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Mafia Darling 2 Mila Finelli

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Emma James

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COLABORACIÓN 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
NOTA 
 
La traducción de este libro es un proyecto de Erotic By PornLove, 
Reading Girls. No es, ni pretende ser o sustituir al original y no tiene 
ninguna relación con la editorial oficial, por lo que puede contener 
errores. 
 
El presente libro llega a ti gracias al esfuerzo desinteresado de 
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dichas producciones con fines lucrativos. 
 
 
 
 
 
 
 
Aclaración del staff: 
 
 Erotic By PornLove al traducir ambientamos la historia 
dependiendo del país donde se desarrolla, por eso el 
vocabulario y expresiones léxicas cambian y se adaptan. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
MAFIA DARLING 
THE KINGS OF ITALY Kings 2 
MILA FINELLI 
 
 
 
 
 
 
 
 
SINOPSIS 
 
FAUSTO 
En mi mundo, la lealtad lo es todo. No debí haber dejado que 
se acercara. No debí haber dejado que se metiera en mi piel. 
Pero eso no significa que dejaré que otro me la arrebate. 
Pagará con su vida, porque nada me impedirá recuperar lo que 
perdí. 
Francesca es mía y me la quedo. 
 
FRANCESCA 
Encontré a un hombre peligroso que me hace arder de 
necesidad, un hombre sin el que no puedo vivir... hasta que me 
acusó de traición y me envió lejos. 
Entonces fui secuestrada por su rival. Fausto cree que puede 
rescatarme y tenerme mendigando a sus pies una vez más. Pero ya 
me cansé de rogar. 
Esta vez, será el rey quien se rompa. 
 
The Kings Of Italy #2 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando el diablo te acaricia, quiere tu alma. 
 
Proverbio italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
ÍNDICE 
COLABORACIÓN _____________________________________________________ 2 
NOTA _______________________________________________________________ 3 
Aclaración del staff: __________________________________________________ 4 
MAFIA DARLING ____________________________________________________ 5 
SINOPSIS ____________________________________________________________ 6 
ÍNDICE _____________________________________________________________ 8 
CAPÍTULO UNO _____________________________________________________ 10 
CAPÍTULO DOS _____________________________________________________ 13 
CAPÍTULO TRES ____________________________________________________ 22 
CAPÍTULO CUATRO _________________________________________________ 35 
CAPÍTULO CINCO ___________________________________________________ 50 
CAPÍTULO SEIS _____________________________________________________ 64 
CAPÍTULO SIETE ___________________________________________________ 80 
CAPÍTULO OCHO ___________________________________________________ 94 
CAPÍTULO NUEVE _________________________________________________ 111 
CAPÍTULO DIEZ ___________________________________________________ 126 
CAPÍTULO ONCE __________________________________________________ 141 
CAPÍTULO DOCE __________________________________________________ 155 
CAPÍTULO TRECE _________________________________________________ 168 
CAPÍTULO CATORCE ______________________________________________ 183 
CAPÍTULO QUINCE ________________________________________________ 197 
CAPÍTULO DIECISÉIS ______________________________________________ 216 
CAPÍTULO DIECISIETE _____________________________________________ 232 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO DIECIOCHO _____________________________________________ 252 
CAPÍTULO DIECINUEVE ____________________________________________ 269 
CAPÍTULO VEINTE ________________________________________________ 285 
CAPÍTULO VEINTIUNO _____________________________________________ 296 
CAPÍTULO VEINTIDÓS _____________________________________________ 310 
CAPÍTULO VEINTITRÉS ____________________________________________ 324 
CAPÍTULO VEINTICUATRO _________________________________________ 334 
CAPÍTULO VEINTICINCO ___________________________________________ 351 
CAPÍTULO VEINTISÉIS _____________________________________________ 363 
CAPÍTULO VEINTISIETE ___________________________________________ 382 
CAPÍTULO VEINTIOCHO ___________________________________________ 403 
CAPÍTULO VEINTINUEVE __________________________________________ 417 
CAPÍTULO TREINTA _______________________________________________ 426 
NOTA DE MILA ____________________________________________________ 439 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
UNO 
Fausto 
 
A menudo sueño con sangre. 
Ríos de ella, llenando mi boca y asfixiándome. Ahogándome a 
mí y a todos los que me importan, sin esperanza de sobrevivir. 
Los sueños empezaron cuando era un soldado de a pie, que 
todavía se preparaba bajo la atenta mirada de mi padre. En aquellos 
días, el hijo del jefe no recibía un pase en las tareas más espantosas. 
No, usaban esas tareas para endurecerme, para convertirme de 
chico en hombre. 
Un hombre capaz de liderar la mafia más peligrosa del 
mundo. La 'Ndrangheta1. 
 
1 'Ndrangheta. Término calabrés. Es una organización criminal de Italia, cuya zona de 
actuación predominante es Calabria 
 
 
 
 
 
 
 
No había elección para mí, no había otra vida que considerar. 
Con el paso de los años, seguí las instrucciones y nunca me atreví 
a mostrar una pizca de debilidad. La tortura y el asesinato se 
convirtieron en una segunda naturaleza para mí, un trabajo que 
aprendí a amar. Me gané el respeto de mis hermanos 'ndrina2 y el 
miedo de mis enemigos. Los murmullos me siguen allá donde voy, 
las historias de mi crueldad se extienden por todas partes. 
Esto enorgullecía a mi padre. 
Me lo decía a menudo, sobre todo después de verme en mis 
peores momentos. Lo llamaban cuando me mostraba demasiado 
ansioso con mi cuchillo, la sangre de nuestros enemigos manchaba 
cada parte de mí de rojo como el Diablo. De ahí nació la leyenda de 
Il Diavolo. Destripar, desmembrar, descuartizar... el dolor que yo 
infligía se devolvía multiplicado por diez por el amor de mi padre. 
Se convirtió en un círculo vicioso para mí, más asesinatos 
para ganar más elogios, hasta que apenas dormía debido a las 
pesadillas. Incluso años después, solo dormía tres o cuatro horas 
antes de despertarme con sudor frío y un grito que me arañaba la 
garganta. Entonces me levantaba y hacía ejercicio, corriendo hasta 
casi caer. 
Esa era mi vida antes que ella llegara. Tenía más de lo que la 
mayoría de los hombres podrían soñar, incluso si el agotamiento 
acechaba cada momento de vigilia, de modo que era suficiente. 
Nunca cambiaría mi vida por una conciencia tranquila. 
Entonces llegó ella, con su fuego y su descaro. ¿Y las 
pesadillas? Se acabaron cuando estaba con ella. Durante unas 
semanas, tuve un respiro de los fantasmas de mi pasado, mi primer 
sueño decente en décadas. 
 
2 'ndrina. Es una unidad básica de la 'Ndrangheta de Calabria. 
 
 
 
 
 
 
 
Luego la envié lejos. 
Los sueños han vuelto, pero peor porque la incluyen a ella. Mi 
dolcezza3, sola y asustada, su cuerpo desangrándose ante mis ojos, 
y no hay nada que pueda hacer al respecto. A mis pesadillas no les 
importa que Francesca me haya traicionado, que no sea la persona 
que yo creí que era. No, mis pesadillas viven para torturarme y 
volverme loco noche tras noche, llevándome al límite de mi 
resistencia. 
Mi hijo también aparece en mis sueños, y cada vez lo 
encuentro muerto. Siempre lo matan antes que pueda salvarlo, 
dejandosu cuerpo sin vida para que lo encuentre. Mi buen chico, 
sacrificado como un cerdo. 
Tanta sangre. Tanta muerte. 
Chi male comincia, peggio finisce. 
Un mal comienzo hace un mal final. 
Esta es la vida que he elegido. No importa lo que pase, no hay 
vuelta atrás. 
 
 
3 Dolcezza. Dulzura en Italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DOS 
Giulio 
 
Esperando en un semáforo, doy otra calada a mi vaporizador 
de hierba y aguanto el humo todo lo que puedo. Exhalo, y la suave 
sensación se extiende por mi torrente sanguíneo como un baño 
caliente. Cazzo4, esto es agradable. 
Me apoyo en el reposacabezas y cierro los ojos. Esta sensación 
es mucho mejor que la de beber alcohol, que solo me hace sentir 
aún más como mi padre. Se aficionó a la bebida ahora que Frankie 
se ha ido. Fausto y yo ya tenemos bastante en común; no es 
necesario añadir un problema de alcohol a la lista. 
Un auto toca la bocina detrás de mí. Abro los ojos y le hago 
un gesto al conductor. Stronzo5. Pongo mi Ferrari en marcha y me 
adentro en el tráfico hacia la playa al mediodía. La música sale de 
 
4 Cazzo. Mierda en italiano. 
5 Stronzo. Estúpido en italiano 
 
 
 
 
 
 
 
mi equipo de sonido, una canción que no había escuchado en años. 
Golpeo el volante con las manos y cambio de marcha rápidamente 
mientras canto. Dio6, me siento bien. Con sed, pero bien. 
Ojalá pudiera follarme a Paolo ahora mismo. 
Ese pensamiento casi me arruina el zumbido, así que lo dejo 
de lado. Si quiero mantener vivo a Paolo, no puedo volver a verlo. 
Excepto que no quiero follar con nadie más. Todavía lo amo. 
Se me aprieta el pecho y el corazón me late tan fuerte que 
juraría que es más fuerte que el bajo de la canción. No me he 
acostado con nadie en tres semanas, y es una tortura. Aun así, mi 
polla se quedó flácida en el club de striptease de anoche, para 
decepción de la chica que se estaba frotando en mi regazo. La vida 
sería mucho más fácil si me gustaran las mujeres. 
O si pudiera tener a Paolo. 
Mi padre cree que es tan simple. El gran Fausto Ravazzani da 
sus órdenes y espera que todos nos alineemos. 
Te dije que podías hacer lo que quisieras después que te 
establecieras y tuvieras hijos. 
Excepto que Paolo nunca esperará, mientras yo dejo 
embarazada a mi esposa suficientes veces para llenar el árbol 
genealógico, y no espero hacerlo. 
Cristo, ¿Paolo ya se está tirando a otra persona? 
La idea me hiela la sangre, incluso con la hierba en mi 
organismo. ¿Se ha olvidado de mí y ha seguido adelante en las 
últimas tres semanas? Seguro que sí. Parecía bastante triste 
cuando rompí con él, pero quizá esas lágrimas habían sido falsas. 
 
6 Dio. Dios en italiano 
 
 
 
 
 
 
 
¿Ha empezado a publicar en las aplicaciones de citas y a conocer a 
otros hombres? 
Tengo que averiguarlo. 
Me detengo en la entrada de la casa de la playa y llevo una 
caja llena de cornetti7 y sfogliatelle8 de Zia hasta la puerta principal. 
Frankie sigue sin comer lo suficiente, pero tal vez pueda 
convencerla que coma algunos bocados. Por lo menos nos sentimos 
miserables juntos. Aunque odio verla triste, estar con ella todos los 
días me ha mantenido cuerdo después de mi ruptura. Eso, y la 
hierba. 
Envío un mensaje de texto a Sal, su guardia, para informarle 
que estoy aquí y luego utilizo mi llave por si está dormida. Me dirijo 
primero a la cocina. Las habitaciones están vacías y silenciosas, con 
los sonidos de la playa de fondo. Una vieja taza de café se encuentra 
en la isla de la cocina, la tablet de Frankie descansa allí. ¿Se volvió 
a acostar? 
—Sal —llamo en voz baja. Normalmente, el gran hombre se 
sienta en la puerta trasera, no del todo adentro, pero cerca en caso 
de problemas. Pero su silla está vacía. Consulto mi reloj. Las dos en 
punto. Sal debería estar aquí. 
¿Están en la playa? Escudriño la arena que se extiende a lo 
largo de la orilla del agua. Hace tiempo que Frankie no tiene ganas 
de dar largos paseos o nadar. Hay un montón de gente en la playa, 
pero ninguno de ellos es Frankie o Sal. 
Esto es extraño. 
 
7 Cornetti. Croissant en italiano. 
8 Sfogliatelle. Es un dulce típico de origen napolitano, hechas con masa de hojaldre. 
 
 
 
 
 
 
 
Marco el teléfono móvil de Sal y saco mi arma del interior de 
mi chaqueta. Guardando absoluto silencio, subo a ver si está en la 
cama. 
La cama principal está desordenada pero vacía. Tampoco está 
en el baño. ¿Ma che cazzo9? 
El sudor me brota en la nuca, cada parte de mí está ahora en 
alerta máxima. Compruebo rápidamente el resto del piso superior 
y vuelvo a bajar. Llamo al sustituto de Sal, Luca. Contesta al 
segundo timbre. 
—¿Dónde estás? —ladro. 
—A punto de salir de casa, ¿por qué? 
—¿Has tenido noticias de Sal hoy? 
—Sí, esta mañana. Quería saber si podíamos intercambiar los 
turnos mañana. 
—No está aquí. —Empiezo abrir las puertas de los armarios y 
a revisar detrás de los muebles—. Tanto Sal como Frankie han 
desaparecido. 
—Eso es imposible —dice, y puedo escuchar cómo se mueve 
en el fondo—. Voy ahora mismo, pero deberías llamar a Marco. 
Pueden revisar las imágenes de seguridad del castello10. 
Mientras cuelgo a Luca, vuelvo a la cocina para mirar en la 
despensa. En cuanto abro la puerta, mi corazón se hunde. Sal está 
allí, inmóvil. ¡Minchia11! ¿Está muerto? 
 
9 Ma che cazzo. Qué mierda o Qué Carajo, en italiano. 
10 Castello. Castillo, en italiano. 
11 Minchia. Carajo en Italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Peor aun, ¿dónde demonios está Frankie? 
Esto es malo. Esto es muy, muy malo. 
Tengo que llamar a mi padre. 
 
 
Fausto 
Me froto los ojos tras las gafas. Las palabras de la pantalla 
están borrosas, mi cuerpo está demasiado cansado para enfocar. 
Suspirando, tomo mi Campari con Tonic. Había empezado a 
beber a primera hora de la tarde, un hábito que a Marco le disgusta 
enormemente, pero que considero necesario para mitigar el dolor 
que siento en el pecho. Las dos últimas noches había caído en la 
cama en un estado de embriaguez y me había desmayado durante 
unas horas. 
Es una mejora respecto a semanas de noches sin dormir. 
Marco está sentado en un rincón con su teléfono, fingiendo 
ignorarme mientras en realidad me observa atentamente. No me 
está engañando. 
Vuelvo a leer los números en mi pantalla, queriendo 
demostrar que sigo en la cima de mi imperio. 
—Toni acaba de hacernos ganar más de dos millones de euros 
vendiendo en corto una acción tecnológica. 
Marco gruñe. 
 
 
 
 
 
 
 
—Quizá no necesitemos a D'Agostino para esta idea de la 
computadora. 
No responde. 
Golpeo con los dedos sobre el escritorio y doy un sorbo a mi 
cóctel. Cuando bebo, mis pensamientos vuelven con frecuencia a 
ella, incluso cuando intento evitarlo. 
Me había dejado en ridículo. Me había deleitado con ella como 
un adolescente enamorado que prueba por primera vez un coño. 
Todo el tiempo me había estado ocultando un secreto, uno que 
podría destruir todo lo que he construido. Nunca la perdonaré. 
Entorno la mirada hacia mi primo. 
—¿Por qué no te tomas el resto del día libre? 
—Estoy bien donde estoy. 
Me está cuidando, como si fuera un niño pequeño. No me 
gusta. 
—Marco... —Mi teléfono se ilumina y el nombre de Giulio 
aparece en la pantalla. No lo he visto desde nuestra discusión. 
Al deslizar el dedo por la pantalla para contestar, me acerco 
el teléfono a la oreja. 
—Pronto12. 
—No está aquí. 
 
12 Pronto. Al contestar el teléfono es como decir diga en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Oigo el pánico antes de entender las palabras. 
Enderezándome en mi silla, lo pongo inmediatamente en el altavoz 
para que Marcopueda escuchar. 
—¿Qué quieres decir? ¿Dónde está? 
—La casa, está vacía. Ni Frankie, ni los guardias. 
Marco y yo intercambiamos una mirada. ¿Qué demonios? ¿Ha 
huido? 
¿O ha ocurrido algo terrible en su lugar? 
Mi pecho se contrae, mi corazón se olvida de repente de cómo 
funcionar, y me pongo de pie. Marco empieza a marcar en su 
teléfono, probablemente intentando localizar a los hombres que 
había destinado a la casa de la playa, pero yo sigo concentrado en 
mi hijo. 
—Muéstrame —ladro. 
Giulio enciende la videocámara y veo que está en la cocina, 
con un arma en la otra mano. 
—Cuando llegué aquí —explica—. La puerta trasera estaba 
abierta. Encontré a Sal inconsciente en la despensa. 
Me muestra a Sal, pálido y sin vida en el suelo. 
—¿Está muerto? —espeto. 
—Está vivo —dice mi hijo—. Hay una jeringuilla junto a él en 
el suelo. 
—¿Dónde está? —grito, tirando del nudo de mi corbata con 
una mano para aflojarlo. ¿Francesca había drogado a Sal de alguna 
manera y luego había escapado? 
 
 
 
 
 
 
 
Pase lo que pase, me iré de aquí. De algún modo, de alguna 
manera, me alejaré de ti. 
—Registra cada centímetro de esa casa. Estoy en camino. —
Cuelgo y empiezo a cruzar la habitación. 
Marco levanta una mano, hablando rápidamente por su 
teléfono. Me agarra del brazo para detenerme al pasar. 
—Se fue a dar un paseo por la playa. Nada fuera de lo normal. 
Sal se quedó atrás al principio, luego fue tras ella. Vic ahora está 
viendo la grabación de la cámara. 
Salgo corriendo por la puerta y por el pasillo. La sala de 
seguridad está en la sección Este del castillo, y corro hacia allí como 
un loco. 
Vic está en el escritorio, con una pared de pantallas frente a 
él. Es nuestro mejor técnico, un hacker, con habilidades que 
utilizamos en todo el mundo. Su mirada está fija en la pantalla con 
Sal en la silla de la casa de la playa, sus ojos rastreando algo en la 
playa. Francesca. 
—Llevaba unos diez minutos afuera —dice Vic, adelantando 
el vídeo—. Sal la observa y luego se levanta para seguirla. 
—¿Por qué no estabas en las cámaras hoy? —gruño—. ¿Cómo 
diablos ha ocurrido esto? 
Traga saliva pero no me mira a los ojos, su atención sigue en 
la pantalla. 
—Lo siento, Don Ravazzani. Estaba trabajando en una 
actualización de seguridad. No estaba prestando mucha atención a 
las cámaras. —En el monitor, una forma oscura entra en la cocina... 
un hombre que lleva a Sal sobre su hombro. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Quién es? —Me inclino y veo cómo un hombre con una 
máscara negra mete a Sal en la despensa. Unos segundos después, 
otra cámara lo capta saliendo. ¿Es alguien que ha contratado para 
ayudarla? ¿O es uno de mis enemigos?—. ¿Sigue en la playa? 
¿Podemos conseguir las imágenes de las cámaras de seguridad? 
Vic se acerca a un laptop y comienza a teclear. 
—Podría llevar algún tiempo. 
Golpeo el escritorio con el puño. 
—No hay tiempo. Se supone que eres un genio de la 
tecnología. Así que encuentra esas malditas cámaras. Necesito 
saber qué pasó con ella... 
—Rav. —Marco sostiene su teléfono frente a mi rostro—. 
Deberías tomar esto. 
—Ahora no. 
—Rav —implora, con la expresión más seria que he visto 
nunca—. Es D'Agostino. Dice que tiene algo que te pertenece. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
TRES 
Francesca 
 
Estos italianos hijos de puta, siempre secuestrándome. 
El maletero se abre de repente y una luz brillante inunda mis 
ojos. ¿Habíamos parado? Había estado demasiado metida en mi 
cabeza, demasiado aterrorizada, para darme cuenta. Mi pecho se 
agita mientras intento desesperadamente aspirar aire a través de 
mis fosas nasales, que están obstruidas por el llanto y el miedo. En 
el fondo de mi mente sé que hiperventilaría si el pánico no 
disminuía, pero no puedo controlar mi cuerpo. 
—Calmati.13 —Escucho decir a Enzo, mientras se inclina con 
el teléfono en la mano apuntando hacia mí. Dios mío. ¿Ahora me 
está haciendo fotos? ¿Qué, hay alguna red social de la mafia donde 
alardean de sus asesinatos y secuestros? 
 
13 Calmati. Calmate o Tranquilizate, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Se pone en otro ángulo y saca más fotos. 
—Me disculpo, Francesca. Esto era necesario, pero se acabó. 
Con un rápido movimiento, arranca la pesada cinta adhesiva 
de mi boca. El dolor ardiente me abrasa la piel y me hace lagrimear 
los ojos. Mierda, qué dolor. Saca un cuchillo y me pongo en tensión. 
¿va a apuñalarme? ¿Violarme? ¿Cortarme la lengua? 
Con un movimiento del cuchillo, corta la atadura que rodea 
mis muñecas. Inmediatamente las acuno contra mi pecho, frotando 
las profundas hendiduras de la piel. Los pinchazos empiezan en los 
hombros y van bajando por los brazos a medida que la sangre 
vuelve a fluir. Me estremezco, esperando que el dolor disminuya. 
Enzo me levanta porque estoy demasiado débil para luchar 
contra él, cosa que odio. Es como cuando Giulio me encontró en el 
calabozo. Soy una cáscara de mujer aterrorizada. Los hombres de 
la mafia son oficialmente los peores. 
Mariella y Enzo me sostienen cuando mis piernas tiemblan y 
casi me caigo. Temblorosa y sudorosa, me lamo los labios. 
—Maldito imbécil. 
Sonríe, sin arrepentirse de su maldad. 
—Lo sé. Dai, andiamo14. Puedes acomodarte en el asiento 
trasero. 
—¿A dónde me llevas? 
—A Nápoles. Nadie va hacerte daño, lo prometo. 
 
14 Dia, andiano. Vamos, andando. En italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Me retuviste a punta de pistola y me metiste en un maletero. 
Es un poco tarde para eso, Enzo. 
—Me disculpo, pero tenía que hacerlo parecer convincente 
para las cámaras. —Me lleva al asiento trasero y saca un par de 
esposas—. Sube. 
—¿Por qué voy a ir a algún sitio con ustedes, dos jodidos 
psicópatas? 
Se levanta la camisa y me muestra el arma que lleva en la 
cintura. 
—Prefiero hacerlo amablemente, pero no tengo inconveniente 
en volver a meterte en el maletero, si lo prefieres. En cualquier caso, 
te vienes conmigo. 
Quiero luchar. Correr y escapar. Pero estamos en un tramo 
de carretera desierta, con nada más que terreno llano a nuestro 
alrededor. No llegaría lejos. 
¿Y cómo podría arriesgar a mi hijo? Si me dispara, 
probablemente moriría desangrada bajo el sol de agosto. 
Encontrarás una manera de escapar, Frankie. Sigue el juego 
por ahora. 
Me deslizo en el asiento trasero, y Enzo me mira 
detenidamente. 
—Te esposaré y te volveré a meter en el maletero si intentas 
algo. Compórtate y podrás sentarte aquí atrás con Mariella. 
Mariella se sube a mi lado mientras Enzo se dirige al asiento 
del conductor. 
—No hay nada de qué preocuparse —dice Mariella—. Enzo no 
te hará daño. Se trata de conseguir lo que quiere de Ravazzani. 
 
 
 
 
 
 
 
Genial. Eso es ciertamente tranquilizador. 
Y solo digo que, si ella piensa que seguimos siendo amigas, 
puede irse a la mierda. 
Enzo sube y arranca el auto. Me apoyo en la puerta y cierro 
los ojos, agotada. ¿Qué hora es? No tengo ni idea de cuánto tiempo 
había estado en aquel maletero. 
Mariella me da un golpecito con una botella de agua. 
—Toma. Bébete esto. También tengo una barrita de proteínas 
para ti. 
No soy demasiado orgullosa para negarme, no como mujer 
embarazada. 
—Gracias. —Enzo está enviando mensajes de texto en su 
teléfono, así que le pregunto—: ¿Cuánto tiempo más? 
—Cuatro horas. 
Oh, fantástico. Este va a ser un miserable viaje en auto. Al 
menos ya no estoy en el maletero. 
Enzo arranca el auto y avanza. 
—Llevas mucho tiempo en la playa, Francesca. ¿Problemas en 
el paraíso? 
Aunque quiero maldecirlo y gritarle, no digo nada. Si ha 
estado vigilando la casa de la playa, entonces sabe que Fausto no 
ha ido a visitarme, que me quedaba allí sola. 
—Fausto tiene mal genio —continúa Enzo—. Debiste haberlo 
enfadado para que te mande a la playa. 
 
 
 
 
 
 
 
—Puedes dejar de intentar sonsacarmeinformación. No le 
importará que me hayas secuestrado, si es lo que te estás 
preguntando. 
—Oh, creo que le importará mucho. —Me sonríe por el espejo 
retrovisor—. Pronto tendré la prueba. 
Sea lo que sea que eso signifique. 
—Escucha, Enzo. Pareces un tipo decente, en lo que respecta 
a los jefes de la mafia, así que estoy tratando de ahorrarte un dolor 
de cabeza. Incluso si Fausto me quiere de vuelta, que no lo hace, 
no estoy interesada. Él y yo hemos terminado, así que tu pequeño 
plan de secuestro no funcionará. Para ser honesta, en realidad me 
estás haciendo un favor al sacarme de allí. 
Su sonrisa se apaga. 
—No puedes decirlo en serio —dice Mariella—. Los dos 
estaban tan cariñosos en el yate. 
La miro y levanto una ceja. 
—Bueno, ¿adivina qué? Me echó, sin regalos de despedida. 
—No lo entiendo. ¿Regalos de despedida? 
—Como que no me quedé con mi teléfono ni con nada más de 
él. —Excepto un bebé, aparentemente. Hurra—. Así que Fausto 
puede caer muerto en lo que a mí respecta. —En realidad no lo 
quiero muerto; solo lo quiero fuera de mi vida. Para siempre. 
Mariella jadea y Enzo frunce el ceño. Intercambian una 
mirada en el espejo retrovisor. Me doy cuenta que este 
acontecimiento no es lo que esperaban. 
—No puedo esperar a ver Nápoles —digo, cambiando de 
tema—. ¿Qué hacen allí para divertirse? 
 
 
 
 
 
 
 
Empiezan hablar en un rápido italiano, demasiado rápido 
para que yo pueda seguirlo y estoy demasiado cansada para 
preocuparme. La emoción y la adrenalina me han dejado sin 
fuerzas. El crecimiento de un bebé es agotador. Inclinándome, 
apoyo la cabeza en los brazos y cierro los ojos. Tal vez me dejen 
ahora que saben que no es posible una gran paga. 
Si lo hacen, podré caminar hasta el pueblo más cercano e 
intentar llamar a mis hermanas. Tratar de conseguir un billete de 
avión para salir de aquí, ir a algún lugar donde pueda dar sentido 
a mi jodida vida. 
Sin embargo, algo me dice que Enzo no me dejará. 
Lo que significa que voy a tener que escapar. Otra vez. 
Puedo hacerlo. Puedo ser más astuta que ellos. 
Sobrepasarlos. Sin duda piensan que soy débil y tonta, la chica del 
bikini negro del yate. La puttanella15. 
Me subestiman… como lo hizo mi padre y Fausto… y me 
abriré paso fuera de este estúpido país. Desapareceré en un lugar 
donde nadie me encuentre, ni siquiera mi familia. Un lugar con 
toneladas de espacio abierto y sin mucha gente. Podré cultivar 
verduras y criar ovejas. No, ovejas no. Son demasiado bonitas. Tal 
vez gallinas. 
Un teléfono suena en el sistema de audio del auto. 
—Pronto —dice Enzo. 
El italiano profundo y rápido llena el auto y mis músculos se 
ponen en alerta al instante. Su voz es cortante y formal, pero 
inconfundible. 
 
15 Puttanella. Pequeña puta, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Fausto. 
Hace semanas que no oía ese sexy acento italiano. Mi pecho 
se agrieta, abriéndose de nuevo en pequeñas fisuras de miseria, con 
todos los dolores que había tratado de enterrar. No quiero echarlo 
de menos. Tengo que seguir odiándolo. Debo seguir odiándolo. 
Desde luego no se merece mi perdón, el muy imbécil. 
—Continúa —dice Enzo en inglés—. Estás en el altavoz de mi 
auto. 
—Frankie —dice Fausto con calma—. ¿Estás bien? 
Frankie. No Francesca o dolcezza. Frankie, como si fuera un 
conocido o un viejo amigo. Unas punzadas de tristeza se deslizan 
bajo mi piel y se entierran en mi pecho como agujas. Si así es como 
quiere jugar, entonces bien. 
—Simplemente genial, Il Diavolo. ¿Y tú? 
No responde durante un largo segundo. 
—Enzo se ocupará de ti. Me encargaré que te envíe a donde 
quieras ir, con mi bendición, por supuesto. 
Se me forma un nudo en la garganta y no puedo hablar. Se 
está lavando las manos de mí, esta vez de forma definitiva. No 
debería sorprenderme. Es exactamente como le había dicho a Enzo. 
Fausto no me quiere de vuelta y no le importa que me hubieran 
secuestrado. 
Al menos estamos en la misma página. 
Puedo oírlo respirar con normalidad, tan poco afectado, como 
si ésta fuera solo una de las muchas tareas que tiene que afrontar 
hoy. 
 
 
 
 
 
 
 
Nunca cambio de opinión, no después que alguien me traicione. 
Estás muerta para mí, Francesca Mancini. 
Dios, ¿por qué eso todavía duele tanto? 
Fuerzo las palabras: 
—Impresionante. Dile a Lamborghini que me despido. Oh... y 
púdrete en el infierno, ¿eh? 
Fausto le dice algo a Enzo en italiano, y los dos conversan 
durante un momento. ¿Están hablando de negocios? Dios mío, qué 
frialdad. Aunque no debería haberme sorprendido. Eso es lo único 
que le importa a Fausto, su imperio. Su precioso legado. 
Bueno, él no pondrá sus manos asesinas en mi bebé. Pase lo 
que pase, este niño se criará lejos de Fausto, lejos de la 'Ndrangheta. 
De alguna manera saldré de este maldito país y nunca me 
encontrarán. 
 
Este viaje es muy aburrido. 
Nadie habla después de la llamada con Fausto. Enzo parece 
perdido en sus pensamientos y Mariella juega con su teléfono. Me 
concentro en no vomitar, lo que parece una posibilidad real a cada 
minuto que pasa. 
Tengo que salir de este auto. 
—¿Podemos parar? Necesito ir al baño. 
 
 
 
 
 
 
 
Enzo le pregunta a Mariella si quiere parar, y la otra mujer se 
encoge de hombros sin levantar la vista de su teléfono. Encuentra 
mis ojos en el espejo retrovisor. 
—Pararé al lado de la carretera. Hay arbustos y árboles. 
—Eso es una mierda. Un baño de verdad con un retrete de 
verdad o te juro que arruinaré la tapicería de cuero de este auto. 
Me mira fijamente y luego hace una llamada. Quien está al 
teléfono lo llama Don D'Agostino, así que supongo que es alguien 
que trabaja para Enzo. Es extraño que no viaje con el nivel de 
seguridad y paranoia que afecta a otros jefes de la mafia. ¿Es 
confianza o estupidez? 
Cuando finalmente nos detenemos en una gasolinera, hay dos 
camionetas negras estacionadas. Cuatro hombres salen de cada 
auto, un pequeño ejército de matones que parecen más bien 
militares, cada uno con pantalones negros de carga, camisetas 
negras y botas negras de combate. Forman un perímetro alrededor 
de la gasolinera, con ojos agudos escudriñando los alrededores. 
Aquí está el ejército de D'Agostino. ¿Pensaba que era un estúpido 
hace un momento? 
Está claro que Enzo no es nada estúpido, porque hace que 
dos hombres nos sigan a mí y a Mariella hasta el baño de mujeres. 
Cualquier intento de escapar aquí es imposible. Los hombres 
esperan afuera mientras Mariella y yo entramos. Cierro la puerta 
del retrete y respiro profundamente. Las ganas de vomitar son 
fuertes, pero lucho contra ellas, no quiero que Mariella sepa que 
estoy embarazada. Cuando termino y salgo para lavarme las manos, 
Mariella está retocando su maquillaje en el espejo. 
Rebuscando en su bolso, saca una barra de corrector. 
—Para los ojos. 
 
 
 
 
 
 
 
Me examino en el espejo, horrorizada por lo que veo. La 
miseria de las últimas semanas, agravada por el secuestro, no han 
hecho maravillas con mi cutis. Tengo un aspecto cansado y la piel 
pálida. Las ojeras se acumulan bajo mis ojos, un complemento 
perfecto para la angustia que allí se refleja. 
Me encargaré que te envíe a donde quieras ir, con mi bendición, 
por supuesto. 
—No estés triste —dice Mariella—. Muchos hombres 
importantes en Nápoles trabajan para mi Enzo. Encontrarás otro. 
Casi me burlo. No, gracias. No quiero otro mafioso. Quiero un 
contable o un arquitecto. Un barista, tal vez. Alguien con un trabajo 
normal que no implique matar gente. 
—Estaré bien —digo, apartando su corrector—. Volveré a 
Toronto. O a Nueva York. No me quedaré aquí. 
Mariella suaviza los bordes de sus labios. 
—Nunca podría irme. No hay nada como un hombre poderoso 
entre tus piernas. ¿Por qué querrías otro? 
¿Por auto-preservación, tal vez? 
—Además —continúa—. Fausto pronto lo perderá todo. Mi 
Enzo es muy hábilcon las computadoras y tiene ojos y oídos en 
todas partes. 
¿Qué significa eso? Fausto había mencionado el imperio del 
fraude informático de Enzo en el yate, pero esto suena más directo, 
como si Enzo estuviera apuntando a Fausto. ¿Cómo? ¿Tiene esto 
que ver con mi rescate? 
 
 
 
 
 
 
 
No puedo preocuparme por eso en este momento. Tengo mis 
propios problemas. Mientras observo a Mariella jugueteando con su 
lápiz de labios, se me ocurre una idea. 
—¿Puedes prestarme un poco de lápiz de labios? 
Deseosa de ayudarme a corregir el terrible error de mi rostro 
sin maquillaje, me entrega un tubo. Lo acepto y luego lo dejo caer, 
y el tubo rueda por debajo de la puerta de la caseta. 
—Maldita sea —digo, entrando a toda prisa en el retrete tras 
el lápiz de labios de Mariella. Una vez que tengo el tubo en la mano, 
lo destapo y escribo furiosamente en el viejo metal. 
Llama a la policía. Secuestrada por E. D'Agostino. 
Luego me paso un poco de carmín por los labios y salgo. 
—¿Qué te parece? —le pregunto a Mariella, que se está 
aplicando más rímel. 
—Ese es el tono equivocado para ti. —Saca un paquete de 
toallitas desmaquillantes—. Toma, usa esto y te daré otro. 
Claro que sí. ¿Por qué no? Dos amantes de la mafia pasando 
el rato en un baño, intercambiando consejos de maquillaje y 
arreglándonos para asesinos. 
Despierta, Frankie. Ya no eres una amante de la mafia. 
Es cierto. ¿Y a quién le importa mi aspecto? 
Uso la toallita removedora en mis labios y luego la tiro. 
—No, gracias. No necesito lápiz de labios. 
—Como quieras. —Se acomoda el cabello perfecto—. Ven. A 
Enzo no le gusta esperar. 
 
 
 
 
 
 
 
La sigo fuera del baño. 
—¿Tienes algo de comida? 
—Hay más barritas de proteínas en el auto. 
Los hombres nos siguen hasta el auto, donde Enzo está 
parado, frunciendo el ceño en nuestra dirección. Da algunas 
órdenes a los hombres que están detrás de nosotros, y los dos 
soldados se dan la vuelta y vuelven al baño de mujeres. Mierda. 
¿Encontrarán lo que escribí? 
Intento que no me invada el pánico mientras me acomodo en 
la parte trasera del auto. Enzo se queda afuera, sin moverse, y 
Mariella me da una barrita de proteínas y otra botella de agua antes 
de volver a su teléfono. Me la como rápidamente, con la esperanza 
de asentar mi estómago para el viaje, y miro por la ventana. 
Los dos soldados vuelven a aparecer y uno de ellos se acerca 
a hablar en voz baja con Enzo. Cuando Enzo se desliza en el asiento 
del conductor, su oscura mirada capta la mía en el espejo 
retrovisor. 
—Un mensaje en el puesto. Muy inteligente, Frankie. 
Se me revuelve el estómago y no tiene nada que ver con las 
hormonas. 
Enzo continúa: 
—Sabes, tú y Ravazzani juegan muy bien, pero no les creo a 
ninguno de los dos. 
Entonces eres un tonto. 
—Que Fausto y yo hayamos terminado no significa que quiera 
ir a ningún sitio contigo. Déjame ir, Enzo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Todavía no. —Arrancando el auto, sale de la gasolinera—. 
Te necesito. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
CUATRO 
Fausto 
 
Cuando la mayoría de los soldados de la mafia matan, visten 
de negro. El color oculta las manchas de sangre mejor que cualquier 
otro. 
Yo prefiero vestir de blanco. Quiero que el siguiente hombre 
sepa lo que le había pasado al anterior. Quiero ver el miedo en sus 
ojos cuando se dé cuenta de lo que soy capaz. 
Ahora mismo, mi camisa blanca está empapada de sangre. El 
olor metálico llena el calabozo y mis fosas nasales, el suelo pegajoso 
bajo mis zapatos de cuero. Hace mucho tiempo que no me dejaba 
llevar por la oscuridad, y agradezco la sensación. Necesito matar, 
sentir cómo la vida se agota bajo mi cuchillo, oír sus gritos mientras 
suplican que me detenga. 
 
 
 
 
 
 
 
Mi corazón late con fuerza, mi cuerpo está vivo después de 
semanas entumecido. Ahora tengo un propósito y es recuperar a mi 
dolcezza. Cualquiera que se interponga en mi camino lo lamentará. 
Dos hombres yacen derrumbados en el suelo de piedra a mis 
pies, con charcos de rojo bajo ellos. No hablaron, pero apuesto a 
que el tercero lo hará. 
Ayer capturamos a tres hombres de D'Agostino, los llevamos 
a Siderno y los torturamos para que nos dieran información sobre 
la casa de su jefe en la playa. Francesca está retenida allí, y quiero 
saber todo lo que pueda sobre el interior: Las habitaciones, las 
cámaras de seguridad, los ocupantes, incluso los colores de la 
pintura y los dibujos de las alfombras. 
Sonrío cuando me siento frente al soldado de D'Agostino. 
Aunque no puede moverse, se sacude contra sus ataduras, 
tratando de alejarse de mí. 
Una pérdida de tiempo. Este hombre no tiene escapatoria, y 
el terror en sus ojos me dice que lo sabe. 
Pongo mi cuchillo en el muslo, el filo plateado goteando rojo. 
—¿Piensas salir de aquí con vida? 
El hombre, que parece solo unos años mayor que mi hijo, 
tiembla y niega con la cabeza. 
—No, Don Ravazzani. 
—Correcto, pero tienes una opción. Puedes aguantar conmigo 
y sufrir, como tus hermanos. —Señalo al suelo— O puedes 
ayudarme y tener una muerte honorable. Rápida e indolora. Haré 
que tu cuerpo sea devuelto a tu familia en Nápoles. 
Traga con fuerza y una gota de sudor rueda por su sien. 
 
 
 
 
 
 
 
—Entonces —continúo cuando no habla—. Me dirás lo que 
necesito saber, ¿no? 
—Hice un juramento a Don D'Agostino. 
—Si no me ayudas, eso nos convierte en enemigos. ¿Estás 
seguro que quieres ser mi enemigo? 
—No, pero por favor. Tengo un hijo en camino. 
Las palabras me recuerdan a mi hijo no nacido, el que 
Francesca lleva en su interior mientras Enzo la retiene. La renovada 
furia me hace abalanzarme hacia adelante para sostener mi 
cuchillo contra su garganta. 
—Me importan una mierda tú y tu hijo. Te arrancaré la piel 
de los huesos hasta que me digas lo que quiero saber. ¿Ves esas 
bolsas intravenosas? —Señalo hacia donde está Marco con el 
equipo médico—. Eso es para mantenerte vivo hasta que consiga la 
información que necesito. No te desangrarás. Verás cómo te saco 
los intestinos del vientre y los tiro al suelo. 
Mi prisionero niega con la cabeza, aterrorizado pero en 
silencio. 
Me esfuerzo por hacerlo hablar. En algún momento se 
desmaya y Marco tiene que despertar al soldado con sales 
aromáticas. Finalmente, ordeno a Marco que le quite los pantalones 
al joven mientras voy a buscar un taladro. 
En el momento en que la punta metálica le toca las bolas, el 
soldado empieza a hablar. Las palabras son lentas y apenas 
audibles, pero finalmente recibimos la información sobre la casa, 
exactamente donde tienen a Francesca. Los que están adentro, y el 
número de soldados de guardia. 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando tenemos lo que necesitamos, me apiado de él y le digo 
a Giulio que se encargue, así que mi hijo le pone una bala entre los 
ojos al soldado. Cuando me incorporo, Marco me echa una larga 
mirada. 
—¿Estás bien? 
—Pregúntame eso una vez más y te arrancaré la lengua de la 
boca. 
—Es difícil tener un consigliere16 que no puede hablar, Rav. 
—Todavía puedes escribir. —Me dirijo hacia las escaleras—. 
Trae a algunos hombres para que bajen y limpien. Necesito 
ducharme y luego hacer una llamada. 
—Papà17, espera. —Giulio ahora está de pie junto a Marco, 
con su arma a un lado—. Tienes que dormir. Ha pasado demasiado 
tiempo. Zia está considerando poner pastillas para dormir en tus 
bebidas. No puedes recuperar a Frankie sin tener la cabeza 
despejada. 
Lo sé, pero no puedo dormir. Las pesadillas me atormentan, 
mi arrepentimiento como un neumático alrededor de mi cuello. 
Cada vez que cierro los ojos la veo, me imagino su cara el día que 
la envié lejos. La tristeza, la ira. La incredulidad de haber actuado 
con tanta crueldad hacia ella. 
Soy lo mejor que te ha pasado. Y será demasiado tarde cuando 
te des cuenta. 
Todas sus palabras son ciertas. Ella ha sido lo mejor de mi 
vida y yo la había desechado.16 Consigliere. Asesor en italiano. Este se encarga de aconsejar al Don sobre todas sus 
acciones y movimientos. Es su mano derecha. 
17 Papà. Papá, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Lo haré —miento, mientras me quito la ropa. Zia odia que 
deje un rastro de sangre en la casa—. Hagan su trabajo, los dos. 
Vestido con bóxer y sangre seca, salgo del calabozo y me dirijo 
a la oscura cocina. En cuanto entro, las luces se encienden y me 
sorprenden. 
Zia está allí, con el ceño fruncido. 
No estoy de humor. 
—No empieces, vieja. 
—Mírate. Pareces un monstruo, por eso te ha dejado. ¿Qué 
clase de mujer quiere traer al bebé de un monstruo a este mundo? 
No se equivoca. Yo soy un monstruo, nacido de una larga línea 
de monstruos. Moldeado y formado para ser un asesino, un rey. 
Temido y respetado en todo el mundo, con una riqueza mayor que 
la de la mayoría de los países. Y no me disculparé por eso. 
Solo para molestarla, agarro una copa y la botella de ciró 
abierta en la encimera. Lleno la copa hasta arriba. 
—Tu marido era un monstruo. Uno de los mejores asesinos 
de la 'ndrina. Mi padre se jactaba de que nadie torturaba mejor que 
Zio Dario. 
—¿Y cuántos bebés tuvimos? 
Doy un largo trago de vino, intentando enfriar la sed de sangre 
y la rabia que llevo adentro. 
—Supuse que había tenido suficientes bastardos como para 
que no lo consideraras necesario. —Dario tenía seis hijos de tres 
mujeres diferentes, según recuerdo. Los hombres son ahora todos 
miembros de mi 'ndrina, al igual que sus jóvenes hijos. 
 
 
 
 
 
 
 
Hace la señal de la cruz y mira al cielo, sin duda rezando una 
oración en mi nombre. 
—¿Te atreves a faltarme al respeto en esta casa? Debería 
echarte una maldición. 
—Ya estoy maldito. ¿Qué es una más? —Mi primera esposa 
había sido asesinada y la mujer que amo ha sido secuestrada. El 
asesinato y la angustia es todo lo que he conocido, excepto el corto 
tiempo que pasé con Francesca. 
—Nunca me has hablado así. En todos los años que te 
conozco, decía que eras un buen chico. Ahora me avergüenzo de ti, 
bebiendo vino cuando deberías estar afuera recuperando a tu hijo 
nonato sano y salvo. —Da dos palmadas—. Dale a ese hombre lo 
que desee y trae a Francesca a casa. 
Como si fuera tan sencillo. 
D'Agostino está colgando a Francesca como un pedazo de 
carne, esperando que yo muerda. El precio que me había pedido, la 
mitad de mi operación de drogas en la costa oeste, es ridículo. No 
me doblegaré ante el chantaje o la intimidación. Yo soy il Diavolo... 
inspiro la intimidación, no sucumbo a ella. 
Me bebo de un trago el resto del vino y dejo la copa sobre la 
encimera de mármol. 
—Me vengaré y la traeré a casa. D'Agostino pagará primero 
con su vida. 
—¡Bah! Los hombres se preocupan tanto por su orgullo que 
no pueden ver lo que realmente importa. 
Probablemente sea cierto, pero esto es todo lo que he 
conocido. 
 
 
 
 
 
 
 
—Tomo mi orgullo y me voy a duchar. Mañana puedes 
castigarme más. 
La dejo de pie en la cocina y subo las escaleras. De repente, 
mi cuerpo se siente agotado, mis músculos pesados. Cada paso se 
hace más difícil, como si estuviera caminando por arenas 
movedizas. ¿Ma che cazzo? 
Apoyo una mano en la pared mientras avanzo a trompicones 
por el pasillo, tratando de mantenerme en pie. Algo va mal. Estoy 
cubierto de sangre y sudor, pero no estoy herido. No debería 
sentirme así. 
Una vez en mi habitación, la cama aparece para recibirme. Al 
cerrar los ojos, me doy cuenta de lo que ha pasado. 
Zia y sus pastillas para dormir. En el vino. 
¡Minchia! 
 
 
Francesca 
Limpia y moderna, la casa de Enzo en la playa es todo lo 
contrario al castillo. La propiedad se extiende a lo largo del Golfo de 
Nápoles, y cada habitación goza de una magnífica vista del agua y 
del Vesubio. Mariella vive aquí, mientras que la mujer y los hijos de 
Enzo están en otro lugar, y él se permite el lujo de ir y venir, el muy 
bastardo. 
Aunque Enzo apenas está, sus guardias están siempre 
presentes, al igual que Mariella, lo que significa que nunca estoy 
sola, y eso me agota. La mayor parte de mi tiempo lo paso 
 
 
 
 
 
 
 
preguntándome si ese será el día en que me torturaran o violaran 
en venganza contra Fausto. O peor, el día en que Enzo se de cuenta 
que no le sirvo de nada y me meta una bala en el cerebro. 
Apenas duermo. Como para mantener mi estómago asentado, 
pero me preocupa que cada bocado de comida esté envenenado. 
Cada ruido me hace saltar, y mis nervios se sienten al límite. 
¿Cuánto más podré soportar? ¿Cuánto tiempo más hasta que se 
den cuenta que estoy embarazada de Fausto? ¿Qué pasará 
entonces? 
Las posibilidades son demasiado aterradoras para 
contemplarlas. 
Así que, a pesar de los repetidos intentos de Mariella por forjar 
una amistad conmigo, me mantengo al margen. Necesito pensar y 
encontrar una forma de escapar. Todo lo que necesito es un 
momento, cualquier ventana de oportunidad en la que pueda 
escabullirme. O que Mariella cometa un error, como dejar su 
teléfono por ahí. 
Algo acabará pasando. Subestimaran a esta puttanella y 
entonces huiré. 
Estoy cortando un melocotón en la cocina cuando se abre la 
puerta principal. Enzo entra, seguido por tres de sus hombres. A 
diferencia de Fausto, Enzo nunca lleva traje, al menos que yo haya 
visto. Siempre lleva camisas de diseño ajustadas y jeans o 
pantalones, como una estrella de cine de Hollywood de vacaciones. 
—Buenas tardes, Frankie. Me gustaría hablar contigo. 
El melocotón se convierte en ceniza en mi boca y lo observo 
con recelo mientras trago. 
—Claro. 
 
 
 
 
 
 
 
Enzo se sienta en un taburete de la barra de la cocina y me 
arrebata un trozo de melocotón del plato. No me gusta cómo sus 
ojos recorren mi cuerpo mientras mastica. Pregunta: 
—¿Qué te parece mi casa de la playa? 
—Para ser una cárcel, está bien. 
—Gracias. Diría que podrías agradecérselo a Fausto, pero no 
parece estar de humor para charlar últimamente. 
¿Agradecer a Fausto por echarme y permitir que Enzo me 
secuestre? El infierno se congelará primero. 
—Te dije que no le importo. 
Enzo no comenta nada al respecto. 
—¿Mi Mariella te ha cuidado bien? 
—Supongo que sí, pero si acepta peticiones me gustaría tener 
un teléfono. 
Sus labios se contraen. 
—Es extraño que no hayamos tenido noticias de Ravazzani, 
¿no crees? 
Para mí no es extraño. Lo conozco mejor que nadie, y Fausto 
nunca dice lo que no quiere decir. Ha terminado conmigo. Trato de 
sonar más valiente de lo que me siento. 
—Debería dejarme ir. 
—O tal vez debería enviarle un recordatorio. 
 
 
 
 
 
 
 
Agarro el mostrador de mármol con tanta fuerza que mis 
dedos se vuelven blancos. ¿Es aquí donde me corta un dedo del pie 
y se lo entrega a Fausto? Aparto el melocotón, olvidando el apetito. 
—Es una pérdida de tiempo. 
—No estoy de acuerdo. —Su mirada es sagaz—. Creo que le 
importará y mucho. 
Realmente me gustaría tener los cinco dedos pegados al pie. 
—Has oído lo que ha dicho, ¿verdad? Ha dado su bendición 
para que me envíes a cualquier lugar que desee ir. Bueno, deseo ir 
a Toronto, por favor. 
—¡Amore mio18! —exclama Mariella, entrando en la habitación 
con una brillante sonrisa en el rostro. 
Se gira y abre los brazos, y ella se acerca rápidamente, 
deslizándose entre sus muslos para darle un profundo beso en la 
boca. Cuando se separan, él le habla en un rápido italiano, 
demasiado rápido para que yo pueda traducirlo, y ella asiente antes 
de desaparecer de nuevo. Se me hunde el estómago. Lo que sea que 
estuviera planeando debe ser realmente terrible si no quiere que 
ella lo vea. 
—Escucha, Enzo. Signore19 D'Agostino. No hay razón para 
molestarse conmigo. Estoy segura sí que tienes mejores cosas que 
hacer. Deja que me vaya y olvidaremos que todo esto ha sucedido. 
Me sonríe. 
—Debes haberlo vuelto loco. Ya veo por qué te miraba como 
un lobo hambriento aquel día en el yate.18 Amore mio. Mi amor, en italiano. 
19 Signore. Señor, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Aquel viaje parece haber sido hace toda una vida. 
—No sé de qué hablas, pero no importa. Fausto y yo hemos 
terminado. 
Mariella regresa, con una larga cuerda colgando de la punta 
de los dedos. Oh, mierda. Empiezo a retroceder mientras Enzo se 
pone de pie. Pero estoy atrapada por los armarios de la cocina y los 
electrodomésticos de acero inoxidable. Tendré que pasar corriendo 
por delante de ambos y esperar lo mejor. 
Es ahora o nunca. 
En un abrir y cerrar de ojos, salgo corriendo. Me escabullo 
alrededor de la isla y corro hacia las puertas correderas de cristal 
que dan a la playa. Nadie intenta detenerme, así que sigo adelante. 
Mis pies se estrellan contra la cubierta de madera, y es entonces 
cuando veo a dos guardias salir de ambos lados de la casa, con sus 
armas desenfundadas y apuntando a mi cabeza. Dudo. ¿Me 
dispararán realmente? No estoy segura para arriesgarme. 
Esa pausa es todo lo que necesitaron para rodearme. Intento 
liberarme, pero no ceden y me arrastran de nuevo al interior. 
Enzo no parece sorprendido. 
—¿Disfrutaste del aire fresco? 
Tantas palabras me queman mi lengua. La mayoría son 
versiones creativas de “vete a la mierda”, pero tengo que tener 
cuidado con este hombre. 
—¿Qué vas hacer? 
—Ven. Párate aquí, Frankie. —Se dirige al centro de la 
habitación, con la cuerda en la mano. Mirando por encima de su 
 
 
 
 
 
 
 
hombro, dice a sus guardias que me traigan. Sé que no tengo dónde 
ir, pero retrocedo un paso. 
No sirve de nada. Los guardias me agarran con fuerza y me 
empujan hacia Enzo. 
—Sujeta sus manos a la espalda —ordena Enzo. 
—No, por favor. —Me odio por suplicar, pero no quiero esto. 
Mi corazón late con fuerza, mi mente está asustada. ¿Por qué 
necesita una cuerda? ¿Va a violarme? ¿Torturarme? Oh, Dios. No 
puedo respirar. 
Cuando la cuerda está alrededor de mis muñecas, tensada, 
Enzo continua enrollando la cuerda alrededor de mi torso. Sus 
dedos rozan la parte inferior de mis pechos mientras trabaja, y trato 
de no reaccionar mientras la repugnancia me desgarra. ¿Acaba de 
tocarme, el maldito pervertido? 
La ligera curvatura de sus labios me dice que sí. Dios, qué 
asco. 
Te va a matar. Deja de preocuparte por si te ha tocado las tetas 
o no. 
Cierto. Hay problemas mucho más grandes en este momento. 
Cuando me tiene atada a su gusto, me empuja por el hombro 
y me obliga a arrodillarme. Eso pone mi rostro a la altura de su 
entrepierna, y el miedo se apodera de mi pecho. ¿Va a meterme la 
polla en la boca? Me tambaleo y sin duda me habría caído si no 
fuera porque Enzo me pone la mano en la cabeza para 
estabilizarme. Ordena a Mariella que tome su teléfono, luego le 
tiende la mano a uno de los guardias que le pone un arma en la 
palma. 
Oh, Jesús. Por fin se dio cuenta que no le sirvo de nada. 
 
 
 
 
 
 
 
—Enzo, no. Por favor, no hagas esto. 
—Abre la boca, puttanella. 
Una lágrima se desliza por mi mejilla, mis pulmones son 
incapaces de tomar aire. Voy a morir. Voy a morir antes de conocer 
a mi bebé, antes de volver a ver a mis hermanas. ¿Cómo es esto 
justo? 
—Por favor, Enzo. 
Me abre la mandíbula con sus poderosos dedos e introduce el 
cañón de un arma en mi boca. El frío metal se desliza sobre mi 
lengua y repiquetea contra mis dientes. Sabe a muerte. 
Tiemblo y las lágrimas corren silenciosamente por mis 
mejillas. No puedo creer que esto esté ocurriendo. Que se joda 
Fausto por haberme echado. Definitivamente voy a volver como un 
fantasma para atormentar su culo por el resto de su vida. 
Mi mente se queda en blanco después de eso. Solo puedo 
mirar a Enzo, con los duros bordes del arma desgarrando la suave 
piel de mi boca. Creo que ni siquiera respiro. 
—Tan hermosa y tan orgullosa —murmura Enzo mientras 
arrastra la punta de los dedos por mi mandíbula, acariciándome—
. ¿Cómo podría algún hombre resistirse a ti? —Luego le dice a 
Mariella que haga fotos con su teléfono. 
Me arrodilló en una grotesca muestra de crueldad, mi cuerpo 
vibra de terror mientras espero que Enzo apriete el gatillo. Sin duda 
será pronto, mi espantosa muerte capturada para su disfrute. 
¿Compartirá las fotos con otros miembros de la 'Ndrangheta? ¿Con 
Fausto? ¿Hay un Instagram de la mafia en el que las publican con 
posterioridad? 
 
