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LOS PROBLEMAS DEL ESCULTOR
BRUNO ADRIANI
PREFÁCIO
Este libro no es una síntesis histórica ni un manual E técnico.
Indica algunos problemas esenciales con los que seve confrontado el escultor.
Su idea principal es que la imaginación. creadora, ciertas tendencias mentales y
la técnica se hallan coordinadas en la compleja actividad mental y manual del
escultor.
Se destaca la importancia de los elementos mentales de este proceso, ya que el
trabajo manual refleja uma actitud espiritual específica.
Este tratado no pretende ser un código de reglas.
Desarrolla argumentos para una convicción individual y es una tentativa para
excitar el interés público por la escultura, luchando contra un enemigo mortal del
artista: la indiferencia.
El lector puede arribar a distintas conclusiones.
Puede elegir los objetos de su preferencia en otros periodos o estilos por ejemplo,
en el arte negro, el mejicano o el moderno. Las obras egipcias y griegas no
consutuyen la última palabra en escultura.
Si este libro induce a alguien a concentrarse más ardientemente sobre el trabajo
creador del artista, la am- bición del autor se hallará satisfecha. Nuestro amigo, el
doctor Pablo Osvaldo Wolff, ha comprometido nuestra cordial y profunda gratitud,
pues sólo a su asidua ayuda se ha logrado esta versión en idioma castellano.
INTRODUCCIÓN
La obra de los grandes artistas no sólo se construye con talento y dedicación, sino
también sobre el fundamento espiritual de principios que gobiernan la ejecución
de ciertas leyes básicas del arte. Los artistas representativos aspiran, consciente
o inconscientemente, a una solución absoluta de sus problemas. Esta "idea de
perfección" (1) comprende todos los aspectos y fases de su actividad. Domina su
observación del mundo extrior, su visión interna y el desarrollo y ejecución de sus
planes artísticos.
Para entender sus aspiraciones y sus conquistas, tenemos que comprender las
cuestiones esenciales relaciona- das con la creación artística. Como cada artista
crea un mundo original, sólo él es el amo responsable de su reino. No podemos
aventurarnos a restringir, mediante reglas dogmáticas, sus po- sibilidades
ilimitadas. Nuestras convicciones tienen sólo un carácter perso- nal confinado en
https://www.google.com.br/search?hl=pt-BR&tbo=p&tbm=bks&q=inauthor:%22Bruno+Adriani%22
nuestro propio horizonte. La manera que nosotros consideramos ideal no puede
ser adoptada por artistas a los que no comprendemos.
PRIMERA PARTE
IDEAS BÁSICAS
A) ARTE Y CIENCIA
Algunos escritores de nuestro tiempo han expresado la opinión de que existe una relación
íntima entre el trabajo del artista y el del científico (2).
Analizan, por ejemplo, el concepto artístico y cien- tífico de espacio y tiempo, para comprobar
la identidad de ambas concepciones.
Es obvio que el artista participa en el movimiento espiritual de su tiempo. Pero su papel es
diferente del que desempeña el científico.
El estudioso, en un sentido teórico ideal, busca la verdad sin emoción (3).
Trata de formar una imagen del mundo a través del conocimiento sistemático y la destilación
de nociones abstractas.
El arte, por el contrario, no lo es de ninguna ma- nera si la emoción no es su impulso primordial
cómo Cézanne lo dijera cierta vez a su amigo Gasquet.
El artista concibe el mundo como una unidad de fenómenos visibles. Eleva la percepción
sensorial hasta el estado consciente (*).
El observador normal de la naturaleza obtiene sólo una percepción superficial e indistinta que
rápidamente se borra y evapora.
El artista tiene la facultad de adquirir un concepto visual del mundo claro y original, y de
desarrollar una representación definida de las cosas percibidas por medio de sus sentidos.
El filósofo francés Henri Bergson cree que la aptitud para ver con exactitud, no sólo si es
necesaria o útil para el fin de propósitos prácticos, debe ser considerada como la misma
esencia del talento del artista. El artista "levanta el velo" que cubre la verdadera imagen de
las cosas. El arte revela la naturaleza, eliminando todo lo que enmascara la realidad auténtica
(5).
Esta idea explica una parte del trabajo creador artís- tico, es decir, la percepción original
activa. Pero no llega a agotar este proceso complejo. La mera comprensión del artista no
significa que su trabajo esté cumplido.
Imaginación creadora. En literatura moderna sobre arte encontramos a menudo la expresión
"arte abstracto".
Es ésta, en realidad, una de las tantas palabras capri- chosas de nuestro tiempo. El arte
abstracto es entendido, en general, como arte sin motivo objetivo, como una nueva
concepción del arte.
La "abstracción" se identifica con la "imaginación creadora". Charles Baudelaire, en un ensayo
escrito en el año 1859, caracterizó la naturaleza de la imaginación creadora con las siguientes
palabras:
- disocia todo el universo y crea un mundo nuevo con el material así conseguido, de acuerdo
a reglas que se encuentran en las profundidades más hondas del alma del artista.
" Para la primera fase de este proceso, los psicólogos más antiguos empleaban el término
abstracción.
En cambio, los psicólogos modernos han adoptado otra terminología.
Definen las dos operaciones mentales de la imagina- ción creadora como disociación y
asociación (").
La disociación es idéntica a la abstracción.
Separa y desintegra estados de conciencia.
La asociación es una síntesis que crea nuevas combinaciones y nuevas formas.
Marcel Proust, en su novela A la Recherche du Temps Perdu, ilustra la misma idea en una
metáfora tan sugestiva como la formulada por Baudelaire; dice: "El genio del artista actúa
como esas temperaturas extremadamente altas que tienen el poder de disociar la
combinación de átomos y combinarlos de acuerdo a un orden enteramente opuesto
respondiendo a otro tipo" (").
Las ideas de Baudelaire y Proust son complementarias.
Baudelaire destaca la importancia de la voluntad creadora y consciente, mientras Proust
subraya el papel vital de la inconsciencia en la actividad creadora.
La disociación o abstracción es una parte orgánica de toda creación artística.
Pero es sólo una parte, aun en el arte sin motivo, en el arte no-objetivo.
La combinación en la nueva forma puede ser tan no convencional, tan alejada de la
naturaleza, que parezca ser específico arte abstracto.
Sin embargo, el trabajo resultaría caótico si el artista no reuniese los elementos abstraídos en
una síntesis original.
Es imposible separar las diferentes partes del proceso mental, llamado "imaginación
creadora", tan distintamente como podemos percibir el funcionamiento de una máquina, o el
procedimiento visible de un arquitecto que primero cava un foso para los cimientos y luego
construye el armazón del edificio.
La actividad creadora humana es compleja y fluctuante.
La fuerza que la alimenta no puede ser claramente observada y entendida por medio de
nuestra inteligencia. Sin embargo, no es imaginaria; tan solo se halla oculta.
Ni el psicólogo que investiga su naturaleza, ni el ar- tista mismo, pueden discernir los límites
de la disocia- ción asociación. Por eso, transposiciones metafóricas como las de Baudelaire
y Proust son más aclaratorias y comprensivas que un sutil análisis psicológico.
Al hacer esta reserva mental, podemos distinguir una serie de procesos interrelacionados
primero, muchas direcciones de disociación, es decir, la eliminación de detalles innecesarios,
como también la selección de for- más esenciales y la distorsión de imágenes naturales;
después, la acción constructiva de la asociación al unir los elementos disociados en un orden
más elevado de armonía, de contraste, de relación mutua, de proporción original y de
monumentalidad arquitectónica; o en libres combinaciones que aparecen como productos de
la fantasía y la invención.
Finalmente, el artista debe darforma a su visión en material concreto, de modo que pueda
tener existencia real como una obra de arte perdurable, sin que dependa de la voluntad y la
existencia de su creador.
No es posible poner a prueba su trabajo tan objetivamente como puede hacerse con el
resultado de una investigación científica.
Sin embargo, para nuestro entendimiento del univer- so, cumple una tarea de la misma
importancia.
Su verdad inherente está condicionada por el grado de autenticidad y pureza que exhibe
como un espejo la personalidad del artista.
Su importancia formal y espiritual depende de la calidad de su concepción original, de su
poder de desintegrar la unidad del mundo.
El artista forma el mundo "según su propia imagen". Éste es el significado de la aseveración
de que el arte debe ser verdad.
Es un postulado artístico y ético, más profundo y exacto que la equivocada frase de que el
arte debe re- presentar la belleza.
B) LA TERCERA DIMENSIÓN. ESPACIO
1. El Espacio en Arte.
La esencia de la creación es la misma en los diferen- tes campos del arte.
Para construir una unidad formal el músico usa un sistema de sonidos. El poeta, un sistema
de sonidos con significado intelectual. El pintor, un sistema de colores y planos.
El escultor concibe el mundo visible y el mundo de su imaginación en volúmenes
tridimensionales de espacio.
Expresa la relación entre las dos dimensiones del plano y la tercera dimensión la dirección
en lo profundo.
Ésta es la marca distintiva de su genio, en contraste con otras formas de arte.
Artistas y escritores modernos han afirmado que la teoría clásica del "espacio tridimensional
del Renacimiento - el espacio de la geometría de Euclides", es incompatible con la concepción
del arte moderno.
Aplican a sus análisis de obras de arte una nueva teoría de los físicos: el concepto de la
unidad espacio- tiempo.
El tiempo es considerado como la cuarta dimensión del espacio.
Pero resulta azaroso usar este concepto de los físicos como un medio para la comprensión
de la creación artística.
La existencia actual de una escultura está condicio- nada por su relación con el espacio
circundante, tal co mo la vida humana depende del aire que se respira. Pero espacio en este
sentido, no debe ser entendido como un concepto físico, geométrico o filosófico. La
terminología en la literatura del arte a menudo no tiene en cuenta la diferencia que existe entre
el lenguaje de la ciencia y el del arte.
En el lenguaje científico, una definición clara de ideas abstractas debe estar libre de valores
emocionales. En el lenguaje artístico, como por ejemplo, en el lí- rico, la misma palabra
expresa tonos sensoriales; se sobrepasa y difunde el contenido lógico.
Cuando usamos la palabra espacio en relación con problemas artísticos, no pueden aplicarse
ni el concepto geométrico del espacio tridimensional, ni la teoría física de la unidad
tetradimensional espacio-tiempo. Derivan de raciocinios abstractos y no son accesibles a
nuestros sentidos.
El espacio en el arte no es una unidad matemática sino cósmica, que puede ser percibida a
través de nuestra sensibilidad.
Es la escena sensorial de las experiencias humanas, "la esfera de nuestra actividad" y de
nuestras relaciones) con el médio.
En igual forma, el sentido de la expresión tridimen- sionalidad, en el lenguaje del escultor, no
es idéntico al concepto geométrico de la misma.
Significa un modo de representación visual y espiri- tual desarrollado por analogía con
conceptos matemáticos.
El tiempo, como "la cuarta dimensión del espacio", puede ser incorporado mediante el
equivalente artístico del movimiento. La escultura misma no cambia en el tiempo. Sin
embargo, sus aspectos varían según la ima- ginación de sucesivas generaciones, de modo
que perió- dicamente nuevos elementos de tiempo son agregados a la obra.
La pintura y las artes gráficas están confinadas en la superficie bidimensional del material
artístico: pared, tela, papel.
Después de la introducción de la perspectiva lineal, tanto el pintor como el arquitecto
construye sistemáticamente un espacio tridimensional.
Pero se halla restringido a un plano y, por lo tanto, a la representación de un espacio ficticio.
Al restablecer la armonía entre el estilo y esta restricción a dos dimensiones, los pintores en
períodos subsiguientes abandonan de nuevo la ambición parcialmen- te intelectual de
construir un espacio tridimensional.
El arte de nuestro tiempo ha revelado nuevas posibi- lidades y conquistas de una concepción
puramente bidimensional.
La sustancia que representa el material del escultor un bloque de piedra o madera- tiene tres
dimensiones, en el sentido en que reducimos varias direcciones a tres dimensiones, con el
objeto de obtener un sistema simplificado de percepción.
Es evidente un cierto paralelismo entre la escultura y ia arquitectura. Sin embargo, este
paralelismo es limitado.
La arquitectura tiene un "privilegio único" ya que solamente ella puede crear un espacio
orgánico interior.
Sólo el arquitecto es capaz de expresar valores espirituales por medio de las proporciones de
una unidad espacial que se halla cerrada por todos sus lados.
En las catedrales románicas y góticas podemos com- parar los diferentes lenguajes de
extensión horizontal y vertical de naves vastas y enteras y de otras divididas por un orden
específico de columnas.
Pero la forma exterior de la arquitectura corresponde a la de la escultura. Cuando ascendemos
al Acrópolis, el Partenón aparece en lo alto cual monumental escultura (ver fig. 2).
Como un edificio, la escultura penetra el espacio externo desarrollando sus formas en todas
direcciones.
La escultura intensifica la vida del espacio sensorial, haciendo que exista en lo hondo de
nuestros sentidos de nuestra conciencia.
Los fantásticos demonios, caballos, pájaros y dragones que coronan las galerías y
contrafuertes de las catedrales góticas, dilatan el cielo en ilimitadas y misteriosas
profundidades.
Así, estas esculturas desempeñan un papel funcional ésa es una parte esencial de su mágica
expresividad.
Mientras los científicos destilan nociones abstractas de espacio, el artista se empeña en
percibir un espacio concreto a través de la intuición, y en hacerlo perceptible en una creación
formal. Ambos tienen, empero, la misma aspiración.
Sus esfuerzos se originan en el deseo humano de ad- quirir una visión ilimitada y libre del
cosmos y de so- breponerse a la falta de equilibrio que deprime a la humanidad en fases no
desarrolladas de existencia.
Un impulso instintivo nos lleva a determinar nuestra situación en el universo.
El matemático Henri Poincaré, en su libro Science et Méthode, desarrolla la idea de que
tomamos nuestro propio cuerpo como instrumento de medición a los efectos de construir el
espacio - no el espacio geométrico, ni un espacio de representación pura, sino el concer-
niente a una "geometría instintiva".
La raza humana ha desarrollado un sistema de aso- ciaciones inconscientes y lo ha
transmitido a las suce- sivas generaciones. Los ademanes que hacemos y las esgrimas
coordinadas que ejecutamos para corresponder a golpes y asaltos externos, nos proporcionan
la sen- sación del espacio sensorio.
Este sistema proporciona los medios necesarios para fijar nuestra posición en el espacio.
Poincaré concluye que cada ser humano ha de construir primero este espacio limitado, para
sus necesidades personales, y después será capaz de ampliarlo -por un acto de imaginación-
en el "gran espacio donde pueda alojar el universo". Para comprender este acto de
imaginación, llega a imaginar el sentir de un gigante que pudiese alcanzar los planetas con
unos pocos pasos.
