Logo Passei Direto

4 Mafia Target - Mila Finelli

User badge image
Emma James

en

Herramientas de estudio

Material
¡Estudia con miles de materiales!

Vista previa del material en texto

La traducción de este libro es un proyecto de Erotic By PornLove 
o Reading Girls, No es, ni pretende ser o sustituir al original y no 
tiene ninguna relación con la editorial oficial, por lo que puede 
contener errores. 
El presente libro llega a ti gracias al esfuerzo desinteresado de 
lectores como tú, quienes han traducido este libro para que puedas 
disfrutar de él, por ende, no subas capturas de pantalla a las redes 
sociales. Te animamos a apoyar al autor@ comprando su libro 
cuanto esté disponible en tu país si tienes la posibilidad. Recuerda 
que puedes ayudarnos difundiendo nuestro trabajo con discreción 
para que podamos seguir trayéndoles más libros 
Ningún colaborador: Traductor, Corrector, Recopilador, 
Diseñador, ha recibido retribución alguna por su trabajo. Ningún 
miembro de este grupo recibe compensación por estas 
producciones y se prohíbe estrictamente a todo usuario el uso de 
dichas producciones con fines lucrativos. 
 
¡ N O C O M P A R T A S E S T E M A T E R I A L E N R E D E S S O C I A L E S ! 
N O M O D I F I Q U E S E L F O R M A T O N I E L T Í T U L O E N E S P A Ñ O L . 
P O R F A V O R , R E S P E T A N U E S T R O T R A B A J O Y C U Í D A N O S A S Í 
P O D R E M O S H A C E R T E L L E G A R M U C H O S M Á S . 
¡ A D I S F R U T A R D E L A L E C T U R A ! 
 
 
 
 Erotic By PornLove al traducir ambientamos la 
historia dependiendo del país donde se desarrolla, por eso el 
vocabulario y expresiones léxicas cambian y se adaptan. 
 
 
 
 
 
 
T H E K I N G S O F I T A L Y 
L I B R O 4 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
“Es fácil amar a tu amigo, pero a veces la lección más difícil de 
aprender es amar a tu enemigo” 
 
 
SUN TZU 
 
 
 
 
 
 
He renunciado a mi derecho de nacimiento como heredero de un 
imperio de la mafia italiana, pero nadie abandona la hermandad sin 
pagar un precio. Para eludir a mis enemigos, me mantengo en 
movimiento. 
Ahora un nuevo hombre me acecha, me vigila. Pero hay algo más 
en sus ojos, un hambre que me enciende. Es rudo y peligroso, todo 
lo que ansío en la oscuridad. 
E X C E P T O Q U E H A S I D O C O N T R A T A D O 
 
Dicen que mantengas a tus enemigos cerca. Así que eso es 
exactamente lo que estoy planeando. Cuidado con la presa que se 
convierte en cazador... 
Vivo en las sombras, el asesino que nunca ven venir. Soy el mejor, 
pero Giulio es mi debilidad. Lo necesito de maneras que no puedo 
explicar. 
Puede que huya, pero lo seguiré hasta el fin del mundo. Y si otros 
tratan de lastimarlo, lo protegeré con mi último aliento. 
E X C E P T O Q U E E S T O Y O C U L T A N D O U N 
S E C R E T O , U N O Q U E M E C O S T A R Á T O D O . 
D E B E R Í A I R M E , . 
 
The Kings of Italy #4. 
 
 
 
Una azotea de Siderno en una cálida tarde de septiembre. 
 
El sol de Calabria golpea el techo, caliente e implacable. Familiar. 
Llego pronto a mi posición. La vista desde aquí arriba me permite 
ver toda la calle. Me meto una rodaja de higo fresco en la boca y la 
mastico lentamente. 
Paso la mayor parte del tiempo solo, esperando. No me importa. 
No me llevo bien con los demás. Esa es una de las muchas razones 
por las que el ejército y yo nos habíamos separado. 
Me ajusto el ala de mi gorra de béisbol, manteniéndome en la 
sombra. Hoy sopla un ligero viento del este, pero nada de lo que 
tenga que preocuparme. Casi puedo hacer este trabajo mientras 
duermo. 
Matar es lo único en lo que destaco, y el ejército italiano me había 
recompensado por eso. Serví durante ocho años, siendo el 
francotirador más condecorado del 1er Regimiento de Bersaglieri. 
Combatimos en Afganistán, Siria, Irak y otros lugares que no puedo 
revelar. 
Cuando dejé el servicio, la gente quería que siguiera matando 
para ellos. Esto me gusta más. Me permite viajar y mantener mi 
propio horario. Y gano un montón de dinero. 
Cuando el número de asesinatos supera los cincuenta, pierdo la 
cuenta. No es importante. Hasta que mis manos empiezan a 
temblar y mi vista falla, este es mi propósito. Nadie lo hace mejor. 
 
Suena mi teléfono. Miro la pantalla. Normalmente no contesto 
mientras estoy en un trabajo, pero hoy hay algunas piezas que aún 
desconozco. Esta puede ser una de ellas. 
Toco la pantalla. 
—Pronto1. 
—Todo está en su sitio —dice Vito D'Agostino, hermano y 
consigliere de un mafioso de Napoli—. Nuestro hombre de adentro 
dice que estaremos listos en cuarenta y cinco minutos. 
Consulto mi reloj. La una en punto. Pongo el cronómetro en 
marcha. 
—Va bene2. 
—Tan pronto como esté hecho le enviaremos a tu asistente la 
mitad restante del dinero. 
Esto es lo normal, pero innecesario. Nunca fallo. 
—Por supuesto. 
—Esto podría ponerse feo una vez que se corra la voz. 
Vito había mencionado esto antes. No me importa. Hay una razón 
por la que nadie puede encontrarme a menos que yo se lo permita. 
—No te preocupes. Olvidaré nuestro trato tan pronto como me 
paguen. 
—Bien. —Vito cuelga. 
No me importan las repercusiones. Para mí, esto es solo un 
trabajo. Las razones, o lo que el objetivo haya hecho para merecer 
la muerte, no me importan. Estoy cobrando un cheque por los 
servicios prestados. 
Una vez efectuado el disparo, guardaré el rifle y me dirigiré a la 
Ducati que me espera al pie de la escalera. Minutos más tarde me 
subiré a un auto y conduciré hacia las montañas. Luego 
 
1 Pronto. Al contestar el teléfono es como decir diga, en italiano. 
2 Va bene. Está bien o De acuerdo, en italiano. 
 
desapareceré durante unas semanas en una de mis muchas casas 
de Europa. 
El tiempo en la campiña francesa es especialmente agradable en 
esta época del año. 
Pensando en vino y queso, saco con cuidado mi fusil de la funda. 
Es del mismo tipo que el utilizado por las fuerzas especiales 
británicas, el rifle de largo alcance L115A4. Portátil y ocultable, el 
arma tiene una excelente óptica con poca luz y a plena luz del día, 
una mira telescópica de doble giro y un supresor para reducir el 
fogonazo y el ruido. Y nunca me ha fallado. 
La desempaco metódicamente, cada pieza en el mismo orden. 
Nunca me desvío. Los otros de mi unidad me habían llamado 
supersticioso, pero ellos también lo eran. Muchos italianos lo eran, 
pero los francotiradores aún más. 
Con el fusil preparado, me acerco al borde del edificio. Me 
mantengo agachado, un punto oscuro en un tejado cualquiera. Me 
siento con el fusil y el estuche a los pies. La temperatura del tejado 
es casi insoportable en mi piel, pero me obligo a esperar. He 
soportado cosas peores. 
Pronto mi cuerpo se adapta, manteniendo mi respiración lenta y 
constante. Veinte minutos. Mi objetivo estará bien vigilado. 
Examino la dirección de enfrente, donde trabaja el doctor de la 
esposa. Sin duda, detendrán el auto directamente en el frente y 
tratarán de entrar a toda prisa. 
Tengo que ser rápido. 
Cargo el rifle. Estas balas son de baja resistencia, más pesadas, 
y las había fabricado especialmente para mí un hombre en Berlín. 
Me parecen más precisas que las que usaba en el ejército. 
Diez minutos. 
Flexiono los dedos. Me vuelvo a atar los cordones. Verifico el 
viento y la distancia. Ajusto la mira. No hay margen para el error. 
Cuando la fila de autos dobla la esquina y empieza a reducir la 
velocidad, yo ya estoy en posición. Tengo el segundo auto en mi 
mira, ya que sin duda es el que lleva a mi objetivo. 
 
Me froto el amuleto dorado de cornicello3 alrededor del cuello para 
que me dé suerte, y luego pongo la punta del dedo en el gatillo. 
El primer auto avanza calle abajo, pero el segundo auto, el que 
estoy siguiendo, se detiene abruptamente más adelante. El tercer 
auto se detiene detrás de él. Contengo la respiración. ¿Me han 
visto? 
Es imposible. Tiene que haber otra razón. 
Compruebo el primer auto para asegurarme. Definitivamente no 
está allí.Vuelvo al segundo auto. La puerta se abre y veo salir a un 
hombre bien vestido. ¡Minchia!4 No me lo esperaba. 
Antes que pueda apretar el gatillo, un hombre más grande 
bloquea mi ángulo. Porca di puttana5. Entonces el objetivo ayuda a 
una mujer a salir del auto. No tengo un tiro de gracia claro. Todo el 
grupo se dirige a la heladería, desapareciendo en el interior. 
Muevo los hombros, hago algunos cálculos rápidos y ajusto la 
mira a la nueva distancia. Tendré que matarlo cuando salga de la 
tienda. Mientras espero, me obligo a ralentizar los latidos del 
corazón y a respirar con más calma. 
Entonces lo veo. 
El hombre más magnífico que jamás había visto aparece ante mis 
ojos, y es como ser alcanzado por un rayo. Colpo di fulmine. 
Caído del cielo. 
Mi aliento abandona mis pulmones de golpe mientras lo estudio. 
Alto y delgado, con brillantes ojos azules y cabello oscuro. Joven, 
quizá diecinueve o veinte años. Su mandíbula es una obra de arte, 
su rostro la perfección absoluta. Hoy no se ha afeitado y esa barba 
es jodidamente sexy. 
Lo sigo mientras se mueve, para asegurarme que no estoy 
alucinando. La camisa azul le queda perfecta, el color hace juego 
 
3 Cornicello. Palabra italiana que significa cuerno pequeño o cuerno porta fortuna, es 
un amuleto usado para proteger contra el mal de ojo. 
4 Minchia. Joder o Carajo, en italiano. 
5 Porca di Puttana. Santa mierda, en italiano. 
 
con sus ojos. Sus jeans se ciñen a sus largas piernas como si la tela 
hubiera sido hecha expresamente para él. Ningún hombre fuera de 
una pasarela de Milán tiene derecho a lucir así de bien. 
¿Trabaja para mi objetivo? 
Se ríe de algo que se dice y me quedo mirando, hipnotizado. Dio, 
esa sonrisa. Podría derretir témpanos de hielo. 
Me atraen tanto los hombres como las mujeres, pero hasta ahora 
nunca había sentido un parpadeo de interés por nadie mientras 
estoy en un trabajo. ¿Por qué este hombre? Lo observo unos 
segundos más, esperando respuestas. 
Entonces me doy cuenta que el pulso me late en los oídos. Cristo, 
necesito concentrarme y calmarme. 
Aparto la vista del hermoso hombre para observar el escaparate. 
Mientras espero, intento regular la respiración. Nunca me había 
sentido tan agitado. Es una mala señal. 
Basta. Tengo que recomponerme. Una vez me quedé despierto 
durante tres días al acecho para matar con éxito a un líder talibán. 
Puedo hacerlo. 
Dentro y fuera... dentro y fuera. Cuento mis respiraciones 
queriendo que mis músculos se relajen. 
Pero al final todo sucede demasiado rápido. No había planeado el 
gelato o el colpo di fulmine. Me precipito. 
Y fallo. 
 
 
 
Cuatro años después. 
Málaga, España. 
 
No quiero estar aquí. 
De hecho, no quiero tener nada que ver con este hombre ni con 
su familia. Él es la causa de la única torpeza de mi carrera, un 
secreto vergonzoso que solo unos pocos conocen. 
Observo desde las sombras cómo avanza por la calle oscura. 
Ahora usa un nombre diferente, como hace en cada ciudad que 
visita, pero reconocería aquel rostro en cualquier parte. Se ha hecho 
más grande, más guapo. Su mandíbula es más angulosa. Siento la 
misma sacudida de conciencia y atracción que cuatro años atrás. 
Cazzo6, es como una broma cruel. 
A principios de semana recibí la llamada que tanto temía. 
—Necesito que lo dejes todo y te vayas a Málaga —ordena don 
D'Agostino. 
Trago saliva. 
—Esto es por el hijo, supongo. Vito me avisó. 
—Está usando el nombre de Javier Martín. Tengo una imagen suya 
en el aeropuerto de Málaga hace cinco días. 
 
6 Cazzo. Joder o carajo, en italiano. 
 
Me había hecho fallar en aquella calle de Siderno. ¿Y ahora 
querían que lo persiguiera y lo matara? 
—No. 
Don D'Agostino gruñe al otro lado. 
—¿De verdad piensas rechazarme? 
—No puede esperar que yo... 
—Lo que espero es que hagas cualquier puta cosa que te pida. 
Fracasaste en tu último trabajo para mí, y con una llamada puedo 
hacerle saber a Ravazzani quién le disparó y casi mata a su esposa 
embarazada. ¿Es esto lo que quieres? 
—Si mato a su hijo, me perseguirá como a un perro. 
—Ese no es mi problema. 
Maldito mafioso. Nunca debí aceptar el trabajo de matar a Fausto 
Ravazzani en primer lugar. 
Giulio Ravazzani dobla la esquina y lo sigo a distancia. No había 
tardado mucho en seguirle la pista desde que llegué ayer. Ahora es 
cuestión de oportunidad, de encontrar el lugar y el momento 
adecuado. 
Me gusta observar a mis objetivos. Aprender sus rutinas. No me 
gusta precipitarme, si es posible. 
Esto no es difícil con Giulio. Es magnífico, sus movimientos 
fluidos. Puedo ver el contorno de un arma bajo su chaqueta. 
Inteligente por su parte, teniendo en cuenta el número de enemigos 
que su familia ha acumulado a lo largo de los años. Lleva unos días 
sin afeitarse, y los vellos en su mandíbula, más que barba, son un 
atractivo desaliñado. 
Es una pena que tenga que matarlo. 
Se pone una gorra de béisbol en la cabeza y entra en un gran 
edificio. ¿Qué está haciendo? 
 
Me escabullo hacia un lado, manteniéndome fuera de su vista. 
Hay una escalera de incendios que lleva a un piso superior. Si 
alcanzo las ventanas, podría colarme adentro. 
Saltando, me sujeto a la barra de hierro y me levanto. Luego trepo 
por la escalera de incendios. La primera ventana que intento está 
cerrada, pero la siguiente se abre. Entro. 
El viejo suelo de madera está polvoriento, como si nadie hubiera 
subido aquí en años. Mis pasos son cuidadosos, silenciosos. Me 
agacho y me acerco al sonido de las voces. 
Diviso a un grupo de hombres en la planta baja. Giulio está de 
pie junto a una mesa, con un paquete rectangular blanco delante. 
Hablan en inglés. 
—A pesar de lo que me dicen nuestros contactos mutuos, esto no 
puede ser mejor que el producto que ya importamos —dice un 
hombre con botas de cocodrilo, casi burlándose de Giulio. 
—Si no me cree —dice Giulio—. Pruébalo. 
Botas de Cocodrilo señala el ladrillo. 
—Si insistes. 
Sacando una navaja, Giulio abre el paquete. Una pequeña 
cantidad de polvo blanco cae sobre la mesa. Giulio da un paso atrás 
y hace un gesto hacia lo que tengo que suponer que es coca. 
Uno de los socios de Botas de Cocodrilo se adelanta. Arrastra el 
dedo por el polvo, abre la boca y se lo pasa en las encías. No puedo 
verle el rostro, pero lo escucho aspirar. En español, le dice a Botas 
de Cocodrilo: 
—Qué buena mierda. 
¿Cosa?7 ¿Cómo mierda va a saber eso por untarse las encías? ¿Y 
un kit de pruebas? 
 
7 Cosa. Qué o Cómo, en italiano. 
 
—Te lo dije —confirma Giulio—. No solo es de mejor calidad, sino 
que es más barata que la que consigues ahora. 
¿Importa Giulio drogas a Málaga? ¿Ma sei pazzo?8 El negocio de 
la droga es peligroso. Aunque sé que está acostumbrado, siendo el 
hijo de Fausto Ravazzani. 
Y es lucrativo. Esto explica cómo Giulio sobrevive fuera del 
imperio de su padre. 
—Más barato, ¿cómo? —pregunta Botas de Cocodrilo. 
—Tengo contactos —es todo lo que dice Giulio—. Solo trabajan 
conmigo. Si quieres acceder a esto, tiene que ser a través de mí. 
—¿Y se supone que debo creerte? ¿Un niño? —Todos los hombres 
se ríen. 
—¿Le gusta el dinero, Señor Martínez? Porque a mí sí. Y si no le 
interesa ganarlo, hay otros cuatro hombres en mi lista. Sé con 
certeza que la Bratva dirá que sí. ¿Sabes lo que pasará entonces? 
—Hace una pausa y mira fijamente a Botas de Cocodrilo—. Los 
rusos y yo te echaremos del puto negocio. 
Madre di dio. Un oscuro escalofrío me recorre la espina dorsal. 
Giulio tiene pelotas para enfrentarse a estos hombres. 
Estoy impresionado. 
—¿Y si te mato y me ahorro el problema? —pregunta el Señor 
Martínez. 
—Entonces mi gente irá a la Bratva y tú seguirás sin negocio. 
—¿Gente? —El Señor Martínez mira a su alrededor de forma 
dramática, con una voz cargada de sarcasmo—: ¿Qué otra gente? 
Ahora esel turno de Giulio de hacer una mueca. 
—¿Crees que tengo las plantas de coca en mi sótano? ¿Qué las 
cultivo, remojo las hojas y las muelo yo mismo? Mi gente lo hace, y 
créeme, no querrás joder con ellos ni conmigo. 
 
8 Ma sei pazzo. Está loco, en italiano. 
 
Che palle9. Esta demostración de poder es asombrosa. Puedo 
sentir como mi ingle se tensa mientras la lujuria engrosa mi polla. 
Me inclino para meterme en mis jeans. 
El Señor Martínez se frota la mandíbula. 
—¿Cuánto puedes conseguir? 
—Veinte kilos hoy. 
—¿Cuánto más barato? 
—Un millón de euros. 
El Señor Martínez ladea la cabeza. 
—¿Por todo? 
—Sí. Sé que normalmente paga bastante más. Así que espero 
todo por adelantado en efectivo. Ahora mismo. 
El Señor Martínez asiente una vez y hace una seña a un hombre 
que está al fondo del grupo. El socio se acerca y pone un maletín 
sobre la mesa, junto a la coca. Dentro hay montones de dinero en 
efectivo y el Señor Martínez cuenta la cantidad que Giulio le ha 
pedido. 
Giulio saca un bolso del suelo y mete el dinero dentro. 
—Hay una tabla suelta en la esquina trasera izquierda. Levanten 
esas tablas y su coca estará allí. 
El Señor Martínez envía a tres hombres, que retiran rápidamente 
las tablas. Luego cuentan los paquetes. 
—Está todo aquí —grita uno de ellos. 
El Señor Martínez le dice a Giulio: 
—Si esto va bien, ¿cuándo podremos...? 
Pero Giulio ya ha desaparecido, junto con el dinero. El paquete 
sigue sobre la mesa. 
 
9 Che palle. Que bolas, que tonterías o que estupidez, en italiano. 
 
Una sonrisa se dibuja en mis labios. Cazzo, este hombre me cae 
bien. Es astuto e ingenioso. Valiente. Los rumores que había oído 
sobre su padre son muy parecidos, con un toque de asesino 
psicótico. Pero no sabía que Giulio también lo es. 
Me apresuro a volver por donde había venido. Pronto veo a Giulio 
caminando a grandes zancadas. Agacho la cabeza y me muevo 
hacia el lado opuesto de la calle. Esto me permite seguirlo por las 
vidrieras en lugar de mirarlo directamente. Mira varias veces por 
encima del hombro, pero el Señor Martínez y sus hombres no lo han 
seguido. 
Con suavidad, se quita la gorra de béisbol y abre la cremallera 
del bolso. En su interior hay una mochila, que obviamente contiene 
todo el dinero. Deja el bolso vacío y la gorra en una papelera y se 
echa la mochila a los hombros. 
—Idiotas —dice con una sonrisa pícara. 
A la mierda. Este chico de veintidós años lleva un millón de euros 
a la espalda. 
Colpo di fulmine. 
Me froto el pecho e intento aliviar el dolor que siento allí. Hace 
mucho tiempo que no siento tanta atracción por otra persona. 
Quizá nunca. No lo entiendo. Él y yo no nos conocemos y, sin 
embargo, me siento atraído por él. Quiero morder su dura 
mandíbula y sentir sus ásperas manos en mi polla. 
Entra en su apartamento. Actualmente alquilo el apartamento de 
enfrente, pero no tengo ningún interés en verlo esconder el dinero 
adentro. Prefiero esperar aquí por si vuelve a salir. Espero que 
sienta la necesidad de celebrarlo esta noche. 
Porque eso quiero verlo. 
Acabaré matándolo... pero no tengo por qué hacerlo esta noche. 
 
 
 
Busco una distracción. 
El bajo resuena en mi pecho mientras me abro paso por la 
discoteca. Málaga es muy amigable con los homosexuales y me 
resulta fácil pasar desapercibido. Un hombre más, soltero y en 
busca de diversión. Nada serio. 
Una vez experimenté algo serio. Nunca más. 
Y pasar desapercibido es aún más importante ahora. Alguien ahí 
afuera me quiere muerto, pero me niego a darles la oportunidad. 
Hasta que descubra y destruya a los responsables de aquel auto 
bomba destinado a mí, el que mató a Paolo, tengo que tener 
cuidado. Así que me mudo con frecuencia de ciudad y cambio de 
identidad. 
Por eso vengo a lugares como éste. Abarrotados, anónimos. Entro 
y salgo rápidamente, el tiempo suficiente para satisfacer ese picor. 
Mi teléfono suena en el bolsillo. Compruebo rápidamente el 
nombre. Papà de Mimi. Mimi es un apodo para Noemi, mi hermana. 
Es mi padre quien llama. 
Rechazo la llamada y vuelvo a guardar el teléfono en el bolsillo, 
no sin antes darme cuenta que hay otras tres llamadas perdidas 
suyas. Cristo. No quiero oír lo que Fausto tenga que decirme, y 
menos ahora. Ya lo llamaré cuando acabe aquí. 
Una voz ronca con acento de Andalucía me dice al oído: 
—Lo que tú me haces. 
Cuando me giro para ver si está puede ser la elección de esta 
noche, mi mirada se clava en otro hombre al otro lado de la 
habitación. Decir que está bueno no le hace justicia. Este hombre 
es un infierno, pero no en el sentido clásico. Fornido y alto, tiene el 
cabello negro azabache lo suficientemente largo como para mostrar 
sus ondas naturales. Tiene una piel aceitunada que me recuerda a 
 
mi hogar y una cicatriz en la mejilla. El peligro irradia de él en 
oleadas y mi polla se endurece. 
Sus ojos azul grisáceo se clavan en mí, siguiéndome como a una 
presa, y me estremezco. Reconozco a un cazador en cuanto lo veo. 
Mi corazón late con fuerza y el aire crepita. Es exactamente mi 
tipo. Me gustan amenazadores y estoicos, con suficiente fuerza 
como para querer inmovilizarlos o empujarlos contra una pared. 
No lo había visto antes aquí. Eso lo hace aún más atractivo. Si no 
es un cliente habitual, lo más probable es que no volveremos a 
encontrarnos después de esta noche. 
Dejo que mi mirada recorra su cuerpo, el mensaje está claro. 
Sacudiéndome al esperanzado joven de Andalucía, me dirijo 
hacia la parte de atrás del club. Hacia los rincones oscuros donde 
la gente como yo prospera. En esos rincones negros donde nadie 
puede ver, por fin puedo soltarme unos instantes. 
La expectación me recorre la piel, las bolas y la polla. Sé que el 
hombre del otro lado del bar me sigue. Puedo sentirlo a través de 
un sexto sentido mafioso o algo así. Cada segundo que pasa me 
excita más imaginarme agarrando aquel espeso cabello mientras le 
meto la polla en la boca. 
Hace mucho tiempo que no follo ni me follan, desde que salí de 
Bélgica. En cambio, me limito a las pajas y las mamadas, que son 
rápidas e impersonales. Consigo lo que necesito y sigo adelante. Es 
suficiente. 
La oscuridad me envuelve cuando llego al fondo del club. Puedo 
oír gruñidos y gemidos, ver la silueta de figuras forzadas, pero no 
me detengo. Me gusta esta sensación, el zumbido que se acumula 
en mi sangre justo antes que nos pongamos las manos encima. 
Una palma aterriza en mi hombro, haciéndome girar. Mi espalda 
se estrella contra la pared. ¿Che cazzo? Cuando me recupero de la 
sorpresa, me muevo e invierto nuestras posiciones. Nos quedamos 
así un momento, evaluándonos de cerca, respirando con dificultad. 
Es el hombre del otro lado de la barra. Como esperaba, me ha 
seguido hasta este rincón oscuro, preparado para lo que venga 
 
después. Siento su polla apretada contra mi cadera a través de sus 
jeans. Me muero por probarla. 
Pero esto no funciona así. 
Tengo una rutina. Los obligo a arrodillarse, me la chupan y yo 
desaparezco. Sin promesas, sin resentimientos. Sin reciprocidad. 
Este hombre, sin embargo. Puedo verme de rodillas ante él. 
Sus músculos se tensan bajo las puntas de mis dedos y se 
prepara para moverse. ¿Para irse? ¿Para besarme? Rodeo su 
garganta con los dedos. 
—Quédate —gruño. 
Mi polla está tiesa y palpitante, ansiosa. Necesito esto rápido y 
duro, luego tengo que irme. 
Con un poco de presión lo empujo hacia el suelo. Resiste medio 
segundo antes de hundirse en el suelo, su rostro frente a mi 
entrepierna. Me desabrocho el cinturón y bajo la cremallera, pero 
hasta ahí llego. Me gusta que ellos hagan el resto, que me metan la 
mano en la ropa y me saquen la polla. Demostrar que son pequeñas 
zorras necesitadas, ávidas de polla. 
No me decepciona. Sus gruesos dedos hurgan en mis jeans y 
bóxer para encontrar mi longitud y dejarla al descubierto.La piel 
se me calienta cuando me agarra con fuerza, y baja mi ropa hasta 
las caderas para que resulte más fácil. Su ligera mirada se cruza 
con la mía cuando separa los labios y me succiona hasta el fondo 
de su boca. 
Un calor húmedo me rodea y casi pongo los ojos en blanco. 
—Joder —jadeo, utilizando el equivalente en español de cazzo. 
Se balancea, su boca crea una succión ideal mientras una mano 
permanece en la base de mi polla, tirando. No hay burlas ni 
incertidumbre. Solo una mamada rápida para excitarme. Perfetto. 
Me dejo llevar por la sensación, a la deriva, desconectando el 
cerebro. Él es bueno, llevando mi polla hasta la entrada de su 
garganta mientras empujo mis caderas. Ojalá hubiéramos tenido 
 
tiempo para deslizarme dentro de ese estrecho conducto, follarle la 
garganta hasta que no pudiera respirar, pero eso es demasiado 
íntimo para esto. No hay tiempo para practicar. Ya no hago esas 
cosas. 
Se relaja y deja que lo use. Enhebro los dedos en su espeso 
cabello y le embisto la boca con mi polla. Su lengua se desliza hacia 
adelante, deslizándose por debajo de mi polla, y hace un pequeño 
rasguño con los dientes. 
Madonna10, no quiero que termine nunca. 
Muy pronto siento un cosquilleo en las bolas, mis músculos se 
contraen y mi polla se hincha contra su lengua. Con un gemido, 
empiezo a correrme, gruesos chorros disparados en su boca, mis 
caderas sacudiéndose. Sigue chupando, drenándome, y eso 
prolonga mi orgasmo. Si no estuviera fingiendo ser otra persona, un 
español, le alabaría en italiano con todas las palabras que conozco. 
Pero mi español es limitado, así que me limito a acariciar su cabello 
mientras intenta recuperar el aliento. 
Se aparta de mi polla y me mira con una expresión ilegible. 
Después de un largo rato, traga saliva y los músculos de su 
garganta trabajan mientras se bebe mi seme. 
Madre di dio, qué caliente. 
Suspiro, deseando haberlo conocido en otra vida. Una en la que 
pudiera arrodillarme y darle placer a cambio. Una en la que no 
estuviera huyendo de la vida que he dejado atrás: Un antiguo 
soldado de mi padre, que es uno de los hombres más poderosos y 
peligrosos de Europa. 
Doy un paso atrás, me guardo la polla y me subo la cremallera. 
Tras hacer un gesto con la cabeza al hombre que sigue de rodillas, 
doy media vuelta y me dirijo en dirección contraria, con la intención 
de salir al exterior lo antes posible. 
Nadie me detiene. Nadie me sigue. No es más que otro cuerpo en 
un mar de cuerpos. La luz tenue de una puerta de salida llama mi 
 
10 Madonna. Derivado de mia donna y se refiere a la Virgen María, en italiano. 
 
atención, así que me dirijo hacia ella. Un minuto después estoy en 
un callejón, con el aire fresco de la noche bañándome. 
Camino hacia la calle, saco el teléfono y marco. Contesta al 
primer timbre. 
—¿Por qué mierda no respondes? —Me gruñe Fausto al oído. 
—Perdonami, Papà. 
—¿Te llamaría cinco veces si no fuera una puta emergencia? 
Sí, lo haría. A mi padre no le gusta que lo ignoren. 
—¿Es Frankie o uno de los niños? 
Da una larga exhalación y conozco bien ese sonido. Está tratando 
de controlar su temperamento. 
—Eres tú, figlio11 mio. 
Siento alivio. No es nada nuevo. Corro peligro constantemente. 
Me pongo en marcha en dirección a mi apartamento, que está a 
cuatro manzanas. Como siempre, miro a mi alrededor. Me lo habían 
inculcado desde que nací. 
—¿Sí? 
—Alguien ha pedido un golpe contra ti. 
Quiero poner los ojos en blanco, pero es una falta de respeto a mi 
padre, aunque no pueda verme. Hace más de cuatro años que me 
buscan. Pero soy lo suficientemente inteligente como para no dejar 
que me encuentren. 
—¿Oh? —le digo a mi padre. 
—No pareces sorprendido por esta noticia. 
A Fausto no se le escapa nada. 
—Solo dime lo que sabes. 
 
11 Figlio. Hijo, en italiano. 
 
—¿Has oído hablar de Alessandro Ricci? 
—Recuerdo el nombre. —Ricci es un francotirador, entrenado por 
el ejército italiano. Se rumorea que es el mejor, utilizado por países 
para acabar con jefes de estado y otros políticos. Es un trabajo de 
alto nivel, no el tipo de persona que normalmente utilizaría la 
'Ndrangheta, que prefería ocuparse de sus propios asesinatos en 
silencio. Un asesino como Ricci es demasiado conocido. 
—Bien, entonces no tendré que explicarte lo peligroso que es esto 
para ti. Quiero que vengas... 
—No. —Rechazo esa sugerencia antes que termine—. No lo haré, 
así que no me lo pidas. 
Soy un hombre gay, el antiguo heredero de un imperio de la 
mafia. Sin duda, la 'Ndrangheta preferiría hacerme desaparecer. Mi 
simple existencia los avergüenza, y yo nunca acercaría ese tipo de 
peligro a mis hermanos y a mi madrastra. Es mejor vivir lejos de 
ellos. 
Oigo un ruido sordo e imagino a mi padre golpeando su escritorio 
con la palma de la mano. Después de unos golpes, dice: 
—Dai12, Giulio. Esto no es como lo otro. 
—¿Te refieres al auto bomba? 
—Sí, al que mató a tu ragazzo13. Esto es muy grave. 
Como si el auto bomba no lo hubiera sido. Paolo voló por los aires 
delante de mis ojos, mierda. Con mis limitados recursos de los 
últimos cuatro años, había estado cazando a los responsables, 
investigando a todos los que se me ocurrían que podrían haber 
puesto esa bomba. Fausto está convencido que fue Mommo, uno de 
sus rivales, que ahora está muerto. 
No estoy seguro. Y hasta que no lo esté, no voy a detener mi 
búsqueda. 
 
12 Dai / Ma Dai. Vamos / ¡Vamos! en italiano. 
13 Ragazzo. Chico o Muchacho, en italiano. 
 
Y este nuevo contrato solo confirma mi teoría. Quien trató de 
matarme en Bélgica ahora ha ido a Ricci para terminar el trabajo. 
—¿Quién contrató a Ricci? 
—Estamos trabajando para averiguarlo. 
—¿Zio Marco? —digo, sabiendo que el consigliere de mi padre está 
allí. 
—¿Sí, Giulio? 
—¿Tienes una foto de Ricci que puedas enviarme? Quiero saber 
qué aspecto tiene. 
—Por supuesto. 
—Giulio —ladra mi padre—. No quiero que trates con Ricci por tu 
cuenta. Tienes que estar aquí, en el castello. Donde pueda 
protegerte. Sube al primer vuelo... 
¿No me está escuchando? 
Bajo el teléfono y lo desconecto. Listo. Puede estar así unos días. 
Hace cinco años, nunca le habría colgado a mi padre. Pero ahora 
soy diferente. 
Además, ya no soy su responsabilidad. Él debería centrarse en 
sus otros hijos, en su esposa. En su imperio. No necesita 
preocuparse por mí, un hombre adulto. 
Abro la puerta del viejo edificio donde alquilo una habitación. 
Cuando llego a mi apartamento, entro, cierro la puerta y echo las 
cuatro cerraduras. 
Saco el móvil y me paso unos minutos buscando en Internet, pero 
no encuentro ninguna foto de Ricci. No me sorprende. ¿De qué sirve 
un asesino al que todo el mundo pueda reconocer? 
Marco aún no me ha enviado la foto, así que empiezo a 
desvestirme. Estoy mucho más cansado de lo que esperaba. Mis 
miembros están relajados, el tipo de paz que solo un gran orgasmo 
puede proporcionar. Hoy ha sido un buen día. Un millón de euros 
y una mamada fantástica. ¿Qué más necesita un hombre? 
 
No me importaría repetir con el tipo de esta noche del club. Nunca 
me enrollo con el mismo hombre dos veces, pero casi podría hacer 
una excepción por otra de esas mamadas alucinantes. 
Mi teléfono suena con un mensaje. Marco. 
Abro el mensaje y todo el aire sale disparado de mis pulmones. 
Me dejo caer en la cama y me quedo mirando la imagen. Está 
borrosa y tomada desde un ángulo incómodo, pero no hay forma de 
confundir aquel rostro. 
Esto... no puede estar bien. Tiene que haber algún error. Me 
empiezan a pitar los oídos mientras intento encontrarle sentido. 
No, no, no. Cazzo madre di dio. 
¿El hombre del club? ¿El que me había chupado los sesos a 
través de la polla? 
Es Alessandro Ricci. 
 
 
 
 
Diez días después. 
Santorini, Grecia. 
 
Me meto otra rodaja detomate en la boca y camino por los 
tejados. Si soy sincero, esta es la parte del trabajo que más me 
gusta. Rastrear a mi objetivo me permite desaparecer, convertirme 
en un fantasma. Nadie sabe que estoy allí hasta que estoy dispuesto 
a hacérselo saber. 
Como la noche que dejé que me viera en Málaga. 
Giulio desapareció inmediatamente después de esa mamada. Lo 
perdí por un tiempo, pero lo encontré de nuevo aquí en Grecia hace 
cinco días. 
Pasé mucho tiempo investigando a Giulio Ravazzani desde 
Málaga. Después del auto bomba en Bélgica, anduvo dando tumbos 
por los países escandinavos. Asumo que su aspecto mediterráneo 
lo hacía imposible mezclarse allí, así que se hizo más listo. 
Viajó a lugares donde los hombres se parecen más a él. Empezó 
a trabajar con sus antiguos contactos para importar drogas y 
subcotizar a los traficantes locales existentes. Cuando la situación 
se vuelve peligrosa... y siempre lo es para un hombre que trabaja 
solo... se traslada a otra ciudad y asume otra identidad. 
Es listo. Su dinero está depositado en cuentas en el extranjero 
casi imposibles de rastrear. Lleva gorras en público para las 
cámaras de seguridad. Cambia de teléfono cada pocas semanas. 
Nunca se conecta a sus redes sociales. 
 
Nunca baja la guardia. Excepto en sus visitas nocturnas a clubes. 
Giulio no puede resistirse al atractivo de los encuentros 
anónimos. Cada uno es lo mismo que había sido conmigo: Un 
rincón oscuro, un hombre de rodillas con la polla de Giulio en la 
boca. Giulio nunca ofrece alivio a cambio, sino que se marcha 
inmediatamente después de disparar su carga y regresa a su 
apartamento. 
Que yo haya sido uno de tantos no me sienta bien. 
El encuentro de Málaga había sido diferente. Bueno. 
Satisfactorio, aunque no me había tocado. No puedo explicarlo. 
¿Pero saber que lo hace una y otra vez, con un hombre diferente 
cada vez? Me amarga el recuerdo. 
Es solo un trabajo. 
No puedo olvidar esto. Enzo D'Agostino tiene mis bolas en un 
tornillo de banco y mi única prioridad es asesinar al heredero 
Ravazzani. De lo contrario, mi carrera como asesino terminará. Se 
correrá la voz que había fracasado. Nadie me contratará después de 
eso. 
También llegará a oídos de Fausto Ravazzani que fui yo quién 
apretó el gatillo en Siderno hace cuatro años. Me perseguirá con 
todos los recursos a su disposición. 
Entonces, ¿por qué no está Giulio muerto ya? 
Tal vez porque este hombre me parece fascinante. Sé lo que es 
vivir en secreto en un mundo peligroso. Desesperado por salir de 
casa, me alisté en el ejército italiano cuando tenía diecisiete años. 
Para entonces ya sabía que era bisexual, y estar rodeado de tantos 
hombres me obligó a ser extremadamente cuidadoso. Los 
encuentros fueron fugaces y muy, muy discretos. 
Giulio se da la vuelta y entra en un mercado al aire libre. Mi 
teléfono zumba. Con Giulio de compras tengo un minuto libre para 
comprobar quién me está llamando. Toco la pantalla. 
—Pronto. 
 
—¿Dónde estás? —Ex inteligencia rusa, Sasha supervisa mis 
negocios. Es despiadada, fría y metódica. Exactamente como yo. 
—En una azotea —respondo. 
—Me contactó un serbio... 
—No. 
—¿Ni siquiera deseas escuchar cuánto? 
—No. 
Por el momento no estoy disponible para ser contratado. Cuando 
termine este trabajo podré irme a Serbia o a Tanzania o a Nueva 
Zelanda, donde diablos sea. Pero por ahora estoy trabajando en 
Giulio. 
—¿Eso es todo? 
—¡Mudak! —maldice en ruso—. Estoy sentada sin hacer nada, 
una pérdida de mi valioso tiempo. Estás arrastrando los pies. 
Mátalo de una vez y... 
Desconecto. Giulio ha pagado sus verduras y se marcha del 
mercado. Tengo que moverme. 
Aquí los tejados son muy juntos, lo que facilita recorrer la ciudad 
desde arriba. Giulio no tiene ni idea que le siguen el rastro, aunque 
mantiene la cabeza gacha y no habla con nadie. Admiro el 
movimiento de sus anchos hombros, los suaves músculos bajo la 
ropa. Mi nonna lo habría llamado un vero fusto, un auténtico galán. 
En sus últimos años veía muchos programas de reality shows 
americanos, lo que había dado color a su ya robusto vocabulario. 
Todavía la echo de menos. Había sido la única persona que me 
había importado una mierda en toda mi vida. 
Me meto el último trozo de tomate en la boca y salto al siguiente 
tejado. Una pareja se besa en el otro extremo, pero no reparan en 
mí mientras me arrastro en silencio. Giulio se dirige a su 
 
apartamento, probablemente para preparar el pranzo14. Le gusta el 
risotto, normalmente de setas, y luego una frittata. Para terminar, 
corta albaricoques o melocotones. Luego trabaja con su laptop o 
mira algo en su tablet. Pasa el tiempo hasta que puede salir a un 
club nocturno. 
Sin embargo, las mañanas son mis favoritas. 
Después de tomar un café, completa una rigurosa rutina de 
ejercicios vestido únicamente con unos ajustados bóxer. Hace 
flexiones y abdominales, saltos de alta intensidad y estocadas. 
Tiene la polla y las bolas a la vista, y yo disfruto mirándolo mientras 
se mueve. A veces se pone ropa y sale a correr después. Yo lo sigo 
fácilmente, aunque me levanto antes del amanecer para correr 
quince kilómetros todos los días. 
Cuando llega a su edificio, me quedo en la azotea, oculto entre 
las sombras. Alquilé el apartamento justo enfrente del suyo, pero 
es una tarde agradable y me gusta estar afuera. 
Prende la música y saca su Viper de hierba. Yo nunca he bebido 
ni fumado, así que no entiendo el atractivo, pero ver a Giulio 
desparramado en el sofá, con el cabello oscuro cayéndole sobre la 
frente, mientras deja que sus pulmones se llenen es increíblemente 
sexy. Pronto estará tranquilo y relajado, y deseo poder arrastrarme 
entre sus piernas y lamerlo entero, chuparlo hasta que vuelva a 
correrse en mi garganta. 
No me costaría ningún esfuerzo matarlo ahora mismo. Tengo un 
tiro fácil, directo a través de la ventana y en su frente. Hoy no hay 
viento y nunca me vería aquí arriba. Pero no lo haré. Hay mucho 
tiempo para hacer lo que hay que hacer. 
Por ahora, siento curiosidad. ¿Por qué me fascina tanto este 
hombre? 
Me maldigo por haber aceptado el encargo de matar a Fausto 
Ravazzani. Normalmente no me involucro en las mezquinas 
 
14 Pranzo. Almuerzo, en italiano. 
 
 
disputas de la mafia. Pero soy un arma de alquiler, nada más. Sin 
alianzas, sin lealtad excepto hacia mí mismo. 
Si alguien tiene suficiente dinero, yo estoy disponible. 
Aun así, no debí haber intentado un trabajo el día diecisiete del 
mes. Es de mala suerte, pero la gente de D'Agostino había 
presionado, diciendo que era el único día que Ravazzani estaría 
fuera del castello. Una cita con el obstetra de su esposa. Y había 
fracasado. 
El teléfono de Giulio zumba. Mira quién es y luego tira el teléfono 
sobre la mesa. Ah. Su padre, seguramente. Don Ravazzani vigila de 
cerca a su hijo mayor, ahora que se ha corrido la voz sobre el golpe. 
Sin duda está presionando a Giulio para que vuelva a Siderno. 
Afortunadamente Giulio se resistió, lo cual es una tontería de su 
parte. Aparte del Vaticano, el castello es el único lugar del mundo 
donde no podría llegar a él. Probablemente. 
El teléfono vuelve a sonar. Con un suspiro pesado, Giulio lo toma 
y lee la pantalla. Sonríe y acepta la llamada. 
—Ciao, matrigna.15 
Francesca Ravazzani, entonces. Los dos están muy unidos, 
hablan casi todos los días. 
Cualquier cosa que ella dice lo hace reír, suavizando la áspera 
amargura que normalmente acecha en sus ojos. ¿O tal vez son los 
efectos de la hierba? Hipnotizado, no puedo apartar la mirada de él, 
mientras mi polla se engruesa con el recuerdo de Málaga. 
Molesto conmigo mismo, suelto un pequeño suspiro 
imperceptible. 
Giulio gira la cabeza hacia las ventanas y su mirada se clava en 
la mía. Me quedo inmóvil. ¿Me ha visto? 
No, no me ha visto. Es imposible. Estoy oculto por las sombras, 
mi ropa se confunde con el entorno.15 Ciao, matrigna. Hola (o chao), madrastra, en italiano 
 
Además, nadie me ha visto nunca. 
En un abrir y cerrar de ojos, rueda fuera del sofá y desaparece de 
la vista. 
¡Minchia! Me ha visto. 
 
 
 
Dos meses después. 
Isla de Canna, Escocia, Reino Unido. 
 
Pronto se me congelarán las bolas. 
Como crecí en el sur de Italia, estoy acostumbrado al clima cálido. 
Al sol. Colinas verdes y vino. Esto es exactamente lo contrario. 
Escocia es jodidamente fría. 
Una pequeña isla en las Hébridas Interiores, Canna tiene seis 
kilómetros de largo y uno de ancho. La población es de solo 
dieciséis, incluyéndome a mí, y a esta gente no le importan los 
forasteros. La mayoría me mira como si fuera un animal salvaje. Me 
importa una mierda. Este lugar es jodidamente remoto. Solo tres 
transbordadores entran y salen durante una semana, la mayoría 
para suministros. 
Que Alessandro Ricci me encuentre aquí. 
 
Cómo ese coglione16 me rastreó hasta Grecia es un misterio. 
Cambiar países, teléfonos y nombres no es suficiente para eludirlo, 
obviamente. 
Descarto cualquier cosa que pudiera dejar una huella digital en 
Santorini. Luego me desconecte por completo. No he tocado mis 
cuentas bancarias. Ni llamadas ni mensajes a nadie que conozca. 
Compré una casa de campo cuando llegué aquí y vivo 
sencillamente. Es solitario, pero estoy vivo. 
La falta de dispositivos significa que mi investigación sobre los 
asesinos de Paolo se ha estancado. Eso es lo que más me molesta 
de verme obligado a retirarme aquí. No la falta de películas y 
programas de televisión, ni la ausencia de una botella de vino 
decente. Los asesinos de Paolo siguen impunes, mientras yo estoy 
atrapado aquí, escondiéndome. Odio a Ricci solo por eso. 
Sin duda mi padre está trabajando para eliminar el golpe en mi 
contra. Pero ya no quiero ser su responsabilidad. Ya no soy su 
heredero, ya no estoy en la 'ndrina. Necesita centrarse en mis 
hermanos y en su nueva esposa. Esto es mi problema. 
Ruedo los hombros, hundiéndome más en mi abrigo, y sigo 
caminando. Tres ovejas viven en la granja y les doy de comer todos 
los días. Crecí con corderos en Siderno, así como con cerdos y 
caballos, por lo que sé algo sobre el cuidado de los animales. 
También me hacen compañía. 
Mi vida es una jodida tristeza. Pero estoy vivo. 
Las ovejas están ansiosas por verme hoy, balando mientras se 
acercan corriendo. Sé que solo están excitadas por el cubo que 
tengo en la mano, pero sonrío cuando me acarician. 
—Ciao, amici17. 
Las acaricio durante unos minutos antes de verter un poco de 
comida en su pequeño recipiente. Se lanzan por la comida, 
ignorándome, ya que su pesado pelaje las mantienen calientes en 
las gélidas temperaturas. Cuando terminan, les hablo en italiano y 
 
16 Coglione. Idiota o Imbécil, en italiano. 
17 Amici. Amigo, en italiano. 
 
les presto más atención. Pero pronto pierden el interés por mí y se 
alejan. 
Suspirando, vuelvo a casa y pienso en la larga noche que me 
espera. No tengo otra cosa que hacer que leer aburridos libros de 
poesía. No puedo aguantar más pentámetro yámbico18 
Cazzo. Ansío un buen cóctel italiano o una copa de cìro 
Ravazzani. En la granja solo hay whisky. 
Me encuentro caminando en dirección al “pueblo”, que consiste 
en un edificio que combina taberna, almacén general y tienda de 
comestibles. Voy allí todas las semanas por provisiones. Pero hoy 
necesito algo más que whisky. 
La taberna está vacía, así que me siento en un taburete de la 
barra. 
—¿Hola? —llamo. 
Una mujer mayor sale de la zona de la tienda. La señora 
Campbell, la dueña. Me recuerda a una Zia más joven, y una oleada 
de nostalgia se me asienta en el estómago como una piedra. 
—Señor Drakos —dice con su acento escocés—. No esperaba 
verlo sentado aquí. 
Todos creen que soy Nick Drakos, un escritor griego que necesita 
la soledad y la tranquilidad para trabajar en su próxima novela. 
—Decidí salir un rato hoy. 
—Eso está bien. Un joven como usted necesita ejercicio. ¿Cuánto 
tardará en terminar ese libro suyo? 
—Es difícil de decir. No soy un escritor rápido. —O uno lento. No 
tengo ni idea de cómo escribir una novela. 
—Ya llegará. ¿Un trago para usted? 
—Campari y soda. 
 
18 Pentámetro yámbico. Verso formado por 5 pies (llamados yambos). Cada pie está 
formado por 2 sílabas: la primera átona y la segunda tónica. 
 
Empieza a moverse detrás de la barra. 
—Por supuesto. 
Una voz masculina grave dice algo en gaélico mientras se sienta 
en el taburete a mi lado. La Señora Campbell le sonríe y asiente, 
respondiendo en el mismo idioma. 
Espero encontrar a un lugareño sentado a mi lado. A quien no 
esperaba encontrar es a Alessandro Ricci. 
¡Madre di dio! 
Me levanto del taburete y lo miro cautelosamente, con los 
músculos tensos. 
—¿Che cazzo? —ladro—. ¿Qué haces aquí? 
En lugar de levantarse, gira sobre el taburete para mirarme y 
apoya el brazo en la barra. En italiano, continúa: 
—Lo mismo que tú, ¿no? Comprando una bebida. 
¿Planea matarme aquí? ¿En este bar, delante de un testigo? 
—Sé quién eres, Ricci. 
No parece sorprendido. 
—Me lo imaginé. De otro modo, no habrías desaparecido de 
Santorini. 
—También sé por qué me estás siguiendo. 
—De nuevo, lo imaginé. 
La Señora Campbell pone dos bebidas sobre la barra. Ricci le 
pasa un billete grande y le habla en gaélico. Por supuesto que este 
stronzo19 habla gaélico. 
Me quedo inmóvil, preguntándome si puedo esquivarlo y escapar 
por la puerta. ¿Cómo diablos me encontró? No es un hombre que 
 
19 Stronzo. Estúpido, en italino. 
 
pueda pasar desapercibido, y menos aquí. Ricci es grande e 
intimidante. Guapo. Llamaría la atención en cualquier parte. 
La Señora Campbell se aleja, dejándonos solos. Este es el 
momento. Es él o yo. Doy un paso amenazador en su dirección. 
—Siéntate —dice en voz baja—. No voy a matarte ahora mismo. 
Ahora mismo. ¿Así que está jugando conmigo? Siguiéndome, 
chupándome la polla. Observándome. 
—Me importa una mierda lo que quieras. Terminaremos esto 
aquí. 
Suspirando, Ricci se lleva la mano a la espalda y saca un arma 
de la cintura de sus jeans. La pone sobre la barra. 
—¿Es esto lo que deseas? ¿Morir en este pequeño agujero de 
mierda en medio de ninguna parte? 
—Vete a la mierda. 
—Siéntate. —Ricci patea mi taburete vacío—. Te prometo que no 
morirás hoy. 
—La palabra de un hombre como tú, que solo es leal a quien le 
paga, no significa nada para mí. 
Levanta el arma, saca el cargador y desliza el arma para expulsar 
la bala de la recámara. Todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos. 
Deja todas las piezas sobre la barra. 
—Ya está. Ahora siéntate, maldita sea. 
Si tuviera intención de matarme a tiros, mi sangre ya estaría 
cayendo al suelo. Aunque odio su arrogancia, tengo que respetarla. 
Con cautela, me acerco al taburete y me siento. Agarro mi cóctel 
y doy dos largos tragos. El sabor familiar me recuerda a casa y se 
me hace un nudo en la garganta. 
—¿Qué quieres? —espeto. 
Bebe de su vaso. 
 
—Había pensado que suplicarías por tu vida. 
—Yo nunca suplico. 
—O corresponder mamadas, al parecer. 
No quiero pensar en esa noche. 
—No me había dado cuenta que querías una. 
—¿Crees que no me gustaría que tú, el apuesto heredero del 
mayor imperio mafioso de Europa, me hiciera una mamada? Ma 
dai. 
No importa lo que quiera. Ya no soy el siguiente en la línea de 
sucesión del imperio Ravazzani. No lo he sido por mucho tiempo. 
—Lástima por ti, entonces. 
Da un sorbo a su bebida. 
—Sí, es una lástima para mí. 
¿Ahora hablábamos de mamadas? 
—¿Quién te contrató para matarme? 
—¿Qué clase de hombre sería si revelara a mis clientes? 
—Puedo ofrecerte más de lo que te pagan. 
—Asumes que se trata de dinero. 
¿No lo es todo? 
—Debe ser La Provincia. Me quieren muerto porque soy gay y me 
fui.—Ese es el consejo de los líderes de la 'Ndrangheta. Mi padre es 
miembro, y aunque jura que los otros jefes no van por mí, yo no me 
lo creo. 
Ricci no dice nada, se limita a mirar la barra mientras toma otro 
trago. 
No puedo evitar preguntarle: 
—¿Cuánto tiempo llevas en esta isla? 
 
—Cuatro días. 
Cristo. 
—Observándome, supongo. 
Resopla. 
—Demasiado jodidamente aburrido. Nada más que ovejas y 
poesía. 
Por supuesto que lo sabe. Me estoy descuidando, debería haberlo 
visto. Podría haberme matado en cualquier momento. 
—Perdóname por aburrirte, Alessandro. 
—Alessio. Nadie me llama Alessandro. 
—No me había dado cuenta que éramos amigos. 
—Deberías esperarlo, Giulio. No me quieres como enemigo. 
—Cualquier hombre que intente matarme es automáticamente 
mi enemigo. 
—Es un trabajo. Nada más. Deberías entenderlo, considerando 
todo lo que has hecho por la 'Ndrina de tu padre. 
De un modo extraño lo entiendo, pero no somos iguales. Ni 
siquiera cerca. 
—Eso fue en nombre de la familia, de la hermandad. Tú estás en 
esto por una sola persona... tú. 
—Sí, es cierto. Pero trabajo mejor solo. La 'Ndrangheta está llena 
de chacales, todos intentando comerse a sus crías. 
¿Ahora hablamos de la mafia? ¿Qué mierda está pasando aquí? 
Me inclino hacia él, con los músculos tensos. 
—Aunque esta conversación existencial es fascinante, quiero 
saber cuánto tiempo llevas siguiéndome. ¿Fuiste responsable de lo 
que pasó en Bélgica? 
—No soy responsable de la muerte de tu ragazzo. 
 
—¿Y se supone que debo creer en tu palabra? 
Su labio superior se curva burlonamente. 
—Yo no uso bombas. Demasiado público. Demasiado sucio. El 
trabajo de un aficionado. 
En realidad le creo. 
—Parece que mucha gente desea matarte —continúa Alessio—. 
Eres muy popular, ¿no? 
Lo dejo pasar. 
—¿Por qué no me has matado todavía? 
—¿Tantas ganas tienes de morir? 
Aprieto la mandíbula, la ira tanto contra él como contra mí mismo 
inunda mis venas. 
—Dejé atrás a la 'Ndrangheta. Se niegan a dejarme ir porque soy 
gay. 
—No todo tiene que ver con tu preferencia sexual. 
—Cazzata20. Es la única razón por la que alguien te contrataría 
para matarme. 
—Eres más tonto de lo que pensaba si crees eso. 
¿Insinúa otra razón? 
—Si es para golpear a mi padre, no deben haber oído que me 
repudió. —Esta es la historia pública, la que Fausto difundió para 
mantenerme a salvo. 
Alessio termina su bebida y deja el vaso vacío sobre la barra. 
—Cualquiera que conozca a Ravazzani sabe que nunca te dejaría 
marchar. 
 
20 Cazzata. Mentira, en italiano. 
 
—Entonces se equivocan. Renuncié al derecho a su trono en 
cuanto dejé Siderno. 
—Como te gusta decir, cazzata. —No muestra ninguna emoción, 
su voz permanece plana y uniforme, su rostro impasible. Si hay un 
corazón latiendo en su pecho, no puedo saberlo. 
Excepto la noche del club. Desde sus rodillas me había mirado 
con tal fuego y anhelo que me quemo la piel. Entonces había sido 
todo menos frío y remoto. 
No quiero pensar en aquella noche. Ni ahora ni nunca. 
—Es verdad, quieras creerlo o no —espeto . 
—Ya veremos, ¿no? 
Me bebo el resto del cóctel. 
—Supongo que sí. —Me levanto y arrojo más dinero sobre la 
barra—. Me voy. A menos que pienses dispararme dentro de unos 
segundos, debes saber que la próxima vez iré por ti, Ricci. 
Un destello de sonrisa brilla antes de enmascararla. 
—Lo espero con impaciencia, il bel principe. 
Guapo príncipe. 
Apretando los puños, salgo apresuradamente al frío viento 
escocés. 
 