 
 
 
 
 
 
—Basta —le dice a su amante, y luego retira lentamente el 
arma de mi boca. Usa su pulgar para limpiar las lágrimas de mi 
rostro mientras trato de no hiperventilar—. Tú de rodillas, tan 
obediente. ¿A él también le gustaba esto? Apuesto a que sí. Por eso 
eres la distracción perfecta. 
¿Distracción? Algo en su tono hace que se me erice la piel. El 
peligro cubre la habitación, tan espeso que puedo olerlo. ¿Me llevará 
ahora contra mi voluntad? 
El momento se rompe cuando Mariella le pasa el brazo por 
encima del hombro y le devuelve el teléfono. 
—Nena, sus manos —dice en inglés. 
Me desatan rápidamente y me dejan ahí, arrodillada en el 
suelo. ¿Qué está pasando? El alivio me inunda cuando Enzo 
comienza a enviar mensajes de texto en su teléfono, ignorándome, 
y los guardias se alejan. Hundida, recupero el aliento e intento no 
pensar en lo cerca que estuve de morir. 
Mariella desliza una mano bajo mi codo y me ayuda a 
ponerme de pie. 
—Se siente muy atraído por ti —dice en voz baja—. Si quieres 
unirte a nosotros, eres bienvenida. Y, puede que haga que Fausto 
se ponga celoso. 
Inspirar celos en un hombre al que odio me parece un motivo 
terrible para hacer un trío. 
—Pase difícil —digo—. Pero esto es por lo que deberías 
ayudarme. Por favor. Necesito salir de Italia. 
Ella da un pequeño movimiento de cabeza. 
—Me matará si te ayudo a escapar. 
 
 
 
 
 
 
 
—Aquí no es seguro para ninguna de las dos. Ven conmigo. 
Podemos ayudarnos mutuamente. 
Los ojos de Mariella son planos y resignados cuando se 
encuentran con los míos. 
—No hay forma de escapar de estos hombres. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
CINCO 
Fausto 
 
Sé que algo va mal en cuanto Giulio, Marco y cinco de mis 
hombres se agolpan en mi oficina del yate. Hemos echado el ancla 
frente a la costa de Napoli, no muy lejos de la casa de playa de Enzo. 
—Papà —dice Giulio en su tono más razonable—. Deberías 
sentarte. 
Marco hace una mueca, conociéndome lo suficiente como 
para entender lo que dijo. Nadie me dice que me calme o que tome 
asiento. Yo soy el jefe de esta 'ndrina, el capo, y nunca puedo 
mostrar debilidad. 
—Dime —ladro, permaneciendo de pie. 
 
 
 
 
 
 
 
—Ha llegado un mensaje de D'Agostino —dice Marco—. Es 
malo. 
Aprecio su franqueza, pero de todos modos se me acalambran 
las tripas. ¿Qué le hizo D'Agostino? Si le hizo daño, bombardearé 
todo el Golfo de Napoli, destrozaré su cadáver y luego iré por su 
esposa y sus hijos. 
—Muéstrame. 
Giulio me da el teléfono y me quedo helado. Mi gloriosa chica 
está de rodillas, con el rostro cubierto de lágrimas, mientras le 
meten una Glock en la boca. Enzo la tiene sujeta, con cuerdas 
cruzando su cuerpo, bajo sus pechos, y puedo ver el terror en sus 
ojos. 
Una niebla roja cubre mi cerebro. 
No puedo pensar, la rabia es tan rápida y violenta que lanzo 
el teléfono al otro lado de la habitación, donde se rompe contra la 
pared. Con un rugido, vuelco el escritorio con ambas manos, los 
papeles vuelan y mi laptop se desliza hasta el suelo. Por el rabillo 
del ojo veo a Giulio ordenando a los soldados que salgan de la 
oficina, pero estoy demasiado ocupado levantando una silla y 
lanzándola por la habitación como para preocuparme. Soy un 
berserker20, empeñado en la destrucción de todo lo que encuentro 
a mi paso. 
Destrozo la habitación. Rompo los muebles y las lámparas. 
Los cuadros enmarcados son arrojados al suelo, donde los cristales 
se hacen añicos. Me corto la mano en un momento dado, pero no 
me detengo. No puedo librar a mi cerebrode esa imagen, la mujer 
que amo siendo maltratada. Torturada. 
 
20 Un berserker es un guerrero nórdico que combate en un frenesí de furia. 
 
 
 
 
 
 
 
Por mi culpa. 
Yo causé esto. La alejé y la dejé como un objetivo para mis 
enemigos. ¿Y por qué? Ella solo había honrado el secreto de mi hijo. 
Debería haber apreciado esa lealtad a mi propia carne y sangre. En 
vez de eso, la eché. Mi amor, la madre de mi hijo. 
¡Porca puttana21! Llevo mis manos al cabello y tiro con fuerza 
de las hebras, seguro de que me estoy arrancando las raíces. Tengo 
que recuperarla. Tengo que recuperarla y arrancar la piel de los 
huesos de Enzo. Entonces, de alguna manera, la convenceré que 
me perdone. 
Por favor. Dios, por favor, no me la quites. 
No sé si podré sobrevivir. Aunque la muerte de Lucia había 
sido una tragedia, no me destruyó. En cambio, me había dedicado 
a matar a los responsables y a criar a mi hijo. La venganza por su 
muerte fue promulgada fríamente, metódicamente, sobre todo 
porque sabía que se esperaba de mí. 
¿Pero perder a Francesca? Me destrozaría. 
La imagen del arma en su boca regresa y me abalanzo sobre 
otra silla, necesitando lanzarla contra la pared, pero Giulio y Marco 
están de repente detrás de mí. Me sujetan con fuerza, incluso 
cuando gruño y me abalanzo como un perro salvaje. 
—Papà, basta —dice mi hijo—. Vamos a trabajar para 
recuperarla. 
Pasan unos minutos, pero la niebla empieza a despejarse 
lentamente y puedo pensar de nuevo. 
 
21 - Porca puttana. Santa Puta, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
 
—Estoy bien. 
Marco y Giulio me sueltan y me acomodo los puños con 
manos temblorosas. 
—Nos vamos esta noche. 
—Rav —empieza Marco—. No estamos preparados. Estamos 
esperando a los sicilianos. 
Hice un trato con algunos de mis socios de la Cosa Nostra a 
cambio de su ayuda para matar a Enzo y recuperar a Francesca. 
—Diles que tienen. —Consulto mi reloj—. Cuatro horas para 
llegar aquí, si no el trato se cancela. Y también nuestra tregua. 
—Mierda —murmura Giulio, frotándose los ojos. 
Marco me mira con el ceño fruncido. 
—No podemos entrar en guerra por esto. Es malo para el 
negocio. 
—Empezaré mil guerras para recuperarla. 
—Entonces piensa en Crimine2122 —dice, recordándome la 
reunión anual de La Provencia, los líderes de la 'Ndrangheta, que se 
acerca. Se celebra en las montañas y muchas de nuestras 
decisiones y alianzas importantes se toman allí—. Esperarán que 
respondas por esto. 
—Haré lo que me dé la gana, cugino,23 y esos viejos no podrán 
detenerme. No cuando traigo los mayores beneficios. 
 
22 Crimine. Crimen, en italiano. 
23 Cugino. Primo, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Papà, ella... —Giulio parece estar luchando por las 
palabras—. La estamos ayudando a escapar de D'Agostino, pero 
luego debes dejarla ir. 
Yo no haré tal cosa. Mi hijo, sin embargo, puede creer lo que 
quiera. Pronto se enterará de cómo pienso tratar a Francesca. 
—Por supuesto —miento—. Ahora salgan los dos. 
Marco mira a Giulio. 
—Ve a decirles que estén preparados. —Cuando nos 
quedamos solos, mi primo me dirige una mirada de compasión que 
me pone los dientes tensos—. Rav, será mejor que te prepares para 
lo peor. Ella es una carga y Enzo... 
—No es una carga, es la madre de mi hijo. Y Enzo la 
mantendrá viva, aunque solo sea para usarla para torturarme. —
Es lo que yo haría, después de todo. 
—¿Crees que él sabe que está embarazada? 
El puro terror de esa posibilidad hace que mis bolas casi se 
me metan en el cuerpo. Tengo que creer que Enzo no lo sabe, o de 
lo contrario habría utilizado la información en su beneficio. Sin 
duda, Francesca es lo suficientemente inteligente como para tratar 
de ocultar el embarazo lo mejor posible. 
—Lo dudo, o si no lo habría mencionado. 
—Aun así, tienes que ser práctico y no dejar que tu 
temperamento se apodere de ti. Eso incluye no enfadarte si quiere 
irse una vez que la tengamos de vuelta. 
Ella es mi mujer y nunca voy a dejar que se vaya. 
—No tienes que preocuparte. 
 
 
 
 
 
 
 
—Mi trabajo es preocuparme, ¿recuerdas? Y con todo lo que 
está pasando, parece ser un trabajo más que a tiempo completo. 
—Puedes tomarte unas vacaciones cuando tengamos a 
Francesca de vuelta. 
—¿Y dejar que te ocupes tú solo de Enzo? No lo creo. Por no 
hablar que tenemos que saber por qué nadie estaba vigilando las 
cámaras de la casa de la playa cuando la secuestraron. 
Vic había estado de guardia esa tarde, pero no es un guardia, 
en sí mismo. Más bien es un genio de la informática. Lleva casi siete 
años en mi equipo, y ha trabajado en mi casa los últimos tres. 
—¿No crees la historia de Vic sobre una actualización de 
seguridad? 
—Podría ser una coincidencia, pero no me gustan las 
coincidencias. ¿Y qué hay de los otros? Vic no trabaja solo. 
Me hundo los talones de las palmas de las manos en los ojos. 
—Nos ocuparemos de eso cuando volvamos, incluyendo el 
averiguar cómo sabía Enzo dónde encontrar a Francesca. 
—La casa de la playa no es un secreto. Ya sabes cómo 
chismean los hombres. 
Había reproducido mil veces en mi cabeza el vídeo del hombre 
enmascarado tirando el cuerpo inconsciente de Sal. Algo me sigue 
molestando al respecto. 
—Sí, pero el hombre de la casa... Es como si supiera 
exactamente a dónde se dirigía. 
—Tal vez. —Marco exhala con fuerza—. Haremos que Enzo 
hable. 
 
 
 
 
 
 
 
Sí, definitivamente lo haremos. 
—¿Está todo en su sitio? 
Marco cruza los brazos sobre el pecho. 
—Aparte de los sicilianos, sí. 
—Bien. Llámalos ahora. Recalca la importancia de la prisa. 
—Lo haré. Espero que entiendas lo que estás haciendo. 
Sé exactamente lo que estoy haciendo. Salvaré a Francesca de 
ese bastardo aunque tenga que quemar el mundo entero para 
hacerlo. 
 
 
Francesca 
Enzo se queda a cenar. 
Intento esconderme en mi habitación, pero me ordenan ir al 
patio a comer con Enzo, Mariella y seis de sus hombres. El espacio 
exterior está suavemente iluminado y revestido de hermosas y 
fragantes flores. Las suaves olas se estrellan en la playa con un 
sonido rítmico y relajante. El paisaje habría sido romántico en 
cualquier otra circunstancia, pero no puedo disfrutarlo. Picoteo mis 
espaguetis al vongole, consciente que todos me observan 
subrepticiamente. ¿La comida está envenenada? ¿Están todos 
esperando a que me la coma y luego me desplome en la mesa? 
Mariella trata de mantener la conversación, pero los hombres 
de Enzo no están interesados en hablar, permaneciendo en silencio, 
 
 
 
 
 
 
 
y Enzo le da respuestas de una o dos palabras. Finalmente, me mira 
a mí. 
—¿No te apetece la pasta, Frankie? 
—Solo estoy esperando que el veneno haga efecto. 
—Ahora, ¿por qué íbamos a envenenarte? Eres mucho más 
valiosa viva que muerta. —Señala mi plato—. Toma un bocado. 
—Soy alérgica a los mariscos. —Es una mentira. Me encantan 
las almejas. 
—Tengo una inyección de adrenalina en la casa. Adelante. Es 
de mala educación no comer en nuestro país. 
Sé que esto es cierto. Zia me había hecho pasar un mal rato 
por dejar la comida, incluso antes de estar embarazada. Trago y 
miro hacia abajo. ¿Hay veneno ahí? Probablemente no. Si Enzo 
quisiera matarme, ya estaría muerta. Giro la pasta en el tenedor, 
añado una almeja y me la llevo a la boca. Maldita sea, está bueno. 
Con ajo y rico, con el condimento perfecto y el toque del océano. 
Quiero odiar este país, pero su comida me gana siempre. 
—Si empiezas a sentirte mal —dice Enzo con un arrogante 
levantamiento de cejas—. Por favor, avísame. 
Imbécil. Lo ignoro y sigo comiendo, repentinamente 
hambrienta. Supongo que estar atada y tener un arma metida en la 
boca me abrió el apetito. 
—Esta es la receta de mi nonna24 —dice Mariella—. La hago 
para Enzo todo el tiempo.24 Nonna. Abuela, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Quieres decir cuando está aquí y no en casa. —Ni idea de 
por qué lo digo, pero estas personas no son mis amigos. No estamos 
en una cena en la que se me exige ser cortés. Que se jodan todos. 
Enzo se ríe y pone su mano en el muslo de Mariella. 
—No es ningún secreto que estoy casado. Mi esposa está al 
tanto de Mariella. A ella le parece bien. 
—Qué progresista eres. 
—En Italia no existe la monogamia, Frankie. 
Súper. Lecciones de vida de mi secuestrador. 
—Supongo que Mariella tiene el mismo privilegio, entonces. 
¿Y tu esposa? ¿Puede ella también acostarse con otros? 
Su expresión se endurece, los labios se afinan en un cruel 
tajo. En este momento veo al capo, el que mata y tortura para vivir. 
—No es lo mismo para las mujeres. 
—Demasiado para ser progresista. 
Las cabezas de todos giran de un lado a otro, observándonos. 
Mariella parece horrorizada, pero Enzo parece divertido. Sobre todo. 
—¿Hablaste con Ravazzani de esta manera? ¿Sin contener tus 
opiniones? 
—Tengo un cerebro y prefiero usarlo. Al que no le guste, que 
se joda. 
Mariella jadea, mientras la mirada de Enzo se oscurece, se 
afila en algo hambriento y feroz. 
 
 
 
 
 
 
 
—Tienes la boca grande. Quizá necesites una lección de 
respeto. 
El miedo se dispara a lo largo de mi columna vertebral. 
Mierda. ¿Por qué he hablado tan abiertamente? ¿Y por qué he 
usado palabras groseras? ¿Ve esto como un desafío? Esa es una 
pregunta tonta. Por supuesto que sí. Ahora tiene que ponerme en 
mi lugar delante de sus hombres. 
—Me disculpo. No debí haber hablado tan precipitadamente. 
—Demasiado tarde. —Se aparta de la mesa—. Ven. Vas a 
ponerte de rodillas y a pedir perdón a todos los hombres de aquí. 
¿Qué demonios? 
¿Suplicar el perdón de estos asesinos? ¿Es de verdad? Todo 
dentro de mí quiere gritar: No, no lo haré. Me arrodillé en el pasado 
ante Fausto durante nuestros juegos sensuales... pero esos días 
han terminado. No me arrodillaré ante ningún hombre, nunca más. 
¿Pero cómo puedo negarme? No seguir la orden de Enzo es 
como una bofetada en la cara. Tendrá que castigarme, y ¿quién 
sabe si esta casa tiene un calabozo? 
Nos miramos fijamente. El pánico y el temor llenan mi boca, 
secándola. ¿Cederá si le pido perdón ahora mismo? Maldita sea, 
¿por qué siempre causo problemas así? Todo lo que tenía que hacer 
era sentarme y comer tranquilamente, y no fui capaz de 
conseguirlo. 
El momento se alarga con todo el grupo esperando a ver qué 
hago. Reúno mi orgullo y decido que esto no me matara. Puedo 
soportar unos minutos de humillación para seguir con vida. 
Apartándome de la mesa, empiezo a levantarme, hasta que suena 
un débil ruido y el soldado que está frente a mí cae hacia atrás en 
su silla, con un agujero de bala en la frente. 
 
 
 
 
 
 
 
Oh, mi Dios. 
Veo cómo otro soldado cae abatido por una bala, y entonces 
Mariella grita. Se desata el caos y me meto debajo de la mesa. 
Mientras los hombres se pelean, Enzo viene detrás de mí, 
aparentemente despreocupado por Mariella, que sigue gritando ahí 
afuera. 
Otro soldado cae en el patio, muerto. Me tapo la boca, 
tratando de contener la pasta. ¿Qué está pasando? ¿Un ataque de 
un grupo rival? 
Sé que no es Fausto. No pudo ser más claro al teléfono en el 
auto de Enzo, sobre todo después de haberme ignorado durante 
tres semanas en la casa de la playa. Si hay un equipo de rescate 
que viene por mí, no es de Siderno. 
¿Mi padre? 
Eso también parece improbable. Papà me odia más que 
Fausto. 
Enzo me agarra del brazo. 
—Quítate esos zapatos. Tenemos que correr. 
Obedezco, dejando las sandalias en la cubierta. Si nada más, 
necesito que Enzo me mantenga con vida ahora mismo... aunque 
seguiré buscando una forma de escapar. 
Empieza a tirar de mí para ponerme de pie, pero los disparos 
siguen zumbando a nuestro alrededor. 
—¡Espera! —grito, sin moverme—. ¿Es seguro estar corriendo 
ahora mismo? 
—Hay una habitación del pánico en la suite principal. Te 
llevaré allí. 
 
 
 
 
 
 
 
Oh, de ninguna manera. De ninguna manera en el infierno. 
Eso hará que mi claustrofobia se active. ¿Y qué pasa si me encierra? 
Podría morir y no tendré forma de escapar. 
—No puedo entrar en una habitación del pánico. 
—Dai, mujer. No tengo tiempo para esto. —Llevando un arma 
en una mano, me levanta bruscamente con la otra, sin importarle 
que tropiece. En su lugar, su mano empuja mi cabeza hacia abajo 
y me obliga a ponerme en una posición medio agachada, luego me 
arrastra al interior. 
Las habitaciones están extrañamente vacías. Supongo que 
todos los soldados de Enzo están luchando contra los pistoleros de 
afuera. Enzo maldice y me empuja hacia las escaleras. 
—Muévete. 
—Deja que me esconda en un armario —le suplico—. No me 
moveré, lo juro. —Es decir, correré en cuanto le dé la espalda, pero 
Enzo no necesita saberlo. 
—No, necesito mantenerte a salvo. Eres la mitad de mi plan 
para destruir a Fausto. 
—¡A Fausto no le importo! —Jesús, ¿no lo entiende ya? 
—Mira a tu alrededor. Le importa mucho. Ahora, sube tu culo. 
Mientras me arrastra por las escaleras, miro a mi alrededor 
buscando una forma de evitar la pesadilla de la habitación del 
pánico. Cualquier cosa que pueda usar para distraerlo o golpearlo. 
Tiene que haber una salida. Nadie va a venir a salvarme, tengo que 
salvarme yo misma. 
Llegamos al final de la escalera y finjo tropezar. Cuando me 
zafo de su agarre, ruedo hacia atrás y utilizo las piernas para dar 
 
 
 
 
 
 
 
una patada al costado de su rodilla derecha con todas mis fuerzas. 
La articulación emite un chasquido repugnante y él aúlla de dolor, 
inclinándose para agarrarse a la barandilla de hierro como apoyo. 
No espero. Me pongo de pie y bajo las escaleras tan rápido 
como puedo, corriendo hacia la puerta principal. Enzo me grita que 
me detenga, pero sigo adelante, rezando para que su rodilla herida 
le impida salir. 
No hay nadie vigilando la entrada. Al abrir la puerta, veo un 
Range Rover esperando en la entrada y corro hacia él. De repente, 
me levantan de los pies. 
—¡Déjame ir! —Intento liberarme, pataleando y 
retorciéndome, mientras alguien me arrastra hacia la casa—. 
Basta. Suéltame, imbécil. 
Quienquiera que sea, es demasiado fuerte, y me encuentro de 
nuevo en el vestíbulo de la casa de la playa. Enzo espera adentro, 
con sus ojos furiosos enfocados directamente hacia mí, la promesa 
de retribución ardiendo en las oscuras profundidades. 
—Maldita puta. Debería romperte el cuello por eso. Llévala a 
la habitación del pánico —le dice al guardia—. Me ocuparé de ella 
más tarde. 
El guardia empieza a dirigirme hacia las escaleras, pero 
escucho un chasquido justo antes que caiga hacia adelante, y tengo 
que arrancarme el brazo de su mano para no caer al suelo. La parte 
posterior de la cabeza del guardia ha desaparecido y la sangre se 
acumula en las baldosas, y reprimo un grito. Me giro hacia la puerta 
para ver quién me ataca y me encuentro con Fausto. 
Oh. Mi. Dios. 
Su camiseta blanca y sus pantalones negros están cubiertos 
de sangre, con un enorme cuchillo atado a su muslo. Unos ojos 
 
 
 
 
 
 
 
planos y fríos me recorren durante unos breves segundos, casi 
descartándome, antes de dar un paso hacia adentro, con su arma 
apuntando a Enzo. Este es Il Diavolo, el ángel de la muerte. Un 
hombre que disfruta matando. Un escalofrío me recorre y olvido 
cómo respirar. 
Fausto ha venido por mí. ¿Cómo? ¿Por qué? 
Mientras estoy aquí congelada como una idiota, un brazo me 
rodea la garganta y me empuja hacia un pecho duro. Un metal frío 
me toca la sien. Intento no moverme, segura de que moriré. Aunque 
Fausto consiga disparar a Enzo, hay muchas posibilidades que el 
arma de éste se dispare y me atraviese el cráneo. 
La carraspera de Enzo suena en mi oído. 
—¿Te han gustado las fotos que envié, Fausto? 
Con voz fría y distante. Faustoresponde: 
—Déjala ir. Has perdido, Enzo. 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
SEIS 
Francesca 
 
Enzo me acerca de un tirón y empieza a retroceder. 
—No he perdido nada. Todavía tengo a tu puttanella. La 
mataré. 
Fausto avanza, con su arma apuntando a Enzo. 
—Morirás de cualquier manera. 
—Baja tu arma o la mataré. ¡Ahora mismo, mierda! —Enzo 
me sacude, con su brazo alrededor de mi garganta, y jadeo. 
Algo brilla en el rostro de Fausto al oírlo, pero no aparta su 
arma de Enzo. 
—No lo creo. Vas a dejarla ir. 
—Te equivocas, me la voy a quedar. Creo que la dejaré mirar 
mientras te mato. 
 
 
 
 
 
 
 
—¡Marco! —grita Fausto, su voz resuena en el gran espacio. 
Marco entra por la puerta, pero no está solo. Lo acompañan 
una mujer y dos niños pequeños. Tienen la boca cubierta con cinta 
adhesiva, las manos atadas y los ojos muy abiertos por el miedo. 
Parece que los han sacado de sus camas, con los niños todavía en 
pijama. El arma de Marco apunta a los niños. 
Enzo se queda perfectamente quieto detrás de mí. Su voz es 
baja y furiosa mientras dice lentamente: 
—¿Te atreviste a secuestrar a mi familia? 
Se me hunde el estómago. Se supone que las esposas y los 
hijos están fuera de los límites. ¿En qué está pensando Fausto? 
¿Quiere que me maten? 
—Suelta el arma y déjala ir —gruñe Fausto—. No te lo volveré 
a pedir. Si no lo haces, ya sabes lo que pasará. No dudaré, 
D'Agostino. 
El frío metal abandona mi sien y veo a Enzo bajar el arma 
fuera de mi visión periférica. Entonces sus brazos se aflojan y da 
un paso atrás. No sé qué hacer, así que me quedo aquí, esperando. 
¿Es esto? ¿Soy realmente libre? 
Giulio y otros dos soldados se apresuran para avanzar y 
sujetan rápidamente a Enzo. Los niños D'Agostino se inclinan hacia 
su madre, que intenta rodearlos con su cuerpo para protegerlos. Se 
me encoge el corazón. Pronto seré esa madre, protegiendo a su hijo 
a costa de su propia seguridad. 
Fausto no deja de mirar a Enzo. 
—Francesca, al auto. Ahora. 
 
 
 
 
 
 
 
¿Cree que puede darme órdenes? ¿Ha perdido la cabeza en el 
último mes? 
—Francesca —me espeta el papá de mi bebé cuando no me 
muevo. 
Levanto la barbilla y lo miro fijamente. 
—No me voy a ir hasta que me digas lo que estás planeando. 
—Eso no es asunto tuyo. Vete. Ahora. 
—¿Qué vas hacer, Fausto? 
—Cazzo —sisea—. Haz lo que te han dicho. Entra en el auto 
que te espera en el frente. 
—Si estás planeando matar a este hombre delante de sus 
hijos, no lo permitiré. Y si planeas hacer daño a estos niños, 
tampoco lo permitiré. 
Sus labios se afinan cuando se acerca a mí, justo en mi 
espacio personal. Unos hombros anchos y un pecho amplio llenan 
mi visión. 
Inclinándose hacia mí, me dice en voz baja: 
—¿Piensas decirme lo que tengo que hacer, dolcezza? Esto no 
funciona así, si lo recuerdas. 
Se me seca la boca cuando el familiar tirón entre nosotros 
cobra vida, pero me mantengo firme. Perdió el derecho a llamarme 
dolcezza cuando me echó. 
—Esto no funciona en absoluto, si lo recuerdas. Hemos 
terminado. Así que sí, te diré exactamente qué hacer. 
 
 
 
 
 
 
 
Sorprendentemente, el borde de su boca se levanta 
ligeramente. 
—Me alegra ver que ser secuestrada no ha aplastado tu 
espíritu. 
—Tal vez los italianos son pésimos secuestradores. 
Arrastra el dorso de un nudillo por mi mejilla. 
—Dio, te he echado de menos. 
Aparto su mano. 
—No lo hagas. 
Sus ojos pierden su calidez, y parece que la temperatura de la 
habitación baja cuarenta grados. Retrocediendo, dice: 
—Discutiremos esto más tarde. Entra en el puto auto. 
No me muevo, salvo para cruzar los brazos sobre el pecho. 
Enzo se ríe, lo que probablemente no ayuda. Fausto se acerca 
al otro don y le da un puñetazo en la cara. La cabeza de Enzo se 
desvía, pero Giulio y los demás soldados lo mantienen de pie. 
—Fausto, su familia —siseo. Ningún niño debería presenciar 
semejante brutalidad, aunque su padre se lo merezca—. Piensa en 
lo que estás haciendo por un maldito minuto. 
La mirada de Fausto se dirige a mí y nos miramos fijamente 
durante varios latidos. No me inmuto. Las mujeres y los niños están 
prohibidos, y punto. Que Enzo rompiera esa regla conmigo no 
significa que Fausto debiera hacerlo también. Es un imbécil 
controlador, pero respeta la tradición y las reglas. Sabe que la 
esposa y los hijos de Enzo son inocentes. Si los papeles se 
 
 
 
 
 
 
 
invirtieran, ¿cómo querría Fausto que se tratara a su propia esposa 
e hijos? 
Maldiciendo, Fausto agarra el cabello de Enzo y le echa la 
cabeza hacia atrás. La sangre brota de la boca de Enzo, pero sus 
ojos permanecen desafiantes. Fausto se acerca y habla en voz baja, 
sin que la familia de Enzo lo escuche, pero yo capto cada palabra. 
—Te voy a destripar como a un pez y alimentar con tus 
entrañas a los cerdos de mi finca. 
Enzo escupe en el suelo a los pies de Fausto. 
Giulio niega con la cabeza, como si supiera que esto solo 
empeorará las cosas. Fausto levanta la barbilla hacia su hijo. 
—Súbanlo al yate. 
Enzo es arrastrado fuera de la casa de la playa por Giulio y 
los dos soldados. Me dirijo a la familia D'Agostino y me arrodillo 
primero frente a los niños. 
—Sé que están asustados —les susurro en mi mejor italiano—
. Pero su madre está aquí para protegerlos. Siempre. 
No responden, solo se acurrucan más cerca de su madre, así 
que me pongo de pie para mirar a la esposa de Enzo. Alcanzando la 
cinta adhesiva, le digo: 
—Esto va a doler. Lo siento. 
Ella asiente y le arranco la pesada cinta de la boca lo más 
rápido posible. Sorprendentemente, no emite ningún sonido, 
aunque sé por experiencia que duele muchísimo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Grazie25 —dice. De alguna manera, sé que se refiere a no 
obligar a sus hijos a ver cómo asesinan brutalmente a su padre. 
Estrecho sus manos atadas. 
—Prego26. 
Fausto ordena a Marco que lleve a la familia D'Agostino 
afuera, lo que me deja a solas con él. Se mete el arma en la cintura, 
en la parte baja de la espalda, y cruza los brazos sobre el pecho. 
—Estás enfadada conmigo. 
Quiero increparlo por hacer una pregunta tan estúpida, pero 
sinceramente estoy cansada. 
—En realidad, lo he superado. Igual que he superado lo tuyo. 
Ponme en un avión y envíame de vuelta a Toronto. Ahora. 
—Nunca. No te dejaré ir. 
—Otra vez, quieres decir. No me dejarás ir de nuevo. Porque 
sí me dejaste ir, Fausto, y no puedes decidir qué quieres recuperar 
tu juguete solo porque ahora lo tiene otro. Regalaste tu juguete, 
imbécil egoísta. 
Las líneas de su rostro se agudizan, sus pómulos son duros 
cortes en la tenue luz. 
—Eres la madre de mi hijo y mi mantenuta27, por lo tanto 
puedo decidir lo que me dé la gana cuando se trata de ti. Sé que 
estás enfadada, pero me perdonarás con el tiempo. 
 
25 Grazie. Gracias, en italiano. 
26 Prego. De nada, en italiano. (También lo usan como “Por Favor”). 
27 Mantenuta. Mantenida en italiano. (Es como llaman a las amantes). 
 
 
 
 
 
 
 
Lo dice con tanta seguridad, con tanta arrogancia, que suelto 
una carcajada. 
—Eres increíble. Ya no soy tu mantenuta, y perdiste todos los 
derechos sobre este niño cuando me echaste. 
—Te pido disculpas por mi mal genio. No debí haber 
reaccionado con tanta dureza cuando discutimos. Si pudiera volver 
atrás, manejaría las cosas de otra manera. 
—Eso es lo que dijiste las dos veces anteriores que me 
echaste. No más, Fausto. He terminado contigo. 
Su ojo derecho se crispa. 
—Hice una guerra para rescatarte, Francesca. Hice un trato 
con la Cosa Nostra para que me ayudara a liberarte de D'Agostino. 
Por muy halagador que sea, yo sé la verdadera historia. 
—Mentira. Odiabas a Enzo desde aquel encuentro en el yate. 
Te insultó al negarte a entrar en su plan de fraude informático. —
No había captado todos los detalles, pero mi limitado italiano me 
dejó entrever al menos eso. Lasorpresa se refleja en su expresión, 
así que le dedico una sonrisa de suficiencia—. Soy muy buena 
escuchando a escondidas. Deberías recordarlo. 
De las profundidades de la casa aparece un soldado, con una 
petrificada Mariella a su lado. 
—Don Ravazzani, ¿qué debemos hacer con ella? 
La mirada de Mariella se encuentra con la mía y puedo ver 
cómo suplica ayuda. Perra, por favor. Ella había ayudado a Enzo en 
todo momento. 
—Déjala —le digo a Fausto—. Sin su dinero se marchitará y 
morirá como una vieja ciruela pasa. 
 
 
 
 
 
 
 
Fausto se vuelve hacia el soldado. 
—Ya has escuchado a mi mujer. Déjala. 
Mi mujer. Pongo los ojos en blanco. Vaya chiste. 
—Ahora —dice, prestándome toda su atención—. Volvamos al 
castello. El avión está esperando. 
—Vete a la mierda, Fausto. No soy tu mujer y no voy a 
ninguna parte contigo. 
Eso no le gusta nada. Su cuerpo parece hincharse, la ira se 
desprende de él a oleadas. 
—No puedo drogarte esta vez por el niño, pero puedo atarte, 
Francesca. Puedo obligarte a venir conmigo. 
—¿Por qué ibas a molestarte? Nunca volveré a acostarme 
contigo y trataré de escapar en todo momento. Es una pérdida de 
tiempo. 
—Nunca es mucho tiempo, dolcezza. ¿Quieres apostar por 
eso? 
Basado en la forma en que mi corazón late ahora, 
absolutamente no. 
—Si no me dejas ir, haré todo lo posible para convertir tu vida 
en un infierno. 
Acorta la distancia entre nosotros y rodea mi brazo con una 
gran mano. 
—No hace falta porque ya estoy allí. Lo he estado desde el 
momento en que te ordené que te fueras. 
 
 
 
 
 
 
 
Mientras intento encontrarle sentido a esa afirmación, saca 
un par de esposas del bolsillo de su pantalón. Demasiado tarde me 
doy cuenta de lo que está haciendo. En un instante tengo un 
brazalete de metal atado a mi muñeca, y coloca el otro alrededor de 
la suya. 
Genial. Esposada a Fausto. Otra vez. 
 
 
Fausto 
La contemplo mientras finge dormir a mi lado en el avión. 
¿Cree que no voy a notar el pulso acelerado en la base de su 
garganta? Está claro que está despierta, pero la dejo tranquila. Ya 
está bastante enfadada. Me llevará tiempo volver a ganármela. 
Pero lo haré. Lo que ella y yo tenemos juntos es demasiado 
fuerte, demasiado salvaje para negarlo. 
¿Enzo la hirió? No tengo ni idea de lo que ha sufrido a manos 
de mi enemigo, excepto por la foto de ella de rodillas, con una 
maldita arma en la boca. D'Agostino pagará por eso mil veces antes 
que yo termine con él. ¿Hay algo más? Tengo que averiguar qué 
pasó durante su cautiverio, no solo para castigar a Enzo, sino para 
ofrecerle apoyo y consuelo. 
La examino lo mejor que puedo, pero no veo moretones ni 
cortes. Ni morados, ni huesos rotos. Tal vez el daño está donde no 
puedo ver. Se me hiela la sangre al pensarlo. ¿Enzo la violó? ¿O 
dañó a mi hijo de alguna manera? 
—Deja de mirarme —murmura—. Es espeluznante. Y deja de 
moverte. Estoy tratando de dormir. 
 
 
 
 
 
 
 
—Cazzata28. No puedes dormir más fácilmente que yo. —Mi 
adrenalina aún está alta por el ataque, y la preocupación por ella 
me nubla el cerebro—. Además, el vuelo es solo un poco más de una 
hora. Para cuando te duermas tendré que obligarte a despertar. 
—Dios, te odio. 
Ahogo una sonrisa. Si me odia, todavía siente algo y puedo 
trabajar con eso. Antes de eso, hay asuntos prácticos que tratar, 
como el hombre que se atrevió a arrebatármela. 
—¿Enzo te hizo daño? 
—¿Preocupado porque tu juguete está roto? 
—Francesca —digo—. Esto es serio. ¿Te ha tocado o te ha 
hecho daño? ¿O lastimó a nuestro hijo de alguna manera? 
—Aparte de rozar una mano sobre mi teta, no me tocó. No, no 
te preocupes. No me hizo tanto daño como tú. 
Hago una mueca, sin poder evitarlo. No me gusta la idea de 
hacerle daño. No me habían importado antes los sentimientos de 
una mantenuta, pero por alguna razón los de Francesca me 
importan. Es extraño. 
Cuando Lucia y yo nos casamos, tampoco me importaban 
mucho sus sentimientos. Ella estaba allí para supervisar mi hogar 
y cuidar de mis hijos, una función para la que había sido educada. 
No había existido ninguna discordia ni discusión. Ella no se habría 
atrevido. Mi esposa se había plegado a todos mis caprichos, a todas 
mis exigencias. La noticia de su muerte no me había hecho caer en 
picado. 
 
28 Cazzata. Mentira, en italiano 
 
 
 
 
 
 
 
Entonces, ¿por qué el secuestro de Francesca me había 
afectado tan dramáticamente? 
No quiero pensar en eso. La tengo de vuelta y eso es lo que 
importa. Ella me perdonará y todo volverá a ser como antes, con 
folladas, risas y nuestros juegos traviesos. 
Me aclaro la garganta. 
—Aun así, haré que el médico te examine cuando volvamos a 
casa. 
—A casa —se burla—. No es mi casa. 
—Lamborghini y Vincenzo te han echado de menos. Zia, 
Giulio. Incluso Marco. 
—Ahora sé que estás mintiendo. Marco me odia. 
A mi primo no le gusta Francesca, es cierto. Piensa que me 
hace vulnerable. Que ella me distrae de los asuntos de 'ndrina. Tal 
vez es el caso, y por eso necesito que nuestra relación vuelva a ser 
lo que era antes lo más rápido posible. 
—Te he echado de menos. 
Eso hace que abra los ojos, pero no hay fuego en ellos. No hay 
chispa, solo odio. Incluso cuando la secuestré en Toronto había 
existido un destello en su mirada, un calor entre nosotros. 
—Echabas de menos un agujero caliente en el que meter tu 
polla. 
Escucho murmullos que me recuerdan que no estamos solos 
en el avión. Una docena de soldados están a bordo para 
protegernos. 
—Baja la voz —le digo. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Por qué? No he hecho nada de lo que avergonzarse. No fui 
yo quien dejó embarazada a su amante, luego la echó y la puso en 
arresto domiciliario, sola. No le importaba una mierda lo que me 
pasara a mí o a nuestro hijo. 
—¿Es eso lo que crees? Tenía guardias y cámaras sobre ti 
cada segundo. Mi hijo te llevaba comida y te daba libros para leer. 
Caramelos de jengibre para las náuseas. 
Sus cejas se alzan. 
—Me espiabas. 
—Mis hombres me enviaban informes cada día. Supe 
exactamente lo que hacías en cada momento. 
—Excepto cuando me secuestraron. 
Aprieto los dientes traseros. 
—Sí, ese desafortunado descuido ha sido solucionado. 
—Desafortunado descuido. —Ella pone los ojos en blanco—. 
Eres un imbécil. 
—Cuidado. —Me inclino para decir—: Me gusta cuando 
muestras espíritu, dolcezza. 
Se aleja de mí tanto como le permiten las esposas y cierra los 
ojos. 
—Tomo nota. No lo volveré hacer. 
Decido no insistir. No hasta que el médico la examine y 
declare que ella y el bebé están ilesos. Solo entonces puedo 
recuperar a Francesca. Al final, yo ganaré esta batalla de 
voluntades. 
 
 
 
 
 
 
 
Tiene buen aspecto. Incluso mejor de lo que recordaba. 
Todavía no tiene una barriga, pero sus tetas son más grandes y su 
piel brilla. La deseo tanto que me duelen los músculos. 
Me muevo en mi asiento y trato de concentrarme en esta 
noche. Tengo que ocuparme de Enzo. Marco y Giulio están en el 
yate, llevándolo al calabozo del castello, donde pienso mantenerlo 
durante mucho tiempo. A Enzo no le espera una muerte fácil. Se 
atrevió a secuestrar a mi mujer y a chantajearme. Tengo la 
sensación que La Provencia tendrá algo que decir sobre esta 
retribución contra otro clan, pero no me importa. Los otros jefes de 
la 'ndrina no habían visto a su mujer de rodillas, atada y con un 
arma metida en la boca. No, Enzo seguirá siendo mi prisionero 
hasta que me canse de torturarlo. 
Cuando por fin aterrizamos en Siderno, la llevo hasta el Range 
Rover que nos espera y la ayudo a subir. No habla, sus movimientos 
son lentos. El auto se aleja de la pista de aterrizaje y saco mi 
teléfono. Después de ordenar al médico que vaya al castello, llamo 
a Marco. 
—¿Dónde estás? —pregunto, ansioso por empezar. 
—Deberíamos llegar a primera hora de la mañana —dice mi 
primo.Me golpeo los dedos en la rodilla. Debí haber traído a Enzo en 
el avión conmigo. Habría sido más rápido. Pero quería proteger a 
Francesca de él. 
—Mantenme informado durante toda la noche. Estaré 
despierto. 
Cuelgo antes que pueda reprenderme por no dormir. No 
quiero escucharlo. 
 
 
 
 
 
 
 
La puerta principal del castello se abre en cuanto entramos 
en el garaje. Zia está allí, observando cómo la camioneta se detiene. 
Ayudo a Francesca a bajar y la tomo de la mano como si no 
estuviéramos todavía esposados. Subimos los escalones y Zia 
apenas da un paso atrás para permitirnos entrar. 
Mi tía pone ambas manos sobre el rostro de Francesca y 
comienza hablar rápidamente en italiano. 
—Gracias a Dios que te ha librado de un destino terrible. Y el 
bebé. Debes descansar, preciosa chica. 
—Está bien, creo que he captado casi todo eso —dice 
Francesca con una risa cansada—. Ciao29, Zia. 
Zia le besa ambas mejillas. 
—No hagas pasar a Fausto por semejante agonía otra vez, por 
favor. —Levantando la muñeca de Francesca, me espeta—: Ábrela, 
cerdo. 
Recupero la llave y le quito las esposas. Zia agarra la mano de 
Francesca y empieza a llevarla hacia la cocina. 
—El médico viene a revisarla —le digo a mi tía. 
—Tendrá que esperar. Está demasiado delgada y el bebé 
necesita comida para mantenerse sano. 
La sigo. Aunque necesito ducharme, no confío en que 
Francesca no salga corriendo por la puerta trasera. Ya lo hizo una 
vez. Tendré que ponerle guardias en todo momento. Hasta que 
Marco vuelva y pueda organizar la seguridad para ella, tengo que 
permanecer cerca. 
 
29 Ciao. Hola, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando entro en la cocina, Zia está colocando un plato de 
pollo, patatas asadas y espárragos delante de Francesca. Hay una 
botella de agua con gas en la encimera. La tomo y Zia me golpea la 
mano. 
—Eso no es para ti. 
—Dai, vieja. Yo fui quien la rescató. 
—Y también eres quien la echó. 
—Me encanta cuando Zia te grita —dice Francesca—. Porque 
te lo mereces. 
Me dejo caer en el taburete junto a Francesca y reprimo un 
gemido. Me duele la espalda y creo que tengo profundos rasguños 
en las costillas. 
—¿Puedo tomar también un plato? —le pregunto a Zia. 
Me ignora. En su lugar, corta un trozo de pastel de nueces y 
lo pone junto a la cena de Francesca. Suspirando, me levanto y 
preparo un plato de comida para mí. Cuando vuelvo a mi asiento, 
frunzo el ceño a Zia. 
—Te olvidas de quién te ayudó cuando murió Dario. 
—Tu padre, según recuerdo. Tú estabas ocupado con tus 
mujeres y ascendiendo en el escalafón. 
No es cierto. Mi padre planeó empeñar a Zia con el padre de 
Marco hasta que yo intervine. Siempre me había gustado tenerla de 
pequeño, siempre me aferraba a ella después de la muerte de mi 
madre. Si no fuera por mí, Zia estaría viviendo en una pequeña casa 
a veinticinco kilómetros de distancia en medio de la nada. 
Ahora, hambriento, empiezo a comer. Después de unos pocos 
bocados, me doy cuenta que Francesca está picoteando su comida. 
 
 
 
 
 
 
 
Zia está en la cocina, removiendo la sopa, así que me inclino y 
pregunto en voz baja: 
—¿No te gusta? 
—Me siento mal del estómago, pero no quiero herir los 
sentimientos de Zia. 
—Come lo que puedas. Me aseguraré que Zia lo entienda. 
Se lleva un trozo de pollo a la boca, pero rápidamente lo retira, 
su rostro se vuelve blanco. Le quito el tenedor de la mano y lo dejo 
en la mesa. 
—Así que no te apetece comer pollo. ¿Es por el sabor? 
—El sabor, el olor, el aspecto. De hecho, lo único que quiero 
comer ahora mismo es el pastel. 
De pie, agarro los dos platos de la cena y los llevo al fregadero. 
Luego le entrego el plato de la tarta a Francesca y le clavo un 
tenedor en la parte superior. Sus cejas se fruncen en señal de 
confusión. 
—¿Me estás dando todo el pastel? 
En lugar de responder, la levanto del taburete y la pongo en 
mis brazos, con pastel y todo. 
—Envía al médico a mi habitación —le digo a Zia—. Francesca 
no se siente bien. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
SIETE 
Francesca 
 
Me lleva a través de la casa. Intento no pensar en lo bien que 
me siento que Fausto me toque, el calor de su pecho rodeándome 
después de todo este tiempo. Aquello es un terreno resbaladizo, y 
de ninguna manera me apunto a dar ese paseo de nuevo. 
La reacción de mi cuerpo ante él me molesta. 
—Bájame —suelto—. Todavía estás cubierto de sangre y 
sudor. 
—No. 
Pienso en estamparle el pastel en la cara, pero decido no 
hacerlo. Aunque lo encontraría satisfactorio, es un desperdicio de 
un gran pastel. 
Cuando llegamos a lo alto de la escalera, gira a la izquierda 
en lugar de a la derecha, caminando hacia su ala del castello. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Adónde vas? Te has equivocado de camino. 
—Te vas a quedar conmigo a partir de ahora. 
Qué descaro. 
—Quiero mi propia habitación, Fausto. 
—Te quedarás aquí conmigo. 
Dios, no. Por favor, cualquier cosa menos eso. Estar cerca de 
él, olerlo. No habrá indulto para mis sentimientos profundamente 
enterrados. Agarro el tenedor de la parte superior del pastel y lo 
levanto como un arma. 
—Mi propia habitación, o juro por Dios que te sacaré un ojo. 
Un lado de su boca se tuerce mientras empuja la puerta con 
el hombro. 
—Ahí está mi dolcezza sedienta de sangre. 
Vuelvo a deslizar el tenedor en el pastel y me quedo callada. 
Maldita sea. Tengo que recordar que se excita con mi espíritu y mi 
descaro. Si me quedo en blanco, una cáscara vacía con la que no 
pueda jugar o provocar, se aburrirá. Se dará cuenta que no quiere 
ser padre a su edad. Entonces me dejará ir. 
Me coloca cuidadosamente en su cama, acomodándome sobre 
las almohadas. Luego levanta el teléfono de la casa y comienza a 
dar rápidas órdenes sobre la inminente llegada del médico, pero yo 
lo ignoro. El olor de él impregna la habitación, tan familiar y sexy. 
Casi lo había olvidado, la combinación de naranjas, especias y la 
fuerza bruta. El hombre es un afrodisíaco andante y odio que aún 
me afecte. 
Miserable, tomo el tenedor y empiezo a comer el pastel. El 
sabor húmedo a nuez y el glaseado cremoso se derriten en mi 
 
 
 
 
 
 
 
lengua. Dios mío, qué bueno está. Cierro los ojos, deseando tener a 
Zia en mi vida sin Fausto. Todo el mundo necesita una Zia que 
hornee así. 
Cuando mis párpados se abren, descubro que Fausto me mira 
como si yo fuera su pastel de nueces. Hambriento y desesperado, 
un hombre al límite de su control. Tomo otro bocado y me permito 
disfrutarlo, solo para contrariarlo. Mira lo que no puedes tener, le 
digo en silencio mientras lamo el glaseado del tenedor. 
De repente, hace un torcido gesto con los labios. Alcanza el 
dobladillo de su camiseta y empieza a tirar hacia arriba. El tenedor 
se detiene a medio camino de mi boca. ¿Está…? 
La camiseta se desliza lentamente por su cuerpo, cada vez 
más alto, revelando su vientre plano y el rastro del tesoro que una 
vez había lamido. Luego, las costillas y los pectorales, más 
claramente definidos de lo que recuerdo, y su amplio pecho dividido 
en dos por el vello oscuro. Por último, sus hombros se flexionan y 
se abultan mientras arroja la camiseta al suelo. Ese cuerpo... no es 
justo. Tan varonil, tan caliente. Mi estómago se calienta y se hunde, 
mis pulmones se aprietan mientras lucho contra el impulso de 
suspirar. 
Hace semanas que no me pongo cachonda y ahora es como si 
mi cuerpo estuviera conectado, cada célula electrificada. Todo 
porque se quitó la maldita camiseta. Nunca debí haberle dicho lo 
mucho que amaba su pecho en todas aquellas semanas. 
La piel de su costado está en carne viva y parece dolorosa. Al 
menos, espero que lo sea. Muy, muy doloroso. 
—Tal vez el doctor debería mirarte primero. 
—Estoy bien. Te revisará mientras me ducho. 
—¿Me dejas a solas con el doctor? 
 
 
 
 
 
 
 
—Hay un guardia en la puerta. No podrásescaparte de mí. 
—Ya veremos. 
Su boca se curva en un gesto, pero suena un golpe, 
interrumpiendo nuestro pequeño enfrentamiento. Fausto pide que 
entren y un hombre guapo entra en la habitación, con una mochila 
y un casco de moto en las manos. Él y Fausto se besan las mejillas, 
como acostumbran hacer los italianos. 
—Buona sera30, Don Ravazzani. 
Fausto me señala. 
—Ciao, David. Ven, conoce a Francesca. —Le da una palmada 
en el hombro al doctor y me dice—: El doctor Abruzzi te examinará. 
También tiene un equipo para escuchar al bebé. Deja que te revise, 
¿de acuerdo? 
¿Fausto, pidiéndome permiso? Esto es nuevo. Asiento, 
ocultando mi sorpresa tras otro bocado de pastel. Intercambia unas 
palabras con el doctor y desaparece en su baño. 
—Signorina31 Mancini —dice el hombre, dejando su mochila 
sobre la cama—. Soy David. Con su permiso me gustaría hacer un 
examen rápido. Nada invasivo. 
¿Este es el doctor? Esperaba a alguien mayor con un 
estetoscopio y un maletín médico negro. 
—¿Hablas inglés? 
 
30 Buona sera. Buenas noches, en italiano. 
31 Signorina. Señorita, en italiano 
 
 
 
 
 
 
 
—Sí, lo hablo. Nueve años en Michigan, primero para mi 
licenciatura, luego para mi residencia. Soy primo segundo de 
Fausto. 
No puedo esperar que el doctor me ayude a escapar. Dejo el 
pastel y me quito las migas de los dedos. 
—Encantado de conocerte. Acabemos con esto. 
David se pone un par de guantes de látex y abre su mochila 
para buscar sus instrumentos. Escucha los latidos de mi corazón, 
me toma la presión arterial y me hace preguntas sobre cómo me 
siento. 
—Aparte de las náuseas, estoy bien —le digo. 
—Eso se te pasará dentro de unas semanas. ¿Estás tomando 
vitaminas prenatales? 
—Curiosamente, mis secuestradores no las tomaron cuando 
me metieron en el maletero. 
Asiente una vez. 
—Enviaré una receta a la farmacia. Uno de los hombres te la 
traerá. ¿Alguna hemorragia o manchado? 
—No. 
—Deberías ser revisada por un obstetra, por supuesto, pero 
vamos a escuchar los latidos del bebé. 
¿Un obstetra? 
Casi resoplo. Como si hubiera tenido la oportunidad de visitar 
a un doctor durante mis “vacaciones” en la casa de la playa. 
 
 
 
 
 
 
 
Saca una pequeña caja con lo que parece un diminuto 
micrófono. Oímos el rápido latido del corazón del bebé dentro de mí 
y me relajo en las almohadas, con el alivio que me invade. Con todo 
el estrés y la incertidumbre, estaba preocupada por mi pequeño 
bambino32 ahí dentro. 
Fausto aparece cuando el doctor está recogiendo. El papi de 
mi bebé está desnudo, excepto por la toalla que le rodea la cintura, 
y su gran cuerpo brilla por el vapor de la ducha. Un dolor me recorre 
y me muevo, deseando que desaparezca. Él y David intercambian 
palabras, y luego el médico se despide de mí y se va. 
Intento ignorar a un Fausto casi desnudo y me concentro en 
mi pastel. Entra en su armario y lo escucho vestirse. Cuando 
estamos juntos me encanta verlo vestirse. Sus trajes están cortados 
a la perfección, y verlo pasar del hombre que me vuelve loca en la 
cama al poderoso don me moja cada vez. 
Incluso ahora puedo sentir la humedad entre mis piernas. 
¿Qué me pasa? Hace unas horas estaba en un tiroteo. ¿No debería 
estar en shock? ¿Asustada? ¿Reviviendo la pesadilla de haber sido 
secuestrada y de tener el arma de Enzo metida en la boca? 
Por alguna razón, no lo estoy. Pienso en la gran polla de 
Fausto y en el calor de sus ojos cuando se para junto a la cama y 
me mira fijamente. En cómo le había dado un puñetazo en la cara 
a Enzo y había matado al guardia que me había maltratado. 
Ya has oído a mi mujer. 
Maldito sea este imbécil posesivo, y maldita sea yo por 
gustarme tanto. 
 
32 Bambino. Bebé, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Me echó, me rompió el corazón y me trató como basura. Otra 
vez. La única razón por la que vino por mí fue porque alguien más 
se había atrevido a tomar lo que era suyo. Eso es todo lo que soy 
para él, una posesión. Su puta, criando la próxima generación de 
asesinos y secuestradores. Nunca le perdonaré que me echara y me 
ignorara, que me dejara sola y que permitiera que su rival me 
tomara. 
Lamentablemente, mi cuerpo no está en la misma página. 
Estoy rota. Jodida en la cabeza. Tienen que ser las hormonas 
del embarazo, que han reactivado mi deseo sexual esta noche como 
un par de cables de arranque en la batería de un auto muerto. 
Pero esta vez no permitiré que mis sentimientos se 
manifiesten. No le daré a Fausto la oportunidad de volver a mi vida. 
Nunca sabrá lo mucho que me afecta o cómo mi cuerpo sigue 
anhelando el placer adormecedor que él le proporciona. Por lo que 
a él respecta, ahora soy una perra frígida. 
Lo que fantaseo en privado es asunto mío. 
Cuando sale del armario, lleva una camiseta blanca que se 
extiende por su poderoso pecho y abraza esos deliciosos hombros. 
Su mitad inferior está cubierta por un par de jeans viejos. ¿Va al 
calabozo a ocuparse de Enzo? 
Desgraciadamente, el escalofrío que recorre mi piel no es de 
repulsión. En absoluto. 
Mantengo los ojos alejados de él y me como otro bocado de 
pastel. Se acerca y cubre mi parte inferior con una suave manta. 
¿Ha confundido ese escalofrío con algo de frío? No lo corrijo, 
demasiado sorprendida por el cuidado que está teniendo conmigo. 
—Francesca —dice, con una voz profunda y paciente. 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando no respondo, me pone un dedo bajo la barbilla y me 
inclina el rostro. El fuego de sus ojos casi me abrasa. 
—¿Cuánto debo hacerlo sufrir, dolcezza? —pregunta en voz 
baja—. Dime. ¿Qué retribución te hará más fácil dormir por la 
noche? 
Trago saliva. Habla en serio. Sin duda, cualquier cosa que 
diga será llevada a cabo por este hombre, sin piedad. El poder me 
invade, una sensación de la que había carecido durante tanto 
tiempo que casi parece extraña. El destino de Enzo está en mis 
manos. Pienso en el maletero, en el arma en mi boca. En cómo Enzo 
me llamaba puttanella a cada momento. 
Tú, de rodillas, tan obediente. ¿A él también le gustaba esto? 
Apuesto a que sí. 
Odio a Enzo por eso. Pero Fausto y yo no somos un equipo. 
Esto no es una sociedad. No hay igualdad aquí, y no pretenderé lo 
contrario. 
—¿Desde cuándo tienes en cuenta mis deseos? 
La sonrisa cae de su rostro. 
—No te preocupes. Me encargaré que sufra mucho por todo lo 
que te hizo. 
Sin decir nada más, sale de la habitación, con sus pesadas 
botas golpeando la alfombra. Cuando la puerta se cierra tras él, me 
llevo una mano al pecho, con el corazón acelerado. ¿Seré alguna vez 
inmune a él? Esto es insoportable, sentada aquí con los pezones 
apretados y una palpitación entre las piernas. Bueno, que se joda 
Fausto. No necesito que él se encargue de esto, ya no. No necesito 
a ningún hombre nunca más. 
 
