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Derechos de Autor El Rey y la Bailarina ©2022 Martha Molina Amazon Primera edición eBook, 05 de junio 2022. ASIN: B0B383H11B Portada principal Imagen bailarina: Autor-Denis Aglichev / Canva.com (Premium) Vector garra animal: Autor-Webreid / IMGBIN.com Efectos y fuentes de la portada: Photo Editor PIXLR.com Diseño general: Martha Molina IMPORTANTE: Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento informático, trasmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopias, grabación u otro método, sin el permiso previo del autor. Sinopsis Apostó por sus hijos y venció, teniéndolos consigo. Apostó por el amor y ganó, a pesar de que todo le jugó en contra. Apostó por ella misma… Pero esto Isabel lo podría perder en un segundo a causa de fuerzas oscuras que acechan a sus seres queridos para arrastrarlos al abismo del que nunca retornarían. Prólogo Los gritos furiosos retumbaban a la espalda de Everett en la medida en que este se marchaba. Zanjó abrupto la discusión sostenida con sus tíos y su hermano en la biblioteca. Slobodan y Zoran lanzaban increpaciones que quedaron desoídas, frustrados por carecer del apoyo esencial para hacerse del dominio de Nueva York, mientras que Damir escuchaba un mensaje de voz, acabado de recibir, por no atender una llamada en su móvil hacía unos minutos. —¡Necio! —¡Tonto! Exclamaban furibundos los dos hombres, moviéndose estos de un extremo a otro, inquietos por el excelente plan que el incompetente del sobrino no quiso emprender. Era un maldito cobarde que no merecía ser llamado «Alfa», el liderazgo le quedaba grande ante la conquista. —No podemos perder esta oportunidad, solo porque a Everett le tiemblan las piernas —Slobodan comentó sin tener cuidado de ser escuchado por Everett o que Damir se molestara por la ofensa hacia el otro. —¿Y qué podemos hacer? —Zoran se plantó frente a su hermano—. ¡Nos puso bozal y correa! —Eso es lo que él cree… Más bien, será al revés. —¡Shhhhhht! ¡¿Quieres que nos mate?! Lo que expresas es una clara amenaza a su autoridad. Slobodan rio con inquina. —No para la manada, necesitamos de… ¿Adónde vas? — preguntó a Damir, luego de que este se levantara de su asiento para dirigirse hacia la puerta—. ¿No te interesa lo que tenemos que decir? El estilizado hombre –pálido– se volvió hacia el tío más avinagrado. —Después —dijo con cierta tensión en su voz—, tengo un compromiso por atender. —¿Cómo cuál? No es tu asunto, espetó para sus adentros; sin embargo, respondió: —Les aseguro que me interesa, pero me tengo que marchar. ¿Les parece que lo dejamos para más tarde? Los llamaré y trazaremos una nueva reunión; por lo pronto… — se giró sobre sus talones—, me disculpan. Y se marchó, sintiendo su pecho oprimido por la angustia. Slobodan y Zoran intercambiaron miradas. Los descendientes de Stanislav no servían para nada. Mientras tanto, del otro lado del ventanal de la biblioteca, con vistas al jardín, Grubana escuchaba atenta a lo que sus cuñados gruñían. Ella fue rechazada a estar allí dentro y discutir el asunto de los invitados a la cena de su nieto primogénito, el bastardo de Everett le cerró la puerta en la cara, a pesar de ser ella la que ideó el plan desde un principio; la bilis se le revolvía en el estómago por la rabia, ¡la subestimaban!, ella era astuta y tenía contactos, y la relegaron a parar la oreja como sirvienta cotillera. Quiso escupir una palabrota, pero se percató de que Everett se dirigía hacia los rosales mientras hablaba a través de su móvil. Grubana estuvo tentada a espiarlo, por si tomaba acciones contra ella o su hijo; no obstante, prefirió no arriesgarse a ser olfateada, por lo que se apuró en correr hacia las barandas que limitan la zona de la playa con los rosales y así evitar alertar de su presencia. Lo detestaba por mil razones y por ser el fruto del amor que su difunto marido tuvo con la infeliz de Winona. Bordeó la casa para entrar por la puerta posterior y, al cruzar el interior hacia el amplio vestíbulo, alcanzó a divisar a través de uno de los ventanales de la fachada, el auto que Damir solía dejar aparcado en el garaje para cuando él estuviese de visita en los Hamptons. Se alejaba con un rechinar de neumáticos del que a Grubana le pareció curioso, puesto que Damir era de los que se movilizaba u ordenaba a su chófer en conducir a moderada velocidad. ¿Qué sería lo que debía atender con tanta prisa? Se preocupó, Damir jamás se alejaba de esa manera. Él disfrutaba de una buena discusión, así la llevara de perder. Lo más probable, el enojo lo amargaba. —Tengo que ser siempre la que hace todo… —masculló para sí misma, conjeturando de manera equivocada lo que representaba que este pisara el pedal hasta el fondo dentro de los terrenos de la mansión. Permaneció un instante meditando la actitud de su hijo por culpa del bastardo y luego se encaminó hacia donde se hallaban los dos inútiles vejestorios con sus colas metidas entre las patas. No organizó aquello de forma infructuosa. Obtendría poder de un modo u otro. Capítulo 1 Con la llamada acabada de cortar, iban tres de las invitaciones que Everett cancelaba en nombre de su madrastra. Torrenegra, Vladan y Makarov fueron los primeros que recibieron el mensaje tajante de abstenerse en presentarse en Long Island y, para su conveniencia, les aconsejaba en abordar sus respectivas aeronaves lo antes posible, no se haría responsable de lo que a estos les fuera a pasar en una ciudad que él no comandaba. Del resto de sus tíos, los mismos Slobodan y Zoran se encargarían de comunicarles la negativa: nadie se levantaría en armas ni se transformaría para agredir vampiros sin su orden expresa. El que le llevara la contraria, él mismo se encargaría de arrancarle la vida, aunque fuese familia. La siguiente llamada que realizaría desde el móvil que le prestó Luttrell, mientras se hacía de otro, era la que debió haber hecho en un principio, pero necesitaba asegurarse de que los anteriores nombrados no se involucraran en un plan descabellado. Así que marcó el número telefónico del que, salvo él, conocía entre la comunidad lobuna. Aquella vez en la que fue al Mastrangelo a disculparse con el propietario por la depresión que lo enloqueció, este le dio después su número para eventuales conversaciones entre líderes. A Everett le urgía averiguar si estaba enterado de los lobos que arribarían y si estaba tomando medidas para impedirlo. Dos repiques bastaron para que, del otro lado de la línea, contestaran: —Diga —la persona que respondió no lo hizo como una pregunta. —Comuníqueme con el señor Zakharov —solicitó a una voz masculina que no correspondía con la del mencionado, pero que Everett asumía que podría ser el mayordomo. —¿Quién le va a hablar? —inquirió con cierta arrogancia. —Everett Brankovic. —Aguarde un momento, por favor. Hubo un breve silencio y luego una leve sonrisa crepitó a través del móvil. —Para que mi asistente ignorara, quién realiza la llamada, es porque lo haces desde otro dispositivo. Tenía tu número agregado al mío. —Perdí mi móvil en un accidente —reveló y al instante se reprendió por bocón. ¿A ese qué le importaba? El silencio se plantó de nuevo en medio de los rosales en donde Everett se hallaba, y antes de que preguntara si el otro seguía ahí, su interlocutor replicó: —Claro, por lo de la caída del helicóptero... Es lamentable lo sufrido por tu compañera. ¿Ella se encuentra bien? ¿Ya se ha regenerado? —Sigue en proceso de sanación —dejó creer a Kerenor que el daño en el móvil se debió a aquello, sin revelar que en realidad fue Abby Rose, quien partió en mil pedazos el último que se compró, al lanzarlo al piso de su habitación por él no haber cedido a su seducción. Con respecto a Isabel no agregó más información, a ella lefaltaba mucho por regenerar y esto él lo lamentaba. Le dolía verla ocultar sus quemaduras bajo un velo. —Comprendo —Kerenor expresó en un tono que reflejaba empatía—. El fuego es capaz de acabar hasta con los inmortales. Y los que sobreviven a este, apenas tienen fuerzas para recuperarse. Tu compañera es una diosa… El modo informal y meloso en cómo se expresó el Antiguo, al lobo le sentó mal en la boca del estómago. —Y es mi mujer. Risas socarronas crepitaron en su oído. Everett se retiró un poco el móvil de la oreja para que no lo ensordeciera. —Los celos suelen ser tan fuertes en los metamorfos como en los vampiros —comentó jocoso—. Las compañeras de vida son las posesiones más valiosas que podremos tener; lo envidio, Everett, ella es única en todos los sentidos. Ruego se recupere. —Gracias. —Ahora cambiemos de conversación, porque dudo que me hayas llamado para hablar del infortunio de tu mujer. —No. —Es por el pulgoso —comentó al pleno conocimiento de este hecho—. Me sorprende que tardaras en contactarme. ¿Acaso no dejamos las cuentas claras y las bases de nuestra amistad cimentadas? Los contratiempos lo aclaramos con rapidez. —Así es y me disculpo. He estado ocupado con estos desafortunados eventos —replicó sin cohibiciones. No se excusó por haber estado durante meses en vela, en el hospital, más al pendiente de las recaídas físicas y emocionales de su exprometida que de los asesinatos del depredador. Las cirugías fueron dolorosas y continuas en Isabel, de la que apenas esta tenía aliento para quejarse. El otro rio con aire de gran señor. —Tu perro anda suelto por las zonas verdes —increpó con parquedad—. ¿Puedo preguntar: está rabioso?, porque si contagia con su mal, les ofrecemos nuestra «vacuna». Es muy efectiva para curarlo. Para Everett no era necesario que le hablara entre líneas, era fácil deducir el camino violento que emprendería de ser así. —No es mi perro y le agradezco el ofrecimiento, pero tenemos las nuestras y son más potentes para cortar de raíz toda cepa maligna. —No lo dudo —se carcajeó—. No lo dudo… Aun así, estaremos pendientes por si son incapaces de atraparlo — agregó en tono acerado—. El bajo perfil es importante y la discreción también. No queremos una cacería de brujas iniciada por los humanos, a causa de un pulgoso que no se mide al cazar. Porque es uno, ¿cierto? Odiaría que corriera mucha sangre… —No pasará. —¿Me lo asegura? —Se lo aseguro. —Si lo atrapas, lo liquidas. Te corresponde esa tarea, ya que es de los tuyos, ha atacado a unos cuantos y dejado huellas tras de sí. Si esto trasciende, te lo cobraremos, así no sea tu perro... Los Brankovic se han mantenido en mis dominios durante años y ha comenzado a afectarnos. Espero sepas cómo somos cuando nos enojamos. Aniquilación. —Lo sé. —Los vampiros en estos casos eran extremos. —Me tranquiliza que podamos solucionar este contratiempo sin reñir. Reflejas madurez de tu parte: igual que tu abuelo. Everett meditaba si Dragan tuvo que capear muchas veces el juego de palabras afiladas al que el vampiro de ochocientos años estaba acostumbrado a intimidar a sus contrapartes. —Le llevaré el cadáver si lo hace feliz. Kerenor rio. —Sí, por favor, tráeme la cabeza. Así me aseguras de que acabaste con el pulgoso. Recuerda, Everett: los estamos vigilando. No más muertes. Esta es nuestra zona de caza y, si aquel continúa atacando o infectando, acabaremos con tu linaje en compensación por la presas cazadas. Y sería una pena porque comienzas a agradarme. Everett abrió la boca para lanzarle unas cuantas increpaciones, pero Kerenor cortó la llamada sin darle oportunidad de hacerlo. —¡Hijo de puta! —gruñó llevado por la ansiedad y el cabreo. El representante de la Casa del León había acabado de amenazar a sus hijos. Capítulo 2 El frenazo fue abrupto. A Damir le tomó diez minutos llegar al Zoológico del Bronx y bajarse en una exhalación de su Porsche Panamera verde grama, del que casi se lleva por delante a un grupo de humanos que pasaban en ese instante, ganándose por parte de estos unas cuantas increpaciones por su imprudencia. El auto familiar-deportivo quedó atravesado entre dos puestos en el estacionamiento del Bronx River y entró por las puertas del parque de esa zona. Caminaba rápido, evadiendo magistral a los humanos que –para angustia del lobo– se movilizaban como tortugas, vestidos con ridículas bermudas, camisetas espantosas y gorras de beisbolistas. Su sentido de la orientación lo ayudaba a tomar la vía correcta a lo leído en el mensaje recibido, yendo en sentido oeste, según lo informado por Jevrem, que debía dirigirse hacia dónde había monos… Damir no cesaba de orar al gran dios de los metamorfos para que sus temores no se hicieran realidad; eso no podía ser, tenía que haber sido un error, algo debió haber ocurrido como para que aquello sucediera, por su mente pasaban miles de conjeturas, esperando aprensivo a que la policía estuviese cercando el lugar y apuntando con sus armas que a cualquiera derribaría. Hizo un alto para elevar la nariz y olfatear el aire y así percibirlo; en ese momento divisó a lo lejos un monorriel, transportando pasajeros para que disfrutaran mejor del paisaje y del que a Damir le desagradó este tipo de entretenimiento; nada de lo que vio en su recorrido era para ser elogiado: animales en cautiverio en ambientes artificiales. Si fuese al revés, los animales observaban y los humanos se confinaban. O morían… Meditó de repente: ¿Cuántas jaulas de monos habría? ¿Y de qué variedad: orangutanes o chimpancés? Nunca había estado en ese lugar y él fue un tonto en no preguntar a su hijo el lugar exacto. La llamada fue fugaz. Caminó hacia un humano, pero antes de hipnotizarlo para sacarle información sobre las ubicaciones del zoológico, el aroma de Jevrem se percibió cercano. Damir se mosqueó. Esperó un rato a que la estela de los bípedos pasara; sin embargo, precisamente de la parte en la que de estos estaba más congestionada, es de donde provenía el aroma que trataba de captar. Elevó la vista hacia un edificio que tenía pinta de museo, cuyo letrero identificaba el lugar como «Mundo de la Jungla». Reanudó la carrera y atravesó las puertas dobles de vidrio, sin pagar ningún tiquete. El ambiente interno era oscuro y de pasillo alargado, topándose primero con el «Área de Información», cuyas paredes contenían mapas orientativos de cada exhibición, en el que contenían altísimos árboles de los bosques tropicales de Asia que allí plantaron para deleite de los estúpidos humanos. Inhalaba profundo para seguir el rastro, ya corriendo a una velocidad propia de su especie, vadeando a los que observaban las exhibiciones de árboles y animales de aquellos bosques selváticos que los administradores del zoológico trataban de imitar casi a la perfección. Ignoró las vitrinas amplias de los matorrales que se hallaban de un lado a otro; por un breve lapso perdió el rastro de Jevrem y alzó la nariz para olisquear, llegando hasta él, los perfumes baratos de los visitantes, las apestosas flatulencias de los imbéciles que no controlaban sus intestinos y los excrementos de algunos animales que estaban confinados más adelante; todo esto lo percibía y hasta el que tenía grabado en su memoria. —¡Fuera! —ordenó tajante al sujeto que fotografiaba a unos lungures plateados a través de la vitrina de protección, y luego expulsó a cinco miembros de una familia que señalaban animados a los mismos monitos de larga cola que saltaban entre las copas de los árboles de dicha exhibición —. ¡Fuera! ¡¡Largo de aquí!! —Bípedo que se topaba, bípedo que hipnotizaba para que abandonara el lugar. Jevrem estaba cerca, lo percibía, pero Damir no podía arriesgarse a que fuese captado por las cámaras fotográficas o dispositivos electrónicos que estos portaban. Los lungures comenzaron a saltar desesperados entre las ramas altas, pocas veces sintiéndose tan vulnerables frentea los que se hallaban del otro extremo de la vitrina. Chillaban casi infartados de la presencia de ese ser que inspiraba temor, habiéndose antes adaptado a la fuerza del confinamiento; apenas tuvieron alivio cuando este se alejó por estar «inapetente». Damir recorrió unos metros más el pasillo, de piso de madera y techo de bambú, y atravesó otras puertas dobles de vidrio que dieron acceso a una parte donde el follaje selvático era más frondoso. Una cascada lo recibió… Formaba parte del entorno «natural», detrás de aquellas jaulas de cristal que los humanos idearon para que los visitantes y los animales se mantuvieran separados. ¡Fo!, se tapó la nariz. El olor a ramas húmedas, barro, heces y orín de mono, golpearon sus fosas nasales. En esa área, del cual se apreciaba de ambos lados del pasillo, la seguridad era media, puesto que las especies mostradas no representaban peligro: las vitrinas se erigían hasta la cintura de un adulto y la vista se apreciaba desde cierta altura. —¡Fuera o los destrozo! —gritó a varias personas sin determinar que entre estos había niños. Ninguno protestó, de allí todos se marcharon obnubilados. Desde su sitio, Damir buscó a Jevrem entre el tupido follaje y las enormes raíces sobresalientes de los gigantescos árboles que se hallaban a su derecha, pero allí no lo vio y enseguida se volvió hacia la exhibición a su izquierda. —Oh, Licaón… —sollozó por la impresión, Jevrem se hallaba casi mimetizado a las faldas de un árbol de tronco grueso, aovillado en la tierra como si fuese un ser indefenso a las inclemencias del tiempo y la vida misma. Estaba desnudo y temblando convulsivo por la crisis que enfrentaba que por las bajas temperaturas; no obstante, el clima de esa mañana no provocaba tiritar de frío, aún el otoño distaba de golpear inmisericorde y la temperatura regulada en el edificio, lo hacía soportable. Pero Jevrem yacía allí con su piel erizada, sus brazos pegados a su pecho y, tan encogido…, que a Damir se le oprimió el corazón. Sin reparar en que las cámaras de vigilancia lo pillasen o sus zapatos de diseñador se estropearan al caer en el estanque artificial, saltó hacia abajo al pasar de un impulso sus piernas por sobre el cercado de vidrio. Los pequeños primates se aterrorizaron ante la invasión de otro lobo en su zona asignada, aferrándose a las ramas de los árboles y lanzando aullidos como si fuesen niños que gimoteaban por el llanto descontrolado. Damir los ignoró, él no estaba allí para devorarlos, sino por su hijo. Así que, teniendo cuidado de sobresaltar al joven, posó una mano en su hombro para confortarlo y así indicarle que había acudido en su ayuda. —Hijo —lo llamó sin ser rudo—, ya estoy aquí. Jevrem al sentir el contacto de su padre, rompió en llanto. El otro no supo qué hacer, lanzaba miradas recelosas de un extremo a otro, inquieto por los movimientos de las ramas bajas de las copas de los árboles cercanos, gruñó a las criaturas que se escondían entre el follaje, por si le lanzaban popó; eran un par de monos, curiosos del joven tembloroso en la tierra. No riñeron al lobo más viejo en respuesta, más bien, treparon de inmediato a la seguridad proporcionada por las alturas, alertando a sus compañeros de los que abajo se hallaban. —Hijo, vamos… —Damir trató de levantarlo y llevarlo rápido hasta el Panamera, a pesar de su desnudez. Si los humanos lo notaban en esas condiciones, llamarían a la policía, por el nuevo incidente que ocurría en el parque metropolitano, pues no faltaba el loco que quería ser parte de la manada de algún animal salvaje—. Deja de resistirte y levántate —lo increpó sin más remedio que hacerlo para que recobrara la compostura, lo sentía por él, pero no era conveniente consolarlo en ese lugar por estar sin guardaespaldas que los protegieran. Por desgracia, tuvo que prescindir de estos para evitar que se dieran cuenta de Jevrem; se cuidaba de las indiscreciones y la cotilla que rodaría entre la servidumbre. Sería un riesgo del que no tenía intención en asumir. Aun así, lamentaba de no hacerse acompañar por el más fiel de sus hombres cuando subieron al jet. El maldito de Everett dispuso solo de los suyos. Y él desconfiaba de ellos. —Hijo… —zarandeó con suavidad su hombro, Jevrem no paraba de llorar, lo que escuchó en el móvil lo dejó helado. Él era el depredador. No alcanzó a formular en su mente cómo se las arregló para llamarlo, el número era el de un extraño y no portaba ninguno, cuando notó que detrás de Jevrem se hallaba el móvil que debió tomar «prestado de alguien». En la biblioteca ignoró la llamada por estar pendiente de las protestas de su tíos; no obstante, en cuanto consultó quién era el insistente, le llamó la atención el número de llamadas perdidas y el mensaje de voz que le dejaron. «P-papá… —tartamudeó—, a-ayúdame, sssoy… s- soy… soy el asesino. Los maté. ¡Fui yo! Estoy en el Zoológico del Bronx, por… Monos, hay monos…». Damir dejó de respirar. ¡¿Que él qué…?! Ni supo en qué momento se subió a su auto para ayudarlo. Se inclinó hacia adelante y, por encima de su hijo, tomó el móvil del suelo. Lo encendió para reparar a quién le pertenecía, la foto de una mujer joven le sonrió tan pronto la pantalla se iluminó. No tenía clave de acceso, el dispositivo apenas tenía carga y era de un modelo económico, pero le sirvió a Jevrem para contactarlo. Lo partió en dos y los pedazos los lanzó al estanque. —¿Es cierto? ¿Eres…? —le costaba formular la pregunta. Si los otros se enteraban, lo mataban. —Sí… —respondió con voz rota y llorando a raudales, cada vez más aovillado. A Damir se le hizo un nudo en la garganta. ¡¿Su hijo?! Era un error. Tal vez lo malditos vampiros lo atraparon y lo hipnotizaron; de esos chupasangres lo creía todo: buscaban el pretexto para iniciar una guerra y tomar posesión de los bienes que ellos tenían en Nueva York. Puede que fuese lo más factible, pero Damir consideraba otros motivos. Clanes enemigos. ¿Makarov? ¿Torrenegra? ¿Los Yakaramath? ¿Quiénes? Alguno de los que ansiaban el mando de los Brankovic se movilizaban en la oscuridad. El que fuese, capturó a Jevrem y lo hizo su títere, puede que bajo amenazas por deudas o asuntos que este no deseaba otros se enterasen. ¿Por ser homosexual? ¿Drogas? ¿Violación? Si era esto último, ¿a quién violó? Hizo un mohín, seguro que a alguna chiquilla descendiente de un alfa. Acarició la melena de su hijo, húmeda por el sudor y polvorienta por la tierra, y se lamentó de que haya sufrido ese calvario: ¿cuántos actuaban movidos por el desespero, asesinando a los que sabían su secreto? ¡Oh, su Jevrem! Sacudió la cabeza, negándose en aceptar que él se dejara dominar de esta manera. Habría buscado el modo de librarse de sus chantajistas, recurriendo a su padre o a su tío; esbozó una sonrisa interna, no buscó a su tío favorito, sino a él, a su padre del que se mantuvo distante durante meses. La sangre llamaba a la sangre, y Jevrem llamó a su pariente más cercano. Damir alzó la mirada una vez más y rodó los ojos por el perímetro, sus sentidos estaban agudos, su corazón palpitante, sus uñas alargadas y listas a desgarrar extremidades. ¿Algún humano lo habrá visto antes de que él llegara? ¿Los que monitoreaban los pasillos de las exhibiciones forestales habrían alertado a seguridad? O Jevrem ejecutó la hipnosis para ser «invisible» a los ojos de los humanos. —Me contarás todo al volver a casa; por lo pronto… —de un tirón lo jaló con rudeza del brazo y lo puso en pie—, nos marchamos. No me gusta este lugar, muchos ojos sobre nosotros… —Así fuesen monos o serpientes, Damir desconfiaba. Jevrem carecía de fuerzas para sostenerse por sí mismo, ocasionando que su padre lo sostuviera, al pasar su brazo por sobre su hombro y lo llevó a paso lento por entre la «jaula-jungla», y luego saltaron por sobre el cercado de vidrio para devolverse por el camino donde se hallaba aparcado el vehículo. Fue molesto tenerque estar a menudo gruñendo a la gente y obnubilando sus mentes para que no los filmasen con sus móviles; cuando recuperaran la lucidez, se sentirían confundidos y dudarían de lo que vieron; de filtrarse algún vídeo por las redes, la reputación de su hijo y la suya se arruinarían, los escándalos de ese tipo no eran tolerados en las Cortes Reales si su querida madre pretendía posicionarlos. Los súbditos debían ser aguerridos como sigilosos. Jamás, en sus cincuenta años de existencia lobuna, tuvo que pasar por un hecho semejante; solo un padre estaría dispuesto al señalamiento o al peligro para sacar – literalmente– del fango a su hijo. Jevrem lo necesitaba y él se la brindó sin increpaciones, habría tiempo para darle una escarmentada, se dejó dominar por otros y sufría las consecuencias. ¡Él lo crió para ser dominante, no al revés! Con la mano libre, abrió la puerta del copiloto y acomodó a Jevrem en el asiento. Este seguía temblando, por lo que Damir se quitó su chaqueta para arroparlo. Se cimbró al percatarse que una bípeda de contextura rolliza los fotografiaba con su móvil desde los portones abiertos de la entrada del Bronx River. Damir corrió hacia la mujer y, antes de que esta parpadeara, ya no sostenía el móvil entre sus manos. Solo alcanzó a observar estupefacta que yacía destrozado en el pavimento. —Maldición… —gruñó mientras se deslizaba detrás del volante y miraba a la mujer a través del espejo del parabrisas. La bípeda se agachaba para recoger su móvil, tal vez creyendo que se le había caído por accidente por esa ráfaga de viento que de repente azotó. Los temblores de Jevrem no cesaban, el shock a causa del trauma producido –de lo que sea que hizo– lo mantenía afligido. Puede que haya tenido un acceso de ira y un posterior declive en sus emociones; no estaba bien, seguía roto por dentro, llorando como un niño. Encendió la calefacción hasta su máximo punto y giró la suichera, poniendo al instante en marcha el Panamera. Sentía que un enorme peso a ambos los aplastaba si continuaban por las inmediaciones del zoológico. Tras salir del Bronx y rodar hasta atravesar los límites de Manhattan, se detuvo dentro del estacionamiento privado de un lujoso centro comercial, no era prudente llevar a Jevrem a los Hamptons en esas penosas condiciones, Everett haría muchas preguntas y él no tenía capacidad para responderlas. Se tomó un respiro y meditó lo que debía hacer. —Disculpa, hijo —expresó en cuanto hurgaba el bolsillo interno de la chaqueta que le servía de manta. Jevrem ni lo escuchaba, su mirada perdida más allá del cristal de su ventanilla. Él los mató. Él… Los dedos del progenitor volaban sobre la pantalla táctil, marcando el número de la persona que lo ayudaría. Media hora más tarde, ambos lobos continuaban ocultos en el vehículo. Estaban en el segundo nivel subterráneo del aparcamiento 124, junto con otros autos de menor gama, cuyos propietarios se paseaban campantes con sus compras por las boutiques de los pisos superiores. Damir no apabulló con preguntas a Jevrem con la intención de que se calmara y también para él mismo reunir el valor a lo que este le dijera en el momento preciso. Jevrem ya no lloraba, aunque su mirada seguía perdida, quizás recordando los asesinatos cometidos; si bien, los lobos eran capaces de destripar personas si los asolaba el hambre, se «civilizaron» a consumir de la carne cazada por proveedores asignados. Una cacería de humanos dejó de efectuarse desde el siglo pasado, cuando esta población perdía el miedo y se hacía de poderosas armas letales para aniquilarlos; hasta los vampiros mantenían el secreto de su existencia, solo se requería de un humano para accionar el botón de una bomba que diezmaría un gran número de ambas especies. —¿Qué te llevó a cazar? —por fin le preguntó, mirando él por su ventanilla para que su hijo no viera su expresión cuando le respondiera. —No lo sé. Damir se volvió hacia este. —¿Te secuestraron y amenazaron? —El alfa o lobo mafioso que lo haya hecho, sabría lo que es meterse con un Brankovic. —No. —¿Sientes odio hacia los bípedos? —Puede que muy dentro de su ser estuviese desarrollando un aberrante sentimiento hacia estos. Cabeceó. —¿Placer al matar? —los sádicos y los psicópatas gozaban al observar el horror en sus víctimas. ¿Sería Jevrem uno de ellos? Cabeceó más rápido y esta vez miró atribulado a su padre, pues no existía un motivo para hacerlo. —¿Qué me está pasando? Esa era una pregunta que el progenitor también se formulaba para sus adentros: ¿Qué le sucedía a su primogénito? Apenas le respondió con un encogimiento de hombros, mortificado por no hallar las razones a su aparente «locura», los asesinatos efectuados en Alaska y Nueva York no serían perdonados por el Alfa Mayor; este era el representante estadounidense ante el regente del continente americano, imponiendo las leyes con mano dura. La matanza de humanos en tierras de vampiros, los medios televisivos exponiendo al mundo hechos inexplicables, la policía metiendo sus narices, siguiendo el rastro de un perro gigante…, bastaría para que los gobernantes emitieran un decreto de acabar con el linaje del que ocasionó la cacería. Ambos permanecían meditabundos, preocupados en lo mismo, pero el silencio imperante fue interrumpido tras el toque nervioso de unos nudillos femeninos en la ventanilla de Damir. Radojka. Damir se bajó de inmediato y tomó la bolsa que su Primera Esposa trajo de manera furtiva a pedido de él; la mujer estaba angustiada, bordeando el Panamera verde, caminado detrás de Damir, del que apenas este le suministró una escueta información: «Ve por una muda de ropa de Jevrem y sal sola sin que nadie te vea; no manejes ningún auto del garaje, toma un taxi o el vehículo que veas en tránsito por la calle. Antes de marcharte, coméntale a Blanka de que tienes migraña y que permanecerás recostada en tu habitación hasta que se te pase, así evitarás que te molesten y se den cuenta de no hallarte en la casa». Eso fue exactamente lo que ella hizo y siguió las indicaciones que su marido le daba a través del móvil: «Hipnotiza un conductor y que te lleve hasta la 6ta Avenida, luego ve al centro comercial…». Radojka notó las perneras del pantalón y los puños de la camisa de su marido, que estaban húmedos, así como también los zapatos untados de barro. Y esto la hizo meditar de dónde él halló a Jevrem para estar como si la creciente de un río los hubiesen revolcado. Sollozó al ver a Jevrem tan traumado, pero tuvo que contenerse por la mirada severa de Damir. Este abrió la puerta del copiloto. —A ver, hijo, tenemos que vestirte —lo despojó de la chaqueta y alargó la mano para que Radojka le diera la primera prenda que le iba a poner. —¡¿Aquí lo vestirás?!, ¿por qué no lo llevaste a otra parte? —¿Cómo un hotel? —graznó—. Mucho riesgo. Dame el calzoncillo. Trajiste uno, ¿no? —Un bóxer… Damir se lo arrebató con rudeza, mientras que Radojka se preguntaba para sus adentros qué le habría pasado a su bebé para que estuviese así. El licor no se percibía, siendo la borrachera descartada, tampoco una riña o asalto callejero, Jevrem no presentaba heridas ni aporreos, solo esa mirada ida… —¿Alguien te vio salir de casa? —Damir le inquirió a su mujer, a la vez en que vestía a su hijo, el pantalón de corte deportivo subía por las piernas de este, a pesar de seguir sentado en la parte del copiloto como si fuese un minusválido que se hizo en los calzones. —Nadie, tuve cuidado de escabullirme por la puerta de la piscina —Radojka contestó entrecortada a la vez en que meditaba del porqué de tanto secreteo, ¿qué tenía su hijo? —¿Everett? —Escuché que se marchaba en el Mercedes… —¿Preguntó por Jevrem? —La camisa abotonándose sobre el torso del aludido. —No que yo sepa. —Lo más probable, es que no. Según sé: lo asignó a cuidar a esa horrorosa híbrida como si fuese su guardaespaldas. A Radojka se le estrujó el corazón. —¿Vas adecirme qué fue lo que le pasó?, ¿por qué no lo llevas a casa? —preguntó aprensiva y arriesgándose a una increpación silenciosa de su hosco marido. —Por el bien de nuestro hijo, es mejor que te mantengas en la ignorancia. —¿Por qué? —la angustia en ella se acrecentó, Jevrem no reaccionaba, se dejaba poner las medias y los zapatos por parte de su padre. —Pesadillas… Las pesadillas se hicieron realidad. Damir levantó la mirada hacia él y Radojka se preocupó. ¿Pesadillas? ¿Qué pesadillas? Ella inquirió con la mirada a Damir, preguntándole de esta manera qué fue lo que Jevrem quiso decir. Lo presentía, pero temía que fuera esto y no una sobredosis por drogas, del que Damir hacia lo posible para que la familia no se enterara, pues ocasionaría que le restaran deberes importantes y lo rebajaran a una paria. Un metamorfo toleraba el licor y era inmune hasta con los medicamentos, pero las sustancias alucinógenas causaban que se tornasen agresivos. Los desinhibían. Por fortuna, Jevrem no parecía presentar estas señales. —Es nada —respondió, cerrando la puerta del copiloto con algo de nerviosismo y le ordenó a su mujer en subirse a los asientos posteriores del vehículo, sin aclararle lo que el otro balbuceó. Sin embargo, Jevrem lo repetía casi en un susurro que salía de forma atemorizado de entre sus labios, comentando a lo que, en sus «alucinaciones», sería a alguien que solo él veía. Pesadillas. Pesadillas. Pesadillas. Se hicieron realidad… Como si Radojka hubiese recibido una contundente bofetada que la espabiló, la hizo comprender lo que esto representaba en las penurias de su bienamado hijo. Jadeó. Imágenes violentas y persecuciones terroríficas, llegaron a la mente de la progenitora, sumiéndola por un instante en un mundo tenebroso y ajeno a los que la rodeaban. —Damir… —llamó a su marido, quien giraba la suichera para accionar el motor—, nuestro hijo… Él la miró a través del espejo del parabrisas, cansado y con ojeras, queriendo tomarse una copa de vino y olvidarse que todo aquello sucedió. —¿Qué pasa, mujer? —le dolía la cabeza de tantas hipnosis que ejecutó para mantener a raya a aquellos humanos, siendo ahora incapaz de subyugar hasta la mente del más débil de los omegas existentes. Radojka acarició con profundo pesar el pelo de su hijo, que era del mismo color a la de su esplendorosa melena negra, y dirigió sus grisácea mirada hacia su marido. —Él… —tomó aliento y las lágrimas rodaron por sus mejillas—, él… Él es como yo… Capítulo 3 El lento tráfico por las cercanías del Aeropuerto JFK, comenzaba a crispar a Everett. La colisión de un Volvo, un Mazda y una motocicleta, produjo ensordecedores pitidos de los claxon que llevaban a los conductores a lanzar gritos enojados por el abrupto estancamiento vehicular. Branimir se mantenía con la vista fija en el parabrisas, siendo un chofer calmado en comparación con los que manejaban los demás vehículos. Everett se sobó las sienes en un aumento incesante de la migraña por los ruidos que hacían zumbar sus oídos. Viajaba en la parte trasera del Mercedes-Benz, Maxwell le hacía compañía al alfa, en todo momento atento a su entorno, con sus venas preparadas para burbujear y emerger su lobo interno por si algún atrevido colmilludo en traje antisolar les daba por inmolarse para matarlos. Tyson se hallaba en la silla del copiloto, en silencio y rascándose la nuca como si tuviera sarna. Detrás de ellos los seguían la camioneta de Everett manejada por Luttrell, en compañía de Elijah y Colton, quien también se rascaba los brazos y las piernas sin cesar. —Qué ganas de joder… —Luttrell refunfuñaba por la pésima forma en cómo los neoyorquinos conducían, haciendo comparaciones con los de Alaska. Él provenía de Anchorage y se había criado en Kenai, prefiriendo sus padres una vida más sedentaria y «natural», que la progresiva densidad poblacional de bípedos. Por supuesto, ni Kenai ni Anchorage, o cualquier pueblo de las diferentes regiones de la última frontera de Estados Unidos, era como la ciudad cosmopolita en la que surcaban a muy baja velocidad y entre airadas protestas. —Qué puedes esperar: son bípedos… —replicó Colton a la vez en que se rascaba con desespero las pantorrillas; sobre todo la derecha que fue la que sufrió la mordida. Los bípedos en nada eran buenos, solo dar lata y servir de alimento cuando a los lobos les apetecía. —¿Tienes pulgas? ¡Ya deja de rascarte! Elijah se carcajeó y Colton lo miró cabreado. —Al menos, yo le disputé a Tyson la hembra, en cambio, tú bajaste sumiso la cabeza al joven amo. Te cagaste de miedo y él te puso a cacarear. Elijah –sentado en la cabina junto a Luttrell– dejó de carcajearse. Lo espetado por su compañero gamma le dio en la boca del estómago. Jevrem Brankovic era de tener cuidado. —¿Y qué querías que hiciera: morir? Ese chico parece alfa por lo fuerte. —Excusas… La uñas de Colton rastrillaban por encima de la manga del brazo izquierdo, le picaba, las heridas causadas por Tyson aún estaban en proceso de cicatrización, fueron profundas y dolorosas, teniendo que tragarse las quejas a los superiores, se midió a un beta y perdió, y casi termina en las mismas condiciones de este cuando Jevrem le dio una paliza a Tyson. Tuvo que cargarlo a cuestas, mientras se alejaba rengueando del sótano. Luttrell tamborileaba los dedos sobre el volante, impaciente por la espera en la cola y cansado de escuchar sandeces de esos dos. Miró adelante, hacia el Mercedes, ninguno de los guardaespaldas que allá se hallaban, hablaban cuando el amo tenía el ceño fruncido, era mejor mantener el pico cerrado, y menos comentarían que tres de sus hombres se enfrentaron al joven Jevrem la noche anterior por una omega que dormía en el sótano de la mansión. Mientras tanto, Everett revisaba los mensajes airados que le llegaban de sus tíos, Teodor y Emir. Por lo visto, ya habían sido notificados sobre lo de la supuesta «cena» para homenajear el cumpleaños vigésimo sexto del primogénito de Damir; las palabras que trascribían estaban inconclusas y con errores ortográficos cargados de exclamaciones excesivas, pero esto se debía a la velocidad en cómo expresaban de forma escrita su desacuerdo. No respondió a dichos mensajes, lo que tuvieran que decir que se lo dijeran a la cara. De repente, un auto blanco se alineó al Mercedes y emitió un taladrante sonido, provocando que Everett se tapara los oídos con ambas manos. Hijo de… Estuvo a punto de bajarse del vehículo y estampar al sujeto contra el volante y dejarlo inconsciente por empeorar el caos imperante; sin embargo, al fijarse, observó de que se trataba de una octogenaria malhumorada, transportando a otro que lucía pálido. —Caminaré. No aguanto tanto ruido. Branimir se volvió asombrado hacia el asiento posterior. —¿Solo, señor? —se preocupó. —Me largo caminando o aquí me vuelvo loco. —Y los… —Durmiendo en sus ataúdes —comentó a lo que Maxwell intentaba alertar sin tomar en cuenta de que la luz del día era la aliada de los hombres lobo, mientras que la noche lo era para los vampiros. Aun así, el greñudo guardaespaldas temía por su líder, nadie lo protegería en caso de ataque o un disparo a la distancia. Everett plantó los pies en el pavimiento de la autopista y, llenándose de paciencia, emprendió la marcha hacia el aeropuerto para cerciorarse de que los invitados de Grubana se marcharan como lo ordenado. Los guardaespaldas en la camioneta se fijaron del desespero del amo por alejarse de allí, por lo que Luttrell le ordenó a Elijah que tomara su lugar, mientras él y Colton custodiarían al amo. Lo mismo hicieron Maxwell y Tyson, quienes a este ya le pisaban los talones. Branimir quedó confinado en el Mercedes sin más remedio que esperar a que las grúas remolcaran los vehículos, un Mazda estaba volcado, producto de un fuerte impacto que recibió en el costado trasero y este golpeó a su vez a un Fiat, del que, por último, se llevópor delante a un motorizado. No hubo muertos, pero sí heridos y destrucción, en la que tardarían en movilizar las vías públicas. El auto volcado impedía el paso de la fila por donde avanzaba lento la octogenaria y su posible pareja, quien, al parecer, también se sentía mal por todo ese agite. Everett se compadeció de él, lo comprendía. El ruido de los claxon era para cometer asesinato. Pasando por el lado del Mazda, le dio un empujón con una mano para que se deslizara hacia un extremo por donde la grúa pretendía elevarlo con su gancho, esto le daría espacio suficiente para que los vehículos enfilados rodaran por ahí sin inconvenientes. Lo sentía por Branimir y Elijah, tendrían que aguardar hasta que despejaran la autopista, el Mazda terminó de bloquear esa parte de la vía. Observó la moto, esparciendo gasolina en el pavimiento al estar ladeada por el impacto y al motorizado lanzando vulgaridades al sujeto que adelantó los vehículos sin precaución. Tenía un hematoma en su frente y sus ropas de tela rústica, roídas y sucias por el arrastre, amenazando con demandas por los daños causados. Everett sintió pena por esa bella moto que jalaría una buena cantidad de dinero para repararla, era una Ducati de alto cilindraje, recordándole la que una vez fue suya, aunque no del mismo modelo, pero sí una joya de la maquinaria en dos ruedas de la que obsequió a su sobrino en sus arranques depresivos. Por cierto, ¿qué hizo con la moto? Se marchó de Kenai en esta y volvió sin ella. Dejaría para después formularle esa pregunta y se movilizó aturdido hacia el aeropuerto que estaba a unos minutos de camino. En vista del grupo de hombres trajeados que se aventuraban en avanzar a pie, algunos humanos los imitaron, bajando sus respectivos equipajes de los taxis, puesto que estos tenían un viaje programado y no pretendían perder el vuelo por el que provocó el triple choque. Las puertas automáticas de la Terminal se deslizaron a los lados en cuanto Everett pisó el suelo del umbral y se dirigió hacia las Salas VIP, cuyos viajeros poseían transporte aéreo privado, mientras él medía a cada humano que merodeaba por el aeropuerto, aspirando los aromas que fluctuaban a cada instante para captar el de los que él esperaba se largaran. —¿Vienes a despedirme? Qué considerado —Andrey Makarov comentó en un tono socarrón que a Everett le desagradó. Se había levantado de su asiento en la que miraba aburrido una película en un televisor de plasma que ocupaba buena parte de la pared donde se hallaba colgado. Los hombres de Everett permanecían afuera de la sala, con sus severos ojos puestos sobre los del otro líder. —Así es —replicó Everett sin dejarse llevar por las ganas de estamparle un puñetazo por majadero—. Me preocupa que se equivoquen de vuelo. Andrey rio desabrido. Maldito cobarde… —Lo tenemos bien anotado, ya estamos por abordar. Es una pena no haber disfrutado del agasajo de tu sobrino, me cuentan que los mejores chefs cocinan para ustedes… Habría sido delicioso probar los platillos que se hubiesen servido esta noche. Aunque –sonrió perverso– el postre era lo que más ansiábamos. Y ¿tu bella esposa? Everett alineó sus ojos marrones. —Cuidado, Makarov… Cuatro hombres fornidos se prepararon para un enfrentamiento si su señor corría peligro y los de Everett perfilaron feroces la hilera de sus dientes, pero ambos grupos de guardaespaldas se relajaron en cuanto Makarov hizo un gesto de «bien, no sigo con mis comentarios, eres muy amargado» y puso los ojos en blanco. Provocar al hijo menor de Stanislav, era meterse en muchos líos. No, de momento… Claro está que el moreno de origen ruso se moría por saciar su morbo y averiguar en persona de, si lo que decían con respecto a Isabel García, era cierto. Quedó desfigurada por las quemaduras. Por supuesto, estaba al pleno conocimiento de la gravedad de sus heridas y de las operaciones que la concubina de Everett fue sometida en aquel hospital, para, de alguna manera acelerar el proceso regenerativo, al sustituir la piel chamuscada por otra criocultivada. Se estremeció y le dio una calada al puro que sostenía entre sus dedos, expulsando hacia arriba el humo para no darle directo al rostro de Everett. Aunque quería. —Mándale mis saludos —dijo como si Isabel lo conociera, pero no era así—, exprésale que ella está siempre en mis oraciones. —Le diré —lo que jamás haría. —¿Piensas aguardar hasta que aborde mi jet? —Es lo menos que puedo hacer por mis «colegas». —Qué considerado… —repitió sarcástico. Everett permanecía al pie del cañón como soldado dispuesto a dar batalla. Lástima que escogiese el bando equivocado—. ¿Gusta un café? —El otro sacudió la cabeza—. ¿Un puro? — Hizo amague de sacar uno del bolsillo interno de su chaqueta, pero el lobo anfitrión lo rechazó. —Dejé de fumar —dijo con parquedad. —Por lo de tu padre, claro… —Por mi salud —por su compañera, por sus hijos. Él no los dejaría desamparados por no cumplir con su propia promesa. Tras el deceso de su padre, decidió dejar de fumar, a pesar de que en unas cuantas ocasiones cayó en la tentación a causa del estrés provocado por el depredador que aún no logran atrapar. Andrey inhaló profundo el puro y el humo salió de entre sus labios con ese gusto propio de alguien que disfruta del vicio durante años y que no teme a que sus pulmones adquieran cáncer. Aún le quedaban largas décadas para despreocuparse. Era joven. —No sabes lo que te pierdes —volvió a inhalar. Everett consideró que Makarov era un imbécil. —Si vuelves a Nueva York para confabular, te arranco la cabeza —cortó con la charla «amena» y fue al grano para dejarle claro al Alfa del clan homónimo a su apellido, que él no se andaba por las ramas. El otro lanzó al lustroso piso lo que quedaba del puro y lo encaró sin amilanarse. —Si ese coraje que manifiestas lo emplearas hacia tus chupasangres, ahora estaríamos repartiéndonos el botín y no riñendo entre nosotros. Un leve gruñido, un paso intimidante hacia adelante. Ambos grupos de guardaespaldas en tensión de ataque. —¿Botín? ¿Qué botín? —cuestionó casi pegado a la nariz del insolente lobo como si fuesen dos boxeadores que se medían intimidantes antes de la contienda en el cuadrilátero—. ¿Los terrenos de David Colbert o los bienes de mi familia? —Lo que poseen esos malditos: nadan en dinero — respondió altivo. Edificios, mansiones lujosas, galerías, entidades bancarias y un sinfín de inmuebles por todo el país. El Grigori inglés era de los vampiros más acaudalados entre su especie. Hasta castillos poseía del otro lado del océano. Si vencían al ejército en Nueva York, más lobos se unirían a la causa y harían retroceder al otro Grigori apostado en México, recuperando los terrenos que antes poseyeron. —Por codicia no se diezmará mi gente —Everett replicó contundente—. Mantén tus garras retraídas y lejos de… —¿Tus dominios? —Andrey rio con saña, lanzando su aliento a tabaco directo a su cara—. No estamos en Kenai, sino en la populosa Gran Manzana. Aquí todo lobo es bienvenido. —Ni siquiera era un Alfa Regional para que le diera órdenes de forma altanera. Ya quería verlo de cómo haría si a Nathaniel Reid, máximo líder de Alaska, le diera por pasar una temporada en Nueva York: andaría con la cola metida entre las patas y tragándose toda su prepotencia. —Los Brankovic somos responsables del orden entre los nuestros, así que, mantente lejos. Con cuántas ganas, Andrey Makarov, estaba por espetarle un «¿qué pasa si no me da la gana de obedecerte? Eran del mismo rango y Nueva York no estaba bajo el mando de ningún clan. —Más bien, temes perder dicho poder —espetó—. Una vez que expulsemos a esa peste, los clanes existentes querrán aumentar sus terrenos de caza. ¿Qué te preocupa, Everett, que Crowell esté en desacuerdo y se lo cuente a Cortázar? Él gruñó bajo y los hombres de Sergey también lo hicieron. Los de Everett no se quedaron atrás. En cualquier momento se desgarraríanlas pieles a zarpazos y mordiscos. Tyson y Colton estaban por desahogar sus frustraciones, entre estos existía un creciente rencor por lo de la chica que no pudieron follar y una suerte de alianza por perderla al mismo tiempo a manos del joven Jevrem. Ambos alfas alzaron la mano para que todos se calmaran. —Por supuesto que me preocupa que el Alfa Mayor comente a nuestro Supremo —espetó Everett—. Son muchas vidas que están en juego y también el pellejo de mi familia. El rey firmó un pacto con Colbert y Meretz hace un siglo, al perder la guerra contra estos. Los vampiros nos superan en número y armamento, saben cómo arreglárselas para combatir a los metamorfos y no se miden para exterminarnos. Ni los Portadores han podido con ellos. En esto Andrey no replicó. Los infame vampiros se jactaban de mantener a raya a seres que eran más poderosos a estos y a los lobos, pues aquellos que se mencionaban eran humanos con dones sobrenaturales, capaces de hacer levitar objetos, expulsar fuego a través de sus manos, provocar tormentas eléctricas, teletransportarse. No obstante, al igual que los lobos, los Portadores eran pocos y su ubicación desconocida. —Estoy al tanto —comentó de vuelta—, pero si le colaboramos al rey… —No provoques lo que no podrás hacer frente. —¿Es temor lo que huelo en ti? —Es prudencia y sensatez. Si alzas a los tuyos, están solos. Si tratas de convencer a los míos, te mato. ¿Nos entendemos? —Por supuesto. —Pronto vería cuando a este lo barrieran con sus aliados: el cobarde de Everett le besaría los pies para que lo protegieran. En cuanto se deshicieran de los vampiros, el reino canidae se extendería desde el Polo Norte hasta el Polo Sur, y Andrey Makarov sería el próximo Alfa Mayor de los Estados Unidos. Del que, con el tiempo, se convertiría en la mano derecha del Alfa Supremo. En vista de que Everett no aceptaría ningún tipo de bebida, ya fuese espumosa o caliente, y que un acuerdo entre guerreros de nada serviría, se volvió hacia su sillón para encender otro puro, mientras preparaban su aeronave. En la Sala VIP no había