 
 
 
La Señora Campbell vuelve para limpiar y me ofrece otra bebida, 
pero la rechazo. No bebo a menudo y nunca en exceso. Un cóctel es 
suficiente por ahora. 
No me muevo de la barra, contemplando las hileras de botellas 
expuestas. La reacción de Giulio, enfadado e incrédulo, era de 
esperar. Lo que me preocupa es mi propia reacción. 
Giulio tardó casi seis semanas en llegar hasta aquí. En Santorini 
se deshizo de su teléfono y su identificación, lo que dificultó su 
búsqueda. No había tocado sus cuentas bancarias ni su correo 
electrónico. Por pura suerte, supe que un hombre que encaja con 
su descripción había embarcado en un avión con destino a 
Edimburgo. La azafata lo confirmó, y a partir de ahí fue fácil. Un 
hombre tan apuesto como Giulio Ravazzani no pasa desapercibido 
en las hermosas Highlands. 
Junto las piezas de mi arma, tan familiarizado con el 
procedimiento que mis dedos se mueven automáticamente. No me 
gusta el calor que siento en el vientre, la forma en que no puedo 
dejar de pensar en su boca, en sus manos. La noche en Málaga fue 
duro conmigo. Egoísta y exigente, exactamente lo que me gusta. 
Pero no me debería importar. Ya debí haberlo matado. 
Mentí diciendo que me aburrió mientras lo miraba. Nada más 
lejos de la realidad. Giulio me fascina, incluso cuando está quieto. 
Es guapo, como un modelo de revista, pero hay fuerza y rabia en su 
interior. Mucha rabia. Lo reconozco porque a menudo yo también 
siento esa rabia. 
Pero él es mala suerte para mí. Lo siento en los huesos. 
 
Giulio ahora será cauteloso, estará en guardia en todo momento, 
pero no hay ningún lugar a donde ir. Los transbordadores 
funcionan esporádicamente y la isla está aislada. La verdad es que 
me gusta estar aquí, pero estoy acostumbrado a estar solo. Canna 
tiene que ser una tortura para un hombre como Giulio, que ansía 
la gente y la atención. Le gustan las ciudades y las multitudes, las 
fiestas y el alcohol. 
La Señora Campbell desliza un vaso de agua sobre la barra. 
—Bebe —me dice en gaélico—. Pareces delgado y cansado. 
Me hospedo en el apartamento sobre la taberna desde que llegué. 
La mujer mayor tiene un aire y una actitud que reconozco como de 
ex militar. Los reconozco donde sea. No es que se lo hubiera 
preguntado, pero sospecho que su paso por el ejército es la razón 
por la que está en esta isla remota en medio de la nada. 
Para complacerla, me bebo el agua. 
—¿Contenta? —le pregunto en gaélico. 
—¿Qué quieres de ese pobre Señor Drakos? Es muy reservado, 
nunca molesta a nadie. 
Solo porque aquí no hay clubes nocturnos. 
—Tal vez soy su novio. 
—Eso explicaría por qué está enfadado contigo. ¿Le rompiste el 
corazón? 
—¿Por qué asumes que soy el que se equivocó? 
Apoyada en la barra, señala mi rostro. 
—Porque no dejas traslucir tus sentimientos. Estás bloqueado. 
Cerrado firmemente. Cualquiera que intentara amarte acabaría 
frustrado y enfadado. 
No me gusta que me lea tan bien. 
—Dos hombres juntos, ¿eso no te molesta? 
La Señora Campbell pone los ojos en blanco. 
 
—Och, tengo una antena parabólica. No ignoro lo que pasa en el 
mundo. He visto Modern Family. 
—¿Qué pasó con el Señor Campbell? 
—Me divorcié de él hace trece años y me mudé aquí. Lo último 
que supe es que se había vuelto a casar y vivía en Londres. 
—¿Se arrepiente? 
—¿Sobre mi divorcio? —Cuando asiento, se endereza y empieza 
a limpiar la barra—. No sobre Hamish, no. Nos casamos jóvenes y 
no fue un buen esposo. 
—¿Pero? 
Se lo piensa un momento. 
—Ojalá hubiera tenido hijos cuando tuve la oportunidad. Ahora 
es demasiado tarde. 
No fue lo que esperé que dijera, teniendo en cuenta dónde vive. 
Los residentes de Canna son solitarios, como yo. En gaélico, las 
Hébridas Exteriores se llaman Na h-Innse Gall, que significa “islas 
de los extraños”. Suena como un lugar perfecto. 
Mi teléfono zumba. Me excuso y salgo. Es Sasha. 
—Pronto. 
—¿Ya está hecho? 
No respondo, en su lugar dejo que el silencio hable por mí. 
—¡Zhizn' ebet meya! —Una expresión rusa que significa algo 
parecido a, la vida me está jodiendo. 
—¿Hay algo más? ¿O has llamado solo para reñirme? 
—¿Sabes cuánto dinero estás perdiendo? ¿Cuántos trabajos he 
dejado pasar por ti? 
Cuelgo. Aunque Sasha es una gran asistente, es impaciente. 
Algunos días parece que mi reputación le importa más que a mí. 
Recuerda cada golpe que he dado. 
 
Y no entiende miobsesión con Giulio Ravazzani. 
Es justo, ya que yo mismo apenas lo entiendo. Pero no me 
apresuro. Completaría el trabajo en mis términos, cuando decida 
que es el momento. No voy a ninguna parte, no de aquí. 
Metiéndome el teléfono en el bolsillo, empiezo a alejarme del 
pueblo. No hay ni un alma, ni auto ni moto a la vista. El viento y 
las olas son los únicos sonidos, con un frío que te cala hasta los 
huesos. Las bajas temperaturas no me molestan lo más mínimo. 
Corro todas las mañanas por el oeste de la isla, en las colinas 
heladas. Me despeja la mente y me mantiene cuerdo. 
Me dirijo hacia el muelle. Si conozco a Giulio... y lo conozco... 
intentará embarcar en el primer ferry que salga de la isla. O 
sobornará a un pescador para que lo lleve en una lancha. Tengo 
que impedir ambas cosas. 
No quiero que escape. 
Me lleva la mayor parte del día, pero encuentro a los tres 
pescadores locales y al operador del ferry. Con un destello de mi 
arma y algo de dinero consigo que accedan a rechazar cualquier 
petición de Nick Drakos. A diferencia de Giulio, aquí no tengo 
necesidad de ocultar mi identidad. Así que les hago saber 
exactamente lo que le pasará a cualquiera que ayude al Señor 
Drakos a salir de la isla. 
Satisfecho, me dirijo a mi habitación. Giulio estará armado y 
esperando a que me presente en su granja, pero no estoy de humor. 
Ya me ocuparé de él otro día. 
Quizá la Señora Campbell me permita ver la televisión por satélite 
con ella durante la cena. 
Cuando no tengo trabajo, paso la mayor parte del tiempo 
entrenando y haciendo ejercicio para mantener mis habilidades 
afinadas. Salvo cuando salgo a correr todas las mañanas por las 
montañas, no había pasado mucho tiempo con mi rifle. Esto tendrá 
que cambiar. Tendré que aprender los patrones del viento aquí. 
En mi primer día en la isla ya había encontrado el punto de 
observación perfecto para eliminar a Giulio, un lugar a las afueras 
 
de su granja que me permitiría matarlo en un abrir y cerrar de ojos. 
Así que había que empezar a practicar. 
El sol empieza a ocultarse mientras subo las escaleras. Me 
detengo frente a mi habitación. Aún está en su sitio el solo mechón 
de cabello que coloqué entre la puerta y el marco, así que quito el 
cerrojo y entro. Pero tan pronto como entro, siento el cambio en el 
aire que me rodea. Algo no está bien. 
Entonces, un ligero aroma a hierba y lana me acaricia la nariz. 
Giulio. 
Por instinto, extiendo el brazo y lo golpeo contra un músculo 
sólido. Se dispara un arma y siento una quemadura en el brazo 
izquierdo. Entonces se abalanza sobre mí, pero ya estoy preparado. 
Aunque normalmente evito el combate cuerpo a cuerpo, recuerdo 
cómo se hace. 
Mantengo los brazos pegados al cuerpo y doy golpes cortos y 
potentes en lugares estratégicos de su cuerpo. Por desgracia, Giulio 
es hábil y bloquea la mayoría de mis intentos, devolviéndome 
algunos de los suyos. Golpeamos y giramos, pateamos y 
esquivamos. Los muebles se derriban y un jarrón cae al suelo. 
Su padre lo ha entrenado bien, pero no es rival para mí, un 
asesino criado por los militares. Apenas respiro con dificultad, mi 
ritmo cardíaco no se ha elevado lo más mínimo, y Giulio jadea, 
empleando demasiada energía para luchar contra mí. Empieza a 
cansarse, sus golpes ya no son tan afilados. 
Es solo cuestión de tiempo. 
Le doy un golpe en el riñón y se tambalea hacia atrás. Avanzo, 
percibo su debilidad y me lanzo a matar. En mi interior no hay 
piedad ni contención. La calma se apodera de mí. Acabaré con esto. 
Intenta esquivarme, pero soy más rápido. Lo agarro por el cuello 
y lo estampo contra la pared. Mis dedos se tensan. 
De repente, un ruido sordo irrumpe en mi cabeza. Alguien golpea 
la puerta. Mujer. Palabras en gaélico. 
—¿Estás bien? —llama—. Joven, conteste. 
 
Parpadeo mientras el rugido en mis oídos se alivia ligeramente. 
Señora Campbell. 
—Estoy bien —le respondo en el mismo idioma. 
—Me debes por ese jarrón roto —dice. 
—Ya lo sé. Lo siento. 
Justo entonces, Giulio utiliza ambas manos para empujar mi 
pecho con fuerza, apartándome de él. Lo suelto y retrocedo un paso. 
—Suéltame, stronzo —gruñe Giulio y me aparta de un empujón. 
Giro el cuello y apoyo la espalda contra la pared, sin dejar de 
mirar al príncipe de la mafia. Su frente sangra, la carne abierta por 
mis nudillos. Sigue siendo la cosa más hermosa que jamás he visto. 
Está prevenido, su expresión es la de un animal salvaje 
acorralado. 
—¿Cómo sabías que estaba aquí? 
¿Cree que soy tan estúpido como para delatar mis ventajas? Me 
callo. 
—Cazzo, eres como un... robot o algo así —refunfuña, luego hace 
una mueca de dolor y se toca el costado—. Si empiezo a orinar 
sangre, volveré e incendiaré todo este edificio. 
—¿Matarías a la Señora Campbell? 
Hace un ruido con la garganta, de incredulidad y sorpresa. 
—¿Crees que me importa esa anciana? 
—No es vieja, solo tiene cincuenta y tres años. Y no ha hecho 
nada que justifique su muerte. 
—Yo tampoco. 
No importa. A mí no. 
—Eres una misión. Una que no puedo rechazar. 
—¿Por qué? 
 
No digo nada. Él no lo entendería, ni le importaría. El objetivo 
nunca lo hace. Su única preocupación es su propia vida miserable. 
—Estás sangrando. —Señala con su cabeza mi brazo. 
Miro hacia abajo y veo un desgarro en mi abrigo, la mancha roja 
que crece debajo. Me quito el abrigo y examino la herida. Es un 
rasguño. 
—No tienes muy buena puntería. 
Cruza los brazos sobre el pecho. 
—Pareces decepcionado, Alessio. ¿Tanto te apetecía morir hoy? 
—Ser asesinado por el heredero Ravazzani, es un privilegio, ¿no? 
—Deja de llamarme así —gruñe entre dientes apretados—. Ya te 
lo he dicho, ya no tengo nada que ver con mi padre. 
—Tus registros telefónicos dicen lo contrario. 
Sus ojos se abren enormemente. Que eso lo sorprenda dice 
mucho. Giulio se había vuelto engreído en los años transcurridos 
desde Bélgica, creyéndose más listo que sus enemigos. Debería 
saberlo. 
Nos miramos fijamente y me pregunto qué hará ahora. No puede 
matarme y no puede salir de la isla. Incluso si lo hiciera, no hay 
lugar en la tierra donde pueda esconderse de mí. 
Yo tengo el poder sobre este hombre, no al revés. 
Su mirada recorre todo mi cuerpo, casi como si me estuviera 
evaluando. Igual que aquella noche en el club. Sé cuál es mi 
aspecto, un rostro lleno de cicatrices. Aterrador. Frío. Pero lo que 
Giulio vio en el club abarrotado le gustó. Me había elegido, y yo se 
lo había permitido. 
—¿Esperas otra mamada? —pregunto suavemente—. Porque te 
decepcionarás. 
—Va all'inferno, testa di merda. —Vete al infierno, cabeza de 
mierda—. Como si fuera a dejar que te acerques a mi polla otra vez. 
 
Necesitando demostrarle que es un mentiroso, me lamo los labios 
lentamente. 
—Cazzata. Si me arrodillara, te la sacarías... 
—¡Vaffanculo21! —Con la frente baja, se dirige hacia la puerta y 
la abre de un tirón—. Aléjate de mí, Alessio. O la próxima vez no 
fallaré. 
Cierra la puerta de un portazo y me quedo solo, con un atisbo de 
sonrisa en el rostro. 
 
 
21 Vaffanculo. Vete a la mierda, en italiano. 
 
 
 
Necesito más armas. 
Al amanecer, me quedo mirando las provisiones esparcidas sobre 
la mesa del comedor. Tres viejas armas, cuatro cajas de balas y un 
gran cuchillo de caza. No es suficiente, no para acabar con Ricci…. 
Después de nuestro encuentro de ayer en su habitación, intenté 
comprar un pasaje para salir de la isla. Pero ninguno de los 
pescadores me aceptó. Todos me hicieron señas con una expresión 
temerosa, como si estuviera maldito o algo así. 
Está claro que Alessio los había amenazado a todos para 
mantenerme atrapado en Canna. 
Apenas dormí anoche, convencido que Alessio vendría por mí en 
la oscuridad. Pero no lo hizo. La noche había transcurrido 
tranquila, sin señales de él por ninguna parte. 
Así que hoy tomé una decisión. Aunque ya no soy miembro de la 
'Ndrangheta, sigo siendohijo de mi padre. Un Ravazzani, criado con 
sangre y muerte. Somos supervivientes, una línea de reyes nacidos 
en la seca tierra de Siderno. 
Lo que significa que no me sentaré a esperar a que Alessio me 
dispare. 
No más poesía, no más ovejas. Es hora de pasar a la ofensiva. 
Alessio piensa que me tiene atrapado. Pero lo contrario también 
es cierto. Si yo no puedo encontrar una manera de salir de esta isla, 
entonces él tampoco. 
Y solo uno de nosotros sobrevivirá. 
 
"Ser asesinado por el heredero Ravazzani, es un privilegio, ¿no?" 
Alessio pronto lo descubrirá, porque no moriré en medio de la 
nada, en esta fría y remota isla lejos de mi familia. 
Los echo de menos. Cuatro años atrás, me había distanciado de 
todos en mi antigua vida para protegerlos. Y desde entonces nunca 
me quedo en un lugar el tiempo suficiente para hacer nuevos 
amigos. 
Me froto el pecho, deseando que desaparezca la sensación de 
vacío que casi siempre está allí. Se supone que no tiene que ser así. 
Cuando dejé la mafia, pensé que Paolo y yo viviríamos nuestra 
mejor vida juntos, con fiestas y amigos. Cenas y viajes, luego 
matrimonio y tal vez un hijo o dos. Nunca pensé que haría que lo 
mataran. Nunca pensé que viviría mi vida huyendo, 
escondiéndome. 
Pero no tengo tiempo para arrepentimientos. Mataré a Ricci, 
volveré a Europa y encontraré a los asesinos de Paolo. Una vez 
muertos, por fin podré ir a Siderno a pasar algo más que uno o dos 
días. Podré visitar a mi familia, una visita de verdad, durante 
semanas. Tal vez un mes. 
Quiero eso. No, lo necesito. 
Mi último viaje había sido demasiado corto. Rafe cumplió tres 
años en marzo y yo había ido a casa para la fiesta. Apenas me había 
quedado cuarenta y ocho horas. 
Consulto mi reloj. Aquí son las cinco, pero Siderno va una hora 
por delante. ¿Debería llamar? Sin duda estará enferma de 
preocupación después de tanto tiempo sin saber de mí, y yo sé que 
ya está despierta. 
Hay otra razón para llamar. Una razón mucho más oscura. Si 
Alessio tiene suerte y logra matarme, quiero oír su voz una vez más. 
Agarro uno de los teléfonos desechables que había comprado 
antes de venir a Canna. Ya está cargado, así que marco 
rápidamente. 
—Pronto —dice la voz áspera. 
 
—Zia, soy yo. 
Mi tía abuela, que es más bien mi nonna, jadea. 
—¿De verdad eres tú? Oh, ometto. Dijeron... 
No termina, su voz se quiebra y la culpa se aloja como una bala 
bajo mis costillas. Desde que tengo uso de razón, ella es la única 
que me llama “hombrecito”. Tragándome el nudo de la garganta, 
digo: 
—Va bene, va bene. No pasa nada. Estoy bien. 
Empieza a recitar una oración en latín, así que espero a que 
termine. Zia es muy religiosa, una católica devota. Sospecho que 
tiene que rezar más por estar emparentada con Fausto. Cuando se 
calla, la oigo sonarse la nariz. 
—No llores —le digo—. Arruinarás tu maquillaje. 
—Maquillaje. —Hace un ruido despectivo—. Sabes que nunca 
uso esa cosa. 
Sí, lo sé. Decía que Dios la había hecho así y por qué necesitaba 
parecerse a los demás. 
—¿Come stai? 
—Preocupada. Me preocupo todos los días por ti. Recé mucho. 
Sabía que no estabas muerto. Lo sentiría, ¿no? 
—Perdonami, pero no podía llamar. Mi teléfono no era seguro. 
—Tu padre, también ha estado fuera de sí de preocupación. 
Cuando desapareciste, ma dai… Estuvo a punto de subirse a un 
avión rumbo a Grecia. 
No es de extrañar, ya que Fausto sigue vigilando todos mis 
movimientos. O lo había estado, hasta que salí del radar aquí en 
Canna. 
—Me alegro que alguien lo detuviera. 
—Su esposa razonó con él. Pero él está muy infeliz, muy 
preocupado. Esto lo tranquilizará, saber que sigues vivo. 
 
No quiero involucrar a mi padre. Ahora tiene dos hijos pequeños, 
y Frankie está embarazada de un tercero. Es mejor que se quede en 
Siderno. 
Puedo encargarme de un asesino, aunque se rumoree que es el 
mejor. Seré más astuto que Alessio, le ganaré en su propio juego. 
Le digo: 
—No puedes decírselo. Ni a Frankie. Esto tiene que quedar entre 
nosotros, Zia. 
Ella no responde durante mucho tiempo, luego suspira. 
—¿Por qué mantienes esto en secreto de la gente que más te ama, 
ometto? 
—No es seguro, y no quiero poner a nadie allí en peligro. —Decido 
cambiar de tema—. ¿Cómo están los bebés? ¿Cómo está Frankie? 
Zia empieza a contarme historias sobre mis hermanos y los echo 
de menos con un dolor de huesos. Raffaele es un mini-Fausto, ya 
exigente y difícil a los tres años, como el verdadero futuro líder de 
los 'ndrina. Con casi dos años, Noemi es más tranquila, pero no 
menos enérgica que su hermano. 
—Debes de estar agotada —le digo a Zia. 
Gruñe para expresar su disgusto. 
—Contratan niñeras. Demasiadas niñeras, creo. No quieren 
molestarme, pero no soy tan vieja como para no poder controlar a 
ese niño diabólico. Después de todo, ¡Pude controlarte a ti! 
Sonrío. Nunca heredé realmente el temperamento ni la terquedad 
de mi padre. Me parezco más a mi madre, supuestamente, que fue 
asesinada cuando yo era muy joven. 
—Es verdad. Recuerdo la vez que me descubrieron espiando. 
Cuando tenía nueve años, Zia me encontró fuera de la oficina de 
Fausto, escuchando una de las reuniones de la 'ndrina a través de 
la puerta. Estaba desesperado por entender lo que significaba ser 
el heredero de los Ravazzani. ¿Qué hacía mi padre todo el día? ¿De 
 
qué hablaban en esas reuniones? ¿Qué se exigiría de mí cuando 
llegara el momento? 
Mi tía me había agarrado de la oreja, me había hecho confesar a 
Fausto. Luego limpié su jardín todos los días durante una semana, 
de sol a sol. 
Ver una mala hierba todavía me enfada. 
—Y aprendiste, ¿no? —pregunta Zia. 
—Aprendí que nunca quise trabajar en el jardín. 
Se ríe entre dientes. 
—Siempre odiaste la tierra. 
Cierto. Miro por la ventana. La luz brilla en el horizonte. 
—Zia, debería irme. Tengo que salir a correr. 
—No necesitas correr. Ya estás demasiado delgado. 
Esta es una vieja discusión. Ella nunca entendió mi necesidad de 
hacer ejercicio. 
—Para mantenerme vivo necesito estar en forma. 
—Entonces vete, ometto. ¿Cuándo volverás a llamar? 
—No lo sé, pero no te preocupes. Estaré bien. 
—Dejaré de preocuparme cuando esté muerta. Y no te vendría 
mal pisar una iglesia de vez en cuando —me reprende. 
Intento no poner los ojos en blanco. La Iglesia católica es poco 
progresista en lo que se refiere a mi comunidad, así que eso es un 
pase difícil. 
—Lo intentaré, Zia. Ti voglio bene22. 
—Ti voglio bene, ometto. Llama pronto, per favore. 
 
22 Ti voglio bene. Te amo, en italiano. 
 
—Lo haré. Ciao. —Como si me arrancara una venda, desconecto 
rápidamente. Luego destruyo el teléfono desechable. 
Mi pecho se agita de rabia y arrepentimiento. Quienquiera que 
haya puesto el auto bomba en Bélgica va a sufrir. Me ha destrozado 
la vida, ha causado angustia y preocupación a mi familia. Pero 
primero tengo que ocuparme de Ricci. 
Ya vestido para correr, me pongo el gorro de punto y salgo. El 
viento me cala hasta los huesos y maldigo. Odio este lugar olvidado 
de la mano de Dios. 
En cuanto mate a Alessio, tomaré el primer barco a Portugal. 
Luego reanudaré la búsqueda de quienquiera que puso la bomba 
en Bélgica. 
El frío suelo cruje bajo mis pies mientras corro. El aire me punza 
los pulmones como agujas, agudos mordiscos de dolor que pican. 
Me dirijo hacia las colinas. Me arden los muslos al subir la 
pendiente. Madre di dio, ¿tan fuera de forma estoy? Me concentro 
en mi respiración y sigo subiendo. Necesito despejarme y pensar 
qué hacer con Alessio. Todavía me duele de nuestra pelea de ayer. 
Sus golpes son como martillazos. 
Por una fracción de segundo casi había ganado. Cuando me 
empujó contra la pared con la mano en la garganta, sus ojos se 
volvieron planos y sin vida, parecía más máquina que hombre. No 
había piedad ni bondad en él y supe que estaba a punto de 
estrangularme en aquel pequeño apartamento. 
Por una fracciónde segundo pensé que estaba a punto de morir. 
Lo que solo prueba que no merezco heredar el reino de Fausto. 
Nunca seré lo suficientemente fuerte, lo suficientemente resistente. 
No como él. Así que es bueno que tuviera a Raffaele. El chico será 
un gran Don algún día. 
Dejo a un lado todos esos pensamientos y sigo corriendo, 
empujándome con más fuerza hasta que en mi cabeza no queda 
espacio para nada excepto para mi respiración. Mis pies. El 
balanceo de mis brazos. El latido de mi corazón. 
 
Minutos después, un ruido detrás de mí casi me hace tropezar. 
Al mirar por encima del hombro, veo a Alessio trotando por el 
sendero. Lleva una gorra de béisbol y ropa de correr que parece más 
vieja que él. Me detengo, me agacho y apoyo las manos en las 
rodillas, sin apartar los ojos de él mientras acorta la distancia que 
nos separa. ¿Por qué se ha levantado tan temprano? ¿Hace ejercicio 
o me sigue? 
¿Y por qué no me he traído un arma? 
Estúpido, estúpido, estúpido. Aprieto la mandíbula, rechinando 
los dientes traseros, y considero mis opciones. Puedo hacerle frente, 
pero ayer había demostrado que no puedo con Alessio en una pelea. 
Mis opciones son limitadas, pero no se lo pondría fácil al bastardo. 
Sus labios se mueven, como si supiera lo que estoy pensando. Me 
enderezo cuando se acerca, mi cuerpo cansado pero listo para 
enfrentarlo. Mis manos se cierran en puños. 
Pero él ni se detiene. 
—Andiamo, principe —dice al pasar a mi lado. Andando, príncipe. 
Ni siquiera parece sin aliento, el stronzo. 
Un hombre sabio probablemente iría en otra dirección. Seguir 
escondiéndose. Esperar el próximo ataque. 
Pero estoy cansado de esconderme y esperar. 
Si corremos juntos, no podrá tomarme por sorpresa. Mejor aún, 
una oportunidad para matarlo podría presentarse. ¿Una piedra en 
la nuca, tal vez? 
Tomo una decisión. Subo por el sendero y empiezo a perseguirlo. 
 
 
 
Cuando oigo que me sigue, aminoro la marcha lo más mínimo. 
Giulio no está en muy mala forma, pero no puede seguirme, no a 
mi ritmo normal. 
No esperaba encontrarlo aquí. Las colinas suelen estar tranquilas 
a esta hora de la mañana, sin un alma alrededor. Es mi momento 
favorito del día, después que el sol se asoma por primera vez al cielo 
y pueda estar completamente solo. Sin ruido, sin tráfico. Solo yo y 
el suelo. 
—Te has levantado temprano —le digo cuando está lo bastante 
cerca. Conozco su rutina. Normalmente se levanta sobre las ocho u 
ocho y media. 
—Déjame adivinar. Siempre te levantas a esta hora. 
—Es la mejor parte del día, ¿no? 
—Claro. El resto del día debe de ser estresante, con todo lo que 
tienes que acechar. 
Suena tan malhumorado que casi sonrío. No es una persona 
madrugadora, un hecho que aprendí al instante cuando empecé a 
seguirle la pista. Difícil visitar clubes nocturnos para mamadas 
anónimas y levantarse temprano al día siguiente. 
Seguimos corriendo, sin hablar ninguno de los dos. Prefiero el 
silencio, aunque soy muy consciente de su presencia, de sus 
exhalaciones y sus pasos pesados. Es guapo, incluso con las ojeras. 
Su moderno atuendo para correr es poco práctico para este tiempo. 
Pero sigue siendo guapo. Quizá más, porque está sonrojado y 
sudoroso, y eso me recuerda al sexo. 
Específicamente de cómo se vería Giulio durante el sexo. 
Ya sé cómo es cuando se corre, cuando los bordes duros y la ira 
desaparecen, dejando solo la sensación y la felicidad. Madre di dio, 
aún pienso en su rostro en pleno orgasmo cuando me masturbo. 
¿Alguna vez piensa en mí de rodillas, con mi boca alrededor de su 
polla? 
Idiota. Claro que no. Giulio ha estado con muchos hombres, ¿por 
qué iba a destacar yo? Solo había estado con una docena de 
 
hombres en mi vida, y nunca abiertamente. Cada encuentro 
apresurado, frenético. Insatisfactorio. 
Jadea a mi lado. Me compadezco de él y freno en seco, intentando 
no reírme mientras se desploma sobre una roca. 
—Necesitas respirar por tu... 
—Mierda. Fuera —jadea. 
Levanto las palmas de las manos y estiro los músculos para 
mantenerlos calientes. Esto no es todavía la mitad del camino para 
mí, y hay un largo camino por recorrer. 
—Puedes regresar, si quieres. Nadie te obliga a quedarte. 
—¿Cómo es que ni siquiera respiras con dificultad? —Me mira 
entrecerrando los ojos—. ¿Eres humano? 
Las palabras pican una vieja herida, una que nunca ha 
cicatrizado del todo. “No es normal” solía gritar mi padre en sus 
borracheras. “¿Qué le pasa a ese chico?” 
Yo había sido una decepción para él, un hombre que deseaba un 
hijo ruidoso y bullicioso, alguien más parecido a él. En cambio, yo 
era callado y torpe, más dentro de mi cabeza que fuera de ella. Podía 
sentarme durante largos ratos sin hacer nada, lo que me convertía 
en el mejor francotirador del mundo. Pero un hijo terrible. 
—Soy humano —le digo a Giulio—. Solo que en mejor forma que 
tú. 
Masculla una retahíla de maldiciones en italiano y se limpia el 
rostro con la manga de la camiseta 
De repente siento curiosidad por su vida anterior en Siderno. 
—Tu padre, ¿no obliga a sus hombres a mantenerse en forma? 
—No es militar, Alessio. 
Lástima. Con el entrenamiento adecuado, pudo haberme eludido. 
Cómo está, deja migas de pan a su paso dondequiera que va. Giulio 
es como un cielo brillante, lleno de color y vida. Es imposible no 
verlo. 
 
Me mira con desconfianza. 
—¿Llevas un arma encima? 
Extiendo los brazos. 
—No, no llevo. Aparte de frailecillos y águilas, no hay nada 
alrededor a esta hora del día. —Hago una pausa a medio estirar—. 
Pero no necesito un arma para matarte, Giulio. 
Es un hecho. Su cuello aún muestra débiles magulladuras de mis 
dedos. 
—No soy tan débil como crees —dice. 
—No creo que seas débil. —Ni mucho menos. La 'Ndrangheta no 
cría hombres débiles, y Ravazzani se habría asegurado que su 
heredero fuera lo bastante fuerte para tomar el mando cuando 
llegara el momento. 
Pero soy un asesino, un monstruo sin alma. Entrenado para 
acabar con un enemigo rápido y silenciosamente. No es rival para 
mí. 
De repente tengo un montón de preguntas rodando por mi 
cabeza. 
—¿Cuál es tu forma favorita de matar a un hombre? 
Frunce el ceño y baja las cejas. 
—Ma dai, ¿qué mierda de pregunta es esa? 
Levanto un hombro y me concentro en el suelo mientras me 
estiro. 
—Es lo único que tenemos en común, ¿no? —Esto, y un 
conocimiento íntimo de la polla de Giulio. 
—Excepto que no soy un asesino. 
Resoplo, incapaz de contenerme. 
—Cazzata. Eras el soldado de tu padre. Llevabas a cabo 
asesinatos. 
 
—No hice mucho trabajo mojado. 
—Mucho —repito—. Pero hiciste algo. Así que dime, ¿Cuál es tu 
forma favorita de matar? 
—¿Por qué mierda quieres saberlo? ¿Te preguntas cómo te 
mataré? 
Como si pudiera. Pero está claro que mi pregunta lo ofende, así 
que no insisto. Si no puede ver quién es realmente: el hombre que 
hay debajo de la ropa de diseño y la buena apariencia, ¿quién soy 
yo para señalárselo? 
Hago un gesto con la mano. 
—Andiamo. Se acabó el descanso. 
Sus labios se aplanan, la cautela y la infelicidad grabadas en su 
bello rostro. 
—¿Cuánto falta? 
—Aún no hemos llegado a la mitad. —Me mira fijamente y puedo 
ver su indecisión. Por alguna razón, quiero que aguante—. Vamos. 
Puedes seguirme. 
—Vete a la mierda, Alessio —refunfuña mientras se levanta—. 
Solo hago esto para hacerme más fuerte y poder matarte. 
—Va bene, uccisore23. Vámonos. 
Está claro que a Giulio no le gustó que lo llamara asesino, pero 
me sigue cuando vuelvo a ponerme en marcha, con sus pisadas 
crujiendo detrás de las mías. 
Corremos durante varios minutos antes que hable: 
—¿Cuál es tu forma favorita de matar? 
La verdad se me escapa antes de poderla detenerla. 
—Con las manos. —Hago una mueca e intento no pensar en lo 
loco que parece. Por eso prefiero mi rifle. El arma es fría e 
 
23 Uccisore. Asesino, en italiano. 
 
insatisfactoria, deja una distancia entre la víctima yyo que lo hace 
más fácil de justificar, más fácil de llevar a cabo. Más fácil mantener 
a raya mis demonios. 
Matar con mis manos es un placer como ningún otro. Íntimo, 
personal. Un desafío que parece elemental, más animal que 
humano. En ese momento no siento nada más que la necesidad 
desesperada de sobrevivir a mi oponente. Y cuando lo consigo, me 
siento eufórico. 
—Él no es normal. 
Sì, certo. 
Toco el cornicello de la cadena que llevo al cuello y sigo corriendo. 
Giulio murmura algo detrás de mí. Miro por encima del hombro: 
—¿Che cosa? 
—He dicho que el mío es un cuchillo. 
Ah. Por fin me sigue el juego. 
—El de tu padre también, ¿no? —La preferencia de Fausto por el 
cuchillo es legendaria. Se había ganado el apodo de Il Diavolo. 
—Nunca se lo he preguntado, pero supongo que sí. 
—Es demasiado sucio para mí. La sangre, quiero decir. 
—Ese es el punto —dice Giulio—. Para hacer un espectáculo. 
Para intimidar. Por no hablar de causar dolor. 
—No, eso es matar para impresionar a los demás. Por eso atrapan 
a los mafiosos. Porque necesitan medirse las pollas, asegurarse que 
todo el mundo sabe lo importantes, lo peligrosos que son. 
—Es necesario infundir miedo, para que los demás reconozcan el 
peligro de cruzarse contigo. Para que la gente haga lo que tú 
quieres. Es la única razón para asesinar, fuera de la defensa propia. 
Sacudo la cabeza. 
 
—El asesinato no necesita motivos. A veces simplemente hay que 
hacerlo. 
—¿Es así como justificas llevar a cabo tus asesinatos? ¿Es así 
como duermes por las noches? 
La irritación me recorre la espina dorsal como las garras de un 
gato y reprimo las ganas de arremeter. En realidad, no duermo por 
las noches. Tres o cuatro horas como máximo. 
Aun así, no necesito justificar lo que soy y lo que hago. Soy un 
fantasma. Mis objetivos nunca me ven venir. Una sola bala en la 
frente y desaparezco. 
—¿Cuál es tu tarifa, por cierto? —Giulio pregunta desde atrás de 
mí—. ¿Cuánto cobra el mejor asesino de Europa? 
—Depende de quién pregunte. 
—Digamos que soy yo. 
—No puedes permitírtelo. 
—Vete a la mierda —espeta—. Esto es hipotético, porque la única 
persona que quiero muerta eres tú. 
Bien. Le seguiré el juego. 
—¿A quién voy a matar? 
—A un líder mundial. Elige uno. 
—No puedo. La identidad importa. Algunos son más fáciles de 
conseguir que otros. 
—¿Quién sería el más difícil? 
—Chino. Ruso. No imposible, pero difícil. 
El camino se ensancha, así que aminoro un poco la marcha para 
que me alcance. Cuando estamos uno al lado del otro, pregunta: 
—¿Cuánto cobrarías por asesinar al presidente ruso? 
—Se me ocurre... Diez millones. 
 
Silba. 
—¿Y otro líder de la mafia? Uno de los otros Don. 
Sé cuánto había recibido por el asesinato de Fausto, dinero que 
había devuelto a Don D'Agostino. 
—Un millón, dependiendo de quién. 
—¿Y si fuera Enzo D'Agostino? 
Lo miro bruscamente. ¿Me ha leído el pensamiento? 
—¿Porque es enemigo de tu padre? 
Gruñe como respuesta: 
—Nunca perdonaré a D'Agostino por intentar matar a Fausto. 
Excepto que no había sido D'Agostino el que estaba mirando por 
la mirilla del rifle, apretando el gatillo para disparar. ¿Qué diría 
Giulio si supiera que casi había asesinado a su padre? 
No puedo pensar en eso ahora. No tengo intención de decírselo 
nunca. 
—Entonces, dime —dice Giulio—. ¿Cuánto por D'Agostino? 
Esta no es una línea de preguntas que yo quiera mantener. 
Pronto me preguntará si sé a quién contrató D'Agostino para 
disparar a Fausto desde aquel tejado. 
—Está bien fortificado en Napoli, por lo que tengo entendido —
evado. 
—¿Más que el presidente ruso? 
Me mira por encima de sus pestañas, y el impacto de sus ojos es 
como un puñetazo en el pecho. Casi tropiezo. El sudor gotea de las 
afiladas líneas de su mandíbula y siento el impulso irrefrenable de 
lamer el sudor de su piel. 
Cazzo, esto tiene que parar. 
 
No quiero hablar de asesinatos, dinero y mafiosos. Él es mi 
objetivo. No quisiera acercarme a él. 
Pero no puedo alejarme. 
En otras palabras, estoy jodido. 
Admítelo. No quieres matar a Giulio. 
No me gusta esa voz en mi cabeza. Esto es un trabajo, como 
cualquier otro. Sí, estoy tardando más de lo normal, pero haré lo 
que tengo que hacer cuando llegue el momento. 
—Deprisa —murmuro y acelero el paso, sin importarme si me 
sigue o no. 
 
 
 
Alessio es un hijo de puta malhumorado. 
Cuando le pregunto cuánto cobra por matar a alguien, se 
desconecta y prácticamente echa a correr por el sendero. No puedo 
seguirle el ritmo y su alta figura pronto desaparece entre las curvas 
de la colina. 
Reduzco la marcha y vuelvo a trotar a mi propio ritmo. ¿Planea 
saltar sobre mí? Me tenso en cada curva, mis ojos escudriñan el 
paisaje, pero él no está allí. Las huellas de sus zapatos son firmes 
y rectas, bajando por el otro lado de la montaña hacia el terreno 
llano. 
No lo entiendo. En absoluto. 
Se supone que no debo entenderlo. Está aquí para matarme. 
Bueno, no se lo pondré fácil. Estoy cansado de correr, tanto en 
sentido literal como figurado. 
Me detengo, me agacho y apoyo las manos en las rodillas, 
aspirando grandes bocanadas de aire. Siento los muslos como 
fideos. Gracias a Dios que dejé de fumar cigarrillos por insistencia 
de Paolo. Vapear hierba ya es bastante malo para mis pulmones, y 
no es que piense dejarlo alguna vez. Algunas noches es la única 
forma de dormir bien. 
Camino hasta el pie de la colina. Alessio hace rato que se ha ido, 
ni siquiera una mancha en la distancia. Observo los alrededores. 
¿Está ahí afuera con su rifle, escondido y esperando? 
Por alguna razón, no lo creo. 
 
Me dirijo hacia la granja y reflexiono. ¿Qué haría yo en el lugar 
de Alessio? Los transbordadores entran y salen de la isla tres veces 
por semana, y el siguiente es pronto. Si Alessio es listo, su plan 
sería matarme, embarcar inmediatamente en el ferry y desaparecer. 
Tiene mucho sentido. 
Así que tengo que atacarlo primero. 
Una vez en la granja, me ducho y me visto. Después desayuno y 
examino las armas que encontré en la casa. Son viejas, llevan 
tiempo sin usarse. Había usado una en mi fallido intento de matar 
a Alessio la noche anterior. ¿Había fallado porque mi puntería está 
oxidada o porque el arma es defectuosa? 
Tengo que averiguarlo. 
Me abrigo con varias capas de ropa. Luego vigilo el perímetro de 
la granja, buscando señales de que hubiera alguien más. Por lo que 
puedo ver, todo está despejado. Cargo una de las armas para 
asegurarme antes de salir al frío. 
Madre di dio, este tiempo. Mi alma mediterránea llora. 
Sigo caminando hasta encontrar un tronco de árbol. Apoyo tres 
botellas vacías encima y retrocedo. Luego apunto a las botellas. 
¡Figlio d'un cane24! Solo acierto a una de las tres. 
Tomo otra arma, la cargo e intento disparar. Pero ésta se atasca. 
La tiro a un lado. 
La última arma es más antigua y pesada, como las de las viejas 
películas de Clint Eastwood. Me gusta su peso en la palma de la 
mano. Disparo cuatro veces, pero solo acierto a una de las botellas 
restantes. 
—¡Minchia! 
—Tienes que bracear las piernas. 
La voz grave me sobresalta y me giro para encontrar a Alessio 
apoyado en el corral de las ovejas, con sus ojos grises 
 
24 Figlio d’un cane. Hijo de perra, en italiano. 
 
observándome. Lleva un gorro de punto, unos jeans y una sudadera 
con capucha, una manzana en una mano y un cuchillo en la otra. 
Pero no es un cuchillo de cocina. Es más bien un cuchillo de caza, 
de los que se usan para desollar, no para cortar. 
Alessio corta un trozo de manzana sin mirar hacia abajo y se lo 
mete en la boca. Levanto el arma y le apunto. 
—¿Ma che cazzo fai25? 
—Salí a dar un paseo. 
—Me estás acosando. 
Levanta un hombro. 
—Si así prefieres llamarlo. 
—No parece preocuparte que te dispare en unos segundos. 
—No pudiste darles a las botellas a tres metros de distancia. 
¿Realmente piensas dispararme desde allí?—¿Estás dispuesto a correr ese riesgo? 
Su mirada me recorre de pies a cabeza. Aunque llevo mucha ropa, 
me siento expuesto. Como si pudiera ver la piel desnuda que hay 
debajo. 
Las arrugas de su boca se hacen más profundas. 
—Si disparas, te clavaré este cuchillo en la garganta. —Hace girar 
varias veces el gran cuchillo que tiene en la mano sin dejar de 
mirarnos—. Y te prometo que no fallaré. 
 Odio tanto al hijo de puta. Bajo el arma lentamente, pero no quito 
el dedo del gatillo. 
—Figlio di puttana26. 
Esto solo parece divertirlo. 
 
25 Ma che cazzo fai. Qué carajo estás haciendo, en italiano. 
26 Figlio di puttana. Hijo de puta, en italiano. 
 
—Sabes, para ser il principe de la mafia no eres muy listo. 
Mi puño se aprieta alrededor de la empuñadura del arma. 
Maldición, sería tan satisfactorio dispararle. 
—¿Qué significa eso? 
—Significa que no lo has pensado bien. Digamos que por un golpe 
de suerte eres capaz de matarme y salir de esta isla. ¿Entonces qué? 
—¿Quieres saber a dónde voy ahora? ¿Es eso? 
—Te persiguen algunos hombres malos, Giulio. Si no te mato, 
ellos lo harán. 
—No lo han conseguido en cuatro años. 
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. 
—Cazzo, eres un engreído. 
—¿Quieres que te dispare otra vez? —espeto. 
Se pone serio y le salta un músculo de la mandíbula. 
—Este es mi consejo: Deja de ser infantil. Eres un hombre adulto. 
Así que empieza a enfrentarte a tus problemas en lugar de huir y 
esconderte. 
La ira se enciende en mis venas, brillante y caliente. Imbécil 
prejuicioso. No tiene ni puta idea de lo que he estado haciendo los 
últimos cuatro años. Lo duro que trabajo para encontrar a los 
asesinos de Paolo. 
—¿Aquí es donde le dices al gay que es demasiado afeminado? 
¿Demasiado débil? 
Sacude la cabeza y lanza un suspiro. 
—Soy bisexual, Giulio. Me gustan tanto los hombres como las 
mujeres. Por última vez, esto no tiene nada que ver con tu 
sexualidad. 
Me quedo boquiabierto. ¿Alessio es bisexual? Bueno, eso explica 
la mamada ejemplar de Málaga. 
 
—No te he pedido consejo. Y planeo encontrarlos y matarlos 
después. 
—Después que me mates, querrás decir. —Me dedica una media 
sonrisa y me sorprende ver un hoyuelo en su mejilla derecha. 
Alessio no parece el tipo de hombre que tuviera hoyuelos. 
Paolo tenía hoyuelos. 
—Sí —gruño—. Después de matarte. 
—Entonces será mejor que sigas practicando. —Señala las dos 
botellas que quedan en el tronco. 
—Son las armas. No mi puntería. 
—Son las dos cosas. No sabes manejar esas viejas armas, sobre 
todo con este viento. 
—¿Y tú sí? 
—Sì, certo. 
Cazzata. Podría ser bueno con un rifle de largo alcance, pero 
estas son viejas armas. ¿Quién sabe la última vez que habían sido 
limpiadas y engrasadas? 
—Te tomo la palabra. 
—¿Quieres que te enseñe? 
—¿Y darte un arma con la que dispararme? ¿Ma sei pazzo27? 
—Entonces tal vez, por el bien de las ovejas, hagamos una tregua 
temporal. 
¿Una tregua? ¿Habla en serio? 
—¿Por qué diablos haría eso? 
—Necesitas mi ayuda. 
Esto es increíble. Mi labio se curva en una mueca. 
 
27 Ma sei pazzo. Pero está loco, en italiano. 
 
—¿De verdad eres un asesino? Porque todo lo que haces es hablar 
y seguirme... 
El cuchillo zumba hacia mí en un abrir y cerrar de ojos. El filo se 
hunde en el suelo a un milímetro de mi dedo gordo. Ni siquiera 
había visto el arma salir de su mano. 
Vuelvo a mirarlo. Me observa con frialdad, con una expresión 
ilegible. 
Está claro que pudo haberme matado, pero no lo hizo. Esto se 
está convirtiendo en un tema entre nosotros. Ha tenido muchas 
oportunidades de eliminarme, no solo aquí, sino en otros lugares. 
¿Por qué juega conmigo? ¿Le excita el poder? 
A la mierda. 
No soy un político débil e inexperto. O un líder mundial delirante 
rodeado de aduladores. Fui criado para matar y herir a la gente. 
Para hacer que otros se dobleguen a mi voluntad. Este assassino 
no se burlará de mí. 
Inclinándome, retiro el cuchillo del frío suelo. 
Lo balanceo en la palma de la mano, familiarizándome con su 
peso. Con un movimiento lo envío volando hacia él, pero apuntando 
un poco más alto. 
Directamente a su entrepierna. 
Se aparta justo antes del impacto. Con un thump, la punta del 
cuchillo se clava en el corral de madera. Justo donde había estado 
su polla. 
—Sería una pena que la cortaras antes de tener la oportunidad 
de verla —dice, retirando suavemente el cuchillo de la madera. 
—No quiero tener nada que ver con tu polla, Alessio. 
Se aparta de la madera. Con pasos lentos y medidos se acerca a 
mí. 
—Lástima. Es una polla muy bonita. 
 
Pongo firme las piernas. Si quiere pelea, se la daré encantado. Al 
arma que tengo en la mano aún le quedan dos balas. La apoyo en 
la palma de la mano y acciono el martillo. 
El aire se va enrareciendo a medida que él se acerca. Apenas 
puedo oír a las ovejas por encima de los latidos de mi corazón. Se 
detiene justo fuera de mi alcance e inclina la barbilla hacia mi 
mano. 
—Es un revólver Colt Anaconda de doble acción del calibre 44 
Magnum con un cañón de ocho pulgadas. Fabricado en 1990 en 
Estados Unidos, en Connecticut. Los originales ya no son fáciles de 
encontrar. Es pesada, un arma de cazador. 
Cuando hace una pausa, le pregunto: 
—¿Intentas impresionarme? 
—No, intento decirte por qué estás fallando. Las primeras 
versiones tenían un problema de precisión, lo que podría explicarlo. 
Además, hasta que no te acostumbres, la doble acción podría darte 
problemas. —Se encoge de hombros—. O puede que simplemente 
seas un tirador terrible. 
Testa di cazzo28. 
Levanto el brazo y vuelvo a apuntar. Alessio me dijo que abriera 
aún más las piernas, así que lo hago y utilizo las dos manos para 
estabilizar el arma. La bala explota. El blanco también. Luego me 
alineo y vuelvo a disparar. Pum. El segundo blanco desaparece. 
Espero que se regodee. Pero cuando lo miro, veo que tiene una 
expresión extraña, que me recuerda a cómo me había mirado 
aquella noche en Málaga. 
Aquello remueve algo dentro de mí, y no puedo evitar recordar a 
Alessio de rodillas, el bajo retumbando en mi pecho mientras me 
sacaba la polla de los jeans. El apretón de su boca húmeda y 
caliente. Sosteniéndome la mirada mientras se tragaba mi semen. 
Me invade el calor, un oscuro deseo de tener todo eso una vez más. 
 
28Testa di cazzo. Cabeza de polla, en italiano. 
 
El asco no tarda en aparecer. ¿Qué mierda me pasa? 
—Tienes buen aspecto con esa arma en la mano, il principe. —Su 
voz es profunda. Una caricia que siento hasta en los dedos de los 
pies. 
Hago a un lado la confusión sobre mis sentimientos. Si no va a 
matarme, no tiene por qué estar aquí. 
—Fuera de mi propiedad, assassino. 
La cicatriz de su mejilla se tuerce mientras frunce el ceño. Abre 
la boca para hablar y la cierra. Bien, porque no quiero oír lo que 
tenga que decir. 
Silencioso, pasa a mi lado. Sigue hacia la granja y por el camino 
que lleva al pueblo. Sus movimientos son fluidos y con gracia, pero 
ágiles. El entrenamiento militar es evidente en todo lo que hace. 
No me muevo. En lugar de eso, observo cómo su cuerpo se hace 
cada vez más pequeño. Finalmente desaparece por el camino. 
Entonces recojo las armas y vuelvo a entrar. Tengo que pensar 
qué hacer a continuación. 
 
 
Debí saber que estaría esperando. 
A la mañana siguiente, cuando salgo a correr por el sendero, 
encuentro a Giulio apoyado en una roca, con los brazos cruzados 
sobre el pecho. Frunzo el ceño, pero no me detengo. 
Sus pasos empiezan a adelantarse a los míos. 
No digo nada, simplemente empujo con más fuerza. Lo perderé 
en las colinas. 
 
Sasha tiene dos trabajos pendientes. El primero es la semana que 
viene en Toronto, y otro la siguiente semana en Sao Paulo. Eso 
significa que tengo que ocuparme de Giulio antes del ferry, dentrode dos días. Una vez muerto, volaré de Edimburgo a Londres y a 
Canadá, cambiando de identidad en cada vuelo. 
Mi tiempo en Canna ha terminado. 
Por fin podré volver a la normalidad. Me he permitido desear y 
sentir cuando se trata de este hombre. Se convirtió en una obsesión. 
Rompe todas las reglas que me he impuesto, pero no he podido 
evitarlo. 
Desde que lo vi por primera vez en la calle Siderno, sonriendo a 
su padre y a su madrastra, no había podido pensar con claridad. Y 
había seguido una suerte terrible. 
—¿Mal humor hoy, assassino? 
Está más cerca de lo que espero. ¿Cómo puede seguirme el ritmo? 
No digo nada, sigo corriendo. 
—Llevo treinta minutos esperándote —continua—. Empecé a 
pensar que te quedaste durmiendo. 
Ma dai. Nunca duermo hasta tarde, no desde que vivía con mi 
abuela. 
Sigue hablando: 
—Pero tal vez estás tratando de evitarme. Lo que haría difícil 
matarme, ¿no? 
Aprieto los dientes hasta que el dolor en la mandíbula me distrae 
de mi irritación. Toda mi vida he ocultado mis sentimientos, mis 
intenciones. Este hombre ve demasiado, se mete bajo mi piel. Y yo 
lo he permitido, como un tonto. 
Miro por encima del hombro. 
—Hoy es tu último día en la tierra. Es extraño que lo malgastes 
provocándome con una discusión. 
—¿Quieres saber lo que pienso? 
 
No, en absoluto. 
El frío me punza los pulmones mientras subo, las piernas me 
arden. Lo necesito. Necesito castigar mi cuerpo, trabajar hasta la 
extenuación. 
—Creo que no quieres matarme. Creo que... 
En un instante, me doy la vuelta. Luego lo agarro y golpeo su 
espalda contra una roca. Le paso un brazo por la garganta y me 
inclino hacia él. 
—No tienes ni idea de lo que quiero. 
—¿No la tengo? 
No hay signos de miedo en su expresión, el muy imbécil. Me mira 
fijamente con un brillo desafiante en los ojos y los labios curvados 
en una sonrisa perspicaz. 
Le aprieto más fuerte la tráquea. 
—¿Por qué no voy a matarte? Ilumíname, principe. 
—Te gusta mirarme. Te gusta pensar en lo que hicimos en 
Málaga. 
Mis pulmones se contraen. Siento que el aire escasea, a pesar 
que estamos al aire libre, sin nada alrededor más que hierba, tierra 
y la brisa del mar. Oigo los latidos de mi corazón en los oídos, la 
sangre corriendo rápidamente por mis venas. 
Intento hacer una mueca. 
—Málaga no importa. Nada de ti me importa. 
—Entonces, ¿por qué sigo vivo? 
—Quizá me estoy tomando mi tiempo. No puedes escapar. ¿Por 
qué tanta prisa? 
Su mirada es inquebrantable. 
—No me matarás. 
 
—Lo haré. Pero no te preocupes. No lo verás venir. Y será 
indoloro. 
Una mano cae sobre mi cintura. 
Respiro agitadamente. Giulio me está tocando. Su áspera mano 
se apoya en el hueso de mi cadera como si tuviera derecho a estar 
allí. Pequeñas descargas recorren mi piel y mi ingle se tensa de 
necesidad. Puedo sentir el calor de su cuerpo, incluso bajo la 
pesada ropa. No es suficiente y es demasiado. 
Tengo tantas ganas de tocarlo que me estremezco. Pero no confío 
en mí mismo. 
Lo suelto como si fuera una granada. 
No se mueve, con el cuerpo presionado contra la roca. 
—Si fueras a matarme, ya lo habrías hecho. 
—Retrasando lo inevitable. 
Se aparta de la piedra y empieza a acercarse a mí. No hay miedo, 
ni vacilación. Cada parte de él irradia confianza, sus músculos 
están tranquilos y relajados. Todo lo contrario a mí en este 
momento. 
—Cazzata. Si algo me ha enseñado la vida —dice—. Es que lo 
inevitable no existe. 
No digo nada. Se equivoca. Que yo le siguiera la pista es 
inevitable. Su muerte es inevitable. 
Me rodea y corre por el sendero, con sus zapatos crujiendo en el 
suelo helado. Lo sigo. Empezamos con un trote ligero para entrar 
en calor mientras nos dirigimos hacia las colinas. El aire es frío y el 
camino duro. Me concentro en mis pies, en mi respiración. En el 
entorno. En cualquier cosa menos en el hombre que tengo adelante. 
Pasan diez minutos antes que hable: 
—¿Prefieres arriba o abajo? Ya sabes, con hombres. 
Sé lo que intenta hacer. Frunzo el ceño mirando su ancha 
espalda. 
 
—¿Por qué siempre se trata de sexo contigo? 
—Solo estoy entablando conversación, assassino. Siento 
curiosidad por el hombre que quiere matarme. 
¿Intenta ablandarme con la esperanza que no dé el golpe? ¿Hacer 
que nos relacionemos a un nivel humano? Es una táctica que los 
cautivos usan con sus captores. Y no funcionará. 
—Estás perdiendo el tiempo. 
—¿Eso significa que no responderás? 
—No, significa que sé lo que estás haciendo. Además, no me 
gustan las etiquetas. 
—Bueno, odio decírtelo, pero la B en LGBTQIA+ significa bi. Tú 
eres una etiqueta. 
Lo supongo. Pero no intento analizar mi sexualidad ni pensar en 
lo que significa. Me acuesto con quien me apetece, con quien me 
atrae. Y resulta que tanto las mujeres como los hombres me 
resultan atractivos. Hace mucho tiempo que lo entiendo, sobre todo 
cuando era más joven. En la milicia, un compañero intentó 
convencerme que era gay y lo disimulaba acostándome de vez en 
cuando con mujeres. Y los coños me ponían la polla tan dura como 
las mismas pollas. 
Giulio no lo deja pasar. 
—Tal vez eres un intercambiador 
—¿De verdad discuten estas cosas los gays? 
—Sí. 
—Me gusta follar y que me follen. ¿Eso ayuda? 
Sus pies tropiezan ligeramente antes de enderezarse. Reprimo 
una sonrisa de satisfacción. No es tan inmune a mí como pretende. 
¿También piensa a menudo en aquella noche en Málaga? 
No hablamos durante un buen rato, nuestros pies subiendo por 
el sendero, su respiración entrecortada. Me gusta ver cómo se 
 
mueven sus músculos bajo la ropa mientras corre. La forma en que 
el sudor se acumula entre sus omóplatos. Esta vista compensa el 
ritmo lento. 
—¿Cuándo supiste... que eras bisexual? —Jadea. 
Suspiro. Al parecer, tiene una mente unidireccional. 
—Sobre los nueve o diez años, supongo. Mi abuela veía mucho 
fútbol. No me importaba mucho el balón. Me fascinaban los 
jugadores. 
—¿Fue difícil en el ejército? ¿Encontrar hombres con los que 
acostarse? 
Me rio entre dientes. 
—No, en absoluto. Era fácil, pero tenía que ser rápido. 
No dice nada más. ¿Está pensando en su educación? ¿Su amante 
asesinado en Bélgica? Siento curiosidad por él. 
—¿Y tú? ¿Cuándo lo supiste? 
—Desde siempre. 
—¿Cómo se lo ocultaste a tu padre? 
—Mirando atrás, no puedo creer que Fausto no se diera cuenta. 
Tenía posters de Gianluigi Buffon por todas las paredes de mi 
habitación. 
Levanto las cejas. Buffon y yo teníamos la misma altura y rasgos 
parecidos, ambos con el cabello oscuro. ¿Giulio habrá reconocido el 
parecido? 
—Un portero fantástico. 
—Estaba obsesionado con él. Nunca consideré a una mujer de la 
misma manera. 
—¿Alguna vez te acostaste con una mujer? 
—No, nunca. Paolo y yo nos conocimos cuando yo tenía dieciséis 
años. Él fue mi primero. 
 
