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El Rey y la Bailarina - Martha Molina

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Rachel James

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Derechos de Autor
 
 
El Rey y la Bailarina
©2022 Martha Molina
Amazon Primera edición eBook, 05 de junio 2022.
ASIN: B0B383H11B
 
Portada principal
Imagen bailarina: Autor-Denis Aglichev / Canva.com
(Premium)
Vector garra animal: Autor-Webreid / IMGBIN.com
Efectos y fuentes de la portada: Photo Editor PIXLR.com
Diseño general: Martha Molina
 
IMPORTANTE: Queda prohibida la reproducción total o
parcial de este libro, su tratamiento informático, trasmisión
de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico,
mecánico, por fotocopias, grabación u otro método, sin el
permiso previo del autor.
 
 
 
 
 
 
 
 
                                                       
Sinopsis
 
 
Apostó por sus hijos y venció, teniéndolos consigo.
Apostó por el amor y ganó, a pesar de que todo le jugó en contra.
Apostó por ella misma…
 
Pero esto Isabel lo podría perder en un segundo a causa de fuerzas oscuras que
acechan a sus seres queridos para arrastrarlos al abismo del que nunca
retornarían.
Prólogo
 
 
Los gritos furiosos retumbaban a la espalda de Everett en la
medida en que este se marchaba.
Zanjó abrupto la discusión sostenida con sus tíos y su
hermano en la biblioteca.
Slobodan y Zoran lanzaban increpaciones que quedaron
desoídas, frustrados por carecer del apoyo esencial para
hacerse del dominio de Nueva York, mientras que Damir
escuchaba un mensaje de voz, acabado de recibir, por no
atender una llamada en su móvil hacía unos minutos.
—¡Necio!
—¡Tonto!
Exclamaban furibundos los dos hombres, moviéndose
estos de un extremo a otro, inquietos por el excelente plan
que el incompetente del sobrino no quiso emprender.
Era un maldito cobarde que no merecía ser llamado
«Alfa», el liderazgo le quedaba grande ante la conquista.
—No podemos perder esta oportunidad, solo porque a
Everett le tiemblan las piernas —Slobodan comentó sin
tener cuidado de ser escuchado por Everett o que Damir se
molestara por la ofensa hacia el otro.
—¿Y qué podemos hacer? —Zoran se plantó frente a su
hermano—. ¡Nos puso bozal y correa!
—Eso es lo que él cree… Más bien, será al revés.
—¡Shhhhhht! ¡¿Quieres que nos mate?! Lo que expresas
es una clara amenaza a su autoridad.
Slobodan rio con inquina.
—No para la manada, necesitamos de… ¿Adónde vas? —
preguntó a Damir, luego de que este se levantara de su
asiento para dirigirse hacia la puerta—. ¿No te interesa lo
que tenemos que decir?
El estilizado hombre –pálido– se volvió hacia el tío más
avinagrado.
—Después —dijo con cierta tensión en su voz—, tengo un
compromiso por atender.
—¿Cómo cuál?
No es tu asunto, espetó para sus adentros; sin embargo,
respondió:
—Les aseguro que me interesa, pero me tengo que
marchar. ¿Les parece que lo dejamos para más tarde? Los
llamaré y trazaremos una nueva reunión; por lo pronto… —
se giró sobre sus talones—, me disculpan.
Y se marchó, sintiendo su pecho oprimido por la angustia.
Slobodan y Zoran intercambiaron miradas. Los
descendientes de Stanislav no servían para nada.
Mientras tanto, del otro lado del ventanal de la biblioteca,
con vistas al jardín, Grubana escuchaba atenta a lo que sus
cuñados gruñían. Ella fue rechazada a estar allí dentro y
discutir el asunto de los invitados a la cena de su nieto
primogénito, el bastardo de Everett le cerró la puerta en la
cara, a pesar de ser ella la que ideó el plan desde un
principio; la bilis se le revolvía en el estómago por la rabia,
¡la subestimaban!, ella era astuta y tenía contactos, y la
relegaron a parar la oreja como sirvienta cotillera.
Quiso escupir una palabrota, pero se percató de que
Everett se dirigía hacia los rosales mientras hablaba a
través de su móvil.
Grubana estuvo tentada a espiarlo, por si tomaba
acciones contra ella o su hijo; no obstante, prefirió no
arriesgarse a ser olfateada, por lo que se apuró en correr
hacia las barandas que limitan la zona de la playa con los
rosales y así evitar alertar de su presencia. Lo detestaba por
mil razones y por ser el fruto del amor que su difunto
marido tuvo con la infeliz de Winona.
Bordeó la casa para entrar por la puerta posterior y, al
cruzar el interior hacia el amplio vestíbulo, alcanzó a divisar
a través de uno de los ventanales de la fachada, el auto que
Damir solía dejar aparcado en el garaje para cuando él
estuviese de visita en los Hamptons. Se alejaba con un
rechinar de neumáticos del que a Grubana le pareció
curioso, puesto que Damir era de los que se movilizaba u
ordenaba a su chófer en conducir a moderada velocidad.
¿Qué sería lo que debía atender con tanta prisa?
Se preocupó, Damir jamás se alejaba de esa manera. Él
disfrutaba de una buena discusión, así la llevara de perder.
Lo más probable, el enojo lo amargaba.
—Tengo que ser siempre la que hace todo… —masculló
para sí misma, conjeturando de manera equivocada lo que
representaba que este pisara el pedal hasta el fondo dentro
de los terrenos de la mansión.
Permaneció un instante meditando la actitud de su hijo
por culpa del bastardo y luego se encaminó hacia donde se
hallaban los dos inútiles vejestorios con sus colas metidas
entre las patas.
No organizó aquello de forma infructuosa.
Obtendría poder de un modo u otro.       
 
Capítulo 1
 
 
Con la llamada acabada de cortar, iban tres de las
invitaciones que Everett cancelaba en nombre de su
madrastra.
Torrenegra, Vladan y Makarov fueron los primeros que
recibieron el mensaje tajante de abstenerse en presentarse
en Long Island y, para su conveniencia, les aconsejaba en
abordar sus respectivas aeronaves lo antes posible, no se
haría responsable de lo que a estos les fuera a pasar en una
ciudad que él no comandaba.
Del resto de sus tíos, los mismos Slobodan y Zoran se
encargarían de comunicarles la negativa: nadie se
levantaría en armas ni se transformaría para agredir
vampiros sin su orden expresa.
El que le llevara la contraria, él mismo se encargaría de
arrancarle la vida, aunque fuese familia.
La siguiente llamada que realizaría desde el móvil que le
prestó Luttrell, mientras se hacía de otro, era la que debió
haber hecho en un principio, pero necesitaba asegurarse de
que los anteriores nombrados no se involucraran en un plan
descabellado.
Así que marcó el número telefónico del que, salvo él,
conocía entre la comunidad lobuna. Aquella vez en la que
fue al Mastrangelo a disculparse con el propietario por la
depresión que lo enloqueció, este le dio después su número
para eventuales conversaciones entre líderes. A Everett le
urgía averiguar si estaba enterado de los lobos que
arribarían y si estaba tomando medidas para impedirlo.
Dos repiques bastaron para que, del otro lado de la línea,
contestaran:
—Diga —la persona que respondió no lo hizo como una
pregunta.
—Comuníqueme con el señor Zakharov —solicitó a una
voz masculina que no correspondía con la del mencionado,
pero que Everett asumía que podría ser el mayordomo.
—¿Quién le va a hablar? —inquirió con cierta arrogancia.
—Everett Brankovic.
—Aguarde un momento, por favor.
Hubo un breve silencio y luego una leve sonrisa crepitó a
través del móvil.
—Para que mi asistente ignorara, quién realiza la llamada,
es porque lo haces desde otro dispositivo. Tenía tu número
agregado al mío.
—Perdí mi móvil en un accidente —reveló y al instante se
reprendió por bocón. ¿A ese qué le importaba?
El silencio se plantó de nuevo en medio de los rosales en
donde Everett se hallaba, y antes de que preguntara si el
otro seguía ahí, su interlocutor replicó:
—Claro, por lo de la caída del helicóptero... Es lamentable
lo sufrido por tu compañera. ¿Ella se encuentra bien? ¿Ya se
ha regenerado?
—Sigue en proceso de sanación —dejó creer a Kerenor
que el daño en el móvil se debió a aquello, sin revelar que
en realidad fue Abby Rose, quien partió en mil pedazos el
último que se compró, al lanzarlo al piso de su habitación
por él no haber cedido a su seducción. Con respecto a Isabel
no agregó más información, a ella lefaltaba mucho por
regenerar y esto él lo lamentaba. Le dolía verla ocultar sus
quemaduras bajo un velo.
—Comprendo —Kerenor expresó en un tono que reflejaba
empatía—. El fuego es capaz de acabar hasta con los
inmortales. Y los que sobreviven a este, apenas tienen
fuerzas para recuperarse. Tu compañera es una diosa…    
  El modo informal y meloso en cómo se expresó el
Antiguo, al lobo le sentó mal en la boca del estómago.
—Y es mi mujer.
Risas socarronas crepitaron en su oído.
Everett se retiró un poco el móvil de la oreja para que no
lo ensordeciera.
—Los celos suelen ser tan fuertes en los metamorfos
como en los vampiros —comentó jocoso—. Las compañeras
de vida son las posesiones más valiosas que podremos
tener; lo envidio, Everett, ella es única en todos los
sentidos. Ruego se recupere.
—Gracias.
—Ahora cambiemos de conversación, porque dudo que
me hayas llamado para hablar del infortunio de tu mujer.
—No.
—Es por el pulgoso —comentó al pleno conocimiento de
este hecho—. Me sorprende que tardaras en contactarme.
¿Acaso no dejamos las cuentas claras y las bases de nuestra
amistad cimentadas? Los contratiempos lo aclaramos con
rapidez. 
—Así es y me disculpo. He estado ocupado con estos
desafortunados eventos —replicó sin cohibiciones. No se
excusó por haber estado durante meses en vela, en el
hospital, más al pendiente de las recaídas físicas y
emocionales de su exprometida que de los asesinatos del
depredador. Las cirugías fueron dolorosas y continuas en
Isabel, de la que apenas esta tenía aliento para quejarse.
El otro rio con aire de gran señor.
—Tu perro anda suelto por las zonas verdes —increpó con
parquedad—. ¿Puedo preguntar: está rabioso?, porque si
contagia con su mal, les ofrecemos nuestra «vacuna». Es
muy efectiva para curarlo.
Para Everett no era necesario que le hablara entre líneas,
era fácil deducir el camino violento que emprendería de ser
así.
—No es mi perro y le agradezco el ofrecimiento, pero
tenemos las nuestras y son más potentes para cortar de raíz
toda cepa maligna.
—No lo dudo —se carcajeó—. No lo dudo… Aun así,
estaremos pendientes por si son incapaces de atraparlo —
agregó en tono acerado—. El bajo perfil es importante y la
discreción también. No queremos una cacería de brujas
iniciada por los humanos, a causa de un pulgoso que no se
mide al cazar. Porque es uno, ¿cierto? Odiaría que corriera
mucha sangre…
—No pasará.
—¿Me lo asegura?
—Se lo aseguro.
—Si lo atrapas, lo liquidas. Te corresponde esa tarea, ya
que es de los tuyos, ha atacado a unos cuantos y dejado
huellas tras de sí. Si esto trasciende, te lo cobraremos, así
no sea tu perro... Los Brankovic se han mantenido en mis
dominios durante años y ha comenzado a afectarnos.
Espero sepas cómo somos cuando nos enojamos.
Aniquilación.
—Lo sé. —Los vampiros en estos casos eran extremos.
—Me tranquiliza que podamos solucionar este
contratiempo sin reñir. Reflejas madurez de tu parte: igual
que tu abuelo.
Everett meditaba si Dragan tuvo que capear muchas
veces el juego de palabras afiladas al que el vampiro de
ochocientos años estaba acostumbrado a intimidar a sus
contrapartes.
—Le llevaré el cadáver si lo hace feliz.
Kerenor rio.
—Sí, por favor, tráeme la cabeza. Así me aseguras de que
acabaste con el pulgoso. Recuerda, Everett: los estamos
vigilando. No más muertes. Esta es nuestra zona de caza y,
si aquel continúa atacando o infectando, acabaremos con tu
linaje en compensación por la presas cazadas. Y sería una
pena porque comienzas a agradarme.
Everett abrió la boca para lanzarle unas cuantas
increpaciones, pero Kerenor cortó la llamada sin darle
oportunidad de hacerlo.
—¡Hijo de puta! —gruñó llevado por la ansiedad y el
cabreo. El representante de la Casa del León había acabado
de amenazar a sus hijos.
 
Capítulo 2
 
 
El frenazo fue abrupto.
A Damir le tomó diez minutos llegar al Zoológico del Bronx
y bajarse en una exhalación de su Porsche Panamera verde
grama, del que casi se lleva por delante a un grupo de
humanos que pasaban en ese instante, ganándose por parte
de estos unas cuantas increpaciones por su imprudencia.
El auto familiar-deportivo quedó atravesado entre dos
puestos en el estacionamiento del Bronx River y entró por
las puertas del parque de esa zona.
Caminaba rápido, evadiendo magistral a los humanos que
–para angustia del lobo– se movilizaban como tortugas,
vestidos con ridículas bermudas, camisetas espantosas y
gorras de beisbolistas. Su sentido de la orientación lo
ayudaba a tomar la vía correcta a lo leído en el mensaje
recibido, yendo en sentido oeste, según lo informado por
Jevrem, que debía dirigirse hacia dónde había monos…
Damir no cesaba de orar al gran dios de los metamorfos
para que sus temores no se hicieran realidad; eso no podía
ser, tenía que haber sido un error, algo debió haber ocurrido
como para que aquello sucediera, por su mente pasaban
miles de conjeturas, esperando aprensivo a que la policía
estuviese cercando el lugar y apuntando con sus armas que
a cualquiera derribaría.
Hizo un alto para elevar la nariz y olfatear el aire y así
percibirlo; en ese momento divisó a lo lejos un monorriel,
transportando pasajeros para que disfrutaran mejor del
paisaje y del que a Damir le desagradó este tipo de
entretenimiento; nada de lo que vio en su recorrido era para
ser elogiado: animales en cautiverio en ambientes
artificiales.
Si fuese al revés, los animales observaban y los humanos
se confinaban.
O morían…
Meditó de repente: ¿Cuántas jaulas de monos habría? ¿Y
de qué variedad: orangutanes o chimpancés? Nunca había
estado en ese lugar y él fue un tonto en no preguntar a su
hijo el lugar exacto.
La llamada fue fugaz.
Caminó hacia un humano, pero antes de hipnotizarlo para
sacarle información sobre las ubicaciones del zoológico, el
aroma de Jevrem se percibió cercano.
Damir se mosqueó.
Esperó un rato a que la estela de los bípedos pasara; sin
embargo, precisamente de la parte en la que de estos
estaba más congestionada, es de donde provenía el aroma
que trataba de captar.
Elevó la vista hacia un edificio que tenía pinta de museo,
cuyo letrero identificaba el lugar como «Mundo de la
Jungla».
Reanudó la carrera y atravesó las puertas dobles de vidrio,
sin pagar ningún tiquete.
El ambiente interno era oscuro y de pasillo alargado,
topándose primero con el «Área de Información», cuyas
paredes contenían mapas orientativos de cada exhibición,
en el que contenían altísimos árboles de los bosques
tropicales de Asia que allí plantaron para deleite de los
estúpidos humanos.  
Inhalaba profundo para seguir el rastro, ya corriendo a
una velocidad propia de su especie, vadeando a los que
observaban las exhibiciones de árboles y animales de
aquellos bosques selváticos que los administradores del
zoológico trataban de imitar casi a la perfección.
Ignoró las vitrinas amplias de los matorrales que se
hallaban de un lado a otro; por un breve lapso perdió el
rastro de Jevrem y alzó la nariz para olisquear, llegando
hasta él, los perfumes baratos de los visitantes, las
apestosas flatulencias de los imbéciles que no controlaban
sus intestinos y los excrementos de algunos animales que
estaban confinados más adelante; todo esto lo percibía y
hasta el que tenía grabado en su memoria.
—¡Fuera! —ordenó tajante al sujeto que fotografiaba a
unos lungures plateados a través de la vitrina de protección,
y luego expulsó a cinco miembros de una familia que
señalaban animados a los mismos monitos de larga cola que
saltaban entre las copas de los árboles de dicha exhibición
—. ¡Fuera! ¡¡Largo de aquí!! —Bípedo que se topaba, bípedo
que hipnotizaba para que abandonara el lugar. Jevrem
estaba cerca, lo percibía, pero Damir no podía arriesgarse a
que fuese captado por las cámaras fotográficas o
dispositivos electrónicos que estos portaban.
Los lungures comenzaron a saltar desesperados entre las
ramas altas, pocas veces sintiéndose tan vulnerables frentea los que se hallaban del otro extremo de la vitrina.
Chillaban casi infartados de la presencia de ese ser que
inspiraba temor, habiéndose antes adaptado a la fuerza del
confinamiento; apenas tuvieron alivio cuando este se alejó
por estar «inapetente».    
Damir recorrió unos metros más el pasillo, de piso de
madera y techo de bambú, y atravesó otras puertas dobles
de vidrio que dieron acceso a una parte donde el follaje
selvático era más frondoso.
Una cascada lo recibió…
Formaba parte del entorno «natural», detrás de aquellas
jaulas de cristal que los humanos idearon para que los
visitantes y los animales se mantuvieran separados.
¡Fo!, se tapó la nariz. El olor a ramas húmedas, barro,
heces y orín de mono, golpearon sus fosas nasales.
En esa área, del cual se apreciaba de ambos lados del
pasillo, la seguridad era media, puesto que las especies
mostradas no representaban peligro: las vitrinas se erigían
hasta la cintura de un adulto y la vista se apreciaba desde
cierta altura.
—¡Fuera o los destrozo! —gritó a varias personas sin
determinar que entre estos había niños.
Ninguno protestó, de allí todos se marcharon obnubilados.
Desde su sitio, Damir buscó a Jevrem entre el tupido
follaje y las enormes raíces sobresalientes de los
gigantescos árboles que se hallaban a su derecha, pero allí
no lo vio y enseguida se volvió hacia la exhibición a su
izquierda.
—Oh, Licaón… —sollozó por la impresión, Jevrem se
hallaba casi mimetizado a las faldas de un árbol de tronco
grueso, aovillado en la tierra como si fuese un ser indefenso
a las inclemencias del tiempo y la vida misma. Estaba
desnudo y temblando convulsivo por la crisis que
enfrentaba que por las bajas temperaturas; no obstante, el
clima de esa mañana no provocaba tiritar de frío, aún el
otoño distaba de golpear inmisericorde y la temperatura
regulada en el edificio, lo hacía soportable.  
Pero Jevrem yacía allí con su piel erizada, sus brazos
pegados a su pecho y, tan encogido…, que a Damir se le
oprimió el corazón.
Sin reparar en que las cámaras de vigilancia lo pillasen o
sus zapatos de diseñador se estropearan al caer en el
estanque artificial, saltó hacia abajo al pasar de un impulso
sus piernas por sobre el cercado de vidrio.
Los pequeños primates se aterrorizaron ante la invasión
de otro lobo en su zona asignada, aferrándose a las ramas
de los árboles y lanzando aullidos como si fuesen niños que
gimoteaban por el llanto descontrolado.
Damir los ignoró, él no estaba allí para devorarlos, sino
por su hijo.
Así que, teniendo cuidado de sobresaltar al joven, posó
una mano en su hombro para confortarlo y así indicarle que
había acudido en su ayuda.
—Hijo —lo llamó sin ser rudo—, ya estoy aquí.
Jevrem al sentir el contacto de su padre, rompió en llanto.
El otro no supo qué hacer, lanzaba miradas recelosas de
un extremo a otro, inquieto por los movimientos de las
ramas bajas de las copas de los árboles cercanos, gruñó a
las criaturas que se escondían entre el follaje, por si le
lanzaban popó; eran un par de monos, curiosos del joven
tembloroso en la tierra. No riñeron al lobo más viejo en
respuesta, más bien, treparon de inmediato a la seguridad
proporcionada por las alturas, alertando a sus compañeros
de los que abajo se hallaban.
—Hijo, vamos… —Damir trató de levantarlo y llevarlo
rápido hasta el Panamera, a pesar de su desnudez. Si los
humanos lo notaban en esas condiciones, llamarían a la
policía, por el nuevo incidente que ocurría en el parque
metropolitano, pues no faltaba el loco que quería ser parte
de la manada de algún animal salvaje—. Deja de resistirte y
levántate —lo increpó sin más remedio que hacerlo para
que recobrara la compostura, lo sentía por él, pero no era
conveniente consolarlo en ese lugar por estar sin
guardaespaldas que los protegieran.
Por desgracia, tuvo que prescindir de estos para evitar
que se dieran cuenta de Jevrem; se cuidaba de las
indiscreciones y la cotilla que rodaría entre la servidumbre.
Sería un riesgo del que no tenía intención en asumir. Aun
así, lamentaba de no hacerse acompañar por el más fiel de
sus hombres cuando subieron al jet. El maldito de Everett
dispuso solo de los suyos.
Y él desconfiaba de ellos.
—Hijo… —zarandeó con suavidad su hombro, Jevrem no
paraba de llorar, lo que escuchó en el móvil lo dejó helado.
Él era el depredador.
No alcanzó a formular en su mente cómo se las arregló
para llamarlo, el número era el de un extraño y no portaba
ninguno, cuando notó que detrás de Jevrem se hallaba el
móvil que debió tomar «prestado de alguien». En la
biblioteca ignoró la llamada por estar pendiente de las
protestas de su tíos; no obstante, en cuanto consultó quién
era el insistente, le llamó la atención el número de llamadas
perdidas y el mensaje de voz que le dejaron.
 
«P-papá… —tartamudeó—, a-ayúdame, sssoy… s-
soy… soy el asesino. Los maté. ¡Fui yo! Estoy en el
Zoológico del Bronx, por… Monos, hay monos…».
 
Damir dejó de respirar.
¡¿Que él qué…?!
Ni supo en qué momento se subió a su auto para
ayudarlo.
Se inclinó hacia adelante y, por encima de su hijo, tomó el
móvil del suelo.
Lo encendió para reparar a quién le pertenecía, la foto de
una mujer joven le sonrió tan pronto la pantalla se iluminó.
No tenía clave de acceso, el dispositivo apenas tenía carga y
era de un modelo económico, pero le sirvió a Jevrem para
contactarlo.
Lo partió en dos y los pedazos los lanzó al estanque.
—¿Es cierto? ¿Eres…? —le costaba formular la pregunta. Si
los otros se enteraban, lo mataban.
—Sí… —respondió con voz rota y llorando a raudales, cada
vez más aovillado.
A Damir se le hizo un nudo en la garganta.
¡¿Su hijo?!
Era un error. Tal vez lo malditos vampiros lo atraparon y lo
hipnotizaron; de esos chupasangres lo creía todo: buscaban
el pretexto para iniciar una guerra y tomar posesión de los
bienes que ellos tenían en Nueva York.
Puede que fuese lo más factible, pero Damir consideraba
otros motivos.
Clanes enemigos.
¿Makarov?
¿Torrenegra?
¿Los Yakaramath?
¿Quiénes?
Alguno de los que ansiaban el mando de los Brankovic se
movilizaban en la oscuridad. El que fuese, capturó a Jevrem
y lo hizo su títere, puede que bajo amenazas por deudas o
asuntos que este no deseaba otros se enterasen. ¿Por ser
homosexual? ¿Drogas? ¿Violación?
Si era esto último, ¿a quién violó?
Hizo un mohín, seguro que a alguna chiquilla
descendiente de un alfa.
Acarició la melena de su hijo, húmeda por el sudor y
polvorienta por la tierra, y se lamentó de que haya sufrido
ese calvario: ¿cuántos actuaban movidos por el desespero,
asesinando a los que sabían su secreto?
¡Oh, su Jevrem!
Sacudió la cabeza, negándose en aceptar que él se dejara
dominar de esta manera. Habría buscado el modo de
librarse de sus chantajistas, recurriendo a su padre o a su
tío; esbozó una sonrisa interna, no buscó a su tío favorito,
sino a él, a su padre del que se mantuvo distante durante
meses. La sangre llamaba a la sangre, y Jevrem llamó a su
pariente más cercano.
Damir alzó la mirada una vez más y rodó los ojos por el
perímetro, sus sentidos estaban agudos, su corazón
palpitante, sus uñas alargadas y listas a desgarrar
extremidades. ¿Algún humano lo habrá visto antes de que él
llegara? ¿Los que monitoreaban los pasillos de las
exhibiciones forestales habrían alertado a seguridad?
O Jevrem ejecutó la hipnosis para ser «invisible» a los ojos
de los humanos.
—Me contarás todo al volver a casa; por lo pronto… —de
un tirón lo jaló con rudeza del brazo y lo puso en pie—, nos
marchamos. No me gusta este lugar, muchos ojos sobre
nosotros… —Así fuesen monos o serpientes, Damir
desconfiaba.
Jevrem carecía de fuerzas para sostenerse por sí mismo,
ocasionando que su padre lo sostuviera, al pasar su brazo
por sobre su hombro y lo llevó a paso lento por entre la
«jaula-jungla», y luego saltaron por sobre el cercado de
vidrio para devolverse por el camino donde se hallaba
aparcado el vehículo.
Fue molesto tenerque estar a menudo gruñendo a la
gente y obnubilando sus mentes para que no los filmasen
con sus móviles; cuando recuperaran la lucidez, se sentirían
confundidos y dudarían de lo que vieron; de filtrarse algún
vídeo por las redes, la reputación de su hijo y la suya se
arruinarían, los escándalos de ese tipo no eran tolerados en
las Cortes Reales si su querida madre pretendía
posicionarlos. Los súbditos debían ser aguerridos como
sigilosos.
Jamás, en sus cincuenta años de existencia lobuna, tuvo
que pasar por un hecho semejante; solo un padre estaría
dispuesto al señalamiento o al peligro para sacar –
literalmente– del fango a su hijo. Jevrem lo necesitaba y él
se la brindó sin increpaciones, habría tiempo para darle una
escarmentada, se dejó dominar por otros y sufría las
consecuencias. ¡Él lo crió para ser dominante, no al revés!
Con la mano libre, abrió la puerta del copiloto y acomodó
a Jevrem en el asiento. Este seguía temblando, por lo que
Damir se quitó su chaqueta para arroparlo.
Se cimbró al percatarse que una bípeda de contextura
rolliza los fotografiaba con su móvil desde los portones
abiertos de la entrada del Bronx River. Damir corrió hacia la
mujer y, antes de que esta parpadeara, ya no sostenía el
móvil entre sus manos.
Solo alcanzó a observar estupefacta que yacía destrozado
en el pavimento.
—Maldición… —gruñó mientras se deslizaba detrás del
volante y miraba a la mujer a través del espejo del
parabrisas. La bípeda se agachaba para recoger su móvil,
tal vez creyendo que se le había caído por accidente por esa
ráfaga de viento que de repente azotó.
Los temblores de Jevrem no cesaban, el shock a causa del
trauma producido –de lo que sea que hizo– lo mantenía
afligido. Puede que haya tenido un acceso de ira y un
posterior declive en sus emociones; no estaba bien, seguía
roto por dentro, llorando como un niño.
Encendió la calefacción hasta su máximo punto y giró la
suichera, poniendo al instante en marcha el Panamera.
Sentía que un enorme peso a ambos los aplastaba si
continuaban por las inmediaciones del zoológico.
Tras salir del Bronx y rodar hasta atravesar los límites de
Manhattan, se detuvo dentro del estacionamiento privado
de un lujoso centro comercial, no era prudente llevar a
Jevrem a los Hamptons en esas penosas condiciones,
Everett haría muchas preguntas y él no tenía capacidad
para responderlas.
Se tomó un respiro y meditó lo que debía hacer.
—Disculpa, hijo —expresó en cuanto hurgaba el bolsillo
interno de la chaqueta que le servía de manta. Jevrem ni lo
escuchaba, su mirada perdida más allá del cristal de su
ventanilla.
Él los mató.
Él…
Los dedos del progenitor volaban sobre la pantalla táctil,
marcando el número de la persona que lo ayudaría.
Media hora más tarde, ambos lobos continuaban ocultos
en el vehículo. Estaban en el segundo nivel subterráneo del
aparcamiento 124, junto con otros autos de menor gama,
cuyos propietarios se paseaban campantes con sus compras
por las boutiques de los pisos superiores.
Damir no apabulló con preguntas a Jevrem con la
intención de que se calmara y también para él mismo reunir
el valor a lo que este le dijera en el momento preciso.
Jevrem ya no lloraba, aunque su mirada seguía perdida,
quizás recordando los asesinatos cometidos; si bien, los
lobos eran capaces de destripar personas si los asolaba el
hambre, se «civilizaron» a consumir de la carne cazada por
proveedores asignados. Una cacería de humanos dejó de
efectuarse desde el siglo pasado, cuando esta población
perdía el miedo y se hacía de poderosas armas letales para
aniquilarlos; hasta los vampiros mantenían el secreto de su
existencia, solo se requería de un humano para accionar el
botón de una bomba que diezmaría un gran número de
ambas especies.
—¿Qué te llevó a cazar? —por fin le preguntó, mirando él
por su ventanilla para que su hijo no viera su expresión
cuando le respondiera.
—No lo sé.
Damir se volvió hacia este.
—¿Te secuestraron y amenazaron? —El alfa o lobo mafioso
que lo haya hecho, sabría lo que es meterse con un
Brankovic.
—No.
—¿Sientes odio hacia los bípedos? —Puede que muy
dentro de su ser estuviese desarrollando un aberrante
sentimiento hacia estos.
Cabeceó.
—¿Placer al matar? —los sádicos y los psicópatas gozaban
al observar el horror en sus víctimas. ¿Sería Jevrem uno de
ellos?
Cabeceó más rápido y esta vez miró atribulado a su padre,
pues no existía un motivo para hacerlo.
—¿Qué me está pasando?
Esa era una pregunta que el progenitor también se
formulaba para sus adentros: ¿Qué le sucedía a su
primogénito?
Apenas le respondió con un encogimiento de hombros,
mortificado por no hallar las razones a su aparente «locura»,
los asesinatos efectuados en Alaska y Nueva York no serían
perdonados por el Alfa Mayor; este era el representante
estadounidense ante el regente del continente americano,
imponiendo las leyes con mano dura. La matanza de
humanos en tierras de vampiros, los medios televisivos
exponiendo al mundo hechos inexplicables, la policía
metiendo sus narices, siguiendo el rastro de un perro
gigante…, bastaría para que los gobernantes emitieran un
decreto de acabar con el linaje del que ocasionó la cacería.
Ambos permanecían meditabundos, preocupados en lo
mismo, pero el silencio imperante fue interrumpido tras el
toque nervioso de unos nudillos femeninos en la ventanilla
de Damir.
Radojka.
Damir se bajó de inmediato y tomó la bolsa que su
Primera Esposa trajo de manera furtiva a pedido de él; la
mujer estaba angustiada, bordeando el Panamera verde,
caminado detrás de Damir, del que apenas este le
suministró una escueta información: «Ve por una muda de
ropa de Jevrem y sal sola sin que nadie te vea; no manejes
ningún auto del garaje, toma un taxi o el vehículo que veas
en tránsito por la calle. Antes de marcharte, coméntale a
Blanka de que tienes migraña y que permanecerás
recostada en tu habitación hasta que se te pase, así
evitarás que te molesten y se den cuenta de no hallarte en
la casa».
Eso fue exactamente lo que ella hizo y siguió las
indicaciones que su marido le daba a través del móvil:
«Hipnotiza un conductor y que te lleve hasta la 6ta Avenida,
luego ve al centro comercial…».
Radojka notó las perneras del pantalón y los puños de la
camisa de su marido, que estaban húmedos, así como
también los zapatos untados de barro. Y esto la hizo meditar
de dónde él halló a Jevrem para estar como si la creciente
de un río los hubiesen revolcado. 
Sollozó al ver a Jevrem tan traumado, pero tuvo que
contenerse por la mirada severa de Damir.
Este abrió la puerta del copiloto.
—A ver, hijo, tenemos que vestirte —lo despojó de la
chaqueta y alargó la mano para que Radojka le diera la
primera prenda que le iba a poner.
—¡¿Aquí lo vestirás?!, ¿por qué no lo llevaste a otra parte?
—¿Cómo un hotel? —graznó—. Mucho riesgo. Dame el
calzoncillo. Trajiste uno, ¿no?
—Un bóxer…
Damir se lo arrebató con rudeza, mientras que Radojka se
preguntaba para sus adentros qué le habría pasado a su
bebé para que estuviese así. El licor no se percibía, siendo
la borrachera descartada, tampoco una riña o asalto
callejero, Jevrem no presentaba heridas ni aporreos, solo
esa mirada ida…
—¿Alguien te vio salir de casa? —Damir le inquirió a su
mujer, a la vez en que vestía a su hijo, el pantalón de corte
deportivo subía por las piernas de este, a pesar de seguir
sentado en la parte del copiloto como si fuese un
minusválido que se hizo en los calzones.
—Nadie, tuve cuidado de escabullirme por la puerta de la
piscina —Radojka contestó entrecortada a la vez en que
meditaba del porqué de tanto secreteo, ¿qué tenía su hijo?
—¿Everett?
—Escuché que se marchaba en el Mercedes…
—¿Preguntó por Jevrem? —La camisa abotonándose sobre
el torso del aludido.
—No que yo sepa.
—Lo más probable, es que no. Según sé: lo asignó a cuidar
a esa horrorosa híbrida como si fuese su guardaespaldas.
A Radojka se le estrujó el corazón.
—¿Vas adecirme qué fue lo que le pasó?, ¿por qué no lo
llevas a casa? —preguntó aprensiva y arriesgándose a una
increpación silenciosa de su hosco marido.
—Por el bien de nuestro hijo, es mejor que te mantengas
en la ignorancia.
—¿Por qué? —la angustia en ella se acrecentó, Jevrem no
reaccionaba, se dejaba poner las medias y los zapatos por
parte de su padre.
—Pesadillas… Las pesadillas se hicieron realidad.
Damir levantó la mirada hacia él y Radojka se preocupó.
¿Pesadillas? ¿Qué pesadillas?
Ella inquirió con la mirada a Damir, preguntándole de esta
manera qué fue lo que Jevrem quiso decir. Lo presentía,
pero temía que fuera esto y no una sobredosis por drogas,
del que Damir hacia lo posible para que la familia no se
enterara, pues ocasionaría que le restaran deberes
importantes y lo rebajaran a una paria. Un metamorfo
toleraba el licor y era inmune hasta con los medicamentos,
pero las sustancias alucinógenas causaban que se tornasen
agresivos.
Los desinhibían.
Por fortuna, Jevrem no parecía presentar estas señales.
—Es nada —respondió, cerrando la puerta del copiloto con
algo de nerviosismo y le ordenó a su mujer en subirse a los
asientos posteriores del vehículo, sin aclararle lo que el otro
balbuceó.
Sin embargo, Jevrem lo repetía casi en un susurro que
salía de forma atemorizado de entre sus labios, comentando
a lo que, en sus «alucinaciones», sería a alguien que solo él
veía.
Pesadillas.
Pesadillas.
Pesadillas.
Se hicieron realidad…
Como si Radojka hubiese recibido una contundente
bofetada que la espabiló, la hizo comprender lo que esto
representaba en las penurias de su bienamado hijo.
Jadeó.
Imágenes violentas y persecuciones terroríficas, llegaron a
la mente de la progenitora, sumiéndola por un instante en
un mundo tenebroso y ajeno a los que la rodeaban.
—Damir… —llamó a su marido, quien giraba la suichera
para accionar el motor—, nuestro hijo…
Él la miró a través del espejo del parabrisas, cansado y
con ojeras, queriendo tomarse una copa de vino y olvidarse
que todo aquello sucedió.
—¿Qué pasa, mujer? —le dolía la cabeza de tantas
hipnosis que ejecutó para mantener a raya a aquellos
humanos, siendo ahora incapaz de subyugar hasta la mente
del más débil de los omegas existentes.
Radojka acarició con profundo pesar el pelo de su hijo, que
era del mismo color a la de su esplendorosa melena negra,
y dirigió sus grisácea mirada hacia su marido.
—Él… —tomó aliento y las lágrimas rodaron por sus
mejillas—, él… Él es como yo…
 
Capítulo 3
 
 
El lento tráfico por las cercanías del Aeropuerto JFK,
comenzaba a crispar a Everett.
La colisión de un Volvo, un Mazda y una motocicleta,
produjo ensordecedores pitidos de los claxon que llevaban a
los conductores a lanzar gritos enojados por el abrupto
estancamiento vehicular. Branimir se mantenía con la vista
fija en el parabrisas, siendo un chofer calmado en
comparación con los que manejaban los demás vehículos.
Everett se sobó las sienes en un aumento incesante de la
migraña por los ruidos que hacían zumbar sus oídos. Viajaba
en la parte trasera del Mercedes-Benz, Maxwell le hacía
compañía al alfa, en todo momento atento a su entorno, con
sus venas preparadas para burbujear y emerger su lobo
interno por si algún atrevido colmilludo en traje antisolar les
daba por inmolarse para matarlos. Tyson se hallaba en la
silla del copiloto, en silencio y rascándose la nuca como si
tuviera sarna. Detrás de ellos los seguían la camioneta de
Everett manejada por Luttrell, en compañía de Elijah y
Colton, quien también se rascaba los brazos y las piernas
sin cesar.
—Qué ganas de joder… —Luttrell refunfuñaba por la
pésima forma en cómo los neoyorquinos conducían,
haciendo comparaciones con los de Alaska. Él provenía de
Anchorage y se había criado en Kenai, prefiriendo sus
padres una vida más sedentaria y «natural», que la
progresiva densidad poblacional de bípedos. Por supuesto,
ni Kenai ni Anchorage, o cualquier pueblo de las diferentes
regiones de la última frontera de Estados Unidos, era como
la ciudad cosmopolita en la que surcaban a muy baja
velocidad y entre airadas protestas.
—Qué puedes esperar: son bípedos… —replicó Colton a la
vez en que se rascaba con desespero las pantorrillas; sobre
todo la derecha que fue la que sufrió la mordida. Los
bípedos en nada eran buenos, solo dar lata y servir de
alimento cuando a los lobos les apetecía.
—¿Tienes pulgas? ¡Ya deja de rascarte!
Elijah se carcajeó y Colton lo miró cabreado.
—Al menos, yo le disputé a Tyson la hembra, en cambio,
tú bajaste sumiso la cabeza al joven amo. Te cagaste de
miedo y él te puso a cacarear.
Elijah –sentado en la cabina junto a Luttrell– dejó de
carcajearse. Lo espetado por su compañero gamma le dio
en la boca del estómago. Jevrem Brankovic era de tener
cuidado.
—¿Y qué querías que hiciera: morir? Ese chico parece alfa
por lo fuerte.   
—Excusas…
La uñas de Colton rastrillaban por encima de la manga del
brazo izquierdo, le picaba, las heridas causadas por Tyson
aún estaban en proceso de cicatrización, fueron profundas y
dolorosas, teniendo que tragarse las quejas a los superiores,
se midió a un beta y perdió, y casi termina en las mismas
condiciones de este cuando Jevrem le dio una paliza a
Tyson.
Tuvo que cargarlo a cuestas, mientras se alejaba
rengueando del sótano.
Luttrell tamborileaba los dedos sobre el volante,
impaciente por la espera en la cola y cansado de escuchar
sandeces de esos dos. Miró adelante, hacia el Mercedes,
ninguno de los guardaespaldas que allá se hallaban,
hablaban cuando el amo tenía el ceño fruncido, era mejor
mantener el pico cerrado, y menos comentarían que tres de
sus hombres se enfrentaron al joven Jevrem la noche
anterior por una omega que dormía en el sótano de la
mansión.   
Mientras tanto, Everett revisaba los mensajes airados que
le llegaban de sus tíos, Teodor y Emir. Por lo visto, ya habían
sido notificados sobre lo de la supuesta «cena» para
homenajear el cumpleaños vigésimo sexto del primogénito
de Damir; las palabras que trascribían estaban inconclusas
y con errores ortográficos cargados de exclamaciones
excesivas, pero esto se debía a la velocidad en cómo
expresaban de forma escrita su desacuerdo.
No respondió a dichos mensajes, lo que tuvieran que decir
que se lo dijeran a la cara.
De repente, un auto blanco se alineó al Mercedes y emitió
un taladrante sonido, provocando que Everett se tapara los
oídos con ambas manos.
Hijo de…
Estuvo a punto de bajarse del vehículo y estampar al
sujeto contra el volante y dejarlo inconsciente por empeorar
el caos imperante; sin embargo, al fijarse, observó de que
se trataba de una octogenaria malhumorada, transportando
a otro que lucía pálido.
—Caminaré. No aguanto tanto ruido.
Branimir se volvió asombrado hacia el asiento posterior.
—¿Solo, señor? —se preocupó.
—Me largo caminando o aquí me vuelvo loco.
—Y los…
—Durmiendo en sus ataúdes —comentó a lo que Maxwell
intentaba alertar sin tomar en cuenta de que la luz del día
era la aliada de los hombres lobo, mientras que la noche lo
era para los vampiros.
Aun así, el greñudo guardaespaldas temía por su líder,
nadie lo protegería en caso de ataque o un disparo a la
distancia.
Everett plantó los pies en el pavimiento de la autopista y,
llenándose de paciencia, emprendió la marcha hacia el
aeropuerto para cerciorarse de que los invitados de
Grubana se marcharan como lo ordenado.
Los guardaespaldas en la camioneta se fijaron del
desespero del amo por alejarse de allí, por lo que Luttrell le
ordenó a Elijah que tomara su lugar, mientras él y Colton
custodiarían al amo. Lo mismo hicieron Maxwell y Tyson,
quienes a este ya le pisaban los talones.  
Branimir quedó confinado en el Mercedes sin más remedio
que esperar a que las grúas remolcaran los vehículos, un
Mazda estaba volcado, producto de un fuerte impacto que
recibió en el costado trasero y este golpeó a su vez a un
Fiat, del que, por último, se llevópor delante a un
motorizado.
No hubo muertos, pero sí heridos y destrucción, en la que
tardarían en movilizar las vías públicas. El auto volcado
impedía el paso de la fila por donde avanzaba lento la
octogenaria y su posible pareja, quien, al parecer, también
se sentía mal por todo ese agite.
Everett se compadeció de él, lo comprendía. El ruido de
los claxon era para cometer asesinato.
Pasando por el lado del Mazda, le dio un empujón con una
mano para que se deslizara hacia un extremo por donde la
grúa pretendía elevarlo con su gancho, esto le daría espacio
suficiente para que los vehículos enfilados rodaran por ahí
sin inconvenientes. Lo sentía por Branimir y Elijah, tendrían
que aguardar hasta que despejaran la autopista, el Mazda
terminó de bloquear esa parte de la vía.
Observó la moto, esparciendo gasolina en el pavimiento al
estar ladeada por el impacto y al motorizado lanzando
vulgaridades al sujeto que adelantó los vehículos sin
precaución. Tenía un hematoma en su frente y sus ropas de
tela rústica, roídas y sucias por el arrastre, amenazando con
demandas por los daños causados. Everett sintió pena por
esa bella moto que jalaría una buena cantidad de dinero
para repararla, era una Ducati de alto cilindraje,
recordándole la que una vez fue suya, aunque no del mismo
modelo, pero sí una joya de la maquinaria en dos ruedas de
la que obsequió a su sobrino en sus arranques depresivos.
Por cierto, ¿qué hizo con la moto?
Se marchó de Kenai en esta y volvió sin ella.
Dejaría para después formularle esa pregunta y se
movilizó aturdido hacia el aeropuerto que estaba a unos
minutos de camino. En vista del grupo de hombres trajeados
que se aventuraban en avanzar a pie, algunos humanos los
imitaron, bajando sus respectivos equipajes de los taxis,
puesto que estos tenían un viaje programado y no
pretendían perder el vuelo por el que provocó el triple
choque.
Las puertas automáticas de la Terminal se deslizaron a los
lados en cuanto Everett pisó el suelo del umbral y se dirigió
hacia las Salas VIP, cuyos viajeros poseían transporte aéreo
privado, mientras él medía a cada humano que merodeaba
por el aeropuerto, aspirando los aromas que fluctuaban a
cada instante para captar el de los que él esperaba se
largaran.
—¿Vienes a despedirme? Qué considerado —Andrey
Makarov comentó en un tono socarrón que a Everett le
desagradó. Se había levantado de su asiento en la que
miraba aburrido una película en un televisor de plasma que
ocupaba buena parte de la pared donde se hallaba colgado.
Los hombres de Everett permanecían afuera de la sala, con
sus severos ojos puestos sobre los del otro líder.  
—Así es —replicó Everett sin dejarse llevar por las ganas
de estamparle un puñetazo por majadero—. Me preocupa
que se equivoquen de vuelo.
Andrey rio desabrido.
Maldito cobarde…
—Lo tenemos bien anotado, ya estamos por abordar. Es
una pena no haber disfrutado del agasajo de tu sobrino, me
cuentan que los mejores chefs cocinan para ustedes…
Habría sido delicioso probar los platillos que se hubiesen
servido esta noche. Aunque –sonrió perverso– el postre era
lo que más ansiábamos. Y ¿tu bella esposa?
Everett alineó sus ojos marrones.
—Cuidado, Makarov…
Cuatro hombres fornidos se prepararon para un
enfrentamiento si su señor corría peligro y los de Everett
perfilaron feroces la hilera de sus dientes, pero ambos
grupos de guardaespaldas se relajaron en cuanto Makarov
hizo un gesto de «bien, no sigo con mis comentarios, eres
muy amargado» y puso los ojos en blanco. Provocar al hijo
menor de Stanislav, era meterse en muchos líos.
No, de momento…
Claro está que el moreno de origen ruso se moría por
saciar su morbo y averiguar en persona de, si lo que decían
con respecto a Isabel García, era cierto.
Quedó desfigurada por las quemaduras.
Por supuesto, estaba al pleno conocimiento de la
gravedad de sus heridas y de las operaciones que la
concubina de Everett fue sometida en aquel hospital, para,
de alguna manera acelerar el proceso regenerativo, al
sustituir la piel chamuscada por otra criocultivada.
Se estremeció y le dio una calada al puro que sostenía
entre sus dedos, expulsando hacia arriba el humo para no
darle directo al rostro de Everett.
Aunque quería.
—Mándale mis saludos —dijo como si Isabel lo conociera,
pero no era así—, exprésale que ella está siempre en mis
oraciones.
—Le diré —lo que jamás haría.
—¿Piensas aguardar hasta que aborde mi jet?
—Es lo menos que puedo hacer por mis «colegas».
—Qué considerado… —repitió sarcástico. Everett
permanecía al pie del cañón como soldado dispuesto a dar
batalla. Lástima que escogiese el bando equivocado—.
¿Gusta un café? —El otro sacudió la cabeza—. ¿Un puro? —
Hizo amague de sacar uno del bolsillo interno de su
chaqueta, pero el lobo anfitrión lo rechazó.
—Dejé de fumar —dijo con parquedad.
—Por lo de tu padre, claro…
—Por mi salud —por su compañera, por sus hijos. Él no los
dejaría desamparados por no cumplir con su propia
promesa. Tras el deceso de su padre, decidió dejar de
fumar, a pesar de que en unas cuantas ocasiones cayó en la
tentación a causa del estrés provocado por el depredador
que aún no logran atrapar. 
Andrey inhaló profundo el puro y el humo salió de entre
sus labios con ese gusto propio de alguien que disfruta del
vicio durante años y que no teme a que sus pulmones
adquieran cáncer. Aún le quedaban largas décadas para
despreocuparse. Era joven.
—No sabes lo que te pierdes —volvió a inhalar.
Everett consideró que Makarov era un imbécil.
—Si vuelves a Nueva York para confabular, te arranco la
cabeza —cortó con la charla «amena» y fue al grano para
dejarle claro al Alfa del clan homónimo a su apellido, que él
no se andaba por las ramas.
El otro lanzó al lustroso piso lo que quedaba del puro y lo
encaró sin amilanarse.
—Si ese coraje que manifiestas lo emplearas hacia tus
chupasangres, ahora estaríamos repartiéndonos el botín y
no riñendo entre nosotros.
Un leve gruñido, un paso intimidante hacia adelante.
Ambos grupos de guardaespaldas en tensión de ataque.
—¿Botín? ¿Qué botín? —cuestionó casi pegado a la nariz
del insolente lobo como si fuesen dos boxeadores que se
medían intimidantes antes de la contienda en el
cuadrilátero—. ¿Los terrenos de David Colbert o los bienes
de mi familia?
—Lo que poseen esos malditos: nadan en dinero —
respondió altivo. Edificios, mansiones lujosas, galerías,
entidades bancarias y un sinfín de inmuebles por todo el
país. El Grigori inglés era de los vampiros más acaudalados
entre su especie. Hasta castillos poseía del otro lado del
océano.
Si vencían al ejército en Nueva York, más lobos se unirían
a la causa y harían retroceder al otro Grigori apostado en
México, recuperando los terrenos que antes poseyeron.
—Por codicia no se diezmará mi gente —Everett replicó
contundente—. Mantén tus garras retraídas y lejos de…
—¿Tus dominios? —Andrey rio con saña, lanzando su
aliento a tabaco directo a su cara—. No estamos en Kenai,
sino en la populosa Gran Manzana. Aquí todo lobo es
bienvenido. —Ni siquiera era un Alfa Regional para que le
diera órdenes de forma altanera. Ya quería verlo de cómo
haría si a Nathaniel Reid, máximo líder de Alaska, le diera
por pasar una temporada en Nueva York: andaría con la cola
metida entre las patas y tragándose toda su prepotencia.  
—Los Brankovic somos responsables del orden entre los
nuestros, así que, mantente lejos.
Con cuántas ganas, Andrey Makarov, estaba por espetarle
un «¿qué pasa si no me da la gana de obedecerte? Eran del
mismo rango y Nueva York no estaba bajo el mando de
ningún clan.
—Más bien, temes perder dicho poder —espetó—. Una vez
que expulsemos a esa peste, los clanes existentes querrán
aumentar sus terrenos de caza. ¿Qué te preocupa, Everett,
que Crowell esté en desacuerdo y se lo cuente a Cortázar?
Él gruñó bajo y los hombres de Sergey también lo hicieron.
Los de Everett no se quedaron atrás. En cualquier
momento se desgarraríanlas pieles a zarpazos y mordiscos.
Tyson y Colton estaban por desahogar sus frustraciones,
entre estos existía un creciente rencor por lo de la chica que
no pudieron follar y una suerte de alianza por perderla al
mismo tiempo a manos del joven Jevrem.  
Ambos alfas alzaron la mano para que todos se calmaran.
—Por supuesto que me preocupa que el Alfa Mayor
comente a nuestro Supremo —espetó Everett—. Son
muchas vidas que están en juego y también el pellejo de mi
familia. El rey firmó un pacto con Colbert y Meretz hace un
siglo, al perder la guerra contra estos. Los vampiros nos
superan en número y armamento, saben cómo arreglárselas
para combatir a los metamorfos y no se miden para
exterminarnos. Ni los Portadores han podido con ellos.
En esto Andrey no replicó.
Los infame vampiros se jactaban de mantener a raya a
seres que eran más poderosos a estos y a los lobos, pues
aquellos que se mencionaban eran humanos con dones
sobrenaturales, capaces de hacer levitar objetos, expulsar
fuego a través de sus manos, provocar tormentas eléctricas,
teletransportarse.
No obstante, al igual que los lobos, los Portadores eran
pocos y su ubicación desconocida.
—Estoy al tanto —comentó de vuelta—, pero si le
colaboramos al rey…
—No provoques lo que no podrás hacer frente.
—¿Es temor lo que huelo en ti?
—Es prudencia y sensatez. Si alzas a los tuyos, están
solos. Si tratas de convencer a los míos, te mato. ¿Nos
entendemos?
—Por supuesto. —Pronto vería cuando a este lo barrieran
con sus aliados: el cobarde de Everett le besaría los pies
para que lo protegieran. En cuanto se deshicieran de los
vampiros, el reino canidae se extendería desde el Polo Norte
hasta el Polo Sur, y Andrey Makarov sería el próximo Alfa
Mayor de los Estados Unidos.
Del que, con el tiempo, se convertiría en la mano derecha
del Alfa Supremo.
En vista de que Everett no aceptaría ningún tipo de
bebida, ya fuese espumosa o caliente, y que un acuerdo
entre guerreros de nada serviría, se volvió hacia su sillón
para encender otro puro, mientras preparaban su aeronave.
En la Sala VIP no había ningún humano, a excepción de los
servidores, a Sergey le fastidiaba tener que compartir con
estos, obnubilando sus mentes para que no lo avinagraran
con sus inmundas presencias. Aborrecía a los humanos,
seres que debían de carecer de derechos por ser
generadores de constante contaminación y cacería animal
deportiva.    
Acomodó sus pies en una butaca traída por uno de los
empleados y tomó el control del apoyabrazos de su sillón
para cambiar la estúpida película que estuvo viendo. La
rabia lo corroía por dentro, todo el mundo salió espantado
tan pronto Everett emitió su desacuerdo. Torrenegra
emprendió vuelo en un parpadeo y Vladan –quien fue el
primero en largarse sin protestar– le aconsejó en no
provocar discordias con el Clan Brankovic, estos tenían
contactos que los librarían de cualquier desgracia y, a los
alborotadores, los lanzaban al quinto infierno.
Por otro lado, Everett salió de la sala para dirigirse a los
hangares, donde sus otros colegas –que él ignoraba ya se
habían marchado– podrían hallarse a la espera del visto
bueno del piloto y de la Torre de Control, y asegurarse de
que estos junto con Makarov abandonaran la ciudad.
Mientras se encaminaba hacia ese lugar, seguido por sus
hombres, marcó el número de su chofer, este ya estaba a la
entrada del aeropuerto, al igual que la camioneta que Elijah
estacionaba en un puesto libre, la grúa levantó rápido al
Mazda volcado y del que nadie, a excepción de Branimir, se
fijó en que Everett les «daba una mano».    
 