ningún humano, a excepción de los servidores, a Sergey le fastidiaba tener que compartir con estos, obnubilando sus mentes para que no lo avinagraran con sus inmundas presencias. Aborrecía a los humanos, seres que debían de carecer de derechos por ser generadores de constante contaminación y cacería animal deportiva. Acomodó sus pies en una butaca traída por uno de los empleados y tomó el control del apoyabrazos de su sillón para cambiar la estúpida película que estuvo viendo. La rabia lo corroía por dentro, todo el mundo salió espantado tan pronto Everett emitió su desacuerdo. Torrenegra emprendió vuelo en un parpadeo y Vladan –quien fue el primero en largarse sin protestar– le aconsejó en no provocar discordias con el Clan Brankovic, estos tenían contactos que los librarían de cualquier desgracia y, a los alborotadores, los lanzaban al quinto infierno. Por otro lado, Everett salió de la sala para dirigirse a los hangares, donde sus otros colegas –que él ignoraba ya se habían marchado– podrían hallarse a la espera del visto bueno del piloto y de la Torre de Control, y asegurarse de que estos junto con Makarov abandonaran la ciudad. Mientras se encaminaba hacia ese lugar, seguido por sus hombres, marcó el número de su chofer, este ya estaba a la entrada del aeropuerto, al igual que la camioneta que Elijah estacionaba en un puesto libre, la grúa levantó rápido al Mazda volcado y del que nadie, a excepción de Branimir, se fijó en que Everett les «daba una mano». Capítulo 4 Isabel no dejaba de sonreír. A pesar de hallarse algunas personas desagradables en la casa, la felicidad en ella para nada aminoraba. ¡Se había regenerado! ¡¡Por fin!! Ya no tendría que ocultarse bajo un velo, ni encerrarse para que aquellos que la odiaban se regodearan por su desgracia. En cambio, se vistió con un ceñido pantalón oscuro y una bonita blusa estampada que resalta sus atributos físicos y sus facciones morenas, y se calzó unos tacones que elevaban su estatura, solo para sentirse más femenina. Quería demostrarle a esa gente que habría Isabel García para rato. —Es increíble que Erik ya esté gateando —comentó Anna, quien estaba sentada en el piso, animando al infante a desplazarse sobre sus rodillas y manitas—, lo ha hecho incluso antes que los demás cachorros. Será un gran corredor. Isabel rio mientras cargaba a Ángel, dándole mimos para que no se sintiera relegado. También intentó gatear, pero no pudo, sus extremidades aún carecían de la fuerza motriz para permitirle seguir a su hermano. —Es como su padre: inquieto —dijo socarrona en referencia al mayorcito y con una verdad latente en sus palabras. Everett era un hombre que, cuando se proponía conquistar algo, lo lograba. En ella logró el perdón y en su familia, la imposición de su mando. Amaba correr por los bosques y estos fueron su refugio cuando los dos reñían. Anna ladeó su cabeza como si estuviese pensativa y soltó un suspiro a la vez en que mantenía una sonrisa apesadumbrada. Simulaba pasarlo bien con los gemelos para que estos y la madre no se dieran cuenta de que su corazón lo tenía oprimido por una angustia que no comprendía. Había aceptado que solo fue la follada por una noche de un beta caprichoso, que hizo todo por poseerla, pero, por alguna razón ella por este se preocupaba. —¿La señora desea que alimente a su hijo? —Esther le preguntó a Isabel tan pronto Ángel bostezó. Organizaba por quinta vez los peluches en las estanterías para tener algo que hacer, ya que se inquietaba de estar parada como estatua, sin hacer nada, salvo observar a la niñera jugar con el pequeño Erik y a la patrona mecer al más chico para que no llorara. —Yo lo haré, gracias —contestó un tanto tensa con la mujer, a quien ya no le simpatizaba por esos celos de madre que sentía. La nodriza asintió dándose por vencida y Lourdes se mantenía sentada en uno de los sillones del Cuarto de Juegos, aburrida de no ejercer sus funciones de cuidadora de la progenie del alfa, puesto que la híbrida recién regenerada se empeñó en estar con los gemelos todo el día, mientras el otro estuviese fuera de casa. De continuar así, Lourdes y Esther quedarían desempleadas. ¡Y allí pagaban muy bien! Otro salario como el que remuneraban con dicha familia, ellas no hallarían por los sectores, los demás patrones eran tacaños con las nodrizas, desmeritando la labor que a menudo ejercían. —¿Es hambre o sueño? —Isabel se dirigió a su pequeñín, quien bostezó por segunda vez, parecía que se le fuera a escapar el alma por la boca. Rio—. Por lo visto es sueño; de tener hambre, llorarías. —¿Desea que lo arrulle? —Lourdes se levantó de inmediato del sillón, afanada por ejercer sus funciones y así evitar un futuro despido por parte de sus patrones. Isabel se iba a negar, pero notó la mortificación de la mujer, que le entregó el bebé para que lo durmiera. Esther miró mal a su compañera de labores por habérsele adelantado, ahora ella ocuparía el sillón, sintiéndose inútil. —¡Ven aquí! ¡Ven aquí! —Anna exclamaba lo más bajito posible para que Ángel no despertara, mientras animaba a Erik en avanzar hacia ella. El gemelo grande vacilaba en gatear, de vez en cuando, apoyando su barriguita en el piso cuando sus bracitos perdían fuerza; el piso estaba liso y frío, y un mal avance suponía un golpe en la carita; sin embargo, se llenaba de valentía, animado por la niñera a quien quería mucho. Isabel y Esther aplaudieron sin causar sonidos para que Ángel no se sobresaltara. El pequeño era nervioso, los ruidos lo hacían llorar y despabilar el sueño que era en este irregular. —¡Bieeeeeen! —Anna celebraba los gateadas de Erik—. Así se hace, ¡pronto vas a caminar! Mira cómo gateas… Isabel, sentada en una de las dos mecedoras que dispusieron para cuando los gemelos fuesen alimentados, sonrió orgullosa del logro de su preciosobebé. Síp, sería como su padre… Después de que Lourdes durmiera a Ángel y que Erik presentaba las mismas señales de cansancio, las nodrizas y ella los llevaron a la habitación contigua para acostarlos. Anna se quedó en el Cuarto de Juegos, recogiendo los carritos y juguetes regados en el piso para acomodarlos en las estanterías asignadas, y luego vaciando la papelera del baño, donde arrojaron los pañales sucios al momento del cambio, y salió del cuarto con la pestilente bolsa anudada para llevarla al contenedor de basura. Justo cuando el picaporte cerraba la puerta, Anna alcanzó a ver que, por el otro extremo del pasillo hacia su izquierda, el señor Damir y la señora Radojka, conducían a Jevrem que estaba pasado de copas. Quedó helada. Fue inevitable que la rabia la atenazara. ¿Salió a celebrar que se había follado a una omega virgen? O que se impuso sobre sus rivales y se anotó una más a su larga lista. El progenitor se percató de ser observados y lanzó una dura mirada a la muchacha, quien de inmediato clavó la vista en sus zapatos, simulando no haberse dado cuenta de ellos y procedió a marcharse hacia la planta baja antes de ser increpada por idiota. Por el área de servicio, tomó la ruta que conduce a los contenedores de basura, ubicadas cerca del cobertizo y apuró las pisadas para que el olor a pañales sucios no permaneciera mucho tiempo en el aire en la medida en que ella cruzaba el trayecto. —Con usted tengo que hablar —Milenko salió de repente de su despacho, justo en el instante en que Anna pasaba frente a su puerta que estaba abierta. Esta se detuvo e hizo un mohín antes de volverse hacia el hosco mayordomo. —¿En qué le puedo ayudar, señor? —preguntó aprensiva, el anciano siempre tenía para ella una regañina reservada. Milenko miró a la joven con ganas de retorcerle las orejas. —Esta mañana se levantó tarde y no atendió cuando la llamé. Ella se hizo la sorprendida. —¿Sí?, ¿en qué momento?, no lo escuché. —¡No se haga la tonta! —la gritó, Anna lo vio cuando esta cruzaba el vestíbulo en el instante en que la ama Grubana impartía órdenes al personal para organizar los arreglos florales y todo lo referente al festejo de esa noche—. Le advierto que no tendrá segundas oportunidades, aquí no toleramos a las sirvientas holgazanas; si el trabajo le queda grande, renuncie o nosotros la despediremos. —Sí, señor —no le escupió un, «usted no es mi jefe, métase la lengua por donde no le llega la luz y vuelva a su despacho, viejo cascarrabias»; en cambio, se limitó en asentir, pues no estaba en posición para rechistar, el señor Everett había llegado de visita y no la tenía en buena estima por lo de la deuda de su padre con Nemat Clifford. La sacaría a patadas de la casa en un tronar de dedos, si el mayordomo le iba con quejas. Y este estaba por hacerlo. —¡Fo! ¡¿Qué es ese apestoso olor?! —Se tapó la nariz, asqueado de lo que percibía—. ¡¿Qué traes ahí?! Anna alzó la bolsa anudada de la papelera. —Pañales sucios. El señor Milenko tosió por las arcadas que le daban, del hedor a popó que contaminó el pasillo. —¡Lleva esa inmundicia a la basura! —Abanicaba una mano para que se largara de allí, prometiendo que se encargaría de increparla más tarde, Anna Morris era una lobata de dos caras y él la pondría de patitas en la calle antes de que el amo Everett retornara a Alaska. Al mismo tiempo en que el anciano manifestaba ese hecho en su fuero interno, Isabel dejó a sus hijos al cuidado de las nodrizas para ella tomar un poco de sol en el patio posterior. Se sentó en la banca, con vistas a la playa, y respiró profundo para llenar sus pulmones de oxígeno. Procedió a quitarse las sandalias y así poder caminar sobre la grama sin que los tacones se le enterraran en la tierra; esto la gratificó y sonrió por lo bien que se sentía, la brisa marina ondeaba con suavidad su melena suelta y el olor dulzón de los rosales aromatizaba el entorno. Era un cuadro perfecto estar allí, la hacía sentirse bien consigo misma, estaba recuperada, ya no tendría que ocultarse para no ver las expresiones de lástima o satisfacción de otros. Aún los integrantes de la casa desconocían de su mejoría, pero era cuestión de minutos para que se enteraran. Si bien, Esther y Lourdes estaban en su habitación, vigilantes del sueño de los gemelos, Anna sería la que iría con la noticia, pese a que no era cotillera. Puede que la dicha de haberla visto libre de cicatrices, la llevara a contarle a todos las Buenas Nuevas. Las tripas le gruñeron y rio, porque aún no desayunaba y la hora del almuerzo llegaba, por lo que se sorprendió no haber asaltado un plato de comida. El hambre comenzaba a darle campanadas, pero Isabel permanecía relajada en la banca, disfrutando del paisaje que parecía una pintura al óleo: el océano Atlántico se mantenía apacible, apenas las olas se levantaban de las masas de agua y se deslizaban en ondas donde disminuían en la orillas entre espumas blanquecinas. Observaba a los humanos, los pocos que por la playa caminaban, se mantenían abrigados con gruesos suéteres para no cohibirse del descenso del clima; según los noticieros: octubre anunciaba que el otoño pronto encrudecería. Isabel no era inmune a las bajas temperaturas; aun así, lo soportaba mejor que los humanos. Sonrió. Era feliz. Ya no más cicatrices ni piel nacarada en sus extremidades por la falta de pigmentación; las nanovendas cumplieron con su cometido. Le daría un fuerte abrazo al doctor Pavlovic por sugerir el experimental tratamiento, fue mucho lo que la ayudó. Sin saberlo, en la mansión neoclásica, los sentimientos fluctuaban, eran dispares: Anna se lamentaba de haber caído en las garras de un seductor, Milenko avinagrado por las confrontaciones que hubo la noche anterior y sin haberse enterado por estar pendiente de los amos en el comedor; Grubana enojada por el bastardo de Everett, Blanka estresada con las sirvientas, puesto que estas parecían aletargadas por alguna razón y no acataban sus órdenes con la debida celeridad en la cocina. Andjela, Milena y Jelena, planificando besuquearse con alguno de los chicos adinerados del sector, Vesna pendiente de que estas no hicieran nada indebido, la reputación se vería perjudicada y los pretendientes que dispusieran para las que faltaban por comprometer, se alejarían sin pedir explicaciones. En cuanto a Damir y Radojka… Con el alma en vilo. Capítulo 5 —Vete al dormitorio, me quedo un rato para asegurarme de que se duerma. —También quiero quedarme. —No —Damir le contestó tajante a su Primera Esposa—. Vete por si mamá o alguien más te solicita; se supone estás recostada por la migraña. —Y aquella chica… —Radojka se refirió a Anna, quien también se percató de esta, de a quién ellos traían entre brazos por el pasillo de la segunda planta. —Despreocúpate, me encargaré de ella, si se fue de cotilla le arranco la lengua. De todos modos, vete, evitemos levantar sospechas. Radojka miró a su hijo, acostado de medio lado en la cama, aún con las ropas puestas. Su mirada perdida hacia la pared frente a él, sin lágrimas y con una profunda tristeza en su rostro. En el auto, cuando ella le reveló lo que podría ser Jevrem, Damir lo rechazó de plano, lo que le comentaba cambiaría para mal todo su mundo. Otro lobo habría gritado mil improperios y lanzado a Radojka un sinfín de increpaciones por haber procreado un ser que sería considerado por todos como una abominación. Jevrem, no… Jevrem, no… Su adorado hijo nació para liderar y mezclar su sangre con una loba de la élite social que lo representara en las reuniones que el Alfa o Damir organizara, y fuese un enlace entre los grandes señores que allanarían su camino con gloria y títulos nobiliarios cargados de fortuna. Pero si la comunidad lobuna se enteraba de lo que era Jevrem, sería considerado una paria. Con mucho cariño, Radojka besó su frente y le subió la cobija hasta la clavícula, parecía que tuviese frío, y abandonóla habitación con el corazón roto. Se sentía tan impotente. Ella sabía su verdad y no lo podía ayudar. Damir aguardó un par de minutos para que su mujer se alejara, aun así, abrió la puerta del dormitorio y chequeó que esta se hubiese marchado. Así fue, pero también echó un vistazo en ambas direcciones del pasillo por si alguna sirvienta ahí merodeaba o tal vez su madre que solía inmiscuirse en sus asuntos. Cerró la puerta y rodeó la cama de su hijo para hablar con él. —¿A cuántos has matado? —Tuvo la precaución de no comentarle a Radojka sobre los asesinatos que supuestamente Jevrem cometió. Ella habría caído en la desesperación y sus lloriqueos hubiesen delatado a los demás de lo que estaba sucediendo. Jevrem se aovilló. Sus manos apurruñadas bajo la almohada. —Muchos… Damir apretó los párpados y oró a Licaón. ¿Por qué su hijo? Él fue un buen padre. A pesar de sus secretas inclinaciones sexuales, siempre estuvo atento a sus necesidades, inculcándole las correctas acciones de su raza. —¿Desde cuándo comenzaste? —le dolía preguntar la fecha en la que su alma se oscureció. Debió haberle pasado alguna desgracia para que le diera por cazar humanos a mansalva. Jevrem frunció el ceño como si echara memoria y le ocasionara una profunda agonía. —Después de partir. —¿De Alaska? Asintió como un autómata. Del inicio de su salvajismo, Damir calculaba que de esto hacía cuatro meses y veintiún días. —¿Por qué? —conjeturaba que tal vez fue hipnotizado o amenazado por alguna causa; que fuese esto y no lo que su esposa indicaba, porque de resultar cierto lo otro…, ninguno se salvaría. Se tragó un lamento y se esforzó por mostrase imperturbable, ninguna de las posibilidades que se barajaban lo libraría de una jauría enardecida, lo descuartizarían con sus feroces fauces. Jevrem daba largas en responder, su mente vagaba por la antesala del infierno; todo era terror y persecución, muerte a granel. —No lo sé —¿Qué más quería que dijera? Los mató sin motivo aparente. Él solo tenía recuerdos por sus pesadillas; de lo contrario, ni eso recordaría. Damir no soportaba su pasividad, había matado y yacía en la cama como si apenas lo procesara. Su hermoso rostro masculino lucía demacrado y sin vida, reflejando una posible dominación de otros contra su voluntad. De las solapas de la chaqueta, lo agarró con rudeza y lo sentó para darle una contundente bofetada. Jevrem no reaccionaba. Damir le propinó otra que le reventó el labio inferior. —¡Reacciona! ¿Quién es el que te obliga a matar? ¡¡Dime!! —lo gritó y sacudió, su voz rota y desesperada. —Nadie coacciona mi mente, padre. Solo los demonios. El progenitor lo estudió con detenimiento y llegó a la conclusión de que la maldita de Radojka le trasmitió su condición a su primogénito. —No son demonios, sino alfas o vampiros —espetó—. ¿Te topaste con alguno durante tu travesía? Jevrem se incomodó, varios rostros fugaces aparecieron en los recuerdos. Tembló, aquello no estaba relacionado, sufriría una terrible vergüenza. ¿Qué diría su madre de él?, ¿sus amigos? Anna… —Ninguno —prefería guardar en el fondo de su ser lo que esa noche experimentó—. Estuve solo todo el tiempo. Damir no le creía. De un impulso acunó el rostro de su hijo y lo obligó a que lo mirara a los ojos; tenía que descubrir la verdad, la que fuera para así obtener una solución al respecto. Hasta los asesinos sanguinarios confesaban sus atroces crímenes a sus abogados para que estos entablaran la mejor estrategia para defenderlos de sus acusadores. Dilató sus pupilas y centró su poder hipnótico para sacarle a la fuerza las respuestas que temía escuchar, pero que no le quedaba más alternativa que preparar sus oídos. —¿Quién te manipula? —la pregunta era simple: el nombre que le arrojara sería el culpable y Damir lo mataría. —Nadie —respondió sin que su voz o su expresión se alterase. Sus propias pupilas estaban normales por no ser afectadas por el dominio del padre. Damir entrecerró los ojos de modo en que, mediante esta acción, su hipnosis fuese más efectiva. —¿Quién? ¿Quién, Jevrem? ¡Dame un maldito nombre! ¿Quién te manipula? —lo sacudía en la medida en que le preguntaba. —Ya te dije que nadie —y se liberó del agarre de Damir. Se recostó de nuevo sobre la almohada y sus ojos negros se clavaron una vez más en la pared frente a él. Allí observaba los rostros que más odiaba. No estaba relacionado, él solo enloqueció por los demonios. Damir desistió en el hipnótico interrogatorio, ningún dominio ejercía sobre su hijo, este era un beta y él estaba agotado y, de paso, era pésimo para someter la mente de los lobos que fuesen más fuertes. Lo arropó y, mortificado, se puso en pie, llevándose las manos a la cabeza por no tener la certeza de sí Jevrem pudiese ser el depredador. Todo apuntaba a que sí destripó a esos humanos y comido de su carne, quebrantando la ley impuesta a los de su especie; tenía lagunas mentales e incoherencias al hablar, pero esto a Damir no le bastaba, alguien lo manipulaba, su hijo era bueno, brillante, su futuro no podía truncarse de esa manera. Pero estaba la otra cuestión… La peor. Y esta era la que a Damir más le preocupaba. El contraste de sentimientos seguía marcando a los residentes de la gran casa, llevando al límite sus propias emociones que a esas alturas las tenía desechas. Damir meditaba a lo que él estaría dispuesto en hacer por salvar a su hijo de la furia de Everett o de los ancianos regidores de las leyes lobunas, que toda acción la pesaban en una báscula de moralidad y rectitud. Por otro lado, Isabel sentía que renacía. Los rayos solares abrigaban su cuerpo y elevaban su temperatura, provocando copiosas gotas de sudor que se perlaban en su frente y se deslizaban cuesta abajo por sus sienes. Sonreía… ¿Se puede estar más feliz? Se regeneró, se reconcilió con Everett, su inquieto Erik ya gateaba y su pequeño Ángel era su bendición. Lo demás estaba en segundo plano: el Cuartel de las Brujas, las hienas carroñeras, ninguno la afectaba; celebraba estar de vuelta en Nueva York, con la libertad y el gozo que tanto ansió. Le provocó danzar, aunque ignoró el gruñido de su estómago, ella aguardaba por Everett, sentarse juntos en la mesa y brindar su primera comida, tras la reconciliación. Se acomodó de tal modo que su espalda se deslizara y su nuca se recostara contra el respaldo de la banca, y respiró profundo mientras sus ojos se mantenían cerrados, dejando que el sol bronceara su piel. Relax… Fabuloso relax… Tanto en la mansión de Kenai como en la neoclásica, los antiguos propietarios dispusieron de bancas de hierro forjado por los jardines en la que ellos disfrutaran de una amena charla o se relajaran con el paisaje que los rodeaban. La banca favorita de Isabel: las que estaban de cara a la playa, ya fuese aquella frente a la Ensenada Cook o esta con vistas al Atlántico. Abrió los ojos y sonrió. Era tan feliz. —¡Uf, qué calor! —Sacudió el escote de su blusa para airearse, los rayos solares del mediodía incidían con mayor intensidad, pese a que el termostato indicaba a los lugareños en que el clima oscilaba por los 2 grados centígrados. Los humanos a lo lejos se arrebujaban en sus suéteres, quizás arrepentidos por su desventurado paseo por dichas inmediaciones, ya que para estos el clima estaba «demasiado frío». Se le antojó un chapuzón, aunque fuese en la orilla. Por la plazoleta, el Mercedes-Benz y la camioneta, la bordeaban para estacionar bajo el pórtico de columnas dóricas; Branimir se apuró en abrir la puerta de la parte trasera a Everett y este se bajó, aún malhumorado por tener que estar vigilando los pasos a los alfas visitantes. A estos los tendría en la mira, mostraron sus cartas al aceptar la invitación de su madrastra: ambicionaban los bienes y terrenos de los Grigoris y el exterminio de su gente. Al menos, él mismo compró tiempo extra para resguardar a los suyos, la amenaza de Kerenor le caló hasta loshuesos, lo angustió en gran medida. —Señor —Milenko lo recibió en la puerta principal, con una reverencia de la que solo a él se inclinaba con absoluto respeto y sumisión. Everett respondió con un asentamiento de cabeza y, sin decir más, se dirigió hacia las escaleras. —Mi señor, su compañera está por el área de la piscina — Milenko creyó pertinente comentar al alfa antes de que fuese a su dormitorio para estar a solas con esta. No le agradaba, pero desde que el amo conoció a la híbrida, sonreía con más frecuencia. Claro está que no en ese momento, los recientes acontecimientos por culpa de los tíos empañaron su buen humor. Everett se extrañó. ¿Qué hacía fuera del dormitorio? Isabel procuraba permanecer a solas. Voló hacia la puerta que da acceso a los jardines posteriores de la casa y la buscó por el entorno sin hallarla. ¿Qué hacía afuera? Tenía entendido que, por indicaciones del doctor, no debía asolearse para que las pieles criocultivadas no se estropearan. Se preocupó por la insensatez de Isabel y la llamó con urgencia. —¡Isabel! ¡Isabel! —carajo, ¿dónde estaba? Notó las sandalias sobre la banca. Estaban acomodadas como si las hubiese dejado en su zapatería, las puntas señalaban hacia la playa, delatando silenciosamente a su propietaria o era una señal de esta para que él la siguiera. Su angustia se incrementó. ¡¿Hacia allá fue a caminar sola?! —Mierda… —¿Cómo era posible que fuese tan imprudente? Tanto sufrir por sus quemaduras y se descuidaba. Lo iba a oír, tenía que ser más cuidadosa si deseaba obtener alguna mejoría. En un parpadeo llegó hasta la playa, la arena cubrió sus zapatos elegantes y parte de las perneras de su pantalón. Halló rápido las ropas de Isabel, dejadas al descuido en lo que parecía su recorrido hacia el océano, las recogía a la vez en que la buscaba, su periferia abarcaba toda la extensión de la playa. ¿Dónde estaba? Una punzada se alojó en la boca de su estómago. Isabel no sabía nadar. —Esta mujer… —ya no la quería regañar, solo estrecharla entre sus brazos. ¿Por qué le dio por meterse al océano y con el sol en su punto álgido? —¡Isabel! —la llamó, su corazón palpitando azorado, las ropas de nuevo sobre la arena—. ¡Isabel! —puso las manos alrededor de sus labios para aumentar el volumen de su voz, el viento, el ambiente externo, la inmensidad del océano…, se tragaban el urgido llamado a su mujer. De inmediato se fijó en un humano que parecía embobado, mirando quién sabe qué, hacia las aguas, como esperando a que sucediera algo, pero Everett no observaba nada, salvo las olas yendo y viniendo, una y otra vez. Entonces la vio. Y su mandíbula se desencajó. Capítulo 6 Ave Fénix. Fue lo que pensó Everett al verla. Isabel emergía del agua como una sirena que asoma el rostro con imponencia. Lo dejó sin habla y con los ojos agrandados, contemplando a esa maravillosa criatura. Ella le sonrió y él no supo si le devolvió el gesto, aún mantenía la boca desencajada por la sorpresa. ¡Y vaya que lo fue! Lucía magnífica, perfecta para él y para todo aquel que apreciara la belleza. Rápido rodó los ojos con severidad hacia el humano y le mostró los colmillos de lobo celoso, gruñéndole amedrentador para que dejara de morbosear a su mujer y se largara de allí antes de que lo desfigurara de un zarpazo. La única prenda de vestir que usaba Isabel era su ropa interior y la hacía lucir provocativa. El humano se sobresaltó cuando escuchó los gruñidos que emitía un sujeto greñudo y barbón como si estuviera loco o drogado, y procuró alejarse para salvaguardar su integridad física. Al parecer era el novio de la despampanante modelo que jugaba cerca de la orilla del océano. Otros hombres que observaban a Isabel tuvieron que perderse del mapa, temerosos de sufrir un disparo o ser apuñalados. Everett volvió a centrar su atención en Isabel y no pudo gritarle de que saliera de la playa, el oleaje la podría revolcar y hacerle pasar un mal roto; sin embargo, ella reía como niña juguetona, saltando entre las olas como si no tuviese miedo de ser arrastrada al fondo y morir ahogada. A pesar de la carencia de Everett, de leer la mente, era fácil determinar que Isabel rebosaba de felicidad. ¡Estaba regenerada! Su piel acaramelada por los rayos solares del mediodía y la humedad por sus divertidos chapoteos, resaltaban su tonicidad, libre de horribles cicatrices y manchas blanquecinas. La alegría de esta contagió a Everett, quien seguía plantado en la arena, observándola como un burdo mortal que tuvo la suerte de encontrarse con una sirena de dos piernas en vez de cola de pez, que llegó hasta la orilla, quién sabe de cuál ciudad submarina de la que se aventuró para visitar al mundo de la superficie. Ni siquiera era consciente de su respiración, de la que dejó de hacerlo y hasta de pestañear, pues ni se atrevía a mover sus párpados para no dejar de admirarla. ¡Qué preciosura! Qué diosa… Literalmente Isabel era un fénix, cuyas lenguas de fuego le habían consumido su belleza y del que ahora resurgía el doble de hermosa. Everett parecía leer en la expresión de esta un «mírame, me he recuperado por completo». Las lágrimas de él se deslizaban por sus mejillas masculinas, también feliz, insuflado de un amor que ya no cabía en su pecho. En el fuero interno de Isabel, ella cantaba su canción favorita. En ese preciso instante era como su himno personal que acompañaba su espontánea danza, la letra era poderosa, cargada de valor y un deseo inquebrantable de liberar mil batallas y ganarlas todas. Cantaba y bailaba, con el agua hasta la mitad de los muslos, ofreciendo un espectáculo vivaz para una persona. Para el hombre que amaba. Sia –en su mente– cantaba Imparable [1] , con esa pasión en la que solo la artista australiana era capaz de hacer vibrar su voz. Con sonrisas puedes engañar a toda una ciudad. Lo haré hasta que el sol se ponga y durante toda la noche. Oh sí. Isabel dio un giro sobre sí misma, levantada en la punta de un pie, sin que el lecho marino se lo impidiera. El agua salpicaba a los lados y se levantaba a su rededor, envolviéndola como una espiral de gotas cristalinas. Oh, sí, te diré lo que quieres oír. Dejé mis gafas de sol, mientras yo derramo una lágrima. Nunca es el momento adecuado. En este caso, para la joven híbrida, ella dejó en la habitación el velo que siempre la cubría y salió al mundo a brillar. Ya nada la detendría. Agua salpicaba. Danza. Saltos. Risas. Me puse mi armadura, te mostré qué tan fuerte soy. Me puse mi armadura, te mostré qué tan fuerte soy. Esa parte de la estrofa le venía como anillo al dedo a la joven, quien hizo un sorprendente remolino, con sus brazos pegados sobre su pecho, dando vueltas como un trompo para luego detenerse abrupto y soltar sus delgados brazos y extenderlos a los lados a modo de triunfo. Le demostró a Everett que era fuerte en mente, cuerpo y espíritu. Soy imparable. Expresaba Isabel en la mirada a la vez en que «Sia» cantaba como si fuese su voz interna que la animaba a bailar sin penas. Soy un Porsche sin frenos. Soy invencible. De escuchar la canción, hasta Everett le daría la razón: Ella era un auto deportivo que corría a gran velocidad por la autopista de la vida. Sí, gano cada juego. Apostó por sus hijos y venció, teniéndolos consigo. Apostó por el amor y ganó, a pesar de que todo le jugó en contra. Apostó por ella misma… Soy tan poderosa. No necesito nada más para seguir. Sí, hoy soy imparable. La fuerza de sus piernas le permitieron dar un salto alto y elevar uno de sus pies hacia la espalda para que Isabel se arqueara hacia atrás como si quisiera tocar las puntas de los dedos con su cabeza. Everett apreciaba la danza acuática que le ofrecía Isabel, mientras que agradecía a los dioses lobunos de que no fuese como aquella vez en la cabaña, en la que bailó para él enojada, en un reclamo que hacía con su cuerpode llevarle la contraria. A orillas del océano, su danza era febril, expresando con sus alegres movimientos que todo entre ella y él estaba bien, y que juntos harían maravillas. Hoy soy imparable. Isabel no tenía frenos, estaba eufórica, llorando y riendo al mismo tiempo. Las lágrimas se confundían con el agua salpicada por sus brazos danzarines, desbordada de todo lo que sentía; su alma irradiaba de júbilo, sus pensamientos eran canciones en vivo, agradeciendo a cada segundo al cielo por apiadarse de ella. Hoy soy imparable. Hoy soy imparable. Hoy soy imparable… La danza era una mezcla de estilo libre, payasadas y ballet clásico; lo que se le ocurriera en ese momento, su cuerpo que por largos meses estuvo entumecido en una cama, explotaba de energía. Everett rio. ¡Cuánta dicha Isabel manifestaba! No sentía vergüenza que los humanos la filmaran para luego subirla a las redes por sus ocurrencias en la playa, tampoco se cohibía de que algunos de los miembros de la casa veraniega de los Brankovic, se burlaran de ella por no comportarse como una dama. El que lo hiciera, lo expulsaría de su hogar, Isabel era un alma libre. La amaba tal como Licaón se la había mandado. Perfecta. ¡Plash! Una de las olas chocó con Everett y esto a él lo sorprendió. No se dio cuenta de haberse metido al agua para acercarse a Isabel. Aun así, no le importó estar sumergido hasta las rodillas, con zapatos y ropa, siguió avanzando hacia ella, atraído por su amor y grandeza. Isabel sonrió maquiavélica y lo bañó al aventarle agua, una y otra vez con rapidez, el pelo y barba de Everett quedaron como si se hubiera sumergido, él ni hizo amague por cubrirse con sus manos, dejó que ella siguiera con sus travesuras, era tan genial verla de esa manera, despojada de cohibiciones y tristeza, que se carcajeó. La danza acabó e Isabel se plantó de cara a él. —Hola —lo saludó sonriente, sin verse desde que tuvieron sexo. Mejor dicho: desde que llegaron esos vejestorios… —Hola —respondió el otro que estaba por comérsela a besos. —Ya estoy bien —comentó risueña a la vez en que le mostraba los brazos y luego se tocaba la cara, como si Everett necesitara que se los señalara para darse cuenta. —Estás her-hermosa… —tartamudeó apenado de su perplejidad por no haber estado preparado de su repentina recuperación. Por supuesto, él antes vio indicios y se admiró por ello: los lóbulos de las orejas y el cabello que estaban creciendo, las cicatrices tornándose más sutiles en algunas partes de sus extremidades, los senos voluptuosos llenos de leche… Los apreció y sus ojos llamearon, queriendo arrancarle el sujetador y chuparle los pezones ahí en medio de la playa y delante de todos. —¿En realidad me veo hermosa? —Admitía que era tonto preguntarle, ella así lo sentía, pero quería escuchar dicha afirmación. —Hermosísima. Ambos sonrieron, aún separados a cierta distancia, con sus respiraciones agitadas y la vista puesta uno en el otro. Everett dio un paso adelante e Isabel lo imitó, cada vez más cerca, atraídos por la fuerza imantada de sus miradas. Se observaban entre sí; él por la sorpresa de la recuperación de Isabel y esta, porque le agradaba lo que veía. Se le hacía que Everett en ropas mojadas era endemoniadamente sexy. Dio un paso más y él también. La distancia entre los dos era exigua, Everett la deseaba desde su altura y ella alzaba sus ojos para atrapar los de ese pecaminoso ser. —Me siento tan feliz… La manifestación de esa realidad provocó que Everett la atrajera hacia a él y la abrazara con tanta fuerza, que Isabel jadeó en busca de aire. Casi le fractura las costillas con su abrazo de oso, por el temor que hacía unos minutos padeció al no hallarla en la playa. La apretujaba para manifestarle a los que los observaban que era suya y también porque necesitaba sentirla pegada a su torso, pues no tendrían un camino fácil de recorrer como pareja, pero haría lo que fuera para honrarla. Isabel no era frágil, era una luchadora. Le enseñó que una hembra no era la sombra de un varón, sino su complemento y, como tal, ambos tenían los mismos derechos y obligaciones. Ahí comprendió que debía intentar retomar lo que una vez fue roto. —Isa —la separó para que lo viese al rostro, ella le sonrió atenta, ni tenía idea lo que por su cabeza pasaba—. Mi bella dama resplandeciente, te amo por sobre todas las cosas y por sobre el poder que me otorga como alfa en mi manada. A parte de mis cachorros, eres la más importante en mi vida. —Ay, Everett, ¿qué me quieres decir? —se inquietó, eso sonaba a… —¿Aceptas de nuevo casarte conmigo? —No hincó una rodilla como suelen hacer muchos humanos para proponerle a sus respectivas novias, caminar hasta el altar, las olas entorpecerían que él se expresara con propiedad hacia su futura esposa, golpeando su pecho o haciéndole tragar agua, ridiculizando la escena. Ella quedó estática. Los tristes recuerdos de la discusión a causa del anillo de compromiso, la decepción de Everett por haberle mentido, el salvajismo de Isabel en el helicóptero, la caída de la aeronave en las inmediaciones del aeropuerto de Anchorage, el incendio, sus quemaduras, la separación de sus hijos… Todo fue turbio. Capítulo 7 —No tienes que responderme ahora. Everett se preocupó, la expresión de Isabel se tornó seria. —Piénsalo unos días —agregó— y luego me dices si deseas unirte a mí en matrimonio. Isabel asintió sin ser consciente de su ceño fruncido por sus atribulados pensamientos; eludió la mirada de Everett en los diminutos remolinos que se formaban a su rededor y en la marea que ascendía y descendía conforme al suave oleaje. Al menos él le permitía meditar su respuesta sin presionarla para que se la diera en ese instante, del que el bendito anillo de la discordia brillaba por su ausencia. Everett la rodeó una vez más en su abrazo de oso, manifestándole con esa acción que esperaría a que se decidiera, solo que en su fuero interno él oraba a que fuese afirmativa y el apellido de su linaje también se extendiera hasta ella. —Merezco tu silencio —comentó a su oído, sin soltarla, el rostro de Isabel se mantenía posado sobre su pecho—. Falté a mi palabra cuando prometí delante de muchos que conmigo habría cambios y te fallé. Nada de aquello hice. —Lidiaste con una híbrida inmadura —expresó ella, evitando alzar el rostro. Los humanos perdieron interés en la pareja y continuaron por su camino por la playa, trotando, paseando a la mascota, tomando fotografías. El sujeto que babeaba por la escultural modelo fue jalado por una mujer con sobrepeso, del que hacía años y para desdicha de este era su esposa. —Debí apoyarte. —Fui terca. —No te comprendí. —Porque no analizaba el alcance perjudicial de mis acciones. —Te faltó un guía… —No quería uno. —Sino un amigo. —Quería a mi prometido. Los ojos de Everett se iluminaron y buscó esperanzado el mismo destello en los de su adorada, acunando su rostro para escuchar la respuesta ansiada, pero la inexpugnabilidad que halló en Isabel le dio a entender que hablaba en pasado: ella necesitó del apoyo y comprensión del hombre con el que se iba a casar, y a cambio recibió órdenes de su alfa. —Ahora me tienes para lo que necesites —manifestó con solemnidad y ese deseo latente en su ser de hacerla rápido su esposa. El aura indómito de Isabel haría que más de un macho perdiera por ella la cabeza. Él ya la perdió… Isabel medio sonrió, un tanto aprensiva de sus promesas, Everett hablaba bonito y la hacía sentir especial en sus momentos en que dejaba de lado el machismo, pero las costumbres de los lobos eran arraigadas desde hacía milenios, por ella, él no cambiaría de la noche a la mañana. Tal vez moderado, dando un paso a la vez, hacia la igualdad exigida, pero que, si continuaba firme por esa senda, él cumpliría. —Gracias por concederme unos días para pensar en tu propuesta —dijo esta vez enfocando sus irises sobre los de él—, metomaste con la guardia baja, pero ¡no es porque no te ame! —exclamó ante la tristeza que se reflejaba en Everett—, sino por todo lo que pasó. —Si consideras que unos días son insuficientes, mi propuesta se mantendrá hasta que me des el «sí». Esto a ella la sorprendió. —¿Y si lo medito por veinte años? —Veinte años esperaré por ti. Ansío presentarte como mi mujer. —Soy tu mujer, el apellido del marido es mero formalismo. —Unos meses atrás celebraba que hubiesen adelantado la fecha de la boda, ahora se tomaba una prórroga para pensar en cambiar el «García» por el «Brankovic». —Sé que lo eres —manifestó ladino—, me lo has demostrado muchas veces; aun así, sería estupendo sellar la unión. ¿Estás de acuerdo? Isabel asintió, viéndose atrapada, la conducía sigilosamente hacia la parte que él quería. Condenado pillo. —Seis meses —dijo y Everett arqueó las cejas, vislumbrando una celebración, pero ella agregó—: Si en seis meses no nos matamos, entonces te daré mi respuesta. —Y nos casamos. Acordado. Sacudió la cabeza. ¡Ay, pero qué hombre! —No, durante estos meses ambos estaremos en prueba, a ver cómo nos llevamos. —En la cama nos llevamos, muy, pero que muy bien. — También en la tina, en el piso y donde los pillaran las ganas. Lo que le hizo meditar que aún no lo hacían en la playa. Su pito se alegró. —Y fuera de esta reñimos a menudo —lo contradijo—. Everett, ambos somos volátiles y no me apetece retroceder en nuestra relación por estar de apurados. Concedámonos un tiempo para madurar como pareja, ¿no te parece? Soy cabezota y tú gruñón, transitamos un camino cuando logramos estar de acuerdo, pero en las veces en que no, que suele ser frecuente, tomamos vías separadas y me entristece. —También a mí. Isabel se relajó, siendo una buena impresión de no haber terminado la conversación en discusión. —Seis meses y, por cómo estemos para ese entonces, ¿acordamos lo que tengamos que hacer? —pactó un tanto aprensiva. Él asintió. Mentiría si Everett no estaba decepcionado de lo que su espontaneidad resultó; no obstante, él se lo había ganado por idiota, de haber cumplido con su palabra y de haberla comprendido, no estaría con un nudo en la garganta y una opresión en su pecho. Seis meses era mucho tiempo. Isabel sonrió aliviada, volviendo el brillo a sus ojos y las ganas de seguir danzando. Aventó agua a Everett y bailó como loca alrededor de este, celebrando que tendrían tiempo para aceptar algunos errores y modificar otros. Everett se forzó por sonreír, le costaba porque se daba cuenta de que a Isabel le preocupaba la «legalidad» que implicaba ser su esposa. Orbitaba danzante, cual pajarito revoloteador que jugaba con un lobo de peligrosas garras largas y letales colmillos, a punto de abrir sus fauces y devorarlo. De hecho, así lo sentía Everett, la atrapó de la cintura en una de sus alocadas vueltas y pegó sus labios con los de ella. A Isabel le palpitó su centro. Le encantó que la tomara de ese modo tan posesivo, el deseo del hombre por su hembra, tan primitivo que sus propios instintos sexuales afloraron. Sus manos se posaron sobre los pectorales del hombre y este cerró los ojos, mareado por la excitación, tornándose su pantalón demasiado apretado. —Follemos aquí. —¡Everett! —fingió estar escandalizada—. Estamos afuera. —Su corazón palpitó por la expectativa de hacerlo en un lugar donde ella jamás se habría atrevido. Al igual que en el ascensor de aquel restaurante, en la que Everett casi la folla, el deseo fue apremiante. —No me importa, no aguanto las ganas. Ella miró por sobre los hombros de Everett, hacia los humanos que se hallaban alejados y hacia las casas, cuyas fachadas daban hacia el paisaje marino, por si algún curioso los estuviese observando. Tomó la mano de Everett y lo condujo hasta adentrarse un poco en el oleaje, de modo en que sus partes pudendas estuviesen fuera del foco de sus posibles espectadores. Le sonrió a la vez en que sus manos viajaban lentas por su torso fibroso, cubierto por la camisa húmeda y del que bien marcaba sus abultados pectorales. La desabotonó, solo para tocar su piel caliente, pues cabeceó cuando Everett pretendió quitársela. La desnudez no la cohibía, pero sí de los móviles que los estuviesen filmando. Lo besó y rodeó su cuello con sus brazos, mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Esto a él le hizo gruñir envalentonado ante la expectativa de follar en público y a pleno día. Tomaría a esa mujer y la haría gemir impúdica. —Lo tengo duro… —comentó enronquecido y de la manera más burda. Para nada expresaba odas al amor, con frases rebuscadas y bonitas, él solo se expresaba como se sentía. Excitado. La otra sonrió malévola. —¿En serio? Pero el agua está fría… A ver, déjame comprobar… —metió la mano para apretarle el bulto que él tenía entre las piernas. Everett gimió. —Mastúrbame —pidió casi en un ruego. Isabel echó un vistazo por su entorno, eran los únicos que se hallaban presente en la playa, y se atrevió a bajar la cremallera del pantalón de Everett y sacar la envergadura que no encogía debido al frío. —¿Necesitas fricción para elevar la temperatura? —Su mano se cerró en torno al miembro y comenzó a jalonear con extrema suavidad, de arriba abajo, mientras ella sostenía una sonrisa sensual a su greñudo que tragaba saliva y jadeaba sin parar. Everett mantenía los ojos cerrados, disfrutando de las fricciones que le daba su amante. —Sí… —apenas expresó. —¿Qué tanta? —Apretó cerca del glande; de tenerlo afuera le haría salpicar semen. —Mucho… Caliéntame mucho… El masajeo mantenía duro a Everett, perdiendo cuidado de ser oído, sus manos grandes y fuertes se sostenían de Isabel, aferrado a sus caderas, en la que sus uñas alargadas por la excitación se enterraban sin lastimar la piel broncínea de la hembra. Isabel observaba el predicamento de Everett, tal vez queriendo acostarse en la arena para disfrutar al pleno la masturbación. Pero estaba de pie, tembloroso por los espasmos causados por las fricciones en su hombría que provocaban que respirara errático y lanzara gemidos al cielo. —Oh, Isabel… —lo jaloneaba y jaloneaba; ni sus bolas quedaban desatendidas en aquel paradisíaco rincón del mundo. —Córrete en mi boca. Él parpadeó. ¿Qué fue lo que dijo? La miró ladino, encendiéndolo más su propuesta, no a toda mujer le gustaba tragar semen. —Tendremos que ir a la orilla o tendrás que sumergirte, cariño, y tú no sabes nadar —a pesar de su picardía, Everett era considerado para que ella evitara tragar agua salada en vez de su simiente. La perversión reflejada en su rostro. —Me sostendré de tus piernas, tú aférrate de mis hombros. —¿Segura? Estarás allá abajo… —Me apetece tu leche. Mmmmmm… —Así como Everett era adicto a lo que ella portaba en sus senos; la de él, a Isabel se le hacía apetitosa. No es que fuese un manjar, pero ¡diablos!, quería todo de Everett. —No me vayas ahogar… —le advirtió para que tuviese cuidado de clavarla como si la quisiera matar. —Seré bueno. —Le guiñó el ojo y ella se arrodilló en el lecho marino. El agua la cubrió hasta sobrepasar su cabeza y oscurecer un poco los colores del espectro de la naturaleza: el azul del cielo, el blanco de las nubes, el verdeazulado del atlántico…, se opacaban a falta de costumbre, los ojos de Isabel aún le costaban adaptarse a un ambiente del que rara vez solía disfrutar por estar ocupada con el ballet o su nueva vida. Deslizó el pantalón y el calzoncillo hacia las rodillas, acariciando a continuación sus genitales. Nunca hizo algo semejante, ni siquiera en sus más húmedos sueños eróticos en la que ella se comportaba como puta callejera. Contendría la respiración hasta mamarle la verga, por su puesto, debía hacerlo rápido para que sus pulmones no aumentaran de tamaño y explotaran por no expulsar el aire contenido. Así que, tuvo cuidado al engullirlo en buena parte, sin tragar agua. Sería un reto. Everett apretó sus hombros y ella comenzóa chupar, hambrienta de esa leche que emanaba solo cuando el otro alcanzaba el momento culmen; lo hacía sin parar, escuchando de manera amortiguada los gemidos de Everett en la superficie, sus garras se enterraban, tenso por la mamada. Se aferró a las muslos de este en el instante en que, sin aguantarse las deliciosas chupadas, él comenzó a golpear en su boca como si la taladrara con su verga. Era frenético y algo rudo, por lo que tuvo que detenerlo para que no siguiera o no sería capaz de saborearlo. Los envites de la pelvis masculina aminoraron e Isabel siguió con el grosor del glande justo entre sus labios, tragaba el falo y luego lo sacaba hasta la punta, para continuar con esa faena una y otra vez. Le encantaba, era nuevo lo que hacía, estar como sirena penitente que recibía la eucaristía del tritón. Todo lo percibía diferente: el sonido, los colores, los sabores… Nada se comparaba a lo que ella hacía sumergida, estaba sola en aquella inmensidad del océano, nada más las piernas musculosas de Everett y ese falo enorme justo frente a su boca. Su cabellera, que ondeaba libre bajo el agua, de repente fue recogida por una mano y su cabeza inmovilizada para que los golpes hacia ella fuesen más demoledores. Everett no se aguantaba… Isabel soportó las acometidas y la dureza de este pronto tuvo una potente liberación. Tragó la esencia de su amante, sin arcadas o intenciones de escupirla. Se puso en pie y emergió justo en el instante en que Everett aún mantenía la cabeza echada hacia atrás, extasiado por el orgasmo. —Qué buena mamada… —jadeaba él como si hubiese estado en una maratón. Sus pantalones seguían arremolinados en sus rodillas. —Y qué buena leche, me gustó. Everett la miró abrasador, ella se limpiaba las comisuras de los labios como si le quedara ahí algo de semen. —Y te va a gustar el cunnilingus. —Ya que estaban en esas faenas, creía conveniente satisfacerla de la misma manera. No hubo protestas. Sino una sonrisa femenina que se extendió de oreja a oreja. Everett le dijo «adiós» a Isabel con la mano y se sumergió, tras absorber una bocanada de aire. Sus cabellos de león quedaron extendidos en el agua como si fuesen algas, su estatura se redujo ante una reverencia que le haría a esa santa-de-los-lobos-envalentonados por ser tan indulgente con él. La braga de Isabel desapareció de sus partes íntimas y rápido flotaba en el agua al ser lanzadas por Everett hacia atrás. Isabel no pudo alcanzarlas cuando se alejaba ondeante por la marea. Sentía las manos de Everett pasearse por sus muslos y sus nalgas, volviendo a llevarlas hacia adelante y acariciar la ingle. La joven morena se mordió el labio inferior y se preparó para recibir su lengua. ¡Oh, misericordiosos ángeles de la lujuria! La respiración aumentó gradualmente, acalorada por la osadía de hacerlo allí. Se tambaleó un poco cuando Everett –tritón impúdico– elevó una de sus piernas y la pasó por encima de su hombro para tener acceso a las carnosidades íntimas, jadeó tan pronto los dientes de este atraparon una de las paredes vaginales, pero estaba jugando y el corazón de Isabel estalló alborotado. Oh, ángeles lujuriosos… ¡Oh! La persona que pasara observaría a una mujer sola que permanecía estática, tal vez meditando entre las olas. Nadie se percataría que un hombre de aspecto de leñador buceaba para comerse la vagina de esa mujer. La hacía gemir, sus senos estaban que se desbordaban del sujetador, la respiración era profunda, agónica, teniendo que tocarse así misma para descargar las sensaciones. Ahora era Everett quien se las provocaba a ella, la follaba con su boca, su lengua demoníaca parecía muy larga, enterrándosela en las profundidades de su ser como si fuese un segundo miembro que salía de su boca. A Isabel le daban espasmos y se sujetó como pudo de los hombros fuertes de Everett, lamiéndola sin cesar. A cierta distancia de allí, el humano que la estuvo mirando embobado, la espiaba desde la ventana de su habitación y con unos binoculares que mantenía escondido en un baúl para que su mujer no se los partiera en la cabeza por mirón, pues en una ocasión lo atrapó