “a) La contracción 
de un músculo de manera involuntaria y durable. Esta contracción fija el 
miembro a una actitud particular que depende de la localización de la lesión. 
Es el cerebro o la médula el responsable de este tipo de contracción. b) Hay 
otro tipo de contracciones debidas a las reacciones músculo-tendinosas. Si 
se lesiona una articulación, excitará a los órganos de Golgi y otras zonas 
alrededor del músculo y habrá hipertonías periféricas que mantienen la 
articulación en una situación normal” (ibid.).
Sostiene Ballesteros Jiménez (1982) que dentro de las contracciones 
neurológicas del primer grupo podemos distinguir tres tipos descritos 
por Babinsky:
 Miguel Sassano
a) Las contracciones tendino-reflejas. Suponen un aumento del reflejo 
tendinoso, provocado por el estiramiento que provoca una exageración 
del reflejo. Proceden de cualquier punto.
b) Las contracciones cutáneo-reflejas provocadas por las aferencias cu-
táneas del eje cerebral y medular que actúan sobre el tono a través de 
vías polisinápticas. Proceden de la piel.
c) Las contracciones que tienen su origen en la parte anterior de la médula 
y que se denominan nucleares y están localizadas a nivel medular.
En el nivel cerebral, la rigidez de descerebración se obtiene cortando el 
cerebro al nivel de los tubérculos cuadrigéminos. Todo lo que es inhibidor 
por encima de ese nivel va a dejar de actuar y se produce una contracción 
de extensión que se llama rigidez de descerebración e indica que el cerebro 
ha dejado de funcionar. Esto puede suceder en los grandes traumatismos 
craneales y es inútil tratar de reanimar a los enfermos. A veces esta rigidez 
es funcional y con cierta reanimación puede ceder.
Esto es interesante ya que desde el punto de vista clínico permite 
saber si el cerebro funciona aún y desde el punto de vista teórico hace 
posible comprender cómo se regula el tono (especialmente el tono de 
actitud). Sherrington demostró que el reflejo miotático es el responsable 
del tono, pues cortando la raíz posterior de la médula que viene del mús-
culo, cortamos el arco reflejo. La contracción cede porque los mensajes 
que vienen del músculo dejan de llegar. Como estos mensajes son los que 
aumentan y mantienen esta rigidez, al dejar de llegar, la hipertonía cede 
inmediatamente (Ballesteros Jiménez, 1982).
Pollock y Davis han obtenido la rigidez de descerebración atando las 
arterias que riegan el tronco del cerebro. Según Ballesteros Jiménez (1982) 
al cortar estas arterias todo lo que hay por arriba degenera y se obtiene 
una rigidez que se diferencia de la otra, ya que no se debe a una exagera-
ción del reflejo miotático, sino que depende de reflejos localizados más 
arriba, sobre todo, del reflejo de la nuca. Si cortamos el nervio vestibular 
la rigidez cede. Ambos tipos, parecidos externamente, se diferencian 
profundamente entre sí.
Esto dio lugar a que se hablara de dos tipos de rigideces, es decir, dos 
tipos de regulación tónica:
1. Rigideces de tipo Gamma, debidas a la exageración del reflejo mio-
tático del tipo Sherrington.
2. Rigideces del tipo Alfa, en las que las motoneuronas son activadas di-
rectamente sin la intervención del arco reflejo; es la rigidez de Pollock 
y Davis, que puede observarse en las trombosis arteriovertebrales.
Capítulo 1
Sin embargo, Ballesteros Jiménez afirma que existe “otro tipo de rigi-
dez, que observamos en los hemipléjicos [y] se denomina espasticidad o 
contracción piramidal. Babinsky en 1912 la había denominado tendino-
refleja. Cuando intentamos doblar el brazo de un hemipléjico, encontra-
mos que al principio no hay problemas, pero luego aparece una fuerza 
antagonista que se opone al movimiento y consiste en el estiramiento del 
músculo. La fuerza de oposición depende de la amplitud del movimiento. 
Hay otras espasticidades débiles que se dan en sujetos hipertónicos en los 
que la fuerza de oposición aparece en movimientos rápidos” (Ballesteros 
Jiménez, 1982).
Se cree que la espasticidad se debe a la exageración del reflejo mio-
tático. Es una fuerza que se opone al movimiento pasivo, después de un 
cierto tiempo, que aumenta a medida que avanza el movimiento y que 
persiste después de terminado ese movimiento pasivo.
Otro tipo de rigidez y de hipertonía es la rigidez parkinsoniana. Fue 
descrita en 1920 por Babinsky y Jamspolsk. Es diferente de la espastici-
dad ya que cuando se imprime un movimiento pasivo a un miembro se 
encuentra una oposición continua, idéntica en cualquier posición del 
miembro. Aquí la importancia de la fuerza antagonista depende de la 
rapidez del movimiento. Cuando más rápido es éste, mayor es la fuerza de 
oposición. Esta enfermedad se debe a una lesión en el Locus Niger (situado 
en el centro del cerebro), un núcleo inhibidor que al estar lesionado no 
funciona y produce una rigidez (Ballesteros Jiménez, 1982).
Se ha comprobado que cuando el locus está lesionado hay menos endo-
pamina en el pálido, núcleo codeado, putamen y cuerpo estriado central, 
que él dirige. Esta endopamina debe actuar sobre el humor ya que cuando 
utilizamos medicamentos que modifican el humor, modificamos el tono 
al estilo parkinsoniano. Al modificar el tono se van a modificar, probable-
mente, las condiciones metabólicas y a través de estas el humor (ibid.).
Paratonías y sincinesias
La paratonía
Un síntoma muy significativo entre las alteraciones tónicas es la pre-
sencia de paratonías, definiéndose éstas como “imposibilidad de realizar 
voluntariamente la distensión muscular” (Ajuriaguerra, 1984).
Ajuriaguerra menciona que, como técnica para descubrir la existencia 
de la paratonía, es suficiente con pedirle al observado que relaje volunta-
riamente uno de sus miembros superiores dejando el “brazo muerto”, es 
 Miguel Sassano
decir, dejando caer inerte y flojo, a lo largo del tórax, el miembro que debe 
obedecer positivamente los movimientos comunicados. Esta maniobra 
del brazo muerto pone en juego una de las propiedades fundamentales 
de la musculatura estriada: la aptitud de entrar voluntariamente en reso-
lución (distensión).
„En los paratónicos, los músculos examinados se contraen con un grado 
de intensidad y de extensión variable, pero siempre proporcional a los 
esfuerzos realizados por el sujeto para relajar; provocan el mantenimiento 
del miembro espontáneo más o menos prolongado en las posiciones o 
actitudes que se le imprimen. En esta anomalía del tono muscular, el 
músculo entra en un estado de tensión, de hipertonía, que tienen por 
consecuencia poner los segmentos del músculo interesado en una actitud 
cataleptoide momentánea;la voluntad puede, por otra parte, tan pronto 
modificar estas posiciones y estas actitudes, pero por medio de contrac-
ciones activas, y no por la resolución muscular que, por definición, escapa 
en los paratónicos al influjo voluntario‰ (Ajuriaguerra, 1959).
Se trata, en resumen, de una insuficiencia del poder de inhibición 
voluntaria sobre la musculatura de los miembros ya que fuera de la volun-
tad, los músculos son en el paratónico, en los estados de sueño, de distrac-
ción, etc., tan capaces de relajación y de flacidez como los otros sujetos. 
Esta insuficiencia del poder de inhibición voluntaria es tan extendida, 
sobre todo en los niveles mínimos, que cuando es poco pronunciada 
queda siempre latente y no merece el nombre de alteración, en el sentido 
patológico de la palabra. Es interesante estudiarla en sus grados elevados 
y con sus asociaciones con otras alteraciones del sistema motor.
La paratonía es, en general bilateral, pero asimétrica, es más intensa 
de un lado que del otro, a veces nula de un lado y ligera del otro.
Un excelente procedimiento de búsqueda de la paratonía, cuando es 
leve, consiste en exagerarla, haciendo contraer enérgicamente el puño del 
lado opuesto; esta maniobra muestra las relaciones estrechas que existen 
entre la paratonía y las sincinesias; demuestra también que ambas son 
alteraciones por insuficiencias de la inhibición motriz.
La paratonía, dice Ajuriaguerra (ibid.), se nos presenta como un con-
junto homogéneo únicamente al describir síntomas aislados. Podemos 
señalar los siguientes tipos:
- Paratonía normal infantil temprana; paratonía normal más tardía que 
va a la par con la forma corporal del atlético, cuyo tipo patológico es 
el atlético epileptoide.
Capítulo 1
- Paratonía, alteración del desarrollo de los sistemas de la armadura 
motriz. Maduración tardía, retraso de todo el desarrollo motor y del 
lenguaje, torpeza, etc., todo ello considerado como coacción.
- Paratonía subnormal de situación, pasajera a veces.
- Paratonía subnormal de prestancia, en la que observamos el estrecha-
miento individual de los contactos afectivos, el repliegue en el cerrado 
mundo del conflicto, la reducción del gesto-contacto o la simbólica 
valorización del gesto-agresión. La motricidad es vivida como una 
lucha con la rigidez de la espera, la defensa total y el sobresalto, etc.
La sincinesia
Otra de las características muy significativas entre las alteraciones 
tónicas es la presencia de sincinesias, entendiendo por ellas a “movimien-
tos parásitos caracterizados por la contracción involuntaria de un grupo 
muscular” (Coste, 1979). Proviene del griego syn, que significa con, y 
kínesis, entendida como movimiento.
Una de las consecuencias habituales de las sincinesias es la acentua-
ción de la participación de los miembros superiores en los movimientos 
alternativos de miembros inferiores en la marcha, el origen ancestral y 
la significación verdadera. “Estos movimientos de los brazos representan, 
en efecto, en los movimientos de la marcha humana, las reliquias del paso 
cuadrúpedo de la locomoción de los ancestros y es interesante reencontrarlas 
más marcadas en los niños, en los débiles y los desequilibrados motores” 
(Ajuriaguerra, 1993).
La sincinesia analizada en su mecanismo y su semiología puede ser 
provocada, en el estado normal, en la mayoría de los sujetos en ocasiones 
de esfuerzos enérgicos. Es el grado en rapidez de aparición, la intensidad 
y la difusión del fenómeno.
Las sincinesias son movimientos parásitos, caracterizados por la con-
tracción involuntaria de un grupo muscular. Según la clasificación de 
Ajuriaguerra y Stambak (Coste, 1979), en la práctica se presentan dos tipos 
de sincinesias: a) las llamadas sincinesias de difusión tónica, que resultan 
evidentes por la rigidez de una parte del cuerpo o de la totalidad de éste. 
En algunos individuos, pueden persistir hasta más allá de los 12 años y 
en otros no desaparecer. Dupré relacionó estas sincinesias con signos de 
debilidad motriz y con un retraso más o menos importante del desarrollo 
psicomotor; y b) las sincinesias de difusión tónico-cinética o imitativas, con 
las que el niño ve cómo su gesto se desdobla, con una intensidad menor en 
el hemisferio opuesto, imitando el movimiento. La prueba de las mario-
netas en el balance psicomotor refleja esta ausencia de independencia 
 Miguel Sassano
debida a la maduración neuromotriz. Este tipo de sincinesia comienza a 
atenuarse desde los 9 años y desaparece después de los doce.
La conjunción del desarrollo afectivo y emocional, de la orientación 
del gesto y el desarrollo del lenguaje desempeñan un papel importante en 
la adquisición psicomotriz de la independencia de movimientos.
Ajuriaguerra y Stambak han comprobado que niños de seis, siete y 
ocho años forman un primer grupo con importantes sincinesias, pero con 
importantes diferencias entre los de idéntica edad. Entre los nueve y los 
diez años, aun habiendo sincinesias, son claramente menos acusadas y 
es menor la dispersión de resultados. A partir de los doce años los niños 
prácticamente no presentan sincinesias. Estudiando comparativamente 
las sincinesias tónicas y las tónico-cinéticas, los autores han mostrado 
que la desaparición de estas últimas se efectúan progresivamente con 
el crecimiento. En cuanto a las primeras, la evolución es prácticamente 
nula entre los seis y los diez años, disminuye muy poco y los índices de 
dispersión son muy importantes en todo momento. A los doce, mientras 
las sincinesias imitativas son muy poco numerosas, en el 64% de indi-
viduos todavía hay ligeras difusiones tónicas. “El estudio genético pone 
bien a las claras que no tienen idéntico significado ambas sincinesias. Las 
sincinesias tónico-cinéticas parecen estrechamente relacionadas con los 
sucesivos estadios genéticos. Desaparecen poco a poco con la evolución, 
mientras que las tónicas parecen independientes del factor evolución; existen 
en todo momento en cierto número de individuos. Con frecuencia las tónicas 
se asocian a la paratonía; provocan tensiones tónicas siempre propicias a 
la difusión del movimiento. La distribución del tono en los diversos seg-
mentos forma un todo, un conjunto formado por partes interdependientes” 
(Ajuriaguerra, 1993).
Según Coste (1979), la interpretación de Guilmain es sensiblemente 
diferente. Para él, se trata de un fenómeno único, que se manifiesta por 
perturbaciones con movimientos inútiles simétricos hasta los 12 años, 
que acaban desapareciendo. Las respuestas tónicas inapropiadas (hetero-
cinesias) y que afectan a cualquier parte del cuerpo, dependen de las 
condiciones de la acción (fatigabilidad, rapidez, atención) y de la estruc-
turación madurativa del sujeto. A veces persisten durante toda la vida, 
en forma de ecocinesias.
En terapia psicomotriz, los juegos de coordinación y de disociación 
ayudan al sujeto a adquirir un buen control tónico-motor. La toma de 
consciencia en el sentido de una actividad corporal diferenciada, ayuda 
a luchar contra las sincinesias. En relajación de niños, el doctor Bergés 
observa una persistencia de sincinesias, que se atenúan más tardíamente a 
lo largo de la cura que los trastornos paratónicos, que resultan más fáciles 
de controlar con una descontracción generalizada del propio cuerpo.
Capítulo 1
„Si las sincinesias de imitación persisten más allá de cierta edad, señalan 
en alguna forma el retraso motor (que constataremos también en otras 
pruebas). Por su parte, la difusión tónica parece estar mucho más ligada 
al estado tónico de base y encontrarse especialmente en relación con el 
estado de atención ligado a las reacciones afectivas y emocionales‰ (Bucher, 
1976, citado por Coste, 1979).
En el Diccionario Enciclopédico de Educación Especial (1985) se men-
ciona que la sincinesia es la “capacidad de evocar un movimiento en un 
grupo muscular distante mediante la actividad propositiva o involuntaria 
de otro grupo de músculos. Son conocidas las sincinesias de imitación,que 
consisten en la reproducción en un miembro contralateral de la actividad 
propositiva que se efectúa con el otro miembro”.
En un sisterna nervioso inmaduro son frecuentes las sincinesias sin 
que sean patológicas, por ejemplo el niño que saca la lengua mientras 
intenta escribir. En los enfermos neurológicos se aprecian frecuentemente, 
tal cual es el caso de la elevación del brazo paralizado de un hemipléjico 
que bosteza. Son movimientos agregados, sin propósito, generalmente 
inconcientes, que se pueden asociar a un movimiento intencional. Son 
fenómenos fisiológicos y, en realidad, naturales en el desarrollo del niño, 
cuyo número e intensidad disminuye con la maduración.
La anormalidad surge de su exageración, o bien de su persistencia o 
reaparición fuera de la edad habitual, e incluso, en algunas ocasiones, 
de su ausencia. Para Dupré es indicio, como ya dijéramos, junto con las 
paratonías, de un retraso en el desarrollo psicomotor y signo de debili-
dad motriz. Según Macagno et al. (1998: 138), N. Fejerman (1988) las 
clasifica:
a) Según su evolución
 - permanentes (por ejemplo el movimiento de los brazos al andar);
 - de evolución (que desaparecen con la edad);
 - ocasionales (que aparecen en ciertas condiciones de atención como 
el ejemplo de la lengua al realizar con las manos movimientos que 
requieran gran concentración).
b) Según su forma:
 - de imitación (que reproducen en la extremidad contralateral el mo-
vimiento voluntario);
 - axiales (movimientos linguales o de la boca ante acciones de las 
extremidades).
Por ello “es posible intervenir en la educación de estos problemas uti-
lizando la voluntad para llegar progresivamente a la resolución muscular. 
De la misma manera, la intervención dirigida de la conciencia del niño 
 Miguel Sassano
puede conducirle al control de las contracciones musculares, incluso cuando 
la insuficiente maduración nerviosa ha dejado subsistir ciertos movimien-
tos parásitos. Aquellas actividades que conducen al niño a la percepción 
y control en todos los casos, hacer desaparecer estas alteraciones” (Vayer, 
1974).
Veamos ahora la conjunción del débil motor paratónico y sincinético. 
Según Ajuriaguerra (1993) se nos muestra en su forma limitada, dema-
siado estrecha en movimiento y tiempo; aparece como espectador del 
movimiento de las cosas. Los esquemas motores con que participamos 
en la acción de los demás no llegan a adquirir en él la forma de esquemas 
dinámicos. Algunos superan la no participación de su cuerpo mediante 
representaciones espaciales justas, pero incomprensiblemente asimila-
das. Se producen aparentes desplazamientos sin que el cuerpo siga el 
movimiento. El pensamiento se desplaza en un espacio en donde queda 
retenido el cuerpo representado. Al no concordar la forma dinámica del 
cuerpo y la estructura del espacio representado, aun viendo su finalidad 
y siendo posible su impulso, el movimiento no tendrá la elasticidad de lo 
perfectamente acabado y parecerá una incompleta desautomatización en 
la línea del movimiento continuo. Para nosotros, continúa, 
„en la infancia existen el tiempo y el espacio como movimiento o despla-
zamiento; el cuerpo anda o se detiene, gozando al superar el obstáculo que 
le sale al encuentro. La agilidad del cuerpo gusta de la resistencia externa, 
pero la aportación apetitiva se integra de diversos modos, en el débil motor, 
según su propia resistencia. El necesario narcisismo es vivido como una 
satisfacción en la debilidad y en la coacción de la paratonía. El cuerpo 
encerrado en los límites de su propia acción pierde su calma por efecto de 
los movimientos sincinéticos que le impiden actuar de manera ordenada. 
El paratónico sincinético parece combatir en dos frentes: la necesidad de 
vencer el obstáculo, de mover su masa, y la búsqueda de un freno para 
sus movimientos involuntarios. Si bien en realidad parece vivir esta lucha, 
los hechos nos muestran que una situación aparentemente antinómica 
como ésta (totalmente coherente en la fase temprana del desarrollo) puede 
alterarse al modificarse algunos de sus aspectos, por ejemplo la relajación 
del fondo tónico‰ (Ajuriaguerra, 1993).
Las actitudes
La noción de actitud se encuentra en el filigrana en toda la obra de 
Henri Wallon, donde elabora una vital concepción sobre las consecuencias 
que ella acarrea en el desarrollo personal.
Capítulo 1
“Nada –dice él– podría ayudarnos a conocer mejor las grandes etapas 
y el plan general de la vida psíquica, que el relacionar cada conjunto con 
el sistema funcional, con un determinado momento del desarrollo cerebro-
espinal y con las formaciones anatómicas correspondientes” (Wallon, 1949). 
Así fue cómo consiguió describir la serie de los primeros estadios del desa-
rrollo funcional en el niño: estadios impulsivo, emocional, sensoriomotor 
y proyectivo.
La función postural desempeña pues, un papel fundamental en este 
desarrollo funcional. Las diversas actitudes que elabora permiten definir 
mejor las funciones, identificar sus orígenes y poner en evidencia su 
filiación. “Las diferentes etapas, a través de las cuales se realiza la función 
postural –escribe Wallon– pueden ayudar a definir mejor la sucesión de 
los estadios por los que pasa el desarrollo del niño, desde los primeros meses 
hasta la edad en que (cuando el sistema de conexiones corticoposturales 
entra en actividad) su comportamiento comienza a manifestar la necesidad 
de afirmarse y de definir su yo” (1949). Es durante los tres primeros años 
que se opera la génesis de los diferentes tipos de actitudes y su transfor-
mación en actitudes mentales. Van a desarrollarse durante las edades 
siguientes y a organizarse progresivamente en diferentes sistemas.
Las actitudes emocionales afectivas
Por la emoción con que ha vibrado, el individuo
 se encuentra virtualmente unido a cualquier otro en el que
 se hayan producido las mismas reacciones.
H. Wallon
Wallon (1925) sostiene que las actitudes afectivas son las primeras en 
aparecer en el desarrollo del niño. Se elaboran a través de las emociones, 
bajo el efecto de las integraciones del tono y de las sensibilidades intero y 
propioceptivas, realizadas al nivel de los centros extrapiramidales mesen-
cefalodiencefálicos cuya maduración comienza a partir del nacimiento 
y se acaba hacia el sexto o séptimo mes. Las reacciones emocionales, 
aisladas hasta este momento, van a organizarse en sistemas diferenciados: 
alegría, cólera, miedo, etc.
Las emociones son el resultado de la actividad postural. Su base reside 
en el tono de los músculos del esqueleto y de las vísceras. “La emoción, sea 
cual fuere su tipo, tiene siempre como condición fundamental las variaciones 
en el tono de los miembros y de la vida orgánica” (Wallon, 1949). La reac-
ción emocional consiste en una especie de corriente tónica que se propaga 
 Miguel Sassano
por medio de olas sucesivas, que se relacionan entre ellas y que pueden 
cambiar de sentido, pasar del placer al sufrimiento, de la cólera ofensiva 
a la cólera sobre uno mismo. Wallon ha analizado minuciosamente todos 
los tipos de emociones que se pueden manifestar en el niño, y concluye: 
“todas las emociones: placer, alegría, cólera, miedo, timidez… pueden redu-
cirse a la forma como se crea el tono, se consume o se conserva” (1949). Por 
ejemplo, la alegría se produce como consecuencia de un deslizamiento 
del tono que se encuentra en relación de equilibrio con su producción y 
eliminación en movimiento. La cólera, por el contrario, surge cuando el 
exceso de tono es mayor que la posibilidad de eliminación: el placer que 
manifiesta el lactante cuando se le acaricia se cambia por irritación y cólera 
cuando estas caricias duran demasiado tiempo. La risa y los llantos son 
una liquidación del hipertono, pero mientras que el hipertono de la risa 
se relaciona sobre todo con los músculos del esqueleto, el de los llantos 
se localiza en las vísceras (Trang-Thong, 1981).
Trang-Thong (1981) indica que las emociones presentan una orien-tación centrípeta. En lugar de responder a la excitación de forma refleja 
o de una forma automática limitada y apropiada, suscitan un “desenca-
denamiento que se propaga y difunde por todo el organismo” y engendran 
“una especie de indeterminación llena de virtualidades, cuya expresión es 
una actitud” (Wallon, 1925). Las actitudes emocionales son expresiones 
puras del organismo, de sus estados de tensión, de relajación, frustración, 
inhibición… que se traducen por malestar, bienestar, sufrimiento, inquie-
tud. No son de un solo tipo, sino que se desarrollan en el tiempo como 
una onda tónica a la que modifican y varían las sensibilidades intero y 
propioceptivas. Es esta interocepción la que introduce en la conducta una 
forma primaria de conciencia, confusa y global, de la turbación y de las 
veleidades surgidas en el organismo, “es la conciencia, pero la conciencia 
subjetiva” (Wallon, 1925).
„Las actitudes emocionales y la conciencia subjetiva correspondiente constitu-
yen un verdadero paso de lo fisiológico a lo psíquico. Su desarrollo en el niño 
va a esbozar un desdoblamiento que prepara para la representación e inicia la 
vida de relación con los progresos de la comprehensión y de la comunicación 
que representan un preludio del lenguaje‰ (Trang-Thong, 1981).
Las expresiones emocionales, escribe Wallon (1925), “forman un todo 
con lo que significan y pueden servir para evocar, sin diferenciarse. Son a 
la vez emoción y representación. Con la emoción aparece el mínimo de 
discriminación que es necesario para que el instante vivenciado, en lugar 
de ser simple, exclusivo, absoluto, admita unos términos con los que pueda 
ser virtualmente opuesta a otros y a sí mismo”.
Capítulo 1
Wallon comenta que se dan estas manifestaciones emocionales en sí, 
que se convierten luego en objeto de la conciencia, y que terminan por 
imponerse más o menos del mismo modo a su espectador, sea quien sea 
el sujeto o si las ve manifestarse en su igual.
“Por la emoción con que ha vibrado, el individuo se encuentra virtual-
mente unido a cualquier otro en el que se hayan producido las mismas 
reacciones. La simpatía nace de este contacto, muy precoz en el niño… es 
una introducción al concepto de los demás y no un resultado. De este modo 
la subjetividad de la conciencia se transforma en sociabilidad, a través de 
la expresión emotiva” (Wallon, 1925). El niño percibe a los otros en sí 
mismo y su yo en los otros. La representación que se esboza sigue siendo 
subjetiva. Es una puesta a punto de su organismo que responde a una 
determinada situación. “Consiste en una actitud apropiada y se resuelve 
por medio de estados diferenciados de tensión cuyas actitudes ya están 
formadas” (Wallon, 1949).
La actitud emocional se transforma así en actitud afectiva orientada 
hacia el mundo humano. Es ésta la que desarrolla la comunicación y la 
comprensión de las situaciones de intercambio interpersonal. No se trata 
más que de una comunicación mímica y gestual, pero ya están forma-
das las actitudes de escucha y emisión, que serán indispensables para el 
advenimiento del lenguaje. Como el lenguaje, la comunicación mímica y 
gestual se convierte muy rápidamente en el niño en un medio de acción 
específica para obtener la satisfacción de sus deseos y necesidades: “la 
acción sobre los demás a través de los demás” (Wallon, 1949).
„La actitud y la conciencia están íntimamente ligadas. Se confunden al 
principio con la expresión, que seguidamente se diferencia y da lugar a la 
conciencia y a la orientación: a la conciencia si consideramos el polo de 
las sensibilidades, a la orientación si consideramos el de las actitudes. Pero 
siguen siendo solidarias: la conciencia es la actitud en sí y la orientación 
es la actitud hacia los demás. Cualquier toma de conciencia solamente es 
posible partiendo de la actitud‰ (Trang-Thong, 1981).
Las actitudes motriz y perceptiva
Las actitudes afectivas tienen una función de expresión, mientras 
que las actitudes motriz y perceptiva tienen una función de acomoda-
ción: acomodación de los músculos frente al movimiento y acomoda-
ción de los órganos sensoriales de cara a la percepción. Las primeras se 
encuentran bajo la influencia predominante de las sensibilidades intero y 
propioceptivas, mientras que las segundas, se encuentran bajo la influen-
 Miguel Sassano
cia de las sensibilidades exteroceptivas. Pero tanto las unas como las otras 
son el resultado de la función postural.
„Las actitudes motrices son de dos tipos (Wallon, 1978). Las primeras se 
relacionan con las contracciones tónicas que preparan y acompañan el 
desplazamiento de los miembros en movimiento y que apoyan las posi-
ciones sucesivas con el fin de asegurarle la continuidad, la coherencia y la 
precisión. Las segundas son el resultado de las contracciones tónicas que 
se producen en cada movimiento, en las partes del cuerpo que no están en 
movimiento: son las posturas de equilibrio indispensables para la forma-
ción de las actitudes de la primera categoría y que les sirven como marco 
de apoyo y de sostén. El desarrollo de las posturas de equilibrio y de las 
actitudes motrices es hoy bien conocido y se puede observar en el proceso 
que lleva al niño de la posición de acostado a la de sentado y finalmente 
a la posición de pie y a la adquisición de la aprehensión y posteriormente 
de la marcha. Se trata de la maduración de la función motriz, que es una 
función instrumental, que le provee de medios para que el organismo 
actúe sobre el mundo que lo rodea. La organización de las posturas de 
equilibrio y de las actitudes motrices en sistemas posturales adaptados a 
las diversas circunstancias, permiten al niño orientarse y desplazarse en el 
espacio y actuar sobre los objetos, lo que constituye una noción unificada 
del propio cuerpo o un esquema corporal‰ (Trang-Thong, 1981).
Dentro de la actividad del niño sobre el mundo que lo rodea, aporta 
Trang-Thong (1991), las actitudes motrices y perceptivas comienzan por 
confundirse con las actitudes perceptivomotrices, en las que las percep-
ciones y los movimientos se integran inmediatamente en un acto eficaz. 
Estas actitudes se elaboran por medio de un modelado postural sobre las 
aferencias exteroceptivas provenientes de los objetos y de sus propiedades 
de forma, color y de la topografía de los lugares. Preparan y apoyan los 
movimientos adaptativos de apropiación o transformación del medio 
ambiente. En caso de éxito, producen esquemas de acción o cadenas 
más o menos complejas de actitudes y de movimientos apropiados para 
los diversos objetivos de la acción, que conducen al automatismo. Son 
estas actitudes perceptivomotrices las que presiden la actividad de la 
inteligencia práctica tanto en el hombre como en el animal.
Ésta está marcada por una reacción de detención. Delante de un objeto 
interesante o de un espectáculo cautivador, el niño se para y se queda 
absorto mirándolo: los movimientos cinéticos se detienen, solamente sub-
siste la actitud. Esta sigue siendo de naturaleza perceptivomotriz, pero su 
orientación ha cambiado. En lugar de preparar los movimientos de apro-
piación del objeto o de participación en el espectáculo, tiende a copiarlos, 
a interiorizarlos para a continuación reproducirlos o expresarlos.
Capítulo 1
La génesis de la imagen y seguidamente la de la representación se 
produce por medio de la actividad postural, que radica en la actitud imi-
tativa. “Absorberse en la contemplación de un espectáculo, escribe Wallon, 
no es permanecer pasivo” (Trang-Thong, 1981).
El resultado de la impregnación perceptivomotriz es una imagen, 
que no es todavía nada más que una fórmula postural o una actitud que 
prepara la reproducción del modelo, que todavía no se separa lo suficiente 
del modelo para convertirse en su representación. La imitación, escribe 
Wallon (1978), “aventaja a la representación. Es un ajuste de los gestos a 
un prototipo, que no es una figura, sino una necesidad latente nacida de 
impresiones a menudo múltiplesen su origen y fundidas conjuntamente con 
el aparato en el que se insinúan como el estímulo de un esbozo confirmado 
y rectificado sin cesar. Su resultante es única. Pero no es nada más que un 
poder concreto y latente que solamente el acto, reproduciéndose, se revela 
a sí mismo. Todavía no es una representación”. 
A este nivel, la imitación es espontánea: el niño no tiene conciencia de 
la imagen postural que se forma de este modo. Pero conduce a la repre-
sentación a través de una serie de tomas de conciencia efectuadas a partir 
de las reproducciones repetidas del modelo. En efecto, dice Wallon, “es la 
adaptación de la acción del sujeto al modelo. Implica un desdoblamiento que 
parece poder dar a la imagen solamente su identidad de imagen. Queriendo 
apropiársela por la réplica que da o por el esfuerzo que hace para darla, el 
niño se ve obligado a reconocerla como exterior a él y realizable en varios 
ejemplares independientes”.
Es así, insiste Trang-Thong (1981), como la imitación espontánea, 
desarrollándose y multiplicándose a lo largo del segundo y tercer año, 
se vuelve progresivamente consciente, que los modelos se vuelven pro-
gresivamente objetivos e independientes del sujeto y que las imágenes 
se vuelven diferentes de los modelos, se convierten en su doble, en su 
representación.
Wallon (1978) dice de esta evolución dialéctica: “las etapas decisivas de 
la imitación responden muy exactamente al momento en que la representa-
ción que no existía va a poder formularse, en el que cesa de confundirse con 
las reacciones inmediatas y prácticas que las circunstancias hacen surgir de 
sus automatismos y un estado de representación, en el que el movimiento la 
contiene ya antes de que sepa traducirse en imágenes o explicitar los rasgos 
de que debería estar compuesta”.
El modelo, escribe Wallon, en lugar de imponerse, se deja elegir. Es 
el “querer” o “tener que imitar” que se superpone al “poder imitar”. Las 
motivaciones del acto se vuelven ajenas al acto mismo.
 Miguel Sassano
Y Wallon (1978) añade: “al mismo tiempo, el sujeto se percibirá per-
fectamente como diferente de sus actos y de sus representaciones. Desde el 
momento que se opone al modelo como algo que tiene o que no tiene que 
imitar, el sentimiento de su propia persona ha de tener más importancia 
momentáneamente que el acto proyectado. Esta identificación distinta de 
sus actos, de sus representaciones y de sí mismo supone que identifica corre-
lativamente la persona de los demás, de la que saca modelos y de los que 
él se convierte en émulo”. El advenimiento de la representación y de la 
imitación consciente es también y simultáneamente el advenimiento de 
la conciencia de sí mismo y de los demás y se produce en el niño hacia 
la edad de tres años.
„La actitud imitativa no solamente elabora la representación, sino que 
esboza también, en sus fases de copia y de reproducción, toda una serie de 
operaciones de análisis de abstracción, de comparación y de ordenación 
que caracterizan la actividad del pensamiento y su traducción en lenguaje. 
La actitud perceptiva se separa desde ahora de la actitud perceptivomotriz y 
se convierte en actitud de observación. La actitud imitativa, por su lado, se 
transforma en actitud de adquisición y de cultura‰ (Trang-Thong, 1981).
Durante el período de desarrollo de la inteligencia práctica y de las 
imitaciones espontáneas, sostiene T. Thong (1981), la actitud sigue siendo 
de naturaleza perceptivo-motriz, y la suspensión del movimiento es tem-
poral durante la imitación. Las representaciones que se elaboran no se 
distinguen de los gestos. A este nivel de la actitud, la representación está 
asociada a una forma de conciencia que Wallon llama conciencia pro-
yectiva y que se sitúa entre la conciencia subjetiva afectiva y la conciencia 
objetiva del yo y del mundo (1925).
Si las personas con bajo nivel intelectual se detienen a un nivel de con-
ciencia totalmente subjetivo y afectivo, la conciencia proyectiva encuentra 
su campo de elección en la categoría de los epilépticos (Wallon, 1925). “En 
el niño normal, responde posiblemente al período en el que la simetría de 
los hemisferios todavía no se ha establecido sólidamente, sino que es frágil 
e intermitente y por consiguiente la actividad mental se encuentra todavía 
disociada de una forma imperfecta de la actividad práctica y concreta, de 
la actividad de realización” (Trang-Thong, 1981).
Las actitudes mentales
La elaboración de las actitudes mentales y el advenimiento de la concien-
cia objetiva del yo y del mundo está condicionada a la actividad de la región 
prefrontal, cuya maduración es la más tardía en el niño (Wallon, 1925). 
Capítulo 1
„Para Wallon, el lóbulo prefrontal es una especie de ÿsupercerebroŸ, sobre 
el que se proyectan las demás partes de la corteza con las que le unen 
numerosas conexiones. También se encuentra en conexión con todos los 
segmentos del sistema nervioso, incluida la médula, sobre todo por los 
importantes haces frontopontocerebrales, gracias a los cuales transmite 
sus estímulos al cerebelo e influye de este modo en el campo del equili-
brio y en el de las actitudes. El lenguaje, por su lado, tiene su centro allí‰ 
(Trang-Thong, 1981).
En el campo intelectual, la actividad prefrontal es una actividad de 
movilización y de selección de las nociones y de los símbolos, de abs-
tracción, de renovación y de invención. Es su “función de iniciativa”, su 
“poder efectivo de orientación mental” (Wallon, 1925).
Se conocen desde hace tiempo los efectos de las lesiones prefrontales 
en la vida afectiva: desaparición de la inhibición, indiferencia y sequedad 
afectivas, pérdida del sentido de la moralidad y de la dignidad personal. 
Los trabajos de Luria (1969) muestran en la actividad intelectual la pérdida 
de la iniciativa y del poder de elección, de movilización de los símbolos 
y de las operaciones, de programación de las secuencias de actividad y 
de control de su desarrollo.
La función prefrontal es una función de orientación, de iniciativa y 
de elección. Se ha definido frecuentemente la orientación en términos de 
atención, de voluntad, o considerándola como una representación mayor 
de dirección que organiza las otras representaciones.
Wallon añade: “Hay mecanismos de acomodación tanto para las ideas 
como para las impresiones sensoriales. Sus afinidades con el sistema pos-
tural explican que el sentimiento de impotencia que tiene el neurasténico 
cuando trata de dirigir sus ideas, viene acompañado de fatiga y malestar 
en los aparatos musculares de la actitud y de la orientación… A la aboli-
ción pura y simple de la función responde necesariamente o la huida o la 
hiperprosexia” (1925).
La actitud mental es, pues, de la misma calidad postural que la actitud 
motriz hiperceptiva. Suspende el movimiento ejecutor para organizar 
cadenas de mediaciones, representaciones, símbolos, conceptos…
Se trata de la capacidad para conservar una actitud tomada o reci-
bida, sin fatiga, durante un tiempo más o menos largo, durante el que 
hay una detención de todo tipo de actividad, una especie de “parálisis 
momentánea psíquica, como si el sujeto se concentrase por completo en 
la actitud conservada”, insensible tanto a los estímulos externos como 
internos (Wallon, 1949).
Es hacia los tres años, continúa Trang-Thong (1981), cuando se pro-
duce esta maduración postural de forma definitiva en el niño, dando ori-
 Miguel Sassano
gen a las actitudes mentales y a la conciencia objetiva del yo y del mundo. 
Las funciones de representación y de lenguaje se vuelven autónomas. 
„Al mismo tiempo, la imitación se vuelve consciente. Las actitudes afectivas 
se transforman en actitudes sentimentales, pero las actitudes emocionales 
subsisten y pueden reaparecer en algunas circunstancias, incluso en el 
adulto. Lo mismo sucede con las actitudes perceptivomotrices, que se 
mantienen en las actividades prácticas, pero que pueden dar lugar, bajo 
la influencia de la representación, a través del mecanismode la imitación 
consciente, al aprendizaje de nuevos gestos y a la adquisición de todo tipo 
de habilidad motriz y técnica. Las actitudes perceptivas se transforman en 
actitudes de observación, de investigación, al servicio del conocimiento o 
de la acción‰ (Trang-Thong, 1981).
La función postural o tónica presenta, escribe Wallon (1949), “un 
vasto sistema o por lo menos una vasta comunidad funcional, que une 
todo aquello que pone en forma al organismo, ya sea para tal tipo de movi-
miento, para tal reacción afectiva, para la acomodación de la percepción 
a su objeto, ya sea en cuanto al espíritu para la representación simbólica 
y abstracta. Sin duda, estos diferentes aspectos de la función suponen una 
diferenciación, una especialización de las diferentes actitudes. Pero todas 
quedan bajo la dependencia del tono y de sus variaciones. Si está mal 
organizado, presentarán los desarreglos correspondientes, es decir que se 
manifiestan determinadas insuficiencias motrices y en el campo psíquico 
una gran discontinuidad de humor o de aplicación, de la fragilidad o del 
desorden en la acomodación afectiva, perceptiva e intelectual”.
El gran mérito de Henri Wallon es el de haber sido el primero en haber 
comprendido la importancia del tono y de las actitudes y en haber reali-
zado un análisis genético profundo de la función postural y de su papel 
tanto como mediador como de iniciador de la génesis de las funciones 
y sus transformaciones en el niño. Paillard (1980) consideraba su teoría 
como “una de las síntesis más originales y decisivas que se han hecho en 
este campo”.
La función de las actitudes
La función de las actitudes, manifiesta Trang-Thong (1981), es la fun-
ción de orientación que se encuentra estrechamente ligada con la función 
de la conciencia. La orientación es una puesta a punto del organismo y 
la acomodación a las situaciones y a los objetivos de la actividad. Es la 
actitud en su función de dirección y de organización. La conciencia es 
Capítulo 1
esta actitud que se vuelve sobre sí misma, ya sea por una determinada 
comprensión o por un desdoblamiento de las actividades que apoya, de 
sus resultados y de su dirección o finalidad, ya sea por el desdoblamiento 
de la actitud misma como una expresión del organismo en relación con 
las situaciones.
