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Manuel Villegas La mente emocional Herder Diseño de la cubierta: Herder Edición digital: José Toribio Barba © 2020, Manuel Villegas © 2020, Herder Editorial, S.L., Barcelona ISBN digital: 978-84-254-4545-3 1.ª edición digital, 2020 Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com) Herder www.herdereditorial.com http://www.herdereditorial.com Índice Cubierta Portada Créditos Índice PREFACIO Mente Emocional 1. ¿QUÉ ES UNA EMOCIÓN? 1. Origen y significado de la palabra emoción 2. Definición de emoción 2.1. De Darwin a Walt Disney 2.2. La dimensión neurofisiológica 3. Emoción y conceptos afines 4. ¿Cuántas y cuáles son las emociones básicas? 5. La función informativa del sistema emocional 6. La función activadora de las emociones 6.1. La respuesta emocional 6.2. Las siete reglas del funcionamiento emocional 7. La función expresiva 7.1. Las expresiones faciales 7.2. Las expresiones gestuales 7.3. Las expresiones posturales 7.4. Las expresiones paralingüísticas 7.5. Las expresiones verbales 8. Emociones positivas y negativas 9. Inteligencia o estupidez emocional 10. Emociones y sentimientos Resumen 2. SORPRESA 1. Origen y significado de la palabra sorpresa 2. Naturaleza de la sorpresa 3. La familia de la sorpresa 3.1. Sorpresa y miedo 3.2. Sorpresa y rabia 3.3. Sorpresa y alegría 3.4. Sorpresa y tristeza 3.5. Sorpresa estuporosa 4. Los dominios de la sorpresa 5. Curiosidad e interés 6. Los enemigos de la curiosidad 7. La prevención: hombre prevenido vale por dos 8. La previsión del futuro 8.1. La paradoja del destino 9. La gestión de la sorpresa 9.1. Significar o contextualizar la experiencia 9.2. El desbloqueo estuporoso Resumen 3. MIEDO 1. Una película de terror 2. La familia del miedo 3. Definición de miedo 4. La utilización social del miedo 5. Tipologías del miedo 5.1. Miedos ancestrales 5.2. Miedos traumáticos 5.3. Miedos sociales 5.4. Miedos existenciales 5.5. Miedos morales 5.6. Miedos catastrofistas 5.7. Miedos neuróticos: fobias y paranoias 6. La gestión del miedo Resumen 4. ALEGRÍA 1. Origen y significado de la palabra alegría 2. Naturaleza y función de la alegría 2.1. Bienes de carácter material o físico 2.2. Bienes de carácter social 3. La familia de la alegría 4. La felicidad 4.1. Lo que no es la felicidad 4.2. Lo que es la felicidad 5. La gestión de la alegría 6. Gaudeamus igitur Resumen 5. RABIA 1. Naturaleza y función de la rabia 2. La familia de la rabia 3. Modalidades expresivas de la rabia 3.1. Modalidad reactiva pendenciera: el pique 3.2. Modalidad reactiva afectiva: el enfado 3.3. Modalidad reactiva agresiva: la ira 3.4. Modalidad diferida querellante: la queja y el reproche 3.5. Modalidad diferida autopunitiva: culpa y suicidio 3.6. Modalidad heteropunitiva: la venganza 3.7. Modalidad diferida malevolente: el odio 3.8. Modalidades cruzadas 4. Parejas rotas 5. La gestión de la rabia: ¿controlar o regular la ira? Resumen 6. TRISTEZA 1. Origen y significado de la palabra tristeza 2. Naturaleza y función de la tristeza 3. Tipología de las pérdidas 3.1. Pérdidas personales 3.2. Pérdidas materiales 3.3. Pérdidas relacionales 3.4. Pérdidas existenciales 3.5. Pérdidas sociales 3.6. Pérdidas simbólicas 3.7. Pérdidas proyectuales 4. Depresión 5. Duelo Resumen 7. GESTIÓN Y REGULACIÓN DE LAS EMOCIONES 1. El árbol y el bosque 2. ¿Es posible regular las emociones? 3. La respuesta emocional 4. Modalidades de respuesta emocional 5. La gestión emocional 5.1. Primer paso: identificar las emociones 5.2. Segundo paso: expresarlas 5.3. Tercer paso: dejarlas cursar 5.4. Cuarto paso: comprenderlas para regularlas 6. Aprender a gestionar y regular las emociones 6.1. Evitar la frustración, reinterpretar el fracaso 6.2. Evaluar la injusticia 6.3. La restitución o reparación de la injusticia 6.4. El perdón 7. La dialéctica razón-emoción Resumen 8. EDUCAR LAS EMOCIONES 1. Educación emocional 2. La experiencia emocional 3. Las emociones son construcciones experienciales 4. Las emociones son únicas e intransferibles, relativas a las percepciones personales 5. Educación emocional a medida, a través de la empatía 6. Las condiciones para una escucha empática 6.1. El silencio 6.2. Ausencia de prejuicios 6.3. El respeto 6.4. La contextualización 7. La empatía trasformadora 8. La educación familiar 8.1. La especificidad educativa de la función parental 8.2. Educar a los hijos para la libertad 8.3. La cohesión y coherencia parental 9. La educación escolar Resumen 9. SANAR LAS EMOCIONES 1. Psicoterapia para el sufrimiento emocional 2. El papel de las emociones en las depresiones y los trastornos de ansiedad 3. La obsesión como ejemplo 4. Pecar por exceso o por defecto 4.1. Ataraxia y alexitimia 4.2. Histrionismo 4.3. Alta emoción expresada (EE) 4.4. Dependencia afectiva 5. Las emociones son pocas y simples, los sentimientos muchos y complejos 6. El trabajo con las emociones en psicoterapia 6.1. Sentir e identificar las emociones 6.2. Permitir su expresión 6.3. Facilitar su curso 6.4. Contextualizarlas para comprenderlas 6.5. Convertirlas en motor para el cambio 7. La terapia como proceso hacia la autonomía Resumen EPÍLOGO BIBLIOGRAFÍA INFORMACIÓN ADICIONAL Prefacio Es de creer que las pasiones dictaron los primeros gestos y que arrancaron las primeras voces... No se comenzó por razonar, sino por sentir. Jean-Jacques Rousseau Mente Hemos titulado este libro La mente emocional. Podríamos haberlo titulado El cerebro emocional, lo que, desde el punto de vista comercial, posiblemente sería más rentable y llamativo, al unir en una sola frase dos conceptos muy potentes, que venden muy bien: «cerebro» y «emociones». Pero no lo hemos hecho; y por varias razones. La primera, por honestidad: las neurociencias no son mi especialidad en psicología, ni mi trayectoria intelectual corrobora mi dedicación a ellas, lo cual me colocaría claramente de prestado en este ámbito. De modo que aunque a través de este escrito encontrará el lector numerosas e interesantes referencias a investigaciones provenientes de la neuropsicología, estas nos servirán como apoyo para nuestro trabajo, pero no constituyen su núcleo esencial. Además incurriría en un plagio, puesto que Joseph Ledoux, con mucha mayor autoridad en este campo como investigador neurocientífico, ya tuvo la brillante idea de titular así su libro The emotional brain en 1996, traducido como El cerebro emocional en 1999 por la editorial Ariel. La segunda, por las limitaciones propias de la investigación. A pesar de los grandes avances que se han llevado a cabo en los últimos años en el conocimiento del cerebro, son todavía más las cosas que ignoramos de él que las que sabemos. Muchos de los hallazgos permiten la formación de teorías plausibles, pero todavía no demostradas ni siempre demostrables; lo que sucede, por otra parte, invariablemente en todos los campos del conocimiento. Existe además un gran debate interno en el mundo de las neurociencias, no solo sobre la naturaleza de los datos sino sobre su interpretación, lo que constituye, sin duda, un gran aliciente para sus investigadores. La tercera, por coherencia conceptual. Partimos de un concepto integral de la actividad psíquica, sin compartimentos estancos. «Cerebro emocional» podría significar que dentro del cerebro hay «un cerebrito» (en algunas concepciones, el cerebro límbico) dedicado a las emociones, mientras otras partes del cerebro estarían dedicadas a otras funciones, como el pensamiento, la memoria o el lenguaje, con lo que se mantiene la percepción de un cerebro mecánico, compuesto de piezas que interactúan entre sí, pero que, siguiendo la metáforadel ordenador, son independientes entre ellas. Una especie de frenología intracraneal actualizada, en correspondencia con los estudios por neuroimagen. En la difusión periodística de estos conocimientos es habitual el recurso a metáforas como dibujar «mapas cerebrales» o «cartografiar el cerebro». Se insiste igualmente en la propagación de neuromitos, exagerando las diferencias hemisféricas o entre sexos, que, aunque reales (Gregg et al. 2010), son muy maleables por el aprendizaje y el entorno; apelando al descubrimiento de las zonas inconscientes más recónditas del cerebro mediante el consumo o no de sustancias psicotrópicas o de prácticas esotéricas; o con la promesa de acceder al aprendizaje de idiomas en quince días, utilizando métodos con sobrenombres de autores ingleses, holandeses, alemanes o suecos («y si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero»), basados en la activación de áreas infrautilizadas del cerebro, que pueden ser estimuladas durante el sueño o incluso ya en el embarazo. El recurso al cerebro como órgano corporal, y su estudio a través de neuroimágenes, parece perpetuar paradójicamente el dualismo psicofísico que ha predominado en el pensamiento filosófico durante siglos, o, al contrario, por reduccionismo, negar cualquier valor simbólico a la experiencia humana. Es frecuente oír hablar de la actividad cerebral como independiente del individuo o sujeto, con mensajes como «tu cuerpo, tu estómago, o tus células deciden por ti», como si yo fuese algo distinto de mi cuerpo, o mi cuerpo fuera algo distinto de mí. Las células, las neuronas o las sinapsis son mis células, mis neuronas, mis sinapsis. Yo soy mi sistema nervioso; no existe este homúnculo neurológico (sentado, o no, en la glándula pineal) que va a su bola, ¡y yo sin enterarme! También para el inconsciente freudiano se busca una ubicación en las profundidades neuronales. Parece que la consigna sea hacer lo posible para reducir el sujeto humano a una especie de teleñeco estúpido, movido por cables invisibles internos o externos (neuronales o sociales), carente de libertad, intencionalidad y responsabilidad, y que no se entera de nada, o solo «a toro pasado». Si hablamos de mente emocional, y no de cerebro, es porque intentamos superar la visón organicista del cerebro como un mecanismo (un motor, por ejemplo), compuesto por piezas o partes diferenciadas entre sí y conectadas solo por cables (vías aferentes y eferentes). Como tendremos ocasión de ver a lo largo de este libro, esta visión parcializada y localista de las emociones, la memoria o el razonamiento no solamente no está justificada desde un punto de vista funcional, sino que tampoco lo está desde una perspectiva estructural. La neurociencia moderna tiende a ver el funcionamiento cerebral como un todo integrado, donde predomina el funcionamiento complejo en red sobre el mecánico, y la neuroplasticidad sobre la rigidez estereotipada. Estas razones nos llevan a preferir la palabra «mente», que sin hacer referencia a ningún objeto material ni órgano físico, como lo sería el cerebro, nos remite a un concepto abstracto que tiene la virtud de expresar sintéticamente toda la actividad cerebral que alcanza el nivel de lo representativo o simbólico. De este modo, la palabra mente no equivale a cerebro como órgano compuesto de hemisferios, zonas, lóbulos y capas interconectadas, sino al producto de su actividad. Es más bien, como dice Barret (2018), «un momento computacional de un cerebro que predice constantemente». Así que «mente emocional» se refiere a la actividad afectiva con la que construimos nuestras experiencias, en la que están implicados no solamente nuestro cerebro sino todo nuestro cuerpo en su integridad, nuestras experiencias, nuestros recuerdos y las redes interpersonales y sociales con las que nos conectamos con el mundo. Ni que decir tiene que, al referirnos a estos conceptos, damos por supuesto un cerebro no mermado por déficits de tipo genético, evolutivo, traumático o degenerativo que pudieran impedir o perjudicar las funciones sintéticas o integrativas que se le requieren. En este texto, y por razones de brevedad y unidad expositiva, se sobreentiende que nos mantendremos siempre dentro de un encuadre plenamente funcional del cerebro, por lo que el lector no hallará referencias a patologías de base neurofisiológica que pudieran afectar, sin duda, al repertorio emocional o alterar su reactividad, expresividad, gestión o regulación. Emocional El uso y abuso del sustantivo «emoción», o su forma adjetiva «emocional», han venido a suplir la carencia o ausencia de esta dimensión en otros momentos de la historia social y, en particular, en la de las ciencias, como la psicología. Hubo un tiempo en que en psicología solo se podía hablar de «conducta». Posteriormente, adquirió carta de naturaleza, sobre todo gracias a la metáfora del ordenador, la «cognición». Y ahora encontramos la «emoción» hasta en la sopa. No hay nada que se precie en cine, literatura, conciertos, restaurantes, espectáculos, partidos de fútbol, series de televisión, viajes, deportes de aventura, etc., que no lleve la coletilla de «emocional». Pero como lo que sirve para todo no sirve para nada, hemos terminado por depreciar la palabra emoción, confundiéndola con sensación, excitación, activación fisiológica, diversión, motivación, pulsión, arousal, descargas de adrenalina o cóctel dopamínico, pasión y así hasta el infinito, en un totum revolutum cuyo resultado es el caos conceptual que no ayuda en nada, excepto a los publicistas, para trabajar eficaz y honestamente en el ámbito de la educación o de la terapia. Precisamente para evitarlo, hemos intentado en este escrito ceñirnos a una definición restrictiva del concepto de emoción, distinguiéndolo de otros conceptos afines, y lo hemos limitado a las emociones primarias o básicas incluidas en el acrónimo SMART (sorpresa, miedo, alegría, rabia y tristeza), de las que pueden derivarse todas las demás, las llamadas emociones secundarias o sentimientos. Este es el principio rector que da forma a la estructura de este libro. Dedicamos en primer lugar el capítulo introductorio a plantear la discusión actual sobre el concepto de emoción y a delimitar su alcance estricto a las cinco emociones básicas arriba mencionadas. El cuerpo central del libro trata, capítulo por capítulo, del desarrollo de cada una de ellas y de sus derivadas, las emociones secundarias o sentimientos. Finalmente, en los tres últimos capítulos se plantean las cuestiones relativas a la (auto)gestión, educación y terapia de las emociones. El libro se dirige fundamentalmente a profesionales de la pedagogía y la psicología, con la intención de hacer lo más comprensible posible el complejo mundo de las emociones y su gestión a educadores y terapeutas. Su planteamiento didáctico, acompañado de escenas ilustrativas procedentes de fuentes sociales, cinematográficas, literarias, periodísticas y clínicas, hace esta exposición fácilmente asequible, incluso para un público no profesional; por este motivo su lectura puede resultar útil también para cualquier posible lector, al margen de la mayor o menor implicación de sus intereses profesionales, simplemente por interés personal. El autor de estas líneas se daría por satisfecho, en efecto, si contribuyera con ellas a clarificar el complejo mundo de las vivencias emocionales, propio y característico de cada persona; si ayudara a trazar caminos para su comprensión y gestión a educadores y educandos, a pacientes y terapeutas, en sus respectivos roles y procesos; o si favoreciera la convivencia entre las personas que comparten sus experiencias afectivas en cualquier forma de interacción humana. No quisiera terminar la presentación de este libro sin otorgar un reconocimiento explícito a las muchas personas que han contribuido a su gestación, colegas y pacientes incluidos, cuya relación resultaría interminable, pero especialmente a Cristina Ballesteros por su lectura inteligente y atenta en la corrección del texto. 1. ¿Qué esuna emoción? El corazón tiene razones, que no entiende la razón Blaise Pascal 1. Origen y significado de la palabra emoción La palabra emoción deriva del latín emotio, cuyo núcleo semántico motio está claramente emparentado con motus (movimiento). Pertenece a la misma familia que la palabra «motivación». Ambas se han desarrollado en el ámbito de la psicología para dar cuenta de la (re)actividad del organismo frente al ecosistema donde se desarrolla. El concepto intenta responder a la pregunta ¿qué mueve a un organismo a actuar o a reaccionar? ¿Qué sucede en su interior para que este se ponga en marcha de modo que pase de un estado de reposo a un estado de activación, de mayor o menor intensidad, a veces en cuestión de segundos, como un coche que acelera de cero a cien kilómetros por hora en menos de diez segundos? La respuesta puede hallarse en ocasiones en el interior del organismo mismo, otras en algún cambio producido en el ambiente que le rodea. Por ejemplo, los cambios en el equilibrio homeostático o energético emiten señales internas que son interpretadas como hambre, movilizando el organismo hacia la búsqueda de alimento. A esta activación espontánea la llamamos motivación. En otras ocasiones es un estímulo externo el que saca al organismo de su sopor o estado de reposo de forma más o menos repentina en función de la intensidad del mismo. Por ejemplo, la percepción de un ruido imprevisto puede activar un estado de alerta, correspondiente a una emoción que denominamos sorpresa. No es imprescindible que sea un estímulo externo el que active una emoción; también puede hacerlo un estímulo interno como un sueño, un recuerdo, un pensamiento, un deseo o una sensación. En cualquier caso, se trata de una respuesta rápida o de activación inmediata ante un estímulo que implica una carga significativa para nuestro bienestar, tanto en el aspecto positivo como en el negativo. Se ha discutido mucho sobre la naturaleza congénita o innata de estos dispositivos de respuesta y su universalidad. Para ello deberían estar presentes en todas las culturas y, por tanto, ser independientes de ella. Se ha señalado su presencia ya en las primeras reacciones del bebé y se ha destacado que constituyen un lenguaje preverbal muy eficaz para comunicarnos con nuestros semejantes, e incluso con nuestros animales de compañía. Pero lo cierto es que las primeras reacciones del bebé distan de ser muy claras. Y si no, que se lo pregunten a las madres primerizas que suelen ir perdidas frente al lenguaje impreciso del llanto del recién nacido. En catalán se suelen limitar a tres palabras las necesidades que el bebé expresa en sus vagidos: «mam» (amamantamiento), «caca» (no precisa traducción) y «non» (son: sueño). Por el momento, no se trata todavía de emociones propiamente dichas, sino de manifestaciones de estados orgánicos de déficit que producen malestar, relacionados con necesidades o motivaciones básicas. Tampoco sobre la universalidad de las emociones existe consenso entre los científicos, muchos de los cuales señalan la presencia de conceptos existentes o inexistentes o incluso contrarios entre unas culturas u otras. Y no solo diferentes u opuestos entre culturas, sino entre épocas en el mismo ámbito cultural. La aparición del «amor cortés», por ejemplo, en la literatura caballeresca medieval supuso la eclosión del concepto del amor como emoción o sentimiento. Parece que las expresiones del rostro y la gestualidad no bastan tampoco por sí mismas para dar a entender un estado emocional. Se precisa en muchas ocasiones de mayor información, proveniente de un contexto tanto inmediato como remoto, biográfica o culturalmente condicionado, o de información verbal añadida. Las lágrimas, por ejemplo, pueden ser indicadoras de tristeza, alegría o rabia, de dolor o de (dis)tensión y no es sino por el contexto donde adquieren su significado, cuyo intérprete último no es otro que el propio sujeto que las derrama. Otras expresiones faciales o gestuales no son interpretadas igualmente en todas las culturas, ni existen las mismas en todas ellas, todo lo cual pone en seria dificultad la suposición de la universalidad de las emociones. Sin embargo, sí que existe un consenso suficiente respecto de la identificación de algunas emociones básicas o primarias que constituyen la raíz de todas las demás, incluidos los sentimientos, que en última instancia son reductibles a ellas. En realidad se trata de conceptos simples que por analogía dan lugar a la formación de otros más complejos que se construyen sobre ellos. Culpa o vergüenza, por ejemplo, hunden sus raíces en el miedo al castigo o al aislamiento social, mientras que ira, odio o enfado remiten a la rabia. En el ser humano, naturalmente, estas emociones están sujetas a educación y gestión psicológica y social, aunque se sostienen sobre funciones neurofisiológicas elementales, relacionadas con los circuitos de supervivencia. Muchas de ellas, al ser moduladas por el pensamiento o la conciencia reflexiva, adquieren el estatus de sentimientos o dan origen a la mayoría de ellos. 2. Definición de emoción El concepto de emoción no está exento de debate e investigación respecto de su origen, naturaleza, estructura interna, diferencias entre estados afectivos, etc. (Diener, 1999; Ekman, 1993; Parkinson, 1996, 2001). Con todo, existe cierto consenso respecto a algunas de las características de las emociones básicas (Ekman 1999; Fredrickson, 2001), como su función adaptativa, sus manifestaciones fisiológicas, faciales o gestuales, con frecuencia ambiguas y más o menos condicionadas al contexto cultural en el que se producen, su papel en el procesamiento de la información, su intensidad y brevedad en el tiempo y su función evaluativa frente a los acontecimientos. Ya desde el inicio de la psicología científica a finales del siglo XIX y durante la primera mitad del XX surgieron varias teorías para explicar la naturaleza de las emociones sobre la base de su reactividad fisiológica. La teoría de James (1884) y Lange (1885) se centra en el componente fisiológico, en base a la experiencia de la emoción en la conciencia de las respuestas fisiológicas o sensaciones físicas a los estímulos que la provocan. Para Cannon (1927) y Bard (1938) las emociones están formadas tanto por nuestras respuestas fisiológicas como por la experiencia subjetiva de la emoción ante un estímulo. Schacter-Singer (1962) sostiene que las emociones se deben a la evaluación cognitiva de un acontecimiento, pero también a las respuestas corporales. En esta discusión a propósito del predominio de las reacciones fisiológicas sobre la evaluación cognitiva o viceversa cabe añadir los posicionamientos de Zajonc y Lazarus, predominantes en la década de 1980. Según Zajonc (1980, 1984) nuestras emociones pueden ser más rápidas que nuestras interpretaciones: sentimos algunas emociones antes de pensarlas, algunas vías nerviosas implicadas en la emoción no pasan por las áreas corticales vinculadas al pensamiento. En cambio para Lazarus (1982, 1998) la valoración e identificación de los acontecimientos también determinan nuestras respuestas emocionales. Discusión que parece terminar en empate según palabras del propio Lazarus (1984), puesto que lo que está en juego es la definición o alcance de la palabra «(pre)cognición». En efecto, ¿la detección de un estímulo peligroso no es por sí misma una forma de conocimiento, independientemente de la ubicación en el cerebro o en cualquier otra parte del organismo donde se produzca? En la actualidad existen dos enfoques, en parte opuestos, respecto de la concepción de la naturaleza de las emociones. Para algunos son dispositivos naturales, innatos y universales de naturaleza fisiológica. En este contexto se puede entender la definición que, por ejemplo, Paul Ekman (1982) da de emoción: «Un proceso de tipo particular de valoración automática influida por nuestro pasado evolutivo y personal, en el que sentimos que está ocurriendo algo importante para nuestro bienestar, produciendo unconjunto de cambios físicos y comportamentales para hacernos cargo de una situación». En la definición, de inspiración darwiniana, se recoge la carga evolutiva y, en consecuencia, adaptativa y de naturaleza neurofisiológica de este dispositivo innato de valoración automática, que predispone al organismo para hacer frente a las variaciones de la estimulación ambiental que pueden afectar a nuestro bienestar; con funciones informativas, activadoras y expresivas, añadiríamos nosotros. Desde el punto de vista conductual, las emociones contribuyen a posicionarnos respecto de nuestro entorno, aproximándonos a ciertas personas, objetos, acciones, ideas y alejándonos de otros. Las emociones actúan también como depósito de influencias innatas y aprendidas. Poseen ciertas características invariables y otras que muestran notables grados de variación entre individuos, grupos y culturas (Levenson, 1994). Subyace a esta concepción la idea de la localización de estos dispositivos en estructuras subcorticales específicas como el sistema límbico, a partir de la representación trinitaria del cerebro (paleocórtex, mesocórtex y neocórtex), que popularizó Carl Sagan (1978) y que fue relanzada por David Goleman (1996). En esta concepción: la amígdala, el estriado y el córtex valoran las informaciones óptico-sensoriales en función de su relevancia para la propia vida sentimental y la motivación. Como consecuencia de esta valoración se disparan determinadas emociones, se inician procesos cognitivos y se encauza el comportamiento posterior […]. El núcleo amigdalino desempeña una tarea importante para la supervivencia: nos advierte de peligros. Ante una amenaza potencial la amígdala genera el sentimiento de miedo y en fracciones de segundo pone nuestro cuerpo en estado de alerta […]. El dispositivo de alarma de la amígdala procesa automáticamente esta información sin que el estímulo desencadenante penetre en nuestra conciencia. (Singer y Kraft, 2005) Sin embargo, las teorías más recientes de tipo constructivista no adoptan una visión tan localista del funcionamiento emocional, puesto que ponen su atención más bien en el funcionamiento integrado de toda la actividad cerebral. Francisco Mora (2015) ya advierte que a pesar de que la amígdala «es un área importante en la evaluación emocional de la información sensorial […], ello no indica que la amígdala constituya ningún “centro” para las emociones, sino solo una estructura muy relevante para el procesamiento emocional inicial de la información sensorial» Lisa F. Barret (2018) lo resume en este párrafo de La vida secreta del cerebro, en el que resalta el papel de la actividad constructiva del sujeto mediante la función conceptualizadora de la mente y la construccionista de la sociedad a través del lenguaje: Las emociones forman parte de la estructura biológica del cuerpo y el cerebro del ser humano, pero no porque tengamos unos circuitos dedicados a cada una de ellas. Las emociones son el resultado de la evolución, pero no como esencias trasmitidas desde algunos animales ancestrales. Experimentamos emociones sin esfuerzo consciente, pero eso no significa que seamos recipientes pasivos de esas experiencias. Percibimos emociones sin instrucción formal, pero eso no significa que las emociones sean innatas o independientes del aprendizaje. Lo que es innato es que los seres humanos usamos conceptos para construir la realidad social y que, a su vez, la realidad social cablea el cerebro […]. Una emoción es una creación por parte del cerebro del significado que tienen nuestra sensaciones corporales en relación con lo que ocurre en el mundo que nos rodea. Joseph LeDoux (2016), que reconoce la posición de Barrett y Russell (2014) como la más próxima a la suya (y viceversa, Barrett, 2018), desarrolla un argumento parecido a propósito de la ansiedad, que fundamenta no en circuitos especializados y localizados del cerebro, sino en su actividad autoprotectora: Con frecuencia experimentamos miedo, mientras nos quedamos inmovilizados o nos echamos a correr frente a un peligro; pero estas son consecuencias distintas de la detección de una amenaza: una es una experiencia consciente, mientras que la otra implica procesos más básicos no conscientes. La falta de distinción entre experiencia consciente de miedo y ansiedad y los procesos más básicos no conscientes ha producido mucha confusión. Los procesos más simples contribuyen a la experiencia emocional, pero no han evolucionado para crear los sentimientos conscientes, aunque sí para ayudar a los organismos a sobrevivir y a prosperar. Para evitar confusiones convendría no etiquetar de emocionales los procesos no conscientes más fundamentales. Y ejemplificando su concepción de las emociones en el miedo o ansiedad observa: Los sentimientos de miedo surgen cuando adquirimos conciencia del hecho de que nuestro cerebro ha detectado inconscientemente un peligro […]. Todo empieza cuando un estímulo externo, elaborado por los sistemas sensoriales en el cerebro se clasifica a nivel no consciente como una amenaza. Los circuitos de detección de las amenazas desencadenan un aumento general del estado de excitación del cerebro y la expresión de respuestas comportamentales y de los cambios fisiológicos del cuerpo […]. Nuestra conclusión no debe ser que los seres humanos hayamos heredado el miedo de nuestros antecesores en el reino animal sino que, en el largo recorrido de la historia evolutiva, hemos heredado de ellos la capacidad de identificar y responder al peligro. No nos corresponde a nosotros dirimir las cuestiones relativas a los circuitos o estructuras cerebrales y a su interacción o preeminencia en la gestación de las respuestas emocionales. Al discutir sus puntos de vista con los de Pansek (2007, 2012), LeDoux (2016) precisa: Los circuitos subcorticales aportan los ingredientes no conscientes que contribuyen a los sentimientos de miedo o ansiedad, pero no son su fuente. La principal diferencia entre mi punto de vista y el de Panksepp (2007, 2014) es dilucidar si los sistemas subcorticales son directamente responsables de las emociones primitivas o si son responsables de factores no conscientes que se integran con otras informaciones en el área cortical para dar origen a los sentimientos conscientes […] que llamamos emociones. Nuestra posición, como psicólogos o pedagogos es fenomenológica, es decir, centrada en la vivencia o experiencia que las personas tienen de su vida emocional, independientemente de lo que suceda en el nivel del cableado neuronal o de las subestructuras cerebrales. Miedo, ansiedad y otras emociones, a mi parecer, dice LeDoux (2016), «son precisamente lo que la gente ha pensado siempre que eran, sentimientos conscientes» y como tales queremos tratarlas aquí en este libro, para el que nos sirve esta definición aproximativa de lo que es una emoción: Experiencia afectiva que acompaña y da sentido a las respuestas de los circuitos neurofisiológicos de supervivencia frente a las variaciones de la estimulación ambiental con efectos activos, informativos y expresivos. En esta definición partimos de la necesidad de la integración cortical para dar cuenta de las emociones. En efecto, si entendemos una emoción como experiencia afectiva, esta debe ser consciente. ¿Consciente de qué? De la reactividad neurofisiológica frente a la variabilidad ambiental que pone en juego la supervivencia o bienestar del organismo. Ahora bien, ¿cómo sabe el organismo distinguir y defenderse de un peligro para su bienestar o incluso su supervivencia? Existen variaciones ambientales, como un precipicio, que posiblemente ejercen un efecto reactivo inmediato sobre un cuadrúpedo, sin necesidad de un aprendizaje previo. Pero ¿cómo pueden un caballo o un camello prevenir, protegerse o reaccionar emocionalmente a la picada de una mosca tsé- tsé, mortal en muchas ocasiones para ellos, si no saben de su existencia? Un cuadrúpedo puede sentirse molesto por la picada de una mosca, pero no tenerle miedo. Solo para el ser humano tiene sentido laactivación de una respuesta emocional de miedo ante la sola mención de este insecto y todavía más si llega a percibirse en el ambiente físico el zumbido típico que le da nombre y que anuncia su presencia. En consecuencia, los circuitos de supervivencia pueden activarse ante estímulos detectados inconscientemente, pero solamente producirán una reacción emocional si se toma conciencia de ellos, por ejemplo de manera inesperada o sorpresiva. Inversamente, el conocimiento de peligros no detectables a nivel consciente, como un veneno (en el caso de la mosca tsé-tsé), no producirán una respuesta emocional de miedo, a no ser que de manera real o imaginaria estén presentes a la conciencia. La experiencia consciente de los efectos de la activación de los circuitos de supervivencia, entendida como reacción neurofisiológica (motriz, cardiorrespiratoria, neurohormonal, etc.) a variables que afectan a la integridad o bienestar del organismo aquí y ahora, es lo que distingue la emoción de otros conceptos psicológicos (pensamiento, atención, recuerdo, etc.), lo que no impide que se den simultáneamente y, con frecuencia, de modo mutuamente relacionado o integrado: emocionarse ante un recuerdo que se haga presente en la conciencia, por ejemplo. A la vez, esta experiencia tiene una carga afectiva, es decir, remite a una valoración positiva o negativa de las variables en juego en función de su contribución al bienestar o malestar del organismo. En el caso del ser humano hay que entender de una manera mucho más extensa la idea de supervivencia o bienestar, puesto que para él puede ser tan importante o más una variable social que física. Por ejemplo, un aristócrata ofendido podía afrontar un duelo a muerte antes que perder su honor, o una anoréxica como Ellen West (Binswanger, 1973) podía preferir el suicidio antes que verse «vieja, gorda y fea». Finalmente, la consideración de los «efectos activos, informativos y expresivos» es inherente a la experiencia emocional por cuanto nos invita, aunque no siempre de forma inequívoca, a dar significado a la situación en que nos encontramos, a reaccionar frente a ella y a interactuar expresivamente en el contexto social en que la construimos. 2.1. De Darwin a Walt Disney En 1872, Charles Darwin publicó The Expression of the Emotions in Man and Animals, libro que vendría a completar sus escritos sobre la evolución humana desde una perspectiva que hoy en día podríamos llamar de psicología comparada. La existencia de reacciones faciales y músculo-esqueléticas, prácticamente universales, como expresión de estados emocionales, ponía de relieve la función adaptativa de las mismas en el marco de la evolución compartida con otros animales, particularmente los mamíferos. Eso, sin embargo, abría nuevas consideraciones respecto de las emociones humanas, a la vez que suscitaba muchas dudas respecto de la equiparación entre emociones animales y humanas, lo que ha dado pie a las continuas proyecciones antropomórficas sobre el comportamiento animal, ya desde la antigüedad con las fábulas de Esopo hasta los personajes de dibujos animados de Walt Disney. Posiblemente cometemos un antropomorfismo al decir que una liebre huye despavorida, impulsada por el miedo, cuando oye los disparos de escopeta de un cazador. La pregunta es: ¿sabe la liebre lo que son una escopeta y un cazador? La misma o parecida pregunta podríamos hacerles a los pájaros respecto de por qué hacen tan poco caso a los espantapájaros. Los humanos solo podemos tener acceso a la experiencia fenomenológica de las emociones de manera autorreferencial y por ello las asimilamos a sentimientos o sensaciones. Así decimos «sentir» miedo, alegría, rabia o tristeza. Por muy semejantes que puedan ser las expresiones de estos sentimientos en animales y humanos, posiblemente existen diferencias abismales a partir de una base neurofisiológica común, que no sería otra cosa que un dispositivo adaptativo preconsciente de respuesta para la supervivencia, anterior a la experiencia emocional. Estos dispositivos de respuesta adaptativos se han desarrollado evolutivamente, favoreciendo la trasmisión de los resortes más adecuados para las funciones de supervivencia y reproducción. Así, hallamos repertorios emocionales y motivacionales básicos, como los correspondientes al miedo, muy semejantes en casi todos los vertebrados, lo que nos da a entender su origen ancestral desde el punto de vista evolutivo, aunque esto podamos afirmarlo solo analógicamente, puesto que como hemos venido diciendo hasta ahora, y de acuerdo con LeDoux (2016): Los animales son seres emocionales, al menos desde el punto de vista de los perceptores humanos. Esta idea forma parte de la realidad social que creamos […]. Ahora bien, eso no significa que los animales experimenten sentimientos […]. Un león no puede odiar a una cebra cuando la caza y la mata como presa. Por eso no encontramos inmorales los actos del león. De este modo, el repertorio de respuestas de supervivencia se ha convertido en patrimonio hereditario de la especie humana, a partir de la evolución durante millones de años de estructuras cerebrales más primitivas, compartidas por reptiles, aves y mamíferos. Su función es facilitar la adaptación de un organismo a los cambios circunstanciales, sin tener que modificar su estructura, para sobrevivir a ellos. La adaptación es la regla de oro de la evolución, dado que la supervivencia no es una prerrogativa del más fuerte, sino del mejor adaptado. Sin duda los dinosaurios eran más fuertes que las hormigas, y sin embargo los primeros se extinguieron y las segundas no, sino que «han crecido y se han multiplicado», como los humanos, hasta el punto de que se cree que la biomasa formada por unas y por otros es prácticamente equivalente en el planeta. Las adaptaciones al medio ambiente en ocasiones acaban siendo estructurales y favoreciendo cambios genéticos, que se trasmiten por los mecanismos de la selección natural a las generaciones posteriores, como se supone lo fueron las sucesivas mutaciones que propiciaron la aparición del Homo sapiens. Otras adaptaciones son momentáneas y están orientadas a acomodarse a cambios circunstanciales transitorios, por ejemplo de la temperatura, para los que deben existir dispositivos apropiados, especie de termostatos orgánicos, capaces de mantener una temperatura corporal más o menos estable. Estos dispositivos orgánicos que tienen su sede en las estructuras subcorticales regulan aspectos variables como el hambre, la sed o la temperatura, responden a criterios de regulación homeostática del organismo. Las experiencias emocionales, por su parte, que vivimos los seres humanos, obedecen a cambios que no afectan directamente a la homeostasis interna del organismo, sino a su adaptación a circunstancias externas, activando, por ejemplo, reacciones como la huida o el ataque ante la presencia de un depredador. Se trata de reacciones momentáneas y circunstanciales, que no implican cambios estructurales. Si un estado emocional se alargara en el tiempo, por ejemplo el miedo frente a una amenaza persistente, se volvería patológico, dando lugar a un trastorno fóbico o ansioso, puesto que su activación permanente terminaría por afectar al equilibrio neuroquímico cerebral (patologías mentales) o al sistema neurovegetativo (enfermedades psicosomáticas). Como alternativa existe la habituación o acomodación, por ejemplo en el llamado «síndrome de Estocolmo», donde el secuestrado se adapta al secuestrador, o la persona maltratada al maltratador. 2.2. La dimensión neurofisiológica Sin pretender ser exhaustivos ni perdernos en consideraciones excesivamente técnicas, parece conveniente hacer mención de algunos correlatos fisiológicos de la emoción, puestos de manifiesto en la afectación de los órganos internos (corazón, estómago, pulmones), o externos (lágrimas, enrojecimientos, sudoración, pelos de punta, etc.), o a través de múltiples expresiones o muecas faciales, gestos de manos y postura corporal. La dimensión neurofisiológica delas respuestas emocionales se halla, de este modo, en la base de los diversos fenómenos ligados al lenguaje no verbal (contracciones de los músculos de la cara, por ejemplo) y de las respuestas viscerales, que en caso de alteraciones pueden dar lugar a enfermedades psicosomáticas, y, en general, a los trastornos de ansiedad, como comentaremos a lo largo de este libro. El organismo humano, a semejanza de la mayoría de mamíferos, está dotado de sistemas de reacción a las estimulaciones provenientes del mundo exterior, como los distintos órganos sensoriales (los sentidos) que nos permiten entrar en contacto con él. Cada uno de ellos reacciona a estímulos específicos de naturaleza física o química, como el ojo a la luz o las papilas gustativas a los sabores. Existen igualmente reacciones a estímulos tanto internos como externos, llamadas «reflejos» por su carácter automático, como cerrar los ojos a una luz intensa o rascarnos la piel en una zona de prurito o escozor. Las emociones, en cambio, son dispositivos de reacción al ambiente mucho más complejos que las sensaciones o los reflejos. Están construidas sobre los circuitos de supervivencia que describe LeDoux (2016) o los programas de acción postulados por Damasio (1996). Su respuesta supone una evaluación de una situación en su conjunto, por ejemplo en términos de pérdida o ganancia, de amenaza o de obstáculo a derribar y predispone el organismo a reaccionar ante ella. Esta función tiene su correlato fisiológico principalmente en las estructuras cerebrales, correspondientes al cerebro medio o mesocórtex, llamado también cerebro límbico, aunque hay que entenderlo como un sistema mucho más complejo con conexiones aferentes y eferentes tanto hacia y desde el neocórtex como al paleocórtex y el tallo cerebral o incluso, de forma más global, como una excitación cerebral generalizada. 2.2.1. El sistema límbico y sus conexiones con el sistema nervioso El núcleo central del sistema emocional ha sido tradicionalmente ubicado en el llamado sistema límbico, una estructura subcortical, propia del cerebro medio, compuesta de otras subestructuras como la amígdala, la circunvalación del cuerpo calloso, el tálamo, el hipotálamo, el hipocampo, y de sus interconexiones con otras áreas cerebrales y del sistema nervioso central y periférico, tales como el sistema nervioso autónomo. Las conexiones neuronales entre estas estructuras límbicas y el neocórtex son muchas y directas, lo cual asegura una comunicación muy rápida y adaptativa en términos evolutivos (Ledoux, 1999), por lo que resulta algo ficticio, desde el punto de vista psicológico, hablar de pensamiento, emoción y conducta como procesos totalmente diferenciados e independientes, aunque resulte necesario hacerlo por razones didácticas o en la práctica investigadora a fin de hacer más abordable su estudio. Desde esta última perspectiva, la de la investigación neurofisiológica y cerebral, algunos hallazgos sugieren que las experiencias subjetivas que llamamos «emociones», en realidad son construcciones interpretativas sobre dispositivos reactivos más primarios de supervivencia. A este propósito Lisa F. Barret (2018) escribe: Las emociones no surgen del rostro ni de la vorágine del núcleo interior de nuestro cuerpo; no surgen de una parte concreta del cerebro […]. La razón es que nuestras emociones no son algo intrínseco que espera ser revelado. Las emociones están construidas por nosotros. No reconocemos ni identificamos emociones, sino que construimos nuestras experiencias emocionales […]. Los seres humanos no estamos a merced de unos circuitos de emociones míticos sepultados profundamente en las partes animales de nuestro cerebro tan evolucionado, sino que somos los arquitectos de nuestra propia experiencia. En esta misma línea, por ejemplo, Ledoux (2016) insiste en que el «miedo», como caso particular de construcción experiencial frente a una amenaza, no es una emoción que hayamos heredado como tal, sino la capacidad de identificar y responder al peligro: Los problemas relativos al modo en que se concibe el miedo se vuelven más claros si se considera la capacidad generalizada de identificar y responder al peligro en el mundo animal. Esta capacidad es imprescindible para sobrevivir y está presente en todos los animales desde los gusanos o las babosas […] a los monos o los seres humanos […]. Por lo que nuestra conclusión debería ser que «no hemos heredado el miedo como tal de nuestros antepasados, sino, a través de un largo recorrido evolutivo, la capacidad de identificar y responder al peligro». 2.2.2. Los sistemas nerviosos simpático y parasimpático La activación de recursos neurovegetativos, así como la de respuestas motóricas adecuadas, relativas a la activación emocional, implica la existencia de conexiones entre el sistema nervioso central y el periférico. Esta se lleva a cabo a través de dos sistemas nerviosos que compiten y se complementan entre sí, simpático y parasimpático. Conviene distinguir, en efecto, distintos estados posibles de un organismo que afectan, por ejemplo, a la vigilia o al sueño, a la actividad o al reposo. Todos ellos suponen una regulación neurofisiológica específica, que pone en juego el sistema nervioso autónomo, simpático (actividad) y parasimpático (inactividad). Mientras dormimos, por ejemplo, no podemos estar cavando una zanja, aunque sí podemos soñar que lo estamos haciendo bajo el látigo de un esbirro del faraón de Egipto. 2.2.2.1. El sistema nervioso simpático La rama simpática prepara al organismo para la actividad física, aumentando la frecuencia cardíaca, dilatando los bronquios, contrayendo el recto, estimulando las glándulas suprarrenales. Se sirve de la noradrenalina y de la acetilcolina como neurotransmisores. Las fibras de este sistema llegan a casi todos los órganos y sistemas del cuerpo, induciendo fenómenos como la dilatación de la pupila de los ojos, la reducción de la producción de saliva, la dilatación los bronquios, el aumento de los latidos del corazón, la constricción de los vasos sanguíneos, la estimulación de las glándulas sudoríparas, la inhibición de los movimientos peristálticos. Estas reacciones están dirigidas a preparar al organismo para hacer frente a situaciones de estrés. Por ejemplo la respuesta corporal masiva, conocida como la «respuesta de lucha o huida», prepara al individuo ante situaciones amenazantes aumentando el ritmo cardíaco, la respiración y la presión sanguínea. Muy probablemente tales reacciones habrán permitido a muchos individuos de nuestra especie salvar la vida en situaciones críticas, comenta Vecina (2006), citando a Izard (1993), lo cual reflejaría el valor inmediato para la supervivencia que tienen tales emociones. De una manera más gráfica, lo describe Robert Sapolsky (2009), neurólogo de la Universidad de Standford, al afirmar que ante amenazas inminentes el cuerpo utiliza toda la energía almacenada para activar los músculos apropiados, aumentar la tensión arterial para que la energía fluya más deprisa y desactivar todo tipo de proyecto a largo plazo: «Si te persigue un león —comenta en tono distendido— escoges otro día para ovular, retrasas la pubertad, ni se te ocurre crecer, dejas la digestión para otro momento, pospones la fabricación de anticuerpos para la noche, si todavía estás vivo...». Todas estas funciones aplazadas son propias, precisamente, del sistema parasimpático. 2.2.2.2. El sistema nervioso parasimpático El sistema parasimpático se origina en el tronco del encéfalo y se irradia desde la columna vertebral. Es responsable de la regulación de órganos internos del descanso, de la digestión y de las actividades que ocurren en situación de reposo como el sueño, por lo que, en general, no requiere un pensamiento consciente para provocar una reacción. Aunque antagónico en muchas funciones al sistema simpático, se complementa y alterna con él, permitiendo una buena adaptación a las principales funciones del organismo. Mientras que el sistema nervioso simpático responde a las funcionesde activación, como las de ataque y fuga, el sistema nervioso parasimpático participa más bien en las funciones metabólicas y reproductivas, en la relajación y disminución del estrés. Las funciones de este sistema se corresponden con actividades relacionadas con distintos órganos como: contracción de la pupila y el lacrimal, contracción de los bronquios, aumento de la producción de saliva, disminución de la frecuencia cardíaca, aumento de los movimientos de contracción del estómago, disminución de la tensión arterial, aumento de la secreción de orina, aumento de la resistencia a las infecciones. En situaciones de conflicto entre ambos sistemas se produce el fenómeno conocido como inhibición de la acción. Fue llamada así por Henri Laborit en la década de 1950. La inhibición de la acción se produce por la reacción conjunta de las dos ramas del sistema nervioso neurovegetativo, el simpático y el parasimpático. Como regulan mecanismos opuestos llegan a inhibirse mutuamente, dando como resultado la parálisis o «hacerse el muerto». Como reacción momentánea puede resultar adaptativa; pero, a largo plazo, la inhibición de la acción puede convertirse en altamente perjudicial. Las consecuencias patológicas de la inhibición de la acción abren la vía a la comprensión de las enfermedades psicosomáticas, así como de la neuropsicoinmunología. En la respuesta inhibitoria a las situaciones de estrés puede hallarse el fundamento biológico de la necesidad de autonomía que hemos postulado en nuestras obras anteriores (Villegas 2011; 2015), como el elemento crítico para nuestro bienestar psicológico. La autonomía como forma de eliminación, superación o liberación del dominio ajeno. Para Sapolski (2005) la felicidad es un gradiente social: «cuanto más sometido estás a decisiones ajenas en una escala jerárquica laboral o social, ¡mayor estrés, mayor infelicidad padeces!». En efecto, como hemos tenido ocasión de repetir en innumerables ocasiones (Villegas, 2011, 2013, 2015, 2017) citando a Henry Ey «todas las neurosis son conflictos de la libertad». Henri Laborit (1980) extendía su fundamento incluso a la vida social y no se privaba de criticar a la clase política dominante por el estrés que hacen soportar a sus súbditos, origen en gran parte del malestar social al que Freud (1930) habría aludido muchos años antes como «malestar en la cultura». 