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Santiago Cánepa 
 
 
Coger y contarlo 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cánepa, Santiago Ariel 
 Coger y contarlo. - 1a ed. - El Palomar : Casa de Papel, 
2015. 
 260 p. ; 21x15 cm. 
 
 ISBN 978-987-1964-21-5 
 
 1. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. Título 
 CDD A863 
 
Fecha de catalogación: 05/12/2014 
 
 
Casa de Papel / Ediciones artesanales 
 
 
Arte de tapa: Santiago Cánepa 
Diseño del interior: Equipo Casa de Papel 
 
 
Coger y contarlo — Santiago Cánepa 
Derechos de la edición en castellano 
reservados para todo el mundo: 
©Santiago Cánepa, 2014 
 
Colección Prosa Original 
Primera edición: Diciembre 2014. 
 
Libro artesanal, cosido, tapas en cartulina de 300 g a cuatro tintas, laminado mate, 
interior a una tinta sobre papel obra 80 g y hojas de guarda en cartulina color de 120 
g. 
 
 
 
 
 
 
 
 
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser 
reproducida, almacenada o trasmitida en manera alguna ni por ningún medio, 
ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin 
permiso previo del autor. 
 
 
 
 
 
 
 
A mis padres, por los malos ejemplos. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
COGER Y CONTARLO 
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CAPÍTULO 1 
 
Las ficciones de la radio 
 
 
 
 
 
 
 
 
Ya dos veces le había prometido a Laura que si me 
llamaba alguna oyente a la radio no le iba a preguntar si tenía 
tetas grandes o si se había acostado con alguna mujer, o alguna 
de esas mierdas que siempre hacía. Nuevamente, no cumplí: 
esa noche llamó una oyente y, sin rodeos, le pregunté si tenía 
tetas grandes o si efectivamente había tenido sexo lésbico (si 
había realizado un trío, si en caso de volver a hacerlo preferiría 
dos hombres o dos mujeres, etcétera). Ella me contó todo, yo 
un poco me excité. 
Durante la tanda le pregunté a mis compañeros cómo 
había salido la entrevista, si había sido divertida, y me dijeron 
que sí, que los mensajes no cesaban. Yo pensé en Laura, que 
podía estar escuchando. 
La llamé al celular, pero no atendió. La llamé a casa, pero 
tampoco. Cuando intentaba hacer un tercer llamado —
nuevamente al celular, por si antes no había logrado 
atenderme—, la productora me indicó que en diez segundos 
volvíamos al aire. Así que yo dejé mi teléfono celular a un lado 
y esperé a que la luz roja se encendiera. Comencé a hablar al 
micrófono: hablé de las noticias del día, de cuál era la mejor 
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manera de hacer un huevo frito, de cómo lograr dormir bien en 
un colectivo, y una vez más dije a qué número podían 
comunicarse los oyentes. De inmediato, otro llamó para salir al 
aire: “Atendela que es una chica”, me dijo la productora. “Dice 
que quiere contar cómo le es infiel al novio. Si la hacés entrar 
en confianza, te cuenta todo”. “Sí”, dije yo con la cabeza y 
atendí sin objetar, movido más por la costumbre de hacerle 
caso a una mujer que por el simple hecho de querer atender un 
llamado. Cuando escuché la voz del otro lado, reconocí la voz 
de Laura, mi Laura, y quise no haber atendido y no haber 
nacido. Sentí frío y ganas de volver el tiempo atrás. 
A Laura había aprendido a hacerle caso porque sí. Porque, 
después de dos años de convivencia, aprendí a decir “sí, mi 
amor, tenés razón”, sabiendo que de ese modo me ahorraba 
horas de discusión psicoanalítica acerca de los vínculos, la 
comunicación, Freud y su pipa. 
Yo quería escribir. Terminar de trabajar y escribir. 
Terminar de comer y escribir. Terminar de hacer el amor y 
escribir. No me importaba otra cosa. Quería escribir todo el 
tiempo, a toda hora, todo el día. Laura, por supuesto, me lo 
reprochaba: 
—Trabajás escribiendo —me decía—. Yo no entiendo 
cómo después de trabajar querés seguir haciéndolo. 
—Escribo porque me gusta, Laura. Y porque, además, lo 
que yo escribo para el trabajo no es escribir, es decir lo que otro 
pensó. Todavía no me pagan para tener opiniones. 
—¡Es la misma mierda, Santiago! 
—¡No, no es lo mismo! Ahora soy como una puta que se 
queda con ganas de amor después del trabajo —le dije a modo 
de chiste, pero ella no me escuchó, o prefirió ignorarme. 
—¡No entendés el punto! ¡A lo que me refiero es a que 
pasás más horas frente a esa computadora que conmigo! 
COGER Y CONTARLO 
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Era verdad. Yo estaba todo el día frente a la computadora. 
Escribiendo, construyendo historias. Chateando y mirando 
fotos de mujeres en Facebook. Pero lo que no era verdad era 
que lo hacía sólo porque me gustaba. Lo hacía también porque, 
de ese modo, me ganaba una identidad. Un título de escritor, de 
artista. De algo que me contentase un poco más al momento de 
dar la mano y presentarme ante alguien: “Santiago Apenak, 
escritor”. Pues la identidad es eso que se dice después del 
nombre cuando se va a comer a lo de Mirtha Legrand. 
Laura y yo nos habíamos conocido cuatro años antes, un 
fin de semana de enero, frente a la laguna de Lobos. En ese 
momento ella estaba de novio, pero de todos modos nos 
acostamos. O, mejor dicho, pasamos la noche tendidos en el 
suelo, besándonos, acariciándonos, mirando las estrellas, pero 
no consumamos el acto propiamente dicho. 
Pese a mi enamoramiento repentino —enamoramiento 
que, desde luego, no fue correspondido en aquel momento—, 
ella siguió en pareja y no me dio mayor importancia que la de 
un amigo: Nos veíamos, hablábamos por teléfono, pero no 
pasábamos de eso. Alguna vez, con suerte, me dejaba besarla y 
recordar lo que habíamos vivido esa noche, frente a la laguna. 
Pero nada más. Y yo me moría de frío y soledad cada vez que 
la veía alejarse. 
De tanto sufrir por verla alejarse —y por ver alejarse a 
otras que pasaron en el medio—, decidí alejarme yo: un día, 
cargué mi mochila con unos cuantos ejemplares de mi primer 
libro, varias mudas de ropa y algunos pesos, y me tomé un tren 
al norte de la Argentina. Me pasé varios meses de viaje. Me 
hice el espiritual. Me agarré piojos y un ataque de asma por 
fumar marihuana en la altura. Me sentí libre. Vendí artesanías. 
Vendí mi libro. Y también lo cambié, felizmente, por techo y 
comida. Me sentí el Che Guevara. Y me sentí culpable por no 
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serlo, y porque vi injusticias y me quedé callado, quieto: me 
sentí un cobarde. Tuve frío. Hambre. Ganas de volver a ser 
chiquito y abrazar a mi mamá. Tuve más asma. Tuve ganas de 
llorar y lloré. Tuve ganas de reír y lo hice. Tuve ganas de 
acostarme con una alemana rubia de tetas enormes, pero no 
pude. Me lamenté por no haber aprendido a hablar alemán o 
inglés o cualquier idioma que me diese armas para conquistar 
extranjeras que no fueran de habla hispana: me conformé con 
lo que había. Aprendí a conformarme. Me dio bronca aprender 
a hacerlo. 
Tuve también ganas de ver a Laura. Quise llamarla, 
escribirle un e-mail. Pasé varias horas sentado frente a una 
computadora buscando el valor para borrar su contacto de mi 
lista de chat, y lo hice. Finalmente le escribí una carta, a mano, 
pero la quemé en la cima de una montaña nevada. Me sentí 
romántico y pensé en lo lindo que hubiese quedado un tema de 
Brian Adams en ese momento. Me pregunté cómo habíamos 
llegado a darle tanta importancia a un contacto del chat, pero 
no me respondí. Me acordé de las palabras “realidad virtual”. Y 
me acordé de mi psicólogo sugiriéndome que viviera más “con 
los pies sobre la tierra”, diciéndome que yo sufría de “complejo 
de director de cine”, porque me gustaba inventar historias, 
dirigirlas y protagonizarlas. A veces contarlas. Quise ser 
Woody Allen, pero no tenía a Diane Keaton ni mis anteojos se 
parecían a los suyos. 
Quise volver. No tuve plata y les pedí dinero a mis padres 
desde una ciudad de Bolivia. Me gasté la plata tomando 
cerveza y tratando de acostarme con otra alemana rubia y de 
tetas grandes. Tampoco lo conseguí, no tenía suerte. Así que les 
pedí nuevamente dineroa mis padres y estuve seguro de que 
ellos me odiaron y sintieron vergüenza de tenerme como hijo. 
Sin embargo, me la enviaron y finalmente pude volver a casa. 
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Al regresar tuve ganas de ver a Laura. Me contuve. Y 
como había aprendido a conformarme, me puse de novio con 
una ex compañera de secundaria. Me hice creer a mí mismo 
que estaba enamorado. Aprendí a mentirme. 
A los pocos meses, mientras mi noviazgo fingido se caía a 
pedazos y yo redactaba un e-mail para Laura tragándome 
palabra a palabra mi orgullo, uno de ella, en el que me 
preguntaba cómo estaba, llegó a mi casilla. No me sorprendió, 
eran comunes entre nosotros esas concomitancias novelescas. 
Así que, sin penarlo, nos volvimos a ver y, esta vez, también 
nos besamos, nos acariciamos y hablamos de las coincidencias 
y del amor de amigos. Pero no nos acostamos. Y yo me 
masturbé pensando en ella cuando llegué a mi casa. 
Esa noche dormí feliz porque me dijo que hacía un tiempo 
que había dejado al novio, y yo le respondí que, si me había 
buscado, se hiciese cargo de lo que sentía. 
Empezamos entonces a quedarnos a dormir cada uno en la 
casa del otro. Festejamos mi cumpleaños. Conoció a mi familia 
y yo conocí a la suya. Me puse nervioso y me dio vergüenza. 
Comenzamos a ver películas juntos y eso comenzó a ser parte 
de nuestra rutina diaria. Me enojaba que ella siempre, a los diez 
minutos de poner el DVD, tuviera que pararse para hacerse un 
té. Le preguntaba por qué no se lo hacía antes si ya sabía que 
íbamos a ver la película. Ella no me respondía y me ofrecía té y 
yo decía que no y acababa comprando helado. Le convidaba 
porque sabía que ella quería. Pero ella comía con culpa y me 
decía que estaba gorda, que no podía. Yo, por supuesto, no se 
lo negaba, pero tampoco lo afirmaba, y aprovechaba así para 
comérmelo todo: me insistía con que me cuidara y que no 
comiera como una bestia. Yo no le hacía caso. 
Nos gustaba hacer las compras juntos porque nos gustaba 
jugar a ser un matrimonio y hacer cosas de matrimonio. 
SANTIAGO CÁNEPA 
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Aunque no teníamos ni idea de la responsabilidad que eso 
conllevaba. Limpiar era algo de matrimonio. Y era una 
aventura porque siempre limpiábamos con música y yo 
aprovechaba para bailar haciéndome el payaso y así hacer lo 
menos posible. Ella lo dejaba pasar. 
Pronto tuvimos la necesidad de comprar una cama de dos 
plazas porque en su cama ya no entrábamos. Y de paso, 
compramos un sillón y una mesa ratona. Como me pasaba la 
mayor parte de tiempo en su casa, me vi obligado a llevar a mi 
perra Golden, dado que no podía dejarla sola tanto tiempo. De 
pronto, yo también dejé de vivir solo en mi casa y comencé a 
vivir con ella en su casa, donde antes vivía sola. Ahora 
vivíamos juntos: ella, yo, mi perra Golden y su gato. 
Con el paso del tiempo, la convivencia dejó de ser algo 
fantástico para ser algo real. Ya no siempre hacíamos las 
compras juntos. Y ella ya no toleraba que yo bailara mientras 
limpiábamos. Comencé a tener obligaciones que nunca nadie 
me dijo que tendría. 
A la hora de comer, yo prefería hamburguesas y Coca-
Cola, y ella, milanesas de soja con polenta y agua mineral. Yo 
no entendía cómo podía comer eso. Y ella me regañaba porque 
decía que yo no comía sano. Discutíamos. Yo le decía que la 
soja estaba destruyendo al país. Y ella me decía que yo tenía 
los mismos hábitos alimenticios que su sobrino de siete años. 
Era verdad. 
Con el tiempo comenzó a reprocharme —cada vez con 
más vehemencia— que yo estuviera todo el día escribiendo y 
que no le prestara la suficiente atención cuando me preguntaba 
si esa remera la hacía gorda, o si esa pollera la hacía caderona. 
Para mí siempre estaba hermosa. Aunque, evidentemente, lo 
que reclamaba era otra cosa. 
Una noche llegué de la radio y la encontré en la puerta de 
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casa llorando y sacando a patadas en el culo a unos perros que 
se revolcaban e intentaban echarse sobre mi ropa desparramada 
en la vereda. 
—Sos un hijo de puta —me dijo—. Yo acá, en casa, sola y 
vos en tu programita de radio llamando a prostitutas para 
preguntarle los precios. 
—Es una nueva sección del programa, Laura. Una joda. 
—Seguro te guardaste los números y después las vas a 
llamar para levantártelas. 
Comencé a reírme. 
—No es necesario levantármelas, Lau. Son prostitutas. 
—Andate de mi casa. 
Yo traté de pensar algo inteligente para decir, pero no se 
me ocurrió nada. Así que recogí mi ropa y subí al departamento 
para armar el bolso; mi plan era esperar que se calmara. Así 
que el ritual fue el mismo de siempre: ella lloraba y me puteaba 
desde la cocina, mientras yo me reía de nervios y armaba el 
bolso lo más despacio posible, en el cuarto. 
Tras muchas puteadas y reproches, al ver que no se 
calmaba, le dije “chau” con el bolso al hombro y me fui dando 
un portazo tratando de alcanzar el mayor dramatismo posible. 
Como la conocía, me senté en la escalera y esperé a que ella 
abriera la puerta para comprobar si yo aún estaba o me había 
ido realmente. Después de unos segundos, efectivamente la 
abrió desesperada y los dos comenzamos a reírnos. 
—¿Ves que no querés que me vaya? 
La abracé y le sequé las lágrimas. Luego llamamos al 
video club y pedimos una porquería japonesa que ella quería 
ver hacía rato y yo llamé a la pizzería y pedí empanadas y 
Coca-Cola. Eso era estar en pareja, negociar, ponernos de 
acuerdo y dejar contentas a ambas partes: ella se sintió culpable 
de comer tanta grasa y yo me dormí a la media hora de 
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película. Pero al menos lo intentamos. 
Me hizo prometerle que no iba a llamar más a ninguna 
puta ni le iba a hacer más preguntas obscenas a ninguna mina. 
Yo se lo prometí sabiendo que se lo prometía más para salir del 
paso que por convicción propia, pero lo hice. 
Al tiempo volvió a pasar lo mismo. En el programa 
teníamos una sección en la que hacíamos llamados azarosos y, 
si alguien nos atendía, le explicábamos que llamábamos para 
aumentar la audiencia, ya que nadie nos escuchaba. Si la 
persona se mostraba bien dispuesta, charlábamos un rato. 
Aunque no siempre las personas reaccionaban bien, esa noche 
tuvimos suerte. La productora marcó un número cualquiera y 
de inmediato atendió una mujer que, sorprendida, dijo que 
estaba escuchándonos. 
No sé si fue intuición o un simple baboseo por su voz 
sensual, pero me dejé llevar e imaginé que debía ser una 
hembra impetuosa y comencé a hacerle preguntas íntimas. Ella 
reaccionó bien. Se mostró dispuesta y cómoda en su eventual 
papel de femme fatale. No faltó pregunta que se le hiciera 
acerca de sus pechos o de sexo lésbico. La charla terminó a los 
quince minutos con un tema de Eric Clapton y con una buena 
cantidad de mensajes masculinos, como nunca antes habíamos 
tenido. Me puse contento porque los oyentes estaban contentos. 
Y le pregunté a mis compañeros cómo había salido, si había 
sido divertido. Me dijeron que sí como para contestarme algo. 
Y yo pensé en Laura, sabiendo que me podría estar 
escuchando. 
Cuando llegué a casa, Laura no estaba. Me había dejado 
una nota donde decía que yo era un hijo de puta. Que no me 
aguantaba más. Que se iba a pasar unos días a lo de su madre 
hasta estar un poco más calmada. No supe qué hacer. Pensé 
que, si había elegido estar con la madre en lugar de estar 
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conmigo, debía estar enojada en serio. Pensé en ir a buscarla, 
pero me pareció apropiado dejarle su espacio para que pensara 
tranquila. Y a su vez me pareció que debía ir a buscarla para 
explicarle que todo era un juego, que formaba parte de las 
ficciones de la radio. 
No hice ninguna de las dos cosas por decisión propia. A 
los cinco minutos de haber llegado, recibí en el celular un 
mensaje de ella que decía que por favor no fuera a buscarla. 
Que después hablábamos. Y, sabiendo lo inútil que me veíaparado frente a la heladera, buscando cómo mezclar las pocas 
cosas que había adentro para obtener una comida 
medianamente decente, me llegó otro mensaje de ella diciendo 
que en el horno había tarta de jamón y queso. Y que si 
necesitaba platos estaban en el segundo estante de la alacena 
del medio. Me sentí feliz por tenerla. Y le agradecí a Dios, 
aunque no fuese creyente. Me comí la tarta entera y me tomé 
unas cuantas cervezas. Y me senté en el sillón a contestar e-
mails y a mirar tele. 
Al otro día, me despertó el teléfono. Miré la hora. Eran las 
doce del mediodía. Atendí disimulando la voz de dormido. Me 
daba vergüenza que mi interlocutor notase que estaba 
durmiendo. Era mi madre: 
—Hola, hijo. ¿Dormías? 
—No, para nada. Estaba trabajando. 
—Tenés voz de dormido. 
—¿Sí? Puede ser. 
—Sí… Bueno, a ver cuándo venís a ver a tu papá, que te 
quiere ver. 
¿Ella no me quería ver? ¿Para qué me llamaba? 
—Esta semana voy para allá, porque tengo que ir a llevar 
unas cosas al canal. 
—¿Y cómo va eso? 
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—Bien. Trabajo mucho y cobro poco. Sabés cómo es esto. 
—Ay, hijo. Con eso del derecho de piso se abusan… 
¿Hasta cuándo vas a pagar derecho de piso? 
—Hasta que tenga talento, supongo. 
Mi mamá se rió y me dijo que sería bueno que algún día 
esos chistes me dieran de comer. Yo hice otro chiste por no 
saber qué contestar y dije que tenía que seguir trabajando. Le 
pregunté si le podía llevar algunas prendas de ropa para que me 
las planchara y ella me dijo que se las llevara, y que le 
comprara una plancha a Laura. 
Después de arreglar con mi madre para vernos, me 
levanté y me preparé una chocolatada. Revisé mi correo 
electrónico, escuché música y terminé un trabajo que debía 
terminar. A las tres de la tarde no sabía qué hacer. Revisé 
nuevamente mis e-mails, escribí chistes, me masturbé para no 
aburrirme y llamé a uno de los chicos de la radio para 
comentarle nuevas ideas. Pronto comencé a impacientarme 
porque Laura no llegaba, no llamaba ni me mandaba un 
mensaje para insultarme. Quise llamarla, pero pensé en respetar 
su espacio. Me pregunté qué era respetar el espacio del otro, 
dónde terminaba mi espacio y comenzaba el de ella. Me 
pregunté si acaso ella, al no comprender que lo que yo hacía en 
la radio era ficción —parte de un juego tácito que se daba con 
los oyentes—, no respetaba mi espacio. Desde luego no me 
respondí y la llamé para preguntarle. Cuando me atendió me 
dijo que estaba a dos cuadras de casa, que venía para hablar. ¿A 
dos cuadras? Ya no había tiempo de ordenar nada. ¿Qué había 
que hablar? ¿Por qué siempre había que hablar algo? Me daba 
miedo. Sentía la misma sensación que cuando la directora del 
colegio me llamaba a la dirección. ¿Por qué había que enfrentar 
los problemas? 
Como la conocía, bajé a la perra de la cama y sacudí sus 
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pelos. Até la bolsa de basura y junté las migas que estaban 
sobre la mesa. Me eché perfume y me peiné con los dedos. 
“Debe estar a una cuadra”, pensé. “No llego”. Junté los vasos y 
platos sucios y los llevé a la cocina. Quería que me encontrara 
lavando. 
Esperé a escuchar la llave en la puerta, sus pasos, luego 
verla entrar a la cocina y por fin abrazarla. Ver a la perra mover 
la cola y tirarse sobre nosotros como cada vez que nos 
abrazábamos. Pero recordé que la había dejado en el patio, así 
que la entré para disfrutar de ese momento. A los dos nos daba 
ternura ver que ella también nos abrazaba. Esperé, esperé y 
esperé. “¿A dos cuadras? Ya debería haber llegado”, pensé. 
Hasta que escuché el timbre y me puse contento. No sólo 
porque ya estaba en casa, sino porque, si lo tocaba, significaba 
que se había olvidado la llave. Y eso, ese olvidarse la llave, ese 
tocar timbre con culpa —sabiendo que a mí me molestaba 
sobremanera— era parte de nuestro mundo. Eran esos detalles 
mínimos que yo había aprendido a amar de ella. 
Como vivíamos en un primer piso que daba a la calle, abrí 
la ventana y le lancé la llave. Como siempre, ella no la atajó y 
la dejó caer al suelo. 
—Laura, ¿te cuesta mucho agarrar la llave? Se va a 
romper. 
—Me va a lastimar la mano. Además, no le va a pasar 
nada. No se va a romper. 
—Sí le va a pasar. Y cuando se rompa vas a ir vos al 
cerrajero y lo vas a pagar vos. De tu bolsillo. 
—Ay, no seas exagerado, nene… y cualquier cosa la pago 
yo. 
—No soy exagerado. Vos sos exagerada. Es una llave, no 
un ladrillo. 
La última frase que dije no llegó a escucharla, ya se había 
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metido en el edificio. Entonces sí pude irme a la cocina, fingir 
que lavaba las cosas y esperar a verla entrar de la forma que yo 
quería. Cuando entró, lo primero que recordé fue que en la nota 
había escrito que se iba a la casa de su madre por unos días: 
había pasado solo uno. 
—Pensé que ibas a venir en un par de días —dije y 
comprendí que ese no era el comentario más apropiado, pues 
ella podía creer que no quería que volviera. 
—¿Qué, no querías que viniera? 
—¡Cómo te conozco, la puta madre!... Claro que quería 
que vinieras ¿Cómo no voy a querer que vuelvas a casa? Te lo 
decía solo porque me llamó la atención. 
—Obvio. Es mi casa también. Puedo venir cuando quiera, 
¿sabés? 
Se sirvió agua. 
—Ya sé que es tu casa también. Pero pensé que… Bueno. 
No importa… 
Nos quedamos unos segundos en silencio, hasta que ella 
lo rompió con bronca: 
—¡Me da bronca! ¿Sabés? ¡Me da bronca escucharte 
hablar con esas minitas! ¿Qué, te calentás? ¿Te las querés 
levantar? 
Me acordé del personaje de Capusotto diciendo 
“miniiiiiiiiiitas” y me agarró un ataque de risa que no pude 
disimular. 
—¿De qué te reís? 
—De nada, Lau. Es que me pongo nervioso y me río. Me 
conocés. 
Me miró con odio. 
—Me da mucha bronca que hables así en la radio. Lo 
mismo que cuando escribiste esa novela que hablaba de tu ex. 
—¡Otra vez con eso! No hablaba de mi ex, Lau. No 
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hablaba de nadie en especial. Era una novela. Una ficción… 
Bien, lo admito, estaba, no sé, inspirado en algo real, pero nada 
más. Eso no significa que yo extrañe. O ame. O sublime. No 
significa nada. Era una ficción, como en la radio. 
—No, no es lo mismo. Porque pasabas horas escribiendo 
cómo la querías, y describías todo igual a lo que me contabas 
cuando aún no éramos novios. 
¿Por qué carajo había abierto la boca cuando aún éramos 
amigos? Debía aprender a callarme o tener en cuenta que las 
mujeres tienen mucha más memoria que los hombres. 
—¡Era un personaje! ¡Un álter ego! ¡Por Dios, Laura! 
—¿Un personaje? ¡Tu ex se llama Mariana y al personaje 
le pusiste Marina! ¡Sos un pelotudo! 
No supe qué contestarle. Ella tenía razón; yo le había 
puesto Marina al personaje, mi ex se llamaba Mariana y yo era 
un pelotudo. Me quedé en silencio. Ella retomó: 
—No sé. Me da mucha bronca, Santiago. No te puedo 
creer. Me cuesta mucho confiar. Me pone loca que en todos tus 
textos te cojas a una mina. 
—¡Yo no me cojo a nadie! 
—¡Vos o tus putos personajes, es lo mismo! 
Comenzó a llorar. La perra saltó sobre ella y se abrazó a 
su pierna, para hacer con ella su acto sexual. 
—¡Salí! 
Se la quitó de encima. Yo comencé a reírme. 
—Lau. Ya está. Discutimos esto mil veces. Sabés que no 
pasa nada, mi amor. 
—Pero me da bronca. 
—Ya sé que te da bronca. Pero realmente no pasa nada. 
Es parte de la radio. Esto o la novela. O lo que sea. Es parte de 
un personaje. De una ficción. 
Eso era una verdad a medias. Casi todo lo que yo hacía, 
SANTIAGO CÁNEPA 
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decía o escribía estaba basado en la realidad. Pero eso no 
significaba que fuese real o que yo estuviese involucrado 
sentimentalmente. Algunas veces lo hacía y otras no. Pero era 
algo relativo. Uno podía viajar al pasado para recordar algo 
sentido con el simple propósito de expresarlo al momento de 
narrarlo, y luego volver al presente y desembarazarse de dicho 
sentir. Ella nocreía que yo pudiera hacer eso, ni que pudiera 
preguntarle a una mina si tenía tetas grandes o si se había 
acostado con una mujer y no calentarme. 
—Pero no me gusta que hables con mujeres en la radio. 
Ni que llames a prostitutas para preguntarle los precios. 
—Ya te dije que es todo parte del programa. Vos cuando 
actuás y tenés que besar a alguien yo no me enojo… O sí me 
enojo. Pero lo entiendo y no te digo nada. Porque estás 
actuando. 
—¡Pero lo que yo hago es serio! ¡El teatro es algo 
milenario! ¡Lo que vos hacés no es radio, es pelotudear frente a 
un micrófono! 
Eso me ofendió, pero preferí quedarme callado y no abrir 
otra vertiente en la discusión. No quería pasarme los próximos 
doscientos cincuenta mil años peleando. Vivir en pareja era así. 
El mundo funcionaba así. Si yo atacaba con algo, ella tenía que 
atacar con algo peor. Si yo contrarrestaba con algo aún peor, 
ella debía sacar de donde fuera un golpe aún más certero. Era 
así. Con la competencia de reproches sucedía lo mismo. Ella 
buscaba en los anales de la relación el recuerdo de una mujer 
que tres años atrás yo había mirado mientras caminábamos por 
la avenida Corrientes. Y yo tenía que revolver casi sin éxito en 
los cajones desordenados de mi memoria, hasta encontrar algo 
para presentar ante un juez invisible que dictaminara quién era 
más culpable. El problema era que yo nunca encontraba nada y 
que ella era una experta en acopiar y archivar reproches. 
COGER Y CONTARLO 
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—Mirá, Laura, para mí es serio lo que hago. Le pongo lo 
mejor de mí y eso cuenta. —Me quedé callado un instante y 
luego dije la mayor estupidez que podía decir ante Laura—: 
Además, si te voy a cagar, no te voy a cagar en la radio, al aire 
y con tanta gente escuchando. 
—¡Sos un pelotudo! O sea que me cagarías pero a 
escondidas… 
—¡No quise decir eso! ¡Quise decir que si hubiese 
querido hacerlo, lo hubiese hecho, pero que no tengo necesidad 
de buscar minas en la radio! 
—¿Cómo que si hubieses querido…? 
—¡Basta, Laura, ya está! —la interrumpí—. No sigamos, 
esto es una boludez. 
Seguimos discutiendo por un rato. Poco a poco nos 
fuimos calmando y yo le prometí que no volvería a hacer esos 
llamados en la radio. Ella siguió llorando y se sonó los mocos 
con una remera de Pink Floyd que yo había dejado sobre el 
escritorio. Le dije que era una asquerosa y nos reímos cuando 
la perra se nos tiró encima al abrazarnos. Luego, hicimos el 
amor. Nos bañamos juntos y yo le dije que eso de bañarse 
juntos no era romántico y era una mentira que teníamos que 
encargarnos de desmitificar, ya que mientras uno estaba bajo la 
ducha, el otro debía esperar a un costado enjabonado y muerto 
de frío. 
Después del baño, tomamos mate y fuimos a hacer las 
compras juntos, mientras paseábamos a la perra. 
Yo me entusiasmaba con cosas tontas. Estaba contento 
porque habíamos comprado golosinas para el postre y porque 
había conseguido un disco de Benny Carter que escucharíamos 
mientras cenábamos. Le conté todo acerca del disco y de las 
propiedades benéficas de escuchar jazz mientras uno cenaba en 
un día de lluvia. 
SANTIAGO CÁNEPA 
22 
La convivencia había dejado de ser algo fantástico para 
convertirse en algo real. Y ese algo real, con todo lo que eso 
implicaba, era lo más fantástico que nos podía pasar. Esa noche 
tuvimos una cena romántica. Pedimos comida afuera. Pero no 
fueron ni empanadas ni milanesas de soja. Pedimos algo que 
nos contentara a los dos. Y usamos unas velas que encontramos 
en un cajón de la cocina, que habían quedado de algún 
cumpleaños. La noche acabó estupenda. Terminamos de cenar 
e hicimos el amor a la luz de un setenta y cuatro medio 
derretido, al compás del soplido magnífico del saxofón de 
Benny Carter. Hasta que ella se cansó de tanto jazz meloso y 
puso a Fito, mientras me decía que cuando me descuidara, me 
iba a tirar a la basura ese calzoncillo harapiento que ya no daba 
más de tanto agujero. 
A las dos semanas, mientras estaba en la radio, volvió a 
pasar lo mismo, pero esta vez el desenlace fue distinto. Una 
oyente llamó y, sin rodeos, nuevamente le pregunté si tenía 
tetas grandes o si efectivamente había tenido sexo lésbico, si 
había realizado un trío, si en caso de volver a hacerlo preferiría 
dos hombres o dos mujeres. Ella me contó todo, yo un poco me 
excité. 
Otra vez, durante la tanda, le pregunté a mis compañeros 
cómo había salido la entrevista, si había sido divertida, y me 
dijeron que sí, que los mensajes no cesaban. Y yo volvía a 
pensar en Laura, que seguramente estaría escuchando. Así que 
la llamé al celular, pero no atendió. La llamé a casa, pero 
tampoco lo hizo. Cuando intentaba hacer un tercer llamado —
nuevamente a su celular, por si antes no había logrado 
atenderme—, la productora me indicó que en diez segundos 
volvíamos al aire. Así que yo dejé mi teléfono celular a un lado 
y esperé a que la luz roja se encendiera. Hablé de las noticias 
del día, de cuál era la mejor manera de hacer un huevo frito, de 
COGER Y CONTARLO 
23 
cómo lograr dormir bien en un colectivo, y nuevamente dije a 
qué número podían comunicarse los oyentes. De inmediato, 
otro llamó para salir al aire.: “Atendela que es una chica”, me 
dijo la productora. “Dice que quiere contar cómo le es infiel al 
novio. Si la hacés entrar en confianza, te cuenta todo”. “Sí”, 
dije yo con la cabeza y atendí sin objetar. Cuando escuché la 
voz del otro lado, reconocí la voz de Laura, mi Laura, y quise 
no haber atendido y no haber nacido. Sentí frío y ganas de 
volver el tiempo atrás. Pero tuve que atender, no me quedaba 
otra. Esa era la clave; no decir que no, decir siempre que sí. 
Aceptar, y con lo que las circunstancias nos presentaran, 
construir ficción. Aunque esta vez yo supiera que no lo era: 
—¿Así que llamás porque tenés cosas para contar? 
—Sí, tengo muchas cosas para contar. 
—¿Cómo cuáles? Empezá por decirme de dónde sos. 
—No importa de dónde soy. Lo que importa es lo que a 
vos te importa. Lo que le preguntás a todas las oyentes. 
Eso era muy de ella. Entendí el reproche encubierto, pero 
no pude objetar nada. Tuve que seguir adelante con la farsa. 
—¿Y qué es lo que a mí me importa, entonces? 
—No sé. ¿No querés saber cómo son mis tetas, o si me 
acosté con alguna mujer? ¿No te gustaría que te contara cómo 
lo cago a mi novio cuando él no está? 
No, no quería saberlo. Me daba arcadas de solo pensarlo. 
Miedo, frío, asma, tos y carraspera, vértigo. Pero a la vez sí 
quería. Quería saberlo todo. Cada detalle. Y me daba bronca 
querer saberlo y tener que seguir con esta farsa adelante. Los 
mensajes de los oyentes masculinos comenzaban a llegar 
sugiriéndome que le hiciera todo tipo de preguntas obscenas. 
Yo quería matarlos a todos. Uno a uno, si fuera necesario. 
Estaban hablando de mi novia, mi pareja, la mujer con la que 
yo dormía cada noche. La que me abrazaba como un vientre 
SANTIAGO CÁNEPA 
24 
materno cuando yo lloraba en posición fetal porque el mundo 
no era el que yo había soñado de niño. Era ella, era Laura. La 
misma que mil veces me hizo salir de la cama en medio de la 
noche (desnudo y muerto de frío) porque había escuchado un 
ruido extraño en el patio. La misma que una vez me llamó 
gritando y llorando desde la cocina, haciéndome levantar de la 
cama (desnudo y muerto de frío) porque se había electrocutado 
al abrir la heladera descalza. La que una noche me hizo 
recorrer todos los dentistas de guardia de la ciudad porque le 
dolía la muela, mientras yo la abrazaba y consolaba a la vez 
que la puteaba porque al otro día debía levantarme temprano. 
La misma que me puteaba y consolaba cuando el dolor de 
muelas era mío. La misma con la que buscábamos arreglarnos 
de otra manera cuando el sexo convencional no era posible. La 
que también me hizo recorrer durante toda una tarde todas las 
tiendas de ropa hindú que fueran posibles, con tal de conseguiresa prenda que aparentase ser hindú, pero que a su vez no lo 
aparentase tanto. La misma que al llegar a casa y probarse 
frente al espejo por vigésima vez la prenda, rompió en llanto 
diciendo que no le gustaba cómo le quedaba. Esa que se 
levantaba a prepararse un té a los diez minutos de empezada la 
película. La que me retaba porque decía que yo no comía sano. 
La misma que se enojaba porque yo no juntaba ni la ropa, ni la 
toalla, ni la espuma, ni la maquinita de afeitar cuando me 
bañaba, mientras que cuando yo no estaba, olía mi crema de 
afeitar y mis remeras para no extrañarme tanto. La misma a la 
que le contaba todo, hasta que aprendí que había ciertas cosas 
que no debía contarle. La misma que me escuchaba igual 
cuando no quería escucharme. La misma a la que le gustaba oír 
que yo siempre quería escucharla. La misma a la que yo 
amaba, y había empezado a sentirse sola porque yo me pasaba 
COGER Y CONTARLO 
25 
el día escribiendo. La misma que ahora, en mi propio programa 
de radio, estaba por contar cómo me engañaba. 
Yo sabía que eso era una venganza. Ella me lo había 
adelantado. Me lo había avisado de alguna manera que yo no 
supe entender. Me estaba diciendo: “¡Necesito que me prestes 
más atención! ¡Basta de pensar en vos por un momento!”. Yo 
era acusado de haber dejado de escucharla y ahora, como si 
fuese una condena, no solo debía escucharla yo, sino todos los 
oyentes de la radio. 
Naturalmente, el único que sabía que estaba hablando con 
Laura —mi Laura— era yo. El resto de los integrantes del 
programa, y desde luego los oyentes, no lo sabían. Así que, sin 
más, actuando como un héroe o un imbécil, tragándome las 
ganas de llorar y salir corriendo hasta casa para pedirle 
explicaciones, conocer la cruel verdad y tirarme en el sillón a 
llorar en posición fetal, seguí adelante con el llamado: 
—¿Así que tenés muchas cosas para contar? 
—Sí, muchas. 
—Empezá, entonces, por contarnos cómo sos. 
—Linda, muy linda. Yo creo que si vos me vieras, te 
enamorarías de mí. 
—¿Te parece? 
—Sí. 
—¿Y cómo sos? 
—Cómo soy… Alta, delgada, pelo castaño… me parezco 
a uno de los personajes de tu libro. 
No supe qué contestarle. Tuve miedo de que dijera a qué 
personaje se refería, de qué cuento, y que alguien del entorno 
pudiera darse cuenta de que se trataba de Laura, mi Laura. En 
cuanto a su voz, sabía que ningún conocido podía darse cuenta, 
ya que, por más familiar que pudiera sonarle, nadie asociaría a 
Laura, mi Laura, con esa Laura. Es decir, nadie podría 
SANTIAGO CÁNEPA 
26 
imaginarse que mi Laura me estuviera haciendo eso. 
—Ah, mirá vos. ¿Y te gusta leer? 
—Sí, me gusta mucho leer. 
A Laura le gustaba mucho leer, vivía leyendo. Poesía y 
ensayos. La ficción no le gustaba. Quizás por eso no entendía 
lo que yo hacía en la radio. Quizás por eso me hacía lo que me 
estaba haciendo. Intenté llevar la charla para el lado de la 
poesía y del cine. Terminarla cuanto antes. No obstante, la 
productora, la operadora y mis otros compañeros de radio, 
comenzaron a mirarme sin entender lo que hacía. Así que, a 
través del retorno, de señas inentendibles como de mimos 
inexpertos, de papelitos escritos rápidamente y traídos al 
estudio en silencio, de carteles con marcador en hojas de 
cuaderno, comenzaron a mandarme preguntas que yo debía 
hacerle y a guiarme la charla para el lado que a ellos y, por 
supuesto, a todos los oyentes, les interesaba. 
Me contó que aprovechaba cada vez que yo me iba por un 
largo rato para reencontrarse con ese viejo amor que alguna vez 
había tenido. Me contó cómo lo hacían en la cama. Cómo él 
escuchaba lo que supuestamente a mí ya no me importaba. 
Cómo se reían. Cómo hablaban de mí y de la novia de él. 
Cómo paseaban. Cómo él la llevaba a pasear en ese auto nuevo 
que yo no tenía. Cómo él trabajaba en un trabajo donde no 
tenía que preguntarles a las mujeres si tenían tetas grandes o si 
se habían acostado con alguna mujer. Cómo él no llamaba 
prostitutas para hacer un programa de radio. Cómo él cumplía 
las promesas que hacía. 
Yo quedé atónito. Volví a ser un niño. Mi pito se redujo al 
tamaño de un maní. Comencé a ver en mí cada falencia y en él 
cada virtud. Comencé a sentirme mal y a querer salir corriendo. 
Mis ojos comenzaron a lagrimear. Por suerte, el llamado ya 
había terminado y el público había quedado contento. Nadie se 
COGER Y CONTARLO 
27 
había dado cuenta de nada. Así que camuflé mis lágrimas 
fingiendo un bostezo y me fui al baño. Una vez allí quise hacer 
pis pero no pude, no tuve ganas. Me miré el pito y lo vi 
encogido y arrugado. Pensé que el otro debía ser mucho más 
viril que yo. Me la imaginé a Laura en cuatro y a él dándole 
por atrás, apurados, sin sacarse la ropa, aprovechando el tiempo 
en que yo no estaba. Le vi la cara de placer y eso me dio asco. 
Quise vomitar pero no pude, no sabía cómo hacerlo. Me daba 
miedo ahogarme con mi propio vómito. Así que simplemente 
me lavé la cara con un poco de agua fría, sin jabón, y me miré 
en el espejo. Me vi feo, con la barba muy crecida y con cara de 
boludo, despeinado. Me acomodé un poco el pelo, la barba y el 
cuello de la camisa, pero seguía teniendo cara de boludo. Pensé 
en el otro, en que era lindo y tenía auto nuevo. Pensé que debía 
tomarme un taxi para llegar más rápido a casa. Y que Dios los 
había inventado para salvarme la vida. Pero que en ese viaje se 
me iría parte del poco dinero que me quedaba hasta fin de mes. 
Pensé en que estaba tardando mucho en el baño y que alguien 
podía sospechar, así que tiré la cadena para disimular que no 
había hecho nada. Cuando estaba a punto de salir, me vino a 
buscar la productora: 
—Dale, che, que ya termina la pausa. Charlás un rato, te 
despedís y nos vamos… ¿Estás bien? 
—¿Eh? Sí, bárbaro, ¿por? 
—No sé, te noto raro. 
Me gustó que me preguntara eso. Por un momento me 
imaginé separado de Laura y llorando sobre el hombro de mi 
productora. La imaginé encima de mí follándome como una 
bestia, repitiendo: “Soy tu putita, soy tu putita”. 
—Debo estar un poco cansado. Mucho trabajo. 
—Y sí, puede ser. Todos estamos así. 
—Sí… 
SANTIAGO CÁNEPA 
28 
Dije yo y no supe qué más decir. No se me ocurrió nada, 
ningún chiste para llenar el silencio. Pero agregué, cuando ella 
se estaba yendo: 
—Si no te jode, entro al aire, me despido, y mandamos 
música hasta cumplir el horario. Estoy un poco mareado. 
Ella me miró de forma comprensiva, como si supiera lo 
que me estaba pasando y me dijo que sí, que no había 
problema. Cuando se fue, le miré el culo. No era gran cosa, 
pero siempre se podía hacer algo. 
A los pocos segundos estaba sentado nuevamente en el 
estudio. Comencé a apagar mi computadora y esperé a que me 
dieran aire. Cuando el micrófono se encendió, hablé de lo que 
había sido el programa, de lo que haríamos en el próximo y di 
las gracias y me despedí. Una canción de Oasis comenzó a 
sonar y yo esperé a que el micrófono se apagara. Me quité los 
auriculares, guardé mis cosas, me despedí de todos y en menos 
de cinco minutos ya estaba en la calle. 
Caminé hasta Corrientes y 9 de Julio y, una vez allí, paré 
un taxi. El primero que paré me frenó. Me subí atrás. Sabía que 
si me subía adelante tendría que hablar con el chofer y contarle 
todo lo que me estaba pasando, incluso escuchar sus consejos 
o, lo que era peor, sus penas. Así que después de darle las 
coordenadas, abrí la ventanilla, apoyé mi cabeza en el marco y 
me perdí en el paisaje. Ver la avenida colapsada de autos, sus 
luces, los edificios grises, la gente y todo el gran caos que era 
Buenos Aires, me hacía sentir menos solo. Me hacía pensar que 
entre tantas almas caminando errantes, yo no sería el único que 
sufría por amor. Las grandes ciudades son siempre un refugio 
para la soledad. 
Mi cabeza funcionaba como una sierra eléctrica o como el 
motor de un coche de carreras. No paraba de imaginar, dedispararme imágenes y desenlaces posibles. Me pregunté si era 
COGER Y CONTARLO 
29 
capaz de perdonar una infidelidad y me contesté que sí. Me 
odié por responderme eso. Me pregunté si en ese caso era 
capaz de perdonarla y entendí que sí, que lo que me había 
dolido en verdad era la venganza, ese pase de factura en mi 
propio territorio, no la infidelidad en sí misma. 
Me imaginé llegando a casa y encontrándola con el otro, 
los dos sentados en mi cama, o en mi sillón, mirando mi tele y 
diciéndome que ya no iba más, que él sí cumplía sus promesas 
y que la escuchaba y que, como para hacerme las cosas más 
fáciles, él mismo había embalado todas mis pertenencias y se 
ofrecía a llevarme en su auto. Me imaginé subiendo a su auto, 
resignado, como cuando tenía que acompañar a mi madre a 
algún sitio contra mi voluntad. Me imaginé encontrando una 
bombacha de mi novia en el asiento trasero. Y al tipo 
diciéndome: “Yo se la doy, no te preocupes”. Me imaginé 
teniendo bronca, matándolo a trompadas, rompiéndole el auto y 
riendo a carcajadas. Me imaginé derrotado, arrepentido por no 
haber cumplido todas las promesas que le había hecho a Laura. 
Me vi solo, triste y patético, así que comencé a revisar los 
contactos de mi celular en busca de nombres femeninos. 
Luciana, Samanta, Natalia, Juliana, Alejandra. Busqué en todas 
las letras. Cuando tuve algunos nombres potables, escribí un 
mensaje genérico, algo así como: “Hola, tanto tiempo. ¿Qué es 
de tu vida?”, y se lo envié a varias mujeres a la vez. Si iba a 
separarme de Laura, debía encontrar a alguien que me 
sostuviera mientras la olvidaba. 
Cuando por fin llegué a casa, vi que las luces estaban 
prendidas y que se escuchaba música. Pagué el taxi y guardé el 
vuelto sin mirarlo. Me había salido más barato de lo que 
pensaba. No me alegré. Busqué la llave en mi bolso, abrí la 
puerta y entré. Subí la escalera con miedo. A medida que iba 
subiendo, se iba escuchando más fuerte la música. Entre la 
SANTIAGO CÁNEPA 
30 
música —que nunca supe si era Soda o Cerati— se escuchaba a 
Laura cantando. No entendí cómo podía estar cantando en esa 
situación, así que subí los pocos escalones que me quedaban a 
toda velocidad y metí la llave para abrir la puerta. Cuando 
intenté abrirla, sentí que desde adentro estaba puesta la traba y 
empecé a tocar timbre como loco. De pronto, se calló la música 
y se escuchó a Laura diciendo “ya va, ya va, nene, estaba en la 
cocina”, y luego se escucharon sus pasos hacia la puerta y a la 
perra que lloraba porque me reconocía. Cuando abrió la puerta, 
la vi: tenía el pelo recogido, mi remera de Pink Floyd, un short 
diminuto y blanco, que a mí siempre me excitaba, y unas ojotas 
con medias. Estaba sonriendo. 
—Qué rápido llegaste. ¿Viniste en taxi? —me dijo 
sonriendo, mientras se iba a la cocina y la perra se me tiraba 
encima, llorando y moviendo la cola. 
—Explicame qué acaba de pasar. 
Me quité la perra de encima. Ella se tiró al suelo con las 
patas para arriba, esperando que la acariciara. 
—Ya está la comida. ¿Ponés la mesa? 
Yo entré y dejé mi bolso en el sillón. Uno o dos mensajes 
me llegaron al celular. No los revisé. Supuse que era alguna de 
las minas que había mensajeado en el taxi. 
—¿Me podés explicar qué carajo acaba de pasar, Laura? 
—No me vas a decir que te creíste lo del llamado. 
—¿Me estás cargando? 
—No, no te estoy cargando. No me digas que te creíste 
que lo que dije en el llamado era en serio. —Hizo una pausa. 
Al ver mi cara de perplejidad, agregó—: ¿En serio te lo creíste? 
—¿Cómo “en serio te lo creíste”? No entiendo nada ¿Qué 
carajo pasa? ¿Era una broma? 
Comenzó a reír. En ese momento entendí todo. Como si 
de pronto un viento me golpease la cara, la respuesta me vino a 
COGER Y CONTARLO 
31 
la mente: una venganza. Una venganza que no tenía que ver 
con una infidelidad, ya que si ella lo hubiera hecho, se habría 
encargado de que yo no me enterase; esta venganza era más 
cercana y tenía que ver con su reproche continuo y mi excusa 
o, más que mi excusa, mi verdad, mi realidad, mi premisa de 
que todo lo que sucedía en la radio, o en la literatura, era 
ficción, pura y exclusivamente ficción. Una ficción que ella 
tenía que soportar y que yo me encargaba de sostener en el 
tiempo a través de promesas incumplidas. 
Esta vez la cosa se había dado vuelta. Para ella, ese 
llamado había sido ficción y divertimento. Para mí, había sido 
realidad y sufrimiento. Simplemente no pude enojarme, había 
sido hábil, me había puesto de su lado y me había demostrado 
lo que ella sentía y yo no podía entender. 
En ese momento la abracé, la sentí latir entre mis brazos. 
Me sentí fuerte y viril. Afortunado de haberla conocido y de 
tenerla a mi lado. Sentí mi pito crecer y con él mi hombría. 
Sentí su olor, tuve ganas de apretarla y la apreté muy fuerte, 
como siempre hacía, cada vez que sentía esa electricidad que 
me corría por el cuerpo y necesitaba descargarla, meterla a ella 
adentro de mi pecho. 
—El taxi me lo vas a pagar vos —le dije y nos reímos. La 
perra comenzó a saltarnos encima, hasta que se colgó de la 
pierna de Laura y comenzó a garcharse el muslo. Laura se la 
quitó de encima y tomándome de la mano me llevó a la cocina. 
Había hecho hamburguesas y comprado Coca-Cola. 
—En el freezer hay helado. 
Me dijo cuando terminábamos de comer. 
—¿En serio? —pregunté contento. 
—Sí. Trajo mi papá. 
—¡Qué grande tu viejo! 
Nos quedamos unos segundos en silencio, pensativos. 
SANTIAGO CÁNEPA 
32 
Hasta que de pronto ella me dijo: 
—Es una buena historia. Podés contarla o hacer un cuento 
de ella. 
—¿Qué historia? 
—Esta, la nuestra. El llamado a la radio y el desenlace. 
Todo. 
—Es verdad. Tenés razón. 
Me entusiasmé. Y apenas terminé el último bocado, me 
paré y fui a encender la computadora. 
—¿Otra vez vas a escribir? —me increpó. 
—No, no. Solo voy a encender la computadora. 
—Te conozco. Ni siquiera terminás el postre y ya te vas a 
escribir. 
—Enciendo la computadora y voy. 
Saqué la computadora de mi bolso, la puse sobre el 
escritorio y la enchufé. Cuando estaba a punto de encenderla, 
Laura apareció a mi lado con mi celular en la mano. 
—Te está sonando el celular. Es Samanta ¿Quién es 
Samanta, Santiago? ¿Me podés decir? 
 
 
 
 
 
 
COGER Y CONTARLO 
33 
CAPÍTULO 2 
 
Cuestionarnos 
 
 
 
 
 
 
 
 
Llegó un momento en el que mis amigos y yo 
prácticamente dejamos de vernos. Nuestros encuentros dejaron 
de ser diarios o semanales para pasar a ser la triste 
consecuencia de algún cumpleaños o el nacimiento de algún 
hijo. Como un espectador mudo, como un mero testigo de mi 
propia existencia, fui advirtiendo como, día a día, estos 
encuentros se fueron volviendo cada vez más esporádicos para 
pasar a ser un milagro, en caso de producirse. Eso se supone 
que es “crecer”. Alguien me dijo que una cosa es cumplir años 
y otra bien distinta es crecer. Desde luego, yo había cumplido y 
festejado cada uno de los años que me había tocado vivir, pero 
no estaba del todo seguro de si había hecho lo otro de forma 
correcta: ¿cómo saberlo? 
Para entonces, yo contaba con tres o cuatro amigos que se 
habían convertido en padres y casi con el doble de exparejas y 
amantes que se habían casado. Esto, por no verse reflejado en 
mi propia vida, me daba la sensación de que poco a poco me 
iba quedando solo y de que, como todo un inútil, iba creciendo 
a través de las acciones de otros. La vida me estaba obligando a 
crecer. ¿Cómo hacer entonces para ignorarla? ¿Cómo ir en 
SANTIAGO CÁNEPA 
34 
contra de lo que la vida quiere? ¿Cómo saber si caminamos en 
el sentido correcto al pisar las huellas que dejaron otros? Las 
respuestas a todos estos interrogantes no las tengo. Pero intuyo 
que la solución y la paz —sobre todo la paz— radican en no 
hacérmelos. 
 
Una noche, para festejar el cumpleaños de Marcos, nos 
juntamostodos —con parejas e hijos—, en el departamento 
que recientemente habían alquilado junto a su novia, Brenda. 
Cuando empezaron a escasear las gaseosas, Marcos dijo que 
saldría a comprar y, para que no fuera solo, me ofrecí a 
acompañarlo. A mí se me sumó Carlos y a Carlos se le sumó 
Martín. De pronto, nos encontramos los cuatro en el auto de 
Marcos. Solos, como desde hacía tiempo no estábamos. 
—Che, boludo —dijo Martín, sin aclarar a qué boludo se 
refería—. Creo que esta es la primera vez en años que estamos 
los cuatro solos. 
—¡Es verdad! ¡Vamos de putas! —dijo riendo Carlos. Y 
todos nos reímos con él. 
—¡O cojamos entre nosotros, total, ya tenemos confianza! 
—acoté yo, y volvimos a reír. Marcos puso el auto en marcha y 
arrancó. 
—Che, a la vuelta hay un kiosco, ¿por qué no vamos 
caminando? —preguntó Martín. 
—Vamos a dar una vuelta —dijo Marcos con la 
parquedad que lo caracterizaba. 
—¿A dónde? 
—A dar una vuelta, Santiago. Qué sé yo. 
—Pero ¿a dónde, boludo? Decime. 
—No sé. A dar una vuelta. A mirar algunas minas. 
 Al escuchar la palabra “minas”, Carlos gritó 
“¡Aceleráaaa, putooo!”, eufórico, mientras intentaba subir el 
COGER Y CONTARLO 
35 
volumen del estéreo. 
—Tocate el culo, negro feo —le dijo Marcos y le pegó en 
la mano como se le pega a un nene que hace lío. Y luego subió 
él el volumen. En la radio sonaba “El pibe de los astilleros”, de 
Los Redondos. 
—Che, ¿pero no vamos a ir al kiosco? —pregunté yo 
como un estúpido, sin entender cómo venía la mano. Nadie me 
contestó. Estuve a punto de acotar algo acerca de que no 
podíamos dejar solas a nuestras parejas, pero iba a dar lugar a 
todo tipo de burlas. Preferí quedarme callado. Marcos tomó 
Estado de Israel a toda velocidad y, antes de que terminara la 
canción, ya estábamos sobre la avenida Corrientes. 
Tarareábamos los últimos acordes como si estuviéramos en la 
cancha. La avenida estaba repleta de gente que iba y venía en 
todas las direcciones. Y, entre ellos, un grupo de chicas muy 
jóvenes vestidas con minifaldas y jeans ajustados. Carlos sacó 
la cabeza por la ventanilla y les gritó: 
—¡Hola, hermosas! ¡Suban acá que hay lugar para las 
veinte! 
Y nos hizo reír a todos. 
La canción de Los Redondos terminaba y comenzaba otra 
que ninguno conocía. Nos sentimos fuera de moda. A la altura 
del Abasto, pasamos delante de una mulata de curvas 
inabarcables que esperaba para cruzar la calle. Marcos frenó 
frente a ella y me dijo: 
—Preguntale cuánto cobra, Santi. 
—Preguntale vos. 
—Preguntale vos, sorete, que está de tu lado. 
Le pregunté, pero la mulata no me respondió. Lo miré a 
Marcos buscando ayuda, y éste con la cabeza me indicó que 
preguntara de nuevo. Lo hice, pero tampoco obtuve respuesta. 
—Dejala, no debe ser prostituta —acotó Martín, que era 
SANTIAGO CÁNEPA 
36 
el que más nervioso se ponía en esas situaciones. 
—¿Qué no va a ser prostituta, Pelado? Estas son 
rapidísimas. Vas a ver —dijo Marcos. Y volvió a insistir con la 
negra—: Che, por veinte pesos y un paquete de arroz, ¿nos 
hacés una mamada a los cuatro? 
Todos estallamos en una carcajada. Marcos aceleró y a 
toda velocidad se metió entre el tránsito. Cuando ya estábamos 
a unos cuantos metros, Martín sacó la cabeza por la ventanilla 
y nos sorprendió a todos: 
—¡Andá, muerta de hambre! ¡Ya vas a necesitar para 
comer y vas a chupar cualquier verga! 
Volvimos a reír. 
—Te fuiste de tema, Pelado…—estaba diciendo yo, 
cuando Marcos me interrumpió subiendo la apuesta: 
—No se rían. No se jode con esas cosas. Por ahí si no está 
encadenada, la negra no funciona. 
Nuevamente estallamos todos en una carcajada sonora, 
radiante, que nos hacía recordar a esas tantas que se nos 
escapaban cada noche en nuestro antiguo barrio, cuando 
tirábamos petardos en los tachos de basura o pedíamos pizza y 
se la mandábamos a la vecina de al lado. 
—Che, no nos podemos estar riendo de esto. Somos unos 
hijos de puta —se recató Carlos y los demás lo seguimos, 
aguantando la risa. Hasta que yo volví a pensar en la frase y 
estallé nuevamente: 
—¡"Si no está encadenada no funciona”! Te pasaste. 
Las risas contenidas volvieron a brotar. Ahora con más 
fuerza. 
—¿Viste? Vos sos el que hace reír arriba del escenario, 
pero yo te hago reír acá. 
—Sos un hijo de puta —le dije a Marcos, pensando en 
que ser hijo de puta podía ser bueno o malo, según cómo a uno 
COGER Y CONTARLO 
37 
se lo dijeran. En este caso, era bueno, pues le había querido 
decir que era un genio, un gurú, por el chiste que acababa de 
hacer. Pero si nos peleábamos y se lo decía en un tono más 
vehemente, ese era el peor de los insultos. Las maravillas de 
ser argentino. 
—Los quiero, hijos de puta —les dije, y todos 
comenzaron a pegarme como si aún fuéramos niños y me 
dieran un castigo o me mantearan por mi cumpleaños. 
—Andá, maricón. Te pusiste sensible —me dijo Martín y 
a la burla se sumó Carlos. 
—Ay, el señor que escribe cuentitos se pone sensible. Eso 
es de putos. 
—Si habrás chamuyado minas con ese curro de la 
literatura, hijo de puta. Cómo me sacabas ventaja cuando 
empezabas con eso —recordó Marcos. Y a mi su remembranza 
me despertó nostalgia. 
—Vos también tenés lo tuyo, bonito —le dije 
acariciándole la cara. 
—¡Pará que me vas a hacer chocar, forro! —me dijo 
sacándome la mano, mientras doblaba hacia la avenida 
Córdoba por una calle del Once. 
Las calles estaban llenas de gente. Las vidrieras 
resplandecían de ofertas y luces. Parecía que todos asistirían a 
una fiesta a la que nosotros jamás iríamos. Las ganas de tener 
un festejo distinto al que teníamos empezaban a notarse: 
—¡Vamos para Palermo, que está lleno de minas! —dije, 
y Martín y Carlos me apoyaron. 
—No. Tengo una idea mejor —dijo Marcos y nos miró a 
todos como si fuese un actor que estuviera por resolver el 
misterio de la película—. Vamos para el barrio. 
 