Capítulo 4
 
 
Isabel no dejaba de sonreír.
A pesar de hallarse algunas personas desagradables en la
casa, la felicidad en ella para nada aminoraba. ¡Se había
regenerado! ¡¡Por fin!! Ya no tendría que ocultarse bajo un
velo, ni encerrarse para que aquellos que la odiaban se
regodearan por su desgracia. En cambio, se vistió con un
ceñido pantalón oscuro y una bonita blusa estampada que
resalta sus atributos físicos y sus facciones morenas, y se
calzó unos tacones que elevaban su estatura, solo para
sentirse más femenina.
Quería demostrarle a esa gente que habría Isabel García
para rato.
—Es increíble que Erik ya esté gateando —comentó Anna,
quien estaba sentada en el piso, animando al infante a
desplazarse sobre sus rodillas y manitas—, lo ha hecho
incluso antes que los demás cachorros. Será un gran
corredor.
Isabel rio mientras cargaba a Ángel, dándole mimos para
que no se sintiera relegado. También intentó gatear, pero no
pudo, sus extremidades aún carecían de la fuerza motriz
para permitirle seguir a su hermano.
—Es como su padre: inquieto —dijo socarrona en
referencia al mayorcito y con una verdad latente en sus
palabras. Everett era un hombre que, cuando se proponía
conquistar algo, lo lograba. En ella logró el perdón y en su
familia, la imposición de su mando. Amaba correr por los
bosques y estos fueron su refugio cuando los dos reñían.
Anna ladeó su cabeza como si estuviese pensativa y soltó
un suspiro a la vez en que mantenía una sonrisa
apesadumbrada. Simulaba pasarlo bien con los gemelos
para que estos y la madre no se dieran cuenta de que su
corazón lo tenía oprimido por una angustia que no
comprendía. Había aceptado que solo fue la follada por una
noche de un beta caprichoso, que hizo todo por poseerla,
pero, por alguna razón ella por este se preocupaba.
—¿La señora desea que alimente a su hijo? —Esther le
preguntó a Isabel tan pronto Ángel bostezó. Organizaba por
quinta vez los peluches en las estanterías para tener algo
que hacer, ya que se inquietaba de estar parada como
estatua, sin hacer nada, salvo observar a la niñera jugar con
el pequeño Erik y a la patrona mecer al más chico para que
no llorara.   
—Yo lo haré, gracias —contestó un tanto tensa con la
mujer, a quien ya no le simpatizaba por esos celos de madre
que sentía.
La nodriza asintió dándose por vencida y Lourdes se
mantenía sentada en uno de los sillones del Cuarto de
Juegos, aburrida de no ejercer sus funciones de cuidadora
de la progenie del alfa, puesto que la híbrida recién
regenerada se empeñó en estar con los gemelos todo el día,
mientras el otro estuviese fuera de casa.
De continuar así, Lourdes y Esther quedarían
desempleadas. ¡Y allí pagaban muy bien!
Otro salario como el que remuneraban con dicha familia,
ellas no hallarían por los sectores, los demás patrones eran
tacaños con las nodrizas, desmeritando la labor que a
menudo ejercían. 
—¿Es hambre o sueño? —Isabel se dirigió a su pequeñín,
quien bostezó por segunda vez, parecía que se le fuera a
escapar el alma por la boca. Rio—. Por lo visto es sueño; de
tener hambre, llorarías.
—¿Desea que lo arrulle? —Lourdes se levantó de
inmediato del sillón, afanada por ejercer sus funciones y así
evitar un futuro despido por parte de sus patrones.
Isabel se iba a negar, pero notó la mortificación de la
mujer, que le entregó el bebé para que lo durmiera. Esther
miró mal a su compañera de labores por habérsele
adelantado, ahora ella ocuparía el sillón, sintiéndose inútil.
—¡Ven aquí! ¡Ven aquí! —Anna exclamaba lo más bajito
posible para que Ángel no despertara, mientras animaba a
Erik en avanzar hacia ella.
El gemelo grande vacilaba en gatear, de vez en cuando,
apoyando su barriguita en el piso cuando sus bracitos
perdían fuerza; el piso estaba liso y frío, y un mal avance
suponía un golpe en la carita; sin embargo, se llenaba de
valentía, animado por la niñera a quien quería mucho.
Isabel y Esther aplaudieron sin causar sonidos para que
Ángel no se sobresaltara. El pequeño era nervioso, los
ruidos lo hacían llorar y despabilar el sueño que era en este
irregular.
—¡Bieeeeeen! —Anna celebraba los gateadas de Erik—.
Así se hace, ¡pronto vas a caminar! Mira cómo gateas…
Isabel, sentada en una de las dos mecedoras que
dispusieron para cuando los gemelos fuesen alimentados,
sonrió orgullosa del logro de su preciosobebé. Síp, sería
como su padre…
Después de que Lourdes durmiera a Ángel y que Erik
presentaba las mismas señales de cansancio, las nodrizas y
ella los llevaron a la habitación contigua para acostarlos.
Anna se quedó en el Cuarto de Juegos, recogiendo los
carritos y juguetes regados en el piso para acomodarlos en
las estanterías asignadas, y luego vaciando la papelera del
baño, donde arrojaron los pañales sucios al momento del
cambio, y salió del cuarto con la pestilente bolsa anudada
para llevarla al contenedor de basura.
Justo cuando el picaporte cerraba la puerta, Anna alcanzó
a ver que, por el otro extremo del pasillo hacia su izquierda,
el señor Damir y la señora Radojka, conducían a Jevrem que
estaba pasado de copas.
Quedó helada.
Fue inevitable que la rabia la atenazara. ¿Salió a celebrar
que se había follado a una omega virgen?
O que se impuso sobre sus rivales y se anotó una más a
su larga lista.
El progenitor se percató de ser observados y lanzó una
dura mirada a la muchacha, quien de inmediato clavó la
vista en sus zapatos, simulando no haberse dado cuenta de
ellos y procedió a marcharse hacia la planta baja antes de
ser increpada por idiota.
Por el área de servicio, tomó la ruta que conduce a los
contenedores de basura, ubicadas cerca del cobertizo y
apuró las pisadas para que el olor a pañales sucios no
permaneciera mucho tiempo en el aire en la medida en que
ella cruzaba el trayecto.
—Con usted tengo que hablar —Milenko salió de repente
de su despacho, justo en el instante en que Anna pasaba
frente a su puerta que estaba abierta.
Esta se detuvo e hizo un mohín antes de volverse hacia el
hosco mayordomo.
—¿En qué le puedo ayudar, señor? —preguntó aprensiva,
el anciano siempre tenía para ella una regañina reservada.
Milenko miró a la joven con ganas de retorcerle las orejas.
—Esta mañana se levantó tarde y no atendió cuando la
llamé.
Ella se hizo la sorprendida.
—¿Sí?, ¿en qué momento?, no lo escuché.
—¡No se haga la tonta! —la gritó, Anna lo vio cuando esta
cruzaba el vestíbulo en el instante en que la ama Grubana
impartía órdenes al personal para organizar los arreglos
florales y todo lo referente al festejo de esa noche—. Le
advierto que no tendrá segundas oportunidades, aquí no
toleramos a las sirvientas holgazanas; si el trabajo le queda
grande, renuncie o nosotros la despediremos.
—Sí, señor —no le escupió un, «usted no es mi jefe,
métase la lengua por donde no le llega la luz y vuelva a su
despacho, viejo cascarrabias»; en cambio, se limitó en
asentir, pues no estaba en posición para rechistar, el señor
Everett había llegado de visita y no la tenía en buena estima
por lo de la deuda de su padre con Nemat Clifford.
La sacaría a patadas de la casa en un tronar de dedos, si
el mayordomo le iba con quejas.
Y este estaba por hacerlo.
—¡Fo! ¡¿Qué es ese apestoso olor?! —Se tapó la nariz,
asqueado de lo que percibía—. ¡¿Qué traes ahí?!
Anna alzó la bolsa anudada de la papelera.
—Pañales sucios.
El señor Milenko tosió por las arcadas que le daban, del
hedor a popó que contaminó el pasillo.
—¡Lleva esa inmundicia a la basura! —Abanicaba una
mano para que se largara de allí, prometiendo que se
encargaría de increparla más tarde, Anna Morris era una
lobata de dos caras y él la pondría de patitas en la calle
antes de que el amo Everett retornara a Alaska.
Al mismo tiempo en que el anciano manifestaba ese
hecho en su fuero interno, Isabel dejó a sus hijos al cuidado
de las nodrizas para ella tomar un poco de sol en el patio
posterior.
Se sentó en la banca, con vistas a la playa, y respiró
profundo para llenar sus pulmones de oxígeno.
Procedió a quitarse las sandalias y así poder caminar
sobre la grama sin que los tacones se le enterraran en la
tierra; esto la gratificó y sonrió por lo bien que se sentía, la
brisa marina ondeaba con suavidad su melena suelta y el
olor dulzón de los rosales aromatizaba el entorno.
Era un cuadro perfecto estar allí, la hacía sentirse bien
consigo misma, estaba recuperada, ya no tendría que
ocultarse para no ver las expresiones de lástima o
satisfacción de otros.
Aún los integrantes de la casa desconocían de su mejoría,
pero era cuestión de minutos para que se enteraran. Si bien,
Esther y Lourdes estaban en su habitación, vigilantes del
sueño de los gemelos, Anna sería la que iría con la noticia,
pese a que no era cotillera. Puede que la dicha de haberla
visto libre de cicatrices, la llevara a contarle a todos las
Buenas Nuevas.
Las tripas le gruñeron y rio, porque aún no desayunaba y
la hora del almuerzo llegaba, por lo que se sorprendió no
haber asaltado un plato de comida. El hambre comenzaba a
darle campanadas, pero Isabel permanecía relajada en la
banca, disfrutando del paisaje que parecía una pintura al
óleo: el océano Atlántico se mantenía apacible, apenas las
olas se levantaban de las masas de agua y se deslizaban en
ondas donde disminuían en la orillas entre espumas
blanquecinas. Observaba a los humanos, los pocos que por
la playa caminaban, se mantenían abrigados con gruesos
suéteres para no cohibirse del descenso del clima; según los
noticieros: octubre anunciaba que el otoño pronto
encrudecería.
Isabel no era inmune a las bajas temperaturas; aun así, lo
soportaba mejor que los humanos.
Sonrió.
Era feliz.
Ya no más cicatrices ni piel nacarada en sus extremidades
por la falta de pigmentación; las nanovendas cumplieron
con su cometido. Le daría un fuerte abrazo al doctor
Pavlovic por sugerir el experimental tratamiento, fue mucho
lo que la ayudó.
Sin saberlo, en la mansión neoclásica, los sentimientos
fluctuaban, eran dispares: Anna se lamentaba de haber
caído en las garras de un seductor, Milenko avinagrado por
las confrontaciones que hubo la noche anterior y sin
haberse enterado por estar pendiente de los amos en el
comedor; Grubana enojada por el bastardo de Everett,
Blanka estresada con las sirvientas, puesto que estas
parecían aletargadas por alguna razón y no acataban sus
órdenes con la debida celeridad en la cocina. Andjela,
Milena y Jelena, planificando besuquearse con alguno de los
chicos adinerados del sector, Vesna pendiente de que estas
no hicieran nada indebido, la reputación se vería
perjudicada y los pretendientes que dispusieran para las
que faltaban por comprometer, se alejarían sin pedir
explicaciones.  
En cuanto a Damir y Radojka…
Con el alma en vilo.
Capítulo 5
 
 
—Vete al dormitorio, me quedo un rato para asegurarme de
que se duerma.
—También quiero quedarme.
—No —Damir le contestó tajante a su Primera Esposa—.
Vete por si mamá o alguien más te solicita; se supone estás
recostada por la migraña.
—Y aquella chica… —Radojka se refirió a Anna, quien
también se percató de esta, de a quién ellos traían entre
brazos por el pasillo de la segunda planta.
—Despreocúpate, me encargaré de ella, si se fue de cotilla
le arranco la lengua. De todos modos, vete, evitemos
levantar sospechas.
Radojka miró a su hijo, acostado de medio lado en la
cama, aún con las ropas puestas. Su mirada perdida hacia la
pared frente a él, sin lágrimas y con una profunda tristeza
en su rostro. En el auto, cuando ella le reveló lo que podría
ser Jevrem, Damir lo rechazó de plano, lo que le comentaba
cambiaría para mal todo su mundo. Otro lobo habría gritado
mil improperios y lanzado a Radojka un sinfín de
increpaciones por haber procreado un ser que sería
considerado por todos como una abominación.
Jevrem, no…
Jevrem, no…
Su adorado hijo nació para liderar y mezclar su sangre con
una loba de la élite social que lo representara en las
reuniones que el Alfa o Damir organizara, y fuese un enlace
entre los grandes señores que allanarían su camino con
gloria y títulos nobiliarios cargados de fortuna.
Pero si la comunidad lobuna se enteraba de lo que era
Jevrem, sería considerado una paria.
Con mucho cariño, Radojka besó su frente y le subió la
cobija hasta la clavícula, parecía que tuviese frío, y
abandonóla habitación con el corazón roto.
Se sentía tan impotente.
Ella sabía su verdad y no lo podía ayudar.
Damir aguardó un par de minutos para que su mujer se
alejara, aun así, abrió la puerta del dormitorio y chequeó
que esta se hubiese marchado. Así fue, pero también echó
un vistazo en ambas direcciones del pasillo por si alguna
sirvienta ahí merodeaba o tal vez su madre que solía
inmiscuirse en sus asuntos.
Cerró la puerta y rodeó la cama de su hijo para hablar con
él.
—¿A cuántos has matado? —Tuvo la precaución de no
comentarle a Radojka sobre los asesinatos que
supuestamente Jevrem cometió. Ella habría caído en la
desesperación y sus lloriqueos hubiesen delatado a los
demás de lo que estaba sucediendo.
Jevrem se aovilló. Sus manos apurruñadas bajo la
almohada.
—Muchos…
Damir apretó los párpados y oró a Licaón. ¿Por qué su
hijo? Él fue un buen padre. A pesar de sus secretas
inclinaciones sexuales, siempre estuvo atento a sus
necesidades, inculcándole las correctas acciones de su raza.
—¿Desde cuándo comenzaste? —le dolía preguntar la
fecha en la que su alma se oscureció. Debió haberle pasado
alguna desgracia para que le diera por cazar humanos a
mansalva.
Jevrem frunció el ceño como si echara memoria y le
ocasionara una profunda agonía.
—Después de partir.
—¿De Alaska?
Asintió como un autómata.
Del inicio de su salvajismo, Damir calculaba que de esto
hacía cuatro meses y veintiún días.
—¿Por qué? —conjeturaba que tal vez fue hipnotizado o
amenazado por alguna causa; que fuese esto y no lo que su
esposa indicaba, porque de resultar cierto lo otro…, ninguno
se salvaría.
Se tragó un lamento y se esforzó por mostrase
imperturbable, ninguna de las posibilidades que se
barajaban lo libraría de una jauría enardecida, lo
descuartizarían con sus feroces fauces.
Jevrem daba largas en responder, su mente vagaba por la
antesala del infierno; todo era terror y persecución, muerte
a granel.
—No lo sé —¿Qué más quería que dijera? Los mató sin
motivo aparente. Él solo tenía recuerdos por sus pesadillas;
de lo contrario, ni eso recordaría.
Damir no soportaba su pasividad, había matado y yacía en
la cama como si apenas lo procesara. Su hermoso rostro
masculino lucía demacrado y sin vida, reflejando una
posible dominación de otros contra su voluntad.
De las solapas de la chaqueta, lo agarró con rudeza y lo
sentó para darle una contundente bofetada.
Jevrem no reaccionaba.
Damir le propinó otra que le reventó el labio inferior.
—¡Reacciona! ¿Quién es el que te obliga a matar? ¡¡Dime!!
—lo gritó y sacudió, su voz rota y desesperada.
—Nadie coacciona mi mente, padre. Solo los demonios.
El progenitor lo estudió con detenimiento y llegó a la
conclusión de que la maldita de Radojka le trasmitió su
condición a su primogénito.
—No son demonios, sino alfas o vampiros —espetó—. ¿Te
topaste con alguno durante tu travesía?
Jevrem se incomodó, varios rostros fugaces aparecieron
en los recuerdos.
Tembló, aquello no estaba relacionado, sufriría una terrible
vergüenza. ¿Qué diría su madre de él?, ¿sus amigos? Anna…
—Ninguno —prefería guardar en el fondo de su ser lo que
esa noche experimentó—. Estuve solo todo el tiempo.
Damir no le creía.
De un impulso acunó el rostro de su hijo y lo obligó a que
lo mirara a los ojos; tenía que descubrir la verdad, la que
fuera para así obtener una solución al respecto. Hasta los
asesinos sanguinarios confesaban sus atroces crímenes a
sus abogados para que estos entablaran la mejor estrategia
para defenderlos de sus acusadores.
Dilató sus pupilas y centró su poder hipnótico para sacarle
a la fuerza las respuestas que temía escuchar, pero que no
le quedaba más alternativa que preparar sus oídos.
—¿Quién te manipula? —la pregunta era simple: el
nombre que le arrojara sería el culpable y Damir lo mataría.
—Nadie —respondió sin que su voz o su expresión se
alterase. Sus propias pupilas estaban normales por no ser
afectadas por el dominio del padre.
Damir entrecerró los ojos de modo en que, mediante esta
acción, su hipnosis fuese más efectiva.
—¿Quién? ¿Quién, Jevrem? ¡Dame un maldito nombre!
¿Quién te manipula? —lo sacudía en la medida en que le
preguntaba.
—Ya te dije que nadie —y se liberó del agarre de Damir. Se
recostó de nuevo sobre la almohada y sus ojos negros se
clavaron una vez más en la pared frente a él. Allí observaba
los rostros que más odiaba.
No estaba relacionado, él solo enloqueció por los
demonios.
Damir desistió en el hipnótico interrogatorio, ningún
dominio ejercía sobre su hijo, este era un beta y él estaba
agotado y, de paso, era pésimo para someter la mente de
los lobos que fuesen más fuertes.
Lo arropó y, mortificado, se puso en pie, llevándose las
manos a la cabeza por no tener la certeza de sí Jevrem
pudiese ser el depredador. Todo apuntaba a que sí destripó
a esos humanos y comido de su carne, quebrantando la ley
impuesta a los de su especie; tenía lagunas mentales e
incoherencias al hablar, pero esto a Damir no le bastaba,
alguien lo manipulaba, su hijo era bueno, brillante, su futuro
no podía truncarse de esa manera.
Pero estaba la otra cuestión…
La peor.
Y esta era la que a Damir más le preocupaba.
El contraste de sentimientos seguía marcando a los
residentes de la gran casa, llevando al límite sus propias
emociones que a esas alturas las tenía desechas. Damir
meditaba a lo que él estaría dispuesto en hacer por salvar a
su hijo de la furia de Everett o de los ancianos regidores de
las leyes lobunas, que toda acción la pesaban en una
báscula de moralidad y rectitud.
Por otro lado, Isabel sentía que renacía.
Los rayos solares abrigaban su cuerpo y elevaban su
temperatura, provocando copiosas gotas de sudor que se
perlaban en su frente y se deslizaban cuesta abajo por sus
sienes.
Sonreía…
¿Se puede estar más feliz?
Se regeneró, se reconcilió con Everett, su inquieto Erik ya
gateaba y su pequeño Ángel era su bendición.
Lo demás estaba en segundo plano: el Cuartel de las
Brujas, las hienas carroñeras, ninguno la afectaba;
celebraba estar de vuelta en Nueva York, con la libertad y el
gozo que tanto ansió.
Le provocó danzar, aunque ignoró el gruñido de su
estómago, ella aguardaba por Everett, sentarse juntos en la
mesa y brindar su primera comida, tras la reconciliación.
Se acomodó de tal modo que su espalda se deslizara y su
nuca se recostara contra el respaldo de la banca, y respiró
profundo mientras sus ojos se mantenían cerrados, dejando
que el sol bronceara su piel.
Relax…
Fabuloso relax…
Tanto en la mansión de Kenai como en la neoclásica, los
antiguos propietarios dispusieron de bancas de hierro
forjado por los jardines en la que ellos disfrutaran de una
amena charla o se relajaran con el paisaje que los rodeaban.
La banca favorita de Isabel: las que estaban de cara a la
playa, ya fuese aquella frente a la Ensenada Cook o esta
con vistas al Atlántico.
Abrió los ojos y sonrió.
Era tan feliz.
—¡Uf, qué calor! —Sacudió el escote de su blusa para
airearse, los rayos solares del mediodía incidían con mayor
intensidad, pese a que el termostato indicaba a los
lugareños en que el clima oscilaba por los 2 grados
centígrados. Los humanos a lo lejos se arrebujaban en sus
suéteres, quizás arrepentidos por su desventurado paseo
por dichas inmediaciones, ya que para estos el clima estaba
«demasiado frío».
Se le antojó un chapuzón, aunque fuese en la orilla.
Por la plazoleta, el Mercedes-Benz y la camioneta, la
bordeaban para estacionar bajo el pórtico de columnas
dóricas; Branimir se apuró en abrir la puerta de la parte
trasera a Everett y este se bajó, aún malhumorado por tener
que estar vigilando los pasos a los alfas visitantes. A estos
los tendría en la mira, mostraron sus cartas al aceptar la
invitación de su madrastra: ambicionaban los bienes y
terrenos de los Grigoris y el exterminio de su gente.
Al menos, él mismo compró tiempo extra para resguardar
a los suyos, la amenaza de Kerenor le caló hasta loshuesos,
lo angustió en gran medida.
—Señor —Milenko lo recibió en la puerta principal, con una
reverencia de la que solo a él se inclinaba con absoluto
respeto y sumisión.
Everett respondió con un asentamiento de cabeza y, sin
decir más, se dirigió hacia las escaleras.
—Mi señor, su compañera está por el área de la piscina —
Milenko creyó pertinente comentar al alfa antes de que
fuese a su dormitorio para estar a solas con esta. No le
agradaba, pero desde que el amo conoció a la híbrida,
sonreía con más frecuencia.
Claro está que no en ese momento, los recientes
acontecimientos por culpa de los tíos empañaron su buen
humor.
Everett se extrañó. ¿Qué hacía fuera del dormitorio? Isabel
procuraba permanecer a solas.
Voló hacia la puerta que da acceso a los jardines
posteriores de la casa y la buscó por el entorno sin hallarla.
¿Qué hacía afuera? Tenía entendido que, por indicaciones
del doctor, no debía asolearse para que las pieles
criocultivadas no se estropearan.
Se preocupó por la insensatez de Isabel y la llamó con
urgencia.
—¡Isabel! ¡Isabel! —carajo, ¿dónde estaba?
Notó las sandalias sobre la banca.
Estaban acomodadas como si las hubiese dejado en su
zapatería, las puntas señalaban hacia la playa, delatando
silenciosamente a su propietaria o era una señal de esta
para que él la siguiera.
Su angustia se incrementó.
¡¿Hacia allá fue a caminar sola?!
—Mierda… —¿Cómo era posible que fuese tan
imprudente? Tanto sufrir por sus quemaduras y se
descuidaba.
Lo iba a oír, tenía que ser más cuidadosa si deseaba
obtener alguna mejoría.
En un parpadeo llegó hasta la playa, la arena cubrió sus
zapatos elegantes y parte de las perneras de su pantalón.
Halló rápido las ropas de Isabel, dejadas al descuido en lo
que parecía su recorrido hacia el océano, las recogía a la
vez en que la buscaba, su periferia abarcaba toda la
extensión de la playa. ¿Dónde estaba?
Una punzada se alojó en la boca de su estómago.
Isabel no sabía nadar.
—Esta mujer… —ya no la quería regañar, solo estrecharla
entre sus brazos. ¿Por qué le dio por meterse al océano y
con el sol en su punto álgido?
—¡Isabel! —la llamó, su corazón palpitando azorado, las
ropas de nuevo sobre la arena—. ¡Isabel! —puso las manos
alrededor de sus labios para aumentar el volumen de su
voz, el viento, el ambiente externo, la inmensidad del
océano…, se tragaban el urgido llamado a su mujer.
De inmediato se fijó en un humano que parecía
embobado, mirando quién sabe qué, hacia las aguas, como
esperando a que sucediera algo, pero Everett no observaba
nada, salvo las olas yendo y viniendo, una y otra vez.
Entonces la vio.
Y su mandíbula se desencajó.     
 
 
 
Capítulo 6
 
 
Ave Fénix.
Fue lo que pensó Everett al verla.
Isabel emergía del agua como una sirena que asoma el
rostro con imponencia. Lo dejó sin habla y con los ojos
agrandados, contemplando a esa maravillosa criatura.
Ella le sonrió y él no supo si le devolvió el gesto, aún
mantenía la boca desencajada por la sorpresa. ¡Y vaya que
lo fue! Lucía magnífica, perfecta para él y para todo aquel
que apreciara la belleza.
Rápido rodó los ojos con severidad hacia el humano y le
mostró los colmillos de lobo celoso, gruñéndole
amedrentador para que dejara de morbosear a su mujer y
se largara de allí antes de que lo desfigurara de un zarpazo.
La única prenda de vestir que usaba Isabel era su ropa
interior y la hacía lucir provocativa.
El humano se sobresaltó cuando escuchó los gruñidos que
emitía un sujeto greñudo y barbón como si estuviera loco o
drogado, y procuró alejarse para salvaguardar su integridad
física. Al parecer era el novio de la despampanante modelo
que jugaba cerca de la orilla del océano.
Otros hombres que observaban a Isabel tuvieron que
perderse del mapa, temerosos de sufrir un disparo o ser
apuñalados.
Everett volvió a centrar su atención en Isabel y no pudo
gritarle de que saliera de la playa, el oleaje la podría
revolcar y hacerle pasar un mal roto; sin embargo, ella reía
como niña juguetona, saltando entre las olas como si no
tuviese miedo de ser arrastrada al fondo y morir ahogada.
A pesar de la carencia de Everett, de leer la mente, era
fácil determinar que Isabel rebosaba de felicidad.
¡Estaba regenerada! Su piel acaramelada por los rayos
solares del mediodía y la humedad por sus divertidos
chapoteos, resaltaban su tonicidad, libre de horribles
cicatrices y manchas blanquecinas.
La alegría de esta contagió a Everett, quien seguía
plantado en la arena, observándola como un burdo mortal
que tuvo la suerte de encontrarse con una sirena de dos
piernas en vez de cola de pez, que llegó hasta la orilla,
quién sabe de cuál ciudad submarina de la que se aventuró
para visitar al mundo de la superficie. Ni siquiera era
consciente de su respiración, de la que dejó de hacerlo y
hasta de pestañear, pues ni se atrevía a mover sus
párpados para no dejar de admirarla. ¡Qué preciosura! Qué
diosa…
Literalmente Isabel era un fénix, cuyas lenguas de fuego
le habían consumido su belleza y del que ahora resurgía el
doble de hermosa.
Everett parecía leer en la expresión de esta un «mírame,
me he recuperado por completo». Las lágrimas de él se
deslizaban por sus mejillas masculinas, también feliz,
insuflado de un amor que ya no cabía en su pecho.
En el fuero interno de Isabel, ella cantaba su canción
favorita. En ese preciso instante era como su himno
personal que acompañaba su espontánea danza, la letra era
poderosa, cargada de valor y un deseo inquebrantable de
liberar mil batallas y ganarlas todas.
Cantaba y bailaba, con el agua hasta la mitad de los
muslos, ofreciendo un espectáculo vivaz para una persona.
Para el hombre que amaba.
Sia –en su mente– cantaba Imparable
[1]
, con esa pasión
en la que solo la artista australiana era capaz de hacer
vibrar su voz.
 
Con sonrisas puedes engañar a toda una ciudad.
Lo haré hasta que el sol se ponga y durante toda la noche.
Oh sí.
 
Isabel dio un giro sobre sí misma, levantada en la punta
de un pie, sin que el lecho marino se lo impidiera. El agua
salpicaba a los lados y se levantaba a su rededor,
envolviéndola como una espiral de gotas cristalinas.
 
Oh, sí, te diré lo que quieres oír.
Dejé mis gafas de sol, mientras yo derramo una lágrima.
Nunca es el momento adecuado.
 
En este caso, para la joven híbrida, ella dejó en la
habitación el velo que siempre la cubría y salió al mundo a
brillar. Ya nada la detendría.
Agua salpicaba.
Danza.
Saltos.
Risas.
 
Me puse mi armadura, te mostré qué tan fuerte soy.
Me puse mi armadura, te mostré qué tan fuerte soy.
 
Esa parte de la estrofa le venía como anillo al dedo a la
joven, quien hizo un sorprendente remolino, con sus brazos
pegados sobre su pecho, dando vueltas como un trompo
para luego detenerse abrupto y soltar sus delgados brazos y
extenderlos a los lados a modo de triunfo.
Le demostró a Everett que era fuerte en mente, cuerpo y
espíritu.
 
Soy imparable.
 
Expresaba Isabel en la mirada a la vez en que «Sia»
cantaba como si fuese su voz interna que la animaba a
bailar sin penas.
 
Soy un Porsche sin frenos.
Soy invencible.
 
De escuchar la canción, hasta Everett le daría la razón:
Ella era un auto deportivo que corría a gran velocidad por la
autopista de la vida.
 
Sí, gano cada juego.
 
Apostó por sus hijos y venció, teniéndolos consigo.
Apostó por el amor y ganó, a pesar de que todo le jugó en
contra.
Apostó por ella misma…   
 
Soy tan poderosa.
No necesito nada más para seguir.
Sí, hoy soy imparable.
 
La fuerza de sus piernas le permitieron dar un salto alto y
elevar uno de sus pies hacia la espalda para que Isabel se
arqueara hacia atrás como si quisiera tocar las puntas de los
dedos con su cabeza.
Everett apreciaba la danza acuática que le ofrecía Isabel,
mientras que agradecía a los dioses lobunos de que no
fuese como aquella vez en la cabaña, en la que bailó para él
enojada, en un reclamo que hacía con su cuerpode llevarle
la contraria. A orillas del océano, su danza era febril,
expresando con sus alegres movimientos que todo entre
ella y él estaba bien, y que juntos harían maravillas.
 
Hoy soy imparable.
 
Isabel no tenía frenos, estaba eufórica, llorando y riendo al
mismo tiempo. Las lágrimas se confundían con el agua
salpicada por sus brazos danzarines, desbordada de todo lo
que sentía; su alma irradiaba de júbilo, sus pensamientos
eran canciones en vivo, agradeciendo a cada segundo al
cielo por apiadarse de ella.
 
Hoy soy imparable.
Hoy soy imparable.
Hoy soy imparable…
 
La danza era una mezcla de estilo libre, payasadas y
ballet clásico; lo que se le ocurriera en ese momento, su
cuerpo que por largos meses estuvo entumecido en una
cama, explotaba de energía.
Everett rio.
¡Cuánta dicha Isabel manifestaba!
No sentía vergüenza que los humanos la filmaran para
luego subirla a las redes por sus ocurrencias en la playa,
tampoco se cohibía de que algunos de los miembros de la
casa veraniega de los Brankovic, se burlaran de ella por no
comportarse como una dama.
El que lo hiciera, lo expulsaría de su hogar, Isabel era un
alma libre.
La amaba tal como Licaón se la había mandado.
Perfecta.
¡Plash!
Una de las olas chocó con Everett y esto a él lo
sorprendió. No se dio cuenta de haberse metido al agua
para acercarse a Isabel. Aun así, no le importó estar
sumergido hasta las rodillas, con zapatos y ropa, siguió
avanzando hacia ella, atraído por su amor y grandeza.
Isabel sonrió maquiavélica y lo bañó al aventarle agua,
una y otra vez con rapidez, el pelo y barba de Everett
quedaron como si se hubiera sumergido, él ni hizo amague
por cubrirse con sus manos, dejó que ella siguiera con sus
travesuras, era tan genial verla de esa manera, despojada
de cohibiciones y tristeza, que se carcajeó.
La danza acabó e Isabel se plantó de cara a él.
—Hola —lo saludó sonriente, sin verse desde que tuvieron
sexo.
Mejor dicho: desde que llegaron esos vejestorios…
—Hola —respondió el otro que estaba por comérsela a
besos.
—Ya estoy bien —comentó risueña a la vez en que le
mostraba los brazos y luego se tocaba la cara, como si
Everett necesitara que se los señalara para darse cuenta.
—Estás her-hermosa… —tartamudeó apenado de su
perplejidad por no haber estado preparado de su repentina
recuperación. Por supuesto, él antes vio indicios y se admiró
por ello: los lóbulos de las orejas y el cabello que estaban
creciendo, las cicatrices tornándose más sutiles en algunas
partes de sus extremidades, los senos voluptuosos llenos de
leche…
Los apreció y sus ojos llamearon, queriendo arrancarle el
sujetador y chuparle los pezones ahí en medio de la playa y
delante de todos.
—¿En realidad me veo hermosa? —Admitía que era tonto
preguntarle, ella así lo sentía, pero quería escuchar dicha
afirmación.
—Hermosísima.
Ambos sonrieron, aún separados a cierta distancia, con
sus respiraciones agitadas y la vista puesta uno en el otro.
Everett dio un paso adelante e Isabel lo imitó, cada vez más
cerca, atraídos por la fuerza imantada de sus miradas. Se
observaban entre sí; él por la sorpresa de la recuperación de
Isabel y esta, porque le agradaba lo que veía.
Se le hacía que Everett en ropas mojadas era
endemoniadamente sexy.
Dio un paso más y él también.
La distancia entre los dos era exigua, Everett la deseaba
desde su altura y ella alzaba sus ojos para atrapar los de
ese pecaminoso ser.
—Me siento tan feliz…
La manifestación de esa realidad provocó que Everett la
atrajera hacia a él y la abrazara con tanta fuerza, que Isabel
jadeó en busca de aire.
Casi le fractura las costillas con su abrazo de oso, por el
temor que hacía unos minutos padeció al no hallarla en la
playa. La apretujaba para manifestarle a los que los
observaban que era suya y también porque necesitaba
sentirla pegada a su torso, pues no tendrían un camino fácil
de recorrer como pareja, pero haría lo que fuera para
honrarla.
Isabel no era frágil, era una luchadora. Le enseñó que una
hembra no era la sombra de un varón, sino su complemento
y, como tal, ambos tenían los mismos derechos y
obligaciones.
Ahí comprendió que debía intentar retomar lo que una vez
fue roto.
—Isa —la separó para que lo viese al rostro, ella le sonrió
atenta, ni tenía idea lo que por su cabeza pasaba—. Mi bella
dama resplandeciente, te amo por sobre todas las cosas y
por sobre el poder que me otorga como alfa en mi manada.
A parte de mis cachorros, eres la más importante en mi
vida.
—Ay, Everett, ¿qué me quieres decir? —se inquietó, eso
sonaba a…
—¿Aceptas de nuevo casarte conmigo? —No hincó una
rodilla como suelen hacer muchos humanos para proponerle
a sus respectivas novias, caminar hasta el altar, las olas
entorpecerían que él se expresara con propiedad hacia su
futura esposa, golpeando su pecho o haciéndole tragar
agua, ridiculizando la escena.    
Ella quedó estática.
Los tristes recuerdos de la discusión a causa del anillo de
compromiso, la decepción de Everett por haberle mentido,
el salvajismo de Isabel en el helicóptero, la caída de la
aeronave en las inmediaciones del aeropuerto de
Anchorage, el incendio, sus quemaduras, la separación de
sus hijos…
Todo fue turbio.
 
Capítulo 7
 
 
—No tienes que responderme ahora.
Everett se preocupó, la expresión de Isabel se tornó seria.
—Piénsalo unos días —agregó— y luego me dices si
deseas unirte a mí en matrimonio.
Isabel asintió sin ser consciente de su ceño fruncido por
sus atribulados pensamientos; eludió la mirada de Everett
en los diminutos remolinos que se formaban a su rededor y
en la marea que ascendía y descendía conforme al suave
oleaje. Al menos él le permitía meditar su respuesta sin
presionarla para que se la diera en ese instante, del que el
bendito anillo de la discordia brillaba por su ausencia.
Everett la rodeó una vez más en su abrazo de oso,
manifestándole con esa acción que esperaría a que se
decidiera, solo que en su fuero interno él oraba a que fuese
afirmativa y el apellido de su linaje también se extendiera
hasta ella.
—Merezco tu silencio —comentó a su oído, sin soltarla, el
rostro de Isabel se mantenía posado sobre su pecho—. Falté
a mi palabra cuando prometí delante de muchos que
conmigo habría cambios y te fallé. Nada de aquello hice.
—Lidiaste con una híbrida inmadura —expresó ella,
evitando alzar el rostro. Los humanos perdieron interés en la
pareja y continuaron por su camino por la playa, trotando,
paseando a la mascota, tomando fotografías. El sujeto que
babeaba por la escultural modelo fue jalado por una mujer
con sobrepeso, del que hacía años y para desdicha de este
era su esposa.
—Debí apoyarte.
—Fui terca.
—No te comprendí.
—Porque no analizaba el alcance perjudicial de mis
acciones.
—Te faltó un guía…
—No quería uno.
—Sino un amigo.
—Quería a mi prometido.
Los ojos de Everett se iluminaron y buscó esperanzado el
mismo destello en los de su adorada, acunando su rostro
para escuchar la respuesta ansiada, pero la
inexpugnabilidad que halló en Isabel le dio a entender que
hablaba en pasado: ella necesitó del apoyo y comprensión
del hombre con el que se iba a casar, y a cambio recibió
órdenes de su alfa.
—Ahora me tienes para lo que necesites —manifestó con
solemnidad y ese deseo latente en su ser de hacerla rápido
su esposa. El aura indómito de Isabel haría que más de un
macho perdiera por ella la cabeza.
Él ya la perdió…
Isabel medio sonrió, un tanto aprensiva de sus promesas,
Everett hablaba bonito y la hacía sentir especial en sus
momentos en que dejaba de lado el machismo, pero las
costumbres de los lobos eran arraigadas desde hacía
milenios, por ella, él no cambiaría de la noche a la mañana.
Tal vez moderado, dando un paso a la vez, hacia la igualdad
exigida, pero que, si continuaba firme por esa senda, él
cumpliría.
—Gracias por concederme unos días para pensar en tu
propuesta —dijo esta vez enfocando sus irises sobre los de
él—, metomaste con la guardia baja, pero ¡no es porque no
te ame! —exclamó ante la tristeza que se reflejaba en
Everett—, sino por todo lo que pasó.
—Si consideras que unos días son insuficientes, mi
propuesta se mantendrá hasta que me des el «sí».
Esto a ella la sorprendió.
—¿Y si lo medito por veinte años?
—Veinte años esperaré por ti. Ansío presentarte como mi
mujer.
—Soy tu mujer, el apellido del marido es mero formalismo.
—Unos meses atrás celebraba que hubiesen adelantado la
fecha de la boda, ahora se tomaba una prórroga para
pensar en cambiar el «García» por el «Brankovic».
—Sé que lo eres —manifestó ladino—, me lo has
demostrado muchas veces; aun así, sería estupendo sellar
la unión. ¿Estás de acuerdo?
Isabel asintió, viéndose atrapada, la conducía
sigilosamente hacia la parte que él quería.
Condenado pillo.
—Seis meses —dijo y Everett arqueó las cejas,
vislumbrando una celebración, pero ella agregó—: Si en seis
meses no nos matamos, entonces te daré mi respuesta.
—Y nos casamos. Acordado.
Sacudió la cabeza.
¡Ay, pero qué hombre!
—No, durante estos meses ambos estaremos en prueba, a
ver cómo nos llevamos.
—En la cama nos llevamos, muy, pero que muy bien. —
También en la tina, en el piso y donde los pillaran las ganas.
Lo que le hizo meditar que aún no lo hacían en la playa.
Su pito se alegró.
—Y fuera de esta reñimos a menudo —lo contradijo—.
Everett, ambos somos volátiles y no me apetece retroceder
en nuestra relación por estar de apurados. Concedámonos
un tiempo para madurar como pareja, ¿no te parece? Soy
cabezota y tú gruñón, transitamos un camino cuando
logramos estar de acuerdo, pero en las veces en que no,
que suele ser frecuente, tomamos vías separadas y me
entristece.
—También a mí.
Isabel se relajó, siendo una buena impresión de no haber
terminado la conversación en discusión.
—Seis meses y, por cómo estemos para ese entonces,
¿acordamos lo que tengamos que hacer? —pactó un tanto
aprensiva.
Él asintió.
Mentiría si Everett no estaba decepcionado de lo que su
espontaneidad resultó; no obstante, él se lo había ganado
por idiota, de haber cumplido con su palabra y de haberla
comprendido, no estaría con un nudo en la garganta y una
opresión en su pecho.
Seis meses era mucho tiempo.
Isabel sonrió aliviada, volviendo el brillo a sus ojos y las
ganas de seguir danzando. Aventó agua a Everett y bailó
como loca alrededor de este, celebrando que tendrían
tiempo para aceptar algunos errores y modificar otros.
Everett se forzó por sonreír, le costaba porque se daba
cuenta de que a Isabel le preocupaba la «legalidad» que
implicaba ser su esposa. Orbitaba danzante, cual pajarito
revoloteador que jugaba con un lobo de peligrosas garras
largas y letales colmillos, a punto de abrir sus fauces y
devorarlo.
De hecho, así lo sentía Everett, la atrapó de la cintura en
una de sus alocadas vueltas y pegó sus labios con los de
ella.
A Isabel le palpitó su centro.
Le encantó que la tomara de ese modo tan posesivo, el
deseo del hombre por su hembra, tan primitivo que sus
propios instintos sexuales afloraron.
Sus manos se posaron sobre los pectorales del hombre y
este cerró los ojos, mareado por la excitación, tornándose su
pantalón demasiado apretado.
—Follemos aquí.
—¡Everett! —fingió estar escandalizada—. Estamos
afuera. —Su corazón palpitó por la expectativa de hacerlo
en un lugar donde ella jamás se habría atrevido. Al igual que
en el ascensor de aquel restaurante, en la que Everett casi
la folla, el deseo fue apremiante.
—No me importa, no aguanto las ganas.
Ella miró por sobre los hombros de Everett, hacia los
humanos que se hallaban alejados y hacia las casas, cuyas
fachadas daban hacia el paisaje marino, por si algún curioso
los estuviese observando.
Tomó la mano de Everett y lo condujo hasta adentrarse un
poco en el oleaje, de modo en que sus partes pudendas
estuviesen fuera del foco de sus posibles espectadores.
Le sonrió a la vez en que sus manos viajaban lentas por su
torso fibroso, cubierto por la camisa húmeda y del que bien
marcaba sus abultados pectorales. La desabotonó, solo para
tocar su piel caliente, pues cabeceó cuando Everett
pretendió quitársela. La desnudez no la cohibía, pero sí de
los móviles que los estuviesen filmando.
Lo besó y rodeó su cuello con sus brazos,
mordisqueándole el lóbulo de la oreja. Esto a él le hizo
gruñir envalentonado ante la expectativa de follar en
público y a pleno día. Tomaría a esa mujer y la haría gemir
impúdica.
—Lo tengo duro… —comentó enronquecido y de la
manera más burda. Para nada expresaba odas al amor, con
frases rebuscadas y bonitas, él solo se expresaba como se
sentía.
Excitado.
La otra sonrió malévola.
—¿En serio? Pero el agua está fría… A ver, déjame
comprobar… —metió la mano para apretarle el bulto que él
tenía entre las piernas.
Everett gimió.
—Mastúrbame —pidió casi en un ruego. Isabel echó un
vistazo por su entorno, eran los únicos que se hallaban
presente en la playa, y se atrevió a bajar la cremallera del
pantalón de Everett y sacar la envergadura que no encogía
debido al frío.
—¿Necesitas fricción para elevar la temperatura? —Su
mano se cerró en torno al miembro y comenzó a jalonear
con extrema suavidad, de arriba abajo, mientras ella
sostenía una sonrisa sensual a su greñudo que tragaba
saliva y jadeaba sin parar.
Everett mantenía los ojos cerrados, disfrutando de las
fricciones que le daba su amante.
—Sí… —apenas expresó.
—¿Qué tanta? —Apretó cerca del glande; de tenerlo
afuera le haría salpicar semen.
—Mucho… Caliéntame mucho…
El masajeo mantenía duro a Everett, perdiendo cuidado de
ser oído, sus manos grandes y fuertes se sostenían de
Isabel, aferrado a sus caderas, en la que sus uñas alargadas
por la excitación se enterraban sin lastimar la piel broncínea
de la hembra.
Isabel observaba el predicamento de Everett, tal vez
queriendo acostarse en la arena para disfrutar al pleno la
masturbación. Pero estaba de pie, tembloroso por los
espasmos causados por las fricciones en su hombría que
provocaban que respirara errático y lanzara gemidos al
cielo.
—Oh, Isabel… —lo jaloneaba y jaloneaba; ni sus bolas
quedaban desatendidas en aquel paradisíaco rincón del
mundo.
—Córrete en mi boca.
Él parpadeó.
¿Qué fue lo que dijo?
La miró ladino, encendiéndolo más su propuesta, no a
toda mujer le gustaba tragar semen.
—Tendremos que ir a la orilla o tendrás que sumergirte,
cariño, y tú no sabes nadar —a pesar de su picardía, Everett
era considerado para que ella evitara tragar agua salada en
vez de su simiente.
La perversión reflejada en su rostro.
—Me sostendré de tus piernas, tú aférrate de mis
hombros.
—¿Segura? Estarás allá abajo…
—Me apetece tu leche. Mmmmmm… —Así como Everett
era adicto a lo que ella portaba en sus senos; la de él, a
Isabel se le hacía apetitosa.
No es que fuese un manjar, pero ¡diablos!, quería todo de
Everett.
—No me vayas ahogar… —le advirtió para que tuviese
cuidado de clavarla como si la quisiera matar.
—Seré bueno. —Le guiñó el ojo y ella se arrodilló en el
lecho marino.
El agua la cubrió hasta sobrepasar su cabeza y oscurecer
un poco los colores del espectro de la naturaleza: el azul del
cielo, el blanco de las nubes, el verdeazulado del
atlántico…, se opacaban a falta de costumbre, los ojos de
Isabel aún le costaban adaptarse a un ambiente del que
rara vez solía disfrutar por estar ocupada con el ballet o su
nueva vida.   
Deslizó el pantalón y el calzoncillo hacia las rodillas,
acariciando a continuación sus genitales. Nunca hizo algo
semejante, ni siquiera en sus más húmedos sueños eróticos
en la que ella se comportaba como puta callejera.
Contendría la respiración hasta mamarle la verga, por su
puesto, debía hacerlo rápido para que sus pulmones no
aumentaran de tamaño y explotaran por no expulsar el aire
contenido.
Así que, tuvo cuidado al engullirlo en buena parte, sin
tragar agua.
Sería un reto.
Everett apretó sus hombros y ella comenzóa chupar,
hambrienta de esa leche que emanaba solo cuando el otro
alcanzaba el momento culmen; lo hacía sin parar,
escuchando de manera amortiguada los gemidos de Everett
en la superficie, sus garras se enterraban, tenso por la
mamada.
Se aferró a las muslos de este en el instante en que, sin
aguantarse las deliciosas chupadas, él comenzó a golpear
en su boca como si la taladrara con su verga. Era frenético y
algo rudo, por lo que tuvo que detenerlo para que no
siguiera o no sería capaz de saborearlo.
Los envites de la pelvis masculina aminoraron e Isabel
siguió con el grosor del glande justo entre sus labios,
tragaba el falo y luego lo sacaba hasta la punta, para
continuar con esa faena una y otra vez. Le encantaba, era
nuevo lo que hacía, estar como sirena penitente que recibía
la eucaristía del tritón. Todo lo percibía diferente: el sonido,
los colores, los sabores… Nada se comparaba a lo que ella
hacía sumergida, estaba sola en aquella inmensidad del
océano, nada más las piernas musculosas de Everett y ese
falo enorme justo frente a su boca.
Su cabellera, que ondeaba libre bajo el agua, de repente
fue recogida por una mano y su cabeza inmovilizada para
que los golpes hacia ella fuesen más demoledores.
Everett no se aguantaba…  
Isabel soportó las acometidas y la dureza de este pronto
tuvo una potente liberación.
Tragó la esencia de su amante, sin arcadas o intenciones
de escupirla.
Se puso en pie y emergió justo en el instante en que
Everett aún mantenía la cabeza echada hacia atrás,
extasiado por el orgasmo.
—Qué buena mamada… —jadeaba él como si hubiese
estado en una maratón. Sus pantalones seguían
arremolinados en sus rodillas.
—Y qué buena leche, me gustó.
Everett la miró abrasador, ella se limpiaba las comisuras
de los labios como si le quedara ahí algo de semen.
—Y te va a gustar el cunnilingus. —Ya que estaban en esas
faenas, creía conveniente satisfacerla de la misma manera.
No hubo protestas.
Sino una sonrisa femenina que se extendió de oreja a
oreja.
Everett le dijo «adiós» a Isabel con la mano y se sumergió,
tras absorber una bocanada de aire. Sus cabellos de león
quedaron extendidos en el agua como si fuesen algas, su
estatura se redujo ante una reverencia que le haría a esa
santa-de-los-lobos-envalentonados por ser tan indulgente
con él.
La braga de Isabel desapareció de sus partes íntimas y
rápido flotaba en el agua al ser lanzadas por Everett hacia
atrás. Isabel no pudo alcanzarlas cuando se alejaba
ondeante por la marea. Sentía las manos de Everett
pasearse por sus muslos y sus nalgas, volviendo a llevarlas
hacia adelante y acariciar la ingle.
La joven morena se mordió el labio inferior y se preparó
para recibir su lengua.
¡Oh, misericordiosos ángeles de la lujuria!
La respiración aumentó gradualmente, acalorada por la
osadía de hacerlo allí. Se tambaleó un poco cuando Everett
–tritón impúdico– elevó una de sus piernas y la pasó por
encima de su hombro para tener acceso a las carnosidades
íntimas, jadeó tan pronto los dientes de este atraparon una
de las paredes vaginales, pero estaba jugando y el corazón
de Isabel estalló alborotado.
Oh, ángeles lujuriosos…
¡Oh!
La persona que pasara observaría a una mujer sola que
permanecía estática, tal vez meditando entre las olas. Nadie
se percataría que un hombre de aspecto de leñador
buceaba para comerse la vagina de esa mujer.
La hacía gemir, sus senos estaban que se desbordaban
del sujetador, la respiración era profunda, agónica, teniendo
que tocarse así misma para descargar las sensaciones.
Ahora era Everett quien se las provocaba a ella, la follaba
con su boca, su lengua demoníaca parecía muy larga,
enterrándosela en las profundidades de su ser como si fuese
un segundo miembro que salía de su boca.
A Isabel le daban espasmos y se sujetó como pudo de los
hombros fuertes de Everett, lamiéndola sin cesar.
A cierta distancia de allí, el humano que la estuvo mirando
embobado, la espiaba desde la ventana de su habitación y
con unos binoculares que mantenía escondido en un baúl
para que su mujer no se los partiera en la cabeza por mirón,
pues en una ocasión lo atrapó observando a unas chicas en
diminutas tangas, pero él atinó a decirle que estudiaba el
vuelo de las aves migratorias que pasaban por el horizonte
en ese momento.
Echó un furtivo vistazo hacia la puerta de la habitación
que mantenía cerrada y luego se sacó el pito, enfocándose
de retorno sobre aquella impresionante modelo de tetas
grandes. Él se dio cuenta de lo que la parejita hacía, no los
perdió de vista a pesar de haber sido apartado de la playa;
sin embargo, desde su sitio los apreciaba mejor, cuidaba de
no ser atrapado por estos o por alguien de intachable
moralidad.
—Quítate eso, déjame verte las tetas —hablaba para sí
mismo mientras se masturbaba con vigor, imaginando que
era él, el que las manoseaba—. Vamos… ¡Quítatelo! ¡Eso!,
buena chica, qué tetotas… —alabó cuando la mujer se quitó
la parte de arriba para tocarse los pezones—. Parecen de
chocolate, como te los quiero chupar… —se saboreó,
imaginando que sus labios los succionaba como si tuviera
mucha hambre. ¡Ansiaba follarla! ¿Dónde viviría para
visitarla?, lo averiguaría, su pito pulsaba por estar bien
metido en su vaginita, causándole dolor, porque él lo tenía
para dejarla como una caverna bastante profunda. Se
apretaba con desesperación a punto de eyacular, deseando
a esa morena de buenas curvas que estaba para comérsela
durante...
Escuchó un carraspeo detrás de él.
El humano miró con aprensión por encima de su hombro.
—No es lo que parece.
Su rolliza mujer había entrado a la habitación de forma
silenciosa, sujetando un mazo de la cocina y lo aventaba en
su otra mano como si fuese una carcelera que le daría una
paliza al morboso presidiario.
A la vez en que el primer golpe del mazo volaba hacia la
humanidad del marido, Isabel gemía en voz alta.
Alcanzando su orgasmo.
 