 
 
 
 
 
 
Sin pensarlo, deslizo mis dedos bajo la manta, dentro de mis 
pantalones y bragas para encontrar mi clítoris hinchado. Oh, Dios. 
Se siente tan bien. Mejor de lo que recordaba. Gracias, hormonas 
del embarazo. 
Mi otra mano acaricia un pecho pesado mientras mis dedos 
trabajan entre mis piernas. Las chispas brillan en mis venas, una 
ingravidez que lleva a mi cerebro al lugar donde solo quedaba el 
placer. Me ahogo en la lujuria, mi deseo sexual ha vuelto con fuerza. 
No tardaré en correrme, no con las palabras de Fausto en mis oídos 
y su olor en mi nariz. Es como una sobrecarga sensorial. 
La puerta se abre de repente y saco la mano de mis bragas y 
de mi pecho. ¡Mierda! 
Por supuesto que es Fausto. Parpadea, sorprendido, pero solo 
durante una fracción de segundo. Luego se relaja y suelta una 
suave risa. Uf. Lleno mi tono con todo el veneno que pude reunir. 
—¿Qué pasa? 
—Se me olvidó el celular —dice, y señala el lugar donde 
descansa su teléfono en la cómoda. 
No digo nada, con la piel ardiendode humillación y rabia 
hacia mí misma. Debí haber esperado unos minutos más antes de 
intentar aliviar este dolor. Peor aún, no debería sentirme atraída 
por él. 
De pie, me dirijo a su baño, dispuesta a ducharme y dejar 
atrás toda esta experiencia. 
Mientras cierro la puerta, lo escucho decir: 
—El cabezal de la ducha es extraíble y tiene un ajuste alto y 
otro bajo. 
 
 
 
 
 
 
 
Le muestro el dedo a la puerta cerrada. 
 
 
Fausto 
 
Bajo los escalones del calabozo y una calma familiar me 
invade mientras me adentro en su interior. Quizás es más bien 
desapego que calma, pero la disfruto igualmente. Aquí abajo, no 
hay necesidad de contenerme. En lugar de luchar contra los 
demonios de mi pasado, puedo dejar que se alcen y tomen el 
control. 
Enzo D'Agostino está a punto de presenciar esa 
transformación de primera mano. 
Soy casi diez años mayor que Enzo. Él no me ha visto en mi 
peor momento, cuando empezaron a llamarme Il Diavolo. Sin 
embargo, lo aprenderá a partir de esta noche. 
Marco, Giulio y varios guardias están apoyados en la piedra. 
Giulio, con un cigarrillo colgando de la boca, me observa 
atentamente, con su rostro cansado y demacrado. ¿Cuándo empezó 
a fumar? No me gusta. Las adicciones debilitan a los hombres. 
Sin embargo, no puedo detenerme para hacer de padre ahora. 
Además, ya le había pedido que dejara de fumar lo suficiente. Tal 
vez debería ignorar los cigarrillos. Se había establecido una tregua 
tentativa entre nosotros mientras planeábamos recuperar a 
Francesca, y odio que se rompa. 
Mirando a Marco, pregunto: 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Algún problema? 
—Ninguno. Nos ocupamos de los hombres de la casa de la 
playa y la familia volvió a su casa. Estaban muy asustados, pero 
parecían estar bien. 
—Si volvemos a necesitarlos, ya sabemos dónde encontrarlos. 
¿Los sicilianos se van? 
—No podían esperar. Me ofrecí a conseguirles habitaciones 
esta noche, pero se negaron. ¿Cómo está ella? ¿Ya te ha perdonado? 
Pienso en ella, con una mano dentro de sus bragas y la otra 
apretando su teta. Dio, esa visión. Mi polla se estremece solo de 
imaginarlo. Una cosa es segura, la ira de Francesca no durará 
mucho tiempo. Pronto la convenceré que vuelva a montar mi polla. 
—David dice que está bien. ¿Enzo te ha dado algún problema? 
—Ha estado tranquilo. No creo que haya comprendido aún la 
gravedad de la situación. 
—Bien. Me gusta ser el portador de las malas noticias. —
Continúo hacia la última celda, la más grande, donde Enzo está 
atado a una silla. 
Sonriendo, me acerco a otra silla y me siento frente a él. 
Todavía no lo han amordazado. Eso vendrá después, cuando nos 
cansemos de sus gritos. 
—Bienvenido a mi casa, D'Agostino. Es una pena que solo 
veas esta parte. 
—La Provencia no dejará que te salgas con la tuya. Lo que sea 
que pienses que vas a hacerme, es una mala idea. 
Sacudo la cabeza. 
 
 
 
 
 
 
 
—Tus esquemas informáticos no aportan ni una fracción de 
lo que yo hago. Yo controlo el dinero de la 'Ndrangheta, Enzo. Y 
cuando controlas el dinero, controlas a la gente que depende de él. 
Nadie se atreverá a decirme una palabra sobre esto, porque si lo 
hacen lo quemaré todo. 
—¿La puttanella significa tanto para ti? 
Quiere hacerme enfadar, para apurar esto. Es lo que yo haría 
en su situación. Una muerte rápida es siempre preferible. Pero 
tengo la intención de alargar esto todo lo posible. Meses, si tengo 
suerte. 
—Ella es mía, lo que significa que está fuera de los límites. La 
tomaste para chantajearme, para forzar mi mano a darte algo que 
no mereces. Y sufrirás por eso. 
Se burla de mí. 
—Apuesto a que amas sus grandes tetas. A mí me gustaba 
verlas moverse cuando ella y Mariella jugaban en la playa. Incluso 
pude sentirlas cuando la até con esa cuerda... 
No pienso, solo me abalanzo. Mi puño sale disparado y le doy 
un golpe en la boca. La silla se balancea por la fuerza del impacto, 
así que la enderezo con el pie. Los labios de Enzo se abren y la 
sangre cubre la sonrisa de satisfacción que me dedica. 
—El gran Fausto Ravazzani, azotado por un pedazo de basura 
canadiense. 
Tratando de controlar mi temperamento, exhalo y vuelvo a 
tomar asiento. 
—He oído que Mariella no lo ha conseguido. —Frunzo los 
labios y hago la señal de la cruz—. Qué tragedia. 
 
 
 
 
 
 
 
Gruñe y forcejea entonces, tratando de llegar a mí. Sí, esto es 
mucho mejor. 
—¡Figlio di puttana33! Le pedí a tus hombres que la dejaran ir, 
así como a mi esposa e hijos. ¿Qué clase de hombre eres? 
—Tu puttanella ayudó a secuestrar a Francesca. 
¿Honestamente pensaste que la dejaría vivir después de eso? 
—Te mataré por esto —jadea, con el cabello colgando en su 
rostro—. Cueste lo que cueste, te mataré. Nunca le hice daño a 
Frankie. Nunca tuve la intención de hacerlo. Fue tratada con 
respeto mientras estuvo en mi casa. 
—Excepto por tus manos errantes —comento—. ¡Giulio! 
—¿Sí, Papà? —Mi hijo está a mi lado en un parpadeo. 
—Tráeme un cuchillo y una pequeña mesa de madera. 
Se dirige a donde están guardadas las armas mientras miro 
fijamente a Enzo. No decimos nada, simplemente nos observamos 
el uno al otro. No tenía la intención de empezar tan brutalmente, 
pero la idea que este hombre haya puesto sus manos sobre 
Francesca me vuelve loco. 
Giulio llega y me entrega los objetos que le pedí. 
—Su mano derecha —le indico—. Desátala. 
Enzo se sacude cuando Giulio libera su mano derecha, con la 
mandíbula apretada. Giulio inclina la barbilla hacia otro soldado, 
que se acerca para colocar la mesa de madera frente a Enzo. 
Entonces los dos sostienen la mano de Enzo plana, con los dedos 
extendidos, sobre la madera. 
 
33 Figlio di puttana. Hijo de puta bastardo en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Pruebo el filo del cuchillo mientras los chicos trabajan. 
Afilada. Cuando Enzo está en su sitio, me pongo de pie y miro a 
D'Agostino. 
—La inmovilizaste y la metiste en un maletero. Luego la ataste 
y le pusiste un arma en la boca. Pensaste en usarla contra mí, pero 
fracasaste. No debiste haberla tocado. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
OCHO 
Francesca 
 
Me despierto lentamente, con todo el cuerpo dolorido. Por un 
momento, no puedo recordar por qué. Entonces todo vuelve a la 
mente. 
La casa de la playa. Ataque. Fausto. 
Mis párpados se abren de golpe y me quedo mirando el techo 
de yeso. Estoy en el castello, pero ésta no es mi habitación. Fausto 
me trajo aquí anoche y puso un guardia fuera para que no pueda 
escapar. Otra vez. Jesús, ser una cautiva realmente apesta. 
¿Volveré a tener mi libertad? 
Me apoyo en los codos y respiro profundamente mientras las 
náuseas matutinas me invaden. Había dejado de vomitar durante 
 
 
 
 
 
 
 
mi cautiverio en casa de Enzo, así que esperaba que lo peor hubiera 
pasado. Ahora solo me siento mareada todo el tiempo. 
Dos maletas familiares esperan dentro de la habitación. Mis 
cosas de la casa de la playa de Fausto. Es un alivio tener mis 
pertenencias, pero significa que estoy aquí para el futuro inmediato. 
Bueno, solo hasta que pueda convencer a Fausto que me deje ir. 
Me siento y algo en la mesita de noche me llama la atención. 
Es una caja blanca con un lazo rojo. ¿Un regalo? La emoción eclipsa 
las náuseas durante un breve segundo. Me gustan los regalos y él 
sabe que estoy furiosa con él. ¿Es una ofrenda de paz? 
¿Debo abrirlo? Lo miro fijamente, pensando. Debería tirarlo. 
No quiero nada de él. Lo único que puede darme es mi libertad, y 
todos sabemos que eso no va a ocurrir. 
¿Qué es esto? Si la lencería está metida en esa pequeña caja, 
tendrá un duro despertar. No voy a volver a ponerme lencería para 
él, nunca más. La curiosidad me acecha mientras la miro. El 
tamaño de la caja es más bien el de una joya, como una pulsera o 
un collar. Sea lo que sea, no lo quiero. 
Pero tal vez quiero verlo. 
Alcanzo la caja y le quitoel lazo antes que pueda cambiar de 
opinión. Luego abro la tapa y retiro el papel de seda blanco. ¿Es 
eso...? 
¡Maldita sea! 
Dejo caer la caja como si estuviera ardiendo y veo cómo una 
punta de un dedo cae y rueda por la alfombra. Oh, mi Dios, oh mi 
Dios, oh mi Dios. Es el dedo de Enzo. Lo sé en el fondo de mi alma. 
¿Por qué, en nombre de Dios, Fausto me ha dado el dedo de Enzo? 
 
 
 
 
 
 
 
El ácido me quema la garganta y salgo corriendo hacia el 
baño. Apenas llego a tiempo antes de vomitar. Mis ojos se llenan de 
agua y mi cuerpo se agita con absoluto horror. 
¿Qué demonios le pasa a ese hombre? 
Me quedo sentada, escurrida y exhausta, asqueada de toda la 
población masculina, cuando escucho que llaman a la puerta 
exterior. 
—Frankie, ¿te has levantado? 
Es Giulio, el único hombre de esta casa que me gusta. 
Poniéndome de pie, me asomo desde el baño para decir: 
—Pasa. 
Rápidamente, me enjuago la boca en el lavabo. Escucho que 
la puerta se cierra y para cuando salgo del baño, Giulio está de pie 
sobre el dedo, frunciendo el ceño. 
—¿Qué demonios? —pregunto, mirando intencionadamente a 
Giulio y no al dedo humano en el suelo. 
—Intenté decirle que era una mala idea. Dijo que se lo 
agradecerías. 
—Bueno, ahora puedes devolver eso y decirle que no lo hago. 
Me hizo vomitar las tripas. Espero que esté contento. 
—Me desharé de él. —Giulio se agacha para ocuparse del dedo 
y yo voy a lavarme los dientes. Dejo la puerta del baño abierta, así 
que viene a buscarme cuando termina—. Ya no está —dice, 
sacudiendo sus manos de un lado a otro—. Como si nunca hubiera 
pasado. 
—Pero sí pasó —digo, poniendo el cepillo de dientes de Fausto 
de nuevo en el vaso de la encimera. Sí, usé su cepillo de dientes 
 
 
 
 
 
 
 
para limpiarme los dientes, y si no le gusta puede irse a la mierda—
. Está absolutamente loco. 
—Lo sé, pero estaba peor después que te secuestraran. 
No es la primera vez en las últimas semanas que Giulio 
menciona que el estado mental de su padre está desquiciado, pero 
no puedo permitirme darle importancia. Doy un paso adelante y 
rodeo su cintura con mis brazos. 
—Odio estar de vuelta aquí, pero me alegro de verte. 
—Me alegro mucho de verte. —Me da un beso en la cabeza 
mientras me devuelve el abrazo—. Estaba cagado de miedo por ti. 
¿Te ha hecho daño Enzo? 
—No, aparte de insultarme y meterme un arma en la boca. 
—Fausto se volvió loco cuando vio esa foto. 
—Bien. —Soltándolo, me dirijo a la cama y me meto de nuevo 
bajo las sábanas—. No debió haberme echado. 
Giulio se sienta en el colchón al final de la cama. Tiene el 
cabello húmedo y está vestido con una camiseta y unos jeans. Hoy 
no trabaja, supongo. Dice: 
—Creo que ha pagado por ese error. En repetidas ocasiones. 
—Excepto que yo también lo he pagado. 
Se mueve, poniéndose más cómodo, y rozo mis pies contra su 
cadera. Me gusta pasar tiempo con Giulio. Nos habíamos acercado 
durante esas semanas mientras yo estuve en la casa de la playa. La 
mayoría de los días, él era lo único que me mantenía cuerda. 
—No quiero hablar de Fausto. ¿Cómo está Paolo? 
 
 
 
 
 
 
 
Los ojos de Giulio se vuelven sombríos y tristes, una mirada 
que solo tiene cuando saco a colación a su antiguo novio. 
—Se está tirando a todos los chicos de alquiler de la ciudad, 
por lo que he oído. Ni siquiera me mira. Nunca me perdonará y no 
lo culpo. Yo tampoco me lo perdonaré nunca. 
—Lo siento, G. Eso es una mierda, pero no tenías elección. 
—Lo sé, pero eso no lo hace más fácil. Al menos ahora no hay 
que preocuparse por casarme con la hermana de D'Agostino. 
—Hablando de Enzo, ¿está...? 
—Oh, está muy vivo. Fausto planea alargarlo todo lo posible. 
Estuvimos ahí abajo casi toda la noche. 
—No quiero saberlo. —Echando un vistazo, me doy cuenta 
que el lado de la cama de Fausto no ha sido utilizado. ¿Qué significa 
eso? Si está durmiendo en otra parte, ¿por qué hacerme quedar 
aquí? 
—¿Cómo te sientes? —pregunta Giulio—. Sé que lo de ayer 
fue mucho. El bebé, ¿está bien? 
—Cansada pero bien. David vino anoche y dijo que el bebé 
parece estar bien, pero que debería ver a un obstetra para estar 
segura. Pienso llamar a uno tan pronto como abra su oficina. 
—Estoy feliz de llevarte hoy, si quieres. 
—¿Quiere decir que puedo dejar esta lujosa prisión? 
Giulio ladea la cabeza y me estudia. 
—¿Supongo que esto significa que mi padre no te preguntó si 
querías quedarte o no? 
 
 
 
 
 
 
 
¿Cómo si eso fuera una opción? 
—No. No lo hizo. 
Frunciendo el ceño, Giulio se acaricia la mandíbula. 
—Hablaré con él. ¿Te irías a casa si pudieras? 
—No a Toronto, sino a Nueva York o Boston, tal vez. A 
cualquier sitio menos aquí. Al menos estaría más cerca de mis 
hermanas por allá. 
—Lo entiendo, pero te echaría de menos, Frankie. 
Me froto los pies contra él juguetonamente. 
—Yo también te echaría de menos, pero ya sabes por qué no 
puedo quedarme. Me ha hecho daño demasiadas veces. 
—¿Qué es un poco de amor sin daño? —dice con una sonrisa 
triste—. Los italianos tienen una expresión, “l'amore non è bello se 
non è litigarello”. Significa que una pequeña discusión de vez en 
cuando hace bien a una relación. Que uno sale fortalecido por eso. 
—¿Discusión? —resoplo—. Me encerró en un calabozo, me 
dejó en un yate en medio de un huracán y me desterró a vivir bajo 
vigilancia donde me secuestraron. 
La boca de Giulio se tuerce. 
—Al menos lo has visto en su peor momento. Hablando de tus 
hermanas, deberías llamarlas. Tanto Gia como Emma no dejan de 
mandarme mensajes para preguntar por ti. Me he hecho el tonto 
desde que D'Agostino te secuestró, pero creo que están empezando 
a sospechar algo. 
—Gracias. —Me había preguntado qué harían mis hermanas 
cuando no tuvieran noticias mías, si hablarían con mi padre o no. 
 
 
 
 
 
 
 
Supongo que en su lugar se pusieron en contacto con Giulio, 
gracias a Dios. La última persona que quería involucrar en este lío 
es a Papà—. Excepto que tendré que usar tu teléfono. Dios sabe 
cuándo Fausto me devolverá el mío. 
—Tu tablet está en una de esas maletas. —Señala con la 
cabeza las maletas junto a la puerta—. Anoche empaqué todas tus 
cosas. 
—Gracias, G. Eres el mejor. 
—Lo sé. 
Me doy cuenta que tiene los nudillos rotos y raspados, las 
manos hinchadas. 
—¿Eso es de anoche? —Inclino mi barbilla hacia sus manos. 
—Sí. —Flexiona sus largos dedos—. Hoy duele mucho. 
—¿Te gusta? ¿Golpear a la gente y hacer de mafioso? 
Ladea una ceja. 
—¿Deberíamos hablar de esto? 
—¿Por qué no habríamos de hacerlo? Es raro que nunca 
hayamos hablado de eso, ¿no crees? 
—Hago lo que hay que hacer, como cualquier buen soldado. 
—Esa es una respuesta de mierda. Sé serio conmigo por un 
segundo. 
Exhala con fuerza. 
—No puedo explicarlo, pero hay un lugar dentro de mí que se 
siente indigno, como si siempre tuviera que probarme a mí mismo 
 
 
 
 
 
 
 
ante mi padre. Él es el gran Fausto Ravazzani y se supone que debo 
seguir sus pasos. Pero, ¿cómo podría estar a su altura? 
—No es tan grande —murmuro secamente. 
—Por supuesto que dirías eso. Pero soy su heredero y quiero 
que esté orgulloso de mí. —Juguetea con su reloj, ajustando la 
gruesa correa de metal—. Es curioso, antes odiaba la violencia, pero 
cuanto más viejo me hago más la amo. Supongo que eso me hace 
estar jodido. 
—No estás jodido. Tu padre es Il Diavolo, después de todo. 
Está en tu... —Muerdo la última palabra. Mierda, tengo la mitad del 
ADN de Fausto dentro de mí, haciendo crecer un bebé. ¿Sus genes 
garantizarán un niño violento? 
—No tienes que preocuparte por eso si te vas —dice Giulio, 
leyendo perfectamente mis pensamientos—. Me he criado en esta 
vida. El heredero. Nunca tuve una oportunidad. Pero tu bebé puede 
crecer fuera de nuestro mundo, en algún lugar bonito con vallas 
blancas y sin balas. 
Eso es solo si Fausto me deja ir... y algo me dice que no lo 
hará. 
 
 
Fausto 
Amedia mañana, llego a la cocina para encontrar a mi hijo y 
a mi mujer riendo con un café y cornetti. Es casi como si el horror 
del último mes no hubiera ocurrido. Siento que una sonrisa se me 
forma en la boca. Las cosas pronto volverán a ser como antes, 
incluida Francesca follando conmigo con desenfreno. 
 
 
 
 
 
 
 
Sus risas se apagan mientras preparo otro espresso. Pero 
tengo otras cosas en mente. Estoy agotado. Enzo aún no se ha 
quebrado, pero lo hará. Anoche lo hice sufrir mucho, lo suficiente 
como para durar días. 
Sin embargo, mi estado de ánimo es ligero. Mi dolcezza está 
de nuevo bajo mi techo, donde debe estar. 
—Deberíamos irnos —dice en voz baja a Giulio—. No quiero 
llegar tarde. 
Eso hace que me de la vuelta. 
—¿A dónde crees que vas esta mañana? 
Su ojo derecho tiembla, pero su voz permanece plana. 
—Al obstetra, Fausto. 
—Yo te llevaré. —Mi día está repleto de llamadas e informes, 
pero los pospondré para hacer esto con ella. Para que me perdone, 
tenemos que pasar tiempo juntos. 
—Vas a llevarme a la consulta. ¿Tú? 
—Yo. —Miro a mi hijo—. Dile a Marco. Quiero que me 
acompañen seis hombres, con autos adelante y atrás. 
—Sí, Papà. —Con un beso en la mejilla de Francesca, 
desaparece de la cocina para hacer los preparativos del viaje. Eso 
me deja a solas con ella, pues Zia ya está afuera, en su jardín. 
—No puedes pensar seriamente en ir conmigo —dice ella—. 
Nunca dejas la propiedad. 
—Excepto por ti, parece. ¿Y cuál es el problema? Soy el padre 
del bebé. Debería ir a estas cosas. —No había acompañado a Lucia 
al médico, así que no tengo ni idea de qué esperar. Pero son cosas 
 
 
 
 
 
 
 
que la mayoría de los hombres hacen cuando sus mujeres están 
embarazadas, ¿no? Cuando la esposa de Marco estaba embarazada, 
Marco había atesorado las diminutas fotos de las ecografías en 
blanco y negro como si fueran lingotes de oro, mostrándolas a 
cualquiera que estuviera cerca. 
Parece estar luchando por una respuesta, abriendo y 
cerrando la boca varias veces. Finalmente, dice: 
—Preferiría que no vinieras. 
Le doy un sorbo a mi espresso y la miro por encima del borde 
de la taza. Si me ha superado, como dice, ¿por qué no me deja 
acompañarla? Ambos sabemos que no me ha superado. Nunca lo 
permitiré. Estoy dispuesto a mover cielo y tierra para ganar el 
perdón de esta mujer. 
—Es una pena —digo—. Además, quiero escuchar por mí 
mismo que todo está bien con nuestro hijo. 
—Como quieras. —Se levanta y lleva sus platos al fregadero—
. Aunque tengo que preguntar, ¿qué clase de lunático regala un 
dedo a una mujer embarazada? 
—Giulio ya me informó que fue una mala idea, pero te mereces 
una prueba de su sufrimiento, amore mio. 
La porcelana repiquetea en el fregadero. 
—Mierda —murmura ella, acomodando los platos. 
¿Ha sido el cariño lo que la había sacudido? Si es así, debe 
prepararse. Habrá muchos más de esos, tantos como pueda 
conseguir decirle. 
—Vamos —dice uniformemente, mientras pasa a mi lado. 
 
 
 
 
 
 
 
Hmm. Su comportamiento es anormalmente tranquilo. 
Esperaba una discusión o un comentario mordaz, como mínimo. 
Me encanta discutir con ella. Cuando estamos juntos, nuestras 
discusiones solían llevar a follar. 
¿Es esta nueva actitud una táctica para evitar discutir 
conmigo? 
Ah, eso tiene sentido. Sonrío mientras la sigo por el castello. 
Nada me gusta más que una batalla de ingenio con esta mujer, pero 
ella perderá. No he llegado hasta donde estoy en este mundo 
dejándome manipular. Aun así, me gusta el desafío. 
Puede actuar tan tranquila y aburrida como quiera. No 
funcionará. Nada de ella puede aburrirme. ¿No lo sabe ya 
Francesca? 
Una vez en el auto, estudia las calles por la ventana, 
ignorándome. No me importa. Tengo muchas llamadas de trabajo 
que hacer durante el viaje. Una de ellas es para ponerme en 
contacto con Toni, que supervisa la parte legítima de mi imperio 
empresarial. Durante la llamada habla de las operaciones y de 
nuestra cartera, y yo escucho con medio oído. Por el rabillo del ojo 
observo cómo rebota el pie de Francesca, con su zapato plano 
colgando de la punta de los dedos. Es involuntariamente sexy y 
quiero atraer sus pies a mi regazo, deslizar mis palmas por sus 
pantorrillas... 
—Deja de mirarme —dice sin dedicarme una mirada—. Es 
espeluznante. —Se inclina hacia el otro lado, protegiendo sus pies 
de mí, y trato de no reírme. ¿Espeluznante? Entonces, ¿por qué se 
le asoman los pezones a través del sujetador y la camisa? No puede 
ocultar la reacción de su cuerpo. 
 
 
 
 
 
 
 
Termino mi llamada cuando llegamos al edificio donde se 
encuentra el consultorio. Se acerca al pomo de la puerta, pero la 
agarro del brazo. 
—Espera aquí. No salgas hasta que te rodeen los guardias. 
—Fausto, la única persona de la que corro peligro eres tú. —
Abre el pomo y sale del auto, y me veo obligado a soltarla. Maldita 
sea. 
Me apresuro a salir por mi puerta y doy la vuelta rápidamente. 
Mis hombres nos rodean y todos nos dirigimos hacia la puerta. 
—¡Cristo, Francesca! No es seguro que corras por las calles de 
Siderno. 
—Me disculpo. —Se pone unas gafas de sol en el rostro y 
oculta sus ojos de mí—. La próxima vez esperaré. 
Su voz es tensa, como si la aquiescencia casi la matara. Sin 
embargo, tengo que reconocer sus habilidades de actuación. Si no 
la conociera tan bien, podría haber creído que lo dice en serio. 
Una persona ya está en el ascensor cuando nuestra comitiva 
entra. Echa un vistazo a los grandes soldados y a los bultos bajo 
nuestras chaquetas y se excusa rápidamente, saliendo antes que se 
cierren las puertas del ascensor. Francesca suspira pero no dice 
nada. 
Los guardias esperan ante la puerta principal de la oficina del 
médico, mientras Marco y yo acompañamos a Francesca al interior. 
Las dos mujeres de la recepción se animan al vernos, y sus ojos se 
dirigen a mí y luego a mi mujer. Apoyo mi mano en la parte baja de 
la espalda de Francesca mientras nos acercamos, ignorando la 
rigidez de su pequeño cuerpo ante mi contacto. 
Se quita las gafas de sol. 
 
 
 
 
 
 
 
—Francesca Mancini vengo a ver al Doctor Russo, por favor. 
La recepcionista traga saliva y se atreve a mirarme de nuevo. 
—Ciao, señorita Mancini. —Teclea un momento en su 
computadora y yo miro a las otras parejas de la sala de espera. 
Todos me miran fijamente, pero desvían rápidamente la mirada 
cuando me giro. 
—Se correrá la voz —murmura Marco—. Esto ha sido un 
error. —Lo había dicho con su ceño fruncido de reproche desde que 
salimos del castello. 
—Esto es lo que ella espera —digo en voz baja—. Y no voy a 
manejar esto como lo hice antes. 
No estoy seguro de si me refiero a Lucia o a cómo traté a 
Francesca antes. Tal vez me refiero a ambas cosas. La noticia de un 
bebé Ravazzani convertirá a Francesca en un objetivo más, pero yo 
la acompañaré a todas partes, junto con un ejército de guardias, 
por supuesto. 
Se acerca una mujer mayor con bata, a la que reconozco. Es 
la esposa de uno de mis hombres que se había retirado hacía dos 
años. 
—Signore Ravazzani —dice, juntando las manos—. Buona 
sera. 
Beso sus mejillas. 
—Signora Mancuso. Tiene usted buen aspecto. 
—No nos habíamos dado cuenta... Es decir, Signorina 
Mancini... 
Tiene un apellido diferente, por lo tanto nadie sabía que este 
bebé es mío. Levanto una ceja. 
 
 
 
 
 
 
 
—Es una buena noticia , ¿no? 
—Por supuesto, por supuesto. Felicidades por su bendición. 
Venga conmigo. La acompañaré a una de las salas de exploración. 
—¿Ya es mi turno? —pregunta Francesca, mientras la guío 
tras la signora Mancuso—. Normalmente tengo que sentarme en la 
sala de espera. 
—Un Ravazzani no espera. 
Un sonido de disgusto escapa de su boca. 
—Por eso no quería que vinieras. 
—Deberías agradecérmelo. Te he ahorrado horas de tiempo. 
Me acomodo en una silla de la sala de exploración, mientras 
Francesca se sienta en lagran silla acolchada con estribos. La 
signora Mancuso le entrega a Francesca un recipiente de plástico 
vacío, de los que se usan para las muestras de orina. 
—¿Sabes dónde está el baño? 
Francesca asiente y empieza a salir de la habitación con el 
recipiente. Me pongo de pie, dispuesto a seguirla. 
—Está a la vuelta de la esquina, Fausto —sisea—. Quédate 
aquí. 
—Voy donde tú vas. —No conozco a esta gente. Por lo tanto, 
no voy a perder de vista a Francesca mientras estemos fuera de la 
propiedad. 
Con un giro de ojos, se dirige al pasillo y la sigo. Hace muchos 
años que no iba a la oficina de un doctor, pero parece que no han 
cambiado mucho. Muebles aburridos, paredes de color pastel. Esta 
tiene fotografías de bebés por todas partes, madres y padres 
 
 
 
 
 
 
 
sonrientes con batas de hospital. Hmm. Por seguridad, mi hijo o 
hija tendrá que nacer en el castello, no en un hospital. Sin embargo, 
no es el momento de hablar de eso con Francesca. 
Pronto volvemos a la sala de exploración. La señora Mancuso 
le indica a Francesca que se ponga la bata y que el médico estará 
con nosotros en breve. La puerta se cierra, dejándonos solos, y 
Francesca se queda allí, inmóvil, como si esperara que yo haga algo. 
Junto las manos sobre mi regazo. 
—Ya te he visto desnuda. Así es como nos encontramos con 
esta situación, si mal no recuerdo. 
—Eso era antes —espeta—. Ahora es diferente. 
—¿Lo es? 
Sus brazos se agitan a los lados, como si yo la exasperara. 
—Al menos date la vuelta. 
—Ya sabes lo que pienso sobre recibir órdenes tuyas. —Le 
echo una mirada acalorada a su cuerpo—. Y sé que prefieres seguir 
mis órdenes que darlas. 
—Dios, eres lo peor. 
Con un resoplido, se da la vuelta y empieza a desvestirse. Me 
ignora, pero eso no me impide mirar. 
Cazzo, es preciosa. Su piel se ha vuelto de un color dorado 
intenso por el sol, y sus largas y tonificadas piernas conducen a ese 
culo redondo que me encanta morder. Su cintura aún no se ha 
llenado con el embarazo, y me muero de ganas de verla redonda y 
exuberante con mi hijo. El cabello rubio oscuro se extiende por su 
espalda y ansío pasar mis dedos por él, envolverlo en mi puño y 
tirar de él mientras la monto por detrás. 
 
 
 
 
 
 
 
Entonces se quita las bragas, empujando la seda y el encaje 
por las caderas, y deja que el trozo de tela caiga al suelo. Se inclina 
para recogerlas. 
Madonna Santa34, ese espectáculo. 
Estoy casi jadeando, con la polla medio dura. Mi corazón 
galopa en mi pecho como si hubiera corrido una carrera, y me olvido 
de la dolorosa rozadura en el costado y de mi terrible noche de 
sueño. Solo puedo concentrarme en ella y en ese deseo insaciable 
que tengo de tocarla, de follarla. De arrastrarme dentro de ella y no 
salir nunca. Ella es una fiebre en mis venas, una obsesión, una que 
no estoy seguro de poder superar. 
Tengo que tenerla pronto o me volveré loco. 
Después de ponerse la bata de algodón, se acerca y me da su 
ropa. 
—Toma. Para tu regazo. —Inclina la barbilla hacia el bulto de 
mis pantalones. 
Abro los brazos pero no hago ningún movimiento para tomar 
las prendas. 
—Bájalas —le ordeno en voz baja, sin poder evitarlo. 
Su respiración se entrecorta y se lame los labios. Su mirada 
se dirige a mi entrepierna, donde mi polla empuja insistentemente 
contra la cremallera. Por un momento, pienso que va a seguirme el 
juego, que se inclinará y colocará la ropa sobre mi ingle, y quizás 
roce su mano contra mi polla en el proceso. En lugar de eso, aparta 
la mirada y deja caer el bulto sobre mi regazo, sin importarle si cae 
al suelo. 
 
34 Madonna Santa. Santa Virgen, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Me siento un poco decepcionado, pero sobre todo satisfecho 
por su reacción. No es inmune a mí. 
Aun así, no puedo evitar preguntarme lo diferentes que 
habrían sido las cosas si no hubiera metido la pata con ella. 
Podríamos haber estado juntos en todas las citas, bromeando y 
riendo mientras esperamos al doctor. Ella se sentaría en mi regazo 
y me besaría, mientras yo le contaría lo mucho que esperaba ver a 
nuestro hijo pero me preocupaba mi capacidad para mantenerlos a 
salvo. 
No puedo soportar perder a nadie más. 
Francesca se sube a la mesa de exploración. 
—No digas nada, Fausto. Estás aquí solo como observador. 
No quiero que te pongas en plan jefe de la mafia con mi doctor. 
¿Más órdenes? 
Mi polla se mueve ante su audacia. Aunque anhelo tomarla 
sobre mis rodillas y azotar su culo, levanto las palmas de las manos. 
—Ni siquiera sabrás que estoy aquí, dolcezza. 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
NUEVE 
Fausto 
 
—Esta debe ser la encantadora Francesca —exclama mi 
primo Toni, adelantándose. Besa las dos mejillas de Francesca— 
Eres tan hermosa como he oído. 
—Gracias —dice ella, y luego me mira en busca de una 
explicación. 
Acabamos de llegar a uno de los restaurantes que tengo en 
Siderno después de la cita con el obstetra. No me gusta lo delgada 
que está, y el médico había expresado su preocupación por la 
cantidad de peso que Francesca ha perdido. Aunque el bebé está 
perfectamente, el doctor animó a Francesca a comer más, lo que 
pueda retener. Así que decido llevarla a comer, invitando también a 
Toni para hablar de negocios. Lleva meses insistiendo en una 
reunión en persona. Dos pájaros de un tiro. 
 
 
 
 
 
 
 
—Te presento a Antonio, mi primo —le digo—. Lleva muchos 
de mis negocios por mí. 
—Llámame Toni —dice mi primo—. Zio Toni, si lo prefieres. 
Le acerco una silla y se sienta. 
—Hablas muy bien inglés —le dice a Toni. 
—Me crie en los suburbios de Connecticut hasta los doce 
años. Luego mi madre nos trasladó de nuevo a Siderno y me 
familiaricé con mis primos italianos. 
—Ah, ya veo. 
—Me ha sorprendido gratamente que haya accedido a 
reunirse hoy en persona. —Toni me señala, todavía hablando con 
Francesca—. Tu influencia, sin duda. 
—Oh, difícilmente puedo atribuirme el mérito —dice ella, 
mientras el camarero pasa los menús—. Fausto siempre hace lo que 
le da la gana. 
Trato de ocultar mi sonrisa. 
—Francesca tenía una cita con su obstetra esta mañana. 
Vinimos aquí directamente después. 
Se remueve en su asiento, sin duda furiosa porque he 
mencionado el embarazo. Pero es inútil ocultarlo. La noticia de mi 
presencia en el consultorio del doctor se extenderá por todo Siderno 
al atardecer. Además, Toni es de la familia. Se merece oírlo de mi 
boca. 
 
 
 
 
 
 
 
—¡Oh, es una noticia maravillosa! —exclama Toni y se inclina 
hacia adelante para darme una palmada en el hombro—. 
¡Complementi35, cugino! 
Francesca pone los ojos en blanco y levanta la mano para 
llamar la atención del camarero. Cuando llega, dice: 
—Yo quiero el tiramisú y la tarta de frangipane. 
—No. —Procedo a darle al camarero una larga lista de cosas 
para traer a la mesa. Ella comerá primero alimentos reales con 
vitaminas y minerales. 
—Eres imposible —dice cuando el camarero se va. 
Poniendo mi mano en el respaldo de su silla, me inclino hacia 
ella. 
—Puedes pedir lo que quieras de postre, ¿verdad? Y no pedí 
pollo conscientemente. 
Sus labios se separan, un rubor profundizando sus mejillas y 
garganta. 
—Bien. 
Satisfecho, me enderezo. 
—Ahora debemos hablar de negocios —le digo—. Espero que 
no te importe. 
—Sí, perdónanos, Francesca —añade Toni—. Ha estado 
demasiado distraído últimamente, aunque ahora entiendo por qué. 
 
35 Complementi. Felicidades, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Oh, no estaba distraído por el bebé. Fue porque me envió 
lejos y luego me secuestraron. —Me dirige una mirada sosa que no 
me engaña ni por un momento—. ¿Verdad, paparino36? 
La furia me inunda, aunque sé que intenta vengarse de mí por 
haberle quitado el postre e ir a la cita con el doctor. Mis labios se 
acercan a su oreja y le susurro: 
—Me alegroque te sientas mejor, piccola monella37. Me 
preocupaba que necesitaras más tiempo para recuperarte. Veo que 
ya no es así. 
Francesca no dice nada, sino que agarra una rebanada de pan 
de la cesta de la mesa. Mientras ella se ocupa de comer, Toni y yo 
nos ponemos al día de los diversos asuntos que había ignorado el 
último mes. 
La comida se alarga, y yo estoy observando subrepticiamente 
a Francesca disfrutar de sus ñoquis cuando Toni me da un codazo 
en el brazo. 
—¿Me estás escuchando? —pregunta Toni—. Sé que es 
guapa, pero seguro que no soy tan aburrido. 
Le frunzo el ceño, aunque me molesto conmigo mismo. 
Debería haber prestado más atención. 
—Te he oído. Hay un comprador para el conglomerado de 
medios y tú quieres vender. Entonces, vende. 
—No, Fausto —dice Francesca, bifurcando otro bocado de 
ñoquis—. Quiere dividir el conglomerado de medios y formar dos 
empresas. La mitad menos rentable se vendería. 
 
36 Paparino. Papi en la habitación, en italiano. (Es como el equivalente a Sugar Daddy). 
37 Piccola Monella. Pequeña Mocosa, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Toni extiende la mano hacia ella como si dijera: “Al menos 
alguien está prestando atención”. Lo ignoro y me concentro en mi 
mujer. 
—¿Crees que es una buena idea? 
Ella levanta un hombro. 
—Tendría que aprender de qué es responsable cada mitad de 
la empresa. 
—La mitad rentable —explica Toni—. Sería la extracción de 
datos para los anunciantes a través de las redes sociales, las 
aplicaciones de citas y los escaparates online. La parte que me 
gustaría vender es la de televisión y prensa escrita. 
—Porque los ingresos por publicidad han bajado —añado para 
asegurarme que lo entiendo—. Todo el mundo hace streaming38 hoy 
en día y recibe las noticias en una aplicación. 
—Es cierto, pero si los últimos años nos han demostrado algo 
es que quien controla el flujo de información tiene más poder. La 
gente se cree cualquier cosa. 
Toni y yo intercambiamos una mirada. Esto es cierto. 
—Entonces, ¿vender la minería de datos en su lugar? —
pregunto. 
—Eso sería un error —dice Toni—. El potencial de ingresos es 
increíble. 
Francesca deja el tenedor y alcanza su agua con gas. 
—Deberías dividir las empresas, pero quedarte con las dos. 
Pero cambia el nombre de la parte de la minería de datos por algo 
 
38 Streaming. se refiere a la distribución digital de contenido multimedia a través de una red. 
 
 
 
 
 
 
 
que nadie asocie con la parte de los medios de comunicación. A la 
gente no le gusta pensar que sus computadoras los espían. Hubo 
un gran escándalo hace unos años con uno de los sitios de redes 
sociales haciendo eso. 
—¿Lo hubo? —pregunta Toni—. No lo recuerdo. 
—Sí. Todo el mundo borraba sus cuentas. Aunque ese sitio 
era sobre todo para gente mayor. Como la edad de Fausto. 
Sin pensarlo, acaricio con mis nudillos la suave piel de su 
antebrazo. 
—Antiguo, entonces. 
Congelada, se queda mirando el lugar donde la toco. Sin 
embargo, no se aparta, no al principio. Aprovecho para acariciarla 
suavemente, sin importarme que Toni esté al otro lado de la mesa. 
Finalmente, se mueve y se aparta de mi alcance. Sus manos 
terminan en su regazo, con los dedos anudados. 
—Así que tenemos una decisión, entonces, ¿sí? —pregunta 
Toni. 
—Sí, y Francesca elegirá un nombre para la nueva empresa. 
Parpadea. 
—¿Yo? 
—Has ayudado a tomar la decisión, así que es justo. 
Su boca se estira en una amplia sonrisa antes que pueda 
contenerse. La visión de su placer me golpea como un puñetazo en 
el plexo solar, y tengo que contenerme para no inclinarme y besarla. 
Quiero saborear su alegría, ahogarme en su felicidad. Echaba de 
menos perderme en ella, la única mujer que se atreve a 
contrariarme y a luchar contra mí en todo momento. 
 
 
 
 
 
 
 
El momento pasa y ella se retira, con su máscara firmemente 
colocada para el resto de la comida. Toni y yo pasamos al fondo de 
inversión que él maneja, así como a los bienes raíces. Disfruto de la 
parte legítima del imperio Ravazzani, de la elaboración de 
estrategias con números y datos. Si no me gustara tanto la sangre 
y la violencia, podría haber sido feliz como banquero de inversiones 
o director general. 
Toni se aclara la garganta y se inclina: 
—Rav, tu antigua amiga ha hecho una petición sobre la casa. 
Estoy distraído, mirando a Francesca lamer el tiramisú de 
una cuchara. 
—¿Amiga? 
—Katarzyna —dice de mala gana, refiriéndose a mi anterior 
mantenuta. 
Francesca hace una pausa, con la cuchara a medio camino 
de la boca. 
—¿Qué pasa con ella? 
Ya no hay forma de ocultarlo. Hago un gesto con la mano, 
indicando que Toni debe explicarse. Mi primo me lanza una mirada 
de disculpa antes de decir: 
—Le gustaría vender la casa de Portofino. 
Resoplo. 
—¿Acaso hemos finalizado el papeleo? Ni siquiera es 
propietaria todavía y está tratando de hacer un euro rápido. 
—Por eso necesita nuestra ayuda. Quería consultarlo contigo 
primero. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Hay alguna razón para no dejarla vender? —pregunta 
Francesca, con su atención puesta en mí. 
Me encojo de hombros, molesto porque nuestro día se ha visto 
empañado por esta desagradable conversación. No quiero que 
Francesca recuerde a las mujeres de mi pasado. 
—¿Aparte de su espantoso sentido de la codicia? No. 
—No puedes culparla, Fausto —dice ella, con la voz calmada—
. Los dos entraron en ese acuerdo con los ojos bien abiertos. No la 
penalices por utilizarlo en su beneficio ahora que está sola. 
Mi dolcezza de corazón blando. Éste es el lado de ella que más 
había echado de menos, el que cuida de sus hermanas. La que 
insiste en salvar a los corderitos. La mujer que defiende a mi hijo, 
incluso cuando le costó todo. 
Dio cane39 la adoro. 
Levantando su mano hacia mi boca, presiono un beso en el 
interior de su muñeca. 
—Deja que Katarzyna venda la casa —le digo a Toni, 
manteniendo mi mirada en Francesca. 
Su respiración se entrecorta y se lame los labios. No puedo 
saber lo que está pensando, pero sus párpados entrecerrados me 
dan una buena idea. Si Toni no estuviera aquí, le preguntaría si sus 
bragas están mojadas. Tal vez incluso lo comprobaría por mí 
mismo. 
Sin previo aviso, se aparta de mí y se aleja de la mesa. 
—Disculpen. Tengo que ir al baño. 
 
39 Dio cane. Dios perro, en italiano. (Se utilizar como un equivalente a maldita sea). 
 
 
 
 
 
 
 
Toni y yo nos ponemos de pie mientras Francesca sale a toda 
prisa de la estancia. La puse nerviosa, lo cual es muy bueno. 
Mirando a Benito, que está de pie en la esquina, hago un gesto con 
la mano para indicarle que la siga. Como yo soy el dueño del 
restaurante, no me preocupa que alguien le haga daño. No se 
atreverían. 
Pero me preocupa que intente escapar. 
 
 
Francesca 
Me siento débil. 
Puedo sentir que mi determinación se desmorona como el pan 
viejo. Esos ojos oscuros suyos, esa voz sexy. Es como si Fausto 
tuviera una línea directa con mis hormonas y pudiera pulsar esas 
cuerdas a voluntad, inundando mi sistema con una lujuria tan 
fuerte que no puedo respirar. 
Entre mis piernas hay un desastre de necesidad. Mi cuerpo 
traidor ha olvidado claramente todo lo que Fausto hizo mal, y 
ningún recordatorio me mantiene inmune a él. 
Avanzo hacia el baño de señoras y entro en la caseta vacía. 
Después de hacer mis necesidades, salgo para lavarme las manos 
y echarme agua en el rostro. Tengo que recomponerme. No puedo 
perdonarlo ni volver a acostarme con él. Ambas cosas son terribles. 
Dios, pero la mirada en su rostro cuando vio a nuestro bebé 
de once semanas durante la ecografía. Fue como si él hubiera sido 
el más emocionado, sus ojos se volvieron vidriosos mientras miraba 
la pantalla de la computadora. Estuve a punto de agarrarle la mano,necesitando compartir la alegría y la emoción por un momento, pero 
de alguna manera lo pensé mejor. 
Fuiste en gran parte mi puta... y una muy buena en eso. 
Aquellas palabras aún duelen. Fue tan cruel, tan frío. ¿Quién 
puede decir que no volverá a ocurrir cuando haga algo que no le 
guste? No puedo arriesgarme, no cuando tengo un hijo en el que 
pensar. No puedo estar a merced de Fausto Ravazzani nunca más. 
La puerta del baño de señoras se abre y entra una mujer 
mayor. Le dedico una sonrisa cortés y termino de secarme las 
manos. Cuando voy a pasar junto a ella, levanta una mano. 
—¿Francesca Mancini? 
¿Cómo sabe mi nombre? 
—¿Quién es usted? 
Saca una tarjeta del bolsillo de su abrigo. 
—Soy Mia Rinaldo. 
Miro la tarjeta. Guardia di Finanza. Santa mierda. Hasta yo 
sé que es la policía encargada del contrabando y los delitos 
financieros. Básicamente todo lo que hace Fausto. 
Que se acerque a mí, aquí en el baño de señoras, no puede 
ser algo bueno. 
Dejando a un lado mi enfado con Fausto, nunca podría 
ponerme del lado de la policía. Eso está arraigado en mí desde que 
nací. Le devuelvo la tarjeta y retrocedo un paso. 
—No. 
—Ni siquiera has escuchado lo que tengo que decir. 
 
 
 
 
 
 
 
Intento rodearla. 
—No importa —siseo—. No quiero escucharlo. 
Ella me bloquea la salida. 
—Está usted en una situación muy precaria, señorita 
Mancini. Y sospecho que no es tan feliz como amante de Fausto 
Ravazzani como deja entrever. Especialmente después que Enzo 
D'Agostino la secuestrara. 
Jesucristo. ¿Cómo sabe ella todo esto? ¿También sabe que 
estoy embarazada? 
—Deja de espiarme. 
La agente se ríe. 
—Si estás en la órbita de Ravazzani, te están vigilando. Solo 
una mujer estúpida supondría lo contrario y una cosa que sospecho 
que no es, señorita Mancini, es estúpida. 
—Usted no sabe nada de mí. 
—Sé que se ha criado en la vida, aunque en Toronto. Eso te 
convierte en un activo para él, mientras que las otras mujeres eran 
solo un adorno para el brazo. Te ha prestado más atención. Incluso 
llegó a embarazarte. 
No puedo ocultar la sorpresa en mi rostro. Sí, lo saben todo. 
Se acerca mientras yo estoy allí, tambaleándome, y desliza la 
tarjeta en mi bolso. 
—¿Es esto lo que quieres para tu hijo? ¿Una vida entera 
preguntándose cuándo arrestarán a su padre? ¿Sangre, asesinatos 
y drogas? Piense, señorita Mancini. Podemos ayudarla si usted nos 
ayuda. Podemos trabajar para mantenerla a usted y a su bebé a 
 
 
 
 
 
 
 
salvo. Podemos encerrar a Fausto Ravazzani donde nunca pueda 
llegar a usted. 
¿De verdad cree que eso va a funcionar? Me pongo más 
erguida y echo los hombros hacia atrás. 
—Sabes que soy inteligente, y sin embargo, intentas esta línea 
de mierda conmigo. Ambas sabemos que no hay seguridad, incluso 
si quisiera cooperar con usted, cosa que no hago. Váyase a la 
mierda, agente Rinaldo. 
Le doy un empujón en el hombro para apartarla y abro la 
puerta de golpe. Benito está hablando por teléfono en el pasillo, 
esperándome sin prestar un ápice de atención. Pongo los ojos en 
blanco ante su ineptitud. Un agente del GDF acaba de intentar que 
delatara a Fausto y Benito probablemente está buscando una cita 
en Tinder. 
Paso junto a él y me dirijo al vestíbulo. Cuando entro en 
nuestro comedor privado, Fausto levanta la vista y recorre mi 
cuerpo con una mirada caliente, como si se asegurara que estoy 
bien. Todo mi cuerpo se estremece y la enormidad de lo que he 
hecho me golpea en este momento. 
Había elegido a Fausto. 
Oh, Dios mío. Había elegido a este hombre, el que me ha 
herido y me dejó tirada. El que dijo cosas terribles y obligado a su 
hijo a fingir que es heterosexual. La oportunidad de escapar se 
había presentado a través del gobierno italiano hace unos 
momentos y yo la había desechado. 
¿Qué me pasa? 
Un sudor me recorre la nuca mientras me siento. Ignoro el 
gesto de Fausto y termino mi tiramisú, mientras contemplo mi 
 
 
 
 
 
 
 
decisión en el baño. ¿Realmente deseo alejarme de Fausto o me 
estoy engañando a mí misma? ¿Qué es lo que quiero? 
Porque si realmente quiero dejarlo, entonces… con o sin odio 
a la policía… debería haber aprovechado la oportunidad. 
Pero no lo hice. ¿Por qué? 
En el fondo, soy una princesa de la mafia. Me he criado en 
este mundo y lo entiendo. Incluso estando al abrigo de los negocios 
cotidianos de mi padre, sé cómo funciona la organización y los 
hombres que la dirigen. Fausto me había acusado muchas veces 
que me gusta el peligro, llamándome sanguinaria. 
No intentes nunca decirme que no estás hecha para esta vida, 
que no has nacido para gobernar como una reina. 
Aunque lo dudo, tampoco me rebajaría a trabajar con la 
policía. Hacerlo haría que me mataran más rápido que cualquier 
otra cosa. Fausto nunca podría dejar pasar esa traición, 
independientemente del embarazo, y su alcance se extiende por 
todo el mundo. No hay ningún lugar al que pueda ir sin que él me 
encuentre, con o sin Guardia. 
Dejo la cuchara, enferma al darme cuenta. No hay forma de 
escapar de esto, a menos que él me deje ir voluntariamente. Y, 
teniendo en cuenta que casi lloró al ver al bebé esta mañana, es 
seguro decir que no lo hará, al menos no hasta que el bebé nazca. 
Pero, desde luego, no voy a dejar a mi hijo solo en Italia al cuidado 
de Fausto, así que estoy atrapada aquí. 
También está el problema de mi libido. Estoy luchando... y 
fracasando... para resistirme a él. ¿Qué significa eso? ¿Me estoy 
engañando a mí misma al tratar de mantener la distancia? Más que 
nada, necesito que sufra, que se arrepienta de su trato hacia mí 
para que no vuelva a suceder. 
 
 
 
 
 
 
 
Lo que significa que ya tengo la intención de perdonarlo. 
Mierda. 
Me froto la frente, más que agotada por el desorden de mi vida. 
Fausto mueve su silla y se pone de pie. 
—Terminaremos más tarde, Toni. Tengo que llevar a 
Francesca de vuelta al castello para que descanse. 
Considero contradecirlo, pero estoy cansada. Así que no 
protesto cuando me saca del restaurante y me ayuda a subir al 
Range Rover. Se acomoda a mi lado, con su pierna apoyada en la 
mía. No me molesto en apartarlo. Mi cabeza está demasiado 
confusa. Cierro los ojos y me dejo llevar. 
Coloca algo en mi regazo. 
Mirando hacia abajo, veo una bolsa para llevar del 
restaurante. 
—¿Qué es esto? 
—Mandé empacar dos porciones de su tiramisú, ya que 
parece que te gusta. Pero no se lo digas a Zia. Pensará que no te 
gusta el suyo. 
Me encanta el tiramisú de Zia, así que no hay ninguna 
posibilidad que eso ocurra, pero su consideración me conmueve de 
todos modos. 
—Eres imposible, ¿lo sabes? 
El lateral de su boca se tuerce, haciéndole parecer aún más 
guapo. 
—¿Significa esto que ya no estás enfadada conmigo, dolcezza? 
 