Cuando decíamos “El Barrio”, era un único barrio. El 
SANTIAGO CÁNEPA 
38 
Barrio con mayúscula. Nuestro Barrio: Parque Chas. El lugar 
que nos había visto crecer. Que con sus calles laberínticas 
había albergado nuestros partidos de futbol, nuestros ring raje, 
nuestros primeros amores, nuestras primeras borracheras. Que 
nos acogía a todos como una misma casa y nos daba la 
inmediatez de marcar un teléfono y decir “en diez minutos en 
la casa del Pelado”, y tenernos a todos, diez minutos después, 
en la puerta de su casa. El Barrio. El único que existía para 
nosotros, así nos fuésemos a vivir a Ámsterdam. 
Recorrimos el Barrio con nostalgia. Recordamos rincones 
y anécdotas. Ya ninguno de nosotros vivía en él. Marcos ahora 
vivía con su novia en Villa Crespo. Carlos vivía en Belgrano, 
con su pareja y su hijo. Martín vivía solo, separado, en 
Colegiales. Y yo vivía con Laura en el sur de la ciudad, muy 
lejos de todos. 
De pronto, Martín tuvo una idea que todos entendimos 
como imposible: 
—Che, ¿y si vamos a buscar al Gordo y nos vamos de 
joda? 
Nadie contestó. 
El Gordo, como le decíamos, o Toto, o simplemente 
Alfredo, no querría salir con nosotros: desde que estaba en 
pareja, había dejado de frecuentarnos. 
—Por ahí se engancha —insistió Martín. 
—Tomátelas —dijo Marcos—. Es un gordo puto. Nos 
dejó de lado. Se olvidó de nosotros. Todo por una mina. 
—Todos nos olvidamos un poco de los amigos. Así es la 
vida, Marcos —traté de remediar yo. 
—¡Yo no me olvidé nunca de mis amigos, Santiago! Yo 
jamás dejé de verlos ¿O no los veo yo? 
—Sí, obvio. 
—Y bueno. Poco, mucho. Aunque sea cada dos meses. 
COGER Y CONTARLO 
39 
Pero los veo. Yo estuve cuando había que estar. 
—Todos estuvimos y el Gordo no. Qué le vamos a hacer. 
Él es así. Hay que aceptarlo como es. 
—¿Aceptarlo? Se acepta a una persona que está. No a una 
que no existe. Él nos dejó de garpe a nosotros. Él fue el que no 
nos aceptó. 
—Hagamos algo —dijo Carlos—, llamalo y decile que 
pasamos a saludarlo. 
—Bueno,lo llamo —dije yo y marqué su número en mi 
celular. 
—Si te atiende, vas a ver que no va a querer salir ni 
siquiera a saludarnos —arriesgó Marcos. Pero sorpresivamente, 
el Gordo atendió: 
—Hola, Toto, Gordo, soy yo, Santi. 
—Hola, ¿cómo estás? 
—Bien, bien. Escuchame, ¿estás en tu casa, Gordo? 
El Gordo era el único de nosotros que aún vivía con sus 
padres, pese a que hacía años que estaba de novio. 
—Ehh, sí —dudó—. Estoy acá cenando con Luciana y 
con mis viejos. 
—Buenísimo. En un rato pasamos por allá. Es el 
cumpleaños de Marcos. 
Se negó: 
—Es que me estoy yendo ya. Te llamo en otro momento y 
arreglamos una salida. 
Yo estaba seguro de que me estaba mintiendo. 
—Dale —insistí—. Pasamos un segundo nada más. No te 
jodemos mucho. 
Volvió a negarse. Como lo conocía, decidí no insistir más. 
Era en vano. 
—Bueno, Gordo. Todo bien. Te dejo tranquilo. Hablamos 
en otro momento. 
SANTIAGO CÁNEPA 
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—Dale. Saludos a los chicos. 
—Chau. 
Corté. Cuando miré por la ventanilla, comprobé que 
estábamos en la puerta de su casa. Sorprendido le pregunté a 
Marcos qué hacíamos allí. 
—Vamos a secuestrarlo. 
Todos nos reímos. 
—Es verdad. La única manera de sacárselo a la jermu es 
secuestrándolo —acotó entre carcajadas alguien que no 
recuerdo. De repente, todos dejamos de reírnos. Nos miramos 
como diciéndonos algo y al mismo tiempo nos bajamos del 
auto, cada uno por su respectiva puerta. 
—Vamos a buscarlo. 
—Vamos. 
Caminamos hasta la entrada del edificio donde estaba el 
Gordo y tocamos timbre. Atendió su madre. Hablé yo: 
—Hola, Marta, soy Santi, ¿le podrías decir a Alfredo que 
baje un minuto? 
—A ver. Un segundo. 
—Este no va a bajar —dijo Carlos, casi en silencio. 
—Ahí baja —se escuchó decir a la madre del Gordo 
contradiciéndolo a Carlos, tapándole la boca. 
—Gracias, Marta. 
Al cabo de unos minutos, cuando el Gordo bajó sonriendo 
sin motivo aparente, como siempre, Marcos le acertó una 
trompada en el estómago y lo dejó sin aire, doblado en el piso. 
—¿Qué hacés, enfermo? —le grité yo. 
—No pasa nada, le di despacito. Es para que se relaje un 
poco —me dijo él, tratando de aminorar las cosas. Yo no 
entendía lo que estaba pasando. 
—Pero ¿cómo le vas a pegar? ¿Estás loco? —le pregunté 
buscando una respuesta. Él me respondió confirmándome que 
COGER Y CONTARLO 
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realmente estaba loco: 
—¡Y bueno, Santiago, en los secuestros se pega, es así! 
—¡Pero esto no es un secuestro, tarado! 
—¡Sí, es un secuestro! ¡Vos dijiste “vamos a 
secuestrarlo”! 
—¡No, estúpido, dije “vamos a buscarlo”! 
—Bueno, es lo mismo. 
—No, Marcos, no es lo mismo. 
Era en vano discutir. Marcos ya le había pegado al Gordo 
y junto a Carlos lo metían en el asiento trasero del coche, como 
los policías meten a los ladrones. Martín y yo nos subimos 
donde pudimos. Yo quedé al lado del Gordo y Martín adelante. 
Marcos trabó todas las puertas y salió a toda velocidad por 
avenida de Los Incas, hacia el lado de Devoto. 
El Gordo puteaba como loco. Tenía cara de asustado y de 
asesino a la vez. 
—Toto, te juro que la idea no era pegarte, la idea era que 
salieras a dar una vuelta, a ver un par de minas —me 
disculpaba yo, sintiendo que todo se nos había ido de las 
manos. 
—¡Llévenme para mi casa! —gritaba él y se movía 
histérico. Me era difícil contenerlo. 
—Gordo, te estamos salvando la vida. Vos sos el único de 
nosotros que todavía está a tiempo —dijo Marcos, y Martín, 
Carlos y yo nos miramos sabiendo exactamente lo que sucedía. 
Con casi treinta años, Marcos ya había pasado por tres 
concubinatos, sin contar el último. Y de todos había salido 
escapando. Siempre sintiéndose muy joven para convivir. 
Pensamiento que le venía a la mente cada vez que se sentía 
presionado o que notaba el paso del tiempo. Recuerdo que el 
día del nacimiento del hijo de Carlos y del hijo de Martín, 
saliendo del sanatorio, me dijo exactamente lo mismo, 
SANTIAGO CÁNEPA 
42 
refiriéndose a nuestras parejas: 
—¿No viste cómo estaban? ¿No viste cómo se le ponían 
los ojitos cuando agarraban al bebé? Si nos descuidamos, no 
llegamos a fin de año, hermano. Las minas con esto se ponen 
como locas. Se les despierta el instinto maternal y te encajan un 
pendejo en cualquier momento. Se les revolucionan las 
hormonas y todo su cuerpo se vuelve una trampa mortal. Te 
agarran de los huevos y cagaste. 
Laura y yo teníamos muy en claro que por el momento no 
queríamos ser padres. Se lo dije las dos veces, pero las dos 
veces me respondió igual: 
—No importa. Eso no importa. Si tu mujer… 
—No es mi mujer —aclaré yo—. No estamos casados. 
-—¡Es lo mismo, gil! Tu mujer. Tu novia. Tu pareja. Es lo 
mismo, ¿no te das cuenta? Ella dice que no quiere tener un 
hijo. Ella dice que no se quiere casar. Pero en el fondo sí 
quiere. Y vos te la estás morfando como un boludo. 
—Laura y yo tenemos confianza, Marcos. El día que 
sienta ganas de ser madre o de casarse me lo va a decir. Lo 
vamos a charlar como todo en nuestra relación. 
—¡Te lo va a decir o se va a ir con otro, pelotudo! Si vos 
no le das lo que quiere se va a ir con otro. Es así, hermano, 
ellas quieren ser madres y se quieren casar. Y cuando lo 
consiguen, vos cagaste. Nosotros somos solo un medio para 
conseguirlo. Nada más. ¿No viste lo contentas que estaban 
alzando a ese bebé? ¿Y la cara de idiota que tiene el otro 
boludo? —se refería al padre en cuestión. 
—Están contentas porque ven al bebé. A todos nos 
emociona, Marcos. 
—No, gil. Están contentas porque su especie se adueñó de 
uno de los nuestros. Toda nuestra vida nos mintieron, Santiago. 
El macho no es el cazador. El cazador es la hembra. Nosotros 
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43 
somos la presa. ¿Te tengo que enseñar todo? 
Con sus modos tan particulares, Marcos exteriorizaba los 
miedos y cuestionamientos que, en silencio, soportaba yo. Para 
mí, la vida era padecer. Para él, era quejarse. Eso mismo que 
me dijo aquellas dos veces, al salir del sanatorio, se lo decía 
ahora al Gordo. Y, de alguna manera, sentía que me lo volvía a 
decir a mí, pero, sobre todo, sentía que se lo decía a él mismo. 
—Gordo, vos sos el único que está a tiempo. Estás más a 
tiempo que todos. Todavía vivís con tus viejos. Podés hacer lo 
que quieras sin tener que pedirle permiso a nadie. 
El Gordo lo miraba en silencio. No sabía cómo 
reaccionar: 
—Me voy a casar en marzo. Ya sacamos fecha en el 
registro. 
El Gordo era el único de nosotros que había hecho las 
cosas como se supone deben hacerse: había terminado el 
colegio, estudiado una carrera, conseguido una novia. Y con 
ella había comprado una casa para luego casarse y habitarla. 
Todo sin pedirnos permiso a nosotros. Todo sin cuestionarse. 
 
De pronto, un patrullero nos hizo luces y comenzó a 
seguirnos con la sirena encendida. Nos asustamos. Marcos y el 
Gordo dejaron de discutir: 
—Pará, Marcos. No se te ocurra acelerar que nos van a 
cagar a tiros —dijo el Gordo. Y Marcos le hizo caso. 
—Me parece que quieren que nos detengamos —agregó 
luego. Marcos detuvo el auto—. Yo sé cómo es esto. Que 
ninguno se baje del auto —volvió a agregar. 
Los dos policías, con las armas en la mano, se acercaron 
al auto y nos hicieron bajar a los gritos: 
—¡Vamos, abajo! ¡Contra la pared! ¡Contra la pared! 
Nosotros les hicimos caso, sin comprender lo que pasaba. 
SANTIAGO CÁNEPA 
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—¿Estás bien, pibe? —le preguntó uno de los policías al 
Gordo. 
—Sí, oficial, estoy bien. No pasa nada. 
—¿Seguro?... Documentos. ¿Quién es el dueño del auto? 
—Yo —dijo Marcos. Los policías le pidieron los papeles 
del auto. Él les dio todo. Tenía todo en regla. Mientras uno 
revisaba el auto y los papeles, el otro nos palpaba de armas a 
nosotros y le seguía preguntando al Gordo si estaba bien. 
—Sí, oficial. Estoy bárbaro. No pasó nada. En serio. 
—¿Seguro, nene? Decime la verdad. No te va a pasar 
nada. 
Se escuchaba al otro hablar por radio: 
—Acá móviluno. Solicito refuerzos. Posible intento de 
secuestro. Cuatro masculinos. Entre veinticinco y treinta años 
Una víctima también masculina. Avenida Beiró y Nazca… 
Yo comencé a temblar. Perdí conciencia de todo lo que 
sucedía a mí alrededor. Me perdí en mis pensamientos: todo lo 
que yo me había cuestionado ya no importaba. No servía de 
nada cuestionármelo. Pues de allí en más pasaría el resto de 
mis días en un calabozo, haciendo cucharita con un violador 
serial al menos dos metros más alto y más robusto que yo. Me 
imaginé a Ernesto, el violador serial, golpeándome con sus 
puños enormes y duros por atreverme a cuestionar si era 
realmente él el violador con quien quería estar. O si era esa la 
forma en que quería estar preso y ser violado. Le diría: “¡No, 
Ernesto, no! ¡No me pegues! ¡Vos sos mi violador favorito!”. 
Una jueza, mujer, hembra, me diría: “Acá tenés, Santiago. 
¿Querés estar con tus amigos? Vas a pasar el resto de tus días 
con ellos”. ¿Yo sería capaz de aguantar tanto tiempo a mis 
amigos? ¿Cómo haría para vivir sin Laura y sus consejos? De 
pronto, escuché la voz de Marcos que insultaba al Gordo: 
—¡Gordo, esto pasa porque nos dejaste de garpe! ¡Vos te 
COGER Y CONTARLO 
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pusiste de novio y no nos diste más pelota! ¡Sos un forro! ¡Vos 
te merecés estar en cana por abandono de persona! 
El Gordo le respondía y los policías trataban de callarlos, 
sin entender lo que sucedía: 
—¡Yo no los dejé de garpe! ¡Dejé de juntarme con 
ustedes porque vos y Santiago se burlaron de que Luciana 
tuviera labio leporino! 
Pese al miedo, no pude evitar sonreírme al recordar 
aquella reunión donde el Gordo presentó a Luciana, y Marcos y 
yo, bajo los efectos del alcohol más barato, le dijimos que para 
acostarse con ella tenía que taparle la cara. 
—¿Y tu novia qué? —le decía el Gordo—. ¡Tiene el culo 
enorme y nadie dice nada! 
—Es verdad —acotó Martín. 
—¡Vos no te metas! —le respondió Marcos, mientras el 
Gordo seguía con su artillería: 
—Yo por lo menos no ando cambiando de mina cada año. 
—A esta altura, ya ninguno de nosotros tenía las manos contra 
la pared—. Yo estoy con la misma mina desde hace años y la 
amo como siempre. Estoy con ella a pesar de que tenga labio 
leporino o de que tenga lo que sea. La acepto. En cambio vos, 
cuando no te gusta algo, rajás. Sos un cagón. Un caprichoso. 
Un pendejo. No sabés adaptarte. No podés conformarte con 
ninguna porque en realidad no podés conformarte con vos 
mismo. 
Carlos le explicaba a uno de los policías que solo era un 
altercado entre amigos. 
Yo escuchaba lo que decía el Gordo y empezaba a sentir 
culpa por lo que habíamos hecho. Se lo dije: 
—Gordo, ¿en serio dejaste de vernos por lo que dijimos 
de tu mujer? 
—Sí. No tanto por mí, sino por ella. Yo sé cómo son 
SANTIAGO CÁNEPA 
46 
ustedes. Los conozco. Pero ella, después de ese día, jamás 
quiso que nos juntáramos. Le agarró pánico. 
—Somos unos hijos de puta, Gordo —pensé en voz alta. 
Con la mirada perdida. 
—¿Cómo pretenden que salga con ustedes si cada vez que 
me llaman o me mandan un mensaje me dicen que vamos a ir a 
buscar minas o vamos a ir de putas? ¿Qué se creen? ¿Que 
Luciana no me revisa el celular? 
Los policías, rendidos, se fueron diciendo: “Estos están 
todos locos”. Marcos parecía entrar en razón. el Gordo 
empezaba a calmarse. Hablaban en un tono más tranquilo. Al 
notarlo, Martín, Carlos y yo comenzamos a sugerirles que se 
dieran un abrazo. Se lo dieron y nosotros saltamos sobre ellos 
para mantearlos sin manta, como cuando éramos chicos y 
festejábamos un cumpleaños. 
—Te quiero, hijo de puta —le dije al Gordo, y volví a 
pensar en que insultaba para demostrar afecto. Así éramos 
nosotros. Así nos queríamos. Así habíamos aprendido a vivir, 
quizás, de forma correcta. 
Luego de unas largas pedidas de disculpas por parte de 
todos, reparamos en que ya hacía como una hora que nos 
habíamos ido y que las chicas debían estar asustadas. 
Nos subimos al auto y encaramos para la casa del Gordo. 
En el camino, los cinco íbamos gritándoles cosas a las mujeres 
que pasaban, compitiendo tácitamente por ver quién era el que 
más se desubicaba con su comentario. Cuando llegamos a la 
casa del Gordo, nos despedimos con un abrazo y nos 
prometimos volver a vernos. Luego, emprendimos viaje hacia 
la casa de Marcos. Cuando por fin estuvimos en la puerta, me 
acordé de las gaseosas y se lo dije: 
—Che, no compramos las gaseosas. 
—No pasa nada —me dijo mientras abría el baúl del auto 
COGER Y CONTARLO 
47 
y me pedía que lo ayudara a cargar algo. Cuando me acerqué, 
vi que adentro tenía varias gaseosas, paquetes de cigarrillos y 
un bolso repleto de ropa. 
—¿Y esto? —le pregunté. 
—Y… es que a veces, cuando estoy muy aturdido, salgo a 
dar una vuelta para comprar gaseosas, viste. 
Se rió con picardía. Yo también me reí. 
—¿Y lo otro? 
—Lo otro no voy a necesitarlo. —Sacó el bolso, cerró el 
baúl y me volvió a mirar como un actor que está por resolver el 
misterio de la película. Agregó—: Brenda está embarazada, 
hermano. Me atraparon. 
Entendí. 
 
SANTIAGO CÁNEPA 
48 
 
COGER Y CONTARLO 
49 
CAPÍTULO 3 
 
Hablar de otras 
 
 
 
 
 
 
 
 
Apenas me separé de Laura, comencé a visitar viejas 
amigas y a cosechar todo lo que había sembrado mientras 
estaba con ella. Un poco para no sentirme tan solo, y otro tanto 
para aprovechar el tiempo en soltería. “No estar en pareja”, me 
dijo a propósito un amigo, “es como no tener que trabajar al 
otro día”. Yo no sabía cuándo podría volver a estar con Laura y 
dar por finalizadas mis vacaciones. 
Una de esas viejas amigas era Carla. Ella era actriz, 
estudiaba expresión corporal y danzas orientales de nombres 
raros. Yo sólo me quería acostar con ella. No me importaba otra 
cosa. Hacía mucho que no nos veíamos y, de hecho, nunca 
había pasado nada sexual entre nosotros. Nos habíamos visto, a 
lo sumo, dos veces. No obstante, en muchas oportunidades 
habíamos hablado por teléfono y, cibernéticamente, nos 
habíamos confesado cosas que a pocas personas se les cuentan. 
Quizás por eso, al vernos, una confianza corporal y agradable 
se estableció entre nosotros. El hecho de que ella fuera actriz y 
estuviera acostumbrada al trabajo corporal y a la soltura física 
—en contraste con mi habitual rigidez— también ayudó. 
Además de actriz, Carla era camarera. Para mí, dos 
SANTIAGO CÁNEPA 
50 
oficios inseparables que comparten la exposición inmediata. Ya 
sea ante un público o ante un comensal, su trabajo es fingir. De 
hecho, todas las actrices que conozco son camareras. Y todas 
las camareras que conozco son o sueñan ser actrices. Lo que es 
cierto también es que absolutamente todas se acuestan o se 
acostaron con el cocinero. Y pretenden lucir como Amelie, 
flequillo esnob y disfraz circense mediante. 
Si tengo que ser sincero —atentando contra mi sexualidad 
bien definida—, admito que, en gran medida, mis deseos de 
tenerla pasaban más por recuperar el tiempo perdido que por la 
necesidad de deshacerme dentro de ella. No eran tantas mis 
ganas de tocarla como de saber que la había tocado. Y volver al 
trabajo/pareja con las vacaciones bien aprovechadas. Algo 
similar a lo que ocurre cuando salimos de viaje un fin de 
semana largo: queremos hacer rendir los escasos días de 
descanso. Queremos decir “yo también estuve allí, y conozco 
esa feria de artesanos que venden tan barato”. 
Carla vivía sola y no tenía muebles. No por falta de dinero 
o posibilidades, sino porque le gustaba. Tenía almohadones 
rojos esparcidos por toda la casa y un colchón enorme en lo 
que se suponía que era su cuarto. En las paredes tenía colgadas 
telas andinas de todos los colores y tamaños. Además de una 
buena cantidad de fotos de ella en blanco y negro. 
“Ponete cómodo”, me dijo apenas llegué. “¿Dónde si no 
tenés ni un sillón?”, pensé en responderle. Pero no le dije nada 
y me acomodédonde pude. Con una soltura que no sé de dónde 
saqué, me quité las zapatillas y las dejé al lado de una ventana, 
por miedo a que sintiera olor a pata. 
—¿Querés escuchar música? —preguntó. 
—Bueno. ¿Qué tenés? 
No conocía nada de lo que me nombró. 
—No conozco nada, che. Pero poné lo que quieras. 
COGER Y CONTARLO 
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Confío en vos... sorprendeme. 
Me sorprendió. Lo que se escuchaba me sorprendió. Era 
la mezcla exacta entre los alaridos de un jabalí seco de vientre 
y un violín tocado por un perro. Todo metido dentro de una lata 
de Nesquik, con porotos para jugar al bingo y amplificado por 
un megáfono. Desde luego, fingí que me gustaba. 
—Es música mapuche —me dijo—. La toca un amigo que 
viajó al sur hace poco y estuvo viviendo con ellos. 
“Estuvo viviendo con ellos”. ¿Ellos? ¿Quiénes eran ellos? 
¿Por qué existe un ellos y un nosotros? ¿Por qué no existe un 
todos y listo? ¿Por qué yo me quedaba callado y no le decía 
nada? ¿Por qué ella quería escuchar una música tan espantosa? 
¿Realmente tenía ganas o de ese modo era más actriz, más 
artista, más sensible? ¿Por qué yo no podía acostarme con una 
mujer a la que le gustase Luis Miguel solo porque es lindo? 
¿Por qué no podía acostarme con todas? ¿Por qué yo me 
sometía a escuchar esa violación a los oídos y al buen gusto? 
¿Por qué me ponía a pensar todo esto? ¿Acaso no tenía que 
estar encima de ella arrancándole la ropa? ¿Qué tenía que 
contestarle? 
Desde luego no le contesté nada. No encontré ninguna 
razón lógica para arriesgarme a acabar en una discusión que 
pudiera alejarme del sexo. Además, por otro lado, ella creía en 
mi romanticismo ya olvidado. En ese romanticismo de poeta de 
mi primer libro. Así que ¿quién era yo para arrancarle la 
fantasía? ¿Quién era yo para quitarle la posibilidad de acostarse 
con este chico sensible? ¿Quién era yo para decirle la verdad? 
Por suerte fue ella quien habló. Y, por suerte, yo seguí 
eligiendo la mentira. 
—¿Te gusta, Santi? —interrogó. 
—Sí, sí. Muy buena —mentí. 
—¿Viste? Es una música reloca. Re buena onda mal. 
SANTIAGO CÁNEPA 
52 
—Sí. Reloca. Re buena onda mal mal —me re burlé sin 
que se diera cuenta. 
—¿En serio te gusta? 
Soy muy bueno mintiendo. 
—Sí. 
Un genio. 
—Pensé que no te iba a gustar. 
¿Pensó que no me iba a gustar? ¿Y para qué la puso, para 
traerme pesadillas? 
—¿Y para qué la pusiste? —pregunté riendo. 
—Para ver si te gustaba, corazón. 
Que me dijera “corazón” me dio cosquillas en el pene. 
—¿Y si no me gustaba? 
Me reí. Ella también se rió. 
—Ponía otra cosa y listo. 
—No, no, tranqui. Está bueno. Me gusta. 
Soy el dios de la falacia. 
—Si querés tengo Luis Miguel. Es más romántico. 
Por un momento temí que me estuviera leyendo la mente 
y me quise ir a mi casa. 
—No. Esto me gusta. 
Además de mentiroso, soy cagón. 
—Bueno. Me alegra que te guste, corazón —Otra vez las 
cosquillas en el pene—. Siempre hay que estar abierto a cosas 
nuevas. 
—Sí, obvio. 
En verdad, no coincidía. Pero también mentí. 
Carla puso en la heladera el vino que yo había comprado 
aconsejado por mi amigo Marcos. Y luego comenzó a preparar 
la comida. Yo la seguí hasta la cocina. Arrojó un montón de 
verduras trozadas a una sartén, arroz, algunos pedazos de pollo 
y mucha salsa de soja. Al rato revolvió todo. Apagó el fuego y 
COGER Y CONTARLO 
53 
sirvió el contenido entero de la sartén en dos vasijas de barro lo 
suficientemente hondas como parecer una maseta y hacerme 
sentir que me iba a comer un potus. Luego, agarró dos 
tenedores y llevó todo hacia donde estaba el equipo de música. 
Yo ya estaba sentado sobre varios almohadones juntos. Antes 
de sentarse, apagó todas las luces de la casa, encendió algunas 
velas y un sahumerio delicioso y cambió la música por algo 
más agradable. Finalmente se sentó. 
—Me olvidé el vino —dijo parándose nuevamente. 
—Quedate. Yo lo traigo —dije sin pararme. 
—No, no, voy yo. 
Me puso la mano en el hombro. 
—Bueno. 
No insistí mucho más. A los pocos segundos, volvió con 
el vino abierto, se sentó como un buda y empezamos a comer. 
Poco a poco, copa tras copa, una sensación parecida al buen 
humor comenzó a aflorarme en el pecho. Si bien era cierto que 
yo había ido allí tan solo para acostarme con ella, a medida que 
íbamos hablando, riendo, rozándonos, ese clon de Audrey 
Tautou comenzaba a despegarse de ese personaje y detrás de él 
comenzaba a aparecer una mujer maravillosa, con linda 
sonrisa, lindos ojos y un culo para poner en un cuadro. No 
había ninguna foto de su culo en la pared. Debía sugerírselo. 
Por su parte, la decoración de la casa, que antes me había 
resultado rara, si no ridícula, ahora comenzaba a generar en mí 
una extraña sensación de calma. ¡Estaba relajado sin 
psicofármacos y sin Laura! ¡La estaba pasando bien! Quería 
llamar a mi psicólogo y decirle: “¿Viste, Juan? Ya no estoy 
interrumpiendo el goce. Ya no necesito tanta terapia”. 
Terminamos de comer en seguida. Pese al esfuerzo, yo no 
pude acabar mi plato. Ella sí. 
—¿Fumás? —me dijo sacando un porro a medio terminar. 
SANTIAGO CÁNEPA 
54 
—Por supuesto. 
—¡Genial! Así nos relajamos un poco. 
Y me puso una mano en el hombro, y comenzó a 
masajearme. “¿Así nos relajamos un poco?”, pensé. ¿Acaso no 
estaba relajada? Me acordé de Fleco, el dibujito animado de 
aquella propaganda antidrogas, cuando él no quería fumar y un 
chico con cara de malo le decía: “Dale, ratón, si acá no te ve tu 
papito”. Me sentí Fleco, pero sin Male y sin el doctor Miroli. 
—Estoy tratando de aprender a relajarme de otras formas, 
pero bueno, la relajación química siempre es mucho más 
efectiva. 
Nos reímos. Comenzamos a fumar y a tomar vino (el vino 
era tan delicioso que debía recordar llamar a Marcos para 
agradecerle). A la media hora, tenía el cuerpo tan flojo que el 
temor de no funcionar como hombre me abrazó como un 
luchador de judo enorme y transpirado. 
—¿Así que te separaste? —me preguntó. 
—Sí, sí. 
—¿Hace mucho? 
Pude haber mentido. Pude haber dicho que hacía mucho 
tiempo que me había separado, para que ella no creyera que yo 
era un desesperado que apenas se quedaba solo salía en busca 
de aventuras. Pero no. Por alguna razón sentí que no tenía que 
mentirle. Porque ella era buena. Era amable. Cariñosa. 
Confiable. Me recibía en su casa con mucho más que sus 
brazos abiertos y yo solo quería que abriera las piernas. Y eso 
me daba culpa. Pues ella, enseñándome todo su universo, 
quería hablarme de su persona. Y yo, como todo un cobarde y 
un egoísta, la criticaba en silencio para obtener de ella sólo su 
cuerpo. Tenía que decir la verdad: 
—Mirá, hace solo dos semanas que me separé. Ya sé que 
es poco tiempo. Y que podés estar pensando que soy un 
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desesperado que apenas se separa sale a buscar minas. Pero… 
—Pará —me interrumpió—. Yo no pienso que seas un 
desesperado, corazón. —Otra vez las cosquillitas—. Pienso que 
es natural que estés viviendo todo esto de ese modo. Es tu 
forma de hacer el duelo. Cada uno se lo toma como puede. 
“¡Es un ángel!”, pensé, “es Dios. Es la mujer más 
comprensiva del mundo. Tengo que besarla”. La besé. Sus 
labios eran suaves. Su legua jugó dentro de mi boca con 
ternura. Como un caracol de gelatina o como un Yummy. 
Acariciándome los dientes, los labios y mi propia lengua. Me 
excité. Ese cosquilleo repentino en todo mi miembro subió 
hasta mi pecho. Le acaricié la cara y ella acarició la mía. Nos 
miramos. Nos olimos. Suspiramos y yo tomé su mano y la 
llevé a mi entrepierna. 
—Pará —interrumpió de repente—. Tenemos toda la 
noche. 
—Está bien —dije yo automáticamente, separándome de 
su cuerpo, comprendiendo que el juego que proponía era otro. 
Era ir despacio. Recorriendo y disfrutando cada momento de la 
noche hasta llegar a la culminación. Yo no sabía ir despacio. En 
ningún aspecto de la vida. 
—Sos muy lindo, ¿sabés? —dijo mirándome fijamente. 
Yobajé la mirada y me rasqué la cabeza, como cada vez que no 
sé cómo reaccionar. 
—Gracias. Vos también. 
No mentí. 
—Sos divino. Y no estés mal. Ya se te va a pasar todo ese 
sufrimiento. 
Yo no estaba sufriendo tanto. Por alguna razón, después 
de tantas desilusiones y rechazos amorosos, se había 
depositado en mí la sensación de que una separación no era el 
fin de una relación amorosa, sino la transformación de dicho 
SANTIAGO CÁNEPA 
56 
vínculo. Quizás, porque había vivido amores que terminaron 
mucho antes de que acabara la relación. O quizás por el 
contrario: por haber vivido amores que perduraron en mí hasta 
mucho después de terminada la pareja. Por esa razón, o porque 
en el fondo sentía que iba a volver con Laura, no estaba tan 
mal. 
—Gracias. Pero no estoy tan mal, che… Estoy. 
Simplemente. Qué sé yo. 
—Bueno. Me alegro entonces… —Y señalando las 
últimas gotitas que quedaban en la botella de vino, prosiguió—
: ¿Querés más? 
—No, gracias. Por hoy es suficiente. 
—Sí. Para mí también. 
Y dejando la botella, se recostó sobre mi pierna, mirando 
hacia arriba. “Si se da vuelta y me la chupa”, pensé, “la 
canonizo”. 
Pero no me la chupó. En su lugar me contó que también 
hacía muy poco que se había separado. Que vivieron juntos un 
año. Y que lo dejó cansada de ser engañada. Me contó todo 
acerca de su ex. Y yo la escuché y la contuve con un interés 
que hasta el día de hoy me sigue sorprendiendo. 
La noche era perfecta. No podía ser mejor. A esa altura, ya 
nos acariciábamos las manos, los antebrazos y por momentos 
las piernas. De vez en cuando, nos besábamos. Todo con una 
suavidad más romántica que sexual, propia de una película de 
Disney y no una porno como yo esperaba en un principio. 
—¿Querés que te haga unos masajes? —me dijo de 
pronto. 
—Dale. Si querés. 
—Obvio que quiero, corazón. —Otra vez las cosquillas—
. Unos masajitos en la… —“Ojalá la frase termine con 
‘poronga’”, pensé—… espalda no te vendrían nada mal. Estás 
COGER Y CONTARLO 
57 
muy tenso. 
Si decía “poronga”, sí que la canonizaba en serio. 
—Bueno, dale, haceme. 
Y me quedé quieto, esperando a que ella me acostara. Me 
sacara la ropa. Me hiciera los masajes. Me follara, me 
preparara chocolatada y me dejara durmiendo. Pero luego de 
unos segundos, cuando advertí que ella me miraba como 
esperando algo, dije: 
—¡Ah, la ropa! ¡Sí, sí, la ropa! Ahora me la saco. 
Ella se rió y me indicó que fuéramos a lo que parecía su 
cuarto. Yo la seguí, me quité la remera, los pantalones, y me 
acosté sobre el colchón, culo para arriba, esperando sentir sus 
manos. Con un aceite frío, que en un principio me dio más 
impresión que placer —o lo que se suponía que debía darme—, 
Carla comenzó a estrujarme cada músculo de las piernas. Subía 
y bajaba por mis extremidades como si estuviera amasando 
pizza. Pronto, comencé a sentirme liviano, a gusto. Cómodo. 
Me fui dejando llevar como un bebé al que le están cambiando 
los pañales. Fui olvidándome de toda impostura e incomodidad 
en torno a mi cuerpo. 
—Con los deditos no —dije haciéndome el gracioso 
cuando pasó por mis nalgas. Ella se rió—. Con Barrocutina 
tampoco. Con nada. Ni se te ocurra. 
—Quedate tranquilo. No va a pasar nada que vos no 
quieras. 
Ambos nos reímos. 
—A excepción de un dedo en el culo, es difícil que yo no 
quiera algo en estas situaciones. 
Volvimos a reírnos, y yo comencé a concentrarme en la 
música, en los aromas y en las manos de Carla, que iban y 
venían, a esa altura, por mi espalda. Yo estaba en un estado de 
ensueño. Conectado con cada centímetro de mi cuerpo y mis 
SANTIAGO CÁNEPA 
58 
sentimientos. 
—Es loco volver a estar por este barrio —dije en un acto 
de sinceridad. 
—¿Por? —preguntó y siguió masajeándome. 
—Porque sí. Qué sé yo… el barrio. 
Cavilé. 
—Claro, me imagino, corazón. —Otra vez las 
cosquillitas—. Tu ex vive por acá, ¿no? 
—Sí, sí. 
—Sí, sabía. Me contaste. 
Nos quedamos unos segundos en silencio. Me rasqué la 
cabeza. Carraspeé y dije: 
—Bah… las dos viven por acá. 
—¿Qué dos? 
—Claro. Laura y…—volví a carraspear— y Mariana. 
—¿Mariana? 
Ella se sorprendió. “¡Metí la pata!”, pensé. Por un 
momento, dejó de masajearme y temí lo peor: que fuese amiga 
de Mariana y que por esa razón —inmersa en la culpa y la 
vergüenza— abortase toda posibilidad de sexo conmigo. 
Aunque, por otro lado, la fantasía de acostarme con una amiga 
de quien me abandonó argumentando que yo carecía de lo 
necesario para formar un proyecto de pareja serio, se me 
antojaba como una venganza deliciosa y con final feliz. Por 
suerte, Carla volvió a hablar y siguió con el masaje: 
—¿Mariana cuánto? 
—¿Eh? 
Repregunté, aunque la había escuchado claramente. 
—Que cómo es el apellido. Por ahí la conozco. 
—Ah, el apellido. Sí, sí, el apellido… 
—Sí, el apellido. 
—Mariana. 
COGER Y CONTARLO 
59 
—¡Ese es el nombre, Santiago! 
—Sí. Mariana. Mariana Fratechí. 
Arriesgué todo diciendo la verdad. 
—Mariana Fratechí. —Hizo memoria. Yo crucé los dedos 
sin cruzarlos—. Hmmm, ¿una morocha? 
—No, rubia. Rubia natural. 
—Ah, no. Yo conozco una Mariana pero es morocha. 
Desde siempre. 
—No, esta es rubia. 
Respiré aliviado y agradecí el hecho de que Mariana fuera 
rubia desde siempre. 
—Ah, no. Ni idea. —Reanudó los masajes—. Mirá vos, 
che. No sabía que saliste con otra chica más del barrio. 
—Sí. Es gracioso en un punto. Mucha casualidad, ¿no? 
—La verdad que sí. 
Quedé en silencio unos segundos. Recordando. Luego 
proseguí: 
—Por eso te digo que es loco volver a estar en el mismo 
barrio. 
—¡No te rasques la cabeza! ¿Querés? Así dejás el brazo 
quieto —me regañó. 
—Perdón. 
Dejé de rascarme la cabeza sin reparar en que me la 
estaba rascando. Luego agregué: 
—Es gracioso porque cuando me separé de Mariana… 
eso fue hace algunos años. Mariana vive acá a unas pocas 
cuadras… Y es una locura, porque durante el tiempo que viví 
acá con Laura, la pude haber cruzado en cualquier momento… 
Así que bueno, te decía, a los pocos meses conocí a Laura. Y 
cuando me dijo que era del sur no lo podía creer. Te juro. Me 
causó mucha gracia. Y hasta tuve miedo de que la conociera. 
Como recién con vos. 
SANTIAGO CÁNEPA 
60 
—Y, es que es mucha casualidad. 
—Sí. La verdad que sí. 
Ahora masajeaba mis hombros. Sus masajes eran 
exactamente lo que las religiones deberían prometer del cielo 
para que todos en la tierra nos portásemos como Dios manda. 
—¿Y? ¿La conocía? —interrogó. 
—No. No la conocía. Por suerte no. Pero me acuerdo que 
para confesarle que mi ex era del barrio, tardé meses… creo 
que por miedo. 
—¿Miedo a qué? 
—No sé. A saber que la conocía. O a que le cayera mal mi 
reincidencia territorial. Qué sé yo. 
—Yo también vivo en el barrio —dijo riendo. Yo me 
asusté. 
—Pero no te cae mal, ¿no? 
La miré sonriendo. Como un chico que se manda una 
macana y espera que lo perdonen. 
—No pasa nada, corazón. 
Otra vez las cosquillitas; para ese momento, mi pene ya 
era una sola cosquilla. Enorme y catastrófica cosquilla. 
—Menos mal —respondí yo, disimulando esas cosquillas. 
—No es culpa tuya. Cuando nos conocimos vos no tenías 
por qué saber que vivía en el mismo barrio que tu ex… Y que 
tu futura novia. 
En otro momento, que ella fuese tan comprensiva me 
hubiese generado desconfianza, cosa que me suele pasar con 
todas aquellas personas que aparentan ser del todo buenas, o 
del todo educadas, o del todo correctas, moralmente hablando. 
Pues, cada vez que estoy ante una persona así, siento lo mismo; 
siento que esos seres que encuentran motivos para sonreír en el 
mismo lugar donde yo los encuentro para deprimirme, son unos 
enfermos, unos pederastas o unos lobos disfrazados de 
COGER Y CONTARLO 
61 
corderos, que van a tomar un hacha o una metralleta y nos van 
a rebanar o acribillar a todos. Pero con Carla la sensación fue 
distinta. De modo que le respondí y continuamos la charla: 
—No,por supuesto. No tenía por qué saberlo. Ni vos 
tampoco. Pero fue gracioso. Sobre todo porque después de 
separarme de Mariana me había prometido no pisar más este 
barrio. Pero a los pocos meses me voy de viaje y la conozco a 
Laura. —La miré con complicidad—. Y a los pocos meses de 
conocer a Laura, voy a una librería y te conozco a vos… Fue 
muy gracioso. Cuando le dije a mi amigo Marcos que vos 
también eras de acá, no paró de gastarme por varios días. 
—¿Marcos? 
—Sí, el alto que estaba conmigo cuando nos conocimos. 
—Ah, sí, me acuerdo. 
De pronto, la música terminó, pero yo estaba tan relajado, 
charlando tan gustosamente, que no me di cuenta hasta que ella 
fue a cambiar el disco. 
—Voy a poner música. Ya vengo. 
—Bueno. Te espero acá. 
Le dije en chiste. Pero ella no se dio cuenta. O se dio 
cuenta, pero no le causó gracia. Cosa que me pareció triste de 
mi parte. En lugar de cambiar de disco, oprimió play y volvió a 
sonar lo mismo. Luego continuó con sus masajes, incluso 
mejor que antes. 
Con la estupidez me pasa lo mismo que con mi pelo. 
Cuando miro una foto vieja, pienso: “¿Cómo es posible que me 
haya peinado de esa manera?” o “¿Quién me dijo que ese corte 
me quedaba lindo?”. Es decir; siento vergüenza de mí mismo. 
Cuando recuerdo hechos pasados donde cometí una estupidez o 
no supe callarme a tiempo, pienso algo similar: “¿Cómo es 
posible que haya dicho eso o haya hablado de esa manera?”. La 
única diferencia, he entendido tristemente, es que con un 
SANTIAGO CÁNEPA 
62 
peluquero, lo del pelo puede solucionarse. Lo otro es un poco 
más difícil. A la conclusión a la que llegué es que, si cada vez 
que recuerdo un momento pasado, me veo como un estúpido, 
nada quita que el día de mañana, al recordar ese pasado (que 
hoy es mi presente), no sienta exactamente lo mismo. Lo que 
significa que, a ciencia cierta, soy todo un estúpido, todo el día 
y a toda hora, a tiempo completo: pasado, presente y futuro. 
De modo que así, como un estúpido, con ganas de que un 
peluquero me corte mucho más que el pelo, me siento cada vez 
que recuerdo esa noche en lo de Carla. Pues, si antes, con mis 
recuerdos, había empezado a cambiar el curso de la noche, con 
todo lo dicho a continuación, acabé cambiándolo por completo. 
Como ya le había mencionado a Carla, Laura y Mariana 
vivían a muy pocas cuadras de allí. De hecho, cuando Laura y 
yo aún no éramos pareja —y no se vislumbraban en sus 
intenciones planes de serlo—, ella me llevó hasta la casa de 
Mariana. Arrastrándome como siempre y cuidándome las 
espaldas para que pudiera recuperarla. Hacía muy pocos días 
que había salido mi primer libro. Y así, fresco, con una 
dedicatoria romántica que la nombraba, se lo llevé a Mariana. 
Ella me había abandonado un año atrás, en las 
circunstancias y por las razones ya mencionadas. Y desde ese 
momento, yo me había propuesto recuperarla. En un frenético 
y doloroso periplo que duró, desde luego, todo ese año, acabé 
de escribir el libro. Pues, si bien Mariana con su presencia me 
había ayudado a escribirlo, con su sola ausencia (y mis ganas 
caprichosas e infinitas de tenerla) me había dado la fuerza para 
terminarlo. Cosa que deja en evidencia la triste verdad de que 
nunca hice nada por mí, sino por otros. Para otros. Por suerte, 
cuento con la suficiente autocrítica y sensatez como para haber 
desarrollado en mi conducta los mecanismos necesarios para 
acabar siempre rodeado de personas que con su sola presencia 
COGER Y CONTARLO 
63 
me obliguen a hacer cosas y así mantenerme vivo. Mariana era 
una de esas personas. Laura también. 
—Pero, pará —interrumpió Carla—. ¿Qué pasó cuando 
fuiste a lo de Mariana acompañado de Laura? 
Yo proseguí: 
—Como ya te dije; el libro estaba dedicado enteramente a 
ella. De hecho, llevaba su nombre impreso. —Hice una pausa, 
cavilé y luego seguí—: Es más, en un principio soñaba con que 
fuese un best seller, un libro famoso, que estuviese expuesto en 
cada una de las librerías de Buenos Aires. No tanto por la fama 
o el dinero, suponiendo que esto lo generase, sino por la simple 
y triste razón de que un día Mariana se topase con él y viese su 
nombre en la dedicatoria. Claro que esto no pasó. Y yo no tuve 
la paciencia de esperar a que sucediera, ya que estaba tan 
ansioso por ver su reacción que terminé en su casa, 
acompañado de Laura. 
—Y bueno, pero ¿Qué pasó? ¿Cómo fue que Laura llegó 
a acompañarte a la casa de tu ex? 
—No lo sé. Supongo que esa actitud denotaba el poco 
interés que ella tenía en mí como hombre. Cosa que me 
entristeció mucho. Yo quería que muriera de celos, que 
renegara de tener que acompañarme. Pero me acompañó. Y no 
solo eso, sino que también me rechazó. Ya que lo cierto es que 
esa tarde yo había salido de casa decidido a concretar todo con 
Laura. Quería acostarme con ella. Llevar al plano terrenal lo 
que supuestamente teníamos en el platónico. Digo, hacía 
mucho tiempo que Laura y yo veníamos… O sea, éramos 
amigos, pero ella sabía que yo no quería serlo. Además, esa 
semana, a los pocos días, yo me iba de viaje, supuestamente, 
para no volver nunca. Y ese encuentro con Laura era, en teoría, 
el último hasta quién sabe cuándo. 
—Bueno, pero evidentemente no lo fue. 
SANTIAGO CÁNEPA 
64 
Era verdad. Yo reí pensando en todo lo que había vivido 
en los últimos años con Laura y sentí cierta nostalgia. Algo de 
felicidad. Expresarme me hacía bien: 
—No. Evidentemente no lo fue. Pero en ese momento, yo 
creía y quería que fuese el último. Sobre todo porque no podía 
seguir viviendo a medias tintas con Laura. Y menos seguir 
pensando en Mariana. 
—¿Estabas con Laura y pensabas en Mariana? —me 
interrogó, creo yo, con el ímpetu de defender a toda mujer y 
expresión femenina existente desde la creación de Eva hasta el 
día de hoy. 
—No de la forma en que vos pensás. Además, yo no 
estaba con Laura. Ella no me daba pelota. Yo podía llorar por 
quien quisiese. Por otro lado, me di cuenta de que yo ya no 
estaba enamorado de Mariana, sino que estaba tremendamente 
enamorado de Laura. Pero no lo sabía. Y confundía mis deseos 
de cerrar todo con Mariana, con amor. Y mi amor con Laura 
con… 
—¿Con qué? 
No supe qué más decir y me quedé callado. Luego seguí: 
—Bueno. No sé con qué lo confundía. La cosa es que esa 
tarde, caminando por San Telmo y habiendo sido rechazado en 
todo sentido por Laura, me quedaba la única tarea de cerrar 
definitivamente todo con Mariana. Lo único que tenía que 
hacer era llevarle ese libro a la casa. 
—¿Y fuiste? 
—Sí, claro que fui. Aunque admito que hacerlo fue 
mucho más difícil que contarlo. 
—Claro. Seguro. 
—Pensá que con Mariana habíamos sido pareja durante 
un año, quizás menos. Y desde el día en que nos separamos… 
Bueno, no nos separamos, ella me dejó que no es lo mismo. Yo 
COGER Y CONTARLO 
65 
no quería separarme. 
Me miró como diciéndome que ella sabía que no era lo 
mismo y que no me fuera por las ramas. La entendí: 
—Pero, bueno, desde ese día, a diferencia de como sucede 
con muchas parejas, nosotros no hablamos nunca más. Pienso 
que un poco porque, por orgullo, yo me había obligado a no 
llamarla más. Y otro poco porque ella, bueno, ella ya no quería 
hablar conmigo. Así que ese día, reaparecer en su casa después 
de un año… No me preguntes por qué un año, pero me gustan 
los números redondos… Era muy difícil, casi épico. Como el 
final de una película. Más que nada, creo yo, por el peso que 
tenían mis recuerdos y todas las historias y variables que a 
dicho encuentro yo había armado en mi cabeza durante ese 
año. 
—Te entiendo —me respondió y me sugirió que me diera 
vuelta así me masajeaba la parte de adelante. “Por fin se viene 
la mamada” pensé, mientras ella traía unas bolas de piedra 
blancas. 
—¿Para qué son esas bolas? —dije asustado. 
—¡Ay, sí, las bolas! Me olvidé que las tenía. Son para 
recargarte de energía. —Las apoyó sobremi pecho—. No me 
lo vas a poder creer, pero están talladas en una piedra sagrada 
en la que se sentó a meditar Sidarta, el Buda. 
—¡Wow! —contesté yo falsamente, pensando en que el 
origen de esas piedras era imposible de comprobar y que 
alguien se había aprovechado de ella para venderle unos 
cuantos cascotes lustrados. No me dio lástima—: Es como 
hacerse un rosario con la cerámica del inodoro donde se sentó a 
cagar el Papa. 
Ella se rió: 
—¡No seas tarado! En serio te digo, te van a hacer bien. 
—Seguro —contesté yo. Y pensé en que algo que 
SANTIAGO CÁNEPA 
66 
implique estar acostado y con una mujer encima no puede ser 
malo. 
—Bueno, dale, seguí contándome mientras yo te paso 
esto. 
Seguí con mi relato. 
—Te decía que más allá de que era difícil, sabía que si no 
iba ese día no iba nunca más. Ya estaba jugado. Me iba a los 
pocos días. Mis planes de pasar la tarde en un hotel 
despidiéndome de Laura ya estaban perdidos. Y, como si fuera 
poco, Laura iba para ese lado… o venía para este lado, que es 
lo mismo. —Sonreí—. Así que, casi sin pensarlo, nos tomamos 
un colectivo y a los cuarenta minutos nos bajamos a una cuadra 
de la casa de Mariana. 
—¡Qué momento! 
—Sí, me temblaba todo. Creo que por varias razones. 
Verla a ella. No saber qué decirle. Pasar un momento 
engorroso… Lo que más miedo me daba era cruzarme a 
alguien de su familia y tener que explicar por qué estaba allí. 
—¿Por qué? No tenías por qué dar explicaciones. 
—No sé. Puede ser que no. Pero creo que me pesaba 
mucho el hecho de que ellos pudieran pensar que yo era un 
idiota. Un idiota que volvía al lugar donde ya no era recibido. 
Ni bien ni mal recibido. Simplemente ya no era recibido. 
Me miró fijamente y me dijo: 
—Pero ¿qué pasó? ¿Te recibió ella, alguien de la familia, 
quién? 
Carla comenzaba a frotarme las piedras en el pecho y yo 
no podía contener mi cosquilleo en el pene. Pues, si antes, no 
había crecido a causa del peso de mi cuerpo que lo aplastaba, 
ahora, libre, contento, entusiasmado, mi pene comenzaba a 
desperezarse como una flor en desarrollo. Como en esos videos 
en cámara rápida, donde vemos el crecimiento de una planta. 
COGER Y CONTARLO 
67 
Comencé a esforzarme para contenerme. Traté de concentrarme 
en mi relato, como para contrarrestar la excitación con la 
amargura de mis recuerdos. Ella, por su parte, ya se había dado 
cuenta de mi erección, pero no dijo nada. Simplemente me 
miró y sonrió. Yo entendí que, una vez finalizados los masajes 
fornicaríamos hasta quedar secos. 
 No podía quejarme, me sentía libre. Libre físicamente 
porque podía mostrar mi erección sin problemas y libre 
emocionalmente porque podía contarle a Carla mis 
sentimientos y experiencias. Seguí contando entonces mi 
llegada a la casa de Mariana: 
—Sí, me atendió ella. El tema es que cuando estuve allá, a 
metros de su casa, antes de tocar el timbre, tuve intenciones de 
irme: tenía miedo. 
Ella frotaba las piedras entre sí, como si fuese un doctor 
que prepara los extremos de la máquina de electroshock para, 
efectivamente, electrocutarme y devolverme a la vida. 
—¿Miedo por qué? 
—No sé. Me invadió un miedo distinto y superior a todos. 
—¿Cuál? 
—Tuve miedo de verla y de que ella ya no fuese quien yo 
recordaba. Digo, ¿y si ya no estaba tan linda? O estaba gorda. 
O tenía novio… 
—¡Tenía novio! —me interrumpió exaltada—. ¡No me 
digas que tenía novio! 
—Pará, ya llego a esa parte. No te impacientes. 
—Tenía novio. ¡Estoy segura! 
—Ya llego a esa parte. 
Estaba por seguir con mi relato cuando me interrumpió de 
nuevo: 
—Pará. 
—¿Qué? 
SANTIAGO CÁNEPA 
68 
—¿Vos en tu primer libro no tenés un cuento que habla de 
eso, de una persona que vuelve a ver sus recuerdos y se da 
cuenta de que su expareja ya no es como recordaba? 
—Sí, así es. Pero lo gracioso es que ese cuento yo lo 
llevaba en mi mano. Impreso entre los otros cuentos del libro. 
—Ah —pareció desilusionarse—, yo pensé que ese 
cuento se te había ocurrido ahí. 
—No, no, en absoluto. Lo que pasa es que tengo poderes. 
—¿Tenés poderes? —me preguntó más para corroborar la 
idiotez que había dicho que para confirmar que yo en verdad 
los tenía. 
—No, obvio que no tengo poderes. Lo que pasa es que 
siempre, de un modo u otro, en lo que escribo hablo de mí. Y 
soy muy predecible. La gente es predecible. Por eso es fácil 
que coincida lo que escribo con lo que después pasa. 
—¿Cuántas veces te pasó? 
—Muchas, todo el tiempo. Pero no importa eso ahora. Lo 
que importa es que cuando llegué a la puerta vi que había un 
manojo de llaves puesto en la cerradura, del lado de afuera. 
Como si alguien hubiese entrado apurado y se las hubiese 
olvidado. 
—¡Te estaban esperando! —Se volvió a entusiasmar. 
—¡Exacto! Digo, es obvio que no me estaban esperando a 
mí, pero habían dejado las llaves afuera, para que cualquiera 
pudiera abrir. Y hay que admitir que esas llaves ahí eran todo 
un símbolo. 
—Sí. La verdad que sí. 
Era verdad. Esas llaves allí eran todo un símbolo. Pero en 
ese momento, yo no lo interpreté así, sino que simplemente 
entendí que alguien había entrado apurado. Cuando Mariana 
abrió la puerta acompañada de un hombre, entendí por qué 
habían entrado apurados. O al menos yo hubiese hecho eso; no 
COGER Y CONTARLO 
69 
hubiese perdido ni un minuto en no estar encerrado en un 
cuarto con ella. 
Carla, por su parte, había puesto una piedra en cada 
extremo de mi torso. Yo no entendía qué estaba haciendo. Pero 
al parecer, ella sí entendió mi cara de desconcierto y disipó mi 
duda: 
—Con esto termino —me dijo—. Tengo que rotarlas de 
lugar siete veces y vas a estar energéticamente mejor. 
—Ah, bárbaro. 
—Por los siete chakras, ¿viste? 
No supe qué contestarle, así que seguí contando: 
—Bueno, como te decía, desde luego no usé las llaves 
para entrar ni tampoco las interpreté como un símbolo. 
Sencillamente, no me interesaron. Podría decir que casi no las 
vi, estaba tan nervioso que lo único que pude hacer fue tocar 
timbre automáticamente. 
—¿Y quién te atendió? 
—Ella, Mariana. Yo toqué timbre y de inmediato escuché 
su voz preguntando quién era. Temblé y no respondí nada. Su 
voz me pareció bastante más fea de lo que recordaba. Incluso, 
me dio un poco de vergüenza ajena. A los pocos segundos, ella 
volvió a preguntar. Esta vez sí respondí. “Santiago, Santiago 
Apenak”. Y aclaré mi apellido como si le estuviese recordando 
mi existencia a un antiguo jefe de algún trabajo remoto. 
Cuando dije mi nombre, un silencio de tumba se apoderó de 
todo el barrio. O al menos eso sentí. Lo cierto es que no me 
abrió la puerta. 
—¿Pero te abrió la puerta al final? 
—Sí, pero antes volvió a preguntar quién era. Creo yo que 
para cerciorarse de que lo que escuchaba era cierto. “Yo, 
Santiago, Mariana”, dije. Y la puerta se abrió. Y lo primero que 
vi fue su cara. 
SANTIAGO CÁNEPA 
70 
—¿Cómo estaba? ¿Estaba igual? ¿Estaba cambiada? ¿Qué 
cara tenía? 
—Estaba más pálida, más flaca, con el pelo más rubio y 
con una cara de terror que te juro que nunca vi en mi vida. 
—¿Y qué pasó? 
— “Hola”, me dijo, “cómo estás? ¿Pasó algo?”. “Dejaste 
la llave afuera”, le dije. Ella no me entendió. “Que dejaste la 
llave afuera”, pero esta vez le señalé el manojo. “Ah, gracias”, 
me dijo. Y me preguntó si había pasado algo. “No, nada”. Y 
enseguida vi una figura masculina que se asomaba detrás de 
ella. 
—¡Era el novio! ¡Te dije que tenía novio! —Carla se 
entusiasmó. 
—No, no era el novio. 
—¿Y quién era entonces? 
—Algo peor: el marido. 
—¿El marido? ¡Me estás cargando! ¿Viste que tenía 
razón? 
Los dos nos reímos como si estuviéramos celebrando el 
desenlace de la telenovela o película que Carla estaba 
siguiendo. 
—No, no tenías razón. Vos hablaste de un novio. No de 
un marido. No es lo mismo. Son cosas muy distintas. Te subí la 
apuesta. Aceptalo. 
—Bueno, pero adiviné que estaba con alguien. 
—Bueno,che, tampoco era tan difícil adivinar. La 
mayoría de las personas que se separan, a los pocos meses ya 
están con otro. Bien o mal, están con otro. El único inútil que 
no lo había conseguido era yo. 
Carla se volvió a reír y casi se le cae una de las piedras 
que maniobraba en mi pecho. Yo no entendí qué le causaba 
gracia. 
COGER Y CONTARLO 
71 
—Bueno, quizás no era cuestión de adivinar. Pero sí 
quería saber si estaba con alguien. Imagino que con tremendo 
acto como el que hiciste vos, de llevarle tu libro dedicado a su 
nombre, ponías muchas expectativas, y el hecho de que una 
nueva pareja te arruinara el asunto, no debió de ser del todo 
grato. 
Con esas piedras arriba mío, no podía dejar de sentir que 
me estaban construyendo una lápida en plena vida. Quizás, con 
lo que le estaba contando a Carla, yo mismo lo estaba 
haciendo. 
—No lo sé —le respondí—. Yo fui con intenciones de 
darle ese libro y nada más. Al menos, racionalmente nada más. 
Como una forma de autodefensa, tal vez porque sabía que con 
ella no podía pretender otra cosa que darle ese libro. 
—Claro. Te entiendo. 
—Y, bueno, así que le dije que estaba allí para darle ese 
libro que finalmente había publicado. Ella me dijo “gracias” y 
me preguntó cómo estaba. Yo le dije que estaba bien, tranquilo. 
Como responde uno cuando en verdad no está ni bien ni 
tranquilo. 
—Es verdad. 
—Y así que, bueno, hubo un silencio incómodo, una 
mirada que no fue… No me animé a mirarla a los ojos… Y, 
bueno, así fue. Le di el libro, me dio sus felicitaciones, y nos 
dijimos “chau”. 
—¿Y el marido? 
—A él también le dije “chau”. Y él también me saludó. 
Parecía un tipo muy amable. 
—¡No me refiero a eso! —Se exaltó—. Me refiero a que 
cómo supiste que ese era el marido. Si, por lo que me contaste, 
ella no lo presentó. Y él no mencionó palabra. 
—Lo supe por su mirada. Lo sentí. —¿Por qué decía 
SANTIAGO CÁNEPA 
72 
tamaña estupidez? Respiré hondo, exhalé y largué la verdad—: 
Además, porque a los pocos días, envalentonado por unos 
cuantos tequilas y por el apoyo de mi amigo Marcos, la llamé 
para preguntarle qué le habían parecido el libro y la 
dedicatoria. Tuve suerte y me atendió ella. Y le largué una 
perorata lacrimosa de borracho y poeta. Por supuesto, me pidió 
que no la llamara más. 
—¡Qué desalmada! 
—No. Tenía razón. Yo no tenía que llamarla más. Lo que 
sí es cierto es que, en su tono de voz, no noté la misma 
convicción de sus palabras. Como si no quisiera decirme eso. 
Pero quizás no fue así. Quizás fueron solo mis ganas de no 
querer escuchar eso. O quizás ella sentía lástima. Borracho soy 
patético. 
Hacía unos segundos que Carla había retirado las piedras 
y ya no me masajeaba. Esperé acostado unos segundos para ver 
si, de pronto, ella se lanzaba sobre mí y me practicaba sexo 
oral. Pero no pasó. Así que me incorporé y me senté en la 
cama, a su lado. Ella volvió a interrogarme: 
—Pará, no me dijiste cómo supiste que ese era el marido. 
—Ah, claro. Bueno, a eso iba: cuando corté la llamada, 
me largué a llorar sobre el hombro de Marcos. Como nunca. 
Carla hizo un gesto de ternura. Como si estuviese viendo 
un osito de peluche dentro de una de esas máquinas donde uno 
puede jugar a engancharlos con un brazo mecánico. Yo seguí 
con mi relato: 
—En medio de mi llanto, sonó el teléfono y pidieron por 
mí. Era un hombre. Se llamaba Sergio y me dijo que era el 
marido de Mariana. Me amenazó. Me dijo que si la seguía 
llamando me iba a cagar a trompadas. Yo, muerto de risa, le 
dije que si quería la iba a llamar cuantas veces quisiera. Y que 
si en todo caso no llamaba más, era porque ella no quería. “Ella 
COGER Y CONTARLO 
73 
elije, macho, es así”, le dije, “espero que nunca te toque estar 
de este lado”, y corté. 
—¿Y nunca más supiste de ella? 
—Nunca más. Y eso que estuve en este barrio por mucho 
tiempo. 
—Y ahora volvés a estar. 
Lo que no le dije a Carla de ese día es que, apenas me fui 
de la casa de Mariana, caminé unos pasos y me junté con 
Laura, que me esperaba a la vuelta. Estaba de espaldas y lo 
primero que le vi fue el trasero. Eso me alegró y deprimió a la 
vez. Me alegró porque lo vi hermoso, aun más hermoso que el 
de Mariana, que hasta el momento yo consideraba el más lindo 
del mundo. Pero me deprimió porque sabía que no podía 
tenerlo. Y eso, el desear y no tener, es el castigo más grande 
que podemos sufrir los codiciosos. Algunos, a partir de cierta 
edad, deberíamos ser ciegos —o millonarios— para ya no 
sufrir tanto. De modo que al momento de llorar en el hombro 
de Marcos, no solo lloraba por Mariana, sino que también 
lloraba por el culo de Laura. 
Estaba en calzoncillos y relajado, ya sin ninguna historia 
para contar. Carla estaba a mi lado y no parecía estar incómoda 
con mi desnudez física y emocional. Así que, sin dudarlo, me 
tiré sobre ella y comencé a besarla. Ella me frenó: 
—Pará, Santiago. No da. No quiero que hagamos nada. 
¿”No da”? La frase me chocó, pero no era la primera vez 
que la escuchaba. Sabía cómo actuar. Tenía experiencia en el 
terreno de la insistencia. Sabía que tenía que mostrarme 
calmado y hacerle creer que eyacular no era lo único que me 
importaba, que respetaría su integridad y su decisión de no 
hacer nada. Después de todo, teníamos toda la noche por 
delante para seguir charlando y para llegar a la culminación 
lentamente. Si yo era un caballero, Carla sabría compensarlo. 
SANTIAGO CÁNEPA 
74 
—No es necesario que hagamos algo que vos no quieras, 
Carla. Pero si te pasa algo, me gustaría que me lo cuentes. 
Confiá en mí. 
—No. Nada. En serio. Pero prefiero que no hagamos 
nada. 
—Está bien, te respeto —le dije mientras le acariciaba la 
cara—. Total, tenemos muchas maneras de arreglarnos. 
Ella me miró y no dijo nada. Volvimos a besarnos. Ahora 
de forma más sutil y romántica. Quería que se sintiera 
protegida. De a poco, volví a insistir con mis dedos. Primero en 
sus senos. Luego, bajé por su abdomen hasta llegar a su 
bragueta. 
—¡No! Pará, en serio —se sobresaltó—. No quiero que 
hagamos nada. 
Suspiré fastidiado. Mi corazón bombeaba como una 
locomotora. Por desgracia, era lo único en mí que bombeaba. 
—Mirá, no sé qué te pasa. —Me puse de pie—. Pero 
pensé que estaba todo más que bien. 
No podía dejar de rascarme la cabeza. 
—Sí, lo estaba—respondió—. Pero ahora no. Al principio 
de la noche me hubiese acostado gustosamente con vos. No 
tenía problema… 
—Y bueno. 
—Pero ahora no. 
—¿Por qué? ¡Si me dijiste que vayamos despacio, por eso 
no nos acostamos! ¡Si hubiese sabido, no hubiese hablado toda 
la noche como un pelotudo! 
—¡Es que tenía intenciones de hacerlo! Pero ahora, 
después de que me hablaste una hora seguida de tu ex y tu otra 
ex, y que Mariana, y que Laura y qué sé yo, no quiero. No me 
siento cómoda. Es como si con todo lo que me contaste me 
hubieses puesto en el lugar de amiga. ¡Y los amigos no se 
COGER Y CONTARLO 
75 
acuestan! 
No me podía estar pasando eso. ¿Acaso no había sido ella 
quien había propiciado la charla? ¿Por qué me decía una cosa y 
luego hacía otra? ¿Por qué razón me había dejado hablar hasta 
el final como un estúpido? 
Le pregunté todas esas cosas, pero ella no encontró 
respuesta. 
—Carla, estoy en calzoncillos y en tu cama. Esto no es de 
amigos. 
—No importa. Hablar de otras no es de amantes y sin 
embargo lo hiciste. No sabés tratar a las mujeres. 
Me enojé. Tenía razón. 
—¿Qué hubiese pasado si yo te hablaba de otros mientras 
vos me hacías masajes? 
—¡Yo no te hubiese hecho masajes! ¡Soy un inútil con las 
manos! 
—¡Me di cuenta por cómo acariciás! 
Traté de ignorar su agresión. 
—Me refiero a que yo no te hubiese hecho masajes 
porque no hubiese soportado la tentación de tenerte desnuda 
frente de mí y no hacer nada. Además, vos también hablaste de 
tu expareja. 
Empezó a recoger mi ropa. 
—Es distinto. —Para las mujeres siempre es distinto—.Además, yo no te hablé tanto. Si hubiese hablado tanto como 
vos, te habría molestado. 
—No, para nada. No me hubiese molestado en absoluto. 
No mentía, me hubiese importado tres cuernos. Nos 
quedamos en silencio unos segundos. Ella, no sé por qué. Yo, 
esperando que ocurriera un milagro. Por fin, hablé yo: 
—Bueno, Carla. Vamos. No podés dejarme así. 
—¿Así cómo? 
SANTIAGO CÁNEPA 
76 
—¡Así! 
Abrí las manos y con la mirada señalé mi entrepierna. 
—Mirá, yo no soy una puta. Yo no tengo que hacerte un 
servicio… 
La interrumpí, colérico, aún con el miembro 
milagrosamente parado: 
—Mirá. Soy un tipo maduro. No voy a discutir. Ayudame 
a terminar de alguna manera y listo. 
Carla me miró espantada. 
—Es un segundo. Te arrodillás y listo. Yo hago todo el 
trabajo. 
Me miró más espantada y con asco. 
—¡Dale, por favor! Te aviso cuando voy a terminar. 
—¡Andate de mi casa! 
Se enojó. Dejó de ser naturalista y budista. Era un monje 
Shaolin que comía carne cruda. 
—¡Bueno, che, no es para tanto! 
—Santiago, me siento incómoda. Te pido, por favor, que 
te vayas. 
—Me ayudás un poco con la mano y listo. Dale. 
—Tomá tu ropa. 
—¡Dale, por favor, no seas mala! 
Me acerqué a ella apuntándola con mi miembro como 
quien empuña una espada. 
—¡Sos un asco! —Se puso de pie—. ¡Andate, por favor! 
—¡Dale! 
Quise agarrarle la mano, pero se zafó. 
—¡Andate! 
Me gritó. Yo suspiré resignado y comencé a vestirme. 
—¡La verdad es que sos una loca! 
—Andate o llamo a la policía. 
No podía calzarme los pantalones. Estaban al revés y no 
COGER Y CONTARLO 
77 
podía darlos vuelta. ¿Por qué vestirme era tan difícil cuando 
desvestirme había sido tan fácil y en vano? ¿Por qué me pasaba 
esto? 
—¡Si a la policía le cuento que me hiciste masajes para 
después dejarme así, te meten presa a vos por histérica! 
—Sos un estúpido. Das lástima. 
No me dolió lo que me dijo. Tenía razón. Eran dos cosas 
que yo ya sabía: soy un estúpido y doy lástima. Pero lo 
reconozco. Y precisamente allí es donde radica mi entereza en 
momentos como ese. Una vez que nos rebajamos ante una 
mujer, no volvemos a hablarle con miedo a ninguna otra. 
Insistir. Suplicar. Embaucar. Mentir. Ya no es un problema. Es 
un recurso. Para cuando terminé de vestirme, Carla me 
esperaba en la entrada con la puerta abierta invitándome a 
retirarme. 
—Tomá. Llevate este vino pedorro que trajiste. Podés 
tomártelo vos solo para envenenarte. O llamar a alguna de tus 
ex, así se envenenan juntos. 
Agarré la botella de vino y salí. Recién al ver la botella 
caí en la cuenta de que el vino que habíamos bebido no era el 
que yo había llevado. No fue necesario decir adiós. Debían ser 
las cuatro de la mañana. Era jueves, hacía frío y el barrio estaba 
desierto. Me sentí solo. Caminé algunas cuadras perdido. Pensé 
en ir a la casa de Laura —mi casa—, pero temí encontrarla 
casada con otro. También pensé en ir a lo de Mariana para 
mearle la puerta, pero entendí que eso hubiese sido sumarle un 
nuevo problema a mi existencia palurda. En una esquina, me 
abracé a un árbol e hice pis durante un rato. El sonido del 
líquido golpeando la corteza me fascinaba. Me salpiqué las 
zapatillas, pero no me importó. Luego, abrí como pude la 
botella de vino y comencé a tomarla del pico mientras 
caminaba. 
SANTIAGO CÁNEPA 
78 
—Qué vino de mierda que me recomendaste, Marcos, la 
concha de tu hermana —dije en voz alta, hablando solo. Igual 
lo seguí tomando. 
A las pocas cuadras, revisé mis bolsillos y comprobé que 
me quedaban unos pocos pesos. Tenía dos opciones: o bien me 
tomaba un taxi y me iba casa, o caminaba hasta un prostíbulo 
que conocía y me gastaba allí toda la plata. A las cinco cuadras, 
luego de caminar indeciso, resolví parar un taxi y volver. Deseé 
estar en mi sillón, viendo mi tele, tomando cerveza y 
masturbándome para no necesitar a nadie. Masturbarse es ser 
independiente, pensé. No tenía que llamar a nadie. 
A las pocas semanas, volví con Laura. A ella la necesitaba 
de mil maneras distintas. 
 