2.2.2.3. Las interconexiones cerebrales Dado que el cerebro humano no está formado por compartimentos estancos, aunque sí evolutivamente diferenciados, la propia evolución cerebral ha ido creando vías de interconexión neuronal entre las diversas estructuras paleo, meso y neocorticales. Algunas, como las que regulan el sistema nervioso autónomo, están muy asentadas y claramente establecidas, gracias a millones de años de evolución. Otras, como las conexiones entre cerebro medio y neocortical son más recientes y se podría decir que «están en periodo de pruebas» (Nogués, 2011). Sin embargo, ejercen una doble función esencial para el buen acoplamiento o ensamblaje entre las partes. Otras se producen de modo combinatorio a través de miles de millones de interconexiones sinápticas, constantemente, sin caminos prefijados, gracias a la versatilidad de los neurotransmisores que implican toda la actividad cerebral en su conjunto, utilizando circuitos conectivos ya existentes o creando otros nuevos. Las llamadas vías eferentes y aferentes establecen un diálogo entre sí o, si se quiere con un lenguaje más popular, «entre la cabeza y el corazón», de acuerdo con el aforismo de Pascal (hoy en día insostenible) con el que encabezamos este capítulo. Informan, por una parte, de los estados de activación neurofisiológica y contrastan, por otra, estas informaciones con las provenientes de los sentidos, la memoria, la experiencia, la deducción, el razonamiento, las previsiones, etc. Finalmente, la emoción termina por decantar la balanza hacia alguna de las posibles opciones de acción, dependiendo del resultado de este balance. No te decides a plantear «jaque mate», a no ser que seas un robot, sin un cierto grado de activación emocional del tipo que sea: rabia, rivalidad o competitividad (quiero tomarme la revancha), alegría anticipada (voy a ganar), miedo (no estoy seguro de haber previsto bien todos los posibles movimientos del contrario). Los jugadores de póker no es que no experimenten emociones antes de jugar sus cartas, sino que intentan ocultarlas o disimularlas; de ahí la famosa expresión «cara de póker». La conexión emocional será siempre determinante para la toma de decisiones, aunque no juegue necesariamente un papel predominante durante el proceso deliberativo, favoreciendo unas u otras razones, según la fuerza argumentativa vital que asista a cada una de ellas. 3. Emoción y conceptos afines Los sistemas simpático y parasimpático están implicados en las respuestas emocionales, pero también lo están en cualquier tipo de actividad del organismo. En consecuencia, no toda acción o reacción debe confundirse con una emoción. Es más, la mayoría de nuestras acciones no están activadas emocionalmente; pueden ir acompañadas de un estado de ánimo de fondo, por ejemplo interés o aburrimiento, pero no necesariamente de una reactividad emocional. En referencia al ejemplo de estar cavando una zanja, la activación necesaria para ello puede provenir ciertamente de la reacción a una amenaza, el látigo del esbirro, y obedecer en ese caso a un intento de controlar el miedo, que es, sin duda, una emoción. Pero puede ser efecto, igualmente de una decisión propia, llevada a cabo con perseverancia, que no es ninguna emoción, sino un estado motivacional, aunque en algún momento pueda conectar con alguna de ellas, por ejemplo la alegría, al imaginar el agua que circulará por mi zanja. Conviene, en consecuencia, distinguir el concepto de emoción de otros conceptos afines, como sentimientos, cosa que ya hemos venido haciendo en estos últimos párrafos, dada su mayor complejidad y duración en el tiempo. Por ejemplo, la envidia es el resultado de un complejo emocional (rabia + tristeza) que se prolonga en el tiempo y tiene por objeto bienes como belleza, riqueza o éxito que alguien posee, y de los que nosotros carecemos o tenemos solo en menor grado. Tampoco se puede confundir el concepto de emoción con el de estados afectivos. En este texto haremos referencia muchas veces a sentimientos y estados afectivos emparentados con diversas emociones, pero conviene no confundirlos con ellos. Por ejemplo, el amor es un sentimiento y la felicidad un estado afectivo que pueden durar en el tiempo sin alterarse, mientras que la alegría, que es la emoción de referencia, suele manifestarse de forma más estruendosa y puntual. En este sentido desarrollamos en los capítulos centrales de este libro un apartado dedicado a explorar la familia de cada una de las emociones en relación a los sentimientos a los que dan origen o a los estados afectivos que se derivan de ellas o, incluso, a las posibles combinatorias entre ellas. La motivación es otro concepto relacionado incluso a nivel fisiológico con la emoción. Sin embargo, se orienta a la satisfacción de necesidades tanto de carácter básico (hambre, sed, sexo) como afectivo (apego) o social (pertenencia, reconocimiento), es decir, se guía por la consecución de objetivos prefijados, mientras que la emoción activa reacciones a situaciones inmediatas, muchas veces imprevistas. Una motivación que se puede mantener a largo plazo demuestra, por ejemplo, un interés que va mucho más allá de la simple sorpresa del momento, aunque pueda haberse originado a partir de ella, al conectar con alguna necesidad de base. Otro concepto que se debe distinguir de emoción es el de pasión. Indica una actitud sostenida en el tiempo, como la ambición o el interés. Por ejemplo, alguien puede manifestar un interés por la música, el deporte o la paleografía. O un deseo de destacar en el ámbito artístico, económico o empresarial. En estas actitudes puede haber un trasfondo emocional, referido porejemplo a la alegría o a la sorpresa, pero se mantiene incluso en su ausencia y muchas veces a pesar de las dificultades y, con frecuencia, requiere esfuerzos notables y hasta superar fracasos estruendosos. 4. ¿Cuántas y cuáles son las emociones básicas? Hablar de emociones básicas requiere intentar delimitar, en primer lugar, qué entendemos por la palabra «básicas». Las emociones evolucionaron según su valor adaptativo en relación a la supervivencia. Con este criterio bastaría probablemente con considerar solo dos emociones, el miedo y la rabia que permiten evitar los peligros y defenderse de los depredadores huyendo o atacando («la mejor defensa es el ataque»). Aplicado al ser humano, sin embargo, está claro que el concepto de emoción básica no solo responde a una reactividad de supervivencia física sino también social, por lo que el concepto de «básico» se vuelve más articulado. En este sentido, básico o primario puede entenderse en contraposición a complejo o secundario, por ejemplo respecto a los sentimientos, que serían considerados secundarios o complejos. Puede entenderse también como el fundamento sobre el que se construyen familias de sentimientos que se derivan y se reducen en última instancia a este tipo de emociones, como la vergüenza, entendida como un miedo al rechazo social. Algunos autores como Ekman (1999) han intentado delimitar qué condiciones debería cumplir una emoción para ser considerada básica, es decir, distinta de las demás y de otros fenómenos afectivos: 1. Manifestaciones típicas universales; 2. Fisiología característica; 3. Evaluación rápida; 4. Universales específicos en los antecedentes; 5. Aspecto apropiado a la edad evolutiva; 6. Presencia en otros primates; 7. Activación rápida; 8. Breve duración; 9. Ocurrencia espontánea. 10. Pensamientos, imágenes y recuerdos típicos; 11. Experiencia subjetiva diferenciada. Según esos criterios, sobre todo si se aplican de modo riguroso, se supone que no pueden ser muchas las emociones consideradas básicas, aunque hay notables diferencias entre autores. William James (1884), uno de los primeros psicólogos en plantearse de forma explícita el tema de las emociones, era muy reacio a dar ninguna respuesta concreta a esta pregunta, tal vez porque no se limitaba al concepto de emociones básicas. «El número de posibles emociones diferentes que puedan existir no tiene límite, y las emociones de los individuos diferentes pueden variar indefinidamente, tanto en lo que se refiere a su constitución como a los objetos que las desencadenan». En la actualidad tampoco existe un consenso unánime sobre su número exacto. Para algunos, como Plutchik (1980), son ocho las emociones básicas que, combinadas, dan origen a otras tantas emociones avanzadas; otros las limitan a siete (Reeve, 1994) o a seis (Tomkins, 1962; Bueno, 2016; Mora 2000, 2015). Johnson-Laird y Oatley (1989, 1992) tras hacer un análisis semántico de 590 palabras relacionadas con emociones en inglés, las reducen a cinco. Para el resto (Panksepp, 1982; Antoni y Zentner, 2014; Jack, Garrod y Schyns, 2014, Lizeretti y Gimeno-Bayón, 2014) son cuatro. Nadie postula una clasificación por debajo de esta cantidad. Al contrario, ciertos autores, como Izard (1977), Ekman (1982) o Elster (2001), amplían la lista a una o varias decenas. Tampoco existe unanimidad a la hora de identificar cuáles son en concreto. Parece haber un acuerdo genérico unánime sobre cuatro de ellas: miedo, rabia, alegría y tristeza. Jack, Garrod y Schyns (2014) afirman que si se tienen en cuenta los movimientos de la musculatura facial solo se pueden identificar estas cuatro. El resto de emociones, que habitualmente entran o salen de la lista según diversas clasificaciones, son: asco, sorpresa, amor, culpa y vergüenza, entre otras. Para nosotros son cinco: las cuatro comúnmente aceptadas (miedo, rabia, alegría y tristeza), a las que añadimos la «sorpresa», la más huidiza de todas. El motivo para incluirla se basa en su carácter anticipatorio al resto de ellas. La función de la sorpresa se puede colegir de su relación con la activación de un estado de alerta a fin de facilitar una respuesta apropiada, después de haber identificado con exactitud la naturaleza del estímulo presente, por lo que no puede reducirse de modo exclusivo, ni confundirse con ninguna de las otras emociones básicas, sino que puede antecederlas a todas ellas. Como tal se puede «atribuir» a todos los animales, capaces de activar un estado de alerta. Es también fácilmente detectable en las primeras reacciones del bebé, por lo que se puede considerar un mecanismo primario de reacción ante lo inesperado o desconocido. Descartamos, en disconformidad con Johnson-Laird y Oatley (1989, 1992), el asco o respuesta aversiva de repugnancia ante organismos en descomposición (putrefacción, excrementos, supuración, suciedad, etc.), porque la entendemos como una respuesta sensorial (olor, sabor, vista, tacto, etc.) más relacionada con finalidades profilácticas en relación a motivaciones básicas de supervivencia como el hambre, la sed o incluso el sexo, que con emociones o sentimientos. Solo por analogía, se puede hablar de «asco» frente a comportamientos indignos, por ejemplo, en el ámbito social. Es significativo a este respecto que determinados comportamientos sociales sean descritos como «corrupción», en comparación con la putrefacción de organismos, provocadora de asco. Sandín y colaboradores (2008, 2009) establecen una tipología de asco referida a tres campos diferenciados de naturaleza animal, moral e interpersonal, siguiendo la Disgust Scale (Haidt et al. 1994). Algunos autores, Mancini (2019) por ejemplo, le otorgan un papel destacado en los rituales obsesivos de limpieza y en el sentimiento de culpa deontológico, que recurre igualmente a rituales de purificación. El asco se mueve por el mecanismo de atracción-aversión, como sucede también con las actividades sexuales (atracción-aversión sexual), en respuesta a las características de los estímulos sensoriales de tipo visual, olfativo, gustativo o táctil, y no se puede extender a otros ámbitos. Esta característica específica del asco nos lleva a excluirlo del grupo de emociones básicas y a considerarlo una respuesta o reflejo sensorial. Respuesta que, por otra parte, está sometida en gran medida a las influencias culturales, sociales y familiares. En la categoría de reflejos sensoriales entrarían igualmente las reacciones evitativas o inhibitorias frente al dolor, aunque puedan ir acompañadas de respuestas emocionales, pero que no deben confundirse con ellas, como podría ser el llanto anticipatorio de un niño (miedo) al que se le va a poner una inyección. Igualmente, y en su polo opuesto, no deben confundirse las manifestaciones de placer, que son respuestas sensoriales, con emociones, aunque puedan dar lugar a alguna de ellas, como la alegría. Asco y dolor son reacciones aversivas o evitativas (nos alejan del estímulo), mientras que el placer adquiere un valor reforzante (nos aproxima al estímulo). Tampoco consideramos al amor una emoción, por muy acompañado que vaya en el enamoramiento de «mariposillas en el estómago». El amor es una motivación sexual o de apego, relacionado con necesidades básicas como la reproducción, la pertenencia o la seguridad. Puede tener una duración prolongada, incluso en ausencia del estímulo, lo que lo acerca más a un sentimiento que a una emoción. Por otra parte no hay reacciones neurofisiológicas exclusivas del amor, sino más bien un cóctel variadísimo de ellas que pueden acompañar sus múltiples vicisitudes a lo largo de la vida. La vergüenza y la culpa no las incluimos entre las emociones básicas o primarias porque no son compartidas ni análogas con otros animales, ni se manifiestan en los primeros estadios evolutivos de la infancia, sino que se construyen socialmente en contextos culturales determinados. Se trata más bien de sentimientos relacionados con el miedo, la tristeza e incluso la rabia, en algunos casos, de larga duración. 5. La función informativadel sistema emocional Nuestra clasificación, limitada a cinco emociones básicas, no se sustenta exclusivamente en las modalidades expresivas que suelen acompañarlas, como el grado de apertura de los ojos, el entrecejo, la boca, las mejillas, la comisura de los labios, etc. Ni en la activación neurofisiológica, relacionada con el número de pulsaciones, la sudoración, las lágrimas, la tensión muscular, etc., sino en la finalidad informativa que cumplen de inmediato ante estímulos precisos. Esta función la ponemos de relieve de manera concisa en el cuadro siguiente (cuadro 1), en el que puede observarse el papel de cada una de las emociones básicas en relación a dar cumplida cuenta de su objetivo: prevenir una situación inesperada (sorpresa), evitar un peligro (miedo), celebrar una ganancia (alegría), afrontar un obstáculo o una frustración (rabia), asumir una pérdida (tristeza), con cuyas iniciales podemos formar el acrónimo SMART (en inglés: inteligente). Son inteligentes las emociones en cuanto nos pueden informar inequívocamente de la naturaleza de la evaluación que nuestro organismo hace de una determinada situación, no de lo acertado de la misma, sino del valor de supervivencia que le otorga. Una evaluación posterior, propia o ajena, puede cofirmar o contradecir dicha intrepretación («falsa alarma»); pero mientras tanto el organismo ya ha reaccionado, «por si acaso». El sistema emocional básico se puede entender en función de una unica variable, la supervivencia del organismo. Esta está supeditada a la propia capacidad de predecir su continuidad vital en el contexto inmediato en que se desenvuelve. Para ello dispone de un sistema de alerta (sorpresa) que se activa frente a posibles amenazas del entorno, ante las que caben dos tipos de respuesta: ataque (rabia) o huida (miedo). Pero, como la función de la supervivencia es incremental, es decir, que no se cumple solo con la ausencia o evitación de circunstancias que la pongan en peligro, sino que precisa de aportes continuos de recursos externos, el organismo realiza un balance constante entre ganancias (alegría) y pérdidas (tristeza). Del análisis del cuadro se colige fácilmente que el eje principal está constituido por la dimensión bipolar «ganancia-pérdida». Todo organismo que se nutre de un medio o ecosistema se halla en continua dependencia del mismo. Cualquier variación en él puede repercutir en su beneficio (conservación o aumento de su estructura) o perjuicio (disminución o supresión de su estructura). En consecuencia, experimentará alegría o tristeza según salga beneficiado o perjudicado de las posibles variaciones del mismo, y rabia o miedo según vea amenazada la consecución o mantenimiento de un bien. Las emociones son específicas, claramente diferenciadas unas de las otras, pero sus objetos no lo son necesariamente. Por ejemplo, el miedo no es rabia, aunque su objeto pueda ser compartido. Un mosquito nos puede provocar miedo y rabia sucesiva, alternativa o simultáneamente, mientras que a otras personas solo miedo o solo rabia; o, incluso a la inversa, miedo en lugar de rabia o rabia en lugar de miedo, como la de un gato acorralado; o, tal vez, ni siquiera reaccionar en absoluto, con indiferencia total. Según sea la reacción emocional predominante, las conductas derivadas, como los productos químicos utilizados para hacer frente a los mosquitos, estarán más orientadas a la autoprotección (repelentes) o a la eliminación (insecticidas). 6. La función activadora de las emociones Las emociones primarias responden a la primera evaluación (de ahí su nombre) que hace el organismo de una situación determinada y esta se puede entender en función de cinco parámetros universales: el conocimiento que se tenga de una situación, su valor como amenaza que evitar o como obstáculo que vencer, y el coste o beneficio (pérdida o ganancia) que suponga. Así, la sorpresa responde a la percepción de «novedad», a fin de reconocer el significado del cambio de una situación; el miedo, a una activación para la huida frente a una amenaza; la rabia desencadena una fuerza destructora frente a un obstáculo que se interpone en nuestro camino; la alegría constituye una reacción que permite el disfrute de una ganancia conseguida, con lo que aumenta la probabilidad de refuerzo de la conducta apropiada; y, finalmente, la tristeza, consistente en una reacción frente a la pérdida de un bien, que nos lleva a aceptar su renuncia, a fin de limitarnos en nuestros apetitos y permitir nuestra readaptación a su ausencia. 6.1. La respuesta emocional De este modo las emociones se convierten en un mecanismo rápido de adaptación a los cambios del ambiente que es extensible a cualquier grado de complejidad del mismo, desde el más simple al más sofisticado, como los producidos en el ámbito social o interpersonal. Podemos describir secuencialmente el curso espontáneo de una respuesta emocional, de acuerdo a los siguientes pasos: Nuestro cerebro detecta a través de señales sensoriales internas o externas un cambio significativo o imprevisto de significación vital, producido en una situación determinada, por ejemplo un dolor repentino o un relámpago, seguido de un trueno. Esta señal activa reflejos innatos o aprendidos con el recurso a la memoria hipocámpica, episódica y semántica, que intervienen en la evaluación emocional del evento, de acuerdo con las experiencias pasadas. Según haya sido la evaluación de la situación para el organismo (en función de la naturaleza del estímulo, el contexto de producción y la experiencia propia mediada por la cultura o la sociedad), se producirá la activación de la respuesta correspondiente de huida, o nos pondremos a sacar fotos de los relámpagos desde nuestro observatorio protegido, o continuaremos leyendo relajadamente nuestra novela junto al fuego. Esta respuesta implicará una mayor o menor activación neurofisiológica, según la intensidad de la misma en relación a las características circunstanciales de la situación, como también a las individuales propias. Esta respuesta seguirá su curso, hasta que la situación se haya neutralizado o llegado a su resolución. En general la duración será breve, excepto si la situación se prolonga en el tiempo o la persona afectada no consigue resolver la activación emocional desencadenada, pudiendo dar lugar a algún trastorno de ansiedad. También puede suceder un efecto de habituación, que lleve a la inhibición de la acción, lo que puede derivar en depresión o alguna enfermedad psicosomática. 6.2. Las siete reglas del funcionamiento emocional Nico Frijda (2006) realiza una serie de observaciones sobre el funcionamiento de la respuesta emocional que por sus regularidades concibe como leyes y que pasamos a detallar de forma sintética, por su posible utilidad. Por ejemplo, dan cuenta de fenómenos como la ansiedad anticipatoria que se produce en ausencia de estímulos realmente presentes o explican la necesidad de reinterpretar las situaciones traumáticas. Significado situacional. Las emociones responden a situaciones específicas reales o imaginarias, no surgen espontáneamente. Realidad aparente. Los escenarios mentales (cine, novela, rumores, anticipación, preocupaciones) se comportan como si fueran reales para nuestra mente emocional. Habituación, comparación y cambio. Las situaciones habituales tienden a normalizarse y, en consecuencia, a disminuir su intensidad. Mientras que frente a una novedad, la respuesta emocional es más intensa. Asimetría hedónica. Nos habituamos a las situaciones positivas más fácilmente y menos a las negativas. La respuesta emocional en este caso es de resistencia y la aplicación de la ley de la habituación es más relativa. Conservación del momento situacional. Las experiencias negativas tienden a mantener su poder emocional durante largo tiempo. Continúan presentes, aunque la situación ya haya desaparecido. Para que la emoción negativa desaparezca hay que vivirla de nuevo y resolverla adecuadamente. Cierre y atención a las consecuencias. Las emociones tiendena forjar una idea absolutista de la realidad. Todo se ve en términos de blanco o negro. Mínimo coste y máxima ganancia. Explica la tendencia a minimizar las experiencias negativas y reinterpretar las situaciones en pos de un beneficio emocional. 7. La función expresiva El repertorio emocional constituye un sistema primario, pero eficaz, de comunicación entre individuos de una misma especie que lo comparten. Los distintos registros de voces o sonidos que emiten aves y mamíferos permiten articular un lenguaje previo al verbal, que resulta muy apropiado a los fines de protección y apareamiento entre los miembros del grupo. Para la mayoría de ellos es mucho más adaptativa la expresión sonora que la facial, puesto que la emisión de sonidos permite comunicarse, aunque sea a distancia. En las aves, es más destacable el canto, el despliegue del plumaje o las danzas de cortejo que la expresión de la cara. Estas expresiones llegan a constituir un auténtico lenguaje codificable, por muy reducido que sea, pero suficiente para las funciones primarias de supervivencia y apareamiento, limitadas siempre al contexto presencial. 7.1. Las expresiones faciales Del mismo modo, para la mayoría de cuadrúpedos las expresiones faciales suelen ser muy rudimentarias, dado que la interacción cara a cara no viene facilitada ni por su anatomía ni por el medio en que se mueven. Sin embargo, las expresiones de miedo o rabia suelen mostrarse de manera más explícita en todos ellos a través de los movimientos de la pupila ocular o de los músculos y dientes de la boca, incluso a corta distancia, entre los miembros de la misma especie o ante presas y depredadores. En los primates la expresión facial adquiere una dimensión mucho más relevante, puesto que ya desde la infancia las funciones nutritivas se realizan cara a cara, lo que convierte el rostro en un mapa de signos constantes donde se expresan los distintos estados afectivos del bebé, como la sorpresa, la alegría, la tristeza, la rabia o el miedo, así como la tensión o la relajación de una manera casi inequívoca para quien lo observa. De este modo la expresividad de la cara, facilitada por la diversidad de los músculos faciales, más de una docena en su conjunto, se convierte en la base del llamado «lenguaje no verbal» o «lenguaje mimético». En el teatro griego se usaban máscaras para expresar las distintas emociones de los personajes, exagerando la tensión de los músculos de la cara, al igual que lo hacen los payasos. Los «emoticonos» han inspirado su grafismo en estas características expresivas del rostro para transmitir estados emocionales. A estas expresiones miméticas del rostro hay que añadir las secreciones lacrimales que pueden expresar dolor, tristeza o incluso alegría; el rechinar de dientes (rabia), los gritos (miedo, alegría, rabia) y la risa (alegría). Sin embargo, hay que tener presente que estas expresiones faciales, aun acompañadas de otros parámetros expresivos, no responden inequívocamente a las emociones que contextualmente damos por supuestas. 7.2. Las expresiones gestuales Así como la mayor parte de los registros expresivos faciales, aunque equívocos, son prácticamente espontáneos y, en consecuencia, universales, los gestuales están muy condicionados por la cultura. Algunas culturas, como las del sur de Italia, utilizan exageradamente las manos; otras, como la japonesa, son mucho más comedidas en su expresividad. Las manos no solamente se agitan o se contraen, sino que a veces se usan para expresar ideas, emociones o sentimientos, como los aplausos, el puño alzado, la posición en «V» de los dedos para indicar victoria, el dedo pulgar hacia arriba o hacia abajo, señalando aprobación o desaprobación, como si se tratara de un lenguaje para sordomudos. Estos signos, llamados emblemas, constituyen un repertorio de señales que forman parte de un código socialmente compartido por individuos de un mismo contexto social y son totalmente conscientes e intencionales. 7.3. Las expresiones posturales Pero no son solo las expresiones faciales y gestuales las que permiten manifestar estados emocionales. La postura corporal o el tono muscular transmiten también de manera prácticamente inequívoca estados emocionales internos. Los hombros alzados o caídos, el cuerpo o la cabeza erguidos, o por el contrario, la cabeza gacha, el cuerpo encorvado, los pies arrastrados al andar, los saltos de alegría, son manifestaciones claras de emociones intensas que se trasmiten a través del cuerpo, constituyendo un auténtico lenguaje corporal, difícil de falsificar, aunque posible de imitar, si se pretende fingir. Los saltos y gritos estentóreos de los jugadores de fútbol después de marcar un gol o de ganar una copa, o el abatimiento corporal de los perdedores en el último minuto de una competición son manifestaciones espontáneas de emociones de alegría o tristeza, respectivamente. Como concluye en sus estudios Hilliel Aviezer (2017), precisamente a propósito de la expresividad corporal de los deportistas: «lo que realmente trasmite sensaciones y sentimientos es la expresión corporal, no solo la del rostro». 7.4. Las expresiones paralingüísticas El lenguaje verbal puede hacer mención explícita de estados emocionales concretos, pero solo podemos percibir que responde a experiencias actuales y auténticas si va acompañado de señales paralingüísticas, que afectan al tono o volumen de la voz, a la intensidad o fuerza expresiva, al ritmo, la velocidad o calma con que se habla, al silabeo continuo o entrecortado, entre otros. Por ejemplo, se pueden remarcar las sílabas de una expresión a fin de enfatizar un mensaje: «a-ver-si-te-en-te-ras». Igualmente, el contenido verbal de un relato puede ir acompañado de manifestaciones claras de estados emocionales, como el llanto o la risa. A veces esto sucede aunque los hechos referidos estén muy alejados del momento presente, como quien recuerda episodios de una guerra, vividos decenas de años atrás, pero todavía activos en la memoria hipocámpica. Este fenómeno es particularmente frecuente en las sesiones de terapia en que aparecen recuerdos ligados a situaciones del pasado, traumáticas o no, pero con una fuerte carga emocional, en las que espontáneamente se activa la emoción al evocarse el recuerdo, como si se tratara de un resorte automático, activado por una situación presente o actual. 7.5. Las expresiones verbales Finalmente, las emociones pueden encontrar una expresión directa a través del repertorio lingüístico compartido por una comunidad de hablantes, donde además de los significados, las palabras están cargadas de connotaciones positivas o negativas. Así, por ejemplo, los insultos surgen de estados emocionales de enfado que se dirigen a humillar a la persona de la que es objeto. Igualmente, las amenazas verbales pretenden intimidar a alguien, así como la queja busca obtener su compasión. Naturalmente, la elección del vocabulario en esos y otros casos se hace en función de los objetivos correspondientes a los estados emocionales de fondo, de modo que las palabras dictadas por estos suelen dar la medida exacta de su naturaleza e intensidad. 8. Emociones positivas y negativas Algunos autores (Fernández-Abascal, 2008; Orloff, 2011) distinguen entre emociones positivas y negativas, dado que identifican y confunden «positivo» con «placentero». Para Bárbara Fredrickson (1998, 2001), por ejemplo, las emociones «positivas» tendrían efectos beneficiosos más duraderos, en la medida en la que preparan a los individuos para tiempos futuros más conflictivos. Esta autora plantea la «teoría abierta y construida de las emociones positivas» que sostiene que emociones como la alegría, el entusiasmo, la satisfacción, el orgullo o la complacencia, aunque fenomenológicamente son distintas entre sí, comparten la propiedad de ampliar los repertorios de pensamiento y de acción de las personas y de construir reservas de recursos físicos, intelectuales, psicológicos y sociales disponibles para momentos futuros de crisis. Frente a este planteamiento,que supone la división entre emociones positivas y negativas y que se halla en la base de la reciente aparición de la mal llamada «psicología positiva» (Seligman, et al. 2000), han surgido voces de alerta que se oponen a ella y que señalan su carácter mistificador. Estas posturas encontradas entre defensores y detractores han obtenido amplio eco en las publicaciones de ámbito profesional (Vázquez, 2013; Pérez-Álvarez, 2012; 2013). Nosotros en este escrito queremos mantenernos al margen de la polémica que parte de la suposición de que existen emociones negativas, según María Luisa Vecina (2006) (miedo, rabia, tristeza) y emociones positivas (alegría, satisfacción, orgullo, esperanza, etc.). Si esta distinción fuera válida, habría que sacar la paradójica conclusión de que la naturaleza nos habría dotado mayormente de emociones básicas negativas (miedo, rabia, tristeza) antes que positivas (alegría), y como mucho una neutra (sorpresa). Nuestro posicionamiento se sustenta en dos motivos teóricos y uno práctico. El primero, la inadecuación de esta división entre positivo y negativo, puesto que cualquier emoción puede ser una cosa o la otra en función del contexto en que se produzca: el miedo puede ser positivo ante una situación amenazante, activando la huida, y, al contrario, la alegría puede ser negativa desde el punto de vista social en un contexto de duelo compartido; o la tristeza puede contribuir positivamente a la recomposición interior de una persona o fomentar la solidaridad después de una pérdida afectiva. Si acaso, siguiendo las trazas de la investigación de Richard Davidson (2012), podemos detectar la activación del área prefrontal izquierda (aproximación) o derecha (evitación), para aquellos contextos que requieren una u otra respuesta, dado que esta es la decisión psicológica fundamental que un organismo toma constantemente en relación a su entorno (Schneirla, 1959). Por ejemplo, el distanciamiento de las relaciones sociales (evitación) en el caso de una pérdida afectiva puede tener un efecto positivo para la persona, puesto que le permite vivir el duelo de forma más congruente que la inmediata o precipitada inmersión en las relaciones habituales, ya sean sociales, laborales, etc. Las emociones no son ni positivas ni negativas, sino adaptativas: sus efectos prácticos dependerán de las circunstancias y se verá en cada caso su grado de mayor o menor adecuación. Se podría, tal vez, distinguir entre emociones agradables y desagradables, aunque esto nos viene a situar en el plano de lo absolutamente subjetivo. Alguien puede deleitarse en un sentimiento de nostalgia o regodearse en el de venganza; por el contrario, la ilusión puede llevarnos a la decepción y la esperanza, al desengaño. Resulta azaroso atribuir a las emociones la connotación de positivas o negativas. Si acaso, ¿para quién? Podemos hablar de efectos, actitudes, conductas, pensamientos o intenciones de valor positivo o negativo, especificando siempre para quién y en qué sentido, pero no de emociones, que en sí mismas carecen de valor moral o social y que, a priori, los partidarios de esta distinción califican fuera de contexto. El segundo motivo es que nos hemos limitado a las cinco emociones que hemos considerado básicas, por lo que no tomamos en cuenta, sino de forma derivada, sentimientos, afectos, actitudes, estados, motivaciones, etc. que merecen otro tipo de planteamiento. Si un concepto resulta demasiado general, confuso o vago como para incluir en su seno indistintamente cualquier proceso psicológico, significa que no está bien definido, puesto que definir significa señalar claramente los límites. Si lo ponemos todo en el mismo saco y bajo categorías muy genéricas como las de positivo/negativo, perdemos complejidad, riqueza de conocimiento y profundidad en la vivencia afectiva. El tercero, el práctico, para no perdernos en disquisiciones y estériles luchas de escuelas, ni alentar soluciones fáciles a los problemas de la vida. 9. Inteligencia o estupidez emocional Así como no hay emociones positivas ni negativas, sino que sus efectos dependen de la adecuación al contexto, tampoco se puede hablar de emociones inteligentes o estúpidas. Como las reacciones emocionales suelen ser espontáneas e inmediatas, su eficacia puede verse afectada por las circunstancias concretas donde se producen. Hay que partir del supuesto de que las bases sobre las que se han construido las emociones han aparecido a lo largo del proceso evolutivo como respuestas adaptativas a un contexto natural, la sabana africana, por ejemplo, y que no siempre se ajustan a las necesidades de un contexto social. La respuesta de huida física ante la amenaza de un depredador no tiene por qué ser siempre la más adecuada en un contexto interpersonal. De ahí nace la duda: aquellas respuestas emocionales que en un momento y contexto determinados resultaron las más adecuadas a un entorno natural pueden resultar contraindicadas en otro momento y contexto social. En todo caso la pregunta sobre la inteligencia o estupidez de las emociones debe dirigirse hacia su gestión y adecuación a los contextos apropiados, no hacia su naturaleza. La expresión «inteligencia emocional» tal vez debería sustituirse por la de «gestión inteligente de las emociones». De hecho, la definición de Salovey y Mayer (1990), popularizada por Goleman (1996), de inteligencia emocional ya contempla este aspecto, al entenderla como «habilidad para manejar los sentimientos y emociones, discriminar entre ellos y utilizar estos conocimientos para dirigir los propios pensamientos y acciones». La primera consideración a este propósito es comprender que las emociones, por su naturaleza, son adaptativas. Esto es así, precisamente, porque las emociones han sido construidas sobre mecanismos o dispositivos de reacción inmediata ante situaciones en las que no hay tiempo para pensar, en las que se juegan cuestiones de vital importancia, en base a dos modalidades elementales de respuesta: la de aproximación o la de alejamiento. En este sentido podemos decir que son formas primarias de inteligencia reactiva, al igual que lo son los reflejos motores que permiten mantener el equilibrio mientras esquiamos, o esquivar un coche que se nos cruza mientras conducimos. Pero por la misma razón podemos decir que son capaces de producir reacciones estúpidas cuando nos llevan a bajarnos del coche con una barra de hierro en las manos, dispuestos a agredir al conductor que acaba de hacernos un adelantamiento peligroso, o a discutir con un agente de la autoridad o con el árbitro de un partido porque nos han puesto una multa o señalado una falta. Estas mismas reacciones airadas se ponen en juego en las relaciones interpersonales cuando sentimos ser tratados injustamente, pudiendo dar lugar a explosiones de cólera o incluso a reacciones de violencia. Si en lugar de movernos activados por la ira lo hacemos por el miedo, pueden producirse escenas de pánico colectivo como en el interior de una discoteca en llamas, donde la mayor parte de los muertos no son por causa del fuego o el humo sino por el atropello que provoca la huida masiva. Al igual que existen respuestas inadaptadas por exceso de activación emocional, se producen en el polo opuesto respuestas carentes de cualquier tonalidad emocional. Esto se podría esperar de personas afectadas por traumatismos craneales que hayan incidido en las áreas de regulación emocional o en sus conexiones órbitofrontales, como las descritas por Damasio (1996) en casos de sección de las vías aferentes del sistema límbico. La incapacidad de identificar y conectar con motivaciones, deseos y emociones, por otra parte, característica de la alexitimia, constituye un grave déficit, comparable a quien padeciera una analgesia congénita o incapacidad para sentir el dolor. En ambos casos el sujeto está privado del acceso directo a experiencias internas que le permitan reaccionar a lo que le está sucediendo. 10. Emociones y sentimientos Las emociones que persisten a pesar de todo pueden darlugar a la formación de sentimientos más o menos duraderos como la envidia, el rencor, el odio, el ánimo de venganza o los celos, pero también el amor o la felicidad. Estos y otros sentimientos pueden perdurar incluso años sin llegar a activarse emocionalmente, si no es en presencia de alguna situación, persona, recuerdo o acontecimiento que los evoque o los vuelva a la actualidad. Alguien puede guardar un rencor imborrable hacia una persona, pero no experimentar la activación emocional correspondiente hasta que no vuelve a tener noticia de ella o se la encuentra en las redes sociales o en la calle por casualidad. De este modo se explica la persistencia de las emociones asociadas, por ejemplo, al estrés postraumático, que se activan cada vez que el recuerdo es evocado voluntaria o involuntariamente. Estos sentimientos, por muy complejos que sean, remiten necesariamente a alguna de las emociones primarias y solo cuando conectan con ellas hallan resonancia fisiológica en el organismo. Solo en este caso podemos hablar de sentimientos que se expresan como emociones propiamente dichas, sobre las cuales podemos trabajar en terapia. Las sesiones de psicoterapia constituyen un marco privilegiado para que estas emociones se puedan expresar. La evocación de traumas o recuerdos del pasado o la exposición de conflictos actuales activa las emociones correspondientes a tales experiencias. Es por este motivo que las emociones acompañan la exposición de la problemática psicológica en terapia y que un aliado imprescindible para todo terapeuta sea la caja de pañuelos. Resumen La emoción es un concepto creado para dar cuenta de la reactividad del organismo en sus interacciones con el medio ambiente. Desde Darwin se han interpretado como dispositivos innatos de respuesta, compartidos con otros animales, frente a cambios significativos para el organismo (amenaza, éxito, fracaso), lo que ha favorecido el intento de buscar una ubicación en subestructuras cerebrales de cada una de ellas. Las investigaciones más recientes en neurofisiología parten del supuesto contrario. Conceptos como miedo o rabia se consideran construcciones, categorías semánticas que aplicamos a reacciones mucho más primarias de supervivencia que no presentan la complejidad de las emociones ni precisan de ninguna ubicación definida en el cerebro, sino que se van configurando como circuitos sinápticos en función de la experiencia y el lenguaje que les otorga sentido, permitiendo llevar a cabo su función predictiva. Estas reacciones primarias, en conexión con el sistema nervioso autónomo, son las responsables de las reacciones orgánicas y de las posibles enfermedades psicosomáticas o de trastornos ansiosos que se pueden derivar de una gestión emocional inadecuada. Las conexiones neuronales con el área prefrontal permiten establecer un diálogo entre reacción, pensamiento y acción. Sin esta conexión el pensamiento se perdería con frecuencia en la rumiación, sin posibilidad de pasaje a la acción. A su vez, la reacción emocional irreflexiva podría llevar a actuaciones impulsivas, no siempre acertadas. En base a su carácter primario podemos identificar cinco emociones básicas: sorpresa, miedo, alegría, rabia y tristeza, cuyo acrónimo SMART nos remite a la llamada «inteligencia emocional», en referencia a su capacidad adaptativa. Los problemas derivados de una posible inadecuación de las respuestas emocionales indican las dificultades de este dispositivo primario para adaptarse a los contextos sociales. Las emociones primarias responden a la primera evaluación que hace el organismo de una situación determinada en función de cinco parámetros universales: el conocimiento de la situación, su valor como amenaza a evitar u obstáculo a vencer, y el coste o beneficio (pérdida o ganancia) que suponga. Así, la sorpresa responde a la percepción de «novedad»; el miedo, a una activación para la huida frente a una amenaza; la rabia desencadena una fuerza destructora frente a un obstáculo; la alegría constituye una reacción que permite el disfrute de una ganancia; y, finalmente, la tristeza consiste en una reacción frente a la pérdida de un bien que nos lleva a aceptar su renuncia, a fin de limitarnos en nuestros apetitos y permitir nuestra readaptación a su ausencia. De este modo las emociones se convierten en un mecanismo rápido de adaptación a los cambios del ambiente, extensible a cualquier grado de complejidad del mismo, desde el más simple al más sofisticado, como los producidos en el ámbito social o interpersonal. La necesidad de ampliar el repertorio emocional para hacer frente a la complejidad de las relaciones interpersonales da origen a los sentimientos, que pueden considerarse emociones secundarias, derivadas de las primarias. Su gestión exige una «educación emocional», sometida a criterios de convivencia social y madurez personal. 2. Sorpresa Che sarà, sarà José Feliciano 1. Origen y significado de la palabra sorpresa La sorpresa tiene que ver con lo inesperado. La palabra «sorpresa» proviene del francés surprise y esta deriva su formación del latín medieval super-prendere, literalmente tomar desde o por arriba. Cuando alguien es sorprendido, es preso desde arriba, que suele ser una procedencia poco probable. Se espera que a uno le puedan prender o atacar por delante, por detrás, por los lados (mamíferos o humanos) o por debajo (reptiles). Pero las sorpresas que esconde el suelo pueden ser de tipo físico, no necesariamente animal: piedras, tropiezos, hoyos, zanjas, precipicios, ciénagas, tierras movedizas, suelos resbaladizos, minas explosivas. Es cierto, sin embargo, que algunos animales, entre ellos aves y felinos, pueden echarse sobre sus presas desde lo alto del cielo o desde una rama, pero el ser humano, precisamente por su posición erecta, tiene menos probabilidades de ser atacado desde lo alto. En la estrategia militar el ataque aéreo es siempre el menos previsible y el de peor defensa. Las defensas construidas en forma de castillos o ciudades amuralladas empezaron a volverse obsoletas cuando fue posible lanzar proyectiles por medio de catapultas o cañones, capaces de superar su altura. De modo que a la persona que es sorprendida (sobre-cogida) le quedan menos posibilidades de defensa. Por esa relación entre lo inesperado e improbable de recibir un ataque desde lo alto, es decir, de ser sor-prendido, se ha originado el concepto de «sorpresa». Aunque la mayor parte de los animales son capaces de sorprenderse, su reacción suele limitarse a activar un estado de alerta, de acuerdo con el contexto. Este estado de alerta les es suficiente para prepararse para la fuga, en caso de que el peligro que los acecha haya superado la distancia de seguridad. Los depredadores, en cambio, intentan atacar por sorpresa, de noche, escondidos entre las malezas, encaramados a un árbol, evitando ser detectados por sus posibles víctimas. El ser humano es el ser animado con una mayor capacidad de sorpresa, puesto que para él las situaciones inesperadas pueden ser prácticamente infinitas, dada su actitud previsora, anticipatoria o predictiva, que posiblemente sea una de las características esenciales de la emoción, y dada la complejidad de su mundo tecnológico y social. Esta actividad anticipatoria, atribuida particularmente a la corteza visual, parece que está destinada a neutralizar los efectos desestabilizantes de la sorpresa. La capacidad de la corteza visual (Ekman, 1982) de prever la trayectoria de los objetos en movimiento es la que nos permite, por ejemplo, conducir por la carretera con relativa seguridad al mantener constante el cálculo sobre la velocidad y la distancia de los coches que nos anteceden o nos siguen por detrás. La posibilidad de prever la trayectoria de una pelota le permite al portero situarse en posición de detenerla para evitar el gol o al boxeador esquivar la directa del contrincante. El factor sorpresa, en efecto, nos coloca en situación de indefensión. Si un frenazo inesperado del coche que nos precede en la autopistao un adelantamiento imprevisto por la derecha se interponen en nuestra trayectoria, se interrumpe nuestra sensación de seguridad, aumentando automáticamente el estado de alerta. Hemos sido sorprendidos por un acontecimiento inesperado, con grave o relativo riesgo para nuestra supervivencia. Al igual que el portero puede verse sorprendido por un rebote inesperado de la pelota sobre una irregularidad en el césped del campo de futbol, o el bombero, acorralado por un cambio inesperado del viento en un incendio forestal. 2. Naturaleza de la sorpresa La sorpresa puede ser definida como una «activación emocional, resultado de un evento inesperado, imprevisto o fuera de contexto». La activa el aumento repentino de una descarga neuronal en respuesta a esta situación. Su función es poner el organismo en un estado de alerta, en previsión de posibles reacciones más específicas, como el miedo o la rabia, la alegría o la tristeza. Esta característica inespecífica se refleja particularmente en su escasa reactividad neurofisiológica, muy centrada en la apertura de los ojos, y también, aunque no siempre, de la boca. El resto de la cara suele quedarse fija en una especie de parálisis facial; las manos, abiertas, a media altura. La apertura de los ojos está orientada a captar bien la naturaleza del estímulo, a fin de dar tiempo al cerebro a procesar esta información para que pueda reaccionar con la emoción más apropiada. La boca abierta («boquiabierto») dispone el aparato fónico a ser utilizado en la modalidad de grito de socorro, desesperación, ataque o de alegría, según las circunstancias vengan interpretadas. Incluso en ocasiones se ahoga este grito tapándose la boca con las manos. La aparente parálisis de la expresión facial responde igualmente a este momento anterior a la definición de la respuesta emocional más apropiada. Brazos y manos expectantes pueden predisponerse al ataque o la huida, lo mismo que a taparse los ojos o la boca, según la evaluación que nuestro cerebro haga de la situación. El tiempo en que se puede mantener este estado de suspense puede variar notablemente de unas situaciones a otras, en relación a la mayor o menor dificultad para identificar con claridad la emoción que le corresponda definitivamente, aunque en general suele ser breve. En algunos casos este pasaje es casi inmediato. Por ejemplo, un ruido puede desencadenar sorpresa y susto casi al mismo tiempo, según el contexto en que se produzca: sorpresa por lo inesperado y susto porque el contexto objetivo o subjetivo inducen a temer alguna amenaza grave. En otras ocasiones este mismo ruido puede activar un estado de alerta oscilante entre el miedo, la insignificancia o incluso la alegría y activar una exploración sostenida durante largo tiempo, hasta resolver el enigma de su origen, una vez descartada o neutralizada su peligrosidad. La sorpresa es la más breve de las emociones. El significado funcional es el de preparar al individuo para afrontar de forma efectiva los acontecimientos repentinos e inesperados y sus consecuencias. De hecho, la sorpresa limpia el sistema nervioso central de la actividad en curso, preparándola para dedicar toda su atención al objeto novedoso. Cuando la persona se sorprende, la memoria a corto plazo queda libre de los pensamientos que ocupaban la conciencia en los segundos previos al acontecimiento inesperado. La sorpresa es adaptativa en cuanto nos permite prepararnos activando todo el dispositivo emocional disponible según mejor corresponda a la nueva situación. Desde el punto de vista social puede ser una respuesta inadecuada, porque interrumpe las interacciones en curso, pero a un fugitivo le puede predisponer para la huida en cuanto detecta una señal peligrosa, aunque deje a sus interlocutores en la estacada. Los móviles con sus señales de alarma se han convertido en auténticos saboteadores de las conversaciones entre amigos, con la pareja o en familia, precisamente porque sus avisos llegan de modo inesperado a dar cuenta de alguna novedad. Son igualmente un peligro para la conducción y una fuente constante de distracción en el estudio o el trabajo. 