 
 
 
 
 
 
Suspiro y decido no contestar. En su lugar, abro el bolso, 
rebusco y saco la tarjeta de la agente Rinaldo. 
—Mientras estaba en el baño, tuve una visita de la Guardia di 
Finanza. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIEZ 
Fausto 
 
Me quedo mirando la tarjeta, no muy sorprendido. Es una 
jugada inteligente de la Guardia, acercándose a Francesca. En el 
pasado habían dejado en paz a mis amantes, probablemente porque 
ninguna de ellas había vivido conmigo y nunca hablaba de negocios 
delante de ellas. Francesca es diferente. En todos los aspectos. 
—Ya veo. 
Deja caer la tarjeta en mi regazo cuando no la tomo. 
—La mandé a la mierda. 
Los ojos de Marco se encuentran con los míos en el espejo 
retrovisor. Sé lo que esta pensando. No se fía de ella y se pregunta 
 
 
 
 
 
 
 
si aquello es una táctica, hablarme de la Guardia para ganarse mi 
confianza. 
La familiar picazón me recorre la nuca, la que me susurra que 
nunca deje entrar a nadie. Que nunca le dé a nadie poder sobre mí, 
sobre el negocio, especialmente a una mujer. Son palabras que mi 
padre había repetido muchas, muchas veces. 
No es fácil,pero las ignoro. Antes me había equivocado al 
dudar de la lealtad de Francesca. Habrán pruebas irrefutables la 
próxima vez que la acuse de algo. 
—¿A quién han enviado? —pregunta Marco desde el asiento 
del conductor. 
Recojo la tarjeta. 
—Rinaldo. 
Marco resopla. 
—No deben estar esforzándose demasiado. 
—¿Qué significa eso? —pregunta Francesca, con la mirada 
rebotando entre Marco y yo. 
—Nunca hemos oído hablar de ella —digo—. Probablemente 
intenta hacerse un nombre. 
—¿Conoces a todos los agentes de la Guardia por su nombre? 
—Sí —decimos Marco y yo al mismo tiempo. 
Es nuestro trabajo. Nuestro medio de vida. Tenemos que 
conocer al enemigo por dentro y por fuera. Incluso tengo a varios 
agentes del GDF en nómina. Tendré que investigar a la tal agente 
Rinaldo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Bueno, a ésta no la conocías —dice Francesca, apoyando la 
cabeza en el respaldo del asiento y cerrando los ojos—. Así que, de 
nada. 
Estudio su rostro, las ojeras y las mejillas hundidas. Está 
agotada. ¿Cómo durmió anoche en mi cama? A pesar de mi deseo 
de estar cerca de ella, la dejé sola para que descanse y dormí en la 
habitación de invitados. Mirándola ahora, está claro que necesita 
dormir más. ¿No habían mencionado en los informes de la playa las 
siestas? 
Saco mi teléfono y reviso mi correo electrónico. Contesto 
cuando me lo piden, hago algunas llamadas e intento ponerme al 
día con el trabajo que descuidé durante el último mes. Toni tiene 
razón, me había distraído. Ahora tengo a Francesca de vuelta y las 
cosas volverán poco a poco a la normalidad. 
El auto dobla en una esquina y la cabeza de Francesca cae 
sobre mi hombro. Dormida, se mueve para ponerse más cómoda y 
yo me quedo lo más quieto posible para no despertarla. Mi pobre 
dolcezza. 
Paramos en la entrada del castello y Marco apaga el auto. Se 
asoma por encima del hombro. 
—Espero que sepas lo que estás haciendo. Porque todos 
estamos jodidos si te equivocas. 
—No me equivoco. —Lo sé en mis huesos. Rinaldo le había 
presentado a Francesca una oportunidad y mi mujer la había 
rechazado. Si Francesca hubiera querido escapar de mí, habría 
aceptado el trato de la Guardia, me habría entregado y habría 
desaparecido. 
Lo que significa que quiere quedarse. 
 
 
 
 
 
 
 
La esperanza se expande en mi pecho cuando le desabrocho 
el cinturón de seguridad y la subo con cuidado a mi regazo. Benito 
me abre la puerta y saco a Francesca del auto. 
—Será mejor que estés en mi oficina en cinco minutos —le 
digo en voz baja a mi guardia—. Donde me explicarás cómo se le 
permitió a un agente del GDF abordar a mi mujer en el baño. 
Benito palidece pero me hace un gesto de asentimiento. Subo 
los escalones y entro en mi casa, el olor a albahaca y ajo en el aire 
como el perfume más dulce. Zia debió haber empezado a preparar 
la cena. Llevo a Francesca a la escalera y a nuestra ala. 
No se despierta en absoluto mientras la coloco en el colchón, 
ni siquiera cuando le quito los zapatos. Entonces encuentro la 
suave manta al final de la cama. 
—Duerme, amore mio —susurro, antes de darle un ligero beso 
en la parte superior de la cabeza. 
—Esto no significa nada —murmura ella, con las manos 
metidas bajo la mejilla—. Que no haya ayudado al GDF no significa 
que hayamos vuelto a estar juntos. 
No me molesto en responder. Ambos sabemos que está 
equivocada. Esto significa todo. 
Bajo las escaleras y entro en mi oficina, donde me esperan 
Marco y Benito. 
—¿Ma che cazzo? —suelto, señalando a Benito—. Explícate. 
—Lo siento, Don Ravazzani. Parecía una mujer mayor y 
agradable. Nunca sospeché que fuera una agente del GDF. 
 
 
 
 
 
 
 
Probablemente por eso Rinaldo había sido elegida para 
acercarse a Francesca. Aun así, esto es descuidado. No me gustan 
los descuidos, especialmente cuando se trata de mi mujer. 
Me muevo detrás de mi escritorio pero no me siento. Quiero 
imponerme a Benito y usar mi tamaño para intimidarlo. 
—No debiste permitir que nadie entrara ahí, sea de edad o no. 
—Me imaginé que estaba a salvo. Es tu restaurante. 
—No confíes en nadie en lo que respecta a Francesca. En 
nadie. Y si vuelve a ocurrir, te enterrarán en el agujero junto a 
D'Agostino. ¿Capisce40? 
—Entendido. 
Hago un gesto con la mano hacia la puerta. 
—Ve, sal de mi vista. No dejes que te vea durante unos días. 
Benito asiente, y luego intercambia una mirada con Marco 
antes de marcharse. 
—Rav —empieza mi primo—. Él... 
—No busques excusas para él. —Benito es uno de los favoritos 
de Marco—. Él lo sabe mejor. 
—Es cierto, pero ninguno de nosotros esperaba que el GDF 
fuera tan audaz. 
—Nadie esperaba que D'Agostino secuestrara a Francesca, 
tampoco. Estoy cansado de excusas. Sabes que la llegada de 
Rinaldo no fue una coincidencia. El GDF obviamente nos siguió 
 
40 Capisce. Entiende o Comprende, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
 
hasta el obstetra, lo que significa que están vigilando el castello más 
de cerca de lo que pensamos. ¿Cómo es que no estás al tanto de 
esto? 
El pecho de Marco se hincha mientras respira profundamente 
y lo suelta. 
—Estoy desbordado entre el secuestro, Enzo y todo lo que 
tengo que hacer a diario. ¿Qué más quieres de mí? 
Doy una palmada en el escritorio. 
—¡Quiero respuestas! Pon a Giulio a cargo de la seguridad, 
entonces, si no puedes manejarlo. Las responsabilidades 
adicionales serán buenas para él y le ayudarán a mantener su 
mente fuera de sus otros problemas. 
—Hablaré con Giulio —dice Marco—. Dejaré que él decida. 
—No, tú le dirás lo que tiene que hacer. Mi hijo sabe cuál es 
su lugar. Y ya es hora que tome un papel más importante por aquí. 
—En lugar de esperar a que Marco discuta, tomo el teléfono y pulso 
algunos botones—. Ven a mi oficina ahora —gruño, y luego cuelgo. 
—Giulio está afuera en un trabajo —dice Marco. 
—Era Vic. —Me dejo caer en mi silla—. Ya que estoy de este 
humor, podría llegar al fondo del asunto de la cámara de seguridad. 
—Ya he hablado con él. Escuchaste sus respuestas hace 
semanas. ¿Qué te pasa? 
—Tú mismo acabas de decir que no das abasto. Quizá pueda 
sacarle a Vic más información que tú. Hay que mantener a raya a 
estos hombres, primo, y si tú no lo haces, lo haré yo. 
—Madonna —murmura Marco mientras se acomoda en su 
silla favorita—. Espero que te follen pronto. 
 
 
 
 
 
 
 
Yo también, pero no me atrevo a decirlo. 
Pero esto es un buen recordatorio para calmarme. Necesito 
estar alerta en todo momento. Me obligo a soltar las manos y respiro 
profundamente. He recuperado a Francesca, y ella y el bebé están 
a salvo. Enzo está en mi calabozo, sangrando por mi cuchillo. 
Tendré respuestas respecto a la seguridad, y entonces podré 
centrarme en todo lo demás. 
Un segundo después oímos que llaman a la puerta. Respondo 
al llamado y Vic entra, con el cabello revuelto como si se hubiera 
pasado las manos por él. No me levanto ni saludo. En su lugar, me 
inclino hacia atrás y cruzo las manos sobre mi estómago. 
—Siéntate. 
Vic se desliza en una silla y se agarra a los reposabrazos. Se 
frota los labios, como si los humedeciera. 
—Don Ravazzani. ¿En qué puedo ayudarle? 
—Quiero escuchar personalmente cómo secuestraron a mi 
mujer y nadie se dio cuenta en las cámaras de seguridad. 
—No lo sé. Hubo una actualización de seguridad. Estaba 
ocupado y no presté atención. Sal estaba de guardia en la playa, y 
normalmente se quedaba dentro hasta la visita de Giulio por la 
tarde. No esperaba que pasara nada. 
—Pero nunca estás solo ahí adentro. ¿Dónde estaban los 
demás? 
—Pensamos que una cámara había caído. Fueron a 
investigar. 
Resisto el impulso de mirar a Marco. Son demasiadas 
coincidencias para mí. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Y ese fue el momento preciso en que Francesca 
desapareció? 
—Estuvieron fuera unos cuarenta y cinco minutos, así que en 
algún momento, sí. 
Escudriño su expresión.Un hombre de mi posición aprende 
rápidamente a saber cuándo le están mintiendo. Vic está nervioso, 
pero me lo esperaba. ¿Está mintiendo? No estoy seguro. 
Con Francesca de nuevo bajo mi techo, no voy a correr ningún 
riesgo. Todos en mi organización estarán ahora bajo sospecha. 
—Termina y vete a casa por el día —le digo—. Discutiremos 
esto más tarde. 
—Sí, Don Ravazzani. —Vic se levanta y se despide de Marco y 
de mí con la cabeza. 
Cuando nos quedamos solos, Marco dice: 
—No me gusta. 
—A mí tampoco. —Golpeo con los dedos la parte superior del 
escritorio—. Giulio está cerca de estos jóvenes. Haz que investigue 
un poco. Puede llevarlos a beber, a los clubes. Alguien dirá algo que 
no debería. Nadie puede ocultarme un secreto tan grande. 
—¿Y mientras tanto? ¿Vas a dejar que Benito y los demás 
trabajen en el castello? 
—Sí, excepto Vic. Transfiérelo fuera del sitio por ahora. 
—No hay problema. 
—Vamos a empezar a investigar. Si alguien está trabajando 
con Enzo o el GDF, va haber dinero cambiando de manos en alguna 
parte. Y quiero que Francesca sea vigilada cuidadosamente. 
 
 
 
 
 
 
 
—De acuerdo. —Marco no se mueve, su boca se convierte en 
una pesada mueca. 
Está claro que mi primo quiere decir algo. 
—Fuera de aquí. 
—Esto podría derribar todo lo que hemos construido. ¿Vale la 
pena, Rav? ¿Vale la pena perder todo el imperio por ella? 
—Ella vale diez imperios, y no me lo vuelvas a preguntar. 
Levantándose, Marco frunce los labios y levanta las manos. 
—Pregúntate qué pasará la próxima vez que el GDF se 
acerque a ella, porque habrá una próxima vez. ¿Estás tan seguro 
que quiere esta vida para ella y su hijo? 
Se marcha después de eso, y puedo sentir la duda 
arrastrándose como vides venenosas en mis venas. La aparto. 
Francesca tuvo la oportunidad de traicionarme con la agente 
Rinaldo y no lo hizo. Aunque ella podría desear irse de aquí, no es 
una rata. Me apuñalará en el corazón donde yo pueda verla hacerlo, 
antes de apuñalarme por la espalda. 
No, ella sigue siendo mía y pronto lo admitirá. 
 
Una tarde encuentro a Francesca recostada en el patio, 
leyendo en su tablet. Cuando me siento en el extremo de la 
tumbona, ella desliza sus pies, asegurándose de no tocarme. Un 
rubor ilumina sus mejillas, un color que no tiene nada que ver con 
el sol italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Qué quieres, Fausto? 
Mis ojos se fijan en sus largas piernas esculpidas y su piel 
dorada. Durante los últimos días he mantenido las distancias, 
dándole tiempo para que se adapte a la vida en la finca mientras 
intento averiguar si hay un traidor entre nosotros. Sé que su 
confianza llevará tiempo, pero soy un hombre paciente. Ella exigirá 
una prueba de mis sentimientos, una evidencia irrefutable de mi 
devoción por ella, que yo estoy perfectamente dispuesto a demostrar 
durante el tiempo que sea necesario. No tengo más orgullo cuando 
se trata de esta mujer. 
Me apoyo en la tumbona, acercándome a ella. 
—Tengo una sorpresa para ti. 
—No, gracias. 
—Te gustará ésta te lo prometo. 
—Déjame adivinar. ¿Tu polla en mi boca? Definitivamente 
paso. 
Madonna, esta mujer. Ansío su fuego y su espíritu. Esas 
cualidades son algunas de las razones por las que es un polvo 
extraordinario. 
—No, pero esa oferta está abierta en cualquier momento. 
—Apuesto que sí —murmura ella, con los ojos fijos en su 
tablet. 
—¿Sabes lo que pasa en septiembre? 
—¿Las hojas cambian de color? 
—La vendemmia —digo—. Las cosechas de uva. 
 
 
 
 
 
 
 
Su mirada se dirige a la mía, y puedo ver la curiosidad que 
hay en ella. Antes que la echara, pasaba mucho tiempo en la bodega 
y en el viñedo. Es natural que esté interesada en ver más. 
—¿Qué, las máquinas salen a cosechar las uvas, las traen de 
vuelta y los trabajadores las pisan? 
Sacudo la cabeza. 
—Es incorrecto y está mal. Las uvas deben recogerse a mano. 
Es la manera italiana. Y ya no hay pies en el vino. Esa parte la 
hacen las máquinas. 
Su tablet cae en su regazo mientras ladea la cabeza hacia mí. 
—¿Quieres decir que la gente corta las uvas de las viñas a 
mano? 
—Por supuesto. ¿Quieres decir que en todo el tiempo que 
pasaste acribillando a Vincenzo con preguntas, nunca le 
preguntaste sobre la cosecha? 
—¿Cómo sabes que le hice preguntas a Vincenzo? 
Porque vi las grabaciones de seguridad, horas de ellas, 
cuando estaba obsesionado con tenerla. No es que pueda admitirlo 
ahora. 
—Me dijeron que pasaste tiempo en la bodega, ¿no? En 
cualquier caso, pensé que te gustaría ayudar. 
—¿Ayudar con la cosecha? 
—Sí. —Me levanto y le tiendo la mano—. Ven. Deja que te 
enseñe. 
Ella ignora mi mano pero se sienta y empieza a ponerse los 
zapatos. 
 
 
 
 
 
 
 
—No me digas que el gran Fausto Ravazzani va a ir al viñedo 
a cosechar uvas. 
—Lo he hecho casi todos los años. 
Su boca se abre, pero la cierra rápidamente. Cuando se pone 
de pie, comenzamos a pasear hacia los viñedos. A un ritmo 
tranquilo, tardaremos unos veinte minutos. ¿Piensa caminar todo 
el camino en silencio? 
Agarrando mis manos detrás de la espalda, igualo mi paso al 
de ella. No hay prisa y no quiero cansarla. Todo el mundo debería 
ver una vendimia italiana al menos una vez en su vida, y yo quiero 
que ésta sea la primera de muchas para ella. 
Normalmente, los trabajadores están por todas partes en la 
finca, zumbando y charlando a gritos. Durante la vendemmia, sin 
embargo, se necesita a toda persona capaz para ayudar a cosechar 
las uvas. También vienen trabajadores de la ciudad y de las fincas 
vecinas. Para los italianos no hay nada más importante que el vino. 
—¿Cómo no me he enterado de esto? —se pregunta—. La 
propiedad es como un pueblo fantasma. 
—Hoy es el primer día. Vincenzo declaró que las uvas estaban 
listas esta misma mañana. 
—¿Y te lo dijo? 
—Nada ocurre en la finca sin que yo lo sepa. ¿O es que lo has 
olvidado? 
—No he olvidado que eres un imbécil controlador, no. 
Me rio. No se equivoca. 
—Sí, pero en el fondo solo soy un granjero, como mis 
antepasados antes que yo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Por favor. Te excita ser un jefe de la mafia. Te vi con Enzo, 
amenazando con destriparlo como a un pez y dárselo de comer a 
los cerdos. 
—Me excitan muchas cosas —digo en voz baja. 
—Basta ya. Estás intentando llevarme de nuevo a la cama y 
no va a funcionar. 
—Pero te tengo de nuevo en mi cama. Todas las noches 
cuando te acerco para dormir, y todas las mañanas cuando me 
despierto y me envuelves como una segunda piel. —Me inclino más 
cerca, mi boca rondando su oreja—: Lo que intento es que vuelvas 
a montar mi polla, porque lo echo de menos, amore. Te echo de 
menos. 
Ella traga, su garganta trabajando, pero se aparta. 
—No puedes dejarme de lado y luego decidir que me quieres 
de nuevo. No funciona así. Me dijiste cosas terribles. Todo porque 
defendí a tu hijo. —Exhala por la nariz, un pequeño resoplido de 
fastidio—. Me rompiste el corazón, Fausto. Y sé que lo sientes y que 
lo cambiarías si pudieras, pero no puedes. Me trataste como una 
mierda cuando estaba embarazada de tu hijo, maldita sea. Casi tres 
semanas me quedé en esa casa de la playa, sola y miserable, 
enferma del estómago, y ni una palabra tuya. 
Se detiene y pone las manos en las caderas. 
—No te importaba si vivía o moría, mientras estuviera fuera 
de tu vista. 
Esto ya es suficiente. Tengo que ponerla en su sitio. 
Me acerco y tomo su rostro entre mis manos. 
 
 
 
 
 
 
 
—No es cierto. No pude dormir mientras no estabas. No podía 
comer y empecé a beber mucho. Pregúntale a Marco o a Zia. Me 
sentía miserable, una cáscara de hombre. Me puse a leer los 
informes diarios sobre ti, y luego me quedé en las puertas, 
escondiéndome, mientras Giulio ponía al día a Zia sobre ti. —
Acaricio con mis pulgares su mandíbula, la suave piel como el 
terciopelo. Mi corazón late con tanta fuerza que me pregunto si ella 
puede oírlo—. ¿Necesitas que te diga lo quesiento? ¿Es eso lo que 
necesitas para perdonarme y creer que soy digno de tu confianza? 
Porque ti amo, cuore mio41. 
Sus ojos se mueven de un lado a otro, como si buscaran una 
mentira en mi mirada. No encontrara ninguna. 
Admito: 
—Nunca le había dicho eso a una mujer en mi vida, ni siquiera 
a Lucia. No quería mentir y aumentar sus esperanzas de ese tipo 
de matrimonio entre nosotros. ¿Pero lo que siento por ti, Francesca? 
Es una enfermedad, un cáncer. Algo que no se puede destruir ni 
extirpar. Eres una parte de mí, desde ahora hasta que me pongan 
bajo tierra. 
—Hasta que te haga enojar de nuevo —susurra ella—. Hasta 
que no puedas controlar tu temperamento y sea yo la que sufra. O 
nuestro hijo. 
—Nunca haría daño a nuestro hijo. 
—A menos que él o ella resulte ser gay. O trans. O bi. ¿Qué 
harás entonces, Fausto? —Da un paso atrás y mis manos caen a 
los lados—. ¿Y si tu próximo hijo no quiere unirse a la mafia? ¿Y si 
 
41 Ti amo, cuore mio. Te amo, mi corazón, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
tu hija quiere elegir a su propio esposo... o esposa? ¿Serás tan 
comprensivo entonces? 
Aprieto la mandíbula. 
—No quiero discutir la situación con Giulio. Se trata de ti y de 
mí. 
—No, ahora se trata de algo más que tú y yo. Se convirtió en 
algo más en el momento en que me dejaste embarazada. ¡Era 
perfectamente feliz como tu mantenuta temporal, y tuviste que 
arruinar todo acusándome de ser una puta buscadora de oro! ¡Solo 
porque estaba dispuesta a guardar el secreto de Giulio! 
Quiero decirle que nunca fue temporal, pero ¿por qué va a 
creerme? Tengo que demostrárselo. Mis palabras no son 
suficientes, aunque lo diga en serio. 
Señalo el camino. 
—Vamos. Vincenzo necesita nuestra ayuda. 
Ella no se mueve. 
—He cambiado de opinión. No me apetece estar contigo esta 
tarde. Vuelvo al castello. 
Junto las manos, sacudiéndolas. 
—Por favor, Francesca. Deberías ver la vendemmia. Es 
mágica. Deja que te la enseñe. O, deja que Vincenzo te la muestre. 
Mantendré la distancia, si es lo que prefieres. 
—Sí, lo prefiero, maldita sea —espeta y se pone en marcha 
hacia los viñedos. 
Exhalo aliviado y la sigo. Al menos sigue viniendo a recoger 
uvas conmigo. Es una pequeña victoria. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
ONCE 
Francesca 
 
El rostro bronceado y arrugado de Vincenzo se ilumina al 
verme. 
—¡Signorina! Me preguntaba si se uniría a nosotros. —El 
vinatero mira por encima de mi hombro e inclina la barbilla 
respetuosamente—. Signore Ravazzani. Nos honra con su 
presencia. 
Fausto se acerca, estrecha la mano del vinatero y habla en voz 
baja. La gente que nos rodea se ríe y sonríe, y yo trato de no parecer 
tan molesta como me siento. ¿Qué, van a besar su anillo a 
continuación? 
 
 
 
 
 
 
 
Una mujer aparece a mi lado. Es un poco más joven que 
Fausto, con una larga trenza de cabello oscuro recogida bajo un 
sombrero de sol. Sus ojos marrones son amables, su sonrisa 
paciente. 
—¿Es tu primera vez? 
Asiento. 
—Soy virgen en la vendimia. 
La mujer se ríe. 
—Eso parece una frase para una camiseta. —Su expresión se 
vuelve seria—. Hace tiempo que quería conocerte. Soy Emilia, la 
hija de Vincenzo. 
—¡Oh, hola! Me ha hablado mucho de ti. —Vincenzo presume 
a menudo de su hija, la contable que había ido a la universidad en 
Londres—. Soy Frankie. 
—Sé exactamente quién eres. —Emilia se encoge de hombros 
y luego dice en voz baja—: Estos viejos italianos son unos 
chismosos terribles. Nunca les confíes tus secretos. 
—Tomo nota. —Por supuesto que todos han estado hablando 
de mí, la mujer tan estúpida como para dejar que Fausto Ravazzani 
la dejara embarazada. 
—Oye, no quise decir eso —dice Emilia, observando mi 
rostro—. Creen que eres una especie de diosa, la mujer que domó 
al gran Ravazzani. 
Domado, claro. Desviando la atención de mí, pregunto: 
—Trabajas como contable en la ciudad. —También está 
divorciada, lo que Vincenzo mencionó con los dientes apretados. 
 
 
 
 
 
 
 
—Así es. Mi padre esperaba que me hiciera cargo de la bodega, 
pero tengo el pulgar negro. Los números son mi fuerte. 
—Siempre he odiado las clases de matemáticas. 
Ella levanta las manos. 
—Mucha gente dice lo mismo, pero los números son útiles, 
especialmente en nuestro mundo. —Inclina la cabeza hacia Fausto 
y me pregunto qué significa eso. Miro a Fausto y me siento en 
conflicto. 
Eres una parte de mí, desde ahora hasta que me pongan bajo 
tierra. 
Esas palabras me gustan mucho más de lo que debería, y 
quiero oírlo decir que me ama una y otra vez. Algo ha cambiado en 
los últimos días. Está más suave conmigo, más abierto. Por la 
noche, cuando finjo dormir, me acerca y me susurra palabras 
cariñosas en italiano que hacen que mi corazón se derrita. Apoya 
su mano en mi vientre, acariciando y calmando, como si estuviera 
consolando a nuestro hijo ahí dentro. 
Es una faceta diferente de él, una que ansío, y eso es 
peligroso. A pesar de todas sus palabras y susurros, sigue siendo el 
mismo hombre que dijo que yo estaba muerta para él, que planeaba 
quitarme a nuestro hijo después del nacimiento. Un asesino y un 
capo de la droga. Es una locura sentir cualquier tipo de ternura 
hacia él. 
Sin embargo, lo hago, más y más cada día. 
—Aquí. 
Levanto la vista. Emilia me tiende una cesta y unas tijeras de 
podar. Sí, la vendimia. Todos los demás han salido al viñedo, el sol 
cubre las uvas de un oro bruñido. Fausto, ahora con una gorra de 
 
 
 
 
 
 
 
béisbol, ríe con uno de los trabajadores, y ese familiar tirón de 
excitación en mis entrañas se hace más fuerte mientras lo observo. 
Es ridículamente guapo. 
—Oh, lo tienes mal —dice Emilia, dándome un codazo en el 
brazo. 
—¿Hmm? ¿Qué? 
—Ven. Te voy a llevar al otro extremo. Si te quedas mirándolo 
todo el día no recogerás ninguna uva. 
Cuando encontramos una hilera vacía, Emilia me muestra 
cómo sujetar el racimo de uvas y cortar la vid con las tijeras. Luego 
hay que colocar las uvas con cuidado en el cesto. 
—Ya está —me dice—. Es importante no romperlas ni 
magullarlas. Si no, empieza la fermentación. 
—¿Así? —Sujeto y corto un racimo, y luego lo pongo 
suavemente en la cesta. 
—Muy bien. Ahora hazlo diez mil veces más. —Se ríe y 
extiende la mano hacia las hileras de vides. 
—Esto es un trabajo duro. 
—Sí, por eso casi todo el pueblo viene para ayudar. —Toma el 
lado opuesto de nuestra hilera y comienza a cortar—. Me tomé el 
resto de la semana libre de mi trabajo. 
—Esta es una forma terrible de pasar tus vacaciones. 
—No me importa. Ya no veo lo suficiente a mi padre y es 
agradable estar al aire libre. —Pone más uvas en su cesta—. Me he 
divorciado recientemente. Seguro que mi padre te lo ha comentado. 
—Sí, me lo dijo. Siento que no lo aprueba. 
 
 
 
 
 
 
 
—Un eufemismo. El divorcio no es común por aquí. Una vez 
que estás casada, esperan que sea para toda la vida, sin importar 
lo mal que te trate. 
Algo en su voz hace que mi cabeza se levante. 
—¿Te ha hecho daño? 
—No de esa manera. Era un mentiroso y un infiel. 
—Lo siento. 
—Gracias. La mayoría de la vieja guardia... la nueva guardia 
también, supongo... cree que debes aguantar. Es esa mentalidad 
católica. 
Mis hermanas y yo fuimos criadas como católicas, pero nunca 
practicamos. Cuando mi madre murió, dejamos de ir a la iglesia. 
—¿Estuvieron casados mucho tiempo? 
—Ocho años. Tenía veintitrés años cuando nos casamos. En 
ese momento mi padre pensó que iba a morir como una solterona. 
—Ella suspira—. Debí haber esperado. Era demasiado joven para 
casarme, pero me enamoré. 
¿Ves? Por eso no puedes confiar en los sentimientos. Siempre 
te llevan por el camino equivocado. 
—Por eso no quiero casarme nunca —digo, agachándome 
para poner otro ramo en mi cesta—. No vale la pena. 
—Pero tú y... —Deja que su voz se interrumpa—. Pensé que 
tú y el señor Ravazzani estaban juntos.Que estás embarazada de 
su hijo. 
—No estamos juntos, ya no. Y sí, estoy embarazada, pero no 
hay ninguna boda. 
 
 
 
 
 
 
 
—Hmm. 
Ladeo la cabeza hacia ella, limpiando el sudor de mi frente. 
¿No me cree? 
—Sé que parece una locura, no casarme con el padre de mi 
hijo. Pero no quiero estar atada a él el resto de mi vida. 
—Pero estás atada a él de por vida. —Su piel aceitunada 
palidece bajo el brillante sol—. Me disculpo. Debería mantener la 
boca cerrada. Nada de esto es de mi incumbencia. 
—No me importa. Tengo dos hermanas en casa que siempre 
están metiendo las narices en mis asuntos. 
—Parece que las echas de menos. 
—Las echo de menos. Mucho. Esperaba que vinieran de visita, 
pero... 
—Estoy segura que el Signore Ravazzani las traería aquí, si se 
lo pidieras. 
—¿Traería a quién aquí? 
Al girar, me encuentro con que Fausto se acerca a mí, con sus 
largas piernas comiéndose la tierra entre nosotros. Me protejo los 
ojos del sol y le frunzo el ceño. ¿Ha estado escuchando a 
escondidas? 
—A nadie. 
Se acerca a Emilia y le besa las mejillas. 
—Tienes buen aspecto —le dice—. ¿Sigue con lo de tu 
divorcio? 
—Por supuesto. Está decepcionado por la falta de nietos. 
 
 
 
 
 
 
 
—Dile que para eso están tus hermanos. Hablemos en mi 
oficina antes que te vayas hoy. Tengo algunas cosas que necesito 
que revises por mí. 
Emilia asiente. 
—De acuerdo. 
¿La empresa de contabilidad de Emilia maneja parte del 
dinero de la mafia? Sabiendo que no es asunto mío, vuelvo a mis 
uvas. Algo cae de repente sobre mi cabeza, sobresaltándome. 
—¡Oye! 
Fausto me pone su gorra de béisbol en la cabeza, que ahora 
está ajustando. 
—Ponte esto. Tienes que protegerte el rostro del sol. 
No sé qué decir. Es muy dulce por su parte, pero aún no me 
he acostumbrado al dulce Fausto. Probablemente nunca lo haré. 
Se inclina y me besa la mejilla. 
—Diviértete, amore. Intenta no comer demasiadas uvas, ¿eh? 
Luego se aleja, con su culo en total perfección en los 
desgastados jeans, mientras sus anchos hombros estiran la tela de 
su camiseta. ¿Sería terrible que nos acostáramos solo una vez? 
Estoy a punto de golpearme a mí misma. ¡Por supuesto que 
sería terrible! Había sido un completo imbécil conmigo. 
Pero a mi cuerpo no le importa. Parece totalmente dispuesto 
a tratar la polla de Fausto como una atracción de parque de 
diversiones. ¿Es por las hormonas del embarazo, o seguiré 
sintiéndome así después de la llegada del bebé? 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando me giro, Emilia me observa atentamente. Sonriendo, 
me hace chasquear la tijera como si fueran castañuelas. 
—¿Qué era eso de no estar juntos? Porque ese hombre está 
absolutamente enamorado de ti. 
No tengo el valor de corregirla. Puede que Fausto parezca 
enamorado ahora, pero ¿qué pasará la próxima vez que yo haga o 
diga algo que no le guste? 
—¿Lo conoces desde hace mucho tiempo? 
—Desde que tengo uso de razón. Por eso tengo que empezar a 
comprar un vestido para su boda. 
Arranco una uva de un racimo y se la lanzo a la cabeza. 
 
 
Fausto 
Abro la puerta de mi oficina y me encuentro con un hombre 
fornido que espera allí con Marco. Todos se ponen de pie cuando 
entro. 
—¡Fausto, muchacho! —Contemporáneo de mi padre, 
Girolamo Condello es un don de otra época y el jefe de la mayor 
'ndrina del Piemonte. Al igual que yo, es miembro de La Provencia, 
nuestro cuerpo gobernante. 
—Ciao, Mommo. —Beso sus mejillas—. Qué agradable 
sorpresa. —Tengo el presentimiento de lo que puede tratarse en 
esta reunión, pero espero equivocarme. La expresión de 
preocupación de Marco me dice que él también lo sospecha. 
 
 
 
 
 
 
 
—Tienes buen aspecto. Hacía tiempo que no te veía sin traje. 
—Perdóname —digo con un encogimiento de hombros 
autodespectivo—. Empezamos la vendemmia y acabo de llegar de la 
viña. 
—Ah, te envidio a ti y a tus viñedos. Nunca rechazaría una 
copa de ciró Ravazzani. 
Marco sirve vino mientras me siento. Ambos levantamos 
nuestras copas y brindamos. 
—Salute42. 
Me recuesto en mi silla y hago las preguntas necesarias sobre 
su esposa y sus nietos. Mommo ha sobrevivido a dos esposas, y 
parece que esta última podría vivir lo suficiente como para heredar 
su fortuna. Aunque ¿quién podría decirlo? Las otras dos 
desaparecieron de repente. 
Me pregunta por Giulio y los negocios. Le doy respuestas 
vagas. Incluso con otros capos prefiero mantener mi información en 
privado. Además, quiero avanzar en esto. Todavía necesito limpiar 
el viñedo. Finalmente, digo: 
—Me sorprende encontrarte en Siderno. ¿Estás de 
vacaciones? 
—Estoy aquí por negocios, por desgracia. —Deja su copa de 
vino sobre mi mesa y se cruza las manos—. Enzo D'Agostino lleva 
unos días desaparecido, su casa de la playa parece sacada de una 
de esas películas de terror. Me han dicho que nadie ha sobrevivido, 
salvo su mantenuta y dos soldados escondidos en una habitación 
secreta. 
 
42 Salute. Salud, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Resisto el impulso de gruñir a Marco. Un trabajo descuidado, 
dejar a esos dos soldados con vida. Sin duda, han abierto la puta 
boca y difundido a lo largo y ancho las historias de lo sucedido. 
Dejando a un lado la furia contra mis hombres, trato de 
mantener un tono ligero. 
—¿Y has venido aquí para hacérmelo saber? 
—He venido por información. Sé que tú y tus hombres 
estuvieron allí. Se rumorea que tú y D'Agostino tuvieron algún tipo 
de desacuerdo. 
Eso responde a la pregunta de si los soldados de D'Agostino 
habían hablado. Cristo, qué error. Digo: 
—No esperaría que te molestes con una riña entre dos capos. 
—Estoy aquí para razonar contigo. —Mommo me dedica una 
sonrisa paternal, como si estuviera realmente preocupado por mí—
. D'Agostino tiene aliados poderosos. Esto de la computadora que 
maneja, con las estafas y las tarjetas de crédito, hace que mucha 
gente gane mucho dinero. Todos se preguntan qué pasará con ese 
dinero si D'Agostino no regresa. 
Estoy en proceso de asumir las operaciones de Enzo, pero no 
se lo diré a nadie todavía. No hasta que arrebate el control a los 
hermanos de Enzo, que se muestran molestos y obstinados con 
todo el asunto. Afortunadamente, ver a su hermano sufrir en un 
vídeo en directo va a hacer que eso ocurra rápidamente. 
—¿Y qué hay de mis aliados? Yo también gano mucho dinero 
para la gente, incluido tú. —Mommo distribuye mi producto por 
Francia y en España. 
Levanta las manos. 
 
 
 
 
 
 
 
—Estoy aquí como tu aliado. Tu padre y yo fuimos grandes 
amigos en su día, y el apellido Ravazzani es uno de los más 
venerados. Pero no podemos atacarnos mutuamente, como hacen 
los Camorrista. Somos heroicos, valientes, no un grupo de animales 
que se destrozan unos a otros. 
—Me alegra saber que no somos enemigos —digo en voz 
baja—. De lo contrario, me preguntaría por qué desconfías de mi 
juicio tanto como para venir a cuestionarlo. Si no fuéramos aliados, 
podría considerarlo una ofensa. 
Sorbiendo su vino, me mira fijamente. Luego deja la copa 
sobre el escritorio, con el gran diamante en el dedo brillando. No 
recuerdo que llevara una pieza tan llamativa la última vez que lo vi. 
—Fausto, haces la guerra por una mujer, una mantenuta —
se burla, como si la idea fuera ridícula—. Ni siquiera una esposa. 
Si sabes dónde está Enzo, te ruego que lo liberes antes que esto se 
te vaya de las manos. 
Me inclino hacia adelante, mi hospitalidad ha desaparecido. 
—O bien puedes poner en orden a La Provencia ahora o lo haré 
yo mismo durante Crimine dentro de unas semanas, me da igual. 
Este asunto es personal, no de negocios. Lo manejaré como yo crea 
conveniente, sin que ellos ni nadie me aporte nada. Lo que me quitó 
es insustituible, y esperaría que cualquiera de ustedes hiciera lo 
mismo si se hiciera algo así contra su casa. 
—La tienes de vuelta ilesa, según tengo entendido. No dejes 
queuna mujer te haga débil. 
¿Débil? No es de extrañar que mis dientes no se rompan de lo 
fuerte que los estoy apretando. Poniéndome de pie, señalo el fin de 
esta reunión. 
 
 
 
 
 
 
 
—Marco, ¿podrías enviar unas cuantas botellas de ciró a casa 
con Mommo? 
Mi primo inclina la cabeza. 
—Por supuesto. 
A Mommo le digo: 
—Te deseo un buen viaje a casa. 
Suspira y se levanta de la silla. 
—Esperarán respuestas de ti durante Crimine, entonces. 
Ninguno de nosotros actúa solo. 
Che palle43 ¿Cree que soy nuevo, que no sé cómo funciona 
esto? Y no me importa quién espera respuestas. Al fin y al cabo los 
otros jefes esperan dinero, que ven de sobra en mí. 
Nos damos la mano y luego Marco acompaña a Mommo a la 
puerta. Espero a que se pierdan de vista antes de salir de mi oficina. 
La furia se agita en mi interior, la oscuridad de mi alma arde y araña 
para ser satisfecha. ¿Cómo se atreve alguien a interferir? Enzo se 
pasó de la raya. Invadió mi propiedad, atacó a mis hombres, robó 
algo valioso e intentó chantajearme. 
Si no fuera por el secuestro, podría haberle pedido perdón a 
Francesca en la playa. No habría sido fácil, pero al final nos 
habríamos reconciliado. El secuestro la había traumatizado y la 
había enfadado aún más conmigo. 
Por eso, que se joda Enzo. Y que se joda Mommo por atreverse 
a interceder. 
 
43 Che Palle. Que bola, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Al abrir el calabozo, entro y bajo a toda prisa los escalones de 
piedra. El olor a humedad y sudor me recibe, y escucho su 
respiración agitada. Ansío mi cuchillo, uno afilado que se deslice 
por la piel, el florecimiento del rojo cálido que le sigue. 
Para asegurarme que no muera demasiado pronto, sé que 
debe recuperarse durante unos días. Pero cuando esté lo 
suficientemente bien como para volver a sufrir, retomaré el camino 
donde lo había dejado. 
Por ahora, una breve visita tendrá que ser suficiente. Necesito 
ver su dolor. 
No te importaba si vivía o moría, mientras estuviera fuera de tu 
vista. 
Está equivocada. Me importa. Me importa mucho. 
Enzo está encadenado a la pared en una de las celdas del 
calabozo. Le dejamos suficiente holgura en las cadenas para que se 
ponga de pie, aunque no es que sea capaz de hacerlo en este 
momento. La hinchazón alrededor de sus ojos le dificulta la visión, 
pero por la forma en que se pone rígido está claro que sabe quién 
ha llegado. 
Abro la celda y entro. Me agacho, lo agarro del cabello y le 
golpeo la cabeza contra la piedra, haciéndolo gemir. Gruño: 
—Te echan de menos, D'Agostino, viniendo a mí, suplicando 
por tu vida. Pero deberían conocerme mejor. No hay piedad para ti, 
no hay escapatoria. Morirás aquí, en mis manos. 
—Jode...te —resopla. 
 Para molestarlo, me rio. 
 
 
 
 
 
 
 
—No serás tan desafiante después de nuestra próxima visita, 
te lo prometo. —Lo suelto, y su cabeza cae hacia adelante. De pie, 
vuelvo a cerrar la celda, con la vieja llave rozando el hierro—. 
Mejórate, stronzo. Estoy deseando oír tus gritos. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DOCE 
Francesca 
 
El castello está tranquilo cuando llego de los viñedos, y la piel 
se me eriza con el aire acondicionado. Es hora de una ducha y una 
siesta. Estirando los brazos para aliviar mis dolores, subo las 
escaleras y me dirijo a mi habitación. Mejor dicho, la habitación de 
Fausto. ¿Cómo puedo olvidarlo? Al menos su cama es cómoda. Esa 
es la única ventaja. 
Cerrando la puerta de la habitación tras de mí, entro y arrojo 
la gorra de Fausto sobre un sillón. Empiezo a quitarme la ropa y me 
detengo. ¿Está abierta la ducha? 
Mis manos se congelan, mi mente se atasca en ese ruido. 
Fausto está allí. Y se está duchando. 
 
 
 
 
 
 
 
Oh Dios, debería irme. No debería pensar en él desnudo y 
enjabonado, con las manos deslizándose por ese cuerpo, con su 
gruesa polla balanceándose entre las piernas. Me encantaría 
ducharme con él, arrodillarme bajo el chorro caliente y adorarlo con 
la boca. Sosteniendo sus manos en el azulejo y mirando cómo 
bombeaba sus caderas, arrastrando su pesada longitud dentro y 
fuera de mi garganta. 
El deseo, crudo e innegable, me araña las entrañas y me 
punza la piel. No puedo dejar de imaginarlo, no puedo dejar de 
necesitarlo. 
Entonces oigo un suave gruñido. Conozco ese sonido. Todavía 
lo escucho en mis sueños. 
Antes de darme cuenta, me dirijo hacia la puerta del baño. 
¿Qué estoy haciendo? 
Está mal, pero no puedo parar. Tengo que ver. No hay nada 
malo en ver, ¿verdad? No quiero tocarlo ni dejar que me toque. Pero 
puedo mirar, ¿no? Él nunca lo sabrá y yo solo me permitiré un 
rápido vistazo. 
Entro, el suelo de baldosas está frío en mis pies. Está de 
espaldas a mí, así que no se da cuenta de mi llegada. Tiene un brazo 
apoyado en el azulejo y el agua corre por su espalda en forma de 
riachuelos, deslizándose por su culo y sus piernas. Una mano 
trabaja en sus piernas mientras sus caderas se flexionan 
levemente, los músculos se mueven mientras se masturba. Me lamo 
los labios ante su magnificencia, su visión es como una bebida 
fresca después de semanas de sed extrema. 
A partir de ahora, cada vez que necesite correrme, me 
permitiré imaginarlo aquí mismo. Antes de que pueda detenerme, 
un suave suspiro escapa de mi garganta. 
 
 
 
 
 
 
 
Su cabeza se gira, con los ojos azules muy abiertos y 
sorprendidos. No me muevo. Una parte de mí esperaba que me 
atrape, que me arrastre a la ducha con ropa y todo, y que luego se 
aproveche de mí. Estoy tan cansada de luchar contra esto. Lo deseo 
tanto. 
Sin romper el contacto visual, se gira lentamente y deja caer 
su mano. Jesucristo, su cuerpo es injusto. Su vientre plano tiene 
más definición que antes, sus caderas son más pronunciadas. Sin 
embargo, esa polla. Completamente dura, sobresale de su cuerpo, 
tan perfecta como la recuerdo, lo suficientemente grande como para 
ser un desafío. Mi coño se aprieta, el estiramiento de su polla se ha 
impreso allí, y tengo que agarrar el mostrador para no abalanzarme 
sobre él. 
Me deja mirar unos segundos más y luego vuelve a rodear la 
polla con el puño y empieza a acariciarla lentamente desde la raíz 
hasta la punta. 
—¿Quieres saber en qué estaba pensando? —pregunta. 
Sí. 
—No —digo. 
Enarca una ceja como si supiera que estoy mintiendo. 
—Estoy recordando la primera vez que me dejaste follarte el 
culo. Cuando estuvimos en Roma. —Inspira rápidamente, con el 
puño apretando la cabeza de su polla—. Madonna, eso fue 
jodidamente caliente. Sucio y duro, mi cosa favorita en todo el 
mundo. 
Hipnotizada, observo cómo su mano se desliza sobre su polla. 
—Tomaste mi polla tan bien, piccolina. Estabas tan apretada 
y caliente. Tan dulce. 
 
 
 
 
 
 
 
Las palabras hacen que la lujuria me recorra, como si me 
hubiera inyectado una droga en las venas. Mi boca está 
completamente seca, mientras que mi coño es todo lo contrario. 
Estoy empapada y resbaladiza, un desastre necesitado y palpitante. 
—Me encanta oírte suplicar —continúa, moviéndose para 
apretar sus bolas—. Casi tanto como me encanta verte correrte. 
A la mierda. ¿Por qué tengo que ser yo la que sufra? Él es el 
que ha hecho algo malo. Mis dedos encuentran el botón de mis 
pantalones cortos. Lo abren de un tirón. Su cuerpo se queda quieto, 
toda su atención centrada en mi mano. Parece contener la 
respiración, esperando a ver qué hago yo. 
—Tal vez sea tu turno de rogar —susurro. 
—Por favor —dice al instante, su mano libre cae contra la 
barrera de cristal como si intentara alcanzarme—. Ti prego, 
dolcezza. Tengo tanta hambre de ti. 
Bajo la cremallera. 
—Otra vez, paparino. 
El apodo se me escapa de la boca, pero creo que no me oyó, 
gracias a Dios. En cambio, se inclina y repite: 
—Ti prego, amore. 
Me bajo lentamente los pantalones cortos y las bragas hasta 
las rodillas. 
La expresión de Fausto se tuerce,como si tuviera un dolor 
exquisito, y su mano se acelera a lo largo de su erección. Sus ojos 
están clavados en mi coño, así que me muevo para abrir las piernas 
todo lo que puedo. El aire se siente fresco en mi piel acalorada y la 
ducha llena el baño con un fino rocío. Lo veo bombear, los músculos 
 
 
 
 
 
 
 
de su antebrazo se agolpan, trabajan, y yo meto los dedos entre mis 
piernas. 
—Madre di Dio44 —gime, con las caderas empujando hacia 
adelante. 
Mi clítoris está maduro, hinchado, y el roce de las puntas de 
los dedos se siente mejor que cualquier cosa que recordara 
recientemente. Vuelvo a deslizarme, mordiéndome el labio para no 
gemir, y las rodillas me tiemblan. 
—Muéstrame —dice—. Separa tus labios y muéstrame lo 
húmeda e hinchada que estás. 
—Suplícalo. 
—¡Amore, por favor! 
Más que feliz de torturarlo, separo mis pliegues y lo dejo ver. 
Luego sumerjo un dedo en mi humedad y lo llevo a mis labios, 
chupando la punta dentro y limpiando la excitación. 
—¡Cazzo! —grita Fausto, con el cuerpo tenso mientras se 
balancea contra el cristal—. Te quiero en mi boca, amore. Quiero 
chupar tu clítoris y lamer ese bonito coño. 
Maldita sea, yo también quiero eso. 
Empiezo a trabajar mi clítoris, haciendo círculos y frotando, y 
el placer me atraviesa como un rayo. Observo cómo su mano 
aumenta la velocidad y pienso en lo bien que se sentiría si me 
inmovilizara y me follara. Su gran cuerpo esforzándose y 
empujando, su polla proporcionando placer, hundiéndome en el 
colchón. Sabe exactamente lo que me gusta, lo que me excita, y 
utiliza ese conocimiento descaradamente. Me encanta. Quiero ser 
 
44 Madre di dio. Madre de Dios, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
su sucia zorra, rogarle que deje correrme. Quiero dejar que me 
utilice de la forma que considere oportuna. 
Las palabras me queman la punta de la lengua. Sé que si se 
lo pido, saldrá corriendo de la ducha como un poseso. Me follará 
hasta el último centímetro de mi vida, y el delicioso dolor entre mis 
piernas durará días... 
Gimiendo, aumento la velocidad, limpiando mis dedos en el 
muslo cuando estoy demasiado resbaladiza. Jesús, estoy mojada. 
No recuerdo haber estado nunca tan excitada. Pero mi clítoris ansía 
la fricción y me muevo más rápido, al ritmo de la mano de Fausto. 
Imagino que me folla, que su cuerpo se frota contra mí durante el 
descenso. 
Esto no pasa desapercibido. 
—Ahí lo tienes —dice, aferrándose a la parte superior del 
cristal mientras se inclina hacia mí, balanceando sus caderas—. Se 
sentiría tan bien si te estuviera follando ahora mismo, ¿no? Tu 
pequeño y apretado coño envuelto en mi polla. Te llenaría tan bien, 
piccolina. Sueño con follarte, con tomarte duro y rápido, hasta que 
te quedes en carne viva. —Echa la cabeza hacia atrás—. Madonna, 
nunca me he masturbado tanto en toda mi vida. 
Jadeando, me agarro al mostrador. Los hormigueos se 
acumulan y pulsan, pequeñas estelas de luz que se multiplican 
hasta convertirse en una ola de placer que se precipita hacia mí. 
Intento aguantar, queriendo prolongar esto todo lo que pueda. 
—Deberías acostumbrarte a masturbarte. Es la única 
satisfacción que tendrás. 
—Ya veremos —gruñe, su puño volando sobre su polla—. 
Cazzo, Francesca. 
 
 
 
 
 
 
 
El uso de mi nombre en su sexy estruendo lo consigue. El 
orgasmo esta justo ahí, en el borde de mi mente, la fuerza del mismo 
robando cada pedazo de sentido que poseo. No puedo contener las 
palabras de nuestro juego, el secreto sexy que solo él conoce. 
—Sono la tua puttanella45 —jadeo y me corro sobre mis dedos. 
—¡Minchia! —grita. De su polla brotan gruesos chorros de 
semen mientras sus hombros se encorvan y sus músculos se 
tensan. Los dos temblamos y nos estremecemos, con los ojos 
vidriosos mientras nos miramos, con el placer chispeando entre 
nosotros como si fuera un cable vivo. Tengo tantas ganas de tocarlo, 
de saborearlo, que casi se me saltan las lágrimas. Es tan injusto. 
La realidad vuelve aparecer cuando el orgasmo disminuye. El 
cristal de la ducha se empaña con sus exhalaciones y las rodillas 
me flaquean. Mierda, eso fue inesperado. Y caliente. Pero 
equivocado. 
Muy mal. 
Pero estoy tan caliente. 
Maldita sea. 
Me subo las bragas y los pantalones cortos hasta la cintura y 
salgo corriendo del baño. 
 
Aquella noche estoy a medio camino de la escalera cuando la 
puerta principal se abre de golpe. Mirando por encima de mi 
hombro, veo a Marco acompañar a Giulio al interior del castillo. Mi 
 
45 Sono la tua puttanella. Soy tu putita, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
amigo tiene el rostro desencajado y las extremidades sueltas, 
mientras intenta alejarse de su tío. 
—Suéltame, Zio Marco. 
—¿Qué pasa? —llamo en voz baja. 
Nadie me presta un poco de atención. En cambio, Marco sigue 
empujando a Giulio en dirección a la oficina de Fausto. Esto no me 
gusta. ¿Pasó algo malo? 
—¡Yo no he hecho nada! —dice Giulio riendo—. Estás 
enfadado sin motivo. 
—Ya veremos lo que dice tu padre al respecto, ¿eh? 
Ya les estoy siguiendo el paso. Si Giulio está en problemas, 
quiero ayudar. Es mi amigo... mi único amigo estos días... y no me 
abandonó cuando me exiliaron. Se lo debo por haber cuidado de mí 
durante aquellas oscuras semanas. 
Así que no dudo en seguirlos directamente a la oficina de 
Fausto. Marco se vuelve y me mira con el ceño fruncido. 
—¿Qué estás haciendo? 
—Ayudando a mi amigo. 
—Frankie —dice Giulio, sonriendo por encima del hombro—. 
Gracias a Dios. Dile a Zio Marco que está siendo dramático y que 
me deje ir. 
Ah, así que este es el problema. Los ojos de Giulio están 
vidriosos y enrojecidos. Se parece a mi ex-novio después de haber 
pasado unas horas con su pipa. 
—Silencio —espeta Marco, y llama a la puerta de la oficina de 
Fausto—. ¡Permiso! 
 
 
 
 
 
 
 
—Adelante —grita mi papi bebé desde adentro. 
Marco abre la puerta y yo me coló antes que pueda cerrarla. 
Fausto está sentado en su escritorio, sin su traje, con las mangas 
de su camisa blanca arremangadas sobre sus gruesos antebrazos. 
Se quita las gafas que lleva cuando trabaja y se pone de pie. 
—¿Qué es esto? 
Un Giulio sonriente se libera de su tío. 
—No he hecho nada malo. 
—Eso lo juzgaré yo —espeta Fausto. Entonces su mirada se 
dirige a mí—. Francesca, no eres necesaria para esto. 
Levanto una ceja. 
—Eso lo juzgaré yo. 
A Il Diavolo no le gusta que usen sus palabras en su contra. 
Inspira profundamente y su pecho se hincha, aquellos ojos 
brillantes resplandecen al estrecharse sobre mí. 
—Esto es un asunto de familia. Sube. 
Las palabras se clavan como cuchillos en mi pecho, pero 
levanto la barbilla y lo miro fijamente. 
—¿Estás diciendo que no soy de la familia? —Antes me dijo 
que me amaba. ¿Lo dijo en serio? Porque hasta que no vea pruebas 
de eso, no lo creeré—. Además, estoy aquí por Giulio, que es como 
mi familia. 
Me estudia, esa mente aguda dándole vueltas a mis palabras. 
 
 
 
 
 
 
 
—Siéntate —dice finalmente, señalando el sofá. Cuando 
obedezco como una buena mantenuta, se dirige a Marco—. 
Explícate. 
—Papà... 
Fausto levanta una mano. 
—Primero voy a escuchar a tu tío. 
Marco dice: 
—Se perdió una cita esta noche en el club. Gratteri me llamó 
y me pidió que localizara a Giulio. Lo encontré sentado afuera del 
apartamento de Paolo. Resulta que últimamente lo hace mucho. —
Se acerca al escritorio de Fausto y pone un pequeño cartucho 
rectangular sobre él. Un vapeador—. También encontré esto en su 
bolsillo. Es un vaporizador de hierba. También hay toneladas de 
hierba en el auto. 
Fausto se aprieta el puente de la nariz con el pulgar y dos 
dedos. 
—¿Ma che cazzo? 
—¡He perdido la noción del tiempo! —Giulio se cruza de 
brazos—. Y esto no es para tanto. Marco está exagerando. 
A Fausto no le gusta nada eso. Un músculo de sumandíbula 
se crispa y gruñe: 
—Esto es un puto gran problema, Giulio. 
—Es solo hierba, Papà... 
—¿Solo hierba? Estás sentado fuera del apartamento de 
Paolo, drogándote y descuidando tus obligaciones. ¿Estás diciendo 
que no debería enfadarme contigo? 
 
 
 
 
 
 
 
Giulio se ríe, y luego empeora la situación diciendo: 
—No es diferente al alcohol, y recuerdo cuánto bebías cada 
día cuando Frankie estaba en la casa de la playa. Así que, vamos, 
Papà. Ahórrate los sermones. 
Oh, mierda. Todo el aire es aspirado de la habitación y el 
rostro de Fausto se sonroja, los ángulos se agudizan con su 
creciente furia. Es como ver a un dragón preparándose para 
respirar fuego. 
Pero es la hierba la que habla. Giulio no suele ser tan 
irrespetuoso. Me levanto de un salto y me pongo delante de él. 
Levanto las palmas de las manos hacia Fausto, que se acerca a 
través de su escritorio. 
—Espera un momento y cálmate. No está en su sano juicio. 
—Apártate de mi camino, Francesca. 
Giulio me rodea los hombros con sus brazos y se apoya en mi 
espalda, casi como si se acurrucara contra mí. La boca de Fausto 
se tensa. 
—Suéltala antes que le hagas daño. 
—Nunca le haría daño a Frankie —dice Giulio en mi cabello—
. Es la mejor madrastra que podría haber pedido. 
Cierro los ojos brevemente. Jesús. Giulio al horno es un 
bocazas. 
—Escucha —le digo a Fausto, más que dispuesta a dejar atrás 
el comentario de la madrastra—. Deja que consiga unas patatas 
fritas y lo llevaré arriba a ver una película. Luego puedes gritarle 
todo lo que quieras mañana. 
 