 
 
 
COGER Y CONTARLO 
79 
CAPÍTULO 4 
 
Zapatos chinos 
 
 
 
 
 
 
 
 
“No te van a entrar”, le dije, pero ella no me escuchó —o 
fingió que no me escuchaba—, y de todas formas volvió a 
sacarlos de la caja y los puso en el suelo, y los midió 
nuevamente con sus zapatos: eran claramente más chicos, pero 
ella estaba negada: 
—Se ven casi iguales —me dijo. 
—No se ven casi iguales, Laura. Se ven más chicos. 
Cualquier ser humano con funciones cerebrales más o menos 
estables se daría cuenta. 
Yo estaba apurado, me quería ir. 
—No entendés nada, Santiago. Parecen más chicos 
porque son chinos, pero por dentro son iguales. 
—¡Lo que decís es físicamente imposible; si son chicos 
por afuera son chicos por dentro! 
Tenía la impresión de que no me escuchaba. Daba lo 
mismo que yo estuviese allí o no, pues ella había visto ese par 
de zapatos desde la calle y había entrado al local para 
probarlos, hipnotizada. Yo, desde luego, había entrado atrás de 
ella, arrastrado por el torbellino autoritario de su dispendio 
caprichoso. Pero así eran las cosas, y así las aceptaba. Después 
SANTIAGO CÁNEPA 
80 
de todo, ya estaba acostumbrado, pues era cuestión de que le 
pidiera que me acompañase a comprar algo (cualquier cosa, lo 
que fuere, un libro, un cuaderno, un DVD, un jean, o una caja 
de preservativos, lo que sea), para que ella en cada rincón de la 
maldita ciudad encontrase una prenda de ropa que la sedujese. 
Y esta vez, por desgracia, nada había sido distinto. A la 
noche teníamos el festejo del cumpleaños de una de sus amigas 
y se nos había ocurrido regalarle un CD o DVD musical. Así 
que eso hicimos, recorrimos un par de disquerías, encontramos 
lo que buscábamos —un Grandes éxitos de Neil Young—, y 
decidimos volver a casa. Pero cuando estábamos por hacerlo, 
nos acordamos que estábamos a muy pocas cuadras del barrio 
chino, y decidimos visitarlo. Siempre es un paseo obligado. 
—Lo único que te pido es que no tardemos mucho, Laura, 
porque tengo que entregar un trabajo antes de las siete de la 
tarde. 
—Si no querés, no vamos —me dijo, aunque yo sabía que 
no lo decía en serio. 
—No, está bien. Vamos, pero no perdamos mucho tiempo. 
—Okey. 
Fuimos. Caminamos por Cabildo hasta Olazábal y desde 
allí caminamos hasta Arribeños. Era un buen paseo. Las calles 
arboladas y los edificios filtraban el sol, y a mí me agradaba 
pasar por la puerta del consultorio de mi psicólogo. Además de 
que, por supuesto, evitábamos la avenida Juramento, que 
siempre era un caos de gente. 
Una vez en el barrio, entramos a algunos supermercados 
para comprar fideos de arroz y sahumerios, cosas que por 
nuestro barrio no conseguíamos —al menos no de la misma 
calidad—, y emprendimos la vuelta. 
Cuando ya estábamos llegando al final del recorrido, para 
mi desdicha, pasamos por la puerta de uno de esos típicos 
COGER Y CONTARLO 
81 
bazares chinos donde venden absolutamente de todo, desde 
juguetes hasta ropa, pasando por vajilla y pequeños muebles. Y, 
obviamente, entramos: Laura había sido atraída por un par de 
zapatos. 
Eran unos zapatos muy bonitos. Azules, sin taco, con 
detalles brillantes en plateado y figuras bordadas. Parecían más 
bien unas alpargatas elegantes que otra cosa, lo que las mujeres 
suelen llamar “chatitas”. A mí me gustaron. Me parecían 
refinados, pero era evidente que serían muy caros. 
—¿Cuánto cuestan los zapatos que están en vidriera? —
preguntó Laura a la chica no china que atendía. 
—¿Cuáles, señora? 
—Los azules chiquititos. 
—A ver. 
La chica se fue a fijar. 
—¿Te dijo “señora”? —le pregunté a Laura por lo bajo. 
Ella me copió el tono. 
—Sí, ¿viste? ¡Qué pendeja desubicada! 
—¿Pendeja? Si debe tener tres o cuatro años menos que 
nosotros. 
—¡No importa! 
—Será que vos te ves más grande... O que ella es 
retrasada. Un año humano es medio de ellos. Como los perros,pero al revés. 
—¡No seas pelotudo! No jodas con esas cosas. 
—¡Es un chiste! 
—Ya sé que es un chiste, pero igual. 
A Laura no le gustaban mis chistes. O, mejor dicho, le 
causaban gracia, pero cuando caía en la cuenta de que se estaba 
riendo de algo políticamente incorrecto, se anulaba. 
—Vos sos peor que yo. Porque yo digo el chiste buscando 
tu risa. Es una causa noble: hacerte feliz, pero vos te querés reír 
SANTIAGO CÁNEPA 
82 
y te ponés seria para regañarme. Me usás como monigote... Ahí 
viene la retrasada. 
—Shhhh —me calló Laura, temiendo que la vendedora 
me escuchara. Eso era lo que más me divertía: ponerla 
incómoda. 
—Sesenta pesos, señora. 
—¿Sesenta pesos? —me sorprendí yo—. Llevate tres 
pares. Son muy baratos. 
Laura enmudeció. Por un segundo, su rostro se cubrió con 
una sonrisa fantástica. Una sonrisa que no era solo el simple 
acto de mostrar sus dientes, sino un espasmo maravilloso que 
arrugaba su nariz, achinaba sus ojos —para no desencajar con 
el escenario— y los volvía luminosos, llenos de un brillo puro. 
Una sonrisa que alzaba sus pómulos y que era todo eso a la 
vez; su brillo, sus dientes, su alegría, su esperanza y sus 
sueños, mi amor, el amor con que yo la veía, la pugna 
constante contra las miserias del mundo, contra nuestras 
propias miserias, el sol que calma el frío tras la madrugada 
solitaria; eso. Todo aquello que yo pude ver en un segundo, 
como un testigo fascinado, atesorándolo para siempre en mi 
memoria. 
—¿Podría probarlos? 
—Sí, ya se los traigo —dijo la vendedora y se volvió a ir, 
pero esta vez, hacia el fondo del local. 
—Son muy lindos, ¿no? 
—¡Sí, muy lindos! ¡Y baratos! 
Laura estaba entusiasmada. 
—¿Te diste cuenta de que te trata de usted? 
—¡Callate, Santiago! Está trabajando la pobre chica. 
Me callé. Estaba aburrido, apurado. Quería irme a casa y 
sacarme de encima ese texto que me habían encargado. Nada 
especial, una columna humorística que publicaba en un 
COGER Y CONTARLO 
83 
periódico, pero debía terminarlo. Así que, para combatir un 
poco mi aburrimiento, y sabiendo que me esperaban al menos 
quince minutos más dentro de ese negocio de baratas, me fui a 
recorrer los estantes con la esperanza de encontrar algo me que 
divirtiera. Laura se había sentado y esperaba ansiosa. 
Miraba los objetos como si estuviese atontado. Eran 
tantos y tan variados que con la vista quería abarcarlos a todos 
a la vez. Intentaba enfocar la vista en uno, pero de inmediato 
otro se aparecía en el horizonte, y miraba ese. Y cuando me 
enfocaba en ese, otro asomaba en el horizonte. Era 
exactamente lo mismo que me sucedía con las mujeres, y que 
con Laura había logrado controlar aunque sea un poco. Hasta 
que, de pronto, un objeto fascinante apareció (mi objeto 
fascinante): un Keith Richards de treinta centímetros, que, 
cuando lo toqué —pues no pude hacer más que tocarlo para 
comprobar si era real—, comenzó a moverse al ritmo de 
“Satisfaction”. 
—Ni se te ocurra —me dijo Laura, que evidentemente 
reconocía en mi cara la expresión misma del deseo 
insostenible. 
—No lo quiero comprar —mentí yo, despertándome de 
mi embrujo. 
—Te conozco, Santiago. ¿Cuánto sale? 
—No sale caro. 
—¿Cuánto? 
—Ciento veinte pesos. 
—No te creo. Eso vale más. 
—Bueno, doscientos. 
—No me mientas, Santiago. Siempre hacés lo mismo. Me 
decís que las cosas son mucho más baratas y cuando veo el 
resumen de la tarjeta me doy cuenta de la mentira. 
—Okey, sale trescientos. ¡Pero es increíble! ¡Hace luces y 
SANTIAGO CÁNEPA 
84 
baila, y tiene un cigarrillo en la boca! 
—¡No te lo vas a comprar! 
—¡No me lo voy a comprar! ¡Solo lo estoy deseando con 
el corazón en la mano! 
—No seas exagerado, nene. Parecés un chico de cinco 
años. 
Por suerte, la vendedora apareció y me quitó el 
protagonismo. 
—No me quedan más, señora. 
Laura se sorprendió. 
—¿Cómo que no te quedan más? ¿Y los de la vidriera? 
—Son talle treinta y ocho, no creo que le entren. 
La expresión de Laura cambió; me miró de reojo y me dio 
a entender que, si la vendedora había querido decir que ella 
tenía los pies grandes, iba a matarla en ese preciso instante. De 
todos modos, se contuvo, y se los volvió a pedir amablemente. 
—Bueno, me gustaría verlos igual. Con probar no pierdo 
nada. 
—Muy bien. Enseguida se los traigo. 
Yo miré por última vez a mi querido Keith Richards y me 
acerqué a Laura. Sabía que necesitaría apoyo. 
—¿Esta hija de puta me quiso decir que tengo los pies 
grandes? 
Volvíamos a hablar en secreto. 
—No sé. Puede que los zapatos sean chicos en serio, y no 
te van a entrar. 
—¿Vos me estás cargando? ¿Estás del lado de ella? 
Me asusté. 
—No, Laura. Solo estoy tratando de ser razonable. 
—Vas a ver cómo me entran. 
—¿Cuánto calzás vos? 
—¡Qué te importa! 
COGER Y CONTARLO 
85 
—Sí me importa, Laura. ¿Cuánto calzás? 
—¡No te voy a decir! 
—Es que no quiero que te enojes, pero soy tu pareja y no 
te voy a mentir: tenés los pies un poco grandes. 
Laura me miró fijo, con una cara que hubiese asustado al 
más temerario de los pistoleros de los barrios bajos. Entendí 
que había tocado un punto sensible. 
—¡No digas estupideces! Además vivimos juntos hace 
como dos años y no sabés cuánto calzo. Muy desatento de tu 
parte. 
—¡Nadie sabe cuánto calza la pareja, Laura! 
—¡Yo sí, vos calzás cuarenta y uno! 
—Okey, me callo entonces. 
La vendedora volvió a aparecer, esta vez, con los zapatos 
en la mano. 
—Tome. 
—Gracias. 
Lo que sucedió a continuación fue un romance o, más 
bien, un análisis de calidad lleno de pasiones, pues los zapatos 
llegaron y ella se paró para recibirlos; no se merecían menos. 
De modo que los tomó con sus dos manos —a los dos juntos— 
como si recibiese a la criatura más dulce y frágil que sus manos 
habían sentido —como si fuesen un bebé recién nacido—, y 
con cuidado se sentó de nuevo y los sacó de la caja y los apoyó 
en el piso, al lado de sus pies. Los miró (detenidamente), los 
comparó en tamaño (color, textura, elasticidad, brillo), y volvió 
a levantar uno (el derecho). Lo volvió a mirar de cerca, más 
cerca que antes, como un gemólogo experto que examina la 
presunta piedra más preciosa de la galaxia. Y lo miró de frente, 
de costado, de atrás, lo dio vuelta para un lado y para otro. Lo 
volteó para verle la suela, le observó nuevamente la punta, lo 
tocó para comprobar si era fuerte y le dio un golpecito, dos, 
SANTIAGO CÁNEPA 
86 
tres, cuatro: escuchó el ruido y lo volvió a depositar en el suelo. 
—Parecen buenos —dijo e hizo lo mismo con el 
izquierdo. Cuando terminó, volvió a meterlos a la caja, como si 
estos —bebé que no sobrevive aún fuera de su incubadora— 
fuesen a dañarse. Así que se quitó los suyos y se dispuso a 
probárselos. 
—No te van entrar —le dije, pero ella no me escuchó, o 
fingió que no me escuchaba, y de todas formas volvió a 
sacarlos de la caja y los puso en el suelo, y los midió 
nuevamente con sus zapatos: eran claramente más chicos, pero 
ella estaba negada: 
—Se ven casi iguales —me dijo. 
—No se ven casi iguales, Laura. Se ven más chicos. 
Cualquier ser humano con funciones cerebrales más o menos 
estables se daría cuenta. 
Yo estaba apurado, me quería ir. 
—No entendés nada, Santiago. Parecen más chicos 
porque son chinos, pero por dentro son iguales. 
—¡Lo que decís es físicamente imposible; si son chicos 
por afuera, son chicos por dentro! 
No me respondió, siguió mirándolos, pensativa. La chica 
que nos atendía la miraba a ella, me miraba a mí, no entendía si 
debía quedarse o retirarse y dejarnos tranquilos. Hasta que, por 
fin, Laura largó: 
—Las chinas tienen los pies como teteritas, por eso 
parecen un número menos. 
Fue la frase más ingeniosa, evasiva, poética y 
esperanzadora que le escuché decir. Lo hacía parecer lógico: 
como las chinas tenían los pies chicos (como teteritas), 
construían para ella zapatos chicos (como teteritas), que, sibien por dentro eran grandes, por fuera parecían un número 
menos para aquellas mujeres de pies normales. 
COGER Y CONTARLO 
87 
Así que, luego de su proclama, Laura tomó uno de los 
zapatos —el izquierdo— e intentó ponérselo; no le fue fácil. 
Hizo fuerza, movió el pie para un lado y para el otro, lo torció, 
intentó achicarlo, modificar su forma, hasta que por fin logró 
meter solo la punta, e intentó acomodar los dedos, para que 
estos fuesen abriéndose paso por sí solos, como pequeños 
mineros que con sus casquitos con linternas van explorando 
una caverna. 
—La veo difícil —sentencié. Pero ella me dijo que me 
callara y que esperara. 
—¿Segura que son su talle, señora? Me parece que son un 
poco chicos. 
—Sí, gracias —le respondió Laura, con una sonrisa 
falsa—. Cualquier cosa te avisamos. 
—Pero mire que el lunes llegan más talles de ese modelo. 
—No, está bien. Estos me quedan. 
—¿Segura, Laura? —pregunté yo con algo de temor. 
—¡Sí, Santiago, me quedan, solo hay que estirarlos un 
poco! 
—Ese es el problema, Laura. —Me acerqué y le dije en 
voz baja—: Si los seguís estirando, se van a romper. 
—¡No se van a romper —me respondió ella en tono 
vehemente—, todos los zapatos necesitan estirarse cuando son 
nuevos! 
—Bueno, okey. Yo decía nomás. 
Supe que estaba empecinada en comprarlos, costase lo 
que costase. Así que me hice a un lado y la dejé que siguiera 
sola. A esta altura, la vendedora había vuelto a la caja y Laura 
podía dedicarse pura y exclusivamente a calzarse el zapato sin 
ser molestada por nadie. 
—Solo falta que entre el talón, nada más —me dijo en 
voz alta. Aunque hubiese dado lo mismo que me hablase a mí o 
SANTIAGO CÁNEPA 
88 
a cualquier ser humano u objeto medianamente animado que 
pasase por su lado; se hablaba a ella misma. 
—Si vos lo decís —le respondí yo a la distancia, y me 
volví a acercar a mi querido Keith Richards, que ya se había 
callado, pero que esperaba ansioso a que yo lo volviese a tocar 
para deleitarme nuevamente con su acto. Eso hice; le di un 
golpecito y él comenzó a moverse, esta vez, al ritmo del riff de 
“Jumpin Jack Flash”. Laura no volteó la cabeza para mirarme, 
estaba concentrada en lo suyo. 
Me dio ternura verla así; algo agitada, con el pelo sobre la 
cara, luchando por meter el talón —única parte de su pie que le 
quedaba afuera— dentro de ese pequeño zapato. Tenía parte de 
la lengua afuera, y un ojo entrecerrado. La misma expresión de 
afán minucioso que adoptan las personas cuando enhebran una 
aguja. 
Hasta que, por fin, estirando la parte trasera del zapato lo 
más posible, logró meterlo. Ya todo su pie estaba adentro del 
zapato. Probó que podía usarlo. No solo a mí, sino también a la 
vendedora, y sobre todo, a ella. 
—Listo —me dijo—, los llevo. 
Y se puso de pie y pisó fuerte unas cuantas veces, para 
terminar de encajarlo o bien para probar que con esa suerte de 
escarpín podría movilizarse sin padecer lesiones graves. 
Pagamos y nos fuimos. 
 
A la noche tuve que volver a esperarla. Luego de terminar 
el texto que debía entregar, me di una ducha y me vestí para la 
fiesta; una camisa negra, un jean clásico y unas zapatillas al 
tono, cómodas, livianas. En quince minutos, incluyendo baño y 
peinado, estaba listo. Laura, por supuesto, tardó mucho más. 
De modo que encendí el equipo de música y me senté en el 
sillón a esperar. 
COGER Y CONTARLO 
89 
—Laura, tengo hambre. Si seguís tardando, vamos a 
llegar para cuando ya se hayan comido todo. 
—Ya voy, nene, ya voy —me gritó desde el cuarto. Se 
escuchaba el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, las 
puertas del placard sufriendo el mismo embate vacilante. Laura 
no sabía qué ponerse. 
—¡Ponete cualquier cosa, amor! Todo te queda estupendo. 
—¡No me jodas, ya termino! 
—¡Es imposible que ya termines, si hace solo cuarenta y 
cinco minutos que empezaste a vestirte! 
—¡Bueno, nene, quiero estar linda! Además, llegamos en 
diez minutos. Es acá a un par de cuadras. 
—Eso espero. Vos siempre estás hermosa. 
Laura se apareció en el living como un artista que encara 
el escenario y se exhibe ante su público, con los mismos 
nervios y la misma exigencia de aprobación. Tenía puesto un 
kimono azul ceñido al cuerpo, de la misma tela centelleante 
que sus nuevos zapatos y nada más. Yo me quedé mirándola 
embobado, sin decir nada, viéndola hermosa pero algo ridícula. 
Hermosa y fresca de todos modos. 
—¿Te gusta cómo me queda o no? —preguntó de nuevo. 
—Sí, sí, me gusta —dije yo, evidentemente no con la 
suficiente seguridad como para hacerla sentir la mujer más 
hermosa del mundo. 
—¿Qué? No te gusta, decime la verdad, ¡estoy ridícula! 
—No, no, mi amor, estás hermosa. En serio, no estás 
ridícula. 
—¿De verdad? 
—Sí, mi amor. Te lo juro. 
Y me quedé sonriendo, contemplándola con los ojos 
llenos de amor. Disfrutando de cómo ella, inocente y a la vez 
perfumada de sensualidad, se observaba y se miraba en el 
SANTIAGO CÁNEPA 
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espejo que estaba al costado del sillón, recorriéndose con las 
manos la figura ajustada por el vestido. 
—Me gusta, solo que es un poco... No sé, alternativo. 
Ella dio un taconazo en el suelo (taconazo que fue sin 
tacos ya que aún estaba descalza) y completó su acting de 
compañerita de jardín de infantes haciendo puchero y 
golpeando el aire del costado de su cadera con los puños 
cerrados. Y dijo: 
—¿Ves que no te gusta cómo me queda? Estoy horrible, 
así no voy a ningún lado. 
Y se cruzó de brazos. 
—Sí que me gusta, amor. Solo que me parece un poco 
jugado. Y te conozco; te vas a empezar a sentir incómoda a la 
mitad de la noche y nos vamos a tener que volver. 
—No, no te gusta. Ahora me voy a vestir como puta así te 
da vergüenza estar conmigo. 
—Sabés que eso no me molestaría nunca. Al contrario, 
me haría sentir más hombre: si pago, soy el que exijo. 
¡Capitalismo puro! ¡Garchitalismo! 
—Sos un pelotudo —me dijo sonriendo y volvió al 
cuarto. Yo, sin levantarme del sillón, apagué el equipo de 
música y prendí la tele. Comencé a hacer zapping. 
—Estás hermosa, en serio, pero ¿podés terminar de 
vestirte de una buena vez que me muero de hambre? 
—Ay, nene, siempre pensando en comer, vos. 
—¡Y vos siempre tardando tan poco! 
—¡Ya voy! 
Me detuve en el canal de deportes; pasaban la pelea de 
dos boxeadores mexicanos, peso welter, que parecían no querer 
pegarse. 
—¡Dale, che! En serio. Sí seguís boludeando con la ropa, 
me pongo a ver la pelea y no voy nada. 
COGER Y CONTARLO 
91 
—Bueno, no vayas. 
La pelea era aburrida, así que tomé un DVD de la 
biblioteca —el disco uno de la tercera temporada de 
Californication—, y lo puse. 
—Dale, terminá de cambiarte, haceme caso. —Salté los 
avances y publicidades y pasé directamente al menú del disco: 
en lugar de aparecer Hank Moody con toda su genialidad, 
apareció Beyonce con su música insoportable; otra vez Laura 
había mezclado los discos—. Estás preciosa, hermosa. Creo 
que si no estuviese en pareja con vos y te veo por la calle, 
intentaría levantarte. Aun si me dieses la impresión de no 
hablar una palabra en castellano y yo no supiera hablar en 
chino. 
—¡Callate, me estás mintiendo! 
—No, de verdad, te digo en serio. 
Cambió su tono y apareció —en bombacha y corpiño— 
por la puerta. 
—¿En serio no me estás mintiendo? 
—No, mi amor, obvio que no, estás linda en serio. 
Era verdad, estaba linda, y hacer chistes era mi forma de 
festejarlo. 
—Bueno —dijo ella entusiasmada—, entonces me voy a 
poner los zapatos a ver cómo me quedan, y si hacen juego con 
el vestido y la cartera, vamos. 
—Yo diría que te quedes en bombacha y corpiño, y que 
nos metamos al cuarto a revolcarnos entre toda tu ropa 
desparramada —le dije mientras la abrazaba y la llevaba hasta 
la pieza. 
 