Extendiendo la teoría de Poincaré, podemos estable- cer una analogia entre nuestro proceder
instintivo de construir espacio sensorial, y la actividad mental del escultor quedetermina el
esqueleto de su trabajo a través de un sistema orgánico de ejes.
Esta metáfora dilucida el papel vital del movimiento en la escultura. Ella revela las raíces de
una de las más notables tendencias del escultor, o sea su esfuerzo para asegurar la
orientación espacial y el equilibrio preciso.
A través del organismo de sus formas él crea un es- pacio limitado como un símbolo del
universo.
El espacio de su escultura constituye su mundo original.
Y es así que cada nueva obra descubre un mundo nuevo y más amplio.
Porque dominan tendencias instintivas en este proceso creador, el escultor puede conseguir
la construcción inmaterial del espacio inconscientemente, y no a través de actos metódicos
del intelecto y de la voluntad.
El espectador ideal, también instintivamente, traspo- ne a su propio organismo el sistema de
ejes coordina) dos creados por el escultor.
Participa en el poder del artista para organizar es- pacio sensorial.
En raros momentos de la más alta tensión creadora,, el escultor se sume en éxtasis, con la
sensación cósmica de espacio y eternidad.
En esos momentos siente que el problema artístico del espacio está ligado inseparablemente
con el pro- blema metafísico de su propia existencia.
Henri Focillon, en su libro sobre los escultores ro- mánicos (14), distingue dos concepciones
diferentes del espacio en sus relaciones con la escultura: "espacio-limite", que presiona sobre
las formas de una escultura (ver fig. 3) limitando la expansión de salientes y re- lieves, como
es el caso en la escultura románica, y "espacio-ambiente", que está abierto a la expansión de
volúmenes; favorece la dispersión el juego de espacio libre entre volúmenes y vanos abruptos,
como en el arte barroco.
La relación entre espacio y escultura no es causada por el espacio exterior mismo, sino por
un nuevo elemento en el espacio: la obra creada por el artista. De allí que podemos variar la
idea de Focillon y establecer que, primariamente, el estilo de la escultura determina la
significación real de esta distinción.
Una composición de volúmenes y planos contiene sus propios valores espaciales. Ellos
condicionan la relación entre la escultura y el espacio externo, entre los volú- menes sólidos
y los espacio-unidades abiertos complementarios, circundados por los planos de la escultura.
Esta relación varía entre polos opuestos. El espacio espe- cífico limitado por las partes que
componen la escultura, puede ser cerrado o abierto hacia el espacio externo.
El espacio cerrado de la escultura corresponde al "espacio-límite" y el espacio abierto al
"espacio-ambiente".
Si este espacio específico puede ser percibido como una unidad, la escultura posee unidad.
Por lo demás, es cuestión de inclinación individual que prefiramos el tipo de escultura
románica con su espacio cerrado o el otro de escultura barroca con su espacio abierto.
2. El volumen de la escultura.
La mera cantidad de los volúmenes de una escultura no tiene importancia como elemento de
expresión artística.
Tampoco es un valor artístico la simple tridimensionalidad.
Piedras, herramientas y cubos simples tienen tres di- mensiones.
Muchas formaciones de la naturaleza muestran una regularidad de proporciones que parece
seguir una ley definida de armonía y ritmo.
La formación del cristal, por ejemplo, no es acci- dental. Sus cubos claros son ejemplos
convincentes de la forma tridimensional. Podrían ser los elementos de una obra de arte si un
escultor los desarrollase en una combinación, de acuerdo a un plan organizado.
En su contacto con el mundo de los fenómenos, el escultor se halla sensual y espiritualmente
impresiona- do por la evidencia general de la tridimensionalidad de los objetos naturales.
Su energía creadora los atrae como un imán y aun cosas que nos parecen triviales son dignas
de su minu- ciosa e intensa observación.
Él las transmuta hasta que son partes orgánicas de su concepción visual y universal.
La energía formadora de la naturaleza, demostrada por un cristal, inflama su imaginación con
vigor particular.
La forma del cubo, con todas sus variantes, es con- vincente y tangible como una precisa
estructura tridimensional.
A Paul Cézanne le gustaba decir que la naturaleza debe ser tratada por medio del cilindro, la
esfera y cono; el todo unido al mismo tiempo por la perspectiva, de modo que cada lado de
un objeto o de un plano sea dirigido hacia un punto central.
Esta idea ha sido interpretada a veces, como un argumento para la tan llamada abstracción
en el arte.
Pero el mismo Cézanne habría estado difícilmente de acuerdo con esta interpretación, ya que
explica su idea con estas palabras: "Las líneas paralelas del hori- zonte sugieren extensión -
una sección de la naturaleza, o si se prefiere, del espectáculo que Dios despliega ante
nuestros ojos".
En esta afirmación, el cilindro, la esfera y el cono, deben ser considerados, evidentemente,
sólo como for- mas básicas de una concepción artística, esencialmente diferentes de las
figuras geométricas.
El arte trata con la precisión de la percepción intui- tiva y la representación creadora y no con
números exactos.
Por consiguiente, para el escultor, el cubo no es una unidad de medida, sino la más típica
forma básica de +concepción visual, la fuente de origen de la representación escultural.
Pero esta forma básica no es una solución definitiva, ni constituye un esquema de estilización
que el escultor elige libre o casualmente, como una de las varias posibilidades de
simplificación.
Esta forma se encuentra conectada orgánicamente con el problema central de su producción:
el volumen de forma cúbica es representativo de la sustancia material -el bloque de piedra o
madera- que el escultor debe transformar en forma organizada.
A través de este medio, él experimenta todos los as- pectos del mundo, anticipando su
actividad creadora.
Una obra, compuesta solamente de cubos no elabo- rados, puede estar llena de intensa
expresión formal espiritual.
En el Museo Egipcio de El Cairo se conservan varias estatuas egipcias sin terminar (ver fig.
4).
Estas obras no muestran una ejecución detallada.
Bloques cúbicos están apilados uno sobre otro con definidas superficies planas.
Nos fascinan por la grandiosidad de las proporcio- nes y la expresividad de las formas.
Igualmente pura y efectiva es la forma cúbica básica de figuras griegas no terminadas, como
por ejemplo, el arcaico Kuro de Naxos, en el Museo Nacional de Atenas.
Las estatuas arcaicas egipcias y griegas que han sido terminadas, muestran todavía este
estilo restringido (ver fig. 5).
Tanto la cabeza como sus partes constitutivas, como la nariz y los párpados, las rodillas y los
puños cerra- dos, son variaciones de la forma cúbica.
La crin de los caballos arcaicos del Museo del Acró- polis de Atenas no es una imitación de
una crin real, sino un bloque escultural puro. Al tallar la piedra el escultor forma sus
volúmenes; estos volúmenes sólidos son complementados por los espacio-unidades abiertos
entre las superficies de los sólidos. Estos interespacios son generalmente conside- rados
como agujeros. En los libros de arte se los llama volúmenes negativos. Sin embargo, una obra
de arte no puede contener elementos negativos. Los espacios entre los volúmenes son tan
positivos como los sólidos: no son vacíos, sino que están henchidos de vida, en sentido
artístico. Su valor es similar al del espacio encerrado por paredes y techos en un edificio. Las
correspondencias de forma y movimiento unen los volúmenes sólidos y los espacios, creando
unidad espacial y ritmo escultórico. Este ritmo, comprendido como interdepen- dencia no de
los contornos sino de los volúmenes no surge por casualidad. Tampoco los volúmenes inter-
espaciales se forman individualmente, sólo en relación con la estructura consciente. Estos
planos se originan en el mismomomento en que el escultor establece sus volúmenes sólidos.
Es uno de los misterios de la activi- dad artística subconsciente, por el cual algunas escul-
turas se disuelven en vacíos agujeros, mientras que los interespacios entre volúmenes de
otras son tan expre- sivos como los silencios en música.
3. Los planos de la escultura.
El escultor divide la naturaleza en un sistema de superficies de cubos.
Busca la relación entre los volúmenes cúbicos, des- arrollados en su imaginación, y transporta
esta relación en la construcción de una forma nueva.
Usa el material que percibió o imaginó para cons- truir un armazón de planos conectados por
medio de relaciones formales.
En su lenguaje, un plano no es una superficie perfectamente nivelada y medible en el sentido
geométrico abstracto.
Los planos son los límites esenciales que encierran el organismo de la escultura como las
caras de un cubo imaginario.
Ellos aprisionan la escultura en una unidad espacial aislada del espacio externo.
En el interior del espacio determinado por estos pla- nos principales, el escultor organiza su
trabajo mediante planos individuales que envuelven las diferentes partes de la escultura.
Los planos bordean el frente de un relieve; rodean la escultura de bulto, tanto una figura sola
como un grupo de varias figuras.
Ciñen las varias ornamentaciones del capitel de una columna románica.
Cierran la fila de columnas de un templo griego.
La contemplación del Partenón brinda una experien- cia sensible de este plano imaginario:
cuando contem- plamos una fila de columnas desde un ángulo facial oblicuo, las superficies
exteriores de las mismas se co- rresponden y forman una pared cerrada.
4. El espacio específico de la escultura.
Por medio de combinaciones de sus planos y volúmenes el escultor crea una síntesis: la forma
tridimensional.
Contrastando ejes diferentes, tiene posibilidades ilimitadas de mostrar todos los planos en
variados sistemas de relación mutua, de acuerdo al punto de vista actual del espectador.
Estas diferentes unidades de planos tienen un rasgo y objetivo común: llevar nuestra mirada
de los planos laterales a la tercera dimensión, creando en nuestra mente la sensación de un
organismo tridimensional y de movimiento.
En un capítulo fascinante que trata sobre los prin- cipios de la escultura monumental, Henri
Focillon demuestra que el movimiento plástico no es idéntico al movimiento natural.
Por medio de las direcciones variadas de los ejes, el escultor produce equivalentes artísticos
al movimiento natural.
La escultura puede manifestar motivos de movimiento, aunque las diferentes figuras de la
composi- ción no muestren movimiento en el sentido ordinario.
El movimiento de un cuerpo vivo procede de una liberación de acumuladas "energías
potenciales". Esta idea de Bergson aclara el problema del movimiento en escultura. El escultor
no puede reproducir el movi- miento real en el espacio y el tiempo, como lo hace el
cinematógrafo. Su obra es inmóvil.
Auguste Rodin (16) ha explicado que deseaba crear la ilusión de vida --deseaba que el
espectador tuviera la impresión de que sus figuras se movían en el espacio. Sin embargo,
reconocía que una fotografía no repre- senta una imagen adecuada del movimiento natural.
Rodin definía el movimiento como una transición des- de una posición del cuerpo a otra. Por
tanto, trataba de llegar a formar varios gestos del cuerpo en la misma figura, que .fueran
sucesivos en el tiempo, para que cada gesto se uniera imperceptiblemente con los otros.
Indudablemente una estatua carece de estabilidad si el escultor capta solamente un momento
fugitivo del complejo movimiento. Él tiene que inventar una forma sintética para una típica fase
del movimiento; tiene que crear en nuestro espíritu la representación de un cuerpo en
movimiento, por ejemplo, el de un boxea- dor, un corredor, un bailarín.
Ahora bien, puede representar la energía acumulada en su más alta tensión antes de que sea
liberada. La resistencia a la liberación de la energía es un motivo interior de actividad. El
equivalente artístico de tal motivo interior reside en una particular armonía con el carácter de
permanencia, la marca de la pura escultura.
La conexión orgánica entre la representación de la forma tridimensional y los motivos de
movimiento determina la expresividad y fuerza vital de la escul- tura, especialmente de la
escultura de bulto. El escultor debe establecer, para cada parte, una vi- sible relación formal
con el todo. Solamente esta relación da significación artística a los elementos individuales.
Una cavidad, tallada en la piedra, puede cumplir un papel funcional de importancia
desproporcionada- mente grande, aunque su profundidad real sea sólo de una fracción de
pulgada.
Percibimos los planos laterales en extensión reducida, pero deben ser visibles a pesar de esta
reducción. Supongamos que el escultor deshace un plano para formar el pliegue de un vestido
o el espacio hueco entre varios miembros de un cuerpo: su imaginación vi- sual construye
instintivamente una combinación de planos oblicuos formando la parte interna de un cono. El
resultado es una percepción íntegra de todos los planos.
Si, en cambio, compusiese estos planos en una dirección recta, producirían cavidades
amorfas con som- bras oscuras, que no articularían sino romperían el plano.
Podemos comprobar el efecto destructivo de esta desintegración de unidad, cuando un
escultor imita una cavidad natural, por ejemplo, la forma real de una boca abierta. La cabeza
pierde la forma de cubo o esfera y aparece como una cáscara vacía.
Esta misma impresión resulta notablemente chocante cuando los ojos de una estatua antigua
han sido hechos por separado y se han perdido.
El aspecto de una escultura -especialmente de un relieve- que no muestre planos laterales
expresivos, no es esencialmente diferente del de una pintura porque no se advierte la tercera
dimensión.
De allí que la composición de planos combinados debe realizar esta función: construir el
espacio espe- cífico de la escultura, encerrando todas sus formas asegurando su coherencia.
C) LA IDEA DEL ESCULTOR
La concepción del escultor abarca todo el organismo de su obra: todas las extensiones,
límites, nerviosas energías de las formas cúbicas, y también, aunque de modo inconsciente,
los interespacios correspondientes a los sólidos volúmenes. Primeramente experimenta los
volúmenes en el tipo básico más claro; luego, establece en su espíritu las mutuas relaciones
a lo largo de diferentes ejes, los cuales le sirven como el esqueleto inmaterial de la escultura.
Esta compleja representación imaginaria es su visión original, la idea plástica.
De conformidad con el orden de su idea, el escultor varía y anima la forma básica, redondea
los ángulos, articula los planos e inventa valores individuales para cada parte.
Todos los elementos son amalgamados en una confi- guración única, investidos de única
significación for- mal, dependiente de la relación que tienen unos con otros.
Christoph W. Gluck tenía presente esta relatividad de expresión formal, cuando contestó la
siguiente pre- gunta de un cantante: ¿Por qué un aria determinada de su Ifigenia le causaba
una sensación de estremecimiento cuando la cantaba como parte de la ópera, y en cambio
no le producía la misma impresión de terrible amenaza cuando lo hacía por separado?
Gluck contestó que toda la magia de esta aria consistía en el contraste que realizó entre la
misma y el suave canto precedente, además de la selección de los instrumentos de
acompañamiento.
Evidentemente, la idea del escultor no pertenece a la misma categoría de las ideas filosóficas
y literarias.