 
 
 
 
 
 
Las fosas nasales de Fausto se dilatan, su pecho sube y baja 
con la fuerza de sus respiraciones. No sé si mi sugerencia 
funcionará, pero tengo que intentar algo. La última vez que lo vi tan 
enfadado fue cuando se enteró que yo sabía que Giulio es gay. No 
quiero que Giulio sufra por una de las decisiones precipitadas de 
Fausto. 
—Tiene razón, Rav —dice Marco, sorprendiéndome. Yo no soy 
su persona favorita, así que no puedo creer que se ponga de mi 
lado—. Deja que duerma hasta que se le pase la borrachera. Lo 
discutiremos mañana. 
—Está bien —grita Fausto entre dientes apretados—. Pero no 
se va sin mi aprobación. 
—Mierda, está muy enfadado, ¿no? —susurra Giulio riéndose. 
—Quítalo de mi vista. —Fausto se gira y camina hacia su 
silla—. Marco, asegúrate que su auto esté limpio y guardado. No lo 
conducirá pronto. 
Supongo que eso significa que podemos retirarnos. 
Agarro la mano de Giulio y lo saco de la oficina de Fausto. 
—Vamos por algo de aperitivo y volveremos a ver esa nueva 
película de Adam Driver. 
—Está tan jodidamente bueno. —Giulio me sigue como un 
dulce cachorro—. Tiene unas manos enormes, ¿lo sabías? 
Sí, lo sé. Giulio había hablado mucho de las manos de Adam 
Driver en la playa. 
—Paolo también tiene unas manos enormes —dice—. Lo echo 
mucho de menos, Frankie. 
—Lo sé, cariño. 
 
 
 
 
 
 
 
—Ha vuelto a las aplicaciones de citas. No lo entiendo. ¿Cómo 
puede seguir adelante sin mí, como si nunca le hubiera importado? 
Dudo que sea fácil para Paolo, pero la gente sobrelleva una 
ruptura de diferentes maneras. 
—Vamos. Hay helado en la nevera. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
TRECE 
Fausto 
 
Con un vaso lleno de whisky en la mano, me sitúo a oscuras 
en la ventana de mi oficina y me quedo mirando la noche. Con las 
luces apagadas, las estrellas sobre el viñedo están radiantes, pero 
ni siquiera me doy cuenta. La furia sigue ardiendo en mi pecho, una 
bola de frustración que se tensa con cada respiración. 
Se supone que Giulio es mi heredero, el futuro de mi imperio. 
Los hombres esperan de él un liderazgo, un ejemplo de nuestra 
fuerza y tradición. Tiene que infundir miedo y respeto. En vez de 
eso, se droga y acosa a su ex-novio. Dio santo, si alguien se entera... 
Me froto los ojos. ¿Qué quiere, ser el primer líder abiertamente 
gay de la 'Ndrangheta? Esto es una sentencia de muerte. Nunca 
llegará a capo y todo lo que he sacrificado, todo lo que he hecho, no 
 
 
 
 
 
 
 
servirá para nada. ¿No le importa nada esta familia o su propia 
vida? ¿Acaso no le importa lo que he construido? 
Solo hay una solución para este problema, pero mi hijo me 
odiará para siempre. No hay vuelta atrás después que lo ordene. 
Pero lo ordenaré. 
Por eso soy el don. Tengo que tomar las decisiones difíciles y 
llevarlas a cabo, incluso cuando no quiero hacerlo. 
Trago un sorbo de whisky, el calor me escalda la garganta. 
Exhalando, me apoyo en el cristal de la ventana. Estos días me 
siento al límite de mi cordura. Tal vez una noche torturando a Enzo 
D'Agostino me distraerá de este nudo de irritación que siempre me 
invade. 
La puerta se abre de repente y la luz entra en la habitación. 
Marco, sin duda. No me doy la vuelta. 
—Pensé que te habías ido a casa. 
La puerta se cierra y vuelve la oscuridad. Escucho unos pasos 
ligeros en la alfombra, y luego el olor de aceitunas y a tierra me 
acaricia las fosas nasales. La conciencia se desliza por mi piel como 
mil pequeños pinchazos. Siempre huele como mi finca. 
Sin embargo, este no es un buen momento. 
—No tengo ganas de compañía, dolcezza. 
—Qué pena. —Se pone a mi lado y apoya un hombro en el 
marco de la ventana—. Quiero saber qué vas hacer con Giulio. 
—No es de tu incumbencia. 
—Eso significa que es algo malo. 
 
 
 
 
 
 
 
Ella está aprendiendo. 
—Vete a la cama, Francesca. Ha sido un día largo. Subiré más 
tarde. 
—No me mandes a la cama como una niña pequeña. Quiero 
saber qué piensas hacer. 
—¿Qué sugieres? 
—Que esté con Paolo. 
Resoplo y termino el resto del whisky de mi vaso. 
—Imposible, por muchas razones. 
—¿Qué significa eso? —Me agarra del brazo y me obliga a 
mirarla—. Sé de una razón, porque es tu hijo y heredero. ¿Qué otra 
razón podría haber? 
Me quedo mirándola. Ella lo descubrirá. Francesca es una 
mujer inteligente. 
—No. Maldición, no —dice, con los ojos muy abiertos mientras 
buscan en mi rostro—. No puedes hacer eso. No puedes hacer que 
maten a Paolo. 
—Nunca se concentrará hasta que Paolo se haya ido. Todavía 
lo está vigilando, por el amor de Dios. 
—¿Cómo me vigilabas a mí cuando estaba en la playa? 
No me importa la comparación. 
—Apenas es lo mismo —espeto. 
 
 
 
 
 
 
 
—Es exactamente lo mismo. —Ella sacude un poco la 
cabeza—. Tiene el corazón roto. Fausto, te lo ruego. No lo hagas. 
Nunca te perdonará. 
Vuelvo a mirar por la ventana, sin contestar. Por supuesto 
que ella pensará que hay otra manera. Pero conozco esta vida mejor 
que ella, y no hay alternativa. Tampoco lo justificaré. Me tiembla la 
mano mientras la meto en el bolsillo del pantalón. La violencia me 
acecha en la boca del estómago, la oscuridad resurge cada vez más 
últimamente, aparentemente nunca satisfecha. Incluso Marco se 
había estremecido ante algunas de las formas creativas en que 
había herido a Enzo. 
¿Qué pasa cuando no pueda alejar la oscuridad? 
Francesca se desliza entre la ventana y yo, con su hermoso 
rostro mirándome. Cristo, la deseo tanto. Pero mis sentimientos son 
demasiado crudos, demasiado brutales. Necesito estar solo. 
La miro con el ceño fruncido. 
—Deberías irte. 
—No, no te dejaré hasta que... —Su palma sube para acariciar 
mi mandíbula, con una expresión comprensiva y resuelta a la vez—
. No le hagas daño a tu hijo así a propósito. Hay cosas que no se 
pueden arreglar una vez que se rompen. 
Ya me lo dijo antes. Odio el recordatorio de cómo la herí, cómo 
arruiné todo entre nosotros. 
—¿Como tú? 
—Esta es una línea que no puedes cruzar. Giulio se enterará 
y esto arruinará cualquier relación que tengas con él. Eres su padre. 
Sé que lo amas. En el fondo, no quieres hacerle daño. 
 
 
 
 
 
 
 
—Me importa mucho, amore. Más que casi cualquier otra 
cosa. —Le aparto el cabello de su rostro, amando la forma en que 
las suaves hebras se sienten contra mi piel—. Pero no me pidasesto. 
—Te lo pido, y te lo pediré una y otra vez hasta que me 
escuches. Esto es un error. 
—Ya lo he decidido. No puedo cambiar de opinión. 
—Eso es mentira. Puedes cambiar lo que quieras. Tú eres el 
que tiene todo el poder sobre nosotros, paparino. 
El uso de la palabra nosotros no se me escapa, ni el apodo. 
Trago con fuerza, doy un paso atrás y voy a servirme otro trago. 
—Deberías irte. 
—No, no lo haré. Tengo que saber qué vas hacer. Vamos a 
tener un hijo juntos. No quiero pensar que eres capaz de tanta 
crueldad cuando se trata de tu propia carne y sangre. 
—No lo entenderías —espeto—. Y a menos que finalmente 
estés dispuesta a dejar que te folle, estás desperdiciando tu aliento. 
—¿Es eso lo que se necesita para aclarar tu cabeza? ¿Follarme 
te calmará lo suficiente como para entrar en razón? 
—No. Solo hará que quiera follarte más. 
—¿Y si hacemos un trato? 
Hago una pausa, con el vaso de whisky a medio camino de la 
boca. ¿Habla en serio? 
—¿Cambias tu coño por la vida de Paolo? 
—¿Funcionaría? 
 
 
 
 
 
 
 
Dejo que mi mirada recorra todo su cuerpo, a mi polla le gusta 
mucho la idea. 
—No lo sé. 
—Entonces quizás deberíamos probarlo y ver. 
No hay ningún indicio de duda en su expresión, pero no es 
suficiente. No quiero que monte mi polla como parte de una 
negociación por la vida de algún stronzo. Quiero su conformidad y 
su plena participación. Quiero que desee lo que solo yo puedo darle, 
como lo hago con ella. 
Los dos somos testarudos. ¿Tal vez necesita esto como excusa 
para volver a follar conmigo? Se había metido los dedos antes 
mientras me miraba en la ducha, con el coño tan mojado que tuvo 
que limpiarse los dedos para poder seguir masturbándose. El deseo 
nunca fue un problema entre nosotros. ¿Así que necesita una forma 
de racionalizarlo? 
Su respiración se acelera y yo me debilito, mi determinación 
se desmorona mientras mi polla se alarga. Si así es como tengo que 
tenerla, que así sea. Estoy demasiado desesperado para negarme. 
Las palabras salen de mi boca. 
—Quítate la ropa. 
Se lleva la mano al dobladillo de la camiseta. La tela cae al 
suelo, revelando un encaje rojo, y todo el aire abandona mis 
pulmones de golpe. 
Madre di Dio. El body rojo. 
—Mira lo que he encontrado en mi cajón. —Se quita los 
pantalones de yoga, mostrando esas largas piernas que me 
encantan sentir envueltas en mis caderas. Su cintura sigue siendo 
 
 
 
 
 
 
 
pequeña, pero el embarazo hace que sus tetas sean aún más 
grandes. Salen de la parte superior de las copas del body. 
Apartando los pantalones, dice—: Supongo que no te deshiciste de 
toda mi lencería después de echarme. 
No puedo respirar, no puedo pensar. Estoy agradecido y 
enfadado a la vez, consciente que se ha puesto esto para 
dominarme. Y está funcionando. No hay forma de resistirme a ella, 
ni de rechazarla en mi lengua. La deseo demasiado, la necesidad en 
mis bolas es demasiado grande. La amo, y mi cuerpo no desea otra 
cosa que demostrárselo. 
Me paso la lengua por detrás de los dientes, contemplando, 
antes de gruñir: 
—Súbete al sofá y abre las piernas. 
El más mínimo ceño cruza su rostro. 
—Si lo hago, no significa que te haya perdonado. 
Aunque no tengo que culpar a nadie más que a mí, quiero 
golpear la pared. Hace cinco semanas no habría cuestionado una 
orden como ésta, y yo necesito esa aceptación de nuevo. Nada 
menos que eso servirá. Ella es mía. 
Sin embargo, sé lo que necesita oír, aunque no estoy seguro 
de creerlo. Inclino la cabeza. 
—Por supuesto. 
Mi acuerdo la tranquiliza. Empieza a ir hacia el sofá, con el 
culo alto y apretado, la perfección absoluta mientras se mueve por 
el suelo. Quiero azotarla, marcarla. Solo para poder lamer sus 
lágrimas. Quiero cada parte de ella, buena y mala. 
 
 
 
 
 
 
 
Se acomoda en los cojines, de cara a mí, y abre las piernas. 
Su cabello rubio cae en ondas alrededor de sus hombros, y el rubor 
de sus mejillas me dice cuánto le gusta exhibirse para mí. 
—Abre los broches —le digo. 
Unos delicados dedos se introducen entre sus piernas y los 
broches se abren uno a uno, y cada suave chasquido es un golpe 
para mi pobre y descuidada polla. Estoy muy duro, con la piel 
estirada sobre mi polla, y no puedo esperar a meterme en su 
interior, a sentir de nuevo esa calidez y ese calor después de tanto 
tiempo. 
Cuando la tela se separa, su coño se exhibe gloriosamente. Se 
ha depilado recientemente, quedando al descubierto, y los pliegues 
brillantes me hacen la boca agua. Mi piccola monella, jugando con 
fuego. 
Dejo el vaso con cuidado, luego acorto la distancia con el sofá 
y me arrodillo entre sus muslos. El aroma de su excitación llena mi 
nariz y mis pulmones, haciendo que mi cabeza nade. Joder, sí. He 
soñado con esto durante tanto tiempo... cada vez que cerraba los 
ojos durante las últimas cinco semanas... que casi no puedo creer 
que sea real. 
Mi pecho se agita cuando agacho la cabeza, mis brazos se 
deslizan bajo sus muslos para acercarla, pero me detengo justo 
antes que mi boca alcance su piel perfecta. Respiro sobre ella, pero 
no le ofrezco ningún alivio. 
—Suplícame —susurro—. Ruega que te coma el coño, 
dolcezza. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Francesca 
No tengo tiempo de preguntarme si es un error o no. 
Me puse el body rojo como una garantía, por si acaso tenía 
que sacar a las chicas cubiertas de encaje y seducirlo para que no 
le haga daño a Giulio o a Paulo. Pensaba que Fausto me echaría un 
vistazo, aceptaría cualquier exigencia que le planteara y se lanzaría 
a atacarme. 
Debí saberlo. 
Las suaves exhalaciones de su boca me provocan la piel, y mi 
clítoris palpita con cada latido de mi corazón. Es imposible que no 
se de cuenta de lo mojada que estoy en este momento. Necesito su 
boca en mí. Ansío sentir sus labios y su lengua, el roce de sus 
dientes, la forma en que me chupa y lame como si estuviera 
hambriento de mí... 
Sin embargo, no me pierdo la enorme erección que se abre 
paso en sus pantalones. Lo desea tanto como yo. 
Me agacho y paso los dedos por su sedoso cabello, 
necesitando tocarlo. Dios, este hombre. Me excita como nadie en el 
mundo entero. 
Me agarra la muñeca y la aparta de él. 
—Pon las manos detrás de la cabeza —me ordena—. 
Entrégate a mí. 
La excitación al rojo vivo me recorre, su dominio es mi droga, 
y me apresuro a obedecer. La posición pone mi cuerpo en un ángulo 
incómodo, con las tetas hacia arriba y hacia afuera, apenas 
cubiertas por el body. Entonces vuelve a estar entre mis piernas, 
con su boca rondando justo donde más lo necesito. 
 
 
 
 
 
 
 
—Ti prego —susurro, incapaz de aguantar un segundo más—
. Por favor, Fausto. 
Eso es todo lo que necesita oír, aparentemente, porque su 
boca se aferra a mí como si estuviera hambriento. Como si mi 
cuerpo fuera su sustento y se hubiera privado de él durante años. 
Mi espalda se arquea, el placer recorre mis extremidades ante su 
asalto, sus labios y su lengua son voraces al chupar y lamer, y solo 
puedo sentarme en el sofá y soportarlo. Me veo obligada a aceptar 
el placer que me da y a no devolverle nada, pero sus gruñidos y 
suspiros en mi carne me dicen que lo ama tanto como yo. 
Con la parte plana de su lengua, me masajea el clítoris y luego 
se lo lleva a la boca para chuparlo. El sudor se apodera de mi frente 
y mis muslos tiemblan. La tensión es casi insoportable. Las cintas 
de la lujuria se enroscan dentro de mi vientre, pero no hay alivio, 
ni suavidad por parte de este hombre. Es casi como un castigo. 
Muerte por una asombrosa comida de coño. 
—Sabes lo que quiero oír —dice, acariciándome con su nariz—
. Dime. 
¿De qué está hablando? Todo me palpita. Estoy tan 
jodidamente cerca. 
—No pares, por favor. 
Dos dedos largos y gruesos trabajan dentro de mi abertura, 
llenándome y estirándome de la mejor manera. Me aprieta, el ajuste 
es estrecho después de tanto tiempo, pero agradezco el ardormientras los dedos hacen un túnel dentro de mí. 
—Mierda —respiro, y la gloriosa presión de sus dedos casi me 
hace bizquear los ojos. 
—Dime a quién perteneces, Francesca. 
 
 
 
 
 
 
 
Sacudo la cabeza contra el sofá. No puedo. Me pide 
demasiado. No estoy preparada para decirlo. 
Cuando se hace el silencio, me pellizca el clítoris hinchado. 
Aprieto los dedos de los pies contra el sofá, el dolor es intenso y 
brillante detrás de mis párpados. 
—¡Mierda! —grito, y el dolor se desvanece rápidamente en un 
torrente de endorfinas. Me da besos suaves en el nudo, como 
disculpándose, y yo jadeo, casi sollozando, con la necesidad de 
correrme. 
Se levanta bruscamente y la tela de sus pantalones roza mis 
piernas. Aturdida, dejo que me coloque sobre el brazo del sofá, boca 
abajo con el culo al aire. Escucho su cremallera y un instante 
después su polla se encuentra con mi abertura. Me la mete sin 
previo aviso y la fuerza con la que lo hace mueve el sofá por el suelo 
de madera varios centímetros. Los dos nos quedamos paralizados y 
me cuesta respirar. Se siente enorme y perfecto, el estiramiento es 
doloroso pero necesario, como si fuera una parte de mí. Dios, había 
echado de menos esto. 
Me acaricia los omóplatos, la columna vertebral. Luego me 
sube el body por la cabeza. Estoy completamente desnuda mientras 
él está vestido. ¿Es consciente de lo mucho que eso me excita? 
Conociendo a Fausto, sí. 
Su mano me rodea la nuca, sujetándome, y me relajo, más 
que dispuesta a que su dominio me lleve hasta donde nada más 
importa, excepto tener su polla dentro de mí. 
Comienza a follarme entonces, con duros y ásperos 
empujones de sus caderas, el mejor tipo de castigo. Me elevo, el 
placer me impulsa, reemplazando todo dentro de mi cabeza hasta 
que mi piel comienza a cosquillear con un orgasmo inminente. 
Gimiendo, floto, mi coño es suyo para hacer lo que él quiera. Mi 
 
 
 
 
 
 
 
clímax está a punto de llegar, y empiezo a temblar, mis músculos 
se estremecen mientras emito ruidos sin sentido, y él finalmente se 
acerca para pellizcarme el clítoris. 
Las chispas de calor blanco me recorren y grito, mis paredes 
se aprietan alrededor de su polla mientras me corro. Sigo y sigo, y 
mi visión se oscurece por un segundo. 
Se retira y enseguida echo de menos su sensación. Se sienta 
de frente, con su gloriosa polla a la vista. Luego me levanta como si 
no pesara nada y me coloca en su regazo, de cara a él. Mete la mano 
entre nosotros y se alinea en mi abertura, luego pone una mano en 
mi cadera, llevándome hacia abajo para engullirlo. Cuando me 
trago toda su longitud, estira los brazos a lo largo del respaldo del 
sofá y espera. Un rey de la mafia, contento de ser servido. 
Mierda, es sexy. 
Su mirada arde al recorrer mi cuerpo, mis pechos, pero no me 
toca. Tampoco se ha quitado la ropa, salvo para liberar su polla. 
Quiero frotarme contra él como una gata, pellizcarlo y morderlo, 
lamerlo y chuparlo por todas partes. Empiezo a rodar mis caderas, 
trabajando su polla dentro y fuera de mí, lenta y sinuosa, dándole 
un espectáculo. 
El músculo de su mandíbula salta, su pecho sube y baja 
mientras me muevo, rechinando y girando, moldeando mis tetas 
con mis manos. Le presento un pecho y él se inclina hacia adelante 
para llevarse el pezón a la boca, chupando con fuerza hasta que 
jadeo. Me suelta y vuelve a recostarse, observándome. 
Empiezo a moverme más rápido y pronto siento que otro 
orgasmo se acumula en la base de mi columna vertebral. Lo persigo, 
tirando de él más profundamente, y mis párpados se cierran, mis 
palmas se apoyan en sus rodillas para hacer palanca, mientras me 
balanceo y me balanceo... 
 
 
 
 
 
 
 
—Oh, Dios —susurro—. Joder. 
Puedo oír su respiración agitada, sentir el temblor de sus 
muslos debajo de mí. Entonces el placer estalla, mi cuerpo se 
convulsiona mientras me corro por segunda vez. Es menos intenso 
que el primero, pero se prolonga, como una suave ola. Fausto echa 
la cabeza hacia atrás y exhala un par de veces, cada músculo de su 
cuerpo se tensa justo antes que lo sienta expandirse dentro de mí. 
Gime, su polla se sacude mientras se aferra al respaldo del sofá, los 
tendones de su cuello resaltando. 
Exhausta, me dejo caer sobre su pecho y trato de recuperar 
el aliento, con nuestros cuerpos aún conectados. Nos quedamos así 
durante un largo minuto, mientras él me acaricia lentamente la 
columna vertebral con una mano. 
—Ha sido divertido —digo cuando no habla. 
Aprieta un beso en la parte superior de mi cabeza. 
—Me alegro. 
¿Se alegra? ¿Qué mierda? 
Antes que pueda preguntarle qué significa eso, separa 
nuestros cuerpos, vuelve a meter su gloriosa polla en los pantalones 
del traje y se sube la cremallera. Desnuda, observo cómo se levanta 
y se recompone, alisándose las mangas de la camisa y arreglándose 
los gemelos. Es como ver a un caballero ponerse su armadura, la 
protección que utiliza contra el resto del mundo. 
¿Quiere que me vaya? No es que quiera quedarme. No puedo 
creer que haya caído en esta madriguera de nuevo. Aunque cabe 
destacar que dos fantásticos orgasmos contribuyen en gran medida 
a mitigar mi decepción por mi falta de fuerza de voluntad. 
 
 
 
 
 
 
 
De repente, mis pantalones de yoga y mi camiseta están 
delante de mi rostro. 
—Gracias —murmuro. 
Al ponerme la ropa, me doy cuenta que nunca habíamos 
llegado a una conclusión sobre el tema de Paolo. 
—¿Lo dejarás vivir? 
Fausto se dirige a su escritorio, se sienta y abre su laptop. 
—¿Es eso lo que prefieres? 
—Sí —digo con énfasis—. Por el amor de Dios, no puedes 
hacer que lo maten. Destruiría absolutamente a Giulio. Manda a 
Paolo lejos, si es necesario, pero no le hagas daño. 
—Entonces lo enviaré lejos. 
Está actuando de forma extraña. 
—¿Lo prometes? 
—Te lo prometo. 
Satisfecha con su respuesta, me pongo de pie y estiro mis 
adoloridos músculos. ¿Quién necesita hacer cardio con Fausto 
cerca? Con su atención puesta por completo en su laptop, parece 
haberse olvidado de mí. Espera, ¿no es eso lo que quiero? 
—Nos vemos —digo de camino a la puerta. 
—No sé a qué hora llegaré a la cama. —Se pone esas gafas de 
lectura que aumentan su factor de sensualidad en mil grados—. 
Tengo más trabajo que hacer. 
—De acuerdo. 
 
 
 
 
 
 
 
Me quedo en la puerta, confundida. Entonces siento la 
pegajosidad entre mis muslos y decido ir a ducharme. Así que me 
escabullo hacia el pasillo y subo las escaleras. Solo cuando me meto 
bajo el agua caliente me doy cuenta de algo. 
Durante todo el tiempo que me había estado follando, no dijo 
ni una palabra. En absoluto. Fausto es un hablador y me encanta 
su boca sucia. Pero esta noche estuvo extrañamente callado. 
Tampoco me había besado en los labios. 
Huh. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
CATORCE 
Francesca 
 
Una vejiga llena me despierta en medio de la noche. Después 
de ir al baño, me doy cuenta que el lado de la cama de Fausto está 
perfectamente ordenado. ¿Todavía está despierto o duerme en otra 
parte? 
No me importa. No necesito su calor a mi lado para dormir. O 
la forma tierna en que me envuelve por las mañanas. 
Además, sigo enfadada con él. ¿Y qué si no me había hablado 
sucio ni me había besado? Espera, eso no es correcto. Me había 
hablado sucio al principio, hasta... 
Respiro con fuerza. Eso es todo. Había sido el mismo que 
siempre, controlador y con la boca sucia, hasta el momento en que 
 
 
 
 
 
 
 
me preguntó a quién pertenecía. Cuando no respondí, fue cuando 
todo cambió. 
Ese imbécil. 
Me arde el pecho mientras miro la cama. Tiene mucho valor 
para enfadarse conmigo... ¡conmigo! por no decir que le pertenezco. 
¿Qué, cree que su polla mágica hace desaparecer toda mi ira y mi 
dolor? 
Llena de furia, tomo mi bata de seda y salgo furiosa del 
dormitorio. Compruebo las habitaciones de invitados de nuestra 
ala, pero todas están vacías. Luego bajo a su oficina,donde 
encuentro la puerta abierta y la habitación desocupada. Sin 
inmutarme, sigo buscando. Miro en la cocina y en el comedor. Los 
salones. Compruebo el patio. No está Fausto. 
¿No dijo que hay un gimnasio y una piscina cubierta? 
Las habitaciones de seguridad están en el lado este del 
castello, así que normalmente evito esa parte. Voy en esa dirección, 
abriendo una puerta por la que nunca había pasado. Un programa 
de televisión suena desde algún lugar del interior, así que sigo el 
ruido. A la derecha hay una gran sala llena de monitores, con dos 
de los hombres de Fausto detrás de un escritorio, viendo un 
programa italiano en una laptop. 
—Buona sera, signorina —dice uno de los hombres 
levantándose—. ¿Busca a Don Ravazzani? 
Me ajusto la bata. 
—Sí. ¿Sabe dónde está? 
—En el gimnasio. —Señala en la dirección que yo había 
tomado. 
 
 
 
 
 
 
 
—Grazie. 
Sigo por el pasillo hasta encontrar el gimnasio. Y, 
efectivamente, veo a Fausto a través de la pequeña ventana de la 
puerta. Lleva pantalones cortos y no lleva camiseta, y el sudor cae 
por su cuerpo mientras corre en la cinta. 
Abro la puerta de golpe. 
—Tienes un maldito descaro. 
No se gira. 
—¿Por qué estás fuera de la cama, Francesca? 
Ni siquiera está sin aliento, lo cual es alucinante, pero no 
tengo tiempo de analizarlo ahora. Me muevo directamente en su 
línea de visión. 
—Estás enojado porque no dije que te pertenecía. 
Su boca se tensa. 
—¡Dios mío! No me lo puedo creer. —Le señalo el rostro—. No 
puedes enfadarte conmigo por nada hasta el fin de los tiempos, 
stronzo. ¿Qué? ¿Pensabas que me iba a lanzar a declararte mi amor 
en cuanto te sacaras la polla? Si es así, estás completamente 
delirante. 
Da un golpecito al botón de parada de la cinta de correr y ésta 
empieza a reducir su velocidad. 
—¿Delirante? ¿Así es como llamas a desnudarte para mí? 
¿cuándo suplicas por mi polla? Tú eres la que delira, Francesca. 
Ambos sabemos que me perteneces. Siempre me pertenecerás. 
—No, no es así. Perdiste tus derechos de propiedad en el 
momento en que me echaste a mí y a tu hijo no nacido de la casa. 
 
 
 
 
 
 
 
Dijiste que estaba muerta para ti. —Horrorosamente, mi voz se 
quiebra en esta última parte. Respiro profundamente. No voy a 
llorar delante de este hombre. 
Junta las palmas de las manos e inclina la cabeza, tocándose 
los labios con las puntas de los dedos. 
—Siento haber dicho eso, haberte hecho daño. Pero me 
enfrenté a la hermandad de la 'Ndrangheta para recuperarte. Por no 
hablar que me arriesgo a ir a la guerra con cada uno de los aliados 
de D'Agostino para retenerte, mientras el GDF me respira en la 
nuca. Todo lo que tengo pende de un hilo, Francesca, pero no me 
importa. Lucharé hasta la muerte para mantenerte aquí. 
No tengo ni idea de lo que está hablando. 
—Si no me hubieras echado, nada de eso habría sido 
necesario. 
Levanta las manos, se baja de la cinta y empieza a pasearse. 
—¡Soy consciente, y me estoy ahogando en el puto 
arrepentimiento por eso! 
Agarrando una pequeña mancuerna, la arroja contra el 
espejo, que se rompe en un millón de pedacitos con un estruendo 
impío. Me tapo los oídos y me agacho. Uno de los guardias irrumpe 
en la puerta con el arma desenfundada, pero Fausto levanta la 
mano. Tienen un rápido intercambio y el guardia se va. 
—¿Qué lamentas, Fausto? ¿haber perdido tu pequeño 
juguete? ¿O que haya mostrado lealtad a tu único hijo y heredero y 
lo hayas percibido como una especie de desprecio hacia ti? 
El pecho de Fausto se hincha mientras inclina la cabeza. 
 
 
 
 
 
 
 
—Te he dicho que te amo. Quiero todo de ti, como lo hicimos 
antes. Sin embargo, te reprimes. ¿Quieres que te trate como a 
Katarzyna, entonces? Bien, te trataré como Katarzyna. 
—No quiero que me trates como Katarzyna. Quiero que me 
des espacio para que, no sé, tal vez pueda asimilar lo que me ha 
pasado en el último mes. ¡Estás siendo increíblemente egoísta y 
agrio para alguien que está totalmente equivocado! 
—Vienes a mí, suplicándome un favor, llevando esa lencería 
roja. ¿Y para qué? ¿Te prostituyes tan fácilmente? No quiero una 
puta. Quiero a la mujer que se entrega a mí, que se rinde a mí tan 
dulcemente que podría atragantarme. 
—Si me llamas puta una vez más, Il Diavolo, te apuñalaré 
mientras duermes. Y follar contigo en el sofá es rendirse. ¿Lo 
necesitabas por escrito? 
—Me dejas tener tu cuerpo pero eso es todo. Todo lo demás 
está encerrado y se me permite estar enfadado por eso. 
—Entonces enfádate contigo mismo. Te estoy dando todo lo 
que puedo ahora mismo, hasta que pueda volver a confiar en ti. Es 
decir, si es que puedo volver a confiar en ti. 
Gruñendo, se pasa los dedos por el cabello, tirando de las 
gruesas hebras como si fuera a arrancárselas de la cabeza. 
—¡Dime qué puedo decir! Mi dispiace, perdonami46. Esto me 
está volviendo loco. 
—No hay nada que puedas decir. Afirmas que me amas, y sin 
embargo trataste de mandarme fuera de la habitación esta noche, 
diciéndome que es un asunto de familia que no me involucra. ¿Soy 
 
46 Mi dispiace, perdonami. Lo siento, perdóname. En italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
tu familia, Fausto? ¿Nuestro bebé va a ser tu familia? Tienes que 
decidirlo, maldición. 
—Sabes que no era eso lo que quería decir. 
—¿De verdad? ¿Lo sé? Porque hasta ahora, has roto todas las 
promesas que me hiciste. Así que, perdóname si ya no creo una 
maldita palabra que salga de tu boca. 
Gruñe: 
—No me gusta que me llamen mentiroso. 
—Seguro que no, capo, pero eso no cambia el hecho que lo 
seas. 
Girando sobre mis talones, salgo del gimnasio y cierro la 
puerta tras de mí. Los dos guardias de seguridad me ven pasar, con 
la boca abierta y los ojos grandes y redondos. Sigo adelante. 
Una cosa sé con certeza, esta noche voy a dormir en mi 
antigua habitación. Que se joda Fausto y su cómoda cama. 
 
 
Fausto 
La mañana aporta claridad a mis problemas con Francesca, 
al igual que la luz del día que rompe sobre mis viñedos al amanecer. 
Mientras bebo mi espresso y veo llegar a los trabajadores para la 
vendemmia, pienso en mi familia. Durante mucho tiempo habíamos 
sido Giulio, Zia y yo. Sí, hay primos, pero mi hijo y mi tía son las 
dos personas que más me importan. Con gusto recibiría una bala 
por cualquiera de ellos en cualquier momento. 
 
 
 
 
 
 
 
Ahora Francesca también me importa. Independientemente 
de cómo empezó, ella y este niño son parte de mi familia. Había 
librado una guerra para sacarla de las garras de Enzo, y moriría 
antes de dejarla ir de nuevo. 
Ya es hora de demostrárselo. 
Pero lo primero es lo primero. Tomo el teléfono y le envío un 
mensaje a mi hijo diciéndole que lo espero en mi oficina en los 
próximos diez minutos. Marco llega cuando pulso el botón de 
enviar. 
—Siéntate —le digo—. Emilia ha enviado un mensaje esta 
mañana y dice que necesita hablar cuanto antes. —Le había pedido 
que empezara a buscar tranquilamente dinero que pudiera 
relacionar a uno de mis hombres con Enzo o el GDF. 
—¿Se trata de buscar en las cuentas de todos? 
—Eso espero, maldita sea. Quiero respuestas. 
Marco se acomoda en su silla favorita y cruza las piernas. 
—He comprobado cómo está nuestro prisionero. Las heridas 
están curando como deberían. No hay signos de infección. Debería 
estar listo esta tarde para otra sesión. 
—Bien. Si Emilia no encuentra nada, tal vez podamos hacer 
hablar a Enzo. 
Como Emilia no conoce nuestro sistema de códigos para las 
conversaciones telefónicas, abro el cajón de mi escritorio y saco un 
teléfono desechable. Marco se deshará de él en cuanto termine la 
llamada. Justo cuando empiezo a marcar, entra Giulio. Parece 
sano, recién duchado, sin la menor resaca. Frunciendo el ceño, le 
señalo una silla. 
 
 
 
 
 
 
 
—Siéntate y escucha. 
Emilia responde y me dice que espere un momento. Se 
escucha unroce, como si estuviera caminando hacia alguna parte, 
así que la pongo en el altavoz. 
—Ciao —susurra—. ¿Pueden oírme? 
—Podemos oírte. ¿Estás libre para hablar? 
—Sí. Estoy escondida en un armario de almacenamiento. 
—¿Has encontrado algo? 
Giulio frunce el ceño y se queda mirando el teléfono como si 
fuera un rompecabezas que intenta resolver. Me dan ganas de 
gruñirle que si no hubiera estado drogado anoche, sabría lo que 
está pasando. 
—Sí, pero todavía no sé lo que significa. 
Mis músculos se tensan, formándose un nudo entre mis 
omóplatos. 
—Cuéntame. 
—Alguien te está robando dinero. 
Aprieto las muelas. No es la primera vez que alguien se atreve, 
pero no necesito otro problema en ese momento. 
—¿Cuánto? 
—Por lo que sé, unos treinta millones de euros más o menos. 
Marco sisea entre dientes y Giulio se echa hacia atrás en su 
silla como si lo hubieran golpeado. Intento no reaccionar, aparte de 
 
 
 
 
 
 
 
cerrar la mano en un puño. Es una gran cantidad de dinero, pero 
no me llevará a la quiebra. Lo que me enfurece es el fondo. 
—¿Por qué me entero de esto ahora? —me quejo—. ¿Dónde 
mierda estaban tus jefes en esto, el director de la empresa que 
empleo? Esto debería haber sido atrapado. 
—No lo sé —dice—. No se lo he dicho a nadie. No puedo 
imaginar que no estén al tanto, lo que significa... 
Lo que significa que son cómplices. 
Santo cazzo Madre di Cristo. 
—Di lo que sabes —ordeno. 
—Se están desviando pequeñas cantidades de las cuentas en 
Holanda y se depositan en varias cuentas en Haití y Afganistán. 
Marco murmura: 
—Países con leyes relajadas sobre el blanqueo de dinero. 
—Exactamente —dice Emilia—. Lo descubrí accidentalmente. 
No me ocupo de las cuentas de los Países Bajos, pero recibí una 
llamada de un amigo de un banco de Dinamarca. Me advirtió que 
algunas de las transacciones habían sido marcadas para su 
revisión interna. Entonces empecé a indagar un poco. 
—¿El GDF? —pregunta Marco, mirándome. 
—No lo robarían —digo—. Congelarían las cuentas. 
—De acuerdo. Se trata de alguien muy bueno con las 
computadoras —dice Emilia—. Un hacker de algún tipo, que sabe 
exactamente dónde buscar para desviar tu dinero. 
 
 
 
 
 
 
 
—Enzo —grito. Ese hijo de puta. Sé que está detrás de esto. 
Puedo sentirlo en mis huesos. 
Marco se acaricia la mandíbula, su pierna rebotando en 
agitación. 
—Eso no explica cómo sabía dónde buscar. En qué rocas 
buscar. Las cuentas son complicadas por una razón, Rav. 
—Cierto —susurra Emilia—. Se trata de alguien muy 
inteligente, con un conocimiento interno de tus cuentas. 
Esa es una lista muy pequeña, que no incluye ni a Benito ni 
a Vic. No confiaría la información financiera a nadie fuera de mi 
pequeño círculo íntimo. Más o menos Toni y Marco son las únicas 
personas que saben algo de utilidad. 
—Tengo que colgar —dice rápidamente, y la llamada se corta. 
Arrojo el aparato sobre el escritorio en dirección a Marco y me froto 
el rostro con las manos. 
—Cristo —murmura mi hijo. 
—Exactamente —dice Marco—. Esto es una mierda seria, 
Rav. 
No tengo tiempo para esto. Quiero hablar con Francesca, 
hacer las paces con ella y pasar el resto del día follando hasta el 
estupor. 
En lugar de eso, tengo que ocuparme de Giulio, de ese dinero 
que falta, de Enzo y de otros cientos de problemas propios de mi 
cargo. El agotamiento me pesa como un bloque de cemento. 
Lo primero es lo primero. 
Señalo a mi hijo. 
 
 
 
 
 
 
 
—Te vas a encargar de la seguridad. 
—¿Yo? —Giulio mira a Marco y luego a mí—. ¿Y Zio Marco? 
—Trabajarás con él hasta que te pongas al día y luego lo 
relevarás. 
—¿Por qué? 
Ahogo las ganas de suspirar. No me gusta dar explicaciones, 
pero es mi hijo. 
—Porque ya es hora que asumas un papel más amplio, algo 
más que trabajar con Gratteri. Y es demasiado para Marco manejar 
solo la seguridad con sus deberes de consigliere. 
—Me gustaría ver a mi familia de vez en cuando —añade 
Marco. 
—¡Pero! —Señalo a mi hijo—. No más excesos con la bebida, 
no más hierba. Nada de sentarse en la puerta de la casa de Paolo. 
A partir de ahora, trabajas conmigo y con Marco en averiguar cómo 
Enzo pudo poner sus manos en mi mujer, así como en treinta 
millones de euros míos. 
—¿Sospechas de alguien que trabaja para nosotros? 
—Sospecho de todos —digo—. Quiero que empieces por 
Benito, Vic y algunos de los más jóvenes. Acércate a ellos, a ver si 
consigues que hablen. Mientras tanto, miraremos sus familias y sus 
gastos. Cualquier cosa que parezca fuera de lo normal. 
—Además, tenemos que inclinarnos por Enzo —dice Marco—
. Sospecho que Mommo está involucrado de alguna manera. ¿Por 
qué si no iba a venir a defender el caso de Enzo? 
Las cejas de Giulio suben hacia el techo. 
 
 
 
 
 
 
 
—¡Minchia! ¿Algo más? 
—Sí, el GDF —digo secamente—. Es hora que aprendas lo que 
significa ser el don. Algún día te sentarás en esta silla. 
Su ceño se frunce. 
—No me gusta pensar en eso. 
—Ninguno de nosotros escapa a su destino. —Me inclino 
hacia adelante y apoyo los antebrazos en el escritorio. Esta noticia 
le va a gustar aún menos—. Deberías saber que he echado a Paolo. 
Su rostro pierde todo su color. 
—¿Acaso tú…? —Traga saliva—. No, por favor. Por favor, dime 
que no lo has matado. Haré lo que sea, pero no le hagas daño. No 
sobreviviré a eso. 
—Está vivo e ileso, pero ya no está en Siderno. —Paolo tomó 
un vuelo a Bélgica hace una hora. Allí trabajará para la 'ndrina. 
Giulio aspira con fuerza. 
—¿Dónde? 
—No te lo voy a decir. —Los ojos de Giulio empiezan a llenarse, 
con una expresión de profundo alivio y a la vez de absoluta 
devastación. Añado—: Tienes que agradecérselo a Francesca. Me 
rogó que lo echara. 
—Ibas hacer que lo mataran. 
No respondo. Ambos sabemos que es la verdad. 
—Pienso invitar a las posibles esposas a cenar y tú 
considerarás una. Pero primero esperaremos a que las cosas se 
calmen. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Me estás dando tiempo? 
—Un poco, sí. Ya tenemos bastante en este momento. Sin 
embargo, esto no significa que haya cambiado de opinión sobre tu 
necesidad de matrimonio. 
Se sienta hacia adelante y entierra su rostro entre las manos, 
sin decir nada, y me duele el estómago. No me gusta hacer que 
Giulio se sienta desgraciado, pero ¿qué opción tengo? No voy a 
arriesgar su vida, su futuro, dejando que salga del armario como 
abiertamente gay. 
—No será tan terrible —le prometo—. Te olvidarás de este 
chico y pronto sentarás cabeza con una buena chica que te dará 
bebés. 
Los hombros de Giulio se encorvan. 
—Correcto. No es tan terrible —murmura entre las palmas de 
las manos—. No puedo esperar. ¿Eso es todo? 
—Sí. Ve a ver a Zia, y toma un espresso. 
Se levanta de la silla y se dirige lentamente hacia la puerta, 
con la columna vertebral curvada como si estuviera aplastada por 
el peso de su infelicidad. Me desgarra el corazón. 
—Espera. —Me acerco hasta que estamos cara a cara, pero él 
mira fijamente a la pared. Así que le sujeto la mandíbula y lo obligo 
a mirarme—. Te amo. Eres un buen hijo y algún día serás un gran 
don. —Le beso las dos mejillas—. Chi si volta, e chi si gira, sempre 
a casa va finire. 
Un viejo proverbio italiano, significa que no importa a dónde 
vayas o a dónde gires, siempre acabarás en casa. 
 
 
 
 
 
 
 
—Especialmente cierto para mí, porque no hay escapatoria —
dice, antes de desaparecer en el pasillo. 
Cuando no me muevo, Marco dice: 
—No tienes elección, Rav, y el trabajo le hará olvidar al chico. 
—Entonces la boca de Marco se tuerce, como cuando éramos 
jóvenes y nos echábamos mierda el uno al otro todo el tiempo. Sé lo 
que viene. Dice—: Dejaste que te convenciera de no eliminar a 
Paolo. Debió haber sido una gran negociación. 
Sí, lo fue. Mis ojos se desvían hacia el sofá. Se sintió increíble 
volver a follar con ella después de tanto tiempo, pero no me lo había 
dado todo. Yo soy un hombre egoísta cuando setrata de Francesca. 
La quiero en cuerpo y alma. 
Y la única manera de conseguirla, aparentemente, es dándole 
todo a cambio. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
QUINCE 
Francesca 
 
Cuando bajo a tomar café, me sorprende encontrar a Giulio 
ya en la mesa del desayuno. Supuse que aún estaba durmiendo, 
teniendo en cuenta la noche anterior. 
—Buongiorno47 —digo, yendo a la máquina de café espresso y 
encontrando mi provisión de descafeinado—. ¿Cómo te sientes? 
—Bien. 
Con mi café espresso preparado, me giro hacia él. 
—Anoche estabas muy drogado. 
 
47 Buongiorno. Buenos días, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—No fue gran cosa. Fumé demasiado en el auto. —Su mirada 
encuentra la mía y la tristeza que acecha en ella me hace detenerme 
un momento. ¿Qué ha pasado? 
Dice en voz baja: 
—Gracias por convencerlo que envíe lejos a Paolo en lugar 
de... 
—Por supuesto —digo inmediatamente, con las cejas 
levantadas por la sorpresa. ¿Fausto se lo contó a Giulio?—. Te 
cubro la espalda, G. Siempre. 
No hay nada más que decir, ninguna otra palabra amable 
para aliviar el corazón. Así que me concentro en mi espresso y luego 
tomo asiento junto a él, esperando. 
Finalmente, se frota los ojos enrojecidos. 
—No sé si puedo hacer esto. Estoy tan cansado de mentir y 
fingir, de hacer daño. Y esto solo va a empeorar. Ni siquiera está en 
la misma ciudad. Se olvidará de mí y yo estaré atrapado aquí, 
casándome con una mujer que me importará una mierda. 
La miseria en su voz suena más que teórica. 
—¿Ha elegido Fausto a alguien? 
—Todavía no. Planea traer a las candidatas aquí cuando las 
cosas se calmen. 
Qué generoso es Fausto. 
—Hablaré con él. 
—Diría que es una pérdida de tiempo, pero has conseguido 
que cambie de opinión sobre Paolo. Eres la única a la que escucha, 
aparentemente. 
 
 
 
 
 
 
 
No fue tanto escuchar como dejar que me coma y luego me 
folle. 
—No sé si eso, pero me lo debe después de lo que ha pasado. 
Le pediré que te dé más tiempo. 
—Gracias, bella. 
—Todo mejorará, G. Ya se nos ocurrirá algo. Aunque beber y 
drogarse no va ayudar. 
Se encorva en su asiento, sin mirarme a los ojos. 
—Lo sé. Fausto quiere que me encargue de la seguridad con 
Marco. 
Vaya. 
—Eso es enorme. ¿Vas a hacerlo? 
—Actúas como si tuviera opción. 
—Podrías decirle que no. 
Deja escapar una risa seca y amarga. 
—Eso no saldría bien. Yo no soy tú, Frankie. 
—Tienes que ser sincero con él. Tienes que decirle lo que 
quieres. Si no, terminará resentido. 
Los bordes de su boca se curvan en una pequeña sonrisa 
mientras da un sorbo a su espresso. 
—Eres muy sabia, matrigna48. No me extraña que Fausto te 
haya dejado embarazada. 
 
48 Matrigna. Madrastra, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Pongo los ojos en blanco. 
—Creo que eso tuvo más que ver con mis tetas que con mi 
cerebro, y deja de llamarme así. 
El sonido de los zapatos sobre las baldosas se hace más 
fuerte, interrumpiéndonos, y Fausto no tarda en entrar en la 
cocina. Lleva una camisa de vestir blanca y unos pantalones azul 
marino que le cuelgan de la cintura, y parece un maldito modelo de 
portada de la revista Hot Dad. Tras saludarnos a Giulio y a mí, se 
dirige a la cafetera. Normalmente, me encanta observar su elegante 
forma de moverse, pero desvío la mirada y me centro en la mesa. 
Todavía estoy enfadada con él. 
Nadie habla mientras la máquina zumba. Todavía puedo oír 
su voz furiosa resonando en mis oídos. Ambos sabemos que me 
perteneces. Siempre me pertenecerás. No es cierto. No puede 
tratarme como una mierda y luego pensar que unas cuantas 
“dolcezzas” y “amores” lo arreglarán todo. 
Cuando tiene su espresso, Fausto se acerca a la mesa. Se 
inclina y aprieta un beso en la cabeza de Giulio. 
—¿Has comido? 
Giulio se encoge de hombros, pareciendo de repente un joven 
enfadado. 
—Algo. 
La mirada de Fausto se dirige a mí. 
—Mi oficina, Francesca. Ahora. 
Parpadeo. ¿Es de verdad? ¿Dando órdenes después de lo de 
anoche? 
 
 
 
 
 
 
 
Sale a toda prisa, negándome la oportunidad de mandarlo a 
la mierda. Entonces recuerdo mi promesa de hablar con Fausto 
sobre las posibles novias para Giulio. Bueno, ahora es un momento 
tan bueno como cualquier otro. Él y yo ya estamos peleando. ¿Qué 
es un desacuerdo más en la lista? 
Tomando un panecillo de la cesta, me pongo de pie. 
—Te veré más tarde, ¿de acuerdo? Veremos una película esta 
noche. 
Giulio también se levanta. 
—Puede que esté muy ocupado. Ya veremos. 
Lo beso en las mejillas y luego llevo mi panecillo y mi café a la 
oficina de Fausto. La puerta está abierta, así que me deslizo dentro 
y la cierro tras de mí. Está sentado detrás de su escritorio, con las 
gafas puestas, mirando su laptop. 
—Siéntate, Francesca. 
Me siento en una silla, sin hablar. Se quita las gafas, cierra el 
laptop y toma un papel del escritorio. 
—Lee esto. 
Lo tomo de su mano. 
—¿Qué es? —En la parte superior hay un montón de jerga 
legal, pero la palabra “acuerdo” me llama la atención, al igual que 
nuestros nombres—. ¿Esto es...? ¿Esto es para ti y para mí? 
—Sí. Estaba trabajando en eso antes. —Hace un gesto con la 
mano—. He hecho algunas modificaciones desde Napoli. 
Desde que me secuestraron, quiere decir. Aun así, esto es lo 
que había pedido... un acuerdo legal que me ofrezca seguridad a mí 
 
 
 
 
 
 
 
y a mi bebé. Dejo el bollo y el café para prestar toda mi atención al 
contrato. 
Por suerte, está en inglés, así que no tengo problemas para 
entender lo que Fausto me ofrece. Es una cantidad asombrosa de 
dinero que se va a reservar en un fideicomiso, además de acciones 
e incluso oro, pero hay condiciones. Sacudo la cabeza, con la 
frustración escaldando mi espalda. ¿Está buscando la manera de 
hacerme enfadar? 
—¿Así que solo cobraré esto si me caso contigo? No nos vamos 
a casar, Fausto. 
Desliza una caja negra de anillo sobre el escritorio. 
Mi mandíbula se abre y mi respiración comienza a ser aguda 
y rápida, como si mis pulmones estuvieran en llamas. 
—¿Qué es eso? 
—Ábrelo. 
—No quiero abrirlo. —Me aterroriza lo que hay adentro. 
Alcanzando, abre la caja del anillo. Por supuesto, es precioso. 
Un enorme diamante en corte esmeralda está en una banda de 
platino, con piedras más pequeñas a los lados. ¿Estoy sudando? 
Siento que estoy sudando. 
—¿Te gusta? —me pregunta. 
¿Habla en serio? 
—Es... Vaya, no hay palabras. 
—¿Eso es bueno o malo? 
—Bueno. Es impresionante. 
 
 
 
 
 
 
 
—Va bene49. Era de mi madre. 
—¿Así que Lucia…? 
Sacude la cabeza una vez. 
—Ella nunca usó esto. Quería una piedra más grande. 
¿Más grande que ésta? Vaya, eso es una mierda del nivel de 
Real Housewives. 
—Todavía no puedo aceptarlo. No estoy lista para pensar en 
el matrimonio. 
—Desafortunadamente, debes hacerlo. La Guardia tratará de 
desgastarte. Amenazarán a tus hermanas o a nuestro hijo. Nunca 
estarás totalmente protegida hasta que seas mi esposa. Te da 
seguridad. 
—Y me ata a ti por el resto de mi vida. 
—Es cierto, pero consuélate con el hecho que los hombres en 
mi posición no viven mucho tiempo. 
—Jesús, Fausto. —Me froto los ojos y trato de ignorar cómo 
se me revuelve el estómago ante la idea de perderlo—. Eso es 
sombrío. 
—Soy realista. Si me ocurriera algo, por ejemplo, si me 
enviaran a la cárcel, tú estarías protegida y atendida. Cuando yo 
muera, ya sea mañana o dentro de veinte años, tú recibirás una 
gran parte y el resto será para Giulio. Te doy casi todo, Francesca. 
No sé qué decir. Creo que mi cerebro está en estado de shock, 
atascado en lo que esto significa si acepto. 
 
49 Va Bene. Está bien, cierto o de acuerdo, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Es toda una propuesta. 
Sus cejas se fruncen y se inclina hacia atrás en su silla. 
—Me decidí por lopráctico en lugar de lo romántico, después 
de lo de anoche. 
Me parece justo. 
—Dijiste que no volverías a casarte. ¿Qué te hizo cambiar de 
opinión? 
—Tú. 
—¿Por qué pedí seguridad en caso que las cosas entre 
nosotros se incendien? 
—No es por eso que quiero casarme contigo. Te necesito de 
formas que no puedo ni empezar a explicar, y si esto es lo que hace 
falta para tenerte… toda tú… entonces lo haré. 
Todo empieza a tener sentido. 
—Ah, así que en lugar de mostrarme que has cambiado y 
darme tiempo para volver a confiar en ti, avanzas a velocidad de 
vértigo y me propones matrimonio. Solo para poder decir que te 
pertenezco. 
—Sí me perteneces. Y si aceptas esto. —Señala el papel que 
tengo en la mano—. Entonces yo también te pertenezco. 
Me quedo mirando la pared y trato de pensar. Todo esto es 
demasiado. ¿Tiene razón sobre la Guardia? ¿Intentarán utilizar a 
mis hermanas o a mi hijo contra mí? Sé sin duda que lo harán. 
Diablos, la agente Rinaldo ya lo intentó. 
 
 
 
 
 
 
 
¿Es esto lo que quieres para tu hijo? ¿Una vida entera 
preguntándose cuándo arrestarán a su padre? ¿Sangre, asesinatos 
y drogas? 
Pero el matrimonio significa para siempre. Significa 
convertirme en la señora de Fausto Ravazzani, quedarme en 
Siderno hasta que uno de los dos muera. 
De ninguna manera. 
Excepto que, siendo realistas, ¿qué había pensado que iba a 
pasar? Fausto nunca dejará marchar a su hijo o hija, ni tampoco a 
mi. ¿Estaba imaginando una situación de custodia compartida, en 
la que yo vivía en Siderno y nuestro hijo pasaba un fin de semana 
sí y otro no en el castello? Eso es ridículo y peligroso. 
El lugar más seguro para nuestro hijo es aquí, en el castello, 
protegido por los hombres de Fausto. Por no hablar que ya me 
habían secuestrado una vez, dos, si contamos a Fausto en Toronto. 
Realmente no podría soportar una tercera vez. 
Que me jodan. ¿Es la mejor opción decir que sí? 
Me quedo mirando el papel en la mano, pensándolo bien. Sin 
embargo, la palabra no llega. Todavía estoy demasiado enfadada y 
dolida. Me rompió el corazón y aún no termino de coser los pedazos. 
Tragando con fuerza, dejo el papel sobre el escritorio. 
—Necesito pensar en esto. 
Se pasa una mano por la boca, probablemente para contener 
una retahíla de maldiciones italianas. Finalmente, dice: 
—De acuerdo. 
—Lo siento, pero no puedo decidir algo tan importante en un 
instante. Necesito pensar. Quiero decir, siempre imaginé tener a mi 
 
 
 
 
 
 
 
familia en mi boda. Mis hermanas... —No puedo terminar ese 
pensamiento sin romper a llorar, así que en su lugar tomo aire—. 
Te lo agradezco, de verdad, pero todavía estoy intentando 
adaptarme a la idea de tener un hijo, y mucho menos el hijo de un 
rey de la mafia italiana. 
—¿Rey? —Una ceja oscura se levanta con arrogancia. 
—Esto no es gracioso. Estoy totalmente abrumada, Fausto. 
—Estoy tratando de ayudarte, Francesca. Deja que me ocupe 
de ti. 
—Si quieres ayudar, dame algo de tiempo. —Con la cabeza 
dando vueltas, me levanto para irme. Necesito más café y comida. 
Esta es una conversación demasiado pesada para un estómago 
vacío. 
—Espera —dice. Me detengo pero no lo miro. ¿Va a intentar 
seducirme para que le de una respuesta? 
Aprieta algo en mi mano libre. 
—Toma. 
Es la caja del anillo. 
Intento devolvérsela. 
—Fausto... 
—Quédatelo. —Enrosca mis dedos alrededor de él y aprieta 
un beso en mi frente—. Cuando te lo pongas sabré que tu respuesta 
es sí. 
Dios, este hombre. Me entiende mejor que nadie. Decir la 
palabra, aceptar realmente algo que sé que es malo para mí, no será 
 
 
 
 
 
 
 
fácil. Asiento y me meto la caja en el bolsillo, donde se posa 
pesadamente. 
Igual que mi futuro. 
 