A las dos horas llegamos a la fiesta. Lo primero que hice 
después de saludar a la homenajeada de la noche —una 
contadora que había sido compañerade Laura en la escuela 
SANTIAGO CÁNEPA 
92 
primaria— fue dirigirme hacia la mesa donde estaba la comida. 
Por suerte, quedaban unos cuantos sandwiches de miga y 
algunos snacks y, desde luego, cerveza. Lo suficiente como 
para entretenerme toda la noche. 
La casa era grande, tenía pileta y tanto el patio como el 
interior estaban repletos de gente. A excepción de la 
cumpleañera y su marido —y a excepción de Laura, por 
supuesto—, no conocía a nadie. Eso me tranquilizó; no tendría 
que charlar con nadie, no tendría que soportar charlas del tipo: 
“¿Qué andás haciendo? ¿Qué es de tu vida? ¿Estás escribiendo 
algo? ¿Para cuándo otro libro? Si yo te contara las cosas que 
hice con las minas, sacarías un libro nuevo”. Y ese tipo de 
basuras que siempre ocurrían. Me quedaría toda la noche 
pegado a Laura, o bien, pegado a la mesa de las cervezas 
bebiendo y comiendo. 
—Santiago Apenak. 
Escuché una voz detrás de mí. Era la voz de una mujer. La 
reconocí, me resultó conocida, pero no pude identificar de 
quién era. No lograba asociar el tono con una cara. Temí que 
fuese alguna mujer con la que me había acostado a espaldas de 
Laura. O alguna vieja amante que no había llamado nunca para 
una segunda cita. Así que, sin más, enfrentando mi destino 
como un guerrero de las relaciones amorosas, me di vuelta y la 
vi: era peor de lo que imaginaba, pues ella traía consigo una 
gran carga emocional, ya no tanto para mí, sino para Laura: era 
Mariana, aquella exnovia que me había abandonado diciendo 
que yo carecía de todo lo necesario para formar un proyecto de 
pareja serio, y a quien yo le había dedicado entero —de 
principio a fin, frase por frase— mi primer libro. Una especie 
de karma literario para mí (pues durante un largo tiempo había 
trabajado en una novela basada en nuestra historia), y un 
temido fantasma para Laura (justamente por lo mismo). La 
COGER Y CONTARLO 
93 
reconocí enseguida, estaba preciosa. 
—¡Mariana! ¡No lo puedo creer! 
—¿Cómo estás? —me preguntó. 
—Bien. ¿Vos? 
—¡Bien, muy bien! Acá, festejando el cumpleaños de 
Melina. Como vos, supongo. 
Sorbí un trago largo de cerveza y encendí un cigarrillo, 
me esperaba una noche larga. Mariana estaba igual, o más que 
igual, conservaba la belleza que había tenido cuando fuimos 
pareja, pero con el agregado de los años, que le habían 
aportado fuerza, firmeza y elegancia. Desde luego, seguía con 
sus rulos color trigo y sus ojos más celestes que nunca, además 
de un culo que se notaba bueno con solo verla desde adelante. 
Se la veía como toda una mujer. 
—Así es, la vine a acompañar a Laura, mi novia. —
Señalé a Laura, que estaba del otro lado de la sala charlando 
con un grupo de personas. 
—Mirá qué bueno. Yo vine con Sergio, mi marido. —
Intentó señalarlo, lo buscó con la mirada, alzó la cabeza para 
ver por encima de las personas que estaban cerca de nosotros—
. Bueno, no lo encuentro. Debe haber salido a comprar más 
cervezas. Meli le dijo que ya se estaban acabando las 
provisiones. 
—Yo voy a exigir mis raciones. Así que mejor que sobre. 
Ella rió. Tenía los dientes perfectos, blancos. Me acordé 
de ella arrodillada y yo desarmándome en su boca, con los 
pantalones apenas bajos por si volvían sus padres y había que 
subirlos de pronto. 
—Muy linda tu novia. 
—Sí, la verdad que sí. A veces me asombro de cómo 
terminó con un idiota como yo. 
—Bueno, lo físico no es lo más importante. 
SANTIAGO CÁNEPA 
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Era el piropo más insultante que me habían hecho. 
—No, supongo que no. Pero importa. 
Se hizo un silencio incómodo, ella miró su teléfono. Yo 
volví a tomar otro trago de cerveza. Finalmente, me preguntó 
lo que seguramente la había impulsado a acercarse a hablarme: 
—¿Che, y qué hacés por acá? 
Recordé que ella no sabía que yo, luego de separarme de 
ella, prácticamente no había salido del barrio. 
—Vivo en el barrio hace como dos años. 
—Ah, mirá vos. 
—Sí, Laura nació en el barrio. Vivió acá toda su vida. Y 
cuando nos fuimos a vivir juntos decidimos que su 
departamento era más apropiado que el mío. Así que me mudé 
para acá. 
—Claro, ahora entiendo. 
Tomé otro trago largo y se acabó la botella, así que me 
serví otra, era la tercera botellita de la noche. 
—¿Y, vos, cómo llegaste? 
—Sergio es amigo del hermano de Meli. —Volvió a mirar 
el celular—. Y bueno, por esas cosas, acá estamos. 
De pronto, perdí de vista a Laura. Hice una recorrida con 
la mirada, pero no logré encontrarla, debía estar buscándome. 
¿Quería que me encontrase con Mariana? ¿Debía decírselo? Si 
bien su problema de celos con el personaje de mi novela ya 
estaba de algún modo resuelto —un poco porque se podría 
decir que lo había entendido, y otro tanto porque yo había 
dejado la novela de lado—, contarle de su presencia podría ser 
un riesgo. Por suerte, Sergio llegó a tiempo y resolvió mi 
dilema. 
—Me parece que ahí llegó Sergio, voy a buscarlo para 
que no se preocupe. 
—Dale, buenísimo. 
COGER Y CONTARLO 
95 
—Después charlamos otro rato. 
—¡Encantado! —le dije y ella siguió su rumbo. La miré 
irse: seguía teniendo el mismo culo, impagable, aunque me 
molestó un poco que se hubiera acercado a hablarme solo para 
averiguar qué estaba haciendo yo en esa fiesta. 
Caminé entre la gente buscando a Laura o a algunas de las 
personas que charlaban con ella. Recorrí la sala, pero no la vi. 
Me fui al patio, a la terraza y, sin tener éxito, volví a la sala 
para ir al baño, las cervezas estaban haciendo efecto. Cuando 
estaba por abrir la puerta, salió ella: 
—¡Acá estás, amor, te estaba buscando! 
—Estaba en el living charlado con los chicos. 
—Sí, te vi, pero después te perdí de vista. 
Se me acercó, me olfateó la boca. 
—¿Vos estuviste fumando? 
—No. 
—¡Santiago, no me mientas! 
—Bueno, sí. Un pucho. 
—¿Te pasó algo? 
—No, ¿por? 
—Porque cada vez que fumás es porque te pones 
nervioso. 
Por suerte, un tipo se nos acercó y nos preguntó si íbamos 
a pasar al baño. Yo aproveché para cortar la conversación y le 
dije que sí. 
—Esperame —le dije a Laura y me metí en el baño. Tenía 
que irme de ahí, realmente no tenía ganas de que Laura se 
cruzase con Mariana. Sería un riesgo; Laura podría reaccionar 
indiferentemente, o bien, armarme una escena de celos 
injustificada. Tenía que pensar en algo. De momento meé —un 
chorro largo y amarillo—, me sequé la punta de la verga con 
papel higiénico, por si me quedaba alguna gotita, me lavé las 
SANTIAGO CÁNEPA 
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manos y salí. 
—¿A vos te pasa algo? —le pregunté mientras íbamos al 
encuentro de sus amigos. 
—Estoy un poco incómoda. 
—¿Incómoda? ¿Por? 
—Por el vestido. Es un poco raro. Y están todas vestidas 
de forma más sencilla, me da un poco de vergüenza. 
—Estás hermosa, amor. No te hagas la cabeza. 
—Es que me siento observada. 
—Nadie te observa, Laura, son ideas tuyas. No hinches. 
—No, las minas nos fijamos en esas cosas. Si yo viese 
una mina con este vestido, la miraría y la criticaría. 
¿Era un chiste lo que me decía? Si sabía que otras mujeres 
iban a mirarla y a criticarla, ¿para qué se lo había puesto? Se lo 
pregunté: 
—¿Y para qué te lo pusiste, Laura? Te dije que te ibas a 
sentir incómoda. 
—¡Ya sé! No es necesario que me lo recuerdes. 
Se me ocurrió que esa era una buena excusa para irnos a 
casa. 
—Si querés, nos vamos a casa. La estoy pasando bien, 
hay mucha cerveza, pero sería capaz de irme por vos. 
Laura me miró extrañada. 
—Pero si vos no tenías ganas de venir. 
—Bueno, por eso. 
—¿No me acabás de decir que la estás pasando bien? 
—La estoy pasando bien, pero no tanto como podría 
pasarla en casa a solas con vos, sacándote ese vestido... o 
haciendo kung fu. 
La abracé y le di un beso intentando frenarla. 
—Sos un tarado, no me cargues. Y dejame caminar que 
allá están los chicos. 
COGER Y CONTARLO 
97 
Llegamos a donde estaban sus excompañeros de primaria. 
Cuatro en total, dos mujeres y dos varones.Una de ellas estaba 
bastante bien, la otra no era mi tipo. Los varones parecían tipos 
normales. Saludé a todos con un justo y necesario “hola”, se 
hicieron las debidas presentaciones y nos quedamos charlando, 
mejor dicho, me quedé escuchando lo que ellos hablaban, 
mientras yo me tomaba otra cerveza y sonreía con cara de 
idiota. No tenía ganas de sociabilizar. Quería evitar las 
molestas indagaciones sobre mi persona, mi profesión, etcétera, 
pero parecía que lo atraía: 
—Me gustó mucho algo tuyo que leí el otro día —dijo la 
que no era linda de las dos. 
—Gracias. ¿Eran malas palabras por parte de Laura 
dedicadas a mi persona en una conversación de Facebook? 
Se rió. 
—No, era un cuento tuyo que publicaste en el blog de la 
revista All Rigth. 
—¿En serio? Qué bueno. Me alegro. 
—El del escritor que se termina acostando con la madre y 
con la hija. 
—Ah, me acuerdo. Bueno, es que yo no hago más que 
escribir sobre los grandes temas de la vida: las mujeres, el 
sexo... Bueno, creo que se me acabaron los temas —dije a 
modo de chiste, todos rieron. Por suerte, en su rol de anfitriona, 
cuyo trabajo era recorrer grupo por grupo para charlar y 
atender a cada invitado, Melina llegó al nuestro. Nos preguntó 
cómo estábamos, si teníamos hambre, si la comida alcanzaba, 
hasta que largó una pregunta que no tendría que haber largado: 
—Che, ¿así que vos saliste con Mariana, la mujer del 
amigo de Pato? No sabía. 
Yo la miré a Laura, que, inmediatamente, me miró a mí 
buscando explicaciones. Me puse incómodo. 
SANTIAGO CÁNEPA 
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—Salir, salir... lo que se dice salir... 
No me salían las palabras. 
—Bueno, pero fue algo importante, porque me contó que 
le dedicaste un libro. Eso es muy lindo. 
—Disculpen —dijo Laura interrumpiendo, y me agarró 
del brazo y me llevó a un lugar apartado. Comenzó a hablarme 
en voz baja, murmurando—: Escuchame una cosa, Santiago; 
¿hay algo que me quieras decir que no me hayas dicho? 
—¿Que estás hermosa? ¿Que sos el sol de mis mañanas? 
¿Que daría mi vida por vos si así tuviese que hacerlo? 
—¡Dale, no te hagas el boludo! 
—¿Que Mariana está acá y yo no tenía ni la más puta idea 
de que iba a venir? 
—¿Me estás hablando en serio? ¡No te la puedo creer! 
—Creelo, en el universo Apenak todo es posible. 
—¿Y qué hace acá? 
—Vino a revisar un caño del baño, Laura. Es plomero 
durante la noche... ¿Qué va a estar haciendo? Vino al 
cumpleaños. 
—¡Ya sé que vino al cumpleaños! Pero me refiero a qué 
conexión tiene. 
—¿No la escuchaste a tu amiga? Es la mujer del amigo 
del hermano. ¡Una coincidencia de mierda! 
—¿Por qué “de mierda”? ¿Te pone nervioso? 
—No empieces... 
—Ahora entiendo, por eso estabas nervioso. 
—Te lo iba a decir, Laura, pero no encontré el momento. 
—Está bien, la quiero conocer. 
—¿Me estás cargando? 
Si antes había intentado salir de allí por todos los medios 
para que Laura no cruzase a Mariana, ahora, con Laura ya 
enterada del problema, estaba cagado. No podía dejar que se 
COGER Y CONTARLO 
99 
cruzasen. 
—Escuchame, Laura, yo no tengo la culpa de que la 
minita sea la mujer del hermano de tu amiga. Yo no tenía ni la 
menor idea de que iba a estar acá. De haberlo sabido, ni venía. 
—No te estoy acusando de nada. —Estaba nerviosa, 
intentaba calmarse—. Simplemente, me molesta que esta mina 
siga apareciendo siempre en nuestras vidas. 
—Bueno, pero no es mi culpa que haya venido a esta 
fiesta. 
—¡Sí, pero es tu culpa haberla metido entre nosotros 
tantas veces con tu puta novela y tu literatura de mierda! 
—¡Okey, calmate! Porque si empezamos a levantar el 
tono me voy a casa. No me voy a bancar un escándalo por algo 
que yo no hice. 
—¡Sí hiciste! No esto, pero lo que alguna vez hiciste trajo 
como consecuencia que en este caso yo sintiera que estoy en 
presencia de un fantasma o de una mujer de quince metros. 
—Era poesía, Laura, literatura. Uno siempre exagera 
cuando escribe. 
—Siempre hay un contenido de sentimiento, Santiago. 
—¡No voy a volver a tener esta conversación! No ahora. 
Así que, si te parece, nos vamos a casa y nos calmamos. 
—No, quiero conocerla. 
—¡Es una locura! 
—¡No es una locura! Me gustaría conocerla. Quiero ver 
cómo es esa persona que te tuvo tan atado a la computadora 
durante tanto tiempo. 
—Laura, es una puta locura. Le estás dando entidad de 
mujer real a un personaje, y no es así, estás mezclando las 
cosas. Mariana es una cosa y el personaje que basé en nuestra 
relación es otra. Fantasía pura. 
—La quiero conocer. O me la presentás o la busco y hago 
SANTIAGO CÁNEPA 
100 
un escándalo. 
Pensándolo bien, quizás sí era bueno que Laura la 
conociese. Después de todo, verla cara a cara, palparla como 
una persona de carne y hueso, sería una forma de dejar de 
idealizarla, de bajarla de ese pedestal al que la había montado 
mi palabrerío lacrimoso. 
—Okey, vamos a buscarla —le dije. Y la tomé de la mano 
y comenzamos a caminar. 
—Vamos a buscar unas cervezas. 
—Yo no quiero. 
—Son para ellos. 
—¿Ellos? 
—Sí, está con el marido. 
Nos acercamos a la mesa de las bebidas y tomamos dos 
botellitas. Se me ocurrió algo: 
—Esperame acá —le dije, y destapé las botellas y me fui 
al baño. Estaba ocupado. Así que busqué alguna habitación 
libre y me metí. Ya encerrado y con la puerta trabada, me bebí 
un poco del contenido de cada una y saqué el pene y lo puse en 
la boca de la primera. Hice fuerza, un chorro de pis salió con 
potencia y manchó un poco mi mano y el suelo, pero enseguida 
lo logré controlar y emboqué el resto en el interior de la 
botella. Cuando ya se estaba llenando, calculé bien mis 
movimientos y retiré el pene, y en un desplazamiento rápido lo 
coloqué en la boca de la otra botella. Llegué a tiempo, aún me 
quedaba líquido, aunque en el recorrido volví a manchar el 
suelo, mi mano y la botella. Cuando terminé, tomé una 
campera que estaba sobre la cama y sequé mi mano y las 
botellitas. Y me fui en busca de Laura y luego de Mariana. 
—Fijémonos si están en el patio. 
—¿Para qué fuiste al baño? 
—Porque me estaba meando. 
COGER Y CONTARLO 
101 
—¿Y para qué llevaste las botellas? 
—Para nada. No me di cuenta de que las tenía. 
—Me las hubieras dejado. 
—Sí, hubiese meado más cómodo. 
Empezamos a caminar hacia el patio. Cuando llegamos, 
miramos hacia todos lados y los vimos. Estaban del otro lado 
de la pileta. Nos acercamos. 
—Hola. 
—¡Hola de nuevo! —dijo Mariana. Nos saludamos todos 
y nos presentamos. 
—Laura, Mariana. Mariana, Laura. Sergio... —Me 
encargué de presentarlos a todos. 
—Ah, cierto que vos a Sergio ya lo conocés —me dijo 
Mariana, refiriéndose a aquel día en que fui a llevarle mi 
primer libro dedicado a ella y él también estaba. 
—Les traje unas cervezas, para que vean que venimos en 
son de paz, ya que la última vez que hablé con Sergio lo traté 
bastante mal. —Les ofrecí las cervezas, ellos aceptaron—. Me 
parece que esta es una buena oportunidad para disculparme. 
—No hay nada de que disculparse. Cada uno hace lo que 
tiene que hacer —dijo él. 
—Brindo por eso —dije y alcé mi botella. Ellos, Sergio y 
Mariana, hicieron lo mismo (Laura no tomaba cerveza) y 
bebieron un trago. Me quedé petrificado mirando sus caras: se 
llevaron la botella a la boca, bebieron, se sacaron la botella de 
la boca y nada. Ni una mueca. Parecía que estaban tomando 
agua, o bien, que tenían las papilas gustativas quemadas. 
—¿Y, cómo la están pasando? —preguntó Mariana. 
—Bien —respondimos Laura y yo a la vez. 
—La música, un poco molesta —agregué yo. 
—Sí, tampoco es la música que más me gusta —coincidió 
Mariana, y se hizo un silencio incómodo. Por suerte, teníamos 
SANTIAGO CÁNEPA 
102 
las bebidas para sortear esos momentos. Y, por suerte, la mía 
estaba mucho más sabrosa que las suyas. Así que, sin tener 
nada que decir, los tres juntos, a la vez, bebimos un trago. Esta 
vez Sergio sí cambió la cara: se quitó la cerveza de laboca, la 
miró, leyó la marca (Heineken) e hizo una mueca como 
investigando el gusto. 
—Parece que nadie se va a tirar a la pileta —dije yo 
mirando al resto de las personas que estaban en el patio. 
—Hace calor. No estaría mal tirarse —acotó mi víctima 
masculina. 
—Sí, sobre todo sin ropa. 
Laura me miró como diciendo: “¿De qué idiotez estás 
hablando?”. Mariana y Sergio también. 
—¿Qué? ¿Me van a decir que soy el único que alguna vez 
se desnudó en una fiesta y se tiró al agua en bolas? 
—Yo paso —dijo Sergio. 
—Yo también —dijo Mariana. Laura no contestó nada. 
Con su mirada fue suficiente. 
—No. No me refiero a que lo hagamos ahora. Me refiero 
a que yo en otra época lo hubiese hecho, y que me extraña que 
nadie lo esté haciendo. 
—Bueno, pero ya no tenemos veinte años, hay cosas que 
hay que dejar de hacerlas —me respondió mi excitante y bella 
exnovia. Entendí por qué ya no estaba con ella, y por qué ella 
estaba con ese estúpido con cara de aburrido. Me alegré de 
haberles meado las botellas. 
—Sí, evidentemente, pero acá hay gente de menos de 
veinte también. Y yo los veo aburridos. 
—Bueno, se divierten a su manera —remató Mariana, 
quien, aprovechando el nuevo silencio que se generó tras sus 
palabras, bebió otro trago. Sergio la siguió. Otra vez las caras 
(ahora, a la cara de duda y asco que había puesto Sergio, se 
COGER Y CONTARLO 
103 
sumó la de Mariana). Sergio miró nuevamente la botella como 
buscando una explicación, y se la llevó a la nariz y la olió. 
—Esto tiene algo raro —dijo. 
—Sí, está como pegajosa la botella. 
Laura me miró enojada, sospechando, como entendiendo 
que existía una relación directa entre lo que yo había ido a 
hacer al baño y la rareza de las botellas. 
—Tal cual. La mía también está pegajosa y tiene gusto 
raro. 
—Debe ser que están un poco calientes —agregó Sergio. 
—Sí, son las más frías que encontramos. 
—Pero si yo recién traje cervezas frías de la calle. 
—¿Sí? ¿Seguro que estaban frías? Porque estas las 
encontré en la mesa y eran las más pasables de todas. 
—Debe ser que Melina puso las otras en la heladera —
acotó Mariana. 
—Dame un poco —me dijo Laura y me pidió mi botella 
haciendo un gesto con la mano. 
—Pero si vos no tomás cerveza —le respondí. 
—Sí que tomo. No tanto como vos, pero una vez cada 
tanto tomo. 
—¡No, esta es mía! 
—¡Dame un poco de cerveza! 
Comenzamos a forcejear. Sergio y Mariana nos miraban 
extrañados. 
—¡Laura, esta es mi cerveza, si vos querés, andá a 
buscarte! 
Si Laura bebía de mi cerveza, comprobaría que a las 
botellas de nuestros dos interlocutores les había puesto algo. 
No podía dejar que la bebiera. 
—¡Dame un poco! Para probar. 
—¡No, Laura! 
SANTIAGO CÁNEPA 
104 
—¡Pero dale un poco, che, no seas amarrete! —acotó 
Sergio. 
—¡No te metas! Esto es una discusión de pareja. Es mi 
cerveza, mi patrimonio. Las botellitas individuales no se 
comparten. ¡Son individuales! 
Seguíamos forcejeando. 
—¡No seas chiquilín, Santiago! Dejámela probar. 
—¡No, Laura! 
—Bueno, tomá un poco de la mía —dijo Mariana, y le 
alcanzó su botella. 
—¡No, Laura, no tomes! 
Mariana y Sergio se sorprendieron ante mi reacción. 
—¿Por qué no? —me respondió y se llevó lentamente la 
botella a la boca. 
—¡No, Laura, es la botella de Mariana! —dije y en un 
movimiento torpe, que pretendió ser certero y efectivo para 
intentar sacarle la botella, se la arrebaté de la mano y la arrojé 
al suelo. Esta estalló en mil pedazos salpicando todo de cerveza 
y meo. 
—¡Sos un hijo de puta! Fuiste al baño a mearles las 
botellas —me gritó Laura. 
—¿Cómo que nos measte las botellas? —se sorprendió 
Sergio. 
—Yo no te la puedo creer. 
—¡Sí, el muy hijo de puta se metió en el baño y les meó 
las botellas! —me delató Laura. 
—¡Sos un enfermo! —me gritó Mariana, en tanto que 
Sergio se me tiró encima para intentar golpearme. Todos 
gritaban, Laura, Sergio, Mariana. Las personas que estaban a 
nuestro alrededor comenzaron a acercarse. 
—¡Sos un hijo de puta, Santiago! ¡Les measte las botellas 
porque sos un resentido, nunca pudiste aceptar que ella te 
COGER Y CONTARLO 
105 
dejara! —me gritaba Laura, mientras se alejaba caminando 
hacia atrás y comenzaban a caerle lágrimas. 
—¡Laura, no es lo que vos pensás, la puta madre! 
Sergio me golpeó la cara y me arrojó hacia atrás, casi 
caigo a la pileta. Pero de inmediato pude reacomodarme y le 
devolví el golpe. Sergio se agarró la cara, de modo que 
aproveché para tomarlo de la ropa y empujarlo a la pileta. 
—¡Enfermo de mierda! ¡Resentido! ¡No sabe nadar, 
sacalo! ¡Hijo de puta, no me arrepiento de haberte dejado! ¡Vos 
no sos normal, sos un misántropo! ¡Por eso dejaste de 
gustarme; estar con vos es una montaña rusa! 
Mariana me gritaba en la cara. Se había puesto colorada. 
Hasta enojada era linda. 
—¿No sabe nadar? ¡Sacalo vos, zorra! —le respondí y la 
empujé a la pileta. Luego salí corriendo atrás de Laura. Cuando 
entré a la casa vi que la gente había quedado dura, y se había 
abierto entre ellos un camino que conducía hacia la puerta de 
calle. Así que deduje que se había ido por allí. 
Cuando salí a la calle, la vi caminando rápido, por la 
vereda, en dirección a nuestra casa. Corrí para alcanzarla. La 
alcancé: 
—¡Laura, esperá un poco, no te podés poner así por una 
joda! 
—¿Una joda? ¡Les measte las botellas y se las hiciste 
tomar! 
Comencé a reírme. Caminábamos rápido. Ella no se 
detenía y yo iba pegado a ella. 
—¡No me digas que no fue divertido! 
—¡No, no fue divertido, te fuiste a la mierda! Pero no me 
importan ellos. Lo que me importa y me irrita es lo que te 
movió a hacerlo. 
Sabía lo que se venía. Nuevamente el reproche y la 
SANTIAGO CÁNEPA 
106 
creencia por parte de Laura de que a mí, aun después de cuatro 
o cinco años de haber terminado mi romance con Mariana, me 
seguían pasando cosas con ella. Era mentira, desde luego, pero 
ella no lo entendía. 
—¡Laura, otra vez con lo mismo, estoy cansado! 
—¡Yo también estoy cansada! ¡Estoy harta de que esta 
mina siga apareciendo en nuestra vida! 
Seguíamos caminando. 
—¡Pero no es culpa mía que haya venido a la fiesta! 
—¡Ya te lo dije, Santiago, por supuesto que no es tu culpa 
que haya venido a la fiesta! ¡Pero sí es tu culpa que yo sienta 
tantos celos y tanta envidia por esa mina! ¿Te creés que puedo 
olvidarme de todo lo que decías sobre sus ojos celestes, sobre 
su pelo rubio color trigo? 
—¡Pero esas eran solo exageraciones! 
—¡No, no lo eran; porque la muy hija de puta es hermosa, 
parece una Barbie! 
—¡Parece una Barbie, pero yo ya no estoy con ella, estoy 
con vos, te amo a vos. Y si hubiese querido estar con ella, 
estaría con ella; no armaría una relación, me comprometería y 
me iría a vivir bajo el mismo techo! 
—¡Estás conmigo porque ella te dejó! 
—¡Sí, porque probablemente si ella no me hubiese dejado 
seguiríamos estando juntos! ¡O puede que no, también! Pero 
eso no lo sabemos, Laura, y nunca vamos a saberlo. Las cosas 
pasaron así y no podemos hacer nada. 
Seguíamos caminando. Hablábamos sin mirarnos. 
—¿Sabés lo fea que me sentí leyendo todo lo hermosa que 
te parecía ella? 
—¡La puta madre, Laura! ¡Basta! ¡O me perdonás y me 
aceptás como soy o cortémosla acá! Porque no puedo ser el 
chivo expiatorio de todas tus inseguridades y de todas las 
COGER Y CONTARLO 
107 
mierdas que nos pasan. 
Laura se detuvo y me enfrentó, de golpe, como si mis 
palabras la hubiesen electrocutado. Se me puso bien cerca —
pegada a mi cara—, y a medida que hablaba me iba dando 
empujoncitos con sus manos en el pecho. 
—¿El chivo expiatorio? Explicame por qué carajo les 
measte las botellas. ¿Por qué? ¿Qué necesidad tenías? Si no 
sintieras nada por esa mina, no tendrías la necesidad de 
maltratarlos de esa forma. Pero lo hiciste. Y eso quiere decir 
que algo te quedó doliendo adentro. Por eso pasaste tanto 
tiempo trabajando en esa novela de mierda.No tenía ninguna necesidad. No me pasaba nada con 
Mariana. Hacía años que no la veía. Pero todo eso Laura ya lo 
sabía, ya se lo había dicho cientos de veces. Solo quedaba que 
ella lo creyera o no. Si ella no lo creía, yo no podía hacer nada. 
Así que, como la conocía, seguí caminando a su lado, en 
silencio, las nueve cuadras que faltaban hasta casa. 
Cuando llegamos a casa, Laura se sacó toda la ropa y se 
fue a la cocina a buscar agua. Yo fui al baño. Cuando salí, la 
encontré sentada en el suelo del living, llorando, con los 
zapatos en la mano. 
—Ya está, Lau, vamos a dormir. No es necesario que 
sigamos hablando de esto. 
—Los zapatos —me dijo, mientras hacía un puchero y 
largaba otro sollozo. 
—¿Qué? 
No la había entendido o, mejor dicho, sí la había 
entendido, pero no lograba asociar qué tenían que ver los 
zapatos nuevos con todo lo que habíamos pasado esa noche. 
—Los zapatos. Se me rompieron. 
—¿Se te rompieron? 
—Sí. 
SANTIAGO CÁNEPA 
108 
Me miró con los ojos llenos de lágrimas —hermosa, con 
los párpados hinchados—, y me los mostró: ambos tenían la 
tela de la punta delantera rajada. 
—Bueno. Mañana vamos y compramos otros. 
Me senté al lado suyo y la abracé. La perra se nos metió 
en el medio exigiendo cariño. 
—No. Mañana vamos y los cambiamos —me dijo con 
determinación, convencida. Yo sabía que eso sería imposible. 
 
Al otro día nos levantamos tarde, cerca del mediodía. 
Desayunamos y nos fuimos al barrio chino. En el camino me 
confesó que, después de todo, había sido divertida la escena de 
la cerveza adulterada. Que cuando lo pensaba, ya más relajada, 
y se acordaba de las caras de Sergio y Mariana intentando 
descifrar qué era ese sabor tan extraño que tenían las bebidas, 
le causaba gracia. 
—¿Viste? ¡Fue muy divertido! ¡Se lo merecían por 
pacatos! 
—No estuvo bien, Santi, pero fue divertido. 
—Nunca hay que dejar de hacer esas cosas. Si dejamos de 
hacerlas, nos morimos. ¿Vos querés morirte? 
—¡No seas exagerado! 
Llegamos al local. Atendiendo, detrás del mostrador, 
estaba la misma chica que nos había vendido el día anterior. 
Laura la encaró de inmediato con un ímpetu algo excedido para 
mi gusto: 
—Mirá, ayer compré estos zapatos y los usé un rato y se 
me rompieron todos. 
La chica tomó los zapatos que Laura le había dado en una 
bolsa plástica, los sacó de la bolsa y los miró. 
—Esto no tiene cambio, señora. 
—¡No me digas “señora”, que no te debo llevar más de 
COGER Y CONTARLO 
109 
diez años! 
Yo, que estaba detrás de Laura, más para controlarla que 
para protegerla, le puse una mano en la espalda pretendiendo 
decirle que se calmara. 
—Disculpe. 
—Escuchame; esto es una porquería. Caminé un rato a la 
noche y se destruyeron. 
—Y bueno, señorita, son zapatos de sesenta pesos. 
—¿Me estás queriendo decir que son de mala calidad? 
¿Ustedes venden mercadería mala y lo saben? 
Otra vez le puse la mano en la espalda pretendiendo lo 
mismo. Laura comenzaba a alterarse. La chica no perdía la 
calma. 
—No, estoy intentando decirle que los de mayor precio 
son posiblemente más resistentes. Estos son buenos, pero 
obviamente no tienen la misma calidad que los otros, porque la 
manufactura no es la misma. 
—Está bien, yo te entiendo, pero eso no justifica que se 
hayan roto como se rompieron, y además en una noche. ¡No es 
que tienen un rasguño, están deshilachados! 
—Es que yo no sé que hizo usted con los zapatos. Quizás 
bailó, se tropezó, los enganchó con algo. 
—¿Me estás queriendo decir que los rompí a propósito? 
—No, señorita, intento decirle que no son zapatos que 
resistan cualquier tipo de actividad. 
La discusión no tenía sentido; ambas tenían razón. Yo 
coincidía con Laura en que no podían romperse de tal manera, 
pero también coincidía con la chica en que no eran zapatos 
para cualquier tipo de actividad. Y, para ser sinceros, había que 
admitir que Laura, la noche anterior, había corrido y había 
caminado muy rápido mientras peleábamos luego del incidente 
de las cervezas. De manera que era posible que los zapatos se 
SANTIAGO CÁNEPA 
110 
hubieran roto ahí. Desde luego, no habían soportado más de 
una corrida o caminata rápida porque eran de mala calidad, 
pero eso Laura no podía saberlo hasta probarlos. Así que yo 
estaba en el medio, no tenía una posición tomada. Y no quería 
meterme más de lo que me estaba metiendo, me daba 
vergüenza. Así que me limité solo a escuchar. 
—Bueno, mirá, hagamos una cosa: llamame al encargado 
y lo hablamos con él —dijo Laura. 
—No hay encargado. Yo soy empleada. Si quiere, le 
puedo llamar a la dueña. 
—Muy bien. Llamala. 
“Cagamos”, pensé yo, pues la dueña era mujer, y entre 
personas del mismo sexo era mucho más factible que hubiese 
problemas que si fueran de sexos opuestos. ¿Era necesario? 
Tanto lío por un par de zapatos. La empleada fue hacia el fondo 
del local y a los pocos segundos salió con una china y dos 
hombres más, también chinos. “Ahora sí que estamos 
perdidos” me dije. “Los chinos van a saltar en el aire, van a dar 
doscientas vueltas carnero, van a sacar sus nunchakus y me van 
a golpear hasta dejarme muerto. Y después van a hacer lo 
mismo con Laura y van a usar nuestra carne para hacer 
fritangas”. 
Por suerte, eso no pasó. Los chinos llegaron y nos 
saludaron muy amablemente, sonriendo, y Laura les mostró los 
zapatos. 
—No. No cambio. Roto —dijo la china. 
—¡Pero esto es culpa de ustedes que traen cosas de mala 
calidad! 
—No. Roto. Usted no cuidar. Esto bueno. Lindo. 
—¿Lindo qué? ¡Sí, lindo, lindo, muy lindo, pero se hizo 
pelota! 
Los chinos que estaban detrás de la interlocutora de Laura 
COGER Y CONTARLO 
111 
solo se limitaban a escuchar y sonreír solemnemente. Yo, 
viendo que la discusión no pasaría de eso, de ese grado de 
vehemencia, me alejé unos pasos para visitar a mi querido 
Keith Richards. Me abstuve de tocarlo, pues no quería hacer un 
ruido que interrumpiese el cometido de Laura. 
—Esto no pelota; zapato. Zapato. Roto. No puede 
cambiar. 
—¡No quiero que me lo cambies, quiero que me 
devuelvas la plata! 
Cuando dijo esto, los dos chinos que estaban detrás 
rieron. Evidentemente, la palabra “plata” la conocían muy bien. 
—Nooooooo —dijo la china—. Plata no. Usted roto. 
—¿Qué yo estoy rota? ¿Me estás cargando? 
Dejé a Keith y me acerqué a Laura. 
—Intenta decirte que está roto el zapato, que no te lo 
puede cambiar. O que vos lo rompiste, algo así. 
—¡Pero yo no lo rompí, Santiago! 
—¡Claro, claro, usted roto! —decía la china. 
—¡Bueno, Laura, solo no se pudo haber roto! 
—¿Vos estás de mi lado o del lado de ellos? 
—¡Usted roto, usted roto! 
—No estoy del lado de nadie, Laura. Solo intento ser 
razonable. 
—¿Vos razonable? ¡Ayer measte adentro de una botella y 
hoy querés ser razonable! ¡No me jodas! 
—No, botella no. Roto, zapato, roto. Usted pie grande. 
Cuando la china dijo esto, Laura enmudeció. Su rostro se 
quedó petrificado en una mueca de desagrado. Supe que ahora 
sí la cosa se agitaría del todo. 
—¿Vos me estás queriendo decir que tengo los pies 
grandes? 
Laura comenzó a gritarle a la china. Los dos chinos 
SANTIAGO CÁNEPA 
112 
comenzaron a agitar las manos y a hablar en chino. Nos 
gritaban, no se entendía nada. 
—¡Pie grande! ¡Usted roto, roto, pie! —decía la china. 
—¿Que yo tengo los pies grandes, eh? ¿Que tengo los 
pies grandes? 
—Usted grande, grande, pie, roto zapato. 
—¡Laura, calmate! 
—¡Grande, grande! 
—¿Que me calme? ¡Me están diciendo que tengo los pies 
grandes y vos me pedís que me calme! ¿Estás loco? 
—¡Estoy intentando decirte que esta no es la forma! 
—¿Y cuál es la forma? 
—¡No sé, pero no esta! 
Los chinos seguían gritando cosas indescifrables, la china 
seguía insistiendo en que Laura tenía los pies grandes. 
—¡Grande, grande, pie grande! ¡No mujer, no mujer! 
De pronto Laura me miró, ya no como antes —como 
cinco segundos antes—, con rabia y valentía,sino con ternura, 
con una ternura que escondía un dejo de desolación y 
esperanza. Los ojos llenos de lágrimas: 
—Yo no tengo los pies grandes, ¿no, amor? 
La miré, tuve ganas de abrazarla y besarla en los ojos, 
pero no era momento para flojeras. Tenía que mentirle. O, más 
que mentirle, cambiar mi punto de vista y enfocar las cosas 
desde otra óptica: 
—No, amor, ellas tienen los pies muy chiquitos, como 
teteritas —le dije y pateé el mostrador y tiré todo lo que estaba 
encima. 
—¡No, no! —comenzaron a gritar los chinos. 
—¡Policía, policía! 
—¡Ella no tiene nada los pies grandes, vos tenés los pies 
chiquitos, muy chiquitos, culo chato de mierda! 
COGER Y CONTARLO 
113 
Y tomé un exhibidor de anteojos que había en la puerta y 
lo arrojé hacia el fondo. Luego tomé al Keith Richards que 
había estado mirando y le dije a Laura: 
—¡Corré, corré hasta que no te den las piernas! 
Comenzamos a correr, a toda velocidad, por Arribeños 
para el lado de Olazábal. Luego doblamos en Olazábal para el 
lado de la vía y seguimos corriendo. Cruzamos la vía y 
seguimos. Y seguimos y seguimos y seguimos hasta que nos 
cansamos o entendimos que ya estábamos lo suficientemente 
lejos como para ser atrapados. Cuando frenamos, exhaustos, 
comenzamos a reírnos. 
—Te robaste el Keith Richards —me dijo Laura. 
—Sí —dije yo, intentando recuperar el aire—. Era muy 
caro para pagarlo y muy bueno para no tenerlo. 
Laura se rió. Se tomó de las piernas, doblando el cuerpo, 
intentando respirar. 
—Vos te quedaste sin tus zapatos —le dije. 
—No importa. Eran una mierda. 
Me reí. 
—Te amo —le dije. 
—Yo también. 
Nos besamos y seguimos caminando. Laura tiró los 
zapatos en un tacho basura. 
 
SANTIAGO CÁNEPA 
114 
 
COGER Y CONTARLO 
115 
CAPÍTULO 5 
 
Alérgico a la vida 
 
 
 
 
 
 
 
 
Soy alérgico a la vida, estoy en condiciones de afirmarlo. 
Es decir, no soy alérgico a la vida en sí, sino a todas esas cosas 
que se supone que la representan. El pelo de los perros o de los 
gatos, por ejemplo, me atacan de asma, me dan una picazón 
general y me significan un resfrío tan grande que asombraría a 
cualquiera por la cantidad inaudita de estornudos que puedo 
padecer en un minuto. 
Las flores, sin ir más lejos, también me hacen mal. Y no 
solo las flores. Los árboles, las plantas y todo ser vivo que, al 
llegar la primavera, se le antoje largar por el aire los efluvios de 
su acto reproductivo. Es cuestión de caminar por una calle 
arbolada, un día de primavera, para acabar con la misma asma, 
la misma picazón y la misma cantidad exagerada de estornudos 
que padecería si quedase encerrado en un ascensor con 
trescientos gatos y seiscientos setenta perros. 
El polvo que se acumula en los libros es otro ejemplo. 
Con solo acercarme a ellos, mi garganta se contrae y me arde, y 
comienza a estrangularme por dentro, cascándome la voz como 
la de una mala imitación de Vito Corleone. Como alguna vez 
dijo Borges, aduciendo a su ceguera: “Dios, que con magnífica 
SANTIAGO CÁNEPA 
116 
ironía me dio a la vez los libros y la noche”, a mí, con 
magnífica ironía, el hijo de puta me dio los libros y su mugre, 
pero no el dinero suficiente como para pagarle a otro para que 
los limpie por mí. 
Por último, mi piel. La piel de mi cara se irrita cuando me 
afeito, lo que solo me deja dos opciones viables: someterme a 
andar con la cara prolija pero lastimada, o con la barba crecida 
pero desprolijo. Lo que sería realmente desprolijo, si tenemos 
en cuenta que el bello facial me crece desparejo y con canas. 
¿Es necesario seguir viviendo así? 
En eso estaba (en eso, a ver si se entiende: dolor de 
cabeza, sudor frío, asma, picazón, tos y estornudos excesivos, y 
ni hablar de mi frecuente gastritis y las canas, que también 
empezaban a poblar mi cabeza), cuando Mara, la amiga de 
Laura, llegó a casa con otro de sus ataques de nervios y con 
ganas de vomitar todos sus patéticos males amorosos sobre mi 
preciada media naranja. 
Lo que yo creo, con toda sinceridad, es que Mara —no 
entiendo cómo con solo cuatro letras un nombre puede llegar a 
ser tan feo— corría desesperada a los brazos de Laura cada vez 
que tenía problemas con su novio sencillamente porque ella los 
había presentado. Otra razón no podía existir. Obviando, claro, 
que Laura era psicóloga y, como tal, tenía la gran capacidad de 
escucharla, contenerla y aconsejarla. 
Según sé, Mara, hasta el momento, había pasado por 
varias relaciones tortuosas, pero en ninguna había utilizado a 
Laura y a mi casa como refugio. ¡Pero ahora sí lo hacía! Al 
menos una vez por semana. Y eso también me provocaba 
alergia. Yo no quería escucharla. No quería que hablara en mi 
casa. No quería escuchar a nadie, en realidad. Ya tenía 
suficientes problemas con la vida como para tener que andar 
cargándome de los males ajenos. 
COGER Y CONTARLO 
117 
Aunque, a decir verdad, un poco me lo merecía. Porque la 
idea inicial de presentarle a Rafael —el otro idiota en cuestión 
dentro este relato: el primero soy yo— había salido de mí en un 
acto de lucidez del que empezaba a arrepentirme: yo solo 
quería deshacerme de él. No lo soportaba, lo odiaba con toda 
mi alma, pues él era de esos tipos que, con su sola presencia, 
evidencian todas nuestras fallas. El muy desgraciado era mejor 
que yo en todo. Y sobre todo —y aunque ella no se hubiese 
atrevido a confesarlo— , lo era ante los ojos de Laura. Era la 
época en que Laura ya comenzaba a arrepentirse de haberse 
metido conmigo, con un escritor. Podía notarlo. Era evidente 
que mis gustos y hábitos (trabajar y dormir hasta tarde, 
coquetear con las drogas, ganar dinero de formas poco 
convencionales e inestables, dudar de todo lo que siente, 
escribir continuamente sobre mujeres y sexo, etcétera), para su 
cabeza moldeada por las prolijas manos de un papá gerente de 
una empresa —y sobre todo, para sus inflamables celos e 
inseguridades—, eran demasiado. En pocas palabras: Rafael 
era todo lo que yo no era y ella empezaba a notarlo. 
De modo que, para sacármelo de encima, me había 
inventado eso de presentarlos. Y me había resultado bastante 
fácil: él no era más que un idiota bien vestido y con dinero que 
abordaba a las mujeres con frases obsecuentes, machistas y 
lubricadas, siempre caballerosas, tan facilistas e ilusorias como 
las letras de las peores canciones de Alex Ubago. Y ella era la 
típica soñadora que creía en ese tipo de paparruchadas. Y que, 
por supuesto, amaba a Alex Ubago. De manera que bastó con 
solo invitarlos a cenar para que la magia sucediera. 
Con solo imaginar lo latosa que podía ser la cena con esas 
dos criaturas, me daba escalofríos, pero tenía que soportarlos 
para deshacerme de él sin tener que matarlo. Después de todo, 
era él quien me conseguía unos trabajos muy bien pagos dentro 
SANTIAGO CÁNEPA 
118 
de la agencia de publicidad donde trabajaba, para escribir 
tonterías. Así que, que siguiera vivo, me servía. 
La cena se desarrolló con normalidad —la escasa 
normalidad con que pueden desarrollar algo estos repugnantes 
seres—, y terminó mejor de lo que yo esperaba: Rafael propuso 
ir a bailar salsa y Mara se entusiasmó enseguida con la idea. Yo 
alegué un dolor en la pierna, o cáncer, o peste bubónica, no 
recuerdo bien, y Laura se quedó conmigo para cuidarme y 
darles a ellos la oportunidad de quedarse a solas. Por fin me 
había librado de Rafael. 
 
Los primeros seis meses de relación, todo estuvo bien. O 
al menos, ninguno de ellos llegó a casa para quejarse. Yo estaba 
feliz. No solo por la obvia razón de haberme deshecho de 
Rafael, sino porque transitábamos el otoño y el invierno, 
estaciones del año donde Buenos Aires se vuelve una gran 
fotografía en blanco y negro y se mancha con el marrón de las 
hojas secas caídas en el suelo. Una Buenos Aires que amo y me 
gusta recorrer. Con el gris de sus edificios y nubes, y las copas 
de losárboles pelados. Los abrigos oscuros. Las botas largas — 
siempre de cuero, sensuales y excitantes— de las mujeres que 
taconean en la calle, mis botines de gamuza de escritor 
resignado. Todos infaltables componentes de una vida tranquila 
y sin sobresaltos. Sin alergias ni Rafaeles. 
Pero todo se termina, y con la primavera, no solo llegaron 
las flores y los pájaros, sino que también llegaron las alergias y 
con ellas las demandas por parte de Mara. Según ella, Rafael 
no le atendía los llamados, no quería pasar tiempo con ella los 
fines de semana y era muy mujeriego. Para colmo, le costaba 
mucho dejar a su madre sola y vivía pendiente de ella. 
—¿Viste? No es gay, pero es un nene de mamá —le dije a 
Laura al escucharlo. 
COGER Y CONTARLO 
119 
—Uno que yo conozco también es un nene de mamá. Lo 
que pasa es que cambió a su madre por otra —me respondió 
pretendiendo agredirme. 
—Te falta mucho. Deberías cocinar como ella para 
empezar. 
—Deberías limpiar y ordenar vos tus cosas, entonces —
me ganó. 
Así que, como dije, en eso estaba —dolor de cabeza, 
sudor frío, asma, picazón, tos y estornudos excesivos, 
etcétera—, cuando Mara llegó a casa con un ataque de nervios 
y con ganas de vomitar todos sus males amorosos sobre mi 
adorada Laura. 
Su presencia alterada me sacó de mi ensoñación y mi 
calma —calma que había logrado conseguir conteniendo las 
ganas de estornudar durante cuarenta y cinco minutos, mientras 
me concentraba mirando un punto fijo en la pared—, y me 
depositó nuevamente en el caos total de mi persona. 
Evidentemente me vio mal, porque me dijo: 
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Estás resfriado? 
—Soy alérgico a la vida —le respondí yo, a punto de 
estornudar y juntando mis mocos líquidos con una servilleta de 
papel casi destruida. 
—¿A vos qué te paso que estás así? —Continué 
estornudando en mi mano—. Ya sé, no me digas nada, te 
peleaste con Rafael. 
—Es un hijo de puta —me respondió y se fue a la cocina, 
donde Laura había puesto a calentar una pava con agua para el 
mate. Yo la seguí, después de todo, ya había profanado mi 
armonía. 
—¿Querés un té? —me preguntó Laura. 
—No, gracias. Prefiero que me hagas el favor de 
matarme, así dejo de sufrir un poco. 
SANTIAGO CÁNEPA 
120 
—No seas tarado, Santiago. Tomate un antihistamínico y 
andá a la cama. 
—Ya me tomé dos y no me hicieron nada. 
—Bueno, ya te van a hacer efecto. Andá a la cama. 
—No, está bien, mejor me quedo acá. 
Quería quedarme para escuchar la historia de Mara y para 
mirarle las tetas. Tenía unas tetas magistrales. Hermosas. Y una 
cara de colegiala que era la gloria. Esa cara y esas tetas, en una 
misma foto, serían la imagen perfecta para masturbarme en las 
noches sin Laura. 
—Bueno, quedate, pero tratá de no estornudar tanto, que 
ya es insoportable. 
—Hago lo que puedo, Laura, hago lo que puedo. 
—Ya lo sé, gordito —me dijo cariñosa y me besó en la 
frente. Quizás porque me consideraba un niño, o quizás porque 
le daba asco mi boca estornudada y mi nariz húmeda. Luego 
agregó con dulzura—: Con la nariz así parecés un cachorrito. 
—O un payaso —agregué yo, y sentí vergüenza de mí 
mismo. 
Mara lloraba como una loca, estaba despeinada y la ley de 
gravedad y sus pechos habían logrado un cuadro magistral ante 
mis ojos, una imagen perfecta; sus tetas estaban apoyadas 
como dos bollos de pizza sobre la mesa, levando, estirando la 
tela de su remera ¿Alguna vez tendría oportunidad de 
amasarlas? No debía pensar en eso. 
Al verla llorar así, proyectaba en ella todo mi odio hacia 
Rafael, y tenía ganas de decirle: “Eso te pasa por confiar en un 
tipo que usa la ropa tan ajustada y baila salsa”, pero no se lo 
dije, ella no lograría nunca comprender tan alto razonamiento. 
Laura le alcanzó un vaso de agua y Mara lo bebió de un 
solo trago. 
—Contame —le dijo Laura. 
COGER Y CONTARLO 
121 
—Lo mismo de siempre. No me llama, no atiende mis 
llamados. Nos vemos muy poco. De hecho, ya casi no quiere 
acostarse conmigo. 
“Que tremendo desperdicio”, pensé, y volví a confirmar 
que Rafael era un idiota. Por su parte, Laura intentaba 
calmarla. Pero ella seguía con su perorata: 
—¿Sabés qué es lo peor, Laura? —Laura no preguntó 
qué. Yo me pregunté si acaso mi día podía ser peor. Ella 
prosiguió—: Que lo amo. Lo amo muchísimo, y no puedo dejar 
de amarlo. 
—Decíselo entonces, hacéselo saber. Decile todo lo que 
sentís y él te va a entender y todo se va a solucionar. Es un 
buen hombre. 
Yo seguía estornudando como un desgraciado. Mi pecho, 
al respirar, hacía un chillido molesto que parecía el silbato de 
un policía. Tosía. Me sonaba la nariz. No paraba de rascarme. 
Sentía vergüenza de mí mismo. Laura me miró como 
esperando silencio. 
—Hago lo que puedo, Laura, hago lo que puedo. 
Mara siguió hablando: 
—El otro día le encontré un montón de cartas amorosas, 
escritas a mano, en unos cuadernos que tiene en su cuarto. 
“Que patético”, pensé yo. Ella siguió: 
—Sé que no son para mí, por las cosas que dicen, pero 
tampoco sé para quién son. Creo que me está engañando con 
otra. 
—¿Estás segura que no son para otro hombre o algún 
animal extraño? —dije yo en broma y Laura me miró como 
diciendo “ubicate”. Yo adoraba esa cara de enojada. Mara me 
contestó ignorando mi genialidad: 
—No. No sé para quién son. Pero estoy segura de que no 
son para mí. 
SANTIAGO CÁNEPA 
122 
A través de conocidos y compañeros de la agencia de 
publicidad para la que escribía, me había enterado de más de 
una aventura y encuentro amoroso que había tenido nuestro 
galán, pero nunca, como todo un hombre, había abierto la boca 
para delatarlo. Ni siquiera ante Laura. Eso era no tener códigos. 
Y nunca se sabía cuándo se podía necesitar una devolución de 
favores. Además, mantenerlo junto a Mara me era mucho más 
provechoso que denunciarlo y tenerlo nuevamente cerca. 
Pero, por otro lado, y eso tenía que admitirlo, jamás había 
escuchado que estuviera perdiendo la cabeza por alguien tanto 
como para necesitar recluirse a escribir cartas románticas. 
—No sé qué decirte, gordi, me dejás helada —le dijo 
Laura. 
—No importa, Lau, no tenés que decirme nada. Yo sé que 
es algo que no tiene solución. Él es así, me guste o no. O lo 
acepto o me separo. 
—Me parece muy bien que te lo tomes así. Es muy 
maduro de tu parte. Él ya tiene su propia matriz, ciertas 
directrices que constituyen su personalidad, y no podés hacer 
nada para cambiarlo. Tenés que aceptarlo como es. 
Al escuchar esas palabras de Laura, me vinieron a la 
mente miles de imágenes de ella exigiéndome cosas: que me 
vistiera bien, que no fuese mal hablado, que la sedujera porque 
la rutina había desplazado la seducción, que fuese más 
demostrativo, etcétera. Una infinidad de exigencias que ahora, 
en contraposición a su discurso, me hacían pensar en el viejo y 
conocido “en casa de herrero, cuchillo de palo”. ¿Podía a caso 
un cirujano operar a su propia esposa? ¿Era posible aplicar 
tanto profesionalismo en casa? Quizás la historia de Barreda 
hubiese sido otra si él hubiese trabajado como asesino a sueldo. 
Estaba a punto de decírselo en forma de chiste a Laura, 
pero Mara se anticipó abriendo la boca y arruinando aún más 
COGER Y CONTARLO 
123 
mi día: 
—Le conté a Rafael que Santiago y yo nos acostamos. 
Palidecí. Todo se enmudeció. Una sola vez Mara y yo 
habíamos estado a solas, pero no había pasado nada. 
Absolutamente nada. Yo no había hecho más que mirarle los 
pechos, o la cola, pero no habíamos tenido contacto de ningún 
tipo. Incluso, habíamos hablado muy poco, lo necesario. Ella 
había llegado a casa en búsqueda de Laura, que llegaría recién 
después de una hora, y yo me había limitado a abrirle la puerta, 
saludarla y dejarla esperando en el living, para luego 
encerrarme en el cuarto para seguir escribiendo. Eso era todo lo 
que había pasado. No obstante, Laura no lo sabía, Laura sabía 
que algunavez nosotros habíamos estado a solas durante una 
hora, y conociéndola, supe de inmediato que, al escuchar la 
frase de Mara, aquel encuentro a solas se le había venido a la 
cabeza. Creo que por eso me miró fijamente, como buscando 
una respuesta. Yo comencé a temblar, a ponerme nervioso y a 
sentirme juzgado. Quizás Mara se había vuelto loca e inventaba 
todo no solo para darle celos a Rafael, sino para, 
indirectamente, arruinar mi vida y la de Laura, que era, al fin y 
al cabo, la culpable de que ella estuviera con Rafael. 
—Laura, no tengo la más puta idea de lo que está 
hablando esta loca. 
—¡Loca tu madre, nene! 
—¡Estás loca! Yo nunca te miraría. 
—Por favor, que alguien me explique qué carajo está 
pasando. 
Todos hablábamos al mismo tiempo, era un griterío. 
—¿No? ¿Te creés que no me doy cuenta de cómo me 
mirás las tetas? 
—¡Estás delirando! 
—¿Ustedes dos se acostaron? 
SANTIAGO CÁNEPA 
124 
—No, Laura. Está delirando. 
—Claro que no nos acostamos, Laura. —Mara trajo un 
poco de calma. 
—¿Me estás cargando, Mara? No entiendo nada. 
Laura no entendía nada de lo que pasaba. Yo tampoco, 
lamentablemente. 
—Es todo mentira, Lau —aclaró Mara—. Es todo una 
mentira que le inventé a Rafael para que se pusiera celoso. 
—¿Me estás hablando en serio? ¿Vos estás loca? 
—¡Te lo dije! —dije yo. 
—No, Lau, es una estrategia. 
—¿Y qué clase de estrategia es esa? 
Mara había perdido totalmente la cordura. Si antes creía 
que estaba loca, ahora lo confirmaba. Era el espécimen 
perfecto para una sabandija como Rafael. 
—Bueno. Mirá, te voy a ser sincera. —Temí por lo que 
pudiera decir—. Hace tiempo que vengo pensando que Rafael 
está enamorado de vos... 
—¡Lo único que me faltaba! Ahora voy a tener que 
matarlo, sin más remedio. No me queda otra —la interrumpí 
yo. Laura me hizo “shhhhhh” sin apartar la vista de Mara, 
lanzando un manotazo al aire, como si estuviera espantando 
una mosca: la mosca era yo. 
—¿Cómo es eso? 
—Sí. Ustedes pasaban mucho tiempo juntos. Se llevan 
muy bien. Es natural que alguno se confunda. 
—No creo que sea así —respondió Laura, para mi 
tranquilidad. 
—Bueno. Yo también creía que no. De hecho yo tengo 
amigos varones, y con ellos nunca pasó nada. Pero a lo que me 
refiero es a que, en esas cartas que le encontré en su cuarto, 
descubrí varios indicios para pensar que la destinataria eras 
COGER Y CONTARLO 
125 
vos. 
—¡Enfermo hijo de puta! ¡Encima patético! 
No podía quedarme callado. 
—¿Y cómo sabés? 
—Por las cosas que dicen. Las descripciones. Son más 
bien como poemas o canciones en forma de prosa —(me 
asombró que Mara conociera la diferencia entre verso y prosa) 
—, pero algo me hace pensar que son para vos. 
—Está bien. Te entiendo. Y me pongo en tu lugar. Pero es 
muy inmaduro lo que hiciste, Mara —se limitó a decir Laura, 
quien tenía la manía de analizar cada palabra, y de quien me 
extrañó no escuchar una pregunta inquisidora, acusatoria, típica 
de los psicoanalistas, del tipo: “¿Estás segura de que no le 
dijiste Santiago por algo en especial? ¿De que no fue una 
expresión de deseo de tu subconsciente?”. Y aunque no lo haya 
dicho, yo sabía que lo estaba pensando. De hecho, para ser 
sincero lo estaba pensado yo. Me entusiasmó un poco la idea 
de tenerla cabalgándome encima como a un caballo o un toro 
amaestrado. Y volví a deleitarme con la densidad de sus pechos 
sobre mi mesa. 
Como en una predecible comedia de enredos, con un 
libreto paupérrimo, el personaje que faltaba llegó cuando tenía 
que llegar: Rafael tocó el timbre de casa. 
—Ese debe ser él. Le dije que estaba acá, que Laura no 
estaba y que iba a pasar la tarde con vos, que no me molestara. 
Cuando dijo “vos” entendí que “vos” era yo y que yo, 
ahora, tenía sobre mí todo un problema sin haber hecho nada. 
Al menos le hubiese tocado una teta. 
—Mirá, Mara, no tengo la menor intención de meterme 
en problemas. ¡Y menos con ese estúpido hijo de puta que se la 
quiere garchar a mi novia! Así que te pido que, por favor, bajes 
y le aclares todo esto al enfermo de tu novio. 
SANTIAGO CÁNEPA 
126 
—¡No, por favor! —respondió ella—. Quiero que 
hagamos una cosa. —Pensé en que me insinuaría tener sexo. Si 
Laura accedía, yo también. Sería de mutuo acuerdo, no sería 
infidelidad. Mara continuó—: Quiero que Laura se esconda en 
el cuarto, y que vos y yo nos quedemos acá, y lo recibamos 
juntos, para ver cómo reacciona. 
—¿Para ver cómo reacciona? ¿Y cómo te creés que va a 
reaccionar? Me va a querer matar. Me va a bailar una salsa en 
la cabeza. Yo en su lugar haría lo mismo, aunque con mucho 
más ritmo, seguramente... Digo: ¿acaso te crees que te va a 
pedir perdón y a mí me va a abrazar por ayudarlo a recomponer 
su pareja? 
Rafael seguía tocando timbre insistentemente. El celular 
de Mara sonaba y en su ringtone de reguetón yo reconocía el 
sonido mismo de la muerte. “Si el teléfono suena de esa forma, 
nunca pueden ser buenas noticias”, pensé. 
—Por favor, él no te va a hacer nada, Santi. Háganme esa 
gauchada. Lo necesito. Necesito saber con quién me engaña 
Rafa. 
No entendí cómo en un momento como ese pudo decirle 
simplemente “Rafa”. 
—Está bien —dijo Laura—, pero si la situación se nos va 
de las manos, yo salgo y le explicamos todo, ¿okey? 
—Okey. 
—¡No, pará! —dije yo—. Si se descontrola, el que sale 
perdiendo soy yo, es injusto. Ella es tu amiga, no mi amiga. 
Decile que tienen una relación lésbica y listo. Qué sé yo. 
Me convencieron, pero no sé por qué razón accedí a 
hacerlo. Quizás porque inconscientemente me estimulaba la 
idea de que Mara y yo nos habíamos acostado. Era una mujer 
linda, es verdad. Sus pechos eran grandes, pero, aunque yo no 
podía dejar de mirarlos, ella, su cola y sus dos tetas, eran la 
COGER Y CONTARLO 
127 
amiga de Laura. Y eso era un problema y un contratiempo muy 
severo como para pensar en acostarnos. 
Quizás lo hice por Laura, para ayudar a su amiga. O 
quizás, al fin y al cabo, soy un alma caritativa que derrocha 
bondad y cariño en quien lo requiera. Después de todo, soy un 
buen tipo. 
De modo que tomé la llave, abrí la ventana y le dije a 
Rafael que lo dejaba subir con la sola condición de que se 
calmara y habláramos como adultos. 
—¡Dejame subir, forro! 
—Bueno, evidentemente no entrás en razón. Si te dejo 
subir es para charlar. Hay muchas cosas que tenemos que 
explicarte. 
—¡Sos un sorete! 
Coincidí con él. 
—Lo sé. Pero yo tengo la llave. Así que, si no te calmás, 
no subís un carajo. 
—Está bien. Pero me vas a escuchar. 
—De eso no cabe duda. Si gritás como una loca. 
—¡Ya vas a ver! 
Le tiré la llave y comencé a rezar. En menos de un minuto 
ya estaba arriba, tocando el timbre del departamento. 
—Abrí, hermano, tenés la llave vos. ¡Para eso bajaba yo! 
Cuando entró, saltó sobre mí agarrándome del cuello. 
—¡Hijo de puta! 
—¡Pará, puedo explicarte! 
—¿Qué mierda me vas a explicar? Sorete. 
Mara gritaba como una cotorra agarrándose la cabeza. 
—¡Pará, enfermo! —Intentaba sacármelo de encima—. Te 
dije que te dejaba subir si te calmabas. No estás entendiendo 
nada. Las cosas no son como vos pensás. Yo te puedo explicar. 
¡Ayudame, Mara, ayudame! 
SANTIAGO CÁNEPA 
128 
—No quiero que me expliques nada. Me cansé. Me cansé 
de vos, de Mara, de tu arrogancia, de tus chistes pelotudos. 
Mara intentaba agarrarlo. Se le hacía difícil, era un tipo 
grandote. 
—¡Soltalo! ¡Soltalo, Rafael! ¡Santi no hizo nada! 
—¿Que Santi no hizo nada? ¿Sabés las cosas que hizo 
este hijo de puta? ¡No te das una idea de las cosas que hizo! 
—¡Soltame, idiota! ¡Escuchá antes de reaccionar! 
—¡Te voy a romper la cabeza, insecto! 
Nunca antes me habían dicho insecto. Me pareció 
ocurrente. Mara se arrojó sobre Rafael y logró sacármelo de 
encima. Me imaginé que, si con su metro sesenta había logrado 
mover a un Rafael furioso, conmigo en la cama podría hacer 
las más osadas poses de la luchalibre. 
—¡Nadie te está engañado, Rafael! —grité yo. 
—¡Sí que lo estamos engañando! ¡No lo niegues más! 
Mara me contradecía intentando llevar al límite su 
ocurrencia descabellada. Quería a toda costa quebrar a su novio 
para sacarle información. 
—No entiendo nada. ¡Por favor, que alguien me explique! 
—¡No hay nada que explicar: yo te engaño como vos me 
engañás a mí! 
—¡Yo no te engaño! —gritó Rafael. 
—¿Ah, no? ¿Y para quién eran esas cartas entonces? 
—¿Qué cartas? 
—No te hagas el boludo. 
—No sé de qué me hablás, Mara. 
—¿No sabés de lo que hablo? —Mara tomó su cartera, la 
abrió y de adentro sacó varios papeles doblados; eran las 
cartas, efectivamente—. ¿Y esto qué es entonces? 
Rafael puso cara de sorprendido. 
—No sé, no tengo la menor idea. 
COGER Y CONTARLO 
129 
—¡Son las cartas que escribiste para Laura! 
De pronto, y nuevamente como en una mala comedia de 
enredos, Laura apareció en escena. Esta vez, amargando aún 
más mi día. 
—Está bien, son para mí. 
Rafael la miró, ahora sí, sorprendiéndose en serio. 
—¿Cómo qué son para vos, Laura? —preguntó Mara. 
—Sí, Rafael y yo estuvimos juntos. 
—¿Perdón? Graficame “estuvimos juntos”. 
—Nos acostamos, Santiago —admitió Laura, con cara de 
resignación. 
—¿Vos me estás cargando? Decime que me estás 
cargando, Laura. 
—No, Santiago. No te estoy cargando. Rafael y yo nos 
acostamos. Pero cuando lo hicimos vos y yo estábamos 
separados. 
Mara estaba paralizada. No reaccionaba. Se había 
quedado muda cuando Laura dijo “Rafael y yo estuvimos 
juntos” y no se había movido. Por eso, cuando Laura la vio así, 
creyó pertinente aclararle que su encuentro sexual (me daba 
asco pensar en eso, aunque me traía un poco de alivio 
imaginarme que solo había sido uno) había sido mucho antes 
de que ellos dos se conocieran. 
—Mara, lo que pasó entre nosotros (ese “nosotros” era el 
“nosotros” más repugnante que había escuchado) pasó mucho 
antes de que ustedes dos se conocieran. Nunca te dije nada 
porque consideré que no sería relevante, ya que todo quedó en 
eso. Además, sabía que eso a vos podía molestarte, aun 
sabiendo que solo nos habíamos acostado (otra vez una palabra 
que asociada a Rafael y Laura juntos me daba asco) una sola 
vez. 
—¡Pero yo tenía derecho a saberlo! 
SANTIAGO CÁNEPA 
130 
—Sí, puede que sí. Pero no cambia en nada, porque Rafa 
y yo después de eso seguimos siendo amigos como siempre, y 
nunca más nos confundimos. 
—¡Vos no te habrás confundido, pero este pelotudo anda 
escribiendo cartas románticas! —dije yo queriendo saltar arriba 
de Rafael para destrozarlo a golpes. 
—¡Exacto, tiene razón! —gritó Mara. 
—Paren, no entiendo una mierda —dijo Rafael—. ¿Están 
diciendo que ustedes dos no se acostaron? 
Ahora la palabra “acostaron”, asociada a Mara y a mí, no 
me dio tanto asco. 
—¡Sí! —dijo Mara, al mismo tiempo que Laura y yo lo 
negamos. 
—Basta, Mara, ya descubriste para quién eran las cartas, 
no sigas con eso —agregó Laura. 
—¡Sí, justamente por eso lo tengo que sacar a patadas en 
el culo a este pelotudo! —dije, mientras intentaba agarrar a 
Rafael de la remera para sacarlo de la casa, en el mejor de los 
casos. 
—¡Esperá! —acotó él—. Esas cartas son viejas, tienen 
años. Las escribí hace mucho y las encontré el otro día. Por eso 
estaban dando vueltas por mi cuarto. 
—¡Es la misma mierda, cara de verga! ¡Te quisiste coger 
a mi mujer y te la cogiste! 
—Él no me cogió, machista de mierda. Lo que pasó fue 
de mutuo acuerdo. Él no me obligó a nada. 
—¡Y, me imagino que no! ¡Igual me da asco! ¡Eso me da 
más alergia que un libro sucio hecho con pelos de perro! 
¡Mierda! 
Me daba mucha rabia no tener derecho a decirle nada a 
Laura. Ella se había acostado con Rafael cuando nosotros no 
estábamos juntos y eso me lo impedía. Era su vida, su 
COGER Y CONTARLO 
131 
intimidad y, para colmo, era lo mismo que yo había hecho 
decena de veces. De modo que, racionalmente, yo entendía que 
debía quedarme callado y aceptar las cosas como fueran, 
aunque por dentro las ganas de matar a Rafael me bullían como 
un pequeño magma que pugnaba por salir. 
De pronto, Mara comenzó a buscar entre los papeles que 
tenía en la mano. Los revolvía histéricamente, leía cada 
renglón, hasta que por fin encontró una fecha. 
—¿Y esta fecha? ¿Qué tenés para decirme? ¡Esto lo 
escribiste hace un par de semanas! 
—¡Bueno, sí, lo escribí hace poco! ¡Me pasan cosas con 
Laura, no lo puedo evitar! 
—¿Qué no podés evitar? ¡Ahora vas a ver como te lo 
evito yo, pedazo de mierda! 
Me lancé encima de él para agarrarlo, pero se me escapó y 
corrió hacia el otro extremo del living. 
—¡Pará, pará, tranquilo! 
—¡Tranquilo voy a estar cuando te agarre, forro! 
—¡Pará! 
Mara y Laura me gritaban que me calmara, en tanto que 
Rafael se escudaba detrás de la mesa, obstruyéndome el paso y 
dejándome la única opción de saltar sobre ella para atraparlo, 
cosa que sería un desastre, teniendo en cuenta que la mesa era 
de vidrio. 
—¡Vení acá, no te escapes, cagón! 
Intenté agarrarlo tirando un manotazo por encima de la 
mesa, pero lo esquivó. Así que, lo más rápido que pude, corrí 
hacia mi derecha para dar vuelta a la mesa y atraparlo. Pero él 
también corrió hacia su derecha. Quedamos nuevamente 
enfrentados, uno en cada extremo de la mesa. Nos mirábamos y 
movíamos como dos jugadores de fútbol que se miden, 
procurando saber para qué lado correrá su adversario. 
SANTIAGO CÁNEPA 
132 
—¡Tranquilo, vas a romper la mesa! 
—¡La mesa es mía, imbécil, y si quiero la rompo... con tu 
cabeza! 
—¡Pará! 
Otra vez me desplacé a toda velocidad hacia un costado 
procurando llegar a él antes de que él corriera, pero esta vez, él, 
en lugar de correr hacia el otro extremo de la mesa, corrió 
hacia la cocina y allí se encerró. 
—¿Te das cuenta de que es un cagón? —le dije a Laura, 
intentando recuperar al aire. 
—Me parece que estás exagerando —me respondió 
Laura. 
—¡No, no está exagerando! Y no lo defiendas si no querés 
que yo me la agarre con vos. 
—No tenés por qué agarrártela conmigo, Mara. Lo que 
pasó entre Rafael y yo excede a vos porque pasó antes de que 
ustedes se conocieran. Te pido disculpas si te molestó que no te 
lo haya dicho. Pero como para mí fue poco importante... 
—¡Para mí no fue poco importante! —gritó Rafael desde 
el otro lado de la puerta. 
—¡Cerrá el orto, feto! —le dije al feto en cuestión, 
golpeando la puerta. 
—Está bien —dijo Mara—, pero trajo consecuencias. 
—Bueno, pero eso es algo que yo no puedo controlar. 
Además cuando esto pasó y él me confesó lo que sentía, yo le 
puse un freno y le pedí que se olvidara. Realmente es algo que 
me excede. 
—Yo lo único que quiero es que hablemos como adultos 
—gritó Rafael desde la cocina, como un asaltante que es 
arrinconado por la policía y negocia su entrega. 
—¡Vos callate! —gritó Mara. 
—Les pido a los dos que se calmen —dijo Laura—. Yo 
COGER Y CONTARLO 
133 
entiendo que esto a vos te dé bronca, Santi, pero no tenés 
derecho a reclamarme nada. Y vos, Mara, creo que tenés que 
arreglar las cosas con Rafael, pero a solas. Nosotros ya no 
tenemos nada que ver. Ya descubriste para quién eran las 
cartas: eran para mí, te pido disculpas, pero yo ya no puedo 
hacer nada. De verdad. 
—Lo sé, tenés razón. No es con vos con quien tengo que 
agarrármela... 
—Exacto. 
—¡Sino con este pelotudo romántico! —gritó Mara 
mirando la puerta cerrada. 
—¡Perdón! —gritó Rafael del otro lado. 
—Hagamos algo —continuó Laura—, dejalo salir a 
Rafael, no le hagas nada, porque no tenés derecho a hacerle 
nada, y vayan a algún lugar a hablar tranquilos. 
No tenía opción. Por más que yo quisiese asesinar a 
Rafael con mis propias manos, no tenía excusa. Laura no era 
mi pareja en el momento en que se habían acostado. Y además, 
por otro lado, esa era una excusa que, de algún modo, me 
servía como acuerdo tácito: si algo sucedía fuera delos límites 
de la pareja, estaba permitido. Desde luego que era discutible 
cuáles eran esos límites, ya que a mí me dolía lo mismo 
imaginarla en la cama con Rafael siendo mi pareja que estando 
separados. Era exactamente lo mismo, aunque intelectualmente 
sabíamos que de ese modo no estábamos rompiendo ningún 
código. Algo que yo, por supuesto, no había respetado. Pero 
ese era otro tema. 
—Okey —acepté—, que salga y que se vaya. No le voy a 
hacer nada, pero no quiero volver a verlo por acá. Si te lo 
garchaste, ya no es más tu amigo. Y si no es más tu amigo, no 
tiene por qué venir. 
Al fin y al cabo me estaba deshaciendo de Rafael, a un 
SANTIAGO CÁNEPA 
134 
precio sumamente alto, claro, pero que se había pagado solo y 
que me excedía a mí. Esa era una carta que tenía para jugar 
contra Laura cuando lo requiriese. 
—¡Sos un retrógrado, Santiago! No todo se determina por 
el sexo. Que nos hayamos acostado no significa nada. Podemos 
seguir siendo amigos tranquilamente. 
—Es él o soy yo. 
—¡Es una pendejada lo que estás haciendo! 
—No es una pendejada, porque el muy idiota está 
enamorado de vos. 
Laura se dio por vencida. No tanto por la genialidad de mi 
planteo, sino por Mara y, sobre todo, por Rafael. Porque pese a 
todo, ella lo quería como amigo, y lo que había pasado entre 
ellos era una mera confusión. Y sabía que si él aún sentía cosas 
por ella, mantener la amistad como si nada sería alimentar sus 
sentimientos. Y eso no sería bueno para nadie. 
—Está bien. Ganaste —me dijo resignada. 
—No se trata de ganar o perder... Bueno, sí. ¡Gané! 
Había ganado, aunque para eso había dado el cuerpo de 
Laura como parte de pago. Por suerte, Rafael salió de la cocina 
de inmediato, dijo algunas palabras insignificantes y se fue 
escoltado por Mara, que le pedía explicaciones casi como una 
madre que regaña a su hijo por una mala nota. 
Por fin, Laura y yo nos quedamos solos. Recién en ese 
momento caí en la cuenta de que todos los síntomas de alergia 
que había sentido durante el día se me habían ido. 
—Realmente no puedo creer que te hayas acostado con 
ese imbécil —le dije. 
—Ya está, Santiago. Ya pasó. 
—No, no pasó. Me da asco. 
—¡Ay, lo sé! ¡Si pudiera yo también borraría lo que pasó! 
No solo por nosotros, sino por Mara y por Rafael. Era un buen 
COGER Y CONTARLO 
135 
amigo. Es una pena que se haya confundido. 
Laura fue hacia la cocina y comenzó a juntar las cosas 
que había usado para el mate. 
—¿Y cómo no se va a confundir? ¡Cualquiera se 
confundiría si mete el pene adentro de otra persona! ¿Me estás 
jodiendo, Laura? 
—¡No seas tan directo! 
—¡Ah, claro, vos protagonizás la escena y cuando yo la 
describo te impresiona! No seas jodida, ¿querés? 
—Ayudame a barrer. 
Tomó la escoba y me la dio. Me empezó a picar la nariz. 
—¿Dónde fue? 
—¿Dónde fue qué? 
—La cosa... El acto. 
Me daba escalofríos decir la palabra refiriéndome a ellos. 
—No te voy a responder eso... Poné esto arriba de la 
mesada que quiero pasar un trapo en la mesa. 
—¿Dónde fue? Decime. Necesito saberlo. 
—¿Para qué? ¡No vale la pena! Y barré, que para algo 
tenés la escoba. 
—¡Sí que vale la pena! ¡Quiero saber! 
—¿Para qué? 
—¡Porque quiero saber! 
Laura terminó de pasar el trapo mojado sobre la mesa y 
encaró hacia la pieza. Yo la seguí. Me vinieron de pronto unas 
ganas tremendas de estornudar. Me apreté la nariz y cerré los 
ojos abriendo y contorsionando grotescamente la boca, y de ese 
modo pude contener el estornudo. Sabía que, si arrancaba, no 
pararía más hasta tener ganas de suicidarme. 
—Ayudame a tender la cama. 
—¿Me vas a decir o no? 
—¡No, basta! 
SANTIAGO CÁNEPA 
136 
—Laura, necesito saberlo. 
—¿Para qué? 
—No sé. Para saber. Para imaginarme la situación y 
provocarme arcadas. 
—¡Basta, en serio! 
Ambos, como practicando una coreografía que ya 
habíamos ensayado miles de veces, sacamos las almohadas, las 
pusimos sobre un sillón, tomamos un extremo de la sabana —
cada uno de su lado— y lo extendimos hasta la cabecera 
alisándola luego con las manos. 
—Si no me querés decir es porque fue acá. 
—No. 
—¿No fue acá o no me querés decir? 
—No fue acá. 
—¿En el living? 
—¡Basta! 
Ahora, con la sábana estupendamente estirada, ambos, a 
la vez, perfectamente coordinados, tomamos las almohadas y 
las pusimos en sus lugares. 
—¡Fue en el living entonces! 
—¡No, basta! 
—¡En el baño! 
—¡Basta! Fue en su casa. Vos y yo habíamos discutido 
fuerte por teléfono y yo me fui a su casa porque estaba mal. Y 
entre una cosa y otra nos confundimos... 
—¡Bueno, bueno, bueno, hasta ahí, no me interesa saber 
el resto! Solo quería asegurarme de que no haya sido acá. 
—Ya lo sé. Y no, no fue acá, así que quedate tranquilo. 
Tomamos la frazada igual que habíamos tomado la 
sábana, y del mismo modo la estiramos y la alisamos. Sentí 
nuevamente un gran picor en la nariz, esta vez, no pude 
contener el estornudo. 
COGER Y CONTARLO 
137 
—¡Ay, escupiste todo, Santiago! ¡Tapate la boca! 
—¡Perdón! Es que tenía las manos ocupadas con la 
frazada. 
Laura estaba hermosa, con la mirada algo esquiva, 
fastidiosa, pero hermosa al fin. Aceptándome incluso con los 
mocos esparcidos por toda la cama. Eso me alegraba, además 
de que ese hecho aberrante no había tenido lugar en mi 
humilde morada. 
—Bueno, me alegro de que lo que pasó entre ustedes no 
haya pasado en la misma cama que ahora, tiempo después, te 
estoy ayudando a armar. Sería espantoso. Casi irónico. 
De pronto, cuando dije eso, pensé en que la última 
separación que habíamos tenido había sido hacía no más de 
cuatro o cinco meses, y que Mara y Rafael llevaban como 
mínimo seis meses saliendo. Me quedé absorto. 
—Ayudame a juntar la ropa que está en el suelo. 
—Laura. 
—¿Qué? 
—Vos y yo nos separamos hará no más de cuatro o cinco 
meses. 
—Sí, ¿y qué tiene eso? 
—Que Mara y el pelotudo de tu examigo llevan saliendo 
como mínimo seis meses. 
—¿Y qué tiene? 
—¿Cómo que qué tiene? ¡Que le mentiste! ¡A tu propia 
amiga! ¡O me mentiste a mí! Porque las fechas no coinciden: si 
fue antes de ese periodo, el engañado fui yo. Y si fue cuando 
vos y yo estuvimos separados, la engañada fue ella. ¡O la 
cagaste a ella o me cagaste a mí, Laura! ¡Y ninguna de las dos 
opciones me gusta! 
Ahora la que se quedó dura fue Laura. Me miró con 
resignación, suspiró y me dijo: 
SANTIAGO CÁNEPA 
138 
—Está bien, te engañé a vos. Pero fue una sola vez. Y 
tengo mis razones. Vos estabas de viaje y habíamos discutido 
muy fuerte por teléfono... 
Apenas dijo eso, dejé de escucharla, se nubló mi vista, y 
tomé algunas prendas de ropa, las metí en un bolso y me fui. 
Caí en la cuenta de que había llegado a lo de mis padres recién 
cuando el taxi me dejó en la puerta. Sufrir mis alergias allí, 
lejos de ella, sería mucho más pesado que sufrirlas en mi 
propia casa, bajo su cuidado. Infiel o no, su cariño, en los 
momentos donde lo necesitaba, era un consuelo. 
Esa misma noche, mientras intentaba dormir en el sillón 
del living de la casa de mis padres, recordé que esa madrugada, 
luego de la fuerte discusión telefónica que habíamos tenido —y 
que la había arrastrado a los repugnantes brazos de su amigo—, 
Laura me envió un mensaje diciendo: “Te amo. Nada es tan 
grave. Ni nada tiene sentido si no estás. Podemos arreglarlo”. 
Recordar eso me llenó de nostalgia, y quise abrazarla y 
decirle que la amaba. Que la extrañaba, pese a que me había 
engañado. Que sin ella yo era aún más inútil y más débil de lo 
que en verdad era. Que ella era mi antídoto, mi remedio, la 
pastillita milagrosa que hacía más llevaderos mis días en esta 
vida alérgica. Ella, con su sola presencia, me hacía sentir un 
poco menos enfermo de lo que me sentía. Así que, en son de 
paz, tomé mi celular y le dije todo eso, y agregué sus palabras: 
“Te amo. Nada es tan grave. Ni nada tiene sentido si no estás. 
Podemos arreglarlo”.COGER Y CONTARLO 
139 
CAPÍTULO 6 
 