3. La familia de la sorpresa En la medida en que la sorpresa anticipa otras posibles respuestas emocionales puede adquirir matices que la tiñen de unos colores u otros. En general las sorpresas pueden dividirse en agradables y desagradables. Expresiones habituales en el lenguaje cotidiano, como «qué grata sorpresa» dan fe de ello. Pero si las analizamos con más detalle podemos descubrir un mundo conceptual mucho más complejo a este respecto. 3.1. Sorpresa y miedo Así, en relación al miedo ya hemos visto cómo sorpresa y susto pueden casi coincidir simultáneamente. Pero, al mismo tiempo, el susto puede producirse en un contexto de juego que acabe por convertirse en una escena hilarante, es decir, que cambie su valencia amenazante por otra jocosa. La reacción expectante típica de la sorpresa responde a la activación de un estado de alerta. Un estado de alerta no implica necesariamente una respuesta de alarma. La palabra alarma, como su etimología indica, («al-arma») es una invitación al combate o a la defensa, lo que supone una evaluación de la situación como amenazante y conlleva la activación del miedo o de la rabia. El estado de alerta puede prolongar una activación vigilante, precisamente para no ser sorprendidos indefensos o desarmados. Los conceptos relativos a esta proximidad entre sorpresa y miedo podrían ser, en consecuencia, susto, espanto y alerta. Los dos primeros son más inmediatos, el último se puede dar o prolongar durante un tiempo indefinido. 3.2. Sorpresa y rabia La relación entre sorpresa y rabia generalmente da lugar a una respuesta furiosa, es decir, a una descarga de agresividad desaforada, como si con esta demostración de fuerza se pudiera neutralizar la frustración o la amenaza repentina, causada por la sorpresa. También suele ser la combinación perfecta para pergeñar una venganza más o menos improvisada según lo permitan las circunstancias. 3.3. Sorpresa y alegría Respecto a la alegría, la sorpresa desempeña un papel anticipatorio de una posible ganancia. Este estado puede describirse como ilusión. Por ejemplo, uno de los aspectos más gratificantes de un regalo es su carácter sorpresivo; de ahí la importancia del envoltorio que permite mantener la actitud expectante más tiempo mientras no se termina de abrir el paquete. En algunas culturas, como la japonesa, incluso se evita abrir el regalo en presencia de quien lo ofrece para ahorrarse alguna posible señal involuntaria de desagrado ante un regalo inadecuado o de poco valor. Los occidentales, que somos más materialistas y pragmáticos, preferimos acompañarlo del ticket de regalo por si el destinatario prefiere cambiarlo porque no le gusta o ya lo tiene. Ilusión y expectativa son conceptos que se avienen en relación a la alegría y la sorpresa. 3.4. Sorpresa y tristeza Sorpresa y tristeza tienen que ver con el conocimiento de alguna pérdida. Por eso resulta tan embarazoso para médicos o policías tener que comunicar alguna mala noticia a los familiares de enfermos hospitalizados o de heridos o muertos en accidentes de tráfico. ¿Cómo se comunica? ¿A quién se le comunica primero? ¿En qué términos o circunstancias, con qué preámbulos o sin ellos? La comunicación de una pérdida, independientemente de su naturaleza, suele conllevar un shock, sobre todo si es inesperada para el destinatario. Es muy distinto si se produce después del conocimiento de algún antecedente que permitera preverlo de algún modo o si sucede repentinamente, al margen de toda previsión y, todavía más, si sucede en contra de lo previsto. A veces es el propio interesado quien descubre por sí mismo, asiste directamente o contribuye involuntariamente a la pérdida inesperada de algún familiar o allegado. ¿Qué pudo sentir el marido que dejó a la mujer sentada en el coche y salió para tomar una foto del paisaje en el pantano de Alarcón y vio cómo el coche se deslizaba pendiente abajo hasta caer enlas aguas de la presa? ¿Qué pudo experimentar el abuelo-canguro al volver al coche, después de algunas horas en un día caluroso de verano, y descubrir que había dejado a la nieta de pocos meses encerrada en su interior? Incredulidad, seguida de asombro, horror o estupor son palabras que evocan la naturaleza de la sorpresa provocada por una pérdida o desgracia inesperada de la que uno se siente, al menos en parte, responsable. Ante situaciones como estas, la sorpresa nos lleva a estados derivados que pueden recibir nombres como conmoción, shock, impacto emocional, estupor, confusión, desconcierto, pero sobre todo perplejidad, que de algún modo los abarca a todos ellos. Perplejidad incluye la práctica totalidad de los componentes de la sorpresa paralizante, incapaz de derivar hacia otra emoción más adaptativa: incredulidad, imposibilidad para comprender e impotencia para actuar. En el video que recoge el instante del hundimiento del viaducto de la autopista de Génova se oye repetida varias veces la expresión Oh Dio, emitida por el propio autor de la grabación, que no puede creer lo que está viendo, no puede entender por qué está pasando y se siente totalmente incapaz de hacer nada al respecto. 3.5. Sorpresa estuporosa Si la función fundamental de la sorpresa es preparar el cerebro para contextualizar los estímulos o acontecimientos inesperados, a fin de poder acomodar la respuesta más adecuada a ellos, ¿qué puede suceder cuando este fracasa en su cometido? Fundamentalmente dos cosas: o que aumente su actividad investigadora con el objetivo de llegar a una conclusión lo más rápido posible, o quedarse paralizado sin capacidad para reaccionar eficazmente ante una situación inesperada. La primera puede dar origen a un estado afectivo gratificante si es capaz de llegar a una resolución eficaz, aunque no sea de inmediato. La segunda puede provocar un estado de estupor con posibles efectos estresores de carácter inhibitorio, rumiativo o disociativo. Todos ellos pueden darse por separado o conjuntamente, al mismo tiempo o en diversas fases. Ejemplos de ello pueden ser una ruptura inesperada de la pareja por parte de uno de sus miembros, llamado por este motivo «el iniciador» (Vaughan, 1986), o una experiencia traumática de carácter inesperado y abrumador, que supera la capacidad de reacción inmediata, muy visible en el denominado estrés postrau-mático. 3.5.1. El iniciador La experiencia de la ruptura es considerada uno de los factores de mayor impacto estresante en la vida de una pareja, por las muchas afectaciones emocionales, prácticas y aun económicas que conlleva. En cualquier caso adquiere una especial trascendencia para la reactividad emocional de las personas implicadas el modo en que se produce. El abandono súbito, sin previo aviso, por parte de uno de los miembros de la pareja, «el iniciador», resulta particularmente desconcertante y angustioso para el otro miembro (Villegas y Mallor, 2017). La sensación de no entender las causas, la impotencia derivada de no haber podido intervenir o negociar en el proceso de separación, la percepción de exclusión en la toma de decisiones son motivo de aflicción y desolación, rabia o despecho, y también con mucha frecuencia de constante rumiación, dirigida a satisfacer la necesidad de comprender lo sucedido. 3.5.2. El estrés postraumático El «estrés postraumático» puede ser definido como el miedo paralizante, resultado de una experiencia en que la persona se ha visto sometida, con frecuencia de modo inesperado, a una situación de abrumadora amenaza de la que no se ha podido defender, teniendo como única opción la respuesta inhibitoria o la huida cerval o desorganizada. Las personas que sobreviven a este tipo de situaciones pueden desarrollar el estrés postraumático como una actitud de indefensión ante una amenaza siempre presente, caracterizada por el recuerdo sistemático o persistente del evento, la activación de las memorias específicas ante noticias más o menos relacionadas o recuerdos y pesadillas frecuentes, que incluyen imágenes y reacciones emocionales con descargas del sistema neurovegetativo. La razón de todo ello parece encontrarse en la conexión entre memoria hipocámpica (memoria emocional) y reactividad amigdalina (reacción de miedo), que producen la sensación de estar reviviendo el acontecimiento traumático como si continuara presente, a pesar del tiempo transcurrido. Cuando una persona sufre un trauma, un shock o un ataque terrorista, como una situación inesperada, dramática, sin solución, automáticamente el cerebro se prepara para dar la mejor respuesta en función del tipo de amenaza presente. Si ni el ataque ni la huida son dos respuestas posibles, queda una tercera opción, que es la inhibición de la acción, como hemos comentado ya en el capítulo primero. Defenderse puede significar la muerte y la huida puede resultar imposible cuando, como por ejemplo en el caso de «la manada», cinco hombres, mayores en edad y superiores en fuerza, atacan a una mujer y la violan reiteradamente. La inhibición de la acción tiene una doble función, la de salvar la vida y la de minimizar el dolor, a veces hasta el punto de sufrir una disociación, pudiendo llegar a no grabar en la memoria los acontecimientos de los que la persona ha sido víctima. Incluso en los accidentes de tráfico son muchas las personas que recuerdan los momentos anteriores o posteriores al choque, pero no lo ocurrido durante el choque mismo. La posibilidad, en cambio, de actuar haciendo frente al evento en el preciso momento en que acontece, o a continuación interviniendo sobre los resultados de la catástrofe o incluso resignificando, posteriormente, la experiencia vivida, puede dar lugar a la resiliencia. 4. Los dominios de la sorpresa A pesar de la poca importancia que se suele dar a la «sorpresa» en los tratados de psicología de las emociones, muchos de los cuales ni siquiera la nombran, como por ejemplo el de Antoni y Zentner (2014), en este libro queremos darle el protagonismo que, a nuestro juicio, se merece. En efecto, muchas de las actividades y actitudes humanas tienen que ver con la gestión de la sorpresa, así como otras tienen que ver con la del miedo, la de la tristeza, la de la rabia o de las demás emociones y necesidades humanas. La función propia de la sorpresa, como hemos dicho, es captar en un primer momento el impacto de un estímulo inesperado o novedoso a fin de poder canalizar la reactividad neurofisiológica que mejor le corresponda. Esto ha hecho que para algunos la sorpresa se limite a una función de relais, sin entidad propia, respecto del resto de emociones, y que, en consecuencia, no merezca una mayor atención por su parte. Y esto es así en algunas ocasiones, como en el susto, por ejemplo. Pero en muchas otras, la sorpresa adquiere un protagonismo propio. La sorpresa es un factor importante como recurso literario o cinematográfico. Incluso con frecuencia es el factor determinante en el humor, basado en la asociación inesperada e ingeniosa, que a nadie se le había ocurrido pensar, o en la creación de un nuevo contexto que permite otras asociaciones. Este efecto se puede observar fácilmente en la técnica humorística de Eugenio, quien con una sola palabra, el dominio del tempo y de la (in)expresividad facial y postural era capaz de alterar el contexto creado inicialmente, provocando la hilaridad, al contraponer inesperadamente conceptos solo comprensibles en otro metacontexto, como el de la infidelidad conyugal, en el siguiente chiste: —Mamá, mamá, que papá se quiere tirar por la ventana. —Dile a tu padre que le he puesto cuernos y no alas. El thriller o cine de suspense, así como la literatura policíaca, desde Sherlock Holmes a Agatha Christie, juegan con el factor sorpresa como baza principal. Con frecuencia el detalle más insignificante o el personaje menos sospechoso se convierten en el elemento crucial para la solución del caso. El cine o las atracciones de terror se nutren igualmente del factor sorpresa; la aparición repentina de monstruoso asesinos ocultos en la oscuridad, de ruidos inesperados, fantasmas o personajes que se daban por muertos que vuelven de improviso son factores cuya utilización resulta infalible para conseguir sus efectos sobre el espectador. En las relaciones interpersonales la sorpresa suele desempeñar un papel estimulante. Los regalos, como se ha dicho, cuentan generalmente con el factor sorpresa y en las interacciones de pareja se invoca frecuentemente la sorpresa, con la expresión «sorpréndeme». Se puede sorprender con un vestido o un peinado, con lencería, con picardías en la cama o fuera de ella, con una invitación, una comida, un viaje, una joya o un álbum de fotos. Uno de los problemas más frecuentes que pueden deteriorar una relación de pareja es la rutina o monotonía, donde todo está previsto, los acontecimientos ordinarios y extraordinarios se repiten de forma totalmente predecible, sus miembros se conocen mutuamente, o al menos declara uno de ellos conocer al otro «como si lo hubiera parido»; donde se da por supuesto la ausencia de cualquier tipo de sorpresa o propuesta inesperada. En este contexto se puede entender, lo que no significa justificar, la aparición de relaciones extraconyugales en las que el factor sorpresa está garantizado, sobre todo si se mantienen ocultas, por lo que la situación supone de novedosa y peligrosa. Ya hemos dicho que básicamente las sorpresas se pueden evaluar en una doble dimensión, agradable o desagradable. Pero más allá de esta percepción inmediata, existen otras proyecciones a largo plazo que derivan de la sorpresa, la curiosidad por una parte y la prevención, por otra, a las que vamos a dedicar nuestra atención de inmediato. 5. Curiosidad e interés La curiosidad está íntimamente ligada a la sorpresa en cuanto se interesa siempre por lo nuevo o desconocido. En este sentido se halla en la raíz de la ciencia y de sus dos métodos principales: la observación y la investigación. Al igual que preside la actividad de los descubridores que navegaron por el ancho mar hacia continentes o rutas desconocidas, o de los exploradores que se adentraron en las selvas tropicales en busca de las fuentes del Nilo, o de los que se empeñaron en alcanzar los polos del planeta. A estos pioneros que exploraron la Tierra hay que sumar los que, armados de potentes recursos tecnológicos, se lanzan a la exploración del espacio sideral. Para muchos de estos científicos o exploradores, independientemente de si usan el microscopio o el telescopio, o se sirven del machete para abrirse paso entre malezas o se proveen de potentes satélites artificiales para explorar los vientos solares, la sorpresa constituye el fondo emocional que subyace a su motivación o interés. El área a la que puede extenderse la fuerza de la curiosidad es prácticamente infinita y alcanza cualquiera de las actividades que pueda emprender el ser humano, desde la arqueología o la paleontología, al arte culinario o la musicología. La expectativa permanente de nuevos descubrimientos, es decir, de continuas sorpresas, mantiene la curiosidad y el interés de modo persistente y perseverante. Esta es una característica que hace de la sorpresa la emoción más «cognitiva», puesto que su finalidad última es hacer posible la identificación y evaluación de los contextos, y que la convierte en la puerta del parnaso de las artes y de las ciencias. La búsqueda de novedad o sorpresa se halla también en el origen de la industria de las news, el periodismo oral, escrito o televisivo. En general los informativos suelen ser algunos de los programas más seguidos en las televisiones, así como las tertulias radiofónicas dedicadas a comentarlas. Algunas cadenas televisivas, periódicos o emisoras de radio utilizan el factor sorpresa exagerando el estilo, destacando los aspectos más macabros de los acontecimientos o recreándose en los detalles más curiosos a fin de captar la atención de los espectadores. En un nivel más rastrero se sitúan los cuchicheos, fisgoneos o cotilleos entre vecinos, detrás de puertas o ventanas, por WhatsApp, a través de tweets, o trasladados al papel couché de las revistas dedicadas a los famosos. La curiosidad es una característica específicamente humana, aunque no exclusiva. Se puede detectar ya en los bebés y está siempre presente en los juegos exploratorios de los niños pequeños, al igual que en los cachorros de animales, sobre todo los mamíferos. El paradigma por excelencia de todos estos juegos es el del escondite, que empieza ya con el bebé al que se le provoca para que siga el rostro acercándolo o alejándolo, ladeándolo, o bien ocultándolo detrás de algún objeto interpuesto, como una almohada, para reaparecer a continuación, acompañando de la exclamación «¡taaat!». Más tarde la curiosidad desempeña un papel fundamental en el desarrollo del niño. Hacia los 4 años la mayoría de niños se convierten en auténticas ametralladoras preguntonas. Quieren saber el porqué de las cosas y no dejan de interrogar hasta obtener una respuesta más o menos convincente, aunque esta no supere el nivel mágico o genérico con que los padres intentan acomodarse al tipo de pensamiento infantil, para pasar a continuación a preguntar sobre nuevos argumentos. Hacia finales del sexto año o tal vez antes, o bien a los 7, o a lo sumo 8 años, el niño empieza a encontrar incongruencias en las respuestas recibidas: se preguntará, por ejemplo, cómo hacen los Reyes para repartir tantos regalos a tantas casas en una sola noche, cómo hacen para leer tantas cartas, de dónde sacan tantos regalos y tan variados, cómo los transportan, cómo consiguen entrar en tantas casas diferentes sin tener las llaves, etc. Preguntas a las que tal vez se pueda responder todavía de forma más o menos mágica, o incluso operatoria, aludiendo por ejemplo a la ayuda de los pajes en la recogida y lectura de las cartas, así como en el reparto de los juguetes por las casas. Sin embargo, hay otro tipo de preguntas que ponen en cuestión valores morales, por ejemplo: ¿por qué si los Reyes son buenos y sabios traen más juguetes y más caros a los niños ricos que a los pobres? Estas preguntas no hallarán respuesta posible desde una perspectiva mágica ni operatoria; será necesario remitirse al concepto de justicia, que pertenece al nivel abstracto, y cuestionar la creencia sobre la propia autoría de los Reyes, que se sustentaba sobre el pensamiento mágico. Todas estas preguntas abren una brecha profunda en el modo de pensar del niño, generando una crisis epistemológica en su sistema de creencias. La superación de esta crisis es la elaboración de una nueva epistemología, adaptada a las nuevas perspectivas que se han abierto con las preguntas críticas del final de etapa y permiten desarrollar nuevas hipótesis, abriendo así la mente al pensamiento formal o racional, que se halla en la base del pensamiento científico. Este, finalmente, se alimenta de la curiosidad y el interés sostenido que provocan las constantes sorpresas, derivadas de pequeños o grandes avances en el quehacer diario que lleva a nuevos descubrimientos en cadena, independientemente del ámbito en que se produzcan. 6. Los enemigos de la curiosidad Los estados contrarios a la curiosidad o el interés nos llevan a hablar de aburrimiento y rutina. Actitudes o estados en los que no hay lugar para la sorpresa. Esta no es el resultado necesario de acontecimientos extraordinarios, sino en gran parte de la apertura a la novedad, presente a veces en los pequeños detalles cambiantes día a día, del color o textura de las hojas de los árboles, de la llegada de las golondrinas, de los cambios de tiempo, de las configuraciones cambiantes de las nubes, de los colores del cielo, presentes todos en los haikus japoneses, inspirados en la emoción del momento. Las personas que se aburren, muestran tedio o evitan las sorpresas suelen estar instaladas en un humor depresivo o tienen miedo a desestabilizarse emocionalmente. No siempre, sin embargo, la curiosidad tiene un efecto beneficioso. A veces puede llevarnos a explorar ámbitospeligrosos, como el mundo de los estupefacientes, a adentrarnos en cuevas subterráneas profundas de donde es casi imposible salir en caso de inundación o accidente, a frecuentar relaciones o «amistades peligrosas», a acercarnos a grupos o actividades sospechosas o, simplemente, como dice la expresión popular, a meternos «en camisa de once varas» o en asuntos que no nos conciernen. De este modo, en ocasiones, se cumple el dicho «la curiosidad mató al gato» —aunque murió sabiendo—. Como dice David Bueno (2016) «no se puede aprender sin emoción y la que más contribuye a ello es la sorpresa». 7. La prevención: hombre prevenido vale por dos En el polo opuesto a quienes buscan la sorpresa o se dejan llevar por la curiosidad están aquellas personas que temen lo imprevisto, porque no saben cómo reaccionarán. Para ellas es absolutamente necesario tenerlo todo previsto y anticiparse a cualquier novedad. No soportan la sorpresa. Ya están en permanente estado de alerta, a fin de no dejarse sorprender por lo imprevisto. Sin embargo, esta actitud puede resultar muy limitadora, pues si alguien quiere anticiparse o prevenirse de todos los peligros, lo mejor que puede hacer es quedarse en casa, con permiso de los terremotos, incendios o rayos que puedan caer del cielo, ladrones o asesinos que puedan penetrar por las puertas o ventanas, y virus o bacterias que puedan circular por la atmósfera, contaminar el agua o los alimentos o ser trasmitidos por picaduras de mosquito. 8. La previsión del futuro La máxima inseguridad, sin embargo, afecta al futuro, tanto individual como colectivo. La necesidad de anticiparse al tiempo tanto en su acepción meteorológica como histórica (futurología, ciencia ficción) pone de manifiesto la obsesión por el control del porvenir característica del ser humano. La existencia humana está llena de avatares imprevisibles tanto a nivel individual (percances biográficos) como colectivo (acontecimientos históricos) que son imposibles de prever. La sociedad basa su seguridad en la solidez económica y financiera, en los intentos de mantener una paz social bajo normas de convivencia y recursos sociales suficientes para sostener un nivel mínimo de confort para la población, en la salubridad de las aguas y el abastecimiento de alimentos, en los dispositivos policiales de protección ciudadana, en la prevención de accidentes que alimenta el lucrativo negocio de seguros y reaseguros. A pesar de los avances sociales y tecnológicos en seguridad y prevención, una gran parte de la vida cotidiana está sometida a los caprichos de la suerte, que se muestra huidiza a los intentos de control. El famoso estribillo de la canción Che sarà, sarà, cantada por José Feliciano, como homenaje a la emigración, nos remite a la imprevisibilidad del futuro y nos invita a aceptar la vida como venga, sin la pretensión de anticiparla: «la vida puede dar muchas vueltas», es inútil querer preverlas todas. Incluso el azar puede convertir la fortuna en desgracia y la desgracia en fortuna. Solo una apertura a la imprevisibilidad del destino permite una postura tranquila y serena frente a los acontecimientos de la vida: «el hombre propone y Dios dispone». Querer eliminar la sorpresa por la vía del control o la anticipación es una fuente inagotable de angustia. La «buenaventura» no depende de las líneas de tus manos, sino del dinero que estés dispuesto a pagar o no a la adivina de turno. Podemos estar más seguros de lo que no sabemos que de lo que sabemos. 8.1. La paradoja del destino La propia creencia en un destino prefijado, «estaba escrito», se opone a esta concepción confiada y relajada ante la vida y aumenta la ansiedad frente a la incertidumbre. Para algunas personas liberarse de esta ansiedad supondría poder conocerlo con anterioridad. En la mayoría de religiones el destino está en manos de Dios, lo cual puede dar lugar a una entrega confiada a su providencia o temerosa de su justicia o de sus caprichos: «a Dios rogando y con el mazo dando». Otras religiones suponen que el destino está predeterminado por el karma, aunque este dependa del dharma. Mientras que Platón, a través del mito de Er, introduce una visión opuesta del destino: son los humanos quienes lo escogen, aunque no sean conscientes de ello. La tragedia de Sófocles Edipo rey plantea la paradoja de quien cae víctima de su propio destino al querer escapar de él. Para algunas personas consultar a videntes, magos o al horóscopo, como los antiguos consultaban al oráculo o adivino (el que está cerca de los dioses: ad- divinus), resulta un modo de intentar apaciguar la inquietud que les genera un futuro imprevisible. Por eso, el negocio de la adivinación, como intento de anticiparse a lo imprevisible, funcionaba a pleno rendimiento de forma más o menos oficial, ya desde la antigüedad. Esta era la misión de oráculos, sacerdotes o augures en la civilización grecorromana. Los generales romanos no iniciaban una batalla sin antes consultar a sus sacerdotes, los cuales, siguiendo la tradición de los arúspices etruscos, celebraban un sacrificio para examinar las entrañas de la víctima, en general un ave, cuyo estado auguraba un buen o mal pronóstico. De ahí la expresión, todavía presente en el lenguaje popular: «pájaro de mal agüero», en referencia a personas que traen o anuncian mala suerte. 9. La gestión de la sorpresa Gestionar bien la sorpresa a veces es cuestión de milésimas de segundo. Sin embargo, no siempre está en nuestras manos disponer de este tiempo precioso. Depende de la existencia o posible captación de señales previas o que acompañan a la aparición del efecto sorpresivo. Un terremoto que inicia con ligeros temblores de tierra se anuncia tal vez con la anticipación suficiente como para poder prevenirse a tiempo y ponerse a salvo en un espacio abierto. Este preanuncio presenta una doble ventaja: por una parte permite comprender la naturaleza del fenómeno que se avecina, como un trueno que se oye a lo lejos nos advierte de la proximidad de una tormenta, y por otra posibilita tomar alguna medida preventiva hacia el peligro. De lo contrario, las imágenes o sonidos que nos llegan de forma inesperada, súbita y descontextualizada no nos permiten formarnos una idea de lo que está sucediendo y, en consecuencia, nos impiden prepararnos para reaccionar. Si la ola del tsunami nos coge desprevenidos, puede que nos engulla para siempre o que nos lance contra algún elemento sobresaliente que nos permita ponernos a salvo, pero sin habernos dado opción a reaccionar por nosotros mismos. Después de una experiencia sobrecogedora (sor-prendente) como esta, es posible que nos queden grabadas en los circuitos cerebrales, en la memoria hipocámpica, imágenes y sonidos descontextualizados que acudan luego a la mente, tanto en sueños como en vigilia, ante la similitud de los estímulos, o de manera espontánea en ausencia de ellos, y que reproduzcan el impacto emocional del primer momento, como si estuviesen a punto de reproducirse. Estas imágenes intrusivas, como hemos visto, son características, junto a otros fenómenos, del estrés postraumático. En estas condiciones, incluso la visión del mar en calma puede dar lugar a reacciones de pánico: no hay que olvidar que, según la experiencia común, «la calma precede a la tormenta», así como le sigue. 9.1. Significar o contextualizar la experiencia La operación más eficaz para gestionar la sorpresa es tomar una posición activa y resolutiva autónoma en base a una interpretación, reacción e intervención propias, adecuadas a la situación del momento. La posibilidad de dar un significado o una explicación a lo que está sucediendo, es decir, de contextualizar la experiencia, como en los casos referidos hasta ahora, es fundamental para la gestión de la sorpresa. A veces, sin embargo, no basta con poder identificar lo que está sucediendo, sino que el efecto sorpresa puede provenir de la incoherencia con la historia en la que se produce el acontecimiento. Los troyanos no se podían imaginar que el caballo de madera, que tomaronpor una ofrenda de los griegos a la diosa Palas en su retirada y que ellos mismos introdujeron como trofeo de guerra en el interior de sus murallas, pudiera contener un comando de soldados en su interior que causaría su ruina. Estos acontecimientos incoherentes con la continuidad de la historia o incongruentes con las características de los actores en una relación constituyen por sí mismos el efecto sorpresa. La traición, la infidelidad o el engaño inesperados se descubren casi siempre con sorpresa, porque ponen en juego la confianza, el amor o la palabra dada. Este efecto sorpresa es el que dificulta en muchas ocasiones integrar la experiencia en el curso de la historia o en el seno de una relación: «no me esperaba esto de ti». Los compañeros de escuela o de trabajo de los componentes del comando islamista de Ripoll que atentaron en las Ramblas de Barcelona o en Cambrils (en agosto de 2017) no podían al cabo de un año comprender cómo no se dieron cuenta del cambio radical que se producía en ellos; continuaban todavía sorprendidos como el primer día. De camping en la montaña Rebeca relata un episodio de abuso sexual por parte de su padre en los albores de la pubertad de este modo: Estábamos con mi familia de camping, durmiendo en una tienda mi padre, mi madre, mi hermano y yo, cuando mi padre abusó de mí. Yo estaba acostada al lado de mi padre, los dos en medio entre mi madre y mi hermano. De repente, en la noche él se abalanzó sobre mí, besándome e introduciendo su lengua en mi boca y tocándome los genitales con la mano. Yo apenas reaccioné y me retuve en silencio para no despertar a los demás. Al día siguiente conseguí cambiar mi puesto en la tienda con mi hermano para evitar dormir al lado de mi padre. La narración del suceso es muy completa, aporta todos los elementos necesarios para construir un relato, pero no basta para incorporarla a una historia. Necesitamos saber qué significado le otorgó Rebeca a este suceso, de qué manera vivió esta experiencia, de qué forma influyó esta en su proyección hacia el futuro, cómo le buscó la coherencia con el pasado. Para construir una historia se hace necesaria una interpretación. Esta es la responsable, en último término, del significado que otorgamos a la experiencia. Solo hay un par de referencias a las finalidades inmediatas de la protagonista del relato: retenerse en silencio para no despertar al resto de la familia y cambiarse al día siguiente de lugar en la tienda con el hermano para evitar que el padre pudiera volver a intentar abusar de ella. Hay reacción, pero no comprensión. Las informaciones complementarias aparecen en relatos posteriores de Rebeca a lo largo de varias sesiones de terapia. Estas informaciones vienen a completar la comprensión del significado que tuvo para ella esta experiencia. De acuerdo con ellas, sabemos que entre padre e hija existía una fuerte complicidad, que ambos se entendían muy bien en todos los aspectos, hasta el punto de que la paciente tenía idealizado a su padre y lo contraponía a la madre controladora y poco afectiva. En este contexto relacional el suceso del abuso sexual, inesperado e imprevisible («de repente»), introducía un elemento de desorientación y confusión que dificultaba su integración en la continuidad de la historia (sorpresa). La sensación inmediata de Rebeca fue de asco y rechazo físicos, pero estas sensaciones hacían referencia a su padre por quien sentía un gran afecto. Suponían, por tanto, una contradicción entre tendencias opuestas de proximidad y alejamiento, introducían un elemento de fuerte disonancia cognitiva. La situación contextual impedía, además, una reacción clara y definida, no solo por no despertar a su madre y a su hermano, sino para evitar que los demás familiares pudieran darse cuenta de lo que estaba sucediendo entre ella y su padre. Tampoco podía comentar con ellos al día siguiente lo acaecido la noche anterior para no manchar la imagen idealizada del padre y por haberle jurado que no lo contaría nunca a nadie. Por eso tuvo que forzar la situación con su hermano inventándose cualquier excusa para cambiarle el sitio en la tienda. Pero esto solo solucionaba lo inmediato; no podía evitar que su sistema de creencias entrara en crisis. Rebeca tuvo que hacer frente a otras muchas cuestiones, la primera de las cuales era encontrar una razón que explicara por qué se había producido el abuso. El padre se justificó diciendo que ella era muy cariñosa, que cada vez era más bonita, que le prodigaba demasiados besos y caricias, y que él era un hombre, dando a entender que a los hombres les pasan estas cosas, y que por tanto la culpa era más bien de ella por acercarse demasiado. Pero esto producía a su vez una connotación diferente: el cariño y las manifestaciones de afecto infantil pueden ser erotizadas unilateralmente por un adulto sin que eso corresponda a las necesidades del niño, sino a las del adulto, lo que constituye la esencia del abuso. Esto incluye además otro mensaje para una joven mujer prepúber: ser mujer es dejar de ser persona para cumplir un rol; querer a un hombre es someterse a sus necesidades y complacerlo en sus impulsos, sin que ello implique necesariamente reciprocidad (transformación del sistema de valores). Ante esta situación Rebeca tomó una decisión heroica: empezaría a buscar a otros hombres para que la alejaran del padre y así con catorce años se echó un novio formal, diez años mayor que ella con quien terminó por casarse a los veinte y de quien tuvo un hijo a los veintidós. Esta fue la primera de una serie de relaciones sucesivas con hombres maltratadores y alcohólicos, que terminarían todas por fracasar, consecuencia lógica de la decisión que había tomado de borrar de su memoria la existencia del abuso: Cada día me venía aquella imagen y no sabía qué hacer con ella, era demasiado asfixiante y dolorosa para mí hasta que creé un mecanismo de defensa: «era imposible que aquello hubiera sucedido». Mi papá no podía haber hecho aquello a su niña. Mi papá, no; él me quería, era imposible que me hubiera hecho daño. Yo sé el momento justo en el que empecé a grabarme como un mantra que no había pasado nada, que debía olvidarme, que no podía estar pensando en esto... Porque, de lo contrario, tú no vas a poder vivir. Yo me acuerdo que me decía a mi misma: «tú vas a ser una mujer, vas a tener ganas de estar con un hombre, esto no va a ser un trauma para ti». Esta decisión determinó el sentido de su vida posterior, puso las bases para reescribir la historia desde la negación de una experiencia traumática. Sin embargo, el paso de los años no logró borrar el desajuste emocional, manifestado en múltiples episodios depresivos y una variada sintomatología psicosomática, ni evitar, como hemos visto, los fracasos relacionales. Por ello, a los cincuenta años, casi cuarenta más tarde, Rebeca acude a terapia con el fin de reescribir nuevamente su historia integrando las experiencias negadas. En una carta dirigida a la niña que se durmió inocente y despertó culpable, Rebeca le escribe lo siguiente: Hace cuarenta años que no te dirijo la palabra, que decidí hacerme mayor, no llorar, aguantar, olvidarte. Eras demasiado incauta, demasiado inocente y a la vez provocabas demasiado a los demás. Yo te he tapado la boca continuamente, te he castigado, te he controlado injustamente, porque tú no tuviste la culpa de nada... De repente en una noche te convertiste en adulta, no permití que te desarrollaras con naturalidad, que vivieras tu adolescencia... Estoy deseosa de hacer las paces contigo... Querida mía, tú no tienes la culpa de haber amado y menos de haber manifestado tu amor: papá era nuestro gran amor y también fue nuestro fracaso. Pero tú no hiciste nada malo, tú no sabías, ni pensabas, ni deseabas, ni soñabas más que con un amor puro... No tienes la culpa de nada... Quiero hacer las paces contigo, quiero reencontrarme contigo en mí. Rebeca ha necesitado cuatro décadas de su vida para llegar a concluir el significado de un acontecimiento sucedido apenas al iniciarel periodo puberal. El motivo de esta dilación en el tiempo hay que buscarlo precisamente en el efecto sorpresa, que lleva la protagonista del abuso a negar lo acaecido, ya que no puede olvidar ni significar como lo que es: «un abuso, atribuible a la impulsividad sexual del padre». Estas actitudes son frecuentes por desgracia en caso de abuso sexual por parte de los propios familiares. A veces el efecto sorpresa se prolonga en el tiempo, como si este se quedara congelado en el momento inicial del acontecimiento o su reiteración mantuviera el estado de perplejidad que acompañó a la experiencia inicial. ¿Cómo explicar, si no, el estado de anulación reactiva de hijos que han estado durante años secuestrados y abusados por los propios padres, como los trece hijos de los Turpin en California? Su capacidad de reacción ha sido anulada, sumidos en un estado de estupor y perplejidad permanentes. 9.2. El desbloqueo estuporoso Para que una persona pueda de hecho superar el efecto estuporoso que puede derivarse como resultado de la sorpresa necesita: Dar crédito a la experiencia, no negando ni minimizando su alcance. Un mecanismo psicológico, conocido como disociación, nos lleva a negar con frecuencia aquello que es inadmisible para la conciencia o inaceptable para nuestras suposiciones, deseos, expectativas o creencias, fenómeno frecuente en la experiencia del duelo. Poder conceptualizar claramente la situación: son los impulsos sexuales de mi padre los que lo llevan a violarme, aunque quiera atribuirme la culpa a mí. Actuar de una forma eficaz para influir en el curso de los acontecimientos, huyendo, atacando, prestando auxilio, llamando a los servicios de socorro. A veces no es posible en un primer momento, pero sí a lo largo del acontecimiento si este se prolonga en el tiempo, o incluso con posterioridad contribuyendo de algún modo a su reparación o superación. Estas operaciones, sin embargo, no suceden automáticamente y menos en situación de shock, bajo el efecto sorpresa. Por eso queda muchas veces bloqueado el proceso psicológico en el momento de la sorpresa (asombro, estupor, perplejidad, indefensión) sin llegar a cursar, dando lugar a un bloqueo emocional que puede perdurar durante años y años. El repetidamente citado estrés postraumático, característico de muchas víctimas directas o indirectas de acciones de guerra o de terrorismo, de violaciones, atracos, torturas, maltratos, etc., tiene su fundamento en esta experiencia. Por suerte, estos efectos pueden ser reparados posteriormente, facilitando su curso psicológico, aunque no de manera mágica, ni por imposición, ni por el paso del tiempo, sino a través de un proceso semejante al del duelo de asimilación y acomodación a los acontecimientos, reconstruyendo, resignificando y redecidiendo la experiencia. Muchas de estas operaciones pueden llevarse a cabo en un contexto terapéutico. Otras personas, en cambio, como narran en sus escritos James Rhodes (2015) y Paul Williams (2014), llevan a cabo este proceso de una manera autónoma o espontánea, gracias a la escritura o a la música. En cualquier caso, este proceso no puede ser suplantado o suplido por nada ni por nadie, sino que es estrictamente personal: nuestro cerebro tiene que ser «reseteado» para poder afrontar de nuevo los avatares de la realidad con todo su potencial desestabilizante. Como dice Heidi (Villegas, 2017), víctima también de abusos sexuales en su infancia, al comentar su proceso de separación de las relaciones de maltrato que tuvo con sus parejas anteriores: HEIDI: Lo que me hace sentir bien en ese proceso es que lo hice yo sola, no lo comenté con nadie y es como lo quise hacer, de esta manera. TERAPEUTA: Un proceso personal y propio. Y ¿cómo ha sido este proceso? H.: Al empezar a trabajar en terapia y sentirme entendida desde el principio, vas hablando y vas viendo. Sobre todo el escribir, siempre he escrito, pero lo rompía, yo nunca he dejado que leyeran mis escritos, me daba vergüenza. Entonces cuando tenía un cuaderno lleno, lo rompía, o lo quemaba… Hasta que llegué a terapia, que para mí fue mi salvación… O sea de víctima ya no voy; esta parte de victimismo ya no existe. T.: Ajá, ahora te sientes responsable de tu existencia H.: Exactamente, es lo primero que tienes que sacarte para poder caminar. Dejar de ser víctima y verte a ti misma como persona. Primero somos personas. Y poder decidir por mí misma, saber lo que quiero, saber amar… Aprender a liberarme de las cosas del pasado, ir dejando ese lastre y aprender a vivir. Que lo malo se convierta en recuerdos, y aprender a vivir con ellos y a perdonar. T.: A perdonar. ¿A quién o qué has perdonado? H.: Al pasado. Aprender que yo no he sido culpable de nada de lo que ha pasado. He sido culpable por ser complaciente, por dejar que me hicieran daño, por no saber diferenciar, por muchas cosas. Y es difícil, también, perdonar, cuando no puedes hablar de ello con la persona a la que perdonas. En ese texto encontramos casi todos los procesos implicados en la gestión de la sorpresa estuporosa: contextualizar, entender, comprender, aprender y convertir la experiencia emocional en recuerdo; decidir, actuar, liberarse, asumir un rol activo y, si se considera oportuno, perdonar, para poder retomar la vida. Asumir la responsabilidad y desarrollar la autonomía, sin olvidar que esta es el resultado de un proceso constante que implica toda la vida (Villegas, 2015), que siempre se persigue y nunca se alcanza plenamente. Resumen La sorpresa es la más breve de las emociones. También es la que tiene una mayor connotación o función cognitiva, puesto que está orientada a identificar la naturaleza del estímulo activante. El significado funcional es el de preparar al individuo para afrontar de forma efectiva los acontecimientos repentinos e inesperados y sus consecuencias. La sorpresa es adaptativa en cuanto permite prepararnos activando todo el dispositivo emocional disponible según mejor corresponda a la nueva situación. Produce el bloqueo de las otras actividades en curso, a fin de concentrar la atención en la novedad de los eventos inesperados. Incrementa la sensibilidad general de los receptores sensoriales aptos para captar los matices de la información más relevante de la situación, permitiendo una valoración más completa de la misma. Es la puerta de acceso a la curiosidad y despierta y mantiene el interés por la investigación y el aprendizaje, entendidos en sentido amplio. 3. Miedo Nada te turbe, nada te espante Teresa de Jesús 1. Una película de terror A las 8.45 de la mañana (hora de Nueva York) del 11 de septiembre de 2001, un Boeing 767 de American Airlines se estrelló entre los pisos 93 y 99 de la Torre Norte del World Trade Center. Dieciocho minutos después, un Boeing idéntico y de United Airlines impactó entre las plantas 77 a 85 de la Torre Sur. Los dos aviones debían cumplir el trayecto entre Boston y Los Ángeles. Las bajas causadas por la destrucción de las Torres Gemelas se contabilizaron en 2 823 muertos y unos 6 000 heridos. Algunas murieron inmediatamente a causa del impacto de los aviones. Otras envueltas por el fuego o por inhalación del humo. Otras, víctimas del desplome de los edificios. Pero otras, presas del pánico, murieron al lanzarse al vacío para huir del fuego y de la asfixia. Esta escena dantesca, grabada en la memoria de millones de ciudadanos del mundo, recoge en sí todos los ingredientes del miedo, y para muchos, también, de la sorpresa. Los elementos en juego en el accidente (choque o impacto, fuego, humo, oscuridad, vacío, caída, derrumbe) constituyen algunas de las amenazas que han perseguido a la humanidad desde sus orígenes y que se hallan grabadas en la memoria filogenética. Llamamos miedo a la reacción diseñada por millones de años de evolución para responder a las amenazas que suponen un riesgo para la integridad de un organismo. Por ejemplo, todos los animales evitan el fuego, y por eso, en cuanto nuestros antepasados aprendieron a manejarlo, lo utilizaron en la entradade las cuevas o en las acampadas bajo las estrellas para ahuyentarlos y así protegerse de sus ataques. 2. La familia del miedo La palabra castellana «miedo», como en portugués o en gallego medo, proviene del latín metus. Otras lenguas románicas, como el francés peur, el catalán por o el italiano paura, toman su origen etimológico de la palabra latina pavor. Los sinónimos con que se puede nombrar esta emoción son muy numerosos, aunque cada uno de ellos suele señalar alguna diferencia significativa respecto a los demás, lo que da a entender la enorme complejidad de los conceptos a los que alude la palabra miedo. Dada la amplitud del arco semántico que se intenta cubrir con todas esta variedad de sinónimos, vamos a intentar agruparlos en campos más o menos homogéneos: Miedo, temor (miedoso, miedica, temer, temeroso, tímido): respuesta inhibitoria, evitativa o de huida ante la percepción de un peligro real o imaginario. Pavor, espanto, susto (pávido, impávido, espantar, asustar): temor intenso con espanto, sobresalto; impresión repentina, causada por sorpresa. Horror (horrorizarse, horrible, horroroso): reacción ante una catástrofe o ante la comisión de una atrocidad o monstruosidad; aversión profunda hacia algo. Terror (terrible, terrorismo, terrorífico): miedo muy intenso ante una amenaza sistemática de la que es difícil escapar. Pánico: percepción de amenaza inminente total (muerte, locura). Fobia, del griego φοβια (fóbico): temor angustioso y persistente, ligado a un peligro permanente, relativo a un objeto o situación, que se intenta evitar sistemáticamente. Ansiedad, del latín anxietas, intranquilidad, inquietud, desasosiego, zozobra (ansioso, ansiolítico, ansiógeno): estado de agitación e inquietud anticipatoria. Angustia: del latín angustus, estrechez, desfiladero (angostura, angosto, angustioso, angina): temor opresivo (sensación típica en los trastornos de ansiedad, opresión en el pecho). 3. Definición de miedo Como tal, el miedo puede definirse como una «reacción emocional de angustia ante la percepción de una amenaza presente o futura, tanto si es real como imaginaria». Desde el punto de vista filogenético cumple una función adaptativa orientada a la preservación del individuo y de la especie: huida, búsqueda de protección o evitación del daño. Desde el punto de vista ontogenético es la segunda emoción en aparecer, después de la sorpresa. El bebé recién nacido no tiene miedo propiamente dicho, es decir, percepción de una amenaza; como máximo susto o espanto (por un golpe o ruido), como reacción más de sorpresa que de miedo. A los pocos meses ya da señales de miedo en forma de extrañeza ante desconocidos, sensación de abandono, etc., que provoca, en cambio, el llanto como un reclamo de atención o protección hacia los cuidadores. Desde el punto de vista neurofisiológico implica una respuesta límbica, particularmente de la amígdala y compromete la memoria hipocámpica, cuya función es la de cotejar la presencia de estímulos actuales con recuerdos grabados del pasado en función de su potencial nocivo. La vasopresina, una de las neurohormonas liberadas, aumenta la presión arterial, incrementa el metabolismo celular, la glucosa en sangre, así como la coagulación ante la posibilidad de sufrir posibles heridas. El sistema inmunológico se inhibe, la sangre afluye a los músculos mayores y el corazón bombea más potente para llevar las hormonas a las células. Los ojos se agrandan, las pupilas se dilatan, la frente se arruga y los labios se estiran horizontalmente. Los lóbulos prefrontales se desactivan. Si no se detecta ningún objeto amenazante en concreto, como suele suceder en los ataques de pánico, la atención se dirige a la propia activación fisiológica casi de forma exclusiva, por lo que las reacciones del organismo, como por ejemplo el aumento de las palpitaciones o la fuerza de los latidos, se convierten en señales de algún peligro inminente de muerte o de ataque al corazón, que acaban convirtiéndose en el foco del miedo mismo, al interpretarse como tales. Toda esta reactividad neurofisiológica está orientada a facilitar tres tipos de posibles respuestas conductuales frente a un peligro: la huida, el ataque o el mimetismo. Para la huida resulta útil, sin duda, la activación del sistema locomotor que ha de permitir escapar de una amenaza con la mayor celeridad posible. La respuesta de ataque puede combinar la reacción temerosa con la agresiva para hacer frente a la amenaza, si existen posibilidades de ahuyentarla. Finalmente el mimetismo sirve para camuflarse en el ambiente a fin de no llamar la atención de un posible depredador; la finalidad es pasar desapercibido, «hacerse el muerto», quedándose inmóvil. Otras formas de mimetismo muy frecuente en el mundo animal siguen la estrategia del camuflaje, consistente en cambiar de color para asimilarse al entorno vegetal o mineral, o entre los humanos mirar a otro lado o intentar pasar desapercibidos, confundiéndose con la masa, procurando no llamar la atención, como el mal estudiante en clase que intenta evitar que se fijen en él. Las formas expresivas que adopta el miedo derivan en parte de la misma reactividad neurofisiológica, tales como temblores musculares, piloerección o piel de gallina. Algunas de estas señales van dirigidas al propio depredador, por ejemplo los pelos de punta y el arqueo muscular aumentan el tamaño del animal atacado, haciéndolo parecer más poderoso y grande de lo que es. Otros, como los gritos de auxilio o su equivalente tecnológico, las alarmas sonoras, están orientados a alertar a los congéneres, al tiempo que pueden servir para ahuyentar al propio atacante al temer que pueda ser objeto de una reacción colectiva o policial. 