„La función de orientación de las actitudes tiene así varios niveles: puede 
ser espontánea e inconsciente o voluntaria y deliberada. Organiza tanto la 
actividad motriz como la mental. Cualquier actividad que sea, solamente 
puede efectuarse si viene apoyada por una actitud que la une al cuerpo y 
le da una dirección. Podemos distinguir entre las actitudes funcionales, 
dependientes de las diferentes funciones que constituyen los componentes 
de la estructura psíquica y que tienen una dirección de actividad bien 
determinada, y las actitudes inter o multifuncionales que organizan un 
cierto número de funciones dentro de una actividad compleja con objetivos 
definidos. Así tenemos actitudes motrices, perceptivas, etc., y actitudes 
complejas de adquisición, de conocimiento, de acción⁄ Por otro lado, en el 
interior de cada función, se puede distinguir también un gran número de 
actitudes que controlan actividades especializadas. Así dentro de la función 
motriz de la mano, podemos hablar de las actitudes de tomar, lanzar, soltar, 
etc., que organizan de forma diferente los movimientos cinéticos dentro 
de las diferentes estructuras adaptadas‰ (Trang-Thong, 1981).
En el desarrollo del niño, las orientaciones funcionales se elaboran 
durante los tres primeros años, después se ejercen y se desarrollan espon-
táneamente. Es hacia los seis años cuando se comienzan a organizar las 
orientaciones multifuncionales. La función de orientación se vuelve cada 
vez más voluntaria y deliberada, adquiere una complejidad más o menos 
grande, una envergadura y un alcance más o menos vasto. Pero consiste 
siempre en una estructura de actitudes, que organizan cadenas más o 
menos largas de movimientos y de operaciones, de instrumentos y de 
técnicas de cara a objetivos bien definidos. La orientación se desarrolla en 
el espacio y en el tiempo, en términos de planificación, de previsión y de 
programación de actividades. Está proyectada, tarea y proyecto dependen 
del poder de elección y de decisión específicos de la actividad humana.
Trang-Thong (1981) sostiene que las actitudes constituyen una media-
ción entre el cuerpo y el medio. El cuerpo modifica al medio, que, a su vez, 
modifica al cuerpo actuando sobre sus actitudes. Estas están hechas de 
tono y su propiedad fundamental es la plasticidad. Es sobre esta plastici-
dad tónica y postural sobre la que se funda la acción educativa y de forma 
general la influencia del medio sobre el niño y sobre su desarrollo.
 Miguel Sassano
En el curso de los primeros años, el medio y la educación actúan direc-
tamente sobre el tono y su regulación en el niño. La vida del lactante está 
dominada por la alternancia de las fases anal y catabólica, sueño y vigilia, 
restauración de la energía y gasto de ella (Wallon, 1979). El tono del niño 
varía en relación con su metabolismo interno y con las excitaciones que 
provienen del ambiente exterior. Es la primera expresión integrada de 
su estado de conjunto, que pone en estrecha relación su vida vegetativa 
y su vida de relación. Sus emociones y sus actitudes, que son el resultado 
de las variaciones de su tono, se modelan según el medio ambiente y son 
modeladas por él. Y es esta acción recíproca la que va a hacer surgir las 
primeras luces de su psiquismo. De ahí la importancia de la educación 
del tono, que sirve no solamente para asegurar al niño una buena salud 
física, sino para procurarle un ambiente que permita al tono formarse 
armoniosamente. Cualquier factor que provoque una acumulación del 
tono o que obstaculice o impida su realización es perjudicial para el niño 
(Trang-Thong, 1981).
Para confirmar esta postura e inspirándose en la teoría de Wallon, 
Lézine y Stambak (1959, citados por Trang-Thong, 1981) han estudiado 
los resultados de tres sistemas educativos: liberal, autoritario e incohe-
rente, sobre el desarrollo de los niños hipo e hipertónicos durante los tres 
primeros años y han comprobado notables diferencias. El régimen liberal 
parece ser el más favorable para el niño, mientras que el régimen inco-
herente provoca resultados más desastrosos que el régimen autoritario. 
Esto se comprende ya que la incoherencia de las actitudes de los padres 
desorganiza la regulación del tono y no le permite al niño crearse actitudes 
de orientación estables, lo que lleva consigo una inseguridad postural, 
fuente de angustia, de inhibición, de timidez o de oposición.
Por tanto, podemos decir que la intervención del educador ha de 
conseguir llegar a explicar y a hacer comprender a los niños la natura-
leza y la significación de las tareas propuestas, de manera que suscite 
una toma de conciencia clara y dentro de lo posible completa. Ya que es 
como consecuencia de una toma de conciencia cómo el niño puede llegar 
a elaborar una verdadera actitud de orientación. Mucho se ha hablado 
del condicionamiento, que no es más que una forma de adiestramiento. 
Adiestramiento y condicionamiento terminan por inducir en el niño 
una actitud, pero que es una actitud inconsciente, que además, puede no 
ser la apropiada. Por ejemplo, el niño que trata de memorizar las tablas 
de multiplicar por miedo al castigo. Por el contrario, son las actitudes 
funcionales conscientes las que hay que tratar de formar para que los 
conocimientos y las técnicas propuestas sean realmente asimilados por 
el niño, sean integrados en su mente. Si no es así, el niño lo encuentra 
Capítulo 1
extraño, como algo impuesto. Esta es la razón por la que muchos niños 
sienten aversión y aburrimiento ante las materias escolares. En algunos, 
finalmente la aversión se generaliza y hace que se supriman cualquier 
deseo posterior de cultivarse.
Sostiene entonces Trang-Thong (1981)que los conceptos anteriores 
pueden generalizarse frente a la formación de actitudes de orientación 
general relacionadas con el medio escolar, de su organización y del pro-
grama de sus actividades. “Son estas actitudes las que constituyen la base 
de la adaptación de los niños a la escuela. Están condicionadas principal-
mente por la institución escolar y son, por lo tanto, inconscientes. Si llega 
a realizarse la adaptación, estará formada por rutinas y automatismos. 
Algunos niños se adaptan mal o no llegan a adaptarse y la escuela les 
parece una obligación. Ciertamente, se da una adaptación de la escuela al 
niño y existen determinados conflictos entre las exigencias de la escuela y 
las necesidades de desarrollo de los niños” (ibid.).
Las mejoras y las reformas del sistema escolar son necesarias, pero 
existe también el problema real de una adaptación consciente de los niños 
a la escuela. Es evidente que al principio de su escolaridad los niños no son 
capaces de entender completamente la estructura escolar y pedagógica, 
sin embargo a medida que avanzan en su escolaridad y en su desarrollo 
funcional, parece indispensable el disponer de los métodos apropiados 
para ayudarles a tomar conciencia progresivamente del valor del trabajo 
escolar, de la finalidad de los programas, de los objetivos de la educación, 
etc. Hay que crearles actitudes conscientes de orientación para que puedan 
participar activamente en la vida escolar, responsabilizarse de ella, en lugar 
de tener que sostenerla. Una orientación del medio escolar cada vez más 
autónoma es el medio que ha de permitir el desarrollo de las capacida-
des de elección de los niños y los adolescentes, que les permita afrontar 
posteriormente la vida social como una persona libre (ibid.).
La libertad y la autonomía de orientación están ligadas pues al objetivo 
final de la educación que es conducir a los niños hacia ello.
Wallon ha demostrado en el desarrollo postural del niño, la unidad 
y el origen común de todas las actitudes motrices y mentales, afectivas e 
intelectuales, abstractas y concretas. Todas ellas están basadas en el tono, 
del que se desprende la función de ser, a la vez, la expresión del cuerpo y 
su orientación hacia el mundo circundante. Después de haber servido de 
tronco común, en el que se diferencian todas las funciones del niño entre 
las que se establecen numerosas y múltiples relaciones, las actitudes se 
transforman con la conciencia, en la armadura de la vida psíquica.
 Miguel Sassano
La formación de las actitudes durante el período de desarrollo fun-
cional del niño presenta, por lo tanto, una importancia que no hay que 
subestimar. 
La educación de las actitudes es la de la orientación entre las personas 
y los objetos, en el espacio y en el tiempo, es la de la elección y la de la 
decisión, la de la elaboración de los proyectos, la de la organización y la 
de la ejecución de las actividades (Trang-Thong, 1981).
La regulación del tono muscular. La relajación y el estrés
A modo de introducción, teniendo en cuenta la multiplicidad de 
investigaciones y de obras que hay en este campo, principalmente sobre 
la dimensión psicotónica, es posible que casi todo esté dicho, aunque no 
todo descubierto, ni siquiera dentro de la dinámica del campo tónico.
Pero, ¿de qué se trata la relajación? De reposar, nada más simple que 
esto. Si vemos nuestra realidad actual, observamos que todo es movimiento, 
velocidad, intentando siempre aprovechar al máximo el tiempo.
Todos queremos hacer aun más cosas en menos tiempo. Esto sin 
dudas plantea el problema del descanso de forma crucial, tanto en el 
plano preventivo como terapéutico, ya que uno de los males de nuestra 
civilización es el de no saber ni poder reposar… dormir…
Siguiendo los conceptos básicos sobre la temática que explica Balleste-
ros Jiménez (1982), entendemos que la relajación, como dice Chauchard, 
trata de la educación del control cerebral que vuelve a dar al sujeto, per-
dido en los impulsos inconscientes y el vagabundeo cerebral, la dirección 
de sus conductas. La relajación muscular consiste en aprender a dirigir 
la atención, que es una función esencial del cerebro.
Durante la relajación, el sujeto toma conciencia del estado de sus mús-
culos y después los relaja, de esta manera aprende a controlar su atención, 
a crear la armonía en su cerebro. El buen funcionamiento cerebral de la 
atención que no está crispada, permite al sujeto una buena imaginación 
y una buena percepción. La atención evoca mentalmente un estado de 
calma que percibe en su cuerpo.
Se pueden distinguir dos posibilidades dentro de la relajación: una 
relajación ligera para sujetos normales, que supone una educación de la 
atención, y una relajación más profunda, que es ya una técnica psicomotriz 
y donde lo inconsciente importa más que lo consciente. 
Los primeros métodos inventados para disminuir el tono se inspiran 
en el yoga y en la hipnosis. 
Capítulo 1
La relajación
El yoga es una conceptualización filosófica donde entran una serie de 
principios de educación corporal. Lo mental y lo físico están unidos. En 
la filosofía yoga existe una concepción unitaria de la personalidad. 
Se trata de liberar al individuo de las contigencias naturales y socia-
les para que pueda unirse al infinito. Propone un número de prácticas 
físicas, entre ellas tomar conciencia de la respiración y realizar posturas 
que fisiológicamente tienen un cierto valor y que permiten concentrarse 
en ellas. Así el sujeto se aísla de los estímulos exteriores e interiores que 
pueden perturbar el curso del pensamiento. Al mismo tiempo que adopta 
una postura, el sujeto se concentra en ella y al hacerlo se aísla de toda 
acción perturbadora.
En el yoga, menciona Ballesteros Jiménez (1982), se da una concen-
tración en el acto motor y en la respiración. El sujeto al respirar distingue 
tres tiempos: respiración baja, media y alta. 
Se le pide a la persona que se acueste y que tome conciencia de su 
respiración; luego se le pide que respire sólo con el vientre. Hinchar el 
vientre al inspirar y echar el aire por la nariz. Mientras, el sujeto está 
concentrado en el acto respiratorio y aprende a concentrarse en sí mismo. 
Después se respira con la caja torácica y luego se sigue hasta llegar arriba 
del todo (ibid.).
También se aprende a hacer retenciones del aire, teniendo presente 
que el acto respiratorio completo consiste en subir el diafragma, las cos-
tillas, la parte superior, bloquear la respiración y soplar. Tiene por objeto 
entrenar el “soplo”, que es la fuente de vida y de liberación.
Este tipo de respiración disminuye la ansiedad, ya que el sujeto está 
centrado en un aspecto corporal, y olvida sus propios problemas. Al 
respirar bien el cerebro se oxigena mejor y actúa como calmante. 
Después de la respiración hay una serie de posturas, “el loto” por 
ejemplo, donde se alargan los músculos al máximo y se espera de este 
modo disminuir el tono. Al principio esta postura es un poco dolorosa, 
pero hay que concentrarse de tal manera que se olvide que es una pos-
tura forzada. Esta es la meta del yoga, olvidar que existimos. El yoga es 
importante para nosotros porque ha inspirado los modernos métodos 
de relajación (ibid.).
La segunda gran fuente de inspiración fue la hipnosis. Desde finales 
del siglo XIX y comienzos del XX se ha utilizado la hipnosis como tra-
tamiento de las enfermedades mentales. Consistía en poner al sujeto en 
un estado particular, muy próximo al sueño. En este estado el sujeto es 
especialmente sugestionable, se va a dejar influir por lo que el otro le 
 Miguel Sassano
proponga. Se usó sobre todo con sujetos histéricos, aunque después se 
abandonó la asiduidad de este método (ibid.).
La tercera fuente de inspiración fue el deporte. Las técnicas han con-
ducido a lograr marcas asombrosas y han puesto en evidencia el interés 
de la relajación posterior a la práctica del deporte. Algunos métodos 
deportivos insisten mucho en la relajación muscular yla disminución 
del tono. 
„Según Winter y Dubreuil (1965) todos los métodos de relajación tienen 
en general características comunes, que son:
1. Su fin, que es obtener una relajación total que comprenda la abolición 
completa de las actividades musculares y la quietud psicológica.
2. La necesidad de un esfuerzo personal del sujeto, ya que los ejercicios 
son activos.
3. Su aprendizaje comprende la repetición frecuente de ejercicios progre-
sivos.
4. La conveniencia de una cierta lentitud entre los elementos de la pro-
gresión. El conjunto lleva un cierto tiempo.
5. La exigencia de vigilancia médica.
6. Un ambiente de calma es, al comienzo, un elemento importante‰ 
(ibid.).
Para Henry Ey, Paul Bernard y Charles Brisset (1987), tal como men-
cionan en su Tratado de Psiquiatría, la relajación es un aprendizaje pro-
gresivo del control tónico-muscular. Se trata, a través de la relajación, de 
obtener al principio una verdadera educación de este control y después, 
en un segundo tiempo, buscar una modificación del estado de recepti-
vidad central.
La relajación debe ser considerada como “un encuentro terapéutico” 
(Schultz), como “una psicoterapia fisiológica” (Jacobson). Estos autores 
insisten en el valor psicoterapéutico del dominio tónico-emocional. Por 
otro lado, vemos que la relajación de Schultz fue modificada por Julián 
de Ajuriaguerra principalmente a nivel del análisis de las resistencias 
a la relajación. Ajuriaguerra elaboró algunos criterios de comprensión 
psicoanalítica y en ellos intenta utilizar los lazos que existen entre el 
tono muscular, las manifestaciones emocionales y la vida afectiva. Es una 
psicoterapia que pasa a través de la vivencia corporal.
Según R. Held, cualquiera que sea el método de relajación se utiliza 
el transfert “invisible y en cierta forma no tocado”. La relajación, según 
Ey (1987), es una combinación de la sugestión, de la utilización de la 
transferencia y del análisis de los afectos con el aprendizaje de la vivencia 
Capítulo 1
corporal, que permite a cada individuo experimentar en su cuerpo sus 
resistencias de carácter.
„Dentro de esta dimensión de la relajación, como verdadera dinámica 
psicoterapéutica, muchas personalidades eminentes principalmente del 
mundo médico y psiquiátrico piensan que la relajación debe ser un acto 
exclusivamente médico y de su sola competencia. Quedando así abierto el 
debate entre los médicos del espíritu y los especialistas de lo psicocorporal. 
(⁄) pero creo que la solución reside más en tener una consciencia de los 
límites propios, así como de los conocimientos en el medio en el que se 
investiga. Por otro lado, aunque no podemos suscribir la relajación como 
algo exclusivo del médico, sí pensamos que es necesario un control médico 
y una prescripción del mismo tanto de la forma y el nivel de intervención, 
como un control regular de los efectos y de la evolución de la cura de 
relajación‰ (Defontaine, 1982). 
Tal vez, esta consideración, realizada unos años atrás, haya tomado 
mucho más cuerpo en la actualidad, donde la profesión de psicomotricista 
ha sido legalizada y reconocida, de modo tal que le permita realizar esta 
tarea sin inconvenientes, precisamente por su formación técnica.
El último elemento de reflexión en materia de relajación lo encontra-
mos en la obra de G. Brieghel Müller. Él utiliza el término relajación en 
el sentido preciso de descontracción muscular, aunque esto no basta para 
dar al individuo un dominio satisfactorio de su cuerpo, pero es igual-
mente necesaria para permitirle adquirir un equilibrio tónico, esto es, la 
capacidad de adaptarse armoniosamente a las variadas circunstancias de 
la vida (Defontaine, 1982).
Afirma Defontaine (1982) que el campo conceptual de la relajación 
está muy diversificado desde “el tronco común de experiencias” pasando 
por “la psicosomática frente al cuerpo víctima de…” y “lugar de reen-
cuentro terapéutico” o “psicoterapia fisiológica” y, finalmente, “educación 
de…” A pesar de este polimorfismo se manifiesta una convergencia; “el 
mejor estar corporal”.
El “entrenamiento autógeno” de Schultz
Su creador, J. H. Schultz en 1932 dio a conocer su método con la 
publicación de la obra Das autogene Trainning. El autor de este método 
insiste en el hecho de que (en contradicción con Freud, que preconiza 
que el psicoanálisis puede ser aplicado por personas que no sean médi-
cos) el entrenamiento autógeno debe ser realizado sólo por médicos que 
previamente hayan seguido una formación didáctica. Y esto, porque el 
 Miguel Sassano
efecto de la concentración psíquica sobre las funciones vegetativas es tan 
potente como el de las emociones o el de las tensiones afectivas.
Comprendemos esto último considerando el momento histórico en 
que fuera publicado, donde era conveniente esa reserva en función de la 
carencia de otros profesionales formados para poder aplicarlo.
En el plano etimológico, continúa Defontaine (1982), “el entrenamiento 
autógeno” (del griego autos: por sí mismo, y de gennân: engendrar) designa 
un ejercicio que es realizado por el mismo individuo. Schutlz tiene como 
principio que el hombre es una unidad y un organismo animado. Par-
tiendo de este principio, preconiza que “todo entrenamiento psíquico” 
influencia al conjunto del organismo. El origen del entrenamiento se 
remonta a la hipnosis médica, siendo esta un estado de distensión, de sue-
ños intensificando las vivencias interiores. En estado puro, sin inducción 
exterior, la hipnosis es un estado de concentración interior caracterizado 
por una euforia beneficiosa y tranquilizadora.
„En la hipnosis es todo el individuo el que se encuentra implicado. A 
partir de entonces, el individuo hipnotizado percibe una modificación de 
su cuerpo experimentando principalmente una sensación propioceptiva 
de pesadez y de calor. La sensación de pesadez aparece en el momento de 
relajación de los músculos en que la tensión habitual asegura el mante-
nimiento del cuerpo. El calor está determinado por la dilatación de los 
vasos sanguíneos que permiten entonces el piso de una mayor cantidad de 
sangre. El factor esencial en la desconexión que conlleva la hipnosis es la 
distensión muscular y vascular, posible por la concentración psíquica que 
puede ser objeto de un entrenamiento especial. El entrenamiento autógeno 
es un proceso ÿde autodescontracción concentrativaŸ que permite un estado 
de relajación beneficiosa de forma análoga al sueño nocturno y sin recurrir 
a una sugestión dirigida. El entrenamiento autógeno como conjunto de 
ejercicios metódicos permite una introspección que desembocará en un 
conocimiento de sí mismo, buscando el aumento de las capacidades vitales 
y la reducción de las deficiencias‰ (Defontaine, 1982).
Dentro de este método, hay que precisar que la descontracción no es 
solamente un ejercicio, sino un objetivo a alcanzar y que para llegar a él, 
el individuo debe ser apto para concentrarse. Esta técnica intenta crear 
un estado de sueño psíquico que se refleja principalmente a nivel de un 
letargo psicomotor. Requiere por parte del individuo no solamente una 
disminución de la actividad voluntaria, sino más bien una resolución 
tónico-motriz a través de un estado de abandono.
La autodescontracción del entrenamiento autógeno intenta llegar a 
una distensión y a una desconexión de todo el organismo. A partir de 
Capítulo 1
este momento se consigue una distensión reparadora, una descontracción 
interior, la autoregulación de las funciones corporales neurovegetativas, 
el aumento potencial de las aptitudes mentales, la supresión del dolor, 
la disciplina personal y la conciencia y el control de sí, verdadera acción 
de autocrítica.
La metodología
Defontaine (1982) analiza que esta técnica se realizará en seis campos: 
los músculos, el sistema vascular, el corazón, la respiración, los órganos 
abdominales y la cabeza. Schultz insiste en que sería un gran error traba-
jar sobre todo el cuerpo en conjunto, pues la concentración se realizaría 
sobreun campo demasiado extenso.
Indiferentemente, el individuo puede adoptar la posición sentada o 
acostada, teniendo en cuenta que la posición general del cuerpo debe ser 
confortable, para no engendrar fenómenos de hipertonía. La relajación 
debe desarrollarse en una habitación tranquila y a media oscuridad.
El primer ejercicio será el de la pesadez, realizándose la descontrac-
ción muscular: “Estoy muy tranquilo… Los brazos y las piernas están muy 
pesadas”…
El segundo ejercicio será el de calor, realizándose la descontracción 
vascular: ”los brazos y las piernas están muy calientes”…
El tercer ejercicio se realizará sobre la regulación cardíaca: “mi corazón 
late tranquilo y fuerte”…;
El cuarto se realizará sobre el control respiratorio: “respiro tranquilo, 
todo mi ser respira”…
El quinto se realizará sobre la regulación de los órganos abdominales 
a nivel del plexo solar (situado en la mitad superior del abdomen entre 
el ombligo y la extremidad inferior del esternón): “Mi plexo solar está 
muy caliente”…
El sexto ejercicio intentará provocar un estado especial en la cabeza. 
Los ejercicios intentarán procurar frescura en la esfera encefálica: “mi 
frente está muy fresca”.
Una vez que hayan sido superados estos estados, el individuo realiza 
un regreso a la acción voluntaria, en una palabra, reemprende el contacto 
con el exterior, sale de la catalepsia y retoma la actividad psicomotriz.
Schutlz recomienda al paciente que nunca se esfuerce, que se deje 
llevar y traer, que represente imágenes no pensadas pero visuales.
 Su entrenamiento autógeno proporciona al paciente, entre otras cosas: 
una distensión reparadora, la calma en la acción, una mejora de la eficiencia, 
del rendimiento, y la disciplina y el dominio de sí (Defontaine, 1982).
 Miguel Sassano
La “relajación progresiva” de Jacobson
Edmund Jacobson determinó la relación psique y soma como un 
conjunto de actitudes de tipo neuromuscular. Para el autor de esta rela-
jación neuromuscular, lo mental está constituído por una base fisiológica 
formada por un conjunto de minúsculas contracciones neuro-musculares: 
“en cada instante, durante la reacción humana, las estructuras de respuestas 
neuro-musculares acompañan a las imágenes y constituyen la parte subje-
tivamente observable de las actividades mentales” (Jacobson, 1948).
En la evolución del hombre, las operaciones automáticas se especia-
lizan, perteneciendo esto al campo de la fisiología. Las operaciones no 
automáticas de los músculos estriados son los ejecutantes neuromus-
culares, están en la base anatómica de los actos voluntarios. Las vías de 
control son los músculos estriados, pues solamente ellos representan los 
lazos de la voluntad, de la libertad de hacer y de ser.
Toda la obra de Jacobson en relación a la relajación está basada en el 
hecho de que el espíritu es una función de desgaste energético del orga-
nismo a través del cual se programa un comportamiento. La relajación 
neuromuscular intentará, por lo tanto, actuar sobre la parte energética. 
El desgaste energético aumenta con la importancia de la tarea que deba 
realizar el organismo.
La relajación neuromuscular, provocando la descontracción muscular, 
disminuye los estados emocionales y la actividad mental.
Jacobson creó en Chicago en 1929, después de una serie de expe-
riencias clínicas, su “progressive relaxation” para afrontar los estados de 
desorden y de tensión, basándose en la fisiología, empleándola en un 
sentido de “psicoterapia fisiológica”.
Para él, este método neurofisiológico no solamente es simple y fácil 
de aplicar sino que es fundamental. El método renueva nuestros propios 
medios de acción sobre los “estados nerviosos funcionales” y, por lo tanto, 
pueden disminuir llegando a la extinción los estados de tensión nerviosa, 
mental, emocional y por ende puede acrecentar la eficacia humana y dis-
minuir la dependencia de la actividad y del cuerpo (Defontaine, 1982).
El método
Defontaine (1982) explica que el primer nivel es puramente muscular, 
desembocando el último nivel en una relajación psíquica.
Se recomienda la posición en decúbito dorsal en una habitación silen-
ciosa y ligeramente iluminada. Se empieza explicando en un lenguaje 
Capítulo 1
sencillo qué es la relajación, para tener del paciente un compromiso real 
y para que tome conciencia del mismo.
Luego se lo invita a concientizar una sensación de contracción sobre 
un grupo muscular dado: flexionar el antebrazo sobre el brazo contrayén-
dolo con fuerza, concentrándose en la sensación de tensión; relajar los 
músculos, dejando caer el antebrazo, observar el proceso de desaparición 
de la contracción muscular.
A través de la repetición/distensión, intentar en cada distensión rela-
jar cada vez más los músculos flexores del brazo. Con ayuda de débiles 
contracciones del bíceps, acostumbrarse a percibir contracciones muscu-
lares cada vez más finas. En estado inmóvil y con los músculos flexores 
relajados, intentar hacer desaparecer todas las sensaciones de tensión 
muscular, incluso las más finas.
Esta dinámica debe, según Jacobson, desarrollarse a lo largo de los 
siguientes niveles:
- bíceps del brazo izquierdo, tríceps del izquierdo,
- flexores de la mano izquierda,
- flexores del brazo derecho,
- flexores del pie izquierdo,
- extensores del pie izquierdo,
- flexores de la cadera izquierda,
- extensores de la cadera izquierda,
- extensores de la pierna derecha,
- músculos abdominales, músculos respiratorios,
- extensores de la columna vertebral del grupo torácico,
- movimiento de la cabeza hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia 
delante, hacia atrás, elevación de la cabeza,
- fruncir las cejas, arrugar la frente,
- cerrar con fuerza los párpados, mover los globos oculares en todas 
direcciones, ojos cerrados,
- sonreír, contraer los labios formando la letra o,
- avanzar y retroceder la lengua,
- contraer los maxilares,
- abrir y cerrar la boca,
- deglutir contando de 1 a 10.
- sensación específica a nivel del tacto, de la presión y de la articulación.
Los ejercicios de contracciones no son nada más que una parte del 
entrenamiento que va destinado a perfeccionar el sentido muscular. En 
una segunda etapa, el individuo deberá llegar a la relajación sin contrac-
 Miguel Sassano
ción previa. El paciente a través de las experiencias debe aprender que 
relajación significa un “no hacer”, que implica “ningún esfuerzo”.
La segunda fase va a educar al individuo en la relajación diferencial 
que permitirá que la relajación esté presente en la actividad cotidiana.
La tercera fase lleva al individuo a tomar conciencia después del 
conocimiento de las tensiones musculares que inducen sus movimientos 
afectivos y sus dificultades existenciales. Jacobson desea que el individuo 
a través de una “relajación fisiológica” alcance una “relajación psíquica” 
(Defontaine, 1982).
La “relajación tónico-emocional” de Ajuriaguerra 
Julián de Ajuriaguerra emplea la relajación progresiva de Jacobson, 
pero la integra en un conjunto en el que la relación terapéutica es concien-
tizada y analizada para servir a la progresión de la mejora de conflictos. 
Basándose en las teorías de Wallon, cita la importancia de la función 
tónica en esta relación y la utilización del tono como medio privilegiado 
de comunicación del niño. Señala además que es el modo de relación del 
adulto en el que se manifiesta constantemente la estrecha relación que une 
a las reacciones tónicas y a las reacciones emocionales. De esta forma, se 
produce el principio de “solidaridad tónico-emocional” (Coste, 1979). 
Cada sesión se compone de un ejercicio, de un control objetivo rea-
lizado por el terapeuta y de una entrevista con fines de control subjetivo. 
Desde las primeras sesiones, se deja completa libertad al sujeto para ver-
balizar sus dificultades o sus satisfacciones.
Cuando ha llegado a una relajación diferencial satisfactoria, y en 
cuanto haya aparecido la sensación de pesadez en posición acostada, el 
sujeto podrá hacer sus ejerciciossentado y lo aplicará en su vida coti-
diana. En la siguiente etapa, el paciente debe buscar la sensación de calor. 
Después, controlar su ritmo cardíaco y su respiración. Finalmente, debe 
buscar la generalización de la sensación del calor, extendiéndola a la región 
abdominal y oponiéndola al frío de su frente. Estas experiencias no son 
rígidas en su contenido, pero son puntos de referencia constituidos por 
las etapas del primer ciclo del entrenamiento autógeno (Coste, 1980).
Se concede todo el interés terapéutico al control. Con medios apro-
piados de movilización de segmentos corporales (manos, brazos, pier-
nas) y de manipulación, el terapeuta observa la distensión del sujeto. 
En particular, toma nota de las manifestaciones fisiológicas, tónicas y 
emocionales del sujeto. Además, el control es el pretexto de base para la 
puesta en marcha del diálogo tónico.
Capítulo 1
“La proximidad del terapeuta, su contacto y sus palpaciones (de la 
región abdominal) son vivenciadas y manifestadas por transformaciones del 
estado tónico del paciente. La aceleración o bloqueo del ritmo respiratorio, 
la parada o progreso de la distensión, la contracción local o, al contra-
rio, la distensión de zonas corporales investidas, son características de la 
estructura y de la constitución de cada individuo. El terapeuta promueve 
la confrontación entre la forma en la que el paciente vive su relajación y 
las manifestaciones objetivas y reales de ésta” (Coste, 1979).
La “relajación psicosomática” de Mme. Soubirán
Madame Soubirán, colaboradora del profesor de Ajuriaguerra, Direc-
tora del Instituto Superior de Reeducación Psicomotriz y Relajación, nos 
propone, a través de su obra Psychomotricité et Relaxation psychosoma-
tique, abordar la relajación por su vertiente psicosomática. Para ella, la 
relajación es una psicoterapia corporal.
Su método aproximado al de Ajuriaguerra, llamado “relajación psico-
somática” o “relaxoterapia”, es una de las primeras formas de relajación 
que se realizaron en Francia (en 1947). Debemos precisar, en primer lugar, 
la importancia pedagógica que se le concedió. La misión del terapeuta se 
define en el marco de un aprendizaje: el paciente debe aprender a distender 
los diferentes segmentos de su cuerpo, de tal manera que sea capaz de 
controlar la relajación neuromuscular, sin la presencia del terapeuta.
Este aspecto pedagógico implica un cierto número de exigencias, 
como son: escucha y observación del paciente, respeto constante a sus 
demandas, adaptación del terapeuta y del método al paciente (y no adap-
tación forzada del paciente a un método). El principio general es, por lo 
tanto, de no directividad.
La finalidad de la relajación, según Soubirán, reside en un desacon-
dicionamiento e intenta dar al sujeto la posibilidad de tolerar situaciones 
ansiógenas. La relajación es también, por tanto, un aprendizaje del domi-
nio tónico-emocional. Es este aprendizaje el que tendrá por sí mismo 
efectos terapéuticos. No es el síntoma lo que se trata al principio, sino el 
cuerpo en su conjunto y las relaciones del sujeto con su cuerpo. En tanto 
que toma de consciencia de su cuerpo y de su propio ritmo, la relajación 
permitirá la actualización y la toma de consciencia del síntoma y de 
sus mecanismos y, a través de esto, abrirá el camino para su resolución 
(Coste, 1979).
El control del estado de decontracción se realiza, generalmente, con 
suavidad y atención, reflejando lo que siente el paciente y realizando un 
ajuste entre las sensaciones y su soporte fisiológico. Permite la integración 
 Miguel Sassano
de percepciones nuevas relativas al conocimiento del cuerpo y a la toma de 
conciencia de las diferentes funciones. Esta progresión implica que sean 
eliminados los fantasmas ansiógenos de división del cuerpo o de desper-
sonalización. Dentro de la libertad en que se deja al paciente en cuanto 
al desarrollo y duración de la sesión, y sobre todo de la verbalización que 
le sigue, el sujeto podrá expresar sus fantasías y resolver los bloqueos que 
éstas puedan producir en la conducción de la cura.
La posibilidad de acceder a los síntomas requiere una docena de 
sesiones, después de que el paciente tenga una experiencia profunda de 
su cuerpo en relajación: descontracción muscular, experiencia de calor 
en los miembros, y toma de consciencia del ritmo respiratorio. Se puede 
considerar que el tratamiento llega a su fin cuando el sujeto pueda hacer por 
sí mismo la relajación y cuando el ajuste de la distensión objetiva (neuro-
muscular) y la de la distensión psíquica se haya realizado (Coste, 1980).
De todas formas, creemos que esta definición la ha dado más como 
un hecho terapéutico y del mismo modo nos explica que la “relajación 
psicosomática” puede tratar una enfermedad corporal, considerando al 
cuerpo como una víctima del contexto social, afectivo, familiar o, en una 
palabra, ambiental.
Dentro de esta idea del cuerpo como víctima de… y no como lugar de, 
la autora del método nos indica que la aplicación terapéutica del mismo 
requiere muchos imperativos:
- guardar un margen de seguridad y de distancia, para respetar así los 
límites del terapeuta y los del individuo;
- evaluar las defensas tónicas del paciente, delimitar realmente el des-
nivel entre su querer hacer y su poder hacer;
- desdramatizar todo lo posible la situación que está en el origen de la 
enfermedad corporal y desculpabilizar.
Uno de los aspectos que subraya Soubirán es que la acción de relajar 
es una acción de vuelta a la libertad; y de allí, esa necesidad de descul-
pabilizar y de afirmarse frente a un nuevo modo de ser. Esta forma de 
relajación pretende ser más una toma de conciencia de la función tónica 
que un momento privilegiado de imaginación del cuerpo a través de “una 
función imaginativa”. Concibiendo ella el cuerpo como liberado de… y 
no como inducido para…
La “eutonía” de Gerda Alexander
En su método de relajación, Gerda Alexander desarrolló la noción de 
“eutonía”, es decir, un estado óptimo de tensión muscular en todas las 
Capítulo 1
partes del cuerpo en relación con la acción, el movimiento y el gesto que 
el sujeto se propone realizar. En otras palabras, “el buen tono”.
Para llegar a este estado de equilibrio de la función tónica, se requiere 
la observación de las sensaciones corporales y la toma de conciencia de 
la unidad del cuerpo.
 La flexibilidad del tono permite pasar por toda la escala de sentimien-
tos humanos y volver al tono habitual. El nivel de este tono tenderá a ser un 
poco más alto o más bajo, según sean la constitución y el temperamento. 
Sólo cuando el nivel anormalmente bajo o alto de una persona queda 
fijado, existe una hipotonía o una hipertonía en el sentido médico. Pero 
también las personas en quienes el tono queda fijado en un nivel medio, 
sin capacidad de oscilaciones emocionales o artísticas, están enfermas. 
Sin embargo la medicina les presta menos atención, porque la patología 
no se destaca tan fácilmente. 
En eutonía se habla de: 
„- Normalización del tono: cuando el trabajo de eutonía permite a una 
persona recuperar la flexibilidad de su tono global. 
- Regularización del tono: cuando el trabajo de eutonía logra la desapa-
rición de las fijaciones existentes en grupos aislados de músculos, reinte-
grándolos a la musculatura general. 
- Igualación del tono: cuando se eliminan las fijaciones en fibras musculares 
dentro de un músculo‰ (Alexander, 1979). 
La acción sobre el tono se obtiene al principio dirigiendo la atención 
sobre determinadas partes del cuerpo, sobre su volumen, su espacio inte-
rior, sobre la piel, los tejidos, los órganos, el esqueleto y el espacio interior 
de los huesos. 
El cambio inmediato y voluntario de tono se puede alcanzar con la 
práctica. Se percibe subjetivamente como una sensación de pesadez o de 
ligereza, según se baje o alce el tono. Objetivamente se comprueba esta 
aptitud a través del dominio del reflejo miotático, es decir, por la supresión 
voluntaria o, al contrario, porel fortalecimiento del reflejo patelar. Un 
tono elevado acentúa el reflejo patelar, mientras que un tono bajo puede 
hacerla desaparecer. El autodominio del tono puede ser conseguido con 
facilidad en nuestra práctica diaria. El alumno, pasivo sobre el plano 
motor, hace subir o bajar su tono voluntariamente, mientras que el pro-
fesor, manipulando su cuerpo, observa las variaciones de tono mediante 
las diferencias de peso. 
Todo esto permite comprender mejor por qué la eutonía no es sólo 
un método de relajación. Ofrece al hombre la posibilidad de adquirir el 
dominio de su tono en todos los niveles, incluso en los más profundos 
 Miguel Sassano
del descanso y del sueño, y lo capacita para encontrar en todas las cir-
cunstancias el tono adecuado. 
El método intenta hacer tomar conciencia del espacio interior y exte-
rior, gracias al análisis de las sensaciones de la piel. Se acuesta al sujeto y 
se le pide que sienta el contacto con el suelo del talón, de la pantorrilla, 
etc. Poco a poco se puede “dibujar” el cuerpo gracias al contacto con el 
plano en que está apoyado: se hace boca arriba, boca abajo, de un lado y 
del otro. Es una toma de conciencia a través del contacto.
Luego se hacen ejercicios de relajación, sobre todo a base de movi-
mientos de oscilación en torno a un eje, balanceándose adelante y atrás 
se logra poco a poco una regulación tónica. Luego se hacen ejercicios de 
estiramiento de músculos.
Finalmente se toma conciencia del cuerpo, entrar en el cuerpo, ser 
uno mismo, gracias a ejercicios que hacen intervenir las sensaciones del 
medio interior. Se intenta por último trasponer estás adquisiciones a la 
vida cotidiana.
G. Alexander aplica también su método a las perturbaciones profundas 
del esquema corporal y con este intenta conseguir el bienestar corporal 
y la economía de movimientos.
La “relajación terapéutica en el niño” de Bergès
Dentro de este campo, el doctor Bergès, responsable de la sección de 
neuropsicopatología del niño en el Hospital Henri Rousselle y autor con 
Marika Bounes de una obra titulada La relajación terapéutica en el niño, 
nos presenta la relajación como un método adecuado para disminuir las 
tensiones y para permitir al cuerpo vivir una experiencia diferente. Bergès 
subraya que la relajación demuestra que no sólo existe la motricidad, el 
cuerpo en acción o en movimiento; que no sólo existe el espacio de acción 
o el cuerpo representado o imaginado, sino que además existe otra cosa 
con “el tono”. Para él, la relajación es un instrumento interesante para la 
conjugación entre el cuerpo y la motricidad. No siendo ni la motricidad 
el cuerpo, ni el cuerpo la motricidad.
Lo que se pone en marcha en la relajación es una mejor disposición 
para la “imaginación” al suspender los rasgos tónicos de la acción. La 
relajación viene a ser como “un tronco común” entre lo cognitivo, lo 
corporal y lo imaginativo. Es el “tronco común de la experiencia”… dentro 
de la experiencia.