Un final inverosímil 
 
 
 
 
 
 
 
 
1 
 
Recuerdo que cuando era chico y comencé a salir a la 
calle sin mis padres, mi madre siempre me exigía que llevara 
las medias y el calzoncillo limpios, por si llegaba a sucederme 
algo. Mi respuesta a su exigencia era siempre la misma: le 
decía que en caso de ser así, nadie habría de fijarse en el estado 
de mi ropa interior tanto como en el de mi cuerpo 
convaleciente en la vía pública. Lo cierto es que, si a través de 
esto, mi madre pretendía inculcarme el hábito de la limpieza, lo 
ha logrado con creces. Pues hoy en día no le temo tanto a la 
muerte como que la muerte me encuentre con el culo sucio. 
Pero no es de la higiene personal de lo que quiero hablar: 
de lo que quiero hablar es de la muerte. Mi propia muerte no 
me aterra tanto como la de las personas que me rodean. Es 
decir, considero que después de la muerte ya no existe nada. 
Por eso, el hecho de morirme no me causaría mayor 
sufrimiento que el que —valga la redundancia— me daría el 
causal de mi muerte. Digo, una asfixia, un asesinato violento, 
una caída espectacular, tener que someterme a escuchar 
SANTIAGO CÁNEPA 
140 
durante horas a un grupo de mormones, ese tipo de cosas. Pero 
nada más. Después no habría nada. Simplemente, estaría 
apagado como un televisor o como un reloj al que se le acaban 
las pilas. 
Lo que sí me aterra es la muerte de mis seres queridos. 
Eso me aterra. Me aterra, por ejemplo, no saber cuándo va a 
suceder. O qué voy a hacer yo sin ellos: ¿qué voy a hacer sin 
mi madre o sin Laura? ¿Quién va a cuidar de mi madre si mi 
padre muere? ¿Y si muere mi padre? ¿A quién voy a echarle la 
culpa de todos mis males? Prefiero no pensarlo. Prefiero evitar 
el tema e ignorarlo, como hacemos todos los humanos. 
El asunto es que, una vez, mientras conversaba acerca del 
tema con mi terapeuta, se me ocurrió decirle que remotamente 
había fantaseado con la idea de que él se muriera. Es decir, 
había sentido, en alguna parte de mí —como supongo que 
también le pasa a todos los que alguna vez se han atendido con 
uno— que él era una suerte de amigo para mí. Bien, yo sabía 
que no era un amigo, tenía muy en claro que había que 
mantener los límites bien marcados, pero el pensamiento se me 
había cruzado igual por la cabeza y se lo dije: 
—El otro día, pensando en esto de la muerte y los seres 
queridos, te me cruzaste vos. Y creo que eso no está bueno, 
porque de alguna manera te asocié con el cariño y desdibuja los 
límites. 
—Es normal —me respondió—. A los pacientes les suele 
suceder, y más cuando son pacientes de tantos años como vos. 
Pero sí, es real que, de ese modo, si uno no sabe llevarlo, los 
límites se desdibujan un poco. Está en vos también evaluar si 
con ese sentimiento te seguirías atendiendo o no. 
—Bien. Lo voy a pensar. 
Y así lo hice. Esa noche, llegué a casa y lo hablé con 
Laura. Ella, como psicóloga, me recomendó que siguiera 
COGER Y CONTARLO 
141 
viendo a Juan durante alguna semanas más, hasta que pudiera 
cerrar con él los temas que estaba tratando y, por supuesto, 
encontrar otro psicólogo si es que lo requería. 
 De inmediato, me puse en campaña para dar con un 
psicólogo nuevo. Durante un tiempo recorrí varios, ninguno me 
convencía. Hasta que, un día, encontré lo único en este mundo 
que podía despegarme de Juan, de Freud, de Lacan y hasta de 
mí mismo, si fuera necesario: una mujer. Una psicologuita 
recién recibida, que, por su corta experiencia, temí que no diera 
abasto con un caso como el mío, pero que, por sus piernas, su 
boca y su pelo cortado al estilo Betty Boop, entendí que en 
materia sexual y amorosa daría abasto conmigo, mis fantasías y 
todas mis perversiones. Aun si la integridad de mi psiquis se 
viera afectada. 
Así fue que, luego de algunos encuentros, acordamos con 
Juan que había llegado el momento, aunque él no estaba nada 
contento con lo que a mí me había empezado a pasar con mi 
nueva psicóloga. 
—No quiero meterme, pero no es bueno que veas a esa 
chica solo porque querés seducirla. 
Él, generalmente, trataba de no opinar sobre los temas que 
charlábamos, sino que procuraba que yo llegase a las 
respuestas por mis propios medios. Guiado por él, claro. Pero 
esta vez le pareció que tenía que hacerlo. 
—Bueno, pero no la veo solo porque quiero seducirla, me 
pareció una profesional seria. Además, para qué mentirnos: a 
mí todas me parecen atractivas. Si no me calentaba con ésta, 
me iba a calentar con otra. 
—Y hubieses buscado algún terapeuta hombre. 
—Lo intenté, pero no logré dar con nadie que me 
convenciera. Y esta chica, además de que está más buena que 
ganar plata sin laburar, parece buena psicóloga. Me convence. 
SANTIAGO CÁNEPA 
142 
Hubo una conexión. Y eso, hay que reconocerlo, y sin que 
llegue a excederse, es casi necesario. 
—Sí, desde luego, una cierta conexión es necesaria, pero 
no de ese tipo. 
—Bueno, pero te juro que fue lo mejor que pude 
encontrar. Y lo menos caro dentro de lo bueno. 
Él se rió y luego prosiguió: 
—¿Y ella está enterada de esto que te pasa? 
—No. Creo que no. Aún no le dije nada. Ni le insinué 
nada. Así que supongo que no lo sabe. 
—¿Y Laura? 
—Tampoco sabe. 
—¿Y qué pensás hacer con ella? 
—No lo sé. Siento culpa. Remordimiento. A Laura la 
amo, pero, por otro lado, Rosana me atrae. Me vuelve loco. 
Juan caviló unos segundos. Se puso la mano en el mentón, 
miró hacia arriba y luego dijo: 
—¿Y cómo te parece que va a terminar esto? 
—Espero que en la cama. 
Ese fue el último encuentro que tuvimos. Yo estaba 
dispuesto a dejarlo. Empezaba a sentir que quizás era hora de 
alejarme de la terapia por un tiempo. Que quizás no la 
necesitaba tanto. Y él, por su parte, ya no podía hacer nada más 
por mí. Así que ese día, como un día más, hablamos de Laura, 
de sus celos. De por qué yo creía que ella se quejaba tanto. De 
mi relación con mi madre. Con mi padre. De mi nuevo 
enamoramiento. De Rosana. De que yo no podía relacionarme 
con las mujeres de otra forma que no fuera a través del sexo. 
De la infidelidad. De las drogas. Hasta que, por fin, llegó la 
hora de irme. 
Nos levantamos cada uno de su silla, abrimos los brazos 
en señal de no saber qué hacer y nos despedimos con un 
COGER Y CONTARLO 
143 
abrazo, algo poco ortodoxo para él, pero necesario. Por último, 
él terminó de salirse de su rol de psicólogo agarrándome de los 
hombros y sacudiéndome despacio, mientras me decía: 
—Sos un buen tipo. Algo problemático, pero buen tipo. 
Yo me reí y agradecí el cumplido. 
—De verdad, te digo. Sos de buena madera, pero vas a 
tener que luchar toda tu vida contra vos mismo. —Meditó un 
segundo y largó una de sus típicas metáforas—: Es como si 
tuvieras tu propia térmica, Santiago, que cuando estás bien, 
cuando estás pasando un buen momento, sube la tensión y te 
apaga. 
Yo bajé la mirada y asentí sin decir nada. Solo una 
sonrisa. Sabía muy bien de lo que me estaba hablando. 
—Contra eso tenés que luchar. 
Parecía que Juan se había quedado con muchas cosas para 
decirme. O que no estaba del todo seguro de que de ahí en más 
yo me las arreglaría sin su ayuda. 
—Okey —me limité a decir yo y decidí que pensaría en 
todo lo dicho en el camino de vuelta a casa. Luego nos dimos 
otro abrazo y encaré hacía la puerta del consultorio. Antes de 
que pudiera salir, Juan me habló nuevamente: 
—Otra cosa, Santiago. Vos sabés que hace treinta años 
que estoy casado, ¿no? 
—Sí, lo sé. 
Él solía tomar ejemplos de su matrimonio para 
aconsejarme respecto a Laura. Eso, para él, también era poco 
ortodoxo. 
—Bueno, algo de matrimonios y de mujeres sé… 
—Imagino que sí. 
Yo lo miraba sonriente, no imaginaba qué podría decirme. 
—Haceme caso, no le des mucha pelota a Laura. Las 
mujeres necesitan quejarse, es parte de su género. 
SANTIAGO CÁNEPA 
144 
Yo me reí, sorprendido. 
—Estábien. 
—Cuando Laura te rompa las pelotas, no te preocupes. 
No lo hace por algo que hayas hecho vos, lo hace porque le 
gusta. Así que no te sientas culpable: ellas necesitan romper las 
pelotas. 
Yo asentí con la cabeza, sonreí y dejé el consultorio con la 
mayor entereza que me fue posible. En esa época, Laura y yo 
comenzábamos a sentir que la relación se había desgastado un 
poco, que los percances del amor real y la convivencia estaban 
matando nuestros costados apasionados. Por eso, el consejo de 
Juan, para los próximos años, me serviría mucho más de lo que 
me sirvió comenzar la terapia de nuevo, con otro psicólogo, 
después de los encuentros con Rosana. 
 
2 
 
Como ya dije, desde el primer encuentro con Rosana mi 
único fin había sido conquistarla. Por esa razón, evitaba vana y 
estúpidamente ocultar mis partes más oscuras. Y hasta evitaba 
hablar de Laura, para que no supiera estaba en pareja. 
Durante las primeras sesiones hablamos sobre temas 
triviales, o tratamos dilemas menores que me aquejaban. Hasta 
que un día, a un mes del primer encuentro, mis trucos de 
conquista dieron sus frutos y fue ella quien me puso contra la 
espada y la pared: 
—Santiago, ¿me parece a mí o a vos te pasan cosas 
conmigo? 
Yo no tuve reparos para responder. 
—¿Tanto se me nota? —Ella rió—. Me encantás. Me 
volvés loco. Fantaseo todo el tiempo con hacértelo arriba del 
escritorio. 
COGER Y CONTARLO 
145 
Como en la más porno de mis fantasías sexuales —o 
como en la más trillada película porno—, Rosana se me tiró 
encima y comenzó a besarme. Lo hicimos ahí mismo, en el 
consultorio, en silencio, con una violencia en mute de nalgas 
estrujadas, de labios mordidos, de lenguas por la cara. 
Comenzamos a vernos fuera del horario de terapia. Nos 
gustaba fumar marihuana y hacerlo en cualquier habitación de 
hotel, a cualquier hora, escondidos como dos fugitivos, 
hechizados, con la piel sensible de tanto porro. La conexión era 
tanta que hasta comenzó a rondar en mi cabeza la idea de dejar 
a Laura. Casi lo hago, si no fuera que, como siempre me canso 
de todo, también me cansé de Rosana. 
Jerry Seinfeld dice que el valor que le damos al dinero, al 
momento de salir a comer, es proporcional al la cantidad de 
alimento que tenemos en nuestro estómago. Es decir, si 
tenemos hambre, mucha hambre, somos capaces de gastar un 
dineral con tal de saciar nuestras ganas. Una vez saciadas esas 
ganas, lo gastado siempre nos parece un exceso, una estafa. 
Con Rosana me sucedió lo mismo: el valor que yo le daba 
estaba directamente relacionado con mis ganas voraces de 
devorarla. Por eso, una vez saciado mi hambre, realmente sentí 
que me estaban estafando. 
Así fue que a los meses de estar viviendo ese noviazgo de 
novela con Rosana, me aburrí de ella. Sus piernas, que antes 
me habían impactado, ya no me impactaban tanto. Su boca, que 
antes era el objeto de mis más efervescentes fantasías, de tanto 
mirarla se había convertido en un cúmulo de defectos. Su pelo, 
que antes me parecía excitante, ahora me parecía masculino: 
por momentos me molestaba mirarla y que su imagen no 
coincidiera con la que yo tenía de ella en mi cabeza. Y, lo que 
es más importante —y al fin y al cabo lo que yo había 
empezado buscando—, su manera de atenderme, como 
SANTIAGO CÁNEPA 
146 
profesional, no me contentaba del todo. En suma, quería 
dejarla, quería dejar de ser su paciente, y quería no volver a 
verla en mi vida. El problema era que no sabía cómo 
deshacerme de ella. 
En ese momento, cuando comenzaba a desesperarme, 
volvió a aparecer Juan. Hubiese sido lindo que, como en las 
mejores historias, o como en las novelas y culebrones, Juan 
hubiera aparecido en mi vida nuevamente por su cuenta o por 
casualidad. Pero lo cierto es que no fue así: apareció porque yo 
lo llamé y le dije que necesitaba verlo. Nos encontramos en el 
café La Victoria, de Los Incas y Triunvirato, donde yo solía 
reunirme con mis amigos. Apenas nos vimos me dijo que lo 
que estábamos haciendo era poco ortodoxo, pero que me 
estimaba mucho y que, tras charlarlo con su propio terapeuta, 
había entendido que podíamos juntarnos como amigos a 
charlar, a tomar café y a mirar mujeres. 
Me resultó extraño verlo fuera de su rol, contándome 
cosas de su vida, dejando su actitud psicológica y tolerante de 
lado. Era atípico. Él era mucho más gracioso que en el 
consultorio y hasta más grosero. Parecía más distraído y 
despreocupado. 
Además de mí y de mi problema, charlamos de muchas 
cosas. Y fue con esa actitud de “tipo con calle” —con esa 
soltura que había tenido conmigo en nuestro último encuentro 
como paciente y psicólogo— con la que me aconsejó y ordenó 
el caos de mi cabeza, nuevamente. 
—¿Vos querés dejar de verla? —me preguntó. 
—Sí. 
—Pero no podés desaparecer así como así. 
—Exacto, tiene mis teléfonos: el celular y el de casa. 
—¡Tiene tus dos teléfonos! ¿El de tu casa también? Pero 
¿vos sos pelotudo? ¿Cómo le vas a dar el teléfono de tu casa a 
COGER Y CONTARLO 
147 
una mina que te estás cogiendo? 
—No, no se lo di... O sea, sí se lo di. Pero no a ella, 
específicamente a ella. Lo anoté en una planilla el día de la 
primera sesión. Pensé que podía ser útil por si llegaba a 
pasarme algo, un accidente, algo... Qué sé yo. Por ahí ella no 
me podía atender, y mi celular no funcionaba y yo iba al 
consultorio al pedo. 
Juan sorbió otro trago de café, siguió con la vista a la 
camarera que pasaba caminando cerca de nosotros y me dijo: 
—Está bien. —Estaba acostumbrado a que yo, como el 
respetable jugador de ajedrez que soy, intentara prever todo 
tipo de futuras variantes. Luego preguntó—: ¿Y no se te 
ocurrió que podía pasar algo con ella? 
—Se me ocurrió, pero llené la planilla como un acto de 
fe, creyendo que podía ir en contra mío y mantener el pene 
dentro de mis pantalones. 
Se rió. 
—Bueno, hacé algo; la próxima vez que vayas al 
consultorio o a cogértela, sacá tu celular y decile que querés 
sacarle fotos, o querés filmarla mientras lo hacen. 
Yo lo miré sorprendido, con una sonrisa incrédula, como 
tratando de confirmar si lo que oía era cierto; ¿me estaba 
proponiendo que la grabase mientras cogíamos? 
—Sí, grabala. No me mires así. Haceme caso. Grabala y 
sacale fotos. Decile que es un jueguito. 
Yo me reí fuerte. Alguien de otra mesa miró con asombro. 
Luego pregunté: 
—¿Y qué hago con eso? 
Yo suponía qué era lo que tenía que hacer con las 
grabaciones, pero quise escucharlo de su boca. 
—¿Cómo que “qué hago”? ¡La extorsionás, querido! 
—Es que yo no quiero extorsionarla. 
SANTIAGO CÁNEPA 
148 
Realmente no quería extorsionarla. No quería pasar por 
eso. Yo no era esa clase de persona. No tenía agallas para 
hacerlo. 
—Lo vas a tener que hacer. No te va a quedar otra. Vos te 
metiste con una mina jugando sucio. Tenés que salir jugando 
sucio. De la mierda se sale con más mierda. Hay manchas que 
no se limpian, se tapan. 
Tenía razón; cuando uno juega sucio, la única salida 
posible es seguir jugando sucio. Al menos una última vez. 
Juan volvió a hablar y puso un manto de cordura a la 
charla: 
—Igual, ojo. —Me miró como indicando que iba a decir 
una perogrullada—: ¿Todo esto me lo decís porque ya le 
planteaste que querés dejar de verla y reaccionó como el culo? 
—No. 
—¿Y por qué no probás diciéndole la verdad? 
Levantó la voz, de las mesas vecinas nos miraron. 
—Porque estoy seguro de que no va a reaccionar de la 
mejor manera, se la ve enamorada. 
Juan suspiró. 
—Bueno, entonces, antes de extorsionarla, probá 
diciéndole la verdad. Decile que amás a Laura, y que lamentás 
lo que pasó. Que te confundiste. Por ahí. 
—Sí —me entusiasmé—, tenés razón. Es psicóloga, una 
intelectual. Tiene la mente abierta. Me va a entender mejor que 
nadie. 
—Lo dudo. Pero probalo. No perdés nada. Además, si la 
cosa se pone fea, tenés una carta maestra para sacar. Le ponés 
sobre lamesa una foto de ella en pelotas, o un video 
mamándola, y le decís que, si no la entiende por las buenas, lo 
va a entender por las malas. Que la vas a escrachar en todos 
lados. 
COGER Y CONTARLO 
149 
Me acordé de la frase “le haré una oferta que no podrá 
rechazar”, de El Padrino. Me sentí importante. 
Como soy muy meticuloso, decidí hacer las cosas de 
forma lenta, pausada, con la sutileza necesaria como para que 
Rosana no se diera cuenta de lo que estaba tramando. Durante 
varios días nos vimos y yo actué como si nada estuviera 
pasando, sin exagerar cariño ni mostrarme distante. En nuestros 
encuentros sexuales, no mencioné en absoluto mi supuesta 
fantasía de grabarnos o sacarnos fotos, pero sí le conté, como 
una curiosidad, que un amigo lo había hecho. 
La siguiente semana, mientras estábamos en la cama, sí 
mencioné el tema, pero traté de hacerlo de manera de que fuese 
ella quien lo propusiera. No lo propuso. 
A los pocos días, nuevamente en un hotel, volví a sacar el 
tema, como quien no quiere la cosa, y finalmente, fue ella 
quien lo propuso: 
—¿Sabés qué estaría buenísimo? 
—¿Qué? 
Me hice el distraído. 
—Grabarnos y sacarnos fotos. Y hacer nuestra propia 
porno. 
—¿Grabarnos? ¿Te parece? No sé... —dije fingiendo 
sorpresa. 
—¡Sí! Sería superexcitante. 
—Sí... No sé, la verdad... Puede ser. No te prometo nada. 
—¡Dale! Me ratonea la idea. Me gusta. 
—Es que me da miedo de que Laura pueda encontrar 
alguna foto o algún video. 
—No pasa nada. Si lo guardamos bien, nunca se va a 
enterar de nada. 
—Okey. Vamos por la segunda y vemos qué es lo que 
pasa. 
SANTIAGO CÁNEPA 
150 
Con mi celular como herramienta indispensable del 
erotismo cinematográfico, comencé a ejecutar la segunda parte 
de mi plan. 
Como había dicho Juan, mi propuesta la había 
entusiasmado y excitado sobremanera: me pedía que le sacara 
fotos, que le dijera y propusiera cosas sucias. Que fuera su 
amo. Yo, mientras la retrataba, sentía una culpa y un 
remordimiento enormes. Así que, como el psicópata que planea 
un asesinato y finge hacerse amigo de su víctima, me encargué 
de no dejar huellas ni dar indicios, cuidándome, desde luego, 
de quedar siempre detrás de cámara. 
Ese mismo día me encargué de borrar cada foto y video 
del celular, no sin antes pasarlo a un CD. Del cual, claro, hice 
una copia y se la di a mi amigo Marcos para que la guardase 
por las dudas, como si fuera un tesoro invaluable. Si Rosana se 
violentaba e intentaba quitarme o romper la que yo le llevaba, 
tendría con qué seguir amenazándola. Al menos eso es lo que 
hacen en las grandes películas policiales, y les funciona. 
Laura, por su parte, con la percepción que la caracteriza, 
comenzaba a notarme raro y a interrogarme al respecto. Yo me 
excusaba diciendo que me sentía agobiado por tanto trabajo, y 
que además no lograba adaptarme a Roberto, mi nuevo 
psicólogo. Que desde luego no era Roberto, sino Rosana, pero 
Laura —con sus ataques de celos cada vez más frecuentes— no 
tenía por qué saberlo. 
Así que ya tenía mi as bajo la manga. Podía librarme de 
Rosana y todos sus defectos sin levantar sospechas y así volver 
de una vez por todas a mi vida tranquila y sin engaños. No 
obstante, hasta el momento de encontrarme con ella, debía 
actuar lo más naturalmente posible: cualquier indicio de que 
iba a dejarla era un peligro inminente. Ella podría sentirse 
amenazada y llamar a casa o aparecerse, y así arrastrarme al 
COGER Y CONTARLO 
151 
mismísimo infierno junto a ella para vengarse, para no hundirse 
sola. 
De modo que, con la sutileza que venía teniendo hasta el 
momento, le fui enviando algún que otro mensaje cariñoso, 
amable, pero adelantándole que tenía que hablar con ella. 
A los pocos días, como ella realizaba un curso de terapias 
alternativas en el barrio de Palermo, nos encontramos en un bar 
de la zona. 
En principio, no sabía muy bien en qué formato llevar las 
fotos: ¿cuál sería menos riesgoso?, ¿cuál sería el más plausible 
de ser distribuido por alguien que no fuera yo?, ¿cuál sería más 
efectivo para asustarla? Después de analizar varias alternativas, 
resolví llevarlas de la manera que me fuera más sencilla y a su 
vez fuera la más efectiva. Las imprimiría en mi trabajo, en 
hojas A4, las que usábamos para imprimir todo tipo de 
documentos. Irían del CD a la impresora y de la impresora a mi 
bolso. Nada más. Además, después de todo, si llevaba, por 
ejemplo, un CD para mostrarle, no me aseguraba de que se 
asustara inmediatamente, y corría el riesgo de que, hasta el 
momento de verlas —acompañadas de la siempre efectiva frase 
“tengo copias, no te gastes en romperlo” —, cometiese una 
locura y buscase contarle todo a Laura. 
A las seis de la tarde estuve allí, con las fotos en mi bolso 
y con una ansiedad que me atormentaba. Ella llegaría a las seis 
y media. Yo no sé llegar a horario; o llego muy temprano —
cosa que siempre sucede, a causa de mi ansiedad—, o llego 
muy tarde. 
De modo que senté junto a la ventana para poder mirar 
hacia afuera y hacer tiempo. Decidí que tomaría una cerveza. 
Como no veía a ningún mozo cerca, le hice señas al tipo de la 
barra y éste, también con un gesto, me indicó que de inmediato 
se acercaría alguien. A los dos minutos, se acercó una 
SANTIAGO CÁNEPA 
152 
camarera. Cuando la vi, me pareció que estaba buena, que tenía 
buen cuerpo, pero que era un poco petisa. “Es linda”, pensé, “y 
está poniendo una cara extraña, ¿qué carajo le pasa?”. Cuando 
la vi de cerca, lo descubrí: era Carla. Aquella que me había 
llenado de masajes corporales toda la noche para luego negarse 
a tener sexo argumentando que yo la había inhibido hablando 
de mis exparejas. Una loca. Aunque era comprensible su cara 
de desagrado, pues no me había portado nada bien con ella 
aquel día. 
—¡Qué gusto verte por acá! —me dijo con ironía 
parándose al lado de mi mesa, con la carta en la mano. Estaba 
más flaca, con el pelo más largo, y ya no se vestía como un 
muestrario de telas andinas, sino que llevaba una vestimenta 
más urbana y pegada al cuerpo. Le quedaba fabulosa. 
—Me alegra que me recibas con tanto énfasis. Se nota 
que te da gusto verme. 
—Siempre es un gusto saber de vos. 
—Lo sé. Tengo el defecto de caerle bien a todo el mundo. 
—Estaba siendo irónica, querido. 
—¡Yo no! 
Le sonreí. ¿Cuántas posibilidades había, dentro de una 
ciudad tan grande como Buenos Aires, de que el día en que iba 
a intentar deshacerme de una amante, otra vieja amiga se 
apareciese in situ? Era una locura. Algo increíble. Pero a mí me 
sucedían esas cosas. Bastaba con recordar a Mariana y el 
asunto de las cervezas con orina para comprobarlo. Por eso no 
me sorprendí. Tomé tal coincidencia como un hecho natural. 
Una muestra del destino de que todo el mal que yo le había 
hecho a las mujeres me volvería un día, todo junto y de un solo 
golpe. 
—Bueno —me dijo—. ¿Qué hacés por acá? 
—Vine a tomar algo. Me encuentro con una amiga. 
COGER Y CONTARLO 
153 
—¿Una amiga? 
—Sí, una amiga que va a llegar en cualquier momento —
le dije para que se fuera, para que me dejara solo, para que me 
atendiera otra camarera o para que me pegase un tiro en la 
cabeza. Algo que sin dudas me sacase de esa situación, que era 
de lo más incómoda. 
—Mirá vos. ¿Y no podías ir a otro bar? Hay setecientos 
millones de bares en Palermo, ¿justo este tenías que elegir? 
—Yo no lo elegí. De haber sido por mí, ni venía a 
Palermo. 
—Bueno, che, no te enojes. Es un chiste que te hago. 
Decime, ¿qué vas a tomar? 
—Cerveza. 
—¿Veneno no? 
—No, gracias. Para veneno ya tengo con mi propia 
sangre. Traeme solo la cerveza... Cerrada, por favor. 
Si yo lo había hecho, ella también podría hacerlo. Aunque 
en su caso sería un poco más difícil, físicamente hablando. Ella 
me miró extrañada, evidentemente, no entendió lo de 
“cerrada”, pero así lo hizo. Se fue y a los pocos minutos volvióa mi mesa con un chopp y un pequeño plato con palitos 
salados. No me había hecho caso. 
—Te tengo que cobrar ahora, no vaya a ser cosa de que 
salgas corriendo y no pagues. 
Iba a responderle diciendo que yo sí me hacía cargo de lo 
que consumía, y que me hacía cargo hasta el final. Y que pagar 
era parte de eso. Pero me pareció que eso hubiese generado 
más discordia, y, a decir verdad —teniendo en cuenta que en 
cualquier momento llegaría Rosana—, no estaba en posición de 
recibir ataques por dos flancos distintos. 
—Carla, si te lastimé, si esa noche no reaccioné como se 
suponía que debía hacerlo, te pido perdón. Pero estoy a punto 
SANTIAGO CÁNEPA 
154 
de recibir a una amiga que está pasando por una situación 
difícil, y quiero dedicarle tiempo. 
—No te preocupes, no te voy a hacer nada. Estoy 
trabajando. Además, yo nunca me sentí ofendida por lo que 
pasó esa noche. Reaccionaste mal, pero fuiste auténtico, 
estabas caliente. Además, yo un poco de culpa tuve. Lo que a 
mí me jodió de vos fue otra cosa. 
¡De pronto yo era culpable de otra cosa! Hacía por lo 
menos dos años que no la veía, que no sabía nada de ella, ¡y de 
pronto era culpable de otra cosa! Se lo pregunté: 
—¿Qué cosa, Carla? 
—¿Cómo qué cosa? No te das cuenta, evidentemente. 
Escribiste un cuento describiendo tal cual la noche que 
pasamos juntos y lo publicaste en tu blog. Todo el mundo lo 
leyó. ¡Me hiciste quedar como una histérica! 
—Bueno, pero nadie te obligó a meterte a mi blog a 
leerlo. Además, nadie sabe que sos vos. 
—¡Yo lo sé, y con eso me alcanza! Porque además es 
obvio que nadie lo sabe. Ese personaje puedo ser yo o puede 
ser cualquiera. Pero yo sé que soy yo y verme reflejada así me 
hizo sentir peor que si me hubieses violado. 
¿De verdad me estaba pasando eso? ¿No me había 
despertado en un mundo paralelo donde todos se habían vuelto 
locos, donde cada acto que yo había realizado en el pasado se 
me volvía en contra? 
—Me parece que estás exagerando un poco, Carla. Tanto 
como violado... 
De pronto escuché que la puerta se abría y la vi entrar a 
Rosana. Ella también me vio, me saludó con la mano y 
comenzó a caminar hacia la mesa. 
—Ah, tu amiga —me dijo Carla bajando el tono—. 
Quedate tranquilo que no voy a hacer nada. 
COGER Y CONTARLO 
155 
Rosana llegó a la mesa. 
—Hola. 
—Hola. 
—¿Qué tal? —preguntó Carla. 
—Bien. Te pido un café en jarrito. 
—Muy bien —dijo Carla, y se retiró a buscarlo. 
—Es un lindo bar, ¿viste? —me dijo Rosana, 
acomodando sus cosas en la silla vacía que quedaba de la mesa. 
—Sí, es un lindo lugar. Parece tranquilo. Y hay poca 
gente. 
—Sí, está siempre así: no mucha gente, buena música. Se 
puede estudiar tranquilo. 
Charlamos un rato más de cosas poco importantes y Carla 
volvió con el café. 
—Acá está. 
—Gracias. 
—¿Algo para acompañar? 
—No, te agradezco —respondió Rosana. Carla se fue. 
—¿Te pasa algo? —me preguntó de inmediato. Ella sabía 
que me pasaba algo. Ella sabía que yo la iba a dejar. Tenía una 
inteligencia superior a la mía o tenía malditos poderes mentales 
o intuición femenina, que, para el caso, son lo mismo. 
—No, no me pasa nada. 
—¿Nada? ¿Y de qué querías hablar, entonces? 
—Te llamé porque necesito hablar con vos, Ro. 
—¡Qué cara! ¿Es algo grave? 
Frunció el ceño y me miró con desconfianza. 
—No, para nada. Son cosas, cosas que estuve pensando. 
Cosas que nos vienen pasando en realidad. 
—¿Cosas que estuviste pensando o que nos vienen 
pasando? 
La odiaba cuando se ponía tan analítica. 
SANTIAGO CÁNEPA 
156 
—Las dos cosas; que nos vienen pasando y que a raíz de 
eso las pensé. 
—Veo. Por tu cara parece que no son muy buenas las 
noticias. 
—No, no. Depende. Depende de cómo lo miremos. Yo 
creo que puede ser muy bueno para los dos. 
—¿Vos me citaste acá para decirme que no querés verme 
más? 
“Okey, tiene poderes mentales”, pensé, “o yo soy 
demasiado obvio y estúpido”. Me sentí estudiado. Analizado. 
Desnudo e indefenso. No me dio vergüenza ser un cobarde e 
intentar perderla en un mar de palabras sin sentido que dieran 
como resultado que ella entendiera que no verme más era lo 
mejor que podía pasarle en la vida (hoy que lo pienso, quizás 
así lo era). 
—¡No, en absoluto! Yo jamás tomaría una decisión así 
por los dos... Es algo que, de última, tenemos que charlar 
juntos... Además me parece que, en todo caso, es algo que va 
mucho más allá de una decisión, Ro. —Hice el gesto de 
comillas con las manos cuando dije la palabra “decisión”. 
Entendí que, en algún momento de la vida, todos nos rendimos 
ante ese gesto tan asqueroso. Proseguí con mi speech—: Es 
algo intrínseco a este tipo de relaciones, simplemente. Por eso 
digo que no es una decisión —nuevamente hice el gesto de 
comillas—, sino que, digamos que es algo que se cae de 
maduro... 
Me interrumpió con una inesperada sonrisa: 
—¡Dejá de hablar estupideces, Santiago! Te cansaste de 
garcharme y ahora te querés borrar. 
—¡No te voy a permitir! 
—¡Es así! Y yo lo entiendo. ¿Te creés que sos el primer 
tipo con el que me acuesto? 
COGER Y CONTARLO 
157 
—Imagino que no. No sé... 
—¡Claro que no! 
—Ro —retomé dentro de la charla la vertiente de la 
“separación”—, a lo que voy es que no es algo que pase por mí 
o por vos. Es que quizás no es el mejor momento para 
relacionarnos. 
— ¡Ay, por favor, Santiago! No se trata de momentos. 
Uno quiere o no quiere. No te quites responsabilidad 
echándole la culpa al entorno. Si me decís que querés dejar de 
verme, es porque vos querés, no porque las circunstancias te 
obligan. 
Por alguna razón no perdía la calma, y cada cosa que 
decía la decía con una sonrisa y una mueca de superación en el 
rostro. Con algo de gozo. Lejos de la típica actitud de 
superación/escudo que pueden fingir las personas en casos 
similares. Como niños que, cuando les quitan un juguete, se 
defienden diciendo que no lo querían. En ella era todo real. Y 
eso me asustaba. 
—Es que está Laura, Rosana. No me siento capacitado 
para dejarla. Y lo nuestro fue muy rápido, muy intenso. No sé, 
nos dejamos llevar... 
—Santiago —me interrumpió como si me hubiese 
zamarreado fuertemente con sus brazos. Los brazos de un 
gigante contra un enano, de un padre a un niño—. Santiago, no 
tenés que explicarme nada. No soy una nena. Soy muy 
consciente de que si me meto con un tipo casado... 
—¡No estoy casado! —la interrumpí con vehemencia, 
tenía que aclarar eso. Ella largó una carcajada que llamó la 
atención del resto de las personas que estaban en el bar. 
—Es lo mismo. Vivís en pareja, bajo el mismo techo. Es 
casi lo mismo que estar casado... A lo que me refiero es a que 
ella es la persona más importante en tu vida. La amás y eso se 
SANTIAGO CÁNEPA 
158 
nota. Lo mío fue distinto: nos calentamos, cogimos, nos 
sacamos las ganas y listo. La pasamos bárbaro. 
Me paralicé. Sus palabras me sonaban demasiado duras. 
No era como otras mujeres. De todas las mujeres con las que 
había tomado un café en mi vida, una mitad pedía lágrima y la 
otra pedía té. Todas usaban edulcorante. Pero Rosana fumaba 
Marlboro, tomaba cerveza o café bien negro y endulzaba con 
azúcar. Eso la definía. 
Seguía hablando como una psicológica; profiláctica, 
distante, profesional. Revolvía el café con una calma temeraria. 
Como si no le costase nada de trabajo decir lo que me estaba 
diciendo, dándome una devolución casi científica de lo que 
habíamos vivido: 
—La pasamos bien. Tenemos buen sexo. Nos reímos, 
pero no pasa de eso. Con ella tenés otra cosa, algo más real. 
Más a tu medida. —Sorbió el café, pensó un segundo, lo apoyó 
sobre la mesa y mirándome fijo agregó—: Lo que pasa es que 
vos sos tan inseguro de vos mismo que necesitás que una mina 
te rompa las pelotas todo el tiempo para sentir que la tenés en 
tus manos. 
En mi cabeza sus palabras sonaron con eco. Suspiré. 
Realmente no quería escuchar todo eso. ¿Qué era realy qué 
no? ¿Qué cosa era hecha a mi medida? ¿Cuánto había de cierto 
en lo que me decía? 
Carla atendía otras mesas y no se daba vuelta para 
mirarnos ni aunque sea un segundo. Estaba solo ante el mundo, 
ante Rosana. 
—¿Sabés? Yo no tuve papá. Yo me acostumbre a 
arreglármelas sola, con mi mamá. Dos mujeres solas. Nunca 
necesitamos que un hombre nos proveyera. Ni que un hombre 
nos pusiera límites. Yo me crié sin un hombre y puedo vivir sin 
depender de uno. 
COGER Y CONTARLO 
159 
Le faltaba caer en el típico discurso feminista de que los 
hombres somos solo un falo que sirve apenas para engendrar, y 
mi persona se hubiese visto reducida al tamaño de un insecto. 
De una cucaracha aplastada. 
—Vos necesitás que alguien dependa de vos. Otro tipo de 
mina. Y eso yo no puedo dártelo. Lo siento mucho, pero es así. 
Cuando dijo esa última frase, pensé que se iba a levantar y 
se iba a ir. Pero se quedó. Esa no era la última frase de una 
mujer despechada que se paraba y se iba, era la última frase de 
una profesional de las emociones. Una máquina programada 
para no sentir dolor, ni frío, ni hambre; el Rambo de la 
psicología y las relaciones humanas. Que no escapaba. Que se 
quedaba dando batalla. 
—Mirá, Rosana, puede que tengas razón, pero también es 
cierto que amo a Laura y no puedo dejarla. No me imagino 
viviendo sin ella. Y no es que tenga algo contra vos, al 
contrario. Pero no sé, no puedo... 
—Todo se termina, Santiago. Nos queda lo que vivimos. 
El recuerdo. Teníamos buen sexo, la pasábamos bien. Nos 
gustaba conversar, pero nada más... 
“Teníamos buen sexo, la pasábamos bien, nos gustaba 
conversar, pero nada más…”. ¿”Nada más”? ¿A caso se 
necesita algo más? ¿Eso era poco? ¿Cuáles eran todas esas 
cosas que para ella llenaban ese “nada más” que nosotros no 
teníamos? Nunca voy a saberlo. 
—Te repito, no tenés que explicarme nada. Lo entiendo y 
lo acepto. Además yo también estoy con alguien. 
No sé por qué, pero un escalofrío me recorrió todo el 
cuerpo. 
—¿Cómo que estás con alguien? No entiendo. 
—¿Qué no entendés, Santiago? Me estoy viendo con 
alguien. No es tan complejo de entender. 
SANTIAGO CÁNEPA 
160 
—Sí, sí, te entiendo, pero no me lo esperaba. 
—¿Qué no te esperabas? ¿Que yo también sintiera deseos 
por otros? 
No supe qué contestarle. Me sentí ¿ofendido?, 
¿disgustado? Quise saber quién era ese alguien. 
—¿Y quién es? ¿Cómo se llama? 
Ella se rió de mi pregunta. Parecía gozar con lo que me 
estaba contando. 
—¿Qué importa cómo se llama? 
—¡Sí importa! 
—Raúl se llama, Santiago. Y es amigo de mi mamá. 
—¿Un amigo de tu...? Yo no lo puedo creer, ¿cuántos 
años tiene, 78? ¿Te dejan hacer visitas sanitarias en el 
geriátrico? 
—¡Ay, por favor, no seas irónico! Es un hombre joven. 
Tiene 50 años. Y, para tu información, está muy bien. Se 
mantiene en forma. Además él no necesita que le rompan las 
bolas para sentirse hombre. Él quiere sexo y nada más. 
—Yo no puedo creer lo que me estás diciendo. ¡Yo 
también puedo ofrecerte eso! 
—¿Qué te sorprende? ¿Te creés que una mujer va a correr 
a vos cada vez que la llamás? Vos tenés tu vida y yo tengo la 
mía. Y así está perfecto. 
—Sí, lo sé, pero... 
—Este tipo me gusta. —Mucho no me dejaba hablar, en 
eso sí se parecía a otras mujeres—. Tiene la vida resuelta. No 
tiene dilemas existenciales. Me quiere meter en la cama y listo. 
Y por eso me lleva a pasear, a comer a los mejores lugares. Me 
hace sentir sensual. 
Yo estaba aturdido, asustado. Nos quedamos en silencio 
durante un rato. Carla pasó por al lado nuestro, por detrás de 
Rosana, para atender a unos clientes que recién se habían 
COGER Y CONTARLO 
161 
sentado y me hizo el gesto de “okey” con ambas manos. 
Irónicamente, claro, pues era evidente que escuchaba lo que 
estábamos hablando. Traté de concentrarme en la charla: 
—Yo no entiendo cómo podés estar con un tipo más viejo 
que yo. No lo entiendo. 
—No seas tan drástico, Santiago. Tomate las cosas con un 
poco más de calma. Disfrutá de la vida. 
Yo detestaba que me dijeran eso. 
—Yo disfruto de la vida. Lo que pasa es que no se nota. 
Pero la disfruto a mi manera, como puedo. 
—Lo sé, pero te lo digo para que trates de relajarte un 
poco más. Nada más. 
¿Por qué estaba tan distante? ¿Estaba fingiendo? ¿Se 
hacía la dura? Quizás era eso, pues ella solía ser más cariñosa, 
mucho más atenta. De pronto me vi interrogándola como en un 
principio pensé que haría ella: 
—¿Pero yo no te gusto? ¿Conmigo no tenés buen sexo 
acaso? 
—Sí, claro que sí. Pero ya se terminó. Lo dijiste vos. Y 
tenés razón. Se terminó y punto. Vos te tenés que quedar con 
Laura y yo sigo mi vida. 
—Con Raúl. 
—No, sola. Sigo mi vida sola. Puedo compartirla con 
Raúl, pero la sigo sola. Vos deberías darte cuenta de eso. 
Estamos solos, desde que nacemos hasta que nos morimos. 
A mí no me cabía en la cabeza que me estuviera diciendo 
eso: ¿quién era? Alguien me había cambiado a la Rosana que 
conocía. 
—Pero ¿y todo lo que nos prometimos? ¿Lo que íbamos a 
hacer si alguna vez yo dejaba a Laura? 
—Eso ya pasó, Santiago. No te apegues tanto a las cosas. 
Aprendé a soltar. Te lo digo más como psicóloga que como 
SANTIAGO CÁNEPA 
162 
amante... 
—¡No digas la palabra “amante”, suena horrible! 
—Somos amantes, Santiago. Nada más. No hagamos esto 
más difícil. 
Se levantó de la mesa. 
—¡Esperá, no te vayas! 
—No me voy, voy al baño. 
 Cuando se levantó, la miré de atrás. Era escuálida, alta, 
de piernas largas. Vestía de negro. Imponía poder y respeto. 
Eso me atraía, me volvía a atraer. Yo era un idiota. Un idiota 
que tenía sentimientos según el rechazo o la aceptación del 
otro. Y era bueno darme cuenta de eso, pero ¿cómo me 
curaría? ¿Con qué psicólogo lo hablaría? Debía conseguir uno 
urgente. 
De todos modos, si analizaba la situación más fríamente, 
el hecho de que Rosana haya tomado mi decisión de esa forma, 
era lo mejor que podía pasarme. Después de todo, yo había 
llegado allí para terminar con ella. Y eso era lo que estaba 
sucediendo. Y, como si fuera poco, no había tenido que recurrir 
al uso extorsivo de las fotos y videos. 
Me pregunté por qué me dolía tanto que ella tomase tan 
bien la decisión de dejar de vernos. Por qué me sentía 
abandonado, solo, triste, desdichado. Por qué razón, en el 
fondo, muy en el fondo de mí, esperaba una reacción distinta 
por parte de ella. Un manotazo de ahogado quizás. Un intento 
de salvar la relación. No lo entendía. 
De pronto, Carla se acercó a la mesa con una sonrisa 
burlona, decidida a molestarme: 
—¿Así que la querías dejar y ahora ella te está dejando a 
vos? Al fin y al cabo, no pegás una. 
—No me jodas, Carla. No es una situación sencilla. 
—Imagino que no, pero desde afuera se ve muy divertida. 
COGER Y CONTARLO 
163 
Podrías escribir sobre esto también... ¡Ah, no, pará, 
seguramente ya lo hiciste! 
—De verdad, Carla. Si te jodió que haya escrito sobre 
nosotros, te pido disculpas. Borro el cuento del blog, lo 
destruyo para siempre y listo. 
—No se trata del cuento en sí, se trata de lo que vos hacés 
con tu vida y la vida de los que te rodean. Las modificás a tu 
antojo, las manipulás. Tenés la insolencia de creer que podés 
hacer con ellas lo que quieras. ¿Te preguntaste alguna vez si el 
recuerdo que yo quiero tener de esa noche es el que vos 
retrataste? Quizás yo viví las cosas de manera distinta y quiero 
recordarlas de otra manera. Pero vos escribís una, solo una, la 
historia oficial, y no te preocupás por el otro. 
—¡Nadie te impide escribir sobre eso! Sos actriz, hacé 
una obra de teatro. 
De pronto Rosana regresó del baño y nos encontró 
hablando. No se sentó. 
—¿Se conocen? 
—Claro que sí —dijo Carla, y se presentó—: Carla, 
personaje de uno de sus cuentitos. 
Se dieron la mano. Rosana rió y comenzó a agarrar sus 
cosas para irse. 
—Ah, el pequeño mambo Apenak de confundir realidad y 
fantasía.Límites poco claros. Soy su psicóloga. Rosana, un 
gusto. 
—Un gusto. 
—Bueno, era su psicóloga. 
—Mucho trabajo seguramente. 
—Bastante, pero fue placentero. 
—Misoginia, machismo, ¿algo más? 
—Bastantes cosas más, pero nada que un poco de trabajo 
no pueda resolver. 
SANTIAGO CÁNEPA 
164 
Carla rió. Rosana se puso seria y me miró: 
—En serio, Santiago, fue muy lindo lo que tuvimos. Lo 
voy a recordar siempre. Siempre que venga a este bar me voy a 
sentar en esta mesa y me voy a acordar de este altercado. Y 
bueno, voy a saludar a mi nueva amiga, Carla. 
La miró a Carla. Carla la miró y rió. 
—¡Por supuesto, dijo! 
Yo la miraba desde abajo, como siempre la había mirado, 
como más me gustaba mirar a las mujeres. Sentía que me 
estaba cargando. 
—Y disfrutá la vida, que todo se pasa muy rápido. No 
pierdas el tiempo pensando tanto. Hacé lo que tengas que hacer 
y punto. 
—Quedate. 
—No puedo. 
—Pero... ¿Así, simplemente, sin despedirnos? 
—Sí, Santiago. No necesitamos una despedida romántica. 
—Puedo reconsiderar lo de dejar a Laura. 
Estalló en una carcajada, Carla también. 
—¡Callate, por favor! No seas ridículo. 
Antes de salir, volvió a ser más inteligente que yo, y me 
volvió a sacar un peso de encima: 
—Ah, y no es necesario que cambies el número de tu 
celular o el teléfono de tu casa. Quedate tranquilo, no te voy a 
llamar. Ni voy a llamar para contarle a Laura que tuviste una 
amante. Yo conozco muy bien los códigos. 
Al decir esto, me dio un último beso en los labios y se 
fue. Yo la vi pasar por la ventana haciéndome “chau” con la 
mano. La vida, triste, inmensamente inabarcable, era aún más 
triste y vertiginosa vista desde la ventana de aquel bar lleno de 
estudiantes. Nunca más volví a sentarme allí. 
 
