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DEBERÍAS HABLAR CON ALGUIEN LORI GOTTLIEB DEBERÍAS HABLAR CON ALGUIEN Una psicóloga, su terapeuta y un viaje revelador por el alma humana URANO Argentina – Chile – Colombia – España Estados Unidos – México – Perú – Uruguay Título original: Maybe You Should Talk to Someone – A Therapist, Her Therapist, and Our Lives Revealed Editor original: Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company, Boston, New York Traducción: Victoria Simó Perales 1.ª edición Febrero 2021 Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright , bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público. Copyright © 2019 by Lori Gottlieb Illustrations copyright página 62 by Arthur Mont Emojis página 70: Shutterstock Published by special arrangement with Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company All Rights Reserved © 2021 de la traducción by Victoria Simó Perales © 2021 by Ediciones Urano, S.A.U. Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid www.edicionesurano.com ISBN: 978-84-17780-71-5 Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A.U. http://www.edicionesurano.com/ Proponemos que la felicidad se clasifique como un trastorno psiquiátrico y se incluya en los principales manuales de diagnóstico bajo un nuevo nombre: trastorno afectivo mayor de tipo placentero. Una revisión de la literatura relevante demuestra que la felicidad es estadísticamente anormal, consiste en un grupo discreto de síntomas, se asocia con una serie de anomalías cognitivas y con toda probabilidad refleja un funcionamiento irregular del sistema nervioso central. Se debe tener en cuenta una posible objeción a esta propuesta: la sociedad no valora negativamente la felicidad. Esta objeción, sin embargo, puede desestimarse por ser científicamente irrelevante. Richard Bentall JOURNAL OF MEDICAL ETHICS , 1992 El eminente psiquiatra Carl Jung dijo: «Las personas son capaces de cualquier cosa, por absurda que sea, con tal de no mirar de frente su propia alma». Pero también afirmó: «El que mira hacia dentro, despierta». NOTA DE LA AUTORA Este libro plantea una pregunta: «¿cómo se produce el cambio?», y responde diciendo: «a través de la relación con los demás». La relación de la que hablo en estas páginas, entre terapeutas y pacientes, requiere de una confianza sagrada para que el cambio sea efectivo. Así pues, además de obtener permiso por escrito, me he esforzado al máximo por disfrazar identidades y cualquier detalle reconocible. En algunos casos los relatos y los escenarios relativos a distintos pacientes se han atribuido a uno solo. He meditado a conciencia todas esas modificaciones y las he escogido con cuidado para permanecer fiel al espíritu de cada historia al mismo tiempo que las colocaba al servicio de un objetivo mayor: poner de relieve la condición humana que compartimos, para que todos podamos vernos con más claridad. Con ello pretendo decir que, si acaso te reconoces en estas páginas, se debe en parte a la casualidad pero también a la voluntad de la autora. Un apunte sobre la terminología: las personas que acuden a terapia reciben diversas denominaciones, siendo las más habituales paciente o cliente . Dudo que ninguna de esas palabras llegue a captar la relación que mantengo con los seres humanos que acuden a mi consulta. Sin embargo, hablar de las personas con las que realizo un trabajo resultaría demasiado farragoso y el término cliente puede inducir a confusión, habida cuenta de sus múltiples connotaciones, así que, en aras de la claridad y la simplicidad, me referiré a mis pacientes a lo largo de este libro. ÍNDICE Nota de la autora PRIMERA PARTE 1. Idiotas 2. Si la reina tuviera pelotas 3. El espacio de un solo paso 4. La lista y la guapa 5. Yo prefiero meditar en la cama 6. Buscando a Wendell 7. El comienzo del saber 8. Rosie 9. Instantáneas de uno mismo 10. El futuro también es el presente 11. Adiós, Hollywood 12. Bienvenidos a Holanda 13. Cómo lidian los niños con la pena 14. Harold y Maude 15. Nada de mayonesa 16. El chico diez 17. Sin memoria ni deseo SEGUNDA PARTE 18. Los viernes a las cuatro 19. El material de los sueños 20. La primera confesión 21. Terapia con protección 22. Entre rejas 23. Trader Joe’s 24. Hola, familia 25. El repartidor de UPS 26. Encuentros incómodos 27. La madre de Wendell 28. Adicción 29. El violador 30. A la hora en punto TERCERA PARTE 31. Mi útero errante 32. Sesión de emergencia 33. Karma 34. Vivir la vida 35. ¿Qué preferirías? 36. La urgencia ante la necesidad 37. Preocupaciones esenciales 38. Legoland 39. Cómo cambia el ser humano 40. Padres 41. Integridad frente a desesperación 42. Mi Neshamá 43. Cosas que no deberías decirle a una persona que va a morir 44. El email de Novio 45. La barba de Wendell CUARTA PARTE 46. Las abejas 47. Kenia 48. Sistema inmunitario psicológico 49. Orientación frente a psicoterapia 50. Mortzilla 51. Querido Myron 52. Madres 53. El abrazo 54. No lo estropees 55. Es mi fiesta y llorarás si quieres 56. La clave de la felicidad 57. Wendell 58. Una pausa en la conversación Agradecimientos PRIMERA PARTE No hay nada más deseable que ser descargado de un pesar, pero no hay nada tan aterrador como ser despojado de una muleta. James Baldwin S 1 Idiotas ANOTACIONES INICIALES, JOHN: El paciente dice sentirse «estresado» y declara problemas para dormir y para entenderse con su esposa. Expresa impaciencia hacia los demás y busca ayuda para «aguantar a tanto idiota ». é compasiva. Suspiro de paciencia infinita. Sé compasiva, sé compasiva, sé compasiva… Repito la frase mentalmente, como un mantra, mientras el hombre de cuarenta años que tengo delante me habla de todos los «idiotas» con los que se relaciona a diario. ¿Por qué, quiere saber, hay tantos idiotas en el mundo? ¿Nacieron así? ¿Se volvieron idiotas con el tiempo? Tal vez, musita, su condición sea una consecuencia de todos los aditivos químicos que lleva la comida hoy día. —Por eso procuro comer productos biológicos —afirma—. Para no convertirme en un idiota, como todos los demás. Me he perdido. Ya no sé de qué idiota me habla, si del higienista dental que formula una pregunta detrás de otra («y ninguna es retórica»), de su compañero de trabajo que solamente se expresa con interrogantes («nunca afirma nada, porque eso significaría que tiene algo que decir»), del conductor que frenó con el semáforo en ámbar («¿la gente no piensa que algunos tenemos prisa?») o del técnico de la Barra de Genios, en la tienda Apple, que no fue capaz de arreglarle el portátil («menudo genio»). —John —empiezo a decir, pero ahora está divagando sobre su mujer. No consigo meter baza, aunque en teoría acude a mí en busca de ayuda. Yo, por cierto, soy su nueva psicóloga. (La anterior, que solamente le duró tres sesiones, era «simpática, pero una idiota».) —Y entonces Margo se enfada… ¿se lo puede creer? —me está contando —. Y no me dice el motivo de su enfado. Solamente actúa como si estuviera molesta por algo y se supone que yo debo preguntarle qué le pasa. Pero sé muy bien que, si le pregunto, responderá «nada» las tres primeras veces y luego, tal vez a la cuarta o la quinta, dirá: «ya sabes lo que me pasa», y yo le contestaré: «no, no lo sé, si lo supiera no te lo preguntaría». Sonríe. De oreja a oreja. Yo intento trabajar con esa sonrisa; lo que sea con tal de transformar el monólogo en un diálogo que me permita comunicarme con él. —Me llama la atención que sonría ahora mismo —observo—, porque me está hablando de la frustración que le producen muchas personas, incluida Margo, y sin embargo parece contento. Su sonrisa se ensancha. Posee la dentadura más blanca que he visto en mi vida. Le brillan los dientes como diamantes. —Sonrío, Sherlock, porque conozco muy bien las razones de su disgusto. —Ah —respondo—. Entonces… —Espere, espere,que ahora llegamos a la mejor parte —me interrumpe —. Pues bien, como iba diciendo, sé muy bien lo que le pasa, pero no me apetece nada seguir oyendo sus quejas. De manera que esta vez, en lugar de preguntar, decido que voy a… Se detiene y mira el reloj que descansa la estantería, a mi espalda. Me gustaría emplear este inciso para pararle los pies a John. Podría comentar la ojeada que acaba de echarle al reloj (¿tiene prisa por marcharse? o el hecho de que acabe de llamarme «Sherlock» (¿está molesto conmigo por algo?). O podría atenerme a la superficie de lo que llamamos «el contenido» —el relato que me está narrando— e intentar entender por qué equipara los sentimientos de Margo con una queja. Pero si me quedo en el contenido, no conectaremos en esta sesión y John, estoy descubriendo, tiene problemas para establecer contacto con su entorno. —John —vuelvo a probar—. ¿Por qué no hablamos de lo que pasó…? —Ah, vale —me corta en mitad de la frase—. Todavía nos quedan veinte minutos. Y retoma su historia. Me vienen ganas de bostezar, irrefrenables, y tengo que recurrir a una fuerza de voluntad sobrehumana para mantener la boca cerrada. Mis músculos luchan contra mi mandato, mi semblante adopta todo tipo de expresiones grotescas, pero gracias a Dios el bostezo permanece dentro. Por desgracia, emerge en forma de eructo. Sonoro. Como si estuviera borracha. (No lo estoy. Seré un muestrario de muchas otras cosas desagradables ahora mismo, pero no estoy borracha.) A causa del eructo, mi boca lucha por abrirse otra vez. Aprieto los labios con tanta fuerza que me lloran los ojos. Como es natural, John no parece percatarse. Sigue despotricando de Margo. Margo hizo tal cosa. Margo hizo tal otra. Yo dije esto. Ella dijo lo otro. Y entonces yo le solté… Durante las prácticas de psicología clínica, una supervisora me dijo en cierta ocasión: «Todo el mundo posee un aspecto entrañable». Y, para mi sorpresa, descubrí que estaba en lo cierto. Es imposible conocer a alguien a fondo y no tomarle cariño. Deberíamos reunir en una habitación a los archienemigos mundiales y obligarles a compartir su historia y sus experiencias de formación, sus miedos y sus penas. Súbitamente, los peores adversarios se llevarían de maravilla. He descubierto algo entrañable en todas y cada una de las personas con las que he trabajado como terapeuta, incluido el tipo que intentó a asesinar a alguien. (Debajo de su rabia, había un corazón de oro.) Ni siquiera me sentí molesta la semana anterior, en nuestra primera sesión, cuando John me explicó que había contactado conmigo porque yo no era «nadie» en Los Ángeles, en referencia a que no se cruzaría con ninguno de sus colegas de la industria televisiva cuando acudiera a las sesiones. (Sus colegas, sospechaba él, visitaban psicólogos «conocidos y experimentados».) Me limité a anotar la frase para usarla en el futuro, cuando se mostrara más dispuesto a involucrarse. Tampoco me inmuté cuando, al final de esa misma sesión, me tendió un fajo de billetes y me explicó que prefería pagar en metálico para que su esposa no supiera que estaba haciendo terapia. —Fingiremos que es usted mi amante —sugirió—. O más bien mi fulana. No se ofenda, pero no es el tipo de mujer que escogería como amante… usted ya me entiende. No le entendía (¿escogería a una mujer más rubia, más joven, con una dentadura más blanca y brillante?), pero consideré el comentario uno más de los mecanismos de defensa que usa John para evitar la posibilidad de acercarse a alguien o de reconocer su necesidad de contacto humano. —¡Ja, ja, mi fulana! —dijo, deteniéndose ante la puerta—. Acudiré cada semana, liberaré toda la frustración acumulada y nadie se enterará. Qué divertido, ¿verdad? Oh, sí, quise decirle, superdivertido. Sin embargo, mientras le oía reír por el pasillo, tuve la seguridad de que John acabaría por caerme bien. Debajo de su insufrible exhibicionismo, sin duda emergería algo entrañable, incluso hermoso. Ahora bien, eso fue la semana pasada. Hoy tan solo veo a un gilipollas. Un gilipollas con una dentadura espectacular. Sé compasiva, sé compasiva, sé compasiva . Repito mi silencioso mantra para volver a concentrarme en mi paciente. Ahora está hablando del error que ha cometido un técnico de la serie (un hombre que, según John, se llama sencillamente «el idiota») y en ese preciso instante se me enciende una bombilla: la diatriba de John me resulta familiar hasta extremos inquietantes. No tanto las situaciones que describe como los sentimientos que evocan en él… y en mí. Sé muy bien hasta qué punto es agradable culpar al mundo exterior de tus frustraciones, no responsabilizarte del papel que puedas haber tenido en la obra existencial titulada Mi importantísima vida . Conozco lo que significa indignarse desde la superioridad moral, convencida de que tú tienes razón y eres víctima de una terrible injusticia, porque es así, exactamente, como me he sentido a lo largo de todo el día. Lo que John ignora es que arrastro las secuelas de lo que me sucedió anoche, cuando el hombre con el que en teoría iba a casarme rompió conmigo por las buenas. Hoy intento concentrarme en mis pacientes (me limito a llorar durante los diez minutos de descanso que me tomo entre sesiones, con cuidado de lavarme los rastros de rímel antes de que entren los pacientes). Dicho de otro modo: afronto el dolor tal y como sospecho que John lidia con el suyo: ocultándolo. Como psicoterapeuta, entiendo mucho de dolor y de los distintos nexos entre el sufrimiento y la pérdida. Pero también sé algo que no todo el mundo ha entendido: que el cambio y el dolor van de la mano. No hay evolución sin renuncia, y eso explica por qué con tanta frecuencia la gente afirma que quiere cambiar pero se aferra a lo que ya tiene. Para ayudar a John, tendré que averiguar cuál sería su pérdida, pero antes tendré que entender la mía. Porque, ahora mismo, tan solo puedo pensar en la mala pasada que mi novio me jugó anoche. ¡El muy idiota! Devuelvo la vista a John y pienso: Te escucho, hermano. Espera un momento , estarás pensando. ¿Por qué me cuentas todo esto? ¿No se supone que los terapeutas protegen su vida privada? ¿Acaso no son, en teoría, pizarras en blanco que jamás revelan nada sobre sí mismos, observadores imparciales que no critican a sus pacientes… ni siquiera para sus adentros? Además, ¿no deberían los psicólogos, ellos más que nadie, tener sus vidas bajo control? En parte, sí. Lo que sucede en el gabinete de terapia debería cumplir el único objetivo ayudar al paciente, y si un psicólogo no se siente capaz de separar sus propios conflictos de los problemas de la persona a la que acompaña haría bien en escoger una línea de trabajo distinta. Por otro lado, esto —aquí y ahora, entre tú y yo— no es terapia sino un relato sobre la terapia: cómo sanamos y adónde nos lleva la redención. Igual que esos programas del National Geographic que muestran el desarrollo embrionario y el nacimiento de cocodrilos singulares, quiero captar el proceso por el cual los seres humanos, en su esfuerzo por evolucionar, empujan sus cascarones hasta que, en silencio (o gran estrépito) y despacio (pero también de súbito), los rompen. De manera que, por más que la imagen de mi cara manchada de máscara entre sesiones sea incómoda de contemplar, así comienza esta historia sobre un puñado de seres humanos en apuros a los que estás a punto de conocer: en mi propia condición humana. Los psicólogos, como es natural, se enfrentan a los mismos rigores cotidianos que el resto del mundo. Esa familiaridad con los problemas de la vida constituye la base del vínculo que forjamos con extraños, que nos confían sus historias y secretos más íntimos. La formación profesional nos brinda teorías, herramientas y técnicas, pero debajo de esa pericia tan ardua de conquistar late el hecho de que sabemos hasta qué punto resulta complicado ser una persona. Eso equivale a decir que acudimos cada día al trabajo siendo nosotros mismos, cada cual con su provisión de vulnerabilidad, sus anhelos einseguridades y su propia historia. De todas mis credenciales como psicoterapeuta, la más significativa es mi afiliación a la raza humana. Ahora bien, revelar esa humanidad es harina de otro costal. Una colega me contó que, cuando el médico la llamó para darle la noticia de que su embarazo no era viable, rompió a llorar en mitad del Starbucks. Casualmente una de sus pacientes la vio, canceló la siguiente cita y ya no volvió. Recuerdo haber oído relatar al escritor Andrew Solomon una anécdota sobre un matrimonio que conoció en un congreso. En el transcurso de un día, explicaba, cada cónyuge le confió por su lado que estaba tomando antidepresivos pero no quería que el otro lo supiera. Por lo visto, escondían la misma medicación en la misma casa. No importa que, como sociedad, nos hayamos abierto a compartir temas que antes se consideraban privados; el estigma en torno a nuestras dificultades emocionales sigue siendo inmenso. Hablamos sin tapujos de nuestra salud física (¿alguien se imagina a un matrimonio escondiéndose mutuamente su medicación para el reflujo?) e incluso de la vida sexual, pero coméntale a alguien que sufres ansiedad, depresión o un sentimiento de pérdida irreparable y es probable que leas en su semblante algo del estilo de: que alguien me libre de esta conversación, rápido. Sin embargo, ¿a qué tenemos tanto miedo? Nadie ha dicho que al mirar en esos rincones oscuros y encender la luz vayamos a encontrar un montón de cucarachas. Las luciérnagas también buscan la oscuridad. Hay belleza en esos lugares. Pero tenemos que mirar para verla. Mi misión, la misión del terapeuta, consiste en mirar. Y no solo para ayudar a los pacientes. Una realidad que apenas se comenta: los psicólogos también hacen terapia. Estamos obligados, de hecho, durante la formación, como parte de las prácticas que requiere la acreditación. Únicamente así podemos saber de primera mano lo que van a experimentar nuestros futuros pacientes. Aprendemos a aceptar las observaciones, a tolerar la incomodidad, a ser conscientes de nuestros puntos ciegos y a observar el efecto que nuestros relatos y conductas ejercen en nosotros mismos y en los demás. Y cuando por fin obtenemos la acreditación, empezamos a recibir pacientes y… seguimos haciendo terapia. No todo el tiempo y no como condición necesaria, pero la gran mayoría de psicoterapeutas se sienta en el sofá de otra persona en distintos momentos de su carrera profesional, en parte porque hace falta un espacio para hablar del impacto emocional que supone un oficio como el nuestro y en parte porque la vida sigue y la terapia nos ayuda a afrontar nuestros demonios cuando nos visitan. Y nos visitarán, porque todo el mundo tiene demonios: grandes, pequeños, viejos, nuevos, silenciosos, ruidosos, como sean. Esos demonios comunes constituyen la prueba de que no somos tan distintos, al cabo. Y gracias a esa consciencia podemos entablar una relación distinta con nuestros propios demonios, de tal suerte que ya no tratamos de razonar con una insolente voz interior para librarnos de ella ni de adormecer los sentimientos con distracciones como comer o beber en exceso o pasar horas navegando por internet (una actividad a la que una colega se refiere como «el analgésico sin receta más rápido y eficaz»). Uno de los pasos más importantes de la terapia consiste en ayudar a las personas a asumir la responsabilidad de las dificultades que afrontan, porque en el momento en que comprenden que pueden (y deben) construir sus propias vidas, son libres para generar cambios. A menudo, sin embargo, la gente se aferra a la idea de que sus problemas son circunstanciales o situacionales en buena parte, es decir, externos. Y si la culpa de sus problemas la tienen las circunstancias u otras personas, agentes que se encuentran ahí fuera , ¿por qué molestarse en cambiar? Aun si actuaran de otra manera, ¿acaso el resto del mundo no seguiría comportándose igual? El argumento tiene su lógica. Pero la vida no funciona así, por lo general. ¿Recuerdas la famosa frase de Sartre «el infierno son los otros»? Es verdad, el mundo está lleno de individuos complicados (o, como diría John, de «idiotas»). Estoy segura de que puedes nombrar cinco personas difíciles ahora mismo sin tener que pensar demasiado; a algunas las evitas siempre que puedes, a otras las evitarías si no fuera porque comparten tu apellido. Sin embargo, en ocasiones —más a menudo de lo que nos gusta aceptar— esa persona difícil es uno mismo. Como lo oyes: con frecuencia el infierno eres tú. A veces somos nosotros la causa de nuestras dificultades. Y si encontramos la manera de dejar de ponernos trabas, sucede algo extraordinario. El terapeuta muestra un espejo a sus pacientes, pero los pacientes, a su vez, ofrecen un reflejo al terapeuta. La terapia nunca discurre en un solo sentido, en absoluto; el proceso es recíproco y en paralelo. Cada día, los pacientes plantean preguntas que también debemos aplicarnos. Y si son capaces de verse con más claridad gracias a la imagen que les devolvemos, igualmente nosotros nos vemos más claramente en la suya. Esto les sucede a los psicólogos que trabajan con pacientes y a los que trabajan con otros psicólogos. Somos espejos que reflejan espejos que reflejan espejos y nos mostramos unos a otros lo que aún no somos capaces de ver. Y eso me lleva de vuelta a John. Hoy no tengo presente nada de lo que acabo de exponer. En lo que a mí concierne, ha sido un día difícil con un paciente complicado y, por si fuera poco, me ha tocado hablar con John justo después de visitar a una joven recién casada que está muriendo de cáncer. No es la situación ideal para trabajar con nadie, en particular cuando apenas has dormido, tus planes de matrimonio acaban de ser cancelados y sabes que tu dolor es insignificante comparado con el de una mujer que padece una enfermedad terminal; y también presientes (sin ser demasiado consciente) que tu sufrimiento no es nimio en absoluto, porque un auténtico cataclismo se está desencadenando en tu interior. Mientras tanto, a cosa de un kilómetro y medio de distancia, en una pintoresca construcción de ladrillos de un estrecho callejón, un terapeuta llamado Wendell atiende a sus pacientes en su gabinete, igual que yo. Uno tras otro, se sientan en un sofá con vistas a un jardín interior maravilloso y hablan del mismo tipo de cosas que mis pacientes han compartido conmigo en el último piso de un edificio de oficinas acristalado. Esas personas llevan semanas, meses, puede que años acudiendo a la consulta de Wendell. Yo, en cambio, todavía no lo conozco. De hecho, ni siquiera he oído hablar de él. Pero eso pronto cambiará. Estoy a punto de convertirme en la nueva paciente de Wendell. T 2 Si la reina tuviera pelotas ANOTACIONES INICIALES, LORI: Paciente de unos cuarenta y cinco años acude para tratar las consecuencias de una ruptura inesperada. Dice necesitar «solamente unas pocas sesiones para superar esto». odo comienza con un problema presentado. Por definición, el problema presentado es la dificultad que empuja a una persona a buscar terapia. Puede ser un ataque de pánico, la pérdida de un empleo, una muerte, un nacimiento, una relación complicada, incapacidad para tomar una decisión trascendente o un episodio de depresión. En ocasiones el problema presentado no es tan específico: una sensación de estancamiento o la noción vaga pero persistente de que algo no va bien. Sea cual sea el problema, acostumbra a «presentarse» porque la persona se enfrenta a una encrucijada existencial. ¿Giro a la izquierda o a la derecha? ¿Intento dejar las cosas como están o me interno en un territorio inexplorado? (Aviso: la terapia siempre te llevará a un territorio inexplorado aunque optes por dejar las cosas como están.) Ahora bien, a los pacientes les traen sin cuidado las encrucijadas cuando acuden a su primera sesión. Por lo general solo quieren dejar de sufrir. Desean contarte su historia, empezando por el problema presentado. Así pues, dejad que comparta con vosotros mi «percancecon Novio». Para empezar, quisiera aclarar que considero a Novio una persona maravillosa. Es un tipo amable y generoso, divertido e inteligente. Igual te arranca unas carcajadas que te lleva a la farmacia a las dos de la madrugada para comprar el antibiótico cuya toma no puedes aplazar al día siguiente. Si por casualidad pasa por el supermercado Costco, te envía un mensaje de texto para preguntarte si necesitas algo y, cuando le respondes que te vendría bien un envase de detergente, se presenta en tu casa con tus albóndigas favoritas y veinte frascos de sirope de arce para los gofres caseros que acostumbra a prepararte. Transporta los veinte frascos del garaje a la cocina, guarda diecinueve en el estante más alto del armario y deposita uno en la encimera, a punto para el día siguiente. También te deja notitas de amor en el escritorio, te toma la mano y te cede el paso, y nunca protesta por tener que acompañarte a las reuniones familiares porque le divierte de veras pasar un rato con tus parientes, incluidos los más chismosos o los ancianos. Te envía paquetes de Amazon repletos de libros por nada en especial (para ti, los libros son el equivalente a las flores) y por las noches os acurrucáis juntos y os leéis mutuamente párrafos en voz alta, con pausas para retozar. Mientras os dais un atracón de Netflix, él te frota ese punto de la espalda en el que sufres una leve escoliosis y cuando se detiene y tú lo animas a continuar, sigue masajeándote durante un delicioso minuto más antes de escaquearse con disimulo (tú finges no percatarte). Permite que apures sus bocadillos, que termines sus frases y que uses su crema solar, y escucha las anécdotas del día con tanta atención que, igual que un biógrafo personal, recuerda más detalles de tu vida que tú misma. Si este retrato te parece tendencioso, has acertado. Hay muchas manera de contar una historia y, si algo me ha enseñado el oficio de psicóloga, es que la mayoría de las personas se pueden considerar lo que nosotros llamamos «narradores no fiables». Con eso no pretendo decir que engañen a sabiendas. El fenómeno se debe más bien a que todo relato posee múltiples matices y tendemos a obviar aquellos que no encajan con nuestro punto de vista. Casi todo lo que me cuentan mis pacientes es la pura verdad… desde su perspectiva actual. Pregúntale a alguien por su cónyuge mientras todavía están enamorados y luego vuelve a interrogarlo después del divorcio; en ambas ocasiones te contarán únicamente la mitad de la historia. ¿Lo que acabas de leer sobre Novio? Es la mitad buena. Abordemos ahora la otra mitad. Son las diez en punto de una noche entre semana. Estamos en la cama, charlando. Tenemos pensado ir al cine el próximo sábado y acabamos de decidir qué entradas vamos a comprar por anticipado. De súbito, Novio se sume en un silencio extraño. —¿Estás cansado? —le pregunto. Los dos trabajamos, los dos tenemos hijos y ambos hemos dejado atrás los cuarenta, de modo que el silencio no suele entrañar nada más que agotamiento. E incluso cuando no estamos fatigados, estar juntos sin hablar resulta agradable, relajante. Pero si acaso el silencio se puede oír, el de hoy suena distinto. Y si alguna vez has estado enamorado, ya sabes a qué clase de silencio me refiero: el que vibra en una frecuencia que únicamente ese otro especial puede percibir. —No —responde. Tan solo es una sílaba, pero un temblor lo traiciona y la palabra va seguida de un mutis todavía más inquietante si cabe. Lo miro. Me devuelve la mirada. Sonríe, sonrío y un silencio ensordecedor se instala de nuevo, quebrado únicamente por el roce nervioso de su pie contra el edredón. Ahora estoy asustada. Durante las sesiones, soy capaz de soportar silencios maratonianos, pero aquí, en mi dormitorio, no aguanto ni tres segundos. —Oye, ¿pasa algo? —pregunto, intentando adoptar un tono desenfadado. Sin embargo, se trata de una pregunta retórica donde las haya. La respuesta es un notorio «sí», porque, en toda la historia del mundo, nada tranquilizador ha surgido jamás de esta pregunta. Cuando trabajo con parejas en terapia, aun si la respuesta inicial es «no», el tiempo acaba desvelando que la verdadera contestación era alguna versión de te estoy engañando, me he fundido las tarjetas de crédito, mi anciana madre se viene a vivir con nosotros o ya no estoy enamorado/a de ti. La respuesta de Novio confirma la regla. Dice: —Me he dado cuenta de que no puedo convivir con un niño los próximos diez años. ¿Me he dado cuenta de que no puedo convivir con un niño los próximos diez años? Estallo en carcajadas. Ya sé que la frase de Novio no tiene ninguna gracia, pero habida cuenta de que planeamos pasar juntos el resto de la vida y que yo tengo un hijo de ocho años, me parece tan absurda que me la tomo a risa. Novio no dice nada, de manera que dejo de reír. Lo miro. Él desvía la mirada. —¿De qué estás hablando, si se puede saber? ¿Qué significa que no puedes convivir con un niño los próximos diez años? —Lo siento —es su respuesta. —¿Cómo que lo sientes? —insisto, todavía incapaz de creer lo que estoy oyendo—. ¿Hablas en serio? ¿No quieres vivir conmigo? Me explica que sí quiere vivir conmigo, pero ahora que sus hijas adolescentes están a punto de marcharse a la universidad, se ha dado cuenta de que no quiere esperar otros diez años a que el nido esté vacío. Lo miro boquiabierta. Literalmente. Abro la boca y permanezco de esa guisa un buen rato. Es la primera noticia que tengo al respecto y tardo un minuto entero en cerrar la mandíbula para poder articular palabra. Mi mente dice: ¿queeeeé? , pero mis labios preguntan: —¿Cuánto hace que te sientes así? Si no te hubiera preguntado, ¿no me habrías dicho nada? Esto no puede estar pasando, pienso. Hace cinco minutos estábamos eligiendo la película del fin de semana. En teoría, íbamos a pasarlo juntos. ¡Pensábamos ir al cine! —No lo sé —responde, compungido. Se encoge de hombros sin desplazarlos. Todo su cuerpo se encoge de hombros—. No sabía cómo sacar el tema. No encontraba el momento. (Cuando les cuento a mis amigas psicólogas esta parte de la historia, al momento lo diagnostican como «un evasivo». Cuando les cuento a mis amigas no psicólogas esta parte de la historia, al momento lo definen como «un cerdo».) Otro silencio. Me siento como si estuviera contemplando la escena desde fuera. Veo a una desorientada versión de mí misma atravesar a la velocidad del rayo las famosas cinco etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Si la risa equivalía a la negación y la pregunta «cuándo narices pensabas decírmelo» ha sido una manifestación de ira, estoy en plena fase de negociación. ¿Qué podemos hacer para que esto funcione?, quiero saber. ¿Le pedimos a la canguro que venga más horas? ¿Salimos solos otra noche más a la semana? Novio niega con la cabeza. Sus hijas adolescentes no se despiertan a las siete de la mañana para jugar con los Lego. Está deseando recuperar su libertad y quiere poder relajarse los domingos por la mañana. Da igual que mi hijo no necesite ayuda para jugar con sus Lego cuando se levanta. El problema, al parecer, reside en que el niño, de vez en cuando, le dice lo siguiente: «¡Mira qué chulo! ¡Mira lo que acabo de construir con los Lego!». —La cuestión es —aclara Novio— que no quiero sentirme obligado a mirar sus construcciones. Quiero leer el periódico tranquilamente. Empiezo a plantearme si un extraterrestre habrá invadido el cuerpo de Novio o si tendrá un tumor cerebral en expansión cuyo primer síntoma es un cambio de personalidad. Me pregunto qué pensaría Novio de mí si rompiera con él porque sus hijas adolescentes me piden que eche un vistazo a sus nuevos leggins de Forever 21 cuando estoy leyendo tranquilamente. No quiero mirar tus leggins. ¿Qué clase de persona rompe con otra porque no le apetece levantar la vista? —Pensaba que querías casarte conmigo —es mi penosa observación. —Y quiero casarme contigo —responde—. Es que no quiero convivir con un niño. Lo medito un instante, como si me estuvieraplanteando un acertijo. Se parece al enigma de la Esfinge. —Pero el niño y yo vamos en el lote —objeto, ahora levantando la voz. Me enfurece que plantee este problema precisamente ahora. Me enfurece que plantee este problema y punto—. No soy un plato a la carta, como una hamburguesa sin las patatas fritas, como una… una… Acuden a mi mente esos pacientes que describen situaciones ideales e insisten en que solo podrán ser felices en esas circunstancias exactas. Si no hubiera dejado la escuela de negocios para hacerse escritor, sería el chico ideal (así que rompo con él y sigo viendo a gestores de fondos que me aburren). Si el empleo no implicara un cambio radical, sería la oportunidad perfecta (así que conservaré este empleo sin futuro y seguiré contándote lo mucho que envidio las profesiones de mis amigos). Si no tuviera un hijo, me casaría con ella. Todos tenemos innegociables, es natural. Sin embargo, cuando los pacientes recurren una y otra vez a este tipo de argumentos, a veces les digo: «Si la reina tuviera pelotas, sería un rey». O, lo que es lo mismo, si vas por la vida escogiendo y descartando, si no te das cuenta de que «lo perfecto es la antítesis de lo bueno», puede que te estés privando de la felicidad. Al principio los pacientes se sorprenden ante mi crudeza, pero a la postre la observación les ahorra tres meses de terapia. —La verdad es que no quería salir con una mujer que tuviera hijos —está diciendo Novio—. Pero entonces me enamoré de ti y ya no supe qué hacer. —No te enamoraste de mí antes de nuestra primera cita, cuando te dije que tenía un niño de seis años —objeto—. Entonces sí sabías lo que debías hacer, ¿no? Más silencio angustiado. Como seguramente ya habrás adivinado, esta conversación no va a ninguna parte. Yo intento averiguar si el problema es otro; ¿cómo no? Al fin y al cabo, su deseo de libertad no es más que una variante del típico «no eres tú, soy yo» (que siempre equivale a: no soy yo, eres tú). ¿Acaso a Novio le disgusta algún aspecto de la relación y no se atreve a decírmelo?, le pregunto con tranquilidad, ahora en tono más suave, porque soy consciente de que las Personas Muy Enfadadas no son Muy Accesibles. Pero Novio insiste en que el problema radica en el hecho de que tenga hijos, no en mí. Me encuentro en un estado de conmoción mezclada con perplejidad. No entiendo cómo ha podido suceder algo así. ¿Cómo es posible que alguien duerma a pierna suelta a tu lado y planee una vida contigo cuando está considerando en secreto la idea de dejarte? (La respuesta es muy simple: un mecanismo de defensa llamado «compartimentación». Pero ahora mismo estoy demasiado ocupada recurriendo a otro mecanismo de defensa, la negación, como para reparar en ello.) Novio, dicho sea de paso, es abogado y plantea el caso igual que si tuviera delante a un jurado. De verdad quiere casarse conmigo. De verdad me ama. Sencillamente, querría que pasáramos más tiempo a solas. Le gustaría que pudiéramos hacer una escapada cuando nos viniera en gana, volver a casa del trabajo y salir a cenar sin tener que preocuparnos por una tercera persona. Desea disfrutar de la intimidad que implica la vida en la pareja, no de la sensación comunal que acarrea una familia. Cuando descubrió que yo tenía un hijo pequeño supo que la situación no era ideal, pero no me comentó nada porque pensó que sabría adaptarse. Dos años más tarde, sin embargo, cuando estamos a punto de fundir nuestros hogares en uno y empieza a otear la libertad en el horizonte, ha comprendido hasta qué punto es importante para él. Sabía que la relación estaba sentenciada y por otro lado no quería que acabase; y cuando se planteaba hablarme de ello, no sabía cómo introducir el tema porque las cosas habían llegado muy lejos e imaginaba que yo montaría en cólera. Dudaba si decírmelo, arguye, porque no quería portarse como un cerdo. La defensa está servida y además lo siente mucho. —¿Lo sientes? —le espeto—. Bueno, pues ¿sabes qué? ¡Te has esforzado tanto en NO portarte como un cerdo que al final te has portado como el tío más cerdo del mundo! De nuevo guarda silencio y entonces lo entiendo todo: su extraño mutismo de antes ha sido su forma de colocar el tema sobre el tapete. Y aunque le damos vueltas y más vueltas al problema hasta que el sol se filtre por las rendijas de las persianas, ambos sabemos en lo más profundo del corazón que todo está dicho ya. Yo tengo un hijo. Él quiere ser libre. Los niños y la libertad se excluyen mutuamente. Si la reina tuviera pelotas, sería un rey. Voilà … ya tenía mi problema presentado. C 3 El espacio de un solo paso uando comentas que te dedicas a la psicoterapia la reacción habitual suele ser un breve silencio de sorpresa seguido de preguntas incómodas al estilo de: «¡Ah, psicoterapeuta! ¿Tengo que hablarte de mi infancia?». O: «¿Tú me podrías ayudar con un problema que tengo con mi suegra?». O: «¿Me vas a psicoanalizar?». (Las respuestas, por cierto, son: «Por favor, no»; «es posible»; y «¿cómo voy a psicoanalizarte aquí ? Si fuera ginecóloga, ¿me preguntarías si te voy a hacer un examen pélvico?». No obstante, entiendo el motivo de esas reacciones. A la postre, todas nacen del miedo; temor a quedar expuestos, a ser desenmascarados. ¿Vas a detectar las inseguridades que tanto me esfuerzo en ocultar? ¿Vas a percibir mi vulnerabilidad, mis mentiras, mi vergüenza? ¿Vas a ver al ser humano que hay en mí? Me choca que las personas con las que entablo conversación en una barbacoa o en una fiesta no tengan en cuenta que también ellos podrían desenmascararme a mí o intuir aspectos de mi personalidad que yo intento ocultar a mi vez en situaciones sociales. En cuanto se enteran de que soy psicóloga, empiezan a verme como alguien capaz de leer su mente e intentan despistarme con una broma sobre psicólogos o se largan a toda prisa en busca de una copa. De vez en cuando, sin embargo, la gente formula otro tipo de preguntas, como por ejemplo: «¿Qué clase de gente acude a tu consulta?». Yo les digo que hablo con personas normales y corrientes, esto es, iguales a la persona que tengo delante. Una vez, en una fiesta del Cuatro de Julio, le comenté a un matrimonio que expresó curiosidad que muchas parejas acuden a hacer terapia, y ellos se enzarzaron en una discusión delante de mí. El hombre quería saber por qué la mujer parecía tan intrigada por la terapia de pareja; al fin y al cabo, ellos no tenían problemas (risilla de circunstancias). Ella le preguntó por qué sentía nulo interés en la vida emocional de las parejas; al fin y al cabo, no les vendría mal una ayudita (mirada de rabia). Ahora bien, ¿pensaba yo en ellos como material de terapia? En absoluto. En esa ocasión fui yo la que se largó deprisa y corriendo «a buscar una copa». La terapia suscita toda clase de reacciones extrañas porque, en cierto sentido, se parece a la pornografía. Ambas implican desnudez de un tipo u otro. Las dos involucran emoción en potencia. Y tanto una como otra poseen millones de usuarios, buena parte de los cuales guardan su condición en secreto. Si bien los investigadores sociales han tratado de cuantificar el número de personas que hacen terapia, las cifras no se consideran fiables, por cuanto muchos de los pacientes prefieren ocultarlo. Y por más que no reflejen la realidad, las cifras siguen siendo altas. En un año cualquiera, alrededor de treinta millones de adultos estadounidenses se sientan con regularidad en la consulta de un psicólogo, y Estados Unidos ni siquiera lidera el ránking mundial en ese aspecto. (Un dato curioso: los países con más psicoterapeutas en relación al número de habitantes son, en orden descendiente, Argentina, Austria, Australia, Francia, Canadá, Suiza, Islandia y los Estados Unidos.) Toda vez que soy psicóloga, cabría pensar que el día siguiente a mi «percance con Novio» decidí buscar terapia yo misma. Trabajo