Es resultado de una actividad mental que desarrolla y une componentes amorfos, sean ellos
percibidos o imaginados, en el microcosmos de una nueva forma organizada.
El escultor genuinono necesita más expediente que valores tridimensionales; por ejemplo, no
se vale de recursos pictóricos o lineales.
Él no conoce líneas, sino volúmenes y planos.
No elegirá temas que resultan interesantes sólo en un sentido literario o psicológico.
El malentendido sobre los límites de las diferentes esferas del arte es tan general, que hasta
un artista y teórico tan reconocido como Leonardo da Vinci, declara:
"La escultura es de carácter inferior en comparación con la pintura". (18)
Arguye que el escultor no es capaz de reproducir la variedad de las cosas por medio de
diferentes colores; la perspectiva de un escultor no corresponde a la verdad; que la escultura
no puede representar la niebla y el cielo nublado, ni la perspectiva formada por la atmósfera.
Leonardo concluye con la asersión de que:
"La escultura es más durable, y eso es todo."
La misma falta de distinción entre las cualidades fundamentales que diferencian la escultura
de la pin- tura, es revelada algunos siglos más tarde por Denis Diderot, uno de los iniciadores
de la moderna crítica de arte.
En su ensayo sobre la escultura, escribe:
"Parece que las dificultades del pintor son mayores que las del escultor si el motivo es
complicado -claroscuro, disposición, lu- gar de representación, cielo, árboles, agua y demás.'"
Tal impura concepción de la escultura ha persistido hasta el presente, no sólo en libros que
tratan sobre arte sino también en la mente de los artistas.
Sin embargo, una nueva generación de escultores ha encontrado el camino de retorno a la
gran tradición del arte egipcio y griego. Mas tiene que luchar contra los convencionalismos y
la confusión de ideas.
La Academia de Bellas Artes de París dió en el año de 1937. 39937 el tema siguiente a los
competidores para el Gran Premio de Roma de Escultura:
"Tres Musas huyeron de Apolo y están quejándose de la barbarie de la humanidad".
Como se vé, el sujeto es puramente literario y no tiene relación con las posibilidades de la
escultura.
Debe afligirnos que artistas jóvenes sean tidos a esta clase de pruebas.
D) FORMA Y TEMA. PROPORCIÓN
Paul Valéry, analizando el génesis de su producción poética, nos ha dicho que el germen de
varios de sus poemas consistía en "una estimulación de su sensibi- lidad formal",
antecediendo a todo motivo y a toda idea expresable. El origen de otros poemas era una sim-
ple indicación de un cierto ritmo que gradualmente recibía “significado”
Por analogía, entendemos por qué una organización no objetiva de volúmenes, puede ser
capaz de impre- sionar nuestra sensibilidad, si la unidad espacial posee un orden original de
estilo.
Un producto de la técnica, como una escultura, es construído de acuerdo a reglas formales
definidas. A menudo, lo está rígidamente sobre las bases de la forma cúbica.
Pero el orden de su construcción es controlado por propósitos prácticos y se halla sujeto a las
leyes mecánicas, matemáticas y físicas. Aun si su apariencia es satisfactoria desde un punto
de vista estético, la belleza allí es una belleza vacía.
La representación del artista se halla libre de restricciones materiales. Ella incluye los
elementos espirituales de la naturaleza humana: pasión y emoción religiosa.
Temas nutridos por experiencias activas del artista -por ejemplo, los temas de elevación,
resignación o lucha y destrucción- pueden ser expresados sin un motivo claro por la simple
dinámica de valores formales.
Pero no hay razón para que una composición con tema claramente indicado no pueda ser
igualmente pura, con tal que la creación transforme la apariencia casual de la realidad.
El teórico que rechaza inflexiblemente todo motivo, ignora la relación que existe entre la forma
y el conte- nido, exactamente como lo hace el mero imitador de la naturaleza.
Ambos separan el motivo de su conexión indisoluble con un múltiple proceso mental, o sea la
imaginación creadora.
"El arte puro contiene simultáneamente al mundo exterior y al artista mismo."
Cada aspecto del mundo puede ser medio de crea- ción. (Ver figura 6).
Los contenidos de toda la existencia del artista proporcionan los motivos de su trabajo.
Se hallan almacenados en su taller mental. A veces quedan preparados en su subconciencia
por un largo tiempo. Puede recurrir a ellos y realizarlos cuando encuentra la idea escultural
adecuada.
La cuestión esencial no es la de qué aspecto del mun- do revelan las fuerzas energéticas del
universo. Sólo es importante que inspire al artista a representar su orden y su propia
personalidad a través de la creación de una nueva forma.
La imaginación creadora excluye la mera copia de la naturaleza.
En la imitación se pierde el primer elemento de la imaginación, es decir, la disociación del
material en bruto de la naturaleza.
De allí que no pueda haber ninguna síntesis en una nueva combinación de formas
Los escultores griegos arcaicos, al representar caba- llos, resaltaban la fortaleza del cuello y
el pecho contrastándola con la gracia de las patas.
Ellos transformaban las proporciones de la naturaleza y descuidaban detalles anatómicos
como los músculos y las articulaciones.
Estilizaban la crin en una forma escultural, pura. Su arte no es "primitivo", falto de técnica
miento.
No querían imitar a la naturaleza.
Crearon símbolos del espíritu griego.
La cabeza de un joven griego -el Efebo rubio- muestra el mismo carácter que los caballos
arcaicos conservados en el Museo del Acrópolis de Atenas.
Cabello, párpados, todas las partes de la cabeza prueban la entera libertad del artista.
Ha dado más que el retrato de un individuo efímero; ha creado una obra que por la eternidad
representa nuestra idea de la mente y el alma griegas.
Los espectadores cándidos se sienten disgustados con- templando un caballo arcaico.
Las proporciones aparecen demasiado diferentes de las de los caballos que ellos conocen.
Tienen que olvidar los animales actuales antes de que puedan comprender la grandeza de
estas esculturas.
Ellos pueden ser capaces de reconocer el abismo entre dos modos de actitud espiritual,
comparando el bronce griego arcaico de un caballo, del Museo Metro- politano de Nueva York,
(ver figura 7), con el bronce helenístico de un caballo de carrera del Museo Nacional de
Atenas.
El bronce helenístico ya no tiene la simplicidad y dignidad de un símbolo.
Los detalles físicos característicos del animal se hallan acentuados con exactitud inmejorable.
La lengua se ha hecho por separado y cuelga movible en la boca abierta.
Los valores espaciales están disueltos.
Actualmente esta escultura constituye un documento de historia natural.
Una degeneración aun mayor de la concepción crea- dora hacia la reproducción de formas
naturales, es típica de muchas obras de nuestros tiempos.
Estatuas de personas famosas exhiben detalles insig- nificantes de ropas con todos sus
pliegues y botones, en lugar de revelar los rasgos distintivos de genio y carácter en una
representación monumental.
En conmemoraciones de hechos históricos, uniformes y armas son copiados con detalle
minucioso.
Prevalece el llamado al intelecto y al sentimentalismo. Además, se despierta alguna
admiración por medio de superficies delicadamente cinceladas; por ejecución sofisticada de
la carne, cabellos y otros elementos físicos.
El interés causado por tales trabajos pertenece al plano de la documentación personal,
hechos políticos o históricos e historia natural, pero no del arte creador.
Aberraciones de esta índole son inconcebibles si la imaginación comprende simultáneamente
la forma y el contenido. Una representación orgánica determina todas las proporciones.
Éstas no pueden ser fijadas por un canon general. Son tan variables como los valores
espirituales que representan.
Si recreamos la concepción compleja de una obra de arte, de sus formas y proporciones, en
vez de circunscribirnosa la mera contemplación pasiva, encontramos acceso a su alma: a la
del arte griego, que sitúa el cuer- po humano en el centro de la creación, simbolizando por
medio de la más clara armonía de forma y ritmo, la victoria del espíritu humano sobre la
substancia ma- terial, o al mundo trascendental del arte gótico, que en sus naves verticales
aniquila la existencia humana ante Dios.
Por centurias, el arte gótico ha sido condenado como bárbaro y rudo, falto de armonía y
proporciones (22). Pero el arte gótico no es una negación de éstas; en realidad descubre
nuevas proporciones originales y así expresa la fe y el carácter espiritual de un período en-
tero.
Estos dos ejemplos demuestran que las posibilidades de la expresión artística formal yacen
entre polos opues- tos: de un lado, sensualidad y esplendor mundano; del otro, ascetismo y
fervor religioso.
Pero es una regla general del arte que la forma creada por un artista sólo tiene importancia
artística si incor- pora valores espirituales; y que una unidad espacial sólo tiene existencia, en
el sentido del arte, si encierra valores espirituales. Las esculturas antiguas sin terminar hacen
evidente que la forma puede ser reducida a elementos básicos y sencillos.
Si las proporciones son originales y convincentes y si se asegura el equilibrio entre este modo
de expresión restringida y los intrínsecos valores espirituales, el or- den de planos sin adornos
y volúmenes, sin disociar todavía, tiene la grandeza de la monumentalidad.
El tamaño real de la obra no tiene importancia.
E) LUZ Y SOMBRA. EL MODELADO
Un escultor que persiga la realización de la escultura pura, no compartirá la opinión de
Leonardo da Vinci de que sus medios son limitados, porque su trabajo está "sujeto solamente
a una cierta clase de iluminación".
No se empeña en efectos de luces como un valor en si mismo.
Una estatua hecha por Gian Lorenzo Bernini, con su típico espacio abierto del estilo barroco,
enfrenta los problemas propios de un pintor. Los contrastes de luz y sombra son una parte
muy esencial de su efectividad.
De la misma manera, una escultura de Jean Baptiste Carpeaux muestra desintegración de
volúmenes, con- veniente a una pintura impresionista, y disolución de planos por medio de la
distribución de innumerables formas particulares en toda la obra.
El resultado es una espléndida red de luz y sombra.
Auguste Rodin abogó enfáticamente por una con- cepción del arte plástico que rivalizara con
la pintura en cuanto a la irradiación de color.
Un examen crítico de sus argumentos puede hacer luz sobre un principio de importancia
general, ya que Rodin, debido a su talento fascinante y a su brillante facultad de expresión
verbal, es el representante de una difundida actitud artística.
Él ha influído sobre varias generaciones de artistas y aun impresiona a los escultores y a la
opinión pública.
Su credo consiste en que la refinada ciencia del mo- delado la science du modelé- es una
condición de perfección, y que "el color es la flor del modelado hermoso".
En su taller guardaba una pequeña copia de una Venus helenística, con el objeto de "estimular
su propia inspiración". Él gustaba con "ardor devoto" las salientes casi imperceptibles y las
suaves depresiones de sus superficies, las "incurvaciones voluptuosas" y las ondulaciones de
formas y transiciones.
Elogia la "reproducción de la realidad material" y la ilusión de la vida real:
"Ésta es carne real. "Podría creerse que está petrificada a besos y caricias. "Casi podría
pensar que, si tocase este tor- so, lo encontraría respirando".
Evidentemente, aquí el escultor siente come lo haría pintor naturalista.
Su ideal es una “sinfonía prodigiosa en blanco y ne- gro", producida por fuertes luces sobre
el pecho de la figura y por sombras enérgicas en los pliegues de la carne; por "vaporosas,
trémulas semi-claridades" en las partes más delicadas del cuerpo; y por transiciones borradas
delicadamente hasta que "parezcan disolverse en el aire".
Rodin expresa su entusiasmo en un estilo literario que caracteriza precisamente el estilo de
sus obras, y en general, un tipo muy popular de escultura.
En esculturas puras no encontramos planos borrados o transiciones veladas.
No existe el problema de la "ciencia del modelado", porque no son modeladas sino talladas
en piedra o madera.
Además, la luz y sombra no poseen autonomía.
Encaramos una tendencia contraria al deseo de evo- car la ilusión de la vida sensual de la
realidad.
Cada forma está limitada en el espacio cerrado de la escultura.
Los planos individuales se extienden con claridad y están coordinados con sobria moderación.
Así la obra exhibe la concepción espacial en forma intacta.
La organización de luz y sombra sigue la ley de la tridimensionalidad, como un ayudante
exacto, mas sin pretensiones.
El juego sinfónico de la sombra es sólo la consecuencia natural de una articulación orgánica,
no una aspi- ración en sí misma.
El escultor lo incluye en su cálculo artístico en tanto refleje todas las relaciones esenciales y
todas las grada- ciones particulares de forma plástica. Esta forma in- destructible e inamovible
es el valor dominante de la escultura pura.
Comprobamos, pues, que la simplificación no es idén- tica a la sequedad o al frío
intelectualismo, y que tam- poco significa una desviación de la verdad, como creía Rodin.
El Museo Universitario de Filadelfia, Pensilvania, po- see una cabeza tallada en alabastro, de
una colección de esculturas funerarias de Saba, sud de Arabia, hecha entre los años 150 y
200 a. J. C. (*). (Ver figura 8). Los planos de esta escultura son casi geométricos.
La cara tiene solamente dos planos principales: uno elevado, comprendiendo la frente y la
línea del hueso nasal, y un plano más bajo que comprende los ojos, mejillas, boca y mentón.
La nariz está representada por un cubo; las aletas de la misma han sido formadas
simplemente por pla- nos laterales paralelos.
Así, la cabeza está reducida a la forma más elemental posible.
Esta escultura era destinada a ser enterrada con el hombre al cual representaba, no como
retrato sino como un símbolo de su personalidad. Es abrumadora por su simplicidad
monumental y dignidad solemne.
La simplificación austera prueba el empeño del ar- tista en descubrir formas y proporciones
aborígenes, como la expresión adecuada de valores simbólicos.
La luz y la sombra cambian, y con ellas el aspecto de la escultura.
Muchos valores de profundidad menguan en la bri- llante luz difusa que se desparrama de
todos lados so- bre sus superficies; la forma durable de la tridimensionalidad permanece
latente.
Cuando la luz de costado cae sobre un relieve, sus cavidades se sumen en profunda sombra
y se revela el movimiento plástico.
Sólo si compartimos la vida de una escultura, pode- mos agotar sus potencialidades.
En un museo ella es relegada, demasiado a menudo, a la vaga existencia de una sombra.
SEGUNDA PARTE
EL PROCESO DEL TRABAJO
A) DESARROLLO DE LA CONCEPCIÓN VISUAL
La creación de una escultura lleva al artista muy por encima del estado de éxtasis místico.
Ella requiere una constante tensión activa de la mente.
La visión plástica en sí misma es sólo una posibili- dad. Para transformarla en forma individual
actual, el escultor debe desarrollar su idea, al mismo tiempo que encuentra una
correspondencia orgánica con un material concreto.