COGER Y CONTARLO 
165 
3 
 
El final de esta historia es algo predecible. En principio, 
tengo que adelantar que varios meses después de mi relación 
con Rosana, Juan —quien se convirtió finalmente en mi amigo, 
pese a la diferencia de edad—, murió repentinamente, de un 
ataque al corazón, mientras cenaba en su casa. 
Pero vamos por pasos: a Carla no volví a verla nunca más. 
A Rosana, desde luego, tampoco. Pero después de aquel 
encuentro en el bar, temí que, por no haberla amenazado con 
las fotos y videos, ella pudiese sentirse despechada y 
aparecerse como una loca, de pronto, un día, en mi propia casa. 
Por suerte, eso no pasó. Sí me enteré mediante conocidos que 
al poco tiempo quedó embarazada de Raúl y se habían mudado 
a un pueblo en Mendoza, donde él abrió una nueva fábrica y 
ella se pasaba el día atendiendo pacientes posiblemente mucho 
más calmados y cuerdos que yo y que los trastornados —
intoxicados de tanta city porteña— que atendía en Buenos 
Aires. 
En cuanto a mi relación con Laura, me alegro de decir que 
no pasó nada significativo ligado a esta historia. Ya que, esa 
misma semana —como le venía adelantando con muchísima 
anticipación— y con la misma sutileza que había tenido con 
Rosana, contratamos un nuevo servicio de internet, teléfono y 
televisión por cable, que por suerte nos costaba mucho menos 
que el que teníamos y que además nos obligaba a cambiar 
nuestro viejo número telefónico por uno perteneciente a su 
empresa. Así que, fuera de eso, una sola vez —con ese sexto 
sentido, olfato celoso que tenía y que iría acrecentándosele 
hasta los bordes mismos de la locura—, Laura me dijo: “No sé 
por qué insistís tanto con esta empresa, si es igual que todas, y 
encima nos hacen cambiar el número que ya saben todos 
SANTIAGO CÁNEPA 
166 
nuestros amigos y familiares”. “Sí, pero es mucho más barata”, 
contesté yo, y el tema acabó ahí. 
Respecto a mi celular, esperé algunas semanas —tiempo 
crucial en el que no me separé de él un segundo, por si llegaba 
una llamada inesperada—, y en determinado momento lo vendí 
fingiendo perderlo, y me compré otro, con otra línea. Laura no 
sospechó nada. Y si lo hizo, jamás se atrevió a plantearlo. Si 
alguna vez Rosana llamó, o no lo hizo, no me enteré. 
Lo que sí fue bastante particular fue mi relación con Juan, 
mi expsicólogo y ahora amigo, aunque su historia tuvo para mí 
un final triste y sorpresivo. Algo inverosímil, para mi gusto. 
Luego de aquel último encuentro con Rosana, y ante la 
desolación y el desprecio que sentía contra mí mismo, lo 
primero que me salió hacer fue llamar a Juan. Cuando le conté 
lo sucedido, en el bar La Victoria, de Los Incas y Triunvirato, 
me dijo que lo mejor que me podía haber pasado era que 
Rosana haya reaccionado de ese modo. “Después de todo, si 
hay algo inquebrantable en este mundo, es el orgullo. Y esa 
mina, por como es, aunque alguna vez quiera hacerlo, por 
orgullo, no vuelve a buscarte nunca más”. 
De ahí en más, los siguientes meses, Juan y yo nos vimos 
bastante seguido. Charlábamos, comíamos algo, mirábamos 
mujeres. Yo le hablaba de Laura y él me aconsejaba poniendo 
ejemplos de su matrimonio. 
Hasta que un día, Norma, su esposa, me llamó para 
contarme que él había muerto, y que esa misma noche iban a 
velarlo. Yo no podía creerlo. 
 
Se preguntarán qué hice con las fotos y los CD. Paso a 
explicar: las fotos las destruí apenas Rosana me dejó a merced 
de Carla en aquel bar de Palermo, y las arrojé en el inodoro del 
lugar. Y los CD, en un primer momento, se los encomendé a 
COGER Y CONTARLO 
167 
Marcos, para que los guardara por si algún día llegaba a 
necesitarlos. Pero, cuando Juan murió, supe que había llegado 
el momento de deshacerme de ellos. Y también el modo. 
La noche misma de la muerte de Juan, le pedí los discos a 
Marcos, me fui hasta el velatorio y le pregunté a Norma —
luego de un gran abrazo y unas sinceras condolencias— si 
podía dejarlos en el cajón, junto a él, ya que eran algo que de 
algún modo nos unía, y quería dejárselos. Ella accedió con 
amabilidad. 
Así era, esos dos discos eran el primer consejo que Juan 
me había dado como amigo, lejos de su rol de psicólogo, desde 
su experiencia de “tipo con calle”. Además, a mí me parecía 
que una buena forma de agradecerle a él su oído y sus palabras, 
y de deshacerme de esos CD, era dejarle para la eternidad unas 
buenas imágenes de una mujer desnuda. 
De modo que cuando me llegó el momento de despedirlo, 
me acerqué al cajón y puse, entre las flores y cartas, los dos 
discos. 
Esa noche, al llegar a casa, lloré sobre la falda de Laura 
como hacía tiempo no lloraba. 
Con el tiempo, poco a poco, dejé de extrañarlo con dolor 
y comencé a recordarlo con alegría, feliz por los momentos que 
habíamos pasado. 
 
4 
 
El desenlace inverosímil de esta historia es algo que 
sucedió mucho tiempo después. Una noche, mientras Laura 
dormía y yo buscaba en internet fotos eróticas de chicas con 
tatuajes y anteojos de pasta, encontré en Poringa —el 
concurrido sitio de pornografía amateur argentino— varias de 
las fotos y videos que habíamos sacado y grabado con Rosana. 
SANTIAGO CÁNEPA 
168 
Eran mis videos, eran mis fotos. Reconocí el lugar y lo 
poco que se veía de mi panza y mi pene. Tenía cada imagen 
impregnada en la retina. No había posibilidad de que fueran 
otras fotos u otras filmaciones. Tal vez ella se había prestado a 
la pornografía amateur otras veces, pero en ese caso, yo estaba 
seguro de que eran mis fotos y mis videos. Conocía la 
escenografía. Conocía mi pene. 
De inmediato, llamé a Marcos para preguntarle si él se 
había quedado con alguna copia o si había subido algo a 
internet. 
—No, boludo. Te juro que no —me dijo—. Los miré unas 
cuantas veces. Pero no. 
Yo confiaba en él. 
—¿Tenés alguna copia? ¿Le diste alguna copia a alguien? 
—Menos. Nunca salieron de casa. Ni siquiera los pasé a 
mi computadora. Mirá si los encontraba la quetejedi. 
—Bueno. Gracias. 
Corté el teléfono, tomé valor y llamé a la casa de Juan 
para hablar con Norma. ¿Ella habría sacado los CD del cajón 
antes de enterrarlo? ¿Qué le diría? 
—Hola,Norma. Soy Santiago. 
Me saludó. 
—Te llamo porque quería visitar la tumba de Juan, y no sé 
donde está enterrado. Si no fui antes es porque... 
—Al final, no lo enterramos —me interrumpió—, 
Santiaguito. Lo cremamos. 
—¿Lo cremaron? 
—Sí. Íbamos a enterrarlo, pero al final me arrepentí. El 
cuerpo no es nada. Lo que cuenta es otra cosa. Y que esté 
enterrado o no esté es lo mismo. 
—Es verdad. 
¿Había sido ella quien subió las fotos y videos a internet? 
COGER Y CONTARLO 
169 
—Así que, bueno, igual podés pasarte a tomar unos mates 
un día, y lo recordamos... 
—Sí, cuando gustes... Norma, disculpá que te cambie de 
tema, pero ¿sabés si alguien sacó los discos que yo puse en el 
cajón el día del velorio? 
—No, nadie tocó nada. Apenas te fuiste, cerraron el cajón 
delante de mí, y al rato lo cremaron con todo adentro. ¿Por qué 
preguntás? 
—No. Por nada. Curiosidad. 
Me despedí y corté, contento, porque sabía que, quizás, en 
el cielo, con internet y pornografía, Juan la estaba pasando 
bárbaro. 
 
 
SANTIAGO CÁNEPA 
170 
 
COGER Y CONTARLO 
171 
CAPÍTULO 7 
 
Un ser humano despreciable 
 
 
 
 
 
 
 
 
Me estaba yendo bien, al menos en apariencia, pues 
gozaba de cierto prestigio gracias a la publicación de un libro 
que había escrito por encargo, un ensayo bastante interesante 
que hablaba de los grandes escritores y su relación con los 
bares y la bebida, y en cuya presentación una vieja amante 
había irrumpido al grito de “sos un hijo de puta, ¿cómo pudiste 
publicar un cuento contando todo lo que hacíamos en la 
cama?”. Y tenía razón, al menos en el hecho de que ni siquiera 
había disimulado su nombre, su profesión y su lugar de 
residencia, y ella estaba casada. Pero, para no dar el brazo a 
torcer y no pedirle disculpas en público, le respondí diciendo 
que su mamada era la mamada más grandiosa que mi pija había 
probado, y que el mundo debía enterarse de eso. “El talento 
tiene que ser reconocido, Natalia”, le dije como remate. Y no 
mentía. Acto seguido, recibí un golpe durísimo en la frente con 
el lomo de mi propio libro, que ella había arrojado desde el 
otro lado de la sala, y me desmayé. 
Cuando desperté estaba rodeado por todas las personas 
que antes me escuchaban sentadas, y que ahora me sacaban 
fotos como si yo fuese una especie animal desconocida o un 
SANTIAGO CÁNEPA 
172 
tiburón recién sacado del agua. Esa fue la foto que dio vueltas 
por todos lados: el suelo, mi cara sangrando, mi libro a un 
costado y mi camisa empapada con la cerveza que estaba 
bebiendo. Toda una postal de mi persona. 
Mentiría si dijera que tremendo alboroto me cayó en 
desgracia, pues la espectacularidad del hecho me propinó como 
recompensa unas cuantas notas en radios, revistas y diarios, y 
me crearon la fama de donjuán. Además de que, en un golpe de 
suerte, del que aún descreo, una periodista unos cuantos años 
más grande que yo —sensual, madura e inteligente; combo que 
podemos acordar como el más excitante de todos—, me 
calificó como un joven “alto, buen mozo y carismático”. De 
más está decir que la llamé de inmediato para agradecerle sus 
palabras y, desde luego, para invitarla a tomar algo. Pero fui 
rechazado. 
—Lo que se dice en los diarios no siempre es cierto —me 
dijo. 
—Lo sé, pero tenía la esperanza de que sí lo fuera en este 
caso —le respondí. 
—Puede que lo sea, pero es trabajo y las palabras no 
siempre deben mezclarse con la vida cotidiana. 
—Coincido: siempre es trabajo. Siempre. Pero yo sufro 
del pequeño vicio de mezclarlas y volverlas la misma mierda. 
—A todos nos pasa. Hay que saber curarse a tiempo. 
—Además, vivo de contar esas historias. Por eso te llamo, 
para que me ayudes a terminarla. 
—Me encantaría, pero estoy casada. Así que vas a tener 
que imaginártelo todo. No voy a poder ayudarte. 
—Es una lástima, pero así será entonces. Con las bellas 
palabras que publicaste me alcanza. Gracias. 
—De nada. 
Como decía, me estaba yendo bien, pero solo en 
COGER Y CONTARLO 
173 
apariencia. El adelanto que había cobrado por la escritura del 
libro se me estaba acabando y las ventas no me dejaban lo 
necesario. Estaba subsistiendo de casualidad. 
Laura, por su parte, empezaba a preocuparse de que yo no 
generase ingresos, y las deudas y cuentas por pagar empezaban 
a asomarse en el horizonte como una horda de indios a caballo 
que se aproximaban para asesinarme. Algo tenía que hacer. 
Llamé a todos los conocidos posibles: directores de cine, 
editores, productores, periodistas y publicistas, pero ninguno 
tenía un trabajo para darme. Estaba jodido. 
Hasta que un día, cuando ya parecía que Laura iba a 
echarme de casa por insolvente, recibí un llamado que me 
devolvió las esperanzas, pero que, por desgracia, me despertó 
de mi siesta: 
—Hola. 
—Sí, buenas tardes. Me gustaría hablar con Santiago 
Apenak. 
—Él habla, ¿en qué puedo ayudarlo? 
La voz sonaba confusa. En el momento no supe si era un 
hombre joven, un adolescente o un viejo. 
—Ah, ¿qué tal? Me pasó tu teléfono… 
Dudó en decir quién le había pasado mi teléfono. Pensó, 
hizo memoria. 
—¿Y por qué asunto es? —pregunté yo antes de que 
pudiera continuar. No me importaba cómo había obtenido mi 
teléfono. Yo quería dormir la siesta. 
—Es por un trabajo —me dijo. 
—¿Y qué tipo de trabajo es? —pregunté. La cosa 
empezaba a interesarme. 
—Me gustaría que escribieras un cuento. 
—Puedo hacerlo. 
—Bárbaro. ¿Y cómo trabajás? 
SANTIAGO CÁNEPA 
174 
Como podía, trabajaba como podía: dejaba todo para 
último momento. Me daba miedo la puta hoja en blanco. Me 
distraía casi cualquier cosa. Me masturbaba para relajarme. Me 
drogaba para concentrarme. Fumaba. Bebía café. Luego salía a 
caminar y, de pronto, el texto salía. No sabía cómo, pero salía. 
Pero no podía decirle eso. Tenía que mostrarme más 
profesional. 
—Depende de lo que quieras que escriba, ¿tenés algo 
escrito? ¿Alguna idea en mente? 
—Tengo una idea, pero nada escrito. Sería mejor que nos 
juntemos a charlarlo en persona. 
—¿Para cuándo necesitás el cuento? 
—Para cuando lo tengas listo. Total es para que te lo 
quedes vos. 
¿Qué clase de estúpido me pagaría para que le escriba un 
cuento y luego me lo quede yo? A no ser que fuera un inversor 
que luego me pidiera porcentaje de posibles ventas, era un 
idiota. 
—¿Y para querés que lo escriba si no te lo vas a quedar? 
—Porque mi esposa y yo queremos ser los personajes. 
Estaba enfermo. Desde que escuché su voz al comenzar la 
conversación —un minuto, un minuto y medio atrás—, supe 
que ese no era un tipo normal. Es más, al escuchar sonar el 
timbre del teléfono, tuve la sensación de que ese llamado no 
podía traer nada bueno. Pero tenía que trabajar. Necesitaba el 
dinero; Laura me iba a poner de patas en la calle. Así que le 
dije que sí. 
Si bien no habíamos hablado de dinero, estaba seguro de 
que una persona que llamaba para pedir eso tenía todas sus 
otras necesidades cubiertas, pues debía contar una buena 
cantidad de dinero en el banco. 
Como el tipo no me agradaba, y por ende, el trabajo me 
COGER Y CONTARLO 
175 
resultaría más pesado de lo habitual, le pedí una suma de 
dinero irrisoria. Si me decía que no, no me perdía de mucho; 
más abajo no podía caer. Para mi sorpresa y contento, el muy 
estúpido aceptó. Así que de inmediato arreglamos para 
encontrarnos. 
Cuando llegué a su casa, tres días después—una mansión 
imponente ubicada en Junín y Las Heras, pleno barrio de la 
Recoleta—, entendí que tendría que haberle pedido aún más 
dinero que el que le había pedido. Pero ya estaba ahí y no podía 
desdecirme. 
Llegué puntual. Toqué timbre y, a los pocos segundos, él 
me abrió la puerta. 
—¿Alex? —pregunté, aunque suponía que era él. 
—Santi —afirmó mi nuevo y calvo cliente, mientras me 
daba un leve abrazo. Me preguntó cómo estaba y me dijo que 
pasara. 
—Es un gusto conocerte. 
—Gracias. Igualmente.Mentí. Entramos a la casa, era enorme. El living —o lo 
que supuse que era el living—, era tan grande como el salón de 
actos de mi escuela primaria. Quizás más grande. Todo estaba 
decorado en blanco y negro, con algunos retoque de bordó en 
ciertas paredes. Mucho cemento y ladrillo a la vista. Muebles 
minimalistas hechos en vidrio y metal. Ventanas amplias que 
daban a un jardín. Y una biblioteca que no me despertó ganas 
de revisar. Se notaba a simple vista que era una casa vieja, pero 
estaba perfectamente reciclada, como Alex, que tendría unos 
cincuenta años, pero se vestía como un tipo de veinte. 
El pelado en cuestión me preguntó si quería tomar algo y 
yo le dije que sí. Me dio tres opciones, elegí la cerveza. 
“Bárbaro, ya vengo”, me dijo y fue a buscarla. 
En seguida regresó con dos botellas y se sentó enfrente de 
SANTIAGO CÁNEPA 
176 
mí. Nuevamente me dijo que era un gusto conocerme, que 
estaba contento de que yo estuviera allí. Yo, por supuesto, 
agradecí servilmente. Luego agregó: 
—La que va a estar realmente contenta de que estés acá es 
mi esposa. 
—Bueno. Me alegro. Ojalá podamos hacer un buen 
trabajo. 
Levanté la botella invitándolo a brindar. 
—Estoy seguro de que lo vamos a hacer —me dijo. Y 
chocamos las botellitas. Luego cada uno tomó un trago. Yo 
bebí un sorbo grande. Tenía sed. 
Le pregunté cómo sería el trabajo, qué tenía pensado. 
—Bueno. Eso es algo que me gustaría contarte cuando 
llegue mi esposa. 
—Perfecto —dije yo, sin comprender muy bien el motivo. 
—¿Así que tuviste un altercado en la presentación del 
libro? —me interrogó. Todo el mundo en la última semana me 
hablaba de eso. Ya empezaba a cansarme. 
—Sí. Nada grave. Una vieja amiga que evidentemente no 
había quedado contenta con mis servicios. 
Se rió. 
—Suele pasar. Las mujeres son especiales. 
—Sí que lo son. Pero eso las hace tan encantadoras, ¿no? 
—Totalmente. 
Me ponía un poco incómodo el hecho de no estar 
haciendo nada. No me gustaba la situación. Quería hablar de 
negocios e irme. Nunca me había resultado nada fácil mantener 
ese tipo de conversaciones. Pero tenía que aguantar. Necesitaba 
el dinero. 
—¿Hace mucho que estás casado? 
—Un año. Ella es mucho más joven que yo. 
Por alguna razón, Alex necesitó aclarar que su esposa era 
COGER Y CONTARLO 
177 
más joven. Quizás, porque se había dado cuenta de que a mí 
me había asombrado un poco el hecho de que él fuese un tipo 
grande, entrado en años, y que hiciese recién solo un año que 
estaba casado. Pero todo era posible, pues podía ser desde un 
segundo matrimonio de ambos hasta una pareja de solterones 
que había encontrado el amor recién a los cincuenta. No tenía 
que ser como era —un tipo de cincuenta saliendo con una chica 
casi treinta años menor—, pero lo era, para regocijo del muy 
desgraciado. 
—Ah, mirá vos. ¿Mucho? 
—Bastante. Treinta años, más o menos. 
—Mirá vos qué suertudo. 
Se rió. 
—Sí. Pero, bueno, no todo es color de rosas. Muchas 
veces se hace cuesta arriba. 
—No, obvio, no todo es color de rosas. 
De inmediato pensé en que a la que se le hacía cuesta 
arriba, teniendo que dormir todos los días con un tipo como 
Alex, era a ella. Pero no la conocía, y ella también podía ser tan 
insoportable como él. Incluso más que él, aunque, basándome 
tan solo en la diferencia de edad, estimaba que estaba en lo 
cierto. 
De pronto, escuchamos la llave en la puerta y supimos 
que era su esposa. 
—Debe ser Emilia. 
—¿Tu esposa? —pregunté. 
—Así es —me respondió el suertudo pelado. 
Me impacienté. Los segundos que Emilia tardó en abrir la 
puerta se me hicieron eternos. Quería verla. Necesitaba saber si 
era la mujer más hermosa del mundo, o si, por el contrario, 
estaba a la altura de él. Era una forma de saber si podía odiar 
más a Alex y apiadarme de su persona. O bien odiarlos a los 
SANTIAGO CÁNEPA 
178 
dos por igual. El misterio estaba a punto de descubrirse. 
Emilia abrió la puerta y entró. Era tan bella que sentí 
deseos de golpearlo, maniatarlo y rescatar a esa princesa de 
pelo lacio y castaño de sus crueles garras de brujo malvado. 
Era preciosa. Una criatura adorable y sensual. De cara 
angelical y cuerpo delgado. De piernas largas y buenas curvas. 
Parecía Jessica Rabbit pero con los pechos un poco más 
pequeños y armoniosos. Era la prueba fehaciente de que Alex 
tenía mucha pero mucha plata. 
Venía del gimnasio. Traía puesta una calza negra marca 
Adidas, una remera ajustada, al tono, y el pelo recogido. Estaba 
transpirada y con las mejillas rosadas de tanto calor corporal. 
Cuando me saludó y humedeció mi cara con su sudor y pude 
sentir su aroma —un perfume exquisito—, me solivianté tanto 
que tuve ganas de tirarla sobre la mesa ratona y lamerla y 
follarla ahí mismo, sin importarme si al calvo le molestaba o 
no. Si tenía que golpearlo, lo haría. 
—Hola. Es un gusto conocerte —me dijo en un tono 
amigable. 
—¿Qué tal? 
Tenía una voz y una forma de pronunciar las palabras que 
daban ganas de escucharla decir groserías toda la tarde. 
—Bien. ¿Vos? ¿Mejor después del golpazo que te dieron 
el otro día? 
Otra vez el altercado. Era lo mejor y lo peor que me había 
pasado en la semana. 
—Sí, bastante mejor. Gracias. 
Le preguntó a Alex cómo estaba, intercambiaron la típica 
charla de concubinos recién llegados a casa (cómo te fue hoy, 
cómo estuvo tu día, qué temprano que llegaste, etcétera), hasta 
que ella anunció que se iba a bañar y que enseguida volvía. 
—¡No! —la paró en seco Alex. Como si ella estuviese a 
COGER Y CONTARLO 
179 
punto de cometer un delito o una fechoría. 
—¿Qué pasa? —le preguntó ella sorprendida por su tono. 
—No te bañes. Es mejor así. 
Parecía que secreteaban, pero lo hacían en voz alta y 
delante de mí. 
—¿Te parece? 
Tenían la misma actitud. 
—Sí. Yo lo prefiero. 
—Pero me da un poco de vergüenza. 
—No te preocupes, es Santiago. No pasa nada. 
Emilia se sentó al lado de Alex y quedó también enfrente 
de mí, y yo observé todo consciente de que algo extraño había 
en ese diálogo, pero no me pareció tan importante y preferí 
seguir con la charla, apurando el negocio. 
—Bueno, me decía Alex que tienen ganas de que les 
escriba un cuento. Y ustedes quieren ser los personajes. 
—Sí, así es. 
Lo miró a su marido buscando aprobación. 
—Es así. Pero es un poco más complejo —aclaró el 
pelado. 
—No entiendo. 
Vaciló un instante, la miró a su esposa y, tras tomar 
coraje, dijo: 
—Espero que no te enojes, pero nos gustaría que nos veas 
cogiendo y que, si tenés ganas, te metas. 
Me quedé sin palabras. Me estaban proponiendo hacer un 
trío. Querían pagarme a cambio de sexo. ¿Y el cuento? ¿Y la 
literatura? ¿Y mis ilusiones de premio Nobel? 
—Entiendo que es un poco chocante —aclaró Alex—. 
Pero no es tan sencillo como hacer un trío o que nos veas 
cogiendo. Es un poco más complejo. 
—Tiene otras aristas —agregó Emilia. 
SANTIAGO CÁNEPA 
180 
A mí me gustaba la palabra “aristas”. Y generalmente me 
gustaban las aristas. 
—A lo que se refiere ella es a que... ¿Cómo decirlo? —
Pensó, buscó las palabras. Se lo notaba nervioso—. Nos 
gustaría que escribas el cuento, pero queremos que el cuento 
trate sobre eso y que nosotros seamos los personajes, ¿se 
entiende? 
—Se entiende —dije yo—. En primer lugar, te digo que 
me siento muy halagado por la propuesta. Que quieran hacerme 
parte de algo tan íntimo es..., no sé, gratificante. Y a la vez es 
un compromiso. 
—¡Por eso te elegimos a vos! Sos el indicado. Mirá: 
Emilia leyó varias de tus historias y siempre se ratoneó. La 
ratonea pensar que son cosas ciertas, que vos te metés 
realmente en esos líos sexuales. Y cuando leímos en el diario lo 
que había pasado en la presentación de tu libro, entendimos 
que todas esas historias eran verdad. 
—Bueno, no todas lo son. 
—¡Pero ésta puede ser una! ¿Entendés? Y nosotros 
seríamos los protagonistas. 
El pelado, tras ver queluego de su propuesta yo no había 
salido corriendo espantado, había pasado de estar nervioso a 
entusiasmarse como un infante. Su argumento era convincente. 
¿Por qué negarle a tan hermosa mujer la posibilidad de cumplir 
sus fantasías? Si, después de todo, ella era hembra fascinante y 
yo me hubiese acostado con ella aun cuando fuese yo el que 
pagaba, ¿qué podía perder? 
—¿Querés que te diga algo más, Santi? —continuó con su 
argumentación—: Yo de pibe quería ser escritor. Lo soñaba. Lo 
intentaba como nada en el mundo. Pero me cagué. Tuve miedo. 
Venía de una familia de plata: mi viejo, abogado; mi vieja, 
doctora. Y no me dieron margen para hacer otra cosa que no 
COGER Y CONTARLO 
181 
fuera meterme en la Facultad de Derecho y salir manejando el 
buffet de mi viejo. No me quejo, hice plata. Conocí todo el 
mundo. Me como todos los días una pendeja de veinte años. 
Pero mi sueño quedó un poco frustrado... 
Después de haber escuchado la propuesta, tuve la 
sensación de que, cuando hablaba de “una pendeja de veinte 
años”, no solo se refería a Emilia, sino a una distinta cada día. 
Las ventajas de ser rico. 
Alex siguió argumentando y diciéndome que, obtener un 
cuento de dicha situación, dándole placer a su querida esposa, 
era también un goce para él, pues ya no le importaba ser el 
escritor, le daba lo mismo quién moviese los hilos 
argumentativos. Él solo quería ser el protagonista de un texto 
que luego sería publicado en un libro. 
—Así que, como ves, son dos pájaros de un tiro... Tres, en 
realidad: vos ganás algo de plata..., buena plata, no miserias, 
sino el doble de lo que me habías pedido. Y yo me saco las 
ganas de aparecer en un libro, de ser parte de una publicación 
famosa, y ella cumple su fantasía, ¿se entiende? Mejor no 
podría ser. 
Lo pensé. Medité unos segundos en silencio y finalmente 
le dije que sí. Si el destino me había puesto en el camino la 
posibilidad de ganar una buena cantidad de dinero de forma tan 
rápida y tan sencilla, no podía rehusarme. 
—¿El doble? —pregunté. 
—El doble. ¿Necesitás algo más? —me dijo desafiante. 
—Otra cerveza. 
Quince minutos después, ya estaba todo listo. Decidimos 
que el mejor lugar de la casa para hacerlo era en el living, ahí, 
donde estábamos. Para eso, Alex había bajado bien las luces, 
con lo que logró una iluminación bellísima, había puesto 
música y me había traído una vieja máquina de escribir. Una 
SANTIAGO CÁNEPA 
182 
Olivetti celeste, clásica, de la década del setenta. 
—Era mía —me dijo—. Me la había comprado para 
escribir una novela, pero nunca pude darle un buen uso. 
—Genial. ¿Y qué querés que haga con ella? 
—¿Cómo qué quiero que hagas? ¡Que escribas! Lo que 
habíamos acordado. 
—¿Ahora? 
—¡Claro, ahora! 
Yo pensaba en verlos coger, guardar toda la situación en 
mi cabeza y luego llegar a casa y narrar el cuento en mi 
computadora. Pero su idea era otra: quería que yo me sentara 
en el sillón, y mientras ellos iban haciéndolo, yo fuese 
describiendo todo en la máquina. Me sentía un taquígrafo en un 
juicio donde yo era el único acusado. 
—¿Fumamos un porro? —me preguntó. 
Yo no podía negarme. Era un ingrediente más que 
necesario. 
—Me encantaría. Ayuda. 
—Siempre ayuda —me dijo, mientras se iba a otra 
habitación de la casa y yo quedaba a solas con Emilia, que 
seguía sentada enfrente. 
—¿Y? ¿Cómo estás? ¿Lista? ¿Nerviosa? 
—Un poco ansiosa, para serte sincera —me dijo 
sonriendo y se levantó de su asiento y se acomodó al lado mío. 
—Bueno. Será cuestión de no perder el tiempo. 
Nos comenzamos a besar suavemente, como si fuésemos 
dos enamorados en su primera cita, y no dos personas que están 
a punto de tener una orgía con un pelado extrañísimo. 
—¡Bueno, bueno, bueno! Dejamos eso para después, que 
primero yo soy el protagonista —nos interrumpió el pelado, 
trayendo un cigarrillo de marihuana en la mano. 
—Haceme el honor. —Me lo dio junto a una caja de 
COGER Y CONTARLO 
183 
fósforos—. Encendelo vos. 
—Con mucho gusto. 
Encendí el cigarro y me recosté para mirarlos. Se los veía 
bien, cómodos, como acostumbrados a tener espectadores. 
Parecían sacados de una de esas películas eróticas que se 
encuentran haciendo zapping a las tres de la mañana. 
Yo inhalé nuevamente el humo —esta vez una pitada más 
profunda—, y lo mantuve en mis pulmones (el sillón, de cuero 
negro y almohadones sumamente mullidos, se sentía realmente 
confortable), y a los pocos segundos exhalé larga y 
sostenidamente. Me estaba relajando. 
Ellos comenzaban a desnudarse. No me miraban, no por 
el momento. Pero sabían que yo estaba allí y estaban actuando 
para mí. 
La situación me era familiar: ¿cuántas veces me había 
sentado en el sillón de mi escritorio, había encendido un 
cigarrillo de marihuana y me había sumergido en un caos 
literario, en un ir y venir de personajes que siempre terminaban 
en la cama? Las luces también estaban bajas, había música de 
fondo y yo me sentía a gusto. Me sentía como en casa. De 
modo que, entusiasmado y ya algo excitado —debo 
confesarlo—, me volqué a la máquina Olivetti golpeando con 
pasión cada una de sus teclas. Amaba ese sonido. Era para mí 
el sonido más apasionante del mundo, pues antes de tener 
computadora, mi madre me había obsequiado una vieja 
máquina Remington con la que escribí los primeros tristes y 
núbiles textos, utilizando siempre solo los dos dedos índices, 
como debe ser, como solo hacen los escritores profesionales. 
Evidentemente a Alex lo entusiasmó el sonido de mis 
dedos golpeando las teclas, porque, apenas comencé a teclear, 
la tomó de la cabeza a Emilia y la puso de rodillas en el suelo y 
le pidió que se la chupara. 
SANTIAGO CÁNEPA 
184 
—Chupámela toda. Cometelá —le dijo y ella actuó en 
consecuencia. Le bajó los pantalones, le bajó los calzoncillos, y 
antes de encomendarse a su tarea, giró la cabeza y me miró a 
los ojos: me paralizó el corazón con la mirada. Me sentí 
desafiado e invitado a participar al mismo tiempo. Me dio a 
entender que la pija que mamaba era la de Alex, pero que 
deseaba con todas sus ganas que fuese la mía. Me lo estaba 
dedicando a mí. Y a mí, eso me terminó por excitar del todo. 
Me soliviantó como a un adolescente. Y me causó una erección 
tan grande que la cabeza de mi pene rosaba la Olivetti, que 
descansaba en mi falda y me lastimaba. Era una sensación 
dolorosa pero rica a la vez, como lo son todas las cosas valen la 
pena en la vida. 
La excitación me hizo entrar en trance, en una suerte de 
delirio que me hacía escribir cada vez más fuerte y más rápido. 
Y, a medida que tecleaba, cada vez con más potencia —como 
un pianista loco que castiga fuertemente las teclas sacando solo 
un seco sonido—, ellos se metían más y más en su juego: él 
tiraba la cabeza hacia atrás y la agarraba a ella de los pelos. 
Ella subía y bajaba su cabeza y sus manos como una 
desquiciada, cada vez más rápido, gimiendo con la boca llena. 
Hasta que, de pronto, Alex dio un grito ancestral y se 
quedó tieso, y se quitó a Emilia de encima. Pensé que eso había 
sido todo, que mi tarea había terminado, y se lo dije: 
—¿Ya está? No me alcanzó ni para un Haiku 
—¡No seas hijo de puta! —se rió él—. Estoy guardando 
las reservas. 
—Me parece muy bien, hay que controlarse si queremos 
seguir en la cancha. 
—Así es. 
Mientras charlábamos todo esto, Alex se paraba, le 
quitaba la ropa a Emilia, y ésta se ponía en cuatro sobre la 
COGER Y CONTARLO 
185 
mesa ratona con el culo apuntándolo a él y, por supuesto, con 
su carita mirándome a mí. 
—Probá pensar en tu mejor amigo haciendo caca, por ahí 
te sirve —le dije a modo de chiste. 
—Yo no me fiaría de eso, por ahí me caliento lo mismo. 
Estoy medio enfermito. 
Yo me reí, tomé un trago de cerveza y volví a encender el 
porro, que se había apagado solo sobre el cenicero. Esta vez 
chupé el humo con mucho menos ímpetu. Mientras tanto, Alex 
ya había penetradoa Emilia, que había largado un gemido 
quejumbroso, mezcla de sorpresa y dolor, y me pedía el porro 
haciendo un gesto con la mano, en tanto que se movía 
robóticamente hacia atrás y hacia adelante, arremetiendo con 
fuerza cada vez que la penetraba. Yo me paré —a medias, en 
realidad, no llegué a levantarme del todo—, y estirando el 
brazo llegué a él y se lo di. Él le dio una pequeña pitada y se lo 
puso en la boca a ella, que, como pudo, sacudida por los 
embates de su esposo, y con sus dos manos apoyadas sobre la 
mesa, absorbió unas largas bocanadas de humo. Terminado 
esto, me lo devolvieron y regresaron al ruedo. 
—¡Vos decime, eh, vos decime! 
—¿Que te diga qué? 
—¡No sé, decime algo! 
¿Qué carajo quería que le dijera? ¿Que estaba bien? ¿Que 
estaba teniendo un buen desempeño? 
—No sé. ¿Querés que te aliente? 
—¡No! —Gritaba, no paraba de moverse—. Dirigime. 
Dirigime. Escribinos el cuentito. Nosotros vamos haciendo lo 
que nos digas. 
—Okey, perfecto. Ahora entiendo. 
Me sentía ridículo. Yo era escritor, no director de cine. 
Estaba acostumbrado a manejar a mis personajes en voz baja, 
SANTIAGO CÁNEPA 
186 
no dando órdenes como un inexperto y venido a menos 
Kusturica, o un sedentario Tolo Gallego. Pero me estaban 
pagando y tenía que hacerlo. 
—¡Dale! ¡Ahí va! Fuerte, no seas marica... 
—¡Órdenes! ¡Órdenes! ¡No me alientes, boludo! ¡Me 
estás alentando! ¡Dame órdenes! 
—¡Perdón, perdón! Tenés razón. 
—¿Qué hago? ¿Le pego? 
—¡No! —Me asusté. ¿Cómo iba a pegarle?—. Bah, no sé. 
Si ella quiere… 
No me dejó terminar. 
—Sí, le pego —dijo, y le pegó un cachetazo en una de sus 
nalgas. Ella, que tenía la cabeza inclinada hacia abajo, levantó 
la mirada en un grito de dolor o placer y me miró. 
—Eso me gusta, papito. Bien bestia. Bien duro. 
Cuando la escuché hablar y la vi nuevamente mirándome 
a los ojos, me volví a excitar de inmediato. Como si todo mi 
cuerpo hubiese recibido un shock eléctrico. 
—¡Ahí va! ¡Ahí va! Escribí. Hacé sonar esa máquina... 
Dame falopa. 
Seguía moviéndose, me daba órdenes. Gritaba. 
—¿Escribo o te doy la falopa? Porque las dos cosas a la 
vez no puedo. 
—¡No sé! ¡Uhhhhh! Dame la falopa. Dame la falopa. 
—¿Dónde está? 
—En el bolsillo de mi campera. 
Como pudo, con su brazo inexacto moviéndose al ritmo 
de su pelvis, me señaló la campera que estaba en el 
apoyabrazos del sillón donde había estado sentado. Yo me 
acerqué a la campera, busqué en los bolsillos y, cuando 
encontré el papelito con cocaína, se lo alcancé. 
—Tomá. 
COGER Y CONTARLO 
187 
Me agarró del brazo e intentó darme un beso. Todo, sin 
dejar de moverse. 
—¡Ey! ¿Qué hacés, pelado? Tranquilo. Sos un tipo lindo, 
pero yo solamente como de un plato. 
—¿Seguro? Mirá que hay más plata. 
Me reí. Me causó gracia que me lo preguntara. 
—Sí, boludo, seguro, no me gustan los hombres. Pero te 
agradezco el considerarme para tener sexo. 
—Sos un pibe lindo. Tenés pinta de buen cogedor. Eso le 
gusta a ambos sexos. 
—Gracias, pero paso. 
—Okey. Lo entiendo. Perdoname, pero tenía que 
intentarlo. 
—Todo bien. Sin rencores. Hay que pelear por lo que uno 
quiere. 
—¡Siempre! ¡Vida de mierda! ¡Uhhhhh! 
A esa altura, ya no se sabía si la que se movía era ella —
para atrás y para adelante, colisionándolo con su culo—, o él, 
que rebotaba contra las nalgas. 
Como pudo, Alex abrió el papelito y aspiró de un solo 
saque toda la cocaína. 
—¿Querés? Tengo más en ese mueble. 
—No, te agradezco. Estoy a dieta. 
—¡Dale, pelotudoooo! 
—No, seguro, gracias. 
De repente se volvió loco. Tomó a Emilia de la cintura y 
comenzó a sacudirla como un perro alzado. Estaba sacado. 
Gritaba y me pedía que hiciera sonar las teclas de la máquina. 
—¡Dale, que suenen, que suenen! 
Yo, parado, inclinado sobre la Olivetti, las golpeaba ya sin 
escribir nada coherente, manchando la hoja de palabras 
inentendibles. Les sacaba ruido, nada más. A la vez que, como 
SANTIAGO CÁNEPA 
188 
en un baile —combinando mis movimientos, los movimientos 
de ellos y los gemidos de Emilia—, agregaba cada tanto una 
orden en voz bien alta, casi gritando: “Acariciala. Tocale las 
tetas. Decile que es tu puta (“¡Sos mi puta, sos mi puta!”, “¡Sí, 
sí!”, gritaba ella). Tirale de los pelos. Decile que levante la 
cabeza y me mire. ¡Eso, ahí va!”. 
Yo era el puto amo. Manejaba todo. Dirigía todo desde mi 
máquina de escribir. Y eso me calentaba. Y me iba calentando 
cada vez más hasta que ya no aguanté y tuve la necesidad de 
ser parte: 
—¿Leíste “Continuidad de los parques”, de Julio 
Cortázar, pelado? 
—Sí. El del tipo que está leyendo un cuento en su cuarto 
y de pronto su realidad se mezcla con la del cuento. 
—¡Exacto! 
—¡Me encanta ese cuento! 
—A mí también. Así que ¡hagamos buena literatura 
entonces! 
De un saque me bajé los pantalones y los calzoncillos, 
que quedaron aplastados a la altura de mis tobillos, y puse mi 
pene en la boca de Emilia. Ella comenzó a succionarlo con 
destreza. Sabía exactamente lo que hacía. 
—¡Vamos! ¡Así me gusta! ¡Que participe! —se 
entusiasmó Alex como si tuviésemos siete años y mi madre me 
hubiese dado permiso para ir a jugar a su casa—. ¿Viste lo que 
es esa boca? ¡Esto es literatura, buena literatura! ¡Las grandes 
plumas! ¡El dominio de la lengua! ¡Chocame los cinco, 
pelotudoooo! 
¿De verdad quería que le chocara los cinco? ¿Quiénes 
éramos, los Cebollitas? Ese tipo realmente estaba loco. Pero 
empezaba a caerme bien. Y después de todo, me estaba 
pagando. Así que le choqué los cinco y cerré los ojos, y me 
COGER Y CONTARLO 
189 
concentré en las habilidades de Emilia. 
Estaba en otro mundo. Tenía el pito duro como una roca y 
la boca de Emilia era tan suave, tan húmeda, tan 
inmejorablemente cálida, y se movía tan pero tan bien que 
quería quedarme ahí por el resto de mi vida. Fue tal mi 
desapego y abstracción del mundo que nos rodeaba que estuve 
a punto de irme y enchastrarle toda la boca, pero, por suerte, 
reaccioné y la saqué a tiempo. 
—Cambiemos, cambiemos. Dejame a mí de ese lado. 
Quiero cogerla —le dije a Alex. 
—Me parece bárbaro. —Por fin dejó de moverse—. Si 
ella quiere... 
—Obvio que quiero. Es lo que estaba esperando —le 
contestó Emilia mirándome a mí los ojos y secándose los labios 
con la mano. 
—Perfecto. Ahí me acomodo en tus aposentos, entonces, 
lindo caballito —le dije. Y Alex y yo dimos la vuelta a la mesa 
ratona, cada uno en la dirección que le tocaba para apostarnos 
en nuestras posiciones. 
—¡Pará! —me dijo antes de que empezara—. Ponele la 
máquina de escribir en el culo. 
—¿Cómo en el culo? No le va a entrar, pelado. 
—No, pelotudo. No en el ano. No quiero que le metas la 
máquina en el orto. Es obvio que no le va a entrar... 
—Te puedo asegurar que he visto cosas impresionantes. 
Nada es obvio cuando hay voluntad de por medio... O vaselina. 
—¡No seas boludo! Me refiero a arriba, en la parte baja de 
la espalda. Como si fuera una mesita, un escritorio, ¿entendés? 
—Como si fuera una mesita... ¡Me encanta! ¡Hagámoslo! 
¡Fue la mejor idea que tuviste en la tarde! 
Y no mentía. Su idea me había encantado. Era todo lo que 
yo pensaba de la literatura, pero resumido en una imagen: a la 
SANTIAGO CÁNEPA 
190 
literatura había que fornicarla, relacionarse con ella de esa 
manera, tomarla por la cintura y darle duro, con un ritmo 
constante. Había que dominarla, pues antes de ser esa puta 
hermosa que se dejaba follar, era —en forma de hoja en 
blanco— el tipo más enorme al que alguna vez nos 
enfrentamos. Un tipo gigante dispuesto a golpearnos, a 
destruirnos si fuera necesario. Por eso había que sacar lo mejor 
de uno —sus mejores golpes, sus más sagaces trucos— y 
derrotarlo. Corriendo siempre el riesgo de salir mal herido, 
desde luego, pero sabiendo que al final llegaría la recompensa: 
esa mujer hermosa, en cuatro patas, dispuesta a que hagamos 
con ella lo que queramos. Ese era el momento de dejarfluir la 
poesía, la verdadera gloria literaria. Estar detrás de ella, 
moverse despacio y acariciarla. Besarla, lamerla, tocar su culo 
y sus tetas. Darle con fuerza. Parar en el momento justo y 
mirarla, y disfrutarla, verla respirar agitada pero contenta. Así, 
desde las tripas, con corazón, verga y cabeza, se escribían los 
mejores textos. 
Así que Alex, mi nuevo y calvo amigo, me alcanzó la 
máquina y yo la posé sobre ella. Le quedaba perfecta. El ancho 
de la máquina tenía exactamente el mismo ancho que su 
cadera, entraba a tope. Y mis manos quedaban justo a la altura 
de las teclas, para escribir cómodamente. Era la conjunción 
perfecta. La alineación de los planetas, o bien de mis bolas y el 
culo de Emilia, a quien, como era de esperarse, parecía 
encenderla aun más que a mí eso de la maquinita en su cadera. 
Dispuesto a terminar el texto que había empezado a 
escribir cuando todo comenzaba, arremetí contra Emilia y le di 
rienda suelta a mis dedos y a mi pija. Era el momento de la 
gloria. El final estaba cerca, pues el momento de acabar un 
cuento, una poesía, una novela, era el momento más sublime, 
comparable únicamente al momento exacto del orgasmo. Era el 
COGER Y CONTARLO 
191 
momento de la concreción. El instante divino donde todo 
demostraba haber valido la pena. Donde las decisiones tomadas 
—mitad intelecto y mitad intuición; un párrafo largo, un 
párrafo corto, un punto y coma, una mano en la cintura, un 
beso en la espalda, un arañazo, etcétera— serían los ladrillos de 
ese edificio monumental que nos colocaría en su punta para 
luego derrumbarlo —en el caso del acto sexual— en una 
ingente eyección de semen y largarnos en una gran caída libre 
hacia la autorrealización y la trascendencia. Estábamos dejando 
algo en este mundo y ya podíamos morir tranquilos. 
 
El cuento se había vuelto parte de nuestra realidad y 
nuestra realidad parte del cuento. Era la mezcla que aquella 
periodista me había recomendado que no hiciera. Quizás a ella 
le harían falta buenos motivos para mezclar su realidad con las 
letras. O quizás ya lo había hecho demasiado y sabía lo riesgos 
que eso traía. Como fuera, yo estaba en ese trance y de 
momento no podía salir. Así que pensando un poco en ella, 
trayendo también a mi mente la imagen de Laura y, por 
supuesto, mirando embobado la carita de Emilia, que se daba 
vuelta para mirarme cada tanto, me metí con furia en los 
últimos metros de mi carrera. 
—¡Quiero que acaben los dos juntos! ¡Que me chorreen 
toda! —pedía ella a los gritos, ¿y cómo se lo íbamos a negar? 
Así que cada uno en su viaje, pero viajando a la vez juntos, 
Alex y yo le dimos más leña a nuestras calderas y todo parecía 
que iba a terminar: 
—¡Sí! ¡Sí! —gritaba ella, mientras Alex jadeaba como un 
oso y sacudía su pene con la mano. 
—¡Dale, dale, pelotudoooo! ¡Daleee! —me alentaba, a la 
vez que le preguntaba a ella—: ¿Te gusta, perra, te gusta? 
—¡Sí, papito, sí! ¡Decime Eva! ¡Decime Evaaaaa! 
SANTIAGO CÁNEPA 
192 
“¿‘Decime Eva’? ¿Qué carajo le pasa a estos dos? ¿Son 
peronistas, religiosos?”, pensé y comencé a desconcentrarme. 
Ellos siguieron: 
—¡Eva, Eva! 
—¡Sí, soy tu Eva, soy tu Eva, mein Führer! 
—¿Perdón? —Cuando dijo “mein Führer”, me detuve de 
golpe—. ¿Escuché bien? ¿Te dijo “mein Führer”? 
—Sí, ¿qué tiene? 
Él también se detuvo. 
—¿Mein Führer por el Führer? 
—¡Ay, chicos sigan, por favor! ¡No me van a dejar así! 
—Sí. Por el Führer, Adolf. Hitler. 
Estaba loco, definitivamente Alex estaba loco. Y para 
peor, también lo estaba ella. Y yo me estaba volviendo parte de 
su cuento y su locura. 
—¿Pero ustedes son...? 
No me animé a pronunciar la palabra “nazis”, me dio 
miedo. Me aterrorizaba enterarme que realmente lo eran, 
aunque debían serlo, no había otra opción. De lo contrario, 
¿cómo era posible que en el momento culminante de la acción 
se dijeran Eva y Führer como si fuesen ellos los mismísimos 
Hitler y Eva Braun y eso los excitara? O eran nazis o estaban 
locos. Y cualquiera de las dos opciones me desagradaba 
totalmente. Esa era la justificación para la mala sensación que 
sentí al escuchar el timbre del teléfono. No la propuesta sexual. 
Esa, la vinculación carnal —encuentro cercano del tercer 
tipo— con una pareja de nazis. 
Lo peor era que yo no podía enojarme ni mostrarme 
molesto; ¿quién era yo para juzgarlos? Y, sobre todo, ¿quién 
era yo para juzgarlos y condenarlos justo en ese momento, 
cuando aún no me habían pagado? 
—Mirá —comencé diciendo—, yo no soy quién para 
COGER Y CONTARLO 
193 
juzgarlos, pero la verdad es que es un poco chocante. 
—¿Que seamos nazis? —largó Alex en medio de una 
carcajada. 
—Sí. 
—Pero, hombre, no te asustes. No pasa nada. No somos 
nazis... Bueno, un poquito. Pero es algo más común de lo que 
la gente se imagina: ¿cuánta gente discrimina, se queja, por 
ejemplo, de que los hospitales están llenos de inmigrantes de 
países limítrofes? 
—¡Yo no! 
—Bueno, vos. Pero mucha gente lo hace. Y es lo más 
normal. 
—No me parece que sea lo más normal, pero acepto que 
mucha gente piensa como vos decís. Y eso es lo que no tolero. 
—¡Se pueden dejar de discutir y cogerme! 
—¡Pero tranquilo, hombre! Yo sé cómo pensás. Te hemos 
leído. Estamos en las antípodas ideológicamente, pero eso no 
impide que podamos pasar un buen momento y escribir una 
obra literaria del carajo. 
—No. Es verdad. Además, ya casi la tengo terminada. 
—¿Ves? ¿Para qué hacerse tanto problema? 
—¿Me van a terminar de coger o no? Porque si no, me 
voy a buscar pito de plástico a mi cuarto y termino sola. 
—¿Cuartos separados? —pregunté. 
—Sí. Ella quiere su espacio. Yo me levanto muy 
temprano. Somos una pareja moderna. 
—Me parece muy bien. 
—¡Me voy a buscar la pija a mi cuarto! —gritó Emilia y 
se levantó de la mesa ratona. Pero Alex la paró y le dijo que se 
quedara: 
—Quedate que ahora terminamos. Era una pequeña 
charlita, nada más, amor. 
SANTIAGO CÁNEPA 
194 
Lo que él llamaba “pequeña charlita” era para mí el 
episodio más descabellado que yo había tenido, por lo menos, 
en los últimos diez años. Pero, por suerte, no se había salido de 
las manos. 
—Bueno, ¿seguimos? —preguntó Alex. 
—No puedo —respondí yo y le señalé mi pene, que se 
había bajado, se había achicado y se había arrugado como un 
animalito asustado que se escondía de los cazadores—. Se me 
vino abajo la creación literaria. 
—¡No te la puedo creer! 
—Es que lo del Führer... 
—Sí, ya sé. 
—Me sacó del viaje. 
—No te preocupes. Son cosas que pasan. A mí ponerme 
en ese rol me hace sentir poderoso, fuerte, grandote... Bueno, 
en fin, toda esa mierda de la raza aria. 
—Sí, te entiendo. 
—Es que tiene veinte años la piba, con algo tengo que 
remontar esta babosa —dijo y se señaló el pene. Yo me reí y le 
dije que, si quería, podían continuar ellos mientras yo los 
seguía mirando y terminaba de escribir el cuento. 
—¿Te parece que hagamos eso? 
—¡Me encanta! 
Y así fue: ellos terminaron de hacerlo y yo acabé con mi 
texto. Lo releí, mientras ellos se bañaban y se cambiaban, y 
luego me bañé yo y se los dejé para que lo leyeran. Cuando 
volví del baño, los dos me esperaban en la cocina para comer 
algo y para pagarme. 
—¿Y, qué les pareció? 
—Nos encantó. No esperábamos menos de vos. 
—Es visceral, crudo. Como a mí me gusta —agregó ella. 
—¿Algún cambio que quieran hacerle? 
COGER Y CONTARLO 
195 
—No. 
—Si podés, a mí haceme un poquito más alto y más 
potente, nada más. 
—¡Hecho! Cuando llegue a casa lo corrijo. 
—¿Alguna idea para el título? 
—Tengo varias, pero me gustaría sentarme tranquilo, 
releerlo y ver cuál es el indicado. 
—¿Algún ejemplo que puedas darme? 
— “Un ser humano despreciable”. 
—¿Por mí? —preguntó riendo Alex. 
—Por mí. Porque me vendí por plata, engañé a mi 
compañera y ni siquiera pude terminar mi trabajo. 
—Pero el cuento está terminado. 
—Me refiero al otro trabajo. Se hiriómi hombría. 
—Metete en el papel de un tipo poderoso, siempre 
funciona. 
—No es mi estilo. Lo mío va de antihéroe. 
—¡No te hagas el humilde, tenés una buena verga! 
Los tres nos reímos. Y luego de charlar un rato y terminar 
de comer unas empanadas, nos saludamos y yo me volví a 
casa. 
En el trayecto iba pensando en cómo decirle a Laura que 
me habían pagado tanto por un simple cuento. O si, en realidad, 
era mejor que no le dijera nada, y que con esa plata fuera 
solventando los gastos fijos de los siguientes meses, diciéndole 
que me habían encargado otro libro, pero esta vez de cuentos 
eróticos. No lo sabía, pero no tenía que preocuparme, ya se me 
ocurriría algo. Después de todo, era mi trabajo mezclar la 
verdad con las mentiras. 
Cuando miré el celular para ver la hora, vi que tenía 
varios mensajes de Laura y, entre ellos uno de la periodista que 
me preguntaba si hacía algo esa noche. Me alegré, me sentí 
SANTIAGO CÁNEPA 
196 
halagado, pero no le contesté nada. Esa noche era mi noche de 
descanso. 
 