observando a unas chicas en diminutas tangas, pero él atinó a decirle que estudiaba el vuelo de las aves migratorias que pasaban por el horizonte en ese momento. Echó un furtivo vistazo hacia la puerta de la habitación que mantenía cerrada y luego se sacó el pito, enfocándose de retorno sobre aquella impresionante modelo de tetas grandes. Él se dio cuenta de lo que la parejita hacía, no los perdió de vista a pesar de haber sido apartado de la playa; sin embargo, desde su sitio los apreciaba mejor, cuidaba de no ser atrapado por estos o por alguien de intachable moralidad. —Quítate eso, déjame verte las tetas —hablaba para sí mismo mientras se masturbaba con vigor, imaginando que era él, el que las manoseaba—. Vamos… ¡Quítatelo! ¡Eso!, buena chica, qué tetotas… —alabó cuando la mujer se quitó la parte de arriba para tocarse los pezones—. Parecen de chocolate, como te los quiero chupar… —se saboreó, imaginando que sus labios los succionaba como si tuviera mucha hambre. ¡Ansiaba follarla! ¿Dónde viviría para visitarla?, lo averiguaría, su pito pulsaba por estar bien metido en su vaginita, causándole dolor, porque él lo tenía para dejarla como una caverna bastante profunda. Se apretaba con desesperación a punto de eyacular, deseando a esa morena de buenas curvas que estaba para comérsela durante... Escuchó un carraspeo detrás de él. El humano miró con aprensión por encima de su hombro. —No es lo que parece. Su rolliza mujer había entrado a la habitación de forma silenciosa, sujetando un mazo de la cocina y lo aventaba en su otra mano como si fuese una carcelera que le daría una paliza al morboso presidiario. A la vez en que el primer golpe del mazo volaba hacia la humanidad del marido, Isabel gemía en voz alta. Alcanzando su orgasmo. Capítulo 8 —Oye, ¿es cierto? —«Es cierto», ¿qué? —Anna inquirió con algo de rudeza a Rosario mientras ambas vestían la mesa del comedor, la joven niñera solía colaborar a las sirvientas en estos oficios cuando estaba desocupada, pero con esa cotillera, mejor se hubiese largado a su habitación a dormir la siesta. En el Cuarto de la Mantelería la acusó de estar coqueteándole a Elijah, sin permitirle siquiera el voto de duda. —Lo de la concubina del señor Everett —aclaró—. ¿Es cierto lo que dijo Esther: se regeneró? El tenedor se alineó al cuchillo y, la copa para el agua, acomodada con precisión en un extremo al que se sentaría en el cabecero de la mesa. Anna gruñó para su adentros, molesta con la nodriza por estar esparciendo la noticia que al mayordomo o al ama de llaves correspondía. —Sí —contestó con parquedad, no tenía caso mentir; sin embargo, no agregó más, ya ellos verían renacida a la buena de su jefa, cuando esta creyese oportuno dejarse ver por el resto del personal y los amos de la casa. Rosario esbozó una expresión de asombro y se acercó veloz hacia Anna para cuchichear y así sacarle más información. —¿Y cómo luce?, ¿es cierto que es bonita? —Esther le había comentado que la concubina dejaría opacadas a las hijas del señor Damir o a las mismas esposas, quienes eran conocidas por ser favorecidas por la Madre Naturaleza. —Es muy hermosa —dijo sin contener una sonrisa sincera —. Parece una reina de belleza. Rosario hizo un gesto de «¡ay, no exageres!», dudando de esto, en dos ocasiones alcanzó a ver parte de sus facciones y no era para tanto, era una hispana simplona que ni cabello tenía. —Estaré de acuerdo contigo cuando la vea —replicó odiosa, yendo a acomodar los cubiertos correspondiente a la señora Grubana, estaría sentada en la esquina del otro extremo de la mesa. Justo colindante con su melindroso hijo. Anna no espetó a la incredulidad de la sirvienta y alineó la silla en la que se sentaría la señorita Isabel. Cuando se presentara a almorzar, dejaría a todoscon la boca abierta, es como si lo del accidente del helicóptero jamás hubiese ocurrido o, en compensación, el gran Licaón resaltó su belleza. —Ese retíralo, no bajará a comer —Rosario comentó a la muchacha en cuanto esta posaba sobre la mesa el plato llano que se suponía sería para Jevrem. Anna lo retiró, imaginando las razones de su inapetencia: la resaca le impedía levantarse de la cama. Ojalá tuviese una fuerte migraña que lo hiciera vomitar hasta por las orejas. La dejó sola para irse de borrachera. —¿El joven se siente mal? —preguntó en su intento de no demostrar que por dentro ardía de rabia. ¿Cuánto licor habría bebido? Rosario corrió de nuevo hacia ella para comentarle en voz baja: —El señor Damir dijo que estaba «indispuesto», pero esta mañana el jardinero lo vio a él y a su primera esposa llegar con el joven Jevrem casi a rastras por la cruda que llevaba. ¡Le costaba caminar que hasta la señora Radojka lo ayudaba a sostenerse! Al parecer le gusta empinar el codo; el otro día, Esther… Continuó comentando de la vez en que Jevrem llegó amanecido al día siguiente en que los guardaespaldas de la concubina se hospedaron en la casa. Anna ni asentía ni negaba con la cabeza, solo escuchaba la cotilla de la sirvienta, de la que esta gozaba en ponerla a ella al tanto; no le aclaraba que también los había pillado y que el cuadro que el hijo daba inspiraba lástima. Por supuesto, más rabia que cualquier sentimiento de empatía, el licor o la cerveza ingerida lo mantendría inconsciente todo el día. —Enfocó su celebración, clavando pito —Rosario subrayó y Anna alzó la mirada interrogante—. ¡Ayer! —agregó para que la comprendiera—. Se clavó a Belkys y a Sandra. ¡Qué energía! Bueno, eso es lo que ellas dicen, que la cosa comenzó a ciertas horas en la madrugada; son tan mentirosas y exageradas… ¡Ay, pero por qué no me lo topé en el pasillo! —se lamentó de su mala suerte—, en estos momentos tendría la vagina adolorida y la dicha en la cara. —No quiero saber de eso —Anna trató de zanjar la conversación, le dolía enterarse de que Jevrem necesitó de otras mujeres para saciar su apetito sexual, después de acostarse con ella, puesto que una neonata virginal no le bastó. Dio un visto bueno a la mesa del comedor y aprobó que la vajilla estuviese puesta de forma correcta. —Te confieso que, si me lo pide, se lo concedo —la otra expresó casi en un susurro—. Ese beta esta para chuparse los dedos, estaría dispuesta a darle una docena de cachorros —rio—. ¿Tú no?, porque yo sí. ¡Arg! ¡¿Por qué no me lo encontré?!, Belkys y Sandra son unas suertudas… —A ella no le habría importado estar en una orgía con tal de sentir la verga de este enterrada entre sus piernas. Notó que la niñera parecía molesta, asumiendo Rosario que, tal vez, por también haberse perdido de gozar al joven amo, pero cuando le iba a espetar que dejara la envidia, la señora Grubana, el señor Damir, sus esposas e hijas, en el acto se hicieron presente. Rosario y Anna se reverenciaron mientras estos tomaban sus respectivos asientos. Andjela escaneó con desprecio a Anna, y Grubana miró su reloj de pulsera, ante el retraso de la hora para comer, debido a que el bastardo y la híbrida ordinaria seguían fornicando. ¡No se cansaban! —Tú, ve a notificarle a Everett que ya estamos sentados en la mesa —la engreída anciana ordenó a Rosario, sin mencionar con la debida propiedad al que era el dueño de dicha residencia, como si este fuese la oveja negra. Anna suspiró para sus adentros, lamentando que a ella no le ordenaran, permanecería sola en el área del comedor hasta que la señora Blanka y las otras dos empleadas trajeran las bandejas de comida. —Tener que esperar por aquellos dos… —Grubana masculló enojada—. Qué falta de consideración hacia los mayores. —Madre, ¿qué te extraña? Los modales de los tercermundistas se pegan. Everett no está pendiente de las normas, al estar con aquella… Anna se mordió la lengua para evitar gritarles: «¡Ellos son alfas, hacen lo que les da la gana!». El señor Damir y la señora Grubana aún no aceptaban que no tuviesen autoridad sobre nadie. No obstante, apretó los labios y respiró profundo para no perder la compostura, la señora Radojka la miraba de soslayo y el trío de hienas adolescentes reían por lo bajo, causándole gracia que la omega no escaló posición laboral con su oficio de niñera: seguía siendo una pobre sirvienta. —¿Y la comida? —Grubana alzó la mirada hacia el mueble donde acomodaban las bandejas—. ¿Por qué no está servida? —Para ella esto era inconcebible. —Esperan por el señor Everett y la señorita Isabel… —la joven respondió cohibida. «Señorita Isabel». Señorita… Qué «señorita» ni que nada: ¡Era una mujerzuela! —Entonces, que le avisen al ama de llaves —gruñó—. ¡Milenko! —Mande, señora —acudió para atender a la anciana, habiendo aguardado paciente en un extremo del área del comedor a que alguno de los amos lo necesitara. —Averigua qué sucede, que estamos aquí con los platos vacíos. El mayordomo asintió reverente y le dio una orden silente a la muchacha, parada al lado del mueble voluminoso, para que apurara a Blanka y a las demás mujeres que esa tarde trabajaban lentas. Ese día a más de una castigaría. Anna agradeció para sus adentros que el anciano la mandara y, antes de que se apurara para que tampoco la regañaran, el ama de llaves, Belkys y Sandra, entraban por el arco que conecta con el pasillo que da a la cocina. —Ya era hora, ¡cuánta tardanza! ¡¡Sirvan!! Blanka se inquietó al tiempo en que las dos sirvientas dejaban las bandejas con sus charolas en dicho mueble, debido a que no era costumbre comenzar a comer antes que el alfa. Era considerado una terrible falta de respeto. Miró a la anciana con expresión mortificada. —Lo siento, mi señora, debo esperar. —¡Ya estamos sentados! —Madre… —Damir trataba de calmarla, la edad avanzada de Grubana la hacía impaciente e irascible—. Ya te dijeron de que esperan por Everett. Ella masculló palabras ininteligibles que a las empleadas domésticas les sonaron a maldiciones. —Si Stanislav viviera… —hubiera expulsado de la manada a ese par de mequetrefes. Entonces se dio cuenta que alguien más faltaba y esto la alertó de inmediato. —¿Y Jevrem? —preguntó por él, inquiriendo con una ceja alzada a Damir. A Radojka la ignoraba por considerarla insignificante. El estilizado hombre se removió incómodo en su puesto y Radojka miró severa a Anna para que se mantuviera callada, en caso de que le preguntaran. La muchacha tenía pleno conocimiento de las condiciones en cómo llegó su hijo hacía unas horas, y, con esta, aún tenía una conversación pendiente. —Está… —Damir rodó los ojos hacia la omega y esta bajó la mirada intimidada— indispuesto. Belkys y Sandra intercambiaron miradas cómplices de lo que sucedió la noche anterior, y la señora Blanka se preocupó de que el señor Damir le echara a ella la culpa por una cena mal preparada. La indigestión era rara en los metamorfos, pero cuando la padecían, no había inodoro que la aguantara. —¿Y eso por qué? —Como matriarca, Grubana requería de respuestas inmediatas. Por cazar humanos… —Está agotado, madre. Everett le ha impuesto muchas obligaciones: supervisa todo el sistema de seguridad y sus hombres. —Así debe ser. Jevrem dirigirá algún día, Kenai y Denali, cuando lo sustituya como alfa. Esto a Damir le revolvió la bilis, se suponía que él sería el próximo, no su hijo. Belkys y Sandra se volvieron a mirar. ¡¿Agotado por supervisar?! Más bien: agotado de tanto follar. Anna también lo pensó. —¡Habrase visto tener que esperar como peones! — Grubana exclamó indignada, volviendo al tema de la tardanza—. ¿Acaso esa híbrida no tiene qué ponerse para cubrir sus espantosas quemaduras? —¿Qué quemaduras? La pregunta formulada por una mujer que, recién entraba al comedor, causó una seria conmoción entre los que ahí se hallaban presente. Radojka agrandó los ojos al verla, Vesnapalideció, las tres hijas adolescentes jadearon asombradas, mirándola de arriba abajo; Grubana se llevó la mano al pecho como si hubiese visto un fantasma y Damir entrecerraba los ojos para descubrir de si se trataba de maquillaje corrector. Anna amplió su sonrisa. La recién llegada dio el efecto que ella quería observar en los demás. Isabel llegó de la mano del señor Everett, ataviada en una falda tubular que le llegaba hasta las pantorrillas, una blusa ceñida a modo de corpiño y unas sandalias que maximizaban su imponencia, como la perfecta compañera del alfa. Everett también se había arreglado: cabello recogido en una cola baja, traje sastre casual y barba acicalada. —Eh… —Grubana boqueó, enmudecida por la impresión. ¿Cómo es que esa maldita lucía mejor que ella y sus nietas? —. Las… Eh… Nada. Me refería a otra híbrida. Isabel esbozó una sonrisa despectiva. «Otra híbrida». Everett la condujo hasta su silla, deslizándola como todo un caballero para que ella se sentara. Sus sobrinas y cuñadas se pusieron en pie, Damir, quien con reticencia tuvo que demostrar respeto al cabeza de familia, miró a la madre y esta medio se levantó, pero acto seguido fingió que le dolía la pierna derecha y se sentó rápido para no demostrar sumisión a ese par de idiotas. —Noto que ya no usas el velo —Damir comentó con su habitual sonrisa hipócrita y a la vez en que se sentaba en cuanto Everett y la hispana lo hicieron con elegancia. —¿Te parece? —replicó Isabel, igual de antipática. Everett besó el dorso de su mano y ella le obsequió una pícara sonrisa. —Sí, mi queridita cuñada, hoy luces espléndida. ¿Verdad, hermanito? Hasta me atrevería en asegurar que luces más oscurita. Las adolescentes rieron y Vesna celebró que su esposo saliera con sus afilados halagos. La divertía que hiciera rabiar a esa mujer tan despreciable. Isabel dejó de sonreír y Everett atravesó con la mirada a Damir. —No comiences con tus comentarios fuera de lugar — increpó antes de que a Isabel le hiciera corto circuito en el cerebro por la indirecta racista. Esos temas eran sensibles para ella. Damir fingió carcajearse. Ni para payaso de circo servía, sus chistes eran pésimos y de mal gusto. —Me refiero al bronceado. Por cierto, ambos lo están: esas mejillas rebosantes de felicidad y bronceadas… ¿En qué momento estuvieron en la playa retozando? —En el momento en que todos esperábamos para almorzar —Grubana espetó con resquemor. Ayer tuvieron que soportar sus escandalosos gemidos mientras cenaban y esa mañana, al parecer, decidieron continuar con sus cochinadas delante de todo el mundo. No tenían vergüenza. Isabel consideró que esa gente no reparaba en lo que escupían delante de jovencitas. Las sobrinas de Everett estaban en edad de experimentarlo todo y, lo que se comentaba en la mesa no era para sus oídos. —Hay que disfrutar de las bondades de los rayos solares —comentó sin molestarle la hosquedad de la anciana y guiñándole un ojo a Everett—. Es muy beneficioso para la piel de los lobos; te pone… —caliente—. Te fortalece. Sobre todo, de las bendiciones que una buena mamada y un cunnilingus ofrecía, meditó Everett, quien ya planificaba llevar a Isabel de retorno al dormitorio. Después de follar en la playa, la cubrió con su camisa y ambos corrieron hasta escabullirse por la puerta posterior sin que los viera ningún vecino humano. A las nodrizas le subieron los colores al rostro, al estar él con el pecho desnudo por ahí. En las urbes el pudor era frecuente en los metamorfos que abandonaron los bosques y las montañas, por los rascacielos y la vida agitada. —Me alegra que estés bien. La felicito —Radojka giró su rostro hacia Isabel, separadas ambas por una silla vacía sin importarle que su suegra o su marido después la increparan por aduladora. —Gracias —no dijo más, consciente que ella no era su amiga. Hablando de amigas… —¡Ayyyy!, pero ¡qué tonta! —Andjela gritó a Anna en el instante en que esta le llenaba la copa con agua. La hosca muchacha había estado vigilando los movimientos de la omega y fingió sobresaltarse, como si Anna le hubiese mojado adrede el regazo de su vestido. —Disculpe, señorita, yo… —la joven no entendía cómo es que su jarra se vertió mal. Tuvo cuidado de llenar la copa y, al fijarse, estaba causando desastres. —Eres una incompetente. ¡Despídela, tío! —Lo siento, yo… —Ya no hay buenas sirvientas, cada vez son más torpes — Grubana agregó más leña al fuego, para nada comprensiva con la omega. —Everett no es el que tiene que despedirla, sino yo, es mi empleada —Isabel replicó sin haberse percatado antes de la chica—. Por cierto, ¿qué haces sirviendo en la mesa? Eres mi niñera, no la sirvienta de los demás. Anna palideció, Isabel la increpaba con el ceño fruncido. Tragó saliva. —Me ofrecí para ayudar… —Pues, ya no más. Haces mucho cuidando a los gemelos. Vete a descansar; a las 5:30 te necesito. —¡Pero ella debe servirnos! —Grubana se impuso sobre la híbrida hispana—. Tenemos hambre. Qué sirva. —Las otras chicas pueden hacerlo. Blanka, por favor… — Isabel se dirigió al ama de llaves para que coordinara la puesta de la comida en la mesa. El señor Milenko observaba el incidente desde su sitio, pendiente de sus amos y del vestíbulo principal por si alguien tocaba a la puerta. Esa muchacha buena-para-nada debía ser despedida lo más pronto posible, causaba problemas y su torpeza ya era legendaria. Tenía el modo para conseguirlo, solo que esto a él le costaría la cabeza. Anna se retiró por las puertas que dan hacia la zona de los empleados y se encaminó a la que da a los contenedores de basura. De allí bordeó la parte posterior de la casa, volviendo a entrar esta vez por la puerta lateral del área de la piscina. Su intención fue la de evadir las miradas escrutadoras de los amos y del mayordomo, quien no la perdía de vista, pendiente a que ella se equivocara para increparla. El enojo de la señorita Isabel la entristeció, pero la comprendía, la contrató para atender a sus hijos, no a esos miserables engreídos. Por insólito que pareciera no hubo quejas que contradijeran el mandato, el silencio se instaló a su espalda, quizás estos riñendo en voz baja o el tema «niñera- sirvienta» quedó zanjado. Temió que el señor Everett la despidiera, ante todo, él tenía la última palabra y, si le apetecía, arrojaba su maleta a la calle. Se las ingenió para no cruzarse en ningún momento con Colton y Tyson, sería muy incómodo después de que estos pretendieron entrar a la fuerza a su habitación por estar ella en celo. Aún estaba satisfecha por el sexo con Jevrem, pero la preocupaba que la azotaran de nuevo las ganas y esta vez les diera a estos acceso a su cuerpo. Muchos hombres trabajaban en la casa del que se aprovecharían de sus calorones. Con la incertidumbre de ese hecho latiendo en su pecho y la decepción ocasionada por Jevrem, la impulsó a escabullirse a la segunda planta para expresarle a este –a pesar de su dolor– que ella seguiría con sus proyectos y a él lo olvidaría. —¡Anna! El llamado de Elijah, tensó a la joven cuando esta cruzaba por la galería. —Lo siento, tengo que ir al… El guardaespaldas, que la siguió apenas olfateó su perfume floral, subió de volada las escaleras, a pesar de la prohibición a ellos de no merodear en la planta alta. —¿Estás bien? —preguntó visiblemente preocupado y esto desconcertó a la muchacha. —Sí, ¿por qué? —Por lo de tu… —lo dejó en el aire, le costaba expresar. Anna enrojeció avergonzada. —Estoy bien —y se volvió sobre sus talones hacia la ruta que debía tomar, simulando que se dirigía al Cuarto de Juegos, donde, lo más probable, las nodrizas cuidaban de los bebés. Elijah sopesó seguirla y convencerla de encontrarse en otra parte para preguntarle lo que sucedió la noche anterior: él algo recordaba, se enfrentó al joven Brankovic y perdió miserablemente; sin embargo, la lobita le gustaba y a él aún no se le disipaban las ganas, el maldito la desfloróy la dejó sola después de aplacar su pito loco. Elijah era consciente de que esta ya estaba disponible, el beta ya se la había comido y estaba al alcance de los machos que sabían de su celo. Esta vez él la tomaría de primero. Capítulo 9 Anna no halló a nadie en el pasillo tan pronto cruzó la galería y Elijah dejó de insistir en su embarazoso interrogatorio. Rosario había bajado detrás de los amos, cuando a ella le ordenaron avisarles a estos que los demás aguardaban por ellos en la mesa del comedor; las nodrizas debían estar en el dormitorio, según lo dispuesto por la señorita Isabel. Hasta donde tenía entendido, los gemelos dormían su siesta matutina, pero como el alfa estuvo vistiéndose allí, lo más probable, las mujeres aguardaban en el Cuarto de Juegos o ya estaban de vuelta en el cuarto contiguo para velar por el sueño de estos. Asegurándose de que Elijah no la siguiera para acosarla con sus preguntas, la joven miró por sobre su hombro y echó un vistazo fugaz por encima de las barandas de la galería hacia la planta baja del vestíbulo principal. Elijah se marchó de allí y nadie merodeaba por las cercanías. Aun así, aguzó el oído. Sonidos de cubiertos sobre platos, provenían del arco que da hacia la zona del comedor. Los amos seguían comiendo y, para bien o para mal, en una inquietante «armonía». Anna tomó una profunda respiración y se volvió por su camino. Por un instante vaciló en medio del pasillo del ala este de la casa. En dicho sentido y a su derecha, se hallaban tres habitaciones: la más grande y que daba hacia la fachada, perteneciente al difunto Stanislav y de la que seguía vacía, la siguiente era la del señor Damir y la otra, la de Jevrem. A la izquierda de la joven: el Cuarto de Juegos y el dormitorio del señor Everett. Como ella bien sabía, las del Cuartel de las Brujas se ubicaban en el ala oeste del otro extremo de la galería. Las mujeres, por un lado, los hombres por el otro… Por este motivo, a Anna le daba aprensión aventurarse a la parte en que los señores descansaban. Si la atrapaban merodeando sin justificación, la castigarían y luego la echaban por estar buscando lo que no se le ha perdido, y sobre ella endosarían una etiqueta que nunca se podría quitar: «Empleada ladrona o promiscua». Según el patrón que se la impusiera. Arriesgándose a esto, Anna tomó la decisión de cruzar por el pasillo a su derecha. La primera habitación en su recorrido era la de Jevrem, esta originalmente le perteneció al señor Damir, quien se mudó a la contigua que fue del señor Ranko, pues al morir este, ¿quién se opondría para el que la ocupara en sus viajes ocasionales? Apretó el paso y se detuvo justo en la puerta. Sus manos temblaban, en su mente se repetía que la despedirían por este hecho, pero su corazón la impulsaba en girar el picaporte e introducirse en la habitación para increparle a ese mentiroso que la decepcionó. Abrió y enseguida cerró tras de sí, sus sentidos estaban en su máximo punto, le diría lo que pensaba de él: que perdió un bonito querer y que ella saldría adelante. Sus pensamientos se difuminaron en cuanto observó a Jevrem postrado de medio lado en la cama, profundamente dormido. Anna ahogó un suspiro. Se lo veía tan apaleado... Sin fijarse en el decorado o en la amplitud de dicho espacio, la joven avanzó y rodeó la cama de cedro tallado, previniendo despertarlo y originar la hecatombe; sin embargo, Anna necesitaba observar más de cerca lo que de él percibía. O, más bien, lo que no… Para nada hedía a tufo o sexo de otras féminas. Olía a sudor, tierra y… Se tapó la nariz. ¿Sangre? Dio un paso más, sus rodillas ya rozaban los laterales de la cama. Arqueó las cejas al fijarse mejor en el aspecto de Jevrem. ¡Cuánta suciedad! A pesar de que las ropas que este traía puestas se las veía impecables, su cuerpo presentaba condiciones que distaban del aseo personal: cabello grasiento, uñas sucias, manchas de barro en sus mejillas y, por lo que parecía en el dorso de las manos, una coloración rojiza que la hacía meditar en que salió de cacería o dejó a algunos tipos sin dientes por dase de puños, quién sabe en qué bar. Por supuesto, la noche anterior Jevrem se midió con Tyson y Colton por el celo de ella; si bien, hubo grave rasguños que desfiguraron su rostro y lo hirieron por el torso, estas heridas sesgadas sanaron de inmediato tras vencer sobre los otros. Hizo un gesto despectivo. Todo un maldito Brankovic: tan Ranko y tan Everett. Aun así, en la expresión de este había tensión como si tuviese pesadillas, su ceño presentaba un leve fruncido, quizás por imágenes oníricas que lo harían despertar malhumorado por impedirle descansar como era debido. La joven extendió la mano para mover su hombro y así sacarlo de sus malos sueños, pero quedó estática a centímetros de este, comprendiendo que no valía la pena iniciar una discusión con un sujeto que no valoró lo que ella le entregó con devoción. —Duerme bien, joven Jevrem —dejó de tutearlo—. Disculpe que haya entrado sin su permiso, vine a recuperar el corazón que me arrancó; desde este instante ya no suspiro por usted. Se encaminó a la puerta y dio una última mirada entristecida hacia ese hombre de largas piernas y cuerpo de matador. Anna se prometió a sí misma no volver a enamorarse hasta primero alcanzar sus propias metas. Y, para esto, pasaría mucho tiempo. Mientras ella abandonaba el dormitorio, Jevrem abrió los ojos –despierto él en todo momento– y una lágrima rodó por sus mejillas. Era lo mejor. Para los dos. ***** En el área del comedor, el postre era servido por Belkys y Sandra. Branislava se había esmerado en preparar un pie de limón que hacía ensalivar a las sirvientas, orando para sus adentros de que a los comensales no les diera por repetir, ya que ellas deseaban probar, así fuese una cucharada, ávidas comelonas de todo lo que fuese dulce. —Papi —Andjela llamó a Damir, tras un suave carraspeo para aclarar su voz—. ¿Nos das permiso para ir de compras? Nos hace falta vestidos y calzado, la temporada pronto cambiará y no tendremos qué ponernos. —No es aconsejable que vayan solas —respondió en cuanto Everett posó la mirada sobre él para advertirle en que no lo permitiera por lo discutido en la biblioteca. —¿Por qué no? —la mayor chilló, habiéndose imaginado que le daría una respuesta afirmativa y obtuvo una que la enojó—. Alguno de los guardaespaldas nos puede acompañar. ¿Qué te parece, Kevin o Branimir? —Ni yendo un tropel, ninguna irá. —¡Pero nos falta ropa! Sobre todo, yo que me voy a casar… —con ese vejete—. ¿Qué voy a lucir en mi luna de miel: ropa pasada de moda? ¡Qué raya! —Compra en Anchorage. —La que venden allá es espantosa… —masculló, cruzándose de brazos. Sandra y Belkys meditaban que las chicas tenían ropa suficiente para abastecer a un pelotón de mujeres, e Isabel pensó en su propio guardarropa, del que apenas usó unas cuantas prendas en esos meses de recuperación, así como también pensó en el supuesto ajuar que debía comprar para lucir a Everett en su noche de bodas y todo resultó un cuesta arriba que le causó incontables amarguras. —Papi, por favor… Grubana estaba a punto de intervenir en defensa de sus nietas, increpando con la mirada a Damir, quien daba muestras de sumisión al inepto hijo de Winona, pero este se le adelantó al expresar sin alterar la voz. —Dije que no. A menos que tu queridito tío las lleve —ya que este les impedía moverse con naturalidad por la Gran Manzana, que fuese él quien lo solucionara. A ver cómo se libraba de tres insolentes adolescentes. —Estoy ocupado —y con eso zanjó el asunto. Damir sonrió con antipatía. —Imagino «tus ocupaciones» —follar con esa zorra inmunda. —¡Mami! —Andjela no se daba por vencida, insistiendo en tener unas horas para visitar las boutiques más costosas de la 5ta Avenida y desangrar las tarjetas de crédito de su padre, sin que ningún adulto le respirase en la nuca. Al menosquería tener el consuelo de sentirse «libre» por esa tarde, puesto que no tendría otra ocasión para comportarse como chica. Después de que la casaran con Jacob Hamilton, sería de su propiedad y tendría que pedirle a este permiso hasta para ir al baño. Maldijo para sus adentros. ¿Por qué coños se acostó con él? Estuvo loca o borracha al salir de su dormitorio estando en celo. Vesna miró a Damir y luego a su hija. —En otra ocasión —dijo para evitar disgustos, hacía todo lo que su marido pedía. Desde antes de montarse en el jet, Andjela estuvo alardeando al teléfono con sus amigas, de traerse maletas repletas de ropas de diseñador, sería lo que escogería por sí misma, ya su abuela ordenó por ella el vestido de novia que lo confeccionarían en París y, su mamá, la ropa íntima que luciría desde el día en que se casara hasta las bragas de maternidad al momento de parir a su primer cachorro. —¡Abuela, haz algo! —desesperada, la muchacha acudió a la matriarca, esta tenía el arrojo para imponerse sobre quien sea para dar su opinión o emitir una orden. Ni el abuelo pudo con ella. Esta cabeceó. —Lo siento, querida, obedece. Y no puedo acompañarte, por si consideras esta opción: debo supervisar con absoluto detenimiento la preparación de la cena. Así no asista lo más selecto de Nueva York, la familia homenajeará a nuestro Jevrem. Everett soltó los cubiertos de mala gana e Isabel hizo una expresión de acordarse de que Jevrem le comentó su inminente cumpleaños. ¡Ay, lo había olvidado! —¡No habrá ninguna cena homenaje, ustedes se marchan después de almorzar! —Everett gruñó sin darse cuenta de que Isabel abrió la boca para expresar su pésima memoria. Grubana jadeó exagerada. —¡¿En el día en que se festeja el nacimiento de mi primer nieto?! —Se indignó—. ¿Cómo puedes impedirlo? Para eso estamos aquí. La mirada de Everett se oscureció. —Para eso, no —replicó severo—. Y no hagas que te lo recuerde —porque la gritaría—, ya expresé mis razones. —No estuve presente —se hizo la desentendida, rencorosa de haber quedado fuera de la animosa reunión que sostuvieron sus cuñados, su hijo y el bastardo, por el temor de una confrontación con los vampiros. —Everett… —Isabel posó la mano sobre la de él, empuñada en el tope de la mesa. La señora Blanka dio la orden silente a las sirvientas para que abandonaran el área del comedor, ella permanecería ahí para evitar que otros se fuesen de cotilla, a pesar de que los gritos los escucharía hasta el jardinero de la mansión más lejana de los Hamptons. —Me gustaría ofrecerle a Jevrem un brindis —dijo en tono conciliador—. Para mí es un buen amigo, más que un hermano —porque el suyo fue una mierda que ni quería recordar—, y merece este detalle. Everett se tomó dos respiraciones y luego asintió. —Brindis y cena. Cero invitaciones, solo familia. ¡Los que estamos aquí presente! —la hosca exclamación fue para los que le causaban constantes disgustos. —¡¿Y dejas fuera a Slobodan y a Zoran? ¿Qué hay de tus primos: Ilic y Luka? Ellos viven desde hace años en la ciudad. Sería una descortesía de tu parte. Qué horror… —A mis tíos no los quiero ver y mis primos comprenderán. La matriarca hizo un ademán de «está bien, cómo quieras», de momento obedecería. ¡Cómo deseaba que este muriera! Ante el que provocaba discordias sin pretenderlo, Isabel se percató de la silla vacía a su lado y enseguida se extrañó de su ausencia. A pesar de tener una familia disfuncional peor que la suya, Jevrem los amaba y solía pasar con estos ratos agradables como un almuerzo familiar. —¿Mandaste a Jevrem a alguna parte? —preguntó a Everett. Cada mañana su amigo la saludaba para asegurarse de su bienestar y si se le ofrecía algo. Pero a raíz de la llegada de esas hienas, desapareció del entorno. Everett negó con la cabeza y esto a él también le pareció extraño. Eran pasadas las 3:30 de la tarde y este nada que se presentaba. ¿Habría descubierto el paradero del depredador? Dejó el postre y se levantó de la mesa para llamarlo a su móvil y que le diera noticias. Se disculpó con Isabel por dejarla allí y no pasar más tiempo con ella, lo otro se anteponía, si su sobrino logró rastrear al maldito podría necesitar ayuda. Este querría atraparlo a cómo diera lugar y taparle las bocas a los que dudaban de su capacidad de mando; sus tíos y algunos betas envidiosos lo consideraban muy joven para ser la mano derecha del Alfa del Clan Kenai, existían otros más capacitados, habiendo estos peleado en guerras antiguas junto a su abuelo Dragan, el primer Alfa existente en Alaska. Estos esperarían con satisfacción que Jevrem fallara para presionar a Everett de sustituirlo por uno que fuese digno de servir a la manada. Damir y Radojka se levantaron también, inquietos por lo que este fuese a hacer. Condenada híbrida entrometida, siempre causando problemas. —Está supervisando el jet —Damir lo excusó enseguida y Everett quedó a medio camino de abandonar el comedor. —Estuve en el aeropuerto. Él no estaba en el hangar. La sonrisa trémula se esbozó en los labios del lobo engreído. —Por supuesto —dijo—, me tomé la libertad de enviarlo a resolver un asunto personal y luego al aeropuerto. Por eso no coincidieron. Él se mueve mejor que yo en estos casos: odio la multitud humana. El tráfico… —Jevrem está bajo mis órdenes. —Pero es mi hijo. —Por favor, no vayan a discutir —Isabel se puso en pie en el acto, intercediendo para que no se enfrascaran en una disputa por la autoridad sobre el jefe de seguridad de la casa—. Que hoy sea un día de festejo para Jevrem, lo apreciamos, seamos indulgentes por esta vez —miró suplicante a Everett y este asintió reticente. Se requería de minutos de descuido para que otros los tomaran por sorpresa y atacaran. Familias enteras morían bajo garras enemigas. —Mañana se largan a primera hora. Y abandonó el comedor antes de que le volara los dientes a su hermano mayor por pretender siempre llevarle la contraria. Por ese día lo dejaría pasar, Jevrem era un excelente hombre y un fiel amigo; dar su brazo a torcer para hacerle un brindis era lo de menos, le debía que hubiese salvado a Isabel de aquel híbrido que pretendió violar a su propia hermana en la cabaña, a pesar de estar embarazada. Fue justo que muriese despedazado por su sobrino. Capítulo 10 —¡¿Qué haces?! Damir quedó helado en cuanto ingresó al dormitorio de su primogénito. Jevrem llenaba la tula de ropa. —Tengo que alejarme de aquí cuanto antes. —¿Por qué? —Les haré daño. Moriré si esto pasa. —Además de querer estar lo más lejos posible de Anna para no verse tentado en caer postrado a sus pies y pedirle perdón por romper su corazón. Ella no debía ser la novia de un psicópata. Damir arrebató el pantalón que su hijo enrollaba para meterlo apiñado en la tula y lo arrojó con rudeza a la cama, confrontando su mirada. —No seas estúpido, si te alejas de este modo, causarás sospecha —le hizo ver—. Everett unirá las piezas del rompecabezas y te señalará. Aguarda unos días y resolvemos lo que debemos hacer. —¡Es muy arriesgado! —exclamó mortificado—. Por las noches cierro los ojos y después… —Lo sé —se apuró en interrumpirlo, inquieto de escucharlo—, pero no es conveniente que te marches sin excusas. Everett te interrogará y te sacará la verdad si te ve salir con equipaje. Hasta ahora creen que se trata de alguien que quiere venganza. Fue oportuno en que Radojka atomizara con su perfume la segunda planta y por la ruta por donde metieron a Jevrem a la casa. De ese modo, procuró en anular la estela que haya dejado este, en caso de que Everett la captase con su olfato. La mentira expresada en el comedor apenas les procuraba unas horas para mantener a su hijo aislado mientras recuperaba la lucidez. Jevrem –que aún no se duchaba– se pasó las manos por su cabello alborotado, desesperado por alejarse de sus hermanas, de sus sobrinitos, de su mamá, Isabel y Anna… Sobre todo, de esta última. ¿Cómo la tocabasi él tenía las manos manchadas de sangre? ¿Cómo la besaba si sus labios desgarraron entrañas? ¿Cómo le expresaba que la amaba si era un asesino en serie? Ella era un hada y él un monstruo. —No puedo quedarme, los lastimaré… Un fuerte jalón en el brazo. —Mírame, hijo —Damir acunó su rostro para atrapar su atención—. Nada nos pasará, ¿sabes por qué? Todas las víctimas han sido humanas, el instinto depredador ataca al alimento, no a sus congéneres. —Igual soy un asesino. —¡No lo eres! —Zarandeó su cabeza para que lo comprendiera—. Aún me niego en aceptar que te dejes llevar por el hambre o por lo que sea que te motive a devorar a esa gente. Tiene que haber alguna explicación. —¿Cómo cuál? —sollozó entregado de nuevo en la desesperación. Los recuerdos volvieron a su mente: gritos, persecución, desgarramientos, sangre salpicada… Saciedad. —Alguien te debe estar controlando. —No hay nadie. —¡Claro que sí!, tal vez… Tal vez un vampiro. Esos malditos son capaces de hipnotizar hasta a una ballena. A ti te habrían raptado cuando te marchaste en tu moto. ¿Qué fue lo que te pasó en ese entonces? Cambiaste, te tornaste meditabundo. Jevrem cerró los ojos, incapaz de mirar a los de su padre. A él nadie lo secuestró ni manipuló su mente, solo tuvo una mala experiencia que lo avergonzaba y luego las pesadillas que lo trastornaban. —Hijo… —Damir lo intuía—, ¿qué te pasó? —Nada. —En sus recuerdos: risas. —Cuéntame, soy tu padre. Sospecho que algo te sucedió en tu travesía. Dime ¿qué fue? ¿Te amenazaron con asesinarnos si no obedecías? —Jevrem sacudió la cabeza, apresado entre las manos largas del progenitor—. ¿Tienes deudas por juegos o drogas? Se libró de mala gana. —Nada de eso: estoy limpio. Acepta lo que soy. El otro endureció el ceño y lo señaló. —Eres mi hijo, bueno y amado, que ha sido intimidado por un enemigo oculto. Y ese enemigo, sin lugar a duda, es un vampiro de gran poder. —Padre… —¡No! Jevrem… —trataba de hacerlo razonar—. No te alejes, dirigirás las sospechas sobre ti y te cazarán, y no podré ayudarte. Y cuando el Alfa Mayor se entere que el primogénito de Damir Brankovic es el posible depredador, nos liquidará a todos, incluyendo a tu madre por haberte concebido. Pasaremos por la pena de un escarmiento público. Aguarda unos días, veré qué excusas le daré a Everett para yo permanecer más tiempo en Nueva York, rastrearé a los que te manipulan, y si… —su voz se quebró —, y si eres…, entonces seré el que te ponga en un avión para que te alejes de aquí. Jevrem ya tenía una solución para su angustia, pero no se lo expresaría porque le pondrían camisa de fuerza, imposible de desatar. Así que, atinó en asentir a la propuesta de su padre, solo para concederle por unos días la búsqueda –de la que sería infructuosa– de aquel que supuestamente manejaba los hilos de su mente inconsciente; luego se perdería y, en medio de la nada, tomaría un arma y se volaría los sesos. El inconveniente a este plan: carecer de resistencia para no dormir. Si lo hacía, otro inocente moriría. —Está bien —apenas acordó, sentándose encorvado al borde de la cama, considerando aún que era un error convivir junto con los suyos, como si despedazar humanos fuese un pasatiempo común. Damir movió la tula para sentarse al lado de su afligido hijo y le sobó la espalda para reconfortarlo. Jevrem daba por sentado en ser el depredador, pero él lo dudaba, no tenía ese corazón de hielo que se requería para ser algo semejante, su nobleza era como la de su difunta bisabuela y su moral como la de Everett, a quién envidiaba por obtenerlo todo, incluso la admiración de todos. Sin embargo, él quería ponerse en el lugar de su hijo para salvarlo del destino que le aguardaba si lo descubrían. Las leyes se impusieron para evitar el caos y la cacería de dichos humanos causaría enfrentamiento entre las especies. —Cuando tu madre te parió, fuiste mi mayor orgullo — expresó con sinceridad—. Medías dos centímetros más que tu tío Ranko en su nacimiento. Eras muy grande para ser un cachorro neonato, ni una hora tenías en el mundo y ya identificabas a los que te rodeaban. Tu visión era muy clara, eras capaz de seguir con la mirada el vuelo de una mosca. ¡Fuiste una sensación! —Sonrió—. Muchos predijeron que serías alfa y que algún día formarías tu propia manada. Esto me preocupó, estarías en la línea de sucesión si tu abuelo Stanislav decidía que, en caso de que sus hijos fuesen incompetentes o asesinados, el nieto asumiría el mando. De hecho, apostaron por ti cuando Everett se accidentó y Ranko enloqueció de ira por no ser el elegido, antepones el bienestar de la manada a las propias ambiciones. —Hubiese sido un pésimo alfa… Damir sonrió entristecido. —Te confieso que me preocupaba que me superaras, quería que fueras mi respaldo en todas las decisiones que tomara. Un líder necesita de hombres íntegros que lo protejan de traidores y acaten sus órdenes sin cuestionarlo. Tú, mi querido Jevrem, eres un hombre de palabra, amas a los tuyos y estás dispuesto a morir para protegerlos. El joven no estaba de acuerdo con lo dicho por su padre, lo describía de manera equivocada, Anna era un claro ejemplo de que él no tenía palabra, le daba la espalda a la primera dificultad que enfrentaban. Damir aguardó a que replicara, pero Jevrem seguía cabizbajo y sumergido en sus propios pensamientos, por lo que consideró que era hora de que se sacudiera la tristeza y combatiera sus demonios con aplomo. —Guarda todo y dúchate —ordenó mientras se ponía en pie para que Jevrem no viese que se limpiaba las lágrimas —. Te quiero descansado para cuando bajes... —No tengo apetito. —Tal vez porque estaba lleno de carnes blandas. —Cenarás así no quieras, pero primero habrá un brindis. Jevrem alzó la mirada sin comprender a qué se debía y al instante la luz del entendimiento se reflejó en su rostro. Por su cumpleaños. —Es sórdido… El progenitor sacudió la cabeza. Su hijo era inocente de lo que este mismo se acusaba; puede que lo comentado por Radojka, fuese cierto y Jevrem también lo haya heredado. Pero él albergaba la esperanza de que fuese mera coincidencia y su mujer una alarmista que señalaba fantasmas donde nadie más los veía, y, lo que tanto los mortificaba, se debía a diabólicas maquinaciones de terceros. —Ellos no lo saben. Te vestirás formal y mantendrás un semblante del que no provoque preguntas. —No tengo las fuerzas… —¿Quieres que tu madre se aflija por lo que te pasa? —A Damir no le importaba lo que sintiera su esposa, pero era un excelente chantaje emocional que ejercería sobre su hijo para que tomara conciencia. Jevrem bajó la mirada, nadie debía saber. Ni su madre, ni Isabel, ni Anna… ***** Dos horas después, Jevrem esbozaba una sonrisa fingida a su abuela paterna, mientras esta lo colmaba de elogios por ser un macho de carácter fuerte y ambiciones centradas. Everett le dio un abrazo fraternal e Isabel le dio un beso en la mejilla, del que le expresó su feliz cumpleaños y nobles deseos que, el mismo Jevrem, rogaba a los santos lobunos tener la suerte de que se cumplieran. Cuando fue el turno del abrazo de la madre, Jevrem tuvo una intensa sensación, la sintió demasiado cercana, no íntima en el aspecto retorcido, sino más allá de la conexión consanguínea. —No eres el único —susurró ella a su oído para que los demás no la escucharan, del que el joven no comprendió por su propia confusión. Sus pensamientos eran un revoltillo. Quiso preguntarle, pero su padre dio la orden a Blanka para servir las copas de champaña en la Sala de los Lienzos, donde se reunieron para desearle éxito en sus veintiséis años. Sus tres hermanas brindaban con sidra y Vesna –su madrastra– apenas le dio un escueto «que la pases bien», como si él pretendiera continuar con el festejo en otra parte. No obstante, él ya lo había hecho y no volvió a ser el mismo, pues no solo aquella chiquilla de trenzas largas le entregó su tesoro,sino que él la amó como si también hubiese sido su primera vez. Y sería la última. Suspiró para sus adentros, acongojado de no probar de nuevo esos labios, sentir la suavidad de su piel, su perfume floral, sus gemidos cosquilleando en sus oídos, la humedad entre sus piernas… No obstante, ni él ni nadie notaban que eran observados desde cierta distancia por Anna, quien se mantenía oculta para no ser olfateada. La joven loba no pudo resistirse en estar un instante allí, débil ante todo lo concerniente al homenajeado. Del Cuarto de Juegos había bajado para notificarle a la señorita Isabel y al señor Everett de que Erik hacía intentos por ponerse en pie y ellos debían presenciarlo. No se lo perdonarían si no les avisaba con la premura requerida, el varoncito crecía a paso acelerado, sus piernitas adquirían la fortaleza para dar pronto sus primeros pasitos, esto sería todo un evento para celebrar, no como el que se hallaba entre todos ellos, con su incómoda sonrisita sin ser merecedor de elogios por ser tan falso. Pero las piernas de Anna no avanzaron hacia la Sala de los Lienzos, para interrumpir el brindis que estaba por efectuarse, se había quedado inmóvil en el primer escalón de las escaleras sin ser capaz de enfrentar su mirada. El tintineo que hacía el señor Damir sobre su copa captó la atención de los presentes y Anna no tuvo más opción que aguardar a que terminaran para avisarle a sus patrones. La cena no se programó para antes del brindis, estaría prevista para las once de la noche, los patrones habían almorzado tarde y brindar por el cumpleañero en la víspera de la media noche del primero de octubre, no tenía caso. Su fecha estaría por expirar. —Con el permiso de mi apreciado hermanito, me tomo la libertad de alzar la copa en honor de mi hijo, Jevrem, quien desde siempre nos ha enorgullecido por su temple aguerrido —sonrió visiblemente emocionado—. Que las aversiones a las que se enfrente jamás lo derroten y que su noble alma se mantenga incorruptible, aunque él en ocasiones lo dude. ¡Salud! —¡¡Salud!! —brindaron todos al mismo tiempo en que alzaban sus copas rebosantes de la bebida espumosa y las estrechaban unas con otras con suavidad. Jevrem se sintió miserable. «Jamás lo derroten». «Incorruptible». Él ya fue derrotado y su alma estaba sucia. —Gracias, padre —apenas expresó con voz rota. Carraspeó para controlar el llanto que se arremolinaba en su pecho y forzó una sonrisa acartonada para que ninguno, ni siquiera su padre, se diese cuenta de que sufría. No era correcto estar allí, celebrando como si nada hubiese pasado. Anna se aferró al pasamanos de las escaleras, con la congoja golpeando su ser, ese muchacho aparentaba lo que no es, engañaba bien a su familia con su «nobleza incorruptible», pero solo era un borracho buscapleitos que se follaba a toda hembra que tuviese ya formada las tetas. Y también mentiroso. —Jevrem, ¿podrías convencer a papá de dejarnos ir de compras? Ya estamos grandes y él nos trata como cachorras. No nos dejó ir. ¿Podrías?, por fis, las boutiques aún están abiertas… —Andjela se acercó junto con Jelena y Milena, quienes asentían con la cabeza, esperanzadas de que las burbujas de la champaña achisparan a su hermano para que se prestara a sus deseos. —Eh…, yo… —Se llevó una mano al entrecejo, de repente invadido por imágenes que parecían granadas que estallaban en su cabeza y sin identificarlas bien. ¿Dónde era? ¿Un bosque? ¿Un zoológico? ¿Un parque? No lo ubicaba, había árboles por doquier, hojarascas y neblina. Escuchaba voces, una era de su hermana Andjela que parecía hablarle a lo lejos y la otra muy de cerca, perteneciéndole a una mujer que pedía ayuda. No veía rostros, solo aquella naturaleza que se tornaba agresiva. Se tambaleó mareado, los árboles pasaban frente a sus ojos a la velocidad propia de un animal veloz, esto le hizo que buscara sujetarse a algo para no caer al piso, casi trastabilla en su intento de aferrarse al respaldo de un sillón que estaba a unos pasos de él, pero unas manos pequeñas lo sujetaron de inmediato permitiéndole conservar el equilibrio. Gritos. Persecución. Muerte. Todo giraba a su rededor, su cabeza era un hervidero constante de imágenes inconexas que lo llevaban a la locura. Gritos, persecución y muerte, se repetía en su tormento. Esta vez logró ver a la mujer, gritaba aterrada, huía de alguien que la perseguía. ¿Acaso de él? ¿De cuándo? Nunca la había visto, ni siquiera en sus pesadillas. ¿Pesadillas? Él no estaba soñando. —Jevrem, ¡¿qué te pasa?! ¡Suelta a mi hermano, estúpida! —Andjela le dio un manotón a Anna por haberse atrevido a sujetarlo como si fuese su marido. Todos se enfocaron sobre el muchacho. Radojka y Damir acudieron para sostenerlo. —Es pésimo bebedor… —Damir lo excusó, inquieto de que tuviese un lapsus como las que le daba a su mujer. En mala hora pactó con su padre de casarse con la hija serbia de uno de los embajadores del Alfa Mayor de dicho país, le trasmitió un gen que lo catalogaría peor que a los cachorros defectuosos de la híbrida hispana. De haberlo sabido, con esta jamás se habría casado. Jevrem recobró la conciencia y rodó los ojos hacia la joven que lo rodeaba con sus delgados brazos para mantenerlo en pie, y se encontró con un par de ónices que lo miraban preocupados. —¡Hijo! —Radojka empujó a Anna para que se apartara, mientras que Damir pasaba el brazo de este por sobre su hombro para sacarlo de allí antes de que Everett o los demás hicieran preguntas impertinentes. —Estoy bien —se separó de sus padres, aturdido por ese torbellino que lo engulló de forma repentina. Lo que acabó de ver, ¿fueron recuerdos? ¿Qué fue eso? Él no estaba soñando… Radojka lo estudiaba en silencio, queriéndolo llevar al dormitorio para hablar a solas con él. —Eso te pasa por no comer: estómago vacío y bebiendo champaña… —Grubana comentó sin la ternura propia de una abuela—. Blanka, ve a que Branislava prepare rápido un jugoso bistec de res. ¿O te apetece langosta? —miró a Jevrem—. Falta mucho para que el bisonte esté en su punto. Anna eludió el ceño apretado del ama de llaves por haberse