—Debes extrañarlo. 
Se encoge de hombros, como diciendo qué se le va a hacer. 
—Sí, pero he tenido mucho tiempo para asimilar la culpa. No 
tenía ni idea que alguien intentaría matarme. Pensé que estaba libre 
de todo eso. Que estaríamos... 
A salvo. 
¿Cómo pudo ser tan ingenuo? 
—Tu padre ha hecho muchos enemigos. 
—No se trata de mi padre. Yo soy la vergüenza, el gay que se fue 
después de prometerles mi vida. No pueden dejarme ir. 
No tengo ni idea de quién fue el responsable del auto bomba, pero 
dudo seriamente que fuera la 'Ndrangheta. 
—¿Qué dice tu padre? 
—Que el responsable está muerto. Pero no puedo correr ese 
riesgo hasta que no lo tenga claro. 
—No se han usado autos bomba desde la Camorra o la Cosa 
Nostra en los ochenta. No creo que sea la 'Ndrangheta. 
—¿Entonces quién fue? Eres un asesino. ¿Quién sigue usando 
autos bomba? 
—Unos pocos grupos. —Facciones de Al Qaeda e ISIS. El PKK. 
Rusos—. Ninguno que se preocupe por ti. 
—Así que crees que fue, ¿qué? ¿Coincidencia? —Su voz se alza 
con rabia—. He visto las imágenes de CCTV antes de la explosión. 
No hay ninguna duda de qué auto era su objetivo. 
Esto me sorprende, aunqueno debería. 
—Has estado investigando el atentado. 
—Sì, certo. ¿Creíste que llevaba cuatro años de brazos cruzados? 
—Creía que traficabas con cocaína —digo secamente. 
 
Se detiene bruscamente y sus zapatos patinan en el frío suelo. Se 
da la vuelta y me mira con los ojos entrecerrados. 
—Me estabas siguiendo. En Málaga. 
—¿Tenías la impresión que te encontré por primera vez en ese 
club? Ma dai, Giulio. —No dice nada, así que continúo—: Un millón 
de euros en un día. —Silbo—. Muy bien. 
Pone las manos en las caderas y murmura algo. 
—¿Cosa? 
—Dije que puedo rebajar el precio de los proveedores existentes 
porque soy solo yo. No tengo gastos generales. 
—Muy listo por tu parte. ¿Sabe tu padre lo que estás haciendo? 
—Por supuesto que no. 
—¿Por qué te preocupa que intente hacerse cargo? 
Giulio me mira como si tuviera dos cabezas. 
—Porque se preocuparía por mi seguridad. Cristo, Alessio. 
Levanto las manos en señal de disculpa. 
—¿No estás preocupado por tu seguridad? 
—Estoy en una remota isla escocesa, trotando con un hombre 
contratado para matarme. Creo que ambos sabemos la respuesta a 
esa pregunta. 
Se da la vuelta y reanuda el camino. Me encuentro siguiéndolo 
una vez más. 
 
 
 
 
Estudio las colinas mientras corro, mi cabeza flotando. Pero no 
es por falta de aire. No, cuanto más interactúo con Alessio, más 
confuso me siento. 
Mi mano hormiguea como si aún pudiera sentir su cuerpo bajo 
mi palma. Anoche decidí usar su atracción por mí como un arma. 
Lo presionaría, le pondría un cebo y le haría bajar la guardia. 
Entonces podría matarlo o convencerlo que dejara el golpe. 
No esperaba sentir algo a cambio. 
"Me gusta follar y que me follen". 
Cazzo madre di dio, esas palabras. 
Ahora me lo estoy imaginando. Su cuerpo largo y fuerte debajo 
de mí, tenso y tembloroso mientras me deja entrar. ¿Se quedará 
callado cuando se lo follan? Alessio no parece un gemidor. 
No he estado con otro hombre así desde Paolo. Y debería 
avergonzarme de haber pensado en eso, aunque sea brevemente, 
con Alessio. ¿Estoy tan roto, tan retorcido después de los últimos 
cuatro años que caería tan bajo? 
Y sin embargo... 
Si me mantengo vivo, ¿a quién le importa? Alessio me desea, así 
que necesito usar eso en su contra. Lo que siento es irrelevante. 
Mantenlo hablando. Mantenlo concentrado en ti. Métete en su 
cabeza. 
Solía ser encantador y fácil de hablar. Al menos eso decía la gente 
en Siderno. No puede ser difícil. 
 
Y no hay manera de matarlo. Ya lo había intentado y había 
fracasado. Sus habilidades son más agudas que las mías, su 
puntería más letal. Tengo que ser creativo para poder seguir 
respirando. Tengo que usar mi cerebro para vencerlo. 
Echo una rápida mirada por encima del hombro. Alessio corre 
con la cabeza gacha, pero sé que me está prestando mucha 
atención. 
—Dijiste que matarme es un encargo que no podías rechazar. 
¿Por qué? 
—¿Ya te has drogado esta mañana? Ya me lo preguntaste una 
vez. 
—Y nunca recibí una respuesta. 
—Porque no te debo una. 
Bien. Intentaré otro tema. 
—¿Por qué te gusta tanto la Señora Campbell? 
—Me recuerda a mi nonna. 
Me aferro a este vistazo de su vida personal. 
—¿A la que le gustaba el fútbol? 
—Sí. 
—¿Qué piensa tu familia de tu profesión? 
—Están muertos. 
Mi madre murió cuando yo era joven. Asesinada en una playa por 
los enemigos de mi padre. Sin embargo, dudo que este fuera el caso 
con la familia de Alessio. 
—¿Enfermedad? 
—Mi padre se fue cuando yo tenía seis años. Mi madre me 
abandonó cuando tenía ocho. Nunca volví a ver a ninguno de los 
dos. Ambos están muertos para mí. 
 
Me quedo boquiabierto. Ocho. Dio santo. No puedo evitar sentir 
lástima. Ningún niño debería ser regalado o abandonado por sus 
padres. 
—Te fuiste a vivir con tu nonna. 
—Sí. Murió hace casi diez años. 
—Debió estar orgullosa de ti. 
—Ella enmarcó mis medallas y las colgó en sus paredes. 
Medallas, en plural. 
—Supongo que fuiste bien condecorado. 
—Los militares aprecian a los que matan con eficiencia. Soy un 
asesino muy eficiente. 
Soy, no era. Digo: 
—La mafia también aprecia a un asesino eficiente. 
—Es casi lo mismo, matar al servicio de otro. Pero cuando dejé la 
Bersagliere, decidí que cualquier asesinato solo me beneficiaría a 
mí. 
—Por eso eres el asesino más buscado de Europa. 
No contesta. Ambos sabemos que es la verdad. 
Estamos cerca de la cima, con toda la isla visible desde este punto 
de vista. Las olas del mar ondulan en la distancia hasta donde 
alcanza la vista. Los pasos de Alessio se hacen más fuertes. De 
repente, me pasa rozando, adelantándome. 
—¿Te he aburrido, assassino? 
—No, pero me estás retrasando. 
Los poderosos músculos de sus piernas resaltan y se mueven 
bajo sus pantalones de correr. Me permite disfrutar del espectáculo 
mientras aumenta el ritmo. 
—Si no me matas, ¿qué pasa? 
 
Sacude la cabeza. 
—Déjalo, principe. 
—¿Por qué? No tengo que preocuparme por si te hago enfadar. Y 
tengo verdadera curiosidad. 
—La gente que pide estas cosas no suele perdonar. 
—¿Cómo voy a saberlo si no me das un nombre? A lo mejor es el 
Papa. 
Una profunda risita flota entre nosotros. 
—Tienes una gran opinión de ti mismo. 
Empezamos a bajar por el otro lado de la colina. Esto requiere 
más concentración para evitar resbalar y caerme de culo. Para ser 
un hombre alto, Alessio se mueve como una maldita cabra montés. 
Se está alejando pero necesito mantenerlo cerca. 
—Así que los hombres, el auto bomba —grito—. ¿Cómo los 
encontrarías? 
Frena un poco. 
—¿Qué dijo la policía belga? 
—Nada. Ni pistas, ni rastro. 
—Tuvo que haber algo en sus informes. 
—¿Cómo sabes que los he visto? 
—Si accediste a las imágenes de CCTV, entonces estabas 
pagando a un hacker o a alguien de la policía. También te habrías 
asegurado de conseguir los informes. 
Tiene razón. Había pagado a un oficial de policía. 
—La bomba era un artefacto explosivo estándar, quinientos 
gramos de TNT. Colocado debajo del auto en el lado del conductor. 
Detonada remotamente. 
—Más fácil que conectarlo al encendido. ¿Dónde estabas? 
 
—Al otro lado de la calle. Salíamos de un club y Paolo me quitó 
las llaves porque había bebido demasiado. Iba a volver y recogerme. 
—¿Así que sabían que era Paolo el que estaba al volante? 
—Mi suposición es que nos vieron salir del club, se fueron y lo 
detonaron unos minutos después. 
—¿Cómo sabes que tu ragazzo no era el objetivo? 
—Era mi auto —digo—. Y se suponía que Paolo no iba a 
acompañarme esa noche. Me sorprendió cuando salió temprano de 
su turno. La bomba estaba puesta casi en cuanto entré. 
—¿Quién la puso? 
—Dos hombres, de complexión media. Llevaban gorras y 
chaquetas oscuras. 
Alessio se queda pensativo unos instantes. 
—Un profesional habría cortado el circuito cerrado de televisión 
antes de cablear un auto así. ¿Alguno de los negocios de tu padre 
se fue a pique en esa época? Asociados de bajo nivel, quiero decir. 
—Te lo dije, esto no es... 
—Sobre tu padre —termina—. Sí, lo sé. Sígueme la corriente. 
Pienso en Enzo D'Agostino, pero no es de bajo nivel. Y un auto 
bomba definitivamente no era su estilo. Había contratado a un 
asesino para matar a mi padre a plena luz del día. 
—No que yo sepa. 
—Hmm. 
—¿Qué significa eso? —Me apoyo en una roca cuando mis pies 
resbalan. 
—Que no estás pensando lo suficiente cuando se trata de los 
enemigos de tu padre. 
—Ya te lo he dicho —espeto—. No hay ninguno. 
 
—Cazzata. Si no estuvieras a punto de morir, te diría que 
investigaras el imperio Ravazzani. Debería ser fácil para ti, 
considerando. 
—Considerando, ¿qué? Ya no estoy en él. 
—Eres il bel principe. Nunca serás otra cosa. 
Alessio no entiende. Ya no soy ese hombre. Y no tengo acceso a 
esa información. 
—Haces que parezca tan fácil. 
Se desvanece tras una curva, pero le oigo decir: 
—Eso es porque lo haces difícil. 
Exhalo un suspiro frustrado mientras doblo la esquina tras él. 
—¿Qué haríastú? 
—¿Te refieres a lo que haría si alguien estuviera tratando de 
matarme? 
—Sí. 
—No es lo mismo. Y los terroristas del auto no son los únicos que 
intentan matarte. 
—Olvidémonos de ti por un momento. 
—Como si pudieras —responde, sonando ofendido. 
—Hablo en serio. Alguien te persigue. ¿Qué haces? 
—No lo sé. Solo he estado al otro lado y la mayor parte de lo que 
hago es investigar. Aprendo todo lo que puedo sobre mi objetivo. 
Me quedo boquiabierto mirando su espalda. 
—Por eso me acechabas en Málaga y Santorini. 
—Sí. 
Suelto: 
 
—¿Qué aprendiste? 
—Principe. —Se detiene y se aparta el cabello sudoroso de la cara. 
Me detengo, apoyo las manos en las rodillas y aspiro aire. 
—Quiero saberlo. ¿Qué has averiguado sobre mí? 
—¿Por qué? ¿Para intentar cambiar tus patrones cuando necesite 
matarte? 
—¿Funcionaría? 
—No. Entonces, ¿por qué quieres saber? 
No puedo explicarlo, pero necesito saberlo. Tengo curiosidad por 
lo que ha aprendido en estos meses observándome. Viví una 
mentira durante mucho tiempo. Ser abiertamente gay había durado 
poco antes de verme obligado a huir. Todo lo que sé es esconderme, 
fingir ser otra persona. Mantener mi verdadero yo en secreto para 
seguir vivo. ¿Qué pudo haber descubierto este extraño? 
—Sígueme la corriente, Alessio. 
Cruza los brazos sobre el pecho y apoya firmemente los pies. 
Como si se estuviera preparando para informar a su superior en el 
ejército. 
—Te gusta la gente y las multitudes. Te gusta la energía de la 
ciudad. Nunca te he visto conducir, pero supongo que te gusta la 
velocidad, así que probablemente conduzcas un auto deportivo 
caro. Fumas hierba cuando te sientes mal y echas de menos a tus 
amigos y a tu familia, sobre todo a Frankie. Quieres liberarte del 
control de tu padre, pero también lo echas de menos. Estás un poco 
celoso de sus nuevos hijos, aunque te dices a ti mismo que es lo 
mejor que tenga otro hijo que pueda asumir el legado de los 
Ravazzani. 
Respira hondo y continúa, con voz entrecortada, como si leyera 
una lista en su cabeza. 
—Comes sano y haces ejercicio todos los días. Te levantas sobre 
las ocho u ocho y media, navegas por porno gay en tu teléfono. 
Normalmente vídeos de tipo D/s, probablemente porque prefieres 
 
estar arriba. Luego te masturbas en la cama, fácilmente mientras 
duermes desnudo. Una vez que te corres, te limpias rápidamente, 
casi como si te diera vergüenza. Sospecho de la culpa católica 
romana. —Levanta una ceja—. ¿Sigo? 
Asiento una vez, incapaz de formar una sola palabra. Estoy 
fascinado y horrorizado. Pero también me estoy excitando, lo cual 
no tiene ningún sentido. Él había escudriñado mi vida y no debería 
estar excitado; sin embargo, me estoy poniendo duro en los 
pantalones. 
Sigue. 
—Luego haces ejercicio en bóxer. Tus vecinas intentan no mirar, 
pero no pueden evitarlo, ¿y quién podría culparlas? Las zancadas y 
las flexiones... madre di dio. Podrías vender entradas y ganar una 
fortuna. De todos modos, una vez que terminas y te duchas, haces 
la compra para la comida del día. Puede que hagas un risotto de 
setas o una frittata. De postre te gustan las frutas con hueso, 
aunque de vez en cuando te das un capricho con un helado de 
pistacho. Por la tarde ves un programa en streaming29 en tu tablet. 
La última temporada de Gomorra te hizo reír y poner los ojos en 
blanco. 
Cuando hace una pausa, le digo: 
—¿Qué más? 
—Ya hemos hablado de la coca, lo que nos deja solo los clubes 
nocturnos. 
Me inclino ligeramente hacia adelante, deseando oír el resto. 
Después de todo, nuestro primer encuentro había sido en un club 
nocturno. 
—¿Qué pasa con los clubes nocturnos? 
 
29 Streaming. Se refiere a la distribución digital de contenido multimedia a través de una 
red de computadoras, de manera que el usuario utiliza el producto a la vez que se 
descarga. 
 
La piel de su cuello se torna de un rojo apagado y me doy cuenta 
que está avergonzado. Cazzo, es adorable. Este asesino grande y 
lleno de cicatrices es capaz de avergonzarse. 
—Dimmi, assassino —le ordeno. 
—Vas tarde, después que se llene. Te pones unos jeans y una 
camiseta ajustada y esperas a que alguien se te acerque, nunca al 
revés. Quieres a alguien ansioso y no te importa mucho su aspecto. 
Lo llevas a un rincón oscuro y nunca lo besas en la boca. En 
cambio, le dices exactamente lo que quieres, y nadie se niega 
nunca. Se ponen de rodillas y te chupan la polla hasta que te corres. 
Nunca les das las gracias ni les correspondes, y no puedes escapar 
lo bastante rápido. 
Cuando Alessio finalmente se calla, no puedo hablar. Todo es 
verdad. Cada palabra. Me conoce, en cierto modo mejor que yo 
mismo. Alessio es listo, más listo de lo que creí. Y me ha estado 
siguiendo durante mucho tiempo, observándome. Estudiándome. 
¿Con cuántos hombres me ha visto en los clubes? Había algunos 
en Málaga. Dos en Grecia. Pero ninguna de esas mamadas había 
sido tan buena como la de Alessio. 
La lujuria es de repente un puño apretado en mi vientre, 
innegable y urgente. No aparta la mirada, sigue observándome con 
su fría mirada de bronce. Cree que me tiene totalmente estudiado. 
¿Conoce los pensamientos que me rondan por la cabeza? 
Lo dudo. 
Porque ahora mismo estoy enfadado y excitado. Quiero tanto 
castigarlo como hacerlo retorcerse y gemir. Mi cuerpo es 
hiperconsciente de él, de mí. Noto cada subida y bajada de su 
pecho. La forma en que sus labios se entreabren ligeramente, el 
cabello alborotado por la brisa. Está zumbando, con la piel erizada 
de calor y necesidad. Recordando Málaga. 
Nos odio a los dos por eso. 
Me acerco un poco más, hasta que solo nos separa unos 
centímetros. Nuestros pechos casi se tocan y puedo sentir el calor 
que desprende su enorme cuerpo. Le hablo en voz baja y suave: 
 
—Te equivocas, Alessio. Aquella noche me importó mucho. 
Quería que fueras tú. Y no he podido dejar de pensar en eso desde 
entonces. 
Oigo su rápida inspiración. Sigo hablando, curioso por ver hasta 
dónde llega esto. 
—¿Cuándo esperaste a tragarte mi semen? Fue lo más caliente 
que he visto en mi vida. 
Se lame los labios, pero no dice nada. 
Mi pulso late con fuerza en cada parte de mi cuerpo. Estoy tan 
cerca que puedo contar sus pestañas. Registro cada vello que aún 
no se ha afeitado y arrastro la mirada por los bordes irregulares de 
su cicatriz. El aire entre nosotros se vuelve pesado por la 
expectación, como si ambos esperáramos que el otro hiciera algo. 
El silencio se prolonga. No sé lo que está pensando, así que decido 
presionarlo aún más. 
—¿Te gustaría chupármela otra vez, Alessio? 
Las palabras son menos una pregunta y más una invitación. 
Tampoco hay forma que no lo entienda. Puedo ver la indecisión, la 
tensión en su interior, mientras lo contempla. Con las pupilas 
dilatadas por la lujuria, cierra los puños a los lados. 
Finalmente, aprieta los labios y niega con la cabeza una vez. 
La satisfacción me inunda. No me molesto en reprimir mi sonrisa 
mientras paso a su lado. 
—Mentiroso. 
 
 
 
 
El viento frío me abofetea el rostro mientras bajo de la montaña. 
Se siente merecido, como si la naturaleza me castigara por mi 
estupidez. 
"¿Te gustaría chuparme la polla otra vez, Alessio?" 
¿Peor que sentirme atraído por mi objetivo? Que lo reconociera y 
lo usara en mi contra. 
El fracaso se hunde en mi vientre, mezclándose con la ira para 
dejar un sabor amargo en mi boca. Soy un idiota. Nunca debí dejar 
que Giulio me viera en Málaga. Él y toda su familia me traen mala 
suerte. 
Esta vez no intento mantener su ritmo mientras corremos. Con 
suerte, desaparecerá en el cortijo y podré aclarar mis ideas. 
Dos días. El ferry vuelve pasado mañana, y para entonces Giulio 
tiene que estar muerto. Tengo que resolver esto rápidamente. 
Entonces podré dejar Escocia y ocuparme de otros trabajos. 
Cuando llego al fondo, no hay nadie alrededor. Solo colinas y 
rocas escarpadas. Mientrasme dirijo al pueblo, saco el teléfono del 
bolsillo y marco. 
—¿Está hecho? —Sasha pregunta en lugar de un saludo. 
—Lo estará. Estaré en el próximo ferry dentro de dos días. 
—Gracias a Dios —dice con su fuerte acento ruso—. Estoy tan 
aburrida. 
—Me disculpo por no haberte proporcionado suficiente 
entretenimiento. 
 
—Han pasado casi tres meses. Es mucho tiempo para ti. —Hace 
una pausa—. ¿Debería poner al día a D'Agostino? No he hablado 
con su gente desde Málaga. 
—No. —Cuanto menos contacto con D'Agostino, mejor—. Puedes 
ponerle al día cuando esté hecho y recibir el resto del pago. 
Desconecto y sigo caminando. Ruedo los hombros e intento 
sacudirme la sensación de presagio que se aferra a mi piel. 
Cuando llego al bar de la Señora Campbell está más tranquila. 
Mañana terminaré lo que vine a hacer y desapareceré. Todo esto 
será un recuerdo terrible. 
El bar está vacío. No es de extrañar a estas horas. Busco un vaso 
detrás de la barra y me sirvo una cerveza del grifo. La Señora 
Campbell la añadirá a mi cuenta. Me siento en uno de los taburetes 
y bebo un largo trago. 
La Señora Campbell aparece del almacén del fondo. Tiene un 
portapapeles en una mano y un lápiz en la otra. 
—Vaya, eres tú. 
Levanto la barbilla en señal de saludo. Se pone detrás de la barra 
y deja sus cosas. Luego mira mi vaso. 
—Es un poco temprano, ¿no? 
—Es el desayuno. 
—Ya veo. —Su mirada aguda estudia mi rostro—. ¿Hay algo de lo 
que quieras hablar? 
Frunzo el ceño y no digo nada. ¿Por dónde podría empezar? 
—Dame un minuto. —Desaparece en la cocina. 
Sigo bebiendo mi cerveza, contento de sentarme solo en el 
silencio. Necesito una ducha en condiciones y cambiarme de ropa, 
pero no me importa en este momento. 
"Quería que fueras tú. Y no he podido dejar de pensar en eso desde 
entonces." 
 
Madre di dio. Cómo deseo que fuera verdad. 
Pero está lleno de mierda. Giulio y sus looks de pasarela y sus 
mamadas anónimas. Está intentando joderme la cabeza. 
Por desgracia para mí, le está funcionando. 
Estoy terminando lo que queda de la cerveza cuando la Señora 
Campbell regresa, con un plato en las manos. Lo pone delante de 
mí y rellena mi vaso vacío de cerveza. 
—Un bocadillo de tocino. Es mi pan casero. 
Tomo la cerveza pero no toco el plato. 
—Gracias. 
—Será mejor que te lo comas. No me gusta que mi comida se 
desperdicie. 
Ella sigue mirando, así que dejo el vaso y le doy un mordisco al 
bocadillo. Está salado y crujiente, el pan caliente y tostado. De 
repente, estoy muerto de hambre. 
Ella se entretiene mientras termino de comer. No tardo mucho, 
solo tres o cuatro bocados más. Señala el plato con la cabeza. 
—¿Quieres otro? 
—¿Tiene sopa? 
—El mejor cock-a-leekie30 de Escocia. Te traeré más pan. —Aparta 
el vaso de cerveza y lo cambia por agua—. ¿Tiene esto algo que ver 
con el amable Señor Drakos? 
El Señor Drakos no es tan amable. 
—¿Cómo lo has adivinado? 
Engancha un pulgar hacia el grifo de cerveza. 
—Reconozco los problemas de los hombres cuando los veo. 
¿Todavía están discutiendo? 
 
30 Cock-a-leekie. Es una sopa tradicional, típica del invierno y de la cocina escocesa. 
 
—Sabes que no somos novios. 
—Me lo imaginaba, cuando te vi llevando una HK P30L y oí que 
amenazaste a todos los pescadores de la isla. 
Es revelador que reconozca el tipo de arma que llevo. 
—Así que también sabes que esto no va acabar bien. 
Su mirada castaña oscura es comprensiva y cansada. Una mujer 
que ha visto y hecho mucho en su vida. 
—Todos tomamos nuestras propias decisiones, muchacho. Y 
nunca es demasiado tarde para cambiar de rumbo. 
—A veces lo es. 
—No, no lo es. No vivas tu vida lamentándote. ¿Gente como 
nosotros? Ya tenemos bastantes demonios. 
Giro el vaso de agua sobre la barra, sin mirarla a los ojos. 
—¿En qué rama estabas? 
—Bueno. Es una historia para otro momento. —Se endereza y 
alcanza su portapapeles—. Tengo que seguir con el inventario. 
Piensa en lo que te he dicho. 
Cuando se va, me quedo mirando las gotas de agua en el vaso 
que tengo en la mano. Está equivocada. No puedo tomar mis 
propias decisiones, no sobre este trabajo. 
No es cuestión de qué. Solo de cuándo. 
 
 
La indecisión me carcome el resto del día. 
 
Hacha en mano, sigo partiendo troncos para hacer leña. El 
agotador trabajo me mantiene ocupado. Tal vez me agote y deje de 
preocuparme por si me había equivocado antes con Alessio. 
¿Lo había malinterpretado? 
No lo creo. 
Definitivamente me desea. Esas son señales que definitivamente 
reconozco. Me había acosado durante meses. Pero tal vez no actúe 
si puedo entrar en su cabeza. 
Cazzo. Tengo que averiguar qué hacer, y trotar con él todas las 
mañanas no es la respuesta. Después de hoy sospecho que se 
frustrará. No querrá que use su atracción por mí en su contra. Eso 
significa que tiene que decidir entre follarme o matarme. Difícil decir 
qué decidirá en este momento. 
Yo me inclino por matar. 
El hacha parte el tronco y se hunde en la madera. Agacho la 
cabeza y jadeo. Me duelen los músculos de los brazos. No estoy 
hecho para la vida en la granja. Los hombres del castello se 
partirían de risa si me vieran ahora, haciendo de leñador. 
Y estar atrapado en mi propia cabeza no ayuda. Necesito otra 
opinión sobre Alessio. 
Meses atrás habría llamado a Frankie. Es mi mejor amiga y 
confidente. Excepto que está casada con mi padre y esto complica 
las cosas. No quiero que sepa de mi situación actual en Canna. 
Está Benito, mi primo, pero trabaja para Fausto. No puedo 
pedirle que le oculte algo a mi padre. No es justo. 
Hay otra persona. Un amigo italiano de cuando vivía en Bélgica. 
Theo y Paolo habían sido íntimos, y Theo y yo nos mantuvimos 
unidos tras la muerte de Paolo. Es bueno leyendo a otras personas 
y definitivamente sabe mucho sobre hombres. 
Es lo que lo convierte en un talentoso diseñador de moda. Desde 
que dejó Bruges, Theo se había ido a París y fue ascendiendo en las 
casas de diseño. Ahora es el diseñador jefe de una marca de lujo de 
fama mundial. 
 
Decido que ya terminé de cortar y llevo la madera partida a la 
granja. Me quito la chaqueta, enciendo el fuego y busco el número 
de Theo en un pequeño diario que llevo conmigo. El teléfono 
desechable cargado se enciende y empiezo a marcar. 
—¿Allô? 
—¿Theo? 
Una larga pausa. 
—¿Qui est à l'appareil31? 
—Soy Giulio —digo en italiano. 
—¡Bello! ¿De verdad eres tú? Hace siglos que no me llamas. 
Sonrío, aunque él no pueda verlo. 
—Soy yo. ¿Cómo has estado? 
—¿Es este tu nuevo móvil? Intenté llamarte varias veces, pero el 
número antiguo estaba desconectado. 
—No. De momento estoy sin teléfono fijo. 
—Ah. —Oigo unos ruidos, como si se estuviera moviendo. De 
fondo, una voz grave pregunta: 
—¿Où vas-tu32? 
Theo contesta en francés y luego oigo besar rápidamente a 
alguien. Inmediatamente me siento culpable. Le digo: 
—Puedo llamarte más tarde. 
—No, claro que no. He estado preocupado por ti. —Se abre una 
puerta y oigo ruidos de la calle—. Además, Nic puede esperar. Acabo 
de dejar que me folle hasta el colchón. 
—¿Cuánto tiempo has tenido a éste cerca? 
 
31 ¿Qui est à l'appareil? ¿Quién habla? En francés. 
32 ¿Où vas-tu? ¿Adónde vas? En francés. 
 
—Dos semanas. Es un récord, bello. 
Sonrío, feliz por mi amigo. 
—Felicitaciones. Quizá sea el elegido. 
Hace un ruido de disgusto. 
—No hay nadie. Es lo que intento decirte. 
Así me consoló Theo cuando murió Paolo. En aquel momento 
sentí como si hubiera perdido al mayor amor de mi vida. Ahora 
Paolo es un dolor sordo en mi corazón, siempre presente pero no 
paralizante. Puede que nunca vuelva amar a alguien así, tan ciego 
y completamente, y me parece bien. No quiero volver a experimentar 
ese dolor. Una vez fue suficiente. 
—Pero —dice Theo en un tono bajo, casi silencioso—. Realmente, 
realmente me gusta este hombre. 
—Bien por ti. Algúndía, cuando estemos solos y tenga más 
tiempo, debes contarme todo sobre él. 
—Lo haré. Ahora, cuéntame cómo te van las cosas. 
—Necesito consejo. 
—Oh. ¿Es un hombre? 
—Sí, pero necesito que me digas si estoy cometiendo un error. 
—¿Es guapo? 
—Sí, pero... 
—Entonces no hay ningún pero. Acostarse con un hombre guapo 
nunca es un error. Incluso si es terrible en la cama, estará 
guapísimo mientras lo hace. 
—¿Y si este hombre ha sido contratado para asesinarme? 
Theo sisea entre dientes. Sabe vagamente lo que Paolo y yo 
habíamos hecho en nuestras vidas anteriores, que mi padre es 
alguien importante. Y después del incidente del auto bomba, 
probablemente había atado cabos. 
 
—¿Asesinarte? —susurra—. ¿Es… ya sabes, de Bruges? 
—El del auto bomba fue otro. Este es un francotirador. 
Hay una larga pausa. 
—Bello, ¿cuánta gente intenta matarte? 
Cierro los ojos y rio ante la incredulidad de su voz, porque ¿qué 
otra cosa puedo hacer? Mi vida es una mala película de James Bond 
en este momento. 
—Varios, resulta. Pero, ¿podemos volver al asesino con el que 
estoy atrapado en esta isla? 
—Oh, paraíso tropical. Ya me gusta como suena eso. 
—Difícilmente. Este lugar es lo contrario de un paraíso tropical. 
Es muy pequeño y frío. Y no puedo evitarlo. 
—Espera, ¿este asesino no está tratando de matarte? 
—Eso es justo. No lo está intentando mucho. Lo está 
postergando. Siguiéndome. Observándome. 
—Ah, empiezo a entender. Cuéntamelo todo. 
Le doy a Theo los detalles de lo que ha pasado desde Málaga hasta 
hoy. 
—Entonces, por favor, dímelo. Porque ya no confío en mi propio 
juicio. 
Theo hace una pausa. 
—Bello, deja de ligar con desconocidos en los clubes nocturnos. 
Dio mio. Usa una aplicación, como todo el mundo. 
—Theo, concéntrate. El asesino. No estoy malinterpretando esto, 
¿verdad? 
—No. Este hombre, quiere follarte. Está desesperado por eso, 
pero en conflicto. Así que no hará nada y esperará a que tú hagas 
algo. 
 
—Le di una oportunidad esta mañana. No la tomó. 
—Lo hará. Pero, ¿es realmente el mejor plan? 
—¿Qué quieres decir? 
—¿Por qué no matarlo primero? 
—No estoy seguro de poder hacerlo. —Me paso una mano por el 
rostro y exhalo—. Ya lo he intentado y he fracasado. Es un ex 
militar. Muy, muy bueno. 
—¿Mejor que tú? —La voz de Theo se alza con incredulidad—. 
Nunca hemos hablado de tu pasado, pero Paolo hablaba muy bien 
de ti. Decía que eras un malote. 
Una punzada de dolor resuena en mi pecho. Paolo fue un buen 
hombre. 
—Agradezco su fe en mis habilidades, pero este asesino es como 
una máquina. No se le puede engañar. 
—Así que esperas que se enamore de ti y te mantenga con vida. 
—Creo que el amor es una exageración. La lujuria suena más 
probable, ¿no? 
—Sí. Pero si es una máquina, será difícil convencerlo que olvide 
esta misión. Lujuria o amor, es una apuesta, Bello. 
—Entonces, ¿intentar matarlo de nuevo? 
—Sí, creo que sí. Seducirlo solo retrasará lo inevitable. 
Esto tiene sentido. 
—A menos —continúa Theo—,que puedas ofrecerle más dinero 
del que le haya contratado. Pagarle para que no te mate. 
—Dijo que no es solo dinero. Es una deuda que tiene que pagar. 
—Entonces estás en una situación difícil, amico. Por favor, no 
dejes que te haga daño. No puedo perder a otro amigo. 
Se me hace un nudo en la garganta, la emoción se apodera de mí. 
 
—No lo harás. 
—Bien. ¿Y quién sabe? Si te lo follas, quizá este asesino pueda 
ayudarte con los otros hombres que intentan matarte. 
Lo dudo. Alessio no parece del tipo que hace favores a nadie, 
especialmente a un hombre que se supone debe eliminar. No es 
como si fuéramos amigos. O amantes. O algo así. 
—Espera —digo—. ¿Estás diciendo que me lo folle o que lo mate? 
—No lo sé. —Theo suena agitado, como si estuviera dando 
vueltas—. Todo esto es muy difícil para mí, Bello. No quiero dar una 
respuesta equivocada, y todavía tengo niebla post-orgasmo en el 
cerebro. 
—Te comprendo. Aun así, me has hecho sentir mejor. 
—Me alegro, pero ahora vuelvo a estar preocupado por ti. 
—No te preocupes. Todo se arreglará. —Es posible. 
—Eso espero. ¿Cuándo volveré a verte? 
—Pronto, espero. Ha pasado demasiado tiempo. 
—Bueno, si matas a tu asesino y quieres venir a Niza, llámame. 
Nic y yo nos vamos de vacaciones en su yate la semana que viene. 
Unas vacaciones en un yate me recuerdan a casa y a mi familia. 
Joder, los echo de menos. 
—Lo tendré en cuenta. Ciao, Theo. 
—¡Ciao, Bello! 
Cuando la línea se corta, me siento, pongo el teléfono bajo mi 
bota y lo destruyo. 
Aún no sé qué hacer, pero tengo que decidirme rápido. Se me 
acaba el tiempo. 
 
 
 
Decido matarlo la tarde siguiente. 
Esto me permitirá tener la mejor luz y más tiempo para 
prepararlo. Entonces solo tendré una noche para esperar antes que 
llegue el ferry. Menos tiempo para que descubran el cuerpo y den 
la alarma. 
Me quedo en mi habitación, solo salgo para comer. Limpiar mi 
rifle. Hacer ejercicio. Me hidrato. Duermo. 
El mejor momento para instalarse sería durante el riposo, poco 
después de la una. Es cuando, como todo buen italiano, Giulio 
come y se relaja. Probablemente también leerá, ya que se había 
deshecho de sus aparatos electrónicos en Santorini. 
Me pongo la mochila y cargo la funda del rifle. Nadie me ve 
cuando salgo del pueblo. 
Tomo el camino más largo, bordeando la zona donde se encuentra 
la granja. El bosque es frondoso, pero me cubre bien mientras me 
muevo agachado. Hay una ligera elevación a unos sesenta metros 
de la granja. Esta posición ofrece el ángulo perfecto de la puerta 
trasera, por donde saldrá a vapear o a dar de comer a las ovejas. 
Un tiro fácil. Uno que puedo hacer con los ojos cerrados. Todo lo 
que tengo que hacer es esperar. 
Me siento detrás de un arbusto, bien escondido de la vista de la 
granja. Allí monto y cargo mi rifle, cada paso realizado en el mismo 
orden. Guardo todo lo que no necesito entre los matorrales. Por 
último, me pongo una gorra marrón que me ayudará a camuflarme 
en el bosque. 
 
Sobre el vientre, me arrastro hasta mi posición, asegurándome 
de no molestar a la vegetación a mi alrededor. Es un proceso lento, 
pero poseo una paciencia infinita para llevar a cabo mis misiones. 
Cuando estoy donde quiero, estabilizo el rifle en las patas del 
bípode. Saco el telémetro para obtener la distancia exacta. Luego 
ajusto la elevación y la orientación, y lo aplico a la mira para 
conseguir el disparo perfecto. Ahora todo lo que tengo que hacer es 
esperar. 
No hay movimiento desde el interior de la granja. Eso no es 
inusual. Lo más probable es que esté tirado en el sofá. 
Las ovejas se arremolinan, balando, sin duda hambrientas. Eso 
es bueno. Significa que pronto saldrá. 
Permanezco tumbado, completamente quieto. El único 
movimiento es la leve subida y bajada de mi pecho mientras respiro 
entrecortadamente. La punta del dedo permanece en el gatillo, mi 
rostro apoyado sobre la soldadura de la mejilla. Mi corazón late 
lenta y constantemente mientras observo. 
No es diferente de cualquier otra misión. 
Me lo repito mentalmente. Tengo que estar preparado para 
disparar. Sin vacilar esta vez. 
Sin pensar en ojos azules brillantes y mamadas. 
No es diferente a cualquier otra misión. 
Una rama se quiebra cerca. Me muevo en la dirección del ruido y 
veo a Giulio allí. Me apunta con un arma, la misma que había 
utilizado el otro día para destruir las botellas. 
—No te muevas, maldita sea —gruñe. 
Se me ocurren varias posibilidades. Puedo arriesgarme, 
esperando que su puntería no haya mejorado. Y si me da, dudo que 
me mate. Mientras no sea en el pecho o en el vientre, podría 
sobrevivir y acabar con él. 
Pero la mejor idea es seguirle el juego, ver qué planea. 
 
—Qué listo eres —digo cuando se acerca—. Pensé que estabas 
durmiendo la siesta. 
—Te he estado esperando, escondiéndome aquí desde el 
amanecer. Sabía que esto era lo que ibas a hacer. 
—Allora33, ¿y ahora qué? 
Se acerca sigilosamente, con el arma apuntándomeal pecho. 
—Tírate al suelo. Las manos detrás de la cabeza. 
Hago lo que me pide. Con la cabeza girada hacia un lado, puedo 
verlo fuera de mi visión periférica. Todo lo que necesito es una 
abertura. No puede vencerme en un combate cuerpo a cuerpo. Tan 
pronto cómo esté a mi alcance... 
Está a varios metros, pero no le quito los ojos de encima. 
—¿Es aquí donde me haces cavar mi propia tumba? ¿O tal vez 
darme un par de zapatos de cemento? 
—Ves demasiadas películas. 
—¿Entonces no vas a meterme una bala en la nuca? 
—Sí, voy a hacerlo. 
Con paso firme, se acerca a mi lado derecho. Su arma permanece 
apuntándome todo el tiempo. Mi rifle está cerca, pero no sería capaz 
de moverlo lo suficientemente rápido como para dispararle. Espero. 
Entonces comete un error. 
Levantando el pie, Giulio da una patada a mi fusil para ponerlo 
fuera de mi alcance. 
Es entonces cuando me abalanzo. 
Manteniéndome agachado, ruedo y ataco sus piernas. Un tirón y 
lo tengo en la maleza. El arma se dispara en algún momento y él 
aterriza en el suelo con un gruñido. 
 
33 Allora. Entonces, en italiano. 
 
—¡Cazzo! —ladra, pero yo ya me arrastro sobre él. Sujeto el arma 
con una mano y le rodeo el cuello con la otra. Aprieto. 
Se sacude y me da un puñetazo en la sien. Una oleada de vértigo 
me golpea brevemente, y él aprovecha la fracción de segundo para 
clavarme la culata del arma en el hombro. El dolor me recorre el 
torso, pero lo ignoro. 
Vuelvo a agarrar el arma y forcejeamos en el frío suelo. Cada uno 
intentando tomar la delantera. Agarro su muñeca y golpeo su brazo 
contra la rama de un árbol para soltar el arma. El arma sale volando 
y aterriza entre la vegetación, fuera de su alcance. 
—Stronzo —grita. Muevo la rodilla con la intención de apuntar a 
la ingle, así que me hace a un lado. Esto le da la fuerza suficiente 
para hacerme rodar. Entonces estoy de espaldas con Giulio encima, 
así que le doy un puñetazo en el riñón. Seguimos así durante uno 
o dos minutos, intercambiando golpes mientras intentamos ganar 
ventaja. Un dolor punzante me desgarra el brazo izquierdo. Tiene 
un cuchillo de cocina en la mano. El cuchillo acaba de desgarrarme 
la chaqueta y la camisa hasta la carne. No es profundo, pero sí 
molesto. 
No es débil. Es delgado, fuerte y rápido. Valiente. 
Pero yo soy grande, con manos más grandes y mejor técnica. 
Agarro la mano que sostiene el cuchillo y le despego el dedo 
meñique hasta casi rompérselo. Silbando, suelta el cuchillo y lo 
arrojo lejos. Luego me coloco en posición y lo sujeto, utilizando mi 
corpulencia para inmovilizarlo con los brazos por encima de la 
cabeza. Jadeando y cubiertos de tierra y suciedad, nos quedamos 
mirándonos el uno al otro. 
—Suéltame. —Hace un esfuerzo y se agita, pero estoy inamovible. 
Le digo con calma: 
—Debiste haberme disparado cuando tuviste la oportunidad. 
La ira hierve en su interior. Puedo verlo en cada línea de su 
rostro, en cada pliegue de sus ojos entrecerrados. 
—Podría decir lo mismo de ti. 
 
Sabe por qué no lo he matado antes de hoy. ¿Es posible que 
Giulio sienta lo mismo? ¿Ha dudado hoy por la extraña atracción 
que hay entre nosotros? 
"Quería que fueras tú. Y no he podido dejar de pensar en eso desde 
entonces." 
No, no es posible. Giulio sabe lo que pasará si no me mata 
primero. No se arriesgará. 
Sin aflojar mi agarre en lo más mínimo, lo observo. Su pecho sube 
y baja mientras lucha por respirar, pero no aparta la mirada. Estoy 
estirado encima de él, así que puedo sentir cada hueso, cada 
músculo de su larga figura. Puedo detallar sus rasgos cincelados y 
su mandíbula angulosa. La nariz recta. Aquellos preciosos ojos 
azules enmarcados por largas y espesas pestañas. De cerca es 
devastador. 
—¿Por qué no me mataste? —le pregunto. 
—Estaba a punto de hacerlo. —Cada palabra es cuidadosamente 
pronunciada entre dientes apretados. 
—Cazzata. Podrías haber apretado el gatillo desde allí. 
—Me preocupaba fallar. Entonces me dispararías. 
Podría ser cierto, supongo. Pero no me parece un inepto. No el 
hombre que acaba de luchar conmigo en el suelo durante cinco 
minutos y trató de filetearme el brazo, y no después de nuestras 
prácticas de tiro. 
Empujo, no dispuesto a dejarlo pasar. 
—¿Por qué dijiste esas cosas ayer? ¿Sobre Málaga y la mamada? 
Parpadea un par de veces, como si no pudiera creer que hubiera 
sacado el tema. Luego intenta moverse. 
—Suéltame y te lo cuento. 
No quiero renunciar a mi ventaja. 
—No. Dímelo ahora. 
 
—No diré una mierda hasta que me sueltes, stronzo. 
Deseo que no me importe. Que pueda matarlo sin respuestas. 
Pero quiero saber cada pensamiento en su cabeza. Me gusta... 
incluso si él es la causa de mi propia destrucción. 
Considero mis posibilidades de sobrevivir si lo dejo levantarse. 
Las armas están lo suficientemente lejos como para no 
preocuparme. Y podría volver a sujetarlo contra el suelo, si fuera 
necesario. Está cansado, pero yo no. 
Usando mis brazos, me impulso hacia arriba y aparto mi cuerpo 
del suyo. Muevo los pies para ponerme de pie. Pensé que Giulio se 
pondría de pie e intentaría huir, pero no lo hace. Permanece en el 
suelo, apoyado en los codos, mirándome fijamente. 
Le tiendo una mano. 
Después de mirarla un momento, aprieta mi mano y tiro de él 
para que se ponga de pie. 
Luego lo suelto. 
Mis miembros están tranquilos y relajados, los músculos 
preparados. Giulio parece al límite, con el cuerpo bloqueado y 
ansioso por luchar. Jadea y me mira, con el cabello oscuro colgando 
en su rostro. Ninguno de los dos habla. 
Mi paciencia es infinita. Y no soy quien tiene que dar explicaciones. 
—Has tenido todas las oportunidades de matarme —dice por fin, 
con voz ronca—. Ni siquiera sabía que estabas aquí. Habría sido 
fácil hacerlo y desaparecer. Dos transbordadores han ido y venido 
desde que llegaste a esta isla. Sin embargo, me has estado 
observando, dándome consejos para mejorar mi puntería. 
Corriendo conmigo. 
—¿Y? —le pregunto cuando no continúa. 
—Y es exactamente lo que hiciste en Málaga y otra vez en 
Santorini. Esto es un patrón contigo. Así que me pregunto y trato 
de averiguar la razón. Y solo hay una explicación, Alessio. 
El aire a nuestro alrededor cambia. Él lo sabe. 
 
Con el corazón palpitando, siento que mis sentidos se aceleran. 
Soy consciente de todo lo que me rodea, de cada parte de mi cuerpo. 
El suelo duro bajo mis botas. El dolor en el hombro, el ardor en el 
brazo. La expansión de mis pulmones con cada respiración, la 
sangre corriendo por mis venas. 
No quiero que lo diga. 
Porque es cierto y dar voz a eso solo me traerá vergüenza. 
Intento desviarme. 
—Puede que no te vea como una amenaza. Puedo tomarme mi 
tiempo, sabiendo que nunca podrás escapar de mí. 
Sus labios se curvan en una sonrisa sexy. Es la primera vez que 
me mira así, como si quisiera desnudarme y follarme hasta el 
olvido, y no sé qué hacer. Me desorienta. Me hace desear cosas que 
no puedo tener. Se me seca la boca. 
—No es por eso, assassino, y lo sabes. Cuando te masturbas, ¿a 
quién te imaginas? ¿Con quién te imaginas? 
No quiero contestar. 
—¿Soy yo? —Se acerca tres pasos, poniéndose a mi alcance—. Te 
pongo la polla dura, ¿no? 
Resoplo e intento quitarle importancia, aunque me ardan las 
entrañas. 
—¿Así que te gusta que el hombre que te va a asesinar también 
quiera follarte? 
—Me gusta, sí. —La verdad está allí, en unos ojos azules ahora 
oscurecidos por la lujuria—. Quizá sea jodido, pero me gusta saber 
que vuelves a desear mi polla tanto que estás arriesgando tu carrera 
y tu vida. Y sería un tonto si no usara eso en tu contra. 
—Estos juegos mentales son una pérdida de tiempo. Al final, haré 
lo que tenga que hacer. 
 
—No lo creo. —Da otro paso más cerca de mí. Luego otro. Ya casi 
nos tocamos. Deja que su mirada se detenga en mi boca—. Creo 
que preferirías chupármela otra vez. 
Lo prefiero, sí. Con muchas ganas. Pero no selo confesaré. 
En lugar de eso, levanto una ceja e intento parecer indiferente. 
—Creo que echas de menos tener una polla en la boca, principe. 
Tengo una muy buena. Quizá si haces un trabajo medianamente 
decente, te deje vivir. 
Muy despacio, dolorosamente despacio, pone una palma en mi 
pecho. Puedo sentir su calor a través de las capas que nos separan. 
Luego sube la mano hasta llegar a la piel desnuda de mi garganta. 
Deslizando la palma hacia un lado, me agarra el cuello, como si me 
mantuviera inmóvil. 
Se me pone la carne de gallina al sentir su firme agarre. No puedo 
moverme, hipnotizado por el calor y la agresividad con la que me 
mira. En este momento, no existe nadie más. Este hombre es todo 
lo que puedo ver y sentir. 
Su voz apenas es un susurro: 
—¿Has estado pensando en eso? ¿Recordando el sabor de mi 
semen? 
La verdad sale antes que pueda detenerla. 
—Sí. 
Con la mirada clavada en la mía, busca la cremallera de mi 
chaqueta con la mano libre. Luego tira de ella para bajarla, cada 
diente metálico se abre con un roce sensual. Cuando los lados están 
libres, me pasa la pesada tela por el hombro derecho y luego por el 
izquierdo. Se desliza por mis brazos y cae al suelo. 
Me quedo con una camiseta de compresión ajustada, muy 
parecida a las que llevaba cuando corría. Giulio me mira el pecho y 
los hombros durante un largo segundo y luego vuelve a mi rostro. 
—Sácame la polla —me ordena—. Y ponte de rodillas. 
 
Podría negarme. Es lo más inteligente. 
Pero soy débil ante Giulio, y él lo sabe. 
Como si estuviera aturdido, alcanzo el botón de sus jeans. Lo 
abro de un tirón y bajo la cremallera, teniendo cuidado con el 
grueso bulto que ahora presiona sus bóxer. Ya está erecto para mí, 
cosa que me gusta mucho. 
Meto la mano en su polla. Está caliente, la piel tensa, y se me 
hace agua la boca. Lo masturbo lentamente, queriendo prolongar 
esto. Quiero torturarlo. 
Aspira rápidamente. 
—Mierda, sigue. —Se baja los bóxer y los jeans, dejando más 
espacio—. Más apretado. Eso es. 
Acaricio más rápido, más fuerte. Los dos miramos mi mano, 
nuestras cabezas casi rozándose. Le acaricio la parte inferior de la 
polla y luego subo hasta la ranura. Le unto la piel con el semen que 
espera allí, como si fuera lubricante, mientras sigo bombeando el 
puño. De repente, su mano se crispa en mi cuello. 
—En la boca —gruñe—. Necesito entrar en tu boca otra vez. 
Me arrodillo. Giulio no duda en acercarme la polla a los labios. 
Su mirada azul es febril, salvaje, y me hace preguntarme quién de 
los dos lo desea más. 
Porque si él lo desea la mitad que yo, entonces estamos en 
problemas. 
—Va bene —canturrea mientras se desliza entre mis labios y mi 
lengua. Succiono con fuerza, atrayéndolo hasta el fondo. No aparta 
la mirada y se concentra en mi boca. 
Su mano libre se apoya en mi cabeza, casi acariciándome. 
—Dio, tu boca está tan caliente y húmeda. Podría follármela 
durante días. Eso es. Estás tan ansioso, ¿no? Necesitas mi corrida 
otra vez, ¿verdad? 
 
Como respuesta, muevo la lengua, estimulándolo aún más. 
Luego lo llevo al fondo de mi boca, mientras intento relajar la 
mandíbula y la garganta. Lo quiero todo. 
Trago alrededor de la cabeza de su polla y sus muslos se tensan 
bajo mis palmas. 
—¡Cazzo! Ojalá pudiera follarte la garganta. Oh, Alessio. Las 
cosas que te haría si tuviera tiempo. 
Su mano se mueve hasta la parte superior de mi cabeza y empieza 
a mover sus caderas, follándome la boca. Es parecido a Málaga, 
pero mejor. Esta vez sabe lo que le gusta. Sabe que lo quiere 
profundo y desordenado, que me domina. Le excita la degradación, 
el control. De tener a un hombre de rodillas, sirviéndole. 
Pero no cualquier hombre. A mí. 
"Quería que fueras tú. Y no he podido dejar de pensar en eso desde 
entonces". 
Lo miro fijamente, con la cabeza echada hacia atrás y la cara 
relajada por el placer. Me está utilizando, pero yo tengo todo el 
poder. Yo controlo esto, no él. 
Es el momento de demostrarlo. 
Gimo alrededor de su gruesa polla, haciendo vibrar su carne. 
Luego le toco las bolas, haciéndolas rodar entre mis dedos. Sus 
músculos empiezan a temblar. 
—Qué bueno —murmura—. Demasiado bueno. 
Me aparto con un chasquido. Su polla se balancea delante de mí 
mientras le masajeo las bolas. Giulio frunce el ceño, con la 
respiración agitada. 
—¿Qué haces? Haz que me corra, assassino. 
—Suplícamelo, principe. —Me inclino y le paso la lengua por la 
bolsa—. Entonces dejaré que te corras en mi garganta. 
Se agarra la polla y empieza a acariciarla. 
—A lo mejor lo tiro en tu rostro. 
 
—Sabes que eso no es lo que quieres. —Le sujeto la muñeca para 
que no pueda masturbarse—. Preferirías follarme la boca, ¿no? 
Una gota de líquido gotea de la cabeza de su polla. Lo lamo con 
la punta de la lengua. 
—¡Figlio d'un cane! —sisea—. Dai, Alessio. Per favore. Prendilo in 
bocca34. 
—Sigues dando órdenes. Pero dijiste por favor. 
Me lo trago, tomando aún más que antes, y chupo con fuerza. Me 
dedico a la tarea. Muevo la cabeza. Trabajo a un ritmo constante. 
Mantengo la lengua plana y la presión firme. Mi propia polla palpita 
en mis pantalones, pero la ignoro. 
—Perfetto… Ah, sí. Non smettere35. 
No tiene que preocuparse, no voy a parar. 
Segundos después, grita y se corre en mi lengua, su sabor salado 
inunda mis sentidos. Su polla palpita mientras sus bolas se vacían 
en mi boca, mientras sus dedos me agarran el cabello. Sigue y 
sigue, como si lo hubiera estado reservando para mí. 
La idea me excita muchísimo. 
Resisto el impulso de abrir la garganta. Después de Málaga, se lo 
que quiere. 
Finalmente, deja de retorcerse e inclina la cabeza hacia mí. Tiene 
la piel enrojecida y los ojos vidriosos por el orgasmo, pero puedo ver 
su impaciencia, su anticipación. 
—¿Te lo estás metiendo todo en la boca, como una buena puta? 
Muevo la barbilla una vez y su semen rueda por mi lengua. 
—Va bene. —Da un paso atrás para guardarse la polla. Una vez 
cerrado y abotonado, me acaricia la cabeza, apartándome el cabello 
 
34 Prendilo in bocca. Llévatelo a tu boca, en italiano. 
35 Non smettere. No te detengas, en italiano. 
 
del rostro—. Tan grande y peligroso. Pero ponte una polla en la boca 
y estás tan ansioso. Tan necesitado. 
Espero, las rodillas gritando de dolor, mi polla pidiendo atención. 
Pero hay una razón por la que ambos no podemos olvidar Málaga. 
No lo decepcionaré. 
—Fichissimo36. —Locamente caliente. Giulio arrastra un dedo por 
mi mejilla—. Ahora, traga. 
Dejo que todo baje por mi garganta. 
Algo oscuro, casi siniestro, brilla en sus ojos. 
—Definitivamente has elegido la carrera equivocada, assassino. 
Podrías ganarte la vida haciendo mamadas. 
Me pongo de pie. 
—Ahora es cuando me dices que no vas a corresponderme, ¿no? 
Sus dedos se enredan en la parte delantera de mi camiseta 
mientras me acerca. 
—Aquí es donde te digo que entres en la granja para que pueda 
follarte en mi cama. 
 