 
 
 
 
COGER Y CONTARLO 
197 
CAPÍTULO 8 
 
Los últimos días 
 
 
 
 
 
 
 
 
Laura se sentó en el sillón y comenzó a llorar. ¿Qué 
pasaría si estuviera embarazada? Si esa sospecha —que 
ninguno mencionaba, pero que nos iba inundando de a poco, 
como si, de pronto, una fuga de agua se precipitase en nuestro 
departamento de la calle Dublín, y el agua (esa agua), fría, 
molesta, inesperada, nos fuese subiendo de a poco, hasta llegar 
a la cintura, al pecho, al cuello, a los ojos, y por fin, fuese 
inevitable verla- era cierta. 
Si esa sospecha fuera cierta, mi vida cambiaría por 
completo. La vida de Laura cambiaría por completo. Nuestra 
vida ya no sería la misma. 
A ella, esa agua intempestiva le llegó de forma directa. Es 
decir, ella conocía su cuerpo, conocía sus ciclos y por más 
irregulares que fuesen (siempre) sus periodos, empezaba a 
sospechar de ese sangrado atemporal que le llegaba a mitad de 
mes: la sospecha tenía fundamento. 
Para mí era distinto, porque, si bien yo conocía sus ciclos, 
sus fechas, sus estados de ánimo, no contaba con la prueba 
visual (una bombacha manchada quitada a las apuradas y 
puesta a lavar, una aureola roja que se iba esfumando como un 
SANTIAGO CÁNEPA 
198 
fantasma sobre el agua, en la porcelana blanca del inodoro), ni 
con las sensaciones que a ella su cuerpo le iba soltando día a 
día. Yo sólo conocía la versión comprimida y verbal que una 
tarde, mientras merendábamos junto a la ventana de living, ella 
había dejado correr livianamente sobre el barniz resbaloso de la 
charla cotidiana. 
—Me volvió a venir —me dijo mojando una galletita en 
el café con leche. 
—¿Pero no te vino hace poco? —me sorprendí yo, 
mientras ella se metía la galletita en la boca, la masticaba, la 
tragaba y luego se chupaba los dedos. 
—Sí. No hace más de quince días. 
—¿Y entonces? 
Sin mirarme, como si el tema no requiriese mayor 
atención que la que uno puede darle mientras hurga (un poco a 
ciegas, torpemente, con la misma mano ya manchada y 
chupada repetidas veces) dentro de un paquete de galletitas 
Bagley, me respondió: 
—Nada. No pasa nada. Me siento un poco mal, nada más. 
Pero es normal… Al menos una vez al año, a las mujeres nos 
viene así, dos veces seguidas. El cuerpo necesita estabilizarse. 
Hay cambios hormonales y esas cosas. 
No supe qué contestarle. No supe de dónde había sacado 
eso. Traté de recordar si le había sucedido eso mismo en los 
años que hacía que estábamos juntos, pero no logré recordarlo. 
Creí que sí, que le había pasado. Y después creí que no, o que 
alguien me había contado que a alguien le había pasado y que 
eso era normal, pero no estaba seguro. Comencé a sospechar: 
¿y si estaba enferma?, ¿y si estaba embarazada? ¿Y si eran las 
dos cosas a la vez? A juzgar por lo mucho que ella iba al 
médico —uso y abuso de la buena medicina prepaga que su 
padre costeaba cada mes—, le creí. O al menos preferí creerle. 
COGER Y CONTARLO 
199 
Intentando desplazar con racionalismos esa sensación de vacío 
que su comentario asociado a miles de pequeños signos que de 
pronto empezaba a entender (sus manos acariciando su barriga, 
sus llantos extracurriculares —muchos más de los que tenía a 
diario—, sus cambios de humor, sus pechos blancos y 
pequeños, que, para mi contento, empezaban a crecer, sus 
miradas, su piel, mis ganas de abrazarla y sus náuseas, sus 
retorcijones, etcétera, etcétera), había empezado a abrir en mi 
pecho. Como si sus palabras (“Me volvió a venir”) fuesen una 
gota de ácido que dejó caer sobre mi pecho (sobre el Telgopor 
que era mi pecho), y una onda expansiva, agujero que se abre, 
fuese creciendo en mí. Como esa aureola de sangre que ella vio 
flotar en el inodoro. Como el agua que empezaba a subir de a 
poco y a inundarnos, a inundar el departamento de la calle 
Dublín. 
Para ella lo importante era que llevaba casi un mes 
indispuesta y le molestaba sentirse mal, “sangrar tanto”. 
Desviaba su atención a eso como si su sospecha —para 
entonces pequeña, Big Bang a punto de estallar— pudiese ser 
tapada. 
Pasamos una semana así: ignorando, negando, 
haciéndonos los tontos. Creyendo que, si no pensábamos en lo 
que estaba pasando, eso no pasaría. Hasta que un día, 
caminando histéricamente, descalza, rapidito, hermosa (con los 
párpados hinchados), con el pelo recogido, pataleando como un 
bebé enfurecido, salió del baño y se sentó en sillón y comenzó 
a llorar haciendo pucheros, muecas, regando sus labios de 
mocos y lágrimas, llenándolos de saliva y contorneos extraños; 
volviendo su rostro el rostro de una muñeca brillante. 
Mencionó viscosidades, colores que pasaban de un rojo intenso 
y normal a un rosa espeso que variaba según la cantidad de 
líquido transparente (intruso alarmante en el rito banal de 
SANTIAGO CÁNEPA 
200 
cambio de tampones, bombachas y toallitas), que empezaba a 
notar en las últimas secreciones. 
Me senté a su lado y la abracé. La besé en los ojos. En la 
boca. En la cabeza, sobre el pelo (recordé los besos que mi 
padre me daba cuando yo estaba dormido o él creía que lo 
estaba). Me empapé de la capa salada y húmeda que cubría su 
rostro. Aspiré su perfume, su olor a hogar. Y así, sin pensarlo, 
como si esa agua que había empezado a inundar nuestro 
departamento por fin nos hubiese llegado a los ojos develando 
la verdad, puse mi mano en su panza y sentí que una luz 
esclarecedora se encendió iluminando todo. La amé como 
nunca la había amado. La vi mujer y animal. La vi hembra. La 
vi por debajo de todos los convencionalismos que miles y miles 
de años de historia humana y de lenguaje humano y de razón 
humana nos habían puesto: “ella, yo, nosotros, Santi, Laura, 
Santiago y Laura, la pareja, el Amor, la idea del Amor, 
Shakespeare, el romanticismo, Romeo y Julieta, el morir por 
Amor, el vivir por amor, las canciones de Amor, la visión 
simple del Amor, el guión cinematográfico del Amor, las 
novelitas de amor, las películas de amor, el final feliz (del 
Amor), la vida, la idea de la vida, el sentido de la vida”; todo, 
absolutamente todo, desapareció. Se fue. Como si alguien 
hubiese quitado el tapón de esa pileta que era nuestro living y 
esa agua que nos inundaba se hubiese chupado de un solo 
golpe, de una sola sorbida: no quedaba nada más que nosotros. 
Nuestros miedos, nuestras ilusiones, pero nosotros. Jóvenes, 
muy jóvenes para estar sufriendo. Desnudos pero vestidos, 
aterrados, sentados en ese sillón del departamento de la calle 
Dublín. 
Al otro día fuimos al médico. Subí los tres pisos de la 
clínica sintiéndome más pequeño que nunca (sensación 
comparada a la que sentimos al estar frente a una gran montaña 
COGER Y CONTARLO 
201 
o frente al mar). Laura iba a mi lado. Mirábamos un punto fijo. 
Quizás el mismo punto, el mismo sector de la puerta plateada 
del ascensor, pero no veíamos lo mismo. Ellaempezaba a ver 
futuro, con niños, pañales, mamaderas y baberos vomitados. Y 
yo veía presente, pensaba en sus celos, en sus reclamos, que se 
habían convertido en compulsión. La forma obsesiva que tenía 
de encontrar signos, pruebas, evidencia de que yo había hecho 
tal o cual cosa, siempre mala, siempre a propósito, siempre 
para lastimarla. Las escenas de violencia que habíamos 
protagonizado. La puerta rota por mis golpes. Mis labios rotos 
por los suyos. Los insultos, los gritos, las separaciones fugaces: 
no era el momento de tener un hijo. No estábamos preparados. 
Sin embargo, no lo discutimos. Desde que habíamos empezado 
a sospechar que estaba embarazada, habíamos evitado hablar 
del tema. Simplemente nos habíamos dejado llevar por el curso 
natural de las cosas: primero dejamos pasar el tiempo, como 
esperando que, de pronto, un signo físico, una revelación 
fisiológica nos confirmara que era todo un susto, una sospecha 
infundada. Luego, cuando ese signo no llegó y el agua ya nos 
hubo tapado los ojos, no tuvimos que confirmarlo: los dos 
sabíamos que estaba embarazada. No habíamos hecho un test, 
no habíamos consultado a un médico, pero lo sentíamos. Por 
eso íbamos a la clínica, para que nos confirmaran lo que era 
obvio. Para saber qué teníamos que hacer a partir de ahora. 
 Llegamos al tercer piso. Laura se acercó a la mesa de 
recepción y explicó su problema utilizando la palabra 
“problema” como si hubiese utilizado la palabra “estado” o 
“situación” o cualquier otra palabra que no tuviese una 
connotación negativa. 
La chica le dijo que se sentara y que de inmediato iban a 
llamarla. Yo la escolté durante todo el trámite, pese a no haber 
estado incluido en el “sentate que ya te van a llamar” de la 
SANTIAGO CÁNEPA 
202 
recepcionista, o en el “problema” de Laura. 
Nos sentamos. La sala de espera —con televisión, 
sillones, máquinas de gaseosas y dulces, gente bien vestida— 
no se parecía en nada a las salas de espera de los hospitales 
públicos que yo evitaba visitar (hasta más no poder) desde que 
era pequeño. 
Nos tomamos de la mano. Ella parecía contenta o 
histérica, quizás. Me hablaba, me decía que le dolía la panza. 
Me besaba, me acariciaba. Se movía mucho. Yo la abrazaba 
como quien abraza a un enfermo o a alguien que acaba de 
sufrir un shock emocional. La contenía. Intentaba contenerla. 
Hacía lo que podía. 
A los pocos minutos, una doctora salió de su consultorio y 
llamó a Laura por su nombre completo. Laura se paró y yo 
atiné a hacer lo mismo, pero me frenó con su mano y me dijo 
que la esperara, que primero entraría sola. Le dije que sí con la 
cabeza, cerrando y abriendo los ojos en un mismo movimiento 
descendente/ascendente, y la vi irse feliz. Asustada pero feliz. 
Hermosa. Moviendo el culo como un pato que camina rápido. 
En la tele, sin volumen (como si en ciertos lugares 
destinados a visitas esporádicas —salas de espera de todo tipo, 
terminales de ómnibus, aeropuertos, etcétera— dejasen los 
televisores sin volumen creyendo ingenuamente que uno 
necesita el silencio para poder pensar tan solo en aquello que 
está por hacer: visitar un familiar enfermo, recibir los 
resultados de un examen sanguíneo, por ejemplo), una protesta 
de estudiantes de algún colegio de la Ciudad de Buenos Aires 
cortaba una calle por mejoras edilicias. Era todo un show de 
mimos despintados. 
Quizás lo de la tele era cierto. Y esa tele estaba allí para 
ser mirada sin ser vista. Es decir, para ser mirada mientras uno 
en verdad se va hundiendo en sus pensamientos. Y el pobre 
COGER Y CONTARLO 
203 
tipo que va a buscar los resultados de una biopsia o de un 
análisis de sangre, o espera ver un familiar accidentado, se va 
ahogando de a poco en la incertidumbre de la espera, en las mil 
posibilidades negativas —porque son siempre negativas—, que 
lo acechan tras la pronunciación de su nombre completo. Lo 
que al pobre tipo le queda, entonces, es la pobre posibilidad de 
comprar un café de máquina o una gaseosa, o leer una revista. 
Existe otra alternativa, quizás, más sencilla pero más 
comprometida. Y es la de alzar la mirada y cruzarse las caras 
con las otras víctimas —víctimas de un complot liderado por 
médicos y empleados públicos malvados y cínicos encerrados 
en un altillo lleno de pantallas de TV, donde se exhibe el triste 
espectáculo que ellos armaron—, y esperar, comprometerse y 
esperar encontrando un apoyo tácito en los otros seres que 
bufan y rumian la misma tortura. 
Eso me estaba pasando a mí. Yo esperaba una respuesta, 
pese a que ya la sabía, pero en el fondo, muy en el fondo de mí, 
una esperanza que la contrariaba se asomaba levantando sus 
manitos, rodeada por las garras de una culpa negra, sombría, 
que intentaba arrastrarla hacia abajo, enterrarla y taparla con 
decena de razones que mi cabeza buscaba para habilitarme a 
ser papá: “es el destino”, “así tenía que ser”, “son muchos años 
juntos”, “es el fruto del amor”, “el broche perfecto”, etcétera. 
 Yo no quería ser padre. No en ese momento. No así. No 
en esas condiciones y con esa Laura. Esa Laura que no era la 
Laura que yo había conocido, sino que era otra. O bien sí lo 
era, y yo la empezaba a conocer recién ahora, a años de haber 
empezado la relación. Quizás, a comienzo de la relación —
como pienso que sucede siempre en las relaciones—, yo 
(inconscientemente o no) había evitado ver esa parte de su 
persona. Y ahora, como sucede cuando miramos una pintura 
muy bella durante mucho tiempo y, al cabo de un tiempo, ese 
SANTIAGO CÁNEPA 
204 
paisaje bello comienza a desfigurarse —no por su propia 
cuenta, sino porque nuestra propia mirada se vuelve aguda y 
precisa—, y entonces vamos descubriendo sus defectos, sus 
zonas oscuras, yo comenzaba a ver en ella todo lo que antes no 
había visto. Quizás porque los episodios de celos y violencia 
—lejos de los celos comunes que atraviesan a toda pareja, 
aunque gozosos también de la perspicacia y el afán para 
encontrar pruebas y señales de posibles infidelidades y 
mentiras— comenzaron de a poco, con cuentagotas, con una 
sutileza que resultaría ajena a cualquier hecho de tamaño 
desenfreno: primero una levantada de voz, un sacudón, una 
metralleta de gritos y porqués —con lo que a mí me resultaba 
una cara deformada, una boca llena de espuma en un cuerpo 
alerta, tenso y a punto de atacar—, a causa de una entrevista 
subida de tono que yo había hecho en la radio a una prostituta. 
Luego, un torbellino de insultos y empujones como 
relámpagos, llanto incluido, arrancado desde el fondo mismo 
de sus inseguridades, por el personaje femenino de una novela 
(fantasma que nos acompañó de allí en más como una basurita 
que entra en el ojo y nubla la visión) que yo trabajaba y que 
ella insistía en que estaba basada en mi expareja. Luego, un 
portazo, un vaso de vidrio estallado contra el piso, sus manos 
pegándole a sus propias piernas, histéricamente, una y otra vez, 
con fuerza y furia de volcán, como si se castigase a sí misma 
por algún llamado extraño que mi teléfono celular recibía a una 
hora inadecuada. Todo, desde luego, tamizado y mezclado 
perfectamente dentro de la vida cotidiana. Con un pie en la 
esperanza y otro en la negación (si no es que, en algunos casos, 
no son lo mismo), dentro de un promedio macabro que los 
hacía parecer insignificantes a comparación del resto de los 
días. Es decir: de diez momentos buenos, uno malo. De diez 
momentos buenos, dos malos... Y así, hasta que los momentos 
COGER Y CONTARLO 
205 
malos colmaron todo. O, más bien, con su sombra y su olor 
putrefacto comenzaron a infectar el resto de la vida en pareja. 
Pues era cuestión de pelear —cada vez con más violencia— 
una vez en la semana, para que el resto de los días fuesen 
mutando de una tensión insostenible y cruda, helada, a un 
acercamiento tímido, una pedida de disculpas, un no lo voy a 
hacer más. Y un abrazoal fin y dejar de dormir espalda con 
espalda. Como si el frío de esas peleas (tan calientes, por 
cierto) y de ese presente congelase las horas en un solo 
instante, en una sola angustia, en un solo grito de dolor, y las 
detuviese como colgadas al borde de un precipicio. Hasta que, 
lentamente, el sol tibio de lo que fuimos, o de lo que podríamos 
volver a ser, fuese derritiendo ese témpano volviéndonos a la 
vida. Siempre, claro, colgando hacia el abismo. 
 Muchas veces, como si la misma violencia que 
gobernaba nuestras peleas pudiese ser trasladada a otros 
campos y ser reutilizada, cogíamos como bestias, toscamente, 
como si nos estuviésemos acostando con desconocidos. O 
como si yo me estuviese cogiendo a una puta, o ella estuviese 
siendo violada. Todo así, tan distantes de nosotros mismos. 
Con el tiempo comencé a preguntarme si lo que a Laura le 
pasaba le pasaba sólo por mí, o le pasaría con quien fuese que 
ella estuviera. Pues, si bien yo, con mis neurosis, mi 
incapacidad para demostrar afecto, la lejanía con que a veces la 
trataba, mis reiteradas infidelidades —que ella nunca descubrió 
pero que, de algún modo asombroso, intuía como un perro 
puede descubrir en su amo el olor de otro animal—, mis 
constantes dudas y mis reiterados cuestionamientos a la figura 
de la pareja y a las formas del amor, etcétera, había despertado 
en ella ese monstruo, ese monstruo que estaba allí para ser 
despertado, desde luego, pues dormía en ella desde el día que 
su madre dejó para siempre el mundo de los cuerdos y se 
SANTIAGO CÁNEPA 
206 
volvió loca. Loca como nadie. Una bomba de tiempo que 
explotaba en ataques de furia y delirio. Que inventaba seres 
que su hija tenía que padecer asustada y debatiéndose entre el 
miedo, la razón y la realidad. Como si a esa edad (ocho, nueve 
años) fuese posible distinguir dichos planos. Como si la 
pequeña Laura se criase normal haciendo esos esfuerzos 
demasiado grandes para su edad y para entender que esos seres 
(otros monstruos, que no eran ni ella ni su madre) no existían. 
Que eran un invento de la cabeza enferma de quien debía 
criarla. Y que era ella, Laura, quien, a partir de ese momento, 
tendría que hacerse cargo de todo. Sobre todo, y primero que 
nada, de distinguir entre la realidad y los seres que, de a poco, 
también empezarían a poblar su cabeza. 
Tal vez fue por eso que, aun cuando sus fantasmas 
llegaron a atormentarla del todo y la violencia llegó a su punto 
límite, yo seguí sintiendo lástima y compasión por ella. Un 
amor inmenso que me hacía perdonarlo todo. Porque en cada 
ataque de ira, en cada fantasma/monstruo que Laura veía 
amenazando la pareja, en ese rostro que parecía deformarse 
hasta volverse una pelota roja bañada en lágrimas y pelos, yo 
veía a su madre. Y sabía que ella, en el lugar que le quedase de 
cordura —o bien en los momentos donde volvía a ser la Laura 
normal, calmada y amorosa—, también la veía. Y eso me 
desarmaba, porque sabía muy bien lo mucho que a ella le dolía 
ser su madre. Lo mucho que le dolía saber que llegaría, 
arrastrada por vientos y mares de sangre, al lugar del que 
siempre había escapado. Como si hubiese un destino escrito 
para cada uno de nosotros. O como si no pudiésemos forjarlo ni 
aun intentándolo con el alma. Como si todo fuese inútil, un 
desperdicio de vida. Una película que desde el principio nos 
mostrase el final, aburrida, estresante, pesada, pero con la leve 
ventaja del desafío —falso, desde luego, pero indispensable 
COGER Y CONTARLO 
207 
para vivir— de que podríamos ser quienes no estábamos 
condenados a ser. Una ilusión, nada más. 
¿Y cómo podía culparla? ¿Cómo podía enojarme si yo 
también escapaba? Si yo también era mi padre. Si yo también 
de pequeño había visto caer el mundo que me rodeaba: mi 
madre pidiéndole dinero a mi padre. Mi padre diciéndole que 
no tenía. Mi madre diciéndole que teníamos hambre. Mi padre 
golpeando todo, mi madre gritando. Yo —mis cuatro años, toda 
mi incomprensión— escondiéndome bajo la mesa. Y entonces 
los gritos (más gritos), forcejeos (más gritos), mi madre 
llorando y mi padre dando un portazo; bien vestido, perfumado 
(Colbert Noir), siempre apurado, yéndose para no volver en 
todo el fin de semana. “¿Y a dónde va papá, mamá?”. “Papá se 
va a ver otras mujeres”. Papá salía. Papá trabajaba toda la 
semana —de algo, de cualquier cosa, de cosas inestables— 
para juntar unos pocos pesos y visitar a sus novias; muchas, 
muy lindas todas. Y entonces volvía el lunes, a la madrugada 
(yo escuchaba la llave en la puerta, sus pasos, olía su perfume y 
me alegraba; yo también tenía padre), y se metía en la cama, 
cama separada a la de mi madre, y se dormía hasta el mediodía. 
Y la rutina empezaba de nuevo: papá que me decía: “No te 
cases nunca, está lleno de minas. Mirá lo que es esa que va por 
enfrente”, y yo riendo, festejando: ¿qué otra cosa iba a hacer? 
Si papá me hubiese hablado de fútbol, yo hubiese ido más a la 
cancha, y me hubiese interesado más una pelota que un par de 
tetas, un buen culo, una linda cara; y la sensación de que si no 
me la cogía en ese momento, ya no me la cogería nunca, de que 
cada beso conduciría a mundos inimaginables. Y entonces los 
engaños a Laura, las parejas rotas. Esa era la única conexión 
posible que yo tenía con mi padre: mezcla de odio y 
admiración, fruto del llanto de una familia rota. 
De modo que no quedaba otra alternativa que 
SANTIAGO CÁNEPA 
208 
encontrarnos. Conocernos, enamorarnos, y en el medio del 
puente, detonar nuestras propias miserias con el único fin de 
llegar al otro lado rengueando, pisando los escombros de un 
piso inestable, con el culo en la mano y las tripas al aire; con el 
pasado presente. 
 
2 
 
Enterarnos de que ya no estaba embarazada fue un alivio 
para mí y un baño de agua fría para Laura. Ella, pese a estar 
llena de temores, esperaba ese niño o niña como nada. Sentía 
que era el fruto de nuestra relación, algo que quedaría para 
siempre como la evidencia de que alguna vez habíamos sido 
amor. Sueños, futuro. Esperanza. Nos habíamos amado como 
solo dos seres que tienen todo por vivir pueden hacerlo. 
Pero yo no quería. No sabría ser padre. De modo que, 
cuando dijeron mi nombre, me levanté del sillón dando un salto 
y crucé toda la sala sin darme cuenta, caminando como un 
autómata. 
—Pasá por acá —me dijo la doctora. 
—Gracias. 
Pasé. Laura estaba tirada en una camilla, desnuda, con las 
rodillas flexionadas y las piernas abiertas, tapada sólo por una 
suerte de camisón celeste, como de tela plástica. Me conmovió 
verla así. Se la veía indefensa, asustada. Algo triste pero 
ilusionada a la vez. 
Apenas me vio entrar, me sonrió, me miró con los ojitos 
llenos de brillo y no me dijo nada. Era todo un gran silencio. 
Parecía que no queríamos hacer ruido por si algo se rompía, 
por si algo —ajeno y superior a nosotros— se quebraba y 
nunca más, probablemente, pudiéramos volver a repararlo. 
Además, ¿qué íbamos a decir? ¿Qué más podíamos 
COGER Y CONTARLO 
209 
agregar? Nada, seguramente, pues solo nos restaba escuchar. 
Quedarnos quietos y tomar lo que la vida nos diera como una 
fatalidad inescrutable, porque todo lo que dijéramos sería 
inútil. Si la doctora decía: “Sí, están embarazados”, todo 
cambiaría y deberíamos dejar de pensar en nosotros mismos y 
volvernos mejores personas, más sanos, menos nosotros. Y si 
decía que no, el simple hecho de haberlo experimentado, 
aunque fuera falsamente, ya nos habría cambiado para siempre, 
y sería, más que nada, una advertencia. 
—Vamos a hacerle una ecografía —me aclaró. 
Yo suponía que le harían algo así, pero el simple hecho de 
escuchar esas palabras y asociarlas a la imagen de Laura en esa 
camilla, me desarmó. Yo seguí intacto, desde luego, 
físicamente intacto —parado inmóvil al lado de ella—, pero el 
derrumbe se dio por dentro: la doctora sacó de algún lado unaespecie de pene —o micrófono de computadora— conectado a 
un cable, le puso un preservativo, gel lubricante y le pidió 
permiso a Laura: la penetró. Laura largó un gemido suave, me 
miró nuevamente (había mirado a la doctora cuando dijo 
“ecografía” y sacó ese pene/micrófono) con los ojos llenos de 
lágrimas (cuánto la amaba, cuánto la amé en ese momento) y 
apretándome fuertemente la mano, me sonrió. Estaba hermosa; 
traspirada, con el pelo revuelto, algo tensa, sumamente 
nerviosa, desolada como un animalito que es cazado y rodeado 
por sus captores. Como una niña que acaba de perder la 
inocencia. 
Yo la besé en la boca y le dije que se quedara tranquila, 
que todo saldría bien. Ella me dijo que sí, haciendo un gesto 
afirmativo con la cabeza y se concentró en las palabras de la 
doctora. 
—Bueno, esto me permite ver por esa pantallita si hay 
algo o no... Déjenme que lo acomode... 
SANTIAGO CÁNEPA 
210 
La doctora movía ese pene/micrófono dentro de Laura y 
Laura daba pequeños saltitos de incomodidad. La situación me 
ponía tenso, cada vez más tenso, y la respuesta no llegaba. 
¿Cuántas veces había visto esa escena en películas? ¿De 
cuántas parejas embarazadas había sido testigo mientras 
esperaba en las guardias de los hospitales? Jóvenes y estúpidos 
como nosotros, que de un momento a otro traen un ser humano 
a la tierra. ¿Se habrían preguntado alguna vez si estaban 
capacitados para ser padres? ¿Serían capaces de criarlo? 
¿Serían felices? La sensación era siempre la misma; 
inexplicable, extraña, una mezcla de ternura y vacío, 
inmensidad. Y ahora, con Laura en esa camilla, esa sensación 
se intensificaba. Me hacía yo las mismas preguntas. La miraba 
a Laura, sentía el flujo mismo de la vida correr dentro de ella: 
mi semen aún en su panza, recorriéndola, como un fragmento 
de mí que a la distancia me ensanchaba, que me hacía crecer 
más allá de mi propio cuerpo; esa era la sensación. La misma 
sensación que había sentido en cada polvo que había echado en 
mi vida. En cada eyaculación dentro de las cavidades húmedas 
de alguien: un impulso, hacia adelante siempre, hacia lo 
inmenso, hacia el futuro. Y ya no del pene (el impulso), sino de 
la esencia misma de mi cuerpo, que pugnaba por ser eterno. 
—Bueno —dijo la doctora sin mirarnos, concentrándose 
solo en la pantallita que estaba detrás de Laura, y que solo ella 
y yo, la doctora y yo, podíamos ver, moviendo el 
pene/micrófono dentro de Laura—, hay algo. —Hizo 
nuevamente una pausa, movió un poco más su artefacto y 
finalmente agregó—: Pero no tiene vida. 
“No tiene vida significa muerto”, pensé. Laura tenía un 
pequeño bebé muerto en su panza, nadando en sus entrañas 
como un residuo que es expulsado por la cañería. O más que un 
bebé, un incipiente futuro juntos. El embrión (muerto) de lo 
COGER Y CONTARLO 
211 
que podría haber sido una familia de nuestra pareja: el 
siguiente casillero (esperable). El florecimiento y la 
multiplicación como conservación de la especie, la 
proliferación; Santiago papá y Laura mamá, y chicos corriendo 
por la casa. Y mis padres y sus padres, y amigos y mascotas. Y 
otra vez, entonces, mis padres y los suyos, pero ya no como 
abuelos, sino más bien como signos —prueba viviente de lo 
que fue, es y sería, al igual que nosotros mismos— de que la 
sangre nos traería aquella condenada persistencia 
genética/psicológica/maléfica que nosotros habíamos heredado 
de ellos. ¿Qué hubiese sido de nosotros entonces, de esa 
criatura? Nunca voy a saberlo, porque la doctora acabó de decir 
lo que dijo y, ante el silencio —estado de shock de ambos—, 
agregó que no sabía si esperábamos o no, que eso era un poco 
incómodo para ella, pero que sí, que no cabía duda, que 
habíamos perdido un bebé de dos meses y medio y que no 
sabía si eso nos alegraba o nos ponía tristes. Ninguno 
respondió. Cada uno tenía su propia respuesta. 
 
3 
 
Lo que siguió después fue todo en caída, un ir en picada 
constante. Ella, confesando que quería tener ese bebé; yo, 
sintiéndome culpable por sentir que no quería tenerlo. Largas 
semanas de llanto en el sillón del living, de autoconvencernos 
de que podíamos volver a hacerlo, a crearlo, a creer, a 
encargarlo nuevamente cuando fuera necesario. O, mejor 
dicho, yo convenciéndola a ella —falsamente, mintiéndome 
también a mí— de que podíamos planificarlo y que así debía 
ser, para cuando la pareja mejorara y nuestra situación 
económica, social, mental, sentimental, fuese otra, un poco 
mejor que la de ese momento. 
SANTIAGO CÁNEPA 
212 
Los meses pasaron y nos olvidamos del asunto. Nos 
separamos una vez más. Esta vez durante pocas semanas, a 
causa de una escena de celos que ella me había armado 
diciendo que la charla —charla meramente laboral— que yo 
había tenido con una modelito rubia estilo Barbie, por 
Facebook, era una excusa para conquistarla. Desde luego, de 
tener oportunidad, yo me hubiese acostado con la modelito sin 
ningún inconveniente, pero ese no era el caso, porque la 
conversación era realmente laboral y lo que veía ella eran solo 
fantasmas, espejos de sus propios temores. Pero así fue, nos 
separamos y a las pocas semanas volvimos, para intentarlo una 
vez más (¿qué número ya?, ¿el tercero, el cuarto intento?), 
ingenuamente, creyendo que podíamos hacer algo contra 
nosotros mismos. Porque, después de todo, ¿quién es capaz de 
dejar morir un amor? ¿Quién tiene la fortaleza suficiente para 
matar algo que nos hizo tan felices? ¿Quién se atreve a dar un 
gran salto al vacío, sabiendo que lo que viene, puede ser aun 
peor? Porque lo que venía era, indudablemente, la soledad. 
Algo siempre más aterrador e inabarcable que la misma mierda 
que vivíamos día a día. Una mierda que al menos conocíamos y 
que, cada tanto, nos regalaba momentos de felicidad: el 
confort, la certeza de una tierra firme, un lugar donde volver. 
Eso era el amor, quizás. Y eso era estar juntos, aceptando a 
rajatabla las desdichas y pliegues más oscuros del alma 
humana. 
Conscientes de que cambiar de hábitat era un poco 
cambiarnos a nosotros, le pedimos prestado el auto a su padre y 
nos fuimos unos días a La Lucila. Ver el mar, pasear por la 
playa, dormir en la casa donde habíamos pasado tantas 
vacaciones familiares, nos renovaría. 
Consecuentemente, los primeros días fueron un sueño. 
Seguíamos teniendo la misma química que antes. Nos reíamos, 
COGER Y CONTARLO 
213 
podíamos charlar durante horas sobre temas triviales, hacer el 
amor como si no lo hubiésemos hecho nunca y cosas así. Hasta 
que una tarde, demostrando que existían fuerzas superiores a 
nosotros mismos manejando nuestro destino, una reacción por 
parte de ella lo cambió todo. 
Caminábamos hacia la playa, habíamos cargado el termo 
con agua caliente y habíamos preparado todo para el mate. 
Parecía que iba a lloviznar, pero la tarde podía aprovecharse 
igual. Estábamos contentos, de buen humor, disfrutando lo que 
nos tocaba. Hasta que, de pronto, un pequeño gatito se cruzó 
delante de nosotros y, sin quererlo —con un vigor 
proporcionalmente inverso a su tamaño— desató el final. 
—Levantalo —me dijo Laura—. No lo podemos dejar 
vagando solo. 
—No, claro que no —le respondí yo mientras me 
agachaba a agarrarlo—. Pero tampoco podemos llevarlo a casa. 
Ya tenemos dos gatos, y a la perra. Sería un caos. 
—Bueno, pero tampoco vamos a dejarlo acá, solo, así 
porque sí. 
—Sí, bueno, eso es verdad. Pero sería un quilombo, Lau. 
—Es que si lo dejamos lo va a pisar un auto. 
—No, ya sé. Obvio que no lo voy a dejar, Laura, pero 
tampoco quiero tenerlo todo el día encima. 
—Dame que lo llevo yo. 
Se me acercó buscando agarrar el gato. 
—Lau, me refiero a que no quiero meterlo en la casa. Ni 
en la de acá ni en la de Buenos Aires. Y si lo llevamos durante 
todo el día, posiblemente nos encariñemos. 
No se lo di, como si llevando el gato yo pudiese tener el 
control de la situación.—Y bueno, pero ahora no tenemos opción. 
Era verdad. No teníamos opción. Si lo dejábamos allí 
SANTIAGO CÁNEPA 
214 
tirado, con los autos y la lluvia venidera no tendría muy buen 
futuro el animal. Así que decidí llevarlo. 
—Está bien —dije—, lo llevamos. Y si en los días que 
nos quedan para irnos, no encontramos a nadie que lo quiera 
acá, en La Lucila, lo llevamos a casa y probamos por allá. ¿Te 
parece? 
—¡Me parece! —se entusiasmó ella—. Hagamos eso. 
—Pero tarde o temprano le encontramos una casa. No nos 
lo quedamos. 
—¡Sí, qué hincha! 
Fuimos con el gato a la playa. Era un animal hermoso, de 
pelo dorado y blanco, y con unos ojos sumamente grandes 
color agua. Celestes como los de un perro siberiano. No nos 
daría mucho trabajo encontrarle hogar. 
Para nuestra sorpresa, al rato de estar allí, un niño pasó 
con su madre y, tras varios intentos, logró convencerla y se lo 
llevaron. 
—Me da un poco de lástima que se lo lleven —me dijo 
Laura—. Era muy lindo. 
—Sí, la verdad que era lindo. Tenía unos ojos hermosos. 
Yo ya me estaba encariñando. 
En ese momento noté que en ella algo cambió. No solo en 
su cara, que pasó de una relajación normal a una tensión 
inquietante —adoptando un evidente rictus de desagrado—, 
sino también en su cuerpo, pues algo en ella se quebró. Fue 
imperceptible a simple vista, como esos avisos que solo los 
animales pueden percibir cuando una catástrofe natural se 
avecina. Pero yo pude notarlo. 
No entendí qué le pasaba, desde luego. No supe sino hasta 
cinco minutos después qué era lo que le molestaba, pues sabía 
que en esos casos, cuando se ponía de pronto así —como el 
cielo, que cambia bruscamente y pasa de estar soleado a 
COGER Y CONTARLO 
215 
cubrirse de nubes negras— era mejor quedarse callado y 
esperar. Porque era obvio que algo la había molestado, de eso 
estaba seguro, lo que no sabía era qué. Así que eso hice; me 
quedé callado, esperé, le serví algunos mates, seguí esperando 
—ella siempre sin mirarme—, hasta que, de pronto —aún sin 
mirarme—, largó la primera frase y desencadenó la catástrofe. 
—Hermosos como los ojos de tu ex, ¿no? 
—¿Perdón? 
Si bien había escuchado lo que había dicho (“hermosos 
como los ojos de tu ex”), algo en mí prefirió dudarlo, ponerlo 
en tela de juicio. Porque, de ser verdad, todo ese sueño que 
parecíamos estar viviendo empezaría a desmoronarse 
demostrando que sí, que efectivamente era eso, solo eso: un 
sueño barato, una ilusión nada más, que escondía detrás de su 
manto brillante las mismas miserias cotidianas que habíamos 
procurado dejar en Buenos Aires; la peste de todos los días. 
Con otro olor, otros colores, desde luego, pero peste al fin, 
como la calma que antecede a la tormenta, siempre tan poética 
y útil para las comparaciones literarias. 
—Celestes y hermosos como los ojos de tu ex, ¿no? —
volvió a preguntar. Ahora sí me miró. Efectivamente: era otra. 
—Perdoname, Laura, pero ¿vos acabás de asociar al gato, 
un gato, un animal de veinte centímetros que nos acabamos de 
encontrar en la loma del orto, a kilómetros de nuestra casa, en 
un puto pueblito de la costa, con mi exnovia? 
—Sí. Por algo dijiste que eran hermosos y celestes. 
—¡No dije que eran celestes! 
—¡Pero dijiste que eran hermosos! 
Empezaron a caer las primeras gotas. Lluvia de mierda, 
ya la tarde no se podía aprovechar. 
—¡Y, porque eran hermosos, Laura! ¡Eso es innegable! 
—Sí, pero eran hermosos porque eran celestes, claritos, 
SANTIAGO CÁNEPA 
216 
lindos como los de tu ex! 
Parecía un diálogo de locos. Una batalla semántica basada 
en los sobrentendidos. Realmente no me podía estar pasando 
eso. Era descabellado y yo lo sabía, pero estaba tan cansado de 
soportar esos regaños por parte de Laura que no tuve la 
inteligencia para frenar a tiempo y me dejé llevar. Con una 
avidez de revancha tan grande, tan poco consciente de lo que 
en verdad estaba pasando, tan obstinada en su propia razón, y 
tan dispuesta a llevar todo al carajo, que no medí las 
consecuencias y avivé el fuego en lugar apagarlo. 
—¡Sí, probablemente me parecieron hermosos porque 
eran celestes! ¡Pero eso no quiere decir nada, Laura! ¡Y no te 
da lugar a hacer tan ridícula asociación! ¡Me hartás! ¡Me 
hinchás los huevos! 
Me miraba fijo, su cuerpo estaba tenso. Movía la pierna 
derecha nerviosamente y agarraba y soltaba arena con la mano 
del mismo lado, como un reloj que escupe el tiempo. Era un 
movimiento chiquitito, casi íntimo, pero que contenía una furia 
latente. 
—¿Y qué, si no eran celestes eran feos? 
Otra vez sus inseguridades. Me reí más por nervios o por 
lo absurdo de la situación que por otra cosa. 
—Yo no dije eso. Eso lo estás diciendo vos. 
—No, yo estoy repitiendo lo que vos dijiste, Santiago. O 
más bien diste a entender que eran hermosos porque eran 
celestes. 
—Laura, no me rompas los huevos. No voy a caer en esta 
discusión de nuevo. Es una pelotudez y encima está empezando 
a llover, así que nos vamos a casa y nos dejamos de hinchar las 
pelotas con este tema ¡que ya hablamos setecientas veces! 
Me paré. 
—No, quiero que me respondas. 
COGER Y CONTARLO 
217 
Se quedó sentada como una nena caprichosa. Le faltaba la 
pala y el baldecito. Empecé a juntar las cosas: toallones, juego 
de mate, mantas, ojotas. Me sentía fastidiado. 
—¿Qué querés que te responda? ¡Ya me hiciste 
veinticinco preguntas! 
—Decime si eran hermosos como los ojos de tu ex. 
—¿Me podés explicar cómo de pronto terminamos 
hablando de mi ex? ¿Me lo podés explicar? Porque no lo 
entiendo, la verdad. No sé si es una joda, una venganza, si te 
volviste loca. 
—¡No me cambies de tema, respondeme! 
—¡No te voy a responder eso, no soy boludo! Vos estás 
buscando que yo te diga que sí, que eran hermosos, 
hermosísimos, como los ojos de ella y te vas a poner triste y 
contenta a la vez. Con esa habilidad que tenés vos para 
encontrar fantasmas donde no los hay. —Ella seguía sentada—. 
Yo no te voy a dar el gusto para que te termines revolcando en 
tu propia mierda de nuevo. 
—No te animás a responder, entonces. Sos un cagón. 
Se paró. Empecé a caminar rápido, cargando todas las 
cosas de playa, con Laura pisándome los talones e 
insultándome. 
—No tenés huevos. Sos un cobarde. No tenés ni la 
decencia de admitir que los ojos del gato te parecieron 
hermosos porque eran como los ojos de tu ex. 
Trataba de ignorarla, de disimular ante los otros 
transeúntes que estábamos peleando. Me daba vergüenza. Y 
también a ella un poco le sucedía lo mismo, porque, si bien me 
decía cosas sin parar, como una metralleta, lo hacía sin levantar 
la voz, casi sin mover la boca, apretando las muelas como un 
ventrílocuo inexperto. 
—¿No me vas a responder, Santiago? ¿Me pensás ignorar 
SANTIAGO CÁNEPA 
218 
toda la tarde? ¡Cagón, respondeme! ¡Decime si la minita a la 
que le mirabas el culo ayer en la pizzería no te hacía acordar a 
Mariana, a las putitas que mirás por Facebook! ¿Qué, te crees 
que no revisé tu historial, que no me doy cuenta cuando te 
morís por darte vuelta a mirar una mina, eh? 
La escuchaba pero no le decía nada. Caminaba sin 
mirarla, lo más rápido que podía. Se empezó a levantar viento. 
Y el viento empezó a tirarnos la lluvia en la cara. Llovía más 
fuerte que antes. 
De pronto, a las pocas cuadras, a escasos cien metros de 
llegar a casa, me frené de golpe, me di vuelta y me le puse 
adelante. 
—¿Querés que te responda? ¿Querés que admita que miro 
minas o que los ojos de Mariana y que Mariana entera, de pies 
a cabeza, me parecía hermosa? ¿Te lo admito? ¿Tenés ganas de 
que te lo admita? ¡Te lo admito, entonces! ¡Miro minas, me 
caliento con otras y Mariana me parecía hermosa! ¡Pero eso no 
cambia nada, eso no tiene importancia: porque yo te amo a vos, 
me enamoré de vos y quiero estar con vos! ¡Estoy con vos, 
según creo! ¡Pero evidentemente no podés verlo! ¡Preferís 
concentrarte en la mierda, regodearteen eso y dormir en tu 
molestia! ¡Pero yo no soy como vos, yo perdono y olvido! —le 
dije y seguí caminando, dejando en el aire un reproche que ella 
entendía, pero que, para que surtiera efecto del todo, debía 
confirmarlo, escuchar la confirmación de mi boca. Era una 
guerra, un modo de batalla repetitivo que los dos conocíamos 
muy bien. 
Ella se brotó. Subió el tono de la conversación aún más y 
dejó de cuidarse, de cuidar su volumen. Ahora sí abrió bien la 
boca y dijo lo que quería decir y cómo lo quería decir. 
—¿Qué perdonaste? A ver, decime: ¿qué perdonaste? 
¿Qué te hice yo que vos no hiciste, pelotudo? ¡Decime! ¿Qué 
COGER Y CONTARLO 
219 
tenés para enseñarme vos a mí? 
Así, con esa intensidad, con esa violencia que veníamos 
conteniendo como podíamos —cada vez menos—, moderando 
ante los transeúntes, entramos a la casa y la soltamos. La 
dejamos ser en la intimidad como solo nosotros sabíamos 
hacerlo; siendo la mejor versión de lo peor de nosotros 
mismos. 
—¿Querés que te diga qué es lo que te perdoné, eh? 
¿Querés que te diga lo que me da bronca? ¡Que te garchaste al 
otro hijo de puta, te comiste bien la pija y yo me enteré y, sin 
embargo, te perdoné! ¡Nunca más volví a mencionar el tema o 
te lo reproché! ¡Nunca! ¡Hice borrón y cuenta nueva, me olvidé 
y seguí adelante! ¡En cambio, vos, y eso me da mucha bronca, 
hace años que me venís celando con un puto personaje 
literario; un personaje, algo que no existe en la vida real, que 
no es de carne y hueso, y yo me la banco como un tarado! 
—¡Vos me perdonaste porque te convenía, porque 
también habrás hecho lo tuyo! ¡Pero no me importa! ¡No me 
importa porque eso es lo de menos, es como decís vos: carne y 
hueso! Un polvo, varios, pasa, queda ahí. En cambio, con esa 
novela pasaste meses y meses, noche y día. Vivías metido ahí 
adentro. ¿Y sabés qué es lo más doloroso de eso? ¡Que además 
de sentir que aún estabas enamorado de ella, me mostraste 
todos tus sueños, ilusiones, deseos; todo lo que habías soñado 
con esa pelotuda pero no tuviste! 
—¿Y eso qué mierda tiene de malo? Si al fin y al cabo no 
lo tuve, lo tuve con vos. 
Me serví un vaso de licor de chocolate. Un licor artesanal 
que habíamos comprado la tarde anterior. 
—¿Cómo qué tiene de malo? ¿A vos te gustaría meterte 
dentro de mí y ver todo lo que pienso, conocerme hasta en las 
zonas más oscuras? 
SANTIAGO CÁNEPA 
220 
—¡No lo sé, Laura! 
—¡No, no te gustaría! ¡Como a mí no me gustó ver cómo 
te dolía haber perdido todo lo que tenías con ella! 
Subíamos cada vez más el tono. Y afuera llovía cada vez 
más copiosamente. 
—¡Sí, me dolió perder todo lo que tuve con ella! ¿Y qué? 
¡Me dolió como a vos o a cualquiera le duele terminar una 
relación! ¡No podés acusarme con eso! 
—¡Sí, Santiago, puedo, porque no todo el mundo hace un 
libro con eso! 
—¡Pero es lo que hago, Laura: escribo sobre lo que me 
pasa! 
—¿Ah, sí, escribís sobre lo qué te pasa? ¿Y cómo hacés 
para escribir tanto sobre minas, entonces? ¿Qué hacés te cogés 
una cada semana? ¡Esa idea me vuelve loca! 
Se agarró la cabeza, apretó fuerte los puños, gruñó. 
—¡Laura, la concha de la lora, es ficción! ¡Vos hiciste una 
obra de teatro donde hacías de puta, te paseabas en pelotas por 
todo el escenario y encima te cogías a unos cuantos flacos! 
—¡Estaba actuando! 
—¡Es lo mismo, a mi modo yo también me pongo en un 
papel! ¿O me vas a decir que para hacer una escena de sexo 
con el pelotudo de tu compañero te lo tuviste que garchar en 
serio para ver cómo sería la experiencia? ¡Seguramente que no, 
estabas actuando! Y en mi caso, en el caso de la novela, es lo 
mismo. 
—¡No, no es lo mismo! Y, no sé, pensá lo quieras de mi 
compañero. La escena parecía real, por ahí... 
Se rió, logró sacar una sonrisa irónica de entremedio de 
tanto grito. Seguía con sus intentos de lastimarme. 
—No me chicanees, Laura. No te vayas a la mierda, 
porque solo estamos tratando de resolver opiniones. 
COGER Y CONTARLO 
221 
—No te chicaneo. Simplemente te digo que pienses lo que 
quieras. Puede ser que solo estaba actuando o puede que no. 
¿Cómo se veía de afuera? 
Se veía horripilante, pero eso era lo que hacíamos; 
ficción. Elevar todo al plano racional y conceptualizarlo dentro 
de los parámetros del arte, donde los límites, a diferencia de los 
límites comunes, los de la vida diaria, eran mucho más laxos. 
—¡No me jodas, Laura! —le dije—. Porque lo único que 
estuve haciendo todo este tiempo es tratar de frenar la 
discusión y vos me seguís tirando de la lengua. 
—Decime, dale: ¿a vos qué te parece? ¿Se veía real 
cuando me lo cogía en el escenario? ¿Qué sentiste cuando me 
ponía en cuatro y me bombeaba y me bombeaba y yo gritaba 
como una putita? 
Cambió la sonrisa irónica y volvió a las muelas apretadas 
y a la palabra entre dientes, cuando dijo “como una putita”. 
—Laura, basta. 
—Decime —volvió a hablar sin apretar las muelas—: 
¿para vos me lo cogí en serio? Porque yo también actúo en 
función de lo que me pasa. Y bueno, si vos decís que no te 
cogiste a nadie para escribir esas mierdas que escribís, que no 
te pasó un carajo cuando escribiste sobre Mariana, lo mío 
también fue solo ficción. 
—¡Basta! —grité—. ¡Me tenés podrido! 
—¿Yo te tengo podrido? ¿Y vos te creés que vos a mí no? 
¡Fracasado de mierda! —comenzó a gritarme—. ¡Sos igual a tu 
papá: todo el día durmiendo o tirado en un sillón! ¡Sacando la 
pija para arreglar todo! ¿Te creés que con eso basta? ¿Te creés 
que te sirven de algo las lindas palabritas, eh? ¿Te creés que yo 
no estoy cansada de vos? ¿Sabés hace cuánto que fantaseo con 
estar con un tipo normal, con un tipo que no viva rodeado de 
mujeres? 
SANTIAGO CÁNEPA 
222 
Entendí de pronto —y supongo que ella también lo habrá 
hecho— que se acercaba el fin. Era algo que podía olerse. Que 
podía palparse en el aire que flotaba entre nosotros. Una 
especie de masa dura que guardaba todos nuestros rencores, 
dolores, ilusiones rotas, cosas que no habíamos sabido arreglar 
y que ahora nos estaban destruyendo. Por eso Laura seguía 
echándome cosas en cara y yo la escuchaba sabiendo que ya no 
importaba nada. Porque realmente no importaba nada. No 
importaba ya un carajo nada y ella seguía echándome cosas en 
cara a mí, insultándome como una loca. Y yo la escuchaba, 
quieto, solo escuchándola, como si no estuviese haciéndome 
cargo de lo que me decía: porque ya no importaba nada, de 
verdad; nada de nada. Y ella me seguía insultando y me gritaba, 
y yo la escuchaba. Y ella me gritaba más y más y me insultaba 
y yo la escuchaba (más). Y así (y así, y así, y así, y así) hasta 
que, de pronto, otra vez mi padre, y yo que me saqué cuando 
dijo algo de mi padre pegándole a mi madre, y de mi madre y 
yo llorando y muriéndonos de hambre. Y de las putas y de la 
plata y de que yo era un enfermo autodestructivo, y de que, 
como él, era tóxico y no podría ser ejemplo para ningún hijo ni 
para nadie. Y entonces me paré y, sacado, tiré la mesa a la 
mierda. La agarré desde abajo y la di vuelta como si no pesase 
nada, como si todo fuese etéreo de pronto (como si no 
importara nada), como hacen los cowboys en las películas, para 
tapar las balas, las balas que ella me tiraba, por ahí. Y entonces 
ella se asustó y me dijo que estaba loco y que no se equivocaba 
en lo que me decía. Y entonces yo, que ella era la loca, que sos 
como tu madre, y que se le estaba yendo la cabeza a la puta 
mierda y tenía la concha podrida y llena de gérmenes, de leche 
de otros, de muerte, de monstruos. Y fue ahí cuando se me vino 
encima y me dijo que no la comparara con la madre. E intentó 
golpearme pero la esquivé. Y otro puñetazo, pero lo esquivé 
COGER Y CONTARLO 
223 
(yo le había enseñado boxeo), hasta que logró pegarme en la 
cara, pero yo, aprovechando la cercanía, logré abrazarla, con 
fuerza, para decirle que se calmara. Pero ella no se calmaba. Y 
tuve que abrazarlamás y más fuerte y gritarle más fuerte: 
“¡Calmate, calmate!”. Viendo cómo se deformaba y lloraba y 
gemía y se iba convirtiendo en ese monstruo que tanto terror 
me daba. Y afuera llovía. Y su cuerpo caliente, aun entre esas 
sombras, era la cosa más hermosa que mis manos habían 
tocado, que mi pecho había sentido. Y la amé y tuve la 
capacidad de abstraerme, y de ver todo en cámara lenta, como 
desde afuera. Y sentí un dolor enorme, porque todo se estaba 
yendo al carajo, se estaba desmoronando y yo no podía hacer 
nada, porque ya no importaba. Y me acordé de la noche 
cenando a la luz de un setenta y cuatro medio derretido, 
después de la radio. Y de sus zapatitos chinos y el Keith 
Richards. De las noches recorriendo la ciudad buscando un 
dentista. De la perra saltándonos cuando nos abrazábamos. De 
las primeras veces que hicimos el amor. De esa noche en Lobos 
hablando de poesía y de autores favoritos. De ese cumpleaños 
que ella me había organizado, el más bello que alguna vez 
había tenido, lleno de amor y de amigos. Del embarazo que 
habíamos perdido. De su mano agarrando la mía: de la Laura 
que yo había conocido. Y entonces la solté, y de pronto me di 
cuenta de que el brazo me sangraba (el antebrazo). Y sin 
entender nada me miré y la miré a ella, que otra vez se me 
venía encima a rasguñarme, feroz, siendo otra. Y me quedé 
quieto y ella comenzó a rasguñarme, de nuevo. Pero esta vez el 
brazo izquierdo (el antebrazo izquierdo). Y me senté en una 
silla y ella se me sentó enfrente. Y me siguió rasguñando con 
una violencia contenida que era constante como la lluvia que 
caía afuera, como sus muelas apretadas. Y, tal como con la 
lluvia que caía afuera —como algo inevitable y ajeno a 
SANTIAGO CÁNEPA 
224 
nosotros mismos—, no pude hacer nada, simplemente me 
quedé quieto dejando que me rasguñara e insultara. Y la miraba 
y me miraba; el antebrazo, ella, el antebrazo, ella. Los dos 
antebrazos, que me sangraban, aunque yo no sentía dolor, 
estaba ido, porque ya no importaba nada. Hasta que ella se paró 
y se dio cuenta de lo que había hecho. Y abrió la puerta y salió 
a la calle, y se fue corriendo por la arena. 
Yo me quedé sentado, mirándome los brazos pero sin 
verlos. Mirando para otro lado, que no era donde enfocaban 
mis ojos. Quizás muy dentro de mí, quizás muriéndome un 
poco. Y notaba la sangre, desde luego, lo rojo y los rasguños, y 
notaba también con el rabillo del ojo la puerta abierta y la 
lluvia afuera, y el día que ya estaba anocheciendo. Pero ya no 
importaba nada. 
 