Bergès y Bounes (1977), al contrario de lo que acostumbra a ser habi-
tual en las consultas de neuropsicología, en las que se proponen al niño 
Capítulo 1
una terapéutica en presencia de sus padres, ofrecen una alternativa a 
solas con él. 
La tarea comienza con la explicación al niño del procedimiento a 
seguir en la entrevista inicial. “La relajación es una técnica que tú apren-
derás aquí, viniendo una vez a la semana y que practicarás solo en tu casa, 
cada día. Evidentemente tú serás el responsable de dicho entrenamiento, si 
tú no lo haces, nadie lo hará por ti. Se trata de una técnica que te permitirá 
establecer poco a poco nuevos vínculos entre tu cuerpo y tu mente…” (ibid.). 
Ello se repite en todos los casos, aun en lo que será un proceso grupal.
En las técnicas en grupo, después de las explicaciones, se da al niño 
tiempo para observar cómo se desarrolla la sesión de sus compañeros, y 
se les muestran sobre todo a los más pequeños las diferentes consignas 
que pueden proponérseles, de acuerdo con lo que están viendo: cerrar 
los ojos, quietud, posición de brazos y piernas, etc. Asimismo se deja un 
lapso entre el momento en que el niño se estira y el inicio de la sesión, 
permitiéndole experimentar de antemano su postura yacente y compa-
rarla con la de los otros niños.
Puede entonces iniciarse la sesión de relajación, muy importante en 
la medida en que representa el resumen y modelo de lo que van a ser 
las siguientes. Debe marcar el inicio de un proceso de larga duración y 
constituir un punto de partida cuya única significación estriba en indicar-
nos la dirección general a seguir y la existencia de un proceso dinámico 
progresivo. Dicha sesión, por tanto, se presenta al niño como el inicio de 
un proyecto que implica colaboración de su parte, como del terapeuta. 
No obstante, sería equívoco considerarla irreemplazable y atribuirle un 
significado decisivo, dado que con frecuencia podemos constatar, sobre 
todo en los niños, que ha sido olvidada totalmente, o casi. 
„Su carácter inhabitual, nuevo, etc., ejerce en ocasiones efectos de ver-
dadera sedación y comprobamos sorprendidos en la segunda sesión que 
lo ocurrido anteriormente se ha olvidado y borrado como si ÿnada hu-
biera sucedidoŸ. Con frecuencia en la segunda sesión debemos volver a 
repetir todo lo dicho. La importancia teórica de la primera sesión debe 
interpretarse a la luz de la práctica, la cual suele constituir a través de las 
dificultades y descuidos un argumento que permite revisar y atenuar la 
relevancia que se le atribuye‰ (ibid.).
En un desarrollo esquemático podríamos decir que la primera sesión 
es muy importante. Esta va a constituir el primer ensayo de la experiencia 
de relajación con el miembro que tradicionalmente responde mejor a la 
voluntad; el brazo derecho para los diestros, el izquierdo para los zurdos. 
El terapeuta pregunta al niño con qué brazo desea empezar, indicándole 
 Miguel Sassano
no obstante que habitualmente uno se inicia con el brazo con el que 
posee mayor habilidad, el que normalmente prefiere usar. Tomaremos 
aquí como ejemplo descriptivo el caso más frecuente, el brazo derecho 
para un diestro (ibid.).
„El procedimiento inicial, no obstante, puede ser modificado sobre todo en 
aquellos casos en que el brazo en cuestión es objeto de una sintomatología 
neurofuncional o dolorosa, la cual ha motivado la consulta que aconsejara 
la relajación. Podría ser el caso de un temblor o de un grafospasmo, o 
bien la existencia de una sintomatología con historial clínico significativo. 
En dichos casos, aparte de otras posibles modificaciones de técnica o de 
método durante el tratamiento, se inicia la sesión con otra región corpo-
ral u otro miembro que no sea el brazo dominante. Por ejemplo puede 
comenzarse �ante un calambre grafomotriz� por los miembros inferiores, 
pierna y cadera del lado dominante. Hecha esta aclaración, podremos 
trazar el esquema de la sesión mediante tres fases.
- Una fase de concentración mental, de movilización de la atención sobre 
una imagen.
- Una fase de trabajo, de distensión neuromuscular del brazo derecho.
- Una fase de ÿregresoŸ, que constituye un retorno activo al estado habitual, 
una marcha hacia atrás.
La fase de concentración y representación. Previamente se formula una 
invitación a ÿcerrar los ojos tranquilamente y a pensar en su interiorŸ, 
imaginando un recuerdo, una pintura, etc., algo que sugiera calma, tranqui-
lidad. Constituye la ilustración de la frase ÿestoy tranquilo, estoy calmadoŸ. 
Se pide entonces al niño que intente pensar exclusivamente, por breve 
tiempo, en dicha imagen de reposo y sentir ÿcuán tranquilo está en este 
momentoŸ. Durante esta fase de inducción, el terapeuta permanece cerca 
del niño, lo contempla y le sonríe en el caso de que abra los ojos. En tres 
o cuatro ocasiones se repiten las palabras de ÿcalma, tranquilo, imagen, 
representaciónŸ y la fórmula ÿmira en tu interiorŸ o bien ÿpiensa en el 
interior de tu cabezaŸ, precedidas de una alusión al hecho de mantener losojos cerrados. Esta primera fase dura aproximadamente 60 ó 90 segundos‰ 
(Bergés y Bounes, 1977).
La segunda fase de trabajo es la que debe facilitar la distensión neuro-
muscular del brazo derecho: se caracteriza por la denominación y la 
palpación simultáneas de los segmentos del brazo siguiendo un orden 
topográfico. El terapeuta toca haciendo suficiente presión manual, a fin 
de que el niño perciba una neta sensación del hombro, el brazo, el codo, 
el antebrazo, la muñeca y la mano. Mientras procede a dicha palpación, 
nombra claramente y sin comentarios cada uno de los segmentos. A su 
Capítulo 1
vez, el niño los repite, mostrando así el interés despertado. Paralelamente 
a esta operación somatognósica, se induce la idea de distensión, de laxitud 
y de ligereza, junto con una representación de dichas cualidades: “los 
hombros, el brazo, el codo, el antebrazo, la muñeca y la mano, están en 
reposo, en calma, livianos, como un tejido suave”. Dicha representación 
se refuerza mediante características negativas: “el brazo no está alerta, no 
está activo, no está contraído” (ibid.).
Sigue entonces un silencio en el transcurso del cual el niño busca, 
halla, reencuentra su brazo, y descubre las partes del miembro que más 
o menos correspondan a los nombres que el terapeuta le ha dado. Dicha 
exploración del niño va aparejada a las consignas dadas evocando la 
calma y la quietud. Más adelante serán reforzadas por un ejercicio de 
autocontrol que será propuesto entre el tercer y el cuarto minuto de la 
sesión. Se dirá al niño: “voy a mover suavemente tu brazo derecho, a fin de 
que tú puedas controlar cuáles son las partes del mismo que todavía están 
tensas, y cuáles no lo están” y “para que puedas concentrarte en el hecho de 
que el brazo ni ayuda ni impide dicho movimiento”. Entonces el terapeuta 
moviliza las articulaciones, una a una, la muñeca, codo, hombro, muy 
lentamente y sin sacudidas, atendiendo a que cada articulación actúe por 
separado y evitando sorprender al paciente con movimientos en exceso 
amplios (ibid.).
Después, con el brazo extendido sobre la camilla, y una vez obtenida 
la relajación muscular, se introduce la sugestión de la idea de peso, de la 
importancia del brazo, etc., a la cual va unida una representación. Con 
el brazo en reposo sobre la colchoneta le diremos: “bien, tu brazo está en 
calma, va aumentando de peso, es cada vez más pesado, desciende hacia 
el fondo de la cama; tú debes representarte tu brazo totalmente tranquilo 
en el momento en que va a hundirse plácidamente”. Esta fase de la sesión 
puede repetirse después de 20 ó 30 segundos (ibid.).
La última fase es la del “regreso”, cualquiera que sea el resultado de 
las fases precedentes.
Continúa Bergès diciendo que la propuesta será: “ahora tú vas a rea-
lizar el regreso, es decir que tu brazo derecho vuelva a estar como siempre” 
(ibid.). Esto se lleva a cabo en tres tiempos distintos; primero se propone 
al niño que deje vagar su mente, y que abandone la imagen sobre la cual 
habrá fijado su atención o la sensación que experimentaba en su brazo. 
En un segundo tiempo, se tratará de contraer fuertemente los músculos, 
hasta ahora distendidos. Se pide al sujeto que cierre el puño con energía, 
luego que doble el antebrazo sobre el brazo con fuerza “como si tuvieras 
que levantar un gran peso”, tantas veces como sea necesario hasta sentir su 
brazo en la forma habitual. Podemos ayudar a una buena realización de 
 Miguel Sassano
dicha maniobra mediante una ligera ayuda, iniciando el movimiento de 
flexión del antebrazo. La tercera fase consistirá en proponer al niño que 
respire a fondo dos o tres veces y finalmente decirle que abra los ojos. 
Dicha secuencia de consignas y de movimientos, debe presentarse 
con un cierto rigor, encaminado a controlar muy estrictamente los movi-
mientos del niño. Aquí entran varios elementos en juego: por una parte 
el retorno a una situación tónica habitual, mediante la contracción activa 
del miembro distendido, que marcará el “final” de la sesión. En segundo 
término la concienciación durante las contracciones, de los músculos y 
segmentos funcionales del brazo prontos a pasar a un nuevo estado, el 
de tensión.
Terminada la sesión, el terapeuta pregunta al niño si tiene alguna cosa 
que preguntar o decir. Le recuerda que puede hablar cuando lo desee 
y que el terapeuta no está allí para juzgar si la relajación ha sido o no 
correcta, sino para permitir al niño que observe y analice por sí mismo 
lo que ocurre durante la sesión. 
„Al principio lo más importante no es obtener la relajación del brazo, 
sino el hecho de estar atento a lo que ocurre en tu brazo cuando decides 
que éste se relaje. (⁄) Le recordamos después que hasta la próxima sesión 
será él quien deba entrenarse por sí mismo, lo que le permitirá juzgar sus 
resultados y su experiencia. En su casa, solo en una habitación, deberá 
realizar las sesiones de entrenamiento‰ (Bergès y Bounes, 1977).
Brevemente y a modo de síntesis enumeramos nuevamente las fases 
de la sesión: “Concentración sobre una imagen de reposo, distensión del 
brazo derecho y, transcurridos 7 u 8 minutos, el regreso”.
Al terminar esta primera sesión, prosigue Bergès (ibid.), debemos 
tener una muy breve entrevista con la persona que acompaña al niño, en 
presencia de éste, a fin de dirigirle algunas palabras de estímulo, subra-
yando que la relajación es una tarea personal del niño y la importancia 
de recordarle una vez al día que debe hacer su entrenamiento, sin ejercer, 
no obstante, ningún control o amenaza si se rehúsa, simplemente decirle: 
“Tú debes decidir, es a ti a quien concierne”. 
Salvo raras excepciones, en las que el niño ha solicitado ayuda, lo 
único que debe hacer el adulto es actuar como espectador y confesar 
su incompetencia si pide su consejo. Remarcamos este punto, porque 
con frecuencia la madre u otros parientes solicitan que les enseñen la 
técnica a fin de poder participar activamente en el entrenamiento del 
pequeño. En dicho caso, la mera negación franca o más o menos velada, 
no resuelve nada; les proponemos entonces una entrevista al cabo de dos 
Capítulo 1
o tres semanas, solicitando que no se interfieran en absoluto en los inicios 
del tratamiento, siempre difíciles (ibid.).
Por regla general, nos parece correcto un ritmo de una sesión por 
semana, que según la experiencia del Dr. Bergès, ha sido la frecuencia 
de la mayoría de las relajaciones con niños. La segunda sesión, entonces, 
normalmente tendrá lugar al cabo de una semana.
En la mayoría de los casos, estamos obligados a convertir la mayor 
parte de la segunda sesión en una simple repetición de la primera. Vol-
vemos a explicar la división en tres fases principales y volvemos a repetir 
la técnica referida al brazo derecho. 
„Cuando la evolución en la primera sesión, los ejercicios en casa y lo 
constatado en la segunda sesión lo aconsejan, iniciamos el trabajo con el 
brazo izquierdo al final de la sesión, y antes del ÿregresoŸ. En el momen-
to en que el brazo derecho se halle distendido, y sugerida la sensación 
de pesadez, se atraerá la atención hacia el brazo izquierdo, el cual se irá 
nombrando por partes; hombro, brazo, codo, antebrazo, muñeca y mano, 
a la par que se tocan cada una de ellas. Mediante ello, conseguimos que el 
nuevo miembro sea sentido, experimentado y situado por sí mismo y en 
relación con el brazo derecho, percibido a su vez como más distendido, 
más flexible y más pesado‰ (ibid.). 
Únicamente después de la sesión siguiente, sugeriremos al niño la 
relajación conjunta de los brazos. A partir de aquí las imágenes que poda-
mos sugerir y las denominaciones implicarán un conjunto funcional: “los 
brazos”, “a cada lado de tu cuerpo, los brazos están tranquilos, distendidos, 
bajan pesadamente” (ibid.).
Llegados a este punto, la relajación se extenderá a los miembros infe-
riores y en principio a la pierna derecha. En el momento en que el sujeto 
realiza satisfactoriamente la técnica concerniente alos brazos, al final de la 
sesión se empieza a hablar de la pierna derecha. “Tus brazos están hundidos 
tranquilamente, a ambos lados de tu cuerpo, pesan, tú los imaginas y los 
ves descender plácidamente. Ahora, a su vez, vas a sentir cómo tu pierna 
derecha se vuelve flexible y se halla en reposo”. Entonces se palparán y 
nombrarán el muslo, la rodilla, la pierna, el tobillo y el pie, en este orden 
y en el inverso. La observación de la pierna dominante concluirá después 
de flexionar la rodilla y el tobillo, y provocar la rotación del muslo sobre 
el plano de la cama (ibid.).
En el momento del “regreso” se pide al sujeto que asocie a la contrac-
ción del antebrazo sobre el brazo, la de la pierna sobre el muslo y del muslo 
sobre la pelvis: “doblarás tus brazos y tu pierna fuertemente”. El terapeuta 
colabora a ello flexionándole la pierna y el muslo. Esta intervención es 
 Miguel Sassano
necesaria, dado que con frecuencia los niños no tienen bien asimiladas 
las nociones de “flexión” y “extensión” (ibid.).
Hemos abordado la relajación porque de hecho todo psicomotricista 
en su práctica cotidiana debe utilizarla, más como una parte de la sesión 
global de educación o terapia psicomotriz que como una terapia exclu-
siva… es más, es un medio puesto a la disposición del paciente.
Indicaciones para la relajación
Finalmente, Coste (1978) se refiere a quienes pueden acceder a un 
tratamiento de relajación. Entre ellos indica las siguientes afecciones:
„� Somáticas: afecciones psicofisiológicas; carácter hiperreactivo del pa-
ciente (hiperemotivos, impulsivos, inmaduros, afectivos). Con el control 
tónico-motor, la relajación permite la desaparición del síntoma y un 
mejor estado general; cefaleas, insomnios, contracciones, trastornos 
del aparato digestivo, trastornos sexuales, espasmofilia. 
� Psicosomáticas: afecciones ligadas a las condiciones psicofisiológicas 
y cuya manifestación es solamente somática: asmas, úlceras gástricas, 
disfunción intestinal, dermatosis.
� Síndromes psicomotores: todas las perturbaciones en la relación 
con los otros; todas las manifestaciones de inestabilidad psicomotriz, 
perturbaciones de la escritura, del lenguaje, del comportamiento social, 
tics, calambres, contracciones⁄
� Psiquiatría: las ÿneurosis de carácterŸ, resultantes de condiciones 
de vida estresantes: ansiosos, rígidos, depresivos. Los trastornos del 
esquema corporal; la toxicomanía. En neurología: secuelas postrau-
máticas; movimientos perturbadores de origen neurológico (corea, 
temblores)⁄‰.
De manera más general, y profiláctica, la relajación proporciona dis-
tensión, control y conocimiento del cuerpo, y favorece a través de esto la 
vivencia corporal y la comunicación con el otro y con el mundo.
„La actitud de los sujetos ante estas prácticas depende de diferentes factores. 
La comprensión se manifiesta como una condición previa tan importan-
te como la disposición interior y la capacidad de concentrarse. De una 
forma general, la actitud interior del sujeto es completamente idéntica 
a la del hombre normal ante el sueño, tal como ya hemos visto. Se trata 
básicamente de una adhesión interior a procesos naturales y de ninguna 
forma de una voluntad rígida. Naturalmente, es posible evitar o contra-
riar el curso de la concentración con actos de voluntad y es por esto que 
Capítulo 1
invitamos a los personas a dejarse, por así decir, resbalar en la relajación 
y a efectuar el regreso de forma activa‰ (Coste, 1978).
Cuando el tono desentona. Estrés
El estrés ha pasado a formar parte de la conflictiva cotidiana como 
signo de nuestro tiempo. En todos los medios de comunicación se habla 
permanentemente de él. 
Al estrés se le atribuye una larga e imprecisa lista de malestares físicos 
y emocionales, disminuciones en el rendimiento productivo y trastornos 
de la vida. También, y aunque no sea más que como publicidad, la pro-
mesa de contrarrestar el estrés resulta útil para comercializar diversos 
tipos de productos, desde bebidas hasta actividades turísticas y para el 
tiempo de ocio. 
Sin embargo, en medio del bombardeo de palabras, poca es la informa-
ción responsable que encontramos acerca del estrés, sus causas y efectos, 
y sobre todo qué hacer con él. 
Confundir nuestro descanso es parte del estrés. Cuando nos estresa-
mos confundimos el descanso, no lo podemos aprovechar. 
Aunque la palabra estrés se ha generalizado en el lenguaje corriente, 
no siempre el concepto es bien utilizado. De hecho, las diferentes teorías 
históricas referidas al mismo se corresponden con distintas acepciones 
populares. 
El vocablo stress/estrés deriva del griego stringere, que significa pro-
vocar tensión; este término fue utilizado por primera vez en el siglo XIV 
y desde entonces aparece en distintos textos ingleses. 
Si bien el estrés es un aspecto inevitable de la condición humana, la 
manera de afrontarlo establece grandes diferencias en cuanto a la adap-
tación como resultado final. 
Frente a situaciones extremas el humano funciona con mecanismos 
adaptativos en los que debe poner en juego su cuerpo, con su psique y su 
cognición. Estos mecanismos difieren de una persona a otra y muestran 
cómo cada uno responde de acuerdo a su historia vital, a su situación 
actual, a sus posibilidades cognitivas y a sus predisposiciones funcionales. 
Este mecanismo fue observado en 1936 por Seyle (citado por Bulacio, 
2004), quien lo definió como la “respuesta inespecífica del organismo a toda 
demanda que se le haga”, llamándolo Síndrome General de Adaptación. 
En 1939, Cannon (citado por Bulacio, 2004) adopta el término stress 
para referirse a la respuesta generalizada que se produce en el organismo 
ante una situación inesperada y que parte de la estimulación del sistema sim-
 Miguel Sassano
pático a través de la participación de las estructuras diencefálicas, pudiendo 
provocar un debilitamiento de los mecanismos homeostáticos. 
Hablar de estrés sin hablar de emociones es ignorar su estrecha rela-
ción. ¿Qué es acaso el estrés sino una forma de reacción emocional? En 
toda reacción emocional existen respuestas corporales: alteración del 
ritmo cardíaco, sudoración de las manos, sensaciones de náusea, etc. 
Lo emocional atraviesa, sin nuestra intervención consciente, nuestro 
cuerpo, y está regido por la relación existente entre Sistema Nervioso 
Central y Sistema Nervioso Autónomo. Cuántas veces nos referimos a 
nuestras emociones y reacciones como “viscerales”, expresándolas con 
términos que hacen más a lo corporal que a lo psíquico: “tengo los pelos 
de punta” o “tengo un nudo en el estómago”. Poner palabras que se refieren 
a nuestro tono, expresado en forma y modo que reflejan la globalidad de 
la persona, no hace más que referirse a la conjunción de lo bio, lo psico 
y lo eco-socio-cultural cognitivo. 
„Cannon puso de relieve la importancia de la estimulación del sistema 
nervioso y de la descarga de adrenalina que producen las glándulas médulo-
suprarrenales, cuando hay agresiones; este proceso autónomo provoca a 
su vez modificaciones cardiovasculares que preparan al cuerpo para la 
defensa. Sus observaciones le permiten argumentar además que los cambios 
viscerales pueden ser similares en emociones diferentes, y que algunos 
cambios viscerales pueden tener consecuencias emocionales muy distintas, 
dependiendo de la situación en la que se den‰ (Risueño, 2000).
Es indudable que los cambios que se producen en el cuerpo cuando 
una persona llora porque está triste, no son los mismos que aparecen 
como reacción ante un estímulo irritante de los receptores sensoriales. Los 
estados emocionales implican un considerable gasto de energía. Algunas 
emociones son una respuesta de emergencia a una condición súbita de 
amenaza, la que provoca una activación máxima del sistema simpático 
a partir de que la corteza ha informado sobre la existencia de un peligro 
desinhibiendo los mecanismos de control talámicos. La estimulación del 
tálamo produce entonces excitación cortical y elcerebro desencadena las 
respuestas del sistema nervioso autónomo. 
En estos postulados se basa Seyle (1936, citado por Bulacio, 2004) para 
sus investigaciones, observando cómo este mecanismo actúa en los dife-
rentes órganos de la persona. Es decir que cualquier demanda, del medio 
interno o externo, física, psíquica o mental, buena o mala para esa persona, 
desencadena una respuesta biótica idéntica y estereotipada, medible por 
estudios de laboratorio. “Si bien no creemos en un relación causal directa 
entre estímulo y respuesta, podemos observar que éstas, cuando han sido 
Capítulo 1
adecuadas al estímulo, provocan un estrés que se denomina eustrés o buen 
estrés. Es decir que la respuesta está adaptada a las normas fisiológicas del 
organismo. Si las demandas del medio son excesivas o prolongadas y superan 
la capacidad de resistencia y de adaptación, aún cuando sean placenteras, 
se produce el distrés o mal estrés” (Risueño, 2000). 
El agente desencadenante del estrés (estresor) es un elemento que 
atenta contra la homeostasis del cuerpo y es estresor, por tanto, todo 
agente nocivo para el equilibrio del sistema homeostático. Los agentes 
estresores incrementan la demanda de ajuste del cuerpo y la necesidad 
de reequilibrarse. 
El estrés no es algo que por sí mismo deba ser evitado pues su carencia 
significaría la muerte. Cuando se dice que un individuo sufre de estrés 
significa que éste es excesivo, es decir, implica un sobreesfuerzo del cuerpo 
al sobreponerse al nivel de resistencia de éste. 
El estresor no es únicamente un estímulo físico, puede ser psicológico, 
cognitivo o emocional (por ejemplo: miedo, ira, amor, pensamientos). 
Podemos resumir diciendo que para la Organización Mundial de la 
Salud, el stress es el conjunto de reacciones físicas que prepara al orga-
nismo para la acción. 
No descartamos que estos mecanismos bióticos estén condicionados 
por la estructura psíquica y las exigencias socio-cognitivas. Cada persona 
vivirá de manera singular los requisitos de una sociedad competitiva, 
violenta, y las propias demandas y exigencias. La dialéctica entre lo fác-
tico de su cuerpo, sus posibilidades como existente y la normativa social 
concursan en lo que ya Seyle (1936) marcaba: “el hombre debe dominar 
su estrés y aprender a adaptarse, pues, de lo contrario, se verá condenado 
al fracaso profesional, a la enfermedad y a la muerte prematura”.
Dan testimonio de ello el aumento de enfermedades mal llamadas 
somatopsíquicas o psicosomáticas. Toda enfermedad somática tiene 
un claro estatuto bio-psico-socio-eco-cultural, afecta al cuerpo/hom-
bre como unicidad. Muchos de los trastornos intelectuales o laborales 
son respuesta a desórdenes psíquicos y/o a alteraciones somáticas, como 
también problemáticas socioeconómicas provocan desorganizaciones 
estructurales y funcionales. 
El cuerpo, portador del psiquismo humano, consustanciado con el 
modelo de procesamiento informativo que le permite ser persona pen-
sante en una sociedad, responde con cambios cardiovasculares, digestivos, 
cutáneos, sexuales, ginecológicos, urológicos, articulares, musculares, 
dentarios, nutricionales e inmunológicos. Estos trastornos pueden ser 
síntoma y/o la manifestación del cese de actividad de un sistema adap-
tativo, que lleva inexorablemente al enfermar (Risueño, 2000). 
 Miguel Sassano
„La estructuración psíquica y los condicionamientos funcionales a veces 
no son lo suficientemente operativos frente a situaciones estresantes que 
la sociedad propone, poniendo en riesgo al humano y mostrando su 
vulnerabilidad. Sabemos que la estructuración psíquica depende funda-
mentalmente de las experiencias infantiles y sobre todo de las primeras 
relaciones afectivas. Incluso estos procesos inconscientes desencadenarán 
en intrincados entramados la elección del órgano en el que se depositará 
la angustia que provoca la imposibilidad de resolver el conflicto, que se 
desencadena entre los estresores y el organismo‰ (Risueño, 2000). 
Los cambios hormonales se ponen en marcha aun en los procesos 
existenciales en que el estrés es necesario para sobrellevar y accionar frente 
a las necesidades vitales. Sería también una falla de adaptación el no res-
ponder adecuadamente frente a situaciones de agresión, corriendo peligro 
de muerte como personas y de extinción como especie. Estos mecanismos 
básicos funcionales cotidianos de adaptación son sumamente necesarios 
para el desarrollo físico, psíquico y socio-cognitivo. “Este eutrés es la justa 
medida que el hombre debe poner en funcionamiento para construir su 
existencia. Es la ansiedad necesaria para «todo ser humano en el mundo». 
Frente a un trabajo nuevo, a un examen o un proyecto en el que debo decidir 
con toda mi humanidad a cuestas, será imprescindible un potencial adre-
nalínico que ponga el movimiento indispensable para llegar al logro. En la 
organización social presente, con claras señales de globalización y medios de 
comunicación que emiten permanentemente información, la que debe ser 
procesada en cortos lapsos de tiempo, será necesario contar con un estado 
de estrés que nos permita responder adaptativamente” (ibid.). 
Si las demandas son excesivas, prolongadas y superan nuestra posibili-
dad de respuesta y nuestra capacidad, quedamos sumidos en la desespera-
ción. El modo y la forma son tonalidades singulares de expresión desde 
una totalidad vital, existencial y personal que hace que se desencadene 
el distrés. La justa medida entre lo que se quiere, se puede y se debe, res-
ponde a buscar en la cotidianeidad las respuestas que para cada humano 
serán, cada día de su existencia, una permanente elección y una constante 
equilibración (ibid.). 
La respuesta del estrés está constituida por un mecanismo que incluye 
tres etapas: la primera es la reacción de alarma del cuerpo cuando es 
expuesto repentinamente a diversos estímulos a los que no está adaptado. 
Es una llamada general a las fuerzas defensivas. Luego viene una etapa 
de resistencia que produce adaptación del cuerpo al estresor junto con 
la consecuente mejora y desaparición de los síntomas; y, por último, la 
etapa de agotamiento, cuando el cuerpo continúa expuesto al estresor 
Capítulo 1
prolongadamente y pierde la adaptación adquirida en la fase anterior 
entrando en el período de agotamiento. 
El estrés va acompañado de un conjunto de síntomas, algunos de 
ellos variables e indefinidos, y su combinación puede ser distinta para 
cada persona, inducido por las demandas que el medio le hace al cuerpo. 
Cuando una persona se siente amenazada física o emocionalmente, o 
percibe que su equilibrio corre riesgo, se desencadenan en él cambios 
que lo preparan para dos reacciones posibles: luchar o huir. 
„Si el individuo percibe que puede con la amenaza, la enfrenta y lucha. 
Si percibe que no puede, huye. Esta reacción es automática y refleja, no 
depende de su voluntad. Tanto si la amenaza es real como imaginaria, el 
cuerpo percibe peligro y, por lo tanto, necesidad de preservar su equilibrio 
o luchar por recuperarlo. Es decir, el estrés es un mecanismo natural, no 
se produce porque sí, la naturaleza tiene un uso para él, es la forma que 
tiene el cuerpo de protegerse (⁄). 
Esta preparación para luchar o huir va asociada a un conjunto de res-
puestas fisiológicas que resultan naturales y útiles para esos fines. Entre 
ellas encontramos: 
- Descarga de adrenalina en el torrente sanguíneo. 
- Tensión muscular, principalmente en los miembros, cuello y la región 
abdominal. 
- Aceleración de la respiración. 
- Aceleración del ritmo cardíaco. 
- Aumento de la presión sanguínea. 
- Sudoración. 
- Dilatación de las pupilas. 
- Sequedad bucal. 
- Aumento general de la actividad hormonal. 
Además de los cambios y síntomas mencionados, pueden ocurrir otros, 
menos generales, que presentan algunos individuos y otros no: 
- La tensión muscular puede provocar cosquilleo o leve temblor en los 
miembros. 
- En consecuencia, se produce una sensación de inestabilidad:el organismo 
no quiere ni puede estarse quieto, necesita acción. 
- Contracción de los esfínteres. 
- Sudoración en las manos. 
También podemos dar cuenta de otros síntomas, que ya dependen del 
individuo y no se producen en todos los casos: algunos individuos mani-
fiestan una agudización del sentido del oído; otros dejan de percibir los 
sonidos del entorno para concentrarse sólo en aquellos relacionados con 
la amenaza; en algunos casos se agudiza la visión periférica, en desmedro 
 Miguel Sassano
de la visión focal, y en otros casos sucede al revés, la visión periférica se 
nubla y se agudiza la visión focal, ambas posibilidades dependen de cuál 
sea la amenaza percibida‰ (Melville, 2004). 
Por otro lado existen teorías que entienden el estrés en términos de 
características asociadas a los estímulos del ambiente (Holmes, 1967, 
citado por Bulacio, 2004). La persona posee ciertos límites de tolerancia 
al estrés (como fuerza externa), pudiendo variar de unos individuos a 
otros. Por encima de tales límites el estrés comienza a hacerse intolerable 
y aparecen los daños fisiológicos y/o psicológicos. Esta es la idea que más 
se acerca a la idea popular del estrés. 
Otros intentan explicar el estrés sobre teorías basadas en la interacción 
(Lazarus, 1985). Esta teoría ha maximizado la relevancia de los factores 
psicológicos (básicamente cognitivos) que median entre los estímulos 
(estresores o estresantes) y las respuestas de estrés. Según esta opción, el 
estrés se originaría entonces a través de las relaciones particulares entre 
la persona y su entorno. Es entendido como un “conjunto de relaciones 
particulares entre la persona y la situación, siendo ésta valorada por la 
persona como algo que excede sus propios recursos y que pone en peligro 
su bienestar personal” (Bulacio, 2004). 
En tal sentido, siguiendo a Belloch, Sandin y Ramos (1995, citado 
por Bulacio, 2004), el estrés consta de siete etapas, las cuales se explican 
a continuación: 
„1) Demandas psicosociales: Se refiere a los agentes externos causales 
primariamente del estrés. Se pueden incluir en esta dimensión agentes 
o estresores ambientales (por ejemplo: frío, humedad, calor, ruido en la 
ciudad, elevada densidad de la población, etc.). En ello cuentan los suce-
sos vitales (desastres naturales, divorcios, pérdidas, víctimas de violencia, 
enfermedades, etc.) y los sucesos diarios (fastidios, contrariedades, por 
ejemplo: atascos del tráfico, no disponer dinero, inclemencias del tiempo, 
discusiones familiares, etc.). 
2) Evaluación cognitiva: los sucesos vitales y los acontecimientos diarios 
ejercen demandas sobre el organismo que son valoradas por éste. Depen-
diendo de cómo sea esta valoración se producirá o no la respuesta de 
estrés. Se producirá en tanto la persona perciba que el suceso supera sus 
recursos. Las personas con trastornos de ansiedad, por ejemplo, valoran 
muchas situaciones como estresantes y en realidad, en buena medida, son 
estresantes a partir del significado que le dan. A la hora de afrontar o 
cambiar una situación de estrés, no solamente habrá que pensar qué se hace 
sino también cómo se la entiende, porque el problema puede estar en el 
significado y no en la situación específica. En este caso cuando hablamos 
Capítulo 1
de afrontamiento nos referimos al sujeto que cambia activamente la manera 
de ver las cosas, la manera de dar significado a eso que está viviendo. 
3) Respuesta de estrés: incluye en primer lugar las respuestas fisiológicas 
(neuroendócrinas y las asociadas al SNA). También incluye respuestas 
psicológicas como las respuestas emocionales. 
4) Estrategias de afrontamiento: se refiere a los esfuerzos conductuales y 
cognitivos que emplea la persona para hacer frente a las demandas concre-
tas, externas o internas, generadoras del estrés como el estado emocional 
desagradable vinculado al mismo. El afrontamiento depende de la evalua-
ción respecto a que pueda o no hacerse algo para cambiar la situación. Si 
la valoración dice que puede hacerse algo, predomina el afrontamiento 
focalizado en el problema. Si la valoración dice que no puede hacerse 
nada, predomina el afrontamiento focalizado en la emoción. 
El mismo estímulo no es igual para todas las personas. Que los estímulos 
puedan ser vistos como amenazantes depende de los esquemas cognitivos 
personales que el sujeto tenga, de las creencias, que es desde donde se da 
significado, desde donde se interpreta lo que se está viviendo. Sabemos 
que los estímulos no llegan de manera pasiva al sujeto, sino que es éste el 
que sale a buscarlos o los evita, pero aun evitando, está percibiendo otras 
cosas que está buscando. No podemos percibir si no buscamos el estímulo, 
la percepción depende del estímulo y depende del sujeto, del encuentro 
entre ambos. Lo importante no es por lo tanto el estímulo aislado, sino 
cómo el sujeto lo entiende. 
5) Variables disposicionales: incluyen variables como el tipo de persona-
lidad, factores hereditarios en general, el sexo, la raza, etc. 
6) Apoyo social: el apoyo social puede amortiguar el efecto de las demandas 
estresantes sobre las respuestas de estrés. 
7) Estatus de salud: más que una fase del proceso se trata de un resultado del 
mismo. Este estado de salud, tanto psicológico como fisiológico, depende 
del funcionamiento de las fases anteriores‰ (Bulacio, 2004). 
Lo importante no es por lo tanto el estímulo aislado sino cómo el 
sujeto lo entiende. 
El estrés se produce cuando hay una diferencia percibida significativa, 
que el sujeto cree que no va a poder manejar. El afrontamiento surge de 
la comparación de la valoración del estímulo y la valoración personal y 
también de la motivación, porque si se evalúan los recursos como posibles 
pero implican un gran esfuerzo, que se considera que no vale la pena 
porque el premio no interesa, entonces, no se afronta activamente. 
Existen también ciertos rasgos y tendencias personales que predispo-
nen a la sobrecarga de estrés, o a la vida en un estado de estrés crónico:
 Miguel Sassano
El estrés, por otra parte, produce un exceso de noradrenalina, por lo 
que un individuo con estos rasgos de personalidad puede sentir, en deter-
minado momento, un exceso de confianza y de seguridad en sí mismo. Los 
efectos del estrés, entonces, no se notan hasta que sobreviene la crisis. 
“En la actualidad las investigaciones científicas se centran en las rela-
ciones de estrés y enfermedad. Es sabida la influencia directa de estrés y 
enfermedades cardíacas y cáncer. Los pacientes que se han entrevistado 
refieren situaciones emocionales que han sentido no poder manejar antes 
de la declaración de la enfermedad. Se ha estudiado la relación existente 
entre características de personalidad y cáncer; estos pacientes presentaron 
alteraciones emocionales semejantes a los pacientes que se habían suici-
dado, con dificultades en la demostración afectiva, introvertidos, obsesivos, 
cuya respuesta al estrés es pasiva, resignados, sumisos y apacibles, siempre 
controlando su expresiones de hostilidad y deseosos de aprobación social” 
(Risueño, 2000). 
Estas características pertenecen también a aquellos que tienen predis-
posición a padecer enfermedades infecciosas, afecciones dermatológicas, 
reumáticas y alérgicas e inhibición del sistema inmunitario en estrecha 
relación con la aparición del cáncer. “Estos pacientes tienen una mayor 
tendencia a poner en funcionamiento el sistema neuroendócrino que el 
adrenal, este último es característico de aquellos en los que el estrés actúa 
sobre su sistema cardiovascular” (ibid.). 
Los pacientes con características impulsivas, hiperactivos, irritables, 
impacientes y competitivos son más propensos a enfermedades cardíacas 
y a muertes súbitas, sobre todo se observa estas reacciones somáticas en 
los más jóvenes. 
Lo expuesto corresponde a situaciones vitales que el humano debe 
transitar en lo cotidiano, y que lo lleva o no a enfermar, pero existen otras 
Capítulo 1
situaciones estresantesa las que se ve sometido por diversas razones y que 
provocan las mismas reacciones del eje hipotálamo-hipofisario, como el 
estrés quirúrgico, el académico, el de los vuelos, el estrés de los cambios 
horarios, etc. 
Pero también existen bases neurofuncionales que dan cuenta de 
cómo se genera el estrés y que ponen en marcha los mecanismos neuro-
funcionales que sustentan desde lo biótico este proceso tan complejo 
como es el estrés. Tanto el eutrés como el distrés pone en funcionamiento 
el eje hipotalámico-médulo-adrenal o córtico-adrenal y el sistema de 
neurotransmisores a nivel del SNC. 
El estudio de las estructuras hipotalámicas y sus conexiones con la 
formación reticular, el córtex, el sistema límbico y los núcleos de la base, 
así como la influencia de los núcleos preópticos y de la región septal, lleva 
a plantear la teoría de la participación del diencéfalo en las emociones. 
“Por otro lado, el estímulo del sistema nervioso autónomo es el respon-
sable de determinados síntomas en los cuadros de ansiedad como los que 
mencionábamos (alteraciones respiratorias, cardiovasculares, etc.). Los 
pacientes con trastornos de ansiedad acompañados de ataque de pánico 
poseen un tono simpático elevado, una lenta capacidad de adaptación frente 
a estímulos repetidos y una respuesta excesiva frente a estímulos que por sí 
mismos tendrían una baja capacidad de provocar estrés” (ibid.). 
El cuerpo responde en primera instancia con una vía de respuesta 
rápida, poniendo en funcionamiento el sistema simpático adrenal, faci-
litando la huida o la lucha. Una vez evaluado el grado de peligrosidad y 
habiendo llegado información al hipotálamo, esta respuesta del sistema 
adrenal provocará la liberación por vía simpática de catecolaminas. 
“La segunda respuesta es la activación neuroendócrina o vía corticoadre-
nal; es una vía lenta pero continua y libera un péptido llamado CRF (factor 
liberador de corticotropina), éste actúa sobre la adenohipófisis provocando 
la liberación de adrenocorticotropina que a su vez estimula la corteza de las 
glándulas suprarrenales que liberan cortisona, hidrocortisona y corticos-
terona, liberando también mineralcorticoides, como desosycorticosterona 
y aldoesterona. Esta vía se activa gracias a que el hipotálamo recibió la 
información acerca del estresor” (ibid.). 
En la práctica existen un grupo de variables que se pueden utilizar 
para armonizar o eliminar las situaciones estresantes y algunas de ellas, 
que nos interesan particularmente, son técnicas de control corporal. 
En primer lugar, las técnicas de relajación son procedimientos cuyo 
objetivo es enseñar a una persona a controlar su propio nivel de activación 
sin ayuda de recursos externos. Se utilizan este tipo de técnicas porque 
se considera una respuesta a los efectos fisiológicos producidos por la 
 Miguel Sassano
ansiedad y la activación mantenida. Frente a los efectos que la tensión y/o 
activación reiterada o mantenida pueden producir, la relajación induce 
efectos contrarios. 