metido donde no la llamaban, augurando la joven que más tarde le daría junto con el señor Milenko un discurso severo. —No tengo apetito —Jevrem meditaba que, tal vez, sus gustos eran otros. Isabel se molestó por el modo en cómo increparon a Anna, quien recibió malos tratos en vez de agradecerle la ayuda que a Jevrem le brindó. La pobre se apartó cohibida y con la mirada gacha, que no se dio cuenta de que Isabel se acercó a ella para protegerla de otra posible reprimenda. Ya hablaría con esa chiquilla con ínfulas elevadas y con Radojka de cómo es que se debe tratar a los empleados, pues se creían dioses del que jamás recibirían un castigo divino. —Jevrem está tan acostumbrado a beber cerveza, que una copa de champaña le revuelve el estómago. A mí me pasa lo mismo, pero con la cerveza. Fuchi… —Damir se carcajeó en su intento de enfocar sobre él, la atención mientras que Jevrem se recuperaba. No debió obligarlo a bajar para el brindis a fin de evitar habladurías, pero lo que ocasionó fue el efecto contrario. —No hay como una buena cerveza —Everett rio, aunque para sus adentros le extrañaba que Jevrem tuviese ese tipo de debilidades ante una bebida específica. Lo hacía de estómago fuerte, del que muchas veces presenció su tolerancia. Ahí había gato encerrado. —Es como dijo abuela: estómago vacío y champaña… —Borrachera segura —Vesna expresó con cierta inquina. Nunca hablaba, pero cuando lo hacía era para escupir veneno. Isabel le sonrió a Jevrem, sin pasarle por alto la tristeza que se reflejaba en sus ojos negros. Él trataba de ocultarlo, siendo socarrón, en una aparente felicidad que la morena no percibía. —Se me hace que te quieres escabullir, ¿eh? ¡A que sí! — expresó como si lo hubiese atrapado en una confabulación secreta—. ¿Con quién la vas a pasaresta noche? ¿Alguna novia? ¡Huy, te he descubierto! Tienes una novia de la que no nos has dicho, esas patitas están que aceleran. Jevrem miró de refilón a Anna y esta enrojeció sin atreverse a levantar la mirada, sintiendo los ojos del joven amo sobre ella. El noviazgo de ellos fue fugaz. Él sonrió avergonzado, pero la verdadera intención de Isabel era que Jevrem estuviese donde en realidad le brindaran ese consuelo que necesitaba. Y si una chica le hacía olvidar lo que sea que lo entristecía, entonces que con esta celebrara. Por primera vez, Damir aplaudió el comentario de la híbrida. —Mi Jevrem tiene una novia en cada ciudad que visita. Nueva York no es la excepción, es lógico que esta noche quiera estar acompañado de alguna fémina. —Aun así, con disimulo, le dio a Jevrem una silente advertencia de no marcharse de la casa, era mejor que permaneciera encerrado en su dormitorio si el dominio mental lo estaba azuzando a matar. Esa noche la pasaría en vela para que no se escapara. Jevrem asintió, pero fue malinterpretado por la mayoría, quienes se carcajearon de que fuese un Casanovas que le hacía la competencia a su tío Everett cuando estuvo sin compromisos que lo ataran con una hembra. Esto a Anna la hirió y corrió fuera de la Sala de Lienzos, sin avisarle lo de Erik, al alfa y a la señorita Isabel. Y subió de volada por las escaleras hacia el Cuarto de Juegos, donde luego se encerraría en el baño para arrojar unas lagrimitas y lavarse la cara, para después sonreír como si nada frente a los lobeznos y las nodrizas. —Ya brindamos por ti, te puedes retirar. Solo sé prudente con los colmilludos —Everett le concedió esa libertad que un joven en su sano juicio ansiaba para estar con sus amigos o la mujer que le movía el piso. Y rodeó a Isabel por la cintura para llevarla a arriba, le apetecía estar un rato con sus hijos, poco tiempo pasaba con estos, extrañaba cargarlos en brazos y hacerles reír. Según Isabel, Erik ya gateaba. Y él perdiéndose del crecimiento de sus hijos. —Papi, ¿y lo de ir de compras? Aún hay tiempo… — Andjela inquirió a Damir en cuanto su tío y la concubina se marcharon a la planta alta. El reloj corría en su contra, apenas le quedaban horas para pasearse por la 5ta Avenida y coquetear con esos guapos especímenes que las custodiaban. No podía ser que tuviera que comprar algunos trapos en el aeropuerto. —¡No seas fastidiosa! —¡¡No grites a mi hija!! —Vesna le gruñó a Radojka sin que le correspondiera a esta reprenderla—. ¡Ocúpate de tu hijo que yo me ocupo de las mías! —¡CALLÉNSE LAS DOS! —Damir retumbó su voz ante la animosidad entre las dos mujeres—. No tengo paciencia para lidiar con tonterías. ¡Fuera de mi vista! —ordenó a las jovencitas y a Vesna que estaba por escupir mil improperios, pero esta se contuvo y se volvió hacia sus hijas para que la siguieran. Grubana le dio una silente felicitación a Damir por manejar bien la situación, lo hizo como todo un macho con mano firme que aplaca a las hembras rebeldes, y se dirigió también hacia la habitación de Vesna para reprenderla por ser tan grosera, era la Segunda Esposa y su deber era callar y obedecer. Jevrem pretendió tomar aire por las inmediaciones de la mansión, pero Damir puso una mano en su hombro para detenerlo. —No iré a ninguna parte —aseguró, pero el otro desconfiaba de sus facultades mentales. Sin voluntad era un títere que dirigirían a donde terceras personas pretendieran en sus oscuras intenciones. —Hasta resolver cómo ayudarte, te estaremos vigilando. —Lo mejor es que me marche ahora —le preocupaba lo que «vio». ¿Fue una alucinación o estaba enloqueciendo? —¿Y huir por siempre? No, Jevrem, tendremos que hallar a los que te manipulan. —¡Nadie lo hace! —¡Shhhhhttt! —Radojka lo hizo callar, lanzando miradas furtivas fuera de la sala, mortificada de que Blanka o alguna de las sirvientas estuviese por ahí parando la oreja—. ¡Bajen la voz! —exclamó lo más bajo que pudo—. Damir, él tiene que saber… —No. —Debe saber, así comprenderá. —No es por eso. —Lo es, tú lo sabes. —¿De qué hablan? —A Jevrem le causó curiosidad la discusión que sostenían sus padres. —Damir… —¡No! Airada, Radojka alzó la mandíbula para confrontarlo. —Le diré, así no quieras. Azótame o abofetéame después por esto, lo asumo, pero mi hijo debe saber a qué se debe sus visiones. Jevrem se mosqueó. Visiones… ¿Eran visiones? ¿Acaso él…? —Mamá, dime. Y despreocúpate: papá no te pondrá una mano encima —y, al decirlo, miró al aludido con severidad: él que la lastima y Jevrem le devuelve los golpes con ferocidad. La progenitora, sin esperar la aprobación de Damir, lo tomó del brazo y lo condujo al exterior, donde las bancas de los rosales serían el lugar idóneo para confesarle su mayor secreto. Esperaba que lo soportara. Capítulo 11 La expectativa lo mataba. Jevrem se sentó en la banca después que Radojka lo hiciera, mientras que Damir echaba vistazos para asegurarse que en realidad estuviesen a solas. Los guardaespaldas de Everett solían apostarse por el entorno, abarcando espacios que vigilaban sin ser detectados por los que por ahí merodeaban. La noche centelleaba con sus múltiples estrellas en el firmamento, el sonido del oleaje se escuchaba a la distancia, la temperatura del ambiente en constante declive, el aroma de los rosales y el color rojo de sus pétalos, embelleciendo el patio posterior. La tensa calma que percibían los tres lobos los mantuvo en silencio, los dos adultos sin encontrar las palabras adecuadas para iniciar la conversación y el más joven aguardando impaciente a que le revelaran las razones de lo que ocasionaban sus «pesadillas». Radojka jugó con su collar de perlas de dos vueltas y se removió en su puesto, ganando tiempo para ordenar sus pensamientos y no alterar después a su hijo con lo que dijera. Damir lo consideraba una coincidencia, aunque muy en el fondo de su ser y sin admitirlo en voz alta que lo manifestado por su esposa era cierto. Y esto ocasionaba que su corazón de padre se oprimiese. —Mamá… —Jevrem la animó a que hablara, posando una mano sobre la de esta que tenía en su regazo. La otra no dejaba de mover el collar de perlas, un reflejo de estar nerviosa, siendo difícil tener que compartir su secreto con su amado hijo. Ella lo miró y sonrió a medias. Sus ojos enrojecidos y cristalinos por las lágrimas acumuladas. —Se dice que en cada familia las nuevas generaciones son más fuerte que las anteriores. Esto es un hecho que se ha sostenido por siglos, se ha demostrado con las habilidades de los descendientes que, entre más antiguo el linaje, mayor probabilidad de que el último que ha nacido sea bendecido por Licaón. Damir esbozó un mohín sin que Jevrem o Radojka se dieran cuenta. Él así no lo consideraba, más bien, una maldición. —¿De qué modo? —Jevrem preguntó sin vislumbrar hacia dónde su progenitora quería llegar. —Con fuerza, destreza, inteligencia… Las bendiciones suelen ser variadas; mientras unos nacen con extraordinaria memoria, otros poseen un valor insuperable. Como tu tío Everett: él es valeroso, inquebrantable en su deber hacia los suyos, posee la audición más aguda entre los clanes existente en el país. —Y qué tiene que ver con… —Es solo un ejemplo de lo que intento decir. —Pues, te estás yendo por las ramas. Dile o larguémonos de aquí, estoy comenzando a sentir frío —Damir espetó a su mujer, avinagrado por esta que se deshacía en elogios hacia su hermano menor que no merecía siquiera se le mencionara; fue Damir quien se mantuvo al frente de la manada en los meses en que la híbrida estuvo hospitalizada, fue él quien trató de mantener en la cordura a su padre cuando desvariaba en su lecho de muerte y le diera por sustituir a su heredero predilecto por aquel bruto de grandes músculos. Comentarle a Jevrem lo que él ha jurado, nadie debía saber, lo tenía con los nervios desechos: es como si sus temores se hicieran realidad. Radojka lomiró mal por presionarla a que desistiera, pero ella no soportaba en que Jevrem siguiera en la ignorancia. —Por desgracia, no siempre dichas facultades son del agrado de los demás —expresó para desconcierto del joven lobo, quien se removió en su asiento, lo que vendría a continuación sería una terrible revelación—. A veces… —se tomó una respiración y continuó. Sus manos temblaban, a riesgo de arrancarse sin querer el collar de perlas—. A veces el último descendiente hereda la oscuridad. Esto a Jevrem fue como si le hubiesen golpeado la cabeza con un mazo. —La maldad… —por eso asesinaba, había heredado la maldad de sus ancestros. Por lo visto, su abuelo Stanislav se llevó muchos secretos a la tumba. —Las visiones —la otra lo corrigió al instante. —Pero… —Desde mi tatarabuela, las percepciones extrasensoriales han estado presente. Jevrem parpadeó. ¡¿Extra qué…?! —¿Qué dijiste? —se alteró, siendo más que evidente que se aislaron de la casa para él enterarse del origen de su «visiones», pero jamás lo atribuyó a cuestiones psíquicas. O eso le parecía entender. —Tu madre alucina, no es lo que… —Eres clarividente —soltó ella sin más, interrumpiendo al fastidioso de su marido y dejando perplejo a su único hijo. Lo que tanto calló durante años, lo contaba al que habría de afrontar los señalamientos que lo apartarían de la comunidad lobuna. El joven sonrió incrédulo y, aturdido, se levantó de la banca. Radojka lo imitó, siguiendo con precaución sus movimientos. Cuando ella se enteró de sus propias visiones, le dio un ataque de histeria. ¿Cómo encontraría un buen marido que la comprendiera? Ningún lobo de apellido respetable querría casarse con una mujer que escuchaba voces en su cabeza. Damir fue una «lotería» que se ganó al enterarse de forma accidental de un episodio que tuvo mientras estuvo embarazada: «vio» la muerte de la Primera Viuda de Dragan, estando ellos en los Apalaches y la difunta en Kenai sin que nadie le notificara sobre el deceso. Damir se enteró por el mar de lágrimas que derramó Radojka. La mujer fue una gran aliada y consejera matrimonial. Su ausencia la sentiría después, al hallarse sin apoyo moral y al mando de las esposas de su suegro. —Yo no…, y-yo no… —tartamudeaba—. Yo no soy… ¡No es cierto! —¡Claro que no, hijo! Tu madre está loca. —¡Basta, Damir! No se puede ocultar el sol con un dedo. Jevrem es clarividente como yo lo soy, como lo es su abuela Ava, como lo fue su bisabuela y tatarabuela… Somos una familia que se sale del rango de lo que se espera en la productividad de la manada. Nuestras habilidades son del tipo mental que la física, temidos y odiados al mismo tiempo, pero son más mitos ocasionados por la ignorancia. Jevrem trataba de escuchar a Radojka, sus oídos zumbaban por la impresión, ¿clarividente? Él jamás tuvo visiones o nada parecido a esto que indicase que cargara con dichos dones. Solo tenía pesadillas que atormentaban y que luego… Bajó la mirada, apesadumbrado. Que luego se hacían realidad. —¿Has tenido pesadillas recurrentes? —preguntó a la madre para averiguar si le pasaba lo mismo y esta asintió apenada, pero como él no la miraba ella le dijo que «sí»—. ¿Por qué nunca me dijiste? —la reprochó, no se hubiera sentido tan desamparado en su angustia. —Perdóname, temí que te asustaras y después todos se enteraran. Nos habrían expulsado de Alaska. —¡Yo no hubiese dicho nada! Además, mi abuelo no habría sido capaz de eso, ni Everett… —Sebrenka y Grubana, sí. Ellas influyeron en las decisiones del señor Stanislav: el temor de tener bajo el mismo techo a una loba que tarde o temprano enloquecería, causaría muchos problemas. —¿Por qué habrías de enloquecer? —Su mirada consternada oscilaba entre la de sus dos progenitores. Cada vez la historia se tornaba turbia. Radojka se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Damir extrajo un pañuelo del bolsillo interno de su chaqueta sastre y se la entregó sin ademanes cariñosos para que se limpiara el delineador escurrido y los mocos; era un desastre cuando lloraba y a él ese tipo de muestras de debilidad le desagradan. No la amaba, jamás lo hizo y jamás lo haría, sus gustos se inclinaban a otro tipo, pero Radojka no le exigía como Vesna para que le respondiera como hombre, sabía desde un principio sobre su homosexualidad y se mantuvo callada sin sacar provecho de esto para protegerse de ser acusada de timadora. Aun así, Damir no solicitó a los Ancianos, la separación, prefirió callar para evitar que su hijo no-nato corriese la misma suerte que la madre; lo amaba desde antes de nacer, su amor por este resplandecía por ser lo más puro que sentía por otro ser viviente. Hasta ese entonces, Damir solo se quería a sí mismo. Él calló por Jevrem. —Según lo dicho por tu madre: «cada generación es más fuerte que la anterior» —se adelantó a su esposa que no lograba contener el llanto. —Y… —Jevrem aupaba a que continuara, lo que comentaba se le hacía insuficiente. Radojka se tomó una respiración y alzó la mirada hacia Jevrem que se preparaba mentalmente a recibir una mala noticia. —En el caso de nuestra familia: sería enloquecer. Pero ¡no lo harás! No te pasará eso, te aseguro que no, es solo que…, en ocasiones será terrorífico que hasta crees enloquecer. Jevrem tuvo que sentarse de nuevo en la banca de hierro forjado, oculta entre ramilletes frondosos de rosas rojas, sembradas a su rededor como si fuese un escondite hecho para los enamorados. Esta colindaba a la piscina y alejada de la banca con vistas al mar; en la que se hallaban sentados se protegían de las miradas impertinentes de los residentes de la casa, ellos tenían que aclarar dudas que, tal vez, le darían paz o desazón. Ya verían qué resultaría de la revelación. —Mamá, ya estoy enloqueciendo, he matado gente… La mujer hizo una expresión de «qué vas tú a matar, no te alarmes», sonrió para demostrarle que exageraba, pero su sonrisa salió trémula; no obstante, se sentó para buscar su mirada, Jevrem requería de una correcta orientación, lo de «enloquecer» era cuestión de guía, fortalecer los puntos débiles de su personalidad y adquirir mayor conocimiento de lo que implicaba ser un lobo con dones que, salvo el que las tenía, las comprendía. —Las visiones crean ese efecto. —Ya fue suficiente, volvamos adentro, esto levantará sospechas —Damir apuró a su esposa y a Jevrem en abandonar el área de los rosales, preocupado de la posible histeria de Radojka, de enterase por boca de su hijo de que las visiones eran recuerdos. —Pero, he estado ahí…, persiguiendo a las víctimas —le hizo ver—, corro tras ellos, los asesino… —No es así. —Al otro día sale en las noticias: no es coincidencia, mamá, ¡ocurrió! Yo los maté. —Crees que lo haces, no eres tú. —Entonces, ¿quién? Ella se encogió de hombros, sorprendiendo a Damir por su fría reacción, creyó que esta se desesperaría, que lanzaría rezos al cielo para que su hijo no fuese lo acabado de escuchar, odiándose por heredarle genes cargados de maldiciones que en nada beneficiaría a la familia. Radojka permanecía serena, un tanto pálida, estudiando con la mirada a su hijo; le sonreía entristecida como si lo comprendiera; de hecho, así lo consideraba Damir, subestimó el carácter de su mujer, quien desde la infancia fue una maestra en el arte de la mentira: ocultaba bien los episodios psíquicos que padecía. —Los que manipulan tu mente —dijo él, perdiendo cuidado de que Radojka se alterase—. Estos son los que están detrás de tu… Eh… «hipnosis». Por eso no recuerdas que lo has hecho y piensas que son pesadillas. —¡Son visiones, Damir! —Radojka insistía en que reconociera la causa del mal de su hijo—. Aquí no hay nadie que lo «manipule», porque un clarividente ve lo que en el momento ocurre. Tienes años a mi lado, deberías saber lo que me pasa cuando tengo ese tipo de percepciones, espiritualmente me transporta a otro cuerpo si entro en contacto con una persona o un objeto. Las visionesson intensas, me atemorizan por esa realidad que observo; por fortuna, apenas dura segundos y de esto me libero. Jevrem giró el torso hacia su progenitora y sujetó sus hombros para que se enfocara en él. —¿No son recuerdos? —Ella cabeceó—. ¿Cómo estás segura? Con la paciencia que la mujer demostraba, acarició la mejilla de su muchacho para expresarle en voz baja: —Porque tuviste una visión allá adentro, ¿no es así? — Jevrem agrandó los ojos y ella le sonrió entristecida—. ¿De qué fue? —Sobre una bípeda —comentó pensativo—. Ella huía de mí, quería matarla, tenía rabia por lo que hacía… —¿Y qué hacía? —Radojka lo interrogaba como si fuese su psiquiatra. Damir oteaba en las zonas oscuras del jardín y por las partes iluminadas, sin bajar la guardia a la vez en que aguzaba sus oídos, atento a lo que Jevrem comentara de lo que «vio» mientras todos lo rodearon para brindar en su honor. —Ella… —Jevrem comenzó a sudar frío, las imágenes eran fuertes—. Ella exportaba animales exóticos. Damir lo miró sorprendido. —¿Cómo era ella? —Rubia, de unos treinta o treinta y dos años. Un poco más baja que mamá y bastante bonita. —¿Sabes su nombre? Asintió, la muerte de esta fue reciente. —Megan Gilmore. —Esto a Jevrem le hizo darse cuenta del alcance de sus visiones—. ¿Cómo sé de esa mujer? La perseguía con tanto odio… —No eras tú —Radojka dijo sin pasarle por alto la palidez de su esposo a causa de la humana—, sino él… Percibías su odio, lo que pensaba de aquella bípeda. Los clarividentes tenemos la capacidad de «ver» el interior de las personas que leemos. A través de este o sus objetos personales, somos testigos exactos del presente oculto. Por eso no eres el asesino, no estabas ahí… —¿Y si son recuerdos? —Entonces, yo también lo sería. He visto los corazones de algunos que hasta te sorprenderías, suelen mostrar un rostro a los suyos, pero en su interior son distintos. A Damir le sonó a indirecta. —Tuve razón en lo que te dije —manifestó al muchacho—: te manipulan. —Radojka iba a explicarle que dejara la terquedad y aceptara que Jevrem tuvo la desventura de ser más «receptivo» en sus percepciones y que nadie lo manipulaba como si fuese un títere; sin embargo, Damir elevó la voz cuando esta abrió la boca para dar su opinión y expresó lo siguiente—: Porque ese sujeto siempre está en tu mente. —¿Estoy conectado al asesino? Para Damir tenía sentido y hasta para Jevrem, pero a Radojka le preocupaba ese hecho. —Es porque lo conoces. —No sé quién es, creí que era yo… —Ves a través de sus ojos, sientes lo que aquel siente, corres con sus piernas. Como un ente que posee un ser viviente —agregó para que la comprendiera—. Al estar en transe, tu alma se desdobla y tu mente se abre a las energías psíquicas que se mueven por el mundo. Mi querido Jevrem, por lo que has dicho, eres más perceptivo que yo, que hasta ahora era la más activa. Siempre temí que tu psiquis despertara en tu infancia por ser los cachorros más vulnerables, pero me confié por tu tardanza en manifestar la clarividencia. Creí que conmigo acababa esta facultad, pues siempre se daba a través de la línea femenina de cualquier familia, por lo que estarías a salvo de vivir bajo perfil. »No sé por qué lo tienes. Algo debió activarte… Y, según Damir, no era un «algo», sino un «alguien» que acosaba la mente de su hijo. —¿Tienes idea de quién pueda ser? —Damir se acuclilló para captar su mirada; al estar Jevrem abrumado, se torna cabizbajo. —No sé… —¿A quién conociste en tu travesía por Latinoamérica? — El que le mencionara, sería el más probable de ser el sujeto que les fregaba la paciencia. Puede que lo haya seguido para cobrarle una deuda, ya sea por golpes, una chica o una situación que se salió de control. —No sé… —el corazón de Jevrem palpitaba abrumado, un nombre estallaba en su cabeza, este lo amargó y cambió el rumbo de su vida. —Piensa: debió ser alguien del que te cruzaste por el camino. Alguien que hayas conocido en un motel… ¿Te presentaste ante una manada? —No —mintió. Por supuesto que lo hizo, pero no se lo diría. Ahí tendría que arrojar nombres y después confesar su vergüenza. Aún no estaba preparado. —¿Estuviste con un hembra? —No. —¿Peleas? —¡No! —Hijo —Radojka buscó su mirada—. Dinos, ¿a quién conociste? Sé que tuviste algún contacto, lo percibo, pero no me dejas entrar a tu mente—. ¡Dinos! —¡¡No lo sé!! Huyó del jardín de las rosas para no tener que abrir su corazón y mostrarle lo que tanto sufrió. Esto horrorizaría a su madre y decepcionaría a su padre, esperaban mucho de él para que fuese un hombre exitoso en el mundo empresarial y en la manada. Corrió para marcar distancia, lo llamaban mientras se alejaba, no acató a estos, solo atinó en correr por los pasillos como si fuese una brisa que pasaba rápido y É refrescaba a su paso. Él no lo hacía con este propósito, huía por su cobardía, lo increparían, causaría muchas lágrimas. Jevrem cruzó arcos que divide ambientes, pasó por el lado de sirvientes concentrados en sus labores sin que se dieran cuenta del beta, cruzó estancias, áreas apartadas de la casa, abrió más puertas y bajó escaleras… Jadeaba por la carrera, mirando la puerta de la habitación del sótano que estaba cerrada. Su rostro bañado en lágrimas, su corazón galopante. Necesitaba de una amiga que lo sostuviera o se derrumbaría. Jevrem extrañaba a su hada. Capítulo 12 Anna no tuvo más lágrimas para llorar. Se cansó de hacerlo mientras caminaba solitaria a lo largo de la orilla de la playa. Comprobar por boca de otros de que Jevrem era un conquistador empedernido, le dolió, pues le creyó antes de entregarse a él. Si bien, ella estuvo al conocimiento de su manera de ser, quiso por esa vez otorgarle un voto de confianza, se lo había ganado con su sonrisa traviesa, su caballerosidad, su instinto protector hacia sus seres queridos; qué lástima que solo fuese un espejismo que la deslumbró, él procuraba ser todo aquello para obtener beneficio. Su virginidad. Se prohibió así misma suspirar y elevó la vista al cielo, donde la luna menguante seguía en su apogeo. No temía que a ella un extraño la atacara o que uno de los guardaespaldas del señor Everett le diera por abandonar su puesto de vigilancia y la tomara en contra de su voluntad, aprovechando la soledad de los alrededores, atraído por el celo que ella padeció la noche anterior. Sin embargo, la posibilidad era lejana, Anna ni siquiera tenía picazón en la vagina, la decepción desinfló su lívido de loba, aún sus hormonas se hallaban calmadas por el inolvidable coito que tuvo con Jevrem. Pateó una piedra inexistente y siguió con la vista las olas que morían en la orilla con suavidad, la relajaba observarlas mientras caminaba a paso lento y meditabunda; sus piernas la condujeron a estar en contacto con la naturaleza que encerrarse en su habitación y llorar a moco suelo. Ahí –en el exterior– se sentía libre, sin paredes que la sofocaran o personas que la trataran con desprecio. —No te convenía —se dijo a sí misma, en un hecho en la que ella meditaba en un destino alterno en la que Jevrem la amaba. Y, a pesar de esto, no la habrían tenido fácil. Los padres de este y sus hermanas serían los que se interpondrían en su relación, escandalizados por el primogénito que se fijó en una sirvienta torpe en sus oficios, la habrían humillado o hasta golpeado; quién sabe qué recursos hubiesen utilizado para librarse de ella; le temía a la señora Radojka, pero más a la señora Grubana. Esta convencería al señor Damir o al alfa de sentar un precedente: nadie, por debajo del nivel social, se mezclaba con un Brankovic. Anna se catalogaba muy por debajo de las posibilidades económicas aceptadas. Se detuvo al percatarse que se alejó bastante de la casa y se giró sobre los talones para devolverse sobre sus pasos. Las lujosas residencias que se alineaban hasta perderse de vista contrastaban con el Atlántico que ondeaba apacible frentea estas. Las luces eléctricas iluminaban su camino, la brisa marina batía su cabello y erizaba su piel, hacía frío y se pondría peor conforme avanzaran las horas. Anna apenas usaba una blusa de mangas largas y vaqueros que poco la abrigaban. A pesar de esto, disfrutaba de su caminata nocturna. —No quiero que termine —expresó hacia la nada, refiriéndose a su paseo. Volver a aquella casa, la entristecía, era como si residiera en una cárcel de máxima seguridad, erguida en una isla inaccesible, del que abrían las puertas para que sus reos respirasen un poco de aire fresco y luego volvieran a sus diminutas celdas subterráneas—. Un año — se tomó como meta trabajar para la señorita Isabel. Ese sería el tiempo en que le pagaría a la buena de su patrona por ayudarla, cuidaría de sus lobeznos, los amaría, jugaría con ellos, les enseñaría a caminar y aullar… Transcurrido los meses, se marchaba. Pero… ¿podría soportar estar cerca de Jevrem y fingir que ya no estaba enamorada? —Lo haré —ratificó su decisión con aplomo, levantando la frente y endureciendo la mirada. Trabajo y estudio. Sería su meta a corto plazo, ya vería después qué se impondría para que fuese duradera. Quizás trabajar al otro lado del océano. ***** —¿Ya comiste? Porque allá dentro esos hombres se tragarán todo… —Rosario preguntó de mala gana en cuanto la joven alasqueña ingresó por la puerta que da hacia los contenedores de basura, la parte más cercana al sótano y la que evitaría atravesar la cocina. —No tengo hambre. La sirvienta de ojos saltones la miró con disimulo. —Tú nunca tienes hambre —comentó con suspicacia—. ¿Acaso comes fuera? —¿Qué estás insinuando? —Anna se puso tensa por lo que esta sospechaba. —No te veo desayunar ni almorzar. Y ahora dices que no vas a cenar porque no tienes hambre. ¿Estás comiéndote los perros de los vecinos? —O a los vecinos… —Mira, pende… —¡Usted: a mi despacho! Rosario se sobresaltó y miró angustiada por sobre su hombro hacia el anciano que gruñó enojado, pero al instante se relajó cuando el ceño fruncido de este no iba dirigido a ella, sino a la flacucha, y sonrió por la increpada que seguro esta recibiría. El mayordomo solo llamaba a su despacho para despedir o para jalar de las orejas. ¡Oh, que fuesen las dos severidades! Ya no quería cruzarse más con esa chica. Anna tragó en seco, la señora Blanka debió comentarle al anciano del incidente en la Sala de los Lienzos. Cabizbaja, entró al despacho y aguardó de pie a que el anciano rodeara su escritorio de pino y se sentara detrás de este. Oprimió un botón en una central telefónica, un tanto arcaica, y, al instante, una voz femenina crepitó moderada. La señora Blanka respondía al llamado del que un «ven a mi despacho, por favor», ordenó el mayordomo en un tono menos agresivo. Anna estuvo a punto de explicar su presencia en la sala y de cómo sucedieron los hechos, pero el señor Milenko la habría mandado a callar, aún no le permitía hablar y también porque la señora Blanka lo vio todo. Esto la hizo meditar. ¿Fue malo ayudar? Sostuvo a Jevrem de no caerse al piso. —¡Ah!, ya estás aquí… —la rolliza pelirroja exclamó con desdén en cuanto entró al despacho y se fijaba en la presencia de la muchacha. Se ubicó al lado de Anna como la profesora que acusa a la alumna rebelde frente al director de la escuela. —¿En qué pensabas cuando abrazó al joven amo? —la mujer increpó—. ¡Qué desfachatez! Anna agrandó los ojos, desconcertada de la acusación. —Yo no… —¡Silencio! —Milenko sonó el tope de la mesa con su palma, molesto con la omega. —¡¿En qué pensabas?! Anna boqueaba sin saber qué hacer, una le pedía explicación y el otro le ordenaba no hacerlo. Se contradecían. Sin más alternativa, bajó la mirada, suponiendo que esa era la postura que ellos esperaban de ella, y preparó las orejas para que se la jalonearan. Según las reglas, un sirviente tenía prohibido confraternizar con los patrones, menos tomarse atribuciones como un abrazo cariñoso, pero eso no ocurrió en la Sala de los Lienzos, ella acudió para evitar que Jevrem se diera de bruces, lucía pálido, debilitado… —¡Contesta! —Ahora el señor Milenko le ordenaba abrir el pico. Anna se sobresaltó. Ese sujeto tenía pésima comunicación. —Se sentía mal… —¿El joven amo? Por favor… —Blanka replicó incrédula—. Él fingía para librarse del brindis y marcharse cuanto antes con sus novias. Eres una tonta por seguirle la pantomima. —Yo, eh… —Aquí la pregunta es: ¿por qué? —Milenko ya tenía preparada la carta de despido que le entregaría apenas tuviera la oportunidad de hacerlo. Esa muchachita inspiraba desconfianza. —«Por qué», ¿qué? —Por qué corrió a sostenerlo, señorita Morris. Los padres del joven amo estaban cerca, también la señorita Andjela, con quien hablaba, el señor Everett y su concubina. Cualquiera de ellos pudo ayudarlo. Pero usted… —Creí que… Yo… —su corazón palpitaba en la garganta, su mente en blanco. ¿Qué excusa daría? Ella estuvo vigilando al pie de las escaleras, suspirando por lo que no pudo ser. —¡Habla! —Fue un acto de reflejo —dijo—. Solo acudí a ayudarlo. Milenko y Blanka intercambiaron miradas silenciosas. La joven le puso el ojo a un Brankovic. Qué ambiciosa. —¿Con quién ha desahogado su celo? La impertinente pregunta del mayordomo ofendió a Anna por inmiscuirse en su vida privada. —¿Por qué lo pregunta? —se puso a la defensiva. ¿Sabría algo ese viejo amargado? —Por su perfumito de cabaretera, ni puedo respirar. Eso indica que trata de ocultar su olor corporal de los machos. Y las hembras que lo hacen, es porque aún pasan por el ciclo estral y no han fornicado. —No lo he hecho con nadie —mintió. Si le preguntaban, es porque aún no sabían que ella pasó la noche con Jevrem, así como también ignoraban del enfrentamiento que este sostuvo con dos de los guardaespaldas. Milenko se cruzó de brazos, adoptando una postura tipo detective suspicaz, analizando con detenimiento a la omega. Mentirosa… —¡¿Y aún no siente ganas?! No le creo, enloquecerías, los hombres de esta casa se habrían alborotado para tomarla; se pasea por el entorno como si ya hubieses estado con varios. Luces calmada. —Lo que pasa, es que… —las mejillas de Anna se encendieron—. Bueno, aprendí que hay un modo infalible para disipar las ganas. —¿Y cuál es? —Milenko inquirió en el acto—. ¿Follar en los matorrales? ¿En un hotel? ¿Vender el cuerpo? Anna se removió en sus pies por la humillación de tener que dar explicaciones a un par de vejestorios entrometidos que la detestaban. Estos actuaban peor en comparación al ama de llaves en Kenai. —La… —carraspeó—. La masturbación… Blanka rodó los ojos hacia Milenko y este la miró por un breve segundo, del que ambos desviaron la mirada, avergonzados de escucharla. Ellos a veces se desahogaban de esa manera cuando los calorones que, cada vez menos, los atacaban. No obstante, la omega disfrutaba de la juventud y pasaba por su primer celo. La masturbación era insuficiente para satisfacerse, las hembras necesitaban de la penetración vaginal. —¿Sus padres planean subastarla? —Si la tenían prevista para el matrimonio, lo prudente sería que organizaran una reunión con todos los varones de su estirpe para que ofrecieran el monto más alto por esta o se la entregaran al que ellos consideraran el más apto para hacerla su esposa. —No, señor. Ellos me permitieron venir a trabajar y estudiar. —¿Estudiar? —Blanka cuestionó—. ¿Con qué tiempo? Aquí se trabaja desde el amanecer hasta el anochecer. —Acordé con la señorita Isabel de organizar el horario entre la universidad y el trabajo. Ambos jefes de personal rieron. Ellas acordaron… —No crea en las promesas de una concubina, señorita Morris, la palabra de esta no vale nada, a menos que dicha É promesa provenga del alfa. ¿Él lo prometió? —La joven cabeceó afligida—. Entonces, usted se olvidará de sus estudios y se abocará a su labores como niñera. En el fuero interno de la muchacha, escuchabaun «eso está por verse», firme creyente en la promesa de Isabel García y en su propia decisión de forjarse un futuro prometedor. No quedaría para toda la vida, lavando platos y limpiando inodoros, sería alguien que inspirara respeto y admiración. —¿Tiene pretendiente? —Blanka indagaba para concertar con Milenko lo que debían hacer para resolver dicho problemilla. Con las demás sirvientas les resultaba fácil, estas fornicaban con sus parejas y volvían cuando el celo pasaba. —No, señora. —¿Le gusta alguno de los guardaespaldas o sirvientes? —¿Para qué pregunta? —Para pactar con este de hacerle el favor. Anna se preocupó. —No necesito de macho para eso… Ya les dije que con la… Eh… mastur… Ya saben. Así que, olvídense de buscarme galán de una noche, porque no accederé. —Entonces, te encerraremos hasta que tu celo anual ya no sea un problema. La amenaza de la señora Blanka sorprendió a Anna. Tenía deberes por cumplir como para estar encerrada en aquella habitación. Era claustrofóbico. —¿Y la señorita Isabel? Debo cuidar de sus lobeznos. —Para eso están las nodrizas. Lo tuyo es jugar con estos; no es importante, por lo que la concubina no la extrañará. Hablaremos con ella; por tu seguridad y la del resto del personal estarás confinada en tu habitación por tres días. —Pero es mucho tiempo… —Rosario o Sandra le llevarán comida, la pasarán por la rendija, así que hambre no padecerás. Anna no se refería a las necesidades de su tracto digestivo, aunque esto le causó curiosidad, puesto que ella hasta ese momento no se había percatado de alguna rendija en la puerta o en alguna pared que se abriera para que la comida por ahí se deslizara, sino el hecho de exponer su intimidad frente a los demás, confinada como si su celo fuese un delito. —Como usted ordene —acató con reticencia la orden de la mujer. Puede que, para otros, tres días pasen rápido, pero para Anna sería una eternidad, ya que carecía de lo esencial para el entretenimiento. Lo emplearía para meditar y planificar a detalle lo que haría en cuanto se lo permitieran: compraría cuadernos de apuntes, libros de investigación o tal vez un ordenador portátil; por supuesto, comprado con su primer salario; ya vería cómo lo distribuía, una fracción la dispondría para sus padres y otra para su propio mantenimiento. Si bien, era afortunado de que el celo no siguiese el mismo ciclo de la menstruación, ya que este, al igual que las lobas comunes, las afectaba a todas una vez al año, necesitaría un buen lote de perfume para aminorar las feromonas que expulsara durante ese tiempo; el olfato de los metamorfos sobresalía por la sensibilidad ante los olores ocasionados por la excitación. —Un punto más a tratar: ¿por qué no está usando su uniforme? —Milenko clavó la mirada sobre la joven—. Aún estás en el horario laboral. Lo que contestara Anna le valdría para que estos aumentaran los días de encierro. Aun así, fue sincera. —La señorita Isabel dijo que no lo usara. —¡Porque seguro usted se lo pidió! —la regañó. —¡No, señor, ella así lo decidió! —lo que agradeció. —¡¡Por qué!! —Pues, porque… —era su amiga— a los lobeznos les desagrada el atuendo —una mentirilla para librarse del asunto. Isabel le había comentado que se sentía más cómoda verla vestida con ropa deportiva que en uniforme de sirvienta. Sin embargo, comentó lo primero por ser más creíble. Si expresaba su amistad con la patrona, empeoraría la animosidad en los ancianos. —Patrañas —la cuestionó—. Los cachorros no se enferman ni lloriquean por eso. Usted es una sirvienta y, como tal, su deber es vestirse como el resto de sus compañeras; si le concedemos a una vestirse informal, las demás querrán lucir escotes y minifaldas. ¿Entendido? —Sí, señor. —Si la concubina insiste, se lo informa a la señora Blanka, y ella a mí. Me encargaré de comunicarle el inconveniente al alfa. Es muy desagradable tener a una empleada que se iguale a los patrones, acarrea malentendidos que después repercutirá sobre los que dirigen al personal doméstico. Absténgase de volver a usar esos pantalones ajustados y esa blusa vulgar, no está en un burdel, sino en la casa de una familia prestigiosa. Si la vuelvo a llamar a mi despacho, es para despedirla. Ahora, márchese a su habitación, retornará a sus labores en tres días. —Sí, señor —su voz rota, sus lágrimas a punto de derramarse por sus mejillas. En Kenai la trataban mejor. Vaya ironía. El ama de llaves la escoltó hasta el sótano, del que durante el trayecto no le dirigió la palabra. Rosario estuvo parando la oreja a todo lo que en el despacho increpaban, celebrando que a la mojigata de Anna le hayan puesto los puntos sobre las íes, se creía mejor que los demás por ser la preferida de los amos, pero le recordaron quién era ella y a qué había venido a la mansión. Bajando por las escaleras que dan hacia el pasillo subterráneo, Anna se animaba para sus adentros: «Solo serán tres días, tómalo como un descanso». Al menos respetaron su decisión de no copular con ningún macho, esto la habría preocupado, al parecer ya pasó con las que permanecían solteras. Oraba para que sus masturbaciones aplacaran sus ganas de follar sin parar, el deseo por esto fue desbordante antes de hacerlo con Jevrem; se sintió acelerada, primitiva, ansiando que la tomara el macho que lograra llegar hasta ella. Se golpeó en su mente para mantenerse centrada, su imprudencia despertaría de nuevo su lívido, hasta el momento se sentía a salvo, los guardaespaldas no iban tras ella, olisqueando su sexo como lobos alborotados, tampoco aullaban para mantener a raya a sus rivales o marcando con su apestosa orina la puerta de su dormitorio para que tuviesen cuidado de no avanzar y medirse en una cruenta pelea de la que correría sangre. Anna superó sin mayores percances su primer acaloramiento, restaban unos días más y luego la libraban de su encierro. —Recuerda el botón: si necesitas con urgencia que se te atienda, lo oprimes —Blanka comentó a la joven al llegar a la única habitación en el sótano. Había otra área subterránea, pero esta la disponían para el almacén de los vinos y demás licores. —Sí, señora. Blanka sacó un juego de llaves del bolsillo lateral de su sobrio vestido gris y las sonó para indicarle a Anna que se metiera a su habitación, esperando así que no chillara por tener que estar ahí unos días. Obedeció al instante girando el pomo de la puerta, en un abrir y cerrar rápido para evitar que le diera un último discurso por su «desinteresada ayuda» hacia el joven amo. Escuchó que el ama de llaves pasaba el cerrojo desde el otro lado de la cerradura y se alejó aquella hacia los pisos superiores, dejando a la joven en la soledad del sótano. Anna soltó el aire de los pulmones y rompió en llanto. Un año… y luego se marcharía a buscar otros rumbos por su propia cuenta. Abatida por lo que a menudo tenía que soportar, se volvió –aún sin encender la luz– para arrojarse a la cama y descargar sus pesares sobre la almohada. No obstante, una sombra que, al parecer, estuvo acurrucada en una esquina, se alzó inmensa, provocando que ella se sobresaltara y gritara. Oh, Licaón… Por su mente pasaron muchos rostros del cual temía que uno de estos se abalanzara sobre ella, de un segundo a otro, y sollozó porque nadie la salvaría de lo que este la habría de someter. Tanta regañina y los malditos no respetaron su decisión. Le impusieron un macho para que la follara por tres días. Capítulo 13 —¡Soy yo! —Y tú, ¡¿qué haces aquí?! —Anna increpó a Jevrem en cuanto este se acercó a ella para tranquilizarla, como si su presencia se justificara por ser uno de los amos de la casa. Lo manoteó para librarse de él y enseguida retrocedió para marcar distancia, oprimiendo el interruptor de la luz. Sus dos irises dilatadas por la oscuridad se adaptaron a la claridad que la bombilla del techo ofrecía y escaneó de arriba abajo a Jevrem, preocupada de lo que este haya planificado para hacercon ella. —¿Puedo estar aquí un rato? —Era consciente que Jevrem no le contaría todo lo que pasaba para desahogarse, pero su candor le aliviaría su espíritu afligido. Estuvo a punto de marcharse de la habitación, en una de sus reflexiones hechas en esos minutos de espera, del error que cometía al aferrarse emocional a una chica que se propuso olvidar lo que por él sentía. Anna miró consternada hacia la puerta de titanio y luego sonrió despectiva, puesto que la petición del lobo daba a entender de que supuestamente ignoraba el tiempo en que el ama de llaves o el mayordomo descorrerían los cerrojos. —Lárgate. Si quedaste con deseos de otro revolcón, busca a tus noviecitas. No accederé de nuevo a ti. —Menos mal que obedeció a la señorita Isabel en retirarse a descansar cuando se lo ordenó en el comedor frente a las hienas; en esas horas libres que tuvo, se cambió de ropa y cubrió con sábanas limpias el colchón manchado con gotas de sangre a causa de su desvirgo, así como también recogió las que estaban amontonadas en el piso y las arrojó al cesto de la ropa sucia, junto con la pijama y la braga que él deslizó de sus piernas para follarla. El olor a sexo en la cama y en las ropas desechas lo hubieran excitado. —Vine a hablar. La otra rio indolente. Sí, claro… Y después jugarían a los naipes, contarían las hormigas que se deslizaban bajo la puerta y lavarían el baño… Síp, serían días productivos. —Jevrem, no soy tonta, sé a lo que viniste. ¡Y no te aprovecharás de mí! Así que, saca tu llave y lárgate — señaló hacia la puerta. El lobo frunció el ceño. Ahora que lo pensaba, él escuchó el cerrojo. —¿Te han encerrado? Anna se tensó y, con precaución, pasó por su lado para dirigirse al único refugio que le brindaría protección, herida por la actitud que tomó este después de la copulación: la dejó sola, sin una nota de despedida y se largó para irse de copas con mujerzuelas. Seguro Maya estuvo entre estas. —Deja de fingir demencia, lárgate o te saco los ojos — espetó estando a la puerta del baño; por más menudita que fuese y con la mitad de su tamaño, a ese se le mediría con aplomo. Él disponía de las mujeres, dentro y fuera de la casa, como si fuese el dueño. —Anna… —¡LÁRGATE! —le valía un carajo que fuese el sobrino del alfa y el hijo favorito del señor Damir. Se masturbaría hasta que llegara el Fin del Mundo, pero con ese idiota no volvería a follar. Entristecido, Jevrem tomó el pomo de la puerta y lo giró sin replicar a la joven que lo miraba con rabia por un motivo erróneo; sin embargo, la puerta no abrió y Jevrem de ahí no se movió. —¡Vete! —No puedo. —¡VETE! —¡¡No puedo, Anna!! La puerta no abre. —Giraba el pomo, dándole a entender a la joven de que a ambos los encerraron en la habitación. Hirviendo la sangre, Anna entró al baño y, con un jalón brusco, arrancó la barra del cortinero de la ducha, dispuesta a darle al otro una paliza por pasarse de listo. Su labor consistía en ser niñera, no esclava sexual. —Saca tu llave y abre la puerta —rugió amedrentadora y con un carácter que hasta el joven se sorprendió. —¿Cuál?, no tengo ninguna. —Ni siquiera tenía la llave de la camioneta del que la otra ocasión se movilizó con sus hombres a Central Park para investigar los asesinatos que allá ocurrieron. —La tienes —la barra firmemente empuñada para defenderse. En un parpadeo, Jevrem desarmó a la muchacha. La barra en el piso. —Anna, no intento mantenerme encerrado contigo a la fuerza para que me perdones. Vine a acá porque necesito de una amiga, no someterte. Por favor, créeme. —Me cuesta hacerlo —replicó displicente—, me buscas para… —y dejó lo que iba a decir en el aire al fijarse que tenía al alcance un medio para mantenerlo a raya. De un manotazo agarró el frasquito de perfume que, por fortuna, tenía sobre la mesita de noche y se atomizó con desesperación de la cabeza a los pies en su intento de evitar que el otro se sintiera atraído. Los olores intensos como el perfume en exceso, actuaba como agente repelente en los lobos cachondos. Jevrem estornudó. —Cielos, Anna —volvió a estornudar por el picor en sus fosas nasales—, acabaste con el oxígeno. Dos atomizadas más sobre las ropas de esta y unas cuantas por su entorno para enturbiar el ambiente. Otro tanto sobre las sábanas cambiadas por si le daba por olisquear el colchón. —¡Anna! —la increpó y enseguida estornudó con más fuerza—. ¡Ya no puedo respirar!, ¿me quieres matar? —Pues, vete o muere como cucaracha. —Atomizada. Conteniendo la respiración, Jevrem se agachó para recoger la barra y se la entregó a la joven. Ella lo miró desconfiada. ¿Qué se proponía? —Golpéame si doy un paso hacia ti —declaró él—, yo me sentaré aquí, ¿puedo? —Se sentó a los pies de la puerta de titanio sin esperar la aprobación de Anna. Esta pugnaba por correr al baño o sentarse del otro extremo de la habitación. La decisión que tomara de nada valdría, Jevrem derribaría la puerta del baño de una patada o le quitaría la barra en un rápido movimiento. Esto la hizo meditar. —¿Puedes derribarla? —¿La puerta? —señaló hacia atrás con su pulgar—. Es titanio. Ni entre cinco alfas… —Anna esbozó una expresión atribulada y Jevrem cayó en la cuenta de un hecho que casi pasa inadvertido—. ¿Te encerraron por tu celo o te castigaron por algo? —Por ambos —espetó—. Parece que ni respiro de forma correcta, porque supone un castigo. Ahora, ¿qué vamos a hacer? Estaremos tres días encerrados. Oh, Licaón… Jevrem sintió pena por la joven y sacó su móvil para marcarle a Branimir y que este avisara a los que custodiaban la llave para que bajaran al sótano y los dejaran salir, pero los muros gruesos y el titanio bloqueaban la señal en dicho dormitorio. —¡No lo oprimas! —Anna exclamó angustiada en cuanto Jevrem se levantó para comunicarse a través del citófono—. Ese es el Botón del Pánico —aunque ella ya lo estaba—, es para… Bueno, es… ¡Ay, ya sabes para qué es! —No lo sé —se hizo el desentendido y contuvo la sonrisa. Al estar con Anna se olvidaba de sus pesares—. ¿Es para el pánico? Ella lo miró con ganas de darle un porrazo. —Para eso. —«Eso», ¿qué? —Eso… Para llamar… —¿A Blanka? —Es para solicitar al que me quite las ganas. Jevrem la estudió con detenimiento, teniendo fresco en su memoria lo que ellos dos hicieron la noche anterior. Si bien, lo disfrutó, estar separados por horas fue como si hubieran sido semanas. —Yo fui el primero —recordó y en su ser el fuego se arremolinó—. ¿Sientes deseos de llamar a otro? —la punzada de celos se alojó en su pecho, Anna era suya y no tenía intención de que otro se la disputara, se lo dejó en claro al someter a Elijah, al igual que a Colton y a Tyson, imponiéndose ante estos a los puños. Y si tenía que volver a orinar el pasillo del sótano para marcar territorio, lo haría. No estaban destinados a estar separados. Por desgracia, Anna difería. —He dejado mi vida sentimental en pausa porque no vale la pena —dijo—. Los que somos de «abajo», estamos para servir y no ser amados por los de «arriba». Me juzgan por mi apariencia y sacan conclusiones como si en realidad hubiese cometido fechorías; el pobre es malo, el rico es bueno. Los fuertes son los reyes, los débiles: los esclavos. ¿Adivina dónde estoy yo? Aquí, en el sótano, bajo los pies de los amos, arrepentida de haberme entregado a un idiota que se anotó el virgo de una omega. —Jamás fue mi propósito. —Sino la de amarla. —En cierto modo, te agradezco la decepción: me ayudará a concentrarme en mis estudios y en mi trabajo. Las duras palabras de la joven, fue un golpe contundente en la boca del estómago del beta. El resentimiento habló por ella, en un cambio de actitud de unos 180 grados; ya no lo miraba con anhelo, ni temblaba de timidez mientras sus mejillas se ruborizaban a causa de su inocencia, él con todo eso acabó. —Me duele escucharte por ser el culpable, déjame que… Ella levantó la mano para que callara. —¿A qué viniste: a marearmecon tu labia? Ya me desvirgaste y quitaste las ganas de un noviazgo. —Vine a que me devuelvas tu corazón. No te lo robé, me lo entregaste. Es mío. —¡Y lo rompiste! —gritó