 
36 Fichissimo. Muy bueno, en italiano. 
 
CAPÍTULO 10 
 
 
Disfruto de su cara de sorpresa. 
Alessio esperaba que lo dejara duro e insatisfecho, como he hecho 
con innumerables hombres en los últimos cuatro años. Incluido él. 
Sin embargo, lo he invitado a entrar, a mi cama. 
No lo había planeado cuando todo esto empezó. Pero hemos 
establecido firmemente que ninguno de los dos tiene intención de 
matar al otro. Al menos no hoy. 
Y follármelo es exactamente lo que quiero hacer ahora. 
Aquella mamada no hizo más que relajarme. La lujuria sigue 
pesando en mis entrañas, con las bolas tensas y llenas. Por alguna 
razón me siento atraído por él. Y nuestra pelea solo ha empeorado 
ese deseo. 
Alessio es largo y delgado, lleno de músculos. Fuerte y letal. Es 
un buen luchador. Sé manejar un cuchillo y un arma. Había 
torturado y mutilado, matado y desmembrado. Pero no puedo 
vencer a este hombre. Escomo una máquina, sus puñetazos como 
golpes de un mazo. Nada parece hacerle daño, ni siquiera cuando 
le corté el brazo. 
Nadie había sido capaz de someterme tan rápidamente. ¿Cuándo 
Alessio me sujetó? Me gustó. Demasiado, por desgracia. 
Para crédito del asesino, se recupera rápidamente. 
—¿Quieres follar? 
—Sí, quiero. 
—¿Qué pasó con lo de meterme una bala en la nuca? 
 
Señalo su rifle. 
—¿Qué pasó con dispararme en la frente? 
—Estás intentando manipularme con tu polla. 
—Igual que tú me manipulas con mamadas. —Vacila, así que 
suelto un suspiro y me froto la mandíbula—. Dai, Alessio. Ya no sé 
qué demonios estoy haciendo. Todo esto es una locura. Pero nos 
sentimos atraídos el uno por el otro y estamos atrapados en esta 
isla olvidada de la mano de Dios. ¿Realmente quieres pasarlo 
escondido en el bosque? 
—No puedo echarme atrás en este contrato, Giulio. 
No le creo. Quien lo contrató no es tan poderoso o rico como mi 
padre. Incluso yo tengo varios millones de euros en cuentas en el 
extranjero. De ninguna manera es su cliente alguien a quien yo no 
pudiera superar en la oferta o matarme a mí mismo. 
—¿Por qué? 
—Porque le debo al cliente. Y si meto la pata, mi carrera... y 
posiblemente mi vida... está acabada. 
—Tiene que haber una manera de evitarlo. Nada es inevitable. 
Pone las manos en las caderas y se queda mirando la granja. 
—Hablas como la Señora Campbell. 
¿Ha estado hablando de esto con la Señora Campbell? Dejo ese 
hecho confuso para más tarde. 
—¿Quién es tu cliente? 
—No te lo diré, así que deja de preguntar. 
—Tengo derecho a saberlo. 
—No, no lo tienes. No soy un negociador o mediador. Soy un 
asesino, principe. 
—Bien, pero ¿cómo sé que no trabajas para los hombres que 
mataron a Paolo? 
 
—No, definitivamente no. Te lo dije, los autos bomba no se han 
usado desde... 
—La Camorra y la Cosa Nostra en los ochenta. Sí, me acuerdo. 
—Lo fulmino con la mirada, irritado—. Al final me darás el nombre. 
—El ejército me dio formación en interrogatorios y supervivencia. 
¿Piensas hacerlo peor? 
Se, se me ocurre. Podría atarlo y bordearlo hasta que hable. O 
meterle el dedo en la próstata hasta que esté a punto de correrse y 
luego parar. Lo agotaría. 
—De ninguna manera te entrenaste para el tipo de técnicas que 
yo usaría. 
—Ya veo. —El borde de su boca se tuerce—. La verdad es que no 
me importaría esa tortura. 
Ahora lo está pensando. Mi ingle se tensa mientras la sangre 
acude a mi polla. 
—¿Quieres follar o no? 
—¿Siempre eres tan directo? 
—¿Preferirías que lo escribiera en una carta? ¿Una invitación 
oficial, tal vez? 
Ladea la cabeza y me mira pensativo. 
—Eres un sabelotodo. ¿Cómo no me di cuenta? 
Porque no había interactuado con nadie más allá de un nivel 
superficial en... mucho tiempo. Años. Quizá no desde Paolo. Tengo 
que ser fuerte, autosuficiente. Incluso con mi familia soy reservado. 
Casi morir y vivir huyendo me había hecho eso. 
No quiero pensar que puede ser Alessio el que me haga bajar la 
guardia. 
Suelto: 
—Responde a la pregunta, assassino. 
 
—Estás de mal humor para ser un hombre que acaba de correrse 
como una fuente. 
—Y me gustaría corresponderte, si al menos respondieras a la 
maldita pregunta. 
—¿Entonces follamos esta noche? ¿Mañana? ¿Por cuánto 
tiempo? —Cruza los brazos sobre su ancho pecho, llamando mi 
atención hacia sus músculos. Qué calor. Realmente necesito verlo 
desnudo. 
—¿Acaso importa? —Me lo follaría el tiempo que hiciera falta para 
conseguir el nombre de quien lo contrató. 
—¿No te preocupa que te mate mientras duermes? 
No, no me preocupa. Él no quiere matarme. Por alguna razón 
siente que debe hacerlo, pero obtendré respuestas al respecto más 
tarde. 
—Deberías preocuparte de que yo te mate primero. 
Resopla, el bastardo. 
La ira se enciende en mi pecho. Ya es suficiente. Puede quedarse 
con sus bolas azules. No voy a rogarle. 
—Vaffanculo, Alessio. —Empiezo a atravesar la maleza en 
dirección a la granja. Más tarde, volveré para recuperar el arma. Por 
el momento necesito estar donde él no esté. 
Ya pensaré qué hacer con él cuando no esté tan enfadado. 
Al pasar junto a su rifle, lo agarro, sin aminorar la marcha lo más 
mínimo. 
—¿Adónde crees que vas con eso? —me dice. 
—Llámalo un seguro —digo por encima del hombro—. Si lo 
quieres, ya sabes dónde encontrarlo. 
Lo oigo murmurar detrás de mí, pero no puedo entender lo que 
dice. Continúo hacia la granja. 
 
A la mierda con esto. No necesito esta frustración y confusión. Mi 
vida ya es bastante complicada. Tengo que volver a la civilización, 
a mis aparatos electrónicos. Encontrar al responsable de aquel auto 
bomba. Subiré a ese ferry mañana y desapareceré. Ya no me 
importa lo que haga Alessio. 
Y definitivamente voy a purgar esas dos mamadas de mi mente 
visitando el primer club nocturno que encuentre. 
Justo cuando cruzo la puerta, un brazo me empuja hacia el 
interior. Tropiezo y el rifle cae al suelo. ¿Qué mierda pasa? 
Luego se me echa encima, empujándome contra la pared y 
apretando su cuerpo contra el mío. Junta nuestras bocas. Mi 
cerebro tarda un segundo en darse cuenta. Ni siquiera lo había oído 
acercarse. 
Alessio me está besando, con la lengua dentro de la boca. La 
lujuria estalla en mi interior, una necesidad tan feroz que ya jadeo. 
Agarro su nuca con ambas manos y le devuelvo el beso. No es dulce 
ni suave. Es como si quisiéramos devorarnos mutuamente. 
Descargo mi rabia y mi irritación en su boca con mis labios, mis 
dientes y mi lengua. 
Está caliente y húmedo, con el sabor salado de mi semen aún 
presente. Mi entrepierna se tensa y mi polla se engrosa con cada 
latido acelerado de mi corazón. Más. Es mi único pensamiento 
mientras lo acerco. No tengo suficiente. 
Entonces sus manos están por todas partes, quitándome la 
chaqueta y la camisa. Nos separamos solo una fracción de segundo 
mientras me quita la tela por encima de la cabeza. En un instante, 
sus labios vuelven a estar pegados a los míos, nuestras lenguas se 
baten en febril duelo, mientras sus palmas recorren toda la piel a 
su alcance. 
Empiezo a mover las caderas sin poder evitarlo. A través de mis 
jeans puedo sentir su erección, y cada roce de su dureza me hace 
ver estrellas. Joder, sí. 
Pronto comenzamos a crear un ritmo, a trabajar juntos, 
moviendo las caderas, mezclando nuestras respiraciones frenéticas. 
Es tan bueno. Si no tengo cuidado, podría correrme así. 
 
Me detengo y sujeto sus hombros. Alessio me mira con su piel 
aceitunada y su expresión ebria de lujuria. Le digo: 
—A la cama. Ahora. 
No discute. Se agacha, tira de los cordones de sus botas y se las 
quita. Rápidamente hago lo mismo, pero más despacio porque me 
distrae la visión de su culo flexionándose mientras camina por el 
pasillo hacia el dormitorio. Cristo santo, es perfecto. 
La puerta del dormitorio está medio abierta cuando llego, así que 
la abro completamente. 
Madre di dio. 
Su alto cuerpo se extiende en diagonal sobre el pequeño colchón, 
un tramo pecaminoso de miembros desnudos y cabello oscuro y 
áspero. Liviano y musculoso, su cuerpo no tiene flacidez ni 
desperdicio. Está esculpido, pero no abultado por el gimnasio. 
Lleva un cornicello colgado del cuello con una cadena de oro, el 
amuleto encajado bajo la clavícula. No me parecía un hombre 
supersticioso, pero muchas cosas de él no dejan de sorprenderme. 
Aún lleva los bóxer, pero puedo ver el gran bulto detrás de la tela. 
Me muero de ganas de meterle mano. 
Me quito los bóxer lentamente, aunque me siento a punto de 
saltar fuera de mí. Lo deseo con todas mis fuerzas. Sus fríos ojos 
arden intensamente mientras observa. Examina los tatuajes, las 
cicatrices. Signos de mi vida anterior. Gran parte de mi torso está 
cubierto de tinta, marcas que una vez significaron algo. 
Alessio se lleva la mano a la entrepierna y acaricia su erección 
por encima de los bóxer. 
—Eres una obra de arte, principe —dice en voz baja. 
No me gusta la forma en que esas palabrasenvuelven mi 
maltrecho corazón. 
Me centro en su cuerpo y me llama la atención el tajo rojo de su 
brazo. Sé por experiencia lo mucho que pueden doler esas heridas. 
 
Alessio se fija en mi mirada y niega con la cabeza. 
—No me duele. Ven aquí. 
—Espero que te duela como a una perra. 
Sus labios se tuercen con diversión. 
—Sediento de sangre y caliente. Me gusta. 
Desnudo, gateo sobre la cama y arrastro las palmas de las manos 
por sus piernas, por encima de sus caderas. Rozo su estómago y su 
pecho. Es una piel cálida estirada sobre músculos fibrosos y huesos 
fuertes, y quiero morderlo, marcarlo. Devorarlo. 
—Dime qué quieres. 
—Dijiste que íbamos a follar. 
—¿Estás listo para tocar fondo por mí, assassino? 
—A menos que prefieras tocar fondo para mí, sí. 
—Yo no toco fondo —digo, inclinándome para arrastrar mi lengua 
sobre sus costillas, a lo largo de sus pectorales. Rozo su pezón. 
Luego me estiro sobre él y hundo mis dientes en la curva de su 
cuello. Se estremece y jadea, sus dedos se aferran a mis caderas. 
—¿Nunca? 
—Solo una vez. No lo disfruté. 
—Eso es porque no fue conmigo. 
Imbécil arrogante. ¿Cree que puede hacerlo mejor que Paolo? Ma 
dai. Giro mis caderas y junto nuestras pollas. La fricción es 
increíble. Deseoso de conectar con él, junto nuestros labios y meto 
mi lengua en su boca. 
Seguimos frotándonos, ganando velocidad, hasta que separo sus 
labios de los míos. 
—¡Minchia! —sisea—. Si sigues haciendo eso, me voy a correr. 
 
Me levanto y busco en la mesilla de noche. Rebuscando, 
encuentro lo que necesito. 
—¿Vas a la carrera con condones y lubricante? 
Levanto una ceja. 
—¿Tú no? 
—No. No pensaba en toda la polla que iba a tener en Canna 
cuando estaba haciendo la maleta. 
—No vas a recibir ninguna polla si no te callas y te quitas los 
bóxer. 
Eso provoca una media sonrisa en él, y uno de sus hoyuelos 
aparece. Molto bello. Se me hincha el pecho, pero aparto 
rápidamente todos esos pensamientos fantasiosos. 
Se baja los bóxer y su dura polla golpea contra su estómago. Me 
quedo mirando, hipnotizado. Madre di dio. Es perfecta. El tipo de 
grosor y longitud que te lleva al porno. 
—Joder, Alessio. 
Ya está goteando, tenso. Con impaciencia, me acerco a él. Lo 
acaricio un par de veces, disfrutando de la visión de mi mano en su 
polla, hasta que me detiene, diciendo: 
—Estoy demasiado cerca. 
—Pues date la vuelta. 
Me levanto y Alessio se pone boca abajo. Recorro con la mirada 
su ancha espalda y su cintura ceñida. El culo prieto y las piernas 
largas. Cazzo, es hermoso. 
Inclinándome, beso los firmes globos de su culo. Voy subiendo 
por su columna, dándole besos suaves a medida que avanzo, y me 
alegro cuando se estremece. Hundo mi polla en la hendidura de su 
culo y él empuja contra mí. 
Muerdo su oreja. 
—¿Necesitas que te folle, Alessio? ¿Necesitas que te llene? 
 
—Sí —dice y deja escapar un largo gemido mientras empujo mis 
caderas contra él. 
—Va bene —murmuro, y deslizo los labios por su cuello y por 
encima de su hombro. Se siente tan bien debajo de mí, tan 
necesitado y ansioso, con su fuerza y su fuerza muscular para que 
las use a mi antojo. Su piel es suave y me pierdo explorando sus 
omóplatos y las crestas de su columna. Mi polla palpita contra él, y 
tengo que luchar contra el impulso de follarlo bruscamente, sin 
preparación alguna. 
Finalmente, busco el lubricante. Abro el tapón y me pongo en 
cuclillas entre sus muslos separados. 
—Mira qué guapo estás. —Separo sus nalgas y rocío el lubricante 
por su raja y su agujero—. Tu culo es perfecto. 
Sus dedos aprietan las sábanas cuando empiezo a masajearlo 
para abrirlo. ¿Está nervioso? 
—Relájate —le susurro—. Te cuidaré bien. 
—Ha pasado... un tiempo para mí. 
Comprendo. No es fácil confiar íntimamente en otra persona. 
Después de unos cuantos círculos más, mi pulgar se desliza en su 
caliente y apretado conducto y mis ojos casi se ponen en blanco. No 
puedo esperar a sentir este culo estrangulando mi polla. 
—Oh, maldición. Ya está. Déjame entrar. 
Acaricio su cadera y bombeo mi pulgar hasta que se balancea 
contra el colchón. Más lubricante, luego meto dos dedos. Alessio se 
pone de rodillas y empieza a acariciarse la polla al ritmo de mi 
mano. Una ligera capa de sudor brota de su piel y está tan hermoso 
así, confiando en mí. Entregándose a mí. Se siente como un regalo 
que no me había ganado. 
—Principe —me suplica, con una voz grave que me oprime por 
dentro. 
—No te preocupes. Voy a darte lo que necesitas. —Con la mano 
libre busco un preservativo. Le entrego el paquete de papel de 
aluminio a Alessio y, manteniendo mis dedos dentro de él, me 
 
desplazo hasta donde pueda alcanzar mi polla—. Prepárame para 
follarte. 
Abre el paquete con rapidez y eficacia. Me pone el preservativo y 
tengo que apretar los dientes por la rudeza con que me trata. 
Exactamente como me gusta, con manos grandes y callosas que no 
son nada suaves. Luego me pongo lubricante, untando el látex. 
—Para. —Me zafo de su agarre—. Necesito entrar dentro de ti. 
La sangre me zumba en los oídos, el pulso me late a lo largo de 
la polla mientras me muevo detrás de él y saco los dedos. Me alineo 
en su apretado anillo muscular y empujo lentamente. La corona se 
desliza dentro y no puedo respirar. Apretado. Dios, tan apretado. 
Cuando Alessio se tensa, le paso las palmas de las manos por las 
caderas. 
—Ya está. Espera —le digo—. Déjame entrar. Necesito estar muy 
adentro. Relájate. 
Después de unos segundos avanzo, hundiéndome más. 
Invadiendo. Intenta acariciarse, pero le doy un golpe en la cadera. 
—Todavía no. No quiero que te corras tan pronto. 
Resopla, pero vuelve a apoyar la palma de la mano en el colchón. 
Empiezo a mover ligeramente las caderas, retrocediendo y 
empujando un poco más cada vez. Ahora es fácil, y pierdo la 
capacidad de pensar. Solo hay sensaciones, la necesidad de 
cabalgarlo, de perseguir mi propio orgasmo. Me rodea, encaja 
perfectamente. Casi como si hubiera sido hecho para mí. 
Nuestras caderas se encuentran y Alessio se retuerce inquieto 
debajo de mí. Murmura, maldice en un dialecto que reconozco como 
siciliano. ¿Es siciliano? No lo habría adivinado. 
Aunque mi cuerpo pide a gritos fricción, no puedo evitar 
ordenarle: 
—Ruégame. 
No duda. 
 
—Ti prego. Scopami forte37. 
Las palabras encienden una chispa en mi interior. Agarro sus 
caderas con ambas manos y empiezo a empujar con fuerza. Su 
cuerpo se balancea contra el mío y me pierdo en el vaivén, en el 
arrastre de su pasaje caliente a lo largo de mi cuerpo. Joder, qué 
bien se siente. 
—Esto es lo que necesitabas, ¿no? Por eso me seguiste al club, 
porque querías mi polla. Eres una zorra, ¿verdad? 
Gime y cambio ligeramente el ángulo. Grita cuando encuentro su 
próstata. Cierro los ojos e intento no correrme. 
—Eso es, justo ahí. Es el punto perfecto. 
—No pares —dice roncamente. 
Lo embisto, con nuestros cuerpos ahora resbaladizos de sudor. 
Una parte de mí desea poder ver su rostro mientras lo follo, para 
ver cómo lo invade el placer. La próxima vez. 
Empieza a temblar, con los músculos contraídos. 
—Mi polla. Por favor. 
Mis labios se curvan en una sonrisa cruel. Me gusta suplicante y 
desesperado. Lo que más deseo es que se corra solo con mi polla. 
Nada en el mundo se siente mejor que un orgasmo prostático. 
—No. No te atrevas a tocarla, Alessio. Soy todo lo que necesitas. 
Solo a mí. 
Él gime y yo sigo. Si no me hubiera corrido en la boca del asesino 
hace unos momentos, no habría durado tanto. Ya puedo sentir 
cómo se me tensan las bolas, pero quiero que él se corra primero. 
Ni idea de por qué me importa de repente, pero me importa. 
—Maldición, joder, joder —canturrea con la cabeza gacha—. 
Joder, por favor. 
 
37 Ti prego. Scopami forte. Te lo ruego, fóllame fuerte, en italiano. 
 
El ruido de nuestra carne chocando llena la habitación y nuestras 
exhalaciones aumentande volumen. Lo agarro del cabello para 
hacer palanca y tiro de él hacia mí, montándolo como se debe. Al 
instante, sus músculos se contraen y grita al techo. Su cuerpo 
empieza a ordeñar el mío, apretándome mientras su clímax no cesa. 
Es demasiado bueno. No puedo soportarlo más. 
Tras unos cuantos empujones más, el placer me invade, sube por 
mis piernas y sale por mi polla. El orgasmo me arrastra hacia abajo, 
dejándome indefenso mientras chorros de semen se disparan en el 
látex. 
Cuando termino, me desplomo sobre él y trato de recuperar el 
aliento. Estoy débil y mareado, como si hubiera estado patas arriba. 
Es increíble. Mil veces mejor que una mamada rápida en un club. 
Me siento bien de una forma que no puedo explicar. Ya quiero volver 
a repetir. 
Agarro la base del condón y tiro de él. Alessio sisea cuando me 
salgo y le doy unas palmaditas en la cadera antes de ir al baño. 
Al menos esta noche, la única forma que uno de nosotros mate 
al otro es con una polla. 
 
 
 
 
Aún me tiemblan las piernas cuando Giulio vuelve a tumbarse en 
la cama. Nuestros cuerpos cerca, pero no se tocan. 
—Ha sido divertido —me dice. 
Me giro hacia él. 
—¿No te arrepientes? 
Alza la comisura de los labios. 
—No, en absoluto. 
—Eres muy bueno en esto. 
Se pasa una mano por el rostro. 
—Un poco fuera de práctica. 
Que Dios me ayude si esto mejora con él. Creo que me jodió el 
cerebro hasta la próxima semana. 
—Quiero ducharme —anuncia, estirando su largo cuerpo. 
Cierro los ojos, exhausto y borracho de polla. 
—Adelante, entonces. 
—Ven conmigo. 
Aquello me toma por sorpresa. Abro un párpado para mirarlo. 
—¿Ducharme contigo? 
—Sí. ¿Tienes algo en contra? 
 
—No, yo solo... 
—Andiamo, assassino. —Me da una palmada en la cadera y 
rueda fuera de la cama—. Vamos a limpiarnos y luego podemos 
volver a hablar de mi polla en tu boca. 
Resoplo mientras me incorporo lentamente. 
—Necesito más que unos minutos antes que mis músculos sean 
capaces de eso. 
Desaparece en el baño. 
—Está bien —dice—. Puedes tumbarte ahí y te follaré la boca. 
Increíblemente, mi polla se hincha. Eso suena caliente. 
Abre la ducha y, para cuando entro en la habitación, Giulio ya se 
ha metido en la pequeña ducha. Los dos estaremos apretados. 
Aun así, abro la cortina y me meto en el vapor. Giulio está bajo 
el agua, pasándose las manos por el cabello, mojándoselo. Cristo, 
es sexy. 
Es realmente una obra de arte. Ningún museo de Florencia tiene 
nada remotamente tan hermoso como este hombre. 
Frunzo el ceño cuando el agua me salpica en el brazo. La herida 
de cuchillo. La había olvidado. Aprieto el corte, reabriéndolo para 
limpiarlo. El agua roja me corre por el brazo. 
—Toma. —Me da el jabón. 
Me limpio el brazo con cuidado y uso el jabón en el resto del 
cuerpo. 
—¿Necesitará puntos? —pregunta inclinando la cabeza hacia mi 
brazo. 
Casi me rio. No es nada. Había sufrido cosas mucho peores. 
—No. 
Sacudo la cabeza. 
 
—No sé por qué me parece tan excitante, pero así es. ¿Te duele 
algo? 
"Hay algo malo en este chico." 
Aunque han pasado décadas, la voz de mi padre aún me 
atormenta. Si hubiera sido mejor hijo, quizá se habría quedado. 
Quizá mi madre no me habría abandonado. 
Tal vez, tal vez, tal vez. 
Pero no se puede cambiar el pasado. Igual que no puedo cambiar 
el hecho que acabo de dejar que mi objetivo me follara hasta el 
olvido. 
Agarra el champú y su cadera roza mi estómago. 
—¿Y ahora qué? 
—¿Qué quieres decir? —Sé lo que quiere decir, pero primero 
quiero escuchar sus pensamientos. 
—Teníamos dos opciones, Alessio. Matarnos o follar. Obviamente 
elegimos la opción B. 
Me apoyo en el azulejo y observo cómo se limpia el cabello. 
—Esto no cambia nada. Solo lo retrasa. 
—¿No te cansas de decir eso? —Se enjuaga y se limpia el agua de 
los ojos—. Deja de mentirte a ti mismo y a mí. 
La irritación se desliza por mi piel como agujas. 
—No entiendes cómo funciona el mundo real, principe. Vives en 
una burbuja de privilegios, donde te protege el apellido y la cuenta 
bancaria de tu padre. 
Se queda inmóvil y sus ojos se vuelven glaciales. Se acerca y me 
aprieta contra el azulejo. 
—Imbécil condescendiente. He estado viviendo fuera de la mafia 
por mi cuenta durante cuatro años, huyendo por mi vida. 
Anónimamente. Nadie sabe mi apellido. Y no he tomado un centavo 
de mi padre desde que me fui. 
 
En un instante, cambio nuestras posiciones. Su espalda se 
estrella contra la pared. La piel áspera y resbaladiza se encuentra 
con la mía cuando aprieto nuestras mitades inferiores. Sujeto su 
garganta con la mano. 
—¿Crees que tu padre no te vigila? ¿Qué no está al tanto de todos 
tus movimientos de los últimos cuatro años? Ma dai, Giulio. 
Veo el resentimiento hirviendo en su mente. Sabe que lo que estoy 
diciendo es verdad. Y no le gusta. 
—Suéltame —gruñe. 
—¿Por qué no te gusta oír la verdad? 
Antes que pueda prepararme, me agarra de la muñeca y me la 
retuerce. Al mismo tiempo, desplaza el peso de su cuerpo, 
utilizando la gravedad para desequilibrarme. Me endereza, pero no 
antes de empujarme de cara contra el azulejo. Sus caderas chocan 
con mi culo y siento cómo empieza a engrosarse contra mí. 
—¿Se te está poniendo dura? —le pregunto por encima del 
hombro. 
Me clava los dientes en el hombro y balancea las caderas. Su 
polla se desliza por mi hendidura. 
—No puedo evitarlo. Por lo visto, luchar contigo me excita. 
Mi polla también empieza a responder a esto, excitándose. 
—Te gusta sujetarme. 
—Maldición, sí, me gusta. —Más roces—. Dejemos de hablar. 
Quiero hacer que te corras otra vez. 
Un temblor me recorre mientras la sangre se acumula en mi 
ingle. Ahora es lo único en lo que puedo pensar. 
—Yo también quiero eso. 
Me da una palmada en el culo y cierra el grifo. 
—Ve a la cama. Tengo ganas de chupártela. 
 
Eso es algo que me muero por ver. 
Abro la cortina y salgo, tomando una toalla para secarme 
rápidamente. Giulio me observa, con su mirada quemándome la 
piel, mientras espera. 
El aire es fresco en mi carne húmeda mientras me acomodo en la 
cama. Estoy medio empalmado, así que me acaricio mientras lo 
espero. ¿De verdad va a dejar que folle su boca? Lo había imaginado 
tantas veces que me cuesta creer que vaya a ocurrir de verdad. 
Entra en el dormitorio, con los músculos temblorosos bajo 
aquella piel aceitunada y tatuada. Sus ojos recorren mis miembros 
y se posan en el lugar donde me estoy masturbando. 
—Para —me ordena. 
Me muerdo el labio y obedezco. No sé por qué, pero su 
dominación y su agresividad me excitan. ¿Quizás soy un sumiso en 
el armario? ¿O tal vez es solo este hombre? 
Giulio se acomoda entre mis piernas y aprieto los músculos, 
luchando por mantener la calma. No puedo apartar la mirada. No 
quiero perder ni un minuto de lo que está a punto de ocurrir. 
Me acaricia la polla con la nariz, aspirándome, y luego me pasa 
la lengua por la coronilla. Siseo. Ya estoy impaciente. No quiero que 
se burle de mí. Necesito entrar en su boca y sentir esos labios 
perfectos envolviéndome. 
—Chupa, principe —le ordeno, agarrando su cabello con el 
puño—. Llévame hasta el fondo y haz que me corra. 
La cabeza de mi polla desaparece dentro de su boca y pierdo el 
hilo de mis pensamientos. Un calor húmedo me rodea y su 
mandíbula se estira para adaptarse. Oh, mierda. No esperaba 
sentirme tan bien. Ni que me gustara tanto. No es una suave oleada 
de placer, sino una tormenta de sensaciones, todas concentradas 
en mi ingle. 
Gime y la vibración se hunde en mi polla. Empujo hacia arriba, 
sin poder evitarlo. 
—Es increíble —jadeo—. Continúa. 
 
Empieza a chupar en serio, con las mejillas hundidas por el 
esfuerzo. Su boca, madre di dio. La succión es perfecta mientras 
trabaja la base de mi polla con la mano. No intenta profundizar, 
pero no lo necesita. No con lo que está haciendo con sus labios y su 
lengua. Y verlo lo hace aún mejor. Quisiera que esto durara días. 
Semanas. 
—Joder,eres bueno en esto —susurro. 
Empieza a tocarme las bolas, haciéndolas rodar entre sus dedos. 
Pero no es suave, como si temiera hacerme daño. En lugar de eso, 
me los aprieta, tira de mi saco. Me balanceo entre el placer y el 
dolor, y pronto mis piernas se aprietan, mi cuerpo arde. 
Cuando acelera, me doy cuenta que mi orgasmo no está lejos. 
Siento la piel demasiado tensa, como si fuera a explotar en 
cualquier momento. Entonces me roza la sensible parte inferior con 
los dientes y no puedo contenerme más. Me corro a chorros en su 
boca mientras mi cuerpo tiembla sin control. Se me difumina la 
vista y grito al techo. 
La habitación deja de dar vueltas y trato de recuperar el aliento. 
Rápidamente, Giulio se pone de rodillas y veo que ya se está 
masturbando. ¿Lo ha excitado chupármela? 
Tres tirones más y se aferra a mi muslo, con los párpados 
cerrados fuertemente. 
—¡Alessio, maldición! —Gruesos chorros empiezan a cubrirme el 
estómago. Observo, paralizado, cómo su boca se relaja, con el 
éxtasis grabado en cada uno de sus rasgos. Absolutamente nada 
podría haber desviado mi atención de él mientras se corre. 
Bellísimo. 
Con un último tirón, suelta su polla y se deja caer en la cama a 
mi lado. Me quedo mirando al techo, pensativo. Sin duda ha sido la 
mejor mamada de mi vida. No necesariamente por la técnica, sino 
por el hombre que me la hizo. Lo había observado durante tanto 
tiempo y me había preguntado cómo sería. Ahora lo sé. 
Y arriesgaría casi cualquier cosa para que él lo haga de nuevo. 
—Creo que me has roto la mandíbula, assassino. 
 
Me muevo y lo miro mientras se frota la parte inferior del rostro. 
—Menudo bebé. 
—Tu polla es enorme. 
—Vivirás, principe. 
—Stronzo. —Alarga la mano y me pasa la punta de los dedos por 
mi abdomen. Luego lleva su mano a mi boca. Abro los labios y lamo 
el dedo. Las fosas nasales de Giulio se dilatan e inhala 
bruscamente—. Me gusta tu aspecto, empapado de mi semen. 
Lo agarro de la nuca y lo empujo hacia delante para darle un beso 
profundo con mucha lengua. Me devuelve el beso, enredando los 
dedos en mi cabello. Cuando nos separamos, le pregunto: 
—¿Qué tal sabemos los dos juntos? 
Sus labios se tuercen en una sonrisa tortuosa. 
—A malas ideas y peligro inminente, todo en uno. 
Me rio. 
—Bien. Porque volveremos a hacerlo en cuanto nos recuperemos. 
 
 
Finalmente nos dirigimos a la cocina. Es medianoche y nos 
habíamos saltado la cena en favor de otra ronda de orgasmos. 
Alessio se acomoda en un taburete de la isla mientras busco 
provisiones. Yo llevo bóxer, pero Alessio permanece completamente 
desnudo salvo por la cadena que lleva al cuello. Pongo un plato de 
aceitunas frente a él y le sirvo vino. 
—¿Lo has envenenado? —pregunta llevándoselo a la boca. 
 
—¿Y arruinar un buen vino? Ma dai. —Vuelvo al risotto que se 
está removiendo en el fuego—. Decidí envenenar tu risotto en su 
lugar. 
—Todavía me sorprende que sepas cocinar. 
Cierto. Me había estado acosando durante meses. 
—Ya no tengo a Zia para alimentarme. Si no cocinara me moriría 
de hambre. 
—Realmente no sé cocinar —admite—. Huevos y pasta. 
—Por favor, dime que no usas salsa de frasco. 
Su boca se curva en una pequeña sonrisa avergonzada que 
muestra su hoyuelo derecho. Mamma mia, quiero morder ese 
hoyuelo. 
—De frasco es suficiente. 
—Zia te pegaría en la nuca si te oyera decir eso. 
—Debes extrañarla. 
—La echo de menos. —Suspiro y miro cómo la cuchara se 
arremolina en el sartén—. Pasé mucho tiempo en su cocina 
mientras crecía. —Con mi padre ocupado dirigiendo un imperio, la 
mayor parte de mi bienestar había recaído en Zia. 
—¿No había otros chicos en la finca con los que jugar? 
—Mi padre no lo permitía. A veces tenía a mis primos, pero yo era 
el futuro heredero. —Fausto decía que yo gobernaría la finca algún 
día. Tenía que ser un líder fuerte, dispuesto a tomar las decisiones 
difíciles, no hacerme amigo de todo el mundo. 
—Eso suena solitario. 
Me encojo de hombros y continúo removiendo. 
—Casi tan solitario como un niño enviado a vivir con su nonna. 
—¿Por eso te gustan las fiestas y los clubes? ¿Porque te lo 
negaron de niño? 
 
—Puedo perderme entre la multitud. Ser quien quiera, hacer lo 
que quiera. Drogas, alcohol y sexo. Lo que sea. Puedo salir de mi 
propia piel. 
—¿Tanto odiabas ser el heredero? 
—Odiar no es la palabra adecuada. —Tomo mi copa de vino y me 
apoyo en la encimera—. La responsabilidad era mía desde que tengo 
uso de razón. Y odiar la responsabilidad significaba odiarme a mí 
mismo. Así que no la odiaba. Había partes que me encantaban. La 
forma en que la gente me trataba, me complacía. Cualquier club, 
cualquier restaurante. Todo lo que quería estaba disponible con un 
chasquido de mis dedos. 
—¿Pero? 
Tomo un largo trago de vino e intento expresar mis sentimientos 
con palabras. 
—Pero también me molestaba. Cada día estaba lleno de temor. 
¿Sería éste el día en que me vería obligado a casarme con una mujer 
que no me importaba en absoluto? ¿O cuando todo el mundo se 
enterará que era gay? Peor aún, ¿era el día en que asesinarían a mi 
padre? No hay forma de prepararse para un futuro que no quieres. 
Saca una aceituna del plato y se la mete en la boca. 
—Aun así, es una tontería por tu parte mantenerte alejado. El 
castello es el único lugar donde eres prácticamente intocable. 
—Virtualmente intocable no es intocable. Y un enemigo asaltó la 
finca unos meses antes que me fuera, así que sé que es posible. 
—¿Qué enemigo? 
Vuelvo a remover el risotto. Está espesando muy bien. 
—Los hombres de otro mafioso. Probablemente has oído hablar 
de él. Enzo D'Agostino. 
—Sí, he oído el nombre. 
Su voz suena extraña, así que le echo un vistazo. 
—¿Qué? 
 
—Nada. Intento mantenerme al margen de las trifulcas de la 
mafia local, pero conozco los nombres de los jugadores. 
—¿Eso significa que no trabajas mucho en Italia? 
—Trabajo sobre todo en Europa del Este y Sudamérica. De vez en 
cuando en el Medio Oriente. 
—¿Cuál fue tu última misión? Ya sabes, antes de mí. 
La cicatriz de su rostro se tuerce mientras frunce el ceño. 
—Sabes que no hablo de mis clientes. 
—No te estoy preguntando quién te contrató. Te pregunto a quién 
mataste. 
—A un político de Minsk. 
—¿Sabes por qué? 
—No. 
Levanto las cejas. Lo dice con tanta calma, con tanta naturalidad. 
Como un día más en la oficina. Había hecho cosas terribles por mi 
padre, por nuestra hermandad, pero siempre sabía por qué. 
—¿Y eso no te molesta? ¿No saber por qué? 
—Si me dicen por qué, entonces empiezo a racionalizar si la 
persona merece morir o no. Ese no es mi trabajo. 
Aparto brevemente los ojos del risotto para fulminarlo con la 
mirada. 
—¿Así que no quieres saber por qué te han contratado para 
matarme? 
—¿Qué te hace pensar que no lo sé? 
La cuchara de madera se me escapa de las manos y cae en el 
risotto. 
—¿Lo sabes? 
 
Bebe un gran sorbo y traga con dificultad. Luego deja con cuidado 
la copa de vino sobre la isla. 
—No quiero tener esta conversación. 
A la mierda el risotto. Apago la hornilla de gas y apoyo las manos 
en la isla. Lo miro fijamente. 
—Alessio, tenemos que hablar de cómo va a funcionar esto. 
—¿Qué quieres decir? 
—No seas imbécil. Ya sabes lo que quiero decir. Esto, aquí. 
Nosotros follando. 
Golpea la isla con la punta de los dedos mientras me mira 
pensativo. 
—¿Podemos hacer una tregua temporal? 
—¿Por cuánto tiempo? 
—Un mes. 
La respuesta fue rápida, como si lo hubiera estado pensando. Un 
mes con él suena bien después de mis fantásticos orgasmos de hoy. 
Pero es mucho tiempo con un hombre contratado para matarme. 
—¿Por qué un mes? 
—No creo que una semana... ni siquiera dos semanas... sea 
suficiente para todas las cosas sucias que quiero hacerte. 
A mi polla le gusta mucho esa razón. 
—¿Qué pasa al final de los treinta días? 
—Te doy una ventaja y luego voy por ti para cumplir mi encargo. 
—Dai, Alessio. ¿Esperas que siga follando contigo,sabiendo que 
eso es lo que me espera? 
Se encoge de hombros, como si no fuera para tanto. 
—Podrías desaparecer en algún lugar donde no pueda 
encontrarte. O podrías matarme primero. 
 
—¿De verdad crees que alguna de esas cosas es posible? 
—No. 
Dio santo, este hombre. 
—Estaré de acuerdo con una condición. 
—Oh, ¿estamos negociando? —Se echa hacia atrás y cruza los 
brazos sobre el pecho. Una sonrisa molesta se extiende por su 
rostro—. Oigamos lo que crees que vale follar conmigo durante un 
mes, y no puede ser que yo deje pasar el golpe. 
Sé que no lo considerará, por eso le pido algo diferente. 
—Ayúdame a averiguar quién puso ese auto bomba. 
Se sienta perfectamente quieto, una estatua, mientras lo piensa. 
—¿Y si no puedo ayudarte? 
—Pensé que podías encontrar a cualquiera. 
—No, yo siempre puedo encontrarte a ti. 
Vuelvo a la cocina y enciendo la hornilla. El risotto 
probablemente podría salvarse. 
—Estás diciendo que no puedes averiguar quién fue el 
responsable. 
—Digo que han pasado cuatro años y si tu padre cree que el 
responsable está muerto, entonces me inclino a creerlo. 
—No estoy dispuesto a apostar mi vida por eso. Dormiré más 
tranquilo cuando sepa quién lo hizo. 
—¿Crees que tu padre arriesgaría tu vida tan a la ligera? 
—No, claro que no. —Ruedo los hombros—. Me quiere de vuelta 
en Siderno, así que creo que no le importa si el responsable está 
muerto o no. 
—Entonces, vuelve a Siderno. Que tu padre te ayude a encontrar 
a esa gente. 
 
—No pondré a mi familia en peligro. 
Empieza a reírse entre dientes. 
—Giulio, tu padre es el riesgo. El dinero, el imperio. No tú. 
Volvemos a esto. Alessio cree que un asociado de bajo nivel de mi 
padre puso la bomba como represalia. Yo estoy más inclinado a 
creer que es personal en mi contra. 
Pero no importa. Los bastardos habían matado a Paolo y los haría 
pagar. 
—Si alguien asesinara a tu nonna —le pregunto en voz baja—. 
¿Lo dejarías pasar? ¿Lo darías por muerto, o te importaría si el 
objetivo eras tú o no? 
Suspira pesadamente. 
—No, no lo haría. Los cazaría y les arrancaría la piel de los 
huesos. 
Hago un gesto con la mano libre. 
—Ahora lo entiendes. Paolo era un buen hombre. Lo amaba. 
Quería pasar mi vida con él... y lo volaron en pedazos delante de mi 
cara. No puedo parar hasta que los responsables sufran. 
Aprieta los labios antes de beber otro sorbo de vino. Me concentro 
en el risotto. Espero que Alessio diga que sí. Por su trabajo, tiene 
recursos que yo no tengo. Y quizá se dé cuenta de algo nuevo si 
echa un vistazo a la información que yo he reunido sobre el 
atentado. 
Tengo que creer que puede ayudar. 
—Bien —dice, sonando menos que seguro—. Intentaré ayudar a 
cambio de cuatro semanas. 
Añado mantequilla al sartén para terminar el risotto. 
—Bien. Entonces no añadiré veneno a tu plato. —Por encima del 
hombro, añado—: Al menos por hoy. 
Se limita a suspirar. 
 
—Tengo que llamar a Sasha. 
—¿Quién es Sasha? 
—Mi ayudante. 
—Y yo que pensaba que trabajabas solo. Me siento decepcionado. 
Es como cuando corren la cortina en el Mago de Oz. 
Su rostro se tuerce de confusión. 
—¿Cosa? 
—Mago de Oz. ¿No la has visto? 
—Cuando era niño, tal vez. ¿Qué tiene que ver una cortina con 
mi ayudante? 
Saco unos cuencos del armario. 
—Nada. A veces eres un verdadero rayo de sol, ¿no? 
De repente me duele la nalga y suena un fuerte crujido. Evito por 
muy poco que se me caigan los platos que tengo en la mano. ¿Me 
ha dado una nalgada? Ni siquiera lo había oído acercarse por 
detrás. 
—¡Ma che cazzo! 
Alessio prácticamente Sonríe mientras se inclina para besarme la 
frente. 
—Eso fue por el comentario del rayo de sol. —Luego sale de la 
cocina. 
 
 
 
Un mes. Lo tendré para mí solo durante cuatro semanas. Podré 
follarlo y besarlo cuando quiera. Es casi demasiado bueno para ser 
verdad. 
Una ligereza me llena el pecho, una felicidad que no había sentido 
en mucho tiempo. Encuentro mi mochila en el montón de cosas que 
había tirado antes. Luego saco mi teléfono y lo desbloqueo. Cuando 
encuentro el número de contacto de Sasha, lo pulso. 
Ella contesta inmediatamente. 
—¡Ya era hora! ¿Ya está? 
Hablo en ruso: 
—No. Y no lo estará por lo menos hasta dentro de un mes. 
Hay una larga pausa en la línea. 
—Dime que estás bromeando. 
—No bromeo. 
Finalmente, suspira. 
—Dejaré el trabajo de São Paulo para otra persona. Y luego 
empezaré a trabajar en mi CV. 
Sé que no va a dejarme. Le pago mejor de lo que nadie lo hará 
jamás. 
—Necesito un favor. 
—Ya estás agotando mi paciencia. 
 
—Es importante. Necesito que investigues con tus contactos. 
Mira a ver si alguien más está intentando matar a Giulio Ravazzani. 
Tras una pausa ponderada, suelta: 
—¿Ty s uma soshyol? —¿Te has vuelto loco? 
—Sea lo que sea lo que estás pensando, para. 
—Por fin me doy cuenta de la razón por la que no lo has matado. 
No me extraña que esta misión nunca termine. 
Ignoro eso por el momento. 
—Alguien puso un auto bomba en Bélgica hace cuatro años para 
matarlo. Solo hay que ver si se habla de eso, si alguien lo busca. 
—¿Y entonces qué? ¿Matarás a esta gente gratis? 
—No. 
—¿Por qué no te creo? 
—Sasha —ladro—. Haz lo que te digo. Sé lo que estoy haciendo. 
—Estás pensando con la polla —me dice, la desaprobación 
goteando en su voz—. Como cualquier otro hombre. 
—Llámame cuando tengas una respuesta. —Desconecto y me 
llevo el teléfono a la cocina. 
En la isla hay dos platos de risotto humeante y rebanadas de pan 
crujiente. Giulio ya está sentado en el asiento contiguo al mío. 
—Pareces enfadado —dice. 
—Me está tocando las bolas por ti. 
Sus penetrantes ojos azules se clavan en los míos. 
—¿Le dijiste que estamos follando? 
—No, pero puede suponerlo. Le pedí que investigara, que viera si 
alguien intenta matarte. 
—¿Dónde, en el chat de tu grupo de asesinos? 
 
Lo agarro de la nuca y le sacudo ligeramente. 
—Sabelotodo. Estas cosas se manejan en lugares muy seguros de 
la web. Pero Sasha también tiene contactos en todo el mundo. 
La boca de Giulio se tuerce en una sonrisa tortuosa. 
—Oírte hablar en ruso fue caliente como la mierda, assassino. 
—¿Sí? 
Come un bocado de risotto. 
—¿Cuántos idiomas hablas? 
—Siete. Ocho, si cuentas mi limitado gaélico escocés, que aprendí 
cuando me enteré que venía aquí. —Como un bocado del risotto de 
setas… y casi me muero, está delicioso. Cremoso, con el punto justo 
de picor—. Mierda, Giulio. Esto está bueno. 
—De nada. 
Le doy un codazo suave. 
—Gracias. 
—Entonces, Sasha la Asistente. Ella es… ¿una antigua amante? 
¿Amante actual? ¿Compañera de sexo? 
Me concentro en mi plato y trato de no reír. 
—No, nada de eso. Solo una asistente. Y me cortaría las bolas si 
alguna vez me le insinuara. 
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para ti? 
—Casi tres años. Es de la inteligencia rusa. 
—Ah. Eso explica lo del ruso. 
Comemos en un silencio agradable. Estoy acostumbrado a comer 
solo, a dormir solo. Desde el ejército no había estado tanto tiempo 
con otra persona. ¿Giulio y yo seremos capaces de tolerarnos 
durante cuatro semanas? 
 
Probablemente no. Y está el asunto del intento de asesinato de 
su padre. Giulio me guardará rencor en cuanto sepa quién había 
disparado. Tal vez lo confiese al final de nuestro tiempo juntos, 
como garantía para ganarme su odio. Así será más fácil matarlo. 
Termino otro trozo de pan. 
—¿Qué piensas hacer cuando sepas quién es el responsable del 
auto bomba? ¿Irás solo o se lo dirás a tu padre? 
—De vuelta con mi padre —murmura—. ¿Por qué estás 
obsesionado con Fausto? 
¿Obsesionado? Había hecho una pregunta razonable. 
—Giulio, tu padre tiene recursos y mano de obra. Armas. Sería 
más inteligente y seguro que le pidieras ayuda. 
—Tú eres el que dijo que estos eran asociados de bajo nivel en el 
mejor de los casos. —Aparta su plato vacío—. Además, no te voy a 
contar nada de lo que planeo para dentro de cuatro semanas. 
—No cambiaránada —digo en voz baja—. No puedes esconderte 
de mí. 
—¿Crees que este mes se trata solo de orgasmos? —Me rodea los 
hombros con un brazo y se inclina más hacia mí—. Has pasado 
meses estudiándome. Así que utilizaré este tiempo para aprender 
todo sobre ti. Tus debilidades, tus hábitos. Te conoceré mejor de lo 
que tú te conoces. —Luego me muerde el lóbulo de la oreja—. Y 
nunca me encontrarás. 
Me recorre un escalofrío, una oleada de expectación que se 
instala en mis bolas. Cristo, este hombre. Nunca nadie me había 
afectado así. 
¿Y quiere conocer mi debilidad? Todo lo que tiene que hacer es 
mirarse en el espejo. 
No quiero que descubra lo mucho que me gusta su idea. Así que 
hago un gesto desdeñoso con la mano. 
—Lo único que tengo que hacer es seguir el rastro de la cocaína 
y encontrar al nuevo traficante de cada ciudad. O podría esperar en 
 
los clubes nocturnos gay a un hombre muy guapo que no le gusta 
hacer mamadas. 
Me da un empujón y se levanta, y ya echo de menos el calor de 
su cuerpo. 
—Ah, sí. Odio hacer mamadas. —Rodea la isla, recoge nuestros 
platos y los lleva al fregadero—. Por eso te he hecho dos hoy mismo. 
—Y pronto me harás una tercera. 
Por encima del hombro, me lanza una mirada desafiante. 
—¿Eso es lo que crees, assassino? 
Levantándome, recorro el viejo suelo de pino hasta que lo tengo 
contra el fregadero. Tiene los dedos agarrados a la vieja porcelana 
y los ojos clavados en los míos. Puedo ver la diversión bailando en 
sus brillantes profundidades azules. Le gusta provocarme. Luchar 
conmigo. 
Se me ocurre una idea. 
—¿Quieres que te fuerce? ¿Qué te sujete y te meta la polla hasta 
la garganta? 
—De ninguna manera. 
Pero puedo ver cómo se dilatan sus pupilas, el pulso palpita en 
la base de su cuello. No odia la idea. 
En un abrir y cerrar de ojos, le doy la vuelta hasta que queda de 
cara al lavabo y yo quedo pegado a su espalda. Le lamo el cuello y, 
de repente, mi polla siente placer al sentir el musculoso y firme culo 
frente a mí. 
—Quizá te sujete y te folle. 
—No toco fondo, Alessio. 
Empiezo a besar la nuca de Giulio, bajando por su columna. 
—Te lo haría tan bien, principe. Te lamería y te estiraría. Me lo 
suplicarías. 
 
—No. Y aunque quisiera, tu polla me partiría en dos. 
—Para eso están los plugs. 
Meto la mano en sus bóxer. Mis dedos encuentran su polla 
semidura. La piel suave y cálida se extiende sobre el grueso acero. 
Madonna, me encanta su tacto. Lleva el vello recortado, como yo, e 
incluso su polla es hermosa, larga y ligeramente curvada. 
—Más rápido —gruñe, tratando de empujar hacia arriba en mi 
agarre. 
Voy más despacio, acariciando su polla sin prisa. 
—¿Sigues dándome órdenes? 
—Pónmela dura. Quiero follarte otra vez. 
Mi piel se calienta, ahora zumbando de necesidad. Yo también lo 
deseo. Pero no puedo ceder tan fácilmente. 
Lo suelto y doy un paso atrás. 
—Ponte de rodillas. 
Se gira, con la boca tensa por la irritación. 
—Estás intentando demostrar algo. 
No digo nada, solo lo miro fijamente. Y espero. 
Giulio se aparta del lavabo y acorta la distancia entre nosotros. 
Me pasa la punta de los dedos por la erección y me estremezco. 
Tuerce los labios. 
—¿Quieres ser duro conmigo? 
—No finjas que lo odias. 
—Oh, Alessio. ¿Crees que no puedo hacerlo desde abajo? —Se 
hunde en el suelo, sin apartar los ojos de los míos. Contengo la 
respiración mientras frota su nariz y su rostro por toda mi polla. 
Sus cálidas exhalaciones, el gemido que no puedo contener… Tengo 
que apretar las rodillas para que no se me doblen. 
 
Espero que me meta en su boca, que me devore y me haga perder 
la cabeza. Pero no lo hace. Acaricia mi longitud con besos suaves, 
arriba y abajo, como si estuviera adorando mi polla. Es lo más 
caliente que he visto nunca. 
Luego usa la lengua y casi se me ponen los ojos en blanco. 
—Joder. —Respiro mientras me lame como si fuera su golosina 
favorita. Me saltan chispas por los muslos y luego por la espalda. 
Cada pasada de su lengua húmeda es mejor que la anterior. 
Entonces me mira y succiona la cabeza justo por encima de sus 
labios. El calor me envuelve, pero él no se mueve. Permanece 
inmóvil, como si estuviera esperando que le de instrucciones. 
Aquellos ojos azules me queman el alma y me secan la boca. 
—Llévame hasta el fondo. En tu garganta —gruño. 
Empuja, atrayéndome hacia adentro. Un calor húmedo baña mi 
polla a medida que aumenta la presión. Mi corona choca con la 
entrada de su garganta y espero que se aparte. En lugar de eso, 
arrastra las rodillas para agacharse e inclina el cuello hacia atrás. 
Entonces traga. 
Los músculos de su garganta se aprietan alrededor de la cabeza 
de mi polla y veo estrellas. 
—¡Minchia! Hazlo otra vez. 
No lo hace. Se echa hacia atrás, arrastrando los labios y la lengua 
a lo largo de mi polla, y luego se detiene para lamer la ranura de la 
punta. Me muerdo el labio para no gritar. Esto solo empieza y ya 
me duele de lujuria. 
Paso la mano por su cabello y tiro de él hasta que jadea. 
—Más rápido. 
Sin embargo, se mueve a su propio ritmo, el imbécil. De repente, 
empuja hasta que tiene arcadas. No le doy la oportunidad de 
apartarse. Dejo que se recupere durante medio segundo y luego 
profundizo más, en los músculos de su garganta. Es el paraíso. 
 
Entonces empieza a moverse de verdad, como si estuviera ansioso 
por mi orgasmo. La visión me pone tan caliente. Este hermoso 
hombre, tomando mi polla en su garganta una y otra vez. 
—Dio, eso es. —Doy otro meneo de mis caderas. Me pesan tanto 
las bolas—. Ahí es donde quiero estar. En tu garganta. —Es donde 
quisiera quedarme. Podría vivir felizmente los próximos años de mi 
vida con mi polla en la boca de este hombre. 
No estoy acostumbrado a tener sexo con la misma persona una y 
otra vez. En el ejército, nuestro círculo de “nos gustan las pollas” 
había sido pequeño, y a menudo nos enviaban por toda Europa en 
unidades separadas. Los encuentros habían sido fugaces y escasos. 
Lo cual me había parecido bien, porque las mujeres me gustaban 
igualmente. Eran fáciles, estaban dispuestas y no eran difíciles de 
encontrar. 
Pero me estoy volviendo adicto a Giulio. Esto es mejor que todo 
lo que he experimentado antes, hombre o mujer. 
Gime y el sonido vibra en mi cuerpo. Mi espalda se arquea y mis 
muslos tiemblan. 
Unos dedos grandes se deslizan por detrás de mis bolas, 
subiendo por mis nalgas. Encontrando mi agujero y lo rodea, 
provocándome. Siento escalofríos en toda la parte inferior y no 
puedo contenerme. 
—No, demasiado pronto. No... 
La punta de un dedo se introduce y no puedo evitarlo. El orgasmo 
se abalanza sobre mí, mi cuerpo ya no está bajo mi control. El 
placer me sube desde los dedos de los pies, la euforia me vuelve 
blanca la vista. Con un grito, me corro en su boca. Mi cuerpo se 
vacía en el suyo. Se lo doy todo. 
Termino y me tambaleo hacia atrás, desplomándome contra la 
isla. Intento recuperar el aliento. Giulio se levanta y me sonríe. 
Tiene los labios hinchados y la cara sonrojada. Pero el brillo de sus 
ojos es pura victoria. 
—Súbete a la cama, assassino. Voy a follarte la boca otra vez. 
 
 
 
 
La luz entra por las ventanas, provocándome para despertarme. 
La conciencia se cuela en mi cerebro. Estoy en la cama de la granja. 
Un hombre está conmigo, su cuerpo casi me inmoviliza. Alessio. 
Sigue dormido, con su respiración suave y uniforme acariciándome 
la nuca. Mi polla está dura, todo mi cuerpo preparado para el sexo. 
Teniendo en cuenta todo lo que hicimos ayer y anoche, me 
sorprende que mi polla tenga algo de energía. 
No esperaba que me gustara tanto estar juntos. Pero estoy 
insaciable por él. Hace años que no me corría tan fuerte ni tan a 
menudo. Y también me encanta hacer que se corra. Es un malote 
estoico hasta que empiezo a embestir su agujero. Y luego es una 
putita necesitada. Dios, cómo me excita. 
—Bien. Estás despierto. —Sus labios se mueven por mi nuca, 
provocando oleadas de calorque me recorren. 
—Pensé que estabas dormido. 
—Llevo horas despierto. —Su boca roza mi mandíbula, detrás de 
mi oreja, besos suaves que me hacen hiperconsciente de cada 
centímetro de mi cuerpo—. Date la vuelta, principe. 
Se mueve para presionar su parte inferior contra la mía, y una 
erección me empuja el culo. 
Aun así, no me doy la vuelta. 
—¿Tu polla necesita atención, Alessio? 
Empuja sus caderas, balanceando la pesada longitud entre mis 
nalgas. 
 
—Muchísima. Date la vuelta, principe. Quiero que nos frotemos 
hasta corrernos uno encima del otro. 
Frotarse suena como una puta buena idea. Me giro hacia él y 
aprieto nuestras pollas, sujetándolas con una gran mano. 
Inspiro al sentir el contacto piel con piel. 
—Cazzo, esto es increíble. 
Los dos estamos chorreando, así que no hace falta lubricante. 
Aprieto con más fuerza y empiezo a balancearme para aumentar la 
fricción. Paso la pierna por encima de la cadera de Alessio para 
hacer palanca y empujo dentro de su apretado agarre. 
—Bésame —susurra y se acerca más—. Maldición, necesito... 
Bésame, principe. 
Con un pequeño gruñido, acerco su boca a la mía. Sus labios son 
firmes pero suaves. Sigo follando nuestras pollas y devolviéndole el 
beso, apagando el resto de mi cerebro. Alessio es duro y ansioso, 
exactamente lo que me gusta, y el mundo se reduce a esta 
habitación, a esta cama. Solo este hombre. Dejo que él controle el 
beso mientras muevo las caderas, y un cosquilleo recorre mi espina 
dorsal. No aguantaré mucho más. 
Pronto estamos jadeando, nuestros labios casi tocándose 
mientras compartimos el aire húmedo de nuestros pulmones. 
Rechinando y gruñendo. Esforzándonos y jadeando. Esto es 
agradable, pero ansío más. Quiero inmovilizarlo y devorarlo. 
Destrozarlo. Quiero cada suspiro, cada escalofrío. Quiero poseerlo. 
—¿Estás dolorido? —susurro. 
—¿Quieres follar? 
—Sí, con muchas ganas, joder. 
Suelta nuestras erecciones y rueda sobre su espalda. Luego 
desliza los brazos por encima de la cabeza, estirándose y 
esperándome como un festín. 
Me deslizo sobre él y empiezo a cubrir su garganta de besos. 
 
