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Manuel	Villegas
La	mente	emocional
Herder
Diseño	de	la	cubierta:	Herder
Edición	digital:	José	Toribio	Barba
©	2020,	Manuel	Villegas
©	2020,	Herder	Editorial,	S.L.,	Barcelona
ISBN	digital:	978-84-254-4545-3
1.ª	edición	digital,	2020
Cualquier	forma	de	reproducción,	distribución,	comunicación	pública	o
transformación	de	esta	obra	solo	puede	ser	realizada	con	la	autorización	de	sus
titulares,	salvo	excepción	prevista	por	la	ley.	Diríjase	a	CEDRO	(Centro	de
Derechos	Reprográficos)	si	necesita	reproducir	algún	fragmento	de	esta	obra
(www.conlicencia.com)
Herder
www.herdereditorial.com
http://www.herdereditorial.com
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Índice
PREFACIO
Mente
Emocional
1.	¿QUÉ	ES	UNA	EMOCIÓN?
1.	Origen	y	significado	de	la	palabra	emoción
2.	Definición	de	emoción
2.1.	De	Darwin	a	Walt	Disney
2.2.	La	dimensión	neurofisiológica
3.	Emoción	y	conceptos	afines
4.	¿Cuántas	y	cuáles	son	las	emociones	básicas?
5.	La	función	informativa	del	sistema	emocional
6.	La	función	activadora	de	las	emociones
6.1.	La	respuesta	emocional
6.2.	Las	siete	reglas	del	funcionamiento	emocional
7.	La	función	expresiva
7.1.	Las	expresiones	faciales
7.2.	Las	expresiones	gestuales
7.3.	Las	expresiones	posturales
7.4.	Las	expresiones	paralingüísticas
7.5.	Las	expresiones	verbales
8.	Emociones	positivas	y	negativas
9.	Inteligencia	o	estupidez	emocional
10.	Emociones	y	sentimientos
Resumen
2.	SORPRESA
1.	Origen	y	significado	de	la	palabra	sorpresa
2.	Naturaleza	de	la	sorpresa
3.	La	familia	de	la	sorpresa
3.1.	Sorpresa	y	miedo
3.2.	Sorpresa	y	rabia
3.3.	Sorpresa	y	alegría
3.4.	Sorpresa	y	tristeza
3.5.	Sorpresa	estuporosa
4.	Los	dominios	de	la	sorpresa
5.	Curiosidad	e	interés
6.	Los	enemigos	de	la	curiosidad
7.	La	prevención:	hombre	prevenido	vale	por	dos
8.	La	previsión	del	futuro
8.1.	La	paradoja	del	destino
9.	La	gestión	de	la	sorpresa
9.1.	Significar	o	contextualizar	la	experiencia
9.2.	El	desbloqueo	estuporoso
Resumen
3.	MIEDO
1.	Una	película	de	terror
2.	La	familia	del	miedo
3.	Definición	de	miedo
4.	La	utilización	social	del	miedo
5.	Tipologías	del	miedo
5.1.	Miedos	ancestrales
5.2.	Miedos	traumáticos
5.3.	Miedos	sociales
5.4.	Miedos	existenciales
5.5.	Miedos	morales
5.6.	Miedos	catastrofistas
5.7.	Miedos	neuróticos:	fobias	y	paranoias
6.	La	gestión	del	miedo
Resumen
4.	ALEGRÍA
1.	Origen	y	significado	de	la	palabra	alegría
2.	Naturaleza	y	función	de	la	alegría
2.1.	Bienes	de	carácter	material	o	físico
2.2.	Bienes	de	carácter	social
3.	La	familia	de	la	alegría
4.	La	felicidad
4.1.	Lo	que	no	es	la	felicidad
4.2.	Lo	que	es	la	felicidad
5.	La	gestión	de	la	alegría
6.	Gaudeamus	igitur
Resumen
5.	RABIA
1.	Naturaleza	y	función	de	la	rabia
2.	La	familia	de	la	rabia
3.	Modalidades	expresivas	de	la	rabia
3.1.	Modalidad	reactiva	pendenciera:	el	pique
3.2.	Modalidad	reactiva	afectiva:	el	enfado
3.3.	Modalidad	reactiva	agresiva:	la	ira
3.4.	Modalidad	diferida	querellante:	la	queja	y	el	reproche
3.5.	Modalidad	diferida	autopunitiva:	culpa	y	suicidio
3.6.	Modalidad	heteropunitiva:	la	venganza
3.7.	Modalidad	diferida	malevolente:	el	odio
3.8.	Modalidades	cruzadas
4.	Parejas	rotas
5.	La	gestión	de	la	rabia:	¿controlar	o	regular	la	ira?
Resumen
6.	TRISTEZA
1.	Origen	y	significado	de	la	palabra	tristeza
2.	Naturaleza	y	función	de	la	tristeza
3.	Tipología	de	las	pérdidas
3.1.	Pérdidas	personales
3.2.	Pérdidas	materiales
3.3.	Pérdidas	relacionales
3.4.	Pérdidas	existenciales
3.5.	Pérdidas	sociales
3.6.	Pérdidas	simbólicas
3.7.	Pérdidas	proyectuales
4.	Depresión
5.	Duelo
Resumen
7.	GESTIÓN	Y	REGULACIÓN	DE	LAS	EMOCIONES
1.	El	árbol	y	el	bosque
2.	¿Es	posible	regular	las	emociones?
3.	La	respuesta	emocional
4.	Modalidades	de	respuesta	emocional
5.	La	gestión	emocional
5.1.	Primer	paso:	identificar	las	emociones
5.2.	Segundo	paso:	expresarlas
5.3.	Tercer	paso:	dejarlas	cursar
5.4.	Cuarto	paso:	comprenderlas	para	regularlas
6.	Aprender	a	gestionar	y	regular	las	emociones
6.1.	Evitar	la	frustración,	reinterpretar	el	fracaso
6.2.	Evaluar	la	injusticia
6.3.	La	restitución	o	reparación	de	la	injusticia
6.4.	El	perdón
7.	La	dialéctica	razón-emoción
Resumen
8.	EDUCAR	LAS	EMOCIONES
1.	Educación	emocional
2.	La	experiencia	emocional
3.	Las	emociones	son	construcciones	experienciales
4.	Las	emociones	son	únicas	e	intransferibles,	relativas	a	las	percepciones
personales
5.	Educación	emocional	a	medida,	a	través	de	la	empatía
6.	Las	condiciones	para	una	escucha	empática
6.1.	El	silencio
6.2.	Ausencia	de	prejuicios
6.3.	El	respeto
6.4.	La	contextualización
7.	La	empatía	trasformadora
8.	La	educación	familiar
8.1.	La	especificidad	educativa	de	la	función	parental
8.2.	Educar	a	los	hijos	para	la	libertad
8.3.	La	cohesión	y	coherencia	parental
9.	La	educación	escolar
Resumen
9.	SANAR	LAS	EMOCIONES
1.	Psicoterapia	para	el	sufrimiento	emocional
2.	El	papel	de	las	emociones	en	las	depresiones	y	los	trastornos	de	ansiedad
3.	La	obsesión	como	ejemplo
4.	Pecar	por	exceso	o	por	defecto
4.1.	Ataraxia	y	alexitimia
4.2.	Histrionismo
4.3.	Alta	emoción	expresada	(EE)
4.4.	Dependencia	afectiva
5.	Las	emociones	son	pocas	y	simples,	los	sentimientos	muchos	y	complejos
6.	El	trabajo	con	las	emociones	en	psicoterapia
6.1.	Sentir	e	identificar	las	emociones
6.2.	Permitir	su	expresión
6.3.	Facilitar	su	curso
6.4.	Contextualizarlas	para	comprenderlas
6.5.	Convertirlas	en	motor	para	el	cambio
7.	La	terapia	como	proceso	hacia	la	autonomía
Resumen
EPÍLOGO
BIBLIOGRAFÍA
INFORMACIÓN	ADICIONAL
Prefacio
Es	de	creer	que	las	pasiones	dictaron	los	primeros	gestos
y	que	arrancaron	las	primeras	voces...
No	se	comenzó	por	razonar,	sino	por	sentir.
Jean-Jacques	Rousseau
Mente
Hemos	titulado	este	libro	La	mente	emocional.	Podríamos	haberlo	titulado	El
cerebro	emocional,	lo	que,	desde	el	punto	de	vista	comercial,	posiblemente	sería
más	rentable	y	llamativo,	al	unir	en	una	sola	frase	dos	conceptos	muy	potentes,
que	venden	muy	bien:	«cerebro»	y	«emociones».	Pero	no	lo	hemos	hecho;	y	por
varias	razones.
La	primera,	por	honestidad:	las	neurociencias	no	son	mi	especialidad	en
psicología,	ni	mi	trayectoria	intelectual	corrobora	mi	dedicación	a	ellas,	lo	cual
me	colocaría	claramente	de	prestado	en	este	ámbito.	De	modo	que	aunque	a
través	de	este	escrito	encontrará	el	lector	numerosas	e	interesantes	referencias	a
investigaciones	provenientes	de	la	neuropsicología,	estas	nos	servirán	como
apoyo	para	nuestro	trabajo,	pero	no	constituyen	su	núcleo	esencial.	Además
incurriría	en	un	plagio,	puesto	que	Joseph	Ledoux,	con	mucha	mayor	autoridad
en	este	campo	como	investigador	neurocientífico,	ya	tuvo	la	brillante	idea	de
titular	así	su	libro	The	emotional	brain	en	1996,	traducido	como	El	cerebro
emocional	en	1999	por	la	editorial	Ariel.
La	segunda,	por	las	limitaciones	propias	de	la	investigación.	A	pesar	de	los
grandes	avances	que	se	han	llevado	a	cabo	en	los	últimos	años	en	el
conocimiento	del	cerebro,	son	todavía	más	las	cosas	que	ignoramos	de	él	que	las
que	sabemos.	Muchos	de	los	hallazgos	permiten	la	formación	de	teorías
plausibles,	pero	todavía	no	demostradas	ni	siempre	demostrables;	lo	que	sucede,
por	otra	parte,	invariablemente	en	todos	los	campos	del	conocimiento.	Existe
además	un	gran	debate	interno	en	el	mundo	de	las	neurociencias,	no	solo	sobre
la	naturaleza	de	los	datos	sino	sobre	su	interpretación,	lo	que	constituye,	sin
duda,	un	gran	aliciente	para	sus	investigadores.
La	tercera,	por	coherencia	conceptual.	Partimos	de	un	concepto	integral	de	la
actividad	psíquica,	sin	compartimentos	estancos.	«Cerebro	emocional»	podría
significar	que	dentro	del	cerebro	hay	«un	cerebrito»	(en	algunas	concepciones,	el
cerebro	límbico)	dedicado	a	las	emociones,	mientras	otras	partes	del	cerebro
estarían	dedicadas	a	otras	funciones,	como	el	pensamiento,	la	memoria	o	el
lenguaje,	con	lo	que	se	mantiene	la	percepción	de	un	cerebro	mecánico,
compuesto	de	piezas	que	interactúan	entre	sí,	pero	que,	siguiendo	la	metáforadel
ordenador,	son	independientes	entre	ellas.	Una	especie	de	frenología	intracraneal
actualizada,	en	correspondencia	con	los	estudios	por	neuroimagen.
En	la	difusión	periodística	de	estos	conocimientos	es	habitual	el	recurso	a
metáforas	como	dibujar	«mapas	cerebrales»	o	«cartografiar	el	cerebro».	Se
insiste	igualmente	en	la	propagación	de	neuromitos,	exagerando	las	diferencias
hemisféricas	o	entre	sexos,	que,	aunque	reales	(Gregg	et	al.	2010),	son	muy
maleables	por	el	aprendizaje	y	el	entorno;	apelando	al	descubrimiento	de	las
zonas	inconscientes	más	recónditas	del	cerebro	mediante	el	consumo	o	no	de
sustancias	psicotrópicas	o	de	prácticas	esotéricas;	o	con	la	promesa	de	acceder	al
aprendizaje	de	idiomas	en	quince	días,	utilizando	métodos	con	sobrenombres	de
autores	ingleses,	holandeses,	alemanes	o	suecos	(«y	si	no	queda	satisfecho,	le
devolvemos	su	dinero»),	basados	en	la	activación	de	áreas	infrautilizadas	del
cerebro,	que	pueden	ser	estimuladas	durante	el	sueño	o	incluso	ya	en	el
embarazo.
El	recurso	al	cerebro	como	órgano	corporal,	y	su	estudio	a	través	de
neuroimágenes,	parece	perpetuar	paradójicamente	el	dualismo	psicofísico	que	ha
predominado	en	el	pensamiento	filosófico	durante	siglos,	o,	al	contrario,	por
reduccionismo,	negar	cualquier	valor	simbólico	a	la	experiencia	humana.	Es
frecuente	oír	hablar	de	la	actividad	cerebral	como	independiente	del	individuo	o
sujeto,	con	mensajes	como	«tu	cuerpo,	tu	estómago,	o	tus	células	deciden	por
ti»,	como	si	yo	fuese	algo	distinto	de	mi	cuerpo,	o	mi	cuerpo	fuera	algo	distinto
de	mí.	Las	células,	las	neuronas	o	las	sinapsis	son	mis	células,	mis	neuronas,	mis
sinapsis.	Yo	soy	mi	sistema	nervioso;	no	existe	este	homúnculo	neurológico
(sentado,	o	no,	en	la	glándula	pineal)	que	va	a	su	bola,	¡y	yo	sin	enterarme!
También	para	el	inconsciente	freudiano	se	busca	una	ubicación	en	las
profundidades	neuronales.	Parece	que	la	consigna	sea	hacer	lo	posible	para
reducir	el	sujeto	humano	a	una	especie	de	teleñeco	estúpido,	movido	por	cables
invisibles	internos	o	externos	(neuronales	o	sociales),	carente	de	libertad,
intencionalidad	y	responsabilidad,	y	que	no	se	entera	de	nada,	o	solo	«a	toro
pasado».
Si	hablamos	de	mente	emocional,	y	no	de	cerebro,	es	porque	intentamos	superar
la	visón	organicista	del	cerebro	como	un	mecanismo	(un	motor,	por	ejemplo),
compuesto	por	piezas	o	partes	diferenciadas	entre	sí	y	conectadas	solo	por	cables
(vías	aferentes	y	eferentes).	Como	tendremos	ocasión	de	ver	a	lo	largo	de	este
libro,	esta	visión	parcializada	y	localista	de	las	emociones,	la	memoria	o	el
razonamiento	no	solamente	no	está	justificada	desde	un	punto	de	vista	funcional,
sino	que	tampoco	lo	está	desde	una	perspectiva	estructural.	La	neurociencia
moderna	tiende	a	ver	el	funcionamiento	cerebral	como	un	todo	integrado,	donde
predomina	el	funcionamiento	complejo	en	red	sobre	el	mecánico,	y	la
neuroplasticidad	sobre	la	rigidez	estereotipada.
Estas	razones	nos	llevan	a	preferir	la	palabra	«mente»,	que	sin	hacer	referencia	a
ningún	objeto	material	ni	órgano	físico,	como	lo	sería	el	cerebro,	nos	remite	a	un
concepto	abstracto	que	tiene	la	virtud	de	expresar	sintéticamente	toda	la
actividad	cerebral	que	alcanza	el	nivel	de	lo	representativo	o	simbólico.	De	este
modo,	la	palabra	mente	no	equivale	a	cerebro	como	órgano	compuesto	de
hemisferios,	zonas,	lóbulos	y	capas	interconectadas,	sino	al	producto	de	su
actividad.	Es	más	bien,	como	dice	Barret	(2018),	«un	momento	computacional
de	un	cerebro	que	predice	constantemente».
Así	que	«mente	emocional»	se	refiere	a	la	actividad	afectiva	con	la	que
construimos	nuestras	experiencias,	en	la	que	están	implicados	no	solamente
nuestro	cerebro	sino	todo	nuestro	cuerpo	en	su	integridad,	nuestras	experiencias,
nuestros	recuerdos	y	las	redes	interpersonales	y	sociales	con	las	que	nos
conectamos	con	el	mundo.	Ni	que	decir	tiene	que,	al	referirnos	a	estos
conceptos,	damos	por	supuesto	un	cerebro	no	mermado	por	déficits	de	tipo
genético,	evolutivo,	traumático	o	degenerativo	que	pudieran	impedir	o	perjudicar
las	funciones	sintéticas	o	integrativas	que	se	le	requieren.	En	este	texto,	y	por
razones	de	brevedad	y	unidad	expositiva,	se	sobreentiende	que	nos
mantendremos	siempre	dentro	de	un	encuadre	plenamente	funcional	del	cerebro,
por	lo	que	el	lector	no	hallará	referencias	a	patologías	de	base	neurofisiológica
que	pudieran	afectar,	sin	duda,	al	repertorio	emocional	o	alterar	su	reactividad,
expresividad,	gestión	o	regulación.
Emocional
El	uso	y	abuso	del	sustantivo	«emoción»,	o	su	forma	adjetiva	«emocional»,	han
venido	a	suplir	la	carencia	o	ausencia	de	esta	dimensión	en	otros	momentos	de	la
historia	social	y,	en	particular,	en	la	de	las	ciencias,	como	la	psicología.	Hubo	un
tiempo	en	que	en	psicología	solo	se	podía	hablar	de	«conducta».	Posteriormente,
adquirió	carta	de	naturaleza,	sobre	todo	gracias	a	la	metáfora	del	ordenador,	la
«cognición».	Y	ahora	encontramos	la	«emoción»	hasta	en	la	sopa.	No	hay	nada
que	se	precie	en	cine,	literatura,	conciertos,	restaurantes,	espectáculos,	partidos
de	fútbol,	series	de	televisión,	viajes,	deportes	de	aventura,	etc.,	que	no	lleve	la
coletilla	de	«emocional».
Pero	como	lo	que	sirve	para	todo	no	sirve	para	nada,	hemos	terminado	por
depreciar	la	palabra	emoción,	confundiéndola	con	sensación,	excitación,
activación	fisiológica,	diversión,	motivación,	pulsión,	arousal,	descargas	de
adrenalina	o	cóctel	dopamínico,	pasión	y	así	hasta	el	infinito,	en	un	totum
revolutum	cuyo	resultado	es	el	caos	conceptual	que	no	ayuda	en	nada,	excepto	a
los	publicistas,	para	trabajar	eficaz	y	honestamente	en	el	ámbito	de	la	educación
o	de	la	terapia.
Precisamente	para	evitarlo,	hemos	intentado	en	este	escrito	ceñirnos	a	una
definición	restrictiva	del	concepto	de	emoción,	distinguiéndolo	de	otros
conceptos	afines,	y	lo	hemos	limitado	a	las	emociones	primarias	o	básicas
incluidas	en	el	acrónimo	SMART	(sorpresa,	miedo,	alegría,	rabia	y	tristeza),	de
las	que	pueden	derivarse	todas	las	demás,	las	llamadas	emociones	secundarias	o
sentimientos.
Este	es	el	principio	rector	que	da	forma	a	la	estructura	de	este	libro.	Dedicamos
en	primer	lugar	el	capítulo	introductorio	a	plantear	la	discusión	actual	sobre	el
concepto	de	emoción	y	a	delimitar	su	alcance	estricto	a	las	cinco	emociones
básicas	arriba	mencionadas.	El	cuerpo	central	del	libro	trata,	capítulo	por
capítulo,	del	desarrollo	de	cada	una	de	ellas	y	de	sus	derivadas,	las	emociones
secundarias	o	sentimientos.	Finalmente,	en	los	tres	últimos	capítulos	se	plantean
las	cuestiones	relativas	a	la	(auto)gestión,	educación	y	terapia	de	las	emociones.
El	libro	se	dirige	fundamentalmente	a	profesionales	de	la	pedagogía	y	la
psicología,	con	la	intención	de	hacer	lo	más	comprensible	posible	el	complejo
mundo	de	las	emociones	y	su	gestión	a	educadores	y	terapeutas.	Su
planteamiento	didáctico,	acompañado	de	escenas	ilustrativas	procedentes	de
fuentes	sociales,	cinematográficas,	literarias,	periodísticas	y	clínicas,	hace	esta
exposición	fácilmente	asequible,	incluso	para	un	público	no	profesional;	por	este
motivo	su	lectura	puede	resultar	útil	también	para	cualquier	posible	lector,	al
margen	de	la	mayor	o	menor	implicación	de	sus	intereses	profesionales,
simplemente	por	interés	personal.
El	autor	de	estas	líneas	se	daría	por	satisfecho,	en	efecto,	si	contribuyera	con
ellas	a	clarificar	el	complejo	mundo	de	las	vivencias	emocionales,	propio	y
característico	de	cada	persona;	si	ayudara	a	trazar	caminos	para	su	comprensión
y	gestión	a	educadores	y	educandos,	a	pacientes	y	terapeutas,	en	sus	respectivos
roles	y	procesos;	o	si	favoreciera	la	convivencia	entre	las	personas	que
comparten	sus	experiencias	afectivas	en	cualquier	forma	de	interacción	humana.
No	quisiera	terminar	la	presentación	de	este	libro	sin	otorgar	un	reconocimiento
explícito	a	las	muchas	personas	que	han	contribuido	a	su	gestación,	colegas	y
pacientes	incluidos,	cuya	relación	resultaría	interminable,	pero	especialmente	a
Cristina	Ballesteros	por	su	lectura	inteligente	y	atenta	en	la	corrección	del	texto.
1.	¿Qué	esuna	emoción?
El	corazón	tiene	razones,
que	no	entiende	la	razón
Blaise	Pascal
1.	Origen	y	significado	de	la	palabra	emoción
La	palabra	emoción	deriva	del	latín	emotio,	cuyo	núcleo	semántico	motio	está
claramente	emparentado	con	motus	(movimiento).	Pertenece	a	la	misma	familia
que	la	palabra	«motivación».	Ambas	se	han	desarrollado	en	el	ámbito	de	la
psicología	para	dar	cuenta	de	la	(re)actividad	del	organismo	frente	al	ecosistema
donde	se	desarrolla.
El	concepto	intenta	responder	a	la	pregunta	¿qué	mueve	a	un	organismo	a	actuar
o	a	reaccionar?	¿Qué	sucede	en	su	interior	para	que	este	se	ponga	en	marcha	de
modo	que	pase	de	un	estado	de	reposo	a	un	estado	de	activación,	de	mayor	o
menor	intensidad,	a	veces	en	cuestión	de	segundos,	como	un	coche	que	acelera
de	cero	a	cien	kilómetros	por	hora	en	menos	de	diez	segundos?
La	respuesta	puede	hallarse	en	ocasiones	en	el	interior	del	organismo	mismo,
otras	en	algún	cambio	producido	en	el	ambiente	que	le	rodea.	Por	ejemplo,	los
cambios	en	el	equilibrio	homeostático	o	energético	emiten	señales	internas	que
son	interpretadas	como	hambre,	movilizando	el	organismo	hacia	la	búsqueda	de
alimento.	A	esta	activación	espontánea	la	llamamos	motivación.	En	otras
ocasiones	es	un	estímulo	externo	el	que	saca	al	organismo	de	su	sopor	o	estado
de	reposo	de	forma	más	o	menos	repentina	en	función	de	la	intensidad	del
mismo.	Por	ejemplo,	la	percepción	de	un	ruido	imprevisto	puede	activar	un
estado	de	alerta,	correspondiente	a	una	emoción	que	denominamos	sorpresa.	No
es	imprescindible	que	sea	un	estímulo	externo	el	que	active	una	emoción;
también	puede	hacerlo	un	estímulo	interno	como	un	sueño,	un	recuerdo,	un
pensamiento,	un	deseo	o	una	sensación.	En	cualquier	caso,	se	trata	de	una
respuesta	rápida	o	de	activación	inmediata	ante	un	estímulo	que	implica	una
carga	significativa	para	nuestro	bienestar,	tanto	en	el	aspecto	positivo	como	en	el
negativo.
Se	ha	discutido	mucho	sobre	la	naturaleza	congénita	o	innata	de	estos
dispositivos	de	respuesta	y	su	universalidad.	Para	ello	deberían	estar	presentes	en
todas	las	culturas	y,	por	tanto,	ser	independientes	de	ella.	Se	ha	señalado	su
presencia	ya	en	las	primeras	reacciones	del	bebé	y	se	ha	destacado	que
constituyen	un	lenguaje	preverbal	muy	eficaz	para	comunicarnos	con	nuestros
semejantes,	e	incluso	con	nuestros	animales	de	compañía.
Pero	lo	cierto	es	que	las	primeras	reacciones	del	bebé	distan	de	ser	muy	claras.	Y
si	no,	que	se	lo	pregunten	a	las	madres	primerizas	que	suelen	ir	perdidas	frente	al
lenguaje	impreciso	del	llanto	del	recién	nacido.	En	catalán	se	suelen	limitar	a
tres	palabras	las	necesidades	que	el	bebé	expresa	en	sus	vagidos:	«mam»
(amamantamiento),	«caca»	(no	precisa	traducción)	y	«non»	(son:	sueño).	Por	el
momento,	no	se	trata	todavía	de	emociones	propiamente	dichas,	sino	de
manifestaciones	de	estados	orgánicos	de	déficit	que	producen	malestar,
relacionados	con	necesidades	o	motivaciones	básicas.
Tampoco	sobre	la	universalidad	de	las	emociones	existe	consenso	entre	los
científicos,	muchos	de	los	cuales	señalan	la	presencia	de	conceptos	existentes	o
inexistentes	o	incluso	contrarios	entre	unas	culturas	u	otras.	Y	no	solo	diferentes
u	opuestos	entre	culturas,	sino	entre	épocas	en	el	mismo	ámbito	cultural.	La
aparición	del	«amor	cortés»,	por	ejemplo,	en	la	literatura	caballeresca	medieval
supuso	la	eclosión	del	concepto	del	amor	como	emoción	o	sentimiento.
Parece	que	las	expresiones	del	rostro	y	la	gestualidad	no	bastan	tampoco	por	sí
mismas	para	dar	a	entender	un	estado	emocional.	Se	precisa	en	muchas
ocasiones	de	mayor	información,	proveniente	de	un	contexto	tanto	inmediato
como	remoto,	biográfica	o	culturalmente	condicionado,	o	de	información	verbal
añadida.	Las	lágrimas,	por	ejemplo,	pueden	ser	indicadoras	de	tristeza,	alegría	o
rabia,	de	dolor	o	de	(dis)tensión	y	no	es	sino	por	el	contexto	donde	adquieren	su
significado,	cuyo	intérprete	último	no	es	otro	que	el	propio	sujeto	que	las
derrama.	Otras	expresiones	faciales	o	gestuales	no	son	interpretadas	igualmente
en	todas	las	culturas,	ni	existen	las	mismas	en	todas	ellas,	todo	lo	cual	pone	en
seria	dificultad	la	suposición	de	la	universalidad	de	las	emociones.
Sin	embargo,	sí	que	existe	un	consenso	suficiente	respecto	de	la	identificación	de
algunas	emociones	básicas	o	primarias	que	constituyen	la	raíz	de	todas	las
demás,	incluidos	los	sentimientos,	que	en	última	instancia	son	reductibles	a	ellas.
En	realidad	se	trata	de	conceptos	simples	que	por	analogía	dan	lugar	a	la
formación	de	otros	más	complejos	que	se	construyen	sobre	ellos.	Culpa	o
vergüenza,	por	ejemplo,	hunden	sus	raíces	en	el	miedo	al	castigo	o	al	aislamiento
social,	mientras	que	ira,	odio	o	enfado	remiten	a	la	rabia.	En	el	ser	humano,
naturalmente,	estas	emociones	están	sujetas	a	educación	y	gestión	psicológica	y
social,	aunque	se	sostienen	sobre	funciones	neurofisiológicas	elementales,
relacionadas	con	los	circuitos	de	supervivencia.	Muchas	de	ellas,	al	ser
moduladas	por	el	pensamiento	o	la	conciencia	reflexiva,	adquieren	el	estatus	de
sentimientos	o	dan	origen	a	la	mayoría	de	ellos.
2.	Definición	de	emoción
El	concepto	de	emoción	no	está	exento	de	debate	e	investigación	respecto	de	su
origen,	naturaleza,	estructura	interna,	diferencias	entre	estados	afectivos,	etc.
(Diener,	1999;	Ekman,	1993;	Parkinson,	1996,	2001).	Con	todo,	existe	cierto
consenso	respecto	a	algunas	de	las	características	de	las	emociones	básicas
(Ekman	1999;	Fredrickson,	2001),	como	su	función	adaptativa,	sus
manifestaciones	fisiológicas,	faciales	o	gestuales,	con	frecuencia	ambiguas	y
más	o	menos	condicionadas	al	contexto	cultural	en	el	que	se	producen,	su	papel
en	el	procesamiento	de	la	información,	su	intensidad	y	brevedad	en	el	tiempo	y
su	función	evaluativa	frente	a	los	acontecimientos.
Ya	desde	el	inicio	de	la	psicología	científica	a	finales	del	siglo	XIX	y	durante	la
primera	mitad	del	XX	surgieron	varias	teorías	para	explicar	la	naturaleza	de	las
emociones	sobre	la	base	de	su	reactividad	fisiológica.	La	teoría	de	James	(1884)
y	Lange	(1885)	se	centra	en	el	componente	fisiológico,	en	base	a	la	experiencia
de	la	emoción	en	la	conciencia	de	las	respuestas	fisiológicas	o	sensaciones
físicas	a	los	estímulos	que	la	provocan.	Para	Cannon	(1927)	y	Bard	(1938)	las
emociones	están	formadas	tanto	por	nuestras	respuestas	fisiológicas	como	por	la
experiencia	subjetiva	de	la	emoción	ante	un	estímulo.	Schacter-Singer	(1962)
sostiene	que	las	emociones	se	deben	a	la	evaluación	cognitiva	de	un
acontecimiento,	pero	también	a	las	respuestas	corporales.
En	esta	discusión	a	propósito	del	predominio	de	las	reacciones	fisiológicas	sobre
la	evaluación	cognitiva	o	viceversa	cabe	añadir	los	posicionamientos	de	Zajonc
y	Lazarus,	predominantes	en	la	década	de	1980.	Según	Zajonc	(1980,	1984)
nuestras	emociones	pueden	ser	más	rápidas	que	nuestras	interpretaciones:
sentimos	algunas	emociones	antes	de	pensarlas,	algunas	vías	nerviosas
implicadas	en	la	emoción	no	pasan	por	las	áreas	corticales	vinculadas	al
pensamiento.	En	cambio	para	Lazarus	(1982,	1998)	la	valoración	e
identificación	de	los	acontecimientos	también	determinan	nuestras	respuestas
emocionales.	Discusión	que	parece	terminar	en	empate	según	palabras	del
propio	Lazarus	(1984),	puesto	que	lo	que	está	en	juego	es	la	definición	o	alcance
de	la	palabra	«(pre)cognición».	En	efecto,	¿la	detección	de	un	estímulo	peligroso
no	es	por	sí	misma	una	forma	de	conocimiento,	independientemente	de	la
ubicación	en	el	cerebro	o	en	cualquier	otra	parte	del	organismo	donde	se
produzca?
En	la	actualidad	existen	dos	enfoques,	en	parte	opuestos,	respecto	de	la
concepción	de	la	naturaleza	de	las	emociones.	Para	algunos	son	dispositivos
naturales,	innatos	y	universales	de	naturaleza	fisiológica.	En	este	contexto	se
puede	entender	la	definición	que,	por	ejemplo,	Paul	Ekman	(1982)	da	de
emoción:	«Un	proceso	de	tipo	particular	de	valoración	automática	influida	por
nuestro	pasado	evolutivo	y	personal,	en	el	que	sentimos	que	está	ocurriendo	algo
importante	para	nuestro	bienestar,	produciendo	unconjunto	de	cambios	físicos	y
comportamentales	para	hacernos	cargo	de	una	situación».
En	la	definición,	de	inspiración	darwiniana,	se	recoge	la	carga	evolutiva	y,	en
consecuencia,	adaptativa	y	de	naturaleza	neurofisiológica	de	este	dispositivo
innato	de	valoración	automática,	que	predispone	al	organismo	para	hacer	frente	a
las	variaciones	de	la	estimulación	ambiental	que	pueden	afectar	a	nuestro
bienestar;	con	funciones	informativas,	activadoras	y	expresivas,	añadiríamos
nosotros.
Desde	el	punto	de	vista	conductual,	las	emociones	contribuyen	a	posicionarnos
respecto	de	nuestro	entorno,	aproximándonos	a	ciertas	personas,	objetos,
acciones,	ideas	y	alejándonos	de	otros.	Las	emociones	actúan	también	como
depósito	de	influencias	innatas	y	aprendidas.	Poseen	ciertas	características
invariables	y	otras	que	muestran	notables	grados	de	variación	entre	individuos,
grupos	y	culturas	(Levenson,	1994).
Subyace	a	esta	concepción	la	idea	de	la	localización	de	estos	dispositivos	en
estructuras	subcorticales	específicas	como	el	sistema	límbico,	a	partir	de	la
representación	trinitaria	del	cerebro	(paleocórtex,	mesocórtex	y	neocórtex),	que
popularizó	Carl	Sagan	(1978)	y	que	fue	relanzada	por	David	Goleman	(1996).
En	esta	concepción:
la	amígdala,	el	estriado	y	el	córtex	valoran	las	informaciones	óptico-sensoriales
en	función	de	su	relevancia	para	la	propia	vida	sentimental	y	la	motivación.
Como	consecuencia	de	esta	valoración	se	disparan	determinadas	emociones,	se
inician	procesos	cognitivos	y	se	encauza	el	comportamiento	posterior	[…].	El
núcleo	amigdalino	desempeña	una	tarea	importante	para	la	supervivencia:	nos
advierte	de	peligros.	Ante	una	amenaza	potencial	la	amígdala	genera	el
sentimiento	de	miedo	y	en	fracciones	de	segundo	pone	nuestro	cuerpo	en	estado
de	alerta	[…].	El	dispositivo	de	alarma	de	la	amígdala	procesa	automáticamente
esta	información	sin	que	el	estímulo	desencadenante	penetre	en	nuestra
conciencia.	(Singer	y	Kraft,	2005)
Sin	embargo,	las	teorías	más	recientes	de	tipo	constructivista	no	adoptan	una
visión	tan	localista	del	funcionamiento	emocional,	puesto	que	ponen	su	atención
más	bien	en	el	funcionamiento	integrado	de	toda	la	actividad	cerebral.	Francisco
Mora	(2015)	ya	advierte	que	a	pesar	de	que	la	amígdala	«es	un	área	importante
en	la	evaluación	emocional	de	la	información	sensorial	[…],	ello	no	indica	que
la	amígdala	constituya	ningún	“centro”	para	las	emociones,	sino	solo	una
estructura	muy	relevante	para	el	procesamiento	emocional	inicial	de	la
información	sensorial»
Lisa	F.	Barret	(2018)	lo	resume	en	este	párrafo	de	La	vida	secreta	del	cerebro,	en
el	que	resalta	el	papel	de	la	actividad	constructiva	del	sujeto	mediante	la	función
conceptualizadora	de	la	mente	y	la	construccionista	de	la	sociedad	a	través	del
lenguaje:
Las	emociones	forman	parte	de	la	estructura	biológica	del	cuerpo	y	el	cerebro
del	ser	humano,	pero	no	porque	tengamos	unos	circuitos	dedicados	a	cada	una	de
ellas.	Las	emociones	son	el	resultado	de	la	evolución,	pero	no	como	esencias
trasmitidas	desde	algunos	animales	ancestrales.	Experimentamos	emociones	sin
esfuerzo	consciente,	pero	eso	no	significa	que	seamos	recipientes	pasivos	de	esas
experiencias.	Percibimos	emociones	sin	instrucción	formal,	pero	eso	no	significa
que	las	emociones	sean	innatas	o	independientes	del	aprendizaje.	Lo	que	es
innato	es	que	los	seres	humanos	usamos	conceptos	para	construir	la	realidad
social	y	que,	a	su	vez,	la	realidad	social	cablea	el	cerebro	[…].	Una	emoción	es
una	creación	por	parte	del	cerebro	del	significado	que	tienen	nuestra	sensaciones
corporales	en	relación	con	lo	que	ocurre	en	el	mundo	que	nos	rodea.
Joseph	LeDoux	(2016),	que	reconoce	la	posición	de	Barrett	y	Russell	(2014)
como	la	más	próxima	a	la	suya	(y	viceversa,	Barrett,	2018),	desarrolla	un
argumento	parecido	a	propósito	de	la	ansiedad,	que	fundamenta	no	en	circuitos
especializados	y	localizados	del	cerebro,	sino	en	su	actividad	autoprotectora:
Con	frecuencia	experimentamos	miedo,	mientras	nos	quedamos	inmovilizados	o
nos	echamos	a	correr	frente	a	un	peligro;	pero	estas	son	consecuencias	distintas
de	la	detección	de	una	amenaza:	una	es	una	experiencia	consciente,	mientras	que
la	otra	implica	procesos	más	básicos	no	conscientes.	La	falta	de	distinción	entre
experiencia	consciente	de	miedo	y	ansiedad	y	los	procesos	más	básicos	no
conscientes	ha	producido	mucha	confusión.	Los	procesos	más	simples
contribuyen	a	la	experiencia	emocional,	pero	no	han	evolucionado	para	crear	los
sentimientos	conscientes,	aunque	sí	para	ayudar	a	los	organismos	a	sobrevivir	y
a	prosperar.	Para	evitar	confusiones	convendría	no	etiquetar	de	emocionales	los
procesos	no	conscientes	más	fundamentales.
Y	ejemplificando	su	concepción	de	las	emociones	en	el	miedo	o	ansiedad
observa:
Los	sentimientos	de	miedo	surgen	cuando	adquirimos	conciencia	del	hecho	de
que	nuestro	cerebro	ha	detectado	inconscientemente	un	peligro	[…].	Todo
empieza	cuando	un	estímulo	externo,	elaborado	por	los	sistemas	sensoriales	en
el	cerebro	se	clasifica	a	nivel	no	consciente	como	una	amenaza.	Los	circuitos	de
detección	de	las	amenazas	desencadenan	un	aumento	general	del	estado	de
excitación	del	cerebro	y	la	expresión	de	respuestas	comportamentales	y	de	los
cambios	fisiológicos	del	cuerpo	[…].	Nuestra	conclusión	no	debe	ser	que	los
seres	humanos	hayamos	heredado	el	miedo	de	nuestros	antecesores	en	el	reino
animal	sino	que,	en	el	largo	recorrido	de	la	historia	evolutiva,	hemos	heredado
de	ellos	la	capacidad	de	identificar	y	responder	al	peligro.
No	nos	corresponde	a	nosotros	dirimir	las	cuestiones	relativas	a	los	circuitos	o
estructuras	cerebrales	y	a	su	interacción	o	preeminencia	en	la	gestación	de	las
respuestas	emocionales.	Al	discutir	sus	puntos	de	vista	con	los	de	Pansek	(2007,
2012),	LeDoux	(2016)	precisa:
Los	circuitos	subcorticales	aportan	los	ingredientes	no	conscientes	que
contribuyen	a	los	sentimientos	de	miedo	o	ansiedad,	pero	no	son	su	fuente.	La
principal	diferencia	entre	mi	punto	de	vista	y	el	de	Panksepp	(2007,	2014)	es
dilucidar	si	los	sistemas	subcorticales	son	directamente	responsables	de	las
emociones	primitivas	o	si	son	responsables	de	factores	no	conscientes	que	se
integran	con	otras	informaciones	en	el	área	cortical	para	dar	origen	a	los
sentimientos	conscientes	[…]	que	llamamos	emociones.
Nuestra	posición,	como	psicólogos	o	pedagogos	es	fenomenológica,	es	decir,
centrada	en	la	vivencia	o	experiencia	que	las	personas	tienen	de	su	vida
emocional,	independientemente	de	lo	que	suceda	en	el	nivel	del	cableado
neuronal	o	de	las	subestructuras	cerebrales.	Miedo,	ansiedad	y	otras	emociones,
a	mi	parecer,	dice	LeDoux	(2016),	«son	precisamente	lo	que	la	gente	ha	pensado
siempre	que	eran,	sentimientos	conscientes»	y	como	tales	queremos	tratarlas
aquí	en	este	libro,	para	el	que	nos	sirve	esta	definición	aproximativa	de	lo	que	es
una	emoción:
Experiencia	afectiva	que	acompaña	y	da	sentido	a	las	respuestas	de	los	circuitos
neurofisiológicos	de	supervivencia	frente	a	las	variaciones	de	la	estimulación
ambiental	con	efectos	activos,	informativos	y	expresivos.
En	esta	definición	partimos	de	la	necesidad	de	la	integración	cortical	para	dar
cuenta	de	las	emociones.	En	efecto,	si	entendemos	una	emoción	como
experiencia	afectiva,	esta	debe	ser	consciente.	¿Consciente	de	qué?	De	la
reactividad	neurofisiológica	frente	a	la	variabilidad	ambiental	que	pone	en	juego
la	supervivencia	o	bienestar	del	organismo.	Ahora	bien,	¿cómo	sabe	el
organismo	distinguir	y	defenderse	de	un	peligro	para	su	bienestar	o	incluso	su
supervivencia?	Existen	variaciones	ambientales,	como	un	precipicio,	que
posiblemente	ejercen	un	efecto	reactivo	inmediato	sobre	un	cuadrúpedo,	sin
necesidad	de	un	aprendizaje	previo.	Pero	¿cómo	pueden	un	caballo	o	un	camello
prevenir,	protegerse	o	reaccionar	emocionalmente	a	la	picada	de	una	mosca	tsé-
tsé,	mortal	en	muchas	ocasiones	para	ellos,	si	no	saben	de	su	existencia?	Un
cuadrúpedo	puede	sentirse	molesto	por	la	picada	de	una	mosca,	pero	no	tenerle
miedo.	Solo	para	el	ser	humano	tiene	sentido	laactivación	de	una	respuesta
emocional	de	miedo	ante	la	sola	mención	de	este	insecto	y	todavía	más	si	llega	a
percibirse	en	el	ambiente	físico	el	zumbido	típico	que	le	da	nombre	y	que
anuncia	su	presencia.
En	consecuencia,	los	circuitos	de	supervivencia	pueden	activarse	ante	estímulos
detectados	inconscientemente,	pero	solamente	producirán	una	reacción
emocional	si	se	toma	conciencia	de	ellos,	por	ejemplo	de	manera	inesperada	o
sorpresiva.	Inversamente,	el	conocimiento	de	peligros	no	detectables	a	nivel
consciente,	como	un	veneno	(en	el	caso	de	la	mosca	tsé-tsé),	no	producirán	una
respuesta	emocional	de	miedo,	a	no	ser	que	de	manera	real	o	imaginaria	estén
presentes	a	la	conciencia.
La	experiencia	consciente	de	los	efectos	de	la	activación	de	los	circuitos	de
supervivencia,	entendida	como	reacción	neurofisiológica	(motriz,
cardiorrespiratoria,	neurohormonal,	etc.)	a	variables	que	afectan	a	la	integridad	o
bienestar	del	organismo	aquí	y	ahora,	es	lo	que	distingue	la	emoción	de	otros
conceptos	psicológicos	(pensamiento,	atención,	recuerdo,	etc.),	lo	que	no	impide
que	se	den	simultáneamente	y,	con	frecuencia,	de	modo	mutuamente	relacionado
o	integrado:	emocionarse	ante	un	recuerdo	que	se	haga	presente	en	la	conciencia,
por	ejemplo.
A	la	vez,	esta	experiencia	tiene	una	carga	afectiva,	es	decir,	remite	a	una
valoración	positiva	o	negativa	de	las	variables	en	juego	en	función	de	su
contribución	al	bienestar	o	malestar	del	organismo.	En	el	caso	del	ser	humano
hay	que	entender	de	una	manera	mucho	más	extensa	la	idea	de	supervivencia	o
bienestar,	puesto	que	para	él	puede	ser	tan	importante	o	más	una	variable	social
que	física.	Por	ejemplo,	un	aristócrata	ofendido	podía	afrontar	un	duelo	a	muerte
antes	que	perder	su	honor,	o	una	anoréxica	como	Ellen	West	(Binswanger,	1973)
podía	preferir	el	suicidio	antes	que	verse	«vieja,	gorda	y	fea».
Finalmente,	la	consideración	de	los	«efectos	activos,	informativos	y	expresivos»
es	inherente	a	la	experiencia	emocional	por	cuanto	nos	invita,	aunque	no	siempre
de	forma	inequívoca,	a	dar	significado	a	la	situación	en	que	nos	encontramos,	a
reaccionar	frente	a	ella	y	a	interactuar	expresivamente	en	el	contexto	social	en
que	la	construimos.
2.1.	De	Darwin	a	Walt	Disney
En	1872,	Charles	Darwin	publicó	The	Expression	of	the	Emotions	in	Man	and
Animals,	libro	que	vendría	a	completar	sus	escritos	sobre	la	evolución	humana
desde	una	perspectiva	que	hoy	en	día	podríamos	llamar	de	psicología
comparada.	La	existencia	de	reacciones	faciales	y	músculo-esqueléticas,
prácticamente	universales,	como	expresión	de	estados	emocionales,	ponía	de
relieve	la	función	adaptativa	de	las	mismas	en	el	marco	de	la	evolución
compartida	con	otros	animales,	particularmente	los	mamíferos.
Eso,	sin	embargo,	abría	nuevas	consideraciones	respecto	de	las	emociones
humanas,	a	la	vez	que	suscitaba	muchas	dudas	respecto	de	la	equiparación	entre
emociones	animales	y	humanas,	lo	que	ha	dado	pie	a	las	continuas	proyecciones
antropomórficas	sobre	el	comportamiento	animal,	ya	desde	la	antigüedad	con	las
fábulas	de	Esopo	hasta	los	personajes	de	dibujos	animados	de	Walt	Disney.
Posiblemente	cometemos	un	antropomorfismo	al	decir	que	una	liebre	huye
despavorida,	impulsada	por	el	miedo,	cuando	oye	los	disparos	de	escopeta	de	un
cazador.	La	pregunta	es:	¿sabe	la	liebre	lo	que	son	una	escopeta	y	un	cazador?
La	misma	o	parecida	pregunta	podríamos	hacerles	a	los	pájaros	respecto	de	por
qué	hacen	tan	poco	caso	a	los	espantapájaros.
Los	humanos	solo	podemos	tener	acceso	a	la	experiencia	fenomenológica	de	las
emociones	de	manera	autorreferencial	y	por	ello	las	asimilamos	a	sentimientos	o
sensaciones.	Así	decimos	«sentir»	miedo,	alegría,	rabia	o	tristeza.	Por	muy
semejantes	que	puedan	ser	las	expresiones	de	estos	sentimientos	en	animales	y
humanos,	posiblemente	existen	diferencias	abismales	a	partir	de	una	base
neurofisiológica	común,	que	no	sería	otra	cosa	que	un	dispositivo	adaptativo
preconsciente	de	respuesta	para	la	supervivencia,	anterior	a	la	experiencia
emocional.
Estos	dispositivos	de	respuesta	adaptativos	se	han	desarrollado	evolutivamente,
favoreciendo	la	trasmisión	de	los	resortes	más	adecuados	para	las	funciones	de
supervivencia	y	reproducción.	Así,	hallamos	repertorios	emocionales	y
motivacionales	básicos,	como	los	correspondientes	al	miedo,	muy	semejantes	en
casi	todos	los	vertebrados,	lo	que	nos	da	a	entender	su	origen	ancestral	desde	el
punto	de	vista	evolutivo,	aunque	esto	podamos	afirmarlo	solo	analógicamente,
puesto	que	como	hemos	venido	diciendo	hasta	ahora,	y	de	acuerdo	con	LeDoux
(2016):
Los	animales	son	seres	emocionales,	al	menos	desde	el	punto	de	vista	de	los
perceptores	humanos.	Esta	idea	forma	parte	de	la	realidad	social	que	creamos
[…].	Ahora	bien,	eso	no	significa	que	los	animales	experimenten	sentimientos
[…].	Un	león	no	puede	odiar	a	una	cebra	cuando	la	caza	y	la	mata	como	presa.
Por	eso	no	encontramos	inmorales	los	actos	del	león.
De	este	modo,	el	repertorio	de	respuestas	de	supervivencia	se	ha	convertido	en
patrimonio	hereditario	de	la	especie	humana,	a	partir	de	la	evolución	durante
millones	de	años	de	estructuras	cerebrales	más	primitivas,	compartidas	por
reptiles,	aves	y	mamíferos.	Su	función	es	facilitar	la	adaptación	de	un	organismo
a	los	cambios	circunstanciales,	sin	tener	que	modificar	su	estructura,	para
sobrevivir	a	ellos.
La	adaptación	es	la	regla	de	oro	de	la	evolución,	dado	que	la	supervivencia	no	es
una	prerrogativa	del	más	fuerte,	sino	del	mejor	adaptado.	Sin	duda	los
dinosaurios	eran	más	fuertes	que	las	hormigas,	y	sin	embargo	los	primeros	se
extinguieron	y	las	segundas	no,	sino	que	«han	crecido	y	se	han	multiplicado»,
como	los	humanos,	hasta	el	punto	de	que	se	cree	que	la	biomasa	formada	por
unas	y	por	otros	es	prácticamente	equivalente	en	el	planeta.
Las	adaptaciones	al	medio	ambiente	en	ocasiones	acaban	siendo	estructurales	y
favoreciendo	cambios	genéticos,	que	se	trasmiten	por	los	mecanismos	de	la
selección	natural	a	las	generaciones	posteriores,	como	se	supone	lo	fueron	las
sucesivas	mutaciones	que	propiciaron	la	aparición	del	Homo	sapiens.
Otras	adaptaciones	son	momentáneas	y	están	orientadas	a	acomodarse	a	cambios
circunstanciales	transitorios,	por	ejemplo	de	la	temperatura,	para	los	que	deben
existir	dispositivos	apropiados,	especie	de	termostatos	orgánicos,	capaces	de
mantener	una	temperatura	corporal	más	o	menos	estable.	Estos	dispositivos
orgánicos	que	tienen	su	sede	en	las	estructuras	subcorticales	regulan	aspectos
variables	como	el	hambre,	la	sed	o	la	temperatura,	responden	a	criterios	de
regulación	homeostática	del	organismo.
Las	experiencias	emocionales,	por	su	parte,	que	vivimos	los	seres	humanos,
obedecen	a	cambios	que	no	afectan	directamente	a	la	homeostasis	interna	del
organismo,	sino	a	su	adaptación	a	circunstancias	externas,	activando,	por
ejemplo,	reacciones	como	la	huida	o	el	ataque	ante	la	presencia	de	un
depredador.	Se	trata	de	reacciones	momentáneas	y	circunstanciales,	que	no
implican	cambios	estructurales.	Si	un	estado	emocional	se	alargara	en	el	tiempo,
por	ejemplo	el	miedo	frente	a	una	amenaza	persistente,	se	volvería	patológico,
dando	lugar	a	un	trastorno	fóbico	o	ansioso,	puesto	que	su	activación
permanente	terminaría	por	afectar	al	equilibrio	neuroquímico	cerebral
(patologías	mentales)	o	al	sistema	neurovegetativo	(enfermedades
psicosomáticas).	Como	alternativa	existe	la	habituación	o	acomodación,	por
ejemplo	en	el	llamado	«síndrome	de	Estocolmo»,	donde	el	secuestrado	se	adapta
al	secuestrador,	o	la	persona	maltratada	al	maltratador.
2.2.	La	dimensión	neurofisiológica
Sin	pretender	ser	exhaustivos	ni	perdernos	en	consideraciones	excesivamente
técnicas,	parece	conveniente	hacer	mención	de	algunos	correlatos	fisiológicos	de
la	emoción,	puestos	de	manifiesto	en	la	afectación	de	los	órganos	internos
(corazón,	estómago,	pulmones),	o	externos	(lágrimas,	enrojecimientos,
sudoración,	pelos	de	punta,	etc.),	o	a	través	de	múltiples	expresiones	o	muecas
faciales,	gestos	de	manos	y	postura	corporal.
La	dimensión	neurofisiológica	delas	respuestas	emocionales	se	halla,	de	este
modo,	en	la	base	de	los	diversos	fenómenos	ligados	al	lenguaje	no	verbal
(contracciones	de	los	músculos	de	la	cara,	por	ejemplo)	y	de	las	respuestas
viscerales,	que	en	caso	de	alteraciones	pueden	dar	lugar	a	enfermedades
psicosomáticas,	y,	en	general,	a	los	trastornos	de	ansiedad,	como	comentaremos
a	lo	largo	de	este	libro.
El	organismo	humano,	a	semejanza	de	la	mayoría	de	mamíferos,	está	dotado	de
sistemas	de	reacción	a	las	estimulaciones	provenientes	del	mundo	exterior,	como
los	distintos	órganos	sensoriales	(los	sentidos)	que	nos	permiten	entrar	en
contacto	con	él.	Cada	uno	de	ellos	reacciona	a	estímulos	específicos	de
naturaleza	física	o	química,	como	el	ojo	a	la	luz	o	las	papilas	gustativas	a	los
sabores.	Existen	igualmente	reacciones	a	estímulos	tanto	internos	como
externos,	llamadas	«reflejos»	por	su	carácter	automático,	como	cerrar	los	ojos	a
una	luz	intensa	o	rascarnos	la	piel	en	una	zona	de	prurito	o	escozor.
Las	emociones,	en	cambio,	son	dispositivos	de	reacción	al	ambiente	mucho	más
complejos	que	las	sensaciones	o	los	reflejos.	Están	construidas	sobre	los
circuitos	de	supervivencia	que	describe	LeDoux	(2016)	o	los	programas	de
acción	postulados	por	Damasio	(1996).	Su	respuesta	supone	una	evaluación	de
una	situación	en	su	conjunto,	por	ejemplo	en	términos	de	pérdida	o	ganancia,	de
amenaza	o	de	obstáculo	a	derribar	y	predispone	el	organismo	a	reaccionar	ante
ella.
Esta	función	tiene	su	correlato	fisiológico	principalmente	en	las	estructuras
cerebrales,	correspondientes	al	cerebro	medio	o	mesocórtex,	llamado	también
cerebro	límbico,	aunque	hay	que	entenderlo	como	un	sistema	mucho	más
complejo	con	conexiones	aferentes	y	eferentes	tanto	hacia	y	desde	el	neocórtex
como	al	paleocórtex	y	el	tallo	cerebral	o	incluso,	de	forma	más	global,	como	una
excitación	cerebral	generalizada.
2.2.1.	El	sistema	límbico	y	sus	conexiones	con	el	sistema	nervioso
El	núcleo	central	del	sistema	emocional	ha	sido	tradicionalmente	ubicado	en	el
llamado	sistema	límbico,	una	estructura	subcortical,	propia	del	cerebro	medio,
compuesta	de	otras	subestructuras	como	la	amígdala,	la	circunvalación	del
cuerpo	calloso,	el	tálamo,	el	hipotálamo,	el	hipocampo,	y	de	sus	interconexiones
con	otras	áreas	cerebrales	y	del	sistema	nervioso	central	y	periférico,	tales	como
el	sistema	nervioso	autónomo.
Las	conexiones	neuronales	entre	estas	estructuras	límbicas	y	el	neocórtex	son
muchas	y	directas,	lo	cual	asegura	una	comunicación	muy	rápida	y	adaptativa	en
términos	evolutivos	(Ledoux,	1999),	por	lo	que	resulta	algo	ficticio,	desde	el
punto	de	vista	psicológico,	hablar	de	pensamiento,	emoción	y	conducta	como
procesos	totalmente	diferenciados	e	independientes,	aunque	resulte	necesario
hacerlo	por	razones	didácticas	o	en	la	práctica	investigadora	a	fin	de	hacer	más
abordable	su	estudio.
Desde	esta	última	perspectiva,	la	de	la	investigación	neurofisiológica	y	cerebral,
algunos	hallazgos	sugieren	que	las	experiencias	subjetivas	que	llamamos
«emociones»,	en	realidad	son	construcciones	interpretativas	sobre	dispositivos
reactivos	más	primarios	de	supervivencia.	A	este	propósito	Lisa	F.	Barret	(2018)
escribe:
Las	emociones	no	surgen	del	rostro	ni	de	la	vorágine	del	núcleo	interior	de
nuestro	cuerpo;	no	surgen	de	una	parte	concreta	del	cerebro	[…].	La	razón	es
que	nuestras	emociones	no	son	algo	intrínseco	que	espera	ser	revelado.	Las
emociones	están	construidas	por	nosotros.	No	reconocemos	ni	identificamos
emociones,	sino	que	construimos	nuestras	experiencias	emocionales	[…].	Los
seres	humanos	no	estamos	a	merced	de	unos	circuitos	de	emociones	míticos
sepultados	profundamente	en	las	partes	animales	de	nuestro	cerebro	tan
evolucionado,	sino	que	somos	los	arquitectos	de	nuestra	propia	experiencia.
En	esta	misma	línea,	por	ejemplo,	Ledoux	(2016)	insiste	en	que	el	«miedo»,
como	caso	particular	de	construcción	experiencial	frente	a	una	amenaza,	no	es
una	emoción	que	hayamos	heredado	como	tal,	sino	la	capacidad	de	identificar	y
responder	al	peligro:
Los	problemas	relativos	al	modo	en	que	se	concibe	el	miedo	se	vuelven	más
claros	si	se	considera	la	capacidad	generalizada	de	identificar	y	responder	al
peligro	en	el	mundo	animal.	Esta	capacidad	es	imprescindible	para	sobrevivir	y
está	presente	en	todos	los	animales	desde	los	gusanos	o	las	babosas	[…]	a	los
monos	o	los	seres	humanos	[…].	Por	lo	que	nuestra	conclusión	debería	ser	que
«no	hemos	heredado	el	miedo	como	tal	de	nuestros	antepasados,	sino,	a	través
de	un	largo	recorrido	evolutivo,	la	capacidad	de	identificar	y	responder	al
peligro».
2.2.2.	Los	sistemas	nerviosos	simpático	y	parasimpático
La	activación	de	recursos	neurovegetativos,	así	como	la	de	respuestas	motóricas
adecuadas,	relativas	a	la	activación	emocional,	implica	la	existencia	de
conexiones	entre	el	sistema	nervioso	central	y	el	periférico.	Esta	se	lleva	a	cabo
a	través	de	dos	sistemas	nerviosos	que	compiten	y	se	complementan	entre	sí,
simpático	y	parasimpático.
Conviene	distinguir,	en	efecto,	distintos	estados	posibles	de	un	organismo	que
afectan,	por	ejemplo,	a	la	vigilia	o	al	sueño,	a	la	actividad	o	al	reposo.	Todos
ellos	suponen	una	regulación	neurofisiológica	específica,	que	pone	en	juego	el
sistema	nervioso	autónomo,	simpático	(actividad)	y	parasimpático	(inactividad).
Mientras	dormimos,	por	ejemplo,	no	podemos	estar	cavando	una	zanja,	aunque
sí	podemos	soñar	que	lo	estamos	haciendo	bajo	el	látigo	de	un	esbirro	del	faraón
de	Egipto.
2.2.2.1.	El	sistema	nervioso	simpático
La	rama	simpática	prepara	al	organismo	para	la	actividad	física,	aumentando	la
frecuencia	cardíaca,	dilatando	los	bronquios,	contrayendo	el	recto,	estimulando
las	glándulas	suprarrenales.	Se	sirve	de	la	noradrenalina	y	de	la	acetilcolina
como	neurotransmisores.	Las	fibras	de	este	sistema	llegan	a	casi	todos	los
órganos	y	sistemas	del	cuerpo,	induciendo	fenómenos	como	la	dilatación	de	la
pupila	de	los	ojos,	la	reducción	de	la	producción	de	saliva,	la	dilatación	los
bronquios,	el	aumento	de	los	latidos	del	corazón,	la	constricción	de	los	vasos
sanguíneos,	la	estimulación	de	las	glándulas	sudoríparas,	la	inhibición	de	los
movimientos	peristálticos.	Estas	reacciones	están	dirigidas	a	preparar	al
organismo	para	hacer	frente	a	situaciones	de	estrés.	Por	ejemplo	la	respuesta
corporal	masiva,	conocida	como	la	«respuesta	de	lucha	o	huida»,	prepara	al
individuo	ante	situaciones	amenazantes	aumentando	el	ritmo	cardíaco,	la
respiración	y	la	presión	sanguínea.
Muy	probablemente	tales	reacciones	habrán	permitido	a	muchos	individuos	de
nuestra	especie	salvar	la	vida	en	situaciones	críticas,	comenta	Vecina	(2006),
citando	a	Izard	(1993),	lo	cual	reflejaría	el	valor	inmediato	para	la	supervivencia
que	tienen	tales	emociones.	De	una	manera	más	gráfica,	lo	describe	Robert
Sapolsky	(2009),	neurólogo	de	la	Universidad	de	Standford,	al	afirmar	que	ante
amenazas	inminentes	el	cuerpo	utiliza	toda	la	energía	almacenada	para	activar
los	músculos	apropiados,	aumentar	la	tensión	arterial	para	que	la	energía	fluya
más	deprisa	y	desactivar	todo	tipo	de	proyecto	a	largo	plazo:	«Si	te	persigue	un
león	—comenta	en	tono	distendido—	escoges	otro	día	para	ovular,	retrasas	la
pubertad,	ni	se	te	ocurre	crecer,	dejas	la	digestión	para	otro	momento,	pospones
la	fabricación	de	anticuerpos	para	la	noche,	si	todavía	estás	vivo...».	Todas	estas
funciones	aplazadas	son	propias,	precisamente,	del	sistema	parasimpático.
2.2.2.2.	El	sistema	nervioso	parasimpático
El	sistema	parasimpático	se	origina	en	el	tronco	del	encéfalo	y	se	irradia	desde	la
columna	vertebral.	Es	responsable	de	la	regulación	de	órganos	internos	del
descanso,	de	la	digestión	y	de	las	actividades	que	ocurren	en	situación	de	reposo
como	el	sueño,	por	lo	que,	en	general,	no	requiere	un	pensamiento	consciente
para	provocar	una	reacción.	Aunque	antagónico	en	muchas	funciones	al	sistema
simpático,	se	complementa	y	alterna	con	él,	permitiendo	una	buena	adaptación	a
las	principales	funciones	del	organismo.
Mientras	que	el	sistema	nervioso	simpático	responde	a	las	funcionesde
activación,	como	las	de	ataque	y	fuga,	el	sistema	nervioso	parasimpático
participa	más	bien	en	las	funciones	metabólicas	y	reproductivas,	en	la	relajación
y	disminución	del	estrés.	Las	funciones	de	este	sistema	se	corresponden	con
actividades	relacionadas	con	distintos	órganos	como:	contracción	de	la	pupila	y
el	lacrimal,	contracción	de	los	bronquios,	aumento	de	la	producción	de	saliva,
disminución	de	la	frecuencia	cardíaca,	aumento	de	los	movimientos	de
contracción	del	estómago,	disminución	de	la	tensión	arterial,	aumento	de	la
secreción	de	orina,	aumento	de	la	resistencia	a	las	infecciones.
En	situaciones	de	conflicto	entre	ambos	sistemas	se	produce	el	fenómeno
conocido	como	inhibición	de	la	acción.	Fue	llamada	así	por	Henri	Laborit	en	la
década	de	1950.	La	inhibición	de	la	acción	se	produce	por	la	reacción	conjunta
de	las	dos	ramas	del	sistema	nervioso	neurovegetativo,	el	simpático	y	el
parasimpático.	Como	regulan	mecanismos	opuestos	llegan	a	inhibirse
mutuamente,	dando	como	resultado	la	parálisis	o	«hacerse	el	muerto».	Como
reacción	momentánea	puede	resultar	adaptativa;	pero,	a	largo	plazo,	la	inhibición
de	la	acción	puede	convertirse	en	altamente	perjudicial.	Las	consecuencias
patológicas	de	la	inhibición	de	la	acción	abren	la	vía	a	la	comprensión	de	las
enfermedades	psicosomáticas,	así	como	de	la	neuropsicoinmunología.
En	la	respuesta	inhibitoria	a	las	situaciones	de	estrés	puede	hallarse	el
fundamento	biológico	de	la	necesidad	de	autonomía	que	hemos	postulado	en
nuestras	obras	anteriores	(Villegas	2011;	2015),	como	el	elemento	crítico	para
nuestro	bienestar	psicológico.	La	autonomía	como	forma	de	eliminación,
superación	o	liberación	del	dominio	ajeno.	Para	Sapolski	(2005)	la	felicidad	es
un	gradiente	social:	«cuanto	más	sometido	estás	a	decisiones	ajenas	en	una
escala	jerárquica	laboral	o	social,	¡mayor	estrés,	mayor	infelicidad	padeces!».	En
efecto,	como	hemos	tenido	ocasión	de	repetir	en	innumerables	ocasiones
(Villegas,	2011,	2013,	2015,	2017)	citando	a	Henry	Ey	«todas	las	neurosis	son
conflictos	de	la	libertad».	Henri	Laborit	(1980)	extendía	su	fundamento	incluso	a
la	vida	social	y	no	se	privaba	de	criticar	a	la	clase	política	dominante	por	el
estrés	que	hacen	soportar	a	sus	súbditos,	origen	en	gran	parte	del	malestar	social
al	que	Freud	(1930)	habría	aludido	muchos	años	antes	como	«malestar	en	la
cultura».
2.2.2.3.	Las	interconexiones	cerebrales
Dado	que	el	cerebro	humano	no	está	formado	por	compartimentos	estancos,
aunque	sí	evolutivamente	diferenciados,	la	propia	evolución	cerebral	ha	ido
creando	vías	de	interconexión	neuronal	entre	las	diversas	estructuras	paleo,	meso
y	neocorticales.	Algunas,	como	las	que	regulan	el	sistema	nervioso	autónomo,
están	muy	asentadas	y	claramente	establecidas,	gracias	a	millones	de	años	de
evolución.	Otras,	como	las	conexiones	entre	cerebro	medio	y	neocortical	son
más	recientes	y	se	podría	decir	que	«están	en	periodo	de	pruebas»	(Nogués,
2011).	Sin	embargo,	ejercen	una	doble	función	esencial	para	el	buen
acoplamiento	o	ensamblaje	entre	las	partes.	Otras	se	producen	de	modo
combinatorio	a	través	de	miles	de	millones	de	interconexiones	sinápticas,
constantemente,	sin	caminos	prefijados,	gracias	a	la	versatilidad	de	los
neurotransmisores	que	implican	toda	la	actividad	cerebral	en	su	conjunto,
utilizando	circuitos	conectivos	ya	existentes	o	creando	otros	nuevos.