La relajación produce, como hemos visto, disminución de la tensión 
muscular, de la frecuencia e intensidad del ritmo cardíaco y de la frecuen-
cia respiratoria, disminución de la actividad simpática general, y de los 
niveles de secreción de adrenalina y noradrenalina. 
Habitualmente se utilizan técnicas de relajación progresiva, cuyo obje-
tivo es conseguir que la persona aprenda a identificar las señales fisioló-
gicas provenientes de sus músculos cuando están en tensión y ponga en 
marcha las habilidades aprendidas para reducirlas. 
Además se utilizan técnicas de respiración. Aunque es posible el control 
voluntario de la respiración, lo cierto es que su regulación por lo general es 
automática, especialmente cuando se emiten respuestas emocionales. 
Estas técnicas tienen por objetivo enseñar un adecuado control volun-
tario de la respiración, para posteriormente automatizar este control de 
forma que su regulación se mantenga incluso en las situaciones proble-
máticas. 
Básicamente diremos que la respiración debe ser nasal, suave, abdo-
minal, lenta, profunda, rítmica y sobre todo cómoda, ya que sin esta 
condición no puede sostenerse en el tiempo o no logra los efectos de 
relajación buscados. La espiración debe ser activa, de la misma dura-
ción y con las mismas características que la inspiración. Para lograr una 
buena técnica respiratoria se necesita entrenamiento y tiempo, por lo 
cual a menudo es difícil de aprender por las personas ansiosas; por ello 
el psicomotricista deberá ser comprensivo y buscar pequeños logros en 
forma progresiva y que resulten satisfactorios para el paciente en un 
doble sentido: el específico de dominar una técnica de gran utilidad y el 
aprendizaje que puede alcanzar nuevos logros de un modo diferente al 
habitual, de un modo progresivo y no ansioso. 
También es factible acompañar estos procesos con un entrenamiento 
en el cambio del foco de atención. Por ejemplo, se estima que las personas 
con trastornos de ansiedad sólo prestan atención a los aspectos amena-
zadores y a los acontecimientos negativos, presentan habitualmente una 
visión personal de la realidad y anticipan perspectivas de futuro con 
obstáculos que no podrán superar, desvalorizando sus propias capaci-
dades, no dándose la oportunidad e incrementando sus sentimientos de 
impotencia, baja autoestima e inutilidad. 
De mismo modo presentan dificultades para evaluar las reacciones de 
otros, tal vez interpreten una reacción neutra o positiva como negativa, 
o busquen reacciones positivas o actitudes de aprobación en personas 
Capítulo 1
sin importancia en su vida. Les parece peligroso cualquier posición de 
evaluación, ya que las reacciones negativas o de desaprobación confirman 
sus propias creencias. 
Cuando se les presentan pruebas objetivas de que es aceptado o de que 
gusta, generalmente son descartadas, creen que el juicio que determinada 
persona tiene sobre él es equivocado, que le falta información necesaria 
para conocerle realmente o que él la ha engañado. 
A partir de identificar estos procesos el paciente deberá cuestionarlos 
a nivel racional para poder realizar pequeñas pruebas conductuales que 
desafíen esas creencias y a partir de esas nuevas experiencias desarrollar 
nuevos significados sobre una base empírica y emocional diferente. 
Complementando las técnicas corporales, esta toma de conciencia y 
la variación de los focos que atendemos habitualmente nos puede ayudar 
a bajar nuestro nivel de estrés. 

CAPÍTULO 2
El movimiento.
Gesto, praxia, postura y coordinación
Movimiento:
“El movimiento puede ser pasivo o exógeno, es decir, bajo la dependencia de 
fuerzas exteriores y entonces no es capaz de provocar más que reacciones secun-
darias, de compensación o de re-equilibrio… La segunda forma del movimiento 
se debe a los desplazamientos antígenos o activos (locomoción, prensión, etc.)…
el tercero es el desplazamiento de los segmentos corporales o de sus funciones, 
los unos en relación con los otros. Se trata de reacciones posturales… se exte-
riorizan como actitudes y como mímicas” (Henri Wallon, Sociedad Francesa de 
Psicología, octubre de 1959).
Acción:
“Hecho, resultado de hacer, movimiento, entrar en funcionamiento, lanzarse a 
trabajar. Del latín actionem, hecho” (Diccionario Etimológico y de sinónimos. 
Librograf Editores, Bogotá, 1992).
“La función motriz no está orientada únicamente hacia el mundo exterior. Actuar 
es actuar sobre el mundo, pero también es transformarse uno al mismo tiempo” 
(Mialaret, 1981).
Acto:
“…es difícil afirmar con todo rigor que un acto o inclusive un simple movimiento 
no tienen cancomitantes psíquicos. Es así que se suele reconocer que el gesto 
funcional va acompañado de cierto placer, el placer estaría ligado al ejercicio 
de la función… el acto se sitúa en el instante presente… el movimiento no se 
construye como un edificio, con partes hechas de acuerdo a un plan: es menester 
que el propio plan sustituya los planes de las actividadesanteriores…” (Henri 
Wallon, 1979). 
Gesto:
“El gesto expresa y comunica a los demás la intención del individuo y provoca 
reacciones en el otro…” (Macagno et al., 1998).
 Miguel Sassano
Praxia:
“Sistemas de movimientos coordinados y adaptados en función de un resultado 
o de una intención específica” (Piaget, 1960).
Coordinación:
“Posibilidad de llevar a cabo una actividad mediante la participación de canali-
zar la energía tónica para realizar un acto determinado” (Comellas y Perpinyá, 
2003).
“En el comienzo era la acción”.
Goethe
El acto motor
Entre los recursos que tiene el ser vivo para obrar sobre el medio, el movimiento es el que está dotado de una eficacia y una preponderan-
cia tales que sus efectos han podido ser considerados por los conductistas 
como el objeto exclusivo de la psicología. Pero esta misma limitación exige 
atribuir al movimiento significaciones extremadamente diversas. 
Reducido a las contracciones musculares que lo producen o a los 
desplazamientos que se siguen en el espacio, el movimiento es tan sólo 
una abstracción fisiológica o mecánica. El psicólogo y el psicomotricista 
no pueden disociarlo de los conjuntos que responden al acto del cual es 
el instrumento.
„Por el lenguaje, el acto se sitúa en el instante presente. Pero puede per-
tenecer únicamente, por sus condiciones y sus finalidades al medio con-
creto: es el acto motor propiamente dicho. También puede tender a fines 
actualmente irrealizables o presuponer medios que no dependen de las 
circunstancias ni de las capacidades motrices del sujeto. De inmediatamente 
eficiente, el movimiento puede llegar a ser técnico o simbólico sin referirse 
al plano de la representación y el conocimiento‰ (Wallon, 1979). 
La adaptación de las estructuras motrices a las estructuras del mundo 
exterior está muy ligada al ejercicio de centros nerviosos que aseguran la 
regulación fisiológica del movimiento, pero tiene como segunda condi-
ción la imagen del objeto, y ésta puede pertenecer a niveles más o menos 
elevados de la representación perceptiva o intelectual.
Wallon (1979) nos dice que el movimiento comienza desde la vida 
fetal. En efecto, “en la ontogénesis las funciones se esbozan con el desarrollo 
Capítulo 2
de los tejidos y de los órganos correspondientes antes de poder ser justifi-
cadas por el uso. Es hacia el cuarto mes del embarazo que los primeros 
desplazamientos activos del niño son percibidos por la madre. En fetos 
de diferentes edades que se han mantenido vivos todo el tiempo posible, 
Minkowski ha tratado de encontrar cuáles eran las etapas sucesivas de 
la movilidad prenatal, aunque esta movilidad esté dispuesta a cambiar a 
medida que decrece la vitalidad. Minkowski ha podido reconocer que está 
constituida por sistemas más o menos extendidos de gestos y actitudes, pero 
susceptibles –si la excitación sigue siendo la misma– de intermitencias y 
de variaciones”. 
En el nacimiento persisten, como respuesta a estímulos determina-
dos, sistemas definidos de gestos y de actitudes. En particular son los 
reflejos cervicales y los reflejos laberínticos de Magnus y Kleijn, que son 
provocados, los primeros por excitación vestibular que proviene de un 
desplazamiento rápido del cuerpo de acuerdo con una dirección dada 
en el espacio, los segundos por los movimientos giratorios que tienen 
como eje a las primeras vértebras cervicales. Estos reflejos consisten, 
tanto uno como otros, en ciertas relaciones de posición entre la cabeza y 
los miembros. Una vez más, aquí como anteriormente en el feto, el efecto 
no siempre sigue la excitación apropiada, pero por una reacción inversa. 
Este efecto se obtiene con tanta más certeza cuando se trata de un niño 
prematuro, o cuando hay destrucción de ciertas conexiones nerviosas, 
a consecuencia, por ejemplo, de un traumatismo obstétrico. La causa 
de su inconstancia es entonces la suspensión eventual por medio de los 
centros inhibidores, en los cuales la subordinación no es aún completa, 
ni siquiera en un recién nacido normal.
Las gesticulaciones espontáneas del recién nacido han sido compa-
radas a sucedáneos repentinos y con sacudimientos de actitudes, o a 
automatismos o fragmentos de automatismos que funcionan ya como 
podría exigirlo más adelante la función plenamente realizada. De hecho, 
las actividades musculares están aún mal delimitadas. La tetanización 
rápida del músculo por la excitación eléctrica ha hecho que se compare 
su contracción a la de la fatiga y ha hecho que se la aproxime a la del 
espasmo y del calambre. Es decir que si hay poco intervalo entre el sacu-
dimiento clónico y la contracción, la fusión no es muy fácil entre estas 
dos actividades fundamentales del músculo: acortamiento y tono, movi-
miento propiamente dicho y postura. Por otra parte, pasarán semanas y 
meses para cada una de ellas antes de que las condiciones de su ejercicio 
plenamente eficaz y diferenciado estén dadas. 
Bajo la óptica de Wallon (1979), en el niño “es tan sólo a través de 
etapas sucesivas que esta función compleja del tono llega a completarse. 
 Miguel Sassano
Los centros nerviosos de los cuales depende no llegan a madurar todos al 
mismo tiempo. Su equilibrio funcional cambia con la edad e inclusive pue-
den persistir diferencias según los individuos. De aquí surgen tipos motores 
y psicomotores diferentes, pues las relaciones entre las manifestaciones del 
tono y el psiquismo se acercan por intermedio del equilibrio, de las actitudes 
y, en consecuencia, de las conexiones próximas que existen en el cerebro 
medio entre los centros de la sensibilidad afectiva y los de los diferentes 
automatismos en los cuales las funciones de postura tienen un papel consi-
derable. Es así que se han logrado distinguir tipos extrapiramidales inferior, 
medio y superior”. 
No es solamente la naturaleza, es también la distribución periférica 
del tono que se modifica en el curso de la infancia. Se ha podido descri-
bir un tipo motor infantil en sujetos que conservan, más allá de la edad 
normal, ciertas posturas habituales. Los miembros inferiores del recién 
nacido tienden a tomar forma de aro, y sus pies se cruzan como tijeras. 
Los antebrazos se flexionan. Las palmas de las manos son llevadas hacia la 
barbilla, y no hacia el tórax; más tarde, cuando se extienden los antebrazos, 
las palmas miran hacia afuera y no hacia el eje del cuerpo. La extensión 
dorsal del dedo gordo del pie, normal en los primeros meses, tiene el 
particular interés de ser asimilable a un reflejo descrito por Babinski 
como patológico en el adulto. En efecto, una lesión que interrumpe la 
continuidad del haz piramidal, a través del cual las incitaciones motrices 
de la corteza cerebral se transmiten a la médula, trae una inversión en la 
posición refleja que toma el dedo gordo cuando se roza el borde externo 
del pie. El dedo se yergue en vez de doblarse hacia la planta del pie, como 
en estado normal. En el niño, la extensión es reemplazada por la flexión 
hacia los siete u ocho meses, cuando la mielinización del haz piramidal, 
que progresa de arriba a abajo, le permite llevar hasta los centros medu-
lares de los miembros inferiores las incitaciones de la corteza. Este es un 
ejemplo claro del cambio que la integración de unos centros nerviosos a 
otros puede imponer a las reacciones periféricas. Por otra parte, muchas 
veces el cambio presenta alternativas sucesivas: durante algunas horas, 
o inclusive dos o tres días después del nacimiento, la posición que toma 
el dedo gordo del pie es la flexión; la intervención de las incitaciones 
piramidales no hace, por lo tanto, nada más que establecer la reacción 
inicial. De tal modo, el mismo efecto periférico puede responder, según 
el estadio de desarrollo en que se produce, a condiciones diferentes.
El estudio de los movimientos propiamente dichos, sostiene Wallon 
(1979), permite verificarlo. No hay ninguna razón, por ejemplo, para 
ver en el pataleo del recién nacido un gesto ya constituido de la marcha, 
puesto queésta sólo se presentará después de largos meses, en el curso 
Capítulo 2
de los cuales entrarán sucesivamente en juego nuevos centros nerviosos, 
a medida que se modifica de modo visible la agitación de los miembros 
inferiores. Por otra parte, ¿cómo es posible aislar uno de los automatis-
mos elementales que componen la marcha, separándolo del equilibrio 
total, en el cual la fusión debe producirse en todos los instantes y cuyo 
mantenimiento supone la integración más estricta de las actividades mus-
culares a sus órganos reguladores? En lo que se refiere a las manos, puede 
decirse lo mismo. Cuando se crispan sobre el objeto que toca la palma, 
no existe aún aprehensión, sino a lo sumo un reflejo de aferramiento. El 
gesto del pie que busca un contacto, un apoyo, cuando el otro acaba de 
plantarse, es también más un gesto de aferramiento que de marcha. Entre 
un acto y el acto que lo sucede se transmiten, sin duda, movimientos, pero 
movimientos transformados por el hecho de integrarse a otro sistema y 
obedecer a otras necesidades (ibid.).
Los ejercicios que preceden a la marcha ofrecen un ejemplo semejante. 
Sin duda es posible reconocer en la serie de equilibrios que el niño es capaz 
–sucesivamente– de realizar la presencia de aptitudes indispensables a la 
marcha. Pero éstas no son, como se ha dicho, fragmentos ya preparados de 
la locomoción bípeda y vertical, sino que pertenecen a sistemas actuales de 
comportamiento en el espacio, o inclusive de locomoción, que algún día 
podrán entrar en oposición con la marcha, como es el caso de los niños 
a quienes se debe impedir que corran en cuatro patas para que se vean en 
la necesidad de ponerse de pie. Un movimiento no se construye, como 
un edificio, con partes hechas de acuerdo a un plan: es menester que el 
propio plan sustituya los planes de las actividades anteriores (ibid.).
La tendencia común consiste en considerar al conjunto muscular 
como formado primitivamente por elementos simples cuyas combina-
ciones diversas proporcionarían toda la serie de los movimientos. Pero 
si existen efectivamente centros cuya excitación permite la contracción 
en partes pequeñas del aparato muscular en toda su extensión, éstos son 
los centros más elevados, los centros de la corteza cerebral, es decir, los 
últimos que se desarrollan en la serie animal, los últimos que llegan a 
funcionar en el individuo. 
Wallon (ibid.) indica que también el niño se ve, en un principio, frente 
a los conjuntos de gestos. Los primeros en aparecer son los más difusos y 
generalizados. Deberá pasar mucho tiempo antes de que llegue a disociar-
los en sistemas más particulares y más capaces de adecuarse a la diversidad 
de las cosas y las circunstancias. Ante una tarea nueva, el niño debe luchar 
contra las sincinesias, es decir, contra el grupo motor al que pertenece el 
movimiento oportuno y que a menudo lo entorpece, lo vuelve impreciso, 
lo paraliza. La disolución de una sincinesia es en el adulto –y, en buena 
 Miguel Sassano
parte, en el niño– un problema de ejercicio, pero que sigue y no puede 
adelantarse a la maduración funcional. Los primeros gestos son bilaterales; 
están sólo al cabo de varias semanas del nacimiento que comprueba la 
existencia de gestos unilaterales. El control que puede tener el niño sobre 
sus movimientos, es decir, el poder de inhibirlos, de seleccionarlos, de 
modificarlos, sigue una progresión regional que muestra perfectamente 
su dependencia respecto de la evolución fisiológica. El control comienza 
ejerciéndose en la región superior del cuerpo y en la parte proximal de 
los miembros: sólo se manifiesta tardíamente en la parte inferior y en las 
extremidades distales (Shirley). La acción del haz piramidal no puede, 
en efecto, hacerse sentir mientras no está completada su mielinización, 
que va desde el cuerpo celular hacia la periferia, y que es más corta en 
las vías cortas y más larga en las vías largas (Wallon, 1979). 
Otra delimitación de los movimientos, sin la cual no habría ninguna 
precisión, es la que consiste, en todos los instantes de la ejecución de 
éstos, en una exacta repartición del movimiento mismo y de las actitudes 
correspondientes. Estas actitudes son de dos clases: unas tienen que ver 
con la contracción tónica que acompaña el desplazamiento del miembro 
en movimiento, que sostiene las posiciones sucesivas de éste, y sin la cual 
faltaría continuidad y resistencia. 
La actitud falta, por el contrario, en los movimientos del niño pequeño, 
que se lanzan al espacio y se desvanecen en cuanto el impulso primero 
está agotado. 
„Una segunda especie de actitudes se basa en contracciones tónicas que 
se producen a propósito de cada movimiento. Como éstas faltan en el 
niño pequeño, éste se ve tomado por cada uno de sus gestos. Incapaz 
de inmovilizarse por sí mismo, debe ser retenido para que no se caiga. 
Esta ineptitud dura mucho tiempo. La inmovilización de las regiones en 
apariencia inactivas es en realidad una acción extremadamente compleja. 
Toda parte del cuerpo que se desplaza, tiende a desplazar el centro de 
gravedad. Para evitar la pérdida de equilibrio, debe producirse una resis-
tencia, que es precisamente una contracción compensatoria en las partes 
restantes, de preferencia en el eje del cuerpo, a lo largo del raquis, en los 
músculos que lo sostienen, cuya función preponderante es tónica: éstos 
son esencialmente los músculos del equilibrio. La resistencia debe variar 
no sólo con la amplitud y la envergadura del gesto sino también con las 
resistencias que éste puede encontrar en el espacio. El ajuste entre ellos 
se pone en evidencia cuando las resistencias ceden bruscamente por el 
desequilibrio que resulta y cuya frecuencia es tanto más grande en el niño 
cuanto menos capaz es de un rápido reajuste‰ (Wallon, 1979).
Capítulo 2
La dificultad es aun mayor cuando en vez de inmovilizarse, el cuerpo 
en su totalidad se pone en movimiento. En este caso las contracciones 
compensadoras de cada desplazamiento parcial deben combinarse con 
el impulso del conjunto, de manera de fundirse armoniosamente en él, 
en una especie de equilibrio fluido y progresivo.
El niño pequeño, continúa Wallon (ibid.), “muestra efectos semejantes: 
su marcha es zigzagueante, es decir, es arrastrada por el peso del cuerpo 
que se lanza hacia adelante. Corre detrás de su centro de gravedad, por no 
saber aún obtener el equilibrio mediante las contracciones apropiadas, el 
niño sólo puede pararse apoyándose en el obstáculo. Su única manera de 
evitar el zigzagueo o la caída consiste en separar las piernas, en extender 
la base de apoyo”.
El acorde de las reacciones posturales y del movimiento se traduce 
también en las operaciones que exigen precisión y firmeza, por la sus-
titución gradual de la actitud al gesto. Si se trata de asir o manejar un 
objeto menudo, los grandes desplazamientos del cuerpo y de los miembros 
deben poco a poco reducirse a la simple agitación de los dedos. Pero la 
inmovilización de los otros artículos no es neutra: a cada instante debe 
proporcionar el apoyo flexible o rígido, fijo o plástico, que exige cada etapa 
de la manipulación. Esta actitud falta en el niño durante mucho tiempo. 
Sus movimientos sobrepasan el objetivo, están sometidos a oscilaciones 
de amplitud excesiva a consecuencia de la incapacidad de localizar el 
gesto, fijando las partes del cuerpo que han de darle un punto de apoyo. La 
mano del niño tiene en los comienzos un movimiento plano por encima 
del objeto, luego se extiende y se arroja sobre él asiéndolo finalmente.
Un movimiento cualquiera no puede distinguirse de su proyección en 
el espacio: su orientación corresponde a su estructura. Existe un espacio 
motor que, por otra parte, no es aún el espacio representado ni el espa-
cio conceptual.
El movimiento implica, por su existencia misma, el medio en el cual 
ha de desplegarse; no es, desde un principio, tanteo, sino que llega a serlo 
por la experiencia. Sin duda necesita ser guiado, pero sólo puedeserlo 
cuando se ha franqueado un cierto umbral funcional. 
Cuando se ha establecido la conjunción entre el campo visual y el campo 
motor, el ojo sigue a la mano y después la guía. Otros acordes más complejos 
entre el movimiento y sus objetivos sobrevienen en etapas sucesivas, así 
como la adaptación a la estructura y el uso de los objetos. Este proceso no 
es el resultado simple de ensayos fortuitos o experimentales.
„Las primeras motivaciones parecen ser a la vez el resultado de un efecto 
sensorial percibido repentinamente por el niño y que trata de reprodu-
 Miguel Sassano
cir. Por ejemplo, cuando su mano pasa frente al campo visual, llega un 
momento en que la inmoviliza ante los ojos, la aparta y la acerca, luego 
empieza a agitarla en distintas direcciones, como ávido de comprobar 
sus aspectos y desplazamientos. La sensación es retenida, discriminada 
e identificada tan sólo en el instante en que el niño se vuelve capaz de 
reproducirla mediante los gestos apropiados. De lo contrario, sigue sien-
do indistinta entre las impresiones indistintas, en las cuales se mezcla lo 
que proviene de la excitación y lo que proviene de la reacción refleja. Es 
así que se traban reacciones circulares en las cuales la sensación suscita el 
gesto apropiado para que dicha sensación dure o se reproduzca, mientras 
que el gesto debe adecuarse a la sensación para hacerla reconocible, y 
luego para diversificarla metódicamente. Este ajuste preciso del gesto a 
su efecto instaura entre el movimiento y las impresiones exteriores, entre 
las sensibilidades propio y exteroceptiva, sistemas de relaciones que las 
diferencian y las oponen en la misma medida en que las combinan en 
series minuciosamente ligadas‰ (Wallon, 1979).
Wallon ha observado que a su debido tiempo entran en juego los 
sonidos que pueden ser producidos con los labios y cuyos movimientos, 
desde el nacimiento, están ya bien regulados en la succión, los que dan 
el máximo de impresiones musculares a las partes móviles de la cavidad 
bucal, rascando el velo del paladar, es decir las guturales (Ronjat); las que 
son el efecto de trepidaciones de la lengua contra el paladar; luego las 
presiones de la lengua contra las encías, bajo la influencia (Guillaume) de 
la irritación producida por la presión dental. Al mismo tiempo, las voca-
lizaciones se hacen más matizadas, y con frecuencia delicadas, llegando 
a veces hasta la vocalización perfecta de las consonantes. 
El progresivo reconocimiento de las cosas de acuerdo con las etapas 
del movimiento puede ser ilustrado por la sucesión de los tres espacios en 
los cuales inscribe W. Stern el descubrimiento del mundo por el niño. En 
primer lugar está el espacio bucal: es a la boca que el recién nacido lleva 
todo objeto, no para comerlo sino como si la boca fuera el único lugar de 
su cuerpo en que el acorde exacto de los movimientos y las sensaciones, 
exigido desde el nacimiento por la succión, permite también apreciar un 
contorno, un volumen, una resistencia; todo ello aún confusamente y 
mezclado a otras cualidades eventuales, como la temperatura o el gusto. 
A partir del momento en que los gestos ya no son pura y simplemente 
lanzados al espacio, y en que las manos pueden seguir una dirección, asir, 
concertarse, el niño toma posesión del espacio próximo. Pero es tan sólo 
cuando se vuelve capaz de locomoción que su espacio deja de ser una 
simple colección de ambientes sucesivos (Wallon, 1979).
Capítulo 2
El gusto de la repetición, el placer de los actos y las cosas reencontradas 
son manifiestos en el niño pequeño. A ellos debe el niño la perseverancia 
que pone en el aprendizaje. Es así que se ve acaparado, durante largos ratos, 
por las operaciones puramente lúcidas. Mientras la materia y los medios 
siguen siendo los mismos, estas operaciones sólo tienden a dotarlo de 
una virtuosidad puramente formal. Pero el apetito de investigación que 
tiene todo niño normal lo incita a sustituciones en el curso de las cuales 
se desprende la fórmula del acto. 
La atracción que siente el niño por las personas que lo rodean es muy 
precoz y muy poderosa. La dependencia total en que lo ponen sus necesi-
dades frente a estas personas lo vuelven rápidamente sensible a los indicios 
de las disposiciones de estas personas respecto de él y, recíprocamente, a 
los resultados obtenidos de ellas mediante las propias manifestaciones. 
De aquí que en el umbral de la vida psíquica exista una especie de con-
sonancia práctica con el otro. Esta consonancia, de inconsciente llegará 
a ser deliberada a medida que los progresos de la actividad del niño le 
darán los medios para distinguirse a sí mismo y oponerse. Entonces la 
pertenencia será reemplazada por la individualización, y el simple confor-
mismo por la imitación. Los primeros objetivos, buscados por sí mismos, 
que regulan la actividad del niño desde el exterior, son los modelos que 
éste imita. Esto constituye una fuente inagotable de iniciaciones que le 
permiten desbordar, a menudo de modo puramente formal, el cuadro de 
las ocupaciones a las cuales sus necesidades lo incitan (Wallon, 1979).
En el animal, inclusive en el mono, sostiene nuevamente Wallon (ibid.), 
la imitación es rara, por lo menos en forma de adquisición oportuna de 
un procedimiento nuevo. La imitación no debe confundirse, en efecto, 
con las reacciones similares de animales que se comportan análogamente 
en presencia de las mismas circunstancias. Los reflejos idénticos, las exi-
gencias imperativas de una situación, las facilidades o las sugestiones de 
manejo que ofrece un objeto son suficientes para explicar en dos anima-
les que están juntos la aparición simultánea o alternada de los mismos 
gestos. De todos modos, no es seguro que los gestos del uno carezcan de 
influencia sobre los del otro. Un niño pequeño comienza por no saber 
reproducir los movimientos o los sonidos que se emiten delante de él si 
no se le ocurre ejecutarlos espontáneamente. Por lo tanto es menester 
que el acto de imitación se sobreviva en el aparato motor para que se 
efectúe la imitación. La imitación es, sin embargo, el motivo nuevo. “Lo 
propio y lo nuevo de la imitación es la inducción del acto por un modelo 
exterior. Es un contrasentido el atribuirle, como origen la «imitación de sí 
mismo»” (ibid.). 
 Miguel Sassano
Por otra parte, toda reproducción de una impresión sensorial de ori-
gen extraño no merece ser puesta en la categoría de imitación. Así, la 
repetición inmediatamente consecutiva y como un eco del gesto o del 
sonido que se acaba de ver o de oír está más próxima de la simple acti-
vidad circular. El efecto sensorial de un movimiento que incita al niño a 
renovarse se liga a él tan estrechamente y con tal rapidez que lo llevará 
a efectuarlo, a pesar de no haber sido producido en un principio por él. 
La iniciativa pasa a la sensación, el aparato motor adquiere la capacidad 
de reproducir impresiones sonoras o visuales de origen variado, siempre 
que le sean familiares. 
En efecto, afirma Wallon (1979) no existe imitación mientras no existe 
percepción, es decir, subordinación de los elementos sensoriales a un 
conjunto. La imitación tiende a la reconstitución del conjunto. Lo que 
lleva a confusión es el hecho de que, entre sus procedimientos, la imitación 
cuenta con la copia literal. Pero la repetición de cada rasgo sucesivamente 
supone una intuición latente del modelo global, es decir, su percepción 
y su comprensión previas, sin las cuales la imitación sólo da resultados 
incoherentes. Por mecánica que sea en la aplicación, la reproducción res-
ponde a un nivel ya complejo de la imitación y supone el poder de seguir 
una consigna, una técnica, y la capacidad siempre alerta para comparar, 
es decir, para desdoblar en la acción operaciones que tan sólo una etapa 
ya avanzada de la evolución psíquica puede posibilitar.
El niño imita tan sólo las personas que lo atraen profundamente o 
cuyas acciones lo han cautivado. En la raíz de sus imitaciones hay amor, 
admiracióny también rivalidad, pues su deseo de participación se trans-
forma rápidamente en deseo de sustitución; es más frecuente aun que los 
dos deseos coexistan y le inspiren respecto del modelo un sentimiento 
ambivalente de sumisión y de rebelión, y de deseo de denigración.
Basta mirar al niño, indica Wallon (1979), en presencia de un espec-
táculo que le interesa para reconocer que participa en él mediante todo 
el juego de sus actitudes, inclusive cuando éstas parecen inmovilizarlo. A 
intervalos, se le escapan gestos furtivos que son, a veces, gestos de simple 
distensión en los cuales se marca toda la aplicación íntima y laboriosa que 
el niño presta a las peripecias de la escena, o gestos de intervención larvada 
para anticipar lo que está esperando o para corregir las insuficiencias o los 
errores que, a su modo de ver, comprometen la acción que tiene ante sí.
„El pasaje directo del movimiento al movimiento, no es posible en el caso 
de que el movimiento imitado no se haya producido espontáneamente 
en el mismo plano de actividad y en las mismas circunstancias del mo-
vimiento que ha de imitarse, condición que reduce considerablemente el 
Capítulo 2
papel de la imitación, cuya importancia es de todos modos capital en el 
niño‰ (ibid.).
Son estos gestos que sirven de intermediarios entre la impresión del 
exterior, a la cual acompañan y tratan de captar, y la repetición explícita 
del modelo. Estos gestos sirven sucesivamente a la interiorización y a su 
exteriorización.
La imitación tropieza reiteradas veces cuando trata de reinventar no ya 
los gestos mismos, sino la justa distribución de los mismos en el tiempo 
y en el espacio. Tropieza en la relación que debe mantenerse entre la 
intuición global del acto y la individualización sucesiva de las partes.
Las relaciones del niño con los objetos no son tan simples como pare-
cen serlo a primera vista. La manera que tiene de encararlas comporta 
grados que se vinculan no sólo a su falta de habilidad o de experiencia 
motriz. 
Los objetos que rodean al niño comienzan a ser para él una ocasión de 
movimientos que poco tienen que ver con su estructura (la de los obje-
tos). El niño los tira al suelo, con la esperanza de que desaparezcan. Una 
vez que ha aprendido a tomarlos, los desplaza a brazo tendido, como si 
quisiera ejercitar sus ojos, volviendo a encontrarlos en diversas posiciones 
nuevas. Si los objetos tienen partes que chocan entre sí, el niño no cesa 
de reproducir el ruido que percibe, agitándolos nuevamente. No son en 
una palabra, según Wallon (1979), nada más que un elemento sensorio-
motor más, que entra desde el exterior a la actividad circular. Luego llega 
el momento en que el efecto que obtiene el niño de un objeto no puede 
obtenerlo de todos. En estos ensayos el niño da la impresión de clasificar 
los objetos según éstos presenten o no la particularidad correspondiente. 
Una de las particularidades que despiertan en él un gran interés es la rela-
ción de continente a contenido. En cuanto la descubre, el niño se aplica a 
introducir los objetos más heterogéneos en todo lo que sea una abertura. 
Ni siquiera perdona a sus propios orificios corporales, o a los orificios 
de otro. La atracción casi universal que ejercen los zapatos a cierta edad 
tiene probablemente como causa parcial el hecho de que presentan forma 
de recipiente. ¿Quién no ha visto a sus hijos caminar con los propios del 
padre o la madre…?
A las combinaciones que pueden surgir en el aspecto sensorio-motor 
corresponde lo que se ha llamado inteligencia práctica, o inteligencia de 
las situaciones, la forma de inteligencia más inmediata y más concreta. 
En efecto, en la medida en que el movimiento incluye en sí al medio, 
también se confunde con él. Si este es el dominio del acto motor propia-
mente dicho, puede añadírsele. Ya en el animal se esboza lo que habrá de 
 Miguel Sassano
desplegarse ampliamente en el juego del niño: el simulacro. Es decir, un 
acto sin objetivo real aunque realizado a la imagen de un acto verdadero. 
Es así que por muy plena y seriamente que se entregue el niño al juego, 
no por ello deja de conocer las ficciones de éste. Por el contrario, tiende a 
ampliar el margen de ésta. Los juguetes que más le gustan no son aquellos 
que más se parecen a la realidad, sino los que limitan proporcionalmente 
su fantasía, su voluntad de invención y de creación. Son los juguetes que 
extraen su significación de la propia actividad infantil.
„El simulacro no tiene para él nada de ilusorio: es el descubrimiento y el 
ejercicio de una función. Originariamente ha sido una simple anticipa-
ción, a la cual se ha sustraído fortuitamente el objeto. Pero, nos previene 
Wallon, si esta anticipación se repite por sí misma, entonces el acto que 
sigue puede coincidir casi exactamente con el acto original, pero su ob-
jetivo ha cambiado. Desprovisto de eficacia práctica, por lo menos en lo 
inmediato, ya no es más que la representación de sí mismo. Pero es una 
representación. O, mejor dicho, idéntico a los movimientos que representa, 
confunde en sí tres etapas: lo real, la imagen y los signos por los cuales se 
puede expresar la imagen‰ (Wallon, 1979). 
Un simulacro puede ser copia exacta, o esquema abstracto y ya con-
vencional, la imagen que actualiza puede ser una simple reviviscencia, 
o llamado, o evocación del hecho fijado en ella. El simulacro suele con-
vertirse en rito, es decir, en una intención de suscitar realmente el acon-
tecimiento representado.
Los gestos de simbolización, de los cuales el simulacro es el ejemplo 
más concreto, pueden contribuir muy bien, en la medida en que pier-
den su semejanza inmediata con la acción o el objeto, a llevar la imagen 
y la idea fuera de las cosas mismas, al plano mental en el cual pueden 
formularse relaciones menos individuales, menos subjetivas y cada vez 
más generales. 
Es así que Wallon (1979) sostiene que “el acto motor no se limita al 
dominio de las cosas y a través de los medios de expresión, sostenes indis-
pensables del pensamiento: hace participar a este último de sus mismas 
condiciones. Es éste un factor que no debe ser olvidado en la evolución 
mental del niño”.
La importancia del movimiento en el desarrollo del niño
El niño cuya actividad comienza por ser elemental, discontinua y 
esporádica, cuya conducta carece de objetivos a largo plazo y a quien 
le falta el poder de diferir sus reacciones y escapar de ese modo a las 
Capítulo 2
influencias del momento presente, el movimiento es todo lo que puede 
dar testimonio de la vida psíquica, y la traduce íntegra, al menos hasta el 
momento en que sobreviene la palabra.
Antes de ella, nos indica el mismo Wallon, el niño sólo tiene, para 
hacerse entender, gestos, ademanes, es decir, movimientos en relación 
con sus necesidades o su humor, así como las situaciones susceptibles 
de ser expresadas.
Además, ya adquiridas estas significaciones, el movimiento mismo 
mantiene en potencia, por su naturaleza, las diferentes direcciones que 
podrá adoptar la actividad psíquica. Es, esencialmente, desplazamiento 
en el espacio, y hay tres formas, cada cual con su propia importancia, 
en la evolución psicológica del niño. Puede ser pasivo o exógeno, vale 
decir, estar bajo la dependencia de fuerzas exteriores; en primer lugar, la 
gravedad. No puede entonces provocar más que reacciones secundarias 
de compensación o de reequilibrio.
La segunda forma del movimiento se debe a los desplazamientos autó-
genos o activos, ya del cuerpo mismo en el medio exterior, ya de objetos 
situados en éste: locomoción o prensión.
La tercera forma, en fin, es el desplazamiento de los segmentos corpo-
rales o de sus fracciones, unos con relación a otros. Se trata de reacciones 
posturales que no dejan de confundirse de manera parcial con las del 
equilibrio señaladas en el primer grupo. Pero adquieren un carácter más 
cabal, más diferenciado y hasta podría decirse más psicológico: se exte-
riorizan como actitudes y como mímica. Estos tres tiposde movimien-
tos se implican más o menos entre sí; se condicionan en forma mutua. 
Pero su desarrollo o sus anomalías demuestran que pueden combinarse 
diferentemente entre sí y con arreglos que varían más o menos según 
los individuos.
En la mirada de Wallon, el órgano del movimiento, bajo todas las 
formas, es la musculatura estriada, en la que pueden distinguirse dos 
actividades, aunque estrechamente complementarias: por una parte, el 
acortamiento o el alargamiento simultáneo de las miofibrillas que com-
ponen el músculo, y, por consiguiente, su propio acortamiento; de ahí el 
desplazamiento del miembro y su puesta en movimiento (función clónica 
del músculo). Por otra parte, su función tónica, que mantiene en el mús-
culo un cierto nivel de tensión, variable de acuerdo con sus condiciones 
fisiológicas propias del sujeto o con las dificultades del acto en vías de 
cumplirse. El tono es lo que puede mantener a los músculos en la forma 
que les ha dado el movimiento, cuando éste se interrumpe. 
 Miguel Sassano
Acompaña al movimiento a fin de sostener el esfuerzo de éste en la 
medida de las resistencias encontradas, pero puede disociarse de él y 
transformarlo en una actitud estable, vale decir, en inmovilidad.
Todo este aparato funcional está lejos de hallarse en marcha en el 
momento del nacimiento. Cada uno de sus componentes aparecerá a 
su hora y permitirá entonces al niño que modifique sus relaciones con 
el medio.
Para Wallon los primeros gestos o ademanes útiles son, pues, gestos 
de expresión, ya que sus actos no son aún susceptibles de procurarle 
directamente nada de las cosas más indispensables. He ahí, por lo demás, 
un modo de expresión que sigue siendo del todo afectivo, pero cuyos 
matices pueden por fin responder a toda la gama de las emociones y, 
por su intermedio, a situaciones variadas, de las que el niño toma una 
conciencia quizá confusa y global, pero vehemente. La emoción tiende 
hacia la representación merced a las actitudes y los simulacros que pone 
en juego.
He ahí por qué puede dársele a este período del desarrollo psíquico 
el nombre de “estadio emocional”, no en modo alguno porque responda 
de manera exclusiva a una cierta delimitación temporal en el curso de 
la evolución, sino porque lleva a cabo un cierto tipo de relación con el 
medio, relación que es entonces dominante y da al comportamiento del 
niño un estilo particular.
Aun cuando todavía dominado por su subjetividad afectiva, el niño 
se entrega ya a actividades que anuncian el estadio siguiente, el “estadio 
sensorio-motor”. Conservan estas un carácter subjetivo y a menudo hasta 
efectivo, pero su resultado consiste en ligar más estrechamente el movi-
miento con sus consecuencias sensibles; consiste en operar, gracias a ello, 
un señalamiento minucioso de los datos sensoriales, y en hacer posible 
una percepción más precisa y más discriminativa de las excitaciones 
causadas por los objetos exteriores. Se trata de la actividad circular, así 
denominada porque el efecto proveniente de un movimiento, a veces 
fortuito, arrastra la reproducción de éste, como si quisiera verificar sus 
relaciones y enseguida sus modificaciones mutuas. 
En algunos niños la actividad sensorio-motriz reviste una especie de 
principio explosivo. Es como una necesidad que se despertará.