Durante los tres días siguientes arrastro mi cansado culo 
hasta los viñedos para ayudar en la vendimia. Es agradable estar al 
aire libre, trabajando en la tierra de nuevo. Emilia no ha vuelto… 
está haciendo algo para Fausto en el trabajo… pero convenzo a 
Giulio para que venga conmigo una vez. Se pasa la mayor parte del 
tiempo quejándose que la suciedad y las uvas van a estropear sus 
nuevos zapatos deportivos personalizados. 
No me importa estar sola. Tengo una decisión muy importante 
sobre mi cabeza, pero la elección la hice básicamente en el momento 
en que decidí quedarme con el bebé. 
Aun así, no puedo ponerme el anillo. 
Fausto no me presiona. Tampoco intenta volver a tener sexo 
conmigo. De hecho, vuelvo a estar en su cama, excepto que él nunca 
está allí. La única vez que lo veo es en la cena con Zia y Giulio. Odio 
admitirlo, pero lo extraño. Sí, le pedí espacio, pero no esperaba que 
me lo diera de verdad. A Fausto le gusta salirse con la suya y, 
además, le gusta tocarme las narices. No estoy acostumbrada a este 
lado paciente de él. 
Me perteneces. Y si estás de acuerdo con esto, yo también te 
pertenezco. 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando le cuento a Giulio la propuesta de Fausto, lloro, y no 
son lágrimas de felicidad. El rostro de Giulio se suaviza, sus ojos 
son comprensivos y amables. 
—Lo entiendo —dice, abrazándome con fuerza—. Has pasado 
por mucho. Mi padre te ama. El matrimonio es inevitable, pero a 
veces lo inevitable es una píldora difícil de tragar. 
Exactamente. Dios sé que Giulio entiende mi dilema. Si 
alguien puede identificarse con el hecho que le quiten a uno sus 
opciones, es él. 
Como no tengo respuestas, evito el castello y me quedo afuera 
todo lo que puedo. Corto racimos de uvas, inhalo el aire salado de 
Calabria y finjo que todo está bien. 
Las mujeres que me rodean empiezan a cuchichear, riéndose 
como colegialas, cuando levanto la vista. Fausto se acerca a la fila, 
con el aspecto de un rico hombre de negocios italiano con un traje 
de tres piezas, mientras se dirige directamente hacia mí. Se me 
revuelve el estómago. ¿Qué quiere? ¿Va a presionarme para que le 
responda? 
No estoy preparada. 
Asiente hacia las mujeres, ofreciéndoles saludos y sonrisas 
encantadoras, y agradeciéndoles su duro trabajo. Observo 
descaradamente, admirando la vista. Supongo que me he ganado 
con creces ese derecho, al aguantar su culo controlador. 
Cuando llega hasta mí, frunce el ceño. 
—¿Dónde está tu sombrero? 
¿De verdad? Vuelvo a centrar mi atención en las lianas. 
—Hola, Fausto. Yo también me alegro de verte. 
 
 
 
 
 
 
 
Suspirando, toma la pequeña tijera de mi mano. 
—Ven conmigo. 
—¿Hay un por favor en alguna parte? 
—Por favor —dice Fausto, sorprendiéndome. 
Le damos mi cesta y las tijeras a Vincenzo, y luego la mano de 
Fausto rodea la mía. Los aldeanos nos miran al pasar, pero los 
trabajadores de la finca nos ignoran. Supongo que están 
acostumbrados a ver a Fausto arrastrándome. 
Cuando llegamos al camino del castello, suelto mi mano de su 
agarre. Ya es suficiente contacto por un día. Mi corazón ya está 
acelerado, su cercanía me evoca pensamientos perversos, como las 
ganas que tengo de arrastrarlo a los establos y desprender ese traje 
de su cuerpo. 
—¿Qué está pasando? —pregunto—. ¿Por qué has venido a 
buscarme? 
—Tengo una sorpresa para ti. 
Mi pecho se aprieta, la excitación y los nervios en guerra 
dentro de mí. En lugar de preguntar por la sorpresa, suelto la 
pregunta que me ronda por la cabeza: 
—¿Dónde has estado durmiendo? 
Se detiene bruscamente y me mira fijamente, con las cejas 
alzadas. 
—Me pediste tiempo. Te estoy dando tiempo. 
—No quería echarte de tu habitación. 
 
 
 
 
 
 
 
Un giro familiar de sus labios envía un rayo de calor por mis 
venas. 
—Ya veo —dice, metiendo las manos en los bolsillos del 
pantalón—. Me has echado de menos. 
—Solo cuando tengo frío. 
—Mentirosa. 
Me doy la vuelta y me dirijo al castello, con mis botas 
levantando polvo al caminar. Me alcanza fácilmente. 
—Ponte el anillo y volveré a nuestra cama. 
Nuestra cama. No debería gustarme el sonido de eso, pero me 
hace sentir toda blanda por dentro. 
—Ya veremos.Todavía lo estoy pensando —miento. 
No dice nada más. Cuando subimos la pequeña colina que 
conduce a la casa, veo dos figuras sentadas en las sillas del patio. 
Se levantan cuando Fausto y yo nos acercamos. Dos chicas, ambas 
con camisetas y pantalones cortos de jeans. Son de la misma altura 
y parecen casi idénticas. 
El aire abandona mis pulmones y me detengo, congelada. No, 
no puede ser. ¿Cómo...? 
Oh, mi Dios. 
—Oh, mi Dios —repito esta vez en voz alta—. ¿Son esas...? 
¿Has traído a mis hermanas aquí? 
La mano de Fausto recorre mi espalda y se posa en mi cadera. 
Con su boca cerca de mi oído, susurra: 
—Sorpresa, amore. 
 
 
 
 
 
 
 
Las lágrimas inundan mis ojos antes que pueda detenerlas, la 
emoción me inunda. Mis hermanas están aquí. En Siderno. No 
puedo creerlo. 
Sin decir nada más, salgo corriendo hacia el patio. Corro, con 
una enorme sonrisa en mi rostro todo el tiempo. Emma y Gia se 
adelantan, con sonrisas a juego, y nos estrellamos juntas en un lío 
impío de brazos y lágrimas. 
—Mierda —respiro—. No puedo creer que ambas estén aquí. 
—¡Nosotras tampoco nos lo creemos! —dice Emma. 
Gia añade: 
—Fue jodidamente alocado, Frankie. Un minuto estamos en 
clase, y al siguiente estamos en un avión privado a Italia. 
Me echo hacia atrás para ver sus rostros. 
—No puedo creer que Papà haya dejado que vinieras. 
—Tu novio tiene mucha influencia —dice Gia—. Lo que sea 
que haya dicho hizo que todos se apresuraran a hacer su voluntad. 
No estoy segura que novio sea la palabra correcta, pero tendré 
que preguntarle a Fausto sobre esto más tarde. En este momento, 
tengo que entender el hecho que mis hermanas están aquí. Me 
aferro a sus manos, sin querer soltarlas por si desaparecen. 
—Estoy tan feliz de verlas a las dos. No tienen idea. 
—Lo mismo —dice Gia—. Además me falta un examen de 
cálculo y un trabajo de literatura inglesa. 
—Tendrás que recuperarlos cuando vuelvas —le recuerda 
Emma. 
 
 
 
 
 
 
 
Escucho pasos en la grava antes de sentir su presencia a mi 
espalda. Desliza una mano sobre mi cadera y de repente ansío 
sentir su cálido cuerpo junto al mío. Me inclino descaradamente 
hacia él, sin importarme si mis hermanas lo ven. 
—Tal vez quieras enseñarles la finca a tus hermanas, 
dolcezza. —Me da un beso en la coronilla y su aroma masculino me 
llena la nariz—. Te veré en la cena. 
Me suelta y se dirige a la puerta que conduce al interior, con 
sus anchos hombros estirando la fina tela de su traje. Se me aprieta 
el interior y necesito... No sé lo que necesito, pero tengo toda esta 
emoción dentro de mí, y mi único pensamiento es detenerlo. 
Cuando abre la puerta y entra, levanto un dedo hacia mis 
hermanas. 
—Un segundo. Vuelvo enseguida. 
Salgo corriendo por la puerta y entro en la fresca casa. 
Agarrando su chaqueta, tiro de él para que se detenga. Sus cejas se 
fruncen en señal de confusión cuando me mira por encima del 
hombro, pero no hablo. En cambio, lo empujo hacia la pared, sin 
importarme el guardia que está a unos metros. 
La espalda de Fausto golpea la piedra y emite un suave 
gruñido. Me abalanzo sobre él, lanzándome a su pecho y 
capturando sus labios con los míos, y me deja guiar durante unos 
segundos. Luego toma el control con una mano en mi nuca, 
sujetándome, mientras su lengua se abre paso en mi boca. Los 
dedos de mis pies se curvan dentro de mis zapatos. Me devora, y si 
alguna vez había dudado de cuánto me desea este hombre, este 
beso lo borra. La forma en que tiemblan sus músculos, la presión 
de las puntas de sus dedos en mi piel... Es como si quisiera 
consumirme. 
Y nunca había deseado tanto ser consumida. 
 
 
 
 
 
 
 
Finalmente, se retira y presiona nuestras frentes. 
—¿Te gusta tu sorpresa? —dice suavemente entre 
respiraciones pesadas. 
—Me gusta. Me gusta mucho. Gracias, Fausto. 
—Me gusta verte feliz. —Me hace retroceder y luego me da una 
fuerte palmada en el culo—. Ve, disfrútalas. Te veré en la cena. 
Le doy un último beso rápido y lo dejo ir, prácticamente 
saltando mientras vuelvo a salir. Mis hermanas están sentadas en 
las sillas y hablan animadamente, terminando las frases de la otra 
como suelen hacer. Me acomodo en una silla vacía, esperando no 
parecer como si hubiera estado follando con la lengua a Fausto hace 
un momento. 
Gia sonríe. 
—Tienes los labios hinchados. Parece que te has hecho un 
tratamiento de colágeno. 
—Estás preciosa —dice Emma—. Estar embarazada te sienta 
bien. 
—Solo en la última semana más o menos. Antes de eso, me 
veía como una mierda. No recomiendo el embarazo, chicas. 
—Tomo nota —dice Gia—. Pero la parte de conseguir el 
embarazo debió haber sido divertida. 
Sí, lo fue. Demasiado divertido, de hecho. 
—Pronto tendrás un pequeño bebé —dice Emma, sus ojos se 
vuelven suaves—. ¿Ya sabes lo que vas a tener? 
Sacudo la cabeza. 
 
 
 
 
 
 
 
—No, y tampoco quiero saberlo. Hay demasiadas cosas en 
juego, y pensar en el futuro de este bebé ya me está haciendo perder 
la cabeza. 
Las dos asienten. Mis hermanas conocen este mundo, saben 
lo que soportará mi hijo, el tipo de vida que le espera. Emma dice: 
—Bueno, ¿en qué nombres has pensado? 
—Realmente no he pensado en eso. Elegir un nombre se 
siente demasiado... real. 
Gia sonríe, con la voz burlona: 
—¿Porque las ecografías y los vómitos no lo hicieron parecer 
real? 
—Basta —le dice Emma a su gemela—. Deja que Frankie lo 
asuma en su momento. Quiero ver el castello y la finca. 
—¿Seguro que no están demasiado cansadas por el viaje? —
les pregunto. 
—De ninguna manera. He dormido en el avión. Me siento 
increíble —dice Gia—. Deberíamos ir a la discoteca esta noche. 
Sé que Fausto nunca lo permitirá. 
—Más despacio. ¿Qué tal si vamos a cosechar uvas en su 
lugar? 
—¡Diversión! —dice Emma al mismo tiempo que Gia gime. 
Riendo, me pongo de pie. 
—Es divertido, de hecho. Y podrán ver la finca. 
—¿Podemos beber vino después? —pregunta Gia. 
 
 
 
 
 
 
 
—Por supuesto —digo—. Bueno, ustedes dos pueden beber 
vino. Yo les haré compañía. 
—¡Este va a ser el mejor viaje! —exclama Emma mientras se 
levanta. 
—Lo sé. Me alegro mucho que estén aquí. —Las agarro de la 
mano y tiro de ellas hacia el camino, más feliz que nunca desde que 
llegué a este país. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIECISÉIS 
Fausto 
 
Francesca brilla en la cena. Pocas veces la había visto tan 
animada, tan feliz, y me gusta verla así. Mientras comemos, nos 
entretiene a todos con historias de su infancia, así como de sus 
aventuras hasta ahora en Italia, limpias, por supuesto. Sus 
hermanas no saben lo del secuestro y me pregunto si alguna vez les 
contará lo que pasó. 
—El helado en Roma es el mejor que he probado —les dice. 
—Desde luego, lo has probado bastante —dice mi hijo con una 
sonrisa, lo que provoca que Francesca tome un panecillo y finja 
lanzárselo. 
 
 
 
 
 
 
 
Zia los reprende juguetonamente a ambos en italiano, lo que 
hace reír a todos. 
Yo me quedo callado, observando. El comedor está animado y 
lleno, algo que no había experimentado en mucho tiempo. Es 
agradable. Si yo tuviera una familia grande como la de Marco, todas 
las cenas se parecerían a un caos como éste. 
Mis ojos se dirigen a Francesca, sentada a mi derecha. Ella 
dará a luz a mi hijo la próxima primavera, y yo apenas puedo 
esperar. Quiero tener tantos hijos como ella acepte. Como hijo 
único, no había planeado que Giulio estuviera solo, así que me 
entusiasma la perspectiva que hayan más hijos e hijas Ravazzani 
correteando por el castello. Espero vivir lo suficiente… y no ir a la 
cárcel… para verlo. 
La Guardia se ha callado después de acercarse a Francesca. 
Como sospechábamos, Rinaldo no es nadie, probablemente 
esperaba hacerse un nombre antes de la jubilación. Sin embargo, 
esto no significa que el gobierno no esté trabajando en un caso en 
mi contra. Excepto que el caso no debe ser muy sólido si son tan 
tontos comopara intentar involucrar a Francesca. 
Un pie descalzo se desliza sobre mi espinilla y trato de 
disimular mi sorpresa. Mis músculos se tensan mientras lucho por 
quedarme quieto, sin querer asustarla. Si mi dolcezza quiere jugar, 
yo estoy más que preparado. 
Francesca se acerca, con la voz baja: 
—¿Puedo llevar a mis hermanas a Roma? Podríamos 
quedarnos en tu jodida casa. 
—También podría ser tu jodida casa, si te pones el anillo. 
Se muerde el labio y desliza el pie hacia arriba, burlándose de 
mí con los dedos. Las chispas recorren mi piel. 
 
 
 
 
 
 
 
—Eso no responde a mi pregunta —dice. 
—¿A dónde va tu pie, piccolina? 
—¿Adónde te gustaría que fuera? 
—Mi respuesta depende de si sigues enfadada conmigo o no. 
Echa la cabeza hacia atrás y se echa a reír, lo que hace que 
mi estómago se hunda como una gaviota en la playa. Madonna, la 
amo. Siempre la quise así de feliz. Debí haber amenazado a su padre 
hace semanas para que Emma y Gia suban a mi avión. En cambio, 
esperé hasta ayer. Lección aprendida. 
Acerco mi pierna a la suya, desesperado por un mayor 
contacto. Desesperado por que me perdone. Aunque entiendo los 
motivos, odio que no confíe en mí. Sin embargo, la agotaré. De 
hecho, ya empecé. Hace unos días no me habría rozado con los 
dedos de los pies ni me habría sonreído. Tengo que conformarme 
con los pequeños progresos que hago cada día. 
Con el tiempo la tendré toda. 
—Nada de viajes a Roma —le digo—. Parte de mi acuerdo con 
tu padre fue que las chicas se quedarían aquí, en ningún otro sitio. 
—Maldita sea. —Se lleva un mechón de cabello detrás de la 
oreja—. ¿Cómo lo has conseguido? No puedo creer que estuviera de 
acuerdo. 
Tengo mucho material sobre Robert Mancini que él preferiría 
mantener en privado. Sin mencionar que podría cortar sus ingresos 
con un chasquido de dedos. Creo que esa amenaza lo asusta más 
que cualquier vergüenza pública por sus hábitos de consumo de 
drogas y servicios de acompañamiento. Trazando una punta de los 
dedos sobre los finos huesos de su muñeca, digo: 
 
 
 
 
 
 
 
—Puedo ser muy persuasivo. ¿O acaso lo has olvidado? 
La piel de gallina recorre su piel y quiero lamerla, morderla. 
Ella susurra: 
—Prefiero llamarlo mandón. 
—Una consecuencia de ser el jefe —murmuro, fascinado por 
la forma de sus labios. Echo de menos besarla. La sensación y el 
sabor de su boca permanecieron todo el día después de nuestro 
beso en el pasillo, el recuerdo engrosando mi polla en los momentos 
más inapropiados de la jornada de hoy. 
—Quieren ir a la discoteca esta noche. 
El miedo y la irritación me aprietan detrás de mis omóplatos. 
—Por supuesto que no, Francesca. 
—Cálmate. Ya les he dicho que no. 
Me relajo ligeramente. Tendré que vigilar a estas hermanas 
Mancini, especialmente a Gia. Una alborotadora si alguna vez vi 
una. Ella había estado follando con los ojos a cada uno de mis 
guardias menores de treinta años durante todo el día. No quiero 
que moleste a Francesca. 
—Papà —dice Giulio—. A Emma y Gia les gustaría ver la vida 
nocturna en Siderno. Podría llevarlas. 
—No. —No permitiré que Francesca salga, y no confío en que 
las hermanas salgan a un club. 
—Quizá mañana —le dice Francesca a Giulio con un guiño—
. Deja que las chicas descansen al menos una buena noche antes. 
Me pongo en tensión, dispuesto a discutir, pero entonces 
siento que su pie rodea la parte posterior de mi pantorrilla, y que 
 
 
 
 
 
 
 
va y viene por encima de mis pantalones. Ese simple contacto me 
hipnotiza, y me pregunto si podría conseguir que se mueva más 
arriba. Mi polla está desesperada por recibir atención de ella. 
Sin embargo, su intención no puede ser más evidente. 
—Sé lo que estás haciendo —digo en voz baja—. No va a 
funcionar. 
—Ya veremos —dice, con una sonrisa burlona que hace que 
se me seque la boca. 
Hmm. Tal vez tiene razón. Accederé a casi todo si se arrodilla 
para mí una vez más. 
Pronto. 
Si estuviéramos solos, la subiría a mi regazo y la besaría hasta 
que me rogara que la hiciera correrse. 
—Lástima que no tuvieras tu teléfono cuando estabas de 
vacaciones en Napoli —le dice Gia a Francesca—. Quería ver fotos. 
¿Fuiste a las catacumbas o a Pompeya? 
Se hace un silencio incómodo. No quiere mentir, pero es 
evidente que Francesca prefiere mantener el secuestro en secreto 
ante sus hermanas. La verdad solo las enfadaría y asustaría. 
—No tuvimos la oportunidad —digo cuando nadie habla—. 
Allora50. La próxima vez. 
Francesca dedica a la habitación una sonrisa tensa, que no 
llega a sus ojos. 
—Correcto. Apenas salimos de la playa. 
 
50 Allora. Entonces o así que, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Marco entra y se dirige hacia mí. Había estado esperando a 
que Enzo se despertara. Mi primo se inclina y me dice al oído: 
—Dice que está listo para entregártelo. 
La satisfacción me recorre. Esto es lo que estaba esperando 
antes de matarlo. Todo el imperio de Enzo está a punto de ser mío. 
—Ya voy. 
Marco señala con la cabeza la mesa mientras sale por la 
puerta. Me levanto y coloco la servilleta junto a mi plato. 
Inclinándome, beso la mejilla de Francesca. 
—Tengo que irme. 
—Pero si aún no has tomado el postre —dice ella, agarrando 
mi corbata. 
Le sujeto la mandíbula con la mano y acaricio su suave piel 
durante un breve instante. 
—No te preocupes. Te veré mañana. 
Al enderezarme, capto la mirada de Giulio y levanto la 
barbilla. Se levanta y se excusa ante Zia y las hermanas, y luego me 
sigue fuera de la habitación. 
Los dos nos movemos en silencio por la vieja casa. 
—¿Por qué no puedo llevar a las chicas a un club? —
pregunta—. ¿No crees que pueda mantenerlas a salvo? 
Tiene tanto orgullo como yo, así que tengo que andar con pies 
de plomo. 
—Claro que sí, pero le prometí a Mancini que sus hijas no 
saldrían de la finca. 
 
 
 
 
 
 
 
—Ah. Bueno, dímelo la próxima vez. Me hiciste quedar en 
ridículo delante de todos. 
Los viejos instintos se levantan, pero los reprimo. Tiene razón, 
por mucho que no me guste dar explicaciones a nadie. 
—Lo siento. Intentaré mantenerte mejor informado. 
Mi hijo se detiene y yo hago lo mismo. Me estudia con 
extrañeza. 
—¿Qué? —pregunto. 
—No puedo creer que te haya sacado una disculpa. Realmente 
está teniendo algún efecto en ti, Il Diavolo. 
—Cuida tu boca —gruño, y luego me dirijo al calabozo de 
nuevo—. Sigo siendo tu padre. 
Llega a mi lado. 
—¿Ya te ha dado una respuesta? 
—¿Te ha dicho que le he pedido que se case conmigo? 
—Sí. 
—¿Qué ha dicho? 
—Sabes que no puedo decírtelo. No estaría bien. 
La irritación me aprieta las tripas. No me gusta que esté tan 
dispuesto a ponerse de su lado sobre el mío, como hizo ella cuando 
me ocultó su secreto. Pero tengo que aceptarlo. Los dos están 
unidos, son parte de mi familia, y me recuerdo a mí mismo que debo 
agradecer que se tengan el uno al otro. La lealtad a la familia es 
importante, aunque no me incluyan a mí. 
 
 
 
 
 
 
 
Continúa: 
—Si te ayuda a tranquilizarte, la llamé la bella matrigna. 
Eso me hace reír. 
—Apuesto a que lo odia. 
—Dale tiempo, Papà. Ha aguantado mucho en los últimos 
meses. 
—Lo sé. Y lo estoy haciendo. Aunque me está matando. 
—Al final valdrá la pena. —Me da una palmada en el 
hombro—. Al menos uno de nosotros estará felizmente casado, ¿no? 
—Giulio... 
Levanta las manos como si quisiera detenerme. 
—Por favor, no me digas que el matrimonio no será tan malo 
otra vez. He estado enamorado, y también los he visto a ti y a 
Frankie. Sé cómo es la verdadera felicidad. Lo que tendré está tan 
lejos de eso que es una broma. 
Se adelanta a mí cuando pasamos por la puerta del calabozo, 
y aparto el sufrimiento de mi hijo de mi mente por ahora. En 
cambio, tengo que concentrarme en el de Enzo. 
 
 
Francesca 
—Espera un momento —dice Gia, sacudiendo la cabeza como 
si la despejara—. ¿Te secuestrarona punta de pistola, te retuvieron 
 
 
 
 
 
 
 
durante una semana en Napoli, antes que Fausto irrumpiera como 
un héroe de acción y te salvara? 
—Sí —digo—. Eso es más o menos así. 
—¿Qué diablos, Frankie? —dice ella—. ¿Por qué no nos lo 
dijiste? 
Estamos en mi antigua habitación, que es donde duermen 
Emma con Gia justo al otro lado del pasillo. Decido, después del 
comentario sobre Napoli durante la cena, contarles la verdad sobre 
Enzo y el secuestro. 
—No quería que se preocuparan. 
—¿Por qué te secuestró ese otro mafioso? —pregunta Emma, 
siempre práctica y sensata. 
—Intentaba chantajear a Fausto. No estoy segura sobre qué, 
pero sonaba como una parte del tráfico de drogas. 
—¿Fausto trafica con drogas? 
Esto no puede ser una sorpresa para ninguna de mis 
hermanas. 
—Él las importa, otras personas las trafican. Como nuestro 
padre. 
—¿Me estás tomando el pelo? —pregunta Gia—. Creí que 
Papà solo dirigía casinos y atracos a bancos. 
—Y drogas —añado—. Perdió algún producto y le debía 
mucho dinero a Fausto, que fue la razón por la que Papà me cambió 
en primer lugar. 
—¿Este otro mafioso te hizo daño? —pregunta Emma. 
 
 
 
 
 
 
 
—Me dio un susto de muerte. ¿Eso cuenta? 
—Me encanta que Fausto haya venido a rescatarte —dice mi 
dulce hermana—. Debe haber sido emocionante. 
Más bien aterrador. Hombres disparados ante mis ojos, Enzo 
apuntando un arma a mi cabeza. Claro. Buenos tiempos. 
—Así que mataron al otro don, el que te secuestró —dice Gia. 
—En realidad, no. Está en el calabozo de Fausto mientras 
hablamos. 
Ambas se quedan boquiabiertas. 
—Fausto tiene un calabozo —dice Gia—. Oh, Dios mío. Tienes 
que llevarme allí. 
Emma empuja la pierna de Gia con su pie. 
—Sabes que no le gustan los sótanos ni las bodegas. Además, 
no necesitas bajar allí y ver cómo se tortura a un montón de pobres 
hombres. 
—Que yo sepa, solo está Enzo ahí abajo, y no te sientas mal 
por él. Me encerró en un maletero y me puso una puta arma en la 
boca. Me llamó puta. Es una persona terrible. 
—No puedo evitarlo —dice Emma—. No me gusta la idea que 
algún alma indefensa sufra ahí abajo mientras yo estoy aquí arriba 
bebiendo vino y comiendo tiramisú. 
—Entonces no pienses en eso —decimos Gia y yo al mismo 
tiempo. 
Emma me mira, con el ceño fruncido. 
 
 
 
 
 
 
 
—Nuestro padre nunca trajo su trabajo a casa así. ¿Cómo 
puedes soportarlo? 
—Las cosas son diferentes en Italia —les digo—. Estábamos 
protegidas de mucho de lo que ocurría en Toronto, aunque nos 
criamos en esta vida. Pero los hombres son más violentos, más 
misóginos aquí. Así que mantengan la cabeza baja. No causen 
problemas. ¿De acuerdo? 
—De acuerdo —dice Emma. 
—Lo intentaré —dice Gia al mismo tiempo. 
—Lo digo en serio. —Señalo a Gia—. Deja a los hombres de 
Fausto en paz. Créeme, no quieres mezclarte con uno de ellos. 
—Haces que parezcan tan horribles. —Emma señala mi 
estómago—. Pero vas a tener un bebé con uno. No pueden ser tan 
malos. 
—Dios, tienes un corazón de pollo—le dice Gia a su gemela—
. Será mejor que tu esposo no esté en esta vida. Te comerá viva. 
Emma levanta un hombro. 
—No es culpa mía que crea que todo el mundo merece 
compasión y comprensión. Mira a Frankie. Ha perdonado a Fausto 
después de todo lo que le ha hecho. 
—Vaya —digo, levantando la mano—. Yo no he perdonado a 
Fausto. 
Gia se ríe. 
—Claro que sí. Por eso estuvieron susurrando y tocándose 
durante toda la cena, porque aún estás enojada con él. 
 
 
 
 
 
 
 
—Exacto, y he visto cómo se miraban —añade Emma—. Está 
enamorado de ti. 
—Tal vez, pero no puedo confiar en él. ¿Cómo sé que no 
volverá a hacerme daño? 
—No lo sabes. Nunca lo sabrás. La confianza no es algo que 
puedas mostrar o comprar. Está aquí. —Emma señala su pecho y 
luego señala su cabeza—. Y aquí. 
—Me pidió que me casara con él —murmuro. 
Mis hermanas chillan y aplauden. 
—¿Dónde está el anillo? —dice Gia, sentándose sobre sus 
rodillas—. Necesito ver la piedra. 
Voy al joyero, que aún no ha sido trasladado a la habitación 
de Fausto. Saco la caja de anillos y saco el anillo de platino y 
diamantes. 
—Era de su madre —digo, y se lo entrego a Gia. 
—Oh, Frankie —dice Emma con un suspiro, con la mano en 
el corazón—. Es hermoso... y sentimental. 
—El diamante podría ser más grande. —Gia se pone el anillo 
en el dedo—. Pero me queda bien. 
—Devuélveme eso —digo, quitando mi anillo del dedo de Gia—
. El diamante tiene el tamaño perfecto. No soy una jodida 
Kardashian. 
—¿Por qué no lo llevas? —pregunta Emma. 
—Porque no. —Me dejo caer en la cama—. Todavía no he 
decidido mi respuesta. 
 
 
 
 
 
 
 
—Vas a tener su hijo. Tienes que casarte con él —dice 
Emma—. Aunque solo sea por el bien del bebé. 
—Qué romántico —digo. 
—¿Lo amas? —Gia estrecha su aguda mirada hacia mí—. 
¿Realmente lo amas? 
¿Quiero responder a eso? Me quedo mirando el techo y lo 
pienso. ¿Cómo puedo amar a un hombre que me ha hecho tanto 
daño? ¿Qué me pasa que aún ansío su tacto y su dominio? 
No puedo empezar a explicarlo. Todo lo que sé es que lo hago. 
Me muerdo el labio. 
—Sí, lo hago. 
—Entonces ponte las pilas y cásate con él —dice Gia—. Por ti 
y por tu hijo. 
—Es fácil para ti decirlo. El matrimonio significa para 
siempre. Nunca esperé quedarme aquí para siempre. 
—También significa para siempre para él —añade Emma. 
El teléfono de Gia suena. Lo desbloquea y comienza a enviar 
mensajes de texto a alguien. 
—Lo entiendo, pero si no puedes alejarte, entonces deja que 
él te ponga un anillo y disfruta de los beneficios. 
Hmm. Tal vez tienen razón. Tengo mucho que ganar con un 
matrimonio con Fausto. Dinero, estatus, protección... a él. Me 
perteneces. Y si aceptas esto, entonces yo también te pertenezco. 
Deseo tanto pertenecerle a él, pero no quiero salir herida de nuevo. 
 
 
 
 
 
 
 
Esa noche en el gimnasio, la angustia y el arrepentimiento de 
Fausto eran reales. Si había que creer a Giulio y a Zia, Fausto había 
sufrido todo el tiempo que yo había estado en la casa de la playa, 
por no hablar después de mi secuestro. 
—Eres la peor tomando decisiones —dice Gia mientras 
estudia mi rostro—. La vida es demasiado corta, Frankie. 
—Eres terrible para tomar decisiones —añade Emma—. Por 
eso Gia y yo siempre elegimos dónde salir a comer en Toronto. Te 
gusta que otro decida. 
¿Ah, sí? ¿Es por eso que me atrae el carácter mandón de 
Fausto? 
Sin embargo, esta vez me está dejando decidir. Debe estar 
matándolo. No es un hombre acostumbrado a esperar. En cambio, 
toma decisiones rápidas y vive con las consecuencias. 
Incluso cuando se equivoca. 
Me quedo mirando el anillo. Lo quiero y lo amo. Él también 
me ama. El contrato me protegerá a mí y al bebé, si algo sale mal. 
No hay nada que me impida tomar lo que necesito, incluso si nos 
separamos. El dinero es mío. 
Te lo estoy dando todo. 
Creo que por fin estoy preparada para aceptarlo. 
Mirando mi mano, deslizo el anillo en mi dedo. Me encanta su 
aspecto. Y aún mejor es... la sensación de propiedad. La propiedad 
de Fausto. 
Sí, yo estoy jodida. Pero él también lo está. 
 
 
 
 
 
 
 
—Te queda bien, Frankie —dice Emma, tocando mi muslo con 
su pie—. Y puedo decir que te gusta. Tu rostro está rojo como una 
remolacha. 
¿Lo está? Me aparto el cabello del rostro. 
—Tengo que irme. Las veré a las dos por la mañana. Zia hace 
los pasteles más increíbles. Les van a encantar. —Beso cada una 
de sus mejillas—. Duerman un poco. 
—Espera, no te vayas todavía —dice Gia—. Quiero hablar más 
sobre ese calabozo. ¿Es uno de verdad con celdas y cadenas? ¿O es 
más bien como esto? —Levanta su teléfono y me muestra una foto 
de un calabozo sexual. 
—Qué bonito, Gia. Y es un calabozo de verdad, con celdas, 
ratas y probablemente fantasmas. No sé por qué te interesa tanto. 
—Frankie, tienes que llevarme allí. Tengo que verlo. 
—Ya hemos cubierto eso. De ninguna manera —digo. 
—¿Por quéno? —dice Gia, obviamente irritada. 
—No hay ninguna posibilidad que vaya allí de nuevo. 
—No tienes que ir. Solo llévame allí y dime a dónde ir. 
—Gia —dice Emma— es un calabozo. Allí abajo matan a la 
gente. No es para divertirse. 
—Lo sé. —La gemela mayor pone los ojos en blanco—. ¿Por 
qué crees que quiero verlo? ¿Cuándo voy a tener otra oportunidad 
de ver un calabozo de verdad? Por favor. 
—Olvídalo —digo—. El hombre que está ahí abajo ahora 
mismo me secuestró, me mantuvo prisionera e intentó hacer daño 
a Fausto y a su familia. Si todavía está vivo, está en muy mal estado. 
 
 
 
 
 
 
 
—Seré rápida. ¡Una mirada! —suplica Gia. 
Molesta, pongo las manos en las caderas. ¿Por qué está siendo 
tan difícil? 
—No me hagas lamentar el hecho que estés aquí. Ha pasado 
demasiado tiempo y no estaba segura de volver a verte. 
La expresión de Gia se pone sobria al instante. 
—Lo siento. Claro que tienes razón. Estoy siendo una mocosa. 
Olvida que te lo he pedido. 
—De acuerdo, bien. —Al menos ya no tengo que discutir—. 
Voy a buscar a Fausto. Si necesitas algo, mira si puedes encontrar 
a Giulio o a Zia. Me pondré al día con las dos mañana. 
—Diviértete echando un polvo —canta Gia mientras salgo, y 
yo niego con la cabeza. Había olvidado lo pesada que podía ser. 
Bajo directamente a la sala de seguridad. Tres guardias están 
detrás del escritorio, mirando atentamente las pantallas. 
—Ciao —digo—. ¿Puede uno de ustedes decirle a Don 
Ravazzani que necesito verlo arriba? Es muy importante. 
—Sí, Signorina Mancini. —Uno de los guardias toma su móvil 
y comienza a enviar mensajes de texto. 
—Grazie —digo, y me escabullo por el castello hasta llegar al 
ala de Fausto. Cuando entro en su dormitorio, me quito 
inmediatamente toda la ropa y me pongo la bata de seda. Entonces 
no sé qué hacer conmigo misma. Los nervios burbujean en mi 
estómago, pero no hay vuelta atrás. La decisión está tomada. 
Me siento en la cama y espero. Estoy lista para enfrentarme a 
mi prometido. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIECISIETE 
Fausto 
 
Enzo es mucho más estúpido de lo que esperaba. 
A pesar de lo que le dijo a Marco, Enzo se niega a cederme su 
negocio. No tiene sentido. Está débil, ha sufrido roturas de huesos 
y hemorragias internas. El aire sale de sus pulmones como un 
silbido. ¿Cómo sigue resistiendo a pesar de todo lo que ha 
soportado? es un maldito milagro. 
Pero estoy cansado de esto. Tengo una mujer a la que 
conquistar, y pasar las noches en el calabozo con Enzo no me ayuda 
en ese propósito. Planeo conseguir su cooperación esta noche, pase 
lo que pase. 
Tiene que morir. 
 
 
 
 
 
 
 
Marco tiene a Enzo colgado en la celda, con cadenas que lo 
sujetan al techo. Sus dedos apenas llegan al suelo de piedra y su 
hombro se dislocó hace horas. Presiono la articulación del hombro 
y Enzo se estremece, escapando un gemido de sus labios. 
—¿Vas a firmar? —pregunto, presionando de nuevo—. 
Aunque supongo que tendrás que usar la otra mano para escribir. 
Jadea, con la cabeza colgando hacia adelante sobre el cuello. 
No hay respuesta. 
—¿Por qué te haces esto, Enzo? El dolor desaparecerá en 
cuanto firmes. Eso será bueno, que el dolor desaparezca, ¿no? 
No hay respuesta. 
Suspiro. 
—¿Debemos apretar tus bolas hasta que estallen? Me han 
dicho que es insoportablemente doloroso y que no vivirás mucho 
después. ¿Es eso lo que quieres? —Le clavo los dedos en el hombro 
y aúlla—. Firma los putos papeles, Enzo. 
—Rav —dice Marco, colgando el teléfono—. Te necesitan 
arriba. 
Me tenso. 
—¿Qué pasa? 
—Francesca vino a la sala de guardia y preguntó por ti. Dice 
que necesita verte. 
No dudo. No interrumpiría a menos que sea importante. A 
Marco le digo: 
—Déjalo colgado toda la noche. Quizá eso le haga cooperar 
más por la mañana. 
 
 
 
 
 
 
 
Marco asiente, y yo subo las escaleras y salgo a la noche. ¿Por 
qué me necesita Francesca? ¿Tiene algo que ver con el bebé? Mi 
corazón late con fuerza cuando entro en la oscura cocina, el miedo 
me impulsa a seguir adelante. Supongo que está arriba. ¿Tendré 
que llamar a David para que venga a examinarla? Él no sabe nada 
de bebés. Si es necesario, buscaremos a su obstetra, sin importar 
la hora. Francesca y el bebé son más importantes que cualquier 
otra cosa. 
Cuando llego a mi habitación, estoy casi en pánico. 
Entonces la veo. 
Lleva su bata y está sentada en nuestra cama, con el cabello 
rubio suelto en ondas alrededor del rostro. Cierro la puerta. 
—¿Qué pasa? ¿Estás enferma? 
Su labio inferior desaparece entre los dientes. 
—Tienes sangre en la camisa. 
Miro hacia abajo. Mi camisa blanca de vestir tiene una gruesa 
mancha de sangre de Enzo, probablemente de cuando me apoyé en 
él. Hago una mueca. 
—Perdonami —digo, y empiezo a quitarme los gemelos. Me 
pondré otra camisa, para no ofenderla. 
—No, déjalo. 
El tono jadeante de su voz me hace detener los dedos. Su 
pecho sube y baja rápidamente, y las puntas de sus pezones son 
evidentes contra la fina seda que la cubre. Ah, lo entiendo. El aire 
de la habitación cambia y tiemblo como si estuviera en medio de 
una tormenta. 
—¿Te gusta ver las pruebas de mi trabajo? 
 
 
 
 
 
 
 
—No debería —susurra ella. 
Eso no responde a mi pregunta, pero la dejo pasar. 
—¿Por qué estoy aquí, Francesca? 
Lentamente, levanta su mano izquierda y lo veo. El anillo de 
mi madre. Madonna, esa vista. 
Mía. 
La satisfacción y la posesión se retuercen a través de mí, una 
oscuridad que me hace desear inmovilizarla en la cama y follarla 
hasta que grite. Mi polla comienza a llenarse, alargándose en pulsos 
que coinciden con los latidos de mi corazón. 
No me molesto en ocultar mis pensamientos mientras la 
recorro lentamente de pies a cabeza. 
—¿Sabes lo que significa esto? 
—Sí. 
—Entonces dilo. 
Toma aire y lo suelta. 
—Te pertenezco. 
Las palabras se hunden en mis músculos, tensándolos en 
preparación para tenerla a mi merced. Su coño es mío para el resto 
de nuestras vidas. 
—Así es. Tú me perteneces. Y harás todo lo que diga mientras 
estemos en este dormitorio, ¿no? 
Tiene una ligera vacilación y luego asiente. 
 
 
 
 
 
 
 
Esa vacilación me molesta. ¿Todavía está enfadada? ¿O no 
está segura de casarse conmigo? Quiere demostrar que está 
dispuesta a entregarse completamente a mí. Que está lista para 
comenzar nuestros juegos. 
—Ponte de pie. Quítate la bata. 
Con un grácil giro de sus piernas, pone los dedos de los pies 
en el suelo y se levanta de la cama. Sus dedos aflojan el cinturón y 
la seda cae de sus hombros hasta quedar a sus pies. La había visto 
desnuda en mi oficina hace unas noches, pero sigo aturdido por su 
belleza. Madre di Dio, nunca me cansaré de esta mujer. Piel cremosa 
y tetas maduras, piernas largas y un coño apretado y caliente... No 
hay nadie que pueda compararse. 
Paso la lengua por detrás de los dientes, la bestia que tengo 
dentro de mí aullando para que la deje salir. En cambio, intento 
mantener un tono frío y uniforme. 
—Eres preciosa, amore. Toda una visión. Te he echado mucho 
de menos. —Sonríe, victoriosa, y da un paso hacia mí. Levanto la 
mano—. Pero creo que necesitas un recordatorio de quién es tu 
dueño. Ven aquí. —Señalo mis pies. 
Cuando intenta dar otro paso, le digo: 
—No, Francesca. Arrástrate hacia mí. 
Su sonrisa se desvanece, pero sus ojos permanecen oscuros 
de lujuria. Sus manos se aprietan a los lados y puedo ver cómo le 
da vueltas a esta orden en su mente. Hace cinco semanas no habría 
dudado y yo necesito esa aceptación de nuevo. De lo contrario, 
esperaré hasta tenerla, hasta que esté lista para someterse a mí. 
Nada menos que eso. 
 
 
 
 
 
 
 
Pasan varios segundos. Justo cuando pienso que se negara, 
justo cuando pienso que tendré que darle más tiempo, hace lo que 
había estado soñando durante cinco malditas semanas. 
Me lo da todo. 
Con cuidado, se arrodilla y empieza a arrastrarse haciamí. 
Su cabello se mueve hacia adelante para enmarcar su rostro, 
pero sus ojos permanecen en mí todo el tiempo. La anticipación me 
zumba bajo la piel, mis bolas se hacen pesadas, mientras me armo 
de paciencia y espero. El anillo brilla en su dedo mientras se mueve, 
y me encanta ver la señal de mi propiedad en ella. Destrozaré a 
cualquier hombre que se atreva a tocarla, destruiré a cualquiera 
que le cause un momento de dolor. 
Cuando llega a mis pies, se sienta y me mira. Espera. 
Una sonrisa curva mis labios mientras acaricio la parte 
superior de su cabeza. 
—Ti amo, dolcezza. Qué buena chica eres. —Me llevo la mano 
al cinturón, lo abro de un tirón y me desabrocho los pantalones. 
Ella no se mueve, pero sus labios se separan con la fuerza de su 
respiración, y mi erección liberada rebota entre nosotros, con la 
cabeza dirigida directamente a su boca—. Sabes lo que quiero, ¿no? 
Se lame los labios y asiente, sin dejar de prestar atención a 
mi polla. 
—Entonces empieza —le digo, sin moverme para ayudarla. 
Juntando las manos en la espalda, se arrastra hacia adelante 
sobre las rodillas, acercándose, y un pequeño resoplido de 
frustración se escapa de sus labios mientras se ajusta. Entonces, 
la punta de su lengua emerge y se hunde en mi ranura, lamiendo 
 
 
 
 
 
 
 
la gota de humedad que hay allí, y yo siseo. Cristo, mi chica 
codiciosa. 
Lame la cabeza hinchada, su lengua acaricia la parte inferior, 
y un rayo de placer recorre mis piernas. Aprieto las rodillas para 
mantenerme quieto mientras ella presiona con besos a lo largo del 
eje con reverencia, como si lo hubiera echado de menos. Espero que 
sea cierto, porque mi polla definitivamente había echado de menos 
su boca y su garganta. Es hora de volver a familiarizarme con 
ambas. 
—Abre —gruño—. Llévame hasta el fondo. 
Se retuerce para ponerse en mejor posición, persiguiendo mi 
polla con su boca. Me gusta ver cómo se esfuerza por chuparme sin 
usar las manos. Con las manos en la espalda, inclina su cuerpo, lo 
que hace que sus tetas sobresalgan, con su peso balanceándose 
mientras se mueve. Yo tampoco la ayudo. A mí me gusta degradarla 
y a Francesca le gusta que lo haga. Por eso trabajamos tan bien 
juntos. Apuesto a que su coño está goteando ahora mismo. 
Por fin se mete la cabeza en la boca y el apretado calor me 
hace gruñir de satisfacción. 
—Más —ladro. 
Su mandíbula se ensancha y presiona hacia adelante, 
dejando que me deslice por su lengua. Cuando llego a la parte 
superior de su garganta, me detiene. Mis dedos ansían tomar la 
parte posterior de su cabeza y empujar mi camino hacia el interior, 
pero la dejo hacer. Ella sabe lo que quiero y yo necesito ver hasta 
dónde llegará para dármelo. 
Ensancha los muslos, cambiando el ángulo, y relaja los 
músculos de la garganta lo suficiente para que yo pueda entrar. 
 
 
 
 
 
 
 
—Eso es —digo—. Te dejaré respirar en un momento. Mira 
hacia mí, amore. 
Su mirada se amplía, casi de pánico, se encuentra con la mía 
y veo el miedo y la determinación. Hace que mi polla palpite y doy 
un pequeño empujón con mis caderas para penetrar más 
profundamente. Trabajamos juntos durante unos segundos hasta 
que estoy completamente adentro, exactamente donde quiero estar. 
—Relájate —le indico—. No te apartes. 
Las lágrimas se acumulan y se derraman sobre sus pestañas, 
el espectáculo más hermoso que jamás he visto. Mi polla le llena la 
boca y la garganta, sus labios se aprietan a la base de mi polla. 
—Traga, Francesca. —Los músculos de su garganta trabajan, 
apretándome, y yo jadeo—. Va bene —digo, retirándome para que 
pueda tomar aire. Después de unos segundos, levanto una ceja en 
forma de pregunta, indagando en silencio si está lista, y ella asiente 
una vez. 
Esta vez no espero, sin poder evitar agarrar su cabeza y 
meterle la polla en la garganta. Cuando llego lo más profundo 
posible, me mantengo allí, amando la forma en que ella está de 
rodillas, sufriendo para hacerme feliz. Siento que el orgasmo 
aumenta, que mis bolas se tensan y se ponen pesadas, la necesidad 
de vaciar mi semilla en su boca. Ella debe verlo en mi rostro porque 
traga dos veces, y luego otra, tratando de forzar la corrida de mi 
cuerpo, y la idea de eso es tan caliente que comienzo a follar su 
boca con rudeza. Después de cada tres o cuatro golpes, me meto en 
su garganta, y me siento como un hombre poseído. Es mucho mejor 
de lo que recordaba, su dulce lengua frotando la parte inferior 
mientras sus labios tiran para darme succión. Como si no pudiera 
esperar a beberme. 
Pero eso no es lo que yo quiero ahora. 
 
 
 
 
 
 
 
—Voy a disparar por todo tu rostro —jadeo—. Por todas tus 
tetas. 
Ella gime en su garganta como si le gustara la idea, y el sonido 
vibra a lo largo de mi polla. Los delgados hilos de mi autocontrol se 
rompen y mis bolas chisporrotean con el inminente orgasmo. Al 
sacarla de su boca, aprieto mi polla mientras los gruesos chorros 
estallan en impulsos, y cubro su boca y su barbilla, y luego los 
cremosos montículos de sus pechos. Ella se sienta pacientemente, 
tomándolo, dejando que la pinte con mi descarga, y yo gruño de 
satisfacción, deseando poder ahogarla con mi semen. 
Cuando termino, el semen gotea de su barbilla y cae sobre su 
cuerpo, recorriendo los montículos de sus tetas. 
—Cazzo —digo, desplomándome contra la puerta—. Me 
gustaría poder tenerte de esta manera. Así, mi chica malvada. A mis 
pies, cubierta de mi semen. 
Sonriendo, se lame los labios, saboreando el espeso líquido. 
—Qué rico. 
Con un gruñido, la pongo de pie y golpeo mi boca contra la 
suya. No puedo esperar a limpiarla primero. En lugar de eso, le unto 
las tetas con el líquido mientras la beso, el sabor salado de sus 
labios solo me recuerda lo jodidamente caliente que estaba en el 
suelo hace un momento. Mía. Mi amante, mi juguete. Mi vida 
entera. 
Sujetando su mandíbula con ambas manos, me separo de ella 
y presiono mi frente contra la suya. 
—Solo tú tienes el poder de destruirme. No soy nada sin ti, 
absolutamente nada. Y nunca, nunca te dejaré ir. 
Sus manos rodean mis muñecas. 
 
 
 
 
 
 
 
—Bien, porque me has arruinado, Il Diavolo. Absolutamente 
arruinada, así que ya no hay forma de deshacerte de mí. Lo que 
significa que tú y yo vamos a gobernar el puto mundo juntos. 
 
 
Francesca 
Fausto da un paso atrás y sus ojos brillan de satisfacción al 
recorrer mi cuerpo desnudo, ahora cubierto de su semen. Se quita 
los pantalones de las caderas y también los zapatos. 
—¿Quieres limpiarte antes que te folle, chica sucia? 
—No, paparino. 
No lo quiero. Me gusta el desorden pegajoso y sudoroso de los 
dos juntos, y sé que a él también le gusta. 
—Dio, eres preciosa —espeta mientras pellizca uno de mis 
pezones—. Quiero marcarte y morderte, asegurarme que todos 
sepan que eres mía. 
Levanto el gran anillo en mi dedo. 
—¿Más tuya que esto? 
Su labio se curva en una mirada tan feroz, tan dominante que 
mis rodillas tiemblan. 
—Siempre querré azotarte, monella. ¿Puedes manejarme con 
rudeza esta noche? —Empieza a desabrocharse la camisa. 
Mis muslos se aprietan mientras más calor inunda mis venas. 
Ya me había azotado antes y me encanta. Los azotes hacen que mi 
 
 
 
 
 
 
 
piel se sienta viva, increíblemente sensible. Definitivamente, me 
apetece, sobre todo si me folla después. 
—Me encanta que seas duro. 
Me da una palmada en el culo. 
—Ponte en la cama. Inclínate, con el culo al aire. 
Me apresuro a obedecer. 
Lo escucho reírse detrás de mí. 
—Tan ansiosa. Eso es lo que más me encanta de ti. 
Cuando estoy en posición al borde de la cama, se acerca por 
detrás de mí, ahora solo con bóxer negros. Gruñe y aprieta una de 
mis nalgas. 
—Voy a azotarte, bien fuerte. Luego te voy a follar. Con fuerza. 
¿Te gustaría? 
Me retuerzo, apenas capaz de contener mi excitación mientras 
la adrenalina se dispara en mi sistema. 
—Sí. 
—Bien.Allora, te daré a elegir. ¿Quieres mi mano o mi 
cinturón en el culo? 
Oh, Jesús. Cierro los ojos, un escalofrío me recorre. ¿Alguna 
de las dos? ¿Las dos? 
—¿Deberías usar un cinturón con una mujer embarazada? 
—Le pregunté a tu médico ese día en tu cita. Dijo que estaba 
bien mientras no golpeara tu vientre. 
 
 
 
 
 
 
 
Recuerdo que aquel día había hablado en italiano con el 
Doctor Russo. ¿Había preguntado por los azotes? Dios mío, qué 
mortificante. 
Sin embargo, la idea me intriga. El cinturón había surgido 
aquella primera vez que follamos, y recuerdo la forma en que había 
acariciado el cuero con sus largos dedos. ¿Podría aceptarlo? 
—Cinturón. 
—Perfecto. Pon los pies en el suelo. 
Me pongo en posición y él se dirige a sus pantalones 
desechados y los recoge. Con una maniobra, saca el cuero de las 
trabillas del cinturón, y el sonido del roce provoca un eco palpitante 
entre mis piernas. ¿Por qué estoy tan caliente? 
Vuelve, colocándose ligeramente a un lado. 
—Creo que dieci51. Tú contarás. —Deslizando una mano por 
la parte baja de mi espalda, pregunta—: ¿Preparada? 
Asiento y el dolor estalla en mi culo desnudo. 
—¡Mierda! —Trato de alejarme, pateando las piernas. La piel 
me pica, como si me hubieran atacado las abejas ahí detrás. 
El dolor disminuye y la zona se vuelve cálida, con un 
cosquilleo. Hipersensible. Aspiro una bocanada de aire. 
—Cuenta, o recibirás más de diez. 
No estoy segura de poder soportar ni siquiera diez. 
—Uno —digo, rápidamente. 
 
51 Dieci. Diez, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—En italiano —espeta, el fuego crujiendo sobre mi piel con 
otro golpe—. Ahora, Francesca. 
—Due52 —grito, con los dedos clavados en el suave edredón. 
Tres, cuatro y cinco se suceden rápidamente, cada golpe en 
un lugar diferente de mi culo y de la parte superior de los muslos. 
Grito cada número, mientras mi cerebro se esfuerza por seguir el 
ritmo. Mis pulmones se esfuerzan por arrastrar suficiente aire, y no 
estoy segura de eso. En absoluto. 
Entonces hace una pausa y roza la piel con las puntas de los 
dedos... y yo suspiro. El dolor brilla, mi culo es todo sensación, y el 
ligero toque resuena en mi clítoris. Joder, esto es agradable. 
Doloroso, pero agradable. 
—Va bene —canturrea, con la excitación evidente en su voz—
. Estás a medio camino, amore. Tan cerca de tu recompensa. 
—Por favor —digo con un largo gemido. Necesito que me folle, 
ahora mismo—. Ti prego. 
—Oh, cómo me encanta oírte suplicar. Mi polla ya está dura 
para ti otra vez. 
Mi coño se contrae en torno al vacío, y puedo sentir cómo la 
humedad gotea en el interior de mis muslos. 
—Ti prego —repito. Un dedo se introduce dentro de mí, 
estirándome, y mi espalda se arquea. Dios, sí—. Más. 
Bombea perezosamente un par de veces, no lo suficiente para 
darme lo que necesito. Intento empujarlo para que siga, pero se 
aparta. 
 
52 Due. Dos, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Pronto. Muy pronto. 
El siguiente chasquido del cinturón sobre mi piel me roba el 
aliento. Me duele más que los cinco primeros juntos. 
—¡Maldición! ¡Mierda! ¡Sei53! 
—Esa boca sucia. Otra vez, Francesca. 
Otro golpe, esta vez en la parte superior de mis muslos. Jadeo, 
el sudor brota por todo mi cuerpo. No puedo hacer esto. 
—Sette54 —gimo. 
—Tres más —dice—. Los haré rápido. 
—Espera, por favor... 
El cinturón llueve tres veces en rápida sucesión y yo aúllo. 
Entonces el cuero cae al suelo y la boca de Fausto está entre mis 
piernas, comiéndome como un poseso. Me lame la ranura, me mete 
la punta en la abertura y me acaricia el clítoris. Sus manos se 
aferran a mi culo, separando mis mejillas, y esa ligera presión sobre 
mi piel dolorida se siente deliciosa, la carne palpitante y viva. Como 
si él le hubiera dado vida. 
Sigue y sigue, con su boca torturándome de la mejor manera. 
Me lame por todas partes, incluso el anillo de músculos entre mis 
mejillas. Cuando mis piernas empiezan a temblar, rodea mi clítoris 
con la parte plana de su lengua, y el orgasmo se abalanza sobre mí, 
más fuerte de lo que esperaba, y grito mientras mi cuerpo se 
convulsiona. Santa mierda. Sigue y sigue, con su lengua 
arrastrando las sensaciones hasta que me desplomo en la cama. Mi 
cerebro flota, cada músculo se vuelve líquido. 
 