Las	llamadas	vías	eferentes	y	aferentes	establecen	un	diálogo	entre	sí	o,	si	se
quiere	con	un	lenguaje	más	popular,	«entre	la	cabeza	y	el	corazón»,	de	acuerdo
con	el	aforismo	de	Pascal	(hoy	en	día	insostenible)	con	el	que	encabezamos	este
capítulo.	Informan,	por	una	parte,	de	los	estados	de	activación	neurofisiológica	y
contrastan,	por	otra,	estas	informaciones	con	las	provenientes	de	los	sentidos,	la
memoria,	la	experiencia,	la	deducción,	el	razonamiento,	las	previsiones,	etc.
Finalmente,	la	emoción	termina	por	decantar	la	balanza	hacia	alguna	de	las
posibles	opciones	de	acción,	dependiendo	del	resultado	de	este	balance.	No	te
decides	a	plantear	«jaque	mate»,	a	no	ser	que	seas	un	robot,	sin	un	cierto	grado
de	activación	emocional	del	tipo	que	sea:	rabia,	rivalidad	o	competitividad
(quiero	tomarme	la	revancha),	alegría	anticipada	(voy	a	ganar),	miedo	(no	estoy
seguro	de	haber	previsto	bien	todos	los	posibles	movimientos	del	contrario).	Los
jugadores	de	póker	no	es	que	no	experimenten	emociones	antes	de	jugar	sus
cartas,	sino	que	intentan	ocultarlas	o	disimularlas;	de	ahí	la	famosa	expresión
«cara	de	póker».
La	conexión	emocional	será	siempre	determinante	para	la	toma	de	decisiones,
aunque	no	juegue	necesariamente	un	papel	predominante	durante	el	proceso
deliberativo,	favoreciendo	unas	u	otras	razones,	según	la	fuerza	argumentativa
vital	que	asista	a	cada	una	de	ellas.
3.	Emoción	y	conceptos	afines
Los	sistemas	simpático	y	parasimpático	están	implicados	en	las	respuestas
emocionales,	pero	también	lo	están	en	cualquier	tipo	de	actividad	del	organismo.
En	consecuencia,	no	toda	acción	o	reacción	debe	confundirse	con	una	emoción.
Es	más,	la	mayoría	de	nuestras	acciones	no	están	activadas	emocionalmente;
pueden	ir	acompañadas	de	un	estado	de	ánimo	de	fondo,	por	ejemplo	interés	o
aburrimiento,	pero	no	necesariamente	de	una	reactividad	emocional.	En
referencia	al	ejemplo	de	estar	cavando	una	zanja,	la	activación	necesaria	para
ello	puede	provenir	ciertamente	de	la	reacción	a	una	amenaza,	el	látigo	del
esbirro,	y	obedecer	en	ese	caso	a	un	intento	de	controlar	el	miedo,	que	es,	sin
duda,	una	emoción.	Pero	puede	ser	efecto,	igualmente	de	una	decisión	propia,
llevada	a	cabo	con	perseverancia,	que	no	es	ninguna	emoción,	sino	un	estado
motivacional,	aunque	en	algún	momento	pueda	conectar	con	alguna	de	ellas,	por
ejemplo	la	alegría,	al	imaginar	el	agua	que	circulará	por	mi	zanja.
Conviene,	en	consecuencia,	distinguir	el	concepto	de	emoción	de	otros
conceptos	afines,	como	sentimientos,	cosa	que	ya	hemos	venido	haciendo	en
estos	últimos	párrafos,	dada	su	mayor	complejidad	y	duración	en	el	tiempo.	Por
ejemplo,	la	envidia	es	el	resultado	de	un	complejo	emocional	(rabia	+	tristeza)
que	se	prolonga	en	el	tiempo	y	tiene	por	objeto	bienes	como	belleza,	riqueza	o
éxito	que	alguien	posee,	y	de	los	que	nosotros	carecemos	o	tenemos	solo	en
menor	grado.
Tampoco	se	puede	confundir	el	concepto	de	emoción	con	el	de	estados	afectivos.
En	este	texto	haremos	referencia	muchas	veces	a	sentimientos	y	estados
afectivos	emparentados	con	diversas	emociones,	pero	conviene	no	confundirlos
con	ellos.	Por	ejemplo,	el	amor	es	un	sentimiento	y	la	felicidad	un	estado
afectivo	que	pueden	durar	en	el	tiempo	sin	alterarse,	mientras	que	la	alegría,	que
es	la	emoción	de	referencia,	suele	manifestarse	de	forma	más	estruendosa	y
puntual.
En	este	sentido	desarrollamos	en	los	capítulos	centrales	de	este	libro	un	apartado
dedicado	a	explorar	la	familia	de	cada	una	de	las	emociones	en	relación	a	los
sentimientos	a	los	que	dan	origen	o	a	los	estados	afectivos	que	se	derivan	de
ellas	o,	incluso,	a	las	posibles	combinatorias	entre	ellas.
La	motivación	es	otro	concepto	relacionado	incluso	a	nivel	fisiológico	con	la
emoción.	Sin	embargo,	se	orienta	a	la	satisfacción	de	necesidades	tanto	de
carácter	básico	(hambre,	sed,	sexo)	como	afectivo	(apego)	o	social	(pertenencia,
reconocimiento),	es	decir,	se	guía	por	la	consecución	de	objetivos	prefijados,
mientras	que	la	emoción	activa	reacciones	a	situaciones	inmediatas,	muchas
veces	imprevistas.	Una	motivación	que	se	puede	mantener	a	largo	plazo
demuestra,	por	ejemplo,	un	interés	que	va	mucho	más	allá	de	la	simple	sorpresa
del	momento,	aunque	pueda	haberse	originado	a	partir	de	ella,	al	conectar	con
alguna	necesidad	de	base.
Otro	concepto	que	se	debe	distinguir	de	emoción	es	el	de	pasión.	Indica	una
actitud	sostenida	en	el	tiempo,	como	la	ambición	o	el	interés.	Por	ejemplo,
alguien	puede	manifestar	un	interés	por	la	música,	el	deporte	o	la	paleografía.	O
un	deseo	de	destacar	en	el	ámbito	artístico,	económico	o	empresarial.	En	estas
actitudes	puede	haber	un	trasfondo	emocional,	referido	porejemplo	a	la	alegría	o
a	la	sorpresa,	pero	se	mantiene	incluso	en	su	ausencia	y	muchas	veces	a	pesar	de
las	dificultades	y,	con	frecuencia,	requiere	esfuerzos	notables	y	hasta	superar
fracasos	estruendosos.
4.	¿Cuántas	y	cuáles	son	las	emociones	básicas?
Hablar	de	emociones	básicas	requiere	intentar	delimitar,	en	primer	lugar,	qué
entendemos	por	la	palabra	«básicas».	Las	emociones	evolucionaron	según	su
valor	adaptativo	en	relación	a	la	supervivencia.	Con	este	criterio	bastaría
probablemente	con	considerar	solo	dos	emociones,	el	miedo	y	la	rabia	que
permiten	evitar	los	peligros	y	defenderse	de	los	depredadores	huyendo	o
atacando	(«la	mejor	defensa	es	el	ataque»).	Aplicado	al	ser	humano,	sin
embargo,	está	claro	que	el	concepto	de	emoción	básica	no	solo	responde	a	una
reactividad	de	supervivencia	física	sino	también	social,	por	lo	que	el	concepto	de
«básico»	se	vuelve	más	articulado.
En	este	sentido,	básico	o	primario	puede	entenderse	en	contraposición	a
complejo	o	secundario,	por	ejemplo	respecto	a	los	sentimientos,	que	serían
considerados	secundarios	o	complejos.	Puede	entenderse	también	como	el
fundamento	sobre	el	que	se	construyen	familias	de	sentimientos	que	se	derivan	y
se	reducen	en	última	instancia	a	este	tipo	de	emociones,	como	la	vergüenza,
entendida	como	un	miedo	al	rechazo	social.
Algunos	autores	como	Ekman	(1999)	han	intentado	delimitar	qué	condiciones
debería	cumplir	una	emoción	para	ser	considerada	básica,	es	decir,	distinta	de	las
demás	y	de	otros	fenómenos	afectivos:
1.	Manifestaciones	típicas	universales;	2.	Fisiología	característica;	3.	Evaluación
rápida;	4.	Universales	específicos	en	los	antecedentes;	5.	Aspecto	apropiado	a	la
edad	evolutiva;	6.	Presencia	en	otros	primates;	7.	Activación	rápida;	8.	Breve
duración;	9.	Ocurrencia	espontánea.	10.	Pensamientos,	imágenes	y	recuerdos
típicos;	11.	Experiencia	subjetiva	diferenciada.
Según	esos	criterios,	sobre	todo	si	se	aplican	de	modo	riguroso,	se	supone	que	no
pueden	ser	muchas	las	emociones	consideradas	básicas,	aunque	hay	notables
diferencias	entre	autores.	William	James	(1884),	uno	de	los	primeros	psicólogos
en	plantearse	de	forma	explícita	el	tema	de	las	emociones,	era	muy	reacio	a	dar
ninguna	respuesta	concreta	a	esta	pregunta,	tal	vez	porque	no	se	limitaba	al
concepto	de	emociones	básicas.	«El	número	de	posibles	emociones	diferentes
que	puedan	existir	no	tiene	límite,	y	las	emociones	de	los	individuos	diferentes
pueden	variar	indefinidamente,	tanto	en	lo	que	se	refiere	a	su	constitución	como
a	los	objetos	que	las	desencadenan».
En	la	actualidad	tampoco	existe	un	consenso	unánime	sobre	su	número	exacto.
Para	algunos,	como	Plutchik	(1980),	son	ocho	las	emociones	básicas	que,
combinadas,	dan	origen	a	otras	tantas	emociones	avanzadas;	otros	las	limitan	a
siete	(Reeve,	1994)	o	a	seis	(Tomkins,	1962;	Bueno,	2016;	Mora	2000,	2015).
Johnson-Laird	y	Oatley	(1989,	1992)	tras	hacer	un	análisis	semántico	de	590
palabras	relacionadas	con	emociones	en	inglés,	las	reducen	a	cinco.	Para	el	resto
(Panksepp,	1982;	Antoni	y	Zentner,	2014;	Jack,	Garrod	y	Schyns,	2014,	Lizeretti
y	Gimeno-Bayón,	2014)	son	cuatro.	Nadie	postula	una	clasificación	por	debajo
de	esta	cantidad.	Al	contrario,	ciertos	autores,	como	Izard	(1977),	Ekman	(1982)
o	Elster	(2001),	amplían	la	lista	a	una	o	varias	decenas.
Tampoco	existe	unanimidad	a	la	hora	de	identificar	cuáles	son	en	concreto.
Parece	haber	un	acuerdo	genérico	unánime	sobre	cuatro	de	ellas:	miedo,	rabia,
alegría	y	tristeza.	Jack,	Garrod	y	Schyns	(2014)	afirman	que	si	se	tienen	en
cuenta	los	movimientos	de	la	musculatura	facial	solo	se	pueden	identificar	estas
cuatro.	El	resto	de	emociones,	que	habitualmente	entran	o	salen	de	la	lista	según
diversas	clasificaciones,	son:	asco,	sorpresa,	amor,	culpa	y	vergüenza,	entre
otras.
Para	nosotros	son	cinco:	las	cuatro	comúnmente	aceptadas	(miedo,	rabia,	alegría
y	tristeza),	a	las	que	añadimos	la	«sorpresa»,	la	más	huidiza	de	todas.	El	motivo
para	incluirla	se	basa	en	su	carácter	anticipatorio	al	resto	de	ellas.	La	función	de
la	sorpresa	se	puede	colegir	de	su	relación	con	la	activación	de	un	estado	de
alerta	a	fin	de	facilitar	una	respuesta	apropiada,	después	de	haber	identificado
con	exactitud	la	naturaleza	del	estímulo	presente,	por	lo	que	no	puede	reducirse
de	modo	exclusivo,	ni	confundirse	con	ninguna	de	las	otras	emociones	básicas,
sino	que	puede	antecederlas	a	todas	ellas.	Como	tal	se	puede	«atribuir»	a	todos
los	animales,	capaces	de	activar	un	estado	de	alerta.	Es	también	fácilmente
detectable	en	las	primeras	reacciones	del	bebé,	por	lo	que	se	puede	considerar	un
mecanismo	primario	de	reacción	ante	lo	inesperado	o	desconocido.
Descartamos,	en	disconformidad	con	Johnson-Laird	y	Oatley	(1989,	1992),	el
asco	o	respuesta	aversiva	de	repugnancia	ante	organismos	en	descomposición
(putrefacción,	excrementos,	supuración,	suciedad,	etc.),	porque	la	entendemos
como	una	respuesta	sensorial	(olor,	sabor,	vista,	tacto,	etc.)	más	relacionada	con
finalidades	profilácticas	en	relación	a	motivaciones	básicas	de	supervivencia
como	el	hambre,	la	sed	o	incluso	el	sexo,	que	con	emociones	o	sentimientos.
Solo	por	analogía,	se	puede	hablar	de	«asco»	frente	a	comportamientos	indignos,
por	ejemplo,	en	el	ámbito	social.	Es	significativo	a	este	respecto	que
determinados	comportamientos	sociales	sean	descritos	como	«corrupción»,	en
comparación	con	la	putrefacción	de	organismos,	provocadora	de	asco.	Sandín	y
colaboradores	(2008,	2009)	establecen	una	tipología	de	asco	referida	a	tres
campos	diferenciados	de	naturaleza	animal,	moral	e	interpersonal,	siguiendo	la
Disgust	Scale	(Haidt	et	al.	1994).	Algunos	autores,	Mancini	(2019)	por	ejemplo,
le	otorgan	un	papel	destacado	en	los	rituales	obsesivos	de	limpieza	y	en	el
sentimiento	de	culpa	deontológico,	que	recurre	igualmente	a	rituales	de
purificación.	El	asco	se	mueve	por	el	mecanismo	de	atracción-aversión,	como
sucede	también	con	las	actividades	sexuales	(atracción-aversión	sexual),	en
respuesta	a	las	características	de	los	estímulos	sensoriales	de	tipo	visual,
olfativo,	gustativo	o	táctil,	y	no	se	puede	extender	a	otros	ámbitos.	Esta
característica	específica	del	asco	nos	lleva	a	excluirlo	del	grupo	de	emociones
básicas	y	a	considerarlo	una	respuesta	o	reflejo	sensorial.	Respuesta	que,	por	otra
parte,	está	sometida	en	gran	medida	a	las	influencias	culturales,	sociales	y
familiares.
En	la	categoría	de	reflejos	sensoriales	entrarían	igualmente	las	reacciones
evitativas	o	inhibitorias	frente	al	dolor,	aunque	puedan	ir	acompañadas	de
respuestas	emocionales,	pero	que	no	deben	confundirse	con	ellas,	como	podría
ser	el	llanto	anticipatorio	de	un	niño	(miedo)	al	que	se	le	va	a	poner	una
inyección.	Igualmente,	y	en	su	polo	opuesto,	no	deben	confundirse	las
manifestaciones	de	placer,	que	son	respuestas	sensoriales,	con	emociones,
aunque	puedan	dar	lugar	a	alguna	de	ellas,	como	la	alegría.	Asco	y	dolor	son
reacciones	aversivas	o	evitativas	(nos	alejan	del	estímulo),	mientras	que	el	placer
adquiere	un	valor	reforzante	(nos	aproxima	al	estímulo).
Tampoco	consideramos	al	amor	una	emoción,	por	muy	acompañado	que	vaya	en
el	enamoramiento	de	«mariposillas	en	el	estómago».	El	amor	es	una	motivación
sexual	o	de	apego,	relacionado	con	necesidades	básicas	como	la	reproducción,	la
pertenencia	o	la	seguridad.	Puede	tener	una	duración	prolongada,	incluso	en
ausencia	del	estímulo,	lo	que	lo	acerca	más	a	un	sentimiento	que	a	una	emoción.
Por	otra	parte	no	hay	reacciones	neurofisiológicas	exclusivas	del	amor,	sino	más
bien	un	cóctel	variadísimo	de	ellas	que	pueden	acompañar	sus	múltiples
vicisitudes	a	lo	largo	de	la	vida.
La	vergüenza	y	la	culpa	no	las	incluimos	entre	las	emociones	básicas	o	primarias
porque	no	son	compartidas	ni	análogas	con	otros	animales,	ni	se	manifiestan	en
los	primeros	estadios	evolutivos	de	la	infancia,	sino	que	se	construyen
socialmente	en	contextos	culturales	determinados.	Se	trata	más	bien	de
sentimientos	relacionados	con	el	miedo,	la	tristeza	e	incluso	la	rabia,	en	algunos
casos,	de	larga	duración.
5.	La	función	informativadel	sistema	emocional
Nuestra	clasificación,	limitada	a	cinco	emociones	básicas,	no	se	sustenta
exclusivamente	en	las	modalidades	expresivas	que	suelen	acompañarlas,	como	el
grado	de	apertura	de	los	ojos,	el	entrecejo,	la	boca,	las	mejillas,	la	comisura	de
los	labios,	etc.	Ni	en	la	activación	neurofisiológica,	relacionada	con	el	número
de	pulsaciones,	la	sudoración,	las	lágrimas,	la	tensión	muscular,	etc.,	sino	en	la
finalidad	informativa	que	cumplen	de	inmediato	ante	estímulos	precisos.	Esta
función	la	ponemos	de	relieve	de	manera	concisa	en	el	cuadro	siguiente	(cuadro
1),	en	el	que	puede	observarse	el	papel	de	cada	una	de	las	emociones	básicas	en
relación	a	dar	cumplida	cuenta	de	su	objetivo:	prevenir	una	situación	inesperada
(sorpresa),	evitar	un	peligro	(miedo),	celebrar	una	ganancia	(alegría),	afrontar	un
obstáculo	o	una	frustración	(rabia),	asumir	una	pérdida	(tristeza),	con	cuyas
iniciales	podemos	formar	el	acrónimo	SMART	(en	inglés:	inteligente).
Son	inteligentes	las	emociones	en	cuanto	nos	pueden	informar	inequívocamente
de	la	naturaleza	de	la	evaluación	que	nuestro	organismo	hace	de	una
determinada	situación,	no	de	lo	acertado	de	la	misma,	sino	del	valor	de
supervivencia	que	le	otorga.	Una	evaluación	posterior,	propia	o	ajena,	puede
cofirmar	o	contradecir	dicha	intrepretación	(«falsa	alarma»);	pero	mientras	tanto
el	organismo	ya	ha	reaccionado,	«por	si	acaso».
El	sistema	emocional	básico	se	puede	entender	en	función	de	una	unica	variable,
la	supervivencia	del	organismo.	Esta	está	supeditada	a	la	propia	capacidad	de
predecir	su	continuidad	vital	en	el	contexto	inmediato	en	que	se	desenvuelve.
Para	ello	dispone	de	un	sistema	de	alerta	(sorpresa)	que	se	activa	frente	a
posibles	amenazas	del	entorno,	ante	las	que	caben	dos	tipos	de	respuesta:	ataque
(rabia)	o	huida	(miedo).	Pero,	como	la	función	de	la	supervivencia	es
incremental,	es	decir,	que	no	se	cumple	solo	con	la	ausencia	o	evitación	de
circunstancias	que	la	pongan	en	peligro,	sino	que	precisa	de	aportes	continuos	de
recursos	externos,	el	organismo	realiza	un	balance	constante	entre	ganancias
(alegría)	y	pérdidas	(tristeza).
Del	análisis	del	cuadro	se	colige	fácilmente	que	el	eje	principal	está	constituido
por	la	dimensión	bipolar	«ganancia-pérdida».	Todo	organismo	que	se	nutre	de	un
medio	o	ecosistema	se	halla	en	continua	dependencia	del	mismo.	Cualquier
variación	en	él	puede	repercutir	en	su	beneficio	(conservación	o	aumento	de	su
estructura)	o	perjuicio	(disminución	o	supresión	de	su	estructura).	En
consecuencia,	experimentará	alegría	o	tristeza	según	salga	beneficiado	o
perjudicado	de	las	posibles	variaciones	del	mismo,	y	rabia	o	miedo	según	vea
amenazada	la	consecución	o	mantenimiento	de	un	bien.
Las	emociones	son	específicas,	claramente	diferenciadas	unas	de	las	otras,	pero
sus	objetos	no	lo	son	necesariamente.	Por	ejemplo,	el	miedo	no	es	rabia,	aunque
su	objeto	pueda	ser	compartido.	Un	mosquito	nos	puede	provocar	miedo	y	rabia
sucesiva,	alternativa	o	simultáneamente,	mientras	que	a	otras	personas	solo
miedo	o	solo	rabia;	o,	incluso	a	la	inversa,	miedo	en	lugar	de	rabia	o	rabia	en
lugar	de	miedo,	como	la	de	un	gato	acorralado;	o,	tal	vez,	ni	siquiera	reaccionar
en	absoluto,	con	indiferencia	total.	Según	sea	la	reacción	emocional
predominante,	las	conductas	derivadas,	como	los	productos	químicos	utilizados
para	hacer	frente	a	los	mosquitos,	estarán	más	orientadas	a	la	autoprotección
(repelentes)	o	a	la	eliminación	(insecticidas).
6.	La	función	activadora	de	las	emociones
Las	emociones	primarias	responden	a	la	primera	evaluación	(de	ahí	su	nombre)
que	hace	el	organismo	de	una	situación	determinada	y	esta	se	puede	entender	en
función	de	cinco	parámetros	universales:	el	conocimiento	que	se	tenga	de	una
situación,	su	valor	como	amenaza	que	evitar	o	como	obstáculo	que	vencer,	y	el
coste	o	beneficio	(pérdida	o	ganancia)	que	suponga.	Así,	la	sorpresa	responde	a
la	percepción	de	«novedad»,	a	fin	de	reconocer	el	significado	del	cambio	de	una
situación;	el	miedo,	a	una	activación	para	la	huida	frente	a	una	amenaza;	la	rabia
desencadena	una	fuerza	destructora	frente	a	un	obstáculo	que	se	interpone	en
nuestro	camino;	la	alegría	constituye	una	reacción	que	permite	el	disfrute	de	una
ganancia	conseguida,	con	lo	que	aumenta	la	probabilidad	de	refuerzo	de	la
conducta	apropiada;	y,	finalmente,	la	tristeza,	consistente	en	una	reacción	frente
a	la	pérdida	de	un	bien,	que	nos	lleva	a	aceptar	su	renuncia,	a	fin	de	limitarnos
en	nuestros	apetitos	y	permitir	nuestra	readaptación	a	su	ausencia.
6.1.	La	respuesta	emocional
De	este	modo	las	emociones	se	convierten	en	un	mecanismo	rápido	de
adaptación	a	los	cambios	del	ambiente	que	es	extensible	a	cualquier	grado	de
complejidad	del	mismo,	desde	el	más	simple	al	más	sofisticado,	como	los
producidos	en	el	ámbito	social	o	interpersonal.	Podemos	describir
secuencialmente	el	curso	espontáneo	de	una	respuesta	emocional,	de	acuerdo	a
los	siguientes	pasos:
Nuestro	cerebro	detecta	a	través	de	señales	sensoriales	internas	o	externas	un
cambio	significativo	o	imprevisto	de	significación	vital,	producido	en	una
situación	determinada,	por	ejemplo	un	dolor	repentino	o	un	relámpago,	seguido
de	un	trueno.
Esta	señal	activa	reflejos	innatos	o	aprendidos	con	el	recurso	a	la	memoria
hipocámpica,	episódica	y	semántica,	que	intervienen	en	la	evaluación	emocional
del	evento,	de	acuerdo	con	las	experiencias	pasadas.
Según	haya	sido	la	evaluación	de	la	situación	para	el	organismo	(en	función	de
la	naturaleza	del	estímulo,	el	contexto	de	producción	y	la	experiencia	propia
mediada	por	la	cultura	o	la	sociedad),	se	producirá	la	activación	de	la	respuesta
correspondiente	de	huida,	o	nos	pondremos	a	sacar	fotos	de	los	relámpagos
desde	nuestro	observatorio	protegido,	o	continuaremos	leyendo	relajadamente
nuestra	novela	junto	al	fuego.	Esta	respuesta	implicará	una	mayor	o	menor
activación	neurofisiológica,	según	la	intensidad	de	la	misma	en	relación	a	las
características	circunstanciales	de	la	situación,	como	también	a	las	individuales
propias.
Esta	respuesta	seguirá	su	curso,	hasta	que	la	situación	se	haya	neutralizado	o
llegado	a	su	resolución.	En	general	la	duración	será	breve,	excepto	si	la	situación
se	prolonga	en	el	tiempo	o	la	persona	afectada	no	consigue	resolver	la	activación
emocional	desencadenada,	pudiendo	dar	lugar	a	algún	trastorno	de	ansiedad.
También	puede	suceder	un	efecto	de	habituación,	que	lleve	a	la	inhibición	de	la
acción,	lo	que	puede	derivar	en	depresión	o	alguna	enfermedad	psicosomática.
6.2.	Las	siete	reglas	del	funcionamiento	emocional
Nico	Frijda	(2006)	realiza	una	serie	de	observaciones	sobre	el	funcionamiento	de
la	respuesta	emocional	que	por	sus	regularidades	concibe	como	leyes	y	que
pasamos	a	detallar	de	forma	sintética,	por	su	posible	utilidad.	Por	ejemplo,	dan
cuenta	de	fenómenos	como	la	ansiedad	anticipatoria	que	se	produce	en	ausencia
de	estímulos	realmente	presentes	o	explican	la	necesidad	de	reinterpretar	las
situaciones	traumáticas.
Significado	situacional.	Las	emociones	responden	a	situaciones	específicas
reales	o	imaginarias,	no	surgen	espontáneamente.
Realidad	aparente.	Los	escenarios	mentales	(cine,	novela,	rumores,
anticipación,	preocupaciones)	se	comportan	como	si	fueran	reales	para	nuestra
mente	emocional.
Habituación,	comparación	y	cambio.	Las	situaciones	habituales	tienden	a
normalizarse	y,	en	consecuencia,	a	disminuir	su	intensidad.	Mientras	que	frente
a	una	novedad,	la	respuesta	emocional	es	más	intensa.
Asimetría	hedónica.	Nos	habituamos	a	las	situaciones	positivas	más	fácilmente	y
menos	a	las	negativas.	La	respuesta	emocional	en	este	caso	es	de	resistencia	y	la
aplicación	de	la	ley	de	la	habituación	es	más	relativa.
Conservación	del	momento	situacional.	Las	experiencias	negativas	tienden	a
mantener	su	poder	emocional	durante	largo	tiempo.	Continúan	presentes,
aunque	la	situación	ya	haya	desaparecido.	Para	que	la	emoción	negativa
desaparezca	hay	que	vivirla	de	nuevo	y	resolverla	adecuadamente.
Cierre	y	atención	a	las	consecuencias.	Las	emociones	tiendena	forjar	una	idea
absolutista	de	la	realidad.	Todo	se	ve	en	términos	de	blanco	o	negro.
Mínimo	coste	y	máxima	ganancia.	Explica	la	tendencia	a	minimizar	las
experiencias	negativas	y	reinterpretar	las	situaciones	en	pos	de	un	beneficio
emocional.
7.	La	función	expresiva
El	repertorio	emocional	constituye	un	sistema	primario,	pero	eficaz,	de
comunicación	entre	individuos	de	una	misma	especie	que	lo	comparten.	Los
distintos	registros	de	voces	o	sonidos	que	emiten	aves	y	mamíferos	permiten
articular	un	lenguaje	previo	al	verbal,	que	resulta	muy	apropiado	a	los	fines	de
protección	y	apareamiento	entre	los	miembros	del	grupo.	Para	la	mayoría	de
ellos	es	mucho	más	adaptativa	la	expresión	sonora	que	la	facial,	puesto	que	la
emisión	de	sonidos	permite	comunicarse,	aunque	sea	a	distancia.	En	las	aves,	es
más	destacable	el	canto,	el	despliegue	del	plumaje	o	las	danzas	de	cortejo	que	la
expresión	de	la	cara.	Estas	expresiones	llegan	a	constituir	un	auténtico	lenguaje
codificable,	por	muy	reducido	que	sea,	pero	suficiente	para	las	funciones
primarias	de	supervivencia	y	apareamiento,	limitadas	siempre	al	contexto
presencial.
7.1.	Las	expresiones	faciales
Del	mismo	modo,	para	la	mayoría	de	cuadrúpedos	las	expresiones	faciales
suelen	ser	muy	rudimentarias,	dado	que	la	interacción	cara	a	cara	no	viene
facilitada	ni	por	su	anatomía	ni	por	el	medio	en	que	se	mueven.	Sin	embargo,	las
expresiones	de	miedo	o	rabia	suelen	mostrarse	de	manera	más	explícita	en	todos
ellos	a	través	de	los	movimientos	de	la	pupila	ocular	o	de	los	músculos	y	dientes
de	la	boca,	incluso	a	corta	distancia,	entre	los	miembros	de	la	misma	especie	o
ante	presas	y	depredadores.
En	los	primates	la	expresión	facial	adquiere	una	dimensión	mucho	más
relevante,	puesto	que	ya	desde	la	infancia	las	funciones	nutritivas	se	realizan
cara	a	cara,	lo	que	convierte	el	rostro	en	un	mapa	de	signos	constantes	donde	se
expresan	los	distintos	estados	afectivos	del	bebé,	como	la	sorpresa,	la	alegría,	la
tristeza,	la	rabia	o	el	miedo,	así	como	la	tensión	o	la	relajación	de	una	manera
casi	inequívoca	para	quien	lo	observa.	De	este	modo	la	expresividad	de	la	cara,
facilitada	por	la	diversidad	de	los	músculos	faciales,	más	de	una	docena	en	su
conjunto,	se	convierte	en	la	base	del	llamado	«lenguaje	no	verbal»	o	«lenguaje
mimético».	En	el	teatro	griego	se	usaban	máscaras	para	expresar	las	distintas
emociones	de	los	personajes,	exagerando	la	tensión	de	los	músculos	de	la	cara,
al	igual	que	lo	hacen	los	payasos.	Los	«emoticonos»	han	inspirado	su	grafismo
en	estas	características	expresivas	del	rostro	para	transmitir	estados	emocionales.
A	estas	expresiones	miméticas	del	rostro	hay	que	añadir	las	secreciones
lacrimales	que	pueden	expresar	dolor,	tristeza	o	incluso	alegría;	el	rechinar	de
dientes	(rabia),	los	gritos	(miedo,	alegría,	rabia)	y	la	risa	(alegría).	Sin	embargo,
hay	que	tener	presente	que	estas	expresiones	faciales,	aun	acompañadas	de	otros
parámetros	expresivos,	no	responden	inequívocamente	a	las	emociones	que
contextualmente	damos	por	supuestas.
7.2.	Las	expresiones	gestuales
Así	como	la	mayor	parte	de	los	registros	expresivos	faciales,	aunque	equívocos,
son	prácticamente	espontáneos	y,	en	consecuencia,	universales,	los	gestuales
están	muy	condicionados	por	la	cultura.	Algunas	culturas,	como	las	del	sur	de
Italia,	utilizan	exageradamente	las	manos;	otras,	como	la	japonesa,	son	mucho
más	comedidas	en	su	expresividad.	Las	manos	no	solamente	se	agitan	o	se
contraen,	sino	que	a	veces	se	usan	para	expresar	ideas,	emociones	o
sentimientos,	como	los	aplausos,	el	puño	alzado,	la	posición	en	«V»	de	los	dedos
para	indicar	victoria,	el	dedo	pulgar	hacia	arriba	o	hacia	abajo,	señalando
aprobación	o	desaprobación,	como	si	se	tratara	de	un	lenguaje	para	sordomudos.
Estos	signos,	llamados	emblemas,	constituyen	un	repertorio	de	señales	que
forman	parte	de	un	código	socialmente	compartido	por	individuos	de	un	mismo
contexto	social	y	son	totalmente	conscientes	e	intencionales.
7.3.	Las	expresiones	posturales
Pero	no	son	solo	las	expresiones	faciales	y	gestuales	las	que	permiten	manifestar
estados	emocionales.	La	postura	corporal	o	el	tono	muscular	transmiten	también
de	manera	prácticamente	inequívoca	estados	emocionales	internos.	Los	hombros
alzados	o	caídos,	el	cuerpo	o	la	cabeza	erguidos,	o	por	el	contrario,	la	cabeza
gacha,	el	cuerpo	encorvado,	los	pies	arrastrados	al	andar,	los	saltos	de	alegría,
son	manifestaciones	claras	de	emociones	intensas	que	se	trasmiten	a	través	del
cuerpo,	constituyendo	un	auténtico	lenguaje	corporal,	difícil	de	falsificar,	aunque
posible	de	imitar,	si	se	pretende	fingir.	Los	saltos	y	gritos	estentóreos	de	los
jugadores	de	fútbol	después	de	marcar	un	gol	o	de	ganar	una	copa,	o	el
abatimiento	corporal	de	los	perdedores	en	el	último	minuto	de	una	competición
son	manifestaciones	espontáneas	de	emociones	de	alegría	o	tristeza,
respectivamente.	Como	concluye	en	sus	estudios	Hilliel	Aviezer	(2017),
precisamente	a	propósito	de	la	expresividad	corporal	de	los	deportistas:	«lo	que
realmente	trasmite	sensaciones	y	sentimientos	es	la	expresión	corporal,	no	solo
la	del	rostro».
7.4.	Las	expresiones	paralingüísticas
El	lenguaje	verbal	puede	hacer	mención	explícita	de	estados	emocionales
concretos,	pero	solo	podemos	percibir	que	responde	a	experiencias	actuales	y
auténticas	si	va	acompañado	de	señales	paralingüísticas,	que	afectan	al	tono	o
volumen	de	la	voz,	a	la	intensidad	o	fuerza	expresiva,	al	ritmo,	la	velocidad	o
calma	con	que	se	habla,	al	silabeo	continuo	o	entrecortado,	entre	otros.	Por
ejemplo,	se	pueden	remarcar	las	sílabas	de	una	expresión	a	fin	de	enfatizar	un
mensaje:	«a-ver-si-te-en-te-ras».	Igualmente,	el	contenido	verbal	de	un	relato
puede	ir	acompañado	de	manifestaciones	claras	de	estados	emocionales,	como	el
llanto	o	la	risa.	A	veces	esto	sucede	aunque	los	hechos	referidos	estén	muy
alejados	del	momento	presente,	como	quien	recuerda	episodios	de	una	guerra,
vividos	decenas	de	años	atrás,	pero	todavía	activos	en	la	memoria	hipocámpica.
Este	fenómeno	es	particularmente	frecuente	en	las	sesiones	de	terapia	en	que
aparecen	recuerdos	ligados	a	situaciones	del	pasado,	traumáticas	o	no,	pero	con
una	fuerte	carga	emocional,	en	las	que	espontáneamente	se	activa	la	emoción	al
evocarse	el	recuerdo,	como	si	se	tratara	de	un	resorte	automático,	activado	por
una	situación	presente	o	actual.
7.5.	Las	expresiones	verbales
Finalmente,	las	emociones	pueden	encontrar	una	expresión	directa	a	través	del
repertorio	lingüístico	compartido	por	una	comunidad	de	hablantes,	donde
además	de	los	significados,	las	palabras	están	cargadas	de	connotaciones
positivas	o	negativas.	Así,	por	ejemplo,	los	insultos	surgen	de	estados
emocionales	de	enfado	que	se	dirigen	a	humillar	a	la	persona	de	la	que	es	objeto.
Igualmente,	las	amenazas	verbales	pretenden	intimidar	a	alguien,	así	como	la
queja	busca	obtener	su	compasión.	Naturalmente,	la	elección	del	vocabulario	en
esos	y	otros	casos	se	hace	en	función	de	los	objetivos	correspondientes	a	los
estados	emocionales	de	fondo,	de	modo	que	las	palabras	dictadas	por	estos
suelen	dar	la	medida	exacta	de	su	naturaleza	e	intensidad.
8.	Emociones	positivas	y	negativas
Algunos	autores	(Fernández-Abascal,	2008;	Orloff,	2011)	distinguen	entre
emociones	positivas	y	negativas,	dado	que	identifican	y	confunden	«positivo»
con	«placentero».	Para	Bárbara	Fredrickson	(1998,	2001),	por	ejemplo,	las
emociones	«positivas»	tendrían	efectos	beneficiosos	más	duraderos,	en	la
medida	en	la	que	preparan	a	los	individuos	para	tiempos	futuros	más
conflictivos.	Esta	autora	plantea	la	«teoría	abierta	y	construida	de	las	emociones
positivas»	que	sostiene	que	emociones	como	la	alegría,	el	entusiasmo,	la
satisfacción,	el	orgullo	o	la	complacencia,	aunque	fenomenológicamente	son
distintas	entre	sí,	comparten	la	propiedad	de	ampliar	los	repertorios	de
pensamiento	y	de	acción	de	las	personas	y	de	construir	reservas	de	recursos
físicos,	intelectuales,	psicológicos	y	sociales	disponibles	para	momentos	futuros
de	crisis.
Frente	a	este	planteamiento,que	supone	la	división	entre	emociones	positivas	y
negativas	y	que	se	halla	en	la	base	de	la	reciente	aparición	de	la	mal	llamada
«psicología	positiva»	(Seligman,	et	al.	2000),	han	surgido	voces	de	alerta	que	se
oponen	a	ella	y	que	señalan	su	carácter	mistificador.	Estas	posturas	encontradas
entre	defensores	y	detractores	han	obtenido	amplio	eco	en	las	publicaciones	de
ámbito	profesional	(Vázquez,	2013;	Pérez-Álvarez,	2012;	2013).
Nosotros	en	este	escrito	queremos	mantenernos	al	margen	de	la	polémica	que
parte	de	la	suposición	de	que	existen	emociones	negativas,	según	María	Luisa
Vecina	(2006)	(miedo,	rabia,	tristeza)	y	emociones	positivas	(alegría,
satisfacción,	orgullo,	esperanza,	etc.).	Si	esta	distinción	fuera	válida,	habría	que
sacar	la	paradójica	conclusión	de	que	la	naturaleza	nos	habría	dotado
mayormente	de	emociones	básicas	negativas	(miedo,	rabia,	tristeza)	antes	que
positivas	(alegría),	y	como	mucho	una	neutra	(sorpresa).	Nuestro
posicionamiento	se	sustenta	en	dos	motivos	teóricos	y	uno	práctico.
El	primero,	la	inadecuación	de	esta	división	entre	positivo	y	negativo,	puesto	que
cualquier	emoción	puede	ser	una	cosa	o	la	otra	en	función	del	contexto	en	que	se
produzca:	el	miedo	puede	ser	positivo	ante	una	situación	amenazante,	activando
la	huida,	y,	al	contrario,	la	alegría	puede	ser	negativa	desde	el	punto	de	vista
social	en	un	contexto	de	duelo	compartido;	o	la	tristeza	puede	contribuir
positivamente	a	la	recomposición	interior	de	una	persona	o	fomentar	la
solidaridad	después	de	una	pérdida	afectiva.	Si	acaso,	siguiendo	las	trazas	de	la
investigación	de	Richard	Davidson	(2012),	podemos	detectar	la	activación	del
área	prefrontal	izquierda	(aproximación)	o	derecha	(evitación),	para	aquellos
contextos	que	requieren	una	u	otra	respuesta,	dado	que	esta	es	la	decisión
psicológica	fundamental	que	un	organismo	toma	constantemente	en	relación	a	su
entorno	(Schneirla,	1959).	Por	ejemplo,	el	distanciamiento	de	las	relaciones
sociales	(evitación)	en	el	caso	de	una	pérdida	afectiva	puede	tener	un	efecto
positivo	para	la	persona,	puesto	que	le	permite	vivir	el	duelo	de	forma	más
congruente	que	la	inmediata	o	precipitada	inmersión	en	las	relaciones	habituales,
ya	sean	sociales,	laborales,	etc.
Las	emociones	no	son	ni	positivas	ni	negativas,	sino	adaptativas:	sus	efectos
prácticos	dependerán	de	las	circunstancias	y	se	verá	en	cada	caso	su	grado	de
mayor	o	menor	adecuación.	Se	podría,	tal	vez,	distinguir	entre	emociones
agradables	y	desagradables,	aunque	esto	nos	viene	a	situar	en	el	plano	de	lo
absolutamente	subjetivo.	Alguien	puede	deleitarse	en	un	sentimiento	de
nostalgia	o	regodearse	en	el	de	venganza;	por	el	contrario,	la	ilusión	puede
llevarnos	a	la	decepción	y	la	esperanza,	al	desengaño.
Resulta	azaroso	atribuir	a	las	emociones	la	connotación	de	positivas	o	negativas.
Si	acaso,	¿para	quién?	Podemos	hablar	de	efectos,	actitudes,	conductas,
pensamientos	o	intenciones	de	valor	positivo	o	negativo,	especificando	siempre
para	quién	y	en	qué	sentido,	pero	no	de	emociones,	que	en	sí	mismas	carecen	de
valor	moral	o	social	y	que,	a	priori,	los	partidarios	de	esta	distinción	califican
fuera	de	contexto.
El	segundo	motivo	es	que	nos	hemos	limitado	a	las	cinco	emociones	que	hemos
considerado	básicas,	por	lo	que	no	tomamos	en	cuenta,	sino	de	forma	derivada,
sentimientos,	afectos,	actitudes,	estados,	motivaciones,	etc.	que	merecen	otro
tipo	de	planteamiento.	Si	un	concepto	resulta	demasiado	general,	confuso	o	vago
como	para	incluir	en	su	seno	indistintamente	cualquier	proceso	psicológico,
significa	que	no	está	bien	definido,	puesto	que	definir	significa	señalar
claramente	los	límites.	Si	lo	ponemos	todo	en	el	mismo	saco	y	bajo	categorías
muy	genéricas	como	las	de	positivo/negativo,	perdemos	complejidad,	riqueza	de
conocimiento	y	profundidad	en	la	vivencia	afectiva.
El	tercero,	el	práctico,	para	no	perdernos	en	disquisiciones	y	estériles	luchas	de
escuelas,	ni	alentar	soluciones	fáciles	a	los	problemas	de	la	vida.
9.	Inteligencia	o	estupidez	emocional
Así	como	no	hay	emociones	positivas	ni	negativas,	sino	que	sus	efectos
dependen	de	la	adecuación	al	contexto,	tampoco	se	puede	hablar	de	emociones
inteligentes	o	estúpidas.	Como	las	reacciones	emocionales	suelen	ser
espontáneas	e	inmediatas,	su	eficacia	puede	verse	afectada	por	las	circunstancias
concretas	donde	se	producen.	Hay	que	partir	del	supuesto	de	que	las	bases	sobre
las	que	se	han	construido	las	emociones	han	aparecido	a	lo	largo	del	proceso
evolutivo	como	respuestas	adaptativas	a	un	contexto	natural,	la	sabana	africana,
por	ejemplo,	y	que	no	siempre	se	ajustan	a	las	necesidades	de	un	contexto	social.
La	respuesta	de	huida	física	ante	la	amenaza	de	un	depredador	no	tiene	por	qué
ser	siempre	la	más	adecuada	en	un	contexto	interpersonal.	De	ahí	nace	la	duda:
aquellas	respuestas	emocionales	que	en	un	momento	y	contexto	determinados
resultaron	las	más	adecuadas	a	un	entorno	natural	pueden	resultar
contraindicadas	en	otro	momento	y	contexto	social.	En	todo	caso	la	pregunta
sobre	la	inteligencia	o	estupidez	de	las	emociones	debe	dirigirse	hacia	su	gestión
y	adecuación	a	los	contextos	apropiados,	no	hacia	su	naturaleza.	La	expresión
«inteligencia	emocional»	tal	vez	debería	sustituirse	por	la	de	«gestión	inteligente
de	las	emociones».	De	hecho,	la	definición	de	Salovey	y	Mayer	(1990),
popularizada	por	Goleman	(1996),	de	inteligencia	emocional	ya	contempla	este
aspecto,	al	entenderla	como	«habilidad	para	manejar	los	sentimientos	y
emociones,	discriminar	entre	ellos	y	utilizar	estos	conocimientos	para	dirigir	los
propios	pensamientos	y	acciones».
La	primera	consideración	a	este	propósito	es	comprender	que	las	emociones,	por
su	naturaleza,	son	adaptativas.	Esto	es	así,	precisamente,	porque	las	emociones
han	sido	construidas	sobre	mecanismos	o	dispositivos	de	reacción	inmediata	ante
situaciones	en	las	que	no	hay	tiempo	para	pensar,	en	las	que	se	juegan	cuestiones
de	vital	importancia,	en	base	a	dos	modalidades	elementales	de	respuesta:	la	de
aproximación	o	la	de	alejamiento.	En	este	sentido	podemos	decir	que	son	formas
primarias	de	inteligencia	reactiva,	al	igual	que	lo	son	los	reflejos	motores	que
permiten	mantener	el	equilibrio	mientras	esquiamos,	o	esquivar	un	coche	que	se
nos	cruza	mientras	conducimos.
Pero	por	la	misma	razón	podemos	decir	que	son	capaces	de	producir	reacciones
estúpidas	cuando	nos	llevan	a	bajarnos	del	coche	con	una	barra	de	hierro	en	las
manos,	dispuestos	a	agredir	al	conductor	que	acaba	de	hacernos	un
adelantamiento	peligroso,	o	a	discutir	con	un	agente	de	la	autoridad	o	con	el
árbitro	de	un	partido	porque	nos	han	puesto	una	multa	o	señalado	una	falta.	Estas
mismas	reacciones	airadas	se	ponen	en	juego	en	las	relaciones	interpersonales
cuando	sentimos	ser	tratados	injustamente,	pudiendo	dar	lugar	a	explosiones	de
cólera	o	incluso	a	reacciones	de	violencia.	Si	en	lugar	de	movernos	activados	por
la	ira	lo	hacemos	por	el	miedo,	pueden	producirse	escenas	de	pánico	colectivo
como	en	el	interior	de	una	discoteca	en	llamas,	donde	la	mayor	parte	de	los
muertos	no	son	por	causa	del	fuego	o	el	humo	sino	por	el	atropello	que	provoca
la	huida	masiva.
Al	igual	que	existen	respuestas	inadaptadas	por	exceso	de	activación	emocional,
se	producen	en	el	polo	opuesto	respuestas	carentes	de	cualquier	tonalidad
emocional.	Esto	se	podría	esperar	de	personas	afectadas	por	traumatismos
craneales	que	hayan	incidido	en	las	áreas	de	regulación	emocional	o	en	sus
conexiones	órbitofrontales,	como	las	descritas	por	Damasio	(1996)	en	casos	de
sección	de	las	vías	aferentes	del	sistema	límbico.	La	incapacidad	de	identificar	y
conectar	con	motivaciones,	deseos	y	emociones,	por	otra	parte,	característica	de
la	alexitimia,	constituye	un	grave	déficit,	comparable	a	quien	padeciera	una
analgesia	congénita	o	incapacidad	para	sentir	el	dolor.	En	ambos	casos	el	sujeto
está	privado	del	acceso	directo	a	experiencias	internas	que	le	permitan	reaccionar
a	lo	que	le	está	sucediendo.
10.	Emociones	y	sentimientos
Las	emociones	que	persisten	a	pesar	de	todo	pueden	darlugar	a	la	formación	de
sentimientos	más	o	menos	duraderos	como	la	envidia,	el	rencor,	el	odio,	el
ánimo	de	venganza	o	los	celos,	pero	también	el	amor	o	la	felicidad.
Estos	y	otros	sentimientos	pueden	perdurar	incluso	años	sin	llegar	a	activarse
emocionalmente,	si	no	es	en	presencia	de	alguna	situación,	persona,	recuerdo	o
acontecimiento	que	los	evoque	o	los	vuelva	a	la	actualidad.	Alguien	puede
guardar	un	rencor	imborrable	hacia	una	persona,	pero	no	experimentar	la
activación	emocional	correspondiente	hasta	que	no	vuelve	a	tener	noticia	de	ella
o	se	la	encuentra	en	las	redes	sociales	o	en	la	calle	por	casualidad.	De	este	modo
se	explica	la	persistencia	de	las	emociones	asociadas,	por	ejemplo,	al	estrés
postraumático,	que	se	activan	cada	vez	que	el	recuerdo	es	evocado	voluntaria	o
involuntariamente.
Estos	sentimientos,	por	muy	complejos	que	sean,	remiten	necesariamente	a
alguna	de	las	emociones	primarias	y	solo	cuando	conectan	con	ellas	hallan
resonancia	fisiológica	en	el	organismo.	Solo	en	este	caso	podemos	hablar	de
sentimientos	que	se	expresan	como	emociones	propiamente	dichas,	sobre	las
cuales	podemos	trabajar	en	terapia.	Las	sesiones	de	psicoterapia	constituyen	un
marco	privilegiado	para	que	estas	emociones	se	puedan	expresar.	La	evocación
de	traumas	o	recuerdos	del	pasado	o	la	exposición	de	conflictos	actuales	activa
las	emociones	correspondientes	a	tales	experiencias.	Es	por	este	motivo	que	las
emociones	acompañan	la	exposición	de	la	problemática	psicológica	en	terapia	y
que	un	aliado	imprescindible	para	todo	terapeuta	sea	la	caja	de	pañuelos.
Resumen
La	emoción	es	un	concepto	creado	para	dar	cuenta	de	la	reactividad	del
organismo	en	sus	interacciones	con	el	medio	ambiente.	Desde	Darwin	se	han
interpretado	como	dispositivos	innatos	de	respuesta,	compartidos	con	otros
animales,	frente	a	cambios	significativos	para	el	organismo	(amenaza,	éxito,
fracaso),	lo	que	ha	favorecido	el	intento	de	buscar	una	ubicación	en
subestructuras	cerebrales	de	cada	una	de	ellas.
Las	investigaciones	más	recientes	en	neurofisiología	parten	del	supuesto
contrario.	Conceptos	como	miedo	o	rabia	se	consideran	construcciones,
categorías	semánticas	que	aplicamos	a	reacciones	mucho	más	primarias	de
supervivencia	que	no	presentan	la	complejidad	de	las	emociones	ni	precisan	de
ninguna	ubicación	definida	en	el	cerebro,	sino	que	se	van	configurando	como
circuitos	sinápticos	en	función	de	la	experiencia	y	el	lenguaje	que	les	otorga
sentido,	permitiendo	llevar	a	cabo	su	función	predictiva.	Estas	reacciones
primarias,	en	conexión	con	el	sistema	nervioso	autónomo,	son	las	responsables
de	las	reacciones	orgánicas	y	de	las	posibles	enfermedades	psicosomáticas	o	de
trastornos	ansiosos	que	se	pueden	derivar	de	una	gestión	emocional	inadecuada.
Las	conexiones	neuronales	con	el	área	prefrontal	permiten	establecer	un	diálogo
entre	reacción,	pensamiento	y	acción.	Sin	esta	conexión	el	pensamiento	se
perdería	con	frecuencia	en	la	rumiación,	sin	posibilidad	de	pasaje	a	la	acción.	A
su	vez,	la	reacción	emocional	irreflexiva	podría	llevar	a	actuaciones	impulsivas,
no	siempre	acertadas.
En	base	a	su	carácter	primario	podemos	identificar	cinco	emociones	básicas:
sorpresa,	miedo,	alegría,	rabia	y	tristeza,	cuyo	acrónimo	SMART	nos	remite	a	la
llamada	«inteligencia	emocional»,	en	referencia	a	su	capacidad	adaptativa.	Los
problemas	derivados	de	una	posible	inadecuación	de	las	respuestas	emocionales
indican	las	dificultades	de	este	dispositivo	primario	para	adaptarse	a	los
contextos	sociales.
Las	emociones	primarias	responden	a	la	primera	evaluación	que	hace	el
organismo	de	una	situación	determinada	en	función	de	cinco	parámetros
universales:	el	conocimiento	de	la	situación,	su	valor	como	amenaza	a	evitar	u
obstáculo	a	vencer,	y	el	coste	o	beneficio	(pérdida	o	ganancia)	que	suponga.	Así,
la	sorpresa	responde	a	la	percepción	de	«novedad»;	el	miedo,	a	una	activación
para	la	huida	frente	a	una	amenaza;	la	rabia	desencadena	una	fuerza	destructora
frente	a	un	obstáculo;	la	alegría	constituye	una	reacción	que	permite	el	disfrute
de	una	ganancia;	y,	finalmente,	la	tristeza	consiste	en	una	reacción	frente	a	la
pérdida	de	un	bien	que	nos	lleva	a	aceptar	su	renuncia,	a	fin	de	limitarnos	en
nuestros	apetitos	y	permitir	nuestra	readaptación	a	su	ausencia.
De	este	modo	las	emociones	se	convierten	en	un	mecanismo	rápido	de
adaptación	a	los	cambios	del	ambiente,	extensible	a	cualquier	grado	de
complejidad	del	mismo,	desde	el	más	simple	al	más	sofisticado,	como	los
producidos	en	el	ámbito	social	o	interpersonal.	La	necesidad	de	ampliar	el
repertorio	emocional	para	hacer	frente	a	la	complejidad	de	las	relaciones
interpersonales	da	origen	a	los	sentimientos,	que	pueden	considerarse	emociones
secundarias,	derivadas	de	las	primarias.	Su	gestión	exige	una	«educación
emocional»,	sometida	a	criterios	de	convivencia	social	y	madurez	personal.
2.	Sorpresa
Che	sarà,	sarà
José	Feliciano
1.	Origen	y	significado	de	la	palabra	sorpresa
La	sorpresa	tiene	que	ver	con	lo	inesperado.	La	palabra	«sorpresa»	proviene	del
francés	surprise	y	esta	deriva	su	formación	del	latín	medieval	super-prendere,
literalmente	tomar	desde	o	por	arriba.	Cuando	alguien	es	sorprendido,	es	preso
desde	arriba,	que	suele	ser	una	procedencia	poco	probable.	Se	espera	que	a	uno
le	puedan	prender	o	atacar	por	delante,	por	detrás,	por	los	lados	(mamíferos	o
humanos)	o	por	debajo	(reptiles).	Pero	las	sorpresas	que	esconde	el	suelo	pueden
ser	de	tipo	físico,	no	necesariamente	animal:	piedras,	tropiezos,	hoyos,	zanjas,
precipicios,	ciénagas,	tierras	movedizas,	suelos	resbaladizos,	minas	explosivas.
Es	cierto,	sin	embargo,	que	algunos	animales,	entre	ellos	aves	y	felinos,	pueden
echarse	sobre	sus	presas	desde	lo	alto	del	cielo	o	desde	una	rama,	pero	el	ser
humano,	precisamente	por	su	posición	erecta,	tiene	menos	probabilidades	de	ser
atacado	desde	lo	alto.	En	la	estrategia	militar	el	ataque	aéreo	es	siempre	el	menos
previsible	y	el	de	peor	defensa.	Las	defensas	construidas	en	forma	de	castillos	o
ciudades	amuralladas	empezaron	a	volverse	obsoletas	cuando	fue	posible	lanzar
proyectiles	por	medio	de	catapultas	o	cañones,	capaces	de	superar	su	altura.	De
modo	que	a	la	persona	que	es	sorprendida	(sobre-cogida)	le	quedan	menos
posibilidades	de	defensa.	Por	esa	relación	entre	lo	inesperado	e	improbable	de
recibir	un	ataque	desde	lo	alto,	es	decir,	de	ser	sor-prendido,	se	ha	originado	el
concepto	de	«sorpresa».
Aunque	la	mayor	parte	de	los	animales	son	capaces	de	sorprenderse,	su	reacción
suele	limitarse	a	activar	un	estado	de	alerta,	de	acuerdo	con	el	contexto.	Este
estado	de	alerta	les	es	suficiente	para	prepararse	para	la	fuga,	en	caso	de	que	el
peligro	que	los	acecha	haya	superado	la	distancia	de	seguridad.	Los
depredadores,	en	cambio,	intentan	atacar	por	sorpresa,	de	noche,	escondidos
entre	las	malezas,	encaramados	a	un	árbol,	evitando	ser	detectados	por	sus
posibles	víctimas.
El	ser	humano	es	el	ser	animado	con	una	mayor	capacidad	de	sorpresa,	puesto
que	para	él	las	situaciones	inesperadas	pueden	ser	prácticamente	infinitas,	dada
su	actitud	previsora,	anticipatoria	o	predictiva,	que	posiblemente	sea	una	de	las
características	esenciales	de	la	emoción,	y	dada	la	complejidad	de	su	mundo
tecnológico	y	social.	Esta	actividad	anticipatoria,	atribuida	particularmente	a	la
corteza	visual,	parece	que	está	destinada	a	neutralizar	los	efectos
desestabilizantes	de	la	sorpresa.	La	capacidad	de	la	corteza	visual	(Ekman,	1982)
de	prever	la	trayectoria	de	los	objetos	en	movimiento	es	la	que	nos	permite,	por
ejemplo,	conducir	por	la	carretera	con	relativa	seguridad	al	mantener	constante
el	cálculo	sobre	la	velocidad	y	la	distancia	de	los	coches	que	nos	anteceden	o	nos
siguen	por	detrás.	La	posibilidad	de	prever	la	trayectoria	de	una	pelota	le	permite
al	portero	situarse	en	posición	de	detenerla	para	evitar	el	gol	o	al	boxeador
esquivar	la	directa	del	contrincante.
El	factor	sorpresa,	en	efecto,	nos	coloca	en	situación	de	indefensión.	Si	un
frenazo	inesperado	del	coche	que	nos	precede	en	la	autopistao	un
adelantamiento	imprevisto	por	la	derecha	se	interponen	en	nuestra	trayectoria,	se
interrumpe	nuestra	sensación	de	seguridad,	aumentando	automáticamente	el
estado	de	alerta.	Hemos	sido	sorprendidos	por	un	acontecimiento	inesperado,
con	grave	o	relativo	riesgo	para	nuestra	supervivencia.	Al	igual	que	el	portero
puede	verse	sorprendido	por	un	rebote	inesperado	de	la	pelota	sobre	una
irregularidad	en	el	césped	del	campo	de	futbol,	o	el	bombero,	acorralado	por	un
cambio	inesperado	del	viento	en	un	incendio	forestal.
2.	Naturaleza	de	la	sorpresa
La	sorpresa	puede	ser	definida	como	una	«activación	emocional,	resultado	de	un
evento	inesperado,	imprevisto	o	fuera	de	contexto».	La	activa	el	aumento
repentino	de	una	descarga	neuronal	en	respuesta	a	esta	situación.	Su	función	es
poner	el	organismo	en	un	estado	de	alerta,	en	previsión	de	posibles	reacciones
más	específicas,	como	el	miedo	o	la	rabia,	la	alegría	o	la	tristeza.	Esta
característica	inespecífica	se	refleja	particularmente	en	su	escasa	reactividad
neurofisiológica,	muy	centrada	en	la	apertura	de	los	ojos,	y	también,	aunque	no
siempre,	de	la	boca.	El	resto	de	la	cara	suele	quedarse	fija	en	una	especie	de
parálisis	facial;	las	manos,	abiertas,	a	media	altura.	La	apertura	de	los	ojos	está
orientada	a	captar	bien	la	naturaleza	del	estímulo,	a	fin	de	dar	tiempo	al	cerebro
a	procesar	esta	información	para	que	pueda	reaccionar	con	la	emoción	más
apropiada.	La	boca	abierta	(«boquiabierto»)	dispone	el	aparato	fónico	a	ser
utilizado	en	la	modalidad	de	grito	de	socorro,	desesperación,	ataque	o	de	alegría,
según	las	circunstancias	vengan	interpretadas.	Incluso	en	ocasiones	se	ahoga	este
grito	tapándose	la	boca	con	las	manos.	La	aparente	parálisis	de	la	expresión
facial	responde	igualmente	a	este	momento	anterior	a	la	definición	de	la
respuesta	emocional	más	apropiada.	Brazos	y	manos	expectantes	pueden
predisponerse	al	ataque	o	la	huida,	lo	mismo	que	a	taparse	los	ojos	o	la	boca,
según	la	evaluación	que	nuestro	cerebro	haga	de	la	situación.
El	tiempo	en	que	se	puede	mantener	este	estado	de	suspense	puede	variar
notablemente	de	unas	situaciones	a	otras,	en	relación	a	la	mayor	o	menor
dificultad	para	identificar	con	claridad	la	emoción	que	le	corresponda
definitivamente,	aunque	en	general	suele	ser	breve.	En	algunos	casos	este	pasaje
es	casi	inmediato.	Por	ejemplo,	un	ruido	puede	desencadenar	sorpresa	y	susto
casi	al	mismo	tiempo,	según	el	contexto	en	que	se	produzca:	sorpresa	por	lo
inesperado	y	susto	porque	el	contexto	objetivo	o	subjetivo	inducen	a	temer
alguna	amenaza	grave.	En	otras	ocasiones	este	mismo	ruido	puede	activar	un
estado	de	alerta	oscilante	entre	el	miedo,	la	insignificancia	o	incluso	la	alegría	y
activar	una	exploración	sostenida	durante	largo	tiempo,	hasta	resolver	el	enigma
de	su	origen,	una	vez	descartada	o	neutralizada	su	peligrosidad.
La	sorpresa	es	la	más	breve	de	las	emociones.	El	significado	funcional	es	el	de
preparar	al	individuo	para	afrontar	de	forma	efectiva	los	acontecimientos
repentinos	e	inesperados	y	sus	consecuencias.	De	hecho,	la	sorpresa	limpia	el
sistema	nervioso	central	de	la	actividad	en	curso,	preparándola	para	dedicar	toda
su	atención	al	objeto	novedoso.	Cuando	la	persona	se	sorprende,	la	memoria	a
corto	plazo	queda	libre	de	los	pensamientos	que	ocupaban	la	conciencia	en	los
segundos	previos	al	acontecimiento	inesperado.	La	sorpresa	es	adaptativa	en
cuanto	nos	permite	prepararnos	activando	todo	el	dispositivo	emocional
disponible	según	mejor	corresponda	a	la	nueva	situación.
Desde	el	punto	de	vista	social	puede	ser	una	respuesta	inadecuada,	porque
interrumpe	las	interacciones	en	curso,	pero	a	un	fugitivo	le	puede	predisponer
para	la	huida	en	cuanto	detecta	una	señal	peligrosa,	aunque	deje	a	sus
interlocutores	en	la	estacada.	Los	móviles	con	sus	señales	de	alarma	se	han
convertido	en	auténticos	saboteadores	de	las	conversaciones	entre	amigos,	con	la
pareja	o	en	familia,	precisamente	porque	sus	avisos	llegan	de	modo	inesperado	a
dar	cuenta	de	alguna	novedad.	Son	igualmente	un	peligro	para	la	conducción	y
una	fuente	constante	de	distracción	en	el	estudio	o	el	trabajo.
3.	La	familia	de	la	sorpresa
En	la	medida	en	que	la	sorpresa	anticipa	otras	posibles	respuestas	emocionales
puede	adquirir	matices	que	la	tiñen	de	unos	colores	u	otros.	En	general	las
sorpresas	pueden	dividirse	en	agradables	y	desagradables.	Expresiones
habituales	en	el	lenguaje	cotidiano,	como	«qué	grata	sorpresa»	dan	fe	de	ello.
Pero	si	las	analizamos	con	más	detalle	podemos	descubrir	un	mundo	conceptual
mucho	más	complejo	a	este	respecto.
3.1.	Sorpresa	y	miedo
Así,	en	relación	al	miedo	ya	hemos	visto	cómo	sorpresa	y	susto	pueden	casi
coincidir	simultáneamente.	Pero,	al	mismo	tiempo,	el	susto	puede	producirse	en
un	contexto	de	juego	que	acabe	por	convertirse	en	una	escena	hilarante,	es	decir,
que	cambie	su	valencia	amenazante	por	otra	jocosa.	La	reacción	expectante
típica	de	la	sorpresa	responde	a	la	activación	de	un	estado	de	alerta.	Un	estado	de
alerta	no	implica	necesariamente	una	respuesta	de	alarma.	La	palabra	alarma,
como	su	etimología	indica,	(«al-arma»)	es	una	invitación	al	combate	o	a	la
defensa,	lo	que	supone	una	evaluación	de	la	situación	como	amenazante	y
conlleva	la	activación	del	miedo	o	de	la	rabia.	El	estado	de	alerta	puede
prolongar	una	activación	vigilante,	precisamente	para	no	ser	sorprendidos
indefensos	o	desarmados.	Los	conceptos	relativos	a	esta	proximidad	entre
sorpresa	y	miedo	podrían	ser,	en	consecuencia,	susto,	espanto	y	alerta.	Los	dos
primeros	son	más	inmediatos,	el	último	se	puede	dar	o	prolongar	durante	un
tiempo	indefinido.
3.2.	Sorpresa	y	rabia
La	relación	entre	sorpresa	y	rabia	generalmente	da	lugar	a	una	respuesta	furiosa,
es	decir,	a	una	descarga	de	agresividad	desaforada,	como	si	con	esta
demostración	de	fuerza	se	pudiera	neutralizar	la	frustración	o	la	amenaza
repentina,	causada	por	la	sorpresa.	También	suele	ser	la	combinación	perfecta
para	pergeñar	una	venganza	más	o	menos	improvisada	según	lo	permitan	las
circunstancias.
3.3.	Sorpresa	y	alegría
Respecto	a	la	alegría,	la	sorpresa	desempeña	un	papel	anticipatorio	de	una
posible	ganancia.	Este	estado	puede	describirse	como	ilusión.	Por	ejemplo,	uno
de	los	aspectos	más	gratificantes	de	un	regalo	es	su	carácter	sorpresivo;	de	ahí	la
importancia	del	envoltorio	que	permite	mantener	la	actitud	expectante	más
tiempo	mientras	no	se	termina	de	abrir	el	paquete.	En	algunas	culturas,	como	la
japonesa,	incluso	se	evita	abrir	el	regalo	en	presencia	de	quien	lo	ofrece	para
ahorrarse	alguna	posible	señal	involuntaria	de	desagrado	ante	un	regalo
inadecuado	o	de	poco	valor.	Los	occidentales,	que	somos	más	materialistas	y
pragmáticos,	preferimos	acompañarlo	del	ticket	de	regalo	por	si	el	destinatario
prefiere	cambiarlo	porque	no	le	gusta	o	ya	lo	tiene.	Ilusión	y	expectativa	son
conceptos	que	se	avienen	en	relación	a	la	alegría	y	la	sorpresa.