4. La utilización social del miedo Precisamente a causa de su fuerte impacto individual y colectivo, la sociedad ha usado el miedo (temor, terror) como forma coercitiva de obtener la sumisión al poder y la aceptación del orden social (Tizón, 2011). «Cuando el poder no puede seducirnos, nos espanta» (Gampel, 2006). En ocasiones la inducción del miedo ha sido promovida a través del ejercicio directo de la violencia: guerra, terrorismo de Estado, persecución judicial o policial, ejecuciones, encarcelamientos; otras, a través del dominio del aparato de propaganda creando enemigos externos o internos, o augurando amenazas de catástrofes económicas, paro generalizado, suspensión de pensiones u otros servicios sociales. Este es el mecanismo por el que se mantienen en el poder durante largos años dictaduras o regímenes autoritarios. Una sociedad que no se rigiera por el miedo sería una sociedad que, como proponía Fromm (1941), no tendría miedo a la libertad. Pero, visto lo visto a través de la historia de la humanidad, parece lícito hacerse con Francisco Mora (2015) la pregunta: «¿Es posible una cultura sin miedo?». También se ha utilizado el miedo, como amenaza o aplicación de castigo, en la instrucción escolar y en la trasmisión de las normas civiles, morales o religiosas. Al conocido proverbio «la letra con sangre entra» hay que añadirle las innumerables formas de castigo o coerción utilizadas en la escuela, incluidas las de tipo físico y social, golpes, pescozones, expulsiones, privación de recreo, avisos a los padres, escarnios, humillaciones, etc., que hacían aborrecer o temer a muchos niños la escuela, o incluso poblar de terrores nocturnos sus sueños. Por otra parte, la Iglesia o la sociedad civil han intentado inculcar sus valores morales con la intimidación a través de la amenaza de castigos en esta o en la otra vida: cárceles, exilio, torturas, penas de muerte, tribunal de la Inquisición, excomunión, purgatorio, infierno, etc., intentado forjar de este modo una conciencia moral impositiva, carente de criterio autónomo, que da lugar a la formación de la heteronomía como estructura psicológica interiorizada de regulación del comportamiento (Villegas, 2011, 2015). Finalmente, la propia cohesión grupal está sometida también a la presión del miedo. En la dinámica social,desempeña un papel destacado la función del liderazgo, y este puede llevarse a cabo, sin duda, mediante medios seductores o carismáticos. Pero dado el papel explorador, defensivo o agresivo que en ocasiones debe desarrollar el líder, con frecuencia acaba triunfando el terror como medio para conseguir la cohesión del grupo. Estas actitudes pueden observarse, por ejemplo, en la formación de grupos espontáneos en la calle o en la escuela, ya en la infancia y sobre todo en la adolescencia, en los que la práctica del bullying, por muy censurable que esta sea, se orienta a crear una adhesión al líder en base a fomentar el terror en los más débiles o menos socializados, con la participación activa del coro de adeptos y el silencio cómplice de los demás compañeros, que están dispuestos a dejarse guiar por él. Esta disposición a seguir al líder ha permitido la formación de liderazgos autoritarios, aun de signo opuesto, pero igualmente sanguinarios, surgidos en épocas de profundas crisis políticas, económicas o sociales, capaces de mantenerse en el poder durante décadas: fascismo, nazismo, franquismo, estalinismo, maoísmo, etc. 5. Tipologías del miedo El miedo es potencialmente omnipresente, puede afectar a todas las áreas de la vida y a todos los mundos imaginarios posibles. Sin embargo se pueden identificar algunos miedos específicos, característicos de ciertas áreas de la existencia, más comunes o compartidos por la humanidad en general (ver cuadro 3.1). 5.1. Miedos ancestrales Posiblemente heredados o bien omnipresentes en la cultura según las características de cada lugar, de los peligros más habituales y mortales a los que se podían ver expuestos nuestros antepasados, los miedos ancestrales continúan perviviendo en la actualidad. Algunos, relacionados con fenómenos naturales de origen meteorológico o geológico como tormentas o tempestades, rayos, truenos, volcanes, terremotos, aludes, desprendimientos, precipicios; otros, asociados a animales potencialmente mortíferos como serpientes, arañas, escorpiones, caimanes, cocodrilos, leones, tigres, lobos, tiburones; otros ligados a otro tipo de peligros incontrolables como el fuego o la oscuridad. Resulta evidente que no todos los grupos humanos se han visto expuestos de igual manera a estas amenazas externas, dependiendo del nicho ecológico en el que se han desarrollado: pueblos nómadas del desierto o de la sabana tropical, en comparación con pueblos isleños, habituados al medio marino. En consecuencia, sus miedos no serán igualmente compartidos: el tiburón no constituye una amenaza para un beduino del desierto, como el león no lo es para un marinero. Sin embargo, rayos y truenos, como fenómenos meteorológicos, o serpientes y lobos, como animales peligrosos, ocupan un lugar preferente en el imaginario colectivo, e incluso adquieren un valor representativo en los sueños, en la mitología, en los cuentos o en la iconografía simbólica. La existencia de estos miedos específicos de la especie humana obedece, seguramente, a la necesidad de protegerse y precaverse, en la medida de lo posible, de los peligros inherentes a su proximidad, razón por la cual pueden haber dejado su imprinting en el proceso evolutivo de la especie o en las primeras experiencias de la vida de los individuos de colectivos específicos. La angustia provocada por algunos de ellos puede resultar permanente para algunas personas y dar origen a fobias específicas, como la aracnofobia (miedo a las arañas), la musofobia (miedo a las ratas) o la acrofobia (miedo a las alturas). Algunas de estas fobias pueden ser resultado de condicionamientos, originados por experiencias desagradables en el pasado, pero otros pueden persistir en nuestra mente sin necesidad de ninguna experiencia aversiva anterior o instalarse en ella a partir de alguna experiencia vicaria, por ejemplo, al ver los efectos destructivos de un tsunami en televisión, o después de alguna experiencia vital de desprotección. 5.1.1. Fantasmas en la oscuridad Entre los miedos ancestrales más universales podemos destacar sin duda el miedo a la oscuridad, dado que en ella se nos hace casi imposible detectar los innumerables peligros que nos acechan, totalmente fuera de nuestro control. De hecho, muchos animales aprovechan la oscuridad para salir a cazar, lo que les da una ventaja evolutiva frente a sus posibles víctimas, una de ellas, el ser humano. En la noche oscura existen prácticamente la misma cantidad de peligros que a plena luz del día; la diferencia es que no se pueden prevenir o detectar de forma eficiente, por lo que dan lugar a la proyección de fantasmas que aumentan su potencial amenazador. En la infancia es característico pasar algunas épocas de terror o miedo nocturno, que en ocasiones llegan a alterar el sueño o a dificultar su conciliación, motivo por el que algunos niños consiguen evitar la separación de la cama o la expulsión de la habitación de los padres. De la misma manera algunos niños necesitan durante un tiempo el acompañamiento de un adulto para atravesar zonas oscuras de la casa. Raquel, paciente a la que hemos dedicado diversos pasajes en otras obras (Villegas, 2009), y a la que volveremos a encontrar en este mismo libro (en los capítulos 6 y 9) está pasando un proceso de duelo a causa de la muerte reciente del padre con quien se sentía muy vinculada. En este proceso ha desarrollado diversos rituales, relacionados con la presencia fantasmagórica de él. Calza, por ejemplo, sus zapatillas, viste un traje a rayas como el suyo, duerme con el pijama del padre debajo de la almohada. En un momento determinado de su proceso terapéutico expresa su miedo a la oscuridad de la noche. RAQUEL: No sé qué me está pasando. Debajo de la almohada tengo la camisa de mi padre, me acuesto con ella. Lo que yo quería comentar es que me gustaría que me dieran algún medicamento, porque he cogido un miedo terrible. TERAPEUTA: ¿Miedo a qué? R.: No sé si estoy esquizofrénica o algo. Por lo menos estoy en el límite. Tengo un miedo horrible a la noche. Incluso si está mi marido tengo que encender la luz y si me doy la vuelta siento como que hubiera alguien. Tengo mucho miedo. Cualquier ruido que oigo me acelera el corazón. Ayer intentaba decirme «a ver, no entra nadie en casa, está todo cerrado». Me intentaba convencer y pensé «bueno va, voy a apagar la luz» pero oigo un ruido y es como si notara una presencia y yo pienso que es cierto y hay algo que me está viendo. T.: Claro, los niños pequeños también pasan una temporada que tienen miedo... R.: Cuando yo de pequeña tenía este miedo, porque lo he tenido toda la vida, pues rezaba y se me calmaba… Entonces, cuando tenía tanto miedo pensé «Va, ni rezo, ni nada; voy a apagar la luz». Pero es que tuve que encender la luz, porque yo creía que me daba algo porque me duele el corazón, me da una aceleración enorme y digo: «A ver, ¿qué me está pasando?». Ya no puedo más... Es horrible, incluso para ir al lavabo me da miedo. Y todo empezó... El primer día, creo que fue el lunes y estaba durmiendo tan tranquila y de repente noto que me tiran del pie y eso me había pasado de pequeña a mí y… A partir de ese día ya empecé con un miedo horrible. Durante el día no me pasa nada, pero de noche es terrible, es una angustia. Me veo al límite de algo pero no sé de qué. Y ayer pensé: «Bueno, seguiré rezando aunque nadie me escuche»… Tal vez yo siempre he tenido miedo a morir o a la muerte o tal vez me habré preguntado qué es la vida y qué es la muerte. Y esto es lo que yo hacía sin entenderlo. 5.2. Miedos traumáticos Son miedos de carácter físico, relacionados con la probabilidad de sufrir un daño corporal o material, como caídas, accidentes, asaltos, violaciones, robos, atentados. Algunos peligros que pueden dar lugar a estos miedos dependen de nuestras propias actividades y está en nuestras manos prevenirlos, aplicando la prudencia, por ejemplo, en la práctica del deporte o de la conducción. Sin embargo, otros muchos están en manos ajenas o dependen del azar. Dado que están fuera denuestro control pueden llegar a originar auténticas fobias a fin de evitar la exposición al peligro que conllevan. El miedo a volar (aerofobia) o a navegar (talasofobia) o a conducir (amaxofobia) son ejemplos relativamente frecuentes de entre los múltiples potenciales peligros que nos acechan fuera de un refugio seguro, lo que puede dar lugar a conductas evitativas. Cuando nuestros antepasados evolucionaron hacia el nomadismo, abriéndose paso a través de la sabana, tuvieron que aprender a hacer frente a peligros desconocidos hasta aquel momento: depredadores, terrenos inestables, ciénagas, arenas movedizas, noches al raso en plena oscuridad, lluvias torrenciales, ríos caudalosos, encuentros con otras tribus que ya ocupaban partes del territorio. Seguramente tuvieron que sufrir muchos daños originados por estas y otras circunstancias, incluidos los conflictos violentos con otros grupos humanos, luchas, violaciones, raptos, robos o rapiñas. El miedo se fue instaurando como un resorte apropiado para huir ante los peligros, prevenirlos y evitarlos. En la actualidad, y a pesar de los grandes avances en cuestión de seguridad, nuestras ciudades se han convertido en lugares peligrosos a causa del anonimato de sus gentes y de la intensidad del tráfico rodado (donde puedes ser víctima hasta de un monopatín). Y el miedo no ha hecho más que aumentar, añadiendo a las amenazas ya existentes de la naturaleza las creadas a través de los siglos por los artefactos técnicos (del armamento a la contaminación química) y las organizaciones humanas. 5.3. Miedos sociales Los miedos sociales son generados precisamente por la convivencia en sociedad. La posibilidad de subsistencia y supervivencia en las sociedades primitivas, en las que empezó a organizarse la vida del hombre prehistórico, requería una fuerte cohesión del grupo. El mayor riesgo era perderse o separarse de él, puesto que el alejamiento del grupo suponía casi inevitablemente la muerte. De ahí, por ejemplo, el miedo a la soledad, entendida como abandono, desamparo o desprotección. 5.3.1. ¡Vae soli!: El miedo a la soledad o al abandono Esta expresión Vae soli (¡Ay del solo!), extraída del libro del Eclesiastés (4,10), nos advierte de los peligros de la soledad y del desamparo que conlleva: «Es mejor estar dos juntos que uno solo, porque se aprovechan mutuamente de su compañía, pues si uno cae el otro le sostiene, pero ¡ay del que está solo!, si cae, no tiene a nadie que lo sostenga». El individuo humano es un ser social, no puede subsistir solo, y menos durante su infancia. Algunos casos esporádicos de niños que han crecido alimentados por animales en su infancia y criados por ellos (particularmente lobos, ya en la leyenda de Rómulo y Remo) han sido documentados en los dos últimos siglos, pero se pueden contar con los dedos de una mano y al precio de una muy deficiente humanización. Por eso en los niños es tan intensa la necesidad de apego (Bowlby, 1989) a fin de asegurar su supervivencia en primer lugar y, consecuentemente, su socialización a través de las figuras de cuidado, particularmente los padres. La amenaza, sospecha o experiencia de abandono despierta en ellos un alto grado de ansiedad equiparable en ocasiones a la angustia de muerte, dada su indefensión ante la vida. Esta es la situación en la que con frecuencia se encuentran las personas mayores, abandonadas en los últimos años de su vida a su soledad, o recluidas en residencias geriátricas, apartadas de la vida social. En las familias tradicionales extensas que poblaban el campo, solían vivir en una misma casa hasta tres o cuatro generaciones, por lo que el cuidado de los mayores y de los pequeños estaba siempre asegurado. Con la mecanización de la vida campesina estas familias se han ido descomponiendo, dejando cada vez más vacías y abandonadas las grandes masías o caseríos donde habitaban antaño. Las personas ancianas que se han ido quedando solas con frecuencia han experimentado el terror de la soledad. Xavi lo cuenta a propósito de su abuela: Después de la muerte de mi abuelo, mis padres decidieron ingresar a mi abuela en una residencia geriátrica. Todo eso lo recuerdo muy traumático. Mi abuela no quería, pero no podía vivir sola en la masía. Mis padres habían instalado un timbre directo entre la casa de mi abuela y la nuestra. Tenía un interruptor en la mesita de noche; pero ella lo pulsaba por cualquier motivo: tenía sed, oía ruidos, veía al abuelo en las sombras de la alcoba. Durante un tiempo mi padre fue a vivir con ella en la masía, pero al final tuvieron que ingresarla. En las sociedades primitivas existía otro riesgo aún mayor que el abandono para la supervivencia del individuo, la expulsión del grupo como medida punitiva ante un comportamiento perjudicial para la sociedad. Las sociedades poco jerarquizadas, en las que no existía todavía un poder organizado, aplicaban estas medidas a falta de penas de prisión o de muerte, como el ostracismo en Atenas. Las sociedades muy cohesionadas favorecen el sentimiento de vergüenza como inhibidor de las actitudes de desacuerdo, señalando con el rubor en el rostro a aquel miembro discrepante del grupo que podría ser expulsado, por su comportamiento o por sus actitudes. De este modo se desincentiva la disidencia y se fomenta la uniformidad y la acomodación al grupo. Aquellas actitudes o comportamientos que puedan ser objeto de crítica por parte de la colectividad tienden a ser evitados. Por extensión, también aquellos defectos o imperfecciones que puedan ser objeto de burla buscan ser disimulados. De este modo surge el miedo o la fobia social con menor o mayor incidencia en la vida y el desarrollo personal. 5.3.2. La fobia social La ansiedad social deriva de un gran miedo a la crítica impersonal, característica de la fobia social: son los rostros desconocidos del público los que atemorizan al fóbico social. ¿Qué pensará la gente, qué dirán de mí los profesores, la crítica periodística? Incluso en el caso de que estos rostros o miradas sean próximos, amigos, padres o hermanos, lo que preocupa al fóbico no es tanto el rechazo personal como el juicio impersonal, las observaciones sobre el error o el defecto. En la fobia social, la emoción subyacente es el miedo al juicio social, ligada a la vergüenza. Esta nos llevará a desarrollar todo tipo de estrategias para evitar la exposición al juicio ajeno, llegando en casos extremos, como en Japón, al aislamiento de los adolescentes (hikikomori). Alopecia galopante Sandro está desarrollando una alopecia progresiva a sus 28 años, que para él es un defecto imposible de esconder y que le genera muchas situaciones de ansiedad, dado que lo vive como motivo de vergüenza o inferioridad. A fin de paliar los efectos de la exposición pública de lo que él llama su «calvicie», desarrolla una serie de estrategias evitativas como las siguientes: llevar habitualmente gorra, evitar mirarse en el espejo, evitar las luces elevadas o ir por la calle con la luz del sol, preferir la noche, llevar gafas de sol por la sensación de oscuridad, evitar los jerséis de cuello alto ya que al tener que meterlos por la cabeza pueden despeinarle, abstenerse de mirar fotos ni vídeos donde salga él, alejarse de lugares donde es fácil encontrar a gente conocida, etc. Si Sandro evita salir a determinadas horas a la calle o ir a cenas y restaurantes no es porque sea claustrofóbico o agorafóbico, porque se sienta cerrado o agobiado por el espacio, sino porque se siente observado; no porque sienta rabia o frustración, sino vergüenza. 5.4. Miedos existenciales El miedo existencial deriva de la angustia de la conciencia del propio existir (muerte, soledad, vacío). En algún momento de la prehistoria de nuestra especie se empezó a tomar conciencia de la propia muerte. De esta conciencia dan fe la diversidad de enterramientos prehistóricos, tanto de sapiens como de neandertales, y los rituales que los acompañaban. La conciencia de muerte produjo, a su vez, la aparición de creencias sobre el destino de los humanos en el más allá,así como suscitó preguntas sobre el origen de la humanidad, lo que desembocó en la formación de mitos y de sistemas religiosos, orientados a dar una explicación sistemática del sentido de la vida. Estas preguntas han perseguido a la humanidad durante siglos, tanto a nivel individual como colectivo, y han sido objeto de creencias religiosas y reflexiones filosóficas. Entre ellas ocupa el primer lugar la preocupación y la angustia ante la muerte y, como contrapartida, la pregunta por el sentido de la vida. 5.4.1. Temor a la muerte El ser humano ocupa el lugar más elevado en la escala de los organismos, o de la cadena trófica, como omnívoro, llegando a ser consciente de su propia condición y funcionamiento, pero no por eso escapa a la ley universal que establece el ciclo de generación, crecimiento y muerte. La conciencia de esta condición lo pone ante la situación de dar significado a la experiencia de este ciclo, particularmente de su cierre mortal, pudiendo adoptar diversas posturas ante ella: de aceptación estoica («la muerte no es nada, porque donde está ella no estoy yo»), de desprecio hedonista («comamos y bebamos, que mañana moriremos») o de negación obstinada («mientras hay vida, aunque sea residual, hay esperanza»). La última frase que pronuncia Calígula, el personaje de la obra de Camus (1948), al caer herido por las armas de sus adversarios, es precisamente esta: «todavía estoy vivo». En nuestra sociedad occidental se obvia sistemáticamente el tema de la muerte, la cual ha perdido su carga misteriosa y sagrada, cambiando su «intimidad» por la «clandestinidad», para convertirse en un tabú social, solo objeto de espectáculo cuando no se produce de forma natural sino fortuita o inesperada, por accidente, cuanto más macabro o numeroso mejor; o a causa de una guerra, con su impresionante aparato armamentístico o tecnológico; o resultado de un asesinato o ataque terrorista, con su carga de brutalidad, intriga, fanatismo, espionaje, etc. La muerte natural, al contrario de la accidental, no es noticia porque nos remite necesariamente a nuestra condición mortal, cosa que nuestra cultura no puede aceptar, porque no sabe cómo integrar. Para tener conciencia de la muerte no es necesario encontrarse en una situación de moribundus, de quien se está muriendo, basta con darse cuenta de que se halla en la condición de moriturus, de quien tiene que morir. Esta condición es la que nos induce a definirnos como «mortales». Y la conciencia de esta condición es probablemente la que ha llevado a la especie humana a su evolución como sapiens. Antes de esta conciencia el ser humano pudo desarrollar habilidades técnicas que mejoraban su adaptación al medio, pero que no le permitían trascenderlo. En el momento en que la especie humana empieza a ocuparse de sus muertos, aparece la capacidad de hacerse preguntas orientadas, a dar respuesta a los enigmas de la vida y de la muerte. En consecuencia el temor a la muerte se verá condicionado por la visión religiosa, filosófica o cultural con que se construya su significado. El significado de la muerte (temor al más allá: temor trascendente) Las diversas formas de representarse la muerte se hallan indisociablemente ligadas a las concepciones antropológicas que las sustentan. Muchas tradiciones religiosas han hecho de la consideración de la muerte el tema central de su adoctrinamiento, entendiéndola como un pasaje a otra vida mediante la resurrección del cuerpo, de la preservación de la vida en forma espiritual o de la transformación del cuerpo en otras formas de vida a través de la reencarnación. Las concepciones distintas relativas al significado de la muerte, particularmente en relación a la continuidad o discontinuidad de la existencia más allá de la muerte, pueden ejercer sin duda una notable influencia sobre el modo de anticiparla con esperanza, desespero, miedo, conformidad o indiferencia. Alguien como Teresa de Jesús, a quien hemos citado en la cabecera de este capítulo, puede ansiarla para unirse definitivamente a Dios: «Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero». Otros pueden temerla, aun creyendo en la continuidad de la existencia, ante la expectativa de un posible castigo eterno. Para otros, ya desde la antigüedad, la muerte es un pasaje misterioso y lleno de incógnitas, tal como atestiguan diferentes fuentes literarias como el Bardo Thodol o Libro de los Muertos de la tradición tántrica del budismo tibetano o su homónimo egipcio, y el anónimo medieval Ars moriendi, de tradición cristiana. El origen o causa de la muerte Por su origen o causa, la muerte puede dividirse en transitiva e intransitiva. Transitiva. Su origen puede localizarse de forma inequívoca en el exterior del organismo, de modo que si no se hubiera dado la existencia del agente o condición externa, no se hubiera producido la muerte. En estas condiciones la gente no «se muere», sino que «muere» porque algún agente exterior los mata. Entre los orígenes de la muerte transitiva pueden identificarse distintas causas: Natural: terremoto, volcán, rayo, tormenta, tifón, desbordamiento, aluvión, etc. Técnica: accidente por fallo mecánico o de construcción. Fortuita: accidente producido por imprudencia o descuido propio o ajeno. Cruenta: muerte producida a causa de un ataque o situación violenta. Legal: pena de muerte. Voluntaria: suicidio asistido o autoinfligido, eutanasia activa, huelga de hambre. Intransitiva. Significa que la muerte se produce desde dentro por un proceso patológico o degenerativo espontáneo, sin intervención activa externa. En este caso el verbo «morir» tiene un valor deponente: «morirse» de viejo, de enfermedad, de inanición. Enfermedad de larga o corta duración. Envejecimiento: muerte anunciada o esperada. Muerte súbita por fallo sistemático. Eutanasia pasiva, dejarse morir con o sin cuidados paliativos. Con esta amplia variedad de posibles causas de deceso está claro que el temor a la muerte puede estar relacionado con miedos ancestrales, traumáticos o de otro tipo, y que la ilusión de que pueda prevenirse o no, puede dar lugar a diversas estrategias de afrontamiento o a temores irrefrenables, como el miedo a envejecer. Miedo a envejecer El miedo a envejecer —o su opuesto, el mito de la eterna juventud— se halla ampliamente recogido en la literatura romántica y posterior, del Fausto de Goethe a El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, pero no es más que una reelaboración del mito de Narciso. Una característica intrínseca al mito es la eterna juventud, asociada a la muerte prematura. «Los escogidos de los dioses mueren jóvenes», decía Ellen West (1888-1921), uno de los primeros casos de anorexia descritos en la bibliografía psiquiátrica (Binswanger, 1973). En efecto, esta es la alternativa que escogió, suicidándose a los 33 años, fiel a su narcisismo, antes de volverse «vieja, gorda y fea». El retrato de Dorian Gray Carina, cuya historia hemos expuesto ampliamente (Villegas, 2011, 2013), se plantea, a sus 55 años y después de haber sobrevivido a un trasplante de hígado, el sentido de continuar con vida si esta se halla inexorablemente orientada a la muerte por envejecimiento. TERAPEUTA: ¿Y tú, a qué le tienes miedo, Carina? CARINA: ¡Buah! A muchas cosas. A envejecer, a la soledad, a no poder valerme por mí misma… No sé, tal vez solo sea que yo no estoy preparada para seguir envejeciendo, al menos no así. Quizás nunca he querido ser vieja; siempre he querido morir joven. Yo desde muy joven no quería llegar a vieja, sabía que no podría asumirlo… Entonces, si no quería envejecer, prefería morirme antes… T.: ¿Y qué encontrabas en ser vieja, para no querer llegar a ser vieja? C.: Quizás no poder tener esa vitalidad, no estar guapa, no estar atractiva, quizá esto ha sido muy importante para mí. Y ahora he llegado a lo que no quería llegar… Ahora todo se reduce a nada… Me encuentro como vacía. La resistencia a morirse Los humanos no tenemos suficiente con sentir la vida, porque nuestro grado de conciencia ha ido másallá que la evaluación de las propias sensaciones, a partir de la conciencia de la muerte. Los animales no son conscientes de la muerte, son conscientes de que viven y pueden ser conscientes de que se están muriendo, pero no de que se morirán: es la conciencia del momento. Los animales se dejan morir, no se resisten. Por el contrario, sí intentan resistirse a ser matados. Entre los humanos se constata que hay personas que desde el punto de vista del colapso orgánico tendrían que haber muerto y, sin embargo, no lo han hecho. La explicación psicológica que se puede dar a este fenómeno es que esas personas se resisten a morir. Y si se resisten a morir puede ser debido a que no han echado el cierre a su vida. Hay alguna causa que les impide dejarse morir, lo que da lugar a que en muchas ocasiones la persona tenga la oportunidad de decir sus «últimas palabras». A veces es la necesidad de despedirse de alguien, de reconciliarse con alguien o de pedir perdón, de encomendar alguna misión o encargo a algún familiar o amigo, antes de cerrar definitivamente los ojos. Algunas personas quieren asegurarse esta posibilidad y dictan de antemano su epitafio para que quede constancia de ello, igual que determinan su testamento. El temor a lo inacabado En otras ocasiones existe algún temor específico relacionado con la muerte, del más allá, como el miedo al castigo divino, o del más acá, como el miedo a ser enterrados vivos, a ser dejados insepultos o a otras circunstancias que acompañan al entierro. Elisabeth Kübler-Ross (1989) explica el caso de una mujer cuyos médicos no entendían por qué no se había muerto. Esta mujer se resistía a morir y explicaba que tenía miedo a que cuando se muriera se la comiesen los gusanos. Se habló de la posibilidad de la cremación, lo que tranquilizó a la paciente, que solo entonces se permitió morir. Antes de morir, las personas necesitan despedirse, poner punto final a su vida. Así lo testimonian mensajes de afecto y despedida de los pasajeros de aviones secuestrados a sus familiares o de soldados moribundos en campos de batalla a sus madres, novias o esposas, de condenados ante el pelotón de ejecución, o, incluso, de algunos suicidas a sus parientes más próximos: Como padres sois perfectos. No es nada contra vosotros. No os entristezcáis, vivid y gozad. Desde el cielo os seguiré y espero poder sentirme contento en mi vida futura. Quedaos tranquilos, yo también lo estoy. Por eso las muertes traumáticas, en particular las debidas a accidentes, se consideran especialmente trágicas si quienes las sufren no pudieron despedirse de sus familiares o allegados ni pudieron dar por acabada su vida de una forma natural. No es lo mismo una muerte trágica que una muerte prematura. Un niño o adolescente puede morir habiendo dado por finalizada su vida. Una vida que llega a su término deja en el que se muere y en quienes lo rodean un sentido de aceptación o conformidad. Una vida acabada es una gestalt completa, que emocionalmente genera un estado de armonía o de calma. Una vida interrumpida es una gestalt inconclusa. Las gestalten incompletas están siempre activadas y en la psicología gestalt se las llama «asuntos no resueltos». El cierre de la vida es necesario para generar un estado emocional que tiene que ver con un equilibrio de todas las emociones, que es la paz, la armonía; por eso cuando se muere alguien se dice: «descanse en paz». Tradicionalmente se han asociado los fantasmas a almas que no han podido cerrar sus asuntos antes de morir y que van vagando por ahí o en la conciencia de quienes tienen asuntos pendientes con ellas. Pero, con frecuencia, algunas personas se arrastran por la vida aun antes de morir como almas en pena, sumergidas en un vacío existencial, parecido al de una muerte en vida. 5.4.2. Hipocondría: el miedo a la vida La sensación de vacío existencial suele ser el resultado de la falta de compromiso con la existencia y repercute con frecuencia en una posición de desidia ante la vida. Esta posición de desidia o despreocupación ante la vida adquiere distintos matices según el momento vital de la persona. Desde la perspectiva de la edad puede experimentarse como nostalgia, desengaño o depresión frente a la percepción de inutilidad de cualquier esfuerzo por alcanzar la felicidad. Pero también puede vivirse con la ansiedad anticipatoria de la muerte, dando origen a posibles patologías reactivas al sentimiento de vacío existencial, como la adicción a sustancias o a conductas compulsivas, dirigidas a aturdir la conciencia existencial. En el polo opuesto pueden aparecer todo tipo de respuestas ansiosas, relacionadas con la búsqueda de apoyo en las relaciones interpersonales, amistades o relaciones amorosas, que en ocasiones pueden derivar incluso en dependencias afectivas. Junto a esta actitud, otras formas de reacción ansiosa vienen representadas por trastornos del espectro obsesivo. Entre ellas, además de la obsesión propiamente dicha, merece destacarse la respuesta hipocondríaca que tiene una doble congruencia con la vivencia de un vacío existencial, planteado a veces de forma claramente verbal, expresado otras veces a través de sensaciones físicas de vacío o angustia en el pecho o el estómago, otras de manera sintomática como vértigos o mareos, que pueden dar lugar a interpretaciones de tipo orgánico. Primero porque en el vacío es más fácil oír los ruidos internos o percibir las sensaciones propioceptivas del organismo, fácilmente interpretables como síntomas de enfermedad. En segundo lugar porque la enfermedad es la antesala de la muerte que representa el final de la existencia y, con él, la imposibilidad definitiva de llenarla de significado. La enferma imaginaria Con frecuencia el miedo a la muerte esconde, precisamente, una imposibilidad de morir en paz, tal vez porque la vida que se está llevando es insatisfactoria, como se pone de manifiesto en el fragmento de la entrevista que transcribimos a continuación con una paciente, a la que hemos denominado Ceci, y a la que hemos dedicado amplio espacio en otras ocasiones (Villegas, 2011) y tendremos ocasión de referirnos de nuevo en próximos capítulos. Acude a terapia afectada por una grave hipocondría. En la génesis de esta reacción hipocondríaca se halla la súbita emergencia de la conciencia de vulnerabilidad a propósito de un episodio de desvanecimiento de su hija a los nueve años de edad, ocurrido diez años antes. CECI: Estoy mal, paso los días mal, muy tensa, muy nerviosa, mareada, como si estuviera borracha, con síntomas y sensaciones raras y todo el día pendiente de qué me pasa, qué tengo, por qué siento esto, por qué siento lo otro. Me da igual todo. No me apetece hacer nada, ni ir a trabajar, ni quedarme en casa. TERAPEUTA: Te sientes vacía. El vacío da vértigo. C.: Puede ser. Puede ser que me encuentre vacía. Estoy como sola. T.: Es una desconexión. Es no estar, no ser tú misma... Estás insatisfecha de ti misma y ese vacío interior te da vértigo y por eso tienes tanto miedo a ponerte mala. Porque piensas: ¿si ahora me muero, qué he hecho de mi vida? C.: Cuando voy por la calle, veo a las personas... A la gente la veo completa y yo no estoy completa… Eso, eso, eso es lo que siento. T.: Sí, claro, que este mareo te sirva para conectar con el vacío, para darte cuenta de esto, de lo que dices tú, que falla una parte de ti, que falta una conexión contigo. Todo está bien, pero, y ¿tú quién eres? ¿Qué haces aquí? C.: Todo esto también lo pienso yo. ¿Por qué, teniéndolo todo, estoy cansada de la vida? No digo cansada de vivir. No me voy a quitar la vida. Con el miedo que me da morir. Estoy cansada de mi tipo de vida, de estar pendiente de mí. T.: Estás insatisfecha de ti misma y por eso tienes tanto miedo a ponerte mala. Porque dices «¿si ahora me muero, que he hecho de mi vida? ¿Qué es de mi vida si me muero ahora?». La persona hipocondríaca tiene esa base, en realidad, tiene miedo a morirse porque no está satisfecha con su vida. No puede decir: «tranquila, ya me puedo morir, ya que mi vidaha tenido sentido dentro de lo que he vivido». No, la tuya ha ido a la deriva… El hipocondríaco no vive por miedo a morir, pensando que mientras controla todo su cuerpo, todavía le queda vida por vivir. Tal vez ninguna otra enfermedad como la hipocondría ejemplifique el sentido de aquella famosa sentencia de Carl Gustav Jung: «Una vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir». Y una vida no se vive si no se tiene un motivo, una razón o propósito para vivirla, lo que Pascual-Leone (2019) ha asociado con la capacidad curativa del cerebro, sintetizado en el concepto japonés de ikigai (Lemke, 2017). 5.5. Miedos morales El miedo moral se manifiesta a través de la culpa y la vergüenza. Ambos sentimientos a veces se presentan conjuntamente, otras por separado. El miedo moral está sujeto al juicio divino o humano. En su fundamento más primario es un miedo al castigo que puede derivarse de alguna acción pecaminosa que pueda conllevar una venganza. 5.5.1. Los castigos divinos El miedo al castigo divino ha estado presente en casi todas las religiones y culturas, en las más variadas formas, en esta vida y en la otra. En las diversas tradiciones morales o religiosas el pecado puede acarrear como consecuencia una punición en forma de enfermedad, desgracia, condena, tormento, muerte, infierno o maledicencia (Villegas, 2018a). Así, ya en los primeros capítulos de la Biblia, Adán y Eva son castigados con la expulsión del Paraíso y condenados a trabajar con esfuerzo, parir con dolor y finalmente a morir, por haber desobedecido. A continuación, su hijo Caín es condenado a vagar por el mundo por haber asesinado a su hermano Abel. Estos castigos se extenderán más adelante a toda la humanidad con el diluvio universal. La mitología clásica grecorromana está llena igualmente de castigos de los dioses hacia la desobediencia o el atrevimiento de los hombres, de los que Prometeo, Ícaro o Sísifo son buenos ejemplos. Las tragedias griegas remiten a la idea de que los dioses castigan severamente la hybris o ambición humana de sobrepasar sus límites o los intentos de escapar al destino. Muchas supersticiones han nacido como conjuros ante el miedo a la ira de los dioses, particularmente frente a la azarosa veleidad de la diosa Fortuna, que puede encumbrar a unos para más tarde hundirlos en lo más profundo o dejarlos caer de lo alto de su propia altivez. Con el objetivo de protegerse del infortunio o de obtener buena suerte, el supersticioso lleva a cabo sus rituales que pueden estar asociados a cosas tan absurdas como evitar cruzarse con un gato negro o pasar por debajo de una escalera o no escribir ni nombrar determinados números como el 13 o el 666. En algunos hoteles o aviones simplemente no existe la habitación o la fila de asientos número 13. 5.5.2. Los castigos humanos El miedo que deriva de la culpa social está relacionado con el juicio que la sociedad puede hacer de cada uno de sus individuos a causa de su comportamiento y al castigo que pueda ir asociado. Este juicio puede llevar al rechazo, la exclusión, el ostracismo o a penas más o menos dolorosas, como hemos visto al tratar de los miedos sociales. Todas las sociedades disponen de códigos penales en los que se recogen aquellos delitos que son merecedores de castigo, desde una multa por una infracción de tráfico a una condena a cadena perpetua o a muerte, castigos corporales o privación de libertad, según delitos, épocas, sociedades y costumbres. En general, las personas que se hallan sometidas a alguna pena legal no se sienten culpables, sino más bien tienden a exculparse o a justificarse. En el mejor de los casos se limitan a cumplir la pena y consideran que con ello «ya han pagado». El régimen penitenciario suele, por esta razón, tener poca incidencia en la rehabilitación social de los delincuentes. Más que culpa, el condenado por la justicia suele sentir vergüenza, si su imagen se ve sometida a escarnio o exposición pública («la pena del telediario»). Los castigos también pueden provenir de instancias no jurídicas, por ejemplo de aquellas personas directamente afectadas por la acción de un asesino o estafador, que intenten tomar la justicia por su mano. Hay que entender que el desarrollo de la justicia legal es un derivado, socialmente mediado, de la justicia directa que se tomaban nuestros antepasados, fieles a la «ley del talión», recogida ya en el código de Amurabi, en que se apelaba al castigo para establecer la equidad quebrantada con la famosa sentencia de «ojo por ojo y diente por diente», a fin de que la administración de justicia contribuyera a la paz social, evitando la cadena interminable de venganzas sucesivas. 5.5.3. Remordimiento: el flagelo de la conciencia Los sentimientos de culpa moral pueden estar relacionados con el daño que hacemos voluntaria o involuntariamente a los demás o incluso con el bien que podríamos haber hecho y hemos dejado de hacer por desidia, negligencia o comodidad. En este último caso, algunos autores, como Mancini (2019), han postulado la existencia de una culpa altruista. Hace referencia a las situaciones en que pudiendo auxiliar a alguien nos retraemos de hacerlo por miedo, por egoísmo o por comodidad. Así como la actuación altruista produce satisfacción, la egoísta suele generar culpa. El sentimiento de culpa como tal, sobre todo si se vive como irreparable, ya es por sí mismo un castigo y por tanto se intenta evitar o exculpar, siempre que sea posible. Está asociado al remordimiento y en ocasiones tiene efectos desestabilizantes sobre la paz interior, el equilibrio emocional, los trastornos de angustia y algunas enfermedades psicosomáticas. Se convierte en una autoflagelación. Un accidente inevitable Iván, nombre ficticio otorgado a un paciente de 32 años de edad, acude a terapia para solucionar un problema de insomnio de larga evolución, aproximadamente de unos doce años (Ribas, 2009). También manifiesta su preocupación por unas afecciones que tiene en la piel y porque, al no dormir bien, su carácter se está agriando, tiene mal humor, está poco comunicativo y cansado. Según él, ambos problemas se retroalimentan, porque cuando duerme bien no tiene problemas con la piel. Considera que son síntomas que no se curan con medicación y que lo que necesita es hacer una psicoterapia. Describe como una primera causa probable del insomnio un accidente de coche que ocurrió hace doce años que coincide con el inicio de los síntomas, en el que atropelló a una anciana que falleció en el acto. Él circulaba con el semáforo en verde y la mujer cruzó la calzada con el semáforo en rojo. En los pocos segundos que duró todo el acontecimiento Iván pensó en frenar, pero al ver que la mujer también hacía intento de parar, siguió adelante sin detenerse con el fatal desenlace ya conocido. Hacía pocos días que se había sacado el carné de conducir y llevaba de prestado el coche de su padre. A pesar de tener el semáforo en verde, Iván se siente culpable por «ir a más velocidad de la cuenta» (culpa por comisión); por «no haber frenado a tiempo» (omisión); por «atropellar a una persona» (comisión) y por «haber fallado» (culpa perfeccionista). Las auto-inculpaciones de Iván son rígidas e implacables. Nos encontramos ante un mal irreparable de consecuencias graves y ante un hecho ocurrido contra su voluntad. La gestión de la culpa a través del castigo resulta nuclear en su caso para liberarse de la culpa subjetiva, cree que necesita pagar más por lo que hizo y que así se sentiría menos culpable. Iván considera que todo debe estar bajo control y que precisamente la normas se han hecho para llegar donde no puede llegar el control personal: «cuando te saltas las normas es cuando pasan estas cosas», dice refiriéndose al accidente. La culpa altruista o solidaria A veces puede llegar a suceder que el protagonista del sentimiento de culpabilidad no tenga ninguna responsabilidad ni directa ni indirecta en el daño sufrido por una tercera persona, pero se sienta, sin embargo, por proximidad o solidaridad, culpable de ello.Existen casos de autoinculpación, conocidos como «culpa del superviviente», en que personas que, habiendo sufrido la misma desgracia que los demás, han sobrevivido y se sienten culpables por ello, como si hubieran faltado al auxilio debido. ¿Por qué ella y no yo? Las circunstancias en que puede producirse tal fenómeno son o pueden ser de lo más variado. De todas estas situaciones nos limitaremos a referir un caso clínico de culpa del superviviente. Se trata de Elena, de 53 años, que ha vivido con ese sentimiento de culpa desde los 19 años y que acude a terapia por depresión: ELENA: Esta depresión la vengo arrastrando desde que tuve el accidente de tráfico a los 19 años. Murió una amiga, de las cuatro personas que íbamos en el coche. La que se murió iba al lado del conductor y yo detrás de ella, luego yo me he echado la culpa. En principio me hubiera gustado irme yo y no ella, y es como una culpa que… que no me la perdono, por mucho que lo he intentado. TERAPEUTA: ¿Y por qué te sientes culpable de que ella muriera? E: Porque yo pensaba que ella tenía ya una vida hecha, tenía novio, se iba a casar, tenía muchos amigos… Éramos jóvenes, que se muriera ella me tocó la fibra… Cuando pienso en el accidente intento perdonarme, pero no puedo. T.: ¿Qué es lo que necesitarías para perdonarte? E.: No lo sé: es una culpa que la llevo ahí… Tampoco sé cómo afrontarlo. Siempre me he sentido culpable. Sigo pensando que de alguna manera tuve culpa de no morirme yo, hacer el cambio; si me hubiera muerto yo, nadie me hubiera echado en falta. Y no me puedo perdonar, porque ella tendría que haber vivido y yo no, porque no pasaba nada si yo me moría, pero si ella se moría, sí. Entonces empiezo a darle vueltas y me quedo ahí, no salgo, no avanzo. ¿Qué es lo que puede llevar a una persona a sentirse culpable por algo que no ha hecho, ni ha permitido que sucediera? Se puede apelar sin duda a un sentimiento de solidaridad propio de la especie humana. ¿Es lícito para un superviviente alegrarse por continuar con vida, cuando el resto, o al menos algunos de quienes compartieron la misma situación, murieron en esta circunstancia? Parecería que la propia alegría se convirtiera bajo estas condiciones en una injusticia comparativa de la que uno pudiera sentirse culpable, aunque la falta de equidad no fuera atribuible a uno mismo, sino a la suerte o casualidad. Para que una persona pueda atribuirse un sentimiento de culpa por no compartir la misma suerte que la víctima se requiere algo más que una percepción de injusticia, además del sentimiento de pena o lástima. Este valor añadido no tiene que ver probablemente con la solidaridad, sino con la desigualdad: ¿por qué el otro y no yo? Pero esta desigualdad supone una comparación en la que el superviviente se siente en inferioridad respecto a la víctima o la considera más digna de continuar viviendo: «merece vivir más que yo; es más joven, tenía una vida por delante, yo ya he vivido una larga vida; o bien es una persona mucho más válida que yo, tiene mucho que aportar a la humanidad o a los suyos; a mí nadie me va a echar en falta, mientras que a ella sí». 5.6. Miedos catastrofistas Algunas personas van por el mundo con un temor generalizado. Pueden ser socialmente tímidas o bien funcionalmente inhibidas. Otras proyectan sobre el presente y en particular sobre el futuro una mirada sombría, augurando toda suerte de males y calamidades a la humanidad. Suelen definirse a sí mismas como pesimistas. Cada una de estas personas, no obstante, se las apaña para llevar una vida normal, adaptada a sus limitaciones, contentándose con dar desfogue a sus miedos a través de la queja o de las exclamaciones, llegando a condicionar incluso a su pesimismo sus opciones políticas. Existe otro grupo más reducido de personas, sin embargo, que es víctima en su vida personal de su visión catastrofista. Son algo más que tímidas, pesimistas o inhibidas. Temen con convencimiento que van a sufrir personalmente o en su entorno auténticas hecatombes y este temor influye en su vida y en la de los que les rodean de manera real y limitadora. Estos miedos suelen centrarse en áreas específicas que afectan a la totalidad de la existencia; por ejemplo, temen la ruina económica, caer en la locura o la degradación social por la infamia o el descrédito y, en consecuencia, su vida se orienta a evitar tales perjuicios, arrastrando con ellos a cuantos les rodean. Como «quijotes» sin armadura ven por todas partes «gigantes y malandrines» de los que protegerse, aunque a diferencia del loco de la Mancha, no intentan luchar contra ellos, sino ahuyentarlos con conductas desadaptadas. Por ejemplo, quienes están convencidos de una inevitable ruina económica pueden volverse extrañamente acaparadores, desarrollando una actitud ahorrativa insoportable para los demás, extensiva a los detalles más inverosímiles, como reutilizar el agua para lavar los platos o bien acaparar todos los utensilios u objetos que tal vez podrían llegar a ser útiles en alguna ocasión, dando lugar a la formación del famoso «síndrome de Diógenes». Estas actitudes resultan molestas en la convivencia con las otras personas, particularmente con las parejas o con la familia. Otros están convencidos de que cualquier desgracia que pueda afectarles a ellos o a los suyos es inminente y que hay que prevenir cualquier posible incidente limitando al máximo la libertad de movimientos. 5.6.1. El miedo a la locura Las personas que han sufrido ataques de pánico pueden haber tenido la sensación de muerte inminente o de pérdida de control sobre la propia razón. También quienes han crecido en el seno de una familia psicóticamente desorganizada pueden temer con más intensidad la posibilidad de caer en la locura. Petra lo expresa en su primera entrevista en un grupo de terapia a propósito de su sensación de pérdida de control sobre su estado actual de salud, en relación a una serie de dolores musculares aparecidos recientemente. Tengo sensación de pérdida de control y sobre todo es la inseguridad hacia esta situación… No tengo mucha tolerancia al dolor porque nunca me había dolido nada, ni la regla, ni me había roto ningún hueso. O sea que he sido una persona sana toda mi vida, y de repente este dolor. Me da miedo el día de mañana no poder cuidarme a mí misma. Soy joven, tengo 37 años, y sin embargo parezco una abuela. Me considero joven todavía para tener una enfermedad de este tipo… Aparte también tengo un miedo añadido a la pérdida de control, porque tengo tres hermanas con diversos grados de enfermedad mental. Y claro, esto todavía me da más miedo. Creo que con esto tengo razones más que suficientes para sufrir. Que esta pérdida de control sea realmente una locura, pues a mí me espanta cuatro veces más que a una persona normal… Desde los 20 años que yo estoy en contacto con todo esto. Entonces para mí estos miedos no son cosa de ahora. Las actitudes catastrofistas que hemos descrito hasta ahora pueden ser fácilmente atribuidas a determinadas características de personalidad que enturbian las relaciones de estas personas con su mundo circundante. Pero ¿qué pensaríamos de ellas si llegáramos a conocer un pasado en el que estas conductas evitativas tuvieran un sentido, marcado a sangre y fuego en su experiencia? En estos casos posiblemente variaría nuestra consideración sobre la naturaleza de sus miedos. Muchos de ellos pueden ser el resultado del síndrome ansioso descrito antes, al hablar de la sorpresa estuporosa, como estrés postraumático. 