furiosa—. Esperaste a que me durmiera para irte de jerga con tus otras novias. ¡Te vi! — alzó la voz cuando él intentó interrumpirla—. Allá arriba, te vi —señaló hacia donde dos plantas por encima de sus cabezas se hallaba el pasillo del ala este de la casa—. Tus padres te llevaban a tu dormitorio, incapaz de caminar por tu borrachera. Y no lo niegues, el señor Damir hasta lo confirmó: «Jevrem tiene novia en cada ciudad». Yo fui una más. —Las apariencias engañan. Yo… —Si solo querías sexo, me lo hubieras pedido; te deseaba a pesar de que contigo no tenía expectativas. Pero me ilusionaste para seducirme. Eso me dolió. —Anna, lo que te expresé es cierto: contigo me siento completo. Te quiero. —Y te fuiste de putas en nuestra primera vez. Hasta te acostaste con Belkys y Sandra. —¡¿Quién te dijo eso?! —¡ELLAS! —En realidad fue la cotillera de Rosario, pero a esas alturas, ¿para qué aclararlo? Por lo visto, a Jevrem le faltaba por follarse al ama de llaves. Sino es que ya lo hizo… —Te mintieron, con esas dos jamás me he acostado; tan mal gusto no tengo. Hijo de… Anna estaba por estamparle la barra en la cabeza. —¿Lo niegas? —¿Me crees capaz de algo semejante?, ¡me largué porque tuve una crisis! —exclamó perdiendo la paciencia y al instante se dio cuenta de su error, tenía que dar explicaciones. La otra jadeó indignada. —¡¿Por acostarte conmigo?! —No, Anna, fue… —¿Te doy asco? —No. —¿Es porque soy pobre?, ¿qué fui sirvienta en tu casa? Seguro es por eso: por ser la que limpiaba las pocetas… —Fue… —¿Por ser fea?, ¿flaca?, ¿enana?, ¿sin clase?, ¿sin estudios? —¡Soy clarividente! La joven enmudeció, atónita de semejante revelación. Se había imaginado una variedad de excusas, pero esta se pasaba de original. ¿Clarividente? Más bien, un condenado sinvergüenza. ¡La iba a oír! No obstante, un aluvión de improperios quedó atorado en su garganta cuando Jevrem cayó al piso de rodillas y rompió en llanto. Anna quedó de piedra. ¿Hablaba en serio? —Ayer, después de dormirnos, tuve pesadillas —dijo con voz rota—. Fue muy real, atacaba a un humano en un jardín botánico. Lo maté… —Todos tenemos pesadillas. ¿Qué tiene que ver con lo que dijiste? —Anna seguía en su estupefacción, Jevrem lucía como si fuese a hacerle una terrible confesión. Minutos atrás, en la que el joven aguardó en la oscuridad a que Anna retornara a la habitación, meditó en contarle todo para aliviar la carga pesada que soportaba. Sus padres lo protegían y lo querían, confesarles a estos lo que sufría, no lo comprenderían. Hasta cierto punto con Anna hallaría consuelo, ella le inspiraba en mostrarle su alma, revelarle desde el «día 1» en el que cambió hasta el instante en que tuvo la visión en la Sala de los Lienzos. Pero esto repercutiría después en que ella se alejara por haber estado con un monstruo; su madre le aseguraba que eran visiones captadas de otro sujeto y, su padre: que aquel disfrutaba destrozar humanos; por extensión, manipulaba su mente para que se inculpara. —La clarividencia se manifiesta a través de las pesadillas —respondió sin mirar a Anna, quien se hallaba en medio de la habitación y empuñando la barra del cortinero, tal vez meditando para sus adentros de que él se habría fumado un buen porro—. Lo que sueño, sucede en tiempo real. —¿Tiempo real? Jevrem alzó la mirada hacia ella y asintió. Le dio la explicación que su madre le expresó a él para que comprendiera lo imposible que es estar en dos sitios a la vez, porque en ese instante, en algún lugar de la ciudad o dónde fuese, el depredador escogía a sus víctimas. Y en esto último Jevrem ansiaba con todo su ser en detenerlo: él observaba mientras el otro cazaba. —Lo que sueño, sucede al momento… La joven dejó la barra apoyada contra una de las esquinas de la habitación y, relajando su postura defensiva, se sentó al borde de la cama, cerca de donde se hallaba Jevrem arrodillado en el piso, muy abatido por lo que le contaba. Este no estaba para revolcones, sino para que escucharan lo que tuviera que decir, siendo evidente que necesitaba de un confidente. Ser clarividente en la comunidad lobuna, era como ser bruja en la Edad Media. —¿Cómo sabes que está sucediendo? Son pesadillas. —Visiones —corrigió y sonrió para sus adentros por lo irónico de la situación. Antes él hacia las preguntas y su madre las respondía, ahora Anna las formulaba y él la sacaba de la ignorancia—. A través de las «pesadillas» veía los asesinatos. Anna agrandó los ojos. —¿A quiénes? —Humanos. Todos ellos. —«¿Ellos?» —Se removió inquieta en su puesto—. ¿Cuántos han matado?, ¿quién los cometió? ¿Son conocidos y por qué los ves? ¿Desde cuándo? —¡Anna, cálmate! —Jevrem posó sus manos en el regazo de la joven para tranquilizarla—. Son muchos. Como dije antes: humanos. No sé quién los comete y por qué veo a través de sus ojos. Creí que era yo, pero… —Oh, oh… Grasso error, reveló más de lo que pretendió informar a la joven. Anna palideció. Por encima de la ondulada cabellera de Jevrem, la lobata rodó la mirada hacia la barra que se hallaba del otro extremo de la habitación, maldiciéndose para sus adentros por desprenderse del arma que la ayudaría a defenderse de un psicópata. Y ella echándose perfume… Qué pendeja. —Creíste… —¡Creí! —rápido recalcó el verbo en pasado para que lo captara—. Anna, hasta hace poco pensaba que cometía dichos crímenes, pero me di cuenta de que tal vez no lo soy. —¿Por qué? —No le pasó por alto la ambigüedad de sus palabras: «creí», «tal vez». Al parecer, ni él estaba seguro. Su corazón palpitó a millón. Jevrem tenía doble personalidad y ella se hallaba encerrada con él, escuchando la confesión de su «alter ego». —En el salón… —comentó—, tuve una visión. Anna no supo cómo tomarlo, se sentía manipulada, como si él jugara con sus emociones, comenzaba a temerle, lo desconocía, parecía que le decía la verdad; aun así, al mismo tiempo le mentía. ¿Acaso ella sería la siguiente en morir? Esos malditos viejos eran sus cómplices. Por eso la celda-dormitorio… No era para contener el celo de alguna sirvienta, sino para que nadie escuchara los gritos cuando este saciaba sus perversiones. —Y ¿qué viste? —le seguía la corriente, de momento se mantenía a salvo por escucharlo. Tal vez los otros se asustaron y murieron. Incluso, los de Alaska… Que Licaón la amparara, Jevrem estaba loco. Este notó el temor en sus ojos negros. Arrodillado frente a ella, se puso una mano al corazón y, con profundo sentimiento, manifestó lo siguiente: —Te confieso que dudé de mí, ahora creo que mis manos no están manchadas de sangre —dijo sin revelar que provenía de un linaje de psíquicos del que era mejor no exponerlos, debido a que por años se cuidaron de ser descubiertos—. Las visiones son enloquecedoras; cada vez que las tengo, siento que estoy en el infierno. Lo veo todo: la persecución, el terror, los gritos… —La muerte de los humanos —Anna agregó y Jevrem asintió. —No soy el depredador, estoy tras él y, por alguna razón, estamos conectados. —La voz de Radojka resonaba en su mente: «No sé por qué lo tienes. Algo debió activarte». «¿A quién conociste en tu travesía por Latinoamérica?». —A través de sus ojos… Él asintió a lo que, con certeza, el hilo psíquico lo unía al asesino. Precavido de agravar la tensión en la muchacha, Jevrem se sentó a su lado, guardando apenas una exigua distancia; se inclinó cabizbajo hacia adelante, en la que con su postura le indicaba a Anna para que bajara sus defensas. Él jamás le haría daño. A pesar de esto, Anna deslizó sus nalgas hasta la punta del colchón. —No lo soy, Anna —sus ojos cristalinos, triste por el temor que la joven reflejaba—. Soy incapaz de hacer eso; me mido con quién sea, jamás huyo de una pelea; el que me agreda, recibe sumerecido. Lo de estos humanos…, es saña. —¿Siempre has sido así: clarividente? Sacudió la cabeza. —Estoy lidiando con esto desde hace unos meses. Más o menos, desde que apareció el depredador, consideró Anna por la desconcertante casualidad. Jevrem ya no soportaba la esquiva mirada de su hada, por lo que prefirió enfrentarse solo a sus demonios; la que pensó le daría consuelo, le temía. Se levantó para oprimir el Botón del Pánico y así librar a Anna de tener que compartir su diminuta habitación con un «supuesto monstruo» durante tres días. —¡No lo oprimas! —Anna se levantó de la cama para detenerlo, se metería en un serio problema si otro macho acudía tras su pedido de «auxilio»—. Te descubrirán —dijo y enseguida se sorprendió de que le preocupara más lo otro que el hallarse confinada con un lobo que podría estar loco. —No quieres que esté aquí. —No he dicho eso. —Lo veo en tus ojos. Ella jadeó. —¿Me leíste la mente? Lejos de reírse por la confusión de Anna en las habilidades que poseía el beta, Jevrem se entristeció; sin darse cuenta la joven reveló lo que angustiaba su corazón. —Soy clarividente, no telépata. —Ah… —sintió alivio—. Bueno —carraspeó—. Ni se te ocurra oprimir el botón; en cuanto bajen, te pillarán y yo pasaré el infortunio de salvar mi honra del macho que me quiera hacer el favor. Para eso es el botón, ¿recuerdas? Creo que ya te lo conté… Jevrem ignoró esto, pues la sola mención de ser propiedad de otro, le revolvió el estómago y lo hizo gruñir bajo. Anna se preocupó, retrocediendo por si a Jevrem le daba por atacarla. —Nadie te tocará ni te reprenderá por hallarme aquí. Eres mi novia. —Qué cínico. La expresión del lobo pasó de posesiva a desconcertada. —¿Por qué lo dices? Anna, soy sincero. —¡Mientes! —la rabia volvió a bullir con más fuerza—. Después de que me follaste, te largaste con tus noviecitas para continuar con tu celebración. Vaya forma tan linda de serle fiel a tu novia formal. Para esa gracia, me quedo sola. —¡Ya te dije las razones: me marché por una crisis! —Más concretamente: la visión onírica de un cruel asesinato y del que lo hizo caminar como sonámbulo. La pierna de aquella víctima se la dio a los leones para que la devoraran hasta los huesos. La ropa de este enterrada para jamás ser hallada. —¡¡Ay, no me vengas con esa excusa!! Jevrem se tomó un segundo para controlarse y enseguida agarró a Anna por los brazos. —Hay muchos aspectos que aún no te puedo revelar; nada recuerdo de lo que hice después de abandonar la habitación; de hecho, no recuerdo dejarte… Solo me dormí y desperté en… otra parte. En la cama de alguna puta, pensó Anna con resquemor. Los celos le hacían hervir la sangre y reclamar ante aquellas lo que fue suyo por unas horas. —Te voy a conceder el beneficio de la duda, pero mantendrás quietas las manos. No va a haber nada de nada durante estos días. ¿Estamos? —Por lo pronto, ella se aplicaría más perfume para ocultar sus olores. Para su tormento, la parte baja de la puerta se deslizó hacia arriba como una trampilla, alertando a la joven de que Rosario o Sandra le traían la cena. Angustiada, le hizo aspavientos a Jevrem para que se ocultara en el baño, a fin de evitar que la otra percibiera el aroma masculino que provenía del interior; sin embargo, Jevrem tenía intención de ordenarle a la sirvienta para que abriera la puerta, Anna no deseaba que él estuviese allí; hipnotizaría a la mujer y todo quedaba en el olvido. Un empujón que apenas lo movió. —¡Al baño! —Anna le gritó lo más bajo que le permitió sus cuerdas vocales y esto a Jevrem le pareció gracioso. Como que se quedaría un rato más… Dejó que las pequeñas manos de la lobata lo empujaran hasta encerrarlo, aguardó unos segundos mientras esta recibía la comida y luego salió cuando le abrió la puerta del baño. Su mirada hosca. —Para mí es importante que mis padres no se enteren de lo que sucedió entre usted y yo. Confían en mí, ya los defraudé suficiente como para que pasen por la vergüenza de tener a una hija que se acuesta con los amos. Jevrem no supo si asintió a lo expresado por la muchacha, apenas procesaba el «usted» con el que lo trataba para marcar distancias. Se desligaba de los besos, de las caricias que se dieron, como si le diera vergüenza haber correspondido al chico que sus padres le prohibieron. ¿Cómo culparla? Él era lo peor para ella, le traería infelicidad y marginación, lo prudente sería actuar como si fuese su hermana, ambos encerrados por cometer travesuras. Pero lo que ellos hicieron, él aún lo deseaba. Capítulo 14 Frank Pittman azotó la puerta tras de sí. Al salir del despacho del jefe de la Policía, tenía que acatar contra su voluntad lo dicho por este: «No hay pruebas que lo involucren». La evidencia recogida en la escena del crimen fue desestimada por su superior, que hacía de oídos sordos a los alegatos del detective: Everett Brankovic estaba involucrado en la muerte del pobre diablo, quien empuñaba una nota manuscrita en la que concertaba encontrarse con el aludido a altas horas de la noche en el jardín botánico. Sería cuestión de citar al maldito y someterlo a un detector de mentiras, así como también comparar su caligrafía con un grafólogo. La letra de este era elegante, recta y de trazo fuerte. Del papel se obtuvo dos huellas dactilares, pero de nada servía por la falta de registro en la base de datos, el señor Brankovic no aparecía en el sistema, carecía de historial delictivo y tampoco información personal sobre su dirección, ocupación, foto. Nada de él. Los compañeros del obeso detective repararon en su enojo, tras el azote en la puerta. Frank era temperamental, con explosiones de ira cuando no se agiliza un procedimiento contra un sospechoso, pues solía acertar en lo que imputara al culpable. Se sentó en la silla y la rodó con ademanes toscos hacia su escritorio, la voluminosa panza chocaba con el borde del tope sin poder acomodarse para teclear en su computadora. El sujeto de origen serbio tenía un escudo impenetrable que lo protegía de ser investigado, Frank tenía una rara sensación de saber más, pero lo que fuese se le escapaba de sus nublosos recuerdos: mirada intimidante, parálisis facial… Sin atender el teléfono que repicaba en su escritorio, tamborileó su lapicero en el aire, como un baterista que se alista a sonar con furor los tambores y los platillos de su instrumento de percusión. ¿Qué se le escapaba? Mirada intimidante… ¿De quién? Parálisis… ¿De qué?, ¿cuándo?, ¿por qué? Esto le arrojaba más preguntas que respuestas. Levantó el auricular y volvió a colgar para interrumpir el ruido de la insistente llamada, Frank meditaba por qué carajos tenía esa sensación de que algo sucedió con él o que se le olvidó y era importante. Pensó con referencia al caso y en aquella parejita que tenía pegada en la cartelera para atar conexiones. La del empresario la obtuvo de la prensa y la de la chica, tecleó su nombre en la red y se apropió de una foto que aparecía en su Instagram. Le molestaba que los periodistas supieran más que ellos con relación a Everett Brankovic, pero más allá de su fama y del accidente de su prometida, la vida de este era un misterio. El lapicero se batía en su mano de forma convulsiva. ¿Qué se le escapaba? Mirada intimidante. Parálisis... ¿Facial? ¿Del cuerpo? —¿Y por qué del cuerpo? —se preguntó mientras se acomodaba en la silla. El oficial Harris lo miró de refilón y evitó hacerle algún comentario para no sacarlo de sus pensamientos, se ganaría una palabrota si se le ocurría interrumpirlo. Volvió a lo suyo para seguir con un informe del que, por suerte, le faltaba un par de páginas, lo que tenía que escribir sobre un robo en un supermercado no requería mayor análisis, luego se marcharía a su casa; su turno estaba por terminar. Frank requirió de una taza de café. El agotamiento demacraba su cara, las pocas horas de descanso y la presión que le exigían sus superiorespara dar con el «perro con Rabia», lo tenían estresado. —Perro… —masculló, esta vez arrojando de mala gana el lapicero al portalápices para teclear en la red sobre el incidente con el helicóptero en el aeropuerto de Anchorage. Pero se llevó la desagradable sorpresa de no hallar los vídeos que se viralizaron, desaparecieron de las diversas plataformas y páginas Webs como si nunca se hubiesen filmado. Tecleó de nuevo, buscaría por los portales de los noticieros amarillistas, a estos les encantaba lo sensacional y más en referencia a un empresario con mucho billete. —Vaya, vaya… —sus lentes cayeron a la punta de su gruesa nariz al inclinarse hacia su monitor. La búsqueda no arrojó resultados—. ¿Qué hiciste, señor Brankovic, ¿contrataste un hacker? —Ni fotos, ni vídeos que mostraran su rostro—. ¿Y qué pretende con esto: desaparecer? —O borrar posibles evidencias que lo inculpen. Ni aparecía un vídeo de los obtenidos a través de los móviles de los pasajeros del aeropuerto. Sin amedrentarse por la falta de información sobre el sujeto, optó por apuntar en su agenda en visitar al editor de la revista amarillista para que le entregara todo el material recopilado sobre Everett Brankovic. Puede que su superior y demás agentes no sospechen del empresario, pero Frank tenía la certeza de que transitaba el camino correcto. La desaparición de Arturo García del hospital en el que lo recluyeron, tras el ataque con el rastrillo, el destripamiento de Clinton Robinson y el oficial Peyton en Central Park, el desmembramiento de Bryson Green en el jardín botánico y la de otros sujetos de hace tiempo, todas relacionadas con ese maldito escurridizo y no por un perro rabioso. ***** —Papa… pa… papa. Everett se sentó de golpe. Su cabello de león hacía poca gala de una elegante melena. —¿Quién fue el que habló? —Descorrió la cobija y se levantó rápido para ir hasta la cuna de los lobeznos. Su único atuendo el calzoncillo; el termostato aclimataba la habitación para que sus pequeños no pasaran frío, se instaló en una de las tantas remodelaciones que se hicieron en los días siguientes a la llegada de estos a Nueva York, se aseguraba de que no enfermaran por inhalar humo de la chimenea, paranoico con la salud de ambos, tras la muerte de Stanislav y la angustia que Everett e Isabel se llevaron con la fiebre del más pequeño. —Erik —respondió Isabel, saliendo de su adormecimiento, tenían un par de horas de haberse acostado a dormir, cuando el sueño se espabiló en la penumbra al escuchar una vocecita que los hizo saltar fuera de la cama. Everett rio ronco, henchido de orgullo. —Papa… —¡Dijo «papá»!, ¡lo dijo de nuevo! —Alzó sus brazos en señal de victoria como si hubiese apostado con Isabel, a ver a cuál de los dos sería el primero al que los gemelos llamarían, aunque no fue así, sino una que se hizo a sí mismo. La alegría del padre sobresaltó a Ángel. —Mira lo que hiciste… —Isabel masculló, verde de la envidia por no haber sido a ella la que debió ser llamada. Típico: los gesta por nueve me… —sacudió la cabeza en su fuero interno para corregirse— quince días y al que solicitan es a otro. Parpadeó atónita y enseguida encendió la lamparita de la cómoda cercana a las cunas. —Ya habla. —Sacó a Ángel para calmarlo, mientras que Everett tenía en brazos a Erik, sonriente el hombre por haber escuchado a su primogénito—. Pero apenas tiene cuatro meses… —Y gatea —agregó Everett para destacar la destreza de su hijo. Isabel tomó en cuenta este hecho y se preocupó, era extraño que un bebé tan pequeño tuviese los avances propios de uno de diez u once meses. Ni siquiera debería gatear, pero ¿ella qué sabía de lobos? El nacimiento de sus bebés fue diferente al de los humanos y los de su misma especie. —¿Es normal? —Suponía que sí, pero le urgía preguntar. La sonrisa de Everett aminoró un poco. —Pues… —pensó—, creo que no. —Isabel lo miró atribulada y él rio jocoso—. Deja de preocuparte, mujer, es hijo de un alfa, nieto de un alfa, bisnieto de un alfa. Es… —Sí, sí, sí… —Isabel puso los ojos en blanco. Y, dale con su enredo generacional. Ella también tenía familia para lucirse: Erik era hijo de una loba rebelde, nieto de un par de abuelos innombrables y de una bisabuela que chupó tequila y fumó tabaco hasta para ir a cagar—. Supongo que eso lo explica: tiene buenos genes. Ángel lloró con más ahínco como si fuese consciente de que a él le heredaron los defectuosos. Se recostó al pecho de la madre para sentirse protegido, molesto por el sueño espantado y porque enseguida sintió hambre; la luz de la lamparita lastimaba sus ojitos que le costaba adaptarse a la repentina claridad. Los dedos tibios del ser que lo calmaba le rascaban con extrema suavidad el cuero cabelludo para apaciguar el llanto, la sensación le agradaba, gimoteó mientras su manita sujetaba un mechón del cabello de Isabel que caía sobre su pecho; lo cambiaron de posición antes de que sus ojitos se cerraran y las ganas de tomar leche materna le hiciera estallar su garganta; el sillón colindante a la chimenea apagada sirvió de superficie para que disfrutara de la lactancia. —Di: «papá». —Papa… —¡Ves, Isa?, ¡dijo otra vez «papá»! —Lo oí… —Isabel replicó sin estar avinagrada; más bien, con cierto humor por la alegría desbordante de su pareja. Paseaba a Erik por la habitación, con una sonrisa de oreja a oreja. Un león feliz por su cachorro. Erik no tenía hambre, su inquietud se debía a las ganas de jugar con su progenitor. Para el bebé fue maravilloso que lo abrazara y gateara para seguirlo, rieron mucho, le hizo cosquillas y le leyó cuentos hasta caer rendido. Pero fue un descanso breve, el gemelo grande tenía energía para seguir jugando con sus juguetes; le gustaba compartirlo con ese gigante llamado «papá». Isabel no pretendía empañar ese mágico momento que experimentaba Everett, a ella le parecía preocupante que Erik ya hablara. —Ya gatea con cuatro meses y dice su primera palabra. —Que es «papá». Isabel medio sonrió, Everett se encargaría de decírselo a todo el mundo. ¿Quién lo iba a aguantar cuando le tocara a Ángel? Besó la cabecita de su retoño, entregándose este poco a poco al sueño mientras chupaba del pezón de la madre. Ángel aún no gateaba ni gagueaba; según el doctor Pavlovic, el crecimiento se consideraba «normal» en un bebé con Síndrome de Down, a pesar de ser muy pequeñito y algo bajo de peso; no por ello habría de levantar alarma, lo alimentaban bien, vigilaban su salud y lo querían igual que a su hermano gemelo. Aun sí, Isabel se preocupaba por los dos. Capítulo 15 Anna cabeceaba. Luchaba por no bajar la guardia con el apuesto intruso que allí se hallaba en medio de la penumbra, pero fue inevitable que el agotamiento la venciera. Dormía acurrucada en un rincón del dormitorio, en sentido opuesto a Jevrem que estaba apoyado contra la puerta de titanio. La bandeja que le llevaron a Anna reposaba con los platos vacíos sobre la mesita de noche. La frugalidad de la cena enojó a su «compañero» y no por ser insuficiente para los dos, sino por la desconsideración hacia a la muchacha, a quien le sirvieron una taza de caldo, un mísero cuadril de pollo y dos rebanadas de pan. A Jevrem le gruñeron las tripas a pesar de haberse comido el pollo, Anna alegó que tenía poco apetito, por lo que se conformó con lo otro e insistió en que se desperdiciaría la presa si él no la aceptaba. Sonrió por su nobleza. Notó que la barra del cortinero se deslizaba de las manos flácidas de esta por el adormecimiento y se levantó él de volada para quitársela con cuidado, ya que estaba a punto de caerse al piso y causar ruido. Dejó la barra a un lado y, con movimientos lentos, levantó a Anna en vilo y la llevó hasta la cama. Ella se volvió sobre su costado derecho y se aovilló, entregada al sueño. Su cabeza reposaba sobe la única almohada y su melena negra le tapaba la cara. Jevrem retiró los mechones, disfrutando así tocarle lamejilla con el dorso de su mano, Anna se estremeció como si lo sintiera, pero no despertó, más bien, suspiró en una pesadumbre de la que Jevrem quiso envolverla en sus brazos. Pero antes de esto, le quitó los zapatos de tacón bajo para acomodarla mejor en la cama y se apuró en quitarse los suyos sin causar ruidos al hacerlo. En el espacio libre de la estrecha cama, se acomodó a espaldas de la bella joven; un brazo sosteniendo el peso de su propia cabeza y la otra la posó por encima de la fina cintura, atrayéndola para pegarla a su pecho. No se proponía hacerla suya a pesar de desearla, sino establecer la cercanía más allá de la pasión. Aspiró el perfume impregnado en el cuello de Anna y Jevrem tuvo que hacer el esfuerzo para no estornudar y despertarla. Se había aplicado mucho para provocar en él, repulsión, pero el aroma floral era una barrera fácil de derribar. La observó. ¿Qué estaría soñando?, se preguntaba con una tenue sonrisa plasmada en sus labios. Anna lucía tan relajada que a Jevrem le provocaba abandonarse de la misma manera. Por desgracia, le aterraba cerrar los ojos y soñar. —Despierto o dormido, él siempre está al acecho —se refirió a que, de un modo u otro, lo vería a través de sus visiones. Sin querer, sus palabras vibraron en el oído de la joven, sacándola en el acto de los brazos de Morfeo. Parpadeó para despabilarse y bostezó. Se halló en la cama con él abrazándola. Pero ¿qué…? Tragó en seco. La tenía. Su primera reacción fue la de empujarlo para que la soltara; sin embargo, permaneció quieta, no por miedo o sumisión, su propio cuerpo la traicionaba al elevarse repentino la temperatura corporal; el contacto masculino encendió cada célula de su sistema nervioso, sintiendo una descarga eléctrica de arriba abajo. Su aletargado celo se avivó, provocando que su respiración y palpitaciones se aceleraran. Los pensamientos impúdicos comenzaron a invadir su mente con imágenes bastante subidas de tono, de hombres desnudos y miembros erectos. Sobre todo, el de cierto lobo… Se removió inquieta, Jevrem percibió el cambio de su estado anímico y también se excitó. Aun así, se contuvo, tal vez Anna tenía sueños candentes y él como tonto confundiendo la situación, su don reciente no le revelaba lo que pasaba por la cabeza de la chica, quien fantaseaba a la velocidad de la luz, un pene que la penetraba hasta el fondo de su vagina, provocando que chillara adolorida por ser este grande y rudo; no tenía piedad, la tenía aprisionada enterrándose con vehemencia en ella que era diminuta y estrecha… Quería ser atacada con perversión por el hombre postrado a su lado. —¿Lo quieres? —Jevrem se aseguró en preguntarle si deseaba tener sexo o su volátil imaginación le jugaba una broma pesada. La joven se volvió hacia él, sus pupilas dilatadas, su respiración agitada, su frente perlada de sudor. —Quiero creerte… —respondió a cambio. Jevrem comprendió el ruego de la muchacha: que no fuese lo que él había dudado, pero estando allí se halló así mismo, no era un monstruo, sino el testigo que se juró en detener al asesino. —Hazlo —la exhortó con voz ronca; sus labios cerca de los de esta—. Soy lo que te revelé, confía en mí, te amo. Por favor…, devuélveme tu corazón, te lo llevaste de mi habitación. Ella arqueó las cejas. —¿Estuviste despierto? —Se lo había dicho antes, pero por estar aturullada por su presencia no le dio la debida importancia. Asintió. —Me faltó valor para enfrentarte —dijo—, te lastimé con mi desaparición. Te juro que no hay una chica de por medio, solo visiones aterradoras. La verdad brilló en sus ojos cristalinos y Anna se envolvió en el alivio. Un hombre que tenía como entretenimiento, mentir, no sufría de esa manera, a Jevrem le importaba lo que ella pensara de él, expresaba las razones de sus actos; las ojeras profundas y la palidez en su rostro acentuaban la inquietante impresión de buscar aferrarse para no caer en la desesperanza, preocupándola de que este observara la maldad a través de los ojos de aquel otro, asumiendo que debía ser espantoso. Le obsequió una medio sonrisa y luego acercó sus labios para darle un sutil beso, esto provocó que ambos cerraran los ojos, disfrutando del momento. Anna no percibió en su aliento el licor ni su piel conservaba rastros de efluvio femenino, olía delicioso por su ducha reciente y ropas elegantes que eligió de su armario para el brindis. Todo era apariencia, pero en su fuero interno deslucía según como se sentía. Miserable. —Tus padres van a odiarme por ser tu novia —expresó, teniendo presente a lo que se enfrentarían. Jevrem meditó que, no solo ellos o su abuela y hermanas pegarían el grito al cielo por él haberse fijado en una chica del servicio, sino que su tío fue enfático en que él no se relacionara con Anna. Sin embargo, ¿cómo evitar caer en la tentación?, cuando desde el instante en que ella le echó encima la bandeja del desayuno, en Kenai, lo atrapó. Reconocía que al principio no se percató de sus sentimientos por estar suspirando por Isabel, pero Anna fue adentrándose en su corazón del que cada palpitación golpeaba su pecho por pensar en ella. —Tendrán que aceptar, porque de ti jamás me apartaré — manifestó mientras su mano recorría el costado superior de la muchacha, apreciando con su palma la curvatura desde la cintura hasta el muslo—. Hemos intercambiado nuestros corazones como muestra de lo que sentimos el uno por el otro; por cierto, devuélveme el que me diste, mi pecho está vacío y lo necesito para vivir. Ella sonrió. —¿Lo vas a cuidar? Es frágil… —Mi pecho es fuerte; una vez que esté aquí dentro — sujetó la mano de Anna y la puso en donde se suponía «carecía» de su órgano palpitante—, nadie lo podrá lastimar. Confía en mí, Anna, te prometo que mi amor será para ti. Ella le creyó, el temor se disipó y la preocupación de lo que después enfrentarían dejó de aplastar sus hombros, Jevrem reclamó el corazón que ella se llevó de la habitación, en sentido figurado, pero cargado de las más profundas emociones. Lo besó apasionada y él correspondió a su deseo con la misma fogosidad que achispaba su cuerpo. La estrecha cama les dificultó rodar sobre el colchón para tocarse en las partes íntimas, apenas había espacio para que una persona ahí se acomodara, pero para Jevrem esto representaba más un reto que incomodidad, encarceló a la joven con sus brazos y piernas y continuó besándola esta vez con más frenesí. Anna gimió en su boca, ansiosa por el contacto de sus pieles desnudas. Apenas se había recuperado de lo vivido en la medianoche; su himen roto sanó tras horas de sueño, preparada ahora para recibirlo en sus entrañas; sudaba a raudales, le fastidiaba la ropa pegoteada a su cuerpo, el peso de Jevrem, la presión de sus labios, sus manos calientes, estaban por provocarle combustión. La excitaba sentir en sus mejillas, la barba incipiente de este del que ensombrecía su cara en un toque desaliñado de chico malo y dulce a la vez. Sus besos eran indecentes y, más aún, lo que Anna sentía entre sus piernas, pues la estaba matando. —Desnúdame —pidió desinhibida en cuanto él liberó sus labios y ella posó sus manos lánguidas a cada lado de la almohada como un acto de rendición. Ya no quería luchar contra sus propios temores. La orden de la joven fue bien recibida por Jevrem, cuyos ojos se oscurecieron más por el deseo animal. Rio ladino. —Fantaseaba que siempre me lo pedías —reveló a la vez en que sus manos desabotonaban la blusa con una lentitud que hasta a él se le hizo desesperante. Desgarrarla en dos le haría la labor más rápida, pero se perdería despojar de la ropa como él tantas veces se lo había imaginado. La espalda de Anna se arqueó para que sus pequeños senos cubiertos en el delicado sujetador aumentaran de tamaño y hacerlos apetecibles para el macho. Jevrem se relamió los labios; pequeños, grandes…, para él eran perfectos del cual le provocaban pegarse a los pezones por un largorato. Los acarició por encima de la prenda íntima, Anna respiraba sofocada, su espalda arqueada, sus senos tensos… —Yo también… —la joven perdió el habla en cuanto el lobo demostró habilidad para liberar sus piernas de los vaqueros: descorrió la cremallera, deslizó un poco las perneras por cada pie y, luego, ¡zaz!, en un dos por tres el pantalón fue a dar a los pies de la puerta de titanio, quedando la braga de Anna visible para el amante. Jevrem recorrió con la mirada la delicada figura de la lobata. —Jamás permitiré que otro te posea —expresó enronquecido y esto erizó la piel de su compañera—, correrá sangre si esto pasa. —Entonces, me harás daño —le recordó la promesa acabada de hacer y del que olvidó almacenar en su memoria. —A él —aclaró y sus labios se acercaron a los de ella para patentar este hecho—. Lo despedazaré. Eres… —Tuya —completó y Jevrem la besó, demostrando así que le pertenecía. Si por cuestión del destino, otro rival se interponía, la parte que consideraba «humana» moriría y la bestia tomaría control de su ser. La advertencia se manifestó al desnudarse con desesperación, la habitación se tornó demasiado calurosa y esto lo volvió frenético. Respiraba entrecortado, la fusión entre los dos sería inminente. —Siempre mía, Anna. Siempre. La joven ni tuvo tiempo para contestar o asentir, jadeó por el desprendimiento brusco de su ropa interior, Jevrem había llegado al límite de su contención, de esta forma liberaba su excitación, aunque no la asustaba; al contrario, la envalentonaba que ejerciera su instinto de macho dominante que se le mediría al que osara siquiera posar los ojos sobre ella, pues él deseaba tenerla a su lado para un perpetuo goce. Anna abrió las piernas para recibirlo. —¿Lo quieres? —Jevrem formuló de nuevo la pregunta, esta vez con un matiz lujurioso en su voz y un destello de socarronería, y mientras lo decía, el glande se posicionaba entre los labios vaginales, preparado para esa respuesta afirmativa. Las ganas por poseerla estaban a flor de piel, incumpliendo así mismo en tomarse tiempo para desvestirla, pero ¿cómo actuar cual caballero si Anna distaba de comportarse como una dama? —Lo quiero todo —dijo—: hasta el fondo. Las caricias sutiles las dejaría para una tercera o cuarta ocasión; de momento, acataría diligente lo que su hada le pidiera con esa boquita que prometía él, más adelante, hacerle probar su hombría. Requirió de tres empujones: El primero, el glande se abrió paso. El segundo, su tallo se sumergió hasta la mitad, facilitado por la humedad de la muchacha. Y, el tercero, la estocaba hasta el final como si hubiese matado a un animal. Anna quedó sin respiración, habiendo olvidado por un instante el grosor de su novio. Apretó los párpados y esbozó una mueca de dolor, pensando que, quizás, le faltaba recuperarse del desvirgo, pero fue una breve impresión por ser inexperta en la cama, solo debía permitirse unos segundos para adaptarse a su amante. —Oh, Anna… —hasta Jevrem necesitó de dicho tiempo—, amo tu estrechez… —era como si la desvirgara por segunda vez. En vista de la expresión adolorida de la lobata, aguardó a que esta le permitiera iniciar las acometidas, estaba por sufrir una autocombustión del que el fuego arrasaría con los dos, pero tampoco era tan bestia como para lastimarla, era menudita y, si quería gozar el coito, tendría que llenarse de paciencia. —¿Aún te duele? —preguntó por si tenía que esperar unos días para amarla; por fortuna, Anna negó con la cabeza y luego sonrió a medias—. Dime cuándo. Ella se tomó un respiro y lo miró de tal modo que el otro sintió que un corrientazo recorría su espina dorsal y se alojaba en la dureza de su pene. —Ahora. Jevrem tuvo la precaución de iniciar lento a pesar de que estaba a punto de perder el control, pero se lo debía a la muchacha, por la crisis sufrida, superaría los demonios que atormentaban su mente y abatían su espíritu, pues contaba con un hada de infinita bondad, capaz de sacarlo de la oscuridad del cual se hallaba. De forma paulatina aumentaba el ritmo de su pelvis, Anna se aferraba a su almohada y mantenía los ojos cerrados para el disfrute, a él le encantaba verla así, tan entregada, del cual oraba para que tuvieran un futuro juntos. En un arranque de pasión, la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí, de modo que Anna quedó inesperadamente sentada a horcajadas sobre los tonificados muslos del lobo. Esto a ella la pilló por sorpresa, la tenía en una nueva posición y del que la expresión del beta le indicaba que en adelante la guiaría en las artes amatorias. La besó con premura mientras sus manos se aferraban a las caderas de la chica, empujándolas de atrás hacia adelante para que se animara en hacerlo por su propia cuenta. La joven obedeció y Jevrem gimió complacido, quien necesitó de apoyar sus brazos, al lanzarlos hacia atrás para posar sus manos sobre el colchón y así tener mayor equilibrio. Anna comenzaba a adquirir confianza, contoneándose sobre el miembro erecto, entre gemidos y sensuales movimientos de sus caderas; sujetándose de los hombros de este, también procurando apoyo. La danza sentada causó que Jevrem cayera de espaldas y Anna se desatara al ritmo de sus propias palpitaciones, maravillada por las sensaciones. Primera noche de su encierro y ya se comportaba como loba desvergonzada. ¿Cómo actuaría para la siguiente? De ahí sacarían al pobre de Jevrem en un ataúd, porque ella no tenía intención de detenerse. Capítulo 16 —¿Por qué tarda tanto? Isabel consultó la hora por tercera vez en el voluminoso reloj de mesa, cuyo tope en su maquinaria tenía un carrusel de caballos blancos, extrañándole a ella la tardanza de Anna. Solía ser puntual cada mañana, llegando al Cuarto de Juegos antes que Esther y Lourdes, para entretener a los gemelos mientras los preparaban para ser amamantados. A veces Erik requería de ambos senos de una de las nodrizas de turno a diferencia de Ángel, del cual Isabel siempre lo alimentaba. —¿Mi señora aún no se ha enterado? —Esther preguntó por si a esta no la notificaron. Isabel, quien arrullaba a Ángel, ataviado este en un trajecito de algodón de cuerpo completo para protegerlo del frío, se volvió expectante hacia la mujer. —¿Sobre qué? —se preocupó, ese tipo de preguntas antecedía respuestas lamentables. Esther –sentada en una poltrona– acomodó a Erik en sus rodillas y movió las piernas como si él estuviese jugando al caballito. Pero el gemelo grande se removió fastidiado, queriendo los brazos de la progenitora o los de su niñera. —Anna estará fuera de servicio por unos días, por lo del celo. Isabel detuvo el arrullo y miró estupefacta a la mujer. ¡¿Por el qué…?! —¿Está enferma de celos? —Puede que haya escuchado mal, aun así, dudaba que Anna fuese del tipo de chica que se deja llevar por la desconfianza hacia su… ¿Anna tenía novio? —«Celo», señora —Esther corrigió tímida—. Estará en su dormitorio hasta que se le pase. A Isabel le causó conmoción el hecho de que la muchacha se viera afectada por algo que, hasta ese momento, ella consideraba solo concernía a los lobos comunes. Según lo que sabía de estos, cuando las hembras pasaban por dicho ciclo, los machos se la disputaban, a menos que fuese una loba que escogió pareja. —¿Qué pasa si no permanece en su habitación? —A pesar de ser metamorfa, Anna tenía la conciencia de un humano. ¿Acaso las hormonas se le alborotaban al grado de ser incapaz de contenerse a sí misma? Erik chilló para que Esther lo bajara al piso y así gatear un poco, le apetecía mordisquear el osito de peluche que se hallaba sobre la manta que dispusieron para él y su hermanito. —En ese caso: se acuesta con todos los hombres de la casa —dijo la nodriza a la vez en que obedecía diligente a la petición del bebé—. Anna es joven y su energía es imparable. Isabel arqueó las cejas. —¡¿Con todos?! —Pensó en los guardaespaldas, en el jardinero, el mayordomo,en Damir, Jevrem y, por último, en el que a ella le causó consternación. Everett. Esther asintió e Isabel requirió de sentarse en la mecedora junto con Ángel. Lo planificado esa mañana para que los gemelos tomaran un baño de sol, se fue al traste. Le hubiera gustado que primero disfrutaran de un paseo por la costa para que aspiraran la brisa marina y así sentirse ella más relajada de sacarlos al exterior, el Cuartel de las Brujas y ese engreído que detestaba, se marchaban a Alaska; después hubiese visitado a Camila en la academia y le habría dado una gran sorpresa por lo de su regeneración. Everett se había levantado temprano para escoltar a su familia hasta el aeropuerto y así asegurarse de que estos no salieran con excusas de alargar la estadía; los quería fuera de la casa, harto de sus maquinaciones. Sin embargo, lo de Anna la tomó desprevenida. Tendría que postergar el paseo por las inmediaciones, su deber se anteponía para asegurarse de si Anna estaba bien. El hecho de estar en celo no era motivo para que otros sacaran provecho. Esto la hizo meditar en su propio ciclo y se inquietó. ¿Desde cuándo las afectaba? —¿Les pasa…? A ustedes… A las mujeres de la casa: ¿les pasa seguido? —En los meses de reproducción o cuando la hembra siente la necesidad de aparearse —la otra respondió—. Las jóvenes son las más apetecidas si están solteras… Quiero decir que les pertenece a los machos de la manada; más que todo a los… —calló para no irse más de lengua, pero ocasionó que la mortificación de Isabel aumentara. —Los alfas —concluyó por la nodriza y se preocupó. ¿Estaría Everett enterado del celo de la muchacha? —También los betas y los gammas —agregó Esther—. El más fuerte se la queda. Lo que, en resumidas cuentas, sería el líder de los metamorfos, consideró Isabel para sus adentros. Jamás le perdonaría a Everett si se acostaba con Anna, por muy alfa que fuese y la otra estuviese alborotada. Sería una vileza de su parte si se aprovechaba de esta circunstancia. Además de mentiroso, en sus tantos juramentos le dijo que sería fiel. Recordó el brindis en la Sala de los Lienzos y a Anna yendo al «rescate» de Jevrem. ¿Estuvo movida por el desinterés de ayudarlo a sostenerse de su mareo o fue astuta en entrar a la sala y así pavonearse a los hombres que se hallaban presente para que la oliesen? Gruñó bajo. —¿Qué tan consciente están…? Estamos… de nuestros actos cuando… Ángel lloró para estar junto a su hermano en la manta y, mientras Isabel le concedía su deseo, Esther respondió: —Muy consciente. No enloquecemos, si es eso lo que pregunta… Las que tenemos macho, nos apareamos con estos, ya hemos formado un vínculo del que otro no puede romper. Pero las jóvenes que inician su ciclo y del que aún no sienten atracción por un pretendiente o no fueron subastadas en matrimonio, se tornan promiscuas. Isabel se puso en pie. Ay, mierda... Pensó en sí misma y luego en Anna. Una enorme diferencia existía entre las dos: una ya escogió pareja, pero la otra seguía sin que un chico conquistase su corazón. Por extensión, los hombres de la casa reclamarían su trasero. —¿Te importaría cuidar de los dos? —consultó por si Esther era capaz de velar sola por sus hijos mientras ella inspeccionaba si la joven tendría la suficiente protección contra un posible delito sexual—. Gracias —expresó tan pronto la mujer asintió—. Enseguida le diré a una de las chicas para que te dé una manita, por si los gemelos se ensucian. —Bien pueda, señora —Esther replicó e Isabel abandonó de volada el Cuarto de Juegos. En cuanto la puerta se cerró, la nodriza oró a Licaón para que la librara de haberse metido en un lío por cotillera, esa información debió haber sido suministrada por el ama de llaves y no por ella; aunque la patrona se pudo haber enterado a través de otra fuente, todos en la mansión sabían del acaloramiento de la niñera y del prudente encierro, lo comentaban en la cocina y hasta hacían sus apuestas por el que lograra colarse en el dormitorio de la lobata. —¡Mira el avioncito! —exclamó con vocecita aguda para capturar la atención de los lobeznos. Elevaba con su mano el avión de juguete, haciendo planeo a cierta altura de los ojitos de estos, de modo que lo apreciaran sin problemas. Se sentía aliviada de que los amos aún requirieran de sus servicios y el de su compañera, el alfa convenció a la concubina de mantenerlas «activas» en caso de necesitarlas, como efectivamente ocurrió hacía un instante. La niñera estaba confinada y la progenitora pendiente de averiguar –lo más seguro– de que a la lobata la tuviesen bajo llave para que el alfa no la follara. Si resultaba preñada y le daba un lobezno sano, esta se alzaría como la concubina favorita o, tal vez, la Primera Esposa. El señor Everett aún no se casaba con la híbrida. Cruzando el arco que da hacia la zona de los empleados, Isabel temía lo peor por Anna. ¿Cómo es que Everett no le dijo nada al respecto? El celo… ¿Y los padres de Anna? ¿Por qué no la alertaron? La madre se la confió para que trabajara medio tiempo y estudiara en la universidad. «¿Cuidará de ella para que no se meta en problemas?». «Como si fuera mi hermanita», prometió Isabel a cambio. Pero estos debieron advertirle con un: «tenga cuidado con Anna, una vez en celo, se querrá follar hasta el padre de tus hijos». —Carajo… —masculló y aceleró sus pisadas. Ingresó a la cocina y allí halló a la cocinera y a dos de las sirvientas, asistiéndola en la preparación del desayuno. Faltaba escasos minutos para servirse. —Buenos días, señora —Rosario y Belkys expresaron al mismo tiempo, en un saludo cortés como si ella estuviese casada. Branislava asintió con la cabeza en actitud respetuosa, el alfa la tomaba en cuenta en sus opiniones, por lo que, enojarla a ella era enojar al alfa. —Buenas —respondió a secas, rodando la mirada en busca del ama de llaves—. ¿La señora Blanka? —Está con Sandra en el Ático. El señor Everett le ordenó que bajaran los álbumes de la señora Winona. Isabel se distrajo una fracción de segundo por la petición de Everett y la conmovió, pues antes de irse le dijo que le tendría una sorpresa al volver. Le daba pena que, sin querer, Belkys arruinó lo que él se esmeraba en hacer. Volvió a centrarse a lo que había ido y solicitó hablar con el mayordomo. Era el menos indicado para esto, pero por la urgencia no le quedaba más remedio que hablar con él sobre la situación de Anna. —En su despacho, señora —respondió la cocinera, intuyendo que tendría alguna queja de una de las sirvientas. ¿Quién sería la que realizó mal su oficio? Apostaría a que fue Belkys —la reprendió con la mirada y esta palideció—, daba más traspiés que la niñera. A menos que… —¿Dónde tiene su despacho? —A Isabel no le extrañaba que, como jefe del personal doméstico, el señor Milenko tuviera su propio espacio para organizar el trabajo diario. —Por aquí, señora, la guiaré —Rosario señaló hacia la puerta que conecta con el pasillo principal de la zona de los empleados. —Gracias, muy amable. Isabel siguió a la chica, sin percatarse de la angustia de Belkys, quien permanecía estática, pensando en que Rosario se fue de cotilla por ella haber sido estúpida al regodearse de acostarse con el joven amo en un trío que hicieron con Sandra. La pasaron tan bien que ni dudaría repetir la ocasión con otra hembra, sin importar si esta era horrenda. Ella solo ansiaba ser follada una vez más por ese beta de pectorales y pito grande. —Es este, señora —se detuvo frente a la puerta que quedaba a mitad de camino del pasillo y la señaló—. ¿Toco a la puerta y la anuncio? —No es necesario, vuelve a la cocina —Isabel tenía la suficiente fuerza motriz en sus nudillos para anunciarse por sí misma. Ese tipo de formalismos se los dejaba a las hienas, ella era más humilde en esos aspectos. Antes de que Rosario se girara sobre sus talones, Isabel se acordó de lo otro. —¡Ah! Dile a Branislava que subirás unos minutos alCuarto de Juegos para que ayudes a Esther con los gemelos. No será para amamantarlos —sonrió a la consternación de la loba—, sino para la limpieza de estos por si se hacen popó. —Por supuesto, señora, cuente conmigo para lo que disponga. Hasta seré su asistente personal si así lo desea, me gusta ser útil a los amos, estoy siempre atenta a sus pedidos. Usted, en especial, es mi preferida. Isabel sonrió desabrida. Vaya aduladora. —Lo tomaré en cuenta —dijo conteniendo su molestia. La sirvienta hizo una reverencia y se marchó como si hubiese aprobado una entrevista para optar a un puesto de trabajo mejor remunerado. Isabel tocó a la puerta con suavidad y aguardó a que del otro lado le permitieran pasar. —¿Quién? —preguntó el mayordomo con hosquedad, sin ser consciente de la persona que lo solicitaba. —Soy Isabel, necesito hablar con usted. ¿Me permite pasar? Pasos rápidos hacia la puerta. El menudo hombre de cabello cano y cintura un tanto rolliza, se apuró en abrir, visiblemente aprensivo de lo que querría esa oportunista. —Disculpe, señora. Por favor, pase, no sabía que era usted. ¿En qué la puedo ayudar? —Gracias —expresó seca e ingresó al despacho mientras estudiaba el entorno: el espacio tenía dimensiones reducidas, apenas constaba de un modesto escritorio de pino y su respectiva silla. Detrás de esta, la pintura de un paisaje que daba la impresión haber sido realizada en serie. Nada sobresaliente. —Soy todo oídos. ¿De qué desea hablar? —inquirió el anciano, habiendo tenido el buen tino de no sentarse detrás de su escritorio, pues la concubina del alfa quedaría en pie y sería, aunque no lo mereciera, una descortesía de su parte. —Es sobre Anna Morris. Este asintió, ya conjeturando la presencia de la mujer en su despacho y enseguida esbozó una sonrisa hipócrita. —La señorita Morris está en confinamiento por lo de… —Sé el motivo —lo interrumpió tajante—. La cuestión es: ¿en qué condiciones? —Más le valía al viejo en responderle que con las mejores, porque el infierno ardería. El hombre se removió en su sitio, manteniendo la mirada elevada hacia esa morena voluptuosa