—Te lo voy hacer tan bien. —Hoy su bigote es más largo y me 
encanta cómo roza mis labios—. Mejor que la última vez. 
Traga saliva. 
—No sé cómo es posible. 
Mi polla palpita, mi corazón late con fuerza a través de su 
longitud. No habíamos vuelto a follar desde la primera vez de ayer 
y quiero hacerlo despacio. Y de frente, para poder ver su rostro 
mientras lo penetro. 
Beso su pecho, lamiendo cada pezón, antes de continuar por su 
estómago. Jadea cuando me acomodo entre sus muslos, con la polla 
apretando contra su vientre. Continúo, presionando mis labios 
contra los huesos de su cadera y más abajo. 
Acaricio sus bolas y luego las lamo con largos lengüetazos. Gime 
y abre las piernas para dejarme más espacio. Me llevo cada una a 
la boca y succiono suavemente hasta que se retuerce en la cama. 
Agarra su polla y empieza a acariciarla ligeramente. Veo cómo los 
músculos de sus antebrazos se mueven con sus movimientos y los 
largos dedos apenas rozan la sensible parte inferior. Como si no 
pudiera evitar tocarse, pero no quisiera correrse antes de tiempo. 
Entonces paso la lengua por su agujero y Alessio maldice. Se 
tensa, pero no me detiene. Así que continúo, usando mis manos 
para exponerlo. Lamo y aumento la presión. Las terminaciones 
nerviosas allí son increíblemente sensibles, y pronto está gimiendo 
y agarrando las sábanas con ambas manos, con la polla goteando 
sobre su vientre. 
—Principe, per favore. —La lujuria ha convertido su voz en grava. 
Busco el lubricante y un preservativo en la mesita de noche. 
Rápidamente, me unto los dedos y empiezo a introducir uno en su 
agujero. No tardo en introducir otro. Le meto dos dedos y lo observo. 
Tiene los ojos cerrados y el labio inferior entre los dientes. La 
cicatriz de su mejilla es un tajo blanco junto a la piel enrojecida que 
la rodea. 
—Molto bell'uomo —susurro. Un hombre muy guapo. 
 
Guapo y duro. Alessio es brutal y frío, escabrosamente atractivo, 
como éstas islas escocesas. También hay soledad. Una suavidad 
que mantiene enterrada. Pero en momentos como éste no puede 
ocultarla. 
De rodillas, abro el paquete de aluminio y me pongo el condón en 
la polla. Luego me rocío la mano con lubricante y me unto. 
—¿Estás listo? 
—Deprisa —dice. 
Levanto sus rodillas, lo que inclina su culo lo suficiente para que 
yo pueda alinearme. Luego presiono, frotando y dando vueltas, 
hasta que la corona rebasa el apretado anillo muscular. Respira 
hondo, pero no dice nada. 
—¿Va bene? —le pregunto. 
—Por favor, muévete. 
Una ligera capa de sudor brota de mi piel. El agarre de mi polla 
es increíble. No quiero sacarla. Lentamente, me abro camino en su 
interior, dándole tiempo para adaptarse. También acaricio su 
erección para equilibrar cualquier incomodidad. 
Cuando me acomodo del todo, tengo que parar y respirar 
tranquilamente unas cuantas veces. Madre di dio, es demasiado 
bueno. Alessio se mueve para poner sus piernas sobre mis 
hombros. Siseo mientras mi polla se desliza aún más adentro. Es 
como si me estuvieran estrujando hasta la muerte de la mejor 
manera posible. No podré aguantar más. 
Agarrando sus rodillas, empiezo a empujar. Me retiro hasta que 
apenas está adentro, y luego entro hasta el fondo. La fricción y el 
calor, incluso a través del preservativo, son increíblemente 
agradables. Intento mantener un ritmo regular, pero pronto lo 
embisto con desenfreno. Alessio inclina la cabeza hacia atrás y los 
tendones de su garganta resaltan mientras le penetro el culo. 
Me encanta observar sus reacciones, intento calibrar lo que más 
le gusta. Cuando rozo su próstata, jadea. 
—Ahí, justo ahí. 
 
No cambio nada. Sigo follándolo en ese punto. Necesita correrse 
primero. Quiero mirar su cara mientras se corre. 
Empiezo a incitarlo con mis palabras: 
—¿Te gusta? ¿Te gusta tener mi polla en tu culo? —Gime en 
respuesta, así que sigo—. Estás tan apretado, tan caliente. Estás 
exprimiendo la vida de mi polla. Se siente tan jodidamente bien. 
Ahora jadea, con los ojos apretados. 
—Ti prego —casi gime. 
—Eso es. Ruégame. Ruega por mi polla. —Mis músculos tiemblan 
por el esfuerzo, pero no me detengo. Golpeo su próstata, la cama se 
balancea con cada potente embestida—. Córrete para mí, 
assassino. Agarra tu polla y mastúrbate. 
Como si hubiera estado esperando mi permiso, al instante aprieta 
el puño alrededor y empieza a bombear, su mano se difumina. Su 
cuerpo se aferra al mío, cada músculo se pone rígido y el semen se 
dispara sobre su vientre. La presión es excesiva y, de repente, yo 
también me corro. El mundo desaparece durante unos segundos 
mientras lleno el preservativo con un chorro tras otro de líquido 
caliente. 
—Oh, maldición —jadeo, con los músculos apretados. 
Cuando el mundo deja de girar, lo saco con cuidado, sujetando 
el preservativo. Me limpio con los pañuelos que tengo junto a la 
cama. Alessio tiene un brazo sobre los ojos. No se mueve ni habla. 
Los dos estamos sudados y agotados, y su vientre plano está 
cubierto de semen. Me gusta verlo así. 
Me agacho y uso la lengua para recoger un poco de su semen. 
—Mmm. —Luego lamo más, el sabor es una mezcla de sudor y 
sal. 
Su brazo cae sobre el colchón y sus ojos de bronce me miran. 
—Eres bellísimo —susurra con fuerza—. Sobre todo cuando te 
corres. 
 
Una parte de mi corazón, muerta hace tiempo, vuelve a la vida, 
como si hubiera estado congelado y ahora se estuviera derritiendo. 
Agacho la cabeza, ocultándole mi reacción. 
¿Cumplidos y besos tiernos? ¿Qué estamos haciendo? Se supone 
que van a ser cuatro semanas de follar. No de sentimientos y 
halagos. 
Me muevo hasta poder estirarme a su lado. En unos minutos me 
levantaría y nos prepararía un café. Más que nada, necesito volver 
a orientarme. Recordar quién es y qué hacemos aquí. 
—¿Me darás ahora el nombre de quien te contrató para matarme? 
—le pregunto.—¿Crees que lo diré solo porque me sacaste un gran orgasmo? 
Ma dai, Giulio. 
Girándome, le digo la pura verdad. 
—Te sacaré ese nombre, aunque muera en el intento. 
Luego me bajo del colchón y voy a limpiarme. 
 
 
La semana siguiente es un torbellino de sexo. 
El sexo es increíble. Tenemos una chispa, una conexión muy 
profunda, y cada vez que terminamos, estoy agotado y destrozado. 
Pensé que no podría mejorar. Sin embargo, siempre lo hace. 
Parece el destino. El ejército, mi entrenamiento. El tiro fallido 
sobre Ravazzani. El chantaje de D'Agostino en este trabajo. Toda mi 
vida ha sido una serie de pasos que me trajeron a esta granja. Con 
él. 
 
Sé que no terminará bien. No puede. Pero disfrutaré del tiempo 
que pasemos juntos. 
En este momento estoy sentado en la isla de la cocina mientras 
Giulio prepara la cena. Él es el que más habla, pero no me importa. 
Yo tiendo a ser más tranquilo, mientras que Giulio es ruidoso y 
brillante, como los clubes nocturnos que frecuenta. 
Comprendo por qué siempre está rodeado de amigos y familiares. 
Es fácil llevarse bien con él, es simpático y divertido. Despreciativo 
y humilde. Me cuenta historias sobre su infancia en Siderno, en la 
'Ndrina' de su padre. Pero habla poco de Fausto y Frankie. Habla 
sobre todo de su Zia, que, según puedo deducir, lo ha criado en 
ausencia de su madre. 
Tenemos eso en común. Mi nonna se parecía mucho a su tía 
abuela. Una mujer italiana de la vieja escuela, devota de la iglesia 
y que no toleraba tonterías. 
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella? —le pregunto 
cuando termina de contarme otra historia sobre su Zia. 
—Hace unas tres semanas. 
—Si alguien está intentando encontrarte y matarte, hacer 
llamadas telefónicas no es muy inteligente. 
Vacía el vino de su copa y pone los ojos en blanco. 
—Tengo teléfonos desechables, assassino. No soy un completo 
novato. 
—Los teléfonos pueden ser intervenidos en el otro extremo, 
principe. 
—Lo que no les ayudaría a encontrarme a menos que les diera mi 
ubicación. Cosa que no hice. Dio santo, hombre. 
—¿A quién más llamaste? ¿A Frankie? —Sé por seguirle la pista 
que él y su madrastra hablan con regularidad. 
—No. Llamé a un amigo de Bélgica. —Alcanza la botella de vino y 
rellena su copa. 
 
—¿Por qué no? Sé lo unidos que están. 
—No quiero contarle lo que pasa. No puede tener secretos con mi 
padre. Aunque lo intente, él se lo sacará de alguna manera. —Deja 
la botella y vuelve al pollo—. Y no es justo que se lo pida. Fausto y 
los niños son sus prioridades, no yo. 
—¿Y tu padre? ¿Cuándo fue la última vez que hablaron? 
—En Málaga. 
Eso fue hace mucho tiempo. ¿No están unidos? 
—No hablas mucho con él, no tan a menudo como con su esposa. 
—Probablemente no te cueste imaginarlo, pero mi padre puede 
ser un poco controlador. 
—Un rasgo Ravazzani, estoy aprendiendo —digo. 
Se encoge de hombros, como si no fuera la primera vez que lo 
oye. 
—No quiero que se preocupe por mí. Ya soy mayorcito. 
Lo dejo pasar. No supe lo que es tener un padre. 
—¿Tu madre murió cuando eras joven? 
—Sí, la última vez que Fausto estuvo en guerra. Yo era solo un 
bebé. No la recuerdo en absoluto. 
—¿Cómo se enteró todo el mundo que eras gay? 
Me lanza una mirada. 
—Esta noche estás lleno de preguntas. 
No puedo evitarlo. Lo había seguido durante tanto tiempo, pero 
eso no me muestra el interior de su mente, ni me ayuda a entender 
su historia. Esas cosas me las tiene que contar él mismo, y de 
repente estoy ávido de saberlo todo. Y hay cierta distancia entre 
nosotros estos últimos días, como si me ocultara partes de sí 
mismo. Esto no me gusta. 
 
—¿Te molesta hablar de eso? 
—No, claro que no. —Deja el cuchillo. Los músculos de sus 
brazos se estiran mientras apoya las palmas en la isla. Mantiene la 
vista fija en la pared, no en mí—. Mi padre me captó con una cámara 
de vigilancia. Se la estaba chupando a Paolo a la salida de un club. 
—¡Porca dio! ¿En cámara? Debió de ponerse furioso. 
—Furioso no es la palabra. Estaba... dolido. Decepcionado. 
Lívido. Preocupado. Y sinceramente pensé... 
Cierra la boca de golpe, así que le pregunto: 
—¿Qué? 
Una respiración agitada y dolorida sale de sus pulmones. 
—Honestamente pensé que iba a hacer que me mataran. 
—Debió de ser aterrador. 
—Lo fue, pero luego decidió que yo solo era gay por Paolo. Que si 
se deshacía de Paolo, me volvería hetero. 
Una carcajada escapa de mi garganta antes que pueda detenerla. 
—Scusa —digo, reponiéndome—. Pero qué estupidez. 
—Es su generación, supongo. —Recoge el cuchillo y continúa 
trabajando en nuestra cena—. Frankie intentó disuadirlo, pero 
mandó a Paolo lejos. No me dijo adónde. 
—¿Entonces qué? 
—Me dijo que sentaría la cabeza con una buena mujer italiana y 
haría bebés Ravazzani. 
Ahora empiezo a entender por qué Giulio se había distanciado de 
Fausto. Había pasado mucho tiempo a la sombra de su padre, bajo 
su pulgar. No es de extrañar que anhelara la independencia. 
—Pero todo cambió cuando le dispararon. 
 
Levanto la cabeza ante las palabras de Giulio. Es un tema de su 
pasado del que no quiero hablar. Al menos, todavía no. No me 
arrepiento de nada... matar a Fausto Ravazzani había sido otro 
trabajo para mí. No era algo personal. Ninguno lo era. Pero sé que 
Giulio no perdonará el papel que yo había desempeñado en la 
guerra D'Agostino/Ravazzani. 
—Fausto casi muere —continúa Giulio—. Uno de los hombres de 
D'Agostino intentó eliminarlo desde un tejado en Siderno, y la 
experiencia cambió a mi padre. Cuando se recuperó me dejó elegir 
si quería quedarme o ir a estar con Paolo. 
Aquello es asombroso. Me había preguntado cómo había 
sucedido todo esto, porque los homosexuales no viven mucho 
tiempo en la mafia italiana. El hecho que a Giulio le hubieran dado 
permiso para irse era inaudito. 
—¿Pensaste en quedarte? 
—Ni por un minuto. Amaba a Paolo. Quería estar con él más que 
a nada. —Se vuelve hacia la cocina y enciende la hornilla de gas—. 
Además, vislumbré mi futuro como Don cuando él estaba en el 
hospital. Fue horrible. 
Ansioso por cambiar de tema, pregunto: 
—¿Por qué? 
—No estaba preparado para la gran cantidad de negocios en los 
que está involucrado. ¿Una granja de caballos en Kentucky? ¿Un 
fondo de cobertura en Vancouver? —Sacude la cabeza—. Estaba 
abrumado. Y todo el mundo entró en pánico por su estado. Tuve 
que asegurar a toda esa gente que estaba bien, cuando en realidad 
no lo estaba. 
—¿Trataron sus enemigos de sacar ventaja? 
—Sí, cada vez que me daba la vuelta. Era como ser CEO y general 
al mismo tiempo. Creo que dormía tres o cuatro horas por noche. 
Era una pesadilla. 
—Pero debiste de hacer un buen trabajo, porque nada sufrió por 
eso. 
 
—Supongo que sí. Aun así, me sentí aliviado cuando volvió. 
No me había planteado cómo habría afectado la lesión de Fausto 
al papel de Giulio como heredero. Me sorprende oír que no había 
estado mejor preparado para intervenir. 
Giulio lleva el plato de pollo crudo a la cocina. 
—Todo ha salido bien. Tiene a Raffaele, que es tan parecido a él 
que da miedo. Rafe será un gran Don algún día. 
Frunzo el ceño mirando la espalda de Giulio. ¿Pensaría Ravazzani 
que un hijo era tan bueno como otro? Lo dudo. 
—Rafe es mejor —continúa Giulio, como si intentara 
convencerme. O a sí mismo—. Es exactamente lo que Fausto 
necesita. Un hijo que se case y tenga hijos Ravazzani y continúe la 
tradición familiar. 
De nuevo, no estoy seguro que su padre esté de acuerdo con esto. 
Giulio parece convencido que su sexualidad lo hace menos capaz 
como líder. Pero lo que importa en la 'Ndrangheta es el dinero. 
Mientras un Don siga ingresando millones, nadie se atreverá a 
traicionarlo, aunque sea gay. Y los niños pueden ser adoptados. 
—Tu padre podría sufrir un derrame cerebral o un infarto 
mañana mismo —le recuerdo—. ¿Qué pasaría entonces? Rafe es 
demasiado joven. 
—Hay otros que podrían hacerse cargo hasta que Rafe alcanzara 
la mayoría de edad.Pero ninguno tan cualificado como Giulio, el primogénito. No sé 
por qué me molesta esto, pero no me gusta ver cómo rebaja su valía 
porque se acuesta con hombres. No es asunto de nadie, y 
ciertamente no cambia sus habilidades para liderar. Ha hecho 
millones por su cuenta en los últimos cuatro años. ¿No prueba eso 
que es capaz? ¿A quién le importa si aquellos viejos aprueban o no 
su estilo de vida? 
Pero, ¿qué se yo de responsabilidades familiares y legados? No 
tengo derecho a juzgar a Giulio por sus decisiones. 
 
Me quedo mirando su espalda desnuda, los diseños de tinta. 
Palabras y símbolos dibujados sobre músculos lisos. Se me hace la 
boca agua con solo mirarlo. 
—Apuesto a que las mujeres se te tiraban encima todo el tiempo. 
Se ríe y se gira para mirarme de perfil. 
—Eran salvaje. Una vez una mujer me siguió hasta un baño de 
hombres y prácticamente me abordó en un urinario. Eso enfureció 
a Paolo. 
—¿Le preocupaba que aceptaras la oferta de una de ellas? 
—No, claro que no. Pero tenía que coquetear con las mujeres. 
Tenía que parecer creíble, que me atraían de verdad, para que nadie 
sospechara mi secreto. Lo odiaba. 
Me lo puedo imaginar. A mí tampoco me gusta la idea que Giulio 
se fije en otra persona. Me remuevo en mi taburete, incómodo que 
yo también pueda estar celoso. 
Tres semanas más. Nada más. 
Aunque es difícil recordar que somos temporales cuando follamos 
todo el tiempo. O cuando me envuelve en mitad de la noche, 
abrazándome como si le preocupara que pudiera desaparecer. Las 
líneas que nos separan se están difuminando, al menos para mí. 
Quiero estar cerca de él en todo momento. Mi piel zumba por la 
necesidad de tocarlo constantemente. Incluso ahora cuento los 
minutos que faltan para la cena, cuando podré desnudarlo de 
nuevo. 
Y quiero hablar con él. Escuchar sus pensamientos y sus 
opiniones. Su risa. Podría escucharlo contar historias durante 
horas. 
Básicamente, estoy jodido. 
 
 
 
Nos establecimos en una rutina. Despertarse y follar. Una 
carrera, seguida del desayuno y una ducha. 
Luego Alessio corta leña mientras yo alimento a las ovejas. 
Después, leemos o hablamos hasta el almuerzo y el riposo, durante 
el cual nos masturbamos mutuamente o intercambiamos 
mamadas. Normalmente, los dos nos quedamos dormidos cuando 
nos corremos. 
Por la tarde, yo preparo la cena mientras Alessio desaparece con 
su rifle. Practica tiro en algún lugar de la isla, aunque nunca le 
pregunto dónde. Lo suficientemente lejos como para no oír los 
disparos. La mayoría de las veces vuelve con provisiones de la 
Señora Campbell. Le gusta pasar tiempo con esa anciana. 
Bebemos vino y comemos, luego nos vamos a la cama. En la 
oscuridad, pasamos horas explorándonos, descubriendo lo que nos 
vuelve locos. Cada noche pienso que no podría mejorar. Pero 
siempre lo hace. 
Lástima que nuestro tiempo esté a más de la mitad del camino. 
Quedan doce días hasta que me dé el banderazo de salida de la isla. 
Entonces vendrá por mí. 
Tengo mis dudas sobre si será capaz de matarme. ¿El hombre 
que me susurra cariños al oído? ¿Quién se aferra a mí cada noche 
mientras nos dormimos? Le gusta tocarme todo el tiempo, incluso 
con simples roces de su mano por mi espalda. 
Yo estoy igual de ansioso por él. Inquieto cuando no está a mi 
lado. Alessio tiene una presencia tranquila y constante que me 
relaja. No necesito hablar mucho, ni entretenerlo. Parece 
 
perfectamente satisfecho de sentarse en silencio mientras estamos 
juntos. 
Pero esto no es real. Estamos en el ojo del huracán, esperando a 
ser arrastrados de nuevo. Pronto necesitaré dinero y otro pasaporte 
falso. Una ciudad lejana. ¿En algún lugar de América Central, tal 
vez? ¿Hay algún lugar donde Alessio no pueda encontrarme? 
No ha habido ninguna palabra de su asistente sobre los 
terroristas del auto bomba. No es que esperara que Sasha 
descubriera la respuesta tan rápido... tengo demasiada mala suerte 
para eso... pero tengo que encontrarlos antes que ellos me 
encuentren a mí. 
Por eso esta noche estoy revisando mis notas sobre el atentado. 
Las había estado estudiando esta tarde mientras Alessio estaba 
fuera. Sin embargo, nada ha cambiado. Sigo sin saber quiénes eran 
los hombres en el estacionamiento. 
Estoy en la cocina, preparando la pasta, cuando vuelve Alessio. 
Escucho cómo se abre y cierra la puerta y cómo vuelve a encajar 
los cerrojos. Sus botas tocan el suelo y sus pesados pasos se hacen 
más fuertes mientras se dirige hacia mí. 
Al instante, sus ojos grises encuentran los míos y levanta la boca. 
Siempre es igual, como si se sintiera aliviado de volver a verme. 
Acorta la distancia que nos separa y me sostiene el rostro. 
—Il bel principe —susurra antes de besarme. El suave movimiento 
de sus labios me produce escalofríos. 
Me encanta cómo me besa. Con reverencia, con tanta ternura. Me 
adora con la boca. Es más grande que yo, pero me hace sentir a 
cincuenta metros de altura con sus atenciones. Como si yo pudiera 
hacer cualquier cosa. 
Cuando se retira, estoy aferrado a su chaqueta, mi polla 
repentinamente interesada. 
—Maldición, Alessio. —Bajo la mano y me ajusto los jeans—. 
¿Tuviste una agradable visita con la Señora Campbell? 
—Había un partido de la Juventus —dice, refiriéndose a un club 
de fútbol italiano—. Ganaron. 
 
—Eso explica por qué sabes a cerveza. 
Se sienta en un taburete de la isla y agarra un trozo de jamón de 
un plato. 
—No sé qué tienes en contra de la cerveza. 
—¿Que no es vino? 
—No todo el mundo se ha criado en un viñedo, principe. —Inclina 
la barbilla hacia mis notas—. ¿Qué es esto? 
—Mis notas sobre el atentado. Siéntete libre de echar un vistazo. 
Después de limpiarse las manos en una toalla, acerca los papeles. 
Empieza por el informe policial. Enrollo la pasta en una fina capa 
mientras lo miro leer. Está muy quieto, absorto en su tarea. De vez 
en cuando, pasa una página. En un momento dado le pongo 
adelante una copa de vino, pero no la toca. 
Luego pasa a las fotografías que recibí de mi contacto policial en 
Bruges. Alessio las estudia largo rato, acercándolas para ver los 
detalles. 
—Has comprobado las matrículas de estos otros autos, ¿no? 
—Sí, por supuesto. 
—¿Y las grabaciones de las cámaras de seguridad que rodean el 
club? 
—Nada. 
—¿Ventas recientes de grandes cantidades de TNT? 
—Ninguna. 
—Hmm. —Empieza a leer las notas que tomé, pequeñas cosas 
que había aprendido o investigado—. ¿Qué significa esto, 
“Localización ED”? 
—Enzo D'Agostino. Esto fue antes que supiéramos dónde estaba. 
Alessio se queda quieto. 
 
—¿Qué quiere decir? 
—Durante cuatro años se escondió en un barco en medio del 
océano. Mi padre lo había estado buscando, pero nadie sospechaba 
que estuviera en el agua. 
—¿Pero sabes dónde está ahora? 
Frunzo el ceño mirando a Alessio, sin saber por qué está tan 
preocupado por D'Agostino. 
—Certo. Está saliendo con la hermana de Frankie. Viven juntos 
en Nápoles. 
Alessio apenas reacciona, pero ya lo conozco lo suficiente como 
para ver la sorpresa en sus facciones. 
—¿Enzo D'Agostino está saliendo con la hermana de tu 
madrastra? 
—Una locura, ¿no? Pero la última vez que hablé con Frankie, sí. 
Al parecer Gia y Enzo están locamente enamorados. 
—¿Cuándo ocurrió? 
—Mientras estaba en Santorini. La historia es salvaje. Involucra 
una jaula y... 
—Scusa. —Alessio se levanta y saca su teléfono del bolsillo—. 
Tengo que hacer una llamada. 
Se dirige hacia la puerta trasera. Justo antes que llegue, oímos 
chocar varias botellas. Alessio grita: 
—Al suelo. 
La preocupación en su voz me hace arrodillarme de inmediato. Él 
hace lo mismo, con los ojos cerrados mientras escucha. 
Al cabo de unos segundos, susurro: 
—¿Qué...? 
Levanta la mano para hacerme callar. Otra vez el leve tintineo de 
un cristal contra otro. 
 
—¡Minchia! —sisea para sí. A mí me dice—: Son las trampas que 
puse alrededor del perímetro. Hay alguien en el bosque. 
¿Trampas? Ni siquiera lo sabía.Pero, ¿quién podría estar ahí afuera? No tiene sentido. 
Sé que no debo discutir. Por su servicio militar, Alessio tiene más 
experiencia en esto que yo. Si él cree que hay alguien en la 
propiedad, yo confío en él. 
De repente, Alessio está frente a mí, con expresión solemne. 
—Escucha con mucha atención. Tan rápido como puedas, recoge 
todas las armas y balas que encuentres. Ponte las botas. No 
podemos sentarnos aquí a esperarlos. Tenemos que salir y atacarlos 
primero. 
—De acuerdo. 
Me mantengo agachado y voy a la puerta por mis botas. Después 
de atármelas, empiezo a recoger todas las armas viejas y las balas 
que hay en la casa. Puedo oír a Alessio montando su rifle, lo que 
hace en segundos. Luego me ayuda a cargar las armas. 
—Vienen por la misma cresta donde te esperé —dice en voz baja—
. Quiero que salgas al recinto de las ovejas y te quedes allí. 
—¿Qué vas a hacer? 
—Cazarlos. 
—¿En la oscuridad? 
Inclina la barbilla hacia el rifle que tiene en el suelo. 
—Visor nocturno. Andiamo. Por la puerta principal, principe. 
Puedo ver por qué había sido tan buen soldado. Está calmado y 
frío, en completo control. Si no estuviera tan distraído por el peligro 
inminente, podría haber estado impresionado. 
Recojo las armas y más balas. 
—Estoy listo. 
 
Alessio va primero. Yo lo sigo y nos mantenemos cerca del borde 
de la casa mientras la rodeamos. Se mueve metódicamente, sin 
hacer ruido. En algún momento se ha quitado la chaqueta. Ahora 
lleva unos jeans oscuros, una camisa negra y botas. 
—Mantente agachado —me dice Alessio—. Ve rápido. Te vigilaré 
hasta que estés a salvo. 
Levanta el rifle y divisa el horizonte con la mira. No dudo. Me 
apresuro hacia el corral de las ovejas, deslizándome bajo los postes 
de la valla. Las ovejas están dentro de su recinto, descansando. 
Entro y me coloco en posición. La pequeña ventana me permite ver 
la colina donde Alessio dijo que había colocado las trampas. Tengo 
mi arma en la palma de la mano, lista para disparar. 
Puede haber un animal ahí afuera, por supuesto. La isla tiene 
una gran población de conejos, águilas y ratones. Si un conejo ha 
disparado una de las trampas de Alessio, nos reiremos de eso más 
tarde. 
Miro pero no puedo ver nada en la oscuridad. Ya ni siquiera veo 
a Alessio. No tengo ni idea adónde fue. La noche está 
completamente inmóvil. Ningún movimiento, ningún sonido. Las 
ovejas balan, probablemente preguntándose qué demonios hago yo 
ahí. 
Empiezo a preguntarme lo mismo. 
Finalmente, una de las ovejas se acerca para frotarse contra mi 
pierna, suplicando atención. Le rasco distraídamente detrás de las 
orejas mientras sigo concentrándome en la oscuridad. 
Se oye un estallido a lo lejos. Un disparo en algún lugar entre los 
árboles. ¿Será Alessio? Cazzo, odio no poder verlo. ¿Le han 
disparado? 
Si muere en esta isla... 
Mi corazón empieza a latir con más fuerza. Había visto morir a 
Paolo. No quiero ver a otro hombre en mi vida, otro amante, 
asesinado. Incluso si Alessio y yo somos solo temporales. 
Entonces, ¿qué estoy haciendo al respecto? ¿Esconderme con las 
ovejas? 
 
No, claro que no. 
Con cuidado, me alejo de los animales, intentando no asustar a 
ninguno. Me aprieto al cobertizo de madera mientras lo rodeo. 
El viento había arreciado desde el anochecer, pero apenas siento 
el frío. Escucho atentamente. Otro estallido, entre los árboles a mi 
izquierda. Decido ir a la derecha y volver sobre mis pasos. 
Arma en mano, me apresuro hacia el borde de la granja. No hay 
mucha claridad aquí, así que me muevo rápidamente y me 
mantengo agachado. Sin luna, espero que la oscuridad me oculte lo 
suficiente como para alcanzar los árboles. 
Entonces oigo una ráfaga de disparos, como los de un fusil de 
asalto. Luego suenan otros tres estallidos. Mierda, mierda, mierda. 
Empiezo a correr, sin importarme si estoy lo bastante bajo o no. 
Tengo que salir y ayudar a Alessio. 
 
 
Hay seis hombres convergiendo en la granja. Están bien 
armados, pero no son militares. Lo sé porque son cuidadosos, pero 
no silenciosos. Siempre se puede saber cuándo un enemigo fue 
entrenado en tácticas de sigilo o no. Estos hombres, puedo oír su 
equipo, su ropa. El sonido de sus pies en la maleza. No saben cómo 
moverse sin ser detectados. 
¿Pero yo? Nadie oirá ni verá un rastro. 
En este momento estoy escondido detrás de un tronco caído, 
parcialmente cubierto por la zarza. Con mi mirada fijamente sobre 
las seis formas mientras esperan. Después de volcar las botellas, se 
habían detenido, con la clara esperanza que nadie fuera a 
investigar. 
 
Gracias a Dios que Giulio está a salvo con las ovejas. No podría 
concentrarme si me preocupo por él. Si uno de los hombres se me 
escapa, podrá acabar con él con su arma. 
Me froto el cornicello alrededor del cuello para tener suerte. 
Cuando pasa el tiempo suficiente, los hombres empiezan a 
dispersarse. Llevan rifles de asalto, de los que se pueden comprar 
en la mayoría de las esquinas de Estados Unidos. Un arma pensada 
para la conmoción y el pavor. No de precisión, como la mía. 
Todo lo que tengo que hacer es elegir mi momento. 
Un hombre se desvía de la manada, se dirige hacia mí. Espero 
hasta que estoy lo suficientemente lejos de los demás antes de 
apretar el gatillo. Un disparo limpio y silencioso en la cabeza antes 
que caiga al suelo. 
Los demás se están dando cuenta que algo va mal. Aun así, 
espero. Cuantos más pueda eliminar sin que descubran mi 
ubicación, mejor. 
Tres hombres se van hacia la izquierda, mientras que dos vienen 
en mi dirección. Lo más probable es que vayan a buscar a su 
compañero desaparecido. Ajusto la mira. Me relajo. Mantengo mi 
ritmo cardíaco constante. 
Apunto al mayor de los dos hombres. Cuando tengo el ángulo 
correcto, disparo a uno y luego rápidamente al otro. Ambos caen, 
pero ahora un hombre del otro grupo empieza a disparar en mi 
dirección. Aprieto el gatillo, pero mi distancia es corta. Le doy en el 
hombro. 
Hago algunos ajustes y vuelvo a cargar. Los dos hombres ilesos 
se separan y uno viene hacia mí. En mi visión periférica veo que el 
otro se dirige hacia el recinto de las ovejas. El miedo se apodera de 
mi garganta. No quiero que se acerque a Giulio. 
No hay tiempo para debatirlo. Tengo que elegir dónde apuntar. 
Muevo el cuerpo y utilizo los múltiples puntos de mi mira para 
calcular su tamaño y la distancia. Lo hago automáticamente, sin 
pensar en eso. Alineo, disparo. El hombre cae a unos siete metros 
del corral. 
 
—Te tengo idiota —oigo en siciliano. 
Miro en dirección al tirador, pero ya está sobre mí. A tres metros 
de distancia, su cañón apunta a mi cabeza. Me apresuro a ponerme 
en posición. Sé que es demasiado tarde, pero tengo que intentarlo. 
Ocurre en un abrir y cerrar de ojos. 
Una fuerte explosión. El siciliano se precipita hacia delante y se 
le cae el rifle de las manos. Una bruma roja estalla en su pecho y 
cae de bruces. 
¡Dio santo! 
Giulio sale, con las manos aun sujetando el arma. Me ve y sus 
hombros se relajan. 
—Gracias a Dios. 
Una forma se mueve entre la maleza. Veinte metros, a las once 
en punto. 
—Agáchate —le ordeno a Giulio mientras busco al imbécil en mi 
visor. 
Una lluvia de munición cae sobre la zona donde Giulio está 
parado. 
No calculo ni planifico mi disparo. Simplemente aprieto el gatillo, 
confiando en mis instintos y en mi entrenamiento. 
La bala atraviesa la frente del hombre. 
Me levanto de un salto y corro hacia el lugar donde vi caer a 
Giulio. Su cuerpo está tendido en el suelo, boca abajo, y juro que 
se me cae el estómago hasta los pies. No veo sangre. Me tiemblan 
las manos y me arrodillo. Le doy la vuelta. 
Parpadea y me mira. 
—¿Están muertos? 
El alivio me invade y me desplomo, apoyando las palmas de las 
manos en el suelo. Cazzo madre di dio. Está vivo. Intento tomar 
aire. 
 
—Deberíamos comprobarlo, pero creo que están todos muertos. 
—¿Estás herido? 
—No —gruño. 
No sé qué me pasa. Había servido enmuchas misiones. Había 
visto la muerte una y otra vez, había estado en innumerables 
situaciones peligrosas. Nunca había tenido un ataque de pánico ni 
un trastorno de estrés postraumático. Nunca perdí la cabeza en 
medio de una batalla. 
Pero ahora mismo, ante lo diferente que podría haber resultado 
esta noche, mis pulmones no funcionan bien. 
Estoy jodidamente contento que esté vivo. 
—Hola. —Giulio está allí, sus manos en mi rostro—. Estamos 
bien. Yo estoy bien. Respira, Alessio. 
Unos suaves ojos azules encuentran los míos y me dejo caer en 
ellos. No soy un hombre débil ni mucho menos, pero ahora mismo 
me siento expuesto e inseguro. 
—Eso es, cariño —dice en voz baja—. Respira. 
Luego me besa los labios. Un simple roce de nuestras bocas, pero 
puedo sentir ese contacto calarme hasta los huesos. Tranquilidad. 
Consuelo. Alivio. 
Exhalo. 
Mis labios buscan los suyos durante un breve instante. Quiero 
que lo sepa. Él necesita sentir cuánto me importa. Así que se lo 
demuestro sin palabras, besándolo, tirando de sus labios con los 
míos. Es cálido y real, sólido bajo las puntas de los dedos. 
Finalmente, me echo hacia atrás. 
—Tengo que ir a ver los cuerpos y asegurarme que están muertos. 
—Iré contigo. 
Niego con la cabeza. Solo me distraerá. 
 
—Ve a buscar dos palas. Tenemos que enterrarlos. 
Me pongo de pie, le tiendo una mano y tiro de él. Se guarda el 
arma en la cintura. 
—¿Palas? ¿Cadáveres? Ahora solo intentas que sienta nostalgia. 
Me rio. 
Increíble. Tendremos una granja llena de seis cadáveres, además 
de una noche de trabajo agotador por delante para deshacernos de 
ellos. Y Giulio aún puede hacerme reír. 
—Andiamo, principe. No estaré tranquilo hasta que nos ocupemos 
de ellos. 
Nos separamos. Me cuelgo el rifle al hombro y me adentro entre 
los árboles. Reviso cada cuerpo, me aseguro que estén muertos, 
luego los arrastro a todos a una zona. El suelo es blando aquí. Será 
más fácil cavar. 
Giulio vuelve con una pala y una azada. 
—Fue lo mejor que pude hacer. 
—Eso funciona. 
Dejo mi rifle y agarro la pala. Empezamos a remover la tierra. 
—¿Por qué diablos dejaste el recinto de las ovejas? —pregunto 
mientras trabajo. 
—Menos mal que lo hice, si no estarías muerto. 
—No se trataba de eso. Se suponía que tenías que quedarte allí y 
mantenerte a salvo. 
—¿Estabas…? —Exhala un suspiro irritado—. Dai, Alessio. No 
necesito que me protejas. Sé disparar un arma. He matado antes. 
No digo nada. Sé todo esto, pero se trata de algo más que sus 
habilidades. Se trata de la forma en que afecta a las mías. 
 
—Y —continúa—: deberías alegrarte que no te hiciera caso. Sé 
que eres un grandote asesino malo, pero está bien necesitar ayuda 
de vez en cuando. 
—¿Grandote asesino malo? —Finjo pensarlo—. ¿Debería poner 
eso en mi tarjeta de visita? 
Una sonrisa impresionante se dibuja en su rostro. 
—Has hecho un chiste, assassino. Estoy muy orgulloso de ti. 
Agacho la cabeza, esperando que no se dé cuenta de lo 
complacido que estoy por este intercambio. Es raro para mí, hacer 
bromas. Esta cercanía con otra persona. 
Trabajamos juntos durante mucho tiempo. El agujero no necesita 
ser enorme. Solo necesitamos esconder estos seis cuerpos el tiempo 
suficiente para salir de la isla. 
El sudor corre por nuestros cuerpos mientras llevamos a los 
muertos a la tumba. Veo que uno de ellos tiene un tatuaje familiar, 
y recuerdo el dialecto que había oído. 
—Estos hombres son sicilianos —digo entre mi respiración 
agitada. 
—¿Cómo lo sabes? —Giulio jadea, con las manos en las rodillas 
mientras intenta recuperar el aliento. 
—Oí hablar a uno de ellos y me di cuenta por el acento. También 
por ese tatuaje. Es Medusa, parte de su bandera. 
Se endereza y se seca el sudor del rostro. 
—¿Por qué vendrían los sicilianos a matarnos? 
—A nosotros no. A ti. 
—¿Cómo sabes que no vienen por ti? Después de algún golpe que 
salió mal. 
—Mis golpes no salen mal —miento—. Y no trabajo con sicilianos. 
—¿Por qué no? 
 
Porque crecí en Sicilia. Mi padre y mi madre siguen allí en alguna 
parte. No quiero tener nada que ver con toda esa isla. 
—Simplemente no lo hago. 
—No les he hecho nada a los sicilianos. Y mi padre tiene una 
alianza con ellos. Es imposible que me persigan. 
—Principe. —Extiendo mi mano hacia los cadáveres—. Estaban 
tras de ti. La pregunta es, ¿por qué? 
Frunce el ceño, claramente pensativo. Lo dejo con sus 
pensamientos. Quizá por primera vez tendrá una nueva pista de lo 
que le había ocurrido a Paolo. 
Tomando la pala, empiezo a cubrir los cuerpos con tierra. 
Finalmente, él agarra la azada y empieza a ayudar. Entre los dos 
llenamos la tumba y nos dirigimos a la granja. 
—Entra y empieza a empacar —le digo—. Solo aquello sin lo que 
no puedas vivir, ¿capisce? 
—¿Por qué? 
—Porque debemos irnos, ahora mismo. No hay tiempo que 
perder. Saben que estás aquí y cuando este grupo no regrese... 
Más hombres nos seguirán. 
Asiente. 
—Bien. Esto apesta. 
Yo también lo odio. Deseo poder quedarnos en nuestra pequeña 
burbuja escocesa para siempre, pero tengo que ponerlo a salvo. 
Porque Giulio es mío. Y no voy a renunciar a él. 
Todo ha cambiado. Enzo D'Agostino sale ahora con Gianna 
Mancini, cuñada de Fausto. Ravazzani estará desconsolado y 
furioso si Giulio es asesinado, y toda la guerra comenzaría de 
nuevo. D'Agostino no será tan tonto como para arriesgarse, no si 
realmente le importa Gianna. 
 
Esto significa que el golpe a Giulio ya no es necesario. Una vez 
que hable con D'Agostino, seguro que estará de acuerdo. 
Me siento más ligero, como si me hubieran quitado un gran peso 
de encima. No tengo que matar a Giulio. Puedo estar con él, al 
menos durante más de unas semanas. Eso significa guardarle un 
gran secreto, pero no creo que nadie se entere. 
No puedo contarlo. Porque Giulio nunca se quedaría con el 
hombre que casi mata a su padre. 
Y si a D'Agostino se le ocurre abrir la boca, todo lo que tengo que 
hacer es amenazarlo con el golpe que había ordenado contra Giulio. 
A Gianna Mancini y Francesca Ravazzani no les gustaría nada esta 
información. Puede que D'Agostino no deje que Gianna tenga tanta 
influencia como Fausto con su esposa, pero apostaría lo que fuera 
a que la tregua entre Ravazzani y D'Agostino es precaria. No les 
gustaría arriesgarse. 
Una vez adentro, nos separamos para recoger nuestras cosas. 
Hace días que me había mudado de casa de la Señora Campbell, 
así que todas mis pertenencias están en la granja. No es que viaje 
con mucho. 
Encuentro mi mochila y meto lo esencial. Pasaportes falsos y 
dinero en efectivo. Balas. Una muda de ropa, incluida una gorra. 
Mi teléfono y una batería portátil. Cierro la cremallera y me la echo 
al hombro. Luego vuelvo a meter el rifle en la funda. 
Giulio entra cuando estoy terminando. 
—No tienes por qué venir conmigo, ¿sabes? 
—No te atrevas a sugerir que te deje ir solo. 
—Assassino... —Suspira—. Este es mi problema. 
Me abalanzo sobre él en un abrir y cerrar de ojos. Apoyo mi frente 
en su cuello. 
—Tus problemas son mis problemas. No te librarás de mí, 
principe. Lucharé por ti hasta el último aliento. 
Su cálida exhalación recorre mis labios. 
 
—Alessio —susurra—. No puedo ver morir a otro hombre que me 
importa. 
Él se preocupa por mí. 
Las palabras me llenan de tanta felicidad que no puedo evitar 
besarlo. Necesitamos escapar de esta isla, pero yo necesito tomarme 
un momento y estrecharlo entre mis brazos. Meto mi lengua en su 
boca y enseguida nos aferramos el uno al otro, con las manos en 
movimiento. Actuamos como amantes reunidos tras una larga 
separación. 
Se separa y me besa la mandíbula. 
—Cariño, tenemos que irnos. 
Asiento. 
—¿Tienes lo que necesitas? 
Me toma de la mano y me da otro breve beso. 
—Sí. Vamos. 
 
 
 
 
Avanzamos hacia el pueblo. Es casi medianoche y no hay luna. 
Alessio va a paso ligero en la oscuridad, con la funda del rifle 
colgada de un hombro. En el otro hombro lleva la mochila.Parece 
fácil, mientras yo lucho por seguirle el ritmo. 
No sé qué está pasando entre nosotros. Después del tiroteo en el 
bosque, pensé que le iba a dar un ataque de pánico. Mi único 
pensamiento fue consolarlo. Asegurarme que estaba bien. 
—No te vas a librar de mí, principe. 
Entonces, ¿él está en el Equipo Giulio? ¿Qué pasó con el golpe 
que se supone que iba a llevar a cabo? ¿El plazo de cuatro semanas 
que nos habíamos impuesto? Toda la situación se volvió del revés. 
No es que me esté quejando en este momento. Estoy agradecido 
por su ayuda esta noche. Si no, estaría muerto. Luchar contra seis 
asaltantes con rifles de asalto está más allá de mis habilidades. 
Pero no de las de Alessio. 
Había estado increíble en el bosque. Acabar con el hombre que 
se dirigía al recinto de las ovejas fue su único error. 
Entonces la verdad me golpea como un martillo. Alessio creyó que 
yo estaba en el recinto de las ovejas. 
—Lucharé por ti hasta mi último aliento. 
El calor me invade mientras miro su ancha espalda. Madre di dio, 
ese idiota. Había arriesgado su vida para protegerme. 
 
Los aleteos en mi pecho se multiplican. No sé qué decir. Por 
suerte, no había esperado con las ovejas. En lugar de eso, pude 
salvarlo a cambio. 
Pensándolo bien, habría tenido sentido que huyera mientras 
Alessio y los asesinos estaban ocupados en el bosque. Pero el 
pensamiento nunca se me ocurrió. 
Cazzo. No puedo tener sentimientos por Alessio. ¿Qué clase de 
tonto se enamora del hombre contratado para asesinarlo? 
Dejaré todo esto de lado para más tarde. La prioridad es ponerme 
a salvo. Entonces podré ordenar mi cabeza. 
Cuando llegamos al pueblo, se dirige a la taberna. ¿Iremos a 
parar para tomar algo? ¿Está abierto? 
Alessio entra. 
Sin más remedio, lo sigo. La Señora Campbell está detrás de la 
barra, con expresión seria al mirarnos. Sin perder un segundo, se 
encara con el único hombre que bebe y mira la televisión. 
—William, vete. 
—Pero... 
—No discutas conmigo, imbécil. —Le quita la cerveza de las 
manos y la tira al fregadero—. Vete a casa. Ya he cerrado. 
William empieza a sacar dinero del bolsillo, pero la Señora 
Campbell le hace un gesto para que se vaya. 
—Yo invito, porque he cortado tu diversión. Buenas noches. 
William sale arrastrando los pies y nos deja a solas con la Señora 
Campbell. Ella se centra en Alessio, su comportamiento es todo 
negocio. 
—¿Qué necesitas? 
Alessio deja la funda del rifle sobre la barra. 
—Unos hombres atacaron la granja. Necesitamos un bote, 
preferiblemente. 
 
Inteligente. Esconderse en el agua había funcionado para 
D'Agostino todos esos años. Podría funcionar para nosotros. 
Podríamos investigar a los sicilianos manteniéndonos alejados de 
tierra. 
Eso me recuerda a Theo. 
Toco el brazo de Alessio. 
—Conozco a alguien con un yate. 
—¿Tu padre? 
—No, un amigo. 
—Bien. Entonces los encontraremos. 
La Señora Campbell se acerca a un cartel de cerveza en la pared. 
Con un movimiento de muñeca, tira del borde y la madera se abre 
para revelar una caja fuerte. En un abrir y cerrar de ojos, gira el 
pomo hacia adelante y hacia atrás, a derecha e izquierda, y la caja 
fuerte se abre. Agarra un juego de llaves y cierra la puerta metálica. 
Nos hace un gesto para que la sigamos. 
—Vengan conmigo. 
Cuando salimos, Alessio se inclina hacia mí. 
—¿Sabes dónde está tu amigo en este momento? ¿Incluso una 
suposición aproximada? 
—En la costa de Niza. 
La Señora Campbell se dirige hacia los muelles, pero sigue 
bordeando la curva que rodea la ensenada. 
—¿Cómo te encontraron? 
—Sospecho que estaban pinchando líneas telefónicas —Alessio 
contesta—. Alguien estaba haciendo llamadas desde aquí. 
—Alguien estaba usando teléfonos desechables —refunfuño. 
 
—Och, pero en el otro extremo —dice la Señora Campbell—. 
Todavía pueden estar escuchando. 
—Exacto —dice Alessio y procedo a ignorarlos a ambos. 
Me parece que caminamos eternamente. Hay veleros y barcos de 
pesca balanceándose en el agua oscura. Me pregunto cuál será el 
suyo. 
Se dirige hacia un largo muelle que está solo. Al final hay una 
lancha rápida de lujo. De las que se usan para traficar con drogas. 
Las conozco. Muchos de los colombianos con los que trabajé tenían 
lanchas así. 
Se detiene y le muestra las llaves a Alessio. 
—Está llena de combustible. Buena suerte. 
—Te lo devolveré —dice, tomando las llaves. 
—No me preocupa. Tú lo harás lo mejor que puedas. 
—Tenemos que llegar a Francia —digo—. Rápido. ¿Alguna idea 
de dónde podemos parar por combustible? 
—Si necesitas llegar a Francia —dice la Señora Campbell—. 
Necesitarán un avión. 
—¿Por casualidad no tienes uno? —pregunta Alessio secamente. 
—No, pero un viejo amigo mío de Skye sí lo tiene. —Saca el 
móvil—. A ver si contesta. 
 
 
Niza, Francia. 
Mientras Giulio se pone en contacto con su amigo, yo me dirijo al 
interior en busca de provisiones. Niza está abarrotada de turistas, 
 
el ardiente sol de la Riviera incita a la piel desnuda y a pasar buenos 
ratos. Agacho la cabeza y me dirijo a un mercado. Estamos 
agotados, hemos viajado en barco y en avión para llegar hasta aquí. 
El amigo de la Sra. Campbell había sido piloto de la Royal Air 
Force. Tenía una avioneta que guardaba en la isla de Skye para 
hacer excursiones. Por suerte, había estado dispuesto a aceptar un 
buen montón de euros a cambio de un viaje al sur de Francia. 
Sin embargo, antes de ir de compras, haré una llamada. 
Desbloqueo el teléfono, encuentro el contacto que necesito y toco 
la pantalla. 
—Pronto —me dice Vito D'Agostino al oído. 
—Necesito hablar con tu hermano. 
Suena una voz de fondo. Me tienen en altavoz. 
—Me tienes a mí, Alessandro. ¿En qué puedo ayudarte? 
—Tú y Gianna Mancini. ¿Es verdad? 
—Difícilmente veo cómo esto es asunto tuyo. 
—Porque te pusiste en contacto conmigo hace meses. Me dijiste 
que fuera a Málaga, ¿recuerdas? 
Hay una pausa. 
—No tuviste éxito, ¿verdad? 
No sabría decir si está esperanzado o preocupado por el 
resultado. 
—Deberías haberme puesto al corriente cuando cambió la 
situación. 
—¿Me llamas para reprenderme? Ma dai, Ricci. Espero que sepas 
hacerlo mejor. 
Aprieto los dientes. 
 
—No eres mi dueño, D'Agostino. Y tampoco quieres hacerme 
enfadar. Si no, le diré a Ravazzani... y a su esposa... quién quería 
muerto a Giulio. ¿Qué le hará eso a tu feliz vida hogareña? 
La línea se queda en silencio. 
La voz de D'Agostino es grave y profunda cuando por fin habla: 
—Si lo haces, coglione, tendré mucho que decir sobre quién se 
sentó en aquel tejado de Siderno hace cuatro años. No creo que te 
lo perdone. 
No puedo dejar que Giulio se entere. Nunca se quedaría. Incluso 
podría intentar matarme de nuevo. 
—Así que estamos de acuerdo —digo, mis dedos clavándose en 
los lados del teléfono—. Yo guardaré tu secreto y tú guardarás el 
mío. 
—No me gusta deber favores a los demás. 
—Qué maldita lástima. No tenemos otra opción. 
El silencio se alarga. Probablemente Vito y él han silenciado el 
teléfono para discutir la propuesta. Espero, esquivando a los 
turistas que van a desayunar. 
—Bien —dice—. Nos llevamos esto a la tumba. Y perdemos este 
número. 
Desconecta. 
Dio santo, debe amar muchísimo a Gianna Mancini. 
Mi rostro estalla en una enorme sonrisa. Libre. Por fin estoy libre 
de D'Agostino y Ravazzani para siempre. Nadie se enterará de mi 
participación en su disputa. 
Y podré tener a Giulio como socio... amante... novio. Lo que 
quiera. La etiqueta no me importa, mientras estemos juntos. 
Un dolor se instala detrás de mi esternón. Sospecho que es pura 
felicidad. 
 
En el mercado compro todo el queso, la carne y el pan que puedo, 
y luego regreso al muelle. Giulio está tomando un café y un cruasán 
cuando lo encuentro. Me señala el asiento vacío de enfrente. Sobre 
la mesa hay una bolsa con mi desayuno. 
—Grazie, principe. —Abro la bolsa y saco primero el croissant—. 
¿Qué ha dicho tu amigo? 
—Están dando la vuelta y acercándosea la costa. Cuarenta y 
cinco minutos más o menos. Enviará a alguien con un bote a 
recogernos. 
A la luz de la mañana no puedo dejar de mirarlo. Sin afeitar, con 
gafas de sol y el cabello revuelto, está hermoso. Encaja aquí, en esta 
hermosa ciudad con la gente más hermosa. Sin embargo, tiene 
buen aspecto vaya donde vaya. 
No puedo evitarlo. Le quito las gafas de sol de la cara y me inclino 
sobre la mesa. Oigo su respiración entrecortada justo antes de unir 
nuestras bocas para besarnos. Muevo mis labios sobre los suyos 
lentamente, necesitando un momento para asegurarme que está 
aquí. A salvo, conmigo. 
Y mío. 
Me aparto unos segundos y vuelvo acomodarme en mi asiento. 
Giulio tiene las mejillas sonrojadas. 
—No te consideraba un exhibicionista. 
—¿No puedo besarte en público? 
—Claro que puedes. No pensé que quisieras. Eres una persona 
bastante reservada. 
—¿Crees que soy tímido? 
—No. —Sorbe de su taza—. Privado no significa tímido. Privado 
significa que no sé una mierda de ti, aparte de a qué te dedicas para 
ganarte la vida, que te crio tu abuela y que tienes una ayudante que 
se llama Sasha. 
Mastico un bocado de croissant. 
 
—¿Qué te gustaría saber? 
Ladea la cabeza, pensativo. 
—¿Quién te contrató para matarme? 
No puedo evitarlo. Me rio. 
—Eres como un perro con un hueso. 
—¿Puedes culparme? Estamos hablando de mi vida. 
Tiene razón. Estoy siendo arrogante, solo porque sé que el asunto 
está resuelto. Me sereno y le digo: 
—No importa, porque ya no necesito llevarlo a cabo. 
Giulio se queda con la boca abierta. 
—Estás bromeando. 
—No. La persona que te quería muerto ha recapacitado. 
—Es una broma. Estás... —Resopla enfadado, con las fosas 
nasales dilatadas—. ¿Cómo es posible que lo supieras? 
—Acabo de llamarlo. Está cancelado. 
—Madre di dio. —Se frota el rostro con las dos manos—. Esto es 
increíble. ¿Así de fácil? 
—Bueno, ciertos acontecimientos sucedieron. Basado en esos 
eventos, el contrato se volvió imprudente. 
—Estás hablando con acertijos, pero no me importa. Me alegro 
que una persona menos está tratando de matarme. 
—Uno menos, falta uno. —Sorbo el espresso caliente. Nunca fui 
tan bueno en Francia como en Italia, pero no me quejo. 
Lo dejo sentado con esta noticia durante unos minutos. Sé que 
ha sido un shock. 
Finalmente, se inclina hacia mí. Su mirada es diferente. Posesiva. 
Agresiva, al borde de la ira. 
 
—¿Y me lo dices ahora, assassino? ¿Cuándo estamos en público? 
¿Cuándo no puedo sujetarte y follarte tan fuerte que te castañeteen 
los dientes? 
Mis entrañas se tensan y me lamo los labios repentinamente 
secos. Es seguro decir que me gusta esta nueva faceta de Giulio. 
—Tendrás que esperar, principe. 
—En cuanto te tenga a solas, voy a destrozarte. 
Cristo, no puedo esperar. 
Vuelve a ponerse las gafas de sol y se queda mirando al horizonte. 
No puedo apartar los ojos de él. Y ya no tengo que ocultar mis 
pensamientos y sentimientos. Ya no tengo que fingir que no estoy 
medio enamorado de este hombre. 
—Estás muy sexy ahora mismo —digo, mientras termino mi 
croissant. 
Me dedica una sonrisa torcida. 
—Estoy sexy en cualquier momento. 
Terminamos de desayunar. Por fin suena su teléfono desechable. 
Giulio lee el número y levanta el teléfono de la mesa. 
—Es Theo. 
Contesta y escucho la conversación. Parece que ya están cerca de 
la costa. 
Observo a la multitud en el puerto deportivo. No nos habían 
seguido, pero es una costumbre arraigada en mí desde mis años en 
el ejército. Busco constantemente el peligro, vigilante ante posibles 
amenazas. Y ahora tengo que proteger a Giulio. 
No dejaré que nadie le haga daño. 
Diez minutos más tarde estamos en una pequeña lancha rápida 
rumbo al mar. No hay muchos barcos en el agua a esta hora del 
día. Pronto aparece un superyate de cien metros. Es elegante y 
blanco, con cinco cubiertas y ventanas oscuras. 
 