Algunos artistas poseen la afortunada constitución mental que les permite seguir
constantemente con su trabajo, y una tarea es continuada armoniosamente por la próxima.
Ellos experimentan lo mismo todo ese sufrimiento que es inseparable de la actividad espiritual
más elevada.
Pero la rutina diaria resuelve muchas depresiones, produce resultados tangibles y la ilusión
de la conquista creadora.
Para otros artistas, no tan felizmente dispuestos, la vida no estáregulada tan metódicamente.
Sus ideas permanecen en una especie de fermentación, que por un largo tiempo les impide
el trabajo manual.
En sus mentes se desenvuelven mundos de formas.
Tienen que organizar esta caótica exuberancia de visiones.
Es un movimiento fluctuante que sigue diversas va- riaciones de representación interna, antes
de que la energía del artista se concentre en una línea determinada.
1. Estudio de la Naturaleza. El dibujo.
Por medio de la observación de la naturaleza, el ar- tista adquiere conocimiento de la vida de
las formas y sus interrelaciones.
Estudiando sistemáticamente el mundo exterior y fi- jando sus propias impresiones, recoge
un tesoro inter- no de imágenes.
El método usual es hacer un cuidadoso dibujo o al menos un sumario esbozo frente al objeto.
Frecuentemente, una fuerte experiencia visual sirve como el germen que formula una idea
plástica, la cual más tarde será realizada en una escultura.
La memoria del artista no sólo registra hechos e im- presiones sino que es fértil.
Además, la memoria es el juez en que más vale confiarse para estimar la fuerza de una
emoción y lo pre ciso de la percepción.
De allí que un método más libre de estudiar la natu- raleza se limite a la observación
persistente.
El artista contempla un objeto desde todos los pun- tos de vista.
Trata de comprender la formación de su organismo, sus contornos, y si es algo viviente, el
ritmo típico de sus movimientos, el cambio continuo en la relación de sus formas si sucede
algún desplazamiento.
Por medio de este género de observación adquiere la facultad de ver el objeto con su ojo
interno. Por ejem- plo, el cuerpo humano, o un animal, en todas las posi- ciones posibles -de
frente, de ambos lados, de atrás- y en todas las direcciones de movimiento.
El objeto vive en su imaginación.
Él considera como percibidas solamente las imágenes que reaparecen espontáneamente en
su mente.
Fija estas representaciones recolectadas en un dibujo que hace de memoria.
Este método parece el más apropiado para el trabajo preparatorio del escultor, ya que su
visión debe com- prender todos los aspectos de un objeto.
Cuando un escultor hace un dibujo, revela instinti- vamente su tendencia general a construir
la forma por medio de un sistema de limitaciones cúbicas.
En su diseño no establece un valor lineal o pictórico, sino plástico, extractado de una multitud
de formas y movimentos.
Sus dibujos representan una especie particular distinta del arte gráfico.
De conformidad con el carácter de la línea, las posi- bilidades de las artes gráficas están
conectadas específi- camente con la composición bidimensional de planos y líneas.
Para el escultor la calidad de la línea en sí misma es de importancia secundaria.
No está interesado en el encanto de la belleza sen- sual, típica digamos, de un grabado hecho
a punta seca. Es verdad que muchos dibujos de grandes escultores contienen valores gráficos
específicos y son acabadas obras de arte. Pero su marca distintiva es la expresión de planos
que llevan a lo profundo.
Ellos circundan la forma.
Como la representación espacial misma no está depu- rada y desarrollada, estos dibujos
interpretan el espacio en un lenguaje que no es inteligible todavía para el lego.
El carácter formal de un dibujo corresponde general- mente sólo al grado de madurez a que
ha llegado la visión tridimensional.
Muchos escultores dibujan el proyecto completamen- te desarrollado, como un plan exacto
destinado a sos- tener su memoria.
Este dibujo indica la estructura arquitectónica, especialmente todas las relaciones que son
esenciales para la dirección en la tercera dimensión.
No despliega efectos de luz y color.
Las transiciones de forma a forma son destacadas claramente, con el objeto de limitar la
organización plástica. (Ver. fig. 9).
2. Modelo e imaginación.
La solidificación de elementos minerales en cristal simétrico sigue determinables leyes de
energías.
La coagulación de varios motivos de forma y movi- miento en la estructura escultural se realiza
a través de una operación análoga de la mente.
La idea del escultor es el impulso gobernante en este proceso.
Por eso, esculpir con modelo es una desviación del curso orgánico. Un modelo está insertado
entre la vi- sión y la realización.
Si el artista sitúa una forma natural ante sus ojos, su atención es de igual modo absorbida por
esta inmediata impresión sensorial.
La imitación suplanta, entonces, a la imaginación.
El escultor capta los diferentes aspectos del modelo que posa en la plataforma giratoria.
Concibe así una serie de siluetas y relieves, parecidos a las figuras transitorias de una
película.
Auguste Rodin ha expresado lo siguiente: "El dise- ñar de todos lados esculpiendo es el
encantamiento que permite al escultor infundir vida a la piedra. Su dibujo es una mágica
conjuración de líneas, que captan la vida". Esta comprobación contiene una crítica invo-
luntaria a tal procedimento.
El total de varios sistemas individuales y de una serie de relieves, no puede producir una
existencia plástica en el sentido de la escultura.
"La conjuración de la vida plástica" requiere la representación simultánea de todas las caras
de un objeto.
Sólo la imaginación tiene el poder de realizar tal síntesis, por medio de un trabajo que está
liberado de la fluyente secuencia del tiempo, y que se erige como un símbolo de espacio y
eternidad.
Esta cristalización no se desenvuelve con la regula- ridad con que se concrecionan las
partículas de cuarzo.
El escultor no puede esperar que un desarrollo sub- consciente de su visión lo lleve a la
completa realización. Debe agotar sus facultades mentales y su ener- gía; tiene que pasar por
una lucha larga y enervante, amargada por vicisitudes y reveses.
Las formas naturales tienen que ser sublimadas y transformadas de manera que realicen una
función plástica, representando volúmenes esenciales.
Las caras de partes individuales que forman cavidades como los pliegues de un vestido, por
ejemplo son sesgados en combinaciones cónicas para que sean visibles.
Las diferencias en profundidad sugieren espacio.
Por lo tanto, el escultor elimina detalles que reprodu- cirían solamente facciones triviales de
un objeto perci- bido, como ser, los cabellos, dientes y garras, o botones y pliegues.
Los motivos de movimiento deben ser traspuestos en el orden del movimiento escultural.
Los poetas pueden sugerir transiciones flotantes y modificaciones de la forma viviente.
Pero el escultor tiene una tendencia innata de captar la forma estática.
Fuerzas secretas trabajan en su subconsciencia.
Una conexión subterránea con capas más profundas de la personalidad garantiza la
singularidad de las grandes obras maestras.
Pero el escultor domina el caos.
Por medio de la precisión formal y de la monumentalidad, eleva elementos subconscientes e
inconscientes a un estado de conciencia lúcida.
Establece un equilibrio entre el movimiento valores estáticos.
La tensión entre estas tendencias opuestas las fuerzas ocultas en lugar del movimiento
exterior vivientees una de las condiciones fundamentales del estilo plástico monumental.
La imaginación del escultor concibe las masas prin- cipales como una unidad coherente.
De ese modo, las masas equivalentes de la obra materializada aparecen siempre ligadas en
unidad, aun cuando las percibamos desde una distancia lejana donde no es visible la riqueza
de las formas espaciales.
Le es casi imposible al lego darse cuenta claramente de cuán concretas y exactas son estas
imágenes internas.
La imaginación del artista, con su poder formativo e inventivo, es esencialmente diferente de
la imagina- ción de la generalidad de las personas.
Sólo el artista mismo experimenta lo distinto de sus visiones. Éstas viven en su mente. Se
mueven y des- arrollan,no vagas y pálidas, como los remanentes de una impresión óptica en
la retina de los observadores comunes, sino como una realidad espiritual, aunque pueden
surgir libremente sin una previa percepción objetiva.
Todas estas formas se mueven o se mantienen en el espacio: percepción e imaginación de
forma y espacio son inseparables.
La concepción de la forma está conectada con un material particular.
El escultor ve su obra en piedra, madera o metal.
Sólo es capaz de desarrollar su idea, si tiene ya en su fase inmaterial los típicos rasgos
diferenciales, ade- cuados a la estructura de una sustancia concreta. En el proceso de la
creación artística siempre existen elementos inexpresables e inobservables.
El método del artista no refleja necesariamente la compleja actividad mental, ya que está
compuesto de elementos conscientes e inconscientes,
No pueden, entonces, sentarse reglas dogmáticas so- bre el desarrollo de la visión del artista.
Sólo podemos indicar el camino ideal que correspon- de a la naturaleza de la imaginación
creadora.
Los ejemplos de Paul Cézanne y Vincent Van Gogh prueban que el trabajo ante el objeto no
excluye el arranque espontáneo de un proceso extremadamente creador.
Con tales hombres, un poder visionario elemental ab- sorbe de inmediato la impresión visual
y traspone la forma percibida en una imagen perteneciente a un mundo único.
La producción de una escultura quizás demande más urgentemente esta independencia de
las impresiones actuales impuestas por un modelo.
El escultor, sujeto a la ley específica de su reino tri- dimensional, tiene que concentrarse
siempre con igual intensidad sobre todas las caras de su trabajo; el equi- librio se perturba
cuando ve una de ellas, no sólo en su imaginación sino también con sus ojos.
3. La imagen eidética.
Grandes escritores y artistas han descrito experiencias visuales de un carácter peculiar. La
impresión de un objeto percibido permanecía o reaparecía después de un cierto tiempo como
una "imagen realmente objetiva" (Goethe)- diferente de las imágenes transitorias que
usualmente siguen la nues- tra percepción de un objeto.
A menudo tales imágenes reales aparecen aún sin una percepción precedente, como si fueran
creadas por la pura imaginación. Son llamadas imágenes eidéticas -la palabra griega eidos
significa forma, apariencia, imagen (28).
Un pintor, Anselm Feuerbach, hace la siguiente de- claración: "Yo no sueño con ello; pero
vive permanentemente dentro de mí. "Lo veo ante mis ojos. Percibo moverse la figura. Hasta
podría describirla. "No es realmente un fantasma de mis ensueños que me engaña; se
mantiene frente a mí" (29).
Hace solamente unos pocos años atrás, en 1920, un psicólogo estableció una base científica
para estos esta- dos de conciencia no observados o explicados hasta en- tonces (30). Y han
confirmado este descubrimiento muchos experimentos realizados por otros expertos (31). Las
imágenes de esta clase se asemejan a proyecciones externas de un objeto sobre una pantalla.
El sujeto eidético las ve realmente en la pantalla.
Los experimentos han probado que se tornan más grandes si el sujeto se aleja de la pantalla,
en la misma forma que las proyecciones se agrandan cuando se tras- lada la cámara a una
distancia mayor de la misma. El Journal de Psychologie francés (nov-dic. 1930) informa sobre
el resultado sorprendente de otro experimento.
El sujeto era capaz de dar una descripción más exacta de su imagen eidética cuando la
contemplaba a través de un cristal de aumento. Aun sensaciones e imágenes
tridimensionales, por ejemplo un relieve imaginario, pueden ser producidos por eidetismo
táctil.
En todos estos casos el sujeto eidético ve y siente imá- genes que percibió o que surgen
libremente ante su ojo interno, como si fuesen exteriorizadas y tuviesen una existencia actual.
Pero él no cree en la existencia actual de un objeto exterior. Luego, la imagen no es una
alucinación. "En la experiencia eidética el Yo subjetivo está activo en el espacio específico de
la imagen y participa "en el juego". "Los adultos, al desarrollar una representación interna,
confrontan pasivamente la reproducción mental como espectadores reflexivos" (32).
Esta visión peculiar es una forma más temprana de conciencia.
La disposición normalmente desaparece antes de los doce años, después del cambio en el
cerebro infantil de una criatura.
Una educación racionalista, intelectual, la suprime enteramente.
No es sorprendente, sin embargo, que muchos artis- tas mantengan esta constitución mental
en años subsi- guientes, ya que su producción está basada en la unidad de percepción,
imaginación y representación.
Algunos psicólogos han manifestado la esperanza de que este descubrimiento pueda abrir un
nuevo camino a las exploraciones en la psicología del arte.
Esta expectativa parece especialmente bien fundada en consideración a la actividad mental
del escultor. Su trabajo requiere una concentración anormal sobre imágenes imaginadas
durante largo tiempo.
Tenemos el derecho de suponer que la visión eidética ha sido un elemento inestimable del
genio imaginativo de muchos escultores, cuyo poder de concepción visual creadora
admiramos.
Se reserva un estudio sistemático de este problema para investigaciones futuras.
4. Imaginación y material.
El escultor tiene a su disposición muchas clases de material, de muy diferente sustancia y
apariencia.
Se conmueve cuando toca un trozo de duro granito, por ejemplo granito egipcio de Assuan,
con sus grá- nulos rosados y negros.
Se excita su sensibilidad por la calidad incomparable del mármol pentélico, con su luminosa
contextura amarilla, casi transparente, mezclada con millones de chispeantes partículas
doradas, precioso como una gema.
Para distinguir el carácter del mármol pentélico o de Paros del de Carrara, gris y sin vida, no
necesita com- parar una estatua de Olimpia con la copia romana de una escultura griega.
Un fragmento pequeño es suficiente, no sólo para dar evidencia de grano y color diferentes,
sino para servir como estímulo sensual para su propia actividad.
Igualmente reacciona a la cualidad física de la ma- dera y el bronce. Cada material requiere
un método técnico especial y un estilo especial de trato formal que explota las posi- bilidades
específicas de su estructura. Por lo tanto, el material dicta el estilo.
Denis Diderot escribe en un ensayo sobre la escultura:
"Como se sabe, el mármol es sólo una copia de la terracota".
Esta idea, que prueba falta de experiencia sensual y táctil, corresponde a una práctica
generalmente acep- tada en las últimas centurias.
Escultores famosos no se han visto impedidos por es- crúpulos artísticos al ordenar
reproducciones en már- mol de modelos de yeso, copias en bronce de esculturas de mármol,
y figuras de piedra sacadas del bronce.
Un escultor que trabaja directamente en el material, mediante la llamada talla directa, adquiere
el sentido de la personalidad individual del mismo, a la que respeta y desarrolla.
El bronce revela reflejos expresivos y una silueta aguda. No es necesario mantener juntas
grandes masas de forma, pues la resistencia y duración del metal es casi ilimitada.