3.4.	Sorpresa	y	tristeza
Sorpresa	y	tristeza	tienen	que	ver	con	el	conocimiento	de	alguna	pérdida.	Por	eso
resulta	tan	embarazoso	para	médicos	o	policías	tener	que	comunicar	alguna	mala
noticia	a	los	familiares	de	enfermos	hospitalizados	o	de	heridos	o	muertos	en
accidentes	de	tráfico.	¿Cómo	se	comunica?	¿A	quién	se	le	comunica	primero?
¿En	qué	términos	o	circunstancias,	con	qué	preámbulos	o	sin	ellos?	La
comunicación	de	una	pérdida,	independientemente	de	su	naturaleza,	suele
conllevar	un	shock,	sobre	todo	si	es	inesperada	para	el	destinatario.	Es	muy
distinto	si	se	produce	después	del	conocimiento	de	algún	antecedente	que
permitera	preverlo	de	algún	modo	o	si	sucede	repentinamente,	al	margen	de	toda
previsión	y,	todavía	más,	si	sucede	en	contra	de	lo	previsto.
A	veces	es	el	propio	interesado	quien	descubre	por	sí	mismo,	asiste	directamente
o	contribuye	involuntariamente	a	la	pérdida	inesperada	de	algún	familiar	o
allegado.	¿Qué	pudo	sentir	el	marido	que	dejó	a	la	mujer	sentada	en	el	coche	y
salió	para	tomar	una	foto	del	paisaje	en	el	pantano	de	Alarcón	y	vio	cómo	el
coche	se	deslizaba	pendiente	abajo	hasta	caer	enlas	aguas	de	la	presa?	¿Qué
pudo	experimentar	el	abuelo-canguro	al	volver	al	coche,	después	de	algunas
horas	en	un	día	caluroso	de	verano,	y	descubrir	que	había	dejado	a	la	nieta	de
pocos	meses	encerrada	en	su	interior?	Incredulidad,	seguida	de	asombro,	horror
o	estupor	son	palabras	que	evocan	la	naturaleza	de	la	sorpresa	provocada	por	una
pérdida	o	desgracia	inesperada	de	la	que	uno	se	siente,	al	menos	en	parte,
responsable.
Ante	situaciones	como	estas,	la	sorpresa	nos	lleva	a	estados	derivados	que
pueden	recibir	nombres	como	conmoción,	shock,	impacto	emocional,	estupor,
confusión,	desconcierto,	pero	sobre	todo	perplejidad,	que	de	algún	modo	los
abarca	a	todos	ellos.	Perplejidad	incluye	la	práctica	totalidad	de	los	componentes
de	la	sorpresa	paralizante,	incapaz	de	derivar	hacia	otra	emoción	más	adaptativa:
incredulidad,	imposibilidad	para	comprender	e	impotencia	para	actuar.	En	el
video	que	recoge	el	instante	del	hundimiento	del	viaducto	de	la	autopista	de
Génova	se	oye	repetida	varias	veces	la	expresión	Oh	Dio,	emitida	por	el	propio
autor	de	la	grabación,	que	no	puede	creer	lo	que	está	viendo,	no	puede	entender
por	qué	está	pasando	y	se	siente	totalmente	incapaz	de	hacer	nada	al	respecto.
3.5.	Sorpresa	estuporosa
Si	la	función	fundamental	de	la	sorpresa	es	preparar	el	cerebro	para
contextualizar	los	estímulos	o	acontecimientos	inesperados,	a	fin	de	poder
acomodar	la	respuesta	más	adecuada	a	ellos,	¿qué	puede	suceder	cuando	este
fracasa	en	su	cometido?	Fundamentalmente	dos	cosas:	o	que	aumente	su
actividad	investigadora	con	el	objetivo	de	llegar	a	una	conclusión	lo	más	rápido
posible,	o	quedarse	paralizado	sin	capacidad	para	reaccionar	eficazmente	ante
una	situación	inesperada.
La	primera	puede	dar	origen	a	un	estado	afectivo	gratificante	si	es	capaz	de
llegar	a	una	resolución	eficaz,	aunque	no	sea	de	inmediato.	La	segunda	puede
provocar	un	estado	de	estupor	con	posibles	efectos	estresores	de	carácter
inhibitorio,	rumiativo	o	disociativo.
Todos	ellos	pueden	darse	por	separado	o	conjuntamente,	al	mismo	tiempo	o	en
diversas	fases.	Ejemplos	de	ello	pueden	ser	una	ruptura	inesperada	de	la	pareja
por	parte	de	uno	de	sus	miembros,	llamado	por	este	motivo	«el	iniciador»
(Vaughan,	1986),	o	una	experiencia	traumática	de	carácter	inesperado	y
abrumador,	que	supera	la	capacidad	de	reacción	inmediata,	muy	visible	en	el
denominado	estrés	postrau-mático.
3.5.1.	El	iniciador
La	experiencia	de	la	ruptura	es	considerada	uno	de	los	factores	de	mayor
impacto	estresante	en	la	vida	de	una	pareja,	por	las	muchas	afectaciones
emocionales,	prácticas	y	aun	económicas	que	conlleva.	En	cualquier	caso
adquiere	una	especial	trascendencia	para	la	reactividad	emocional	de	las
personas	implicadas	el	modo	en	que	se	produce.	El	abandono	súbito,	sin	previo
aviso,	por	parte	de	uno	de	los	miembros	de	la	pareja,	«el	iniciador»,	resulta
particularmente	desconcertante	y	angustioso	para	el	otro	miembro	(Villegas	y
Mallor,	2017).	La	sensación	de	no	entender	las	causas,	la	impotencia	derivada	de
no	haber	podido	intervenir	o	negociar	en	el	proceso	de	separación,	la	percepción
de	exclusión	en	la	toma	de	decisiones	son	motivo	de	aflicción	y	desolación,	rabia
o	despecho,	y	también	con	mucha	frecuencia	de	constante	rumiación,	dirigida	a
satisfacer	la	necesidad	de	comprender	lo	sucedido.
3.5.2.	El	estrés	postraumático
El	«estrés	postraumático»	puede	ser	definido	como	el	miedo	paralizante,
resultado	de	una	experiencia	en	que	la	persona	se	ha	visto	sometida,	con
frecuencia	de	modo	inesperado,	a	una	situación	de	abrumadora	amenaza	de	la
que	no	se	ha	podido	defender,	teniendo	como	única	opción	la	respuesta
inhibitoria	o	la	huida	cerval	o	desorganizada.
Las	personas	que	sobreviven	a	este	tipo	de	situaciones	pueden	desarrollar	el
estrés	postraumático	como	una	actitud	de	indefensión	ante	una	amenaza	siempre
presente,	caracterizada	por	el	recuerdo	sistemático	o	persistente	del	evento,	la
activación	de	las	memorias	específicas	ante	noticias	más	o	menos	relacionadas	o
recuerdos	y	pesadillas	frecuentes,	que	incluyen	imágenes	y	reacciones
emocionales	con	descargas	del	sistema	neurovegetativo.	La	razón	de	todo	ello
parece	encontrarse	en	la	conexión	entre	memoria	hipocámpica	(memoria
emocional)	y	reactividad	amigdalina	(reacción	de	miedo),	que	producen	la
sensación	de	estar	reviviendo	el	acontecimiento	traumático	como	si	continuara
presente,	a	pesar	del	tiempo	transcurrido.
Cuando	una	persona	sufre	un	trauma,	un	shock	o	un	ataque	terrorista,	como	una
situación	inesperada,	dramática,	sin	solución,	automáticamente	el	cerebro	se
prepara	para	dar	la	mejor	respuesta	en	función	del	tipo	de	amenaza	presente.	Si
ni	el	ataque	ni	la	huida	son	dos	respuestas	posibles,	queda	una	tercera	opción,
que	es	la	inhibición	de	la	acción,	como	hemos	comentado	ya	en	el	capítulo
primero.
Defenderse	puede	significar	la	muerte	y	la	huida	puede	resultar	imposible
cuando,	como	por	ejemplo	en	el	caso	de	«la	manada»,	cinco	hombres,	mayores
en	edad	y	superiores	en	fuerza,	atacan	a	una	mujer	y	la	violan	reiteradamente.	La
inhibición	de	la	acción	tiene	una	doble	función,	la	de	salvar	la	vida	y	la	de
minimizar	el	dolor,	a	veces	hasta	el	punto	de	sufrir	una	disociación,	pudiendo
llegar	a	no	grabar	en	la	memoria	los	acontecimientos	de	los	que	la	persona	ha
sido	víctima.	Incluso	en	los	accidentes	de	tráfico	son	muchas	las	personas	que
recuerdan	los	momentos	anteriores	o	posteriores	al	choque,	pero	no	lo	ocurrido
durante	el	choque	mismo.	La	posibilidad,	en	cambio,	de	actuar	haciendo	frente
al	evento	en	el	preciso	momento	en	que	acontece,	o	a	continuación	interviniendo
sobre	los	resultados	de	la	catástrofe	o	incluso	resignificando,	posteriormente,	la
experiencia	vivida,	puede	dar	lugar	a	la	resiliencia.
4.	Los	dominios	de	la	sorpresa
A	pesar	de	la	poca	importancia	que	se	suele	dar	a	la	«sorpresa»	en	los	tratados	de
psicología	de	las	emociones,	muchos	de	los	cuales	ni	siquiera	la	nombran,	como
por	ejemplo	el	de	Antoni	y	Zentner	(2014),	en	este	libro	queremos	darle	el
protagonismo	que,	a	nuestro	juicio,	se	merece.	En	efecto,	muchas	de	las
actividades	y	actitudes	humanas	tienen	que	ver	con	la	gestión	de	la	sorpresa,	así
como	otras	tienen	que	ver	con	la	del	miedo,	la	de	la	tristeza,	la	de	la	rabia	o	de
las	demás	emociones	y	necesidades	humanas.
La	función	propia	de	la	sorpresa,	como	hemos	dicho,	es	captar	en	un	primer
momento	el	impacto	de	un	estímulo	inesperado	o	novedoso	a	fin	de	poder
canalizar	la	reactividad	neurofisiológica	que	mejor	le	corresponda.	Esto	ha
hecho	que	para	algunos	la	sorpresa	se	limite	a	una	función	de	relais,	sin	entidad
propia,	respecto	del	resto	de	emociones,	y	que,	en	consecuencia,	no	merezca	una
mayor	atención	por	su	parte.	Y	esto	es	así	en	algunas	ocasiones,	como	en	el
susto,	por	ejemplo.	Pero	en	muchas	otras,	la	sorpresa	adquiere	un	protagonismo
propio.
La	sorpresa	es	un	factor	importante	como	recurso	literario	o	cinematográfico.
Incluso	con	frecuencia	es	el	factor	determinante	en	el	humor,	basado	en	la
asociación	inesperada	e	ingeniosa,	que	a	nadie	se	le	había	ocurrido	pensar,	o	en
la	creación	de	un	nuevo	contexto	que	permite	otras	asociaciones.	Este	efecto	se
puede	observar	fácilmente	en	la	técnica	humorística	de	Eugenio,	quien	con	una
sola	palabra,	el	dominio	del	tempo	y	de	la	(in)expresividad	facial	y	postural	era
capaz	de	alterar	el	contexto	creado	inicialmente,	provocando	la	hilaridad,	al
contraponer	inesperadamente	conceptos	solo	comprensibles	en	otro
metacontexto,	como	el	de	la	infidelidad	conyugal,	en	el	siguiente	chiste:
—Mamá,	mamá,	que	papá	se	quiere	tirar	por	la	ventana.
—Dile	a	tu	padre	que	le	he	puesto	cuernos	y	no	alas.
El	thriller	o	cine	de	suspense,	así	como	la	literatura	policíaca,	desde	Sherlock
Holmes	a	Agatha	Christie,	juegan	con	el	factor	sorpresa	como	baza	principal.
Con	frecuencia	el	detalle	más	insignificante	o	el	personaje	menos	sospechoso	se
convierten	en	el	elemento	crucial	para	la	solución	del	caso.	El	cine	o	las
atracciones	de	terror	se	nutren	igualmente	del	factor	sorpresa;	la	aparición
repentina	de	monstruoso	asesinos	ocultos	en	la	oscuridad,	de	ruidos
inesperados,	fantasmas	o	personajes	que	se	daban	por	muertos	que	vuelven	de
improviso	son	factores	cuya	utilización	resulta	infalible	para	conseguir	sus
efectos	sobre	el	espectador.
En	las	relaciones	interpersonales	la	sorpresa	suele	desempeñar	un	papel
estimulante.	Los	regalos,	como	se	ha	dicho,	cuentan	generalmente	con	el	factor
sorpresa	y	en	las	interacciones	de	pareja	se	invoca	frecuentemente	la	sorpresa,
con	la	expresión	«sorpréndeme».	Se	puede	sorprender	con	un	vestido	o	un
peinado,	con	lencería,	con	picardías	en	la	cama	o	fuera	de	ella,	con	una
invitación,	una	comida,	un	viaje,	una	joya	o	un	álbum	de	fotos.	Uno	de	los
problemas	más	frecuentes	que	pueden	deteriorar	una	relación	de	pareja	es	la
rutina	o	monotonía,	donde	todo	está	previsto,	los	acontecimientos	ordinarios	y
extraordinarios	se	repiten	de	forma	totalmente	predecible,	sus	miembros	se
conocen	mutuamente,	o	al	menos	declara	uno	de	ellos	conocer	al	otro	«como	si
lo	hubiera	parido»;	donde	se	da	por	supuesto	la	ausencia	de	cualquier	tipo	de
sorpresa	o	propuesta	inesperada.	En	este	contexto	se	puede	entender,	lo	que	no
significa	justificar,	la	aparición	de	relaciones	extraconyugales	en	las	que	el	factor
sorpresa	está	garantizado,	sobre	todo	si	se	mantienen	ocultas,	por	lo	que	la
situación	supone	de	novedosa	y	peligrosa.
Ya	hemos	dicho	que	básicamente	las	sorpresas	se	pueden	evaluar	en	una	doble
dimensión,	agradable	o	desagradable.	Pero	más	allá	de	esta	percepción
inmediata,	existen	otras	proyecciones	a	largo	plazo	que	derivan	de	la	sorpresa,	la
curiosidad	por	una	parte	y	la	prevención,	por	otra,	a	las	que	vamos	a	dedicar
nuestra	atención	de	inmediato.
5.	Curiosidad	e	interés
La	curiosidad	está	íntimamente	ligada	a	la	sorpresa	en	cuanto	se	interesa	siempre
por	lo	nuevo	o	desconocido.	En	este	sentido	se	halla	en	la	raíz	de	la	ciencia	y	de
sus	dos	métodos	principales:	la	observación	y	la	investigación.	Al	igual	que
preside	la	actividad	de	los	descubridores	que	navegaron	por	el	ancho	mar	hacia
continentes	o	rutas	desconocidas,	o	de	los	exploradores	que	se	adentraron	en	las
selvas	tropicales	en	busca	de	las	fuentes	del	Nilo,	o	de	los	que	se	empeñaron	en
alcanzar	los	polos	del	planeta.	A	estos	pioneros	que	exploraron	la	Tierra	hay	que
sumar	los	que,	armados	de	potentes	recursos	tecnológicos,	se	lanzan	a	la
exploración	del	espacio	sideral.	Para	muchos	de	estos	científicos	o	exploradores,
independientemente	de	si	usan	el	microscopio	o	el	telescopio,	o	se	sirven	del
machete	para	abrirse	paso	entre	malezas	o	se	proveen	de	potentes	satélites
artificiales	para	explorar	los	vientos	solares,	la	sorpresa	constituye	el	fondo
emocional	que	subyace	a	su	motivación	o	interés.
El	área	a	la	que	puede	extenderse	la	fuerza	de	la	curiosidad	es	prácticamente
infinita	y	alcanza	cualquiera	de	las	actividades	que	pueda	emprender	el	ser
humano,	desde	la	arqueología	o	la	paleontología,	al	arte	culinario	o	la
musicología.	La	expectativa	permanente	de	nuevos	descubrimientos,	es	decir,	de
continuas	sorpresas,	mantiene	la	curiosidad	y	el	interés	de	modo	persistente	y
perseverante.	Esta	es	una	característica	que	hace	de	la	sorpresa	la	emoción	más
«cognitiva»,	puesto	que	su	finalidad	última	es	hacer	posible	la	identificación	y
evaluación	de	los	contextos,	y	que	la	convierte	en	la	puerta	del	parnaso	de	las
artes	y	de	las	ciencias.
La	búsqueda	de	novedad	o	sorpresa	se	halla	también	en	el	origen	de	la	industria
de	las	news,	el	periodismo	oral,	escrito	o	televisivo.	En	general	los	informativos
suelen	ser	algunos	de	los	programas	más	seguidos	en	las	televisiones,	así	como
las	tertulias	radiofónicas	dedicadas	a	comentarlas.	Algunas	cadenas	televisivas,
periódicos	o	emisoras	de	radio	utilizan	el	factor	sorpresa	exagerando	el	estilo,
destacando	los	aspectos	más	macabros	de	los	acontecimientos	o	recreándose	en
los	detalles	más	curiosos	a	fin	de	captar	la	atención	de	los	espectadores.	En	un
nivel	más	rastrero	se	sitúan	los	cuchicheos,	fisgoneos	o	cotilleos	entre	vecinos,
detrás	de	puertas	o	ventanas,	por	WhatsApp,	a	través	de	tweets,	o	trasladados	al
papel	couché	de	las	revistas	dedicadas	a	los	famosos.
La	curiosidad	es	una	característica	específicamente	humana,	aunque	no
exclusiva.	Se	puede	detectar	ya	en	los	bebés	y	está	siempre	presente	en	los
juegos	exploratorios	de	los	niños	pequeños,	al	igual	que	en	los	cachorros	de
animales,	sobre	todo	los	mamíferos.	El	paradigma	por	excelencia	de	todos	estos
juegos	es	el	del	escondite,	que	empieza	ya	con	el	bebé	al	que	se	le	provoca	para
que	siga	el	rostro	acercándolo	o	alejándolo,	ladeándolo,	o	bien	ocultándolo
detrás	de	algún	objeto	interpuesto,	como	una	almohada,	para	reaparecer	a
continuación,	acompañando	de	la	exclamación	«¡taaat!».
Más	tarde	la	curiosidad	desempeña	un	papel	fundamental	en	el	desarrollo	del
niño.	Hacia	los	4	años	la	mayoría	de	niños	se	convierten	en	auténticas
ametralladoras	preguntonas.	Quieren	saber	el	porqué	de	las	cosas	y	no	dejan	de
interrogar	hasta	obtener	una	respuesta	más	o	menos	convincente,	aunque	esta	no
supere	el	nivel	mágico	o	genérico	con	que	los	padres	intentan	acomodarse	al	tipo
de	pensamiento	infantil,	para	pasar	a	continuación	a	preguntar	sobre	nuevos
argumentos.
Hacia	finales	del	sexto	año	o	tal	vez	antes,	o	bien	a	los	7,	o	a	lo	sumo	8	años,	el
niño	empieza	a	encontrar	incongruencias	en	las	respuestas	recibidas:	se
preguntará,	por	ejemplo,	cómo	hacen	los	Reyes	para	repartir	tantos	regalos	a
tantas	casas	en	una	sola	noche,	cómo	hacen	para	leer	tantas	cartas,	de	dónde
sacan	tantos	regalos	y	tan	variados,	cómo	los	transportan,	cómo	consiguen	entrar
en	tantas	casas	diferentes	sin	tener	las	llaves,	etc.	Preguntas	a	las	que	tal	vez	se
pueda	responder	todavía	de	forma	más	o	menos	mágica,	o	incluso	operatoria,
aludiendo	por	ejemplo	a	la	ayuda	de	los	pajes	en	la	recogida	y	lectura	de	las
cartas,	así	como	en	el	reparto	de	los	juguetes	por	las	casas.
Sin	embargo,	hay	otro	tipo	de	preguntas	que	ponen	en	cuestión	valores	morales,
por	ejemplo:	¿por	qué	si	los	Reyes	son	buenos	y	sabios	traen	más	juguetes	y	más
caros	a	los	niños	ricos	que	a	los	pobres?	Estas	preguntas	no	hallarán	respuesta
posible	desde	una	perspectiva	mágica	ni	operatoria;	será	necesario	remitirse	al
concepto	de	justicia,	que	pertenece	al	nivel	abstracto,	y	cuestionar	la	creencia
sobre	la	propia	autoría	de	los	Reyes,	que	se	sustentaba	sobre	el	pensamiento
mágico.
Todas	estas	preguntas	abren	una	brecha	profunda	en	el	modo	de	pensar	del	niño,
generando	una	crisis	epistemológica	en	su	sistema	de	creencias.	La	superación
de	esta	crisis	es	la	elaboración	de	una	nueva	epistemología,	adaptada	a	las
nuevas	perspectivas	que	se	han	abierto	con	las	preguntas	críticas	del	final	de
etapa	y	permiten	desarrollar	nuevas	hipótesis,	abriendo	así	la	mente	al
pensamiento	formal	o	racional,	que	se	halla	en	la	base	del	pensamiento
científico.	Este,	finalmente,	se	alimenta	de	la	curiosidad	y	el	interés	sostenido
que	provocan	las	constantes	sorpresas,	derivadas	de	pequeños	o	grandes	avances
en	el	quehacer	diario	que	lleva	a	nuevos	descubrimientos	en	cadena,
independientemente	del	ámbito	en	que	se	produzcan.
6.	Los	enemigos	de	la	curiosidad
Los	estados	contrarios	a	la	curiosidad	o	el	interés	nos	llevan	a	hablar	de
aburrimiento	y	rutina.	Actitudes	o	estados	en	los	que	no	hay	lugar	para	la
sorpresa.	Esta	no	es	el	resultado	necesario	de	acontecimientos	extraordinarios,
sino	en	gran	parte	de	la	apertura	a	la	novedad,	presente	a	veces	en	los	pequeños
detalles	cambiantes	día	a	día,	del	color	o	textura	de	las	hojas	de	los	árboles,	de	la
llegada	de	las	golondrinas,	de	los	cambios	de	tiempo,	de	las	configuraciones
cambiantes	de	las	nubes,	de	los	colores	del	cielo,	presentes	todos	en	los	haikus
japoneses,	inspirados	en	la	emoción	del	momento.	Las	personas	que	se	aburren,
muestran	tedio	o	evitan	las	sorpresas	suelen	estar	instaladas	en	un	humor
depresivo	o	tienen	miedo	a	desestabilizarse	emocionalmente.
No	siempre,	sin	embargo,	la	curiosidad	tiene	un	efecto	beneficioso.	A	veces
puede	llevarnos	a	explorar	ámbitospeligrosos,	como	el	mundo	de	los
estupefacientes,	a	adentrarnos	en	cuevas	subterráneas	profundas	de	donde	es	casi
imposible	salir	en	caso	de	inundación	o	accidente,	a	frecuentar	relaciones	o
«amistades	peligrosas»,	a	acercarnos	a	grupos	o	actividades	sospechosas	o,
simplemente,	como	dice	la	expresión	popular,	a	meternos	«en	camisa	de	once
varas»	o	en	asuntos	que	no	nos	conciernen.	De	este	modo,	en	ocasiones,	se
cumple	el	dicho	«la	curiosidad	mató	al	gato»	—aunque	murió	sabiendo—.	Como
dice	David	Bueno	(2016)	«no	se	puede	aprender	sin	emoción	y	la	que	más
contribuye	a	ello	es	la	sorpresa».
7.	La	prevención:	hombre	prevenido	vale	por	dos
En	el	polo	opuesto	a	quienes	buscan	la	sorpresa	o	se	dejan	llevar	por	la
curiosidad	están	aquellas	personas	que	temen	lo	imprevisto,	porque	no	saben
cómo	reaccionarán.	Para	ellas	es	absolutamente	necesario	tenerlo	todo	previsto	y
anticiparse	a	cualquier	novedad.	No	soportan	la	sorpresa.	Ya	están	en
permanente	estado	de	alerta,	a	fin	de	no	dejarse	sorprender	por	lo	imprevisto.	Sin
embargo,	esta	actitud	puede	resultar	muy	limitadora,	pues	si	alguien	quiere
anticiparse	o	prevenirse	de	todos	los	peligros,	lo	mejor	que	puede	hacer	es
quedarse	en	casa,	con	permiso	de	los	terremotos,	incendios	o	rayos	que	puedan
caer	del	cielo,	ladrones	o	asesinos	que	puedan	penetrar	por	las	puertas	o
ventanas,	y	virus	o	bacterias	que	puedan	circular	por	la	atmósfera,	contaminar	el
agua	o	los	alimentos	o	ser	trasmitidos	por	picaduras	de	mosquito.
8.	La	previsión	del	futuro
La	máxima	inseguridad,	sin	embargo,	afecta	al	futuro,	tanto	individual	como
colectivo.	La	necesidad	de	anticiparse	al	tiempo	tanto	en	su	acepción
meteorológica	como	histórica	(futurología,	ciencia	ficción)	pone	de	manifiesto	la
obsesión	por	el	control	del	porvenir	característica	del	ser	humano.	La	existencia
humana	está	llena	de	avatares	imprevisibles	tanto	a	nivel	individual	(percances
biográficos)	como	colectivo	(acontecimientos	históricos)	que	son	imposibles	de
prever.
La	sociedad	basa	su	seguridad	en	la	solidez	económica	y	financiera,	en	los
intentos	de	mantener	una	paz	social	bajo	normas	de	convivencia	y	recursos
sociales	suficientes	para	sostener	un	nivel	mínimo	de	confort	para	la	población,
en	la	salubridad	de	las	aguas	y	el	abastecimiento	de	alimentos,	en	los
dispositivos	policiales	de	protección	ciudadana,	en	la	prevención	de	accidentes
que	alimenta	el	lucrativo	negocio	de	seguros	y	reaseguros.
A	pesar	de	los	avances	sociales	y	tecnológicos	en	seguridad	y	prevención,	una
gran	parte	de	la	vida	cotidiana	está	sometida	a	los	caprichos	de	la	suerte,	que	se
muestra	huidiza	a	los	intentos	de	control.	El	famoso	estribillo	de	la	canción	Che
sarà,	sarà,	cantada	por	José	Feliciano,	como	homenaje	a	la	emigración,	nos
remite	a	la	imprevisibilidad	del	futuro	y	nos	invita	a	aceptar	la	vida	como	venga,
sin	la	pretensión	de	anticiparla:	«la	vida	puede	dar	muchas	vueltas»,	es	inútil
querer	preverlas	todas.	Incluso	el	azar	puede	convertir	la	fortuna	en	desgracia	y
la	desgracia	en	fortuna.
Solo	una	apertura	a	la	imprevisibilidad	del	destino	permite	una	postura	tranquila
y	serena	frente	a	los	acontecimientos	de	la	vida:	«el	hombre	propone	y	Dios
dispone».	Querer	eliminar	la	sorpresa	por	la	vía	del	control	o	la	anticipación	es
una	fuente	inagotable	de	angustia.	La	«buenaventura»	no	depende	de	las	líneas
de	tus	manos,	sino	del	dinero	que	estés	dispuesto	a	pagar	o	no	a	la	adivina	de
turno.	Podemos	estar	más	seguros	de	lo	que	no	sabemos	que	de	lo	que	sabemos.
8.1.	La	paradoja	del	destino
La	propia	creencia	en	un	destino	prefijado,	«estaba	escrito»,	se	opone	a	esta
concepción	confiada	y	relajada	ante	la	vida	y	aumenta	la	ansiedad	frente	a	la
incertidumbre.	Para	algunas	personas	liberarse	de	esta	ansiedad	supondría	poder
conocerlo	con	anterioridad.	En	la	mayoría	de	religiones	el	destino	está	en	manos
de	Dios,	lo	cual	puede	dar	lugar	a	una	entrega	confiada	a	su	providencia	o
temerosa	de	su	justicia	o	de	sus	caprichos:	«a	Dios	rogando	y	con	el	mazo
dando».	Otras	religiones	suponen	que	el	destino	está	predeterminado	por	el
karma,	aunque	este	dependa	del	dharma.	Mientras	que	Platón,	a	través	del	mito
de	Er,	introduce	una	visión	opuesta	del	destino:	son	los	humanos	quienes	lo
escogen,	aunque	no	sean	conscientes	de	ello.	La	tragedia	de	Sófocles	Edipo	rey
plantea	la	paradoja	de	quien	cae	víctima	de	su	propio	destino	al	querer	escapar
de	él.
Para	algunas	personas	consultar	a	videntes,	magos	o	al	horóscopo,	como	los
antiguos	consultaban	al	oráculo	o	adivino	(el	que	está	cerca	de	los	dioses:	ad-
divinus),	resulta	un	modo	de	intentar	apaciguar	la	inquietud	que	les	genera	un
futuro	imprevisible.	Por	eso,	el	negocio	de	la	adivinación,	como	intento	de
anticiparse	a	lo	imprevisible,	funcionaba	a	pleno	rendimiento	de	forma	más	o
menos	oficial,	ya	desde	la	antigüedad.	Esta	era	la	misión	de	oráculos,	sacerdotes
o	augures	en	la	civilización	grecorromana.	Los	generales	romanos	no	iniciaban
una	batalla	sin	antes	consultar	a	sus	sacerdotes,	los	cuales,	siguiendo	la	tradición
de	los	arúspices	etruscos,	celebraban	un	sacrificio	para	examinar	las	entrañas	de
la	víctima,	en	general	un	ave,	cuyo	estado	auguraba	un	buen	o	mal	pronóstico.
De	ahí	la	expresión,	todavía	presente	en	el	lenguaje	popular:	«pájaro	de	mal
agüero»,	en	referencia	a	personas	que	traen	o	anuncian	mala	suerte.
9.	La	gestión	de	la	sorpresa
Gestionar	bien	la	sorpresa	a	veces	es	cuestión	de	milésimas	de	segundo.	Sin
embargo,	no	siempre	está	en	nuestras	manos	disponer	de	este	tiempo	precioso.
Depende	de	la	existencia	o	posible	captación	de	señales	previas	o	que
acompañan	a	la	aparición	del	efecto	sorpresivo.	Un	terremoto	que	inicia	con
ligeros	temblores	de	tierra	se	anuncia	tal	vez	con	la	anticipación	suficiente	como
para	poder	prevenirse	a	tiempo	y	ponerse	a	salvo	en	un	espacio	abierto.	Este
preanuncio	presenta	una	doble	ventaja:	por	una	parte	permite	comprender	la
naturaleza	del	fenómeno	que	se	avecina,	como	un	trueno	que	se	oye	a	lo	lejos
nos	advierte	de	la	proximidad	de	una	tormenta,	y	por	otra	posibilita	tomar	alguna
medida	preventiva	hacia	el	peligro.	De	lo	contrario,	las	imágenes	o	sonidos	que
nos	llegan	de	forma	inesperada,	súbita	y	descontextualizada	no	nos	permiten
formarnos	una	idea	de	lo	que	está	sucediendo	y,	en	consecuencia,	nos	impiden
prepararnos	para	reaccionar.	Si	la	ola	del	tsunami	nos	coge	desprevenidos,	puede
que	nos	engulla	para	siempre	o	que	nos	lance	contra	algún	elemento
sobresaliente	que	nos	permita	ponernos	a	salvo,	pero	sin	habernos	dado	opción	a
reaccionar	por	nosotros	mismos.
Después	de	una	experiencia	sobrecogedora	(sor-prendente)	como	esta,	es	posible
que	nos	queden	grabadas	en	los	circuitos	cerebrales,	en	la	memoria	hipocámpica,
imágenes	y	sonidos	descontextualizados	que	acudan	luego	a	la	mente,	tanto	en
sueños	como	en	vigilia,	ante	la	similitud	de	los	estímulos,	o	de	manera
espontánea	en	ausencia	de	ellos,	y	que	reproduzcan	el	impacto	emocional	del
primer	momento,	como	si	estuviesen	a	punto	de	reproducirse.	Estas	imágenes
intrusivas,	como	hemos	visto,	son	características,	junto	a	otros	fenómenos,	del
estrés	postraumático.	En	estas	condiciones,	incluso	la	visión	del	mar	en	calma
puede	dar	lugar	a	reacciones	de	pánico:	no	hay	que	olvidar	que,	según	la
experiencia	común,	«la	calma	precede	a	la	tormenta»,	así	como	le	sigue.
9.1.	Significar	o	contextualizar	la	experiencia
La	operación	más	eficaz	para	gestionar	la	sorpresa	es	tomar	una	posición	activa
y	resolutiva	autónoma	en	base	a	una	interpretación,	reacción	e	intervención
propias,	adecuadas	a	la	situación	del	momento.	La	posibilidad	de	dar	un
significado	o	una	explicación	a	lo	que	está	sucediendo,	es	decir,	de
contextualizar	la	experiencia,	como	en	los	casos	referidos	hasta	ahora,	es
fundamental	para	la	gestión	de	la	sorpresa.
A	veces,	sin	embargo,	no	basta	con	poder	identificar	lo	que	está	sucediendo,	sino
que	el	efecto	sorpresa	puede	provenir	de	la	incoherencia	con	la	historia	en	la	que
se	produce	el	acontecimiento.	Los	troyanos	no	se	podían	imaginar	que	el	caballo
de	madera,	que	tomaronpor	una	ofrenda	de	los	griegos	a	la	diosa	Palas	en	su
retirada	y	que	ellos	mismos	introdujeron	como	trofeo	de	guerra	en	el	interior	de
sus	murallas,	pudiera	contener	un	comando	de	soldados	en	su	interior	que
causaría	su	ruina.
Estos	acontecimientos	incoherentes	con	la	continuidad	de	la	historia	o
incongruentes	con	las	características	de	los	actores	en	una	relación	constituyen
por	sí	mismos	el	efecto	sorpresa.	La	traición,	la	infidelidad	o	el	engaño
inesperados	se	descubren	casi	siempre	con	sorpresa,	porque	ponen	en	juego	la
confianza,	el	amor	o	la	palabra	dada.	Este	efecto	sorpresa	es	el	que	dificulta	en
muchas	ocasiones	integrar	la	experiencia	en	el	curso	de	la	historia	o	en	el	seno
de	una	relación:	«no	me	esperaba	esto	de	ti».	Los	compañeros	de	escuela	o	de
trabajo	de	los	componentes	del	comando	islamista	de	Ripoll	que	atentaron	en	las
Ramblas	de	Barcelona	o	en	Cambrils	(en	agosto	de	2017)	no	podían	al	cabo	de
un	año	comprender	cómo	no	se	dieron	cuenta	del	cambio	radical	que	se	producía
en	ellos;	continuaban	todavía	sorprendidos	como	el	primer	día.
De	camping	en	la	montaña
Rebeca	relata	un	episodio	de	abuso	sexual	por	parte	de	su	padre	en	los	albores	de
la	pubertad	de	este	modo:
Estábamos	con	mi	familia	de	camping,	durmiendo	en	una	tienda	mi	padre,	mi
madre,	mi	hermano	y	yo,	cuando	mi	padre	abusó	de	mí.	Yo	estaba	acostada	al
lado	de	mi	padre,	los	dos	en	medio	entre	mi	madre	y	mi	hermano.	De	repente,	en
la	noche	él	se	abalanzó	sobre	mí,	besándome	e	introduciendo	su	lengua	en	mi
boca	y	tocándome	los	genitales	con	la	mano.	Yo	apenas	reaccioné	y	me	retuve	en
silencio	para	no	despertar	a	los	demás.	Al	día	siguiente	conseguí	cambiar	mi
puesto	en	la	tienda	con	mi	hermano	para	evitar	dormir	al	lado	de	mi	padre.
La	narración	del	suceso	es	muy	completa,	aporta	todos	los	elementos	necesarios
para	construir	un	relato,	pero	no	basta	para	incorporarla	a	una	historia.
Necesitamos	saber	qué	significado	le	otorgó	Rebeca	a	este	suceso,	de	qué
manera	vivió	esta	experiencia,	de	qué	forma	influyó	esta	en	su	proyección	hacia
el	futuro,	cómo	le	buscó	la	coherencia	con	el	pasado.	Para	construir	una	historia
se	hace	necesaria	una	interpretación.	Esta	es	la	responsable,	en	último	término,
del	significado	que	otorgamos	a	la	experiencia.
Solo	hay	un	par	de	referencias	a	las	finalidades	inmediatas	de	la	protagonista	del
relato:	retenerse	en	silencio	para	no	despertar	al	resto	de	la	familia	y	cambiarse
al	día	siguiente	de	lugar	en	la	tienda	con	el	hermano	para	evitar	que	el	padre
pudiera	volver	a	intentar	abusar	de	ella.	Hay	reacción,	pero	no	comprensión.	Las
informaciones	complementarias	aparecen	en	relatos	posteriores	de	Rebeca	a	lo
largo	de	varias	sesiones	de	terapia.
Estas	informaciones	vienen	a	completar	la	comprensión	del	significado	que	tuvo
para	ella	esta	experiencia.	De	acuerdo	con	ellas,	sabemos	que	entre	padre	e	hija
existía	una	fuerte	complicidad,	que	ambos	se	entendían	muy	bien	en	todos	los
aspectos,	hasta	el	punto	de	que	la	paciente	tenía	idealizado	a	su	padre	y	lo
contraponía	a	la	madre	controladora	y	poco	afectiva.	En	este	contexto	relacional
el	suceso	del	abuso	sexual,	inesperado	e	imprevisible	(«de	repente»),	introducía
un	elemento	de	desorientación	y	confusión	que	dificultaba	su	integración	en	la
continuidad	de	la	historia	(sorpresa).
La	sensación	inmediata	de	Rebeca	fue	de	asco	y	rechazo	físicos,	pero	estas
sensaciones	hacían	referencia	a	su	padre	por	quien	sentía	un	gran	afecto.
Suponían,	por	tanto,	una	contradicción	entre	tendencias	opuestas	de	proximidad
y	alejamiento,	introducían	un	elemento	de	fuerte	disonancia	cognitiva.	La
situación	contextual	impedía,	además,	una	reacción	clara	y	definida,	no	solo	por
no	despertar	a	su	madre	y	a	su	hermano,	sino	para	evitar	que	los	demás
familiares	pudieran	darse	cuenta	de	lo	que	estaba	sucediendo	entre	ella	y	su
padre.	Tampoco	podía	comentar	con	ellos	al	día	siguiente	lo	acaecido	la	noche
anterior	para	no	manchar	la	imagen	idealizada	del	padre	y	por	haberle	jurado	que
no	lo	contaría	nunca	a	nadie.	Por	eso	tuvo	que	forzar	la	situación	con	su	hermano
inventándose	cualquier	excusa	para	cambiarle	el	sitio	en	la	tienda.
Pero	esto	solo	solucionaba	lo	inmediato;	no	podía	evitar	que	su	sistema	de
creencias	entrara	en	crisis.	Rebeca	tuvo	que	hacer	frente	a	otras	muchas
cuestiones,	la	primera	de	las	cuales	era	encontrar	una	razón	que	explicara	por
qué	se	había	producido	el	abuso.	El	padre	se	justificó	diciendo	que	ella	era	muy
cariñosa,	que	cada	vez	era	más	bonita,	que	le	prodigaba	demasiados	besos	y
caricias,	y	que	él	era	un	hombre,	dando	a	entender	que	a	los	hombres	les	pasan
estas	cosas,	y	que	por	tanto	la	culpa	era	más	bien	de	ella	por	acercarse
demasiado.	Pero	esto	producía	a	su	vez	una	connotación	diferente:	el	cariño	y	las
manifestaciones	de	afecto	infantil	pueden	ser	erotizadas	unilateralmente	por	un
adulto	sin	que	eso	corresponda	a	las	necesidades	del	niño,	sino	a	las	del	adulto,
lo	que	constituye	la	esencia	del	abuso.	Esto	incluye	además	otro	mensaje	para
una	joven	mujer	prepúber:	ser	mujer	es	dejar	de	ser	persona	para	cumplir	un	rol;
querer	a	un	hombre	es	someterse	a	sus	necesidades	y	complacerlo	en	sus
impulsos,	sin	que	ello	implique	necesariamente	reciprocidad	(transformación	del
sistema	de	valores).
Ante	esta	situación	Rebeca	tomó	una	decisión	heroica:	empezaría	a	buscar	a
otros	hombres	para	que	la	alejaran	del	padre	y	así	con	catorce	años	se	echó	un
novio	formal,	diez	años	mayor	que	ella	con	quien	terminó	por	casarse	a	los
veinte	y	de	quien	tuvo	un	hijo	a	los	veintidós.	Esta	fue	la	primera	de	una	serie	de
relaciones	sucesivas	con	hombres	maltratadores	y	alcohólicos,	que	terminarían
todas	por	fracasar,	consecuencia	lógica	de	la	decisión	que	había	tomado	de
borrar	de	su	memoria	la	existencia	del	abuso:
Cada	día	me	venía	aquella	imagen	y	no	sabía	qué	hacer	con	ella,	era	demasiado
asfixiante	y	dolorosa	para	mí	hasta	que	creé	un	mecanismo	de	defensa:	«era
imposible	que	aquello	hubiera	sucedido».	Mi	papá	no	podía	haber	hecho
aquello	a	su	niña.	Mi	papá,	no;	él	me	quería,	era	imposible	que	me	hubiera
hecho	daño.	Yo	sé	el	momento	justo	en	el	que	empecé	a	grabarme	como	un
mantra	que	no	había	pasado	nada,	que	debía	olvidarme,	que	no	podía	estar
pensando	en	esto...	Porque,	de	lo	contrario,	tú	no	vas	a	poder	vivir.	Yo	me
acuerdo	que	me	decía	a	mi	misma:	«tú	vas	a	ser	una	mujer,	vas	a	tener	ganas	de
estar	con	un	hombre,	esto	no	va	a	ser	un	trauma	para	ti».
Esta	decisión	determinó	el	sentido	de	su	vida	posterior,	puso	las	bases	para
reescribir	la	historia	desde	la	negación	de	una	experiencia	traumática.	Sin
embargo,	el	paso	de	los	años	no	logró	borrar	el	desajuste	emocional,	manifestado
en	múltiples	episodios	depresivos	y	una	variada	sintomatología	psicosomática,	ni
evitar,	como	hemos	visto,	los	fracasos	relacionales.	Por	ello,	a	los	cincuenta
años,	casi	cuarenta	más	tarde,	Rebeca	acude	a	terapia	con	el	fin	de	reescribir
nuevamente	su	historia	integrando	las	experiencias	negadas.	En	una	carta
dirigida	a	la	niña	que	se	durmió	inocente	y	despertó	culpable,	Rebeca	le	escribe
lo	siguiente:
Hace	cuarenta	años	que	no	te	dirijo	la	palabra,	que	decidí	hacerme	mayor,	no
llorar,	aguantar,	olvidarte.	Eras	demasiado	incauta,	demasiado	inocente	y	a	la
vez	provocabas	demasiado	a	los	demás.	Yo	te	he	tapado	la	boca	continuamente,
te	he	castigado,	te	he	controlado	injustamente,	porque	tú	no	tuviste	la	culpa	de
nada...	De	repente	en	una	noche	te	convertiste	en	adulta,	no	permití	que	te
desarrollaras	con	naturalidad,	que	vivieras	tu	adolescencia...	Estoy	deseosa	de
hacer	las	paces	contigo...	Querida	mía,	tú	no	tienes	la	culpa	de	haber	amado	y
menos	de	haber	manifestado	tu	amor:	papá	era	nuestro	gran	amor	y	también	fue
nuestro	fracaso.	Pero	tú	no	hiciste	nada	malo,	tú	no	sabías,	ni	pensabas,	ni
deseabas,	ni	soñabas	más	que	con	un	amor	puro...	No	tienes	la	culpa	de	nada...
Quiero	hacer	las	paces	contigo,	quiero	reencontrarme	contigo	en	mí.
Rebeca	ha	necesitado	cuatro	décadas	de	su	vida	para	llegar	a	concluir	el
significado	de	un	acontecimiento	sucedido	apenas	al	iniciarel	periodo	puberal.
El	motivo	de	esta	dilación	en	el	tiempo	hay	que	buscarlo	precisamente	en	el
efecto	sorpresa,	que	lleva	la	protagonista	del	abuso	a	negar	lo	acaecido,	ya	que
no	puede	olvidar	ni	significar	como	lo	que	es:	«un	abuso,	atribuible	a	la
impulsividad	sexual	del	padre».	Estas	actitudes	son	frecuentes	por	desgracia	en
caso	de	abuso	sexual	por	parte	de	los	propios	familiares.
A	veces	el	efecto	sorpresa	se	prolonga	en	el	tiempo,	como	si	este	se	quedara
congelado	en	el	momento	inicial	del	acontecimiento	o	su	reiteración	mantuviera
el	estado	de	perplejidad	que	acompañó	a	la	experiencia	inicial.	¿Cómo	explicar,
si	no,	el	estado	de	anulación	reactiva	de	hijos	que	han	estado	durante	años
secuestrados	y	abusados	por	los	propios	padres,	como	los	trece	hijos	de	los
Turpin	en	California?	Su	capacidad	de	reacción	ha	sido	anulada,	sumidos	en	un
estado	de	estupor	y	perplejidad	permanentes.
9.2.	El	desbloqueo	estuporoso
Para	que	una	persona	pueda	de	hecho	superar	el	efecto	estuporoso	que	puede
derivarse	como	resultado	de	la	sorpresa	necesita:
Dar	crédito	a	la	experiencia,	no	negando	ni	minimizando	su	alcance.	Un
mecanismo	psicológico,	conocido	como	disociación,	nos	lleva	a	negar	con
frecuencia	aquello	que	es	inadmisible	para	la	conciencia	o	inaceptable	para
nuestras	suposiciones,	deseos,	expectativas	o	creencias,	fenómeno	frecuente	en
la	experiencia	del	duelo.
Poder	conceptualizar	claramente	la	situación:	son	los	impulsos	sexuales	de	mi
padre	los	que	lo	llevan	a	violarme,	aunque	quiera	atribuirme	la	culpa	a	mí.
Actuar	de	una	forma	eficaz	para	influir	en	el	curso	de	los	acontecimientos,
huyendo,	atacando,	prestando	auxilio,	llamando	a	los	servicios	de	socorro.	A
veces	no	es	posible	en	un	primer	momento,	pero	sí	a	lo	largo	del	acontecimiento
si	este	se	prolonga	en	el	tiempo,	o	incluso	con	posterioridad	contribuyendo	de
algún	modo	a	su	reparación	o	superación.
Estas	operaciones,	sin	embargo,	no	suceden	automáticamente	y	menos	en
situación	de	shock,	bajo	el	efecto	sorpresa.	Por	eso	queda	muchas	veces
bloqueado	el	proceso	psicológico	en	el	momento	de	la	sorpresa	(asombro,
estupor,	perplejidad,	indefensión)	sin	llegar	a	cursar,	dando	lugar	a	un	bloqueo
emocional	que	puede	perdurar	durante	años	y	años.	El	repetidamente	citado
estrés	postraumático,	característico	de	muchas	víctimas	directas	o	indirectas	de
acciones	de	guerra	o	de	terrorismo,	de	violaciones,	atracos,	torturas,	maltratos,
etc.,	tiene	su	fundamento	en	esta	experiencia.
Por	suerte,	estos	efectos	pueden	ser	reparados	posteriormente,	facilitando	su
curso	psicológico,	aunque	no	de	manera	mágica,	ni	por	imposición,	ni	por	el
paso	del	tiempo,	sino	a	través	de	un	proceso	semejante	al	del	duelo	de
asimilación	y	acomodación	a	los	acontecimientos,	reconstruyendo,
resignificando	y	redecidiendo	la	experiencia.	Muchas	de	estas	operaciones
pueden	llevarse	a	cabo	en	un	contexto	terapéutico.	Otras	personas,	en	cambio,
como	narran	en	sus	escritos	James	Rhodes	(2015)	y	Paul	Williams	(2014),	llevan
a	cabo	este	proceso	de	una	manera	autónoma	o	espontánea,	gracias	a	la	escritura
o	a	la	música.
En	cualquier	caso,	este	proceso	no	puede	ser	suplantado	o	suplido	por	nada	ni
por	nadie,	sino	que	es	estrictamente	personal:	nuestro	cerebro	tiene	que	ser
«reseteado»	para	poder	afrontar	de	nuevo	los	avatares	de	la	realidad	con	todo	su
potencial	desestabilizante.	Como	dice	Heidi	(Villegas,	2017),	víctima	también	de
abusos	sexuales	en	su	infancia,	al	comentar	su	proceso	de	separación	de	las
relaciones	de	maltrato	que	tuvo	con	sus	parejas	anteriores:
HEIDI:	Lo	que	me	hace	sentir	bien	en	ese	proceso	es	que	lo	hice	yo	sola,	no	lo
comenté	con	nadie	y	es	como	lo	quise	hacer,	de	esta	manera.
TERAPEUTA:	Un	proceso	personal	y	propio.	Y	¿cómo	ha	sido	este	proceso?
H.:	Al	empezar	a	trabajar	en	terapia	y	sentirme	entendida	desde	el	principio,	vas
hablando	y	vas	viendo.	Sobre	todo	el	escribir,	siempre	he	escrito,	pero	lo	rompía,
yo	nunca	he	dejado	que	leyeran	mis	escritos,	me	daba	vergüenza.	Entonces
cuando	tenía	un	cuaderno	lleno,	lo	rompía,	o	lo	quemaba…	Hasta	que	llegué	a
terapia,	que	para	mí	fue	mi	salvación…	O	sea	de	víctima	ya	no	voy;	esta	parte	de
victimismo	ya	no	existe.
T.:	Ajá,	ahora	te	sientes	responsable	de	tu	existencia
H.:	Exactamente,	es	lo	primero	que	tienes	que	sacarte	para	poder	caminar.	Dejar
de	ser	víctima	y	verte	a	ti	misma	como	persona.	Primero	somos	personas.	Y
poder	decidir	por	mí	misma,	saber	lo	que	quiero,	saber	amar…	Aprender	a
liberarme	de	las	cosas	del	pasado,	ir	dejando	ese	lastre	y	aprender	a	vivir.	Que	lo
malo	se	convierta	en	recuerdos,	y	aprender	a	vivir	con	ellos	y	a	perdonar.
T.:	A	perdonar.	¿A	quién	o	qué	has	perdonado?
H.:	Al	pasado.	Aprender	que	yo	no	he	sido	culpable	de	nada	de	lo	que	ha	pasado.
He	sido	culpable	por	ser	complaciente,	por	dejar	que	me	hicieran	daño,	por	no
saber	diferenciar,	por	muchas	cosas.	Y	es	difícil,	también,	perdonar,	cuando	no
puedes	hablar	de	ello	con	la	persona	a	la	que	perdonas.
En	ese	texto	encontramos	casi	todos	los	procesos	implicados	en	la	gestión	de	la
sorpresa	estuporosa:	contextualizar,	entender,	comprender,	aprender	y	convertir
la	experiencia	emocional	en	recuerdo;	decidir,	actuar,	liberarse,	asumir	un	rol
activo	y,	si	se	considera	oportuno,	perdonar,	para	poder	retomar	la	vida.	Asumir
la	responsabilidad	y	desarrollar	la	autonomía,	sin	olvidar	que	esta	es	el	resultado
de	un	proceso	constante	que	implica	toda	la	vida	(Villegas,	2015),	que	siempre
se	persigue	y	nunca	se	alcanza	plenamente.
Resumen
La	sorpresa	es	la	más	breve	de	las	emociones.	También	es	la	que	tiene	una
mayor	connotación	o	función	cognitiva,	puesto	que	está	orientada	a	identificar	la
naturaleza	del	estímulo	activante.	El	significado	funcional	es	el	de	preparar	al
individuo	para	afrontar	de	forma	efectiva	los	acontecimientos	repentinos	e
inesperados	y	sus	consecuencias.	La	sorpresa	es	adaptativa	en	cuanto	permite
prepararnos	activando	todo	el	dispositivo	emocional	disponible	según	mejor
corresponda	a	la	nueva	situación.	Produce	el	bloqueo	de	las	otras	actividades	en
curso,	a	fin	de	concentrar	la	atención	en	la	novedad	de	los	eventos	inesperados.
Incrementa	la	sensibilidad	general	de	los	receptores	sensoriales	aptos	para	captar
los	matices	de	la	información	más	relevante	de	la	situación,	permitiendo	una
valoración	más	completa	de	la	misma.	Es	la	puerta	de	acceso	a	la	curiosidad	y
despierta	y	mantiene	el	interés	por	la	investigación	y	el	aprendizaje,	entendidos
en	sentido	amplio.
3.	Miedo
Nada	te	turbe,	nada	te	espante
Teresa	de	Jesús
1.	Una	película	de	terror
A	las	8.45	de	la	mañana	(hora	de	Nueva	York)	del	11	de	septiembre	de	2001,	un
Boeing	767	de	American	Airlines	se	estrelló	entre	los	pisos	93	y	99	de	la	Torre
Norte	del	World	Trade	Center.	Dieciocho	minutos	después,	un	Boeing	idéntico	y
de	United	Airlines	impactó	entre	las	plantas	77	a	85	de	la	Torre	Sur.	Los	dos
aviones	debían	cumplir	el	trayecto	entre	Boston	y	Los	Ángeles.	Las	bajas
causadas	por	la	destrucción	de	las	Torres	Gemelas	se	contabilizaron	en	2	823
muertos	y	unos	6	000	heridos.	Algunas	murieron	inmediatamente	a	causa	del
impacto	de	los	aviones.	Otras	envueltas	por	el	fuego	o	por	inhalación	del	humo.
Otras,	víctimas	del	desplome	de	los	edificios.	Pero	otras,	presas	del	pánico,
murieron	al	lanzarse	al	vacío	para	huir	del	fuego	y	de	la	asfixia.
Esta	escena	dantesca,	grabada	en	la	memoria	de	millones	de	ciudadanos	del
mundo,	recoge	en	sí	todos	los	ingredientes	del	miedo,	y	para	muchos,	también,
de	la	sorpresa.	Los	elementos	en	juego	en	el	accidente	(choque	o	impacto,	fuego,
humo,	oscuridad,	vacío,	caída,	derrumbe)	constituyen	algunas	de	las	amenazas
que	han	perseguido	a	la	humanidad	desde	sus	orígenes	y	que	se	hallan	grabadas
en	la	memoria	filogenética.
Llamamos	miedo	a	la	reacción	diseñada	por	millones	de	años	de	evolución	para
responder	a	las	amenazas	que	suponen	un	riesgo	para	la	integridad	de	un
organismo.	Por	ejemplo,	todos	los	animales	evitan	el	fuego,	y	por	eso,	en	cuanto
nuestros	antepasados	aprendieron	a	manejarlo,	lo	utilizaron	en	la	entradade	las
cuevas	o	en	las	acampadas	bajo	las	estrellas	para	ahuyentarlos	y	así	protegerse
de	sus	ataques.
2.	La	familia	del	miedo
La	palabra	castellana	«miedo»,	como	en	portugués	o	en	gallego	medo,	proviene
del	latín	metus.	Otras	lenguas	románicas,	como	el	francés	peur,	el	catalán	por	o
el	italiano	paura,	toman	su	origen	etimológico	de	la	palabra	latina	pavor.	Los
sinónimos	con	que	se	puede	nombrar	esta	emoción	son	muy	numerosos,	aunque
cada	uno	de	ellos	suele	señalar	alguna	diferencia	significativa	respecto	a	los
demás,	lo	que	da	a	entender	la	enorme	complejidad	de	los	conceptos	a	los	que
alude	la	palabra	miedo.	Dada	la	amplitud	del	arco	semántico	que	se	intenta
cubrir	con	todas	esta	variedad	de	sinónimos,	vamos	a	intentar	agruparlos	en
campos	más	o	menos	homogéneos:
Miedo,	temor	(miedoso,	miedica,	temer,	temeroso,	tímido):	respuesta	inhibitoria,
evitativa	o	de	huida	ante	la	percepción	de	un	peligro	real	o	imaginario.
Pavor,	espanto,	susto	(pávido,	impávido,	espantar,	asustar):	temor	intenso	con
espanto,	sobresalto;	impresión	repentina,	causada	por	sorpresa.
Horror	(horrorizarse,	horrible,	horroroso):	reacción	ante	una	catástrofe	o	ante
la	comisión	de	una	atrocidad	o	monstruosidad;	aversión	profunda	hacia	algo.
Terror	(terrible,	terrorismo,	terrorífico):	miedo	muy	intenso	ante	una	amenaza
sistemática	de	la	que	es	difícil	escapar.
Pánico:	percepción	de	amenaza	inminente	total	(muerte,	locura).
Fobia,	del	griego	φοβια	(fóbico):	temor	angustioso	y	persistente,	ligado	a	un
peligro	permanente,	relativo	a	un	objeto	o	situación,	que	se	intenta	evitar
sistemáticamente.
Ansiedad,	del	latín	anxietas,	intranquilidad,	inquietud,	desasosiego,	zozobra
(ansioso,	ansiolítico,	ansiógeno):	estado	de	agitación	e	inquietud	anticipatoria.
Angustia:	del	latín	angustus,	estrechez,	desfiladero	(angostura,	angosto,
angustioso,	angina):	temor	opresivo	(sensación	típica	en	los	trastornos	de
ansiedad,	opresión	en	el	pecho).
3.	Definición	de	miedo
Como	tal,	el	miedo	puede	definirse	como	una	«reacción	emocional	de	angustia
ante	la	percepción	de	una	amenaza	presente	o	futura,	tanto	si	es	real	como
imaginaria».	Desde	el	punto	de	vista	filogenético	cumple	una	función	adaptativa
orientada	a	la	preservación	del	individuo	y	de	la	especie:	huida,	búsqueda	de
protección	o	evitación	del	daño.	Desde	el	punto	de	vista	ontogenético	es	la
segunda	emoción	en	aparecer,	después	de	la	sorpresa.	El	bebé	recién	nacido	no
tiene	miedo	propiamente	dicho,	es	decir,	percepción	de	una	amenaza;	como
máximo	susto	o	espanto	(por	un	golpe	o	ruido),	como	reacción	más	de	sorpresa
que	de	miedo.	A	los	pocos	meses	ya	da	señales	de	miedo	en	forma	de	extrañeza
ante	desconocidos,	sensación	de	abandono,	etc.,	que	provoca,	en	cambio,	el
llanto	como	un	reclamo	de	atención	o	protección	hacia	los	cuidadores.
Desde	el	punto	de	vista	neurofisiológico	implica	una	respuesta	límbica,
particularmente	de	la	amígdala	y	compromete	la	memoria	hipocámpica,	cuya
función	es	la	de	cotejar	la	presencia	de	estímulos	actuales	con	recuerdos
grabados	del	pasado	en	función	de	su	potencial	nocivo.	La	vasopresina,	una	de
las	neurohormonas	liberadas,	aumenta	la	presión	arterial,	incrementa	el
metabolismo	celular,	la	glucosa	en	sangre,	así	como	la	coagulación	ante	la
posibilidad	de	sufrir	posibles	heridas.	El	sistema	inmunológico	se	inhibe,	la
sangre	afluye	a	los	músculos	mayores	y	el	corazón	bombea	más	potente	para
llevar	las	hormonas	a	las	células.	Los	ojos	se	agrandan,	las	pupilas	se	dilatan,	la
frente	se	arruga	y	los	labios	se	estiran	horizontalmente.	Los	lóbulos	prefrontales
se	desactivan.
Si	no	se	detecta	ningún	objeto	amenazante	en	concreto,	como	suele	suceder	en
los	ataques	de	pánico,	la	atención	se	dirige	a	la	propia	activación	fisiológica	casi
de	forma	exclusiva,	por	lo	que	las	reacciones	del	organismo,	como	por	ejemplo
el	aumento	de	las	palpitaciones	o	la	fuerza	de	los	latidos,	se	convierten	en
señales	de	algún	peligro	inminente	de	muerte	o	de	ataque	al	corazón,	que	acaban
convirtiéndose	en	el	foco	del	miedo	mismo,	al	interpretarse	como	tales.
Toda	esta	reactividad	neurofisiológica	está	orientada	a	facilitar	tres	tipos	de
posibles	respuestas	conductuales	frente	a	un	peligro:	la	huida,	el	ataque	o	el
mimetismo.	Para	la	huida	resulta	útil,	sin	duda,	la	activación	del	sistema
locomotor	que	ha	de	permitir	escapar	de	una	amenaza	con	la	mayor	celeridad
posible.	La	respuesta	de	ataque	puede	combinar	la	reacción	temerosa	con	la
agresiva	para	hacer	frente	a	la	amenaza,	si	existen	posibilidades	de	ahuyentarla.
Finalmente	el	mimetismo	sirve	para	camuflarse	en	el	ambiente	a	fin	de	no	llamar
la	atención	de	un	posible	depredador;	la	finalidad	es	pasar	desapercibido,
«hacerse	el	muerto»,	quedándose	inmóvil.	Otras	formas	de	mimetismo	muy
frecuente	en	el	mundo	animal	siguen	la	estrategia	del	camuflaje,	consistente	en
cambiar	de	color	para	asimilarse	al	entorno	vegetal	o	mineral,	o	entre	los
humanos	mirar	a	otro	lado	o	intentar	pasar	desapercibidos,	confundiéndose	con
la	masa,	procurando	no	llamar	la	atención,	como	el	mal	estudiante	en	clase	que
intenta	evitar	que	se	fijen	en	él.
Las	formas	expresivas	que	adopta	el	miedo	derivan	en	parte	de	la	misma
reactividad	neurofisiológica,	tales	como	temblores	musculares,	piloerección	o
piel	de	gallina.	Algunas	de	estas	señales	van	dirigidas	al	propio	depredador,	por
ejemplo	los	pelos	de	punta	y	el	arqueo	muscular	aumentan	el	tamaño	del	animal
atacado,	haciéndolo	parecer	más	poderoso	y	grande	de	lo	que	es.	Otros,	como	los
gritos	de	auxilio	o	su	equivalente	tecnológico,	las	alarmas	sonoras,	están
orientados	a	alertar	a	los	congéneres,	al	tiempo	que	pueden	servir	para	ahuyentar
al	propio	atacante	al	temer	que	pueda	ser	objeto	de	una	reacción	colectiva	o
policial.
4.	La	utilización	social	del	miedo
Precisamente	a	causa	de	su	fuerte	impacto	individual	y	colectivo,	la	sociedad	ha
usado	el	miedo	(temor,	terror)	como	forma	coercitiva	de	obtener	la	sumisión	al
poder	y	la	aceptación	del	orden	social	(Tizón,	2011).	«Cuando	el	poder	no	puede
seducirnos,	nos	espanta»	(Gampel,	2006).	En	ocasiones	la	inducción	del	miedo
ha	sido	promovida	a	través	del	ejercicio	directo	de	la	violencia:	guerra,
terrorismo	de	Estado,	persecución	judicial	o	policial,	ejecuciones,
encarcelamientos;	otras,	a	través	del	dominio	del	aparato	de	propaganda	creando
enemigos	externos	o	internos,	o	augurando	amenazas	de	catástrofes	económicas,
paro	generalizado,	suspensión	de	pensiones	u	otros	servicios	sociales.	Este	es	el
mecanismo	por	el	que	se	mantienen	en	el	poder	durante	largos	años	dictaduras	o
regímenes	autoritarios.	Una	sociedad	que	no	se	rigiera	por	el	miedo	sería	una
sociedad	que,	como	proponía	Fromm	(1941),	no	tendría	miedo	a	la	libertad.
Pero,	visto	lo	visto	a	través	de	la	historia	de	la	humanidad,	parece	lícito	hacerse
con	Francisco	Mora	(2015)	la	pregunta:	«¿Es	posible	una	cultura	sin	miedo?».
También	se	ha	utilizado	el	miedo,	como	amenaza	o	aplicación	de	castigo,	en	la
instrucción	escolar	y	en	la	trasmisión	de	las	normas	civiles,	morales	o	religiosas.
Al	conocido	proverbio	«la	letra	con	sangre	entra»	hay	que	añadirle	las
innumerables	formas	de	castigo	o	coerción	utilizadas	en	la	escuela,	incluidas	las
de	tipo	físico	y	social,	golpes,	pescozones,	expulsiones,	privación	de	recreo,
avisos	a	los	padres,	escarnios,	humillaciones,	etc.,	que	hacían	aborrecer	o	temer
a	muchos	niños	la	escuela,	o	incluso	poblar	de	terrores	nocturnos	sus	sueños.
Por	otra	parte,	la	Iglesia	o	la	sociedad	civil	han	intentado	inculcar	sus	valores
morales	con	la	intimidación	a	través	de	la	amenaza	de	castigos	en	esta	o	en	la
otra	vida:	cárceles,	exilio,	torturas,	penas	de	muerte,	tribunal	de	la	Inquisición,
excomunión,	purgatorio,	infierno,	etc.,	intentado	forjar	de	este	modo	una
conciencia	moral	impositiva,	carente	de	criterio	autónomo,	que	da	lugar	a	la
formación	de	la	heteronomía	como	estructura	psicológica	interiorizada	de
regulación	del	comportamiento	(Villegas,	2011,	2015).
Finalmente,	la	propia	cohesión	grupal	está	sometida	también	a	la	presión	del
miedo.	En	la	dinámica	social,desempeña	un	papel	destacado	la	función	del
liderazgo,	y	este	puede	llevarse	a	cabo,	sin	duda,	mediante	medios	seductores	o
carismáticos.	Pero	dado	el	papel	explorador,	defensivo	o	agresivo	que	en
ocasiones	debe	desarrollar	el	líder,	con	frecuencia	acaba	triunfando	el	terror
como	medio	para	conseguir	la	cohesión	del	grupo.	Estas	actitudes	pueden
observarse,	por	ejemplo,	en	la	formación	de	grupos	espontáneos	en	la	calle	o	en
la	escuela,	ya	en	la	infancia	y	sobre	todo	en	la	adolescencia,	en	los	que	la
práctica	del	bullying,	por	muy	censurable	que	esta	sea,	se	orienta	a	crear	una
adhesión	al	líder	en	base	a	fomentar	el	terror	en	los	más	débiles	o	menos
socializados,	con	la	participación	activa	del	coro	de	adeptos	y	el	silencio
cómplice	de	los	demás	compañeros,	que	están	dispuestos	a	dejarse	guiar	por	él.