Capítulo 8
 
 
—Oye, ¿es cierto?
—«Es cierto», ¿qué? —Anna inquirió con algo de rudeza a
Rosario mientras ambas vestían la mesa del comedor, la
joven niñera solía colaborar a las sirvientas en estos oficios
cuando estaba desocupada, pero con esa cotillera, mejor se
hubiese largado a su habitación a dormir la siesta. En el
Cuarto de la Mantelería la acusó de estar coqueteándole a
Elijah, sin permitirle siquiera el voto de duda.  
—Lo de la concubina del señor Everett —aclaró—. ¿Es
cierto lo que dijo Esther: se regeneró?
El tenedor se alineó al cuchillo y, la copa para el agua,
acomodada con precisión en un extremo al que se sentaría
en el cabecero de la mesa. Anna gruñó para su adentros,
molesta con la nodriza por estar esparciendo la noticia que
al mayordomo o al ama de llaves correspondía.
—Sí —contestó con parquedad, no tenía caso mentir; sin
embargo, no agregó más, ya ellos verían renacida a la
buena de su jefa, cuando esta creyese oportuno dejarse ver
por el resto del personal y los amos de la casa.
Rosario esbozó una expresión de asombro y se acercó
veloz hacia Anna para cuchichear y así sacarle más
información.
—¿Y cómo luce?, ¿es cierto que es bonita? —Esther le
había comentado que la concubina dejaría opacadas a las
hijas del señor Damir o a las mismas esposas, quienes eran
conocidas por ser favorecidas por la Madre Naturaleza.
—Es muy hermosa —dijo sin contener una sonrisa sincera
—. Parece una reina de belleza.
Rosario hizo un gesto de «¡ay, no exageres!», dudando de
esto, en dos ocasiones alcanzó a ver parte de sus facciones
y no era para tanto, era una hispana simplona que ni
cabello tenía.
—Estaré de acuerdo contigo cuando la vea —replicó
odiosa, yendo a acomodar los cubiertos correspondiente a la
señora Grubana, estaría sentada en la esquina del otro
extremo de la mesa.
Justo colindante con su melindroso hijo.
Anna no espetó a la incredulidad de la sirvienta y alineó la
silla en la que se sentaría la señorita Isabel. Cuando se
presentara a almorzar, dejaría a todoscon la boca abierta,
es como si lo del accidente del helicóptero jamás hubiese
ocurrido o, en compensación, el gran Licaón resaltó su
belleza.
—Ese retíralo, no bajará a comer —Rosario comentó a la
muchacha en cuanto esta posaba sobre la mesa el plato
llano que se suponía sería para Jevrem.
Anna lo retiró, imaginando las razones de su inapetencia:
la resaca le impedía levantarse de la cama.
Ojalá tuviese una fuerte migraña que lo hiciera vomitar
hasta por las orejas.
La dejó sola para irse de borrachera.
—¿El joven se siente mal? —preguntó en su intento de no
demostrar que por dentro ardía de rabia. ¿Cuánto licor
habría bebido?
Rosario corrió de nuevo hacia ella para comentarle en voz
baja:
—El señor Damir dijo que estaba «indispuesto», pero esta
mañana el jardinero lo vio a él y a su primera esposa llegar
con el joven Jevrem casi a rastras por la cruda que llevaba.
¡Le costaba caminar que hasta la señora Radojka lo
ayudaba a sostenerse! Al parecer le gusta empinar el codo;
el otro día, Esther…
Continuó comentando de la vez en que Jevrem llegó
amanecido al día siguiente en que los guardaespaldas de la
concubina se hospedaron en la casa. Anna ni asentía ni
negaba con la cabeza, solo escuchaba la cotilla de la
sirvienta, de la que esta gozaba en ponerla a ella al tanto;
no le aclaraba que también los había pillado y que el cuadro
que el hijo daba inspiraba lástima. Por supuesto, más rabia
que cualquier sentimiento de empatía, el licor o la cerveza
ingerida lo mantendría inconsciente todo el día.
—Enfocó su celebración, clavando pito —Rosario subrayó
y Anna alzó la mirada interrogante—. ¡Ayer! —agregó para
que la comprendiera—. Se clavó a Belkys y a Sandra. ¡Qué
energía! Bueno, eso es lo que ellas dicen, que la cosa
comenzó a ciertas horas en la madrugada; son tan
mentirosas y exageradas… ¡Ay, pero por qué no me lo topé
en el pasillo! —se lamentó de su mala suerte—, en estos
momentos tendría la vagina adolorida y la dicha en la cara.
—No quiero saber de eso —Anna trató de zanjar la
conversación, le dolía enterarse de que Jevrem necesitó de
otras mujeres para saciar su apetito sexual, después de
acostarse con ella, puesto que una neonata virginal no le
bastó.
Dio un visto bueno a la mesa del comedor y aprobó que la
vajilla estuviese puesta de forma correcta.
—Te confieso que, si me lo pide, se lo concedo —la otra
expresó casi en un susurro—. Ese beta esta para chuparse
los dedos, estaría dispuesta a darle una docena de
cachorros —rio—. ¿Tú no?, porque yo sí. ¡Arg! ¡¿Por qué no
me lo encontré?!, Belkys y Sandra son unas suertudas… —A
ella no le habría importado estar en una orgía con tal de
sentir la verga de este enterrada entre sus piernas.
Notó que la niñera parecía molesta, asumiendo Rosario
que, tal vez, por también haberse perdido de gozar al joven
amo, pero cuando le iba a espetar que dejara la envidia, la
señora Grubana, el señor Damir, sus esposas e hijas, en el
acto se hicieron presente.
Rosario y Anna se reverenciaron mientras estos tomaban
sus respectivos asientos. Andjela escaneó con desprecio a
Anna, y Grubana miró su reloj de pulsera, ante el retraso de
la hora para comer, debido a que el bastardo y la híbrida
ordinaria seguían fornicando. ¡No se cansaban!
—Tú, ve a notificarle a Everett que ya estamos sentados
en la mesa —la engreída anciana ordenó a Rosario, sin
mencionar con la debida propiedad al que era el dueño de
dicha residencia, como si este fuese la oveja negra.
Anna suspiró para sus adentros, lamentando que a ella no
le ordenaran, permanecería sola en el área del comedor
hasta que la señora Blanka y las otras dos empleadas
trajeran las bandejas de comida.
—Tener que esperar por aquellos dos… —Grubana
masculló enojada—. Qué falta de consideración hacia los
mayores.
—Madre, ¿qué te extraña? Los modales de los
tercermundistas se pegan. Everett no está pendiente de las
normas, al estar con aquella…
Anna se mordió la lengua para evitar gritarles: «¡Ellos son
alfas, hacen lo que les da la gana!». El señor Damir y la
señora Grubana aún no aceptaban que no tuviesen
autoridad sobre nadie. No obstante, apretó los labios y
respiró profundo para no perder la compostura, la señora
Radojka la miraba de soslayo y el trío de hienas
adolescentes reían por lo bajo, causándole gracia que la
omega no escaló posición laboral con su oficio de niñera:
seguía siendo una pobre sirvienta.    
—¿Y la comida? —Grubana alzó la mirada hacia el mueble
donde acomodaban las bandejas—. ¿Por qué no está
servida? —Para ella esto era inconcebible.
—Esperan por el señor Everett y la señorita Isabel… —la
joven respondió cohibida.
«Señorita Isabel».
Señorita…
Qué «señorita» ni que nada: ¡Era una mujerzuela!  
—Entonces, que le avisen al ama de llaves —gruñó—.
¡Milenko!
—Mande, señora —acudió para atender a la anciana,
habiendo aguardado paciente en un extremo del área del
comedor a que alguno de los amos lo necesitara.
—Averigua qué sucede, que estamos aquí con los platos
vacíos.
El mayordomo asintió reverente y le dio una orden silente
a la muchacha, parada al lado del mueble voluminoso, para
que apurara a Blanka y a las demás mujeres que esa tarde
trabajaban lentas. Ese día a más de una castigaría.
Anna agradeció para sus adentros que el anciano la
mandara y, antes de que se apurara para que tampoco la
regañaran, el ama de llaves, Belkys y Sandra, entraban por
el arco que conecta con el pasillo que da a la cocina.
—Ya era hora, ¡cuánta tardanza! ¡¡Sirvan!!
Blanka se inquietó al tiempo en que las dos sirvientas
dejaban las bandejas con sus charolas en dicho mueble,
debido a que no era costumbre comenzar a comer antes
que el alfa. Era considerado una terrible falta de respeto.
Miró a la anciana con expresión mortificada.
—Lo siento, mi señora, debo esperar.
—¡Ya estamos sentados!
—Madre… —Damir trataba de calmarla, la edad avanzada
de Grubana la hacía impaciente e irascible—. Ya te dijeron
de que esperan por Everett.
Ella masculló palabras ininteligibles que a las empleadas
domésticas les sonaron a maldiciones.
—Si Stanislav viviera… —hubiera expulsado de la manada
a ese par de mequetrefes.
Entonces se dio cuenta que alguien más faltaba y esto la
alertó de inmediato.
—¿Y Jevrem? —preguntó por él, inquiriendo con una ceja
alzada a Damir. A Radojka la ignoraba por considerarla
insignificante.
El estilizado hombre se removió incómodo en su puesto y
Radojka miró severa a Anna para que se mantuviera
callada, en caso de que le preguntaran. La muchacha tenía
pleno conocimiento de las condiciones en cómo llegó su hijo
hacía unas horas, y, con esta, aún tenía una conversación
pendiente.
—Está… —Damir rodó los ojos hacia la omega y esta bajó
la mirada intimidada— indispuesto.
Belkys y Sandra intercambiaron miradas cómplices de lo
que sucedió la noche anterior, y la señora Blanka se
preocupó de que el señor Damir le echara a ella la culpa por
una cena mal preparada. La indigestión era rara en los
metamorfos, pero cuando la padecían, no había inodoro que
la aguantara.
—¿Y eso por qué? —Como matriarca, Grubana requería de
respuestas inmediatas.
Por cazar humanos…
—Está agotado, madre. Everett le ha impuesto muchas
obligaciones: supervisa todo el sistema de seguridad y sus
hombres.
—Así debe ser. Jevrem dirigirá algún día, Kenai y Denali,
cuando lo sustituya como alfa.
Esto a Damir le revolvió la bilis, se suponía que él sería el
próximo, no su hijo.
Belkys y Sandra se volvieron a mirar. ¡¿Agotado por
supervisar?! Más bien: agotado de tanto follar.
Anna también lo pensó.          
—¡Habrase visto tener que esperar como peones! —
Grubana exclamó indignada, volviendo al tema de la
tardanza—. ¿Acaso esa híbrida no tiene qué ponerse para
cubrir sus espantosas quemaduras?
—¿Qué quemaduras?
La pregunta formulada por una mujer que, recién entraba
al comedor, causó una seria conmoción entre los que ahí se
hallaban presente.
Radojka agrandó los ojos al verla, Vesnapalideció, las tres
hijas adolescentes jadearon asombradas, mirándola de
arriba abajo; Grubana se llevó la mano al pecho como si
hubiese visto un fantasma y Damir entrecerraba los ojos
para descubrir de si se trataba de maquillaje corrector.
Anna amplió su sonrisa. La recién llegada dio el efecto que
ella quería observar en los demás.
Isabel llegó de la mano del señor Everett, ataviada en una
falda tubular que le llegaba hasta las pantorrillas, una blusa
ceñida a modo de corpiño y unas sandalias que
maximizaban su imponencia, como la perfecta compañera
del alfa.
Everett también se había arreglado: cabello recogido en
una cola baja, traje sastre casual y barba acicalada.
—Eh… —Grubana boqueó, enmudecida por la impresión.
¿Cómo es que esa maldita lucía mejor que ella y sus nietas?
—. Las… Eh… Nada. Me refería a otra híbrida.
Isabel esbozó una sonrisa despectiva.
«Otra híbrida».
Everett la condujo hasta su silla, deslizándola como todo
un caballero para que ella se sentara. Sus sobrinas y
cuñadas se pusieron en pie, Damir, quien con reticencia
tuvo que demostrar respeto al cabeza de familia, miró a la
madre y esta medio se levantó, pero acto seguido fingió que
le dolía la pierna derecha y se sentó rápido para no
demostrar sumisión a ese par de idiotas.
—Noto que ya no usas el velo —Damir comentó con su
habitual sonrisa hipócrita y a la vez en que se sentaba en
cuanto Everett y la hispana lo hicieron con elegancia.
—¿Te parece? —replicó Isabel, igual de antipática. Everett
besó el dorso de su mano y ella le obsequió una pícara
sonrisa.
—Sí, mi queridita cuñada, hoy luces espléndida. ¿Verdad,
hermanito? Hasta me atrevería en asegurar que luces más
oscurita.
Las adolescentes rieron y Vesna celebró que su esposo
saliera con sus afilados halagos. La divertía que hiciera
rabiar a esa mujer tan despreciable.
Isabel dejó de sonreír y Everett atravesó con la mirada a
Damir.
—No comiences con tus comentarios fuera de lugar —
increpó antes de que a Isabel le hiciera corto circuito en el
cerebro por la indirecta racista. Esos temas eran sensibles
para ella.
Damir fingió carcajearse. Ni para payaso de circo servía,
sus chistes eran pésimos y de mal gusto.
—Me refiero al bronceado. Por cierto, ambos lo están: esas
mejillas rebosantes de felicidad y bronceadas… ¿En qué
momento estuvieron en la playa retozando?
—En el momento en que todos esperábamos para
almorzar —Grubana espetó con resquemor. Ayer tuvieron
que soportar sus escandalosos gemidos mientras cenaban y
esa mañana, al parecer, decidieron continuar con sus
cochinadas delante de todo el mundo. No tenían vergüenza.
Isabel consideró que esa gente no reparaba en lo que
escupían delante de jovencitas. Las sobrinas de Everett
estaban en edad de experimentarlo todo y, lo que se
comentaba en la mesa no era para sus oídos. 
—Hay que disfrutar de las bondades de los rayos solares
—comentó sin molestarle la hosquedad de la anciana y
guiñándole un ojo a Everett—. Es muy beneficioso para la
piel de los lobos; te pone… —caliente—. Te fortalece.
Sobre todo, de las bendiciones que una buena mamada y
un cunnilingus ofrecía, meditó Everett, quien ya planificaba
llevar a Isabel de retorno al dormitorio.
Después de follar en la playa, la cubrió con su camisa y
ambos corrieron hasta escabullirse por la puerta posterior
sin que los viera ningún vecino humano. A las nodrizas le
subieron los colores al rostro, al estar él con el pecho
desnudo por ahí. En las urbes el pudor era frecuente en los
metamorfos que abandonaron los bosques y las montañas,
por los rascacielos y la vida agitada.
—Me alegra que estés bien. La felicito —Radojka giró su
rostro hacia Isabel, separadas ambas por una silla vacía sin
importarle que su suegra o su marido después la increparan
por aduladora.
—Gracias —no dijo más, consciente que ella no era su
amiga.
Hablando de amigas…
—¡Ayyyy!, pero ¡qué tonta! —Andjela gritó a Anna en el
instante en que esta le llenaba la copa con agua. La hosca
muchacha había estado vigilando los movimientos de la
omega y fingió sobresaltarse, como si Anna le hubiese
mojado adrede el regazo de su vestido.
—Disculpe, señorita, yo… —la joven no entendía cómo es
que su jarra se vertió mal. Tuvo cuidado de llenar la copa y,
al fijarse, estaba causando desastres.
—Eres una incompetente. ¡Despídela, tío!
—Lo siento, yo…
—Ya no hay buenas sirvientas, cada vez son más torpes —
Grubana agregó más leña al fuego, para nada comprensiva
con la omega.
—Everett no es el que tiene que despedirla, sino yo, es mi
empleada —Isabel replicó sin haberse percatado antes de la
chica—. Por cierto, ¿qué haces sirviendo en la mesa? Eres
mi niñera, no la sirvienta de los demás.
Anna palideció, Isabel la increpaba con el ceño fruncido.
Tragó saliva.
—Me ofrecí para ayudar…
—Pues, ya no más. Haces mucho cuidando a los gemelos.
Vete a descansar; a las 5:30 te necesito.
—¡Pero ella debe servirnos! —Grubana se impuso sobre la
híbrida hispana—. Tenemos hambre. Qué sirva.
—Las otras chicas pueden hacerlo. Blanka, por favor… —
Isabel se dirigió al ama de llaves para que coordinara la
puesta de la comida en la mesa.
El señor Milenko observaba el incidente desde su sitio,
pendiente de sus amos y del vestíbulo principal por si
alguien tocaba a la puerta. Esa muchacha buena-para-nada
debía ser despedida lo más pronto posible, causaba
problemas y su torpeza ya era legendaria.
Tenía el modo para conseguirlo, solo que esto a él le
costaría la cabeza.
Anna se retiró por las puertas que dan hacia la zona de los
empleados y se encaminó a la que da a los contenedores de
basura. De allí bordeó la parte posterior de la casa,
volviendo a entrar esta vez por la puerta lateral del área de
la piscina.
Su intención fue la de evadir las miradas escrutadoras de
los amos y del mayordomo, quien no la perdía de vista,
pendiente a que ella se equivocara para increparla. El enojo
de la señorita Isabel la entristeció, pero la comprendía, la
contrató para atender a sus hijos, no a esos miserables
engreídos.
Por insólito que pareciera no hubo quejas que
contradijeran el mandato, el silencio se instaló a su espalda,
quizás estos riñendo en voz baja o el tema «niñera-
sirvienta» quedó zanjado.
Temió que el señor Everett la despidiera, ante todo, él
tenía la última palabra y, si le apetecía, arrojaba su maleta a
la calle.
Se las ingenió para no cruzarse en ningún momento con
Colton y Tyson, sería muy incómodo después de que estos
pretendieron entrar a la fuerza a su habitación por estar ella
en celo. Aún estaba satisfecha por el sexo con Jevrem, pero
la preocupaba que la azotaran de nuevo las ganas y esta
vez les diera a estos acceso a su cuerpo. Muchos hombres
trabajaban en la casa del que se aprovecharían de sus
calorones.
Con la incertidumbre de ese hecho latiendo en su pecho y
la decepción ocasionada por Jevrem, la impulsó a
escabullirse a la segunda planta para expresarle a este –a
pesar de su dolor– que ella seguiría con sus proyectos y a él
lo olvidaría.
—¡Anna!
El llamado de Elijah, tensó a la joven cuando esta cruzaba
por la galería.
—Lo siento, tengo que ir al…
El guardaespaldas, que la siguió apenas olfateó su
perfume floral, subió de volada las escaleras, a pesar de la
prohibición a ellos de no merodear en la planta alta.
—¿Estás bien? —preguntó visiblemente preocupado y esto
desconcertó a la muchacha.
—Sí, ¿por qué?
—Por lo de tu… —lo dejó en el aire, le costaba expresar.
Anna enrojeció avergonzada.
—Estoy bien —y se volvió sobre sus talones hacia la ruta
que debía tomar, simulando que se dirigía al Cuarto de
Juegos, donde, lo más probable, las nodrizas cuidaban de los
bebés.
Elijah sopesó seguirla y convencerla de encontrarse en
otra parte para preguntarle lo que sucedió la noche anterior:
él algo recordaba, se enfrentó al joven Brankovic y perdió
miserablemente; sin embargo, la lobita le gustaba y a él aún
no se le disipaban las ganas, el maldito la desfloróy la dejó
sola después de aplacar su pito loco. Elijah era consciente
de que esta ya estaba disponible, el beta ya se la había
comido y estaba al alcance de los machos que sabían de su
celo.
Esta vez él la tomaría de primero.
 
Capítulo 9
 
 
Anna no halló a nadie en el pasillo tan pronto cruzó la
galería y Elijah dejó de insistir en su embarazoso
interrogatorio.
Rosario había bajado detrás de los amos, cuando a ella le
ordenaron avisarles a estos que los demás aguardaban por
ellos en la mesa del comedor; las nodrizas debían estar en
el dormitorio, según lo dispuesto por la señorita Isabel.
Hasta donde tenía entendido, los gemelos dormían su siesta
matutina, pero como el alfa estuvo vistiéndose allí, lo más
probable, las mujeres aguardaban en el Cuarto de Juegos o
ya estaban de vuelta en el cuarto contiguo para velar por el
sueño de estos.
Asegurándose de que Elijah no la siguiera para acosarla
con sus preguntas, la joven miró por sobre su hombro y
echó un vistazo fugaz por encima de las barandas de la
galería hacia la planta baja del vestíbulo principal. Elijah se
marchó de allí y nadie merodeaba por las cercanías. Aun así,
aguzó el oído.
Sonidos de cubiertos sobre platos, provenían del arco que
da hacia la zona del comedor.
Los amos seguían comiendo y, para bien o para mal, en
una inquietante «armonía».
Anna tomó una profunda respiración y se volvió por su
camino. Por un instante vaciló en medio del pasillo del ala
este de la casa. En dicho sentido y a su derecha, se hallaban
tres habitaciones: la más grande y que daba hacia la
fachada, perteneciente al difunto Stanislav y de la que
seguía vacía, la siguiente era la del señor Damir y la otra, la
de Jevrem.
A la izquierda de la joven: el Cuarto de Juegos y el
dormitorio del señor Everett.
Como ella bien sabía, las del Cuartel de las Brujas se
ubicaban en el ala oeste del otro extremo de la galería.
Las mujeres, por un lado, los hombres por el otro…
Por este motivo, a Anna le daba aprensión aventurarse a
la parte en que los señores descansaban. Si la atrapaban
merodeando sin justificación, la castigarían y luego la
echaban por estar buscando lo que no se le ha perdido, y
sobre ella endosarían una etiqueta que nunca se podría
quitar: «Empleada ladrona o promiscua».
Según el patrón que se la impusiera.
Arriesgándose a esto, Anna tomó la decisión de cruzar por
el pasillo a su derecha.
La primera habitación en su recorrido era la de Jevrem,
esta originalmente le perteneció al señor Damir, quien se
mudó a la contigua que fue del señor Ranko, pues al morir
este, ¿quién se opondría para el que la ocupara en sus
viajes ocasionales?
Apretó el paso y se detuvo justo en la puerta.
Sus manos temblaban, en su mente se repetía que la
despedirían por este hecho, pero su corazón la impulsaba
en girar el picaporte e introducirse en la habitación para
increparle a ese mentiroso que la decepcionó.
Abrió y enseguida cerró tras de sí, sus sentidos estaban en
su máximo punto, le diría lo que pensaba de él: que perdió
un bonito querer y que ella saldría adelante.
Sus pensamientos se difuminaron en cuanto observó a
Jevrem postrado de medio lado en la cama, profundamente
dormido.
Anna ahogó un suspiro.
Se lo veía tan apaleado...
Sin fijarse en el decorado o en la amplitud de dicho
espacio, la joven avanzó y rodeó la cama de cedro tallado,
previniendo despertarlo y originar la hecatombe; sin
embargo, Anna necesitaba observar más de cerca lo que de
él percibía.
O, más bien, lo que no…
Para nada hedía a tufo o sexo de otras féminas. Olía a
sudor, tierra y…
Se tapó la nariz.
¿Sangre?
Dio un paso más, sus rodillas ya rozaban los laterales de
la cama.
Arqueó las cejas al fijarse mejor en el aspecto de Jevrem.
¡Cuánta suciedad! A pesar de que las ropas que este traía
puestas se las veía impecables, su cuerpo presentaba
condiciones que distaban del aseo personal: cabello
grasiento, uñas sucias, manchas de barro en sus mejillas y,
por lo que parecía en el dorso de las manos, una coloración
rojiza que la hacía meditar en que salió de cacería o dejó a
algunos tipos sin dientes por dase de puños, quién sabe en
qué bar. Por supuesto, la noche anterior Jevrem se midió con
Tyson y Colton por el celo de ella; si bien, hubo grave
rasguños que desfiguraron su rostro y lo hirieron por el
torso, estas heridas sesgadas sanaron de inmediato tras
vencer sobre los otros.
Hizo un gesto despectivo.
Todo un maldito Brankovic: tan Ranko y tan Everett.
Aun así, en la expresión de este había tensión como si
tuviese pesadillas, su ceño presentaba un leve fruncido,
quizás por imágenes oníricas que lo harían despertar
malhumorado por impedirle descansar como era debido.
La joven extendió la mano para mover su hombro y así
sacarlo de sus malos sueños, pero quedó estática a
centímetros de este, comprendiendo que no valía la pena
iniciar una discusión con un sujeto que no valoró lo que ella
le entregó con devoción.
—Duerme bien, joven Jevrem —dejó de tutearlo—.
Disculpe que haya entrado sin su permiso, vine a recuperar
el corazón que me arrancó;   desde este instante ya no
suspiro por usted.
Se encaminó a la puerta y dio una última mirada
entristecida hacia ese hombre de largas piernas y cuerpo de
matador. Anna se prometió a sí misma no volver a
enamorarse hasta primero alcanzar sus propias metas. Y,
para esto, pasaría mucho tiempo.
Mientras ella abandonaba el dormitorio, Jevrem abrió los
ojos –despierto él en todo momento– y una lágrima rodó por
sus mejillas.
Era lo mejor.
Para los dos.
 
*****
 
En el área del comedor, el postre era servido por Belkys y
Sandra. Branislava se había esmerado en preparar un pie de
limón que hacía ensalivar a las sirvientas, orando para sus
adentros de que a los comensales no les diera por repetir,
ya que ellas deseaban probar, así fuese una cucharada,
ávidas comelonas de todo lo que fuese dulce.
—Papi —Andjela llamó a Damir, tras un suave carraspeo
para aclarar su voz—. ¿Nos das permiso para ir de compras?
Nos hace falta vestidos y calzado, la temporada pronto
cambiará y no tendremos qué ponernos.
—No es aconsejable que vayan solas —respondió en
cuanto Everett posó la mirada sobre él para advertirle en
que no lo permitiera por lo discutido en la biblioteca.
—¿Por qué no? —la mayor chilló, habiéndose imaginado
que le daría una respuesta afirmativa y obtuvo una que la
enojó—. Alguno de los guardaespaldas nos puede
acompañar. ¿Qué te parece, Kevin o Branimir?
—Ni yendo un tropel, ninguna irá.
—¡Pero nos falta ropa! Sobre todo, yo que me voy a
casar… —con ese vejete—. ¿Qué voy a lucir en mi luna de
miel: ropa pasada de moda? ¡Qué raya!
—Compra en Anchorage.
—La que venden allá es espantosa… —masculló,
cruzándose de brazos. Sandra y Belkys meditaban que las
chicas tenían ropa suficiente para abastecer a un pelotón de
mujeres, e Isabel pensó en su propio guardarropa, del que
apenas usó unas cuantas prendas en esos meses de
recuperación, así como también pensó en el supuesto ajuar
que debía comprar para lucir a Everett en su noche de
bodas y todo resultó un cuesta arriba que le causó
incontables amarguras.  
—Papi, por favor…
Grubana estaba a punto de intervenir en defensa de sus
nietas, increpando con la mirada a Damir, quien daba
muestras de sumisión al inepto hijo de Winona, pero este se
le adelantó al expresar sin alterar la voz.
—Dije que no. A menos que tu queridito tío las lleve —ya
que este les impedía moverse con naturalidad por la Gran
Manzana, que fuese él quien lo solucionara. A ver cómo se
libraba de tres insolentes adolescentes.
—Estoy ocupado —y con eso zanjó el asunto.
Damir sonrió con antipatía.
—Imagino «tus ocupaciones» —follar con esa zorra
inmunda.
—¡Mami! —Andjela no se daba por vencida, insistiendo en
tener unas horas para visitar las boutiques más costosas de
la 5ta Avenida y desangrar las tarjetas de crédito de su
padre, sin que ningún adulto le respirase en la nuca. Al
menosquería tener el consuelo de sentirse «libre» por esa
tarde, puesto que no tendría otra ocasión para comportarse
como chica. Después de que la casaran con Jacob Hamilton,
sería de su propiedad y tendría que pedirle a este permiso
hasta para ir al baño.
Maldijo para sus adentros. ¿Por qué coños se acostó con
él? Estuvo loca o borracha al salir de su dormitorio estando
en celo.
Vesna miró a Damir y luego a su hija.
—En otra ocasión —dijo para evitar disgustos, hacía todo
lo que su marido pedía. Desde antes de montarse en el jet,
Andjela estuvo alardeando al teléfono con sus amigas, de
traerse maletas repletas de ropas de diseñador, sería lo que
escogería por sí misma, ya su abuela ordenó por ella el
vestido de novia que lo confeccionarían en París y, su
mamá, la ropa íntima que luciría desde el día en que se
casara hasta las bragas de maternidad al momento de parir
a su primer cachorro.  
—¡Abuela, haz algo! —desesperada, la muchacha acudió a
la matriarca, esta tenía el arrojo para imponerse sobre quien
sea para dar su opinión o emitir una orden. Ni el abuelo
pudo con ella.
Esta cabeceó.
—Lo siento, querida, obedece. Y no puedo acompañarte,
por si consideras esta opción: debo supervisar con absoluto
detenimiento la preparación de la cena. Así no asista lo más
selecto de Nueva York, la familia homenajeará a nuestro
Jevrem.
Everett soltó los cubiertos de mala gana e Isabel hizo una
expresión de acordarse de que Jevrem le comentó su
inminente cumpleaños.
¡Ay, lo había olvidado!
—¡No habrá ninguna cena homenaje, ustedes se marchan
después de almorzar! —Everett gruñó sin darse cuenta de
que Isabel abrió la boca para expresar su pésima memoria.
Grubana jadeó exagerada.
—¡¿En el día en que se festeja el nacimiento de mi primer
nieto?! —Se indignó—. ¿Cómo puedes impedirlo? Para eso
estamos aquí.
La mirada de Everett se oscureció.
—Para eso, no —replicó severo—. Y no hagas que te lo
recuerde —porque la gritaría—, ya expresé mis razones.
—No estuve presente —se hizo la desentendida, rencorosa
de haber quedado fuera de la animosa reunión que
sostuvieron sus cuñados, su hijo y el bastardo, por el temor
de una confrontación con los vampiros.
—Everett… —Isabel posó la mano sobre la de él,
empuñada en el tope de la mesa. La señora Blanka dio la
orden silente a las sirvientas para que abandonaran el área
del comedor, ella permanecería ahí para evitar que otros se
fuesen de cotilla, a pesar de que los gritos los escucharía
hasta el jardinero de la mansión más lejana de los
Hamptons.
—Me gustaría ofrecerle a Jevrem un brindis —dijo en tono
conciliador—. Para mí es un buen amigo, más que un
hermano —porque el suyo fue una mierda que ni quería
recordar—, y merece este detalle.
Everett se tomó dos respiraciones y luego asintió.
—Brindis y cena. Cero invitaciones, solo familia. ¡Los que
estamos aquí presente! —la hosca exclamación fue para los
que le causaban constantes disgustos.
—¡¿Y dejas fuera a Slobodan y a Zoran? ¿Qué hay de tus
primos: Ilic y Luka? Ellos viven desde hace años en la
ciudad. Sería una descortesía de tu parte. Qué horror…
—A mis tíos no los quiero ver y mis primos comprenderán.
La matriarca hizo un ademán de «está bien, cómo
quieras», de momento obedecería.
¡Cómo deseaba que este muriera!
Ante el que provocaba discordias sin pretenderlo, Isabel se
percató de la silla vacía a su lado y enseguida se extrañó de
su ausencia. A pesar de tener una familia disfuncional peor
que la suya,  Jevrem los amaba y solía pasar con estos ratos
agradables como un almuerzo familiar.
—¿Mandaste a Jevrem a alguna parte? —preguntó a
Everett. Cada mañana su amigo la saludaba para
asegurarse de su bienestar y si se le ofrecía algo. Pero a raíz
de la llegada de esas hienas, desapareció del entorno.
Everett negó con la cabeza y esto a él también le pareció
extraño. Eran pasadas las 3:30 de la tarde y este nada que
se presentaba.
¿Habría descubierto el paradero del depredador?
Dejó el postre y se levantó de la mesa para llamarlo a su
móvil y que le diera noticias. Se disculpó con Isabel por
dejarla allí y no pasar más tiempo con ella, lo otro se
anteponía, si su sobrino logró rastrear al maldito podría
necesitar ayuda. Este querría atraparlo a cómo diera lugar y
taparle las bocas a los que dudaban de su capacidad de
mando; sus tíos y algunos betas envidiosos lo consideraban
muy joven para ser la mano derecha del Alfa del Clan Kenai,
existían otros más capacitados, habiendo estos peleado en
guerras antiguas junto a su abuelo Dragan, el primer Alfa
existente en Alaska. Estos esperarían con satisfacción que
Jevrem fallara para presionar a Everett de sustituirlo por uno
que fuese digno de servir a la manada.   
Damir y Radojka se levantaron también, inquietos por lo
que este fuese a hacer. Condenada híbrida entrometida,
siempre causando problemas.
—Está supervisando el jet —Damir lo excusó enseguida y
Everett quedó a medio camino de abandonar el comedor.
—Estuve en el aeropuerto. Él no estaba en el hangar.
La sonrisa trémula se esbozó en los labios del lobo
engreído.
—Por supuesto —dijo—, me tomé la libertad de enviarlo a
resolver un asunto personal y luego al aeropuerto. Por eso
no coincidieron. Él se mueve mejor que yo en estos casos:
odio la multitud humana. El tráfico…
—Jevrem está bajo mis órdenes.
—Pero es mi hijo.
—Por favor, no vayan a discutir —Isabel se puso en pie en
el acto, intercediendo para que no se enfrascaran en una
disputa por la autoridad sobre el jefe de seguridad de la
casa—. Que hoy sea un día de festejo para Jevrem, lo
apreciamos, seamos indulgentes por esta vez —miró
suplicante a Everett y este asintió reticente. Se requería de
minutos de descuido para que otros los tomaran por
sorpresa y atacaran. Familias enteras morían bajo garras
enemigas.  
—Mañana se largan a primera hora.
Y abandonó el comedor antes de que le volara los dientes
a su hermano mayor por pretender siempre llevarle la
contraria. Por ese día lo dejaría pasar, Jevrem era un
excelente hombre y un fiel amigo; dar su brazo a torcer para
hacerle un brindis era lo de menos, le debía que hubiese
salvado a Isabel de aquel híbrido que pretendió violar a su
propia hermana en la cabaña, a pesar de estar embarazada.
Fue justo que muriese despedazado por su sobrino.
 
Capítulo 10
 
 
—¡¿Qué haces?!
Damir quedó helado en cuanto ingresó al dormitorio de su
primogénito. Jevrem llenaba la tula de ropa.
—Tengo que alejarme de aquí cuanto antes.
—¿Por qué?
—Les haré daño. Moriré si esto pasa. —Además de querer
estar lo más lejos posible de Anna para no verse tentado en
caer postrado a sus pies y pedirle perdón por romper su
corazón. Ella no debía ser la novia de un psicópata.
Damir arrebató el pantalón que su hijo enrollaba para
meterlo apiñado en la tula y lo arrojó con rudeza a la cama,
confrontando su mirada.
—No seas estúpido, si te alejas de este modo, causarás
sospecha —le hizo ver—. Everett unirá las piezas del
rompecabezas y te señalará. Aguarda unos días y
resolvemos lo que debemos hacer.
—¡Es muy arriesgado! —exclamó mortificado—. Por las
noches cierro los ojos y después…
—Lo sé —se apuró en interrumpirlo, inquieto de
escucharlo—, pero no es conveniente que te marches sin
excusas. Everett te interrogará y te sacará la verdad si te ve
salir con equipaje. Hasta ahora creen que se trata de
alguien que quiere venganza.
Fue oportuno en que Radojka atomizara con su perfume la
segunda planta y por la ruta por donde metieron a Jevrem a
la casa. De ese modo, procuró en anular la estela que haya
dejado este, en caso de que Everett la captase con su
olfato. La mentira expresada en el comedor apenas les
procuraba unas horas para mantener a su hijo aislado
mientras recuperaba la lucidez.
Jevrem –que aún no se duchaba– se pasó las manos por su
cabello alborotado, desesperado por alejarse de sus
hermanas, de sus sobrinitos, de su mamá, Isabel y Anna…
Sobre todo, de esta última.
¿Cómo la tocabasi él tenía las manos manchadas de
sangre?
¿Cómo la besaba si sus labios desgarraron entrañas?
¿Cómo le expresaba que la amaba si era un asesino en
serie?
Ella era un hada y él un monstruo.
—No puedo quedarme, los lastimaré…
Un fuerte jalón en el brazo.
—Mírame, hijo —Damir acunó su rostro para atrapar su
atención—. Nada nos pasará, ¿sabes por qué? Todas las
víctimas han sido humanas, el instinto depredador ataca al
alimento, no a sus congéneres.
—Igual soy un asesino.
—¡No lo eres! —Zarandeó su cabeza para que lo
comprendiera—. Aún me niego en aceptar que te dejes
llevar por el hambre o por lo que sea que te motive a
devorar a esa gente. Tiene que haber alguna explicación.
—¿Cómo cuál? —sollozó entregado de nuevo en la
desesperación. Los recuerdos volvieron a su mente: gritos,
persecución, desgarramientos, sangre salpicada…
Saciedad.
—Alguien te debe estar controlando.
—No hay nadie.
—¡Claro que sí!, tal vez… Tal vez un vampiro. Esos
malditos son capaces de hipnotizar hasta a una ballena. A ti
te habrían raptado cuando te marchaste en tu moto. ¿Qué
fue lo que te pasó en ese entonces? Cambiaste, te tornaste
meditabundo.
Jevrem cerró los ojos, incapaz de mirar a los de su padre.
A él nadie lo secuestró ni manipuló su mente, solo tuvo una
mala experiencia que lo avergonzaba y luego las pesadillas
que lo trastornaban.
—Hijo… —Damir lo intuía—, ¿qué te pasó?
—Nada. —En sus recuerdos: risas.
—Cuéntame, soy tu padre. Sospecho que algo te sucedió
en tu travesía. Dime ¿qué fue? ¿Te amenazaron con
asesinarnos si no obedecías? —Jevrem sacudió la cabeza,
apresado entre las manos largas del progenitor—. ¿Tienes
deudas por juegos o drogas?
Se libró de mala gana.
—Nada de eso: estoy limpio. Acepta lo que soy.
El otro endureció el ceño y lo señaló.
—Eres mi hijo, bueno y amado, que ha sido intimidado por
un enemigo oculto. Y ese enemigo, sin lugar a duda, es un
vampiro de gran poder.
—Padre…
—¡No! Jevrem… —trataba de hacerlo razonar—. No te
alejes, dirigirás las sospechas sobre ti y te cazarán, y no
podré ayudarte. Y cuando el Alfa Mayor se entere que el
primogénito de Damir Brankovic es el posible depredador,
nos liquidará a todos, incluyendo a tu madre por haberte
concebido. Pasaremos por la pena de un escarmiento
público. Aguarda unos días, veré qué excusas le daré a
Everett para yo permanecer más tiempo en Nueva York,
rastrearé a los que te manipulan, y si… —su voz se quebró
—, y si eres…, entonces seré el que te ponga en un avión
para que te alejes de aquí.
Jevrem ya tenía una solución para su angustia, pero no se
lo expresaría porque le pondrían camisa de fuerza,
imposible de desatar. Así que, atinó en asentir a la
propuesta de su padre, solo para concederle por unos días
la búsqueda –de la que sería infructuosa– de aquel que
supuestamente manejaba los hilos de su mente
inconsciente; luego se perdería y, en medio de la nada,
tomaría un arma y se volaría los sesos.
El inconveniente a este plan: carecer de resistencia para
no dormir.
Si lo hacía, otro inocente moriría.
—Está bien —apenas acordó, sentándose encorvado al
borde de la cama, considerando aún que era un error
convivir junto con los suyos, como si despedazar humanos
fuese un pasatiempo común.
Damir movió la tula para sentarse al lado de su afligido
hijo y le sobó la espalda para reconfortarlo. Jevrem daba por
sentado en ser el depredador, pero él lo dudaba, no tenía
ese corazón de hielo que se requería para ser algo
semejante, su nobleza era como la de su difunta bisabuela y
su moral como la de Everett, a quién envidiaba por
obtenerlo todo, incluso la admiración de todos. Sin
embargo, él quería ponerse en el lugar de su hijo para
salvarlo del destino que le aguardaba si lo descubrían. Las
leyes se impusieron para evitar el caos y la cacería de
dichos humanos causaría enfrentamiento entre las especies.
—Cuando tu madre te parió, fuiste mi mayor orgullo —
expresó con sinceridad—. Medías dos centímetros más que
tu tío Ranko en su nacimiento. Eras muy grande para ser un
cachorro neonato, ni una hora tenías en el mundo y ya
identificabas a los que te rodeaban. Tu visión era muy clara,
eras capaz de seguir con la mirada el vuelo de una mosca.
¡Fuiste una sensación! —Sonrió—. Muchos predijeron que
serías alfa y que algún día formarías tu propia manada. Esto
me preocupó, estarías en la línea de sucesión si tu abuelo
Stanislav decidía que, en caso de que sus hijos fuesen
incompetentes o asesinados, el nieto asumiría el mando. De
hecho, apostaron por ti cuando Everett se accidentó y Ranko
enloqueció de ira por no ser el elegido, antepones el
bienestar de la manada a las propias ambiciones.
—Hubiese sido un pésimo alfa…
Damir sonrió entristecido.  
—Te confieso que me preocupaba que me superaras,
quería que fueras mi respaldo en todas las decisiones que
tomara. Un líder necesita de hombres íntegros que lo
protejan de traidores y acaten sus órdenes sin cuestionarlo.
Tú, mi querido Jevrem, eres un hombre de palabra, amas a
los tuyos y estás dispuesto a morir para protegerlos.
El joven no estaba de acuerdo con lo dicho por su padre,
lo describía de manera equivocada, Anna era un claro
ejemplo de que él no tenía palabra, le daba la espalda a la
primera dificultad que enfrentaban.
Damir aguardó a que replicara, pero Jevrem seguía
cabizbajo y sumergido en sus propios pensamientos, por lo
que consideró que era hora de que se sacudiera la tristeza y
combatiera sus demonios con aplomo.  
—Guarda todo y dúchate —ordenó mientras se ponía en
pie para que Jevrem no viese que se limpiaba las lágrimas
—. Te quiero descansado para cuando bajes...
—No tengo apetito. —Tal vez porque estaba lleno de
carnes blandas.
—Cenarás así no quieras, pero primero habrá un brindis.
Jevrem alzó la mirada sin comprender a qué se debía y al
instante la luz del entendimiento se reflejó en su rostro.
Por su cumpleaños.
—Es sórdido…
El progenitor sacudió la cabeza. Su hijo era inocente de lo
que este mismo se acusaba; puede que lo comentado por
Radojka, fuese cierto y Jevrem también lo haya heredado.
Pero él albergaba la esperanza de que fuese mera
coincidencia y su mujer una alarmista que señalaba
fantasmas donde nadie más los veía, y, lo que tanto los
mortificaba, se debía a diabólicas maquinaciones de
terceros.    
—Ellos no lo saben. Te vestirás formal y mantendrás un
semblante del que no provoque preguntas.
—No tengo las fuerzas…
—¿Quieres que tu madre se aflija por lo que te pasa? —A
Damir no le importaba lo que sintiera su esposa, pero era un
excelente chantaje emocional que ejercería sobre su hijo
para que tomara conciencia.
Jevrem bajó la mirada, nadie debía saber.
Ni su madre, ni Isabel, ni Anna…
 
*****
 
Dos horas después, Jevrem esbozaba una sonrisa fingida a
su abuela paterna, mientras esta lo colmaba de elogios por
ser un macho de carácter fuerte y ambiciones centradas.
Everett le dio un abrazo fraternal e Isabel le dio un beso en
la mejilla, del que le expresó su feliz cumpleaños y nobles
deseos que, el mismo Jevrem, rogaba a los santos lobunos
tener la suerte de que se cumplieran.
Cuando fue el turno del abrazo de la madre, Jevrem tuvo
una intensa sensación, la sintió demasiado cercana, no
íntima en el aspecto retorcido, sino más allá de la conexión
consanguínea.
—No eres el único —susurró ella a su oído para que los
demás no la escucharan, del que el joven no comprendió
por su propia confusión. Sus pensamientos eran un
revoltillo.
Quiso preguntarle, pero su padre dio la orden a Blanka
para servir las copas de champaña en la Sala de los Lienzos,
donde se reunieron para desearle éxito en sus veintiséis
años. Sus tres hermanas brindaban con sidra y Vesna –su
madrastra– apenas le dio un escueto «que la pases bien»,
como si él pretendiera continuar con el festejo en otra parte.
No obstante, él ya lo había hecho y no volvió a ser el
mismo, pues no solo aquella chiquilla de trenzas largas le
entregó su tesoro,sino que él la amó como si también
hubiese sido su primera vez.
Y sería la última.
Suspiró para sus adentros, acongojado de no probar de
nuevo esos labios, sentir la suavidad de su piel, su perfume
floral, sus gemidos cosquilleando en sus oídos, la humedad
entre sus piernas… No obstante, ni él ni nadie notaban que
eran observados desde cierta distancia por Anna, quien se
mantenía oculta para no ser olfateada.
La joven loba no pudo resistirse en estar un instante allí,
débil ante todo lo concerniente al homenajeado. Del Cuarto
de Juegos había bajado para notificarle a la señorita Isabel y
al señor Everett de que Erik hacía intentos por ponerse en
pie y ellos debían presenciarlo. No se lo perdonarían si no
les avisaba con la premura requerida, el varoncito crecía a
paso acelerado, sus piernitas adquirían la fortaleza para dar
pronto sus primeros pasitos, esto sería todo un evento para
celebrar, no como el que se hallaba entre todos ellos, con su
incómoda sonrisita sin ser merecedor de elogios por ser tan
falso.
Pero las piernas de Anna no avanzaron hacia la Sala de los
Lienzos, para interrumpir el brindis que estaba por
efectuarse, se había quedado inmóvil en el primer escalón
de las escaleras sin ser capaz de enfrentar su mirada.
El tintineo que hacía el señor Damir sobre su copa captó la
atención de los presentes y Anna no tuvo más opción que
aguardar a que terminaran para avisarle a sus patrones. La
cena no se programó para antes del brindis, estaría prevista
para las once de la noche, los patrones habían almorzado
tarde y brindar por el cumpleañero en la víspera de la media
noche del primero de octubre, no tenía caso. Su fecha
estaría por expirar.
—Con el permiso de mi apreciado hermanito, me tomo la
libertad de alzar la copa en honor de mi hijo, Jevrem, quien
desde siempre nos ha enorgullecido por su temple aguerrido
—sonrió visiblemente emocionado—. Que las aversiones a
las que se enfrente jamás lo derroten y que su noble alma
se mantenga incorruptible, aunque él en ocasiones lo dude.
¡Salud!
—¡¡Salud!! —brindaron todos al mismo tiempo en que
alzaban sus copas rebosantes de la bebida espumosa y las
estrechaban unas con otras con suavidad.
Jevrem se sintió miserable.
«Jamás lo derroten».
«Incorruptible».
Él ya fue derrotado y su alma estaba sucia.
—Gracias, padre —apenas expresó con voz rota.
Carraspeó para controlar el llanto que se arremolinaba en su
pecho y forzó una sonrisa acartonada para que ninguno, ni
siquiera su padre, se diese cuenta de que sufría. No era
correcto estar allí, celebrando como si nada hubiese pasado.
Anna se aferró al pasamanos de las escaleras, con la
congoja golpeando su ser, ese muchacho aparentaba lo que
no es, engañaba bien a su familia con su «nobleza
incorruptible», pero solo era un borracho buscapleitos que
se follaba a toda hembra que tuviese ya formada las tetas.
Y también mentiroso.  
—Jevrem, ¿podrías convencer a papá de dejarnos ir de
compras? Ya estamos grandes y él nos trata como
cachorras. No nos dejó ir. ¿Podrías?, por fis, las boutiques
aún están abiertas… —Andjela se acercó junto con Jelena y
Milena, quienes asentían con la cabeza, esperanzadas de
que las burbujas de la champaña achisparan a su hermano
para que se prestara a sus deseos.
—Eh…, yo… —Se llevó una mano al entrecejo, de repente
invadido por imágenes que parecían granadas que
estallaban en su cabeza y sin identificarlas bien. ¿Dónde
era? ¿Un bosque? ¿Un zoológico? ¿Un parque? No lo
ubicaba, había árboles por doquier, hojarascas y neblina.
Escuchaba voces, una era de su hermana Andjela que
parecía hablarle a lo lejos y la otra muy de cerca,
perteneciéndole a una mujer que pedía ayuda. No veía
rostros, solo aquella naturaleza que se tornaba agresiva.
      