Volúmenes relativamente livianos, una expandida ar- quitectura abierta y una composición de
movimiento vivo están en conformidad con el bronce y otras clases de metal. Todas las formas
deben ser redondeadas y cada una combinarse con la otra adyacente.
De otro modo, la superficie aparece como quebrada. La silueta de una pieza de mármol es
más bien indistinta. Los reflejos de la luz no son intensos, ya que la pie- dra la recoge y
absorbe. La masa de mármol es la cualidad determinante. Todas las elevaciones y cavidades
que se encuentran en su superficie son efectivas.
En contraste con el bronce, la piedra no permite lige- reza de estructura o movimiento vivaz.
Loselementos esenciales de su belleza son la densidad poderosa y la simplicidad.
El granito es extraordinariamente resistente.
Esta cualidad condiciona la fuerza monumental del arte egipcio. 66 que La piedra caliza, por
otra parte, es tan blanda casi puede ser cortada con un simple cuchillo.
Es un material ideal para composiciones extendidas, altamente rítmicas, de figuras refinadas.
Los relieves que cubren las paredes de las tumbas egipcias en Sakkara, exhiben el esplendor
suave de su contextura a través de modulaciones casi imperceptibles de las superficies y la
delicadeza de los contornos.
Expuestas a un clima fuerte, las esculturas hechas en piedra caliza se deterioran rápidamente.
La madera requiere alternativamente redondez contornos agudos. Por las diferentes
direcciones de su crecimiento y la desigualdad de su dureza, la madera es un material mucho
más caprichoso que la piedra.
La forma debe ser muy gruesa en comparación con las formas naturales.
De otra manera, la escultura parece frágil e inestable. La idea del escultor no es productiva ni
puede ser desarrollada, si no abarca los rasgos característicos de un material específico: ya
sea la densidad arquitectónica y la organización en amplias masas, típica de una escul- tura
en piedra — o el cuerpo delgado, los reflejos expresivos y los contornos del bronce.
Estas asociaciones entre las ideas formadoras y la conciencia de una sustancia específica no
son estáticas du- rante el tiempo de maduración de su plan, ni durante el curso de su
ejecución. Están obstruídas por ideas divergentes. Las impresiones externas debilitan su
intensidad.
Los hechos diarios distraen la mente del artista. Las imágenes de la escultura desaparecen y
reapare- cen, alteradas por el curso continuo de la vida.
Pero el artista tiene que reprimir las impresiones acla memoria de hechos no relacionados
con su tuales y trabajo. Sólo la energía mental concentrada es capaz de cap- tar el producto
fluctuante de su imaginación.
El conocimiento cada vez más profundo del material de sus peculiaridades individuales, la
meditación artística, las emanaciones de la fantasía, la experiencia manual intuitiva — todos
estos factores cooperan en proseguir la realización de su plan.
La ley intrínseca de su visión se desarrolla y cambia por debajo del umbral de lo consciente.
A veces la visión original se halla en peligro de eva- porarse. Entonces el escultor debe olvidar
todo el complejo de sus representaciones internas. Repentinamente, todas las formas y sus
relaciones esenciales emergen de la confusión o el olvido, a menudo con una densidad más
madura y con proporciones perfeccionadas, como resultado del inconsciente crecimiento
orgánico.
El hombre que ve la escultura terminada, quieta y sin pretensiones ante sus ojos no puede
ser copartícipe de las agonías que son inseparables del trabajo creador, No siempre el camino
entre principio y fin se cierra armoniosamente en un círculo, de modo que visión Y realización
se junten en unidad.
B) LA EJECUCIÓN DE LA ESCULTURA
1. Escultura en piedra y en madera.
Cuando echamos una mirada hacia pasados períodos de arte y estudiamos viejos métodos,
esta retrospección no implica la aceptación de preceptos académicos que podrían estorbar la
independencia de los artistas modernos.
La conformidad del procedimiento técnico establece, entre artistas de todas las épocas, una
congenialidad sobre principios artísticos profundamente arraigada.
El tratamiento de la piedra y la madera está sujeto a ciertas condiciones adecuadas que
siempre permanecen similares; en cambio el método de usar las herra
mientas, no ha sido exactamente el mismo en el curso de centurias. Pero estas diferencias
no son esenciales. Los escultores del viejo imperio egipcio, de la Grecia arcaica, de los
períodos románicos y góticos, mantu- vieron con igual conciencia la interrelación que existe
entre la imaginación, el conocimiento del material elegido y un tratamiento honesto de este
material.
Tallando la piedra o la madera, respetaron las pecu liaridades estructurales y la tradición de
la técnica.
En el siglo XIX el arte de la escultura degeneró por- que la conexión entre estos factores fué
cortada. Hoy podemos observar los primeros comienzos de una regeneración: los escultores
jóvenes aprenden otra vez a tallar directamente en piedra y en madera.
El bloque de piedra o de madera encierra el espacio especifico de la escultura. El artista
transfiere, primeramente en su imaginación, su idea al bloque.
Si es capaz de realizar esta trasposición, la obra terminada estará comprendida dentro de los
límites ima- ginados del bloque.
El escultor que piensa hacer una talla de bulto, ataca el bloque en todas las caras desde el
principio, y desarrolla su obra mediante un procedimiento coordinador, igualmente progresivo,
cuidando siempre las principales proporciones de su plan.
Como el material tiene a veces defectos ocultos que perturban su idea y obligan a un cambio,
en esta primera fase deja una fina capa como precaución. De esa manera se reserva la
posibilidad de rehacer toda la figura en caso de tal accidente.
Todas las partes que servirán como superficies salientes son mantenidas intactas bajo las
capas superio- res de todas las caras del bloque. Desde estas salientes orienta cada forma
hacia la profundidad, liberando sus volúmenes y estableciendo sus planos. Penetra en el
bloque por etapas sucesivas, cortando o tallando el material superfluo y desarrollando faccio-
nes individuales.
Las formas imaginadas se revelan gradualmente.
]Las posibilidades del artista se hallan restringidas por los límites del bloque.
No es posible ningún ensayo, ya que la masa del bloque, una vez destruída, nunca puede
restituirse a su unidad original. mento para el escultor nato.
Pero esta resistencia de su material no es un impedi- Por el contrario, crea energía fértil en
su mente.
Mediante un diálogo incesante con el material, adquiere un conocimiento íntimo de su
estructura, que nutre su imaginación. Aun el descubrimiento de un defecto puede inspirarle
una nueva idea. Si incurre en algún error, debe tomar una decisión espontánea. Tiene que
reconstruir la arquitectura de su obra, ya que todas sus relaciones pueden haber sido
destruídas.
En los momentos críticos el raciocinio consciente se deja de lado. El instinto guía su mano.
Recupera su. ingenuidad creadora, como si las reflexiones intelectuales y los recuerdos de
otras soluciones artísticas no hubiese desempeñado jamás algún papel durante la
preparación de su obra.
A veces, momentos cruciales lo exasperarán. Debe arriesgarlo todo. Tiene que romper la
unidad de la forma y reconstruirla en una capa más profunda del bloque, en un orden más
vigorosamente madurado.
La tensión vital de este proceso no puede suscitarse si el escultor prepara previamente un
modelo de yeso que fije desde ya las relaciones formales.
Este modelo dificulta su movimiento libre.
Se mantiene ante sus ojos como un organismo com pleto.
Si el artista se concentra sobre sus proporciones y formas individuales, comparándolas con
el trabajo aun no terminado que va a ejecutar en piedra o madera, este último tendrá,
necesariamente, el aspecto de un fragmento.
El sugestivo modelo de yeso acapara su atención dirige el trabajo subsiguiente.
Si, en cambio, talla directamente en piedra o en ma- dera, siguiendo a su imaginación, cada
etapa del pro- ceso de la labor crea una forma unida. Nunca queda realmente incompleta la
obra.
En cada una de las fases sucesivas, el progreso igual de elaboración establece el equilibrio
entre las proporciones esenciales. Nunca requiere ser interpretada por medio de la com-
paración con el modelo. El poder motriz que lleva adelante la producción tiene su origen en la
misma escultura creciente.
La obra ejecutada de acuerdo a un modelode yeso es una réplica. No es posible repetir una
pieza artística sin disminuir su originalidad. Aun la reproducción hecha por el escultor mismo
es relativamente trivial si sólo constituye una repetición de la apariencia exterior.
El artista tiene que explorar un nuevo camino sobre una nueva base espiritual si quiere
inventar otra solución original del mismo problema.
Generalmente los escultores egipcios, los artistas grie- gos del período arcaico y clásico, los
escultores románicos y góticos, desarrollaban la forma sacándola de la piedra o la madera,
en un proceso manual basado en una técnica heredada.
Los egipcios y los griegos arcaicos no hacían primeramente un modelo en yeso; trabajaban
de inmediato directamente en piedra. En la época del arte griego clásico, el escultor, como
regla, formaba primero un modelo en yeso y luego usaba un sistema de medida para facilitar
la trasposición de formas del modelo.
Las complicadas composiciones que decoraban los frontones de los templos griegos, en las
que muchas partes individuales debían ser hechas por separado, no hubiesen podido ser
completadas y unidas sin un cálculo exacto de todas las medidas.
El nivel artístico general de este período fué tan ex- cepcional, que sólo la pedantería
doctrinaria podría atreverse a negar la perfección de estas obras.
Sin embargo, profundizando el problema para hallar soluciones absolutas, podemos recalcar
que los métodos más viejos representan el tipo ideal de trabajo creador.
Los escultores griegos clásicos nunca limitaron su pro- ducción original a la composición del
modelo.
Nunca admitieron una trasposición mecánica a un material diferente.
2. La técnica de trabajar en piedra y en madera. La piedra.
El oficio es conservador porque sus métodos están ajustados estrictamente a un propósito
determinado.
La técnica de trabajar en piedra y en madera casi no ha cambiado en el transcurso de miles
de años (ver fig. 10).
Como la máquina queda eliminada en el trabajo ar- tístico, hasta las herramientas que hoy se
usan tienen todavía la misma forma que en los tiempos clásicos.
El escultor, en la primera fase de su trabajo en pie- dra, usa casi exclusivamente el punzón.
Éste es un cincel de metal con un borde cortante en punta.
Con el objeto de definir primero las proporciones principales, el escultor corta grandes trozos
de piedra. La piedra tiene, generalmente, un grano de densidad casi igual.
Entonces, le es posible cortar en todas direc- ciones. Aplica sus golpes con un mazo de hierro,
y la fuerza de los mismos se concentra en la punta del cincel. DirIgiéndolos
perpendicularmente, pega en un punto del mármol con tal fuerza que bajo esta punta son
destruídos finos cristales en una profundidad de unos 3/4 de pulgada.
Se hacen visibles así blancas zonas de apariencia ha- rinosa. Si el escultor dirige sus golpes
en una dirección obli- cua, aparecen líneas similarmente harinosas.
Durante esta primera fase calcula la profundidad aproximada de la destrucción del grano.
Necesita un estrato suficiente de masa, que le permita cortar cristales destruídos. De otro
modo, estas zonas opacas velarían la belleza radiante del mármol.
Para desarrollar formas precisas, usa el cincel den- tado. El borde ancho de este instrumento
consiste en unos cinco o seis dientes afilados. Esta herramienta es llevada en una dirección
ligeramente oblicua.
Produce varios surcos iguales con bordes elevados, sin destruir los cristales de mármol. La
elaboración final se realiza con un gran cincel chato que no termina en punta sino en un ancho
borde agudo.
Cuanto más afilado esté dicho borde, tanto más claramente puede ser revelado el carácter
del material. Desaparecen así todos los signos de destrucción del grano.
De nuevo se manifiesta la cristalina transparencia del mármol y el esplendor de sus vetas
(35). Algunos escultores pulen el mármol con piedras de diferente contextura, comenzando
con una piedra de carborundo muy dura y terminando con piedra pómez Otros prefieren, para
pulir, el uso exclusivo del cincel chato. Por este método las formas son redondeadas en un
estilo más personal. El tratamiento mecánico es absolutamente evitado.
El trabajo progresa en una continuación lógica, que resulta de las diferentes formas de cortar
la piedra.
Ya en la primera fase domina la impresión de formas cúbicas.
La elaboración técnica de cada parte es llevada y más a la armonía con las particularidades
individuales de la piedra.
El escultor, en su contacto diario con el bloque, co- noce todas sus cualidades y faltas.
Presta atención continua a las irregularidades del gra- no, especialmente a los diferentes
grados de dureza a las tendencias a astillarse.
Debe ser cortado y elaborado capa por capa hasta que llegue a la forma definitiva.
La madera.
La madera ofrece para la escultura dos formas de material en bruto: el tronco redondo y la
tabla de madera cortada. El tronco sirve para una escultura de bulto; una tabla, para un relieve.
Como material para tallar, la madera es particular- mente inapreciable. La formación de su
grano es determinada primaria- mente por las direcciones de su crecimiento.
La madera crece en dirección vertical y horizontal. Horizontalmente, se forman anillos
concéntricos. Pero esta típica distribución de sus fibras se interrumpe donde las ramas nacen
del tronco.
Allí observamos una irregularidad nudosa del grano y una dureza ini- gualada. Como la
medula del tronco retiene más tiempo la humedad, cualquier cambio de ésta expande
irregularmente la madera, de modo que a menudo la misma se tuerce y deforma. Entonces,
el escultor abre el tronco y separa la medula.
Otro método consiste en cortar el tronco en varias tablas y pegarlas juntas para formar así el
bloque. cortamos a través del grano, cruzando la línea del largo, la madera opone fuerte
resistencia.
En cambio podemos cortarla fácilmente con un cu- chillo si seguimos el largo del árbol, pero
en esta direc- ción se astilla. Vemos entonces que es imposible cortar la madera en todas
direcciones como la piedra.
El escultor usa primero la gubia - un escoplo de afilado borde cóncavo. Generalmente tiene a
su disposición un gran número de gubias con bordes diferentemente curvados, entre el grado
de una curva muy leve y la de un semicírculo.
La gubia afecta fuertemente a la madera. No existe peligro de astillado imprevisto.
El escultor fija las proporciones principales con sus herramientas, cortando la masa superflua.
Golpea la gubia con un mazo de nogal americano, pues uno de hierro resultaría demasiado
pesado para cortar madera.
La fase subsiguiente consiste en tallar en vez de cortar. Esta tarea se ejecuta con un escoplo
chato. El borde de esta herramienta está conformado obli- cuamente, para aumentar su
eficiencia y la facilidad de la talla. 78 El escultor necesita una gran cantidad de tales cuchillos,
y de diferentes tamaños. No puede usar un punzón, como al cortar el bloque de piedra. Un
golpe con esta herramienta partiría la madera o penetraría en ella, como una aguja.
El artista talla sin usar martillo; sólo ejerce presión con su mano.