Esta	disposición	a	seguir	al	líder	ha	permitido	la	formación	de	liderazgos
autoritarios,	aun	de	signo	opuesto,	pero	igualmente	sanguinarios,	surgidos	en
épocas	de	profundas	crisis	políticas,	económicas	o	sociales,	capaces	de
mantenerse	en	el	poder	durante	décadas:	fascismo,	nazismo,	franquismo,
estalinismo,	maoísmo,	etc.
5.	Tipologías	del	miedo
El	miedo	es	potencialmente	omnipresente,	puede	afectar	a	todas	las	áreas	de	la
vida	y	a	todos	los	mundos	imaginarios	posibles.	Sin	embargo	se	pueden
identificar	algunos	miedos	específicos,	característicos	de	ciertas	áreas	de	la
existencia,	más	comunes	o	compartidos	por	la	humanidad	en	general	(ver	cuadro
3.1).
5.1.	Miedos	ancestrales
Posiblemente	heredados	o	bien	omnipresentes	en	la	cultura	según	las
características	de	cada	lugar,	de	los	peligros	más	habituales	y	mortales	a	los	que
se	podían	ver	expuestos	nuestros	antepasados,	los	miedos	ancestrales	continúan
perviviendo	en	la	actualidad.	Algunos,	relacionados	con	fenómenos	naturales	de
origen	meteorológico	o	geológico	como	tormentas	o	tempestades,	rayos,	truenos,
volcanes,	terremotos,	aludes,	desprendimientos,	precipicios;	otros,	asociados	a
animales	potencialmente	mortíferos	como	serpientes,	arañas,	escorpiones,
caimanes,	cocodrilos,	leones,	tigres,	lobos,	tiburones;	otros	ligados	a	otro	tipo	de
peligros	incontrolables	como	el	fuego	o	la	oscuridad.
Resulta	evidente	que	no	todos	los	grupos	humanos	se	han	visto	expuestos	de
igual	manera	a	estas	amenazas	externas,	dependiendo	del	nicho	ecológico	en	el
que	se	han	desarrollado:	pueblos	nómadas	del	desierto	o	de	la	sabana	tropical,	en
comparación	con	pueblos	isleños,	habituados	al	medio	marino.	En	consecuencia,
sus	miedos	no	serán	igualmente	compartidos:	el	tiburón	no	constituye	una
amenaza	para	un	beduino	del	desierto,	como	el	león	no	lo	es	para	un	marinero.
Sin	embargo,	rayos	y	truenos,	como	fenómenos	meteorológicos,	o	serpientes	y
lobos,	como	animales	peligrosos,	ocupan	un	lugar	preferente	en	el	imaginario
colectivo,	e	incluso	adquieren	un	valor	representativo	en	los	sueños,	en	la
mitología,	en	los	cuentos	o	en	la	iconografía	simbólica.
La	existencia	de	estos	miedos	específicos	de	la	especie	humana	obedece,
seguramente,	a	la	necesidad	de	protegerse	y	precaverse,	en	la	medida	de	lo
posible,	de	los	peligros	inherentes	a	su	proximidad,	razón	por	la	cual	pueden
haber	dejado	su	imprinting	en	el	proceso	evolutivo	de	la	especie	o	en	las
primeras	experiencias	de	la	vida	de	los	individuos	de	colectivos	específicos.	La
angustia	provocada	por	algunos	de	ellos	puede	resultar	permanente	para	algunas
personas	y	dar	origen	a	fobias	específicas,	como	la	aracnofobia	(miedo	a	las
arañas),	la	musofobia	(miedo	a	las	ratas)	o	la	acrofobia	(miedo	a	las	alturas).
Algunas	de	estas	fobias	pueden	ser	resultado	de	condicionamientos,	originados
por	experiencias	desagradables	en	el	pasado,	pero	otros	pueden	persistir	en
nuestra	mente	sin	necesidad	de	ninguna	experiencia	aversiva	anterior	o	instalarse
en	ella	a	partir	de	alguna	experiencia	vicaria,	por	ejemplo,	al	ver	los	efectos
destructivos	de	un	tsunami	en	televisión,	o	después	de	alguna	experiencia	vital
de	desprotección.
5.1.1.	Fantasmas	en	la	oscuridad
Entre	los	miedos	ancestrales	más	universales	podemos	destacar	sin	duda	el
miedo	a	la	oscuridad,	dado	que	en	ella	se	nos	hace	casi	imposible	detectar	los
innumerables	peligros	que	nos	acechan,	totalmente	fuera	de	nuestro	control.	De
hecho,	muchos	animales	aprovechan	la	oscuridad	para	salir	a	cazar,	lo	que	les	da
una	ventaja	evolutiva	frente	a	sus	posibles	víctimas,	una	de	ellas,	el	ser	humano.
En	la	noche	oscura	existen	prácticamente	la	misma	cantidad	de	peligros	que	a
plena	luz	del	día;	la	diferencia	es	que	no	se	pueden	prevenir	o	detectar	de	forma
eficiente,	por	lo	que	dan	lugar	a	la	proyección	de	fantasmas	que	aumentan	su
potencial	amenazador.
En	la	infancia	es	característico	pasar	algunas	épocas	de	terror	o	miedo	nocturno,
que	en	ocasiones	llegan	a	alterar	el	sueño	o	a	dificultar	su	conciliación,	motivo
por	el	que	algunos	niños	consiguen	evitar	la	separación	de	la	cama	o	la	expulsión
de	la	habitación	de	los	padres.	De	la	misma	manera	algunos	niños	necesitan
durante	un	tiempo	el	acompañamiento	de	un	adulto	para	atravesar	zonas	oscuras
de	la	casa.
Raquel,	paciente	a	la	que	hemos	dedicado	diversos	pasajes	en	otras	obras
(Villegas,	2009),	y	a	la	que	volveremos	a	encontrar	en	este	mismo	libro	(en	los
capítulos	6	y	9)	está	pasando	un	proceso	de	duelo	a	causa	de	la	muerte	reciente
del	padre	con	quien	se	sentía	muy	vinculada.	En	este	proceso	ha	desarrollado
diversos	rituales,	relacionados	con	la	presencia	fantasmagórica	de	él.	Calza,	por
ejemplo,	sus	zapatillas,	viste	un	traje	a	rayas	como	el	suyo,	duerme	con	el	pijama
del	padre	debajo	de	la	almohada.	En	un	momento	determinado	de	su	proceso
terapéutico	expresa	su	miedo	a	la	oscuridad	de	la	noche.
RAQUEL:	No	sé	qué	me	está	pasando.	Debajo	de	la	almohada	tengo	la	camisa
de	mi	padre,	me	acuesto	con	ella.	Lo	que	yo	quería	comentar	es	que	me	gustaría
que	me	dieran	algún	medicamento,	porque	he	cogido	un	miedo	terrible.
TERAPEUTA:	¿Miedo	a	qué?
R.:	No	sé	si	estoy	esquizofrénica	o	algo.	Por	lo	menos	estoy	en	el	límite.	Tengo
un	miedo	horrible	a	la	noche.	Incluso	si	está	mi	marido	tengo	que	encender	la	luz
y	si	me	doy	la	vuelta	siento	como	que	hubiera	alguien.	Tengo	mucho	miedo.
Cualquier	ruido	que	oigo	me	acelera	el	corazón.	Ayer	intentaba	decirme	«a	ver,
no	entra	nadie	en	casa,	está	todo	cerrado».	Me	intentaba	convencer	y	pensé
«bueno	va,	voy	a	apagar	la	luz»	pero	oigo	un	ruido	y	es	como	si	notara	una
presencia	y	yo	pienso	que	es	cierto	y	hay	algo	que	me	está	viendo.
T.:	Claro,	los	niños	pequeños	también	pasan	una	temporada	que	tienen	miedo...
R.:	Cuando	yo	de	pequeña	tenía	este	miedo,	porque	lo	he	tenido	toda	la	vida,
pues	rezaba	y	se	me	calmaba…	Entonces,	cuando	tenía	tanto	miedo	pensé	«Va,
ni	rezo,	ni	nada;	voy	a	apagar	la	luz».	Pero	es	que	tuve	que	encender	la	luz,
porque	yo	creía	que	me	daba	algo	porque	me	duele	el	corazón,	me	da	una
aceleración	enorme	y	digo:	«A	ver,	¿qué	me	está	pasando?».	Ya	no	puedo	más...
Es	horrible,	incluso	para	ir	al	lavabo	me	da	miedo.	Y	todo	empezó...	El	primer
día,	creo	que	fue	el	lunes	y	estaba	durmiendo	tan	tranquila	y	de	repente	noto	que
me	tiran	del	pie	y	eso	me	había	pasado	de	pequeña	a	mí	y…	A	partir	de	ese	día
ya	empecé	con	un	miedo	horrible.	Durante	el	día	no	me	pasa	nada,	pero	de
noche	es	terrible,	es	una	angustia.	Me	veo	al	límite	de	algo	pero	no	sé	de	qué.	Y
ayer	pensé:	«Bueno,	seguiré	rezando	aunque	nadie	me	escuche»…	Tal	vez	yo
siempre	he	tenido	miedo	a	morir	o	a	la	muerte	o	tal	vez	me	habré	preguntado	qué
es	la	vida	y	qué	es	la	muerte.	Y	esto	es	lo	que	yo	hacía	sin	entenderlo.
5.2.	Miedos	traumáticos
Son	miedos	de	carácter	físico,	relacionados	con	la	probabilidad	de	sufrir	un	daño
corporal	o	material,	como	caídas,	accidentes,	asaltos,	violaciones,	robos,
atentados.	Algunos	peligros	que	pueden	dar	lugar	a	estos	miedos	dependen	de
nuestras	propias	actividades	y	está	en	nuestras	manos	prevenirlos,	aplicando	la
prudencia,	por	ejemplo,	en	la	práctica	del	deporte	o	de	la	conducción.	Sin
embargo,	otros	muchos	están	en	manos	ajenas	o	dependen	del	azar.	Dado	que
están	fuera	denuestro	control	pueden	llegar	a	originar	auténticas	fobias	a	fin	de
evitar	la	exposición	al	peligro	que	conllevan.	El	miedo	a	volar	(aerofobia)	o	a
navegar	(talasofobia)	o	a	conducir	(amaxofobia)	son	ejemplos	relativamente
frecuentes	de	entre	los	múltiples	potenciales	peligros	que	nos	acechan	fuera	de
un	refugio	seguro,	lo	que	puede	dar	lugar	a	conductas	evitativas.
Cuando	nuestros	antepasados	evolucionaron	hacia	el	nomadismo,	abriéndose
paso	a	través	de	la	sabana,	tuvieron	que	aprender	a	hacer	frente	a	peligros
desconocidos	hasta	aquel	momento:	depredadores,	terrenos	inestables,	ciénagas,
arenas	movedizas,	noches	al	raso	en	plena	oscuridad,	lluvias	torrenciales,	ríos
caudalosos,	encuentros	con	otras	tribus	que	ya	ocupaban	partes	del	territorio.
Seguramente	tuvieron	que	sufrir	muchos	daños	originados	por	estas	y	otras
circunstancias,	incluidos	los	conflictos	violentos	con	otros	grupos	humanos,
luchas,	violaciones,	raptos,	robos	o	rapiñas.	El	miedo	se	fue	instaurando	como
un	resorte	apropiado	para	huir	ante	los	peligros,	prevenirlos	y	evitarlos.	En	la
actualidad,	y	a	pesar	de	los	grandes	avances	en	cuestión	de	seguridad,	nuestras
ciudades	se	han	convertido	en	lugares	peligrosos	a	causa	del	anonimato	de	sus
gentes	y	de	la	intensidad	del	tráfico	rodado	(donde	puedes	ser	víctima	hasta	de
un	monopatín).	Y	el	miedo	no	ha	hecho	más	que	aumentar,	añadiendo	a	las
amenazas	ya	existentes	de	la	naturaleza	las	creadas	a	través	de	los	siglos	por	los
artefactos	técnicos	(del	armamento	a	la	contaminación	química)	y	las
organizaciones	humanas.
5.3.	Miedos	sociales
Los	miedos	sociales	son	generados	precisamente	por	la	convivencia	en	sociedad.
La	posibilidad	de	subsistencia	y	supervivencia	en	las	sociedades	primitivas,	en
las	que	empezó	a	organizarse	la	vida	del	hombre	prehistórico,	requería	una	fuerte
cohesión	del	grupo.	El	mayor	riesgo	era	perderse	o	separarse	de	él,	puesto	que	el
alejamiento	del	grupo	suponía	casi	inevitablemente	la	muerte.	De	ahí,	por
ejemplo,	el	miedo	a	la	soledad,	entendida	como	abandono,	desamparo	o
desprotección.
5.3.1.	¡Vae	soli!:	El	miedo	a	la	soledad	o	al	abandono
Esta	expresión	Vae	soli	(¡Ay	del	solo!),	extraída	del	libro	del	Eclesiastés	(4,10),
nos	advierte	de	los	peligros	de	la	soledad	y	del	desamparo	que	conlleva:	«Es
mejor	estar	dos	juntos	que	uno	solo,	porque	se	aprovechan	mutuamente	de	su
compañía,	pues	si	uno	cae	el	otro	le	sostiene,	pero	¡ay	del	que	está	solo!,	si	cae,
no	tiene	a	nadie	que	lo	sostenga».
El	individuo	humano	es	un	ser	social,	no	puede	subsistir	solo,	y	menos	durante
su	infancia.	Algunos	casos	esporádicos	de	niños	que	han	crecido	alimentados	por
animales	en	su	infancia	y	criados	por	ellos	(particularmente	lobos,	ya	en	la
leyenda	de	Rómulo	y	Remo)	han	sido	documentados	en	los	dos	últimos	siglos,
pero	se	pueden	contar	con	los	dedos	de	una	mano	y	al	precio	de	una	muy
deficiente	humanización.	Por	eso	en	los	niños	es	tan	intensa	la	necesidad	de
apego	(Bowlby,	1989)	a	fin	de	asegurar	su	supervivencia	en	primer	lugar	y,
consecuentemente,	su	socialización	a	través	de	las	figuras	de	cuidado,
particularmente	los	padres.	La	amenaza,	sospecha	o	experiencia	de	abandono
despierta	en	ellos	un	alto	grado	de	ansiedad	equiparable	en	ocasiones	a	la
angustia	de	muerte,	dada	su	indefensión	ante	la	vida.
Esta	es	la	situación	en	la	que	con	frecuencia	se	encuentran	las	personas	mayores,
abandonadas	en	los	últimos	años	de	su	vida	a	su	soledad,	o	recluidas	en
residencias	geriátricas,	apartadas	de	la	vida	social.	En	las	familias	tradicionales
extensas	que	poblaban	el	campo,	solían	vivir	en	una	misma	casa	hasta	tres	o
cuatro	generaciones,	por	lo	que	el	cuidado	de	los	mayores	y	de	los	pequeños
estaba	siempre	asegurado.	Con	la	mecanización	de	la	vida	campesina	estas
familias	se	han	ido	descomponiendo,	dejando	cada	vez	más	vacías	y
abandonadas	las	grandes	masías	o	caseríos	donde	habitaban	antaño.	Las
personas	ancianas	que	se	han	ido	quedando	solas	con	frecuencia	han
experimentado	el	terror	de	la	soledad.	Xavi	lo	cuenta	a	propósito	de	su	abuela:
Después	de	la	muerte	de	mi	abuelo,	mis	padres	decidieron	ingresar	a	mi	abuela
en	una	residencia	geriátrica.	Todo	eso	lo	recuerdo	muy	traumático.	Mi	abuela
no	quería,	pero	no	podía	vivir	sola	en	la	masía.	Mis	padres	habían	instalado	un
timbre	directo	entre	la	casa	de	mi	abuela	y	la	nuestra.	Tenía	un	interruptor	en	la
mesita	de	noche;	pero	ella	lo	pulsaba	por	cualquier	motivo:	tenía	sed,	oía
ruidos,	veía	al	abuelo	en	las	sombras	de	la	alcoba.	Durante	un	tiempo	mi	padre
fue	a	vivir	con	ella	en	la	masía,	pero	al	final	tuvieron	que	ingresarla.
En	las	sociedades	primitivas	existía	otro	riesgo	aún	mayor	que	el	abandono	para
la	supervivencia	del	individuo,	la	expulsión	del	grupo	como	medida	punitiva
ante	un	comportamiento	perjudicial	para	la	sociedad.	Las	sociedades	poco
jerarquizadas,	en	las	que	no	existía	todavía	un	poder	organizado,	aplicaban	estas
medidas	a	falta	de	penas	de	prisión	o	de	muerte,	como	el	ostracismo	en	Atenas.
Las	sociedades	muy	cohesionadas	favorecen	el	sentimiento	de	vergüenza	como
inhibidor	de	las	actitudes	de	desacuerdo,	señalando	con	el	rubor	en	el	rostro	a
aquel	miembro	discrepante	del	grupo	que	podría	ser	expulsado,	por	su
comportamiento	o	por	sus	actitudes.	De	este	modo	se	desincentiva	la	disidencia
y	se	fomenta	la	uniformidad	y	la	acomodación	al	grupo.	Aquellas	actitudes	o
comportamientos	que	puedan	ser	objeto	de	crítica	por	parte	de	la	colectividad
tienden	a	ser	evitados.	Por	extensión,	también	aquellos	defectos	o
imperfecciones	que	puedan	ser	objeto	de	burla	buscan	ser	disimulados.	De	este
modo	surge	el	miedo	o	la	fobia	social	con	menor	o	mayor	incidencia	en	la	vida	y
el	desarrollo	personal.
5.3.2.	La	fobia	social
La	ansiedad	social	deriva	de	un	gran	miedo	a	la	crítica	impersonal,	característica
de	la	fobia	social:	son	los	rostros	desconocidos	del	público	los	que	atemorizan	al
fóbico	social.	¿Qué	pensará	la	gente,	qué	dirán	de	mí	los	profesores,	la	crítica
periodística?	Incluso	en	el	caso	de	que	estos	rostros	o	miradas	sean	próximos,
amigos,	padres	o	hermanos,	lo	que	preocupa	al	fóbico	no	es	tanto	el	rechazo
personal	como	el	juicio	impersonal,	las	observaciones	sobre	el	error	o	el	defecto.
En	la	fobia	social,	la	emoción	subyacente	es	el	miedo	al	juicio	social,	ligada	a	la
vergüenza.	Esta	nos	llevará	a	desarrollar	todo	tipo	de	estrategias	para	evitar	la
exposición	al	juicio	ajeno,	llegando	en	casos	extremos,	como	en	Japón,	al
aislamiento	de	los	adolescentes	(hikikomori).
Alopecia	galopante
Sandro	está	desarrollando	una	alopecia	progresiva	a	sus	28	años,	que	para	él	es
un	defecto	imposible	de	esconder	y	que	le	genera	muchas	situaciones	de
ansiedad,	dado	que	lo	vive	como	motivo	de	vergüenza	o	inferioridad.	A	fin	de
paliar	los	efectos	de	la	exposición	pública	de	lo	que	él	llama	su	«calvicie»,
desarrolla	una	serie	de	estrategias	evitativas	como	las	siguientes:	llevar
habitualmente	gorra,	evitar	mirarse	en	el	espejo,	evitar	las	luces	elevadas	o	ir	por
la	calle	con	la	luz	del	sol,	preferir	la	noche,	llevar	gafas	de	sol	por	la	sensación
de	oscuridad,	evitar	los	jerséis	de	cuello	alto	ya	que	al	tener	que	meterlos	por	la
cabeza	pueden	despeinarle,	abstenerse	de	mirar	fotos	ni	vídeos	donde	salga	él,
alejarse	de	lugares	donde	es	fácil	encontrar	a	gente	conocida,	etc.	Si	Sandro	evita
salir	a	determinadas	horas	a	la	calle	o	ir	a	cenas	y	restaurantes	no	es	porque	sea
claustrofóbico	o	agorafóbico,	porque	se	sienta	cerrado	o	agobiado	por	el	espacio,
sino	porque	se	siente	observado;	no	porque	sienta	rabia	o	frustración,	sino
vergüenza.
5.4.	Miedos	existenciales
El	miedo	existencial	deriva	de	la	angustia	de	la	conciencia	del	propio	existir
(muerte,	soledad,	vacío).	En	algún	momento	de	la	prehistoria	de	nuestra	especie
se	empezó	a	tomar	conciencia	de	la	propia	muerte.	De	esta	conciencia	dan	fe	la
diversidad	de	enterramientos	prehistóricos,	tanto	de	sapiens	como	de
neandertales,	y	los	rituales	que	los	acompañaban.	La	conciencia	de	muerte
produjo,	a	su	vez,	la	aparición	de	creencias	sobre	el	destino	de	los	humanos	en	el
más	allá,así	como	suscitó	preguntas	sobre	el	origen	de	la	humanidad,	lo	que
desembocó	en	la	formación	de	mitos	y	de	sistemas	religiosos,	orientados	a	dar
una	explicación	sistemática	del	sentido	de	la	vida.
Estas	preguntas	han	perseguido	a	la	humanidad	durante	siglos,	tanto	a	nivel
individual	como	colectivo,	y	han	sido	objeto	de	creencias	religiosas	y	reflexiones
filosóficas.	Entre	ellas	ocupa	el	primer	lugar	la	preocupación	y	la	angustia	ante
la	muerte	y,	como	contrapartida,	la	pregunta	por	el	sentido	de	la	vida.
5.4.1.	Temor	a	la	muerte
El	ser	humano	ocupa	el	lugar	más	elevado	en	la	escala	de	los	organismos,	o	de	la
cadena	trófica,	como	omnívoro,	llegando	a	ser	consciente	de	su	propia	condición
y	funcionamiento,	pero	no	por	eso	escapa	a	la	ley	universal	que	establece	el	ciclo
de	generación,	crecimiento	y	muerte.	La	conciencia	de	esta	condición	lo	pone
ante	la	situación	de	dar	significado	a	la	experiencia	de	este	ciclo,	particularmente
de	su	cierre	mortal,	pudiendo	adoptar	diversas	posturas	ante	ella:	de	aceptación
estoica	(«la	muerte	no	es	nada,	porque	donde	está	ella	no	estoy	yo»),	de
desprecio	hedonista	(«comamos	y	bebamos,	que	mañana	moriremos»)	o	de
negación	obstinada	(«mientras	hay	vida,	aunque	sea	residual,	hay	esperanza»).
La	última	frase	que	pronuncia	Calígula,	el	personaje	de	la	obra	de	Camus
(1948),	al	caer	herido	por	las	armas	de	sus	adversarios,	es	precisamente	esta:
«todavía	estoy	vivo».
En	nuestra	sociedad	occidental	se	obvia	sistemáticamente	el	tema	de	la	muerte,
la	cual	ha	perdido	su	carga	misteriosa	y	sagrada,	cambiando	su	«intimidad»	por
la	«clandestinidad»,	para	convertirse	en	un	tabú	social,	solo	objeto	de
espectáculo	cuando	no	se	produce	de	forma	natural	sino	fortuita	o	inesperada,
por	accidente,	cuanto	más	macabro	o	numeroso	mejor;	o	a	causa	de	una	guerra,
con	su	impresionante	aparato	armamentístico	o	tecnológico;	o	resultado	de	un
asesinato	o	ataque	terrorista,	con	su	carga	de	brutalidad,	intriga,	fanatismo,
espionaje,	etc.	La	muerte	natural,	al	contrario	de	la	accidental,	no	es	noticia
porque	nos	remite	necesariamente	a	nuestra	condición	mortal,	cosa	que	nuestra
cultura	no	puede	aceptar,	porque	no	sabe	cómo	integrar.
Para	tener	conciencia	de	la	muerte	no	es	necesario	encontrarse	en	una	situación
de	moribundus,	de	quien	se	está	muriendo,	basta	con	darse	cuenta	de	que	se	halla
en	la	condición	de	moriturus,	de	quien	tiene	que	morir.	Esta	condición	es	la	que
nos	induce	a	definirnos	como	«mortales».	Y	la	conciencia	de	esta	condición	es
probablemente	la	que	ha	llevado	a	la	especie	humana	a	su	evolución	como
sapiens.	Antes	de	esta	conciencia	el	ser	humano	pudo	desarrollar	habilidades
técnicas	que	mejoraban	su	adaptación	al	medio,	pero	que	no	le	permitían
trascenderlo.	En	el	momento	en	que	la	especie	humana	empieza	a	ocuparse	de
sus	muertos,	aparece	la	capacidad	de	hacerse	preguntas	orientadas,	a	dar
respuesta	a	los	enigmas	de	la	vida	y	de	la	muerte.	En	consecuencia	el	temor	a	la
muerte	se	verá	condicionado	por	la	visión	religiosa,	filosófica	o	cultural	con	que
se	construya	su	significado.
El	significado	de	la	muerte	(temor	al	más	allá:	temor	trascendente)
Las	diversas	formas	de	representarse	la	muerte	se	hallan	indisociablemente
ligadas	a	las	concepciones	antropológicas	que	las	sustentan.	Muchas	tradiciones
religiosas	han	hecho	de	la	consideración	de	la	muerte	el	tema	central	de	su
adoctrinamiento,	entendiéndola	como	un	pasaje	a	otra	vida	mediante	la
resurrección	del	cuerpo,	de	la	preservación	de	la	vida	en	forma	espiritual	o	de	la
transformación	del	cuerpo	en	otras	formas	de	vida	a	través	de	la	reencarnación.
Las	concepciones	distintas	relativas	al	significado	de	la	muerte,	particularmente
en	relación	a	la	continuidad	o	discontinuidad	de	la	existencia	más	allá	de	la
muerte,	pueden	ejercer	sin	duda	una	notable	influencia	sobre	el	modo	de
anticiparla	con	esperanza,	desespero,	miedo,	conformidad	o	indiferencia.
Alguien	como	Teresa	de	Jesús,	a	quien	hemos	citado	en	la	cabecera	de	este
capítulo,	puede	ansiarla	para	unirse	definitivamente	a	Dios:	«Vivo	sin	vivir	en
mí	y	tan	alta	vida	espero,	que	muero	porque	no	muero».	Otros	pueden	temerla,
aun	creyendo	en	la	continuidad	de	la	existencia,	ante	la	expectativa	de	un	posible
castigo	eterno.	Para	otros,	ya	desde	la	antigüedad,	la	muerte	es	un	pasaje
misterioso	y	lleno	de	incógnitas,	tal	como	atestiguan	diferentes	fuentes	literarias
como	el	Bardo	Thodol	o	Libro	de	los	Muertos	de	la	tradición	tántrica	del
budismo	tibetano	o	su	homónimo	egipcio,	y	el	anónimo	medieval	Ars	moriendi,
de	tradición	cristiana.
El	origen	o	causa	de	la	muerte
Por	su	origen	o	causa,	la	muerte	puede	dividirse	en	transitiva	e	intransitiva.
Transitiva.	Su	origen	puede	localizarse	de	forma	inequívoca	en	el	exterior	del
organismo,	de	modo	que	si	no	se	hubiera	dado	la	existencia	del	agente	o
condición	externa,	no	se	hubiera	producido	la	muerte.	En	estas	condiciones	la
gente	no	«se	muere»,	sino	que	«muere»	porque	algún	agente	exterior	los	mata.
Entre	los	orígenes	de	la	muerte	transitiva	pueden	identificarse	distintas	causas:
Natural:	terremoto,	volcán,	rayo,	tormenta,	tifón,	desbordamiento,	aluvión,	etc.
Técnica:	accidente	por	fallo	mecánico	o	de	construcción.
Fortuita:	accidente	producido	por	imprudencia	o	descuido	propio	o	ajeno.
Cruenta:	muerte	producida	a	causa	de	un	ataque	o	situación	violenta.
Legal:	pena	de	muerte.
Voluntaria:	suicidio	asistido	o	autoinfligido,	eutanasia	activa,	huelga	de
hambre.
Intransitiva.	Significa	que	la	muerte	se	produce	desde	dentro	por	un	proceso
patológico	o	degenerativo	espontáneo,	sin	intervención	activa	externa.	En	este
caso	el	verbo	«morir»	tiene	un	valor	deponente:	«morirse»	de	viejo,	de
enfermedad,	de	inanición.
Enfermedad	de	larga	o	corta	duración.
Envejecimiento:	muerte	anunciada	o	esperada.
Muerte	súbita	por	fallo	sistemático.
Eutanasia	pasiva,	dejarse	morir	con	o	sin	cuidados	paliativos.
Con	esta	amplia	variedad	de	posibles	causas	de	deceso	está	claro	que	el	temor	a
la	muerte	puede	estar	relacionado	con	miedos	ancestrales,	traumáticos	o	de	otro
tipo,	y	que	la	ilusión	de	que	pueda	prevenirse	o	no,	puede	dar	lugar	a	diversas
estrategias	de	afrontamiento	o	a	temores	irrefrenables,	como	el	miedo	a
envejecer.
Miedo	a	envejecer
El	miedo	a	envejecer	—o	su	opuesto,	el	mito	de	la	eterna	juventud—	se	halla
ampliamente	recogido	en	la	literatura	romántica	y	posterior,	del	Fausto	de
Goethe	a	El	retrato	de	Dorian	Gray	de	Oscar	Wilde,	pero	no	es	más	que	una
reelaboración	del	mito	de	Narciso.	Una	característica	intrínseca	al	mito	es	la
eterna	juventud,	asociada	a	la	muerte	prematura.	«Los	escogidos	de	los	dioses
mueren	jóvenes»,	decía	Ellen	West	(1888-1921),	uno	de	los	primeros	casos	de
anorexia	descritos	en	la	bibliografía	psiquiátrica	(Binswanger,	1973).	En	efecto,
esta	es	la	alternativa	que	escogió,	suicidándose	a	los	33	años,	fiel	a	su
narcisismo,	antes	de	volverse	«vieja,	gorda	y	fea».
El	retrato	de	Dorian	Gray
Carina,	cuya	historia	hemos	expuesto	ampliamente	(Villegas,	2011,	2013),	se
plantea,	a	sus	55	años	y	después	de	haber	sobrevivido	a	un	trasplante	de	hígado,
el	sentido	de	continuar	con	vida	si	esta	se	halla	inexorablemente	orientada	a	la
muerte	por	envejecimiento.
TERAPEUTA:	¿Y	tú,	a	qué	le	tienes	miedo,	Carina?
CARINA:	¡Buah!	A	muchas	cosas.	A	envejecer,	a	la	soledad,	a	no	poder	valerme
por	mí	misma…	No	sé,	tal	vez	solo	sea	que	yo	no	estoy	preparada	para	seguir
envejeciendo,	al	menos	no	así.	Quizás	nunca	he	querido	ser	vieja;	siempre	he
querido	morir	joven.	Yo	desde	muy	joven	no	quería	llegar	a	vieja,	sabía	que	no
podría	asumirlo…	Entonces,	si	no	quería	envejecer,	prefería	morirme	antes…
T.:	¿Y	qué	encontrabas	en	ser	vieja,	para	no	querer	llegar	a	ser	vieja?
C.:	Quizás	no	poder	tener	esa	vitalidad,	no	estar	guapa,	no	estar	atractiva,	quizá
esto	ha	sido	muy	importante	para	mí.	Y	ahora	he	llegado	a	lo	que	no	quería
llegar…	Ahora	todo	se	reduce	a	nada…	Me	encuentro	como	vacía.
La	resistencia	a	morirse
Los	humanos	no	tenemos	suficiente	con	sentir	la	vida,	porque	nuestro	grado	de
conciencia	ha	ido	másallá	que	la	evaluación	de	las	propias	sensaciones,	a	partir
de	la	conciencia	de	la	muerte.	Los	animales	no	son	conscientes	de	la	muerte,	son
conscientes	de	que	viven	y	pueden	ser	conscientes	de	que	se	están	muriendo,
pero	no	de	que	se	morirán:	es	la	conciencia	del	momento.	Los	animales	se	dejan
morir,	no	se	resisten.	Por	el	contrario,	sí	intentan	resistirse	a	ser	matados.
Entre	los	humanos	se	constata	que	hay	personas	que	desde	el	punto	de	vista	del
colapso	orgánico	tendrían	que	haber	muerto	y,	sin	embargo,	no	lo	han	hecho.	La
explicación	psicológica	que	se	puede	dar	a	este	fenómeno	es	que	esas	personas
se	resisten	a	morir.	Y	si	se	resisten	a	morir	puede	ser	debido	a	que	no	han	echado
el	cierre	a	su	vida.	Hay	alguna	causa	que	les	impide	dejarse	morir,	lo	que	da
lugar	a	que	en	muchas	ocasiones	la	persona	tenga	la	oportunidad	de	decir	sus
«últimas	palabras».	A	veces	es	la	necesidad	de	despedirse	de	alguien,	de
reconciliarse	con	alguien	o	de	pedir	perdón,	de	encomendar	alguna	misión	o
encargo	a	algún	familiar	o	amigo,	antes	de	cerrar	definitivamente	los	ojos.
Algunas	personas	quieren	asegurarse	esta	posibilidad	y	dictan	de	antemano	su
epitafio	para	que	quede	constancia	de	ello,	igual	que	determinan	su	testamento.
El	temor	a	lo	inacabado
En	otras	ocasiones	existe	algún	temor	específico	relacionado	con	la	muerte,	del
más	allá,	como	el	miedo	al	castigo	divino,	o	del	más	acá,	como	el	miedo	a	ser
enterrados	vivos,	a	ser	dejados	insepultos	o	a	otras	circunstancias	que
acompañan	al	entierro.	Elisabeth	Kübler-Ross	(1989)	explica	el	caso	de	una
mujer	cuyos	médicos	no	entendían	por	qué	no	se	había	muerto.	Esta	mujer	se
resistía	a	morir	y	explicaba	que	tenía	miedo	a	que	cuando	se	muriera	se	la
comiesen	los	gusanos.	Se	habló	de	la	posibilidad	de	la	cremación,	lo	que
tranquilizó	a	la	paciente,	que	solo	entonces	se	permitió	morir.
Antes	de	morir,	las	personas	necesitan	despedirse,	poner	punto	final	a	su	vida.
Así	lo	testimonian	mensajes	de	afecto	y	despedida	de	los	pasajeros	de	aviones
secuestrados	a	sus	familiares	o	de	soldados	moribundos	en	campos	de	batalla	a
sus	madres,	novias	o	esposas,	de	condenados	ante	el	pelotón	de	ejecución,	o,
incluso,	de	algunos	suicidas	a	sus	parientes	más	próximos:
Como	padres	sois	perfectos.	No	es	nada	contra	vosotros.	No	os	entristezcáis,
vivid	y	gozad.	Desde	el	cielo	os	seguiré	y	espero	poder	sentirme	contento	en	mi
vida	futura.	Quedaos	tranquilos,	yo	también	lo	estoy.
Por	eso	las	muertes	traumáticas,	en	particular	las	debidas	a	accidentes,	se
consideran	especialmente	trágicas	si	quienes	las	sufren	no	pudieron	despedirse
de	sus	familiares	o	allegados	ni	pudieron	dar	por	acabada	su	vida	de	una	forma
natural.	No	es	lo	mismo	una	muerte	trágica	que	una	muerte	prematura.	Un	niño	o
adolescente	puede	morir	habiendo	dado	por	finalizada	su	vida.	Una	vida	que
llega	a	su	término	deja	en	el	que	se	muere	y	en	quienes	lo	rodean	un	sentido	de
aceptación	o	conformidad.
Una	vida	acabada	es	una	gestalt	completa,	que	emocionalmente	genera	un	estado
de	armonía	o	de	calma.	Una	vida	interrumpida	es	una	gestalt	inconclusa.	Las
gestalten	incompletas	están	siempre	activadas	y	en	la	psicología	gestalt	se	las
llama	«asuntos	no	resueltos».	El	cierre	de	la	vida	es	necesario	para	generar	un
estado	emocional	que	tiene	que	ver	con	un	equilibrio	de	todas	las	emociones,
que	es	la	paz,	la	armonía;	por	eso	cuando	se	muere	alguien	se	dice:	«descanse	en
paz».	Tradicionalmente	se	han	asociado	los	fantasmas	a	almas	que	no	han
podido	cerrar	sus	asuntos	antes	de	morir	y	que	van	vagando	por	ahí	o	en	la
conciencia	de	quienes	tienen	asuntos	pendientes	con	ellas.	Pero,	con	frecuencia,
algunas	personas	se	arrastran	por	la	vida	aun	antes	de	morir	como	almas	en	pena,
sumergidas	en	un	vacío	existencial,	parecido	al	de	una	muerte	en	vida.
5.4.2.	Hipocondría:	el	miedo	a	la	vida
La	sensación	de	vacío	existencial	suele	ser	el	resultado	de	la	falta	de
compromiso	con	la	existencia	y	repercute	con	frecuencia	en	una	posición	de
desidia	ante	la	vida.	Esta	posición	de	desidia	o	despreocupación	ante	la	vida
adquiere	distintos	matices	según	el	momento	vital	de	la	persona.	Desde	la
perspectiva	de	la	edad	puede	experimentarse	como	nostalgia,	desengaño	o
depresión	frente	a	la	percepción	de	inutilidad	de	cualquier	esfuerzo	por	alcanzar
la	felicidad.
Pero	también	puede	vivirse	con	la	ansiedad	anticipatoria	de	la	muerte,	dando
origen	a	posibles	patologías	reactivas	al	sentimiento	de	vacío	existencial,	como
la	adicción	a	sustancias	o	a	conductas	compulsivas,	dirigidas	a	aturdir	la
conciencia	existencial.	En	el	polo	opuesto	pueden	aparecer	todo	tipo	de
respuestas	ansiosas,	relacionadas	con	la	búsqueda	de	apoyo	en	las	relaciones
interpersonales,	amistades	o	relaciones	amorosas,	que	en	ocasiones	pueden
derivar	incluso	en	dependencias	afectivas.
Junto	a	esta	actitud,	otras	formas	de	reacción	ansiosa	vienen	representadas	por
trastornos	del	espectro	obsesivo.	Entre	ellas,	además	de	la	obsesión	propiamente
dicha,	merece	destacarse	la	respuesta	hipocondríaca	que	tiene	una	doble
congruencia	con	la	vivencia	de	un	vacío	existencial,	planteado	a	veces	de	forma
claramente	verbal,	expresado	otras	veces	a	través	de	sensaciones	físicas	de	vacío
o	angustia	en	el	pecho	o	el	estómago,	otras	de	manera	sintomática	como	vértigos
o	mareos,	que	pueden	dar	lugar	a	interpretaciones	de	tipo	orgánico.	Primero
porque	en	el	vacío	es	más	fácil	oír	los	ruidos	internos	o	percibir	las	sensaciones
propioceptivas	del	organismo,	fácilmente	interpretables	como	síntomas	de
enfermedad.	En	segundo	lugar	porque	la	enfermedad	es	la	antesala	de	la	muerte
que	representa	el	final	de	la	existencia	y,	con	él,	la	imposibilidad	definitiva	de
llenarla	de	significado.
La	enferma	imaginaria
Con	frecuencia	el	miedo	a	la	muerte	esconde,	precisamente,	una	imposibilidad
de	morir	en	paz,	tal	vez	porque	la	vida	que	se	está	llevando	es	insatisfactoria,
como	se	pone	de	manifiesto	en	el	fragmento	de	la	entrevista	que	transcribimos	a
continuación	con	una	paciente,	a	la	que	hemos	denominado	Ceci,	y	a	la	que
hemos	dedicado	amplio	espacio	en	otras	ocasiones	(Villegas,	2011)	y	tendremos
ocasión	de	referirnos	de	nuevo	en	próximos	capítulos.	Acude	a	terapia	afectada
por	una	grave	hipocondría.	En	la	génesis	de	esta	reacción	hipocondríaca	se	halla
la	súbita	emergencia	de	la	conciencia	de	vulnerabilidad	a	propósito	de	un
episodio	de	desvanecimiento	de	su	hija	a	los	nueve	años	de	edad,	ocurrido	diez
años	antes.
CECI:	Estoy	mal,	paso	los	días	mal,	muy	tensa,	muy	nerviosa,	mareada,	como	si
estuviera	borracha,	con	síntomas	y	sensaciones	raras	y	todo	el	día	pendiente	de
qué	me	pasa,	qué	tengo,	por	qué	siento	esto,	por	qué	siento	lo	otro.	Me	da	igual
todo.	No	me	apetece	hacer	nada,	ni	ir	a	trabajar,	ni	quedarme	en	casa.
TERAPEUTA:	Te	sientes	vacía.	El	vacío	da	vértigo.
C.:	Puede	ser.	Puede	ser	que	me	encuentre	vacía.	Estoy	como	sola.
T.:	Es	una	desconexión.	Es	no	estar,	no	ser	tú	misma...	Estás	insatisfecha	de	ti
misma	y	ese	vacío	interior	te	da	vértigo	y	por	eso	tienes	tanto	miedo	a	ponerte
mala.	Porque	piensas:	¿si	ahora	me	muero,	qué	he	hecho	de	mi	vida?
C.:	Cuando	voy	por	la	calle,	veo	a	las	personas...	A	la	gente	la	veo	completa	y	yo
no	estoy	completa…	Eso,	eso,	eso	es	lo	que	siento.
T.:	Sí,	claro,	que	este	mareo	te	sirva	para	conectar	con	el	vacío,	para	darte	cuenta
de	esto,	de	lo	que	dices	tú,	que	falla	una	parte	de	ti,	que	falta	una	conexión
contigo.	Todo	está	bien,	pero,	y	¿tú	quién	eres?	¿Qué	haces	aquí?
C.:	Todo	esto	también	lo	pienso	yo.	¿Por	qué,	teniéndolo	todo,	estoy	cansada	de
la	vida?	No	digo	cansada	de	vivir.	No	me	voy	a	quitar	la	vida.	Con	el	miedo	que
me	da	morir.	Estoy	cansada	de	mi	tipo	de	vida,	de	estar	pendiente	de	mí.
T.:	Estás	insatisfecha	de	ti	misma	y	por	eso	tienes	tanto	miedo	a	ponerte	mala.
Porque	dices	«¿si	ahora	me	muero,	que	he	hecho	de	mi	vida?	¿Qué	es	de	mi	vida
si	me	muero	ahora?».	La	persona	hipocondríaca	tiene	esa	base,	en	realidad,	tiene
miedo	a	morirse	porque	no	está	satisfecha	con	su	vida.	No	puede	decir:
«tranquila,	ya	me	puedo	morir,	ya	que	mi	vidaha	tenido	sentido	dentro	de	lo	que
he	vivido».	No,	la	tuya	ha	ido	a	la	deriva…
El	hipocondríaco	no	vive	por	miedo	a	morir,	pensando	que	mientras	controla
todo	su	cuerpo,	todavía	le	queda	vida	por	vivir.	Tal	vez	ninguna	otra	enfermedad
como	la	hipocondría	ejemplifique	el	sentido	de	aquella	famosa	sentencia	de	Carl
Gustav	Jung:	«Una	vida	no	vivida	es	una	enfermedad	de	la	que	se	puede	morir».
Y	una	vida	no	se	vive	si	no	se	tiene	un	motivo,	una	razón	o	propósito	para
vivirla,	lo	que	Pascual-Leone	(2019)	ha	asociado	con	la	capacidad	curativa	del
cerebro,	sintetizado	en	el	concepto	japonés	de	ikigai	(Lemke,	2017).
5.5.	Miedos	morales
El	miedo	moral	se	manifiesta	a	través	de	la	culpa	y	la	vergüenza.	Ambos
sentimientos	a	veces	se	presentan	conjuntamente,	otras	por	separado.	El	miedo
moral	está	sujeto	al	juicio	divino	o	humano.	En	su	fundamento	más	primario	es
un	miedo	al	castigo	que	puede	derivarse	de	alguna	acción	pecaminosa	que	pueda
conllevar	una	venganza.
5.5.1.	Los	castigos	divinos
El	miedo	al	castigo	divino	ha	estado	presente	en	casi	todas	las	religiones	y
culturas,	en	las	más	variadas	formas,	en	esta	vida	y	en	la	otra.	En	las	diversas
tradiciones	morales	o	religiosas	el	pecado	puede	acarrear	como	consecuencia
una	punición	en	forma	de	enfermedad,	desgracia,	condena,	tormento,	muerte,
infierno	o	maledicencia	(Villegas,	2018a).	Así,	ya	en	los	primeros	capítulos	de	la
Biblia,	Adán	y	Eva	son	castigados	con	la	expulsión	del	Paraíso	y	condenados	a
trabajar	con	esfuerzo,	parir	con	dolor	y	finalmente	a	morir,	por	haber
desobedecido.	A	continuación,	su	hijo	Caín	es	condenado	a	vagar	por	el	mundo
por	haber	asesinado	a	su	hermano	Abel.	Estos	castigos	se	extenderán	más
adelante	a	toda	la	humanidad	con	el	diluvio	universal.	La	mitología	clásica
grecorromana	está	llena	igualmente	de	castigos	de	los	dioses	hacia	la
desobediencia	o	el	atrevimiento	de	los	hombres,	de	los	que	Prometeo,	Ícaro	o
Sísifo	son	buenos	ejemplos.	Las	tragedias	griegas	remiten	a	la	idea	de	que	los
dioses	castigan	severamente	la	hybris	o	ambición	humana	de	sobrepasar	sus
límites	o	los	intentos	de	escapar	al	destino.
Muchas	supersticiones	han	nacido	como	conjuros	ante	el	miedo	a	la	ira	de	los
dioses,	particularmente	frente	a	la	azarosa	veleidad	de	la	diosa	Fortuna,	que
puede	encumbrar	a	unos	para	más	tarde	hundirlos	en	lo	más	profundo	o	dejarlos
caer	de	lo	alto	de	su	propia	altivez.	Con	el	objetivo	de	protegerse	del	infortunio	o
de	obtener	buena	suerte,	el	supersticioso	lleva	a	cabo	sus	rituales	que	pueden
estar	asociados	a	cosas	tan	absurdas	como	evitar	cruzarse	con	un	gato	negro	o
pasar	por	debajo	de	una	escalera	o	no	escribir	ni	nombrar	determinados	números
como	el	13	o	el	666.	En	algunos	hoteles	o	aviones	simplemente	no	existe	la
habitación	o	la	fila	de	asientos	número	13.
5.5.2.	Los	castigos	humanos
El	miedo	que	deriva	de	la	culpa	social	está	relacionado	con	el	juicio	que	la
sociedad	puede	hacer	de	cada	uno	de	sus	individuos	a	causa	de	su
comportamiento	y	al	castigo	que	pueda	ir	asociado.	Este	juicio	puede	llevar	al
rechazo,	la	exclusión,	el	ostracismo	o	a	penas	más	o	menos	dolorosas,	como
hemos	visto	al	tratar	de	los	miedos	sociales.	Todas	las	sociedades	disponen	de
códigos	penales	en	los	que	se	recogen	aquellos	delitos	que	son	merecedores	de
castigo,	desde	una	multa	por	una	infracción	de	tráfico	a	una	condena	a	cadena
perpetua	o	a	muerte,	castigos	corporales	o	privación	de	libertad,	según	delitos,
épocas,	sociedades	y	costumbres.
En	general,	las	personas	que	se	hallan	sometidas	a	alguna	pena	legal	no	se
sienten	culpables,	sino	más	bien	tienden	a	exculparse	o	a	justificarse.	En	el
mejor	de	los	casos	se	limitan	a	cumplir	la	pena	y	consideran	que	con	ello	«ya
han	pagado».	El	régimen	penitenciario	suele,	por	esta	razón,	tener	poca
incidencia	en	la	rehabilitación	social	de	los	delincuentes.	Más	que	culpa,	el
condenado	por	la	justicia	suele	sentir	vergüenza,	si	su	imagen	se	ve	sometida	a
escarnio	o	exposición	pública	(«la	pena	del	telediario»).
Los	castigos	también	pueden	provenir	de	instancias	no	jurídicas,	por	ejemplo	de
aquellas	personas	directamente	afectadas	por	la	acción	de	un	asesino	o	estafador,
que	intenten	tomar	la	justicia	por	su	mano.	Hay	que	entender	que	el	desarrollo	de
la	justicia	legal	es	un	derivado,	socialmente	mediado,	de	la	justicia	directa	que	se
tomaban	nuestros	antepasados,	fieles	a	la	«ley	del	talión»,	recogida	ya	en	el
código	de	Amurabi,	en	que	se	apelaba	al	castigo	para	establecer	la	equidad
quebrantada	con	la	famosa	sentencia	de	«ojo	por	ojo	y	diente	por	diente»,	a	fin
de	que	la	administración	de	justicia	contribuyera	a	la	paz	social,	evitando	la
cadena	interminable	de	venganzas	sucesivas.
5.5.3.	Remordimiento:	el	flagelo	de	la	conciencia
Los	sentimientos	de	culpa	moral	pueden	estar	relacionados	con	el	daño	que
hacemos	voluntaria	o	involuntariamente	a	los	demás	o	incluso	con	el	bien	que
podríamos	haber	hecho	y	hemos	dejado	de	hacer	por	desidia,	negligencia	o
comodidad.	En	este	último	caso,	algunos	autores,	como	Mancini	(2019),	han
postulado	la	existencia	de	una	culpa	altruista.	Hace	referencia	a	las	situaciones
en	que	pudiendo	auxiliar	a	alguien	nos	retraemos	de	hacerlo	por	miedo,	por
egoísmo	o	por	comodidad.	Así	como	la	actuación	altruista	produce	satisfacción,
la	egoísta	suele	generar	culpa.
El	sentimiento	de	culpa	como	tal,	sobre	todo	si	se	vive	como	irreparable,	ya	es
por	sí	mismo	un	castigo	y	por	tanto	se	intenta	evitar	o	exculpar,	siempre	que	sea
posible.	Está	asociado	al	remordimiento	y	en	ocasiones	tiene	efectos
desestabilizantes	sobre	la	paz	interior,	el	equilibrio	emocional,	los	trastornos	de
angustia	y	algunas	enfermedades	psicosomáticas.	Se	convierte	en	una
autoflagelación.
Un	accidente	inevitable
Iván,	nombre	ficticio	otorgado	a	un	paciente	de	32	años	de	edad,	acude	a	terapia
para	solucionar	un	problema	de	insomnio	de	larga	evolución,	aproximadamente
de	unos	doce	años	(Ribas,	2009).	También	manifiesta	su	preocupación	por	unas
afecciones	que	tiene	en	la	piel	y	porque,	al	no	dormir	bien,	su	carácter	se	está
agriando,	tiene	mal	humor,	está	poco	comunicativo	y	cansado.	Según	él,	ambos
problemas	se	retroalimentan,	porque	cuando	duerme	bien	no	tiene	problemas
con	la	piel.	Considera	que	son	síntomas	que	no	se	curan	con	medicación	y	que	lo
que	necesita	es	hacer	una	psicoterapia.
Describe	como	una	primera	causa	probable	del	insomnio	un	accidente	de	coche
que	ocurrió	hace	doce	años	que	coincide	con	el	inicio	de	los	síntomas,	en	el	que
atropelló	a	una	anciana	que	falleció	en	el	acto.	Él	circulaba	con	el	semáforo	en
verde	y	la	mujer	cruzó	la	calzada	con	el	semáforo	en	rojo.	En	los	pocos	segundos
que	duró	todo	el	acontecimiento	Iván	pensó	en	frenar,	pero	al	ver	que	la	mujer
también	hacía	intento	de	parar,	siguió	adelante	sin	detenerse	con	el	fatal
desenlace	ya	conocido.	Hacía	pocos	días	que	se	había	sacado	el	carné	de
conducir	y	llevaba	de	prestado	el	coche	de	su	padre.
A	pesar	de	tener	el	semáforo	en	verde,	Iván	se	siente	culpable	por	«ir	a	más
velocidad	de	la	cuenta»	(culpa	por	comisión);	por	«no	haber	frenado	a	tiempo»
(omisión);	por	«atropellar	a	una	persona»	(comisión)	y	por	«haber	fallado»
(culpa	perfeccionista).	Las	auto-inculpaciones	de	Iván	son	rígidas	e	implacables.
Nos	encontramos	ante	un	mal	irreparable	de	consecuencias	graves	y	ante	un
hecho	ocurrido	contra	su	voluntad.
La	gestión	de	la	culpa	a	través	del	castigo	resulta	nuclear	en	su	caso	para
liberarse	de	la	culpa	subjetiva,	cree	que	necesita	pagar	más	por	lo	que	hizo	y	que
así	se	sentiría	menos	culpable.	Iván	considera	que	todo	debe	estar	bajo	control	y
que	precisamente	la	normas	se	han	hecho	para	llegar	donde	no	puede	llegar	el
control	personal:	«cuando	te	saltas	las	normas	es	cuando	pasan	estas	cosas»,	dice
refiriéndose	al	accidente.
La	culpa	altruista	o	solidaria
A	veces	puede	llegar	a	suceder	que	el	protagonista	del	sentimiento	de
culpabilidad	no	tenga	ninguna	responsabilidad	ni	directa	ni	indirecta	en	el	daño
sufrido	por	una	tercera	persona,	pero	se	sienta,	sin	embargo,	por	proximidad	o
solidaridad,	culpable	de	ello.Existen	casos	de	autoinculpación,	conocidos	como
«culpa	del	superviviente»,	en	que	personas	que,	habiendo	sufrido	la	misma
desgracia	que	los	demás,	han	sobrevivido	y	se	sienten	culpables	por	ello,	como
si	hubieran	faltado	al	auxilio	debido.
¿Por	qué	ella	y	no	yo?
Las	circunstancias	en	que	puede	producirse	tal	fenómeno	son	o	pueden	ser	de	lo
más	variado.	De	todas	estas	situaciones	nos	limitaremos	a	referir	un	caso	clínico
de	culpa	del	superviviente.	Se	trata	de	Elena,	de	53	años,	que	ha	vivido	con	ese
sentimiento	de	culpa	desde	los	19	años	y	que	acude	a	terapia	por	depresión:
ELENA:	Esta	depresión	la	vengo	arrastrando	desde	que	tuve	el	accidente	de
tráfico	a	los	19	años.	Murió	una	amiga,	de	las	cuatro	personas	que	íbamos	en	el
coche.	La	que	se	murió	iba	al	lado	del	conductor	y	yo	detrás	de	ella,	luego	yo	me
he	echado	la	culpa.	En	principio	me	hubiera	gustado	irme	yo	y	no	ella,	y	es
como	una	culpa	que…	que	no	me	la	perdono,	por	mucho	que	lo	he	intentado.
TERAPEUTA:	¿Y	por	qué	te	sientes	culpable	de	que	ella	muriera?
E:	Porque	yo	pensaba	que	ella	tenía	ya	una	vida	hecha,	tenía	novio,	se	iba	a
casar,	tenía	muchos	amigos…	Éramos	jóvenes,	que	se	muriera	ella	me	tocó	la
fibra…	Cuando	pienso	en	el	accidente	intento	perdonarme,	pero	no	puedo.
T.:	¿Qué	es	lo	que	necesitarías	para	perdonarte?
E.:	No	lo	sé:	es	una	culpa	que	la	llevo	ahí…	Tampoco	sé	cómo	afrontarlo.
Siempre	me	he	sentido	culpable.	Sigo	pensando	que	de	alguna	manera	tuve
culpa	de	no	morirme	yo,	hacer	el	cambio;	si	me	hubiera	muerto	yo,	nadie	me
hubiera	echado	en	falta.	Y	no	me	puedo	perdonar,	porque	ella	tendría	que	haber
vivido	y	yo	no,	porque	no	pasaba	nada	si	yo	me	moría,	pero	si	ella	se	moría,	sí.
Entonces	empiezo	a	darle	vueltas	y	me	quedo	ahí,	no	salgo,	no	avanzo.
¿Qué	es	lo	que	puede	llevar	a	una	persona	a	sentirse	culpable	por	algo	que	no	ha
hecho,	ni	ha	permitido	que	sucediera?	Se	puede	apelar	sin	duda	a	un	sentimiento
de	solidaridad	propio	de	la	especie	humana.	¿Es	lícito	para	un	superviviente
alegrarse	por	continuar	con	vida,	cuando	el	resto,	o	al	menos	algunos	de	quienes
compartieron	la	misma	situación,	murieron	en	esta	circunstancia?	Parecería	que
la	propia	alegría	se	convirtiera	bajo	estas	condiciones	en	una	injusticia
comparativa	de	la	que	uno	pudiera	sentirse	culpable,	aunque	la	falta	de	equidad
no	fuera	atribuible	a	uno	mismo,	sino	a	la	suerte	o	casualidad.	Para	que	una
persona	pueda	atribuirse	un	sentimiento	de	culpa	por	no	compartir	la	misma
suerte	que	la	víctima	se	requiere	algo	más	que	una	percepción	de	injusticia,
además	del	sentimiento	de	pena	o	lástima.	Este	valor	añadido	no	tiene	que	ver
probablemente	con	la	solidaridad,	sino	con	la	desigualdad:	¿por	qué	el	otro	y	no
yo?	Pero	esta	desigualdad	supone	una	comparación	en	la	que	el	superviviente	se
siente	en	inferioridad	respecto	a	la	víctima	o	la	considera	más	digna	de	continuar
viviendo:	«merece	vivir	más	que	yo;	es	más	joven,	tenía	una	vida	por	delante,	yo
ya	he	vivido	una	larga	vida;	o	bien	es	una	persona	mucho	más	válida	que	yo,
tiene	mucho	que	aportar	a	la	humanidad	o	a	los	suyos;	a	mí	nadie	me	va	a	echar
en	falta,	mientras	que	a	ella	sí».
5.6.	Miedos	catastrofistas
Algunas	personas	van	por	el	mundo	con	un	temor	generalizado.	Pueden	ser
socialmente	tímidas	o	bien	funcionalmente	inhibidas.	Otras	proyectan	sobre	el
presente	y	en	particular	sobre	el	futuro	una	mirada	sombría,	augurando	toda
suerte	de	males	y	calamidades	a	la	humanidad.	Suelen	definirse	a	sí	mismas
como	pesimistas.	Cada	una	de	estas	personas,	no	obstante,	se	las	apaña	para
llevar	una	vida	normal,	adaptada	a	sus	limitaciones,	contentándose	con	dar
desfogue	a	sus	miedos	a	través	de	la	queja	o	de	las	exclamaciones,	llegando	a
condicionar	incluso	a	su	pesimismo	sus	opciones	políticas.
Existe	otro	grupo	más	reducido	de	personas,	sin	embargo,	que	es	víctima	en	su
vida	personal	de	su	visión	catastrofista.	Son	algo	más	que	tímidas,	pesimistas	o
inhibidas.	Temen	con	convencimiento	que	van	a	sufrir	personalmente	o	en	su
entorno	auténticas	hecatombes	y	este	temor	influye	en	su	vida	y	en	la	de	los	que
les	rodean	de	manera	real	y	limitadora.	Estos	miedos	suelen	centrarse	en	áreas
específicas	que	afectan	a	la	totalidad	de	la	existencia;	por	ejemplo,	temen	la
ruina	económica,	caer	en	la	locura	o	la	degradación	social	por	la	infamia	o	el
descrédito	y,	en	consecuencia,	su	vida	se	orienta	a	evitar	tales	perjuicios,
arrastrando	con	ellos	a	cuantos	les	rodean.	Como	«quijotes»	sin	armadura	ven
por	todas	partes	«gigantes	y	malandrines»	de	los	que	protegerse,	aunque	a
diferencia	del	loco	de	la	Mancha,	no	intentan	luchar	contra	ellos,	sino
ahuyentarlos	con	conductas	desadaptadas.
Por	ejemplo,	quienes	están	convencidos	de	una	inevitable	ruina	económica
pueden	volverse	extrañamente	acaparadores,	desarrollando	una	actitud
ahorrativa	insoportable	para	los	demás,	extensiva	a	los	detalles	más
inverosímiles,	como	reutilizar	el	agua	para	lavar	los	platos	o	bien	acaparar	todos
los	utensilios	u	objetos	que	tal	vez	podrían	llegar	a	ser	útiles	en	alguna	ocasión,
dando	lugar	a	la	formación	del	famoso	«síndrome	de	Diógenes».	Estas	actitudes
resultan	molestas	en	la	convivencia	con	las	otras	personas,	particularmente	con
las	parejas	o	con	la	familia.	Otros	están	convencidos	de	que	cualquier	desgracia
que	pueda	afectarles	a	ellos	o	a	los	suyos	es	inminente	y	que	hay	que	prevenir
cualquier	posible	incidente	limitando	al	máximo	la	libertad	de	movimientos.
5.6.1.	El	miedo	a	la	locura
Las	personas	que	han	sufrido	ataques	de	pánico	pueden	haber	tenido	la	sensación
de	muerte	inminente	o	de	pérdida	de	control	sobre	la	propia	razón.	También
quienes	han	crecido	en	el	seno	de	una	familia	psicóticamente	desorganizada
pueden	temer	con	más	intensidad	la	posibilidad	de	caer	en	la	locura.	Petra	lo
expresa	en	su	primera	entrevista	en	un	grupo	de	terapia	a	propósito	de	su
sensación	de	pérdida	de	control	sobre	su	estado	actual	de	salud,	en	relación	a	una
serie	de	dolores	musculares	aparecidos	recientemente.
Tengo	sensación	de	pérdida	de	control	y	sobre	todo	es	la	inseguridad	hacia	esta
situación…	No	tengo	mucha	tolerancia	al	dolor	porque	nunca	me	había	dolido
nada,	ni	la	regla,	ni	me	había	roto	ningún	hueso.	O	sea	que	he	sido	una	persona
sana	toda	mi	vida,	y	de	repente	este	dolor.	Me	da	miedo	el	día	de	mañana	no
poder	cuidarme	a	mí	misma.	Soy	joven,	tengo	37	años,	y	sin	embargo	parezco
una	abuela.	Me	considero	joven	todavía	para	tener	una	enfermedad	de	este
tipo…	Aparte	también	tengo	un	miedo	añadido	a	la	pérdida	de	control,	porque
tengo	tres	hermanas	con	diversos	grados	de	enfermedad	mental.	Y	claro,	esto
todavía	me	da	más	miedo.	Creo	que	con	esto	tengo	razones	más	que	suficientes
para	sufrir.	Que	esta	pérdida	de	control	sea	realmente	una	locura,	pues	a	mí	me
espanta	cuatro	veces	más	que	a	una	persona	normal…	Desde	los	20	años	que	yo
estoy	en	contacto	con	todo	esto.	Entonces	para	mí	estos	miedos	no	son	cosa	de
ahora.
Las	actitudes	catastrofistas	que	hemos	descrito	hasta	ahora	pueden	ser	fácilmente
atribuidas	a	determinadas	características	de	personalidad	que	enturbian	las
relaciones	de	estas	personas	con	su	mundo	circundante.	Pero	¿qué	pensaríamos
de	ellas	si	llegáramos	a	conocer	un	pasado	en	el	que	estas	conductas	evitativas
tuvieran	un	sentido,	marcado	a	sangre	y	fuego	en	su	experiencia?	En	estos	casos
posiblemente	variaría	nuestra	consideración	sobre	la	naturaleza	de	sus	miedos.
Muchos	de	ellos	pueden	ser	el	resultado	del	síndrome	ansioso	descrito	antes,	al
hablar	de	la	sorpresa	estuporosa,	como	estrés	postraumático.
5.7.	Miedos	neuróticos:	fobias	y	paranoias
El	miedo	es	una	de	las	cadenas	más	fuertes	que	surge	de	nuestro	interior	en
relación	a	amenazas	percibidas	externa	o	internamente.	Por	lo	que	hemos	visto
hasta	ahora	puede	ser	el	miedo	a	quedarse	solo,	al	rechazo	social,	a	la
enfermedad	o	la	muerte,	a	los	accidentes,	a	la	oscuridad,	a	robos,	violaciones,	a
ataques	de	animales	o	de	grupos	o	personas	violentas.	Puede	tratarse	de
situaciones	peligrosas	de	origen	natural,	como	terremotos,	inundaciones	o
incendios,	o	bien	de	origensocial	como	las	originadas	por	guerras	o	ataques
terroristas,	o,	en	el	ámbito	privado,	al	maltrato	o	a	los	insultos.	En	la	mayoría	de
casos,	el	miedo	es	la	respuesta	a	una	amenaza	externa	que	se	puede	identificar	y,
en	el	mejor	de	los	supuestos,	prevenir,	afrontar	o	neutralizar.	Tales	miedos
pueden	clasificarse	de	«reales	o	razonables»	en	cuanto	son	situaciones	que	para
cualquiera	constituyen	una	amenaza	del	tipo	que	sea,	aunque	se	pueden	enfrentar
a	ellas	con	mayor	o	menor	éxito.	En	esos	casos	no	hablamos	de	fobias	o	miedos
neuróticos.
Entendemos	como	tales	a	los	miedos	incontrolables,	asociados	a	determinados
objetos,	animales	o	situaciones,	como	a	los	espacios	cerrados	(claustrofobia)	o
públicos	(agorafobia),	que	por	sí	mismos	no	constituyen	ninguna	amenaza
objetiva,	pero	que	el	sujeto	los	percibe	como	peligros	que	escapan	a	su	control	y
a	su	comprensión.	Este	carácter	incontrolable	e	incomprensible	es	el	que	le	da	a
la	fobia	la	falsa	apariencia	de	«miedo	irracional».	En	realidad	no	se	trata	de
miedos	carentes	de	razón,	sino	de	razones	inherentes	a	los	significados	que	cada
uno	otorga	a	tales	objetos,	animales	o	situaciones.	Si	alguien	percibe	los
cuchillos	de	la	cocina	como	posibles	armas	arrojadizas	contra	sus	padres,	la
pareja	o	los	propios	hijos,	es	lógico	que	se	relacione	con	ellos	como	objetos	a
evitar.	O	si	siente	las	cuatro	paredes	del	ascensor	como	planchas	de	acero	que
oprimen	de	su	espacio	vital,	hasta	faltarle	la	respiración,	es	razonable	que
prefiera	subir	a	pie	los	pisos	de	un	hospital	o	de	un	hotel,	antes	que	exponerse	a
la	encerrona	del	ascensor.