4 
 
A las dos horas ella volvió y yo seguía allí, sentado en esa 
silla, mirando un punto fijo. No me habló, simplemente se me 
puso adelante y, en cuclillas, me miró los brazos. La sangre ya 
estaba seca, no me dolía. 
—Tenés que limpiarte —me dijo. 
—No hace falta. Estoy bien —respondí. 
—Está bien —dijo, y sin más preámbulos comenzó a 
acariciarme los brazos a la altura de las muñecas, pasando sus 
dedos sobre las heridas. Pese a que ya había dejado de llover, 
aún estaba mojada, con el pelo revuelto, los ojos secos de tanta 
lágrima. Me excité. Sentí un pequeño cosquilleo en el pene y 
de pronto me di cuenta de que se me estaba parando. Ella 
también lo notó. Así que puso mi mano en su cabeza y 
comenzó a desabrocharme la bragueta, despacio, tocándome 
los testículos con la mano que le quedaba libre. Yo seguía fuera 
COGER Y CONTARLO 
225 
de mí. Como antes, cuando había recibido los rasguños. No 
obstante, como pudo, ella me bajó el pantalón y los calzones 
(en un solo movimiento que requirió que yo despegase un poco 
la cola de la silla) y se metió mi pene casi entero en la boca y 
comenzó a succionar, a recorrer todo el tronco con el contorno 
suave de sus labios, con su lengua. Yo gemí y suspiré, y ella 
siguió chupando, con una mano apoyada en mi pierna derecha 
y con la otra agarrándose de la silla, para no perder el 
equilibrio. 
Fue todo muy rápido. En pocos minutos, mientras 
apretaba su cabeza contra mi cuerpo y llevaba mi pene lo más 
adentro de su boca que fuera posible, expulsé todo mi semen en 
unos cuantos y largos espasmos, y me desarmé como si de 
pronto me hubiesen quitado los huesos, y mi cuerpo hubiese 
perdido el sostén. Ella se levantó y se fue al baño. Afuera era 
todo silencio. 
 
5 
 
Al otro día volvimos a Buenos Aires. En el viaje no 
hablamos, no dijimos más que lo necesario. Yo manejaba 
escuchando el Greatest hits, de Neil Young, que se repitió 
entero unas cuantas veces, y ella se limitaba a mirar por la 
ventanilla. Cuando llegamos, nos fuimos a dormir. Era 
domingo y era de noche. 
A la mañana siguiente me desperté sobresaltado, soñando 
con todo lo que habíamos hecho y dicho en esa pelea que se 
nos fue de las manos. La veía a ella una y otra vez 
viniéndoseme encima, gruñendo como un animal. Una 
situación por demás violenta, pero que, en el contexto 
enfermizo en que fuimos metiéndonos de a poco, podía casi 
pasar inadvertida —si es que uno ayudaba mirando hacia otro 
SANTIAGO CÁNEPA 
226 
lado. Ese no era el problema, o al menos el problema que a mí 
me había sobresaltado y sacado del sueño. El problema era que 
yo, en medio de esa situación, cuando la tenía encima 
rasguñándome e insultándome, había entendido que la única 
manera de pararla era volarle la cabeza de una trompada. Había 
sido un pensamiento chiquitito, muy pequeño, que se cruzó por 
mi cabeza cuando la miraba a ella descolocada, rasgando la 
piel de mis brazos, buscando vaya uno a saber qué. 
Me dio miedo, mucho miedo sentirlo: yo nunca había 
tenido deseos de agredirla. Menos físicamente. Sí había 
golpeado puertas, paredes, muebles —mesas en ese caso—, 
pero nunca se me había cruzado por la cabeza estamparle mi 
puño contra la cara. Era una mujer, hermosa, dulce, frágil, que, 
con una simple sonrisa, me hacía querer dejar todo para estar 
con ella. La amaba, desde lo más profundo de mí, algo de ella 
estaba enraizado en mí, en medio de mis entrañas, y sacarla 
hubiera sido casi un suicidio. Como esos tumores que echan 
raíces en los músculos y el solo intento de extirparlos, en un 
simple tirón, solo en un simple tirón —que no sería otra cosa 
que una mera tentativa que llevaría al fracaso—, significaría un 
sufrimiento inusitado y el desgarramiento tortuoso de cada 
hebra de carne. Pero la sangre había atraído más sangre, y yo 
me había imaginado desfigurando su cara —esa cara 
monstruosa que ya no era la cara de Laura, mi Laura— con 
toda mi fuerza de hombre. Por eso, tenía que irme de ahí. 
Así que me levanté de la cama y comencé a armar mi 
bolso. Ella ya se había ido al trabajo y eso me daba la 
oportunidad de irme tranquilo. De lo contrario, pese a que los 
dos sabíamos que teníamos que separarnos —pues era evidente 
que ya no podíamos estar juntos: éramos un peligro el uno para 
el otro—, la escena hubiese sido otra tortura más, similar o 
peor a la de La Lucila. Así que metí mi ropa, algunos libros, mi 
COGER Y CONTARLO 
227 
computadora y mis discos favoritos en el bolso, le puse la 
correa a la perra y me fui. O, mejor dicho, nos fuimos, y nunca 
más volvimos a aquella casa. 
No miré hacia atrás, no tuve el valor. Como muchas veces 
en mi vida, me subí al primer impulso y me dejé llevar, pues, si 
miraba un segundo hacia atrás, si solo volteaba la cabeza para 
mirar lo que estaba dejando —literal y figuradamente—, no lo 
hubiese hecho. De modo que solo caminé y caminé (crucé toda 
la Capital) hasta que llegué a lo de mis padres y les conté lo 
que había pasado y les mostré mis brazos. Desde luego, lo 
primero que me preguntaron era si yo le había hecho algo, si la 
había lastimado, y les dije que no, que solo la había contenido 
y me había dejado hacer, no sabía bien para qué. Me 
respondieron que podía quedarme momentáneamente a dormir 
en el living, hasta que vaciaran lo que alguna vez había sido mi 
cuarto, que ahora era unamezcla entre biblioteca, office y 
cuarto de cosas en desuso. 
A diferencia de otras veces, en otras separaciones, esa 
noche no llamé a ninguna examante o vieja amiga para 
aprovechar el tiempo de soltería. Sabía que esa vez era 
definitivo y ya tendría tiempo para eso. Tampoco lloré, 
simplemente me acosté en el sofá, que era mi improvisada 
cama, y miré la tele hasta quedarme dormido. Antes, me 
masturbé mirando a una patinadora rusa que pasaban en un 
canal de deportes. 
La forma de comunicarle a Laura mi decisión no sé si fue 
la mejor, pero fue la única que encontré, salvaguardando 
también su integridad. Apenas llegué a lo de mis padres, le 
envié un mensaje de texto diciéndole que había decidido irme 
por un tiempo y que consideraba que lo mejor era no hablar, 
pues lo que había sucedido en La Lucila era el límite, o bien 
debía serlo. Tal como pensaba, su respuesta a mi mensaje fue 
SANTIAGO CÁNEPA 
228 
llamarme durante media hora ininterrumpidamente, en tanto 
que me enviaba mensajes de texto insultándome, hasta que me 
escribió diciéndome que estaba bien, que quizás eso era lo 
mejor y que yo tenía razón. Palabras por demás extrañas 
saliendo de ella, sobre todo luego de haberme llamado durante 
treinta minutos una y otra vez y haberme escrito todo tipo de 
insultos, pero que acepté sabiendo que mi decisión de 
anunciárselo mientras estuviera en el trabajo no había sido 
errada, pues, evidentemente, alguien la estaba conteniendo. 
Volvimos a hablar recién a las dos o tres semanas, 
también por mensaje de texto. Esa vez la que primero me 
escribió fue ella, diciéndome sin más preámbulos que le 
parecía que lo mejor era terminar la relación y que me pedía 
perdón, que lo que había hecho no estaba bien y que temía 
volver a hacerlo si seguíamos juntos. “Podés pasar a buscar tus 
cosas cuando quieras. A partir de hoy voy a estar unos días en 
lo de mi madre”, me comunicó en otro mensaje. 
Evidentemente, ella tampoco podía voltear la vista y mirar 
atrás. 
Los días se fueron acumulando bajo la creencia de que en 
algún momento nos volveríamos a ver. El amor no se había 
terminado, era obvio. Pero ambos entendíamos que vernos era 
un peligro: nosotros éramos nuestro propio veneno, el 
detonante de las bombas que llevábamos dentro: ¿quién nos 
garantizaría entonces que lo que había sucedido no volvería a 
pasar? ¿Quién era capaz de poner las manos en el fuego por 
nosotros? Si todos nuestros amigos y familiares nos decían que 
lo mejor era terminar para siempre, que quizás más adelante, 
cuando fuésemos más grandes, más maduros, menos nosotros, 
tal vez. Aunque eso nos importaba un carajo, porque los que no 
creíamos en nosotros, en verdad, los que no creíamos en 
nuestra pareja, los que no sentíamos que juntos pudiésemos 
COGER Y CONTARLO 
229 
estar a salvo, éramos nosotros. Ella y yo. Laura y Santiago. La 
Laura y el Santiago que habían transitado esa relación saliendo 
heridos, para luego tenerse miedo. Porque eso era lo que nos 
estaba pasando: nos teníamos miedo. Y nos cuidábamos el uno 
al otro, en la distancia. Ella a mí (de ella) y yo a ella (de mí). 
Fue así que ese miedo nos fue impulsando a dejar pasar 
los días, pensando el uno en el otro, pero sin hablarnos. Hasta 
que los días se hicieron meses y los meses empezaron a tomar 
forma de año. Y con ese tiempo a cuestas (con el peso 
semántico que tenía ese periodo: año), fuimos decidiendo que 
lo mejor era suicidarnos. No individualmente, sino como 
pareja. Es decir: era mucho mejor matar a Laura y Santiago, 
que volver a intentarlo y arriesgarnos. Pues así, a salvo de 
nosotros mismos, estábamos mejor. Diciéndonos adiós sin 
despedirnos. Evitando quizás un nuevo fracaso, que sería por 
demás insoportable. 
Y el tiempo, entonces, fue secando algunas lágrimas y fue 
poniendo entre nosotros otras personas. Mujeres que, si bien, 
en mi caso, no ocuparon el lugar de Laura, me distrajeron y 
ayudaron a tirar con fuerza de esa cuerda que desde aquel día 
en que dejé nuestra casa (el departamento de la calle Dublín), 
cada uno de nosotros se había negado a soltar. Una cuerda que 
se fue estirando más y más a medida que los días se 
acumularon entre nosotros como kilómetros imparables. 
Metros y metros de tiempo que la fueron alargando hasta 
volverla cada vez más débil, más estrecha y, por fin, romperla. 
O al menos eso es lo que creí y sentí durante mucho tiempo, 
hasta que caí en la cuenta de que, antes de que la cuerda se 
tensara y rompiera del todo, Laura la había soltado y me había 
dejado tironeando solo, lanzándome directo a la cara el 
chicotazo bárbaro de lo que habíamos sido, tal como con 
Mariana: cuando fui a llevarle el libro, yo seguía atado al 
SANTIAGO CÁNEPA 
230 
pasado. Sabiendo que para mí los últimos días aún no habían 
llegado. 
 
 
COGER Y CONTARLO 
231 
CAPÍTULO 9 
 
The cannabis blow 
 
 
 
 
 
 
 
 
 “No siento las piernas”, le dije, y ella me miró con los 
ojos bien abiertos, desorbitados, perdidos. Como si de pronto y 
de un solo golpe la hubiese arrancado del sueño más profundo. 
O bien como si ella fuese extremadamente pequeña, y mi 
mano, la mano más enorme del mundo, la hubiese arrebatado 
desde el fondo de un pozo profundo y negro. 
Habíamos entrado al hotel hacía media hora. Queríamos 
coger, pero no teníamos prisa. Antes, queríamos comer algo, 
drogarnos un poco y quizás después volver a comer. El sexo 
podía esperar y luego caernos encima como si un chaparrón 
tibio nos sorprendiese sin paraguas. 
—No entiendo —me dijo. 
—¿Cómo que no entendés, Laura? No siento las piernas. 
—Pasé a explicarle—: Vos tenés piernas, yo también. Todos 
tenemos piernas. O casi todos. Pero yo no las siento. O, mejor 
dicho, siento como si no las tuviera. 
—¿Y cómo sabes qué se siente no tener piernas si siempre 
tuviste? 
—¿Me estás cargando, Lau? ¡No siento las piernas! Yo 
qué sé. Simplemente no las siento. 
SANTIAGO CÁNEPA 
232 
—Te estás haciendo la cabeza, Santi. Eso te pegó muy 
duro... Te pusiste paranoico. 
—No me puse paranoico. Conozco los efectos y esto no 
me pasó nunca. 
Efectivamente, nunca me había pasado. Ni de 
adolescente, cuando la marihuana era algo que llegaba de 
forma esporádica, en alguna fiesta o recital, ni desde que me 
había separado de Laura, hacía casi dos años, cuando fumar se 
había convertido en una forma de estar anestesiado, de ponerle 
un coto al frenético y enfermizo ritmo que alcanzaba mi cabeza 
en las noches de insomnio. 
Nos había parecido que armar el porro picando la 
marihuana sobre un libro de Bukowsky —para ser más exactos, 
La máquina de follar— era en sí un acto poético. Un derecho y 
una obligación al mismo tiempo. Una obviedad, pero un lujo, 
al fin, que nos concedíamos. Como esos religiosos que cada 
mañana, o cada noche antes de dormir o enfrentar al mundo, 
transitan sus rituales y reafirman sus creencias. Nosotros 
también necesitábamos creer en algo. Nosotros también 
necesitábamos sentir que el mero acto carnal que estábamos 
por hacer (que al fin y al cabo no sería más que la puesta en 
marcha de una maquinaria de cientos de kilos de carne, piel, 
huesos, uñas, pelos, nervios, sangre, labios, besos, saliva, 
etcétera, etcétera), era algo mucho menos terrenal de lo que en 
verdad era, y mucho más etéreo que nosotros mismos: nosotros 
también teníamos nuestros dioses y nuestro incienso. 
Desde luego, ella no tenía ni la menor idea de quién era 
Bukowsky. Era bailarina y solo le importaba bailar, dejar salir 
de adentro bailando lo que yo dejaba escapar de mí cada vez 
que tecleaba histéricamente sobre mi computadora. Sin 
embargo, todo lo que yo le contaba sobre el viejo Hank (me 
gusta llamarlo de ese modo), sumado al entusiasmo con que lo 
COGER Y CONTARLO 
233 
hacía, y a que ella había quedado fascinada con la porquería 
que eran mis textos, la hacían creer en algo más. 
—Esto teníaalgo raro —le dije luego de un prolongado 
silencio. 
—Pero si ya habíamos fumado de ésta —me respondió 
ella. 
—No sé. La verdad es que no me acuerdo... ¿De dónde la 
sacaste? 
—Me la dio un amigo. 
—¿Y tu amigo de dónde la sacó? 
—¡Ay, no sé, Santiago! ¿Te sentís muy mal? No me 
asustes. 
—¡No te asusto, pero me siento mal! No siento las 
piernas. Me falta el aire, ¿entendés? 
El cuerpo me temblaba. Sentía una fuerte presión en 
ambos costados del cráneo. Náuseas. Dolor de estómago y 
mareo. Un hormigueo alarmante en todo el cuerpo, que se 
contrarrestaba por un intermitente adormecimiento de mis 
extremidades. Quería salir corriendo, pero no tenía fuerzas. 
Sentía como si, de pronto, la sangre hubiera dejado de circular 
por mi cuerpo solo por un instante, pequeño, pero que, bajo los 
efectos de la marihuana —o bien del miedo o de lo que fuera—
, parecía durar eternamente. Justamente, porque yo dejaba de 
prestarle atención y volvía a percatarme de ella —de mi sangre, 
de mi esencia— recién cuando, sin avisar y de un momento a 
otro, empezaba a recorrerme con furia. Roja, caliente, espesa, 
como propulsada por una canilla gigante. 
Me imaginaba los titulares de los diarios y noticieros: 
“Parejita muere envenenada en un hotel de Villa Urquiza” 
(harían hincapié en el diminutivo “parejita” y no en “pareja”, 
para demostrar que no éramos otra cosa que dos pendejos 
estúpidos que, pretendiendo tener una noche a lo Hunter 
SANTIAGO CÁNEPA 
234 
Thompson, terminamos teniendo una noche a lo Romeo y 
Julieta). Justo ahí, en ese momento, la idea de marihuana 
adulterada empezó a rondarme en la cabeza, y con ella, 
imponente y atemorizante, la idea misma de la muerte. 
—Bueno. Vos calmate —me dijo Laura, y me acarició el 
pecho con ternura. Como si esa orden/consejo/sugerencia que 
me daba lograse disuadir mis pensamientos de las malas 
sensaciones que comenzaba a sentir, y me hiciesen obviar, 
además, que ahora era ella la que empezaba a alterarse. 
—No. Sí. Me calmo —respondí yo—. Pero es rarísimo. 
Me siento mal. Nunca me pasó esto. Te juro que de verdad 
tengo todo el cuerpo dormido. 
—Tomá un poco de gaseosa —sugirió ella—. Por ahí te 
bajó la presión. —Y me alcanzó la botella de Pepsi. Yo, sin 
incorporarme, aún acostado, tomé un trago. Me dio náuseas. 
—Me da ganas de vomitar —dije. 
—Tranquilo. Ya se te va a pasar. Respirá hondo. 
Respiré hondo. Me incorporé. 
—¿Vos estás bien? —pregunté. 
—Sí. O sea, estoy muy loca —se rió—. Pero estoy bien. 
Me siento relajada. Pero nada más. Vos calmate. 
Me gustó que dijera “loca”. Me gustaban las locas. Aún 
me gustan. Y me gustó verla a ella sonriendo y mostrando sus 
dientes blancos y parejos, sus rulos despeinados color cobre, 
sus ojos achinados de tanta marihuana. Era la antítesis perfecta 
de Laura, al menos en ese aspecto. Pues, Laura, mi Laura, era, 
con sus recurrentes cambios de look, toda prolijidad. La manía 
con que alisaba y teñía su pelo, la formalidad de su ropa y lo 
alto de sus tacos eran el afán por mantenerse estable y sentirse 
segura. Y eran, a su vez, el equivalente visible de la brega que 
cada día peleaba para mantenerse alisada, limpia, pura, estable 
y segura. Era la forma de mantener contenida la onda 
COGER Y CONTARLO 
235 
expansiva de los demonios que le explotaban dentro. 
Que ella —Laura, la nueva Laura—, se sintiera bien me 
tranquilizaba, pues significaba que la marihuana que habíamos 
fumado no traía nada extraño, ningún agregado, de lo contrario, 
por teoría, ella debería estar sufriendo los mismos síntomas que 
me aquejaban a mí. 
—Lo que pasa es que esto es prensado paraguayo, Laura. 
Esto, los muy hijos de puta, lo rocían con vaya a saber qué, y 
encima después lo cortan y lo van mezclando con otras cosas 
para ganar volumen. 
—¿Cómo que lo rocían? 
—Claro. —Enumeré una lista de elementos tóxicos, 
improvisada y probablemente cierta, basada en datos poco 
verídicos recolectados al azar de relatos orales y foros de 
internet, con los que yo, si fuese traficante, rociaría mis 
ladrillos de marihuana para que no los descubriesen los perros 
de la policía—: Insecticida, veneno para ratas, ácido, meo de 
humano, meo de perro... Lo que se te ocurra. Lo hacen para 
taparle el olor y que los perros de la cana no los agarren. 
—¡Ay, no me digas eso! No me asustes. 
—No te asusto. Te cuento nomás. 
—Ahora me empiezo a sentir mal yo. 
—No te hagas la cabeza. ¡No seas boluda, Laura! Esto me 
pegó mal a mí y punto. Si tuviese algo, vos te sentirías tan mal 
como yo. Y yo no te veo mal —intenté tranquilizarla. 
—¿De verdad me decís? ¿Me ves bien? Vos estás un poco 
pálido. 
La miré fijo. Se veía terrible: estaba despeinada, con el 
maquillaje corrido, los ojos rojos y achinados. Tenía ojeras, 
pero igual era hermosa. 
—Estás perfecta. 
—¿De verdad? 
SANTIAGO CÁNEPA 
236 
—Sí. 
—Porque ahora que lo mencionas a mí también me falta 
un poco el aire. 
—¡Lau, por favor, no te hagas la cabeza! 
—No me hago la cabeza, solo me falta un poco el aire. 
—Te estás sugestionando. 
—¿Me duele la cabeza o no me duele la cabeza? —me 
preguntó a mí en voz alta, pero en realidad se lo preguntaba a 
ella. 
—¿Me estás cargando, Laura? ¿Cómo que no sabés si te 
duele o no te duele la cabeza? 
—¡Es que no sé, Santiago! 
A diferencia de Laura, esta Laura tenía una capacidad 
mucho más grande para alterarse. Lo hacía de inmediato, pero, 
así como subía, volvía a bajar; arriba y abajo en un segundo. 
En cambio, la otra Laura era una montaña rusa que escalaba de 
a poquito, pero, una vez arriba, se quedaba estática en un grito 
constante. En ese aspecto, yo prefería a la segunda Laura. Me 
resultaba más auténtica. 
—Bueno, tranquilizate. Vas a estar bien, no tenés nada. 
—¿Vos te sentís mejor? —me preguntó. 
—La verdad es que no... ¡Creo que vomito...! 
Me paré de golpe quitándomela de encima, asaltado por la 
violenta sensación de que estaba a punto de lanzar. Pero no 
pasó nada. No vomité. Solo quedé parado en medio del cuarto, 
mirando el piso con su reflejo rojo, escuchando de fondo los 
gritos de la mujer que cogía en un cuarto cercano. No tuve ni 
fuerzas para excitarme. 
De pronto, pensé en el cuerpo de Laura, esta Laura, y 
sentí que tenía la obligación de estar cogiéndomela. Un cuerpo 
así no podía ser desperdiciado. Después de todo, para eso había 
salido esa noche con ella. ¿Nos conocíamos hacía cuánto? 
COGER Y CONTARLO 
237 
¿Dos meses? ¿Tres meses? ¿Cuántas veces nos habíamos 
visto? No llevaba la cuenta. No me interesaba. Ella se me había 
acercado a hablar luego de una charla sobre literatura que yo 
había dado en el colegio donde ella enseñaba baile. De 
inmediato me pareció atractiva. Me había enamorado de su 
culo. Y no había dejado de mirárselo en toda la jornada, luego 
de la muestra de tango que junto a otro profesor —más 
afeminado que ella— habían dado para toda la escuela. 
—Es un poco antipedagógico decirle a los chicos que leer 
no sirve para nada a menos que te entretenga —me dijo cuando 
se me acercó. 
—Es una realidad. 
—Sí, pero los chicos tienen que leer. 
—Claro que sí, para contestar un mensaje de texto tienen 
que leer, para entrar a Facebook, para jugar a la Play Station, 
pero lo hacen por obligación. Siempre es por obligación. Y si 
no es por obligación y agarran un libro por motu proprio, lo 
hacen porque les gusta y los entretiene. Si no los entretiene, no 
sirve de nada. El escritor de ese libro es un idiota, o bien ellos 
no están en el mejor momento para leerlo. Sea como fuere, es 
mejor que lo dejen y agarren otro que sí los atrape, ¿no te 
parece? 
—Sí, me parece. Coincido con vos, pero no dejo de creer 
que decirles eso a los chicos es antipedagógico. 
—Bueno, por algo no soy maestro. 
Esa misma noche ya estábamos en mi casa tomando 
cerveza y follando como locos. Éramos dos amebas blandas 
desparramadas sobre la cama como charcos deagua. 
Frotándonos con paciencia, dedicados, favorecidos por el tibio 
ajetreo lúbrico que nos proporcionaban nuestros jugos, que 
agilizaban todo; era todo tan fácil, tan limítrofe, tan 
resbaladizo, que todo se volvía una maravilla química que 
SANTIAGO CÁNEPA 
238 
desde hacía tiempo no experimentaba con otra mujer. 
A partir de allí, coger se nos hizo hábito. Hipnotizados, 
quizás, por el prodigio afrodisiaco que alcanzaban nuestros 
cuerpos, éramos encuentros sexuales sin antes ni después. 
Éramos un film pornográfico sin los sobrantes del género. No 
había argumentos, había hechos. Había golpes en el round que 
otros —púgiles cobardes— usarían para medirse. Había 
sangre, una necesidad escondida, un instinto animal, un 
atavismo de supervivencia que nos agrupaba en pares. Pero 
había algo que se empezaba a notar de a poco: un llamado de 
ella a una hora y en un momento que no me esperaba. Un 
mensaje de texto pidiendo consuelo o consejo por una cosa y 
para tal otra. Una invitación al cine. Un “acompañame a 
comprar ropa”. Había algo más que ella buscaba, pero que yo 
no estaba capacitado para darle. Sin embargo, no quería dejar 
de acostarme con ella. Quería tocarla, besar su piel, pasar mi 
lengua por sus dientes parejos y dibujarle con mis dedos el 
contorno de su nariz respingada. 
Cobardemente elaboré un plan codicioso y avaro —algo 
estrecho—, pensado solo para mí, para mi beneficio propio. La 
vería siempre fuera de casa, en albergues transitorios, para 
evitar involucrarme sentimentalmente con ella, amparado en la 
caducidad de los turnos siempre efímeros que tienen esos 
hoteles. Manejando como un maestro ese efecto jet lag que 
provocan las atmósferas cerradas de sus habitaciones, (las luces 
rojas, las ventanas herméticas, las toallas empaquetadas a 
nuevo, los espejos gigantes y omnipresentes, los desodorantes 
de ambiente, esparcidos por el aire segundos antes de que 
ingrese al cuarto la pareja en cuestión, por una mucama harta 
de limpiar los placeres de otro, cualidad que las hermana, 
irónicamente, con las prostitutas, aunque en distintas instancias 
del acto sexual y con distintos roles, y que son, para buscar un 
COGER Y CONTARLO 
239 
ejemplo infantil y fantasioso, como ninjas silenciosos que 
nunca pueden ser vistos...) y que nos hacen dividir nuestro 
antes y después en dos mundos totalmente opuestos: el mundo 
limpio, claro y consistente (el mundo real) de la calle y la luz 
del día, y el mundo oscuro, sucio y sudoroso (el mundo 
onírico) del albergue transitorio. El éxito de mi plan radicaba 
en no llevar al mundo onírico los lineamientos civiles del 
mundo concreto, y desde luego —y es allí donde más empeño 
debía poner— en no arrastrar los vestigios del mundo onírico al 
resto del día. Si ambos mundos se mezclaban (si el jet lag 
lograba confundirnos), yo no sabría qué carajo hacer con el 
pobre corazón de aquel ser humano en mis manos. 
Amparado en la certeza de su admiración hacia mi 
palabrerío estúpido, en el enamoramiento que empezaba a 
notársele, le fui sincero sabiendo que no arriesgaba mucho 
(tenía todas las de ganar, podría estirar la cuerda casi al 
extremo sabiendo que no iba a romperse); le dije que prefería 
no confundir los tantos. Que quería seguir viéndola, pero que 
notaba que a ella comenzaban a sucederle otras cosas y que yo 
no estaba en condiciones de hacerme cargo. Ella, como supuse 
—orgullosa y aguerrida—, diría que sí, que no le estaba 
pasando nada de lo que yo imaginaba, y que ella también 
quería coger y nada más. Así lo dijo y así fue. Y así nos 
seguimos viendo. Hasta que, de pronto, nos encontramos esa 
noche en ese hotel de Villa Urquiza, simulando ser solo dos 
hedonistas desalmados, guiados exclusivamente por los 
estallidos químicos de nuestras células. 
Parado en medio de la habitación escuché lejana la voz de 
Laura como cuando oímos un sonido desde la profundidad de 
un sueño y ese sonido se hace parte de aquel, y se vuelve todo 
un terreno sin límites claros. Aunque esta vez, en lugar de estar 
soñando, yo me encontraba ensimismado en cada centímetro de 
SANTIAGO CÁNEPA 
240 
mi cuerpo (como un lobo que es perseguido por una docena de 
cazadores y que, de pronto, de tanto correr escapando, se 
encuentra perdido y asustado, tieso, alerta y a la defensiva, en 
medio del bosque nocturno, tratando de descifrar cada sonido 
lejano como una posible intromisión de peligro), procurando 
encontrar el más mínimo síntoma de un ataque físico que no 
podría controlar. 
Caminé unos pasos torpes hasta la ventana y me apoyé 
sobre ella. Respiré hondo. Sentí un calor intenso en todo el 
cuerpo. La sangre otra vez. Iba y venía. Me quemaba la cara. 
Quise abrir la ventana, pero no pude: estaba sellada. Necesitaba 
aire. Despacio, intentando calmarme, y sin desviar la vista de 
un punto fijo en la nada que me ayudara a concentrarme y no 
perder la integridad, le pedí por favor a Laura que encendiese 
el aire acondicionado. 
—Sí, ya lo enciendo. Vos no te preocupes. Quedate 
tranquilo que todo va a estar bien. Es un mal viaje, nada más. 
—Gracias. 
—De nada. 
De inmediato, el aire helado comenzó a lengüetearme la 
cara. Lo recibí con ganas, como si esa bocanada de oxígeno 
fuese la cucharada de jarabe que me sacaría de aquel suplicio. 
Y así fue por unos instantes. Hasta que, contradiciendo al calor 
que me laceraba desde adentro, pero extrañamente tolerándose 
en una convivencia aun más desesperante que el anterior 
estado, me envolvió un frío cruel. Frío y calor; frío afuera y 
calor adentro. Sudor helado y sofocación. Una menopausia 
imposible. 
Intenté entonces tomarme el pulso, pero tenía las manos 
entumecidas, insensibles, como si las tuviese sumergidas bajo 
un líquido espeso, como si la gravedad —y consecuentemente, 
el peso de mi cuerpo no fuese el mismo— hiciese flotar toda 
COGER Y CONTARLO 
241 
mi persona en un remanso de latidos débiles. Hacía la plancha 
en el aire. Gravitaba. Y sentía a lo lejos —extrañamente lejos 
dentro de mí— el latido de mi propio corazón. Y como esas 
ondas que se expanden sobre la superficie del agua cuando 
arrojamos una piedra, llegaban los latidos a las extremidades de 
mi cuerpo —a mis manos—, y entonces yo los notaba salirse 
de mí como grandes descargas de energía, tenues pero 
sostenidas, como las notas que quedan flotando en el aire 
cuando el pianista quita el dedo de la tecla pero mantiene el pie 
en el pedal. 
La visión se me iba tornando negra. Negra y movediza 
como una bola de aceite flotante. Una cortina oleosa de la que 
florecían —primero pequeñas y después más grandes 
(creciendo como bailarinas blancas, brillantes, que se 
contornean como briznas de humo al ritmo de una música lenta 
y lejana, desplegando movimientos largos, que más podrían ser 
un ejercicio de expresión corporal que un baile formal)— unas 
manchas fulgentes que me iban develando la realidad luego de 
cada brote. Primero apareció una silueta; una cabeza repleta de 
rulos y unos hombros desnudos que emergían de la cama. La 
luz del televisor derramada desde el costado derecho la 
acariciaba. Detrás, una puerta de vidrio fosforescente. Luego, 
como dejados allí por la mancha lumínica que salpicaba la 
cortina negra, iban acomodándose sobre la silueta unos ojos, 
luego una boca, una nariz y unas orejas camufladas con pelos; 
la cara se iba reconstruyendo. De inmediato, al instante, otro 
brote brillante y, detrás de él, los colores de Laura, la pared de 
fondo —gris o azul oscuro— y el color y los pliegues de la 
sábana que envolvían sus piernas. 
Por fin, cuando ya la densa cortina no era más que una 
sombra que se escurría por los bordes de mi propio campo 
visual, logré verla perfectamente y le dije: 
SANTIAGO CÁNEPA 
242 
—Vamos al médico. 
Ella me miró asustada. Lo que antes era una mirada 
apagada, vidriosa, lejana y metida para adentro, perdida en los 
pantanosabstractos del cannabis; ahora, al escuchar la palabra 
“médico” (confirmación irrefutable de que todo lo que a mí me 
estaba pasando era en serio) se había vuelto una mirada 
alarmada. 
—Ya fue. Me siento mal en serio. Vamos al médico. 
—¿Para tanto es? 
—Sí, Laura, vamos al médico. 
—Está bien. Si realmente considerás que tenés que ir, 
vamos. 
 
Caí en la cuenta de que estábamos en el hospital recién 
cuando el taxista preguntó: “¿Acá está bien o los dejo en la 
guardia?”. Lo miré. El hombre —un tipo de unos sesenta años, 
canoso, con cara de cansado— esperó unos segundos y, ante 
nuestro mutismo, volvió a preguntarnos lo mismo, consciente 
de que con su pregunta me tendía un lazo desde el borde de un 
pozo —un pozo de agua vacío, seco, en cuyas paredes de 
piedra el sonido rebotaba amplificándose— en el que yo me 
encontraba y arrastraba, como en un auténtico agujero negro, a 
Laura. “Sí, sí, acá está bien”, respondí yo saliendo de un 
salto/tirón de mi recogimiento. Laura tomó plata de su cartera y 
le pagó. Yo me desentendí de todo. 
No sabía cómo habíamos llegado hasta ahí. Solo 
recordaba que al salir del hotel —acción que no nos había 
tomado más de un minuto, un minuto y medio, desde nuestra 
habitación hasta la calle—, le pregunté a Laura si traía más 
marihuana encima y se la hice tirar. Un desperdicio 
estupefaciente del que cualquier fumón, toxicómano, 
cocainómano, asmático, hipertenso, nervioso, vagabundo, 
COGER Y CONTARLO 
243 
oficinista, mecánico, maestro, enfermo de cáncer, etcétera, se 
hubiese arrepentido. O, mejor dicho, se hubiese agarrado la 
cabeza de tanto arrepentimiento. Pero otra cosa no podía hacer. 
Laura traía consigo por lo menos veinticinco gramos —además 
de un armador, un picador, una caja de papelillos y una 
pequeña bolsita con filtros—, y si pensábamos entrar a un 
hospital (yo ya me imaginaba esposado a la camilla, muriendo, 
sí, a causa de una intoxicación insólita con marihuana 
adulterada, pero custodiado por decenas de policías que 
aguardaban atentos a que yo recobrase las fuerzas para intentar 
escaparme y así balearme por la espalda), debíamos estar 
limpios. Al menos por afuera. Así que, luego de protestar y 
oponerse un rato, y con la promesa de que en el futuro yo la 
recompensaría con otros tantos gramos que guardaba en mi 
casa, Laura accedió a darme todo su equipo y 
aprovisionamiento y lo arrojé a la basura. 
La sala de espera estaba vacía. O al menos eso parecía 
desde afuera, viendo a través de la puerta de vidrio opalino que 
daba a la entrada escalonada (la entrada con rampa estaba a un 
costado de la sala, por donde ingresaban los enfermos o 
accidentados que no pueden movilizarse por sí solos). Después 
de todo, era martes a la madrugada, y uno podía suponer que 
las únicas dos personas querían atenderse —almas en pena 
buscando consuelo— éramos nosotros. 
“Mantenete lo más sobria posible”, le dije a Laura, metros 
antes de cruzar la puerta. “Sí”, me dijo ella, y me tomó de la 
mano. Así entramos, abriendo tímidamente las dos alas de la 
puerta de vidrio, como dos tortolitos que enfrentan —jugador 
de fútbol que cruza el túnel irguiendo el pecho, esperando 
encontrarse a miles y miles de personas gritando su nombre, 
pero a la inversa— la desesperante vastedad de lo aleatorio. 
Era todo un riesgo, un peligro, pues estábamos allí nada más y 
SANTIAGO CÁNEPA 
244 
nada menos que por una reacción inesperada a la marihuana 
que habíamos consumido. La prueba viviente de que teníamos, 
tuvimos o tendríamos drogas encima. 
Yo me seguía sintiendo mal, por supuesto, pero la 
adrenalina de tener que enfrentar posibles riesgos me había 
reanimado un poco. Además, claro, de esa sensación de 
entrega, rendición y desahogo que siempre nos propinan los 
hospitales. Si nos vamos a morir, entonces nos moriremos 
cuidados. Y, sobre todo, sabiendo a ciencia cierta lo que 
sufrimos. Pues nunca es tan cruel la verdad como la 
incertidumbre misma, el desasosiego de padecer algo 
desconocido. Es un sentimiento asolador. Es un paso tras otro 
en la oscuridad completa, en un sitio extraño. Todo es más de 
lo que es; todo puede ser. Luego, por supuesto, las palabras del 
médico (siempre limpias, siempre asépticas, siempre distantes 
en su cualidad de no humano superior al humano), se 
encargarán de juntar todas las piezas de ese puzzle que 
llevamos desmontado (me duele la cabeza, siento fiebre, 
mareos, náuseas, un dolor acá, una molestia allá; “diga 
aaahh”), y las encasillará en conceptos más o menos 
comprensibles, más o menos confortantes: “Lo que usted tiene 
es una angina viral causada por un rinovirus, probablemente 
favorecida por su condición de fumador pasivo”. “Lo que usted 
tiene no es más que una contractura muscular paravertebral 
derecha...”. Un río de aguas turbias y desconocidas en el que a 
uno lo sumergen, para luego andar asiéndose de pequeñas 
ramas que lo mantienen en la superficie, que lo acercan a la 
orilla: “angina”, “viral”, “rino” ¿nariz? “virus”... Palabras más 
o menos conocidas a las que uno se aferra —y va armando a la 
vez su propio puzzle— para creer ingenuamente que ha 
entendido algo y que tiene, aunque sea un poco, algún tipo de 
control sobre su vida. 
COGER Y CONTARLO 
245 
Desde la entrada pude ver la ventanilla de la recepción. 
Era un cubículo blanco y gris, como de yeso y metal, con un 
vidrio transparente que lo cerraba casi herméticamente desde el 
techo hasta el borde de la pared que trazaba la ventana. Había 
solo un hueco, pequeño e insignificante a la vista, pero 
poderoso: una canaleta cromada que era todo el contacto con 
ese mundo de salvaciones. Una zanja/puente en la que se 
deslizaban los papeles importantes y en la que uno tendía a 
pegarse para hablar con el otro lado, quedando siempre 
agachado y en ridículo. 
A medida que me fui acercando, pude advertir, detrás de 
la pared que enmarcaba el vidrio en su borde inferior, la cabeza 
(primero la coronilla, luego la frente, los ojos, la nariz, la boca, 
la pera, el cuello y los hombros) de un hombre sentado. Sería 
un enfermero o un médico de guardia. 
Sentí que ese hombre, apenas logró verme irguiendo la 
cabeza desde su banco diminuto, advirtió que yo estaba 
completamente drogado. Cagado en las patas. 
No tenía control de mi cuerpo. Los brazos se me iban 
como si, en cada paso —manos de plomo—, el envión los 
lanzase hacia adelante estirándolos como los flácidos brazos 
del Hombre de Goma, de Los Cuatro Fantásticos. Las piernas 
me flotaban: estaba pisando nubes. Los pasos se me iban para 
cualquier lado, eran de hilo movidos por el viento. La cara, con 
la importancia vital que tendría al momento entablar diálogo 
con médicos, enfermeros, etcétera, me explotaba 
sistemáticamente en una seguidilla aleatoria de fuegos 
artificiales que, en lugar de dibujar flores de luz en el cielo, 
pintaban en mi rostro un sinfín de gestos espasmódicos, 
incontrolables, que deformaban mi imagen y me obligaban a 
intentar controlarlos. 
Así que, controlando —o al menos intentando controlar— 
SANTIAGO CÁNEPA 
246 
cada movimiento de mi cuerpo para no evidenciar mi estado 
alucinado, me acerqué al eventual enano, quien me miró con 
fastidio. 
—¿Qué tal? Me gustaría atenderme. No me siento nada 
bien. 
—¿Qué te duele? 
—Me duele mucho la cabeza. Mucho. Siento el cuerpo 
flojo, presión en los ojos. No siento las piernas ni los brazos. 
Náuseas... 
Enumeré una cantidad ridícula de síntomas. Algunos 
reales y otros no tanto. Algunos inventados para tapar los reales 
pretendiendo ocultar mi verdadero estado. Y otros que creí 
tener, sentir, pero en verdad no tenía, pues la línea delgada que 
separaba la realidad del infinito mundo de mi sugestión ya era 
imperceptible. 
De pronto, mientras el enfermero/médico me decía “muy 
bien, sentate ahí que enseguida te llaman”, un policía apareció 
por la puerta que daba entradaal cubículo y se sentó a su lado. 
“Hola”, me dijo, y yo me quedé petrificado. No tardé en 
reaccionar, o mejor dicho, no reaccioné, me quedé como 
estaba, pues en una fracción de segundo, en la que me 
descoloqué imperceptiblemente, entendí que, si un ápice de mi 
actitud corporal cambiaba con su llegada, él notaría algo raro 
en mí y me encontraría sospechoso. Y eso era un riesgo. Así 
que dije: “Hola. Gracias”, respectivamente y me alejé de la 
ventanilla. 
No pude sentarme, como me sugirió Laura y como me 
había sugerido el médico/enfermero. En su lugar, comencé a 
caminar de un lado a otro, yendo y viniendo, trazando una línea 
casi recta de un metro y medio, dos metros, por la que iba y 
venía como un autista. Respiraba hondo y suspiraba. Movía el 
cuello como intentando descontracturarme, aunque estuviese 
COGER Y CONTARLO 
247 
totalmente blando, etéreo. Laura me acariciaba la espalda e 
intentaba calmarme. 
—Tranquilo. Ya va a pasar. 
—Sí, sí, sí... Estoy tranquilo. 
Mentía. No podía parar de moverme. Estaba por 
enloquecer, todo me daba vueltas. Sentía que me iba a 
desmayar. ¿Qué carajo me pasaba? ¿Me estaba por morir? 
¿Estaba envenenado? ¿Era solo un mal viaje? No lo sabía. No 
tenía ni la más puta idea. Pero estaba allí, en ese hospital 
desierto, para que me dieran respuestas. 
Pero yo tenía la culpa de todo eso. Nadie me había 
obligado a meterme en la cama con esa desconocida que no 
paraba de perseguirme, de querer meterse en mi vida, de querer 
ser parte de ella. ¿Por qué carajo me seguía, entonces, me 
buscaba, me intentaba enamorar? ¿Por qué carajos yo le había 
dicho que sí si no quería, si cada vez que se acercaba yo sentía 
rechazo? Y no un rechazo físico o asco, sino un rechazo que se 
ligaba al miedo, a la autopreservación; un rechazo involuntario, 
digamos, que me hacía cruzar de brazos protegiendo mi pecho 
cada vez que ella —cosa que era constante, con una insistencia 
estúpida y desmedida— se acercaba intentando meter su mano 
molesta en el centro de mi persona. Parecía que quería 
torturarme, abrirme al medio y revolver mi mierda. Yo no 
quería eso. Yo no tenía ganas de relacionarme 
sentimentalmente con nadie. Estaba bien así, frío, calmado, a 
oscuras y quieto, controlando cada uno de mis movimientos. 
Por eso tenía que decirle que no. Tenía que aprovechar esa 
situación para decirle que ya no nos veríamos, que esa relación 
—suerte de club sexual al que solo nosotros asistíamos— se 
había terminado. Ella lo entendería. O lo tendría que entender. 
Y si no lo hacía, podía irse bien a la mierda, porque, después de 
todo, yo había sobrevivido sin ella hasta ese momento, y ella, 
SANTIAGO CÁNEPA 
248 
desde luego, había sobrevivido sin mí. Y eso es lo importante: 
sobrevivir. Comer todos los días, escuchar buena música si se 
puede, coger todo lo necesario y esperar que las cosas pasen. 
Que este mundo lleno de obscenidades e injusticias no nos sea 
tan hostil: aprovechar siempre las erecciones y no arrepentirse 
nunca de nada. Porque, al fin y al cabo, allá, al final de la línea, 
nos espera la muerte. 
Por suerte, una doctora rubia, de unos cincuenta años, 
abrió la puerta y me dijo “adelante”. Yo respiré aliviado: 
aguanté el aire, di un paso (un salto torpe y sorpresivo, como si 
el titiritero que movía los hilos que me manejaban —a mí, 
marioneta agotada— hubiese tenido que levantar la mano 
imprevistamente, picado por un mosquito o una araña), y entré 
dando un suspiro. Laura entró detrás de mí. 
Era una sala enorme, de techo alto. Con una gran mesa 
metálica en el medio y muchos cubículos alrededor. 
Parecíamos ser los únicos pacientes en el recinto, eso me 
alegraba. 
A la doctora la acompañaba un joven médico. Nos 
hicieron acercar a la mesa, donde tenían un cuaderno, y 
lapicera en mano comenzaron a interrogarme: nombre 
completo, edad, estado civil, lugar de nacimiento y residencia, 
profesión, obra social y, finalmente, luego de haber anotado 
todo, la doctora me preguntó qué me pasaba. 
Enumeré, nuevamente, cada uno de los síntomas, pero 
esta vez no los exageré, no mentí ni oculté nada. Intenté ser lo 
más sincero y exacto posible, después de todo, mi vida 
dependía de eso. 
—La verdad es que fumamos marihuana. No mucho... es 
algo que hacemos habitualmente. Pero esta vez me cayó muy 
mal. Muy mal. Tengo miedo de que haya tenido algo, que haya 
estado adulterada. No sé. Me deja un poco tranquilo que a ella 
COGER Y CONTARLO 
249 
no le pasa nada. Pero uno nunca sabe. Digo, me imagino que, 
de haber estado adulterada, ella tendría que estar sintiendo lo 
mismo que yo, pero... 
—Seguramente. O no. No lo sabemos. Todos los 
organismos son distintos —me interrumpió. 
—Sí, claro, pero... 
—Pasen por ahí que ya los atiendo —volvió a 
interrumpirme, y señaló uno de los cubículos. 
Me senté sobre la camilla. Por primera vez en la noche 
comenzaba a sentirme calmado. Me empezaba a relajar. Es 
decir, si la doctora, al oír los síntomas que yo sufría, no había 
salido desesperada a buscar otros médicos, podía sentirme 
seguro. 
—Va a estar todo bien —me dijo Laura, y yo le contesté 
haciendo un gesto afirmativo con la cabeza. 
De inmediato, la doctora se acercó con un aparato para 
tomarme la presión y me pidió que me quitara la campera y 
descubriera mi brazo. Yo me la quité, la dejé a un costado y 
arremangué mi remera lo más que pude. Sentía el brazo flojo. 
—No te muevas —me dijo mientras me acomodaba la 
almohadilla inflable alrededor del brazo y colocaba su 
estetoscopio. 
Luego bombeó hasta el límite y, una vez que lo creyó 
pertinente o la tuvo del todo inflada (nunca entendí cómo 
funcionan esos aparatos), la dejó desinflar. Por último, me 
quitó la almohadilla y, mientras salía del consultorio, le pidió al 
estudiante —porque evidentemente eso era el joven médico 
que la acompañaba— que me tomase el pulso. Este le hizo 
caso. 
—Las debo tener un poco bajas —le dije yo—. Porque la 
verdad es que mucho no me las sentía. Estaban como apagadas. 
—No, al contrario —me retrucó él, con una simpatía que 
SANTIAGO CÁNEPA 
250 
subestimaba mi vivencia—, es probable que las tengas bastante 
altas. Es lo normal cuando fumás marihuana. 
—Sí, lo sé, pero te juro que yo sentía todo lo contrario. 
—Y bueno, por ahí te sugestionaste al tener presión tan 
baja. 
La doctora volvió a entrar al cubículo. 
—¿Consumieron algo más? 
—Ciento cuarenta —dijo el médico. 
—No. 
—Sí, es normal. La marihuana produce taquicardia. 
—No, nada más —respondió Laura. 
—¿Cocaína, alcohol, alguna otra droga? 
—No, nada, solo cerveza. 
—Cerveza y gaseosa. 
—¿Y para qué fuman eso? 
—Porque me gusta. 
—Claro —apoyó Laura. 
—Pero te hace mal. 
—Sí, ya sé. 
—¿Y eso te gusta? 
—No, pero es un costo. El costo para conseguir otra cosa. 
Además, es la primera vez que me pasa. 
Tuve ganas de decirle “debería probar usted estar drogada 
y cogerse ese cuerpo, sentir más de lo que habitualmente se 
siente”, pero entendí que provocarla, discutirle, era ganarme un 
problema, sobre todo teniendo en cuenta que había un policía 
dando vueltas. 
—Bueno, ustedes sabrán. Hay que ser más responsables si 
no quieren terminar en el hospital. 
—Somos responsables, pero a veces nos fallan las 
cuentas. 
Me miró mal. Supongo que habrá pensado en cuán 
COGER Y CONTARLO 
251 
responsables podíamos ser dos seres perdidos y drogados 
buscando ayuda en la guardia de un hospital, un martes a la 
madrugada, pero decidió no contestarme nada. En su lugar, me 
hizo levantar la remera y posó su estetoscopio sobre mi 
espalda, y me hizo respirar. 
—Soy asmático —decidí aclararle. 
—¿Y sentiste que tuviste un ataque? 
—No, creo que no, pero ya que revisa mis pulmones, me 
pareció que debía saberlo. 
—Está bien. Gracias. 
Siguió escuchando un poco mi respiración, y luego, se 
quitó el estetoscopio de los oídos. 
—No tenés nada. Solo un pocode taquicardia y baja 
presión. Nada más. 
—Le juro que pensé que era todo lo contrario. 
—Pensaste mal. 
—Bueno, ¿y qué puede ser, entonces? 
—Un ataque de pánico. 
La miré sorprendido a Laura. Era la primera vez que me 
pasaba. Nunca había estado ni cerca de eso. O al menos era lo 
que recordaba. Sí había tenido grandes crisis de nervios que 
habían desembocado en gritos, llanto y golpes, pero nunca 
habían repercutido en mi cuerpo con tanta contundencia. 
La denominación “ataque de pánico” me resultaba una 
alegoría poética extraordinaria, perfecta. Era de esos nombres 
tan bien elegidos que con solo dos palabras no hacía falta 
explicar nada más: yo había sido atacado —atacado, inundado, 
mordido, dominado— por el pánico. Pero la pregunta era 
pánico a qué. No lo sabía. 
 
Salimos del hospital y decidimos caminar, la doctora nos 
había recomendado que tomara un poco de aire e intentara 
SANTIAGO CÁNEPA 
252 
relajarme. La noche estaba linda. Corría un viento helado que 
me revitalizaba y no me daba frío. Al contrario, era como si de 
a poco me fuese despertando. 
El dolor, las molestias, los síntomas que me habían 
alarmado más temprano, iban desapareciendo, poco a poco. Y 
en su lugar, iba quedando en mi cuerpo un leve temblor, 
constante y general, acompañado de un cansancio inaudito. 
Al llegar a mi casa, abrí bien todas las ventanas para dejar 
que corriese aire y me senté en el sillón. Laura se preparó un té 
(me ofreció y yo no quise), y se sentó a mi lado. 
La habitación se veía hermosa; la luz de la calle se colaba 
por las rendijas de la persiana americana que colgaba a nuestras 
espaldas y pintaba sobre la pared unas finas líneas blancas, 
horizontales, que alumbraban a su vez los bordes de la tele, una 
lámpara que no funcionaba y los cuadros de Cortázar y Woody 
Allen. Todo estaba rayado de luz. 
Me quedé observándolas. Me fascinaban. Eran una de las 
cosas que más me gustaban de mi casa. Me recordaban que 
afuera había luz, que había vida. Una calle. Una civilización 
organizada con personas, autos y un cielo enorme y grisáceo 
que se desplegaba detrás de las casas de la vereda de enfrente, 
donde había vecinos, conocidos/desconocidos que podían 
socorrerme si fuera necesario, que estaban allí para que yo no 
me sintiese tan solo. Era mi barrio, Parque Chas, el barrio 
donde había nacido. 
De pronto, Laura levantó la cabeza de mi hombro (recién 
al sentir la falta del calor y el peso que su cabeza ejercía sobre 
mí, advertí que había estado apoyada) y me preguntó qué me 
pasaba: 
—Laura está por casarse —le dije. 
—¿Eh? 
No sé si no me entendió o necesitó escuchar mis palabras 
COGER Y CONTARLO 
253 
de nuevo para confirmarlas, pero por las dudas volví a decirlo. 
—Que Laura está por casarse. 
—¿Y cómo sabés? 
—Me lo contó un amigo cuya novia sigue siendo amiga 
de Laura. 
—Ah. 
Nos quedamos unos segundos en silencio, pensativos. Yo 
me imaginaba que ella podía estar preguntándose por qué mi 
amigo me contaba eso de Laura, que si era un buen amigo, si 
quería torturarme, no sé. Así que le respondí sin que ella me 
preguntara: 
—Le pregunté yo porque la vi caminando por el centro de 
la mano de un pelado. 
—¿De un pelado? —me preguntó sorprendida. 
—Sí —reí—. Laura me cambió por un pelado. Un tipo 
que no tiene pelo, ¿podés creerlo? 
—Me causa gracia que lo digas. Y que hayas reparado en 
eso. 
—Sí, es muy raro. No sé por qué me fijé en eso. 
—Será que quizás tenés prejuicios contra los pelados. 
—Puede ser. El padre de ella es pelado. 
—¿Y decís que buscó a alguien parecido al padre para 
casarse? 
—No sé. Digo que eso me suena a “definitivo”. 
Volvimos a quedar en silencio. Ambos mirábamos las 
rayas lumínicas que manchaban la pared. No podíamos apartar 
la vista de ellas. 
—¿Creés que el amor es para toda la vida? —finalmente 
habló. 
—No sé. En cincuenta años te digo. 
—¿Tanto pensás vivir? Sos un optimista. 
—No. Soy un tipo de conocimientos empíricos. 
SANTIAGO CÁNEPA 
254 
—Sos un romántico. 
—¡Por fin alguien que se da cuenta! 
—De nada. 
Nos reímos. 
—¿Sabés lo que creo? Creo que los dos tenemos algo que 
al otro le falta. Y eso me consuela. 
—¿Quiénes? ¿Nosotros dos? 
—No, yo y el pelado. 
—El pelado y vos. 
—Es lo mismo. 
—¿Y qué les falta, pelo? —me dijo riendo, y volteé para 
mirarla. 
—Me robaste el chiste —le dije, y entendió cómo 
funcionaba la cosa. 
—Perdón. Trataré de no volver a hacerlo. Las frases 
geniales son lo tuyo. 
—Aprecio mucho tu obsecuencia. Nos vamos a llevar de 
maravilla. 
—Ya lo hacemos, solo que no te habías dado cuenta. 
Manteniendo la blanca sonrisa, se acercó y me besó en los 
labios. Sus labios sabían a marihuana, a tabaco, a cerveza, al té 
de manzanilla que acababa de prepararse. 
 
 
 
Fin 
 
 
 
 
Índice 
 
CAPÍTULO 1 
Las ficciones de la radio.......................................................... 7 
 
CAPÍTULO 2 
Cuestionarnos ........................................................................ 33 
 
CAPÍTULO 3 
Hablar de otras ...................................................................... 49 
 
CAPÍTULO 4 
Zapatos chinos ....................................................................... 79 
 
CAPÍTULO 5 
Alérgico a la vida ................................................................. 115 
 
CAPÍTULO 6 
Un final inverosímil ............................................................. 139 
 
CAPÍTULO 7 
Un ser humano despreciable .............................................. 171 
 
CAPÍTULO 8 
Los últimos días ................................................................... 197 
 
CAPÍTULO 9 
The cannabis blow ............................................................... 231 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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