en un gabinete con doce profesionales, mi edificio está lleno de psicólogos y he pertenecido a varios grupos de supervisión en los cuales los terapeutas comentan suscasos, así que tengo infinidad de contactos en el mundillo. Sin embargo, paralizada en mi cama en posición fetal, no es esa la llamada que hago. —¡Es un impresentable! —exclama mi amiga de toda la vida, Allison, cuando le cuento la historia desde mi lecho antes de que el niño despierte —. ¡Que le vaya bien! Hay que ser muy mala persona para hacer algo así. Y no solo a ti, también a tu hijo- —¡Tienes razón! —asiento—. Hay que ser muy mala persona. Pasamos cosa de veinte minutos poniendo verde a Novio. Cuando el dolor estalla por primera vez, la gente tiende a despotricar de los demás o de sí mismos, a dirigir el malestar hacia fuera o hacia dentro. ¡Allison y yo lo estamos proyectando hacia fuera, nena! Ella se encuentra en el Medio Oeste, de camino al trabajo, con dos horas de ventaja respecto a la costa oeste, y va directa al grano. —¿Sabes qué deberías hacer? —me dice. —¿Qué? Yo me siento como si me hubieran clavado un puñal en el corazón y haría cualquier cosa con tal de que cese el dolor. —¡Deberías acostarte con alguien! ¡Acuéstate con alguien y olvida al «odianiños». —Me enamoro al instante del nuevo nombre de Novio: el «odianiños»—. Está claro que no es lo que parecía. Quítatelo de la cabeza. Casada desde hace veinte años con su gran amor de la universidad, Allison no tiene ni idea de cómo aconsejar a las personas solteras. —Te ayudará a recuperarte más rápidamente, igual que cuando te caes de la bici. Tienes que volver a montar cuanto antes —prosigue—. Y no pongas los ojos en blanco. Allison me conoce bien. Mis ojos llorosos e irritados están en blanco ahora mismo. —Vale, me acostaré con alguien —respondo con voz llorosa. Sé que intenta hacerme reír. Pero al momento estallo en sollozos de nuevo. Me siento como una adolescente de dieciséis años que se enfrenta a su primera ruptura y no me puedo creer que esté reaccionando así a los cuarenta y pico. —Ay, cielo —dice Allison. Su voz suena como un abrazo—. Estoy aquí para lo que necesites. Lo superarás. —Ya lo sé —respondo, pero, por alguna razón extraña, no lo siento así. Un proverbio que parafrasea un poema de Robert Frost dice: «Para salir, hay que cruzar.» El único modo de salir por el otro lado del túnel es atravesarlo, no rodearlo. Sin embargo, ahora mismo ni siquiera me imagino la entrada. Cuando Allison aparca el coche y promete llamarme en cuanto tenga un momento, echo un vistazo al reloj: las seis y media de la mañana. Telefoneo a mi amiga Jen, que es psicoterapeuta y pasa consulta en la otra punta de la ciudad. Responde a la primera señal y oigo a su marido al fondo, que le pregunta quién es. Jen susurra: —Creo que es Lori. Debe de haber visto el identificador de llamadas, pero estoy llorando tan desconsoladamente que ni siquiera la he saludado todavía. De no ser por el número de la pantalla, pensaría que soy un psicópata acosador. Recupero el aliento y le narro lo sucedido. Ella me escucha con atención. No deja de repetir que no se lo puede creer. Pasamos otros veinte minutos despotricando de Novio y luego oigo a su hija entrar en la habitación y decirle que tiene que llegar al colegio temprano para la clase de natación. —Te llamo a la hora de comer —promete Jen—. De todas formas, dudo que esto acabe aquí. Me parece una ventolera. A menos que sea un sociópata, no me cuadra con lo que he visto a lo largo de estos dos años. —Exacto —asiento—. Y eso significa que es un sociópata. La oigo tomar un trago de agua y dejar el vaso. —En ese caso —responde, después de tragar—, conozco un chico perfecto para ti. Y no es un odianiños. —A ella también le gusta el nuevo nombre de Novio—. Dentro de unas semanas, cuando estés lista, te lo presentaré. La idea es tan absurda que prácticamente sonrío. Lo que de verdad necesito estando la ruptura tan fresca es que alguien me acompañe en mi dolor, pero al mismo tiempo entiendo la sensación de impotencia que produce ver a una amiga sufriendo y no poder ofrecerle ninguna solución. El acompañamiento en el dolor es una de esas raras experiencias que acontecen en la seguridad del gabinete, pero cuesta mucho brindarlo u obtenerlo fuera; incluso resulta difícil para Jen, que también es psicóloga. Cuando cortamos la llamada, pienso en la frase «dentro de unas semanas». ¿De verdad podría salir con alguien dentro de unas semanas? Me imagino quedando con un buen chico que hace esfuerzos por entablar la típica conversación para romper el hielo; sin saberlo, hará referencia a algo que me recordará a Novio (estoy convencida) y yo no seré capaz de contener las lágrimas. El llanto en una primera cita enfría a cualquiera. El llanto de una terapeuta en una primera cita enfría y asusta. Además, ahora mismo solo tengo fuerzas para concentrarme en el presente inmediato. En estos momentos solo puedo pensar en dar un paso y luego otro. Eso les digo a los pacientes que están sumidos en una depresión incapacitante, de esas que te llevan al extremo de pensar: Ahí está el cuarto de baño . A cinco pasos de distancia. Lo veo, pero no soy incapaz de desplazarme hasta allí. Mueve un pie y luego el otro. No contemples los cinco pasos de una vez. Concéntrate en el primero. Y cuando lo hayas conseguido, da el siguiente. Al final llegarás a la ducha. Y al día de mañana, y al año que viene. Un paso. Tal vez no puedan imaginar que su depresión desaparecerá en un futuro cercano, pero no hace falta. Hacer algo te empuja a hacer algo más y ese gesto sustituye un círculo vicioso por uno virtuoso. Las grandes transformaciones acaecen gracias a los cientos de pasos minúsculos, casi imperceptibles, que damos a lo largo del camino. Muchas cosas pueden suceder en el espacio de un solo paso. No sé cómo lo hago, pero me las arreglo para despertar a mi hijo, preparar el desayuno, guardarle las cosas en la mochila, entablar conversación, llevarlo al cole y conducir hasta el trabajo, todo sin derramar ni una lágrima. Puedo hacerlo , pienso mientras subo a mi despacho en el ascensor. Un pie, luego el otro. Una sesión de cincuenta minutos cada vez. Llego al gabinete de psicoterapia, saludo a los colegas en el pasillo, abro la puerta de mi despacho y me sumerjo en la rutina: dejo mis cosas en su sitio, silencio los teléfonos, retiro el seguro de los muebles archivadores y ahueco los almohadones del sofá. Luego, algo nada propio de mí, tomo asiento en el sitio del paciente. Miro mi silla de terapeuta vacía y contemplo las vistas desde este lado de la habitación. El gesto me proporciona un consuelo extraño. Me quedo allí hasta que la lucecita verde que hay junto a la puerta parpadea para hacerme saber que mi primer paciente ha llegado. Estoy lista , pienso. Un pie, luego el otro. Todo irá bien. Salvo que no es así. S 4 La lista y la guapa iempre me han atraído los relatos; no solamente la trama sino también la forma. Cuando los pacientes acuden a terapia, me concentro en sus narraciones, pero al mismo tiempo estoy pendiente del punto de vista que adoptan. ¿Consideran lo que están relatando la única versión de la historia —la versión «correcta»— o saben que la suya tan solo es una más entre muchas maneras de narrarla? ¿Son conscientes de lo que deciden incluir o dejar fuera, de cómo influye la manera de contar el relato en la opinión que se forma el que escucha? Pensé mucho en esas cuestiones cuando rondaba la veintena; no en relación a los pacientes en terapia sino a los personajes del cine y la televisión. Por eso, tan pronto como me gradué en la universidad, me puse a trabajar en la industria del entretenimiento, la misma que todos llamamos, para abreviar, «Hollywood». Una gran agencia de talentos me contrató como ayudante de un agente cinematográfico junior que, como la mayoría de la gente en el negocio, no era mucho mayor que yo. Brad representaba a guionistas y directores y tenía un aspecto tan aniñado, con sus mejillas tersas y esa mata de pelo lacio cuyo flequillo parecía empeñado en taparle los ojos, que su elegante traje y sus carísimos zapatos parecían demasiado serios para él, como si llevara puestala ropa de su padre. Estrictamente hablando, mi primer día de trabajo fue un examen. Gloria, de Recursos Humanos (nunca llegué a conocer su apellido; todo el mundo la llamaba «Gloria, de Recursos Humanos») me había dicho que Brad había reducido los candidatos a dos finalistas, y cada una de nosotras trabajaría una jornada de prueba. Durante la tarde de la mía, volviendo del cuarto de la impresora, oí a mi posible jefe y a otro agente, su mentor, charlando en su despacho. —Gloria, de Recursos Humanos, quiere una respuesta hoy mismo — decía Brad—. ¿Escojo a la lista o a la guapa? Yo me quedé helada. —Escoge siempre a la lista —respondió el otro agente, y yo me pregunté cuál de las dos me consideraba Brad. Una hora más tarde me dieron el empleo. Y si bien la pregunta me pareció ofensivamente inapropiada, fui tan boba de sentirme herida. Y pese a todo, no entendía por qué Brad me había etiquetado como «la lista». Lo único que hice ese día fue marcar una serie de números telefónicos (y desconectar una y otra vez las llamadas al equivocarme de tecla en la confusa centralita), preparar café (que me devolvieron dos veces), imprimir un guion (marqué diez copias en lugar de una y escondí los nueve guiones sobrantes debajo de un sofá en la sala de descanso) y tropezar con el cable de una lámpara en el despacho de Brad antes de caerme de culo. La guapa, concluí, debía de ser tonta de remate. En teoría, ocupaba el cargo de «ayudante literaria de cinematografía», pero en realidad era una secretaria que se pasaba el día haciendo llamadas. Marcaba los números de los estudios de ejecutivos y cineastas, les decía a los ayudantes que mi jefe estaba al teléfono y luego le pasaba la llamada. En la industria, era del dominio público que los ayudantes escuchaban en silencio las conversaciones. Gracias a eso sabíamos qué guiones debíamos enviar sin necesidad de que nos dieran instrucciones. En ocasiones, sin embargo, los interlocutores se olvidaban de nosotros y oíamos toda clase de cotilleos jugosos sobre los amigos famosos de nuestros jefes: quién había discutido con su pareja o qué ejecutivo estaba a punto de ser «enviado al baúl de los recuerdos» con gran discreción, frase en clave para indicar que le iban a asignar la autoproducción de una estrella. Si la persona con la que mi jefe quería contactar no estaba disponible, «dejaba el recado» y pasaba al siguiente nombre de una lista de cien personas. En ocasiones me pedían que devolviera llamadas a horas estratégicamente inoportunas (antes de las nueve y media de la mañana, porque en Hollywood nadie llega al trabajo antes de las diez, o, de manera menos sutil, a la hora del almuerzo) para asegurarse de que la persona en cuestión estuviera ausente. Si bien el mundo del cine irradiaba glamur —el tarjetero de Brad rebosaba direcciones y números privados de personas que yo admiraba desde hacía años—, el trabajo de ayudante era otro cantar. Los asistentes traen cafés, conciertan citas de pedicura y peluquería, recogen ropa de la tintorería, filtran llamadas de padres o excónyuges, imprimen y envían documentos, llevan coches al mecánico, se encargan de recados personales y siempre, sin excepción, llevan botellines de agua fría a las reuniones (sin dirigir la palabra a los guionistas o directores presentes, a los que te mueres por conocer). Por fin, a última hora de la noche, redactas diez páginas de notas a un solo espacio sobre los guiones que envían los clientes para que tu jefe pueda hacer comentarios inteligentes en las reuniones del día siguiente sin necesidad de leer nada. Los ayudantes nos esforzábamos mucho en la redacción de esas notas para demostrar que éramos brillantes y capaces, y que a su debido tiempo podríamos (Dios mediante) dejar de trabajar como asistentes y olvidarnos de las soporíferas tareas, las jornadas interminables, los salarios irrisorios y las horas extraordinarias no retribuidas. Cuando llevaba unos meses en el puesto, empecé a percatarme de que las guapas de mi agencia —y las había a montones entre las ayudantes— recibían toda la atención, mientras que a las listas nos encargaban el trabajo pesado. Dormí muy poco a lo largo de aquel primer año, porque leía y escribía comentarios de una docena de guiones a la semana, siempre fuera del horario laboral y durante los días de descanso. Pero no me importaba. De hecho, esa era mi parte favorita del trabajo. Aprendí a crear historias y me enamoré de fascinantes personajes con tortuosas vidas interiores. A medida que pasaron los meses, fui aprendiendo a confiar en mi instinto y a vencer mis reparos a compartir ideas. Pronto, una productora me contrató como ejecutiva cinematográfica de nivel inferior, con el cargo de «redactora de historias». Ahora yo participaba en las reuniones mientras otro ayudante traía el agua embotellada. Trabajé codo con codo con guionistas y directores, atrincherada en una sala y repasando el material escena por escena, planteando los cambios que indicaba el estudio de tal modo que los guionistas, que tendían a mostrarse protectores con sus textos, no montasen en cólera y amenazasen con abandonar el proyecto. (Esas negociaciones acabaron constituyendo unas excelentes prácticas para la terapia de pareja.) En ocasiones, para evitar distracciones en la oficina, trabajaba con los cineastas a primera hora de la mañana en mi minúsculo apartamento. Compraba pastas para el desayuno la noche anterior pensando: ¡Mañana, John Lithgow se comerá este bagel en mi cochambrosa sala, con la horrible moqueta y el techo estucado! ¿Puede haber algo mejor? Y entonces ocurrió… o eso creía yo. Me ascendieron. A un puesto para el que me había esforzado mucho y que deseaba con toda mi alma. Hasta que lo conseguí. El problema de este oficio es que llevas a cabo casi todo el trabajo creativo cuando tienes poca experiencia. En tus comienzos, eres la persona entre bastidores, la que redacta el guion en el despacho mientras los ejecutivos de rango más alto están fuera buscando talento, almorzando con agentes o visitando los platós para echar un vistazo a las producciones de la empresa. Cuando asciendes, pasas de ser lo que se conoce como un ejecutivo interno a uno externo, y si te encantaba la vida social del instituto, es la ocupación ideal para ti. Pero si eras la típica empollona, que disfrutaba más haciendo codos en la biblioteca con un par de amigas, lleva cuidado con lo que deseas. Ahora mi trabajo consistía en realizar torpes intentos por socializar en almuerzos y reuniones. Por si fuera poco, el proceso parecía avanzar a cámara lenta. La producción de una película lleva años —literalmente— y yo tenía la inquietante sensación de que ese trabajo no era para mí. Me había mudado a un adosado con una amiga y cierto día mi compañera observó que veía demasiada televisión por las noches. O sea, una cantidad patológica de televisión. —Pareces deprimida —comentó preocupada. Yo repliqué que no estaba deprimida, solamente aburrida. No tuve en cuenta que si lo único que te induce a levantarte por las mañanas es saber que después de cenar podrás mirar la tele un rato, seguramente estás deprimida. Cierto día, más o menos en esa época, estaba almorzando en un restaurante ideal con una agente encantadora, oyéndola hablar del maravilloso contrato que había conseguido, cuando reparé en las cuatro palabras que desfilaban por mi cabeza sin cesar: Me-trae-sin-cuidado. Dijera lo que dijese la agente, las cuatro palabras se repetían en bucle, y no desaparecieron cuanto llegó la cuenta ni durante el trayecto de regreso al despacho. Resonaron en mi mente al día siguiente también y a lo largo de las semanas venideras, hasta que por fin me vi obligada a admitir, meses más tarde, que no iban a desaparecer. Me-trae-sin-cuidado. Y como lo único que me motivaba era la televisión, como el único momento en que sentía algo (o, quizás, formulado con más propiedad, el único momento en que notaba la ausencia de una vaga sensación desagradable) era cuando estaba inmersa en esos mundos imaginarios creados apartir de episodios que llegaban cada semana como un reloj, busqué trabajo en la tele. Al cabo de pocos meses, empecé a trabajar en desarrollo de series para la NBC. Me pareció un sueño hecho realidad. Pensé: contribuiré a contar historias otra vez. Aún mejor, en lugar de desarrollar películas aisladas, con finales planeados al milímetro, escribiré guiones de series. A lo largo de múltiples episodios y temporadas, desvelaré a los espectadores los secretos sus personajes favoritos, retirando capa tras capa; personajes tan imperfectos y contradictorios como todos nosotros, con historias igual de embrolladas. Lo consideré la solución perfecta a mi aburrimiento. Tardaría años en darme cuenta de que había resuelto el problema equivocado. –¿E 5 Yo prefiero meditar en la cama ANOTACIONES INICIALES, JULIE: Profesora universitaria de treinta y tres años acude pidiendo ayuda para afrontar el diagnóstico de cáncer que ha recibido al regreso de su luna de miel. so es un pijama? —pregunta Julie cuando entra en mi consulta. Es la tarde del día siguiente a mi «percance con Novio», justo antes de la cita con John (y sus idiotas), y estoy a punto de dar por superada la jornada. La miro con perplejidad. —Su camiseta —aclara, a la vez que se acomoda en el sofá. Retrocedo mentalmente a primera hora de la mañana, al jersey gris que pretendía enfundarme, y acto seguido, con desaliento, a la imagen de ese mismo jersey extendido sobre mi cama junto a la camiseta del pijama gris de la que me he despojado antes de meterme en la ducha en estado de estupor posruptura. Ay, Dios. En uno de sus viajes a Costco, Novio me compró un paquete de pijamas con mensajes estampados del estilo de soy tan guapa que estoy buena hasta en pijama, háblame en pringado y zzzzz ronquido (en absoluto el mensaje que una terapeuta querría transmitir a sus pacientes). Intento recordar cuál llevaba puesta ayer por la noche. Me preparo y bajo la vista. Mi camiseta dice: yo prefiero meditar en la cama . Julie me está mirando, esperando una respuesta. Cuando no sé qué decir en sesión —algo más frecuente entre terapeutas de lo que piensan los pacientes— me enfrento a un dilema: guardar silencio hasta tener más controlada la situación o tratar de ofrecer una respuesta, pero haga lo que haga debo ser fiel a la verdad. De manera que, si bien me siento tentada a decirle que hago yoga y que mi top no es más que una camiseta informal, me lo pienso dos veces, por cuanto estaría mintiendo. Julie hace yoga como parte de su programa de Cáncer Consciente y, si empieza a hablar de posturas, tendré que seguir disimulando y fingir que las conozco; o reconocer que no he dicho la verdad. Recuerdo que, durante las prácticas como internos, un compañero le dijo a una paciente que estaría ausente tres semanas, y ella le preguntó a dónde iba. «Voy a Hawái», respondió el interno con sinceridad. «¿De vacaciones?», preguntó la paciente. «Sí», respondió él aunque, estrictamente hablando, se disponía a casarse y luego pasaría dos semanas de luna de miel en la isla. «Qué vacaciones más largas», observó ella, y él, pensando que compartir la noticia de su boda sería demasiado personal, decidió centrarse en el comentario de la paciente. ¿Cómo se sentía ella ante la idea de perder tres semanas de sesiones? ¿Qué le sugerían sus sentimientos en relación a su ausencia? Sin duda dos vías que ofrecían abundante material para explorar, pero lo mismo podría decirse de la pregunta indirecta de la paciente: si no estamos en verano ni en época vacacional, ¿a qué se debe que te tomes tres semanas libres? Y, como era de esperar, cuando el interno volvió al trabajo, ella reparó en su alianza y se sintió traicionada. ¿Por qué no me dijiste la verdad? En retrospectiva, el interno lamentó no haberlo hecho. ¿Y qué, si la chica se enteraba de que se iba a casar? Los terapeutas se casan y los pacientes reaccionan a eso. Ambas situaciones se pueden trabajar. La pérdida de confianza es más difícil de restaurar. Freud argüía que «los psicólogos deberían ser impenetrables para el paciente e, igual que un espejo, no reflejar nada salvo lo que se les muestra». En la actualidad, sin embargo, la mayoría de terapeutas adopta en su trabajo alguna versión de lo que se conoce como «autorrevelación», ya sea compartiendo algunas de las reacciones que experimentan durante las sesiones o reconociendo que han visto el programa de televisión al que el paciente se ha referido varias veces. (Mejor reconocer que ves The Bachelor que fingir ignorancia y sufrir un lapsus nombrando a un personaje que el otro todavía no ha mencionado.) A pesar de todo, como es inevitable, la cuestión de qué material se comparte y cuál no resulta siempre peliaguda. Una psicóloga que conozco le confió a una paciente a cuyo hijo le acababan de diagnosticar síndrome de Tourette que su retoño sufría el mismo problema… y eso las acercó. Otro colega estuvo tratando a un hombre cuyo padre se había suicidado sin revelarle nunca que su propio padre también se quitó la vida. Cada situación requiere un cálculo, una prueba subjetiva que usamos para sopesar la conveniencia de autorrevelarse: ¿contar con esta información ayudará al paciente? Si la usas bien, la autorrevelación puede servir para acortar distancias con personas que se sienten aisladas en sus experiencias y tiende a generar mayor apertura por su parte. Sin embargo, si el paciente percibe la información como inapropiada o autoindulgente, podría sentirse incómodo y cerrarse; o abandonar la terapia sin más. —Sí —le digo a Julie—. Es una camiseta de pijama. Me la he puesto por error. Aguardo, preguntándome qué responderá. Si me pregunta por qué, le diré la verdad (aunque sin entrar en detalles): esta mañana estaba despistada. —Ah —contesta, y entonces tuerce la boca como hace cuando está a punto de romper en llanto, pero en vez de eso estalla en carcajadas—. Perdone, no me río de usted. YO PREFIERO MEDITAR EN LA CAMA… ¡Es exactamente así como me siento! Me habla de una mujer de su programa de Cáncer Consciente. Por lo visto, está convencida que si Julie no se toma el yoga en serio —al igual que los famosos lazos rosa y el optimismo— el cáncer acabará con ella. Da igual que el oncólogo de Julie le haya dicho a las claras que su enfermedad es incurable. La mujer insiste en que el yoga puede sanarla. Julie la desprecia. —Imagine que entro en clase de yoga con esa camiseta puesta y… Ahora tiene un ataque de risa en toda regla. Intenta controlarse y al momento vuelve a empezar. No he visto reír a Julie desde que descubrió que no viviría mucho más. Esta debía de ser su personalidad en la época a la que ella se refiere como a. C. o «antes del cáncer», cuando era feliz y estaba sana y se enamoró de su futuro marido. Su risa suena como una canción y es tan contagiosa que rompo en carcajadas a mi vez. Las dos estamos riendo, ella de la mojigata de su clase de yoga, yo de mi error; de la facilidad con que nos traiciona la mente, igual que el cuerpo. Julie descubrió que tenía cáncer mientras mantenía relaciones con su marido en una playa de Tahití. Entonces no sospechó que pudiera ser un tumor. Experimentaba molestias en el pecho y más tarde, en la ducha, notó algo raro en la zona dolorida, pero a menudo tenía sensaciones raras en el pecho y el examen ginecológico nunca revelaba nada más importante que algún cambio en las glándulas mamarias en ciertos momentos del mes. Bueno, pensó, tal vez estuviera embarazada. Ella y su flamante marido, Matt, llevaban juntos tres años y ambos habían hablado de formar una familia tan pronto como se casaran. En las semanas previas a la boda no habían usado ningún método anticonceptivo. Además, era un buen momento para tener un hijo. Julie acababa de obtener plaza fija en la universidad y, tras años de duro trabajo, por fin podía tomarse un respiro. Ahora dispondría de más tiempo para dedicar a sus pasiones: correr maratones, escalar montañas y preparar pasteles bobos para su sobrino. También habría espacio para el matrimonio y lamaternidad. Cuando Julie regresó de su luna de miel, hizo pis sobre un dispositivo y se lo enseñó a Matt, que la levantó en volandas y bailó con ella por la habitación. Decidieron que el tema que sonaba en la radio —Walking on sunshine — sería la canción de su bebé. Emocionados, acudieron al obstetra para la primera cita prenatal y cuando el médico palpó la «glándula» que Julie había notado durante la luna de miel, la sonrisa del hombre perdió algo de alegría. —No será nada —los tranquilizó—. Pero vamos a asegurarnos. Era algo. Joven, recién casada y embarazada, sin antecedentes de cáncer en la familia, Julie había sido alcanzada por la arbitrariedad del universo. Luego, mientras lidiaba con la dificultad de soportar el tratamiento estando embarazada, abortó. Fue entonces cuando Julie aterrizó en mi consulta. Me pareció una derivación extraña, por cuanto yo no estaba especializada en ese tipo de enfermos. Sin embargo, mi falta de experiencia era exactamente lo que Julie andaba buscando. Le dijo a su doctor que no quería trabajar con una psicóloga «del grupito del cáncer». Deseaba sentirse normal, formar parte de la vida. Y como los médicos parecían confiar en que se recuperaría tras la cirugía y la quimio, prefirió concentrarse en superar el tratamiento y en sus experiencias como recién casada y no en la enfermedad. (¿Qué debía decir en las notas de agradecimiento por los regalos de boda? ¿Muchísimas gracias por la preciosa ensaladera… la dejaré junto a la cama para cuando tenga ganas de vomitar?) El tratamiento fue brutal, pero Julie mejoró. El día después de que los médicos la declararan «libre de tumores», Matt y ella hicieron una excursión en globo junto con sus familiares y mejores amigos. Sucedió durante la primera semana del verano y, cuando entrelazaron los brazos y contemplaron el ocaso a trescientos metros de altura, Julie ya no se sintió estafada como se había sentido durante el tratamiento, sino afortunada. Sí, había vivido un infierno. Pero lo había dejado atrás y tenía un futuro por delante. Dentro de seis meses le harían el último TAC, su carta blanca para quedarse embarazada. Esa noche soñó que tenía sesenta años y sostenía en brazos a su primer nieto. El ánimo de Julie era bueno. Nuestro trabajo había terminado. No la vi entre el viaje en globo y el TAC. Pero empecé a recibir llamadas de otros pacientes de cáncer, derivados por la oncóloga de Julie. Nada como una enfermedad para perder la sensación de control sobre los acontecimientos, si bien a menudo controlamos menos de lo que imaginamos. No nos gusta pensar que nos puede tocar la china por más que lo hagamos todo bien, ya sea en la vida o en el tratamiento. Y cuando eso sucede, lo único que puedes controlar es la manera de sobrellevar esa china; sobrellevarla a tu manera y no como otros piensan que deberías afrontarla. Yo le había dado espacio a Julie para elegir su proceder; tenía tan poca experiencia que apenas sabía nada del enfoque «correcto» y, por lo visto, el mío había funcionado. —Sea lo que sea lo que hiciste con ella —dijo la oncóloga de Julie— quedó contenta con el resultado. Era consciente de que no había hecho nada extraordinario. Por encima de todo, me esforcé mucho en no arredrarme ante la crudeza de la situación. Sin embargo, esa crudeza tenía un límite, porque en aquel entonces ni siquiera considerábamos la posibilidad de la muerte. En cambio, comentábamos pelucas frente a turbantes, sexo e imagen corporal poscirugía. Y la ayudé a meditar cómo afrontar su matrimonio, la relación con sus padres y su vida profesional tal como habría hecho, más o menos, con cualquier otro paciente. Y entonces, un día, escuchando los mensajes del contestador, oí la voz de Julie. Necesitaba verme cuanto antes. Acudió a la mañana siguiente, lívida. El TAC que en teoría no debía mostrar nada había revelado un tipo raro de cáncer, distinto del original. Con toda probabilidad, la enfermedad iba a acabar con su vida. Tardaría un año, cinco, diez a lo sumo. Como es natural, probarían tratamientos experimentales, pero no eran sino eso: procedimientos en fase de prueba. —¿Me acompañará hasta que muera? —preguntó Julie, y si bien mi primer impulso fue hacer lo mismo que suele hacer la gente cuando alguien saca la muerte a colación, que consiste en negarla por completo (oh, eh, no nos pongamos en lo peor, Esos tratamientos experimentales podrían funcionar ), tuve que recordarme que estaba allí para ayudar a Julie, no para consolarme a mí misma. A pesar de todo, me quedé pasmada ante la pregunta, todavía tratando de asimilar la noticia. No estaba segura de ser la persona indicada. ¿Y si decía o hacía algo inapropiado? ¿Se sentiría herida si mi expresión facial o mi lenguaje corporal dejaban traslucir mis sentimientos (incomodidad, miedo, tristeza)? Ella tan solo tendría una oportunidad para llegar hasta el final tal como deseaba. ¿Y si le fallaba? Debió de percibir mi vacilación. —Por favor —dijo—. Ya sé que no es un paseo por el parque, pero no quiero acudir a la gente esa del cáncer. Se comportan como una secta. No paran de decirte lo valiente que eres, como si tuvieras alternativa y, además, estoy aterrorizada y todavía retrocedo al ver una aguja, igual que hacía de niña cuando me vacunaban. No soy valiente ni una guerrera dispuesta a librar una batalla. Solo soy una profesora universitaria normal y corriente. —Se inclinó hacia delante, sentada en el sofá—. Tienen las paredes forradas de afirmaciones . Por favor. Mirando a Julie, no pude negarme. Aún más importante si cabe, ahora tampoco quería hacerlo. Y en ese preciso instante, el carácter de nuestro trabajo compartido cambió: iba a ayudarla a hacer las paces con la idea de morir. En esta ocasión, mi inexperiencia tal vez marcase la diferencia. –D 6 Buscando a Wendell eberías hablarlo con alguien —sugiere Jen tres semanas después de la ruptura. Acaba de llamarme al trabajo para saber cómo estoy —. Tienes que encontrar un espacio en el que no te sientas obligada a comportarte como una psicóloga —añade—. Un lugar en el que te puedas desmoronar por completo. Me miro en el espejo que cuelga junto a la puerta de mi consulta, el que uso para asegurarme de que no llevó lápiz de labios en los dientes cuando estoy a punto de salir en busca de un paciente que aguarda en la sala de espera, tras un tentempié rápido entre sesiones. Mi aspecto es normal, pero estoy mareada y desorientada. Me desenvuelvo bien en las sesiones —ver pacientes es un alivio, una tregua de cincuenta minutos en mi propia vida— pero el resto del tiempo me siento desquiciada. De hecho, cada día estoy peor, no mejor. No puedo dormir. No me puedo concentrar. Desde la ruptura, he olvidado la tarjeta de crédito en Target, he salido de la gasolinera con el tapón del depósito colgando y me he lastimado la rodilla al tropezar en el garaje. Me duele el pecho igual que si me hubieran aplastado el corazón, pero sé que no es así porque trabaja aún con más ahínco si cabe, latiendo a toda velocidad las veinticuatro horas del día; un signo de ansiedad. No paro dejo de preguntarme cómo se sentirá Novio. Tranquilo y en paz, imagino, mientras que yo paso las noches tirada en el suelo de mi habitación, echándolo de menos. Y entonces empiezo a darle vueltas a la cuestión de si realmente lo echo de menos; ¿acaso lo conocía siquiera? ¿Lo añoro a él o a una imagen que yo construí? De modo que cuando Jen me anima a hablar con un terapeuta, comprendo que tiene razón. Necesito que alguien me ayude a superar esta crisis. Pero ¿quién? Buscar psicólogo es peliagudo. No se parece a encontrar, pongamos, un buen internista o un dentista. ¿Un psicoterapeuta? Hay que tener en cuenta: 1. Si le pides a alguien que te recomiende un buen psicólogo clínico y esa persona no está haciendo psicoterapia, podría tomarse mal tu suposición. De manera parecida, si le preguntas a alguien por un buen terapeuta y esa persona sí está viendo a uno, tal vez le angustie que lo hayas deducido con tanta facilidad. De todas las personas queconoce —podría decirse— ¿por qué ha pensado en mí? 2. Cuando preguntas, te arriesgas a que esa persona quiera conocer los motivos que te inducen a hacer terapia. «¿Algo va mal? —se interesará tal vez—. ¿Es tu matrimonio? ¿Estás deprimida?». Y aunque no lo dijera en voz alta, cada vez que te viera podría estar pensando: ¿Algo va mal? ¿ Será su matrimonio? ¿Estará deprimida? 3. Si la amiga en cuestión te da el nombre de su psicólogo, lo que digas en sesión podría ser cotejado sin que tú lo sepas. Si, por ejemplo, tu amiga le cuenta a su psicólogo un incidente que te involucra y te deja en mal lugar y tú le ofreces una versión distinta del mismo episodio —o lo obvias por completo— el terapeuta verá una faceta de ti misma que tú no has elegido mostrarle. Pero no llegarás a averiguar qué sabe acerca de ti en realidad, porque no puede comentar nada mencionado en la sesión de otra persona. A pesar de estos inconvenientes, el boca a boca suele ser un sistema eficaz para encontrar psicoterapeuta. También puedes acudir a Psychology Today.com y revisar los perfiles de profesionales que ejerzan por tu zona. Ahora bien, hagas lo que hagas, es posible que tengas que hablar con unos cuantos antes de encontrar al adecuado. Sucede así porque conectar con el terapeuta es crucial en sentidos que no afectan a otros profesionales de la salud (como dijo otro psicólogo: no es lo mismo que escoger a un buen cardiólogo, que te ve dos veces al año como mucho y nunca sabrá nada de tus terribles problemas de inseguridad). Estudios y más estudios han demostrado que el factor más importante para el éxito del tratamiento es la relación con el terapeuta, la experiencia del paciente de «sentirse sentido». Influye más que la preparación del profesional, el tipo de enfoque con el que trabaja o la clase de problema con que acudes a terapia. No obstante, mi búsqueda está sometida a líneas rojas particulares. Para evitar una infracción de tipo ético conocida como «relación dual», no puedo tratar ni ser tratada por nadie de mi entorno: ni el padre o la madre de un compañero de mi hijo, la hermana de un colega o una amiga de mi madre, ni algún vecino. La relación que se establece en consulta tiene que limitarse a ese espacio y no trascenderlo. Esas reglas no se aplican a otros profesionales clínicos. Puedes jugar al tenis o compartir club de lectura con tu cirujano, dermatólogo o quiropráctico, pero no con tu psicólogo. Dicha restricción limita enormemente mis opciones. Tengo tendencia a derivar pacientes a numerosos colegas de la ciudad, acudir a congresos con ellos y relacionarme de un modo u otro. Por si fuera poco, mis amigas psicólogas, como Jen, conocen a los mismos que yo. Aun si Jen me derivara a algún colega con el que nunca he coincidido, no me sentiría cómoda sabiendo que mi terapeuta y ella se conocen; demasiada proximidad. ¿Y si preguntara a mis propios colegas? Bueno, hay un problema: no quiero que sepan que busco terapia urgente. Tal vez se mostraran reacios, conscientemente o no, a derivarme pacientes. http://today.com/ Así que, si bien vivo rodeada de psicoterapeutas, mi dilema se resume en unos versos de Coleridge: «Agua, agua, por todas partes/ y ni una gota para beber.» Afortunadamente, a punto de dar la jornada por concluida tengo una idea. Mi colega Caroline no trabaja en mi gabinete, ni siquiera en mi edificio. No somos amigas, pero nos llevamos bien. En ocasiones compartimos casos: yo llevo a una pareja y ella a uno de los miembros de manera individual, o viceversa. Tengo confianza plena en su criterio. Marco su número y responde de inmediato. —Hola, ¿cómo estás? —pregunta. Le aseguro que estoy de maravilla. —Genial —repito con entusiasmo. No menciono que apenas duermo ni me alimento, y que me siento como si me fuera a desmayar en cualquier momento. Le pregunto qué tal está ella y luego voy directa al grano. —Necesito una derivación —expongo—, para un amigo. Le explico deprisa y corriendo que mi «amigo» está buscando un terapeuta masculino para evitar que Caroline se pregunte por qué no se lo envío a ella. A través del teléfono, prácticamente oigo girar los engranajes de su cerebro. Alrededor de tres cuartas partes de los psicólogos que ejercen como terapeutas (en lugar de dedicarse a la investigación, a la psicometría o al control de medicamentos) son mujeres, así que tiene que pensarlo un rato antes de que se le ocurra un nombre. Añado que tampoco le puedo recomendar al único psicoterapeuta varón de mi centro, que casualmente es uno de los más brillantes que conozco, porque mi amigo no se sentiría cómodo acudiendo a mi gabinete, donde compartimos sala de espera. —Hummm —dice Caroline—. ¿Es un hombre de tu edad? —Sí, de cuarenta y pico —respondo—. Altamente funcional. Altamente funcional es la expresión en clave que empleamos los terapeutas para hablar de los buenos pacientes, esos con los que a todos nos gusta trabajar y que te compensan por los otros, a los que también tratamos pero que son menos funcionales. Hablamos de pacientes altamente funcionales para referirnos a aquellos que demuestran capacidad para forjar vínculos, asumir responsabilidades adultas y verse a sí mismos. La clase de paciente que no te llama a todas horas entre sesión y sesión con problemas urgentes. Los estudios demuestran, tal como dicta el sentido común, que la mayoría de los profesionales prefieren trabajar con personas locuaces, motivadas, abiertas y responsables; son esas los que progresan con más rapidez. Le he mencionado a Caroline el detalle de la alta funcionalidad con el fin de agrandar la franja de terapeutas que pudieran mostrar interés en el caso y, bueno, me considero altamente funcional, más o menos. (Como mínimo, lo era hasta hace poco.) —Creo que se sentiría más cómodo si está casado y tiene hijos —prosigo. Añado esta nueva condición por otra razón. Sé que no estoy siendo ecuánime, pero me temo que una mujer podría estar predispuesta a empatizar con mi situación posruptura y que un hombre, si no está casado ni es padre, tal vez no comprenda los matices que aporta el detalle del niño a la situación. En resumen, quiero saber si un profesional objetivo que sepa por propia experiencia lo que implica el matrimonio y la paternidad —un hombre igual a Novio— se horroriza tanto como yo ante la conducta de mi ex, porque en ese caso confirmaré que mi reacción es normal y no me estoy volviendo loca. Sí, busco objetividad, pero solamente porque estoy convencida de que me va a favorecer. Oigo a Caroline teclear en el ordenador. Tap, tap, tap. —A lo mejor… no, olvídalo, tiene una opinión de sí mismo demasiado buena —dice de algún terapeuta sin nombre. Vuelve a su teclado. Tap, tap, tap. —Hay un colega que antes formaba parte de mi grupo de supervisión — empieza—. Pero no estoy segura. Es genial. Muy hábil. Siempre hace aportaciones interesantes. Pero… Caroline titubea. —¿Pero qué? —Parece tan feliz todo el tiempo. Me resulta… antinatural. En plan, ¿qué le hace tan feliz, si se puede saber? Pero a algunos pacientes les gusta eso. ¿Crees que tu amigo se llevaría bien con él? —Seguro que no —es mi respuesta. Yo también desconfío de las personas aquejadas de felicidad crónica. A continuación Caroline nombra un buen psicólogo al que conozco bastante bien, así que le digo que no encajará con mi amigo porque hay conflicto ; expresión en clave que indica: «sus mundos se tocan, pero no puedo revelar más.» Ella sigue tecleando —tap, tap, tap— y entonces se detiene. —Ah, oye, hay un psicólogo