Se tambaleó mareado, los árboles pasaban frente a sus
ojos a la velocidad propia de un animal veloz, esto le hizo
que buscara sujetarse a algo para no caer al piso, casi
trastabilla en su intento de aferrarse al respaldo de un sillón
que estaba a unos pasos de él, pero unas manos pequeñas
lo sujetaron de inmediato permitiéndole conservar el
equilibrio.
Gritos.
Persecución.
Muerte.
Todo giraba a su rededor, su cabeza era un hervidero
constante de imágenes inconexas que lo llevaban a la
locura. Gritos, persecución y muerte, se repetía en su
tormento. Esta vez logró ver a la mujer, gritaba aterrada,
huía de alguien que la perseguía. ¿Acaso de él? ¿De
cuándo? Nunca la había visto, ni siquiera en sus pesadillas.
¿Pesadillas? Él no estaba soñando.  
—Jevrem, ¡¿qué te pasa?! ¡Suelta a mi hermano, estúpida!
—Andjela le dio un manotón a Anna por haberse atrevido a
sujetarlo como si fuese su marido.
Todos se enfocaron sobre el muchacho.  
Radojka y Damir acudieron para sostenerlo.
—Es pésimo bebedor… —Damir lo excusó, inquieto de que
tuviese un lapsus como las que le daba a su mujer. En mala
hora pactó con su padre de casarse con la hija serbia de uno
de los embajadores del Alfa Mayor de dicho país, le
trasmitió un gen que lo catalogaría peor que a los cachorros
defectuosos de la híbrida hispana. De haberlo sabido, con
esta jamás se habría casado.
Jevrem recobró la conciencia y rodó los ojos hacia la joven
que lo rodeaba con sus delgados brazos para mantenerlo en
pie, y se encontró con un par de ónices que lo miraban
preocupados.
—¡Hijo! —Radojka empujó a Anna para que se apartara,
mientras que Damir pasaba el brazo de este por sobre su
hombro para sacarlo de allí antes de que Everett o los
demás hicieran preguntas impertinentes.
—Estoy bien —se separó de sus padres, aturdido por ese
torbellino que lo engulló de forma repentina.    
Lo que acabó de ver, ¿fueron recuerdos?
¿Qué fue eso?
Él no estaba soñando…
Radojka lo estudiaba en silencio, queriéndolo llevar al
dormitorio para hablar a solas con él.
—Eso te pasa por no comer: estómago vacío y bebiendo
champaña… —Grubana comentó sin la ternura propia de
una abuela—. Blanka, ve a que Branislava prepare rápido un
jugoso bistec de res. ¿O te apetece langosta? —miró a
Jevrem—. Falta mucho para que el bisonte esté en su punto.
Anna eludió el ceño apretado del ama de llaves por
haberse metido donde no la llamaban, augurando la joven
que más tarde le daría junto con el señor Milenko un
discurso severo.  
—No tengo apetito —Jevrem meditaba que, tal vez, sus
gustos eran otros.
Isabel se molestó por el modo en cómo increparon a Anna,
quien recibió malos tratos en vez de agradecerle la ayuda
que a Jevrem le brindó. La pobre se apartó cohibida y con la
mirada gacha, que no se dio cuenta de que Isabel se acercó
a ella para protegerla de otra posible reprimenda. Ya
hablaría con esa chiquilla con ínfulas elevadas y con
Radojka de cómo es que se debe tratar a los empleados,
pues se creían dioses del que jamás recibirían un castigo
divino.      
—Jevrem está tan acostumbrado a beber cerveza, que una
copa de champaña le revuelve el estómago. A mí me pasa
lo mismo, pero con la cerveza. Fuchi… —Damir se carcajeó
en su intento de enfocar sobre él, la atención mientras que
Jevrem se recuperaba. No debió obligarlo a bajar para el
brindis a fin de evitar habladurías, pero lo que ocasionó fue
el efecto contrario.
—No hay como una buena cerveza —Everett rio, aunque
para sus adentros le extrañaba que Jevrem tuviese ese tipo
de debilidades ante una bebida específica. Lo hacía de
estómago fuerte, del que muchas veces presenció su
tolerancia. Ahí había gato encerrado.
—Es como dijo abuela: estómago vacío y champaña…
—Borrachera segura —Vesna expresó con cierta inquina.
Nunca hablaba, pero cuando lo hacía era para escupir
veneno.
Isabel le sonrió a Jevrem, sin pasarle por alto la tristeza
que se reflejaba en sus ojos negros. Él trataba de ocultarlo,
siendo socarrón, en una aparente felicidad que la morena no
percibía.
—Se me hace que te quieres escabullir, ¿eh? ¡A que sí! —
expresó como si lo hubiese atrapado en una confabulación
secreta—. ¿Con quién la vas a pasaresta noche? ¿Alguna
novia? ¡Huy, te he descubierto! Tienes una novia de la que
no nos has dicho, esas patitas están que aceleran.
Jevrem miró de refilón a Anna y esta enrojeció sin
atreverse a levantar la mirada, sintiendo los ojos del joven
amo sobre ella.
El noviazgo de ellos fue fugaz.  
Él sonrió avergonzado, pero la verdadera intención de
Isabel era que Jevrem estuviese donde en realidad le
brindaran ese consuelo que necesitaba. Y si una chica le
hacía olvidar lo que sea que lo entristecía, entonces que con
esta celebrara.
Por primera vez, Damir aplaudió el comentario de la
híbrida.
—Mi Jevrem tiene una novia en cada ciudad que visita.
Nueva York no es la excepción, es lógico que esta noche
quiera estar acompañado de alguna fémina. —Aun así, con
disimulo, le dio a Jevrem una silente advertencia de no
marcharse de la casa, era mejor que permaneciera
encerrado en su dormitorio si el dominio mental lo estaba
azuzando a matar.
Esa noche la pasaría en vela para que no se escapara.
Jevrem asintió, pero fue malinterpretado por la mayoría,
quienes se carcajearon de que fuese un Casanovas que le
hacía la competencia a su tío Everett cuando estuvo sin
compromisos que lo ataran con una hembra. Esto a Anna la
hirió y corrió fuera de la Sala de Lienzos, sin avisarle lo de
Erik, al alfa y a la señorita Isabel. Y subió de volada por las
escaleras hacia el Cuarto de Juegos, donde luego se
encerraría en el baño para arrojar unas lagrimitas y lavarse
la cara, para después sonreír como si nada frente a los
lobeznos y las nodrizas.  
—Ya brindamos por ti, te puedes retirar. Solo sé prudente
con los colmilludos —Everett le concedió esa libertad que un
joven en su sano juicio ansiaba para estar con sus amigos o
la mujer que le movía el piso. Y rodeó a Isabel por la cintura
para llevarla a arriba, le apetecía estar un rato con sus hijos,
poco tiempo pasaba con estos, extrañaba cargarlos en
brazos y hacerles reír. Según Isabel, Erik ya gateaba.
Y él perdiéndose del crecimiento de sus hijos.
—Papi, ¿y lo de ir de compras? Aún hay tiempo… —
Andjela inquirió a Damir en cuanto su tío y la concubina se
marcharon a la planta alta. El reloj corría en su contra,
apenas le quedaban horas para pasearse por la 5ta Avenida
y coquetear con esos guapos especímenes que las
custodiaban. No podía ser que tuviera que comprar algunos
trapos en el aeropuerto.
—¡No seas fastidiosa!
—¡¡No grites a mi hija!! —Vesna le gruñó a Radojka sin
que le correspondiera a esta reprenderla—. ¡Ocúpate de tu
hijo que yo me ocupo de las mías!
—¡CALLÉNSE LAS DOS! —Damir retumbó su voz ante la
animosidad entre las dos mujeres—. No tengo paciencia
para lidiar con tonterías. ¡Fuera de mi vista! —ordenó a las
jovencitas y a Vesna que estaba por escupir mil improperios,
pero esta se contuvo y se volvió hacia sus hijas para que la
siguieran. Grubana le dio una silente felicitación a Damir por
manejar bien la situación, lo hizo como todo un macho con
mano firme que aplaca a las hembras rebeldes, y se dirigió
también hacia la habitación de Vesna para reprenderla por
ser tan grosera, era la Segunda Esposa y su deber era callar
y obedecer.
Jevrem pretendió tomar aire por las inmediaciones de la
mansión, pero Damir puso una mano en su hombro para
detenerlo.
—No iré a ninguna parte —aseguró, pero el otro
desconfiaba de sus facultades mentales. Sin voluntad era un
títere que dirigirían a donde terceras personas pretendieran
en sus oscuras intenciones.
—Hasta resolver cómo ayudarte, te estaremos vigilando.
—Lo mejor es que me marche ahora —le preocupaba lo
que «vio». ¿Fue una alucinación o estaba enloqueciendo?
—¿Y huir por siempre? No, Jevrem, tendremos que hallar a
los que te manipulan.
—¡Nadie lo hace!
—¡Shhhhhttt! —Radojka lo hizo callar, lanzando miradas
furtivas fuera de la sala, mortificada de que Blanka o alguna
de las sirvientas estuviese por ahí parando la oreja—. ¡Bajen
la voz! —exclamó lo más bajo que pudo—. Damir, él tiene
que saber…
—No.
—Debe saber, así comprenderá.
—No es por eso.
—Lo es, tú lo sabes.
—¿De qué hablan? —A Jevrem le causó curiosidad la
discusión que sostenían sus padres.
—Damir…
—¡No!
Airada, Radojka alzó la mandíbula para confrontarlo. 
—Le diré, así no quieras. Azótame o abofetéame después
por esto, lo asumo, pero mi hijo debe saber a qué se debe
sus visiones.
Jevrem se mosqueó.
Visiones…
¿Eran visiones?
¿Acaso él…?
—Mamá, dime. Y despreocúpate: papá no te pondrá una
mano encima —y, al decirlo, miró al aludido con severidad:
él que la lastima y Jevrem le devuelve los golpes con
ferocidad.
La progenitora, sin esperar la aprobación de Damir, lo
tomó del brazo y lo condujo al exterior, donde las bancas de
los rosales serían el lugar idóneo para confesarle su mayor
secreto.
Esperaba que lo soportara.
 
Capítulo 11
 
 
La expectativa lo mataba.
Jevrem se sentó en la banca después que Radojka lo
hiciera, mientras que Damir echaba vistazos para
asegurarse que en realidad estuviesen a solas. Los
guardaespaldas de Everett solían apostarse por el entorno,
abarcando espacios que vigilaban sin ser detectados por los
que por ahí merodeaban. La noche centelleaba con sus
múltiples estrellas en el firmamento, el sonido del oleaje se
escuchaba a la distancia, la temperatura del ambiente en
constante declive, el aroma de los rosales y el color rojo de
sus pétalos, embelleciendo el patio posterior.
La tensa calma que percibían los tres lobos los mantuvo
en silencio, los dos adultos sin encontrar las palabras
adecuadas para iniciar la conversación y el más joven
aguardando impaciente a que le revelaran las razones de lo
que ocasionaban sus «pesadillas».
Radojka jugó con su collar de perlas de dos vueltas y se
removió en su puesto, ganando tiempo para ordenar sus
pensamientos y no alterar después a su hijo con lo que
dijera. Damir lo consideraba una coincidencia, aunque muy
en el fondo de su ser y sin admitirlo en voz alta que lo
manifestado por su esposa era cierto.
Y esto ocasionaba que su corazón de padre se oprimiese.
—Mamá… —Jevrem la animó a que hablara, posando una
mano sobre la de esta que tenía en su regazo. La otra no
dejaba de mover el collar de perlas, un reflejo de estar
nerviosa, siendo difícil tener que compartir su secreto con
su amado hijo.
Ella lo miró y sonrió a medias. Sus ojos enrojecidos y
cristalinos por las lágrimas acumuladas.
—Se dice que en cada familia las nuevas generaciones
son más fuerte que las anteriores. Esto es un hecho que se
ha sostenido por siglos, se ha demostrado con las
habilidades de los descendientes que, entre más antiguo el
linaje, mayor probabilidad de que el último que ha nacido
sea bendecido por Licaón.
Damir esbozó un mohín sin que Jevrem o Radojka se
dieran cuenta. Él así no lo consideraba, más bien, una
maldición.
—¿De qué modo? —Jevrem preguntó sin vislumbrar hacia
dónde su progenitora quería llegar.
—Con fuerza, destreza, inteligencia… Las bendiciones
suelen ser variadas; mientras unos nacen con extraordinaria
memoria, otros poseen un valor insuperable. Como tu tío
Everett: él es valeroso, inquebrantable en su deber hacia los
suyos, posee la audición más aguda entre los clanes
existente en el país.
—Y qué tiene que ver con…
—Es solo un ejemplo de lo que intento decir.
—Pues, te estás yendo por las ramas. Dile o larguémonos
de aquí, estoy comenzando a sentir frío —Damir espetó a su
mujer, avinagrado por esta que se deshacía en elogios hacia
su hermano menor que no merecía siquiera se le
mencionara; fue Damir quien se mantuvo al frente de la
manada en los meses en que la híbrida estuvo
hospitalizada, fue él quien trató de mantener en la cordura
a su padre cuando desvariaba en su lecho de muerte y le
diera por sustituir a su heredero predilecto por aquel bruto
de grandes músculos. Comentarle a Jevrem lo que él ha
jurado, nadie debía saber, lo tenía con los nervios desechos:
es como si sus temores se hicieran realidad.
Radojka lomiró mal por presionarla a que desistiera, pero
ella no soportaba en que Jevrem siguiera en la ignorancia.
—Por desgracia, no siempre dichas facultades son del
agrado de los demás —expresó para desconcierto del joven
lobo, quien se removió en su asiento, lo que vendría a
continuación sería una terrible revelación—. A veces… —se
tomó una respiración y continuó. Sus manos temblaban, a
riesgo de arrancarse sin querer el collar de perlas—. A veces
el último descendiente hereda la oscuridad.
Esto a Jevrem fue como si le hubiesen golpeado la cabeza
con un mazo.
—La maldad… —por eso asesinaba, había heredado la
maldad de sus ancestros. Por lo visto, su abuelo Stanislav se
llevó muchos secretos a la tumba.
—Las visiones —la otra lo corrigió al instante.
—Pero…
—Desde mi tatarabuela, las percepciones extrasensoriales
han estado presente.
Jevrem parpadeó.
¡¿Extra qué…?!
—¿Qué dijiste? —se alteró, siendo más que evidente que
se aislaron de la casa para él enterarse del origen de su
«visiones», pero jamás lo atribuyó a cuestiones psíquicas. O
eso le parecía entender.
—Tu madre alucina, no es lo que…
—Eres clarividente —soltó ella sin más, interrumpiendo al
fastidioso de su marido y dejando perplejo a su único hijo.
Lo que tanto calló durante años, lo contaba al que habría de
afrontar los señalamientos que lo apartarían de la
comunidad lobuna.
El joven sonrió incrédulo y, aturdido, se levantó de la
banca.
Radojka lo imitó, siguiendo con precaución sus
movimientos. Cuando ella se enteró de sus propias visiones,
le dio un ataque de histeria. ¿Cómo encontraría un buen
marido que la comprendiera? Ningún lobo de apellido
respetable querría casarse con una mujer que escuchaba
voces en su cabeza. Damir fue una «lotería» que se ganó al
enterarse de forma accidental de un episodio que tuvo
mientras estuvo embarazada: «vio» la muerte de la Primera
Viuda de Dragan, estando ellos en los Apalaches y la difunta
en Kenai sin que nadie le notificara sobre el deceso. Damir
se enteró por el mar de lágrimas que derramó Radojka. La
mujer fue una gran aliada y consejera matrimonial. Su
ausencia la sentiría después, al hallarse sin apoyo moral y al
mando de las esposas de su suegro.
—Yo no…, y-yo no… —tartamudeaba—. Yo no soy… ¡No es
cierto!
—¡Claro que no, hijo! Tu madre está loca.
—¡Basta, Damir! No se puede ocultar el sol con un dedo.
Jevrem es clarividente como yo lo soy, como lo es su abuela
Ava, como lo fue su bisabuela y tatarabuela… Somos una
familia que se sale del rango de lo que se espera en la
productividad de la manada. Nuestras habilidades son del
tipo mental que la física, temidos y odiados al mismo
tiempo, pero son más mitos ocasionados por la ignorancia.
Jevrem trataba de escuchar a Radojka, sus oídos
zumbaban por la impresión, ¿clarividente? Él jamás tuvo
visiones o nada parecido a esto que indicase que cargara
con dichos dones. Solo tenía pesadillas que atormentaban y
que luego…
Bajó la mirada, apesadumbrado.
Que luego se hacían realidad.
—¿Has tenido pesadillas recurrentes? —preguntó a la
madre para averiguar si le pasaba lo mismo y esta asintió
apenada, pero como él no la miraba ella le dijo que «sí»—.
¿Por qué nunca me dijiste? —la reprochó, no se hubiera
sentido tan desamparado en su angustia.
—Perdóname, temí que te asustaras y después todos se
enteraran. Nos habrían expulsado de Alaska.
—¡Yo no hubiese dicho nada! Además, mi abuelo no habría
sido capaz de eso, ni Everett…
—Sebrenka y Grubana, sí. Ellas influyeron en las
decisiones del señor Stanislav: el temor de tener bajo el
mismo techo a una loba que tarde o temprano enloquecería,
causaría muchos problemas.
—¿Por qué habrías de enloquecer? —Su mirada
consternada oscilaba entre la de sus dos progenitores. Cada
vez la historia se tornaba turbia.
Radojka se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
Damir extrajo un pañuelo del bolsillo interno de su chaqueta
sastre y se la entregó sin ademanes cariñosos para que se
limpiara el delineador escurrido y los mocos; era un
desastre cuando lloraba y a él ese tipo de muestras de
debilidad le desagradan. No la amaba, jamás lo hizo y jamás
lo haría, sus gustos se inclinaban a otro tipo, pero Radojka
no le exigía como Vesna para que le respondiera como
hombre, sabía desde un principio sobre su homosexualidad
y se mantuvo callada sin sacar provecho de esto para
protegerse de ser acusada de timadora. Aun así, Damir no
solicitó a los Ancianos, la separación, prefirió callar para
evitar que su hijo no-nato corriese la misma suerte que la
madre; lo amaba desde antes de nacer, su amor por este
resplandecía por ser lo más puro que sentía por otro ser
viviente. Hasta ese entonces, Damir solo se quería a sí
mismo.
Él calló por Jevrem.
—Según lo dicho por tu madre: «cada generación es más
fuerte que la anterior» —se adelantó a su esposa que no
lograba contener el llanto.
—Y… —Jevrem aupaba a que continuara, lo que
comentaba se le hacía insuficiente.
Radojka se tomó una respiración y alzó la mirada hacia
Jevrem que se preparaba mentalmente a recibir una mala
noticia.
—En el caso de nuestra familia: sería enloquecer. Pero ¡no
lo harás! No te pasará eso, te aseguro que no, es solo
que…, en ocasiones será terrorífico que hasta crees
enloquecer.
Jevrem tuvo que sentarse de nuevo en la banca de hierro
forjado, oculta entre ramilletes frondosos de rosas rojas,
sembradas a su rededor como si fuese un escondite hecho
para los enamorados. Esta colindaba a la piscina y alejada
de la banca con vistas al mar; en la que se hallaban
sentados se protegían de las miradas impertinentes de los
residentes de la casa, ellos tenían que aclarar dudas que, tal
vez, le darían paz o desazón.
Ya verían qué resultaría de la revelación.
—Mamá, ya estoy enloqueciendo, he matado gente…
La mujer hizo una expresión de «qué vas tú a matar, no te
alarmes», sonrió para demostrarle que exageraba, pero su
sonrisa salió trémula; no obstante, se sentó para buscar su
mirada, Jevrem requería de una correcta orientación, lo de
«enloquecer» era cuestión de guía, fortalecer los puntos
débiles de su personalidad y adquirir mayor conocimiento
de lo que implicaba ser un lobo con dones que, salvo el que
las tenía, las comprendía.
—Las visiones crean ese efecto.
—Ya fue suficiente, volvamos adentro, esto levantará
sospechas —Damir apuró a su esposa y a Jevrem en
abandonar el área de los rosales, preocupado de la posible
histeria de Radojka, de enterase por boca de su hijo de que
las visiones eran recuerdos.
—Pero, he estado ahí…, persiguiendo a las víctimas —le
hizo ver—, corro tras ellos, los asesino…
—No es así.
—Al otro día sale en las noticias: no es coincidencia,
mamá, ¡ocurrió! Yo los maté.
—Crees que lo haces, no eres tú.
—Entonces, ¿quién?
Ella se encogió de hombros, sorprendiendo a Damir por su
fría reacción, creyó que esta se desesperaría, que lanzaría
rezos al cielo para que su hijo no fuese lo acabado de
escuchar, odiándose por heredarle genes cargados de
maldiciones que en nada beneficiaría a la familia. Radojka
permanecía serena, un tanto pálida, estudiando con la
mirada a su hijo; le sonreía entristecida como si lo
comprendiera; de hecho, así lo consideraba Damir,
subestimó el carácter de su mujer, quien desde la infancia
fue una maestra en el arte de la mentira: ocultaba bien los
episodios psíquicos que padecía.
—Los que manipulan tu mente —dijo él, perdiendo
cuidado de que Radojka se alterase—. Estos son los que
están detrás de tu… Eh… «hipnosis». Por eso no recuerdas
que lo has hecho y piensas que son pesadillas.
—¡Son visiones, Damir! —Radojka insistía en que
reconociera la causa del mal de su hijo—. Aquí no hay nadie
que lo «manipule», porque un clarividente ve lo que en el
momento ocurre. Tienes años a mi lado, deberías saber lo
que me pasa cuando tengo ese tipo de percepciones,
espiritualmente me transporta a otro cuerpo si entro en
contacto con una persona o un objeto. Las visionesson
intensas, me atemorizan por esa realidad que observo; por
fortuna, apenas dura segundos y de esto me libero. 
Jevrem giró el torso hacia su progenitora y sujetó sus
hombros para que se enfocara en él.
—¿No son recuerdos? —Ella cabeceó—. ¿Cómo estás
segura?
Con la paciencia que la mujer demostraba, acarició la
mejilla de su muchacho para expresarle en voz baja:
—Porque tuviste una visión allá adentro, ¿no es así? —
Jevrem agrandó los ojos y ella le sonrió entristecida—. ¿De
qué fue?
—Sobre una bípeda —comentó pensativo—. Ella huía de
mí, quería matarla, tenía rabia por lo que hacía…
—¿Y qué hacía? —Radojka lo interrogaba como si fuese su
psiquiatra. Damir oteaba en las zonas oscuras del jardín y
por las partes iluminadas, sin bajar la guardia a la vez en
que aguzaba sus oídos, atento a lo que Jevrem comentara
de lo que «vio» mientras todos lo rodearon para brindar en
su honor.
—Ella… —Jevrem comenzó a sudar frío, las imágenes eran
fuertes—. Ella exportaba animales exóticos.
Damir lo miró sorprendido.
—¿Cómo era ella?
—Rubia, de unos treinta o treinta y dos años. Un poco más
baja que mamá y bastante bonita.
—¿Sabes su nombre?
Asintió, la muerte de esta fue reciente.
—Megan Gilmore. —Esto a Jevrem le hizo darse cuenta del
alcance de sus visiones—. ¿Cómo sé de esa mujer? La
perseguía con tanto odio…
—No eras tú —Radojka dijo sin pasarle por alto la palidez
de su esposo a causa de la humana—, sino él… Percibías su
odio, lo que pensaba de aquella bípeda. Los clarividentes
tenemos la capacidad de «ver» el interior de las personas
que leemos. A través de este o sus objetos personales,
somos testigos exactos del presente oculto. Por eso no eres
el asesino, no estabas ahí…
—¿Y si son recuerdos?
—Entonces, yo también lo sería. He visto los corazones de
algunos que hasta te sorprenderías, suelen mostrar un
rostro a los suyos, pero en su interior son distintos.
A Damir le sonó a indirecta.
—Tuve razón en lo que te dije —manifestó al muchacho—:
te manipulan. —Radojka iba a explicarle que dejara la
terquedad y aceptara que Jevrem tuvo la desventura de ser
más «receptivo» en sus percepciones y que nadie lo
manipulaba como si fuese un títere; sin embargo, Damir
elevó la voz cuando esta abrió la boca para dar su opinión y
expresó lo siguiente—: Porque ese sujeto siempre está en tu
mente.
—¿Estoy conectado al asesino?
Para Damir tenía sentido y hasta para Jevrem, pero a
Radojka le preocupaba ese hecho.
—Es porque lo conoces.
—No sé quién es, creí que era yo…
—Ves a través de sus ojos, sientes lo que aquel siente,
corres con sus piernas. Como un ente que posee un ser
viviente —agregó para que la comprendiera—. Al estar en
transe, tu alma se desdobla y tu mente se abre a las
energías psíquicas que se mueven por el mundo. Mi querido
Jevrem, por lo que has dicho, eres más perceptivo que yo,
que hasta ahora era la más activa. Siempre temí que tu
psiquis despertara en tu infancia por ser los cachorros más
vulnerables, pero me confié por tu tardanza en manifestar la
clarividencia. Creí que conmigo acababa esta facultad, pues
siempre se daba a través de la línea femenina de cualquier
familia, por lo que estarías a salvo de vivir bajo perfil.
»No sé por qué lo tienes. Algo debió activarte…
Y, según Damir, no era un «algo», sino un «alguien» que
acosaba la mente de su hijo.   
—¿Tienes idea de quién pueda ser? —Damir se acuclilló
para captar su mirada; al estar Jevrem abrumado, se torna
cabizbajo.
—No sé…
—¿A quién conociste en tu travesía por Latinoamérica? —
El que le mencionara, sería el más probable de ser el sujeto
que les fregaba la paciencia. Puede que lo haya seguido
para cobrarle una deuda, ya sea por golpes, una chica o una
situación que se salió de control.
—No sé… —el corazón de Jevrem palpitaba abrumado, un
nombre estallaba en su cabeza, este lo amargó y cambió el
rumbo de su vida.
—Piensa: debió ser alguien del que te cruzaste por el
camino. Alguien que hayas conocido en un motel… ¿Te
presentaste ante una manada?
—No —mintió. Por supuesto que lo hizo, pero no se lo
diría. Ahí tendría que arrojar nombres y después confesar su
vergüenza. Aún no estaba preparado.
—¿Estuviste con un hembra?
—No.
—¿Peleas?
—¡No!
—Hijo —Radojka buscó su mirada—. Dinos, ¿a quién
conociste? Sé que tuviste algún contacto, lo percibo, pero
no me dejas entrar a tu mente—. ¡Dinos!
—¡¡No lo sé!!
Huyó del jardín de las rosas para no tener que abrir su
corazón y mostrarle lo que tanto sufrió. Esto horrorizaría a
su madre y decepcionaría a su padre, esperaban mucho de
él para que fuese un hombre exitoso en el mundo
empresarial y en la manada.
Corrió para marcar distancia, lo llamaban mientras se
alejaba, no acató a estos, solo atinó en correr por los
pasillos como si fuese una brisa que pasaba rápido y
É
refrescaba a su paso. Él no lo hacía con este propósito, huía
por su cobardía, lo increparían, causaría muchas lágrimas.
Jevrem cruzó arcos que divide ambientes, pasó por el lado
de sirvientes concentrados en sus labores sin que se dieran
cuenta del beta, cruzó estancias, áreas apartadas de la
casa, abrió más puertas y bajó escaleras…
Jadeaba por la carrera, mirando la puerta de la habitación
del sótano que estaba cerrada. Su rostro bañado en
lágrimas, su corazón galopante.
Necesitaba de una amiga que lo sostuviera o se
derrumbaría.
Jevrem extrañaba a su hada.
 
Capítulo 12
 
 
Anna no tuvo más lágrimas para llorar.
Se cansó de hacerlo mientras caminaba solitaria a lo largo
de la orilla de la playa. Comprobar por boca de otros de que
Jevrem era un conquistador empedernido, le dolió, pues le
creyó antes de entregarse a él.
Si bien, ella estuvo al conocimiento de su manera de ser,
quiso por esa vez otorgarle un voto de confianza, se lo había
ganado con su sonrisa traviesa, su caballerosidad, su
instinto protector hacia sus seres queridos; qué lástima que
solo fuese un espejismo que la deslumbró, él procuraba ser
todo aquello para obtener beneficio.
Su virginidad.
Se prohibió así misma suspirar y elevó la vista al cielo,
donde la luna menguante seguía en su apogeo. No temía
que a ella un extraño la atacara o que uno de los
guardaespaldas del señor Everett le diera por abandonar su
puesto de vigilancia y la tomara en contra de su voluntad,
aprovechando la soledad de los alrededores, atraído por el
celo que ella padeció la noche anterior. Sin embargo, la
posibilidad era lejana, Anna ni siquiera tenía picazón en la
vagina, la decepción desinfló su lívido de loba, aún sus
hormonas se hallaban calmadas por el inolvidable coito que
tuvo con Jevrem.
Pateó una piedra inexistente y siguió con la vista las olas
que morían en la orilla con suavidad, la relajaba observarlas
mientras caminaba a paso lento y meditabunda; sus piernas
la condujeron a estar en contacto con la naturaleza que
encerrarse en su habitación y llorar a moco suelo. Ahí –en el
exterior– se sentía libre, sin paredes que la sofocaran o
personas que la trataran con desprecio.
—No te convenía —se dijo a sí misma, en un hecho en la
que ella meditaba en un destino alterno en la que Jevrem la
amaba.
Y, a pesar de esto, no la habrían tenido fácil. Los padres
de este y sus hermanas serían los que se interpondrían en
su relación, escandalizados por el primogénito que se fijó en
una sirvienta torpe en sus oficios, la habrían humillado o
hasta golpeado; quién sabe qué recursos hubiesen utilizado
para librarse de ella; le temía a la señora Radojka, pero más
a la señora Grubana. Esta convencería al señor Damir o al
alfa de sentar un precedente: nadie, por debajo del nivel
social, se mezclaba con un Brankovic.
Anna se catalogaba muy por debajo de las posibilidades
económicas aceptadas.
Se detuvo al percatarse que se alejó bastante de la casa y
se giró sobre los talones para devolverse sobre sus pasos.
Las lujosas residencias que se alineaban hasta perderse
de vista contrastaban con el Atlántico que ondeaba apacible
frentea estas. Las luces eléctricas iluminaban su camino, la
brisa marina batía su cabello y erizaba su piel, hacía frío y
se pondría peor conforme avanzaran las horas. Anna apenas
usaba una blusa de mangas largas y vaqueros que poco la
abrigaban. A pesar de esto, disfrutaba de su caminata
nocturna.
—No quiero que termine —expresó hacia la nada,
refiriéndose a su paseo. Volver a aquella casa, la entristecía,
era como si residiera en una cárcel de máxima seguridad,
erguida en una isla inaccesible, del que abrían las puertas
para que sus reos respirasen un poco de aire fresco y luego
volvieran a sus diminutas celdas subterráneas—. Un año —
se tomó como meta trabajar para la señorita Isabel. Ese
sería el tiempo en que le pagaría a la buena de su patrona
por ayudarla, cuidaría de sus lobeznos, los amaría, jugaría
con ellos, les enseñaría a caminar y aullar…
Transcurrido los meses, se marchaba.
Pero… ¿podría soportar estar cerca de Jevrem y fingir que
ya no estaba enamorada?
—Lo haré —ratificó su decisión con aplomo, levantando la
frente y endureciendo la mirada. Trabajo y estudio. Sería su
meta a corto plazo, ya vería después qué se impondría para
que fuese duradera.
Quizás trabajar al otro lado del océano.
 
*****
 
—¿Ya comiste? Porque allá dentro esos hombres se
tragarán todo… —Rosario preguntó de mala gana en cuanto
la joven alasqueña ingresó por la puerta que da hacia los
contenedores de basura, la parte más cercana al sótano y la
que evitaría atravesar la cocina.
—No tengo hambre.
La sirvienta de ojos saltones la miró con disimulo.
—Tú nunca tienes hambre —comentó con suspicacia—.
¿Acaso comes fuera?
—¿Qué estás insinuando? —Anna se puso tensa por lo que
esta sospechaba.
—No te veo desayunar ni almorzar. Y ahora dices que no
vas a cenar porque no tienes hambre. ¿Estás comiéndote
los perros de los vecinos? —O a los vecinos…
—Mira, pende…
—¡Usted: a mi despacho!
Rosario se sobresaltó y miró angustiada por sobre su
hombro hacia el anciano que gruñó enojado, pero al
instante se relajó cuando el ceño fruncido de este no iba
dirigido a ella, sino a la flacucha, y sonrió por la increpada
que seguro esta recibiría. El mayordomo solo llamaba a su
despacho para despedir o para jalar de las orejas.
¡Oh, que fuesen las dos severidades!
Ya no quería cruzarse más con esa chica.
Anna tragó en seco, la señora Blanka debió comentarle al
anciano del incidente en la Sala de los Lienzos.
Cabizbaja, entró al despacho y aguardó de pie a que el
anciano rodeara su escritorio de pino y se sentara detrás de
este. Oprimió un botón en una central telefónica, un tanto
arcaica, y, al instante, una voz femenina crepitó moderada.
La señora Blanka respondía al llamado del que un «ven a mi
despacho, por favor», ordenó el mayordomo en un tono
menos agresivo.
Anna estuvo a punto de explicar su presencia en la sala y
de cómo sucedieron los hechos, pero el señor Milenko la
habría mandado a callar, aún no le permitía hablar y
también porque la señora Blanka lo vio todo.
Esto la hizo meditar.
¿Fue malo ayudar?
Sostuvo a Jevrem de no caerse al piso.
—¡Ah!, ya estás aquí… —la rolliza pelirroja exclamó con
desdén en cuanto entró al despacho y se fijaba en la
presencia de la muchacha.
Se ubicó al lado de Anna como la profesora que acusa a la
alumna rebelde frente al director de la escuela.
—¿En qué pensabas cuando abrazó al joven amo? —la
mujer increpó—. ¡Qué desfachatez!
Anna agrandó los ojos, desconcertada de la acusación.
—Yo no…
—¡Silencio! —Milenko sonó el tope de la mesa con su
palma, molesto con la omega.
—¡¿En qué pensabas?!
Anna boqueaba sin saber qué hacer, una le pedía
explicación y el otro le ordenaba no hacerlo. Se
contradecían.
Sin más alternativa, bajó la mirada, suponiendo que esa
era la postura que ellos esperaban de ella, y preparó las
orejas para que se la jalonearan. Según las reglas, un
sirviente tenía prohibido confraternizar con los patrones,
menos tomarse atribuciones como un abrazo cariñoso, pero
eso no ocurrió en la Sala de los Lienzos, ella acudió para
evitar que Jevrem se diera de bruces, lucía pálido,
debilitado…
—¡Contesta! —Ahora el señor Milenko le ordenaba abrir el
pico.
Anna se sobresaltó. Ese sujeto tenía pésima
comunicación.
—Se sentía mal…
—¿El joven amo? Por favor… —Blanka replicó incrédula—.
Él fingía para librarse del brindis y marcharse cuanto antes
con sus novias. Eres una tonta por seguirle la pantomima.
—Yo, eh…
—Aquí la pregunta es: ¿por qué? —Milenko ya tenía
preparada la carta de despido que le entregaría apenas
tuviera la oportunidad de hacerlo. Esa muchachita inspiraba
desconfianza.
—«Por qué», ¿qué?
—Por qué corrió a sostenerlo, señorita Morris. Los padres
del joven amo estaban cerca, también la señorita Andjela,
con quien hablaba, el señor Everett y su concubina.
Cualquiera de ellos pudo ayudarlo. Pero usted…
—Creí que… Yo… —su corazón palpitaba en la garganta,
su mente en blanco. ¿Qué excusa daría? Ella estuvo
vigilando al pie de las escaleras, suspirando por lo que no
pudo ser.
—¡Habla!
—Fue un acto de reflejo —dijo—. Solo acudí a ayudarlo.
Milenko y Blanka intercambiaron miradas silenciosas. La
joven le puso el ojo a un Brankovic. Qué ambiciosa.
—¿Con quién ha desahogado su celo?
La impertinente pregunta del mayordomo ofendió a Anna
por inmiscuirse en su vida privada.
—¿Por qué lo pregunta? —se puso a la defensiva. ¿Sabría
algo ese viejo amargado?
—Por su perfumito de cabaretera, ni puedo respirar. Eso
indica que trata de ocultar su olor corporal de los machos. Y
las hembras que lo hacen, es porque aún pasan por el ciclo
estral y no han fornicado.  
—No lo he hecho con nadie —mintió. Si le preguntaban, es
porque aún no sabían que ella pasó la noche con Jevrem, así
como también ignoraban del enfrentamiento que este
sostuvo con dos de los guardaespaldas.
Milenko se cruzó de brazos, adoptando una postura tipo
detective suspicaz, analizando con detenimiento a la
omega. Mentirosa…
—¡¿Y aún no siente ganas?! No le creo, enloquecerías, los
hombres de esta casa se habrían alborotado para tomarla;
se pasea por el entorno como si ya hubieses estado con
varios. Luces calmada.
—Lo que pasa, es que… —las mejillas de Anna se
encendieron—. Bueno, aprendí que hay un modo infalible
para disipar las ganas.
—¿Y cuál es? —Milenko inquirió en el acto—. ¿Follar en los
matorrales? ¿En un hotel? ¿Vender el cuerpo?
Anna se removió en sus pies por la humillación de tener
que dar explicaciones a un par de vejestorios entrometidos
que la detestaban. Estos actuaban peor en comparación al
ama de llaves en Kenai.
—La… —carraspeó—. La masturbación…
Blanka rodó los ojos hacia Milenko y este la miró por un
breve segundo, del que ambos desviaron la mirada,
avergonzados de escucharla. Ellos a veces se desahogaban
de esa manera cuando los calorones que, cada vez menos,
los atacaban. No obstante, la omega disfrutaba de la
juventud y pasaba por su primer celo. La masturbación era
insuficiente para satisfacerse, las hembras necesitaban de
la penetración vaginal.
—¿Sus padres planean subastarla? —Si la tenían prevista
para el matrimonio, lo prudente sería que organizaran una
reunión con todos los varones de su estirpe para que
ofrecieran el monto más alto por esta o se la entregaran al
que ellos consideraran el más apto para hacerla su esposa.
—No, señor. Ellos me permitieron venir a trabajar y
estudiar.
—¿Estudiar? —Blanka cuestionó—. ¿Con qué tiempo? Aquí
se trabaja desde el amanecer hasta el anochecer.
—Acordé con la señorita Isabel de organizar el horario
entre la universidad y el trabajo. 
Ambos jefes de personal rieron.
Ellas acordaron…
—No crea en las promesas de una concubina, señorita
Morris, la palabra de esta no vale nada, a menos que dicha
É
promesa provenga del alfa. ¿Él lo prometió? —La joven
cabeceó afligida—. Entonces, usted se olvidará de sus
estudios y se abocará a su labores como niñera.
En el fuero interno de la muchacha, escuchabaun «eso
está por verse», firme creyente en la promesa de Isabel
García y en su propia decisión de forjarse un futuro
prometedor. No quedaría para toda la vida, lavando platos y
limpiando inodoros, sería alguien que inspirara respeto y
admiración.
—¿Tiene pretendiente? —Blanka indagaba para concertar
con Milenko lo que debían hacer para resolver dicho
problemilla. Con las demás sirvientas les resultaba fácil,
estas fornicaban con sus parejas y volvían cuando el celo
pasaba.
—No, señora.
—¿Le gusta alguno de los guardaespaldas o sirvientes?
—¿Para qué pregunta?
—Para pactar con este de hacerle el favor.
Anna se preocupó.
—No necesito de macho para eso… Ya les dije que con la…
Eh… mastur… Ya saben. Así que, olvídense de buscarme
galán de una noche, porque no accederé.
—Entonces, te encerraremos hasta que tu celo anual ya
no sea un problema.
La amenaza de la señora Blanka sorprendió a Anna. Tenía
deberes por cumplir como para estar encerrada en aquella
habitación. Era claustrofóbico.
—¿Y la señorita Isabel? Debo cuidar de sus lobeznos.
—Para eso están las nodrizas. Lo tuyo es jugar con estos;
no es importante, por lo que la concubina no la extrañará.
Hablaremos con ella; por tu seguridad y la del resto del
personal estarás confinada en tu habitación por tres días.
—Pero es mucho tiempo…
—Rosario o Sandra le llevarán comida, la pasarán por la
rendija, así que hambre no padecerás.
Anna no se refería a las necesidades de su tracto
digestivo, aunque esto le causó curiosidad, puesto que ella
hasta ese momento no se había percatado de alguna rendija
en la puerta o en alguna pared que se abriera para que la
comida por ahí se deslizara, sino el hecho de exponer su
intimidad frente a los demás, confinada como si su celo
fuese un delito.
—Como usted ordene —acató con reticencia la orden de la
mujer. Puede que, para otros, tres días pasen rápido, pero
para Anna sería una eternidad, ya que carecía de lo esencial
para el entretenimiento. Lo emplearía para meditar y
planificar a detalle lo que haría en cuanto se lo permitieran:
compraría cuadernos de apuntes, libros de investigación o
tal vez un ordenador portátil; por supuesto, comprado con
su primer salario; ya vería cómo lo distribuía, una fracción la
dispondría para sus padres y otra para su propio
mantenimiento. Si bien, era afortunado de que el celo no
siguiese el mismo ciclo de la menstruación, ya que este, al
igual que las lobas comunes, las afectaba a todas una vez al
año, necesitaría un buen lote de perfume para aminorar las
feromonas que expulsara durante ese tiempo; el olfato de
los metamorfos sobresalía por la sensibilidad ante los olores
ocasionados por la excitación.
—Un punto más a tratar: ¿por qué no está usando su
uniforme? —Milenko clavó la mirada sobre la joven—. Aún
estás en el horario laboral.
Lo que contestara Anna le valdría para que estos
aumentaran los días de encierro. Aun así, fue sincera.
—La señorita Isabel dijo que no lo usara.
—¡Porque seguro usted se lo pidió! —la regañó.
—¡No, señor, ella así lo decidió! —lo que agradeció.
—¡¡Por qué!!
—Pues, porque… —era su amiga— a los lobeznos les
desagrada el atuendo —una mentirilla para librarse del
asunto. Isabel le había comentado que se sentía más
cómoda verla vestida con ropa deportiva que en uniforme
de sirvienta. Sin embargo, comentó lo primero por ser más
creíble. Si expresaba su amistad con la patrona, empeoraría
la animosidad en los ancianos.
—Patrañas —la cuestionó—. Los cachorros no se enferman
ni lloriquean por eso. Usted es una sirvienta y, como tal, su
deber es vestirse como el resto de sus compañeras; si le
concedemos a una vestirse informal, las demás querrán
lucir escotes y minifaldas. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Si la concubina insiste, se lo informa a la señora Blanka,
y ella a mí. Me encargaré de comunicarle el inconveniente al
alfa. Es muy desagradable tener a una empleada que se
iguale a los patrones, acarrea malentendidos que después
repercutirá sobre los que dirigen al personal doméstico.
Absténgase de volver a usar esos pantalones ajustados y
esa blusa vulgar, no está en un burdel, sino en la casa de
una familia prestigiosa. Si la vuelvo a llamar a mi despacho,
es para despedirla. Ahora, márchese a su habitación,
retornará a sus labores en tres días.
—Sí, señor —su voz rota, sus lágrimas a punto de
derramarse por sus mejillas. En Kenai la trataban mejor.
Vaya ironía.
El ama de llaves la escoltó hasta el sótano, del que
durante el trayecto no le dirigió la palabra. Rosario estuvo
parando la oreja a todo lo que en el despacho increpaban,
celebrando que a la mojigata de Anna le hayan puesto los
puntos sobre las íes, se creía mejor que los demás por ser la
preferida de los amos, pero le recordaron quién era ella y a
qué había venido a la mansión.
Bajando por las escaleras que dan hacia el pasillo
subterráneo, Anna se animaba para sus adentros: «Solo
serán tres días, tómalo como un descanso». Al menos
respetaron su decisión de no copular con ningún macho,
esto la habría preocupado, al parecer ya pasó con las que
permanecían solteras.
Oraba para que sus masturbaciones aplacaran sus ganas
de follar sin parar, el deseo por esto fue desbordante antes
de hacerlo con Jevrem; se sintió acelerada, primitiva,
ansiando que la tomara el macho que lograra llegar hasta
ella.
Se golpeó en su mente para mantenerse centrada, su
imprudencia despertaría de nuevo su lívido, hasta el
momento se sentía a salvo, los guardaespaldas no iban tras
ella, olisqueando su sexo como lobos alborotados, tampoco
aullaban para mantener a raya a sus rivales o marcando con
su apestosa orina la puerta de su dormitorio para que
tuviesen cuidado de no avanzar y medirse en una cruenta
pelea de la que correría sangre. Anna superó sin mayores
percances su primer acaloramiento, restaban unos días más
y luego la libraban de su encierro.
—Recuerda el botón: si necesitas con urgencia que se te
atienda, lo oprimes —Blanka comentó a la joven al llegar a
la única habitación en el sótano. Había otra área
subterránea, pero esta la disponían para el almacén de los
vinos y demás licores.
—Sí, señora.
Blanka sacó un juego de llaves del bolsillo lateral de su
sobrio vestido gris y las sonó para indicarle a Anna que se
metiera a su habitación, esperando así que no chillara por
tener que estar ahí unos días. Obedeció al instante girando
el pomo de la puerta, en un abrir y cerrar rápido para evitar
que le diera un último discurso por su «desinteresada
ayuda» hacia el joven amo.
Escuchó que el ama de llaves pasaba el cerrojo desde el
otro lado de la cerradura y se alejó aquella hacia los pisos
superiores, dejando a la joven en la soledad del sótano.
Anna soltó el aire de los pulmones y rompió en llanto.
Un año… y luego se marcharía a buscar otros rumbos por
su propia cuenta.
Abatida por lo que a menudo tenía que soportar, se volvió
–aún sin encender la luz– para arrojarse a la cama y
descargar sus pesares sobre la almohada. No obstante, una
sombra que, al parecer, estuvo acurrucada en una esquina,
se alzó inmensa, provocando que ella se sobresaltara y
gritara.
Oh, Licaón…
Por su mente pasaron muchos rostros del cual temía que
uno de estos se abalanzara sobre ella, de un segundo a
otro, y sollozó porque nadie la salvaría de lo que este la
habría de someter. Tanta regañina y los malditos no
respetaron su decisión.
Le impusieron un macho para que la follara por tres días.
Capítulo 13
 