El	carácter	ansioso	o	anticipatorio	de	estos	miedos	favorece	la	estrategia
evitativa	antes	que	la	confrontativa,	de	modo	que	en	general	las	personas	suelen
ver	su	vida	pública	o	social	muy	limitada	a	causa	del	retraimiento	protector	a	que
se	acogen.	Así,	curiosa	y	paradójicamente	puede	darse	el	caso	de	que	el	avión
sea	un	elemento	fóbico	a	evitar	tanto	para	los	claustrofóbicos,	que	lo	viven	como
un	espacio	del	que	no	se	puede	escapar,	como	para	los	agorafóbicos,	que	lo
viven	como	un	transporte	que	los	aleja	de	la	seguridad	del	ámbito	doméstico,
con	idéntico	resultado,	aunque	por	causas	opuestas.
Se	han	elaborado	catálogos	o	diccionarios	de	fobias	específicas,	que	registran
más	de	800	entradas,	algunas	tan	curiosas	como	la	«anatidofobia»,	literalmente
«miedo	a	ser	observado	por	un	pato».	Nosotros	evitamos	caer	en	la	pretensión	de
inventar	categorías	nominales	relacionadas	con	el	miedo	para	cualquier
fenómeno	imaginable	y	nos	limitamos	en	este	texto	a	referirnos	a	las	fobias	con
un	significado	clínico	propio,	a	partir	de	la	distinción	entre	fobias	condicionadas
y	proyectivas.
5.7.1.	Fobias	condicionadas
La	percepción	de	peligro	puede	ser	condicionada,	basada	en	alguna	experiencia
anterior,	o	proyectiva,	cargada	de	significación	atribuida.	Así,	por	ejemplo,	los
cuchillos	de	cocina	pueden	resultar	un	elemento	peligroso	al	haber	sufrido	o
presenciado	accidentes	en	su	manejo	doméstico,	dando	lugar	a	una	fobia
condicionada;	o	pueden	resultar	objetos	a	evitar	porque	podrían	convertirse	en
armas	letales	con	los	que	eliminar	a	una	persona	que	no	se	soporta,	dando	lugar	a
una	fobia	«intrusiva	o	coercitiva»,	que	la	persona	proyecta	sobre	un	objeto	o
situación	determinada.
La	característica	común	a	todas	estas	fobias	es	la	percepción	de	falta	o	pérdida
de	control.	Tememos	a	las	serpientes	porque	no	conocemos	ni	controlamos	sus
movimientos.	Lo	mismo	le	puede	suceder	a	un	niño	que	no	domina	el	encendido
de	las	cerillas	o	a	un	adulto	que	desconoce	el	funcionamiento	de	un	martillo
automático.	Pero	estos	miedos	son	fácilmente	evitables	o	superables	con
aprendizaje.	El	problema	se	presenta	cuando	un	miedo	incontrolable	afecta	a
objetos	o	situaciones	aparentemente	inofensivos,	como	un	ascensor,	un	avión	o
la	plaza	del	pueblo.
Claro	que	alguien	puede	haber	condicionado	un	miedo	incontrolable	específico,
si	en	el	pasado	ha	tenido	una	experiencia	de	quedarse	encerrado	en	un	ascensor
solo	y	sin	luz,	durante	horas	un	domingo	por	la	noche	en	un	centro	comercial;	si
ha	vivido	en	una	oficina	bancaria	una	situación	de	secuestro	o	atraco;	si	ha
experimentado	unas	turbulencias	muy	fuertes	durante	un	vuelo	transoceánico	o
su	avión	ha	tenido	que	realizar	un	aterrizaje	de	emergencia.	En	esos	y	otros	casos
parecidos	es	muy	probable	que,	si	se	origina	una	fobia	específica,	esta	sea	de
carácter	condicionado.
5.7.2.	Fobias	proyectivas
En	otros	casos,	la	percepción	del	peligro	o	amenaza	es	interna	o	subjetiva	y	no
puede	ser	atribuida	a	la	situación	como	tal,	dado	que	no	existe	un	peligro
efectivo,	sino	proyectado	sobre	ella.	La	cola	del	autobús,	una	sala	de	cine,	la
plaza	mayor	del	pueblo	son	en	principio	situaciones	o	espacios	inocuos,	que	no
constituyen	ninguna	amenaza	real	para	nadie.	Sin	embargo,	para	algunas
personas	se	convierten	en	situaciones	constrictivas,	que	intentan	evitar	a
cualquier	precio.	Catherine	Millot	(2011),	psicoanalista	y	ensayista	francesa,
describe	a	propósito	de	un	episodio	agorafóbico,	sufrido	por	ella	misma,	esta
experiencia	en	los	siguientes	términos:
Hubo	un	tiempo	en	que	era	incapaz	de	cruzar	la	gran	plaza	vacía	de	Trocadero
(París).	En	aquella	época	me	preguntaba	cada	día	cómo	conseguiría	llegar	hasta
la	noche.	Y	todo	por	culpa	de	un	amor	[…].	Aquel	primer	amor	había	sido	un
desastre	[…].	En	un	instante	me	había	sentido	vencida	y	devastada	[…]	sin	haber
tenido	tiempo	de	entender	lo	que	me	pasaba.	¿Por	qué	esta	calamidad	se	me
había	venido	encima,	a	mí	que	nunca	había	soñado	con	el	amor?
Lo	incomprensible	de	estas	fobias	no	condicionadas	para	una	gran	parte	de	la
población,	incluidos	médicos,	muchos	psiquiatras	y	algunos	psicólogos,	tiene
que	ver	con	la	aparente	falta	de	motivación,	causa,	sentido,	origen	o
desencadenante	de	esta	sintomatología.	Los	intentos	de	hallar	una	explicación
plausible	para	estos	fenómenos	llevan	a	buscar	causas	circunstanciales	como	el
estrés,	alteraciones	neuroquímicas	ocasionales	o,	incluso,	emergencias
espontáneas	de	terrores	telúricos,	como	si	un	rayo	hubiera	caído	de	improviso
desde	el	cielo,	o	un	terremoto	hubiera	sacudido	la	estabilidad	de	la	persona	bajo
sus	pies.	Sin	embargo,	la	comprensión	de	estos	ataques	de	pánico	hay	que
buscarla	en	el	contexto.	Los	síntomas	(ansiedad,	ataques	de	pánico,
claustrofobia,	agorafobia,	amaxofobia,	etc.)	son,	como	dice	la	palabra	griega,
signos	o	significantes	que	remiten	a	un	significado,	el	cual,	al	no	estar	expresado
verbalmente,	no	constituye	un	texto	si	no	se	interpreta	en	su	contexto	tanto
inmediato	como	remoto.
Viaje	de	ida	y	vuelta
La	amaxofobia	es	el	nombre	técnico	que	le	damos	al	miedo	a	conducir	vehículos
terrestres.	Es	evidente	que	puede	ser	un	temor	traumática	o	socialmente
condicionado,	por	eso	nos	extraña	verlo	aparecer	de	repente	en	personas	que
están	habituadas	a	conducir	a	diario,	sin	ningún	desencadenante	inmediato
identificable,	lo	que	nos	lleva	a	suponer	la	presencia	de	un	significado	latente,
comprensible	solo	en	el	contexto	existencial	de	la	persona.	Tal	es	el	caso	de	Lisa,
quien	sufrió	un	ataque	de	ansiedad	de	vuelta	a	casa	de	sus	padres	con	quienes
había	dejado	a	sus	dos	hijos,	una	niña	de	tres	años	y	un	niño	de	cinco	meses,
para	poder	pasar	un	día	de	playa	en	casa	de	una	amiga.	Cuenta	su	experiencia	en
un	correo	electrónico	a	su	esposo,	que	transcribimos	parcialmente,	después	de
haber	acudido	a	una	primera	consulta	por	este	motivo.
Lo	que	me	pasó	en	medio	de	la	autopista	era	la	primera	vez	que	me	sucedía.
Aquel	día	tuve	una	sensación	muy	intensa	de	miedo.	De	repente	el	brazo
izquierdo	se	me	empezó	a	paralizar.	Empecé	a	sudar,	un	sudor	frío,	dejé	de	ver
con	claridad,	el	corazón	me	iba	a	3	000...	El	psicólogo	me	preguntó	qué	pensé
en	aquel	momento.	Y	no	supe	responderle...	Pero	ahora,	reflexionando	más	en
ello,	sí	que	creo	saberlo...	pensé	que	me	iba	a	morir	en	medio	de	la	autopista	y
que	no	volvería	a	ver	a	mi	hijo	pequeño,	y	¿qué	haría	mi	hijo	sin	mí?	Era	una
zona	de	4	carriles,	puse	los	cuatro	intermitentes.	Los	camiones	y	cochesme
pitaban,	recuerdo	los	bocinazos,	no	sé	ni	cómo	pude	llegar	a	una	estación	de
servicio...
Estaba	empapada	de	sudor,	descolocada,	nerviosa,	me	sentía	estúpida.	Yo
misma	me	preguntaba	por	qué	tenía	que	pensar	en	aquellas	catástrofes.	Pensé
en	dejar	el	coche	en	la	estación	de	servicio	y	llamar	al	seguro	de	asistencia	en
carretera,	en	llamar	a	mis	padres,	o	en	llamarte	a	ti;	pero,	como	de	costumbre,
no	podía	contar	contigo,	porque	estabas	de	viaje	en	el	extranjero.	No	te	lo	digo
para	culparte,	pero	es	un	tema	al	que	le	voy	dando	vueltas.	Me	pregunto	si
realmente	cuentas	en	mi	vida	o	yo	en	la	tuya;	cómo	sería	mi	vida	sin	ti;	si
realmente	puedo	contar	contigo;	si	acaso	nos	amamos.	Es	un	tema	muy
delicado,	complejo,	del	que	quiero	hablar	con	el	psicólogo	y	contigo,	si	quieres.
Conseguí	llegar	a	casa	de	mis	padres,	los	cuales	al	verme	con	la	cara
desencajada	se	interesaron	por	saber	qué	me	había	sucedido.	Me	tranquilizaron
y	me	abrazaron	efusivamente.	Confío	en	ellos	y	puedo	hablar	con	ellos	de	todo;
pero	no	quiero	preocuparlos.	Sin	embargo,	me	siento	sola,	semisoltera,	con	dos
hijos	y	una	persona	responsable	a	mi	lado	que	se	cuida	de	que	no	les	falte	el
sustento	y	de	que	no	nos	falte	nada	material,	pero	con	quien	casi	no	puedo
contar	para	atender	a	mis	hijos,	de	quienes	me	siento	plenamente	responsable,
puesto	que	dependen	totalmente	de	mí…	Precisamente,	cuando	volvía	a	casa	de
mis	padres	solo	pensaba	en	una	cosa,	en	que	tenía	que	darle	el	pecho	al	niño	y
que	si	me	pasaba	algo	a	mí,	¿quién	podría	hacerlo?	Necesitaba	explicártelo.
Por	desgracia,	en	las	crisis	de	ansiedad,	la	atención	de	los	profesionales	suele
estar	dirigida	al	escenario,	o	sea	al	contexto	físico	(autopista)	en	que	se	produce
la	respuesta	ansiosa,	desconectada	casi	por	completo	de	los	actores	(protagonista
y	antagonista),	del	texto	o	significado	del	drama,	tal	como	suele	ocurrir	en	la
mayoría	de	casos.
En	este	caso,	como	en	muchos	otros,	está	claro	que	el	detonante	del	ataque	de
pánico	no	está	en	la	carretera,	sino	en	la	relación	con	el	marido.	Lisa	se	siente
sola,	con	un	buen	respaldo	económico,	pero	sin	apoyo	en	la	crianza	de	sus	hijos.
A	la	vuelta	de	su	día	de	asueto	en	casa	de	la	amiga,	con	playa	y	comida
incluidas,	se	da	cuenta	de	que	es	imprescindible	para	sus	hijos,	que	no	puede
faltar	ella,	porque	el	marido	no	se	haría	o	no	sabría	hacerse	cargo	de	ellos.	En
estas	condiciones	se	siente	limitada	en	su	libertad,	precisamente	después	de
haber	disfrutado	de	un	día	libre.	No	puede	relajarse	en	su	dedicación	a	los	hijos:
el	ataque	de	pánico	le	da	en	el	viaje	de	vuelta,	no	en	el	de	ida,	porque	cuando
toma	conciencia	de	estar	atrapada,	este	adquiere	sentido.
Por	esta	razón,	los	escenarios	de	naturaleza	física	o	social	que	remiten	a
situaciones	sin	salida,	como	una	autopista	en	nuestro	caso,	pueden	provocar
angustia	hasta	hacer	estallar	una	crisis	de	ansiedad.	Las	características	cerradas
de	estos	espacios	no	son	la	causa	de	las	crisis	de	ansiedad,	sino	el	análogo	de	una
ratonera	en	la	que	la	persona	se	siente	atrapada	sin	poder	escapar.	La	asimilación
de	los	espacios	físicos	o	sociales	cerrados	a	situaciones	de	atrapamiento	y	su
posterior	generalización	en	las	fobias,	los	convierte,	una	vez	condicionados,	en
escenarios	a	evitar.
Escenarios	físicos,	mentales	y	relacionales
Este	contexto,	como	venimos	comentando,	no	siempre	es	un	escenario	físico;
puede	ser	también	social	como	en	la	fobia	social.	O	mental,	sin	más,	como
sucede	a	menudo	con	pacientes	obsesivos,	el	tener	que	hacer	cosas	de	una	cierta
manera	o	en	un	cierto	orden,	a	fin	de	evitar	posibles	desgracias.	Por	ejemplo,
Alberto,	paciente	obsesivo	de	23	años	(Tapia,	2000),	escribe	en	su	diario:
Hoy	como	cualquier	otro	día,	antes	de	salir	de	casa,	vigilo	que	las	conexiones
eléctricas	estén	libres	y	la	entrada	del	gas	cerrada.	También	hago	lo	mismo
cuando	salgo	del	despacho	con	las	conexiones	de	allí…	Desconecto	todos	los
cables,	el	ordenador,	la	impresora,	la	luz…	Separo	los	cables,	o	sea	que	no	haya
ningún	papel	al	lado	para	que	no	pueda	haber	ningún	chispazo	y	con	ello	un
incendio.	Cierro	uno	y	cuento	hasta	9,	mentalmente,	o	sea	todo	esto
mentalmente,	nunca	lo	exteriorizo…	Luego	hay	una	lámpara,	y	entonces	lo	que
hago	es	comprobar	cuatro	veces	cuatro	que	esté	bien	sujeta	para	que	no	se
caiga.	Esto	podría	ser	una	reacción	natural	de	prudencia	y	seguridad,	pero	se
convierte	en	una	obsesión	cuando	los	controles	de	seguridad	se	realizan	con	una
especie	de	ritual	numérico.	Todo	esto	lo	hago	con	la	intención	de	evitar
cualquier	suceso	negativo.	Esta	manera	de	actuar	proporciona	la	seguridad	que
necesito	para	abandonar	mi	casa	o	el	despacho	sin	temor	a	que	pase	nada.
El	elemento	común	a	todas	estas	situaciones	que	acabamos	de	describir	es	la
coerción	o	constricción	de	la	libertad,	en	forma	de	limitación	de	la
espontaneidad.
5.7.3.	El	miedo	a	la	libertad:	las	constricciones	internas	y	externas
La	coerción	o	constricción	ejercida	sobre	la	espontaneidad	puede	ser
básicamente	de	dos	tipos:	externa	e	interna.	Las	constricciones	externas
responden	a	situaciones	claramente	identificables	de	tipo	físico,	como	por
ejemplo	el	interior	de	un	tren,	un	ascensor	o	un	avión	(claustrofobia,	agorafobia)
o	social	(fobia	social).	Las	coerciones	internas	no	permiten	la	estrategia	de
huida,	precisamente	porque	van	allí	donde	va	el	sujeto	con	su	mente	(obsesión)	o
su	cuerpo	(hipocondría:	«donde	está	el	cuerpo	está	el	peligro»),	por	lo	que
derivan	en	una	estrategia	rumiativa,	de	darle	vueltas	a	la	cabeza.	En	ambos	casos
se	desencadena	una	fobia	en	un	contexto	objetivable,	lo	que	da	lugar	a	una
estrategia	evitativa	como	forma	espontánea	de	afrontamiento.
Escapar	corriendo:	la	claustrofobia
La	reacción	claustrofóbica,	literalmente	miedo	al	claustro	(al	encierro	o
clausura),	aparece	espontáneamente	o	se	va	asociando	gradualmente	por
generalización	a	situaciones	construidas	como	constrictivas	de	la	espontaneidad,
donde	la	persona	siente	que	«está	encerrada	y	no	puede	salir»,	aunque	desearía
escapar	corriendo	de	ellas.	Estas	son	sobre	todo	de	dos	tipos:
Física:	(ascensor,	funicular,	túnel,	cola	de	un	supermercado,	sala	de	cine,	tren,
avión,	autopista,	etc.),	en	relación	a	la	libertad	de	movimiento.	La	persona	se
siente	en	una	cárcel	o	prisión	de	la	que	no	puede	escapar.
Social:	(menú	en	un	restaurante,	boda,	anfitriona	de	una	fiesta,	entierro,	acto
social,	etc.),	respecto	a	la	libertad	de	sentimiento	y	acción.	La	persona	se	siente
obligada	a	simular	sentimientos	o	estados	de	ánimo	que	no	son	congruentes	con
los	suyos,	o	a	soportar	las	convenciones	sociales	asociadas	a	la	situación.
Las	situaciones	en	que	es	posible	la	espontaneidad	son	vividas	como	situaciones
abiertas.	Las	situaciones	en	las	que	no	es	posible	o	no	está	permitida	la
espontaneidad	son	vividas	como	cerradas:	de	ahí	la	percepción	de	claustrofobia.
¿En	qué	sentido	son	constrictivas	estas	situaciones?	En	cuanto	suponen	una
limitación	de	la	libertad:	seguir	un	protocolo	o	una	secuencia	invariable	(una
boda,	un	entierro,	un	menú),	quedarse	encerrado	en	un	sitio	sin	poder	salir	de
inmediato	(ascensor,	avión,	túnel,	autopista),	hacer	las	cosas	de	un	determinada
manera,	quedar	bien,	no	hacer	el	ridículo,	tomar	conciencia	de	resultar
imprescindible	o	ser	protagonista	de	una	situación…
Cualquiera	de	estas	situaciones	es	percibida	igual	por	todo	el	mundo	(percepción
objetiva);	en	un	avión,	en	la	cola	de	un	supermercado,	en	un	tren	blindado:	no
hay	salida	inmediata;	pero	no	es	vivida	de	la	misma	manera	(percepción
subjetiva)	por	todas	las	personas:	«no	puedo	salir»,	«tengo	que	estar	ahí»,	«no
me	puedo	ir	hasta	que	haya	terminado».	Algunas	personas	hacen	el	pasaje	de	la
percepción	objetiva	«no	hay	salida»	a	la	subjetiva	«no	puedo	salir»	o	«tengo	que
quedarme»	y	se	angustian.
De	las	ganas	de	salir	corriendo,	al	miedo	a	salir	a	la	calle:	agorafobia
La	agorafobia	se	puede	considerar	el	polo	opuesto	de	la	claustrofobia.
Literalmente	la	palabra	ágora-fobia	significa	miedo	al	espacio	público	(la	plaza).
En	este	sentido	se	oponen	el	espaciopúblico	al	doméstico,	que	se	viven	como
incompatibles.	Hay	personas	que	necesitan	del	vínculo	afectivo	para	existir,
como	las	dependientes,	cuyo	temor	es	ser	dejadas;	mientras	otras	viven	el
vínculo	amoroso	como	un	atrapamiento,	que	son	las	agorafóbicas.	Las	primeras
desaparecen	en	la	fusión	de	las	relaciones	íntimas,	en	la	confusión	del	amor;	las
segundas	mueren	literalmente	desde	el	punto	de	vista	social,	desarrollando	una
agorafobia,	miedo	a	su	expansión	en	el	espacio	público.	No	hay	espacio	para
ellas	en	el	mundo	social;	el	mundo	privado	sustituye	al	público,	el	mundo
doméstico	reemplaza	al	social.	Encerradas	en	casa,	estas	personas	pueden	vivir
durante	años	sin	salir	nunca	más	allá	de	las	inmediaciones	del	hogar,	o	hacerlo
solo	acompañadas	de	las	personas	más	significativas	de	su	entorno,	dedicadas	en
cuerpo	y	alma	a	tener	cuidado	de	los	suyos.	El	motivo	puede	ser	la	imposibilidad
de	alejarse	de	una	relación	demasiado	estrecha,	con	los	padres	o	los	hijos,	pero
sobre	todo	con	la	pareja.	Víctimas	de	una	idea	equivocada	del	amor	estas
personas	pueden	permanecer	atrapadas	en	una	relación	durante	años,	sacrificadas
en	aras	de	la	unión.	El	caso	que	presentamos	manifiesta	su	conflicto	vincular,
particularmente	con	la	figura	paterna,	a	propósito	del	cual	se	despliega	la
sintomatología	agorafóbica.
La	llave	en	la	puerta
A	la	protagonista	de	esta	historia	la	denominaremos	Atenea,	en	referencia	al
nombre	de	esta	diosa,	caracterizada	por	el	rol	arquetípico	de	hija	del	padre,	dado
el	papel	determinante	que	tiene	en	el	caso	de	nuestra	paciente	la	relación
protectora	con	él,	tal	como	ponen	de	manifiesto	sus	propias	declaraciones:
Yo	sé	que	si	algún	día	mi	padre	se	queda	solo,	la	única	que	lo	va	cuidar	voy	a
ser	yo.	Me	supone	una	responsabilidad	pensar	que	mi	padre,	si	está	mayor	y
tiene	su	casa,	yo	lo	cuidaré;	pero	si	se	queda	sin	casa,	va	a	tener	que	venir	a	la
mía	y	yo	voy	a	estar	toda	mi	vida	sin	tener	ni	mi	casa,	ni	mi	espacio.
Yo	siempre	pido	que	si	se	tiene	que	morir	alguno	de	mis	padres,	se	muera
primero	él.	Porque	es	que	mi	padre	no	sabe	vivir	sin	mi	madre;	después	porque
yo	a	mi	padre	siempre	lo	he	tenido	más	como	un	hijo	que	como	a	un	padre.
Siempre	lo	he	protegido,	lo	he	defendido,	lo	he	excusado...	Mi	padre	es	como	un
niño	grande,	es	muy	afectuoso,	tiene	mucha	capacidad	de	cariño,	de	querer
mucho	a	las	personas,	de	entregarse,	me	da	mucho	miedo	por	él.	Mi	padre	y	yo
hemos	sido	cómplices,	siempre	nos	hemos	enfrentado	juntos	a	los	problemas.
El	problema	de	mi	casa	es	el	problema	familiar.	Me	he	aliado	con	mi	padre;
tenemos	una	relación	muy	especial…	Necesita	verme.	Sabe	que	me	tiene	para
todo,	que	conmigo	siempre	se	ha	apoyado,	siempre	le	he	dado	la	razón,	aunque
no	la	tuviera.	Supongo	que	él	cuenta	conmigo.
La	sintomatología	específica	que	presenta	Atenea	es	la	característica	de	la
agorafobia:	dificultad	de	salir	del	ámbito	familiar	sin	ir	acompañada	por	alguna
persona	de	confianza.	Los	primeros	síntomas	se	presentaron	de	una	forma	muy
dramática,	como	reacciones	de	pánico,	seguidas	de	un	agarrotamiento	muscular
característico,	que	le	retuvo	inmóvil,	paralizada	durante	unos	minutos	en	la
escalera	de	la	oficina	del	notario,	el	día	que	iba	a	firmar	unas	escrituras	de	un
terreno,	destinado	a	construirse	una	casa.	Esta	reacción	representaba	de	modo
muy	gráfico	la	problemática	de	Atenea:	la	dificultad	de	independizarse	de	los
lazos	familiares,	de	conseguir	su	propio	espacio	personal,	simbolizado	por	la
casa.	De	ahí	sus	temores	a	quedarse	sin	casa,	o	a	que	su	padre	pueda	verse	solo
en	la	calle,	porque	en	esta	circunstancia	debería	ella	acogerlo	en	su	futura
morada,	la	que	está	intentando	construir	en	el	terreno	que	adquirió	hace	algún
tiempo	y	que	solo	existe	por	ahora	en	los	planos	del	arquitecto.
5.7.4.	Miedos	persecutorios	y	paranoias
En	ocasiones	la	percepción	de	amenaza	no	se	proyecta	sobre	los	espacios
abiertos	o	cerrados,	o	sobre	los	vínculos	interpersonales,	sino	sobre	las	personas
que	los	configuran,	sean	estas	conocidas	o	desconocidas.	Esta	amenaza	puede
mostrarse	en	forma	de	simple	desconfianza	ante	las	personas	desconocidas	o
elevarse	a	la	categoría	de	sospecha	generalizada	de	conspiración	contra	uno
mismo,	rayana	en	la	paranoia,	adquiriendo	un	carácter	casi	psicótico.
Fran,	un	paciente	tartamudo,	tiene	un	gran	sentido	del	ridículo	y	está	siempre
hipervigilante	en	relación	a	los	gestos	o	conversaciones	de	los	demás.	Estas
situaciones	influyen	sobre	su	vida	real,	hasta	el	punto	de	verse	obligado	a
quedarse	en	casa:
No	soporto,	en	particular,	a	los	que	se	comportan	de	una	forma	ambigua,
haciendo	cosas	a	escondidas	y	diciendo	medias	verdades.	Por	ello,	si	pasa	algo
de	este	tipo,	en	general	no	salgo	a	la	calle	durante	algunos	días.
Esta	actitud	nace	con	frecuencia	de	un	sentimiento	propio	de	culpabilidad,
indignidad	o	inadecuación	social,	fundado	o	no,	que	puede	llegar	a	ser	un
auténtico	impedimento	para	la	vida	social.	A	veces	la	persona	ha	experimentado
en	su	pasado	acoso	social,	bullying	escolar	o	mobbing	laboral,	que	ha	dejado	una
huella	o	impronta	emocional,	susceptible	de	activarse	en	ocasiones	específicas	o
de	modo	generalizado	cuando	observa	hablar	a	otros	cuchicheando	o	riendo	y
mirando	furtivamente	a	su	alrededor,	como	si	tuvieran	algo	que	ocultar	o	se
sintiera	interpelado	directamente.
6.	La	gestión	del	miedo
Desde	el	punto	de	vista	antropológico	y	psicológico,	el	miedo	es	una	emoción
totalmente	comprensible.	Tiene	su	función	primordial,	como	hemos	visto,	en
alertar	de	los	peligros	y	en	asegurar	las	oportunidades	de	supervivencia.	Sería
muy	difícil	encontrar	alguien	carente	de	toda	percepción	de	miedo;	una	especie
de	«Juan	sin	miedo»,	que	según	el	cuento,	no	se	sentía	afectado	por	ningún	tipo
de	temor,	hasta	que	se	despertó	sobresaltado	cuando	su	esposa	le	echó	un	jarrón
de	agua	fría	mientras	dormía	profundamente.
El	miedo	también	nos	puede	paralizar	y	hasta	inutilizar	o	perturbar	gravemente
en	la	gestión	de	nuestra	vida	cotidiana.	Así	que,	aunque	todos	los	miedos	son
comprensibles	y	es	necesario	poder	empatizar	con	quien	los	siente,	es
imprescindible	aprender	a	enfrentarse	a	ellos	para	manejarlos	y,	si	es	posible,
superarlos,	a	fin	de	llevar	una	vida	libre	de	ellos.
Existen	diversas	formas	de	enfrentar	el	miedo	en	base	a	características	propias
de	la	situación,	personales	o	incluso	terapéuticas,	según	el	modelo	con	que	suela
abordarse.	Algunas	estrategias	buscan	activamente	la	exposición	directa	al
peligro.	Por	ejemplo,	las	comparsas	de	los	sanfermines	corren	delante	de	los
toros	sin	otro	recurso	que	la	habilidad	y	agilidad	de	cada	uno	de	sus
componentes,	a	pesar	del	evidente	riesgo	de	ser	cogidos	por	el	astado.
Seguramente	el	ambiente	caldeado	de	la	fiesta	y	la	sensación	de	pertenencia	al
grupo	facilitan	una	percepción	de	mayor	capacidad	para	enfrentar	el	riesgo.
Otras	personas	lo	hacen	de	manera	virtual,	por	ejemplo	acudiendo	a	espectáculos
de	terror	en	los	que	se	sabe	de	antemano	que,	a	pesar	de	la	proyección	de
imágenes	o	sonidos	terroríficos,	o	de	la	recreación	de	situaciones	ficticias
amenazadoras	de	tipo	realista,	la	seguridad	está	garantizada.	De	este	modo
aumenta	la	ilusión	de	control	del	miedo.
Está	claro	que	para	vencer	el	temor	existen	dos	estrategias	básicas:	o	bien
aumentar	las	capacidades	o	habilidades	del	sujeto	para	hacer	frente	al	peligro,	o
bien	disminuir	el	poder	coercitivo	o	amenazante	de	los	contextos.	En	este
sentido,	tanto	la	educación	como	la	terapia	pueden	desempeñar	un	papel
fundamental	en	su	abordaje,	potenciando	los	recursos	del	sujeto	a	fin	de	hacerle
sentir	menos	vulnerable	a	los	peligros	y	más	resistente	a	las	adversidades,	o
contribuyendo	a	una	mejor	comprensión	de	los	contextos	a	fin	de	aprender	a
manejarlos,	neutralizarlos	o	transformarlos,	para	liberarlos	de	su	poder
constrictivo.
Con	independencia	de	lo	que	podamos	añadir	más	adelante	desde	una	visión
general	de	la	gestión	de	las	emociones,	queremos	hacer	aquí	algunas
consideraciones	específicas	sobre	la	regulación	del	miedo	a	partir	del	cuadro	3.2.
Los	avancestecnológicos	humanos	han	hecho	posible	protegernos	de	muchos	de
nuestros	miedos	ancestrales.	Los	dos	recursos	que	Prometeo	arrebató	a	los
dioses,	el	fuego	y	la	técnica	(Villegas,	2011),	han	permitido	a	la	especie	afrontar
con	éxito	muchas	de	las	limitaciones	y	peligros	a	los	que	estaba	expuesta,
precisamente	a	causa	de	su	neotenia	o	infancia	prolongada.	El	fuego,	convertido
en	luz,	expulsó	el	miedo	a	la	oscuridad	a	la	vez	que	alejaba	a	los	depredadores
de	nuestros	poblados	primitivos.	Convertido	en	energía,	ha	permitido	la
transformación	de	muchas	materias	primas	en	alimentos	comestibles	o	en
instrumentos	útiles	como	herramientas.	Igualmente	los	avances	tecnológicos	han
hecho	posible	hacer	frente	a	los	meteoros	adversos,	volar,	navegar	o	atravesar
grandes	distancias	a	gran	velocidad	tanto	terrestres	como	planetarias.	No	se	ha
eliminado	con	ello	de	cuajo	el	miedo	a	los	fenómenos	naturales,	pero	se	han
paliado	muchos	de	los	impedimentos	que	durante	centenares	de	miles	de	años
habían	dificultado	a	los	humanos	expandirse	por	la	tierra	y	explorarla.
Algunos	de	los	riesgos	traumáticos	a	los	que	están	expuestos	los	individuos
humanos	en	nuestros	días	continúan	proviniendo	de	la	naturaleza;	otros	son
producto	de	los	propios	ingenios	humanos	o	bien	pueden	ser	obra	de	sus
malvadas	intenciones.	Aunque	no	es	posible	salvaguardarse	de	todos	estos
peligros,	no	cabe	duda	de	que	la	prudencia,	la	vigilancia	o	la	prevención	pueden
ejercer	un	papel	protector	sobre	ellos,	atribuible	a	los	padres	durante	el	proceso
de	desarrollo	infantil,	y	posteriormente	responsabilidad	de	cada	uno	de	los
adultos	que	componen	la	sociedad,	respecto	de	sí	mismos,	juntamente	con	las
autoridades	a	quienes	incumbe	velar	por	la	seguridad	general.
La	sociedad	puede	ser	fuente	de	temor	para	algunos	de	sus	miembros	en	la
medida	en	que	sus	gobernantes	lleguen	a	abusar	del	poder,	perseguir	a	sus
súbditos	de	forma	justificada	o	no,	o	sus	propios	componentes	puedan	ejercer	la
crítica,	el	acoso	u	otras	formas	de	culpar,	avergonzar	o	someter	a	sus	semejantes.
Es	función	de	la	educación	formar	a	los	ciudadanos	en	la	libertad	y	la
espontaneidad	respetuosa,	así	como	dotarlos	de	recursos	para	hacer	frente	a	las
injusticias	inevitables	en	el	trato	interpersonal.
No	existe	ninguna	instancia	social	o	política	que	pueda	protegernos	de	los
miedos	existenciales.	Esa	función	la	han	ejercido	en	gran	parte	las	religiones	allí
donde	han	ocupado	un	lugar	privilegiado	en	la	organización	de	la	vida	social,
también	algunas	filosofías	morales,	como	el	estoicismo,	han	cumplido	esta
misión,	aportando	la	esperanza	de	una	vida	más	allá	de	la	muerte	o	la
perspectiva	de	una	conformidad	al	orden	cósmico.	Desde	el	punto	de	vista
psicológico,	enfrentar	la	muerte,	la	enfermedad,	la	soledad	o	el	vacío	existencial
requiere	la	aceptación	de	las	limitaciones	de	la	propia	existencia	y	el	desarrollo
de	una	autonomía	capaz	de	hacerse	responsable	de	dotar	de	significado	la	vida
en	su	conjunto	y	en	cada	uno	de	sus	actos.
Los	sentimientos	de	culpa	y	vergüenza	denotan	la	existencia	de	un	miedo	moral,
en	relación	al	castigo	divino	o	humano.	Bien	gestionados,	son	la	clave	para	una
convivencia	social	pacífica	y	respetuosa.	Nos	pueden	llevar	a	desarrollar
actitudes	tan	nobles	como	la	humildad	y	el	perdón,	tras	el	reconocimiento	del
mal	ocasionado	a	los	demás,	la	comprensión	y	la	contrición.	Mal	gestionados,
pueden	dar	origen	a	actitudes	autoinculpatorias	y	depresivas	que	a	veces	se
arrastran	de	por	vida,	a	falta	de	una	disposición	hacia	el	reconocimiento	de	la
debilidad	o	imperfección	humanas.
Frente	a	los	miedos	catastrofistas,	como	los	derivados	del	estrés	postraumático,
la	posibilidad	de	actuar	haciendo	frente	al	evento	en	el	mismo	momento	en	que
acontece,	como	hemos	dicho	más	arriba,	o	interviniendo	a	continuación	sobre
los	resultados	de	la	catástrofe	reparando,	o,	incluso,	resignificando
posteriormente	la	experiencia	vivida,	pueden	dar	lugar	a	la	resiliencia.
Finalmente	los	miedos	tradicionalmente	considerados	«neuróticos»	como	las
fobias,	con	sus	variedades	claustro	o	ágorafóbicas,	requieren	una
contextualización	biográfica,	en	la	que	se	originan,	se	sustentan	y	adquieren	su
significado	existencial.	Si	se	trata	de	fobias	condicionadas,	la	intervención
terapéutica	más	apropiada	es	la	desensibilización	sistemática.	En	el	resto	de
condiciones,	es	conveniente	llevar	a	cabo	un	proceso	de	psicoterapia	en
profundidad	para	tratar	las	emociones,	vivencias	o	bloqueos	existenciales,	a
veces	dependencias,	otras	atrapamientos	relacionales	o	coerciones	de	la	libertad,
bajo	cualquiera	de	sus	manifestaciones	fóbicas	o	sintomáticas.
Resumen
El	miedo	es	una	de	las	emociones	más	presentes	a	través	de	la	historia	de	la
humanidad,	tanto	en	el	contexto	natural	como	social.	Puede	ser	definido	como
una:	«reacción	emocional	de	angustia	ante	la	percepción	de	una	amenaza
presente	o	futura,	real	o	imaginaria».	Desde	el	punto	de	vista	filogenético
cumple	una	función	adaptativa	orientada	a	la	preservación	del	individuo	y	de	la
especie:	huida	ante	el	peligro,	búsqueda	de	protección	o	evitación	del	daño.
Muchas	son	las	fuentes	de	amenaza,	tanto	objetivas	como	subjetivas,	externas	o
internas,	dando	lugar	a	manifestaciones	y	a	estrategias	muy	variadas	de
enfrentamiento.	Algunas	de	ellas	responden	de	modo	eficaz	a	la	amenaza	y	se
resuelven	en	un	breve	periodo	de	tiempo.	Otras	se	prolongan	indefinidamente	o
se	trasfieren	a	otros	contextos,	dando	origen	a	las	fobias,	las	cuales	pueden	ser
condicionadas,	fruto	de	una	experiencia	vivencial	específica,	o	proyectivas,
como	resultado	de	conflictos	no	resueltos,	que	requieren	ser	debidamente
contextualizadas	y	de	un	tratamiento	terapéutico	diferencial.
4.	Alegría
Gaudeamus	igitur
Himno	universitario
1.	Origen	y	significado	de	la	palabra	alegría
En	su	forma	actual	la	palabra	«alegría»	deriva	del	adjetivo	latino	alacer,	en
genitivo	alacris,	que	da	lugar	a	«alegría»	y	pervive	todavía	en	el	diccionario	de
la	lengua	española	como	«alacre».	Significa	«brioso»,	«vivaz»	y	se	dice
particularmente	de	los	saltos	del	caballo.	Cualquiera	de	nosotros	puede	evocar	en
su	memoria	la	imagen	de	los	caballos	que,	conducidos	por	sus	jinetes
especialmente	engalanados	para	la	ocasión,	saltan	entre	la	multitud	en	las	fiestas
de	Sant	Joan	en	Ciutadella	de	Menorca,	jaleados	por	la	gente	que	los	rodea	(es
caragol	des	Born).	Esta	imagen	imborrable	para	quienes	la	han	vivido	o	la	han
visto	como	espectadores	está	asociada	a	fiesta,	alegría	y	jolgorio.
Desde	el	punto	de	vista	expresivo,	una	de	las	demostraciones	más	significativas
de	alegría	es	la	de	dar	saltos	(«exultar»)	y	es	precisamente	la	que	podemos	hallar
de	forma	más	clara	entre	los	animales:	estos	no	ríen,	ni	se	abrazan,	ni	bailan	en
coro;	pero	trotan	o	retozan	por	el	campo,	manifestando	su	vitalidad.	En	estas
condiciones	no	es	muy	claro	que	se	pueda	hablar	de	alegría	en	los	animales,	pero
sí	de	que	están	vitalmente	contentos	o	satisfechos,	y	que	esta	vitalidad	se
muestra	con	manifestaciones	de	brío,	agilidad,	fuerza	o	bravura.
En	los	seres	humanos	la	alegría	se	manifiesta	con	un	despliegue	expresivo
mucho	más	rico	que	implica	el	rostro,	los	movimientos	y	posturas	corporales,
cantos,	ritos	sociales	e	infinidad	de	acciones	individuales	o	colectivas.	Entre	las
expresiones	faciales	hemos	de	señalar	la	activación	de	los	músculos	de	la	cara
(cigomático,	risorio,	etc.),	que	se	traduce	en	una	amplia	sonrisa,	que	a	veces
deriva	en	estentóreas	carcajadas.	Una	apertura	máxima	de	la	boca	posibilita,	a	su
vez,	emitir	gritos	o	voces	animosas,	o	incluso	cánticos	más	o	menos
espontáneos.
El	canto	y	la	música	constituyen,	sin	duda,	uno	de	los	vehículos	expresivos	más
elaborados	de	la	alegría.	Permiten	canalizar	la	emoción	a	través	del	canto
individual	o	colectivo,	de	la	resonancia	de	los	instrumentos	o	de	la	conjunción	de
todos	ellos.	La	Oda	a	la	alegría	del	poeta	Friedrich	von	Schiller,	musicalizada
por	Ludwig	van	Beethoven,	como	colofón	de	su	última	sinfonía,	se	ha
convertido	en	el	himno	europeo,	que	invita	a	la	hermandad	universalcon	estos
versos:
Gozosos,	como	los	astros	que	recorren	/	los	grandiosos	espacios	celestes,	/
transitad,	hermanos,	por	vuestro	camino,	alegremente,	/	como	el	héroe	hacia	la
victoria.	/	¡Abrazaos,	criaturas	innumerables!	/	¡Que	ese	abrazo	alcance	al
mundo	entero!
La	victoria,	como	dice	el	poema	de	Schiller,	es	uno	de	los	grandes	momentos	de
alegría	para	el	ser	humano.	En	Roma	se	alzaban	arcos	majestuosos	para	celebrar
las	grandes	victorias	militares	y	el	pueblo	acudía	a	aclamar	a	sus	héroes,
cubiertos	con	coronas	de	laurel,	en	medio	de	manifestaciones	de	entusiasmo.	En
Jerusalén	también	Jesucristo	fue	recibido	con	aclamaciones	del	pueblo	que
agitaba	ramos	de	olivo	cuando	llegó	para	celebrar	la	Pascua,	aunque	terminó
coronado	de	espinas	y	clavado	en	una	cruz.	Nuestras	pantallas	de	televisión
reproducen	constantemente	imágenes	de	celebraciones	de	goles,	de	ligas,	de
campeonatos	de	cualquier	género,	ciclismo,	natación	sincronizada,
automovilismo	o	de	infinidad	de	concursos	en	los	que	el	equipo,	deportista	o
concursante	vencedor	demuestra	de	forma	estentórea	su	alegría	con	saltos,
cantos	y	abrazos	en	medio	de	gritos	y	aplausos	entusiastas	del	público.
En	efecto,	no	solo	la	alegría	se	expresa	en	el	rostro	con	sonrisas,	gritos	y	cantos.
También	le	acompaña	una	particular	apertura	y	brillo	de	los	ojos	y	una
gestualidad	abiertamente	expansiva:	los	brazos	en	alto	en	forma	de	«V»,	que	es
el	signo	de	la	victoria,	y	las	manos	extendidas	o	los	brazos	en	ángulo	a	media
altura	con	los	puños	cerrados	con	una	ligera	agitación	en	demostración	de
fuerza;	la	postura	del	tronco	erguida,	el	pecho	hinchado,	las	piernas	ligeramente
separadas	para	permitir	la	estabilidad	del	cuerpo,	como	potentes	columnas	que	lo
sostienen	firmemente	en	el	suelo.	El	corazón	late	más	acompasado	y	todo	el
cuerpo	se	activa	motóricamente,	dando	saltos	de	alegría	o	gritos	de	júbilo.
La	combinación	de	música	y	movimiento	da	lugar	a	la	danza	o	baile	que,	en	sus
múltiples	modalidades	culturales	y	géneros	compositivos,	constituyen
igualmente	una	manifestación	individual	o	colectiva	de	alegría.	Es	prácticamente
imposible	bailar	un	claqué,	la	danza	del	vientre	o	saltar	siguiendo	los	compases
de	una	sardana	estando	triste	o	enfadado.	Existen,	sin	duda,	formas	de	canto	y
danza	para	expresar	la	tristeza	o	el	enfado,	pero	aun	así	estas	suelen	arrancar	los
aplausos	del	público	que	expresa	de	este	modo	su	contento	o	satisfacción	por	la
ejecución.	Así	mismo,	la	danza	puede	expresar	la	alegría	con	claras
manifestaciones	de	fuerza	(danzas	cosacas)	o	de	agilidad	(ballet),	en	forma
individual	(jota),	de	pareja	(vals,	bolero,	tango)	o	colectiva	(sardana).
Otro	de	los	grandes	contextos	en	los	que	se	suele	dar	expresión	a	la	alegría	son
los	banquetes	o	comilonas	festivas,	ya	sean	de	tipo	familiar	o	social.	La	comida
y	bebida	son	dos	grandes	restauradores	del	organismo	y,	en	consecuencia,
contribuyen	a	su	bienestar	general,	dando	origen	a	un	estado	eufórico,	puesto	de
manifiesto	en	animadas	conversaciones,	a	veces	subidas	de	tono	y	abiertas	a
muchos	finales	posibles:	chistes,	cantos,	bailes,	pero	también,	no	tan	raramente,
a	peleas	familiares.
Las	fiestas	populares,	como	los	sanfermines,	acostumbran	a	mezclar	música,
baile,	espectáculos,	comida,	rúas	callejeras,	lanzamiento	de	caramelos	y,	a	veces,
aunque	no	esté	previsto,	también	sexo,	no	siempre	de	forma	consentida.	Esta
mezcla	es	característica	de	la	mayoría	de	celebraciones	tanto	familiares	como
sociales,	incluidas	las	religiosas	que	dan	paso	como	mínimo	a	copiosas	comidas
en	honor	del	santo	patrón	o	incluso	del	difunto,	en	el	caso	de	un	entierro.
Muchas	festividades	del	calendario	litúrgico	se	caracterizan	por	sus	dulces
propios,	como	los	turrones	por	Navidad,	el	roscón	de	Reyes	o	la	mona	de
Pascua.
Las	interacciones	sexuales	suponen	para	los	seres	humanos	una	garantía	para	la
continuidad	de	la	especie.	Por	eso,	al	igual	que	sucede	con	la	comida,	el	sexo	es
fuente	de	placer,	aunque	lamentablemente	lo	pueda	ser	también	de	abuso	y
sufrimiento.	El	amor	erótico,	que	tiene	su	fundamento	en	la	atracción	sexual,	es
uno	de	los	grandes	catalizadores	de	la	alegría,	o	tal	vez	cabría	decir	de	la	euforia.
Las	muestras	fusionales	entre	enamorados,	los	reencuentros,	la	espera
ilusionada,	las	veladas	pasadas	juntos	al	atardecer	o	los	sueños	compartidos	en	el
lecho	del	amor	constituyen	experiencias	rayanas	con	el	éxtasis,	como	punto
culminante	de	la	alegría.
En	definitiva,	la	alegría	es	un	canto	a	la	vitalidad,	que	se	expresa	de	forma
espontánea	a	través	de	la	expansión	corporal,	como	los	saltos	del	caballo
manifiestan	su	brío	y	fortaleza.	Este	es	el	sentido	de	la	emoción	en	su	esencia
más	básica,	la	celebración	de	la	vida	y	de	todo	cuanto	contribuye	a	su	aumento	y
continuidad.	Aunque	el	león	no	sonría	ni	entone	cantos	de	alegría,	la	elevación
de	su	cola	después	de	dar	caza	a	su	presa	es	una	muestra	de	vitalidad	y
satisfacción,	como	el	retiro	hacia	su	madriguera	con	la	cola	entre	las	patas,
después	de	una	cacería	fracasada,	lo	es	de	su	abatimiento,	aunque	estas
manifestaciones	no	puedan	relacionarse	propiamente	con	la	alegría	o	la	tristeza,
sino	solo	por	analogía.
2.	Naturaleza	y	función	de	la	alegría
Hemos	visto	en	el	capítulo	introductorio	que	las	emociones	estaban	organizadas
en	torno	a	la	supervivencia	del	organismo	y	que	en	este	sentido	respondían	en
función	de	las	situaciones	que	representaban	una	pérdida	o	una	ganancia,	una
amenaza	o	un	obstáculo	más	o	menos	inmediato	para	la	misma.	En	nuestro	caso
la	alegría	es	la	respuesta	emocional	que	corresponde	a	una	ganancia	y	puede	ser
definida	como:	«exaltación	experimentada	frente	al	reconocimiento	de	una
ganancia».	Las	definiciones	al	uso	suelen	destacar	su	aspecto	positivo	en
relación	a	la	atenuación	de	un	malestar,	la	consecución	de	alguna	meta	u	objetivo
deseado,	o	en	relación	a	experiencias	estéticas.	Entre	sus	efectos	beneficiosos
señalan,	por	ejemplo,	el	aspecto	lúdico	en	el	sentido	amplio	de	la	palabra,	que
invita	a	empujar	los	límites,	a	ser	creativo	(Frijda,	1986),	lo	que	permite	el
desarrollo	y	el	entrenamiento	de	habilidades	físicas	(fuerza,	resistencia,
precisión),	de	habilidades	psicológicas	e	intelectuales	(comprensión	de	normas,
memoria,	autocontrol)	y	de	habilidades	sociales	necesarias	para	el
establecimiento	de	relaciones	vinculares.
Subrayan	igualmente	su	breve	duración,	aunque	pueda	experimentarse	con
mayor	o	menor	intensidad,	por	ejemplo	en	la	llamada	alegría	hilarante	que	cursa
con	sonrisas,	risas	o	carcajadas.	Algunas	situaciones	cómicas,	las	cosquillas,	la
transgresión	de	normas	o	tabúes	se	encuentran	entre	sus	desencadenantes.	Desde
el	punto	de	vista	fisiológico	la	risa	conlleva	una	descarga	dopamínica	que
refuerza	el	circuito	del	placer,	particularmente	notoria	en	la	risa.	Sin	olvidar	que
también	podemos	llorar	de	alegría.
La	palabra	alegría,	sobre	todo	en	su	forma	adjetival	«alegre»,	se	ha	aplicado
también	de	forma	extensiva	a	otras	condiciones:	del	borracho	se	dice:	«este	ya
va	alegre»,	a	la	persona	de	costumbres	licenciosas	se	le	atribuye	«vida	alegre»,	o
al	conductor	de	comportamientos	irresponsables	al	volante	se	lo	acusa	de
«conducción	alegre».
La	emoción	de	la	alegría	puede	responder	a	una	sensación	de	alivio	si	proviene
de	la	liberación	de	un	dolor,	incomodidad	o	situación	penosa	o	a	la	constatación
de	una	ganancia	que	se	suma	al	acopio	de	bienes	ya	disponibles	o	a	una
anticipación	de	su	próxima	o	inmediata	adquisición.
La	alegría	supone	la	celebración	de	todo	aquello	que	de	manera	directa,	como	la
obtención	de	comida	o	el	nacimiento	de	un	hijo,	o	indirecta,	como	la
consecución	de	un	éxito	social	o	la	adquisición	de	bienes	materiales,	o	la
superación	de	una	prueba	médica,	pueda	contribuir	a	asegurar	la	supervivencia	o
a	mejorar	las	condiciones,	tanto	físicas	o	materiales,	como	sociales.	Esta
celebración	refuerza	las	experiencias	gratificantes	derivadas	directamente	de	la
obtención	de	los	bienes	que	satisfacen	nuestras	necesidades.	Al	mismo	tiempo
tiene	un	efecto	contagioso	por	el	que	se	tiende	a	compartir	con	los	demásy	a
expandir	el	ejemplo	entre	ellos.
La	alegría,	aunque	muchas	veces	se	produce	en	el	ámbito	de	una	ganancia
individual,	necesita	compartirse	para	poderla	celebrar.	Un	ejemplo	llamativo	al
respecto	lo	constituye	la	escena	repetida	año	tras	año	de	la	celebración	del
«gordo	de	Navidad»,	que	reúne	a	beneficiados	y	convecinos	en	el	descorche	de
una	botella	de	cava.	La	alegría	expresada	actúa	como	un	elemento	de	cohesión
tanto	a	nivel	familiar	o	de	pareja	como	grupal	o	social,	lo	que	tiene	sus	claras
repercusiones	en	el	mundo	de	las	relaciones	íntimas	e	interpersonales,	en	las
corporaciones	empresariales,	en	las	asociaciones	y	hasta	en	las	agrupaciones
políticas.
Nos	podemos	alegrar,	igualmente,	por	el	éxito	o	logros	de	los	demás,	alegría
vicaria,	sobre	todo	si	nos	une	con	ellos	algún	tipo	de	relación	afectiva:	pareja,
hijos,	amigos,	colegas	de	profesión,	colectivo	de	pertenencia	o	grupos	o	personas
humanas	con	las	que	nos	sintamos	solidarios.
Desgraciadamente	existe	también	una	forma	de	alegría	perversa,	la	llamada	con
el	término	alemán	Schadenfreude	que	designa	el	sentimiento	de	alegría	o
satisfacción	generado	por	el	sufrimiento,	infelicidad	o	humillación	de	otro.	La
palabra	«regodeo»	puede	traducir	en	parte	este	concepto,	definido	por	la	Real
Academia	Española	como:	«Complacerse	maliciosamente	con	un	percance,
apuro,	etc.,	que	le	ocurre	a	otra	persona».	En	este	caso	la	intensidad	de	la
emoción	estará	determinada	por	el	grado	en	que	el	acontecimiento	afecta
negativamente	al	otro,	el	juicio	vindicativo	que	lo	acompaña	(«se	lo	ha	ganado»)
y	la	enemistad	que	lo	motiva.
Las	ganancias	que	podemos	obtener	los	humanos,	después	de	miles	de	años	de
historia,	van	mucho	más	allá	de	la	satisfacción	que	podían	experimentar	nuestros
antepasados	por	una	pieza	de	caza,	conseguida	después	de	varias	horas	de	espera
o	de	una	larga	persecución,	y	afecta	a	todo	tipo	de	bienes	que	puedan	contribuir
al	bienestar	humano.	Según	ponemos	de	relieve	en	el	siguiente	cuadro	estos
bienes	pueden	ser	de	distinta	naturaleza,	así	como	el	modo	de	alcanzarlos:
2.1.	Bienes	de	carácter	material	o	físico
Son	los	bienes	necesarios	para	la	subsistencia:	comida,	cobijo,	ropa,	aquello	que
sirve	para	cubrir	las	necesidades	básicas	(Maslow,	1954).	Basta	ver	la	cara	de
contento	que	ponen	muchos	de	los	emigrantes	cuando	después	de	un	largo	y
doloroso	camino	de	meses	y	años	consiguen	por	sí	mismos	llegar	a	las	costas
europeas	para	entender	la	importancia	que	pueden	revestir	estos	elementos
primarios	para	nuestro	bienestar	y	la	alegría	que	proporciona	su	consecución
cuando	escasean.	De	ahí	el	valor	diferente	que	le	dan	a	los	bienes	básicos	las
generaciones	que	han	vivido	la	escasez	en	relación	a	las	que	han	nacido	en	la
abundancia.
Cubiertas	las	necesidades	básicas,	aparece	el	deseo	de	lujos	y	comodidades	que
se	satisface	con	joyas	y	complementos,	áticos	en	la	ciudad	y	mansiones	en	el
campo,	coches,	embarcaciones	y	hasta	aviones	privados.	El	problema	que	surge
a	propósito	de	los	bienes	materiales	superfluos	es	que,	a	diferencia	de	los
básicos,	no	se	regulan	homeostáticamente,	sino	que	los	motiva	el	deseo,	que	por
definición	es	insaciable	y	raíz	de	todos	los	pecados	capitales,	como	la	codicia,	la
lujuria	o	la	gula,	a	los	que	hemos	dedicado	recientemente	una	mirada	psicológica
(Villegas,	2018a).
Finalmente	el	dinero,	como	moneda	de	cambio	polivalente,	que	permite	el
acceso	a	todo	tipo	de	bienes,	se	convierte	en	fuente	de	satisfacción,
independientemente	del	modo	en	que	se	obtenga.	A	Jordan	Belfort,	conocido
como	el	«lobo	de	Wall	Street»,	no	le	importaba	demasiado	el	origen	de	los	ríos
de	dinero	que	inundaban	sus	cuentas.	Para	él	significaban,	simplemente,	la
posibilidad	de	gozar	sin	límite	de	todos	los	placeres	a	su	alcance	(Villegas,
2018a):	sexo,	drogas	y	diversión	acompañaban	a	sus	negocios	de	forma
invariable.	Tres	cosas	hay	en	la	vida,	dice	la	canción,	«salud,	dinero	y	amor»,
que	aunque	no	den	la	felicidad,	pueden	contribuir	a	ella.
2.2.	Bienes	de	carácter	social
Como	«no	solo	de	pan	vive	el	hombre»,	los	bienes	de	carácter	social	también
constituyen	una	fuente	de	satisfacción	para	el	ser	humano.	Entre	ellos	podemos
señalar	la	fama	o	el	reconocimiento	público,	en	el	ámbito	que	sea	y	obtenido	de
la	forma	que	sea.	«Para	quienes	viven	en	y	de	las	redes	sociales,	el	número
creciente	de	likes	en	Facebook	o	el	de	seguidores	de	un	blog	o	de	fans	en
Instagram	pueden	ser	el	equivalente	al	premio	Nobel».	Incluso	alguno	de	los
influencers	más	famosos	se	ha	tenido	que	tomar	unas	vacaciones	para	no	morir
de	éxito.
El	adjetivo	«famoso»,	de	fama,	deriva	de	un	verbo	latino,	fari,	que	significa
«decir».	La	fama	es	aquello	que	se	dice	de	alguien.	Tener	una	buena	reputación
por	el	motivo	o	en	el	campo	que	sea,	científico,	deportivo,	empresarial	o	en	el
mundo	del	espectáculo	otorga	a	la	persona	una	presencia	social	que	supone	una
modalidad	de	existencia,	más	allá	de	la	física,	que	para	muchos	satisface	una
ambición	de	trascendencia	mundana.
Las	amistades	o	relaciones	sociales	suelen	ser	también	una	fuente	de
satisfacción.	Si	son	reales,	y	no	solo	virtuales,	conllevan	la	presencia	y	el
contacto	físico	más	o	menos	íntimo,	lo	cual	ejerce	un	efecto	balsámico	y
tranquilizador	para	el	cuerpo	y	la	mente.	Aportan	consuelo	en	las	penas	y	apoyo
en	las	dificultades	vitales.	Constatan	que	no	estamos	solos	y	que	existe	una	red
de	solidaridad	que	nos	permite	avanzar	acompañados	por	la	vida.	Se	supone	que
en	la	familia	estos	lazos	de	solidaridad	son	habitualmente	más	estables,	aunque
existan	muchas	excepciones	que	confirman	la	regla.	Así	los	encuentros
amistosos	o	los	reencuentros	familiares	suelen	ser	fuente	de	alegría,	de	los	que	se
aprovecha	la	publicidad	para	vendernos	turrones	en	Navidad	o	vacaciones	en
verano.
2.3.	Bienes	de	carácter	simbólico,	personal	o	proyectual
La	adquisición	de	bienes	de	carácter	simbólico,	personal	o	proyectual	puede	ser
también	fuente	de	alegría.	Encontrar	objetos	cargados	de	valor	simbólico	que	se
consideraban	perdidos,	superar	completamente	una	enfermedad,	acordar	la	fecha
de	una	boda,	obtener	el	reconocimiento	pleno	de	inocencia	después	de	un
proceso	judicial,	conseguir	unos	fondos	públicos	para	llevar	a	cabo	un	proyecto
de	investigación,	ver	finalmente	publicado	un	libro	que	ha	supuesto	un	gran
esfuerzo,	alcanzar	un	ascenso	laboral	o	profesional	y	un	casi	infinito	etcétera,	de
acuerdo	a	las	expectativas	de	cada	uno,	podría	llenar	este	apartado.	Entre	esta
clase	de	bienes	podemos	señalar	las	ganancias	morales	en	forma	de
resarcimiento	o	reparación	de	los	daños	o	pérdidas,	sobre	todo	respecto	a	la
libertad,	fama,	honorabilidad,	prestigio,	reputación	o	buen	nombre	en	cualquier
campo	social,	personal	o	profesional.	Las	ganancias	de	este	tipo	suelen
repercutir	en	un	aumento	de	la	propia	valoración	o	estima	narcisista	(Villegas	y
Mallor,	2015),	que	se	considera	un	efecto	también	habitual	de	la	alegría.
Todas	estas	ganancias	se	pueden	considerar	por	la	vía	aditiva,	como
adquisiciones	que	vienen	a	sumarse	a	los	bienes	ya	existentes	y	que	acostumbran
a	activar	las	manifestaciones	de	alegría	del	sistema	simpático,	más	bien	ruidosas
y	movidas.	Pero,	a	veces,	la	ganancia	se	consigue	por	la	vía	sustractiva,
eliminando	aquellos	estímulos	que	propiamente	constituyen	un	estorbo	o	una
amenaza,	dando	lugar	a	la	experiencia	de	una	liberación,	por	ejemplo,	al	superar
una	enfermedad,	dolor	o	impedimento	físico,	al	conseguir	la	libertad	en	una
situación	de	reclusión,	al	abandonar	la	carrera	desenfrenada	de	corredor	de	bolsa
(Polk,	2016)	o	al	romper	una	relación	de	dependencia,	maltrato	o	abuso.	O	se
obtiene	aumentando	la	tranquilidad	al	alejarnos	del	bullicio	ciudadano,	se	tome
este	en	sentido	físico	o	social,	tal	como	ya	proclamaba	Horacio	en	su	famosa	oda
Beatus	ille,	tema	retomado	posteriormente	por	Fray	Luís	de	León	en	su	«oda	a	la
vida	retirada»	que	inicia	con	los	versos:
Qué	descansada	vida	/	la	del	que	huye	del	mundanal	ruido	/	y	sigue	la	escondida
/	senda	por	donde	han	ido,	/	los	pocos	sabios	que	en	el	mundo	han	sido.
En	estos	y	otroscasos	no	se	puede	hablar	tal	vez	de	emoción,	sino	más	bien	de
un	estado	de	placidez,	serenidad,	sosiego	o	beatitud.
3.	La	familia	de	la	alegría
Los	conceptos	asociados	a	la	alegría	hacen	referencia	a	su	variada	naturaleza,	a
su	diversidad	de	origen,	a	las	diferentes	modalidades	vivenciales	con	que	se
experimenta,	o	a	los	distintos	grados	de	intensidad	con	que	se	expresa,	la	cual
puede	ir	desde	la	sonrisa	serena	a	la	exaltación	entusiasta.
En	relación	a	su	origen	se	alude	con	frecuencia	al	factor	suerte.	La	palabra
happiness	en	inglés	deriva	de	hap	que	significa	suerte	o	fortuna.	En	francés	la
palabra	bonheur,	contrapuesta	a	malheur,	hace	referencia	al	kairos	o	momento
propicio	(la	buena	hora)	en	que	sucede	alguna	cosa.	Es	evidente	que	causan
alegría	aquellas	circunstancias	azarosas	que	traen	bienestar	o	ganancias.	En	este
contexto	tenemos	diversas	palabras	como	«buena	suerte»,	«dicha»,	«fortuna»	o
«buenaventura».	Sin	embargo,	suelen	ser	motivo	de	mayor	alegría	aquellos
bienes	que	son	el	resultado	del	esfuerzo	o	el	trabajo	o	la	propia	iniciativa:	éxito,
culminación,	logro.
Las	formas	a	través	de	las	cuales	se	manifiesta	la	alegría	difieren	en	cuanto	a	su
intensidad	que	puede	ir	desde	una	apacible	sonrisa,	acompañada	de	gestualidad
expansiva,	pero	controlada,	a	manifestaciones	explosivas	de	euforia.	Las	formas
reverenciales	con	que	el	pianista	virtuoso	responde	a	las	aclamaciones
entusiastas	del	público	se	aproximan	más	al	reconocimiento	y	al	agradecimiento
que	a	la	exaltación	triunfal,	aunque	con	frecuencia	la	intervención	del	director	de
la	orquesta	levantando	el	brazo	del	solista	viene	a	transformarlas	en	proclama
exitosa.	Naturalmente	el	contexto	puede	cambiar	radicalmente	las	formas
expresivas	si	el	aclamado	es	el	guitarrista	de	un	concierto	de	rock.	En	un	campo
de	fútbol	las	demostraciones	de	alegría	suelen	ser	mucho	más	extremas,	rayanas
incluso	en	ocasiones	con	la	agresividad,	que	pueden	prolongarse	en	las	calles
con	celebraciones	tumultuosas	o	bulliciosas,	según	la	categoría	del	título
celebrado.
Si	tomamos	como	referente	el	tempo	musical	expresado	con	el	término	italiano
allegro,	podemos	distinguir	variedades	de	velocidad	en	la	ejecución	que	irían
desde	el	allegretto,	allegro	ma	non	troppo,	allegro,	allegro	assai,	vivace,	molto
vivace,	etc.	Es	significativo	que	la	música	haya	captado	la	analogía	de	la	alegría
y	la	vivacidad	para	expresar	su	tempo	de	ejecución	o	bien	su	intensidad	con
términos	como	pianissimo,	piano,	mezzo	piano,	mezzo	forte,	forte,	fortissimo.
Siguiendo	esta	analogía	con	tempo	y	dinámica	musicales	podríamos	encontrar
una	graduación	entre	las	expresiones	de	alegría,	en	relación	a	su	fuerza	e
intensidad,	como	una	diferencia	de	activación	entre	el	sistema	parasimpático,	por
ejemplo,	relajación,	bienestar	y	el	sistema	simpático.	Este	es	mucho	más	activo
en	las	manifestaciones	de	alegría	como	saltos,	gritos	de	júbilo,	cantos,	que
pueden	expresarse	con	estos	términos:	«entusiasmo»,	«euforia»,	«exultación»,
«exaltación»,	«éxtasis»	y	hasta	«manía».
Algunas	de	estas	experiencias	suceden	en	el	ámbito	personal	o	íntimo,	pero	la
mayoría	de	ellas	suelen	desembocar	en	manifestaciones	públicas	en	la	medida
que	se	consideran	compartidas,	como	la	celebración	de	algún	título	deportivo	o
de	alguna	festividad	popular,	dando	origen	a	la	aparición	en	el	lenguaje	de
términos	como	«alborozo»,	«fiesta»,	«jarana»,	«juerga»,	«jolgorio»,	«algazara»
para	describir	las	muestras	de	alegría	colectiva.
La	vivencia	íntima	o	personal	de	ganancias	subjetivas	puede	producir	placer,
disfrute,	fruición,	deleite	o	delectación,	sobre	todo	si	se	trata	de	bienes	de	tipo
sensorial	o	estético:	manjares,	baños,	masajes,	paseos,	viajes,	paisajes,
conciertos	y	exposiciones.	Los	espectáculos,	los	juegos,	la	práctica	deportiva,	las
competiciones	de	cualquier	tipo	y	hasta	las	guerras	festivas	entre	moros	y
cristianos,	o	las	batallas	de	tomates	o	bolas	de	nieve	suelen	generar	más	bien
diversión,	bienestar,	gozo,	satisfacción,	contento.
Todas	estas	manifestaciones	de	alegría	son	temporales	y,	en	general,	de	breve
duración,	como	todas	las	emociones.	«No	hay	mal	ni	bien	que	cien	años	duren».