llamado Wendell Bronson —me dice Caroline—. Hace años que no hablo con él, pero hicimos la residencia juntos y es listo. Casado, con hijos. De cuarenta y tantos, con mucha experiencia. ¿Te paso el contacto? Digo que me parece bien, o sea, a «mi amigo» le parecerá bien. Intercambiamos unas cuantas frases educadas y nos despedimos. En este momento, lo único que sé de Wendell es lo que Caroline acaba de decirme y que hay dos horas de estacionamiento gratuito en el aparcamiento de enfrente de su gabinete. Estoy al tanto deldetalle del aparcamiento porque, cuando Caroline me envía su teléfono y su dirección un minuto después, advierto que mi centro de depilación se encuentra en la misma calle (aunque dudo mucho que me vaya a depilar en un futuro próximo , pienso, y eso me hace llorar de nuevo). Recupero la compostura el tiempo suficiente para marcar el número de Wendell y, tal como esperaba, salta el contestador. Los psicoterapeutas rara vez responden al teléfono de la consulta para que los pacientes no se sientan rechazados si acaso llaman en plena crisis y el profesional tan solo les puede ofrecer unos minutos entre sesión y sesión. Las llamadas entre colegas se realizan al móvil o al busca. Oigo una grabación genérica («Hola, ha llamado a la consulta de Wendell Bronson. Devuelvo las llamadas en horario de oficina de lunes a viernes. Si es una emergencia, por favor llame al…») y, después de la señal, dejo un mensaje conciso con la información que desea un terapeuta, ni más ni menos: nombre, una breve explicación del motivo de mi llamada y número de teléfono. Lo estoy haciendo bien hasta que, pensando que contribuirá a que adelante la cita, añado que yo también soy psicóloga, pero mi voz se rompe al pronunciar la última palabra. Avergonzada, toso para disimular y cuelgo a toda prisa. Cuando Wendell me devuelve la llamada, una hora más tarde, trato de sonar lo más serena posible mientras le explico que solamente necesito resolver una pequeña crisis, unas pocas semanas para «procesar» una ruptura y todo estará resuelto. Ya he pasado por terapia, así que acudo con las tuercas apretadas. No se ríe de mi broma, de lo cual deduzco que carece de sentido del humor, pero me da igual porque no me hace falta el humor para solventar esta crisis. Lo que quiero, al fin y al cabo, es volver a levantar cabeza. Wendell pronuncia unas cinco palabras en el transcurso de toda la llamada. Empleo el término palabras en su sentido más amplio, porque en realidad suelta unos cuantos ajá antes de ofrecerme una visita a las nueve en punto de la mañana siguiente. Acepto y hemos terminado. Aunque Wendell no ha dicho gran cosa, la conversación me proporciona consuelo inmediato. Sé que se trata de un efecto placebo muy extendido: Me van a ayudar con esto. Sí, estoy fatal ahora mismo porque lo sucedido me ha pillado desprevenida, pero pronto las cosas se pondrán en su sitio (es decir, Wendell me confirmará que Novio es un sociópata). Cuando vuelva la vista atrás, esta ruptura será una perturbación en el radar de mi vida. Lo consideraré un error del que pude aprender algo, la clase de equivocación que mi hijo llama «un resbalón ». Esta noche, antes de acostarme, reúno las cosas de Novio —su ropa, artículos de aseo, raqueta de tenis, libros y dispositivos electrónicos— y los guardo en una caja que planeo devolverle. Retiro los pijamas de Costco del cajón y encuentro una papelito autoadhesivo con un mensaje travieso que Novio dejó pegado. Cuando lo escribió, me pregunto, ¿ya sabía que se iba a marchar? En una presentación de casos a la que acudí la semana anterior a la ruptura, un colega habló de cierta paciente que acababa de descubrir la doble vida de su marido. No solo tenía una amante desde hacía años sino que la había dejado embarazada y ella estaba a punto de dar a luz. Cuando la paciente descubrió todo eso (¿pensaba él decírselo algún día?), ya no supo qué pensar de la vida que había compartido con él. ¿Sus recuerdos eran reales? Por ejemplo, aquellas vacaciones románticas… ¿era exacta su versión del viaje o una ficción, toda vez que él ya había iniciado su aventura en aquel entonces? No solo tenía la sensación de que le habían arrebatado su matrimonio sino también sus recuerdos. De manera similar, cuando Novio colocó la notita en mi pijama —o cuando me compró los pijamas, ya puestos— ¿estaba planeando en secreto, al mismo tiempo, su vida sin hijos? Fulmino la nota con la mirada. Mentiroso , pienso. Llevo la caja al coche y la dejo en el asiento delantero para acordarme de tirarla. Puede que lo haga por la mañana, de camino a la sesión con Wendell. Estoy deseando oírle decir hasta qué punto Novio es un sociópata. E 7 El comienzo del saber stoy parada en el umbral del despacho de Wendell y no sé dónde sentarme. He visto numerosos gabinetes de terapia en el ejercicio de mi profesión —los de mis supervisores durante la formación, las consultas de los colegas cuando voy de visita— pero ninguno como este. Sí, tiene expuestos los diplomas de rigor en las paredes y los libros de psicología en los estantes, además de la palpable ausencia de nada que pueda delatar su vida personal (no hay fotografías sobre el escritorio, por ejemplo; únicamente un portátil solitario). No obstante, en lugar de la disposición estándar, con la butaca del terapeuta en el centro de la sala y asientos contra la pared (durante el internado aprendimos a sentarnos cerca de la puerta por si «las cosas se complicaban» y necesitábamos una vía de escape), la consulta de Wendell cuenta con dos grandes sofás en las paredes del fondo, formando una L, una mesita auxiliar entre los dos… y carece de butaca para el terapeuta. No entiendo nada. He aquí un esquema de mi consulta: Y he aquí un esquema de la consulta de Wendell. Wendell, que es muy alto y delgado, con una calva incipiente y la postura encorvada típica de nuestra profesión, está de pie, esperándome para tomar asiento. Doy por supuesto que no nos sentaremos codo con codo en el mismo sofá, pero ¿cuál suele ocupar él? ¿El que está contra a la ventana (para poder escapar por allí si acaso las cosas se complican)? ¿O el que se encuentra contra la pared? Decido sentarme en el que queda debajo de la ventana, posición A, antes de que él cierre la puerta, cruce la sala y se acomode en la posición C. Por lo general, cuando veo a un nuevo paciente, empiezo la conversación con una pregunta para romper el hielo del tipo: «Bueno, cuénteme que le trae por aquí». Wendell, en cambio, no dice nada. Se limita a mirarme con un interrogante en sus ojos verdes. Lleva un jersey de punto, unos pantalones de sport y mocasines, como si acabara de salir de un cásting de psicólogos. —Hola —digo. —Hola —responde. Y aguarda. Transcurre alrededor de un minuto, que es más tiempo del que pudiera parecer, y yo intento centrarme para exponerle con la máxima claridad el problema relativo a Novio. La verdad es que, desde la ruptura, cada día ha sido peor que la propia noche de la separación, porque ahora un flagrante vacío se ha desplegado en mi vida. A lo largo de los dos años pasados, Novio y yo estábamos en contacto todo el tiempo en el transcurso de la jornada y luego me daba las buenas noches antes de que me fuera a dormir. Ahora, en cambio, no sé nada de él. ¿Ha tenido un buen día? ¿Ha triunfado en la empresa con su presentación? ¿Piensa en mí? ¿O se alegra de haberme soltado la verdad por fin para poder salir en busca de una mujer sin hijos? Yo he notado su ausencia en cada célula de mi cuerpo, así que cuando llego a la consulta de Wendell, esta mañana, estoy destrozada; pero no quiero que sea esa la primera impresión que se lleve de mí. Ni la segunda, ni la centésima, para ser sincera. Una paradoja interesante en el proceso terapéutico: para poder hacer su trabajo, los psicoterapeutas intentan ver a sus pacientes tal como son en realidad y eso implica reparar en sus aspectos vulnerables, en sus patrones disfuncionales, en sus dificultades. Los pacientes, como es lógico, quieren que los ayuden pero desean asimismo caer bien y despertar admiración. En otras palabras, tienden a ocultar sus aspectos vulnerables, sus patrones disfuncionales y sus dificultades. Todo ello no significa que el psicoterapeuta no vislumbre los puntos fuertes de la persona que viene a pedir ayuda e intente apoyarse en estos. Lo hacemos. Ahora bien, mientras el profesional trata de descubrir lo que no funciona, los pacientes intentan seguir proyectando una imagen fantástica para evitar la vergüenza de ser desenmascarados; hacen lo posible por aparentaruna serenidad que no sienten. Ambas partes tienen en mente un mismo objetivo, que es el bienestar del paciente, pero a menudo trabajan desde lugares distintos. Con toda la calma que soy capaz de transmitir, empiezo a relatarle a Wendell la historia de Novio, pero mi dignidad pronto se va al garete y me deshago en lágrimas. Le cuento lo sucedido con todo detalle y, para cuando termino, tengo la cara entre las manos, tiemblo de pies a cabeza y estoy recordando lo que me dijo Jen ayer, cuando hablamos por teléfono: «Tienes que encontrar un espacio en el que no te sientas obligada a comportarte como una psicóloga.» Está claro que no me estoy comportando como una psicóloga ahora mismo. Me dedico a desgranar argumentos para demostrar por qué Novio es el culpable de todo: si él no hubiera sido tan evasivo (diagnóstico de Jen), yo no habría estado tan ciega. Y, añado, debe de ser un sociópata (de nuevo cito a Jen; he aquí la razón exacta por la cual los psicoterapeutas no pueden trabajar con sus amigos), porque yo no tenía ni idea de cómo se sentía. ¡Qué buen actor! E incluso si su perfil no se ajustara del todo al de un sociópata, está claro que le falta un tornillo, porque ¿qué persona en su sano juicio se traicionaría a sí mismo hasta ese punto durante Dios sabe cuánto tiempo? Al fin y al cabo, yo sé muy bien en qué consiste una comunicación normal, sobre todo porque trabajo con un montón de parejas en terapia, y además… Levanto la vista y creo advertir que Wendell reprime una sonrisa (imagino la burbuja de pensamiento: ¿Esta pirada es psicóloga… y trata a parejas? ) pero no puedo estar segura porque no lo veo bien. Ahora mismo tengo la sensación de mirar a través del parabrisas en plena tormenta, con las escobillas en marcha. De un modo extraño, me alivia llorar a lágrima viva delante de otra persona, aunque esa persona sea un extraño que no dice gran cosa. Tras una serie de murmullos empáticos, Wendell formula una pregunta: —¿Es así como suele reaccionar a las rupturas? Lo plantea en tono amable, pero intuyo por dónde va. Está tratando de determinar cuál es, en mi caso, lo que se conoce como el estilo de apego. Los estilos de apego se instalan en la primera infancia a partir de las interacciones con los cuidadores. Son importantes, porque se manifiestan después en las relaciones adultas e influyen en el tipo de pareja que escogemos (estables o menos estables), cómo nos comportamos en el transcurso de la relación (dependiente, distante o ambivalente) y cómo reaccionamos cuando esta concluye (con tristeza, amistosamente o con furia). La buena noticia es que un estilo de apego inadecuado se puede corregir en la edad adulta; de hecho, constituye buena parte del trabajo en una psicoterapia. —No, no es nada propio de mí —le aseguro mientras me enjugo las lágrimas con la manga. Le aclaro que he tenido otras relaciones largas y he vivido rupturas previas, pero nunca como esta. Y además, insisto, si he reaccionado así se debe tan solo a que este desengaño en particular me pilló desprevenida, con la guardia totalmente baja, y ¿no está de acuerdo conmigo en que Novio hizo lo más turbio, retorcido e INMORAL que se le puede hacer a alguien? Estoy segura de que este profesional casado y con hijos está a punto de hacer un comentario reconfortante, algo así como que los golpes duelen más cuando te caen de improviso, pero a la larga daré las gracias, porque he esquivado una bala que no solo iba dirigida a mí sino también a mi hijo. Me arrellano en el sofá, respiro y aguardo su validación. Wendell, sin embargo, no me la ofrece. Como es lógico, no esperaba que se refiriese a Novio como escoria, que fue la reacción de Allison; un psicólogo recurre a un lenguaje más neutro, del estilo de «por lo que parece, albergaba sentimientos que no fue capaz de comunicarle». En cambio, Wendell no dice nada. Las lágrimas me salpican los pantalones de nuevo cuando veo de refilón un objeto surcando el aire hacia mí. Al principio lo confundo con un balón y me pregunto si estaré alucinando (a causa de las cero horas de sueño reparador que he disfrutado desde la ruptura), pero entonces comprendo que se trata de una caja de pañuelos marrón; la misma que descansaba en la mesita auxiliar entre los dos sofás, junto al siento que no he ocupado. Levanto las manos automáticamente para atraparla, pero no lo consigo. Aterriza con pesadez en el almohadón de mi lado, agarro un montón de pañuelos y me sueno la nariz. Tener allí la caja parece acortar el espacio entre el psicoterapeuta y yo, como si acabara de lanzarme un salvavidas atado a una cuerda. A lo largo de los años, he tendido pañuelos a los pacientes innumerables veces, pero había olvidado hasta qué punto un gesto tan sencillo te ayuda a sentirte cuidado. Una frase que escuché por primera vez en la facultad asoma a mi pensamiento: «centraos en el acto terapéutico, no en la palabra terapéutica». Echo mano de más pañuelos para enjugarme los ojos. Wendell me observa, esperando. Sigo hablando de Novio y de sus problemas de evasión y recurro a detalles de su pasado para apoyar mi argumentación, incluida su manera de poner fin a su matrimonio, no tan distinta al final de nuestra relación si tenemos en cuenta el impacto y la sorpresa que supuso para su mujer y sus hijos. Le estoy contando a Wendell todo lo que siempre he sabido sobre el historial evasivo de Novio sin darme cuenta de que estoy delatando mi propia reticencia a aceptar sus reticencias; acerca de las cuales, por lo que parece, estaba más que informada. Wendell tuerce la cabeza con una sonrisa inquisitiva en el semblante. —Me parece curioso que, sabiendo lo que sabía sobre su historia, esta situación haya supuesto un golpe tan inesperado para usted. —Pero es que ha sido un golpe bajo —arguyo—. ¡Jamás mencionó que no quisiera convivir con un niño! De hecho, acababa de hablar con el Departamento de Recursos Humanos de su empresa para que incluyeran a mi hijo en su seguro, una vez que estuviéramos casados. Repaso la cronología de nuevo, ahora añadiendo más pruebas si cabe para corroborar mi historia. En ese momento advierto que la mirada de Wendell se empieza a nublar. —Ya sé que me estoy repitiendo —reconozco—, pero es que esperaba pasar el resto de mi vida con él, tiene que entenderlo. Así iban a ser las cosas, en teoría, y ahora todo se ha esfumado en el aire. La mitad de mi vida ha terminado y no tengo la menor idea de qué va a pasar a continuación. ¿Y si ya nunca me enamoro de nadie más? ¿Y si he perdido el último tren? —¿El último tren? —Wendell se espabila. —Sí, el último tren —repito. Aguarda a que continúe. En vez de eso, rompo a llorar una vez más. No a lágrima viva, como toda esta semana, sino con un llanto más tranquilo y profundo al mismo tiempo. Más silencioso. —Ya sé que piensa que no se lo esperaba —admite Wendell—. Pero también me interesa otra cosa que ha dicho. La mitad de su vida ha terminado. Tal vez su dolor se deba a algo más que a esa ruptura, por más que su experiencia de la situación haya sido abrumadora. —Se interrumpe y, cuando vuelve a hablar, lo hace en un tono más suave—. Me pregunto si su duelo guarda relación con algo más importante que la pérdida de su novio. Me lanza una mirada elocuente, como si acabara de decir algo increíblemente trascendente, pero yo siento tentaciones de atizarle un puñetazo en la cara. Qué montón de chorradas pienso. O sea, ¿en serio? Yo estaba bien — mejor que bien, estaba de maravilla— antes de este giro inesperado de los acontecimientos. Tengo un hijo al que adoro más de lo que puedo expresar. Tengo una profesión que me encanta. Tengo una familia que me apoya, amigos maravillosos a los que quiero y que me quieren. Me siento agradecida de la vida que he construido… vale, a veces me siento agradecida. Sin duda intento sentirme agradecida. Y ahora estoy frustrada. Le estoy pagando a este psicólogo para que me ayude a superar una ruptura dolorosa ¿y me viene con esas tonterías? Algo más importante que la pérdida de mi novio, y un cuerno. Antesde que pueda expresarlo en voz alta, me percato de que Wendell me observa de un modo al que no estoy habituada. Sus ojos parecen imanes y cada vez que desvío la vista parecen encontrarme. Su expresión es intensa pero amable, una combinación de anciano sabio y animal disecado, y contiene un mensaje: en esta sala, te voy a ver, y tu intentarás escabullirte, pero yo te veré de todos modos, y est á bien que sea así. Sin embargo, yo no he venido para esto. Como ya le dije a Wendell cuando lo llamé para pedirle cita, únicamente necesito que me ayude a gestionar esta crisis. —En realidad solo he venido a superar la ruptura —aclaro—. Me siento como si me hubieran tirado a una licuadora y no pudiera salir, y por eso estoy aquí… para encontrar la salida. —Vale —es la respuesta de Wendell, que se retira con elegancia—. Ayúdeme a entender mejor su relación. Intenta crear lo que se conoce como una alianza terapéutica, el clima de confianza que debe quedar establecido antes de empezar a trabajar. En las primeras sesiones, lograr que los pacientes se sientan escuchados y comprendidos es más importante que inducirlos a lograr cierta introspección o generar cambios. Aliviada, sigo hablando de Novio, repitiendo de nuevo toda la historia. Sin embargo, él lo sabe. Sabe algo que todos los psicoterapeutas conocen. Que el problema presentado, la dificultad que un paciente lleva a terapia, a menudo no es sino un aspecto parcial de una dificultad más importante, cuando no un mero subterfugio. Sabe que la mayoría de las personas tenemos una enorme facilidad para obviar lo que no queremos ver, para emplear distracciones o mecanismos de defensa que nos permitan mantener a raya los sentimientos amenazadores. Sabe que rechazar las emociones tan solo sirve para otorgarles poder, pero antes de entrar al trapo a destruir las defensas de alguien —ya sean esas defensas la obsesión por otra persona o fingir incapacidad para ver lo que tiene delante— hay que ayudar al paciente a reemplazar esos mecanismos por otra cosa, para evitar que se quede desnudo y expuesto sin ninguna clase de protección. Como la propia palabra sugiere, un mecanismo de defensa tiene una función. Protege a las personas contra los daños… hasta que ya no lo necesitan. Y en esa elipsis trabajan los psicoterapeutas. Mientras tanto, aquí en mi sofá, aferrada a la caja de pañuelos, una pequeña parte de mí también lo sabe. Por más que le pida validación de mis sentimientos, muy en el fondo soy consciente de que le pago precisamente para oír ese montón de chorradas, porque si de verdad quisiera despotricar de Novio y nada más, podría hacerlo sin gastar un céntimo, con mi familia y amigos (al menos hasta que se les agotara la paciencia). Sé que las personas tendemos a crear relatos falaces para sentirnos mejor en el presente, aunque esa postura nos pase una factura mayor a la larga; y que, en ocasiones, necesitamos a otro para leer entre líneas. Ahora bien, sé igualmente algo más: Novio es un maldito sociópata egoísta y un cerdo . Estoy en esa fase que discurre entre el saber y el no saber. —Vamos a dejarlo aquí —dice Wendell y, siguiendo su mirada, me percato de que el reloj ha estado todo el tiempo en la repisa de la ventana, junto a mi hombro. Levanta los brazos y se propina en las rodillas dos sonoras palmadas como para remarcar el final de la sesión, un gesto que pronto reconoceré como su marca personal de despedida. A continuación se levanta y me acompaña a la puerta. Me dice que si me apetece volver el próximo jueves se lo haga saber, y yo pienso en la semana que tengo por delante, en el vacío que llenaba Novio, y en el consuelo que me supone, como dijo Jen, tener un sitio donde desmoronarme por completo. —Resérveme la hora —le pido. Cruzo la calle hacia el aparcamiento donde solía estacionar para depilarme y me siento más ligera y a punto de vomitar al mismo tiempo. Uno de mis supervisores comparó una vez la psicoterapia con una sesión de terapia física. Puede resultar incómoda y provocar dolor, y es posible que tu problema empeore antes de mejorar, pero si acudes con regularidad y trabajas con ahínco mientras dure el proceso, te librarás de los calambres y al final te moverás mucho mejor. Miro el teléfono. Un mensaje de Allison: Recuerda, es escoria. Un email de un paciente que quiere cambiar la hora de la sesión. Un mensaje de voz de mi madre, que me pregunta qué tal estoy. Novio no ha dado señales de vida. Todavía albergo esperanzas de que me llame. No puedo entender que él esté tan campante mientras yo estoy sufriendo tanto. Al menos, parecía estar tan campante esta mañana,cuando hemos hablado para coordinar la devolución de sus pertenencias. ¿Atravesó su propio periodo de tristeza hace meses, sabiendo que, a la postre, tendría que poner fin a la relación? Y, de ser así, ¿cómo pudo seguir hablando de nuestro futuro en común? ¿Cómo pudo enviarme emails diciendo te quiero apenas unas horas antes de la que sería nuestra última conversación, al inicio de la cual hicimos planes para ir al cine el siguiente fin de semana? (Me preguntó si llegó a ver la película.) Empiezo a alterarme de nuevo durante el trayecto a mi gabinete. Para cuando entro en el aparcamiento del edificio, estoy pensando que Novio no solo me ha hecho perder dos años de mi vida sino que ahora tendré que lidiar en terapia con los efectos colaterales de esos dos años y no tengo tiempo para nada de esto, porque voy de camino a los cincuenta y la mitad de mi vida ha terminado y… ¡Ay, Dios mío, otra vez! La mitad de mi vida ha terminado. Nunca había pronunciado esa frase, ni para mis adentros ni de viva voz. ¿Por qué no dejo de repetirla? Su duelo guarda relación con una pérdida más importante , ha dicho Wendell. Sin embargo, me olvido de todo en cuanto piso el ascensor para subir a mi despacho. –B 8 Rosie ueno, ya es oficial —anuncia John tras despojarse de los zapatos y sentarse con la piernas cruzadas en el sofá—. Estoy rodeado de idiotas. Su teléfono vibra. Cuando alarga la mano para comprobar quién llama, yo enarco las cejas. En respuesta, John pone los ojos en blanco con aire exasperado. Es su cuarta sesión conmigo y ya he empezado a formarme algunas impresiones iniciales. Tengo la sensación de que, pese a vivir rodeado de gente, John se siente horriblemente aislado; una situación que él mismo ha fomentado. Alguna vivencia del pasado lo ha empujado a considerar peligrosa la intimidad, tan delicada que hace todo lo que está en su mano por evitarla. Posee un buen arsenal, y eficaz: me insulta, da largos rodeos, cambia de tema y me interrumpe cada vez que intento hablar. Si no encuentro la manera de sortear sus defensas, no tendremos ninguna posibilidad de progresar. Una de esas defensas es el móvil. La semana pasada, cuando John empezó a enviar mensajes en mitad de la sesión, le hice notar que me siento ignorada cuando se pone a escribir. Mi estrategia se conoce como «trabajar el momento presente». En lugar de centrarse en los relatos del paciente sobre el mundo exterior, el trabajo con el momento presente explora lo que está sucediendo en sesión. Casi siempre, la conducta de un paciente con su psicoterapeuta es la misma que exhibe con los demás, y yo quería que John empezara a tener en cuenta el impacto que causa en el otro. Me arriesgaba a presionarle en exceso, ya lo sabía, y demasiado pronto, pero recordé un detalle de su primera terapia: había durado tres sesiones, exactamente el punto en el que estábamos. No sabía si dispondría de más tiempo para trabajar con él. Empezaba a sospechar que John había abandonado a su psicóloga anterior por una de dos razones: o bien la terapeuta no le llamó la atención sobre sus tonterías, una actitud que induce a los pacientes a sentirse inseguros, como niños cuyos padres no les exigen responsabilidades, o bien le cuestionó sus tonterías, pero lo hizo demasiado pronto e incurrió en el mismo error que yo podía cometer ahora mismo. A pesar de todo, estaba dispuesta a jugármela. Quería que John se sintiera cómodo ennuestras sesiones, pero no tan cómodo como para no poder ayudarle. Por encima de todo, me negaba a caer en la trampa que los budistas denominan «la compasión del idiota»; una frase más que adecuada, habida cuenta de la visión del mundo que tiene John. Cuando caes en la compasión del idiota, evitas agitar las aguas para no lastimar a otra persona, aunque las aguas necesiten ser agitadas y tu compasión acabe resultando más perjudicial que tu sinceridad. Tendemos a hacerlo con los adolescentes, los cónyuges, los adictos, incluso con nosotros mismos. El gesto contrario es la compasión del sabio, que implica cuidar al otro pero también ofrecerle una buena dosis de realidad cuando hace falta. —Sabe qué, John —le dije la semana anterior mientras escribía en el teléfono—. Me gustaría saber si experimenta alguna reacción al hecho de que yo me sienta ignorada cuando hace eso. Levantó un dedo —un momento — pero siguió a lo suyo. Cuando terminó, levantó la vista para mirarme. —Perdone, ¿qué le estaba diciendo? Qué maravilla. No «¿qué me estaba diciendo?» sino «qué le estaba diciendo?». —Bueno… —empecé, pero entonces su teléfono emitió una señal y él se lanzó de cabeza a responder otro mensaje. —¿Lo ve? A esto me refiero —gruñó—. No puedo delegar en nadie si quiero que las cosas salgan bien. Enseguida termino. A juzgar por las señales que entraban, debía de estar manteniendo conversaciones simultáneas. Me pregunté si estaríamos recreando una escena que había representado ya con su mujer. Margo: ¿Me puedes prestar atención? John: ¿A quién, a ti? Era molesto hasta extremos indecibles. ¿Qué podía hacer con mi enfado? Sentarme a esperar (e irritarme todavía más) o cambiar de táctica. Me levanté, me acerqué a mi escritorio, busqué su teléfono en mi archivo, cogí el móvil y regresé a mi butaca, donde empecé a escribir. Soy yo, su psicóloga. Estoy aquí. El teléfono de John emitió una señal. Lo observé mientras leía mi texto, sorprendido. —¡Por Dios! ¿Ahora me envía mensajes? Sonreí. —Quería captar su atención. —Tiene mi atención —respondió, pero siguió escribiendo. No me parece que tenga su atención. Me siento ignorada y una pizca insultada. Ping. John exhaló un suspiro dramático y luego reanudó el tecleo. Y no creo que pueda ayudarle a menos que podamos prestarnos atención plena. Así pues, si quiere que trabajemos juntos, le voy a pedir que no use el teléfono durante las sesiones. Ping. —¿Qué? —exclamó John, alzando la vista hacia mí—. ¿Me prohíbe usar el móvil? ¿Como si estuviera en un avión? No puede hacer eso. ¡Es mi sesión! Me encogí de hombros. —No quiero hacerle perder el tiempo. No le mencioné que nuestras sesiones, en realidad, no son exclusivamente suyas. Toda sesión de psicoterapia pertenece tanto al paciente como al terapeuta, a la interacción entre ambos. Fue el psicoanalista Harry Stack Sullivan quien, a principios del siglo xx , desarrolló una teoría sobre psiquiatría basada en las relaciones interpersonales. Alejándose de la postura de Freud, según la cual los trastornos mentales son de origen intrapsíquico (es decir, se encuentran en el interior de la mente), Sullivan creía que nuestras dificultades son de origen interpersonal (es decir, relacionales). Llegó a afirmar que «a los psicólogos y psicólogas clínicos más experimentados se los reconoce porque son la misma persona en el salón de su casa que en la consulta». No podemos enseñar a los pacientes a conectar emocionalmente si no conectamos con ellos. El teléfono de John volvió a emitir una señal, pero esta vez no era yo. Pasó la vista del móvil a mi persona, indeciso. Mientras él libraba esa batalla interna, me limité a esperar. Casi estaba preparada para que se levantara y se marchara, pero también sabía que, si no quisiera estar aquí, no habría venido. Tanto si lo entendía como si no, estaba sacando provecho de esto. Ahora mismo, yo debía de ser la única persona de todas las que conocía dispuesta a escucharle. —Oh, por el amor de Dios —exclamó, al tiempo que lanzaba el teléfono a la silla que tenía enfrente—. Vale, dejaré el maldito teléfono. Y cambió de tema. Esperaba que se enfadase, pero tuve la sensación, por un instante, de que había lágrimas en sus ojos. ¿Era tristeza? ¿O un reflejo del sol que entraba por la ventana? Acaricié la idea de interrogarlo al respecto, pero solamente quedaba un minuto de sesión, un ratito que se suele dedicar a recomponer a los pacientes más que a inducirlos a abrirse. Decidí guardarme la información para un momento más oportuno. Como un minero que acaba de localizar una veta de oro, sospeché que había dado con algo. Hoy, con grandes dosis de autocontrol, John se detiene en mitad del movimiento, hace caso omiso del teléfono que vibra y sigue hablando de que está, literalmente, rodeado de idiotas. —Incluso Rosie se está portando como una idiota —dice. Me sorprende oírle hablar así de su hija, que tiene cuatro años—. Le digo que no se acerque a mi portátil y ¿qué hace? Se sube a la cama, lo que me parece de maravilla, pero no si salta encima del ordenador. ¡Será idiota! Y cuando le grito «¡no!», se hace pis en la cama. Ya puedo tirar el colchón. No se había hecho pis desde que era pequeña. La historia me preocupa. Cuenta la leyenda que los psicólogos no nos inmutamos por nada, pero ¿quién es así? Somos seres humanos, no robots. De hecho, en lugar de ser objetivos, los psicoterapeutas nos esforzamos en advertir nuestros sentimientos subjetivos, prejuicios y opiniones (lo que llamamos contratransferencia) para poder dar un paso atrás y discurrir qué hacer con ellos. Más que reprimir las emociones, las usamos para decidir el rumbo del tratamiento. Y esta historia de Rosie me enfurece. Muchos padres gritan a sus hijos en sus momentos parentales menos memorables, pero me invaden las dudas sobre la relación de John con su hija. Cuando trabajo la empatía con las parejas, a menudo les aconsejo: «Antes de hablar, pregúntate cómo se sentirá el otro.» Tomo nota mental de que debo compartir esta idea con John en algún momento. —Entiendo que se sintiera frustrado —intervengo—. ¿Cree que la asustó? Un grito puede dar mucho miedo. —No, le grito constantemente —es su respuesta—. Cuanto más alto mejor. Es la única manera de que haga caso. —¿La única manera? —pregunto. —Bueno, cuando era más joven, la llevaba fuera y corría con ella por el jardín, para que se desfogase. A veces necesita pasar un ratito al aire libre. Pero últimamente se porta fatal. Incluso ha intentado morderme. —¿Por qué? —Quería jugar conmigo, pero… ah, esto le va a encantar. Imagino por dónde va. —Estaba escribiendo un mensaje en el móvil y le pedí que esperara, pero se puso como una fiera. Margo estaba de viaje, así que Rosie pasaba el día con su Danny y… —¿Me recuerda quién es Danny? —Danny, no. Su danny. Ya sabe, una niñera de perros. Lo miro de hito en hito. —La canguro del perro. Dog nanny . Danny. —Ah, Rosie es su perro —digo. —¿Y de quién narices pensaba que le estaba hablando? —Pensaba que su hija se llamaba… —Ruby —me interrumpe—. La pequeña se llama Ruby. Es evidente que hablaba de un perro, ¿no? Suspira y sacude la cabeza como si yo fuera la mayor idiota de todo su reino de idiotas. Nunca antes había mencionado que tiene un perro. Considero una victoria haber recordado la inicial de su hija, a la que se refirió de pasada hace dos semanas. Sin embargo, más que la indignación de John, me sorprende lo siguiente: me está mostrando un lado tierno que nunca antes había revelado. —La quiere mucho —observo. —Pues claro. Es mi hija. —No, me refiero a Rosie. Le tiene un gran cariño. Estoy intentando conmoverlo de algún modo, acercarlo un poco más a sus emociones, que sé que están ahí, pero atrofiadas, como un músculo no ejercitado. Desdeña mi comentario con un gesto de la mano. —Es un perro. —¿Qué clase de perro? Su semblante se ilumina. —Un cruce. Es adoptada. Estaba hecha un desastre cuando la llevamos a casa, por culpa de esos idiotas que, en teoría, la estaban cuidando, pero ahora… Le enseñaré unafoto si me deja usar el maldito teléfono. Asiento. Mientras desliza el dedo por la pantalla, sonríe para sí. —Estoy buscando un plano bueno —explica—. Para que vea qué mona es. Sonríe un poco más con cada foto y yo atisbo nuevamente su perfecta dentadura. —¡Aquí la tiene! —exclama con orgullo, y me tiende el teléfono. Miro la foto. Resulta que me encantan los perros, pero Rosie, pobrecita mía, es el chucho más feo que he visto jamás. Tiene los belfos caídos, los ojos desiguales y el pelo sembrado de calvas. Además, carece de cola. John sigue sonriendo, embelesado. —Salta a la vista que la quiere muchísimo —comento mientras le devuelvo el móvil. —No la quiero. Es un maldito perro. Parece un niño de quinto negando que le gusta una compañera de clase. A John le gusta Rosie… —Ah —respondo con suavidad—. Por su manera de hablar de ella, percibo mucho amor en usted. —¿Quiere parar de decir eso? Me lo espeta en un tono irritado, pero veo dolor en sus ojos. Retrocedo a las sesiones anteriores; el amor y el cariño, por alguna razón, le resultan dolorosos. A otro paciente le preguntaría por qué mis palabras lo alteran tanto. Pero sé que John evitará el tema discutiendo conmigo el hecho de que quiera a su perro. Así que le digo: —La gente que tiene mascotas suele quererlas mucho. —Bajo tanto la voz que casi tiene que echarse hacia delante para oírme. Los neurocientíficos han descubierto que las personas poseemos un tipo de células cerebrales llamadas «neuronas espejo» que nos inducen a imitar a los demás. Cuando una persona se encuentra emocionalmente alterada, una voz suave tiende a apaciguar su sistema nervioso y la ayuda a estar presente —. Llámelo como quiera. Eso no cambia nada. —¡Esta conversación es absurda! —protesta John. Está mirando al suelo, pero advierto que está pendiente de mis palabras. —Usted ha sacado el tema de Rosie a colación por una razón. Su perrita le importa y últimamente se comporta de un modo que le preocupa… porque la quiere. —Quiero a las personas —insiste John—. A mi mujer, a mis hijos. A la gente. Echa un vistazo al móvil, que vibra de nuevo, pero yo no sigo su mirada. Me quedo con él, sosteniéndolo, para que no se retire cada vez que lo asalta un sentimiento no deseado y se aletargue. La gente tiende a confundir la insensibilidad con la nada, pero la insensibilidad no equivale a ausencia de sentimientos; es un modo de reaccionar al exceso de sentimientos. John despega la vista del móvil para mirarme. —¿Quiere saber lo que me encanta de Rosie? —dice—. Es la única que no me pide nada. La única que no se siente, de un modo u otro, decepcionada conmigo; o cuando menos no se sentía hasta que me mordió. ¿Cómo no querer a alguien así? Se ríe estrepitosamente, como si estuviéramos en un bar y acabara de soltar un chiste. Yo intento hablar de la decepción —¿a quién ha decepcionado John y por qué?— pero afirma que solo era una broma y ¿acaso no pillo las bromas? Y si bien hoy no vamos a llegar a ninguna parte, ambos sabemos muy bien lo que me ha revelado: debajo de todas esas púas tiene un corazón y la capacidad de amar. Para empezar, adora a ese perrito tan horrible. L 9 Instantáneas de uno mismo a personas que acuden a terapia ofrecen instantáneas de sí mismas y, a partir de esas imágenes congeladas en el tiempo, el psicólogo tiene que extrapolar. Los pacientes aparecen, si no en su peor momento, sin duda no en el mejor. Están desesperados, a la defensiva, desorientados o hechos un lío. Por lo general, llegan de muy mal humor. Así que se sientan en el sofá del terapeuta y nos miran con expectación, esperando comprensión y, antes o después (a poder ser de inmediato), una solución. Pero no podemos ofrecerles una cura instantánea, porque tenemos delante a unos completos extraños. Necesitamos tiempo para familiarizarnos con sus esperanzas y sus sueños, con sus sentimientos y sus dinámicas repetitivas, para conocerlos, a menudo más profundamente de lo que se conocen a sí mismos. Si hace falta explorar desde el día del nacimiento hasta el momento en que llegaron a la consulta para desentrañar lo que sea que les preocupa, o si un problema lleva muchos meses incubándose, no es difícil deducir que van a necesitar más de un par de sesiones de cincuenta minutos para conseguir ese alivio que ansían. Sin embargo, cuando alguien llega con una angustia insoportable, quiere que el psicólogo, el profesional, haga algo. Las personas que acuden a terapia nos piden paciencia, pero no siempre hacen gala de ella. Sus exigencias pueden ser manifiestas o tácitas y —en particular al principio— colocan una gran presión sobre el psicoterapeuta. ¿Por qué escogemos una profesión que nos obliga a recibir a personas infelices, angustiadas, desagradables o inconscientes y sentarnos con ellas, un día tras otro, a solas en una sala? La respuesta es la siguiente: porque los psicoterapeutas sabemos que, al principio, cada paciente no es sino una instantánea, una persona capturada en un momento aislado. Se parece a una foto tomada en un ángulo poco favorecedor y con una expresión rara en la cara. También habrá fotos en las que aparezcan radiantes, captadas mientras abren un regalo o en mitad de una carcajada junto a una persona amada. Ambas los retratan en una fracción de tiempo y ninguna refleja su enteridad. Así que los psicólogos escuchamos, azuzamos, guiamos y, de vez en cuando, arrancamos revelaciones a los pacientes para sacar a la luz otras instantáneas, para cambiar su experiencia de lo que sucede en su interior y en torno a ellos. Revisamos las instantáneas y no pasa mucho tiempo antes de que comprendamos que esas imágenes aparentemente inconexas giran en torno a un tema común, uno que tal vez ni siquiera atisbaran cuando tomaron la decisión de hacer terapia. Algunas instantáneas son inquietantes y vislumbrarlas me recuerda que todos tenemos un lado oscuro. Otras están borrosas. Las personas no siempre retienen los sucesos o las conversaciones, pero conservan un recuerdo nítido de los sentimientos que les provocaron esas experiencias. Los psicólogos interpretan las instantáneas borrosas, conscientes de que los pacientes necesitan velarlas hasta cierto punto, porque esas opacidades les ayudan a adormecer los sentimientos dolorosos que alteran su paz mental. Con el tiempo, descubren que no están en guerra, que el camino a la paz es declarar una tregua consigo mismos. Por eso, cuando los pacientes acuden por primera vez, tratamos de imaginarlos más avanzado el proceso. Y no lo hacemos únicamente el primer día sino en cada sesión, porque esa imagen nos permite sostener la misma esperanza que ellos no ven al tiempo que nos ayuda a entrever cómo avanza el tratamiento. Una vez escuché que la creatividad es la capacidad de captar la esencia de una cosa, la esencia de otra muy distinta, y mezclarlas para crear algo totalmente nuevo. Eso hacemos los terapeutas también. Tomamos la esencia de esa instantánea inicial y la esencia de otra imaginaria y las amalgamamos para crear otra diferente. Tengo esta idea presente cada vez que recibo a un nuevo paciente. Espero que Wendell haga lo propio, porque en estas primeras sesiones las instantáneas que ofrezco son… bueno, poco halagadoras. H 10 El futuro también es el presente oy he llegado temprano a la cita con Wendell, así que me siento en la sala de espera y echo un vistazo a mi alrededor. Resulta que su antesala es tan inusual como la consulta. En lugar de un mobiliario profesional y de los típicos objetos decorativos —un póster enmarcado de una pintura abstracta y quizás una máscara africana— sus muebles parecen heredados de la abuela. Incluso percibo el clásico tufillo rancio. En una esquina hay dos sillas de comedor con respaldo alto, muy gastadas, tapizadas con un anticuado brocado en color oro con dibujos de cachemira, una alfombra igual de raída y pasada sobre la moqueta beis, un aparador cubierto con un mantel de encaje rematado con tapetes —¡tapetes!