de largas piernas y carraspeó incómodo por su presencia. —Tenga la plena seguridad de que a la muchacha la mantenemos a buen resguardo: del sótano sale cuando supere los calores. Isabel agrandó los ojos. —¿Sótano? Creí que estaba en su dormitorio. —Anna jamás le contó. —Allí está —corroboró—. Es el que se dispuso para los de su clase. A la otra le pareció ofensivo el modo en cómo el mayordomo se expresó. —«Los de su clase…» —repitió entre dientes—. Y ¿qué clase sería esa?, si se puede saber… Milenko tragó saliva. De pronto se le hizo que la mujer aumentó de tamaño, como si su loba interna fuese a surgir. —Es u-una provinciana —tartamudeó. —¡Y LA MANDARON AL SÓTANO! —rugió enojada—. Le diré algo —lo apuntó con el dedo índice. Su uña estaba muy larga, cual garra—: Anna Morris es mejor persona que usted y toda esa panda de lambiscones. Ser provinciana o de bajos recursos no la hace menos que nadie. Así que, si me entero de que usted o los demás empleados la tratan mal, se las verán conmigo. —¡Mil disculpas, ama! Qué torpe he sido al expresarme de la señorita de esa manera, lo que quise decir es que la habitación del sótano es para evitar desafortunados enfrentamientos por la posesión de la hembra en celo. La señorita Morris está en… —¡Lo sé! —volvió a gritarlo—. Y comprendo lo de tenerla encerrada en el sótano. Imagino que es para su protección, ¿cierto? No de los «caballeros» que por aquí merodean. Pero lo que me cabrea, es el hecho de que le hayan asignado dicha habitación desde un principio. —Como dije —aflojó el nudo de la corbata, sintiéndose sofocado—: para evitar desafortunados enfrentamientos. La señorita comentó que aún no pasaba por su primer celo y que sus padres no tenían apuro en buscarle marido. Por eso se le asignó esa habitación, es la más aislada y la más segura en toda la casa. Isabel entornó los ojos, estudiando el pálido semblante del mayordomo. Le decía la verdad, sus piernas temblorosas a duras penas lo sostenían, Anna pasaba por un celo que ni ella misma ha experimentado, quizás por ser híbrida. Esta era una joven hermosa que, de paso, era virgen. Las medidas preventivas así lo indicaban: en cuanto las hormonas se caldeasen más de uno hará cola frente a su puerta para ultrajarla. —Lléveme hasta ella —ordenó con el aplomo que le confería como mujer, amiga y jefa de la muchacha. Se lo debía a sus padres, era responsable de su bienestar. Milenko se tensó. —Mi señora, el sótano está sucio y la señorita Morris no anda en sus cabales. Esto puso en alerta a Isabel. —Tengo entendido que no enloquecen. —Se desinhiben y se tornan agresivas con otras hembras —aclaró sin mirarla a los ojos—. Las considera sus rivales. A usted la atacará si se acerca. —Le hablaré detrás de la puerta. Así que, lléveme hasta allá. —Pero ¿y el señor…? —¡EVERETT NADA TIENE QUE VER! —lo amedrentó con su potente voz—. Conmigo es que tienes que rendir cuentas. —Sí, mi señora. —No lo repetiré por tercera vez —la orden fue clara: llevarla al sótano para observar en persona si Anna no estaba siendo abusada. Al desgraciado que pillara merodeando por ahí, lo sacaba a patadas. Anna era menor de edad, a quien ella apreciaba como si fuese su hermanita. Pronto cumpliría los dieciocho, según lo que le comentó durante el vuelo en el jet. Aunque no recordaba para qué fecha, le pareció que era para finales de octubre o noviembre; después aclararía esto, por lo pronto, bajaría al maldito sótano para hablarle y aconsejarle de no dejarse convencer del hijo de puta que pretendiera calentarle la oreja para que le abriera la puerta. Su instinto protector salió a flote. Capítulo 17 Damir gruñó de la impotencia. Perdió la cuenta de las llamadas y mensajes de texto enviados a Jevrem, desde que este se marchó del jardín posterior de la casa. Había corrido para alcanzarlo, pero su hijo fue más veloz que él y desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Desde entonces no paró en contactarlo, Radojka sollozaba preocupada de que tomara alguna decisión extrema que acabara con su vida. Tuvo pesadillas y despertó en gritos, del cual Grubana la escuchó desde la habitación contigua y se lo hizo saber a él con un sermón de controlar a la histérica. Guardó el móvil en su chaqueta Christian Dior, cruzó mirada silenciosa con su esposa y negó casi imperceptible con la cabeza para que los demás no se dieran cuenta, esta se levantó del asiento de la Sala VIP del Aeropuerto J.F.K para encerrarse en el baño y desahogar su llanto a solas. Jevrem no daba parte de su paradero ni se molestó en despedirlos, Damir tuvo que estrujar su cerebro para excusarlo ante Everett, quien ya daba señales de molestia por descuidar la supervisión en los Hamptons. Notó que Everett –afuera de la sala de espera– marcaba en su móvil y se lo llevaba a la oreja, con una expresión ceñuda del que era fácil de adivinar que estaba severamente enojado. Los greñudos guardaespaldas de este se desplegaron por las inmediaciones del aeropuerto, con sus dispositivos de comunicación pegados en el oído, mimetizados por los rincones para observar sin ser vistos por los pasajeros y acompañantes que transitaban dentro y fuera de la terminal aérea. —¿Vendremos para Fin de Año? —Jelena, la menor de las hijas de Vesna preguntó a la abuela paterna, sentada a su lado, de brazos cruzados y meditando que algo raro pasaba: Jevrem no los acompañó, Radojka andaba entristecida, Damir preocupado y el bastardo en actitud hosca—. Abuela… —Lo dudo, querida —respondió a su nieta—, no recibimos invitación de tu tío. —Guardó para sí misma las verdaderas razones, Everett los quería fuera de Nueva York por temor a los vampiros; su cobardía era vergonzosa y ella se encargaría de correr en Kenai el rumor del incidente, a ver si los Ancianos –conformados por alfas municipalesy regionales que ya estaban retirados por superar los ciento ochenta años– estarían de acuerdo en que los guiara un sujeto que le temía al enemigo. En algunos estados hubo casos en los que dichos líderes no daban la talla, del cual, su mandato era cuestionado por el pueblo o por los mismos integrantes de su círculo social más íntimo. La acusación era el primer paso para derrocarlo, luego un reto a muerte para arrebatarle el título; por supuesto, el que deseara alzarse con este, debía ser el que lo venciera frente a la manada. Grubana apostaba por Damir o Jevrem, pero su hijo no terminaba de definir sus ambiciones y su nieto parecía estar distraído en otros asuntos. Jelena, al escuchar a su abuela, esbozó una mueca entristecida; ella quería festejar dicha fiesta en la ciudad y no en aquel pueblo olvidado por Licaón. Lamento silencioso que también era compartido por sus otras hermanas; en especial, Andjela, esta no volvería en plan «soltera», aspirando a que algún millonario de buena estirpe –y joven– se fijara en ella y la disputara a su futuro marido, del que la fastidiaba. Los preparativos de la boda seguían su curso, nadie reparaba en su desgana; su abuela le recordaba su metida de pata, su papá ni la determinaba y su mamá dejaba que otros manejaran su vida a conveniencia. La vio brillar cuando su madrastra las gritó a ella y sus hermanas para que se largaran por la ebriedad de Jevrem, pero su mamá gruñó a la otra para bajarle los humos. La desafiante actitud la sorprendió de buena manera, pues siempre andaba con la cola metida entre las patas, sumisa al mandato del que estuviese por encima de ella. Por desgracia, no era como Isabel García que alzaba su voz y se hacía imponer. La habría salvado de tener que caminar al altar para casarse con un idiota. Eso le pasaba por salir de su habitación mientras estuvo con ganas de ser follada. Se topó con el socio de su padre y este le abrió las piernas antes de que ella tomara conciencia de sus actos. Por otro lado, Everett estaba a punto de ir hasta la Torre de Control e hipnotizar a los controladores de vuelo para que despejaran el cielo y autorizaran el acceso a la pista para el despegue de su aeronave, limitados ellos a tener que esperar a que las condiciones climáticas o la programación de vuelo fuesen las apropiadas. En una hora les avisarían y Everett descansaría por esos días de las impertinencias de su hermano y del entrometimiento de Grubana. A esta la tenía entre ceja y ceja. —Ayer o esta mañana, ¿Jevrem les dijo algo sobre ausentarse por unas horas? —preguntó a Luttrell y a Maxwell que se mantenían montando guardia en la puerta, mientras que Tyson se hallaba a diez metros de ellos, con los ojos puestos en los humanos que pasaban frente a él y aguzando el oído para captar lo que al alfa lo preocupaba. —No, señor. Desde el viernes por la noche no lo vemos — respondió Luttrell y el otro lo secundó con un asentamiento de cabeza. Everett frunció el ceño y enseguida miró al fondo del recinto donde Damir se hallaba parado junto a la barra, tomando whisky. Consultaba con cierta intranquilidad la hora en su reloj de pulsera. Entornó los ojos, no se tragaba el cuentico de que haya mandado a su hijo al distrito financiero para cerrar un «trato» con un empresario ruso con el que deseaba estrechar dudosos lazos. Jevrem no era tan irresponsable en abandonar sus obligaciones ni desaparecer sin avisar para atender una «petición» de su padre que estaba fuera del rango de autoridad en el Clan. Su deber primario consistía en la seguridad de Isabel y la supervisión de sus hombres, y en esto jamás falló hasta que arribaron a Nueva York. Algo pasaba y él se encargaría de averiguarlo. Atravesó la sala y se plantó frente a su hermano mayor. Este tragó de una sentada su bebida y luego dejó el vaso vacío en el tope de la barra, tenso por su cercanía. —Ay, hermanito, no me vengas otra vez con tu discurso: ya te dije que «lo siento» por tener que disponer de mi hijo —expresó con un matiz nervioso en su voz. Trataba de hablar relajado, pero falló garrafal. Everett ni parpadeaba, su mirada severa clavada en la de Damir. —¿Dónde está él? —intuía que lo del «mareo» fue un teatro orquestado para ausentarse de la casa sin dar explicaciones. Esa fue la única ocasión en que lo vio desde la reunión que sostuvieron junto con Damir y sus tíos en la biblioteca. Damir esbozó una sonrisa acartonada. —¿Cuál es la urgencia? Ya vendrá. —Everett endureció la mirada y Damir bajó la suya, intimidado de ser sometido frente a su familia—. Otórgame este día y luego te diré. —¿Por qué?, ¿qué pasa con Jevrem? El otro se sentía cansado de tener que ocultar la conexión que su hijo tenía con el depredador. Aun así, se apegó a su libreto. —Me equivoqué al involucrarme con este nuevo socio y Jevrem lo está solucionando; él es mejor que yo para deshacer contratos. —¿Con quién? —preguntó sin creerle; hipnotizarlo de nada funcionaría, Damir aprendió a eludir la verdad así esté coaccionado. Grubana se mosqueó de la actitud tensa de los dos lobos y Vesna ansiaba en su fuero interno que su cuñado le diera una paliza a su marido, a ver si le quitaba lo plumífero. Él pensaba que ella no sabía, pero era muy consciente de sus andadas. —Vas a matarme si te lo digo. —Lo haré si no dices. —Eh… —Damir sonrió a su madre y esbozó una expresión de «tranquila, solo es un asuntillo sin importancia», y sostuvo con aplomo la mirada de Everett—. Con un vampiro. Everett gruñó bajo y Grubana se puso en pie. Lo que sea que estos discutían en voz baja a ella le daba mala espina. —Me parece que ya están anunciando nuestro vuelo, ¿no es así, Damir? —Se acercó a estos para impedir alguna agresión por parte del bruto de Everett. Este resolvía los conflictos con violencia. Damir agradeció con una sonrisa nerviosa la intervención de su madre. —Es lo más probable; aunque me extraña que ningún asistente se haya presentado para informarnos. ¡Cuánta pereza! —respondió siguiéndole la corriente y desembarazándose de la intimidación de su hermano. Pidió al barman para que llenara de nuevo su vaso y solicitó otra para Everett, a pesar de que este ni asintió. Grubana volvió a su asiento, pendiente del reloj y Vesna no apartaba los ojos de esos dos, para disfrutar en primera fila del puñetazo que Everett le estamparía a su marido. Tendría que morderse los labios para no carcajearse cuando cayera de culo al piso. —Es Alexey Kuznetsov —reveló—. ¿Has oído de él? Es dueño de una discoteca muy famosa en la ciudad. Es para… los de su especie… —¿Y tú has decidido invertir en clubs nocturnos? No me creo esa mierda. ¿Qué pasa con Jevrem? Damir miró a sus hijas y a su desabrida Segunda Esposa, y pidió a Everett que moderara el tono de su voz. —Nada, qué incrédulo eres… Jevrem tiene esa capacidad para no dejarse amedrentar. Creí que era buen negocio invertir en esos… entretenimientos, pero los chupasangres son muy quisquillosos. —Y lo enviaste solo a un nido de vampiros. —Kuznetsov es sagaz, pero cauteloso. No hincará sus colmillos en un Brankovic. Hasta ellos tienes sus limitaciones, ni tontos que fueran en meterse… ¡Ay, ¿qué te pasa?, suéltame el brazo! —chilló en cuanto Everett lo agarró y lo jaló fuera de la sala—. No pasa nada, cálmense —se dirigió a Grubana y a sus hijas que se alarmaron con lo que sucedía, mientras que el otro lo llevaba al pasillo a la fuerza. Luttrell y Maxwell bloquearon el paso a las mujeres. Lo que estos discutirían, nadie intervendría. —¡Qué bestia! —Everett aplastó al hermano contra la pared alejado de la vista de las lobas. —Hace años que Alexey vendió los bienes que tenía en Nueva York y se largó a París con su esposa —espetó con los dientes apretados, evidenciando la mentira. Damir fingió sorpresa, pálido como un espectro. —¡¿Halló a Ekaterina?! Vaya, no lo sabía, ella lo abandonó hace… —¡Deja de hablar pendejadas! —lo gritó—. No mantienes tratos conningún puto vampiro ni has mandado a algún lado a Jevrem. Huelo la mentira en ti, estás preocupado como yo de que desapareciera. Lo de ayer…, ¿qué fue todo eso? Damir boqueó, tembloroso. No debía revelar lo que a su amado hijo le sucedía. Lo culparían. —¿Lo del brindis? —¡Sí, lo del brindis! —Bueno, Jevrem se mareó por lo de la champaña. ¿Acaso tú nunca te has caído de la borrachera? Te recuerdo que eras un beodo tras lo de Winona… De ser otro, Everett lo hubiera estrangulado hasta que dijera la verdad. Casos más serios sucedían como para que el jefe de seguridad le diese por beber más de la cuenta y pasar la modorra en la cama de alguna hembra. En su dormitorio no estaba, él lo llamó para que velara por su mujer en su ausencia, pues le angustiaba dejarla sola, a raíz de lo acontecido por lo del depredador y la amenaza de Kerenor. Los hombres que quedaron en la casa eran fuertes, pero lo tranquilizaba si Jevrem permanecía cerca. —Jevrem tiene hasta el mediodía para que se reporte, si no lo hace, lo tomaré como incompetencia o deserción. —No es ninguna de las dos —el progenitor se traicionó a sí mismo en defender su integridad. —Entonces, ¿a dónde fue? —Silencio. Mirada baja—. Damir, aprecio a mi sobrino y me preocupo por él, si sabes algo del que deba saber, dilo. Estás a tiempo de ayudarlo o, de lo contrario, interpretaré tu silencio en que tengo razón y tomaré medidas al respecto. El lobo suspiró abatido. —Te diré, pero a cambio permaneceré en la ciudad. —Requiero de tu presencia en Kenai. —Ellos se las pueden arreglar unos días sin nosotros. —¿Por qué la insistencia de quedarte?, ¿qué pasa con Jevrem? Damir miró de refilón a los guardaespaldas apostados en la puerta de la Sala VIP y luego retornó la mirada hacia su hermano que aguardaba expectante. Lo invitó a caminar a solas, la revelación urgía de alejarse de terceros; era delicado lo que le diría, podría írsele la vida en ello y hasta la de Radojka y su hijo. Pero observó que Everett lejos de condenar a Jevrem, quizás sería el que lo ayudara a enfrentar su padecimiento. En algo estos dos se parecían. Capítulo 18 Isabel se sorprendió de la puerta de la habitación. ¡¿Qué era eso?! ¿De qué material la hicieron? Manifestaba a gritos la crudeza en cómo trataban a las lobas que pasaban por una alteración hormonal. El duro metal se instaló para resguardarlas a estas de los hombres que intentaran propasarse y, a juzgar por los arañazos hasta en las paredes del pasillo, lo intentaron en más de una oportunidad. Miró con reprobación a Milenko, hallándose este a unos pasos detrás de ella, cabizbajo y aprensivo de sus reacciones, pero no le escupió una sarta de improperios, pues daba la impresión de ser una celda de máxima seguridad. —¿Cómo me comunico con Anna, ¿hay algún citófono o ventanilla? —Buscaba sin hallar un dispositivo que le permitiera hablar con la muchacha. —La trampilla —Milenko señaló la tablilla rectangular de unos 15 centímetros de ancho a los pies de la puerta—. Por ahí pasamos la comida; ya sabe, mi señora: la agresividad de las que están… El hombre enmudeció por el leve gruñido que resonaba en la garganta de la híbrida hispana y se abocó en deslizar hacia arriba la trampilla; lo primero que sus fosas nasales percibieron, fue un intenso olor a sexo. Tuvo una pulsación en sus genitales y se reprendió a sí mismo por no utilizar tapabocas para evitar percibir los aromas íntimos, la hembra en celo estaba siendo tomada por un macho. Se puso en pie con rapidez, temiendo que la concubina le diera una paliza, por lo que consideró prudente sacarla de allí antes de que descargara contra él su furia. Un lobo logró apoderarse de la llave que solo Blanka poseía y se introdujo para disfrutar de la jugosa vagina de la lobata. Y Milenko sabía muy bien de quién se trataba. Si eliminaba posibles sospechosos: uno de los integrantes de la casa no se le ha visto desde el brindis. ¿Estaría metido ahí desde antes de que a la niñera la encerraran? —Ahora que lo pienso: en la cocina hay un citófono que comunica con el interior —mintió. El aparato no servía como tal, solo recibía una señal roja que indicaba que la sirvienta quería un macho para que la follara. La comunicación entre el interior de la habitación y la cocina no estaba permitida, debido a que la sirvienta que estuviese en celo se tornaba vulgar al increpar a los demás por su encierro. La elección de estar allí no era democrática, las lobas que trabajaban para los grandes señores tenían dos alternativas para desahogarse: en los bosques o en las celdas-dormitorio. Y las lobas que se hallaban en las ciudades optaban por la segunda para evitar ser asaltadas en la cama. Las que poseían residencias tomaban sus propias medidas para resguardarse del olfato de perpetradores sin control y, las solteras que carecían de un lugar para acobijarse en su descanso, lo hacían en las que disponían sus amos. Isabel no se movió; sus ojos puestos en la trampilla. Ella también percibió… Emitió un gruñido bajo. —Ábrela —ordenó al mayordomo sin dejar de ver hacia el rectángulo metálico fijado por palancas verticales. Sus uñas se volvieron garras, sus ojos amarillos, su sangre burbujeante. Milenko palideció. —Es el olor por las ansias; si me comprende, mi señora — comentó sintiéndose acorralado por la híbrida. La condenada era más dominante que la señora Grubana y la señora Sebrenka. Ella lo traspasó con la mirada como si lo fuese a asesinar. —No fueron «ansias» lo que olí, ahí hay un hombre. ¿Quién es? —Sus incisivos laterales y los colmillos superiores e inferiores se alargaron, y en su ser sus células lobunas batallaban por el dominio del cuerpo humano—. ¿Quién-está-ahí-metido? —inquirió separando cada una de las palabras con los dientes severamente apretados, y el otro se encogió de hombros, tembloroso—. ¿QUIÉN? —¡No lo sé, ama! Isabel temió por la muchacha. —¡ABRAN LA PUERTA! —Aporreó el metal con todas sus fuerzas—. ¡ABRAN! ¿Tienes la llave? —se dirigió al anciano; su voz gruesa por el inminente cambio que sufriría si no acataban con celeridad su mandato. —Le recomiendo que los deje encerrados, sería imprudente interrumpir el coito. La atacarán. —Querrás decir: la violación. Dudo que Anna esté lúcida para aprobar a su galán de cinco minutos. Así que, más de uno saldrá muerto si no abres la puta puerta. Cabeceó, atemorizado. —La llave está en posesión de la señora Blanka. —¿Y usted por qué no la tiene? —lo estudió con recelo. Los mayordomos también tenían un juego o la Llave Maestra que abre todas las puertas de la residencia donde trabaja. —En estos casos: no es prudente… —enrojeció hasta las orejas. Isabel comprendió que, al ser un lobo, actuaría del mismo modo que los otros, queriendo irrumpir a las malas. —¿Quién está con Anna Morris? —inquirió y Milenko balbuceó. De sus labios no se enteraría—. ¿Quién? Hable… —estaba por perder la paciencia. Su abuela María Guadalupe siempre le decía: «entre sinvergüenzas jamás se delatan». Y ese maldito viejo sabía quién estaba con Anna. Las mangas de la blusa que usaba sufrieron un desgarramiento ante el aumento de volumen de su anatomía. Sus hombros y brazos se ensancharon como los de un hombre que alza pesas, la prenda estaba por reventarse de su torso, si seguía el curso de su transformación. Milenko se pegó contra la pared de su lado izquierdo para alejarse en lo posible de la iracunda loba. Jamás había visto semejante comportamiento en una de las hembras de los señores de la casa; ni siquiera la señora Sebrenka cuando fue la Primera Esposa del antiguo amo, el señor Stanislav – del que parte de sus cenizas mortuorias descansan en paz en la perpetuidad del cementerio– los trató de esa manera. La dama siempre se comportó con absoluta propiedad y distancia, manteniendo su porte elegante y excelente dicción al hablar. Lo mismo con la señora Grubana y la difunta Winona, que fue tan sumisa y recatada…En cambio, la concubina era abominable. —No es el alfa, si es lo que p-piensa —tartamudeó—. El señor Everett salió con toda la familia al aeropuerto para despedirlos. ¡Los vi, lo-lo juro!, llámelo si no me cree. —¿Quién está adentro? —inquirió siseante. Aguardó un instante para que le respondiera, pero el anciano se mantuvo hermético e Isabel perdió los escrúpulos al considerar de que se trataba de un lobo de la tercera edad —. ¡Responde! —Con una mano lo alzó del cuello para estrangularlo. —El otro amo. —Un error que más de uno pagaría con su propia vida. ¡¿El otro?! Por la mente de Isabel pasó el nombre del que, si recibía también dicho rango de autoridad, se trataba de… Sala. Brindis. Champaña. El repentino mareo del cumpleañero, la solícita ayuda de Anna. Todo calzó como un rompecabezas. Entre tanto… En la minúscula habitación, el miembro de Jevrem taladraba el trasero de Anna, parados ambos a poca distancia de la puerta de la habitación. Ninguno de los dos reparaba en que la trampilla fue deslizada en más de una ocasión. Faltando escasos minutos para las seis de la mañana, Belkys había llevado una bandeja y pedido que le entregara la de los platos vacíos, del que obtuvo como respuesta un gruñido feroz por parte de Anna, alejando de allí a la sirvienta, junto con la comida, pues ni se atrevió en meter la mano para entregar la bandeja. Al parecer, la alasqueña amaneció de malas pulgas; para la próxima que fuese Rosario o Sandra, quienes se encargarían de alimentarla, el hedor a sexo casi le nubla los sentidos. Anna gemía, el calor insoportable la bañaba en sudor, pero no se quejaba. Tenía aguante y su amante bien que la complacía. Jevrem la tomó varias veces en la cama, en el piso y ahora contra la pared. Empujaba con rudeza su pelvis contra sus nalgas, fue doloroso al principio, la perforación del ano no era como la del himen; en este un falo grueso intentaba meterse en un orificio que se mantenía cerrado y que se iba expandiendo en la medida en que ganaba terreno. Sus uñas rastrillaron la pintura de la pared y sus labios sangraron al morderse para aguantar la invasión, Jevrem ya no la trataba con delicadezas como hacía unas horas, respondía con vehemencia a las exigencias de la muchacha. Anna quería más y más rápido. Su cara reposaba en la pared, sus manos a los lados, al igual que las de su acompañante; ambos unidos de la manera más impura y excitante. La exquisita sodomía la hacía blanquear los ojos, extasiada; no la molestaba ciertas vibraciones que recorrían la pared, ignoraba qué podría ser, aun así, no le importaba, como tampoco escuchaba los gruñidos que provenían del otro lado de la trampilla. De momento, le pertenecía a ese fogoso macho que le ha obsequiado más de un orgasmo; de sus agujeros escurría semen por cantidades, la sometía a una maratón de la que después sería incapaz de caminar, le dolía todo el cuerpo por cómo la follaba. —¡Oh…! —su boca abierta, su respiración errática. —¿Lo soportas? —Él le preguntó jadeante y sin dejar de apalearla, tan entregado a la pasión que a menudo olvidaba que la lastimaba con sus garras o sus demoledoras acometidas. —Sigue… Me encanta… Jevrem sonrió y se pegó más a la joven. Ni un rayo sería capaz de separarlos, se solidificaron. Ni siquiera los aporreos en la puerta. Mientras los dos jóvenes lobos se amaban, Isabel cada vez se desesperaba. Le gritó a Milenko para que fuese por la señora Blanka, a Anna la violaban. Más de uno saldría despedido por obrar en complicidad con el condenado que estaba dentro. ¡¿Jevrem?! ¿Cómo era posible que este la decepcionara de esa manera? Lo había considerado un galante caballero que vela por la damisela en apuros, y resultó ser un hombre como cualquier otro que aprovecha la «ebriedad» de la chica en un bar. En este caso, el celo de Anna, del que le nublaba el raciocinio. Dios… ¿Con qué cara miraría a los padres de esta? Fue víctima de su propia naturaleza y ella sin poder protegerla de sí misma. Se acuclilló para deslizar la trampilla, a la vez en que contenía la respiración y así evitar que los olores íntimos le produjeran arcadas. Había amanecido con el estómago revuelto. El mayordomo trastabilló al subir las escaleras para salir del sótano, calculando que en un par de minutos estaría de vuelta con el ama de llaves y los guardaespaldas que montaban guardia por el perímetro. A estos, el anciano debía ordenarles que usaran mascarillas o se taparan la nariz con pañoletas. Era bien sabido que, si los lobos comunes respondían al olor del orín o los corporales de la loba en celo, bloquear las vías respiratorias era aconsejable para no sumarse al apareamiento. Isabel estaba preparada para transformarse. Si bien, no sería contrincante para Jevrem, le clavaría sus dientes en una pata hasta que recobrara su humanidad. —¡Jevrem, déjala! —acurrucada ordenó contundente al muchacho, pero del interior escuchaba gemidos a través de la trampilla—. ¡JEVREM, DÉJALA! ¡¡DÉJALA!! La potente voz logró colarse a los oídos de la pareja. Ambos quedaron petrificados. —¡¿Es la señorita Isabel?! —Anna se mortificó y Jevrem enseguida salió de su trasero. —Carajo —si Isabel estaba allí, es porque todos en la casa se enteraron. Por extensión, sus padres y abuela… —¡Suéltalo, hijo de puta! —la híbrida gruñó bastante molesta a través de la trampilla—. ¡Hazlo o te arranco el pito cuando salgas! Anna miró angustiada a Jevrem, segura de que su jefa cumpliría con su palabra. Observó su propia desnudez y se avergonzó. ¿Qué excusa le daría? ¿Cómo explicaba la presencia de Jevrem en su habitación? La azoraba lo que Isabel de ella pensara. —Ya lo hizo… —la respuesta de Anna fue estúpida e incriminatoria para el lobo. Jevrem se dirigió al baño para darse una ducha fría y así calmar el fuego que seguía consumiéndolo por dentro. Tendría que dar muchas explicaciones. Isabel quiso llorar, fue como atrapar in fraganti al violador y que la víctima expresara que por fin su padecimiento había terminado. —¿Estás bien? —Molería a los golpes al maldito por haberse aprovechado. —Sí —Anna contestó mientras se envolvía en la sábana que arrancaba de la cama para cubrirse—, e-estoy bien, señorita Isabel, no se preocupe. —Perdóname, Anna, debí estar más pendiente de ti. Mi descuido provocó que esto pasara. La joven se acuclilló para acercar su rostro a la trampilla, hallando desde el otro lado, los ojos anegados en lágrimas de la hispana. —La que pide perdón soy yo, señorita: me dejé llevar y me acosté con uno de los patrones. —¡Él se aprovechó! Tú no tienes por qué pedir perdón. En cuanto Anna se propuso en abrir la boca para replicar, fue levantada sin rudeza por Jevrem, quien la apartó a un lado y este se agachó con la toalla alrededor de sus caderas. Goteaba agua de los pies hasta la cabeza. —Amo a Anna y no me he aprovechado de ella, aunque lo parezca —manifestó tajante. —Desgraciado… —Isabel, estoy enamorado de Anna —reiteró— y me haré responsable de ella, de ahora en adelante. —Eso lo dices ahora, porque te pillé —golpeó la puerta, desahogando su rabia—. Luego la dejas por otra pendeja. No creí que fueras así, Jevrem. —¿Tan difícil es de creer? ¡La amo y me vale un carajo si tú o mi familia se oponen! Anna es mi novia. —¡Es menor de edad! —Soy mayor, los cumplí el mismo día que Jevrem… —la joven aclaró como si Isabel fuese su hermana mayor. En cierto modo, el enojo de la patrona la hacía sentir que le importaba, pero todo esto acarrearía muchas consecuencias. ¡¿El mismo día?! Isabel se apenó por enterarse de esa forma del pasado cumpleaños de Anna, que se sintió culpable por estar pendiente de sí misma. Ella con sus líos con Everett, y Anna pasando dificultades. La tenían confinada al sótano, con las hormonas alborotadas, siendo ninguneada por ser de estrato bajo. —¿Te obligó? No temas responder. —La puerta era la única barrera que se interponía para que Isabel le diera su merecido aJevrem. Anna sonrió, pero como estaba fuera de la vista de Isabel, expresó con claridad: —Yo lo seduje. —Por lo del celo… —Porque quise —manifestó—. No se preocupe por mí, tengo la dicha de ser amada por el hombre que amo… —su declaración la ruborizó y esto a Jevrem le pareció tierno, le provocó apretujarla entre sus brazos; no obstante, se aguantó por la persona que los increpaba. A él le iban a torcer duro las orejas por haberle hecho el amor. Isabel estuvo a punto de replicarle que hablaba por sus hormonas alocadas y que en cuanto se le pasara, lloraría a mares por haber sido utilizada. Pero en el instante se apersonaron los guardaespaldas, la señora Blanka y el señor Milenko. Arriba, en la puerta que da acceso al sótano, Rosario, Sandra y Belkys, miraban curiosas hacia el grupo que se agolpaba al frente de la habitación de la desabrida de Anna Morris. Según lo que escuchó Rosario, del viejo mayordomo, la pueblerina tuvo más suerte que las tres, al tener para ella solita al mejor lobo soltero de los clanes existentes en el país. Vaya envidia. Capítulo 19 Everett y Damir viajaban en el asiento trasero del Mercedes- Benz. El silencio se mantenía sobre ellos como una densa capa que a cada uno los aislaba. A pesar de esto, ambos tenían un único pensamiento: Jevrem. El padre preocupado de lo que a este le pasaría, el tío enojado consigo mismo por todo lo que sucedía a su rededor y, él, en la ignorancia. Aunque este sería el menor de los problemas que recaería sobre él y su familia, no le quedaba claro por qué su sobrino tenía ese contacto tan «cercano» con el depredador de humanos. El jet emprendió vuelo a las nueve de la mañana, transportando a las mujeres que bastante avinagraron a Isabel. Pensar en su ángel lo inquietó, durante días estuvo bajo el cuidado de un muchacho que, tal vez, estaría mal de la cabeza. Aún le costaba creer en la revelación de Damir, ni Jevrem ni Radojka manifestaron aptitudes videntes; de hecho, el mismo Damir se jactaba siempre de «saberlo todo» como si tuviese ojos y oídos en todas partes. El Mercedes transitaban a moderada velocidad hacia Long Island. Al ser fin de semana el tráfico amainó por el sector; el vidrio polarizado dividía la cabina del chófer y los pasajeros en el asiento posterior del vehículo de alta gama. Branimir tarareaba una canción mientras manejaba, sin que los amos lo escucharan o viesen; el vidrio insonorizaba el interior e impedía que otros observaran lo que atrás hacían. El señor Everett solía estar acompañado de féminas a quien follaba o manoseaba sin pudor; por supuesto, aventuras pasajeras que tuvo antes de enredarse con una mujer de temple. Everett se abstuvo de hacer algún tipo de comentario, en precaución por si el Mercedes tuviese algún micrófono; su paranoia aumentaba, debía mirar a cada instante por sobre su hombro, desconfiando de hasta las sombras. Lo de Jevrem lo impactó. ¿Clarividente? ¡¿Cómo, mierdas, era capaz de hacer eso?! Ver al asesino sin estar presente… Giró la cabeza hacia Damir y este le devolvió la mirada; su palidez reflejaba su angustia interna. Aun así, se mantenía hermético, aprensivo de la decisión que Everett haya tomado cuando él optó por confiar en el cariño que este le profesaba a Jevrem. Tuvo un destello de esperanza en el instante en que Everett esbozó una media sonrisa, como si le expresara un: «tranquilo, lo ayudaremos». Sonrió de igual manera y sus ojos se humedecieron, sintiendo que ese peso, del que por tanto tiempo cargaba solo, con otro lo compartía, aliviando sus maltrechos hombros. El auto bordeó la plazoleta y frenó bajo el pórtico de columnas dóricas. Branimir se apuró en abrir la puerta para que el alfa se bajara y luego corrió hacia la contraria para que el señor Damir también lo hiciera. Los dos hombres trajeados –uno con y el otro sin corbata– caminaron con paso soberbio hacia la entrada. Elijah le abrió la puerta y esto a Everett le llamó la atención, lo usual es que fuese el mayordomo o el ama de llaves, pero los servidores no se hallaban para recibirlos. El deber de sus hombres era de montar guardia, no de cubrir las labores que otros desatendían. —Sucedió algo, mi señor —expresó reverente en cuanto Everett cruzó el umbral. Damir pasó derecho hacia la biblioteca, sin preocuparle lo que el guardaespaldas de su hermano tuviera que decir; esperaría por este mientras se tomaba un whisky, lo necesitaba, entre ambos tenían que hallar a su hijo y convencerlo de pasar una temporada con su abuela materna. La experiencia de esta lo ayudaría a superar las pesadillas y las cadenas que lo ataban con aquel sujeto. —Habla —Everett se tensó en el acto y se preparó a recibir una terrible noticia. El hombre cerró la puerta principal y se quedó viendo a Damir que estaba por cruzar el arco que da hacia las salas, pero la sensación de ser observado erizó los pelitos de la nuca de este y se volvió sobre su hombro sin dejar de caminar. —Es Jevrem —respondió y Damir se detuvo en seco—. Él… —¿Qué le pasa a mi hijo? —lo gritó impaciente, yendo hasta el hombre para zarandearlo de las solapas. Everett extendió el brazo e hizo una barrera entre los dos y exigió al guardaespaldas para que hablara rápido. —La señora Isabel lo atrapó en el sótano, abusando de la niñera —contestó con una serenidad que solo era fingida para no revelar a los amos la animosidad que el otro le despertaba por habérsela comido antes que él. Ese virguito debió ser bien rico de perforar de una estocada. Los gemidos adoloridos eran sensuales melodías que jamás se cansaría de escuchar, por mucho que Elijah se haya acostado con otras y gozado de ser el primero en darle en su vaginita. Everett se impactó y Damir esbozó un gesto de desdén. ¡¿Con la niñera?! De modo que allá fue hacia donde había corrido… —¿Isabel? ¿Qué hizo ella, se le enfrentó?, ¿dónde está? — Everett se preocupó, siendo esta vez él quien sacudía a Elijah para que respondiera. —En la biblioteca. Como un rayo atravesó el vestíbulo, seguido de Damir, cuya preocupación era solo por el bienestar de su hijo. El estúpido de Everett lo golpearía por una insignificancia que no valía la pena la reprimenda. —¡Esto no lo esperaba de ti!, ¿cómo pudiste…? —la increpación de Isabel quedó interrumpida en cuanto los dos hombres entraron como un torbellino. Everett se abalanzó hacia el muchacho que estaba tomado de la mano de la lobata, del que a Damir no le pasó por alto, y le estampó un puñetazo que lo mandó contra la estantería de libros a su espalda. Anna cayó al piso por la furia del lobo, Isabel le gritó a Everett para que se detuviera, Damir saltó sobre su hermano y así evitar una desgracia, y el resto de los que se hallaban presente, gritaron mortificados. Se iba a formar la sampablera y ellos en medio de la contienda. —¡Everett! ¡EVERETT! ¡Eve...! Ev… —A Isabel la biblioteca le comenzó a dar vueltas. —¡Señorita Isabel! —Anna chilló al ver que su jefa se derrumbaba por el desvanecimiento que sufría. El aludido se percató de este hecho y en una exhalación extendió los brazos para atajarla antes de que cayera al piso. —¡Isa! —la llamó angustiado, al tiempo en que la alzaba en vilo. Abrió los ojos y parpadeó atontada, pidiendo que la bajara para ponerse en pie. —Estoy bien, ya se me pasó —dijo a Everett que seguía sosteniéndola entre sus brazos—. Fue un leve mareo, aún no he desayunado. Él no la incorporó, rodando los ojos severos hacia la señora Blanka por la tardanza para servir la comida y esta bajó apenada la mirada. En ella recaía la responsabilidad de las funciones en la cocina. —Le pedimos disculpas —Milenko replicó al alfa para ambos salvarse el pellejo—. Lo acontecido con el joven amo ha desequilibrado el horario habitual de la casa. Everett depositó con cuidado a Isabel en uno de los sillones que allí se hallaban y se volvió enojado hacia su sobrino. —Discutamos esto como lobos civilizados —Damir se interpuso entresu hermano y su hijo, Jevrem ayudó a Anna a levantarse y la escaneó por si estaba herida, provocando que esta acción fuese malinterpretada por Everett, quien de un golpe de revés mandó a Damir contra el sillón colindante al escritorio y así quitarlo del camino y lanzarse él contra el otro para dejarlo sin dientes por malograr a la muchacha. —¡Detente, están enamorados! —Isabel exclamó a todo pulmón. Everett furioso era capaz de matar. El puño quedó estático en alto, tan pronto escuchó a su mujer. Entonces, ¿qué fue lo que ocurrió? —Por favor…, solo son un par de jóvenes cachondos — Damir desestimó, enojado por la estupidez de su primogénito—. Ella está en celo, olí la peste de su perfumito desde que me bajé del auto y Jevrem es de los que no dejan pasar un revolcón. Anna enrojeció de rabia y vergüenza por la animosidad del progenitor de su novio, y, también, por el escrutinio del ama de llaves y el mayordomo. Este último recordaba que desde un principio supo que la lobata les daría problemas. —No, papá —Jevrem le contestó airado—. Es más que eso: nos amamos. Damir soltó un bufido y Everett los estudió con detenimiento. Anna Morris se protegía tras él y a este ni le temblaba la voz. —Te dije que te mantuvieras alejado —lo increpó—. ¿Por qué desobedeciste? —No me lo propuse, tío. Solo se dio… —replicó alzando su mentón para mantenerse firme. Tomó la mano de Anna y entrelazaron sus dedos, evidenciando de este modo la disposición a llevar adelante la relación que sostenían, a pesar de la oposición de otros. —¡Cómo te atreves, suelta a mi hijo! —A Damir le parecía inaudito que la sirvienta tuviese las agallas de fijarse en un Brankovic. —¡¡Es mi novia!! —Jevrem gruñó, aferrando sus dedos con los de Anna—. Acepten que ya soy un hombre. —No lo voy a permitir. Esto es… —Basta, Damir —Everett lo interrumpió. —Es mi hijo y, como padre, exijo... —Jevrem es adulto al igual que Anna que ya está en edad casadera —dijo—. Él ya ha elegido hembra. El estilizado hombre jadeó escandalizado. ¡¿Escogido?! —Es una sirvienta… —¿Y? —Isabel se levantó del sillón. Indicó con la mirada a Everett de que estaba bien y se dirigió hacia donde se hallaba la pareja para plantarse delante de estos y replicar al hombre—. ¿Qué tiene de malo que Jevrem se haya enamorado de una empleada doméstica? Anna es una chica inteligente, buena, trabajadora y muy honesta. Muchos hombres querrían tenerla como esposa. La idea le gustó al joven beta, quien sonrió. Pero al progenitor le desagradó. —No mi hijo —espetó—. Es un Brankovic. —Ay, papá, por Licaón… Everett ordenó a Blanka y a Milenko a que se marcharan de la biblioteca, lo que discutirían solo le concernía a la familia. Después se encargaría de hablar con ellos de la participación de estos con respecto a lo que sucedía, como para que Isabel requiriese de la presencia de ambos, junto con los increpados. —¿Estás bien? —Ya te dije que sí… —Isabel le contestó cansina. —Si tienes hambre, puedes ir a comer o te mando a traer el desayuno. —¿Y comer mientras ustedes riñen? Me atraganto. Mejor discutamos lo que pasará con Jevrem y Anna. El desayuno puede aguardar unos minutos. —Aquí no hay nada más por discutir —espetó Damir—. La sirvienta está despedida y Jevrem se marcha a Alaska hoy mismo. —Entonces, Anna se va conmigo, porque no la dejo sola. —¡SILENCIO! —Everett gruñó atronador, enmudeciendo a su hermano y a su sobrino—. Haré dos preguntas y, de lo que respondan, tomaré una decisión. —Se volvió hacia la omega y esta se sintió pequeñita—. ¿Amas a Jevrem? —Ella asintió—. ¿Y tú? —La amo fervientemente. —Esto es ridículo. —Al contrario, Damir: nos están demostrando el amor que se tienen. Dejaron de ser niños, se hacen responsables de sus actos —Isabel replicó a riesgo de que Damir o Everett la mandaran a callar por metiche, pero encontró en su compañero una sonrisa diáfana que le indicaba en que estaba de acuerdo. —Me place de que halles una hembra que te alegre la existencia —Everett comentó a Jevrem, olvidando momentáneo lo revelado en el aeropuerto—. Pero desobedeciste una orden directa de mantenerte alejado de ella. En compensación a esto, tendrás que responder ante sus padres para limpiar su honra. Anna Morris fue entregada a Isabel para que atendiera a nuestros hijos y tú la sedujiste por lo del celo. ¿Creyeron que no lo sabía? Tengo buen olfato —y, al decirlo, observó a la ruborizada muchacha que ni se atrevía a mirarlo. A pesar de ser un ciclo que se daba una vez al año, cada cierto tiempo Anna se aplicaba perfume en exceso y esto se debía a los días en que menstruaba; el despectivo comentario de Damir en el hospital, cuando lo del helicóptero, en la que sacó a relucir el aroma de la omega, a él lo puso en alerta, a pesar de la tristeza que lo embargó por las quemaduras de Isabel. —¿Adónde quieres llegar? —Damir se tensó. —Lo que sea que tenga que pasar con ellos —dijo—. Él se hará cargo de Anna. —¡ES UNA OMEGA! —Papá, feliz soy de… —Ni se te ocurra integrarla a la familia, porque no la aceptaremos. Esa zorra esperó estar en celo para atraparte —las feromonas de las hembras se hacían más intensas durante esta época. —¡No la insultes! —Eres un tonto. Será repudiada por todos, no es de nuestra casta. ¡Oh, hijo!, me deshonrarás si la haces tu esposa. Anna miró consternada a Isabel. ¡¿Esposa?! ¿Y la universidad? —Yo quiero estudiar… —«Ayúdame», le pedía sin articular sonido de voz. Amaba a Jevrem, pero era muy joven para casarse. La híbrida le dio un sutil asentamiento para que se tranquilizara, la comprendía, también rechazó la propuesta de su exprometido, tenía muchos pendientes e inseguridades como para aceptar semejante compromiso. —Creo que estamos llevando esto al extremo —intercedió en medio del grupo—. ¿Hablan de matrimonio? —cuestionó alternando los ojos de Jevrem a Damir—. ¿Siquiera se han dado tiempo de conocerse? —Ya él le conoce todo a esa… —Papá… —lo reprendió, disgustándole el modo en cómo la menospreciaba por su pobreza—. Si nos queremos casar, es asunto nuestro, ¿no crees? Anna sacudió la cabeza y, con ojos azorados, suplicó silente a Isabel. —Cometerás una estupidez. No estás en tus cabales. El comentario de Damir volvió a resaltar la anterior problemática que Everett meditó en el Mercedes, tal vez Jevrem no estaba en condiciones de hacerse de una joven esposa y lidiar con las visiones-pesadillas. Era un testigo clave para atrapar al depredador, lo veía matar, estaba presente en la huida de este para no ser atrapado. Si aprendía a canalizar su don, podría seguirlo en su mente hasta dar con su escondite. Aun así, el amor era un fuerte revitalizante. Y Jevrem requería de esa dosis diaria que todo macho debe consumir para no tornarse salvaje. Isabel a él lo salvó de morir. —No me interpondré entre ustedes dos, ya están grandecitos. Pero no apruebo más escándalos de este tipo. Respeten la casa y formalicen su noviazgo. —¡Me opongo! —No estamos en un juicio, Damir, ni en el Siglo 19. Las castas pueden mezclarse. El otro esbozó un mohín, avinagrado. Lo decía el que se enredó con una humana hispana de barrio pobre. Por supuesto que se oponía, las omegas estaban llenas de parásitos y enfermedades: prueba de ello, los mismos lobeznos de Everett. El mayor parecía un cerdo por lo obeso y el menor con una tara que tendría hasta el día de su muerte. —Nuestro padre debe estar revolcándose en su tumba. A él le desagradaban las mezclas. Bien que sabía Isabel que dicho comentario iba dirigido a ella, pero no le espetó ni exteriorizó su rabia. Se mantuvo fría, sin que ese odioso se percatara de que le afectaba su animosidad cada vez que sacaba a relucir a los ancestros de la opulenta familia, como si fuese una recién conversa que no formaba parte. —¡Pues, que se revuelque! —Everett exclamó enérgico—. Y también que se revuelquen los Ancianos: atravesamos un nuevo milenio, como para seguir siendo retrógrados.Si yo fuera como ellos, ahora estarías llorando a tu hijo. Isabel no supo cómo interpretar la réplica de Everett ni la expresión de Damir, que al parecer comprendía a lo que este se refería. Era una amenaza que venía tejiéndose desde hace tiempo, según lo captado entre los dos lobos. —¿Por qué él debería de haberlo llorado? —inquirió, oscilando la mirada entre Everett y Damir. Ninguno le daba razón, por lo que consideró que debía ser algo serio para que se miraran de esa hosca manera. —Anna, déjanos a solas, tenemos que hablar con tu novio. La joven asintió reverente, pero Jevrem la aferró en su mano, intuyendo lo que este le diría. —Ella ya sabe, si es eso de lo que deseas hablar… —Que se largue y que se marche también Isabel. Esto es tema de machos, no de hembras. —Isabel se queda —Everett fue tajante ante Damir—. Como mi compañera, debe saber lo que es Jevrem. La morena aguardaba a que le dijeran, pasando su vista por cada rostro contraído; por lo visto, hasta Anna estaba al conocimiento de lo que Everett expresaba a su hermano. —Luego lo sabrá hasta el humano que vive más alejado de la ciudad. —¡Oiga, no soy chismosa! —gruñó ofendida a pesar de que la curiosidad hacía mella en su tranquilidad, todos poseían una información de la que uno pretendía excluirla y el otro lo rebatía. Everett se plantó ante su hermano y le perfiló los dientes. —La vuelves a tratar de ese modo y te sello la jeta de un golpe. ¡La respetas! Damir alzó las palmas en una pose de, «está bien, tú ganas, no la volveré a ofender». Aunque su expresión desdeñosa distaba de cumplir con su palabra. —Muy bien, que se entere —dijo con desdén—. Pero debe prometer que de aquí no sale lo que se va a decir. ¡Lo mismo va para ti, muchachita! —se dirigió a Anna, quien asintió a su suegro gruñón. —Si lo tranquiliza: lo prometo —Isabel replicó contenida—. Ahora me pueden decir, ¿qué coños sucede? —Soy clarividente —Jevrem soltó sin más. Isabel ni parpadeó. —Repite, no entendí. —Soy clarividente. Isabel intercambió mirada con Everett, luego con Anna, después Damir, para volver a mirar a Jevrem. Este mantenía la vista en el piso como si lo dicho fuese vergonzoso. Rio incrédula y su risa se languideció al instante, al notar que ninguno bromeaba. Todos se mantenían en su sitio, demasiado tensos como para posar sus nalgas relajadas en los sillones de la biblioteca. El movimiento del pecho al respirar apenas se notaba en cada uno de los presentes; ni pestañeaban por estar atentos a lo que ella diría al respecto; Anna y Jevrem intercambiaron miradas consternadas, Damir con su ceja alzada, tan odioso como siempre, Everett la estudiaba en silencio. Este era el que más lucía preocupado. —¿Y ese era «el tema de machos» a tratar? —cuestionó—. Más bien, parece de viejas sin oficio. ¿Están hablando en serio? Jevrem y Anna asintieron. —Wow. ¡Genial! —¿Qué tiene de «genial» ser una paria? Lo señalarán a dónde vaya —Damir replicó molesto por la ligereza en cómo la híbrida se lo tomaba. —¿Por ser clarividente? Ay, no se pasen… A Jevrem le complació que no se espantara y Anna le sobó el brazo para reconfortarlo, la jefa podría ser una gran aliada. Ella era la conciencia del alfa, la voz de los necesitados. Abogaría por él. —Un metamorfo con visiones es temido por la manada — explicó Everett para que comprendiera la gravedad de dicha situación—. Genera desconfianza, lo relacionan con los Portadores. La otra hizo un mohín sin comprender. —¿Qué es eso?, ¿alguna secta o qué? —Algo así —contestó mientras los otros guardaban silencio—. Son seres que no querrás cruzártelos en el camino. Matan a todo lo que no sea humano. —Y esos malditos no son precisamente «humanos» — Damir expresó sin medir su animosidad hacia esos sujetos. —Luego, ¿qué son? —Cazadores —Jevrem dijo y se ganó el ceño hosco de su tío. Este a su mujer le diría todo, pero a cuentagotas para no angustiarla. Sin embargo, Isabel no tenía que ser un genio en las matemáticas para sumar cada exigua revelación. —Ya veo —comprendió—, son de tener cuidado. Pero ¿qué