 
—¡Soy yo!
—Y tú, ¡¿qué haces aquí?! —Anna increpó a Jevrem en
cuanto este se acercó a ella para tranquilizarla, como si su
presencia se justificara por ser uno de los amos de la casa.
Lo manoteó para librarse de él y enseguida retrocedió
para marcar distancia, oprimiendo el interruptor de la luz.
Sus dos irises dilatadas por la oscuridad se adaptaron a la
claridad que la bombilla del techo ofrecía y escaneó de
arriba abajo a Jevrem, preocupada de lo que este haya
planificado para hacercon ella.
—¿Puedo estar aquí un rato? —Era consciente que Jevrem
no le contaría todo lo que pasaba para desahogarse, pero su
candor le aliviaría su espíritu afligido. Estuvo a punto de
marcharse de la habitación, en una de sus reflexiones
hechas en esos minutos de espera, del error que cometía al
aferrarse emocional a una chica que se propuso olvidar lo
que por él sentía.
Anna miró consternada hacia la puerta de titanio y luego
sonrió despectiva, puesto que la petición del lobo daba a
entender de que supuestamente ignoraba el tiempo en que
el ama de llaves o el mayordomo descorrerían los cerrojos.
—Lárgate. Si quedaste con deseos de otro revolcón, busca
a tus noviecitas. No accederé de nuevo a ti. —Menos mal
que obedeció a la señorita Isabel en retirarse a descansar
cuando se lo ordenó en el comedor frente a las hienas; en
esas horas libres que tuvo, se cambió de ropa y cubrió con
sábanas limpias el colchón manchado con gotas de sangre a
causa de su desvirgo, así como también recogió las que
estaban amontonadas en el piso y las arrojó al cesto de la
ropa sucia, junto con la pijama y la braga que él deslizó de
sus piernas para follarla.
El olor a sexo en la cama y en las ropas desechas lo
hubieran excitado.  
—Vine a hablar.
La otra rio indolente.
Sí, claro… Y después jugarían a los naipes, contarían las
hormigas que se deslizaban bajo la puerta y lavarían el
baño… Síp, serían días productivos.
—Jevrem, no soy tonta, sé a lo que viniste. ¡Y no te
aprovecharás de mí! Así que, saca tu llave y lárgate —
señaló hacia la puerta.
El lobo frunció el ceño.
Ahora que lo pensaba, él escuchó el cerrojo.
—¿Te han encerrado?
Anna se tensó y, con precaución, pasó por su lado para
dirigirse al único refugio que le brindaría protección, herida
por la actitud que tomó este después de la copulación: la
dejó sola, sin una nota de despedida y se largó para irse de
copas con mujerzuelas.
Seguro Maya estuvo entre estas.
—Deja de fingir demencia, lárgate o te saco los ojos —
espetó estando a la puerta del baño; por más menudita que
fuese y con la mitad de su tamaño, a ese se le mediría con
aplomo. Él disponía de las mujeres, dentro y fuera de la
casa, como si fuese el dueño.
—Anna…
—¡LÁRGATE! —le valía un carajo que fuese el sobrino del
alfa y el hijo favorito del señor Damir. Se masturbaría hasta
que llegara el Fin del Mundo, pero con ese idiota no volvería
a follar.
Entristecido, Jevrem tomó el pomo de la puerta y lo giró
sin replicar a la joven que lo miraba con rabia por un motivo
erróneo; sin embargo, la puerta no abrió y Jevrem de ahí no
se movió.
—¡Vete!
—No puedo.
—¡VETE!
—¡¡No puedo, Anna!! La puerta no abre. —Giraba el pomo,
dándole a entender a la joven de que a ambos los
encerraron en la habitación.
Hirviendo la sangre, Anna entró al baño y, con un jalón
brusco, arrancó la barra del cortinero de la ducha, dispuesta
a darle al otro una paliza por pasarse de listo. Su labor
consistía en ser niñera, no esclava sexual.
—Saca tu llave y abre la puerta —rugió amedrentadora y
con un carácter que hasta el joven se sorprendió.
—¿Cuál?, no tengo ninguna. —Ni siquiera tenía la llave de
la camioneta del que la otra ocasión se movilizó con sus
hombres a Central Park para investigar los asesinatos que
allá ocurrieron.
—La tienes —la barra firmemente empuñada para
defenderse.
En un parpadeo, Jevrem desarmó a la muchacha.
La barra en el piso.
—Anna, no intento mantenerme encerrado contigo a la
fuerza para que me perdones. Vine a acá porque necesito
de una amiga, no someterte. Por favor, créeme.
—Me cuesta hacerlo —replicó displicente—, me buscas
para… —y dejó lo que iba a decir en el aire al fijarse que
tenía al alcance un medio para mantenerlo a raya. De un
manotazo agarró el frasquito de perfume que, por fortuna,
tenía sobre la mesita de noche y se atomizó con
desesperación de la cabeza a los pies en su intento de
evitar que el otro se sintiera atraído. Los olores intensos
como el perfume en exceso, actuaba como agente repelente
en los lobos cachondos.
Jevrem estornudó.
—Cielos, Anna —volvió a estornudar por el picor en sus
fosas nasales—, acabaste con el oxígeno.
Dos atomizadas más sobre las ropas de esta y unas
cuantas por su entorno para enturbiar el ambiente.
Otro tanto sobre las sábanas cambiadas por si le daba por
olisquear el colchón.
—¡Anna! —la increpó y enseguida estornudó con más
fuerza—. ¡Ya no puedo respirar!, ¿me quieres matar?
—Pues, vete o muere como cucaracha. —Atomizada.
Conteniendo la respiración, Jevrem se agachó para
recoger la barra y se la entregó a la joven. Ella lo miró
desconfiada. ¿Qué se proponía?
—Golpéame si doy un paso hacia ti —declaró él—, yo me
sentaré aquí, ¿puedo? —Se sentó a los pies de la puerta de
titanio sin esperar la aprobación de Anna. Esta pugnaba por
correr al baño o sentarse del otro extremo de la habitación.
La decisión que tomara de nada valdría, Jevrem derribaría la
puerta del baño de una patada o le quitaría la barra en un
rápido movimiento.
Esto la hizo meditar.
—¿Puedes derribarla?
—¿La puerta? —señaló hacia atrás con su pulgar—. Es
titanio. Ni entre cinco alfas… —Anna esbozó una expresión
atribulada y Jevrem cayó en la cuenta de un hecho que casi
pasa inadvertido—. ¿Te encerraron por tu celo o te
castigaron por algo?
—Por ambos —espetó—. Parece que ni respiro de forma
correcta, porque supone un castigo. Ahora, ¿qué vamos a
hacer? Estaremos tres días encerrados. Oh, Licaón…
Jevrem sintió pena por la joven y sacó su móvil para
marcarle a Branimir y que este avisara a los que
custodiaban la llave para que bajaran al sótano y los
dejaran salir, pero los muros gruesos y el titanio bloqueaban
la señal en dicho dormitorio.
—¡No lo oprimas! —Anna exclamó angustiada en cuanto
Jevrem se levantó para comunicarse a través del citófono—.
Ese es el Botón del Pánico —aunque ella ya lo estaba—, es
para… Bueno, es… ¡Ay, ya sabes para qué es!
—No lo sé —se hizo el desentendido y contuvo la sonrisa.
Al estar con Anna se olvidaba de sus pesares—. ¿Es para el
pánico?
Ella lo miró con ganas de darle un porrazo.
—Para eso.
—«Eso», ¿qué?
—Eso… Para llamar…
—¿A Blanka?
—Es para solicitar al que me quite las ganas.
Jevrem la estudió con detenimiento, teniendo fresco en su
memoria lo que ellos dos hicieron la noche anterior. Si bien,
lo disfrutó, estar separados por horas fue como si hubieran
sido semanas.
—Yo fui el primero —recordó y en su ser el fuego se
arremolinó—. ¿Sientes deseos de llamar a otro? —la
punzada de celos se alojó en su pecho, Anna era suya y no
tenía intención de que otro se la disputara, se lo dejó en
claro al someter a Elijah, al igual que a Colton y a Tyson,
imponiéndose ante estos a los puños. Y si tenía que volver a
orinar el pasillo del sótano para marcar territorio, lo haría.
No estaban destinados a estar separados.
Por desgracia, Anna difería.
—He dejado mi vida sentimental en pausa porque no vale
la pena —dijo—. Los que somos de «abajo», estamos para
servir y no ser amados por los de «arriba». Me juzgan por mi
apariencia y sacan conclusiones como si en realidad hubiese
cometido fechorías; el pobre es malo, el rico es bueno. Los
fuertes son los reyes, los débiles: los esclavos. ¿Adivina
dónde estoy yo? Aquí, en el sótano, bajo los pies de los
amos, arrepentida de haberme entregado a un idiota que se
anotó el virgo de una omega.    
—Jamás fue mi propósito. —Sino la de amarla.
—En cierto modo, te agradezco la decepción: me ayudará
a concentrarme en mis estudios y en mi trabajo.
Las duras palabras de la joven, fue un golpe contundente
en la boca del estómago del beta. El resentimiento habló
por ella, en un cambio de actitud de unos 180 grados; ya no
lo miraba con anhelo, ni temblaba de timidez mientras sus
mejillas se ruborizaban a causa de su inocencia, él con todo
eso acabó.    
—Me duele escucharte por ser el culpable, déjame que…
Ella levantó la mano para que callara.
—¿A qué viniste: a marearmecon tu labia? Ya me
desvirgaste y quitaste las ganas de un noviazgo.
—Vine a que me devuelvas tu corazón. No te lo robé, me
lo entregaste. Es mío.
—¡Y lo rompiste! —gritó furiosa—. Esperaste a que me
durmiera para irte de jerga con tus otras novias. ¡Te vi! —
alzó la voz cuando él intentó interrumpirla—. Allá arriba, te
vi —señaló hacia donde dos plantas por encima de sus
cabezas se hallaba el pasillo del ala este de la casa—. Tus
padres te llevaban a tu dormitorio, incapaz de caminar por
tu borrachera. Y no lo niegues, el señor Damir hasta lo
confirmó: «Jevrem tiene novia en cada ciudad». Yo fui una
más.
—Las apariencias engañan. Yo…
—Si solo querías sexo, me lo hubieras pedido; te deseaba
a pesar de que contigo no tenía expectativas. Pero me
ilusionaste para seducirme. Eso me dolió.
—Anna, lo que te expresé es cierto: contigo me siento
completo. Te quiero.
—Y te fuiste de putas en nuestra primera vez. Hasta te
acostaste con Belkys y Sandra.
—¡¿Quién te dijo eso?!
—¡ELLAS! —En realidad fue la cotillera de Rosario, pero a
esas alturas, ¿para qué aclararlo? Por lo visto, a Jevrem le
faltaba por follarse al ama de llaves.
Sino es que ya lo hizo…
—Te mintieron, con esas dos jamás me he acostado; tan
mal gusto no tengo.
Hijo de…
Anna estaba por estamparle la barra en la cabeza.
—¿Lo niegas?
—¿Me crees capaz de algo semejante?, ¡me largué porque
tuve una crisis! —exclamó perdiendo la paciencia y al
instante se dio cuenta de su error, tenía que dar
explicaciones.
La otra jadeó indignada. 
—¡¿Por acostarte conmigo?!
—No, Anna, fue…
—¿Te doy asco?
—No.
—¿Es porque soy pobre?, ¿qué fui sirvienta en tu casa?
Seguro es por eso: por ser la que limpiaba las pocetas…
—Fue…
—¿Por ser fea?, ¿flaca?, ¿enana?, ¿sin clase?, ¿sin
estudios?
—¡Soy clarividente!
La joven enmudeció, atónita de semejante revelación. Se
había imaginado una variedad de excusas, pero esta se
pasaba de original. ¿Clarividente? Más bien, un condenado
sinvergüenza.
¡La iba a oír!
No obstante, un aluvión de improperios quedó atorado en
su garganta cuando Jevrem cayó al piso de rodillas y rompió
en llanto.
Anna quedó de piedra.
¿Hablaba en serio?
—Ayer, después de dormirnos, tuve pesadillas —dijo con
voz rota—. Fue muy real, atacaba a un humano en un jardín
botánico. Lo maté…
—Todos tenemos pesadillas. ¿Qué tiene que ver con lo que
dijiste? —Anna seguía en su estupefacción, Jevrem lucía
como si fuese a hacerle una terrible confesión.
Minutos atrás, en la que el joven aguardó en la oscuridad
a que Anna retornara a la habitación, meditó en contarle
todo para aliviar la carga pesada que soportaba. Sus padres
lo protegían y lo querían, confesarles a estos lo que sufría,
no lo comprenderían. Hasta cierto punto con Anna hallaría
consuelo, ella le inspiraba en mostrarle su alma, revelarle
desde el «día 1» en el que cambió hasta el instante en que
tuvo la visión en la Sala de los Lienzos. Pero esto
repercutiría después en que ella se alejara por haber estado
con un monstruo; su madre le aseguraba que eran visiones
captadas de otro sujeto y, su padre: que aquel disfrutaba
destrozar humanos; por extensión, manipulaba su mente
para que se inculpara.
—La clarividencia se manifiesta a través de las pesadillas
—respondió sin mirar a Anna, quien se hallaba en medio de
la habitación y empuñando la barra del cortinero, tal vez
meditando para sus adentros de que él se habría fumado un
buen porro—. Lo que sueño, sucede en tiempo real.
—¿Tiempo real?
Jevrem alzó la mirada hacia ella y asintió. Le dio la
explicación que su madre le expresó a él para que
comprendiera lo imposible que es estar en dos sitios a la
vez, porque en ese instante, en algún lugar de la ciudad o
dónde fuese, el depredador escogía a sus víctimas. Y en
esto último Jevrem ansiaba con todo su ser en detenerlo: él
observaba mientras el otro cazaba.
—Lo que sueño, sucede al momento…
La joven dejó la barra apoyada contra una de las esquinas
de la habitación y, relajando su postura defensiva, se sentó
al borde de la cama, cerca de donde se hallaba Jevrem
arrodillado en el piso, muy abatido por lo que le contaba.
Este no estaba para revolcones, sino para que escucharan lo
que tuviera que decir, siendo evidente que necesitaba de un
confidente. Ser clarividente en la comunidad lobuna, era
como ser bruja en la Edad Media.
—¿Cómo sabes que está sucediendo? Son pesadillas.
—Visiones —corrigió y sonrió para sus adentros por lo
irónico de la situación. Antes él hacia las preguntas y su
madre las respondía, ahora Anna las formulaba y él la
sacaba de la ignorancia—. A través de las «pesadillas» veía
los asesinatos.
Anna agrandó los ojos.
—¿A quiénes?
—Humanos. Todos ellos.
—«¿Ellos?» —Se removió inquieta en su puesto—.
¿Cuántos han matado?, ¿quién los cometió? ¿Son conocidos
y por qué los ves? ¿Desde cuándo?
—¡Anna, cálmate! —Jevrem posó sus manos en el regazo
de la joven para tranquilizarla—. Son muchos. Como dije
antes: humanos. No sé quién los comete y por qué veo a
través de sus ojos. Creí que era yo, pero… —Oh, oh…
Grasso error, reveló más de lo que pretendió informar a la
joven.
Anna palideció.
Por encima de la ondulada cabellera de Jevrem, la lobata
rodó la mirada hacia la barra que se hallaba del otro
extremo de la habitación, maldiciéndose para sus adentros
por desprenderse del arma que la ayudaría a defenderse de
un psicópata.
Y ella echándose perfume…
Qué pendeja.
—Creíste…
—¡Creí! —rápido recalcó el verbo en pasado para que lo
captara—. Anna, hasta hace poco pensaba que cometía
dichos crímenes, pero me di cuenta de que tal vez no lo soy.
—¿Por qué? —No le pasó por alto la ambigüedad de sus
palabras: «creí», «tal vez».
Al parecer, ni él estaba seguro.
Su corazón palpitó a millón. Jevrem tenía doble
personalidad y ella se hallaba encerrada con él, escuchando
la confesión de su «alter ego».
—En el salón… —comentó—, tuve una visión.
Anna no supo cómo tomarlo, se sentía manipulada, como
si él jugara con sus emociones, comenzaba a temerle, lo
desconocía, parecía que le decía la verdad; aun así, al
mismo tiempo le mentía. ¿Acaso ella sería la siguiente en
morir?
Esos malditos viejos eran sus cómplices.
Por eso la celda-dormitorio… No era para contener el celo
de alguna sirvienta, sino para que nadie escuchara los gritos
cuando este saciaba sus perversiones.
—Y ¿qué viste? —le seguía la corriente, de momento se
mantenía a salvo por escucharlo. Tal vez los otros se
asustaron y murieron.
Incluso, los de Alaska…
Que Licaón la amparara, Jevrem estaba loco.
Este notó el temor en sus ojos negros.
Arrodillado frente a ella, se puso una mano al corazón y,
con profundo sentimiento, manifestó lo siguiente:
—Te confieso que dudé de mí, ahora creo que mis manos
no están manchadas de sangre —dijo sin revelar que
provenía de un linaje de psíquicos del que era mejor no
exponerlos, debido a que por años se cuidaron de ser
descubiertos—. Las visiones son enloquecedoras; cada vez
que las tengo, siento que estoy en el infierno. Lo veo todo:
la persecución, el terror, los gritos…
—La muerte de los humanos —Anna agregó y Jevrem
asintió.
—No soy el depredador, estoy tras él y, por alguna razón,
estamos conectados. —La voz de Radojka resonaba en su
mente: «No sé por qué lo tienes. Algo debió activarte». «¿A
quién conociste en tu travesía por Latinoamérica?».
—A través de sus ojos…
Él asintió a lo que, con certeza, el hilo psíquico lo unía al
asesino.
Precavido de agravar la tensión en la muchacha, Jevrem
se sentó a su lado, guardando apenas una exigua distancia;
se inclinó cabizbajo hacia adelante, en la que con su postura
le indicaba a Anna para que bajara sus defensas. Él jamás le
haría daño.
A pesar de esto, Anna deslizó sus nalgas hasta la punta
del colchón.
—No lo soy, Anna —sus ojos cristalinos, triste por el temor
que la joven reflejaba—. Soy incapaz de hacer eso; me mido
con quién sea, jamás huyo de una pelea; el que me agreda,
recibe sumerecido. Lo de estos humanos…, es saña.
—¿Siempre has sido así: clarividente?
Sacudió la cabeza.
—Estoy lidiando con esto desde hace unos meses.
Más o menos, desde que apareció el depredador,
consideró Anna por la desconcertante casualidad.
Jevrem ya no soportaba la esquiva mirada de su hada, por
lo que prefirió enfrentarse solo a sus demonios; la que
pensó le daría consuelo, le temía.
Se levantó para oprimir el Botón del Pánico y así librar a
Anna de tener que compartir su diminuta habitación con un
«supuesto monstruo» durante tres días.
—¡No lo oprimas! —Anna se levantó de la cama para
detenerlo, se metería en un serio problema si otro macho
acudía tras su pedido de «auxilio»—. Te descubrirán —dijo y
enseguida se sorprendió de que le preocupara más lo otro
que el hallarse confinada con un lobo que podría estar loco.
—No quieres que esté aquí.
—No he dicho eso.
—Lo veo en tus ojos.
Ella jadeó.
—¿Me leíste la mente?
Lejos de reírse por la confusión de Anna en las habilidades
que poseía el beta, Jevrem se entristeció; sin darse cuenta
la joven reveló lo que angustiaba su corazón.
—Soy clarividente, no telépata.
—Ah… —sintió alivio—. Bueno —carraspeó—. Ni se te
ocurra oprimir el botón; en cuanto bajen, te pillarán y yo
pasaré el infortunio de salvar mi honra del macho que me
quiera hacer el favor. Para eso es el botón, ¿recuerdas? Creo
que ya te lo conté…
Jevrem ignoró esto, pues la sola mención de ser propiedad
de otro, le revolvió el estómago y lo hizo gruñir bajo.
Anna se preocupó, retrocediendo por si a Jevrem le daba
por atacarla.
—Nadie te tocará ni te reprenderá por hallarme aquí. Eres
mi novia.
—Qué cínico.
La expresión del lobo pasó de posesiva a desconcertada.
—¿Por qué lo dices? Anna, soy sincero.
—¡Mientes! —la rabia volvió a bullir con más fuerza—.
Después de que me follaste, te largaste con tus noviecitas
para continuar con tu celebración. Vaya forma tan linda de
serle fiel a tu novia formal. Para esa gracia, me quedo sola.
—¡Ya te dije las razones: me marché por una crisis! —Más
concretamente: la visión onírica de un cruel asesinato y del
que lo hizo caminar como sonámbulo. La pierna de aquella
víctima se la dio a los leones para que la devoraran hasta
los huesos. La ropa de este enterrada para jamás ser
hallada.
—¡¡Ay, no me vengas con esa excusa!!
Jevrem se tomó un segundo para controlarse y enseguida
agarró a Anna por los brazos.
—Hay muchos aspectos que aún no te puedo revelar;
nada recuerdo de lo que hice después de abandonar la
habitación; de hecho, no recuerdo dejarte… Solo me dormí y
desperté en… otra parte.
En la cama de alguna puta, pensó Anna con resquemor.
Los celos le hacían hervir la sangre y reclamar ante aquellas
lo que fue suyo por unas horas.
—Te voy a conceder el beneficio de la duda, pero
mantendrás quietas las manos. No va a haber nada de nada
durante estos días. ¿Estamos? —Por lo pronto, ella se
aplicaría más perfume para ocultar sus olores.
Para su tormento, la parte baja de la puerta se deslizó
hacia arriba como una trampilla, alertando a la joven de que
Rosario o Sandra le traían la cena.
Angustiada, le hizo aspavientos a Jevrem para que se
ocultara en el baño, a fin de evitar que la otra percibiera el
aroma masculino que provenía del interior; sin embargo,
Jevrem tenía intención de ordenarle a la sirvienta para que
abriera la puerta, Anna no deseaba que él estuviese allí;
hipnotizaría a la mujer y todo quedaba en el olvido.
Un empujón que apenas lo movió.
—¡Al baño! —Anna le gritó lo más bajo que le permitió sus
cuerdas vocales y esto a Jevrem le pareció gracioso. Como
que se quedaría un rato más…
Dejó que las pequeñas manos de la lobata lo empujaran
hasta encerrarlo, aguardó unos segundos mientras esta
recibía la comida y luego salió cuando le abrió la puerta del
baño.
Su mirada hosca.
—Para mí es importante que mis padres no se enteren de
lo que sucedió entre usted y yo. Confían en mí, ya los
defraudé suficiente como para que pasen por la vergüenza
de tener a una hija que se acuesta con los amos.
Jevrem no supo si asintió a lo expresado por la muchacha,
apenas procesaba el «usted» con el que lo trataba para
marcar distancias. Se desligaba de los besos, de las caricias
que se dieron, como si le diera vergüenza haber
correspondido al chico que sus padres le prohibieron. ¿Cómo
culparla? Él era lo peor para ella, le traería infelicidad y
marginación, lo prudente sería actuar como si fuese su
hermana, ambos encerrados por cometer travesuras.
Pero lo que ellos hicieron, él aún lo deseaba.
 
 
Capítulo 14
 
 
Frank Pittman azotó la puerta tras de sí.
Al salir del despacho del jefe de la Policía, tenía que acatar
contra su voluntad lo dicho por este: «No hay pruebas que
lo involucren».
La evidencia recogida en la escena del crimen fue
desestimada por su superior, que hacía de oídos sordos a
los alegatos del detective: Everett Brankovic estaba
involucrado en la muerte del pobre diablo, quien empuñaba
una nota manuscrita en la que concertaba encontrarse con
el aludido a altas horas de la noche en el jardín botánico.
Sería cuestión de citar al maldito y someterlo a un
detector de mentiras, así como también comparar su
caligrafía con un grafólogo. La letra de este era elegante,
recta y de trazo fuerte. Del papel se obtuvo dos huellas
dactilares, pero de nada servía por la falta de registro en la
base de datos, el señor Brankovic no aparecía en el sistema,
carecía de historial delictivo y tampoco información personal
sobre su dirección, ocupación, foto. Nada de él.
Los compañeros del obeso detective repararon en su
enojo, tras el azote en la puerta. Frank era temperamental,
con explosiones de ira cuando no se agiliza un
procedimiento contra un sospechoso, pues solía acertar en
lo que imputara al culpable. Se sentó en la silla y la rodó con
ademanes toscos hacia su escritorio, la voluminosa panza
chocaba con el borde del tope sin poder acomodarse para
teclear en su computadora. El sujeto de origen serbio tenía
un escudo impenetrable que lo protegía de ser investigado,
Frank tenía una rara sensación de saber más, pero lo que
fuese se le escapaba de sus nublosos recuerdos: mirada
intimidante, parálisis facial…
Sin atender el teléfono que repicaba en su escritorio,
tamborileó su lapicero en el aire, como un baterista que se
alista a sonar con furor los tambores y los platillos de su
instrumento de percusión. ¿Qué se le escapaba? Mirada
intimidante…
¿De quién?
Parálisis…
¿De qué?, ¿cuándo?, ¿por qué?
Esto le arrojaba más preguntas que respuestas.
Levantó el auricular y volvió a colgar para interrumpir el
ruido de la insistente llamada, Frank meditaba por qué
carajos tenía esa sensación de que algo sucedió con él o
que se le olvidó y era importante.
Pensó con referencia al caso y en aquella parejita que
tenía pegada en la cartelera para atar conexiones. La del
empresario la obtuvo de la prensa y la de la chica, tecleó su
nombre en la red y se apropió de una foto que aparecía en
su Instagram. Le molestaba que los periodistas supieran
más que ellos con relación a Everett Brankovic, pero más
allá de su fama y del accidente de su prometida, la vida de
este era un misterio.
El lapicero se batía en su mano de forma convulsiva. ¿Qué
se le escapaba?
Mirada intimidante.
Parálisis... ¿Facial? ¿Del cuerpo?
—¿Y por qué del cuerpo? —se preguntó mientras se
acomodaba en la silla. El oficial Harris lo miró de refilón y
evitó hacerle algún comentario para no sacarlo de sus
pensamientos, se ganaría una palabrota si se le ocurría
interrumpirlo. Volvió a lo suyo para seguir con un informe
del que, por suerte, le faltaba un par de páginas, lo que
tenía que escribir sobre un robo en un supermercado no
requería mayor análisis, luego se marcharía a su casa; su
turno estaba por terminar.
Frank requirió de una taza de café. El agotamiento
demacraba su cara, las pocas horas de descanso y la
presión que le exigían sus superiorespara dar con el «perro
con Rabia», lo tenían estresado.
—Perro… —masculló, esta vez arrojando de mala gana el
lapicero al portalápices para teclear en la red sobre el
incidente con el helicóptero en el aeropuerto de Anchorage.
Pero se llevó la desagradable sorpresa de no hallar los
vídeos que se viralizaron, desaparecieron de las diversas
plataformas y páginas Webs como si nunca se hubiesen
filmado.
Tecleó de nuevo, buscaría por los portales de los noticieros
amarillistas, a estos les encantaba lo sensacional y más en
referencia a un empresario con mucho billete.
—Vaya, vaya… —sus lentes cayeron a la punta de su
gruesa nariz al inclinarse hacia su monitor. La búsqueda no
arrojó resultados—. ¿Qué hiciste, señor Brankovic,
¿contrataste un hacker? —Ni fotos, ni vídeos que mostraran
su rostro—. ¿Y qué pretende con esto: desaparecer? —O
borrar posibles evidencias que lo inculpen. Ni aparecía un
vídeo de los obtenidos a través de los móviles de los
pasajeros del aeropuerto.
Sin amedrentarse por la falta de información sobre el
sujeto, optó por apuntar en su agenda en visitar al editor de
la revista amarillista para que le entregara todo el material
recopilado sobre Everett Brankovic. Puede que su superior y
demás agentes no sospechen del empresario, pero Frank
tenía la certeza de que transitaba el camino correcto. La
desaparición de Arturo García del hospital en el que lo
recluyeron, tras el ataque con el rastrillo, el destripamiento
de Clinton Robinson y el oficial Peyton en Central Park, el
desmembramiento de Bryson Green en el jardín botánico y
la de otros sujetos de hace tiempo, todas relacionadas con
ese maldito escurridizo y no por un perro rabioso.
 
*****
 
—Papa… pa… papa.
Everett se sentó de golpe.
Su cabello de león hacía poca gala de una elegante
melena.
—¿Quién fue el que habló? —Descorrió la cobija y se
levantó rápido para ir hasta la cuna de los lobeznos. Su
único atuendo el calzoncillo; el termostato aclimataba la
habitación para que sus pequeños no pasaran frío, se instaló
en una de las tantas remodelaciones que se hicieron en los
días siguientes a la llegada de estos a Nueva York, se
aseguraba de que no enfermaran por inhalar humo de la
chimenea, paranoico con la salud de ambos, tras la muerte
de Stanislav y la angustia que Everett e Isabel se llevaron
con la fiebre del más pequeño.
—Erik —respondió Isabel, saliendo de su adormecimiento,
tenían un par de horas de haberse acostado a dormir,
cuando el sueño se espabiló en la penumbra al escuchar
una vocecita que los hizo saltar fuera de la cama.
Everett rio ronco, henchido de orgullo.
—Papa…
—¡Dijo «papá»!, ¡lo dijo de nuevo! —Alzó sus brazos en
señal de victoria como si hubiese apostado con Isabel, a ver
a cuál de los dos sería el primero al que los gemelos
llamarían, aunque no fue así, sino una que se hizo a sí
mismo.
La alegría del padre sobresaltó a Ángel.
—Mira lo que hiciste… —Isabel masculló, verde de la
envidia por no haber sido a ella la que debió ser llamada.
Típico: los gesta por nueve me… —sacudió la cabeza en su
fuero interno para corregirse— quince días y al que solicitan
es a otro.
Parpadeó atónita y enseguida encendió la lamparita de la
cómoda cercana a las cunas.
—Ya habla. —Sacó a Ángel para calmarlo, mientras que
Everett tenía en brazos a Erik, sonriente el hombre por
haber escuchado a su primogénito—. Pero apenas tiene
cuatro meses…
—Y gatea —agregó Everett para destacar la destreza de
su hijo.
Isabel tomó en cuenta este hecho y se preocupó, era
extraño que un bebé tan pequeño tuviese los avances
propios de uno de diez u once meses. Ni siquiera debería
gatear, pero ¿ella qué sabía de lobos?
El nacimiento de sus bebés fue diferente al de los
humanos y los de su misma especie.
—¿Es normal? —Suponía que sí, pero le urgía preguntar.
La sonrisa de Everett aminoró un poco.
—Pues… —pensó—, creo que no.  —Isabel lo miró
atribulada y él rio jocoso—. Deja de preocuparte, mujer, es
hijo de un alfa, nieto de un alfa, bisnieto de un alfa. Es…
—Sí, sí, sí… —Isabel puso los ojos en blanco. Y, dale con
su enredo generacional. Ella también tenía familia para
lucirse: Erik era hijo de una loba rebelde, nieto de un par de
abuelos innombrables y de una bisabuela que chupó tequila
y fumó tabaco hasta para ir a cagar—. Supongo que eso lo
explica: tiene buenos genes.
Ángel lloró con más ahínco como si fuese consciente de
que a él le heredaron los defectuosos.
Se recostó al pecho de la madre para sentirse protegido,
molesto por el sueño espantado y porque enseguida sintió
hambre; la luz de la lamparita lastimaba sus ojitos que le
costaba adaptarse a la repentina claridad. Los dedos tibios
del ser que lo calmaba le rascaban con extrema suavidad el
cuero cabelludo para apaciguar el llanto, la sensación le
agradaba, gimoteó mientras su manita sujetaba un mechón
del cabello de Isabel que caía sobre su pecho; lo cambiaron
de posición antes de que sus ojitos se cerraran y las ganas
de tomar leche materna le hiciera estallar su garganta; el
sillón colindante a la chimenea apagada sirvió de superficie
para que disfrutara de la lactancia.
—Di: «papá».
—Papa…
—¡Ves, Isa?, ¡dijo otra vez «papá»!
—Lo oí… —Isabel replicó sin estar avinagrada; más bien,
con cierto humor por la alegría desbordante de su pareja.
Paseaba a Erik por la habitación, con una sonrisa de oreja a
oreja. Un león feliz por su cachorro.
Erik no tenía hambre, su inquietud se debía a las ganas de
jugar con su progenitor. Para el bebé fue maravilloso que lo
abrazara y gateara para seguirlo, rieron mucho, le hizo
cosquillas y le leyó cuentos hasta caer rendido. Pero fue un
descanso breve, el gemelo grande tenía energía para seguir
jugando con sus juguetes; le gustaba compartirlo con ese
gigante llamado «papá».
Isabel no pretendía empañar ese mágico momento que
experimentaba Everett, a ella le parecía preocupante que
Erik ya hablara.
—Ya gatea con cuatro meses y dice su primera palabra.
—Que es «papá».
Isabel medio sonrió, Everett se encargaría de decírselo a
todo el mundo. ¿Quién lo iba a aguantar cuando le tocara a
Ángel?
Besó la cabecita de su retoño, entregándose este poco a
poco al sueño mientras chupaba del pezón de la madre.
Ángel aún no gateaba ni gagueaba; según el doctor
Pavlovic, el crecimiento se consideraba «normal» en un
bebé con Síndrome de Down, a pesar de ser muy pequeñito
y algo bajo de peso; no por ello habría de levantar alarma,
lo alimentaban bien, vigilaban su salud y lo querían igual
que a su hermano gemelo.
Aun sí, Isabel se preocupaba por los dos.
Capítulo 15
 
 
Anna cabeceaba.
Luchaba por no bajar la guardia con el apuesto intruso
que allí se hallaba en medio de la penumbra, pero fue
inevitable que el agotamiento la venciera. Dormía
acurrucada en un rincón del dormitorio, en sentido opuesto
a Jevrem que estaba apoyado contra la puerta de titanio. La
bandeja que le llevaron a Anna reposaba con los platos
vacíos sobre la mesita de noche. La frugalidad de la cena
enojó a su «compañero» y no por ser insuficiente para los
dos, sino por la desconsideración hacia a la muchacha, a
quien le sirvieron una taza de caldo, un mísero cuadril de
pollo y dos rebanadas de pan.
A Jevrem le gruñeron las tripas a pesar de haberse comido
el pollo, Anna alegó que tenía poco apetito, por lo que se
conformó con lo otro e insistió en que se desperdiciaría la
presa si él no la aceptaba.
Sonrió por su nobleza.
Notó que la barra del cortinero se deslizaba de las manos
flácidas de esta por el adormecimiento y se levantó él de
volada para quitársela con cuidado, ya que estaba a punto
de caerse al piso y causar ruido. Dejó la barra a un lado y,
con movimientos lentos, levantó a Anna en vilo y la llevó
hasta la cama.
Ella se volvió sobre su costado derecho y se aovilló,
entregada al sueño. Su cabeza reposaba sobe la única
almohada y su melena negra le tapaba la cara.
Jevrem retiró los mechones, disfrutando así tocarle lamejilla con el dorso de su mano, Anna se estremeció como
si lo sintiera, pero no despertó, más bien, suspiró en una
pesadumbre de la que Jevrem quiso envolverla en sus
brazos. Pero antes de esto, le quitó los zapatos de tacón
bajo para acomodarla mejor en la cama y se apuró en
quitarse los suyos sin causar ruidos al hacerlo.
En el espacio libre de la estrecha cama, se acomodó a
espaldas de la bella joven; un brazo sosteniendo el peso de
su propia cabeza y la otra la posó por encima de la fina
cintura, atrayéndola para pegarla a su pecho. No se
proponía hacerla suya a pesar de desearla, sino establecer
la cercanía más allá de la pasión.
Aspiró el perfume impregnado en el cuello de Anna y
Jevrem tuvo que hacer el esfuerzo para no estornudar y
despertarla. Se había aplicado mucho para provocar en él,
repulsión, pero el aroma floral era una barrera fácil de
derribar.
La observó.
¿Qué estaría soñando?, se preguntaba con una tenue
sonrisa plasmada en sus labios. Anna lucía tan relajada que
a Jevrem le provocaba abandonarse de la misma manera.
Por desgracia, le aterraba cerrar los ojos y soñar.
—Despierto o dormido, él siempre está al acecho —se
refirió a que, de un modo u otro, lo vería a través de sus
visiones.
Sin querer, sus palabras vibraron en el oído de la joven,
sacándola en el acto de los brazos de Morfeo.
Parpadeó para despabilarse y bostezó. Se halló en la cama
con él abrazándola.
Pero ¿qué…?
Tragó en seco.
La tenía.  
Su primera reacción fue la de empujarlo para que la
soltara; sin embargo, permaneció quieta, no por miedo o
sumisión, su propio cuerpo la traicionaba al elevarse
repentino la temperatura corporal; el contacto masculino
encendió cada célula de su sistema nervioso, sintiendo una
descarga eléctrica de arriba abajo. Su aletargado celo se
avivó, provocando que su respiración y palpitaciones se
aceleraran. Los pensamientos impúdicos comenzaron a
invadir su mente con imágenes bastante subidas de tono,
de hombres desnudos y miembros erectos.
Sobre todo, el de cierto lobo…
Se removió inquieta, Jevrem percibió el cambio de su
estado anímico y también se excitó. Aun así, se contuvo, tal
vez Anna tenía sueños candentes y él como tonto
confundiendo la situación, su don reciente no le revelaba lo
que pasaba por la cabeza de la chica, quien fantaseaba a la
velocidad de la luz, un pene que la penetraba hasta el fondo
de su vagina, provocando que chillara adolorida por ser este
grande y rudo; no tenía piedad, la tenía aprisionada
enterrándose con vehemencia en ella que era diminuta y
estrecha…
Quería ser atacada con perversión por el hombre postrado
a su lado.
—¿Lo quieres? —Jevrem se aseguró en preguntarle si
deseaba tener sexo o su volátil imaginación le jugaba una
broma pesada.
La joven se volvió hacia él, sus pupilas dilatadas, su
respiración agitada, su frente perlada de sudor.
—Quiero creerte… —respondió a cambio.
Jevrem comprendió el ruego de la muchacha: que no
fuese lo que él había dudado, pero estando allí se halló así
mismo, no era un monstruo, sino el testigo que se juró en
detener al asesino.
—Hazlo —la exhortó con voz ronca; sus labios cerca de los
de esta—. Soy lo que te revelé, confía en mí, te amo. Por
favor…, devuélveme tu corazón, te lo llevaste de mi
habitación.
Ella arqueó las cejas.
—¿Estuviste despierto? —Se lo había dicho antes, pero por
estar aturullada por su presencia no le dio la debida
importancia.
Asintió.
—Me faltó valor para enfrentarte —dijo—, te lastimé con
mi desaparición. Te juro que no hay una chica de por medio,
solo visiones aterradoras.
La verdad brilló en sus ojos cristalinos y Anna se envolvió
en el alivio. Un hombre que tenía como entretenimiento,
mentir, no sufría de esa manera, a Jevrem le importaba lo
que ella pensara de él, expresaba las razones de sus actos;
las ojeras profundas y la palidez en su rostro acentuaban la
inquietante impresión de buscar aferrarse para no caer en la
desesperanza, preocupándola de que este observara la
maldad a través de los ojos de aquel otro, asumiendo que
debía ser espantoso.
Le obsequió una medio sonrisa y luego acercó sus labios
para darle un sutil beso, esto provocó que ambos cerraran
los ojos, disfrutando del momento. Anna no percibió en su
aliento el licor ni su piel conservaba rastros de efluvio
femenino, olía delicioso por su ducha reciente y ropas
elegantes que eligió de su armario para el brindis.
Todo era apariencia, pero en su fuero interno deslucía
según como se sentía.
Miserable.
—Tus padres van a odiarme por ser tu novia —expresó,
teniendo presente a lo que se enfrentarían.
Jevrem meditó que, no solo ellos o su abuela y hermanas
pegarían el grito al cielo por él haberse fijado en una chica
del servicio, sino que su tío fue enfático en que él no se
relacionara con Anna. Sin embargo, ¿cómo evitar caer en la
tentación?, cuando desde el instante en que ella le echó
encima la bandeja del desayuno, en Kenai, lo atrapó.
Reconocía que al principio no se percató de sus
sentimientos por estar suspirando por Isabel, pero Anna fue
adentrándose en su corazón del que cada palpitación
golpeaba su pecho por pensar en ella.
—Tendrán que aceptar, porque de ti jamás me apartaré —
manifestó mientras su mano recorría el costado superior de
la muchacha, apreciando con su palma la curvatura desde la
cintura hasta el muslo—. Hemos intercambiado nuestros
corazones como muestra de lo que sentimos el uno por el
otro; por cierto, devuélveme el que me diste, mi pecho está
vacío y lo necesito para vivir.
Ella sonrió.
—¿Lo vas a cuidar? Es frágil…
—Mi pecho es fuerte; una vez que esté aquí dentro —
sujetó la mano de Anna y la puso en donde se suponía
«carecía» de su órgano palpitante—, nadie lo podrá lastimar.
Confía en mí, Anna, te prometo que mi amor será para ti.
Ella le creyó, el temor se disipó y la preocupación de lo
que después enfrentarían dejó de aplastar sus hombros,
Jevrem reclamó el corazón que ella se llevó de la habitación,
en sentido figurado, pero cargado de las más profundas
emociones. Lo besó apasionada y él correspondió a su
deseo con la misma fogosidad que achispaba su cuerpo. La
estrecha cama les dificultó rodar sobre el colchón para
tocarse en las partes íntimas, apenas había espacio para
que una persona ahí se acomodara, pero para Jevrem esto
representaba más un reto que incomodidad, encarceló a la
joven con sus brazos y piernas y continuó besándola esta
vez con más frenesí.
Anna gimió en su boca, ansiosa por el contacto de sus
pieles desnudas. Apenas se había recuperado de lo vivido
en la medianoche; su himen roto sanó tras horas de sueño,
preparada ahora para recibirlo en sus entrañas; sudaba a
raudales, le fastidiaba la ropa pegoteada a su cuerpo, el
peso de Jevrem, la presión de sus labios, sus manos
calientes, estaban por provocarle combustión. La excitaba
sentir en sus mejillas, la barba incipiente de este del que
ensombrecía su cara en un toque desaliñado de chico malo
y dulce a la vez. Sus besos eran indecentes y, más aún, lo
que Anna sentía entre sus piernas, pues la estaba matando.
—Desnúdame —pidió desinhibida en cuanto él liberó sus
labios y ella posó sus manos lánguidas a cada lado de la
almohada como un acto de rendición. Ya no quería luchar
contra sus propios temores.
La orden de la joven fue bien recibida por Jevrem, cuyos
ojos se oscurecieron más por el deseo animal.
Rio ladino.
—Fantaseaba que siempre me lo pedías —reveló a la vez
en que sus manos desabotonaban la blusa con una lentitud
que hasta a él se le hizo desesperante. Desgarrarla en dos
le haría la labor más rápida, pero se perdería despojar de la
ropa como él tantas veces se lo había imaginado. La
espalda de Anna se arqueó para que sus pequeños senos
cubiertos en el delicado sujetador aumentaran de tamaño y
hacerlos apetecibles para el macho. Jevrem se relamió los
labios; pequeños, grandes…, para él eran perfectos del cual
le provocaban pegarse a los pezones por un largorato.
Los acarició por encima de la prenda íntima, Anna
respiraba sofocada, su espalda arqueada, sus senos
tensos…
—Yo también… —la joven perdió el habla en cuanto el lobo
demostró habilidad para liberar sus piernas de los vaqueros:
descorrió la cremallera, deslizó un poco las perneras por
cada pie y, luego, ¡zaz!, en un dos por tres el pantalón fue a
dar a los pies de la puerta de titanio, quedando la braga de
Anna visible para el amante.
Jevrem recorrió con la mirada la delicada figura de la
lobata.
—Jamás permitiré que otro te posea —expresó
enronquecido y esto erizó la piel de su compañera—, correrá
sangre si esto pasa.
—Entonces, me harás daño —le recordó la promesa
acabada de hacer y del que olvidó almacenar en su
memoria.
—A él —aclaró y sus labios se acercaron a los de ella para
patentar este hecho—. Lo despedazaré. Eres…
—Tuya —completó y Jevrem la besó, demostrando así que
le pertenecía. Si por cuestión del destino, otro rival se
interponía, la parte que consideraba «humana» moriría y la
bestia tomaría control de su ser.
La advertencia se manifestó al desnudarse con
desesperación, la habitación se tornó demasiado calurosa y
esto lo volvió frenético. Respiraba entrecortado, la fusión
entre los dos sería inminente.
—Siempre mía, Anna. Siempre.
La joven ni tuvo tiempo para contestar o asentir, jadeó por
el desprendimiento brusco de su ropa interior, Jevrem había
llegado al límite de su contención, de esta forma liberaba su
excitación, aunque no la asustaba; al contrario, la
envalentonaba que ejerciera su instinto de macho
dominante que se le mediría al que osara siquiera posar los
ojos sobre ella, pues él deseaba tenerla a su lado para un
perpetuo goce.
Anna abrió las piernas para recibirlo.
—¿Lo quieres? —Jevrem formuló de nuevo la pregunta,
esta vez con un matiz lujurioso en su voz y un destello de
socarronería, y mientras lo decía, el glande se posicionaba
entre los labios vaginales, preparado para esa respuesta
afirmativa. Las ganas por poseerla estaban a flor de piel,
incumpliendo así mismo en tomarse tiempo para
desvestirla, pero ¿cómo actuar cual caballero si Anna
distaba de comportarse como una dama?
—Lo quiero todo —dijo—: hasta el fondo.
Las caricias sutiles las dejaría para una tercera o cuarta
ocasión; de momento, acataría diligente lo que su hada le
pidiera con esa boquita que prometía él, más adelante,
hacerle probar su hombría.
Requirió de tres empujones:
El primero, el glande se abrió paso.
El segundo, su tallo se sumergió hasta la mitad, facilitado
por la humedad de la muchacha.
Y, el tercero, la estocaba hasta el final como si hubiese
matado a un animal.
Anna quedó sin respiración, habiendo olvidado por un
instante el grosor de su novio.
Apretó los párpados y esbozó una mueca de dolor,
pensando que, quizás, le faltaba recuperarse del desvirgo,
pero fue una breve impresión por ser inexperta en la cama,
solo debía permitirse unos segundos para adaptarse a su
amante.
—Oh, Anna… —hasta Jevrem necesitó de dicho tiempo—,
amo tu estrechez… —era como si la desvirgara por segunda
vez.
En vista de la expresión adolorida de la lobata, aguardó a
que esta le permitiera iniciar las acometidas, estaba por
sufrir una autocombustión del que el fuego arrasaría con los
dos, pero tampoco era tan bestia como para lastimarla, era
menudita y, si quería gozar el coito, tendría que llenarse de
paciencia.
—¿Aún te duele? —preguntó por si tenía que esperar unos
días para amarla; por fortuna, Anna negó con la cabeza y
luego sonrió a medias—. Dime cuándo.
Ella se tomó un respiro y lo miró de tal modo que el otro
sintió que un corrientazo recorría su espina dorsal y se
alojaba en la dureza de su pene.
—Ahora.
Jevrem tuvo la precaución de iniciar lento a pesar de que
estaba a punto de perder el control, pero se lo debía a la
muchacha, por la crisis sufrida, superaría los demonios que
atormentaban su mente y abatían su espíritu, pues contaba
con un hada de infinita bondad, capaz de sacarlo de la
oscuridad del cual se hallaba.
De forma paulatina aumentaba el ritmo de su pelvis, Anna
se aferraba a su almohada y mantenía los ojos cerrados
para el disfrute, a él le encantaba verla así, tan entregada,
del cual oraba para que tuvieran un futuro juntos.
En un arranque de pasión, la tomó por la cintura y la
atrajo hacia sí, de modo que Anna quedó inesperadamente
sentada a horcajadas sobre los tonificados muslos del lobo.
Esto a ella la pilló por sorpresa, la tenía en una nueva
posición y del que la expresión del beta le indicaba que en
adelante la guiaría en las artes amatorias.
La besó con premura mientras sus manos se aferraban a
las caderas de la chica, empujándolas de atrás hacia
adelante para que se animara en hacerlo por su propia
cuenta.
La joven obedeció y Jevrem gimió complacido, quien
necesitó de apoyar sus brazos, al lanzarlos hacia atrás para
posar sus manos sobre el colchón y así tener mayor
equilibrio. Anna comenzaba a adquirir confianza,
contoneándose sobre el miembro erecto, entre gemidos y
sensuales movimientos de sus caderas; sujetándose de los
hombros de este, también procurando apoyo. La danza
sentada causó que Jevrem cayera de espaldas y Anna se
desatara al ritmo de sus propias palpitaciones, maravillada
por las sensaciones.
Primera noche de su encierro y ya se comportaba como
loba desvergonzada.
¿Cómo actuaría para la siguiente?
De ahí sacarían al pobre de Jevrem en un ataúd, porque
ella no tenía intención de detenerse.   
         
Capítulo 16
 
 
—¿Por qué tarda tanto?
Isabel consultó la hora por tercera vez en el voluminoso
reloj de mesa, cuyo tope en su maquinaria tenía un carrusel
de caballos blancos, extrañándole a ella la tardanza de
Anna. Solía ser puntual cada mañana, llegando al Cuarto de
Juegos antes que Esther y Lourdes, para entretener a los
gemelos mientras los preparaban para ser amamantados. A
veces Erik requería de ambos senos de una de las nodrizas
de turno a diferencia de Ángel, del cual Isabel siempre lo
alimentaba.
—¿Mi señora aún no se ha enterado? —Esther preguntó
por si a esta no la notificaron.
Isabel, quien arrullaba a Ángel, ataviado este en un
trajecito de algodón de cuerpo completo para protegerlo del
frío, se volvió expectante hacia la mujer.
—¿Sobre qué? —se preocupó, ese tipo de preguntas
antecedía respuestas lamentables.
Esther –sentada en una poltrona– acomodó a Erik en sus
rodillas y movió las piernas como si él estuviese jugando al
caballito. Pero el gemelo grande se removió fastidiado,
queriendo los brazos de la progenitora o los de su niñera.
—Anna estará fuera de servicio por unos días, por lo del
celo.
Isabel detuvo el arrullo y miró estupefacta a la mujer.
¡¿Por el qué…?!
—¿Está enferma de celos? —Puede que haya escuchado
mal, aun así, dudaba que Anna fuese del tipo de chica que
se deja llevar por la desconfianza hacia su…
¿Anna tenía novio?
—«Celo», señora —Esther corrigió tímida—. Estará en su
dormitorio hasta que se le pase.
A Isabel le causó conmoción el hecho de que la muchacha
se viera afectada por algo que, hasta ese momento, ella
consideraba solo concernía a los lobos comunes. Según lo
que sabía de estos, cuando las hembras pasaban por dicho
ciclo, los machos se la disputaban, a menos que fuese una
loba que escogió pareja.
—¿Qué pasa si no permanece en su habitación? —A pesar
de ser metamorfa, Anna tenía la conciencia de un humano.
¿Acaso las hormonas se le alborotaban al grado de ser
incapaz de contenerse a sí misma?
Erik chilló para que Esther lo bajara al piso y así gatear un
poco, le apetecía mordisquear el osito de peluche que se
hallaba sobre la manta que dispusieron para él y su
hermanito.
—En ese caso: se acuesta con todos los hombres de la
casa —dijo la nodriza a la vez en que obedecía diligente a la
petición del bebé—. Anna es joven y su energía es
imparable.
Isabel arqueó las cejas.
—¡¿Con todos?! —Pensó en los guardaespaldas, en el
jardinero, el mayordomo,en Damir, Jevrem y, por último, en
el que a ella le causó consternación.
Everett.
Esther asintió e Isabel requirió de sentarse en la mecedora
junto con Ángel. Lo planificado esa mañana para que los
gemelos tomaran un baño de sol, se fue al traste. Le
hubiera gustado que primero disfrutaran de un paseo por la
costa para que aspiraran la brisa marina y así sentirse ella
más relajada de sacarlos al exterior, el Cuartel de las Brujas
y ese engreído que detestaba, se marchaban a Alaska;
después hubiese visitado a Camila en la academia y le
habría dado una gran sorpresa por lo de su regeneración.
Everett se había levantado temprano para escoltar a su
familia hasta el aeropuerto y así asegurarse de que estos no
salieran con excusas de alargar la estadía; los quería fuera
de la casa, harto de sus maquinaciones. Sin embargo, lo de
Anna la tomó desprevenida.
Tendría que postergar el paseo por las inmediaciones, su
deber se anteponía para asegurarse de si Anna estaba bien.
El hecho de estar en celo no era motivo para que otros
sacaran provecho.
Esto la hizo meditar en su propio ciclo y se inquietó.
¿Desde cuándo las afectaba?
—¿Les pasa…? A ustedes… A las mujeres de la casa: ¿les
pasa seguido?
—En los meses de reproducción o cuando la hembra
siente la necesidad de aparearse —la otra respondió—. Las
jóvenes son las más apetecidas si están solteras… Quiero
decir que les pertenece a los machos de la manada; más
que todo a los… —calló para no irse más de lengua, pero
ocasionó que la mortificación de Isabel aumentara.
—Los alfas —concluyó por la nodriza y se preocupó.
¿Estaría Everett enterado del celo de la muchacha?
—También los betas y los gammas —agregó Esther—. El
más fuerte se la queda.
Lo que, en resumidas cuentas, sería el líder de los
metamorfos, consideró Isabel para sus adentros. Jamás le
perdonaría a Everett si se acostaba con Anna, por muy alfa
que fuese y la otra estuviese alborotada. Sería una vileza de
su parte si se aprovechaba de esta circunstancia.
Además de mentiroso, en sus tantos juramentos le dijo
que sería fiel.
Recordó el brindis en la Sala de los Lienzos y a Anna
yendo al «rescate» de Jevrem. ¿Estuvo movida por el
desinterés de ayudarlo a sostenerse de su mareo o fue
astuta en entrar a la sala y así pavonearse a los hombres
que se hallaban presente para que la oliesen?
Gruñó bajo.
—¿Qué tan consciente están…? Estamos… de nuestros
actos cuando…
Ángel lloró para estar junto a su hermano en la manta y,
mientras Isabel le concedía su deseo, Esther respondió:
—Muy consciente. No enloquecemos, si es eso lo que
pregunta… Las que tenemos macho, nos apareamos con
estos, ya hemos formado un vínculo del que otro no puede
romper. Pero las jóvenes que inician su ciclo y del que aún
no sienten atracción por un pretendiente o no fueron
subastadas en matrimonio, se tornan promiscuas.
Isabel se puso en pie.
Ay, mierda...
Pensó en sí misma y luego en Anna.
Una enorme diferencia existía entre las dos: una ya
escogió pareja, pero la otra seguía sin que un chico
conquistase su corazón.
Por extensión, los hombres de la casa reclamarían su
trasero.
—¿Te importaría cuidar de los dos? —consultó por si
Esther era capaz de velar sola por sus hijos mientras ella
inspeccionaba si la joven tendría la suficiente protección
contra un posible delito sexual—. Gracias —expresó tan
pronto la mujer asintió—. Enseguida le diré a una de las
chicas para que te dé una manita, por si los gemelos se
ensucian.
—Bien pueda, señora —Esther replicó e Isabel abandonó
de volada el Cuarto de Juegos.
En cuanto la puerta se cerró, la nodriza oró a Licaón para
que la librara de haberse metido en un lío por cotillera, esa
información debió haber sido suministrada por el ama de
llaves y no por ella; aunque la patrona se pudo haber
enterado a través de otra fuente, todos en la mansión
sabían del acaloramiento de la niñera y del prudente
encierro, lo comentaban en la cocina y hasta hacían sus
apuestas por el que lograra colarse en el dormitorio de la
lobata.
—¡Mira el avioncito! —exclamó con vocecita aguda para
capturar la atención de los lobeznos. Elevaba con su mano
el avión de juguete, haciendo planeo a cierta altura de los
ojitos de estos, de modo que lo apreciaran sin problemas.
Se sentía aliviada de que los amos aún requirieran de sus
servicios y el de su compañera, el alfa convenció a la
concubina de mantenerlas «activas» en caso de
necesitarlas, como efectivamente ocurrió hacía un instante.
La niñera estaba confinada y la progenitora pendiente de
averiguar –lo más seguro– de que a la lobata la tuviesen
bajo llave para que el alfa no la follara. Si resultaba preñada
y le daba un lobezno sano, esta se alzaría como la
concubina favorita o, tal vez, la Primera Esposa. El señor
Everett aún no se casaba con la híbrida.
Cruzando el arco que da hacia la zona de los empleados,
Isabel temía lo peor por Anna. ¿Cómo es que Everett no le
dijo nada al respecto? El celo…
¿Y los padres de Anna? ¿Por qué no la alertaron?
La madre se la confió para que trabajara medio tiempo y
estudiara en la universidad.
«¿Cuidará de ella para que no se meta en problemas?».
«Como si fuera mi hermanita», prometió Isabel a cambio.
Pero estos debieron advertirle con un: «tenga cuidado con
Anna, una vez en celo, se querrá follar hasta el padre de tus
hijos».
—Carajo… —masculló y aceleró sus pisadas.
Ingresó a la cocina y allí halló a la cocinera y a dos de las
sirvientas, asistiéndola en la preparación del desayuno.
Faltaba escasos minutos para servirse.
—Buenos días, señora —Rosario y Belkys expresaron al
mismo tiempo, en un saludo cortés como si ella estuviese
casada. Branislava asintió con la cabeza en actitud
respetuosa, el alfa la tomaba en cuenta en sus opiniones,
por lo que, enojarla a ella era enojar al alfa.
—Buenas —respondió a secas, rodando la mirada en
busca del ama de llaves—. ¿La señora Blanka?
—Está con Sandra en el Ático. El señor Everett le ordenó
que bajaran los álbumes de la señora Winona.
Isabel se distrajo una fracción de segundo por la petición
de Everett y la conmovió, pues antes de irse le dijo que le
tendría una sorpresa al volver. Le daba pena que, sin
querer, Belkys arruinó lo que él se esmeraba en hacer.
Volvió a centrarse a lo que había ido y solicitó hablar con el
mayordomo. Era el menos indicado para esto, pero por la
urgencia no le quedaba más remedio que hablar con él
sobre la situación de Anna.
—En su despacho, señora —respondió la cocinera,
intuyendo que tendría alguna queja de una de las sirvientas.
¿Quién sería la que realizó mal su oficio? Apostaría a que
fue Belkys —la reprendió con la mirada y esta palideció—,
daba más traspiés que la niñera.
A menos que…
—¿Dónde tiene su despacho? —A Isabel no le extrañaba
que, como jefe del personal doméstico, el señor Milenko
tuviera su propio espacio para organizar el trabajo diario.
—Por aquí, señora, la guiaré —Rosario señaló hacia la
puerta que conecta con el pasillo principal de la zona de los
empleados.
—Gracias, muy amable.
Isabel siguió a la chica, sin percatarse de la angustia de
Belkys, quien permanecía estática, pensando en que Rosario
se fue de cotilla por ella haber sido estúpida al regodearse
de acostarse con el joven amo en un trío que hicieron con
Sandra. La pasaron tan bien que ni dudaría repetir la
ocasión con otra hembra, sin importar si esta era horrenda.
Ella solo ansiaba ser follada una vez más por ese beta de
pectorales y pito grande.
—Es este, señora —se detuvo frente a la puerta que
quedaba a mitad de camino del pasillo y la señaló—. ¿Toco a
la puerta y la anuncio?
—No es necesario, vuelve a la cocina —Isabel tenía la
suficiente fuerza motriz en sus nudillos para anunciarse por
sí misma. Ese tipo de formalismos se los dejaba a las
hienas, ella era más humilde en esos aspectos.
Antes de que Rosario se girara sobre sus talones, Isabel se
acordó de lo otro.
—¡Ah! Dile a Branislava que subirás unos minutos alCuarto de Juegos para que ayudes a Esther con los gemelos.
No será para amamantarlos —sonrió a la consternación de
la loba—, sino para la limpieza de estos por si se hacen
popó.
—Por supuesto, señora, cuente conmigo para lo que
disponga. Hasta seré su asistente personal si así lo desea,
me gusta ser útil a los amos, estoy siempre atenta a sus
pedidos. Usted, en especial, es mi preferida.
Isabel sonrió desabrida.
Vaya aduladora.
—Lo tomaré en cuenta —dijo conteniendo su molestia.
La sirvienta hizo una reverencia y se marchó como si
hubiese aprobado una entrevista para optar a un puesto de
trabajo mejor remunerado.     
Isabel tocó a la puerta con suavidad y aguardó a que del
otro lado le permitieran pasar.
—¿Quién? —preguntó el mayordomo con hosquedad, sin
ser consciente de la persona que lo solicitaba.
—Soy Isabel, necesito hablar con usted. ¿Me permite
pasar?
Pasos rápidos hacia la puerta.
El menudo hombre de cabello cano y cintura un tanto
rolliza, se apuró en abrir, visiblemente aprensivo de lo que
querría esa oportunista.
—Disculpe, señora. Por favor, pase, no sabía que era
usted. ¿En qué la puedo ayudar?
—Gracias —expresó seca e ingresó al despacho mientras
estudiaba el entorno: el espacio tenía dimensiones
reducidas, apenas constaba de un modesto escritorio de
pino y su respectiva silla. Detrás de esta, la pintura de un
paisaje que daba la impresión haber sido realizada en serie.
Nada sobresaliente.
—Soy todo oídos. ¿De qué desea hablar? —inquirió el
anciano, habiendo tenido el buen tino de no sentarse detrás
de su escritorio, pues la concubina del alfa quedaría en pie y
sería, aunque no lo mereciera, una descortesía de su parte.
—Es sobre Anna Morris.
Este asintió, ya conjeturando la presencia de la mujer en
su despacho y enseguida esbozó una sonrisa hipócrita.
—La señorita Morris está en confinamiento por lo de…
—Sé el motivo —lo interrumpió tajante—. La cuestión es:
¿en qué condiciones? —Más le valía al viejo en responderle
que con las mejores, porque el infierno ardería.
El hombre se removió en su sitio, manteniendo la mirada
elevada hacia esa morena voluptuosa de largas piernas y
carraspeó incómodo por su presencia.
—Tenga la plena seguridad de que a la muchacha la
mantenemos a buen resguardo: del sótano sale cuando
supere los calores.
Isabel agrandó los ojos.
—¿Sótano? Creí que estaba en su dormitorio. —Anna
jamás le contó.
—Allí está —corroboró—. Es el que se dispuso para los de
su clase.
A la otra le pareció ofensivo el modo en cómo el
mayordomo se expresó.
—«Los de su clase…» —repitió entre dientes—. Y ¿qué
clase sería esa?, si se puede saber…
Milenko tragó saliva. De pronto se le hizo que la mujer
aumentó de tamaño, como si su loba interna fuese a surgir.
—Es u-una provinciana —tartamudeó.
—¡Y LA MANDARON AL SÓTANO! —rugió enojada—. Le diré
algo —lo apuntó con el dedo índice. Su uña estaba muy
larga, cual garra—: Anna Morris es mejor persona que usted
y toda esa panda de lambiscones. Ser provinciana o de
bajos recursos no la hace menos que nadie. Así que, si me
entero de que usted o los demás empleados la tratan mal,
se las verán conmigo.
—¡Mil disculpas, ama! Qué torpe he sido al expresarme de
la señorita de esa manera, lo que quise decir es que la
habitación del sótano es para evitar desafortunados
enfrentamientos por la posesión de la hembra en celo. La
señorita Morris está en…
—¡Lo sé! —volvió a gritarlo—. Y comprendo lo de tenerla
encerrada en el sótano. Imagino que es para su protección,
¿cierto? No de los «caballeros» que por aquí merodean. Pero
lo que me cabrea, es el hecho de que le hayan asignado
dicha habitación desde un principio.
—Como dije —aflojó el nudo de la corbata, sintiéndose
sofocado—: para evitar desafortunados enfrentamientos. La
señorita comentó que aún no pasaba por su primer celo y
que sus padres no tenían apuro en buscarle marido. Por eso
se le asignó esa habitación, es la más aislada y la más
segura en toda la casa.
Isabel entornó los ojos, estudiando el pálido semblante del
mayordomo. Le decía la verdad, sus piernas temblorosas a
duras penas lo sostenían, Anna pasaba por un celo que ni
ella misma ha experimentado, quizás por ser híbrida. Esta
era una joven hermosa que, de paso, era virgen. Las
medidas preventivas así lo indicaban: en cuanto las
hormonas se caldeasen más de uno hará cola frente a su
puerta para ultrajarla.
—Lléveme hasta ella —ordenó con el aplomo que le
confería como mujer, amiga y jefa de la muchacha. Se lo
debía a sus padres, era responsable de su bienestar.
Milenko se tensó.
—Mi señora, el sótano está sucio y la señorita Morris no
anda en sus cabales.
Esto puso en alerta a Isabel.
—Tengo entendido que no enloquecen.
—Se desinhiben y se tornan agresivas con otras hembras
—aclaró sin mirarla a los ojos—. Las considera sus rivales. A
usted la atacará si se acerca.
—Le hablaré detrás de la puerta. Así que, lléveme hasta
allá.
—Pero ¿y el señor…?
—¡EVERETT NADA TIENE QUE VER! —lo amedrentó con su
potente voz—. Conmigo es que tienes que rendir cuentas.
—Sí, mi señora.
—No lo repetiré por tercera vez —la orden fue clara:
llevarla al sótano para observar en persona si Anna no
estaba siendo abusada.
Al desgraciado que pillara merodeando por ahí, lo sacaba
a patadas. Anna era menor de edad, a quien ella apreciaba
como si fuese su hermanita. Pronto cumpliría los dieciocho,
según lo que le comentó durante el vuelo en el jet. Aunque
no recordaba para qué fecha, le pareció que era para finales
de octubre o noviembre; después aclararía esto, por lo
pronto, bajaría al maldito sótano para hablarle y aconsejarle
de no dejarse convencer del hijo de puta que pretendiera
calentarle la oreja para que le abriera la puerta.    
Su instinto protector salió a flote.
Capítulo 17
 