—Mamma mia —susurro. El dueño es rico. 
Giulio no dice nada, su expresión no cambia. Sin duda está 
acostumbrado a ver riquezas así, teniendo en cuenta a su padre. 
Aunque tengo millones de euros en el banco, esto no es mi estilo de 
vida. Es más bien el estilo de vida de mis clientes. 
Reducimos la velocidad y atracamos en la parte trasera del yate, 
donde la tripulación ya está esperando para ayudarnos a subir a 
bordo. Al instante, me doy cuenta de los bultos bajo sus chaquetas. 
Extraño para la tripulación de un barco. Quizá el propietario es un 
multimillonario francés paranoico. 
Un miembro de la tripulación nos conduce al interior del barco. 
Un hombre salta de un largo sofá y se acerca corriendo y descalzo. 
Lleva pantalones anchos de seda morada y una camiseta sin 
mangas, con las muñecas cubiertas de pulseras. Los párpados 
están delineados con color negro. 
—¡Bello! Ahí estás. —Abraza a Giulio y le besa ambas mejillas. 
—Bonjour, Theo. Estás bronceado y descansado. 
—Eso es lo que hace el buen sexo en un yate —dice el hombre, 
volviéndose hacia mí. En francés, pregunta—: ¿Y quién es este 
hombre tan alto y guapo? 
Le tiendo la mano y le contesto en francés: 
—Bonjour. Soy Alessio. Gracias por dejar que nos escondamos 
aquí. 
Theo parpadea, con sus brillantes ojos verdes sorprendidos. 
—Tu francés es impecable. Sorprendente para un asesino 
italiano. 
Ah, así que Giulio le había hablado a Theo de mí. Un hombre se 
acerca por detrás de Theo. Tiene el cabello oscuro que empieza a 
salir en las sienes y unos ojos azules como el hielo. Los tatuajes se 
asoman bajo una camisa de lino que le queda perfecta. Me quedo 
helado. El reconocimiento me inunda como un baño de hielo. Ahora 
los guardias armados y el superyate tienen sentido. Madre di dio. 
¿Theo tiene idea...? 
 
Me acerco a Giulio. 
—Y éste es Nic. —Con una sonrisa de oreja a oreja, Theo tira del 
hombre más corpulento hacia adelante y une sus brazos. 
Aprieto los labios sin decir nada mientras Nic estrecha la mano 
de Giulio. 
—Bienvenido a mi pequeño yate —dice en francés, aunque oigo 
el verdadero acento por debajo. 
—Giulio es terrible con el francés, mon grand38 —dice Theo—. El 
inglés será mejor. 
Nic vuelve a hablar, esta vez en inglés. El acento es más marcado. 
—Bienvenidos, siéntanse como en casa. 
Cuando me estrecha la mano, le hago ver exactamente lo que 
pienso. Sé quién eres. Su fría mirada se ensancha ligeramente, pero 
se recupera con rapidez. 
—Bienvenido, Alessio. 
Asiento, incapaz de hablar sin revelar nada. Ahora estamos 
atrapados en el yate de este hombre. Necesitamos su hospitalidad 
para seguir vivos. No quiero enfadarlo. 
Un hombre entra y le hace señas a Nic para que se acerque. Theo 
y Giulio empiezan a hablar del yate y de dónde dormiremos... pero 
yo no pierdo de vista a Nic. Asiente a lo que dice el otro hombre. 
Entonces los dos se acercan y Nic se mete las manos en los bolsillos. 
—Debemos registrar sus maletas y guardar cualquier arma en 
nuestro armero. Seguro que lo entiendes. 
Me paso la lengua por detrás de los dientes. No quiero entregar 
mi rifle. Tengo otros en casa, pero esto es como quitarme el brazo 
derecho. 
Percibiendo mi indecisión, Giulio dice en italiano en voz baja: 
 
38 Mon grand. Mi grande, en francés. 
 
—Va bene, aquí estamos seguros. 
De mala gana, le entrego la funda del rifle y la mochila. Me 
devuelven rápidamente la mochila, pero se llevan el rifle y el arma 
de Giulio. Estamos desarmados. 
Pero, ¿qué otra opción tenemos? 
Theo toma la mano de Giulio y empieza a tirar de él hacia la parte 
de atrás. 
—Ahora, déjame mostrarte sus camarotes. ¿O es un camarote, 
bello? 
No me muevo. Cruzo los brazos sobre el pecho. 
—Enseguida voy —digo en francés. 
Theo se detiene y frunce el ceño. 
—¿Mon grand? 
Nic mantiene sus ojos fijos en los míos. 
—Ça va, mon chou39. Acomoda a tu amigo y te veré luego en 
cubierta. 
Entonces nos quedamos solos. Miro fijamente a Nikolai 
Kuznetsov, el Pakhan de uno de los sindicatos criminalesBratva 
más peligrosos de Alemania. 
—Nic —digo rotundamente. 
El otro hombre ladea la cabeza. 
—¿Nos conocemos? 
Le digo en ruso: 
—No, pero sé quién eres. 
Se le tensa un músculo de la mandíbula. También cambia al 
ruso. 
 
39 Ça va, mon chou. Está bien cariño, en francés. 
 
—Ya veo. ¿Y qué piensas hacer al respecto? 
—¿Lo sabe él? 
—No. Es demasiado peligroso para él. 
Lo sé. Rusia no es conocida por su aceptación de la comunidad 
LGBTQ. Ni siquiera entre los poderosos líderes de Bratva. 
—Entonces, ¿qué? ¿Lo matarás cuando termines de follártelo? 
—No seas ridículo. 
Levanto una ceja. 
—Hay una razón por la que este secreto nunca ha salido a la luz. 
—Porque soy cuidadoso —espeta—. Mantengo mi vida personal 
anónima y discreta. 
—Exactamente lo contrario, en mi opinión, de Theo. 
Nikolai se queda boquiabierto mientras me mira. 
—¿Piensas decírselo? 
—Mientras no le hagas daño a Giulio, entonces no. —No es 
asunto mío lo que pase entre Nikolai y Theo. Giulio es mi única 
preocupación—. Solo necesito unos días aquí. Giulio está siendo 
perseguido por unos asesinos sicilianos. Una vez que descubra 
quiénes son, desapareceremos y no volverás a vernos. 
—Bien. Mantén la boca cerrada y nos llevaremos bien. 
 
 
 
 
Theo se deja caer en la cama de mi camarote. 
—Es muy guapo, tu asesino. En plan Heathcliff melancólico. 
Lo miro con el ceño fruncido. 
—¿Heathcliff? 
—¡Bello! ¿Nunca lees? Cumbres Borrascosas. Emily Brontë. Es un 
clásico. 
Me siento en una silla y me froto el rostro. El agotamiento tira de 
mi cerebro. 
—No enseñaron ese libro en mi internado americano solo para 
hombres. 
—Te compraré un ejemplar cuando volvamos a tierra. Lo amarás. 
Ahora, tienes que hablarme de ese hombre tuyo. 
Suspirando, me quedo mirando la pared. 
—Creo que estoy demasiado cansado para esta conversación. Y 
necesito beber para poder contarla bien. 
Theo se ríe. 
—Entonces no puedo esperar. Tiene que ser muy bueno. 
Es algo bueno, eso está claro. 
—Te agradecemos que nos dejes filtrarnos en tus vacaciones con 
tu nuevo hombre. Pero no sabía a quién más preguntar. 
—Si estás en problemas, entonces estoy feliz de ayudar. 
 
No entré en demasiados detalles cuando llamé a Theo, pero su 
respuesta había sido instantánea. Dijo que viniéramos al yate y que 
podíamos quedarnos todo el tiempo que quisiéramos. 
—Espero que a Nic no le importe que estemos aquí. 
—Dijo que estaba feliz de ayudar a mis amigos. Y no le importó 
la mamada que le hice como recompensa, eso seguro. 
—Háblame de él. 
Theo mueve las cejas. 
—¿No es delicioso? No pensé que un hombre mayor lo haría por 
mí, pero Nic es una absoluta bestia en la cama. Me lo estoy pasando 
muy bien. 
—¿Y qué pasa con él? 
—Bueno, obviamente no se cansa de esto. —Señala su cuerpo—. 
¿Y quién puede culparlo? 
Sonrío y niego con la cabeza. 
—¿Qué hace para ganarse la vida? 
—Ah, eso. Es un hombre de negocios. Es dueño de una gran 
compañía petrolera en Europa. 
—No le habrás dicho mi apellido, ¿verdad? 
—¡Claro que no, bello! Tu secreto está a salvo conmigo. 
Lo supuse, pero es un alivio oírlo. Consulto mi reloj. 
—Debería echarme una siesta. Podemos hablar esta noche 
durante la cena y tomarnos unas copas. Te pondré al día de todo. 
Theo se levanta de la cama. 
—Yo también debería echarme una siesta. Nic me mantuvo 
despierto hasta muy tarde anoche. Dios, su polla. Deberían fundirla 
en bronce y ponerla en un museo. —Estira los brazos por encima 
de la cabeza—. Por otra parte, tal vez no. Todas las demás pollas 
llorarían de vergüenza si pudieran verla. 
 
Me rio entre dientes y me quito los zapatos. 
—Me alegra ver que eres igual, amico. 
Se acerca y me toma el rostro con ambas manos. 
—Tienes mucho mejor aspecto que la última vez que te vi. 
Después, ya sabes. —Después de la muerte de Paolo—. Te ha 
devuelto a la vida. Lo apruebo. 
Después de besar mis dos mejillas, Theo se va y me quedo solo. 
No sé dónde está Alessio ni qué hace. Su mandíbula estaba dura y 
enfadada cuando se quedó atrás para hablar con Nic. Pero no tiene 
sentido. Alessio no tiene motivos para estar enfadado con Theo o 
con su novio. 
Justo cuando me estiro en la cama, se abre la puerta y entra 
Alessio. El corazón me da ese extraño aleteo que me ocurre con más 
frecuencia cada vez que estoy cerca de este hombre. 
En lugar de tumbarse conmigo en la cama, empieza a pasear por 
la habitación. Estudia el arte, las lámparas. Detrás de la cama. 
—¿Che cosa? —le pregunto. 
Se da un golpecito en la oreja y se señala los ojos. Ah. Está 
intentando encontrar micrófonos y cámaras. ¿Se molestaría Nic? 
Un hombre de negocios rico puede ser paranoico, pero Nic no puede 
serlo tanto. 
Me quedo mirando, esperando que Alessio se rinda después de 
unos segundos. Me equivoco. Investiga cada rincón de nuestro 
camarote. Hay una alarma de incendios en el techo y se sube a una 
silla para desmontarla. 
Sus hombros se tensan de inmediato. Una vez retirada la tapa, 
es fácil ver la pequeña cámara situada en el interior de la alarma. 
Mis ojos se abren bruscamente mientras me incorporo. 
—¡Porca puttana! 
Alessio agarra el aparato y tira de él, sacándolo limpiamente de 
la base. Lo arroja sobre la cama y reanuda la búsqueda. No 
descubre nada más, por suerte. 
 
Estudio la cámara. Es del tipo que mi padre usaba a veces. Cara. 
Bastante indetectable. ¿Cómo lo pudo saber Alessio...? 
—No te perderé de vista mientras estemos en este yate. 
Parpadeo ante su declaración. 
—¿Tiene algo que ver con esta cámara? 
Se acerca, se mete detrás de mí y nos tapa con las mantas. Me 
pasa el brazo por la cintura. 
—Sí, pero hablemos de ello más tarde. 
Me invade una sensación de satisfacción y cierro los ojos. No 
quiero moverme. 
—¿Estamos a salvo? 
—De momento. 
—¿Qué significa eso? 
—No me gusta estar sin armas. No puedo protegerte. 
—Crecí como mafioso. Sé cuidarme solo. 
Se acerca más y pone su rostro en mi cabello. 
—Si no fuera por mí, estarías muerto en esa granja. 
—Si no fuera por mí, estarías muerto en ese bosque. 
—La próxima vez enviarán más. 
—No habrá una próxima vez —digo—. No nos encontrarán, no en 
mar abierto. 
—Espero que tengas razón. Duerme, principe. 
—Hoy estás mandón. 
Exhalando, me besa la cabeza. 
—No te preocupes. Pronto volverás a darme órdenes. 
—Te gusta que te dé órdenes. 
 
Puedo oír la sonrisa en su voz cuando dice: 
—Quizá. 
Su proximidad, la atracción latente entre nosotros durante toda 
la noche y esta mañana... De repente, ya no estoy cansado. Me 
aprieto contra él, frotando el culo contra su entrepierna. 
Alessio se ríe hasta que vuelve a bostezar. Me sujeta. 
—Duérmete. Follaremos cuando nos levantemos. Quiero que 
descanses bien para que puedas cumplir tu promesa. 
Para destrozarlo. 
No puedo mantener los párpados abiertos por más tiempo. 
—Será mejor que tú también descanses. Porque no te lo voy a 
poner fácil. 
Lo último que recuerdo es la profunda voz de Alessio diciendo: 
—No puedo esperar. 
 
 
La cama se mueve y me despierto al instante. En alerta. Giulio se 
baja del colchón con cuidado. 
—¿Adónde vas? —le pregunto. 
Mira por encima del hombro, con expresión de disculpa. 
—Intentaba no despertarte. 
—No pasa nada. —Ruedo sobre mi espalda—. Espero que no te 
vayas. 
—Solo para ir al baño y lavarme los dientes. ¿Te parece bien? 
 
—Sí. No quiero que andes por el yate sin mí. 
Se levanta de la cama y se dirige al lavabo. Admiro 
vergonzosamente su cuerpo mientras se va. 
—¿Debería preocuparme? —pregunta. 
No quisiera tener secretos con Giulio. Ya guardo uno muy grande, 
así que no quiero añadir ninguno más. 
—No. Pero deberías saber que Nic es un hombre muy peligroso. 
Eso detiene a Giulio en seco. 
—¿Peligroso, cómo? 
—Es ruso. Un Bratva Pakhan. 
Siendo un Ravazzani, será muy consciente de lo que eso significa. 
—¡Cazzo madre di dio! ¿Por qué no me dijiste estoantes? 
—Porque necesitabas descansar y sabía que esto te disgustaría. 
—No me gustan los secretos, Alessio, ni siquiera por poco tiempo. 
Nunca habría aceptado quedarme si lo hubiera sabido. ¿Qué está 
pensando Theo? 
—No lo sabe, y no puedes decírselo. 
Giulio vuelve a maldecir. 
—Hablaremos de esto cuando salga. —Desaparece en el lavabo, 
cerrando la puerta con un suave chasquido. 
No quiero hablar de Nic ni de Theo ni de la Bratva. Prefiero 
dedicar nuestro tiempo a otras actividades que merecen más la 
pena. 
Aparto las sábanas, me quito los bóxer y los tiro al suelo. Me 
agarro la polla y me la acaricio lentamente, pensando en el hombre 
de la otra habitación. Cuánto lo necesito. Cómo ansío estar debajo 
de él, su cuerpo ocupando todo el espacio dentro del mío. 
 
El calor se desata en mi vientre, enviando impulsos de placer a 
cada parte de mí. Cierro los ojos y me hundo en la expectación. El 
colchón es blando bajo mi espalda, las sábanas frescas contra mi 
piel caliente. ¿Cuándo fue la última vez que me había sentido tan 
relajado, tan en paz? ¿Tan feliz de simplemente ser? 
—Mírate —dice Giulio en voz baja, ahora apoyado en el marco de 
la puerta del lavabo—. Mi puta necesitada, preparándose para mí. 
¿Ha estado allí mucho tiempo? Puedo ver su erección a través de 
sus bóxer. Se me hace la boca agua cuando se acerca a la cama. 
Pone una rodilla en el colchón y me abre los muslos con sus 
grandes manos. 
—Oh, Alessio. Las cosas que voy a hacerte. —Se inclina para 
acariciarme las bolas y se las mete en la boca para pasárselas por 
la lengua. 
Un escalofrío me recorre las piernas y arqueo la espalda. 
—No te burles de mí. 
—¿No? —Desliza la parte plana de su lengua por mi polla, 
pasando por encima de la cabeza para lamer la ranura—. ¿Lo 
necesitas duro y rápido, assassino? ¿Necesitas que mi polla te 
llene? 
—Sí. ¡Sbrigati40! 
—Me encanta cuando estás desesperado —ronronea. Sus labios 
presionando mi estómago—. ¿Cómo quieres que te folle? ¿Sobre tu 
estómago? 
Sé lo que quiero. Ver su rostro mientras nos unimos, cabalgarlo 
hasta que olvida su propio nombre. 
Usando una pierna como palanca, cambio nuestras posiciones. 
Ocurre en un abrir y cerrar de ojos y Giulio gruñe cuando aterriza 
sobre él. Nuestras pollas se alinean y giro las caderas, la fricción es 
increíblemente buena. 
 
40 Sbrigati. Apresúrate, en italiano. 
 
—Cazzo —sisea, agarrándome el culo con ambas manos—. Eso 
es. 
—¿Dónde está el lubricante? 
—En mi mochila. Pero también puedes mirar en el cajón junto a 
la cama. Si conozco a Theo, ha llenado todos los camarotes del yate. 
Efectivamente, la mesita de noche contiene una botella de 
lubricante. Agarro la mano de Giulio y le echo un poco en los dedos. 
—¿Cuándo fue la última vez que te hiciste una prueba? 
—En Grecia. Estoy limpio. 
No había estado con nadie más que con Giulio desde mi última 
prueba. 
—Yo también lo estoy. Pero si todavía quieres... 
—No quiero. Te quiero sin nada. —Sus ojos son febriles y salvajes, 
como si la idea lo estuviera excitando—. Ven aquí, caro41. 
Bajo y me apoyo en los antebrazos, pegando mis labios a los 
suyos. Intercambiamos besos calientes y con la boca abierta, 
mientras sus dedos se deslizan por mis nalgas. Luego empuja mi 
agujero con la punta de los dedos, penetrándome. 
Su dedo se hunde más y más, estirándome, hasta que llega al 
fondo. Es un ardor necesario, que disfruto. Il mio bel principe. Le 
daría cualquier cosa, le dejaría tener cualquier parte de mí. Soy 
suyo. 
—Más —jadeo contra su boca. 
Otro dedo. Más movimientos suaves. Mi cuerpo se acomoda a él, 
haciéndole sitio, mientras mi polla llora contra su estómago. 
—Por favor —le suplico. 
—Prepárame. —Retira los dedos y me pasa el lubricante—. 
Necesito sentirte. 
 
41 Caro. Cariño en italiano. 
 
Lamo su polla. La cabeza de su polla está roja y furiosa, goteando 
pre-semen. Cuando lo tengo listo, me pongo de rodillas y nos alineo. 
Una punzada de presión y ya está dentro. 
Haciéndome suyo. 
Ah, el calor. Madre di dio, qué calor. Puedo sentirlo sin látex entre 
nosotros, su cuerpo invadiendo el mío. 
Giulio maldice y cierro los párpados con fuerza. Su pecho sube y 
baja, su labio inferior desaparece entre sus dientes. Impaciente, 
sacude las caderas, hundiendo su polla en mi culo. Echo la cabeza 
hacia atrás, con la respiración rápida y entrecortada. Me balanceo 
entre el placer y el dolor, pero sé que pronto alcanzaré el éxtasis. 
—Puedes soportarlo —canturrea—. Te estás portando muy bien 
conmigo, ¿no? Dándome tu culo siempre que quiero. 
—Joder, Giulio. 
—Es mío, ¿no? Dime que este culo es mío, caro. 
Presiona con fuerza, avanzando, y yo me hundo. Lo necesito 
tanto. 
—Es tuyo —jadeo. 
—Mira a mi puta necesitada —murmura, sus manos subiendo y 
bajando por mis muslos—. Una puttano. 
Dios, cómo habla en la cama. Es absolutamente asqueroso y me 
encanta. Sin poder evitarlo, me llevo la mano a mi erección. Pero la 
mano de Giulio aparta mis dedos, impidiéndolo. 
—Es mi polla, no la tuya —dice bruscamente—. Cuando estemos 
follando, la tocaré yo, no tú. 
Gimo, con el cuerpo en llamas. Todo lo que está haciendo y 
diciendo, dio santo. Va a hacer que me corra antes incluso de estar 
completamente dentro de mí. 
—¿Necesitas que te toque? ¿Quieres que te acaricie la polla? 
 
Inclinándome hacia atrás, pongo mis manos sobre sus rodillas. 
Mi polla está muy dura, la piel tirante. Mi pulso palpita a través de 
mi polla. 
—¡Sí! 
—Ruégame, puttano. 
—Ti prego, Giulio. Ti prego. 
Envuelve una mano alrededor de mi polla al mismo tiempo que 
sube sus caderas, embistiendo mi próstata. Es como una descarga 
eléctrica a través de todo mi sistema. 
—¡Cazzo! —grito al techo. Ya estoy muy cerca y ni siquiera hemos 
empezado. 
Excepto por su respiración, Giulio no se mueve. 
—No te muevas. Quiero quedarme aquí durante horas y mirarte 
así. Il più grande assassino, empalado en mi polla. ¿Cuánto tiempo 
crees que podrás aguantar? 
El sudor brota de mi piel. Tiemblo, la lujuria me araña la 
entrepierna. Necesitando fricción. Necesito que me folle, que me 
sacuda la polla. Algo. Cualquier cosa. 
—Principe —gimo. 
Gruñe en lo más profundo de su garganta, un sonido posesivo 
que siento en las bolas. 
—Fóllate en mi polla —me ordena, con los dedos apretándome el 
tronco—. Basta de bromas. Quiero disparar dentro de ti. 
Cristo, yo también quiero eso. 
Empiezo a mover las caderas, metiéndola y sacándola. Nada se 
compara con la sensación. Quiero ahogarme en este hombre y no 
volver a la superficie. La cabeza de su polla roza mi próstata con 
cada embestida, y mi piel amenaza con abrirse en cualquier 
momento por la sensación. El sudor me rodea por las sienes, pero 
no me detengo. 
 
Tengo el rostro desencajado por el placer y los músculos tensos. 
Me encanta verlo así. Me encanta saber que soy yo quien lo saca de 
sus casillas. 
—Te gusta, ¿no? Te gusta tener mi polla dentro de ti. Dímelo. 
—Se siente tan bien —digo a través de jadeos pesados. 
—Te ves jodidamente caliente así. —Me masturba más fuerte, 
más rápido—. Quiero que te corras en mi pecho. Muéstrame cuánto 
puedo hacer que te corras. 
¡Minchia! La combinación de su mano y su polla es demasiado. 
Sin poder evitarlo, empiezo a moverme más rápido, persiguiendo el 
final. La piel se me pone de gallina. El orgasmo se abalanza sobre 
mí, mis caderas tiemblan mientras chorros de semen salen 
disparados de mi polla. 
Gimo, impotente, mientras los chorros de fluido recorren su piel, 
marcándolo. Mi culo se aprieta alrededor de su polla y él presiona 
contra mí, con el cuerpo tenso. 
—Ah, sí. Così va bene. ¡Sto per venire42! 
Tres bombeos más y palpita dentro de mí. Siento cómo se hincha 
mientras se corre y el líquido caliente me llena. 
—¡Joder! —grita. Sus dedos se clavan en mis muslos y su espalda 
se arquea. 
Cuando se hunde enel colchón, caigo hacia adelante, intentando 
recuperar el aliento. Mis manos se apoyan en el colchón junto a la 
cabeza de Giulio. 
—Dio mio —susurro. 
—Fichissimo. —Me pasa las manos por los hombros y me acaricia 
el rostro—. Ven aquí. 
Me apoyo en un codo y dejo que soporte mi peso mientras 
nuestras bocas se encuentran. El beso es ligero, nuestros labios se 
rozan suavemente, sin que ninguno de los dos tengan prisa por 
 
42 Sto per venire. Estoy por venirme, en italiano. 
 
separarse. Sus dedos recorren mi espalda, acariciando mi piel con 
pereza. 
Deja caer besos a lo largo de mi mandíbula. Es tierno, casi 
reverente. Venerable. 
—Alessione. —Respira en mi garganta. 
Me da un vuelco el corazón al oír la versión cariñosa de mi 
nombre, que los italianos usan con cariño. Trago saliva, incapaz de 
hablar. Me quedo inmóvil, absorbiendo su atención como una 
planta hambrienta de lluvia. 
Sus dedos se deslizan entre mis piernas, hasta donde seguimos 
unidos. Recorre el borde de mi agujero estirado alrededor de su 
polla semidura. 
—Qué buena zorra —murmura contra mi clavícula, metiéndose 
mi cornicello dorado en la boca antes de dejarlo caer—. Eres mío 
para follarte y usarte cuando quiera, ¿no? Solo mío. 
Me recorre un escalofrío. No sé por qué me excita su lado 
posesivo, pero así es. Me siento borracho con él, delirante de 
sensaciones y satisfacción. 
—Sì, il mio bel principe. —Vuelvo a mover las caderas y los dos 
aspiramos aire. 
Me da una palmada en el culo. 
—Levántate. Quiero ver cómo gotea mi semen por tu agujero. 
Sin poder negarle algo, aprieto las rodillas. Su polla se desliza 
fuera de mí y puedo sentir cómo su semen gotea y cae sobre su 
entrepierna. 
Me agarra la polla y las bolas y las aparta para poder ver. 
—Madre di dio. Me encanta el desastre que hacemos juntos. —
Me pasa las palmas de las manos por los muslos y el vientre—. 
Deberíamos asearnos y aparecer en cubierta. 
 
 
 
Encontramos a Theo y Nic en el comedor. Están en la mesa con 
uno de los hombres de Nic, el que nos quitó las armas, comiendo 
pescado asado. 
Alessio y yo habíamos discutido largo y tendido sobre Nic y su 
posición como líder de Bratva. No nos poníamos de acuerdo sobre 
si Theo corre peligro o no. Yo estoy seguro que Nic matará a Theo 
al concluir su aventura, pero Alessio cree en la palabra del ruso 
cuando le dijo que no lo haría. 
Ante la insistencia de Alessio, accedo a no hacer nada al respecto 
hasta justo antes de abandonar el yate. Entonces le sugeriré 
encarecidamente a Theo que venga con nosotros. 
—¡Bello! —Theo llama cuando Alessio y yo entramos en el 
comedor—. ¡Están vivos! 
—Buona sera —digo—. Pedimos disculpas por haber dormido 
tanto. —No miro directamente a Alessio mientras me siento, pero 
es casi como si aún pudiera sentir su apretado agarre alrededor de 
mi polla. 
—Oui43, durmiendo —dice Theo con un guiño exagerado—. Eso 
es definitivamente lo que parecía. 
Me encojo de hombros. No me avergüenzo por hacer ruido. Un 
miembro de la tripulación coloca un plato de comida delante de mí. 
—Grazie. 
Theo señala mi plato. 
 
43 Oui. Sí en francés. 
 
—Come, antes que se enfríe. Le estaba contando a Nic cómo nos 
conocimos. 
—Cómo conociste a Paolo, querrás decir. 
—Es una historia aburrida. Trabajaba de portero en el club al 
que yo iba a bailar en Bruges. Nos hicimos amigos. ¿Lo ves? 
Aburrida. —Sonríe y me señala—. Pero tú... Te vi en la calle, a la 
salida del club. Le dije a todo el mundo que había encontrado a mi 
futuro esposo y que era un hombre alto de cabello castaño y ojos 
azules brillantes. Imagina mi sorpresa cuando supe que eras pareja 
de mi amigo. —Se lleva una mano al corazón—. Quedé destrozado, 
Bello. 
Recuerdo bien aquella noche. Paolo había estado tan celoso. Me 
lo había follado en un armario de suministros del club solo para 
calmarlo. 
—¿Coqueteaste con Theo? —gruñó Paolo, con los ojos llenos de 
sospecha. 
—¡Che cazzo! Claro que no. —Me acerqué y le puse la mano en la 
cadera—. Estoy enamorado de ti, mia splendida bestia. 
—¿Por qué? Ahora que los dos estamos fuera puedes tener a 
cualquiera. 
—¿Crees que estuve contigo solo porque estabas en la 'ndrina' de 
mi padre? ¿Por qué me convenías? 
Eso se convirtió en una discusión recurrente una vez que Paolo y 
yo dejamos Italia. Frunzo el ceño y alcanzo mi copa de vino. Me 
parece desleal recordar estas cosas. Paolo se merece algo mejor de 
mí. 
Algo golpea mi pie. La bota de Alessio. Levanto la vista y me 
encuentro con que me observa atentamente. La preocupación 
marca sus rasgos ásperos. 
—¿Va bene? 
—Sì, certo. —Intento sonreír y bebo un largo trago de un Sancerre 
fresco. 
 
Durante la cena, Theo me cuenta historias sobre la industria de 
la moda en París. Así fue como conoció a Nic, que había asistido a 
un desfile de los diseños de Theo. 
Alessio permanece callado, vigilante. Sé que odia estar 
desarmado cerca de Nic y sus hombres. Le preocupa que nos 
ataquen en cualquier momento. 
—No te perderé de vista mientras estemos en este yate. 
Es agradable tener a alguien que se preocupe por mí después de 
estar solo tanto tiempo. Alessio es dulce y atento, pero también 
peligroso. ¿Ver su largo cuerpo estirado con la atención puesta en 
su objetivo, disparando a esos hombres en el bosque? Jódeme. Es 
como porno de asesinos. Mi hombre es el mejor tirador de Europa 
y da mamadas increíbles. ¿Qué más necesito? 
Un hombre entra y le susurra a Nic. Negocios de Bratva, sin duda. 
Intercambio una rápida mirada con Alessio, que observa todo con 
atención. 
Nic se levanta de la mesa y se abrocha la chaqueta. Es guapo, un 
hombre mayor y rudo, más o menos como Frankie describe a mi 
padre. Luego el ruso se acerca a la silla de Theo y pone una mano 
en el hombro de mi amigo. 
—Tengo que hacer unas llamadas, así que discúlpame, por favor. 
Estoy seguro que todos se divertirán esta noche sin mí. 
Theo lo mira. 
—Desde luego que lo intentaremos, mon grand. 
Los labios de Nic se tuercen en una sonrisa de satisfacción 
mientras se inclina para decir algo al oído de Theo. Sea lo que dice, 
Theo se muerde el labio y se pone ligeramente rosado. Casi no 
puedo creer lo que veo. 
Nic y sus hombres se marchan, dejándonos solos a los tres. 
El intercambio me molesta. Ojalá pudiera decirle quién es Nic en 
realidad. 
—Veo que estás enamorado, pero... 
 
—¡Basta! —exclama Theo—. Estoy enamorado de su polla, Bello. 
Sabes que no me gustan las relaciones. 
Alessio me da una patada por debajo de la mesa en señal de 
advertencia. Levanto una ceja. Me ceñiré al plan. No se lo diré a 
Theo. Pero eso no significa que no pueda intentar advertir a mi 
amigo de otras maneras. 
Me aparto de la mesa. 
—Vamos a cubierta a tomar el aire y a beber más vino. 
—Excelente idea. —De pie, Theo agarra una botella y su copa y 
se dirige hacia la salida. 
Alessio me toma de la mano cuando salimos del comedor. Está 
desaliñado y huraño, una combinación que me atrae por alguna 
razón. 
—No hace falta que vengas —le digo—. Si prefieres ir abajo. 
—Ya te he dicho que me quedo contigo —dice en voz baja, con 
una mirada intensa. Seria. Como si yo fuera lo único que le importa 
en todo el mundo. 
No me importa su lado protector. De hecho, es bastante excitante. 
Me inclino hacia él y beso su mejilla. 
Afuera, encontramos a Theo estirado en una tumbona. Brinda 
por nosotros con la copa llena. 
—Por los buenos amigos y el buen vino. 
Me siento en la tumbona junto a Theo y pongo los pies en alto. 
Luego sirvo otra copa de vino. Alessio se estira a mi lado, pero no 
toma el vino que le ofrezco. Tampoco tomó nada en la cena. Al 
menos uno de los dos se mantendrá sobrio. 
Me vuelvo hacia mi amigo. Lleva una falda escocesa combinada 
con una camisa negra ajustada y botas militares. Su estilo es fresco 
y atrevido, como una mezcla de Harry Styles y Keith Richards. 
—¿Sontuyas esas prendas? —pregunto, señalando su ropa. 
—Por supuesto. ¿Te gustan? 
 
—Me gustan. Son muy tuyas. 
—Gracias. Entonces... —Theo me toca el hombro—. 
Definitivamente tienes un tipo. —Señala con la cabeza a Alessio. 
Físicamente, quizá sea cierto. Pero mi anterior novio había sido 
un osito de peluche. Alessio es afilado y duro, frío a veces. No tiene 
miedo de enfrentarse a mí. Paolo nunca se había atrevido. 
—Detente. Está aquí mismo. 
—Y está escuchando —murmura Alessio. 
Theo se echa a reír. 
—Están muy lindos juntos. Lo cual es sorprendente, teniendo en 
cuenta que lo contrataron para matarte. 
Me encojo de hombros y bebo un sorbo de vino. 
—Es una historia interesante sobre cómo nos conocimos. 
—Es verdad —dice Theo—. Nunca haces las cosas por las buenas, 
Bello. 
—¿Y Nic? He visto cómo lo miraste esta noche. 
Theo agacha la cabeza y se alisa la falda, ya lisa, con una mano. 
—Creo que podría gustarme —dice en voz baja—. Es asqueroso. 
—Se te permite ser feliz. Durante más de dos semanas, quiero 
decir. Pero, ¿qué sabes de él? —Oigo a Alessio suspirar 
pesadamente a mi lado, pero lo ignoro. 
—No estoy seguro que haya salido. —Theo mira a su alrededor, 
asegurándose que no seamos escuchados mientras se inclina—: En 
París, nos quedamos en su habitación de hotel. Nunca salió. Sin 
visitas. Luego me trajo aquí, a este yate. O no tiene pareja o se 
avergüenza de mí. O está casado. Tal vez las tres cosas. 
Theo no se esconde. Desde que lo conozco, es orgullosamente gay 
y viste exactamente como le gusta, sin importarle las normas de 
género. No puedo imaginármelo saliendo con un hombre en el 
armario. 
 
—¿Se lo has preguntado? 
Theo se aprieta la punta de los dedos con el pulgar. 
—Ma dai. No seas ridículo. Nos conocemos desde hace menos de 
un mes. Quiero disfrutar del tiempo que pasemos juntos y no 
estropearlo con conversaciones pesadas. 
—Tienes miedo de la respuesta. 
—Sì, certo. Y esto es solo temporal. 
—¿Te has fijado en la tripulación? ¿Las armas? 
—Por supuesto. —Theo frunce el ceño al mirarme—. ¿Un hombre 
tan rico como éste? Nos sorprendería que no hubiera armas a 
bordo, ¿no? 
—Me preocupa tu seguridad —digo en voz baja. 
—Justo, entonces, porque me he pasado los últimos cuatro años 
preocupado por la tuya. —Su voz es aguda y está claro que he 
tocado un nervio. 
—Perdóname. Pero sabes que no tuve elección. 
—Lo que sé es que eres testarudo. Siderno, la finca de tu padre, 
es el lugar más seguro. Sin embargo, evitas volver, incluso a costa 
de tu propia vida. 
Alessio gruñe en señal de acuerdo. Lo ignoro y mantengo mi 
atención en Theo. 
—Y menos mal que lo hice. Enviaron a seis hombres a matarme 
a Escocia. ¿Crees que puedo arriesgar a Frankie y a los niños? Mi 
madre murió al quedar atrapada en una de las rencillas de mi 
padre. No me arriesgaré. 
Acomodándose en su silla, Theo se relaja y me toma de la mano. 
—No quiero discutir, Bello. Me alegro de verte. He estado 
preocupado estos últimos meses. Después de Grecia dejé de saber 
de ti y temí lo peor. 
—Lo siento. Debí haber llamado antes. 
 
—¿Dónde estuviste en Escocia? 
—En las Hébridas Superiores. 
—Eso suena muy frío y muy poco gay. 
Mis labios se contraen. 
—Hacía frío. Pero lo encontré sorprendentemente gay. 
—Apuesto a que sí. Eres lo bastante guapo como para despertar 
la curiosidad del más hetero de los heteros. —Bebe un sorbo de vino 
y mira a Alessio por encima del borde de la copa. 
Theo está pescando, pero Alessio no pica. Respondo yo: 
—Es bisexual. 
—Ah. Puedo apreciar a un hombre que pide de ambos lados del 
menú. 
—Ahí estás —dice una voz grave. Nic está ahora en cubierta, su 
rostro se suaviza al ver a Theo. 
Estudio al hombre de Theo y eso solo hace que me preocupe más 
por él. Un Pakhan ruso no permitirá que nada ponga en peligro su 
posición. La Bratva es tan tolerante con los homosexuales como la 
'Ndrangheta, es decir, cero tolerancia. Tengo que sacar a Theo de 
este yate. 
—¡Mon grand! —Theo le hace señas a Nic para que se acerque—. 
Ven a ver las estrellas con nosotros. 
Alessio se tensa ligeramente ante la aparición de Nic, aunque 
probablemente soy el único que se da cuenta. Debería sacarlo de 
su miseria. Sin duda, se sentirá mejor cuando estemos encerrados 
juntos en nuestro camarote. 
Levantándome, tomo mi botella de vino y pongo mi mano libre 
sobre el hombro de Alessio, apretando. 
—Deberíamos dormir un poco. 
Nic se acomoda en una silla y se palmea los muslos, con los ojos 
clavados en Theo. 
 
—Ven aquí, luchik. 
Esa es nuestra señal para irnos. Me levanto y digo: 
—Buenas noches, amici. 
Theo ya está sentado en el regazo de Nic cuando Alessio y yo nos 
marchamos. Una vez bajo cubierta, le pregunto a Alessio: 
—¿Qué significa esa palabra con la que Nic llama a Theo? 
—Rayo de luz. Un cariño en ruso. 
No hay ningún indicio que Nic quiera hacer daño a Theo, pero 
sigo sin fiarme de él. Qué desastre. Tenemos que tratar con los 
sicilianos, no con los Bratva. Le pregunto a Alessio: 
—¿Cometimos un error al venir aquí? 
—Probablemente. Pero ya es demasiado tarde. 
 
 
Al día siguiente nos tomamos nuestro tiempo para levantarnos. 
Después de intercambiar mamadas, nos quedamos en la cama, 
besándonos y tocándonos. No hablamos mucho, pero no me 
importa. Estamos en nuestra propia burbuja, a salvo del mundo 
exterior. Sin sicilianos, sin Bratva. Solo esto. 
Al final nos dio hambre, así que nos duchamos. Después de 
secarnos, Giulio se apoya en la puerta. 
—Date prisa —dice mientras me pongo los jeans—. Me muero de 
hambre. 
—¿Tragarte mi polla no fue suficiente para ti? 
—Terrible. Tienes suerte de hacer tan buenas mamadas. 
 
La suerte no tiene nada que ver. Me encanta adorarlo con la boca, 
dejarlo seco. 
—Andiamo. Theo empezará a buscarnos pronto si no 
aparecemos. 
Sin preocuparnos por los zapatos, salimos por la puerta y 
entramos en el pasillo. Camina delante de mí, con los hombros 
echados hacia atrás, confianza en cada paso. Il bel principe. ¿Se da 
cuenta? ¿Cómo puede alguien verlo y no reconocer al instante los 
cientos de años de poder y privilegio en sus huesos? Es un tonto si 
deja que aquellos viejos lo alejen de su legado. 
La música suena en la parte trasera del yate. No la reconozco, 
pero Giulio empieza a cantar. Llena de bajos y letras que no 
entiendo, suena como una de las canciones de los clubes que 
frecuenta. Me lanza una mirada. 
—¿Te gusta Rihanna? 
—¿Quién? 
Se ríe entre dientes. 
—Dio, eres adorable. 
Theo está en una tumbona, sorbiendo un trago alto con una 
sombrilla asomando. Lleva anteojos de sol y un diminuto traje de 
baño negro. Cuando nos ve, se sube las gafas de sol. 
—Mira quién se ha despertado por fin. 
En una mesa cercana hay bollos, pan y queso, así que voy allí 
primero. En lugar de acompañarme, Giulio se acerca a Theo y besa 
sus mejillas. 
—Llevamos tiempo despiertos —admite Giulio. 
—Seguro que sí, Bello. Se te ve muy relajado. ¡Ciao, Alessio! 
Asiento a modo de saludo y sigo llenando mi plato de comida. 
Cuando me siento, veo que tanto Giulio como Theo me observan 
atentamente. 
 
—¿Che cosa? ¿Dónde está el mío? —pregunta Giulio, señalando 
mi plato con la cabeza. 
Frunzo el ceño. ¿Espera que le sirva, como un ama de casa 
americana en esos viejos programas de televisión que veía mi 
nonna? 
—Déjalo en paz —regaña Theo a Giulio—. Sin duda le has hecho 
hacer todo el trabajo esta mañana. Se le ha abierto un apetito voraz. 
Theo no está del todo equivocado. 
Giulio se quita la camiseta y la arroja sobre una tumbona. Los 
tatuajes ondulan sobre los duros músculos al sol y me detengo a 
medio masticar. Mamma mia, es guapísimo. 
—Bello —dice Theo con una risita—. Tu novio está a punto de 
atragantarse con la lengua. Quizá deberías volver a ponerte la 
camiseta. 
Espero a que Giulio niegue el comentario del novio, pero no dice 
nada mientras se dirige a la mesa de la comida. Novios. Hmm. Eso 
me gusta. ¿Qué piensa Giulio?—Tengo ropa para ti —dice Theo, señalando un banco con 
bañadores—. Bueno, Nic tiene bañadores para ti. Los míos son 
todos así. —Señala la tela que apenas le cubre la polla. 
Me encantaría ver a Giulio con uno de los trajes de Theo. Estaría 
muy bueno. 
Sin un ápice de vergüenza, Giulio se quita los jeans y los bóxer. 
Se mantiene de espaldas a nosotros, pero la vista de su delicioso 
culo... Ansío morderlo. Molerlo. Follarlo. 
No soy el único que admira el cuerpo de Giulio. Theo tiene las 
gafas bajadas, mirando abiertamente a mi hombre. Algo oscuro me 
recorre. Gruño suavemente en dirección al otro hombre. 
Se encoge de hombros. 
—No puedo evitarlo. Cuando un hombre guapísimo se quita la 
ropa, tengo que mirar. 
 
Giulio me acerca el bañador. 
—Deja de fruncir el ceño y ven a cambiarte, assassino. 
—Esto no son vacaciones —digo en voz baja. Antes le había 
pedido a Sasha que investigara a cualquier grupo siciliano que 
pudiera tener motivos para atentar contra Giulio. También pienso 
pedirle a Nic una laptop para poder investigar por mi cuenta. Pero 
tampoco quiero alejarme de Giulio. 
—Lo sé. —Inclinándose, me besa, sus labios curvados en una 
sonrisa—. Pero nos está permitido dejar de preocuparnos durante 
unos minutos. 
Somos tan diferentes, él y yo. Esto es lo que él ama, los amigos y 
las fiestas. Las copas y los yates. Yo no encajo en este mundo. 
—Per favore, cariño. —Me da otro beso—. ¿Por mí? Solo quiero 
relajarme una puta tarde contigo. 
No puedo negarme. No a él. 
Sin pensarlo, me levanto y sujeto su rostro con ambas manos. A 
continuación, lanzo mi boca sobre la suya para darle un beso 
profundo con mucha lengua. Su piel ya está caliente por el sol 
mediterráneo y quiero más. 
Cuando por fin nos separamos, respira con dificultad y se hunde 
contra mí. 
—Cazzo, cariño. 
—No coquetees —le digo al oído—. Y no te quites la ropa. Soy el 
único que puede verlo ahora. 
Giro sobre mis talones y entro para buscar el baño. Allí me 
cambiaré. 
No tardo mucho. Me pongo rápidamente el bañador de Nikolai y 
doblo la ropa. Pero cuando salgo de la pequeña habitación, no estoy 
solo. Nikolai me espera en el sofá, con los ojos clavados en mí. No 
lleva traje de chaqueta, solo pantalones y una camisa de vestir. 
Tiene los brazos extendidos a lo largo del respaldo del sofá y las 
piernas abiertas. 
 
—¿Podemos hablar? —me pregunta en ruso. 
Dejo la ropa sobre la mesa y me acerco a él. Aunque intento 
parecer relajado, estoy tenso. Mis músculos están en alerta 
máxima, preparados para cualquier problema. 
Aunque hay sitio en el sofá, opto por sentarme frente a él. No 
hablo, nuestras miradas se mantienen fijas. 
—He investigado un poco —dice, continuando en ruso. 
—¿Lo hiciste? 
—Sí, y me sorprende lo que descubrí. Alessandro Ricci. —Silba—
. Nunca lo hubiera imaginado. 
¿Cómo ha averiguado mi identidad? Intento que no se me note la 
sorpresa. 
—¿Y? 
—Y me gustaría saber qué haces en mi yate. 
—No tiene nada que ver contigo. No sabía que estabas aquí antes 
de subir a bordo. 
Su expresión no cambia. 
—Una coincidencia. ¿Es así? 
—Yo no elegí venir a tu yate. 
—¿Y Ravazzani? ¿Sabe quién soy? 
Así que descubrió la identidad de Giulio, también. 
—Lo sabe. 
Nikolai golpea la madera con los dedos, con una energía inquieta 
que crepita en su corpulento cuerpo. 
—Podría matarte, ¿sí? Meterte una bala en la cabeza y dejar que 
te devoren los tiburones. 
Es lo que temo que haga. No hay nada que lo detenga. Excepto 
Theo. Ojalá. 
 
—¿Y qué diría tu luchik de eso? 
Un músculo salta en la mandíbula de Nikolai y dejo escapar un 
silencioso suspiro de alivio. Theo significa algo para este ruso. Lo 
que me da un poco de ventaja. 
—Mi único objetivo es mantener a Giulio a salvo —digo en voz 
baja—. No me importa tu secreto ni tu relación con Theo. En cuanto 
descubra quién intentó matar a Giulio en Escocia, partiré para ir a 
matarlo. 
—¿Y su padre? 
—No sabe dónde estamos. —Decido darle a Nikolai un poco de 
tranquilidad—. Giulio se niega a involucrar a su padre. No quiere 
poner en peligro al resto de su familia. 
—¿Por qué debería creer en tu palabra? 
—Porque no miento. Y lo mío es guardar secretos. 
Me observa pensativo. 
—Eso coincide con lo que he aprendido de ti, que eres de fiar. 
Hablé con Alexi. 
Alexi Zaitsev. Un oligarca ruso y antiguo cliente. Maté a su 
cuñado en Varsovia hace tres años. 
No digo nada. No voy a admitir que conozco a Alexi ni a dar 
información sobre la naturaleza del contrato. 
—Me harás un favor —declara Nic, con la mandíbula firme e 
inflexible. 
No me gusta. Pero, ¿qué puedo decir? El bienestar de Giulio 
depende de este hombre en este momento. Si digo que no, ¿qué le 
impedirá cumplir la amenaza de los tiburones e inventar una 
mentira para contársela a Theo? 
Inclino la barbilla. 
—Tienes mi palabra. 
—¿No quieres saber cuál es? 
 
—¿Me estás dando a elegir? 
—No. 
—Entonces no tiene sentido discutirlo. Te daré el nombre y el 
número de mi asistente. Puedes programarlo a través de ella. Y yo 
tengo una petición propia. 
—¿Pretendes negociar conmigo? 
Levanto las palmas de las manos disculpándome. 
—Cuanto antes descubramos qué sicilianos lo quieren muerto, 
antes nos iremos. ¿Tienes una laptop irrastreable que me puedas 
prestar para investigar? 
Se lo piensa y se pasa una mano por la mandíbula. 
—Te haré algo mejor. Pero debes aceptar otro favor. 
¿Dos asesinatos? Madonna, este ruso no sabe cuándo parar. 
Antes que pueda responder, dice: 
—No es otro trabajo. No quiero... —Mira hacia la cubierta, donde 
Theo y Giulio toman el sol—. No quiero que lo sepa. Tú y Ravazzani 
no pueden decírselo. Jamás. 
Merda. A Giulio no le gustará eso. Es leal a su amigo. 
—Ese es un gran favor. ¿Cómo sé que lo que ofreces a cambio 
vale la pena? 
—Confía en mí, vale la pena. ¿Cómo crees que te encontré? 
No sé lo que significa, pero tengo que intentarlo. Permanecer en 
el yate solo nos mantiene en peligro. 
—De acuerdo. 
Se levanta y lo sigo. Nos damos la mano y dice: 
—Reúnete conmigo aquí dentro de una hora y te llevaré a la sala 
de seguridad. 
 
—¡Mon grand! —Theo entra, con la piel brillante por el sol. Se 
apresura para acercarse a Nikolai y envuelve al hombre más grande 
como una mala hierba—. ¿Me echabas de menos? 
Nikolai se inclina y besa la boca de Theo, sus palmas encuentran 
el culo de Theo. 
—Siempre, luchik. 
Dándoles privacidad, salgo a la cubierta donde Giulio está 
tomando el sol. No estará contento con el trato que acabo de hacer, 
pero espero que valga la pena. 
Giulio me mira, preocupado. 
—Has tardado mucho. 
—Todo va bien. 
—¿Te encontró Theo? Nos preocupaba que te hubieras perdido. 
Pongo mi mano en el esternón y me inclino sobre él. 
—Está con Nic, lo que significa que estamos solos. 
Sus dedos recorren mi vientre y el vello de mi pecho. Luego me 
toca el cornicello del cuello. Cada lugar que toca en mí se enciende. 
—Te ves jodidamente bien aquí. 
Tengo cicatrices, por dentro y por fuera. Difícilmente soy tan 
guapo como Giulio. 
—Y tú pareces de portada de revista, amore. 
Engancha su dedo en mi collar y me acerca. 
—¿Bien jodido cada mes? 
Rio mientras sus labios capturan los míos. Su boca es cálida y 
suave. Inclino la cabeza y meto la lengua en su boca. Me encanta 
besarlo. No había besado a muchas parejas a lo largo de los años, 
y rara vez a la misma persona dos veces. Pero los besos de Giulio 
me parecen necesarios, como si me muriera de hambre sin ellos. 
 
Finalmente, aflojo la boca de Giulio, pero no me aparto, sino que 
cambio a besos suaves y cariñosos. Le digo con los labios todo lo 
que no he dicho en voz alta. 
Eres mío, principe. 
 
 
 
—¿Qué hiciste qué? —gruño. Bajo la voz para que no me oigan—
. ¡Che cavolo fai44, Alessio! 
Sus mejillas enrojecen ligeramente. 
—No tuve elección. Tengo que mantenerte a salvo. Y tenemos 
que... 
—Al diablo con eso. —Lo arrastro hasta el borde de la cubierta, 
más lejos de dondeNikolai y Theo charlan en el salón—. No tenías 
derecho a aceptar ninguna de esas cosas. 
—¿Ningún derecho? 
Le clavo el dedo en el pecho. 
—Estas cosas las decidimos juntos. A menos que... —¿Lo he 
malinterpretado? No lo creo, no con todo lo que Alessio ha dicho y 
hecho. Pero tengo que estar seguro—. ¿No estamos juntos? ¿Es solo 
temporal para ti? 
Me agarra de las caderas y apoya la frente en la mía. El calor de 
su enorme cuerpo me envuelve. Me cala hasta los huesos. 
—Estamos juntos, principe —susurra—. Te lo dije, eres mío. 
—Bien. —Deslizo mis manos alrededor de su espalda—. Entonces 
decidimos juntos. No quiero que le debas favores a la Bratva. —
¿Quién diablos sabe lo que Nikolai exigirá de Alessio a cambio? 
¿Asesinar al Papa? ¿Un líder mundial? ¿Un dictador?— Y tengo que 
mirar por los mejores intereses de Theo. Es mi amigo. 
 
44 Che cavolo fai. Que demonio estás haciendo, en italiano. 
 
—¿Qué más se supone que debo hacer? Necesito mantenerte a 
salvo. 
Quiero suspirar. Comprendo esa vena protectora de Alessio, pero 
no soy débil. Yo también soy un asesino. Criado para dirigir un 
imperio. No le temo a la Bratva. 
Y no voy a sacrificar a Alessio y a Theo por mi propia seguridad. 
Agarro la nuca de Alessio. Lo sujeto con fuerza. 
—¿Confías en mí? 
—Por supuesto. —Parece ofendido que se lo pregunte. 
—Va bene. Vámonos. 
Lo suelto y me dirijo al salón. Esto no puede esperar. Nikolai ha 
empujado a Alessio... pero yo estoy a punto de devolverle el puto 
empujón. 
Me quito las gafas de sol al entrar en el salón. Theo y Nikolai 
están en el sofá, hablando en voz baja. Theo levanta la vista cuando 
nos acercamos. 
—¿Bello? ¿Va todo bien? 
—Necesito un minuto a solas con Nic. 
La boca de Nikolai se tensa, mientras la cabeza de Theo gira entre 
Alessio y yo. Luego hacia Nikolai. 
—¿Mon grand? 
Nikolai ayuda a Theo a ponerse de pie y le da un beso en la 
cabeza. 
—Está bien, luchik. Danos un minuto. 
Theo se acerca más a mí. Me doy cuenta que está preocupado. 
—¿Debo quedarme? —pregunta en voz baja. 
—No. No tardaremos. 
Traslada su atención a Alessio. 
 
—¿Y supongo que tú también te quedas? 
Alessio asiente. Theo le da unas palmaditas en el brazo y sale solo 
a cubierta. 
—¿En mi oficina? —pregunta Nikolai. 
—Sí —respondo. No quiero que Theo oiga nuestra conversación. 
Nikolai se dispone a salir del salón. Empiezo a seguirlo, pero 
Alessio me pone una mano en el brazo. 
—¿Qué haces? 
Se me da bien negociar, tratar con delincuentes y matones. No 
estoy preocupado. 
—Tranquilo, assassino. Ya verás. 
Los tres recorremos los estrechos pasillos decorados con paneles 
de teca y accesorios de latón. Modernas obras de arte abstracto 
decoran las paredes, sin duda todas obras originales que valen 
mucho dinero. 
Nikolai nos conduce hasta una puerta cerrada, que desbloquea y 
mantiene abierta. Entro e inmediatamente me acerco al sofá pegado 
a la pared. Él se coloca detrás de su escritorio, obviamente 
pensando que es una posición de poder, y Alessio se queda de pie 
en algún lugar en medio de la habitación. Apenas se ha cerrado la 
puerta cuando vuelve a abrirse y aparece el hombre de Nikolai. Se 
queda junto a la salida, como bloqueándola, pero lo ignoro. En su 
lugar, me concentro en mi oponente. 
Había visto a mi padre hacer esto cientos de veces. Yo mismo lo 
había hecho en los últimos cuatro años al enfrentarme a hombres 
peligrosos. Puede que los rusos nos ganen en fuerza pura, pero a 
los italianos no se les puede igualar en estilo. 
¿El primer movimiento? 
Me siento en el centro del sofá, cruzo las piernas y paso un brazo 
por el respaldo. No llevo camiseta, así que mi piel tatuada y mis 
cicatrices cuentan otra historia sin necesidad que yo la verbalice. 
 
La segunda parte consiste en emplear el silencio. Así que me 
quito las gafas de sol y finjo tranquilidad. Sin preocupaciones, sin 
amenazas. 
Nikolai golpea con los dedos el escritorio de madera, 
observándome. Su rostro parece de granito cincelado, frío y remoto. 
Su mirada es gélida e intensa, como el buen vodka ruso. Un hombre 
acostumbrado a salirse con la suya. 
Pero me contengo de hablar. Ya veremos quién rompe primero. 
—Tú eres Giulio Ravazzani —dice después de un largo minuto, y 
ahora puedo oír claramente el ruso en su forma de hablar. 
—¿Has oído hablar de mi familia? —Me aseguro que mi acento 
también sea marcado, que cada sílaba le recuerde con quién está 
tratando. 
—Conozco a tu padre, sí. 
—Bien. Así ahorramos tiempo. —Ladeo la cabeza—. Mi padre me 
educó para que me hiciera cargo de su imperio. Vi muchas cosas 
en mis dieciocho años bajo su mando. Aprendí cuando los hombres 
mienten y cuando dicen la verdad. ¿Y sabes qué más aprendí? 
No habla, así que continúo: 
—Aprendí cuando se aprovechan de mí. 
Dejo que mis palabras se prolonguen. 
—Allora —digo después de un largo rato—. Le dijiste a Alessio 
que te debía un favor. Revoco esa promesa. No te debe nada. 
Los labios de Nikolai se curvan en una mueca. 
—¿Tantas ganas tienes de convertirte en comida para peces? 
—No permitiré que acepte un trabajo para ti sin conocer los 
detalles. Si quieres contratarlo, hazlo por los canales adecuados. Si 
dice que sí, entonces le pagarás un jodido montón de dinero por sus 
servicios. 
—Estas promesas, fueron hechas de buena fe. Para asegurarte 
que sigas vivo. 
 