tienen que ver con Jevrem? También es un portador. Por cierto, ¿y qué portan? —Muchos poderes. Isabel miró sorprendida a Jevrem y este sacudió la cabeza antes de que le pidiera enumerar sus facultades sobrenaturales. —Solo soy clarividente. Ellos son otra cosa. —Ah… —la morena quería preguntar qué tipos de poderes aquellos tenían, como leer la mente, adivinar el futuro o leer el pasado. Pero no estaban allí para hablar de esa gente, sino de Jevrem y su noviazgo con Anna, además del don que este poseía. Everett notó el semblante pálido de Isabel y se preocupó de que tuviese otra recaída. En esta ocasión, lo que discutiría con su sobrino era mejor que ni ella ni Anna Morris estuviesen presente. Capítulo 20 —Señorita Isabel, no es necesario… Anna contestó a la aludida en la medida en que bajaban hacia el sótano. Everett les había pedido que salieran de la biblioteca, pues en esta ocasión hablarían de un tema delicado que, de momento, sería exclusivo para los tres hombres. Isabel notó en los ojos de su compañero que no se trataba de simple machismo, sino un asunto que iba más allá de lo familiar. Sin demoras escoltó a la muchacha, en compañía de Harper y Kevin hacia la celda-dormitorio para que esta empacara sus pertenencias y las llevara a la habitación de la segunda planta. Los guardaespaldas se mantenían rezagados y con tapabocas desechables que el mayordomo les entregó para que no percibieran los olores íntimos que aún fluctuaban en dicho lugar. Anna tuvo que descender sola, mientras que los demás aguardaban en la puerta que da acceso a las escaleras subterráneas, Isabel no la acompañó debido a su estómago revuelto y los hombres tampoco para evitar caer en tentaciones. La joven tardaría unos minutos para recoger sus pertenencias: una maleta y un bolso que una vez gozó de mejores tiempos, y ya estaba encaminada de vuelta hacia su patrona. El personal doméstico las vio pasar, estando la mayoría ocupados con la preparación del desayuno y el posterior almuerzo que iniciaba tras la culminación del anterior. Branislava impuso nuevas tareas a Belkys para evitar que pegara su narizota en las ventanillas de la puerta de la cocina, muriéndose esta por saber si a Anna la escoltaban para asegurarse de no haberse robado nada, ya que, por lo visto, fue despedida por puta. A Rosario, la señora Blanka le asignó desempolvar los álbumes apilados y organizar el mobiliario que desordenaron en el ático en busca de las cajas con los objetos desechados de la difunta Winona. Muchas cosas se trasladaron arriba por órdenes de la señora Sebrenka que no soportaba que se veneraran sus objetos personales como si le hubiesen pertenecido a una santa, y otras por el mismo hijo en sus etapas depresivas. El ama de llaves supervisaba a Sandra en la organización de la habitación que le asignaron a la niñera. Aún le sorprendía la orden recibida por la concubina en el vestíbulo principal, donde ella y Milenko esperaban a ser increpados por el alfa. Fue cauta en acatar el mandato de «buena gana», llevando consigo a una de las sirvientas para el cambio de sábanas y cerrado de ventanas. La preocupaba que la lobata desencadenara una bacanal en la casa, aun así, por cómo apestaba el sótano, el joven amo debió dejarla satisfecha. —Esto es mucho para mí… —Anna expresó en cuanto entró al dormitorio. Era cinco veces más grande al que fue el suyo y mucho más fresco e iluminado. —Es el apropiado para mi amiga —dijo Isabel sonriente y la invitó a que apreciara el interior. Anna hizo un puchero, conmovida por la respuesta de la buena de su jefa, no resaltó que fuese para «la novia del sobrino del alfa» o para «la niñera de los lobeznos del alfa», ni nada por el estilo, solo «para mi amiga». Dejó caer el bolso en el piso y le dio a Isabel un emotivo abrazo con todas sus fuerzas. —Gracias, señorita Isabel. —Llámame Isabelo «Isa», si prefieres. Desde ahora, trátame con mayor confianza. —Lo haré, Isa. Llamar de esa manera a la concubina, le pareció escandaloso al ama de llaves, a pesar de ser ella misma tratada con familiaridad por Everett. Esto Blanka se lo había ganado por los años de servicio y porque fue su nana, el cariño lo motivaba a que ella lo llamara por su nombre de pila. No obstante, entre Isabel García y Anna Morris, dicho lazo de amistad le parecía superficial. Los jóvenes lobos de ahora eran muy confianzudos. Isabel dejó que Anna descansara, tuvo una noche bastante movida y no estaba en condiciones de trabajar. Por su parte, optó por recostarse un rato en su dormitorio, no antes de echar una vistazo a las nodrizas. Lourdes ya se había incorporado a sus funciones y brindado apoyo a Esther con los bebés; aun así, preguntó por Ángel en caso de que este deseara un poco de leche materna; sin embargo, Esther le dijo que se había dormido, agotado de los juegos de su hermano. Erik ya se sentaba por sí solo y se desplazaba más ágil por la habitación, a Ángel le estuvo pasando juguetes que hallaba en su camino y se los quitaba para fregarle la paciencia. Aún este daba lata a su hermanito y a las nodrizas, extrañando a la niñera. Isabel pretendió estar un rato con él para compensarlo, pero de repente las náuseas afloraron, por lo que salió pitada a su dormitorio para descargar lo que en el estómago la hacía sentir mal. Pegó su rostro en el hueco del inodoro y expulsó un líquido amarillento bastante apestoso. Fue poco lo que vomitó; por desgracia, insuficiente para aplacar el malestar. Debilitada, se puso en pie y, como pudo, caminó hasta el lavabo, sosteniéndose mareada. Abrió el grifo y se enjuagó la boca, el agua le sabía dulce y la escupió asqueada por los residuos estomacales que daba mal sabor a su boca. Y, tras hacer gárgaras, se aventó agua a la cara para refrescarla de los sudores que la pegoteaban. Esbozó un mohín por su apariencia demacrada. ¿Desde cuándo que no se sentía así tan apaleada? —Señora, ¿se encuentra bien? —Lourdes se percató del malestar de la patrona y corrió detrás por si la necesitaba. La puerta del baño estaba abierta y Lourdes se tomó la libertad de entrar para asegurarse de que no se desmayara, la patrona olía diferente a lo acostumbrado y esto la hizo levantar suspicacias. —Sí… —respondió con la mirada desencajada. Salió del baño y se sentó en la cama y la mujer le quitó las sandalias, para luego ayudarla a recostarse sobre sus almohadas. —Le avisaré al señor Everett de que está indispuesta — dijo a la vez en que la arropaba con el cobertor del otro extremo de la cama, ya que sobre este se recostó. —No lo hagas —dijo debilitada—, está ocupado en la biblioteca. Esto se me va a pasar, es solo que no he desayunado —y por todo el lío que sucedió con Anna y Jevrem. Lourdes meditó que era por algo más. —En un ratito le traerán un té de jengibre para aliviarle las náuseas. ¿Aún las siente? —Isabel asintió—. Bueno, entonces: con su permiso, le avisaré a Branislava para que lo prepare. —Gracias. —Cerró los ojos y se aovilló sobre su costado derecho para conciliar el sueño. Vomitar era agotador, su cuerpo parecía que pesara toneladas; hasta le costaba pestañear como si no hubiese dormido en semanas. En cuanto se aliviase, hablaría con Everett sobre la implementación de nuevas normas, el personal femenino no podía quedar vulnerable frente a los integrantes masculinos de la casa, debían conocer sus derechos como empleadas y como mujeres. Lo de la celda-dormitorio lo dejaría como alternativa para socorrerlas en caso de un incidente como el de Jevrem. Por supuesto, este se filtró en la habitación de Anna por la atracción y el amor, aun así, dudaba que los demás hombres tuviesen los mismo sentimientos hacia sus compañeras de trabajo. El celo las hacía manipulables y víctimas de sus propias hormonas. ***** —No pretendo que me tilden de impaciente, pero ¿te importaría ponernos al tanto de tus pensamientos? —Damir aupó a Everett, quien desde hacía unos minutos se mantenía ensimismado, con la vista fija en una de las estanterías de libros sin interesarle ninguno de los tomos que allí se alineaban apretujados. Este se volvió hacia su hermano que aguardaba aprensivo a las medidas que tomaría tras lo discutido con él y su hijo, pero en vez de responderle con la prontitud requerida, caminó hacia su escritorio y se sentó en la silla, mientras lo seguían con la mirada. —¿Has percibido alguna seña en particular del depredador? —preguntó a su sobrino, habiéndose este levantado de su sillón en cuanto el tío se sentó detrás del escritorio. Damir seguía acomodado en su asiento, de pierna cruzada y tomando whisky, en su fuero interno estaba por desmoronarse de la angustia. —Si te refieres a «sus rasgos», no. Las veces en que he tenido las visiones, he estado en sus ojos. —«Ves» lo que él ve… —Así es. Everett se encerró de nuevo en sus pensamientos. Un brazo reposaba sobre su estómago y el otro con la mano sobre sus labios en pose meditabunda. Su móvil –en el tope del mueble– sonó, alertando una llamada telefónica; no lo atendió, su mente fraguaba aspectos importantes. Jevrem era la clave para dar con el maldito, pese a desenvolverse como un espectador de las atrocidades del otro; sin embargo, él estaba detrás de sus ojos… —¿Cómo está Ava de salud? Damir casi se atraganta con su bebida y dejó el vaso en la mesita de mármol a su lado, para levantarse en el acto. —Bien, ¿por qué? —le inquietaba lo que querría con su suegra. —La necesitamos. —Estoy de acuerdo —le agradó lo que consideraba una buena idea—. Hoy mismo mandaré a Jevrem en un vuelo privado para que esté unos meses con ella. Así se relaja de todo esto... Everett sacudió la cabeza. —Jevrem no irá a ninguna parte. Va a ayudarme a localizar al depredador. —¿Y para qué necesitas de Ava, si no es para orientarlo en su clarividencia? ¿La piensas traer? —Everett asintió y Damir casi le da un patatús—. ¡¿Estás loco?! Ava tiene arrebatos de… —iba a decir «de locura», pero considerando que Jevrem se hallaba en la misma posición, prefirió callar. Lo lastimaría y, tal vez, lo pondría en una situación peligrosa con respecto a su tío—. Es más aconsejable que Jevrem viaje a Serbia —le hizo ver—, allá estará libre de escrutinio. —La abuela materna de Jevrem vivía a las afueras de Vranje, al sur de Serbia, donde el vecino lobuno más cercano se hallaba a veinte kilómetros de distancia. Era una anciana que apartaron por obligación para cuidar el secreto de la familia. —Sé que es factible que esto ocasione alteración a los Ancianos, pero entre Ava y Radojka ayudarán a Jevrem a identificar al depredador. El joven se mortificó, en nada dominaba el don, y su abuela y su mamá estarían en riesgo de ser descubiertas por los mismos empleados de la casa. —Se supone que soy el más hábil de la línea de videntes, ¿cómo ellas van a ayudarme? Apenas tengo pesadillas… —Ya no —Everett replicó—. Según lo comentado y visto en la Sala de los Lienzos, tuviste tu primera visión sin «soñar». Es algo bueno para atraparlo. Ava y Radojka serán tu apoyo emocional, son las únicas a las que tú les importa, te aman y harán lo que sea para ayudarte. —Omitió expresarle que se requería de ambas por el carácter débil de Radojka. Ava le infundiría seguridad para que compartiera los conocimientos sobre dicho don, Radojka era una mujer que se soltaba en llanto con facilidad y esto perjudicaría la confianza en sí mismo en Jevrem. Fue impactante enterarse que Damir guardaba secretos durante años y hubiesen permanecido así, de no ocurrir los asesinatos. Por instantes, Everett dudaba de la clarividencia de su sobrino, pero empleó la hipnosis en su hermano sin que este se diese cuenta en el aeropuerto, cuestionándole lo revelado. Aun así, comprobó su veracidad, Jevrem era el último de una generación de videntes y el primero en manifestarse enun varón. Sus percepciones cada vez se manifestaban más claras y desconcertantes. No obstante, una pregunta lo aquejaba… ¿Por qué estaban conectados de ese modo? —Everett, cometes un gran error: Ava no es tan estable. Temo que cometa una indiscreción, por eso la mantienen alejada para evitar que la quemen en la hoguera por ser aliada de Portadores. —Correré el riesgo. —¡Imprudente! ¿Qué dirán los sirvientes? Se irán de cotilla por haber varios videntes en la casa. —¡ES MI DECISIÓN! —Sonó las palmas con fuerza en el tope del escritorio, y acto seguido se puso en pie por la misma rabia de ser constantemente cuestionado por su hermano—. Soy el responsable por mi clan y, si tres videntes son esenciales para resguardar la vida de mi gente, así será. Contacta a Boris para que traigan a Ava por cualquier medio. Es una orden. —Sí, señor —Jevrem respondió en cuanto Everett rodó los ojos hacia él. Damir apretó la mandíbula para no gritarle a su hermano, de la locura que pretendía hacer; sin embargo, si lo analizaba con frialdad, quizás lograrían estabilizar la mente de su hijo. Al final, él mismo pretendía mandar a Jevrem a Serbia para que su abuela le diera unas clases de «brujería» lobuna y librarlo de sus titiriteros mentales. Así como también para alejarlo de esa condenada lobata. Aunque, su suegra sería una gran aliada. Ella también era de mano fuerte como Grubana. La sangre de los Brankovic debía permanecer pura. Por lo menos, los de su linaje. A pesar de la orden contundente de Everett, Damir no tuvo oportunidad para lanzar una de sus advertencias, cuando este impuso otra a Jevrem para que lo acompañara a recorrer los parques y jardines botánicos, para rastrear huellas, mientras que Damir se encargaría de avisarle al piloto del jet para traer de vuelta a su esposa y finiquitar también el viaje de Ava Milojevic a Nueva York. La reciente visión –en el brindis– reveló una víctima destrozada en una zona boscosa. Primero se asegurarían de que el depredador no estuviese en la ciudad, porque de estar cazando en otros estados, Everett tendría que solicitar ayuda a los demás clanes para atraparlo. Capítulo 21 —¿Eso es todo lo que hay?, échele más salsa… Isabel preguntó con la boca llena a la señora Blanka. Luego de haberse tomado el té que una de las sirvientas le llevó a la habitación y dormir una siesta reparadora, despertó con un hambre voraz que le hacía gruñir las tripas. Pidió que le sirvieran el desayuno, a pesar de que tendría que desayunar sola en la mesa de comedor, Everett y Jevrem habían salido, Damir seguía en la biblioteca y Anna dormía en su nueva habitación. Aun así, se sentó en la silla que le corresponde al alfa para disfrutar de los platillos acomodados en la mesa, devorando sin reparos de ser observada por el ama de llaves y dos de las sirvientas; Isabel se centraba en su deliciosa comida, le sirvieron medio cordero, una ración de papas gratinadas, una bandeja de muslos de pollo, una cesta de rebanadas de pan, una jarra de jugo de naranja. La ensalada que acompaña al guiso la dejó a un lado, sin apetecerle comer vegetales. Ella era carnívora. —Era todo, mi señora —Blanka respondió ante la exigencia de la hambrienta híbrida. —¿Qué otras salsas tienen?, me gusta jugoso —dijo tras tragarse el grueso bocado que masticaba. Sandra y Belkys contenían la risa, los verdaderos modales de la concubina salieron a flote al no tener a su pareja en la mesa haciéndole compañía. —Hay salsa de tomate, mayonesa, salsa de maíz… —Tráiganme las que haya. Y más papas, se acabaron — alargó el plato para que la mujer lo tomara. Esta lo recibió y enseguida se lo entregó a Belkys para que le sirviera más raciones, a la vez en que Sandra acataba un orden silente del ama de llaves para que fuese a la cocina por el contingente de salsas que había en la nevera. Belkys intercambió una mirada silenciosa con el ama de llaves, la concubina tenía un aroma particular del que, al parecer, más adelante las tendrían a ellas correteando por toda la casa a causa de sus antojos. Se reservaron sus opiniones y limitaron a permanecer estáticas al lado del mueble donde reposan las bandejas con comida. Sandra surtió las papas que quedaban y cambió la jarra vacía por otra repleta de jugo de naranja. Después de semejante atracón, Isabel sonrió satisfecha. Subía por las escaleras para dirigirse hacia el Cuarto de Juegos, se propuso llevar a los gemelos de paseo, ya era hora de tener estos contacto con el mundo, los llevaría a conocer a una buena amiga, era domingo y esta no tenía clases en la academia; de todos modos, la llamó a su móvil por si tenía alguna presentación que estuviesen desarrollando, ahí sí que tendría que postergar la visita y dejarlo para otro día. Pero su suerte estaba a favor, Camila la recibiría con gusto en su casa. Media hora después, Branimir oprimía el timbre de la puerta principal, del tercer piso, mientras que Isabel sostenía a los gemelos, soportando el peso de estos como si fuesen plumas. Erik jugaba con los mechones de su cabello. Elijah y Kevin se mantenían parados al lado del Mercedes- Benz. Everett prefirió movilizarse en dos camionetas junto con Jevrem y el resto de sus hombres, para investigar los recientes ataques. Los tres lobos que acompañaban a la híbrida obedecían sin rechistar a las órdenes de esta; les expresó: «llévenme a SoHo», y hasta ese lugar manejaron sin parpadear. Un jadeo sonó tan pronto la puerta de la residencia se abrió. —¡Oh, por Dios, no lo puedo creer! —Camila se asombró al contemplarla—. ¡Isabel, cómo estás…! —Volvió a jadear, llevando esta vez sus envejecidas manos a la boca, perpleja de la tersidad de la muchacha, a quien observaba de la cabeza a los pies—. Estás… —se fijó en su melena, en su rostro, en sus brazos—. ¡Estás curada! ¡Oh, mi niña…! ¡Oh, mi niña, qué bonita estás! —Sollozó pletórica de alegría, ni un vestigio quedaba de sus quemaduras—. ¡Mi niña! —la apretujó junto con los bebés que esta sostenía en brazos. Isabel esbozaba una amplia sonrisa, feliz de otorgarle a la anciana esa felicidad que desde hacía tiempo deseaba. Ángel y Erik se incomodaron por el fuerte abrazo y emitieron un leve chillido para que los liberaran, pues entre las dos mujeres los aplastaban. Camila atendió al instante, se limpió las lágrimas con las yemas de sus dedos, sin dejar de sonreír de la recuperación de su joven amiga. —Me preocupó que te expusieras a la contaminación ambiental, al querer visitarme, pero no protesté porque pensé que, quizás, te hacía falta salir. Pero me has dejado perpleja. —¿Y cómo me ves? —preguntó socarrona mientras los guardaespaldas, ahí también en el pasillo, contenían una sonrisa por lo bien en cómo la humana se tomó la regeneración de la concubina y esbozaban una expresión de ser lobos recios para intimidar a todo aquel que los observara. —¡Es la mejor sorpresa que he recibido en la vida! — exclamó, apretujando una vez más a Isabel. Pero rápido la soltó, ante los gestos de fastidio de los bebés—. Y mira que he recibido muchas. Enseguida enfocó su atención sobre estos. —¡Cómo están de grandes! —continuaba dando muestras de estar sorprendida, ahora por el evidente crecimiento de los gemelos. —¿Verdad que sí? —respondió Isabel, orgullosa. Cada día, sus hijos crecían varios centímetros. La anciana asintió con la boca abierta por la impresión. Apenas habían pasado…, ¿qué?, ¿un par de días?, y ya lucían como si estuvieran por cumplir el primer añito de vida. —Consuelo preparó la tarta que te gusta, nos daremos un atracón mientras cotilleamos. Pasa, querida, qué gusto de que estés bien y que hayas traído a tus bebés. No puedo creer en esta doble bendición: tú, regenerada, y tus terruños tan grandes… ¿Ellos también van a entrar? — consultó, temiendo que los sujetos con miradas serias comenzaran a comportarse como bestias. Isabel le había dicho antes de que la luna no les afectaba, así que su aprensiónse multiplicaba por mil. Podrían transformarse a cualquier hora. —Permanecerán afuera. —Estaban para escoltarla por si a Everett le molestaba que anduviese sola; siempre le asignaba guardaespaldas para protegerla de lo que fuese, pero como andaba con sus bebés y, Anna seguía con lo del celo, prefirió llevarse a los tres hombres como precaución. —Déjame ayudarte, se ve que este pesa… ¿Muerde? — Camila se ofreció en aliviar el peso de los dos bebés, al alargar los brazos hacia el rollizo, de camino hacia la amplia sala del hermoso apartamento. La casa, de la que tanto se enorgullecía la septuagenaria, era en realidad un dúplex ubicado en un edificio construido en 1940, en una de las zonas residenciales de Manhattan. —Eh… —Isabel cayó en la cuenta de no haberlo prevenido. Los gemelos se comportaban como «bebés normales» estando en compañía de metamorfos; con humanos no sabría determinar si les hincaría los colmillos—. Aún no tienen dientes —rio y en el fondo de su ser sintió alivio por este hecho. En adelante, tendría cuidado cuando comenzaran a dentar; una pregunta pendiente por formularle al doctor Pavlovic para averiguar a partir de cuándo se dejaban llevar por el salvajismo. Sabía que alrededor de los quince años, comenzaban las transformaciones, pero el gusto por las carne humana lo ignoraba. La anciana cargó de buena gana a Erik. Este agrandó los ojos por el cambio de brazos y enseguida su naricita olisqueó el perfume de la mujer. Estornudó. —¡Dios! Este gordito pesa una tonelada —Camila comentó socarrona—. Debes tener la espalda desecha, esos grandulones fueron incapaces de ayudarte a cargar uno — increpó siendo empática hacia su amiga—. Hombres… —Los gemelos detestan que aquellos los carguen por ser toscos—. Isabel respondió en la medida en que se sentaba en el sofá de la sala. En sus piernas reposaba a Ángel que se mantenía soñoliento, el ronroneo del vehículo al transitar por la vía lo durmió un rato; en cambio, Erik ya se removía de las piernas de Camila para deslizarse hacia el piso. —Es muy inquieto, parece que quiere gatear. ¿Lo dejo? — Camila fue cauta en preguntarle a Isabel, puede que fuese quisquillosa en referencia a los microbios y le desagrade que sus hijos se ensucien. Así suelen ser las primerizas. —Temo que te haga un daño, tienes cosas muy bonitas. — Y fáciles de romper; por extensión, Erik podría lastimarse con un fragmento roto. Su curiosidad lo impulsaba a moverse rápido sobre sus rodillas y manitas, queriendo tocarlo todo y llevárselo a la boca. Aquí meditó que debió traer a las nodrizas, pero como prevenía reacciones inesperadas por parte de estas, evitó solicitar sus servicios. Ella tenía que aprender a desenvolverse con sus pequeños. —Es solo de alzar esto y esto… —Camila levantó un florero de cristal tallado de la mesita central de la sala, del que contenía un hermoso arreglo floral de rosas rojas, y lo dejó en el centro del comedor de ocho puestos, cuyo tope era de un grueso vidrio cromado. Isabel observó los múltiples adornos de porcelana, acomodados en una repisa que se alzaba en la pared sur de la sala y se preocupó de que Erik fuese hasta allá a querer agarrar alguno de estos; imaginó un trágico escenario, y de inmediato lo llamó para capturar su atención. Erik se detuvo y acomodó sus nalguitas en el piso para mirar a su progenitora. —Ven, mira esto… —con una mano, Isabel sacó su móvil del bolso para mostrarle un vídeo de muñequitos que a él le gustaba ver por You Tube. —¿Te apetece una copita de vino? —Sigo lactando… Camila se golpeó la frente por no haberlo tomado en cuenta; aún se adaptaba a la idea de que Isabel había parido dos bebés en un período de quince días. —¿Juguito?, ¿con qué te quieres comer la tarta? —Ni para qué ofrecerle café, la bebida caliente era contraproducente en la lactancia, pues afectaba la digestión de los infantes. —Malteada, si no es mucha molestia. Me provocó… La anciana sonrió y, alzando en brazos a Erik para no angustiar a la madre por todo lo que decoraba la sala, se dirigió a la cocina y le pidió a Consuelo que lo preparara. Mientras el pedido se batía en la licuadora, Camila le sugirió a Isabel hablar en el estudio; allí no había objetos que representaran un peligro para los pequeños, aún ella sorprendida del acelerado crecimiento de Ángel y Erik, que se salía de toda comprensión, a pesar de que para Isabel era como si fuese natural que esto pasara. Pero no lo era y la joven madre bien que lo sabía: Erik superaba por diez centímetros a Ángel, quien ya estaba consciente de dónde se hallaba y también con ganas de gatear. Isabel lo bajó, pero antes palpó el piso de terracota del estudio por si estaba frío; le dio gusto de que la calefacción aclimataba el ambiente y a continuación le quitó los calcetines a Ángel para que tuviese mayor apoyo para desplazarse, en caso de que la fuerza motriz de sus piernitas lo impulsara a seguir al mayorcito. Erik ya se sentaba sin caerse de espaldas y gateaba con soltura, y Ángel comenzaba a saltar sobre su barriguita, pataleando ansioso para alcanzar –aunque fuese de esa manera– a su hermanito. Las dos mujeres también se acomodaron en el piso, previamente habiéndose quitado las sandalias. Recostaron sus espaldas contra uno de los paneles de espejos que rodeaban el estudio, mientras que los gemelos se desenvolvían a sus anchas. —Qué hermosos tus hijos, Isa, son tan inquietos y adorables. Me recuerdan a mi Emily, a esa edad… Isabel le sobó el brazo en un gesto empático por la tristeza que envolvió a la anciana, pues, como madre sufriría si perdiera a uno de sus hijos. La niña murió a la tierna edad de seis años, de leucemia linfoide aguda, hacía cuarenta años; la sonrisa de un niño, las fiestas navideñas, el Fin de Año, las celebraciones de cumpleaños o aniversarios..., eran dolorosas para ella por su ausencia. El cáncer no perdonaba ni a las criaturas más puras. —Era bella —expresó con sinceridad en referencia de los hermosos portarretratos de plata que se exhibían en el tope de la chimenea en la sala y en las estanterías dispuestas para las fotos de los familiares. De los rasgos envejecidos de Camila aún quedaban rastros de la belleza que tuvo en su juventud y le había heredado a Emily. Camila asintió; sus ojos cristalinos. —Era preciosa, tenía hoyuelos —puso sus dedos índice en la parte baja de sus mejillas y sonrió melancólica. Erik rio divertido al encontrarse de frente con «el niño» del otro lado del espejo de la pared norte del estudio y lo invitó a jugar. Posaba las manitas en su propia imagen sin reconocerse que era él mismo, trataba de tocarlo sin conseguirlo. Reía porque el otro reía. Al menos se divertía de ese modo. Ángel quiso unírseles, apretó sus labios y se esforzó en apoyar sus manitas en el piso. Intentó dar un pasito, cayó de pancita, Isabel se llevó las manos a la boca, su ángel estaba a punto de gatear y ella lo presenciaría. Rápido sacó de nuevo su móvil y apuntó la cámara para grabarlo, Everett tenía que verlo, era el momento que esperaba sucediera, había tardado un poquito, pero ya lo estaba intentando. El esfuerzo del gemelo pequeño borró la tristeza que cayó como plomo sobre Camila, esta rio jocosa y aplaudió emocionada. Exclamó unas arengas para animarlo, Ángel volvió a apoyarse sobre sus palmas; esta vez el peso de su cuerpito se repartió sobre sus rodillas. Sus brazos temblaron, pero las alegres exclamaciones de su progenitora y de la anciana, lo animaron a poner adelante la manita derecha y la rodillita izquierda, y luego la alternó con la del lado contrario para dar su primer gateo. Isabel y Camila aplaudieron jubilosas. —Déjalo que descubra el mundo por sí mismo —Camila detuvo a Isabel de ponerse en pie para colmarlo de besos. Estaba muy feliz. Isabel lloró de alegría mientras filmaba a los gemelos. Ángel vacilaba en gatear, pero el juego de su hermanito con «el otro niño», lo impulsaba en acercarse. Consueloentró al estudio, portando una bandeja con dos vasos de malteada y un plato con varias porciones de tarta, y se dirigió hacia donde ambas mujeres se hallaban sentadas. Dejó el pedido en el piso a petición de Camila y las dejó solas para que hablaran con libertad. A Isabel se le hizo agua la boca. —¡A darnos un buen atracón! En cuanto Camila la animó a que tomara su porción, Isabel así lo hizo y sorbió gustosa la malteada y luego le dio un gran mordisco a la tarta. Lo que Consuelo trajo era muy poquito para el hambre que cargaba, engullía con voracidad. Las porciones desaparecían de sus dedos en segundos. —Te noto rozagante, Isa —observó su semblante—. La maternidad te sienta bien. —Me hace feliz —expresó y dio otro sorbo a su malteada, alternando con la tarta. —Qué bueno —sonrió—, después de tantas amarguras, por fin el sol sale para ti. La sonrisa se ensanchó en la hispana, era cierto: se reconcilió con Everett y sus nenes cada día crecían sanos y fuertes. Paseó la mirada por el estudio, Ángel y Erik perdían interés en el niño del espejo y se centraban en gatear hacia el otro extremo del estudio. Isabel observó la barra de calentamiento que había frente a ellas, provocando que soltara un suspiro. Cómo extrañaba ponerse las zapatillas… Camila notó su melancolía. —¿Cuándo volverás a la academia? Las niñas te extrañan. La joven se encogió de hombros a la vez en que sorbía de su malteada. Ya la llevaba por la mitad. —No sé, tengo a los gemelos. —¿Y? —la otra desestimó, dejando el vaso sobre la bandeja—. Ni que fueras la primera mamá trabajadora. Además, tu prometido tiene dinero, que pague por una niñera mientras trabajas. —Ya tengo —respondió. Una niñera, dos nodrizas, siete guardaespaldas, un chofer, una cocinera, tres sirvientas, un jardinero, dos ayudantes; más el ama de llaves y el mayordomo. Muchos empleados. —Llévalos, si así lo prefieres, y con tu niñera. De ese modo estarás tranquila. —No sé… —Eres la dueña. Nadie te va a regañar por llevar a tus bebés. Dispón del despacho para que ellos estén cómodos. Hasta podrías instalar un televisor… ¿O es que tu prometido te prohibió trabajar? Dime y le tuerzo las orejas. La amenaza le causó a Isabel una leve sonrisa que distaba de ser risueña. —Ya no es mi prometido, ¿recuerdas? —A parte de que ella lo convenció de esperar seis meses para determinar si eran capaces de aguantarse con el paso del tiempo. Camila se increpó a sí misma por su mala memoria: a raíz del lío ocasionado con lo del empeño de la sortija, el compromiso fue cancelado. —Cierto, disculpa —se apenó—. Pero ¿dejarás de dar clases? Te aconsejo que te mantengas activa, el sedentarismo no es bueno para una bailarina. —Dejé de serlo. Camila negó con la cabeza, llevándole la contraria. Conocía bien los sentimientos de la muchacha: muchas veces lloró de frustración por su físico y, a pesar de esto, fue la mejor. —Aún lo eres en mente y corazón —manifestó—. Es tu pasión. ¡Respiras danza, mi niña! No la abandonaste después de todo lo que padeciste, seguiste como profesora de ballet; cada tarde ejecutabas tus rutinas en los salones; ese candor sigue en ti, no lo sueltes porque aún eres esa bailarina que desea brillar sobre el escenario. Isabel perdió el apetito, dejó el vaso al lado del que se hallaba casi completo y sacudió las migas de sus dedos, lamentándose en su fuero interno de esa época que no volvería. —Ese tiempo ya pasó para mí. —Pasará en unas décadas cuando estés vieja y tullida. Eres joven, con un talento enorme para expresar los sentimientos a través de la danza clásica. No te escudes en tus hijos o en el padre de estos. ¡Adelante!, continua con lo tuyo. —Como profesora, porque… es debido a esto por lo que me das ese discurso motivacional, ¿cierto? La anciana sonrió con picardía. —Muchas chicas querrán tener la suerte que tienes. ¡Claro que sí, tonta! —la reprendió cuando ella puso cara de «vamos, sabes por todo lo que he pasado»—, puedes continuar en la academia y seguir soñando con lo que pudiste ser, o tener una segunda oportunidad y triunfar. Isabel la miró cautelosa. —¿Qué oportunidad? Camila se levantó y, descalza, se puso en posición para iniciar una improvisada ejecución. Sus delgados y aún firmes brazos se ondeaban en la medida en que subían alineadas a la altura de los hombros, aleteando suave como si fue un elegante cisne blanco. Ella una vez brilló. —Konstantin Zaitsev abrirá audiciones la próxima semana para su universidad —le explicó a la vez en que arqueaba de forma grácil su cuerpo—. Deberías presentarte. —Ni siquiera terminé la escuela… —Tienes el nivel de una Bailarina Principal. No lo dejes pasar, porque después te arrepentirás. Tus ejecuciones son impecables; por eso aquellas malditas te hicieron la vida imposible: envidiaban tu talento. Isa —se detuvo tras su demi-plié, sus rodillas semiflexionadas se pusieron rectas—. ¿Aún te afecta las humillaciones que te hicieron pasar?, porque, si es así…, no te presiono. La joven cabeceó y sonrió. De aquellas quemaduras sufridas a raíz del accidente, emergió una nueva Isabel como si fuese un ave fénix. Ella ahora era fuerte. —Déjame consultarlo con Everett —dijo y Camila puso los ojos en blanco—. Él no me ha prohibido nada, pero estamos juntos y tenemos bebés. Tendría que exponerle mi deseo y de cómo lo llevaré a cabo sin que afecte la tranquilidad de mis hijos. —Además de estar segura de que ellos volverían a Denali, Everett era hombre de montaña, su permanencia en la ciudad sería temporal. Por más que él accediera a que retomara la danza, no sería por mucho tiempo. Esto podría alzar un nuevo muro entre los dos. Capítulo 22 El punto donde comenzaron a rastrear fue en el lugar en que hallaron a la última víctima del que se tenía noticias. Everett y Jevrem olisqueaban la tierra y los adoquines del cual aún permanecía la cinta amarilla de «NO PASE», pero sin un policía que resguardara la escena del crimen. El equipo de forenses, días atrás, ya había recogido toda evidencia que estos creyeran les servirían para investigar el caso: tomaron fotos de huellas de manos, pies y hasta de zapatos, marcadas unas con sangre y otras con tierra de los rosales cercanos. Luttrell, Harper, Colton, Maxwell y Tyson, peinaban cada metro cuadrado de los alrededores por si alguna evidencia se le pasó a la policía. La zona estaba despejada de molestos humanos, los cuidadores del extenso jardín aún no recibían el permiso de reapertura; la policía había emitido una orden de mantenerlo cerrado a los visitantes hasta que ellos consideraran conveniente, y esto a los metamorfos les favorecía. El lugar exacto donde hallaron el cadáver mutilado seguía intacto: tierra revuelta, salpicadura de sangre seca y el hedor a muerte. —Ni un puto pelo… —Maxwell se quejó mientras revisaba entre el follaje de unas magnolias. Luttrell asintió a este hecho y, Tyson, quien permanecía vigilante para resguardar las espaldas a su alfa y a sus compañeros, rodaba los ojos de un extremo a otro. Everett, conocedor de la habilidad de su sobrino, les pidió a sus hombres que aguardaran en las camionetas, no explicó sus razones, ni los otros solicitaron explicaciones, lo que el alfa ordenara, ellos acataban. —Hazlo. Jevrem miró a su tío y frunció el ceño, no entendió lo que pedía. —Rastrea. —Debió untarse de barro, porque perdimos el rostro. Solo quedaron esas huellas… Everett se acuclilló para observar la mano ensangrentada y parte de una pata de animal marcada en los adoquines, ahí fue donde hubo un cambio de humano a lobo. —Con tu mente —dijo—. Pon tu mano ahí —señaló la huella y Jevrem arqueó las cejas. Él no era una máquina de tener visiones. —Tío, yo nunca lo he hecho… —apenas era una antena receptora de lo que ocurría en alguna parte de la ciudad. —Eres clarividente —manifestó con tranquilidad, sobre su nariz reposaba sus lentes oscuros, y su cabellera recogida en una cola baja—. Trata deubicarlo. Si «ves» en tiempo presente, podrás descubrir dónde se oculta. Lo que menos quería Jevrem, era estar una vez más en los ojos de aquel sujeto, pero dicho modo los ayudaría en acelerar la investigación, el depredador logró evadir el olfato de un grupo de lobos que percibían una gota de sangre desde kilómetros; ni siquiera Everett con su agudeza nasal percibía el olor del pelaje; la que fluctuaba le pertenecía a la víctima que ahí estuvo. En estado de tensión, el joven posó la palma de su mano sobre la que se hallaba estampada en el piso, cerró los ojos y se concentró para captar «eso» que los videntes «veían» en sus mentes; sin embargo, lo único que captaba era la oscuridad a causa de sus párpados cerrados. —No sé hacer esto, lo siento —nada veía, como vidente daba lástima. Everett le dio una palmada reconfortante en el hombro y luego se puso en pie, sin estar enojado. Habría sido estupendo que a la primera hubiesen dado con el maldito, fue una suerte que quiso correr sin lograr buenos resultados; la amenaza de Kerenor aún resonaban en sus oídos, los vampiros no toleraban alteraciones de este tipo en sus terrenos, la expulsión de otras especies se efectuaría al cortar cabezas. —Bueno, ahora toca dar con la siguiente escena del crimen. ¿Describe la visión que tuviste ayer? —Solo vi matorrales… —Debiste ver algo más. Jevrem trató de recordar, las imágenes volvían a él como flashes sin ser visiones. Apenas estuvo unos segundos dentro de aquellos ojos: recordó el horror de la mujer, sus gritos, su torpeza al correr. Se halló sola entre el follaje verde, tropezó con un tronco. ¿Qué árbol era? Olía a mar… Apretó el ceño para retroceder ese momento, Everett no lo aupaba, tenía la paciencia suficiente para aguardar por su descripción, sabía que era difícil para su sobrino que casi enloquece. El mismo Jevrem le contó lo de su «sonambulismo», una parte de Everett sospechaba que era él, pero la angustia de Damir lo motivaba en dar una oportunidad a la inocencia de su hijo. El cadáver del sujeto desmembrado, le haría determinar si Jevrem decía la verdad o mentía. Cuando una persona es asesinada, el cuerpo de la víctima revela la hora aproximada de su muerte, las evidencias de lucha y el salvajismo cometido para matarlo. Todo esto era primordial para confiar plenamente en el muchacho. De momento, obraba a favor de este el tiempo en que estuvo en casa; si el cuerpo de la mujer presentaba una descomposición de más de veinticuatro horas, Jevrem era el depredador, y lo sentía por Damir y Radojka, él tendría que entregar la cabeza de su sobrino a los vampiros. Por ningún motivo lo tendría cerca de los suyos, incluso, aprobó su relación con Anna. De saber los de su «sonambulismo», habría enviado a la lobata a Alaska. De vuelta a las camionetas, el nivel de frustración pesaba sobre los hombros de Everett. No lo reflejaba, meditaba con frialdad cada movimiento hecho por Jevrem; si en realidad fuese un clarividente, lo atacarían visiones en el que revelarían el rostro del asesino de humanos. Pero de esta facultad nada se manifestaba y Everett no tendría por qué dejarse llevar como para sentenciar a su sobrino por no ser bueno en lo suyo, puede que le estén diciendo la verdad; de momento le seguía la corriente. Si al final del día no lo convencía, él mismo lo acabaría. Cuando estuvieron a solas en la biblioteca y le reveló delante de Damir, lo de la pierna desgarrada, lo dejó frío. —Recorran toda zona arbórea cercana a las bahías — ordenó a Tyson, Colton y Harper—. Ustedes dos —se dirigió a Luttrell y a Maxwell—, comiencen por el Battery, tengo un leve presentimiento. —No pidió que siguieran peinando el jardín botánico, la pierna humana hallada por Jevrem fue devorada por los leones del zoológico del Bronx; él mismo la aventó a los felinos para eliminar rápido esa evidencia. Tampoco ordenó investigar por allá el cuerpo de la mujer, la certeza de «lo percibido» por Jevrem, del olor a salitre en la oscuridad de la noche, indicaba que la socia de Damir fue atacada por las inmediaciones al mar. Por extensión, limitaba a sus hombres con la información necesaria para que obedecieran sin hacer preguntas, estos ignoraban sobre la clarividencia de su sobrino, solo Isabel, Radojka, Anna y Damir eran lo que estaban al conocimiento—. Jevrem, me acompañarás a la estación de policía, a ver qué conseguimos… —intercambió mirada con este, en realidad la visita que realizarían a ese detective entrometido era para que el joven tocara el cadáver recién hallado y así tener mayor suerte con lo de las precepciones extrasensoriales. Jevrem asintió con una expresión de agotamiento emocional; pese a que se sentía inútil como vidente, estuvo de acuerdo con su tío, puede que alguna energía residual percibiera en dicho cadáver. Los guardaespaldas emprendieron la marcha hacia los puntos señalados, mientras que, por esa tarde, Jevrem fungiría de chófer para su tío. Este viajaba en el asiento posterior, las ventanillas estaban cerradas para aminorar los ruidos producidos por los claxon de los vehículos en su transitar por la autopista hacia la Estación 46. Everett consideraba que su agudeza auditiva era una desventaja en las urbes, la cacofonía de sonidos lo aturdían de la peor forma que a sus hombres. Estacionaron en la parte permitida para los ciudadanos y se bajaron con parsimonia. Un pastor alemán que era llevado de la correa por su guía le gruñó a Everett, pero este lo miró de soslayo y enseguida el pobre animal gimió asustado, metiendo la cola entre las patas, al darse cuenta de que el hombre que pasaba por su lado no era humano. Dentro del edificio de cuatro pisos, Frank Pittman rezongaba sentado en el inodoro, por su infructuoso interrogatorio a las diez principales Revistas de Farándula, cuyos portales en la red publicaron lo del aeropuerto de Alaska. Ni los editores en jefe ni los reporteros de pacotilla sabían nada sobre el tal Everett Brankovic. A estos los amenazó para que les diese todo el material recopilado sobre lo que tenían del mafioso. Por desgracia, ni la dirección de la casa sabían. Frank hizo un quejido adolorido mientras defecaba, el arroz chino y las costillas agridulces golpearon su estómago; había almorzado horas después a su horario habitual, tras la frustración con esos amarillistas que, más bien, tendrían que pedir una orden de cateo para requisar sus oficinas de arriba abajo, porque daba la impresión de encubrir a aquel sujeto. Se limpió y salió del cubil del inodoro para lavarse las manos; mientras las enjabonaba, tenía esa sensación de haberse olvidado de algo, pero no sabía qué, cada vez que pensaba en el escondrijo de esa rata de origen serbia, a Frank le daba un vuelco a su corazón como si el miedo lo invadiera. ¿Por qué a nadie le parecía raro todo lo referente a ese sujeto? Terminado de formularse esa pregunta, arrojó el papel absorbe a la papelera y salió del baño, meditando en que tendría que volver a centrarse en el pulgoso rabioso que le causaba quebraderos de cabeza. Si le mordía el culo a alguien más, su jefe a él… Frank se detuvo en seco en cuanto se percató del hijo de puta que estaba sentado frente a su escritorio. Pero ¡¿qué demonios…?! Llevó su mano al arma que tenía enfundada en su cinto, pidiendo con la mirada a sus compañeros en que hicieran lo mismo para apresarlo. Sin embargo, la tranquilidad en cómo estos se hallaban tomando café, leyendo algunos expedientes, hablando al teléfono, lidiando con personas que denunciaban robos…, lo cohibió de causar un enfrentamiento innecesario. Por algún motivo ese maldito se había presentado. Tragó saliva y se llenó de valor, yendo hasta este. —Señor Brankovic —lo llamó con desdén en la medida en que se acercaba, esa sensación volvió a azotarlo como un déjà vu y no tenía idea de por qué—. ¿Vino a entregarse? —¿Por qué lo haría? —respondió con parquedad, luciendo de punta en blanco de la cabezaa los pies; detrás de él lo custodiaba un veinteañero que se le asemejaba. A Frank le pareció curioso. ¿En qué otra parte vio a ese joven? Dónde… Ahí estaba el déjà vu, aguijoneando su estómago. Con ademanes toscos y un tanto temblorosos, el rollizo detective se sentó en su silla; esta crujió por el peso y descendió unos centímetros, su enorme trasero casi se desborda por los laterales del asiento. —Por los cadáveres que dejas esparcidos por la ciudad, gracias a tu perro. ¿De qué raza es? —No tengo perro y a nadie he matado —respondió sin alterar la voz. —Póngale bozal —ignoró su respuesta, insistiendo en que era el dueño del can que eliminaba los sujetos que él señalaba—. ¿Sabías que es un delito poseer animales sin supervisión? —¿De qué se me acusa? —¿No ha visto las noticias? —Frank preguntó mordaz mientras miraba al agente Martínez procesar a un chico de unos diecisiete años por microtráfico de estupefacientes. Estos ni lo determinaron, tampoco el resto de los que se hallaban presente como si no se diesen cuenta que el mafioso estaba allí por su propia cuenta. —Mis ocupaciones me impiden estar pendiente de los noticieros, por favor, infórmeme al respecto. Al detective le provocó soltarle una increpación, pero la mirada hosca del joven veinteañero lo intimidó. Sus piernas temblaban al igual que sus manos, del cual tuvo que empuñarlas para controlarlas, su corazón palpitaba acelerado, siendo una señal de advertencia, él no era de los que se intimidaban por un matón de traje y corbata, pues mandó a algunos a la cárcel. —No le informaré lo que usted ya sabe: ha matado a muchos por sus negocios sucios; todas las víctimas están relacionadas con asuntos de contrabando animal o cacería, pero esto debe ser una fachada, tal vez eran socios y usted los aniquiló para obtener mayor ganancia. Pagará por los asesinatos. Everett sonrió perverso y Frank luchaba por controlar su nerviosismo. Una bala le pondrían en el entrecejo en un abrir y cerrar de ojos. —¿Negocios sucios? —Everett rio—. No soy criminal, soy inversionista. —¿Ahora lo llaman así? —Drogas, tráfico de armas, trata de Blancas, robo de niños… ¿En cuántas porquerías estaría relacionado? —No espero que me crea, no he venido a ponerme bajo arresto. —¿Entonces, ¿a qué? —A ver un cuerpo. ¿Cómo se llama el que descubrieron en el jardín botánico? —Oscureció su mirada. —Bryson Green —contestó y enseguida el detective se sorprendió por vomitar la información—. ¿Usted cómo sabe?, ¿lo mató? —No, pero quiero verlo. El detective lo miró incrédulo por la desfachatez con la que le ordenaba ir hasta la morgue y robarse el cuerpo como hizo con el del hermano de aquella zorra en el hospital. Se puso en pie en el acto y llamó a varios de los agentes, pero estos seguían en lo suyo como si Frank estuviese ausente. —¡Martínez! ¡Lewis! —Su corazón bombeaba adrenalina. Sus gritos de repente tuvieron ecos que provenían de su propios recuerdos. Se vio a sí mismo bajo otra situación en la que apuntaba su arma hacia ese sujeto que había ido a buscar a Isabel García, mientras toda la estación estaba paralizada. Casi se orina en los pantalones, ¿eran recuerdos reales o infundados por ese greñudo barbón? —Cállese —Everett le ordenó sin levantar la voz. Frank cerró la boca como si una fuerza invisible lo obligara. Abrió los ojos desmesurados y hacía el esfuerzo por gritar. Intentó caminar, pero había recibido otra orden de permanecer inmóvil. Tembló. Volvía a suceder. Everett se levantó y se acercó al detective que lanzaba increpaciones para sus adentros y unas oraciones por si moría. —Lléveme hasta la morgue —pidió tajante, nadie reparaba en lo que sucedía. Actuando como si fuese un muñeco gordo al que le dan cuerda, Frank se dirigió hacia el área de la morgue sin que sus piernas obedecieran a su voluntad; se movían como si tuvieran vida propia, lo conducían por los pasillos, subiendo escaleras y atravesando puertas sin que nadie en el edificio sospechara lo que pasaba. Al llegar, sus labios se movieron, igual de independiente que sus extremidades inferiores y superiores; era su cuerpo y a la vez no. Parecía poseído. ¿Qué le hizo el maldito? —Está ahí —señaló hacia los cubículos en que guardaban los cadáveres. El forense abrió la boca para preguntarle al detective quiénes eran esos sujetos, si se trataba de agentes de otra estación o del FBI, pero de inmediato quedó paralizado por la hipnosis de Jevrem. —Abre —pidió Everett al forense. Este abrió el cubil de la nevera de la segunda hilera a la izquierda y extrajo una bandeja que contenía una bolsa mortuoria. Descorrió el cierre, mostrando en el acto el cadavérico rostro de la víctima del jardín botánico. Jevrem recordó los gritos de este en su cabeza. —Háblame de él. —Hombre caucásico de treinta y siete años —dijo el forense con la mirada vidriosa—. Sufrió politraumatismo, desgarramiento de miembros inferiores y múltiples mordidas de animal desconocido. Se presume que son de lobo, pero el tamaño de las incisiones es el doble de grande a lo normal. —¿Cuánto tiene de muerto? —Treinta y seis horas aproximado. Más allá de lo que el forense le informara, no había nada que Everett no haya descubierto por sí mismo. El cuerpo del humano estaba preservado, perdiéndose los olores dejados tras los desgarramientos del depredador. Jevrem intentó obtener alguna visión al posar su mano en la frente del cadáver, pero no vio nada, se avergonzaba de estar cada vez negando con la cabeza por su «ceguera mental». Treinta y seis horas…, Everett meditó mientras observaba el cadáver; según sus cuentas, Jevrem pudo haberlo atacado. Él despertó en el zoológico a pocas manzanas del jardín botánico. —¿Qué otro cuerpo se halló en estas mismas condiciones? —A ver si tenían éxito en dar con Megan Gilmore. Si ella fue atacada en el mismo lapso, de la estación Jevrem no saldría vivo. Justo en el momento en que el forense se disponía en informarle de los que hallaron en Central