Tiene una primera fase subjetiva. Da comienzo en el día en que la 
mano, llamada por un movimiento fortuito en el campo visual, retiene la 
mirada que sigue con atención sus desplazamientos y detenciones. Muy 
pronto ésta la dirige y hace que tienda hacia los objetos del contorno. En 
un principio eran gestos de apetencia y a veces como de júbilo o impa-
ciencia, a los que W. Stern les niega la cualidad de gestos prensivos.
Capítulo 2
El movimiento, afirma Wallon (1978), no sólo interviene en el desarro-
llo psíquico del niño y en sus relaciones con el prójimo: además, influye 
en su comportamiento habitual. Es un factor importante de su tempe-
ramento.
Cada individuo posee una complexión motriz personal que depende 
de los arreglos valorables de sus diferentes actividades musculares. Así, 
pues, compartimos con Wallon que el estudio del movimiento en el niño 
todavía tiene vastas perspectivas. Ante todo, está ligado al progreso de 
sus nociones y capacidades fundamentales, y cuando éstas pasan bajo el 
control dominante de la inteligencia, el movimiento queda implícito en 
los modos con que se exterioriza y prodiga la actividad psíquica. 
Significado del movimiento en la conducta
“Un movimiento se aprende tan pronto 
como el cuerpo lo ha comprendido”.
Bergson
Nuestra intención es analizar el movimiento como dato inmediato 
que traduce el modo de reacción organizado de un cuerpo “situado” en 
el mundo. Este estudio sólo adquiere todo su sentido cuando la expresión 
motriz de la conducta es comprendida en sus relaciones con la conducta 
del ser, tomado en su totalidad. Esta observación, afirma Le Boulch (1991), 
excluye toda clasificación de los movimientos basada en su forma o en el 
estudio de los meros resultados objetivos. Lo esencial es, por el contrario, 
“situar” el movimiento, es decir, definir la ocasión a partir de la cual se 
ha realizado en función de la situación vivida por el cuerpo y precisar la 
significación que implica para ese cuerpo. Sólo después de haber precisado 
estos conceptos podremos considerar el modo objetivo de ejecución, el 
aspecto descriptivo y la forma del movimiento.
Así pues, las reacciones de un organismo sólo son comprensibles y 
previsibles si se las considera no bajo el ángulo biomecánico de contrac-
ciones musculares que se suceden en un cuerpo, sino como actos que se 
dirigen a un determinado ambiente.
El significado biológico del movimiento y las motivaciones
“En un primer momento, en psicología de la conducta, el reflejo era 
tomado como modelo explicativo del comportamiento. Según esta concep-
 Miguel Sassano
ción, el estímulo o excitación externa es el factor que desencadena la reacción 
orgánica. Pero los experimentos pusieron muy pronto de manifiesto que el 
organismo no reacciona siempre ante el estímulo que se le propone y que 
organismos diferentes colocados en situaciones idénticas reaccionan de modo 
diferente. Así pues, era indispensable introducir un factor que justificara la 
diferencia de reactividad: la motivación” (Le Boulch, 1991).
El concepto de motivación ocasiona de inmediato una dificultad, la de 
la terminología. Esta palabra nos remite, en efecto, al vocabulario propio 
de la psicología tradicional: necesidades, tendencias, instintos.
Le Boulch (1991) interpreta que el término necesidad subraya el carác-
ter “biológico” en el momento de ponerse “en marcha” el organismo. 
La necesidad se manifiesta cuando sobreviene un desequilibrio entre el 
organismo y el medio; es entonces que despierta una tendencia a realizar 
un acto o a buscar una categoría dada de “objetos”. El término “tendencia” 
o “movimiento en el momento de origen” (Ribot) expresa ese poder de 
acción orientada en relación con una necesidad. 
En su definición del “instinto”, Mac Dougall reagrupa el conjunto de 
esos aspectos de la conducta, subrayando la importancia de los aspectos 
emocionales que se le asocian. Él dice: “El instinto es una disposición 
innata que determina al organismo a «poner atención» en todo objeto de 
determinada especie y a experimentar en su presencia una cierta excitación 
emocional y el impulso hacia una actividad que encuentra su expresión en un 
modo específico de conducta en relación con ese objeto” (Le Boulch, 1991).
La idea de instinto ha desempeñado un importante papel en la teoría 
psicoanalítica: Freud no entiende por instinto una realidad observable, 
sino una fuerza cuya existencia suponemos detrás de las tensiones inhe-
rentes a las necesidades del organismo.
El sentido que da Freud a ese término está muy próximo a su sentido 
etimológico: tomado del latín instinclus (acicate), procede de instinguere 
(instigar, impulsar). El instinto se manifiestapor necesidades, por emo-
ciones; representa las exigencias que plantea el cuerpo a la vida mental. 
La definición de Lagache (citado por Le Boulch, 1991) explicita en un 
sentido freudiano este concepto de instinto: “designa fuerzas hipotéticas 
que actúan detrás de las pulsiones concretas del ello y representan, en el 
funcionamiento del organismo, exigencias de orden somático”.
La psicología de la conducta, comenta Le Boulch (1991), habría de 
rechazar el término “instinto” por demasiado abstracto y ambiguo, y 
en cambio, considerar los términos “tendencias” y “necesidades” como 
demasiado restrictivos. Por esta razón, desde ese punto de vista, la moti-
vación corresponde a la fase de conducta inicial o a la fase de la puesta en 
marcha. Es la fuerza que mueve a los organismos y que subtiende todas 
Capítulo 2
las conductas. Podemos, entonces, sostener la definición de Lagache: “La 
motivación es el estado de tensión que pone en movimiento al organismo 
hasta que haya reducido esa tensión y recobrado el equilibrio” (principio 
de constancia).
La motivación subsiste durante toda la conducta padeciendo modi-
ficaciones, sean cuantitativas o bien cualitativas. Una conducta normal 
comprende, así, direcciones que poseen una significación relacionada 
con el estado actual del organismo: se halla motivado.
En una primera aproximación, y sin detenernos en detalles, distin-
guiremos dos grandes grupos de motivaciones:
- las motivaciones apetitivas, orientadas hacia la apropiación de un obje-
to específico que responde a las necesidades actuales del organismo;
- las motivaciones defensivas o aversivas, que inducen a reacciones de 
huída y defensa.
En todos los casos, y según Le Boulch (1991), la motivación es el punto 
de partida de una actividad apta para satisfacerla. Esa actividad representa 
la fase intermedia de la conducta en cuyo transcurso los movimientos 
adquieren una gran importancia. De modo que es posible clasificar y 
describir los movimientos a partir de las motivaciones.
Una posible clasificación de los movimientos
El análisis de la conducta, tal como lo hemos abordado hasta el pre-
sente, asigna a ésta un carácter adaptativo. Según esta concepción, su 
finalidad es conservar un determinado equilibrio entre el organismo y 
su medio (concepto de homeostasis).
Hemos situado a las reacciones motrices en relación con esos impe-
rativos de equilibrio: su “meta” es proteger la integridad del organismo. 
A este respecto, los movimientos pueden poseer un carácter defensivo, 
vinculado con la protección del organismo en contra de las agresiones, o 
bien un carácter apropiativo que tiende a la asimilación de un elemento 
exterior. Profundizaremos entonces con Le Boulch (1991):
defensivo, de las cuales existen en 
dos formas: 
 a) Reacciones primarias: los reflejos defensivos de todo orden que ha-
cen intervenir reacciones globales de todo el cuerpo o reacciones 
parciales, en relación con el contacto doloroso o no de un “objeto” que 
provoca una estimulación desacostumbrada; la reacción de sobresalto, 
 Miguel Sassano
movimiento brusco debido a la acción inesperada y violenta de un 
estímulo a distancia.
 b) Reacciones secundarias: las reacciones primarias producen un 
doble resultado: poner al agente extraño a distancia y permiten la 
obtención de cierto término para examinarlo. Si el carácter peligroso 
de la estimulación se confirma, se pueden manifestar dos reacciones 
emocionales secundarias: una reacción de huida más o menos adap-
tada, o bien una reacción agresiva más o menos adaptada, que tiene 
por finalidad la destrucción del agente extraño (ibid.).
apropiativo:
Las motivaciones de carácter apropiativo se identifican con las “ten-
dencias hacia”. Corresponden a un impulso del sujeto hacia algún objeto 
exterior a él: alimento, pareja sexual, pareja social. La motivación actúa, 
entonces, como una fuerza que tiende a desatar una reacción con miras 
a provocar la reducción de la necesidad. Ese dinamismo orientado se 
manifestará en el plano motor por una impulsión al acto y en el plano 
perceptivo por una selección sensorial en virtud de la cual el organismo 
escoge, entre el cúmulo de estímulos que lo acometen, aquellos que res-
ponden a las necesidades de la situación motivante y se defiende de aque-
llos que no poseen valor informativo actual. Podemos agregar que los 
objetos así sobrevalorados por esa función de selección constituyen una 
fuente de interés. Este período de actividad orientada corresponde a la 
fase intermedia de la conducta en cuyo transcurso el organismo busca los 
medios para reducir las tensiones. La característica esencial en el plano 
motor es el aumento de las tensiones musculares y la organización de los 
mecanismos reguladores, con miras a preparar la conducta final que es 
la realización de los objetivos (apropiación del objeto) (ibid.).
Así pues, en una forma sistemática de los movimientos se deben dis-
tinguir:
1) La motricidad de búsqueda de la conducta intermedia con la puesta 
en tensión progresiva del organismo.
2) Las reacciones motrices específicas que tienden a intervenir sobre el 
objeto motivante, o bien a su apropiación. Aquí se trata de una acción 
transitiva, que modifica a un ser diferente del agente.
En el animal y en el niño, hasta la constitución de la función simbólica, 
según Le Boulch (1991), es decir los dieciocho meses según Piaget, las 
reacciones motrices de tipo transitivo se sitúan en el nivel sensoriomotor y 
ponen en función, sobre todo, reacciones meramente automáticas. Pero a 
partir del momento en que entra en juego la función simbólica es posible 
Capítulo 2
ejecutar los actos en el pensamiento e internalizarlos cada vez con mayor 
frecuencia. El estudio de la conducta en el adulto, así como el análisis del 
desarrollo psicomotor en la ontogénesis, ha demostrado que la finalidad 
más o menos consciente de los actos preside la ejecución de todos los 
movimientos coordinados. En último análisis, podemos afirmar que si 
la motricidad humana produce efectos subordinados a las reacciones 
instintivas primordiales, la introducción de la función simbólica unida 
al lenguaje permite a las influencias socioculturales desempeñar un papel 
esencial.
“Así pues, en el nivel de las reacciones motrices específicas que carac-
terizan la fase final de la conducta defensiva o apropiativa distinguiremos 
los movimientos instintivos de las actividades coordinadas, eupráxicamente 
elaboradas durante la ontogénesis a partir del desarrollo de la función sim-
bólica. Nos interesaremos muy particularmente en las actividades motrices 
de esta clase, ya que ellas beneficiarán las posibilidades del aprendizaje, 
ajustándolas cada vez mejor a las señales del medio” (ibid.).
Homeostásis y conducta
El concepto de motivación induce a la hipótesis de una dirección 
adaptativa de las conductas. Si bien admitimos el aspecto fundamental 
que representa el equilibrio del organismo en su medio, no consideramos 
que todos los aspectos de la conducta se puedan explicar en términos de 
homeostasis.
“La concepción de un organismo considerado como un centro de reacción 
cuya actividad total tiende a mantener su propio equilibrio, sólo estima 
las reacciones inmediatas de ese organismo. Ahora bien, el organismo se 
desarrolla y evoluciona en el tiempo, de modo que incluso en equilibrio 
inmediato con el medio no está nunca en reposo y es siempre el centro de 
una actividad” (Le Boulch, 1991). 
Compartimos con Le Boulch (ibid.) que, restituida al organismo total, 
la acumulación de tensión en el nivel de las neuronas motrices representa 
una verdadera “necesidad de movimientos” no específica y sin otro obje-
tivo que su propia liberación. La acumulación de tensión en el nivel de las 
estructuras perceptivas se traduce por una verdadera “necesidad de infor-
mación”. En ese caso, el contacto con el objeto representa una necesidad 
primaria. Las investigaciones contemporáneas acerca de la conducta y de 
la necesidad de exploraciónconfieren validez a estas concepciones.
Así pues, la interpretación funcional que nos creemos autorizados a 
inferir de los datos actuales de la neurofisiología nos impulsa a distinguir 
otras dos categorías de movimientos:
 Miguel Sassano
1) Los movimientos no específicos que corresponden a la “necesidad de mo-
vimiento”, que se traducen en una motricidad “gratuita” con un fin en 
sí misma. Destaquemos que la posibilidad de inhibición, relacionada 
con esta motricidad, existe y es mínima en el caso de inestabilidad 
motriz; en efecto, acerca de ello Adrián (citado por Le Boulch, 1991) 
ha determinado: “Hay mecanismos celulares en el cerebro dispuestos 
de tal manera que obligan a una descarga periódica. El momento en 
que esta descarga se produce puede modificarse de modo considerable, 
pero no podría diferirse indefinidamente”.
2) Las conductas de exploración que expresan “necesidades de estimu-
lación y de información”.
Las reacciones de investigación que implican desplazamiento ponen en 
funcionamiento la motricidad de todo el cuerpo. Estas conductas pueden 
incluir una motricidad global, pero sin desplazamiento, por ejemplo, en la 
“percepción táctil” (palpación, manipulación). En la investigación visual o 
en la reacción auditiva se pueden poner en funcionamiento mecanismos 
sensoriomotores más limitados. La función de vigilancia es la que asegura 
la regulación del nivel de actividad perceptiva. Ahora sabemos que esta 
función adquiere dos formas: una no específica, de vigilancia difusa, que 
se manifiesta por medio de un determinado nivel de activación de las 
estructuras nerviosas y, en particular, de la corteza cerebral. En el plano 
de la conducta, esta activación no específica determina la intensidad con 
que reacciona el organismo ante el mundo que lo rodea. La otra forma 
es la vigilancia específica, mediante la cual el organismo escoge en su 
medio el estímulo que corresponde a sus motivaciones actuales de tipo 
adaptativo (Le Boulch, 1991).
Afirma Le Boulch (ibid.) que si queremos discernir mejor la signifi-
cación del movimiento de la conducta, debemos distinguir una actividad 
de tipo adaptativo en relación con las motivaciones, una actividad de 
exploración no específica que pone en funcionamiento las estructuras 
perceptivas, y movimientos que manifiestan la puesta en tensión de los 
centros motores, lo cual se denominó “necesidad de movimiento”. El 
conjunto de esos movimientos que corresponden a necesidades orgánicas, 
que tienen o no una finalidad en la conducta, se resume en un cuadro 
que posee valor de clasificación.
Pero existe un inconveniente: es el problema de los movimientos que 
no tienen un significado pragmático. Si atendiéramos sólo a los criterios 
pragmáticos o utilitarios para caracterizar la conducta, estaríamos tenta-
dos de creer que un gran número de reacciones motrices no tienen fina-
Capítulo 2
lidad alguna, incluso, que algunas son absurdas. Entre las reacciones sin 
ninguna finalidad podemos citar los fenómenos motores que acompañan 
a las emociones: el golpeteo de los dedos sobre la mesa que manifiesta 
irritación, el temblor de una persona víctima de un miedo intenso.
Le Boulch (1991) dice que en la lista de reacciones aparentemente 
absurdas hay que destacar los movimientos parásitos descritos en los 
síndromes neurológicos donde los “tics” representan, sin duda, el ejemplo 
más típico. Se expresan mediante parpadeos, fruncimientos, movimien-
tos de cabeza, encogimientos de hombros, balbuceos y movimientos de 
pies, que no tienen ninguna relación con la situación objetiva en que se 
encuentra colocado el sujeto.
Si bien estos movimientos, y otros que aquí no estudiamos, no se pue-
den situar en relación con un objetivo pragmático, expresan, sin embargo, 
una determinada manera de ser de la personalidad “en situación” y reve-
lan emociones y sentimientos que ella siente. De esta manera, pues, esos 
movimientos sin ninguna finalidad no dejan de tener significación, ya 
que significación y finalidad no son sinónimos. La significación de los 
movimientos expresivos nos remite a la personalidad y no a un objetivo 
exterior que hay que alcanzar.
El mismo Le Boulch (1991) sostiene que la significación de los movi-
mientos puede considerarse en función de dos criterios:
- en función de objetivos exteriores: actividad de orientación y de inves-
tigación, o acción transitiva dirigida hacia el objeto;
- en función de su carácter expresivo manifiesta las sensaciones y emo-
ciones experimentadas por la persona.
En la reacción motriz, según la importancia del aspecto objetivo o 
expresivo, hablaremos de movimiento o de gesto.
El movimiento será para nosotros un término muy general que expresa 
el desplazamiento objetivo, voluntario o no, de una parte o de todo el 
cuerpo.
El gesto, en cambio, ya no es una mera función psicofisiológica ni aún 
una mera realidad social; pertenece a la expresión puesto que manifiesta 
una realidad humana.
La mímica es, precisamente, “El conjunto de los juegos fisiognómicos, 
de las actitudes y de los gestos, mediante los cuales se traducen nuestros 
estados afectivos”. 
En esta manera de encarar la clasificación de los movimientos nos 
apartamos un tanto de Buytendijk (citado por Le Boulch, 1991), quien 
distingue tres categorías de movimientos: movimiento transitivo, movi-
miento expresivo y movimiento representativo. Nosotros, compartiendo 
 Miguel Sassano
con Le Boulch (1991), preferimos distinguir en el movimiento sus dos 
aspectos transitivo y expresivo. En el límite, algunos movimientos podrán 
ser casi únicamente transitivos, otros puramente expresivos, pero entre 
esos dos extremos se sitúan toda una serie de movimientos que se podrían 
encarar según ambos criterios.
Pero, se pregunta Le Boulch (1991) y nosotros repetimos con él, ¿en 
qué se revela el carácter específicamente humano del movimiento? Por 
una parte, las actividades motrices, si están siempre en relación con una 
motivación, pierden su carácter instintivo y la ejecución motriz puede 
diversificarse adaptándose más sutilmente a la situación. La plasticidad 
del movimiento se torna notable y los esquemas motores innatos son 
casi inexistentes.
Por otra parte, las motivaciones primarias y orgánicas están modifi-
cadas por las influencias culturales y sociales. De esa manera, se puede 
afirmar que el marco social determina, en cierta medida, el contenido y 
aun las formas de la actividad motriz.
El movimiento humano
Según Giraldes (1998), el hombre, en el medio que vive y que ha cola-
borado a crear, es bombardeado permanentemente por un sinnúmero 
de estímulos a los que debe adaptarse. Parte de esa adaptación la realiza 
moviéndose. El movimiento, entonces, puede ser considerado un fenó-
meno de adaptación que fundamentalmente requiere de un proceso de 
percepción o recepción, otro de elaboración y almacenamiento, para que 
finalmente pueda producirse una respuesta motora.
Y si se acepta que el movimiento humano es, fundamentalmente, un 
fenómeno de adaptación, evidentemente unos seres humanos se adap-
tarán de una manera y otros de otra. Dependerá de las motivaciones de 
cada uno. Por eso no puede haber movimiento si no hay motivación, 
como indicaba Le Boulch.
El mismo Giraldes (1998) sostiene que, normalmente, el acto motor 
puede ser dividido en tres momentos fundamentales:
1. La recepción o percepción de los estímulos. La percepción de las señales y 
estímulos se produce en el hombre a través de los siguientes sistemas:
- El sistema kinestésico, perfectible por ejercitación pero que se dife-
rencia de un individuo a otro, es decir que no todos tienen la misma 
capacidad de percibir kinestésicamente información.
Capítulo 2
- El sistema óptico, cuya capacidad de análisis se mide en dioptrías. De 
él interesan además otras capacidades cualitativamente entrenables, 
de estrecha relación con la motricidad; por ejemplo, la visión central, 
la visión periférica y la precisión y velocidad con que se pueden hacercálculos ópticos de la trayectoria de los objetos.
- El sistema laberíntico, regulador del equilibrio, que informa perma-
nentemente de la dirección de la fuerza de la gravedad.
- El sistema táctil.
- Otra serie de analizadores, que informan sobre temperatura, sabor, 
colores, etc. Ellos sirven para decodificar la innumerable cantidad de 
señales que envía el mundo externo.
 El hombre interpreta, discrimina todas esas señales que le llegan a 
través de los sistemas responsables de la percepción y en función de 
su individualísima historia actúa de manera totalmente personal.
2. La programación. Esa actuación personal exige una programación que 
se basa en la percepción previa y, al programar, el hombre lo primero 
que hace es recurrir a lo que tiene almacenado: a sus estereotipias, 
patrones motores o automatismos (de acuerdo a qué expresión ter-
minológica prefiera usarse).
3. La ejecución. Es el aspecto que más interés despierta, pero no se debe 
caer en el error de suponer que sólo la parte evidente del acto motor 
es lo trascendente, porque esa parte está totalmente condicionada por 
lo que sucedió en las anteriores. Generalmente, a los aspectos ejecu-
tivos del movimiento humano se los explica desde el punto de vista 
energético, biomecánico o estético. Esas distintas fundamentaciones 
son las que pueden encontrarse en la abundante bibliografía actual 
(Giraldes, 1998).
Intentemos, siguiendo a Giraldes (ibid.), exponer una apretada sínte-
sis: “desde el punto de vista de la motricidad adquirida el hombre aprende 
lo que puede programar. Programa de acuerdo a lo que percibe. Percibe 
lo que le interesa, lo que hace que la percepción sea siempre consciente y, 
finalmente: la motricidad humana difiere de la motricidad animal porque 
no se agota en la mera percepción. El sistema de símbolos es un patrimo-
nio típicamente humano y caracteriza a una determinada comunidad. La 
motivación precisamente depende también de ese sistema de símbolos que 
es valioso para un grupo dado”.
Aquello que se ve de un acto motor es sólo la última parte, la ejecutiva. 
La percepción y programación que lo determinan es la parte del movi-
miento que se presupone, que “no se ve”. Además, el hombre tiene la capa-
 Miguel Sassano
cidad de corregir un movimiento. A veces, mientras lo está realizando, 
otras después de haberlo realizado en forma defectuosa. Esa posibilidad, 
llamada retroalimentación (“feed-back”), debe ser considerada como un 
sistema de control.
También tiene el hombre una capacidad de almacenamiento de los 
actos motores que realiza y que le posibilita disponer de determinadas 
coordinaciones cuando las necesita. Puede hablarse perfectamente, en 
consecuencia, de una memoria motora. Esa memoria le permite reac-
cionar con propiedad en forma refleja o en forma condicionada. Por eso, 
algunos autores hablan de una memoria motriz de origen genético y de 
una memoria motriz de origen histórico.
El mismo Giraldes (1998), en función de lo antedicho, se pregunta: 
¿Qué es el aprendizaje motor? Y sostiene que algunos autores lo definen 
como “toda modificación permanente de la conducta que se advierte en 
el área motora”. También puede entenderse como el proceso mediante 
el cual se alcanza la forma elemental del movimiento propuesto, bajo 
condiciones informativas y físicas.
Para que exista aprendizaje motor es imprescindible: 
de aprendizaje sensomotor y de aprendizaje perceptivo-motor). 
órganos de ejecución.
inteligencia motora, ya conceptualizada, es en este punto determi-
nante. 
movimiento. 
porque no quieren, sino porque 
no pueden. 
de desarrollo (ibid.).
¿Cómo percibimos el movimiento?
A pesar de lo dicho, sin embargo, existen múltiples miradas sobre el 
fenómeno del movimiento. Según Merleau-Ponty (1975), cuando quere-
mos pensar el movimiento, hacer la filosofía del movimiento, nos situamos 
enseguida en la actitud crítica o de verificación, nos preguntamos qué 
es lo que exactamente se nos da en el movimiento, nos disponemos a 
Capítulo 2
rechazar las apariencias para alcanzar la verdad del movimiento, y no nos 
percatamos que es precisamente esta actitud la que reduce el fenómeno 
y la que nos impedirá alcanzarlo, porque esta actitud introduce, con la 
noción de la verdad en sí, unos presupuestos capaces de ocultarme el 
nacimiento del movimiento para mí.
Así, pues, 
„no hay movimiento sin un móvil que lo vehiculice sin interrupción 
desde el punto de partida hasta el de llegada. Como no es algo inherente 
al móvil y consiste por entero en sus relaciones con la circunstancia, el 
movimiento no va sin una referencia exterior y, finalmente, no hay ningún 
medio de atribuirlo en propiedad al ÿmóvilŸ más que a la referencia. Una 
vez hecha la distinción del móvil y el movimiento, no hay movimiento 
sin móvil, no hay movimiento sin referencia objetiva, no hay movimiento 
absoluto. No obstante, este pensamiento del movimiento es, de hecho, 
una negación del movimiento: distinguir rigurosamente el movimiento 
del móvil, o sea que, en rigor, el ÿmóvilŸ no se mueve.
Si la piedra-en-movimiento no es de alguna manera diferente de la piedra 
en reposo, nunca está en movimiento (como tampoco en reposo). Desde 
el momento que introducimos la idea de un móvil que sigue siendo el 
mismo a través de su movimiento, los argumentos de Zenón vuelven a ser 
válidos. Inútil objetarles que no hay que considerar el movimiento como 
una serie de posiciones discontinuas sucesivamente ocupadas en una serie 
de instantes discontinuos, y que el espacio y el tiempo no están hechos de 
un agregado de elementos discretos‰ (Merleau-Ponty, 1975).
Afirma Merleau-Ponty (ibid.) que “no obstante ando”, tengo la expe-
riencia del movimiento, pese a las exigencias y alternativas del pensamiento 
claro, lo que implica, contra toda razón, que yo percibo movimientos sin 
móvil idéntico, sin referencia exterior y sin ninguna relatividad.
La percepción de las posiciones está, pues, en razón inversa a la del 
movimiento. Incluso se puede mostrar que el movimiento no es nunca 
la ocupación sucesiva, por parte de un móvil, de todas las posiciones 
situadas entre los dos extremos. 
Cuando se trata de movimientos reales, la situación no es diferente: si 
miro unos obreros que descargan un camión y se lanzan unos ladrillos del 
uno al otro, veo el brazo del obrero en su posición inicial y en su posición 
final, no lo veo en ninguna posición intermediaria, y no obstante tengo 
una percepción viva de su movimiento. Si hago pasar rápidamente un 
lápiz por una hoja de papel en la que he marcado un punto de referen-
cia, en ningún momento tengo consciencia de que el lápiz se encuentre 
por encima del punto de referencia, no veo ninguna de las posiciones 
intermediarias, y no obstante, tengo la experiencia del movimiento. Recí-
 Miguel Sassano
procamente, si aminoro el movimiento y consigo no perder al lápiz de 
vista, en este mismo momento la impresión de movimiento desaparece. 
El movimiento desaparece en el mismo instante en que más se conforma 
a la definición que del mismo da el pensamiento objetivo. 
Así pueden obtenerse fenómenos en los que el móvil sólo aparece 
preso en el movimiento. Moverse no es para él pasar sucesivamente por 
una serie indefinida de posiciones; el móvil sólo es dado como iniciando, 
prosiguiendo o acabando su movimiento. En consecuencia, incluso en los 
casos en que un móvil es visible, el movimiento no es a su respecto una 
denominación extrínseca, una relación entre él y el exterior, y podremos 
tener movimientos sin punto de referencia. De hecho, si proyectamos la 
imagen consecutiva de un movimiento sobre un campo homogéneo, sin 
ningún objeto y sin ningún contorno, el movimiento toma posesión de 
todo el espacio, es todo el campo visual lo que se mueve (Merleau-Ponty, 
1975).
Pero a esta descripción de Merleau-Ponty (ibid.) siempre se le puede 
oponer que no quiere decir nada: “El psicólogo rechaza el análisis racional 
del movimiento y, cuando se le advierte que todomovimiento, para ser 
movimiento, tiene que ser movimiento de algo, responde que «esto no está 
fundado en descripción psicológica». Pero si lo que el psicólogo describe 
es un movimiento, es necesario que se relacione con algo idéntico que se 
mueve. Si pongo mi reloj sobre la mesa de mi habitación, y éste desaparece 
de pronto para reaparecer algunos instantes más tarde sobre la mesa de la 
habitación de al lado, no diré que ha habido movimiento, solamente hay 
movimiento si las posiciones intermediarias han sido ocupadas efectiva-
mente por el reloj”. 
Del mismo modo, cuando se habla de una sensación de movimiento, 
o de una consciencia sui generis del movimiento o, como la teoría de la 
forma, de un movimiento global, de un fenómeno psico en el que ningún 
móvil, ninguna posición particular del móvil vendrían dados, no tenemos 
más que palabras, si no se dice cómo “lo que se da en esta sensación o en 
este fenómeno o lo que capta a través de ellos se consigna inmediatamente 
como movimiento” (ibid.). 
La percepción del movimiento no puede ser percepción del movi-
miento y reconocerlo como tal más que si aquélla lo aprehende con su 
significación de movimiento y con todos los momentos que son constitu-
tivos del mismo, en particular con la identidad del móvil. El movimiento, 
responde el psicólogo, es “uno de estos «fenómenos psíquicos» que, al igual 
que los contenidos sensibles dados, color y forma, se refieren al objeto, apa-
recen como objetivos y no subjetivos, pero que, a diferencia de los demás 
datos psíquicos, no son de índole estática sino dinámica. Por ejemplo, el 
Capítulo 2
«pasaje» caracterizado y específico es la médula del movimiento que no 
puede formarse por composición a partir de contenidos visuales ordina-
rios”. En efecto, según Merleau-Ponty (ibid.) no es posible componer el 
movimiento con percepciones estáticas. Pero esto no lo discute nadie, 
ni nadie sueña en reducir el movimiento al reposo. El objeto en reposo 
necesita, también, identificación. No puede decirse que está en reposo si 
se anonada y recrea a cada instante, si no subsiste a través de sus diferentes 
presentaciones instantáneas. La identidad de la que hablamos es, pues, 
anterior a la distinción del movimiento y del reposo. El movimiento no 
es nada sin un móvil que lo describa y que constituya su unidad. 
La metáfora del fenómeno dinámico, continúa Merleau-Ponty (ibid.), 
engaña aquí: nos parece que una fuerza garantiza su unidad, pero ello es 
porque siempre suponemos a alguien que la identifica en el despliegue 
de sus efectos. Los “fenómenos dinámicos” derivan su unidad de mí que 
los vivo, que los recorro, y que hago su síntesis. Así, nosotros pasamos de 
un pensamiento del movimiento que lo destruye a una experiencia del 
movimiento que quiere fundarlo, pero también de esta experiencia a un 
pensamiento sin el cual, en rigor, nada significa aquélla.
El psicólogo, afirma Merleau-Ponty (ibid.), aceptaría sin duda que 
en todo movimiento se da, si no un móvil, cuando menos un motor, a 
condición de no confundir este motor con ninguna de las figuras estáticas 
que pueden obtenerse parando el movimiento en un punto cualquiera 
del trayecto. Y es así que aventaja al lógico.
Si queremos tomarnos en serio el fenómeno del movimiento, hay 
que concebir un mundo que no esté hecho únicamente de cosas, sino de 
puras transiciones. El algo en tránsito que reconocimos como necesario 
para la constitución de un cambio, no se define más que por su manera 
particular de “pasar”. Por ejemplo, dice Merleau-Ponty (ibid.), “el pájaro 
que atraviesa mi jardín no es en el mismo instante del movimiento más que 
un poder grisáceo de volar y, de manera general, veremos que las cosas se 
definen, primero, por su «comportamiento» y no por unas «propiedades» 
estáticas. No soy yo quien reconoce, en cada uno de los puntos y los ins-
tantes atravesados, el mismo pájaro definido por caracteres explícitos, es 
el pájaro el que, al volar, hace la unidad de su movimiento, es él el que se 
desplaza, es este tumulto plúmeo aún aquí y que está ya allí, en una espe-
cie de ubicuidad, como el cometa con su cola. El ser preobjetivo, el motor 
no tematizado, no plantea más problema que el espacio y el tiempo de 
implicación del que ya hablamos. Dijimos que las partes del espacio, según 
ancho, alto o profundidad, no están yuxtapuestas, que coexisten porque 
están todas envueltas en la presa única de nuestro cuerpo en el mundo, y 
esta relación se iluminó cuando hicimos ver que era temporal antes de ser 
 Miguel Sassano
espacial. Las cosas coexisten en el espacio porque están presentes al mismo 
sujeto perceptor y envueltas en una misma onda temporal”.
Pero en la interpretación de Merleau-Ponty (1975), la unidad e indi-
vidualidad de cada ola temporal nada más es posible si está comprimida 
entre la anterior y la siguiente, y si la misma pulsación temporal que la 
hace surgir retiene aún la anterior y recoge anticipadamente la siguiente. 
Es el tiempo objetivo el que está hecho de momentos sucesivos. El presente 
vivido encierra en su espesura un pasado y un futuro. El fenómeno del 
movimiento no hace más que manifestar de una manera más sensible la 
implicación espacial y temporal. Sabemos de un movimiento y un motor 
sin ninguna consciencia de las posiciones objetivas, como sabemos de un 
objeto a distancia y su verdadera magnitud sin ninguna interpretación, 
y como en cada momento sabemos del lugar de un acontecimiento en 
la espesura de nuestro pasado sin ninguna evocación expresa. El movi-
miento es una modulación de un medio contextual ya familiar y nos lleva, 
una vez más, a nuestro problema central, consistente en saber cómo se 
constituye este medio contextual que sirve de trasfondo para todo acto 
de consciencia.
Nuevamente afirma Merleau-Ponty (ibid.) que el movimiento no es 
una hipótesis cuya probabilidad venga medida, como la de la teoría física, 
por el número de hechos por ella coordinados. Esto solamente daría un 
movimiento posible. El movimiento es un hecho. La piedra no es pensada, 
sino vista en movimiento. Efectivamente, la hipótesis “es la piedra la que 
se mueve”, no tendría ninguna significación propia, en nada se distin-
guiría de la hipótesis “es el jardín el que se mueve”, si el movimiento, en 
verdad y para la reflexión, se redujese a un simple cambio de relaciones. 
El movimiento habita, pues, la piedra. 
En modo alguno, decir pues, que el movimiento es un fenómeno de 
estructura, es decir que sea “relativo”.
Asegura Merleau-Ponty (ibid.) que si el cuerpo proporciona a la per-
cepción del movimiento el suelo o el fondo del que tiene necesidad para 
establecerse, es como poder perceptor, en cuanto que está establecido 
en un cierto dominio y engranado en un mundo. Reposo y movimiento 
aparecen entre un objeto que de sí no está determinado según el reposo y 
el movimiento y mi cuerpo que, como objeto, no lo está tampoco cuando 
mi cuerpo se anda en ciertos objetos. Al igual que el arriba y el abajo, el 
movimiento es un fenómeno de nivel, todo movimiento supone cierto 
anclaje que puede variar. He ahí lo que se quiere decir de válido cuando 
se habla confusamente de la relatividad del movimiento.
Por último, afirma el mismo Merleau-Ponty (ibid.) que “la relatividad 
del movimiento se reduce al poder que tenemos de cambiar de dominio al 
Capítulo 2
interior del gran mundo. Una vez empeñados en un medio, vemos aparecer 
delante de nosotros el movimiento como un absoluto. A condición de tener 
en cuenta no solamente los actos de conocimiento explícito, sino también 
el acto más secreto y siempre en el pasado por el que nos hemos dado 
un mundo, a condición de reconocer una consciencia no tética, podemos 
admitir lo que el psicólogo llama movimiento absoluto sin caer en las difi-
cultades del realismo y comprender el fenómeno del movimiento sin que lo 
destruya nuestra lógica”.
El movimiento como modo expresión
“Si quieres conocer la emoción, mira la acción,
y si quieres conocer laacción, mira la acción”.
Susana Bloch
El estudio de las conductas humanas consiste en observar al hombre en 
movimiento en la dialéctica de sus relaciones con el medio. De ese modo, 
el movimiento aprehendido como dato inmediato nos lleva a descubrir 
el cuerpo como unidad, como “totalidad primordial”. El hombre dispone 
de su cuerpo para actuar y para expresarse en presencia de situaciones 
a las que debe ajustarse y no solo reaccionar. Pero para captar la con-
ducta motriz del hombre se lo puede abordar desde puntos de vista muy 
diferentes que harían sumamente compleja una clasificación única con 
pretensiones de abarcar todas las dimensiones del fenómeno estudiado. 
A este respecto, hemos distinguido, dice Le Boulch (1991) “una 
actividad de tipo adaptativo con un carácter intencional definido por el 
fin a alcanzar, y una actividad de exploración no específica que pone en 
función a las estructuras neurológicas, sede de una actividad metabólica 
constante. Pero si bien los movimientos pueden comprenderse según su 
modo de conexión con un medio, expresan sin embargo una determinada 
manera de ser de la personalidad «en situación», y revelan emociones y 
sentimientos que ella experimenta. El carácter expresivo del movimiento 
nos remite a la persona y no a un objetivo exterior que es preciso alcanzar. 
Desde esta perspectiva no se lo encara bajo su aspecto transitivo, es decir, 
en función de su eficacia en relación con el dominio del objeto, sino como 
signo, a través del cual se transparenta una subjetividad”.
Cuando se “expresan” por medio de los movimientos, los seres vivien-
tes se manifiestan como sujetos en relación con un mundo de objetos y de 
personas sin que, inicialmente, haya ninguna intención o mira consciente. 
 Miguel Sassano
El primer modo de expresión es de naturaleza espontánea y traduce el 
dinamismo del organismo que vive su presencia en el mundo.
Pero el movimiento del hombre se despliega en presencia de la mirada 
de los demás y, de ese modo, adquiere una relación de significante a sig-
nificado. En otras palabras, sólo existe retomado por otro “ser expresivo” 
que lo acoge y lo interpreta. La expresión ya no es entonces una mera 
manifestación de la subjetividad, sino que se transforma en “expresión 
para los demás” (Le Boulch, 1991).
El cuerpo con sus actitudes y sus movimientos, afirma Le Boulch 
(ibid.), es aquello por medio de lo cual aparezco ante los demás; de modo 
que adquiere una importancia primordial en la relación con las personas 
porque “cada manifestación del existir se proyecta en cuerpo”. 
Otras veces, adquieren un carácter intencional y manifiestan por ello 
una verdadera inquietud por transmitir un mensaje: la expresión se trans-
forma en comunicación.
„Hemos orientado nuestro modo de comprender la conducta motriz en 
dos direcciones: la de la acción transitiva y la del movimiento expresivo. 
La motricidad transitiva que se ejerce sobre un objeto con el propósito 
de modificarlo posee un carácter pragmático o utilitario; el movimiento 
expresivo traduce la subjetividad‰ (ibid.).
La posibilidad de ejercer dominio sobre el mundo y de situarse en 
continuidad con él desde el comienzo, le está negada al hombre. La inma-
durez prolongada de su sistema nervioso y la demora de sus centros de 
asociación en comenzar a funcionar, si bien le ofrecen perspectivas de 
progreso, también lo vuelven tributario de su medio, pero esta adapta-
ción será una victoria sobre su invalidez inicial. De modo, pues, que la 
unidad de la persona, su adecuación y sus movimientos no son un don; 
se los debe conquistar y nunca se logran de una vez y para siempre. La 
transitividad pura, es decir, la eficacia del movimiento voluntario no es la 
primera característica del movimiento humano. Pero mientras sus actos 
no son aún susceptibles de procurarle directamente las cosas indispen-
sables, el niño dispone de otra fuente de recursos. Los primeros gestos 
que le procuran utilidad son los gestos de expresión (ibid.).
Estos gestos, a veces incoercibles, que traducen las necesidades prima-
rias del niño, representan otros tantos signos para los que lo circundan, 
y cuya intervención benéfica provocan. La eficacia del gesto en el mundo 
humano reside en primer lugar en su significación expresiva.