 
Damir gruñó de la impotencia.
Perdió la cuenta de las llamadas y mensajes de texto
enviados a Jevrem, desde que este se marchó del jardín
posterior de la casa. Había corrido para alcanzarlo, pero su
hijo fue más veloz que él y desapareció en un abrir y cerrar
de ojos.
Desde entonces no paró en contactarlo, Radojka sollozaba
preocupada de que tomara alguna decisión extrema que
acabara con su vida. Tuvo pesadillas y despertó en gritos,
del cual Grubana la escuchó desde la habitación contigua y
se lo hizo saber a él con un sermón de controlar a la
histérica.
Guardó el móvil en su chaqueta Christian Dior, cruzó
mirada silenciosa con su esposa y negó casi imperceptible
con la cabeza para que los demás no se dieran cuenta, esta
se levantó del asiento de la Sala VIP del Aeropuerto J.F.K
para encerrarse en el baño y desahogar su llanto a solas.
Jevrem no daba parte de su paradero ni se molestó en
despedirlos, Damir tuvo que estrujar su cerebro para
excusarlo ante Everett, quien ya daba señales de molestia
por descuidar la supervisión en los Hamptons. Notó que
Everett –afuera de la sala de espera– marcaba en su móvil y
se lo llevaba a la oreja, con una expresión ceñuda del que
era fácil de adivinar que estaba severamente enojado. Los
greñudos guardaespaldas de este se desplegaron por las
inmediaciones del aeropuerto, con sus dispositivos de
comunicación pegados en el oído, mimetizados por los
rincones para observar sin ser vistos por los pasajeros y
acompañantes que transitaban dentro y fuera de la terminal
aérea.
—¿Vendremos para Fin de Año? —Jelena, la menor de las
hijas de Vesna preguntó a la abuela paterna, sentada a su
lado, de brazos cruzados y meditando que algo raro pasaba:
Jevrem no los acompañó, Radojka andaba entristecida,
Damir preocupado y el bastardo en actitud hosca—.
Abuela…
—Lo dudo, querida —respondió a su nieta—, no recibimos
invitación de tu tío. —Guardó para sí misma las verdaderas
razones, Everett los quería fuera de Nueva York por temor a
los vampiros; su cobardía era vergonzosa y ella se
encargaría de correr en Kenai el rumor del incidente, a ver si
los Ancianos –conformados por alfas municipalesy
regionales que ya estaban retirados por superar los ciento
ochenta años– estarían de acuerdo en que los guiara un
sujeto que le temía al enemigo. En algunos estados hubo
casos en los que dichos líderes no daban la talla, del cual,
su mandato era cuestionado por el pueblo o por los mismos
integrantes de su círculo social más íntimo. La acusación era
el primer paso para derrocarlo, luego un reto a muerte para
arrebatarle el título; por supuesto, el que deseara alzarse
con este, debía ser el que lo venciera frente a la manada.
Grubana apostaba por Damir o Jevrem, pero su hijo no
terminaba de definir sus ambiciones y su nieto parecía estar
distraído en otros asuntos.
Jelena, al escuchar a su abuela, esbozó una mueca
entristecida; ella quería festejar dicha fiesta en la ciudad y
no en aquel pueblo olvidado por Licaón.
Lamento silencioso que también era compartido por sus
otras hermanas; en especial, Andjela, esta no volvería en
plan «soltera», aspirando a que algún millonario de buena
estirpe –y joven– se fijara en ella y la disputara a su futuro
marido, del que la fastidiaba. Los preparativos de la boda
seguían su curso, nadie reparaba en su desgana; su abuela
le recordaba su metida de pata, su papá ni la determinaba y
su mamá dejaba que otros manejaran su vida a
conveniencia.
La vio brillar cuando su madrastra las gritó a ella y sus
hermanas para que se largaran por la ebriedad de Jevrem,
pero su mamá gruñó a la otra para bajarle los humos. La
desafiante actitud la sorprendió de buena manera, pues
siempre andaba con la cola metida entre las patas, sumisa
al mandato del que estuviese por encima de ella. Por
desgracia, no era como Isabel García que alzaba su voz y se
hacía imponer.
La habría salvado de tener que caminar al altar para
casarse con un idiota.
Eso le pasaba por salir de su habitación mientras estuvo
con ganas de ser follada. Se topó con el socio de su padre y
este le abrió las piernas antes de que ella tomara conciencia
de sus actos.
Por otro lado, Everett estaba a punto de ir hasta la Torre
de Control e hipnotizar a los controladores de vuelo para
que despejaran el cielo y autorizaran el acceso a la pista
para el despegue de su aeronave, limitados ellos a tener
que esperar a que las condiciones climáticas o la
programación de vuelo fuesen las apropiadas. En una hora
les avisarían y Everett descansaría por esos días de las
impertinencias de su hermano y del entrometimiento de
Grubana.
A esta la tenía entre ceja y ceja.
—Ayer o esta mañana, ¿Jevrem les dijo algo sobre
ausentarse por unas horas? —preguntó a Luttrell y a
Maxwell que se mantenían montando guardia en la puerta,
mientras que Tyson se hallaba a diez metros de ellos, con
los ojos puestos en los humanos que pasaban frente a él y
aguzando el oído para captar lo que al alfa lo preocupaba.
—No, señor. Desde el viernes por la noche no lo vemos —
respondió Luttrell y el otro lo secundó con un asentamiento
de cabeza.
Everett frunció el ceño y enseguida miró al fondo del
recinto donde Damir se hallaba parado junto a la barra,
tomando whisky. Consultaba con cierta intranquilidad la
hora en su reloj de pulsera.
Entornó los ojos, no se tragaba el cuentico de que haya
mandado a su hijo al distrito financiero para cerrar un
«trato» con un empresario ruso con el que deseaba
estrechar dudosos lazos. Jevrem no era tan irresponsable en
abandonar sus obligaciones ni desaparecer sin avisar para
atender una «petición» de su padre que estaba fuera del
rango de autoridad en el Clan. Su deber primario consistía
en la seguridad de Isabel y la supervisión de sus hombres, y
en esto jamás falló hasta que arribaron a Nueva York.
Algo pasaba y él se encargaría de averiguarlo.
Atravesó la sala y se plantó frente a su hermano mayor.
Este tragó de una sentada su bebida y luego dejó el vaso
vacío en el tope de la barra, tenso por su cercanía.
—Ay, hermanito, no me vengas otra vez con tu discurso:
ya te dije que «lo siento» por tener que disponer de mi hijo
—expresó con un matiz nervioso en su voz. Trataba de
hablar relajado, pero falló garrafal.
Everett ni parpadeaba, su mirada severa clavada en la de
Damir.
—¿Dónde está él? —intuía que lo del «mareo» fue un
teatro orquestado para ausentarse de la casa sin dar
explicaciones. Esa fue la única ocasión en que lo vio desde
la reunión que sostuvieron junto con Damir y sus tíos en la
biblioteca.
Damir esbozó una sonrisa acartonada.
—¿Cuál es la urgencia? Ya vendrá. —Everett endureció la
mirada y Damir bajó la suya, intimidado de ser sometido
frente a su familia—. Otórgame este día y luego te diré.
—¿Por qué?, ¿qué pasa con Jevrem?
El otro se sentía cansado de tener que ocultar la conexión
que su hijo tenía con el depredador. Aun así, se apegó a su
libreto.
—Me equivoqué al involucrarme con este nuevo socio y
Jevrem lo está solucionando; él es mejor que yo para
deshacer contratos.
—¿Con quién? —preguntó sin creerle; hipnotizarlo de nada
funcionaría, Damir aprendió a eludir la verdad así esté
coaccionado.
Grubana se mosqueó de la actitud tensa de los dos lobos
y Vesna ansiaba en su fuero interno que su cuñado le diera
una paliza a su marido, a ver si le quitaba lo plumífero. Él
pensaba que ella no sabía, pero era muy consciente de sus
andadas.
—Vas a matarme si te lo digo.
—Lo haré si no dices.
—Eh… —Damir sonrió a su madre y esbozó una expresión
de «tranquila, solo es un asuntillo sin importancia», y
sostuvo con aplomo la mirada de Everett—. Con un vampiro.
Everett gruñó bajo y Grubana se puso en pie. Lo que sea
que estos discutían en voz baja a ella le daba mala espina.
—Me parece que ya están anunciando nuestro vuelo, ¿no
es así, Damir? —Se acercó a estos para impedir alguna
agresión por parte del bruto de Everett. Este resolvía los
conflictos con violencia.
Damir agradeció con una sonrisa nerviosa la intervención
de su madre.
—Es lo más probable; aunque me extraña que ningún
asistente se haya presentado para informarnos. ¡Cuánta
pereza! —respondió siguiéndole la corriente y
desembarazándose de la intimidación de su hermano.
Pidió al barman para que llenara de nuevo su vaso y
solicitó otra para Everett, a pesar de que este ni asintió.
Grubana volvió a su asiento, pendiente del reloj y Vesna no
apartaba los ojos de esos dos, para disfrutar en primera fila
del puñetazo que Everett le estamparía a su marido. Tendría
que morderse los labios para no carcajearse cuando cayera
de culo al piso.
—Es Alexey Kuznetsov —reveló—. ¿Has oído de él? Es
dueño de una discoteca muy famosa en la ciudad. Es para…
los de su especie…
—¿Y tú has decidido invertir en clubs nocturnos? No me
creo esa mierda. ¿Qué pasa con Jevrem?
Damir miró a sus hijas y a su desabrida Segunda Esposa, y
pidió a Everett que moderara el tono de su voz.
—Nada, qué incrédulo eres… Jevrem tiene esa capacidad
para no dejarse amedrentar. Creí que era buen negocio
invertir en esos… entretenimientos, pero los chupasangres
son muy quisquillosos.
—Y lo enviaste solo a un nido de vampiros.
—Kuznetsov es sagaz, pero cauteloso. No hincará sus
colmillos en un Brankovic. Hasta ellos tienes sus
limitaciones, ni tontos que fueran en meterse… ¡Ay, ¿qué te
pasa?, suéltame el brazo! —chilló en cuanto Everett lo
agarró y lo jaló fuera de la sala—. No pasa nada, cálmense
—se dirigió a Grubana y a sus hijas que se alarmaron con lo
que sucedía, mientras que el otro lo llevaba al pasillo a la
fuerza.
Luttrell y Maxwell bloquearon el paso a las mujeres. Lo
que estos discutirían, nadie intervendría.
—¡Qué bestia! —Everett aplastó al hermano contra la
pared alejado de la vista de las lobas.
—Hace años que Alexey vendió los bienes que tenía en
Nueva York y se largó a París con su esposa —espetó con los
dientes apretados, evidenciando la mentira.
Damir fingió sorpresa, pálido como un espectro.
—¡¿Halló a Ekaterina?! Vaya, no lo sabía, ella lo abandonó
hace…
—¡Deja de hablar pendejadas! —lo gritó—. No mantienes
tratos conningún puto vampiro ni has mandado a algún
lado a Jevrem. Huelo la mentira en ti, estás preocupado
como yo de que desapareciera. Lo de ayer…, ¿qué fue todo
eso?
Damir boqueó, tembloroso. No debía revelar lo que a su
amado hijo le sucedía. Lo culparían.
—¿Lo del brindis?
—¡Sí, lo del brindis!
—Bueno, Jevrem se mareó por lo de la champaña. ¿Acaso
tú nunca te has caído de la borrachera? Te recuerdo que
eras un beodo tras lo de Winona…
De ser otro, Everett lo hubiera estrangulado hasta que
dijera la verdad. Casos más serios sucedían como para que
el jefe de seguridad le diese por beber más de la cuenta y
pasar la modorra en la cama de alguna hembra. En su
dormitorio no estaba, él lo llamó para que velara por su
mujer en su ausencia, pues le angustiaba dejarla sola, a raíz
de lo acontecido por lo del depredador y la amenaza de
Kerenor. Los hombres que quedaron en la casa eran fuertes,
pero lo tranquilizaba si Jevrem permanecía cerca.
—Jevrem tiene hasta el mediodía para que se reporte, si
no lo hace, lo tomaré como incompetencia o deserción.
—No es ninguna de las dos —el progenitor se traicionó a sí
mismo en defender su integridad.
—Entonces, ¿a dónde fue? —Silencio. Mirada baja—.
Damir, aprecio a mi sobrino y me preocupo por él, si sabes
algo del que deba saber, dilo. Estás a tiempo de ayudarlo o,
de lo contrario, interpretaré tu silencio en que tengo razón y
tomaré medidas al respecto.
El lobo suspiró abatido.
—Te diré, pero a cambio permaneceré en la ciudad.
—Requiero de tu presencia en Kenai.
—Ellos se las pueden arreglar unos días sin nosotros.
—¿Por qué la insistencia de quedarte?, ¿qué pasa con
Jevrem?
Damir miró de refilón a los guardaespaldas apostados en
la puerta de la Sala VIP y luego retornó la mirada hacia su
hermano que aguardaba expectante.
Lo invitó a caminar a solas, la revelación urgía de alejarse
de terceros; era delicado lo que le diría, podría írsele la vida
en ello y hasta la de Radojka y su hijo. Pero observó que
Everett lejos de condenar a Jevrem, quizás sería el que lo
ayudara a enfrentar su padecimiento.
En algo estos dos se parecían.
 
Capítulo 18
 
 
Isabel se sorprendió de la puerta de la habitación.
¡¿Qué era eso?!
¿De qué material la hicieron?
Manifestaba a gritos la crudeza en cómo trataban a las
lobas que pasaban por una alteración hormonal. El duro
metal se instaló para resguardarlas a estas de los hombres
que intentaran propasarse y, a juzgar por los arañazos hasta
en las paredes del pasillo, lo intentaron en más de una
oportunidad.
Miró con reprobación a Milenko, hallándose este a unos
pasos detrás de ella, cabizbajo y aprensivo de sus
reacciones, pero no le escupió una sarta de improperios,
pues daba la impresión de ser una celda de máxima
seguridad.
—¿Cómo me comunico con Anna, ¿hay algún citófono o
ventanilla? —Buscaba sin hallar un dispositivo que le
permitiera hablar con la muchacha.
—La trampilla —Milenko señaló la tablilla rectangular de
unos 15 centímetros de ancho a los pies de la puerta—. Por
ahí pasamos la comida; ya sabe, mi señora: la agresividad
de las que están…
El hombre enmudeció por el leve gruñido que resonaba en
la garganta de la híbrida hispana y se abocó en deslizar
hacia arriba la trampilla; lo primero que sus fosas nasales
percibieron, fue un intenso olor a sexo. Tuvo una pulsación
en sus genitales y se reprendió a sí mismo por no utilizar
tapabocas para evitar percibir los aromas íntimos, la
hembra en celo estaba siendo tomada por un macho.
Se puso en pie con rapidez, temiendo que la concubina le
diera una paliza, por lo que consideró prudente sacarla de
allí antes de que descargara contra él su furia. Un lobo logró
apoderarse de la llave que solo Blanka poseía y se introdujo
para disfrutar de la jugosa vagina de la lobata.
Y Milenko sabía muy bien de quién se trataba.
Si eliminaba posibles sospechosos: uno de los integrantes
de la casa no se le ha visto desde el brindis.
¿Estaría metido ahí desde antes de que a la niñera la
encerraran?
—Ahora que lo pienso: en la cocina hay un citófono que
comunica con el interior —mintió. El aparato no servía como
tal, solo recibía una señal roja que indicaba que la sirvienta
quería un macho para que la follara. La comunicación entre
el interior de la habitación y la cocina no estaba permitida,
debido a que la sirvienta que estuviese en celo se tornaba
vulgar al increpar a los demás por su encierro. La elección
de estar allí no era democrática, las lobas que trabajaban
para los grandes señores tenían dos alternativas para
desahogarse: en los bosques o en las celdas-dormitorio. Y
las lobas que se hallaban en las ciudades optaban por la
segunda para evitar ser asaltadas en la cama. Las que
poseían residencias tomaban sus propias medidas para
resguardarse del olfato de perpetradores sin control y, las
solteras que carecían de un lugar para acobijarse en su
descanso, lo hacían en las que disponían sus amos.  
Isabel no se movió; sus ojos puestos en la trampilla.
Ella también percibió…
Emitió un gruñido bajo.
—Ábrela —ordenó al mayordomo sin dejar de ver hacia el
rectángulo metálico fijado por palancas verticales. Sus uñas
se volvieron garras, sus ojos amarillos, su sangre
burbujeante.
Milenko palideció.
—Es el olor por las ansias; si me comprende, mi señora —
comentó sintiéndose acorralado por la híbrida. La
condenada era más dominante que la señora Grubana y la
señora Sebrenka.
Ella lo traspasó con la mirada como si lo fuese a asesinar.
—No fueron «ansias» lo que olí, ahí hay un hombre.
¿Quién es? —Sus incisivos laterales y los colmillos
superiores e inferiores se alargaron, y en su ser sus células
lobunas batallaban por el dominio del cuerpo humano—.
¿Quién-está-ahí-metido? —inquirió separando cada una de
las palabras con los dientes severamente apretados, y el
otro se encogió de hombros, tembloroso—. ¿QUIÉN?
—¡No lo sé, ama!
Isabel temió por la muchacha.
—¡ABRAN LA PUERTA! —Aporreó el metal con todas sus
fuerzas—. ¡ABRAN! ¿Tienes la llave? —se dirigió al anciano;
su voz gruesa por el inminente cambio que sufriría si no
acataban con celeridad su mandato.
—Le recomiendo que los deje encerrados, sería
imprudente interrumpir el coito. La atacarán.
—Querrás decir: la violación. Dudo que Anna esté lúcida
para aprobar a su galán de cinco minutos. Así que, más de
uno saldrá muerto si no abres la puta puerta.
Cabeceó, atemorizado.
—La llave está en posesión de la señora Blanka.
—¿Y usted por qué no la tiene? —lo estudió con recelo. Los
mayordomos también tenían un juego o la Llave Maestra
que abre todas las puertas de la residencia donde trabaja.
—En estos casos: no es prudente… —enrojeció hasta las
orejas.
Isabel comprendió que, al ser un lobo, actuaría del mismo
modo que los otros, queriendo irrumpir a las malas.  
—¿Quién está con Anna Morris? —inquirió y Milenko
balbuceó. De sus labios no se enteraría—. ¿Quién? Hable…
—estaba por perder la paciencia. Su abuela María
Guadalupe siempre le decía: «entre sinvergüenzas jamás se
delatan». Y ese maldito viejo sabía quién estaba con Anna.
Las mangas de la blusa que usaba sufrieron un
desgarramiento ante el aumento de volumen de su
anatomía. Sus hombros y brazos se ensancharon como los
de un hombre que alza pesas, la prenda estaba por
reventarse de su torso, si seguía el curso de su
transformación.
Milenko se pegó contra la pared de su lado izquierdo para
alejarse en lo posible de la iracunda loba. Jamás había visto
semejante comportamiento en una de las hembras de los
señores de la casa; ni siquiera la señora Sebrenka cuando
fue la Primera Esposa del antiguo amo, el señor Stanislav –
del que parte de sus cenizas mortuorias descansan en paz
en la perpetuidad del cementerio– los trató de esa manera.
La dama siempre se comportó con absoluta propiedad y
distancia, manteniendo su porte elegante y excelente
dicción al hablar. Lo mismo con la señora Grubana y la
difunta Winona, que fue tan sumisa y recatada…En cambio,
la concubina era abominable.  
—No es el alfa, si es lo que p-piensa —tartamudeó—. El
señor Everett salió con toda la familia al aeropuerto para
despedirlos. ¡Los vi, lo-lo juro!, llámelo si no me cree.
—¿Quién está adentro? —inquirió siseante. Aguardó un
instante para que le respondiera, pero el anciano se
mantuvo hermético e Isabel perdió los escrúpulos al
considerar de que se trataba de un lobo de la tercera edad
—. ¡Responde! —Con una mano lo alzó del cuello para
estrangularlo.
—El otro amo. —Un error que más de uno pagaría con su
propia vida.
¡¿El otro?!
Por la mente de Isabel pasó el nombre del que, si recibía
también dicho rango de autoridad, se trataba de…
Sala.
Brindis.
Champaña.
El repentino mareo del cumpleañero, la solícita ayuda de
Anna. Todo calzó como un rompecabezas.
Entre tanto…
En la minúscula habitación, el miembro de Jevrem
taladraba el trasero de Anna, parados ambos a poca
distancia de la puerta de la habitación. Ninguno de los dos
reparaba en que la trampilla fue deslizada en más de una
ocasión. Faltando escasos minutos para las seis de la
mañana, Belkys había llevado una bandeja y pedido que le
entregara la de los platos vacíos, del que obtuvo como
respuesta un gruñido feroz por parte de Anna, alejando de
allí a la sirvienta, junto con la comida, pues ni se atrevió en
meter la mano para entregar la bandeja. Al parecer, la
alasqueña amaneció de malas pulgas; para la próxima que
fuese Rosario o Sandra, quienes se encargarían de
alimentarla, el hedor a sexo casi le nubla los sentidos.
Anna gemía, el calor insoportable la bañaba en sudor,
pero no se quejaba. Tenía aguante y su amante bien que la
complacía. Jevrem la tomó varias veces en la cama, en el
piso y ahora contra la pared. Empujaba con rudeza su pelvis
contra sus nalgas, fue doloroso al principio, la perforación
del ano no era como la del himen; en este un falo grueso
intentaba meterse en un orificio que se mantenía cerrado y
que se iba expandiendo en la medida en que ganaba
terreno.
Sus uñas rastrillaron la pintura de la pared y sus labios
sangraron al morderse para aguantar la invasión, Jevrem ya
no la trataba con delicadezas como hacía unas horas,
respondía con vehemencia a las exigencias de la muchacha.
Anna quería más y más rápido. Su cara reposaba en la
pared, sus manos a los lados, al igual que las de su
acompañante; ambos unidos de la manera más impura y
excitante. La exquisita sodomía la hacía blanquear los ojos,
extasiada; no la molestaba ciertas vibraciones que recorrían
la pared, ignoraba qué podría ser, aun así, no le importaba,
como tampoco escuchaba los gruñidos que provenían del
otro lado de la trampilla.
De momento, le pertenecía a ese fogoso macho que le ha
obsequiado más de un orgasmo; de sus agujeros escurría
semen por cantidades, la sometía a una maratón de la que
después sería incapaz de caminar, le dolía todo el cuerpo
por cómo la follaba.
—¡Oh…! —su boca abierta, su respiración errática.
—¿Lo soportas? —Él le preguntó jadeante y sin dejar de
apalearla, tan entregado a la pasión que a menudo olvidaba
que la lastimaba con sus garras o sus demoledoras
acometidas.
—Sigue… Me encanta…
Jevrem sonrió y se pegó más a la joven. Ni un rayo sería
capaz de separarlos, se solidificaron.
Ni siquiera los aporreos en la puerta.
Mientras los dos jóvenes lobos se amaban, Isabel cada vez
se desesperaba.
Le gritó a Milenko para que fuese por la señora Blanka, a
Anna la violaban. Más de uno saldría despedido por obrar en
complicidad con el condenado que estaba dentro.
¡¿Jevrem?! ¿Cómo era posible que este la decepcionara de
esa manera? Lo había considerado un galante caballero que
vela por la damisela en apuros, y resultó ser un hombre
como cualquier otro que aprovecha la «ebriedad» de la
chica en un bar.
En este caso, el celo de Anna, del que le nublaba el
raciocinio.
Dios… ¿Con qué cara miraría a los padres de esta? Fue
víctima de su propia naturaleza y ella sin poder protegerla
de sí misma.
Se acuclilló para deslizar la trampilla, a la vez en que
contenía la respiración y así evitar que los olores íntimos le
produjeran arcadas. Había amanecido con el estómago
revuelto.
El mayordomo trastabilló al subir las escaleras para salir
del sótano, calculando que en un par de minutos estaría de
vuelta con el ama de llaves y los guardaespaldas que
montaban guardia por el perímetro. A estos, el anciano
debía ordenarles que usaran mascarillas o se taparan la
nariz con pañoletas. Era bien sabido que, si los lobos
comunes respondían al olor del orín o los corporales de la
loba en celo, bloquear las vías respiratorias era aconsejable
para no sumarse al apareamiento.
Isabel estaba preparada para transformarse. Si bien, no
sería contrincante para Jevrem, le clavaría sus dientes en
una pata hasta que recobrara su humanidad.
—¡Jevrem, déjala! —acurrucada ordenó contundente al
muchacho, pero del interior escuchaba gemidos a través de
la trampilla—. ¡JEVREM, DÉJALA! ¡¡DÉJALA!!
La potente voz logró colarse a los oídos de la pareja.
Ambos quedaron petrificados.
—¡¿Es la señorita Isabel?! —Anna se mortificó y Jevrem
enseguida salió de su trasero.
—Carajo —si Isabel estaba allí, es porque todos en la casa
se enteraron. Por extensión, sus padres y abuela…
—¡Suéltalo, hijo de puta! —la híbrida gruñó bastante
molesta a través de la trampilla—. ¡Hazlo o te arranco el
pito cuando salgas!
Anna miró angustiada a Jevrem, segura de que su jefa
cumpliría con su palabra. Observó su propia desnudez y se
avergonzó. ¿Qué excusa le daría? ¿Cómo explicaba la
presencia de Jevrem en su habitación? La azoraba lo que
Isabel de ella pensara.
—Ya lo hizo… —la respuesta de Anna fue estúpida e
incriminatoria para el lobo. Jevrem se dirigió al baño para
darse una ducha fría y así calmar el fuego que seguía
consumiéndolo por dentro. Tendría que dar muchas
explicaciones.
Isabel quiso llorar, fue como atrapar in fraganti al violador
y que la víctima expresara que por fin su padecimiento
había terminado.
—¿Estás bien? —Molería a los golpes al maldito por
haberse aprovechado.
—Sí —Anna contestó mientras se envolvía en la sábana
que arrancaba de la cama para cubrirse—, e-estoy bien,
señorita Isabel, no se preocupe.
—Perdóname, Anna, debí estar más pendiente de ti. Mi
descuido provocó que esto pasara.
La joven se acuclilló para acercar su rostro a la trampilla,
hallando desde el otro lado, los ojos anegados en lágrimas
de la hispana.
—La que pide perdón soy yo, señorita: me dejé llevar y me
acosté con uno de los patrones.
—¡Él se aprovechó! Tú no tienes por qué pedir perdón.
En cuanto Anna se propuso en abrir la boca para replicar,
fue levantada sin rudeza por Jevrem, quien la apartó a un
lado y este se agachó con la toalla alrededor de sus
caderas. Goteaba agua de los pies hasta la cabeza.
—Amo a Anna y no me he aprovechado de ella, aunque lo
parezca —manifestó tajante.
—Desgraciado…
—Isabel, estoy enamorado de Anna —reiteró— y me haré
responsable de ella, de ahora en adelante.
—Eso lo dices ahora, porque te pillé —golpeó la puerta,
desahogando su rabia—. Luego la dejas por otra pendeja.
No creí que fueras así, Jevrem.
—¿Tan difícil es de creer? ¡La amo y me vale un carajo si
tú o mi familia se oponen! Anna es mi novia.
—¡Es menor de edad!
—Soy mayor, los cumplí el mismo día que Jevrem… —la
joven aclaró como si Isabel fuese su hermana mayor. En
cierto modo, el enojo de la patrona la hacía sentir que le
importaba, pero todo esto acarrearía muchas
consecuencias.
¡¿El mismo día?!
Isabel se apenó por enterarse de esa forma del pasado
cumpleaños de Anna, que se sintió culpable por estar
pendiente de sí misma. Ella con sus líos con Everett, y Anna
pasando dificultades.
La tenían confinada al sótano, con las hormonas
alborotadas, siendo ninguneada por ser de estrato bajo.
—¿Te obligó? No temas responder. —La puerta era la única
barrera que se interponía para que Isabel le diera su
merecido aJevrem.
Anna sonrió, pero como estaba fuera de la vista de Isabel,
expresó con claridad:
—Yo lo seduje.
—Por lo del celo…
—Porque quise —manifestó—. No se preocupe por mí,
tengo la dicha de ser amada por el hombre que amo… —su
declaración la ruborizó y esto a Jevrem le pareció tierno, le
provocó apretujarla entre sus brazos; no obstante, se
aguantó por la persona que los increpaba. A él le iban a
torcer duro las orejas por haberle hecho el amor.
Isabel estuvo a punto de replicarle que hablaba por sus
hormonas alocadas y que en cuanto se le pasara, lloraría a
mares por haber sido utilizada. Pero en el instante se
apersonaron los guardaespaldas, la señora Blanka y el señor
Milenko. Arriba, en la puerta que da acceso al sótano,
Rosario, Sandra y Belkys, miraban curiosas hacia el grupo
que se agolpaba al frente de la habitación de la desabrida
de Anna Morris.
Según lo que escuchó Rosario, del viejo mayordomo, la
pueblerina tuvo más suerte que las tres, al tener para ella
solita al mejor lobo soltero de los clanes existentes en el
país.
Vaya envidia.
Capítulo 19
 
 
Everett y Damir viajaban en el asiento trasero del Mercedes-
Benz.
El silencio se mantenía sobre ellos como una densa capa
que a cada uno los aislaba. A pesar de esto, ambos tenían
un único pensamiento: Jevrem. El padre preocupado de lo
que a este le pasaría, el tío enojado consigo mismo por todo
lo que sucedía a su rededor y, él, en la ignorancia. Aunque
este sería el menor de los problemas que recaería sobre él y
su familia, no le quedaba claro por qué su sobrino tenía ese
contacto tan «cercano» con el depredador de humanos.
El jet emprendió vuelo a las nueve de la mañana,
transportando a las mujeres que bastante avinagraron a
Isabel. Pensar en su ángel lo inquietó, durante días estuvo
bajo el cuidado de un muchacho que, tal vez, estaría mal de
la cabeza. Aún le costaba creer en la revelación de Damir, ni
Jevrem ni Radojka manifestaron aptitudes videntes; de
hecho, el mismo Damir se jactaba siempre de «saberlo
todo» como si tuviese ojos y oídos en todas partes.
El Mercedes transitaban a moderada velocidad hacia Long
Island. Al ser fin de semana el tráfico amainó por el sector;
el vidrio polarizado dividía la cabina del chófer y los
pasajeros en el asiento posterior del vehículo de alta gama.
Branimir tarareaba una canción mientras manejaba, sin que
los amos lo escucharan o viesen; el vidrio insonorizaba el
interior e impedía que otros observaran lo que atrás hacían.
El señor Everett solía estar acompañado de féminas a quien
follaba o manoseaba sin pudor; por supuesto, aventuras
pasajeras que tuvo antes de enredarse con una mujer de
temple.
Everett se abstuvo de hacer algún tipo de comentario, en
precaución por si el Mercedes tuviese algún micrófono; su
paranoia aumentaba, debía mirar a cada instante por sobre
su hombro, desconfiando de hasta las sombras. Lo de
Jevrem lo impactó. ¿Clarividente? ¡¿Cómo, mierdas, era
capaz de hacer eso?! Ver al asesino sin estar presente…
Giró la cabeza hacia Damir y este le devolvió la mirada; su
palidez reflejaba su angustia interna. Aun así, se mantenía
hermético, aprensivo de la decisión que Everett haya
tomado cuando él optó por confiar en el cariño que este le
profesaba a Jevrem.
Tuvo un destello de esperanza en el instante en que
Everett esbozó una media sonrisa, como si le expresara un:
«tranquilo, lo ayudaremos».
Sonrió de igual manera y sus ojos se humedecieron,
sintiendo que ese peso, del que por tanto tiempo cargaba
solo, con otro lo compartía, aliviando sus maltrechos
hombros.
El auto bordeó la plazoleta y frenó bajo el pórtico de
columnas dóricas. Branimir se apuró en abrir la puerta para
que el alfa se bajara y luego corrió hacia la contraria para
que el señor Damir también lo hiciera.
Los dos hombres trajeados –uno con y el otro sin corbata–
caminaron con paso soberbio hacia la entrada. Elijah le
abrió la puerta y esto a Everett le llamó la atención, lo usual
es que fuese el mayordomo o el ama de llaves, pero los
servidores no se hallaban para recibirlos. El deber de sus
hombres era de montar guardia, no de cubrir las labores
que otros desatendían.
—Sucedió algo, mi señor —expresó reverente en cuanto
Everett cruzó el umbral. Damir pasó derecho hacia la
biblioteca, sin preocuparle lo que el guardaespaldas de su
hermano tuviera que decir; esperaría por este mientras se
tomaba un whisky, lo necesitaba, entre ambos tenían que
hallar a su hijo y convencerlo de pasar una temporada con
su abuela materna. La experiencia de esta lo ayudaría a
superar las pesadillas y las cadenas que lo ataban con aquel
sujeto.
—Habla —Everett se tensó en el acto y se preparó a
recibir una terrible noticia.
El hombre cerró la puerta principal y se quedó viendo a
Damir que estaba por cruzar el arco que da hacia las salas,
pero la sensación de ser observado erizó los pelitos de la
nuca de este y se volvió sobre su hombro sin dejar de
caminar.
—Es Jevrem —respondió y Damir se detuvo en seco—. Él…
—¿Qué le pasa a mi hijo? —lo gritó impaciente, yendo
hasta el hombre para zarandearlo de las solapas.
Everett extendió el brazo e hizo una barrera entre los dos
y exigió al guardaespaldas para que hablara rápido.
—La señora Isabel lo atrapó en el sótano, abusando de la
niñera —contestó con una serenidad que solo era fingida
para no revelar a los amos la animosidad que el otro le
despertaba por habérsela comido antes que él. Ese virguito
debió ser bien rico de perforar de una estocada. Los
gemidos adoloridos eran sensuales melodías que jamás se
cansaría de escuchar, por mucho que Elijah se haya
acostado con otras y gozado de ser el primero en darle en
su vaginita.
Everett se impactó y Damir esbozó un gesto de desdén.
¡¿Con la niñera?! De modo que allá fue hacia donde había
corrido…
—¿Isabel? ¿Qué hizo ella, se le enfrentó?, ¿dónde está? —
Everett se preocupó, siendo esta vez él quien sacudía a
Elijah para que respondiera.
—En la biblioteca.
Como un rayo atravesó el vestíbulo, seguido de Damir,
cuya preocupación era solo por el bienestar de su hijo. El
estúpido de Everett lo golpearía por una insignificancia que
no valía la pena la reprimenda.
—¡Esto no lo esperaba de ti!, ¿cómo pudiste…? —la
increpación de Isabel quedó interrumpida en cuanto los dos
hombres entraron como un torbellino. Everett se abalanzó
hacia el muchacho que estaba tomado de la mano de la
lobata, del que a Damir no le pasó por alto, y le estampó un
puñetazo que lo mandó contra la estantería de libros a su
espalda.
Anna cayó al piso por la furia del lobo, Isabel le gritó a
Everett para que se detuviera, Damir saltó sobre su
hermano y así evitar una desgracia, y el resto de los que se
hallaban presente, gritaron mortificados.
Se iba a formar la sampablera y ellos en medio de la
contienda.
—¡Everett! ¡EVERETT! ¡Eve...! Ev… —A Isabel la biblioteca
le comenzó a dar vueltas.
—¡Señorita Isabel! —Anna chilló al ver que su jefa se
derrumbaba por el desvanecimiento que sufría.
El aludido se percató de este hecho y en una exhalación
extendió los brazos para atajarla antes de que cayera al
piso.
—¡Isa! —la llamó angustiado, al tiempo en que la alzaba
en vilo. Abrió los ojos y parpadeó atontada, pidiendo que la
bajara para ponerse en pie.
—Estoy bien, ya se me pasó —dijo a Everett que seguía
sosteniéndola entre sus brazos—. Fue un leve mareo, aún no
he desayunado.
Él no la incorporó, rodando los ojos severos hacia la
señora Blanka por la tardanza para servir la comida y esta
bajó apenada la mirada. En ella recaía la responsabilidad de
las funciones en la cocina.
—Le pedimos disculpas —Milenko replicó al alfa para
ambos salvarse el pellejo—. Lo acontecido con el joven amo
ha desequilibrado el horario habitual de la casa.
Everett depositó con cuidado a Isabel en uno de los
sillones que allí se hallaban y se volvió enojado hacia su
sobrino.
—Discutamos esto como lobos civilizados —Damir se
interpuso entresu hermano y su hijo, Jevrem ayudó a Anna
a levantarse y la escaneó por si estaba herida, provocando
que esta acción fuese malinterpretada por Everett, quien de
un golpe de revés mandó a Damir contra el sillón colindante
al escritorio y así quitarlo del camino y lanzarse él contra el
otro para dejarlo sin dientes por malograr a la muchacha.
—¡Detente, están enamorados! —Isabel exclamó a todo
pulmón. Everett furioso era capaz de matar.
El puño quedó estático en alto, tan pronto escuchó a su
mujer.
Entonces, ¿qué fue lo que ocurrió?
—Por favor…, solo son un par de jóvenes cachondos —
Damir desestimó, enojado por la estupidez de su
primogénito—. Ella está en celo, olí la peste de su perfumito
desde que me bajé del auto y Jevrem es de los que no dejan
pasar un revolcón.
Anna enrojeció de rabia y vergüenza por la animosidad del
progenitor de su novio, y, también, por el escrutinio del ama
de llaves y el mayordomo.
Este último recordaba que desde un principio supo que la
lobata les daría problemas.
—No, papá —Jevrem le contestó airado—. Es más que eso:
nos amamos.
Damir soltó un bufido y Everett los estudió con
detenimiento. Anna Morris se protegía tras él y a este ni le
temblaba la voz.
—Te dije que te mantuvieras alejado —lo increpó—. ¿Por
qué desobedeciste?
—No me lo propuse, tío. Solo se dio… —replicó alzando su
mentón para mantenerse firme. Tomó la mano de Anna y
entrelazaron sus dedos, evidenciando de este modo la
disposición a llevar adelante la relación que sostenían, a
pesar de la oposición de otros.
—¡Cómo te atreves, suelta a mi hijo! —A Damir le parecía
inaudito que la sirvienta tuviese las agallas de fijarse en un
Brankovic.
—¡¡Es mi novia!! —Jevrem gruñó, aferrando sus dedos con
los de Anna—. Acepten que ya soy un hombre.
—No lo voy a permitir. Esto es…
—Basta, Damir —Everett lo interrumpió.
—Es mi hijo y, como padre, exijo...
—Jevrem es adulto al igual que Anna que ya está en edad
casadera —dijo—. Él ya ha elegido hembra.
El estilizado hombre jadeó escandalizado.
¡¿Escogido?!
—Es una sirvienta…
—¿Y? —Isabel se levantó del sillón. Indicó con la mirada a
Everett de que estaba bien y se dirigió hacia donde se
hallaba la pareja para plantarse delante de estos y replicar
al hombre—. ¿Qué tiene de malo que Jevrem se haya
enamorado de una empleada doméstica? Anna es una chica
inteligente, buena, trabajadora y muy honesta. Muchos
hombres querrían tenerla como esposa.
La idea le gustó al joven beta, quien sonrió. Pero al
progenitor le desagradó.
—No mi hijo —espetó—. Es un Brankovic.
—Ay, papá, por Licaón…
Everett ordenó a Blanka y a Milenko a que se marcharan
de la biblioteca, lo que discutirían solo le concernía a la
familia. Después se encargaría de hablar con ellos de la
participación de estos con respecto a lo que sucedía, como
para que Isabel requiriese de la presencia de ambos, junto
con los increpados.
—¿Estás bien?
—Ya te dije que sí… —Isabel le contestó cansina.
—Si tienes hambre, puedes ir a comer o te mando a traer
el desayuno.
—¿Y comer mientras ustedes riñen? Me atraganto. Mejor
discutamos lo que pasará con Jevrem y Anna. El desayuno
puede aguardar unos minutos.
—Aquí no hay nada más por discutir —espetó Damir—. La
sirvienta está despedida y Jevrem se marcha a Alaska hoy
mismo.
—Entonces, Anna se va conmigo, porque no la dejo sola.
—¡SILENCIO! —Everett gruñó atronador, enmudeciendo a
su hermano y a su sobrino—. Haré dos preguntas y, de lo
que respondan, tomaré una decisión. —Se volvió hacia la
omega y esta se sintió pequeñita—. ¿Amas a Jevrem? —Ella
asintió—. ¿Y tú?
—La amo fervientemente.
—Esto es ridículo.
—Al contrario, Damir: nos están demostrando el amor que
se tienen. Dejaron de ser niños, se hacen responsables de
sus actos —Isabel replicó a riesgo de que Damir o Everett la
mandaran a callar por metiche, pero encontró en su
compañero una sonrisa diáfana que le indicaba en que
estaba de acuerdo.
—Me place de que halles una hembra que te alegre la
existencia —Everett comentó a Jevrem, olvidando
momentáneo lo revelado en el aeropuerto—. Pero
desobedeciste una orden directa de mantenerte alejado de
ella. En compensación a esto, tendrás que responder ante
sus padres para limpiar su honra. Anna Morris fue entregada
a Isabel para que atendiera a nuestros hijos y tú la sedujiste
por lo del celo. ¿Creyeron que no lo sabía? Tengo buen olfato
—y, al decirlo, observó a la ruborizada muchacha que ni se
atrevía a mirarlo. A pesar de ser un ciclo que se daba una
vez al año, cada cierto tiempo Anna se aplicaba perfume en
exceso y esto se debía a los días en que menstruaba; el
despectivo comentario de Damir en el hospital, cuando lo
del helicóptero, en la que sacó a relucir el aroma de la
omega, a él lo puso en alerta, a pesar de la tristeza que lo
embargó por las quemaduras de Isabel.
—¿Adónde quieres llegar? —Damir se tensó.
—Lo que sea que tenga que pasar con ellos —dijo—. Él se
hará cargo de Anna.
—¡ES UNA OMEGA!
—Papá, feliz soy de…
—Ni se te ocurra integrarla a la familia, porque no la
aceptaremos. Esa zorra esperó estar en celo para atraparte
—las feromonas de las hembras se hacían más intensas
durante esta época.
—¡No la insultes!
—Eres un tonto. Será repudiada por todos, no es de
nuestra casta. ¡Oh, hijo!, me deshonrarás si la haces tu
esposa.
Anna miró consternada a Isabel.
¡¿Esposa?!
¿Y la universidad?
—Yo quiero estudiar… —«Ayúdame», le pedía sin articular
sonido de voz. Amaba a Jevrem, pero era muy joven para
casarse.
La híbrida le dio un sutil asentamiento para que se
tranquilizara, la comprendía, también rechazó la propuesta
de su exprometido, tenía muchos pendientes e
inseguridades como para aceptar semejante compromiso.
—Creo que estamos llevando esto al extremo —intercedió
en medio del grupo—. ¿Hablan de matrimonio? —cuestionó
alternando los ojos de Jevrem a Damir—. ¿Siquiera se han
dado tiempo de conocerse?
—Ya él le conoce todo a esa…
—Papá… —lo reprendió, disgustándole el modo en cómo la
menospreciaba por su pobreza—. Si nos queremos casar, es
asunto nuestro, ¿no crees?
Anna sacudió la cabeza y, con ojos azorados, suplicó
silente a Isabel.
—Cometerás una estupidez. No estás en tus cabales.
El comentario de Damir volvió a resaltar la anterior
problemática que Everett meditó en el Mercedes, tal vez
Jevrem no estaba en condiciones de hacerse de una joven
esposa y lidiar con las visiones-pesadillas. Era un testigo
clave para atrapar al depredador, lo veía matar, estaba
presente en la huida de este para no ser atrapado. Si
aprendía a canalizar su don, podría seguirlo en su mente
hasta dar con su escondite.
Aun así, el amor era un fuerte revitalizante. Y Jevrem
requería de esa dosis diaria que todo macho debe consumir
para no tornarse salvaje.
Isabel a él lo salvó de morir.      
—No me interpondré entre ustedes dos, ya están
grandecitos. Pero no apruebo más escándalos de este tipo.
Respeten la casa y formalicen su noviazgo.
—¡Me opongo!
—No estamos en un juicio, Damir, ni en el Siglo 19. Las
castas pueden mezclarse.
El otro esbozó un mohín, avinagrado. Lo decía el que se
enredó con una humana hispana de barrio pobre. Por
supuesto que se oponía, las omegas estaban llenas de
parásitos y enfermedades: prueba de ello, los mismos
lobeznos de Everett. El mayor parecía un cerdo por lo obeso
y el menor con una tara que tendría hasta el día de su
muerte.
—Nuestro padre debe estar revolcándose en su tumba. A
él le desagradaban las mezclas.
Bien que sabía Isabel que dicho comentario iba dirigido a
ella, pero no le espetó ni exteriorizó su rabia. Se mantuvo
fría, sin que ese odioso se percatara de que le afectaba su
animosidad cada vez que sacaba a relucir a los ancestros de
la opulenta familia, como si fuese una recién conversa que
no formaba parte.
—¡Pues, que se revuelque! —Everett exclamó enérgico—.
Y también que se revuelquen los Ancianos: atravesamos un
nuevo milenio, como para seguir siendo retrógrados.Si yo
fuera como ellos, ahora estarías llorando a tu hijo.
Isabel no supo cómo interpretar la réplica de Everett ni la
expresión de Damir, que al parecer comprendía a lo que
este se refería. Era una amenaza que venía tejiéndose
desde hace tiempo, según lo captado entre los dos lobos.
—¿Por qué él debería de haberlo llorado? —inquirió,
oscilando la mirada entre Everett y Damir. Ninguno le daba
razón, por lo que consideró que debía ser algo serio para
que se miraran de esa hosca manera.
—Anna, déjanos a solas, tenemos que hablar con tu novio.
La joven asintió reverente, pero Jevrem la aferró en su
mano, intuyendo lo que este le diría.
—Ella ya sabe, si es eso de lo que deseas hablar…
—Que se largue y que se marche también Isabel. Esto es
tema de machos, no de hembras.
—Isabel se queda —Everett fue tajante ante Damir—.
Como mi compañera, debe saber lo que es Jevrem.
La morena aguardaba a que le dijeran, pasando su vista
por cada rostro contraído; por lo visto, hasta Anna estaba al
conocimiento de lo que Everett expresaba a su hermano.
—Luego lo sabrá hasta el humano que vive más alejado
de la ciudad.
—¡Oiga, no soy chismosa! —gruñó ofendida a pesar de
que la curiosidad hacía mella en su tranquilidad, todos
poseían una información de la que uno pretendía excluirla y
el otro lo rebatía.
Everett se plantó ante su hermano y le perfiló los dientes.
—La vuelves a tratar de ese modo y te sello la jeta de un
golpe. ¡La respetas!
Damir alzó las palmas en una pose de, «está bien, tú
ganas, no la volveré a ofender». Aunque su expresión
desdeñosa distaba de cumplir con su palabra.
—Muy bien, que se entere —dijo con desdén—. Pero debe
prometer que de aquí no sale lo que se va a decir. ¡Lo
mismo va para ti, muchachita! —se dirigió a Anna, quien
asintió a su suegro gruñón.
—Si lo tranquiliza: lo prometo —Isabel replicó contenida—.
Ahora me pueden decir, ¿qué coños sucede?
—Soy clarividente —Jevrem soltó sin más.
Isabel ni parpadeó.
—Repite, no entendí.
—Soy clarividente.
Isabel intercambió mirada con Everett, luego con Anna,
después Damir, para volver a mirar a Jevrem. Este mantenía
la vista en el piso como si lo dicho fuese vergonzoso.
Rio incrédula y su risa se languideció al instante, al notar
que ninguno bromeaba. Todos se mantenían en su sitio,
demasiado tensos como para posar sus nalgas relajadas en
los sillones de la biblioteca. El movimiento del pecho al
respirar apenas se notaba en cada uno de los presentes; ni
pestañeaban por estar atentos a lo que ella diría al
respecto; Anna y Jevrem intercambiaron miradas
consternadas, Damir con su ceja alzada, tan odioso como
siempre, Everett la estudiaba en silencio.
Este era el que más lucía preocupado.
—¿Y ese era «el tema de machos» a tratar? —cuestionó—.
Más bien, parece de viejas sin oficio. ¿Están hablando en
serio?
Jevrem y Anna asintieron.
—Wow. ¡Genial!
—¿Qué tiene de «genial» ser una paria? Lo señalarán a
dónde vaya —Damir replicó molesto por la ligereza en cómo
la híbrida se lo tomaba.
—¿Por ser clarividente? Ay, no se pasen…
A Jevrem le complació que no se espantara y Anna le sobó
el brazo para reconfortarlo, la jefa podría ser una gran
aliada. Ella era la conciencia del alfa, la voz de los
necesitados. Abogaría por él.
—Un metamorfo con visiones es temido por la manada —
explicó Everett para que comprendiera la gravedad de dicha
situación—. Genera desconfianza, lo relacionan con los
Portadores.
La otra hizo un mohín sin comprender.
—¿Qué es eso?, ¿alguna secta o qué?
—Algo así —contestó mientras los otros guardaban
silencio—. Son seres que no querrás cruzártelos en el
camino. Matan a todo lo que no sea humano.
—Y esos malditos no son precisamente «humanos» —
Damir expresó sin medir su animosidad hacia esos sujetos.
—Luego, ¿qué son?
—Cazadores —Jevrem dijo y se ganó el ceño hosco de su
tío. Este a su mujer le diría todo, pero a cuentagotas para no
angustiarla.
Sin embargo, Isabel no tenía que ser un genio en las
matemáticas para sumar cada exigua revelación.
—Ya veo —comprendió—, son de tener cuidado. Pero ¿qué
tienen que ver con Jevrem? También es un portador. Por
cierto, ¿y qué portan?
—Muchos poderes.
Isabel miró sorprendida a Jevrem y este sacudió la cabeza
antes de que le pidiera enumerar sus facultades
sobrenaturales.
—Solo soy clarividente. Ellos son otra cosa.
—Ah… —la morena quería preguntar qué tipos de poderes
aquellos tenían, como leer la mente, adivinar el futuro o leer
el pasado. Pero no estaban allí para hablar de esa gente,
sino de Jevrem y su noviazgo con Anna, además del don que
este poseía.
Everett notó el semblante pálido de Isabel y se preocupó
de que tuviese otra recaída. En esta ocasión, lo que
discutiría con su sobrino era mejor que ni ella ni Anna Morris
estuviesen presente.
 