Precisamente	por	su	brevedad	muchas	consignas	hedonistas	invitan	a	disfrutar	de
los	goces	terrenales,	momento	a	momento,	mientras	duren:	el	famoso	carpe	diem
horaciano	de	la	Oda	número	11	continúa	con	estas	palabras:	quam	minimum
credula	postero	(puesto	que	no	te	puedes	fiar	del	día	siguiente).	De	una
constatación	parecida	surge	la	exhortación	Gaudeamus	igitur	con	la	que	hemos
encabezado	el	presente	capítulo	y	que	pertenece	al	himno	adoptado	por	los
universitarios	de	medio	mundo,	escrito	en	el	latín	medieval	del	siglo	XIII,	que
lleva	por	título	De	brevitate	vitae.	La	continuación	del	estribillo	inicial
Gaudeamus	igitur,	reza	así:	«iuvenes	dum	sumus.	Post	iucundam	iuventutem,
post	molestam	senectutem,	nos	habebit	humus»	(Alegrémonos,	pues,	mientras
somos	jóvenes;	ya	que	tras	la	divertida	juventud	y	la	incómoda	vejez,	nos
acogerá	la	tierra).
La	alegría	se	vivencia	como	una	experiencia	positiva,	placentera	y	reforzante,
que	facilita	el	bienestar	personal	y	social	compartido.	Favorece	la	interacción	de
carácter	amistoso	e	inhibe	el	comportamiento	hostil	de	los	demás	hacia	nosotros.
Predispone	a	la	colaboración	y	prestación	de	ayuda,	al	menos
momentáneamente.	Es	un	buen	linimento	para	las	relaciones	íntimas,	familiares,
amistosas	o	de	pareja.	Una	sonrisa	jovial	y	franca	abre	más	puertas	que	los
aldabonazos	de	la	policía	a	media	noche	sobre	un	portón.	Como	afirma	el	refrán
catalán,	que	el	autor	de	estas	líneas	había	oído	repetir	innumerables	veces	a	su
madre:	Pot	mes	una	gota	de	mel,	que	cent	de	fel	(puede	más	una	gota	de	miel,
que	ciento	de	hiel).
Su	carácter	transitorio,	sin	embargo,	suele	dar	origen	a	un	cierto	grado	de
insatisfacción,	que	puede	compensarse	anticipando	nuevas	o	futuras	ganancias
posibles,	lo	que	da	pie	a	mantener	la	esperanza,	generar	ilusión,	aumentar	el
deseo	y	fomentar	el	interés	o,	en	el	polo	opuesto,	a	vivir	del	pasado	evocando
«viejas	glorias».	Pero	en	el	fondo	late	la	expectativa	permanente	de	alcanzar	un
estado	de	plenitud	que	no	se	halle	sometido	a	los	vaivenes	emocionales	de	la
alegría,	sino	que	nos	asegure	el	goce	en	plenitud.
Para	el	hinduismo	y	sus	derivados,	como	el	budismo,	este	es	el	estado	de
nirvana.	Para	las	religiones	monoteístas,	judaísmo,	cristianismo,	islamismo,	esta
aspiración	remite	al	paraíso	original	o	al	celestial.	Para	la	filosofía	griega	el
bienestar	permanente	era	fruto	de	una	virtud,	la	eudaimonía.	Para	la	sociedad
occidental	actual,	empeñada	en	suprimir	el	dolor,	la	vejez	y	la	enfermedad,
acostumbrada	a	todas	las	comodidades,	obsesionada	por	alcanzar	la	propia
realización	y	la	satisfacción	de	todos	los	caprichos	y	deseos	bajo	la	«ley	de	la
atracción	universal»	(Byrne,	2007),	se	trata	de	«felicidad».
4.	La	felicidad
La	felicidad	no	es	una	emoción.	Una	emoción	sería,	como	hemos	venido
diciendo	hasta	ahora,	la	alegría,	pero	no	la	felicidad.	Tampoco	es	un	sentimiento.
La	felicidad	es	un	estado,	una	condición.	Incluso	se	puede	hablar	de	la	«felicidad
eterna»;	si	fuese	una	emoción	no	podría	ser	eterna.	Por	su	naturaleza	es	un
estado	que	dura,	aunque	no	necesariamente	perdura,	en	el	tiempo,	de	lo	contrario
no	sería	felicidad,	podría	ser	ilusión	o	entusiasmo.	Puede	ser	que	dure	en	el
tiempo	porque	uno	proyecte	que	durará.	Por	ejemplo,	todos	los	cuentos	de
príncipes	y	princesas	terminan	con	el	estribillo	«y	fueron	felices	y	comieron
perdices».	Se	considera	el	matrimonio	como	un	estado	definitivo	de	beatitud	en
el	que	uno	está	bien,	y	ya	no	se	hable	más.	Pero	no	hay	ninguna	condición,	ni	la
de	casado	ni	la	de	soltero	(célibe	significa	que	goza	de	«vida	celestial»)	que
asegure	la	felicidad	permanente	por	sí	misma.
El	Diccionario	de	la	Real	Academia	Española	define	la	felicidad,	en	la	primera
acepción	del	término,	como	un	«estado	del	ánimo	que	se	complace	en	la
posesión	de	un	bien»	o	como	un	«estado	de	grata	satisfacción	espiritual	y	física».
Mientras	que	el	Oxford	Dictionarydefine	la	felicidad	(happiness)	como	«el
estado	del	ser	feliz»	y	el	sustantivo	feliz	(happy)	como	«el	sentimiento	o	muestra
de	placer	o	satisfacción».	Como	se	ve,	no	parece	un	concepto	fácil	de	definir,	si
no	es	de	una	forma	más	bien	vaga	o	aproximativa	y	condicionada	a	la
concepción	filosófica	subyacente:	hedonista,	ética,	utilitarista,	etc.
La	felicidad	es	un	concepto	que	responde	a	una	valoración	subjetiva.	Las
personas	dicen	«sentirse	felices	o	infelices»	pero	no	pueden	decir	con	propiedad
que	lo	«son».	No	existe	una	medida	objetiva	para	ello,	a	pesar	de	que	algunos
(Punset,	2005)	se	hayan	atrevido	a	proponer	una	fórmula	matemática	para	la
felicidad.	A	lo	mejor	mis	ondas	cerebrales	están	serenas	y	tranquilas,	pero	yo	me
siento	aburrido	como	una	ostra.	Algunas	personas	cuando	se	sienten	felices	se
incomodan	al	ver	que	su	vida	está	«apalancada»,	sin	hacer	algo	interesante,
comenta	Gustavo	Bueno	(2005)	citando	a	Nussbaum	(2001),	junto	a	otras	citas
como	la	de	Goethe:	«Nada	más	insoportable	que	varios	días	seguidos	de
felicidad»,	o	la	de	Bernard	Shaw:	«No	hay	nada	más	fastidioso	que	una	serie	de
días	felices,	no	se	los	deseo	ni	a	mi	peor	enemigo».
De	modo	que	las	sociedades	que	proclaman	en	su	constitución	la	aspiración	a	la
felicidad	de	sus	súbditos,	como	Bután,	que	creó	el	índice	de	la	Felicidad	Interna
Bruta	(FIB),	o	los	partidos	políticos	que	pretenden	medirla	o	fomentarla,	están
vendiendo	humo.	Probablemente	porque	confunden	felicidad	con	bienestar.	Sin
duda	se	puede	hacer	políticas	dirigidas	a	aumentar	las	condiciones	de	confort	o
bienestar,	pero	no	la	felicidad	de	los	ciudadanos,	los	cuales,	a	lo	mejor,	terminan
por	suicidarse.
La	redacción	original	de	la	Constitución	de	Estados	Unidos,	de	1776,	atribuida	a
Benjamin	Franklin,	decía	así:
Sostenemos	por	sí	mismas	como	evidentes	estas	verdades:	que	todos	los
hombres	son	creados	iguales;	que	son	dotados	por	su	Creador	de	ciertos
derechos	inalienables;	que	entre	estos	están	la	vida,	la	libertad	y	la	búsqueda	de
la	felicidad.
En	su	autobiografía,	Franklin	asegura	que	el	camino	a	una	vida	productiva	llena
de	felicidad	y	de	éxito	se	alcanza	cuando	logramos	que	nuestras	acciones	sean
afines	con	nuestros	valores	y	principios.	La	felicidad	humana	generalmente	no	se
logra	con	grandes	golpes	de	suerte,	que	suelen	ocurrir	poco,	sino	con	pequeñas
cosas	que	pasan	todos	los	días.	Franklin	buscaba	cultivar	su	carácter	mediante	un
plan	de	trece	virtudes,	que	desarrolló	cuando	tenía	veinte	años:	templanza,
orden,	resolución,	frugalidad,	silencio,	diligencia,	sinceridad,	justicia,
moderación,	limpieza,	tranquilidad,	castidad	y	humildad,	aunque,	según	su
propia	confesión,	no	las	practicaba	todas	al	mismo	tiempo.
Para	la	filosofía	griega,	particularmente	para	Aristóteles,	la	felicidad
(eudaimonía)	se	consigue	con	el	ejercicio	de	la	virtud.	Se	trata,	en	definitiva,	de
entender	la	felicidad	como	la	realización	de	la	acción	propia	del	hombre	de
acuerdo	a	la	virtud:	un	proceso	de	cultivo	del	propio	ser	a	través	del	aprendizaje
teórico	y	práctico.
En	algunas	culturas	la	felicidad	es	un	estado	que	requiere	una	condición
trascendental,	por	ejemplo,	el	nirvana,	el	cielo	o	el	paraíso.	Se	considera	que	la
felicidad	no	es	un	estado	propio	de	la	vida	terrena,	sino	propio	de	una	vida
superior	o	trascendental,	independientemente	de	la	creencia	que	haya	detrás,
nirvana,	paraíso,	felicidad	eterna,	beatitud.	Por	el	contrario,	se	piensa	que	hemos
venido	a	este	mundo	a	«sufrir»	o	a	«ganarnos	el	cielo».
¿Qué	clase	de	estado	es	la	felicidad?	La	felicidad	se	puede	definir	de	una	manera
positiva	y	de	una	manera	negativa;	es	decir,	por	lo	que	es	y	por	lo	que	no	es.
Fundamentalmente	lo	que	no	es	la	felicidad	es	«perturbación»,	estado	alterado
de	la	mente.	Por	ejemplo	si	una	persona	está	agitada,	preocupada,	exaltada,
eufórica,	maníaca,	eso	no	es	felicidad.	Ni	que	esté	muy	arriba	ni	que	esté	muy
abajo:	son	estados	contrarios	a	la	felicidad,	porque	la	felicidad	no	es	un	estado
de	perturbación,	sino	de	paz,	de	serenidad,	de	tranquilidad,	de	quietud.
La	felicidad	corresponde	a	un	estado	de	equilibrio	cerebral.	Nuestro	cerebro	está
hecho	para	el	equilibrio	mental.	El	cerebro	humano	no	soporta	bien	las
alteraciones	constantes,	está	mejor	en	un	estado	de	ondulación	poco	alterada.
Las	emociones,	en	cambio,	son	todas	desestabilizadoras.	Su	funcionamiento	es
comparable	al	de	las	olas	del	mar.	Cuando	el	mar	está	en	calma,	está	quieto	o
presenta	pequeñas	ondulaciones.	Por	el	contrario,	cuando	está	agitado
(«emocionado»),	las	olas	suben	en	la	fase	de	flujo,	y	bajan	en	la	fase	de	reflujo,
porque	esta	es	la	manera	en	la	que	el	mar	se	equilibra,	por	compensación.
La	mente	humana	procede	de	forma	similar.	Un	efecto	paradigmático	de	este
desequilibrio	lo	ejemplifica	el	trastorno	maníaco-depresivo	en	el	que	a	la	fase	de
exaltación	sucede	la	de	depresión.	En	lugar	de	mantenerse	en	un	estado	medio
(in	medio	consistit	virtus)	sus	ondulaciones	trazan	picos	alternativamente
opuestos,	impidiendo	un	comportamiento	atemperado	o	equilibrado,	lo	que
explica	sus	vaivenes	emocionales	y	sus	cambios	de	humor	imprevisibles.
4.1.	Lo	que	no	es	la	felicidad
La	felicidad	no	es	pues	agitación.	Muchas	personas	confunden	la	felicidad	con
un	estado	constante	de	euforia	o	estimulación.	Para	ellas	la	felicidad	es	sinónimo
de	pasárselo	bien,	de	divertirse,	de	alcanzar	placer.	La	entienden	como	una
activación	continua	del	sistema	«simpático».	De	ahí	que	busquen
constantemente	motivos	de	excitación	o	exaltación.
Dos	experiencias	humanas	son	particularmente	euforizantes:	el	sexo	y	las
drogas;	ambas	conllevan	la	segregación	de	neurohormonas	gratificantes.	La
pretensión	de	mantener	de	modo	continuado	sus	efectos	lleva	a	la	búsqueda
incesante	de	sus	fuentes	de	satisfacción	como	camino	a	la	felicidad.	El
enamoramiento	y	las	adicciones	nos	permiten	comprender	los	supuestos	en	que
se	basa	esta	confusión,	en	la	medida	en	que	remiten	a	experiencias	de	placer	y
euforia.
4.1.1.	Enamoramiento
La	naturaleza	dotó	a	los	animales	de	dispositivos	para	la	supervivencia	del
individuo	y	de	la	especie,	articulados	en	dos	sistemas	diferenciados,	el	digestivo
y	el	reproductor.	Ambos	precisan	de	órganos	de	contacto	con	el	mundo	exterior,
del	que	extraen	sus	fuentes	nutritivas	o	fecundantes.	Y	es	en	estos	puntos	de
contacto,	la	boca	y	los	genitales,	donde	la	naturaleza	ha	previsto	el	refuerzo	del
placer.	A	estas	zonas	de	contacto	placentero	se	las	ha	llamado	zonas	erógenas,
precisamente	por	su	capacidad	de	experimentar	placer.
En	los	párrafos	anteriores	ya	hemos	hablado	abundantemente	del	papel	que
desempeña	la	comida	como	proveedora	de	bienestar	y	motivo	de	alegría.	Hemos
aludido	igualmente	a	la	contribución	del	sexo	como	garante	de	la	continuidad	de
la	especie,	lo	que	constituye,	sin	duda,	una	ganancia	para	ella.
El	encuentro	sexual,	sin	embargo,	no	sucede	sin	más.	Se	halla	inscrito	en	un
contexto	más	amplio	que	llamamos	atracción	sexual,	que	lleva	a	la	formación	de
la	pareja,	o	al	apareamiento,	aunque	solo	sea	puntual.	Esta	atracción	sexual
puede	dar	lugar	al	enamoramiento,	que	es	una	atracción	sostenida	durante	un
periodo	de	tiempo	más	o	menos	largo	y	es	vivida	como	un	estado	de	alta
emocionalidad.	El	enamoramiento	es	exaltación.	No	es	felicidad,	es	euforia.	Uno
se	lo	imagina	como	felicidad,	porque	lo	proyecta	como	un	estado	permanente.
Pero	como	no	tiene	mucho	de	permanente,	aparece	luego	la	desilusión.
Existen	básicamente	dos	tipos	de	enamoramiento,	el	erótico	y	el	romántico.	El
primero	podría	considerarse	un	amor	a	flor	de	piel,	en	base	al	atractivo	sexual
caracterizado	por	la	dimensión	sensual.	El	segundo,	más	sentimental,	puede
entenderse	como	un	atractivo	idealizado	de	belleza	física	y	personal.	Ambos
tienen	un	trasfondo	narcisístico,	en	que	uno	ve	lo	mejor	de	sí	mismo	reflejado	en
el	otro	de	forma	irresistible.
Amor	erótico
Teresa	nos	cuenta	en	un	brillante	ejercicio	literario	su	autobiografía	como	una
búsqueda	insaciable	de	amor	físico,	como	complemento	ontológico	para	un	ser
carente	de	sustancia	propia.	Esta	búsquedase	pone	de	manifiesto	en	las
innumerables	relaciones	más	o	menos	formales	que	ha	tenido	a	lo	largo	de	su
vida	con	novios	o	novietes,	o	a	través	de	encuentros	furtivos	de	una	noche.	Pero
donde	se	muestra	en	toda	su	intensidad	es	en	relación	a	un	amor	lésbico	entre
ella	y	Marcela,	una	mujer	adivina,	echadora	de	cartas,	que	conoció	en	Italia	y	a
cuyo	propósito	escribe:
Se	llamaba	Marcela	y	no	sé	cómo	sucedió.	El	caso	es	que	tras	haberla	visto	un
par	de	veces	comprendí	que	me	había	enamorado	de	ella.	Al	principio	me
sorprendí	mucho	de	aquel	sentimiento	tan	inesperado.	Sin	embargo,	era	tan
diáfano,	tan	bello,	tan	alegre	que	por	primera	vez	en	mi	vida	me	sentí	fuerte	y
segura	de	mí	misma.
Marcela	era	dulce	y	suave	en	la	cama,	celosa	y	tiránica	en	cualquier	otra
situación.	Acariciarla,	amarla	lentamente	era	acariciarme,	amarme	a	mí	misma
fuera	de	mí	misma,	porque	a	través	de	su	cuerpo,	convertido	en	trasunto	del
mío,	yo	me	congraciaba	con	algo	tan	insospechado	como	hermoso,	algo	que	no
tiene	nombre	y	que	en	aquella	época	descubrí	que	habitaba	en	mí	o	que
sencillamente	era	yo.	Quiero	decir	que	en	algún	sentido	ella	era	mi	doble,	y	que
el	deseo,	pasión	y	la	ternura	que	yo	le	ofrecía	acababan	retornando	a	mí	como
el	rayo	de	luz	que	se	proyecta	en	un	espejo.	De	esta	forma	durante	algunos
meses	y,	gracias	a	Marcela,	la	relación	conmigo	misma	adquirió	una
profundidad	plácida,	que	yo	no	había	conocido	hasta	entonces.
Pero	el	influjo	reconfortante	de	este	amor	residía	y	se	propagaba	únicamente	en
y	desde	la	piel	de	Marcela;	o	a	lo	sumo	tal	vez	emanaba	de	la	reacción	química
que	tenía	lugar	cuando	su	piel	y	la	mía	entraban	en	contacto.	Porque	si	el
entendimiento	de	nuestros	cuerpos	resultaba	inmediato	y	completo,	en	cuanto
hubieron	transcurrido	las	primeras	semanas	de	ensimismado	ardor,	la
convivencia	entre	nosotras	comenzó	a	convertirse	en	un	infierno	sutil	que,	como
un	cáncer,	comenzaba	a	progresar	imparablemente,	contaminando	y
destruyendo	insidiosamente	los	más	pequeños	resquicios	de	nuestros	vínculos…
A	mediados	de	agosto,	durante	un	viaje	me	di	cuenta	de	que	nuestra	relación
estaba	si	no	muerta,	finiquitada,	y	que	nuestra	única	opción	era	separarnos.	Fue
en	Grecia:	nuestras	guerras	domésticas	hirieron	de	manera	irremediable	la
hasta	entonces	prodigiosa	armonía	de	los	cuerpos,	e	incluso	ese	descalabro	casi
póstumo	sirvió	para	revelarme	una	faceta	de	mí	misma	a	la	que	hasta	entonces
no	había	concedido	la	importancia	que	de	hecho	tiene:	me	resulta	insoportable
la	soledad	de	la	piel.
Amor	romántico
Atenea,	sobrenombre	de	Maricel	Palau,	a	quien	hemos	dedicado	otros	espacios
en	escritos	anteriores	(Villegas,	1995;	Palau,	2003),	se	presenta	a	terapia	por	una
sintomatología	agorafóbica,	en	el	contexto	de	una	relación	de	pareja	totalmente
dependiente,	cuestionándose	la	continuidad	o	no	de	la	misma.	Esta	dependencia
afectiva	no	se	ha	generado	en	su	actual	relación	de	pareja,	sino	que	tiene
orígenes	familiares,	particularmente	en	relación	al	padre,	como	hemos	referido
en	el	capítulo	anterior,	al	hablar	de	la	agorafobia.	Al	planteársele	qué	necesitaría
para	salir	de	su	actual	enclaustramiento	a	través	de	la	metáfora	de	«florecer»,
alude	a	sus	experiencias	amorosas	en	el	pasado.
ATENEA:	Y	¿qué	tengo	que	hacer?
TERAPEUTA:	Pues	llegar	a	florecer;	no	tener	vergüenza	de	florecer.	Te	da
miedo	florecer.
A.:	Es	que	florecer	significa	irme	de	mi	casa	y	no	saber	nada	de	ellos	y	tener	un
poco	más	de	dinero	para	comprarme	lo	que	yo	quisiera	y	enamorarme.	Poder
decidir	yo;	porque	siempre	se	me	han	enamorado	y	siempre	me	he	quedado	con
los	que	se	han	enamorado	de	mí.	Que	resulta	que	yo	no	he	ido	casi	nunca	con
alguien	de	quien	me	haya	enamorado	yo...	Decidir	yo...	Hace	unos	años	tuve	un
amor.	No	fue	un	gran	amor,	pero	sí,	posiblemente,	el	más	bello	que	nunca	he
tenido.	Duró	solo	un	mes	y	medio.	No	había	en	él	ni	suciedad	ni	tristeza.	Era
todo	ternura...	Tal	vez	fue	la	única	ocasión	en	que	no	he	querido	ser	distinta	a	la
que	era...	Y	nada	me	daba	miedo.	Era	yo	vestida	de	rosa,	calzada	de	rosa,	con	el
monedero	rosa,	como	seguramente	me	recuerda	él...	Era	la	más	grande	del
mundo,	la	más	feliz	del	mundo.	Cualquier	lugar	podía	ser	mi	casa,	porque	mi
casa	era	yo	misma.	Yo	era	mi	protección,	mi	alegría,	mi	felicidad.	Él	admiraba
mi	vitalidad,	mi	optimismo,	mi	sentido	del	humor.	Estaba	tan	convencida
entonces,	me	sabía	tan	joven,	tan	guapa,	tan	querida...	Y	sobre	todo	tan	libre	para
escoger...	Entonces	era	la	alegría	y	la	libertad.	Ahora	me	siento	en	una	jaula,
desilusionada	y	mortecina...	Dios	mío,	¿qué	estoy	haciendo	con	mi	vida?	No	soy
quien	quiero	ser,	no	hago	lo	que	quiero	hacer...	Me	siento	ridícula,	fea	y	tonta
por	intentar	ganarme	la	aceptación	de	los	demás.	Sería	más	fácil	seguir	la
corriente,	hacer	como	hizo	mi	madre,	volverme	esclava,	sumisa,	callada;	no
replicar,	prostituyéndome	por	unas	miserables	migajas	de	aceptación.	Pero	no
caeré	en	este	juego:	defenderé	mis	derechos,	marcaré	mi	terreno,	aunque	ello
conlleve	enfrentamientos	y	falta	de	aceptación.
4.1.2.	Paraísos	artificiales:	las	adicciones
Las	conductas	adictivas	se	caracterizan	por	su	carácter	reiterativo	e	impulsivo.
Se	trata	de	conductas	que	en	su	origen	pueden	estar	relacionadas	con	una
producción	más	o	menos	intensa	de	placer,	motivación	hedonista,	pero	que
acaban	invirtiendo	su	signo	para	pasar	a	reducir	el	propio	malestar	producido	por
su	excesivo	consumo.	De	este	modo	puede	decirse	que	una	conducta	normal,
como	comer,	comprar	o	practicar	sexo	se	convierte	en	adictiva	cuando	el
objetivo	de	la	conducta	es	más	la	reducción	de	un	malestar	(soledad,
aburrimiento,	sensación	de	vacío,	liberación	de	tensiones,	compensación
narcisista,	evasión,	aturdimiento,	etc.)	que	la	obtención	de	placer.	En	este	caso	la
reiteración	de	la	conducta	se	debe	al	impulso	insaciable	de	una	motivación
siempre	insatisfecha.	El	protagonista	de	la	película	Don	Jon,	adicto	al	cibersexo,
lo	resume	con	estas	palabras,	todas	ellas	autorreferenciales,	que	le	sirven	de
presentación:
Hay	pocas	cosas	en	la	vida	que	me	importan	de	verdad.	Mi	cuerpo,	mi	casa,	mi
coche,	mi	familia,	mi	iglesia,	mis	colegas,	mis	chicas	y	mi	porno.	Sé	que	esto	[el
porno]	suena	raro,	pero	lo	digo	de	verdad,	nada	me	hace	sentir	igual,	ni	siquiera
un	chichi	de	verdad;	de	esos	me	sobran,	¿por	qué	creéis	que	mis	colegas	me
llaman	Don	Jon?
De	todas	las	adicciones	a	las	que	nos	podríamos	referir	(sustancias,	juego,
compras,	sexo,	etc.)	nos	limitamos	a	las	toxicomanías	o	drogadicciones,	por	el
poder	destructivo	evidente	que	tienen	y	su	amplia	presencia	en	nuestra	sociedad.
Las	drogas	pueden	asumir	distintas	funciones,	que	hemos	englobado,	por
razones	de	simplificación,	bajo	el	concepto	de	motivación	«hedonista».	No
queremos	decir	con	ello	que	las	personas	que	usan	y	abusan	de	drogas	lo	hagan
únicamente	por	placer,	las	pueden	usar	igualmente	con	finalidades	euforizantes,
estimulantes,	lúdicas,	paliativas,	anestésicas	o	estupefacientes.	A	veces	la	forma
compulsiva	de	consumo,	como	puede	observarse	fácilmente	en	el	caso	del
alcohol,	no	permite	recrearse	en	el	sabor	o	disfrutar	del	momento	euforizante,
sino	que	se	orienta	a	calmar	un	estado	de	abstinencia	o	a	paliar	un	estado	de
ansiedad,	depresión	o	malestar,	como	si	ejerciera	la	función	de	automedicación.
Las	personas	adictas	terminan	por	tomarlas	como	un	recurso	paliativo,	como	un
reto	o	sustitutivo	de	la	vida,	que	creen	carece	de	sentido,	puesto	que	ellos	se
excusan	de	otorgárselo.
La	«heroína»	enamorada
El	testimonio	que	aportamos	a	continuación	no	necesita	publicarse	bajo
seudónimo,	puesto	que	la	misma	protagonista	de	la	experiencia	lo	narra	en
primera	persona,	con	nombre	y	apellidos	en	su	libro	autobiográfico,	Aferrada	a
la	vida	(Valls,	2014):
Después	de	un	enamoramiento	que	me	hizo	mucho	daño	me	encontré	cara	a	cara
a	los	veinte	años	con	una	droga,	la	heroína.	Ahora	tengo	cincuenta	años	y
empecé	a	salir	del	pozo	a	los	cuarenta...	Mientras	tanto	me	he	estado	matando	a
jeringazos,	yonqui	desesperada,	con	el	virus	del	sida	y	de	la	hepatitis	C.
Cometiendo	hurtosatrevidos	para	subsistir	con	la	heroína,	todo	por	ella,
entrando	y	saliendo	de	la	prisión.
Así	se	presenta	Giovanna	Valls	Galfetti	ya	en	las	primeras	páginas	del	libro.	Con
un	estilo	intimista	y	realista	describe	con	todo	detalle	el	calvario	de	su	existencia
a	través	de	estos	años,	donde	se	mezclan	la	heroína	y	el	amor:
Un	año	antes	de	que	sucediera	esto	me	había	enamorado	de	un	hombre	de	forma
tan	intensa	que	cuando	me	abandonó	me	quedé	confusa,	rota,	humillada.	Y	la
heroína	perfumó	y	aromatizó	mis	neuronas	y	supo	llenar	aquel	vacío	del
desamor,	de	la	derrota	de	mi	propia	autoestima.	No	fue	el	ambiente,	ni	la
educación,	ni	mis	padres,	ni	lo	que	me	rodeaba	lo	que	me	destruyó.	Fui	una
presa	fácil	y	el	sabor	deleitable	de	la	heroína	en	el	paladar,	que	me	atrapó	de
forma	vertiginosa…	Vivía	cada	vez	más	al	límite	y	costó	poco	sucumbir	al	golpe
de	la	cocaína…	Con	la	cocaína	lo	perdí	todo…
A	pesar	de	varios	intentos	por	dejar	la	droga	y	de	tratamientos	infructuosos,
incluso	de	pasar	temporadas	en	la	cárcel,	porque	«la	prisión	no	sirve	de	nada
cuando	tú	no	quieres	encontrar	la	salida»,	la	historia	se	fue	repitiendo	años	y
años.
Yo	tomé	la	decisión,	y	a	partir	de	aquel	momento,	la	bajada	a	los	infiernos	la
emprendí	yo…	La	heroína,	la	cocaína,	los	ácidos,	por	la	nariz,	por	la	vena	o
fumadas…	¿Qué	más	da?	La	droga	te	domina	totalmente.	Tú	ya	no	eres	nadie,	ni
nada,	eres	un	esclavo	a	merced	de	la	droga.	Era	pura	sumisión.	Era	sobrevivir	y
nada	más...
Pero	si	no	hubiera	encontrado	las	fuerzas	para	salirme	por	mí	misma,	no	hubiera
podido	escribir	esta	historia,	porque	con	la	droga	solo	tú	decides	y	haces	una
elección.	Mi	elección	fue	esta:	vivir	y	no	morir.
4.2.	Lo	que	es	la	felicidad
Las	diferentes	religiones	o	filosofías	tienden	a	buscar	el	equilibrio,	la	paz,	la
tranquilidad,	como	forma	de	felicidad.	Probablemente,	y	aun	a	riesgo	de
simplificar	mucho,	estoicos,	hedonistas	y	epicúreos	estarían	de	acuerdo	en
relacionar	la	felicidad	con	el	bienestar	y	este	con	la	ausencia	de	dolor.	La
diferencia	estaría	en	acordar	el	método	por	el	que	se	consigue	eliminar	el
sufrimiento.	Para	unos	podría	conseguirse	con	la	obtención	de	placeres
(hedonistas),	para	otros	con	la	evitación	del	dolor	(epicúreos),	para	otros	con	la
eliminación	de	sus	causas	(estoicos).
Estos	dos	últimos	coincidirían	con	las	tradiciones	orientales	(budismo)	que
consideran	la	liberación	del	sufrimiento	y	la	eliminación	del	deseo,	las	claves	de
la	felicidad.	La	gran	preocupación	del	buda	Gautama	fue	la	superación	del
sufrimiento	que	buscó	por	dos	vías,	el	ascetismo	y	la	sabiduría,	el
desprendimiento	de	lo	superficial	y	la	iluminación.
En	la	tradición	hinduista	el	concepto	de	nirvana	significa	«apagamiento»,	como
el	de	una	vela	que	se	extingue	y,	en	consecuencia,	se	entiende	la	felicidad	como
la	extinción	de	toda	perturbación,	cuyo	origen	es	el	deseo.	Los	budas	representan
un	estado	de	beatitud,	de	tranquilidad	de	la	mente.	La	mente	no	está	perturbada,
está	en	la	zona	de	ondas	cerebrales	de	tranquilidad.	Se	han	hecho	estudios	con
sensores	cerebrales	que	detectan	la	actividad	encefalográfica	de	las	personas	que
están	en	meditación,	indicadores	de	estos	estados	de	apaciguamiento.
De	este	modo	podemos	concluir	que	la	felicidad	tendría	dos	caras,	como	una
moneda:	una	cara	caracterizada	por	la	ausencia	de	perturbación	(«nada	te	turbe,
nada	te	espante»)	y	otra	por	la	plena	satisfacción	(«quien	a	Dios	tiene,	nada	le
falta,	solo	Dios	basta»).	En	estos	versos	de	Teresa	de	Jesús,	redactados	desde	una
perspectiva	mística,	se	recogen	a	la	perfección	los	dos	elementos	implicados	en
el	concepto	de	felicidad:	la	ausencia	de	alteración	emocional	(«nada	te	turbe»),	y
la	plena	satisfacción	o	sensación	de	plenitud	(«solo	Dios	basta»).
Encontramos	en	la	historia	de	Ana,	paciente	a	la	que	hemos	dedicado	particular
atención	en	anteriores	escritos	(Villegas,	2002),	ambos	aspectos:	el	proceso	de
liberación	y	la	sensación	de	plenitud	a	lo	largo	de	su	terapia.
4.2.1.	El	proceso	de	liberación
Ana,	de	54	años	de	edad,	se	encuentra	en	un	momento	crítico,	muy	típico	en	la
vida	de	muchas	mujeres,	atrapada	entre	dos	generaciones,	la	de	su	madre,	que	ya
va	haciéndose	mayor,	y	la	de	su	hija,	que	pronto	va	a	independizarse.	Separada
de	su	primer	marido,	el	padre	ausente	de	su	hija,	vive	ahora	con	un	hombre	al
que	simplemente	reconoce	como	«buena	persona».	Todas	estas	circunstancias
terminan	por	ponerla	en	contacto	con	sus	sentimientos	de	soledad.
El	ser	humano	nace	solo	y	tiene	que	pasar	por	ahí	solo	y	muere	solo	porque,	por
mucha	compañía	que	tengas…	Morir,	muere	uno	solo.	O	sea,	el	trance	de	morir
y	nacer	es	solo,	es	único,	pero	que	esto	no	quiere	decir	que	tengas	que	ser
egoísta.	O	sea,	también	hay	una	parte	de	convivir.	Al	encontrarme	a	mí	misma,
me	he	encontrado	también	con	los	demás;	no	me	he	aislado,	no…
Las	experiencias	que	siguieron	a	un	accidente	doméstico,	provocado	por	una
caída	de	espaldas	contra	la	grifería	de	la	bañera,	constituirán	para	Ana	la	ocasión
para	una	atenta	reflexión	sobre	sus	actitudes	y	una	redefinición	de	su
posicionamiento	en	el	mundo	de	las	relaciones	con	los	demás,	convirtiéndose	en
una	oportunidad	para	el	aumento	y	profundización	de	su	autonomía
Estoy	muy	bien	conmigo	misma...,	en	casa...,	en	el	trabajo...	Cuando	me	caí,	no
lloré;	pero	era	otro	trasfondo.	No	lo	podía	comprender,	pero	después	lo
comprendí…	Y	pensé	que	es	la	decadencia...	Ves	que	vas	perdiendo	facultades,
vas	perdiendo	cosas	que	tenías	muy	asumidas,	con	mucha	fortaleza.	El	ser
humano	en	el	fondo	del	fondo	está	solo.	Eres	tú	quien	pierdes,	eres	tú	con	tu	vida
que	se	va	desgastando...	Yo	lo	veía	con	«qué	pena,	qué	pena».	Tengo	que
aceptarlo,	pero	verdaderamente	para	mí	es	muy	doloroso...
La	aceptación	de	la	decadencia	y	el	desprendimiento	proporcionan	la	experiencia
de	la	libertad	radical:	liberación	de	las	pasiones,	liberación	de	resentimientos,
liberación	de	pretensiones,	liberación	de	ansiedades	y	absoluta	disponibilidad
como	resultado	de	la	aceptación	incondicional	de	sí	misma:
Tuve	preguntas	y	respuestas;	tuve	de	todo.	Y	después	por	la	noche,	tuve	otro
momento.	Eso	no	fue	un	sueño.	Fue	aquel	momento	antes	de	dormir.	Me	veía	un
poco	irreal.	Y	pensé:	«pues	me	gustaría	irme	desprendiendo	de	cosas,	por
ejemplo,	de	la	televisión;	la	radio	no,	la	radio	la	quiero;	me	desprendería	de	las
cortinas,	me	desprendería	de	la	lámpara,	me	desprendería	de	esto	y	de	lo	otro».
Y	me	iba	serenando.	Y	después	pensaba:	lo	que	siempre	tendría	presente,	lo	que
siempre	quisiera	tener	es	libertad.	Y	con	esa	libertad...	¿qué	haría?	Pues	con
esa	libertad	me	movería,	y	acudiría	a	ayudar	a	mi	hija,	cuando	le	hiciera	falta.
Le	dedicaría	todo	el	tiempo	que	fuera	necesario	y	me	pidiera.	Y	después	el	día
que	ella	me	dijera	«hoy	no	te	necesito»,	ese	día	lo	dedicaría	plenamente	a	mí.	Y
no	necesitaría	ni	más	ni	menos.	Con	eso	sería	feliz.	[...]
Y	con	ese	pensamiento	me	vino	una	paz,	que	me	quedé	dormida.	Y	al	día
siguiente	pensé:	«¿Por	qué	me	vino	tanta	paz?».	Me	vino	la	paz	de	que	yo	iba
aceptando	desprenderme	de	mi	vida.	Lo	que	en	aquel	momento	me	supuso	tanta
congoja,	tanto	daño,	tanto	dolor	desprendiéndome	de	lo	uno	y	de	lo	otro,	en	ese
momento	iba	aceptando	irme	desprendiendo	de	mi	vida;	me	iba	preparando	a
una	vida	con	menos	cosas,	y	esa	paz	de	aceptarme	fue	la	que	me	tranquilizó.	Y,	a
partir	de	ahí,	he	estado	muy	bien	y	me	he	encontrado	muy	bien.
Parece	que	Ana	está	descubriendo	a	través	de	estas	últimas	experiencias	la
plenitud	en	la	simplicidad	de	ser.	Durante	muchos	años	había	vivido	de	fantasías
románticas,	que	la	mantenían	alejada	de	la	realidad:
ANA:	Lo	que	la	vida	no	me	daba,	me	lo	daba	la	fantasía;	porque	cuando	antes
dije	que	todo	eran	palos,	luego,	yo	soñaba.	Yo	decía:	«a	mí,	me	daréis	todos	los
palos	que	queráis,	pero	yo	tengo	mi	fantasía».	Llegaba	la	noche	y	antes	de
dormir,	soñaba	despierta…	Y	yo	vivía	mi	mundo	y	pensaba:	«bueno,	este	mundo
no	hay	quien	me	lo	quite…».	Cuando	me	hago	adulta...	estoy	renunciando	a	todo
eso.	Mis	sentimientos	son	los	mismos,	pero	fantasíaya	no	hay.	Y	quiero	ser
adulta,	porque	veo	que	es	cuando	mejor	me	encuentro.	Porque	cuando	soy
adulta,	soy	muy	feliz,	estoy	encontrando	la	felicidad	ahí…
TERAPEUTA:	Bueno,	la	felicidad	dejémosla,	es	mucho	pedir...;	digamos	la
satisfacción.
A.:	Bueno,	la	satisfacción,	eso,	eso.	Estás	a	gusto	haciendo	lo	que	haces,	sí,	sí.
La	crisis	de	estas	fantasías	románticas,	nunca	realizadas,	fue	el	tema	que	a	sus	50
años	trajo	Ana	a	terapia.	Finalmente	el	descubrimiento	de	su	horizonte
existencial	en	la	libertad,	entendida	como	autoposesión	y	disponibilidad	para	una
vida	real,	responde	a	una	experiencia	íntima	de	conexión	y	liberación,	que
cuenta	con	estas	palabras:
A.:	Después	de	hablar	la	semana	pasada	sobre	el	amor	y	las	fantasías	románticas,
pues	me	encontré	que	yo	misma	me	decía	y	se	lo	decía	a	mi	marido:	«no	sé	lo
que	me	pasa,	que	no	quepo	en	mí	misma,	que	no	quepo,	que	tengo	que	salir,	que
mi	piel	me	está	oprimiendo…	que	me	tengo	que	ir».
T.:	Necesidad	de	expansión…
A.:	Y	me	fui.	Y	cada	vez	iba	más	deprisa.	Y	tan	largo	lo	veía,	que	digo:	«yo	sé
que	voy	a	una	meta».	Y	esa	meta	era	mi	libertad…	Y	veía	que	iba	conectando	mi
espíritu	con	mi	cuerpo,	iba	buscando	un	punto	de	conexión	entre	ellos.	Se
juntaban,	y	eran	los	dos	que	querían	esa	libertad,	mi	cuerpo	y	mi	espíritu;	y	yo	la
iba	alcanzando.	Y	cuando	acabé	cansada	de	andar,	entonces	volví	a	mi	casa	y	me
encontré	muy	bien,	muy	liberada,	muy	liberada.
4.2.2.	La	plenitud
En	latín,	felicidad,	de	felix,	al	igual	que	laetus	(de	donde	el	nombre	de	Leticia),
tienen	que	ver	con	«fertilidad»,	«fecundidad»	«abundancia».	Es	decir:	plenitud,
creatividad,	todo	aquello	que	llena	un	vacío.	Si	etimológicamente	es	plenitud,
quiere	decir	que	no	falta	nada	y	tampoco	sobra	nada,	está	completa.	De	manera
que	la	felicidad	es	una	sensación	de	plenitud,	esta	plenitud	es	resultado	de	la
proyección	de	sentido	en	la	existencia.	Y	¿cuál	es	el	propósito	de	la	vida?,	se
pregunta	el	Dalai	Lama	(2017):
Desde	el	momento	de	su	nacimiento,	cada	ser	humano	empieza	a	querer
descubrir	la	felicidad	y	evitar	el	sufrimiento.	La	fuente	de	la	felicidad	está	dentro
de	nosotros.	No	está	en	el	dinero,	no	está	en	el	poder,	ni	en	el	estatus.	Algunos
de	mis	amigos	son	millonarios,	pero	infelices.	Poder	y	dinero	fallan	en	traerte	la
paz	interna.	Por	desgracia,	la	mayoría	de	las	cosas	que	debilitan	nuestra	felicidad
y	alegría	son	creadas	por	nosotros.	Usualmente	vienen	a	partir	de	pensamientos
negativos,	nuestra	reacción	emocional	o	nuestra	incapacidad	de	apreciar	y
utilizar	los	recursos	que	existen	en	nosotros.	Somos	los	responsables	de	crear	la
mayor	parte	de	nuestro	sufrimiento	y	si	lo	podemos	crear,	también	podemos
crear	alegría.	Eso	simplemente	depende	de	actitudes,	perspectivas,	la	reacción	a
cada	situación	y	la	relación	con	otras	personas.	Cuando	se	trata	de	felicidad
personal,	existen	muchas	cosas	que	como	individuos	podemos	hacer.
La	perspectiva	que	tenemos	nosotros	de	la	vida	depende	de	nuestra	proyección.
Si	nuestra	proyección	va	hacia	delante,	tenemos	un	horizonte	y	a	medida	que
vamos	navegando,	el	horizonte	se	mantiene	siempre	a	la	misma	distancia.	Y	aun
cuando	conseguimos	algunos	objetivos,	continúa	el	horizonte,	hasta	que
llegamos	al	punto	final.	Lo	interesante	del	caso	es	que,	a	no	ser	que	ya	nos
acerquemos	a	la	costa,	siempre	vemos	la	misma	distancia	respecto	del	horizonte,
y	eso	probablemente	es	lo	que	nos	pasa	en	la	vida,	pasan	los	años	y	siempre
parece	que	la	vida	o	la	muerte	están	lejos,	permanecen	en	el	mismo	punto.	A
medida	que	vamos	avanzando	empujamos	el	horizonte,	lo	cual	no	está	mal,
porque	el	momento	en	el	que	uno	ya	no	ve	horizonte,	ya	se	puede	morir.	O	se
suicida.	Se	le	ha	acabado	la	proyección,	la	dimensión	proyectiva	de	la	vida.
Cuando	el	horizonte	está	tan	cerca,	entonces	la	proyección	puede	pasar	al	otro
costado	del	horizonte	—si	es	que	se	tiene	una	perspectiva	trascendental—	o	se
puede	volver	hacia	atrás	para	contemplar	el	camino	hecho.	Es	una	forma	de
morir	feliz:	integrar	la	vida.	Si	recoges	el	sentido	de	la	vida,	puedes	integrarla	y
decir	«bueno,	la	historia	se	ha	acabado,	mi	vida	es	esta	y	ahora	ya	me	puedo
morir».	Machado	lo	expresó	con	la	bella	metáfora	del	caminante	(poema	29):
Caminante,	no	hay	camino,	/	se	hace	camino	al	andar.	/	Al	andar	se	hace	el
camino,	/	y	al	volver	la	vista	atrás	/	se	ve	la	senda	que	nunca	/	se	ha	de	volver	a
pisar.	/	Caminante	no	hay	camino	/	sino	estelas	en	la	mar.
Este	espacio	que	hay	desde	donde	está	nuestra	nave	hasta	el	horizonte,	¿está
lleno	o	vacío?	Si	está	lleno	de	sentido,	podemos	navegar.	Si	está	vacío,	caemos
en	el	precipicio.	La	persona	que	no	tiene	proyección	en	la	existencia	no	tiene
horizonte,	está	deprimida,	está	muerta	en	vida.	En	el	libro	Cuando	estuvimos
muertos,	Joan	Montané	(2004)	aporta	su	testimonio	personal.	Explica	la
experiencia	de	haber	sido	abusado	sexualmente	en	la	infancia	y	cómo	hasta	los
17	años	no	se	decidió	a	abordarla.	Mientras	tanto	se	consideraba	muerto.	Lo	que
le	mantenía	muerto,	según	él,	era	no	responsabilizarse	de	su	existencia,	y
permanecer	en	la	posición	de	víctima.
5.	La	gestión	de	la	alegría
Gestionar	la	alegría	parece	una	cuestión	fácil	e	intuitiva.	Estamos	acostumbrados
a	las	manifestaciones	espontáneas	de	alegría	de	los	niños,	que	parece	que	no
necesitan	ninguna	guía	específica	para	conectar	con	ella,	ni	para	expresarla,
aunque	a	veces	sus	posibles	excesos	les	puedan	llevar	inconscientemente	a
acciones	alocadas	o	irreflexivas	que	terminen	en	llanto.	Entre	los	adultos	nos
resultan	habituales	las	manifestaciones	estentóreas	de	alegría	con	motivo	de
victorias	deportivas,	premios	de	lotería,	superación	de	exámenes	y	oposiciones,
fiestas	de	final	de	carrera	o	celebración	de	bodas	y	bautizos.
Pero	como	se	ha	ido	repitiendo	en	distintos	momentos	de	este	capítulo,	tendemos
a	confundir	la	alegría	con	la	euforia	y,	si	esta	se	acentúa	mucho,	con	estados
maníacos.	Esto	ha	llevado	a	individuos	y	colectividades	a	precaverse	contra	la
alegría,	dando	lugar	a	actitudes	más	bien	represoras
Estas	actitudes	represoras	de	la	alegría	pueden	deberse	a	características
individuales,	como	las	de	quienes	sobresalen	en	el	«arte	de	amargarse	la	vida»
(Watzlawick,	2000),	pero	que	con	frecuencia	son	compartidas	en	el	seno	de	una
actitud	social,	ideología	política,	filosofía	o	creencia	religiosa.	Por	desgracia,	la
alegría	no	es	una	emoción	frecuente	entre	la	clase	política	que	suele	estar
siempre	seria	o	enfadada,	como	se	observa	en	el	tono	agrio	y	gruñón	de	muchos
discursos	o	debates	parlamentarios.	Tampoco	lo	suelen	estar	en	sus	prestaciones
muchos	otros	profesionales,	médicos,	abogados,	jueces,	notarios,	oficiales
administrativos,	registradores	de	la	propiedad,	etc.
En	este	valle	de	lágrimas
La	mayoría	de	religiones	tienen	una	concepción	pesimista	de	la	existencia	en
este	mundo	al	que	«hemos	venido	a	sufrir»,	o	donde	nos	vemos	condenados	a
repetir	el	ciclo	del	samsara.	En	general	las	religiones	que	están	mejor	enraizadas
con	el	espíritu	popular	combinan	las	fiestas	y	celebraciones	con	periodos	de
ayunos	y	abstinencia	y	con	discursos	moralizantes	de	tipo	amenazador.	Dentro
de	las	grandes	tradiciones	religiosas,	como	el	catolicismo	o	el	hinduismo,	existen
sectas	más	estrictas	que	no	toleran	alegrías	ni	en	el	comer	ni	en	el	beber,	algunas
con	restricciones	específicas	sobre	el	tipo	de	alimentos	que	pueden	ser	ingeridos.
Por	ejemplo,	los	jainistas	delimitan	claramente	aquellos	alimentos	que	se	pueden
comer	sin	ejercer	violencia.	Judíos	y	musulmanes	tienen	sus	propias	reglas	que
distinguen	entre	animales	puros	e	impuros	e	imponen	determinados
procedimientos	rituales	en	su	sacrificio.
Dentro	del	cristianismo,	algunas	sectas	como	el	jansenismo	u	otras	procedentes
de	la	reforma	protestante	han	derivado	hacia	el	rigorismo	moral,	la	austeridad
ornamental	y	el	ascetismo	descarnado.	Algunos	santos	o	santas,	como	Catalina
de	Siena,	llegaron	a	extremos	de	patología	anoréxica	en	su	afán	de	renunciar	a
los	placeres	terrestres	y	de	su	acercamiento	espiritual	a	Dios,	limitándose	a
ingerir	solo	el	pan	ácimode	la	comunión	diaria.
Sin	embargo,	y	a	pesar	de	sus	contradicciones,	el	cristianismo	ha	mostrado
también	la	cara	amable	del	Dios	encarnado,	hecho	hombre,	que	reprende	a	sus
discípulos	por	criticar	a	la	mujer	que	había	derramado	un	vaso	de	ungüento
sobre	sus	cabellos,	alegando	que	se	podía	haber	ahorrado	este	dinero	y	dárselo	a
los	pobres,	a	lo	que	Jesús	replicó:	«¿Por	qué	criticáis	a	esta	mujer,	que	ha	hecho
conmigo	una	buena	obra?	Pobres,	siempre	los	tendréis	entre	vosotros,	pero	a	mí
no	siempre	me	tendréis»	(Mt	26:6-13).	Esta	escena	antecede	precisamente	a	la
celebración	del	sacrificio	del	cordero	pascual	que	reunirá	por	última	vez	a	Jesús
y	sus	discípulos	en	la	última	cena.
La	relación	con	la	comida,	tan	simbólica	en	la	eucaristía,	que	evoca	la	última
cena,	y	tan	presente	en	las	festividades	populares	de	cariz	religioso	o	laico,	ha
terminado	por	constituir	una	especie	de	test	sobre	las	actitudes	de	individuos	y
colectividades	de	carácter	religioso,	filosófico	o	moral	respecto	de	la	legitimidad
de	la	alegría.
El	libro	de	la	felicidad
Bajo	este	título,	Douglas	Abrams	ha	publicado	el	contenido	del	encuentro	entre
el	Dalai	Lama	y	el	arzobispo	Desmond	Tutu	(2017)	en	Dharamsala,	India,	con
motivo	del	octogésimo	aniversario	del	primero	de	ellos.	El	Dalai	Lama	y	el
arzobispo,	escribe	Abrams:
son	dos	de	los	maestros	espirituales	más	grandes	de	nuestro	tiempo,	pero
también	líderes	morales	que	trascienden	sus	propias	tradiciones	y	se	expresan
siempre	desde	la	más	profunda	preocupación	por	la	humanidad.	Su	valentía,	su
resiliencia	y	fe	inquebrantable	en	la	humanidad	son	fuente	de	inspiración	para
millones	de	personas.	Su	alegría	no	es	evidente	ni	superficial;	ha	sido	moldeada
en	el	fuego	de	la	adversidad,	de	la	opresión,	del	esfuerzo.	El	Dalai	Lama	y	el
arzobispo	Tutu	nos	recuerdan	que	la	alegría	nos	pertenece	por	derecho	y	que	es
aún	más	básica	que	la	felicidad	[…].
Charlamos	durante	una	semana,	en	medio	de	las	bromas	y	buen	humor	que	se
gastaban	mutuamente	ambos	religiosos.	A	lo	largo	de	ese	viaje	para	comprender
la	alegría,	exploramos	muchos	de	los	temas	más	profundos	de	la	vida.
Buscábamos	la	auténtica	alegría,	aquella	que	no	depende	de	las	vicisitudes	de	lo
circunstancial.	Sabíamos	que	también	tendríamos	que	derribar	los	obstáculos	que
tan	a	menudo	hacen	que	la	alegría	parezca	tan	huidiza.	Durante	las
conversaciones	esbozaron	los	ocho	pilares	de	la	alegría:	cuatro	de	la	mente
(perspectiva,	humildad,	humor	y	aceptación)	y	cuatro	del	corazón	(perdón,
gratitud,	compasión	y	generosidad).
Las	conclusiones	a	las	que	llega	el	libro	finalmente	pueden	sintetizarse	en	estos
cinco	principios:
Concentrarse	demasiado	en	tu	propio	pensamiento,	en	lo	importante,	bueno	o
malo	que	eres	y	obsesionarte	por	lo	que	deseas	es	fuente	segura	de	sufrimiento.
Prácticamente	todo	lo	que	te	da	miedo	es	proyección	mental.	Así	que	para
liberarte	de	ello	debes	cuestionar	si	tus	sentimientos	se	basan	en	algo	real	o	no.
No	hay	distinción	entre	seres	humanos,	somos	todos	iguales.	Si	te	sientes
preocupado	empieza	a	pensar	en	los	demás…	La	preocupación	desaparecerá.
La	alegría	es	la	recompensa	que	se	obtiene	al	buscar	la	alegría	de	los	otros.
La	fuente	de	la	felicidad	no	está	en	los	logros,	compras,	fama	o	dinero…	Está	en
estar	contento	contigo	mismo,	en	actuar	a	partir	de	tus	valores.
Ángel	Gabilondo,	exministro	de	educación	(2009-2011)	y	catedrático	de
metafísica,	en	una	entrevista	en	2014,	anterior	por	tanto	al	encuentro	entre	los
dos	líderes	religiosos,	ofrecía	respuestas	sorprendentemente	parecidas	a	las	suyas
en	relación	al	sentido	de	la	felicidad,	desde	una	perspectiva	netamente	laica:
Felicidad	es	una	palabra	demasiado	grande,	pero	sí	me	siento	dichoso	y	gozoso
de	vivir…	El	sentido	del	humor	es	la	distancia	de	uno	respecto	de	sí	mismo.	Sin
sentido	del	humor	los	otros	sentidos	son	vulgares…	Creo	que	hay	cosas	que	solo
se	tienen	si	se	dan,	como	las	gracias,	el	amor,	el	conocimiento	o	la	palabra...
Nos	falta	sencillez,	somos	retorcidos	y	tenemos	muy	poca	tendencia	a	aceptar
con	humildad	que	esto	es	lo	que	hay,	y	vivirlo	con	frescura.
Humor,	gratitud,	generosidad,	humildad	son	actitudes	en	las	que	parecen	estar	de
acuerdo	cristianos,	budistas	y	filósofos,	como	componentes	de	la	alegría	y
condiciones	para	una	felicidad	permanente.	No	cabe	duda	de	que	estas
disposiciones	de	ánimo	son	favorables	al	bienestar	humano,	pero	pueden	resultar
engañosas	si	se	toman	como	«recetas»	para	ser	feliz	y	si	se	supone	que	es
posible	alcanzar	la	felicidad	de	manera	activa.	El	problema	es	que	la	felicidad	es
esquiva.	Cuando	se	la	persigue,	huye,	porque	ello	significa	que	creemos	que	está
en	alguna	parte.	Si	se	entiende	por	ella	la	plena	satisfacción,	se	entra	en	la
paradoja	de	la	búsqueda	insaciable	de	la	plenitud.	Todo	lo	que	es	insaciable
indica	insatisfacción;	por	eso	la	búsqueda	activa	de	la	felicidad	genera
infelicidad.	La	felicidad	solo	puede	ser	un	resultado	pasivo,	no	se	puede	buscar
por	la	vía	activa.	Acompaña	a	la	sensación	de	estar	bien	con	uno	mismo.	Este	es
el	sentido	último	de	eudaimonía;	aunque	como	dice	el	dicho	«a	nadie	amarga	un
dulce».
6.	Gaudeamus	igitur
Probablemente	la	alegría	ha	sido,	junto	con	la	sorpresa,	una	de	las	emociones
menos	estudiadas.	Algunos,	como	Carmelo	Vázquez	(2006),	lo	atribuyen	a	la
urgencia	de	la	psicología	en	atender	problemas	derivados	de	otras	emociones
más	perturbadoras:
Preguntarse	sobre	el	bienestar	humano	no	es	una	moda	pasajera.	En	cierto
sentido,	la	filosofía	occidental	no	ha	tenido	nunca	otra	preocupación	más	central,
bien	desde	el	análisis	directo	de	las	condiciones	sustantivas	del	bienestar	(la
eudaimonía	aristotélica)	o	bien,	más	modernamente,	desde	el	análisis	de	las
condiciones	existenciales	que	limitan	el	alcance	de	ese	ideal…
Sin	embargo,	la	ciencia	se	vio	impelida	a	cubrir	otras	demandas	más	acuciantes,
ligadas	a	la	lucha	contra	la	enfermedad,	el	sufrimiento	o	la	pobreza,	y	solo
recientemente	ha	estado	en	condiciones	de	explorar	con	sus	herramientas	esos
terrenos	más	abonados	inicialmente	a	lo	filosófico…
La	psicología	también	ha	comenzado	muy	recientemente	a	aceptar	como	un
objeto	relevante	de	estudio	el	bienestar	subjetivo	y	afrontar	directamente,	como
un	deber	programático	académico,	la	exploración	de	las	fortalezas	humanas	y	de
los	factores	que	contribuyen	a	la	felicidad	de	los	seres	humanos.	El	comienzo	es
tan	cercano	que	se	acepta	que	el	inicio	formal	de	lo	que	se	denomina	«psicología
positiva»	lo	constituyó	la	conferencia	inaugural	de	Martin	Seligman	para	su
periodo	presidencial	de	la	APA	(American	Psychological	Association)	en	1998.
Sin	embargo,	este	estudio	ha	ido	acompañado	de	una	eclosión	de	bibliografía
entusiasta	que	ha	puesto	el	acento	en	el	pensamiento	positivo	y	el	optimismo
como	detonantes	mágicos	del	bienestar	y	felicidad,	para	lo	que	basta	con
desearlo	(Byrne,	2007),	lo	que	para	algunos	supone	la	tiranía	de	la	felicidad.
Barbara	Held	(2002,	2004)	lo	ha	denunciado	en	Estados	Unidos,	y	no	solo	allí,
con	estas	palabras:
Llamo	a	esta	presión	tiranía	de	la	actitud	positiva,	porque	si	te	sientes	mal	por
algo	y	no	puedes	poner	una	cara	feliz,	por	más	que	lo	hayas	intentado,	puedes
terminar	por	sentirte	peor.	No	solo	te	sientes	mal	por	lo	que	te	pasa,	también	te
sientes	culpable	por	no	sentirte	bien.	Puedes	sentirte	fracasado	por	no	ser	capaz
de	mantener	una	actitud	positiva.
José	Carlos	Ruiz	(2018),	profesor	de	la	Universidad	de	Córdoba,	en	una
entrevista	a	propósito	de	su	libro	El	arte	de	pensar,	comenta:
Nos	han	condenado	a	ser	felices	por	obligación,	y	lo	que	es	peor,	por	imitación
[…].	La	felicidad	se	ha	convertido	en	un	instrumento	de	tortura.	Nos	venden	que
la	felicidad	es	algo	instantáneo	y	fácil	de	adquirir.	Se	trata	de	una	felicidad
postiza	que	nos	convierte	en	drogodependientes	emocionales.	La	felicidad	es	un
modo	de	ser.	Tampoco	es	la	alegría	de	un	instante	o	la	satisfacción	por	un	logro
conseguido.	La	felicidad	es	una	manera	de	ver	la	vida,	de	levantarte	cada
mañana	y	acostarte	cada	noche,	una	actitud	[…].	Habrá	periodos	de	luto	y	de
recomposición,pero	la	felicidad	es	un	edificio	que	se	construye	desde	la	infancia
con	unos	valores	estables	y	un	modo	de	ver	la	vida.
Mientras	que	Gruber	et	al.	(2011)	señalan:
Hasta	la	misma	felicidad	puede	ser	perniciosa.	Los	estudios	muestran	que	la
persecución	y	experiencia	de	la	felicidad	pueden	producir	resultados	negativos	si
es	desmesurada,	está	fuera	de	lugar,	se	persigue	por	encima	de	todo,	se	va	por	el
mundo	rebosante	de	autoestima	y	orgullo	y	sin	pizca	de	modestia,	vergüenza	y
culpa.
Ya	que	estamos	hablando	de	alegría	«alegrémonos,	pues»,	pero	sin	olvidar	que
es	una	emoción	y	que,	como	todas	ellas	ejerce	solo,	con	mayor	o	menor	éxito,
una	función	adaptativa	a	situaciones	del	momento.	La	felicidad,	en	cambio,	es
un	estado	o	posición	en	la	cual	uno	percibe	la	plenitud	de	sentido	de	su
existencia.	La	plenitud	viene	de	dentro,	no	de	fuera;	la	fertilidad	viene	de	la
tierra	de	donde	nacen	los	frutos,	y	la	tierra	debe	transformarse	exprimiendo	sus
nutrientes	para	producirlos.
«Disfrutar»	viene	de	fruta,	sacarle	el	jugo	a	la	fruta;	pero	solo	podemos	dis-frutar
aquella	comida	que	sacia	nuestra	hambre,	sin	hartar.	«Saciar»	procede	de	la	raíz
latina	satis	que	significa	«bastante»,	suficiente.	«Demasiado»	es	un	compuesto
de	«más».	Y	es	de	no	tener	nunca	bastante,	de	donde	nace	la	insatisfacción.
Puedes	sentirte	feliz,	o	al	menos	contento,	si	tienes	suficiente;	pero	no	lo	serás	si
buscas	insaciablemente	la	felicidad.
Muchas	personas	confunden	felicidad	con	placer.	Los	placeres	nos	satisfacen,
pero	inmediatamente	vuelve	la	insatisfacción,	porque	no	pueden	colmar	del	todo
nuestros	deseos.	Un	deseo	siempre	por	definición	es	algo	de	lo	que	carecemos	o
no	está	a	nuestro	alcance	y	cuando	se	cumple,	deja	de	serlo.
Resumen
La	alegría	está	asociada	en	su	fundamento	más	básico	a	la	obtención	de	los
bienes	necesarios	para	la	vida,	por	lo	que	todo	lo	que	la	incrementa	o	contribuye
a	mantenerla	es	motivo	de	celebración	festiva.	Por	extensión,	incluye	todo	tipo
de	bienes	sociales	y	personales	que	contribuyen	a	hacer	más	valiosa	la	vida
desde	el	punto	de	vista	simbólico.
Junto	con	la	sorpresa,	la	alegría	es	una	de	las	emociones	menos	estudiadas.
Como	ella,	también	es	una	de	las	más	breves	o	de	corta	duración.	Sin	embargo,
los	seres	humanos	se	mueven	con	el	afán	de	conseguir	un	estado	perdurable	de
euforia	que	llamamos	felicidad.	Incluso	algunos	países	la	incluyen	en	sus
derechos	fundamentales.
Existen	diversas	formas	de	imaginarse	la	consecución	de	la	felicidad.	Para
muchos	movimientos	religiosos	y	filosóficos,	la	felicidad	se	asocia	a	la
liberación	del	dolor	o	del	sufrimiento,	que	se	puede	conseguir	con	la	«ataraxia»
o	con	la	eudaimonía	(la	virtud).	Otras	corrientes	filosóficas	o	culturales	se
adscriben	al	hedonismo	inmediato,	constatable	en	el	placer	que	sitúan	en	los
paraísos	artificiales	(drogas)	o	en	el	sexo.
La	felicidad	solo	puede	ser	un	resultado	pasivo,	no	se	puede	buscar	por	la	vía
activa.	Entendida	la	felicidad	como	plenitud,	esta	solo	puede	ser	conseguida
como	fruto	de	un	proceso	de	satisfacción	personal.	Acompaña	a	la	sensación	de
estar	bien	con	uno	mismo.	Tal	vez	algún	día	lleguen	a	poder	medirse
objetivamente	las	condiciones	del	«bienestar»,	pero	el	«estar	bien»	solo	se	podrá
experimentar	en	la	intimidad	más	profunda.
5.	Rabia
No	estés	eternamente	enojado
Copla	de	Semana	Santa
1.	Naturaleza	y	función	de	la	rabia
Fieles	a	nuestro	criterio	de	limitar	la	denominación	de	«emociones»	a	las
consideradas	básicas,	mantenemos	el	término	rabia	para	referirnos	a	la	cuarta	de
ellas,	que	algunos,	a	nuestro	juicio	inadecuadamente,	llaman	«ira».	La	ira,	en
efecto,	como	tendremos	ocasión	de	ver	en	este	mismo	capítulo	es	un	sentimiento
mucho	más	complejo,	derivado	de	la	rabia,	pero	que	se	despliega	principalmente
en	el	ámbito	de	las	relaciones	interpersonales	y	los	sentimientos	implicados	en
ellas.	En	circunstancias	difíciles,	dice	Novaco	(2010)
puede	ayudarnos	a	persistir,	a	no	rendirnos.	Tiene	también	una	función
comunicativa.	A	veces	las	personas	no	se	comunican	hasta	que	aparece	la	ira,	de
manera	que	el	enfado	sería	el	vehículo	para	comunicar	afectos	negativos.	La	ira
nos	da	fuerza,	poder.	Moviliza	contra	sentimientos	de	opresión	o	de
victimización,	fortalece	al	grupo,	cohesionándolo	frente	a	alguna	adversidad.
La	rabia	es	un	concepto	mucho	más	básico	y	menos	sofisticado	que	el	de	la	ira.
Incluso	la	primera	acepción	de	los	diccionarios	hace	referencia	al	virus
trasmitido	al	hombre	por	mordedura	de	los	cánidos,	hasta	el	punto	de	que	la
expresión	acuñada	al	respecto	«muerto	el	perro,	se	acabó	la	rabia»,	alude
claramente	a	ella.	Esta	relación	entre	rabia	y	mordedura	remite	de	inmediato	a	la
imagen	de	una	boca	«enseñando	los	dientes»,	puesto	que	estos	son	el	arma
principal	con	la	que	atacan	o	agreden	la	mayoría	de	animales	carnívoros,	de	los
reptiles	a	los	mamíferos.	Resulta	difícil	imaginarse	a	un	caimán	airado	en	el
momento	de	zamparse	a	su	presa,	agresivo	sí,	pero	no	enfadado.
Tampoco	podemos	aplicar	el	concepto	de	ira	al	llanto	desconsolado	de	los	bebés.
El	llanto	del	bebé	expresa	más	bien	irritabilidad,	que	es	una	respuesta	de	carácter
sensorial,	frente	a	una	incomodidad	intero	o	exteroceptiva,	por	ejemplo:	hambre,
sueño,	calor,	frío,	dolor,	desamparo,	carencias	afectivas,	falta	de	contacto	físico,
entre	otras,	y	cumple	una	función	de	reclamo	de	cuidado	dirigido	a	los	adultos.