5.7. Miedos neuróticos: fobias y paranoias El miedo es una de las cadenas más fuertes que surge de nuestro interior en relación a amenazas percibidas externa o internamente. Por lo que hemos visto hasta ahora puede ser el miedo a quedarse solo, al rechazo social, a la enfermedad o la muerte, a los accidentes, a la oscuridad, a robos, violaciones, a ataques de animales o de grupos o personas violentas. Puede tratarse de situaciones peligrosas de origen natural, como terremotos, inundaciones o incendios, o bien de origensocial como las originadas por guerras o ataques terroristas, o, en el ámbito privado, al maltrato o a los insultos. En la mayoría de casos, el miedo es la respuesta a una amenaza externa que se puede identificar y, en el mejor de los supuestos, prevenir, afrontar o neutralizar. Tales miedos pueden clasificarse de «reales o razonables» en cuanto son situaciones que para cualquiera constituyen una amenaza del tipo que sea, aunque se pueden enfrentar a ellas con mayor o menor éxito. En esos casos no hablamos de fobias o miedos neuróticos. Entendemos como tales a los miedos incontrolables, asociados a determinados objetos, animales o situaciones, como a los espacios cerrados (claustrofobia) o públicos (agorafobia), que por sí mismos no constituyen ninguna amenaza objetiva, pero que el sujeto los percibe como peligros que escapan a su control y a su comprensión. Este carácter incontrolable e incomprensible es el que le da a la fobia la falsa apariencia de «miedo irracional». En realidad no se trata de miedos carentes de razón, sino de razones inherentes a los significados que cada uno otorga a tales objetos, animales o situaciones. Si alguien percibe los cuchillos de la cocina como posibles armas arrojadizas contra sus padres, la pareja o los propios hijos, es lógico que se relacione con ellos como objetos a evitar. O si siente las cuatro paredes del ascensor como planchas de acero que oprimen de su espacio vital, hasta faltarle la respiración, es razonable que prefiera subir a pie los pisos de un hospital o de un hotel, antes que exponerse a la encerrona del ascensor. El carácter ansioso o anticipatorio de estos miedos favorece la estrategia evitativa antes que la confrontativa, de modo que en general las personas suelen ver su vida pública o social muy limitada a causa del retraimiento protector a que se acogen. Así, curiosa y paradójicamente puede darse el caso de que el avión sea un elemento fóbico a evitar tanto para los claustrofóbicos, que lo viven como un espacio del que no se puede escapar, como para los agorafóbicos, que lo viven como un transporte que los aleja de la seguridad del ámbito doméstico, con idéntico resultado, aunque por causas opuestas. Se han elaborado catálogos o diccionarios de fobias específicas, que registran más de 800 entradas, algunas tan curiosas como la «anatidofobia», literalmente «miedo a ser observado por un pato». Nosotros evitamos caer en la pretensión de inventar categorías nominales relacionadas con el miedo para cualquier fenómeno imaginable y nos limitamos en este texto a referirnos a las fobias con un significado clínico propio, a partir de la distinción entre fobias condicionadas y proyectivas. 5.7.1. Fobias condicionadas La percepción de peligro puede ser condicionada, basada en alguna experiencia anterior, o proyectiva, cargada de significación atribuida. Así, por ejemplo, los cuchillos de cocina pueden resultar un elemento peligroso al haber sufrido o presenciado accidentes en su manejo doméstico, dando lugar a una fobia condicionada; o pueden resultar objetos a evitar porque podrían convertirse en armas letales con los que eliminar a una persona que no se soporta, dando lugar a una fobia «intrusiva o coercitiva», que la persona proyecta sobre un objeto o situación determinada. La característica común a todas estas fobias es la percepción de falta o pérdida de control. Tememos a las serpientes porque no conocemos ni controlamos sus movimientos. Lo mismo le puede suceder a un niño que no domina el encendido de las cerillas o a un adulto que desconoce el funcionamiento de un martillo automático. Pero estos miedos son fácilmente evitables o superables con aprendizaje. El problema se presenta cuando un miedo incontrolable afecta a objetos o situaciones aparentemente inofensivos, como un ascensor, un avión o la plaza del pueblo. Claro que alguien puede haber condicionado un miedo incontrolable específico, si en el pasado ha tenido una experiencia de quedarse encerrado en un ascensor solo y sin luz, durante horas un domingo por la noche en un centro comercial; si ha vivido en una oficina bancaria una situación de secuestro o atraco; si ha experimentado unas turbulencias muy fuertes durante un vuelo transoceánico o su avión ha tenido que realizar un aterrizaje de emergencia. En esos y otros casos parecidos es muy probable que, si se origina una fobia específica, esta sea de carácter condicionado. 5.7.2. Fobias proyectivas En otros casos, la percepción del peligro o amenaza es interna o subjetiva y no puede ser atribuida a la situación como tal, dado que no existe un peligro efectivo, sino proyectado sobre ella. La cola del autobús, una sala de cine, la plaza mayor del pueblo son en principio situaciones o espacios inocuos, que no constituyen ninguna amenaza real para nadie. Sin embargo, para algunas personas se convierten en situaciones constrictivas, que intentan evitar a cualquier precio. Catherine Millot (2011), psicoanalista y ensayista francesa, describe a propósito de un episodio agorafóbico, sufrido por ella misma, esta experiencia en los siguientes términos: Hubo un tiempo en que era incapaz de cruzar la gran plaza vacía de Trocadero (París). En aquella época me preguntaba cada día cómo conseguiría llegar hasta la noche. Y todo por culpa de un amor […]. Aquel primer amor había sido un desastre […]. En un instante me había sentido vencida y devastada […] sin haber tenido tiempo de entender lo que me pasaba. ¿Por qué esta calamidad se me había venido encima, a mí que nunca había soñado con el amor? Lo incomprensible de estas fobias no condicionadas para una gran parte de la población, incluidos médicos, muchos psiquiatras y algunos psicólogos, tiene que ver con la aparente falta de motivación, causa, sentido, origen o desencadenante de esta sintomatología. Los intentos de hallar una explicación plausible para estos fenómenos llevan a buscar causas circunstanciales como el estrés, alteraciones neuroquímicas ocasionales o, incluso, emergencias espontáneas de terrores telúricos, como si un rayo hubiera caído de improviso desde el cielo, o un terremoto hubiera sacudido la estabilidad de la persona bajo sus pies. Sin embargo, la comprensión de estos ataques de pánico hay que buscarla en el contexto. Los síntomas (ansiedad, ataques de pánico, claustrofobia, agorafobia, amaxofobia, etc.) son, como dice la palabra griega, signos o significantes que remiten a un significado, el cual, al no estar expresado verbalmente, no constituye un texto si no se interpreta en su contexto tanto inmediato como remoto. Viaje de ida y vuelta La amaxofobia es el nombre técnico que le damos al miedo a conducir vehículos terrestres. Es evidente que puede ser un temor traumática o socialmente condicionado, por eso nos extraña verlo aparecer de repente en personas que están habituadas a conducir a diario, sin ningún desencadenante inmediato identificable, lo que nos lleva a suponer la presencia de un significado latente, comprensible solo en el contexto existencial de la persona. Tal es el caso de Lisa, quien sufrió un ataque de ansiedad de vuelta a casa de sus padres con quienes había dejado a sus dos hijos, una niña de tres años y un niño de cinco meses, para poder pasar un día de playa en casa de una amiga. Cuenta su experiencia en un correo electrónico a su esposo, que transcribimos parcialmente, después de haber acudido a una primera consulta por este motivo. Lo que me pasó en medio de la autopista era la primera vez que me sucedía. Aquel día tuve una sensación muy intensa de miedo. De repente el brazo izquierdo se me empezó a paralizar. Empecé a sudar, un sudor frío, dejé de ver con claridad, el corazón me iba a 3 000... El psicólogo me preguntó qué pensé en aquel momento. Y no supe responderle... Pero ahora, reflexionando más en ello, sí que creo saberlo... pensé que me iba a morir en medio de la autopista y que no volvería a ver a mi hijo pequeño, y ¿qué haría mi hijo sin mí? Era una zona de 4 carriles, puse los cuatro intermitentes. Los camiones y cochesme pitaban, recuerdo los bocinazos, no sé ni cómo pude llegar a una estación de servicio... Estaba empapada de sudor, descolocada, nerviosa, me sentía estúpida. Yo misma me preguntaba por qué tenía que pensar en aquellas catástrofes. Pensé en dejar el coche en la estación de servicio y llamar al seguro de asistencia en carretera, en llamar a mis padres, o en llamarte a ti; pero, como de costumbre, no podía contar contigo, porque estabas de viaje en el extranjero. No te lo digo para culparte, pero es un tema al que le voy dando vueltas. Me pregunto si realmente cuentas en mi vida o yo en la tuya; cómo sería mi vida sin ti; si realmente puedo contar contigo; si acaso nos amamos. Es un tema muy delicado, complejo, del que quiero hablar con el psicólogo y contigo, si quieres. Conseguí llegar a casa de mis padres, los cuales al verme con la cara desencajada se interesaron por saber qué me había sucedido. Me tranquilizaron y me abrazaron efusivamente. Confío en ellos y puedo hablar con ellos de todo; pero no quiero preocuparlos. Sin embargo, me siento sola, semisoltera, con dos hijos y una persona responsable a mi lado que se cuida de que no les falte el sustento y de que no nos falte nada material, pero con quien casi no puedo contar para atender a mis hijos, de quienes me siento plenamente responsable, puesto que dependen totalmente de mí… Precisamente, cuando volvía a casa de mis padres solo pensaba en una cosa, en que tenía que darle el pecho al niño y que si me pasaba algo a mí, ¿quién podría hacerlo? Necesitaba explicártelo. Por desgracia, en las crisis de ansiedad, la atención de los profesionales suele estar dirigida al escenario, o sea al contexto físico (autopista) en que se produce la respuesta ansiosa, desconectada casi por completo de los actores (protagonista y antagonista), del texto o significado del drama, tal como suele ocurrir en la mayoría de casos. En este caso, como en muchos otros, está claro que el detonante del ataque de pánico no está en la carretera, sino en la relación con el marido. Lisa se siente sola, con un buen respaldo económico, pero sin apoyo en la crianza de sus hijos. A la vuelta de su día de asueto en casa de la amiga, con playa y comida incluidas, se da cuenta de que es imprescindible para sus hijos, que no puede faltar ella, porque el marido no se haría o no sabría hacerse cargo de ellos. En estas condiciones se siente limitada en su libertad, precisamente después de haber disfrutado de un día libre. No puede relajarse en su dedicación a los hijos: el ataque de pánico le da en el viaje de vuelta, no en el de ida, porque cuando toma conciencia de estar atrapada, este adquiere sentido. Por esta razón, los escenarios de naturaleza física o social que remiten a situaciones sin salida, como una autopista en nuestro caso, pueden provocar angustia hasta hacer estallar una crisis de ansiedad. Las características cerradas de estos espacios no son la causa de las crisis de ansiedad, sino el análogo de una ratonera en la que la persona se siente atrapada sin poder escapar. La asimilación de los espacios físicos o sociales cerrados a situaciones de atrapamiento y su posterior generalización en las fobias, los convierte, una vez condicionados, en escenarios a evitar. Escenarios físicos, mentales y relacionales Este contexto, como venimos comentando, no siempre es un escenario físico; puede ser también social como en la fobia social. O mental, sin más, como sucede a menudo con pacientes obsesivos, el tener que hacer cosas de una cierta manera o en un cierto orden, a fin de evitar posibles desgracias. Por ejemplo, Alberto, paciente obsesivo de 23 años (Tapia, 2000), escribe en su diario: Hoy como cualquier otro día, antes de salir de casa, vigilo que las conexiones eléctricas estén libres y la entrada del gas cerrada. También hago lo mismo cuando salgo del despacho con las conexiones de allí… Desconecto todos los cables, el ordenador, la impresora, la luz… Separo los cables, o sea que no haya ningún papel al lado para que no pueda haber ningún chispazo y con ello un incendio. Cierro uno y cuento hasta 9, mentalmente, o sea todo esto mentalmente, nunca lo exteriorizo… Luego hay una lámpara, y entonces lo que hago es comprobar cuatro veces cuatro que esté bien sujeta para que no se caiga. Esto podría ser una reacción natural de prudencia y seguridad, pero se convierte en una obsesión cuando los controles de seguridad se realizan con una especie de ritual numérico. Todo esto lo hago con la intención de evitar cualquier suceso negativo. Esta manera de actuar proporciona la seguridad que necesito para abandonar mi casa o el despacho sin temor a que pase nada. El elemento común a todas estas situaciones que acabamos de describir es la coerción o constricción de la libertad, en forma de limitación de la espontaneidad. 5.7.3. El miedo a la libertad: las constricciones internas y externas La coerción o constricción ejercida sobre la espontaneidad puede ser básicamente de dos tipos: externa e interna. Las constricciones externas responden a situaciones claramente identificables de tipo físico, como por ejemplo el interior de un tren, un ascensor o un avión (claustrofobia, agorafobia) o social (fobia social). Las coerciones internas no permiten la estrategia de huida, precisamente porque van allí donde va el sujeto con su mente (obsesión) o su cuerpo (hipocondría: «donde está el cuerpo está el peligro»), por lo que derivan en una estrategia rumiativa, de darle vueltas a la cabeza. En ambos casos se desencadena una fobia en un contexto objetivable, lo que da lugar a una estrategia evitativa como forma espontánea de afrontamiento. Escapar corriendo: la claustrofobia La reacción claustrofóbica, literalmente miedo al claustro (al encierro o clausura), aparece espontáneamente o se va asociando gradualmente por generalización a situaciones construidas como constrictivas de la espontaneidad, donde la persona siente que «está encerrada y no puede salir», aunque desearía escapar corriendo de ellas. Estas son sobre todo de dos tipos: Física: (ascensor, funicular, túnel, cola de un supermercado, sala de cine, tren, avión, autopista, etc.), en relación a la libertad de movimiento. La persona se siente en una cárcel o prisión de la que no puede escapar. Social: (menú en un restaurante, boda, anfitriona de una fiesta, entierro, acto social, etc.), respecto a la libertad de sentimiento y acción. La persona se siente obligada a simular sentimientos o estados de ánimo que no son congruentes con los suyos, o a soportar las convenciones sociales asociadas a la situación. Las situaciones en que es posible la espontaneidad son vividas como situaciones abiertas. Las situaciones en las que no es posible o no está permitida la espontaneidad son vividas como cerradas: de ahí la percepción de claustrofobia. ¿En qué sentido son constrictivas estas situaciones? En cuanto suponen una limitación de la libertad: seguir un protocolo o una secuencia invariable (una boda, un entierro, un menú), quedarse encerrado en un sitio sin poder salir de inmediato (ascensor, avión, túnel, autopista), hacer las cosas de un determinada manera, quedar bien, no hacer el ridículo, tomar conciencia de resultar imprescindible o ser protagonista de una situación… Cualquiera de estas situaciones es percibida igual por todo el mundo (percepción objetiva); en un avión, en la cola de un supermercado, en un tren blindado: no hay salida inmediata; pero no es vivida de la misma manera (percepción subjetiva) por todas las personas: «no puedo salir», «tengo que estar ahí», «no me puedo ir hasta que haya terminado». Algunas personas hacen el pasaje de la percepción objetiva «no hay salida» a la subjetiva «no puedo salir» o «tengo que quedarme» y se angustian. De las ganas de salir corriendo, al miedo a salir a la calle: agorafobia La agorafobia se puede considerar el polo opuesto de la claustrofobia. Literalmente la palabra ágora-fobia significa miedo al espacio público (la plaza). En este sentido se oponen el espaciopúblico al doméstico, que se viven como incompatibles. Hay personas que necesitan del vínculo afectivo para existir, como las dependientes, cuyo temor es ser dejadas; mientras otras viven el vínculo amoroso como un atrapamiento, que son las agorafóbicas. Las primeras desaparecen en la fusión de las relaciones íntimas, en la confusión del amor; las segundas mueren literalmente desde el punto de vista social, desarrollando una agorafobia, miedo a su expansión en el espacio público. No hay espacio para ellas en el mundo social; el mundo privado sustituye al público, el mundo doméstico reemplaza al social. Encerradas en casa, estas personas pueden vivir durante años sin salir nunca más allá de las inmediaciones del hogar, o hacerlo solo acompañadas de las personas más significativas de su entorno, dedicadas en cuerpo y alma a tener cuidado de los suyos. El motivo puede ser la imposibilidad de alejarse de una relación demasiado estrecha, con los padres o los hijos, pero sobre todo con la pareja. Víctimas de una idea equivocada del amor estas personas pueden permanecer atrapadas en una relación durante años, sacrificadas en aras de la unión. El caso que presentamos manifiesta su conflicto vincular, particularmente con la figura paterna, a propósito del cual se despliega la sintomatología agorafóbica. La llave en la puerta A la protagonista de esta historia la denominaremos Atenea, en referencia al nombre de esta diosa, caracterizada por el rol arquetípico de hija del padre, dado el papel determinante que tiene en el caso de nuestra paciente la relación protectora con él, tal como ponen de manifiesto sus propias declaraciones: Yo sé que si algún día mi padre se queda solo, la única que lo va cuidar voy a ser yo. Me supone una responsabilidad pensar que mi padre, si está mayor y tiene su casa, yo lo cuidaré; pero si se queda sin casa, va a tener que venir a la mía y yo voy a estar toda mi vida sin tener ni mi casa, ni mi espacio. Yo siempre pido que si se tiene que morir alguno de mis padres, se muera primero él. Porque es que mi padre no sabe vivir sin mi madre; después porque yo a mi padre siempre lo he tenido más como un hijo que como a un padre. Siempre lo he protegido, lo he defendido, lo he excusado... Mi padre es como un niño grande, es muy afectuoso, tiene mucha capacidad de cariño, de querer mucho a las personas, de entregarse, me da mucho miedo por él. Mi padre y yo hemos sido cómplices, siempre nos hemos enfrentado juntos a los problemas. El problema de mi casa es el problema familiar. Me he aliado con mi padre; tenemos una relación muy especial… Necesita verme. Sabe que me tiene para todo, que conmigo siempre se ha apoyado, siempre le he dado la razón, aunque no la tuviera. Supongo que él cuenta conmigo. La sintomatología específica que presenta Atenea es la característica de la agorafobia: dificultad de salir del ámbito familiar sin ir acompañada por alguna persona de confianza. Los primeros síntomas se presentaron de una forma muy dramática, como reacciones de pánico, seguidas de un agarrotamiento muscular característico, que le retuvo inmóvil, paralizada durante unos minutos en la escalera de la oficina del notario, el día que iba a firmar unas escrituras de un terreno, destinado a construirse una casa. Esta reacción representaba de modo muy gráfico la problemática de Atenea: la dificultad de independizarse de los lazos familiares, de conseguir su propio espacio personal, simbolizado por la casa. De ahí sus temores a quedarse sin casa, o a que su padre pueda verse solo en la calle, porque en esta circunstancia debería ella acogerlo en su futura morada, la que está intentando construir en el terreno que adquirió hace algún tiempo y que solo existe por ahora en los planos del arquitecto. 5.7.4. Miedos persecutorios y paranoias En ocasiones la percepción de amenaza no se proyecta sobre los espacios abiertos o cerrados, o sobre los vínculos interpersonales, sino sobre las personas que los configuran, sean estas conocidas o desconocidas. Esta amenaza puede mostrarse en forma de simple desconfianza ante las personas desconocidas o elevarse a la categoría de sospecha generalizada de conspiración contra uno mismo, rayana en la paranoia, adquiriendo un carácter casi psicótico. Fran, un paciente tartamudo, tiene un gran sentido del ridículo y está siempre hipervigilante en relación a los gestos o conversaciones de los demás. Estas situaciones influyen sobre su vida real, hasta el punto de verse obligado a quedarse en casa: No soporto, en particular, a los que se comportan de una forma ambigua, haciendo cosas a escondidas y diciendo medias verdades. Por ello, si pasa algo de este tipo, en general no salgo a la calle durante algunos días. Esta actitud nace con frecuencia de un sentimiento propio de culpabilidad, indignidad o inadecuación social, fundado o no, que puede llegar a ser un auténtico impedimento para la vida social. A veces la persona ha experimentado en su pasado acoso social, bullying escolar o mobbing laboral, que ha dejado una huella o impronta emocional, susceptible de activarse en ocasiones específicas o de modo generalizado cuando observa hablar a otros cuchicheando o riendo y mirando furtivamente a su alrededor, como si tuvieran algo que ocultar o se sintiera interpelado directamente. 6. La gestión del miedo Desde el punto de vista antropológico y psicológico, el miedo es una emoción totalmente comprensible. Tiene su función primordial, como hemos visto, en alertar de los peligros y en asegurar las oportunidades de supervivencia. Sería muy difícil encontrar alguien carente de toda percepción de miedo; una especie de «Juan sin miedo», que según el cuento, no se sentía afectado por ningún tipo de temor, hasta que se despertó sobresaltado cuando su esposa le echó un jarrón de agua fría mientras dormía profundamente. El miedo también nos puede paralizar y hasta inutilizar o perturbar gravemente en la gestión de nuestra vida cotidiana. Así que, aunque todos los miedos son comprensibles y es necesario poder empatizar con quien los siente, es imprescindible aprender a enfrentarse a ellos para manejarlos y, si es posible, superarlos, a fin de llevar una vida libre de ellos. Existen diversas formas de enfrentar el miedo en base a características propias de la situación, personales o incluso terapéuticas, según el modelo con que suela abordarse. Algunas estrategias buscan activamente la exposición directa al peligro. Por ejemplo, las comparsas de los sanfermines corren delante de los toros sin otro recurso que la habilidad y agilidad de cada uno de sus componentes, a pesar del evidente riesgo de ser cogidos por el astado. Seguramente el ambiente caldeado de la fiesta y la sensación de pertenencia al grupo facilitan una percepción de mayor capacidad para enfrentar el riesgo. Otras personas lo hacen de manera virtual, por ejemplo acudiendo a espectáculos de terror en los que se sabe de antemano que, a pesar de la proyección de imágenes o sonidos terroríficos, o de la recreación de situaciones ficticias amenazadoras de tipo realista, la seguridad está garantizada. De este modo aumenta la ilusión de control del miedo. Está claro que para vencer el temor existen dos estrategias básicas: o bien aumentar las capacidades o habilidades del sujeto para hacer frente al peligro, o bien disminuir el poder coercitivo o amenazante de los contextos. En este sentido, tanto la educación como la terapia pueden desempeñar un papel fundamental en su abordaje, potenciando los recursos del sujeto a fin de hacerle sentir menos vulnerable a los peligros y más resistente a las adversidades, o contribuyendo a una mejor comprensión de los contextos a fin de aprender a manejarlos, neutralizarlos o transformarlos, para liberarlos de su poder constrictivo. Con independencia de lo que podamos añadir más adelante desde una visión general de la gestión de las emociones, queremos hacer aquí algunas consideraciones específicas sobre la regulación del miedo a partir del cuadro 3.2. Los avancestecnológicos humanos han hecho posible protegernos de muchos de nuestros miedos ancestrales. Los dos recursos que Prometeo arrebató a los dioses, el fuego y la técnica (Villegas, 2011), han permitido a la especie afrontar con éxito muchas de las limitaciones y peligros a los que estaba expuesta, precisamente a causa de su neotenia o infancia prolongada. El fuego, convertido en luz, expulsó el miedo a la oscuridad a la vez que alejaba a los depredadores de nuestros poblados primitivos. Convertido en energía, ha permitido la transformación de muchas materias primas en alimentos comestibles o en instrumentos útiles como herramientas. Igualmente los avances tecnológicos han hecho posible hacer frente a los meteoros adversos, volar, navegar o atravesar grandes distancias a gran velocidad tanto terrestres como planetarias. No se ha eliminado con ello de cuajo el miedo a los fenómenos naturales, pero se han paliado muchos de los impedimentos que durante centenares de miles de años habían dificultado a los humanos expandirse por la tierra y explorarla. Algunos de los riesgos traumáticos a los que están expuestos los individuos humanos en nuestros días continúan proviniendo de la naturaleza; otros son producto de los propios ingenios humanos o bien pueden ser obra de sus malvadas intenciones. Aunque no es posible salvaguardarse de todos estos peligros, no cabe duda de que la prudencia, la vigilancia o la prevención pueden ejercer un papel protector sobre ellos, atribuible a los padres durante el proceso de desarrollo infantil, y posteriormente responsabilidad de cada uno de los adultos que componen la sociedad, respecto de sí mismos, juntamente con las autoridades a quienes incumbe velar por la seguridad general. La sociedad puede ser fuente de temor para algunos de sus miembros en la medida en que sus gobernantes lleguen a abusar del poder, perseguir a sus súbditos de forma justificada o no, o sus propios componentes puedan ejercer la crítica, el acoso u otras formas de culpar, avergonzar o someter a sus semejantes. Es función de la educación formar a los ciudadanos en la libertad y la espontaneidad respetuosa, así como dotarlos de recursos para hacer frente a las injusticias inevitables en el trato interpersonal. No existe ninguna instancia social o política que pueda protegernos de los miedos existenciales. Esa función la han ejercido en gran parte las religiones allí donde han ocupado un lugar privilegiado en la organización de la vida social, también algunas filosofías morales, como el estoicismo, han cumplido esta misión, aportando la esperanza de una vida más allá de la muerte o la perspectiva de una conformidad al orden cósmico. Desde el punto de vista psicológico, enfrentar la muerte, la enfermedad, la soledad o el vacío existencial requiere la aceptación de las limitaciones de la propia existencia y el desarrollo de una autonomía capaz de hacerse responsable de dotar de significado la vida en su conjunto y en cada uno de sus actos. Los sentimientos de culpa y vergüenza denotan la existencia de un miedo moral, en relación al castigo divino o humano. Bien gestionados, son la clave para una convivencia social pacífica y respetuosa. Nos pueden llevar a desarrollar actitudes tan nobles como la humildad y el perdón, tras el reconocimiento del mal ocasionado a los demás, la comprensión y la contrición. Mal gestionados, pueden dar origen a actitudes autoinculpatorias y depresivas que a veces se arrastran de por vida, a falta de una disposición hacia el reconocimiento de la debilidad o imperfección humanas. Frente a los miedos catastrofistas, como los derivados del estrés postraumático, la posibilidad de actuar haciendo frente al evento en el mismo momento en que acontece, como hemos dicho más arriba, o interviniendo a continuación sobre los resultados de la catástrofe reparando, o, incluso, resignificando posteriormente la experiencia vivida, pueden dar lugar a la resiliencia. Finalmente los miedos tradicionalmente considerados «neuróticos» como las fobias, con sus variedades claustro o ágorafóbicas, requieren una contextualización biográfica, en la que se originan, se sustentan y adquieren su significado existencial. Si se trata de fobias condicionadas, la intervención terapéutica más apropiada es la desensibilización sistemática. En el resto de condiciones, es conveniente llevar a cabo un proceso de psicoterapia en profundidad para tratar las emociones, vivencias o bloqueos existenciales, a veces dependencias, otras atrapamientos relacionales o coerciones de la libertad, bajo cualquiera de sus manifestaciones fóbicas o sintomáticas. Resumen El miedo es una de las emociones más presentes a través de la historia de la humanidad, tanto en el contexto natural como social. Puede ser definido como una: «reacción emocional de angustia ante la percepción de una amenaza presente o futura, real o imaginaria». Desde el punto de vista filogenético cumple una función adaptativa orientada a la preservación del individuo y de la especie: huida ante el peligro, búsqueda de protección o evitación del daño. Muchas son las fuentes de amenaza, tanto objetivas como subjetivas, externas o internas, dando lugar a manifestaciones y a estrategias muy variadas de enfrentamiento. Algunas de ellas responden de modo eficaz a la amenaza y se resuelven en un breve periodo de tiempo. Otras se prolongan indefinidamente o se trasfieren a otros contextos, dando origen a las fobias, las cuales pueden ser condicionadas, fruto de una experiencia vivencial específica, o proyectivas, como resultado de conflictos no resueltos, que requieren ser debidamente contextualizadas y de un tratamiento terapéutico diferencial. 4. Alegría Gaudeamus igitur Himno universitario 1. Origen y significado de la palabra alegría En su forma actual la palabra «alegría» deriva del adjetivo latino alacer, en genitivo alacris, que da lugar a «alegría» y pervive todavía en el diccionario de la lengua española como «alacre». Significa «brioso», «vivaz» y se dice particularmente de los saltos del caballo. Cualquiera de nosotros puede evocar en su memoria la imagen de los caballos que, conducidos por sus jinetes especialmente engalanados para la ocasión, saltan entre la multitud en las fiestas de Sant Joan en Ciutadella de Menorca, jaleados por la gente que los rodea (es caragol des Born). Esta imagen imborrable para quienes la han vivido o la han visto como espectadores está asociada a fiesta, alegría y jolgorio. Desde el punto de vista expresivo, una de las demostraciones más significativas de alegría es la de dar saltos («exultar») y es precisamente la que podemos hallar de forma más clara entre los animales: estos no ríen, ni se abrazan, ni bailan en coro; pero trotan o retozan por el campo, manifestando su vitalidad. En estas condiciones no es muy claro que se pueda hablar de alegría en los animales, pero sí de que están vitalmente contentos o satisfechos, y que esta vitalidad se muestra con manifestaciones de brío, agilidad, fuerza o bravura. En los seres humanos la alegría se manifiesta con un despliegue expresivo mucho más rico que implica el rostro, los movimientos y posturas corporales, cantos, ritos sociales e infinidad de acciones individuales o colectivas. Entre las expresiones faciales hemos de señalar la activación de los músculos de la cara (cigomático, risorio, etc.), que se traduce en una amplia sonrisa, que a veces deriva en estentóreas carcajadas. Una apertura máxima de la boca posibilita, a su vez, emitir gritos o voces animosas, o incluso cánticos más o menos espontáneos. El canto y la música constituyen, sin duda, uno de los vehículos expresivos más elaborados de la alegría. Permiten canalizar la emoción a través del canto individual o colectivo, de la resonancia de los instrumentos o de la conjunción de todos ellos. La Oda a la alegría del poeta Friedrich von Schiller, musicalizada por Ludwig van Beethoven, como colofón de su última sinfonía, se ha convertido en el himno europeo, que invita a la hermandad universalcon estos versos: Gozosos, como los astros que recorren / los grandiosos espacios celestes, / transitad, hermanos, por vuestro camino, alegremente, / como el héroe hacia la victoria. / ¡Abrazaos, criaturas innumerables! / ¡Que ese abrazo alcance al mundo entero! La victoria, como dice el poema de Schiller, es uno de los grandes momentos de alegría para el ser humano. En Roma se alzaban arcos majestuosos para celebrar las grandes victorias militares y el pueblo acudía a aclamar a sus héroes, cubiertos con coronas de laurel, en medio de manifestaciones de entusiasmo. En Jerusalén también Jesucristo fue recibido con aclamaciones del pueblo que agitaba ramos de olivo cuando llegó para celebrar la Pascua, aunque terminó coronado de espinas y clavado en una cruz. Nuestras pantallas de televisión reproducen constantemente imágenes de celebraciones de goles, de ligas, de campeonatos de cualquier género, ciclismo, natación sincronizada, automovilismo o de infinidad de concursos en los que el equipo, deportista o concursante vencedor demuestra de forma estentórea su alegría con saltos, cantos y abrazos en medio de gritos y aplausos entusiastas del público. En efecto, no solo la alegría se expresa en el rostro con sonrisas, gritos y cantos. También le acompaña una particular apertura y brillo de los ojos y una gestualidad abiertamente expansiva: los brazos en alto en forma de «V», que es el signo de la victoria, y las manos extendidas o los brazos en ángulo a media altura con los puños cerrados con una ligera agitación en demostración de fuerza; la postura del tronco erguida, el pecho hinchado, las piernas ligeramente separadas para permitir la estabilidad del cuerpo, como potentes columnas que lo sostienen firmemente en el suelo. El corazón late más acompasado y todo el cuerpo se activa motóricamente, dando saltos de alegría o gritos de júbilo. La combinación de música y movimiento da lugar a la danza o baile que, en sus múltiples modalidades culturales y géneros compositivos, constituyen igualmente una manifestación individual o colectiva de alegría. Es prácticamente imposible bailar un claqué, la danza del vientre o saltar siguiendo los compases de una sardana estando triste o enfadado. Existen, sin duda, formas de canto y danza para expresar la tristeza o el enfado, pero aun así estas suelen arrancar los aplausos del público que expresa de este modo su contento o satisfacción por la ejecución. Así mismo, la danza puede expresar la alegría con claras manifestaciones de fuerza (danzas cosacas) o de agilidad (ballet), en forma individual (jota), de pareja (vals, bolero, tango) o colectiva (sardana). Otro de los grandes contextos en los que se suele dar expresión a la alegría son los banquetes o comilonas festivas, ya sean de tipo familiar o social. La comida y bebida son dos grandes restauradores del organismo y, en consecuencia, contribuyen a su bienestar general, dando origen a un estado eufórico, puesto de manifiesto en animadas conversaciones, a veces subidas de tono y abiertas a muchos finales posibles: chistes, cantos, bailes, pero también, no tan raramente, a peleas familiares. Las fiestas populares, como los sanfermines, acostumbran a mezclar música, baile, espectáculos, comida, rúas callejeras, lanzamiento de caramelos y, a veces, aunque no esté previsto, también sexo, no siempre de forma consentida. Esta mezcla es característica de la mayoría de celebraciones tanto familiares como sociales, incluidas las religiosas que dan paso como mínimo a copiosas comidas en honor del santo patrón o incluso del difunto, en el caso de un entierro. Muchas festividades del calendario litúrgico se caracterizan por sus dulces propios, como los turrones por Navidad, el roscón de Reyes o la mona de Pascua. Las interacciones sexuales suponen para los seres humanos una garantía para la continuidad de la especie. Por eso, al igual que sucede con la comida, el sexo es fuente de placer, aunque lamentablemente lo pueda ser también de abuso y sufrimiento. El amor erótico, que tiene su fundamento en la atracción sexual, es uno de los grandes catalizadores de la alegría, o tal vez cabría decir de la euforia. Las muestras fusionales entre enamorados, los reencuentros, la espera ilusionada, las veladas pasadas juntos al atardecer o los sueños compartidos en el lecho del amor constituyen experiencias rayanas con el éxtasis, como punto culminante de la alegría. En definitiva, la alegría es un canto a la vitalidad, que se expresa de forma espontánea a través de la expansión corporal, como los saltos del caballo manifiestan su brío y fortaleza. Este es el sentido de la emoción en su esencia más básica, la celebración de la vida y de todo cuanto contribuye a su aumento y continuidad. Aunque el león no sonría ni entone cantos de alegría, la elevación de su cola después de dar caza a su presa es una muestra de vitalidad y satisfacción, como el retiro hacia su madriguera con la cola entre las patas, después de una cacería fracasada, lo es de su abatimiento, aunque estas manifestaciones no puedan relacionarse propiamente con la alegría o la tristeza, sino solo por analogía. 2. Naturaleza y función de la alegría Hemos visto en el capítulo introductorio que las emociones estaban organizadas en torno a la supervivencia del organismo y que en este sentido respondían en función de las situaciones que representaban una pérdida o una ganancia, una amenaza o un obstáculo más o menos inmediato para la misma. En nuestro caso la alegría es la respuesta emocional que corresponde a una ganancia y puede ser definida como: «exaltación experimentada frente al reconocimiento de una ganancia». Las definiciones al uso suelen destacar su aspecto positivo en relación a la atenuación de un malestar, la consecución de alguna meta u objetivo deseado, o en relación a experiencias estéticas. Entre sus efectos beneficiosos señalan, por ejemplo, el aspecto lúdico en el sentido amplio de la palabra, que invita a empujar los límites, a ser creativo (Frijda, 1986), lo que permite el desarrollo y el entrenamiento de habilidades físicas (fuerza, resistencia, precisión), de habilidades psicológicas e intelectuales (comprensión de normas, memoria, autocontrol) y de habilidades sociales necesarias para el establecimiento de relaciones vinculares. Subrayan igualmente su breve duración, aunque pueda experimentarse con mayor o menor intensidad, por ejemplo en la llamada alegría hilarante que cursa con sonrisas, risas o carcajadas. Algunas situaciones cómicas, las cosquillas, la transgresión de normas o tabúes se encuentran entre sus desencadenantes. Desde el punto de vista fisiológico la risa conlleva una descarga dopamínica que refuerza el circuito del placer, particularmente notoria en la risa. Sin olvidar que también podemos llorar de alegría. La palabra alegría, sobre todo en su forma adjetival «alegre», se ha aplicado también de forma extensiva a otras condiciones: del borracho se dice: «este ya va alegre», a la persona de costumbres licenciosas se le atribuye «vida alegre», o al conductor de comportamientos irresponsables al volante se lo acusa de «conducción alegre». La emoción de la alegría puede responder a una sensación de alivio si proviene de la liberación de un dolor, incomodidad o situación penosa o a la constatación de una ganancia que se suma al acopio de bienes ya disponibles o a una anticipación de su próxima o inmediata adquisición. La alegría supone la celebración de todo aquello que de manera directa, como la obtención de comida o el nacimiento de un hijo, o indirecta, como la consecución de un éxito social o la adquisición de bienes materiales, o la superación de una prueba médica, pueda contribuir a asegurar la supervivencia o a mejorar las condiciones, tanto físicas o materiales, como sociales. Esta celebración refuerza las experiencias gratificantes derivadas directamente de la obtención de los bienes que satisfacen nuestras necesidades. Al mismo tiempo tiene un efecto contagioso por el que se tiende a compartir con los demásy a expandir el ejemplo entre ellos. La alegría, aunque muchas veces se produce en el ámbito de una ganancia individual, necesita compartirse para poderla celebrar. Un ejemplo llamativo al respecto lo constituye la escena repetida año tras año de la celebración del «gordo de Navidad», que reúne a beneficiados y convecinos en el descorche de una botella de cava. La alegría expresada actúa como un elemento de cohesión tanto a nivel familiar o de pareja como grupal o social, lo que tiene sus claras repercusiones en el mundo de las relaciones íntimas e interpersonales, en las corporaciones empresariales, en las asociaciones y hasta en las agrupaciones políticas. Nos podemos alegrar, igualmente, por el éxito o logros de los demás, alegría vicaria, sobre todo si nos une con ellos algún tipo de relación afectiva: pareja, hijos, amigos, colegas de profesión, colectivo de pertenencia o grupos o personas humanas con las que nos sintamos solidarios. Desgraciadamente existe también una forma de alegría perversa, la llamada con el término alemán Schadenfreude que designa el sentimiento de alegría o satisfacción generado por el sufrimiento, infelicidad o humillación de otro. La palabra «regodeo» puede traducir en parte este concepto, definido por la Real Academia Española como: «Complacerse maliciosamente con un percance, apuro, etc., que le ocurre a otra persona». En este caso la intensidad de la emoción estará determinada por el grado en que el acontecimiento afecta negativamente al otro, el juicio vindicativo que lo acompaña («se lo ha ganado») y la enemistad que lo motiva. Las ganancias que podemos obtener los humanos, después de miles de años de historia, van mucho más allá de la satisfacción que podían experimentar nuestros antepasados por una pieza de caza, conseguida después de varias horas de espera o de una larga persecución, y afecta a todo tipo de bienes que puedan contribuir al bienestar humano. Según ponemos de relieve en el siguiente cuadro estos bienes pueden ser de distinta naturaleza, así como el modo de alcanzarlos: 2.1. Bienes de carácter material o físico Son los bienes necesarios para la subsistencia: comida, cobijo, ropa, aquello que sirve para cubrir las necesidades básicas (Maslow, 1954). Basta ver la cara de contento que ponen muchos de los emigrantes cuando después de un largo y doloroso camino de meses y años consiguen por sí mismos llegar a las costas europeas para entender la importancia que pueden revestir estos elementos primarios para nuestro bienestar y la alegría que proporciona su consecución cuando escasean. De ahí el valor diferente que le dan a los bienes básicos las generaciones que han vivido la escasez en relación a las que han nacido en la abundancia. Cubiertas las necesidades básicas, aparece el deseo de lujos y comodidades que se satisface con joyas y complementos, áticos en la ciudad y mansiones en el campo, coches, embarcaciones y hasta aviones privados. El problema que surge a propósito de los bienes materiales superfluos es que, a diferencia de los básicos, no se regulan homeostáticamente, sino que los motiva el deseo, que por definición es insaciable y raíz de todos los pecados capitales, como la codicia, la lujuria o la gula, a los que hemos dedicado recientemente una mirada psicológica (Villegas, 2018a). Finalmente el dinero, como moneda de cambio polivalente, que permite el acceso a todo tipo de bienes, se convierte en fuente de satisfacción, independientemente del modo en que se obtenga. A Jordan Belfort, conocido como el «lobo de Wall Street», no le importaba demasiado el origen de los ríos de dinero que inundaban sus cuentas. Para él significaban, simplemente, la posibilidad de gozar sin límite de todos los placeres a su alcance (Villegas, 2018a): sexo, drogas y diversión acompañaban a sus negocios de forma invariable. Tres cosas hay en la vida, dice la canción, «salud, dinero y amor», que aunque no den la felicidad, pueden contribuir a ella. 2.2. Bienes de carácter social Como «no solo de pan vive el hombre», los bienes de carácter social también constituyen una fuente de satisfacción para el ser humano. Entre ellos podemos señalar la fama o el reconocimiento público, en el ámbito que sea y obtenido de la forma que sea. «Para quienes viven en y de las redes sociales, el número creciente de likes en Facebook o el de seguidores de un blog o de fans en Instagram pueden ser el equivalente al premio Nobel». Incluso alguno de los influencers más famosos se ha tenido que tomar unas vacaciones para no morir de éxito. El adjetivo «famoso», de fama, deriva de un verbo latino, fari, que significa «decir». La fama es aquello que se dice de alguien. Tener una buena reputación por el motivo o en el campo que sea, científico, deportivo, empresarial o en el mundo del espectáculo otorga a la persona una presencia social que supone una modalidad de existencia, más allá de la física, que para muchos satisface una ambición de trascendencia mundana. Las amistades o relaciones sociales suelen ser también una fuente de satisfacción. Si son reales, y no solo virtuales, conllevan la presencia y el contacto físico más o menos íntimo, lo cual ejerce un efecto balsámico y tranquilizador para el cuerpo y la mente. Aportan consuelo en las penas y apoyo en las dificultades vitales. Constatan que no estamos solos y que existe una red de solidaridad que nos permite avanzar acompañados por la vida. Se supone que en la familia estos lazos de solidaridad son habitualmente más estables, aunque existan muchas excepciones que confirman la regla. Así los encuentros amistosos o los reencuentros familiares suelen ser fuente de alegría, de los que se aprovecha la publicidad para vendernos turrones en Navidad o vacaciones en verano. 2.3. Bienes de carácter simbólico, personal o proyectual La adquisición de bienes de carácter simbólico, personal o proyectual puede ser también fuente de alegría. Encontrar objetos cargados de valor simbólico que se consideraban perdidos, superar completamente una enfermedad, acordar la fecha de una boda, obtener el reconocimiento pleno de inocencia después de un proceso judicial, conseguir unos fondos públicos para llevar a cabo un proyecto de investigación, ver finalmente publicado un libro que ha supuesto un gran esfuerzo, alcanzar un ascenso laboral o profesional y un casi infinito etcétera, de acuerdo a las expectativas de cada uno, podría llenar este apartado. Entre esta clase de bienes podemos señalar las ganancias morales en forma de resarcimiento o reparación de los daños o pérdidas, sobre todo respecto a la libertad, fama, honorabilidad, prestigio, reputación o buen nombre en cualquier campo social, personal o profesional. Las ganancias de este tipo suelen repercutir en un aumento de la propia valoración o estima narcisista (Villegas y Mallor, 2015), que se considera un efecto también habitual de la alegría. Todas estas ganancias se pueden considerar por la vía aditiva, como adquisiciones que vienen a sumarse a los bienes ya existentes y que acostumbran a activar las manifestaciones de alegría del sistema simpático, más bien ruidosas y movidas. Pero, a veces, la ganancia se consigue por la vía sustractiva, eliminando aquellos estímulos que propiamente constituyen un estorbo o una amenaza, dando lugar a la experiencia de una liberación, por ejemplo, al superar una enfermedad, dolor o impedimento físico, al conseguir la libertad en una situación de reclusión, al abandonar la carrera desenfrenada de corredor de bolsa (Polk, 2016) o al romper una relación de dependencia, maltrato o abuso. O se obtiene aumentando la tranquilidad al alejarnos del bullicio ciudadano, se tome este en sentido físico o social, tal como ya proclamaba Horacio en su famosa oda Beatus ille, tema retomado posteriormente por Fray Luís de León en su «oda a la vida retirada» que inicia con los versos: Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido / y sigue la escondida / senda por donde han ido, / los pocos sabios que en el mundo han sido. En estos y otroscasos no se puede hablar tal vez de emoción, sino más bien de un estado de placidez, serenidad, sosiego o beatitud. 