— y un jarrón de flores artificiales. En el suelo, entre las sillas,hay una máquina de ruido blanco y, delante de estas, a guisa de mesita baja, descansa lo que debía de ser una mesa auxiliar de salón, ahora descascarillada y cubierta por un montón de revistas desordenadas. Un biombo de papel separa la zona de espera del camino que lleva al despacho de Wendell para ofrecer intimidad a los pacientes, pero nada te impide fisgar entre las rendijas que crean las bisagras. Ya sé que no estoy aquí por la decoración, pero empiezo a preguntarme: ¿podrá ayudarme alguien que tiene tan mal gusto? ¿Es esto un reflejo de su capacidad? (Una conocida me contó en cierta ocasión que los cuadros torcidos de la consulta de su psicóloga no paraban de distraerla; ¿por qué no los endereza, maldita sea?) Durante cosa de cinco minutos, me dedico a ojear las cubiertas de las revistas —Time, Ser padres, Vanity Fair — y entonces la puerta de la consulta se abre para ceder el paso a una mujer. Pasa zumbando tras el biombo, pero me basta esa milésima de segundo para advertir que es guapa, va bien vestida y ha llorado. En ese momento aparece Wendell en la zona de espera. —Vuelvo enseguida —dice, y se aleja por el pasillo, cabe suponer que al cuarto de baño. Mientras espero, me pregunto por qué lloraba la mujer guapa. Cuando Wendell regresa, me indica con un gesto que pase al despacho. Esta vez no me quedo titubeando en el umbral. Me encamino con decisión a la posición A, debajo de la ventana, él ocupa la posición C, al lado de la mesita, y yo procedo a soltarle mi perorata. —Bla, bla, bla, bla, bla —empiezo—. Y Novio dijo: bla, bla, bla, bla, bla. ¿Se lo puede creer? Así que le respondí: Bueno, ¿bla, bla, bla? O, al menos, eso es lo que oye Wendell, estoy segura. La situación se prolonga durante un rato. He traído páginas y páginas de notas a esta sesión, numeradas, comentadas y en orden cronológico, igual que organizaba las entrevistas en mi época de periodista, antes de convertirme en psicóloga. Le confieso a Wendell que he flaqueado y he llamado a Novio, pero saltó el contestador. Humillada, tuve que esperar un día entero con su noche a que me devolviera la llamada, sabiendo todo el tiempo que lo último que nadie desea es hablar con una expareja a la que acabas de dejar y que está deseando volver contigo. —Querrá saber qué pretendía conseguir con esa llamada, supongo —le digo, previendo la siguiente pregunta. Wendell enarca una ceja —solamente una, advierto, y me pregunto cómo lo hace— pero antes de que responda, yo sigo adelante. En primer lugar, explico, quería escuchar que Novio me echaba de menos y que todo había sido un gran error. Pero salvando esa «improbable posibilidad» (justificación que añado para informar a Wendell de que soy consciente de mi posición, si bien esperaba oírle decir a Novio que había reconsiderado la idea de volver), pretendía que me aclarase cómo hemos acabado así. Si conseguía que respondiera a mis preguntas, dejaría de darle vueltas al tema de la ruptura en un bucle infinito de confusión. Y eso explica por qué, le digo a Wendell, sometí a Novio a varias horas de interrogatorio —quiero decir, conversación — durante las cuales intenté resolver el misterio de «qué leches provocó nuestro repentino adiós». —Y entonces me suelta: «Vivir con un niño te desconcentra y te limita» —prosigo, citando las palabras textuales—. «Nunca tendríamos tiempo para nosotros. Y comprendí que, por muy encantador que sea tu hijo, jamás querré convivir con ningún niño que no sea mío.» Y yo le dije: «¿Y por qué me lo ocultaste?». A lo que me respondió: «Porque quería tenerlo claro antes de decir nada.» Y yo le señalé: «Pero ¿no crees que deberíamos haberlo hablado?». Y él me espetó: «¿Hablar qué? Es dicotómico. O puedes convivir con un niño o no, y yo era el único que podía responder a eso.» Y justo cuando mi cerebro está a punto de estallar, añade: «Te quiero, de verdad que sí, pero el amor no lo arregla todo». —¡Dicotómico! —exclamo, a la vez que agito mis papeles en el aire. Puse un asterisco en mis notas junto a esa palabra—. ¡Dicotómico! Si tan dicotómico es, ¿por qué se mete en una dicotomía, para empezar? Soy inaguantable y lo sé, pero no puedo detenerme. Durante las semanas siguientes, acudo a la consulta de Wendell para informarle de mis repetitivas conversaciones con Novio (hay muchas más, lo reconozco) mientras él intenta intercalar algo útil (no está seguro de cómo me ayuda eso; mi conducta tiene rasgos masoquistas; cuento la misma historia una y otra vez con la esperanza de que el desenlace sea distinto). Observa que le pido a novio que me explique su postura —cuando ya me la ha aclarado— pero yo vuelvo a lo mismo porque su explicación no me satisface. Wendell afirma que, si me he dedicado a tomar unas notas tan profusas durante nuestras conversaciones telefónicas, es poco probable que haya prestado atención a Novio y, si pretendo entender su punto de vista, difícilmente lo voy a lograr cuando estoy más empeñada en tener razón que en mantener una verdadera interacción. Y, añade, estoy adoptando esa misma actitud en nuestras sesiones. Asiento y luego sigo despotricando contra novio. En una sesión, le explico con doloroso detalle cómo nos organizamos para que mi ex recupere sus pertenencias. En otra, repito sin cesar: «¿Estoy loca o lo está él?» (Wendell contesta que ninguno de los dos lo está, una respuesta que me enfurece). La siguiente consiste en analizar qué clase de persona hay que ser para decir: «Quiero casarme contigo, pero no si aportas un hijo al matrimonio». Para esta sesión, he creado una infografía sobre las diferencias de género. Un hombre puede decir: «No quiero sentirme obligado a mirar cómo juega» y «nunca podré querer a un niño que no sea mío» y quedarse tan fresco. Si una mujer dijera eso, la pondrían verde. También sazono nuestras sesiones con las novedades que he descubierto espiándolo en Google a diario: la mujer con la que Novio debe de estar saliendo (sobre la base de las elaboradas historias que he fabulado a través de los «likes» en los medios sociales); la fantástica vida que lleva sin mí (a partir de sus tuits sobre sus viajes de negocios); el hecho de que ni siquiera esté triste por nuestra ruptura (porque fotografía ensaladas en restaurantes; ¿cómo puede comer siquiera?). Estoy convencida de que Novio ha transitado en un abrir y cerrar de ojos a la vida después de mí sin despeinarse. Reconozco el patrón. Es idéntico al de muchas parejas en proceso de divorcio que acuden a mi consulta: un miembro sufre lo indecible mientras que el otro parece encantado, feliz incluso, de pasar página. Le digo a Wendell que, igual que esos pacientes, me gustaría haber dejado alguna marca a mi paso. Quiero saber, en resumidas cuentas, que yo le importaba. —¿Le importaba? —pregunto, incansable. Continúo en ese plan, exhibiendo mis desvaríos, hasta que Wendell me propina un puntapié. Una mañana, mientras le suelto mi rollo sobre Novio, Wendell se desplaza al borde del sofá, se levanta, se encamina hacia mí y, con su larguísima pierna, me patea el pie con suavidad. Sonriendo, vuelve a su asiento. —¡Ay! —protesto automáticamente, aunque no me ha hecho daño. Me ha pillado por sorpresa—. ¿A qué ha venido eso? —Bueno, parece disfrutar con la experiencia del sufrimiento, así que me ha parecido buena idea echarle una mano. —¿Qué? —Hay diferencias entre el dolor y el sufrimiento —aclara Wendell—. El dolor es inevitable; todo el mundo lo experimenta en algún momento. Pero no hace falta sufrir tanto. Usted no ha escogido el dolor, sino el sufrimiento. A continuación me explica que tanta insistencia, toda esta cavilación y especulación constante en torno a la vida de Novio, aumenta el dolor y me hace sufrir. Así pues, sugiere, puesto que me aferro al sufrimiento con tanta intensidad, debe de ser por algo. Algún beneficio debe aportarme. ¿Es así? Medito por qué puedo estar espiando a Novio compulsivamente en Google, a sabiendas de que me perjudica. ¿Será un modo de permanecer conectada a él y a su rutina, aunque solo sea a una banda? Tal vez.¿Lo hago para adormecerme y no tener que aceptar la realidad de lo que pasó? Es posible. ¿Intento esquivar un aspecto de mi vida que no quiero afrontar, aunque debería? En una sesión anterior, Wendell señaló que me distancié de Novio — haciendo caso omiso de las pistas que habrían atenuado el golpe— porque, si me hubiera interesado por ellas, habría escuchado algo que no quería oír. Yo restaba importancia a su tendencia a quejarse de la presencia de niños en lugares públicos, a que hiciera recados para nosotros en lugar de asistir a los partidos de baloncesto de mi hijo, al comentario de que a él no le molestaba tanto como a su exesposa el hecho de no tener descendencia cuando decidieron hacer un tratamiento de fertilidad, a que su hermano y su cuñada se hospedaran en un hotel cuando acudían de visita porque a Novio no le apetecía que los tres hijos de la pareja corretearan por casa. Y sin embargo, ni él ni yo comentamos jamás nuestros sentimientos respecto a los niños directamente. Yo pensaba: Es padre, le gustan los críos. Wendell y yo consideramos si tal vez pasé por alto ciertos aspectos de la historia de Novio, algunos comentarios y su lenguaje corporal, con el fin de silenciar la alarma que habría saltado si les hubiera prestado atención. Y ahora Wendell se pregunta si esta obsesión con leerle mis notas y la elección del asiento en la consulta no será también una estrategia para distanciarme de él . Echo un vistazo a la disposición de los sofás en forma de L. —¿No se sienta aquí la mayoría de los pacientes? —pregunto desde mi sitio, debajo de la ventana. Estoy segura de que nadie comparte el sofá con él, de manera que la posición D queda descartada. En cuanto a la B, en diagonal con Wendell, ¿quién ocuparía un sitio tan próximo a su psicólogo? Nadie, tampoco. —Algunos —es la respuesta de Wendell. —¿De verdad? ¿Y dónde se sientan los demás? —En cualquier parte entre ahí y aquí. Hace un gesto que abarca desde mi sitio hasta la posición B. De súbito, la distancia que nos separa me parece inmensa, pero todavía no me puedo creer que la gente tome asiento tan cerca de él. —¿Me está diciendo que algunas personas entran en su consulta por primera vez, echan una ojeada a la sala, y se acomodan ahí mismo, sabiendo que usted estará a pocos centímetros de distancia? —Sí —responde Wendell, lacónico. Me acuerdo de la caja de pañuelos que Wendell me lanzó. Estaba en la mesita auxiliar, junto a la posición B, porque, acabo de comprenderlo, casi todo el mundo debe de acomodarse ahí. —Ah —digo—. ¿Me cambio de sitio? Wendell se encoge de hombros. —Eso debe decidirlo usted. Me levanto y me siento en perpendicular a Wendell. Tengo que colocar las piernas a un lado para que mis rodillas no rocen las suyas. Advierto una nota gris en las raíces de su cabello oscuro. La alianza en el dedo. Recuerdo haberle pedido a Caroline que me recomendase —o a mi «amigo»— un psicólogo casado, pero ahora que estoy aquí comprendo que en realidad daba igual. No se ha puesto de mi parte ni ha corroborado mi teoría de que Novio es un sociópata. Ahueco los almohadones e intento ponerme cómoda. Es una situación rara. Miro mis notas pero ya no me apetece leerlas. Me siento expuesta y tengo ganas de echar a correr. —No me puedo sentar aquí —digo. Wendell pregunta por qué y le confieso que no lo sé. —No saber es un buen punto de partida —declara, y sus palabras se me antojan una revelación. Dedico muchísimo tiempo a averiguar cosas, a buscar respuestas, pero sienta bien no saber . Guardamos silencio un ratito. A continuación me levanto para sentarme más lejos, a medio camino entre las posiciones A y B. Respiro aliviada. Pienso en una cita de Flannery O’Connor: «La verdad no cambia en función de nuestra capacidad de encajarla». ¿De qué me estoy protegiendo? ¿Qué intento ocultarle a Wendell? Llevo todo este tiempo jurándole que no le deseo nada malo a Novio (como que su próxima novia lo abandone de improviso); solo me gustaría recuperar la relación. Le he asegurado impertérrita que no busco venganza, que no lo odio, que no estoy enfadada, únicamente desorientada. Wendell me ha escuchado en todas las ocasiones, pero no se lo traga. Salta a la vista que quiero venganza, odio a Novio y estoy furiosa. «Sus sentimientos no tienen por qué ajustarse a los que juzga apropiados —me explicó en otra sesión—. Están ahí de todos modos, así que más le conviene aceptarlos, porque albergan pistas importantes.» ¿Cuántas veces habré dicho algo parecido a mis pacientes? Aquí, sin embargo, me siento como si oyera esas palabras por primera vez. No juzgues tus sentimientos; obsérvalos. Empléalos como mapa. No tengas miedo a la verdad. A mis amigos, a mi familia —a mí misma— les cuesta contemplar la posibilidad de que Novio sea un tipo decente que estaba confuso y dividido. En vez de eso, o bien se ha portado como un egoísta o es un mentiroso. Tampoco han considerado nunca la eventualidad de que, si bien Novio se justificó alegando que no podía convivir con un niño, es posible que tampoco quisiera vivir conmigo. Puede que, en aspectos que ni él mismo advertía, yo le recuerde demasiado a sus padres o a su ex o a la chica que, según mencionó en cierta ocasión, le hizo daño en la universidad. «Me juré a mí mismo que jamás volvería a pasar por lo mismo», me confesó al principio de la relación. Le pedí que me contara más, pero él no quiso hablar de ello y yo, en connivencia con sus tendencias evasivas, no lo presioné. Wendell, sin embargo, me ha señalado de cuántas maneras distintas nos evitábamos mutuamente, escondidos detrás del amor, del parloteo y de los planes de futuro. Y ahora me retuerzo de dolor y estoy creando mi propio sufrimiento; y mi psicólogo intenta infundirme un poco de sentido común a patadas, literalmente. Descruza las piernas, derecha sobre izquierda, para volver a cruzarlas, izquierda sobre derecha, algo que hacen los terapeutas cuando se les duermen las extremidades. Hoy sus calcetines a rayas hacen juego con el jersey, como si hubiera comprado todo el conjunto. Señala con la barbilla los papeles que tengo en la mano. —No creo que vaya a encontrar las respuestas que busca en esas notas. La frase «su duelo guarda relación con una pérdida más importante» vuelve a mi pensamiento, como esas canciones que no te puedes quitar de la cabeza. —Pero si no hablo de la ruptura, no tendré nada que decir —insisto. Wendell tuerce la cabeza a un lado. —Podría hablar de las cosas importantes. Le creo y no le creo. Cada vez que Wendell sugiere que esto se debe a algo más trascendente que la pérdida de Novio, me pongo a la defensiva, así que algo de razón tendrá. Los temas que nos irritan a menudo son los mismas que deberíamos observar. —Puede —concedo, pero me siento incómoda—. Ahora mismo me gustaría acabar de contarle lo que dijo Novio. ¿Me deja relatarle una última cosa? Toma aliento pero guarda silencio, titubeante, como si se mordiera la lengua. —Claro —responde Wendell. Ya me ha presionado bastante y lo sabe. Me ha dejado sin mi droga —hablar de Novio— demasiado rato y necesito otra dosis. Empiezo a hojear mis papeles, pero ya no recuerdo por dónde iba. Repaso las notas en busca de la maldita cita que pensaba leerle a continuación, pero hay demasiados asteriscos y demasiadas anotaciones, y percibo los ojos de Wendell clavados en mi persona. Me pregunto qué pensaría yo si un paciente parecido a mí estuviera en mi consulta ahora mismo. En realidad, lo sé. Estaría pensando en el el cartel plastificado que una compañera del centro prendió a la parte interior del armario archivador: «Uno siempre tiene que estar decidiendo si escapar del dolor o tolerarlo y, en consecuencia, transformarlo.» Renuncio a las notas. —Vale —miro a Wendell—. ¿Qué me quería decir? Me explica que experimento dolor en el presente, pero que en realidad el sufrimiento pertenece al pasado y al futuro al mismo tiempo. Los psicólogos hablan mucho de cómo el pasado conforma el ahora; cómo la historia personal influye en nuestra manera de pensar, sentiry comportarnos en el momento presente, y de la necesidad de renunciar, en algún momento de la vida, a la fantasía de cambiar lo que ya pasó. Si no aceptamos que no hay vuelta atrás, por más que nos empeñemos en que nuestros padres, hermanos o pareja arreglen lo que sucedió hace tiempo, seguiremos atascados en el pasado. Cambiar la relación con el ayer es un eje de la psicoterapia. Sin embargo, a menudos olvidamos que la relación con el futuro conforma el presente también. Nuestra idea del mañana puede constituir un obstáculo igual de poderoso que la noción del ayer. En realidad, prosigue Wendell, he perdido mucho más que mi relación presente. He perdido mi relación futura. Tendemos a pensar que el mañana sucede más tarde, pero lo creamos mentalmente a diario. Cuando el presente se desmorona, lo hace asimismo el futuro que asociamos con él. Y perder el futuro es el giro inesperado por excelencia. Ahora, bien, si dedicamos el momento actual a tratar de reparar el pasado o a controlar el porvenir, permanecemos atrapados en el mismo sitio, en un estado de reproche permanente. Espiando a Novio en Google, he visto cómo su futuro se desplegaba ante mis ojos mientras yo seguía paralizada en el ayer. Pero si quiero vivir aquí y ahora, tendré que aceptar la pérdida de mi futuro tal cómo lo concebía. ¿Puedo transitar el dolor o prefiero seguir sufriendo? —En ese caso —le digo a Wendell— supongo que debería dejar de interrogar a Novio… y de espiarlo en Google. Él sonríe con indulgencia, tal como le sonreirías a una fumadora que anuncia su decisión de dejarlo de un día para otro, sin reparar en lo ambicioso de su propósito. —O cuando menos intentarlo —rectifico—. Pasar menos tiempo en su futuro, más en mi presente. Wendell asiente y, acto seguido, se propina dos palmadas en las rodillas y se levanta. La sesión ha terminado pero yo quiero continuar. Tengo la sensación de que acabamos de empezar. L 11 Adiós, Hollywood levaba una semana trabajando para la NBC cuando me destinaron a dos series que estaban a punto de estrenarse, Urgencias , un drama médico, y Friends , una comedia de situación. Estos programas catapultarían a la cadena al número uno y liderarían la audiencia de la noche de los jueves durante varios años. Las series se estrenaron en otoño, tras un proceso mucho más rápido que en el mundo cinematográfico. En pocos meses se contrataron actores y equipos, se construyeron decorados y empezó la producción. Yo estaba presente cuando Jennifer Aniston y Courteney Cox se presentaron a las pruebas para los papeles protagonistas de Friends . Yo sopesé si el personaje de Julianna Margulies de Urgencias debía morir al final del primer episodio y estuve en el plató con George Clooney antes de que nadie supiera hasta qué punto la serie lo encumbraría. Motivada por el nuevo trabajo, veía menos televisión en casa. Contribuía a crear historias que me apasionaban con colegas que compartían mi pasión y de nuevo me sentía conectada a mi trabajo. Un día, los guionistas de Urgencias llamaron a un hospital cercano para consultar una duda médica y, casualmente, un tal doctor Joe respondió a la llamada. Fue como si el destino hubiera obrado su magia; además del doctorado en medicina, el médico había cursado un máster en producción cinematográfica. Cuando los guionistas descubrieron el currículum de Joe, empezaron a consultarle con regularidad. Pronto lo contrataron como asesor técnico para revisar las elaboradas escenas de traumatología, enseñar a los actores a pronunciar los términos médicos y conseguir que las intervenciones fueran más fieles a la realidad (extraer el aire de la jeringuilla, frotar la piel con alcohol antes de aplicar una vía, sostener el cuello del paciente en la posición adecuada cuando le insertas un respirador). Por supuesto, en ocasiones prescindíamos de las mascarillas quirúrgicas porque todo el mundo quería verle la cara a George Clooney. En el plató, Joe era un ejemplo de tranquilidad y competencia, las mismas cualidades de las que hacía gala en las urgencias reales. Durante los descansos, hablaba de sus casos recientes y yo absorbía hasta la última palabra. ¡Menudas historias! , pensaba. Cierto día le pregunté a Joe si podía verlo en acción —para investigar, alegué— y me ofreció acceso a su servicio de urgencias. Allí, con un uniforme prestado, lo acompañé a todas partes durante las horas que duró su turno. —Los conductores borrachos y los pandilleros heridos no empiezan a entrar hasta la noche —me explicó cuando llegué un sábado por la tarde y me sorprendí ante la calma reinante. Pero al poco corríamos de sala en sala, de paciente en paciente, mientras yo intentaba retener los nombres, los historiales y los diagnósticos al vuelo. En el transcurso de una hora, vi a Joe practicar una punción lumbar, mirar el útero de una mujer embarazada y sostener la mano de una madre de gemelos, de treinta y nueve años, mientras le decían que su migraña era en realidad un tumor cerebral. —No, verá, yo solo quería que me dieran algo para la migraña —fue su única respuesta; negación que pronto cedería el paso a un mar de lágrimas. Su marido se disculpó alegando que necesitaba ir al baño pero vomitó por el camino. Durante un segundo imaginé ese mismo drama en la televisión — un instinto muy arraigado cuando tu trabajo consiste en inventar historias— pero presentía que no estaba allí únicamente en busca de material televisivo. Y Joe también lo notó. Semana tras semana, yo regresaba a urgencias. —Pareces más interesada en lo que hacemos aquí que en tu trabajo diario —me comentó Joe una noche, meses después, mientras mirábamos juntos una radiografía y me enseñaba dónde estaba la fractura. Luego, como de pasada, añadió—: Todavía podrías estudiar medicina, ¿sabes? —¿Medicina? —repetí. Lo miré como si hubiera perdido la chaveta. Yo tenía veintiocho años y había cursado un grado de lengua en la universidad. Es verdad que en el instituto me presentaba a torneos de matemáticas y de ciencias, pero en mi vida no académica siempre me habían atraído las palabras y los relatos. Y ahora tenía un fantástico empleo en la NBC por el que me sentía más que afortunada. A pesar de todo, no dejaba de escaparme de los rodajes para acudir a las urgencias del hospital. Y no solo seguía a Joe a todas partes sino también a cualquier otro médico que me dejara ser su sombra. Era consciente de que mi presencia allí tenía ya poco que ver con la investigación. Había devenido una afición. ¿Y qué? ¿Acaso no tiene todo el mundo aficiones? Y, vale, claro, puede que pasar la noche en urgencias se hubiera convertido en el equivalente a mirar la tele compulsivamente cuando no me sentía a gusto trabajando para el cine. De nuevo: ¿y qué? Desde luego no iba a abandonar mi profesión para empezar de cero en la facultad de Medicina. Además, el empleo en la NBC no me aburría. Sencillamente sentía que algo real, grande y trascendente acontecía en urgencias, algo que no podía pasar en la televisión, del mismo modo. Y mi nueva afición llenaba esos vacíos; para eso son los entretenimientos. En ocasiones, sin embargo, en los momentos de tranquilidad entre emergencias, comprendía hasta qué punto me sentía cómoda en las salas del hospital y, cada vez más, me preguntaba si Joe no tendría algo de razón. Poco tiempo después, mi afición me trasladó de las urgencias a un quirófano de neurocirugía. El caso que me habían invitado a presenciar era un hombre de mediana edad con un tumor pituitario que preveían benigno pero que se debía extraer para evitar que presionase los nervios craneales. Cubierta con bata y mascarilla y calzada con zapatillas deportivas para mayor comodidad, me planté junto al señor Sánchez con los ojos clavados en su cráneo. Tras serrarle el hueso (con una herramienta que parecía comprada en una ferretería), el cirujano y su equipo procedieron a retirar con suma meticulosidad capa tras capa de fascia hasta llegar al cerebro desnudo. Por fin lo tenía delante, idéntico a las imágenes que había visto en un libro la nocheanterior, pero allí, en aquel instante, con mis propios sesos a pocos centímetros del cerebro del señor Sánchez, me sentí sobrecogida. Todo lo que era ese hombre —su personalidad, sus recuerdos y experiencias, sus gustos y aversiones— se alojaba en el órgano de kilo y medio que tenía delante. Pierdes una pierna o un riñón y sigues siendo tú mismo, pero si pierdes una parte del cerebro —si, literalmente, pierdes la cabeza— ¿quién eres entonces? Me asaltó un pensamiento retorcido: ¡he visitado la mente de una persona! Hollywood intenta constantemente entrar en la cabeza de la gente a través de la investigación de mercado y la publicidad, pero yo había estado allí de veras, en las profundidades del cráneo de ese hombre. Me pregunté si los eslóganes con los que las cadenas de televisión bombardeaban a los espectadores llegaban a su destino: ¡No se lo pierda! Una música clásica empezó a sonar de fondo, suave, y dos neurocirujanos fueron retirando el tumor y depositando los trozos en una bandeja de metal. Recordé los frenéticos platós de Hollywood, una locura de órdenes y conmoción. «¡Venga, chicos! ¡Vamos allá! —Transportaban a un actor en camilla por un pasillo, la ropa empapándose de líquido rojo, pero alguien doblaba la esquina con excesiva precipitación—. ¡Mierda! —exclamaba el director—. ¡Por Dios, a ver si lo hacéis bien esta vez! —Tipos fornidos cargados con cámaras y focos corrían de un lado para otro para rehacer la escena. Veía a un productor llevarse una pastilla a la boca (¿Tylenol, Xanax o Prozac?) y tragársela con un sorbo de agua con gas—. Si no dejamos lista esta escena hoy, me va a dar un infarto —suspiraba el director—. Lo juro, me voy a morir.» En el quirófano, con el señor Sánchez, no había gritos ni la sensación de que nadie estuviera al borde del infarto. Incluso el paciente, con la cabeza serrada en dos, parecía menos estresado que la gente del plató. Concentrado en su trabajo, el equipo de cirugía acompañaba cada petición con frases de cortesía: «por favor» y «gracias». Nadie pensaría que un flujo de sangre constante circulaba de la cabeza del hombre a la bolsa que pendía cerca de mi pierna. Podría haber confundido la escena con una fantasía. Y en cierto sentido lo era. Se trataba de lo más auténtico que había presenciado jamás y, al mismo tiempo, estaba a años luz de mi vida real en Hollywood, un lugar que no tenía intención de abandonar. Sin embargo, pasados unos meses, todo cambió. Estoy acompañando a un médico de urgencias en un hospital municipal, un domingo. Según nos acercamos a un cortina, dice: —Paciente de cuarenta y cinco años con complicaciones diabéticas. Retira la cortina y veo a una mujer tendida en la camilla, tapada con una sábana. En ese momento, el hedor golpea mis fosas nasales; un mazazo tan tremendo que me siento al borde del desmayo. No puedo identificar el olor, porque jamás he percibido nada tan nauseabundo. ¿Ha defecado? ¿Vomitado? No veo señales de ninguna de las dos cosas, pero la pestilencia se torna tan intensa que el almuerzo asciende por mi garganta y trago con fuerza para empujarlo hacia abajo. Espero que la paciente no repare en mi palidez ni en el revuelo que ha provocado en mis tripas. Pienso: Puede que el pestazo proceda de la cama contigua. Tal vez si me cambio de lado, no lo notaré tanto. Me concentro en la cara de la mujer: ojos llorosos, mejillas enrojecidas, flequillo sobre la sudorosa frente. El médico le hace preguntas y yo no entiendo cómo consigue respirar. Llevo conteniendo el aliento desde que he entrado, pero necesito tomar aire. Vale , me digo. Allá vamos. Empiezo a respirar y el horrible olor invade mi cuerpo. Buscando apoyo en la pared, observo cómo el doctor levanta la sábana que cubre las piernas de la paciente. Pero no hay piernas. La diabetes le ha provocado una vasculitis severa y únicamente conserva dos muñones por debajo de las rodillas. Uno está gangrenado y yo no tengo claro si la imagen de ese muñón infectado, negro y podrido como una fruta putrefacta, es aún peor si cabe que la pestilencia. Hay poco espacio y yo me acerco a la cabeza de la mujer, tan lejos como puedo del muñón infectado, y en ese momento sucede algo extraordinario. La paciente me toma la mano y sonríe como diciendo: Ya sé que te horroriza mirarlo, pero todo va bien. Aunque debería ser yo la que le sostuviera la mano, aunque es ella la que ha perdido las extremidades y sufre una infección masiva, me está tranquilizando. Y si bien la situación ofrece una excelente trama secundaria para Urgencias , sé, en esa milésima de segundo, que no seguiré trabajando mucho más tiempo en la serie. Me voy a matricular en la facultad de Medicina. Puede que mi decisión se deba a un impulso del momento —al hecho de que esa encantadora desconocida con un muñón renegrido me sostenga la mano mientras intento no vomitar— pero algo acaba de suceder en mi interior que jamás he sentido en ninguno de los trabajos que he desempeñado en Hollywood. Me encanta la televisión, pero la realidad de las historias que estoy experimentando en persona me conmueve profundamente y empequeñece los relatos imaginarios. Friends habla del sentimiento comunidad, pero de un modo que no es real. Urgencias trata de la vida y la muerte, aunque solamente en la ficción. En lugar de tomar estas historias que presencio y llevarlas a mi mundo televisivo, quiero que la vida real —las personas de verdad— sean mi mundo. Ese día, mientras recorro en coche el trayecto que va del hospital a casa, no sé cómo o cuándo sucederá ni qué tipo de crédito voy a tener que solicitar para estudiar medicina; ni siquiera si me admitirán en la facultad. Desconozco cuántas asignaturas de ciencias tendré que cursar para cumplir los requisitos y prepararme para el examen de ingreso y dónde estudiar esas asignaturas, pues hace seis años que dejé la universidad. Sin embargo, de algún modo, conseguiré que suceda y no puedo hacerlo si tengo que trabajar sesenta horas a la semana en No Se Lo Pierda TV. C 12 Bienvenidos a Holanda uando Julie descubrió que se estaba muriendo, su mejor amiga, Dara, le envió el famoso texto «Bienvenidos a Holanda» con la intención de ayudarla. Escrito por Emily Perl Kingsley, madre de un niño con síndrome de Down, aborda la experiencia de saber que tus expectativas vitales acaban de alterarse por completo: Esperar el nacimiento de un hijo se parece a planear unas fabulosas vacaciones en Italia. Compras un montón de guías turísticas y haces planes maravillosos: el Coliseo, el David de Miguel Ángel, las góndolas de Venecia… Incluso puedes aprender unas cuantas frases en italiano, que te van a venir muy bien. Todo es muy emocionante. Tras meses de ilusionada espera, llega el ansiado día. Preparas las maletas y te pones en camino. Varias horas más tarde, cuando el avión aterriza, un auxiliar de vuelo anuncia: —Bienvenidos a Holanda. —¿Holanda? —preguntas—. ¿Cómo que Holanda? ¡Yo he comprado un billete a Italia! ¿Por qué me han traído a otro país? Llevo toda la vida soñando con viajar a Italia. Pero los planes de vuelo han cambiado. El avión ha aterrizado en Holanda y allí te vas a quedar. Lo principal es que no te han llevado a un sitio horrible, mugriento y desagradable, donde la miseria y las enfermedades campan a sus anchas. Simplemente has llegado a un lugar distinto. Así que te toca salir y comprar nuevas guías. E incluso aprender un idioma nuevo. Y conocerás a personas que de otro modo nunca habrías conocido. Estás en otro sitio, nada más. El ritmo es más pausado que en Italia; el entorno, menos deslumbrante. Pero después de pasar un tiempo en el país y recuperar el aliento, miras a tu alrededor… y adviertes que en Holanda hay molinos de viento y tulipanes. En Holanda hay incluso obras de Rembrandt. Pero todos tus conocidos están muy ocupados yendo y viniendo de Italia, y presumen de las maravillosas experiencias que han vivido allí. Y durante el resto de tu vida, te dirás: —Sí, yo también pensaba ir a Italia. Ese fue el viaje que planeé. El dolor jamás desaparecerá,porque la pérdida de ese sueño es, en verdad, muy significativa. Ahora bien, si malgastas la vida lamentando el hecho de que nunca llegaste a conocer Italia, tal vez jamás seas libre para disfrutar de las experiencias especiales y maravillosas que te esperan en Holanda. «Bienvenidos a Holanda» enfureció a Julie. Al fin y al cabo, ¿qué tiene el cáncer de especial o maravilloso? Pero Dara, cuyo hijo tiene diagnosticado un autismo severo, le dijo a Julie que no había captado la idea. Reconocía que el diagnóstico de su amiga era devastador e injusto, y le exigía una ruptura total con el rumbo que, en teoría, iba a tomar su vida. Pero no quería que Julie pasara el tiempo que le pudiera quedar —quizás tanto como diez años— perdiéndose lo que aún le reservaba la vida. Su matrimonio. Su familia. Su trabajo. Todavía podía disfrutar de una versión de todas esas experiencias en Holanda. Julie pensó: Que te den. Y también: Tienes razón. Porque Dara lo sabía mejor que nadie. Julie ya me había hablado de Dara, igual que todos mis pacientes me hablan de sus mejores amigos. Sabía que la joven estaba desesperada de pena y de preocupación ante los incansables golpes y cabezazos de su hijo, sus rabietas, su incapacidad de mantener una conversación o de comer solo a los cuatro años, su necesidad de múltiples terapias semanales que le absorbían buena parte de su vida pero que tampoco parecían ayudar, según la joven le relataba a Julie, desalentada. —Bueno, no me siento orgullosa de lo que le voy a contar —dijo Julie después de narrarme cómo se había enfadado al principio con su amiga—, pero cuando vi lo que Dara estaba pasando con su hijo, supe que por nada del mundo querría vivir algo parecido. La quiero mucho y pensé que cualquier esperanza de conocer la vida a la que aspiraba se había esfumado. —Lo mismo que siente usted ahora. Julie asintió. Me relató que Dara pasó mucho tiempo diciendo: «¡yo no me esperaba esto!» y luego recitaba la lista de todas las pérdidas que implicaba su situación. Su marido y ella nunca podrían acurrucarse con su hijo, ni se turnarían con otros padres los viajes al colegio, ni le leerían a su pequeño cuentos de buenas noches. El niño no crecería para convertirse en un adulto independiente. Dara miraba a su marido, me contó Julie, y pensaba: es un padre maravilloso , pero luego empezaba a rumiar hasta qué punto habría sido un papá fabuloso de haber tenido un hijo con el que pudiera interactuar plenamente. La tristeza se apoderaba de ella, sin que pudiera evitarlo, cada vez que le daba por pensar en la clase de experiencias que jamás compartirían con el niño. Dara se sentía egoísta y culpable por su tristeza, porque si deseaba que la vida del niño fuera más fácil, si soñaba que pudiera tener una existencia plena, con amigos, amores y trabajo, era ante todo por el bien de él . La invadían el dolor y la envidia cuando veía a otras madres jugar con sus hijos de cuatro años en el parque, sabiendo que, en una situación parecida, su hijo perdería el control y con toda probabilidad lo invitarían a marcharse. Siendo consciente de que la gente seguiría evitando a su hijo cuando creciera, y a ella. Las miradas que le dispensaban las otras madres, esas que tenían hijos típicos con problemas típicos, incrementaban su sensación de aislamiento. A lo largo de aquel año, Dara telefoneaba a Julie a menudo, cada llamada más desesperada que la anterior. Con los recursos financieros, emocionales y prácticos agotados, decidieron no añadir otro hermano a la combinación. ¿Cómo pagarían los gastos y de dónde sacarían el tiempo para otro hijo? ¿Y si ese niño también padecía autismo? Dara ya había dejado de trabajar para poder ocuparse del pequeño, su marido había buscado un segundo empleo y ella no sabía cómo sobrellevarlo todo. Hasta que un día llegó a sus manos «Bienvenidos a Holanda» y comprendió que no solo tendría que vivir en esa tierra extraña sino encontrar motivos de alegría donde pudiera. Todavía podía disfrutar de la vida, si se lo permitía. En Holanda, Dara encontró amigos que comprendían su situación familiar. Halló maneras de conectar con su hijo, divertirse con él y amarlo tal como era, sin centrarse en las carencias. Aprendió a dejar de buscar información obsesivamente sobre el atún, la soja o los productos químicos de los cosméticos que pudieran haber perjudicado el desarrollo de su hijo durante el embarazo. Buscó ayuda para cuidar del niño con el fin de poder cuidar también de sí misma, trabajar media jornada en algo que le gustaba y disfrutar de tiempo libre significativo. Su marido y ella se reencontraron y recuperaron su matrimonio al tiempo que lidiaban con los problemas que no podían eludir. En lugar de pasar todo el viaje encerrados en el hotel, decidieron salir y visitar el país. Ahora Dara estaba invitando a Julie a hacer lo mismo, a mirar los tulipanes y los Rembrandt. Y cuando la ira de Julie ante «Bienvenidos a Holanda» remitió, comprendió que siempre habría alguien cuya vida le pareciera más —o menos— envidiable. ¿Le cambiaría el sitio a Dara, ahora mismo? Su primera reacción: sí, con los ojos cerrados. La segunda: puede que no. Se planteó distintas posibilidades: si pudiera disfrutar de diez años fantásticos con un hijo sano, ¿cambiaría eso por una vida más larga? ¿Es más difícil estar enferma que compartir la vida con un niño que lo está? Se sentía despreciable por albergar esos pensamientos, pero tampoco podía negarlos. —¿Cree que soy mala persona? —me preguntaba, y yo le aseguraba que a todo aquel que acude a terapia le preocupa que sus pensamientos no sean «buenos» o «normales» y, sin embargo, tan solo la sinceridad con uno mismo nos ayuda a extraer el sentido de nuestras vidas, con todos sus matices y complejidades. Reprime esos pensamientos y es probable que te comportes «mal». Acéptalos y crecerás. A través de esas reflexiones, Julie empezó a comprender que todos estamos en Holanda, porque casi nadie llega a tener la vida que soñó. Aun si eres tan afortunada como para viajar a Italia, te pueden cancelar el vuelo o tal vez llueva sin parar. O, durante un viaje de aniversario, tu marido podría sufrir un infarto en la ducha diez minutos después de compartir contigo un sexo maravilloso en un lujoso hotel de Roma, como le sucedió a una conocida mía. Así que Julie se marchaba de viaje a Holanda. No sabía cuánto tiempo duraría su estancia, pero habíamos hecho reservas para diez años y cambiaríamos el itinerario de ser necesario. Mientras tanto, trabajaríamos juntas para averiguar qué quería hacer allí. Julie solamente puso una condición. —Si cometo algún disparate, ¿promete decírmelo? O sea, ahora que voy a morir antes de lo que jamás hubiera pensado, no hace falta que sea tan… sensata, ¿verdad? Así que, si me paso de la raya y