Describe Le Boulch que la expresión es anterior, en el desarrollo, a 
la actividad transitiva eficaz, y toda la motricidad del recién nacido se 
compone de las variaciones tónicas ligadas a los afectos primarios.
Capítulo 2
Así pues, los movimientos espontáneos, traducción de ese dinamismo 
del organismo vivo, no poseen la misma significación que las manifesta-
ciones provocadas o reflejas. No obstante, si bien la significación difiere, su 
evolución será concordante, ya que así como los automatismos y reflejos 
primarios estarán progresivamente mejor ajustados a las necesidades, las 
reacciones tónico-emocionales estarán cada vez más modeladas por la 
experiencia vivida del niño en su medio social.
En las reacciones espontáneas, el cuerpo no es una herramienta orien-
tada hacia un objeto cualquiera exterior a él, sino que vive su presencia en 
el mundo como unidad originaria fundamental, como “cuerpo propio”. 
Esta presencia en el mundo se le revelará al niño mediante el descubri-
miento del placer y del dolor a través de su corporeidad. La emoción, 
en este estadio, sólo será una determinada mímica, traducción de algo 
vivido, pasajero, pero que podrá inscribirse profundamente en el cuerpo 
del niño e influir “inconscientemente” en sus reacciones futuras.
„La armonía entre el cuerpo y el medio se expresará mediante una soltura 
en la expresión corporal que sólo es posible cuando el sujeto se siente a 
gusto en su medio social, en estado de empatía con él. Al contrario, el 
malestar en la relación con los demás se manifiesta por el envaramiento 
de la actitud, la falta de naturalidad e, incluso, los movimientos inarmó-
nicos. La tensión interior se exteriorizará por medio de crispaciones y 
liberaciones tónicas inconscientes‰ (ibid.).
Pero la armonía no quiere decir “expresión perfecta”, lo cual significaría 
la manifestación plena de lo que es la persona sin ninguna reserva. La 
expresión espontánea del niño era la afirmación del “yo”; la expresión 
controlada sometida a la influencia de los centros corticales representa 
una expresión personal que traduce una determinada manera de ser del 
“yo”. La expresión pierde su espontaneidad cuando el niño se da cuenta del 
efecto que produce en los demás y cuando, precisamente, busca producir 
un efecto. Hacia los cuatro años, el niño se vuelve atento a sus actitudes; 
es la “edad cómica” en la que multiplica las muecas, las sonrisas y las 
acciones con los cuales trata de “hacerse interesante”. Mediante el juego 
se podrá identificar con los personajes sociales notables: policía, maestro, 
bombero, campeón. Sentirá gusto por las transformaciones y los disfraces. 
Señalemos que los psicoanalistas consideran este período particular-
mente decisivo en la formación de la personalidad. Por su parte, G. H. 
Mead subraya que el yo humano se desarrolla merced a la posibilidad de 
asumir y de comprender una gran diversidad de actitudes que permiten 
el intercambio con los demás. A este respecto, la conciencia del rol es el 
signo propio de la aptitud social (Le Boulch, 1991).
 Miguel Sassano
A partir del momento en que el individuo ha adquirido conciencia 
del efecto que su presencia y su mímica producen en los demás, necesa-
riamente su ajuste se producirá sobre la base de las normas tácitamente 
admitidas. 
Así pues, la socialización de la conducta tiene como resultado per-
mitirnos, más allá de la expresión espontánea que en última instancia 
es sólo impulsividad, dar a los demás una imagen de nosotros mismos 
conforme a lo que se espera de nosotros, merced a determinadas actitu-
des, determinadas mímicas y a un estilo en el lenguaje y un cuidado en 
la vestimenta apropiados.
Para que la presión y las sugerencias socialesno constituyan una alie-
nación de la persona, es preciso que el personaje se armonice con las 
aspiraciones del sujeto. El factor de ese esfuerzo de equilibrio y de control, 
jamás total ni definitivo, es “el ideal del yo” como concientización de un 
ideal de personalidad o de un determinado estilo de vida (ibid.).
De modo, pues, afirma Le Boulch (ibid.), que la expresión auténtica 
de una personalidad que se manifiesta en sus gestos, actitudes y palabras 
no puede ser pura espontaneidad. Se debe inscribir en determinados 
“moldes sociales”, por lo tanto está modelada por un control volunta-
rio de la mímica correspondiente a un verdadero aprendizaje social. La 
autenticidad reside en un buen equilibrio entre los modelos del superyo, 
que denotan la adaptación necesaria a las normas sociales, y los modelos 
correspondientes a las tendencias personales, expresión de la voluntad de 
afirmarse. Sin duda, los gestos y las actitudes naturales corresponden a 
ese estado de equilibrio, muy incierto y muy inestable. Las experiencias 
vividas del sujeto en sus relaciones con el medio humano, según el carácter 
empático o represivo de este último, ejercen una influencia considerable 
sobre “la naturalidad de la expresión”, en particular sobre la actitud cor-
poral y la gestualidad, en su relación con la personalidad global.
El gesto y la mímica como modo de expresión 
y comunicación
Siguiendo en esta instancia los aportes de Le Boulch (1991), decimos 
que sostenido por un dinamismo interno, verdadero impulso de creci-
miento, el cuerpo tiende a permanecer en equilibrio con su medio. En el 
plano social este equilibrio se lleva a cabo por medio de la coincidencia 
y el intercambio. El ser humano no puede vivir atrincherado, no actúa 
a modo de reacción o por reflejo, sino que se exterioriza y se expresa. 
Es decir, que se manifiesta como ser humano en un medio humano. Esa 
Capítulo 2
expresión es, en un comienzo, gritos, gesticulaciones y variaciones tónicas; 
luego esa espontaneidad expresiva dejará lugar a la comunicación cuando 
por medio de la mímica y sus gestos queremos “significar” algo para el 
otro. La gestualidad adquiere, entonces, el sentido de un mensaje y está 
orientada por una intencionalidad consciente o inconsciente, según el 
sentido que le atribuyamos a ese término.
Los trabajos que tratan acerca de la expresión y la comunicación con-
sideran muchas veces de modo implícito que existe preponderantemente 
lenguaje verbal y que toda comunicación se realiza por intermedio de 
la palabra. Por el contrario, pensamos que la relación con los demás se 
realiza, en un comienzo, por intermedio del cuerpo: “Por medio del cuerpo 
es que estamos presentes ante los demás y, con él, ante el mundo” (ibid.).
Las reacciones gestuales y mímicas traducen un doble equilibrio en la 
persona: equilibrio con su medio y equilibrio interno. El diálogo oscila 
entre dos polos: la tendencia hacia el otro o una defensa contra la agresión 
del otro. Esta doble polaridad permite a Freud distinguir a los “narcisistas” 
centrados en ellos mismos, independientes, dominadores y agresivos, y a 
los “eróticos”, atados al amor de otros, temiendo perderlo y viviendo en un 
estado de dependencia con respecto a los demás. El diálogo y la expresión 
auténtica suponen un buen equilibrio (pero no igualación) entre estas dos 
tendencias fundamentales que traducen el poder de establecer relaciones 
con los demás mientras se vive intensamente la propia vida interior.
La expresión del cuerpo, sobre todo en sus manifestaciones tónicas, 
es la traducción en otro registro de las reacciones emocionales y afectivas 
profundas, ya sean conscientes o inconscientes. Sea la expresión tónica de 
orden mímico, gestual o verbal, siempre representa un verdadero lenguaje 
afectivo que es posible descifrar.
Como lo hemos precisado ya, y en consonancia con Le Boulch, ese 
lenguaje tónico y gestual no es puramente espontáneo, sino que basándose 
en la espontaneidad obedece a toda suerte de criterios socioculturales. 
En particular, puede ser más o menos “conveniente”, según los criterios 
admitidos, dejar transparentar las emociones. De ahí los clisés de acuerdo 
con los cuales algunas razas son o reservadas o bien exuberantes.
El control de la espontaneidad gestual, realizado por la experiencia 
progresiva de los diferentes modos de ser a través de las identificaciones 
sucesivas, no significa que la gestualidad expresiva sea consciente. En el 
sujeto equilibrado, que llamaremos “disponible”, el control voluntario se 
limita a un acto de “censura” que permite actuar a la espontaneidad en 
tanto que ella es compatible con lo que socialmente se admite. A partir 
de lo que, en el plano afectivo, se vive en una situación, y de la posibilidad 
de experimentar los sentimientos del otro (a través de lo que él dice y de 
 Miguel Sassano
lo que yo creo de él) muy natural e inconscientemente, mi postura y mis 
gestos expresan lo que siento.
El acto de expresar consistirá, entonces, en exteriorizar una idea y 
un sentimiento por medio de una reacción corporal inconsciente pero 
controlada que tendrá carácter manifiesto para el interlocutor.
Lo que resulta incompatible con la expresión auténtica es por un lado 
lo meditado y calculado, y por el otro, la artificialidad. Por el contrario, 
lo que la caracteriza es la soltura y la naturalidad.
En el diálogo con los demás, la dinámica normal de las mímicas com-
prende al mismo tiempo expresiones persistentes, manifiesta Le Boulch, y 
expresiones pasajeras. Las expresiones persistentes traducirán una deter-
minada “estructura caracterológica” como modo habitual de ser-en-el-
mundo y estilo de existencia, lo cual nos permite reconocer a una persona 
familiar por la manera de andar, de sostener el cuerpo o por el porte.
Pero el individuo no debe adaptarse a un solo medio, de modo que 
por turno debe representar personajes diferentes. Esta multiplicidad de 
conciencias de sí necesarias no es posible asimilarla a una multiplicidad 
verdadera ya que la estructura caracterológica desempeña el papel de un 
dinamismo organizador que preside la unificación de las tomas de pers-
pectiva. En este doble enfoque, la soltura, la flexibilidad y la coherencia 
de las sucesiones manifiestan, en el sujeto normal, la capacidad de un 
ajuste sin alienación, es decir, sin perder la característica original de su 
personalidad. Las formas y la plasticidad de las expresiones pasajeras no 
dejan de tener relación con la originalidad y riqueza de la personalidad 
que traducen.
Pese a las posibilidades de inhibición y de control que se pueden ejercer 
sobre la mímica y la gestualidad y pese a las posibilidades de simulación 
y disimulo, la expresión del cuerpo habla con mayor elocuencia de la 
persona que la expresión oral. La actitud positiva o negativa con respecto 
a los demás, se manifiesta necesariamente por medio de reacciones tónicas 
que se graban en los músculos del rostro.
Así pues, la expresión somática y en particular las variaciones tónicas, 
traducen fielmente las reacciones afectivas y son significativas de la forma 
en que es vivida la relación consigo mismo y con los demás.
Nos afirma Le Boulch (1991) que la soltura, la naturalidad y la espon-
taneidad en la expresión gestual y mímica no son un dato inmediato pero 
suponen una reconciliación del ser con su cuerpo, bastante a menudo 
dejado sin cultivar en nuestro sistema de formación demasiado inte-
lectual y verbal. Sólo cuando esa unidad se reconquiste, el cuerpo y sus 
movimientos en conjunto llevarán a cabo una función expresiva en el 
diálogo con los demás.
Capítulo 2
El cuerpo del hombre y su gestualidad constituyen la expresión de su 
subjetividad, pero en la medida en que se muestra ante los demás, sus 
gestos adquieren otra significación. La concientización de la importancia 
significante del cuerpo confiere a los gestos y a las actitudes un carácter 
intencional que hace de ellos un medio de comunicación que refuerza 
el lenguajeverbal.
Para Mead “la comunicación consciente despierta cuando los gestos se 
convierten en signos, es decir, cuando transportan significaciones y sentidos 
definidos en la conducta individual que fluye de ellos”. Cuando realizan 
ciertos gestos, los individuos dan indicaciones a otros individuos que, a 
su vez, responden. De ese modo la conducta no verbal se muestra como 
un elemento importante de la comunicación y de la percepción de los 
demás (Le Boulch, 1991).
En ese intercambio de persona a persona, el lenguaje oral y el lenguaje 
gestual se hallan entrelazados; el lenguaje del gesto refuerza, la mayoría 
de las veces, el lenguaje hablado y acentúa su lado expresivo; el gesto 
pone el acento o el acento tónico es reforzado por el gesto. A este res-
pecto se puede decir que el gesto es una especie de retórica del lenguaje. 
Esta asociación de la palabra y de la mímica duplica las posibilidades de 
proyectarse y expresarse. Pero, de otro modo, la existencia de esos dos 
lenguajes complementarios puede acarrear discordancias voluntarias o 
inconscientes. En ocasiones la mímica traiciona los sentimientos que las 
palabras desmienten.
„Kleinpaul propuso clasificar los signos que pertenecen al lenguaje gestual 
en tres categorías:
1) Comunicación sin intención de comunicarse y sin intercambio de 
ideas.
2) Comunicación con intención de comunicarse y sin intercambio de 
ideas.
3) Comunicación con intención de comunicarse y con intercambio de 
ideas.
En la primera categoría hallamos nuevamente lo que hemos llamado el 
movimiento expresivo, mera traducción de la subjetividad. La segunda 
categoría se dirige a los gestos que poseen valor de comunicación expresi-
va, es decir, que traducen emociones o sentimientos. La tercera categoría 
implica la existencia de gestos susceptibles de elevarse por encima de la 
mera expresión, para ascender al nivel del pensamiento representativo o 
abstracto. La expresión no tendrá ya, en ese caso, como fin único el de 
hacerme reconocer por los demás, sino también el de hacer viable una 
información que tiende a la objetividad. Esta posibilidad de un lenguaje 
abstracto transformará un universo de sensaciones en un universo de 
 Miguel Sassano
ideas, permitiendo una mejor captación de la realidad, fuente de eficacia‰ 
(Le Boulch, 1991).
El mismo Le Boulch (ibid.) sostiene que cuando la comunicación 
accede a ese nivel de abstracción, el lenguaje verbal le lleva ventaja al 
lenguaje gestual. Señalemos al respecto que con frecuencia la riqueza 
expresiva del lenguaje gestual es mayor cuando la expresión verbal se 
halla en un estadio rudimentario. Pagés supone, en este sentido, que 
probablemente existían lenguajes de gestos completos que eran de una 
gran riqueza expresiva, y que, según él, fueron los primeros medios de 
comunicación. Se trata de sistemas de gestos que expresan por sí solos 
las ideas, como podrían hacerlo las palabras.
La evolución de la expresión verbal hacia una forma de comunicación 
cada vez más abstracta y cada vez más alejada de lo vivido se reconoce, 
de modo paradójico, en el nivel de la expresión gestual y mímica. Si bien 
es posible admitir, aunque no esté en absoluto demostrado, que en las 
tribus primitivas el lenguaje gestual haya precedido al lenguaje verbal, 
por el contrario, todos los lenguajes gestuales en uso han derivado del 
lenguaje auditivo.
Pero, ¿cómo se realiza el pasaje de un gesto, en el que el cuerpo es la 
envoltura expresiva de los sentimientos, al código gestual casi desencar-
nado, con propósitos de objetividad?
En ese estadio, dice Le Boulch (ibid.) “podemos hablar de una verdadera 
comunicación intencional por medio de gestos. De igual modo, el arte del 
mimo consiste en hacer participar a los espectadores de los sentimientos y 
de las situaciones evocadas a fin de que sean inmediatamente comprendidos 
sin el auxilio del pensamiento discursivo. Así pues, en el origen del mimo 
está la imitación intencional de las expresiones espontáneas de la mímica 
con miras a una comunicación no verbal. El pasaje se ha realizado de la 
expresión espontánea a la expresión controlada. Ese control no se manifiesta 
sólo con la adopción de tal o cual actitud, de tal o cual mímica, sino ade-
más y sobre todo con la eliminación de los gestos y contracciones parásitas 
que pululan en las reacciones espontáneas. Para que el juego del mimo sea 
comprensible, se lo debe despojar de todos los gestos superfluos que ahogan 
y oscurecen lo que quiere expresar. Lo propio del arte del mimo es saber 
estilizar el gesto eliminando lo que lo hace vulgar y trivial, conservando su 
carácter expresivo y descriptivo”.
De la estilización a la abreviación hay sólo un paso. Bastará entonces el 
principio de un gesto o de un mero elemento descriptivo, para significar 
toda la acción o todo el contenido expresivo. En ese caso, el gesto o la 
contracción muscular típica se convertirá en el indicio de un sentimiento 
Capítulo 2
o de una acción con los que, no obstante, conservará una relación natural 
y directamente comprensible.
En el gesto simbólico, ese carácter de asociación natural entre el gesto 
y lo que él expresa desaparecerá parcial o totalmente; el desdoblamiento 
se ha consumado, entonces, entre el significante y el significado.
Cuando el símbolo se depura, se estiliza, se convierte en signo, y puede 
no tener ya con el objeto correspondiente ningún rasgo de pertenencia, 
de semejanza o aun de analogía. “El signo permite acceder al plano de 
la representación verdadera”, dice Wallon. Es verdad que los sistemas 
gestuales más convencionales, más codificados, representan el lenguaje 
auditivo del cual son sólo una traducción y un derivado, tal es el caso del 
código de señales marinas y del lenguaje gestual de los sordos.
“Cuando el gesto pasa del estadio de mímica espontánea, traductora de 
sentimientos y de sensaciones, al signo que transmite una idea, pierde en 
el plano expresivo lo que gana como medio de comunicación” (Le Boulch, 
1991). En el nivel del lenguaje gestual hallamos nuevamente la dualidad 
posible, subrayada por algunos autores, entre el plano de la experiencia 
vivida y el plano de la objetividad, bajo el ángulo de la doble polaridad de 
la expresión y de la comunicación. En realidad, pensamos como Gusdorf 
que “las dos intenciones de la palabra humana son complementarias. La 
expresión pura desligada de toda inquietud de comunicación sigue siendo una 
ficción, ya que toda palabra implica apuntar a los demás… Inversamente, la 
idea de una comunicación sin expresión carece de sentido, porque ese lenguaje 
sólo sabría ser absolutamente inapropiado y no existiría si, en primer término, 
una intención personal no lo hubiera hecho nacer” (ibid.).
Lo que es verdad para la palabra, todavía lo es más sin duda para el 
gesto, traductor directo del estado emocional por sus modificaciones 
tónicas involuntarias que le confieren un valor expresivo inmediato.
El aspecto transitivo del movimiento humano
El estudio de la motricidad expresiva nos ha permitido, dice Le Boulch 
(1991), aportar algunas precisiones acerca de las reacciones afectivas y 
emocionales que se exteriorizan mediante reacciones tónicas y motrices, 
espontáneas o controladas, conscientes o inconscientes. “La motricidad 
transitiva se ejerce sobre el objeto con miras a modificarlo; su característica 
fundamental es la eficacia”. Pero esta eficacia no es un don primitivo; se 
adquiere. “En el comienzo, el objeto y el sí mismo se confunden; después, 
el objeto está más allá y para mí antes de convertirse, ulteriormente, en el 
objeto en sí” (Piaget).
 Miguel Sassano
Sabemos en qué medida el componente tónico-emocional primario 
desempeña un papel capital al respecto. Su irregularidad puede “desor-
ganizar todo el mecanismo de la manipulación, altera la aparición de la 
permanencia del objeto y perturba la realidad del sujeto”. Franqueado este 
primer estadio y puesto el objeto a distancia, lo efectivo y lo transitivo 
permanecen íntimamenteligados por intermedio de la motivación, que 
es la fuerza a partir de la cual se organiza la motricidad transitiva (Le 
Boulch, 1991).
La motivación evoca el aspecto adaptativo de la conducta y, a este 
respecto, la acción que conduce al objeto, en el curso de la fase final de 
la conducta, puede tener un carácter apropiativo o defensivo según el 
análisis que ya hemos hecho. Pero la acción sobre el objeto puede no 
tener ningún fin pragmático, es decir, no tener ninguna relación con las 
motivaciones fundamentales apropiativas o defensivas. En tal caso, hay 
un placer ligado a la acción propiamente dicha fuera del fin a alcanzar, y 
el objeto sólo será un intermediario; es la actividad lúdica.
„En resumidas cuentas, la motricidad transitiva se ejercerá a la vez en el 
curso de las actividades pragmáticas y de las actividades lúdicas, e implica 
la regulación minuciosa de la cooperación de los diferentes grupos mus-
culares que permiten un buen ajuste del movimiento al fin propuesto. Lo 
que hemos llamado ÿintencionalidadŸ de la conducta significa, precisa-
mente, que una finalidad más o menos consciente de las acciones preside 
la ejecución de todos los movimientos coordinados‰ (ibid.).
En algunos casos el ajuste motor es innato y el dominio del objeto es 
posible merced al juego de coordinaciones que forman parte del bagaje 
genético. Este tipo de conducta, que corresponde a los actos instintivos 
de los clásicos, permite un estado de equilibrio con un elemento fijo del 
medio. En el nivel humano, esos automatismos innatos son poco nume-
rosos y destinados a desaparecer.
Esos automatismos, así como las diferentes actitudes: marcha y despla-
zamientos en general que se realizan merced a la existencia de estructuras 
funcionales comunes a la especie, no se desarrollan por sí mismos y no 
son la mera revelación de automatismos preexistentes. La ontogénesis 
nos enseña que en su desarrollo los dones hereditarios y la influencia 
del medio se entrelazan de modo constante, habida cuenta de ese poder 
del organismo de autoestructurarse por medio del contacto práctico 
con el mundo exterior. El ajuste a una situación puede no ser inmediato 
ni automático. La formación de un nuevo sistema de respuesta, de una 
nueva estructura funcional, se imponen: es el fenómeno de aprendizaje 
Capítulo 2
que adquiere una importancia considerable en el hombre (Le Boulch, 
1991).
El aprendizaje permite adquirir nuevos “esquemas” de conducta. La 
repetición los fija en forma de conductas estabilizadas y los transforma 
en los hábitos.
El hábito es, por ende, según Le Boulch (ibid.), un producto termi-
nal del aprendizaje y por ello se opone a los automatismos innatos y a 
la improvisación motriz en presencia de una situación nueva. Cuando 
el hábito motor es suficientemente complejo como para exigir la puesta 
en juego de movimientos coordinados, se le puede dar el nombre de 
“habilidad motriz” (Munn).
La expresión neurológica praxis es, poco más o menos, sinónimo de 
habilidad motriz y por otra parte, se adquieren. Esta adquisición puede 
provenir de la experiencia del sujeto o de la educación. La educación se 
puede fijar como objetivo el aprendizaje de la praxis, el mero hecho de 
poner al niño frente a una situación-problema a fin de que pueda realizar 
su propia experiencia de adquisición. Con mayor frecuencia, el objetivo 
es la transmisión de un saber gestual que depende de las experiencias 
anteriores; de ese modo, se trasmiten de generación en generación las 
“técnicas del cuerpo”, para utilizar la expresión de Marcel Gauss (Le 
Boulch, 1991).
Así pues, podríamos afirmar en último análisis que si bien los movi-
mientos humanos realizan efectos subordinados a las reacciones instin-
tuales primordiales (alimentación, defensa, investigación, orientación), su 
modalidad de desarrollo, es decir su “técnica”, ha recibido una profunda 
influencia de la suma de las experiencias humanas anteriores. Por ende, 
las conductas motrices del cuerpo humano están socializadas, según la 
expresión de Pelosse. 
Las funciones motoras 
Los sistemas sensoriales proporcionan una sensación interna del 
mundo exterior y de la situación del cuerpo en el espacio. Una de las 
principales funciones de esta representación es la de guiar los movimien-
tos que constituyen el repertorio conductual de cada especie. El cerebro 
produce conducta, que básicamente es movimiento. 
Los movimientos están controlados por los sistemas motores del encé-
falo y la médula espinal que permiten mantener la postura y el equilibrio, 
desplazar el cuerpo, las extremidades, los ojos y comunicarse mediante el 
habla y los gestos. Pero casi todo el SNC participa de alguna manera en el 
 Miguel Sassano
control de los movimientos, incluso esas áreas que están supuestamente 
dedicadas a la sensación. Sin retroalimentación sensorial acerca de cómo 
trabajan los sistemas productores del movimiento, los sistemas motores 
no funcionan muy bien.
„Los sistemas sensoriales y motores utilizan las señales nerviosas para co-
municarse en el SN. No obstante, los sistemas sensoriales son los puntos 
de entrada al SN �transforman la energía física en señales electroquímicas� 
mientras que los sistemas motores utilizan las señales electroquímicas para 
transformar planes de acción reflejos o voluntarios en fuerzas musculares 
contráctiles que producen movimientos. Por otro lado, el SNA también 
actuará sobre determinados músculos y glándulas‰ (Cervino, 2006). 
La acción intencionada en los organismos complejos requiere una 
coordinación fina de la actividad simultánea de numerosas vías motoras. 
Una de las claves de los sistemas motores es la selección de una respuesta 
apropiada en cualquier momento dado y focalizar la compleja maquinaria 
del movimiento sobre esa acción. Los humanos en concreto, ejercitan un 
rango destacable de conductas intencionadas que no sólo reflejan nuestras 
capacidades cognitivas altamente evolucionadas sino también un alto 
grado de plasticidad en el control del movimiento. 
„La acción integradora del SN que hace posible la conducta intencionada 
depende de una jerarquía de controles motores dentro de un único sistema. 
Los reflejos medulares son el ejemplo más simple de la acción intencionada 
y estos mecanismos espinales son críticos para la ejecución de cualquier 
movimiento. Así, en la jerarquía de estructuras que controlan la función 
motora, la médula espinal es la más básica y fundamental, es el punto final 
de decisión para los movimientos voluntarios así como para las acciones 
reflejas. Cuando dos o más reflejos utilizan las mismas neuronas motoras, 
la ÿunicidad de acciónŸ necesaria para la efectividad de la conducta se 
consigue debido a que sólo se expresa una de las familias de los reflejos 
que compiten mientras que las otras son inhibidas‰ (Cervino, 2006). 
El nivel siguiente de la jerarquía motora es el tronco del encéfalo, y el 
nivel más alto es la corteza cerebral. Cada uno de estos dos niveles contiene 
varias áreas anatómicamente diferenciadas que proyectan en paralelo a la 
médula espinal. Al igual que los sistemas sensoriales, la mayoría de estas 
áreas corticales motoras están organizadas somatotópicamente, de modo 
que los movimientos de partes del cuerpo adyacentes están controlados 
por zonas vecinas en cada área del cerebro. Dos estructuras asociadas, el 
cerebelo y los núcleos de la base, no están implicadas directamente en la 
producción del movimiento, sino que más bien modulan y controlan las 
acciones de los sistemas córtico-espinales y del tronco del encéfalo. 
Capítulo 2
La tarea de los sistemas motores en el control del movimiento es la 
inversa de la de los sistemas sensoriales en la percepción. Mientras que el 
producto final de los sistemas sensoriales es generar una representación 
interna del mundo externo o del estado corporal interno, el procesamiento 
motor comienza con una representación interna, una imagen del resultado 
deseado del movimiento. Se puede alcanzar el mismoresultado motor de 
diferentes maneras por los sistemas motores; este principio se denomina 
equivalencia motora.
„En la escritura, por ejemplo, la forma de un signo es independiente de 
la parte del cuerpo utilizada para escribirla. Tanto si se escribe el número 
8 en tamaño pequeño (utilizando sólo los dedos) o en tamaño grande 
(utilizando los dedos y la muñeca), como si se lo escribe con la mano 
preferida, la mano opuesta, el pie, o incluso con el bolígrafo en la boca, la 
forma general del signo en cualquier caso es la misma‰ (Cervino, 2006). 
Tal como se ha visto, el procesamiento sensorial implica el análisis 
de los sucesos físicos del mundo externo en propiedades elementales y 
la integración de estos elementos sensoriales en percepciones coheren-
tes. El procesamiento motor, por otra parte, implica la construcción de 
conductas, o actos motores, agrupando y coordinando los componentes 
motores elementales. Para entender cómo se generan los movimientos, 
es necesario investigar de qué modo los rasgos elementales de los movi-
mientos se codifican en el SN. En la psicofísica sensorial se ha visto la 
organización de la percepción en términos de cuatro atributos elemen-
tales de un estímulo: su cualidad (o modalidad), intensidad, localización 
y duración. En la psicofísica motora se plantean atributos análogos al 
considerar la organización de la acción. 
La intensidad de la contracción muscular se codifica de modo análogo 
a la señalización de la intensidad del estímulo sensorial, por la tasa de 
descargas individuales de las motoneuronas sobre las fibras musculares 
y por la activación de distintas poblaciones de motoneuronas. La locali-
zación y duración de los estímulos sensoriales tienen su paralelismo en 
la precisión de un movimiento (cuánto se acerca un movimiento a un 
objetivo localizado en el espacio) y en la velocidad, rapidez del mismo. 
La relación entre la precisión y la velocidad del movimiento es probable-
mente el aspecto mejor estudiado de la psicofísica motora. En general, 
los movimientos rápidos son menos precisos que los lentos. 
Afirma Cervino (2006) que esta “compensación velocidad-precisión” 
fue descrita inicialmente por R. Woodworth, quien encontró que cuando 
los sujetos tenían sus ojos abiertos y movían un lápiz a distintas velocida-
des para tocar un punto, los errores eran mayores con los movimientos 
 Miguel Sassano
más rápidos. Sin embargo, cuando los sujetos movían el lápiz con los ojos 
cerrados, los errores eran mayores pero no variaban de forma apreciable 
con los cambios en velocidad. Por lo tanto, la tendencia de los movimien-
tos rápidos a ser menos precisos proviene en parte de la utilización de la 
información visual para realizar correcciones durante el movimiento. En 
los movimientos rápidos hay menos tiempo para procesar la información 
visual sobre los errores y por consiguiente los errores son mayores. 
La expresión final de la actividad motora está dada por la contracción 
muscular y sus consecuencias sobre las distintas partes del cuerpo. A con-
tinuación se considerarán algunos aspectos de la contracción muscular 
y su control nervioso. 
La contracción del músculo y su control 
Cuando un potencial de acción llega por una motoneurona hasta una 
fibra muscular estriada, a través de la placa neuromuscular, dicha excita-
ción produce un acortamiento, una contracción de dicha fibra. Recordar 
que en este tipo particular de sinapsis química, la acetilcolina desde la 
terminal neuronal presináptica alcanza a los receptores nicotínicos de la 
fibra muscular produciendo primero un potencial de placa terminal y a 
continuación un potencial de acción muscular. 
Dicho potencial de acción muscular se propaga por la membrana y 
hace que en ciertos puntos de la célula muscular se libere Ca2+, desde 
unos reservorios internos, hacia el citoplasma en donde se encuentra el 
aparato contráctil, formado por una disposición espacial característica 
de miofibrillas de actina y miosina. La salida de calcio produce el desli-
zamiento de las miofibrillas que al acortarse provoca un acortamiento de 
la fibra, del tipo “todo o nada”. Este proceso se denomina acoplamiento 
excitación-contracción, consume energía y parte de ella durante la con-
tracción se libera en forma de calor. La suma del acortamiento de muchas 
fibras musculares produce la contracción de todo el músculo. El trabajo 
mecánico ejercido por el músculo, es transmitido a los huesos (esque-
leto) a través de los tendones. La contracción de los músculos estriados 
permite el movimiento de distintas partes del cuerpo, por ejemplo los 
movimientos de las piernas para la locomoción, movimientos de los ojos 
para leer, etc. (Cervino, 2006). 
El control nervioso de la contracción muscular 
El movimiento efectivo de una persona precisa que la contracción de 
varios músculos esté correctamente sincronizada. Este ritmo está regu-
Capítulo 2
lado, obviamente, por la distribución temporal de los impulsos motores 
generados por el SNC. Además es necesario que el grado de fuerza en 
la contracción de cada músculo esté regulado por el SN. Un sistema 
motor limitado a contracciones de tipo todo-nada de toda la musculatura 
esquelética produciría un comportamiento espasmódico con un reper-
torio de movimientos muy limitado. El control preciso y graduado de la 
contracción muscular se ha conseguido en los diferentes organismos por 
varios medios a lo largo de la evolución. 
El músculo esquelético (voluntario) se halla inervado por motoneu-
ronas cuyos cuerpos se encuentran localizados en el asta ventral de la 
sustancia gris de la médula espinal. El axón motor abandona la médula 
al nivel de la raíz ventral, continúa hasta el músculo a través de un nervio 
periférico y finalmente se ramifica repetidamente para inervar bien pocas 
o muchas (hasta más de mil) fibras musculares esqueléticas, dependiendo 
del tipo de músculo. 
„La motoneurona y las fibras musculares inervadas por ella forman una 
unidad motora. Un potencial de acción originado como consecuencia de 
una señal sináptica a la motoneurona viaja desde su punto de origen en el 
cono axónico a lo largo del axón hacia la periferia, propagándose a todas 
las ramas terminales del axón hasta llegar a las placas motoras que inervan 
las diferentes fibras musculares de dicha unidad motora. Por acción de la 
acetilcolina, la sustancia neurotransmisora neuromuscular, se produce un 
potencial postsináptico en cada fibra muscular. Por consiguiente, cada vez 
que la motoneurona descarga (generando un potencial de acción), todas las 
fibras musculares de la unidad motora son activadas por completo a causa 
de la liberación de transmisor en todas las terminales motoras de dicha 
neurona. El que las contracciones consistan en respuestas fásicas (rápidas 
y transitorias) aisladas o en contracciones tetánicas, sostenidas, depende de 
la frecuencia de los impulsos motores generados por las señales sinápticas 
que llegan a la motoneurona. En cualquier caso, la cantidad de tensión 
producida por una sola fibra muscular está estrechamente relacionada con 
la cantidad de Ca2+ que se libera para la contracción muscular. Así pues, 
el grado con que puede modularse la tensión en las unidades motoras 
de tipo todo-nada es muy pequeño, porque no hay una graduación entre 
inactividad y la contracción fásica‰ (Cervino, 2006). 
Si, por ejemplo un pequeño número de unidades motoras se encuen-
tran en actividad máxima, el músculo se contraerá con una pequeña 
fracción de su tensión máxima. Por otra parte, si todas las motoneuronas 
de dicho músculo resultan reclutadas y descargan con una frecuencia muy 
elevada, todas las unidades motoras constitutivas del músculo habrán lle-
gado a un estado de tetania total, produciendo la máxima contracción de 
 Miguel Sassano
la que es capaz el músculo. Entre ambos extremos pueden alcanzarse todos 
los grados de tensión, variando la frecuencia de descarga y el número 
de motoneuronas reclutadas, logrando así una contraccióngraduada de 
todo el músculo (Cervino, 2006). 
Gran parte de la elaborada información que procesa el encéfalo 
se utiliza para controlar las fuerzas contráctiles de nuestros músculos 
esqueléticos. La contracción controlada del músculo permite mover las 
extremidades, mantener la postura y realizar una variedad de tareas con 
gran precisión. La fuerza producida al contraer el músculo y el cambio 
resultante en la longitud del músculo dependen de tres factores: la longitud 
inicial, la velocidad del cambio de longitud y de las cargas externas que se 
opongan al movimiento. Por lo tanto, el SNC necesita información sobre 
las longitudes de los músculos y las fuerzas que generan. Esta informa-
ción propioceptiva es originada desde dos tipos de receptores, los husos 
musculares y los órganos tendinosos de Golgi. 
Tipos de movimiento 
Además de controlar la contracción de los músculos individuales, los 
sistemas motores realizan, según Cervino (2006), otras tres tareas: 
1. Tienen que sincronizar con precisión órdenes para muchos grupos de 
músculos, ya que incluso un simple acto motor supone el movimiento 
de numerosas articulaciones (mover la mano hacia delante requiere 
la muñeca, el codo y el hombro). 
2. Los sistemas motores tienen que tener en cuenta la distribución de la 
masa corporal y deben planificar los ajustes posturales adecuados a 
cada movimiento. Por ejemplo, cuando se está de pie, los músculos de 
la pierna se contraen antes de que se levante el brazo; de otro modo el 
movimiento del brazo desplazaría el centro de gravedad produciendo 
una caída. 
3. Los sistemas motores deben tener en cuenta la maquinaria motora, 
las propiedades mecánicas de los músculos, huesos y articulaciones. 
Con cada movimiento los sistemas motores ajustan sus órdenes para 
compensar la inercia de los miembros y el reajuste mecánico de los 
músculos, huesos y articulaciones antes del movimiento. 
Cada categoría de movimiento depende de una combinación de dos 
modos básicos de control muscular (ibid.):
Capítulo 2
- mediante control fásico, los músculos se activan momentáneamente 
para realizar movimientos específicos tales como alcanzar un vaso, 
apretar un objeto o arrojar una pelota. En los movimientos repetitivos 
tales como andar, los músculos están físicamente activados de un 
modo rítmico; 
- mediante control tónico, los músculos se activan en contracciones 
mantenidas para estabilizar las articulaciones como en el manteni-
miento de determinada postura o cuando se sostiene un lápiz mientras 
se escribe. 
Los movimientos pueden dividirse en tres grandes clases. Estas moda-
lidades del movimiento también difieren en su complejidad y en el grado 
de control voluntario: 
a) Respuestas reflejas, tales como el reflejo rotuliano, la retirada de la 
mano de un objeto caliente o el tragar. Son las conductas motoras más 
simples y las menos afectadas por el control voluntario. Los reflejos 
son respuestas innatas (genéticamente determinadas), involuntarias, 
estereotipadas (siempre de la misma forma) y rápidas; a modo de regla, 
están controlados de forma gradual por el estímulo que las origina. 
b) Automatismos, patrones motores rítmicos y compulsiones. Entre los 
primeros, se puede mencionar la ventilación pulmonar, la cual no se 
aprende y es en gran medida automática. Entre los segundos, caminar, 
correr o masticar, los cuales se aprenden con dificultad, pero luego 
se tornan casi automáticos, combinando características de los actos 
reflejos y de los voluntarios. En general, en los patrones rítmicos sólo el 
inicio y el final de la secuencia son voluntarios. Una vez comenzados, 
la secuencia de movimientos repetitivos, relativamente estereotipa-
dos, puede continuar casi automáticamente de modo similar al de los 
movimientos reflejos. Finalmente, las compulsiones incluyen tics, la 
necesidad de estirarse, bostezar y varios impulsos de tocar. 
c) Movimientos voluntarios, tales como escribir, manipular herramien-
tas o tocar intencionalmente un objeto, representan el mayor grado 
de complejidad. Estos movimientos se caracterizan por los siguientes 
rasgos: son propositivos (dirigidos hacia una meta), conscientes y 
aprendidos. Dentro de los movimientos voluntarios se encuentran 
las praxias. Estos movimientos hábiles, cuanto más se dominan con 
la práctica, menos control consciente requieren y su ejecución mejora 
mucho. De tal forma, los sistemas motores ejecutan los programas 
motores para distintas habilidades con facilidad y en su mayor parte 
automáticamente. Por ejemplo, una vez que se ha aprendido a conducir 
 Miguel Sassano
un automotor, ya no se sigue pensando en cómo pasar los cambios o 
pisar el freno (ibid.). 
Una visión integral del sistema motor 
Se puede considerar, según afirma Cervino (2006), a la motricidad 
como el conjunto de mecanismos que permiten al individuo mover su 
cuerpo y sus extremidades en relación con el ambiente y los objetos que 
lo rodean, y que le sirven para mantener una postura, es decir, la actitud 
del cuerpo en el espacio. 
El “sistema motor” lo configuran todas las estructuras nerviosas y 
musculares, que intervienen en la planificación, ejecución y control de 
la motricidad. 
Luego encontramos los niveles en el SNC necesarios para la planifi-
cación, ejecución y control del movimiento y la postura. Posteriormente 
los distintos niveles de control motor a lo largo del SN, como así también 
las funciones asociadas de los núcleos base y del cerebelo.
Siempre contando con los aportes de Cervino (ibid.), así los anali-
zamos:
. Jerárquicamente, es el nivel inferior, sometido a la 
influencia de los niveles suprayacentes. Desde la médula parten las 
motoneuronas alfa, originando los nervios motores, que llevan la in-
formación, como trenes de potenciales de acción, hacia los músculos. 