Con cortos movimientos enérgicos, sigue la dirección del crecimiento de la madera. Este
método produce incisiones netas y preserva la belleza característica de la madera. En la
elaboración formal procede de la misma ma- nera que el trabajo en piedra.
El escultor mantiene intactas, al nivel de la superficie, todas las partes que más tarde
quedarán elevadas.
Ya en esta primera etapa cada unidad de formas muestra una vista clara del frente y de sus
costados o, donde debe hacerse una cavidad, de los costados y fondo.
Desde el principio el escultor cuenta con las particu- laridades de su trozo de madera. Cada
una de sus partes requiere una manera especial de talla, apropiada al grano y a la dureza.
Debe adaptar su idea de formaa la estructura carac- terística del material.
La intuición inspira soluciones correspondientes al carácter de la madera. A través de la
armonía que debe ser establecida entre la imaginación creadora, las posibilidades ofrecidas
por la madera y el manejo de sus herramientas, el escultor alcanza la cumbre del estilo puro
(ver fig. 11).
3. La máquina de sacar puntos.
La producción escultural de nuestro tiempo adolece de la falta del fundamento común que se
ha estimado indispensable en períodos de destacada creación. Los escultores modernos, con
sólo pocas excepciones, no poseen el dominio de la técnica genuina basada en la tradición
sana del artesanado.
Ellos no tallan directamente en piedra o en madera. La mayoría considera la talla como un
método primitivo, relegado por el progreso técnico de la era mecanizada.
Hace varios años, la nueva Encyclopédie Française, en el tomo dedicado al arte, se dirigió a
nuestros escul- tores con el consejo severo de que retornaran a los prin- cipios básicos de la
escultura y volviesen a aprender la técnica de la talla directa.
El autor de este artículo fué censurado por el crítico de uno de los diarios franceses más
influyentes, quien declaró sin sentido el formular postulados irrealizables en vez de considerar
la situación real.
Es cierto que la talla requiere una come pérdića de tiempo y que agora la mente y el cuerpo
aun cuando el escritor sea excepcionalmente diestra.
Sabemos por viejos documentos que en los talleres antiguos la producción de una figura
requeria un tra bajo prolongado, a pesar de la colaboración de nume- rosos ayudantes
perfectamente entrenados
Hoy en día los artistas jóvenes se hallan extraviados por los tratados didácticos sobre
escultura.
Casi todos estos libros dedican largos capítulos a la máquina de sacar puntos, con
indicaciones técnicas úsas e ilustraciones al respecto.
Brenda Putnam afirma, en su libro titulado The Sculptor's Way, que la máquina de sacar
puntos ha lle gado a ser una parte necesaria del equipo del tallista".
Albert Toff, en Modelling and Sculpture, dice: "Muchos de los trabajos antiguos, según se dice,
cran tallados directamente en piedra o madera, sin modelos hechos previamente para ellos,
"Hay algunos hombres que hacen eso hoy en día, pero son pocos."
Este último dato es correcto.
El procedimiento, elegido por casi todos los escultores, es el siguiente:
El artista produce un modelo de yeso.
Este modelo debe ser traspuesto por la máquina de sacar puntos al bloque de piedra o
madera.
Esta máquina está compuesta por varios compases, con dos patas principales.
Se la coloca primeramente sobre el modelo de yeso en tres puntos y después se la transfiere
al bloque en los tres puntos correspondientes.
Agujas de acero registran las alturas respectivas del modelo, y taladros, que perforan el
bloque —a 1/32 de pulgada- fijan la altura correspondiente del mismo, en relación exacta a la
diferencia en medida entre el modelo y el bloque.
La máquina mide así, cientos o miles de puntos, hasta que todas las formas son transferidas
con pre- cisión.
La piedra o madera superflua que se encuentra entre los puntos fijados por medio de la
máquina, tiene que ser cortada con el cincel dentado.
El artista puede elegir libremente el tamaño del modelo de yeso y el de la escultura.
Generalmente, el bloque es mayor que el modelo.
Al trasponer el modelo a la madera todavía es posible remover el exceso remanente por
medios mecá- nicos, con cuchillas rotativas.
Algunos artistas manejan ellos mismos la máquina de sacar puntos, o al menos supervisan la
manipulación ejecutada por un ayudante.
Pero, en la mayoría de los casos, se le confía la ejecución de toda la trasposición a un
especialista, el "transportador marmolista".
El interés del lego en este problema es muy limitado; y de igual modo es deficiente su facultad
de distinguir una escultura cortada o tallada directamente por el artista, de un trabajo
producido por medio de la máquina de sacar puntos.
En algunas monografías sobre escultores modernos, se nos dice con cuánta maestría éstos
tallan estatuas de un bloque, aunque las reproducciones muestran ambos, modelos de yeso
y las esculturas de mármol terminadas, cubiertas de puntos y marcas que revelan el uso de
la máquina transportadora.
Aun los escultores más prominentes y honestos de nuestro tiempo no desdeñan este
procedimiento mecánico.
La actitud de varias generaciones ha sido influída por el hecho de que un artista tan conspicuo
como Auguste Rodin usaba siempre la máquina de sacar puntos.
Uno de sus colaboradores, el escultor Leon Drivier, ha dado una descripción ilustrativa de los
métodos de Rodin en uno de varios artículos, L'Avenir de la Sculp- ture, publicado en una
revista literaria francesa (38).
Rodin modelaba con su "pulgar genial" ("son pouce génial") pequeños modelos,
"admirablemente concebi- dos con intención de agrandarlos". Entregaba estos modelos a sus
ayudantes "cubiertos con garabatos hechos con su lápiz"; entonces ellos daban forma
definitiva a estas "salchichas". Terminado el modelo, era encargado al marmolista
transportador.
En esta serie de artículos, Louis Vauxcelles hace un comentario sarcástico sobre tal proceder
diciendo: "El escultor entrega su pequeño objeto a un amplia- dor, quien corta la diminuta torta
en varios trozos y los instala en el pantógrafo perfeccionado inventada por Achille Collas hace
cien años. — la máquina "La ampliación se efectúa mientras nuestro hombre descansa en su
sillón, fumando su pipa y conversando con su modelo."
Los escultores que usan la máquina de sacar puntos defienden su causa con muchas razones,
que parecen ser plausibles.
Uno de los argumentos es que sólo se trata de una cuestión técnica y que el público no
necesita interesarse en la "cocina del artista". fija exacta y escrupulosamente un estado
precoz de la Otro escultor afirma que "la ampliación mecânica fija excta y escrupulosamente
um estado precoz de la escultura, permitiendo al artista continuar su trabajo en una escala
mayor".
Todos estos escultores creen que pueden justificarse asegurando que se reservan la
elaboración final. Declaran que el proceso de transporte constituye sólo una etapa
preparatoria y que ellos realizan el tallado creador cuando reciben el trabajo hecho por el
marmolista transportador y dan a la superficie "la textura individual de luz y sombra".
Pero estos argumentos no son válidos.
No constituye diferencia decisiva el hecho de que ellos personalmente ejecuten la ampliación
o que uti- licen los servicios de un marmolista transportador. Tampoco es esencial el que
acepten el trabajo terminado por el artesano, sin cincelado adicional, o que ellos retoquen su
superficie.
Aun la cuestión de la relativa calidad artística del modelo de yeso es de interés secundario,
en lo que atañe a la transposición de mármol.
En todas las circunstancias subsiste una contradicción fatal. Ningún puente puede salvar el
abismo entre la imaginación creadora, que desarrolló una estatua en yeso de acuerdo al
carácter específico de este material, y la elaboración en piedra o en madera.
Como cada clase de estructura tiene un carácter dis- tintivo único, la imaginación y la
realización no pue- den ser homogéneas.
La obra final es como una traducción de un lenguaje a otro. Además, las dos fases del trabajo
—la primera: mo- delado del modelo de yeso, y la segunda: tallado de la piedra o la madera-
derivan de opuestos principios formativos.
Con el objeto de hacer un modelo de yeso, el artista construye un esqueleto que corresponde
a las propor- ciones de su plan. Desarrolla su idea, comenzando desde el núcleo del
esqueleto.
Agregando arcilla o cera, trabaja de adentro hacia afuera. Es un proceso centrífugo. El
desarrollo de su concepción espacial es justamente contrario al del artistaque talla
directamente el bloque, removiendo la masa superflua, inspirado por una fuer- za centripeta.
Además, esta diferencia fundamental en los medios y direcciones del trabajo formativo tiene
consecuencias psicológicas. Modelando, el artista puede reparar sin dificultad el resultado de
un error. Puede seguir una nueva idea y aun cambiar todo el plan, ya que siempre puede
agregar o sacar alguna por- ción de arcilla.
Pero si el escultor conta um pedazo de piedra, generalmente, crea una situación irrevocable.
Mientras el artista que trabaja en arcilla tiene la ventaja de permanecer siendo el amo del
proceso de trabajo hasta que esté terminado, a pesar de todas las vicisitudes paga por esta
situación más fácil con una disminución peligrosa de las fuerzas creadoras.
Nunca se halla poseído de la aguda tensión mental que produce nuevas energías, ni con la
conciencia ins- piradora del peligro y la responsabilidad.
El dominio personal y el coraje de tomar la decisión a cada segundo, son reemplazados por
la precisión de una máquina y por el trabajo rutinario del marmolista transportador, el cual a
menudo posee la ambición de ser un artista él mismo.
El elogio de este artesano, quien "interpreta el mo- delo de yeso como el músico interpreta la
notación im- presa, y puede hacer una creación artística de un mo- delo mediocre", contiene
una condenación involuntaria de la máquina de sacar puntos.
El artista que está acostumbrado a modelar en yeso, sólo puede tener una relación intelectual
con la piedra o la madera. Nunca experimenta la sensualidad trasmitida por el material en
uso. Aun si trata de imprimir su propia caligrafía carac- terística en el trabajo ejecutado por el
marmolista transportador, su retoque final es solamente una especie de terminado comercial.
La discrepancia entre la primera representación imaginaria y la realización material causa un
defecto orgánico que nunca podrá ser curado por un tratamiento de la epidermis. Su trabajo
no es una creación original sino una copia mecánica de una pieza de arte concebida en un
estilo esencialmente diferente.
El mismo Auguste Rodin pronuncia la sentencia de muerte, en su libro Les Cathédrales de
France, (p. 90), cuando dice: "Todas las restauraciones son copias. "De allí que estén
condenadas sin recurso. "El copiar obras de arte es prohibido por el mismo principio del Arte."
4. El bronce.
Parecería lógico suponer que la reprobación de la máquina de sacar puntos implica e incluye
un juicio contra la escultura en bronce, ya que el trabajo en bron- ce no es producido
directamente por el artista.
Él sólo forma un modelo de yeso o cera.
Sobre este modelo, debe realizarse un complicado proceso técnico de moldear la estatua en
metal fundido.
El metal fundido, generalmente una aleación de 93% de cobre y 7% de zinc, tiene una
temperatura alrededor de 1000° a 1200° centígrados.
En tales condiciones, el artista no es capaz de moldear el bronce personalmente en su propio
taller; sólo una fundición ofrece la seguridad suficiente, todos los medios técnicos y los obreros
capacitados.
Para hacer el modelo, el artista construye un armazón siguiendo las proporciones de su plan.
Alrededor de este esqueleto agrega las formas de la escultura.
Este procedimiento es, desde el punto de vista téc- nico, exactamente el mismo que la
preparación de un modelo que debe ser transportado al mármol por medio de la máquina de
sacar puntos.
Pero existe una diferencia básica en cuanto a la ar- monía entre la representación inicial y la
ejecución final.
El metal no requiere una composición de masas com- pactas. De modo que el carácter del
metal y el proceso del moldeado corresponden a una composición liviana y vivaz de yeso o
de cera, expandiendo libremente las formas en todas direcciones.
En el proceso del moldeo, el metal fundido penetra en forma abrupta, sin obstáculo, como un
arroyo relu- ciente, en cada rincón de un espacio vacío cerrado (diámetro: alrededor de % a
4 de pulgada) que se en- cuentra entre una parte interna maciza y una capa ex- terior de
chamotte, una mezcla a prueba de fuego que contiene arcilla calcinada. La capa exterior
representa en su parte interna la superficie del modelo de yeso.
Cuando el artista forma el modelo para un molde, lo inspira el esplendor del bronce, de sus
siluetas pre- cisas y reflejos brillantes. Su imaginación transporta la apariencia del modesto
modelo de yeso a la del reluciente metal.
Ello comprende la estructura característica del bronce y el acto de moldear, que en forma
dramática concluye un proceso lógico. Incontestablemente, la producción se asemeja a la del
modelo destinado a la máquina de sacar puntos, tanto como que no encierra la coerción ni la
posibilidad de desarrollar una concepción espacial concreta por medio del proceso de trabajo
mismo.
Pero el molde de bronce no sólo constituye una re- producción exacta del modelo. Es
específicamente con- veniente para esta trasposición, pues refleja en forma precisa el modo
particular del estilo apropiado a una composición en yeso o en cera: ligereza de arquitectura,
capacidad para el movimiento expresivo y la expansión de formas.
Entre la imaginación creadora del artista y la ejecución final no se interpone ni una máquina
ni un arte- sano, que desfiguran fatalmente los rasgos originales de su propio trabajo.
Al fin de cuentas, él es el autor real del molde, aun cuando no sea un escultor en el sentido
original de la palabra, ya que la expresión latina sculpere significa: tallar o cortar con cincel.
Muchos bronces de todos los períodos artísticos prue- ban que la imaginación espacial
constructora de un 90 gran escultor puede crear el espacio específico de la escultura,
proyectando su estructura en un bloque imaginario.
Existen en nuestro tiempo algunos bronces pequeños de Aristide Maillol, que mantienen
consistencia y den- sidad cúbicas de cualquier ángulo que los miremos. Pero, por lo general,
los bronces de escultores que dominan el arte del tallado libre, ostentan las marcas de un
estilo especial. La producción de un escultor representa una unidad. La actividad ferviente en
un campo afecta toda la estructura de su mente.
La talla original presupone una intensidad excepcio- nal y un entrenamiento sistemático de la
facultad para basar el trabajo imaginativo y el formativo sobre la representación cerrada de
un bloque.
El desarrollo de formas percibidas e imaginadas en simplicidad monumental es un resultado
natural de su tendencia propia y de su trabajo como artífice. Se vuelve un principio general de
su arte, eficiente aun cuando ejecuta un modelo para un bronce.
Podemos obtener una ilustración terminante de este hecho, comparando el bronce griego
arcaico de un caballo, del Museo Metropolitano de Nueva York, con el bronce helenístico de
un caballo del Museo Nacional de Atenas.