me desmadro demasiado, ¿me avisará? Le prometí hacerlo. Julie siempre había sido una persona concienzuda y responsable. Lo hacía todo como Dios manda y no podía imaginar qué entendía ella por «desmadrarse». Supuse que, en todo caso, no llegaría más lejos que la típica niña buena que un día se desmelena bebiendo alguna cerveza de más en una fiesta. Había olvidado que las personas mostramos nuestro lado más interesante cuando tenemos una pistola metafórica en la sien. —Cosas que quiero hacer antes de morir —dijo Julie durante la sesión, cuando iniciamos el trabajo de visualizarla en Holanda—. Qué expresión más curiosa, ¿verdad? No pude sino asentir. ¿Qué nos gustaría hacer antes de criar malvas? A menudo empezamos a pensar en nuestra lista de sueños pendientes cuando muere alguien cercano. Ese fue el caso de la artista Candy Chang que, en 2009, creó un espacio público en Nueva Orleans con la entrada: Antes de morir ___________. Al cabo de pocos días, el muro estaba repleto de inscripciones. La gente escribió cosas como Antes de morir, me gustaría poner un pie a cada lado de la línea internacional del cambio de fecha. Antes de morir, quiero cantar delante de millones de personas. Antes de morir, quiero ser yo mismo. Pronto la idease extendió a miles de muros en todo el mundo: Antes de morir, me gustaría estar más unida a mi hermana. Ser un padre genial. Tirarme en paracaídas. Cambiar la vida de alguien. No sé si lo pusieron en práctica, pero a juzgar por lo que he visto en mi consulta, es posible que más de uno viviera su epifanía, escarbara en su alma, añadiera más elementos a la lista… y luego no hiciera nada. Cuando la muerte tan solo existe en la teoría, la gente tiende a soñar sin más. Pensamos que hacemos listas de cosas pendientes para no dejarnos nada en el tintero, pero en realidad lo hacemos para defendernos de la muerte. Al fin y al cabo, cuanto más largas sean nuestras listas, más tiempo creemos tener para cumplir todo lo que contienen. Acortar la lista, sin embargo, debilita una pizca nuestro sistema de negación y nos obliga a reconocer una verdad incuestionable: la tasa de mortalidad de la vida es del cien por cien. Todos y cada uno de nosotros vamos a morir y la mayoría no tenemos la menor idea de cómo ni cuándo sucederá. De hecho, con cada segundo que pasa, más cerca estamos del inevitable final. Como dicen por ahí: ninguno de nosotros saldrá vivo de aquí. Imagino que ahora mismo te alegras mucho de que yo no sea tu terapeuta. ¿Quién quiere pensar en eso? ¡Es mucho más agradable procrastinar en relación a la muerte! Muchos damos por sentadas a las personas que amamos y las cosas que nos importan hasta que comprendemos, cuando nos anuncian la fecha de expiración, que el gran proyecto todavía está por hacer: nuestra vida. Ahora, sin embargo, Julie tenía que decir adiós a todas aquellas cosas que quedarían fuera de su lista. A diferencia de las personas mayores, que se lamentan de lo que van a perder y dejar atrás, Julie estaba de duelo por lo que nunca tendría todas las metas y primeras veces que las personas de treinta años dan por supuesto que alcanzarán. Julie tenía, según ella misma lo expresó, «un vencimiento muy concreto». Lo que en inglés se conoce como deadline , dijo, siendo dead (muerte), la clave de la palabra. Un plazo tan implacable que buena parte de lo que esperaba vivir nunca sucedería. Cierto día Julie me confesó que había empezado a notar la frecuencia con que la gente, en las conversaciones informales, hace referencia al futuro. Voy a adelgazar. La semana que viene empiezo a hacer ejercicio. Este año nos iremos de vacaciones. Dentro de tres años conseguiré el ascenso. Estoy ahorrando para comprar una casa. Tendremos otro hijo dentro de un par de años. Dentro de cinco años acudiré a la siguiente reunión de exalumnos. Hacen planes. A Julie le costaba planificar el porvenir sin saber cuánto tiempo tenía. ¿Qué haces cuando la diferencia entre un año y diez es inmensa? Y entonces sucedió un milagro. El tratamiento experimental de Julie estaba reduciendo los tumores. En cuestión de semanas, prácticamente habían desaparecido. Los médicos se mostraban optimistas; tal vez tuviera más tiempo del que pensaban. Puede que los medicamentos funcionasen a largo plazo y no solo en el presente o durante unos pocos años. Había tantos «quizás» que, cuando los tumores desaparecieron por completo, ella y Matt empezaron, con suma cautela, a ser de esas personas que hacen planes. Cuando Julie examinó su lista de sueños pendientes, Matt y ella hablaron de tener un hijo. ¿Debían ser padres aunque quizás para cuando el niño empezase la primaria Julie ya no estuviera o, en el peor de los casos, ni siquiera para preescolar? ¿Se sentía capaz Matt de enfrentarse a eso? ¿Y qué pasaba con el niño? ¿Era justo que Julie fuera madre en esas circunstancias? ¿O acaso el máximo gesto de amor materno fuera precisamente la decisión de no serlo, aunque implicase el mayor sacrificio que había hecho jamás? Julie y Matt decidieron que la vida debía continuar, aun delante de una incertidumbre tan grande. Si algo habían aprendido es que la vida es aleatoria por definición. ¿Y si Julie optaba por la precaución y renunciaban a tener un hijo por si el cáncer regresaba… pero nunca lo hacía? Matt le aseguró a Julie que sería un padre implicado pasara lo que pasase. Siempre estaría presente para su hijo. Así pues, estaba decidido. Mirar a la muerte a los ojos les obligaba a vivir con plenitud; no en el futuro, con una larga lista de objetivos por delante, sino en el momento presente. Julie redujo su lista al mínimo: formarían una familia. No importaba si acababan en Italia, en Holanda o en algún lugar distinto. Subirían a bordo del avión y ya se vería dónde aterrizaban. A 13 Cómo lidian los niños con la pena l poco tiempo de la ruptura, compartí la noticia con Zach, mi hijo, de ocho años. Estábamos cenando y yo se lo dije sin rodeos: Novio y yo habíamos decidido (licencia poética) que no íbamos a estar juntos, al cabo. Se quedó de piedra. Parecía sorprendido y aturdido al mismo tiempo. (¡Bienvenido al club! , pensé.) —¿Por qué? —quiso saber. Le expliqué que cuando dos personas planean casarse antes tienen que averiguar si van a formar un buen equipo, no solo en el presente sino también durante el resto de sus vidas. Y si bien Novio y yo nos amábamos, ambos habíamos comprendido (otra licencia poética) que ese no era nuestro caso y que sería más conveniente para nosotros buscar otras personas con las que nos lleváramos mejor. En esencia le había dicho la verdad, menos algunos detalles y más de un par de sustituciones pronominales. —¿Por qué? —volvió a preguntar Zach—. ¿Por qué no formáis un buen equipo? Su rostro era un gran interrogante. Verlo me partía el corazón. —Bueno —respondí yo—. ¿Te acuerdas de que Asher y tú erais muy amigos pero entonces él se aficionó al fútbol y tú empezaste a jugar al baloncesto? Asintió. —Todavía sois amigos, pero ahora tú pasas más tiempo con niños que tienen intereses parecidos a los tuyos. —Entonces, ¿os gustan cosas distintas? —Eso es —asentí yo. A mí me gustan los niños y él los odia. —¿Qué cosas? Suspiro. —Bueno, pues cosas como que yo quiero estar más en casa y él prefiere viajar. Los niños y la libertad se excluyen mutuamente. Si la reina tuviera pelotas… —¿Y por qué no podéis llegar a un acuerdo? Podrías quedaros en casa unas veces y viajar otras. Medité la propuesta. —Puede que sí, pero nos pasa lo mismo que a Sonja y a ti cuando tuvisteis que preparar juntos un cartel y ella quería llenarlo de mariposas y tú querías que tuviera un montón de soldados clon, y al final pintasteis dragones amarillos. Quedó chulo, pero no era lo que queríais ninguno de los dos. Así que, en el siguiente proyecto, formaste pareja con Theo y aunque pensáis de manera distinta, vuestras ideas se parecen más. Tuvisteis que negociar pero no tanto como Sonja y tú. Zach tenía la mirada clavada en la mesa. —Todo el mundo tiene que negociar para llevarse bien —le expliqué—, pero si tienes que negociar demasiado, el matrimonio puede resultar complicado. Si uno de nosotros quisiera viajar a menudo y el otro prefiriese quedarse en casa casi siempre, los dos acabaríamos muy frustrados. ¿Me explico? —Sí —respondió mi hijo. Seguimos sentados un rato y luego, de súbito, alzó la vista y me espetó—: ¿Los plátanos se mueren cuando te los comes? —¿Qué? —le pregunté, descolocada por la irrelevancia de su pregunta. —Matamos a las vacas para comérnoslas y por eso los vegetarianos no comen carne, ¿no? —Ajá. —Bueno —prosiguió—, si arrancamos un plátano del árbol, ¿no lo matamos también? —No, es más parecido al pelo —aclaré—. Los pelos caen cuando ya no pueden seguir creciendo para que el cabello nuevo los pueda reemplazar. Los plátanos nuevos sustituyen a los viejos. Zach se inclinó hacia delante. —Pero nosotros arrancamos los plátanos antes de que caigan, cuando todavía están vivos. ¿Y si alguien TE ARRANCARA el pelo antes de que estuviera listo para caer? ¿No mata eso al plátano? ¿Y no le duele al árbol que le arranques el fruto? Ah. Era la estrategia de Zach para afrontar la noticia. Él era el árbol. O el plátano. En cualquier caso, le dolía. —No lo sé —respondí—. Puede que no pretendamos hacerledaño al árbol ni al plátano, pero es posible que les duela de todos modos, aunque preferiríamos mil veces no hacerlo. Se quedó callado un rato. Luego: —¿Lo volveré a ver? Le dije que no lo creía. —¿Y ya no volveremos a jugar al Goblet? El Goblet era un juego de mesa que había pertenecido a las hijas de Novio cuando eran niñas. Zach y Novio jugaban juntos de vez en cuando. Le respondí que no, no con Novio. Pero, si le apetecía, yo jugaría con él. —Puede —aceptó con voz queda—. Pero es que él jugaba muy bien. —Jugaba muy bien —asentí—. Ya sé que es un gran cambio —añadí, y luego dejé de hablar porque nada de lo que dijera iba a ayudar a mi hijo en ese momento. Tendría que experimentar la tristeza. Sabía que durante los días y semanas e incluso meses siguientes me tocaría mantener muchas conversaciones con él para ayudarle a superar esto (la ventaja de ser el hijo de una psicóloga es que nada se barre debajo de la alfombra; la desventaja es que lo vas a pasar fatal de todos modos). Mientras tanto, el niño tendría que digerir la noticia. —Vale —musitó Zach. Se levantó de la mesa, se acercó al frutero, escogió un plátano, lo abrió y, con aire dramático, le hincó el diente. —Ñammmm —dijo, con una curiosa expresión de alegría en el semblante. ¿Estaba asesinando al plátano? Se lo zampó de tres grandes bocados y entró en su habitación. Cinco minutos más tarde, regresó cargado con el Goblet. —Vamos a donarlo —propuso a la vez que dejaba el juego junto a la puerta. Se acercó para abrazarme—. De todas formas, ya no me gusta. E 14 Harold y Maude n la facultad de Medicina, mi cadáver se llamaba Harold. O, más bien, así lo bautizaron mis compañeros de laboratorio después de que el otro grupo diera el nombre de Maude al suyo. Acabábamos de empezar el curso de anatomía macroscópica, la clásica asignatura de disección de primer año, y cada equipo trabajaba en el cadáver de una persona que, con gran generosidad, había donado su cuerpo a la ciencia. Los profesores nos hicieron dos recomendaciones antes de entrar en el laboratorio. Una: era conveniente imaginar que el cadáver perteneció a nuestra abuela y demostrarle respeto en consonancia. («¿La gente normal disecciona a sus abuelas?», replicó un alumno, horrorizado.) Dos: deberíamos prestar atención a las emociones que experimentáramos durante un proceso que, según nos dijeron, iba a ser muy intenso. No nos ofrecieron ninguna información relativa a los cadáveres: ni nombre, ni edad, historial médico o causa de la defunción. Los nombres se ocultaban por discreción y el resto porque el objetivo del ejercicio era resolver un misterio, no «quién lo hizo» sino «qué». ¿Por qué murió esa persona? ¿Fumaba? ¿Le encantaba la carne roja? ¿Era diabético? A lo largo del semestre, descubrí que Harold llevaba una prótesis de cadera (pista: las grapas de metal en el costado); sufría insuficiencia mitral (pista: agrandamiento del lado izquierdo del corazón); padecía estreñimiento, seguramente por haber pasado la última etapa de su vida tendido en una cama de hospital (pista: las heces atascadas en el colon). Sus ojos eran de un tono azul pálido y tenía una dentadura uniforme, una pizca amarillenta, una gran calva rodeada de cabello blanco y los dedos musculosos de un constructor, pianista o cirujano. Más tarde, descubrí que había muerto de neumonía a los noventa y dos años. El dato nos sorprendió a todos, incluido el profesor, que declaró: —Sus órganos podrían haber pertenecido a un hombre de sesenta. Maude, en cambio, tenía los pulmones llenos de tumores y sus bonitas uñas pintadas de rosa contrastaban con las manchas de nicotina de sus dedos, que traicionaban su hábito. Al contrario que Harold, su cuerpo había envejecido prematuramente y sus órganos parecían los de una persona mucho mayor. Cierto día, el «equipo Maude», como llamábamos al otro grupo de laboratorio, le extrajo el corazón. Un alumno lo levantó con tiento para que los demás pudieran observarlo, pero se le resbaló entre los dedos enguantados, cayó y se partió en dos. Todos ahogamos un grito: un corazón roto. Qué fácil es , pensé yo, romper el corazón de alguien, aun si llevas gran cuidado para no hacerlo. Prestad atención a vuestras emociones, nos habían instruido, pero todo resultaba más sencillo si las guardabas a buen recaudo mientras retirabas el cuero cabelludo y serrabas el cráneo como si fuera un melón. («Otro día de bricolaje», dijo el profesor cuando nos recibió para la segunda clase. Una semana más tarde, haríamos una «disección cuidadosa» del oído, que implicaba el uso de cinceles y martillos, pero no sierras.) Comenzábamos cada sesión de laboratorio abriendo la bolsa que contenía nuestro cadáver y guardando un minuto de silencio para honrar a las personas que nos permitían desmantelar sus cuerpos. Empezábamos por debajo del cuello, absteniéndonos de destapar la cabeza por respeto, y cuando ascendíamos a la cara manteníamos los párpados cerrados, igualmente por respeto pero también porque así parecían menos humanos; menos reales. La disección nos enseñó que la vida es precaria y, para distanciarnos de esa realidad, aligerábamos el ambiente con trucos mnemotécnicos groseros que pasaban de clase en clase, como el que ayudaba a memorizar los nervios craneales (olfatorio, óptico, motor ocular, patético, trigémino, motor ocular externo, facial, auditivo, glosofaríngeo, vago, espinal e hipogloso): oh, oh, mamá, papá, traigo minifalda, ahora mis glúteos van a estar helados. Mientras diseccionábamos la cabeza y el cuello, la clase gritaba la cantinela al unísono. Luego hacíamos codos y nos preparábamos para la siguiente sesión de laboratorio. El duro trabajo mereció la pena. Clavamos cada uno de los temas, pero dudo que ninguno de nosotros prestara atención a sus emociones. Cuando llegaron los exámenes, nos tocó hacer nuestra primera deambulación. Como su nombre indica, consiste en deambular por una sala llena de piel, huesos y vísceras como si examinaras los restos de un horrible accidente de avión, salvo que tu trabajo no consiste en identificar a las víctimas sino las partes del cuerpo. En lugar de decir «me parece que este es John Smith», intentas averiguar si la pieza carnosa que descansa aislada en una mesa pertenece a una mano o a un pie y, a continuación, deduces: «Me parece que es un músculo extensor radial largo del carpo». Y esa ni siquiera fue la experiencia más sangrienta que vivimos. El día que diseccionamos el pene de Harold —frío, correoso, inerme— los alumnos de la mesa de Maude, al carecer su cadáver de órganos masculinos, se unieron a nosotros para observar. Kate, mi compañera de laboratorio, se caracterizaba por su meticulosidad en las disecciones (hacía gala de una atención, solía decir el profesor, «aguda como una hoja del nueve»), pero ahora los gritos del equipo Maude la distraían. Cuanto más profundo era el corte, más estridentes se tornaban los chillidos. —¡Ay! —¡Puaj! —¡Voy a vomitar! Más compañeros se acercaron a mirar y un montón de chicos empezaron a bailotear a la vez que se protegían la entrepierna con libros de texto meticulosamente forrados. —Teatreros —musitó Kate. No tenía paciencia con los aprensivos; aspiraba a ser cirujana. Recuperando la atención, usó una sonda para localizar el cordón espermático y practicó una incisión vertical en la base del pene para abrirlo en dos mitades, como un perrito caliente. —¡Vale, ya está, me largo! —anunció un chico antes de que él y varios de sus compañeros abandonaran el laboratorio a toda prisa. El último día del curso celebramos una ceremonia oficial en la que presentamos nuestros respetos a esas personas que nos habían permitido aprender de sus restos. Leímos notas individuales de agradecimiento, tocamos música y expresamos nuestras bendiciones, con la esperanza de que, si bien sus cuerpos habían sido desmantelados, sus almas permaneciesen intactas y dispuestas a recibir nuestra gratitud. Hablamos mucho de la vulnerabilidad de esos cadáveres, expuestos y a nuestra merced, abiertos y escudriñados bajoel microscopio, milímetro a milímetro, en muestras de tejidos. Sin embargo, éramos nosotros los más vulnerables, más todavía si cabe a causa de nuestra resistencia a admitirlo: un grupo de alumnos de primero tratando de averiguar si se podrían abrir paso en este campo; jóvenes que veían la muerte de cerca por primera vez; estudiantes que no sabían cómo gestionar las lágrimas que derramaban de vez en cuando, en los momentos más inesperados. Nos habían dicho que tuviéramos presentes nuestras emociones, pero no veíamos con claridad qué emociones eran esas ni qué hacer con ellas. Algunos se apuntaron a las clases de meditación que ofrecía la facultad de medicina. Otros recurrieron a la actividad física o se refugiaron en los libros. Un alumno del equipo de Maud empezó a fumar y, cada vez que tenía un descanso, salía corriendo a dar unas caladas, reacio a creer que acabaría infestado de tumores como el cadáver que estudiaba. Yo me presenté voluntaria a un programa de lectura para preescolares —¡qué sanos estaban!, ¡qué vivos!, ¡qué intactos sus organismos!— y cuando no leía a los niños, escribía. Al principio contaba mis experiencias, más tarde empecé a interesarme también por las vivencias ajenas y acabé narrando todas esas historias en artículos para periódicos y revistas. En cierto momento escribí sobre una asignatura llamada Médico- Paciente, que te enseñaba a interactuar con las personas a las que ibas a tratar. Como parte del examen final, grabaron a cada alumno interrogando a un enfermo acerca de su historial clínico, y mi profesor comentó que yo había sido la única en preguntarle cómo se sentía en general. —Esa debería ser la primera pregunta —señaló al grupo. En Stanford se hace hincapié en la necesidad de tratar a los enfermos como personas, no como casos. Sin embargo, decían los profesores, cada vez resultaba más complicado adoptar esa actitud, porque la práctica de la medicina estaba cambiando. Las relaciones de años entre médicos y pacientes, así como los encuentros significativos, habían pasado a la historia, remplazados por un moderno sistema denominado «atención médica administrada», con visitas de quince minutos, actitud de cadena de montaje y restricciones a los cuidados que el médico puede prestar. A medida que anatomía macroscópica iba quedando atrás, yo empezaba a plantearme qué especialidad escoger; ¿existía alguna que me permitiera trabajar de acuerdo con el antiguo modelo, basado en la figura del médico de familia? ¿O tendría que conformarme con no conocer siquiera el nombre de muchos de mis pacientes, por no hablar de sus vidas? Estuve acompañando a doctores de especialidades diversas y descarté aquellas que implicaban una interacción mínima con el enfermo. (Medicina de emergencia: emocionante, pero casi nunca vuelves a ver a las personas. Radiología: trabajas con imágenes, no con gente. Anestesiología: los enfermos están dormidos. Cirugía: ídem.) Me gustaban la medicina interna y la pediatría, pero los profesionales con los que hablé me advirtieron que esas prácticas se estaban volviendo menos personales cada vez: para cumplir con las directrices, los médicos tenían que visitar treinta pacientes cada día. Si tuvieran que empezar de nuevo, comentaron algunos, tal vez escogerían otra especialidad. —¿Por qué quieres ser médico si sabes escribir? —me preguntó un profesor después de leer un artículo mío en una revista. Cuando trabajaba en la NBC, creaba historias pero ansiaba formar parte de la vida real. Ahora que vivía inmersa en la realidad, dudaba de que en la práctica moderna de la medicina tuvieran cabida las historias de las personas. Si algo me satisfacía, descubrí, era sumergirme en las vidas de otros, y cuanto más escribía para distintas publicaciones, más tiempo y pasión dedicaba a esta actividad. Cierto día le comenté mi dilema a una profesora y me sugirió que hiciera las dos cosas: periodismo y medicina. Si ganaba un sueldo como escritora, razonó, podría tener menos pacientes y visitarlos a la antigua usanza. Eso sí, añadió, todavía tendría que responder ante las mutuas, con su interminable burocracia, una actividad que restaría tiempo a las consultas médicas. ¿De verdad hemos llegado a eso? , me horroricé. ¿Tengo que escribir para poder ganarme la vida como médico? ¿No se suponía que la cosa era al revés? Tuve en cuenta la sugerencia, de todos modos. Sin embargo, en ese momento tenía treinta y tres años, dos cursos por delante en la facultad de Medicina, un mínimo de tres años de residencia, tal vez una plaza en prácticas en algún hospital; y sabía que deseaba formar una familia. Cuanto más observaba los efectos de la atención médica administrada, menos me imaginaba dedicando años y años a completar mi formación, si acaso lo lograba, para luego encontrar la manera de practicar la medicina tal como deseaba y escribir al mismo tiempo. Además, no estaba segura de poder hacer ambas cosas —de poder hacerlas bien — sin sacrificar mi vida personal. Cuando el curso llegó a su fin, supe que tenía que escoger: periodismo o medicina. Escogí el periodismo y, a lo largo de los años siguientes, publiqué libros y escribí cientos de artículos para diarios y revistas. Por fin, pensé, he encontrado mi vocación. En cuanto al resto de mi vida —la familia— fluiría por sí sola. En el momento en que dejé la facultad de Medicina, estaba convencida de ello. M 15 Nada de mayonesa –¿ e toma el pelo? ¿Acaso los psicólogos no piensan en otra cosa? John está de nuevo instalado en mi sofá, descalzo y con las piernas cruzadas. Se ha presentado calzado con chanclas porque hoy el pedicuro ha visitado el estudio. Las uñas de sus pies, advierto, lucen tan impecables como su dentadura. Acabo de formularle una pregunta sobre su infancia y no se lo ha tomado bien. —¿Cuántas veces tengo que decírselo? Tuve una infancia maravillosa — prosigue—. Mis padres eran unos santos. ¡Unos santos! Cada vez que oigo hablar de padres sacrosantos, desconfío. Conste que no intento buscarle tres pies al gato. Sencillamente sé que los padres y las madres santos no existen. La mayoría acabamos siendo los progenitores «suficientemente buenos» que, según afirmaba Donald Winnicott, el prestigioso pediatra y psiquiatra infantil inglés, bastarán para criar un hijo bien adaptado. A pesar de todo, el poeta Philip Larkin lo expresó mejor: «Te joden, mamá y papá / Tal vez no sea su intención, pero lo hacen.» Tuve que convertirme en psicoterapeuta para llegar a entender dos aspectos cruciales de la terapia: 1. El objetivo de preguntar a los pacientes por sus padres no es unirse a las críticas, ni señalar a los progenitores con el dedo, ni culparlos de nada. De hecho, la pregunta guarda poca relación con los progenitores. Se formula exclusivamente para entender cómo las experiencias tempranas han influido en el adulto que el paciente ha llegado a ser con el fin de que sea capaz de separar el pasado del presente (y no seguir llevando prendas psicológicas que ya no le caben). 2. Los padres de la mayoría lo hicieron lo mejor que pudieron, ya sea ese «mejor» un sobresaliente bajo o un suspenso. Por limitados que sean, hay pocos progenitores que no quieran el bien de sus hijos. Eso no significa que uno no pueda albergar sentimientos complicados en relación a las limitaciones (o problemas mentales) de sus padres. Solo tienen que decidir qué hacer con ellos. He aquí lo que sé de John hasta el momento: tiene cuarenta años, lleva doce casado, es padre de dos niñas, de diez y cuatro años, y dueño de un perro. Escribe y produce series de televisión muy conocidas y, cuando me dice cuáles son, no me sorprendo: ha ganado varios Emmys precisamente porque crea unos personajes tan brillantes como retorcidos e insensibles. Se queja de que su mujer está deprimida (aunque, como dicen por ahí, «antes de diagnosticar una depresión, asegúrate de que esa persona no esté rodeada de imbéciles»), sus hijas no lo respetan, sus colegas le hacen perder el tiempo y todo el mundo le exige demasiado. Su padre y sus dos hermanosviven en el Medio Oeste, donde John se crio; él fue el único que decidió marcharse. Su madre murió cuando él tenía seis años y sus hermanos, doce y catorce. La mujer era profesora de teatro y salía del instituto después de un ensayo cuando vio a uno de sus alumnos en el camino de un coche que se acercaba a gran velocidad. Logró apartar al niño, pero fue atropellada y murió en el acto. John me relató esa parte sin emoción, como si me estuviera narrando el argumento de una de sus series. Su padre, un profesor de lengua aspirante a escritor, se ocupó de los chicos hasta que tres años más tarde se casó con una viuda sin hijos, vecina de la familia. John describió a su madrastra como «una seta, pero no tengo nada contra ella». Si bien John se prodiga en críticas hacia los numerosos idiotas que pueblan su vida, sus padres no suelen aparecer en nuestras conversaciones. Durante el internado, un supervisor me sugirió que, con los pacientes que oponen gran resistencia, un modo de abordar el pasado podría ser decirles: «sin pararte a pensar, ¿qué tres adjetivos te vienen a la cabeza para describir la personalidad de tu madre [o padre]?». Este tipo de respuestas espontáneas siempre me han ofrecido (y a mis pacientes) útiles intuiciones acerca de su relación parental. Sin embargo, nada de eso funciona con John. —Santos, santos y santos. Esas son las tres palabras que me vienen a la cabeza en ambos casos —replica, usando solamente un adjetivo en lugar de tres. (Más tarde descubriré que su padre «pudo» beber más de la cuenta tras la muerte de su esposa, y «tal vez» lo siga haciendo, y que, según el hermano mayor de John, su madre quizás tuvieran un «leve trastorno bipolar », aunque, afirmó John, «mi hermano exageraba».) La infancia de John me despierta curiosidad a causa de su narcisismo. Rasgos como el egocentrismo, la actitud defensiva, la tendencia a degradar a los demás, la necesidad de dominar la conversación, el sentimiento de superioridad —en resumen, el hecho de que sea un imbécil— encajan en los criterios diagnósticos del trastorno de personalidad narcisista. Advertí esas peculiaridades desde la primera sesión y si bien algunos psicoterapeutas habrían derivado a John (las personalidades narcisistas no se consideran buenos candidatos para un terapia introspectiva, orientada al autoconocimiento, a causa de sus dificultades para verse y ver a los demás con claridad), yo me lancé. No quería que el diagnóstico me impidiese ver a la persona. Sí, John me había comparado con una prostituta, se comportaba como si no hubiera nadie más en el mundo y se creía mejor que cualquiera. Sin embargo, debajo de todo eso, ¿de verdad era distinto al resto de nosotros? El término trastorno de personalidad evoca toda clase de asociaciones, no solo entre los psicólogos, que consideran a estos pacientes especialmente problemáticos, sino también en la cultura popular. Existe incluso una entrada de Wikipedia que clasifica a los personajes de las películas en función de los trastornos de personalidad que ejemplifican. La versión más reciente del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales , considerado la biblia clínica de las disfunciones psicológicas, identifica diez tipos de trastornos de la personalidad, divididos en tres grupos: Grupo A (excéntricos, extraños, solitarios): TP paranoide, TP esquizoide, TP esquizotípico Grupo B (dramáticos y erráticos): TP antisocial, TP límite, TP histriónico, TP narcisista Grupo C (ansiosos, inhibidos): TP evasivo, TP dependiente, TP obsesivo compulsivo En la clínica ambulatoria, vemos principalmente a pacientes del grupo B. Las personas desconfiadas (paranoide), solitarias (esquizoide) o excéntricas (esquizotípico) no suelen buscar ayuda profesional, así que podemos descartar el grupo A. Los que evitan la conexión (evasivo), tienen dificultades para funcionar como adultos (dependiente) o son adictos al trabajo hasta extremos patológicos (obsesivo-compulsivo) tampoco acostumbran a recurrir a un psicólogo, lo que deja fuera el grupo C. Igualmente, pocos antisociales del grupo B buscarán ayuda. Sin embargo, los individuos que tienen problemas para relacionarse con los demás y son emocionales en extremo (histriónicos y límite) o están casados con ese tipo de personalidades (a menudo narcisistas) tienden a buscar ayuda. (Las personas con un trastorno límite suelen emparejarse con narcisistas y vemos esa combinación a menudo en las terapias de pareja.) Hasta épocas recientes, buena parte de los profesionales de salud mental consideraban incurables los trastornos de la personalidad porque, a diferencia de los del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad, los primeros son un tipo de patrón de conducta, prolongado y generalizado, que define en buena medida la personalidad del individuo. Dicho de otro modo, los trastornos de la personalidad son egosintónicos, es decir, guardan armonía con la autoimagen. De ahí que las personas que padecen ese tipo de problemas atribuyen a los demás el origen de sus dificultades. Los trastornos del estado de ánimo, en cambio, son egodistónicos y por eso provocan angustia al individuo que los sufre. Alguien afectado de un trastorno del estado de ánimo no desea estar deprimido, ni sentir ansiedad, ni tener que encender y apagar la luz diez veces antes de salir de casa. Es consciente de que algo va mal. Ahora bien, los trastornos de la personalidad deben ubicarse dentro de un espectro. Las personas con trastorno límite sienten terror al abandono, pero para algunas eso podría involucrar tan solo ansiedad cuando su pareja tarda en responder a los mensajes; para otras, tal vez signifique aferrarse a relaciones inestables y disfuncionales, porque prefieren eso a estar solas. Pensemos, por ejemplo, en los narcisistas. ¿Quién no conoce a alguien que encaja con el perfil en mayor o menor grado? ¿Una persona eficaz, carismática, inteligente e ingeniosa pero excesivamente egocéntrica? Es importante recordar que presentar rasgos de un trastorno de la personalidad no implica necesariamente cumplir los criterios para un diagnóstico oficial. De vez en cuando —cuando tienes un día horrible o te tocan tu punto débil— todo el mundo exhibe algún atisbo de uno u otro trastorno, porque todos ellos se encuentran enraizados en la necesidad de autoprotección, aceptación y seguridad que es consustancial al ser humano. (Si crees que no se aplica en tu caso, pregunta a tu cónyuge o a tu mejor amiga). Dicho de otra manera, igual que yo me esfuerzo en ver a la persona en su totalidad y no solo la instantánea del momento, procuro vislumbrar asimismo sus luchas internas en lugar de los cinco dígitos que corresponden al código de diagnóstico en algún formulario. Si me apoyo demasiado en ese código, empiezo a contemplar todos y cada uno de los aspectos del tratamiento a través de ese prisma, lo que me impide crear una relación auténtica con el individuo especial y único que tengo delante. Es posible que John sea narcisista, pero también es… John. Un hombre que puede mostrase arrogante y, recurriendo a términos ajenos a la clínica, ser un tipo insufrible. No obstante… El diagnóstico posee su utilidad. Sé, por ejemplo, que las personas exigentes, críticas e irascibles tienden a sentirse terriblemente solas. He aprendido que, cuando alguien actúa de ese modo, desea ser tenido en cuenta y al mismo tiempo le aterroriza que lo tengan en cuenta. Pienso que a John le avergüenza y le horroriza la experiencia de la vulnerabilidad; e intuyo que alguien lo animó a no mostrar «debilidad» a los seis años, cuando su madre murió. Si pasara el más mínimo tiempo en compañía de sus emociones, es probable que estas lo arrollaran, así que las proyecta en los demás en forma de rabia, burla o crítica. Por eso los pacientes como John suponen un gran desafío: son expertos en el arte de sacarte de quicio; todo al servicio de la evasión. Mi trabajo consiste en ayudarle a averiguar de qué se esconde. Ha construido castillos y fosos para que no pueda entrar, pero yo sé que unaparte de él está pidiendo ayuda desde el torreón con la esperanza de que lo rescate; de qué, todavía no lo he averiguado. Y yo recurriré a todos mis conocimientos sobre diagnósticos, sin dejarme deslumbrar por ellos, para ayudar a John a comprender que su propio comportamiento le causa más problemas que todos esos «idiotas» que tiene alrededor. —Se ha encendido la luz. Le estoy preguntando a John por qué se irrita tanto cuando me intereso en su infancia y entonces me informa de que el piloto verde que hay junto a la puerta, conectado a la sala de espera, se ha encendido. Echo un vistazo a la luz y luego al reloj. Tan solo llevamos cinco minutos de sesión y concluyo que el paciente siguiente, por alguna razón, se ha adelantado casi una hora. —Sí —respondo, al tiempo que me pregunto si John intenta cambiar de tema o si el hecho de descubrir que tengo más pacientes le provoca algún tipo de sentimiento. Muchas de las personas que acuden a terapia desean en secreto ser los únicos pacientes del psicólogo. O, cuando menos, el favorito: el más divertido, el más entretenido y, por encima de todo, el más amado. —¿Le puede decir que pase? —me pide John, señalando el piloto con un gesto—. Es mi almuerzo. No le entiendo. —¿Su almuerzo? —El repartidor está ahí fuera. Dijo que nada de móviles, de modo que le he pedido que pulse el botón. Aún no he comido y, puesto que tengo una hora libre, o sea, cincuenta minutos, debería almorzar. Estoy anonadada. Casi nadie come en terapia pero, si acaso lo hacen, se disculpan con una frase del estilo de «¿le importa que almuerce aquí hoy?». Y se traen su propia comida. Tengo un paciente que sufre hipoglucemia y solamente se trajo el almuerzo en una ocasión, para no entrar en choque. —No se preocupe —dice John al ver mi expresión—. Podemos compartirla si quiere. Se levanta, sale al pasillo y recoge el pedido en la sala de espera, donde aguarda el repartidor. Cuando entra, abre la bolsa, se extiende la servilleta sobre las rodillas, desenvuelve el bocadillo, lo muerde y monta en cólera. —¡Por Dios, lo he pedido sin mayonesa! ¡Mire esto! Separa las dos mitades del bocadillo para mostrarme la mayonesa y, con la mano libre, busca el teléfono —para reclamar, supongo— pero le recuerdo con una mirada que los móviles están prohibidos en terapia. Se pone rojo como la grana y yo me pregunto si será capaz de gritarme. En vez de eso, explota: —¡Idiota! —¿Yo? —pregunto. —¿Usted qué? —Una vez describió a su última psicóloga como «simpática pero idiota». ¿Yo también soy simpática pero idiota? —No, para nada —es su respuesta, y yo me alegro de oírlo. Acaba de reconocer que al menos una de las personas de su entorno no es idiota. —Gracias —le digo. —¿Por qué? —Por decir que no soy idiota. —No quería decir eso —me espeta—. Quería decir que no, usted no es simpática. No me deja usar el teléfono para llamar al idiota que ha puesto mayonesa en mi bocadillo. —Entonces ¿soy mala persona e idiota? Sonríe y, cuando lo hace, le brillan los ojos y se le marcan los hoyuelos de las mejillas. Durante un segundo entiendo por qué algunas personas lo consideran encantador. —Bueno, es mala persona, eso seguro. La otra parte todavía no la tengo clara. Está coqueteando y yo le sonrío a mi vez. —Uf —respiro—. Por lo menos está dispuesto a conocerme mejor. Se lo agradezco. Se revuelve en el asiento, incómodo con mi intento de conectar. Está tan desesperado por huir de este instante de conexión humana que empieza a zamparse el bocadillo con mayonesa y todo, sin mirarme. Pero no está discutiendo conmigo, así que voy a tirar del hilo. Percibo un resquicio microscópico. —Lamento que tenga la impresión de que no le trato bien —prosigo—. ¿De ahí el comentario sobre la duración de las sesiones? El insulto de la amante —eso de que soy más bien su fulana— era más complejo, pero supongo que ha lanzado la apostilla de los cincuenta minutos por las mismas razones que lo hace todo el mundo: les gustaría quedarse más rato, pero no se atreven a verbalizarlo. Reconocer que hay un vínculo de apego les hace sentir demasiado vulnerables. —¡No, me alegro de que solamente duren cincuenta minutos! —replica —. Bien sabe Dios que, si me quedara una hora, empezaría a preguntarme por mi infancia. —Solo quiero conocerle mejor —aclaro. —¿Qué más necesita saber? Sufro ansiedad y no puedo dormir. Hago malabarismos con tres series al mismo tiempo, mi mujer no para de quejarse, mi hija de diez años se comporta como una adolescente, mi hija de cuatro añora a su canguro que ha empezado la universidad, el maldito perro se porta fatal y estoy rodeado de idiotas que me complican la vida. Y, la verdad, estoy hasta las narices. —No es poco —reconozco—. Tiene muchos frentes abiertos. John no responde. Está comiendo y observando una mancha del suelo, junto a sus chanclas. —Maldita sea —suelta por fin—. ¿Qué parte de las tres palabras no han entendido? Nada-de-mayonesa. ¡Es muy fácil! —En relación a todos esos idiotas —empiezo—. Tengo una idea al respecto. ¿Y si las personas que le sacan de quicio no pretendieran hacerlo? ¿Y si no fueran idiotas sino individuos con una inteligencia aceptable que hacen lo que pueden con lo que tienen? John enarca una pizca las cejas, como si estuviera considerando la idea. —¿Y —añado con suavidad, pensando que si es tan duro con los demás, debe de serlo el triple consigo mismo— si ese fuera también su caso? John se dispone a decir algo, pero se detiene. Devuelve la vista a las chanclas, recoge la servilleta y finge retirarse las migas de los labios. Pero lo veo de todos modos. Desplaza la servilleta a toda prisa hacia arriba, a la zona del ojo. —Qué porquería de bocadillo —gruñe, e introduce la servilleta en la bolsa de papel junto con los restos del sándwich antes de lanzarlo todo a la papelera que hay debajo de mi escritorio. Swish. Un tiro perfecto. Mira el reloj. —Esto es de locos. Me muero de hambre, es el único rato que tengo para comer y ni siquiera puedo usar el teléfono para pedir algo. ¿Llama a esto terapia? Sí, esto es terapia , me gustaría decirle. Cara a cara, sin teléfonos ni bocadillos, para que dos personas puedan sentarse juntas y conectar. Pero sé que John se limitará a disentir con algún comentario cínico. Pienso en la pobre Margo y me pregunto qué problemas psicológicos tendrá para haber escogido a John. —Hagamos un trato —propone—. Le hablaré de mi infancia si me deja pedir algo