—No matarás a ninguno de los dos. 
—Yo no estaría tan seguro de eso. —Las palabras son suaves y 
peligrosas. 
Mantengo mi tono ligero: 
—¿Sabías que viví en Málaga hace unos meses? 
—¿Ah, sí? 
—Mientras estuve allí, me mantuve muy ocupado. Un poco de 
esto, un poco de aquello. ¿Capisce? 
—¿Y? ¿Qué tiene que ver conmigo? 
—La Bratva allí. Golubev y sus hombres. ¿Los conoces? 
—Sí, por supuesto. 
Lo había supuesto. Si Nikolai es tan poderoso como dice Alessio, 
sería como mi padre, con sus dedos en varios lugares de toda 
Europa. 
—Cuando estaba buscando a alguien con quien asociarme, 
encontré a Golubev... desagradable. Trabajé con un hombre local 
en su lugar. Martínez. 
—Él también es desagradable —dice Nikolai secamente. 
Por lo que tengo entendido, los Bratva y Martínez llevan años 
luchando por el control de Málaga y del mercado español de la 
droga. Martínez tiene ciertos contactos colombianos que no se fían 
de los rusos. Así que esto permitió a Martínez mantener un dominio 
absoluto sobre el producto. Su alta demanda y su insaciable codicia 
fueron lo que me permitieron venderle veinte kilos. 
—Sí, pero tiene una debilidad que puede ser explotada. 
Nikolai se relaja en su silla. 
—¿Conoces la debilidad de Martínez? —El hilo de incredulidad 
no se me escapa. Nikolai no cree que esté diciendo la verdad. 
Señalo el teléfono que tengo sobre la mesa. 
 
—Llama a Golubev. Pregúntale si se reunió conmigo hace tres 
meses. Usé el nombre de Javier Martín. 
Nikolai parece pensárselo. Mira a su hombre junto a la puerta. El 
hombre debió de asentir porque Nikolai levanta su teléfono, lo 
desbloquea y encuentra el contacto que busca. Se acerca el móvil a 
la oreja. Golubev descuelga de inmediato, y los dos mantienen un 
intercambio en ruso. Oigo el nombre de Javier Martín. 
Cuando Nikolai cuelga, deja el teléfono sobre la mesa y me mira 
fijamente. Hago girar lentamente mis gafas de sol. 
—Supongo que Golubev ha confirmado mi historia. Y ten en 
cuenta que Alessio habla ruso con fluidez. —Inclino la barbilla 
hacia mi ragazzo. 
—Da —recorta Nikolai—. Dijo que Javier Martín ofrecía un lote 
de coca por un precio ridículo. Dijo que tenía que ser un producto 
de mierda. 
—Lo era —digo asintiendo—. Y ese es el punto débil de Martínez. 
Su gente no sabe cuándo le están vendiendo coca pura o 
bicarbonato. Pero yo no le mentí a Golubev sobre mi capacidad para 
llevar allí lo que necesitara. Podría haberlo ayudado a sacar a 
Martínez del negocio. 
—Golubev no confía en mucha gente. Es lo que lo ha mantenido 
vivo hastalos sesenta. 
—Mis contactos tampoco confían en mucha gente. Pero confían 
en mí y en mi familia. Y confiarán en quien les diga que trabajen en 
Málaga. 
—Golubev, querrás decir. Si acepto dejarte vivir. 
—No. Golubev perdió su oportunidad. —Me había tratado como 
un coglione, un tonto. Un niño jugando al juego de un hombre. No 
lo perdonaré—. Pero tú, Nikolai, podría hacer que trabajen contigo. 
Las líneas de sus ojos se hacen más profundas mientras me mira 
con los ojos entrecerrados. 
—Crees que deseo expandirme a España. 
 
—No. —Hago una pausa y luego digo claramente—: Nos 
expandiríamos a España. 
—No tengo intención de hacer negocios con Fausto Ravazzani. 
—Eso no es lo que ofrecí. Esto sería entre tú y yo. 
La mirada de Nikolai se desvía hacia su camarada cerca de la 
puerta. 
—¿Y qué hay de Golubev? 
—Es viejo. De otra época. Tú y yo podríamos ganar mucho dinero 
allí. 
El momento se alarga. Me doy cuenta que está intrigado. 
—¿Has hecho esto antes? 
—Por supuesto. Frankfort, Hamburgo. Zadar, Tirana. Corfu. No 
me he quedado mucho tiempo en un sitio por precaución. Sin 
embargo, una vez que Alessio y yo nos ocupemos de los sicilianos, 
estaré listo para echar raíces. Hacer crecer mi negocio. —Hago girar 
perezosamente mis gafas de sol—. ¿Por qué no en Málaga? 
Se echa hacia atrás, reclinando la silla hacia un lado. Se queda 
mirando la pared del fondo. Lo dejo pasar, sin presionarlo, sabiendo 
que necesita pensárselo bien. Matar a Golubev es arriesgado. 
Tendría que manejarlo con cuidado. 
—Lo pensaré —dice finalmente Nikolai, poniéndose de pie—. Lo 
discutiré con mi gente. —Inclina la barbilla hacia el hombre 
silencioso que sigue bloqueando la puerta. 
¿Cómo puede rechazarlo? Le estoy ofreciendo millones de euros 
en una bandeja. 
Al final, sé que aceptará. 
Levantándome, me coloco las gafas de sol en la cabeza. 
—Hazlo y avísanos. Creo que Alessio pidió una laptop para 
investigar. 
Nikolai se acerca al escritorio. 
 
—Síganme. Te llevaré a la sala de seguridad. 
Cuando pasa a mi lado, lo agarro del brazo. Toda la sala se 
congela, como si todos estuviéramos al borde de un precipicio. Pero 
tengo algo más que decir, algo muy importante. 
—Si creo que está en peligro —digo en voz baja—. Si creo que hay 
que decírselo, lo haré. Merece saber con qué clase de hombre se 
acuesta. 
Ambos sabemos que me refiero a Theo. 
—No corre peligro, Ravazzani. No de mí. 
—Bien. Procura que siga así. 
Nikolai aparta mi mano. 
—No soy un tonto, ni un chico. Conozco los riesgos y estoy 
haciendo todo lo posible para protegerlo de mi vida. Volverá a París 
la semana que viene, sin enterarse de nada. 
—Pero tal vez con el corazón roto. 
Un atisbo de culpabilidad... ¿arrepentimiento?... se refleja en el 
rostro de Nikolai antes que vuelva su máscara habitual. 
—Pero estará vivo. 
 
 
Si alguna vez existió alguna duda sobre el linaje de Giulio o su 
relación con Fausto Ravazzani, aquel encuentro la erradicó por 
completo. 
Giulio había sido jodidamente brillante. Un Don. Frío y tranquilo. 
Confiado pero no jactancioso. Colgó la única cosa delante de Nic 
que nadie en este mundo podría resistir... el dinero. 
 
¿Pero asociarse con Nikolai Kuznetsov y la Bratva? Fue un 
movimiento arriesgado. No me había dado cuenta que Giulio quería 
volver a Málaga y empezar a traficar con cocaína de nuevo. ¿No 
debimos haberlo decidido juntos? 
Frunzo el ceño mientras seguimos a Nikolai fuera de su oficina. 
Aunque me alivia no deberle un favor a Nikolai, no estoy seguro que 
el plan de Giulio sea mejor. Probablemente es peor. Ahora 
tendremos que tratar con él durante años, en lugar de solo por un 
breve trabajo. 
—Deja de preocuparte —susurra Giulio solo para mis oídos 
cuando estamos en el pasillo. 
Me quedo callado. Necesitamos estar solos para nuestra 
conversación. 
Pasamos por delante del puente. El capitán y un miembro de la 
tripulación están adentro, a los mandos, hacen un gesto de 
deferencia con la cabeza a Nikolai al pasar. Nikolai abre una puerta 
estrecha y nos hace un gesto para que entremos. Uno de sus 
hombres está sentado ante un escritorio, escribiendo en un teclado. 
Tengo delante tres grandes monitores, pero no puedo ver en qué 
está trabajando. 
Se endereza al ver al gran jefe. Nikolai habla en ruso, le dice que 
buscamos información y le pide que nos ayude. Luego se da la 
vuelta y se marcha. 
El silencio se prolonga mientras la puerta se cierra. 
—¿Hablas inglés? —le pregunto al hombre en ruso. 
Niega con la cabeza. 
—Nyet. 
Me acerco. 
—¿Te importa si nos sentamos? 
Señala el asiento vacío que hay a su lado. Giulio y yo 
intercambiamos una mirada. 
 
—Siéntate, assassino —dice Giulio en voz baja en italiano—. 
Hablas su idioma. Puedes decirle lo que tiene que hacer. 
Tomo la única silla y miro las tres pantallas. En dos de ellas hay 
cámaras de seguridad. Me doy cuenta que hay una en cada 
camarote, salvo en el nuestro. Eso es solo porque había encontrado 
la cámara y la destruí. El otro monitor tiene un código de 
computadora. 
—¿En qué puedo ayudarlo? —pregunta el hombre. 
—¿Puedes hackear los registros de la policía en Bruges? 
—Por supuesto. 
—Estamos buscando material, un video sobre un atentado con 
auto bomba. —Miro a Giulio—. ¿La fecha del auto bomba? 
El ruso empieza a teclear mientras Giulio le da la fecha. Traduzco 
y le cuento otros detalles básicos. 
—Supongo, porque has podido conocer nuestras identidades, que 
tienes un software de reconocimiento facial. 
—Sí. 
Eso está bien. Mirando por encima del hombro, pregunto: 
—¿Han utilizado el reconocimiento facial en las imágenes del 
circuito cerrado de televisión? 
—No. La policía belga dijo que no había suficientes rasgos para 
molestarse. ¿Por qué? ¿Crees que puede sacar algo? 
La tecnología del reconocimiento facial ha mejorado mucho en los 
últimos años. 
—No lo sabré hasta que lo intentemos. Pero saber que buscamos 
a un siciliano podría ayudar a reducir el campo. 
—Tan jodidamente inteligente. —Se inclina y me besa la nuca. 
Mi pecho se tensa, como si alguien estuviera tirando de una 
cuerda allí. Probablemente me estoy poniendo rojo. 
 
—No hace falta que te quedes. 
—¿Estás seguro? 
—Esto podría llevar un rato. —Sin duda está ansioso por 
tranquilizar a Theo. Y ya no tengo que preocuparme que Nikolai 
descuartice a Giulio y lo arroje por la borda—. No me importa. 
Giulio me aprieta el hombro y sale de la habitación como si fuera 
el dueño. Observo cómo se mueven sus músculos bajo todos 
aquellos tatuajes, hipnotizado. Que me jodan. Nunca me canso de 
mirarlo. 
Pero me estoy dando cuenta que es mucho más que un rostro 
hermoso. 
Lleva algún tiempo, pero el hombre de Nikolai tiene talento. Había 
visto a Sasha hacer esto de vez en cuando, cuando necesitábamos 
información sensible no disponible a través de los canales 
normales. Pero ella no trabaja tan rápido como este hombre. 
—¿Cuál es tu nombre? —pregunto. 
—Andrei. 
—Soy Alessio —digo, aunque no me lo haya preguntado. No 
reacciona, sigue escribiendo en su teclado. No vuelvo a molestarlo. 
No se me dan bien las conversaciones triviales y me parece que él 
tampoco las quiere. 
Una vez en los archivos policiales, encontramos el auto bomba. 
Hay notas sobre Paolo, incluso una foto de pasaporte. Me quedo 
mirando su rostro, ese hombre al que Giulio había amado. Era 
guapo como un culturista, cuello grueso y rasgos contundentes. 
Una nariz que se había roto en algún momento. Cabello castaño y 
ojos marrones. Parece amable. 
Como esperaba, los informes policiales son inútiles. Sospecharon 
de crimen organizado y no se molestaron en investigar más. No se 
menciona el nombre de Giulio, pero hay referencias a vínculos con 
una organización criminal italiana. 
Andrei saca las imágenes de archivo del circuito cerrado de 
televisión. Las revisamos lentamente. Mejoradas, ampliadas. 
 
Sacamos imágenes de las cámaras cercanas. Andrei toma fotos de 
todos los rostros que creemosrelacionados con la explosión. 
Otros miembros del equipo de Nikolai entran en varios puntos. 
Sospecho que nos están controlando por orden de Nikolai, pero le 
dan mierda a Andrei, riendo y bromeando con el hombre de 
seguridad. Andrei sonríe de vez en cuando. 
Cuando consulto mi teléfono, me sorprende ver que han pasado 
cuatro horas. 
—¿Quieres comer? —pregunta Andrei, poniéndose de pie para 
girar los hombros—. Estas imágenes se cargarán en el software. 
Deberían tardar dos o tres horas en dar resultado. 
—No, gracias. Iré a cubierta. Me avisarás si obtienes una 
coincidencia, ¿verdad? 
—Por supuesto. 
Le doy la mano. 
—Gracias, Andrei. 
Salgo de la pequeña habitación y me dirijo a la cubierta. Oigo 
música y risas. Giulio. Mi ánimo se eleva, como si el solo hecho de 
pensar en él me llenará de alegría. Dio, estoy en tantos problemas 
cuando se trata de este hombre. 
Estoy enamorado de él. 
¿Él siente lo mismo? Todavía no me gusta que haya decidido 
asociarse con Nikolai sin siquiera discutirlo conmigo primero. Tal 
vez lo que tenemos es temporal en la mente de Giulio. Tal vez me 
está usando para encontrar a los hombres que lo persiguen y luego 
planea soltarme. 
Cazzo, odio todo esto desconocido. Por eso no me interesan las 
relaciones y los sentimientos. 
Están en la piscina, con los brazos apoyados en el borde, 
hablando, cuando salgo. Theo se excusa y entra, dejándonos solos 
a Giulio y a mí. Giulio me mira por encima de sus gafas de sol. 
 
—¿Has encontrado algo? 
Yo solo tengo ojos para el guapísimo hombre que me mira. Tiene 
el cabello mojado y peinado hacia atrás. Me pican los dedos de 
pasarlos por su piel brillante. 
—El software está analizando las imágenes. En unas horas 
sabremos si funciona o no. —Lo señalo con el dedo—. Sal de la 
piscina. 
Sus labios se curvan en una sonrisa devastadora. 
—¿Por qué? 
—Porque yo lo digo. 
Usando el borde como palanca, Giulio levanta los brazos con un 
movimiento fluido. El agua le cae en cascada por la espalda y las 
piernas, y sale dando zancadas hacia mí. 
Se detiene justo fuera de mi alcance. 
—¿Quieres comer? 
—No. 
—Entonces, ¿qué quieres? —Se muerde el labio, consciente de la 
respuesta. 
Meto un dedo en su cintura y tiro de él para acercarlo. 
—A ti. 
 
 
 
 
Tres pasos y estoy frente a él. Los ojos de Alessio son más claros 
al sol, como dos charcos de plata. Me toma el rostro entre las 
manos. 
—Tenemos mucho de qué hablar. Pero primero vamos a bajar a 
follar. 
Sus labios rozan los míos y no puedo evitar hundirme en su 
contacto. 
—Sé que estás enfadado por lo que le ofrecí a Nikolai. 
—Sí, mucho —dice contra mi boca—. Pero lo discutiremos más 
tarde. Después. 
Arrastro la palma de la mano por su pecho. 
—Te follaré y olvidarás que alguna vez estuviste enfadado 
conmigo. 
—¿Crees que soy tan débil cuando se trata de tu polla? 
—Sé que eres débil cuando se trata de mi polla. 
Desliza sus manos hacia abajo para rodear mi garganta. Luego 
aprieta. 
—¿Tienes ganas de morir? ¿Asociarte con los Bratva? Ma dai, 
principe. 
—¿Crees que no puedo con algunos rusos, assassino? —Sacudo 
la cabeza—. No les tengo miedo. Vamos abajo. Quiero chupártela. 
No se mueve, con los pies firmemente plantados en la cubierta. 
 
—Quieres desnudarme para que deje esta conversación. 
Es inútil discutir. La oferta está hecha y no me retractare. 
Además, esto puede hacernos ganar mucho dinero. 
—¿Te estás quejando? 
Los bordes de su boca se curvan, lo que en el caso de Alessio es 
una sonrisa en toda regla. 
—No. 
—Va bene, andiamo. —Empiezo a guiarlo para atrás. 
—Este tema no está cerrado. 
Resisto el impulso de discutir. En lugar de eso, lo llevo abajo. Se 
me eriza la piel, la expectación me recorre las venas. Entramos en 
el camarote y él cierra la puerta. Me quita el bañador y lo tira. 
Alessio me mira de arriba abajo, fijándose en los tatuajes que 
marcan mi piel desnuda. 
—Nunca me canso de mirarte —dice en voz baja. 
Yo siento lo mismo. Alessio es fuerte y delgado. Sus grandes 
muslos estiran la tela del bañador y puedo ver el contorno de su 
polla a través de la fina tela. Se me hace agua la boca. 
Acorto la distancia que nos separa y me arrodillo. Bajo el bañador 
y su polla rebota delante de mí rostro. Sin perder un instante, lo 
tomo. Su piel caliente es suave y salada contra mi lengua. Deliciosa. 
Alessio aspira con fuerza. 
—¡Minchia! 
Su mano se posa en mi nuca y me sujeta mientras empieza a 
penetrarme la boca. 
—Quieres que me corra de inmediato. ¿Es eso, principe? 
Gimo alrededor de su polla, diciéndole que sí, que eso es 
exactamente lo que quiero. 
 
—¿Vas a tragarte mi polla y chupármela hasta dejarme seco? 
Dios, eso es caliente. Alessio no suele decir obscenidades durante 
el sexo, pero me encanta cuando lo hace. Inclino la cabeza, tratando 
de tomar más de él, y la cabeza de su polla golpea la entrada de mi 
garganta. Me relajo y la introduzco. 
Gruñe y mueve las caderas una vez. 
—Joder, Giulio. 
Luego se aparta. No me muevo, confuso. Se quita el bañador de 
las largas piernas y señala la cama. 
—Súbete a la cama. 
Aquel tono cortante me hace obedecer. Normalmente soy el 
exigente en la cama. Pero este cambio de ritmo no me molesta en 
absoluto. Camina hacia mí. La cadena de oro que lleva al cuello 
brilla a la luz del sol que entra por las pequeñas ventanas. La dura 
línea de su mandíbula me produce un escalofrío. ¿Está enfadado? 
Me recuerda a la primera vez que me siguió hasta la isla de Canna. 
Al llegar a la cama, me hace un gesto para que me dé la vuelta. 
No estoy seguro de lo que va a pasar, pero obedezco. Entonces la 
cama se hunde bajo su peso y sus dedos recorren mi espalda, 
trazando mis tatuajes. El más grande, un corazón envuelto en 
espinas y goteando sangre, lo había terminado después de la 
muerte de Paolo. 
Me recuerda a mí mismo que el amor tiene el poder de cortar más 
profundo que cualquier cuchillo o bala. 
Alessio se estira hasta que su enorme cuerpo cubre el mío. 
Comienza a besarme suavemente el hombro. Continúa hacia abajo, 
sus labios rozándome, susurran a lo largo de mi nuca. Me toca con 
reverencia. Con cuidado. Como si memorizara mi forma con su 
boca. 
¿No se supone que esto iba ser sexo furioso? 
—Deja de burlarte de mí —le digo por encima del hombro—. 
Déjame subir. 
 
—Relájate. Creí que esto se trataba de darme lo que quiero. 
Suelto una carcajada. 
—¿Ah, sí? 
Me mordisquea el omóplato con los dientes. 
—Sí. 
Silencioso, sigue bajando por mi cuerpo. Cuando llega a mi culo, 
estoy jadeando y casi me aplasto contra el colchón. Me arde la piel 
donde me ha tocado. 
Deseoso de más, intento darme la vuelta. La mano de Alessio me 
sujeta. 
—No te muevas. Tomarás todo lo que tengo para darte, principe 
mío. 
—Prefiero follarte otra vez. 
Alessio hunde sus dientes en una de mis nalgas. 
—Tal vez te folle a ti en su lugar. 
 
 
No le gusta esa idea. 
El cuerpo de Giulio se tensa, cada músculo ahora contraído por 
la resistencia. 
—Sabes que no hago eso. 
—Déjame intentarlo. —Beso la parte baja de su espalda, el 
hoyuelo justo encima de su culo—. Lo haré bien para ti, lo juro. 
—No a todo el mundo le gusta tocar fondo. 
 
—Soy consciente. Pero tu primer y único intento no fue conmigo. 
Así que puede ser mejor. 
Entierra el rostro entre los brazos y se echa a reír. 
—Tu ego es casi tan grande como el mío. 
Me hundo más y le paso la lengua entre sus nalgas. 
—Ábrete para mí —susurro en su piel—. Déjame verte. 
Se inclina, agarra cada nalga y se abre. Bajo hasta arrodillarme 
detrás de él. Arrastro la nariz por sus bolas, dejando que su olor 
almizclado me llene los pulmones. 
Ya jadea, su enorme cuerpo tiembla. Me gusta tenerlo a mi 
merced. Ahora quiero hacerlo sentir bien. 
Paso mi lengua por su agujero y él se estremece. 
—¡Porca puttana! 
Tarareo con satisfacción. Hay tantas terminaciones nerviosas ahí 
detrás. Planeo electrizarlas todas, sacarlo de sus casillashasta que 
me suplique. 
Mi lengua revolotea, largos lengüetazos y luego cortos. La espalda 
de Giulio se arquea y gime. 
—Oh, dio mio. Sí, sí, sí. Más, assassino. 
Presiono más fuerte, arremolinándolo, abriéndolo con mi lengua. 
Maldice y se agita, los sonidos de su boca se hacen más fuertes. No 
aflojo. En lugar de eso, uso la punta de la lengua para meterme en 
su interior, invadiéndolo. 
—Me estás matando. 
Y sigo. Sus sonidos se hacen más fuertes, más desesperados. 
Golpea el colchón, moviendo las caderas, así que tengo que 
sujetarlo. No quiero que se corra antes que yo esté listo. 
Finalmente, no puedo aguantar más. Mi polla gotea y necesita 
follar. 
 
—¿Me deseas, amore? ¿Quieres mi polla dentro de ti? 
—No sé si puedo, pero vamos a intentarlo. 
Rápidamente, encuentro el lubricante en el cajón de la mesita de 
noche y rocío el líquido frío por la raja de su culo. 
—Mantente abierto para mí. 
Uso los dedos para untarle la piel. Luego introduzco el pulgar en 
su interior. Un calor intenso me envuelve y los dos exhalamos con 
fuerza. 
—Me muero por meter la polla aquí —susurro, girando el pulgar. 
Mientras lo abro, estudio los tatuajes de su ancha espalda, la 
forma en que se estrechan sus caderas y su cintura. La firmeza de 
su culo. Se me oprime el pecho hasta que apenas puedo respirar. 
Es perfecto... y es mío. 
Saco el pulgar y lo sustituyo por dos dedos. Su espalda se arquea 
y su cuerpo se tensa. 
—Relájate —le digo—. Entrégate a mí. 
Curvo mis dedos, buscando. Cuando rozo su próstata, jadea. 
—¡Cazzo! Lo sentí en los dedos de los pies. 
Tarareando con satisfacción, lo hago de nuevo. Y otra vez. Quiero 
hacerlo sentir tan bien. 
Sigo haciéndolo, provocando y frotando, hasta que una ligera 
capa de sudor cubre su piel y gime contra la almohada. 
—Hazlo. Deprisa —jadea por encima del hombro. 
Sigue dando órdenes. Ralentizo mis dedos a propósito, alargando 
su tortura. 
—No te follaré hasta que me lo supliques. —Añado un tercer 
dedo—. Te voy a follar muy duro, principe. Y vas a amar cada 
minuto. 
Gime. 
 
—Por favor, Alessione. 
—Eso es lo que quiero oír. —Beso la parte baja de su espalda 
mientras retiro mis dedos. Después de untarme la polla, la enfilo y 
empujo lentamente contra su apretado agujero. La cabeza se desliza 
y él aspira. Paso las palmas de mis manos por sus piernas y 
caderas, tranquilizándolo—. No voy a hacerte daño. Nunca te haría 
daño. Respira. 
Me quedo quieto, dejando que se adapte. Sé por experiencia que 
esto no siempre es fácil, y quiero que lo disfrute. Quiero que se 
sienta seguro conmigo. 
Respiro hondo para controlarme. Hace siglos que no follo con 
nadie, y aún más tiempo que no lo hago con un hombre. Había 
olvidado lo cómodo y caliente que es. Es el paraíso absoluto. 
Y lo he deseado con este hombre en particular durante tanto 
tiempo. 
—¿Quieres parar? —susurro. 
—No. —Sus músculos tiemblan, sus mejillas se sonrojan—. Pero 
date prisa. —Mueve las caderas e intenta penetrar más. 
Lo sujeto. 
—Espera. Más despacio. 
No quiero precipitarme y arriesgarme a causarle dolor. En vez de 
eso, lo agarro y lo hundo centímetro a centímetro. Cada vez que se 
tensa, hago una pausa para besar su espalda y acariciarlo hasta 
que se relaja. Hacemos esto una y otra vez hasta que me introduzco 
por completo. Entonces me encuentro dentro de él, con su canal 
apretándome, y es como todo lo que había soñado. 
Cierro los ojos y rezo para tener fuerzas. Cazzo, es demasiado 
bueno. No duraré ni cinco minutos. 
Se estremece y frunzo el ceño. 
—¿Estás bien? Podemos parar si es demasiado. 
 
—No, no pares. ¡Maldición! Te siento por todas partes. Tienes que 
moverte. 
Doy un giro experimental a mis caderas. Gime, lo que tomo como 
una buena señal. 
—¿Más? 
Los dedos de Giulio se aferran a las sábanas. 
—Madre di dio, ¿quieres follarme ya? 
Agarrando la botella de plástico, rocío un poco más de lubricante 
donde estamos conectados como precaución. Su agujero se estira a 
mi alrededor, y sé que nunca olvidaré este momento, cuando este 
hombre valiente y hermoso me permitió tener todo de él. 
Apoyo las rodillas en el colchón y le doy unos cuantos empujones. 
Su pecho se hincha mientras gime. 
—Sí, Alessio. Dámela. 
—Ponte de rodillas —le ordeno. 
Se pone de rodillas y levanta el culo, pero mantiene la parte 
superior sobre el colchón. El nuevo ángulo me hace penetrar más 
profundamente, y ambos gemimos. Entonces empiezo a follármelo 
de verdad. Mis caderas golpean su culo y mis bolas se balancean 
con cada embestida. Cada arrastre de mi polla golpea su próstata, 
y puedo ver cómo se le pone la piel de gallina. 
—¡Cazzo madre di dio! —Echa la cabeza hacia atrás—. Es 
increíble. 
Sigo embistiendo, machacando. El sudor me cubre el cuerpo y el 
corazón me late desbocado en el pecho. Lo ignoro. Necesito que 
Giulio disfrute. Lo único que importa es que se corra. 
—Estás tan caliente —le digo—. Inclinado y dejándome tomar tu 
culo. Te gusta, ¿no? Te gusta que te folle. 
—Sí, sí. Me gusta mucho. 
Me alegro que le guste, pero necesito que se corra. Estoy muy 
cerca. 
 
Le pongo una mano en el hombro y lo levanto. Beso su nuca. 
—No me canso de ti. Te deseo todo el puto tiempo. 
Tiene la boca abierta y la piel enrojecida. Me encanta verlo así, 
descerebrado de lujuria y empalado en mi polla. Le agarro la polla 
y lo masturbo con fuerza y rapidez. 
—Necesito que te corras, principe. Córrete para que pueda 
disparar dentro de ti. Puedes experimentar lo que es tenerme 
chorreando por tu agujero esta vez. 
—¡Oh, mierda! —Se aprieta a mi alrededor mientras su polla se 
hincha y empieza a latir. Gruesos chorros de semen salen 
disparados, cubriendo las sábanas, y sus dedos se clavan en la 
parte posterior de mis muslos. 
La presión alrededor de mi polla es excesiva. No hay forma de 
detener el orgasmo que me invade. Doy unos cuantos bombeos y 
luego grito, temblando, con chorros calientes que estallan y lo 
llenan. El subidón no se parece a ningún otro orgasmo de mi vida, 
interminable y profundo. No sé si me recuperaré. 
Finalmente, los dos nos desplomamos. Mareado, me apoyo en su 
espalda y floto. La respiración se me sale de los pulmones. 
Madonna, esto me deja destrozado. Giulio me ha destrozado. Nunca 
antes había experimentado esa desesperación, esa necesidad que 
me consume por otra persona. 
Lo que hay entre nosotros no es solo físico. Siento algo profundo 
por él. Quiero sus sonrisas, su risa. Estar cerca de él en todo 
momento. Me duele cuando no estamos en la misma habitación. 
—Amore mio —susurro, moviéndome para presionar mis labios 
contra su hombro. 
Gime en lo más profundo de su garganta. 
—Me gusta. 
—¿Lo de follar? ¿O el cariño? 
—Las dos cosas. —Su mano se envuelve alrededor para agarrar 
mi muslo de nuevo, como si necesitara tocarme de alguna manera. 
 
Finalmente, mi polla se ablanda lo suficiente como para salir de 
su agujero. Hace un gesto de dolor cuando me aparto. 
—¿Estás bien? —le pregunto. 
Asiente. 
—Tenías razón. Fue diferente. 
—Mejor, espero. 
El borde de su boca se curva. 
—Sí, mejor. No sé si querría hacerlo a menudo, pero de vez en 
cuando estaría bien. —Estira los brazos y las piernas—. Me siento 
dolorido, pero relajado. Es extraño. 
—Bien. Quédate aquí. 
Levantándome, voy al lavabo. Mojo un paño con agua tibia y se 
lo llevo. Giulio intenta quitármelo, pero aparto su mano. 
—Deja que lo haga yo. Quiero cuidarte. —Beso el interior de su 
muslo. 
—No hace falta. 
—Sí que hace falta. 
Necesito una excusa para seguir tocándolo. Quiero almacenar el 
tacto de su piel, el calor de su sonrisa. Su aspecto en la cama, con 
la luz del sol de la tarde reflejándose en sus rasgos cincelados. 
Cuando ambos estamos limpios, me acomodo a su lado. Mis 
dedos recorren su pómulo y luego rozan su mandíbula. 
—Gracias por confiar en mí. 
—Eres bueno en eso. 
—¿Follando? 
Se ríe suavemente. 
—Sí, en eso. Pero me refería a las seguridades, a cómo me 
tranquilizas.Hay algo en ti que me hace sentir protegido y seguro. 
 
Porque él me importa. Prefiero morir antes que hacerle daño. Y lo 
protegería a costa de todo lo demás, incluida mi propia vida. 
—Hablando de seguridad... ¿de verdad vas a volver a Málaga para 
empezar a traficar con drogas otra vez? 
Giulio se encoge de hombros. 
—Es lo que conozco. Y no puedo volver a Siderno. 
—¿Por qué no? Si nos ocupamos de los sicilianos, eres libre de 
hacer lo que quieras. 
—Siempre pensé que volvería a casa, pero tal vez estar solo sea 
mejor. En Siderno siempre seré el hijo de mi padre. El heredero gay 
que dejó la 'Ndrina. Nunca tendré nada que me pertenezca solo a 
mí. 
—¿Y no pensaste en discutir esto conmigo primero? 
—Lo siento. No creí que te importara, de verdad. 
—¿Porque piensas dejarme? 
—Alessio, caro. —Me agarra por el cuello y me mira fijamente a 
los ojos—. ¿Crees que quiero hacer esto sin ti? Es como si hubieras 
tomado mi corazón congelado y muerto entre tus grandes manos y 
lo hubieras devuelto a la vida. Estaba tan solo y perdido hasta que 
me encontraste. 
Mis pulmones se agarrotan mientras una inmensa presión llena 
mi pecho. Esas palabras son todo lo que siempre esperé que dijera. 
—Ti amo. —Me fuerzo a superar el nudo en la garganta. 
—Ti amo, cariño. —Me besa suave y dulcemente—. Pase lo que 
pase, lo haremos juntos, ¿no? 
Me estremezco al pensar en la tarea que tengo por delante. No 
estoy dispuesto a arriesgar la vida de Giulio tan pronto. 
—¿Qué pasa? —pregunta, estudiando mi expresión. 
—¿Hay alguna posibilidad que me dejes ir a Sicilia a enfrentarme 
solo a esos asesinos? 
 
Sus brillantes ojos azules se llenan de diversión. 
—Ma dai. Deberías conocerme mejor que eso. 
—Así es, por eso tenemos que idear un plan. —Le doy una 
palmada en la cadera—. Primero, duchémonos. Luego tengo que 
comer algo. 
—Ve tú —dice, haciéndome señas hacia el baño—. Necesito 
reponer fuerzas. 
Riéndome, me levanto y voy a la ducha. Pongo el agua caliente y 
dejo que golpee mis músculos doloridos. Pronto salgo, me envuelvo 
la cintura con una toalla y me encuentro a Giulio en bata mirando 
unas fotos. 
—¿Qué son? 
—Las ha traído Andrei. Los resultados del programa de 
reconocimiento facial. —Estudia cada imagen y luego la deja a un 
lado—. No reconozco a ninguna de estas personas. 
—Déjame ver. 
Me siento en el colchón y extiendo los cinco o seis retratos. En el 
reverso de cada una hay etiquetas con nombres y ciudades de 
última residencia conocida. Tomo mi móvil y llamo al número de 
contacto de Sasha. La pongo en el altavoz. 
—No tengo una respuesta para ti —dice en ruso, yendo 
directamente al grano. 
—En inglés, por favor —le digo—. Tengo a Giulio aquí. 
—¿Ah, sí? —Baja la voz y canturrea—. Hola, Giulio Ravazzani. 
Encantada de conocerte por fin. He oído hablar mucho de ti. 
Sus labios se curvan. 
—Apuesto a que sí. Algo me dice que quizá sabes más de mí que 
yo. 
Ella se ríe. 
—Desde luego que sí. Entonces, ¿por qué los dos me molestan? 
 
Cruzo los brazos sobre el pecho, preparándome. 
—Estamos en el yate de Nikolai Kuznetsov... 
—¡Blyad!45 ¿Hablas en serio? ¿Sabes lo peligroso...? 
—Sasha —ladro—. Sé todo eso y lo estamos manejando. Lo que 
necesito ahora mismo está relacionado con los sicilianos que 
quieren matar a Giulio. 
Suena petulante, como una niña pequeña. 
—Estoy trabajando en eso. 
—Tengo algo que puede ayudar. El hombre de seguridad de 
Nikolai corrió el software de reconocimiento facial en las imágenes 
de CCTV del auto bomba en Bruges... 
—Así que me estás engañando con uno de los hombres de Nikolai. 
—Y —continuó—: tenemos algunos nombres que quiero que 
contrastes con lo que has encontrado. 
Suspira y puedo oír sus dedos trabajando sobre el teclado. 
—Esto es lo que sé. Hay tres coscas principales de la Cosa Nostra 
activas en Sicilia. Cannavaro en Enna, Zambrotta en Catania y 
Buscetta en Palermo. Buscetta es la familia más grande y poderosa, 
pero las otras están igualmente implicadas en empresas criminales 
por todas partes. Sin embargo, no pude encontrar vínculos con 
Ravazzani en ninguna de ellas. 
—No lo harás —dice Giulio, con las cejas enarcadas mientras 
mira fijamente las fotos—. Mi padre es demasiado listo para eso. 
Pero ha tratado con Buscetta a lo largo de los años. La última vez 
fue hace cuatro años, que yo sepa. Hubo una alianza, así que creo 
que son los menos probables. 
—¿Qué hay de los otros? —le pregunto. 
 
45 Joder en ruso 
 
—Ha pasado mucho tiempo, pero por lo que recuerdo Cannavaro 
está en la cárcel. Su esposa lleva las cosas, con su ayuda desde la 
cárcel. A Zambrotta no lo conozco. 
—Zambrotta murió hace dieciséis meses —completa Sasha—. 
Sus dos hijos se hicieron cargo, pero han perdido la mayoría de sus 
posesiones a manos de Buscetta. 
—Deberíamos llamar a tu padre —le sugiero a Giulio—. Y pedirle 
su opinión. 
—No. —Sus ojos son brillantes y duros, como astillas de 
diamante—. Él se involucra y esto se convertirá en una guerra. Y 
ya te he dicho que cree que tiene que ver con otro Don que murió 
más o menos en el mismo tiempo. 
—Ah. Porque Fausto fue el responsable. 
No contesta, pero su mirada lo dice todo. Fausto ha matado a ese 
otro Don. 
—Tiene sentido. ¿Pero por qué los sicilianos? ¿Por qué no la 
propia familia de este Don? 
—Sus hijos son unos yonquis incompetentes. O al menos lo eran 
hace cuatro años. 
—Tal vez los sicilianos vinieron por ti en represalia contra tu 
padre por este Don. El momento es sospechoso. 
—¿Por qué les importaría a los sicilianos la muerte de Mommo? 
No les implicaba. —Da la vuelta a las fotos y mira los nombres. 
Puedo ver que lo está considerando—. Sasha, voy a leer algunos 
nombres. Busca una conexión entre ellos y un hombre de Piedmont, 
Girolamo Condello. Se hacía llamar Mommo. Está muerto, pero tal 
vez tenía vínculos con una de estas familias. 
Giulio le da los nombres de la investigación del software de 
reconocimiento facial. 
La oímos teclear y mascar chicle. Cuando piensa mucho, siempre 
masca chicle de cereza. Yo suelo regalarle algunos por Navidad, 
junto con su paga extra. 
 
—¿Has dicho Condello? 
—Sí, ¿por qué? 
—Estaba investigando a los hijos Buscetta, Nino y Giacomo. 
Nino, el mayor y el Subjefe, está casado con Maria Umberto. Su 
prima hermana, Rina, es viuda de un tal Condello en Peidmont. 
—¿Su nombre de pila es Marina? 
—Sí. 
—¡Minchia! 
—¿Así que la esposa de este Don muerto es prima de la esposa 
de Nino Buscetta? 
—Sí. —Giulio se frota los ojos—. Mommo ha tenido muchas 
esposas. Aun así, ¿cómo es que nadie lo sabe hasta ahora? 
La voz de Sasha surge del teléfono: 
—El apellido de Rina no era Umberto. Su madre es la hermana 
del padre de María. 
Ah, eso explica los diferentes apellidos. 
Miro a Giulio y enarco una ceja significativamente. 
—Nino Buscetta. 
—El puto Nino Buscetta —repite—. Vamos a matar a ese hijo de 
puta. 
 
 
 
Passo di Rigano, Palermo, Sicilia. 
 
Desde las sombras de la azotea, vigilo el concesionario Alfa 
Romeo de enfrente. Nino Buscetta utiliza el lugar como tapadera 
para sus actividades de Subjefe, y mi misión es recopilar 
información sobre él. 
Pelo una naranja y me la como despacio. Giulio y yo llegamos 
ayer a Palermo, e insistí en que permaneciera oculto durante el día. 
La Cosa Nostra es densa por estos lares, y los Buscetta 
seguramente lo reconocerían. Es demasiado riesgo. 
En el yate nos enteramos que el padre de Nino, Calogero, es el 
Capofamiglia de su clan. Don Gero, como lo llaman, apenas se deja 
ver en público y su paradero es incierto. Deja la mayor parte de los 
asuntos cotidianos a Nino, un cocainómano impulsivo. Con tanta 
coca como había visto esnifar a Nino en las últimas treinta y seis 
horas, no me extraña que los Buscetta quieran una tajada del 
negocio de la droga de Fausto Ravazzani. Nino probablemente 
quiere un descuento por volumen. 
Se cree que Nino dirige las cosas estosdías. Don Gero tiene unos 
ochenta años y la mayoría de los capos de esa edad son simples 
figuras. La mafia requiere de líderes fuertes que presionen 
constantemente a sus subordinados. 
Hay un hermano menor, Giacomo, pero es más un ejecutor. Un 
matón con traje, no el cerebro. Giulio y yo estamos de acuerdo en 
que Nino habría sido el que ordenó el golpe hace cuatro años. 
 
Mis dedos frotan distraídamente el suave cornicello que me rodea 
el cuello mientras mastico la naranja. Por lo que he visto hasta 
ahora, Nino está bien vigilado y es paranoico. Rara vez está solo y 
lo escoltan a todas partes en público. Las ventanas del 
concesionario son de cristal blindado y los guardias que rodean su 
finca me recuerdan los de una base militar. No será imposible 
matarlo... casi nadie es imposible para mí... pero será difícil. 
Giulio prefiere matar él mismo a Nino. Quiere que el siciliano le 
vea la cara, que sepa que Giulio había eludido los intentos de 
asesinato para ejecutar su venganza por la muerte de Paolo. 
No me gusta. Usar mi rifle a larga distancia es más seguro, más 
fácil. Podríamos entrar y salir de Sicilia en horas. Pero Giulio me 
hizo prometérselo. Está decidido a hacerlo, así que ¿cómo puedo 
negarme? 
Así que me concentro en Nino, descubriendo su rutina. Buscando 
la mejor oportunidad para matarlo sin riesgo y sin ser visto. Tengo 
que garantizar la seguridad de Giulio. Esto no puede ser rastreado 
hasta él, y tiene que salir de Sicilia de una pieza. 
Nino está al teléfono, ríe, sus dos hombres reclinados en sillas 
frente a su escritorio. Una mujer camina hacia el concesionario, 
envuelta en un largo abrigo oscuro. Extraño, porque hoy hace calor. 
Con unos tacones más parecidos a pinchos que a zapatos, cruza la 
puerta principal. Un vendedor se acerca y ella le sonríe. Hablan 
unos minutos y él la conduce a la oficina de Nino. 
Cuando entra, Nino se queda paralizado. Los hombres que 
ocupan las sillas se levantan cortésmente, pero Nino no lo hace. 
Termina la llamada y hace un gesto a los hombres para que se 
marchen. Se queda a solas con la mujer. 
Se abre el abrigo. De espaldas a mí, no puedo ver lo que lleva 
debajo, pero puedo adivinarlo. La sonrisa de Nino se vuelve lobuna 
y le hace señas para que se acerque. Ella se arrastra bajo su 
escritorio y desaparece, solo se ven sus dedos mientras le baja la 
cremallera de los pantalones. 
Mira a su alrededor y debe darse cuenta que las persianas están 
abiertas. Levanta un mando a distancia, pulsa un botón y las 
persianas se cierran, impidiéndome la vista. 
 
Termino mi naranja mientras espero. La esposa de Nino tiene el 
cabello oscuro. Esta mujer es rubia. Está claro que Nino y ella se 
conocen, aunque el vendedor no la haya reconocido. Sé lo que 
significa. 
Es la comare... la amante. 
Espero. Treinta minutos después, sale del concesionario. Las 
persianas de Nino vuelven a abrirse y él está de nuevo detrás de su 
escritorio, al teléfono. Sin embargo, él ya no me interesa en este 
momento. 
En lugar de eso, la sigo. 
Me apresuro a bajar de la azotea a la calle, donde me espera la 
moto. En unos segundos la alcanzo. Camina otra manzana y abre 
un lujoso sedán rojo. Un regalo del concesionario de Nino, sin duda. 
Cuando se marcha, me mantengo cerca. Nunca mira por el 
retrovisor, nunca mira por encima del hombro. No tiene nada que 
temer. No se preocupa de ser un objetivo. Como mujer de Nino, es 
intocable. 
Finalmente, gira por una calle lateral y estaciona frente a una 
pequeña villa. No puedo arriesgarme acercándome demasiado, así 
que me quedo en lo alto de la calle y observo cómo cierra el auto y 
entra en la casa. 
Ahora que sé dónde vive, será fácil. 
La mayoría de los mafiosos tienen amantes, y a menudo las 
visitan sin una fuerte protección. Será mucho más fácil llegar hasta 
Nino aquí que en el concesionario o en su casa. Y sospecho que 
treinta minutos solo han abierto el apetito de Nino por esta mujer y 
que volverá esta noche por más. 
Miro la hora. Casi mediodía, cuando todo el país cierra por riposo. 
Arranco la moto y me dirijo a nuestro apartamento. 
Cuando abro la puerta me encuentro a Giulio merodeando por el 
minúsculo espacio como un león enjaulado. 
—Esto no me gusta —dice en cuanto entro—. ¡No estoy haciendo 
nada! 
 
Dejo mis cosas e intento no sonreír. 
—Hiciste esto durante años —le recuerdo—. Fumar, cocinar y 
hacer ejercicio en tus pequeños apartamentos. Puedes hacerlo unos 
días más. 
—Eso era diferente. —Se pasa ambas manos por el cabello, 
dejando los mechones desordenados—. Puedo matar a este stronzo 
y acabar con él hoy mismo. No quiero esperar. 
Me bajo la cremallera de la chaqueta y la tiro sobre el respaldo de 
una silla. 
—¿Tengo que calmarte con una mamada? 
—Sí —dice al instante—. Pero primero quiero oír lo que has 
descubierto. 
Durante el almuerzo le cuento todo sobre Nino, la amante, y su 
pequeña villa. 
—Idiota —se burla—. Pensando con la polla. 
—Ah, ¿y tú no? ¿En clubes nocturnos, arriesgando tu seguridad 
para que te chuparan la polla? 
Inclinándose hacia adelante, desliza una aceituna en mi boca. 
—Valió la pena solo por conocerte en Málaga. Dai, pensé que me 
chuparías el alma a través de la cabeza de mi polla. 
—No, solo tu cerebro. 
Se ríe entre dientes. 
—Muy posiblemente. Entonces, haremos esto esta noche, ¿no? 
Iremos a casa de la amante y esperaremos a Nino allí. 
—Sí. 
—Gracias, joder. —Levantando los brazos por encima de la 
cabeza, se estira. La camiseta que lleva, cara y ajustada, tira sobre 
sus magros músculos. Nunca me canso de mirarlo. 
 
Nunca imaginé que estaríamos juntos, que amaría a este hombre 
con cada molécula de mi cuerpo. Ni que él me correspondería. 
Parece un regalo que no merezco. 
No sé cómo tener novio. Giulio es el primero. Pero haré cualquier 
cosa por él, iré a cualquier parte con él. Cualquier cosa que 
necesite, lo mantendré a salvo. Si quiere traficar con drogas en 
Málaga, yo estaré a su lado, asegurándome que nadie lo joda. 
Y Enzo D'Agostino guardará mi secreto a cambio que yo guarde 
el suyo. 
Me lo llevaré a la tumba. Nadie lo sabrá, especialmente Giulio. 
¿Cómo podría amar al hombre que casi mata a su padre? 
—¿En qué estás pensando? —Giulio termina su vino y deja la 
copa sobre la mesa—. Te has ido a alguna parte. 
Evado la pregunta. 
—¿Qué harás si Nikolai dice que no a Málaga? —El Pakhan no 
nos había dado una respuesta antes de abandonar su yate. Le dijo 
a Giulio que lo pensaría y que “estaría en contacto”. 
—No estoy seguro. No podemos enfrentarnos solos a Martínez y 
Golubev. Y la 'Ndrangheta no está establecida allí, así que no puedo 
ir a pedirles ayuda. ¿Quizás elegir otra ciudad? Puedo seguir con 
las ventas de bajo nivel. 
—Creí que querías echar raíces. 
—Así es. —Se reclina en la silla y cruza la pierna—. ¿Qué crees 
que deberíamos hacer? ¿Adónde quieres ir? 
—Donde tú decidas. Mientras estemos juntos, no me importa. 
—Esa es una respuesta muy dulce. ¿Seguirás aceptando trabajos 
de asesinato? 
—No si tú no quieres. 
—¿Renunciarías a eso por mí? 
¿Por qué se sorprende? 
 
—Por supuesto. No voy a desaparecer durante unas semanas y 
dejarte desprotegido. Si estás haciendo algo peligroso, me quedo a 
tu lado. 
El lateral de su boca se curva. 
—Tú me amas. 
—Lo hago. Mucho. 
—Va bene. —Consulta su reloj de pulsera—. Es hora de acostarse 
y follar, ¿no? 
—Tienes una mente unidireccional —le digo. Entonces decido 
tomarle el pelo—. Quizá deberíamos discutirlo esta noche. Hacer un 
plan sobre cómo mataremos a Nino después que se ponga el sol. 
—Incorrecto. —Levantándose, rodea la mesa y me agarra por la 
nuca. Aprieta—. Ahora mismo te vas a tragar mi polla y a ver si 
consigues que me corra más rápido de lo que lo hiciste en Málaga. 
El mandón Giulio nunca deja de ponerme la polla dura. El calor 
se extiende a través de mí en oleadas, mi piel se tensa y tira, y soy 
incapaz de resistirme a él. Como desde el primer momento en que 
lo vi enla calle de Siderno. 
Pasamos el resto de la tarde en la cama, con la cálida brisa 
siciliana entrando por las ventanas mientras exploramos nuestros 
cuerpos. No queriendo que se acabe nunca. 
 
 
El club está abarrotado y hay demasiado ruido. Me tapo la boca 
mientras bostezo. Es tarde y prefiero haber vuelto al apartamento 
con Giulio. 
Pero aún sigo a Nino Buscetta por Palermo. 
Nino es más listo de lo que pensé. Esperaba que visitara a su 
amante, pero no lo hizo. Nunca está solo, bien vigilado. Si no 
 
encuentro pronto un punto débil, tendré que ser creativo. Eso 
podría tener graves consecuencias para Giulio, y estoy tratando de 
evitarlo. Necesito hacer esto con cuidado, en silencio. Entonces 
podré sacar a Giulio a salvo de esta ciudad. 
Ahora mismo, Nino y su equipo están en la zona VIP encima de 
la pista de baile. Está esnifando coca de un espejo sobre la mesa, 
rodeado de varias mujeres. Giacomo, su hermano pequeño, 
también está allí, con cara de fastidio. Unos guardias armados 
vigilan al grupo, lo que significa que estoy en la sombra, intentando 
pasar desapercibido. 
Nino se echa hacia atrás, se limpia la nariz y le hace señas a una 
mujer para que se suba a su regazo. Obedeciendo, ella empieza a 
besarlo, sus bocas atacándose mutuamente. 
Un movimiento cerca de la entrada me llama la atención. Un 
hombre entra con una gorra de béisbol y una bandolera al hombro. 
Mis músculos se traban de puro shock. 
¡Joder! ¿Qué hace él aquí? 
Me abalanzo sobre él. Rodeo a Giulio con el brazo y empiezo 
arrastrarlo hacia las sombras. Está rígido en mis brazos, pero no se 
resiste. 
Cuando llegamos a la pared, lo empujo contra ella. 
—¿Che cazzo? —gruño por encima del ritmo de la música—. 
Acordamos que te quedarías en el apartamento. 
—No puedo esperar más. Me estoy volviendo loco. Además, puedo 
ayudarte. 
—¿Te has olvidado? Tu rostro, las cámaras. Te reconocerán y te 
perseguirán el resto de tu vida. 
Señala la gorra que lleva en la cabeza. 
—No te preocupes tanto, assassino. Nadie me reconocerá. 
Mis manos se cierran en puños. 
—Lo tengo bajo control. 
 
—Estás agotado y Nino te está haciendo la vida imposible por 
todo Palermo. Y yo no soy el tipo de hombre que se sienta en casa 
y deja que otro se ocupe de sus problemas. No, hacemos esto juntos. 
Esta noche. 
—Cristo santo —murmuro y me froto los ojos—. Estoy tratando 
de hacer esto con cuidado. No quiero que se entere de ti. Quiero que 
por fin seas libre. 
—Lo sé. —Me agarra el rostro con las palmas de las manos—. Y 
te lo agradezco. Pero deja que yo me preocupe de eso. Ya no tienes 
que hacer esto solo. 
Ruedo los hombros. Oigo las palabras, pero siguen sin parecerme 
reales. Durante mucho tiempo había estado solo. De vez en cuando 
me había enrollado con alguien, pero no había tenido novio ni novia. 
Ningún tipo de pareja. Es extraño considerarme ahora como parte 
de una pareja. 
Pero Giulio está aquí. Es real. 
Y haré cualquier cosa por retenerlo. 
—Bien —digo—. Pero no dejes que las cámaras capten tu rostro. 
Mira relajado, como si estuviéramos hablando. 
—Estamos hablando —dice Giulio, acercándose y frotando sus 
manos en mi pecho—. Tú vigila a Nino y yo te vigilaré a ti. 
Me acerco más, necesitando más de sus manos, más de su calor, 
mientras mantengo mi atención en la zona VIP. 
—Creí que habías venido a ayudar. 
—¿Qué hace ahí arriba? 
—Coca y coño. 
—¿Y el padre? 
Sasha ha estado intentando encontrar a Don Buscetta, pero es 
como un fantasma. 
—Sasha no está segura que esté siquiera en Sicilia. 
 
—Debe hablar con Nino. 
—Nino pasa por teléfonos desechables como pañuelos. 
—Veo que el hermano de Nino está aquí esta noche. 
Nino es el que está a cargo, pero Giacomo es el ejecutor. Todos 
los informes son que cumple las órdenes de Nino, mantiene a los 
demás a raya. 
—Parece aburrido. Y enfadado. 
Permanecemos en silencio unos minutos. 
—¿Al menos trajiste un arma en esa bolsa? —pregunto. 
—Ma dai. —Suena enfadado, así que lo interpreto como que sí 
lleva un arma. 
—Quédate donde estás —murmuro—. Se van todos. 
Giulio se acerca y empieza a besarme la garganta. Mientras que 
esto tiene éxito en ocultar su rostro de los Buscetta, me distrae la 
mierda fuera de mí. 
—Para con eso. 
—No puedo. Estar en este club hace que te quiera de rodillas otra 
vez. 
Una sonrisa se dibuja en mis labios mientras miro a Nino y su 
equipo dirigirse hacia la puerta. No quiero perderlos. 
—Vamos —le digo a Giulio—. Bájate bien la gorra y mantén la 
cabeza gacha. 
Salimos del club y nos encontramos a Nino y Giacomo 
enfrentados en la acera. Rápidamente arrastro a Giulio contra el 
lateral del edificio, asegurándome de mantenerlo de espaldas a los 
hermanos, y empiezo a acariciar su garganta. 
—Escucha —murmuro contra su piel, mirando a Nino por debajo 
de las pestañas. 
 
—¿Qué se supone que debo hacer en esta reunión? —gruñe 
Giacomo. 
—Estarás bien, fratello46. —Nino rebota sobre sus pies, incapaz 
de mantenerse quieto por toda la coca que tiene en el cuerpo—. Usa 
la cabeza por una vez. Sé que hay un cerebro en alguna parte. —
Nino presiona con el dedo la frente de su hermano. 
Giacomo aparta la mano de Nino. 
—Vete a la mierda. Este es tu trato, no el mío. No puedes irte. 
—Eres tan necesitado —dice Nino poniendo los ojos en blanco—. 
Quizá sea hora que te dé más responsabilidades. Entonces veremos 
si te hundes o nadas. 
—Estás pensando con la polla. 
—Deberías intentarlo alguna vez. Eso, si tu polla aún funciona. 
—Nino y sus hombres ríen como si aquello fuera divertidísimo. 
Giacomo no dice nada, se limita a mirar mientras Nino sube al 
asiento trasero de su auto. Dos de los hombres de Nino suben 
adelante. Cuando el auto de Nino se aleja, Giacomo entra furioso al 
club. 
—Se han ido —digo—. Por aquí. 
Cuando encontramos mi moto, le tiro el casco a Giulio. 
—Súbete. —No espero a que discuta o se queje. Subo a la moto y 
la pongo en marcha—. Deprisa. 
Cuando Giulio se sube detrás de mí, salgo zumbando. Sé a dónde 
va Nino. Al menos, lo sospecho por su conversación con Giacomo. 
Giulio y yo habíamos acampado en casa de la amante durante tres 
noches, así que conozco bien la ruta. 
Pronto puedo ver el auto de Nino. Nos detenemos en un semáforo 
y Giulio me frota el estómago distraídamente. Casi acariciándome. 
 