Capítulo 20
 
 
—Señorita Isabel, no es necesario…
Anna contestó a la aludida en la medida en que bajaban
hacia el sótano. Everett les había pedido que salieran de la
biblioteca, pues en esta ocasión hablarían de un tema
delicado que, de momento, sería exclusivo para los tres
hombres. Isabel notó en los ojos de su compañero que no se
trataba de simple machismo, sino un asunto que iba más
allá de lo familiar.
Sin demoras escoltó a la muchacha, en compañía de
Harper y Kevin hacia la celda-dormitorio para que esta
empacara sus pertenencias y las llevara a la habitación de
la segunda planta. Los guardaespaldas se mantenían
rezagados y con tapabocas desechables que el mayordomo
les entregó para que no percibieran los olores íntimos que
aún fluctuaban en dicho lugar. Anna tuvo que descender
sola, mientras que los demás aguardaban en la puerta que
da acceso a las escaleras subterráneas, Isabel no la
acompañó debido a su estómago revuelto y los hombres
tampoco para evitar caer en tentaciones. La joven tardaría
unos minutos para recoger sus pertenencias: una maleta y
un bolso que una vez gozó de mejores tiempos, y ya estaba
encaminada de vuelta hacia su patrona.
El personal doméstico las vio pasar, estando la mayoría
ocupados con la preparación del desayuno y el posterior
almuerzo que iniciaba tras la culminación del anterior.
Branislava impuso nuevas tareas a Belkys para evitar que
pegara su narizota en las ventanillas de la puerta de la
cocina, muriéndose esta por saber si a Anna la escoltaban
para asegurarse de no haberse robado nada, ya que, por lo
visto, fue despedida por puta.
A Rosario, la señora Blanka le asignó desempolvar los
álbumes apilados y organizar el mobiliario que
desordenaron en el ático en busca de las cajas con los
objetos desechados de la difunta Winona. Muchas cosas se
trasladaron arriba por órdenes de la señora Sebrenka que
no soportaba que se veneraran sus objetos personales como
si le hubiesen pertenecido a una santa, y otras por el mismo
hijo en sus etapas depresivas. El ama de llaves supervisaba
a Sandra en la organización de la habitación que le
asignaron a la niñera. Aún le sorprendía la orden recibida
por la concubina en el vestíbulo principal, donde ella y
Milenko esperaban a ser increpados por el alfa. Fue cauta en
acatar el mandato de «buena gana», llevando consigo a una
de las sirvientas para el cambio de sábanas y cerrado de
ventanas. La preocupaba que la lobata desencadenara una
bacanal en la casa, aun así, por cómo apestaba el sótano, el
joven amo debió dejarla satisfecha.
—Esto es mucho para mí… —Anna expresó en cuanto
entró al dormitorio. Era cinco veces más grande al que fue
el suyo y mucho más fresco e iluminado.
—Es el apropiado para mi amiga —dijo Isabel sonriente y
la invitó a que apreciara el interior. Anna hizo un puchero,
conmovida por la respuesta de la buena de su jefa, no
resaltó que fuese para «la novia del sobrino del alfa» o para
«la niñera de los lobeznos del alfa», ni nada por el estilo,
solo «para mi amiga».
Dejó caer el bolso en el piso y le dio a Isabel un emotivo
abrazo con todas sus fuerzas.
—Gracias, señorita Isabel.
—Llámame Isabelo «Isa», si prefieres. Desde ahora,
trátame con mayor confianza.
—Lo haré, Isa.
Llamar de esa manera a la concubina, le pareció
escandaloso al ama de llaves, a pesar de ser ella misma
tratada con familiaridad por Everett. Esto Blanka se lo había
ganado por los años de servicio y porque fue su nana, el
cariño lo motivaba a que ella lo llamara por su nombre de
pila. No obstante, entre Isabel García y Anna Morris, dicho
lazo de amistad le parecía superficial. Los jóvenes lobos de
ahora eran muy confianzudos.
Isabel dejó que Anna descansara, tuvo una noche
bastante movida y no estaba en condiciones de trabajar. Por
su parte, optó por recostarse un rato en su dormitorio, no
antes de echar una vistazo a las nodrizas. Lourdes ya se
había incorporado a sus funciones y brindado apoyo a
Esther con los bebés; aun así, preguntó por Ángel en caso
de que este deseara un poco de leche materna; sin
embargo, Esther le dijo que se había dormido, agotado de
los juegos de su hermano. Erik ya se sentaba por sí solo y se
desplazaba más ágil por la habitación, a Ángel le estuvo
pasando juguetes que hallaba en su camino y se los quitaba
para fregarle la paciencia. Aún este daba lata a su
hermanito y a las nodrizas, extrañando a la niñera. Isabel
pretendió estar un rato con él para compensarlo, pero de
repente las náuseas afloraron, por lo que salió pitada a su
dormitorio para descargar lo que en el estómago la hacía
sentir mal.
Pegó su rostro en el hueco del inodoro y expulsó un líquido
amarillento bastante apestoso. Fue poco lo que vomitó; por
desgracia, insuficiente para aplacar el malestar.
Debilitada, se puso en pie y, como pudo, caminó hasta el
lavabo, sosteniéndose mareada. Abrió el grifo y se enjuagó
la boca, el agua le sabía dulce y la escupió asqueada por los
residuos estomacales que daba mal sabor a su boca. Y, tras
hacer gárgaras, se aventó agua a la cara para refrescarla de
los sudores que la pegoteaban. Esbozó un mohín por su
apariencia demacrada. ¿Desde cuándo que no se sentía así
tan apaleada?
—Señora, ¿se encuentra bien? —Lourdes se percató del
malestar de la patrona y corrió detrás por si la necesitaba.
La puerta del baño estaba abierta y Lourdes se tomó la
libertad de entrar para asegurarse de que no se desmayara,
la patrona olía diferente a lo acostumbrado y esto la hizo
levantar suspicacias.
—Sí… —respondió con la mirada desencajada. Salió del
baño y se sentó en la cama y la mujer le quitó las sandalias,
para luego ayudarla a recostarse sobre sus almohadas.
—Le avisaré al señor Everett de que está indispuesta —
dijo a la vez en que la arropaba con el cobertor del otro
extremo de la cama, ya que sobre este se recostó.
—No lo hagas —dijo debilitada—, está ocupado en la
biblioteca. Esto se me va a pasar, es solo que no he
desayunado —y por todo el lío que sucedió con Anna y
Jevrem.
Lourdes meditó que era por algo más.
—En un ratito le traerán un té de jengibre para aliviarle las
náuseas. ¿Aún las siente? —Isabel asintió—. Bueno,
entonces: con su permiso, le avisaré a Branislava para que
lo prepare.
—Gracias. —Cerró los ojos y se aovilló sobre su costado
derecho para conciliar el sueño. Vomitar era agotador, su
cuerpo parecía que pesara toneladas; hasta le costaba
pestañear como si no hubiese dormido en semanas. En
cuanto se aliviase, hablaría con Everett sobre la
implementación de nuevas normas, el personal femenino no
podía quedar vulnerable frente a los integrantes masculinos
de la casa, debían conocer sus derechos como empleadas y
como mujeres. Lo de la celda-dormitorio lo dejaría como
alternativa para socorrerlas en caso de un incidente como el
de Jevrem. Por supuesto, este se filtró en la habitación de
Anna por la atracción y el amor, aun así, dudaba que los
demás hombres tuviesen los mismo sentimientos hacia sus
compañeras de trabajo. El celo las hacía manipulables y
víctimas de sus propias hormonas.
 
*****
 
—No pretendo que me tilden de impaciente, pero ¿te
importaría ponernos al tanto de tus pensamientos? —Damir
aupó a Everett, quien desde hacía unos minutos se
mantenía ensimismado, con la vista fija en una de las
estanterías de libros sin interesarle ninguno de los tomos
que allí se alineaban apretujados.
Este se volvió hacia su hermano que aguardaba aprensivo
a las medidas que tomaría tras lo discutido con él y su hijo,
pero en vez de responderle con la prontitud requerida,
caminó hacia su escritorio y se sentó en la silla, mientras lo
seguían con la mirada.
—¿Has percibido alguna seña en particular del
depredador? —preguntó a su sobrino, habiéndose este
levantado de su sillón en cuanto el tío se sentó detrás del
escritorio. Damir seguía acomodado en su asiento, de pierna
cruzada y tomando whisky, en su fuero interno estaba por
desmoronarse de la angustia.
—Si te refieres a «sus rasgos», no. Las veces en que he
tenido las visiones, he estado en sus ojos.
—«Ves» lo que él ve…
—Así es.
Everett se encerró de nuevo en sus pensamientos. Un
brazo reposaba sobre su estómago y el otro con la mano
sobre sus labios en pose meditabunda. Su móvil –en el tope
del mueble– sonó, alertando una llamada telefónica; no lo
atendió, su mente fraguaba aspectos importantes. Jevrem
era la clave para dar con el maldito, pese a desenvolverse
como un espectador de las atrocidades del otro; sin
embargo, él estaba detrás de sus ojos…
—¿Cómo está Ava de salud?
Damir casi se atraganta con su bebida y dejó el vaso en la
mesita de mármol a su lado, para levantarse en el acto.
—Bien, ¿por qué? —le inquietaba lo que querría con su
suegra.
—La necesitamos.
—Estoy de acuerdo —le agradó lo que consideraba una
buena idea—. Hoy mismo mandaré a Jevrem en un vuelo
privado para que esté unos meses con ella. Así se relaja de
todo esto...
Everett sacudió la cabeza.
—Jevrem no irá a ninguna parte. Va a ayudarme a localizar
al depredador.
—¿Y para qué necesitas de Ava, si no es para orientarlo en
su clarividencia? ¿La piensas traer? —Everett asintió y
Damir casi le da un patatús—. ¡¿Estás loco?! Ava tiene
arrebatos de… —iba a decir «de locura», pero considerando
que Jevrem se hallaba en la misma posición, prefirió callar.
Lo lastimaría y, tal vez, lo pondría en una situación peligrosa
con respecto a su tío—. Es más aconsejable que Jevrem
viaje a Serbia —le hizo ver—, allá estará libre de escrutinio.
—La abuela materna de Jevrem vivía a las afueras de
Vranje, al sur de Serbia, donde el vecino lobuno más
cercano se hallaba a veinte kilómetros de distancia. Era una
anciana que apartaron por obligación para cuidar el secreto
de la familia.
—Sé que es factible que esto ocasione alteración a los
Ancianos, pero entre Ava y Radojka ayudarán a Jevrem a
identificar al depredador.
El joven se mortificó, en nada dominaba el don, y su
abuela y su mamá estarían en riesgo de ser descubiertas
por los mismos empleados de la casa.
—Se supone que soy el más hábil de la línea de videntes,
¿cómo ellas van a ayudarme? Apenas tengo pesadillas…
—Ya no —Everett replicó—. Según lo comentado y visto en
la Sala de los Lienzos, tuviste tu primera visión sin «soñar».
Es algo bueno para atraparlo. Ava y Radojka serán tu apoyo
emocional, son las únicas a las que tú les importa, te aman
y harán lo que sea para ayudarte. —Omitió expresarle que
se requería de ambas por el carácter débil de Radojka. Ava
le infundiría seguridad para que compartiera los
conocimientos sobre dicho don, Radojka era una mujer que
se soltaba en llanto con facilidad y esto perjudicaría la
confianza en sí mismo en Jevrem. Fue impactante enterarse
que Damir guardaba secretos durante años y hubiesen
permanecido así, de no ocurrir los asesinatos.
Por instantes, Everett dudaba de la clarividencia de su
sobrino, pero empleó la hipnosis en su hermano sin que este
se diese cuenta en el aeropuerto, cuestionándole lo
revelado. Aun así, comprobó su veracidad, Jevrem era el
último de una generación de videntes y el primero en
manifestarse enun varón. Sus percepciones cada vez se
manifestaban más claras y desconcertantes.
No obstante, una pregunta lo aquejaba…
¿Por qué estaban conectados de ese modo?
—Everett, cometes un gran error: Ava no es tan estable.
Temo que cometa una indiscreción, por eso la mantienen
alejada para evitar que la quemen en la hoguera por ser
aliada de Portadores.
—Correré el riesgo.
—¡Imprudente! ¿Qué dirán los sirvientes? Se irán de cotilla
por haber varios videntes en la casa.
—¡ES MI DECISIÓN! —Sonó las palmas con fuerza en el
tope del escritorio, y acto seguido se puso en pie por la
misma rabia de ser constantemente cuestionado por su
hermano—. Soy el responsable por mi clan y, si tres
videntes son esenciales para resguardar la vida de mi
gente, así será. Contacta a Boris para que traigan a Ava por
cualquier medio. Es una orden.
—Sí, señor —Jevrem respondió en cuanto Everett rodó los
ojos hacia él. Damir apretó la mandíbula para no gritarle a
su hermano, de la locura que pretendía hacer; sin embargo,
si lo analizaba con frialdad, quizás lograrían estabilizar la
mente de su hijo. Al final, él mismo pretendía mandar a
Jevrem a Serbia para que su abuela le diera unas clases de
«brujería» lobuna y librarlo de sus titiriteros mentales.
Así como también para alejarlo de esa condenada lobata.
Aunque, su suegra sería una gran aliada. Ella también era
de mano fuerte como Grubana. La sangre de los Brankovic
debía permanecer pura.
Por lo menos, los de su linaje.
A pesar de la orden contundente de Everett, Damir no
tuvo oportunidad para lanzar una de sus advertencias,
cuando este impuso otra a Jevrem para que lo acompañara
a recorrer los parques y jardines botánicos, para rastrear
huellas, mientras que Damir se encargaría de avisarle al
piloto del jet para traer de vuelta a su esposa y finiquitar
también el viaje de Ava Milojevic a Nueva York. La reciente
visión –en el brindis– reveló una víctima destrozada en una
zona boscosa. Primero se asegurarían de que el depredador
no estuviese en la ciudad, porque de estar cazando en otros
estados, Everett tendría que solicitar ayuda a los demás
clanes para atraparlo.  
 
Capítulo 21
 
 
—¿Eso es todo lo que hay?, échele más salsa…
Isabel preguntó con la boca llena a la señora Blanka.
Luego de haberse tomado el té que una de las sirvientas le
llevó a la habitación y dormir una siesta reparadora,
despertó con un hambre voraz que le hacía gruñir las tripas.
Pidió que le sirvieran el desayuno, a pesar de que tendría
que desayunar sola en la mesa de comedor, Everett y
Jevrem habían salido, Damir seguía en la biblioteca y Anna
dormía en su nueva habitación. Aun así, se sentó en la silla
que le corresponde al alfa para disfrutar de los platillos
acomodados en la mesa, devorando sin reparos de ser
observada por el ama de llaves y dos de las sirvientas;
Isabel se centraba en su deliciosa comida, le sirvieron medio
cordero, una ración de papas gratinadas, una bandeja de
muslos de pollo, una cesta de rebanadas de pan, una jarra
de jugo de naranja.
La ensalada que acompaña al guiso la dejó a un lado, sin
apetecerle comer vegetales. Ella era carnívora.
—Era todo, mi señora —Blanka respondió ante la
exigencia de la hambrienta híbrida.
—¿Qué otras salsas tienen?, me gusta jugoso —dijo tras
tragarse el grueso bocado que masticaba. Sandra y Belkys
contenían la risa, los verdaderos modales de la concubina
salieron a flote al no tener a su pareja en la mesa
haciéndole compañía.
—Hay salsa de tomate, mayonesa, salsa de maíz…
—Tráiganme las que haya. Y más papas, se acabaron —
alargó el plato para que la mujer lo tomara. Esta lo recibió y
enseguida se lo entregó a Belkys para que le sirviera más
raciones, a la vez en que Sandra acataba un orden silente
del ama de llaves para que fuese a la cocina por el
contingente de salsas que había en la nevera.
Belkys intercambió una mirada silenciosa con el ama de
llaves, la concubina tenía un aroma particular del que, al
parecer, más adelante las tendrían a ellas correteando por
toda la casa a causa de sus antojos. Se reservaron sus
opiniones y limitaron a permanecer estáticas al lado del
mueble donde reposan las bandejas con comida. Sandra
surtió las papas que quedaban y cambió la jarra vacía por
otra repleta de jugo de naranja.
Después de semejante atracón, Isabel sonrió satisfecha.
Subía por las escaleras para dirigirse hacia el Cuarto de
Juegos, se propuso llevar a los gemelos de paseo, ya era
hora de tener estos contacto con el mundo, los llevaría a
conocer a una buena amiga, era domingo y esta no tenía
clases en la academia; de todos modos, la llamó a su móvil
por si tenía alguna presentación que estuviesen
desarrollando, ahí sí que tendría que postergar la visita y
dejarlo para otro día. Pero su suerte estaba a favor, Camila
la recibiría con gusto en su casa.
Media hora después, Branimir oprimía el timbre de la
puerta principal, del tercer piso, mientras que Isabel
sostenía a los gemelos, soportando el peso de estos como si
fuesen plumas. Erik jugaba con los mechones de su cabello.
Elijah y Kevin se mantenían parados al lado del Mercedes-
Benz. Everett prefirió movilizarse en dos camionetas junto
con Jevrem y el resto de sus hombres, para investigar los
recientes ataques. Los tres lobos que acompañaban a la
híbrida obedecían sin rechistar a las órdenes de esta; les
expresó: «llévenme a SoHo», y hasta ese lugar manejaron
sin parpadear.
Un jadeo sonó tan pronto la puerta de la residencia se
abrió.
—¡Oh, por Dios, no lo puedo creer! —Camila se asombró al
contemplarla—. ¡Isabel, cómo estás…! —Volvió a jadear,
llevando esta vez sus envejecidas manos a la boca, perpleja
de la tersidad de la muchacha, a quien observaba de la
cabeza a los pies—. Estás… —se fijó en su melena, en su
rostro, en sus brazos—. ¡Estás curada! ¡Oh, mi niña…! ¡Oh,
mi niña, qué bonita estás! —Sollozó pletórica de alegría, ni
un vestigio quedaba de sus quemaduras—. ¡Mi niña! —la
apretujó junto con los bebés que esta sostenía en brazos.
Isabel esbozaba una amplia sonrisa, feliz de otorgarle a la
anciana esa felicidad que desde hacía tiempo deseaba.
Ángel y Erik se incomodaron por el fuerte abrazo y
emitieron un leve chillido para que los liberaran, pues entre
las dos mujeres los aplastaban. Camila atendió al instante,
se limpió las lágrimas con las yemas de sus dedos, sin dejar
de sonreír de la recuperación de su joven amiga.
—Me preocupó que te expusieras a la contaminación
ambiental, al querer visitarme, pero no protesté porque
pensé que, quizás, te hacía falta salir. Pero me has dejado
perpleja.
—¿Y cómo me ves? —preguntó socarrona mientras los
guardaespaldas, ahí también en el pasillo, contenían una
sonrisa por lo bien en cómo la humana se tomó la
regeneración de la concubina y esbozaban una expresión de
ser lobos recios para intimidar a todo aquel que los
observara.
—¡Es la mejor sorpresa que he recibido en la vida! —
exclamó, apretujando una vez más a Isabel. Pero rápido la
soltó, ante los gestos de fastidio de los bebés—. Y mira que
he recibido muchas.
Enseguida enfocó su atención sobre estos.
—¡Cómo están de grandes! —continuaba dando muestras
de estar sorprendida, ahora por el evidente crecimiento de
los gemelos.
—¿Verdad que sí? —respondió Isabel, orgullosa. Cada día,
sus hijos crecían varios centímetros.
La anciana asintió con la boca abierta por la impresión.
Apenas habían pasado…, ¿qué?, ¿un par de días?, y ya
lucían como si estuvieran por cumplir el primer añito de
vida.
—Consuelo preparó la tarta que te gusta, nos daremos un
atracón mientras cotilleamos. Pasa, querida, qué gusto de
que estés bien y que hayas traído a tus bebés. No puedo
creer en esta doble bendición: tú, regenerada, y tus
terruños tan grandes… ¿Ellos también van a entrar? —
consultó, temiendo que los sujetos con miradas serias
comenzaran a comportarse como bestias. Isabel le había
dicho antes de que la luna no les afectaba, así que su
aprensiónse multiplicaba por mil. Podrían transformarse a
cualquier hora.
—Permanecerán afuera. —Estaban para escoltarla por si a
Everett le molestaba que anduviese sola; siempre le
asignaba guardaespaldas para protegerla de lo que fuese,
pero como andaba con sus bebés y, Anna seguía con lo del
celo, prefirió llevarse a los tres hombres como precaución.
—Déjame ayudarte, se ve que este pesa… ¿Muerde? —
Camila se ofreció en aliviar el peso de los dos bebés, al
alargar los brazos hacia el rollizo, de camino hacia la amplia
sala del hermoso apartamento.
La casa, de la que tanto se enorgullecía la septuagenaria,
era en realidad un dúplex ubicado en un edificio construido
en 1940, en una de las zonas residenciales de Manhattan. 
—Eh… —Isabel cayó en la cuenta de no haberlo
prevenido. Los gemelos se comportaban como «bebés
normales» estando en compañía de metamorfos; con
humanos no sabría determinar si les hincaría los colmillos—.
Aún no tienen dientes —rio y en el fondo de su ser sintió
alivio por este hecho. En adelante, tendría cuidado cuando
comenzaran a dentar; una pregunta pendiente por
formularle al doctor Pavlovic para averiguar a partir de
cuándo se dejaban llevar por el salvajismo. Sabía que
alrededor de los quince años, comenzaban las
transformaciones, pero el gusto por las carne humana lo
ignoraba.
La anciana cargó de buena gana a Erik. Este agrandó los
ojos por el cambio de brazos y enseguida su naricita
olisqueó el perfume de la mujer.
Estornudó.
—¡Dios! Este gordito pesa una tonelada —Camila comentó
socarrona—. Debes tener la espalda desecha, esos
grandulones fueron incapaces de ayudarte a cargar uno —
increpó siendo empática hacia su amiga—. Hombres…
—Los gemelos detestan que aquellos los carguen por ser
toscos—. Isabel respondió en la medida en que se sentaba
en el sofá de la sala. En sus piernas reposaba a Ángel que
se mantenía soñoliento, el ronroneo del vehículo al transitar
por la vía lo durmió un rato; en cambio, Erik ya se removía
de las piernas de Camila para deslizarse hacia el piso.
—Es muy inquieto, parece que quiere gatear. ¿Lo dejo? —
Camila fue cauta en preguntarle a Isabel, puede que fuese
quisquillosa en referencia a los microbios y le desagrade
que sus hijos se ensucien. Así suelen ser las primerizas.
—Temo que te haga un daño, tienes cosas muy bonitas. —
Y fáciles de romper; por extensión, Erik podría lastimarse
con un fragmento roto. Su curiosidad lo impulsaba a
moverse rápido sobre sus rodillas y manitas, queriendo
tocarlo todo y llevárselo a la boca. Aquí meditó que debió
traer a las nodrizas, pero como prevenía reacciones
inesperadas por parte de estas, evitó solicitar sus servicios.
Ella tenía que aprender a desenvolverse con sus pequeños.
—Es solo de alzar esto y esto… —Camila levantó un
florero de cristal tallado de la mesita central de la sala, del
que contenía un hermoso arreglo floral de rosas rojas, y lo
dejó en el centro del comedor de ocho puestos, cuyo tope
era de un grueso vidrio cromado.
Isabel observó los múltiples adornos de porcelana,
acomodados en una repisa que se alzaba en la pared sur de
la sala y se preocupó de que Erik fuese hasta allá a querer
agarrar alguno de estos; imaginó un trágico escenario, y de
inmediato lo llamó para capturar su atención.
Erik se detuvo y acomodó sus nalguitas en el piso para
mirar a su progenitora.
—Ven, mira esto… —con una mano, Isabel sacó su móvil
del bolso para mostrarle un vídeo de muñequitos que a él le
gustaba ver por You Tube.
—¿Te apetece una copita de vino?
—Sigo lactando…
Camila se golpeó la frente por no haberlo tomado en
cuenta; aún se adaptaba a la idea de que Isabel había
parido dos bebés en un período de quince días.
—¿Juguito?, ¿con qué te quieres comer la tarta? —Ni para
qué ofrecerle café, la bebida caliente era contraproducente
en la lactancia, pues afectaba la digestión de los infantes.
—Malteada, si no es mucha molestia. Me provocó…
La anciana sonrió y, alzando en brazos a Erik para no
angustiar a la madre por todo lo que decoraba la sala, se
dirigió a la cocina y le pidió a Consuelo que lo preparara.
Mientras el pedido se batía en la licuadora, Camila le
sugirió a Isabel hablar en el estudio; allí no había objetos
que representaran un peligro para los pequeños, aún ella
sorprendida del acelerado crecimiento de Ángel y Erik, que
se salía de toda comprensión, a pesar de que para Isabel
era como si fuese natural que esto pasara. Pero no lo era y
la joven madre bien que lo sabía: Erik superaba por diez
centímetros a Ángel, quien ya estaba consciente de dónde
se hallaba y también con ganas de gatear.
Isabel lo bajó, pero antes palpó el piso de terracota del
estudio por si estaba frío; le dio gusto de que la calefacción
aclimataba el ambiente y a continuación le quitó los
calcetines a Ángel para que tuviese mayor apoyo para
desplazarse, en caso de que la fuerza motriz de sus
piernitas lo impulsara a seguir al mayorcito.
Erik ya se sentaba sin caerse de espaldas y gateaba con
soltura, y Ángel comenzaba a saltar sobre su barriguita,
pataleando ansioso para alcanzar –aunque fuese de esa
manera– a su hermanito.
Las dos mujeres también se acomodaron en el piso,
previamente habiéndose quitado las sandalias. Recostaron
sus espaldas contra uno de los paneles de espejos que
rodeaban el estudio, mientras que los gemelos se
desenvolvían a sus anchas.
—Qué hermosos tus hijos, Isa, son tan inquietos y
adorables. Me recuerdan a mi Emily, a esa edad…
Isabel le sobó el brazo en un gesto empático por la
tristeza que envolvió a la anciana, pues, como madre
sufriría si perdiera a uno de sus hijos. La niña murió a la
tierna edad de seis años, de leucemia linfoide aguda, hacía
cuarenta años; la sonrisa de un niño, las fiestas navideñas,
el Fin de Año, las celebraciones de cumpleaños o
aniversarios..., eran dolorosas para ella por su ausencia. El
cáncer no perdonaba ni a las criaturas más puras.
—Era bella —expresó con sinceridad en referencia de los
hermosos portarretratos de plata que se exhibían en el tope
de la chimenea en la sala y en las estanterías dispuestas
para las fotos de los familiares. De los rasgos envejecidos de
Camila aún quedaban rastros de la belleza que tuvo en su
juventud y le había heredado a Emily.
Camila asintió; sus ojos cristalinos.
—Era preciosa, tenía hoyuelos —puso sus dedos índice en
la parte baja de sus mejillas y sonrió melancólica. Erik rio
divertido al encontrarse de frente con «el niño» del otro lado
del espejo de la pared norte del estudio y lo invitó a jugar.
Posaba las manitas en su propia imagen sin reconocerse
que era él mismo, trataba de tocarlo sin conseguirlo. Reía
porque el otro reía.
Al menos se divertía de ese modo.
Ángel quiso unírseles, apretó sus labios y se esforzó en
apoyar sus manitas en el piso. Intentó dar un pasito, cayó
de pancita, Isabel se llevó las manos a la boca, su ángel
estaba a punto de gatear y ella lo presenciaría. Rápido sacó
de nuevo su móvil y apuntó la cámara para grabarlo,
Everett tenía que verlo, era el momento que esperaba
sucediera, había tardado un poquito, pero ya lo estaba
intentando.
El esfuerzo del gemelo pequeño borró la tristeza que cayó
como plomo sobre Camila, esta rio jocosa y aplaudió
emocionada. Exclamó unas arengas para animarlo, Ángel
volvió a apoyarse sobre sus palmas; esta vez el peso de su
cuerpito se repartió sobre sus rodillas. Sus brazos
temblaron, pero las alegres exclamaciones de su
progenitora y de la anciana, lo animaron a poner adelante la
manita derecha y la rodillita izquierda, y luego la alternó con
la del lado contrario para dar su primer gateo.
Isabel y Camila aplaudieron jubilosas.
—Déjalo que descubra el mundo por sí mismo —Camila
detuvo a Isabel de ponerse en pie para colmarlo de besos.
Estaba muy feliz.
Isabel lloró de alegría mientras filmaba a los gemelos.
Ángel vacilaba en gatear, pero el juego de su hermanito con
«el otro niño», lo impulsaba en acercarse.
Consueloentró al estudio, portando una bandeja con dos
vasos de malteada y un plato con varias porciones de tarta,
y se dirigió hacia donde ambas mujeres se hallaban
sentadas.
Dejó el pedido en el piso a petición de Camila y las dejó
solas para que hablaran con libertad.
A Isabel se le hizo agua la boca.
—¡A darnos un buen atracón!
En cuanto Camila la animó a que tomara su porción, Isabel
así lo hizo y sorbió gustosa la malteada y luego le dio un
gran mordisco a la tarta. Lo que Consuelo trajo era muy
poquito para el hambre que cargaba, engullía con
voracidad. Las porciones desaparecían de sus dedos en
segundos.
—Te noto rozagante, Isa —observó su semblante—. La
maternidad te sienta bien.
—Me hace feliz —expresó y dio otro sorbo a su malteada,
alternando con la tarta.
—Qué bueno —sonrió—, después de tantas amarguras,
por fin el sol sale para ti.
La sonrisa se ensanchó en la hispana, era cierto: se
reconcilió con Everett y sus nenes cada día crecían sanos y
fuertes.
Paseó la mirada por el estudio, Ángel y Erik perdían
interés en el niño del espejo y se centraban en gatear hacia
el otro extremo del estudio. Isabel observó la barra de
calentamiento que había frente a ellas, provocando que
soltara un suspiro.
Cómo extrañaba ponerse las zapatillas…
Camila notó su melancolía.
—¿Cuándo volverás a la academia? Las niñas te extrañan.
La joven se encogió de hombros a la vez en que sorbía de
su malteada. Ya la llevaba por la mitad.
—No sé, tengo a los gemelos.
—¿Y? —la otra desestimó, dejando el vaso sobre la
bandeja—. Ni que fueras la primera mamá trabajadora.
Además, tu prometido tiene dinero, que pague por una
niñera mientras trabajas.
—Ya tengo —respondió. Una niñera, dos nodrizas, siete
guardaespaldas, un chofer, una cocinera, tres sirvientas, un
jardinero, dos ayudantes; más el ama de llaves y el
mayordomo. Muchos empleados.
—Llévalos, si así lo prefieres, y con tu niñera. De ese modo
estarás tranquila.
—No sé…
—Eres la dueña. Nadie te va a regañar por llevar a tus
bebés. Dispón del despacho para que ellos estén cómodos.
Hasta podrías instalar un televisor… ¿O es que tu prometido
te prohibió trabajar? Dime y le tuerzo las orejas.
La amenaza le causó a Isabel una leve sonrisa que distaba
de ser risueña.
—Ya no es mi prometido, ¿recuerdas? —A parte de que
ella lo convenció de esperar seis meses para determinar si
eran capaces de aguantarse con el paso del tiempo.
Camila se increpó a sí misma por su mala memoria: a raíz
del lío ocasionado con lo del empeño de la sortija, el
compromiso fue cancelado.
—Cierto, disculpa —se apenó—. Pero ¿dejarás de dar
clases? Te aconsejo que te mantengas activa, el
sedentarismo no es bueno para una bailarina.
—Dejé de serlo.
Camila negó con la cabeza, llevándole la contraria.
Conocía bien los sentimientos de la muchacha: muchas
veces lloró de frustración por su físico y, a pesar de esto,
fue la mejor.  
—Aún lo eres en mente y corazón —manifestó—. Es tu
pasión. ¡Respiras danza, mi niña! No la abandonaste
después de todo lo que padeciste, seguiste como profesora
de ballet; cada tarde ejecutabas tus rutinas en los salones;
ese candor sigue en ti, no lo sueltes porque aún eres esa
bailarina que desea brillar sobre el escenario.
Isabel perdió el apetito, dejó el vaso al lado del que se
hallaba casi completo y sacudió las migas de sus dedos,
lamentándose en su fuero interno de esa época que no
volvería. 
—Ese tiempo ya pasó para mí.
—Pasará en unas décadas cuando estés vieja y tullida.
Eres joven, con un talento enorme para expresar los
sentimientos a través de la danza clásica. No te escudes en
tus hijos o en el padre de estos. ¡Adelante!, continua con lo
tuyo.
—Como profesora, porque… es debido a esto por lo que
me das ese discurso motivacional, ¿cierto?
La anciana sonrió con picardía.
—Muchas chicas querrán tener la suerte que tienes. ¡Claro
que sí, tonta! —la reprendió cuando ella puso cara de
«vamos, sabes por todo lo que he pasado»—, puedes
continuar en la academia y seguir soñando con lo que
pudiste ser, o tener una segunda oportunidad y triunfar.
Isabel la miró cautelosa.
—¿Qué oportunidad?
Camila se levantó y, descalza, se puso en posición para
iniciar una improvisada ejecución. Sus delgados y aún
firmes brazos se ondeaban en la medida en que subían
alineadas a la altura de los hombros, aleteando suave como
si fue un elegante cisne blanco. Ella una vez brilló.
—Konstantin Zaitsev abrirá audiciones la próxima semana
para su universidad —le explicó a la vez en que arqueaba
de forma grácil su cuerpo—. Deberías presentarte.
—Ni siquiera terminé la escuela…
—Tienes el nivel de una Bailarina Principal. No lo dejes
pasar, porque después te arrepentirás. Tus ejecuciones son
impecables; por eso aquellas malditas te hicieron la vida
imposible: envidiaban tu talento. Isa —se detuvo tras su
demi-plié, sus rodillas semiflexionadas se pusieron rectas—.
¿Aún te afecta las humillaciones que te hicieron pasar?,
porque, si es así…, no te presiono.
La joven cabeceó y sonrió. De aquellas quemaduras
sufridas a raíz del accidente, emergió una nueva Isabel
como si fuese un ave fénix. Ella ahora era fuerte.
—Déjame consultarlo con Everett —dijo y Camila puso los
ojos en blanco—. Él no me ha prohibido nada, pero estamos
juntos y tenemos bebés. Tendría que exponerle mi deseo y
de cómo lo llevaré a cabo sin que afecte la tranquilidad de
mis hijos. —Además de estar segura de que ellos volverían a
Denali, Everett era hombre de montaña, su permanencia en
la ciudad sería temporal. Por más que él accediera a que
retomara la danza, no sería por mucho tiempo. Esto podría
alzar un nuevo muro entre los dos.
Capítulo 22
 
 
El punto donde comenzaron a rastrear fue en el lugar en
que hallaron a la última víctima del que se tenía noticias.
Everett y Jevrem olisqueaban la tierra y los adoquines del
cual aún permanecía la cinta amarilla de «NO PASE», pero
sin un policía que resguardara la escena del crimen. El
equipo de forenses, días atrás, ya había recogido toda
evidencia que estos creyeran les servirían para investigar el
caso: tomaron fotos de huellas de manos, pies y hasta de
zapatos, marcadas unas con sangre y otras con tierra de los
rosales cercanos.
Luttrell, Harper, Colton, Maxwell y Tyson, peinaban cada
metro cuadrado de los alrededores por si alguna evidencia
se le pasó a la policía. La zona estaba despejada de
molestos humanos, los cuidadores del extenso jardín aún no
recibían el permiso de reapertura; la policía había emitido
una orden de mantenerlo cerrado a los visitantes hasta que
ellos consideraran conveniente, y esto a los metamorfos les
favorecía.
El lugar exacto donde hallaron el cadáver mutilado seguía
intacto: tierra revuelta, salpicadura de sangre seca y el
hedor a muerte.
—Ni un puto pelo… —Maxwell se quejó mientras revisaba
entre el follaje de unas magnolias. Luttrell asintió a este
hecho y, Tyson, quien permanecía vigilante para resguardar
las espaldas a su alfa y a sus compañeros, rodaba los ojos
de un extremo a otro.
Everett, conocedor de la habilidad de su sobrino, les pidió
a sus hombres que aguardaran en las camionetas, no
explicó sus razones, ni los otros solicitaron explicaciones, lo
que el alfa ordenara, ellos acataban.
—Hazlo.
Jevrem miró a su tío y frunció el ceño, no entendió lo que
pedía.
—Rastrea.
—Debió untarse de barro, porque perdimos el rostro. Solo
quedaron esas huellas…
Everett se acuclilló para observar la mano ensangrentada
y parte de una pata de animal marcada en los adoquines,
ahí fue donde hubo un cambio de humano a lobo.
—Con tu mente —dijo—. Pon tu mano ahí —señaló la
huella y Jevrem arqueó las cejas. Él no era una máquina de
tener visiones.
—Tío, yo nunca lo he hecho… —apenas era una antena
receptora de lo que ocurría en alguna parte de la ciudad.
—Eres clarividente —manifestó con tranquilidad, sobre su
nariz reposaba sus lentes oscuros, y su cabellera recogida
en una cola baja—. Trata deubicarlo. Si «ves» en tiempo
presente, podrás descubrir dónde se oculta.
Lo que menos quería Jevrem, era estar una vez más en los
ojos de aquel sujeto, pero dicho modo los ayudaría en
acelerar la investigación, el depredador logró evadir el
olfato de un grupo de lobos que percibían una gota de
sangre desde kilómetros; ni siquiera Everett con su agudeza
nasal percibía el olor del pelaje; la que fluctuaba le
pertenecía a la víctima que ahí estuvo.
En estado de tensión, el joven posó la palma de su mano
sobre la que se hallaba estampada en el piso, cerró los ojos
y se concentró para captar «eso» que los videntes «veían»
en sus mentes; sin embargo, lo único que captaba era la
oscuridad a causa de sus párpados cerrados.
—No sé hacer esto, lo siento —nada veía, como vidente
daba lástima.
Everett le dio una palmada reconfortante en el hombro y
luego se puso en pie, sin estar enojado. Habría sido
estupendo que a la primera hubiesen dado con el maldito,
fue una suerte que quiso correr sin lograr buenos
resultados; la amenaza de Kerenor aún resonaban en sus
oídos, los vampiros no toleraban alteraciones de este tipo
en sus terrenos, la expulsión de otras especies se efectuaría
al cortar cabezas.
—Bueno, ahora toca dar con la siguiente escena del
crimen. ¿Describe la visión que tuviste ayer?
—Solo vi matorrales…
—Debiste ver algo más.
Jevrem trató de recordar, las imágenes volvían a él como
flashes sin ser visiones. Apenas estuvo unos segundos
dentro de aquellos ojos: recordó el horror de la mujer, sus
gritos, su torpeza al correr. Se halló sola entre el follaje
verde, tropezó con un tronco. ¿Qué árbol era? Olía a mar…
Apretó el ceño para retroceder ese momento, Everett no lo
aupaba, tenía la paciencia suficiente para aguardar por su
descripción, sabía que era difícil para su sobrino que casi
enloquece. El mismo Jevrem le contó lo de su
«sonambulismo», una parte de Everett sospechaba que era
él, pero la angustia de Damir lo motivaba en dar una
oportunidad a la inocencia de su hijo.
El cadáver del sujeto desmembrado, le haría determinar si
Jevrem decía la verdad o mentía. Cuando una persona es
asesinada, el cuerpo de la víctima revela la hora
aproximada de su muerte, las evidencias de lucha y el
salvajismo cometido para matarlo.
Todo esto era primordial para confiar plenamente en el
muchacho. De momento, obraba a favor de este el tiempo
en que estuvo en casa; si el cuerpo de la mujer presentaba
una descomposición de más de veinticuatro horas, Jevrem
era el depredador, y lo sentía por Damir y Radojka, él
tendría que entregar la cabeza de su sobrino a los vampiros.
Por ningún motivo lo tendría cerca de los suyos, incluso,
aprobó su relación con Anna.
De saber los de su «sonambulismo», habría enviado a la
lobata a Alaska.
De vuelta a las camionetas, el nivel de frustración pesaba
sobre los hombros de Everett. No lo reflejaba, meditaba con
frialdad cada movimiento hecho por Jevrem; si en realidad
fuese un clarividente, lo atacarían visiones en el que
revelarían el rostro del asesino de humanos. Pero de esta
facultad nada se manifestaba y Everett no tendría por qué
dejarse llevar como para sentenciar a su sobrino por no ser
bueno en lo suyo, puede que le estén diciendo la verdad; de
momento le seguía la corriente. Si al final del día no lo
convencía, él mismo lo acabaría.
Cuando estuvieron a solas en la biblioteca y le reveló
delante de Damir, lo de la pierna desgarrada, lo dejó frío.
—Recorran toda zona arbórea cercana a las bahías —
ordenó a Tyson, Colton y Harper—. Ustedes dos —se dirigió
a Luttrell y a Maxwell—, comiencen por el Battery, tengo un
leve presentimiento. —No pidió que siguieran peinando el
jardín botánico, la pierna humana hallada por Jevrem fue
devorada por los leones del zoológico del Bronx; él mismo la
aventó a los felinos para eliminar rápido esa evidencia.
Tampoco ordenó investigar por allá el cuerpo de la mujer, la
certeza de «lo percibido» por Jevrem, del olor a salitre en la
oscuridad de la noche, indicaba que la socia de Damir fue
atacada por las inmediaciones al mar. Por extensión,
limitaba a sus hombres con la información necesaria para
que obedecieran sin hacer preguntas, estos ignoraban sobre
la clarividencia de su sobrino, solo Isabel, Radojka, Anna y
Damir eran lo que estaban al conocimiento—. Jevrem, me
acompañarás a la estación de policía, a ver qué
conseguimos… —intercambió mirada con este, en realidad
la visita que realizarían a ese detective entrometido era
para que el joven tocara el cadáver recién hallado y así
tener mayor suerte con lo de las precepciones
extrasensoriales.
Jevrem asintió con una expresión de agotamiento
emocional; pese a que se sentía inútil como vidente, estuvo
de acuerdo con su tío, puede que alguna energía residual
percibiera en dicho cadáver.
Los guardaespaldas emprendieron la marcha hacia los
puntos señalados, mientras que, por esa tarde, Jevrem
fungiría de chófer para su tío. Este viajaba en el asiento
posterior, las ventanillas estaban cerradas para aminorar los
ruidos producidos por los claxon de los vehículos en su
transitar por la autopista hacia la Estación 46. Everett
consideraba que su agudeza auditiva era una desventaja en
las urbes, la cacofonía de sonidos lo aturdían de la peor
forma que a sus hombres.
Estacionaron en la parte permitida para los ciudadanos y
se bajaron con parsimonia. Un pastor alemán que era
llevado de la correa por su guía le gruñó a Everett, pero este
lo miró de soslayo y enseguida el pobre animal gimió
asustado, metiendo la cola entre las patas, al darse cuenta
de que el hombre que pasaba por su lado no era humano.
Dentro del edificio de cuatro pisos, Frank Pittman
rezongaba sentado en el inodoro, por su infructuoso
interrogatorio a las diez principales Revistas de Farándula,
cuyos portales en la red publicaron lo del aeropuerto de
Alaska. Ni los editores en jefe ni los reporteros de pacotilla
sabían nada sobre el tal Everett Brankovic. A estos los
amenazó para que les diese todo el material recopilado
sobre lo que tenían del mafioso.
Por desgracia, ni la dirección de la casa sabían.
Frank hizo un quejido adolorido mientras defecaba, el
arroz chino y las costillas agridulces golpearon su estómago;
había almorzado horas después a su horario habitual, tras la
frustración con esos amarillistas que, más bien, tendrían
que pedir una orden de cateo para requisar sus oficinas de
arriba abajo, porque daba la impresión de encubrir a aquel
sujeto.
Se limpió y salió del cubil del inodoro para lavarse las
manos; mientras las enjabonaba, tenía esa sensación de
haberse olvidado de algo, pero no sabía qué, cada vez que
pensaba en el escondrijo de esa rata de origen serbia, a
Frank le daba un vuelco a su corazón como si el miedo lo
invadiera.
¿Por qué a nadie le parecía raro todo lo referente a ese
sujeto?
Terminado de formularse esa pregunta, arrojó el papel
absorbe a la papelera y salió del baño, meditando en que
tendría que volver a centrarse en el pulgoso rabioso que le
causaba quebraderos de cabeza.
Si le mordía el culo a alguien más, su jefe a él…
Frank se detuvo en seco en cuanto se percató del hijo de
puta que estaba sentado frente a su escritorio.
Pero ¡¿qué demonios…?!
Llevó su mano al arma que tenía enfundada en su cinto,
pidiendo con la mirada a sus compañeros en que hicieran lo
mismo para apresarlo. Sin embargo, la tranquilidad en cómo
estos se hallaban tomando café, leyendo algunos
expedientes, hablando al teléfono, lidiando con personas
que denunciaban robos…, lo cohibió de causar un
enfrentamiento innecesario. Por algún motivo ese maldito se
había presentado.
Tragó saliva y se llenó de valor, yendo hasta este.  
—Señor Brankovic —lo llamó con desdén en la medida en
que se acercaba, esa sensación volvió a azotarlo como un
déjà vu y no tenía idea de por qué—. ¿Vino a entregarse?
—¿Por qué lo haría? —respondió con parquedad, luciendo
de punta en blanco de la cabezaa los pies; detrás de él lo
custodiaba un veinteañero que se le asemejaba.
A Frank le pareció curioso.
¿En qué otra parte vio a ese joven?
Dónde…
Ahí estaba el déjà vu, aguijoneando su estómago.
Con ademanes toscos y un tanto temblorosos, el rollizo
detective se sentó en su silla; esta crujió por el peso y
descendió unos centímetros, su enorme trasero casi se
desborda por los laterales del asiento.
—Por los cadáveres que dejas esparcidos por la ciudad,
gracias a tu perro. ¿De qué raza es?
—No tengo perro y a nadie he matado —respondió sin
alterar la voz.
—Póngale bozal —ignoró su respuesta, insistiendo en que
era el dueño del can que eliminaba los sujetos que él
señalaba—. ¿Sabías que es un delito poseer animales sin
supervisión?
—¿De qué se me acusa?
—¿No ha visto las noticias? —Frank preguntó mordaz
mientras miraba al agente Martínez procesar a un chico de
unos diecisiete años por microtráfico de estupefacientes.
Estos ni lo determinaron, tampoco el resto de los que se
hallaban presente como si no se diesen cuenta que el
mafioso estaba allí por su propia cuenta.
—Mis ocupaciones me impiden estar pendiente de los
noticieros, por favor, infórmeme al respecto.
Al detective le provocó soltarle una increpación, pero la
mirada hosca del joven veinteañero lo intimidó. Sus piernas
temblaban al igual que sus manos, del cual tuvo que
empuñarlas para controlarlas, su corazón palpitaba
acelerado, siendo una señal de advertencia, él no era de los
que se intimidaban por un matón de traje y corbata, pues
mandó a algunos a la cárcel.
—No le informaré lo que usted ya sabe: ha matado a
muchos por sus negocios sucios; todas las víctimas están
relacionadas con asuntos de contrabando animal o cacería,
pero esto debe ser una fachada, tal vez eran socios y usted
los aniquiló para obtener mayor ganancia. Pagará por los
asesinatos.
Everett sonrió perverso y Frank luchaba por controlar su
nerviosismo. Una bala le pondrían en el entrecejo en un
abrir y cerrar de ojos.
—¿Negocios sucios? —Everett rio—. No soy criminal, soy
inversionista.
—¿Ahora lo llaman así? —Drogas, tráfico de armas, trata
de Blancas, robo de niños… ¿En cuántas porquerías estaría
relacionado?
—No espero que me crea, no he venido a ponerme bajo
arresto.
—¿Entonces, ¿a qué?
—A ver un cuerpo. ¿Cómo se llama el que descubrieron en
el jardín botánico? —Oscureció su mirada.
—Bryson Green —contestó y enseguida el detective se
sorprendió por vomitar la información—. ¿Usted cómo
sabe?, ¿lo mató?
—No, pero quiero verlo.
El detective lo miró incrédulo por la desfachatez con la
que le ordenaba ir hasta la morgue y robarse el cuerpo
como hizo con el del hermano de aquella zorra en el
hospital.
Se puso en pie en el acto y llamó a varios de los agentes,
pero estos seguían en lo suyo como si Frank estuviese
ausente.
—¡Martínez! ¡Lewis! —Su corazón bombeaba adrenalina.
Sus gritos de repente tuvieron ecos que provenían de su
propios recuerdos. Se vio a sí mismo bajo otra situación en
la que apuntaba su arma hacia ese sujeto que había ido a
buscar a Isabel García, mientras toda la estación estaba
paralizada.
Casi se orina en los pantalones, ¿eran recuerdos reales o
infundados por ese greñudo barbón?
—Cállese —Everett le ordenó sin levantar la voz. Frank
cerró la boca como si una fuerza invisible lo obligara. Abrió
los ojos desmesurados y hacía el esfuerzo por gritar. Intentó
caminar, pero había recibido otra orden de permanecer
inmóvil.
Tembló.
Volvía a suceder.
Everett se levantó y se acercó al detective que lanzaba
increpaciones para sus adentros y unas oraciones por si
moría.
—Lléveme hasta la morgue —pidió tajante, nadie reparaba
en lo que sucedía.
Actuando como si fuese un muñeco gordo al que le dan
cuerda, Frank se dirigió hacia el área de la morgue sin que
sus piernas obedecieran a su voluntad; se movían como si
tuvieran vida propia, lo conducían por los pasillos, subiendo
escaleras y atravesando puertas sin que nadie en el edificio
sospechara lo que pasaba.
Al llegar, sus labios se movieron, igual de independiente
que sus extremidades inferiores y superiores; era su cuerpo
y a la vez no. Parecía poseído.
¿Qué le hizo el maldito?
—Está ahí —señaló hacia los cubículos en que guardaban
los cadáveres. El forense abrió la boca para preguntarle al
detective quiénes eran esos sujetos, si se trataba de
agentes de otra estación o del FBI, pero de inmediato quedó
paralizado por la hipnosis de Jevrem.
—Abre —pidió Everett al forense. Este abrió el cubil de la
nevera de la segunda hilera a la izquierda y extrajo una
bandeja que contenía una bolsa mortuoria.
Descorrió el cierre, mostrando en el acto el cadavérico
rostro de la víctima del jardín botánico.
Jevrem recordó los gritos de este en su cabeza.
—Háblame de él.
—Hombre caucásico de treinta y siete años —dijo el
forense con la mirada vidriosa—. Sufrió politraumatismo,
desgarramiento de miembros inferiores y múltiples
mordidas de animal desconocido. Se presume que son de
lobo, pero el tamaño de las incisiones es el doble de grande
a lo normal.
—¿Cuánto tiene de muerto?
—Treinta y seis horas aproximado.
Más allá de lo que el forense le informara, no había nada
que Everett no haya descubierto por sí mismo. El cuerpo del
humano estaba preservado, perdiéndose los olores dejados
tras los desgarramientos del depredador. Jevrem intentó
obtener alguna visión al posar su mano en la frente del
cadáver, pero no vio nada, se avergonzaba de estar cada
vez negando con la cabeza por su «ceguera mental».
Treinta y seis horas…, Everett meditó mientras observaba
el cadáver; según sus cuentas, Jevrem pudo haberlo
atacado.
Él despertó en el zoológico a pocas manzanas del jardín
botánico.
—¿Qué otro cuerpo se halló en estas mismas condiciones?
—A ver si tenían éxito en dar con Megan Gilmore. Si ella fue
atacada en el mismo lapso, de la estación Jevrem no saldría
vivo.
Justo en el momento en que el forense se disponía en
informarle de los que hallaron en Central Park, el móvil de
Everett repicó en el bolsillo interno de su chaqueta sastre.
Lo extrajo y respondió.
Era Luttrell, informándole del hallazgo del cadáver de la
mujer.
—Acompáñenos —ordenó al forense mientras que el
detective permanecía como estatua en la morgue, con la
mirada perdida. Cuando despertara estaría sentado en su
escritorio, quejándose por el papeleo que debía hacer.
En la medida en que Jevrem sacaba el cuerpo de Bryson
Green para desaparecerlo, Everett le lavaba el cerebro al
asistente del forense para que olvidara lo que había visto y
también para que reportara en caso de que algún superior –
fuera de la estación– preguntara sobre la ausencia de su
jefe inmediato. Según la hipnosis: el forense tenía
«problemas intestinales» y tuvo que marcharse para
recostarse. Sin embargo, este humano seguía sumiso a los
hombres trajeados que se dirigían en auto hacia Battery
Park, junto con el cadáver que llevaban a cuesta.
Megan Gilmore fue hallada tras los gritos de unos turistas.
 