al restaurante que hay un poco más arriba. Para los dos. Portémonos como personas civilizadas y mantengamos una conversación mientras nos zampamos una buena ensalada china, ¿de acuerdo? Me mira, esperando. Por lo general, le diría que no. Sin embargo, no hay fórmulas en terapia. Debemos marcar límites profesionales, pero si son demasiado amplios, como el mar, o demasiado rígidos, como una pecera, empiezan los problemas. Un acuario tiene la medida ideal. Hay que dejar espacio a la espontaneidad; de ahí que el puntapié de Wendell cumpliera su objetivo. Y si John necesita poner barreras, como una ensalada, para sentirse más cómodo hablando conmigo, me parece bien. Le digo que podemos encargar comida, pero que no está obligado a hablar de su infancia. Esto no es un toma y daca. Sin hacerme ni caso, llama al restaurante para encargar el pedido, un proceso que, como cabía esperar, le provoca una frustración inmensa. —Eso es, sin aliño. No, piña no, ¡aliño! —está gritando al teléfono, que tiene puesto el altavoz—. A-l-i-ñ-o. Suspira con paciencia infinita, pone los ojos en blanco. —¿Doble aliño? —pregunta el tipo del restaurante, que apenas si chapurrea inglés, y John parece a punto de sufrir una apoplejía mientras intenta explicarle que quiere el aliño aparte. Todo conspira contra él: tienen Pepsi diet, no Coca-cola light; pueden llegar en veinte minutos, no en quince. Observo la escena, horrorizada y perpleja. Qué complicado debe de ser el mundo para él , pienso. Mientras ultiman los detalles, John dice algo en chino, pero el otro no lo entiende. John no concibe que el chicono entienda «su propia lengua» y este le explica que habla cantonés. Finalizan la llamada y John me mira con incredulidad. —¿Cómo? ¿No hablan mandarín? —Si sabe chino, ¿por qué no lo ha usado para encargar el pedido? — pregunto. John me aniquila con la mirada. —Porque yo hablo inglés. Vaya. John no deja de gruñir hasta que llega el almuerzo, pero una vez que tenemos las ensaladas delante, baja una pizca el puente levadizo. Yo ya he almorzado pero picoteo un par de bocados para acompañarlo; nada estrecha tanto los lazos entre dos personas como comer juntas. Me cuenta anécdotas de su padre y de sus hermanos mayores, y comenta que, aunque apenas recuerda a su madre, empezó a soñar con ella hace unos años. Siempre tiene distintas versiones del mismo sueño, como Atrapado en el tiempo , y no se puede librar de él. Preferiría no soñar. Ni siquiera mientras duerme lo dejan tranquilo. Solo desea un poco de paz. Le pregunto por su sueño, pero me dice que se sentiría incómodo hablando de ello y no me paga para que le incomode. ¿Acaso no acaba de decirme que necesita un poco de paz? ¿No nos enseñan «técnicas de escucha» a los psicólogos o qué? Yo deseo hablar de lo que acaba de decir, rebatirle la idea de que uno va a terapia a estar cómodo o que es posible experimentar paz sin soportar antes cierto malestar; pero necesito tiempo para eso y tan solo nos quedan un par de minutos. Le pregunto en qué momentos se siente en paz. —Cuando paseo al perro —me confiesa—. Hasta que Rosie empezó a portarse mal. Antes me sentía en paz. Medito el hecho de que no desee comentar el sueño en terapia. ¿Se habrá convertido este despacho en una especie de santuario para él, lejos de su trabajo, de su esposa, sus hijas, su perro, los idiotas que lo rodean y el fantasma de su madre que se le aparece en sueños? —John —pruebo—. ¿Se siente en paz ahora mismo? Entierra los palillos en la bolsa, donde acaba de depositar los restos de la ensalada. —Pues claro que no —replica, y de nuevo pone los ojos en blanco con impaciencia. —Ah —es mi respuesta, dando el tema por zanjado. No para él. La sesión ha terminado y se levanta para marcharse. —¿Me toma el pelo? —prosigue, según avanza hacia la puerta—. ¿Aquí? ¿Paz? Ahora una sonrisa ha remplazado su expresión exasperada. No es una sonrisilla condescendiente, sino un secreto revelado. Un gesto encantador y luminoso, y no a causa de su deslumbrante dentadura. —Eso me parecía. A 16 El chico diez dvertencia, spoiler : tras dejar la facultad de Medicina, el resto de mi vida no fluyó por sí sola como esperaba. Tres años más tarde, a punto de cumplir treinta y nueve, la relación que mantenía desde hacía dos llegó a su fin. La despedida fue triste pero amistosa y no me pilló por sorpresa como la partida de Novio. A pesar de todo, sucedió en el peor momento posible para una mujer que desea tener un hijo. Siempre había sabido, desde un convencimiento pleno, que quería ser madre. Había pasado buena parte de mi vida adulta haciendo voluntariados relacionados con niños y daba por supuesto que algún día criaría a uno propio. Ahora, sin embargo, con los cuarenta a la vuelta de la esquina, me moría por tener un hijo, aunque no tanto como para casarme con el primero que apareciese. Mi postura me colocaba ante un dilema endiablado: desesperada pero selectiva. Fue entonces cuando una amiga me sugirió que alterase el orden: primero el niño, luego la pareja. Una noche me envió enlaces a páginas web de donantes de esperma. Yo nunca había oído hablar de nada parecido y al principio no estaba segura de mis sentimientos al respecto. Sin embargo, tras meditar las alternativas que tenía, tomé la decisión de seguir adelante con el asunto. Solo tenía que escoger un donante. Como es natural, el elegido debía contar con un buen historial clínico, pero esas páginas te planteaban otras cualidades a tener en cuenta y no solo el color del pelo o la estatura. ¿Quería que el donante fuera jugador de lacrosse o licenciado en literatura? ¿Aficionado a Truffaut o trombonista? ¿Extrovertido o introvertido? Me sorprendió descubrir que, en muchos sentidos, los perfiles de los candidatos se parecían a los de las páginas de citas, salvo que buena parte de los donantes eran estudiantes universitarios y aportaban sus notas de las pruebas de acceso. Y había otras diferencias importantes, la principal de las cuales eran los comentarios de las supuestas «chicas del laboratorio». Estas eran las mujeres (por alguna razón, no parecía que hubiera hombres) que trabajaban en los bancos de esperma y que interactuaban con los candidatos cuando acudían a entregar su «donación» (no en el sentido económico). Las chicas del laboratorio redactaban entonces lo que denominaban «impresiones del personal», pero la clase de sensaciones que compartían carecían de la más mínima estructura. Sus comentarios variaban enormemente, desde tiene unos bíceps increíbles hasta tiende a procrastinar, pero al final cumple . (Yo desconfiaba de cualquier universitario cuya tendencia a postergar abarcase la masturbación.) Concedía una gran importancia a las impresiones del personal, porque cuantos más perfiles leía, más comprendía que deseaba sentir una conexión sutil con el donante que a su vez estaría conectado con mi hijo. Quería que me gustara , por impreciso que suene: tener la sensación de que, si nos sentáramos a compartir una cena familiar, me sentiría cómoda con él. Sin embargo, por más que leyese las sensaciones de las chicas y escuchase los archivos de audio con las entrevistas a los candidatos («¿qué es lo más divertido que le ha pasado?», «¿cómo describiría su personalidad?» y, la más extraña, «¿cómo describiría una primera cita ideal?»), el asunto me parecía igual de frío e impersonal. Cierto día llamé al banco de esperma con una duda acerca del historial clínico de cierto donante y me pasaron a una chica del laboratorio llamada Kathleen. Mientras ella miraba los documentos médicos, empecé a charlar con ella y descubrí que Kathleen había recibido a ese chico en particular. No pude evitarlo. —¿Es mono? —le pregunté en tono desenfadado. No sabía si les permitían responder a eso. —Bueno… —titubeó Kathleen, alargando la palabra con su fuerte acento de Nueva York—. Yo no diría que es feo. Pero no lo miraría dos veces en el metro. Tras eso, Kathleen se convirtió en mi consejera, la persona que me sugería donantes y respondía a mis preguntas. Confiaba en ella porque, si bien algunas de las chicas hinchaban las valoraciones —trataban de vender esperma, al fin y al cabo— Kathleen era sincera hasta la médula. Colocaba el listón muy alto, igual que yo, una actitud que planteaba un problema, porque nadie pasaba nuestros filtros. A decir verdad, daba por supuesto que mi futuro hijo querría que fuera exigente. Y había multitud de factores a tener en cuenta. Si encontraba un donante que me agradaba, había otros inconvenientes, como aspectos del historial clínico familiar que no casaban bien con los míos (cáncer de pecho antes de los sesenta, insuficiencia renal). Y si daba con el candidato ideal desde el punto de vista médico, resultaba ser un danés de metro ochenta con rasgos nórdicos, un aspecto que llamaría la atención —y tal vez acomplejase a mi hijo— en mi familia de judíos asquenazí, menudos y morenos. Otros parecían tener buena salud, ser listos y exhibir rasgos parecidos a los míos, pero alguna otra cosa me disparaba la alarma, como que su color favorito era el negro, Lolita su libro preferido o le encantaba La naranja mecánica . Imaginaba a mi retoño leyendo el perfil algún día y mirándome con perplejidad: «¿por qué lo escogiste?». Tampoco quería saber nada de donantes que escribían con faltas de ortografía o que no supieran puntuar. El proceso se prolongó durante tres meses agotadores, en el transcurso de los cuales empecé a perder la esperanza de dar con un tipo sano del que pudiera sentirme orgullosa delante de mi hijo. Y entonces —¡por fin!— lo encontré. Una noche, al llegar a casa a una hora avanzada, descubrí queme estaba esperando un mensaje de voz de Kathleen. Me pedía que echara un vistazo a un candidato al que describió como «un joven George Clooney». Añadió que le gustaba especialmente porque siempre era amable y estaba de buen humor cuando pasaba a dejar la muestra. Yo puse los ojos en blanco. Al fin y al cabo, si eres un chico de veinte años que está a punto de ver porno y tener un orgasmo —y encima te van a pagar por ello— ¿cómo vas a estar enfurruñado? Pero Kathleen lo puso por las nubes: buena salud, guapo, muy inteligente y carismático. —Es un hombre diez —me aseguró, convencida. Nunca había visto a Kathleen tan entusiasmada, así que me conecté para echar un vistazo, pinché su perfil, leí de cabo a rabo su historial clínico, devoré sus textos, escuché el audio con la entrevista y supe al instante, del mismo modo que algunas personas hablan de amor a primera vista, que lo había encontrado: era Él. Todo en mi candidato —sus aficiones, sus aversiones, su sentido del humor, sus intereses y valores— me recordaba a mí misma. Eufórica pero agotada, decidí dormir un poco y ocuparme de los detalles por la mañana. Quiso la casualidad que al día siguiente fuera mi cumpleaños y esa noche tuve vívidos sueños con mi pequeño durante lo que se me antojaron ocho horas seguidas. Por primera vez, era capaz de imaginar un bebé creado por dos personas concretas en lugar de un niño difuso con la mitad de su ascendencia en blanco. Por la mañana me levanté brincando de la emoción mientras la canción Child of mine sonaba en mi cabeza. ¡Feliz cumpleaños! , me deseé. Hacía varios años que deseaba tener un hijo y haber encontrado un donante con el que me sentía tan cómoda me parecía el mejor regalo de cumpleaños del mundo. De camino al ordenador, sonreí ante mi buena suerte; iba a hacerlo. Tecleé la URL del banco de esperma, encontré el perfil y de nuevo lo leí detenidamente. Me sentí tan segura como la noche anterior de que era Él; la persona de la que hablaría con orgullo a mi retoño cuando me preguntase por qué, de todos los donantes posibles, había escogido a ese. Coloqué su nombre en mi carrito de la compra —igual que habría hecho con un libro de Amazon—, confirmé el pedido y luego pinché en «comprar pajuelas». ¡Voy a tener un bebé!, pensé. La sensación fue estratosférica. Mientras se procesaba la orden, empecé a pensar en lo que haría a continuación: pedir cita para la inseminación, comprar vitaminas prenatales, crear una lista de nacimiento, preparar la habitación del bebé. Entre un pensamiento y otro, advertí que el proceso se demoraba. El círculo giratorio de mi pantalla, conocido como «la ruleta de la muerte» llevaba demasiado rato dando vueltas. Esperé, esperé un poco más y por fin intenté retroceder a la pantalla anterior por si el ordenador se había quedado colgado. Pero no pude. Por fin, la rueda de la muerte desapareció y asomó un mensaje: agotado . ¿Agotado? Supuse que debía de ser un fallo técnico —¿quizás al apretar la tecla de escape?— así que llamé al banco de esperma y pregunté por Kathleen, pero estaba fuera y me pasaron con una comercial de atención al cliente llamada Barb. La chica echó un vistazo y me informó de que no había ningún fallo técnico. Había escogido un donante muy popular, dijo. Siguió explicando que las muestras de los más solicitados duraban poco y, si bien la empresa intentaba «reponer» las «existencias» con frecuencia, tardaban seis meses en hacer las pruebas para poder ofrecer garantías. Y aunque hubiera existencias disponibles, prosiguió, el plazo sería largo, porque algunas personas estaban en lista de espera. Mientras Barb hablaba, pensé que Kathleen me había llamado ayer mismo. Comprendí que tal vez había sugerido ese mismo candidato a varias mujeres. Seguro que muchas, igual que yo, habían conectado con Kathleen a causa precisamente de sus sinceras evaluaciones,. Barb me puso en lista de espera («no sea tonta, es una pérdida de tiempo», me advirtió, ceniza) y dejé el teléfono anonadada. Después de varios meses de búsqueda infructuosa, había encontrado un chico diez, y mi futuro bebé parecía una realidad más que una idea en mi mente. Pero ahora, el día de mi cumpleaños, tenía que renunciar a ese niño. Volvía a estar en el punto de partida. Cerré el portátil mirando al infinito. Me quedé allí sentada largo rato hasta que vi, de refilón, la tarjeta de visita que un joven me había dado en un evento de networking . Era un cineasta de veintisiete años llamado Álex. Hablé con él cosa de cinco minutos, pero parecía listo y saludable. Con la impulsividad propia de alguien que se está quedando sin opciones, consideré la idea de prescindir de bancos de semen y buscar a mi donante en el mundo real. Álex daba el perfil del tipo de hombre que buscaba. ¿Por qué no preguntarle si se avendría? Al fin y al cabo, el «no» ya lo tenía. Escogí el asunto del email con cuidado (Una pregunta inusual ) y redacté un mensaje ambiguo (Eh, ¿te acuerdas de mí, del evento de networking ?) A continuación le propuse que quedáramos para tomar un café, con el fin de formularle mi «pregunta inusual». Álex respondió sugiriendo que le planteara mi duda por correo. Respondí diciendo que prefería hablarlo en persona y respondió: Claro . Y así, sin más, quedamos para tomar un café un domingo a mediodía. Yo estaba, por expresarlo con suavidad, hecha un manojo de nervios cuando llegué al Urth Café. Después de enviar el impulsivo email, empecé a pensar que Álex respondería con una negativa y luego les contaría a todos sus conocidos lo que le había propuesto y yo acabaría tan hundida en la miseria que no volvería a acudir a un evento en toda mi vida. Me planteé si echarme atrás, pero deseaba tanto ser madre que decidí lanzarme a pesar de todo, por si acaso. La respuesta a una pregunta no formulada siempre es «no», me repetía una y otra vez. Álex me saludó con cariño y la charla fluyó con facilidad; con tanta facilidad que, antes de que nos diéramos cuenta, estábamos pasando un rato estupendo. Cosa de una hora más tarde, de hecho, casi había olvidado por qué estábamos allí. En ese momento, Álex se echó hacia delante, me miró a los ojos y preguntó con coquetería, como si hubiera deducido que le había escrito para ligar: —Y bien, ¿cuál era esa «pregunta inusual»? Al instante noté un cosquilleo las mejillas y las palmas de las manos me empezaron a sudar. Reaccioné como habría reaccionado cualquiera en esas circunstancias: enmudecí. Lo que estaba a punto de hacer era tan importante, y tan absurdo, que me sentía incapaz de verbalizarlo. Álex esperó hasta que fui capaz de hablar, titubeando, usando analogías incoherentes para explicar mi petición. Decía cosas como: «yo no tengo todos los ingredientes que requiere la receta» y «se parece a donar un riñón, pero sin perder el órgano». En el instante en que pronuncié la palabra «órgano» me aturullé aún más si cabe e intenté cambiar de rumbo. —Se parece a donar sangre —dije—, salvo que requiere sexo en vez de agujas. Tras eso, me ordené a mí misma cerrar el pico. Álex me miraba con una expresión extraña en el rostro, como si pensara: dudo que jamás llegue a presenciar nada más patético que esto . Y sin embargo, lo presenció. Porque pronto se hizo evidente que Álex no tenía la menor idea de lo que le estaba pidiendo. —Mira —conseguí decir—. Tengo treinta y siete años y quiero ser madre. No he tenido suerte con los bancos de esperma y me preguntaba si tú… Esta vez sí lo captó, porque todo su cuerpo se paralizó; incluso el té chai con leche que tenía en la mano se quedó suspendido en el aire. Aparte de un paciente catatónico en la facultad de Medicina, jamás había visto a nadie tan inmóvil en toda mi vida. Por fin, los labios de Álex se movieron para articular una única palabra: —Hala. Y luego, despacio, siguió hablando. —Es lo último que me esperaba. —Ya lo sé —respondí. Me sentía fatal por haberlo colocado en una situación tan incómoda, por haber mencionado el tema siquiera, y estaba a punto de decírselo cuando, para mi asombro, añadió—: Pero estoydispuesto a hablarlo. Ahora me tocaba a mí quedarme paralizada antes de responder a mi vez: —Hala. Las horas siguientes pasaron volando. Álex y yo conversamos acerca de todo, desde nuestra infancia hasta nuestros sueños de futuro. Por lo visto, hablar de esperma había derribado nuestras barreras emocionales igual que acostarse con alguien por primera vez puede abrir las compuertas de los sentimientos. Cuando por fin nos levantamos para marcharnos, Álex me dijo que tenía que pensarlo y a mí me pareció bien, cómo no. Estaríamos en contacto. Albergaba la seguridad, sin embargo, de que una vez que lo meditase a fondo, no volvería a saber de él. A pesar de todo, esa noche el nombre de Álex apareció en mi bandeja de entrada. Abrí el mensaje, esperando leer una amable negativa. En vez de eso, había escrito: De momento es un sí, pero tengo más preguntas. Así que acordamos otro encuentro. A lo largo de los dos meses siguientes, nos reunimos en el Urth con tanta frecuencia que empecé a referirme al café como mi «despacho de esperma». Mis amigas lo llamaban sencillamente el «espurth». En el Espurth, hablamos de todo, desde muestras de esperma e historiales médicos hasta contratos y contacto con el niño. Finalmente llegó el momento de abordar el tema de la transferencia: ¿acudíamos a un médico para hacer la inseminación o manteníamos relaciones para incrementar las posibilidades de concepción? Escogió mantener relaciones. A decir verdad, no puse reparos. ¿Y siendo del todo sincera? Estaba encantada con ese giro de los acontecimientos. Al fin y al cabo, no creía que en mi futura vida de mamá abundaran la ocasiones de acostarme con un apuesto joven de veintisiete años como Álex, con sus abdominales ondulados y sus pómulos marcados. Mientras tanto, controlaba obsesivamente mis ciclos menstruales. Cierto día en el Espurth, le mencioné a Álex que estaba a punto de ovular, de manera que, si queríamos intentarlo ese mes, tenía una semana exacta para tomar la decisión definitiva. En otras circunstancias el comentario habría supuesto una presión excesiva, pero el asunto parecía cosa hecha y yo no tenía tiempo que perder. Ya habíamos analizado el plan desde todos los ángulos posibles: legal, emocional, ético, práctico. Además, a esas alturas ya compartíamos bromas privadas, habíamos creado motes cariñosos para el otro y teníamos muy claro hasta qué punto ese nuevo ser sería una bendición para los dos. La semana anterior Álex había llegado a preguntarme si «se lo había ofrecido a otros», como si estuviéramos hablando de una oportunidad de negocio. Sentí la tentación fugaz de inventar una guerra de pujas para animarlo a cerrar el trato (Pete se lo está pensando y Gary ha mostrado interés, así que dime algo cuanto antes, porque la cosa está que arde). Pero quería que nuestra relación se basara en la sinceridad y, en cualquier caso, estaba segura de que Álex iba a aceptar. El día después de que le fijara el plazo, decidimos dar un paseo por la playa para comentar una última vez los detalles del contrato que habíamos redactado. Mientras caminábamos por la orilla, una llovizna apareció de la nada. Nos miramos —¿sería mejor volver?— pero la llovizna mudó en tormenta. Ambos íbamos en manga corta y Álex se desató la chaqueta que llevaba atada a la cintura y me cubrió los hombros con ella. Y sosteniéndome la mirada, empapados de lluvia en la playa, me dio la luz verde oficial. Después de tantas negociaciones, de tanto conocernos mutuamente, de tanto dudar sobre lo que ese paso significaría para nosotros y para el futuro niño, estábamos listos. —¡Tengamos un hijo! —exclamó, y dimos media vuelta, abrazados y sonrientes, yo envuelta en una chaqueta enorme que me tapaba hasta las rodillas, aferrada a ese hombre que me iba a ofrecer su esperma. Algún día le contaría esa historia a mi hijo. Cuando llegamos a su coche, Álex me entregó su copia del contrato, firmada. Y entonces desapareció. No tuve noticias suyas en tres días. Es posible que no parezca mucho tiempo, pero si tienes treinta y tantos, estás a punto de ovular y tu única alternativa es un pedido pendiente sin fecha de entrega, tres días te parecen una eternidad. Intenté no sacar conclusiones (el estrés no favorece la concepción). Sin embargo, lo siguiente que supe de Álex fue un mensaje que decía: «Tenemos que hablar». Se me cayó el alma a los pies. Como cualquier adulto del planeta, sabía exactamente lo que significaba esa frase: estaban a punto de mandarme a paseo. Al día siguiente, cuando nos sentamos a nuestra mesa habitual del Espurth, Álex desvió la vista y empezó a recitar los consabidos clichés de ruptura: «No eres tú soy yo»; «hay tantas cosas ahora mismo en mi vida que no sé si puedo comprometerme, así que prefiero no marearte más». Y el más popular de siempre: «Espero que sigamos siendo amigos». —No pasa nada, hay más peces en el mar —respondí, protegiéndome con un chiste malo. Lo hice para quitarle hierro al momento, para transmitirle que mi parte racional entendía por qué no se sentía con fuerzas para seguir adelante con la donación. Sin embargo, por dentro estaba destrozada, porque se trataba del segundo bebé que imaginaba con absoluta claridad y que nunca acunaría entre mis brazos. Una amiga que abortó por segunda vez más o menos en la misma época me digo que sentía exactamente lo mismo. Volví a casa y decidí darme un respiro en la búsqueda de donante porque no podría soportar otro desengaño. E, igual que mi amiga, evitaba ver bebés todo lo que podía. Incluso los anuncios de pañales me inducían a salir corriendo en busca del mando. Pasados unos meses, comprendí que tendría que volver a entrar en internet para reanudar la búsqueda. Y cuando estaba a punto de registrarme de nuevo, recibí una llamada inesperada. Era Kathleen, la chica del banco de esperma. —¡Lori, buenas noticias! —anunció con su fuerte acento de Brooklyn—. Alguien ha devuelto una pajuela del peque Clooney. El peque Clooney… Mi niño. El chico diez. —¿Devuelto? —pregunté. No sabía qué pensar de un semen devuelto . Recordé que en Whole Foods no te dejan devolver ningún producto de higiene personal, ni siquiera presentando el recibo. Pero Kathleen me aseguró que la pajuela no había salido de su tanque de nitrógeno y que el «producto» estaba en perfectas condiciones. Sencillamente una mujer se había quedado embarazada de algún otro modo y ya no necesitaba el refuerzo. Si lo quería, tenía que comprarlo ya. —Clooney tiene lista de espera, ¿sabes? —empezó, pero antes de que terminara la frase, yo ya había respondido «sí». En otoño, cuando salimos a cenar después de la fiesta de regalos para el bebé, mi madre vio al auténtico George Clooney sentado a una mesa cercana. Todos los presentes conocían la descripción que Kathleen había hecho del «joven Gegorge Clooney» y, uno a uno, todos mis familiares y amigos señalaron mi enorme barriga antes de volverse a mirar a la estrella de cine. Cuánto había cambiado desde que fuera el joven protagonista de Urgencias . Yo también me sentía muy cambiada desde mis tiempos como joven ejecutiva de la NBC. Habían pasado tantas cosas desde entonces en su vida y en la mía… Él estaba a punto de ganar un Oscar. Yo estaba a punto de ser madre. Una semana más tarde el «peque Clooney» ya tenía nombre: Zachary Julian. ZJ. Es puro amor, alegría, magia y maravilla. Es, como diría Kathleen, «el chico diez». Ocho años más tarde, viviré una especie de déjà vu . Cuando Novio diga: «No puedo convivir con un niño de ocho años», me sentiré transportada a ese día en el Urth, cuando Álex me comunicó que no sería mi donante, al fin y al cabo. Recordaré hasta qué punto se me partió el corazón, pero también que Kathleen llamó poco después para resucitar lo que viví como la muerte de un sueño. Las situaciones se parecen tanto —el giro imprevisto, los planes destrozados— que debajo del dolor que arrastro desde el anuncio de Novio, debería encontrar confianza en que las cosas se arreglarán por sí solas. Sin embargo, esta vez todo parece distinto. A 17 Sinmemoria ni deseo mediados del siglo xx , el psicoanalista británico Wilfred Bion planteó que los psicoterapeutas deberían acercarse a sus pacientes «sin memoria ni deseo». Bajo su punto de vista, la memoria del terapeuta es propensa a la interpretación subjetiva y los recuerdos se transforman con el tiempo, mientras que sus deseos podrían contradecir la voluntad del paciente. Unidos, recuerdos y deseos tienen a crear prejuicios que orientan el tratamiento (conocidos como ideas formuladas). Bion proponía que los analistas abordasen cada sesión desde el compromiso de escuchar a la persona en el momento presente (sin dejarse influir por los recuerdos) y permanecer abiertos a distintos desenlaces (en lugar de guiarse por su deseo). A comienzos del internado, me supervisó un entusiasta de Bion y me desafié a mí misma a afrontar cada sesión «sin memoria ni deseo». La idea de no permitir que preconcepciones o expectativas distorsionasen mis percepciones me parecía muy atractiva. Asimismo advertía las similitudes con el zen, por cuanto ambos enfoques te animaban a renunciar a los apegos. En la práctica, en cambio, me sentía más bien como si tratara de emular al famoso paciente H.M. del neurólogo Oliver Sacks, un hombre que, a causa de una lesión cerebral, vivía en un instante presente perpetuo, sin capacidad para recordar el pasado inmediato ni para conceptualizar el futuro. A mí, que tenía el lóbulo frontal intacto, me resultaba complicado inducirme ese tipo de amnesia. Soy consciente, obviamente, de que la propuesta de Bion posee muchos más matices y que la idea de prescindir de los aspectos de la memoria y el deseo que interfieren en el tratamiento constituye una aportación valiosa. Si saco a colación a Bion ahora mismo es porque hoy, mientras me dirijo en coche a la consulta de Wendell, me asalta la idea de que, desde la perspectiva del paciente —desde mi perspectiva— «sin recuerdos (de Novio) ni deseos (de Novio)» sería algo parecido al nirvana». Es jueves por la mañana y estoy sentada en el sofá de Wendell, a medio camino entre las posiciones A y B, con los almohadones ya bien ajustados a mi espalda. Estoy totalmente predispuesta a compartir lo que me sucedió ayer en el trabajo, cuando encontré un ejemplar de la revista Divorcio en la cocina de nuestro centro, sobre un montón de material de lectura pendiente de colocar en la sala de espera. Imaginé a los suscriptores llegando a casa al final del día para descubrir, entre facturas y folletos de propaganda, esa revista con la palabra divorcio escrita en la portada con estridentes letras amarillas. Luego imaginé a esas mismas personas entrando en su casa vacía, encendiendo la luz, calentando un plato precocinado en el microondas o haciendo un pedido para uno por teléfono y echando un vistazo a las páginas de la revista con una pregunta en la mente: ¿cómo he acabado así? Las personas que ya habían superado el divorcio tendrían cosas más interesantes a las que dedicar el tiempo que leer esa revista, supuse. La mayoría de suscriptores debía de ser gente como yo, todavía con la herida reciente e intentando entender qué había pasado. Yo no me había casado con Novio, obviamente, así que lo mío no era un divorcio. Pero se suponía que nos íbamos a casar y eso, según mi mentalidad de entonces, situaba las dos circunstancias en una misma categoría. Incluso tenía la sensación de que esa ruptura pudiera ser peor que un divorcio en cierto sentido. Cuando te divorcias, la relación ya se ha deteriorado; de ahí la separación. Si vas a tener que llorar una pérdida, ¿acaso no es preferible contar con un arsenal de recuerdos desagradables — silencios pétreos, peleas a gritos, infidelidades, decepción a mansalva— para contrarrestar los buenos? ¿No resulta más difícil separarse de una relación cuando abundan las memorias felices? Para mí, la respuesta era un rotundo «sí». De modo que estaba sentada a la mesa comiendo un yogur mientras echaba un vistazo a los titulares de la revista («Cómo superar el rechazo»; «Aprende a gestionar los pensamientos negativos»; «¡Crea un nuevo yo!») cuando el móvil emitió una señal para indicar que había entrado un email. No era de Novio, como yo (ilusa de mí) todavía esperaba. El asunto decía ¡Prepárate para la mejor noche de tu vida! Correo basura, supuse; por otro lado, si por casualidad no lo era, ¿quién era yo para rechazar la mejor noche de mi vida, habida cuenta de lo mal que me sentía? Cuando abrí el correo, descubrí que se trataba de la confirmación de las entradas para un concierto que había comprado meses atrás, como regalo sorpresa para el cumpleaños de Novio. A los dos nos encantaba el grupo y considerábamos sus temas la banda sonora de nuestra relación. En la primera cita descubrimos que compartíamos una misma canción favorita de siempre. No concebía acudir a ese concierto con alguien que no fuera Novio; especialmente siendo su cumpleaños. ¿Debía ir? ¿Con quién? ¿Y no era lógico que estuviera pensando en él, dadas las fechas? Una idea que a la fuerza me llevó a la siguiente: ¿estaría él pensando en mí? Y en caso de que no fuera así, ¿implicaba eso que no signifiqué nada para él? Volví a mirar el titular de Divorcio : «Aprende a gestionar los pensamientos negativos». Me costaba mucho gestionar los pensamientos negativos porque, fuera de la consulta de Wendell, apenas si tenía forma de darles salida. Las rupturas tienden a enmarcarse en la categoría de pérdidas silenciosas, menos tangibles para los demás. Tu embarazo se ha malogrado pero no has perdido un bebé. Has roto con tu pareja pero no has perdido a tu cónyuge. En consecuencia, los amigos dan por supuesto que pasarás página con relativa facilidad y sucesos como las entradas del concierto se convierten en validaciones externas, casi de agradecer, de la ausencia; no solo de la persona sino también del tiempo compartido, la compañía y las rutinas cotidianas, de las bromas privadas y las referencias y los recuerdos comunes que ahora te pertenecen solo a ti. Tengo intención de contarle a Wendell todo eso cuando me acomodo en el sofá, pero en lugar de hacerlo estallo en un llanto amargo. A través de las lágrimas veo la caja de pañuelos planeando hacia mí. Tampoco esta vez consigo atraparla. (Encima de que me han dejado, pienso, tengo problemas de motricidad.) Mi reacción me sorprende y avergüenza —ni siquiera nos hemos saludado todavía— y cada vez que intento recuperar la compostura, musito una rápida disculpa antes de romper a llorar de nuevo. Durante cosa de cinco minutos, la sesión discurre del modo siguiente: llanto. Intento serenarme. Lo siento. Llanto. De nuevo trato de serenarme. Lo siento. Llanto. Pruebo otra vez a recuperar la compostura. Oh, Dios mío, cuánto lo siento. Wendell quiere saber a qué vienen tantas disculpas. Me señalo el pecho. —¡Míreme! Me sueno ruidosamente con un pañuelo de papel. Wendell se encoge de hombros como diciendo: sí, bueno, ¿y qué? Y a partir de ese momento ni quiera me interrumpo para disculparme; me limito a llorar. Intento rehacerme. Llanto. Vuelta a empezar. La situación se prolonga varios minutos más. Mientras sollozo, recuerdo que el día siguiente a la ruptura, tras una noche de insomnio, me levanté y reanudé mi vida cotidiana como si nada. Dejé a Zach en el colegio y le dije: «Te quiero». Él se apeó del coche, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le oía y respondió «¡Te quiero!» antes de salir corriendo para reunirse con sus amigos. De camino al trabajo, reproduje en mi mente el comentario de Jen una y otra vez: no tengo nada claro que esta historia haya terminado. Mientras subía en el ascensor, llegué a reírme recordando la broma que circula por ahí: negación no es un río de Egipto . Y, a pesar de todo, yo me empeñaba en negar la realidad. Puede que cambie de idea , pensaba. Es posible que todo esto sea un gran malentendido . Es obvio que no hubo ningún malentendido, porque aquí estoy, llorando a lágrima viva delante de Wendell y expresándole una y otra vez hasta qué punto me desprecio por hallarmeen este estado, por seguir hecha un asco, todavía. —Hagamos un trato —propone—. ¿Y si acordamos que será amable consigo misma mientras se encuentre aquí? Luego, en cuanto salga por la puerta, podrá flagelarse todo lo que quiera, ¿de acuerdo? Ser amable conmigo misma. Ni se me había ocurrido. —Pero si solo es una ruptura —insisto, olvidando al instante la idea de tratarme bien. —O, si lo prefiere, le dejo unos guantes de boxeo a la entrada para que pueda dedicar toda la sesión a machacarse. ¿Lo prefiere? Wendell sonríe y yo consigo inspirar, soltar el aire, abrir espacio a la benevolencia. Rescato un pensamiento que a menudo me cruza la mente cuando mis propios pacientes se fustigan en sesión: tú no eres la persona más indicada para hablar contigo ahora mismo. Hay diferencias, les señalo, entre la autoinculpación y la responsabilidad personal, tal como señaló Jack Kornfield: «La benevolencia es inherente al desarrollo espiritual. Nace del gesto fundamental que supone la aceptación de uno mismo». En terapia, aspiramos a la compasión hacia uno mismo (¿soy humano?) y no a la autoestima, que implica un juicio de valor (¿soy bueno o malo? ). —Mejor nos olvidamos de los guantes —digo—. Es que ya empezaba a estar mejor y de repente no puedo parar de llorar, otra vez. Tengo la sensación de que he retrocedido al punto en el que me encontraba la semana misma de la ruptura. Wendell ladea la cabeza. —Permita que le haga una pregunta —empieza, y yo, dando por supuesto que me va a interrogar sobre algún aspecto de mi relación, me enjugo las lágrimas y espero, interesada. —En su ejercicio como terapeuta —plantea—, ¿alguna vez ha acompañado a alguien en un proceso de duelo? La observación me deja helada. He acompañado a personas que estaban atravesando toda clase de duelos: la pérdida de un hijo, la defunción de un padre o de una madre, de un cónyuge, de un hermano, el final de un matrimonio, la muerte de un perro, la pérdida de un trabajo, de la identidad misma, de un sueño, de una parte del cuerpo, de la juventud. Me he sentado delante de pacientes cuyas caras se descomponían, cuyos ojos se tornaban rendijas, cuyas bocas abiertas recordaban al gesto de El grito , de Munch. He sostenido a individuos que describían su dolor con palabras como «monstruoso» e «insoportable»; una paciente, citando algo que había leído, dijo que su pena la hacía sentir anestesiada y presa de un dolor desgarrador, alternativamente. También he presenciado el más profundo desconsuelo de lejos, como me pasó una vez en la facultad de Medicina. Estaba transportando muestras de sangre a urgencias cuando se dejó oír un sonido tan extraño que estuve a punto de soltar los tubos. Era un aullido, más animal que humano, penetrante y primigenio. Tardé un minuto en averiguar de dónde procedía. En el pasillo había una madre cuya hija de tres años se había ahogado al salir corriendo por la puerta trasera y caer en la piscina. Sucedió en el transcurso de los dos minutos que la mujer pasó en la planta superior cambiándole el pañal al hermano menor. El gemido proseguía cuando vi llegar al padre, que recibió la noticia a su vez, y de nuevo escuché el horror brotar en forma de gritos de su garganta, a coro con el lamento de la madre. Era la primera vez que percibía la música de la angustia y la desesperación en estado puro, pero me ha tocado escucharla en incontables ocasiones desde entonces. A nadie le sorprenderá saber que el duelo se parece en muchos aspectos a la depresión y por esa razón, hace unos años, los manuales de diagnóstico incluían la expresión exclusión por duelo. Si una persona mostraba síntomas de depresión a lo largo de dos meses con posterioridad a una pérdida, se consideraba que estaba en proceso de duelo. Sin embargo, si los síntomas persistían más tiempo, se le diagnosticaba depresión. La exclusión por duelo se ha suprimido de los manuales, en parte por la brevedad del plazo: ¿de verdad entendemos que el proceso de duelo estará resuelto en dos meses? ¿Acaso el dolor no puede durar seis meses, un año o, de un modo u otro, toda una vida? Igualmente debemos tener en cuenta que las pérdidas constan de varias capas. Está la pérdida real (en mi caso, la de Novio) y la subyacente (lo que representa). De ahí que, para muchas personas, el dolor provocado por un divorcio esté causado solo en parte por la separación; a menudo abarca asimismo todo eso que el cambio representa : fracaso, rechazo, traición, miedo a lo desconocido y una historia vital distinta a la esperada. Si el divorcio nos sorprende en la mediana edad, la pérdida podría implicar la necesidad de afrontar que habrá limitaciones en el proceso de conocer a alguien y dejarse conocer, pues es posible que el grado de intimidad de la pareja nunca llegue a ser tan profundo. Recuerdo haber leído la experiencia de una divorciada que inició una nueva relación tras un matrimonio de décadas: «David y yo nunca nos miraremos a los ojos en la sala de partos —escribió—. Ni siquiera he conocido a su madre.» Y por eso la pregunta de Wendell es tan importante. Al pedirme que recuerde lo que implica sostener a alguien en proceso de duelo, me está mostrando lo que puede hacer por mí ahora mismo. No puede arreglar mi relación rota. No puede cambiar la realidad. Pero tiene la capacidad de ayudarme, porque sabe lo siguiente: todos albergamos el anhelo de comprendernos y ser comprendidos. En las terapias de pareja, la queja principal no suele ser tanto «no me amas» como «no me comprendes». (Una mujer le dijo a su marido: «¿Sabes qué dos palabras me parecen aún más románticas que “te quiero”?». «¿Eres preciosa?», probó él. «No — respondió ella—. Te comprendo .» El llanto vuelve a brotar mientras pienso cómo debe de sentirse Wendell ahora mismo, sosteniéndome. La historia del psicoterapeuta influye en todo lo que hace, dice o siente mientras acompaña a un paciente. Mis propias experiencias se manifestarán en mi forma de conducirme en una sesión concreta, a una hora determinada. El mensaje de texto que acabo de recibir, la conversación