46 Fratello. Hermano, en italiano. 
 
Vuelvo agarrarme a su cadera, necesitando sentirlo. Nunca tengo 
suficiente. Es mi mayor debilidad y mi mayor fuerza. 
El semáforo cambia de color y arrancamos. Al final, el auto de 
Nino dobla por la calle de su amante. Sigo adelante, sin querer 
alertar a sus guardias que lo seguimos. 
Giro por la siguiente calle lateral y apago el motor. Giulio se quita 
el casco y lo sustituye por su gorra. 
—¿Cuál es el plan? —pregunta. 
—Esperaremos diez minutos. Para entonces, Nino debería estar 
distraído y sus hombres aburridos. 
—O podría estar acabado en diez minutos. 
—No con toda la coca en su organismo —digo. Abro el 
compartimento de la moto y saco dos armas, silenciadores, 
máscaras y algunos cargadores—. Acerquémonos. Primero nos 
ocuparemos de sus guardias. Luego entramos. 
—¿Cómo quieres hacerlo? Dijiste que las ventanas del auto eran 
a prueba de balas. Tenemos que sacarlos del auto para matarlos. 
Saco dos limones de mi abrigo. 
Sus cejas se alzan. 
—¿Hablas en serio? ¿En los tubos de escape? —Aprieto los labios, 
los ojos ahora llenos de risa—. ¿Somos adolescentes otra vez? 
—Ríete si quieres, pero funciona. Y cuando el auto se atasque 
saldrán a investigar. 
—Empiezo a ver los trucos del asesino. —Acorta la distancia entre 
nosotros para darme un beso en la boca—. Me gustan. 
Sacudo la cabeza ante su tontería. 
—Andiamo, principe. 
Nuestros pasos son silenciosos mientras nos dirigimos a la calle 
de la amante. Las villas aquí son pequeñas, pero bonitas. Privadas. 
No están amontonadas unas encima de otras. Las luces estánencendidas en la mayoría de ellos, pero finalmente nos 
encontramos con una casa que está completamente a oscuras. Así 
que nos escabullimos por el lateral y nos arrastramos por los 
jardines. 
La calle de la amante está tranquila. Extiendo la mano para 
decirle a Giulio que se detenga. Luego me pongo la máscara y veo 
cómo él hace lo mismo. Nos ponemos guantes de látex. 
Comprobamos las armas y las cargamos. Mi ritmo cardiaco es 
constante y lento, mi respiración uniforme. Está todo lo tranquilo 
que cabe esperar con Giulio a mi lado. 
Me toco el cornicello alrededor del cuello para que me dé suerte y 
me pongo en marcha. Como sospeché, los guardias de Nino esperan 
en su auto con el motor encendido. Un error tonto. Pero sin duda, 
Nino no quiere que sus hombres lo escuchen mientras se folla a su 
comare. 
Como si lleváramos toda la vida dando golpes juntos, Giulio y yo 
estamos en perfecta sincronía mientras nos acercamos al auto. Nos 
mantenemos agachados, fuera de la vista de los retrovisores. Giulio 
espera escondido detrás de un auto estacionado mientras me 
acerco a la parte trasera del sedán de Nino. 
Introduzco un limón en el tubo de escape izquierdo. Está muy 
apretado, pero lo meto. Luego me desplazo rápidamente hacia la 
derecha e introduzco el otro limón. 
Luego me detengo a escuchar. 
El motor del auto chisporrotea y se apaga. 
Hablan dentro del auto. Los cuerpos se mueven. Intentando en 
vano volver a arrancar el auto un par de veces, pero el motor se 
apaga poco después de volver a la vida. Agarro el arma sin apretar, 
con la respiración tranquila. Estoy tranquilo y con la mente 
despejada. Sé exactamente cómo va a terminar todo. Puedo verlo en 
mi cabeza. 
La puerta del auto se abre. La del conductor. Un hombre sale. 
Antes que pueda cerrar la puerta, pasa una ráfaga de aire y el 
hombre cae al suelo. El otro guardia del auto sabe que algo anda 
mal. Estará armado y esperando problemas. 
 
La puerta se abre. Miro debajo del auto, esperando ver sus pies. 
En su lugar, aparece un arma. Ruedo justo cuando suena un 
estallido. La bala no me alcanza por centímetros. Con el arma en la 
palma de la mano, me pongo de pie y corro por el lateral del auto. 
Hacia la puerta abierta. 
El guardia se está incorporando, tratando de rodearme para un 
segundo disparo. Es demasiado tarde. Ya estoy allí, justo en 
posición. Aprieto el gatillo. La bala entra en su frente justo entre los 
ojos. Cae hacia atrás, muerto. 
Giulio está al otro lado del auto. No puedo ver nada más que sus 
ojos, que brillan de placer. 
—Mierda, sí, assassino. 
Sacudo la cabeza. Solo el hijo de il Diavolo se entusiasma con un 
asesinato. 
Nos reunimos delante del auto. 
—La puerta principal. Yo primero. Vámonos. 
 
 
 
Alessio estuvo impresionante. Lo había visto antes con los 
sicilianos, pero mi hombre está tranquilo y sereno. Peligroso. No se 
puede joder con él. No puedo ver su rostro, pero sé que tiene esa 
expresión severa que pone cuando se concentra intensamente en 
algo. 
Voy a follármelo bien duro en cuanto acabemos con Nino. 
Primero metemos a los guardias en el auto y cerramos las 
puertas. Hay sangre en la calle, pero eso no puede evitarse. Al 
menos no hay cadáveres en el suelo que llamen la atención 
mientras nos ocupamos de Nino. 
La calle está tranquila mientras nos acercamos sigilosamente a 
la entrada de la villa de la amante. La fachada está rodeada por un 
muro que nos servirá de cobertura en caso que ocurra algo en el 
interior. 
Alessio no lo sabe, pero no pretendo que esto sea rápido. No, 
tengo otro plan en mente para Nino. 
Sigo a Alessio por el sendero. Se mueve con cuidado, en silencio. 
Mi corazón late con fuerza, pero apuesto a que el de Alessio ni 
siquiera late rápido. Cada paso es suave y preciso, su cuerpo en 
alerta. 
Prueba el pomo. Como es de esperar, está cerrado. Estoy 
dispuesto a tirar la puerta abajo, pero Alessio levanta una mano. 
Saca una herramienta de tensión y una ganzúa del bolsillo de sus 
pantalones y se inclina ante la cerradura. En treinta segundos, el 
cerrojo se abre. 
Madonna. ¿También sabe forzar cerraduras? 
 
Levanta el arma, gira lentamente el pestillo y abre la puerta. Se 
inclina para ambos lados, izquierda y derecha, para comprobar que 
está despejado. Luego entra sigilosamente en la casa. 
Voy detrás de él. 
Nuestros zapatos no hacen ruido en el suelo de baldosas. 
Podemos oír fácilmente los golpes rítmicos que vienen del piso de 
arriba. 
Alessio me hace un gesto hacia la izquierda y luego hacia la 
derecha. Compruebo cada habitación, asegurándome que Nino no 
tenga a nadie en casa. Puede haber niños u otro pariente. ¿Quién 
diablos sabe? 
Nos reunimos en la cocina. El piso de abajo está despejado. 
Alessio señala arriba. Asiento. 
Me quedo detrás de él mientras subimos las escaleras, despacio. 
En el rellano, nos detenemos. La puerta del dormitorio está 
entreabierta. 
—Scopami forte, Nino. 
Los gruñidos profundos se hacen más fuertes, el cabecero se 
balancea, golpeando la pared. El sonido me indica la posición de la 
cama en la habitación. 
Ella gime. 
—¡Sì, il grosso toro! —Gran toro. 
Alessio se detiene junto a la puerta y me hace un gesto para que 
vaya a la derecha. Supongo que quiere decir que luego irá a la 
izquierda. No me gusta tomarlo por sorpresa, pero lo haré a mi 
manera. Mi necesidad de venganza lo exige. 
Levanto la mano y me señalo. La mirada gris de Alessio se 
desorbita y niega con la cabeza. Ahora sabe que estoy a punto de 
volverme loco. 
Cuando intenta agarrarme del brazo, lo esquivo y entro en el 
dormitorio. Nino está encima, todavía con la camisa de vestir y los 
pantalones por los muslos. La mujer está completamente desnuda. 
 
—¡Nino! ¿Cómo te va con esa polla de cocaína? Parece que da 
mucho trabajo. 
La mujer grita y Nino se zafa de ella, a punto de abalanzarse sobre 
su arma. En un instante estoy a su lado, presionando el cañón de 
mi arma en su cabeza. 
—No te muevas, stronzo. 
Su amante sigue gritando. Pero no puede irse porque Alessio está 
bloqueando su lado de la cama. 
—Enciérrala en el baño —le digo sin apartar la vista de Nino—. Y 
dile que cierre la puta boca. 
Alessio no lo cuestiona. Baja a la amante de la cama y la conduce 
al cuarto de baño. Ya no le presto atención. Me concentro por 
completo en Nino. 
Me fulmina con la mirada. 
—¿Quién demonios eres y qué quieres? 
Con la mano libre, me quito la máscara del rostro. Nino no 
reacciona de inmediato. Jadea, con la polla aún afuera. Sus pupilas 
son enormes, el negro casi tragándose todo su iris. Sigue muy 
drogado. 
—¿No me reconoces, coglione? —le pregunto—. Me has estado 
buscando. Enviaste a seis de tus amigos a Escocia a visitarme. 
Sus fosas nasales se dilatan. 
—Ravazzani. Pedazo de mierda. 
Por el rabillo del ojo veo a Alessio. 
—Búscame una silla —le digo—. Quiero que Nino se siente para 
nuestra charla. 
Nino me mira con desprecio. 
—¿Qué piensas hacer? ¿Llamar a tu padre para que venga 
ayudarte? 
 
O es increíblemente estúpido o intenta ponerme nervioso para 
que cometa un error. Le sonrío. 
—Si mi padre estuviera aquí, ya estarías muerto. ¿Tienes tantas 
ganas de morir, Nino? 
Su piel se sonroja y su pecho se agita con la fuerza de su 
respiración. 
—No me matarás. Si lo haces, empezará una guerra. 
Una silla golpea la alfombra con un ruido sordo. Hago un gesto 
con el arma. 
—Levántate. Sube a la silla. 
Retrocedo, pero sigo apuntándolo con el arma. Se levanta 
lentamente de la cama, se sube los pantalones y se acerca a la silla. 
Alessio está allí, con el arma apuntando también a Nino. 
—¿Es este tu novio, finocchio? —pregunta Nino, usando un 
insulto para referirse a un hombre gay. Odio esa palabra. 
—Es el hombre que te meterá una bala en la cabeza si no haces 
lo que te digo. Siéntate de una puta vez —le espeto. 
Nino se tira en la silla, con expresión beligerante. 
—Esto no es sensato. No querrás enfadarme, cucciolo. —
Cachorro. 
Meto la manoen el bolsillo. 
—Toma. —Le tiendo a Alessio un manojo de bridas—. Átalo a la 
silla. 
—Che cazzo... —Nino se levanta, su rostro muestra signos de 
preocupación. 
Con la palma de la mano en el pecho, lo empujo de nuevo a la 
silla. 
—No te muevas o te pego un tiro en la puta cara. 
 
Casi puedo oír la desaprobación de Alessio cuando me quita las 
bridas, pero no dice nada. Con eficacia, empieza a atar las muñecas 
y los tobillos de Nino a la silla de madera. Nino me amenaza todo el 
tiempo, diciéndome el error que estoy cometiendo. Que sus 
hombres vendrán por mí si le hago daño, bla, bla, bla. No le hago 
caso. 
Por fin tengo adelante al responsable de la muerte de Paolo. 
Y voy a hacerlo sufrir. 
Cuando termina con las ataduras, Alessio se apoya en la pared y 
se cruza de brazos. Aunque su cuerpo parece relajado, su mirada 
está alerta. Hipervigilante. 
—¿Cuánto tiempo me queda? —le pregunto, mientras Nino sigue 
despotricando. 
—Cinco minutos —dice Alessio—. Quizá uno o dos más. 
Tendrá que ser rápido, entonces. 
De otro bolsillo saco una navaja. La abro. 
—Me quitaste algo hace cuatro años. Algo muy valioso. 
El pecho de Nino se agita mientras lucha contra sus ataduras. 
—No sé de qué me hablas. Solo he tratado con tu padre. 
El hielo se instala en mi pecho, una fría resolución de hacer lo 
que haya que hacer. No siento ninguna simpatía, ninguna 
amabilidad por este pedazo de mierda. 
—Intentaste matarme en Bélgica. Tus hombres pusieron ese auto 
bomba. 
La realidad empieza a calar en el cerebro de Nino, adicto a la 
cocaína. Puedo ver la sorpresa y la culpa en su expresión. Aun así, 
miente. 
—No sé nada de bombas. Ma dai, ¿por qué iba a intentar matarte? 
 
—Porque eres un estúpido hijo de puta codicioso, supongo. 
¿Pensaste que matándome debilitarías a mi padre? ¿Qué serías 
capaz de apoderarte de algunos de sus negocios? 
—Don Ravazzani es un aliado, un amigo. No hay animosidad 
entre nosotros. 
Acerco el cuchillo a su mejilla. 
—Cazzata. Quiero la verdad, Nino. Dime la verdad y te dejaré vivir 
a ti y a tu mujer. Nos iremos y podrás volver a follártela con esa 
patética polla tuya. Solo dime por qué lo hiciste. 
—Ya te dije... 
Le paso el filo por la mejilla, haciéndolo sisear. Un rastro de rojo 
recorre el costado de su rostro. 
—No quiero oír mentiras. —Muevo el cuchillo al otro lado de su 
rostro—. La verdad, o tendrás una cicatriz a juego en esta mejilla. 
—Tienes que creerme. —Intenta apartarse del cuchillo—. No soy 
responsable de lo que pasó en Bruges. 
Le hago un corte en la otra mejilla, esta vez más profundo. El olor 
cobrizo de la sangre perfuma el aire. 
—Nunca dije que fuera en Bruges. Descuidado, Nino. Muy 
descuidado. 
Me muevo y llevo la punta de la navaja a su entrepierna. 
—Última oportunidad, Nino. O este finocchio te va a arrancar la 
polla. 
Empieza a forcejear en serio. 
—¡No me toques, frocio47! —Otro insulto, igual de ofensivo. 
Sinceramente, no quisiera tener nada que ver con la polla de 
Nino, pero sus repetidos insultos me están haciendo pensar que 
debería cortársela mientras aún respira. 
 
47 Frocio. Maricón en italiano. 
 
Le corto la parte superior de cada muslo y luego le clavo el 
cuchillo en las bolas. Chilla y se retuerce en la silla. 
—Dímelo —le grito en la cara—. O te quitaré las bolas y te las 
meteré en la boca. 
—Tu padre —jadea—. Teníamos un trato. No cumplió. 
—¿Cuándo? 
—Después del asunto con D'Agostino en Napoli. Para rescatar a 
su esposa. 
Asiento y aparto el cuchillo de sus bolas. 
—Va bene. ¿Ves? Es bueno contar estas cosas, ¿no? 
Se desploma en la silla, sin duda pensando que esto ha 
terminado. 
En un abrir y cerrar de ojos, me abalanzo y le clavo el cuchillo en 
el costado. Nino respira agitadamente y su cuerpo se pone rígido. 
Acerco la boca a su oído y le digo: 
—Vi cómo alguien que me importaba volaba por los aires delante 
de mis ojos. Así que ahora voy a hacerte gritar, testa di cazzo. 
Le clavo el cuchillo hasta el fondo y aúlla. Luego se lo saco de un 
tirón, para volver a clavárselo un poco más arriba. Nino grita al 
techo, mientras la sangre gotea por toda mi mano. 
—Te voy a hacer tantos agujeros —le digo—. Que te desangrarás 
lentamente en el suelo. 
—Por favor. Puedo darte dinero. Autos. Lo que quieras. 
—Vengo de la familia más poderosa de Italia, ¿y crees que puedes 
comprarme? —Lo agarro del cabello, echo su cabeza hacia atrás y 
gruño—: Soy un maldito Ravazzani. Y estás a punto de saber lo que 
les pasa a los hombres que nos traicionan. 
Empiezo apuñalarlo y los gritos resuenan en las paredes. Luego 
Nino es incapaz de emitir ningún ruido coherente porque le corto la 
lengua. 
 
Cuando salimos, unos minutos más tarde, Nino está desplomado 
en la silla, con los ojos vacíos y el cuerpo sin vida. La sangre forma 
un anillo oscuro en la alfombra debajo de él. 
Y siento como si por fin se hubiera cerrado un capítulo de mi 
vida. 
 
 
Salimos de la villa y nos apresuramos para adentrarnos en la 
noche. Al llegar a la otra calle, nos quitamos las máscaras, los 
guantes y nos dirigimos a la moto. No hay nadie. Nadie dio alarma. 
Aun así, no respiraré tranquilo hasta tener a Giulio a salvo. 
En la moto, guardamos las armas y salimos a toda velocidad 
hacia el tráfico. Giulio se aferra a mi cintura, con los dedos 
apretados. ¿Está bien? No puedo asegurarlo. Intenté no intervenir 
mientras cortaba a Nino, sabiendo que Giulio necesitaba purgar sus 
propios demonios. 
Tiene que estar conmocionado tras enterarse que los negocios de 
su padre habían causado la muerte de Paolo. No es una píldora fácil 
de tragar. Espero que llevar a cabo su venganza alivie parte de su 
dolor y culpa. 
Pero no me alegra que no me lo hubiera confiado antes. Habría 
estado bien saber que torturar y matar lentamente a Nino estaba 
en su plan. 
—Aquí —me grita de repente al oído—. ¡Da la vuelta! 
Es un pequeño estacionamiento rodeado de árboles. ¿Che cazzo? 
Hago lo que me pide, aunque no entiendo nada. ¿Quizá está 
enfermo? Algunos soldados vomitan después de causar una muerte 
espantosa. Yo no, pero lo había visto con otros. 
 
Me dirijo hacia la parte trasera del estacionamiento y dejo el 
motor al ralentí, con los pies apoyados en el suelo. Hay otros cuatro 
autos en el estacionamiento. 
Giulio baja la pierna de la moto. 
—Apágala y asegúrala. Luego ven. 
Sin esperar, se aleja por el camino. Aseguro la moto y salgo tras 
él. ¿Qué estamos haciendo? Una vez más, tiene una agenda que no 
comparte conmigo. Tenemos que hablar seriamente de esto. 
Se desvía del camino hacia los árboles. Lo sigo, comprobando los 
alrededores. No hay nadie más, a pesar de los autos que hay en el 
estacionamiento. ¿Adónde se dirige? 
Unas manos se cierran sobre mis hombros y me empujan contra 
el tronco de un árbol. Gruño cuando mi espalda choca con la 
corteza. 
—¿Qué está pasando? 
Sus dedos ya están desabrochando mis pantalones. 
—Te estoy follando. ¿Qué te parece? 
Mi polla no se queja. De repente, está engrosándose, el deseo 
desplegándose dentro de mí. 
—¿Aquí? 
Se acerca, su voz espesa de lujuria. Sus pantalones están 
cubiertos de sangre seca y no me desagrada. En absoluto. 
—Aquí —dice—. No puedo esperar más. 
Mis pantalones están alrededor de mis caderas y su mano 
captura mi polla. Aprieta y gruñe, con el placer recorriéndome. 
—Ahí está esa gran polla que me encanta —murmura contra mi 
garganta. 
—Dios, principe. 
 
—Eres tan jodidamente caliente, Alessione. Ni siquiera lo sabes. 
—Me hace girar y apoyo las palmas en el árbol para no caerme. Me 
baja el pantalón y lo oigo rebuscar en los bolsillos. 
—No necesitas condón —le digo por encima del hombro. 
—No lo necesito. Voy por lubricante. 
¿Trajo lubricante? Antes que pueda preguntar por eso, el frío 
gotea sobre la raja de mi culo, me distrae. 
Oigo sonidos resbaladizos mientras prepara su polla. Luego está 
allí, contra mi agujero. Me agarrade las caderas, me inclina hacia 
abajo y la presión aumenta. Respiro hondo, empujo y su corona se 
desliza en mi interior. La vista se me pone blanca durante unos 
segundos, el dolor me invade. Pero no me importa. Sé lo que pasará 
pronto y la incomodidad merece la pena. 
—Shhh. Déjame entrar, mio bello assassino. Eso es. —Mece sus 
caderas, deslizándose más profundamente cada vez—. Te daré lo 
que necesitas. 
Empujo hacia atrás, tomando más de él. 
—Scopami forte, il grosso toro. 
Gime y apoya la frente en mi espalda. 
—Stronzo. No me hagas reír ahora. 
Con tres empujones se mete hasta el fondo. Me apoyo contra el 
árbol. Empieza a follarme, largos golpes de su polla perfecta que 
hace que apriete los dientes. Cada roce sobre mi próstata me hace 
ver estrellas, como una carga eléctrica en mis bolas. 
—Tan. Jodidamente. Caliente. —puntualiza cada palabra con un 
empujón—. Verte ahí atrás me puso la polla tan dura. 
De repente crujen las hojas y miro hacia allí. Un extraño está allí, 
al acecho. Tiene la polla en la mano, mirando cómo Giulio y yo 
follamos mientras él se masturba. Queda claro por qué hay autos 
en el estacionamiento a esta hora. Este es ese tipo de parque 
público. 
 
Su mirada se clava en donde Giulio me embiste el culo, el 
desconocido tira y retuerce su gorda polla. Nunca me habían 
observado. No estoy seguro de cómo me siento al respecto. 
¿Qué parecemos Giulio y yo para este hombre? ¿Animales en 
celo? ¿Desesperados y salvajes por follar? Me arqueo para recibir 
más, animando a Giulio a ir más rápido. 
—Está viendo cómo me tomas como una buena zorra —canturrea 
Giulio, aparentemente despreocupado por nuestro público. No es 
de extrañar, ya que ha acumulado un número asombroso de 
mamadas en público en clubes nocturnos. Pero para mí es primera 
vez. 
—Te gusta, ¿verdad? —dice y continúa con esos largos 
movimientos—. Te gusta que te miren. Admítelo. 
Al oír esas palabras, mi cuerpo se contrae y mis bolas se tensan. 
Nadie me había excitado más rápido que este hombre. Mi polla 
cuelga entre mis piernas, agitándose salvajemente mientras Giulio 
me embiste. Y el ángulo de sus estocadas son el paraíso, mi próstata 
se enciende con cada arrastre. Pequeñas explosiones me recorren 
de pies a cabeza. 
—Dímelo —ladra Giulio—. Admítelo y te dejaré correrte. 
—¡Minchia! —Aspiro aire, jadeando y retorciéndome contra la 
corteza. Estoy muy cerca. Las puntas de mis dedos se clavan en el 
árbol. 
—Una puttano, ¿no? Dimmi, amore. 
Ya sea por el nombre sucio o por el cariñoso, no puedo 
contenerme. El semen sale disparado de mi polla, mis músculos se 
traban y me aferro al árbol como a un salvavidas. Los bordes de mi 
visión se oscurecen, impotente mientras tiemblo y me estremezco. 
Giulio se engrosa y puedo sentir cómo se dispara dentro de mí. 
Me llena de chorros cálidos, tanto que ya puedo sentirlos corriendo 
por el interior de mis muslos. Grita al cielo. 
Cuando vuelvo a concentrarme, el hombre de los arbustos ha 
desaparecido, pero hay una mancha húmeda en el suelo donde 
había estado. 
 
Jadeando, Giulio se apoya en mi espalda, con su polla aún 
enterrada dentro de mí. 
—Cristo. Tan jodidamente bueno, assassino. 
Sí, lo ha sido. Desearía que no hubiera terminado. 
La saca y me estremezco. Sin duda lo sentiré mañana. Me 
enderezo y empiezo a quitarme la bota para alcanzar el calcetín, un 
viejo truco de la época militar. Una forma de limpiarse rápidamente 
cuando no se dispone de un paño. 
—¿Qué haces? —pregunta Giulio mientras se sube los jeans. 
—Me limpio con el calcetín. 
—Y una mierda. —Me agarra las manos—. Te quiero pegajoso con 
mi corrida todo el camino de vuelta a nuestro apartamento. 
—Giulio. —Suspiro. 
Me acaricia la mejilla. 
—No discutas. —Luego me besa suave y dulcemente. Si pudiera 
detener el tiempo, tendría este momento aquí mismo, para siempre. 
Adolorido por su polla, lleno de su semen, su boca en la mía. Es 
perfecto. 
Cuando nos separamos, levanta algo. 
—Mira lo que tengo. 
Un teléfono. No le entiendo. 
—¿De quién es? 
—De Nino. 
—¿Le robaste el teléfono? 
—Sí, y vamos a llevárselo a alguien que pueda descifrarlo. 
Me abrocho los pantalones, con una mueca de dolor por la 
suciedad húmeda de mis bóxer. 
Me da un apretón en el culo. 
 
—Eso es jodidamente caliente. Me gusta la idea que te sientes en 
mi semen. 
Claro que le gusta. Pero necesitamos hablar de lo que ha pasado 
con Nino. Todavía estoy enfadado. 
Agarro la nuca de Giulio y lo sujeto con fuerza. 
—No vuelvas a sorprenderme así. No sabía lo que planeabas allí. 
Es peligroso que un miembro de un equipo trabaje solo, ¿capisce? 
Nos mantenemos unidos. 
Apoya su frente en mi barbilla y deja que soporte su peso. 
—Perdonami, assassino. No lo volveré a hacer. 
—¿Por qué no me lo dijiste? 
—No quería que me disuadieras. Y era algo que tenía que hacer. 
Por Paolo. Lo entiendo. Y no son celos. Pero no me gusta las 
sorpresas. Me gustan los planes y cumplirlos. 
Beso la parte superior de su cabeza. 
—Nunca intentaré impedir que hagas lo que consideres 
necesario. Mi único propósito en la vida es mantenerte a salvo. No 
me lo pongas más difícil. Si te pasa algo... —Dejo escapar un 
suspiro tembloroso—. No podría soportarlo, principe. 
—No lo haré. Te lo prometto, amore. 
Mientras caminamos de vuelta a la moto, lo estudio. 
—¿Estás bien? 
Una ceja se alza. 
—¿Qué quieres decir? Me he vengado y me has echado un polvo 
increíble en el bosque. ¿Por qué no iba a estar bien? 
Una sonrisa se dibuja en mis labios. Demasiado para 
preocuparme por él. Debí suponer que el antiguo príncipe mafioso 
puede manejar la violencia. 
 
—Estabas preocupado por mí —dice, chocando su hombro contra 
el mío—. Qué lindo. 
Echa una pierna por encima de la moto, parece el mejor anuncio 
de colonia o ropa de marca. Mierda, compraría cualquier cosa que 
este hombre intente vender. 
Agita la mano para darme prisa. 
—Andiamo. Tenemos sitios a los que ir, Alessione. 
Me subo y arranco el motor. La corrida húmeda en mis 
pantalones es incómoda, pero es un recordatorio de lo que 
acabamos de hacer en el bosque. No lo odio. 
—¿Adónde vamos? 
—Ya lo verás. 
 
 
 
 
Finca Ravazzani, Siderno 
 
No les avisé que venía. 
Quiero que sea una sorpresa. Hace casi seis meses que no he 
estado en casa y aquella visita duró menos de dos días. Ahora 
puedo quedarme todo el tiempo que quiera. La sensación es 
surrealista. 
Alessio y yo nos acercamos lentamente a la enorme verja. Yo estoy 
al volante de nuestro auto alquilado, lo que permitirá a los guardias 
verme primero. 
Cuatro hombres rodean el auto, con las armas desenfundadas, y 
solo reconozco a uno. 
—¡Cugino48! —Llamo a Benito—. ¿Todavía te tienen aquí fuera? 
Los ojos de mi primo se abren bruscamente y se apresura para 
acercarse. 
—¡Madre di dio! No sabía que venías. 
Nos damos la mano. 
—¿Cómo has estado? 
—Bien, bien. ¿Vas a subir al castello? —Saca su teléfono. 
—Sí. ¿Está ahí? 
 
48 Cugino. Primo en italiano. 
 
—Voy a averiguarlo. Querrá saber a quién has traído. 
Bien. 
—Bennie, te presento a Alessandro Ricci. Alessio, este es mi 
primo, Benito. 
Alessio asiente escuetamente, con las manos sobre las rodillas. 
Para cualquier otra persona, puede parecer relajado. Pero yo noto 
la tensión en sus hombros, la presión de las puntas de los dedos en 
los jeans. ¿Está nervioso? 
—Ricci —saluda Benito con el teléfono en la oreja. Se da la vuelta 
y empieza a dar información rápidamente a quienquiera que esté al 
otro lado de la línea. Zio Marco, seguramente. Es el Jefe de 
Seguridad de mi padre. Al menos, lo era la última vez que estuve 
aquí. 
Benito hace un gesto hacia la caseta de vigilancia y la puerta se 
abre con un chirrido. 
—Marco los recibirá en la puerta —nos dice. 
—Grazie. ¿Quedamos luego? 
Benito me da una palmada en el hombro a través de la ventanilla 
del auto. 
—Sin duda. 
Atravesamos la verja y emprendemosel largo camino. El lugar no 
ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí. Olivos y 
bergamotas. Colinas ondulantes. Sol radiante y piedra 
desmoronada. Tal es la belleza de una finca de cuatrocientos años. 
El castello se alza en la distancia. A medida que se acerca, la 
sensación de vacío en el pecho desaparece. Esto es mi hogar, no 
importa adónde viaje. La tierra y la grava forman parte de mí. No 
me había dado cuenta de cuánto lo echaba de menos. 
Alessio silba mientras mira por la ventanilla del auto. 
—¿Y renunciaste a esto, principe? Ma dai. 
 
¿Para vivir la vida que quería? ¿Sin tener que esconderme o 
fingir? Había sido una decisión fácil. 
Aunque no había salido como yo quería. Paolo está muerto y 
ahora planeo unirme a la Bratva. Fausto tendrá un par de cosas 
que decir al respecto, sin duda. Pero no quiero vivir a la sombra de 
mi padre. Quiero construir algo propio. 
Algo con Alessio. Algo que sea nuestro. 
La puerta principal se abre cuando apago el motor. Zio Marco sale 
a la escalera. Lleva los brazos a los lados, pero sé que va armado. 
No se arriesga con la seguridad del castello. No desde que casi 
matan a mi padre. 
Salgo y me acerco a él. 
—¿Has engordado? —le pregunto, aunque parece tener la misma 
talla de siempre. Zio Marco se enorgullece de su condición física—. 
Pareces más pesado que la última vez que te vi. 
Me mira fijamente. Entonces su rostro esboza una amplia 
sonrisa. 
—Sigues provocándome, pequeña mierda. —Me abraza con 
fuerza—. Me alegro de verte, Giulio. 
Le devuelvo el abrazo. 
—Y yo a ti, Zio. 
Nos separamos y Zio Marco mira a Alessio, que está sacando 
nuestras maletas del auto. Le hago un gesto a mi hombre para que 
se acerque. Cuando llega hasta mí, le pongo la mano en la espalda. 
—Zio Marco, este es Alessio. 
Marco asiente y me mira fijamente. 
—Ha estado muy preocupado. 
La culpa me atraviesa el pecho. 
—Lo entenderá cuando se lo explique. 
 
—Lo dudo. Venga, vamos. Acabemos con esto. —Inclina la 
barbilla hacia el auto—. Francotirador, agarra las maletas. 
No debería sorprenderme que Zio Marco conozca la ocupación de 
Alessio. Pero lo hago. 
Alessio recoge nuestras pequeñas maletas del suelo y las lleva al 
interior. Marco señala cerca de las escaleras. 
—Déjalas ahí. Está afuera, en el prado. 
¿A estas horas? Me sorprende que Fausto no esté en su oficina. 
La cabeza de Alessio gira mientras contempla el interior del 
castello. Estoy acostumbrado a él, a los viejos tapices, los muebles 
oscuros y los cuadros de valor incalculable. Es una mezcla de lo 
antiguo y lo nuevo, un símbolo de la tradición de los Ravazzani, 
pero también de la riqueza y el poder de mi padre. 
Salimos a la terraza y subimos por el sendero. Pasamos por 
delante del huerto de Zia, que prospera gracias a su talento para la 
jardinería. La bodega y los viñedos quedan a la izquierda, pero nos 
desviamos a la derecha, hacia la granja. A mi hermano le encanta 
montar a caballo. Sin duda, Fausto está supervisando la 
instrucción de Rafe, moldeándolo para convertirlo en el sucesor 
perfecto. 
—Oímos que estabas en Grecia, y luego nada —comenta Zio 
Marco—. ¿Dónde fuiste? 
—Isla Canna. Está en las Hébridas escocesas. 
—Suena jodidamente frío. 
Me rio entre dientes. 
—Lo es. 
Alessio no dice nada, se limita a caminar a mi lado. Siento unas 
ganas extrañas de agarrarlo de la mano, pero esto de los novios es 
nuevo. Aún no sé qué opinará de las muestras de afecto en público. 
Sin poder evitarlo, rozo su brazo con el dorso de mi mano. 
Me dedica una sonrisa tensa. 
 
Marco señala el prado. 
—Ahí tienes. —Al pasar, me agarra del brazo—. Cuando acabes 
aquí, ve a disculparte con Zia. 
—Lo haré. —No menciono que he hablado con Zia en Escocia. 
Ella no está enfadada conmigo. 
A diferencia de Frankie. La esposa de mi padre se pondrá furiosa. 
Fausto está apoyado en la valla, viendo al poni de Rafe pasear 
por el prado con el domador. Mi hermano está en la silla de montar, 
parece un jinete profesional, incluso a los tres años. Fausto está de 
espaldas a nosotros, así que no me ve acercarme. Pero Marco ya le 
habría dicho que estaba en la puerta. Nada pasa en la finca sin que 
Fausto lo sepa. 
Rafe me ve primero. 
—¡Fratello! —grita, sobresaltando a su poni, que empieza a bailar 
de lado. Al instante, el domador agarra las riendas. 
Fausto se gira y mira a Alessio antes de posarse en mí. Frunce el 
ceño. 
Rafe atraviesa la valla y corre hacia nosotros. Me agacho para 
atraparlo y lo levanto por las piernas, sujetándolo boca abajo. 
—¡Signorino! ¿Come stai? 
Ríe mientras deja que sus brazos cuelguen hacia el suelo. 
—¿Has venido a verme montar, Giulio? Todos dicen que soy muy 
bueno. 
—Entonces estoy deseando verlo. —Lo levanto delante del rostro 
de Alessio—. Saluda a Alessio, Rafe. 
—Hola —dice Rafe, riendo. 
—Basta, Raffaele —llama Fausto—. Vuelve a tu lección y déjame 
hablar con tu hermano. 
 
—Está de mal humor —susurra Rafe mientras lo dejo en el suelo. 
Cuando sus pies tocan el suelo, corre hacia su poni por dentro de 
la valla. 
Mi padre se acerca con el ceño fruncido. 
—¿No puedes llamar para avisarnos que vienes? 
—Mi dispiace, Papà —le digo. 
Se acerca, me besa las dos mejillas y luego me envuelve en un 
fuerte abrazo. Huele igual, como mi infancia, y me hundo en su 
abrazo. Mi padre es inquebrantable, una fuerza de la naturaleza. 
Para el resto del mundo es un terrorífico mafioso, il Diavolo, pero 
para mí es el hombre que me había criado desde la muerte de mi 
madre. El hombre que me introdujo en la 'Ndrina. El hombre que 
lloró cuando me fui. 
—Pensé que habías muerto —susurra—. No vuelvas a hacerme 
eso. Ti amo, figlio. 
—Ti amo, Papà. Te lo explicaré, te lo prometo. Tenía mis razones. 
Ven, quiero que conozcas a alguien. 
Suspira y me suelta. 
—Tú y yo tendremos una larga charla más tarde. —Se gira para 
mirar a Alessio. No es una expresión de bienvenida en su rostro—. 
¿Y quién es éste? 
—Papà, te presento a mi ragazzo, Alessio Ricci. 
Fausto no sonríe ni se inmuta. Se queda mirando. 
—El francotirador. 
Alessio no se mueve, su cuerpo antinaturalmente inmóvil. 
—Sí. 
Mi padre extiende una mano hacia Alessio. 
—Alessandro. Tu reputación te precede. 
Alessio estrecha la mano de mi padre. 
 
—Alessio, por favor. Es un honor, Don Ravazzani. 
Fausto mira por encima del hombro. 
—Raffaele, voy a entrar. Necesito hablar con tu hermano. 
—¡Ya has hablado con él! —Rafe grita—. Quédate y mira cómo 
cabalgo, Papà. 
—Necesito trabajar. Pórtate bien con Bruno —dice mi padre, 
refiriéndose al mozo que da la lección. 
—¡Lo llevaré una vez que terminemos, Don Ravazzani! —dice 
Bruno. 
Mi padre levanta la mano en señal de reconocimiento, se da la 
vuelta y empieza a guiarnos hacia el castello. Los tres caminamos 
uno al lado del otro, yo en medio. Mi padre se lleva las manos a la 
espalda y camina despacio. Sé que está reflexionando. 
—Después de Santorini —empieza—. ¿Qué pasó? 
—Me fui a Escocia. A una pequeña isla del norte. 
—¿Y no pudiste llamar? 
—No. No era seguro. 
Hace un ruido despectivo con la garganta. 
—¿No te he enseñado nada? 
—Quería tener cuidado. Y entonces... 
—¿Y luego? —me pregunta cuando no termino. 
Y entonces rastreamos a los sicilianos y fuimos tras Nino. 
—¿Podemos hablar de esto más tarde? 
—Tú y yo hablaremos en breve. Espero respuestas. 
Subimos por el sendero. El castello está bañado en un amarillo 
dorado, tiñendo la piedra de un color casi anaranjado. Es 
increíblemente hermoso, y mi pecho se hincha de orgullo. Aunque 
ya no es mi legado, sigo llevándolo en la sangre. 
 
La puerta de la terraza se abre y una mujer sale al sol. 
Una Frankie obviamente embarazada. Y me está mirando. 
—Está muy enfadada contigo —dice mi padre en voz baja—. 
Prepárate para arrastrarte. 
Se acerca a la terraza para encontrarse con ella y se inclina para 
besar su boca. 
—Dolcezza, no seas dura con él. —Le oigo decir. Mirando por 
encima delhombro, Fausto dice—: Francotirador, conmigo. 
Espera, ¿por qué quiere hablar con Alessio? Las alarmas 
empiezan a sonar en mi cerebro. 
—Papà, espera. Iré contigo. 
—No. Habla con Francesca primero. Yo hablaré con tu ragazzo. 
—¡Ragazzo! —Los ojos de Frankie se llenan de incredulidad y 
dolor—. ¿Qué mierda, G? 
—Ragazzo, figlio mio —dice mi padre desde el interior del castello. 
 
 
Tengo la boca más seca que el Desierto de Kandahar mientras 
sigo a Fausto Ravazzani hasta su casa. ¿Lo sabe? Apenas puedo 
respirar por el pánico que me oprime la garganta. 
¿Estoy a punto de morir? 
Intento distraerme con el entorno. El castello es hermoso, 
exactamente lo que uno espera de la realeza del viejo mundo como 
Ravazzani. ¿Y Giulio renunció a todo esto? Debió amar mucho a 
Paolo para dejarlo. 
—Por aquí. —Ravazzani me abre la puerta. 
 
Entro y encuentro a Marco Ravazzani sentado en una silla junto 
a un gran escritorio. Espero, sin saber adónde ir. ¿Se me permite 
sentarme? ¿Va a dispararme aquí, sobre la alfombra persa? 
Ravazzani se acerca a su escritorio y se sienta. 
—Siéntate. 
Me acomodo en uno de los sillones frente al escritorio. Me quedo 
callado, esperando, mientras Ravazzani se reclina en su silla. Junta 
los dedos y los apoya en sus labios. Su mirada azul hielo no se 
aparta de mi rostro. El color es exactamente igual al de Giulio, pero 
aquellos ojos no contienen calor ni brillo. Ningún indicio de 
bienvenida. 
Me concentro en mantener el ritmo cardíaco bajo, como hago 
cuando estoy trabajando. Algo me dice que este hombre huele el 
nerviosismo a un kilómetro de distancia. Pero cuanto más se 
prolonga el silencio, más me preocupa. 
—¿Crees que no sé quién eres? —dice finalmente Ravazzani. 
No hablo, inseguro de a dónde quiere llegar. La inquietud me 
recorre el cuello, como arañas de aprensión, pero me aferro a la 
esperanza que no se trate del intento de asesinato. 
Esa esperanza se desvanece cuando Ravazzani continúa. 
—Verás, he aprendido mucho sobre Enzo D'Agostino desde que 
empezó a salir con mi cuñada. Y a Enzo, le gusta lo mejor. Tiene el 
dinero para permitírselo. 
Me concentro en meter aire en los pulmones. Inhalar y exhalar. 
Inhalar y exhalar. 
—Durante mucho tiempo no creí que fueras tú —dice Fausto—. 
Después de todo, fallaste. 
La última palabra atraviesa la habitación. Mi estómago cae en 
picada. Lo sabe. Maldita sea. 
¿Pero puede demostrarlo? 
 
—¿Pero a quién más confiaría D'Agostino un trabajo tan 
importante? —pregunta Ravazzani—. No hay nadie más. Así que te 
buscamos. Un fantasma, imposible de encontrar, dijeron. Así que 
utilicé la única pista que tenía a mi disposición. 
Fausto abre lentamente el cajón de su escritorio y deja un frasco 
de cristal sobre la mesa. Dentro hay una bala. Mi bala especial. 
No, es imposible. 
Puedo sentir cómo todo lo que había esperado, todo lo que había 
soñado, desaparece como anillos de humo. No puedo respirar. La 
sangre me corre por los oídos mientras espero en silencio a que el 
cuchillo caiga y me corte la cabeza. 
Señala el frasco. 
—Un hombre conocía esa bala. Fabricada a mano en Alemania 
con las especificaciones exactas. Tus especificaciones, Alessandro. 
Lo miro fijamente, sin apenas pestañear. ¿Por qué he venido aquí 
con Giulio? Debí saber que este secreto no permanecería enterrado. 
Ahora lo perderé. 
Pero Ravazzani no ha terminado. Inclinándose hacia adelante, su 
voz se vuelve suave, hilada de violencia. 
—También sé que te contrataron para asesinar a Giulio. Así que 
dime cómo un hombre que casi me mata y aceptó matar a mi hijo 
es bienvenido en mi casa. ¿Alrededor de mi puta familia? 
Está gritando cuando termina de hablar, su furia es aterradora. 
Con la soga apretándome alrededor del cuello, no tengo nada que 
perder. Solo tengo que defender mi caso. 
—Salvé la vida de su hijo. Lo ayudé a matar a los sicilianos 
responsables del auto bomba. Vinieron a Escocia para matarlo. 
—¿De verdad eres tan estúpido como para pensar que esto 
equilibra la balanza, stronzo? 
No. Sé que es imperdonable, y perderé a Giulio en el instante en 
que se entere. Lo cual, será pronto. 
 
—Soy un asesino a sueldo. Tú eras solo un trabajo, solo un 
objetivo —digo—. Nada más, nada menos. Y no puedo cambiar lo 
que pasó. 
—Entonces, ¿por qué aceptar el encargo de asesinar a mi hijo? 
No puedo responder. D'Agostino me había obligado a dar el golpe 
a Giulio, pero yo iba a cumplir nuestro acuerdo. Incluso si ya no me 
beneficiaba. 
Y no importa por qué. Había ido tras Giulio con la intención de 
matarlo. Lo perseguí por varias ciudades, vigilé cada uno de sus 
movimientos. No puedo negarlo. 
—Tenía mis razones —digo. 
Fausto intercambia una mirada indescifrable con Marco. El 
consigliere se vuelve hacia mí, con ojos duros de odio. 
—Sería prudente que nos lo contaras todo, francotirador. 
Incluido para quién trabajabas. 
No me echo atrás. 
—Nunca revelo la identidad de un cliente. 
El momento se alarga. Fausto y Marco no hablan, solo siguen 
observándome. Es una vieja táctica de interrogatorio, hacer sudar 
a tu oponente, pero no me doblegaré. 
Me concentro en Ravazzani y cuento mis respiraciones. Aprieto 
los reposabrazos de la silla. Aprieto los dedos de los pies contra la 
alfombra. Concentrarme en esos pequeños detalles me mantiene 
con los pies en la tierra y en calma. 
Por fin habla Ravazzani: 
—Te buscamos durante años. Pero desapareciste. Puf. Luego 
seguiste a mi hijo de Málaga a Santorini y a Escocia. Ahora estás 
aquí. En mi casa. ¿Y se supone que debo creer que ya no quieres 
matarlo, que ya no quieres matarme? ¿Nos tomas por tontos? 
—Amo a Giulio. Preferiría cortarme un brazo antes que hacerle 
daño. 
 
—Cuidado, francotirador —dice Marco—. Puede que te pidan que 
te sometas a una prueba así. 
No aparto los ojos del padre de Giulio. 
—Lo amo, Don Ravazzani. Más que a nada. 
—No lo dudo. Es el heredero de una gran fortuna, ¿no? Un 
imperio digno de un rey. 
¿Cree que estoy tras Giulio por su dinero? No puedo evitarlo, me 
rio. 
—Tengo más dinero del que podría gastar en diez vidas. No quiero 
el dinero de Giulio. 
—¿Y debo creer todo lo que dices? Un hombre sin lealtades, sin 
lealtad a nadie más que a sí mismo. 
—Soy leal a su hijo. 
—¿Oh? ¿Entonces le has dicho que casi me matas en la calle, 
mientras él estaba parado a pocos metros? —Como guardo silencio, 
pregunta—: ¿Le has dicho al menos quién te contrató para matarlo? 
—No, pero sabe que el golpe fue cancelado. 
—Cancelado, ¿porque tú lo cancelaste? ¿O porque quien te 
contrató ya no deseaba que asesinaran a mi hijo? 
Respondo a mi manera: 
—No quería matarlo, y entonces ya no fue necesario. 
Su palma golpea el escritorio, el fuerte crujido resuena como un 
disparo. 
—Te he concedido la entrada en mi casa con mi esposa y mis 
hijos. Y a cambio no recibo más que mentiras y evasivas. 
—Mi dispiace, Don Ravazzani, pero no puedo decirle nada sobre 
mis clientes. Mi vida depende de mí discreción. 
—Ahora mismo tu vida depende de mí. 
 
La amenaza es clara en cada sílaba. No sé qué hacer o decir para 
hacerle cambiar de opinión. Temo que esta información salga a la 
luz. 
Ravazzani señala a Marco. 
—Tráelo aquí. 
Se me cierran las entrañas, con el miedo clavado como una piedra 
en el pecho. Me gustaría esperar que Giulio comprendiera, que 
perdone mi pasado. Pero soy realista. Me baso en fríos aspectos 
prácticos, no en arco iris y deseos. Esto destruirá todo lo que Giulio 
y yo tenemos juntos. 
Mientras Marco envía mensajes a Giulio, yo mantengo mi 
atención en Ravazzani. 
—Esto solo perjudicará a su hijo. Lo amo. Somos felices juntos. 
Me comprometeré con él hasta mi último aliento. 
El pecho de Fausto se dilata y su expresión se ensombrece. 
—No tengo intención de ocultarle nada a mi hijo. Merece saber 
qué clase de hombre eres. Entonces decidiremos juntos tu destino. 
Con esas ominosas palabras suspendidas en el aire, nos 
quedamos en silencio. No hay nada másque hacer que esperar. 
 
 
 
 
La esposa de mi padre... y mi íntima amiga... me fulmina con la 
mirada. Todavía estamos afuera, de pie en el patio. 
—En serio, ¿qué mierda, G? 
Levanto las palmas de las manos. 
—Tenía una muy buena razón para no llamarte. 
Se acerca más. 
—Llamaste a Zia —sisea en voz baja—. Él no lo sabe, pero ella me 
lo dijo. No quería que me preocupara por el bebé. 
Maldita sea. Desearía que Zia no le hubiera contado a Frankie lo 
de la llamada. 
—No quería ponerte en esa situación. Es tu esposo y no quería 
que supiera dónde estaba. 
—¿Y ahora tienes novio? 
Arrastro mis dedos por mi cabello. 
—Ven, camina conmigo y te lo explicaré todo. Te he echado de 
menos. 
Me dedica una pequeña sonrisa. 
—Yo también te he echado de menos. —Entonces se abraza a mí, 
con sus brazos alrededor de mi cintura. La abrazo durante un largo 
rato, tan feliz de volver a verla. 
 
—Creí que habías muerto. —Habla en mi pecho—. Después que 
me colgaras en Santorini, Fausto no pudo encontrarte. Jesús, 
Giulio. Estaba fuera de mí por la preocupación. 
—Lo siento. De verdad, Frankie. Nunca quise hacerte daño. 
Ella me deja ir, pero envuelve nuestros brazos juntos. 
—Anda. Vamos a ver a Rafe antes que vuelva loco a Bruno. 
Empezamos a caminar hacia los establos. Lleva el cabello rubio 
recogido en un moño desordenado y no lleva maquillaje. Incluso así, 
es una bomba. No me extraña que mi padre perdiera la cabeza 
cuando la conoció. 
—Tienes buen aspecto —le digo—. Este embarazo te sienta bien. 
—Gracias. Estoy tan cansada todo el tiempo con este. Debe ser 
otro niño. 
—¿Qué dice Zia? 
—Gemelos. —Suelto una carcajada y ella me da un codazo en las 
costillas—. Deja de reír, stronzo. No puedo con gemelos. Me voy a 
volver loca. 
—Estarás bien, matrigna. Mi padre cuidará de ti. Te conseguirá 
la ayuda que necesites. 
—Sí, ya sé cómo me cuidará —dice ella secamente—. Eso es lo 
que me metió en este lío en primer lugar. 
—Él te ama. —Saludo a uno de los trabajadores de la finca que 
grita mi nombre a modo de saludo—. Por eso no podía decírtelo, 
Frankie. No podía poner todo esto en peligro. No podía arriesgarte 
a ti ni a los niños. 
—¿Arriesgarnos, cómo? 
Le explico sobre los sicilianos, Alessio encontrándome en Málaga. 
Todo lo que ha pasado hasta hoy. 
—Mierda. ¿Tenías dos golpes en tu contra? 
—Sí. 
 
—¿No te preocupaba que Alessio fuera a matarte? 
—Al principio. Pero luego... nos enamoramos. 
—Te enamoraste del hombre enviado a matarte. ¡Jesús! Ni 
siquiera sé cómo hacerme a la idea de eso. 
—Dai, te enamoraste del hombre que te secuestró para que te 
casaras conmigo. Así que al menos mi historia es tan jodida como 
la tuya. 
Se ríe y apoya la cabeza en mi hombro. 
—¿Quién lo contrató? 
—No me lo quiere decir. 
—¿Y te parece bien? 
Confío en Alessio con todo mi ser. Es difícil de explicar, pero ya 
no me importa el pasado. Por primera vez en años, estoy 
contemplando mi futuro. Y tengo que agradecérselo a Alessio. 
—Seguro que me lo dirá, pero no me preocupa. 
—A Fausto no le gustará esa respuesta. 
—Bueno, esto no es asunto de Fausto. 
—Todo es asunto de Fausto. Ya deberías saberlo. 
Lo sé, por eso planeo mudarme a Málaga y empezar mi propio 
imperio. Con Alessio. Entonces podré volver a Siderno y visitarlo 
cuando quiera, el tiempo que quiera. 
Una pequeña sonrisa tuerce mis labios. Nunca pensé que 
recuperaría mi vida, ni que encontraría a otro hombre a quien amar. 
Pero conseguí ambas cosas en las últimas semanas. 
—Me alegro de volver a ver esa mirada tonta y enamorada en tu 
rostro —dice Frankie mientras caminamos por el sendero—. Ha 
pasado mucho tiempo, ¿sabes? 
—Te gustará. Es parte Adam Driver, parte Gianluigi Buffon. 
 
—¿Quién es Gianluigi Buffon? 
Sacudo la cabeza como si estuviera profundamente decepcionado 
con ella. 
—¿No has investigado a los grandes héroes de tu país de 
adopción? Ma dai, Frankie. 
—Debe de ser un futbolista, entonces. ¿Y sinceramente? Me 
tenías con Adam Driver. 
Inclinándome, beso la parte superior de su cabeza. 
—Me alegra ver que no has cambiado. 
—Bueno, me alegra ver que tú sí. Eres más feliz. Más ligero. Las 
ojeras han desaparecido. Te pareces al hombre que conocí hace 
tiempo. 
—¿Quieres decir cuando pensabas que ibas a tener que casarte 
conmigo? 
—Gracias a Dios que eso nunca ocurrió. —El paddock aparece a 
la vista y ella saluda con la mano cuando Rafe la ve—. Nos 
habríamos hecho miserables el uno al otro. 
Sinceramente, no puedo imaginarlo. La amo como a una 
hermana. Algo más que eso habría sido imposible. 
Mi móvil zumba en mi bolsillo. Lo saco y veo un mensaje de Zio 
Marco. 
Ven a la oficina. Ahora mismo. 
¡Minchia! ¿Ha pasado algo entre mi padre y Alessio? 
—Tengo que irme —le digo a Frankie—. ¿Estás bien aquí, o 
quieres volver al castello conmigo? 
—Me quedaré aquí. Ahora que Rafe me ha visto, le dará un ataque 
si intento irme. 
Inclinándome, beso su mejilla. 
 
—Nos vemos en un rato. Ven a buscarme cuando vuelvas a la 
casa. 
Promete que lo hará y me apresuro para ir al castello. Debí 
haberme quedado en su reunión. Nunca debí dejar a Alessio solo 
con Fausto. Mi padre probablemente está interrogando a Alessio 
sobre sus trabajos anteriores, incluido el golpe en mi contra. 
Tengo que entrar y explicarle la situación a Fausto. Alessio nunca 
planeó matarme. En realidad, no. Yo no había estado en peligro, y 
luego no podíamos quitarnos las manos de encima en Escocia. Mi 
padre lo entendería. Todo suena mucho peor de lo que fue. 
Y necesito contarle lo que pasó en Palermo. Nino Buscetta y la 
tregua rota. 
Subo trotando la pequeña cuesta que lleva a la casa. Atravieso el 
patio. Luego entro. Mis zapatos repiquetean en la vieja baldosa, un 
suelo por el que había corrido de niño. 
No me molesto en llamar. Abro la puerta de golpe y entro. La 
habitación está en un silencio sepulcral, el que se produce después 
de una discusión. 
—¿Che c'è? —pregunto de inmediato. Alguien tiene que ponerme 
al corriente ahora mismo. 
—Siéntate, figlio —dice mi padre. Se reclina en la silla, con los 
ángulos de la cara más marcados que de costumbre. Marco parece 
nervioso, vigilante. 
Alessio no me mira a los ojos. 
Me siento en la silla vacía junto a Alessio. Me doy cuenta que 
agarra con fuerza los reposabrazos, con los nudillos blancos. Sé que 
mi padre a veces puede dar mucho miedo, pero yo puedo con él. 
Alargo la mano y toco el brazo de Alessio para intentar 
tranquilizarlo. Se queda inmóvil, congelado, así que miro a mi 
padre. 
—Pàpa, déjame explicarte. 
 
—Yo iré primero, por favor. —Fausto desliza un frasco de cristal 
hacia mí—. ¿Sabes qué es esto? 
Miro más de cerca. Fragmentos de metal. 
—Una bala. 
—Sí. Concretamente, la bala que me extrajeron hace cuatro años. 
—Horrible. Bien, ¿qué tiene que ver conmigo? 
—Tiene que ver con tu ragazzo. 
Miro a Alessio, pero solo recibo su perfil a cambio. 
—No lo entiendo. 
Fausto vuelve su atención hacia Alessio. 
—¿Quieres decírselo tú, o se lo digo yo? 
Un músculo estalla en la mandíbula de Alessio y pierdo la 
paciencia. 
—¡Madre di dio! Que alguien me diga qué mierda está pasando 
aquí. 
La voz de Alessio no es alta pero sí clara. 
—¿El contrato de tu padre? ¿El disparo desde la azotea de 
Siderno? Ese fui yo. 
Un resoplido de incredulidad sale de mis labios. 
—¿Tú? ¿En la azotea? Eso significaría... —La verdad encaja en 
su sitio. Es como si todas las piezas del rompecabezas se alinearan 
instantáneamente en mi cerebro y me dieran una bofetada en el 
rostro. 
Mis dedos se desprenden del brazo de Alessio. 
El dolor me atraviesa el pecho. Dejo de respirar mientras mi 
columna se endereza. Alessio había disparado a mi padre. No, 
Alessio casi había matado a mi padre. 
 
Pero no puede ser verdad. Alessio me lo habría dicho. Incluso 
habíamos hablado del intento de asesinato. Me acosté con este 
hombre. Lo besé, me lo follé. Confié en él. 
Le di todo. 
Espera. Tiene que faltar