Si	estas	expresiones	no	son	atendidas	habitual	y	debidamente,	pueden	llegar	a
extinguirse,	síntoma	característico	de	los	niños	hospitalizados,	separados	de	sus
madres,	que	han	dejado	de	llorar	porque	nadie	les	hace	caso,	según	el	llamado
por	Spitz	(1945),	«síndrome	de	hospitalismo».	Más	tarde,	y	en	la	medida	en	que
el	aparato	neuromuscular	lo	permita,	esta	irritabilidad	puede	ir	derivando	hacia
la	rabia	propiamente	dicha,	que	aparece	tanto	como	demostración	física	de
fuerza	o	violencia	(golpes,	pataleo),	como	de	enfado	manifiesto	gritando,
protestando,	girando	la	cabeza,	apartando	la	mirada.
Podemos	entender	entonces	la	rabia	como	una	emoción	activadora	de	la
agresividad.	De	modo	que	si	queremos	acercarnos	a	una	definición	formal	de	la
rabia	podría	enunciarse	como	sigue:	«activación	agresiva	frente	a	los	obstáculos
que	impiden	la	consecución	de	nuestros	objetivos	o	a	las	amenazas	contra
nuestra	integridad	física	o	moral».	En	esta	definición	ya	se	intuyen	dos
componentes	esenciales	activadores	de	la	rabia:	el	ataque	y	la	defensa,	que
iremos	desgranando	más	adelante	en	sus	múltiples	contextos.
Desde	el	punto	de	vista	expresivo,	mimético	y	postural,	la	rabia	se	caracteriza
por	la	tensión	expresada	en	la	musculatura	oral	que	permite	mostrar	la	dentadura
fuertemente	apretada	o	parcialmente	abierta,	como	si	ya	estuviera	mordiendo	o
en	disposición	de	morder.	A	veces,	la	boca	se	contrae,	adoptando	una	forma
tubular,	sobre	todo	al	hablar	con	rabia	(claramente	observable,	por	ejemplo,	en	el
caso	de	Donald	Trump),	como	si	fuera	a	emitir	bufidos	o	resoplidos.	Esta	tensión
muscular	se	traduce	también	en	el	ceño	fruncido,	la	mirada	fija	en	el	adversario,
los	brazos	alzados	y	dirigidos	hacia	el	frente	con	los	puños	cerrados	o	bien	con
los	dedos	medio	arqueados,	en	forma	de	garras	de	felino.	Igualmente	se
manifiesta	en	el	aumento	de	potencia	de	la	voz	(gritos,	chillidos),	y	de	la
velocidad	con	que	se	habla.
La	actividad	cerebral	relacionada	con	la	rabia	implica	al	sistema	límbico	y	más
en	particular	al	hipotálamo	y	la	amígdala,	así	como	la	afluencia	de	sangre	en	el
cerebro	y	el	metabolismo	de	la	glucosa	en	las	áreas	prefrontales,	frontales	y
temporales.	Se	hallan	también	comprometidas	neurohormonas	específicas	como
la	adrenalina	y	noradrenalina,	así	como	un	incremento	en	la	secreción	de
catecolaminas.	En	las	respuestas	de	ataque	o	defensa	se	detecta	su	efecto	al
aumentar	de	manera	directa	la	frecuencia	cardíaca,	provocar	la	liberación	de
glucosa	a	partir	de	las	reservas	de	energía	y	redirigir	el	flujo	sanguíneo	hacia	el
músculo	esquelético.	La	corteza	prefrontal,	y	más	específicamente	la	zona
orbital,	está	involucrada	también,	comocentro	regulador	de	los	circuitos	que
median	la	impulsividad,	la	conducta	agresiva	y	el	control	de	las	respuestas
violentas.
A	nivel	neurológico	la	rabia	se	caracteriza	por	una	alta	tasa	de	carga	neuronal
que	persiste	hasta	que	se	consigue	liberar.	Esta	descarga	sigue	una	vía
neuromuscular	del	sistema	simpático	en	forma	de	golpes,	mordiscos,	gritos,
como	también	puede	adoptar	en	los	humanos	una	modalidad	verbal	menos
destructiva,	pero	tal	vez	más	hiriente,	basada	en	insultos,	improperios	o
descalificaciones.	Ninguna	otra	emoción	consigue	activar	la	conducta	con	la
misma	intensidad,	ni	mantener	ese	estado	de	activación	durante	tanto	tiempo.	En
consecuencia,	puede	acarrear	un	peligro	para	quienes	puedan	ser	objeto	de	esta
descarga,	incluido	el	propio	individuo	que	la	experimenta.
Pero	puede	convertirse	también	en	un	poderoso	auxiliar	para	conseguir	la
restauración	de	los	perjuicios	ocasionados	por	las	causas	que	sean	o	la
preservación	de	la	integridad	física	ante	peligros	que	la	amenazan,	si	se	sabe
canalizar	debidamente.
2.	La	familia	de	la	rabia
Hemos	detectado	en	la	rabia	una	doble	función	de	defensa	y	ataque.	Para
empezar,	la	rabia	es	una	emoción	activadora	de	una	reacción	inmediata	a	una
amenaza	u	obstáculo	que	es	necesario	apartar	cuanto	antes	de	nuestro	camino.
Responde	a	la	estrategia	de	«la	mejor	defensa	es	el	ataque».
Esta	reacción	puede	ser	pasiva,	limitada	a	reacciones	«expresivas»	como
irritación,	alteración,	mosqueo,	queja,	rabieta,	pataleta,	berrinche,	rebeldía	o,	por
el	contrario,	«activas»,	que	se	manifiesta	a	través	de	comportamientos	agresivos
como:	pique,	ataque,	represalia,	venganza,	pelea,	castigo,	violencia,	maltrato.	En
función	de	la	intensidad	de	la	respuesta	podemos	hablar	de	furia,	crueldad,
vesania,	arrebato,	ensañamiento.
En	ocasiones	la	rabia	consigue	su	fin	de	forma	rápida	y	eficaz	y	constituye	una
fuente	de	satisfacción	o	liberación	instantánea.	Por	ejemplo,	cuando
conseguimos	liberarnos	con	un	manotazo	de	un	mosquito	que	nos	está
molestando	con	su	zumbido	insistente	y	amenazador.	Alimentada	por	la	rabia,	la
respuesta	agresiva	obtiene	su	recompensa	y	ya	puede	cesar.	Otras	veces,	la	rabia
no	antecede	a	la	agresión,	sino	que	sigue	a	su	fracaso,	como	cuando	después	de
una	acelerada	carrera	se	nos	escapa	el	metro	por	pocos	segundos.	En	este	caso	la
rabia	es	la	respuesta	a	la	frustración.	No	es	el	metro,	como	antes	sí	era	el
mosquito,	el	que	me	pone	rabioso,	sino	el	fracaso	de	mis	esfuerzos	por
alcanzarlo	a	tiempo.
Esta	rabia	puede	subir	de	intensidad	y	alcanzar	la	categoría	de	furor	o	cólera,
dirigida	generalmente	a	identificar	y	destruir	al	culpable	(es	decir,	al	causante)
de	mi	fracaso.	Si	este	viene	identificado	con	o	desplazado	sobre	objetos,	casi	de
inmediato	se	desata	una	furia	destructora	que	arremete	contra	todo	lo	que
encuentra	o,	más	selectivamente,	contra	algún	objeto	específico	que	se	considera
particularmente	significativo.	En	la	película	Te	doy	mis	ojos,	de	Icíar	Bollaín
(2003),	Antonio,	el	marido	de	Pilar,	movido	por	los	celos,	en	un	ataque	de	ira	le
arranca	las	láminas	del	libro	de	historia	del	arte	que	ella	está	estudiando	y
enseñando	en	el	museo,	antes	de	arrancarle	los	vestidos	y	exponerla	desnuda	en
el	balcón.
Podemos	imaginar	la	variabilidad	de	modalidades	en	que	se	manifiesta	la	rabia,
dando	lugar	a	una	extensa	familia	de	derivados	de	la	misma	en	función	de	los
diversos	contextos	en	que	suele	originarse.	Por	ejemplo,	en	el	ámbito
interpersonal,	las	actitudes	mezquinas,	abusivas	o	injustas	de	nuestros
semejantes,	los	agravios	ocasionados	por	parientes,	amigos,	compañeros	o
vecinos	derivan	con	frecuencia	en	respuestas	de	cólera,	enfado	o	ira.	Estos
estados	emocionales	pueden	dar	lugar	con	el	tiempo	a	sentimientos	mucho	más
estables	como	odio,	animadversión,	enemistad,	que	vendrían	a	consagrar	un
sentimiento	antagónico	permanente	respecto	a	otra	persona	o	grupo.	La	rabia
puede	adoptar	también	una	postura	evitativa	de	la	agresión	frente	al
comportamiento	indeseable	de	los	otros,	mostrando	disgusto,	aborrecimiento,
asco,	rechazo,	despecho,	desprecio.
En	el	campo	de	la	moral	pública,	y	también	privada,	el	comportamiento
inadecuado,	arbitrario	o	corrupto	de	las	autoridades	o	de	las	personas	de
referencia	es	inductor	de	indignación.	En	el	político,	las	decisiones	restrictivas
de	las	libertades	o	discriminatorias	en	razón	de	etnia,	sexo,	clase	social	o
económica	pueden	llevar	a	la	protesta,	a	la	rebelión	civil	y	en	ciertas
circunstancias	históricas	a	la	aparición	de	movimientos	contestatarios	o,	incluso,
a	la	revolución	popular	(la	toma	de	la	Bastilla	o	del	Palacio	de	Invierno).
La	combinación	de	la	rabia	con	otras	emociones	puede	dar	lugar	a	sentimientos
complejos	como	la	envidia,	fruto	de	la	suma	de	rabia	más	tristeza	por	el	bien
ajeno;	rabia	contra	alguien	porque	goza	de	un	bien	del	que	yo	no	gozo,	y	tristeza
por	un	bien	del	que	yo	no	gozo	y	el	otro	goza.	La	envidia	está	orientada	a
mantener	el	deseo	del	bien	del	otro,	en	cuanto	ajeno.
El	rencor,	resentimiento,	resquemor	o	reconcomio	aparecen	como	respuesta
rabiosa	a	un	sentimiento	de	deuda	u	ofensa	no	saldada,	originada	en	el	pasado.
El	deseo	de	cobrarse	en	un	futuro	una	deuda	que	tuvo	su	origen	en	una	pérdida
en	el	pasado	(tristeza)	se	configura	como	venganza	que	se	imagina	como	una
reparación	o	restablecimiento	de	la	justicia.
3.	Modalidades	expresivas	de	la	rabia
Una	variedad	tan	extensa	de	modalidades	expresivas	de	la	rabia	requiere	algún
tipo	de	criterio	con	el	que	establecer	categorías	que	nos	permitan	analizar	sus
características	específicas	en	cada	caso.	De	entre	las	múltiples	posibilidades	que
se	nos	presentaban	a	la	mente	hemos	escogido,	por	su	claridad	y	sencillez,	la
siguiente	que	se	basa	sobre	dos	criterios,	la	inmediatez	(reactiva)	o	la	dilación
(diferida),	en	relación	a	los	tiempos	de	la	respuesta	emocional.
A	la	primera	la	hemos	denominado	«reactiva»	y	conlleva	una	mayor
impulsividad;	se	produce,	por	así	decirlo,	en	caliente.	A	la	segunda	la	hemos
denominado	«diferida»	y	permite	una	mayor	elaboración;	se	produce,	por	así
decirlo,	en	frío.	Cada	una	de	ellas	da	lugar	a	una	serie	de	subcategorías	en	virtud
de	otros	criterios	como	los	recursos	puestos	en	juego	en	la	reacción,	ya	sean
palabras,	afectos	o	agresiones	físicas.	O	la	modalidad	de	respuesta	diferida	en
función	de	la	finalidad	reclamante,	punitiva	o	aversiva	puesta	en	juego	en
relación	al	destinatario,	de	acuerdo	con	el	cuadro	anterior	(cuadro	5).	A	estas
modalidades	diferenciadas	de	expresiones	de	la	rabia,	según	los	diferentes
contextos	y	tempos	con	que	se	administra,	debemos	añadir	una	variable	común	a
todas	ellas,	referida	a	la	mayor	o	menor	intensidad	con	que	se	manifiesta:	coraje,
violencia,	impetuosidad,	vehemencia,	denuedo,	pasión,	fiereza,	irritación,	saña,
sevicia,	crueldad,	ataque,	ironía,	burla,	sarcasmo,	etc.
Evidentemente	nada	impide	que	se	puedan	solapar	entre	ellas	dos	o	más
categorías	a	la	vez;	por	ejemplo,	el	recurso	a	las	palabras	y	a	las	agresiones
físicas,	simultáneamente.	O	bien	la	finalidad	reclamante	con	la	agresiva,	como
en	el	caso	de	las	protestas	violentas,	ocasionalmente	presentes	en	las
manifestaciones	reivindicativas,	como	las	protagonizadas	por	los	«chalecos
amarillos»	en	Francia.
3.1.	Modalidad	reactiva	pendenciera:	el	pique
El	pique	se	puede	entender	como	una	reacción	rabiosa	puntual	a	una	situación
que	genera	un	conflicto,	rencilla	o	rivalidad	entre	dos	o	más	personas.	Son
frecuentes	en	las	situaciones	cotidianas:	competencias	tontas	por	objetivos	o
circunstancias	banales	que	pueden	dar	lugar	a	reacciones	más	o	menos	graves,
desde	incidentes	puntuales	o	transitorios,	como	contiendas	o	altercados
callejeros,	hasta	a	enemistades	eternas	o	peleas	furibundas.	Están	en	juego	los
derechos,	los	intereses	o	la	razón	que	cada	uno	cree	tener	frente	al	otro	o	en
colisión	con	él.	Las	vemos	a	diario	en	las	intervenciones	parlamentarias,	en	las
colas	del	supermercado,	en	los	programas	de	televisión,	en	los	puestos	de
trabajo,	en	los	partidos	de	fútbol	o	en	las	incidencias	del	tráficorodado.
3.2.	Modalidad	reactiva	afectiva:	el	enfado
La	modalidad	afectiva	se	suele	expresar	en	forma	de	enfado	entre	personas	que
mantienen	entre	sí	algún	tipo	de	relación	afectiva,	de	proximidad	o	convivencia
o	que	comparten	algún	interés	en	común,	como,	por	ejemplo,	familiares,	parejas,
compañeros	de	piso	o	de	trabajo,	colegas	de	una	profesión	o	equipo,	a	causa	de
algún	conflicto,	desacuerdo,	ofensa	o	agravio	surgido	entre	ellos.	Las	relaciones
afectadas	por	el	enfado	no	deben	ser	necesariamente	familiares,	pueden	darse	en
situaciones	más	neutras	afectivamente,	pero	enmarcadas	en	algún	tipo	de
relación,	como	la	establecida	entre	cliente	y	proveedor	o,	incluso,	las	propias	del
vecindario.
El	enfado	se	expresa	como	un	disgusto	que	afecta	a	la	relación	y	amenaza	con
cortarla	o	cambiarla.	Los	niños	pequeños	lo	manifiestan	entre	sí	con	expresiones
como:	«ahora	ya	no	somos	amigos»	o	«no	juego	más	contigo»,	si	bien	esta
amenaza	está	sujeta,	en	su	caso,	a	múltiples	e	imprevistas	variaciones.
Aunque	puede	desembocar	en	acciones	violentas,	el	enfado	suele	expresarse	más
bien	de	forma	gestual:	ceño	fruncido,	brazos	cruzados,	mirada	torva,	«estando	de
morros»,	dando	la	espalda,	negando	la	comunicación	con	un	mutismo	total,
evitando	la	mirada,	etc.	A	veces	se	trata	de	una	reacción	transitoria,	dada
también	la	naturaleza	ocasional	del	agravio.	En	otras	ocasiones	las
manifestaciones	de	enfado	son	constantes	en	la	convivencia	a	través	de
discusiones	o	malas	caras,	como	expresión	de	un	enfado	más	estructural.
3.3.	Modalidad	reactiva	agresiva:	la	ira
La	ira	se	caracteriza	por	la	agresividad	que	suele	acompañar	a	sus
manifestaciones,	ya	desde	sus	inicios,	en	forma	de	violencia	física	o	verbal.	Es
cierto	que	esta	puede	derivarse	también	del	pique	o	del	enfado,	pero	no	como
primera	opción.	Es	un	sentimiento	más	complejo	que	el	pique	o	el	enfado,	y
suele	prolongarse	más	en	el	tiempo,	tanto	en	su	duración	como	en	su	resolución.
Es	una	respuesta	a	una	frustración	o	agravio,	que	implica	una	percepción	de
injusticia	y	conlleva	un	intento	de	restitución	(reparación)	violenta	o	agresiva.
Tres	son	pues	los	componentes	a	considerar	en	la	comprensión	de	la	ira.
3.3.1.	La	frustración
En	primer	lugar,	la	existencia	de	una	frustración,	es	decir,	el	fracaso	en	la
consecución	de	un	objetivo.	Frustración,	del	latín	frustra,	es	un	sustantivo	que
denota	algo	que	es	«en	vano,	inútil»,	en	referencia	a	que	los	esfuerzos,	los
méritos	o	derechos	que	creemos	tener	o	que	podemos	haber	hecho	para	la
consecución	de	un	determinado	objetivo,	no	son	considerados	ni	tenidos	en
cuenta	o	no	consiguen	su	objetivo	final.	El	sentimiento	que	acompaña	a	tal
experiencia	es	el	abatimiento,	la	sensación	de	derrota.
También	se	puede	hablar	de	frustración	por	incumplimiento	de	expectativas
propias	o	ajenas.	El	zorro	de	la	fábula	de	Esopo,	que	no	consigue	alcanzar	las
uvas	por	muchos	saltos	que	dé,	es	un	buen	ejemplo	de	lo	que	supone	la
frustración.	Una	pérdida,	resultado	de	un	esfuerzo	en	lugar	de	una	ganancia,	que
creíamos	merecer,	una	expectativa	fracasada	de	la	que	tendemos	a	culpar	a	los
demás	o	a	las	circunstancias,	o	en	el	caso	del	zorro,	a	las	«uvas	que	todavía
estaban	inmaduras».
El	chicle
Fernando	es	un	ejecutivo	con	una	clara	estructura	obsesiva	y	perfeccionista	que
aprecia	mucho	el	orden,	la	limpieza	y	la	justicia.	Acude	a	terapia	por	problemas
en	el	control	de	la	ira.	Reconoce	frecuentes	explosiones	que	derivan	en	insultos	y
desprecios	hacia	los	demás,	lo	que	afecta	particularmente	a	las	relaciones	de
pareja.	Al	analizar	algunas	escenas	concretas	en	que	se	producen	estos	«ataques
de	ira»,	vemos	reproducirse	el	esquema	procesual	que	hemos	descrito	más
arriba:	frustración	ante	una	expectativa	incumplida.
Por	ejemplo,	Fernando	y	su	pareja	acostumbran	a	consumir	chicles	de	menta
para	evitar	el	mal	aliento,	puesto	que	a	él	le	molesta	cualquier	sensación	que
pueda	asociarse	a	suciedad.	Llega	a	casa,	después	del	trabajo,	cansado	y
estresado,	con	ganas	de	darse	una	ducha	y	masticar	un	chicle	de	menta.
Encuentra	a	la	mujer	preparada,	duchada,	peinada	y	«mentolada»,	precisamente
porque	se	supone	que	va	a	haber	un	encuentro	sexual.	Después	de	la	ducha	abre
el	armario	del	baño	para	tomarse	el	chicle	y	¡oh,	maldición!:	el	paquete	está
vacío…	Se	pone	en	marcha	el	círculo	de	la	ira.	Frustración,	fracaso	de	la
expectativa:	«yo	esperaba	tomarme	un	chicle	y	no	hay	chicles	en	la	caja».	Estalla
la	rabia,	dirigida	inculpar	a	la	única	posible	causante	de	esta	frustración,	la
mujer,	que	precisamente	se	ha	tomado	el	último	chicle	que	quedaba.	La	rabia	se
trasforma	en	insultos	y	malos	tratos	hacia	ella,	dirigidos	a	restablecer	sus
derechos	pretendidamente	conculcados.
3.3.2.	La	percepción	de	injusticia
En	segundo	lugar,	una	percepción	de	injusticia.	Aquí	lo	importante	no	es
determinar	si	la	afrenta	o	el	daño	infligido,	la	ausencia	de	recompensa	tras	un
esfuerzo	o	la	falta	de	reconocimiento	de	un	(pretendido)	derecho	son	o	no	justas,
sino	que	lo	que	cuenta	es	la	percepción	subjetiva	(egocentrada,	«desde	mi	punto
de	vista»)	de	injusticia.	Si	la	justicia	puede	ser	concebida	como	dar	a	cada	uno	lo
suyo	(unicuique	suum),	cada	vez	que	alguien	no	reciba	aquello	que	considera
suyo	será	percibido	como	una	injusticia.	Por	ejemplo,	en	el	caso	de	Fernando,
haberse	quedado	sin	su	chicle.
Recuperar	la	percepción	de	justicia	requiere	compensar	la	pérdida	o	restaurar	el
estado	previo	a	la	misma.	Por	ejemplo,	si	se	me	pierde	el	trabajo	de	toda	una
mañana	por	un	corte	del	fluido	eléctrico,	causado	por	unos	operarios	que	están
trabajando	en	las	instalaciones	de	la	calle,	inmediatamente	pienso	en	cómo
obtener	una	reparación.	Lo	primero	sería	poder	disponer	de	medios	informáticos
para	recuperar	el	trabajo.	Pero,	si	esto	no	es	posible,	empiezo	a	buscar	culpables
que	puedan	hacerse	cargo	de	una	compensación.	Suponiendo	que	los	operarios
no	lo	son	individualmente,	deberían	serlo	sus	superiores,	la	compañía	eléctrica	o
el	ayuntamiento,	por	no	haber	avisado	y	programado	pública	y	oportunamente	el
día	y	la	hora	en	que	se	iba	a	producir	de	modo	que	pudiera	cerrar
anticipadamente	el	programa	y	proveerme	de	una	copia	de	seguridad.	¿Quién	se
hará	cargo	ahora	de	reparar	el	tiempo,	el	dinero	y	el	esfuerzo	perdidos	y	de
excusarme	ante	mis	clientes	por	no	haberles	entregado	el	trabajo	a	tiempo?
3.3.3.	La	reparación
Por	eso	el	requerimiento	de	una	compensación	o	reparación	a	fin	de	restablecer
la	justicia	(la	equidad	o	igualdad)	aparece	en	tercer	lugar,	como	componente
necesario	para	poder	entender	una	determinada	reacción	emocional,	como	la	ira.
Dado	que	lo	que	se	pretende	es	una	reparación,	se	supone	que	de	lo	que	se	trata
es	de	restituir	la	dignidad	o	la	buena	fama,	compensar	el	tiempo	o	el	dinero
perdido,	sustituir	los	objetos	dañados	o	proporcionar	situaciones,	beneficios	o
ganancias	equivalentes	a	las	que	se	gozaban	con	anterioridad.	Sin	embargo,	esta
restitución	se	exige	o	pretende	conseguir	de	modo	violento	o	agresivo.	La	ira	se
considera	un	recurso	emocional	que	aumenta	la	presión	para	que	de	manera
inmediata	se	restituya	la	justicia,	previamente	alterada.	En	su	despliegue
progresivo	puede	entrar	en	una	escalada	de	furia	irrefrenable,	con	posibles
finales	imprevistos	y,	tal	vez,	no	deseados.
Tengo	arranques	de	ira
En	estos	casos	la	percepción	de	injusticia	no	obedece	a	un	hecho	concreto,	sino
que	se	percibe	de	modo	difuso	como	el	resultado	de	una	falta	de	reconocimiento
o	comprensión	por	parte	de	los	demás,	particularmente	los	más	próximos
familiar	o	laboralmente.	Tal	es	el	caso	de	Pablo,	que	acude	a	terapia	desbordado
por	sus	propios	arranques	de	ira	incontrolables,	cuyo	origen	no	se	explica.
Reconoce	que	han	llegado	a	un	extremo,	sobre	todo	en	el	ámbito	de	la	pareja	y	el
trato	con	su	hijo	de	tres	años,	que	hace	insoportable	la	situación	por	más	tiempo,
por	lo	que	decide	alejarse	temporalmente	de	la	vivienda	conyugal	y	refugiarse	en
casa	de	los	padres.	Atribuye	esta	situación	insufrible	a	la	manera	de	ser	de	la
mujer	y	al	comportamiento	siempre	demandante	del	niño.Esta	ira,	que	está
latente	durante	todos	los	minutos	del	día,	puede	manifestarse	en	cualquier
momento	por	los	motivos	más	impensables,	en	forma	de	arranques	de	ira.	En
uno	de	estos	ataques	de	ira	se	rompe	la	mano	de	un	puñetazo	contra	la	pared.
En	el	proceso	de	recuperación	se	produce	un	episodio	de	flirteo	con	la
fisioterapeuta	que	le	cambia	la	perspectiva	sobre	sí	mismo;	de	repente	muda	su
estado	de	ánimo.	Se	da	cuenta	de	que	esto	se	debe	a	que	alguien	se	ha	fijado	en
él	y	lo	ha	valorado	sin	exigirle	nada	a	cambio.	Del	análisis	del	hecho	se
desprende	inversamente	que	lo	que	le	pone	furioso	es	precisamente	la	falta	de
validación	externa.	No	se	trata,	pues,	de	atribuir	su	descontrol	a	lo	que	hacen	o
dejan	de	hacer	los	demás	o	a	reacciones	temperamentales	de	base	genética,	sino
a	un	narcisismo	despótico,	sustitutivo	de	la	falta	de	autoestima,	que	se	pone	en
marcha	cuando	no	recibe	la	validación	esperada.
3.4.	Modalidad	diferida	querellante:	la	queja	y	el	reproche
Con	frecuencia	la	rabia	se	muestra	impotente	para	alcanzar	su	objetivo,	que	sería
el	de	eliminar	un	obstáculo,	modificar	una	situación	o	reparar	una	injusticia
percibida.	Esto	es	particularmente	notorio	en	aquellas	situaciones	en	que	a
nuestros	deseos	se	oponen	la	voluntad	o	los	intereses	del	otro.	En	estos	casos	la
frustración	puede	verse	agravada	por	la	decepción	o	el	engaño,	dando	lugar	a	la
queja	o	al	reproche.
La	decepción	constituye	una	reacción	muy	típica	ante	el	incumplimiento	de	las
expectativas	reales	o	imaginarias	que	las	personas	nos	hacemos	respecto	a	los
demás,	la	sociedad	o	incluso	frente	a	la	vida	misma,	dando	lugar	a	la	queja,	la
protesta	o	hasta	la	rebelión	que	pueden	teñirse	de	mayor	o	menor	intensidad
agresiva.	En	el	ámbito	interpersonal	adquiere	casi	siempre	la	forma	de	reproche,
dirigido	a	la	persona	por	cuyo	comportamiento	nos	sentimos	injustamente
agraviados.	David,	un	paciente	que	acude	a	terapia	para	buscar	ayuda	en	la
gestión	de	sus	sentimientos	después	de	una	experiencia	de	abandono,	manifiesta
de	este	modo	su	decepción	y	desespero	respecto	a	su	expareja:
Siento	mucha	rabia,	me	siento	engañado.	No	has	jugado	limpio.	Hasta	el	último
día	me	has	dicho	que	me	querías	y	que	tenías	la	esperanza	de	volver	conmigo,
cuando,	en	realidad,	ya	tenías	casi	elaborado	el	duelo	por	lo	nuestro.	¿Por	qué
no	me	has	dicho	que	no	me	quieres,	que	no	te	gusta	como	soy,	por	qué	no	me	has
dejado	desde	un	buen	principio	si	yo	no	era	lo	que	tú	esperabas?	¿Por	qué	has
estado	disfrazando	la	realidad	diciéndome	que	yo	lo	era	todo	para	ti?	¿Por	qué
me	has	estado	diciendo	que	yo	te	gustaba,	cuando	por	otro	lado	siempre	estabas
intentando	cambiarme?...	Me	hubiera	dolido	menos	que	me	hubieras	dejado
desde	el	principio	porque	no	me	querías,	porque	te	avergonzabas	de	mí,	porque
yo	no	era	lo	que	tu	querías,	que	todo	este	juego	de	ambigüedades	que	me	ha
estado	trastocando	y	volviendo	loco...	Hay	cosas	de	ti	que	nunca	entendí	y	que
creo	que	nunca	entenderé…	Quizá	porque	lo	único	que	tengo	que	entender	es
que	nunca	me	has	querido	y	que	solo	has	mantenido	esta	ambigüedad	para
poder	seguir	conmigo	y	aprovecharte	de	las	cosas	que	ya	te	iban	bien.
La	expresión	de	estas	quejas,	como	en	el	caso	que	hemos	visto,	sigue
generalmente	una	modalidad	expresiva	verbal,	que	se	ejemplifica	en	el	rosario
de	reproches	típico	de	las	situaciones	de	separación	o	abandono.	Pero	en	otros
casos,	en	los	que	la	persona	siente	el	agravio	de	forma	intolerable	o	no	consigue
refrenar	su	ira	puede	dar	origen	a	ataques	agresivos	a	veces	con	consecuencias
mortales,	como	sucede	cada	vez	que	hemos	de	lamentar	un	nuevo	asesinato	en	el
ámbito	de	las	relaciones	de	pareja.
3.5.	Modalidad	diferida	autopunitiva:	culpa	y	suicidio
Frente	a	los	fallos	propios	caben	diversos	posicionamientos	básicos,	unos
dirigidos	a	evitar	la	autoatribución,	como	la	excusa,	la	justificación	o	la
negación;	otros	orientados	a	la	aceptación,	el	reconocimiento	o	el	aprendizaje	a
partir	de	la	compresión	del	error.	Pero	cabe	también	la	respuesta	rabiosa	hacia
uno	mismo,	si	se	atribuye	la	culpa	del	fracaso,	que	puede	desembocar	en	una
salida	autopunitiva.	Esta	puede	manifestarse	en	forma	de	respuesta	depresiva,
como	la	vergüenza,	la	autoinculpación,	el	autodesprecio,	el	descuido,	el
abandono	de	sí	mismo	o	la	entrega	indiscriminada	a	los	otros;	o	agresiva,	a
través	de	conductas	lesivas	que,	en	casos	extremos,	pueden	desembocar	en	el
suicidio	con	implicación	de	terceros,	víctimas	inocentes	de	la	furia
autodestructiva.
3.5.1.	Culpa	o	fallo	moral
En	ocasiones	el	fallo	que	se	reconoce	responde	a	un	tipo	de	déficit	o	culpa
moral,	por	el	que	se	siente	la	necesidad	de	un	castigo,	que	en	principio
corresponde	a	la	sociedad	aplicar.
Una	bofetada	bien	dada
La	suerte	de	Balal,	un	joven	iraní	de	20	años	condenado	por	un	asesinato	que
cometió	a	los	13,	dio	un	vuelco	cuando	eludió	la	horca	en	los	últimos	segundos,
gracias	a	que	los	padres	de	la	víctima	decidieron	cambiar	su	ejecución	por	una
bofetada,	propinada	por	la	madre	de	la	víctima.	Balal	fue	detenido	en	2007	tras
una	pelea	con	Abdollah	Hosseinzadeh,	un	joven	de	18,	al	que	mató	de	una
puñalada.	El	juicio	duró	más	de	seis	años	y	terminó	con	una	condena	a	muerte.
La	sharia,	la	ley	islámica	que	se	aplica	en	Irán,	contempla	que	los	familiares	de
la	víctima	puedan	participar	en	la	ejecución	empujando	la	silla	que	sostiene	al
condenado	a	la	horca.	Cuando	Balal	tenía	la	soga	al	cuello	se	acercó	la	madre	del
joven	asesinado,	Samereh	Alinejad,	y,	en	lugar	de	completar	la	ejecución,	lo
perdonó.	Como	castigo,	le	dio	una	bofetada	en	la	cara	mientras	rompía	a	llorar.
Luego	le	retiró	la	cuerda	del	cuello	con	la	ayuda	del	marido:
Me	pidió	perdón.	Lo	abofeteé,	lo	que	me	calmó.	Le	dije	«te	castigo	por	el	dolor
que	me	has	causado»,	contó	la	mujer.	A	lo	que	Balal	le	respondió:	«Lástima	que
nadie	me	abofeteara	en	el	momento	de	apuñalar	a	Abdollah».
Suicidio	legal
En	otras	sociedades	no	existe	la	pena	de	muerte	y	a	veces	es	el	propio	sujeto
quien	intenta	o	pretende	suicidarse	«legalmente».	Frank	van	den	Bleeken	fue
condenado	por	la	muerte	de	una	joven	después	de	violarla,	hace	tres	décadas,	y
cumple	una	condena	de	cadena	perpetua	sin	posibilidad	de	libertad	condicional
porque	según	él	«no	puede	controlar	sus	violentos	impulsos	sexuales».	Por	ello,
a	sus	51	años,	pidió	la	muerte,	como	otros	han	pedido	la	castración	química,	y	un
15	de	septiembre	de	2014	un	juez	se	la	concedió,	aunque	no	le	ha	sido	aplicada
todavía.	La	primera	vez	que	van	den	Bleeken	solicitó	la	eutanasia	fue	en	2011
alegando	«angustia	psicológica	insoportable»,	pero	en	esa	oportunidad	la
Comisión	Federal	para	la	Eutanasia	quiso	ver	cualquier	opción	de	tratamiento
posible	antes	de	considerar	una	medida	tan	drástica.
3.5.2.	Culpa	o	fallo	ontológico
Una	mayor	parte	de	los	suicidios,	sin	embargo,	responden	a	sentimientos	de
fracaso	o	invalidación	ontológica.	«Al	mirarme	mi	madre	veía	a	otra	persona.	Yo
sentía	que	no	existía,	que	es	lo	mismo	que	sentirse	insustancial»,	escribe	Paul
Williams	en	El	quinto	principio	(2014)	en	relación	al	descuido	y	abandono	del
que	fueron	víctimas	tanto	él	como	su	hermana	Patricia.	Una	experiencia	de
invalidación	ontológica	que	no	tiene	que	terminar	necesariamente	en	suicidio
sino	que,	con	frecuencia,	como	en	el	caso	de	Williams,	puede	dar	lugar	a	una
vida	resiliente	y	satisfactoria.
La	persona	que	siente	rabia	o	desprecio	contra	sí	misma	y	desea	morir	lo	expresa
en	ocasiones	a	través	de	afirmaciones	categóricas	del	tipo:	«no	tendría	que	haber
nacido»	o	con	ensoñaciones	de	muerte,	como	liberación:
Algunos	luchan	por	vivir;	se	aferran	a	la	vida,	lo	darían	todo,	mientras	que
otros,	al	menos	yo,	deseo	en	secreto	una	muerte	plácida,	que	se	acabe	esta
tortura	[…].	Diría	que	soy	horrible	por	decir	todo	esto,	al	menos	lo	sentiría	de
alguien	como	yo,	pero	la	primera	que	paga	las	consecuencias	soy	yo,	así	que
tampoco	voy	a	reprochármelo,	que	ya	tengo	suficiente	tormento	con	lo	que
tengo.
Estas	actitudes	autodestructivas	suelen	obedecer	a	experiencias	de	rechazo,
abuso,	abandono	omaltrato	en	la	infancia	y	subyacen	con	frecuencia	a	intentos
reales	de	suicidio.	Heidi,	cuyo	caso	se	ha	tratado	ampliamente	en	escritos
anteriores	(Villegas,	2015),	y	que	había	experimentado	abandono	y	abuso	en	su
infancia	lo	intentó	en	varias	ocasiones	durante	su	vida	ante	los	fracasos	afectivos
que	la	jalonaron.	Respecto	al	primero	de	los	intentos,	lo	describe	en	estos
términos:
Me	sentía	sola	en	esos	momentos,	me	sentía	abandonada	por	mis	papás	y	por
mis	abuelos,	porque	dejaron	que	me	fuera	con	ellos	al	extranjero…	Hubo	un
momento	en	que	me	sumergí	hasta	el	fondo	en	la	piscina	y	no	quería	salir,	me
quería	dejar	hundir,	con	la	boca	abierta.	Y	el	socorrista	me	sacó;	me	tuvo	que
hacer	el	boca	a	boca.
La	alternativa	a	este	modo	de	pensar	para	algunas	personas	es	la	fantasía,	con	la
que	intentan	compensar	la	falta	de	autoestima,	aunque	fácilmente	recurren	a	las
autolesiones	cuando	entran	en	contacto	con	la	realidad.	Irene,	de	29	años,	a
quien	su	padre	le	había	dicho	ya	desde	pequeña	que	solo	servía	para	fregar
platos,	escribe	en	su	diario:
A	veces	me	imagino	atractiva,	con	un	hombre	a	mi	lado	a	quien	pueda	explicar
todo.	Entonces	empiezo	a	tener	fantasías:	¡Ah!	Pues	mira	esta	noche	saldré	con
Joaquín	[exnovio]	porque	me	llamará;	y	no	sé	qué,	no	sé	cuántos…	Pero
entonces	esa	parte	de	mí	que	dice	que	no,	que	no	puedo	pensar	así	porque	no	va
a	ser	verdad…	Y	la	única	manera	de	parar	todo	eso	es	pues	eso,	hacerme	daño
[autolesiones].	Es	una	forma	de	castigarme.	Las	autolesiones	consisten	en
quemarme	o	clavarme	cosas…	Cuando	era	pequeña	era	daño	físico,	más	tarde
fue	psicológico,	en	plan	de	insultarme	todo	el	día.	No	permitirme	hacer	las
cosas	que	quería	hacer,	supongo.	Ahora	es	un	poco	de	todo…	Hace	cinco	años
más	o	menos	que	he	vuelto	a	hacerme	daño	físico,	pero	el	psicológico	continúa,
está	ahí.	Porque	mis	sesiones	de	ponerme	delante	del	espejo	y	empezar	a
insultarme	son	para	grabarlas,	¡vamos!…	Me	quedo	muy	relajada,	eso	sí.	De
alguna	forma	es	como	si	estuviera	confirmando	lo	que	ya	pienso.	Entonces	las
cosas	ya	están	en	su	sitio.
3.5.2.1.	El	suicidio	«honroso»
En	algunas	culturas,	como	la	japonesa,	está	bien	visto	que	una	persona	se	dé
muerte	a	sí	misma	para	reparar	su	honor	o	evitar	la	deshonra	a	través	del	ritual
suicida	seppuku,	más	conocido	habitualmente	entre	nosotros	como	harakiri.	Su
carácter	ritual	le	otorga	a	esta	forma	de	suicidio	un	carácter	reparador	o
expiatorio.	En	este	sentido,	es	distinto	del	suicidio	kamikaze,	que	tiene	un
carácter	destructivo	del	enemigo,	aunque	implica	también	la	muerte	honrosa	de
quien	lo	ejecuta.	En	Japón,	dado	el	carácter	religioso	del	servicio	al	emperador	y
al	país,	los	suicidios	kamikaze	de	la	segunda	guerra	mundial	no	dejaron	de	estar
conectados	con	el	código	de	honor.	Así,	el	vicealmirante	Ōnishi,	creador	de	la
Unidad	Especial	de	Ataque	(kamikaze),	se	suicidó	ante	el	fracaso	de	su	misión
bélica,	haciéndose	el	harakiri,	después	dejar	escritas	estas	líneas	de	despedida:
Deseo	expresar	mi	profundo	aprecio	a	las	almas	de	los	valientes	atacantes
especiales.	Ellos	lucharon	y	murieron	valerosamente,	con	fe	en	nuestra	victoria
final.	En	la	muerte,	quiero	«purgar»	la	parte	que	me	toca	en	el	«fracaso»	de	no
lograr	esa	victoria	y	pido	disculpas	a	las	almas	de	esos	aviadores	muertos	y	sus
acongojadas	familias.
La	táctica	del	suicidio	destructivo	ha	tenido	múltiples	ecos	en	el	mundo	del
terrorismo	islamista,	algunos	como	la	réplica	exacta	de	atacar	con	aviones,	en
este	caso	cargados	de	pasajeros	y	sobre	objetivos	civiles,	la	utilización	de	coches
o	de	combatientes	bomba	o	los	atropellos	indiscriminados	de	civiles.	Sin
embargo	estos	suicidios	constituyen	un	«martirio»	o	«sacrificio»	instrumental	al
servicio	de	una	táctica	del	terror	con	la	promesa	de	una	recompensa	en	el
paraíso.
3.5.2.2.	El	suicidio	extensivo
El	suicidio	extensivo	puede	considerarse	lo	contrario	al	suicidio	honroso.	Este	se
produce	cuando	la	persona	vive	una	situación	como	totalmente	invalidante,
sobre	todo	a	nivel	social	y	no	encuentra	una	salida	honrosa	a	su	situación.	No
tiene	por	qué	tener	antecedentes	invalidantes,	ni	en	la	infancia,	ni	en	un	pasado
próximo	o	remoto.	Suele	ser	una	reacción	a	una	situación	reciente,	que	la
persona	vive	como	insufrible.	Se	caracteriza	por	el	intento	de	eliminar	a	las
personas	del	círculo	más	próximo	o	íntimo	de	relaciones,	antes	de	acabar	con	la
propia	vida.	No	es	extraño	encontrarse	con	este	tipo	de	suicidios	en	casos	de
ruptura	conflictiva	de	pareja	o	bien	en	situaciones	de	ruina	económica	o	de
pérdida	de	prestigio	o	estatus	social.	Ante	la	imposibilidad	de	soportar	la
humillación	percibida	por	el	sujeto,	este,	llevado	por	la	angustia,	decide	borrar
cualquier	rastro	de	su	vergüenza	o	frustración	eliminando	a	los	testigos	más
próximos	que	pudieran	reprochársela.
3.6.	Modalidad	heteropunitiva:	la	venganza
A	diferencia	de	la	modalidad	anterior,	la	autopunitiva,	donde	el	objetivo	se
centra	en	la	autodestrucción	como	forma	de	borrar	el	deshonor,	en	la	modalidad
heteropunitiva	se	trata	de	destruir	al	otro,	al	que	se	considera	responsable	del
agravio	o	fracaso	experimentado,	como	medio	de	equilibrar	la	humillación	o
injusticia	sufridas.	En	caso	de	no	obtener	una	compensación	lo	más	rápida	y
adecuadamente	posible,	aparece	como	alternativa	la	venganza,	que	es	la	forma
más	primitiva	de	justicia,	la	vindicativa:	«ojo	por	ojo	y	diente	por	diente».	Con
ella	se	recupera	la	equidad	por	la	vía	sustractiva.	Si	yo	pierdo,	tú	pierdes	lo
mismo,	parecido	o	distinto,	da	igual.	La	cuestión	es	igualar	por	arriba	o	por
abajo.
La	venganza	es	hija	de	la	ira	y,	como	dice	el	proverbio,	generalmente	«se	sirve
fría».	La	venganza	se	planea,	se	toma	su	tiempo	y	se	ejecuta	de	manera	más	bien
operativa	y	racional	o,	al	menos,	estratégica.	En	este	punto	se	distingue
igualmente	de	otras	modalidades	anteriores	que	hemos	considerado,	cuya
característica	distintiva	es	la	inmediatez	de	la	respuesta,	como	el	pique,	el	enfado
o	la	respuesta	airada.
3.6.1.	La	venganza	selectiva
Cuando	la	venganza	tiene	un	destinatario	específico,	esta	suele	llevarse	a	cabo
de	modo	selectivo,	evitando	mezclar	a	terceros	que	de	un	modo	u	otro	no	estén
implicados	en	el	objetivo	vindicativo.	Bastan,	sin	embargo,	motivos	de
parentesco	o	de	otro	tipo	vincular	para	que	puedan	ser	incluidos	en	el	mismo
paquete.
Por	un	«quítame	allá	estas	pajas»
Patrick	Nogueira,	joven	brasileño	de	19	años,	mató	a	su	tía	Janaina,	sus	dos
sobrinos	de	4	y	1	años	y,	más	tarde,	la	misma	noche,	a	su	tío	Marcos,	al	volver
del	trabajo,	en	un	chalet	de	la	localidad	de	Pioz	(Guadalajara),	con	un	cuchillo	de
grandes	dimensiones,	el	16	de	agosto	de	2016.
Los	móviles	del	crimen	no	han	sido	revelados	por	el	joven,	pero	por	los
antecedentes	de	la	matanza	pueden	sospecharse	fácilmente.	Existía	un	rencor
incontenible	hacia	su	tío	y	toda	su	familia,	puesto	que,	a	su	llegada	a	España
(para	poder	jugar	en	algún	equipo	de	fútbol),	había	vivido	con	ellos	en	otro	piso
en	Torrejón,	antes	de	que	la	familia	decidiera	trasladarse	al	chalet,	sin	contar	con
él.	Tuvo	que	irse	a	vivir	a	un	piso	compartido,	cuando	él	pensaba	que	se	lo
llevarían	con	ellos	a	la	nueva	casa.	Esto	fue	motivo	de	un	insoportable	desaire:
«Sentí	un	odio	irrefrenable;	algo	me	decía	que	tenía	que	matarlos».	Y	desde	este
sentimiento	planeó	su	venganza.
En	su	defensa	ha	aprovechado	para	presentarse	como	una	víctima,	tanto	de	una
dura	infancia,	pese	a	pertenecer	a	una	familia	privilegiada,	marcada	por	las
palizas	en	el	colegio,	como	de	los	impulsos	que	lo	empujaron	a	matar	a	sus
familiares,	según	él.
Me	desequilibro	cuando	intento	guardar	la	rabia.	Empiezo	a	tener	ansiedad.
Siento	que	la	manera	en	que	reacciono	no	es	igual	a	la	de	los	demás.	Si	lo
pudiera	controlar,	sería	maravilloso.	Es	la	única	forma	de	quitarme	la	frustración
y	el	miedo…	Sabía	lo	que	quería,	pero	no	sabía	exactamente	cómo	iba	a	pasar
todo.
Patrick,	de	familia	acomodada,	estaba	viajando	por	Europa,	subvencionado	por
el	padre,	lo	que	nos	lleva	a	pensar	en	el	intento	de	utilizar	la	affluenza	como
eximente.	Estaenfermedad,	según	el	abogado	texano	Scott	Brown	en	el	juicio
contra	Ethan	Couch,	impide	a	los	hijos	de	los	ricos	tener	«una	noción	clara	de	la
gravedad	de	sus	actos».	El	término	fue	creado	en	1996	por	la	psicóloga	Jessie
O’Neill,	que	en	The	Golden	Ghetto:	The	Psychology	of	Affluence	se	refería	a
que	los	hijos	de	familias	opulentas	no	miden	en	ocasiones	las	consecuencias	de
sus	actos.
3.6.2.	La	venganza	colectiva
En	ocasiones	el	destinatario	de	la	venganza	es	demasiado	difuso	como	para	que
se	pueda	llevar	a	cabo	de	forma	individualizada	y	en	ese	caso	se	opta	por
extenderla	a	un	colectivo	específico	con	el	que	se	tiene	una	relación	o	vínculo
particular,	por	ejemplo	los	profesores	y	alumnos	del	propio	instituto,	como
hemos	visto	repetirse	varias	veces	en	escuelas	de	Estados	Unidos;	o	bien	la
empresa	que	ha	despedido	a	uno	de	sus	empleados.
En	este	contexto,	podría	entenderse	probablemente	la	provocación	del	accidente
del	vuelo	GWI	9525	de	Germanwings,	estrellado	intencionadamente	por	el
copiloto	Andreas	Lubitz	en	los	Alpes	franceses.	Por	lo	que	se	sabe	de	él,	se
sentía	amenazado	en	la	continuidad	de	su	puesto	de	trabajo	a	causa	de	sus
problemas	de	salud.	Su	gran	sueño	había	sido	pilotar	aviones	y	culpaba	de	su
frustración	a	la	compañía	aérea.	Estrellando	el	avión	se	vengaba	de	ella	y	de	la
humanidad	entera,	aunque	los	pasajeros	que	perdieron	la	vida	en	el	accidente	no
le	hubieran	hecho	nada	personal	a	él.
Nadie	me	quiere
A	finales	de	mayo	de	2014,	Elliot	Rodgers	saltó	a	las	páginas	de	la	prensa	por	la
masacre	que	causó	en	la	Universidad	de	Santa	Bárbara	(California),	matando	a
seis	estudiantes,	hiriendo	a	otros	trece	y	suicidándose	finalmente.	En	un
manifiesto	de	140	páginas	describía	toda	su	vida	desde	la	infancia	hasta	el
momento	en	que	tomó	la	decisión	de	«resarcirse»	de	la	injusticia	que,	a	su
parecer,	la	humanidad,	y	sobre	todo	las	chicas,	habían	cometido	con	él	al
rechazar	sus	propuestas	amorosas.	Aparecen	claramente	motivaciones
narcisistas:
Cuando	pienso	en	la	vida	increíble	y	gozosa	que	podría	haber	vivido	si	las	chicas
se	hubieran	sentido	atraídas	por	mí,	todo	mi	ser	se	inflama	en	odio.	Me	han
denegado	el	derecho	a	una	vida	feliz	y	como	venganza	les	quitaré	la	vida.	Es
justo.	No	soy	parte	de	la	raza	humana.	La	humanidad	me	ha	rechazado.	Las
hembras	de	la	especie	humana	jamás	han	querido	estar	conmigo,	¿cómo	podría
yo	considerarme	parte	de	la	humanidad?	La	humanidad	nunca	me	ha	aceptado
entre	ellos,	y	ahora	sé	por	qué.	Soy	más	que	humano.	Soy	superior	a	todos…	La
humanidad	es	una	especie	desagradable,	depravada	y	malvada.	Mi	propósito	es
castigarlos	a	todos	ellos.	Voy	a	purificar	al	mundo	de	todos	sus	errores.	En	el	día
del	castigo,	yo	seré	realmente	un	dios	poderoso,	castigando	a	todos	los	que
considero	impuros	y	depravados.
Es	posible	que	especialistas	como	fiscales,	abogados	o	jueces	e	incluso	muchos
de	nuestros	lectores	estuvieran	dispuestos	a	suponer	un	arrebato	de	locura	a
propósito	de	las	palabras	y	las	acciones	de	Elliot	y	a	excusarlas	sobre	la	base	de
un	supuesto	«trastorno	mental».	Incluso	la	palabra	«furia»	se	ha	utilizado	en	el
pasado	como	sinónimo	de	locura.	Este	discurso	airado	y	esta	actuación	furiosa
responden,	desde	la	óptica	del	desarrollo	moral	(Villegas	2011;	2015),	a	la
determinación	de	un	narcisista	despechado,	lo	mismo	que	lo	fue	Hitler,	en	su
caso	con	unos	medios	y	una	proyección	política,	social	y	militar	capaz	de
desencadenar	una	guerra	mundial.
3.7.	Modalidad	diferida	malevolente:	el	odio
La	ira	generalizada	o	descontextualizada,	que	no	responde	a	la	percepción	de
alguna	injusticia	identificable	en	lo	inmediato,	sino	que	responde	más	bien	a	un
resentimiento	inespecífico	o	antiguo,	toma	por	objeto	algunos	colectivos
genéricos,	como	los	judíos,	los	homosexuales,	los	extranjeros,	los	inmigrantes,
las	mujeres	o	la	humanidad	entera,	a	los	que	se	considera	causantes	o	culpables
de	todos	los	males	que	afectan	a	algunos	individuos	o	grupos	concretos.	Si	a	esto
añadimos	el	odio	(el	deseo	del	mal),	tenemos	el	antisemitismo,	la	homofobia,	la
xenofobia,	la	misoginia	o	la	misantropía,	que	a	lo	largo	de	la	historia	ha	sido	el
causante	de	tantas	desgracias	colectivas,	desde	la	expulsión	de	los	moriscos
ordenada	por	Felipe	III,	al	holocausto	de	los	judíos	bajo	el	nazismo.
También	puede	introducirse	el	odio	como	incentivo	en	la	lucha	de	clases	o	en	las
proclamas	de	liberación	nacional,	como	por	ejemplo	las	pronunciadas	por	el	Che
Guevara:	«El	odio	como	factor	de	lucha;	el	odio	que	nos	lleva	más	allá	de	las
limitaciones	del	ser	humano;	el	odio	que	nos	convierte	en	una	ágil,	fría,	selectiva
máquina	de	matar.	Un	pueblo	sin	odio	no	puede	vencer	a	un	enemigo	tan
poderoso».
Ira	más	odio:	la	madre	de	todas	las	batallas
Más	recientemente,	Anders	Behring	Breivik,	autor	también	de	un	manifiesto	de
más	de	1	500	páginas,	arremetió	contra	las	juventudes	socialistas	reunidas	en	isla
de	Utoya	(Noruega),	causando	más	de	70	muertos.	Este	caso	es	particularmente
representativo	de	una	ideología	política	de	carácter	xenófobo,	que	no	tiene	por
qué	atribuirse	a	enfermedad	mental	alguna,	como	ha	puesto	de	relieve	la
sentencia	unánime	del	tribunal	que	lo	ha	condenado	a	prisión.	En	su	alegato	se
lee:
Solicité	un	rifle	semiautomático.	En	el	formulario	puse:	para	caza	de	venados.
Me	sentí	tentado	de	poner:	«para	ejecutar	marxistas	culturales	y	traidores
multiculturalistas»,	solo	para	ver	su	reacción.	Mi	solicitud	fue	aprobada	y	así
pude	conseguir	el	arma	y	los	cartuchos.
Tanto	el	«manifiesto»	de	Elliot	Rodgers	como	el	de	Anders	Behring	Breivik	son
el	equivalente	personal	e	íntimo	del	más	político	Mein	Kampf	de	Hitler.	En	el
epílogo	de	su	manifiesto,	premonitorio	de	la	matanza	y	suicidio	posterior,	Elliot
escribe:
Y	es	así	como	termina	mi	trágica	vida…	Hubo	un	tiempo	en	que	pensaba	que
este	mundo	era	un	lugar	bueno	y	feliz.	De	niño,	todo	mi	mundo	era	inocente.	No
fue	hasta	que	entré	en	la	pubertad	y	empecé	a	desear	chicas,	que	toda	mi	vida	se
convirtió	en	un	infierno.	Deseaba	a	las	chicas,	pero	las	chicas	nunca	me
correspondieron.
3.8.	Modalidades	cruzadas
Ya	hemos	comentado	anteriormente	que	muchas	modalidades	expresivas	de	la
rabia	pueden	darse	de	forma	cruzada	o	combinada,	sumando	o	multiplicando	con
otras	emociones	sus	efectos;	o	bien	experimentan	una	evolución	in	crescendo	a
través	de	la	cual	van	apareciendo	expresiones	emocionales	cada	vez	más
desbocadas	y	destructivas.
Por	no	pagar	una	multa
Un	episodio	de	la	película	Relatos	salvajes	(Szifrón,	2014)	nos	presenta	a	Simón
Fischer,	un	reconocido	ingeniero	que	intenta	aparcar	su	coche	donde	mejor	le
conviene,	mientras	la	grúa	municipal	se	lo	impide,	llevándoselo	al	depósito	una
y	otra	vez…	Hasta	la	escena	final,	que	constituye	una	explosión	de	violencia,
mezcla	de	ira	y	venganza.
La	venganza	se	sitúa	en	el	colofón	de	la	historia:	una	vez	recuperado	el	coche,	lo
carga	de	explosivos	y	lo	aparca	descaradamente	en	zona	prohibida.	Espera	que	la
grúa	se	lo	lleve	de	nuevo	al	depósito	municipal	y	lo	hace	explotar	unas	horas
más	tarde,	mediante	un	dispositivo	a	distancia,	causando	diversos	daños	a	las
instalaciones	además	de	un	gran	susto	y	alarma	social.	De	este	modo	violento
pretende	resarcirse	de	los	«agravios	sufridos»	a	través	de	la	agresión.
Una	serie	de	reacciones	agresivas	intermedias,	anteriores	al	desenlace	final,	se
deben	considerar	más	bien	producto	del	enfado	o	de	la	ira,	de	carácter	impulsivo,
fruto	de	la	frustración.	No	adquieren	todavía	el	carácter	de	venganza,	sino	que
constituyen	una	explosión	reactiva	de	rabia.	La	explosión	provocada	en	el
parking,	en	cambio,	con	la	que	el	ingeniero	pretender	saldar	las	cuentas,	da	lugar
a	una	auténtica	venganza	y	es	el	fruto	de	una	agresión	planificada	y	diferida	en
el	tiempo.
La	evolución	progresiva	de	la	activación	airada	de	nuestro	ingeniero	nos	lleva	a
poner	de	relieve	otra	característica	a	tener	en	cuenta	en	la	agresividad,	a	saber:	la
graduación	de	intensidad	con	que	se	manifiesta	y,	con	frecuencia,	se
retroalimenta.	Si	se	trazara	una	dimensión	escalar	de	menor	a	mayorse	podría
empezar	por	irritación,	rabieta,	pataleo,	berrinche,	seguir	por	enfado,	enojo
disgusto,	iracundia,	cólera,	para	terminar	con	furia,	furor	y	exterminio.
4.	Parejas	rotas
El	ámbito	de	las	relaciones	de	pareja	constituye	un	espacio	íntimo	y	próximo,	en
el	que	las	tensiones,	aun	las	pequeñas	o	cotidianas,	pueden	llegar	a	ser
insufribles,	si	no	se	calman	con	el	bálsamo	del	amor,	el	cariño,	el	afecto,	la
tolerancia	y,	sobre	todo,	el	respeto	(Atkinson,	2005).	Tanto	es	así	que	muchas
personas	comparten	la	idea	de	que	es	«normal	que	las	parejas	discutan	o	se
peleen».	Que	sea	habitual	no	significa	que	deba	«normalizarse».	Responde	más
bien	a	una	idea	patrimonial	de	la	relación,	basada	en	la	posesión	y	la	dominación
(Villegas	y	Mallor,	2017).
Un	espacio	compartido	debe	estar	libre	de	tensiones,	particularmente	internas	y,
a	ser	posible,	también	de	las	externas.	Los	experimentos	con	animales	de
laboratorio	ponen	de	manifiesto	que	si	un	ratón	es	sometido	a	una	situación	de
estrés	en	una	jaula	de	donde	no	puede	escapar,	se	inquieta	y	angustia	hasta
desarrollar	una	respuesta,	típica	del	miedo;	pero	si	se	le	introduce	una	pareja	en
el	mismo	espacio	de	la	jaula	y	en	las	mismas	condiciones	de	estrés,	se	vuelve
agresivo	y	acaba	peleándose	con	ella.	Eso	da	a	entender	hasta	qué	punto	en	el
espacio	de	convivencia	de	la	pareja	es	fundamental	crear	un	ambiente	distendido
y	agradable,	donde	se	respire	paz,	armonía	y	tranquilidad.
A	veces,	por	desgracia,	en	el	ámbito	de	la	pareja	se	llega	a	tal	abuso	de	confianza
«que	da	asco»:	se	ataca	a	la	dignidad	y	se	critica	de	forma	grosera	al	otro.	En	un
espacio	tan	íntimo	es	inevitable,	y	aun	a	veces	deseable,	que	se	puedan	decir	las
cosas	claramente,	pero	manteniendo	la	conciencia	de	alteridad	y	desde	el
respeto.	La	discrepancia	se	puede	contrastar,	el	desacuerdo	se	puede	negociar,
pero	el	insulto	no	se	puede	tolerar	en	ningún	caso,	ni	mucho	menos	la	agresión.
Igualmente,	la	convivencia	impone,	con	frecuencia,	la	necesidad	de	hacer
concesiones,	desde	el	reconocimiento	de	que	nadie	es	perfecto	ni	de	que	siempre
se	tiene	la	razón.
Los	motivos	de	discrepancia	en	una	pareja	superan,	con	frecuencia,	las
discusiones	banales,	aunque	en	el	fondo	lo	que	esté	en	cuestión	sea	una	lucha	de
poder.	A	veces	lo	que	subyace	a	las	discusiones,	de	una	manera	implícita	o
explícita,	son	deudas	pendientes,	infidelidades,	agravios	pasados,	maltratos	o
desconsideraciones	actuales,	incluso	posicionamientos	ideológicos	que	inciden
en	los	criterios	de	acción	o	decisión,	desde	la	elección	de	escuela	para	los	hijos	a
la	legitimidad	del	aborto.
La	existencia	de	este	tipo	de	dinámicas,	atizadas	por	la	rabia	en	el	seno	de	las
parejas,	seguramente	puede	ayudar	a	comprender	la	labilidad	de	las
interacciones	que	con	frecuencia	desembocan	en	agresiones	verbales	o	físicas,
reconocidas	como	maltrato	físico	y	psíquico,	cuyo	clímax	puede,	en	ocasiones,
alcanzar	dimensiones	letales	irreversibles,	que	luego	lamentamos	con	minutos	de
silencio	en	la	plaza	pública.	Está	claro	que	comprender	no	es	justificar;	pero	es
absolutamente	imprescindible	comprender,	es	decir,	entender	en	su	totalidad,
complejidad	y	profundidad	este	como	cualquier	otro	fenómeno	si	de	verdad
queremos	cambiarlo.
5.	La	gestión	de	la	rabia:	¿controlar	o	regular	la	ira?
Como	reacción	emocional,	la	ira	no	está	sujeta	a	un	juicio	moral,	pero	sí	los
actos	en	los	que	se	despliega.	Las	emociones	por	sí	mismas	pueden	estar	tanto	al
servicio	del	bien	como	del	mal.	Las	emociones	son	comprensibles	pero	no	son
objeto	de	juicio	moral;	los	que	son	objeto	de	juicio	moral	son	los	actos.	La
violencia,	como	hija	de	la	ira,	siempre	genera	el	mal,	porque	si	justificáramos	la
acción	en	función	de	la	emoción,	todo	estaría	justificado.	El	pacifista	puede
sentirse	airado	ante	la	injusticia,	indignado	ante	los	abusos	o	las	desigualdades
(Jesucristo,	Gandhi,	Mandela),	pero	opta	por	rechazar	la	violencia	como	medio
para	restablecer	la	justicia.
En	efecto,	la	ira	puede	tener	una	función	catártica	tanto	en	la	vida	social
(revolución	y	cambio,	en	la	que	puede	requerir	en	determinadas	circunstancias
protestas	y	reclamaciones	callejeras,	manifestaciones	más	o	menos	pacíficas,
formación	de	grupos	partisanos	y	hasta	un	levantamiento	violento	de	las	masas
para	derribar	regímenes	despóticos)	como	en	la	interpersonal	o	del	individuo	con
la	administración	(en	la	que	se	pueden	promover	acciones	para	restablecer	la
justicia,	como	pleitos	o	querellas,	recurso	a	asociaciones	de	consumidores,	cartas
al	director,	redes	sociales,	etc).	El	problema	no	es	tanto	la	ira,	que	puede	estar
justificada	o	no,	sino	el	pasaje	a	la	violencia	a	la	que	a	veces	se	recurre	para
«restablecer	la	justicia».	Una	vez	desencadenada,	la	violencia	difícilmente	tiene
freno.
No	dejéis	que	el	sol	se	ponga	sobre	vuestra	ira
Con	frecuencia	se	confunde	regular	la	ira,	al	igual	que	las	otras	emociones,	con
controlarla	o	reprimirla.	Controlar	o	reprimir	hace	referencia	al	comportamiento,
no	a	sus	desencadenantes	o	motivaciones.	Inhibir	la	conducta	violenta	requiere
una	monitorización	externa	que,	a	partir	de	la	identificación	de	los	indicadores
fisiológicos	de	la	rabia,	hiperventilación	o	enrojecimiento	por	ejemplo,	o	de	los
expresivos	como	golpes	a	los	objetos,	gritos	o	amenazas,	active	un	freno	que
impida	su	explosión	agresiva,	por	ejemplo	la	consigna	de	abandonar	la	escena	o
el	contexto	en	el	que	se	desata	la	ira	antes	de	que	se	convierta	en	violencia.
En	la	película	Te	doy	mis	ojos,	Antonio	presenta	frecuentes	arranques	de	ira
acompañados	de	gritos	y	golpes	contra	los	objetos	que	tiene	más	a	mano,	de
amenazas	y	reproches	contra	la	mujer,	que,	por	este	motivo,	huye	de	casa	con	el
niño	para	refugiarse	en	la	de	su	hermana.	En	un	intento	de	reconciliación,
Antonio	acude	a	un	grupo	de	terapia	para	maltratadores,	en	el	que	recibe	la
consigna	de	decir	stop	en	cuanto	detecte	los	síntomas	de	la	rabia.	En	la	escena
del	reencuentro	en	la	ribera	del	río,	él	la	quiere	convencer	de	su	voluntad	de
cambio	con	palabras	aprendidas	en	sus	sesiones	de	terapia:
—La	ira	no	es	mala,	la	ira	la	tiene	todo	el	mundo,	lo	que	pasa	es	que	tiene	que
estar	controlada.	El	problema	es	verla,	es	reconocerla,	si	la	reconoces	pues	ya
está,	ya	la	puedes	controlar.	Yo	ahora,	cuando	note	que	me	entre	la	mala	hostia
digo,	corto,	respiro	y	te	digo	a	ti:	tiempo	fuera	y	me	voy…	Pero	me	tienes	que
ayudar.
—¿Cómo?
—Pues	estando	a	mi	lado.
Esa	visión	controladora	de	la	ira	puede	evitar,	seguramente,	muchas	agresiones,
pero	no	garantiza	su	desaparición.	Regular	la	ira,	como	cualquier	otra	emoción,
requiere	desactivar	sus	componentes	antes	de	que	conjuren	su	maleficio.
Tendremos	ocasión	de	ahondar	específicamente	en	este	tema	en	el	séptimo
capítulo,	dedicado	a	la	«gestión	emocional».