que he mantenido con una amiga, la interacción en el servicio de atención al cliente cuando intento que corrijan un error en la factura, la cantidad de horas que he dormido, lo que he soñado antes de la primera sesión del día, un recuerdo suscitado por el relato de un paciente; todo tendrá un impacto a lo largo del tratamiento. Ahora no soy la misma que fui antes de Novio. La que era cuando mi hijo contaba tan solo unos meses ya no es la que acude a las sesiones, incluida esta con Wendell. Y él es distinto también a raíz de lo que sea que haya acontecido a lo largo de su vida hasta este momento. Puede que mis lágrimas evoquen en él algún dolor del pasado y le resulte difícil acompañarme en esto. Wendell representa para mí un misterio tan grande como yo lo soy para él y sin embargo aquí estamos, uniendo fuerzas para averiguar cómo he acabado así. La tarea de Wendell consiste en ayudarme a editar mi historia. Todos los psicoterapeutas lo hacen: ¿qué material es superfluo? ¿Son importantes los personajes secundarios o nos están despistando? ¿Avanza el relato o el protagonista se mueve en círculos? ¿Apuntan los distintos subtemas que van apareciendo a un tema global? Las técnicas que empleamos se parecen a esas neurocirugías en las que el paciente permanece despierto para que el cirujano pueda interactuar con él: ¿nota esto? ¿Puede decir estas palabras? ¿Podría repetir esta frase? Evalúan constantemente su cercanía con las zonas más delicadas del cerebro y, si acaso tocan una, se retiran a toda prisa para no dañarla. Los psicoterapeutas hurgamos en la mente más que en el cerebro y el menor gesto o expresión nos avisa de que hemos rozado una fibra sensible. Sin embargo, a diferencia de los neurocirujanos, nosotros gravitamos en torno a esa zona, regresamos a ella para pulsarla con delicadeza, aun si el roce incomoda al paciente. A través de este gesto, llegamos al significado profundo de la historia, a menudo al núcleo de alguna forma de dolor. Sin embargo,buena parte de la trama discurre en una región intermedia. Una paciente llamada Samantha, de poco más de veinte años, acudió a terapia buscando entender la muerte de su amado padre. De niña le habían contado que falleció en un accidente de navegación, pero al hacerse mayor empezó a sospechar que se había suicidado. El suicidio a menudo deposita en manos de los supervivientes un misterio no resuelto: ¿por qué? ¿Qué se podría haber hecho para evitarlo? Mientras tanto, Samantha no dejaba de buscar defectos en sus relaciones, a la caza de problemas que le ofrecieran una excusa para marcharse. Empeñada en evitar que sus novios devinieran el enigma que fue su padre, recreaba sin pretenderlo la historia del abandono; salvo que en esta versión era ella la que huía. De ese modo conseguía su objetivo de controlar la situación, pero acababa sola. En terapia, descubrió que en realidad estaba tratando de resolver un misterio mucho mayor que la verdad sobre la muerte de su padre. El enigma incluía el anhelo de saber quién era el hombre cuando estaba vivo y en quién se había convertido ella a consecuencia de esa presencia. Queremos entender y ser entendidos pero el gran problema, para la mayoría, radica en el hecho de no saber qué diantre nos pasa. Tropezamos una y otra vez en la misma piedra. ¿Por qué no dejo de repetir una conducta que a la postre me garantiza mi propia infelicidad? El llanto no cesa, y mientras lloro me pregunto cómo es posible que lleve tantas lágrimas dentro. ¿Me estaré deshidratando? Y entonces sollozo aún con más fuerza si cabe. Antes de que me dé cuenta, Wendell se propina dos palmadas en las rodillas para señalar que la sesión ha terminado. Respiro y me percato de que ahora me inunda una extraña sensación de paz. Expresar mi desgarro en la consulta de Wendell ha sido como acurrucarme debajo de una manta cálida y segura que me aísla del mundo exterior. Vuelvo a pensar en la cita de Jack Kornfield, particularmente en la idea de la autoaceptación, pero entonces empiezo a juzgarme: ¿de verdad le estoy pagando a alguien para que me mire llorar durante cuarenta y cinco minutos seguidos? Sí y no. Wendell y yo hemos mantenido una conversación, aunque no hayamos intercambiado palabras. Ha observado mi dolor sin interrumpirme ni analizar el problema para que me sintiera más cómoda. Me ha permitido contar mi historia del modo que necesitaba hacerlo hoy. Mientras me enjugo las lágrimas y me levanto para marcharme, reparo en que cada vez que Wendell me pregunta por otros aspectos de mi vida —qué más sucedía mientras Novio y yo estábamos juntos, cómo era mi día a día antes de conocerlo— le doy una respuesta parcial (familia, trabajo, amigos; ¡lárguense, aquí no hay nada que ver!) antes de regresar al tema de Novio. Pero ahora, mientras tiro los pañuelos a la papelera, comprendo que no le he mostrado la fotografía completa. No he mentido exactamente. Pero no he contado toda la verdad. Digamos que me he guardado algunos detalles. SEGUNDA PARTE La honestidad es una medicina más poderosa que la lástima. Esta última consuela, pero también esconde. Gretel Ehrlich E 18 Los viernes a las cuatro stamos en el despacho de mi colega Maxine; sillas con faldón, madera envejecida, tejidos vintage y tonos crema. Me toca a mí presentar un caso en la sesión de supervisión de hoy y quiero hablar de una paciente a la que no sé cómo ayudar. ¿Es ella el problema? ¿Soy yo? Eso es lo que me propongo averiguar. Becca tiene treinta años y acudió a mí doce meses atrás por sus dificultades para socializar. Tenía un buen trabajo, pero se sentía excluida: sus compañeros nunca la invitaban a unirse a ellos para almorzar o tomar una copa y eso le dolía. Mientras tanto, había salido con una serie de hombres que al principio parecían entusiasmados pero rompían con ella pasados un par de meses. ¿Era ella el problema? ¿Eran ellos? Eso se proponía averiguar en terapia. No es la primera vez que saco el tema de Becca un viernes a las cuatro, que es la hora fijada para nuestro encuentro semanal. Aunque no son obligatorios, los grupos de supervisión forman parte de la vida de numerosos psicoterapeutas. Como trabajamos en solitario, no podemos beneficiarnos de las aportaciones de otras personas, ya sea un elogio por un acierto o una observación que nos ayude a mejorar. En este espacio no solo analizamos a nuestros pacientes sino también a nosotros mismos en relación a ellos . En el transcurso de estas reuniones, Andrea me señala, por ejemplo: «Ese paciente habla igual que tu hermano. Por eso reaccionas de ese modo». O yo intento ayudar a Ian a gestionar sus sentimientos hacia una joven que empieza cada sesión dándole el parte astrológico. («No soporto el rollo esotérico», se queja). El grupo de supervisión es un sistema —imperfecto pero valioso— de control y equilibro para asegurarnos de que no perdemos la objetividad, abordamos los temas importantes y no pasamos por alto nada llamativo durante el tratamiento. Debo reconocer igualmente que en las tardes del viernes abunda la cháchara; a menudo junto con vino y picoteo. —Seguimos en las mismas —le comento al grupo: Maxine, Andrea, Claire e Ian (nuestra Ione masculina). Todo el mundo tiene puntos ciegos, añado, pero lo curioso de Becca es que apenas demuestra curiosidad por conocerse. Los miembros del grupo asienten. Muchas personas inician la terapia más interesadas por los demás que por ellas mismas. ¿Por qué mi marido hace tal cosa? Ahora bien, con cada conversación, espolvoreamos semillas de curiosidad, porque este tipo de trabajo no puede ayudar a la gente que no desea conocerse mejor. Llegado el momento, puede que digamos algo parecido a «me parece raro que yo sienta más interés por conocerla que usted misma», para ver cómo reacciona la paciente. Por lo general, mi pregunta les despierta la curiosidad. Pero no a Becca. Inspiro hondo antes de proseguir. —No le satisface lo que estoy haciendo, no avanza y, en lugar de cambiar de terapeuta, sigue volviendo cada semana; casi como si quisiera demostrar que ella tiene razón y yo me equivoco. Maxine, que lleva ejerciendo treinta años y es la matriarca del grupo, agita el vino en la copa. —¿Y tú por qué la sigues viendo? Lo medito mientras corto una loncha de queso de la cuña que hay sobre la mesa. De hecho, todas las ideas que el grupo me ha ofrecido a lo largo de los últimos meses han caído en saco roto. Si, por ejemplo, le pregunto a Becca a qué atribuye las lágrimas, ella replica: «Pues para eso vengo a terapia. Si supiera lo que me pasa, no estaría aquí». Si le hablo de lo que está sucediendo en sesión —su decepción conmigo, el hecho de que se sienta incomprendida, la percepción que tiene de que no la ayudo— se va por las ramas alegando que no suele bloquearse con nadie, solo conmigo. Cuando intento que la conversación gire en torno a nosotras —¿se ha sentido acusada, criticada?— se enfada. Si la invito a hablar de la ira, se cierra en banda. Cuando le sugerí que tal vez estuviera boicoteando la comunicación por miedo a oír algo que pudiera herirla, volvió a decir que yo no la entendía. Si le preguntaba por qué seguía viniendo a terapia, habida cuenta de que se sentía tan incomprendida, decía que me gustaría abandonarla y que en el fondo deseaba perderla de vista; igual que sus novios y sus compañeros de trabajo. Cuando intentaba ayudarla a entender por qué sus novios o sus compañeros la podían estar relegando, alegaba que esos chicos tenían fobia al compromiso y que sus compañeros eran unos esnobs. Por lo general, lo que ocurre entre terapeuta y paciente se parece a la experiencia de este último en el mundo exterior, y la psicoterapia ofrece un espacio seguro en el que explorar esas dinámicas. (Si acaso la danza entre ambos no es un reflejo de su vida cotidiana, casi siempre se debe a que el paciente no se relaciona con nadie en profundidad… para evitar conflictos. Es fácil disfrutar de relaciones plácidas cuando las mantienes en un plano superficial.) Yo tenía la sensación de que Becca estaba recreandoconmigo y con el resto del mundo una versión de la relación con sus padres, pero tampoco se mostraba dispuesta a hablar de ello. Como es natural, hay ocasiones en que la relación entre terapeuta y paciente no acaba de fluir, a menudo cuando la contratransferencia del psicólogo se interpone en el proceso. Una señal de alarma: los sentimientos negativos hacia la persona que viene a verte. Becca me irrita, le confieso al grupo. Ahora bien, ¿reacciono con impaciencia porque me recuerda a alguien del pasado o porque de verdad es una persona difícil? Los psicoterapeutas recurrimos a tres fuentes de información cuando trabajamos con los pacientes: lo que dicen, lo que hacen y cómo nos sentimos en su compañía. Hay personas que prácticamente llevan un cartel colgado del cuello diciendo: ¡te recuerdo a tu madre! No obstante, durante las prácticas de la formación, un mentor nos inculcó una idea importante: «Los sentimientos que os asaltan en los encuentros con los pacientes son reales; usadlos.» Nuestras experiencias con ellos son importantes porque, seguramente, estamos sintiendo lo mismo que las personas con las que conviven a diario. Ser consciente de ello me ayudó a empatizar con Becca, a comprender el verdadero alcance de sus dificultades. El difunto periodista Alex Tizon pensaba que toda persona posee una historia épica alojada «en alguna parte de la maraña que forman el pasado y el deseo del sujeto». Pero yo no lograba llegar tan lejos con mi paciente. Las sesiones me agotaban cada vez más, y no hablo de un cansancio mental sino más bien de tedio. Me aseguraba de tener chocolate cerca y hacía saltos de tijera antes de su llegada para espabilarme. Al final, cambié la hora de sus sesiones, de última hora de la tarde a primera de la mañana. Pero daba igual; en cuanto me sentaba, se instalaba el aburrimiento y me sentía incapaz de ayudarla. —Necesita que te sientas incompetente para saberse más poderosa — aporta hoy Claire, una psicoanalista muy requerida—. Tu fracaso la ayuda a sentirse menos fracasada. Puede que Claire tenga razón. Los pacientes más difíciles no son los del estilo de John, personas que están cambiando pero no acaban de percatarse. Los más complicados se parecen más bien a Becca, que siguen viniendo pero no cambian. Hace poco, Becca empezó a salir con un chico nuevo, un joven llamado Wade, y la semana pasada me habló de la discusión que habían mantenido. Él había notado que la joven se quejaba de sus propios amigos más de la cuenta. «Si tan infeliz te hacen —le dijo—, ¿por qué no dejas de verlos?». Becca «no se podía creer» la reacción de Wade. ¿Acaso no entendía que simplemente se estaba desahogando? ¿Que estaba compartiendo con él sus pensamientos en vez de «cerrarse en banda»? Los paralelismos resultaban evidentes. Le pregunté a Becca si acaso venía a verme para desahogarse y si, igual que le sucedía con sus amigos, valoraba nuestra relación, por más que en ocasiones se sintiera frustrada. No, replicó ella, lo había entendido mal una vez más. Ella acudía a mí para hablar de Wade. Con él no tenía los problemas de comunicación que tenía conmigo, hasta el punto de sentirse incomunicada. No estaba dispuesta a analizar cuál era su responsabilidad en sus dificultades para obtener de los demás lo que deseaba. Y si bien Becca acudió a mí solicitando que la ayudara a cambiar ciertos aspectos de su vida, no mostraba el menor interés en evolucionar. Estaba atascada en una «discusión histórica», una postura que boicotea el proceso terapéutico. E igual que Becca tenía sus limitaciones, yo también. Todos los psicólogos que conozco han tenido que afrontar los suyos. Maxine vuelve a preguntar por qué sigo viendo a Becca. Señala que he recurrido a todos mis conocimientos y experiencia, he probado todo lo que el grupo me ha propuesto, y la chica no hace progresos. —No quiero que se sienta emocionalmente abandonada —alego. —Ya se siente emocionalmente abandonada —señala Maxine—. Por todo su entorno, incluida tú. —Es verdad —admito—. Pero me da miedo que, si la derivo, se instale en ella la idea de que nadie puede ayudarla. Andrea enarca las cejas. —¿Qué pasa? —pregunto. —No tienes por qué demostrarle a Becca tu competencia profesional —es su respuesta. —Ya lo sé. Es ella la que me preocupa. Ian tose aparatosamente y luego finge atragantarse. El grupo al completo estalla en risas. —Vale, puede que sí. —Unto queso en una galleta salada—. La situación me recuerda a la de otra paciente. Sale con un chico que no la trata demasiado bien y no quiere dejarlo porque, a algún nivel, necesita demostrarle que merece su respeto. Nunca se lo va a demostrar, pero no deja de intentarlo. —Tienes que darte por vencida —sentencia Andrea. —Nunca antes he roto con un paciente —objeto. —Las rupturas son horribles —asiente Claire, al tiempo que se lleva unas pasas a la boca—. Pero sería negligente por nuestra parte no cortar el hilo cuando es necesario. Un murmullo de asentimientos se propaga por el despacho. Ian nos observa, negando con la cabeza. —Me vais a saltar a la yugular por lo que voy a decir —en nuestro grupo, Ian tiene fama de generalizar en torno a los roles de género—, pero allá va. Las mujeres aguantan más porquería que los hombres. Si una chica trata mal a su novio, a él le cuesta menos dejarla. Si un paciente no se está beneficiando de lo que puedo ofrecerle y tengo la seguridad de haber hecho cuanto estaba en mi mano, lo derivo. Como de costumbre, lo miramos de arriba abajo. Las mujeres somos tan capaces como los hombres de cortar una relación. No obstante, también sabemos que podría tener una pizca de razón. —Por la ruptura —dice Maxine. Brindamos, pero no con alegría. Es descorazonador fallarle a un paciente que había depositado en ti sus esperanzas. En esos casos, siempre te queda una duda: si hubiera actuado de otra manera, ¿habría dado con la clave a tiempo? ¿Podría haberla ayudado? La respuesta que te das: seguramente. Diga lo que diga el grupo de supervisión, no he sabido comunicarme con Becca tal como ella necesitaba y, en ese sentido, le he fallado. La terapia es exigente… y no solo para el psicoterapeuta. Sucede así porque la responsabilidad del cambio pertenece en exclusiva al paciente. Si esperas que el psicólogo se pase una hora asintiendo con simpatía, has ido al lugar equivocado. Los psicoterapeutas apoyamos a las personas que acuden a terapia, pero lo hacemos para contribuir a su crecimiento, no para corroborar la mala opinión que tienen de su pareja. (Nuestra función es comprender tu punto de vista, aunque no tenemos por qué suscribirlo.) En terapia, te van a pedir que te responsabilices e igualmente que seas capaz de mostrarte vulnerable. Más que arrastrar a las personas al núcleo del problema, las instamos a descifrarlo por sí mismas, porque las verdades más poderosas —esas que nos tomamos en serio— son aquellas que vislumbramos, poco a poco, por nuestra cuenta. El contrato terapéutico lleva implícita la disposición del paciente a tolerar cierto malestar, porque esa incomodidad es necesaria para la efectividad del proceso. O, como dijo Maxine aquel viernes por la tarde: «Yo no hago terapia del tipo «¡tú puedes, chica!». Puede parecer paradójico, pero la terapia funciona mejor cuando los pacientes empiezan a mejorar; cuando están menos deprimidos o ansiosos, o la crisis ha quedado atrás. A partir de ese momento son menos reactivos, están más presentes y demuestran más capacidad de implicarse en el trabajo. Por desgracia, en ocasiones se marchan justo cuando los síntomas empiezan a remitir, sin comprender (o quizás sabiendo muy bien) que el proceso está en sus comienzos y que, para seguir adelante, tendrán que aplicar aún más esfuerzo. Cierto día, al final de una sesión con Wendell, le revelé que algunas veces, cuando me marcho más alterada que al llegar —abandonada en el mundo cruel, con tantas cosas por decir todavía, presa de un millón de sentimientos dolorosos— detesto la terapia. «Las cosas que merecen la pena a menudo son dolorosas», respondióél. No lo dijo por decir; su tono y la expresión de su rostro me indujeron a pensar que hablaba por propia experiencia. Y si bien es verdad que todo el mundo desea sentirse mejor al terminar la sesión, añadió, yo, más que nadie, debería saber que la terapia no siempre funciona así. Si quería sentirme mejor a corto plazo, debería comerme un trozo de pastel o tener un orgasmo. Pero él no trabajaba en el negocio de las gratificaciones inmediatas. Y yo, añadió, tampoco. Salvo que yo era… una paciente. La terapia resulta engorrosa porque nos exige mirarnos desde ángulos que, por lo general, preferimos obviar. Los psicólogos sostienen el espejo con toda la empatía del mundo, pero depende del paciente echar un buen vistazo al reflejo, sostenerle la vista y decir: «Oh, es muy interesante. ¿Y ahora qué?», en lugar de dar media vuelta. Decidí seguir el consejo del grupo y poner fin a las sesiones con Becca. Tras eso, ambas nos sentimos decepcionadas y liberadas. Cuando comparto la novedad con Wendell en la siguiente sesión, afirma que entiende muy bien lo que estaba viviendo con ella. —¿Tiene algún paciente parecido? —pregunto. —Sí —responde, y esboza una gran sonrisa sin desviar la mirada. Tardo un minuto, pero lo pillo: se refiere a mí . ¿Practica el salto de tijera o se hincha a cafeína antes de nuestras sesiones, como hacía yo? Muchos pacientes piensan que el relato de sus vidas, que perciben como insulsas, nos aburre, pero se equivocan por completo. En terapia, las personas aburridas son aquellas que no comparten sus vidas, que se pasan la sesión sonriendo o nos largan historias intrascendentes y repetitivas en todas las ocasiones, hasta que acabamos sumidos en la perplejidad. ¿Por qué me cuenta esto? ¿Qué importancia tiene? Los individuos agresivamente aburridos pretenden mantenerte a distancia. Y precisamente eso es lo que hago con Wendell al hablarle de Novio sin cesar: no puede comunicarse conmigo porque no lo dejo entrar. Ahora mismo acaba de evidenciarlo: estoy mostrando hacia Wendell el mismo comportamiento que adoptamos Novio y yo mutuamente durante la relación; no soy tan distinta de Becca, al cabo. —Se lo digo a guisa de invitación —sugiere Wendell, y yo pienso en cuántas invitaciones mías ha rechazado Becca. No quiero hacerle eso a mi terapeuta. Si no fui capaz de ayudar a Becca, tal vez ella sí pueda ayudarme a mí. U 19 El material de los sueños n día, una mujer de veinticuatro años con la que llevaba trabajando unos meses, entró y me relató el sueño que había tenido la noche anterior. —Estoy en un centro comercial —empezó Holly— y me topo con una chica, Liza, que se portó fatal conmigo en el instituto. No se burlaba de mí a la cara, como hacían otras. Sencillamente me ignoraba por completo. No digo que me importase, si no fuera porque fingía no saber quién era yo cuando me cruzaba con ella fuera del instituto. Y era absurdo, porque hacía tres años que asistíamos al mismo centro y compartíamos varias clases. »En fin, Liza vivía a pocas manzanas de mi casa, así que coincidíamos a menudo, ya sabe, en el barrio y por ahí, y yo tenía que fingir que no la veía, porque si le decía «hola» o la saludaba con un gesto o algo parecido, fruncía el ceño y me miraba como si le sonara de algo pero no pudiera ubicarme. Me decía, con un tono afectado: «Perdona, ¿nos conocemos?» o «¿nos hemos visto antes?». O también, si tenía suerte: «Lo siento mucho, pero no consigo recordar tu nombre». La voz de Holly se quebró un instante. A continuación prosiguió el relato. —En el sueño, estoy en el centro comercial y Liza también anda por allí. Ya no voy al instituto y tengo un aspecto distinto; he adelgazado, llevo un conjunto perfecto y me he alisado el cabello. Estoy mirando vestidos en un expositor cuando Liza se acerca a echar un vistazo y hace un par de comentarios sobre las prendas, igual que harías con una desconocida. Al principio me enfado: ya estamos otra vez, sigue fingiendo que no me conoce. Salvo que esta vez no representa un papel; no me reconoce porque estoy fantástica. Holly se revuelve en el asiento y se tapa con la manta. Ya hemos hablado otras veces de su tendencia a usar la manta para ocultar su cuerpo; para esconder su talla. —Así que disimulo y seguimos charlando, de los vestidos, de nuestras profesiones y, mientras hablamos, advierto en su expresión que empieza a recordar quién soy. Tengo la impresión de que intenta conciliar la imagen de mi antiguo yo, el de bachillerato (ya sabe, con granos, gorda, cabello encrespado) con la persona que tiene delante. Su cerebro ata cabos y exclama: «¡Oh, Dios mío! ¡Holly! ¡Fuimos juntas al instituto!». Ahora Holly se reía con ganas. De largo cabello castaño y ojos del color del océano tropical, era alta y despampanante, y todavía pesaba veinte kilos de más. —Así pues —prosiguió—, frunzo el ceño y le digo, con el mismo tono afectado que usaba ella para dirigirse a mí: «Perdona, lo siento, pero ¿nos conocemos?». Y ella responde: «Pues claro que nos conocemos. ¡Soy Liza! Íbamos juntas a clase de geometría, de historia antigua y de francés. ¿No te acuerdas de la señorita Hyatt?». Y yo respondo: «Sí, yo iba a la clase de la señorita Hyatt, pero, vaya, no me acuerdo de ti. ¿Tú también ibas a su clase?». Y ella insiste: «¡Holly! Vivíamos a una manzana de distancia y te veía en el cine y en la tienda de yogures. Y una vez coincidimos junto a los vestuarios de Victorias’s Secret…» Holly lanzó otra carcajada. —Me está confesando que sí me había reconocido en todas esas ocasiones. Pero yo sigo en mis trece: «Hala, qué raro. No me acuerdo de ti, pero me alegro de haberte visto.» En ese momento suena mi teléfono y es su novio del instituto, que me dice que me dé prisa o llegaremos tarde al cine. Así que la obsequio con la misma sonrisa condescendiente que ella siempre me dedicaba y me alejo. Y ella se queda allí sintiendo lo mismo que sentía yo en tiempos del instituto. Y entonces me percato de que el timbre del teléfono es en realidad la alarma del despertador y todo ha sido un sueño. Más adelante, Holly se referiría a su experiencia como «un sueño de justicia poética», pero, en mi opinión, más bien aborda un tema universal que aparece a menudo en terapia, y no solamente en los sueños: la exclusión. El miedo a quedar al margen, a ser ignorado, a que te rehúyan, a acabar solo y sin amor. Carl Jung acuñó el término inconsciente colectivo para referirse a la parte de la psique que alberga la memoria ancestral o las experiencias comunes a toda la humanidad. Mientras que Freud interpretaba los sueños en el marco del sujeto singular, analizando cómo el contenido del sueño se relaciona con el soñador en la vida real (el elenco de personajes, las situaciones específicas), la psicología de Jung sitúa los sueños en el marco del sujeto universal al analizar cómo se relacionan con los motivos recurrentes del inconsciente colectivo. No debe sorprendernos pues que con frecuencia soñemos con nuestros miedos. Y tenemos muchos. ¿A qué tenemos miedo? Tenemos miedo a que nos hagan daño. A que nos humillen. Al fracaso y también al éxito. Nos asusta estar solos y nos aterra conectar con los demás. Nos da miedo escuchar lo que nos dice el corazón. Nos atemoriza la posibilidad de ser infelices e igualmente la de ser demasiado felices (en esos sueños, se nos castiga por nuestra dicha). Tenemos miedo a no recibir la aprobación de nuestros padres y a aceptarnos tal como somos. A la mala salud y a la buena suerte. Nos asusta nuestra propia envidia y nos da miedo tener demasiado. Nos aterra hacernos ilusiones, por si nos llevamos un desengaño. Nos da pánico el cambio y la posibilidad de no cambiar. Nos asusta que les pase algo a nuestros hijos y quedarnos sin trabajo. Tememos perder el control y nos aterra nuestro propio poder. Tenemos miedo a la brevedad de nuestras vidas y a la cantidad de tiempo que pasaremos muertos. (Nos aterroriza haber sido irrelevantes, después de morir.) Nos asusta hacernos responsables de nuestra existencia. En ocasiones tardamosun tiempo en admitir nuestros miedos, en particular ante nosotros mismos. He advertido que algunos sueños preceden una autoconfesión; como si fueran una especie de preconfesión. Algo enterrado en la psique asciende más cerca de la superficie, pero no del todo. Una paciente sueña que está tumbada en la cama abrazada a su compañera de piso. Al principio piensa que su sueño habla de la estrecha amistad que las une, pero más tarde se da cuenta de que se siente atraída por las mujeres. Un hombre tiene un sueño recurrente en el que la policía lo detiene cuando circula por la autopista a toda velocidad. Al cabo de un año empieza a plantearse, después de décadas, que seguir evadiendo impuestos —saltándose las reglas— podría tener consecuencias. Llevo varios meses trabajando con Wendell cuando el sueño de mi paciente sobre su compañera del instituto se cuela en uno de los míos. Estoy en el centro comercial mirando vestidos y, de súbito, Novio aparece a mi lado. Por lo visto, está buscando un regalo de cumpleaños para su nueva pareja. —Ah, ¿cuántos cumple? —le pregunto en el sueño. —Cincuenta —es su respuesta. Al principio me invade un alivio mezquino; no solo no se ajusta al cliché de los veinticinco sino que me lleva muchos años. Todo cuadra. Novio no quería niños en casa y ella es lo bastante mayor como para tener hijos en la universidad. Novio y yo mantenemos una agradable conversación —amistosa, inocua— hasta que atisbo mi reflejo en el espejo que hay junto al expositor. En ese momento me percato de que en realidad soy una anciana: de setenta y pico, quizás de ochenta. Resulta que la novia de cincuenta es décadas más joven que yo. —¿Llegaste a escribir el libro? —pregunta Novio. —¿Qué libro? —digo, observando el movimiento de mis labios, arrugados como una pasa, en el espejo. —El libro sobre tu muerte —responde como si nada. Y entonces suena la alarma del despertador. A lo largo de todo el día, mientras escucho las ensoñaciones de mis pacientes, no puedo dejar de pensar en el mío. Este sueño me atormenta. Me atormenta porque es una preconfesión. P 20 La primera confesión ermitid que dedique un momento a justificarme. Veréis, cuando le aseguré a Wendell que todo en mi vida iba bien hasta la ruptura, le dije la pura verdad. O, más bien, la verdad tal como yo la conocía. Lo que equivale a decir que le dije la verdad tal como yo quería verla. Y ahora prescindamos de justificaciones: estaba mintiendo. Una de las cosas que no le he contado a Wendell es que, en teoría, debería estar escribiendo un libro y que el proyecto no va viento en popa. Al decir que «no va viento en popa» me refiero a que todavía no he escrito ni una línea. El retraso no tendría mayor importancia si no hubiera firmado un contrato y, en consecuencia, no estuviera legalmente obligada a entregar un libro terminado o, en su defecto, a devolver el anticipo que ya se ha esfumado de mi cuenta bancaria. En realidad, tendría importancia aun si pudiera devolver el dinero por cuanto, además de ser psicóloga, soy escritora —no se trata de algo que hago únicamente, sino de quién soy— y si no puedo plasmar mis ideas en el papel, me falta una parte importante de mí misma. Además, por si fuera poco, mi agente me ha advertido que si no presento el libro nadie me encargará otro. No digo que me sienta incapaz de escribir. De hecho, durante el tiempo que debería haber ocupado redactando el borrador me dediqué a confeccionar emails tan ingeniosos como insinuantes para Novio. Mientras tanto, les decía a mis amigos, familia e incluso al mismo Novio que estaba ocupada con el libro. Me había convertido en el clásico ludópata en el armario que se viste cada mañana para ir al trabajo, se despide de su familia con un beso y luego se dirige al casino en lugar de ir al despacho. Llevo un tiempo queriendo comentar con Wendell la situación, pero estoy tan centrada en superar la ruptura que no he tenido ocasión. Eso, desde luego, también es un cuento. No le he hablado a Wendell del libro que no estoy escribiendo porque si pienso en ello me invade el pánico, el terror, el remordimiento y la vergüenza. Cada vez que la circunstancia asoma a mi pensamiento (algo que sucede constantemente; como dijo Fitzgerald: «En la noche más oscura del alma, siempre son las tres de la madrugada, día tras día») se me anuda el estómago y me siento paralizada. Luego empiezo a plantearme cada mala decisión que he tomado en cada encrucijada del camino, porque estoy convencida de que me encuentro en esta situación a causa de la que considero uno de los patinazos más garrafales de mi vida. Puede que ahora mismo estés pensando: ¿Va en serio? ¿Tienes tanta suerte como para que te encarguen un libro y todavía te quejas? ¡Ay, pobrecita! ¡Ponte a trabajar doce horas al día en una fábrica, por el amor de Dios! Entiendo la impresión que produce. O sea ¿quién me he creído que soy, Elizabeth Gilbert al principio de Come, reza, ama , cuando está llorando en el suelo del baño y piensa en dejar a su marido, que tanto la ama? ¿Gretchen Rubin en Objetivo: felicidad , que tiene un marido apuesto y cariñoso, dos hijas sanas y más dinero del que la mayoría de la gente verá jamás y, pese a todo, no puede librarse de la sensación de que le falta algo? Y eso me recuerda que… he olvidado mencionar un detalle importante acerca del libro que no estoy escribiendo. ¿El tema? La felicidad. Sí, tengo muy presente la ironía de la situación: un libro sobre la felicidad me está haciendo desgraciada. Nunca debería haber aceptado el encargo de una obra sobre ese tema, y no solamente porque llevo un tiempo deprimida, si acaso la teoría «su duelo se debe a un pérdida más importante» de Wendell es acertada. Veréis: cuando tomé la decisión de escribir el libro, acababa de abrir mi consulta privada y la revista Atlantic había publicado recientemente mi artículo estrella «Cómo empujar a tus hijos a terapia: por qué nuestra obsesión con la felicidad de los niños los podría estar condenando a la desdicha», que, en su momento, fue la pieza más compartida de la publicación en sus más de cien años de historia. Me invitaron a hablar del tema en televisiones y radios de ámbito nacional; los medios de todo el mundo me llamaron para entrevistarme y, de la noche a la mañana, me convertí en una «experta en parentalidad». Al cabo de nada, distintas editoriales me estaban pidiendo que convirtiera el artículo en un libro. Y cuando hablo de «pedir», me refiero a que me ofrecían una cifra desorbitada. Más dinero del que una madre soltera como yo podía soñar, tanto como para proporcionar a una familia monoparental como la mía cierto alivio financiero durante largo tiempo. Un libro como ese me garantizaría ofertas para pronunciar conferencias (una actividad que me encanta) en los colegios de todo el país así como un flujo constante de pacientes (que no me vendrían mal, por cuanto estaba empezando). Incluso me compraron los derechos del artículo para una serie de televisión (que tal vez se habría materializado de haber existido un libro superventas sobre el tema). Ahora bien, cuando me dieron la oportunidad de trasladar a una obra más larga el tema de «Cómo empujar a tus hijos a terapia», una obra capaz de cambiar por completo mi futuro profesional y financiero, respondí, con una pasmosa estrechez de miras: Muchas gracias, es muy amable por su parte, pero… prefería no hacerlo. No, no me había dado un golpe en la cabeza. Sencillamente dije «no». Y lo dije porque no me parecía bien. Ante todo, pensaba que el mundo no necesitaba otro libro sobre «padres helicóptero». Montones de obras inteligentes e interesantes sobre hiperparentalidad habían abordado el tema desde todos los ángulos posibles. Al fin y al cabo, dos siglos atrás , el filósofo Johann Wolfgang von Goethe resumió a la perfección el sentimiento: «Demasiados padres complican la vida de sus hijos cuando pretenden, con un exceso de celo, facilitársela.» Incluso en la historia reciente —2003, para ser exactos— uno de los primeros libros sobre hiperparentalidad,titulado con mucho acierto Worried all the time (Preocupados todo el tiempo), lo expresó de este modo: «Las reglas fundamentales de una buena crianza —moderación, empatía y adaptarse al temperamento del niño— son sencillas y no parece probable que los últimos hallazgos científicos puedan mejorarlas». En cuanto que madre, yo no era inmune a la ansiedad parental. Escribí el artículo original, de hecho, con la esperanza de que ayudara a los padres de manera similar a como lo hace la psicoterapia. Ahora bien, si conseguía transformarlo en un libro con el fin de subirme al carro comercial y me unía a las filas de los instaexpertos , me convertiría en parte del problema. Los progenitores no necesitaban otro libro más que los animara a tomarse las cosas con calma y darse un respiro. Lo que necesitaban era un respiro de esa avalancha de manuales de crianza. (Algunos meses más tarde, The New Yorker publicó un artículo humorístico sobre la proliferación de manifiestos sobre parentalidad, diciendo que «la cosa ha alcanzado tales extremos que otro libro más sería una crueldad.) Así pues, igual que Bartleby el escribiente (y con resultados similarmente trágicos), respondí: «preferiría no hacerlo». Y después pasé los años siguientes presenciando cómo nuevos títulos sobre hiperparentalidad pegaban con fuerza, y martirizándome con una pregunta sancionadora tras otra: ¿había sido una actitud responsable por mi parte rechazar tanto dinero? Acababa de terminar un internado no remunerado, tenía prestamos universitarios que devolver y era la única fuente de ingresos de mi familia; ¿no podría haber escrito el libro, recogido los beneficios personales y profesionales y todos tan felices? Al fin y al cabo, ¿cuántas personas se pueden conceder el lujo de trabajar en aquello que les importa de verdad? Por si no estuviera ya bastante arrepentida de haber rechazado la oferta, cada semana recibía correos de lectores y ofertas para impartir charlas sobre «Cómo empujar a tus hijos a terapia». «¿Habrá un libro?», me preguntaban una y otra vez. No , quería decirles, porque soy idiota . Y me sentía una idiota, ante todo porque, a cambio de no venderme y sacar tajada de la locura parental, había accedido a escribir el manual sobre la felicidad, el mismo que ahora me inspira terror y me mantiene sumida en la angustia y depresión. Para poder pagar las facturas mientras mi consulta arrancaba, tendría que escribir una obra, la que fuera, y en aquel momento pensé que tenía algo que ofrecer a los lectores. En lugar de insistir en que los padres nos esforzamos demasiado en hacer felices a nuestros hijos, demostraría que nosotros, los progenitores, estamos obsesionados con alcanzar la dicha. Me parecía un planteamiento más acorde con mi sentir. Sin embargo, cada vez que me sentaba a escribir, me sentía tan desconectada del tema como antes del asunto de los padres helicóptero. La investigación no reflejaba —no podía reflejar— los matices de lo que yo presenciaba en la consulta de terapia. Unos científicos habían ideado incluso una compleja ecuación matemática para predecir el júbilo, basada en la premisa de que la felicidad no aparece cuando las cosas van bien, sino tan solo cuando nos van mejor de lo esperado . La ecuación tiene este aspecto: En realidad, todo se reduce a: felicidad es igual a realidad menos expectativas. Por lo visto, para hacer feliz a alguien basta con darle una mala noticia y luego desmentirla (algo que a mí personalmente más bien me enfurecería). A pesar de todo, sabía que podía armar la información de unos cuantos estudios interesantes, pero tenía la sensación de que tan solo estaría arañando la superficie de algo importante que quería decir pero todavía no sabía cómo expresar con claridad. Y en mi nueva profesión, así como en el conjunto de mi vida, ya no tenía bastante con arañar la superficie. Es imposible formarse como psicoterapeuta y no cambiar en alguna medida, no convertirse en una persona, casi sin darte cuenta, que aspira a acercarse al núcleo. Me dije que no importaba. Escribe el libro y acaba de una vez. Ya había metido la pata con la obra sobre parentalidad; no podía pifiarla también con el manual de la felicidad. Pero pasaban los días y yo no encontraba el enfoque adecuado. Igual que no supe encontrarlo en la ocasión anterior. ¿Cómo me había colocado en esta situación, de nuevo? En la universidad presenciábamos sesiones de terapia a través de espejos de una sola dirección. En ocasiones, en los momentos en que me sentaba a escribir el libro de la felicidad, pensaba en un paciente de treinta y cinco años al que había observado. Decidió hacer terapia porque, si bien amaba a su mujer y se sentía atraído por ella, no podía dejar de engañarla. Ni la esposa ni él entendían la lógica de este comportamiento, tan opuesto a lo que él creía desear: confianza, estabilidad, intimidad. En la sesión, explicó que detestaba la conmoción que sus aventuras provocaban en su matrimonio y en su esposa y reconoció que no era el padre ni el marido que aspiraba a ser. Estuvo hablando un rato de que deseaba con toda su alma dejar de engañarla y confesó no tener ni idea de las razones que lo empujaban a hacerlo. La terapeuta le explicó que, con frecuencia, partes distintas de uno mismo quieren cosas diferentes y, si amordazamos a las facetas que nos parecen inaceptables, estas encuentran otros modos de hacerse oír. Le pidió al hombre que se trasladara a una silla situada en el otro extremo de la habitación y observara lo que pasaba cuando esa parte suya que optaba por engañar podía expresarse en lugar de ser silenciada. Al principio, el pobre hombre se quedó en blanco, pero