El bronce arcaico ostenta la misma grandeza de las estatuas de mármol de ese período. El
bronce helenístico es, evidentemente, el producto de una época en que comienzan a
degenerar la tradición de una técnica no sofisticada y la simplicidad de una representación
pura. El tallista no está expuesto al peligro de desviarse tanto del camino de formar una sólida
construcción de volúmenes.
Mientras el bronce se moldea, se forma sobre su su- perficie una fina capa lisa de precipitados
químicos. En períodos antiguos, especialmente en la época de la escultura griega, esta capa
era sacada por medio del cincel, hasta que aparecía el metal puro.
El cincelado es posible solamente si la estructura del bronce muestra formas claramente
cortadas. Si cincelamos una epidermis de modo que varíe muy grandemente a causa de
pequeñas cavidades y promi- nencias, el carácter peculiar del bronce será destruído.
Como en nuestro tiempo, en la mayoría de los casos, la superficie se disuelve por un
modelado impresionista,el escultor, en vez de cincelar, preserva la piel de depó- sitos
químicos.
La exposición a la humedad y a otros cambios de at- mósfera causa la formación de una
cubierta fina, negra pátina. o verdosa sobre la epidermis del cobre y bronce, la Un tratamiento
externo artificial con ácidos y fuego, ejecutado con la intención de agregar el encanto del color,
no tiene ninguna importancia artística.
La pátina artificial rara vez refuerza los valores plásticos y a veces vela su eficacia.
Si este procedimiento no es dirigido por el artista mismo como único conocedor competente
de su obra, puede impartir a cavidades ligeras una oscuridad que exagere la impresión de
profundidad, falsificando así todas las relaciones.
Una pátina uniforme es preferible a una variada. Pero, para mitigar el brillo demasiado visible
del bronce, es suficiente exponerlo al calor por un tiempo prolongado. El fuego no perjudica
la expresión plástica clara. (Ver fig. 12). 93
TERCEIRA PARTE
EL RELIEVE
Si se compara superficialmente un relieve con una escultura de bulto, podemos tener la
impresión de que la última es la forma más típica de escultura. Ésta se extiende en todas
direcciones. Podemos dar vueltas alrededor de ella y nuestros sentidos pueden comprenderla
desde todos lados.
Charles Baudelaire declara en un ensayo sobre escultura: "El bajorrelieve es ya una mentira,
un arte más civilizado. "En ese sentido está más alejado de la idea pura de escultura" (42).
La exactitud de esta discriminación es cuestionable. "Idea de escultura" puede significar
solamente: creación por medio de los valores específicos de la tridimensionalidad.
Si estos valores son realizados con pureza, no existe diferencia de calidad entre diferentes
especies del género escultura.
La calidad es un problema individual. Sin pretender presentar un panorama histórico, indi-
camos varios tipos característicos de la representación escultural.
En una etapa preliminar, encontramos diseños linea- les grabados en metal o en piedra. Pocos
años atrás, una expedición francesa alpina descubrió en el desierto africano incisiones en
rocas, de tipo arcaico -posiblemente prehistórico- que repre- sentan siluetas de bueyes (43).
Unas pocas líneas están cortadas con inmejorable sim- plicidad y claridad. Revelan dominio
de la técnica manual y de la estilización artística. Se expresa una concepción espacial por
medio de la representación lineal.
Las líneas están marcadas por debajo de la superficie de la piedra, pero en tan pequeño grado
que todavía no sugieren espacio tridimensional. La penetración en la piedra tiene valor
escultural si el artista talla estas cavidades, no como el trazo mate- rial de una línea, sino
como un equivalente de la tercera dimensión.
El relieve es una forma de semejante representación. No se halla en el espacio abierto.
Tampoco es visible de todos lados.
Es el frente de un bloque, cuyos otros tres lados son amorfos en un sentido artístico.
De esa manera, el relieve representa solamente un punto de vista, y sólo puede ser
comprendida desde él.
A gran distancia un objeto tridimensional aparece chato, como consecuencia de las
condiciones fisiológicas y psicológicas de nuestra facultad de ver. En cercana proximidad no
vemos realmente una unidad de formas, si ésta tiene cierta extensión. Comprendemos una
representación plástica compuesta cuando combinamos actos táctiles con una serie de
diferentes actos visuales.
Tan pronto como retrocedemos a una distancia desde la cual obtenemos una vista unida del
complejo entero de las formas, cada aspecto individual del objeto apa- rece como un relieve
natural, si las condiciones de luz el tamaño relativo son apropiados. y El mecanismo de
nuestros ojos presenta las marcas necesarias en el espacio -"puntos de reparo"- que nos
permiten estimar distancias.
Percibimos en extensión reducida las caras de un objeto que están dirigidas hacia lo profundo.
Nuestros sentidos producen la sensación real de la tercera dimensión.
Existe una relación interna entre las posibilidades psicofisiológicas de la percepción sensual,
y la ley que dicta el estilo de una cierta especie de arte que representa fenómenos
perceptibles.
De modo que el relieve, como una forma especial de estilo, deriva totalmente de la abstracción
intelectual. Su formación está basada en un natural fundamento sensorial: la visibilidad
general de los objetos como en relieve. Difícilmente sería capaz de concebir el escultor la
forma orgánica de un relieve, sin comprender primero totalmente el organismo tridimensional,
una de cuyas caras representa.
Sin embargo, la compleja experiencia mental es suplantada por la aún más elemental expe-
riencia de la creación de una nueva forma. Desde la madurada concepción visual de un objeto
totalmente redondeado él abstrae el concepto de una de sus caras, de acuerdo con el estilo
específico del relieve.
Todas las formas del relieve están organizadas dentro de su espacio específico, cuyos límites
las mantienen unidas, material y espiritualmente. fig. 13).
El relieve se halla cerrado por el plano frontal. (Ver Es evidente que este plano tiene un origen
orgánico, si el escultor talla la piedra directamente.
Como al principio de su trabajo mantiene intactas un número de salientes, y desde ellas se
orienta hacia la profundidad, éstas se mantienen unidas después de que forma cavidades
entre las mismas, cortando algunas partes de la piedra. 100
Se mantienen unidas por medio de la relación espacial formal que el artista establece.
Materialmente, no son más que puntos elevados o pequeñas superficies individuales.
Aparecen como partes constituyentes del plano fron- entre la obra tal unido, como la frontera
imaginaria, pero cerrada, y el mundo.
El dominio de un concepto artístico sobre la sustan- cia material no puede ser probado por
una evidencia más convincente. Si, por el contrario, el artista forma un modelo de yeso, tiene
que elevar ciertas cantidades de arcilla a un nivel plano. Las superficies de estas partes no se
originan en un procedimiento orgánico; están arregladas artificialmente. Falta la original y
quieta armonía natural entre imaginación y realización técnica, que caracteriza el trabajo del
tallista.
La representación interna del artista no estaba ce- rrada; por consecuencia, el plano frontal
no cierra el relieve.
Las salientes emergen arbitrariamente de la base: son protuberancias aisladas, puramente
externas; las diferencias en profundidad no son más que cavidades acci- dentales. Algunos
relieves modernos son faltos de toda unidad: son yuxtapuestas innumerables salientes
individuales, de altura irregular, sin relación mutua, sin ningún orden de planos definidos. Son
monumentos a la anar- quía artística.
La reducción de todas las superficies que se extien- den hacia la profundidad es característica
de nuestra percepción de relieves naturales. El escultor sujeta este modo de percepción visual
a un orden formal determinado por una escala idéntica, graduando sistemáticamente los
diferentes grados de profundidad.
El principio dominante es el mantenimiento inflexible de una escala igual; apartarse de la
misma signi- fica destruir el estilo específico del relieve. Este sistema incluye el fondo. Si el
fondo es tratado solamente como una superficie uniforme desde la que se levantan las formas
particu- lares, se quiebra la plenitud de la obra; queda rota como una muestra de clisé.
Tenemos un ejemplo en la parte no terminada de un friso griego del Monumento de las
Nereidas, del Musco Británico de Londres.
Esta escultura fué abandonada por el artista después de su primera etapa. Vemos que el
escultor concibió el fondo más bien mecánicamente. Alrededor de las tres figuras
yuxtapuestas el fondo está limpio de mármol superfluo; se han dejado las figuras aisladas
sobre el mismo.
Un relieve perfecto puedecompararse a una sinfonía. (15) Ver el relieve en bronce, Las
Puertas del Infierno, de Auguste Rodin; Museo Rodin, Filadelfia, Pensilvania.
Todas las formas están interrelacionadas y todas las variaciones de forma condicionadas por
medio de esta dependencia mutua. Razones artísticas hacen a veces necesario que el fon-
do en realidad se introduzca en el plano frontal.
En el mismo grado en que el fondo avanza o retrocede, otros elementos conectados con él
son forzados en nuestra imaginación en dirección contraria, en un movimiento de retroceso o
adelanto.
Así, la formación variada del fondo puede ser la causa de que dos elementos que yacen
objetivamente en el mismo nivel, por ejemplo, en el plano frontal, parezcan pertenecer a dos
planos diferentes. Si el tema formal de un relieve consiste en una gran composición, en la que
se combina un elevado número de figuras especialmente si una se halla superpuesta a otra
la tarea de combinarlas según una escala igual de reducción es complicada. El escultor debe
dividir todas las formas individuales en diferentes unidades sobre varios planos en retroceso.
De otro modo, permanecen mezclados en confusión caótica. Estos diferentes planos no
constituyen un sistema abstracto de superficies geométricas paralelas. Una red invisible de
relaciones formales se abre entre ellos. Los ejes de la escultura se dirigen a través de estos
planos en todas direcciones, de una figura a otra y de altura a profundidad. Este sistema de
planos en retroceso provee a cada parte, dentro de toda la obra, con un valor espacial tan
decisivo, que todas las ligazones serían rotas si fuese retirado un elemento.
"La procesión es el alma del bajorrelieve". El relieve se extiende generalmente en dirección
ho- rizontal, siguiendo por ejemplo el largo de metopas y frisos.
El movimiento rítmico de los relieves se desarrolla en forma concordante en un orden
horizontal. Los relieves egipcios y griegos muestran casi exclusi- vamente esta dirección
lateral. Todas las figuras participan en este movimiento. Cuando una figura viene desde el
fondo derechamente hacia adelante, su excepcional apariencia frontal causa verdadera
sorpresa.
Sin embargo, el escultor no está obligado a respetar esta regla. La interrupción de un ritmo
uniforme produce siem- pre un efecto sorprendente.
Una sola figura que retrocede desde el frente hacia lo profundo o que emerge frontalmente
desde el fondo, destaca por contraste el movimiento horizontal general y la dirección en
profundidad, y ahonda el espacio de la escultura.
En el Museo Nacional y en el del Acrópolis, de Atenas, experimentamos el desarrollo del estilo
al contemplar los ejemplos más sublimes, desde la forma más pura del relieve hasta un orden
disoluto.
Aristion y de un Guerrero corriendo. Siempre volvemos a las arcaicas estelas funerarias de
Ellas llenan nuestro corazón con el encanto único procurado por obras que representan la
ejecución completa de una ley de estilo.
Ilustran mejor que las palabras cómo el relieve deriva del lado frontal de un bloque. Sus planos
frontales tienen una existencia convin- cente. La medida de todos los planos dirigidos hacia
la profectamente igual. fundidad está fuertemente reducida en una escala per- Estas
relaciones se hallan tan bien equilibradas que, a pesar de la pequeña extensión material de
los planos laterales, los relieves no aparecen chatos.
Ostentan, por el contrario, una intensa vida plástica. Las superficies están libres de
superelaboraciones pin- torescas. La modulación se halla limitada. Los pasajes gradua- les
de un plano a otro son precisos. El ritmo es íntegramente plástico.
Estas esculturas brindan una lección incomparable a los artistas jóvenes. Después que los
estudiantes hayan observado la densidad de su forma y la maestría del tallado, sus ojos
asombrados difícilmente tolerarán la apariencia de un trabajo producido por medio de la
máquina de sacar puntos, el cual les parecerá como modelado en azúcar y falto de coherencia
formal.
Los frisos esculpidos del Partenón, una parte de los cuales podemos estudiar de cerca en el
Museo del Acró- polis, están liberados del confinamiento estricto que en los relieves arcaicos
une todas las formas. De esta liberación resulta una composición ricamente variada, llena de
movimiento rítmico. Los planos dirigidos en el sentido de la tercera dimensión no se hallan
más reducidos en concordancia con una escala igual. En los frisos de jóvenes jinetes, por
ejemplo, el estilo puro está interrumpido por los miembros completa- mente redondeados de
jinetes y caballos. Así, el orden específico del relieve es disuelto.
Como el relieve tiene solamente un frente organizado, en todos los períodos de florecimiento
general de la escultura está conectado orgánicamente con la arquitectura. Realiza una función
como parte de la pared. Este destino suscita el problema de establecer una armonía entre el
papel funcional y el estilo apropiado del relieve.
Cuanto más claramente el relieve es dominado por una escala restringida e igual de reducción
lateral, tanto más constituye un elemento congruente de la pared. Si sus salientes son de
altura irregular y extravagante, interrumpe la pared como un adorno superficial e innecesario.
Desde este punto de vista podemos decir, que los relieves que cubren las paredes de las
mastabas egipcias representan realmente las paredes.
La medida en profundidad es tan pequeña que desde una cierta distancia muchos de estos
relieves se asemejan al aspecto de pinplástica. turas al fresco, ya que el color debilita su
eficiencia peña un papel funcional.
De igual modo, en el arte griego el relieve desempena um papel funcional.
Los frisos de los templos y los organizados frentes laterales de las estelas funerarias forman
parte de una estructura arquitectónica. También en las catedrales románicas y góticas las
paredes y las superficies de los capiteles de las columnas están cubiertos de relieves, creados
en armonía con una concepción artística más amplia, que les asigna un papel funcional y
determina así su estilo.
Aun los artistas que en tiempos prehistóricos cubrie- ron con grabados y pinturas las paredes
de cavernas o las rocas del Sahara, trabajaron en condiciones más favorables que el escultor
moderno. el ¿Acaso le es posible a éste encontrar un edificio en inconsistente? que un relieve
pueda ser otra cosa que un adorno ¿Dónde hay arquitectos que crean que el arte plástico es
tan importante como la arquitectura y que ambos debieran formar una unidad?
Son excepcionales los arquitectos que defienden este concepto, como lo hace, por ejemplo,
Mies van der Rohe.
Si casualmente el escultor tiene una pared a su disposición, en general una inserción de su
relieve en la misma no remedia su aislamiento, porque rara vez el estilo del edificio y el del
relieve pertenecen a un orden idéntico.