En la médula espinal están programados los patrones locales de mo-
vimiento para todas las áreas musculares del organismo, organizando 
las respuestas motoras más automáticas y estereotipadas (por ejemplo, 
reflejos de retirada programados que traccionan cualquier parte del 
cuerpo, alejándola de una fuente de dolor o los que mantienen el tono 
muscular y la postura). Incluso la médula espinal es la localización 
de patrones complejos de movimientos rítmicos (pautas de movi-
mientos), como caminar erguido o el de vaivén de los miembros para 
caminar, más la actividad recíproca de lados opuestos del cuerpo o les 
miembros posteriores versus los anteriores. Todos estos programas 
medulares pueden ser ordenados en acción por los niveles superiores 
de control motor o ser inhibidos mientras los niveles superiores toman 
el control (ibid.). 
. El encéfalo posterior es el responsable del 
segundo nivel encargándose de la integración de las órdenes motoras 
descendentes y de las informaciones sensitivas ascendentes. Brinda 
Capítulo 2
dos funciones importantes para el control motor general del organis-
mo: 1) mantenimiento del tono axial del cuerpo para el propósito de 
estar de pie y 2) modificación continua de las diferentes direcciones 
de este tono, en respuesta a la información continua proveniente de 
los aparatos vestibulares, para el propósito del mantenimiento del 
equilibrio (ibid.). 
 Es el nivel superior y controla al movimiento volunta-
rio. Habitualmente los patrones corticales son más complejos; también 
se pueden aprender por la práctica, mientras que los patrones medu-
lares se establecen principalmente por herencia. Hay que considerar a 
la corteza motora primaria, la corteza motora secundaria y las cortezas 
de asociación: 
 - El área de la corteza motora primaria es el origen principal del sis-
tema corticoespinal; el cual transmite la mayor parte de las señales 
motoras desde el nivel cortical hasta la médula espinal. En parte, 
funciona dando órdenes para poner en movimiento los distintos pa-
trones medulares de control motor, pero también puede modificar la 
intensidad y características del movimiento. Cuando es necesario, el 
sistemacorticoespinal puede saltear los patrones medulares mediante 
órdenes inhibitorias y reemplazándolos por otros de nivel superior 
provenientes del tallo encefálico o de la corteza cerebral. 
 - La corteza motora secundaria incluye al área motora suplementaria 
y a la corteza premotora. Ambas intervienen en la planificación del 
movimiento, ya sea aportando programas inconscientes motores ya 
aprendidos o ajustando la postura para la ejecución del movimiento. 
 - La corteza de asociación, especialmente la prefrontal, es responsable 
de la identificación del objetivo, la elección del trayecto, la coordina-
ción sensoriomotora y la programación del movimiento. Esto es, la 
ideación del movimiento (ibid.). 
Los NB poseen dos 
funciones muy importantes: 
1) ayudan al nivel cortical a ejecutar patrones subconscientes pero apren-
didos de movimiento, y 
2) ayudan a planificar múltiples patrones paralelos y secuenciales de 
movimiento, que la mente debe asociar para lograr una tarea con 
propósito. 
Los tipos de patrones motores que necesitan los NB incluyen los 
necesarios para escribir todas las letras diferentes del alfabeto, arrojar 
 Miguel Sassano
una pelota, escribir a máquina, etc. Además, los NB son necesarios para 
modificar estos patrones para ejecución lenta, rápida, escritura pequeña 
o muy grande; así controla tanto la regulación temporal como las dimen-
siones de los patrones motores. 
En un nivel todavía superior de control se encuentra otro circuito: 
, que comienza en los procesos de pensamiento 
del encéfalo y proporciona la secuencia global de acción para responder 
a cada situación nueva, como planificar la respuesta motora inmediata 
ante un suceso inesperado. 
„Una parte importante de todos estos procesos de planeamiento de los 
NB no es sólo con las cortezas motoras primarias y secundarias, sino tam-
bién con la corteza sensitiva somática y la corteza de asociación parietal 
posterior. En esta última es donde se calcula continuamente las coorde-
nadas espaciales instantáneas de todas las partes del cuerpo e incluso las 
coordenadas espaciales de las relaciones de las partes del cuerpo con su 
entorno. Si se daña en forma grave una de las dos cortezas parietales, la 
persona simplemente ignora el lado opuesto de su cuerpo e incluso los 
objetos que se encuentran sobre el lado opuesto; entonces, los movimientos 
se planifican sólo alrededor del uso del lado del cuerpo reconocido en 
forma consciente‰ (Cervino, 2006). 
 El cerebelo funciona en continua relación 
con todos los niveles de control muscular: 
modo que cuando un músculo que se contrae se encuentra con una 
carga inesperadamente pesada, un largo arco de reflejo de estiramiento 
a través del cerebelo y que regresa a la médula espinal, facilita mucho 
el efecto de resistencia a la carga del reflejo de estiramiento básico. 
continuos y sin oscilaciones anormales los movimientos posturales 
del cuerpo, en especial los rápidos, que son necesarios para el sistema 
del equilibrio. 
motoras accesorias, en especial para proporcionar fuerza motora 
adicional y disparar en forma muy veloz y forzada la contracción 
muscular al inicio de los movimientos. Cerca del final de cada movi-
miento, el cerebelo conecta los músculos antagonistas exactamente en 
el momento correcto y con una fuerza adecuada para detener el mo-
vimiento en el punto preestablecido. Más aun, existe buena evidencia 
Capítulo 2
fisiológica de que todos los aspectos de esta secuencia de encendido/
apagado se pueden aprender con la experiencia. 
Además, el cerebelo funciona con la corteza cerebral en otro nivel del 
planeamiento motor: ayuda a programar por adelantado las contracciones 
musculares necesarias para la progresión suave del movimiento actual 
en una dirección, al movimiento siguiente en otra dirección. El circuito 
nervioso para ello se dirige desde la corteza cerebral hasta los grandes 
hemisferios laterales del cerebelo y luego otra vez hacia la corteza. 
Se debe destacar en particular que el cerebelo funciona principalmente 
con movimientos muy rápidos. Sin él pueden ocurrir aun los movimien-
tos lentos y calculados, pero es difícil que el sistema corticoespinal logre 
movimientos preestablecidos rápidos, afinados y bien controlados para 
un objetivo particular o en especial para progresar con suavidad de un 
movimiento al siguiente (“melodía del movimiento” o “melodía kinética”) 
(Cervino, 2006). 
Las praxias
Consideremos que el término praxia proviene del verbo griego pratto, 
que significa atravesar, ejecutar, hacer, realizar, cometer, obrar. El adjetivo 
verbal prakteos significa lo que ha de hacerse, quiere decir actividad en 
vista de un resultado, opuesta al conocimiento y al ser.
A lo largo de este apartado iremos desarrollando distintos conceptos y 
opiniones enunciados durante el tiempo sobre el significado, importancia 
y desarrollo genético de “los sistemas de movimientos coordinados y 
adaptados en función de un resultado o de una intención específica”, 
en los que, según J. Piaget, consisten las praxias. 
H. Liepmann (citado por Piaget, 1985), utilizó por primera vez el 
término “apraxia’’ para designar las anomalías en la ejecución de los 
movimientos que presentaba un paciente. Sin embargo, la historia de 
la capacidad para desarrollar movimientos debe incluir además de la 
patología, las investigaciones que contribuyeron de manera efectiva a una 
mejor comprensión de la fisiología de la actividad motora.
Comenzaremos entonces citando algunas ideas sobre la organización 
de las praxias del niño que tenía Piaget (1985). Él considera que existen dos 
formas de coordinación: la interna y la externa. La coordinación interna 
es la que hace posible que en la acción se reúnan muchos movimientos 
parciales en un acto total. La coordinación externa se establece como una 
relación entre dos o más praxias que culminan en un acto superior, es decir 
 Miguel Sassano
una nueva praxia. La característica más importante de la coordinación 
está dada por la “asimilación’’, un conocido concepto piagetiano.
Ésta puede ser funcional o reproductora, cuando consiste en la repe-
tición y consolidación de una función dada; recognoscitiva, cuando dis-
crimina los objetos asimilados a un esquema dado y, finalmente, genera-
lizadora, en tanto extiende el dominio de ese esquema. De este modo, la 
praxia es un proceso de integración cuya resultante es el “esquema”. 
Por esquema de una acción entendemos la “estructura” general de esta 
acción, que se mantiene a lo largo de las repeticiones y se consolida por 
el ejercicio, aunque en cada situación concreta hay variaciones impuestas 
por las circunstancias externas.
Como se sabe, Piaget (1960) distinguió en el período sensoriomotor 
del niño, seis etapas diferentes. En la primera de ellas se organizan los 
primeros esquemas (por ejemplo, la succión). En la segunda, las praxias 
ya establecidas según sus correspondientes esquemas dan lugar a aplica-
ciones diversas (en el caso de la succión, adquirida anteriormente, puede 
ahora aplicarse a la succión de un dedo o de un objeto). La tercera etapa 
se caracteriza por la coordinación de la visión con las praxias en organi-
zación. Sería el caso de la coordinación con la prensión, por ejemplo.
La cuarta etapa presenta una creciente movilidad entre los esquemas 
de acción, lo que constituye una coordinación externa entre las praxias. Se 
expresa en la extensión de los esquemas adquiridos en forma diversificada, 
en presencia de un objeto nuevo. Hacia los dos años aproximadamente, 
el quinto estadio ofrece un neto aumento de las coordinaciones externas, 
caracterizado por la acomodación de los esquemas a los nuevos datos 
imprevistos. En el sexto estadio se advierte la aparición de las primeras 
manifestaciones de la función simbólica, así como la interiorización de 
la coordinación externa en la secuencia de las actividades. Este sintético 
recorrido no refleja adecuadamente la riqueza de los cambios progresivos 
en la organizaciónde las praxias infantiles, pero aspiramos a poner a la 
vista de los lectores sus aspectos más característicos.
Piaget (1960) considera la relación que existe entre la inteligencia y las 
praxias y señala que la inteligencia no es más que la coordinación misma 
de las acciones. La asimilación desde las coordinaciones más elementales 
es ya una prefiguración del juicio. Por ejemplo, la conocida situación de 
la búsqueda de los objetos desaparecidos conduce a un esquema de “per-
manencia de los objetos” que debe ser considerado un punto de partida 
de las posteriores nociones de conservación.
El establecimiento de la función semiótica –diferenciación entre signi-
ficantes y significados– va estableciéndose alrededor del año y medio de 
vida. Ella incluye tres niveles: el juego simbólico, o sea, la representación 
Capítulo 2
de las acciones por medio de los gestos; la imitación diferida, que se 
expresa en la posibilidad de dibujar un modelo tiempo después de haberlo 
visto y, por fin, la imagen mental, que corresponde a la posibilidad de 
las imitaciones gracias a que ya han sido internalizadas.
Más tarde todavía, sobreviene la relación entre las praxias y el aspecto 
figurativo y operativo del pensamiento. El aspecto figurativo se corres-
ponde a todo lo que depende de las configuraciones como tales, y que se 
opone a las transformaciones. Es típica la situación que se da en niños de 
menos de 7 años, aproximadamente, cuando aprecian un supuesto cambio 
de identidad, dependiente de la apariencia (pruebas de conservación en 
general). El aspecto operativo es el que concierne a las trasformaciones. 
Gracias a él se relaciona todo lo que modifica al objeto, desde la acción 
hasta las operaciones (acciones interiorizadas e interiorizables y reversibi-
lidad). Es el caso, en el diagnóstico operatorio, en que el niño puede tomar 
en consideración el cambio de apariencia sin que esto afecte su evaluación 
acerca de la cantidad que no ha cambiado. Las operaciones dependen 
en última instancia del esquematismo sensomotor, aunque la función 
semiótica y la figurativa han sido necesarias para su interiorización y 
para su completa expresión. 
Por eso considera que uno de los aspectos interesantes para la interpre-
tación de las praxias es la disociación de lo que se refiere al aspecto figu-
rativo del pensamiento y lo que se relaciona con el aspecto operatorio.
Analizando la relación de las praxias con el aspecto figurativo puede 
ser interesante recordar que los autores clásicos hacían referencia a que 
los actos se apoyaban en imágenes. Hoy nadie podría discutir que las 
imágenes son las que derivan de los actos. La imagen propiamente dicha 
y el aspecto figurativo del pensamiento derivan de la actividad senso-
riomotora.
Pero para destacar la vinculación de las praxias con el aspecto ope-
ratorio del pensamiento conviene recordar que las operaciones pasan 
por tres estadios sucesivos. En el primero, antes de los 7 u 8 años, donde 
domina el aspecto figurativo del pensamiento. Se trata del pensamiento 
preoperatorio.
En el período operatorio propiamente dicho, las operaciones son 
concretas, se apoyan en la actuación del niño. Si se trata de una seriación, 
el niño la resuelve ordenando prácticamente los objetos, es decir, por 
medio de las praxias. Pero sobrepasados los 11-12 años, un problema 
puede ser resuelto sin necesidad de la manipulación. Es decir que no se 
requieren más las praxias (Piaget, 1960).
En conclusión, al buscar el vínculo entre las operaciones y las praxias, 
se advierte que hay un conjunto de actos inteligentes que resuelven pro-
 Miguel Sassano
blemas “prácticos’’. Son praxias en el sentido más exclusivo del término; 
siendo la finalidad de estas acciones utilitarias. Se trata de alcanzar un 
resultado material y no cognoscitivo.
Nos ha parecido necesario ocuparnos en detalle de los conceptos 
de Piaget sobre el desarrollo de las praxias porque puede advertirse un 
sustrato fisiológico que no se describe explícitamente, pero sin el cual 
ese desarrollo no es viable. Es evidente que la metodología psicológica, 
psicogenética, con la que hace su descripción, requiere enfocar la misma 
de ese modo y hace posible el establecimiento de la correspondiente 
vinculación entre los aspectos del pensamiento.
Es muy necesario tomar en cuenta el aspecto fisiológico. Nos referimos 
con ello al gesto intencional del niño, que no puede considerarse una 
actividad motora exclusiva, porque requiere en cada instancia el corres-
pondiente control sensitivo y sensorial (visual, laberíntico, auditivo, etc.). 
Cada gesto, aun el más elemental, es el resultado de un largo aprendizaje, 
cada nueva experiencia sensomotora, repetida, se inscribe en forma de 
trazos, de engramas, en la corteza asociativa, esencialmente del lóbulo 
parietal, pero también del temporal y occipital.
Es necesario señalar la comprobación de la injerencia de la actividad 
motora y sensorial, y además la descripción del proceso neurofisiológico 
que da lugar a esa organización en este largo aprendizaje. Es sólo en la 
medida en que se ahonde en esa dirección que se podrán conocer los 
eslabones en la desintegración, sobre los cuales es necesario actuar en 
la terapéutica.
H. Wallon (1965) ha llamado la atención sobre la estrecha relación 
existente entre la motricidad, la afectividad y la inteligencia. Ha indicado 
que la actividad motora tiene dos orientaciones: una hacia el exterior, la 
actividad cinética, los movimientos propiamente dichos; otra, la que 
mantiene la musculatura en una tensión definida, la que conserva las 
actitudes posturales, la mímica, la actividad tónica en general. 
Con un concepto psicogenético, Wallon había indicado la existencia 
de tres etapas. En la primera, emocional, existen interacciones constantes 
entre la emoción y la motricidad, que desembocan en la preparación de las 
representaciones mentales y diferentes formas de adaptación afectiva. La 
segunda, sensomotora, revela el movimiento más ligado a sus consecuen-
cias sensibles y hace entonces posible la percepción del mundo exterior. 
En esta etapa debe inscribirse la prensión. En la tercera etapa, proyectiva, 
es donde el movimiento acompaña las representaciones mentales a las que 
sirve de soporte. Las primeras praxias se organizan en este marco.
Al analizar las condiciones psicofisiológicas necesarias para realizar 
gestos coordinados en función de un objetivo, Wallon precisa que la 
Capítulo 2
mayor parte de esas condiciones dependen de las cualidades motoras del 
gesto, en los aspectos tónico y cinético, a saber: 1) los puntos de apoyo 
que dan a la mano las otras partes del cuerpo; 2) el grado de contracción 
del músculo en reposo; 3) la selección conveniente de los movimientos 
útiles, con la exclusividad que requiere el gesto que se va a ejecutar, y 4) 
el control del movimiento por la sensibilidad segmentaria.
Con estas premisas, se entiende que al abordar el aspecto de la patolo-
gía no es posible dejar de lado los aspectos genéticos. No se podrán com-
prender las alteraciones del niño si no se ubican en su desarrollo y deberán 
tenerse en cuenta una suerte de “sintomatologías madurativas”.
Por otra parte, cuando se observa un trastorno de la realización, éste 
no puede ser considerado el resultado directo de una eventual lesión, sino 
más bien de la suma de adaptaciones determinadas por ésta. Entonces 
el enfoque de la alteración funcional debe ser considerado más bien un 
modo de aproximación lícito sobre un plan operacional, pero no puede 
interpretarse como un “en si” ni conferírsele una significación causal.
La praxia es imposible sin la integración de “imágenes motoras”, que 
son suministradas por los otros factores psicomotores. Son esas imáge-
nes motoras las que anticipadamente surgen antes de la forma final que 
el movimiento asume. El movimiento, o mejor dicho, la praxia, pasa a 
ser guiada por una imagen, por una representación, es, por un sistema 
superior independiente de la propia contracciónmuscular (Da Fonseca, 
1992).
La integración de la tonicidad, del equilibrio, de la lateralidad y de la 
noción del cuerpo en el espacio y en el tiempo, confieren al movimiento 
una organización psíquica superior, interrelacionando e integrando diver-
sos sistemas anteriormente vivenciados y estructurados. La reaferencia y 
la retroalimentación propioceptiva es, por consiguiente, crucial para la 
elaboración de las praxias, y es exactamente esta co-integración de siste-
mas neuronales la que no actúa debidamente en los niños con dificultades 
de aprendizaje, por ejemplo.
„La praxia puede así conjugar datos internos y externos, reintegrándolos 
y corrigiéndolos, obedeciendo a las condiciones intra y extracorporales y 
ajustando el programa motor a las circunstancias del medio. El resultado 
final, consustanciado en praxia (o dispraxia), expresa el tipo de organiza-
ción y de integración de los varios subfactores implicados, de ahí que el 
movimiento dispráxico sugiere, de alguna manera, una disfunción cerebral 
de la organización de la tonicidad, del equilibrio, de la lateralidad, de la 
noción del cuerpo o de la estructuración espacio-temporal. La desintegra-
ción de los factores afecta a la planificación de las acciones, resultando 
 Miguel Sassano
un movimiento dismétrico, discrónico y dismelódico, características estas 
del niño dispráxico‰ (Da Fonseca, 1992).
Una vez que la planificación de las acciones se engloban en un meca-
nismo central de concentración, los lóbulos frontales que son responsables 
de las praxias se aseguran igualmente una función de inhibición y de 
control, aspectos estos vitales para la regulación del movimiento intencio-
nal. Tal inhibición actúa selectivamente, eliminando las células nerviosas 
cuya actividad es irrelevante para el fin propuesto, emergiendo la noción 
de movimiento eficaz, preciso y económico que traduce la expresión de 
praxia.
El mismo Da Fonseca (ibid.) cita que “es fácil comprender que la elabo-
ración de las praxias engloba una compleja red de operaciones nerviosas cen-
trales: mecanismos de interacción recíproca; co-contracción y co-inhibición 
de músculos agonistas y antagonistas; inhibición de células motoras; etc., 
que en sí materializan un conjunto de datos posturales, propioceptivos y 
exteroceptivos, una secuencia de operaciones y una programación. Esto es, 
todo un conjunto funcional que precede a un proceso psíquico interno donde 
discurre y emerge la propia ejecución de la acción”. No es de admirar, por 
tanto, que la mayor parte del cerebro esté implicado en la preparación y 
regulación de la praxia. De ahí que la manifestación de una dispraxia nos 
exprese claramente un cierto tipo de organización psíquica superior que 
influye tanto a las funciones práxicas, como a las funciones gnósicas.
La praxia global comprende actividades motoras secuenciales glo-
bales; tiene como principal misión la realización y la automatización 
de los movimientos globales complejos, que se desarrollan en un cierto 
período de tiempo y que exigen la actividad conjunta de diversos grupos 
musculares. Se trata de un área ricamente conectada con las estructu-
ras subcorticales de donde parten numerosos ejes que constituyen los 
sistemas extrapiramidales (teleocinéticos), que van a actuar al nivel de 
las motoneuronas terminales por medio de numerosas conexiones, que 
implican funciones de preparación, regulación y reaferencia extremada-
mente importantes (ibid.).
Luria señala que la construcción de movimientos implica la prepara-
ción de componentes posturo-motores y tónico-posturales, que deben 
ser incorporados en programas de acción. 
„Para que se cumpla este efecto, va a llamar a la tonicidad y al equilibrio, 
poniendo en juego la combinación minuciosa del tono de la profundidad 
con el de la superficie, eliminando la presencia de cualquier sinergia y 
la sincronización de esquemas extrapiramidales, cerebelosos y vestibula-
res, que aseguran la estabilidad gravitatoria necesaria. Reclama, por otro 
Capítulo 2
lado, la coordinación de la lateralidad, de la noción del cuerpo y de la 
estructuración espacio-temporal para armonizar el espacio intracorporal 
con el extracorporal y, por último, la función de decisión, regulación y 
verificación para materializar la intención y conseguir el fin‰ (Da Fon-
seca, 1992).
A través del estudio de la praxia global podemos observar, por un 
lado, la pericia postural, y por otro, la macromotricidad relativas a la 
coordinación dinámica general y a la generalización motora que integra 
la postura, la locomoción, el contacto, la recepción y el lanzamiento de 
objetos, esto es, la integración sistemática de los movimientos del cuerpo 
con los movimientos del propio medio.
Ajuriaguerra (1972) señala que la organización práxica supone la 
coordinación de tres sistemas fundamentales: el somatograma (cono-
cimiento integrado del cuerpo), los engramas (integración cognitiva y 
emocional de las experiencias anteriores) y el opticograma (integración de 
los estímulos externos que abarcan la función gnósica). El mismo autor 
se refiere al opticograma como función voluntaria y a los engramas y al 
somatograma como automáticos, que surgen sin la transferencia de la 
consciencia. La conciencia, cuando decide, se va a servir de los sistemas 
funcionales almacenados, recodificando los dispositivos disponibles para 
conseguir un cierto y determinado objetivo previamente programado 
(Da Fonseca, 1992).
La nueva motricidad como producto final supone progresivamente 
una organización psicológica cada vez más compleja en sus procesos. La 
neomotricidad significa la emergencia de nuevos sistemas psicológicos 
con nuevas propiedades, de la cual resulta un sistema único más organi-
zado, más psicologizado. 
La praxia global implica muchos niveles jerárquicos, desde la tonicidad 
a la estructura espaciotemporal. 
Esta organización jerárquica sólo se pone en funcionamiento, por lo 
tanto, cuando se da una programación anticipada. En esa programación 
el cerebelo va a tener que controlar armoniosa y automáticamente los 
movimientos por medio de sistemas de retroalimentación, que realizan la 
modulación y la sucesión de los movimientos a fin de permitir que ellos 
consigan su objetivo con previsión; simultánea y sincronizadamente, va 
a tener que pre-programar los movimientos antes de ser iniciados (Da 
Fonseca, 1992).
La praxia global es la expresión de la información del córtex motor, 
como resultado de la recepción de muchas informaciones sensoriales, 
 Miguel Sassano
táctiles, kinestésicas, vestibulares, visuales, etc.; es decir, como resultado 
integrado de los factores psicomotores ya presentados.
Todas las praxias exigen una compleja integración propioceptiva, cuya 
función de información se desencadena por los propios movimientos. El 
movimiento es el resultado de una nueva información, al mismo tiempo 
que produce, por este hecho, una nueva información que le sirve de 
alimento.
La praxia global encierra en sí la unidad de un pensamiento abstracto 
que se traduce en una acción motora concreta. Para la formación del 
pensamiento abstracto, sin embargo, entra en juego la propioceptividad, 
lo que en cierta medida prueba que los movimientos voluntarios no son 
opuestos a los movimientos reflejos, están sujetos a las leyes de la acción 
refleja, como afirmaba H. Jackson hace más de un siglo (Da Fonseca, 
1992).
A partir de estas conceptualizaciones podemos diferenciar las praxias 
según su intención en praxias con intención transitiva, praxias de carácter 
simbólico y praxias con objetivo estético. Las praxias con intención transi-
tiva implican una acción directa sobre el objeto con miras a modificarlo. 
Las praxias simbólicas están en relación con el deseo de comunicarse, 
es decir, de transmitir un mensaje gestual a los demás. En esta categoría 
encontraremos gestos que presentan diferentes niveles de abstracción 
y que van del mero remedo de un gesto usual a un verdadero código 
gestual puramente convencional.Las praxias con miras estéticas tien-
den a transmitir, de igual modo, un mensaje, pero la intención aquí está 
centrada más en la cualidad formal de ese mensaje que en su precisión. 
Observemos que numerosos gestos que en nuestros días parecen tener una 
función estética no son otra cosa que gestos en otro tiempo transitivos: es 
el caso, por ejemplo, de la danza y de las actividades deportivas como la 
gimnasia artística, que utilizan gestos utilitarios al igual que instalaciones 
con aparatos (Le Boulch, 1991).
Las praxias simbólicas y estéticas poseen siempre un alto grado de 
socialización por tener una finalidad en relación con la expresión y la 
comunicación. Las praxias con carácter transitivo pueden estar muy 
próximas a las reacciones instintuales o, por el contrario, muy socializa-
das. Es verdad que en sociedades del tipo de la nuestra se manifiesta cada 
vez más el carácter socializado, que se traduce mediante una codificación 
y un tecnicismo más acusados.
Según la rigidez de la codificación se puede dejar a la iniciativa y a la 
habilidad personales un mayor o menor sitio. En función de estos criterios, 
Gemelli, seguido por Marco Capol y León Walther, ha dividido en cuatro 
Capítulo 2
categorías las habilidades motrices coordinadas de manera “eupráxica” 
(Le Boulch, 1991).
1) En la primera categoría se pueden colocar todas las habilidades motri-
ces que no están estricta y rigurosamente definidas y adaptadas al fin 
propuesto: son el resultado de movimientos variados coordinados en 
determinadas percepciones; estas habilidades no están automatizadas 
de una manera estricta: por el contrario, son el resultado de movi-
mientos más sencillos, relativamente automáticos. A esta categoría 
de habilidades pertenecen un gran número de actos que componen 
nuestra vida cotidiana.
2) A la segunda categoría pertenecen las habilidades motrices que re-
sultan de los movimientos automatizados –en su complejo– y bien 
dirigidos hacia su objetivo, pero no poseen una fisonomía personal 
ya que están estereotipados. Un ejemplo típico nos lo ofrecen muchos 
ejercicios gimnásticos y deportivos.
 En el campo del trabajo debemos agregar a esta categoría la mayoría 
de las tareas confiadas a los obreros, quienes a causa de la facilidad de 
su tarea con un relativo grado de ejercicio y una instrucción limitada 
pueden obtener un nivel suficiente de coordinación y de automatismo 
de los movimientos (Le Boulch, 1991).
3) A la tercera categoría pertenecen las habilidades motrices que resultan 
de los diferentes movimientos automatizados, los cuales, sin embargo 
–en su complejo–, no poseen un alto grado de automatismo porque 
los diferentes movimientos son relativamente independientes unos 
de otros; incluso esta independencia relativa es una condición para 
que se encuentren, en conjunto, estrictamente subordinados al fin que 
nos proponemos, fin que puede tener cierto grado de variación. Esas 
habilidades constituyen, por lo tanto, un todo estructuralmente unido 
en una forma determinada; se trata, justamente, de las habilidades que 
adquieren los obreros especializados cuyo trabajo, aunque automático 
y uniforme en sus diferentes movimientos, exige no obstante una 
atención vigilante y cierto grado de inteligencia para la coordinación 
y el ajuste de esos movimientos en relación con los objetivos que el 
obrero se propone en su trabajo.
 Incluso aquí, aunque se manifieste más que en las categorías prece-
dentes, la personalidad del obrero no tiene mayor influencia; lo que 
predomina es el automatismo (Le Boulch, 1991).
4) Finalmente, es preciso recordar las habilidades motrices que resul-
tan de movimientos automatizados relativamente independientes y 
–en su complejo– muy subordinadas al objetivo a alcanzar, que es 
 Miguel Sassano
la razón de su coordinación, es decir, de las habilidades iguales a las 
comprendidas en la categoría precedente por su mecanismo interior, 
pero en cuya aplicación el elemento intelectual posee una participa-
ción predominante, de modo tal que en su conjunto pierden todo 
carácter de automatismo y adquieren otro plenamente personal. En 
síntesis, encontramos aquí esas habilidades personales que si bien son 
el resultado de los movimientos automáticos y estructurados presen-
tan, sin embargo, notas individuales tan particulares que constituyen 
el elemento predominante. Así es, por ejemplo, la habilidad de los 
obreros que realizan su trabajo con sentido artístico; los artesanos en 
el sentido más cabal de la palabra (Le Boulch, 1991).
„Señalemos, como consecuencia de este esbozo de clasificación, que el 
carácter estereotipado de las praxias transitivas es tanto más acusado cuan-
to que predomina la preocupación por el rendimiento. En cuyo caso 
el carácter humano del movimiento es postergado en provecho de sus 
características mecánicas. En ocasiones ocurre que sujetos creativos que se 
alejan de las formas rigurosamente codificadas y que utilizan habilidades 
motrices del último tipo llegan a mejores resultados. Es el caso de un 
artesano ingenioso que descubre una nueva habilidad o el de un atleta 
que ha escapado a la influencia de su entrenador y descubre una nueva 
técnica‰ (Le Boulch, 1991). 
Compartiendo con Le Boulch (ibid.) los principios, no podemos con-
tentarnos con adoptar una actitud descriptiva tendiente a analizar lo que 
se puede observar en el plano del aprendizaje motor. Debemos hacerles 
adquirir a los niños y a los hombres nuevas habilidades motrices; debemos 
prepararlos para adquirirlas respetando su personalidad y mejorando sus 
posibilidades de elección. Esta observación implica una opción precisa 
acerca de la forma de aprendizaje que adoptaremos en tal o cual situa-
ción concreta: ¿Qué actitud adoptaremos para hacerle adquirir al niño 
las praxias usuales? ¿Cómo encararemos el aprendizaje de la escritura? 
¿Somos nosotros quienes las haremos adquirir o tal vez son los niños con 
su propia motivación quienes lo logran?
Lo expuesto sólo tiene sentido en la medida en que permite aportar 
elementos de respuesta a esas preguntas y prácticas que contemplan a la 
vez los imperativos del desarrollo de la persona y las necesidades de su 
integración social conservando el respeto por su autonomía.
En último análisis, toda nuestra propuesta gira alrededor de la nece-
sidad de superar ese dilema que nos sitúa en el núcleo de los principales 
problemas filosóficos que conciernen al hombre, y que volvemos a hallar 
Capítulo 2
en los métodos pedagógicos cuando se plantea el problema de la auto-
ridad en la educación.
Para las actividades humanas en las cuales el ajuste motor predomina 
o es simplemente indispensable el peligro de pretender proceder mediante 
el entrenamiento es grande, a veces porque en apariencia se gana tiempo o 
simplemente por la dificultad de utilizar otra modalidad de aprendizaje.
En sintonía con Le Boulch (ibid.), hemos puesto de relieve el incon-
veniente de ese modo de adquisición, que crea estereotipias rígidas, con 
el fin de ajustarse a una situación determinada. De ahí la consecuencia 
que obtienen los sostenedores de este sistema: una estricta especificidad 
de los aprendizajes motores. Esta supuesta especificidad, para nosotros, 
se realiza esencialmente en función del método empleado y equivale a 
una condenación de este método en el plano educacional. Nos lleva a la 
oposición entre las nociones de transferencia y de disponibilidad corporal 
en el aprendizaje motor.
En realidad nuestras observaciones tenderían a mostrar que el apren-
dizaje adquirido con respecto a una “parte” de la situación no lo es con 
respecto a esa misma parte insertada en un todo nuevo.
Esta concepción con la cual nos solidarizamos de buen grado, tendría 
que haber cuestionado nuevamente la utilización de los ejercicios llama-
dos educativos, que en las “progresiones” de muchos profesores preceden 
aun al aprendizaje de un gesto técnico complejo.
El aprendizaje de tipo mecanicista basado en la utilización eventual 
deltraspaso que apunta a reunir las partes del cuerpo, una a una mediante 
el entrenamiento más o menos hábil, reposa en la antigua concepción 
neurológica de un sistema de proyección motriz que contiene todos los 
elementos de un esquema de mando.
La plasticidad del sistema de acción se muestra cada vez con mayor 
evidencia; uno de los roles esenciales de la educación es preservar la 
plasticidad de ajuste, mientras que a menudo, por el contrario, transforma 
un sistema potencialmente plástico en un sistema de estructuras de una 
rigidez muy grande (ibid.).
En toda concepción coherente de aprendizaje es preciso conciliar 
el aspecto esquemático y organizado de la acción con las necesidades 
de ajuste a las circunstancias cambiantes e imprevistas a las cuales será 
sometido el organismo. Es menester, pues, partir de la hipótesis de que 
toda acción en curso se debe poder reorganizar a cada instante de la 
ejecución.
 Ese caso ideal, sin embargo, no siempre se realiza y la educación no ha 
sabido conciliar suficientemente la adquisición de las praxias complejas 
con el mejoramiento de la plasticidad de ajuste.
 Miguel Sassano
En resumen, el movimiento voluntario es definido con relación a su fina-
lidad (el voluntario del movimiento voluntario), finalidad que solo puede 
ser desencadenada internamente cuando los sistemas vestíbulo-visual y 
visoespinal confieren las condiciones necesarias de estabilidad postural, 
porque solo así el cerebro puede concentrarse en el fin a conseguir.
La coordinación motriz 
Queremos comenzar con una pregunta: ¿qué es la coordinación? Giral-
des (1998) responde afirmando que para algunos neurofisiólogos es la adap-
tación del organismo en su totalidad, ante el requerimiento de una acción 
cualquiera. La primera característica de un movimiento bien coordinado es 
el conocimiento de la tarea que dicho movimiento se propone cumplir.
„Si se levanta el brazo para señalar el camino, por ejemplo, es suficiente 
inervar los protagonistas (en este caso el deltoides) y graduar el estímulo 
de tal forma que el brazo alcance la horizontal. El cansancio o cualquier 
pérdida de la tensión muscular tendrá como consecuencia un nuevo es-
tímulo, de manera que el brazo permanezca en la posición deseada. Sin 
embargo, algunas pequeñas oscilaciones no podrán ser evitadas a través 
de la contracción de los protagonistas.
De cualquier manera, el movimiento puede ser definido como bien coor-
dinado si el brazo cumple con la función deseada de señalar el camino. 
Pero en cambio, si se considera un deportista que intenta hacer centro con 
su pistola, se verá perturbado por las mencionadas oscilaciones. Su tarea 
exige un pulso firme; se deberán inervar, en consecuencia, los sinergistas 
(serrato y trapecio), de manera de alcanzar una mayor fijación del brazo 
y para evitar que éste se vaya hacia arriba el tirador tendrá también que 
inervar los antagonistas‰ (ibid.).
La tarea del tirador, siendo casi idéntica a la del que señala el camino, 
le exigirá mucho mayor desgaste de energía, que en todo caso es impres-
cindible para la función. Todo intento de economía atentará contra el 
éxito del disparo. Por eso, tal como se expresaba antes, el análisis de un 
movimiento, en lo que respecta a su coordinación, no puede ser realizado 
sin el conocimiento del objetivo que dicho movimiento persigue.
El propio Giraldes (ibid.) concluye que entre las características de un 
movimiento bien coordinado pueden mencionarse las siguientes:
1. Que el movimiento tenga el éxito previsto. El objetivo del mismo debe 
ser alcanzado en todas sus partes: con la velocidad deseada; en un 
determinado sentido y dirección; y con la aceleración y las variaciones 
Capítulo 2
en su estructura rítmica que correspondan. Para alcanzar ese objetivo 
el organismo pone a disposición gran número de mecanismos.
2. Que el gasto de energía sea mínimo.
3. La impresión subjetiva de facilidad y seguridad en la ejecución. Un 
movimiento bien coordinado aparece a la vista como si fuese realizado 
jugando. La atención y concentración que toda acción requiere dan la 
sensación de no ser necesarias. Es que una de las ventajas de la muscu-
latura sinergista consiste en su función automática y es precisamente 
a través de ese automatismo que puede apreciarse la facilidad en la 
ejecución.
Por otra parte, la capacidad de coordinación depende del código gené-
tico y también de lo congénito. Es tan inherente al movimiento humano, 
como lo es la necesidad de movimiento que muestra el niño.
Algunas coordinaciones, sostiene Giraldes (ibid.) no se recuerdan 
haberlas aprendido; otras tardan meses en lograrse. Además, aquellos 
movimientos que se realizan a expensas de un gran gasto de energía no 
suelen realizarse con placer.
La coordinación implica dos niveles de señalización: un primer nivel 
de señalización sensorial transmitida por los analizadores cinestésicos, 
táctiles, vestibulares, visuales y auditivos; y un segundo nivel de señali-
zación verbal que existe solamente en el hombre.
Sin lesionar el concepto de unidad de la persona y a los efectos didác-
ticos, Giraldes considera tres tipos de coordinación: a) la coordinación 
dinámica automática regida por las zonas subcorticales (los movimientos 
son automáticos); b) la coordinación dinámica voluntaria, con interven-
ción del sistema de señalización verbal, que implica una integración a 
nivel superior cortical (los movimientos son voluntarios); y c) la coordi-
nación del equilibrio dinámico que se realiza fundamentalmente a nivel 
vestibular y cerebeloso (ibid.).
Nuestro cuerpo se mueve continuamente ejecutando una auténtica 
melodía kinética en la que intervienen simultánea, alternativa o sincro-
nizadamente una variada gama de pequeños o grandes movimientos 
que componen el movimiento armónico, preciso y orientado al fin que 
se persigue. 
La coordinación motriz es la posibilidad que tenemos de ejecutar accio-
nes que implican una diversidad de movimientos en los que intervienen la 
actividad de determinados segmentos, órganos o grupos musculares y la 
inhibición de otras partes del cuerpo que no intervienen en ellos. 
„Tradicionalmente se distinguen dos grandes apartados en la coordinación 
motriz: 
 Miguel Sassano
Coordinación global: Son movimientos que ponen en juego la acción 
ajustada y recíproca de diversas partes del cuerpo y que en la mayoría de 
los casos implican locomoción (Le Boulch, 1986). Por ello, habitualmente, 
se le conoce con el nombre de coordinación dinámica general. 
Coordinación segmentaria: Son movimientos ajustados por mecanis-
mos perceptivos, normalmente de carácter visual y la integración de los 
datos percibidos en la ejecución de los movimientos. Por esta razón se 
le denomina habitualmente coordinación visomotriz o coordinación 
óculo-segmentaria‰ (Berruezo, 2000).
Es por ello que la coordinación se construye sobre la base de una ade-
cuada integración del esquema corporal, fundamentalmente del control 
tónico-postural y su implicación en las reacciones de equilibración y la 
vivencia de las diferentes partes del cuerpo a través de su movilización, que 
a su vez provoca como resultado la estructuración temporal, dado que los 
movimientos se producen en un espacio y un tiempo determinado, con 
determinado ritmo o secuencia ordenada de los pequeños movimientos 
individuales que componen una acción (Berruezo, 2000). 