Park, el móvil de Everett repicó en el bolsillo interno de su chaqueta sastre. Lo extrajo y respondió. Era Luttrell, informándole del hallazgo del cadáver de la mujer. —Acompáñenos —ordenó al forense mientras que el detective permanecía como estatua en la morgue, con la mirada perdida. Cuando despertara estaría sentado en su escritorio, quejándose por el papeleo que debía hacer. En la medida en que Jevrem sacaba el cuerpo de Bryson Green para desaparecerlo, Everett le lavaba el cerebro al asistente del forense para que olvidara lo que había visto y también para que reportara en caso de que algún superior – fuera de la estación– preguntara sobre la ausencia de su jefe inmediato. Según la hipnosis: el forense tenía «problemas intestinales» y tuvo que marcharse para recostarse. Sin embargo, este humano seguía sumiso a los hombres trajeados que se dirigían en auto hacia Battery Park, junto con el cadáver que llevaban a cuesta. Megan Gilmore fue hallada tras los gritos de unos turistas. Capítulo 23 Los álbumes se apilaban sobre la mesita. Se hallaban en un extremo del pasillo, donde una escultura ecuestre de bronce adornaba el tope del mueble. Antes de marcharse a casa de Camila, Isabel se había fijado en estos, pero llevaba prisas por saludar a su amiga y darle las Buenas Nuevas sobre su regeneración, que dejó para después curiosear las fotografías de su amado Everett. Sonrió y le pidió a Belkys para que los llevara a su dormitorio, mientras Sandra abría la puerta para que ingresara junto con sus bebés que sostenía en cada brazo, agotados de su paseo por Manhattan. Las nodrizas se marcharon a sus respectivas casas, pues por las noches Isabel se hacía cargo de sus propios hijos, Erik y Ángel comenzaban a adaptarse a una rutina de sueño que le hacía fácil a ella desenvolverse sin problemas: los aseaba, los empijamaba, los amantaba, los arrullaba hasta que se durmieran. Siendo observada por las dos sirvientas,Isabel acostó a los pequeños en sus respectivas cunas, que eran menos ostentosas a las de Kenai y más bonitas a las de Denali, pero que estas últimas eran las que más apreciaba por ser construidas desde el aprecio de uno de los lugareños de aquel sector boscoso. Al darse cuenta de que las dos jóvenes aguardaban órdenes de retirarse, se disculpó con estas y les concedió permiso para que se fueran a descansar; Isabel no tenía hambre, lo que comió y vomitó en el baño donde Camila, bastó por ese día. La malteada y la tarta le cayeron como plomo por haberlo ingerido rápido, esto provocó que pasara la pena de abrazar el inodoro, le valió una maternal regañina de su amiga por andar de afanosa como si le fueran a arrebatar la comida, y luego le formuló una pregunta que ni la quería considerar. Le revolvió el estómago y prefirió prescindir de la cena por esa noche. Everett y los muchachos aún no llegaban y de su odioso cuñado, asumía que ya había cenado. De Anna, preguntó por esta tan pronto cruzó la puerta principal de la mansión; según Blanka, seguía durmiendo en su nuevo dormitorio, sin probar bocado alguno. La dejaría descansar hasta que recuperara fuerzas. Ese Jevrem dejó a la pobre, apaleada. A los gemelos tampoco los molestó; durante el camino de retorno se alimentaron, solo se aseguró de que sus pañales estuviesen secos y que la temperatura del termostato indicase los grados acordes para mantenerlos abrigaditos en el dormitorio. Fue bueno que estos compartieran con Camila por una tarde, la cercanía con humanos los haría tolerantes a sus aromas y a controlar desde pequeños la ansiedad de atacar, gatearon en el estudio y apreciaron la danza que la anciana les ofreció para que se entretuvieran. Erik fue el que más aplaudió. Por su parte, preparó la tina con sales aromáticas y se metió en ella, desnuda, acalorada por lo del día. Cerró los ojos y recostó la cabeza hacia atrás contra el borde de porcelanato y se tomó un respiro profundo. Su cuerpo estaba relajado, pero su mente bullía con mil pensamientos por la propuesta que le hizo Camila. Volver al ballet… Esto la hizo sonreír, debido a que estaría una vez más sobre sus zapatillas de punta, danzando sin parar. Recordaba las veces en que sus pies se deslizaban por los escenarios y saltaban con habilidad, una y otra vez, arrancando ovaciones en los espectadores, su destreza no tenía comparación. Pero también causó envidia. Frunció el ceño ante la punzada que se alojó en la boca de su estómago, ella sabía bien que no solo tendría que arreglárselas con Everett y sus bebés, sino que, quizás, volvería a afrontar lo que la hizo desistir de lo que tanto amaba. Cabeceó suave, sin abrir los ojos. No… Ella era fuerte. Ya no tendría por qué afectarle lo que unas majaderas envidiosas le tengan que escupir. Que se fueran a la porra, enfrentó demonios peores y salió airosa del infierno. Si planificaba su tiempo y les tapaba la jeta a los que pretendieron joderle la vida, danzaría con una sonrisa genuina en el rostro. De pronto, sus labios sintieron una leve presión. Un sutil beso le fue robado, sin que Isabel se sobresaltara alarmada por el que entró en el baño. Su olor masculino la envolvió y la hizo sonreír, reconociendo enseguida de quien se trataba; la saludaba de modo silencioso y cariñoso, como a ella tanto le gustaba, la hacía sentir querida y hasta deseada, sus senos –bajo la espuma– eran acariciados con delicadeza, Isabel mantenía los labios estirados en una sonrisa satisfecha, Everett recorría la piel de su fino cuello, dejando un camino de besos húmedos y cosquilleantes por los pelitos de su barba. No eran besos toscos tipo «chupones»; más bien, perceptibles roces que la hacían estremecer. —Mmmmm… —expresó disfrutando de las sensaciones que su lobo le despertaba—, qué rico… —Te ves tan arrebatadoramente sexy en la tina, que me dan ganas de… —su mano se deslizó hacia el monte de venus de su mujer e introdujo el dedo del medio entre los pliegues vaginales. Isabel jadeó excitada. Everett le tocó su carnosidad más íntima. —Oh, sí… —se relamió los labios y se sostuvo de los bordes de la tina para no deslizarse y tragar agua jabonosa. Él la masturbaba con cadencia, acuclillado a un lado como si la estuviese aseando, cual paciente que necesita atenciones de su varonil enfermero. —¿La pasaron bien con la anciana? La pregunta sacó de onda a Isabel, no entraba a colación con lo que él a ella le hacía, abrió los ojos y parpadeó para disipar el sopor que la caricia impúdica en su centro le provocaba. Everett se había enterado por boca de otros de que ella había salido junto con sus hijos a visitar a una humana de la tercera edad sin antes a él habérselo participado. Gruñó para sus adentros, ¿quién de sus guardaespaldas habría sido el chismoso? —Sí —respondió como si nada—, fue una tarde genial. Everett medio sonrió, no estaba molesto, solo le sorprendió la espontaneidad de Isabel, se estaba adaptando muy bien a su condición lobuna y a la estadía en los Hamptons. —Me alegra que salieras un rato —dijo mientras su dedo del medio seguía dando leves círculos al clítoris y la otra respiraba entrecortada—, te distraes y los lobeznos desarrollan sus sentidos con respecto al exterior. Pero cuando desees volver a salir —introdujo otro dedo en la vagina de Isabel para follarla con su mano—, me dices primero. ¿Quieres? Isabel no supo si la pregunta fue, por si quería sexo o estaba de acuerdo con lo que le había dicho. —Sí… —respondió afirmativa a las dos que se formulaba en la cabeza. Sacó ambas piernas y las dejó colgadas de cada extremo de la tina, como si fuese a «parir» o a recibir el miembro de un alienígena. Ella una vez vio un video porno de ese tipo… A Everett le complació que ella no le pusiera pegas, su unión marital estaba bien encaminada. Le regaló un orgasmo sin que él buscara su propia satisfacción. El éxtasis masturbatorio se lo concedió a su compañera, la preocupación por el hallazgo de Megan Gilmore le tenía el pito flojo, le costaba dejar de pensar en que estaban dos pasos atrás del depredador de humanos, el cuerpo no arrojó pistas, salvo que Jevrem era inocente. La mujer tenía entre doce y veinte horas de haber sido atacada. Coincidía con el brindis y él tiempo en que su sobrino estuvo encerrado con la niñera. Minutos después, Isabel y Everett se hallaban sentados en la cama, ataviados con sus albornoces y sus cabellos húmedos, los álbumes reposaban en sus piernas y sus espaldas recostadas en el cabecero de la cama, riendo ellos de una foto en particular. —¡Eras muy mono! —Más bien, feo: tenía los dientes grandes y era flacucho. —Pues, ahora eres guapo, con los dientes bonitos y de buen aspecto físico —Isabel comentó, dándole doble sentido a sus palabras. Vaya que gozaba de ese físico… Everett observó la fotografía donde abrazaba a Winona, sentados ambos bajo la copa de un árbol, que al instante su sonrisa guasona se languideció por la añoranza materna. Su progenitora habría sido feliz al verlo al lado de una mujer única que le dio dos hermosos hijos. Habría amado a sus nietos. Isabel se percató de su tristeza. —Hubiese sido una gran abuela —adivinó sus atribulados pensamientos—, por lo que me has dicho de ella y por cómo el personal suele mencionarla, debió ser fácil de querer. —Así fue. —¿Crees que me habría aceptado? Por mi origen y por lo de Ángel… —Sin duda alguna —expresó solemne—. Mamá era noble y… —carraspeó por el quiere de su voz— todos la amaban. —No quiso decirle que esa nobleza fue su ruina. Muchos abusaron de su pasividad y su buena disposición para ayudar a los demás. —Qué lástima no conocerla, habríamos sido amigas. Le hubiera presentado a Camila, estoy segura de que se hubiesen llevado bien. En vista de que Isabel mencionó a la anciana, Everett consideró que debía expresarle sus preocupaciones para que más adelante fuese precavida al salir de casa. —Isa —la llamó para captarsu atención, al ella posar la mirada sobre la foto antes descrita—, no vuelvas a salir sin avisarme. Esta ciudad no es territorio de lobos y está el asunto del maldito que aún no hemos podido atrapar. —Está bien, descuida, te avisaré cuando decida salir de nuevo. Por eso le pedí a los muchachos que me acompañaran. —Hiciste bien. —¿Estás enojado? —Él cabeceó—. Sino preocupado — intuyó al vuelo—. ¿Es por esos portadores? La sonrisa displicente y algo cansina de Everett le indicaba que era por esos y por otros más. —Ni uno hay en Nueva York —reveló para su tranquilidad —, pero no es la única «peste» con la que debemos tener cuidado. —Entonces, ¿por quiénes?, ¿otros clanes? —Vampiros. Isabel arqueó las cejas. —Me estás jodiendo… —En Denali, cuando ella sospechaba de la naturaleza de Everett, le preguntó de si era uno de estos, a lo que él negó ofendido por la confusión. Las fotos familiares, acomodadas en los álbumes, dejaron de ser interesantes a los ojos de la muchacha, quien cerró el álbum que sostenía y lo dejó sobre la mesita de noche, impactada por la revelación de su compañero de cama. ¿Acaso estos seres, que tanto interpretan en películas y describen en novelas de romance paranormal, existían? —Nueva York es tierra de vampiros —dijo Everett—, por lo tanto, somos sus «huéspedes». —¿Y esta casa? —Es mía —sonrió—. Al igual que otros bienes que poseo en la ciudad. Ellos respetan las propiedades ajenas, pero nos mantienen vigilados. Nosotros, como manada, no podemos cazar en sus dominios, acarrearía enfrentamientos y luego la expulsión. Mientras vivamos aquí, el grupo de lobos que esté bajo mi mando deberá respetar las condiciones que ellos impusieron. —No cazar. —No cazar humanos. —Carajo… —Isabel no esperó esa respuesta, asumió que se trataba de los animales en los zoológicos o mascotas, no de los que andaban en dos patas y hablaban. Everett ojeó las fotografías del álbum que reposaba en su regazo y paseó la vista sobre los rostros sonrientes de él mismo en su adolescencia. En estas mostraban a un chico tímido, pero que en realidad dio múltiples dolores de cabeza a sus padres por rebelarse al maltrato verbal de sus madrastras y las palizas de sus hermanos mayores por ser el favorito de Stanislav. Aún le hacía rabiar el tonito despectivo en que algunos suelen tratarlo por heredar un título que, según estos, no merecía por ser hijo de la Tercera Esposa del alfa. —Yo no cazaré —Isabel le aseguraba de ese modo que, por su parte, prescindiría de ese menú canibalístico. Le consternaba el apetito que le despertaba las carnes blandas cuando estaba transformada. Los humanos dejaban de ser personas y se convertían automáticamente en suculentas presas. —Espero cumplas por nuestro bien, mi querida Isabel. Los vampiros ya no toleran más muertes, les estamos arrebatando «su ganado» —explicó en cuanto ella hizo el amague de preguntar, siendo evidente que los dos conocían entre sí sus expresiones. Ella comprendió la inmensa responsabilidad que Everett sostenía sobre sus hombros: comandar una manada, aunque fuese reducida, en una ciudad que no formaba parte de los dominios lobunos era para enfermar de los nervios a cualquiera. Allí Everett regía guardaespaldas, personal de servicio, los familiares de estos, así como también a los de su propia sangre; cada uno con personalidades difíciles que se verían afectadas en temporadas de apareamiento o caza. La matanza «controlada» o indiscriminada de humanos les costaría caro. Everett se perdió en los ojos azules de la hermosa dama de melena rubia, que ocupaba casi la extensión de la página del álbum de la parte izquierda. Según lo que apreciaba Isabel, la elegancia de Winona Brankovic debió ser indiscutible. Sus facciones eran delicadas, tipo nórdico: nariz delgada, labios pequeños y ojos grandes. La mirada en la foto era muy dulce, diría ella que un tanto entristecida, cuántas veces la misma Isabel se observó frente a un espejo al sufrir bullying por parte de sus compañeras de ballet o las discusiones constantes con su mamá y las ofensas de su hermano alcoholizado. Quién sabe por cuántas calamidades pasó su difunta suegra, pero comprendía el valor que debió reunir para salir adelante por su hijo, a pesar de la familia política que le tocó soportar. Recostó su cabeza sobre el hombro de Everett, apreciando en silencio aquella foto. Everett la rodeó con su brazo y la acomodó en su pecho, pasó otra página y le narró lo que en dicha instantánea había vivido. —Gracias, es una bonita sorpresa. A él se le humedecieron los ojos. —¿De veras? Ella asintió y soltó un suspiro largo. —Sí —expresó casi inaudible—. Verte de niño y de adolescente, me pareció tan tierno… Ojalá tuviese bastantes álbumes familiares para mostrárselas a nuestros hijos. Apenas poseo unas cuántas fotos que tengo guardadas entre mis cosas. Tengo que buscarlas… —Me encantará verte de crinejas y frenillos. Isabel se carcajeó. —¡Jamás usé crinejas ni frenillos! Por eso era una chiquilla de greñas alborotadas y tenía los dientes torcidos. —Nunca los tuviste. No recuerdo que los tuvieras de humana… —Pues, ya ves que sí. ¡No tanto! Pero tenía estos… — mostró los incisivos superiores— un poco torcidos. —Gracias a su nueva condición genética, sus dientes lograron mejor apariencia. El tacaño de su padre y la desidia de su madre, jamás se preocuparon por su salud bucal. Luego ella fue incapaz de arreglarlos por su precaria economía por mantener a un par de seres exigentes y desagradecidos. Por ese instante, Everett se olvidó de sus tristezas y preocupaciones, rio de buena gana por el comentario de Isabel, ella lo manoteó para que no fuera escandaloso, siendo también igual de escandalosa con sus risotadas, se aguijoneaban las costillas para provocarse cosquillas, en un desafío del que lograra contener las risas. Se comportaban como chiquillos, a pesar de que estos juegos despertarían a los gemelos y tendrían después que arreglárselas para volverlos a dormir. No obstante, estos dormían profundo, acostumbrados ya al ajetreo de la casa y los ruidos externos. Isabel se apurruñó más en el pecho de Everett, el álbum había caído al suelo debido a las cosquillas que se hacían entre ellos; Everett no lo recogió, a la mañana siguiente al levantarse, lo haría; por lo pronto, permanecería abrazado a su ángel de dientes perfectos y mirada achocolatada. Esta pensó en la propuesta de Camila. ¿Sería el momento oportuno para decírselo? Estaban tan bien… —Quiero volver a danzar… —le soltó sin ton ni son, orando para sus adentros en que él no gruñese enojado. —Hazlo, si te place. Isabel se mordió el labio inferior, al parecer, Everett no entendía el alcance de su deseo. —Danzar… —repitió—, en los escenarios. —No en pasillos ni azoteas en la que fingía estar frente a un público inexistente, sino donde estos estaban presentes en las sombras y ella iluminada bajo el foco de los reflectores. Hubo silencio. La respiración cadenciosa del lobo se detuvo. —¿Y lo de la academia? —inquirió refiriéndose a las clases de ballet que ella impartía a las niñas. —Camila se encargará de encontrar sustituta. —¿Y la administración?, ¿quién se encargará del lugar? —Camila —dijo—. O la actual directora. La señora Jones ha ejercido una buena labor, de ella no hay quejas. Alzó el rostro hacia él y observó que dudaba de su capacidad para danzar como profesional y ser madre al mismo tiempo. —Bueno, aún no es seguro —le hizo ver—. Tendré que hacer una audición. A continuación, le narró lo hablado con Camila en su departamento y de las facilidades que tendría al contar con las nodrizas y Anna para cuidar de los bebés mientras ella danzara. No obstante, Everett parecía dudoso. —Sabes que te apoyo, pero esa audición está cerca y hasta no atrapar… —Soy consciente, Everett. No la tienes fácil y yo te pongo más peso sobre los hombros por mi decisión. —No, amor, solo aguarda a que cacemos al depredador,así estaré más tranquilo. —¿Es un trato? —Es un trato. Isabel se sentó sobre él a horcajadas para besarlo, agradeciéndole que le dejara una posibilidad abierta para el ballet, pero los besos poco profundizaron ante la falta de excitación de Everett. Ella no le reclamó su inapetencia sexual, no siempre estaría «firme» para su mujer, tenía sus limitaciones y se lo veía agotado. Era factible de que sus preocupaciones no le dieran sosiego, le reveló un hecho que amenazaría a todo familiar o conocido, aquellos sujetos de colmillos puntiagudos estaban a la expectativa. Del lado oeste de la casa, en la planta superior, hacia las habitaciones de las hembras, Jevrem dormía abrazado a su novia. Esta no se dio cuenta, apenas remoloneó bajo las sábanas y continuó sumergida en su mundo onírico, de fantasía y girasoles, mientras que su compañero de cama navegaba entre monstruos aterradores. Jevrem crispaba su mano por sobre el costado de la joven, sus uñas se alargaban hasta volverse armas letales ennegrecidas. Lloraba por lo que le sucedía, les había jurado matarlos, no era de hombres sus actuaciones, más bien, depravaciones, él solo fue a pasar una noche y terminó bajo ellos, postrado. —No… —gimió lloroso. Sudaba a borbotones. «¿Por qué no?, disfrútalo» —dijo a su oído el que aplastaba su espalda y humillaba su masculinidad. Jevrem intentó removerse de forma inútil, lo que bebió, sea lo que fuere, debilitó sus extremidades y lo aturdió—. «Verás que… —empujó su pene en el trasero del joven, provocándole un lacerante dolor—, será lo mejor que hayas disfrutado en la vida». —¡Hijo de puta! —expresó a ese monstruo que lo dominaba en su pesadilla—. ¡¡Suéltame!! Anna parpadeó y se volvió hacia Jevrem, quien al parecer hablaba dormido. «Qué culito tan apretadito». —Te mataré. ¡Los mataré a todos por violarme! —Y a los humanos invitados al festín orgásmico, riendo estos a carcajada por la desdicha del atribulado muchacho. «Terminará por gustarte, lo tienes de familia, a tu papá le gusta mucho…», su captor rio sin temer a su amenaza. Se enterró hasta el fondo, entre empellón y empellón, el joven lanzaba maldiciones y el otro gozaba con la sodomía. «Acomódalo, Kroz, quiero correrme en su boca» —ordenó el líder del grupo a su hombre de confianza y del que Jevrem juraba le arrancaría al maldito el pito y la cabeza con sus propias manos. Sin salirse, el fornido hombre de piel oscura se recostó de lado, en la amplia cama, para que su amo y socio en dichos festines, tuviese facilidad para meterle el pene en la boca al renuente beta y así también darle a este una mamada con su eventual «69» homosexual. Aunque, claro, aquí el único que distaba de serlo, era el muchacho, pero con unas buenas lecciones, apreciaría el sexo entre machos. —No… No, no… ¡No! ¡¡No!! —Jevrem… ¡Ayyyyyyyyyy! —Anna chilló adolorida, un zarpazo hirió su brazo izquierdo con profundos surcos sangrantes. Jevrem trataba de librarse de algo que lo atacaba, lloraba desesperado y a la vez enojado, lo que gruñía con desconcertante claridad, a ella le helaba el corazón. Lo terrible de esto, es que, del otro extremo de la galería que conecta ambas zonas de los dormitorios de la casa, un lobo de audición aguda, lo había escuchado. Capítulo 24 Everett halló a Jevrem descendiendo veloz las escaleras. Estaba este a medio transformar y dispuesto a marcharse enardecido de la casa. Determinó en el acto de que su sobrino no estaba en sus cabales, la discusión que escuchó lo había impulsado en levantarse de la cama y correr a toda velocidad hacia el dormitorio de Anna Morris, donde captaba que provenían los gritos y del que sobresaltó hasta a Isabel por no comprender lo que sucedía. —¡JEVREM! —lo llamó contundente desde lo alto de la galería. Everett saltó hacia el piso del vestíbulo y se despojó de inmediato del albornoz que seguía usando, pues su agotamiento ni le hizo tomar en cuenta de su indumentaria de baño, al igual que Isabel que lo mantuvo abrazado, apreciando viejas fotografías y luego haciéndose ambos cosquillas. Jevrem se arrojó contra el ventanal de la fachada y causó un estrepitoso ruido por el quiebre de los cristales, que de inmediato los guardaespaldas apostados por los rededores del jardín, en un par de segundos estaban sobre el muchacho. Luttrell intuyó que algo no andaba bien con el beta, por lo que ordenó a Maxwell y a Tyson para que cambiaran su fisonomía. El alfa estaba en fase de transformación, quien desde el interior de la casa emitió un aullido atronador que despertó a todos los residentes y hasta los vecinos del sector. —Quieto… —Harper trataba de aplacar a Jevrem, estando el guardaespaldas bloqueando el camino para evitar que el joven Brankovic abandonara en esas condiciones las inmediaciones. No obstante, Jevrem perfiló con ferocidad los colmillos que ya estaban alargados y sus huesos en la etapa final de su metamorfosis lobuna; de sus fauces echaba espumarajos, rodando sus pupilas amarillentas de animal salvaje sobre cada uno de los metamorfos que pretendían detenerlo. El gamma temió por su vida, una mordida de este le destrozaría a él una extremidad. Sus compañeros comenzaron el cambio, mientras que Elijah y Kevin creyeron prudente desenfundar sus armas, un tiro en las patas y lo dominarían. Lo cierto es que, se requirió de la imponencia del lobo más fuerte de la manada, Everett saltó sobre su sobrino, quien se resistió enseguida, la pelea entre los dos fue inminente, los colmillos se clavaban en los pelajes y salpicaban sangre al ocasionarse dolorosas heridas; Jevrem-lobo lucía enloquecido, no reconocía, les gruñía a todos como si fuesen enemigos. El personal doméstico salió, ignorando qué causó el enfrentamiento, puede que la niñera se ofreció al alfa y este aceptó poseerla, o fue al revés y al otro macho dominante le disgustó tener que disputarse la hembra en celo. —¡Oh, por Dios! —Isabel exclamó mortificada ante el cuadro que observaba—. ¡Deténganlos, se van a matar! ¡Luttrell!, ¡Tyson! ¡¡Sepárenlos!! —gritaba a los guardaespaldas, erguidos estos en sus cuatros patas, ninguno intervenía en la cruenta pelea, Everett y Jevrem se revolcaban con ferocidad cerca de la plazoleta ubicada a escasos metros de la casa. El desespero motivó a Isabel en bajar las escalinatas que dan hacia el pórtico de columnas dóricas, pero fue detenida por Branimir. —La lastimarán si se acerca —le advirtió el chofer, sujetándola del brazo con firmeza, ella intentó librarse, pero al escuchar los sollozos de Anna, dejó de forcejear. Esta seguía con las ropas puestas que usó después de ser pillada en una maratón sexual con su novio, notó que tenía varias heridas sesgadas en el brazo y del que trataba de frenar el sangrado al taparlo con su mano. Le pidió a Branimir que la soltara y se acercó a la muchacha que lloraba mortificada. —Anna, ¡¿qué pasó?! —preguntó para averiguar qué fue lo que motivó a Jevrem en hacerle daño. Lo más probable, fue que ella lo rechazó en matrimonio por querer estudiar en la universidad y este reaccionó con violencia. Anna se aferró a Isabel y soltó con más sentimiento el llanto, no le confirmó lo que presumía, la pelea entre el alfa y el beta los tenían a todos desconcertados. ¿Qué sucedió? ¿Fue por la niñera? ¿Se acostó ella con el amo?, conjeturaban los sirvientes entre susurros a espaldas de las dos mujeres. —Pero ¿qué es lo que está…? ¡Jevrem! —De un momento a otro, Damir hizo acto de presencia, había sido alertado por Milenko al aporrear la puerta de su dormitorio. Logró quedarse dormido, tras beber tres copas de vino, en un intento forzoso por entumecer sus sentidos por haber tenido que cambiar planes y dar explicaciones; Grubana lo increpó en cuanto la telefoneó, puesto que requería ayuda –para algo que él se reservó– de la inútil de Radojka que de su propia madre. Ahora estaba convencido de que tendría que alejar de allí a su primogénito o lo matarían.—¡A que esto es por ti, maldita! —gritó con ojeriza a Anna. La despedazaría si esa noche su hijo no volvía a ver la luz del día. —¡¿Cómo se atreve a culparla?!, ¿no ve que Jevrem la agredió? —Isabel replicó indignada, interponiéndose entre este y la omega, a la vez en que señalaba hacia la herida de surcos sangrantes. Así eran los hombres de brutos: quieren que todo se haga a cómo ellos desean y, cuando una mujer les lleva la contraria, reaccionan como trogloditas. Solo que le extrañaba de Jevrem. —Debió desfigurarla —siseó avinagrado a la niñera, escondida a la espalda de la hispana—, por ella está pasando esto —apuntó hacia los dos lobos enardecidos—. ¡EVERETT! ¡JEVREM! ¡¡DEJEN DE PELEAR!! —les gritó atronador, sin darse cuenta de que su voz airada era captada por extraños mimetizados en las sombras y a cierta distancia para no ser olfateados—. ¡Échenles agua, separen a ese par de idiotas! —Jevrem era el que las llevaba de perder frente al otro, Everett había logrado vencer a Ranko, quien fue el doble de fuerte a los dos. —Él no lo hizo a conciencia, Isa, despertó sobresaltado por una pesadilla y yo estaba en medio. Fue un accidente… — Anna explicó a su amiga, a pesar de los gritos angustiados de su suegro. La falta de acción por parte de los guardaespaldas para zanjar el enfrentamiento motivó a Isabel en buscar desesperada el interruptor de los rociadores del jardín; la señora Blanka le colaboró y los activó en el acto, pero esto para nada logró separar a los lobos que se agredían a dentelladas. Isabel no sabía qué hacer, la mitad de los hombres estaban transformados y atentos a la orden del alfa; si ella les pedía que los separaran, sería también a los mordiscos y, lo más probable, empeoraría la situación. Así que, recurrió a la caballería y no sería precisamente un ejército adiestrado para ese tipo de confrontaciones, sino de una criatura que, tal vez, haría al más joven razonar en sus actos. ¿Qué fue lo que soñó para despertar de esa manera tan violenta? —Anna, intenta convencerlo de detenerse. ¿Puedes hacerlo? La muchacha la miró apabullada, su rostro surcado en lágrimas. —Jevrem… —¡Más fuerte para que te oiga! —¡Jevrem, amor, deja de luchar!, por favor… ¡Jevrem! ¡Jevrem! ¡¡Te amo!! Un quejido lastimero se escuchó en cuanto este parpadeó y su leve distracción le salió caro. Everett lo zarandeó del cuello y lo arrojó contra los adoquines elevados de la plazoleta, cayendo el joven de cabeza. —Licaón, no… —¡Mi hijo! —Oh, Dios… Anna, Damir e Isabel, fueron los primeros en salir corriendo hacia la plazoleta para socorrer al lobo malherido. Los sirvientes jadearon, el mayordomo se quejaba en voz baja de los infortunios ocasionados por la problemática omega, los guardaespaldas volvían a su fisonomía habitual y Everett ya estaba erguido sobre sus musculosas piernas. La breve locura de su sobrino le hizo replantearse las cosas desde una perspectiva diferente a cómo investigaban los asesinatos. —Enciérrenlo en el sótano, le daremos tiempo para que se calme. —Pero, amo, ahí apesta a loba en celo… Lo alterará más —Milenko se atrevió en refutarle, arriesgándose a una iracunda increpación por entrometido. —¡Mi hijo no va a estar confinado en ninguna inmunda celda! —Damir protestó en el acto, habiéndose este acercado hasta Jevrem para ayudarlo a levantar. Luttrell, Maxwell y Tyson, asintieron al mandato de Everett, seguido de Kevin y Elijah como refuerzos en caso de que Jevrem se resistiera a ser encerrado. Recogieron al muchacho que, al estar inconsciente, volvió a humanizarse tras perder su pelaje, quedando desnudo por completo. De hecho, los que sufrieron cambios en sus cuerpos, se hallaban sin ropas; las sirvientas no se ruborizaban ni se escandalizaban, pero esto tampoco era impedimento para que Rosario y las otras sirvientas apreciaran de buena gana el físico de los machos. Los había para escoger… —Oh, Dios, Everett: mira cómo estás —Isabel se preocupó por las mordidas que presentaba en los brazos y piernas. Su condición era crítica en algunas heridas que tenía en carne viva, mientras que en otras las perforaciones de los colmillos no dejaban de sangrar—. Tenemos que llevarte al hospital. Él sonrió. —Regenerarán en cuanto coma algo crudo, no olvides que soy metamorfo. —Pero no inmortal —replicó azorada—. Estás perdiendo mucha sangre. —Isa, respira profundo. ¿Ves? —Señaló la heridas menos grave en su torso—. Ya estoy sanando. Ella dudó de su palabra: si por comer carne cruda, fuese un remedio que los hiciera sanar como por arte de magia, ella no hubiese tardado tanto en la regeneración de sus quemaduras ni él con lo de su pierna al caer del Mastrangelo, y se habrían atragantado con una vaca viva para superar sus propias dolencias. Aun así, comprendía que, por ser este metamorfo de sangre pura tenía la ventaja de sanar rápido, sus células habían acabado de sufrir una asombrosa revolución, lo que quedaba sería para recuperar fuerzas. —¡Ni se te ocurra seguirlos, perra sarnosa! —Damir abofeteó a Anna al pretender ir detrás de los hombres que se llevaban a su novio casi a rastras. Pero el contundente golpe que recibió en su mejilla provocó que Jevrem reaccionara como si le hubieran descargado un corrientazo en el cerebro. Lo vio todo en rojo, perdió la lucidez por un instante, su garganta emitió un gruñido feroz y, con habilidad, se libró del agarre de sus captores. El odio lo corroía, sobre todo aquella voz que escuchaba, una y otra vez en su cabeza, martirizándolo al punto de enloquecer. «¿Por qué no?, disfrútalo. Verás que será lo mejor que hayas disfrutado en la vida». Gruñó enardecido, abalanzándose contra su padre. —¡Sujétenlo! —Everett ordenó a sus hombres antes de que este desgarrara el cuello de su progenitor. La abrupta recuperación los tomó a todos por sorpresa. —¡Maldito! —Jevrem, hijo… El aludido no reparaba de a quien molería a los golpes, solo quería destrozar a ese ser que se atrevió a golpear a la mujer que amaba. Lo tumbó al piso, mientras lo estrangulaba con ira y con el deseo expreso de arrancarle la cabeza, no merecía vivir. «Terminarás por gustarte». Las risas que resonaban en su mente ovacionaban lo dicho por uno de sus demonios personales. —¡Jevrem, es tu papá!, ¡déjalo! —Isabel trataba de hacerlo entrar en razón. Anna lloraba por lo que observaba, los sirvientes no daban crédito a sus ojos, los guardaespaldas lo rodeaban para inmovilizarlo, estaba fuera de sus cabales, sus venas comenzaban a burbujear para de nuevo transformarse; esta vez habría muerte. —Jevrem, amor… —Anna lo llamó, acercándose con cuidado hacia el joven que forcejeaba con los guardaespaldas que estaban en bolas—. Amor…, tranquilo, fue producto del estrés; tu papá está angustiado —explicó como si el vil acto de su suegro tuviese justificación, pese a que no la tenía. La voz de Anna fue un calmante milagroso. Un hada buena se acercaba a su rescate, extendiendo sus hermosas alas para rodearlo y así escudarlo de aquellos que querían hacerle daño. Se abría paso entre los demonios que gruñían amedrentadores para que se alejara, la voz femenina era un bálsamo para sus oídos, era hipnotizante, magnética…, le encantaba escucharla, lo relajaba. Le decía que lo amaba y esto a él le hacía llorar y sonreír, pues lo que sentía por esta era correspondido. El joven dejó de luchar y se postró de rodillas a los pies de su hada, Everett aprovechó para tomar a Damir de los hombros y arrastrarlo lejos del enardecido hijo. Estuvo a punto de ordenarle a Luttrell para que le diera un porrazo en la cabeza y dejarlo inconsciente, pero Jevrem rompió en llanto. Estaba avergonzado. —Te amo —le dijo a Anna, atribulado—. Te amo mucho… —Sus fuerzas languidecieron entre copiosas lágrimas que tuvo acumuladas y que ahora se desbordaban inclemente sobre sus mejillas. Estaba avergonzado de que ella lo supiera, lo vio en su rostro tan pronto notó que había salido deaquel nefasto infierno. Se odió por herirla y odió mil veces más a los que lo orillaron al desespero—. Perdóname… —sollozaba aferrado a su cintura. Luttrell y Maxwell seguían sujetándolo, pero Everett les ordenó que lo soltaran, había recuperado su cordura. A Damir se le partió el corazón. ¿Acaso era el depredador? Sus ojos estuvieron vacíos, sin vida. Había mucho odio en ellos. —Perdóname, Anna, perdóname, perdóname… —lloraba sin importarle de ser observado por los residentes de la casa—. Anna, perdóname, no quise. No… No fue mi intensión… —Amor, fue una reacción por tus pesadillas. Solo fue eso… —expresó comprensiva, deseando que aquello que le sucedió a su novio, fuese un episodio ocasionado por ver películas de alto contenido sexual. La angustiaba que fuese real, porque esto indicaba que Jevrem habría sido mancillado por varios hombres. El ama de llaves y el mayordomo azuzaron a los empleados en volver a sus respectivas habitaciones y guardar silencio de lo que presenciaron. Al que se fuese de cotilla, Milenko amenazó con lanzarlo al calabozo más oscuro de Alcatraz hasta que muriese de hambre, mientras que Damir le imploraba a Everett para que no tomara medidas severas contra su hijo; la «enfermedad» que tenía descontrolaba su raciocinio. Ya lo había visto en otros miembros de la familia… —Yo no quise, me negué, pero ellos me… —el joven lloraba desconsolado. Estando aún en el piso, Damir se llevó la mano al pecho. —«Ellos», ¿qué?, Jevrem. ¿A qué te obligaron? —Las posibilidades de lo que más temía se hacían cada vez más efectivas. Angustiado, buscó la mirada de Everett y este la eludió, indicándole a Damir de que su hermano sabía lo que le sucedió a su hijo. Luego, volvió sus ojos hacia Jevrem, esperando esa terrible respuesta y, antes de que este abriera la boca para expresar delante de todos lo que lo enloqueció, Everett se acercó de inmediato y levantó al muchacho, a la vez en que pasaba el brazo de este por sobre sus hombros. Ambos acabaron de destrozarse entre sí, pero no existía rivalidad entre ellos, fue el terror sufrido por las pesadillas que lo enloqueció momentáneo. Lo puso en pie y lo alejó de Anna, esta intentó seguirlos, pero temió que el señor Damir la abofeteara de nuevo; por fortuna, Isabel –su querida amiga– la escoltó, yendo las dos detrás de Everett y Jevrem. Damir lloraba por su hijo, su alma estaba desgarrada sin obtener la respuesta que por su cabeza desde hacía tiempo rondaba, pero que la desechaba en el acto, por parecerle inconcebible. Sin embargo, ahí estaba esa maldita pregunta taladrándole las neuronas sin cesar. ¿Qué le pasó a su primogénito en su travesía por Latinoamérica? ***** —¿Está apretada? —No, señorita Isabel, está bien —respondió Anna, una vez la otra terminó de envolver su brazo con una venda. Evitó tutearla por estar presente el alfa, puede que a este le desagrade la informalidad en cómo ella trataba a su ama. Isabel intuyó que Anna mantenía las distancias para evitar más agravios. Le curaba la herida, sentadas ambas en el sofá de la biblioteca. Estaban ellas y Everett, solamente, Damir le hacía compañía a Jevrem en otra de las habitaciones ocultas en el sótano, construidas para contener los cambios hormonales de las sirvientas por ser débiles a las etapas del celo en caso de que a más de una las afectara. Un frasco de alcohol isopropílico y algodones en motas untadas en el fuerte líquido cristalino, yacían sobre la mesita central del juego de sillones verde oscuro. La joven alasqueña movió su brazo y sonrió tímida a Isabel que la estudiaba en silencio, Anna lucía demacrada y entristecida, fue una labor que a la híbrida le costó hacer, las náuseas afloraron, pero ella aspiró un poco de los vapores del alcohol para aplacarlas. Esto a Everett no le pasó por alto. —Qué bueno —dijo Isabel a Anna, habiéndole servido de algo la cantidad de veces en que ella envolvía sus pies en gasas o vendas para que sus zapatillas de punta no laceraran sus dedos. Mientras tanto, Everett –ataviado en unos vaqueros y camiseta negra que Blanka le había entregado hacía unos minutos– observaba también a la muchacha, estando él sentado en el sillón del frente; una pierna reposaba en su otra rodilla, el brazo sobre su estómago, la mano contraria en los labios en actitud meditabunda. Violado… Lo escuchó muy bien. Jevrem había amenazado a los supuestas personas que lo atacaron, acarreando en Everett algunas preguntas como: ¿cuándo y dónde esto ocurrió? Lo repetía en su mente, enojado por lo que le habrían hecho a su sobrino. Empuñaba las manos con rabia para contener la furia que se arremolinaba en su ser y no lanzar palabrotas sin sentido; quién sabe a qué vejámenes fue sometido que perdió el sentido de sí mismo. Lo ultrajaron, ¿cuántos malditos? ¿Fue uno?, ¿dos? Jevrem dijo «los mataré por haberme violado». Mierda… El subconsciente del joven gritó a todo pulmón lo que el alma trató de callar por tanto tiempo. Everett masajeó sus neuronas ante la migraña que lo aquejaba, debido a que, sin poderlo evitar, imaginaba a Jevrem pidiendo ayuda para que lo salvaran. ¿De qué malditos?, ¿quiénes pudieron ser? Jevrem, como beta, era un lobo fuerte. Lo que le hacía meditar que los demás debían serlo mucho más. «Los mataré…», el plural de la amenaza de este indicaba que más de uno abusó de él. Isabel trataba de animar a Anna Morris, a la vez en que Everett seguía con la vista clavada sobre la muchacha. Lo que a esta la incomodó su incesante mirada; también Isabel se dio cuenta, aunque su compañera consideró que él estaba sumido en sus propios pensamientos. —¿Por cuánto tiempo lo mantendrán encerrado? —No sé, Anna, lo que Everett considere conveniente. —Lo que él dijo… —se refirió a Jevrem—, ¿fue cierto? A él… —Isabel se encogió de hombros y Anna rompió en llanto —. No lo puedo creer, por eso tenía constantes pesadillas. Fue porque… Everett frunció el ceño. —¿Desde cuándo las tiene? —Las conjeturas que había fraguado antes se desvanecieron en un parpadeo, cayendo en cuenta que las visiones debieron atacar a Jevrem mucho antes de lo que les había informado. Anna lo pensó y luego respondió: —Supongo que desde hace días: la primera noche, cuando llegamos a los Hamptons, Jevrem se quedó dormido aquí en la biblioteca. Yo estaba en el cuarto que me asignaron, tenía hambre, así que salí y me perdí por no saber cómo llegar hasta la cocina. Los llantos de un hombre me llamaron la atención, seguí el sonido y fue cuando vi a Jevrem, sentado en aquel sillón —señaló el que colinda con la chimenea—. Él hablaba dormido, algo lo aterrorizaba. Everett e Isabel intercambiaron miradas silenciosas. La morena lucía un vestido sencillo de mangas cortas y de color marrón, también traídos por el ama de llaves sin que sus patrones se lo hubiesen pedido para que estuviesen más cómodos, pero igual agradecieron el gesto para no andar escasos de ropa. Aun así, a Isabel la angustiaba la inestabilidad mental de Jevrem, que quería largarse a llorar en su cama por la maldad de unos pervertidos. —Ay, señorita Isabel… ¡Cuánto sufro por esto! —se dirigió a ella, incapaz la joven de soportar la mirada meditabunda del alfa—. Jevrem no merecía que le hicieran eso… —Nadie lo merece, Anna, fue un acto repudiable. El que lo violó será castigado. —Ella misma lo castraría. —¿Jevrem dijo algo más? —Everett interrogó a la lobata, en caso de que algún dato en específico les sirviera para dar con los responsables. Tras escuchar los primeros gritos, brincó fuera de la cama para averiguar qué pasaba; si bien, reconocía que por el timbre de voz era un hombre joven, no supo de quién se trataba hasta salir de su habitación, donde, en ese preciso momento, Jevrem vociferaba lo de su violación. Fueron segundos en los que Everett no reaccionó y, cuando lo hizo, Jevrem huía de allí, siendo mitad humano, mitad lobo. Aguardó por la respuesta de Anna, esta hacía memoria, dudosaen apariencia de lo que recordaba, pero al instante sus ojos se agrandaron por lo que sea que pugnaba por salir de sus labios. —«Kroz» —mencionó—. Jevrem repitió ese nombre varias veces antes de abandonar la habitación. Quise detenerlo, pero derribó la puerta y temí que me volviera a herir… ¿Saben quién es él? Parecía enojado por ese sujeto. Everett se puso en pie en el acto. Que mencionen un nombre determinado en sueños, a veces es mera coincidencia debido a las negociaciones o amistades que sostenían, pero que lo grite varias veces en medio de una pesadilla y con secuelas que le ocasionaron un breve «ataque de ansiedad», sentenciaba un hecho. —¿Lo conoces? —Isabel le preguntó y Anna se tensó por lo que el amo pudiera decir. Asintió. Su mirada severa, ida hacia la lejanía de un pensamiento que pasó de la estupefacción a lo sangriento. —Es uno de los hombres de Vladan —reveló con los dientes apretados. Anna jadeó estupefacta e Isabel se paralizó por algo que recordaba. Vladan… —¿Quién es ese? —Un duro momento en su vida, volvió a su mente y la hizo revivir el terror que padeció aquella noche en la azotea de la cabaña. «Arturo, por favor, estoy embarazada. No nos hagas daño». «A mí me da igual si esperas trillizos, me vas a pagar lo que me hicieron». «¡¿Y qué te hicimos?!». «¡Ay!, chavelita, chavelita, la mediocrita… No solo me encerraron por darte en la jeta por zorra: ¡ME VIOLARON!». —Es el Alfa del Clan Anka, apostado en Canadá — respondió Everett a Isabel, y Anna asintió a su patrona para secundar dicha revelación. «El hijo de puta de tu amante me mandó a un lugar lleno de lobos maricos para que me cogieran por el culo y les mamara la verga». «¡Mentira!». —¿Crees que ellos: Vladan y Kroz…? —Everett apretó su mandíbula para no responderle, pero la ira reflejada en su rostro era más que evidente de que estos pisotearon la hombría de Jevrem—. Dios… «Estoy segura de que no fue intencional. Él me dijo que era para…». —Qué desalmados —Anna recostó su cabeza contra el hombro de Isabel y lloró desconsolada. Lo que habría sufrido su amado… No obstante, Isabel quedó en blanco, pensado en aquella noche. Sacudió la cabeza, no lo aceptaba, era imposible. Everett lo había enviado a… ¿Adónde? ¿Con quiénes? «(…) Ni siquiera puedes excusarlo, estúpida, ¡porque sabes muy bien que lo que te digo es la verdad! Me envió a ese lugar de mierda para que me violaran como castigo. ¿Sabes quiénes eran los que más me daban por el culo? Vladan y Kroz. ¿Los conoces? Ambos son amigos carnales de tu cojito. Ahora es mi turno de vengarme y le voy a dar por donde más le duele a ese malnacido». A Isabel el mundo le dio vueltas y se separó de Anna por sentir que estaba por sufrir una combustión. Vladan y Kroz… Esos eran los sujetos que Arturo había mencionado antes de querer a ella hacerle daño, en venganza por lo que a él le hicieron. —Ellos son… —Miró a su compañero con los ojos anegados en lágrimas— los que violaron a Arturo. Everett quedó pegado al piso, porque esa noticia él jamás la supo, pero sí lo que este asqueroso ser pretendió hacerle a su propia hermana y no se arrepintió de que lo hayan despedazado. Por desgracia, tendría que explicarle a Isabel por qué envió al pulgoso fuera del país, cuando en aquel entonces su moribundo padre Stanislav regía el clan; bien que pudo consultarle o tomar la decisión por su propia cuenta, él contaba con su aprobación para convertirse en alfa, pero optó por el camino más fácil y dejó en manos de otros el doblegamiento de un híbrido rebelde. Metió las manos en los bolsillos delanteros de su pantalón y bajó la mirada hacia sus zapatos para no ver la recriminación en los ojos de su amada. Su relación pendía de un hilo a punto de romper. Capítulo 25 —Retírate, Anna. Everett ordenó a la muchacha para poder hablar a solas con Isabel y, del cual, la aludida se puso en pie de inmediato sin que su amiga diera objeciones. En cuanto se cerró la puerta de la biblioteca de dos niveles, el silencio se estableció entre los dos lobos. Everett invitó a Isabel a sentarse en el sofá, puesto que se había levantado anonadada de lo recordado, pero se negó rotunda, no sería una charla casual que sostendrían ni plantearían juntos el futuro de los hijos; lo que discutirían ya la lastimaba a tal punto que su estómago se revolvía. Por él, Arturo quiso propasarse. —Tu hermano fue un híbrido inestable y no tenía intención de obedecer —dijo Everett—. Logramos atraparlo antes de haber infectado a otros humanos, estaba en plena conversión, si mordía a algunos, se desataba una cacería de la que, hasta ahora, ni los vampiros serían capaces de detener. —¿Por qué lo enviaste con ese clan?, no forman parte de tu gente —Isabel inquirió con un matiz duro en su voz. Everett se rascó ligeramente el lóbulo de la oreja y sopesó sentarse en uno de los sillones para que Isabel hiciera lo mismo; sin embargo, optó por permanecer en su sitio, nada lo salvaría de tener que dar explicaciones, puede que finja enojo y salga de allí pitado y así evitar el interrogatorio, más esto era pésima idea, Isabel era testaruda y cuando tenía algo entre ceja y ceja, presionaba hasta conseguirlo. —No lo quería cerca —respondió, evitando contar lo otro. —Y lo enviaste con unos sujetos que hicieron festín en su culo. —Ese engendro era un criminal que hasta te golpeaba. Que le sacara aquello en cara, la hizo rabiar, él nunca se hizo responsable al herirlo después de la paliza que en su apartamento Arturo le propinó a ella por sus oficios de «puta». Nunca hablaron sobre lo sucedido, Isabel dio por sentado de que Everett lo envió a un lugar en el que cumpliría una supuesta condena que, con el transcurso de los años, lo reformaría y, al salir, sería parte de los hombres de Everett o de alguno de los miembros de su clan, pero el castigo fue brutal y Arturo se las arregló para escapar de sus carceleros, aliándose con un troglodita de casi dos metros de altura, dispuesto a matar a los de su propia sangre con tal de aferrarse a un poder que se le escapaba de entre los dedos. —¡Porque Arturo me lo gritó! —exclamó airada y en un eventual desbordamiento de lágrimas—. Nos acusó de ser los que causamos que fuese violado por aquellos malnacidos. Sobre todo, a ti te señaló. Ese Vladan, amigo «carnal» tuyo, acataba tus órdenes. —¡No le di semejante orden! —se indignó. —No finjas demencia que sí lo hiciste —rebatió dolida—. Porque, de otro modo, ¿para qué lo enviaste con un grupo de lobos que les gusta reventar traseros a los prisioneros? Vladan y Kroz abusaron de él repetidas veces. ¡Oh, Dios!, y yo que creí que cumplía condena, y lo que en realidad sucedía era que… —Isabel, admito que me sorprendió enterarme de lo sucedido a tu hermano, créeme, no era esto lo que pedí para él; más bien: trabajo duro y fuerte castigo si desobedecía, pero no de lo que me acusas. —Hasta Jevrem sufrió por estos sujetos. —Y del que les haré pagar. —Cómo, ¿ah? ¿Cómo, Everett? ¿Vas a tomar el jet y volar hasta Canadá para darles su merecido? Por lo que sé, Vladan es líder de otra manada que no forma parte de este país. ¿Piensas causar un incidente internacional o llevar a ese maldito a instancias elevadas? Lo sugerido por Isabel hizo pensar a Everett: Solicitar una audiencia ante el Alfa Mayor de los Estados Unidos, para que, en representación de los agraviados, este se comunique con el representante de la otra nación para litigar contra dos metamorfos, cuyas trayectorias han arrojado grandes dividendos en ambos lados de la frontera…, sería un gran inconveniente. Aunado a esto, la hombría de su sobrino sería objeto de burlas y el apellido de la familia seriamente enlodado. Prefería arreglar las cuentas a la antigua. —Haré lo más acorde para la honra de los Brankovic. ¡¿Lo más qué…?! Si bien, a Isabel le daría un fresquito que aquellos recibieran una paliza, reclamar una afrenta irreparable ocasionaría