3. La familia de la alegría Los conceptos asociados a la alegría hacen referencia a su variada naturaleza, a su diversidad de origen, a las diferentes modalidades vivenciales con que se experimenta, o a los distintos grados de intensidad con que se expresa, la cual puede ir desde la sonrisa serena a la exaltación entusiasta. En relación a su origen se alude con frecuencia al factor suerte. La palabra happiness en inglés deriva de hap que significa suerte o fortuna. En francés la palabra bonheur, contrapuesta a malheur, hace referencia al kairos o momento propicio (la buena hora) en que sucede alguna cosa. Es evidente que causan alegría aquellas circunstancias azarosas que traen bienestar o ganancias. En este contexto tenemos diversas palabras como «buena suerte», «dicha», «fortuna» o «buenaventura». Sin embargo, suelen ser motivo de mayor alegría aquellos bienes que son el resultado del esfuerzo o el trabajo o la propia iniciativa: éxito, culminación, logro. Las formas a través de las cuales se manifiesta la alegría difieren en cuanto a su intensidad que puede ir desde una apacible sonrisa, acompañada de gestualidad expansiva, pero controlada, a manifestaciones explosivas de euforia. Las formas reverenciales con que el pianista virtuoso responde a las aclamaciones entusiastas del público se aproximan más al reconocimiento y al agradecimiento que a la exaltación triunfal, aunque con frecuencia la intervención del director de la orquesta levantando el brazo del solista viene a transformarlas en proclama exitosa. Naturalmente el contexto puede cambiar radicalmente las formas expresivas si el aclamado es el guitarrista de un concierto de rock. En un campo de fútbol las demostraciones de alegría suelen ser mucho más extremas, rayanas incluso en ocasiones con la agresividad, que pueden prolongarse en las calles con celebraciones tumultuosas o bulliciosas, según la categoría del título celebrado. Si tomamos como referente el tempo musical expresado con el término italiano allegro, podemos distinguir variedades de velocidad en la ejecución que irían desde el allegretto, allegro ma non troppo, allegro, allegro assai, vivace, molto vivace, etc. Es significativo que la música haya captado la analogía de la alegría y la vivacidad para expresar su tempo de ejecución o bien su intensidad con términos como pianissimo, piano, mezzo piano, mezzo forte, forte, fortissimo. Siguiendo esta analogía con tempo y dinámica musicales podríamos encontrar una graduación entre las expresiones de alegría, en relación a su fuerza e intensidad, como una diferencia de activación entre el sistema parasimpático, por ejemplo, relajación, bienestar y el sistema simpático. Este es mucho más activo en las manifestaciones de alegría como saltos, gritos de júbilo, cantos, que pueden expresarse con estos términos: «entusiasmo», «euforia», «exultación», «exaltación», «éxtasis» y hasta «manía». Algunas de estas experiencias suceden en el ámbito personal o íntimo, pero la mayoría de ellas suelen desembocar en manifestaciones públicas en la medida que se consideran compartidas, como la celebración de algún título deportivo o de alguna festividad popular, dando origen a la aparición en el lenguaje de términos como «alborozo», «fiesta», «jarana», «juerga», «jolgorio», «algazara» para describir las muestras de alegría colectiva. La vivencia íntima o personal de ganancias subjetivas puede producir placer, disfrute, fruición, deleite o delectación, sobre todo si se trata de bienes de tipo sensorial o estético: manjares, baños, masajes, paseos, viajes, paisajes, conciertos y exposiciones. Los espectáculos, los juegos, la práctica deportiva, las competiciones de cualquier tipo y hasta las guerras festivas entre moros y cristianos, o las batallas de tomates o bolas de nieve suelen generar más bien diversión, bienestar, gozo, satisfacción, contento. Todas estas manifestaciones de alegría son temporales y, en general, de breve duración, como todas las emociones. «No hay mal ni bien que cien años duren». Precisamente por su brevedad muchas consignas hedonistas invitan a disfrutar de los goces terrenales, momento a momento, mientras duren: el famoso carpe diem horaciano de la Oda número 11 continúa con estas palabras: quam minimum credula postero (puesto que no te puedes fiar del día siguiente). De una constatación parecida surge la exhortación Gaudeamus igitur con la que hemos encabezado el presente capítulo y que pertenece al himno adoptado por los universitarios de medio mundo, escrito en el latín medieval del siglo XIII, que lleva por título De brevitate vitae. La continuación del estribillo inicial Gaudeamus igitur, reza así: «iuvenes dum sumus. Post iucundam iuventutem, post molestam senectutem, nos habebit humus» (Alegrémonos, pues, mientras somos jóvenes; ya que tras la divertida juventud y la incómoda vejez, nos acogerá la tierra). La alegría se vivencia como una experiencia positiva, placentera y reforzante, que facilita el bienestar personal y social compartido. Favorece la interacción de carácter amistoso e inhibe el comportamiento hostil de los demás hacia nosotros. Predispone a la colaboración y prestación de ayuda, al menos momentáneamente. Es un buen linimento para las relaciones íntimas, familiares, amistosas o de pareja. Una sonrisa jovial y franca abre más puertas que los aldabonazos de la policía a media noche sobre un portón. Como afirma el refrán catalán, que el autor de estas líneas había oído repetir innumerables veces a su madre: Pot mes una gota de mel, que cent de fel (puede más una gota de miel, que ciento de hiel). Su carácter transitorio, sin embargo, suele dar origen a un cierto grado de insatisfacción, que puede compensarse anticipando nuevas o futuras ganancias posibles, lo que da pie a mantener la esperanza, generar ilusión, aumentar el deseo y fomentar el interés o, en el polo opuesto, a vivir del pasado evocando «viejas glorias». Pero en el fondo late la expectativa permanente de alcanzar un estado de plenitud que no se halle sometido a los vaivenes emocionales de la alegría, sino que nos asegure el goce en plenitud. Para el hinduismo y sus derivados, como el budismo, este es el estado de nirvana. Para las religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo, islamismo, esta aspiración remite al paraíso original o al celestial. Para la filosofía griega el bienestar permanente era fruto de una virtud, la eudaimonía. Para la sociedad occidental actual, empeñada en suprimir el dolor, la vejez y la enfermedad, acostumbrada a todas las comodidades, obsesionada por alcanzar la propia realización y la satisfacción de todos los caprichos y deseos bajo la «ley de la atracción universal» (Byrne, 2007), se trata de «felicidad». 4. La felicidad La felicidad no es una emoción. Una emoción sería, como hemos venido diciendo hasta ahora, la alegría, pero no la felicidad. Tampoco es un sentimiento. La felicidad es un estado, una condición. Incluso se puede hablar de la «felicidad eterna»; si fuese una emoción no podría ser eterna. Por su naturaleza es un estado que dura, aunque no necesariamente perdura, en el tiempo, de lo contrario no sería felicidad, podría ser ilusión o entusiasmo. Puede ser que dure en el tiempo porque uno proyecte que durará. Por ejemplo, todos los cuentos de príncipes y princesas terminan con el estribillo «y fueron felices y comieron perdices». Se considera el matrimonio como un estado definitivo de beatitud en el que uno está bien, y ya no se hable más. Pero no hay ninguna condición, ni la de casado ni la de soltero (célibe significa que goza de «vida celestial») que asegure la felicidad permanente por sí misma. El Diccionario de la Real Academia Española define la felicidad, en la primera acepción del término, como un «estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien» o como un «estado de grata satisfacción espiritual y física». Mientras que el Oxford Dictionarydefine la felicidad (happiness) como «el estado del ser feliz» y el sustantivo feliz (happy) como «el sentimiento o muestra de placer o satisfacción». Como se ve, no parece un concepto fácil de definir, si no es de una forma más bien vaga o aproximativa y condicionada a la concepción filosófica subyacente: hedonista, ética, utilitarista, etc. La felicidad es un concepto que responde a una valoración subjetiva. Las personas dicen «sentirse felices o infelices» pero no pueden decir con propiedad que lo «son». No existe una medida objetiva para ello, a pesar de que algunos (Punset, 2005) se hayan atrevido a proponer una fórmula matemática para la felicidad. A lo mejor mis ondas cerebrales están serenas y tranquilas, pero yo me siento aburrido como una ostra. Algunas personas cuando se sienten felices se incomodan al ver que su vida está «apalancada», sin hacer algo interesante, comenta Gustavo Bueno (2005) citando a Nussbaum (2001), junto a otras citas como la de Goethe: «Nada más insoportable que varios días seguidos de felicidad», o la de Bernard Shaw: «No hay nada más fastidioso que una serie de días felices, no se los deseo ni a mi peor enemigo». De modo que las sociedades que proclaman en su constitución la aspiración a la felicidad de sus súbditos, como Bután, que creó el índice de la Felicidad Interna Bruta (FIB), o los partidos políticos que pretenden medirla o fomentarla, están vendiendo humo. Probablemente porque confunden felicidad con bienestar. Sin duda se puede hacer políticas dirigidas a aumentar las condiciones de confort o bienestar, pero no la felicidad de los ciudadanos, los cuales, a lo mejor, terminan por suicidarse. La redacción original de la Constitución de Estados Unidos, de 1776, atribuida a Benjamin Franklin, decía así: Sostenemos por sí mismas como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. En su autobiografía, Franklin asegura que el camino a una vida productiva llena de felicidad y de éxito se alcanza cuando logramos que nuestras acciones sean afines con nuestros valores y principios. La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que suelen ocurrir poco, sino con pequeñas cosas que pasan todos los días. Franklin buscaba cultivar su carácter mediante un plan de trece virtudes, que desarrolló cuando tenía veinte años: templanza, orden, resolución, frugalidad, silencio, diligencia, sinceridad, justicia, moderación, limpieza, tranquilidad, castidad y humildad, aunque, según su propia confesión, no las practicaba todas al mismo tiempo. Para la filosofía griega, particularmente para Aristóteles, la felicidad (eudaimonía) se consigue con el ejercicio de la virtud. Se trata, en definitiva, de entender la felicidad como la realización de la acción propia del hombre de acuerdo a la virtud: un proceso de cultivo del propio ser a través del aprendizaje teórico y práctico. En algunas culturas la felicidad es un estado que requiere una condición trascendental, por ejemplo, el nirvana, el cielo o el paraíso. Se considera que la felicidad no es un estado propio de la vida terrena, sino propio de una vida superior o trascendental, independientemente de la creencia que haya detrás, nirvana, paraíso, felicidad eterna, beatitud. Por el contrario, se piensa que hemos venido a este mundo a «sufrir» o a «ganarnos el cielo». ¿Qué clase de estado es la felicidad? La felicidad se puede definir de una manera positiva y de una manera negativa; es decir, por lo que es y por lo que no es. Fundamentalmente lo que no es la felicidad es «perturbación», estado alterado de la mente. Por ejemplo si una persona está agitada, preocupada, exaltada, eufórica, maníaca, eso no es felicidad. Ni que esté muy arriba ni que esté muy abajo: son estados contrarios a la felicidad, porque la felicidad no es un estado de perturbación, sino de paz, de serenidad, de tranquilidad, de quietud. La felicidad corresponde a un estado de equilibrio cerebral. Nuestro cerebro está hecho para el equilibrio mental. El cerebro humano no soporta bien las alteraciones constantes, está mejor en un estado de ondulación poco alterada. Las emociones, en cambio, son todas desestabilizadoras. Su funcionamiento es comparable al de las olas del mar. Cuando el mar está en calma, está quieto o presenta pequeñas ondulaciones. Por el contrario, cuando está agitado («emocionado»), las olas suben en la fase de flujo, y bajan en la fase de reflujo, porque esta es la manera en la que el mar se equilibra, por compensación. La mente humana procede de forma similar. Un efecto paradigmático de este desequilibrio lo ejemplifica el trastorno maníaco-depresivo en el que a la fase de exaltación sucede la de depresión. En lugar de mantenerse en un estado medio (in medio consistit virtus) sus ondulaciones trazan picos alternativamente opuestos, impidiendo un comportamiento atemperado o equilibrado, lo que explica sus vaivenes emocionales y sus cambios de humor imprevisibles. 4.1. Lo que no es la felicidad La felicidad no es pues agitación. Muchas personas confunden la felicidad con un estado constante de euforia o estimulación. Para ellas la felicidad es sinónimo de pasárselo bien, de divertirse, de alcanzar placer. La entienden como una activación continua del sistema «simpático». De ahí que busquen constantemente motivos de excitación o exaltación. Dos experiencias humanas son particularmente euforizantes: el sexo y las drogas; ambas conllevan la segregación de neurohormonas gratificantes. La pretensión de mantener de modo continuado sus efectos lleva a la búsqueda incesante de sus fuentes de satisfacción como camino a la felicidad. El enamoramiento y las adicciones nos permiten comprender los supuestos en que se basa esta confusión, en la medida en que remiten a experiencias de placer y euforia. 4.1.1. Enamoramiento La naturaleza dotó a los animales de dispositivos para la supervivencia del individuo y de la especie, articulados en dos sistemas diferenciados, el digestivo y el reproductor. Ambos precisan de órganos de contacto con el mundo exterior, del que extraen sus fuentes nutritivas o fecundantes. Y es en estos puntos de contacto, la boca y los genitales, donde la naturaleza ha previsto el refuerzo del placer. A estas zonas de contacto placentero se las ha llamado zonas erógenas, precisamente por su capacidad de experimentar placer. En los párrafos anteriores ya hemos hablado abundantemente del papel que desempeña la comida como proveedora de bienestar y motivo de alegría. Hemos aludido igualmente a la contribución del sexo como garante de la continuidad de la especie, lo que constituye, sin duda, una ganancia para ella. El encuentro sexual, sin embargo, no sucede sin más. Se halla inscrito en un contexto más amplio que llamamos atracción sexual, que lleva a la formación de la pareja, o al apareamiento, aunque solo sea puntual. Esta atracción sexual puede dar lugar al enamoramiento, que es una atracción sostenida durante un periodo de tiempo más o menos largo y es vivida como un estado de alta emocionalidad. El enamoramiento es exaltación. No es felicidad, es euforia. Uno se lo imagina como felicidad, porque lo proyecta como un estado permanente. Pero como no tiene mucho de permanente, aparece luego la desilusión. Existen básicamente dos tipos de enamoramiento, el erótico y el romántico. El primero podría considerarse un amor a flor de piel, en base al atractivo sexual caracterizado por la dimensión sensual. El segundo, más sentimental, puede entenderse como un atractivo idealizado de belleza física y personal. Ambos tienen un trasfondo narcisístico, en que uno ve lo mejor de sí mismo reflejado en el otro de forma irresistible. Amor erótico Teresa nos cuenta en un brillante ejercicio literario su autobiografía como una búsqueda insaciable de amor físico, como complemento ontológico para un ser carente de sustancia propia. Esta búsquedase pone de manifiesto en las innumerables relaciones más o menos formales que ha tenido a lo largo de su vida con novios o novietes, o a través de encuentros furtivos de una noche. Pero donde se muestra en toda su intensidad es en relación a un amor lésbico entre ella y Marcela, una mujer adivina, echadora de cartas, que conoció en Italia y a cuyo propósito escribe: Se llamaba Marcela y no sé cómo sucedió. El caso es que tras haberla visto un par de veces comprendí que me había enamorado de ella. Al principio me sorprendí mucho de aquel sentimiento tan inesperado. Sin embargo, era tan diáfano, tan bello, tan alegre que por primera vez en mi vida me sentí fuerte y segura de mí misma. Marcela era dulce y suave en la cama, celosa y tiránica en cualquier otra situación. Acariciarla, amarla lentamente era acariciarme, amarme a mí misma fuera de mí misma, porque a través de su cuerpo, convertido en trasunto del mío, yo me congraciaba con algo tan insospechado como hermoso, algo que no tiene nombre y que en aquella época descubrí que habitaba en mí o que sencillamente era yo. Quiero decir que en algún sentido ella era mi doble, y que el deseo, pasión y la ternura que yo le ofrecía acababan retornando a mí como el rayo de luz que se proyecta en un espejo. De esta forma durante algunos meses y, gracias a Marcela, la relación conmigo misma adquirió una profundidad plácida, que yo no había conocido hasta entonces. Pero el influjo reconfortante de este amor residía y se propagaba únicamente en y desde la piel de Marcela; o a lo sumo tal vez emanaba de la reacción química que tenía lugar cuando su piel y la mía entraban en contacto. Porque si el entendimiento de nuestros cuerpos resultaba inmediato y completo, en cuanto hubieron transcurrido las primeras semanas de ensimismado ardor, la convivencia entre nosotras comenzó a convertirse en un infierno sutil que, como un cáncer, comenzaba a progresar imparablemente, contaminando y destruyendo insidiosamente los más pequeños resquicios de nuestros vínculos… A mediados de agosto, durante un viaje me di cuenta de que nuestra relación estaba si no muerta, finiquitada, y que nuestra única opción era separarnos. Fue en Grecia: nuestras guerras domésticas hirieron de manera irremediable la hasta entonces prodigiosa armonía de los cuerpos, e incluso ese descalabro casi póstumo sirvió para revelarme una faceta de mí misma a la que hasta entonces no había concedido la importancia que de hecho tiene: me resulta insoportable la soledad de la piel. Amor romántico Atenea, sobrenombre de Maricel Palau, a quien hemos dedicado otros espacios en escritos anteriores (Villegas, 1995; Palau, 2003), se presenta a terapia por una sintomatología agorafóbica, en el contexto de una relación de pareja totalmente dependiente, cuestionándose la continuidad o no de la misma. Esta dependencia afectiva no se ha generado en su actual relación de pareja, sino que tiene orígenes familiares, particularmente en relación al padre, como hemos referido en el capítulo anterior, al hablar de la agorafobia. Al planteársele qué necesitaría para salir de su actual enclaustramiento a través de la metáfora de «florecer», alude a sus experiencias amorosas en el pasado. ATENEA: Y ¿qué tengo que hacer? TERAPEUTA: Pues llegar a florecer; no tener vergüenza de florecer. Te da miedo florecer. A.: Es que florecer significa irme de mi casa y no saber nada de ellos y tener un poco más de dinero para comprarme lo que yo quisiera y enamorarme. Poder decidir yo; porque siempre se me han enamorado y siempre me he quedado con los que se han enamorado de mí. Que resulta que yo no he ido casi nunca con alguien de quien me haya enamorado yo... Decidir yo... Hace unos años tuve un amor. No fue un gran amor, pero sí, posiblemente, el más bello que nunca he tenido. Duró solo un mes y medio. No había en él ni suciedad ni tristeza. Era todo ternura... Tal vez fue la única ocasión en que no he querido ser distinta a la que era... Y nada me daba miedo. Era yo vestida de rosa, calzada de rosa, con el monedero rosa, como seguramente me recuerda él... Era la más grande del mundo, la más feliz del mundo. Cualquier lugar podía ser mi casa, porque mi casa era yo misma. Yo era mi protección, mi alegría, mi felicidad. Él admiraba mi vitalidad, mi optimismo, mi sentido del humor. Estaba tan convencida entonces, me sabía tan joven, tan guapa, tan querida... Y sobre todo tan libre para escoger... Entonces era la alegría y la libertad. Ahora me siento en una jaula, desilusionada y mortecina... Dios mío, ¿qué estoy haciendo con mi vida? No soy quien quiero ser, no hago lo que quiero hacer... Me siento ridícula, fea y tonta por intentar ganarme la aceptación de los demás. Sería más fácil seguir la corriente, hacer como hizo mi madre, volverme esclava, sumisa, callada; no replicar, prostituyéndome por unas miserables migajas de aceptación. Pero no caeré en este juego: defenderé mis derechos, marcaré mi terreno, aunque ello conlleve enfrentamientos y falta de aceptación. 4.1.2. Paraísos artificiales: las adicciones Las conductas adictivas se caracterizan por su carácter reiterativo e impulsivo. Se trata de conductas que en su origen pueden estar relacionadas con una producción más o menos intensa de placer, motivación hedonista, pero que acaban invirtiendo su signo para pasar a reducir el propio malestar producido por su excesivo consumo. De este modo puede decirse que una conducta normal, como comer, comprar o practicar sexo se convierte en adictiva cuando el objetivo de la conducta es más la reducción de un malestar (soledad, aburrimiento, sensación de vacío, liberación de tensiones, compensación narcisista, evasión, aturdimiento, etc.) que la obtención de placer. En este caso la reiteración de la conducta se debe al impulso insaciable de una motivación siempre insatisfecha. El protagonista de la película Don Jon, adicto al cibersexo, lo resume con estas palabras, todas ellas autorreferenciales, que le sirven de presentación: Hay pocas cosas en la vida que me importan de verdad. Mi cuerpo, mi casa, mi coche, mi familia, mi iglesia, mis colegas, mis chicas y mi porno. Sé que esto [el porno] suena raro, pero lo digo de verdad, nada me hace sentir igual, ni siquiera un chichi de verdad; de esos me sobran, ¿por qué creéis que mis colegas me llaman Don Jon? De todas las adicciones a las que nos podríamos referir (sustancias, juego, compras, sexo, etc.) nos limitamos a las toxicomanías o drogadicciones, por el poder destructivo evidente que tienen y su amplia presencia en nuestra sociedad. Las drogas pueden asumir distintas funciones, que hemos englobado, por razones de simplificación, bajo el concepto de motivación «hedonista». No queremos decir con ello que las personas que usan y abusan de drogas lo hagan únicamente por placer, las pueden usar igualmente con finalidades euforizantes, estimulantes, lúdicas, paliativas, anestésicas o estupefacientes. A veces la forma compulsiva de consumo, como puede observarse fácilmente en el caso del alcohol, no permite recrearse en el sabor o disfrutar del momento euforizante, sino que se orienta a calmar un estado de abstinencia o a paliar un estado de ansiedad, depresión o malestar, como si ejerciera la función de automedicación. Las personas adictas terminan por tomarlas como un recurso paliativo, como un reto o sustitutivo de la vida, que creen carece de sentido, puesto que ellos se excusan de otorgárselo. La «heroína» enamorada El testimonio que aportamos a continuación no necesita publicarse bajo seudónimo, puesto que la misma protagonista de la experiencia lo narra en primera persona, con nombre y apellidos en su libro autobiográfico, Aferrada a la vida (Valls, 2014): Después de un enamoramiento que me hizo mucho daño me encontré cara a cara a los veinte años con una droga, la heroína. Ahora tengo cincuenta años y empecé a salir del pozo a los cuarenta... Mientras tanto me he estado matando a jeringazos, yonqui desesperada, con el virus del sida y de la hepatitis C. Cometiendo hurtosatrevidos para subsistir con la heroína, todo por ella, entrando y saliendo de la prisión. Así se presenta Giovanna Valls Galfetti ya en las primeras páginas del libro. Con un estilo intimista y realista describe con todo detalle el calvario de su existencia a través de estos años, donde se mezclan la heroína y el amor: Un año antes de que sucediera esto me había enamorado de un hombre de forma tan intensa que cuando me abandonó me quedé confusa, rota, humillada. Y la heroína perfumó y aromatizó mis neuronas y supo llenar aquel vacío del desamor, de la derrota de mi propia autoestima. No fue el ambiente, ni la educación, ni mis padres, ni lo que me rodeaba lo que me destruyó. Fui una presa fácil y el sabor deleitable de la heroína en el paladar, que me atrapó de forma vertiginosa… Vivía cada vez más al límite y costó poco sucumbir al golpe de la cocaína… Con la cocaína lo perdí todo… A pesar de varios intentos por dejar la droga y de tratamientos infructuosos, incluso de pasar temporadas en la cárcel, porque «la prisión no sirve de nada cuando tú no quieres encontrar la salida», la historia se fue repitiendo años y años. Yo tomé la decisión, y a partir de aquel momento, la bajada a los infiernos la emprendí yo… La heroína, la cocaína, los ácidos, por la nariz, por la vena o fumadas… ¿Qué más da? La droga te domina totalmente. Tú ya no eres nadie, ni nada, eres un esclavo a merced de la droga. Era pura sumisión. Era sobrevivir y nada más... Pero si no hubiera encontrado las fuerzas para salirme por mí misma, no hubiera podido escribir esta historia, porque con la droga solo tú decides y haces una elección. Mi elección fue esta: vivir y no morir. 4.2. Lo que es la felicidad Las diferentes religiones o filosofías tienden a buscar el equilibrio, la paz, la tranquilidad, como forma de felicidad. Probablemente, y aun a riesgo de simplificar mucho, estoicos, hedonistas y epicúreos estarían de acuerdo en relacionar la felicidad con el bienestar y este con la ausencia de dolor. La diferencia estaría en acordar el método por el que se consigue eliminar el sufrimiento. Para unos podría conseguirse con la obtención de placeres (hedonistas), para otros con la evitación del dolor (epicúreos), para otros con la eliminación de sus causas (estoicos). Estos dos últimos coincidirían con las tradiciones orientales (budismo) que consideran la liberación del sufrimiento y la eliminación del deseo, las claves de la felicidad. La gran preocupación del buda Gautama fue la superación del sufrimiento que buscó por dos vías, el ascetismo y la sabiduría, el desprendimiento de lo superficial y la iluminación. En la tradición hinduista el concepto de nirvana significa «apagamiento», como el de una vela que se extingue y, en consecuencia, se entiende la felicidad como la extinción de toda perturbación, cuyo origen es el deseo. Los budas representan un estado de beatitud, de tranquilidad de la mente. La mente no está perturbada, está en la zona de ondas cerebrales de tranquilidad. Se han hecho estudios con sensores cerebrales que detectan la actividad encefalográfica de las personas que están en meditación, indicadores de estos estados de apaciguamiento. De este modo podemos concluir que la felicidad tendría dos caras, como una moneda: una cara caracterizada por la ausencia de perturbación («nada te turbe, nada te espante») y otra por la plena satisfacción («quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta»). En estos versos de Teresa de Jesús, redactados desde una perspectiva mística, se recogen a la perfección los dos elementos implicados en el concepto de felicidad: la ausencia de alteración emocional («nada te turbe»), y la plena satisfacción o sensación de plenitud («solo Dios basta»). Encontramos en la historia de Ana, paciente a la que hemos dedicado particular atención en anteriores escritos (Villegas, 2002), ambos aspectos: el proceso de liberación y la sensación de plenitud a lo largo de su terapia. 4.2.1. El proceso de liberación Ana, de 54 años de edad, se encuentra en un momento crítico, muy típico en la vida de muchas mujeres, atrapada entre dos generaciones, la de su madre, que ya va haciéndose mayor, y la de su hija, que pronto va a independizarse. Separada de su primer marido, el padre ausente de su hija, vive ahora con un hombre al que simplemente reconoce como «buena persona». Todas estas circunstancias terminan por ponerla en contacto con sus sentimientos de soledad. El ser humano nace solo y tiene que pasar por ahí solo y muere solo porque, por mucha compañía que tengas… Morir, muere uno solo. O sea, el trance de morir y nacer es solo, es único, pero que esto no quiere decir que tengas que ser egoísta. O sea, también hay una parte de convivir. Al encontrarme a mí misma, me he encontrado también con los demás; no me he aislado, no… Las experiencias que siguieron a un accidente doméstico, provocado por una caída de espaldas contra la grifería de la bañera, constituirán para Ana la ocasión para una atenta reflexión sobre sus actitudes y una redefinición de su posicionamiento en el mundo de las relaciones con los demás, convirtiéndose en una oportunidad para el aumento y profundización de su autonomía Estoy muy bien conmigo misma..., en casa..., en el trabajo... Cuando me caí, no lloré; pero era otro trasfondo. No lo podía comprender, pero después lo comprendí… Y pensé que es la decadencia... Ves que vas perdiendo facultades, vas perdiendo cosas que tenías muy asumidas, con mucha fortaleza. El ser humano en el fondo del fondo está solo. Eres tú quien pierdes, eres tú con tu vida que se va desgastando... Yo lo veía con «qué pena, qué pena». Tengo que aceptarlo, pero verdaderamente para mí es muy doloroso... La aceptación de la decadencia y el desprendimiento proporcionan la experiencia de la libertad radical: liberación de las pasiones, liberación de resentimientos, liberación de pretensiones, liberación de ansiedades y absoluta disponibilidad como resultado de la aceptación incondicional de sí misma: Tuve preguntas y respuestas; tuve de todo. Y después por la noche, tuve otro momento. Eso no fue un sueño. Fue aquel momento antes de dormir. Me veía un poco irreal. Y pensé: «pues me gustaría irme desprendiendo de cosas, por ejemplo, de la televisión; la radio no, la radio la quiero; me desprendería de las cortinas, me desprendería de la lámpara, me desprendería de esto y de lo otro». Y me iba serenando. Y después pensaba: lo que siempre tendría presente, lo que siempre quisiera tener es libertad. Y con esa libertad... ¿qué haría? Pues con esa libertad me movería, y acudiría a ayudar a mi hija, cuando le hiciera falta. Le dedicaría todo el tiempo que fuera necesario y me pidiera. Y después el día que ella me dijera «hoy no te necesito», ese día lo dedicaría plenamente a mí. Y no necesitaría ni más ni menos. Con eso sería feliz. [...] Y con ese pensamiento me vino una paz, que me quedé dormida. Y al día siguiente pensé: «¿Por qué me vino tanta paz?». Me vino la paz de que yo iba aceptando desprenderme de mi vida. Lo que en aquel momento me supuso tanta congoja, tanto daño, tanto dolor desprendiéndome de lo uno y de lo otro, en ese momento iba aceptando irme desprendiendo de mi vida; me iba preparando a una vida con menos cosas, y esa paz de aceptarme fue la que me tranquilizó. Y, a partir de ahí, he estado muy bien y me he encontrado muy bien. Parece que Ana está descubriendo a través de estas últimas experiencias la plenitud en la simplicidad de ser. Durante muchos años había vivido de fantasías románticas, que la mantenían alejada de la realidad: ANA: Lo que la vida no me daba, me lo daba la fantasía; porque cuando antes dije que todo eran palos, luego, yo soñaba. Yo decía: «a mí, me daréis todos los palos que queráis, pero yo tengo mi fantasía». Llegaba la noche y antes de dormir, soñaba despierta… Y yo vivía mi mundo y pensaba: «bueno, este mundo no hay quien me lo quite…». Cuando me hago adulta... estoy renunciando a todo eso. Mis sentimientos son los mismos, pero fantasíaya no hay. Y quiero ser adulta, porque veo que es cuando mejor me encuentro. Porque cuando soy adulta, soy muy feliz, estoy encontrando la felicidad ahí… TERAPEUTA: Bueno, la felicidad dejémosla, es mucho pedir...; digamos la satisfacción. A.: Bueno, la satisfacción, eso, eso. Estás a gusto haciendo lo que haces, sí, sí. La crisis de estas fantasías románticas, nunca realizadas, fue el tema que a sus 50 años trajo Ana a terapia. Finalmente el descubrimiento de su horizonte existencial en la libertad, entendida como autoposesión y disponibilidad para una vida real, responde a una experiencia íntima de conexión y liberación, que cuenta con estas palabras: A.: Después de hablar la semana pasada sobre el amor y las fantasías románticas, pues me encontré que yo misma me decía y se lo decía a mi marido: «no sé lo que me pasa, que no quepo en mí misma, que no quepo, que tengo que salir, que mi piel me está oprimiendo… que me tengo que ir». T.: Necesidad de expansión… A.: Y me fui. Y cada vez iba más deprisa. Y tan largo lo veía, que digo: «yo sé que voy a una meta». Y esa meta era mi libertad… Y veía que iba conectando mi espíritu con mi cuerpo, iba buscando un punto de conexión entre ellos. Se juntaban, y eran los dos que querían esa libertad, mi cuerpo y mi espíritu; y yo la iba alcanzando. Y cuando acabé cansada de andar, entonces volví a mi casa y me encontré muy bien, muy liberada, muy liberada. 4.2.2. La plenitud En latín, felicidad, de felix, al igual que laetus (de donde el nombre de Leticia), tienen que ver con «fertilidad», «fecundidad» «abundancia». Es decir: plenitud, creatividad, todo aquello que llena un vacío. Si etimológicamente es plenitud, quiere decir que no falta nada y tampoco sobra nada, está completa. De manera que la felicidad es una sensación de plenitud, esta plenitud es resultado de la proyección de sentido en la existencia. Y ¿cuál es el propósito de la vida?, se pregunta el Dalai Lama (2017): Desde el momento de su nacimiento, cada ser humano empieza a querer descubrir la felicidad y evitar el sufrimiento. La fuente de la felicidad está dentro de nosotros. No está en el dinero, no está en el poder, ni en el estatus. Algunos de mis amigos son millonarios, pero infelices. Poder y dinero fallan en traerte la paz interna. Por desgracia, la mayoría de las cosas que debilitan nuestra felicidad y alegría son creadas por nosotros. Usualmente vienen a partir de pensamientos negativos, nuestra reacción emocional o nuestra incapacidad de apreciar y utilizar los recursos que existen en nosotros. Somos los responsables de crear la mayor parte de nuestro sufrimiento y si lo podemos crear, también podemos crear alegría. Eso simplemente depende de actitudes, perspectivas, la reacción a cada situación y la relación con otras personas. Cuando se trata de felicidad personal, existen muchas cosas que como individuos podemos hacer. La perspectiva que tenemos nosotros de la vida depende de nuestra proyección. Si nuestra proyección va hacia delante, tenemos un horizonte y a medida que vamos navegando, el horizonte se mantiene siempre a la misma distancia. Y aun cuando conseguimos algunos objetivos, continúa el horizonte, hasta que llegamos al punto final. Lo interesante del caso es que, a no ser que ya nos acerquemos a la costa, siempre vemos la misma distancia respecto del horizonte, y eso probablemente es lo que nos pasa en la vida, pasan los años y siempre parece que la vida o la muerte están lejos, permanecen en el mismo punto. A medida que vamos avanzando empujamos el horizonte, lo cual no está mal, porque el momento en el que uno ya no ve horizonte, ya se puede morir. O se suicida. Se le ha acabado la proyección, la dimensión proyectiva de la vida. Cuando el horizonte está tan cerca, entonces la proyección puede pasar al otro costado del horizonte —si es que se tiene una perspectiva trascendental— o se puede volver hacia atrás para contemplar el camino hecho. Es una forma de morir feliz: integrar la vida. Si recoges el sentido de la vida, puedes integrarla y decir «bueno, la historia se ha acabado, mi vida es esta y ahora ya me puedo morir». Machado lo expresó con la bella metáfora del caminante (poema 29): Caminante, no hay camino, / se hace camino al andar. / Al andar se hace el camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante no hay camino / sino estelas en la mar. Este espacio que hay desde donde está nuestra nave hasta el horizonte, ¿está lleno o vacío? Si está lleno de sentido, podemos navegar. Si está vacío, caemos en el precipicio. La persona que no tiene proyección en la existencia no tiene horizonte, está deprimida, está muerta en vida. En el libro Cuando estuvimos muertos, Joan Montané (2004) aporta su testimonio personal. Explica la experiencia de haber sido abusado sexualmente en la infancia y cómo hasta los 17 años no se decidió a abordarla. Mientras tanto se consideraba muerto. Lo que le mantenía muerto, según él, era no responsabilizarse de su existencia, y permanecer en la posición de víctima. 5. La gestión de la alegría Gestionar la alegría parece una cuestión fácil e intuitiva. Estamos acostumbrados a las manifestaciones espontáneas de alegría de los niños, que parece que no necesitan ninguna guía específica para conectar con ella, ni para expresarla, aunque a veces sus posibles excesos les puedan llevar inconscientemente a acciones alocadas o irreflexivas que terminen en llanto. Entre los adultos nos resultan habituales las manifestaciones estentóreas de alegría con motivo de victorias deportivas, premios de lotería, superación de exámenes y oposiciones, fiestas de final de carrera o celebración de bodas y bautizos. Pero como se ha ido repitiendo en distintos momentos de este capítulo, tendemos a confundir la alegría con la euforia y, si esta se acentúa mucho, con estados maníacos. Esto ha llevado a individuos y colectividades a precaverse contra la alegría, dando lugar a actitudes más bien represoras Estas actitudes represoras de la alegría pueden deberse a características individuales, como las de quienes sobresalen en el «arte de amargarse la vida» (Watzlawick, 2000), pero que con frecuencia son compartidas en el seno de una actitud social, ideología política, filosofía o creencia religiosa. Por desgracia, la alegría no es una emoción frecuente entre la clase política que suele estar siempre seria o enfadada, como se observa en el tono agrio y gruñón de muchos discursos o debates parlamentarios. Tampoco lo suelen estar en sus prestaciones muchos otros profesionales, médicos, abogados, jueces, notarios, oficiales administrativos, registradores de la propiedad, etc. En este valle de lágrimas La mayoría de religiones tienen una concepción pesimista de la existencia en este mundo al que «hemos venido a sufrir», o donde nos vemos condenados a repetir el ciclo del samsara. En general las religiones que están mejor enraizadas con el espíritu popular combinan las fiestas y celebraciones con periodos de ayunos y abstinencia y con discursos moralizantes de tipo amenazador. Dentro de las grandes tradiciones religiosas, como el catolicismo o el hinduismo, existen sectas más estrictas que no toleran alegrías ni en el comer ni en el beber, algunas con restricciones específicas sobre el tipo de alimentos que pueden ser ingeridos. Por ejemplo, los jainistas delimitan claramente aquellos alimentos que se pueden comer sin ejercer violencia. Judíos y musulmanes tienen sus propias reglas que distinguen entre animales puros e impuros e imponen determinados procedimientos rituales en su sacrificio. Dentro del cristianismo, algunas sectas como el jansenismo u otras procedentes de la reforma protestante han derivado hacia el rigorismo moral, la austeridad ornamental y el ascetismo descarnado. Algunos santos o santas, como Catalina de Siena, llegaron a extremos de patología anoréxica en su afán de renunciar a los placeres terrestres y de su acercamiento espiritual a Dios, limitándose a ingerir solo el pan ácimode la comunión diaria. Sin embargo, y a pesar de sus contradicciones, el cristianismo ha mostrado también la cara amable del Dios encarnado, hecho hombre, que reprende a sus discípulos por criticar a la mujer que había derramado un vaso de ungüento sobre sus cabellos, alegando que se podía haber ahorrado este dinero y dárselo a los pobres, a lo que Jesús replicó: «¿Por qué criticáis a esta mujer, que ha hecho conmigo una buena obra? Pobres, siempre los tendréis entre vosotros, pero a mí no siempre me tendréis» (Mt 26:6-13). Esta escena antecede precisamente a la celebración del sacrificio del cordero pascual que reunirá por última vez a Jesús y sus discípulos en la última cena. La relación con la comida, tan simbólica en la eucaristía, que evoca la última cena, y tan presente en las festividades populares de cariz religioso o laico, ha terminado por constituir una especie de test sobre las actitudes de individuos y colectividades de carácter religioso, filosófico o moral respecto de la legitimidad de la alegría. El libro de la felicidad Bajo este título, Douglas Abrams ha publicado el contenido del encuentro entre el Dalai Lama y el arzobispo Desmond Tutu (2017) en Dharamsala, India, con motivo del octogésimo aniversario del primero de ellos. El Dalai Lama y el arzobispo, escribe Abrams: son dos de los maestros espirituales más grandes de nuestro tiempo, pero también líderes morales que trascienden sus propias tradiciones y se expresan siempre desde la más profunda preocupación por la humanidad. Su valentía, su resiliencia y fe inquebrantable en la humanidad son fuente de inspiración para millones de personas. Su alegría no es evidente ni superficial; ha sido moldeada en el fuego de la adversidad, de la opresión, del esfuerzo. El Dalai Lama y el arzobispo Tutu nos recuerdan que la alegría nos pertenece por derecho y que es aún más básica que la felicidad […]. Charlamos durante una semana, en medio de las bromas y buen humor que se gastaban mutuamente ambos religiosos. A lo largo de ese viaje para comprender la alegría, exploramos muchos de los temas más profundos de la vida. Buscábamos la auténtica alegría, aquella que no depende de las vicisitudes de lo circunstancial. Sabíamos que también tendríamos que derribar los obstáculos que tan a menudo hacen que la alegría parezca tan huidiza. Durante las conversaciones esbozaron los ocho pilares de la alegría: cuatro de la mente (perspectiva, humildad, humor y aceptación) y cuatro del corazón (perdón, gratitud, compasión y generosidad). Las conclusiones a las que llega el libro finalmente pueden sintetizarse en estos cinco principios: Concentrarse demasiado en tu propio pensamiento, en lo importante, bueno o malo que eres y obsesionarte por lo que deseas es fuente segura de sufrimiento. Prácticamente todo lo que te da miedo es proyección mental. Así que para liberarte de ello debes cuestionar si tus sentimientos se basan en algo real o no. No hay distinción entre seres humanos, somos todos iguales. Si te sientes preocupado empieza a pensar en los demás… La preocupación desaparecerá. La alegría es la recompensa que se obtiene al buscar la alegría de los otros. La fuente de la felicidad no está en los logros, compras, fama o dinero… Está en estar contento contigo mismo, en actuar a partir de tus valores. Ángel Gabilondo, exministro de educación (2009-2011) y catedrático de metafísica, en una entrevista en 2014, anterior por tanto al encuentro entre los dos líderes religiosos, ofrecía respuestas sorprendentemente parecidas a las suyas en relación al sentido de la felicidad, desde una perspectiva netamente laica: Felicidad es una palabra demasiado grande, pero sí me siento dichoso y gozoso de vivir… El sentido del humor es la distancia de uno respecto de sí mismo. Sin sentido del humor los otros sentidos son vulgares… Creo que hay cosas que solo se tienen si se dan, como las gracias, el amor, el conocimiento o la palabra... Nos falta sencillez, somos retorcidos y tenemos muy poca tendencia a aceptar con humildad que esto es lo que hay, y vivirlo con frescura. Humor, gratitud, generosidad, humildad son actitudes en las que parecen estar de acuerdo cristianos, budistas y filósofos, como componentes de la alegría y condiciones para una felicidad permanente. No cabe duda de que estas disposiciones de ánimo son favorables al bienestar humano, pero pueden resultar engañosas si se toman como «recetas» para ser feliz y si se supone que es posible alcanzar la felicidad de manera activa. El problema es que la felicidad es esquiva. Cuando se la persigue, huye, porque ello significa que creemos que está en alguna parte. Si se entiende por ella la plena satisfacción, se entra en la paradoja de la búsqueda insaciable de la plenitud. Todo lo que es insaciable indica insatisfacción; por eso la búsqueda activa de la felicidad genera infelicidad. La felicidad solo puede ser un resultado pasivo, no se puede buscar por la vía activa. Acompaña a la sensación de estar bien con uno mismo. Este es el sentido último de eudaimonía; aunque como dice el dicho «a nadie amarga un dulce». 6. Gaudeamus igitur Probablemente la alegría ha sido, junto con la sorpresa, una de las emociones menos estudiadas. Algunos, como Carmelo Vázquez (2006), lo atribuyen a la urgencia de la psicología en atender problemas derivados de otras emociones más perturbadoras: Preguntarse sobre el bienestar humano no es una moda pasajera. En cierto sentido, la filosofía occidental no ha tenido nunca otra preocupación más central, bien desde el análisis directo de las condiciones sustantivas del bienestar (la eudaimonía aristotélica) o bien, más modernamente, desde el análisis de las condiciones existenciales que limitan el alcance de ese ideal… Sin embargo, la ciencia se vio impelida a cubrir otras demandas más acuciantes, ligadas a la lucha contra la enfermedad, el sufrimiento o la pobreza, y solo recientemente ha estado en condiciones de explorar con sus herramientas esos terrenos más abonados inicialmente a lo filosófico… La psicología también ha comenzado muy recientemente a aceptar como un objeto relevante de estudio el bienestar subjetivo y afrontar directamente, como un deber programático académico, la exploración de las fortalezas humanas y de los factores que contribuyen a la felicidad de los seres humanos. El comienzo es tan cercano que se acepta que el inicio formal de lo que se denomina «psicología positiva» lo constituyó la conferencia inaugural de Martin Seligman para su periodo presidencial de la APA (American Psychological Association) en 1998. Sin embargo, este estudio ha ido acompañado de una eclosión de bibliografía entusiasta que ha puesto el acento en el pensamiento positivo y el optimismo como detonantes mágicos del bienestar y felicidad, para lo que basta con desearlo (Byrne, 2007), lo que para algunos supone la tiranía de la felicidad. Barbara Held (2002, 2004) lo ha denunciado en Estados Unidos, y no solo allí, con estas palabras: Llamo a esta presión tiranía de la actitud positiva, porque si te sientes mal por algo y no puedes poner una cara feliz, por más que lo hayas intentado, puedes terminar por sentirte peor. No solo te sientes mal por lo que te pasa, también te sientes culpable por no sentirte bien. Puedes sentirte fracasado por no ser capaz de mantener una actitud positiva. José Carlos Ruiz (2018), profesor de la Universidad de Córdoba, en una entrevista a propósito de su libro El arte de pensar, comenta: Nos han condenado a ser felices por obligación, y lo que es peor, por imitación […]. La felicidad se ha convertido en un instrumento de tortura. Nos venden que la felicidad es algo instantáneo y fácil de adquirir. Se trata de una felicidad postiza que nos convierte en drogodependientes emocionales. La felicidad es un modo de ser. Tampoco es la alegría de un instante o la satisfacción por un logro conseguido. La felicidad es una manera de ver la vida, de levantarte cada mañana y acostarte cada noche, una actitud […]. Habrá periodos de luto y de recomposición,pero la felicidad es un edificio que se construye desde la infancia con unos valores estables y un modo de ver la vida. Mientras que Gruber et al. (2011) señalan: Hasta la misma felicidad puede ser perniciosa. Los estudios muestran que la persecución y experiencia de la felicidad pueden producir resultados negativos si es desmesurada, está fuera de lugar, se persigue por encima de todo, se va por el mundo rebosante de autoestima y orgullo y sin pizca de modestia, vergüenza y culpa. Ya que estamos hablando de alegría «alegrémonos, pues», pero sin olvidar que es una emoción y que, como todas ellas ejerce solo, con mayor o menor éxito, una función adaptativa a situaciones del momento. La felicidad, en cambio, es un estado o posición en la cual uno percibe la plenitud de sentido de su existencia. La plenitud viene de dentro, no de fuera; la fertilidad viene de la tierra de donde nacen los frutos, y la tierra debe transformarse exprimiendo sus nutrientes para producirlos. «Disfrutar» viene de fruta, sacarle el jugo a la fruta; pero solo podemos dis-frutar aquella comida que sacia nuestra hambre, sin hartar. «Saciar» procede de la raíz latina satis que significa «bastante», suficiente. «Demasiado» es un compuesto de «más». Y es de no tener nunca bastante, de donde nace la insatisfacción. Puedes sentirte feliz, o al menos contento, si tienes suficiente; pero no lo serás si buscas insaciablemente la felicidad. Muchas personas confunden felicidad con placer. Los placeres nos satisfacen, pero inmediatamente vuelve la insatisfacción, porque no pueden colmar del todo nuestros deseos. Un deseo siempre por definición es algo de lo que carecemos o no está a nuestro alcance y cuando se cumple, deja de serlo. Resumen La alegría está asociada en su fundamento más básico a la obtención de los bienes necesarios para la vida, por lo que todo lo que la incrementa o contribuye a mantenerla es motivo de celebración festiva. Por extensión, incluye todo tipo de bienes sociales y personales que contribuyen a hacer más valiosa la vida desde el punto de vista simbólico. Junto con la sorpresa, la alegría es una de las emociones menos estudiadas. Como ella, también es una de las más breves o de corta duración. Sin embargo, los seres humanos se mueven con el afán de conseguir un estado perdurable de euforia que llamamos felicidad. Incluso algunos países la incluyen en sus derechos fundamentales. Existen diversas formas de imaginarse la consecución de la felicidad. Para muchos movimientos religiosos y filosóficos, la felicidad se asocia a la liberación del dolor o del sufrimiento, que se puede conseguir con la «ataraxia» o con la eudaimonía (la virtud). Otras corrientes filosóficas o culturales se adscriben al hedonismo inmediato, constatable en el placer que sitúan en los paraísos artificiales (drogas) o en el sexo. La felicidad solo puede ser un resultado pasivo, no se puede buscar por la vía activa. Entendida la felicidad como plenitud, esta solo puede ser conseguida como fruto de un proceso de satisfacción personal. Acompaña a la sensación de estar bien con uno mismo. Tal vez algún día lleguen a poder medirse objetivamente las condiciones del «bienestar», pero el «estar bien» solo se podrá experimentar en la intimidad más profunda. 