Los esquemas de ciertas conductas motrices que manifiestan coor-
dinación de movimientos simples pueden llegar a automatizarse en base 
a múltiples repeticiones, constituyendo las praxias. Estas tienen enorme 
importancia en la adquisición de los aprendizajes básicos, los hábitos y 
en el desarrollo del lenguaje. 
Si hablamos de coordinación motriz no podemos dejar de tener en 
cuenta la disociación motriz, que no es más que movilizar segmentos 
o elementos corporales con independencia de otros. Aquí interviene 
el control voluntario e inhibición de movimientos parásitos, pudiendo 
llegar a la ejecución deactividades dispares con diferentes segmentos 
corporales al mismo tiempo. 
Según Berruezo (2000), la educación de la coordinación global y 
segmentaria ofrece al niño la posibilidad de desarrollar sus potencia-
lidades motrices: correr, saltar, trepar, rodar, arrastrarse, tomar, lanzar, 
son funciones que surgen y refuerzan el esquema corporal, estructuran 
el equilibrio y contribuyen a la adquisición de capacidades psicofísicas 
como la velocidad, la precisión, la resistencia. 
Las actividades que tradicionalmente se incluyen en el área de la coor-
dinación motriz constituyen las conductas motrices básicas sobre las que 
se fundamenta la actividad físico-deportiva. Es por ello que en la práctica 
de la Educación Física se hace imprescindible contar con el desarrollo de 
la coordinación. Si analizamos las competencias atléticas y los deportes 
de movimiento, individuales o grupales, nos costará encontrar uno que 
no requiera para su práctica de la coordinación global o segmentaria. 
Capítulo 2
Es más, nos atrevemos a afirmar que se trata del uso de la función de la 
coordinación.
La coordinación dinámica general 
La marcha, la carrera y el salto, son los movimientos coordinados 
que más comúnmente responden a las necesidades motrices con que 
nos enfrentamos en nuestra postura habitual erguida, y se encuentran 
en la base del desarrollo de gran cantidad de habilidades motrices espe-
cíficas. 
„Desplazamientos: En realidad se trata del protagonista de la coordina-
ción dinámica general y abarca cualquier combinación de movimientos 
susceptible de provocar cambios de situación del cuerpo en el espacio. 
Hay quien hace la distinción de desplazamientos eficaces y menos eficaces. 
En realidad la eficacia está en función del medio y no del movimiento. 
En el agua, lo más eficaz es nadar, cuando uno pretende subir a un árbol 
lo más eficaz es trepar o cuando se pretende bajar lo mejor es saltar, si 
uno tiene que pasar bajo un obstáculo a medio metro del suelo lo más 
eficaz es reptar, etc., y no siempre han de considerarse eficaces la marcha, 
la carrera y el salto, aunque normalmente, puesto que nuestra postura 
habitual de desplazamientos es la erguida, lo sean (⁄). 
También se establece la diferenciación entre desplazamientos activos y 
pasivos. Aquí las cosas no están tan claras, y nosotros consideraremos 
sólo los desplazamientos activos, que son aquellos en los que la acción 
coordinada de los segmentos provoca el movimiento. Lo que se entiende 
por desplazamientos pasivos, en realidad muchas veces no lo son, puesto 
que si uno, por ejemplo, viaja tranquilamente dormido en el tren, sus 
movimientos están en función del mantenimiento de la postura en que 
duerme, y si el tren se mueve o está parado no importa para ello más que 
en pequeñas reacciones no locomotrices de equilibración. Pero, esto que 
puede verse claramente en el ejemplo se complica más si se reducen las 
dimensiones del objeto que se mueve. Pongamos el caso de un descenso 
de esquí. Los movimientos coordinados del esquiador efectivamente se 
dirigen a mantenerse sobre los esquíes, pero a nadie escapa que, aunque 
quien provoca el movimiento es la pendiente y el deslizamiento de las 
tablas, el esquiador con sus movimientos (aun cuando no se apoye en los 
bastones) puede colaborar en el mantenimiento, aceleración o frenado 
del movimiento. Esta es la razón por la que nos resulta difícil en algunos 
casos eliminar de un plumazo los desplazamientos pasivos. Si bien nos 
confirmamos en la hipótesis de que en la mayor parte de los casos no se 
pueden considerar como verdaderos desplazamientos‰ (Berruezo, 2000). 
 Miguel Sassano
Hechas estas consideraciones, reconocemos entre los desplazamientos 
diversas conductas motrices tales como la marcha, la carrera, el desliza-
miento, la reptación, el gateo, la cuadrupedia y trepar. Sobre ellos Berruezo 
(2000) nos aporta las siguientes afirmaciones: 
La marcha es el desplazamiento que se produce por la alternancia 
y sucesión del apoyo de los pies sobre la superficie de desplazamiento; 
un pie no se despega de la superficie hasta que el otro no ha establecido 
contacto con ella. La marcha es una consecuencia de la adquisición de la 
postura erguida. Nos permite desplazarnos sin demasiado esfuerzo, con 
autonomía, por las superficies. Se inicia en el niño a partir del año de vida. 
Al principio es insegura, y para ello abre los pies hacia afuera y separa los 
brazos del cuerpo, flexiona la cadera y dobla las rodillas, buscando una 
base de sustentación más amplia y el descenso del centro de gravedad. 
En el tercer año la marcha se vuelve automática y uniforme; a los cuatro 
años el niño consigue una marcha armoniosa con balanceo de brazos y 
ritmo equilibrado. El niño experimenta con la marcha; hacia los dos años, 
puede caminar lateralmente, y hacia los dos años y medio puede hacerlo 
hacia atrás. Para el tercer año puede subir escaleras, cuyo aprendizaje va 
desde la ayuda del adulto, pasando por el apoyo en barandas, al ascenso 
autónomo. En cuanto al modo, al principio coloca los dos pies en cada 
escalón antes de iniciar el ascenso al escalón siguiente y más tarde logra 
la alternancia de piernas (un pie en cada escalón). Bajar escaleras requiere 
ajustes posturales y motores más complejos y se consigue hacia el cuarto 
año (Cratty, 1982; Ruiz, 1987). 
La carrera es una habilidad que parece desarrollarse de forma ins-
tintiva, sin necesidad de ser motivada. Al igual que en la marcha, al 
producirse la transferencia del peso de un pie a otro, se producen ajustes 
neuromusculares, que en este caso son más rápidos y añaden a la marcha 
un momento en que ninguno de los pies toca la superficie de desplaza-
miento (Ruiz, 1987). 
La carrera aparece de forma accidental con los primeros ensayos de la 
marcha (18-20 meses). Con el incremento de la fuerza va logrando una 
mejor proyección del cuerpo en el espacio y con el perfeccionamiento 
del equilibrio se va haciendo más coordinado, lo que hace que hacia los 
cinco años, la carrera del niño se parezca bastante a la del adulto. A partir 
de ahí irá mejorando la velocidad con dos momentos privilegiados de 
desarrollo: hacia los ocho años, debido a la evolución del sistema nervioso 
y mejora de la coordinación, y hacia los 12-15 años, debido al aumento 
de la fuerza (Ruiz, 1987). 
Siguiendo a Berruezo (2000) describimos algunas características de 
las más importantes coordinaciones dinámicas generales: 
Capítulo 2
Por deslizamiento entendemos el desplazamiento que se produce 
por la acción de los brazos y/o las piernas mientras que existan par-
tes del cuerpo en permanente contacto con la superficie que friccionan 
contra ella (las piernas, la espalda). Una de las formas más utilizadas de 
deslizamiento es la reptación. La reptación es el desplazamiento que se 
produce normalmente por la acción alternativa o simultánea de brazos y 
piernas y en el que se da el contacto permanente del tronco con el suelo. 
La reptación podrá realizarse de frente, de espaldas o de manera lateral, 
según el lado del tronco que esté en contacto con la superficie. 
El gateo es el desplazamiento que se produce por la acción coordinada 
de brazos y piernas, con el apoyo de las manos y de las rodillas encon-
trándose el tronco paralelo a la superficie de desplazamiento y con la 
parte delantera del mismo orientado hacia ella y configura una forma 
determinada de cuadrupedia. 
La cuadrupedia puede realizarse mirando hacia el suelo, o de espaldas 
a él y siempre realizando el contacto con las manos y los pies sobre la 
superficie de desplazamiento. El gateo puede preceder al desarrollo de la 
marcha, aunque no siempre es así, puesto que no todos los niños y niñas 
gatean antes de caminar. 
Trepar es la actividad que moviliza las extremidades inferiores y supe-
riores de forma coordinada, provocando un movimiento ascendente sobre 
superficies de diversos grados de inclinación. Esta actividad, además de 
fuerza, equilibrio y coordinación, ponede manifiesto disociación, coor-
dinación visomotriz, control postural y estructuración espacio-temporal. 
Por eso la observación de la actividad de trepar a un árbol constituye 
una auténtica prueba de evaluación de las competencias matrices de un 
niño. 
Saltar es una actividad motriz que pone en juego varios elementos. 
Adquirir el salto es un importante hito en el desarrollo porque supone el 
logro de una buena capacidad de coordinación global de movimientos. 
El salto requiere de la previa adquisición de la marcha y, frecuentemente, 
de la carrera, sobre las cuales realiza algunas modificaciones. El salto 
necesita la propulsión del cuerpo en el aire y la recepción en el suelo de 
todo el peso corporal, normalmente sobre ambos pies (caída). Pone en 
acción la fuerza, el equilibrio y la coordinación. 
Podemos distinguir en el salto cuatro momentos: la fase de prepara-
ción, la de impulso, la de salto y la de caída. También podemos distinguir 
el salto con o sin carrera de preparación. Igualmente se puede hablar de 
diversas posibilidades del salto en función de cómo se produce la propul-
sión (con uno o dos pies), en función de como se produce la recepción 
o caída (con uno o dos pies, con las manos, con la espalda) y en función 
 Miguel Sassano
de la orientación del salto (hacia arriba, hacia abajo, hacia delante, hacia 
atrás, hacia un lado). 
Los giros son movimientos que provocan la rotación del cuerpo 
sobre alguno de sus ejes: longitudinal (de arriba a abajo), transversal (de 
izquierda a derecha) o sagital (de delante a atrás). 
Así pues, el cuerpo puede girar sobre su eje longitudinal (movimiento 
semejante al de un trompo), sobre su eje transversal (vuelta hacia delante 
o hacia atrás) o sobre su eje sagital (vuelta lateral). 
Se pueden obtener diversas posibilidades si cambiamos la posición 
erecta del cuerpo por la posición horizontal. De este modo obtendríamos, 
por ejemplo, la rotación longitudinal sobre la superficie de contacto y la 
rotación transversal en contacto lateral con la superficie. “En general, las 
habilidades de coordinación dinámica aparecen en el desarrollo infantil 
de forma casi espontánea, y sin embargo es conveniente incidir sobre ellas 
puesto que mejoran con la ejercitación mediante tareas específicas a cual-
quier edad y resultan imprescindibles para gran parte de las actividades 
que realizamos en nuestra vida diaria” (Berruezo, 2000). 
 La coordinación visomotriz u óculomanual
“La coordinación visomotriz es la ejecución de movimientos ajustados 
por el control de la visión. La visión del objeto en reposo o en movimiento 
es lo que provoca la ejecución precisa de movimientos para tomarlo con 
la mano o golpearlo con el pie. Del mismo modo, es la visión del objetivo 
la que provoca los movimientos de impulso precisos ajustados al peso y 
dimensiones del objeto que queremos lanzar para que alcance el objetivo” 
(Berruezo, 2000). 
“Fundamentalmente concretamos la coordinación visomotriz en la 
relación que se establece entre la vista y la acción de las manos, por ello 
habitualmente se habla de coordinación óculo-manual. El desarrollo de 
esta coordinación óculo-manual tiene una enorme importancia en el apren-
dizaje de la escritura, por lo que supone de ajuste y precisión de la mano 
en la prensión y en la ejecución de los grafemas, siendo la vista quien tiene 
que facilitarle la ubicación de los trazos en el renglón, juntos o separados, 
etc.” (Berruezo, 2000). Le Boulch (1986) afirmaba que la puntería implica 
trazar un plan de un punto a otro y obliga a poner en marcha el mismo 
mecanismo de regulaciones propioceptivas referentes al miembro supe-
rior que se necesita para realizar un ejercicio de precisión, al acto de 
atrapar una pelota en el aire. 
Las actividades básicas de coordinación óculo-manual son lan-
zar y Ambas desarrollan la precisión y el control propio, pero 
Capítulo 2
mientras que los ejercicios de recepción son típicamente de adaptación 
sensoriomotriz (coordinación de sensaciones visuales, táctiles, kinesté-
sicas y coordinación de tiempos de reacción) los de lanzamiento son por 
un lado de adaptación al esfuerzo muscular, y por otro de adaptación 
ideomotriz, es decir, de la representación mental de los gestos a realizar 
para conseguir el acto deseado (Picq y Vayer, 1969). 
Antes de hablar sobre las actividades de lanzamiento y recepción es 
necesario que observemos un proceso previo: el alcance y prensión del 
objeto. El desarrollo de la conducta de alcance se desarrolla de la siguiente 
manera: al principio los niños, por una conducta primitiva de atención 
visual, miran y siguen los objetos que ven; por otra parte, tienen la con-
ducta de tomar los objetos que tocan sus manos, pero ambas conductas 
no guardan relación entre sí. En determinado momento el niño alcanza 
a ver su mano, y se inicia una nueva conducta de mirar sus manos como 
punto de partida de la coordinación ojo-mano. Poco después, la mano 
se dirige al objeto pero no se abre antes de tocarlo. El paso siguiente se 
produce cuando el niño mira de la mano al objeto y del objeto a la mano. 
Aquí se están uniendo las conductas ojo-mano y ojo-objeto. El niño se 
toma el pie, y llega al conocimiento de que el pie que ve es también el pie 
que toma. Llegado este punto se coordinan las conductas y se observa 
cómo la mano sale y toma un objeto. Finaliza el proceso cuando la mano 
se abre antes de tocar el objeto y la secuencia se inicia desde fuera del 
campo visual (Berruezo, 2000). 
La capacidad para lanzar se desarrolla en los niños antes que la de 
recibir. Es posible que el acto de lanzar sea una especie de mecanismo 
innato de protección, necesario en tiempos remotos para la supervivencia 
de nuestros antepasados. El lanzamiento aparece por primera vez en una 
conducta de desprenderse del objeto de forma burda que ocurre hacia 
los seis meses desde la posición sedente. En los primeros dos años los 
niños lanzan simplemente con la extensión de los brazos, sin que parti-
cipe el tronco y apenas los pies. En una segunda fase (tres años y medio) 
rotan el tronco y amplían el movimiento del brazo. Hacia los 5-6 años 
encontramos dos tipos de lanzamiento: homolateral (adelanta la pierna 
del mismo lado que el brazo que lanza) y, posteriormente, contralateral 
(pierna y brazo encontrados). Hacia los seis años y medio el lanzamiento 
se considera maduro y en él se produce una amplia participación corporal 
(Ruiz, 1987). 
“Por recepción se entiende la interrupción de la trayectoria de un móvil, 
que por lo general suele ser una pelota o balón. Las primeras tentativas las 
encontramos en los niños pequeños que intentan interceptar una pelota que 
rueda por el suelo. Esta conducta de recepción requiere la sincronización 
 Miguel Sassano
de las propias acciones con la trayectoria del móvil, lo que conlleva unos 
ajustes posturales y perceptivo-motores más complejos que el lanzamiento. 
También encontramos etapas en la recepción. Al principio, en niños meno-
res de tres años, lo habitual es la colocación de los brazos rígidos con las 
manos extendidas en forma de receptáculo en donde el adulto depositará el 
balón. Hacia los cuatro años las manos comienzan a abrirse y poco a poco 
los brazos se van flexibilizando y localizando junto al cuerpo” (Berruezo, 
2000). Más del 50% de los niños de cinco años son capaces de recibir una 
pelota de aire (Cratty, 1982). 
„En la recepción madura la posición del cuerpo va en dirección al balón, 
los ojos persiguen visualmente al móvil, los brazos y las manos absorben 
la fuerza del balón y la posición de los pies es equilibrada y estable. Es 
más fácil recibir balones grandes que pequeños, puesto que cuanto más 
pequeños son necesitan ajustes perceptivo-motores más finos. Otro dato 
que acrecienta la dificultad es la velocidad del móvil, que tendrá que ser 
inicialmente baja, de lo contrario podríamos provocar en el sujeto con-
ductas de evitación y fracaso‰ (Berruezo, 2000). 
Es una importante coordinaciónvisomotriz golpear con la mano o 
con objetos intermediarios tomados con las manos para asestar el golpe. 
Desde el momento en que el niño pequeño observa objetos que se balan-
cean suspendidos frente a él, utiliza sus manos para golpearlos. Antes de 
los seis años el niño es capaz de sostener un instrumento para golpear 
un objeto, a pesar de que los primeros intentos puedan ser fallidos. La 
posición del móvil, las características de su desplazamiento o vuelo, su 
tamaño, su peso y su velocidad son factores a tener en cuenta cuando se 
entrena esta habilidad. Para golpear existe una fase de preparación, en 
la que el cuerpo se coloca en posición estable con rotación hacia atrás y 
controlando con la vista el objeto a golpear, y una fase de acción, en que 
regresa el tronco, se cambia el peso hacia adelante, se mueven los bra-
zos a encontrarse con el objeto y lo acompañan en su trayectoria inicial 
(Berruezo, 2000). 
Una forma peculiar de golpear podría ser la de picar o botar el balón. 
En realidad no golpea sino que realiza el acompañamiento inicial que 
culmina con el envío hacia el suelo. Una vez que el balón ha picado, la 
mano lo recibe amortiguando su velocidad y lo reenvía acelerando su 
acompañamiento hacia el suelo. Al principio este ejercicio del bote o pique 
continuado de la pelota se realiza como una actividad de lanzamiento 
(con las dos manos) y recepción del balón después de botar. Luego pasa 
por un momento en que el niño golpea la pelota cuando regresa del suelo, 
y finalmente se aprende el juego de amortiguación y aceleración que 
Capítulo 2
fundamenta el bote continuado. Se requiere de un ajuste muy preciso y 
del dominio de las conductas de anticipación, puesto que en el bote se 
produce una sincronía entre la acción del balón y la de la mano que lo 
bota justo en el preciso momento en que alcanza el punto más elevado 
del rebote y con una fuerza que le permite regresar hasta el mismo lugar 
de nuevo, y así sucesivamente (Berruezo, 2000). 
Como una conducta visomotriz en la que no interviene la mano pode-
mos patear el balón. Si a las anteriores conductas las denominábamos 
óculo-manuales, a ésta podemos llamarla óculo-pedal, puesto que es la 
vista la que coordina los movimientos de la pierna y el pie para que el balón 
sea pateado. Patear es inicialmente un choque con la pelota en posición 
estacionaria. En el niño de dos años observamos que momentáneamente 
eleva una pierna, manteniendo el apoyo sobre la otra, para golpear con 
la pierna liberada. El patear maduro supone el adelantamiento y flexión 
de la pierna soporte, el balanceo hacia atrás de la pierna que va a golpear, 
posición ligeramente inclinada del tronco, ubicación contraria de los bra-
zos y una vez que se adelanta la pierna y se produce el impacto, la pierna 
sigue la dirección del móvil y el peso se desplaza a la parte delantera del 
pie de soporte (Berruezo, 2000). 
En todos los casos la coordinación visomotriz supone para el niño el 
dominio de los objetos, puede acercarse a ellos, manejarlos y proyectarlos 
en el espacio, lo convierte en dueño de su movimiento y de las cosas que 
le rodean. 
Trastornos de las habilidades motoras
Estos trastornos se encuentran perfectamente tipificados en el DSM 
IV (Manual de Estadísticas de los Trastornos Mentales) de la American 
Psychiatric Association con sede en Washington DC. Esta documentación 
determina las características, los síntomas, el diagnóstico diferencial y 
los criterios diagnósticos de esta problemática.
Básicamente, el Trastorno del desarrollo de la coordinación con la 
nomenclatura F82 (315.4) en el citado manual establece que la caracte-
rística esencial del mismo es una alteración significativa del desarrollo de 
la coordinación motora. El diagnóstico sólo se establece si tal afectación 
interfiere significativamente en el rendimiento académico o en las acti-
vidades de la vida cotidiana.
El diagnóstico se establece si las deficiencias de la coordinación no se 
deben a enfermedades neurológicas especificas (por ejemplo, parálisis 
cerebral, hemiplejía, lesiones progresivas del cerebelo o distrofia muscular, 
 Miguel Sassano
casos en que existe una lesión neurológica definida y hallazgos anormales 
en la exploración neurológica). 
Si hay un retraso mental, el trastorno del desarrollo de la coordina-
ción sólo puede diagnosticarse si las deficiencias motoras exceden de las 
habitualmente asociadas con el retraso mental. Cuando se cumplen los 
criterios de un trastorno generalizado del desarrollo, no se establece el 
diagnóstico de trastorno del desarrollo de la coordinación. 
Los sujetos afectados de un trastorno por déficit de atención con hipe-
ractividad pueden caerse, chocar con los objetos, golpearlos, pero todo 
esto suele deberse a su distractibilidad e impulsividad más que a una 
afectación motora. 
Las manifestaciones de este trastorno varían en función de la edad y la 
etapa del desarrollo. Por ejemplo, los niños pequeños pueden manifestar 
torpeza y retrasos en la consecución de hitos del desarrollo motor (sen-
tarse, gatear, caminar, correr, anudar los zapatos, abrocharse las camisas, 
subir y bajar un cierre, utilizar cuchillo y tenedor, jugar a la pelota). Los 
niños mayores pueden manifestar dificultades en tareas motoras como 
hacer rompecabezas, construir modelos, jugar a la pelota y escribir. El 
curso es variable. En algunos casos la falta de coordinación se prolonga 
durante la adolescencia y la vida adulta. 
Habitualmente, el trastorno del desarrollo de la coordinación se asocia 
a retrasos en otras áreas del desarrollo motor. Los trastornos asociados 
pueden incluir trastorno fonológico, trastorno del lenguaje expresivo y 
trastorno mixto del lenguaje receptivo-expresivo. Se ha estimado que la 
prevalencia del trastorno del desarrollo de la coordinación es de un 6% 
en los niños de 5 a 11 años de edad. 
Criterios para el diagnóstico de Trastorno del desarrollo 
de la coordinación 
A. El rendimiento en las actividades cotidianas que requieren coordina-
ción motora es sustancialmente inferior al esperado dada la edad cro-
nológica del sujeto y su coeficiente de inteligencia. Puede manifestarse 
por retrasos significativos en la adquisición de los hitos motores (por 
ejemplo caminar, gatear, sentarse), caérsele los objetos de la mano, 
“torpeza”, mal rendimiento en deportes o caligrafía deficiente. 
B. El trastorno interfiere significativamente el rendimiento académico 
o las actividades de la vida cotidiana. 
Capítulo 2
C. El trastorno no se debe a una enfermedad médica (por ejemplo, pará-
lisis cerebral, hemiplejía o distrofia muscular) y no cumple los criterios 
de trastorno generalizado del desarrollo. 
D. Si hay retraso mental, las deficiencias motoras exceden de las asociadas 
habitualmente a él. 
Sistema postural: postura y el equilibrio 
La postura humana mantiene intrigados a muchos investigadores 
de diversos campos científicos: anatomistas, fisíologos, antropólo-
gos, ortopedistas, fisioterapeutas, psiquiatras, biólogos, kinesiólogos, 
psicomotricistas, etc. 
Dice Da Fonseca (1998) que las perspectivas antropológicas se centran 
en una perspectiva evolutiva, que encierra cambios morfológicos progre-
sivos, cuyas características exclusivas de la especie humana permitirán 
conseguir la postura bípeda y asumen que fue la adaptación arbórea y 
la concomitante braquiación que condujo a la postura vertical humana 
(Da Fonseca, 1992). 
Las perspectivas kinesiológicas se dedican preferentemente al criterio 
de “postura correcta”, que en sí implica otros tipos de análisis, tanto sobre 
el punto de vista biomecánico, como estético o cultural. 
La postura en esta dimensión no comprende solamente aspectos 
anatómicos y mecánicos, ni se define únicamente por el alineamiento 
vertical del centro de gravedad de la cabeza, del tronco y de los miembros 
inferiores. 
El análisis kinesiológico de la postura reconoce antes el estudio ener-
gético y las ventajas biomecánicas apropiadas para el usodel movimiento 
en los deportes, en la ergonomía, en la kinesioterapia y en la rehabilitación. 
Las desviaciones posturales estructurales y funcionales (lordosis, cifosis, 
escoliosis, etc.) son abordadas como problemas mecánicos que llevan a 
un mayor desgaste energético de los músculos antigravitatorios. 
Las perspectivas neurológicas observan que el cuerpo humano se 
mantiene en una posición apropiada a través del control automático de los 
sistemas para y extrapiramidales o del control voluntario de los sistemas 
piramidales. Esos sistemas, que resultan de una ontogénesis específica 
y compleja, garantizan una contracción permanente (tónica) con bajo 
nivel energético, cuya función primordial trata de compensar el efecto 
de la fuerza de la gravedad. 
La postura erecta es, consecuentemente, mantenida por el juego 
coordinado de órganos especiales (órganos tendinosos y husos neuro-
 Miguel Sassano
musculares) que, a través del reflejo miotático modulado, producen una 
integración neuromuscular, donde participan diversos centros subcor-
ticales, corticales y cerebelosos. 
La postura acompaña al movimiento como una sombra, del mismo 
modo todo el movimiento comienza en una postura y termina en otra. 
Movimiento y postura son, de hecho, inseparables en términos de 
control motor. El movimiento tiende a desviar unos segmentos corpo-
rales con relación a otros, o la totalidad del cuerpo con relación al suelo. 
Mantener la postura es un proceso activo regulado por una gran variedad 
de inputs sensoriales y centrales, que previenen el cambio de cualquier 
posición (Da Fonseca, 1998). 
De alguna forma, los sistemas de control del movimiento y de la pos-
tura co-actúan al mismo tiempo, esto es, son coordinados sinergética-
mente, a fin de mantener una acción integrada. 
La postura es el resultado de varios mecanismos básicos. Primero, 
exige el tono muscular, que confiere a los músculos la capacidad de man-
tener las articulaciones en posiciones apropiadas. Segundo, reclama un 
tono adicional en los músculos extensores, que contrarrestan adaptativa-
mente la gravedad. La contracción de músculos antagonistas es esencial 
para permitir las diversas fijaciones (cuello, hombro y miembros), que 
soportan el peso del cuerpo y dan a la postura la apariencia de un sistema 
funcional complejo (Luria, 1977). 
„La postura erecta en condiciones normales implica la interacción no sólo 
de varias estructuras neurofisiológicas, sino también de varios sentidos y 
sistemas funcionales. Sólo el esfuerzo combinado de simples reflejos (reflejos 
tónicos y reflejo miotático) de la información propioceptiva, de la integra-
ción vestibular (enviada al cerebelo y después al cerebro), de la activación 
de la formación reticulada (sistema gamma), de la información visual y de 
los movimientos voluntarios, ayudado con las leyes físicas del equilibrio, 
pueden materializar la función del equilibrio‰ (Da Fonseca, 1998). 
El equilibrio comprende, en términos psicomotores, la integración 
de la postura en un sistema funcional complejo, que combina la función 
tónica y la propioceptividad en las numerosas relaciones con el espacio 
exterior (Quirós y Schrager, 1987). 
La acción coordinada y simultánea de la propioceptividad, de la toni-
cidad y de la exteroceptividad, transformadas en un sistema complejo que 
traduce el equilibrio, es, sin margen de dudas, una combinación básica 
de cualquier proceso de aprendizaje. 
Capítulo 2
Las bases de la actividad motriz son la postura y el equilibrio, sin las 
cuales no serían posibles la mayor parte de los movimientos que realiza-
mos a lo largo de nuestra vida diaria. 
„Quirós y Schrager (1980) definen convenientemente los términos referidos 
al tema. Para ellos, postura es la actividad refleja del cuerpo con relación al 
espacio. Posición es la postura característica de una especie. La actitud 
guarda relación con los reflejos (de cierta intencionalidad) que producen la 
vuelta a una posición específica de la especie. Equilibrio es la interacción 
entre varias fuerzas, especialmente la de gravedad y la fuerza motriz de 
los músculos esqueléticos. Un organismo alcanza el equilibrio cuando 
puede mantener y controlar posturas, posiciones y actitudes. La postura 
se basa en el tono muscular y el equilibrio se basa en la propioceptivi-
dad (sensibilidad profunda), la función vestibular y la visión, siendo el 
cerebelo el principal coordinador de esta información. La postura se rela- 
ciona principalmente con el cuerpo, mientras que el equilibrio se relaciona 
principalmente con el espacio. El equilibrio útil es la posición que permite 
los procesos de aprendizaje natural: aquellas habilidades necesarias para 
la supervivencia de la especie y la incorporación de gran cantidad de 
información externa. Por tanto, postura y equilibrio son, a la vez, la base 
de las actividades motrices, la plataforma donde se apoyan los procesos 
de aprendizaje‰ (Berruezo, 2000). 
Entonces, postura y equilibrio constituyen juntos el sistema postural, 
que es un conjunto de estructuras anatomofuncionales (partes, órganos 
y aparatos) relacionados con el mantenimiento de relaciones corporales 
con el propio cuerpo y con el espacio, con el fin de obtener posiciones que 
permitan una actividad definida o útil, o que posibiliten el aprendizaje. 
En el niño recién nacido existe un dominio interoceptivo (sensibilidad 
visceral); luego un dominio propioceptivo (equilibrio, posturas, actitudes 
y movimientos); y por fin el dominio exteroceptivo (sensibilidad dirigida a 
excitaciones de origen exterior). El sistema postural es de formación muy 
primitiva ya que la vía vestibular es la primera vía sensorial en formarse, 
junto con las vías sensitivas. 
La mielinización de las fibras nerviosas del sistema vestibular y del 
sistema auditivo empieza en el tercer mes de gestación y concluye hacia 
el duodécimo mes de vida. 
„El equilibrio es una condición básica de la organización psicomotora, 
ya que implica una multiplicidad de ajustes posturales antigravitatorios, 
que dan soporte a cualquier respuesta motriz. El equilibrio refleja, conse-
cuentemente, la respuesta motora vigilante e integrada, de cara a la fuerza 
gravitatoria que actúa permanentemente sobre el individuo. 
 Miguel Sassano
El equilibrio reúne un conjunto de aptitudes estáticas y dinámicas, abarcan-
do el control postural y el desarrollo de las adquisiciones de locomoción‰ 
(Da Fonseca, 1998). 
El equilibrio es un paso esencial del desarrollo psiconeurológico del 
niño, luego un paso clave para todas las acciones coordinadas e inten-
cionadas, que en el fondo son los apoyos de los procesos humanos de 
aprendizaje. 
Si el equilibrio no está suficientemente integrado y controlado por los 
sistemas funcionales que lo constituyen, la intervención de las otras uni-
dades y respectivos centros superiores será reclamada. Cuando, de hecho, 
los centros superiores son forzados a entrar en acción para mantener la 
postura, está claro que las potencialidades de aprendizaje disminuyen. 
Cuando los centros superiores son forzados a actuar al nivel de las fun-
ciones de equilibrio, el potencial psicomotor y las capacidades psíquicas 
superiores fallan o reducen su adaptabilidad. 
El cerebro, para estar más apto para adquisiciones complejas, tiene 
necesidad de transferir las funciones motoras más simples a centros auto-
máticos; de ahí la repercusión de los problemas posturales en todas las 
funciones de aprendizaje, sean psicomotoras o psicolingüísticas. 
La respuesta a la gravedad expresada en competencias antigravitatorias 
es una de las actuaciones filogenéticas más antiguas, pues sirve de subs-
trato a todas las adquisiciones sensoriomotoras ulteriores. La gravedad 
es una fuente de estimulación sensorial al nivel del sistema vestibular y 
una condición básica a la percepción del peso del cuerpo, sin las cuales 
no es posible una locomoción espacial coherente. La locomoción, en 
todos los vertebrados, es la base de la búsqueda dela nutrición y de la 
sobrevivencia, y está ciertamente implicada en la evolución de sus sistemas 
nerviosos (Da Fonseca, 1992). 
Movimiento y equilibrio surgen, en términos evolutivos, íntimamente 
asociados, tanto en la postura cuadrúpeda, como en la postura bípeda, 
pues ambas contienen en sí la característica compleja de la automatiza-
ción. Automatización que se revela diferenciada en los animales y en el 
hombre, ya que la superación de la “esclavitud gravitatoria” asume en el 
bebé humano una larga maduración neurotónica, desde los reflejos de 
enderezamiento a la postura de la cabeza y a la posición de sentado, hasta 
conseguir la seguridad gravitatoria bípeda. 
El nivel de organización neurológica del equilibrio implica esencial-
mente el tronco cerebral, el cerebelo y los ganglios de la base, estructuras 
que se toman dentro del modelo de Luria. 
Capítulo 2
„Los ajustes posturales en el ser humano son integrados, en su mayoría, 
por estructuras subcorticales de significación funcional filogenética, que 
se asumen como innatas y, por tanto, como evolutivamente garantizadas. 
No se ha dado, por esta razón, mucha importancia a las disfunciones de 
los mecanismos posturales, cuando con mucha frecuencia los problemas 
perceptivos o de aprendizaje tienen su origen en una débil integración 
propioceptiva y vestibular, sugiriendo de alguna forma problemas de mo-
dulación tónica a nivel del tronco cerebral‰ (Da Fonseca, 1998). 
Desde el momento en que el niño de cuatro meses levanta la cabeza, 
como una reacción antigravitatoria esencial a su maduración neurológica, 
el cerebro no cesa de integrar la función de gravedad. La integración de 
los reflejos tónicos del cuello y de los reflejos tónico-laberínticos resulta 
en un sistema sensorio-motor cada vez más jerarquizado y organizado, 
de donde parten, efectivamente, los sucesivos estadios en la apropiación 
de la postura. 
El dominio de la postura es un dominio de la gravedad adquirida 
a costa de la co-contracción tónica de los músculos de la profundidad, 
acción de soporte que estabiliza las estructuras articulares donde la co-
contracción básica de los músculos de superficie se desarrolla adecua-
damente. 
Si las reacciones tónicas de los músculos de las articulaciones fueran 
ineficaces o débiles, la estabilización de tales articulaciones no se da, y 
consecuentemente, los músculos de las articulaciones distales dejan de 
actuar convenientemente. Las constelaciones de contracciones musculares 
que implican movimiento voluntario humano tienen en su retaguardia 
otras constelaciones de contracciones, cuya naturaleza es esencialmente 
tónica. La modulación tónica, por consiguiente, es vital en cualquier 
reacción postural (Da Fonseca, 1998). 
„La modulación tónica que encierra el dominio del equilibrio es depen-
diente del mecanismo de integración sensorial de los husos neuromuscu-
lares. Los husos neuromusculares, con dos tipos de receptores sensoriales 
(Da Fonseca, 1971), asociados a fibras gamma eferentes diferentes, actúan 
tónicamente como mecanismos de feed-back sensorial en estrecha co-
municación con el sistema nervioso central. De un lado, la contracción 
tónica se asocia con las terminaciones aferentes secundarias; del otro, la 
contracción fásica se asocia con las terminaciones aferentes primarias, 
de ahí el resultado de funciones estáticas y fásicas interdependientes. Es 
la información ÿtónicaŸ aferente oriunda de los husos neuromusculares 
que asegura los múltiples circuitos posturales, no sólo a nivel del tronco 
cerebral, sino también a nivel del cerebelo, produciendo por ese servo-
 Miguel Sassano
mecanismo las necesarias co-contracciones y sinergias próximo-distales‰ 
(Da Fonseca, 1998). 
Es fácil entonces, percibir por qué el sistema vestibular participa en 
el equilibrio de forma tan relevante. El sistema vestibular está estric-
tamente asociado con las terminaciones aferentes secundarias de los 
husos neuromusculares, pues le cabe la coordinación de las contracciones 
tónicas y fásicas de los diferentes grupos musculares, realizando por ese 
mecanismo una compleja integración sensorial de gran importancia en la 
organización del equilibrio y en la orientación espacial de la motricidad 
(Da Fonseca, 1992). 
Para una buena orientación espacial es necesaria una adecuada 
información sobre el cuerpo y sus movimientos; por consiguiente, 
la información acerca del grado de tensión muscular dada aferentemente 
por los husos neuromusculares es crucial. Tal detección de tensiones y 
de desviaciones, de aceleración y desaceleraciones, está superiormente 
integrada por el sistema vestibular, de ahí su interfuncionalidad con la 
tonicidad y el equilibrio. 
El oído interno humano dispone de órganos auditivos y no auditivos. 
La cóclea es el órgano dedicado a la audición, mientras que el aparato 
vestibular, habitualmente llamado laberinto, es el órgano no-auditivo 
dedicado al control de la postura, el equilibrio, el tono muscular, los 
movimientos oculares y la orientación espacial. El aparato vestibular 
también controla los movimientos oculares, así como otras funciones 
conectadas con los movimientos corporales coordinados e intencionales 
(Berruezo, 2000). 
„El aparato vestibular responde específicamente a la fuerza de la gravedad 
y a los movimientos de aceleración y desaceleración angular. En los seres 
humanos, cualquier movimiento, cualquier modificación de la posición de 
la cabeza en relación con el espacio, cualquier vibración ósea de la cabeza, 
puede estimular los receptores laberínticos. Estas estimulaciones originan 
aferencias que participan en el control postural y equilibratorio, en el tono 
muscular, en los movimientos finos de los ojos y, secundariamente, en 
las coordinaciones visomanuales‰ (Berruezo, 2000). 
La postura y el equilibrio dependen de tres acciones principales. En 
primer lugar, las aferencias laberínticas; en segundo lugar la visión y, 
finalmente, la propioceptividad. Durante la infancia el cerebelo va aumen-
tando su actividad coordinadora sobre esas tres acciones. 
Berruezo (2000) sostiene que el sistema postural hace posible la inte-
gración de los aprendizajes al liberar a la corteza cerebral de la responsa-
bilidad del mantenimiento de la postura a favor de niveles inferiores de 
Capítulo 2
regulación propios de procesos automatizados. Es lo que Quirós y Schra-
ger (1987) han denominado potencialidad corporal, que no es otra cosa 
que la exclusión corporal del plano de la conciencia como consecuencia 
de la automatización de los procesos de reequilibración y mantenimiento 
de la postura. En virtud de este fenómeno, la atención y la conciencia 
quedan disponibles para otras acciones, para iniciar o desarrollar nuevos 
procesos de aprendizaje. 
El equilibrio está íntimamente ligado al control postural. Mientras 
que quienes llevan a cabo el equilibrio son los músculos y los órganos 
sensoriomotores, el control de la situación que rige la adopción de una 
postura económica de equilibración antigravitacional recae sobre el sis-
tema laberíntico (situado en el oído) y sobre el sistema plantar. 
“El equilibrio para nosotros, los seres humanos, que nos mantenemos 
en posición erguida sobre nuestras extremidades inferiores, consiste en una 
capacidad de estar de pie incluso en condiciones difíciles. Claro que las 
situaciones de equilibración se producen tanto cuando el cuerpo se encuentra 
quieto como cuando está moviéndose. Por ello hay quien distingue el equi-
librio estático, que pone en juego el control motor, y el equilibrio dinámico, 
que se une a la coordinación de movimientos como un elemento más que 
se encarga de evitar la caída” (Berruezo, 2000). Intentando abarcar ambos 
aspectos, Coste (1979) afirma que “el equilibrio es un estado particular 
por el que un sujeto puede, a la vez, mantener una actividad o un gesto, 
quedar inmóvil o lanzar su cuerpo en el espacio (marcha, carrera, salto) 
utilizando la gravedad o, por el contrario, resistiéndola”.

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