Resumen
La	rabia	es	la	emoción	más	poderosa	del	repertorio	humano,	aunque	también
puede	ser	la	más	destructiva.	Conlleva	una	activación	neuromuscular	específica,
que	predispone	al	ataque.	Su	función	es	repeler	las	amenazas	a	la	integridad	del
organismo,	así	como	la	de	proveer	energía	a	la	acción	humana	para	conseguir
aquellos	objetivos	que	se	resisten	a	ser	alcanzados.	El	arco	de	sus
manifestaciones	puede	extenderse	desde	una	ligera	irritación	hasta	una	furia
destructiva.	Puede	limitarse	a	reacciones	expresivas	o,	por	el	contrario,	activas
que	se	manifiesta	a	través	de	comportamientos	agresivos.	En	función	del	tiempo
de	reacción	podemos	hablar	de	inmediatez	o	dilación	en	la	respuesta,	dando
lugar	a	modalidades	que	van	del	pique	a	la	venganza	o	al	odio.	Para	gestionar
adecuadamente	la	rabia	conviene	tener	presente	los	componentes	de	la	ira,	como
son	la	frustración,	la	percepción	de	injusticia	y	la	exigencia	de	reparación
violenta	o	agresiva.	La	rabia	adquiere	una	presencia	problemática	sobre	todo	en
las	relaciones	interpersonales,	particularmente	las	más	íntimas,	como	la	pareja.
6.	Tristeza
Oh	quam	tristis	et	afflicta
Stabat	mater
1.	Origen	y	significado	de	la	palabra	tristeza
La	palabra	tristeza	deriva	directamente	del	latín	tristitia	en	prácticamentetodas
las	lenguas	románicas:	tristesa	(catalán),	tristesse	(francés),	tristezza	(italiano).
Aunque	de	etimología	incierta,	parece	mantener	una	proximidad	semántica	con
el	verbo	tero,	que	significa	triturar,	trillar,	moler,	cuyo	participio	tritum	aparece
en	la	composición	de	palabras	como	tribulación,	atrición,	contrición,	además	de
tristeza.	El	participio	pasivo	de	este	verbo,	tritum,	hace	referencia	al	efecto	de	la
molienda	que	reduce	a	polvo	(harina)	o	líquido	(aceite)	los	granos	de	trigo	o	las
aceitunas,	al	triturarlos,	estrujarlos	o	refregarlos	en	el	molino.	De	hecho,	la
palabra	«trigo»	proviene	del	vocablo	latino	triticum,	que	significa	«quebrado»,
«triturado»	o	«trillado»,	en	referencia	a	la	actividad	que	se	debe	realizar	para
separar	el	grano	de	trigo	de	la	cascarilla	que	lo	recubre.
Siguiendo	con	la	metáfora	de	la	molienda,	la	tristeza	implicaría	dos	momentos:
un	primero	doloroso,	que	hace	referencia	a	la	destrucción	del	grano	o	la
aceituna,	las	capas	que	unen	afectivamente	a	la	persona	con	su	mundo,	la
envuelven	y	la	protegen,	para	dar	paso	al	segundo,	que	ejercería	la	función	de
facilitar	la	extracción	de	la	esencia	de	la	persona,	después	de	haberla	depurado
de	sus	caparazones	defensivos	en	las	pérdidas	personales	y	de	las	adherencias
afectivas,	en	las	relacionales.	Es	un	proceso	siempre	doloroso,	que	pone	en
contacto	a	la	persona	con	lo	más	profundo	de	sí	misma	y	la	conduce
inexorablemente	hacia	la	soledad,	la	unicidad	o	la	individuación.	Y	las	lágrimas
podrían	considerarse	como	el	fluido	segregado	en	este	proceso	de	purificación	o
desapego.
La	idea	de	tristeza	remite	a	un	estado	de	ánimo	aplanado,	triturado,	desgastado,
cansado,	impotente,	y	es	natural	que	se	refleje	en	un	decaimiento	o	descuido
general,	como	el	que	suele	acompañar	a	la	expresión	de	la	tristeza.	Esta	se	refleja
sobre	todo	en	la	mirada	perdida,	la	cabeza	baja	y	abatida,	los	labios	ligeramente
entreabiertos,	sobre	todo	el	labio	inferior	algo	decaído.
Desde	el	punto	de	vista	neurofisiológico	la	tristeza	se	asocia	a	un	bajo	nivel	de
serotonina	y	compromete	diversas	estructuras	cerebrales.	Las	lágrimas,
características	de	la	tristeza,	aunque	no	exclusivas	de	ella,	tienen	una	química
diferente	a	las	lágrimas	reflejo,	como	las	originadas	al	pelar	una	cebolla,	que
solo	cumplen	una	función	de	lubricación	de	los	ojos.	Las	lágrimas	emocionales
producen	un	efecto	analgésico	natural,	que	se	asocia	a	la	sensación	de	consuelo.
Al	contrario	de	la	alegría,	en	la	que	el	sistema	simpático	toma	las	riendas	de	las
reacciones	neuromotoras,	aquí	es	el	sistema	parasimpático	el	que	controla,
además,	las	glándulas	lacrimales	a	través	de	neurotransmisores	específicos.	En
su	activación	está	involucrado,	como	en	la	mayoría	de	las	reacciones
emocionales,	el	sistema	límbico,	particularmente	el	hipotálamo	y	distintas
neurohormonas,	como	la	prolactina.
Da	una	lacrima	sul	viso
Sobre	el	poder	catártico	de	las	lágrimas	nos	habla	un	bello	relato	rabínico,
titulado	La	primera	lágrima	que	avala	la	legitimidad	y	la	función	de	las	lágrimas
como	remedio	para	la	tristeza,	instituido	por	el	propio	Creador.	Tras	ser
expulsados	Adán	y	Eva	del	paraíso,	Dios	vio	su	arrepentimiento	y	les	dijo:
Pobres	hijos	míos.	Os	he	expulsado,	por	vuestras	faltas,	del	Jardín	del	Edén,
donde	habríais	vivido	felices	y	sin	preocupaciones.	Ahora	vais	a	conocer	un
mundo	lleno	de	dolor	y	de	dificultades.	Sin	embargo,	quiero	que	sepáis	que	mi
amor	hacia	vosotros	jamás	desaparecerá.	Por	eso	he	decidido	regalaros	esta	perla
inestimable	de	mi	tesoro	celestial:	es	una	lágrima.	Cada	vez	que	la	aflicción	os
invada,	que	sintáis	el	corazón	oprimido	y	el	alma	presa	de	la	angustia,	esa
minúscula	lágrima	os	subirá	a	los	ojos	y	vuestra	pesada	carga	se	verá	así
aligerada.
El	llanto	cumple	también	una	función	social	ya	desde	la	más	tierna	infancia,	no
tanto	en	su	fisiología	lacrimal,	como	en	el	gemido	(a	veces	puro	grito	sin
lágrimas)	como	señal	dirigida	a	los	adultos	en	demanda	de	cuidado	y	de	afecto.
Posteriormente	estas	señales	van	modulándose	hasta	la	posibilidad	de	traducirse
en	un	llanto	silencioso.	Da	una	lacrima	sul	viso,	dice	la	canción	italiana	de
Bobby	Solo,	ho	capito	molte	cose.	Estas	lágrimas	silenciosas	«que	dan	a
entender	tantas	cosas»,	constituyen	un	lenguaje	sin	palabras	muy	eficaz	para
solicitar	consuelo,	activar	la	empatía,	atraer	la	ayuda	del	fuerte	hacia	el	débil.
Están	orientadas	a	fomentar	la	cohesión	social.	Pero	también	pueden	usarse	de
forma	histérica,	como	recurso	para	manipular	las	relaciones,	las	llamadas
«lágrimas	de	cocodrilo».
Las	lágrimas	no	siempre	suscitan	comprensión	o	compasión.	A	veces	son
consideradas	como	signos	de	debilidad	y	pueden	causar	rubor	o	vergüenza	en
quien	las	derrama,	razón	por	la	cual	tienden	a	ocultarse	o	a	contenerse,	tal	como
se	suele	inculcar	erróneamente	a	los	niños	varones.	A	veces,	sin	embargo,	la
contención	de	las	lágrimas	no	es	un	problema	de	género	(«los	niños	no	lloran»)
sino	el	efecto	de	una	apatía,	producto	de	una	desilusión	o	desengaño.
2.	Naturaleza	y	función	de	la	tristeza
La	tristeza	es	la	emoción	antagónica	de	la	alegría,	que	hemos	descrito	como	la
celebración	de	la	vitalidad	o	de	aquellos	bienes	o	acontecimientos	que	suponían
una	ganancia	vital	en	cualquiera	de	sus	dimensiones.	La	tristeza,	en	cambio,	está
orientada	a	hacer	frente	a	la	experiencia	de	las	pérdidas,	cuando	estas	son	ya
irreversibles	por	muerte,	separación	o	cambio.	Las	emociones	restantes,	el	miedo
o	la	rabia,	no	dan	por	irreversibles	las	pérdidas,	sino	que	se	enfrentan	a	la
amenaza	de	aquellas	condiciones	que	pudieran	provocarlas,	atacándolas	o	bien
huyendo	de	ellas.	En	consecuencia,	la	tristeza	es	especialmente	característica	de
las	situaciones	de	duelo,	orientadas	a	elaborar	las	pérdidas	de	cualquier	tipo,
desde	la	muerte	de	un	ser	querido	a	los	fracasos	personales.	Igualmente,	la
tristeza	es	el	sentimiento	constituyente	de	la	experiencia	depresiva.
A	diferencia	de	las	otras	emociones,	la	tristeza	suele	ser	menos	inmediata	en	su
reactividad	y	más	duradera	en	el	tiempo.	Por	ejemplo,	puede	venir	precedida	por
otras	emociones	como	la	sorpresa,	la	rabia	o	por	actitudes	como	la	incredulidad
que	tienden	a	negar	el	reconocimiento	de	una	pérdida.	Como	veremos	más
adelante	a	propósito	del	duelo,	la	tristeza	suele	aparecer	solo	en	segundo	o	tercer
lugar,	después	de	la	negación	y	la	rabia.	Sin	embargo,	una	vez	instaurada,	suele
prolongarse	por	mucho	más	tiempo	que	las	otras	emociones	que	acostumbran	a
tener	tiempos	de	reacción	mucho	más	inmediatos	y	que	solo	perduran	por
períodos	más	o	menos	largos	si	dan	lugar	a	sentimientos	derivados	de	ellas,
como	por	ejemplo	el	odio	en	el	caso	de	la	rabia,	o	la	ansiedad	en	el	caso	del
miedo.
La	tristeza,	en	cambio,	es	una	emoción	que	fácilmente	se	identifica	con	un
sentimiento,	tal	como	la	define,	por	ejemplo,	la	RAE:	«sentimiento	de	dolor
anímico	producido	por	un	suceso	desfavorable	que	suele	manifestarse	con	un
estado	de	ánimo	pesimista,	la	insatisfacción	y	la	tendencia	al	llanto»,
precisamente	por	su	larga	duración.
Este	sentimiento	puede	adoptar	diversas	modalidades	o	tonalidades	afectivas,
según	derive	especialmente	de	la
pérdida	de	ilusión:	decepción,	desilusión,	desengaño,	desesperanza,
descontento;
pérdida	de	motivación	o	de	ánimo:	depresión,	desinterés,	desvitalización,
anhedonia,	desánimo,	abatimiento,	melancolía,	postración,	languidez;
pérdida	de	integridad	moral:	culpa,	atrición,	contrición,	arrepentimiento.
Otras	modalidades	afectivas	dependen	de	su	atribución	a	causas	reconocibles,
sobre	las	que	creemos	que	tenemos	algún	tipo	de	posible	influencia,	o	por	el
contario	a	causas	desconocidas.	Respecto	a	las	primeras	podemos	hablar	en
términos	de	dolor,	malestar,	pesar,	pena,	pesadumbre,	tribulación,	congoja,
aflicción,	frustración.	Respecto	a	las	segundas	solemos	hacerlo	en	términos	de
desgracia,	desdicha	o	infortunio,	atribuibles	a	la	suerte	o	al	azar.
También	podemos	experimentar	tristeza	por	el	dolor	o	sufrimiento	ajeno,	dando
origen	a	sentimientos	tales	como	compasión,	pena,	pesar,	lástima,	misericordia.Existe,	asimismo,	la	tristeza	asociada	a	un	decaimiento	vital,	al	que	damos	el
nombre	de	melancolía,	fuente	de	inspiración	romántica	para	grandes
composiciones	musicales,	o	la	nostalgia	y	la	añoranza	asociadas	al	recuerdo	de
épocas	pasadas,	de	paisajes	lejanos	o	de	relaciones	truncadas.
La	tristeza	puede	dar	lugar	igualmente	a	sentimientos	complejos	en	combinación
con	otros	más	simples	o	básicos,	como	por	ejemplo:
la	envidia,	que	es	el	resultado	de	la	suma	de	tristeza	más	rabia	por	el	bien	ajeno;
la	consternación,	que	lo	es	del	sumatorio	de	tres	emociones	básicas:	tristeza,
miedo	y	sorpresa;
el	rencor,	el	resentimiento,	la	amargura,	la	desesperación	y	el	despecho	que	son
fruto	de	tristeza	más	rabia	por	frustración	sufrida.
3.	Tipología	de	las	pérdidas
El	concepto	de	«pérdida»	lo	usamos	de	forma	muy	genérica	para	poder	incluir
en	él	una	gran	variedad	de	situaciones.	Sin	embargo,	está	claro	que,	además	de	la
consideración	subjetiva	de	cada	uno,	pueden	catalogarse	bajo	esta	etiqueta	un
sinfín	de	eventualidades	que	darían	lugar	a	una	posible	tipología	como	la	que
proponemos	a	continuación:
Pérdidas	personales:	vida,	salud,	integridad	corporal,	movilidad,
envejecimiento,	autoestima,	narcisismo,	identidad,	dignidad	(violación,	abusos),
libertad	(prisión,	secuestro).
Pérdidas	relacionales:	abuelos,	padres,	hijos,	hermanos,	esposo	o	esposa,	otros
parientes,	amigos,	animales,	etc.,	por	muerte,	separación,	abandono,	rechazo,
fuga,	amor	no	correspondido.
Pérdidas	materiales:	bienes	(catástrofes	naturales,	conflictos	bélicos,
accidentes),	riquezas	(crisis	económicas,	robos).
Pérdidas	simbólicas:	recuerdos,	sistema	de	creencias.
Pérdidas	proyectuales:	fracaso	profesional,	pérdida	laboral,	fracaso	del
proyecto	existencial.
Pérdidas	sociales:	fama,	reconocimiento	social,	posición	o	estatus	social,
exclusión	social.
Algunas	de	estas	pérdidas	pueden	considerarse	reversibles	o	irreversibles.	La
condición	de	irreversibilidad	es	característica	de	las	formas	más	extremas	de
depresión	y	duelo,	a	las	que	dedicaremos	una	atención	individualizada	al	final	de
este	capítulo.	De	inmediato	vamos	a	considerar	una	amplia	gama	de	tipologías
de	posibles	pérdidas	en	función	de	la	naturaleza	de	los	bienes	perdidos.
3.1.	Pérdidas	personales
Entendemos	por	pérdidas	personales	aquellas	que	constituyen	una	merma
individual,	es	decir,	que	afectan	a	la	persona	directamente	en	su	integridad	física
o	psíquica,	no	a	sus	bienes	o	pertenencias.	En	el	libro	de	Job	se	establece
claramente	esta	diferencia	al	plantearse	en	dos	fases	distintas	las	pérdidas
materiales	y	las	personales.	El	libro	está	escrito	en	forma	de	diálogo	entre	Job	y
tres	amigos	que	vienen	a	visitarlo,	para	consolarlo	en	su	desgracia.	Inicia	el
relato	en	forma	de	cuento	oriental:
Había	en	el	país	de	Us	un	hombre	llamado	Job:	hombre	cabal	y	recto,	que	temía
a	Dios	y	se	apartaba	del	mal.	(1,1)
Se	extiende	luego	el	autor	detallando	con	todo	pormenor	las	riquezas	en	bienes
humanos	(mujer,	hijos	e	hijas,	siervos)	y	materiales	(casa,	tierras,	rebaños	de
ovejas	y	camellos,	bueyes	y	asnos)	con	que	Dios	le	había	agraciado	y	cómo	él	le
temía	y	reverenciaba	y	le	ofrecía	cada	día	sus	holocaustos.	Hasta	tal	punto	estaba
Dios	seguro	de	Job	que	aceptó	ponerlo	a	prueba	por	instigación	del	diablo,	en
una	especie	de	pulso	con	él.	Este	consiguió	el	permiso	de	Yahveh	para	atacarlo
en	todos	sus	bienes,	pero	con	la	prohibición	de	tocarlo	personalmente.	A
continuación	el	relato	explica	con	detalle	cómo	una	tras	otra	fue	perdiendo	Job
sus	posesiones	y	familia:	incendios,	robos,	asaltos,	muertes	accidentales
acabaron	con	todo.	Pero	Job	continuó	fiel	a	Dios,	diciendo:
Yahveh	me	lo	dio,	Yahveh	me	lo	quitó.	Sea	bendito	su	nombre.	(1,	21).
Presentándose	de	nuevo,	Satán	le	propuso	a	Yahveh	herir	a	Job	en	su	carne,
convirtiendo	su	cuerpo	en	una	llaga	de	pies	a	cabeza,	a	condición	de	no	acabar
con	su	vida.	Pero	Job	continuó	siendo	fiel	a	Yahveh,	por	lo	que	al	final	Dios	le
restituyó	la	salud	y	sus	bienes.
Este	pasaje	marca	la	clara	diferencia	entre	el	dolor	moral	y	emocional	o
sufrimiento	(la	pérdida	de	los	bienes	humanos	y	materiales)	y	el	dolor	físico,	que
Satán	pone	como	prueba	discriminante,	a	la	que	el	diablo	supone	erróneamente
que	Job	acabará	por	sucumbir.
3.1.1.	El	dolor
Desde	el	punto	de	vista	neurofisiológico	el	dolor	puede	ser	definido	como	una
«experiencia	nociceptiva»,	es	decir,	como	una	sensación	perceptora	de	un	daño.
Por	extensión,	puede	referirse	igualmente	al	dolor	moral	o	al	psicológico.	El
dolor	tiene	la	función	de	proteger	al	organismo	de	otros	daños	mayores;	provoca
una	reacción	inmediata	de	inhibición,	como	apartar	la	mano	del	fuego.	Es,	a	su
vez,	un	reforzador	aversivo	importante,	y,	en	consecuencia,	puede	participar	en
los	procesos	de	aprendizaje.	Sin	embargo,	habitualmente	solo	tomamos	en
cuenta	sus	aspectos	negativos.	El	dolor,	dice	Montaigne	(2007):
es	considerado	por	la	mayoría	de	los	sabios	como	el	mayor	mal	y	los	que	lo
niegan	de	palabra,	lo	confiesan	en	la	realidad…	La	muerte	es	fuente	de	angustia
y	desazón,	por	lo	que	hay	que	prepararse	para	ella	a	fin	de	librarse	de	su	temor.
Pero	el	dolor	causado	por	la	enfermedad	es	molesto	y	perturbador	de	la	vida
cotidiana	y,	por	este	motivo,	no	hay	valor	más	preciado	que	la	salud,	puesto	que
sin	salud	se	debilitan	las	virtudes	del	alma.
Por	eso,	con	frecuencia,	el	dolor	se	vive	como	un	inhibidor	del	ánimo,	de	la
vitalidad,	asociado	a	la	tristeza	como	antagonista	de	la	alegría,	entendida	como
vitalidad	o	brío,	tal	como	la	hemos	definido	en	el	cuarto	capítulo.	Sin	embargo,
el	dolor	no	puede	llegar	a	anular	la	vida	del	espíritu	de	manera	definitiva,	como
lo	hace	la	muerte.
La	alternativa	que	el	ensayista	propone	implica	admitir	que	el	dolor	es	inevitable
en	ciertas	condiciones	y	que	aprender	a	vivir	con	él	es	más	sabio	que	vivir	de	él,
contra	él	o	para	él.	La	validez	de	este	replanteamiento	se	pone	de	manifiesto	en
el	caso	de	Maria	Àngels	Mestre	(2007),	paciente	diagnosticada	de	fibromialgia,
quien	llegó	a	ingerir	más	de	veinte	pastillas	al	día	antes	de	tomar	las	riendas	de
su	enfermedad.	En	respuesta	a	preguntas	de	la	entrevistadora	comenta:
MARIA	ÁNGELS:	Tantas	sustancias	químicas	sintéticas	me	empeoraban,	con
sus	efectos	secundarios.	Ya	llevaba	un	año	con	dolores	cuando	me
diagnosticaron	fibromialgia,	a	finales	del	año	2000.	Y	comenzó	un	historial	de
tratamientos	médicos	y	farmacológicos	[…].	Un	año	y	medio	después	seguía	tan
mal	que	dejé	de	ir	a	trabajar	al	despacho.	Desde	casa	seguí	trabajando,	y
llevando	la	casa.	Una	mañana	no	pude	levantarme:	¡una	parálisis	me	atenazaba
ambas	piernas!	Durante	tres	días	no	pude	moverme.	Fue	tan	espantoso…	que	eso
me	salvó:	decidí	que	no	quería	seguir	así.	Tomé	yo	las	riendas.	Dejé	de	esperar
remedio	de	los	demás.	Dejé	de	ser	una	paciente:	empecé	a	dirigir	yo	mi	curación.
Y	hoy	me	considero	curada.	Y	no	tomo	fármaco	alguno.	Los	médicos	dicen	que
ahora	soy	una	fibromiálgica	«asintomática».	Se	resisten	a	aceptar	que	esté
curada	[…].	Otros	médicos	me	hablan	de	«remisión	espontánea»,	como
sinónimo	de	«milagro».	No	hay	milagro:	he	trabajado	mucho	para	aprender
sobre	mi	mal,	comprenderlo…,	y	cambiarme	a	mí	misma,	corregir	mi	vieja
estructura	psíquica,	que	era	dañina	para	mí.	¡Soy	hija	de	médico,	sobrina	de
médico	y	hermana	de	médico!	Ellos	me	han	visto	sufrir	y	se	han	sentido	tan
impotentes	que	al	verme	y	escucharme	hoy	no	solo	no	se	enfadan:	¡están
contentos	por	mí!
ENTREVISTADOR:	¿Qué	es	lo	primero	que	debería	saber	una	fibromiálgica?
M.A.:	Que	su	cuerpo	está	gritándole	que	hay	aspectos	de	su	vida	que	le	conviene
cambiar.	Toda	mi	vida	yo	había	hecho	cosas	(y	dejado	de	hacer	otras)	por
agradar,	por	encajar,	por	ser	reconocida…	Y	actuar	en	espera	de	aprobación
externa	es	despreciar	tu	esencia.
E.:	¿Qué	tiene	que	ver	con	la	fibromialgia?
M.A.:	Esta	enfermedad	deriva	de	una	retención	de	la	acción,	de	no	hacer	lo	que
sientes,	de	reprimir	emociones.	No	estás	queriéndote:	el	cuerpo	somatiza	el
conflicto,	y	se	queja.
E.:	Si	así	fuera,	¿qué	habría	que	hacer?
M.A.:Alinear	pensamientos,	emociones	y	acciones.	Primer	consejo:	si	piensas
algo,	¡hazlo!	Y	si	ves	que	no	vas	a	hacerlo,	¡deja	de	pensarlo!	Otro:	esfuérzate	en
decir	no,	sin	sentir	culpa.	Yo	era	perfeccionista,	autoexigente,	rígida,	orgullosa.
Lo	entendí	y	empecé	a	liberarme,	y	hoy	soy	condescendiente	con	los	demás	y
consecuente	conmigo	(pienso,	siento,	actúo).
3.1.2.	La	pérdida	narcisista
Entre	las	pérdidas	personales	hemos	considerado	las	de	tipo	físico,	como	los
sufrimientos	infligidos	por	el	diablo	al	justo	Job,	pero	hemos	señalado
igualmente	las	que	afectan	a	su	estima,	las	llamadas	pérdidas	narcisistas.
Agustín	pertenece	a	aquel	grupo	de	personas	que	creen	que	el	mundo	ha	sido
injusto	con	ellos	y	se	deprimen	por	acontecimientos	banales	en	relación	a	la
gravedad	de	otros	que	les	han	sucedido,	pero	que	no	afectan	a	su	autoestima.
Con	56	años	viene	a	terapia	de	grupo	en	un	estado	generalizado	de	desgana,
desmotivación	y	abulia.
Examinando	los	motivos	de	la	depresión	actual,	aparece	que	la	causa	hay	que
buscarla	en	el	modo	en	que	lo	han	tratado	en	el	trabajo.	Intentando	entender	qué
fue	esto	tan	grave	que	pasó	en	el	trabajo	solo	es	capaz	de	referirse	a	un	evento
que	sucedió	un	año	antes	en	una	escuela	municipal	donde	trabajaba	como
conserje.	El	resumen	de	lo	acontecido	se	puede	sintetizar	en	la	expresión	«darle
a	alguien	con	la	puerta	en	las	narices».	La	directora	y	la	cocinera	del	colegio
estaban	preparando	una	fiesta	de	Reyes	con	los	niños	de	parvulario,	cuando	él,
acompañando	a	un	inspector	escolar,	se	asomó	a	la	clase	donde	se	hacía	la	fiesta.
La	directora	sin	mediar	palabra	le	cerró	la	puerta	para	evitar	la	interrupción	de	la
actividad	escolar.
Este	acontecimiento	adquirió	para	Agustín	tintes	de	tragedia	hasta	el	punto	de
que,	basándose	en	la	constitución	y	los	reglamentos	de	los	centros	escolares,
interpuso	una	reclamación	ante	las	autoridades	de	la	Consejería	de	Enseñanza.	A
fin	de	evitar	una	escalada	de	acusaciones	absurdas,	las	autoridades	municipales
decidieron	darle	otro	destino,	esta	vez	en	el	archivo	comarcal	donde	había	una
baja	transitoria.	Inicialmente	se	adaptó	bien,	pero	a	los	pocos	meses	llegó	un
archivero	titulado	que	impuso	criterios	técnicos	para	llevar	a	cabo	el	trabajo.	De
nuevo	se	sintió	que	estaba	relegado	y	que	debía	hacer	frente	a	actividades	para
las	que	no	estaba	preparado,	lo	que	interpretó	como	una	forma	de	darle	el
esquinazo.	No	aceptaba	que	una	persona	de	grado	superior	le	tratara	de	ese
modo:
Todo	esto	me	hizo	sentir	subvalorado,	desprestigiado	y	aparcado…	Y	claro,	todo
esto	me	ha	ido	taladrando	hasta	el	punto	de	tener	que	dejar	el	trabajo	y	pedir	la
baja	por	depresión.
Las	emociones	predominantes	en	casos	de	pérdida	narcisista	tienen	que	ver	con
el	sentimiento	de	desvalorización	y	ocultan	un	gran	resentimiento	hacia	quienes
de	alguna	manera	han	intervenido	en	el	proceso	de	los	acontecimientos.	Con
frecuencia	las	reacciones	depresivas	en	las	personalidades	narcisistas	son
intermitentes,	aunque	recurrentes,	y	alternan	con	otros	estados	de	grandeza	o
euforia.	A	veces,	como	en	nuestro	caso,	se	pueden	instaurar	como	la	reacción
predominante	y	crónica,	sobre	todo	cuando	las	oportunidades	vitales	ya	no
ofrecen	perspectivas	de	compensación.
3.2.	Pérdidas	materiales
Ya	ha	quedado	clara,	en	el	caso	del	justo	Job,	la	distinción	entre	pérdidas
personales	y	pérdidas	materiales.	Estas	hacen	referencia	a	los	bienes	materiales,
cuyo	valor	para	la	persona	puede	cuantificarse,	y	que	son	los	que	suelen	cubrir
las	compañías	de	seguros.	Eso	no	significa	que	su	valor	quede	reducido
estrictamente	a	su	precio	o	coste.	A	veces	ciertos	bienes	materiales	están
cargados	de	un	valor	simbólico	cuya	pérdida	no	puede	resarcirse	con	otros
bienes	equivalentes	o	dinero.	La	tristeza	experimentada	en	estos	casos	puede
verse	agravada	por	los	recuerdos	o	afectos	considerados	irrecuperables	y
asociados	a	ellos.	De	este	modo,	la	pérdida	de	objetos	ligados	a	recuerdos
familiares,	como	un	álbum	de	fotos	que	resulta	destruido	en	un	incendio	o
inundación,	también	puede	computarse	como	una	pérdida	personal	o	simbólica.
También	poseen	un	gran	valor	emocional	no	solo	los	objetos	perdidos	o	dañados
y	los	otros	posibles	valores	proyectados	sobre	él,	sino	la	forma	en	que	se
produce	la	pérdida,	por	sustracción,	embargo,	de-sahucio,	accidente,	descuido
propio,	etc.	Los	efectos	de	estas	pérdidas	pueden	ser	de	mayor	o	menor
gravedad.	En	algunos	casos	pueden	implicar	la	ruina	completa,	o	casi,	de
individuos	o	colectividades.
Las	catástrofes	naturales,	los	conflictos	bélicos,	las	crisis	económicas	pueden
dejar	a	personas	concretas	o	a	grandes	colectivos	sumidos	en	la	miseria	o	la
penuria	y	afectar	de	modo	severo	la	posibilidad	de	rehacer	sus	vidas.	Estos
acontecimientos	han	afectado	a	grandes	masas	de	población	en	estos	últimos
años,	tal	como	hemos	podido	ver	a	través	de	los	medios	de	comunicación:
centenares	de	miles	de	personas	huyendo	de	la	guerra	en	Siria	y	llegando	a	las
fronteras	europeas	en	masa;	centenares	de	miles	de	personas	de	etnia	rohingya
que	escapan	de	Myanmar,	donde	son	perseguidos	como	minoría	musulmana,
hacia	Bangladesh;	éxodo	multitudinario	también	de	venezolanos	hacia	los	países
limítrofes	de	Sudamérica,	por	razones	económicas	y	de	subsistencia;	familias
enteras	provenientes	de	países	centroamericanos,	atravesando	México	en
dirección	a	la	frontera	norteamericana;	goteo	interminable	de	emigrantes
africanos	que	llegan	en	frágiles	pateras	a	las	costas	de	la	Europa	mediterránea,
escapando	de	situaciones	de	conflictos	bélicos	o	de	penuria	económica.
A	las	pérdidas	materiales	que	estas	deportaciones,	exilios	en	masa,
persecuciones,	destrucción	o	exterminio	conllevan,	hay	que	añadir	con
frecuencia	otras	pérdidas	o	ataques	todavía	más	duraderos	a	la	dignidad,	a	la
integridad	física,	sexual	y	moral	de	las	personas.	Las	vejaciones,	violaciones	y
saqueos	que	acompañan	frecuentemente	los	ataques	a	la	población	civil	en	los
conflictos	bélicos	son	causa	de	traumas	profundos.
Pero	estas	hecatombes,	que	tenemos	muy	presentes	por	su	proximidad	en	el
tiempo,	son	la	repetición	de	innumerables	desgracias	provocadas	por	la
naturaleza	o	las	ambiciones	humanas	(Villegas	2018a),	que	de	manera
ininterrumpida	desde	los	principios	de	la	historia	de	la	humanidad	se	vienen
sucediendo:	pestes,	erupciones	volcánicas,	lluvias	torrenciales,	terremotos	y
tsunamis,	incendios	forestales,	cruzadas,	invasiones,	conquistas	coloniales,
explotación	minera	o	industrial,	conflictos	bélicos	internacionales	o	mundiales,
exterminios,	apartheid.
Todo	ello	nos	da	a	entender	cómo	la	historia	de	la	humanidad	está	empapada	de
dolor	y	sufrimiento	y	realza	el	papel	de	la	tristeza	como	emoción.	Dirigida	a	la
recomposición	del	estado	de	ánimo	a	través	de	la	retirada	de	los	afectos	y
dependencias	del	mundo	externo,	la	tristeza	se	reorienta	hacia	la	reconexión
interior,	hacia	el	contacto	con	las	fuerzas	vitales	que,	a	pesar	de	todas	las
pérdidas	y	calamidades	sufridas,	vuelven	a	resurgir	en	individuos	y
colectividades.	Y	desde	este	punto	de	vista	puede	entenderse	la	importancia	de
resarcir	a	las	víctimas	de	expolios,	masacres	o	genocidios,	a	fin	de	restituirles,	al
menos,	su	dignidad	robada.
3.3.	Pérdidas	relacionales
Las	pérdidas	relacionales	refieren	a	rupturas	o	abandonos,	particularmente	de	las
relaciones	amorosas	o	amistosas.	Estas	situaciones	a	veces	se	viven	como
traiciones	en	función	de	la	causa	de	la	separación,	como,	por	ejemplo,	una
infidelidad;	otras,	son	efecto	del	agotamiento	de	una	larga,	improductiva	o
conflictiva	convivencia;	otras,	el	resultado	de	una	unión	originariamente
deficitaria,	que	se	ha	ido	arrastrando	con	mayor	o	menor	acierto	hasta	el
momento	actual.
Independientemente	de	la	causa,	el	motivo	o	la	forma	en	que	se	haya	producido
la	separación,	esta	conlleva	casi	siempre	una	experiencia	de	duelo,	cuya	primera
fase	suele	caracterizarse	por	la	resistencia	a	aceptar,	por	parte	de	la	persona	que
se	considera	abandonada	o	traicionada,	la	realidad	de	la	pérdida.	Las	rupturas	o
separaciones	de	común	acuerdo	suelenresultar	menos	traumáticas	para	las
personas	implicadas	en	ellas,	pero	aun	así	requieren	un	tiempo	de	readaptación
no	siempre	fácil	de	gestionar	en	el	que	la	ausencia	del	otro	genera	una	sensación
de	vacío	que	evoca	la	tristeza.
3.4.	Pérdidas	existenciales
La	pérdida	existencial	más	determinante	es	la	pérdida	de	sentido,	entendido	en
cualquiera	de	sus	significados.	La	palabra	sentido	es	susceptible	de,	al	menos,
tres	interpretaciones:	«sentido»	como	sentir;	«sentido»	como	dirección;	y
«sentido»	como	significado	(Villegas,	2018b).	En	el	momento	en	que,	por	la
causa	que	sea,	tenemos	la	sensación	de	no	encontrarle	sentido	a	nuestro	existir,
eso	lleva	como	consecuencia	la	pérdida	de	ilusión,	tal	como	pone	de	manifiesto
el	siguiente	texto	escrito	por	una	joven	adolescente:
La	vida	ya	no	tiene	sentido	para	mí,	ya	no	tengo	ilusiones,	ya	no	puedo	luchar
más,	ya	estoy	cansada	de	llorar	y	de	engañarme,	pensando	que	el	día	siguiente
será	distinto.	Ya	no	puedo	más.	Me	siento	sola	y	no	sé	pedir	ayuda	y	ahora	la
necesito	más	que	nunca.	Estoy	desesperada	porque	sé	que	nunca	me	curaré,
porque	ya	lo	he	probado	todo	y	nada	funciona…	Todos	los	esfuerzos	que	he
llevado	a	cabo	son	mentira,	son	momentos	esporádicos	que	tal	como	vienen	se
van.	Maldigo	el	día	en	que	nací.	¿Por	qué	me	tenía	que	pasar	esto?	Estoy
cansada	de	estar	llorando	todo	el	día	por	algo	mal	hecho	que	podría	haber
evitado.	Lo	estoy	perdiendo	todo,	la	familia,	las	amigas…	la	vida.
Me	muero	por	dentro.	La	única	solución	es	desaparecer,	pero	hay	algo	que	me	lo
impide;	no	sé	cómo	hacerlo	sin	que	nadie	sufra	por	mí.	Por	eso,	si	no	hubiera
nacido,	todo	sería	mejor,	tanto	para	mí	como	para	la	gente	que	sufre	por	mí.
Ahora	me	doy	cuenta	de	lo	mucho	que	necesito	a	mis	padres,	me	doy	cuenta	de
que	no	tengo	cariño	y	que	por	eso	los	necesito,	pero	no	sé	cómo	pedirles	ayuda.
Tal	vez	si	supiesen	cómo	me	siento	comprenderían	mejor	mi	dolor.	Pero	dudo
que	lo	hiciesen	y	este	debe	ser	el	motivo	por	el	que	no	les	digo	nada,	porque	sé
cómo	reaccionarán	y	no	quiero	verlo,	porque	no	me	gustará.
La	sensación	de	vacío	existencial	suele	ser	el	resultado	de	la	falta	de
compromiso	con	la	existencia	y	repercute	con	frecuencia	en	una	posición	de
desidia	o	despreocupación	ante	la	vida.	Esta	posición	adquiere	distintos	matices
según	el	momento	vital	de	la	persona.	Desde	la	perspectiva	de	la	edad	puede
vivirse	como	nostalgia,	desengaño	o	depresión	frente	a	la	percepción	de
inutilidad	de	cualquier	esfuerzo	por	alcanzar	la	felicidad,	como	un	fracaso	ante
una	vida	perdida	o	como	una	falta	de	proyecto	que	desarrollar	en	este	mundo.
Esta	sensación	de	vacío	o	falta	de	sentido	de	la	vida	es	típica	de	las	crisis	del
ciclo	vital.	El	texto	que	acabamos	de	transcribir	pertenece	a	una	adolescente	que
no	vislumbraba	un	horizonte	para	su	vida	en	el	que	proyectarse.
3.5.	Pérdidas	sociales
Aunque	no	siempre	se	puede	establecer	una	separación	clara	entre	los	distintos
tipos	de	pérdidas,	hemos	reservado	la	categoría	de	pérdidas	sociales	para
aquellas	que	implican	una	exclusión	social	en	la	práctica,	por	ejemplo	en	el
ámbito	laboral	o	profesional.	Con	frecuencia	estas	experiencias,	además	del
estado	de	depresión	o	abatimiento	en	que	dejan	a	la	persona,	repercuten	en	una
actitud	desconfiada.
Tal	es	el	caso	de	Alfredo,	paciente	que	ha	entrado	en	un	estado	de	profunda
depresión	después	de	muchas	pérdidas	de	tipo	familiar,	relacional	y	laboral	que
han	supuesto	engaños	y	traiciones.	Hablando	específicamente	de	la	pérdida	del
trabajo,	ocurrida	en	el	contexto	de	una	lucha	sindical	en	la	que	se	sintió
abandonado	y	traicionado	por	sus	compañeros,	aparece	el	tema	de	la
desconfianza	en	las	relaciones	humanas:
ALFREDO:	Yo	era	delegado	sindical,	trabajaba	en	el	comité	de	empresa,	era
agente	sindical	de	Comisiones	Obreras.	Era	una	persona	bastante	activa,
defendía	a	la	gente,	los	intereses	de	los	trabajadores.	En	un	momento	dado
empecé	a	notar	que	los	propios	trabajadores	me	hacían	el	boicot,	que	me
rechazaban.	Y	dejé	el	trabajo	porque	ya	no	podía	seguir	trabajando	así.
TERAPEUTA:	Hay	algo	que	me	llama	la	atención:	que	tú	eras	sindicalista,	que
luchabas	por	los	demás	y	no	fuiste	capaz	de	hacerlo	por	ti.	¿Qué	es	lo	que	te
frenaba?
A.:	Supongo	que	si	había	luchado	por	los	demás	también	me	hubiera	gustado
defenderme.	Pero	no	pude	y	fue	cuando	entré	en	este	túnel,	en	este	pozo	del	que
no	podía	salir,	del	que	no	veía	la	salida.
T.:	Lo	viviste	tal	vez	como	una	ingratitud,	una	falta	de	comprensión,	de
correspondencia,	de	amistad…	De	alguna	forma	te	sentiste	traicionado.	Y	ante	la
traición,	¿qué	sentimientos	se	te	despiertan?
A.:	(Silencio)	Los	sentimientos	de	tal	vez	ser	más	desconfiado	de	lo	que
realmente	soy.	De	desconfiar	de	la	gente.
3.6.	Pérdidas	simbólicas
Las	pérdidas	simbólicas	afectan	a	creencias	o	valores	que	para	la	persona
constituyen	el	entramado	ético	sobre	el	que	se	sustenta	su	mundo	personal.	A
veces	este	mundo	simbólico	es	compartido	con	los	demás	miembros	de	su
entorno	cultural	o	social;	otras,	en	parte	o	en	su	totalidad,	está	formado	por
experiencias	de	carácter	idiosincrático	que	se	canalizan	en	una	determinada
visión	del	mundo	a	través	del	arte,	de	la	religión,	de	una	ideología	o	incluso	de
un	delirio.	Si	a	la	persona	se	le	cuestiona	su	mundo	de	creencias	puede	sentir	que
literalmente	«el	mundo	se	le	viene	abajo»,	quedándose	sumida	en	la	perplejidad
y	la	desesperación.
Dios	mío,	Dios	mío,	¿por	qué	me	has	abandonado?
Este	es	el	caso	de	Raquel,	paciente	a	la	que	ya	hemos	dedicado	una	especial
atención	en	otros	escritos	(Villegas,	2009,	2011),	a	quien	el	anuncio	de	la
próxima	muerte	del	padre,	a	causa	de	un	cáncer	de	pulmón,	pone	en	jaque	sus
creencias	religiosas	sobre	las	que	basaba	el	sentido	de	su	vida.	El	dolor	y	la
desesperación	actuales	de	Raquel	tienen	que	ver	con	la	percepción	del
acortamiento	de	vida	que	amenaza	al	padre.	Siente	que	su	necesidad	de	redimirlo
en	su	historia	de	víctima	maltratada	y	maltratadora	no	va	a	ser	posible	a	causa
del	poco	tiempo	que	le	queda	de	vida.	Esperaba	que	lo	que	ella	no	consiguiera	en
esta	vida	lo	obtuviera	al	menos	en	la	otra:	que	Dios	se	apiadara	de	él	y	lo
acogiera	en	su	regazo	en	el	momento	de	su	muerte.	Pero	ahora	se	ha	desatado
una	crisis	de	fe	a	causa	de	todos	estos	acontecimientos:	ha	dejado,	según	sus
palabras,	de	creer	en	Dios	y	en	los	hombres.	Inicia	la	sesión	refiriéndose	a	un
estado	de	irritación	constante	que	no	comprende	y	que	le	hace	sentir	muy	mal
consigo	misma	y	con	los	demás:
RAQUEL:	Últimamente	me	descontrolo	por	nada.	Estoy	muy	mal.	Lo	que	ha
cambiado	es	que	estoy	siempre	enfadada.	No	entiendo	qué	me	está	pasando…
Estoy	enfadada	con	todo,	con	las	cosas	que	creía	y	ya	no	las	creo	(llora)…	Antes
creía	mucho	en	Dios,	y	ahora	no	creo…	Me	paso	todo	el	día	pensando	que	no
existe	Dios,	que	qué	injusto	es,	porque	si	realmente	existe	cómo	quiere	que	yo
crea	en	él.	Porque	¿qué	hace	por	mí?;	no	hace	nada,	ni	por	mí	ni	por	mi	padre.
¿Por	qué	estoy	enfadada?	Es	que	no	lo	sé.	Es	una	mezcla	de	pena,	de	tristeza	y
rabia…	Últimamente	no	me	quiero	levantar;	me	quedaría	durmiendo.
TERAPEUTA:	Estás	enfadada	con	Dios.
R.:	Pero	muy	enfadada…	Es	que	a	veces	en	mi	interior	me	enfado	con	Él	como
provocando,	como	poniendo	condiciones:	«Bueno	haz	una	señal,	tanto	para
bueno	como	para	malo».	No	quiero	tener	que	esperar	a	morirme	para	que	me
diga:	«¡Ehhh,	que	estoy	aquí!».
T.:	A	Él	no	puedes	perdonarle.
R.:	No;	no	es	justo…
T.:	Eso	es;	y	por	eso	ahora	te	has	enfadado	tanto.	Porque	de	alguna	manera	ha
fallado	lo	que	desde	pequeñita	habías	creído.
R.:	Claro;	supongo	que	sí.	Ha	sido	cuando	ha	fallado.	Dios	mío…,	no	es	justo.
No	lo	soporto	(gimiendo	y	llorando).	Tanta	gente	que	se	muere…;	estamos	solos,
no	hay	nadie.	Yo	había	creído	en	un	ser	que	algún	día	nos	iba	a	dar	una
recompensa	después	de	una	vida	de	sufrimiento.	Pero	ahora,	para	cualquiera	que
se	muera,	se	acabó.	No	somos	nada,	no	somos	nadie.	Nada	para	mí	tiene	sentido
ahora…	¿Para	qué	he	tenido	dos	hijos?	Para	que	sufran,	para	que	se	mueran.	No
puedo	(rompe	a	llorar	de	nuevolargamente)…	Para	mí	ya	no	tiene	sentido.
Ya	casi	al	término	de	la	sesión,	Raquel	comenta	que	cuando	llegue	a	casa	va	a
tirar	todos	los	símbolos	religiosos,	imágenes	de	santos,	estampas,	cruces	y	las	va
a	quemar.	A	este	propósito	comentará	en	la	siguiente	sesión	que,	cuando	lo
quemó,	salió	de	la	pira	solo	humo,	cuando	todavía	esperaba	alguna	señal,	alguna
voz	que	dijera:	«¡Eh,	no	me	quemes,	no	me	destruyas,	que	estoy	aquí!».
3.7.	Pérdidas	proyectuales
Las	pérdidas	proyectuales	hacen	referencia	a	interrupciones,	impedimentos	o
bloqueos	en	la	continuidad	temporal	o	definitiva	de	nuestros	planes	o	proyectos
vitales.	Estos	impedimentos	pueden	surgir	en	el	ambiente	social,	familiar	o
interpersonal,	pueden	deberse	a	cambios	físicos	en	el	ámbito	de	la	salud,	a	la
pérdida	de	recursos	materiales,	al	paso	infructuoso	del	tiempo,	a	las	frustraciones
o	desengaños	experimentados	en	los	diversos	ámbitos	de	la	vida	o	pueden
provenir,	incluso,	de	nuestra	propia	capacidad	de	boicot	interno.
Pinchar	el	globo
Un	marcador	discursivo	característico	en	el	relato	de	este	tipo	de	pérdidas
proyectuales	hace	referencia	invariablemente	a	la	distinción	temporal
«antes/ahora»,	lo	que	indica	que	se	trata	de	una	respuesta	reactiva	a	una
situación	producida	a	partir	de	un	momento	determinado	en	el	que	se	pincha	el
globo	y	solo	queda	un	pingajo	de	plástico	inservible.	Este	aspecto	reactivo	se
puede	captar	muy	bien,	por	ejemplo,	en	el	caso	que	reproduce	Castilla	del	Pino
(2002)	en	su	libro	sobre	la	depresión,	en	el	que	nos	presenta	a	una	mujer	cuyo
proyecto	de	vida	era	el	matrimonio,	proyecto	que	se	viene	abajo,	en	ausencia	de
ningún	otro,	porque	ella	pensaba	que	«el	matrimonio	era	una	cosa	y	luego	es	otra
muy	distinta».
Soy	casada	y	tengo	tres	hijos:	un	varón,	el	pequeño,	y	dos	niñas.	Mi	marido	es
ingeniero	y	trabaja	en	una	empresa	de	maquinaria	eléctrica…	No	me	encuentro
bien	desde	pocos	meses	después	de	nacer	mi	hijo.	No	soy	como	era	antes,	estoy
aburrida.	Yo	antes	tenía	ilusión	por	todo.	¡Qué	poco	me	interesa	ahora	mi
marido,	los	niños,	todo!	No	es	que	no	los	quiera,	pero	también	me	aburren.	No
sé	de	qué	me	quejo	en	realidad.	Tengo	de	todo,	estamos	bien…	pero	ahora	me
molesta	todo	lo	que	hace	mi	marido.	Todo	no;	pero,	por	ejemplo,	cuando	antes
llegaba	él	de	la	fábrica,	yo	tenía	ilusión,	pero	ahora,	ya	se	lo	he	dicho,	no
tenemos	nada	de	qué	hablar.	¿Es	posible	que	no	tenga	nada	de	qué	hablarme?
Él	dice	que	está	cansado,	que	lo	que	quiere	es	estar	tranquilo,	y	se	pone	a	leer	el
periódico.	Le	gusta	mucho	el	fútbol	y	a	mí	eso	me	pone	frenética.	Que	esté
deseando	salir	del	trabajo	para	venir	a	casa	a	leer	los	deportes…	Ya	se	lo	decía
a	mi	hermana:	mira,	déjate	de	tonterías,	tú	piensas	que	el	matrimonio	es	una
cosa	y	luego	es	otra,	muy	distinta.
4.	Depresión
Desde	el	punto	de	vista	de	los	trastornos	psicológicos,	el	miedo	y	la	tristeza	son
las	emociones	más	implicadas	en	la	mayoría	de	ellos.	El	miedo	con	sus
funciones	preventivas	o	evitativas	está	en	el	origen	de	los	trastornos	ansiosos.	La
tristeza,	en	cambio,	yace	en	el	fondo	de	los	trastornos	depresivos.	Pero	si	nos
preguntamos	qué	queremos	evitar	o	prevenir	con	la	ansiedad,	la	respuesta
apuntará	siempre	a	la	tristeza.	Esta	es	la	emoción	que	evoca	pérdida	o	muerte.
No	es	de	extrañar,	por	ello,	que,	como	dice	Colina	(2011),	la	depresión	como
síntoma	«pueda	surgir	en	la	totalidad	de	los	procesos	psicopatológicos».
Detrás	de	toda	depresión	se	puede	identificar	una	pérdida,	una	ausencia	o	una
carencia	fundamental	para	cada	persona.	Algunas	de	estas	carencias	o	ausencias
se	pueden	llamar	originarias,	por	cuanto	se	detectan	ya	en	los	inicios	de	la
historia	del	sujeto.	Otras	se	producen	con	posterioridad	por	traición,	abandono,
muerte,	fracaso,	desilusión	o	impotencia,	dando	origen	a	depresiones
relacionadas	con	estas	pérdidas	a	las	que	hemos	denominado	específicas,	como,
por	ejemplo,	la	depresión	asociada	al	duelo.
Originariamente	la	depresión	emerge	de	una	forma	casi	natural,	como	respuesta
a	una	falta	de	fundamento	en	el	que	asentar	el	propio	ser.	Es	el	negativo	de	la
existencia.	Como	dice	Paul	Williams	(2014),	eso	supone	la	negación	no	solo	de
la	valía,	sino	de	la	entidad	del	propio	ser:	«Yo	sentía	que	no	existía,	que	es	lo
mismo	que	sentirse	insustancial».	La	existencia	humana	se	sustenta	sobre	el
amor	ontológico	y	su	ausencia	o	carencia	pone	en	peligro	la	subsistencia	del
propio	ser,	equivale	a	la	falta	de	fundamento.
La	depresión,	es	decir,	la	sensación	de	impotencia,	falta	de	sentido	y
desmotivación	general,	acompañada	de	sentimientos	de	tristeza	y	desesperanza,
es	un	fenómeno	muy	común,	que	puede	darse	también	de	forma	retroactiva	ante
múltiples	circunstancias,	que	nos	retrotraen	a	la	posición	originaria	de	ausencia
de	fundamento.	La	depresión	retroactiva	se	puede	considerar	como	la	cárcel	en
el	juego	de	la	oca,	donde	se	puede	ir	a	parar	desde	cualquier	posición	en	que	se
encuentre	una	persona.	Es	una	morada	que	puede	ser	considerada	transitoria	si
sabe	elaborarse	el	motivo	de	la	caída	a	través	de	un	proceso	de	duelo,	o
definitiva,	si	no	se	quiere	reconocer.
El	que	ha	perdido	un	trabajo,	una	relación	amorosa,	unos	familiares	o	allegados
en	un	accidente	repentino	o	por	muerte	natural,	unas	creencias	o	referentes
ideales,	ha	experimentado	un	fracaso	o	ha	sido	herido	en	su	amor	narcisista
necesitará	un	tiempo	para	recomponerse,	siempre	que	sepa	aprender	de	su	dolor,
pero	tendrá	la	oportunidad	de	salir	reconstituido,	sobre	todo	si	ha	hecho	un
proceso	de	terapia	para	elaborar	el	duelo.	En	la	existencia	humana	son
inevitables	los	fracasos	y	las	pérdidas	y,	en	consecuencia,	normales.	Lo	que	es
neurótico	es	la	frustración.	Saber	convertir	el	fracaso	o	la	contrariedad	en
aprendizaje	es	lo	que	nos	ha	de	permitir	avanzar	en	el	camino	de	la	vida
(resiliencia).
Si	nos	atenemos	a	las	observaciones	que	vierte	la	psiquiatría	sobre	la	depresión
como	síntoma	clínico,	llegamos	a	la	conclusión	de	que	la	tristeza	es	el	síntoma
anímico	por	excelencia	de	la	depresión	junto	a	abatimiento,	pesadumbre	o
infelicidad,	aunque	a	veces	el	estado	de	ánimo	predominante	es	la	irritabilidad,
sensación	de	vacío	o	nerviosismo.	A	estos	síntomas	de	la	esfera	anímica	o
afectiva	se	añaden	otros	de	tipo	motivacional	como	la	anhedonia	o	pérdida	de	la
capacidad	de	disfrute	y	la	apatía	como	falta	de	interés	por	las	cosas.
El	rendimiento	cognitivo,	la	memoria,	la	atención	y	la	capacidad	de
concentración	de	una	persona	deprimida	se	encuentran	también	afectados.	La
manera	de	pensar	de	la	persona	se	ve	igualmente	teñida	o	ensombrecida	por	una
perspectiva	negativa	o	pesimista,	que	afecta	particularmente	a	la	valoración	que
hace	de	sí	misma	y	de	sus	posibilidades,	dando	lugar	a	una	baja	autoestima.	Hay
que	añadir	a	todo	ello	afectaciones	físicas	frecuentes,	como	insomnio	o
dificultad	en	conciliar	el	sueño,	pérdida	del	apetito,	fatiga	e	inapetencia	sexual,
entre	otros.
Con	todo	este	cuadro	no	es	de	extrañar	que	las	relaciones	interpersonales	y
sociales	se	vean	afectadas	seriamente.	Aunque	desde	el	punto	evolutivo	las
manifestaciones	de	dolor,	pena,	tristeza	o	abatimiento	estén	orientadas
filogenéticamente	a	obtener	una	mayor	atención	y	cuidado	de	los	demás,	una
prolongada	duración	o	excesiva	intensidad	de	estos	síntomas	pueden	llegar	a
provocar	el	cansancio	de	los	cuidadores,	abandonando	a	su	suerte	a	la	persona
que	los	sufre	y	dejándola	en	una	situación	de	aislamiento	social.
Ante	este	panorama	tan	devastador	cabe	preguntarse	¿qué	es	lo	que	puede	llevar
a	una	persona	a	caer	en	este	profundo	pozo?	Como	respuesta	podríamos
remitirnos	a	la	casuística	que	hemos	ido	desgranando	a	lo	largo	de	este	capítulo.
Todas	y	cada	una	de	las	pérdidas	a	las	que	hemos	aludido	bastan	y	sobran	para
poder	dar	origen	a	una	respuesta	depresiva.	Sin	embargo	no	es	la	naturaleza	de	la
pérdida	por	sí	misma	la	que	hace	caer	el	plato	de	la	balanza	hasta	tocar	lo	más
hondo,	sino	el	significado	que	adquiere	para	la	persona.
Hay	tipos	de	pérdidas	que	dan	tan	directamente	en	la	diana	o	en	el	tendón	de
Aquiles	propio,	que	desestabilizantotalmente	a	la	persona,	en	dependencia
también	del	momento	vital	en	que	se	producen,	de	los	recursos	personales,
materiales	o	sociales	que	todavía	le	quedan	para	hacer	frente	a	la	nueva	situación
creada,	de	experiencias	de	superación	o	de	indefensión	anteriores,	con	que	poder
manejarse	ante	la	desgracia.
Las	desgracias	nunca	vienen	solas
Estas	pérdidas	pueden	presentarse	de	manera	aislada	o,	como	en	el	caso	del	justo
Job,	al	que	nos	hemos	referido	más	arriba,	en	diversas	combinaciones	haciendo
más	o	menos	grave	su	impacto	y	la	reacción	depresiva.	En	el	caso	que
consideramos	a	continuación	pueden	detectarse	simultáneamente	diversos	tipos
de	pérdida:	relacionales,	proyectuales,	materiales,	personales.
Alfredo,	paciente	de	52	años,	al	que	ya	nos	hemos	referido	más	arriba	al	hablar
de	las	pérdidas	sociales,	divorciado	y	casado	en	segundas	nupcias,	tiene	una	hija
de	25	años	del	primer	matrimonio.	Llega	a	terapia	de	grupo	después	de	6	años	de
depresión,	por	la	que	recibe	una	pensión	de	invalidez.	Los	desencadenantes	para
la	depresión	los	identifica	en	una	serie	de	acontecimientos	que	se	produjeron	casi
en	simultáneo.
TERAPEUTA:	¿Qué	pasó	durante	este	tiempo?
ALFREDO:	Se	me	juntaron	una	serie	de	problemas	en	el	trabajo,	en	casa,	la
separación	de	mi	mujer,	la	enfermedad	de	mi	madre	y	eso	hizo	que	cayera	en	un
pozo	del	que	no	veía	salida.	Bueno	pensaba	que	la	muerte	era	la	única	salida.	Por
eso	pensé	en	el	suicidio.	Mi	madre	murió	y	poco	antes	también	mi	padre.
T.:	Muchas	pérdidas	a	la	vez.
A.:	Sí.	Me	vi	impotente,	incapaz.
T.:	También	tuviste	que	dejar	el	trabajo.
A.:	Sí.	Tuve	que	dejar	el	trabajo,	luego	me	dieron	la	invalidez	por	depresión.
Ahora	soy	pensionista,	pero	no	he	podido	salir	todavía,	no	encuentro	fuerza	para
nada,	soy	incapaz	de	nada.
T.:	Y	ahora	¿qué	apoyos	tienes?
A.:	Ah,	bueno,	me	volví	a	casar.	Mi	compañera	intenta	ayudarme	y	la	relación	es
buena.
T.:	¿Y	por	parte	de	tu	familia?
A.:	Bueno,	es	que	no	tengo	prácticamente	a	nadie.	Tenía	un	hermano	y	también
murió	muy	joven.
T.:	Debías	sentirte	muy	solo.	Debió	ser	muy	duro.	¿Qué	fue	lo	primero	de	todo?
A.:	Primero	fue	la	ruptura	matrimonial,	después	el	trabajo,	y	después	la
enfermedad	de	mi	madre.
T.:	¿Cómo	se	produjo	la	ruptura	matrimonial?	(pérdida	relacional).
A.:	Es	ella	la	que	se	marchó…	Quería	un	tiempo	para	pensar,	y	durante	este
tiempo	estuvo	saliendo	con	otra	persona	(iniciadora).
T.:	¿Y	a	ti	qué	efecto	te	producía	que	saliera	con	otra	persona?
A.:	No	sé	cómo	explicarlo.	Me	dejó	por	los	suelos,	es	como	si	ella	me	hiciese
sentir	poca	cosa,	una	nada	(pérdida	personal).
T.:	Y	ante	esta	experiencia,	¿qué	sentimientos	te	venían	a	ti?
A.:	Sobre	todo	tristeza.	Tal	vez	me	hizo	sentir	poco	hombre	para	ella.
T.:	Poco	hombre	para	ella…	(pérdida	narcisista)	¿Cómo	fue	la	separación?
¿Era	una	cosa	esperada	por	ti?
A.:	No…,	no…,	no	me	lo	esperaba	(efecto	sorpresa).	Mi	mujer	salía	con	otro
hombre	y	yo	no	me	había	enterado.	La	sorprendí	in	fraganti.	Entonces	ella	me	lo
confesó	y	me	sacó	de	casa	prácticamente	con	la	ropa	puesta	(pérdida	material)…
Entonces	me	vine	a	vivir	a	casa	de	mis	padres	hasta	que	murieron.
T.:	¿Qué	sentimientos	te	suscitó	ver	a	tu	mujer	con	otro?
A.:	Hombre,	pues	de	tristeza.	Y	sentirme	engañado…	Y	traicionado.
T.:	Engañado	y	traicionado.	¿Cómo	te	lo	planteó	ella?
A.:	Pues	con	mucha	frialdad:	me	dijo	que	teníamos	que	dejarlo	y	que	quería	el
divorcio	y	que	como	teníamos	una	hija	lo	lógico	era	que	ella	se	quedase	con	la
hija	y	con	el	piso	(pérdida	personal,	relacional,	material	y	proyectual).
T.:	Pero	era	ella	quien	pedía	el	divorcio	y	no	tú.	Si	lo	mirases	con	ojos	de
sindicalista,	¿cómo	lo	verías	esto?
A.:	Muy	mal;	porque	debería	ser	ella	quien	hubiera	tenido	que	irse.
T.:	Parece	que	hay	un	momento	en	que	renunciaste,	como	en	el	trabajo:
renunciaste	a	tus	derechos	¿no?	Renunciar	no	significa	solo	una	renuncia	a	una
cosa	externa	sino	también	un	abandono	de	ti	mismo,	una	desvalorización	de	ti
mismo.	Entonces	no	me	extraña	que	te	sintieras	impotente…	Porque	de	repente
tú	mismo	dejas	tu	fuerza,	dejas	tu	lucha	(pérdida	personal	y	proyectual).
A.:	Sí,	renuncié	a	mi	fuerza.
T.:	Exacto	y	a	la	lucha	por	tus	derechos.	Porque	a	partir	de	ahí	te	fuiste	vaciando.
Y	además	vinieron	a	faltar	tus	padres.	Una	cosa	detrás	de	otra.	De	no	luchar
derivó	una	pérdida	de	fuerza,	una	pérdida	de	autoestima,	un	abandono	de	la
defensa	de	los	propios	valores	(pérdida	personal).
A.:	Me	quedé	en	blanco,	como	si	me	hubieran	dado	un	mazazo	en	la	cabeza.	No
pude	reaccionar.
T.:	Fue	tan	repentino	que	no	pudiste	reaccionar.
En	el	caso	de	Alfredo	la	sensación	predominante	es	la	de	traición.	Traición	por
parte	de	los	compañeros,	traición	por	parte	de	la	exmujer.	Ante	esta	actitud	de
los	demás	Alfredo	se	encuentra	sin	defensas.	¿Cómo	va	a	luchar	contra	sus
compañeros	de	trabajo,	su	mujer,	a	pelear	por	la	casa,	por	la	hija?	Simplemente
abdica,	renuncia,	deja	caer	las	armas	y	se	hunde	en	la	depresión.	Es	interesante
observar	cómo	en	los	sentimientos	de	Alfredo	no	se	manifiesta	la	rabia.	En	su
lugar	aparecen	los	sentimientos	de	impotencia,	tristeza,	traición,	engaño,
abandono,	soledad,	emociones	o	sentimientos	todos	de	naturaleza	pasiva,
característicos	de	una	regulación	prenómica	(Villegas,	2011,	2015).	Se	siente
desposeído	de	sus	derechos,	y	no	los	reivindica,	simplemente	se	aparta	con	la
sensación	de	haber	perdido	una	batalla	antes	de	haberla	librado.	Ni	siquiera	se	le
tiene	en	cuenta	a	la	hora	de	plantear	el	conflicto.
Contribuye	a	esta	reacción	lo	inesperado	del	comportamiento	de	los	otros,	lo	que
refuerza	la	sensación	de	traición.	En	el	trabajo	son	los	compañeros,	que	no	le
corresponden,	sin	que	él	pueda	anticiparse	a	sus	movimientos.	En	la	relación	de
pareja	es	la	mujer	la	que	inicia	(Villegas	y	Mallor,	2010)	la	separación,	no	solo
por	proponerle	directamente	el	divorcio,	sino	porque	hace	tiempo	que	ya	está
construyendo	su	alternativa	a	escondidas	de	él.	Todo	esto	deriva	en	una	pérdida
de	valoración	y	autoestima	de	la	que	le	es	muy	difícil	salir	y	por	la	que
fácilmente	piensa	en	el	suicidio.	En	el	trabajo	terapéutico	con	la	depresión	habrá
que	tener	en	cuenta	la	elaboración	del	duelo,	el	cual	muchas	veces,	como	dice
Cancrini	(1996),	prefiere	ocultarse	bajo	síntomas	somáticos	(insomnio,	dolor	de
cabeza,	inapetencia,	etc.)	o	motivacionales	(desgana,	desilusión,	etc.),	antes	que
ponerle	palabras	al	dolor.
5.	Duelo
El	duelo	puede	entenderse	como	«el	proceso	de	elaboración	de	las	pérdidas
significativas	y	de	reconstrucción	de	la	vida	en	función	de	la	situación	generada
por	ellas».	La	palabra	duelo	es	la	forma	sustantiva	del	verbo	«doler»,	tomada	en
concreto	de	la	primera	persona	del	presente,	que	precisamente	no	suele	usarse,
como	tal,	dado	su	carácter	pronominal.	En	su	lugar	decimos:	«me	duele»,	para
referirnos	a	la	primera	persona.	Se	pone	el	acento	en	la	experiencia	subjetiva	de
quien	experimenta	un	dolor,	marcando	su	carácter	procesual	más	que	temporal.
Si	queremos	referirnos	a	las	manifestaciones	sociales	o	rituales	del	duelo,
podemos	usar	también	la	palabra	«luto».
Aunque	el	duelo	es	un	proceso	natural,	su	duración	puede	extenderse	más	de	un
año,	según	el	significado	subjetivo	de	la	pérdida.	El	proceso	de	elaboración	del
duelo	es	un	trabajo	costoso	que	implica	dolor	y	tiempo.	A	veces	da	la	impresión
de	que	el	sufrimiento	no	se	ha	de	acabar	nunca,	pero	si	se	elabora	bien	y	no	se	le
escatima,	es	posible	ver	la	luz	al	final	del	túnel.	En	este	proceso	la	aflicción	es
grande:	se	recuerda	a	la	persona	que	ya	no	se	tiene	al	lado	y	a	la	relación	que	se
tuvo	con	ella	y	que	ahora	se	echa	de	menos,	pero	es	mediante	esta	tarea	que	se
superará	la	pérdida.
Cada	vez	que	algo	se	va,	deja	lugar	a	lo	que	sigue,	es	la	toma	de	conciencia	de	la
verdadera	ausencia	y	el	contacto	con	ella	lo	que	permitirá	luego	la	aceptación	de
la	nueva	realidad;	en	este	proceso	se	sentirá	un	gran	vacío	que	solo	se	podrá
llenar	mediante	un	curso	doloroso	y	a	veces	largo.	No	se	puede	decir	cuánto
tiempo	se	puede	tardar	en	superar	una	separación	o	una	ruptura

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