  
 
Capítulo 23
 
 
Los álbumes se apilaban sobre la mesita.
Se hallaban en un extremo del pasillo, donde una
escultura ecuestre de bronce adornaba el tope del mueble.
Antes de marcharse a casa de Camila, Isabel se había
fijado en estos, pero llevaba prisas por saludar a su amiga y
darle las Buenas Nuevas sobre su regeneración, que dejó
para después curiosear las fotografías de su amado Everett.
Sonrió y le pidió a Belkys para que los llevara a su
dormitorio, mientras Sandra abría la puerta para que
ingresara junto con sus bebés que sostenía en cada brazo,
agotados de su paseo por Manhattan. Las nodrizas se
marcharon a sus respectivas casas, pues por las noches
Isabel se hacía cargo de sus propios hijos, Erik y Ángel
comenzaban a adaptarse a una rutina de sueño que le hacía
fácil a ella desenvolverse sin problemas: los aseaba, los
empijamaba, los amantaba, los arrullaba hasta que se
durmieran.
Siendo observada por las dos sirvientas,Isabel acostó a
los pequeños en sus respectivas cunas, que eran menos
ostentosas a las de Kenai y más bonitas a las de Denali,
pero que estas últimas eran las que más apreciaba por ser
construidas desde el aprecio de uno de los lugareños de
aquel sector boscoso. Al darse cuenta de que las dos
jóvenes aguardaban órdenes de retirarse, se disculpó con
estas y les concedió permiso para que se fueran a
descansar; Isabel no tenía hambre, lo que comió y vomitó
en el baño donde Camila, bastó por ese día. La malteada y
la tarta le cayeron como plomo por haberlo ingerido rápido,
esto provocó que pasara la pena de abrazar el inodoro, le
valió una maternal regañina de su amiga por andar de
afanosa como si le fueran a arrebatar la comida, y luego le
formuló una pregunta que ni la quería considerar.
Le revolvió el estómago y prefirió prescindir de la cena por
esa noche. Everett y los muchachos aún no llegaban y de su
odioso cuñado, asumía que ya había cenado. De Anna,
preguntó por esta tan pronto cruzó la puerta principal de la
mansión; según Blanka, seguía durmiendo en su nuevo
dormitorio, sin probar bocado alguno. La dejaría descansar
hasta que recuperara fuerzas. Ese Jevrem dejó a la pobre,
apaleada.
A los gemelos tampoco los molestó; durante el camino de
retorno se alimentaron, solo se aseguró de que sus pañales
estuviesen secos y que la temperatura del termostato
indicase los grados acordes para mantenerlos abrigaditos
en el dormitorio. Fue bueno que estos compartieran con
Camila por una tarde, la cercanía con humanos los haría
tolerantes a sus aromas y a controlar desde pequeños la
ansiedad de atacar, gatearon en el estudio y apreciaron la
danza que la anciana les ofreció para que se entretuvieran.
Erik fue el que más aplaudió.    
Por su parte, preparó la tina con sales aromáticas y se
metió en ella, desnuda, acalorada por lo del día. Cerró los
ojos y recostó la cabeza hacia atrás contra el borde de
porcelanato y se tomó un respiro profundo. Su cuerpo
estaba relajado, pero su mente bullía con mil pensamientos
por la propuesta que le hizo Camila.
Volver al ballet…
Esto la hizo sonreír, debido a que estaría una vez más
sobre sus zapatillas de punta, danzando sin parar.
Recordaba las veces en que sus pies se deslizaban por los
escenarios y saltaban con habilidad, una y otra vez,
arrancando ovaciones en los espectadores, su destreza no
tenía comparación.
Pero también causó envidia.
Frunció el ceño ante la punzada que se alojó en la boca de
su estómago, ella sabía bien que no solo tendría que
arreglárselas con Everett y sus bebés, sino que, quizás,
volvería a afrontar lo que la hizo desistir de lo que tanto
amaba.
Cabeceó suave, sin abrir los ojos.
No…
Ella era fuerte.
Ya no tendría por qué afectarle lo que unas majaderas
envidiosas le tengan que escupir. Que se fueran a la porra,
enfrentó demonios peores y salió airosa del infierno. Si
planificaba su tiempo y les tapaba la jeta a los que
pretendieron joderle la vida, danzaría con una sonrisa
genuina en el rostro.
De pronto, sus labios sintieron una leve presión.
Un sutil beso le fue robado, sin que Isabel se sobresaltara
alarmada por el que entró en el baño. Su olor masculino la
envolvió y la hizo sonreír, reconociendo enseguida de quien
se trataba; la saludaba de modo silencioso y cariñoso, como
a ella tanto le gustaba, la hacía sentir querida y hasta
deseada, sus senos –bajo la espuma– eran acariciados con
delicadeza, Isabel mantenía los labios estirados en una
sonrisa satisfecha, Everett recorría la piel de su fino cuello,
dejando un camino de besos húmedos y cosquilleantes por
los pelitos de su barba. No eran besos toscos tipo
«chupones»; más bien, perceptibles roces que la hacían
estremecer.
—Mmmmm… —expresó disfrutando de las sensaciones
que su lobo le despertaba—, qué rico…
—Te ves tan arrebatadoramente sexy en la tina, que me
dan ganas de… —su mano se deslizó hacia el monte de
venus de su mujer e introdujo el dedo del medio entre los
pliegues vaginales.
Isabel jadeó excitada. Everett le tocó su carnosidad más
íntima.
—Oh, sí… —se relamió los labios y se sostuvo de los
bordes de la tina para no deslizarse y tragar agua jabonosa.
Él la masturbaba con cadencia, acuclillado a un lado como si
la estuviese aseando, cual paciente que necesita atenciones
de su varonil enfermero.
—¿La pasaron bien con la anciana?
La pregunta sacó de onda a Isabel, no entraba a colación
con lo que él a ella le hacía, abrió los ojos y parpadeó para
disipar el sopor que la caricia impúdica en su centro le
provocaba. Everett se había enterado por boca de otros de
que ella había salido junto con sus hijos a visitar a una
humana de la tercera edad sin antes a él habérselo
participado.
Gruñó para sus adentros, ¿quién de sus guardaespaldas
habría sido el chismoso?
—Sí —respondió como si nada—, fue una tarde genial.
Everett medio sonrió, no estaba molesto, solo le
sorprendió la espontaneidad de Isabel, se estaba adaptando
muy bien a su condición lobuna y a la estadía en los
Hamptons.
—Me alegra que salieras un rato —dijo mientras su dedo
del medio seguía dando leves círculos al clítoris y la otra
respiraba entrecortada—, te distraes y los lobeznos
desarrollan sus sentidos con respecto al exterior. Pero
cuando desees volver a salir —introdujo otro dedo en la
vagina de Isabel para follarla con su mano—, me dices
primero. ¿Quieres?
Isabel no supo si la pregunta fue, por si quería sexo o
estaba de acuerdo con lo que le había dicho.
—Sí… —respondió afirmativa a las dos que se formulaba
en la cabeza.
Sacó ambas piernas y las dejó colgadas de cada extremo
de la tina, como si fuese a «parir» o a recibir el miembro de
un alienígena. Ella una vez vio un video porno de ese tipo…
A Everett le complació que ella no le pusiera pegas, su
unión marital estaba bien encaminada.
Le regaló un orgasmo sin que él buscara su propia
satisfacción. El éxtasis masturbatorio se lo concedió a su
compañera, la preocupación por el hallazgo de Megan
Gilmore le tenía el pito flojo, le costaba dejar de pensar en
que estaban dos pasos atrás del depredador de humanos, el
cuerpo no arrojó pistas, salvo que Jevrem era inocente. La
mujer tenía entre doce y veinte horas de haber sido
atacada.
Coincidía con el brindis y él tiempo en que su sobrino
estuvo encerrado con la niñera.
Minutos después, Isabel y Everett se hallaban sentados en
la cama, ataviados con sus albornoces y sus cabellos
húmedos, los álbumes reposaban en sus piernas y sus
espaldas recostadas en el cabecero de la cama, riendo ellos
de una foto en particular.
—¡Eras muy mono!
—Más bien, feo: tenía los dientes grandes y era flacucho.
—Pues, ahora eres guapo, con los dientes bonitos y de
buen aspecto físico —Isabel comentó, dándole doble sentido
a sus palabras. Vaya que gozaba de ese físico…
Everett observó la fotografía donde abrazaba a Winona,
sentados ambos bajo la copa de un árbol, que al instante su
sonrisa guasona se languideció por la añoranza materna. Su
progenitora habría sido feliz al verlo al lado de una mujer
única que le dio dos hermosos hijos. Habría amado a sus
nietos.
Isabel se percató de su tristeza.
—Hubiese sido una gran abuela —adivinó sus atribulados
pensamientos—, por lo que me has dicho de ella y por cómo
el personal suele mencionarla, debió ser fácil de querer.
—Así fue.
—¿Crees que me habría aceptado? Por mi origen y por lo
de Ángel…
—Sin duda alguna —expresó solemne—. Mamá era noble
y… —carraspeó por el quiere de su voz— todos la amaban.
—No quiso decirle que esa nobleza fue su ruina. Muchos
abusaron de su pasividad y su buena disposición para
ayudar a los demás.
—Qué lástima no conocerla, habríamos sido amigas. Le
hubiera presentado a Camila, estoy segura de que se
hubiesen llevado bien.
En vista de que Isabel mencionó a la anciana, Everett
consideró que debía expresarle sus preocupaciones para
que más adelante fuese precavida al salir de casa.
—Isa —la llamó para captarsu atención, al ella posar la
mirada sobre la foto antes descrita—, no vuelvas a salir sin
avisarme. Esta ciudad no es territorio de lobos y está el
asunto del maldito que aún no hemos podido atrapar.
—Está bien, descuida, te avisaré cuando decida salir de
nuevo. Por eso le pedí a los muchachos que me
acompañaran.
—Hiciste bien.
—¿Estás enojado? —Él cabeceó—. Sino preocupado —
intuyó al vuelo—. ¿Es por esos portadores?
La sonrisa displicente y algo cansina de Everett le
indicaba que era por esos y por otros más.
—Ni uno hay en Nueva York —reveló para su tranquilidad
—, pero no es la única «peste» con la que debemos tener
cuidado.
—Entonces, ¿por quiénes?, ¿otros clanes?
—Vampiros.
Isabel arqueó las cejas.
—Me estás jodiendo… —En Denali, cuando ella
sospechaba de la naturaleza de Everett, le preguntó de si
era uno de estos, a lo que él negó ofendido por la confusión.
Las fotos familiares, acomodadas en los álbumes, dejaron
de ser interesantes a los ojos de la muchacha, quien cerró el
álbum que sostenía y lo dejó sobre la mesita de noche,
impactada por la revelación de su compañero de cama.
¿Acaso estos seres, que tanto interpretan en películas y
describen en novelas de romance paranormal, existían?
—Nueva York es tierra de vampiros —dijo Everett—, por lo
tanto, somos sus «huéspedes».
—¿Y esta casa?
—Es mía —sonrió—. Al igual que otros bienes que poseo
en la ciudad. Ellos respetan las propiedades ajenas, pero
nos mantienen vigilados. Nosotros, como manada, no
podemos cazar en sus dominios, acarrearía enfrentamientos
y luego la expulsión. Mientras vivamos aquí, el grupo de
lobos que esté bajo mi mando deberá respetar las
condiciones que ellos impusieron.
—No cazar.
—No cazar humanos.
—Carajo… —Isabel no esperó esa respuesta, asumió que
se trataba de los animales en los zoológicos o mascotas, no
de los que andaban en dos patas y hablaban.
Everett ojeó las fotografías del álbum que reposaba en su
regazo y paseó la vista sobre los rostros sonrientes de él
mismo en su adolescencia. En estas mostraban a un chico
tímido, pero que en realidad dio múltiples dolores de cabeza
a sus padres por rebelarse al maltrato verbal de sus
madrastras y las palizas de sus hermanos mayores por ser
el favorito de Stanislav. Aún le hacía rabiar el tonito
despectivo en que algunos suelen tratarlo por heredar un
título que, según estos, no merecía por ser hijo de la Tercera
Esposa del alfa.
—Yo no cazaré —Isabel le aseguraba de ese modo que,
por su parte, prescindiría de ese menú canibalístico. Le
consternaba el apetito que le despertaba las carnes blandas
cuando estaba transformada. Los humanos dejaban de ser
personas y se convertían automáticamente en suculentas
presas.
—Espero cumplas por nuestro bien, mi querida Isabel. Los
vampiros ya no toleran más muertes, les estamos
arrebatando «su ganado» —explicó en cuanto ella hizo el
amague de preguntar, siendo evidente que los dos conocían
entre sí sus expresiones.
Ella comprendió la inmensa responsabilidad que Everett
sostenía sobre sus hombros: comandar una manada,
aunque fuese reducida, en una ciudad que no formaba parte
de los dominios lobunos era para enfermar de los nervios a
cualquiera. Allí Everett regía guardaespaldas, personal de
servicio, los familiares de estos, así como también a los de
su propia sangre; cada uno con personalidades difíciles que
se verían afectadas en temporadas de apareamiento o caza.
La matanza «controlada» o indiscriminada de humanos les
costaría caro.
Everett se perdió en los ojos azules de la hermosa dama
de melena rubia, que ocupaba casi la extensión de la página
del álbum de la parte izquierda. Según lo que apreciaba
Isabel, la elegancia de Winona Brankovic debió ser
indiscutible. Sus facciones eran delicadas, tipo nórdico: nariz
delgada, labios pequeños y ojos grandes. La mirada en la
foto era muy dulce, diría ella que un tanto entristecida,
cuántas veces la misma Isabel se observó frente a un espejo
al sufrir bullying por parte de sus compañeras de ballet o las
discusiones constantes con su mamá y las ofensas de su
hermano alcoholizado. Quién sabe por cuántas calamidades
pasó su difunta suegra, pero comprendía el valor que debió
reunir para salir adelante por su hijo, a pesar de la familia
política que le tocó soportar.
Recostó su cabeza sobre el hombro de Everett, apreciando
en silencio aquella foto. Everett la rodeó con su brazo y la
acomodó en su pecho, pasó otra página y le narró lo que en
dicha instantánea había vivido.
—Gracias, es una bonita sorpresa.
A él se le humedecieron los ojos.
—¿De veras?
Ella asintió y soltó un suspiro largo.
—Sí —expresó casi inaudible—. Verte de niño y de
adolescente, me pareció tan tierno… Ojalá tuviese
bastantes álbumes familiares para mostrárselas a nuestros
hijos. Apenas poseo unas cuántas fotos que tengo
guardadas entre mis cosas. Tengo que buscarlas…
—Me encantará verte de crinejas y frenillos.
Isabel se carcajeó.
—¡Jamás usé crinejas ni frenillos! Por eso era una chiquilla
de greñas alborotadas y tenía los dientes torcidos.
—Nunca los tuviste. No recuerdo que los tuvieras de
humana…
—Pues, ya ves que sí. ¡No tanto! Pero tenía estos… —
mostró los incisivos superiores— un poco torcidos. —Gracias
a su nueva condición genética, sus dientes lograron mejor
apariencia. El tacaño de su padre y la desidia de su madre,
jamás se preocuparon por su salud bucal. Luego ella fue
incapaz de arreglarlos por su precaria economía por
mantener a un par de seres exigentes y desagradecidos.
Por ese instante, Everett se olvidó de sus tristezas y
preocupaciones, rio de buena gana por el comentario de
Isabel, ella lo manoteó para que no fuera escandaloso,
siendo también igual de escandalosa con sus risotadas, se
aguijoneaban las costillas para provocarse cosquillas, en un
desafío del que lograra contener las risas. Se comportaban
como chiquillos, a pesar de que estos juegos despertarían a
los gemelos y tendrían después que arreglárselas para
volverlos a dormir. No obstante, estos dormían profundo,
acostumbrados ya al ajetreo de la casa y los ruidos
externos.
Isabel se apurruñó más en el pecho de Everett, el álbum
había caído al suelo debido a las cosquillas que se hacían
entre ellos; Everett no lo recogió, a la mañana siguiente al
levantarse, lo haría; por lo pronto, permanecería abrazado a
su ángel de dientes perfectos y mirada achocolatada.
Esta pensó en la propuesta de Camila. ¿Sería el momento
oportuno para decírselo?
Estaban tan bien…
—Quiero volver a danzar… —le soltó sin ton ni son, orando
para sus adentros en que él no gruñese enojado.
—Hazlo, si te place.
Isabel se mordió el labio inferior, al parecer, Everett no
entendía el alcance de su deseo.
—Danzar… —repitió—, en los escenarios. —No en pasillos
ni azoteas en la que fingía estar frente a un público
inexistente, sino donde estos estaban presentes en las
sombras y ella iluminada bajo el foco de los reflectores.
Hubo silencio.
La respiración cadenciosa del lobo se detuvo.
—¿Y lo de la academia? —inquirió refiriéndose a las clases
de ballet que ella impartía a las niñas.
—Camila se encargará de encontrar sustituta.
—¿Y la administración?, ¿quién se encargará del lugar?
—Camila —dijo—. O la actual directora. La señora Jones ha
ejercido una buena labor, de ella no hay quejas.
Alzó el rostro hacia él y observó que dudaba de su
capacidad para danzar como profesional y ser madre al
mismo tiempo.
—Bueno, aún no es seguro —le hizo ver—. Tendré que
hacer una audición.
A continuación, le narró lo hablado con Camila en su
departamento y de las facilidades que tendría al contar con
las nodrizas y Anna para cuidar de los bebés mientras ella
danzara.
No obstante, Everett parecía dudoso.
—Sabes que te apoyo, pero esa audición está cerca y
hasta no atrapar…
—Soy consciente, Everett. No la tienes fácil y yo te pongo
más peso sobre los hombros por mi decisión.
—No, amor, solo aguarda a que cacemos al depredador,así estaré más tranquilo.
—¿Es un trato?
—Es un trato.
Isabel se sentó sobre él a horcajadas para besarlo,
agradeciéndole que le dejara una posibilidad abierta para el
ballet, pero los besos poco profundizaron ante la falta de
excitación de Everett. Ella no le reclamó su inapetencia
sexual, no siempre estaría «firme» para su mujer, tenía sus
limitaciones y se lo veía agotado. Era factible de que sus
preocupaciones no le dieran sosiego, le reveló un hecho que
amenazaría a todo familiar o conocido, aquellos sujetos de
colmillos puntiagudos estaban a la expectativa.
 
Del lado oeste de la casa, en la planta superior, hacia las
habitaciones de las hembras, Jevrem dormía abrazado a su
novia.
Esta no se dio cuenta, apenas remoloneó bajo las sábanas
y continuó sumergida en su mundo onírico, de fantasía y
girasoles, mientras que su compañero de cama navegaba
entre monstruos aterradores.
Jevrem crispaba su mano por sobre el costado de la joven,
sus uñas se alargaban hasta volverse armas letales
ennegrecidas. Lloraba por lo que le sucedía, les había jurado
matarlos, no era de hombres sus actuaciones, más bien,
depravaciones, él solo fue a pasar una noche y terminó bajo
ellos, postrado.
—No… —gimió lloroso. Sudaba a borbotones.
«¿Por qué no?, disfrútalo» —dijo a su oído el que
aplastaba su espalda y humillaba su masculinidad. Jevrem
intentó removerse de forma inútil, lo que bebió, sea lo que
fuere, debilitó sus extremidades y lo aturdió—. «Verás que…
—empujó su pene en el trasero del joven, provocándole un
lacerante dolor—, será lo mejor que hayas disfrutado en la
vida».
—¡Hijo de puta! —expresó a ese monstruo que lo
dominaba en su pesadilla—. ¡¡Suéltame!!
Anna parpadeó y se volvió hacia Jevrem, quien al parecer
hablaba dormido.
«Qué culito tan apretadito».
—Te mataré. ¡Los mataré a todos por violarme! —Y a los
humanos invitados al festín orgásmico, riendo estos a
carcajada por la desdicha del atribulado muchacho.
«Terminará por gustarte, lo tienes de familia, a tu papá le
gusta mucho…», su captor rio sin temer a su amenaza. Se
enterró hasta el fondo, entre empellón y empellón, el joven
lanzaba maldiciones y el otro gozaba con la sodomía.
«Acomódalo, Kroz, quiero correrme en su boca» —ordenó
el líder del grupo a su hombre de confianza y del que Jevrem
juraba le arrancaría al maldito el pito y la cabeza con sus
propias manos.
Sin salirse, el fornido hombre de piel oscura se recostó de
lado, en la amplia cama, para que su amo y socio en dichos
festines, tuviese facilidad para meterle el pene en la boca al
renuente beta y así también darle a este una mamada con
su eventual «69» homosexual. Aunque, claro, aquí el único
que distaba de serlo, era el muchacho, pero con unas
buenas lecciones, apreciaría el sexo entre machos.
—No… No, no… ¡No! ¡¡No!!
—Jevrem… ¡Ayyyyyyyyyy! —Anna chilló adolorida, un
zarpazo hirió su brazo izquierdo con profundos surcos
sangrantes. Jevrem trataba de librarse de algo que lo
atacaba, lloraba desesperado y a la vez enojado, lo que
gruñía con desconcertante claridad, a ella le helaba el
corazón.
Lo terrible de esto, es que, del otro extremo de la galería
que conecta ambas zonas de los dormitorios de la casa, un
lobo de audición aguda, lo había escuchado.      
     
 
Capítulo 24
 
 
Everett halló a Jevrem descendiendo veloz las escaleras.
Estaba este a medio transformar y dispuesto a marcharse
enardecido de la casa.
Determinó en el acto de que su sobrino no estaba en sus
cabales, la discusión que escuchó lo había impulsado en
levantarse de la cama y correr a toda velocidad hacia el
dormitorio de Anna Morris, donde captaba que provenían los
gritos y del que sobresaltó hasta a Isabel por no comprender
lo que sucedía.
—¡JEVREM! —lo llamó contundente desde lo alto de la
galería.
Everett saltó hacia el piso del vestíbulo y se despojó de
inmediato del albornoz que seguía usando, pues su
agotamiento ni le hizo tomar en cuenta de su indumentaria
de baño, al igual que Isabel que lo mantuvo abrazado,
apreciando viejas fotografías y luego haciéndose ambos
cosquillas.
Jevrem se arrojó contra el ventanal de la fachada y causó
un estrepitoso ruido por el quiebre de los cristales, que de
inmediato los guardaespaldas apostados por los rededores
del jardín, en un par de segundos estaban sobre el
muchacho. Luttrell intuyó que algo no andaba bien con el
beta, por lo que ordenó a Maxwell y a Tyson para que
cambiaran su fisonomía. El alfa estaba en fase de
transformación, quien desde el interior de la casa emitió un
aullido atronador que despertó a todos los residentes y
hasta los vecinos del sector.
—Quieto… —Harper trataba de aplacar a Jevrem, estando
el guardaespaldas bloqueando el camino para evitar que el
joven Brankovic abandonara en esas condiciones las
inmediaciones. No obstante, Jevrem perfiló con ferocidad los
colmillos que ya estaban alargados y sus huesos en la etapa
final de su metamorfosis lobuna; de sus fauces echaba
espumarajos, rodando sus pupilas amarillentas de animal
salvaje sobre cada uno de los metamorfos que pretendían
detenerlo.
El gamma temió por su vida, una mordida de este le
destrozaría a él una extremidad. Sus compañeros
comenzaron el cambio, mientras que Elijah y Kevin creyeron
prudente desenfundar sus armas, un tiro en las patas y lo
dominarían.
Lo cierto es que, se requirió de la imponencia del lobo más
fuerte de la manada, Everett saltó sobre su sobrino, quien
se resistió enseguida, la pelea entre los dos fue inminente,
los colmillos se clavaban en los pelajes y salpicaban sangre
al ocasionarse dolorosas heridas; Jevrem-lobo lucía
enloquecido, no reconocía, les gruñía a todos como si
fuesen enemigos. El personal doméstico salió, ignorando
qué causó el enfrentamiento, puede que la niñera se ofreció
al alfa y este aceptó poseerla, o fue al revés y al otro macho
dominante le disgustó tener que disputarse la hembra en
celo.
—¡Oh, por Dios! —Isabel exclamó mortificada ante el
cuadro que observaba—. ¡Deténganlos, se van a matar!
¡Luttrell!, ¡Tyson! ¡¡Sepárenlos!! —gritaba a los
guardaespaldas, erguidos estos en sus cuatros patas,
ninguno intervenía en la cruenta pelea, Everett y Jevrem se
revolcaban con ferocidad cerca de la plazoleta ubicada a
escasos metros de la casa. El desespero motivó a Isabel en
bajar las escalinatas que dan hacia el pórtico de columnas
dóricas, pero fue detenida por Branimir.
—La lastimarán si se acerca —le advirtió el chofer,
sujetándola del brazo con firmeza, ella intentó librarse, pero
al escuchar los sollozos de Anna, dejó de forcejear. Esta
seguía con las ropas puestas que usó después de ser pillada
en una maratón sexual con su novio, notó que tenía varias
heridas sesgadas en el brazo y del que trataba de frenar el
sangrado al taparlo con su mano. Le pidió a Branimir que la
soltara y se acercó a la muchacha que lloraba mortificada.
—Anna, ¡¿qué pasó?! —preguntó para averiguar qué fue lo
que motivó a Jevrem en hacerle daño. Lo más probable, fue
que ella lo rechazó en matrimonio por querer estudiar en la
universidad y este reaccionó con violencia.
Anna se aferró a Isabel y soltó con más sentimiento el
llanto, no le confirmó lo que presumía, la pelea entre el alfa
y el beta los tenían a todos desconcertados. ¿Qué sucedió?
¿Fue por la niñera? ¿Se acostó ella con el amo?,
conjeturaban los sirvientes entre susurros a espaldas de las
dos mujeres.
—Pero ¿qué es lo que está…? ¡Jevrem! —De un momento
a otro, Damir hizo acto de presencia, había sido alertado por
Milenko al aporrear la puerta de su dormitorio. Logró
quedarse dormido, tras beber tres copas de vino, en un
intento forzoso por entumecer sus sentidos por haber tenido
que cambiar planes y dar explicaciones; Grubana lo increpó
en cuanto la telefoneó, puesto que requería ayuda –para
algo que él se reservó– de la inútil de Radojka que de su
propia madre.
Ahora estaba convencido de que tendría que alejar de allí
a su primogénito o lo matarían.—¡A que esto es por ti, maldita! —gritó con ojeriza a Anna.
La despedazaría si esa noche su hijo no volvía a ver la luz
del día.
—¡¿Cómo se atreve a culparla?!, ¿no ve que Jevrem la
agredió? —Isabel replicó indignada, interponiéndose entre
este y la omega, a la vez en que señalaba hacia la herida de
surcos sangrantes. Así eran los hombres de brutos: quieren
que todo se haga a cómo ellos desean y, cuando una mujer
les lleva la contraria, reaccionan como trogloditas.
Solo que le extrañaba de Jevrem.
—Debió desfigurarla —siseó avinagrado a la niñera,
escondida a la espalda de la hispana—, por ella está
pasando esto —apuntó hacia los dos lobos enardecidos—.
¡EVERETT! ¡JEVREM! ¡¡DEJEN DE PELEAR!! —les gritó
atronador, sin darse cuenta de que su voz airada era
captada por extraños mimetizados en las sombras y a cierta
distancia para no ser olfateados—. ¡Échenles agua, separen
a ese par de idiotas! —Jevrem era el que las llevaba de
perder frente al otro, Everett había logrado vencer a Ranko,
quien fue el doble de fuerte a los dos.
—Él no lo hizo a conciencia, Isa, despertó sobresaltado por
una pesadilla y yo estaba en medio. Fue un accidente… —
Anna explicó a su amiga, a pesar de los gritos angustiados
de su suegro.
La falta de acción por parte de los guardaespaldas para
zanjar el enfrentamiento motivó a Isabel en buscar
desesperada el interruptor de los rociadores del jardín; la
señora Blanka le colaboró y los activó en el acto, pero esto
para nada logró separar a los lobos que se agredían a
dentelladas. Isabel no sabía qué hacer, la mitad de los
hombres estaban transformados y atentos a la orden del
alfa; si ella les pedía que los separaran, sería también a los
mordiscos y, lo más probable, empeoraría la situación. Así
que, recurrió a la caballería y no sería precisamente un
ejército adiestrado para ese tipo de confrontaciones, sino de
una criatura que, tal vez, haría al más joven razonar en sus
actos. ¿Qué fue lo que soñó para despertar de esa manera
tan violenta?
—Anna, intenta convencerlo de detenerse. ¿Puedes
hacerlo?
La muchacha la miró apabullada, su rostro surcado en
lágrimas.
—Jevrem…
—¡Más fuerte para que te oiga!
—¡Jevrem, amor, deja de luchar!, por favor… ¡Jevrem!
¡Jevrem! ¡¡Te amo!!
Un quejido lastimero se escuchó en cuanto este parpadeó
y su leve distracción le salió caro.
Everett lo zarandeó del cuello y lo arrojó contra los
adoquines elevados de la plazoleta, cayendo el joven de
cabeza.
—Licaón, no…
—¡Mi hijo!
—Oh, Dios…
Anna, Damir e Isabel, fueron los primeros en salir
corriendo hacia la plazoleta para socorrer al lobo malherido.
Los sirvientes jadearon, el mayordomo se quejaba en voz
baja de los infortunios ocasionados por la problemática
omega, los guardaespaldas volvían a su fisonomía habitual
y Everett ya estaba erguido sobre sus musculosas piernas.
La breve locura de su sobrino le hizo replantearse las cosas
desde una perspectiva diferente a cómo investigaban los
asesinatos.
—Enciérrenlo en el sótano, le daremos tiempo para que se
calme.
—Pero, amo, ahí apesta a loba en celo… Lo alterará más
—Milenko se atrevió en refutarle, arriesgándose a una
iracunda increpación por entrometido.
—¡Mi hijo no va a estar confinado en ninguna inmunda
celda! —Damir protestó en el acto, habiéndose este
acercado hasta Jevrem para ayudarlo a levantar.   
Luttrell, Maxwell y Tyson, asintieron al mandato de
Everett, seguido de Kevin y Elijah como refuerzos en caso de
que Jevrem se resistiera a ser encerrado.
Recogieron al muchacho que, al estar inconsciente, volvió
a humanizarse tras perder su pelaje, quedando desnudo por
completo. De hecho, los que sufrieron cambios en sus
cuerpos, se hallaban sin ropas; las sirvientas no se
ruborizaban ni se escandalizaban, pero esto tampoco era
impedimento para que Rosario y las otras sirvientas
apreciaran de buena gana el físico de los machos.
Los había para escoger…
—Oh, Dios, Everett: mira cómo estás —Isabel se preocupó
por las mordidas que presentaba en los brazos y piernas. Su
condición era crítica en algunas heridas que tenía en carne
viva, mientras que en otras las perforaciones de los
colmillos no dejaban de sangrar—. Tenemos que llevarte al
hospital.
Él sonrió.
—Regenerarán en cuanto coma algo crudo, no olvides que
soy metamorfo.
—Pero no inmortal —replicó azorada—. Estás perdiendo
mucha sangre.
—Isa, respira profundo. ¿Ves? —Señaló la heridas menos
grave en su torso—. Ya estoy sanando.
Ella dudó de su palabra: si por comer carne cruda, fuese
un remedio que los hiciera sanar como por arte de magia,
ella no hubiese tardado tanto en la regeneración de sus
quemaduras ni él con lo de su pierna al caer del
Mastrangelo, y se habrían atragantado con una vaca viva
para superar sus propias dolencias. Aun así, comprendía
que, por ser este metamorfo de sangre pura tenía la ventaja
de sanar rápido, sus células habían acabado de sufrir una
asombrosa revolución, lo que quedaba sería para recuperar
fuerzas.    
—¡Ni se te ocurra seguirlos, perra sarnosa! —Damir
abofeteó a Anna al pretender ir detrás de los hombres que
se llevaban a su novio casi a rastras.
Pero el contundente golpe que recibió en su mejilla
provocó que Jevrem reaccionara como si le hubieran
descargado un corrientazo en el cerebro. Lo vio todo en rojo,
perdió la lucidez por un instante, su garganta emitió un
gruñido feroz y, con habilidad, se libró del agarre de sus
captores.
El odio lo corroía, sobre todo aquella voz que escuchaba,
una y otra vez en su cabeza, martirizándolo al punto de
enloquecer.
«¿Por qué no?, disfrútalo. Verás que será lo mejor que
hayas disfrutado en la vida».
Gruñó enardecido, abalanzándose contra su padre.
—¡Sujétenlo! —Everett ordenó a sus hombres antes de
que este desgarrara el cuello de su progenitor. La abrupta
recuperación los tomó a todos por sorpresa.
—¡Maldito!
—Jevrem, hijo…
El aludido no reparaba de a quien molería a los golpes,
solo quería destrozar a ese ser que se atrevió a golpear a la
mujer que amaba.
Lo tumbó al piso, mientras lo estrangulaba con ira y con el
deseo expreso de arrancarle la cabeza, no merecía vivir.
«Terminarás por gustarte».
Las risas que resonaban en su mente ovacionaban lo
dicho por uno de sus demonios personales.
—¡Jevrem, es tu papá!, ¡déjalo! —Isabel trataba de hacerlo
entrar en razón. Anna lloraba por lo que observaba, los
sirvientes no daban crédito a sus ojos, los guardaespaldas lo
rodeaban para inmovilizarlo, estaba fuera de sus cabales,
sus venas comenzaban a burbujear para de nuevo
transformarse; esta vez habría muerte.
—Jevrem, amor… —Anna lo llamó, acercándose con
cuidado hacia el joven que forcejeaba con los
guardaespaldas que estaban en bolas—. Amor…, tranquilo,
fue producto del estrés; tu papá está angustiado —explicó
como si el vil acto de su suegro tuviese justificación, pese a
que no la tenía.
La voz de Anna fue un calmante milagroso.
Un hada buena se acercaba a su rescate, extendiendo sus
hermosas alas para rodearlo y así escudarlo de aquellos que
querían hacerle daño. Se abría paso entre los demonios que
gruñían amedrentadores para que se alejara, la voz
femenina era un bálsamo para sus oídos, era hipnotizante,
magnética…, le encantaba escucharla, lo relajaba. Le decía
que lo amaba y esto a él le hacía llorar y sonreír, pues lo
que sentía por esta era correspondido.
El joven dejó de luchar y se postró de rodillas a los pies de
su hada, Everett aprovechó para tomar a Damir de los
hombros y arrastrarlo lejos del enardecido hijo. Estuvo a
punto de ordenarle a Luttrell para que le diera un porrazo en
la cabeza y dejarlo inconsciente, pero Jevrem rompió en
llanto.
Estaba avergonzado.
—Te amo —le dijo a Anna, atribulado—. Te amo mucho…
—Sus fuerzas languidecieron entre copiosas lágrimas que
tuvo acumuladas y que ahora se desbordaban inclemente
sobre sus mejillas. Estaba avergonzado de que ella lo
supiera, lo vio en su rostro tan pronto notó que había salido
deaquel nefasto infierno. Se odió por herirla y odió mil
veces más a los que lo orillaron al desespero—.
Perdóname… —sollozaba aferrado a su cintura. Luttrell y
Maxwell seguían sujetándolo, pero Everett les ordenó que lo
soltaran, había recuperado su cordura.
A Damir se le partió el corazón. ¿Acaso era el depredador?
Sus ojos estuvieron vacíos, sin vida. Había mucho odio en
ellos.
—Perdóname, Anna, perdóname, perdóname… —lloraba
sin importarle de ser observado por los residentes de la
casa—. Anna, perdóname, no quise. No… No fue mi
intensión…
—Amor, fue una reacción por tus pesadillas. Solo fue eso…
—expresó comprensiva, deseando que aquello que le
sucedió a su novio, fuese un episodio ocasionado por ver
películas de alto contenido sexual. La angustiaba que fuese
real, porque esto indicaba que Jevrem habría sido
mancillado por varios hombres.
El ama de llaves y el mayordomo azuzaron a los
empleados en volver a sus respectivas habitaciones y
guardar silencio de lo que presenciaron. Al que se fuese de
cotilla, Milenko amenazó con lanzarlo al calabozo más
oscuro de Alcatraz hasta que muriese de hambre, mientras
que Damir le imploraba a Everett para que no tomara
medidas severas contra su hijo; la «enfermedad» que tenía
descontrolaba su raciocinio. Ya lo había visto en otros
miembros de la familia…
—Yo no quise, me negué, pero ellos me… —el joven
lloraba desconsolado.
Estando aún en el piso, Damir se llevó la mano al pecho.
—«Ellos», ¿qué?, Jevrem. ¿A qué te obligaron? —Las
posibilidades de lo que más temía se hacían cada vez más
efectivas.
Angustiado, buscó la mirada de Everett y este la eludió,
indicándole a Damir de que su hermano sabía lo que le
sucedió a su hijo. Luego, volvió sus ojos hacia Jevrem,
esperando esa terrible respuesta y, antes de que este
abriera la boca para expresar delante de todos lo que lo
enloqueció, Everett se acercó de inmediato y levantó al
muchacho, a la vez en que pasaba el brazo de este por
sobre sus hombros. Ambos acabaron de destrozarse entre
sí, pero no existía rivalidad entre ellos, fue el terror sufrido
por las pesadillas que lo enloqueció momentáneo. Lo puso
en pie y lo alejó de Anna, esta intentó seguirlos, pero temió
que el señor Damir la abofeteara de nuevo; por fortuna,
Isabel –su querida amiga– la escoltó, yendo las dos detrás
de Everett y Jevrem. Damir lloraba por su hijo, su alma
estaba desgarrada sin obtener la respuesta que por su
cabeza desde hacía tiempo rondaba, pero que la desechaba
en el acto, por parecerle inconcebible.
Sin embargo, ahí estaba esa maldita pregunta
taladrándole las neuronas sin cesar.
¿Qué le pasó a su primogénito en su travesía por
Latinoamérica?
 
*****
 
—¿Está apretada?
—No, señorita Isabel, está bien —respondió Anna, una vez
la otra terminó de envolver su brazo con una venda. Evitó
tutearla por estar presente el alfa, puede que a este le
desagrade la informalidad en cómo ella trataba a su ama.
Isabel intuyó que Anna mantenía las distancias para evitar
más agravios. Le curaba la herida, sentadas ambas en el
sofá de la biblioteca. Estaban ellas y Everett, solamente,
Damir le hacía compañía a Jevrem en otra de las
habitaciones ocultas en el sótano, construidas para
contener los cambios hormonales de las sirvientas por ser
débiles a las etapas del celo en caso de que a más de una
las afectara. Un frasco de alcohol isopropílico y algodones
en motas untadas en el fuerte líquido cristalino, yacían
sobre la mesita central del juego de sillones verde oscuro.
La joven alasqueña movió su brazo y sonrió tímida a Isabel
que la estudiaba en silencio, Anna lucía demacrada y
entristecida, fue una labor que a la híbrida le costó hacer,
las náuseas afloraron, pero ella aspiró un poco de los
vapores del alcohol para aplacarlas.
Esto a Everett no le pasó por alto.
—Qué bueno —dijo Isabel a Anna, habiéndole servido de
algo la cantidad de veces en que ella envolvía sus pies en
gasas o vendas para que sus zapatillas de punta no
laceraran sus dedos.
Mientras tanto, Everett –ataviado en unos vaqueros y
camiseta negra que Blanka le había entregado hacía unos
minutos– observaba también a la muchacha, estando él
sentado en el sillón del frente; una pierna reposaba en su
otra rodilla, el brazo sobre su estómago, la mano contraria
en los labios en actitud meditabunda.
Violado…
Lo escuchó muy bien.
Jevrem había amenazado a los supuestas personas que lo
atacaron, acarreando en Everett algunas preguntas como:
¿cuándo y dónde esto ocurrió?  
Lo repetía en su mente, enojado por lo que le habrían
hecho a su sobrino. Empuñaba las manos con rabia para
contener la furia que se arremolinaba en su ser y no lanzar
palabrotas sin sentido; quién sabe a qué vejámenes fue
sometido que perdió el sentido de sí mismo. Lo ultrajaron,
¿cuántos malditos? ¿Fue uno?, ¿dos? Jevrem dijo «los
mataré por haberme violado».
Mierda…
El subconsciente del joven gritó a todo pulmón lo que el
alma trató de callar por tanto tiempo.
Everett masajeó sus neuronas ante la migraña que lo
aquejaba, debido a que, sin poderlo evitar, imaginaba a
Jevrem pidiendo ayuda para que lo salvaran. ¿De qué
malditos?, ¿quiénes pudieron ser? Jevrem, como beta, era
un lobo fuerte. Lo que le hacía meditar que los demás
debían serlo mucho más.   
«Los mataré…», el plural de la amenaza de este indicaba
que más de uno abusó de él.
Isabel trataba de animar a Anna Morris, a la vez en que
Everett seguía con la vista clavada sobre la muchacha. Lo
que a esta la incomodó su incesante mirada; también Isabel
se dio cuenta, aunque su compañera consideró que él
estaba sumido en sus propios pensamientos.
—¿Por cuánto tiempo lo mantendrán encerrado?
—No sé, Anna, lo que Everett considere conveniente.
—Lo que él dijo… —se refirió a Jevrem—, ¿fue cierto? A
él… —Isabel se encogió de hombros y Anna rompió en llanto
—. No lo puedo creer, por eso tenía constantes pesadillas.
Fue porque…
Everett frunció el ceño.
—¿Desde cuándo las tiene? —Las conjeturas que había
fraguado antes se desvanecieron en un parpadeo, cayendo
en cuenta que las visiones debieron atacar a Jevrem mucho
antes de lo que les había informado.
Anna lo pensó y luego respondió:
—Supongo que desde hace días: la primera noche, cuando
llegamos a los Hamptons, Jevrem se quedó dormido aquí en
la biblioteca. Yo estaba en el cuarto que me asignaron, tenía
hambre, así que salí y me perdí por no saber cómo llegar
hasta la cocina. Los llantos de un hombre me llamaron la
atención, seguí el sonido y fue cuando vi a Jevrem, sentado
en aquel sillón —señaló el que colinda con la chimenea—. Él
hablaba dormido, algo lo aterrorizaba.
Everett e Isabel intercambiaron miradas silenciosas. La
morena lucía un vestido sencillo de mangas cortas y de
color marrón, también traídos por el ama de llaves sin que
sus patrones se lo hubiesen pedido para que estuviesen
más cómodos, pero igual agradecieron el gesto para no
andar escasos de ropa. Aun así, a Isabel la angustiaba la
inestabilidad mental de Jevrem, que quería largarse a llorar
en su cama por la maldad de unos pervertidos.  
—Ay, señorita Isabel… ¡Cuánto sufro por esto! —se dirigió
a ella, incapaz la joven de soportar la mirada meditabunda
del alfa—. Jevrem no merecía que le hicieran eso…
—Nadie lo merece, Anna, fue un acto repudiable. El que lo
violó será castigado. —Ella misma lo castraría.
—¿Jevrem dijo algo más? —Everett interrogó a la lobata,
en caso de que algún dato en específico les sirviera para dar
con los responsables. Tras escuchar los primeros gritos,
brincó fuera de la cama para averiguar qué pasaba; si bien,
reconocía que por el timbre de voz era un hombre joven, no
supo de quién se trataba hasta salir de su habitación,
donde, en ese preciso momento, Jevrem vociferaba lo de su
violación.
Fueron segundos en los que Everett no reaccionó y,
cuando lo hizo, Jevrem huía de allí, siendo mitad humano,
mitad lobo.
Aguardó por la respuesta de Anna, esta hacía memoria,
dudosaen apariencia de lo que recordaba, pero al instante
sus ojos se agrandaron por lo que sea que pugnaba por salir
de sus labios.
—«Kroz» —mencionó—. Jevrem repitió ese nombre varias
veces antes de abandonar la habitación. Quise detenerlo,
pero derribó la puerta y temí que me volviera a herir…
¿Saben quién es él? Parecía enojado por ese sujeto.
Everett se puso en pie en el acto.
Que mencionen un nombre determinado en sueños, a
veces es mera coincidencia debido a las negociaciones o
amistades que sostenían, pero que lo grite varias veces en
medio de una pesadilla y con secuelas que le ocasionaron
un breve «ataque de ansiedad», sentenciaba un hecho.
—¿Lo conoces? —Isabel le preguntó y Anna se tensó por lo
que el amo pudiera decir.
Asintió.
Su mirada severa, ida hacia la lejanía de un pensamiento
que pasó de la estupefacción a lo sangriento.
—Es uno de los hombres de Vladan —reveló con los
dientes apretados.
Anna jadeó estupefacta e Isabel se paralizó por algo que
recordaba.
Vladan…
—¿Quién es ese? —Un duro momento en su vida, volvió a
su mente y la hizo revivir el terror que padeció aquella
noche en la azotea de la cabaña.
«Arturo, por favor, estoy embarazada. No nos hagas
daño».
«A mí me da igual si esperas trillizos, me vas a pagar lo
que me hicieron».
«¡¿Y qué te hicimos?!».
«¡Ay!, chavelita, chavelita, la mediocrita… No solo me
encerraron por darte en la jeta por zorra: ¡ME VIOLARON!».
—Es el Alfa del Clan Anka, apostado en Canadá —
respondió Everett a Isabel, y Anna asintió a su patrona para
secundar dicha revelación.
«El hijo de puta de tu amante me mandó a un lugar lleno
de lobos maricos para que me cogieran por el culo y les
mamara la verga».
«¡Mentira!».
—¿Crees que ellos: Vladan y Kroz…? —Everett apretó su
mandíbula para no responderle, pero la ira reflejada en su
rostro era más que evidente de que estos pisotearon la
hombría de Jevrem—. Dios…
«Estoy segura de que no fue intencional. Él me dijo que
era para…».
—Qué desalmados —Anna recostó su cabeza contra el
hombro de Isabel y lloró desconsolada. Lo que habría sufrido
su amado…
No obstante, Isabel quedó en blanco, pensado en aquella
noche. Sacudió la cabeza, no lo aceptaba, era imposible.
Everett lo había enviado a… ¿Adónde? ¿Con quiénes?
«(…) Ni siquiera puedes excusarlo, estúpida, ¡porque
sabes muy bien que lo que te digo es la verdad! Me envió a
ese lugar de mierda para que me violaran como castigo.
¿Sabes quiénes eran los que más me daban por el culo?
Vladan y Kroz. ¿Los conoces? Ambos son amigos carnales de
tu cojito. Ahora es mi turno de vengarme y le voy a dar por
donde más le duele a ese malnacido».
A Isabel el mundo le dio vueltas y se separó de Anna por
sentir que estaba por sufrir una combustión. Vladan y Kroz…
Esos eran los sujetos que Arturo había mencionado antes de
querer a ella hacerle daño, en venganza por lo que a él le
hicieron.
—Ellos son… —Miró a su compañero con los ojos anegados
en lágrimas— los que violaron a Arturo.
Everett quedó pegado al piso, porque esa noticia él jamás
la supo, pero sí lo que este asqueroso ser pretendió hacerle
a su propia hermana y no se arrepintió de que lo hayan
despedazado. Por desgracia, tendría que explicarle a Isabel
por qué envió al pulgoso fuera del país, cuando en aquel
entonces su moribundo padre Stanislav regía el clan; bien
que pudo consultarle o tomar la decisión por su propia
cuenta, él contaba con su aprobación para convertirse en
alfa, pero optó por el camino más fácil y dejó en manos de
otros el doblegamiento de un híbrido rebelde.
Metió las manos en los bolsillos delanteros de su pantalón
y bajó la mirada hacia sus zapatos para no ver la
recriminación en los ojos de su amada.
Su relación pendía de un hilo a punto de romper.     
  
 
Capítulo 25
 
 
—Retírate, Anna.
Everett ordenó a la muchacha para poder hablar a solas
con Isabel y, del cual, la aludida se puso en pie de
inmediato sin que su amiga diera objeciones.
En cuanto se cerró la puerta de la biblioteca de dos
niveles, el silencio se estableció entre los dos lobos. Everett
invitó a Isabel a sentarse en el sofá, puesto que se había
levantado anonadada de lo recordado, pero se negó
rotunda, no sería una charla casual que sostendrían ni
plantearían juntos el futuro de los hijos; lo que discutirían ya
la lastimaba a tal punto que su estómago se revolvía.
Por él, Arturo quiso propasarse.
—Tu hermano fue un híbrido inestable y no tenía intención
de obedecer —dijo Everett—. Logramos atraparlo antes de
haber infectado a otros humanos, estaba en plena
conversión, si mordía a algunos, se desataba una cacería de
la que, hasta ahora, ni los vampiros serían capaces de
detener.
—¿Por qué lo enviaste con ese clan?, no forman parte de
tu gente —Isabel inquirió con un matiz duro en su voz.
Everett se rascó ligeramente el lóbulo de la oreja y sopesó
sentarse en uno de los sillones para que Isabel hiciera lo
mismo; sin embargo, optó por permanecer en su sitio, nada
lo salvaría de tener que dar explicaciones, puede que finja
enojo y salga de allí pitado y así evitar el interrogatorio, más
esto era pésima idea, Isabel era testaruda y cuando tenía
algo entre ceja y ceja, presionaba hasta conseguirlo.
—No lo quería cerca —respondió, evitando contar lo otro.
—Y lo enviaste con unos sujetos que hicieron festín en su
culo.
—Ese engendro era un criminal que hasta te golpeaba.
Que le sacara aquello en cara, la hizo rabiar, él nunca se
hizo responsable al herirlo después de la paliza que en su
apartamento Arturo le propinó a ella por sus oficios de
«puta». Nunca hablaron sobre lo sucedido, Isabel dio por
sentado de que Everett lo envió a un lugar en el que
cumpliría una supuesta condena que, con el transcurso de
los años, lo reformaría y, al salir, sería parte de los hombres
de Everett o de alguno de los miembros de su clan, pero el
castigo fue brutal y Arturo se las arregló para escapar de
sus carceleros, aliándose con un troglodita de casi dos
metros de altura, dispuesto a matar a los de su propia
sangre con tal de aferrarse a un poder que se le escapaba
de entre los dedos.
—¡Porque Arturo me lo gritó! —exclamó airada y en un
eventual desbordamiento de lágrimas—. Nos acusó de ser
los que causamos que fuese violado por aquellos
malnacidos. Sobre todo, a ti te señaló. Ese Vladan, amigo
«carnal» tuyo, acataba tus órdenes.
—¡No le di semejante orden! —se indignó.
—No finjas demencia que sí lo hiciste —rebatió dolida—.
Porque, de otro modo, ¿para qué lo enviaste con un grupo
de lobos que les gusta reventar traseros a los prisioneros?
Vladan y Kroz abusaron de él repetidas veces. ¡Oh, Dios!, y
yo que creí que cumplía condena, y lo que en realidad
sucedía era que…
—Isabel, admito que me sorprendió enterarme de lo
sucedido a tu hermano, créeme, no era esto lo que pedí
para él; más bien: trabajo duro y fuerte castigo si
desobedecía, pero no de lo que me acusas.
—Hasta Jevrem sufrió por estos sujetos.
—Y del que les haré pagar.
—Cómo, ¿ah? ¿Cómo, Everett? ¿Vas a tomar el jet y volar
hasta Canadá para darles su merecido? Por lo que sé,
Vladan es líder de otra manada que no forma parte de este
país. ¿Piensas causar un incidente internacional o llevar a
ese maldito a instancias elevadas?
Lo sugerido por Isabel hizo pensar a Everett:
Solicitar una audiencia ante el Alfa Mayor de los Estados
Unidos, para que, en representación de los agraviados, este
se comunique con el representante de la otra nación para
litigar contra dos metamorfos, cuyas trayectorias han
arrojado grandes dividendos en ambos lados de la
frontera…, sería un gran inconveniente.
Aunado a esto, la hombría de su sobrino sería objeto de
burlas y el apellido de la familia seriamente enlodado.
Prefería arreglar las cuentas a la antigua.
—Haré lo más acorde para la honra de los Brankovic.
¡¿Lo más qué…?!
Si bien, a Isabel le daría un fresquito que aquellos
recibieran una paliza, reclamar una afrenta irreparable
ocasionaría