53 Sei. Seis, en italiano. 
54 Sette. Siete, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Se levanta y entonces siento su punta, dura y roma, en mi 
abertura. Su polla se introduce en el interior, y la humedad le 
facilita el paso, aunque sigue siendo difícil. Le cuesta un par de 
empujones entrar hasta el fondo, y suspiro ante la plenitud, la dulce 
invasión de su cuerpo en el mío. 
—Oh, Dios —jadeo—. Te sientes tan bien. 
Se inclina sobre mí, me besa la columna vertebral y empieza 
a hablar una serie de palabras en italiano que mi cerebro, 
extasiado, no puede comprender. Pero sí entiendo: 
—Mi fai impazzire —algo que me había dicho antes. 
—A mí también me vuelves loca —digo soñadoramente, 
acercándome por detrás para agarrarle el culo. 
Enderezándose, me agarra los brazos y los cruza detrás de mi 
espalda. Su agarre me castiga mientras me sujeta, pero no lo noto. 
Me siento ligera y liviana, con el cuerpo flexible y lleno de 
sensaciones. Comienza a follarme, con golpes de cadera que hacen 
sonar mis dientes mientras me sacude sobre su polla una y otra 
vez. Entonces su pulgar se desliza entre mis nalgas y empieza a 
juguetear con mi agujero. Ni siquiera puedo quejarme porque todo 
lo que está haciendo se siente tan jodidamente bien. 
—Creo que debo volver a familiarizarme con todos tus 
agujeros —dice, mientras el dedo se adentra en ellos—. ¿Te 
gustaría? ¿La polla de tu paparino en tu culo otra vez? 
Mi lengua es gruesa y torpe, el deseo me vuelve estúpida. Solo 
puedo asentir, anhelando todo lo sucio que él me dará. No hay razón 
para fingir que no lo quiero cuando ambos sabemos que sí. 
Este hombre va a ser mi esposo. Maldita sea. 
Sisea entre los dientes cuando mi cuerpo lo aprieta. 
 
 
 
 
 
 
 
—Cazzo. Sí, apriétame la polla otra vez. 
Lo hago una vez más y él gime. 
—Estás tratando de hacer que me corra, ¿no? Porque está 
funcionando. 
Cuando lo hago por tercera vez, me golpea la nalga y se retira. 
Sin fuerzas, no puedo hacer más que girar la cabeza para ver cómo 
busca en el cajón junto a la cama y saca un frasco de lubricante. 
Abre el tapón y se echa una generosa cantidad en la mano antes de 
masturbarse, cubriendo su polla y haciéndola resbaladiza. Observo 
cómo se mueven los músculos de su antebrazo mientras trabaja, y 
vaya si está caliente. Hago una nota mental para pedirle un vídeo 
de su masturbación pronto. 
Moviéndose detrás de mí, rocía líquido por mi raja y lo 
masajea en mi agujero. 
—Quiero que me montes. Quiero ver tu rostro cuando reclame 
tu culo de nuevo. 
Fausto se pone en posición sobre la cama, de espaldas, y me 
levanta sobre él hasta que me pongo a horcajadas sobre sus 
caderas. Acercándome a su rostro, me besa con fuerza, su lengua 
invadiendo mi boca y dejándome saborear su desesperación. Las 
puntas de sus dedos palpan el apretado anillo muscular, 
suavizando, masajeando, abriéndome. Ansiosa, giro mis caderas, 
arrastrando mi montículo sobre su polla. 
—Tan necesitada —murmura contra mi boca cuando gimo—. 
No te preocupes, pequeña. Voy a llenarte. 
Sus dedos se deslizan dentro, pero solo hay presión. Es como 
si los receptores del dolor de mi cuerpo estuvieran de vacaciones en 
este momento, y el centro del placer de mi cerebro estuviera 
firmemente al mando. Bombea su mano lentamente, 
 
 
 
 
 
 
 
ensanchándome, mientras su boca seguía siendo exigente. Lo 
acepto con gusto, dejando que me use. Siempre seré su puttanella, 
incluso con un anillo en el dedo. 
Se separa y meagarra de las caderas. 
—Arriba, piccolina. Llévame dentro. 
Apoyo una mano en su estómago, y con la otra tomo su gruesa 
polla, alineándola en mi entrada trasera. Su cálida piel es 
resbaladiza y dura, y comienzo a empujar hacia abajo, siseando 
cuando la cabeza se desliza hacia el interior. Echa la cabeza hacia 
atrás, con una expresión casi feroz por su intensidad, y me encanta 
ver cómo aquel hombre poderoso se deshace con mi cuerpo. Por 
nuestra conexión. Bajo un poco más, me doy tiempo para 
adaptarme, y luego continúo, trabajando con constancia, con el 
gran pecho de Fausto agitándose todo el tiempo. Las puntas de sus 
dedos se hundieron en mi piel, presionando los huesos de mi 
cadera, y supe que mañana tendré moretones allí. 
Esa idea me hace sentir una excitación intensa y bajo las 
caderas hasta el fondo, al encuentro de su pelvis. Dios, me siento 
tan bien, mi culo dolorido rozando su piel áspera. Su anchura me 
abre de par en par y jadeo, amando la forma en que me abruma. Lo 
amo, y punto. 
—Cariño —susurro, esperando que lo entienda. 
Él lo sabe Por supuesto que lo sabe. Nadie puede leerme mejor 
que Fausto. 
Me agarra los pechos con ambas manos y me pellizca los 
pezones. 
—Dime, chica preciosa. Móntame y cuéntame. No me ocultes 
nada. 
 
 
 
 
 
 
 
Entonces empiezo a moverme, agitando mis caderas 
lentamente, arrastrando su pene dentro y fuera de mi culo, 
mientras observo su rostro. Sus ojos ardían de calor mientras 
recorren mi cuerpo, la posesión se estampa en sus rasgos, y deja 
caer las palabras. 
—Ti amo, bello. 
Su reacción fue instantánea. Me toma entre sus grandes 
manos, se inclina y me acerca a él para darme un beso abrasador. 
Luego apoya los pies en el colchón y comienza a penetrarme, con 
su cuerpo empujando hacia arriba en breves golpes que hacen 
rebotar mis tetas hacia arriba y hacia abajo. Sus manos mantienen 
mis caderas firmes, nuestros cuerpos se esfuerzan y trabajan 
juntos. El punto que toca en lo más profundo de mí me hace saltar 
chispas por las piernas, a lo largo de la columna vertebral, 
haciéndome subir más y más. 
Cuando empiezo a temblar, me dice: 
—Tu clítoris, dolcezza. Juega con él y consigue correrte. 
Ahora mismo. 
No lo cuestiono. Mi mano vuela entre mis piernas y froto mi 
carne hinchada, desesperada por la liberación. La descarga es 
instantánea, una ola de color y luz que estalla detrás de mis ojos. 
Mis músculos se contraen alrededor de él, apretando, y escucho a 
Fausto gruñir cuando sus movimientos se descoordinan. Luego me 
mantiene quieta, arqueando la espalda, mientras su polla palpita 
en mi culo, llenándome de chorros calientes. Dios, es tan sexy como 
la mierda. 
Y es mío. 
—Madre di Dio —jadea—. No esperaba que dijeras eso. —Me 
tira para tumbarme encima de él y me rodea con sus brazos, con 
 
 
 
 
 
 
 
su polla aún enterrada en mi culo. Me besa la parte superior de la 
cabeza—. No te merezco, amore. 
Me quedo mirando el anillo brillante de mi mano izquierda, la 
pesada joya que pertenecía a su madre. Las palabras son ciertas, lo 
amo. Me había enamorado de él desde el día en que me dijo que 
podía quedarme con Lamborghini. Posiblemente incluso antes. Me 
gusta la oscuridad que hay dentro de él, la violencia apenas 
controlada. Es el hombre más poderoso de Europa, más rico que 
un rey, y me folla como si nunca tuviera suficiente. 
Inclino la cabeza para encontrarme con sus ojos. 
—Te amo, pero si vuelves a romperme el corazón, te arrancaré 
el tuyo del pecho y se lo daré de comer a tus cerdos. 
La mirada de su rostro me dice que le gustan mis palabras. 
—Ahí está mi reina sedienta de sangre. —Me levanta 
suavemente de su ablandada erección y me pone de espaldas. Su 
mano acuna mi rostro—. Lo eres todo para mí. He intentado 
sobrevivir sin ti, pero no he podido hacerlo. Pase lo que pase, 
siempre te amaré. Te quiero aquí conmigo hasta que dé mi último 
aliento. 
Mi corazón late con fuerza mientras mi pecho se expande de 
emoción. 
—Nunca pensé que cuando me drogaste y me arrastraste 
hasta Italia me casaría contigo. 
—Puedo ser muy persuasivo cuando hay algo que quiero. —
Aprieta un rápido beso en mis labios—. Hablando de eso, quiero 
casarme lo antes posible. 
Pongo los ojos en blanco y lo aparto de mí. Dale a este hombre 
una pulgada... 
 
 
 
 
 
 
 
—Reduce tu ritmo, Ravazzani. —Me pongo en pie y me dirijo 
a la ducha—. Sé que tenemos una boda de escopeta y todo eso, pero 
dame un minuto para respirar. 
Se acerca por detrás de mí y me da una palmada en el culo. 
—Eso es por tu boca descarada, monella. Métete en la ducha 
y veré si puedo convencerte. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIECIOCHO 
Francesca 
 
Fausto sigue en la ducha y yo me muero de hambre. 
Estar embarazada y follar con este hombre me ha agotado 
esta noche. Me pongo la bata y salgo de nuestro dormitorio. Tiene 
que haber restos de pasta en algún lugar de la nevera. 
Cuando empiezo a bajar las escaleras, escucho una discusión 
en la otra ala. Parecen Gia y Emma. Dios, esas dos peleando es lo 
último que necesito ahora. Me apresuro hacia el dormitorio de 
Emma y abro la puerta de golpe. 
Las dos se ponen de pie y giran hacia mí. El silencio no dura, 
sin embargo, y las dos empiezan a hablar a la vez. Levantando la 
mano, las interrumpo y siseo: 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Quieren bajar la voz? 
Emma suelta: 
—Frankie... 
—Cállate —le ordena Gia a su hermana. 
Inhalo y lo suelto lentamente. 
—¿Qué está pasando con las dos? 
—Tengo que hablar contigo —dice Emma, con expresión 
preocupada. 
—¿Sobre qué? ¿Qué pasa? 
—No es nada —dice Gia. 
—Hemos visto lo que hay ahí abajo —dice Emma. 
Gia maldice, pero sigo confundida. 
—¿Abajo dónde? —¿De qué demonios están hablando? 
Gia lanza a Emma una mirada que podría haber marchitado 
todo el viñedo. 
—No es gran cosa, Frankie. Solo hemos echado un vistazo 
rápido en el calabozo. 
Mi mandíbula se abre, mi subidón post-orgasmo se evapora. 
—¿Qué mierda? Dije que no podían bajar ahí. ¿Cómo lo han 
conseguido? 
Emma cruza los brazos sobre el pecho y mira a Gia, haciendo 
su cosa de conexión mental gemela en la que hablan en silencio la 
una con la otra. 
 
 
 
 
 
 
 
—Sabíamos que no querías bajar ahí, y no queríamos 
presionarte. —Gia se sienta en la cama y se encoge de hombros—. 
Así que pensamos en pedirle a Giulio que nos llevara en su lugar. 
—¿Y él aceptó? 
—Gia le dijo a Giulio que tú habías dicho que estaba bien —
dice Emma rotundamente. 
—¿Qué mierda? No puedo creer que le mientan así. 
—Lo siento. No te enfades. 
—Demasiado tarde. Estoy más que enfadada. Estoy furiosa. 
¡Matan y torturan a la gente allí abajo, Gia! 
—Lo sé. Vimos la sangre. 
Oh, Dios mío. No es de extrañar que Emma parezca molesta. 
—¿Estás bien? —le pregunto, estudiando su rostro con 
atención. 
En lugar de responder, dice: 
—Necesito hablar contigo. A solas. 
—Gia, vete —digo—. Me ocuparé de ti en un minuto. 
—De acuerdo. —Gia se acerca para besar mi mejilla—. Lo 
siento, Frankie, no pude resistirme. No hay calabozos en Toronto, 
eso es seguro. Al menos ninguno que yo conozca. 
No me dejo convencer. Gia es definitivamente de las que 
“actúan primero, se disculpan después”, pero ella lo sabe mejor. 
—Eso aún no lo hace correcto. 
 
 
 
 
 
 
 
Esperamos a que Gia se vaya, entonces Emma pone sus 
manos en mis hombros. 
—Tienes que hacer algo. 
—¿Sobre qué? 
—Ese hombre de ahí abajo. 
Parpadeo mirándola. 
—¿Perdón? 
Se aparta y empieza a pasearse. 
—Está... realmente mal, Frankie. No puedo creer que siga 
vivo. Hay sangre por todas partes. Instrumentos afilados y cadenas. 
Equipo médico. Es como la película Saw, pero en la vida real. 
¿Me está tomando el pelo ahora mismo? ¿De verdad se supone 
que debo compadecer a Enzo? 
—Emma, ese es un hombre malo. Te dije lo que me hizo. No 
tengo absolutamente ninguna simpatía por él. 
—Vamos. No seas así. No eres unode esos mafiosos. Sabes 
que lo que está pasando ahí abajo está mal. 
¿Lo sé? No he perdido el sueño por el destino de Enzo desde 
que llegué al castello. Estoy más que contenta de dejar que Fausto 
lo maneje como crea conveniente. 
—Enzo también es un asesino, nena. ¿Quién sabe lo que 
podría haberme pasado si Fausto no me hubiera rescatado? Enzo 
probablemente me habría asesinado. 
—Eso no lo sabes. 
 
 
 
 
 
 
 
—Oh, claro. Me habría dejado salir por la puerta en Napoli. 
Piensa, Emma. Si este hombre sale libre, yo estoy en riesgo. Fausto 
está en riesgo. Giulio, Zia, todo y todos aquí están en riesgo. 
Emma cruza los brazos y encorva los hombros. 
—¿No pueden negociar un tratado de paz o algo así? 
No estoy segura que Enzo merezca ningún tipo de paz. 
Suavizo la voz: 
—¿Recuerdas que dije que las cosas eran diferentes aquí? 
Esto no son las Naciones Unidas. Estos hombres son asesinos 
brutales. Es muy de la vieja escuela. 
Ella cierra y aprieta los ojos. 
—Lo sé. Es que… no puedo quedarme aquí sabiendo que ese 
hombre va a ser asesinado en cualquier momento. 
—Entonces, ¿por qué bajaste allí? Sabías lo que ibas a ver. 
—Porque tenía que saberlo. Te digo que no puedo celebrar tu 
compromiso y tener unas buenas vacaciones aquí cuando un 
hombre es asesinado delante de mis narices. 
Me froto la frente, el comienzo de un dolor de cabeza 
instalándose en mis sienes. 
—Emma, estás siendo un grano en el culo. 
Sus ojos se vuelven vidriosos y las lágrimas se acumulan. Oh, 
mierda. La hice llorar. 
—Lo siento —se atraganta mientras la arrastro a un abrazo—
. Solo envíame a casa. 
 
 
 
 
 
 
 
—No te voy a mandar a casa. Acabas de llegar. 
—Pero no puedo quedarme, Frankie. No puedo quedarme si 
van a matarlo mientras estoy aquí. 
—¿Y si...? —Trago con fuerza—. ¿Y si pudiera conseguir que 
no se ocuparan de Enzo hasta que tú te vayas? —Fausto tendrá que 
estar de acuerdo, yo podré convencerlo. Con suerte. 
—Oh, por favor, Frankie. Por favor, habla con Fausto. 
—Hablaré con él, ¿de acuerdo? Pero no puedo prometer nada. 
—De acuerdo. —Me devuelve el abrazo—. Lo siento. Me 
gustaría ser como tú y Gia pero... 
Pero no lo es. 
—No te disculpes —digo. 
—Gracias, Frankie. —Ella se retira y se limpia el rostro—. Te 
amo. 
—Yo también te amo. Olvidemos esto por ahora y bajemos a 
comer algo. 
Cuando salimos, una figura se mueve de su posición contra 
la pared. 
Fausto. 
Maldita sea. 
Pongo una sonrisa en mi rostro. 
—Hola, cariño. ¿Qué estás haciendo? 
Se aparta de la pared y se adelanta. 
 
 
 
 
 
 
 
—Podría preguntarte lo mismo, pero ya me han alertado los 
hombres de la sala de seguridad. 
Esos bocazas. Toco el brazo de mi hermana. 
—Vuelve a tu habitación, Em. Te veré más tarde. 
—De acuerdo. Buenas noches. 
Emma vuelve a entrar, pero no aparto la mirada de Fausto. 
No puedo decidir si está enfadado, molesto, o simplemente 
fastidiado por la excursión al calabozo. Así que me hago la tonta. 
Rodeando su cuello con mis brazos, le lamo el lóbulo de la 
oreja. 
—¿Quieres venir a la cocina conmigo? Te daré de comer. 
—¿Por qué mi hijo llevó a tus hermanas a mi calabozo? 
Suspirando, lo dejo ir. Supongo que ahora estamos haciendo 
esto. 
—Necesito hablar contigo. 
Oh, la sospecha recorre su bello rostro. 
—¿Es así, amore? ¿Sobre qué? 
—¿Podemos ir a nuestra habitación primero? 
—¿Y por qué tendríamos que hacerlo? ¿Vas a darme malas 
noticias? 
—No, claro que no. Pero no creo que sea una conversación 
que quieras tener en público. 
Se inclina para tomar mi cadera, me acerca y pone su boca 
cerca de mi oído: 
 
 
 
 
 
 
 
—Vamos ahora mismo, monella, antes que te dé unos azotes 
aquí en el pasillo. 
 
 
Fausto 
Mientras sigo a mi futura esposa hasta nuestra ala, no sé lo 
que siento. Enfadado, sí. Pero sobre todo estoy muy confundido. 
Lucia nunca se habría atrevido a permitir que su familia entre 
en mi calabozo. Ella no habría preguntado, ni siquiera se habría 
planteado la idea. Nuestro mundo tiene límites claros y mi primera 
esposa los entendía perfectamente. 
A Francesca no parece importarle ni ser consciente de esos 
límites. No solo permitió que sus hermanas entraran en el calabozo, 
sino que también convenció a mi hijo para que la visitara. 
¿Ma che cazzo? 
Mañana hablaré con Giulio, pero mientras tanto tengo que 
lidiar con Francesca. Solo porque nos casemos, no significa que ella 
tenga el control de mis hombres y de mi propiedad. Yo soy el jefe, 
no ella, y tiene que ocuparse de nuestros hijos y del hogar, no de 
los asuntos de la mafia. 
Ella respetará nuestros límites. 
Cierro la puerta del dormitorio y observo cómo se sienta en la 
cama. Me apoyo en la pared y me cruzo de brazos. 
—Explícate. 
Se mordisquea el labio y se retuerce las manos en el regazo. 
 
 
 
 
 
 
 
—No sé si estás enfadado o no. 
Yo tampoco estoy seguro. 
—Francesca. 
—Mis hermanas querían ver el calabozo. Giulio accedió a 
llevarlas. No es gran cosa. 
Las palabras confirman lo que pensaba, y siento que mi pecho 
se calienta de frustración. 
—Es un gran problema, amore. Un asunto muy importante. 
No es un parque de atracciones ni un patio de recreo. Es un lugar 
peligroso con hombres peligrosos. Allí pasan cosas malas. Lo 
entiendes, ¿no? 
Frunce el ceño. 
—Por supuesto que lo entiendo. No soy una niña, Fausto. Me 
preguntaron y, francamente, dije que no. 
—¿Y cómo resultó eso? 
Puedo ver la culpa en su expresión. Es una mirada que he 
visto muchas veces. Hace una mueca. 
—No me escucharon, al parecer. 
Hago un gesto con las manos. 
—¿Ves? 
—Supongo que debería haberlo esperado —dice con una 
pequeña risa—. Son mis hermanas, después de todo. Pero no van a 
pedir bajar de nuevo. 
—¿Y qué pasa cuando piden algo más que no deben? 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Qué quieres decir? —Mete una larga pierna bajo la rodilla 
contraria, distrayéndome por un segundo con toda su piel dorada. 
Me centro en su rostro una vez más. 
—Necesito que entiendas cómo va a funcionar esto, dolcezza. 
Serás mi esposa, no la jefa. No darás órdenes a mis hombres y no 
te meterás en mis asuntos. Todo pasa por mí, ya sea la propiedad, 
la 'ndrina o mi familia. 
Su mandíbula se abre. 
—¿Estás bromeando? 
—Ni siquiera un poco. 
—No tengo ningún deseo de interferir en tus asuntos, pero 
estás hablando de nuestra familia. ¿Realmente crees que voy a ser 
ese tipo de esposa, la que hace las compras, los almuerzos y no 
hace preguntas? ¿No me conoces en absoluto? 
—¿No me conoces en absoluto? —respondo—. Porque si lo 
haces, entonces debes saber que no seré manejado, Francesca. No 
permitiré que mi esposa me corte las bolas. 
—No quiero cortarte las bolas. Resulta que me gustan mucho. 
Levanto una ceja hacia ella. 
—Eso es bueno porque se quedan exactamente dónde están, 
lo que significa que respondes ante mí. Así es como funciona esto. 
—No es así como funciona esto, Fausto. Este matrimonio será 
una sociedad. Seremos iguales. Yo te respeto y tú me respetas. Fin. 
Respiro hondo, luchando por mantener la calma y la cordura. 
 
 
 
 
 
 
 
—No somos iguales. Yo tomo las decisiones y acepto el peligro. 
Si alguien debe morir o ir a la cárcel, seré yo. Esto es para protegerte 
a ti y a nuestros hijos. 
—Eso no es protección; es una mierda de misoginia italiana. 
¿Qué pasó con el “te lo doy casi todo, Francesca” y el “no puedo vivir 
sin ti, Francesca”? 
Ignoro su terrible imitación de mi acento, que suena como un 
anuncio de pizza americano. 
—No te vas a meter en mis asuntos. Es demasiado peligroso. 
Ignorarás lo que ocurra y me dejarás manejar las cosas como me 
parezca. 
—¡Uf! —Toma una almohada de la cama y me la lanza. No me 
muevo mientras rebota en mí. Dice—: No voy a ser una buena ama 
de casa, esperándote al final de cada día con un cóctel y la cena en 
la mesa. Si así es como te imaginas nuestro matrimonio, más vale 
que te lleves el anillo. 
—No pensabaeso antes —digo con una sonrisa socarrona—
pero ahora sí. ¿Lo harás desnuda? —Dejo que mi mirada recorra 
toda su longitud—. Sí, me gusta mucho. 
—Basta ya, fanático del sexo. ¿Quieres casarte conmigo? 
—Ya sabes la respuesta a esa pregunta. 
—Entonces tengo que pedirte algo, y tu respuesta demostrará 
si estás dispuesto a tratarme como un igual o no. Porque te digo 
que este matrimonio no sobrevivirá si piensas en mí como una 
subordinada. Espero una asociación, Fausto. Si no estás dispuesto 
a dármela, entonces no quiero casarme contigo. 
 
 
 
 
 
 
 
Mis músculos se tensan. Después de todo este tiempo, 
después de todo lo que había compartido, ¿todavía me está 
poniendo a prueba? Gruño: 
—No me gustan los ultimátum ni las amenazas. 
—No quiero amenazarte más de lo que quiero que me den 
órdenes. Pero tenemos que arreglar esto antes de casarnos… si es 
que nos casamos. ¿Estás preparado para escuchar mi petición? —
Asiento, demasiado furioso para dar más detalles, y ella dice—: 
Quiero que me prometas que no matarán a Enzo mientras mis 
hermanas estén aquí. 
No me muevo. Ni siquiera parpadeo. Es como si el hielo 
llenara mis venas, una calma que me inunda. 
—¿Piensas dictarme el futuro de Enzo? 
—No lo estoy dictando. Te lo estoy pidiendo. Y es solo 
temporal. 
—Pero si no estoy de acuerdo, no te casarás conmigo. 
—Esto es lo que significa estar casado. Comprometerse, 
incluso cuando no te gusta. Ceder ante tu pareja a veces. Si eres 
incapaz de hacerlo, ¿por qué demonios me casaría contigo? 
—No voy a ceder cuando se trata de D'Agostino. 
—No te pido que lo liberes. Solo te pido que, si planeas 
matarlo, esperes hasta que mis hermanas vuelvan a Toronto. 
Emma está traumatizada ante la idea que el asesinato ocurra 
durante su visita. 
Mi labio se curva en una mueca. 
—No me importa que esté traumatizada. Nadie me dice cómo 
tratar a mis enemigos. 
 
 
 
 
 
 
 
—De nuevo, estoy preguntando. Pero piensa muy bien antes 
de responder, Fausto. 
La indignación y el veneno se vierten en mi sangre como un 
río, un torrente de resentimiento por la posición en la que me esta 
poniendo. Enzo está cerca de la muerte y en el momento en que 
tenga lo que necesito de él, lo quiero muerto. No quiero darle más 
tiempo en esta tierra porque a Emma Mancini podría herirle sus 
sentimientos. 
—Podría obligarte a casarte conmigo —gruño. 
—No, no puedes. Nunca diré los votos, no si no creo que me 
respetes. 
Me acerco a la cama. Si quiere negociar antes de nuestra 
boda, bien. Tengo algunas cosas que me gustaría pedir. 
—Levántate. 
Ella escucha el acero en mi voz y no duda. Se lame los labios, 
se desliza fuera de la cama y se pone de pie. Sin miedo, me mira a 
los ojos y sé que le daré esta cosa. 
La agarro por las caderas y la atraigo hacia mi pecho, con la 
frente apoyada en la suya. Me rodea el cuello con los brazos y se 
aferra a él mientras sus pechos se aprietan contra mí. Nos 
quedamos allí un momento, respirando el uno en el otro, y el simple 
abrazo me calma, un bálsamo en mi alma manchada. 
—Te amo y no puedo vivir sin ti. Si tengo que aceptar esto, lo 
haré. Por ti. Pero no me presiones demasiado. Seremos socios, ¿no? 
—Grazie, cariño. —Ella presiona un beso en mi mandíbula—
. Voy a ser la mejor esposa para ti. No te arrepentirás nunca. 
 
 
 
 
 
 
 
—Y si yo me comprometo por ti, entonces tú te comprometerás 
a cambio por mí. —Puedo sentir que su cuerpo se endurece en mi 
abrazo, así que la agarro más fuerte—. Espera hasta que escuches 
lo que te pido. 
—Bien. 
Sujeto su rostro entre mis manos con suavidad, como si fuera 
un regalo precioso. 
—Me darás al menos tres niños más, además de éste. —
Inclino mi barbilla hacia su vientre. 
Sus ojos se abren enormemente. 
—¿Niños? ¿Esto es lo que quieres a cambio? 
Entonces sus ojos se desenfocan, como si estuviera pensando 
en eso. Pensando en mí disparando profundamente en su interior, 
llenándola con mi corrida para dejarla embarazada. Cuando se 
muerde el labio y se inclina un poco hacia mí, sé que tengo razón. 
Madre di Dio, mi mujer está caliente. 
—De acuerdo —susurra. 
Un destello de posesividad me azota. Cazzo, no puedo esperar 
a hacer más bebés con ella. 
Cuando se inclina hacia atrás, digo: 
—Espera. Tengo un compromiso más. 
—¿Qué? 
—Te casarás conmigo lo antes posible. Mañana. Permitiré que 
tus hermanas se queden para la ceremonia, pero deben regresar a 
Toronto inmediatamente después. 
 
 
 
 
 
 
 
Ella jadea, soltándose de mi agarre y alejándose de mí. 
—¡Fausto, no! Acaban de llegar. No estoy dispuesta a dejarlas 
ir. 
—Esa es mi última oferta, Francesca. Todos los hombres a mi 
mando se preguntarán por qué no he matado aún a Enzo. Me hace 
parecer débil, ¿capisce? 
—¿Y si...? 
—No. No retrasaré lo inevitable más de lo necesario. Cada día 
que permanece vivo es una amenaza para mí, para ti. Para todo lo 
que he construido. Podrás ver a tus hermanas en otro momento. 
Las lágrimas brotan de sus ojos, pero no cedo, ni siquiera 
cuando esas lágrimas se derraman sobre sus pestañas y recorren 
sus mejillas. Se limpia el rostro. 
—Las extrañaré. 
Me acerco y la abrazo, deslizando mis manos por su columna 
vertebral. 
—Lo sé, dolcezza. Te compensaré. 
 
A la mañana siguiente, bajo al calabozo solo. Quiero que mi 
enemigo me vea con mi traje para la boda, que vea mi felicidad, y 
que se dé cuenta que nunca tendrá lo mismo. Nunca volverá a ver 
a su familia, nunca estará bajo el sol de Italia. Pronto morirá en mis 
manos, y yo no puedo esperar. 
Lo considero un regalo de bodas para mí. 
 
 
 
 
 
 
 
Abre un ojo hinchado cuando entro con una silla y me siento. 
Acomodando mi corbata, me tomo mi tiempo, dejando que se 
pregunte por qué estoy aquí. Marco, gracias a su formación como 
médico en el ejército, puede mantener a un hombre apenas vivo, lo 
justo para sufrir, y Enzo está revoloteando en esa línea. Está 
delgado y débil, una cáscara de aquel imbécil engreído y sonriente 
que entró en mi yate y miró con desprecio el culo de mi mujer. 
Es un espectáculo hermoso. 
—Buongiorno, D'Agostino. —Le doy mi sonrisa más sosa—. 
¿Come stai55? 
No dice nada, se limita a observarme, con la respiración 
agitada en el pecho. 
—Hoy es un buen día. ¿Quieres saber por qué? —Como no 
contesta, le clavo la punta de mi zapato de vestir en su rodilla 
dislocada. Él gime y yo sonrío más ampliamente—. Hoy es el día de 
mi boda. Me casaré con Francesca dentro de unas horas bajo el sol, 
rodeado de mi familia y mis amigos. Luego pasaré el resto de la 
noche follando con ella. ¿Recuerdas cómo era eso, no? ¿Follar con 
tu esposa? 
Su respiración se acelera, pero por lo demás no reacciona. 
—¿Sabías que está embarazada, mi mujer? 
Eso lo hace reaccionar. Parpadea varias veces. 
Junto las manos en mi regazo. 
—Todo el tiempo que la tuviste en ese maletero, cuando le 
metiste el arma en la boca, llevaba a mi hijo. Un hijo o hija de 
Ravazzani. —Dejo que eso lo asimile. Ambos sabemos la 
 
55 Como stai. Cómo estás, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
importancia del legado y de los hijos—. Lástima que no lo supieras 
—digo con falsa simpatía. 
—Sus hermanas están aquí. ¿Quizás las conociste anoche? 
Francesca me ha pedido que te mantenga con vida mientras su 
familia está de visita. Es sorprendente, ¿no? A pesar que la 
secuestraste y la asustaste, mi mujer tiene la amabilidad de 
pedirme que te perdone tu miserable vida durante unas horas más. 
Así que, con cada aliento que tomes hoy deberías agradecérselo. 
Me levanto y muevo la silla fuera de su celda, luego vuelvo y 
me agacho junto a su cabeza. 
—Pero no te preocupes, stronzo. Cuando haya enviado a sus 
hermanas de vuelta a Toronto, bajaré y terminaré lo que he 
empezado. —Bajo la voz—. Y te prometo esto: me firmarás todo 
antes que te mate. 
Enderezándome, me doy la vuelta y salgo de sucelda. Por 
encima de mi hombro, grito: 
—Disfruta de tus últimas horas en la Tierra, D'Agostino. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
DIECINUEVE 
Fausto 
 
Nos casamos en los viñedos. 
Mientras se une a mí para la eternidad, las hileras de plantas, 
el legado de mi familia, se extienden para honrarnos. Francesca va 
descalza y lleva el vestido crema de Celestina que elegí para ella 
cuando pensamos que se casaría con mi hijo. Le aprieta el pecho, 
debido a su embarazo, pero por lo demás le queda bien. Un sencillo 
ramo de rosas blancas y lirios descansa en sus manos, mientras 
que una delicada corona hecha con lirios del valle y hojas de parra 
reposa sobre su cabeza, con el cabello rubio largo y suelto en la 
espalda. 
Nunca había estado más hermosa. 
 
 
 
 
 
 
 
Repetimos nuestros votos ante el pequeño grupo reunido para 
presenciar la ceremonia. Mi familia y sus hermanas están aquí, 
junto con Emilia y Vincenzo. Tommaso fue invitado, y trajo a 
Lamborghini. 
Hace días, cuando le di el anillo de mi madre, inicié los 
trámites de matrimonio con el gobierno. Así que aunque el día de 
hoy parece una sorpresa para mi novia, lo he planeado desde hace 
tiempo. Después de la ceremonia estaremos casados a los ojos de 
los hombres y de Dios, hasta que uno de los dos deje esta tierra. 
El alcalde de Siderno, Antonio Volpe, preside nuestro servicio. 
Es lo menos que puede hacer, ya que le había entregado la elección 
hace tres años. 
—¡Vi dichiaro marito e moglie!56 —anuncia el alcalde al final 
de la ceremonia. 
Exhalo aliviado y me vuelvo hacia mi novia, la felicidad hace 
volar mi corazón. Pongo una mano en su cadera y otra en su nuca, 
y me inclino para besarla. Los vítores apenas se hacen notar cuando 
tomo la boca de mi esposa, sin importarme quién vea lo mucho que 
la deseo. Sus labios son suaves y flexibles, y me da el mando del 
beso, incluso cuando se vuelve hambriento. 
—¡Dai, andiamo! —Giulio finalmente grita—. Rompe la copa, 
Papà, y vamos a comer. 
Me alejo de la boca de mi esposa, presionando algunos 
pequeños besos adicionales solo para prolongar este momento. No 
había sentido ni una fracción de esta alegría, esta intensa 
satisfacción por mi novia en mi primera boda. No quiero olvidar esto 
nunca. 
 
56 Vi dichiaro marito e moglie. Los declaro marido y mujer, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando me incorporo, Francesca está pegada a mí, con los 
labios hinchados y húmedos. Madre di Dio, es hermosa. Marco me 
entrega la copa de vino tinto y abandona el pequeño estrado de 
madera, junto con todos los demás. 
—¿Qué estamos haciendo? —pregunta. 
—¿No has estado antes en una boda italiana? 
—No. ¿Vamos a beber vino juntos? 
A menudo olvido lo joven que es, lo protegida que estaba. Le 
llevo un mechón de cabello detrás de las orejas. 
—No, mia bella moglie57. Lo rompemos. El número de 
fragmentos representa el número de años que estaremos felizmente 
casados. 
—Oh. —Sus mejillas adquieren un adorable tono rosado—. 
Qué interesante. Estoy lista. 
Ambos sostenemos la delicada copa de vino. 
—Uno, due, tre —digo, y luego dejamos caer la copa. 
Rebota pero no se rompe. El tallo se rompe, pero por lo demás 
la copa permanece intacta, rodando hacia un lado hasta detenerse. 
Francesca jadea, mientras Zia hace rápidamente la mano cornuto, 
el signo de los cuernos, hacia la copa para alejar cualquier espíritu 
maligno. 
—¡Fausto! —El horror se apodera de la voz de Francesca—. Se 
supone que se rompe. 
Le paso el brazo por la cintura y le hablo en voz baja al oído: 
 
57 Mia bella moglie. Mi bella esposa, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—No significa nada, una estúpida tradición del pasado. 
—No, no. —Ella se agarra a mi corbata—. Esto es malo. Es 
muy, muy, muy malo. —Los ojos desorbitados miran la copa como 
si fuera un presagio de la muerte, cuando solo es una tontería. 
Tengo que tranquilizarla. 
—Francesca, la copa se rompió en cientos de pedazos en mi 
primera boda, pero Lucia y yo nunca estuvimos felizmente casados, 
ni nuestro matrimonio duró mucho. No te creas los cuentos de las 
esposas tontas. 
Su puño se aprieta alrededor de mi corbata, apretando la 
seda, mientras me tira más cerca. 
—Tuvieron un hijo sano juntos y has vivido todo este tiempo. 
La 'ndrina es próspera. Escupir sobre nuestra buena suerte está 
mal. 
—Pasas demasiado tiempo con Zia —murmuro. 
Ella me da un empujón en el estómago. 
—Hablo en serio. Hagámoslo de nuevo. Esta vez la lanzaremos 
de verdad. 
Los invitados están esperando, hablando entre ellos, ansiosos 
que esto termine, pero yo sé que mi esposa no dejará pasar esto. No 
quiero que Francesca piense en todo esto durante la cena de la boda 
o… más importante… la noche de bodas. 
Me acerco a la copa, levanto el pie, lo bajo y lo aplasto bajo mi 
zapato de cuero. Los fragmentos de vidrio salen disparados por 
todas partes, pequeños trozos que brillan bajo el sol de la tarde. 
—Ya está —anuncio a la multitud—: Vamos a comer. 
 
 
 
 
 
 
 
Francesca no se mueve, con la boca abierta. 
—No puedo creer que hayas hecho eso. Eso es peor, Fausto. 
Sacudiendo la cabeza, la levanto en brazos para que no se 
corte los pies descalzos con los cristales. Una vez en el piso limpio, 
me resisto a dejarla ir. Sigo caminando y ella acurruca su rostro en 
mi garganta. 
—Estamos casados —respira, como si acabara de darse 
cuenta. 
—Estamos casados, Francesca Ravazzani. 
—Oh, mierda —susurra—. ¿Por qué es tan sexy? 
Me rio. Si le gusta eso, va amar lo que tengo planeado para 
después. 
La llevo hacia la bodega. Cuando se da cuenta de a dónde 
vamos, levanta la cabeza. 
—Espera, ¿no vamos a comer en el castello? 
—No. —Continúo por el umbral y la pongo de pie, luego beso 
su boca—. Ojalá hubiéramos tenido tiempo para darte una gran 
boda y una fiesta. Es lo que te mereces. Pero espero que te guste lo 
que he preparado para esta noche. 
—No necesito una gran boda y una fiesta elegante. Solo a ti. 
Mi pecho se expande, las palabras caen fácilmente de mi boca: 
—Ti amo, cuore mio. 
Ella se apoya en las puntas de los pies y aprieta sus labios 
contra los míos. 
 
 
 
 
 
 
 
—Ti amo, paparino. 
Sonrío, sintiéndome más ligero que en años. 
—Ven. Tu paparino quiere alimentarte. —Tomo su mano y la 
guío a la sala de degustación, que ha sido transformada para la 
cena de la boda. 
Telas transparentes y pequeñas luces cruzan el techo, 
mientras que las velas arden por toda la sala, con un suave 
resplandor que rebota en las barricas de vino y en las paredes de 
ladrillo expuestas. Las mesas se han juntado para formar un 
cuadrado hueco, las sillas en la parte exterior, con velas y arreglos 
florales cada cierto espacio. Árboles de boj y más arreglos florales 
decoran los bordes, dando a la sala de degustación un aire 
romántico e íntimo. Espero que le guste. Giulio y Vincenzo han 
trabajado mucho en esto hoy, sabiendo lo mucho que mi esposa 
ama las uvas y el proceso de elaboración del vino. 
—Oh, Dios mío. Fausto —dice con un suspiro mientras lo 
asimila todo—. Es precioso. No puedo creerlo. ¿Cómo...? 
—Giulio y Vincenzo supervisaron esto. Para ti. 
—Es perfecto. 
Todos entran y empiezan a tomar asiento. Francesca y yo nos 
sentamos juntos en la cabecera de la mesa, donde nos espera una 
cesta de bombones envueltos. Ella se inclina. 
—¿Qué es esto? 
—Son recuerdos de boda. Se reparten entre los invitados. 
—¿Qué hay dentro de cada cajita? 
 
 
 
 
 
 
 
—Confetti58. Cinco almendras azucaradas. 
—¿Es otra cosa de la suerte? 
—Sí, simbolizan la salud, la riqueza, la felicidad, la fertilidad 
y la longevidad para los recién casados. 
Señala su vientre. 
—Creo que tienes cubierta la parte de fertilidad, papi bebé. 
Me inclino y la beso. 
—Todavía nos quedan tres más de esos por venir. 
Pone los ojos en blanco,aunque no me dejo engañar. Puedo 
ver cómo sus ojos brillan ante la idea. 
Dispuesto a acabar con esta cena, me levanto para dar la 
bienvenida a nuestros invitados. Tengo muchas ganas de tener a 
mi esposa a solas. 
 
 
Francesca 
Soy una mujer casada. 
Aunque llevo un vestido de novia, parece surrealista. Casada. 
Con Fausto Ravazzani. 
Mierda. 
 
58 Confetti. Dulces, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Soy una esposa de la mafia, un papel que había jurado evitar. 
Mientras echo una mirada furtiva a mi apuesto esposo, no puedo 
arrepentirme. Pasaré el resto de mi vida a su lado, en su cama, 
oyendo ese gruñido sexy y jugando juntos a nuestros sucios juegos. 
Sí, por favor. 
Mientras reparto los recuerdos entre el reducido número de 
invitados a la cena, todos siguen dándome dinero. Sé que es una 
costumbre italiana, pero no estoy preparada para tanto. El alcalde 
me dio diez mil euros, joder. Giulio dice que en las próximas 
semanas llegarán más dinero y regalos, una vez que la noticia del 
matrimonio de Fausto se extienda por todo el mundo. 
Supongo que eso es lo que pasa cuando uno se casa con un 
malvado criminal internacional. 
Cuando termino con los recuerdos, vuelvo a mi silla, que 
ahora está ocupada por Marco. En lugar de disuadirme, me subo al 
regazo de mi esposo y le rodeo el cuello con mis brazos. Huele tan 
bien y se siente aún mejor. Fausto me acaricia el muslo y me 
abraza, mientras él y Marco hablan en voz baja. No tengo prisa por 
moverme. 
Había pasado todo el día y la mayor parte de la noche con mis 
hermanas. Aunque me alegro de tenerlas aquí, su visita es agridulce 
y demasiado corta. Emma y Gia también están tristes, pero tienen 
que volver a sus vidas en Toronto. 
Las echaré de menos, no cabe duda. Pensé en el tiempo en 
que no deseaba otra cosa que dejar Italia y volver a casa, pero ya 
no lo siento así. Ahora soy del equipo Ravazzani. Mis lealtades están 
con Fausto y su 'ndrina. Su familia y nuestros hijos. Algún día, 
volveré a ver a mis hermanas. Encontraremos una manera de 
reconectarnos. 
 
 
 
 
 
 
 
—Está débil, pero todavía nos aguanta. Deberíamos rastrear 
el dinero —dice Marco—. Esos treinta millones fueron para alguna 
parte. 
¿Están hablando de Enzo? 
—Sus hombres serán demasiado listos para gastarlo ahora —
dice Fausto—. Además, cuando me ceda todo a mí, ya no importará. 
Espera, están hablando de Enzo. Mierda, ¿eso significa que le 
ha robado treinta millones de dólares a Fausto? 
¿Qué es lo que dijo Mariella? Además, Fausto pronto lo perderá 
todo. Mi Enzo es muy hábil con las computadoras y tiene ojos y oídos 
en todas partes. 
¿Por qué no lo había recordado antes? 
Me incorporo, inclinándome para poder ver el rostro de 
ambos, aunque mantengo la voz baja. 
—Cuando estuve con Mariella, me dijo que pronto lo perderías 
todo y que su hombre tiene ojos y oídos en todas partes. 
Los dedos de mi esposo se aprietan contra mi cuerpo mientras 
intercambia una mirada oscura con Marco. 
—¿Algo más que puedas recordar? —pregunta—. ¿Alguna 
mención de quién podría estar ayudándolo? 
Busco en mis recuerdos. Gran parte de ese tiempo lo había 
pasado en pánico, con una pizca de náuseas matutinas por 
añadidura. Mantenerme viva y mantener la calma me había costado 
la mayor parte de mi energía. 
Por eso eres la distracción perfecta. 
 
 
 
 
 
 
 
Sí, tiene sentido. No había entendido las palabras de Enzo en 
ese momento, pero obviamente me había llevado para distraer a 
Fausto. Cuando le repito las palabras a mi esposo, frunce el ceño. 
—Una distracción —dice Marco, frotándose los ojos—. Cristo. 
—Ese brutto figlio di puttana bastardo —jura Fausto, y luego 
vuelve a prestar atención a su primo—. Mañana por la mañana, 
quiero que Giulio y tú estén en mi oficina a primera hora. Tenemos 
que trazar una estrategia. 
—¿Puedo ir yo también? —Me acurruco en su cuello—. 
¿Viendo que fui tan útil esta noche? 
—No. Quiero que duermas y descanses. 
—Pero... 
—Ya está bien. —Me da una palmadita en la cadera—. Ve a 
despedirte de tus hermanas. Parten ahora hacia el aeropuerto. 
Mi corazón se hunde mientras me ayuda a ponerme de pie. 
—De acuerdo. 
Empiezo a retirarme, pero sus cálidos dedos rodean mi 
muñeca, deteniéndome. Se lleva mi muñeca a la boca y me besa el 
interior de la misma, poniéndome la piel de gallina. 
—Cuando termines, te tendré para mí solo. 
—De acuerdo —repito, pero esta vez con más fuerza. No sé 
cómo se las arregla para excitarme con el más simple toque. 
Me suelta y me dirijo hacia las gemelas, que están cerca de 
los barriles de vino, bebiendo. Fiel a su estilo, Gia coquetea con 
todos los hombres aparentemente solteros esta noche, mientras 
Emma observa a distancia. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Es la hora? —pregunta Emma en voz baja cuando me ve 
acercarme. 
Asiento. 
—Voy a extrañarlas mucho a las dos. 
Sorprendentemente, Gia me abraza primero. No suele ser la 
más demostrativa. 
—Adiós, hermana. Yo también te voy a extrañar. 
—No te metas en líos, Gigi, y no te olvides de tus inyecciones 
anticonceptivas —digo riendo, aunque las lágrimas empiezan a 
brotar de mis ojos—. Te amo. 
—Yo también te amo. Espero que no sea la última vez que te 
veamos. 
Siento el pecho hueco y más lágrimas se deslizan por mis 
párpados. 
—Por supuesto que no lo será. Ya lo solucionaremos. 
Finalmente, la suelto y me vuelvo hacia mi otra hermana. 
—Dulce Emma —digo y la rodeo con mis brazos. Ella se 
abraza con fuerza, llorando también—. Te amo. Y tú también 
deberías mantenerte alejada de los problemas. 
—Lo haré —susurra. 
Me aparto y me aferro a sus manos. 
—Recuerda lo que dije sobre Papà y la universidad. Puede que 
diga que puedes ir cuatro años, pero podría estar mintiendo. Así 
que aprovechen ese primer semestre fuera de la escuela. 
 
 
 
 
 
 
 
Benito se acerca para revolotear detrás de nosotras, su rostro 
transmite su infelicidad por haber sido encargado de este recado. 
Mis hermanas y yo nos abrazamos en grupo, con más 
lágrimas y susurros de seguir en contacto. Les hago prometer que 
me enviarán un mensaje de texto en cuanto aterricen en Toronto. 
Entonces Benito se aclara la garganta y nos vemos obligadas a 
soltarnos. Un sollozo me desgarra la garganta cuando se dan la 
vuelta. 
Ver a Emma y Gia salir de la bodega es uno de los peores 
momentos de mi vida. Siento que una parte de mí se va con ellas, 
como si fuera la antigua Frankie, la versión de mí que había 
esperado una vida normal llena de universidad, bebida y chicos al 
azar. Nada de eso ocurrirá ahora. Estoy a punto de empezar un 
nuevo capítulo como esposa y madre. Una reina de la mafia. 
Unos brazos me rodean la cintura y siento la fuerte presencia 
de Fausto detrás de mí, aliviando parte de la crudeza de mi corazón. 
Me besa la coronilla. Suspiro y me inclino hacia él, enjugando las 
lágrimas. Seguro que parezco un desastre. 
—Estarán bien —dice suavemente—. Te lo prometo. 
Volviéndome, le paso los brazos por el cuello y me aferro a él. 
Mi maquillaje probablemente se está corriendo y arruinando su 
camisa, Pero eso es una pena. Tengo permiso para llorar ahora 
mismo. 
Cuando me calmo, me levanta la barbilla. Sus ojos son suaves 
y adoradores, el tipo de mirada que guarda solo para mí. 
—¿Estás lista para tu sorpresa, mia bella moglie? 
Los dedos de mis pies se enroscan dentro de los zapatos que 
me puse para la cena, y acepto el pañuelo que me entrega. De 
algodón auténtico, porque mi hombre es elegante. 
 
 
 
 
 
 
 
—No puedo esperar. —Me limpio el rostro y trato de hacerlo 
lo mejor que puedo. 
—Va bene. Ven. —Se vuelve hacia los invitados y habla en 
italiano demasiado rápido para que yo pueda traducirlo. Lo que dice 
hace que todos rían y estallen en aplausos—. ¡Auguri!59 —gritan 
todos, ofreciéndome sus mejores deseos, mientras me lleva a la 
puerta. 
—¿Qué has dicho? 
—Dijeque había llegado el momento de reclamar a mi novia, 
y que la única sangre en las sábanas sería la mía si no te satisfacía 
debidamente. 
—Jesús, Fausto. 
Se ríe y me besa la mano. 
—Dime que me equivoco. 
—Si no me satisfaces, me encargaré de mí misma. 
Tararea en el fondo de su pecho. 
—Todavía veo el vídeo en el que te pruebas la lencería en el 
camerino de Roma. Me pone muy duro. 
Salimos a la oscuridad. Esperaba que gire a la derecha, pero 
va a la izquierda, como si fuéramos a los viñedos. 
—Espera, ¿no deberíamos ir hacia el castello? 
—Esto es una sorpresa, amore. Eso significa que no haces 
preguntas. 
 
59 Auguri. Buenos deseos o suerte, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Eres un dolor en el culo, ¿lo sabes? 
—Esto te gustará. Confía en mí. 
La noche es perfecta. Lo suficiente fresca y un cielo claro para 
una brillante luna de tres cuartos. No se escucha nada a nuestro 
alrededor, excepto nuestros pies en el camino de grava. Parece que 
estamos completamente solos aquí, las únicas dos personas en todo 
el mundo. 
—¿Vamos a los viñedos? 
No contesta, solo me guía por las hileras de viñas. La mirada 
en su rostro es depredadora, oscura... el mismo hombre que me 
había llevado a la garganta profunda en los establos y a montarlo 
en un body rojo. Es la cara de un hombre obsesionado, que me 
tendrá a toda costa. Y yo renuncié a todo por él, lo sigo por el camino 
de la oscuridad, donde pone las reglas y nadie se atreve a 
cuestionarlo. 
Pero sé el poder que tengo, la forma en que había sufrido sin 
mí. Se doblegaría a mi petición, como hizo con Paolo y Enzo. La idea 
que este gran hombre esté dispuesto a cambiar de opinión por mí, 
su esposa, me pone caliente y temeraria, como si quisiera hacer 
cualquier cosa que me pida, por muy depravada que sea. Me hace 
vertiginosa y ligera, una suplicante dispuesta a adorar a sus pies. 
Me da ganas de jugar. 
Me quito los zapatos y salgo a correr. 
No necesito mirar atrás para ver si me persigue… sé que está 
allí, justo detrás de mí. Puedo sentir su aliento, su lujuria, mientras 
levanto mis delicadas faldas y corro por el suelo desnudo. La tierra 
fresca me amortigua los dedos de los pies y el viento hace que mi 
cabello corra detrás de mí como una bandera. Estoy libre y al aire 
libre, con la única persona a la que amo más allá de la razón. El 
 
 
 
 
 
 
 
hambre que siento por él es como estas hojas de uva... firmes, 
fuertes y duraderas. 
Me atrapa, sus grandes manos encuentran mi cintura y tiran 
de mí hasta detenerme, y me enjaula contra su pecho con sus 
brazos. Doy un forcejeo lastimero, que hace que sus músculos se 
tensen mientras me sujeta con más fuerza. 
—¿A dónde crees que vas, piccola monella? 
Oh, mierda. La siento en su voz. Esa áspera dominación, la 
que tiene cuando quiere dominarme. 
Y yo quiero desesperadamente ser dominada. 
—No tiene que hacer esto, signore —jadeo—. Seré buena para 
ti, lo prometo. 
Su cuerpo se sacude ligeramente y me hace girar. Su mirada 
brillante busca mi rostro, como si quisiera comprobar lo que está 
pasando, así que añado una súplica: 
—Por favor, déjame ir. 
Siento su rápida inhalación, veo cómo se dilatan sus fosas 
nasales. Sus dedos se clavan en mis costillas, y la fuerza que 
normalmente mantiene bajo control cobra vida. Mmmm, sí. Quiero 
sentir esa fuerza, ahogarme en ella esta noche. Despertarme 
mañana con sus huellas dactilares y marcas de mordiscos por todo 
el cuerpo. 
Ya habíamos jugado a estos juegos antes, aunque no a este 
en particular, pero aun así él conoce su parte. Sabe lo que quiero 
de él, porque nadie tiene más conocimiento de mi mente que 
Fausto. 
 
 
 
 
 
 
 
Su mano rodea la parte delantera de mi garganta, sin 
cortarme el aire pero apretando mi carne lo suficiente como para 
acelerar mi pulso. 
—Ahora me perteneces, pequeña, y nunca te dejaré ir. 
—No, por favor... 
Pierdo la capacidad de hablar cuando se inclina y me echa por 
encima del hombro. Marcha a través de las enredaderas, ignorando 
mis luchas y protestas poco entusiastas hasta que encuentra la fila 
que quería. Las plantas nos rodean, líneas paralelas de marrón y 
verde, y es un mundo alejado de los soldados y las armas. Un lugar 
más sencillo donde los hombres reclaman a sus mujeres en la tierra 
y el cielo abierto. 
Me pone de pie pero no me suelta. En cambio, su mano pasa 
por debajo de mi mandíbula para mantenerme quieta. 
—Vas a ser muy buena para mí, ¿capisce? Harás exactamente 
lo que te diga, ¿verdad? 
Retuerzo los labios, más excitada de lo que puedo soportar. 
—Pero nunca he hecho esto antes. Tengo miedo que me hagas 
daño. 
Su agarre se suaviza y su acento se hace más pronunciado, 
su voz oscura de deseo. 
—No te haré daño, dulce chica. Te prepararé, estiraré tu 
apretado coño para que reciba mi polla. —Su palma recorre mi 
pecho, y mi pezón se estremece ante su contacto—. Lo intentarás 
por mí. Quieres hacerme feliz, ¿no? 
Dios, sí. Mis rodillas son como gelatina mientras asiento. 
—Sí, Signore Ravazzani. Lo intentaré. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
VEINTE 
Francesca 
 
Fausto traga audiblemente y luego dice: 
—Date la vuelta. 
De espaldas, no pierde tiempo y toma los dos lados del vestido 
y tira con fuerza. Los botones vuelan al suelo mientras la costosa 
seda se abre como una gasa. Me quita la tela de los hombros, la 
baja por las caderas y la deja caer a mis pies. Me quedo desnuda a 
la luz de la luna. 
Sisea entre dientes. 
 
 
 
 
 
 
 
—Desnuda bajo el vestido. Sei la mia puttanella60, ¿no? 
Incluso un tanga deja líneas en la ropa, así que había ido en 
plan comando toda la noche. 
—No, soy una buena chica —digo, cubriendo mis pechos con 
una mano y mi montículo con la otra. 
Empuja sus caderas contra mi culo y me deja sentir la 
erección a través de sus pantalones. 
—Puede que ahora seas una buena chica, pero pronto serás 
una chica sucia y asquerosa para mí. —Me aparta las manos y se 
dirige a mi frente—. No, no te escondas. Déjame verte. 
Dejo caer lentamente mis manos y sus ojos me recorren, 
inspeccionándome. Arrastra la punta de los dedos sobre el pico de 
mi pecho y me arqueo hacia él, sin poder evitarlo. Las comisuras de 
su boca se curvan hacia arriba. 
—¿Ves? Estás deseando hacerlo. Una chica sucia que quiere 
que la follen. 
Tengo la boca seca de las ganas, pero digo: 
—No, no soy sucia. Me he reservado. 
Sus dedos bajan por mi estómago, sobre mi montículo casi 
desnudo, y en mi coño. Tararea en su garganta. 
—Allora… tal y como pensaba. Goteando para mí. Súbete a la 
manta, piccolina. Vamos a llenar ese coño necesitado con su 
primera polla. 
 