5. Rabia No estés eternamente enojado Copla de Semana Santa 1. Naturaleza y función de la rabia Fieles a nuestro criterio de limitar la denominación de «emociones» a las consideradas básicas, mantenemos el término rabia para referirnos a la cuarta de ellas, que algunos, a nuestro juicio inadecuadamente, llaman «ira». La ira, en efecto, como tendremos ocasión de ver en este mismo capítulo es un sentimiento mucho más complejo, derivado de la rabia, pero que se despliega principalmente en el ámbito de las relaciones interpersonales y los sentimientos implicados en ellas. En circunstancias difíciles, dice Novaco (2010) puede ayudarnos a persistir, a no rendirnos. Tiene también una función comunicativa. A veces las personas no se comunican hasta que aparece la ira, de manera que el enfado sería el vehículo para comunicar afectos negativos. La ira nos da fuerza, poder. Moviliza contra sentimientos de opresión o de victimización, fortalece al grupo, cohesionándolo frente a alguna adversidad. La rabia es un concepto mucho más básico y menos sofisticado que el de la ira. Incluso la primera acepción de los diccionarios hace referencia al virus trasmitido al hombre por mordedura de los cánidos, hasta el punto de que la expresión acuñada al respecto «muerto el perro, se acabó la rabia», alude claramente a ella. Esta relación entre rabia y mordedura remite de inmediato a la imagen de una boca «enseñando los dientes», puesto que estos son el arma principal con la que atacan o agreden la mayoría de animales carnívoros, de los reptiles a los mamíferos. Resulta difícil imaginarse a un caimán airado en el momento de zamparse a su presa, agresivo sí, pero no enfadado. Tampoco podemos aplicar el concepto de ira al llanto desconsolado de los bebés. El llanto del bebé expresa más bien irritabilidad, que es una respuesta de carácter sensorial, frente a una incomodidad intero o exteroceptiva, por ejemplo: hambre, sueño, calor, frío, dolor, desamparo, carencias afectivas, falta de contacto físico, entre otras, y cumple una función de reclamo de cuidado dirigido a los adultos. Si estas expresiones no son atendidas habitual y debidamente, pueden llegar a extinguirse, síntoma característico de los niños hospitalizados, separados de sus madres, que han dejado de llorar porque nadie les hace caso, según el llamado por Spitz (1945), «síndrome de hospitalismo». Más tarde, y en la medida en que el aparato neuromuscular lo permita, esta irritabilidad puede ir derivando hacia la rabia propiamente dicha, que aparece tanto como demostración física de fuerza o violencia (golpes, pataleo), como de enfado manifiesto gritando, protestando, girando la cabeza, apartando la mirada. Podemos entender entonces la rabia como una emoción activadora de la agresividad. De modo que si queremos acercarnos a una definición formal de la rabia podría enunciarse como sigue: «activación agresiva frente a los obstáculos que impiden la consecución de nuestros objetivos o a las amenazas contra nuestra integridad física o moral». En esta definición ya se intuyen dos componentes esenciales activadores de la rabia: el ataque y la defensa, que iremos desgranando más adelante en sus múltiples contextos. Desde el punto de vista expresivo, mimético y postural, la rabia se caracteriza por la tensión expresada en la musculatura oral que permite mostrar la dentadura fuertemente apretada o parcialmente abierta, como si ya estuviera mordiendo o en disposición de morder. A veces, la boca se contrae, adoptando una forma tubular, sobre todo al hablar con rabia (claramente observable, por ejemplo, en el caso de Donald Trump), como si fuera a emitir bufidos o resoplidos. Esta tensión muscular se traduce también en el ceño fruncido, la mirada fija en el adversario, los brazos alzados y dirigidos hacia el frente con los puños cerrados o bien con los dedos medio arqueados, en forma de garras de felino. Igualmente se manifiesta en el aumento de potencia de la voz (gritos, chillidos), y de la velocidad con que se habla. La actividad cerebral relacionada con la rabia implica al sistema límbico y más en particular al hipotálamo y la amígdala, así como la afluencia de sangre en el cerebro y el metabolismo de la glucosa en las áreas prefrontales, frontales y temporales. Se hallan también comprometidas neurohormonas específicas como la adrenalina y noradrenalina, así como un incremento en la secreción de catecolaminas. En las respuestas de ataque o defensa se detecta su efecto al aumentar de manera directa la frecuencia cardíaca, provocar la liberación de glucosa a partir de las reservas de energía y redirigir el flujo sanguíneo hacia el músculo esquelético. La corteza prefrontal, y más específicamente la zona orbital, está involucrada también, comocentro regulador de los circuitos que median la impulsividad, la conducta agresiva y el control de las respuestas violentas. A nivel neurológico la rabia se caracteriza por una alta tasa de carga neuronal que persiste hasta que se consigue liberar. Esta descarga sigue una vía neuromuscular del sistema simpático en forma de golpes, mordiscos, gritos, como también puede adoptar en los humanos una modalidad verbal menos destructiva, pero tal vez más hiriente, basada en insultos, improperios o descalificaciones. Ninguna otra emoción consigue activar la conducta con la misma intensidad, ni mantener ese estado de activación durante tanto tiempo. En consecuencia, puede acarrear un peligro para quienes puedan ser objeto de esta descarga, incluido el propio individuo que la experimenta. Pero puede convertirse también en un poderoso auxiliar para conseguir la restauración de los perjuicios ocasionados por las causas que sean o la preservación de la integridad física ante peligros que la amenazan, si se sabe canalizar debidamente. 2. La familia de la rabia Hemos detectado en la rabia una doble función de defensa y ataque. Para empezar, la rabia es una emoción activadora de una reacción inmediata a una amenaza u obstáculo que es necesario apartar cuanto antes de nuestro camino. Responde a la estrategia de «la mejor defensa es el ataque». Esta reacción puede ser pasiva, limitada a reacciones «expresivas» como irritación, alteración, mosqueo, queja, rabieta, pataleta, berrinche, rebeldía o, por el contrario, «activas», que se manifiesta a través de comportamientos agresivos como: pique, ataque, represalia, venganza, pelea, castigo, violencia, maltrato. En función de la intensidad de la respuesta podemos hablar de furia, crueldad, vesania, arrebato, ensañamiento. En ocasiones la rabia consigue su fin de forma rápida y eficaz y constituye una fuente de satisfacción o liberación instantánea. Por ejemplo, cuando conseguimos liberarnos con un manotazo de un mosquito que nos está molestando con su zumbido insistente y amenazador. Alimentada por la rabia, la respuesta agresiva obtiene su recompensa y ya puede cesar. Otras veces, la rabia no antecede a la agresión, sino que sigue a su fracaso, como cuando después de una acelerada carrera se nos escapa el metro por pocos segundos. En este caso la rabia es la respuesta a la frustración. No es el metro, como antes sí era el mosquito, el que me pone rabioso, sino el fracaso de mis esfuerzos por alcanzarlo a tiempo. Esta rabia puede subir de intensidad y alcanzar la categoría de furor o cólera, dirigida generalmente a identificar y destruir al culpable (es decir, al causante) de mi fracaso. Si este viene identificado con o desplazado sobre objetos, casi de inmediato se desata una furia destructora que arremete contra todo lo que encuentra o, más selectivamente, contra algún objeto específico que se considera particularmente significativo. En la película Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín (2003), Antonio, el marido de Pilar, movido por los celos, en un ataque de ira le arranca las láminas del libro de historia del arte que ella está estudiando y enseñando en el museo, antes de arrancarle los vestidos y exponerla desnuda en el balcón. Podemos imaginar la variabilidad de modalidades en que se manifiesta la rabia, dando lugar a una extensa familia de derivados de la misma en función de los diversos contextos en que suele originarse. Por ejemplo, en el ámbito interpersonal, las actitudes mezquinas, abusivas o injustas de nuestros semejantes, los agravios ocasionados por parientes, amigos, compañeros o vecinos derivan con frecuencia en respuestas de cólera, enfado o ira. Estos estados emocionales pueden dar lugar con el tiempo a sentimientos mucho más estables como odio, animadversión, enemistad, que vendrían a consagrar un sentimiento antagónico permanente respecto a otra persona o grupo. La rabia puede adoptar también una postura evitativa de la agresión frente al comportamiento indeseable de los otros, mostrando disgusto, aborrecimiento, asco, rechazo, despecho, desprecio. En el campo de la moral pública, y también privada, el comportamiento inadecuado, arbitrario o corrupto de las autoridades o de las personas de referencia es inductor de indignación. En el político, las decisiones restrictivas de las libertades o discriminatorias en razón de etnia, sexo, clase social o económica pueden llevar a la protesta, a la rebelión civil y en ciertas circunstancias históricas a la aparición de movimientos contestatarios o, incluso, a la revolución popular (la toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno). La combinación de la rabia con otras emociones puede dar lugar a sentimientos complejos como la envidia, fruto de la suma de rabia más tristeza por el bien ajeno; rabia contra alguien porque goza de un bien del que yo no gozo, y tristeza por un bien del que yo no gozo y el otro goza. La envidia está orientada a mantener el deseo del bien del otro, en cuanto ajeno. El rencor, resentimiento, resquemor o reconcomio aparecen como respuesta rabiosa a un sentimiento de deuda u ofensa no saldada, originada en el pasado. El deseo de cobrarse en un futuro una deuda que tuvo su origen en una pérdida en el pasado (tristeza) se configura como venganza que se imagina como una reparación o restablecimiento de la justicia. 3. Modalidades expresivas de la rabia Una variedad tan extensa de modalidades expresivas de la rabia requiere algún tipo de criterio con el que establecer categorías que nos permitan analizar sus características específicas en cada caso. De entre las múltiples posibilidades que se nos presentaban a la mente hemos escogido, por su claridad y sencillez, la siguiente que se basa sobre dos criterios, la inmediatez (reactiva) o la dilación (diferida), en relación a los tiempos de la respuesta emocional. A la primera la hemos denominado «reactiva» y conlleva una mayor impulsividad; se produce, por así decirlo, en caliente. A la segunda la hemos denominado «diferida» y permite una mayor elaboración; se produce, por así decirlo, en frío. Cada una de ellas da lugar a una serie de subcategorías en virtud de otros criterios como los recursos puestos en juego en la reacción, ya sean palabras, afectos o agresiones físicas. O la modalidad de respuesta diferida en función de la finalidad reclamante, punitiva o aversiva puesta en juego en relación al destinatario, de acuerdo con el cuadro anterior (cuadro 5). A estas modalidades diferenciadas de expresiones de la rabia, según los diferentes contextos y tempos con que se administra, debemos añadir una variable común a todas ellas, referida a la mayor o menor intensidad con que se manifiesta: coraje, violencia, impetuosidad, vehemencia, denuedo, pasión, fiereza, irritación, saña, sevicia, crueldad, ataque, ironía, burla, sarcasmo, etc. Evidentemente nada impide que se puedan solapar entre ellas dos o más categorías a la vez; por ejemplo, el recurso a las palabras y a las agresiones físicas, simultáneamente. O bien la finalidad reclamante con la agresiva, como en el caso de las protestas violentas, ocasionalmente presentes en las manifestaciones reivindicativas, como las protagonizadas por los «chalecos amarillos» en Francia. 3.1. Modalidad reactiva pendenciera: el pique El pique se puede entender como una reacción rabiosa puntual a una situación que genera un conflicto, rencilla o rivalidad entre dos o más personas. Son frecuentes en las situaciones cotidianas: competencias tontas por objetivos o circunstancias banales que pueden dar lugar a reacciones más o menos graves, desde incidentes puntuales o transitorios, como contiendas o altercados callejeros, hasta a enemistades eternas o peleas furibundas. Están en juego los derechos, los intereses o la razón que cada uno cree tener frente al otro o en colisión con él. Las vemos a diario en las intervenciones parlamentarias, en las colas del supermercado, en los programas de televisión, en los puestos de trabajo, en los partidos de fútbol o en las incidencias del tráficorodado. 3.2. Modalidad reactiva afectiva: el enfado La modalidad afectiva se suele expresar en forma de enfado entre personas que mantienen entre sí algún tipo de relación afectiva, de proximidad o convivencia o que comparten algún interés en común, como, por ejemplo, familiares, parejas, compañeros de piso o de trabajo, colegas de una profesión o equipo, a causa de algún conflicto, desacuerdo, ofensa o agravio surgido entre ellos. Las relaciones afectadas por el enfado no deben ser necesariamente familiares, pueden darse en situaciones más neutras afectivamente, pero enmarcadas en algún tipo de relación, como la establecida entre cliente y proveedor o, incluso, las propias del vecindario. El enfado se expresa como un disgusto que afecta a la relación y amenaza con cortarla o cambiarla. Los niños pequeños lo manifiestan entre sí con expresiones como: «ahora ya no somos amigos» o «no juego más contigo», si bien esta amenaza está sujeta, en su caso, a múltiples e imprevistas variaciones. Aunque puede desembocar en acciones violentas, el enfado suele expresarse más bien de forma gestual: ceño fruncido, brazos cruzados, mirada torva, «estando de morros», dando la espalda, negando la comunicación con un mutismo total, evitando la mirada, etc. A veces se trata de una reacción transitoria, dada también la naturaleza ocasional del agravio. En otras ocasiones las manifestaciones de enfado son constantes en la convivencia a través de discusiones o malas caras, como expresión de un enfado más estructural. 3.3. Modalidad reactiva agresiva: la ira La ira se caracteriza por la agresividad que suele acompañar a sus manifestaciones, ya desde sus inicios, en forma de violencia física o verbal. Es cierto que esta puede derivarse también del pique o del enfado, pero no como primera opción. Es un sentimiento más complejo que el pique o el enfado, y suele prolongarse más en el tiempo, tanto en su duración como en su resolución. Es una respuesta a una frustración o agravio, que implica una percepción de injusticia y conlleva un intento de restitución (reparación) violenta o agresiva. Tres son pues los componentes a considerar en la comprensión de la ira. 3.3.1. La frustración En primer lugar, la existencia de una frustración, es decir, el fracaso en la consecución de un objetivo. Frustración, del latín frustra, es un sustantivo que denota algo que es «en vano, inútil», en referencia a que los esfuerzos, los méritos o derechos que creemos tener o que podemos haber hecho para la consecución de un determinado objetivo, no son considerados ni tenidos en cuenta o no consiguen su objetivo final. El sentimiento que acompaña a tal experiencia es el abatimiento, la sensación de derrota. También se puede hablar de frustración por incumplimiento de expectativas propias o ajenas. El zorro de la fábula de Esopo, que no consigue alcanzar las uvas por muchos saltos que dé, es un buen ejemplo de lo que supone la frustración. Una pérdida, resultado de un esfuerzo en lugar de una ganancia, que creíamos merecer, una expectativa fracasada de la que tendemos a culpar a los demás o a las circunstancias, o en el caso del zorro, a las «uvas que todavía estaban inmaduras». El chicle Fernando es un ejecutivo con una clara estructura obsesiva y perfeccionista que aprecia mucho el orden, la limpieza y la justicia. Acude a terapia por problemas en el control de la ira. Reconoce frecuentes explosiones que derivan en insultos y desprecios hacia los demás, lo que afecta particularmente a las relaciones de pareja. Al analizar algunas escenas concretas en que se producen estos «ataques de ira», vemos reproducirse el esquema procesual que hemos descrito más arriba: frustración ante una expectativa incumplida. Por ejemplo, Fernando y su pareja acostumbran a consumir chicles de menta para evitar el mal aliento, puesto que a él le molesta cualquier sensación que pueda asociarse a suciedad. Llega a casa, después del trabajo, cansado y estresado, con ganas de darse una ducha y masticar un chicle de menta. Encuentra a la mujer preparada, duchada, peinada y «mentolada», precisamente porque se supone que va a haber un encuentro sexual. Después de la ducha abre el armario del baño para tomarse el chicle y ¡oh, maldición!: el paquete está vacío… Se pone en marcha el círculo de la ira. Frustración, fracaso de la expectativa: «yo esperaba tomarme un chicle y no hay chicles en la caja». Estalla la rabia, dirigida inculpar a la única posible causante de esta frustración, la mujer, que precisamente se ha tomado el último chicle que quedaba. La rabia se trasforma en insultos y malos tratos hacia ella, dirigidos a restablecer sus derechos pretendidamente conculcados. 3.3.2. La percepción de injusticia En segundo lugar, una percepción de injusticia. Aquí lo importante no es determinar si la afrenta o el daño infligido, la ausencia de recompensa tras un esfuerzo o la falta de reconocimiento de un (pretendido) derecho son o no justas, sino que lo que cuenta es la percepción subjetiva (egocentrada, «desde mi punto de vista») de injusticia. Si la justicia puede ser concebida como dar a cada uno lo suyo (unicuique suum), cada vez que alguien no reciba aquello que considera suyo será percibido como una injusticia. Por ejemplo, en el caso de Fernando, haberse quedado sin su chicle. Recuperar la percepción de justicia requiere compensar la pérdida o restaurar el estado previo a la misma. Por ejemplo, si se me pierde el trabajo de toda una mañana por un corte del fluido eléctrico, causado por unos operarios que están trabajando en las instalaciones de la calle, inmediatamente pienso en cómo obtener una reparación. Lo primero sería poder disponer de medios informáticos para recuperar el trabajo. Pero, si esto no es posible, empiezo a buscar culpables que puedan hacerse cargo de una compensación. Suponiendo que los operarios no lo son individualmente, deberían serlo sus superiores, la compañía eléctrica o el ayuntamiento, por no haber avisado y programado pública y oportunamente el día y la hora en que se iba a producir de modo que pudiera cerrar anticipadamente el programa y proveerme de una copia de seguridad. ¿Quién se hará cargo ahora de reparar el tiempo, el dinero y el esfuerzo perdidos y de excusarme ante mis clientes por no haberles entregado el trabajo a tiempo? 3.3.3. La reparación Por eso el requerimiento de una compensación o reparación a fin de restablecer la justicia (la equidad o igualdad) aparece en tercer lugar, como componente necesario para poder entender una determinada reacción emocional, como la ira. Dado que lo que se pretende es una reparación, se supone que de lo que se trata es de restituir la dignidad o la buena fama, compensar el tiempo o el dinero perdido, sustituir los objetos dañados o proporcionar situaciones, beneficios o ganancias equivalentes a las que se gozaban con anterioridad. Sin embargo, esta restitución se exige o pretende conseguir de modo violento o agresivo. La ira se considera un recurso emocional que aumenta la presión para que de manera inmediata se restituya la justicia, previamente alterada. En su despliegue progresivo puede entrar en una escalada de furia irrefrenable, con posibles finales imprevistos y, tal vez, no deseados. Tengo arranques de ira En estos casos la percepción de injusticia no obedece a un hecho concreto, sino que se percibe de modo difuso como el resultado de una falta de reconocimiento o comprensión por parte de los demás, particularmente los más próximos familiar o laboralmente. Tal es el caso de Pablo, que acude a terapia desbordado por sus propios arranques de ira incontrolables, cuyo origen no se explica. Reconoce que han llegado a un extremo, sobre todo en el ámbito de la pareja y el trato con su hijo de tres años, que hace insoportable la situación por más tiempo, por lo que decide alejarse temporalmente de la vivienda conyugal y refugiarse en casa de los padres. Atribuye esta situación insufrible a la manera de ser de la mujer y al comportamiento siempre demandante del niño.Esta ira, que está latente durante todos los minutos del día, puede manifestarse en cualquier momento por los motivos más impensables, en forma de arranques de ira. En uno de estos ataques de ira se rompe la mano de un puñetazo contra la pared. En el proceso de recuperación se produce un episodio de flirteo con la fisioterapeuta que le cambia la perspectiva sobre sí mismo; de repente muda su estado de ánimo. Se da cuenta de que esto se debe a que alguien se ha fijado en él y lo ha valorado sin exigirle nada a cambio. Del análisis del hecho se desprende inversamente que lo que le pone furioso es precisamente la falta de validación externa. No se trata, pues, de atribuir su descontrol a lo que hacen o dejan de hacer los demás o a reacciones temperamentales de base genética, sino a un narcisismo despótico, sustitutivo de la falta de autoestima, que se pone en marcha cuando no recibe la validación esperada. 3.4. Modalidad diferida querellante: la queja y el reproche Con frecuencia la rabia se muestra impotente para alcanzar su objetivo, que sería el de eliminar un obstáculo, modificar una situación o reparar una injusticia percibida. Esto es particularmente notorio en aquellas situaciones en que a nuestros deseos se oponen la voluntad o los intereses del otro. En estos casos la frustración puede verse agravada por la decepción o el engaño, dando lugar a la queja o al reproche. La decepción constituye una reacción muy típica ante el incumplimiento de las expectativas reales o imaginarias que las personas nos hacemos respecto a los demás, la sociedad o incluso frente a la vida misma, dando lugar a la queja, la protesta o hasta la rebelión que pueden teñirse de mayor o menor intensidad agresiva. En el ámbito interpersonal adquiere casi siempre la forma de reproche, dirigido a la persona por cuyo comportamiento nos sentimos injustamente agraviados. David, un paciente que acude a terapia para buscar ayuda en la gestión de sus sentimientos después de una experiencia de abandono, manifiesta de este modo su decepción y desespero respecto a su expareja: Siento mucha rabia, me siento engañado. No has jugado limpio. Hasta el último día me has dicho que me querías y que tenías la esperanza de volver conmigo, cuando, en realidad, ya tenías casi elaborado el duelo por lo nuestro. ¿Por qué no me has dicho que no me quieres, que no te gusta como soy, por qué no me has dejado desde un buen principio si yo no era lo que tú esperabas? ¿Por qué has estado disfrazando la realidad diciéndome que yo lo era todo para ti? ¿Por qué me has estado diciendo que yo te gustaba, cuando por otro lado siempre estabas intentando cambiarme?... Me hubiera dolido menos que me hubieras dejado desde el principio porque no me querías, porque te avergonzabas de mí, porque yo no era lo que tu querías, que todo este juego de ambigüedades que me ha estado trastocando y volviendo loco... Hay cosas de ti que nunca entendí y que creo que nunca entenderé… Quizá porque lo único que tengo que entender es que nunca me has querido y que solo has mantenido esta ambigüedad para poder seguir conmigo y aprovecharte de las cosas que ya te iban bien. La expresión de estas quejas, como en el caso que hemos visto, sigue generalmente una modalidad expresiva verbal, que se ejemplifica en el rosario de reproches típico de las situaciones de separación o abandono. Pero en otros casos, en los que la persona siente el agravio de forma intolerable o no consigue refrenar su ira puede dar origen a ataques agresivos a veces con consecuencias mortales, como sucede cada vez que hemos de lamentar un nuevo asesinato en el ámbito de las relaciones de pareja. 3.5. Modalidad diferida autopunitiva: culpa y suicidio Frente a los fallos propios caben diversos posicionamientos básicos, unos dirigidos a evitar la autoatribución, como la excusa, la justificación o la negación; otros orientados a la aceptación, el reconocimiento o el aprendizaje a partir de la compresión del error. Pero cabe también la respuesta rabiosa hacia uno mismo, si se atribuye la culpa del fracaso, que puede desembocar en una salida autopunitiva. Esta puede manifestarse en forma de respuesta depresiva, como la vergüenza, la autoinculpación, el autodesprecio, el descuido, el abandono de sí mismo o la entrega indiscriminada a los otros; o agresiva, a través de conductas lesivas que, en casos extremos, pueden desembocar en el suicidio con implicación de terceros, víctimas inocentes de la furia autodestructiva. 3.5.1. Culpa o fallo moral En ocasiones el fallo que se reconoce responde a un tipo de déficit o culpa moral, por el que se siente la necesidad de un castigo, que en principio corresponde a la sociedad aplicar. Una bofetada bien dada La suerte de Balal, un joven iraní de 20 años condenado por un asesinato que cometió a los 13, dio un vuelco cuando eludió la horca en los últimos segundos, gracias a que los padres de la víctima decidieron cambiar su ejecución por una bofetada, propinada por la madre de la víctima. Balal fue detenido en 2007 tras una pelea con Abdollah Hosseinzadeh, un joven de 18, al que mató de una puñalada. El juicio duró más de seis años y terminó con una condena a muerte. La sharia, la ley islámica que se aplica en Irán, contempla que los familiares de la víctima puedan participar en la ejecución empujando la silla que sostiene al condenado a la horca. Cuando Balal tenía la soga al cuello se acercó la madre del joven asesinado, Samereh Alinejad, y, en lugar de completar la ejecución, lo perdonó. Como castigo, le dio una bofetada en la cara mientras rompía a llorar. Luego le retiró la cuerda del cuello con la ayuda del marido: Me pidió perdón. Lo abofeteé, lo que me calmó. Le dije «te castigo por el dolor que me has causado», contó la mujer. A lo que Balal le respondió: «Lástima que nadie me abofeteara en el momento de apuñalar a Abdollah». Suicidio legal En otras sociedades no existe la pena de muerte y a veces es el propio sujeto quien intenta o pretende suicidarse «legalmente». Frank van den Bleeken fue condenado por la muerte de una joven después de violarla, hace tres décadas, y cumple una condena de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional porque según él «no puede controlar sus violentos impulsos sexuales». Por ello, a sus 51 años, pidió la muerte, como otros han pedido la castración química, y un 15 de septiembre de 2014 un juez se la concedió, aunque no le ha sido aplicada todavía. La primera vez que van den Bleeken solicitó la eutanasia fue en 2011 alegando «angustia psicológica insoportable», pero en esa oportunidad la Comisión Federal para la Eutanasia quiso ver cualquier opción de tratamiento posible antes de considerar una medida tan drástica. 3.5.2. Culpa o fallo ontológico Una mayor parte de los suicidios, sin embargo, responden a sentimientos de fracaso o invalidación ontológica. «Al mirarme mi madre veía a otra persona. Yo sentía que no existía, que es lo mismo que sentirse insustancial», escribe Paul Williams en El quinto principio (2014) en relación al descuido y abandono del que fueron víctimas tanto él como su hermana Patricia. Una experiencia de invalidación ontológica que no tiene que terminar necesariamente en suicidio sino que, con frecuencia, como en el caso de Williams, puede dar lugar a una vida resiliente y satisfactoria. La persona que siente rabia o desprecio contra sí misma y desea morir lo expresa en ocasiones a través de afirmaciones categóricas del tipo: «no tendría que haber nacido» o con ensoñaciones de muerte, como liberación: Algunos luchan por vivir; se aferran a la vida, lo darían todo, mientras que otros, al menos yo, deseo en secreto una muerte plácida, que se acabe esta tortura […]. Diría que soy horrible por decir todo esto, al menos lo sentiría de alguien como yo, pero la primera que paga las consecuencias soy yo, así que tampoco voy a reprochármelo, que ya tengo suficiente tormento con lo que tengo. Estas actitudes autodestructivas suelen obedecer a experiencias de rechazo, abuso, abandono omaltrato en la infancia y subyacen con frecuencia a intentos reales de suicidio. Heidi, cuyo caso se ha tratado ampliamente en escritos anteriores (Villegas, 2015), y que había experimentado abandono y abuso en su infancia lo intentó en varias ocasiones durante su vida ante los fracasos afectivos que la jalonaron. Respecto al primero de los intentos, lo describe en estos términos: Me sentía sola en esos momentos, me sentía abandonada por mis papás y por mis abuelos, porque dejaron que me fuera con ellos al extranjero… Hubo un momento en que me sumergí hasta el fondo en la piscina y no quería salir, me quería dejar hundir, con la boca abierta. Y el socorrista me sacó; me tuvo que hacer el boca a boca. La alternativa a este modo de pensar para algunas personas es la fantasía, con la que intentan compensar la falta de autoestima, aunque fácilmente recurren a las autolesiones cuando entran en contacto con la realidad. Irene, de 29 años, a quien su padre le había dicho ya desde pequeña que solo servía para fregar platos, escribe en su diario: A veces me imagino atractiva, con un hombre a mi lado a quien pueda explicar todo. Entonces empiezo a tener fantasías: ¡Ah! Pues mira esta noche saldré con Joaquín [exnovio] porque me llamará; y no sé qué, no sé cuántos… Pero entonces esa parte de mí que dice que no, que no puedo pensar así porque no va a ser verdad… Y la única manera de parar todo eso es pues eso, hacerme daño [autolesiones]. Es una forma de castigarme. Las autolesiones consisten en quemarme o clavarme cosas… Cuando era pequeña era daño físico, más tarde fue psicológico, en plan de insultarme todo el día. No permitirme hacer las cosas que quería hacer, supongo. Ahora es un poco de todo… Hace cinco años más o menos que he vuelto a hacerme daño físico, pero el psicológico continúa, está ahí. Porque mis sesiones de ponerme delante del espejo y empezar a insultarme son para grabarlas, ¡vamos!… Me quedo muy relajada, eso sí. De alguna forma es como si estuviera confirmando lo que ya pienso. Entonces las cosas ya están en su sitio. 3.5.2.1. El suicidio «honroso» En algunas culturas, como la japonesa, está bien visto que una persona se dé muerte a sí misma para reparar su honor o evitar la deshonra a través del ritual suicida seppuku, más conocido habitualmente entre nosotros como harakiri. Su carácter ritual le otorga a esta forma de suicidio un carácter reparador o expiatorio. En este sentido, es distinto del suicidio kamikaze, que tiene un carácter destructivo del enemigo, aunque implica también la muerte honrosa de quien lo ejecuta. En Japón, dado el carácter religioso del servicio al emperador y al país, los suicidios kamikaze de la segunda guerra mundial no dejaron de estar conectados con el código de honor. Así, el vicealmirante Ōnishi, creador de la Unidad Especial de Ataque (kamikaze), se suicidó ante el fracaso de su misión bélica, haciéndose el harakiri, después dejar escritas estas líneas de despedida: Deseo expresar mi profundo aprecio a las almas de los valientes atacantes especiales. Ellos lucharon y murieron valerosamente, con fe en nuestra victoria final. En la muerte, quiero «purgar» la parte que me toca en el «fracaso» de no lograr esa victoria y pido disculpas a las almas de esos aviadores muertos y sus acongojadas familias. La táctica del suicidio destructivo ha tenido múltiples ecos en el mundo del terrorismo islamista, algunos como la réplica exacta de atacar con aviones, en este caso cargados de pasajeros y sobre objetivos civiles, la utilización de coches o de combatientes bomba o los atropellos indiscriminados de civiles. Sin embargo estos suicidios constituyen un «martirio» o «sacrificio» instrumental al servicio de una táctica del terror con la promesa de una recompensa en el paraíso. 3.5.2.2. El suicidio extensivo El suicidio extensivo puede considerarse lo contrario al suicidio honroso. Este se produce cuando la persona vive una situación como totalmente invalidante, sobre todo a nivel social y no encuentra una salida honrosa a su situación. No tiene por qué tener antecedentes invalidantes, ni en la infancia, ni en un pasado próximo o remoto. Suele ser una reacción a una situación reciente, que la persona vive como insufrible. Se caracteriza por el intento de eliminar a las personas del círculo más próximo o íntimo de relaciones, antes de acabar con la propia vida. No es extraño encontrarse con este tipo de suicidios en casos de ruptura conflictiva de pareja o bien en situaciones de ruina económica o de pérdida de prestigio o estatus social. Ante la imposibilidad de soportar la humillación percibida por el sujeto, este, llevado por la angustia, decide borrar cualquier rastro de su vergüenza o frustración eliminando a los testigos más próximos que pudieran reprochársela. 3.6. Modalidad heteropunitiva: la venganza A diferencia de la modalidad anterior, la autopunitiva, donde el objetivo se centra en la autodestrucción como forma de borrar el deshonor, en la modalidad heteropunitiva se trata de destruir al otro, al que se considera responsable del agravio o fracaso experimentado, como medio de equilibrar la humillación o injusticia sufridas. En caso de no obtener una compensación lo más rápida y adecuadamente posible, aparece como alternativa la venganza, que es la forma más primitiva de justicia, la vindicativa: «ojo por ojo y diente por diente». Con ella se recupera la equidad por la vía sustractiva. Si yo pierdo, tú pierdes lo mismo, parecido o distinto, da igual. La cuestión es igualar por arriba o por abajo. La venganza es hija de la ira y, como dice el proverbio, generalmente «se sirve fría». La venganza se planea, se toma su tiempo y se ejecuta de manera más bien operativa y racional o, al menos, estratégica. En este punto se distingue igualmente de otras modalidades anteriores que hemos considerado, cuya característica distintiva es la inmediatez de la respuesta, como el pique, el enfado o la respuesta airada. 3.6.1. La venganza selectiva Cuando la venganza tiene un destinatario específico, esta suele llevarse a cabo de modo selectivo, evitando mezclar a terceros que de un modo u otro no estén implicados en el objetivo vindicativo. Bastan, sin embargo, motivos de parentesco o de otro tipo vincular para que puedan ser incluidos en el mismo paquete. Por un «quítame allá estas pajas» Patrick Nogueira, joven brasileño de 19 años, mató a su tía Janaina, sus dos sobrinos de 4 y 1 años y, más tarde, la misma noche, a su tío Marcos, al volver del trabajo, en un chalet de la localidad de Pioz (Guadalajara), con un cuchillo de grandes dimensiones, el 16 de agosto de 2016. Los móviles del crimen no han sido revelados por el joven, pero por los antecedentes de la matanza pueden sospecharse fácilmente. Existía un rencor incontenible hacia su tío y toda su familia, puesto que, a su llegada a España (para poder jugar en algún equipo de fútbol), había vivido con ellos en otro piso en Torrejón, antes de que la familia decidiera trasladarse al chalet, sin contar con él. Tuvo que irse a vivir a un piso compartido, cuando él pensaba que se lo llevarían con ellos a la nueva casa. Esto fue motivo de un insoportable desaire: «Sentí un odio irrefrenable; algo me decía que tenía que matarlos». Y desde este sentimiento planeó su venganza. En su defensa ha aprovechado para presentarse como una víctima, tanto de una dura infancia, pese a pertenecer a una familia privilegiada, marcada por las palizas en el colegio, como de los impulsos que lo empujaron a matar a sus familiares, según él. Me desequilibro cuando intento guardar la rabia. Empiezo a tener ansiedad. Siento que la manera en que reacciono no es igual a la de los demás. Si lo pudiera controlar, sería maravilloso. Es la única forma de quitarme la frustración y el miedo… Sabía lo que quería, pero no sabía exactamente cómo iba a pasar todo. Patrick, de familia acomodada, estaba viajando por Europa, subvencionado por el padre, lo que nos lleva a pensar en el intento de utilizar la affluenza como eximente. Estaenfermedad, según el abogado texano Scott Brown en el juicio contra Ethan Couch, impide a los hijos de los ricos tener «una noción clara de la gravedad de sus actos». El término fue creado en 1996 por la psicóloga Jessie O’Neill, que en The Golden Ghetto: The Psychology of Affluence se refería a que los hijos de familias opulentas no miden en ocasiones las consecuencias de sus actos. 3.6.2. La venganza colectiva En ocasiones el destinatario de la venganza es demasiado difuso como para que se pueda llevar a cabo de forma individualizada y en ese caso se opta por extenderla a un colectivo específico con el que se tiene una relación o vínculo particular, por ejemplo los profesores y alumnos del propio instituto, como hemos visto repetirse varias veces en escuelas de Estados Unidos; o bien la empresa que ha despedido a uno de sus empleados. En este contexto, podría entenderse probablemente la provocación del accidente del vuelo GWI 9525 de Germanwings, estrellado intencionadamente por el copiloto Andreas Lubitz en los Alpes franceses. Por lo que se sabe de él, se sentía amenazado en la continuidad de su puesto de trabajo a causa de sus problemas de salud. Su gran sueño había sido pilotar aviones y culpaba de su frustración a la compañía aérea. Estrellando el avión se vengaba de ella y de la humanidad entera, aunque los pasajeros que perdieron la vida en el accidente no le hubieran hecho nada personal a él. Nadie me quiere A finales de mayo de 2014, Elliot Rodgers saltó a las páginas de la prensa por la masacre que causó en la Universidad de Santa Bárbara (California), matando a seis estudiantes, hiriendo a otros trece y suicidándose finalmente. En un manifiesto de 140 páginas describía toda su vida desde la infancia hasta el momento en que tomó la decisión de «resarcirse» de la injusticia que, a su parecer, la humanidad, y sobre todo las chicas, habían cometido con él al rechazar sus propuestas amorosas. Aparecen claramente motivaciones narcisistas: Cuando pienso en la vida increíble y gozosa que podría haber vivido si las chicas se hubieran sentido atraídas por mí, todo mi ser se inflama en odio. Me han denegado el derecho a una vida feliz y como venganza les quitaré la vida. Es justo. No soy parte de la raza humana. La humanidad me ha rechazado. Las hembras de la especie humana jamás han querido estar conmigo, ¿cómo podría yo considerarme parte de la humanidad? La humanidad nunca me ha aceptado entre ellos, y ahora sé por qué. Soy más que humano. Soy superior a todos… La humanidad es una especie desagradable, depravada y malvada. Mi propósito es castigarlos a todos ellos. Voy a purificar al mundo de todos sus errores. En el día del castigo, yo seré realmente un dios poderoso, castigando a todos los que considero impuros y depravados. Es posible que especialistas como fiscales, abogados o jueces e incluso muchos de nuestros lectores estuvieran dispuestos a suponer un arrebato de locura a propósito de las palabras y las acciones de Elliot y a excusarlas sobre la base de un supuesto «trastorno mental». Incluso la palabra «furia» se ha utilizado en el pasado como sinónimo de locura. Este discurso airado y esta actuación furiosa responden, desde la óptica del desarrollo moral (Villegas 2011; 2015), a la determinación de un narcisista despechado, lo mismo que lo fue Hitler, en su caso con unos medios y una proyección política, social y militar capaz de desencadenar una guerra mundial. 3.7. Modalidad diferida malevolente: el odio La ira generalizada o descontextualizada, que no responde a la percepción de alguna injusticia identificable en lo inmediato, sino que responde más bien a un resentimiento inespecífico o antiguo, toma por objeto algunos colectivos genéricos, como los judíos, los homosexuales, los extranjeros, los inmigrantes, las mujeres o la humanidad entera, a los que se considera causantes o culpables de todos los males que afectan a algunos individuos o grupos concretos. Si a esto añadimos el odio (el deseo del mal), tenemos el antisemitismo, la homofobia, la xenofobia, la misoginia o la misantropía, que a lo largo de la historia ha sido el causante de tantas desgracias colectivas, desde la expulsión de los moriscos ordenada por Felipe III, al holocausto de los judíos bajo el nazismo. También puede introducirse el odio como incentivo en la lucha de clases o en las proclamas de liberación nacional, como por ejemplo las pronunciadas por el Che Guevara: «El odio como factor de lucha; el odio que nos lleva más allá de las limitaciones del ser humano; el odio que nos convierte en una ágil, fría, selectiva máquina de matar. Un pueblo sin odio no puede vencer a un enemigo tan poderoso». Ira más odio: la madre de todas las batallas Más recientemente, Anders Behring Breivik, autor también de un manifiesto de más de 1 500 páginas, arremetió contra las juventudes socialistas reunidas en isla de Utoya (Noruega), causando más de 70 muertos. Este caso es particularmente representativo de una ideología política de carácter xenófobo, que no tiene por qué atribuirse a enfermedad mental alguna, como ha puesto de relieve la sentencia unánime del tribunal que lo ha condenado a prisión. En su alegato se lee: Solicité un rifle semiautomático. En el formulario puse: para caza de venados. Me sentí tentado de poner: «para ejecutar marxistas culturales y traidores multiculturalistas», solo para ver su reacción. Mi solicitud fue aprobada y así pude conseguir el arma y los cartuchos. Tanto el «manifiesto» de Elliot Rodgers como el de Anders Behring Breivik son el equivalente personal e íntimo del más político Mein Kampf de Hitler. En el epílogo de su manifiesto, premonitorio de la matanza y suicidio posterior, Elliot escribe: Y es así como termina mi trágica vida… Hubo un tiempo en que pensaba que este mundo era un lugar bueno y feliz. De niño, todo mi mundo era inocente. No fue hasta que entré en la pubertad y empecé a desear chicas, que toda mi vida se convirtió en un infierno. Deseaba a las chicas, pero las chicas nunca me correspondieron. 3.8. Modalidades cruzadas Ya hemos comentado anteriormente que muchas modalidades expresivas de la rabia pueden darse de forma cruzada o combinada, sumando o multiplicando con otras emociones sus efectos; o bien experimentan una evolución in crescendo a través de la cual van apareciendo expresiones emocionales cada vez más desbocadas y destructivas. Por no pagar una multa Un episodio de la película Relatos salvajes (Szifrón, 2014) nos presenta a Simón Fischer, un reconocido ingeniero que intenta aparcar su coche donde mejor le conviene, mientras la grúa municipal se lo impide, llevándoselo al depósito una y otra vez… Hasta la escena final, que constituye una explosión de violencia, mezcla de ira y venganza. La venganza se sitúa en el colofón de la historia: una vez recuperado el coche, lo carga de explosivos y lo aparca descaradamente en zona prohibida. Espera que la grúa se lo lleve de nuevo al depósito municipal y lo hace explotar unas horas más tarde, mediante un dispositivo a distancia, causando diversos daños a las instalaciones además de un gran susto y alarma social. De este modo violento pretende resarcirse de los «agravios sufridos» a través de la agresión. Una serie de reacciones agresivas intermedias, anteriores al desenlace final, se deben considerar más bien producto del enfado o de la ira, de carácter impulsivo, fruto de la frustración. No adquieren todavía el carácter de venganza, sino que constituyen una explosión reactiva de rabia. La explosión provocada en el parking, en cambio, con la que el ingeniero pretender saldar las cuentas, da lugar a una auténtica venganza y es el fruto de una agresión planificada y diferida en el tiempo. La evolución progresiva de la activación airada de nuestro ingeniero nos lleva a poner de relieve otra característica a tener en cuenta en la agresividad, a saber: la graduación de intensidad con que se manifiesta y, con frecuencia, se retroalimenta. Si se trazara una dimensión escalar de menor a mayorse podría empezar por irritación, rabieta, pataleo, berrinche, seguir por enfado, enojo disgusto, iracundia, cólera, para terminar con furia, furor y exterminio. 4. Parejas rotas El ámbito de las relaciones de pareja constituye un espacio íntimo y próximo, en el que las tensiones, aun las pequeñas o cotidianas, pueden llegar a ser insufribles, si no se calman con el bálsamo del amor, el cariño, el afecto, la tolerancia y, sobre todo, el respeto (Atkinson, 2005). Tanto es así que muchas personas comparten la idea de que es «normal que las parejas discutan o se peleen». Que sea habitual no significa que deba «normalizarse». Responde más bien a una idea patrimonial de la relación, basada en la posesión y la dominación (Villegas y Mallor, 2017). Un espacio compartido debe estar libre de tensiones, particularmente internas y, a ser posible, también de las externas. Los experimentos con animales de laboratorio ponen de manifiesto que si un ratón es sometido a una situación de estrés en una jaula de donde no puede escapar, se inquieta y angustia hasta desarrollar una respuesta, típica del miedo; pero si se le introduce una pareja en el mismo espacio de la jaula y en las mismas condiciones de estrés, se vuelve agresivo y acaba peleándose con ella. Eso da a entender hasta qué punto en el espacio de convivencia de la pareja es fundamental crear un ambiente distendido y agradable, donde se respire paz, armonía y tranquilidad. A veces, por desgracia, en el ámbito de la pareja se llega a tal abuso de confianza «que da asco»: se ataca a la dignidad y se critica de forma grosera al otro. En un espacio tan íntimo es inevitable, y aun a veces deseable, que se puedan decir las cosas claramente, pero manteniendo la conciencia de alteridad y desde el respeto. La discrepancia se puede contrastar, el desacuerdo se puede negociar, pero el insulto no se puede tolerar en ningún caso, ni mucho menos la agresión. Igualmente, la convivencia impone, con frecuencia, la necesidad de hacer concesiones, desde el reconocimiento de que nadie es perfecto ni de que siempre se tiene la razón. Los motivos de discrepancia en una pareja superan, con frecuencia, las discusiones banales, aunque en el fondo lo que esté en cuestión sea una lucha de poder. A veces lo que subyace a las discusiones, de una manera implícita o explícita, son deudas pendientes, infidelidades, agravios pasados, maltratos o desconsideraciones actuales, incluso posicionamientos ideológicos que inciden en los criterios de acción o decisión, desde la elección de escuela para los hijos a la legitimidad del aborto. La existencia de este tipo de dinámicas, atizadas por la rabia en el seno de las parejas, seguramente puede ayudar a comprender la labilidad de las interacciones que con frecuencia desembocan en agresiones verbales o físicas, reconocidas como maltrato físico y psíquico, cuyo clímax puede, en ocasiones, alcanzar dimensiones letales irreversibles, que luego lamentamos con minutos de silencio en la plaza pública. Está claro que comprender no es justificar; pero es absolutamente imprescindible comprender, es decir, entender en su totalidad, complejidad y profundidad este como cualquier otro fenómeno si de verdad queremos cambiarlo. 5. La gestión de la rabia: ¿controlar o regular la ira? Como reacción emocional, la ira no está sujeta a un juicio moral, pero sí los actos en los que se despliega. Las emociones por sí mismas pueden estar tanto al servicio del bien como del mal. Las emociones son comprensibles pero no son objeto de juicio moral; los que son objeto de juicio moral son los actos. La violencia, como hija de la ira, siempre genera el mal, porque si justificáramos la acción en función de la emoción, todo estaría justificado. El pacifista puede sentirse airado ante la injusticia, indignado ante los abusos o las desigualdades (Jesucristo, Gandhi, Mandela), pero opta por rechazar la violencia como medio para restablecer la justicia. En efecto, la ira puede tener una función catártica tanto en la vida social (revolución y cambio, en la que puede requerir en determinadas circunstancias protestas y reclamaciones callejeras, manifestaciones más o menos pacíficas, formación de grupos partisanos y hasta un levantamiento violento de las masas para derribar regímenes despóticos) como en la interpersonal o del individuo con la administración (en la que se pueden promover acciones para restablecer la justicia, como pleitos o querellas, recurso a asociaciones de consumidores, cartas al director, redes sociales, etc). El problema no es tanto la ira, que puede estar justificada o no, sino el pasaje a la violencia a la que a veces se recurre para «restablecer la justicia». Una vez desencadenada, la violencia difícilmente tiene freno. No dejéis que el sol se ponga sobre vuestra ira Con frecuencia se confunde regular la ira, al igual que las otras emociones, con controlarla o reprimirla. Controlar o reprimir hace referencia al comportamiento, no a sus desencadenantes o motivaciones. Inhibir la conducta violenta requiere una monitorización externa que, a partir de la identificación de los indicadores fisiológicos de la rabia, hiperventilación o enrojecimiento por ejemplo, o de los expresivos como golpes a los objetos, gritos o amenazas, active un freno que impida su explosión agresiva, por ejemplo la consigna de abandonar la escena o el contexto en el que se desata la ira antes de que se convierta en violencia. En la película Te doy mis ojos, Antonio presenta frecuentes arranques de ira acompañados de gritos y golpes contra los objetos que tiene más a mano, de amenazas y reproches contra la mujer, que, por este motivo, huye de casa con el niño para refugiarse en la de su hermana. En un intento de reconciliación, Antonio acude a un grupo de terapia para maltratadores, en el que recibe la consigna de decir stop en cuanto detecte los síntomas de la rabia. En la escena del reencuentro en la ribera del río, él la quiere convencer de su voluntad de cambio con palabras aprendidas en sus sesiones de terapia: —La ira no es mala, la ira la tiene todo el mundo, lo que pasa es que tiene que estar controlada. El problema es verla, es reconocerla, si la reconoces pues ya está, ya la puedes controlar. Yo ahora, cuando note que me entre la mala hostia digo, corto, respiro y te digo a ti: tiempo fuera y me voy… Pero me tienes que ayudar. —¿Cómo? —Pues estando a mi lado. Esa visión controladora de la ira puede evitar, seguramente, muchas agresiones, pero no garantiza su desaparición. Regular la ira, como cualquier otra emoción, requiere desactivar sus componentes antes de que conjuren su maleficio. Tendremos ocasión de ahondar específicamente en este tema en el séptimo capítulo, dedicado a la «gestión emocional». Resumen La rabia es la emoción más poderosa del repertorio humano, aunque también puede ser la más destructiva. Conlleva una activación neuromuscular específica, que predispone al ataque. Su función es repeler las amenazas a la integridad del organismo, así como la de proveer energía a la acción humana para conseguir aquellos objetivos que se resisten a ser alcanzados. El arco de sus manifestaciones puede extenderse desde una ligera irritación hasta una furia destructiva. Puede limitarse a reacciones expresivas o, por el contrario, activas que se manifiesta a través de comportamientos agresivos. En función del tiempo de reacción podemos hablar de inmediatez o dilación en la respuesta, dando lugar a modalidades que van del pique a la venganza o al odio. Para gestionar adecuadamente la rabia conviene tener presente los componentes de la ira, como son la frustración, la percepción de injusticia y la exigencia de reparación violenta o agresiva. La rabia adquiere una presencia problemática sobre todo en las relaciones interpersonales, particularmente las más íntimas, como la pareja. 