Como regla, el escultor crea un relieve en condiciones estériles, no muy diferentes de la
percepción de una pintura de caballete. Infortunadamente no podemos prever si el futuro
desarrollo de la arquitectura brindará nuevas posibili- dades, o si tendremos que deplorar, al
menos por tiem- po indefinido, la pérdida de este modo original de estilo. 108
CUARTA PARTE
LA ESCULTURA DE BULTO
La escultura de bulto se mantiene independiente- mente en el espacio abierto. Al confrontarla,
un impulso natural nos incita a dar una vuelta a la figura y a contemplarla desde todos los
lados.
La suma de valores formales que determina general- mente la eficacia de una obra de arte,
se encuentra enri- quecida por la sensación de este movimiento y la varie- dad ilimitada de
aspectos diferentes. ¿Cuál es la importancia de este hecho, en lo que con- cierne al desarrollo
de la imaginación y la realización artísticas? Auguste Rodin, en su libro L'Art (p. 64-65), explica
el principio que guía su manera demodelar.
A los efectos de construir formas que sean realmente de bulto y que causen la sensación de
profundidad, él considera la superficie de un objeto como el tope extremo de un volumen -
como el punto más alto que el volumen dirige hacia él- como las salientes de un "volumen
interno". Dice: "Por medio de este procedimiento, la verdad de mis figuras, en vez de ser
superficial, parece expandirse des- de adentro hacia afuera, como la vida misma."
Esta comparación parece tentadora, ya que evoca un proceso vital de crecimiento orgánico.
Pero no puede derivarse una ley general de arte de una cierta semejanza con la evolución de
la vida animal puesto que debe ser ajustada al proceso de la produc- ción artística misma. La
idea de Rodin abarca en cierto modo el trabajo del modelador, que comienza desde el corazón
de su armadura y agrega arcilla o cera.
Es incompatible con la actividad del tallista. Su concepción de la verdad en la creación
escultural debe estar en armonía con la naturaleza de su trabajo, que procede en una
dirección justamente contraria a la expansión. Así, el escultor A. v. Hildebrand basa su tratado
so- bre Das Problem der Form in der bildenden Kunst (47), en la técnica del tallista Miguel
Ángel y en su propia experiencia práctica de tallar y cortar la piedra.
Comienza con la teoría de que nuestra representación puede percibir espacio sólo ejecutando
un movimiento en profundidad.
Considera que el volumen es una serie de sucesivas capas imaginarias de planos. La
profundidad de la forma consistiría así en una serie indefinida de relieves superpuestos.
Las formas individuales de la escultura son percibidas como partes de estos relieves
respectivos.
Lógicamente, este escultor concibe la escultura de bulto por la vía del relieve. Él penetra en
el bloque por un lado solamente una capa tras otra. y saca Su teoría conduce hacia la regla
de que la escultura de bulto debe ofrecer un punto de vista más importante, que sume los
valores plásticos esenciales.
Representa una concepción de la escultura que ciertamente no está en conformidad con la
práctica de los escultores egipcios y los griegos del primer período. Ya en la primera fase de
su trabajo ellos removían sucesivamente capas enteras de piedra, yendo alrededor del bloque
de mármol.
De esta manera, comenzaban de inmediato a modelar la forma completamente en redondo.
En todas las fases de producción separaban el modo de escultura de bulto del de relieve.
Pero el esfuerzo del escultor A. v. Hildebrand para coordinar la representación artística y la
técnica de la talla, debe ser considerado como una reacción sana con- tra el desorden
exhibido por el término medio de la escultura del último siglo.
Las partes acumuladas de muchas esculturas de este período no pueden ser des- ligadas,
hasta que vamos alrededor de ellas y captamos juntas las diferentes visuales.. La formulación
clara de este principio general de coordinación tiene valor perdurable, aun si no compartimos
su concepción personal del espacio, y, concordantemente, de la escultura de bulto.
El escultor se encuentra en camino de las condiciones normales de trabajo si, al menos de un
lado, mezcla los elementos de su concepción en una unidad perceptible. Él vuelve a las
soluciones anteriores que representan un modo intermedio de forma entre el relieve y el tipo
completamente desarrollado de la escultura de bulto.
Tales esculturas son de bulto, pero construídas en analogía con el relieve, ya que están
destinadas a ser insertadas o apoyadas sobre una pared. Por otra parte, una figura erigida
dentro de un nicho debe ser de bulto. Si así no fuera, aparecería sólo como una decoración
del fondo del nicho. Absorbida por el vacío de la cavi- dad, difícilmente podría producir un
efecto escultural.
Una figura o grupo de figuras situadas en un nicho realizan más convincentemente la función
como parte constituyente de la arquitectura, si su plano frontal cae dentro del plano de la
pared. Cierran así la interrupción de la misma. Las esculturas egipcias que flanquean las
puertas de palacios y templos no son siempre miembros orgánicos de una estructura
arquitectónica. Pero como están apo- yadas contra la pared o la columna de un edificio, se
perciben junto con la arquitectura, cuyas proporciones determinan su aspecto. En todos estos
casos la subordinación a un plan compuesto limita el desarrollo independiente de la escul-
tura y dicta el estilo.
Todas las relaciones esenciales de forma deben ser reunidas en la cara frontal, de igual modo
que en la cara única del relieve. Entonces, el frente de estas esculturas presenta real- mente
su punto de vista más importante.
Su armazón consiste en un sistema sucinto de ejes principales, paralelos a las caras del
bloque en el cual ellas se originan, y de planos que forman ángulos casi rectos con los ejes
del tronco.
El resultado es un aspecto frontal casi geométrico. Algunas esculturas griegas que decoran
frisos y metopas de templos, y de la misma manera, las esculturas en nichos de las catedrales
románicas y góticas, son par- cialmente de bulto, mientras que las formas dentro de capas
más bajas muestran planos laterales reducidos. Generalmente estos trabajos son llamados
altorre- lieves.
Esta designación no es justa, ya que el estilo especí- fico del relieve excluye la completa
redondez de forma. Una composición de esta clase, que dirige todas las relaciones formales
principalmente hacia un punto de vista, es la solución adecuada para grupos complicados,
porque es difícil combinar varias figuras en una unidad completada en todos los lados. Este
tipo se asemeja a la estructura del relieve.
Todas las salientes, en especial las amplias superficies horizontales de miembros y vestidos,
se reúnen en um plano frontal definido, cerrando el espacio de la escul- tura, como las
columnas del Partenón. Los escultores griegos arcaicos crearon algunas obras sin tener en
cuenta su conexión directa con la arqui- tectura. También en estas esculturas eran
acentuadas las cua- tro caras principales típicas de la forma de un bloque y, por consiguiente,
del estilo de la frontalidad.
Pero la expresión formal es desplegada más allá de la eficacia de estas cuatro caras. Aun las
figuras sin terminar muestran semiperfiles expresivos. La escultura clásica griega desarrolla
esta tendencia. El rígido sistema rectangular, con sus ejes paralelos y perpendiculares, es
abandonado. Surge una nueva arquitectura escultural, menos regular y menos densa.
Planos inclinados, algunos chatos y otros redondeados, se encuentran y se extienden en
todas direcciones formando ángulos de distintos grados. Estas combinaciones producen un
movimiento más vivo.
Un cuerpo puede representarse en todas las actitudes posibles. Una vuelta circular, a veces
hasta una rotación espiral, expresan el ritmo de la lucha y la danza. El nuevo principio se
generaliza en períodos subsiguientes.
Pero, en contraste con estos trabajos fuertemente agi- 116 tados, en todos los grandes
períodos del arte plástico algunos artistas construyen esculturas que, aunque no limitadas a
un aspecto frontal y a la rigidez de un sis- tema rectangular, despliegan sin embargo una
simpli- cidad y una dignidad monumentales. Un sistema menos restringido de ejes diferentes
varía el movimiento y crea una riqueza mayor de relaciones mutuas entre todas las formas,
reforzando la dirección hacia la profundidad.
Pero el escultor no reproduce ademanes de movi- miento natural. El movimiento de sus
esculturas no es explosivo sino latente. Es sugerido por medio de equivalentes esculturales
compatibles con los valores estáticos prevalecientes de la obra.
El orden de ejes y planos preserva la evidencia de su origen: el bloque cúbico. Cada punto de
vista de estas esculturas despliega la unidad tridimensional completa. Cada uno produce el
efecto de unrelieve si la contemplamos desde una dis- tancia lejana.
Pero los innumerables puntos de vista como de relieve son sólo variaciones de un leit-motif
dominante. Si damos vuelta alrededor de la escultura, no estamos guiados por un sentimiento
de insatisfacción ante una cara; seguimos instintivamente el principio de la forma de bulto. La
originalidad de tales trabajos no es aprehendida si sólo observamos sucesivamente sus
diferentes caras.
Tenemos que sentir algo que es más profundo y vasto que la mera comprensión de que la
unidad de una es- cultura no es idéntica a la restringida evolución uni- lateral de las formas.
Elegimos un método de pensamiento demasiado in- telectual y demasiado analítico si
tratamos de revelar la naturaleza de la representación espacial artística, al considerar la cara
frontal del bloque como el límite del espacio universal, y si nos orientamos hacia la profun-
didad desde este plano solamente.
El artista que concibe y talla una escultura abarca toda su redondez a través de un acto
compuesto pero simultáneo. Antes de que comience a tallar con su cincel o su cuchilla, no
percibe solamente la forma individual que actualmente intenta desarrollar, ni la paca
determinada del bloque a la cual pertenece esta forma. Su imaginación, en cada fase de
creación, mantiene el concepto de toda la figura, de su completa existencia en redondo.
El espacio de su escultura no está construído por medio de un proceso lógico de pensamiento
abstracto. Se origina en un sentimiento vital, en el instinto y la intuición. Este espacio no puede
ser cortado en una dirección. Es ilimitado y universal. En armonía con esta concepción del
espacio, la crea- ción de la escultura resulta de un proceso sintético en el cual todas las formas
concuerdan en todos los lados.
CONCLUSIÓN
Si un escultor posee habilidad e imaginación fértil puede producir una serie de obras
adaptadas al mercado y aun que satisfagan al más pretencioso coleccio- nista de arte. Pero
si aspira a soluciones absolutas debe sacrificar la comodidad y los placeres de la vida.
Es una alternativa inevitable, debe hacer su elección. La tentación es terrible: quedar
satisfecho con logros artísticos más modestos o explotar un éxito, copiando sus propias obras
por medio de alguna réplica que el público usualmente favorece porque sus facciones les son
ya familiares. Si sólo una idea nueva lo puede inducir a ejecutar una nueva escultura, tiene
que luchar otra vez por su posición.
La talla y el corte requieren tiempo y esfuerzo; en- cierran accidentes y fallas desalentadoras.
Las condiciones normales de producción están hoy perturbadas por el abuso general de la
máquina de sa- car puntos. El escultor genuino debe competir con la producción mecánica en
serie sin tener la esperanza de un triunfo exterior.
Ni siquiera disfruta la satisfacción de que la opinión pública aprecie su técnica honesta. Casi
nadie reconoce las marcas de la talla auténtica.
Las personas que las pueden distinguir, rara vez en- tienden por qué el procedimiento del
tallista representa algo superior. Además, el corto número de esculturas que puede crear
parece probar una falta de imaginación y de celo. La indiferencia y el escepticismo general
paralizan el libre desenvolvimiento de su actividad. Como todas las circunstancias de nuestro
tiempo se oponen a una ejecución armoniosa y no comprometedora, él debe creer que el
escultor, al seguir su propio ideal, crea para el futuro.
Su confianza no se basa en un engaño de sí mismo. Al final de su carrera muchos artistas
repasan con ojos desilusionados el trabajo de una vida y reconocen, demasiado tarde, que su
triunfo era en realidad un fracaso.
En exposiciones públicas y en galerías de arte, en calles y parques de todo el mundo,
encontramos casi siempre las mismas estatuas alegóricas que representan el Amor, la
Victoria y la Muerte; las mismas estatuas de reyes, estadistas intelecto y sentimiento, faltas
de un carácter individual, y poetas. Obras que apelan sólo al producidas por rutina. Podemos
observar que los visitantes estudian las es- culturas con menos atención que las pinturas y
grabados. Si las miran, después de todo, generalmente sólo tratan de comprender lo que
significa el motivo.
Examinan la exactitud de la ejecución en comparación con la forma natural; el parecido de un
retrato con el modelo. Admiran detalles minuciosamente trabajados por la máquina de sacar
puntos. Así, la mente del observador se halla alejada de lo esencial, es decir de las
proporciones arquitectónicas y de si el mármol o el granito fueron tratados adecuada- mente
por el escultor, y si éste fué capaz de desarrollar su belleza natural. En el florecimiento del
arte egipcio y del griego y asimismo en la Edad Media, un impulso religioso co- mún inspiró la
creación artística. La arquitectura y la escultura formaban una unidad. Pero la escultura no
estaba reducida al papel práctico como elemento funcional de la arquitectura. Representaba
valores simbólicos y era creada para la eternidad, como una expresión perdurable de un cierto
período unido por la fe y la cultura.
Ésta no es una aseveración hiperbólica. Como las esculturas eran destinadas a honrar la Di-
vinidad, resultaba sin importancia el hecho de que la gente las pudiese ver o no. Los frisos
del Partenón, que decoran en forma de bandas horizontales las paredes externas de la cela
bajo el cielorraso, eran invisibles. Y asimismo las esculturas en lo alto de las catedrales
europeas no fueron hechas para ojos humanos.
En nuestro tiempo el escultor está generalmente re- ducido al trabajo individual. A la ejecución
de retratos, grupos alegóricos y monumentos históricos, sin relación con corrientes más
profundas de una fe común. Su trabajo carece de conexión orgánica con la arquitectura. A
menudo debe contemplar la feliz posición de los principales escultores griegos o góticos,
quienes en su carácter de maestros, dirigían en sus talleres la producción de asistentes
talentosos y avezados, y así se hallaban capacitados para ejecutar vastos planes. Se ve aun
obligado a envidiar a esos ayudantes anó- nimos.
Ellos sabían que sin su trabajo colectivo, la rea- lización de tan vastas ideas como la
decoración de tem- plos y catedrales nunca hubiera sido posible. El escultor de nuestro tiempo
tiene que encontrar algún apoyo moral. Todo artista sufre por la discrepancia entre visión y
realización. La gran expansión de una obra que requiere la cooperación de un cuerpo colectivo
de trabajadores, debe ser pagado con un aumento de insatisfacción; encierra un compromiso
con todas sus ventajas, pero también con sus partes oscuras.
Nuestro escultor debe siempre tener presente que se halla solo, pero que él es el libre creador
de su obra. Consciente de su independencia, no tiene razón de preocuparse por su destino.