60 Sei la mia puttanella. Eres mi pequeña puta, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Jesús, de acuerdo. Va hacer que me corra solo con sus 
palabras. Cuando Fausto decide jugar conmigo, lleva el juego a 
lugares superiores, a alturas que nunca puedo imaginar. 
Con el cuerpo en llamas, camino sobre la manta y me acuesto. 
Él sigue completamente vestido, su traje negro a medida es la 
perfección absoluta, y paso mis ojos por encima de él con avidez. 
Llevo toda la noche admirándolo, su camisa blanca mostrando la 
piel aceitunada de su garganta, la corbata negra colgando por su 
poderoso pecho y su vientre plano. Y es mío. 
Mientras me mira el coño, se quita el traje y se desabrocha el 
cinturón. El contorno de su polla es evidente en sus pantalones, 
prueba de lo mucho que le gusta lo que estamos haciendo. Junto 
las piernas, protegiéndome. 
Él gruñe. 
—Ábrelas. Déjame ver lo que me pertenece. —Abro 
tímidamente mis muslos, pero no lo suficiente para su gusto—. 
Más. Muéstrame dónde me necesitas. 
Cuando estoy completamente abierta, se desabrocha los 
pantalones y baja la cremallera. Luego mete la mano dentro de sus 
bóxer y saca su polla, ahora más dura de loque nunca había visto. 
Su tamaño es jodidamente impresionante y mi respiración es 
totalmente real. 
—No, es demasiado grande —me quejo—. Me vas a partir por 
la mitad. 
Se da un brusco toque. 
—Puedes tomarme. Vas a tomarme todo y amarás cada 
segundo. 
 
 
 
 
 
 
 
Se arrodilla y se coloca entre mis muslos, abriéndome más 
para dejarle espacio. Mantengo las manos a los lados, un sacrificio 
para su placer. 
—Eso es —elogia, deslizando sus palmas sobre mi piel hacia 
mis caderas—. Relájate, mi dulce chica, y deja que tu paparino se 
ocupe de ti. 
Luego cambia al italiano y dice cosas que no están 
contempladas en ninguna aplicación de traducción, mientras 
acaricia su pulgar sobre mi clítoris. Es obsceno lo mojada que estoy 
ahora, mi cuerpo me duele por todas partes mientras la tensión 
aumenta dentro de mí. 
—Por favor —respiro, olvidando lo que estamos haciendo. 
Su rostro está tenso y sonrojado, con los ojos desorbitados, 
mientras se acerca a mi entrada. Sus pantalones y bóxer descansan 
alrededor de sus caderas, con la camisa y la corbata aún puestas, 
y nunca lo había deseado tanto. Me tenso, apretando mi coño para 
resistir mientras él introduce la cabeza. 
—Relájate —canturrea—. Déjame entrar. Se va a sentir muy 
bien. 
—De acuerdo, signore. Lo intentaré. —Doy una pequeña 
bocanada de aire y me retuerzo mientras se desliza un poco más—
. ¿Ya está dentro? 
—No, nena. Solo un poco más. Pero voy a tener que empujar 
pronto. Estás muy apretada. 
—¿Seré realmente tuya cuando termine? 
Sus caderas se sacuden, enviándolo más profundo, y ambos 
jadeamos. 
 
 
 
 
 
 
 
—Sí, serás mía. Siempre. 
Para siempre. 
—Se siente extraño —digo, poniendo una buena cantidad de 
asombro en mi voz—. Muy dentro de mí. 
—Esa es mi polla, diciendo hola a tu coño. Vamos a hacernos 
muy felices el uno al otro en un momento. 
Centímetro a centímetro me estira, con una invasión tan 
lenta, como si yo fuera todavía inocente. Está siendo cuidadoso 
conmigo y eso juega con la fantasía, poniéndome caliente. Estoy 
desnuda en el suelo, y todo lo que nos rodea, incluida yo, le 
pertenece a él, y no se me ocurre mejor lugar para pasar nuestra 
noche de bodas que en la tierra de sus antepasados. 
—Sí —dice—. Es bonito que me aprietes tanto. ¿Te gusta cómo 
me siento dentro de ti? 
—Todavía no lo sé. Me siento tan llena. 
Mira donde nuestros cuerpos se unen. 
—Mira tu hermoso coño, tan húmedo y preparado, 
succionándome. Toma todo de mí, como una buena chica. Voy a 
hacer esto tan perfecto para ti, dolcezza. 
Sigue avanzando y el escozor que experimento cuando toca 
fondo no es fingido. Fausto es mucho para tomar. Sin embargo, me 
encanta. Mi hombre no es fácil, pero no lo tendría de otra manera. 
—Ay. —Intento apartarlo de mí—. Me duele. 
—No, relájate. —Se inclina y me besa, aunque intento 
resistirme. Sin inmutarse, me sujeta la mandíbula y sigue 
haciéndolo hasta que empiezo a devolverle el beso y mi cuerpo se 
ablanda bajo él—. Oh, mi dulce chica —murmura—. Va bene, ¿no? 
 
 
 
 
 
 
 
Asiento y pongo mis manos sobre sus hombros. 
—Está un poco mejor. 
—Voy a moverme ahora. Deja que te folle y te muestre lo bien 
que se siente. —Flexiona sus caderas, retirándose ligeramente 
antes de volver, la gruesa longitud arrastrando sobre mis sensibles 
paredes. 
—Oh —digo, haciendo que mis ojos se giren—. Me ha gustado. 
¿Lo harás de nuevo? 
—¡Madre di Dio! —sisea, sus párpados se cierran de golpe 
como si le doliera—. Joder, Francesca. 
Me encanta volverlo loco de esta manera. ¿Podré hacerle 
perder su autocontrol y montarme como un animal en la tierra? 
—Por favor, Signore Ravazzani. No se detenga. Seré buena. 
Déjame sentirlo solo una vez más. 
Eso lo hace. 
Con un gruñido, empieza a penetrarme, empujando con su 
poderoso cuerpo, plantándose dentro de mí como si tratara de 
imprimirse en mi alma. Sus ropas son ásperas contra mi piel y lo 
abrazo con mis piernas alrededor de sus caderas. El juego se pierde 
en el frenesí, y nos convertimos en los dos trabajando, 
esforzándonos en la oscuridad, con gruñidos y suspiros arrastrados 
por la brisa salada. Saboreo su piel, sus labios, me retuerzo bajo él 
mientras me inmoviliza y me llama sucia y asquerosa, su pequeña 
zorra, todos los nombres que finjo odiar pero que amo en secreto. 
Y cuando susurra que va a llenarme con su semilla y dejarme 
embarazada de su hijo, me corro tan fuerte que casi me desmayo. 
Mi espalda se arquea mientras tiemblo, mis paredes se 
convulsionan alrededor de su polla, y entonces él también se corre, 
 
 
 
 
 
 
 
con gruesas pulsaciones que envían cálidos chorros a mi cuerpo. 
Echa la cabeza hacia atrás y grita, con su cuerpo pegado al mío 
como si no quisiera irse nunca. Como si no quisiera desperdiciar ni 
una sola gota, como si todo su semen tuviera que permanecer 
dentro de mi coño. 
Finalmente, se retira y se pone de rodillas. Con el pecho 
hinchado, se aprieta el puente de la nariz entre el pulgar y el índice. 
—Soy demasiado viejo para esto. Me vas a matar. 
Me rio y paso mi pie descalzo por su muslo hasta llegar a su 
pecho. 
—Me amas. 
Su expresión se suaviza mientras captura mi pierna y me 
abraza. 
—Sí, lo hago. Ti amo, mia bella moglie. 
—Lo mismo digo, paparino. ¿Te gustó tu noche de bodas? 
Se sube los bóxer y los pantalones y se estira a mi lado. Su 
mano se apoya en mi vientre. 
—Sí, mucho. Supongo que, al menos, nunca será aburrido 
contigo. 
Me inclino para apretar un rápido beso en su boca. 
—Siempre seré tu sucia mantenuta. 
—Te gustó cuando te dije que te iba a llenar y te iba a dar un 
bebé. 
Joder, sí, me había gustado. 
 
 
 
 
 
 
 
—Te gustó cuando actué como tu pequeña esposa virgen, 
viendo una polla por primera vez. 
Me agarra un pecho y lo aprieta suavemente. 
—Nunca creí que esto me excitara tanto, sobre todo porque ya 
me he follado a una esposa virgen antes y no fue nada parecido a 
esto. 
—¿Cómo fue la primera vez con Lucia? 
Frunce el ceño. 
—No me gusta hablar de ella. Me parece una falta de respeto. 
—¿Por qué? ¿No vas a destrozarla, verdad? 
Pone una cara que muestra exactamente lo que piensa de mi 
jerga juvenil. 
—No me gusta hablar mal de los muertos. 
—¿Tienes miedo de ir al infierno, Il Diavolo? —Eso me vale un 
fuerte pellizco en el pezón—. ¡Mierda, Fausto! 
—Eso es por tu boca inteligente, monella. 
El dolor se extiende por todo mi cuerpo, seguido de un 
torrente de endorfinas que hace palpitar mi clítoris. 
—Eso me gusta —murmuro. 
—Se nota. —Lo hace de nuevo—. Te compraré unas pinzas 
para los pezones. ¿Sabes lo que son? 
—Todo el mundo sabe lo que son las pinzas para los pezones 
—le digo secamente—. Sabes que tengo acceso a Internet, ¿verdad? 
 
 
 
 
 
 
 
Esta vez me pellizca más fuerte y grito. El calor irradia tras el 
dolor cuando me suelto. 
—Deja de excitarme —le digo, golpeando su mano—. Quiero 
oír hablar de tu primera noche de bodas. 
—¿Por qué? 
—Porque quiero saber sobre tu vida antes de mí. Tengo 
curiosidad por Lucia. 
—Nada bueno puede salir de escarbar en el pasado, amore. 
Inclino la cabeza para mirarlo fijamente. 
—¿Quieres contármelo y dejar de ser tan dramático? 
Suspira con fuerza y me acaricia el estómago. Su anillo de 
bodas de platino parpadea a la luz de la luna, una visión que hace 
que mi corazón suspire de felicidad. Dice: 
—La ceremonia se celebró en el castello, seguida de una cena 
de nueve platos. Podía sentir que se ponía más nerviosa con cada 
plato que pasaba. La multitud también se volvió más bulliciosa, con 
cánticos de “bacio61” cada vez más fuertes a medida que avanzaba 
la noche. No me había acostado antes con una virgen, así que no 
tenía ni idea de qué esperar, pero supuse que la había preparado 
su madre o sus hermanas. 
—O Google —añado. 
—Exactamente. Cuando subimos, estaba claro que ella 
ignoraba lo que iba a ocurrir. Sabía que tenía que tratarla con 
cuidado,como una esposa y no como una mantenuta. Aquí hay una 
distinción muy clara entre las dos. 
 
61 Bacio. Beso, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Excepto para mí. 
Su sonrisa es perversa. 
—Excepto para ti. Allora, traté de ser paciente con Lucia, pero 
ella quería que se acabara cuanto antes. Como si estuviera decidida 
a no disfrutarlo, ¿capisce? Y necesitábamos la sangre en las 
sábanas. 
Esto no parece ir en una dirección positiva. 
—¿Entonces? 
Se inclina y me da un beso en el estómago, con su aliento 
cálido y húmedo en mi piel. 
—No fui tan cuidadoso como debí haber sido con ella. Lo 
soportó y luego se acabó. Pero a mi padre le gustó la sangre. 
Casi nunca habla de sus padres. Tengo cientos de preguntas 
que me queman la lengua, pero las retengo. Algo me dice que ésta 
noche solo puedo pincharlo hasta cierto punto, y ya abrí la herida 
de su primera esposa. 
Su lengua se arremolina en mi ombligo. 
—Eres tan hermosa. Me duele el corazón solo con mirarte. 
Mi pecho se hincha y paso los dedos por su suave cabello. 
—¿Esperas un niño o una niña? 
Deja caer más besos donde nuestro bebé está creciendo. 
—No me importa. Ya tengo un heredero, así que lo que 
tengamos será un regalo. Pero mentiría si dijera que no estoy 
deseando tener una hija. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿El poderoso rey de la mafia, sentándose en fiestas de té y 
dejando que te pinte las uñas? 
—Sería un honor. Siempre quise tener muchos hijos. 
—Eso es porque a ti te toca la parte fácil. 
Se ríe y vuelve a colocar su cuerpo entre mis piernas, su boca 
se acerca a mi montículo. 
—Déjame compensarte, entonces. 
 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
VEINTIUNO 
Fausto 
 
A la mañana siguiente, temprano, estoy de vuelta en mi 
escritorio, revisando un contrato de la ciudad que estamos 
licitando. El alcalde Volpe me aseguró que el trabajo iría a parar a 
mi empresa constructora, aunque mi oferta fuera el doble que la de 
los demás. Así son las cosas aquí. Nadie sale adelante jugando 
limpio. 
Las gemelas Mancini aterrizaron en Toronto durante la noche. 
Mancini preguntó por la boda, pero yo no tengo ganas de hablar. 
Quiero tener tan poco que ver con la familia de Francesca como sea 
posible. Esa parte de su vida ha terminado. Ella me pertenece a mí, 
a nadie más. Su futuro está conmigo y con mi familia, en esta finca. 
Ella permanecerá a mi lado hasta que yo muera. 
 
 
 
 
 
 
 
Mi esposa. 
Nunca me cansaré de decir esas palabras. 
Después de follar en los viñedos la noche anterior, la llevé 
dentro para que se limpiara y luego me la volví a follar, esta vez en 
una cama. Mi espalda grita en protesta esta mañana por eso, pero 
no me arrepiento. La follaré tan a menudo como ella me lo permita. 
Giulio entra con dos tazas de café expreso. Estoy 
impresionado. Se ha levantado temprano, con los ojos despejados y 
bien vestido. Me da esperanzas. 
—Buongiorno —dice, y coloca una taza cerca de mis papeles. 
—Ciao. —Le agradezco el espresso—. ¿Has...? 
Mi teléfono suena y compruebo la pantalla. Marco debe llegar 
en cualquier momento, pero no es mi primo. Es un número de 
Piemonte, uno que no reconozco... pero que sospecho. No hay 
mucha gente que tenga mi número directo, salvo los otros dirigentes 
de la 'ndrina y los funcionarios del gobierno con los que trabajo 
estrechamente. 
Exhalando, me deslizo para contestar y luego pongo el altavoz 
para que Giulio lo escuche. 
—Pronto. 
—¡Ciao, Fausto! 
Es como pensaba. Reconocería su voz en cualquier lugar. 
—Ciao, Mommo. ¿Come stai? 
—Va bene, va bene. ¿Ese paquete que tienes que devolver? 
¿Lo has pensado mejor? 
 
 
 
 
 
 
 
No me sorprende su código. Por paquete se refiere a Enzo, y 
no voy a devolver ese stronzo sino en pedazos. Además, Mommo ya 
lo intentó. ¿Por qué está insistiendo de nuevo en el asunto? 
—He decidido quedármelo. Está frágil y no durará mucho 
más. 
Hay un largo silencio al otro lado. Finalmente, Mommo dice: 
—Es decepcionante escuchar eso. Tu padre querría que 
hicieras lo correcto, sobre todo después de la alegre boda de anoche. 
Cazzata. Mi padre habría disfrutado torturando a Enzo hasta 
la muerte de inmediato, sin importar qué miembros de La Provencia 
se quejarán de eso. 
Pero lo que me preocupa es cómo Mommo se enteró de mi boda 
tan rápidamente. Mi semen está prácticamente secándose sobre mi 
esposa. ¿Cómo mierda se ha corrido la voz tan rápido? 
—Me sorprende que te hayas enterado. 
—Ya conoces a estos hombres. —Se ríe, con una profunda 
carcajada de fumador que indica un hábito de toda la vida—. 
Cuentan chisme peor que las viejas. 
Marco entra y frunce el ceño al ver mi expresión. Vuelvo a 
prestar atención a la llamada. 
—Sí, lo hacen. Aun así, me sentiría mejor si supiera de dónde 
ha salido la información. 
—No todos los días se casa uno de nuestros líderes más 
poderosos, Fausto. Todo el mundo habla de eso. Celos, sin duda, 
por tu hermosa esposa. 
Aprieto los dedos, cerrando el puño una y otra vez. 
 
 
 
 
 
 
 
—Y, sin embargo, no te he oído dar las felicitaciones. 
La pausa resultante me dice todo lo que necesito saber. 
—Felicidades, hijo mío. ¡Evviva gli sposi62! —Los tradicionales 
buenos deseos suenan forzados. 
—Gracias —digo con frialdad—. ¿Hay algo más? 
—No, pero exigirán respuestas sobre ese paquete dentro de 
unas semanas, cuando te vea. Esto no pasará desapercibido. 
Se refiere a Crimine, la reunión anual de los máximos 
dirigentes de la 'Ndrangheta. 
—Estoy más que feliz de explicarme, pero esto es un asunto 
privado. Ellos lo entenderán. 
—Espero por tu bien que tengas razón. Tengo que irme. Ciao, 
Fausto. 
Nos despedimos y arrojo el teléfono sobre el escritorio con un 
estruendo de rabia. Me paso una mano por el cabello. 
—No me gusta esto —digo a Giulio y a Marco. 
Mi primo se frota la boca con una mano. 
—¿Cómo se ha enterado tan rápido de tu boda? 
—Esa es una buena pregunta. —Me recuesto y exhalo hacia 
el techo. Madonna, no son ni las nueve y este día ya se convirtió en 
una mierda—. ¿Dónde estamos con nuestras investigaciones sobre 
los hombres? 
 
62 Evviva gli sposi. Viva los recién casados, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
—Emilia cree que Benito está limpio. Hablé con ella ayer —
dice Marco—. No hay nada en sus finanzas que sugiera la entrada 
o salida de dinero, no más de lo habitual. Al menos que ella haya 
podido encontrar. 
—Estoy cerca de Benito —coincide Giulio—. Sabría si está 
trabajando con uno de nuestros enemigos. 
Tal vez. Sin embargo, no estoy dispuesto a arriesgar la 
seguridad de mi familia por un tal vez. 
—¿Dónde estamos con los demás? 
—Emilia está trabajando en eso. Le di más nombres para 
investigar. Ella dijo que las cosas de Vic están muy cerradas. Se 
encuentra con callejones sin salida en todas partes. 
—Eso es sospechoso. 
—Tal vez, pero tal vez no —dice Giulio—. Es un experto en 
tecnología. No es un soldado despistado que guarda su dinero bajo 
el colchón. 
La boca de mi estómago se revuelve al considerar esto. Quiero 
respuestas. Normalmente, soy un hombre paciente, pero cada día 
que este traidor permanece en las sombras es un riesgo para todo 
lo que amo. 
—Aun así, no me gusta. ¿Lo mantenemos fuera de la finca? 
—Cierto —dice Marco—. Está trabajando en reforzar la 
seguridad en uno de los almacenes. Tengo a unos cuantos hombres 
vigilándolo. 
—¿Deberíamos intentar sudar con él? ¿Traerlo al calabozo y 
ver qué podemos averiguar? 
Marco niega con la cabeza. 
 
 
 
 
 
 
 
—Es demasiado arriesgado hasta que tengamos más 
información. Si no es Vic, pondrá en evidencia al verdadero traidor 
y puede que nunca sepamos quién es. 
—Eso es cierto. Los hombres se darán cuenta —añade 
Giulio—. En cuanto Vic desaparezca, se correrá la voz. 
Le doy vueltas al problema en mi mente, lo examino desde 
todos los ángulos. 
—¿Y sinos llevamos a esta mujer, a la agente del GDF? 
¿Rinaldo? ¿La hacemos sudar en su lugar? 
Marco y Giulio intercambian una mirada. 
—Es una mujer, Papà —dice Giulio—. No podemos... 
Lo deja colgado, pero yo ya me estoy inclinando hacia 
adelante. 
—Me da igual que sea una mujer. ¿Se acercó a Francesca? 
Debería morir solo por eso. 
—Quedaría muy mal —dice Marco con cuidado—. Y traería 
una tonelada de mierda sobre nuestras cabezas. El GDF y la prensa 
se volverían locos. 
Yo lo sé, pero a una parte de mí no le importa. 
—¿Y si hacemos un viaje a Piemonte? 
Marco frunce los labios, cosa que hace a menudo mientras 
piensa. 
—¿Atrapar a uno de los chicos de Mommo? Me gusta. 
—¿No sospechará de nosotros? —pregunta Giulio. 
 
 
 
 
 
 
 
—Al principio no —digo—. Me trata como si fuera un idiota, 
como si fuera un mentor en ausencia de mi padre. 
—Me gusta esto —dice Marco—. Organizaré un viaje mañana, 
después que veamos quién del equipo de Mommo podría tener más 
respuestas. 
—Bien. —Miro a Giulio—. Siéntate con Francesca hoy. Haz 
que escriba todo lo que recuerde de su tiempo con Enzo, incluso si 
cree que es insignificante. Anoche mencionó algunas cosas durante 
la recepción, y tal vez pueda recordar más. 
—Lo haré, después de su cita con el médico. 
¿Francesca tiene una cita con el médico hoy? 
—¿Por qué no me dijeron que iba a salir? —Frunzo el ceño 
mirando a mi primo—. ¿Lo sabías? 
—Sí. Hemos organizado la seguridad. 
—Quiero que su médico venga aquí —espeto—. No más viajes 
fuera de la finca. 
Mi hijo hace una mueca y levanta las palmas de las manos. 
—Eso no le va a gustar. 
—Es una puta pena. Debería... —Me muerdo las palabras, 
demasiado enfadado con todos—. Olvídalo. Se lo diré en cuanto se 
despierte. 
 
 
Francesca 
 
 
 
 
 
 
 
Finalmente me levanto de la cama y llevo mi culo exhausto 
escaleras abajo para tomar un café. Es cierto que es descafeinado 
por culpa del bebé, pero no me quejo. Relajarme y tomar una bebida 
caliente suena celestial ahora mismo. Fausto me había agotado la 
noche anterior. 
¿Pero nuestra noche de bodas? La perfección absoluta. 
Mientras viva, nunca olvidaré la forma en que me miró, la 
forma en que me devoró en los viñedos. Luego me llevó al interior y 
derritió mi corazón follándome lenta y dulcemente, sin apenas 
romper el contacto visual en todo momento. Dios. Solo de pensarlo 
me dan escalofríos. 
Giulio aparece de repente a mi lado junto a la máquina de café 
espresso. 
—Por fin te has despertado. 
Lo miro seriamente de reojo. 
—Suelo levantarme antes que tú, así que no sé de qué 
demonios estás hablando. —Mi taza finaliza, así que la saco de la 
máquina y me la llevo a la boca, soplando el líquido para enfriarlo—
. Hablando de eso, ¿por qué te has levantado tan temprano? 
—Estaba reunido con Fausto y Marco. 
—¿Tu nuevo papel de seguridad? 
—Sí. 
No dice nada más mientras empieza a preparar otra taza de 
café espresso, así que le doy un golpecito en el hombro con el mío. 
—¿Y bien? 
—¿Y bien, qué? 
 
 
 
 
 
 
 
—¿De qué han hablado? ¿Qué está pasando? 
Frunce el ceño mientras pulsa los botones. 
—Sabes que no puedo decírtelo. 
—¿Por qué no? 
—Porque es un asunto de negocios. 
Me pongo la mano en el pecho. 
—Pero ahora soy de la familia. Equipo Ravazzani. Se me 
permite conocer los negocios. 
El ruido que escapa de su boca dice que no está de acuerdo. 
—Si mi padre lo aprueba, entonces te diré lo que quieras 
saber. 
La irritación me recorre la piel. No me gusta que me 
mantengan en la oscuridad. ¿No se supone que Giulio y yo somos 
amigos? 
Inclinándome, digo: 
—Si no me lo dices, te contaré todo sobre mi increíble noche 
de bodas con toneladas de sexo duro y orgasmos... 
—¡Dai, matrigna! ¡Basta! 
Me rio ante el genuino horror en su expresión. 
—Cada vez que me cierres la boca entonces te hablaré de 
todos los orgasmos que me está dando tu padre. 
—Qué asco, Frankie. Déjalo ya. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Dejar qué? —pregunta Fausto, al aparecer en la puerta de 
la cocina 
Mi esposo entra a grandes zancadas, luciendo muy sexy en 
un traje gris de tres piezas que abraza su cuerpo. Pero no es la ropa 
a medida ni los caros zapatos de cuero lo que me llama la atención. 
Ni siquiera el elegante reloj de plata que asoma bajo el puño de su 
camisa de vestir. Es el anillo de platino de su dedo anular izquierdo 
lo que capta mi atención. Es realmente mío. 
—Oh, bella. —Se ríe Giulio en voz baja antes de dar un sorbo 
a su espresso—. Lo tienes muy mal. 
Sin terminar de torturar a Giulio, me centro en Fausto, que 
está poniendo su taza y su plato en el fregadero de porcelana. 
—Le estaba contando a tu hijo todo el sexo increíble que 
tuvimos anoche. 
Giulio se atraganta con su espresso, y enseguida se pone en 
marcha hacia el pasillo. 
—¡Bacha ma culo, matrigna63! 
Hago rodar los labios entre los dientes para no reírme. 
—¡Lo mismo digo, figliastro64! —Sí, había investigado la 
palabra para hijastro por esta misma razón. 
Fausto sacude la cabeza, como si Giulio y yo fuéramos dos 
niños odiosos que ponen a prueba su paciencia. 
—Tengo que hablar contigo —me dice, apoyándose en el 
mostrador y cruzando los brazos. 
 
63 Bacha ma culo, matrigna. Besame el culo madrasta, en italiano. 
64 Figliastro. Hijastro, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
No me gusta cómo suena eso. 
—¿Oh? 
—¿Tienes una cita con el médico esta tarde? 
—Sí. A las dos. 
—Tienes que arreglarlo para que el médico te visite aquí. 
No da detalles ni explicaciones, lo que me hace erizar un poco. 
—¿Por qué? 
—Porque yo lo digo, Francesca. Es más seguro así. 
—Pero... 
—No hay ningún “pero”. Tu seguridad y la de nuestro hijo es 
mi responsabilidad. El médico puede venir aquí. 
—Fausto —espeto—. Está bien para futuras citas, pero no 
puedo cancelar en el último momento. Ya he confirmado que estaré 
allí. 
—Entonces llama y diles que no lo harás —empiezo a discutir, 
y él levanta la mano—. Me esfuerzo por no levantar la voz ni perder 
la paciencia, pero es más seguro para ti en el castello. 
—Y yo acepté tener futuras citas aquí. Pero todavía no 
tenemos ningún equipo. ¿Cómo se supone que van hacer un 
chequeo? Además, ¿quién sabe cuándo podrá hacerme un espacio? 
—¿Has olvidado tu apellido? Te hará un espacio, no te 
preocupes. 
Esto es ridículo. 
—Giulio puede llevarme hoy si estás ocupado. 
 
 
 
 
 
 
 
—No tiene nada que ver con que esté ocupado o no. No te 
quiero fuera de la finca. No ahora, tal vez nunca. 
Su voz sube de tono hasta convertirse en un rugido, pero me 
mantengo firme. 
—¿Has perdido la cabeza? No puedo ser una prisionera aquí. 
—Lo serás, si te lo pido. 
La conversación toma un giro drástico, uno que 
definitivamente no me gusta. 
—¿No estamos comprometidos? Porque ahora mismo no lo 
parece. 
Me mira fijamente a mi rostro, las profundidades azules 
brillantes se arremolinan con la emoción. Sé que viene desde el 
amor, que está preocupado por mí y por nuestro bambino, pero no 
me gusta empezar este matrimonio como una dictadura. Tiene que 
aprender a trabajar conmigo, a respetar mis sentimientos. A confiar 
en mí. Le pregunto: 
—¿Hay algo que no me estás contando? 
—No. 
—Entonces voy a acudir a mi cita. Hablaré de trasladarlas 
aquí para el futuro y pediré una lista de equipos para comprar, pero 
quiero asegurarme que todo está bien con el bebé. 
Se endereza apartándose del mostrador, su cuerpo 
instantáneamente tenso. 
—¿Has sentido algún dolor? ¿Alguna molestia? 
—¿Te refieres a después que me follaras anoche? 
 
 
 
 
 
 
 
—Lo digo en serio, monella. 
—No hay dolor, no hay punzadas. Pero me duele todo. No 
hemos sido precisamente suaves. 
Hace una mueca, casi como si se sintiera culpable. 
—Bien, te llevaré. Te tranquilizaremos con lo del bebé. 
El calor se extiende a través de mí. Está aprendiendo. 
Me acerco y le rodeo elcuello con los brazos, estrechándolo. 
Deja caer sus manos sobre mis caderas. 
—Cariño —susurro, acariciando su mandíbula rasposa. No se 
había afeitado esta mañana y me encanta el tacto de su vello en mi 
piel—. ¿Acabamos de tener nuestra primera pelea como pareja 
casada? 
Pone su rostro en mi cabello e inhala mientras sus manos 
recorren mi espalda. 
—Me gusta cuando eres dulce conmigo. Mi gatita. 
—Entonces prometo ser muy dulce contigo más tarde, 
después de mi cita con el doctor. 
Gruñe. 
—Me preocupa que te pase algo. Que le pase algo al bebé. 
—Puedes mantenernos a salvo, paparino. No hay nadie más 
capaz que tú y tus hombres. 
Baja la cabeza y me besa detrás de la oreja, luego se mueve a 
lo largo de mi garganta, sus labios suaves y adoradores. 
—Me vas a volver loco el resto de mi vida, ¿verdad? 
 
 
 
 
 
 
 
—Ese es el plan, amore. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
VEINTIDÓS 
Enzo 
 
No tengo ni idea de cuánto tiempo he estado preso en el 
calabozo de Ravazzani. ¿Días? ¿Semanas? El tiempo ya no tiene 
sentido mientras entro y salgo de la conciencia. 
Todo mi cuerpo grita de dolor. Estoy bastante seguro que mi 
pulmón izquierdo está perforado, lo que puede ocurrir cuando las 
costillas están rotas como las mías. No puedo mantener la cabeza 
en alto sin marearme. Mi hombro derecho está dislocado, al igual 
que mi rodilla izquierda. Cada respiración es una agonía. 
Pero nunca me rompí. 
De alguna manera soporto la crueldad de Fausto. Pienso en 
mi esposa e hijos, en mi familia. Pienso en la playa de Napoli, en mi 
 
 
 
 
 
 
 
casa de allí que tanto amo. Pienso en mis lugares favoritos, en mis 
comidas preferidas, en cualquier cosa que me permita escapar de 
esta pesadilla, aunque solo sea en mi mente. 
Solo tengo que mantener la boca cerrada y sobrevivir. 
Fausto aún no tiene lo que quiere... el acceso a mi imperio. 
Moriría antes de cedérselo a alguien. Me ha llevado años establecer 
el esquema de fraude informático, y los otros jefes me ridiculizaron 
en el camino. Luego, cuando empecé a ganar montones de euros, 
todos quisieron cosechar los beneficios. Que se jodan. 
Y que se joda Fausto. Ha mantenido un dominio sobre el 
mercado europeo de la droga durante años, sin compartirlo con el 
resto de nosotros. Y si alguien más intentaba el contrabando, 
reaccionaba con un rápido castigo, como un matón en la escuela 
primaria. 
Así que he sido más inteligente. Creativo y más progresista. 
Solo yo traje a la 'Ndrangheta al siglo XXI. Las drogas pueden ser 
mejor entendidas por la vieja escuela, pero yo gané cientos de miles 
de millones cada año con el fraude. Fausto Ravazzani nunca pondrá 
sus manos en eso, tampoco. 
Una llave gira en la cerradura metálica de la parte superior de 
la escalera y me quedo helado. 
Ese sonido me persigue. Señala horas y horas de terrible 
sufrimiento, y no estoy seguro de cuánto más podré soportar. 
Además, prometió matarme la próxima vez que me visite. 
Cuando haya enviado a sus hermanas de vuelta a Toronto, 
bajaré y terminaré lo que he empezado. 
Mi corazón comienza a acelerarse mientras intento aspirar 
aire. En cualquier momento la pesada puerta se abrirá y escucharé 
 
 
 
 
 
 
 
el roce de sus zapatos en los escalones de piedra. Sus risas y su 
regocijo mientras se anticipa para hacerme daño una y otra vez. 
Nada. 
Solo hay silencio. No entiendo qué pasa. ¿Dónde está Fausto? 
¿Su consigliere, Marco o su hijo, Giulio? 
Estoy sudando. Mi respiración es entrecortada cuando 
intento introducir suficiente aire en mis pulmones dañados. ¿He 
imaginado el sonido? O se trata de otra forma de torturarme, de 
aumentar mi miedo hasta dejarme casi catatónico. 
Cazzo. Ya no lo sé. 
La habitación nada, a pesar de tener los ojos cerrados, la 
oscuridad me traga. Y lo agradezco. 
 
 
Fausto 
Mientras vamos en el auto a la cita con el médico, Francesca 
tiene la cara casi pegada a la ventanilla del auto, con los ojos muy 
abiertos para ver la ciudad. Es como si nunca hubiera visto tiendas 
y restaurantes. 
Porque no ha visto mucho de Siderno antes. 
La culpa se asienta en la parte superior de mi columna 
vertebral, el arrepentimiento pesa sobre mí esta tarde. Si fuera un 
hombre normal, la habría llevado a cenar, a espectáculos, a clubes 
nocturnos y fiestas. Todo lo que una chica de su edad merece. 
 
 
 
 
 
 
 
Pero no soy un hombre normal y nuestra vida se vivirá 
siempre en la sombra. Ella y nuestros hijos tendrán que quedarse 
en la propiedad, como yo. Es demasiado peligroso de otro modo, y 
Francesca acabará por respetar mis órdenes sin rechistar. Mi 
primera esposa había muerto a manos de mis enemigos. No 
sobreviviría si perdiera también a Francesca. 
Me pregunto si he sido demasiado indulgente al ceder a esta 
cita hoy. Sin embargo, su preocupación por el bebé me convenció. 
Últimamente he sido duro con ella, así que será bueno 
tranquilizarnos a los dos. 
Se habían tomado precauciones adicionales para la salida, 
incluyendo el triplicar el número de soldados que nos acompañan. 
El auto había sido revisado en busca de aparatos y dispositivos de 
rastreo, como de costumbre, y la ruta había sido asegurada. 
Aunque Enzo ya no supone una amenaza, todavía tengo otros 
enemigos. No voy a correr ningún riesgo con Francesca y nuestro 
hijo. 
El teléfono de Marco suena, interrumpiendo el silencio. 
Contesta y habla en voz baja con frases crípticas, como siempre 
hacemos con nuestros asuntos cuando usamos los teléfonos. 
Cuando termina, se vuelve hacia mí. 
—No es nada. Te lo contaré más tarde. 
Porque Francesca está en el auto. 
—¿Algo serio? 
—No. Hoy he tenido que reorganizar a la gente mientras tú no 
estabas y los hombres se han confundido. Además, he resuelto 
quién va a Piemonte. 
—Bien. ¿Mantienes informado a Giulio? —Mi hijo está en el 
auto de atrás de nosotros, viajando con más de mis hombres. 
 
 
 
 
 
 
 
—Le enviaré un mensaje ahora. 
—¿Se trata de Enzo? 
Ante la pregunta de Francesca, Marco hace una mueca de 
disgusto y mira lentamente hacia adelante, como si se apartara de 
esta conversación. Me inclino hacia mi esposa. 
—Sabes que no puedo hablar de estas cosas contigo. 
—Pero lo estabas discutiendo delante de mí. 
—Una buena esposa fingiría que no ha oído nada —bromeo, 
sabiendo que eso la hará enfadar, mientras paso mis dedos por su 
brazo. 
Ella baja la voz y se inclina hacia mí: 
—No quieres una buena esposa. Te aburrirías con ella en una 
tarde. 
Probablemente tiene razón. Me muevo para besarla, mi pecho 
se hincha con la magnitud de lo que siento por esta mujer. La amo 
muchísimo. 
No me importa que los hombres del frente sepan que estoy 
besando a mi esposa, no cuando los labios de Francesca están tan 
ansiosos, su boca tan caliente. Sus tetas se aprietan contra mi 
brazo, su pierna se mueve inquieta a lo largo de la mía, como si 
tratara de acercarse. Deslizo mi mano por su muslo desnudo, 
ansioso por escuchar sus pequeños gemidos. 
Entonces su estómago gruñe. Con fuerza. 
Me aparto y veo que su rostro se pone rojo. Se muerde el labio. 
—Lo siento. No he podido almorzar. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Por qué no? 
—No me pongas el ceño fruncido —espeta—. Nada me pareció 
bien en ese momento. No es gran cosa. 
—Es algo muy importante. Mi hijo o hija necesita que te 
mantengas sana, esposa. 
—Lo tengo cubierto. No necesito que te metas en mis asuntos. 
Su actitud displicente no me tranquiliza. 
—Tus asuntos son mis asuntos. ¿O te has olvidado? 
Hay una tienda de helados a pocas puertas del edificio de 
oficinas donde reside la consulta de su médico. Miro a mi esposa y 
tomo una rápida decisión. 
—Detente, Nesto. 
 
 
Enzo 
Un ruido me despierta. Pero no hay nadie en el calabozo. 
Ahora estoy seguro que estoy oyendo cosas. 
Mi cerebro trata de concentrarse, pero es como avanzar por 
arenas movedizas. Estoy entumecido y débil, y cada segundo que 
estoy consciente me pareceuna hora. 
Ya está. Lo oí de nuevo. Es la puerta. 
¡Cristo! No, no, no. 
 
 
 
 
 
 
 
Me estremezco, el miedo llenando mis venas como agua 
helada. Trato de pensar en las pequeñas palabras de oración que 
aún puedo recordar. Por favor, ayúdame. 
Esta vez son más. Cuento al menos ocho hombres bajando las 
escaleras. Van más lentos que de costumbre. Pero, ¿por qué 
apresurarse, supongo? No voy a ninguna parte. 
Escucho susurros pero no puedo distinguirlos. Eso es 
extraño. Normalmente Fausto me grita, se burla de mí en cuanto 
entra en el calabozo. 
Se acercan, pero no me molesto en mirar. No necesito ver su 
satisfacción cuando me vea, desnudo y abatido, en el suelo del 
calabozo. Rezo para que me mate rápidamente, pero sé que no lo 
hará. 
Por favor. 
—Don D'Agostino. 
Hace tiempo que nadie me llama por ese nombre. Abro mi ojo 
bueno y entrecierro los ojos, tratando de distinguir un rostro. 
Conozco ese rostro. 
Es uno de mis hombres. 
—Don D'Agostino —respira, con su mirada recorriendo mi 
cuerpo destrozado—. Gracias a Dios que está vivo. 
El abrumador alivio hace que se formen lágrimas, así que 
cierro el ojo y me relajo en el suelo. ¡Dio santo! Han venido por mí. 
Por fin. 
Ravazzani no sabía que tengo gente cercana, gente que 
trabajaría para sacarme, y yo rezaba cada mañana para que fuera 
 
 
 
 
 
 
 
el día. Casi se me había acabado la esperanza. Después de la última 
visita de Fausto, estaba seguro que mi tiempo se había acabado. 
Pero aguanté lo suficiente. Pronto seré libre. 
Las voces continúan a mi alrededor. 
—No puede caminar. Tendremos que llevarlo en brazos. 
—Pero creo que su hombro está dislocado. 
—No podemos arreglarlo ahora. No tenemos tiempo. 
Hay un crujido y siento que mi cuerpo se mueve mientras se 
ponen en posición. Hago un gemido lastimero cuando me levantan, 
sonando más como un animal herido que como un hombre. El dolor 
es insoportable. 
Debí de desmayarme al subir las escaleras, porque lo 
siguiente que recuerdo es que estamos al aire libre. Los disparos 
estallan en la distancia y abro el párpado para ver dónde estamos. 
Me llevan por el lado del castello de Fausto. Los cuerpos 
salpican el suelo, la tierra oscura y húmeda bajo ellos. Mis hombres 
me rodean, al menos diez, algunos sosteniéndome y el resto 
ofreciéndome protección. Los empujones y los desplazamientos casi 
me hacen vomitar, aunque no tengo nada en el estómago. 
Uno de mis hombres dispara su arma, un sonido que me 
resulta familiar y extraño después de tanto tiempo de aislamiento. 
Apenas puedo respirar mientras se efectúan más disparos, la 
esperanza y el terror se alojan en mi garganta. Que me detengan 
ahora, cuando estoy tan cerca de la libertad, sería peor que no tener 
nunca una oportunidad. Tendrían que ponerme una bala entre los 
ojos aquí mismo porque no volvería a ese calabozo bajo ningún 
concepto. 
 
 
 
 
 
 
 
Empiezan a gritar, pero estoy demasiado débil y con náuseas 
para entender lo que dicen. 
En cambio, me pongo a rezar. 
 
 
Fausto 
Nesto lanza una mirada de preocupación a Marco antes de 
mirarme por el espejo retrovisor. 
—Pero, Don Ravazzani… 
—Aquí —repito en tono cortante, el que mis hombres saben 
que es una orden. Agradezco su cautela, pero estamos bien 
vigilados y el obstetra está a unas pocas puertas. No hay razón para 
no invitar a mi mujer a un helado ahora mismo. 
Nesto reduce la velocidad del auto, guiándonos hacia la acera, 
y luego se detiene. Francesca mira por encima de mi hombro. 
—¿Qué está pasando? ¿Por qué nos detenemos aquí? 
Abro la puerta y me bajo. El auto que viene detrás también se 
detiene y mis hombres se apresuran a abordar la acera para ofrecer 
protección. Marco está a mi lado, con su mirada aguda observando 
la calle, su cuerpo tenso y preparado. Puedo oír el zumbido de su 
teléfono, pero lo ignora. 
—¿Algo? —le pregunto. 
—No, pero hagamos esto rápido. 
 
 
 
 
 
 
 
Le tiendo la mano a Francesca y sus dedos se encuentran con 
los míos. 
—Dai, andiamo. —La ayudo a salir del gran auto—. Quiero 
alimentarte. Vamos a comprarte un helado. 
—Me vas a comprar helado. ¿Ahora mismo? —Me dedica esa 
sonrisa secreta y burlona, la que dice que sabe lo mucho que la 
amo. Haría cualquier cosa por esa sonrisa. 
—Nunca es mal momento para un helado, ¿no? —Le paso el 
brazo por la cintura y la acerco mientras caminamos hacia el 
interior—. Sé lo mucho que te encanta. Y sé que tienes hambre. 
La tienda está vacía, así que se toma su tiempo para decidir, 
pidiendo muestras de tres o cuatro sabores diferentes. Cuando se 
decide por el de menta y chocolate, ya sonríe y ríe. Marco y Nesto 
esperan afuera como un muro protector, así que le abro la puerta. 
Me espera en el pasillo y levanta la cuchara. 
—Toma, prueba esto. 
—¿Estás segura? —Le sonrío—. Me dijeron que nunca debía 
quitarle la comida a una mujer embarazada. 
Pone los ojos en blanco, pero se ríe. 
—Oh, la misoginia. No tienes remedio, esposo. 
Su felicidad se hunde en mis huesos, un bálsamo para toda 
la violencia y la crueldad con la que lidio a diario. Es como si las 
nubes oscuras que se ciernen sobre mi alma se abrieran solo para 
ella, lo suficiente para dejar entrar su boca descarada y su espíritu 
resistente. 
Le agarro la mano y me inclino hacia el helado. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Enzo 
Estoy demasiado mareado, así que tengo que mantener los 
ojos cerrados. Los gritos y los disparos se hacen más fuertes, más 
intensos a medida que avanzamos. Uno de los hombres que me lleva 
tropieza y un dolor horrible recorre todo mi cuerpo. Siento que mi 
estómago se revuelve, pero de alguna manera puedo evitar las 
arcadas. 
Si me dejan caer, no estoy seguro que sobreviva. 
—Ya casi está, Don D'Agostino —dice uno de mis hombres. 
Puedo oír el estruendo del motor de un auto, el sonido más 
hermoso que jamás he escuchado, salvo los primeros llantos de mis 
hijos cuando nacieron. 
—¡Abran la puerta! 
Más disparos en las cercanías y luego me recuestan en un 
asiento de cuero fresco. Alguien me echa una manta por encima. 
—¡Dai, andiamo! 
La puerta de un auto se cierra de golpe. Dio, ¿realmente voy a 
salir de este lugar? Parece demasiado bueno para ser verdad. 
Intento escuchar lo que pasa, captando trozos aquí y allá. 
—¡Espera! 
—¿Qué pasa? 
—Se ha informado de los disparos y los carabinieri están en 
camino. Se acercarán por el norte, así que debes dirigirte al sur 
para evitarlos. 
 
 
 
 
 
 
 
—Grazie. No podríamos haber hecho esto sin tu ayuda. 
—Solo asegúrate que lo sepa cuando se despierte. Quiero una 
promesa que mi familia estará a salvo. 
Ah, así que este es el hombre de Fausto, el que me había 
ayudado a derribar el imperio Ravazzani. Aunque me ha sido útil 
durante el último año, tengo que preguntarme por qué no me avisó 
del ataque a mi casa de la playa. ¿Quería que Fausto me capturara? 
—Por supuesto, por supuesto —dice mi soldado—. Ahora, 
vámonos. 
Se oyen más portazos y luego los neumáticos chirrían 
mientras el auto se aleja. Me sujetan para evitar que dé tumbos, 
pero con cada bache y cada giro lucho por permanecer consciente. 
—¿Debemos llevarlo al hospital más cercano? 
—No. A los muelles, como habíamos hablado. 
—Pero... 
—Solo tenemos que llevarlo al yate. El médico puede atenderlo 
allí. 
—Creo que necesita algo más que un médico. 
—No... hospital —jadeo. 
Apenas es más que un suspiro, pero me oyeron. Tenemos que 
alejarnos lo más posible de Siderno, y rápidamente. 
Si estoy en lo cierto, el infierno está a punto de desatarse. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Fausto 
Cuando me lamo el helado de los labios, Francesca me dedica 
una sonrisa pícara. 
—Quieres un poco ahora, ¿no? Lo veo en tus ojos. 
—¿Y qué es lo que crees que quiero, amore? —pregunto, 
acercándome. 
—Para. No lo tendrás hasta que lleguemos a casa. —Vuelve a 
mirar hacia la heladería—. Aunque me estoy arrepintiendo de no 
haber comprado el de chocolate.—Cioccolato —corrijo. 
Sus ojos se ponen vidriosos, como cuando le hablo sucio en 
italiano en la cama. 
—Dios, me encanta cómo lo dices. 
La beso en la frente. 
—Vuelve al auto con Marco. Iré a buscarte algo para después. 
—¿Lo harás? —Me da otra cucharada de helado de menta y 
chocolate—. Eres el mejor esposo que he tenido. 
Le doy una palmada juguetona en el culo, allí mismo, en el 
pasillo. 
—El único esposo que tendrás. 
Girando hacia la tienda, siento de repente un fuerte puñetazo 
en el costado, pero no veo a nadie lo suficientemente cerca como 
para golpearme. Cazzo, eso duele. El impacto me hace retroceder 
 
 
 
 
 
 
 
un paso, y luego caigo sobre una rodilla. No puedo controlar mi 
cuerpo, el dolor es tan grande. 
Entonces comprendo lo sucedido. Lo que está pasando. 
Supongo que había sido inevitable. 
Mi cerebro no puede funcionar, pero mi boca aún funciona. 
—Francesca —jadeo, queriendo que la pongan a salvo. Ella es 
lo que importa en este momento, no yo. Ella es lo único que importa. 
Veo cómo su boca se abre en un grito, pero no sale nada. Mis 
hombres se apresuran a rodearme, con sus pasos silenciosos, 
mientras me desplomo en el duro suelo y el cielo azul llena mi 
visión. No escucho nada, el dolor de mi parte inferior ruge en mi 
mente, mis oídos zumban. Veo a Marco, que parece gritarme... y 
luego me desvanezco. 
 
 
 
 
 
 
 
CAPÍTULO 
VEINTITRÉS 
Francesca 
 
Estoy gritando. 
Me arrastran lejos de él y yo no puedo dejar de gritar. Me 
arrastro y me abalanzo, lucho con todas mis fuerzas para volver a 
él, con todo mi mundo tirado en el suelo, con su sangre filtrándose 
en el cemento. 
No, esto no está sucediendo. No pueden quitármelo. 
—¡Fausto! —Lloro. Lloro y lloro, su nombre un canto en mis 
labios, mi único pensamiento es estar con él—. ¡No, por favor! 
¡Tengo que estar allí! 
No me escuchan. Tres soldados me meten en el Range Rover 
y me gritan que me mantenga agachada. Estoy histérica, llorando y 
 
 
 
 
 
 
 
temblando. Marco está con Fausto, apretando a su lado, y mi 
esposo... oh, Dios. Tiene los ojos cerrados y está tan pálido como la 
muerte. No, por favor. No me lo quiten. 
Marco empieza a dar órdenes y levantan a Fausto 
rápidamente, llevándolo a mi auto. Me muevo, haciendo todo el 
espacio posible. Nesto se pone al volante, Giulio en el asiento del 
copiloto, mientras los hombres meten a Fausto en el asiento trasero 
conmigo. Lo agarro por debajo de los hombros y tiro con todas mis 
fuerzas para ayudarlo a entrar en el auto, acomodando su cabeza 
en mi regazo, y Marco sube también a la parte trasera. 
—¡Vai, vai65! —Marco da un puñetazo en el respaldo del 
asiento del conductor como para apurar a Nesto. 
El auto arranca a toda velocidad, pero no puedo prestar 
atención a otra cosa que no sea el rostro de mi hombre. Las lágrimas 
corren por mis mejillas y apenas puedo respirar entre mis sollozos. 
No puede morir. No aquí, no ahora. 
Acaricio la frente de mi esposo y lo estrecho. Está tan quieto, 
su pecho apenas se mueve. Su piel aceitunada está apagada, como 
si alguien hubiera desenchufado la luz de su interior. 
—Paparino —susurro—. No puedes dejarme. 
—Francesca —ladra Marco—. Necesito tu ayuda. 
Inspiro profundamente. 
—Dime qué hacer. 
—Necesito que mantengas la presión sobre su herida 
mientras yo trabajo. 
 
65 Vai. Vamos, en italiano. 
 
 
 
 
 
 
 
Apoyo suavemente la cabeza de Fausto en el asiento y me uno 
a Marco en el espacio para los pies. Me acerco al centro de Fausto 
y pongo las manos sobre las toallas ensangrentadas que cubren la 
herida. Hay mucha sangre. La sangre de Fausto. Se filtra a través 
de la tela y en mis manos. Mis brazos tiemblan mientras presiono, 
esperando poder detener el flujo de rojo. 
—Solo mantén una presión firme y uniforme sobre él, Frankie. 
No sabré a qué nos enfrentamos hasta que vea la herida. —dice 
Marco, mientras saca un maletín debajo del asiento delantero. 
Fausto gime y yo empiezo a aflojar. 
—Ignóralo —espeta Marco—. Será mejor que viva. Sigue 
haciendo lo que estás haciendo. 
Oh, Jesús. No me muevo, solo sigo presionando las malditas 
toallas. No te mueras, no te mueras, no te mueras. Es un mantra en 
mi cabeza, una oración de desesperación en mi hora más oscura. 
Ahora con guantes quirúrgicos, Marco abre un cuchillo. 
—Aquí, déjame revisarlo. 
Cuando retrocedo, Marco aparta la tela ensangrentada y corta 
rápidamente el chaleco y la camisa de Fausto, dejando al 
descubierto la herida. La sangre corre a raudales por el cuerpo de 
mi esposo y me tapo la boca, tratando de no gritar de terror. 
Marco no se inmuta, su expresión es tranquila. Empapa a 
Fausto con agua que hay en el botiquín y le introduce en la herida 
un tubo de plástico lleno de material blanco. Luego presiona un 
émbolo y mete lo que hay en el tubo dentro de Fausto. 
Puedo ver cómo la sustancia blanca se expande al instante, y 
cómo la sangre se ralentiza. 
 
 
 
 
 
 
 
—¿Qué fue todo eso? 
—Solución salina para limpiar la zona y esponjas especiales. 
Se expanden para taponar la herida y detener la hemorragia. 
—¿Cómo sabes de estas cosas? 
Vuelve al maletín. 
—Fui médico en el ejército. 
Siento una ráfaga de esperanza. Gracias a Dios que Marco 
está aquí. 
—¿Y ahora qué? 
Saca un gran paquete de plástico, lo abre y coloca un vendaje 
sobre el abdomen de Fausto. Tiene una gran punta y lo que parece 
un extraño mango de plástico. 
—Tenemos que envolver su centro con esto. Voy a levantarlo 
un poco. Sostén esta punta y pasa el otro extremo de la venda por 
debajo de él. 
Marco desliza sus brazos por debajo de Fausto y lo levanta, y 
rápidamente hago lo que me describió. 
—Ahora levanta la venda, gírala una vez y deslízala por la 
cornamusa de plástico. 
Mirando de cerca, me doy cuenta del pequeño hueco que hay 
en lo que yo creo que es un asa y puedo pasar la venda por allí. 
—Ahora, ve hacia el otro lado. Tira firmemente, no muy fuerte, 
en la dirección opuesta. Como si estuvieras abrochando un 
cinturón. 
 
 
 
 
 
 
 
Entiendo y tiro hacia mí y empujo la venda por debajo desde 
la parte delantera. 
—Bien, sigue así. Esto es un vendaje de compresión. 
Mantendrá la presión. Envuélvelo tantas veces como puedas. 
Cuando termino, Marco vuelve a apoyar a Fausto en el asiento 
y toma el extremo de la venda de mis manos ensangrentadas. Mete 
dos pequeños ganchos bajo los bordes envueltos de la venda. 
—Eso lo mantendrá en su sitio. Lo has hecho bien, Frankie. 
Ahora el hospital debe hacer el resto. ¿Cuánto tiempo? —grita al 
frente. 
—Cinco minutos —dice Nesto. 
Oh, Dios. ¿Es eso suficiente? ¿Tiene Fausto tanto tiempo? Las 
lágrimas vuelven a brotar y agarro la mano de mi esposo, apretando 
con fuerza, tratando de darle fuerza a través de mis dedos. 
Nesto conduce a toda velocidad, cortando el tráfico, mientras 
Giulio habla por teléfono, ladrando en italiano a alguien. Cuando 
cuelga, dice: 
—El hospital está listo para recibirlo. 
Eso me hace llorar más. La gente muere en los hospitales. Mi 
madre murió en un hospital. 
—Lleva a David allí también —espeta Marco—. Él evaluará el 
personal quirúrgico y si necesitamos traer a alguien de Roma. 
Para atender a Fausto. Oh, Dios. 
—Frankie, sé fuerte. —La voz de Marco es tranquila y 
reconfortante—. Necesita tu fuego ahora mismo. Tu espíritu, no tus 
lágrimas. 
 
 
 
 
 
 
 
Asiento. Marco tiene razón. No puedo derrumbarme. Estoy 
casada con el hombre más peligroso de Europa, así que tengo que 
estar preparada para la sangre y la violencia que eso conlleva. Es 
simplemente... 
—No puedo perderlo —susurro. Dios mío, ni siquiera hemos 
estado casados durante veinticuatro horas. 
—No lo harás. Él es fuerte. Es la quinta vez que alguien 
intenta matarlo. Sobrevivirá. 
Me quedo mirando el rojo que cubre mis manos, la sangre que 
nos rodea. Mancha la parte delantera