6. Tristeza Oh quam tristis et afflicta Stabat mater 1. Origen y significado de la palabra tristeza La palabra tristeza deriva directamente del latín tristitia en prácticamentetodas las lenguas románicas: tristesa (catalán), tristesse (francés), tristezza (italiano). Aunque de etimología incierta, parece mantener una proximidad semántica con el verbo tero, que significa triturar, trillar, moler, cuyo participio tritum aparece en la composición de palabras como tribulación, atrición, contrición, además de tristeza. El participio pasivo de este verbo, tritum, hace referencia al efecto de la molienda que reduce a polvo (harina) o líquido (aceite) los granos de trigo o las aceitunas, al triturarlos, estrujarlos o refregarlos en el molino. De hecho, la palabra «trigo» proviene del vocablo latino triticum, que significa «quebrado», «triturado» o «trillado», en referencia a la actividad que se debe realizar para separar el grano de trigo de la cascarilla que lo recubre. Siguiendo con la metáfora de la molienda, la tristeza implicaría dos momentos: un primero doloroso, que hace referencia a la destrucción del grano o la aceituna, las capas que unen afectivamente a la persona con su mundo, la envuelven y la protegen, para dar paso al segundo, que ejercería la función de facilitar la extracción de la esencia de la persona, después de haberla depurado de sus caparazones defensivos en las pérdidas personales y de las adherencias afectivas, en las relacionales. Es un proceso siempre doloroso, que pone en contacto a la persona con lo más profundo de sí misma y la conduce inexorablemente hacia la soledad, la unicidad o la individuación. Y las lágrimas podrían considerarse como el fluido segregado en este proceso de purificación o desapego. La idea de tristeza remite a un estado de ánimo aplanado, triturado, desgastado, cansado, impotente, y es natural que se refleje en un decaimiento o descuido general, como el que suele acompañar a la expresión de la tristeza. Esta se refleja sobre todo en la mirada perdida, la cabeza baja y abatida, los labios ligeramente entreabiertos, sobre todo el labio inferior algo decaído. Desde el punto de vista neurofisiológico la tristeza se asocia a un bajo nivel de serotonina y compromete diversas estructuras cerebrales. Las lágrimas, características de la tristeza, aunque no exclusivas de ella, tienen una química diferente a las lágrimas reflejo, como las originadas al pelar una cebolla, que solo cumplen una función de lubricación de los ojos. Las lágrimas emocionales producen un efecto analgésico natural, que se asocia a la sensación de consuelo. Al contrario de la alegría, en la que el sistema simpático toma las riendas de las reacciones neuromotoras, aquí es el sistema parasimpático el que controla, además, las glándulas lacrimales a través de neurotransmisores específicos. En su activación está involucrado, como en la mayoría de las reacciones emocionales, el sistema límbico, particularmente el hipotálamo y distintas neurohormonas, como la prolactina. Da una lacrima sul viso Sobre el poder catártico de las lágrimas nos habla un bello relato rabínico, titulado La primera lágrima que avala la legitimidad y la función de las lágrimas como remedio para la tristeza, instituido por el propio Creador. Tras ser expulsados Adán y Eva del paraíso, Dios vio su arrepentimiento y les dijo: Pobres hijos míos. Os he expulsado, por vuestras faltas, del Jardín del Edén, donde habríais vivido felices y sin preocupaciones. Ahora vais a conocer un mundo lleno de dolor y de dificultades. Sin embargo, quiero que sepáis que mi amor hacia vosotros jamás desaparecerá. Por eso he decidido regalaros esta perla inestimable de mi tesoro celestial: es una lágrima. Cada vez que la aflicción os invada, que sintáis el corazón oprimido y el alma presa de la angustia, esa minúscula lágrima os subirá a los ojos y vuestra pesada carga se verá así aligerada. El llanto cumple también una función social ya desde la más tierna infancia, no tanto en su fisiología lacrimal, como en el gemido (a veces puro grito sin lágrimas) como señal dirigida a los adultos en demanda de cuidado y de afecto. Posteriormente estas señales van modulándose hasta la posibilidad de traducirse en un llanto silencioso. Da una lacrima sul viso, dice la canción italiana de Bobby Solo, ho capito molte cose. Estas lágrimas silenciosas «que dan a entender tantas cosas», constituyen un lenguaje sin palabras muy eficaz para solicitar consuelo, activar la empatía, atraer la ayuda del fuerte hacia el débil. Están orientadas a fomentar la cohesión social. Pero también pueden usarse de forma histérica, como recurso para manipular las relaciones, las llamadas «lágrimas de cocodrilo». Las lágrimas no siempre suscitan comprensión o compasión. A veces son consideradas como signos de debilidad y pueden causar rubor o vergüenza en quien las derrama, razón por la cual tienden a ocultarse o a contenerse, tal como se suele inculcar erróneamente a los niños varones. A veces, sin embargo, la contención de las lágrimas no es un problema de género («los niños no lloran») sino el efecto de una apatía, producto de una desilusión o desengaño. 2. Naturaleza y función de la tristeza La tristeza es la emoción antagónica de la alegría, que hemos descrito como la celebración de la vitalidad o de aquellos bienes o acontecimientos que suponían una ganancia vital en cualquiera de sus dimensiones. La tristeza, en cambio, está orientada a hacer frente a la experiencia de las pérdidas, cuando estas son ya irreversibles por muerte, separación o cambio. Las emociones restantes, el miedo o la rabia, no dan por irreversibles las pérdidas, sino que se enfrentan a la amenaza de aquellas condiciones que pudieran provocarlas, atacándolas o bien huyendo de ellas. En consecuencia, la tristeza es especialmente característica de las situaciones de duelo, orientadas a elaborar las pérdidas de cualquier tipo, desde la muerte de un ser querido a los fracasos personales. Igualmente, la tristeza es el sentimiento constituyente de la experiencia depresiva. A diferencia de las otras emociones, la tristeza suele ser menos inmediata en su reactividad y más duradera en el tiempo. Por ejemplo, puede venir precedida por otras emociones como la sorpresa, la rabia o por actitudes como la incredulidad que tienden a negar el reconocimiento de una pérdida. Como veremos más adelante a propósito del duelo, la tristeza suele aparecer solo en segundo o tercer lugar, después de la negación y la rabia. Sin embargo, una vez instaurada, suele prolongarse por mucho más tiempo que las otras emociones que acostumbran a tener tiempos de reacción mucho más inmediatos y que solo perduran por períodos más o menos largos si dan lugar a sentimientos derivados de ellas, como por ejemplo el odio en el caso de la rabia, o la ansiedad en el caso del miedo. La tristeza, en cambio, es una emoción que fácilmente se identifica con un sentimiento, tal como la define, por ejemplo, la RAE: «sentimiento de dolor anímico producido por un suceso desfavorable que suele manifestarse con un estado de ánimo pesimista, la insatisfacción y la tendencia al llanto», precisamente por su larga duración. Este sentimiento puede adoptar diversas modalidades o tonalidades afectivas, según derive especialmente de la pérdida de ilusión: decepción, desilusión, desengaño, desesperanza, descontento; pérdida de motivación o de ánimo: depresión, desinterés, desvitalización, anhedonia, desánimo, abatimiento, melancolía, postración, languidez; pérdida de integridad moral: culpa, atrición, contrición, arrepentimiento. Otras modalidades afectivas dependen de su atribución a causas reconocibles, sobre las que creemos que tenemos algún tipo de posible influencia, o por el contario a causas desconocidas. Respecto a las primeras podemos hablar en términos de dolor, malestar, pesar, pena, pesadumbre, tribulación, congoja, aflicción, frustración. Respecto a las segundas solemos hacerlo en términos de desgracia, desdicha o infortunio, atribuibles a la suerte o al azar. También podemos experimentar tristeza por el dolor o sufrimiento ajeno, dando origen a sentimientos tales como compasión, pena, pesar, lástima, misericordia.Existe, asimismo, la tristeza asociada a un decaimiento vital, al que damos el nombre de melancolía, fuente de inspiración romántica para grandes composiciones musicales, o la nostalgia y la añoranza asociadas al recuerdo de épocas pasadas, de paisajes lejanos o de relaciones truncadas. La tristeza puede dar lugar igualmente a sentimientos complejos en combinación con otros más simples o básicos, como por ejemplo: la envidia, que es el resultado de la suma de tristeza más rabia por el bien ajeno; la consternación, que lo es del sumatorio de tres emociones básicas: tristeza, miedo y sorpresa; el rencor, el resentimiento, la amargura, la desesperación y el despecho que son fruto de tristeza más rabia por frustración sufrida. 3. Tipología de las pérdidas El concepto de «pérdida» lo usamos de forma muy genérica para poder incluir en él una gran variedad de situaciones. Sin embargo, está claro que, además de la consideración subjetiva de cada uno, pueden catalogarse bajo esta etiqueta un sinfín de eventualidades que darían lugar a una posible tipología como la que proponemos a continuación: Pérdidas personales: vida, salud, integridad corporal, movilidad, envejecimiento, autoestima, narcisismo, identidad, dignidad (violación, abusos), libertad (prisión, secuestro). Pérdidas relacionales: abuelos, padres, hijos, hermanos, esposo o esposa, otros parientes, amigos, animales, etc., por muerte, separación, abandono, rechazo, fuga, amor no correspondido. Pérdidas materiales: bienes (catástrofes naturales, conflictos bélicos, accidentes), riquezas (crisis económicas, robos). Pérdidas simbólicas: recuerdos, sistema de creencias. Pérdidas proyectuales: fracaso profesional, pérdida laboral, fracaso del proyecto existencial. Pérdidas sociales: fama, reconocimiento social, posición o estatus social, exclusión social. Algunas de estas pérdidas pueden considerarse reversibles o irreversibles. La condición de irreversibilidad es característica de las formas más extremas de depresión y duelo, a las que dedicaremos una atención individualizada al final de este capítulo. De inmediato vamos a considerar una amplia gama de tipologías de posibles pérdidas en función de la naturaleza de los bienes perdidos. 3.1. Pérdidas personales Entendemos por pérdidas personales aquellas que constituyen una merma individual, es decir, que afectan a la persona directamente en su integridad física o psíquica, no a sus bienes o pertenencias. En el libro de Job se establece claramente esta diferencia al plantearse en dos fases distintas las pérdidas materiales y las personales. El libro está escrito en forma de diálogo entre Job y tres amigos que vienen a visitarlo, para consolarlo en su desgracia. Inicia el relato en forma de cuento oriental: Había en el país de Us un hombre llamado Job: hombre cabal y recto, que temía a Dios y se apartaba del mal. (1,1) Se extiende luego el autor detallando con todo pormenor las riquezas en bienes humanos (mujer, hijos e hijas, siervos) y materiales (casa, tierras, rebaños de ovejas y camellos, bueyes y asnos) con que Dios le había agraciado y cómo él le temía y reverenciaba y le ofrecía cada día sus holocaustos. Hasta tal punto estaba Dios seguro de Job que aceptó ponerlo a prueba por instigación del diablo, en una especie de pulso con él. Este consiguió el permiso de Yahveh para atacarlo en todos sus bienes, pero con la prohibición de tocarlo personalmente. A continuación el relato explica con detalle cómo una tras otra fue perdiendo Job sus posesiones y familia: incendios, robos, asaltos, muertes accidentales acabaron con todo. Pero Job continuó fiel a Dios, diciendo: Yahveh me lo dio, Yahveh me lo quitó. Sea bendito su nombre. (1, 21). Presentándose de nuevo, Satán le propuso a Yahveh herir a Job en su carne, convirtiendo su cuerpo en una llaga de pies a cabeza, a condición de no acabar con su vida. Pero Job continuó siendo fiel a Yahveh, por lo que al final Dios le restituyó la salud y sus bienes. Este pasaje marca la clara diferencia entre el dolor moral y emocional o sufrimiento (la pérdida de los bienes humanos y materiales) y el dolor físico, que Satán pone como prueba discriminante, a la que el diablo supone erróneamente que Job acabará por sucumbir. 3.1.1. El dolor Desde el punto de vista neurofisiológico el dolor puede ser definido como una «experiencia nociceptiva», es decir, como una sensación perceptora de un daño. Por extensión, puede referirse igualmente al dolor moral o al psicológico. El dolor tiene la función de proteger al organismo de otros daños mayores; provoca una reacción inmediata de inhibición, como apartar la mano del fuego. Es, a su vez, un reforzador aversivo importante, y, en consecuencia, puede participar en los procesos de aprendizaje. Sin embargo, habitualmente solo tomamos en cuenta sus aspectos negativos. El dolor, dice Montaigne (2007): es considerado por la mayoría de los sabios como el mayor mal y los que lo niegan de palabra, lo confiesan en la realidad… La muerte es fuente de angustia y desazón, por lo que hay que prepararse para ella a fin de librarse de su temor. Pero el dolor causado por la enfermedad es molesto y perturbador de la vida cotidiana y, por este motivo, no hay valor más preciado que la salud, puesto que sin salud se debilitan las virtudes del alma. Por eso, con frecuencia, el dolor se vive como un inhibidor del ánimo, de la vitalidad, asociado a la tristeza como antagonista de la alegría, entendida como vitalidad o brío, tal como la hemos definido en el cuarto capítulo. Sin embargo, el dolor no puede llegar a anular la vida del espíritu de manera definitiva, como lo hace la muerte. La alternativa que el ensayista propone implica admitir que el dolor es inevitable en ciertas condiciones y que aprender a vivir con él es más sabio que vivir de él, contra él o para él. La validez de este replanteamiento se pone de manifiesto en el caso de Maria Àngels Mestre (2007), paciente diagnosticada de fibromialgia, quien llegó a ingerir más de veinte pastillas al día antes de tomar las riendas de su enfermedad. En respuesta a preguntas de la entrevistadora comenta: MARIA ÁNGELS: Tantas sustancias químicas sintéticas me empeoraban, con sus efectos secundarios. Ya llevaba un año con dolores cuando me diagnosticaron fibromialgia, a finales del año 2000. Y comenzó un historial de tratamientos médicos y farmacológicos […]. Un año y medio después seguía tan mal que dejé de ir a trabajar al despacho. Desde casa seguí trabajando, y llevando la casa. Una mañana no pude levantarme: ¡una parálisis me atenazaba ambas piernas! Durante tres días no pude moverme. Fue tan espantoso… que eso me salvó: decidí que no quería seguir así. Tomé yo las riendas. Dejé de esperar remedio de los demás. Dejé de ser una paciente: empecé a dirigir yo mi curación. Y hoy me considero curada. Y no tomo fármaco alguno. Los médicos dicen que ahora soy una fibromiálgica «asintomática». Se resisten a aceptar que esté curada […]. Otros médicos me hablan de «remisión espontánea», como sinónimo de «milagro». No hay milagro: he trabajado mucho para aprender sobre mi mal, comprenderlo…, y cambiarme a mí misma, corregir mi vieja estructura psíquica, que era dañina para mí. ¡Soy hija de médico, sobrina de médico y hermana de médico! Ellos me han visto sufrir y se han sentido tan impotentes que al verme y escucharme hoy no solo no se enfadan: ¡están contentos por mí! ENTREVISTADOR: ¿Qué es lo primero que debería saber una fibromiálgica? M.A.: Que su cuerpo está gritándole que hay aspectos de su vida que le conviene cambiar. Toda mi vida yo había hecho cosas (y dejado de hacer otras) por agradar, por encajar, por ser reconocida… Y actuar en espera de aprobación externa es despreciar tu esencia. E.: ¿Qué tiene que ver con la fibromialgia? M.A.: Esta enfermedad deriva de una retención de la acción, de no hacer lo que sientes, de reprimir emociones. No estás queriéndote: el cuerpo somatiza el conflicto, y se queja. E.: Si así fuera, ¿qué habría que hacer? M.A.:Alinear pensamientos, emociones y acciones. Primer consejo: si piensas algo, ¡hazlo! Y si ves que no vas a hacerlo, ¡deja de pensarlo! Otro: esfuérzate en decir no, sin sentir culpa. Yo era perfeccionista, autoexigente, rígida, orgullosa. Lo entendí y empecé a liberarme, y hoy soy condescendiente con los demás y consecuente conmigo (pienso, siento, actúo). 3.1.2. La pérdida narcisista Entre las pérdidas personales hemos considerado las de tipo físico, como los sufrimientos infligidos por el diablo al justo Job, pero hemos señalado igualmente las que afectan a su estima, las llamadas pérdidas narcisistas. Agustín pertenece a aquel grupo de personas que creen que el mundo ha sido injusto con ellos y se deprimen por acontecimientos banales en relación a la gravedad de otros que les han sucedido, pero que no afectan a su autoestima. Con 56 años viene a terapia de grupo en un estado generalizado de desgana, desmotivación y abulia. Examinando los motivos de la depresión actual, aparece que la causa hay que buscarla en el modo en que lo han tratado en el trabajo. Intentando entender qué fue esto tan grave que pasó en el trabajo solo es capaz de referirse a un evento que sucedió un año antes en una escuela municipal donde trabajaba como conserje. El resumen de lo acontecido se puede sintetizar en la expresión «darle a alguien con la puerta en las narices». La directora y la cocinera del colegio estaban preparando una fiesta de Reyes con los niños de parvulario, cuando él, acompañando a un inspector escolar, se asomó a la clase donde se hacía la fiesta. La directora sin mediar palabra le cerró la puerta para evitar la interrupción de la actividad escolar. Este acontecimiento adquirió para Agustín tintes de tragedia hasta el punto de que, basándose en la constitución y los reglamentos de los centros escolares, interpuso una reclamación ante las autoridades de la Consejería de Enseñanza. A fin de evitar una escalada de acusaciones absurdas, las autoridades municipales decidieron darle otro destino, esta vez en el archivo comarcal donde había una baja transitoria. Inicialmente se adaptó bien, pero a los pocos meses llegó un archivero titulado que impuso criterios técnicos para llevar a cabo el trabajo. De nuevo se sintió que estaba relegado y que debía hacer frente a actividades para las que no estaba preparado, lo que interpretó como una forma de darle el esquinazo. No aceptaba que una persona de grado superior le tratara de ese modo: Todo esto me hizo sentir subvalorado, desprestigiado y aparcado… Y claro, todo esto me ha ido taladrando hasta el punto de tener que dejar el trabajo y pedir la baja por depresión. Las emociones predominantes en casos de pérdida narcisista tienen que ver con el sentimiento de desvalorización y ocultan un gran resentimiento hacia quienes de alguna manera han intervenido en el proceso de los acontecimientos. Con frecuencia las reacciones depresivas en las personalidades narcisistas son intermitentes, aunque recurrentes, y alternan con otros estados de grandeza o euforia. A veces, como en nuestro caso, se pueden instaurar como la reacción predominante y crónica, sobre todo cuando las oportunidades vitales ya no ofrecen perspectivas de compensación. 3.2. Pérdidas materiales Ya ha quedado clara, en el caso del justo Job, la distinción entre pérdidas personales y pérdidas materiales. Estas hacen referencia a los bienes materiales, cuyo valor para la persona puede cuantificarse, y que son los que suelen cubrir las compañías de seguros. Eso no significa que su valor quede reducido estrictamente a su precio o coste. A veces ciertos bienes materiales están cargados de un valor simbólico cuya pérdida no puede resarcirse con otros bienes equivalentes o dinero. La tristeza experimentada en estos casos puede verse agravada por los recuerdos o afectos considerados irrecuperables y asociados a ellos. De este modo, la pérdida de objetos ligados a recuerdos familiares, como un álbum de fotos que resulta destruido en un incendio o inundación, también puede computarse como una pérdida personal o simbólica. También poseen un gran valor emocional no solo los objetos perdidos o dañados y los otros posibles valores proyectados sobre él, sino la forma en que se produce la pérdida, por sustracción, embargo, de-sahucio, accidente, descuido propio, etc. Los efectos de estas pérdidas pueden ser de mayor o menor gravedad. En algunos casos pueden implicar la ruina completa, o casi, de individuos o colectividades. Las catástrofes naturales, los conflictos bélicos, las crisis económicas pueden dejar a personas concretas o a grandes colectivos sumidos en la miseria o la penuria y afectar de modo severo la posibilidad de rehacer sus vidas. Estos acontecimientos han afectado a grandes masas de población en estos últimos años, tal como hemos podido ver a través de los medios de comunicación: centenares de miles de personas huyendo de la guerra en Siria y llegando a las fronteras europeas en masa; centenares de miles de personas de etnia rohingya que escapan de Myanmar, donde son perseguidos como minoría musulmana, hacia Bangladesh; éxodo multitudinario también de venezolanos hacia los países limítrofes de Sudamérica, por razones económicas y de subsistencia; familias enteras provenientes de países centroamericanos, atravesando México en dirección a la frontera norteamericana; goteo interminable de emigrantes africanos que llegan en frágiles pateras a las costas de la Europa mediterránea, escapando de situaciones de conflictos bélicos o de penuria económica. A las pérdidas materiales que estas deportaciones, exilios en masa, persecuciones, destrucción o exterminio conllevan, hay que añadir con frecuencia otras pérdidas o ataques todavía más duraderos a la dignidad, a la integridad física, sexual y moral de las personas. Las vejaciones, violaciones y saqueos que acompañan frecuentemente los ataques a la población civil en los conflictos bélicos son causa de traumas profundos. Pero estas hecatombes, que tenemos muy presentes por su proximidad en el tiempo, son la repetición de innumerables desgracias provocadas por la naturaleza o las ambiciones humanas (Villegas 2018a), que de manera ininterrumpida desde los principios de la historia de la humanidad se vienen sucediendo: pestes, erupciones volcánicas, lluvias torrenciales, terremotos y tsunamis, incendios forestales, cruzadas, invasiones, conquistas coloniales, explotación minera o industrial, conflictos bélicos internacionales o mundiales, exterminios, apartheid. Todo ello nos da a entender cómo la historia de la humanidad está empapada de dolor y sufrimiento y realza el papel de la tristeza como emoción. Dirigida a la recomposición del estado de ánimo a través de la retirada de los afectos y dependencias del mundo externo, la tristeza se reorienta hacia la reconexión interior, hacia el contacto con las fuerzas vitales que, a pesar de todas las pérdidas y calamidades sufridas, vuelven a resurgir en individuos y colectividades. Y desde este punto de vista puede entenderse la importancia de resarcir a las víctimas de expolios, masacres o genocidios, a fin de restituirles, al menos, su dignidad robada. 3.3. Pérdidas relacionales Las pérdidas relacionales refieren a rupturas o abandonos, particularmente de las relaciones amorosas o amistosas. Estas situaciones a veces se viven como traiciones en función de la causa de la separación, como, por ejemplo, una infidelidad; otras, son efecto del agotamiento de una larga, improductiva o conflictiva convivencia; otras, el resultado de una unión originariamente deficitaria, que se ha ido arrastrando con mayor o menor acierto hasta el momento actual. Independientemente de la causa, el motivo o la forma en que se haya producido la separación, esta conlleva casi siempre una experiencia de duelo, cuya primera fase suele caracterizarse por la resistencia a aceptar, por parte de la persona que se considera abandonada o traicionada, la realidad de la pérdida. Las rupturas o separaciones de común acuerdo suelenresultar menos traumáticas para las personas implicadas en ellas, pero aun así requieren un tiempo de readaptación no siempre fácil de gestionar en el que la ausencia del otro genera una sensación de vacío que evoca la tristeza. 3.4. Pérdidas existenciales La pérdida existencial más determinante es la pérdida de sentido, entendido en cualquiera de sus significados. La palabra sentido es susceptible de, al menos, tres interpretaciones: «sentido» como sentir; «sentido» como dirección; y «sentido» como significado (Villegas, 2018b). En el momento en que, por la causa que sea, tenemos la sensación de no encontrarle sentido a nuestro existir, eso lleva como consecuencia la pérdida de ilusión, tal como pone de manifiesto el siguiente texto escrito por una joven adolescente: La vida ya no tiene sentido para mí, ya no tengo ilusiones, ya no puedo luchar más, ya estoy cansada de llorar y de engañarme, pensando que el día siguiente será distinto. Ya no puedo más. Me siento sola y no sé pedir ayuda y ahora la necesito más que nunca. Estoy desesperada porque sé que nunca me curaré, porque ya lo he probado todo y nada funciona… Todos los esfuerzos que he llevado a cabo son mentira, son momentos esporádicos que tal como vienen se van. Maldigo el día en que nací. ¿Por qué me tenía que pasar esto? Estoy cansada de estar llorando todo el día por algo mal hecho que podría haber evitado. Lo estoy perdiendo todo, la familia, las amigas… la vida. Me muero por dentro. La única solución es desaparecer, pero hay algo que me lo impide; no sé cómo hacerlo sin que nadie sufra por mí. Por eso, si no hubiera nacido, todo sería mejor, tanto para mí como para la gente que sufre por mí. Ahora me doy cuenta de lo mucho que necesito a mis padres, me doy cuenta de que no tengo cariño y que por eso los necesito, pero no sé cómo pedirles ayuda. Tal vez si supiesen cómo me siento comprenderían mejor mi dolor. Pero dudo que lo hiciesen y este debe ser el motivo por el que no les digo nada, porque sé cómo reaccionarán y no quiero verlo, porque no me gustará. La sensación de vacío existencial suele ser el resultado de la falta de compromiso con la existencia y repercute con frecuencia en una posición de desidia o despreocupación ante la vida. Esta posición adquiere distintos matices según el momento vital de la persona. Desde la perspectiva de la edad puede vivirse como nostalgia, desengaño o depresión frente a la percepción de inutilidad de cualquier esfuerzo por alcanzar la felicidad, como un fracaso ante una vida perdida o como una falta de proyecto que desarrollar en este mundo. Esta sensación de vacío o falta de sentido de la vida es típica de las crisis del ciclo vital. El texto que acabamos de transcribir pertenece a una adolescente que no vislumbraba un horizonte para su vida en el que proyectarse. 3.5. Pérdidas sociales Aunque no siempre se puede establecer una separación clara entre los distintos tipos de pérdidas, hemos reservado la categoría de pérdidas sociales para aquellas que implican una exclusión social en la práctica, por ejemplo en el ámbito laboral o profesional. Con frecuencia estas experiencias, además del estado de depresión o abatimiento en que dejan a la persona, repercuten en una actitud desconfiada. Tal es el caso de Alfredo, paciente que ha entrado en un estado de profunda depresión después de muchas pérdidas de tipo familiar, relacional y laboral que han supuesto engaños y traiciones. Hablando específicamente de la pérdida del trabajo, ocurrida en el contexto de una lucha sindical en la que se sintió abandonado y traicionado por sus compañeros, aparece el tema de la desconfianza en las relaciones humanas: ALFREDO: Yo era delegado sindical, trabajaba en el comité de empresa, era agente sindical de Comisiones Obreras. Era una persona bastante activa, defendía a la gente, los intereses de los trabajadores. En un momento dado empecé a notar que los propios trabajadores me hacían el boicot, que me rechazaban. Y dejé el trabajo porque ya no podía seguir trabajando así. TERAPEUTA: Hay algo que me llama la atención: que tú eras sindicalista, que luchabas por los demás y no fuiste capaz de hacerlo por ti. ¿Qué es lo que te frenaba? A.: Supongo que si había luchado por los demás también me hubiera gustado defenderme. Pero no pude y fue cuando entré en este túnel, en este pozo del que no podía salir, del que no veía la salida. T.: Lo viviste tal vez como una ingratitud, una falta de comprensión, de correspondencia, de amistad… De alguna forma te sentiste traicionado. Y ante la traición, ¿qué sentimientos se te despiertan? A.: (Silencio) Los sentimientos de tal vez ser más desconfiado de lo que realmente soy. De desconfiar de la gente. 3.6. Pérdidas simbólicas Las pérdidas simbólicas afectan a creencias o valores que para la persona constituyen el entramado ético sobre el que se sustenta su mundo personal. A veces este mundo simbólico es compartido con los demás miembros de su entorno cultural o social; otras, en parte o en su totalidad, está formado por experiencias de carácter idiosincrático que se canalizan en una determinada visión del mundo a través del arte, de la religión, de una ideología o incluso de un delirio. Si a la persona se le cuestiona su mundo de creencias puede sentir que literalmente «el mundo se le viene abajo», quedándose sumida en la perplejidad y la desesperación. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Este es el caso de Raquel, paciente a la que ya hemos dedicado una especial atención en otros escritos (Villegas, 2009, 2011), a quien el anuncio de la próxima muerte del padre, a causa de un cáncer de pulmón, pone en jaque sus creencias religiosas sobre las que basaba el sentido de su vida. El dolor y la desesperación actuales de Raquel tienen que ver con la percepción del acortamiento de vida que amenaza al padre. Siente que su necesidad de redimirlo en su historia de víctima maltratada y maltratadora no va a ser posible a causa del poco tiempo que le queda de vida. Esperaba que lo que ella no consiguiera en esta vida lo obtuviera al menos en la otra: que Dios se apiadara de él y lo acogiera en su regazo en el momento de su muerte. Pero ahora se ha desatado una crisis de fe a causa de todos estos acontecimientos: ha dejado, según sus palabras, de creer en Dios y en los hombres. Inicia la sesión refiriéndose a un estado de irritación constante que no comprende y que le hace sentir muy mal consigo misma y con los demás: RAQUEL: Últimamente me descontrolo por nada. Estoy muy mal. Lo que ha cambiado es que estoy siempre enfadada. No entiendo qué me está pasando… Estoy enfadada con todo, con las cosas que creía y ya no las creo (llora)… Antes creía mucho en Dios, y ahora no creo… Me paso todo el día pensando que no existe Dios, que qué injusto es, porque si realmente existe cómo quiere que yo crea en él. Porque ¿qué hace por mí?; no hace nada, ni por mí ni por mi padre. ¿Por qué estoy enfadada? Es que no lo sé. Es una mezcla de pena, de tristeza y rabia… Últimamente no me quiero levantar; me quedaría durmiendo. TERAPEUTA: Estás enfadada con Dios. R.: Pero muy enfadada… Es que a veces en mi interior me enfado con Él como provocando, como poniendo condiciones: «Bueno haz una señal, tanto para bueno como para malo». No quiero tener que esperar a morirme para que me diga: «¡Ehhh, que estoy aquí!». T.: A Él no puedes perdonarle. R.: No; no es justo… T.: Eso es; y por eso ahora te has enfadado tanto. Porque de alguna manera ha fallado lo que desde pequeñita habías creído. R.: Claro; supongo que sí. Ha sido cuando ha fallado. Dios mío…, no es justo. No lo soporto (gimiendo y llorando). Tanta gente que se muere…; estamos solos, no hay nadie. Yo había creído en un ser que algún día nos iba a dar una recompensa después de una vida de sufrimiento. Pero ahora, para cualquiera que se muera, se acabó. No somos nada, no somos nadie. Nada para mí tiene sentido ahora… ¿Para qué he tenido dos hijos? Para que sufran, para que se mueran. No puedo (rompe a llorar de nuevolargamente)… Para mí ya no tiene sentido. Ya casi al término de la sesión, Raquel comenta que cuando llegue a casa va a tirar todos los símbolos religiosos, imágenes de santos, estampas, cruces y las va a quemar. A este propósito comentará en la siguiente sesión que, cuando lo quemó, salió de la pira solo humo, cuando todavía esperaba alguna señal, alguna voz que dijera: «¡Eh, no me quemes, no me destruyas, que estoy aquí!». 3.7. Pérdidas proyectuales Las pérdidas proyectuales hacen referencia a interrupciones, impedimentos o bloqueos en la continuidad temporal o definitiva de nuestros planes o proyectos vitales. Estos impedimentos pueden surgir en el ambiente social, familiar o interpersonal, pueden deberse a cambios físicos en el ámbito de la salud, a la pérdida de recursos materiales, al paso infructuoso del tiempo, a las frustraciones o desengaños experimentados en los diversos ámbitos de la vida o pueden provenir, incluso, de nuestra propia capacidad de boicot interno. Pinchar el globo Un marcador discursivo característico en el relato de este tipo de pérdidas proyectuales hace referencia invariablemente a la distinción temporal «antes/ahora», lo que indica que se trata de una respuesta reactiva a una situación producida a partir de un momento determinado en el que se pincha el globo y solo queda un pingajo de plástico inservible. Este aspecto reactivo se puede captar muy bien, por ejemplo, en el caso que reproduce Castilla del Pino (2002) en su libro sobre la depresión, en el que nos presenta a una mujer cuyo proyecto de vida era el matrimonio, proyecto que se viene abajo, en ausencia de ningún otro, porque ella pensaba que «el matrimonio era una cosa y luego es otra muy distinta». Soy casada y tengo tres hijos: un varón, el pequeño, y dos niñas. Mi marido es ingeniero y trabaja en una empresa de maquinaria eléctrica… No me encuentro bien desde pocos meses después de nacer mi hijo. No soy como era antes, estoy aburrida. Yo antes tenía ilusión por todo. ¡Qué poco me interesa ahora mi marido, los niños, todo! No es que no los quiera, pero también me aburren. No sé de qué me quejo en realidad. Tengo de todo, estamos bien… pero ahora me molesta todo lo que hace mi marido. Todo no; pero, por ejemplo, cuando antes llegaba él de la fábrica, yo tenía ilusión, pero ahora, ya se lo he dicho, no tenemos nada de qué hablar. ¿Es posible que no tenga nada de qué hablarme? Él dice que está cansado, que lo que quiere es estar tranquilo, y se pone a leer el periódico. Le gusta mucho el fútbol y a mí eso me pone frenética. Que esté deseando salir del trabajo para venir a casa a leer los deportes… Ya se lo decía a mi hermana: mira, déjate de tonterías, tú piensas que el matrimonio es una cosa y luego es otra, muy distinta. 4. Depresión Desde el punto de vista de los trastornos psicológicos, el miedo y la tristeza son las emociones más implicadas en la mayoría de ellos. El miedo con sus funciones preventivas o evitativas está en el origen de los trastornos ansiosos. La tristeza, en cambio, yace en el fondo de los trastornos depresivos. Pero si nos preguntamos qué queremos evitar o prevenir con la ansiedad, la respuesta apuntará siempre a la tristeza. Esta es la emoción que evoca pérdida o muerte. No es de extrañar, por ello, que, como dice Colina (2011), la depresión como síntoma «pueda surgir en la totalidad de los procesos psicopatológicos». Detrás de toda depresión se puede identificar una pérdida, una ausencia o una carencia fundamental para cada persona. Algunas de estas carencias o ausencias se pueden llamar originarias, por cuanto se detectan ya en los inicios de la historia del sujeto. Otras se producen con posterioridad por traición, abandono, muerte, fracaso, desilusión o impotencia, dando origen a depresiones relacionadas con estas pérdidas a las que hemos denominado específicas, como, por ejemplo, la depresión asociada al duelo. Originariamente la depresión emerge de una forma casi natural, como respuesta a una falta de fundamento en el que asentar el propio ser. Es el negativo de la existencia. Como dice Paul Williams (2014), eso supone la negación no solo de la valía, sino de la entidad del propio ser: «Yo sentía que no existía, que es lo mismo que sentirse insustancial». La existencia humana se sustenta sobre el amor ontológico y su ausencia o carencia pone en peligro la subsistencia del propio ser, equivale a la falta de fundamento. La depresión, es decir, la sensación de impotencia, falta de sentido y desmotivación general, acompañada de sentimientos de tristeza y desesperanza, es un fenómeno muy común, que puede darse también de forma retroactiva ante múltiples circunstancias, que nos retrotraen a la posición originaria de ausencia de fundamento. La depresión retroactiva se puede considerar como la cárcel en el juego de la oca, donde se puede ir a parar desde cualquier posición en que se encuentre una persona. Es una morada que puede ser considerada transitoria si sabe elaborarse el motivo de la caída a través de un proceso de duelo, o definitiva, si no se quiere reconocer. El que ha perdido un trabajo, una relación amorosa, unos familiares o allegados en un accidente repentino o por muerte natural, unas creencias o referentes ideales, ha experimentado un fracaso o ha sido herido en su amor narcisista necesitará un tiempo para recomponerse, siempre que sepa aprender de su dolor, pero tendrá la oportunidad de salir reconstituido, sobre todo si ha hecho un proceso de terapia para elaborar el duelo. En la existencia humana son inevitables los fracasos y las pérdidas y, en consecuencia, normales. Lo que es neurótico es la frustración. Saber convertir el fracaso o la contrariedad en aprendizaje es lo que nos ha de permitir avanzar en el camino de la vida (resiliencia). Si nos atenemos a las observaciones que vierte la psiquiatría sobre la depresión como síntoma clínico, llegamos a la conclusión de que la tristeza es el síntoma anímico por excelencia de la depresión junto a abatimiento, pesadumbre o infelicidad, aunque a veces el estado de ánimo predominante es la irritabilidad, sensación de vacío o nerviosismo. A estos síntomas de la esfera anímica o afectiva se añaden otros de tipo motivacional como la anhedonia o pérdida de la capacidad de disfrute y la apatía como falta de interés por las cosas. El rendimiento cognitivo, la memoria, la atención y la capacidad de concentración de una persona deprimida se encuentran también afectados. La manera de pensar de la persona se ve igualmente teñida o ensombrecida por una perspectiva negativa o pesimista, que afecta particularmente a la valoración que hace de sí misma y de sus posibilidades, dando lugar a una baja autoestima. Hay que añadir a todo ello afectaciones físicas frecuentes, como insomnio o dificultad en conciliar el sueño, pérdida del apetito, fatiga e inapetencia sexual, entre otros. Con todo este cuadro no es de extrañar que las relaciones interpersonales y sociales se vean afectadas seriamente. Aunque desde el punto evolutivo las manifestaciones de dolor, pena, tristeza o abatimiento estén orientadas filogenéticamente a obtener una mayor atención y cuidado de los demás, una prolongada duración o excesiva intensidad de estos síntomas pueden llegar a provocar el cansancio de los cuidadores, abandonando a su suerte a la persona que los sufre y dejándola en una situación de aislamiento social. Ante este panorama tan devastador cabe preguntarse ¿qué es lo que puede llevar a una persona a caer en este profundo pozo? Como respuesta podríamos remitirnos a la casuística que hemos ido desgranando a lo largo de este capítulo. Todas y cada una de las pérdidas a las que hemos aludido bastan y sobran para poder dar origen a una respuesta depresiva. Sin embargo no es la naturaleza de la pérdida por sí misma la que hace caer el plato de la balanza hasta tocar lo más hondo, sino el significado que adquiere para la persona. Hay tipos de pérdidas que dan tan directamente en la diana o en el tendón de Aquiles propio, que desestabilizantotalmente a la persona, en dependencia también del momento vital en que se producen, de los recursos personales, materiales o sociales que todavía le quedan para hacer frente a la nueva situación creada, de experiencias de superación o de indefensión anteriores, con que poder manejarse ante la desgracia. Las desgracias nunca vienen solas Estas pérdidas pueden presentarse de manera aislada o, como en el caso del justo Job, al que nos hemos referido más arriba, en diversas combinaciones haciendo más o menos grave su impacto y la reacción depresiva. En el caso que consideramos a continuación pueden detectarse simultáneamente diversos tipos de pérdida: relacionales, proyectuales, materiales, personales. Alfredo, paciente de 52 años, al que ya nos hemos referido más arriba al hablar de las pérdidas sociales, divorciado y casado en segundas nupcias, tiene una hija de 25 años del primer matrimonio. Llega a terapia de grupo después de 6 años de depresión, por la que recibe una pensión de invalidez. Los desencadenantes para la depresión los identifica en una serie de acontecimientos que se produjeron casi en simultáneo. TERAPEUTA: ¿Qué pasó durante este tiempo? ALFREDO: Se me juntaron una serie de problemas en el trabajo, en casa, la separación de mi mujer, la enfermedad de mi madre y eso hizo que cayera en un pozo del que no veía salida. Bueno pensaba que la muerte era la única salida. Por eso pensé en el suicidio. Mi madre murió y poco antes también mi padre. T.: Muchas pérdidas a la vez. A.: Sí. Me vi impotente, incapaz. T.: También tuviste que dejar el trabajo. A.: Sí. Tuve que dejar el trabajo, luego me dieron la invalidez por depresión. Ahora soy pensionista, pero no he podido salir todavía, no encuentro fuerza para nada, soy incapaz de nada. T.: Y ahora ¿qué apoyos tienes? A.: Ah, bueno, me volví a casar. Mi compañera intenta ayudarme y la relación es buena. T.: ¿Y por parte de tu familia? A.: Bueno, es que no tengo prácticamente a nadie. Tenía un hermano y también murió muy joven. T.: Debías sentirte muy solo. Debió ser muy duro. ¿Qué fue lo primero de todo? A.: Primero fue la ruptura matrimonial, después el trabajo, y después la enfermedad de mi madre. T.: ¿Cómo se produjo la ruptura matrimonial? (pérdida relacional). A.: Es ella la que se marchó… Quería un tiempo para pensar, y durante este tiempo estuvo saliendo con otra persona (iniciadora). T.: ¿Y a ti qué efecto te producía que saliera con otra persona? A.: No sé cómo explicarlo. Me dejó por los suelos, es como si ella me hiciese sentir poca cosa, una nada (pérdida personal). T.: Y ante esta experiencia, ¿qué sentimientos te venían a ti? A.: Sobre todo tristeza. Tal vez me hizo sentir poco hombre para ella. T.: Poco hombre para ella… (pérdida narcisista) ¿Cómo fue la separación? ¿Era una cosa esperada por ti? A.: No…, no…, no me lo esperaba (efecto sorpresa). Mi mujer salía con otro hombre y yo no me había enterado. La sorprendí in fraganti. Entonces ella me lo confesó y me sacó de casa prácticamente con la ropa puesta (pérdida material)… Entonces me vine a vivir a casa de mis padres hasta que murieron. T.: ¿Qué sentimientos te suscitó ver a tu mujer con otro? A.: Hombre, pues de tristeza. Y sentirme engañado… Y traicionado. T.: Engañado y traicionado. ¿Cómo te lo planteó ella? A.: Pues con mucha frialdad: me dijo que teníamos que dejarlo y que quería el divorcio y que como teníamos una hija lo lógico era que ella se quedase con la hija y con el piso (pérdida personal, relacional, material y proyectual). T.: Pero era ella quien pedía el divorcio y no tú. Si lo mirases con ojos de sindicalista, ¿cómo lo verías esto? A.: Muy mal; porque debería ser ella quien hubiera tenido que irse. T.: Parece que hay un momento en que renunciaste, como en el trabajo: renunciaste a tus derechos ¿no? Renunciar no significa solo una renuncia a una cosa externa sino también un abandono de ti mismo, una desvalorización de ti mismo. Entonces no me extraña que te sintieras impotente… Porque de repente tú mismo dejas tu fuerza, dejas tu lucha (pérdida personal y proyectual). A.: Sí, renuncié a mi fuerza. T.: Exacto y a la lucha por tus derechos. Porque a partir de ahí te fuiste vaciando. Y además vinieron a faltar tus padres. Una cosa detrás de otra. De no luchar derivó una pérdida de fuerza, una pérdida de autoestima, un abandono de la defensa de los propios valores (pérdida personal). A.: Me quedé en blanco, como si me hubieran dado un mazazo en la cabeza. No pude reaccionar. T.: Fue tan repentino que no pudiste reaccionar. En el caso de Alfredo la sensación predominante es la de traición. Traición por parte de los compañeros, traición por parte de la exmujer. Ante esta actitud de los demás Alfredo se encuentra sin defensas. ¿Cómo va a luchar contra sus compañeros de trabajo, su mujer, a pelear por la casa, por la hija? Simplemente abdica, renuncia, deja caer las armas y se hunde en la depresión. Es interesante observar cómo en los sentimientos de Alfredo no se manifiesta la rabia. En su lugar aparecen los sentimientos de impotencia, tristeza, traición, engaño, abandono, soledad, emociones o sentimientos todos de naturaleza pasiva, característicos de una regulación prenómica (Villegas, 2011, 2015). Se siente desposeído de sus derechos, y no los reivindica, simplemente se aparta con la sensación de haber perdido una batalla antes de haberla librado. Ni siquiera se le tiene en cuenta a la hora de plantear el conflicto. Contribuye a esta reacción lo inesperado del comportamiento de los otros, lo que refuerza la sensación de traición. En el trabajo son los compañeros, que no le corresponden, sin que él pueda anticiparse a sus movimientos. En la relación de pareja es la mujer la que inicia (Villegas y Mallor, 2010) la separación, no solo por proponerle directamente el divorcio, sino porque hace tiempo que ya está construyendo su alternativa a escondidas de él. Todo esto deriva en una pérdida de valoración y autoestima de la que le es muy difícil salir y por la que fácilmente piensa en el suicidio. En el trabajo terapéutico con la depresión habrá que tener en cuenta la elaboración del duelo, el cual muchas veces, como dice Cancrini (1996), prefiere ocultarse bajo síntomas somáticos (insomnio, dolor de cabeza, inapetencia, etc.) o motivacionales (desgana, desilusión, etc.), antes que ponerle palabras al dolor. 5. Duelo El duelo puede entenderse como «el proceso de elaboración de las pérdidas significativas y de reconstrucción de la vida en función de la situación generada por ellas». La palabra duelo es la forma sustantiva del verbo «doler», tomada en concreto de la primera persona del presente, que precisamente no suele usarse, como tal, dado su carácter pronominal. En su lugar decimos: «me duele», para referirnos a la primera persona. Se pone el acento en la experiencia subjetiva de quien experimenta un dolor, marcando su carácter procesual más que temporal. Si queremos referirnos a las manifestaciones sociales o rituales del duelo, podemos usar también la palabra «luto». Aunque el duelo es un proceso natural, su duración puede extenderse más de un año, según el significado subjetivo de la pérdida. El proceso de elaboración del duelo es un trabajo costoso que implica dolor y tiempo. A veces da la impresión de que el sufrimiento no se ha de acabar nunca, pero si se elabora bien y no se le escatima, es posible ver la luz al final del túnel. En este proceso la aflicción es grande: se recuerda a la persona que ya no se tiene al lado y a la relación que se tuvo con ella y que ahora se echa de menos, pero es mediante esta tarea que se superará la pérdida. Cada vez que algo se va, deja lugar a lo que sigue, es la toma de conciencia de la verdadera ausencia y el contacto con ella lo que permitirá luego la aceptación de la nueva realidad; en este proceso se sentirá un gran vacío que solo se podrá llenar mediante un curso doloroso y a veces largo. No se puede decir cuánto tiempo se puede tardar en superar una separación o una ruptura