luego, poco a poco, empezó a dar voz a su parte oculta, la misma que incitaba al marido cariñoso y responsable a enzarzarse en una conducta autodestructiva. Estaba dividido entre esos dos aspectos de sí mismo, igual que yo me hallaba dividida entre la parte de mí que deseaba ofrecer un sustento a mi familia y esa otra deseosa de hacer algo significativo; algo que me saliera del alma y, con suerte, llegara al alma de otros. Novio apareció en escena en el momento más oportuno para distraerme de mi batalla interna. Y, cuando se marchó, llené el vacío acechándolo a través de Google cuando debería haberme sentado a escribir. Buena parte de nuestras conductas autodestructivas nacen de un vacío emocional, una nada que pide a gritos ser llenada. Pero ahora que Wendell y yo hemos acordado que no acecharé a Novio por internet, me siento responsable de mí misma. No tengo excusa para no sentarme a escribir este libro sobre la felicidad que tan desgraciada me hace. O, cuando menos, no la tengo para seguir ocultándole a Wendell la verdad sobre este lío en el que estoy metida. –H 21 Terapia con protección ola, soy yo —dice una voz, cuando escucho los mensajes del contestador entre sesiones. Me da un vuelco el corazón: es Novio. Si bien hace tres meses que no hablamos, su voz me transporta al pasado de inmediato, igual que cuando oyes una vieja canción. Sin embargo, conforme el mensaje prosigue, comprendo que no es él, porque (a) Novio no me llamaría al número del despacho y (b) no trabaja en una serie de televisión. El «yo» del mensaje es John (su voz, grave y queda, se parece a la de Novio hasta extremos espeluznantes). Nunca antes un paciente me había llamado al gabinete sin identificarse. Lo hace como si fuera la única persona que acude a mi consulta y por supuesto el único «yo» de mi vida. Incluso los pacientes suicidas dejan su nombre. Jamás nadie me ha dejado un mensaje diciendo: Hola, soy yo. Me dijiste que te llamara si me asaltaba la idea de quitarme la vida. John me informa de que no podrá llegar a la sesión porque no puede abandonar el estudio, así que se conectará por Skype. Me da su nombre de usuario y se despide diciendo: —Hablamos a las tres. Advierto que no ha preguntado si podemos hacer la sesión por Skype, ni siquiera si tengo por costumbre emplear la aplicación en caso de ser necesario. Da por supuesto que sucederá porque asífunciona el mundo para él. Y si bien recurro a Skype con los pacientes en determinadas circunstancias, no me parece una buena idea en el caso de John. Buena parte de las estrategias que empleo para ayudarle radican en la interacción que mantenemos cara a cara. Podrán ensalzar cuanto quieran las maravillas de la tecnología, pero celebrar una sesión a través de la pantalla se parece, como dijo una colega en una ocasión, «a hacer terapia con preservativo». El trabajo no se basa únicamente en las palabras del paciente, ni siquiera en el lenguaje corporal: el pie que baila, un tic facial sutil, el temblor del labio inferior, los ojos que se entornan con rabia. Más allá de lo que vemos y oímos, hay algo menos tangible pero igual de importante: la energía de la sala, el hecho de estar juntos. Pierdes esa inefable dimensión cuando no compartes el mismo espacio físico. (Por no mencionar el asunto de los problemas técnicos. Una vez celebré una sesión por Skype con una paciente que había tenido que trasladarse a Australia de manera temporal y, en el instante en que empezó a llorar a lágrima viva, el volumen desapareció. Únicamente veía sus labios en movimiento y ella no sabía que no podía escucharla. Antes de que se lo hiciera saber, la conexión cayó por completo. Tardé diez minutos en volver a conectar con ella, y para entonces no solo el momento se había esfumado sino que el tiempo se había agotado.) Le envío a John un correo electrónico rápido para proponerle que cambiemos la sesión a otra día, pero me responde con un mensaje equivalente a un telegrama moderno: No puedo esperar. Urgente. Por favor. Me sorprende que lo pida por favor y aún más que solicite ayuda urgente. Reconoce que me necesita en lugar de tratarme como un elemento prescindible. Accedo: hablaremos por Skype a las tres. Algo va mal, deduzco. A las tres en punto, entro en Skype y llamo a John. Espero encontrarlo sentado en un despacho, ante un escritorio. En vez de eso, la llamada entra y me sorprendo observando una casa que conozco bien. La conozco porque se trata de uno de los decorados principales de una serie que Novio y yo mirábamos compulsivamente en el sofá, con los brazos y las piernas entrelazados. Al otro lado de la pantalla, los cámaras y los técnicos de iluminación pululan de acá para allá por el interior de un dormitorio que he visto millones de veces. Aparece la cara de John. —Espere un momento —es su saludo. Su cara desaparece y ahora veo sus pies. Hoy lleva unas deportivas de lona, a cuadros, y parece estar desplazándose mientras me lleva consigo. Deduzco que busca intimidad. Además de sus zapatos, atisbo cables eléctricos en el suelo y oigo, de fondo, una gran conmoción. Por fin reaparece la cara de mi paciente. —Vale —dice—. Estoy listo. Ahora tiene una pared detrás y empieza a susurrar a toda máquina. —Es Margo y el idiota de su psicólogo. No sé quién le ha dado el título, pero en vez de mejorar las cosas, las está empeorando. En teoría tenía que buscar ayuda para la depresión y, en vez de eso, está cada vez más molesta conmigo: no soy accesible, no la escucho, me muestro distante, la evito, olvido no sé qué fecha significativa. ¿Le he contado que ha creado un calendario de Google compartido para asegurarse de que no olvido los asuntos «importantes»? —con la mano libre, John dibuja unas comillas en el aire—. Así que ahora estoy aún más estresado si cabe porque no para de incluir cosas y mi agenda ya está a tope. John ya me ha contado todo eso, así que no acabo de entender a qué viene tanta urgencia. Al principio presionó a Margo para que hiciera terapia («así podrá despotricar de mí») pero ahora que ella ha empezado el tratamiento John me dice a menudo que «el idiota de su psicólogo» le está «comiendo el coco» a su esposa y «metiéndole ideas absurdas en la cabeza». Yo intuyo que el terapeuta de Margo la está ayudando a ver con más claridad lo que puede y no puede tolerar, un trabajo que la mujer necesitaba como agua de mayo. O sea, no puede ser fácil estar casada con John. Al mismo tiempo, empatizo con John, porque su reacción es muy habitual. Cada vez que una persona de la constelación familiar empieza a cambiar, por más que los cambios sean sanos y positivos, los otros miembros tienden a hacer todo lo que está en su mano por devolver las cosas a su antiguo estado con el fin de recuperar la homeostasis. Si un adicto deja de beber, por ejemplo, el resto de la familia boicotea inconscientemente su recuperación, porque para recuperar la homeostasis del sistema, alguien tiene que hacer el papel de oveja negra. ¿Y quién quiere el papel? En ocasiones las personas oponen resistencia incluso a los cambios positivos de sus amigos: ¿Por qué vas tanto al gimnasio? ¿Por qué quieres irte a dormir?; ¡no necesitas dormir tanto! ¿Por qué te esfuerzas tanto por conseguir ese ascenso? ¡Ya no eres divertido! Si la mujer de John empieza a superar la depresión, ¿cómo conservará John su rol de persona cuerda en el sistema familiar? Si ella intenta acercarse a él con una actitud más sana, ¿cómo podrá él mantener la cómoda distancia que con tanta habilidad ha preservado todos estos años? No me sorprende que John reaccione mal a la terapia de Margo. Su psicólogo parece estar haciendo un buen trabajo. —Pues bien —prosigue John—, ayer por la noche, Margo me pidió que fuera a la cama y le dije: «voy enseguida, tengo que contestar unos emails». Normalmente la tengo encima a los dos minutos. ¿Por qué no vienes? ¿Por qué estás siempre trabajando? Pero anoche no hizo nada de eso. ¡Me quedé de piedra! Pensé, Dios mío, parece que la terapia empieza a funcionar. Por fin ha entendido que pincharme no me ayuda a terminar antes. Así que rematé los correos y, cuando llegué, Margo estaba dormida. El caso es que esta mañana, cuando nos hemos levantado, Margo me ha dicho: «Me alegro de que terminaras el trabajo, pero te eché de menos. Siempre te echo de menos. Solo quiero que lo sepas». John vuelve la cabeza hacia la izquierda y ahora oigo lo que él oye: una conversación sobre la iluminación. Sin decir una palabra, veo las deportivas de John según se desplazan por el suelo. Cuando su rostro vuelve a asomar, la pared que tenía detrás ha desparecido y, al fondo, atisbo a la estrella de la serie, en la esquina superior derecha de mi pantalla, que ríe con su archienemigo y con una pretendiente de la que abusa verbalmente en la ficción. (Estoy segura de que el personaje protagonista es una creación de John.) Me encantan esos actores, de modo que fuerzo la vista para verlos mejor a través del ordenador, como esas personas que alargan el cuello a la entrada de los Emmy para avistar por un instante a alguna celebridad; salvo que esto no es la alfombra roja y yo los estoy observando mientras charlan y toman sorbos de agua entre una escena y otra. Los paparazzi matarían por esta imagen , pienso, y tengo que recurrir a una inmensa fuerza de voluntad para devolverle la atención a mi paciente. —En fin —susurra—. Ya sabía yo que era demasiado bueno para ser verdad. Pensaba que había entrado en razón ayer por la noche, pero, como era de esperar, las quejas se han reanudado en cuanto nos hemos levantado. Así que le he soltado: «¿Me echas de menos? ¿A qué viene eso? ¿Intentas que me sienta culpable?». O sea, estoy ahí. Estoy ahí cada noche. Soy fiel al ciento por ciento. Nunca la he engañado y nunca lo haré. Le proporciono una buena vida. Soy un padre implicado. Incluso me ocupo del perro, porque Margo odia ir por ahí recogiendo cacas con una bolsa. Y cuando no estoy en casa me dedico a trabajar. No me paso la vida de vacaciones en el Cabo, que digamos. Y le he dicho que puedo dejar mi empleo para que no me añore tanto y pasarme el día en casa mano sobre mano o conservarlo y asegurarme de que sigamos teniendo un techo que nos cobije. ¡Voy enseguida! —le grita a alguien que no alcanzo a ver antes de continuar—: ¿Y sabe lo que ha hecho al oír eso? Me ha respondido, en plan Oprah — aquí clava el tono exacto de la presentadora—: «Ya sé que te esfuerzas,y te lo agradezco, pero también te echo de menos cuando estás aquí». Intento intervenir pero John no me lo permite. Nunca lo había visto tan alterado. —Y, por un segundo, me he sentido aliviado, porque normalmente ya estaría gritando a estas alturas, pero entonces me he percatado de lo que está pasando. Eso no es propio de Margo. ¡Está tramando algo! Y entonces me dice: «Necesito que prestes atención a esto». Y yo le respondo: «Te estoy prestando atención, ¿vale? No soy sordo. Intentaré acostarme más temprano, pero antes tengo que acabar el trabajo». Ella me mira con tristeza, como si estuviera a punto de echarse a llorar, y yo me quiero morir cuando me mira así, porque lo último que deseo es verla triste. Lo último que deseo es decepcionarla. Pero antes de que diga nada, me suelta: «Necesito que sepas hasta qué punto te añoro porque, si no me haces caso, no sé cuánto tiempo más te lo podré seguir diciendo». «¿Ahora nos amenazamos?», la acuso, y ella responde: «No es una amenaza, es la realidad». John abre unos ojos como platos y su mano libre sale disparada hacia arriba como diciendo: ¿se lo puede creer? —No creo que sea capaz de hacerlo —supone—, pero me he quedado de piedra porque ninguno de los dos había amenazado nunca con marcharse. Cuando nos casamos, prometimos que nunca recurriríamos a ese tipo de chantaje, por mucho que nos enfadáramos, y no lo hemos hecho en doce años. —Mira a su derecha—. Vale, Tommy, ahora le echo un vistazo… John se interrumpe y, de sopetón, estoy viendo nuevamente sus deportivas. Cuando termina con Tommy, echa a andar hacia alguna otra parte. Un minuto más tarde asoma su semblante otra vez. Ahora está delante de otra pared. —John —lo interrumpo—. Vamos a retroceder un poco. En primer lugar, ya sé que está disgustado por los comentarios de Margo… —¿Los comentarios de Margo? ¡Ni siquiera son sus palabras! Es el idiota de su terapeuta haciendo de ventrílocuo. Adora a ese tío. Siempre lo está citando, como si fuera su puñetero gurú. Seguro que echa algo en la bebida, y las mujeres de toda la ciudad se están divorciando porque se tragan las chorradas de ese tipo. Busqué sus credenciales en internet y, claro, algún comité profesional de idiotas le dio el título. Wendell Bronson, puñetero doctor en psicología. Espera un momento. ¿Wendell Bronson? ¡! ¡¡!! ¡¡¡¡!!!! ¡¡¡¡¡!!!!! ¿Margo está viendo a mi Wendell? ¿El «idiota del psicólogo» es Wendell? Me va a estallar la cabeza. Me pregunto qué sitio del sofá escogió Margo el primer día. Me pregunto si Wendell le lanza la caja de pañuelos o si Margo se sienta tan cerca como para alcanzarlos ella misma. Si nos hemos cruzado al salir o al entrar (¿la mujer guapa que lloraba cuando yo estaba esperando?). Si alguna vez ha mencionado mi nombre en sus sesiones: «John tiene una terapeuta horrible, una tal Lori Gottlieb, y le ha dicho que…». Pero entonces me acuerdo de que John no le ha contado a Margo que hace terapia —yo soy la «fulana» a la que paga en efectivo— y ahora mismo doy infinitas gracias por esta circunstancia. No sé dónde colocar esta información, así que opto por el curso de acción que nos aconsejaron en la formación en caso de experimentar una reacción complicada y necesitar más tiempo para entenderla. No hago nada… de momento. Ya consultaré al respecto. —Vamos a quedarnos con Margo un instante —digo, más para mí que para John—. Opino que fue un comentario muy tierno. Debe de amarle con locura. —¿Cómo? ¡Está amenazando con dejarme! —Bueno, se puede ver de otro modo —propongo—. Ya hemos hablado antes de la diferencia entre crítica y queja. La primera contiene un juicio de valor mientras que la segunda alberga una petición. Pero una queja puede ser al mismo tiempo un cumplido implícito. Ya sé que las palabras de Margo a menudo parecen una retahíla de quejas. Y lo son. Pero también contienen un elemento de ternura, porque dentro de cada una hay un cumplido. Si bien la forma no es la ideal, le está diciendo que lo ama. Necesita más. Lo añora. Le está pidiendo que se acerque. Y ahora le dice que la experiencia de querer estar con usted y no ser correspondida le resulta tan dolorosa que no sabe si será capaz de seguir soportándola porque lo ama con toda su alma . —Quiero que asimile esa última parte—. A mí me parece un cumplido. Con John, me dedico ante todo a trabajar sus sentimientos en el momento presente, porque lo que sentimos se traduce en comportamientos. Una vez que sabemos lo que nos pasa por dentro, podemos elegir qué hacer con las emociones. Pero si las negamos en cuanto aparecen, a menudo tomamos la dirección equivocada y acabamos perdidos en tierra de nadie. Los hombres están en desventaja en ese aspecto, porque no han sido criados para orientarse por sus mundos internos. Socialmente no está bien visto que los hombres hablen de sus emociones. Y mientras que las mujeres están sometidas a la presión social de cuidar su apariencia física, los hombres se enfrentan al imperativo de cuidar su apariencia emocional. Nosotras tendemos a sincerarnos con las amigas y miembros de la familia, pero cuando ellos me dicen cómo se sienten en terapia, casi siempre soy la primera persona a la que le confiesan sus emociones. Igual que mis pacientes femeninas, los hombres lidian con el matrimonio, la autoestima, la identidad, el éxito, sus padres, su infancia, la necesidad de sentirse amados y comprendidos; y sin embargo son temas difíciles de abordar de manera significativa con sus amigos masculinos. No me extraña que los índices de abuso de sustancias y suicidio entre hombres de mediana edad sigan aumentando. Muchos tienen la sensación de que no tienen nada más a lo que recurrir. Así que le concedo a John un rato para descifrar los sentimientos que le inspira la «amenaza» de Margo y el mensaje, más tierno, que podría haber detrás. Nunca lo he visto permanecer tanto rato consigo mismo y me admira que sea capaz de hacerlo ahora. John ha bajado la vista hacia un lado, un gesto que suelen adoptar los pacientes cuando algo de lo que digo toca una fibra sensible, y me alegro. Es imposible crecer si no estás dispuesto a aceptar tu vulnerabilidad. Parece que todavía está asimilando mis palabras, que el impacto que causa en Margo resuena en él por primera vez. Por fin John alza la vista. —Hola, perdone. He tenido que silenciarla un momento. Estaban grabando. Me he perdido lo último. ¿Qué estaba diciendo? Es el colmo. He estado, literalmente, hablando conmigo misma. ¡No me extraña que Margo quiera dejarlo! Debería haber hecho caso a mi instinto y haber cambiado el día de la sesión, pero me ha enredado con su actitud suplicante. —John —le digo—. Quiero ayudarle, de veras, pero esto es demasiado importante para hablarlo por Skype. Vamos a programar otra hora y viene a mi consulta, donde no habrá tantas distrac… —Oh, no, no, no, no, no —me interrumpe—. Esto no puede esperar. Tengo que ponerla al día para que pueda hablar con él. —Con… —¡El idiota del psicólogo! Solo ha oído una versión de la historia y ni siquiera muy exacta. Pero usted me conoce. Usted puede interceder por mí. Puede explicarle cómo son las cosas antes de que a Margo se le vaya la olla. Me hago una composición mental de la escena: John quiere que llame a mi terapeuta para comentarle por qué mi paciente no está contento con el trabajo que está realizando con la esposa de mi paciente. Esto… no. Y aunque Wendell no fuera mi psicólogo, tampoco haría esa llamada. En ocasiones llamo a otro psicoterapeuta si, pongamos, yo estoy trabajando con la pareja y un colega está viendo a uno de los miembros, y hay una razón de peso para intercambiar información (alguien piensa en el suicidio o es potencialmente violento o quizás estamos trabajando en un marco que se podría reforzar en otro. También si necesito una perspectiva más amplia). Pero, en esos casos, ambas partes han firmado su consentimiento al respecto. Tanto si se trata de Wendell como si no, no puedo llamar al terapeuta de la esposa de mi paciente sin una razón clínica de peso y sin que losdos hayan consentido por escrito. —¿Le puedo hacer una pregunta? —le dijo a John. —¿Qué? —¿Usted echa de menos a Margo? —¿Si la echo de menos? —Sí. —No va a llamar al psicólogo de Margo, ¿verdad? —No, y usted no me va a decir lo que siente por ella, ¿no es cierto? Tengo el presentimiento de que hay un gran amor enterrado entre John y Margo, porque si algo he aprendido es que el amor a menudo se expresa de muchas formas que parecen otra cosa. John sonríe y veo a una persona que debe de ser Tommy entrar en el encuadre con un guion en la mano. Me veo proyectada hacia el suelo a tal velocidad que me mareo, como si fuera montada en una montaña rusa e iniciara un descenso a toda velocidad. Mirando los zapatos de John, los oigo debatir acerca de si un personaje —¡mi favorito!— debe comportarse como un completo imbécil en esa escena o darse cuenta hasta cierto punto de que está siendo insufrible (John escoge conciencia, qué curioso). Tras eso, Tommy da las gracias y se marcha. Me divierte presenciar cómo John exhibe unas maneras amables; se disculpa con Tommy por su ausencia y le explica que está ocupado «apagando un fuego en la cadena». (Yo soy «la cadena»). Puede que sea educado con sus compañeros de trabajo, en contra de lo que cabría esperar. O puede que no. Espera a que Tommy se marche, me devuelve al nivel de su rostro y articula idiota con los labios, al tiempo que pone los ojos en blanco. —No entiendo cómo el psicólogo, que además es un tío, no es capaz de ver la situación desde mi punto de vista —continúa—. ¡Incluso usted la ve desde mi punto de vista! ¿Incluso yo? Sonrío. —¿Me acaba de hacer un cumplido? —No se ofenda. Quería decir que… ya sabe. Lo sé, pero quiero que lo diga. A su manera, está apegado a mí y quiero que permanezca en ese mundo emocional un poco más. Pero John insiste de nuevo en que Margo está enredando a su terapeuta. Además, dice, Wendell es un charlatán porque sus sesiones solo duran cuarenta y cinco minutos y no los cincuenta de rigor. (Yo comparto su fastidio al respecto, por cierto.) De súbito me asalta la idea de que John está hablando de Wendell igual que un marido hablaría del hombre que se ha ganado el corazón de su mujer. Creo que está celoso y se siente desplazado de lo que sea que está sucediendo entre Margo y el psicólogo en ese despacho. (¡Yo también estoy celosa! ¿Se ríe Wendell de las bromas de la mujer? ¿Le cae ella mejor que yo?) Quiero devolver a John a ese momento en que ha estado a punto de conectar conmigo. —Me alegra que piense que yo le comprendo —digo. John me mira como un ciervo sorprendido por unos faros, pero en seguida vuelve a lo suyo. —Yo solo quiero saber cómo debo comportarme con Margo. —Ella ya se lo ha dicho —es mi respuesta—. Lo añora. Conozco de primera mano la facilidad que usted tiene para rechazar a las personas que lo aprecian. Yo no le voy a dejar, pero Margo le está diciendo que podría hacerlo. Así que tendrá que probar algo distinto con ella. Quizás hacerle saber que usted también la echa de menos. —Dejo un silencio—. Porque es posible que me equivoque, pero creo que desearía tenerla más cerca. Se encoge de hombros y esta vez, cuando baja la mirada, no me ha silenciado. —Echo de menos los buenos tiempos —dice. Ahora su expresión muestra tristeza en lugar de rabia. La rabia es la emoción por defecto de la mayoría, porque se proyecta hacia fuera; echar la culpa a los demás evoca una deliciosa sensación de virtud. No obstante, esa sensación suele ser la punta del iceberg y si miras bajo la superficie verás sentimientos sumergidos, ya sean inconscientes u ocultos a los demás: miedo, indefensión, envidia, soledad, inseguridad. Y si eres capaz de soportar esos sentimientos el tiempo suficiente para entenderlos y escuchar lo que te dicen, no solo podrá controlar la ira de maneras más productivas sino que dejarás de estar enfadado todo el tiempo. Como cabe imaginar, la rabia cumple igualmente otro propósito: aleja a las personas e impide que se acerquen tanto como para ver tu verdadero yo. Me pregunto si John necesita que los demás estén enfadados con él para que no adviertan su tristeza. Empiezo a hablar, pero alguien llama a John a gritos y él se sobresalta. El móvil se le resbala de la mano y cuando creo que mi cara se va a estrellar contra el suelo, John lo recoge y vuelve a aparecer en pantalla. —Porras… ¡tengo que irme! —exclama. A continuación, entre dientes—. Malditos imbéciles. Y la imagen desaparece. Por lo visto, la sesión ha terminado. Como tengo un rato antes de que llegue mi próximo paciente, me encamino a la cocina para comer algo. Dos de mis colegas están allí. Hillary prepara té. Mike come un bocadillo. —Hipotéticamente hablando —empiezo—, ¿qué haríais si la mujer de un paciente estuviera viendo a vuestro psicoterapeuta y el paciente pensara que ese psicólogo es idiota? Me miran con las cejas enarcadas. En esta cocina, las situaciones hipotéticas nunca lo son. —Cambiaría de terapeuta —dice Hillary. —Yo me quedaría con mi terapeuta e intercambiaría los pacientes — propone Mike. Sueltan sendas carcajadas. —No, en serio —insisto—. ¿Qué haríais? La cosa es todavía peor: quiere que hable con mi psicólogo acerca de su mujer. Ella todavía no sabe que él está haciendo terapia, pero ¿y si en algún momento se lo dice y me pide que hable con el psicólogo de su esposa, y ella lo aprueba? ¿Tengo que revelar quién es mi terapeuta? —Claro que sí —responde Hillary. —No necesariamente —dice Mike al mismo tiempo. —Exacto —concluyo—. La cosa no está nada clara. ¿Y sabéis por qué? ¡Porque esas cosas NUNCA PASAN! ¿A quién le ha sucedido alguna vez algo así? Hillary me sirve una taza de té. —Hace tiempo vino a verme un matrimonio, cada uno por su lado, inmediatamente después de separarse —relata Mike—. Tenían apellidos distintos y las direcciones no coincidían, porque no vivían juntos, así que no supe que estaban casados hasta la segunda sesión con cada uno, cuando me percaté de que estaba oyendo dos versiones de la misma historia. Un amigo mutuo, antiguo paciente mío, les había proporcionado mi nombre a los dos. Tuve que derivarlos a ambos. —Sí —admito—, pero en este caso no hay dos pacientes con un conflicto de intereses. Es mi terapeuta el que está en medio. ¿Qué probabilidades hay de que pase algo así? Advierto que Hillary ha desviado la vista. —¿Qué pasa? —quiero saber. —Nada. Mike la mira. Ella se ruboriza. —Suéltalo —ordena él. Hillary suspira. —Vale. Hará cosa de veinte años, cuando estaba empezando, trataba a un paciente que sufría depresión. Yo tenía la sensación de que estábamos avanzando pero en cierto momento la terapia se atascó. Pensé que él oponía resistencia, cuando la verdad es que yo no tenía suficiente experiencia y estaba demasiado verde para darme cuenta. Da igual, el caso es que él se marchó y, al cabo de un año, me lo encontré en la consulta de mi psicóloga. Mike sonríe. —¿Tu paciente te dejó por tu terapeuta? Hillary asiente. —Lo más curioso es que, en sesión, le había contado que había llegado a un punto muerto con ese paciente y hasta qué punto me sentí impotente cuando se marchó. Estoy segura de que él le habló de la ineptidud de su antigua terapeuta e incluso mencionó mi nombre en algún momento. Me juego algo a que ella sumó dos y dos. Medito la historia en relación a la situación con Wendell. —¿Pero tu psicóloga no dijo nada? —Nunca —asiente Hillary—. Así que un día saqué el tema a colación. Y, como es lógico, ella no reconoció que estaba tratando a ese chico, así que nos centramos en cómo afrontaba yo la inseguridad que me inspiraba el hecho de ser nueva en esto. Pfff. ¿Mis sentimientos? ¿A quién le importaban? Yo me moría por saber cómo le iba con el chico, qué estaba haciendo distinto, por qué su estrategia funcionaba mejor. —Nunca lo sabrás —sentencié. Hillary niega con un movimiento de la cabeza. —Nunca lo sabré. —Somos como tumbas —dice Mike—. No soltamos prenda. Hillary se vuelve a mirarme. —¿Y entonces qué? ¿Se lo vas a decir a tu psicólogo? —¿Debería? Ambos seencogen de hombros. Mike echa una ojeada al reloj, tira los restos del bocadillo a la basura. Hillary y yo apuramos los últimos sorbos de té. Es hora de volver al trabajo. Una a una, las luces verdes del panel de la cocina se encienden, y salimos en fila india a buscar a nuestros pacientes en la sala de espera. –H 22 Entre rejas um —murmura Wendell cuando le confieso el asunto del libro, bien avanzada la sesión. He tardado un buen rato en reunir el valor necesario para contárselo. Llevo dos semanas sentándome en la posición B con la intención de confesarme, pero cuando lo tengo delante, rodillas contra rodillas en la esquina del sofá, me acobardo. Hablo de la maestra de mi hijo (embarazada), de la salud de mi padre (mala), de un sueño (raro), del chocolate (una huida por la tangente, lo reconozco), las arrugas que se me empiezan a dibujar en la frente (para mi sorpresa, no es una huida por la tangente) y el significado de la vida (la mía). Wendell intenta que me centre, pero yo salto tan deprisa de un tema al siguiente que le gano la partida. O eso me parece. De sopetón, Wendell bosteza. Es un bostezo fingido, estratégico, espectacular, exagerado, ostentoso. Es un bostezo que dice: a menos que me cuentes lo que tienes en la cabeza de verdad, te vas a quedar atascada donde estás. A continuación se recuesta en el asiento y me observa con atención. —Tengo que contarle una cosa —empiezo. Me mira como diciendo: no me digas . Y le suelto toda la historia de un tirón. —Hum —dice—. Así que no quiere escribir ese libro. Asiento. —¿Y si no lo presenta, habrá graves consecuencias financieras y profesionales para usted? —Exacto. —Me encojo de hombros con un gesto que viene a decir: ¿se da cuenta hasta qué punto estoy hundida en la miseria? —. Si hubiera escrito el libro de parentalidad —le explico— no me encontraría en esta situación. Me repito este sonsonete cada día —en ocasiones cada hora— desde hace varios años. Wendell, como tiene por costumbre, se encoge de hombros con un amago de sonrisa. —Ya lo sé —suspiro—. He cometido un error monumental. No hay vuelta atrás. El pánico me inunda de nuevo. —No es eso lo que estoy pensando —dice. —¿No? ¿Y qué está pensando? Empieza a cantar. —He perdido la mitad de mi vida, oh, sí. Media vida que ya nunca recuperaré. Pongo los ojos en blanco con impaciencia, pero él continúa sin darse por aludido. La melodía recuerda a un blues y yo intento ubicarla. ¿Es un tema de Etta James? ¿De B. B. King? —Ojalá pudiera retroceder, cambiar el pasado. Tener más años, arreglarlo… Y entonces me percato de que no está cantando ningún tema famoso. Se trata de una composición de Wendell Bronson, improvisador. La letra es horrible, pero su voz, potente y vibrante, me pilla por sorpresa. La canción continúa y él está cada vez más motivado. Sigue el ritmo con los pies. Hace chasquear los dedos. Si estuviéramos en cualquier otra parte, lo tomaría por un pardillo enfundado en un jersey de punto, pero aquí me asombran su confianza en sí mismo y su espontaneidad, su capacidad de mostrarse tal como es, sin importarle quedar como un bobo o parecer poco profesional. No me imagino haciendo algo así delante de mis pacientes. —Porque he perdido la mitad de mi viiiiida. Cierra con una variación e incluso agita las manos como un bailarín de jazz. Wendell deja de cantar y me mira con seriedad. Quiero decirle que no ha tenido gracia. Está trivializando un problema que me genera, desde un punto de vista realista y práctico, una gran ansiedad. Pero antes de que llegue a decirlo, una pesada tristeza desciende sobre mí, como surgida de la nada. La melodía de Wendell resuena en mi cabeza. —¿Conoce el poema de Mary Oliver? —le pregunto a Wendell— «¿Qué vas a hacer con tu preciosa, salvaje, única vida?». Así me siento. Creía saber lo que iba a hacer y ahora todo ha cambiado. Iba a vivir con Novio. Iba a escribir un libro del que me sintiera orgullosa. Nunca imaginé… —…que se encontraría en esta situación. Me lanza una mirada elocuente. Ya estamos otra vez. Somos como un viejo matrimonio, que termina las frases del otro. Sin embargo, ahora Wendell guarda silencio, y no me parece la clase de mutismo intencionado al que estoy acostumbrada. Me asalta la idea de que tal vez se haya quedado sin palabras, igual que me quedo yo a veces en sesión, cuando mis pacientes están atascados y yo me atasco con ellos. Ha probado con el bostezo y la canción, ha tratado de reencauzarme y ha formulado preguntas importantes. Y, a pesar de todo, yo he regresado al mismo lugar de siempre, a la historia de mis pérdidas. —Me estaba planteando qué ha venido a buscar aquí —dice—. ¿Cómo cree que la puedo ayudar? La pregunta me desconcierta. No sé si me pide ayuda como colega o si se lo plantea a la paciente. En cualquier caso, no lo tengo claro; ¿qué le pido a la terapia? —No lo sé —es mi respuesta, y tan pronto como lo digo, me asalta el miedo. Es posible que Wendell no pueda socorrerme. Quizás nada pueda socorrerme. Tal vez tenga que aprender a vivir con mis decisiones. —Tengo recursos para ayudarla —expone—, pero tal vez no del modo que usted imagina. No le puedo devolver a su novio y no le puedo ofrecer una segunda oportunidad. Y ahora tiene este problema con el libro y quiere que la rescate también. Y no puedo hacerlo. Resoplo ante el disparate que acabo de oír. —No pretendo que me rescate —protesto—. Soy cabeza de familia, no una damisela en apuros. Me sostiene la mirada. Desvío la vista. —No necesito que nadie me rescate de nada —insisto, aunque esta vez una parte de mí se pregunta: ¿o sí? ¿No es eso lo que queremos todos, de alguna manera? Pienso en las personas que acuden a terapia con la esperanza de sentirse mejor, pero ¿qué significa mejor en realidad? Alguien colgó un imán en la cocina de nuestro centro: paz no significa estar en un lugar sin ruido, problemas ni esfuerzo. significa estar inmerso en todo eso y seguir sintiendo calma en el corazón . Podemos ayudar a los pacientes a encontrar la paz, pero quizás no el tipo de paz que imaginaban cuando empezaron el tratamiento. Como advierte la famosa frase del difunto psicoterapeuta John Weakland: «Antes de una terapia finalizada con éxito, te enfrentas a lo mismo una y otra vez. Después de una terapia finalizada con éxito, te enfrentas a una cosa después de otra». Ya sé que la terapia no borrará mis problemas como por arte de magia, impedirá que aparezcan otros nuevos ni me garantizará que siempre vaya a actuar desde la claridad y la conciencia. Los psicoterapeutas no llevan a cabo trasplantes de personalidad; tan solo ayudan a limar aristas. Tras la terapia, los pacientes tienden a mostrarse menos reactivos o críticos, más abiertos y capaces de conectar con los demás. En otras palabras, la terapia consiste en entender mejor tu propio ser. Ahora bien, una parte de conocerse implica desconocerse : desanudar los relatos que te has venido contando acerca de quién eres, para que no coarten tus movimientos, y empezar a explorar tu verdad, no la historia que has construido acerca de tu existencia. Ahora bien, la cuestión de cómo ayudar a las personas a llevar a cabo ese proceso es otro cantar. Yo formulo el problema mentalmente una y otra vez: tengo que escribir un libro para tener un techo sobre mi cabeza. He desaprovechado la oportunidad de crear una obra que me habría garantizado la subsistencia durante varios años. No me sentí capaz de escribir un manual estúpido sobre un tema estúpido que me está haciendo desgraciada. Me obligué a mí misma a escribir un estúpido libro sobre la felicidad. He intentado obligarme a redactar el estúpido manual sobre la felicidad, pero siempre acabo en Facebook, envidiando a las personas que se las ingenian para hacerlo todo como Dios manda. Recuerdo una cita de Einstein: «Ningún problema se puede resolver desde el mismo nivel de conciencia que lo creó». Siempre me ha parecido una máxima sabia. Pero, como la mayoría de nosotros, también pensaba que encontraría la respuesta a mi apuro pensando unay otra vez cómo he acabado en esta situación. —No le veo solución —sentencio—. Y no me refiero al libro únicamente. Hablo de todo esto… de todo lo que ha pasado. Wendell se recuesta en el sofá, descruza las piernas y las vuelve a cruzar. A continuación cierra los ojos, algo que hace cuando necesita ordenar sus pensamientos. Cuando los abre, nos limitamos a seguir sentados, sin hablar, dos psicólogos que se sienten cómodos con el silencio. Yo me retrepo en el asiento y lo disfruto, y medito cuánto me gustaría que todo el mundo fuera capaz de hacer esto mismo en la vida diaria, estar juntos sencillamente, sin teléfonos ni portátiles, sin televisión ni parloteo banal. Únicamente presencia. La situación me relaja y me carga las pilas al mismo tiempo. Por fin, Wendell rompe a hablar. —Me estoy acordando de una famosa viñeta. Un reo agita los barrotes de una celda, desesperado por escapar. Pero a su derecha y a su izquierda no hay barrotes, nada. Guarda silencio para que asimile la imagen. —Lo único que tiene que hacer el prisionero es rodearlos. Y sin embargo no hace nada más que sacudir los barrotes, frenético. Esa imagen nos describe a casi todos. Nos sentimos atrapados, presos de nuestras celdas emocionales, pero hay una salida… siempre y cuando estemos dispuestos a verla. Deja que esa última frase flote entre los dos. Siempre y cuando estemos dispuestos a verla. Con la mano, señala una celda imaginaria, como invitándome a mirarla. Desvío la vista, pero noto los ojos de Wendell fijos en mí. Suspiro. Vale. Cierro los ojos e inspiro. Imagino la cárcel, una celda minúscula con paredes anodinas de color beis. Visualizo los barrotes metálicos, gruesos, grises y oxidados. Me veo a mí misma vestida con un mono naranja, agitando los barrotes con furia, suplicando que me dejen salir. Imagino que vivo en esa diminuta celda, donde no hay nada salvo el tufo acre de la orina y la perspectiva de un futuro deprimente y limitado. Me veo gritando: «¡Sáquenme de aquí! ¡Que alguien me ayude!». Me visualizo mirando frenética a diestra y siniestra, y luego volviendo a mirar a ambos lados, atónita. Mi cuerpo reacciona; me siento más ligera, como si me hubieran quitado quinientos kilos de encima, cuando comprendo la realidad: eres tu propio carcelero. Abro los ojos y miro a Wendell de refilón, que enarca la ceja derecha como si dijera: lo sé… lo has visto. He presenciado cómo lo veías. —Siga mirando —susurra. Cierro los ojos de nuevo. Ahora estoy rodeando los barrotes y me encamino hacia la salida, con inseguridad al principio pero, según me acerco, empiezo a correr. En el exterior, noto el suelo bajo mis pies, la brisa en la piel, los rayos de sol en el rostro. ¡Soy libre! Me apresuro tanto como puedo y al cabo de un rato aminoro el paso para mirar a mi espalda. Ningún guardia me persigue. Me percato de que ni siquiera había guardias. ¡Pues claro que no! Casi todos nos sentimos atrapados cuando llegamos a terapia; prisioneros de nuestros pensamientos, conductas, matrimonios, empleos, miedos o pasado. En ocasiones nos confinamos tras los barrotes de un relato autopunitivo. Si tenemos la opción de elegir entre dos ideas, aun habiendo pruebas que respalden ambas —me pueden querer, no me pueden querer— elegimos la que nos hace sentir mal. ¿Por qué sintonizamos nuestros aparatos de radio con las mismas emisoras repletas de interferencias (radio «todo el mundo tiene más suerte que yo», radio «no se puede confiar en nadie», radio «todo me sale mal») en lugar de desplazar el dial? Cambia de emisora. Rodea los barrotes. ¿Quién nos lo impide, salvo nosotros mismos? Hay una salida… siempre y cuando estés dispuesta a verla . Una caricatura, nada menos, acaba de enseñarme el secreto de la vida. Abro los ojos y sonrío. Wendell me devuelve la sonrisa. Es un gesto de complicidad, que viene a decir: No te engañes. Tal vez creas que acabas de experimentar una revelación trascendental, pero esto solo es el principio. Conozco muy bien los desafíos que tengo por delante y Wendell es consciente de que lo sé, porque ambos tenemos muy claro algo más: la libertad implica responsabilidad y en todos nosotros hay una parte que siente terror a hacerse responsable. ¿Me sentiría más segura en la cárcel? Vuelvo a imaginar los barrotes y los lados abiertos. Por un lado ansío quedarme; por otro, partir. Escojo salir. Pero rodear los barrotes mentalmente no es lo mismo que hacerlo en la vida real. «La mirada interior es el premio de consolación de la psicoterapia» reza mi máxima favorita del gremio. Significa que puedes tener toda la capacidad de autoanálisis del mundo, pero si no cambias en la vida real, tu mirada interior —y la terapia— no te servirá para nada. La mirada interior te permite preguntarte ¿esto viene de fuera o de dentro? La respuesta te ofrece opciones, pero las decisiones dependen de ti. —¿Se siente preparada para hablar de la lucha que está librando? — pregunta Wendell. —¿Se refiere a la lucha con Novio? —pregunto—. ¿O conmigo misma…? —No, a su lucha con la muerte —aclara Wendell. Durante un segundo no sé de qué me habla, pero entonces me viene a la mente el sueño en el que me encontraba a Novio en el centro comercial. Él: ¿Llegaste a escribir el libro? Yo: ¿Qué libro? Él: El libro sobre tu muerte. Ay. Dios. Mío. Es habitual que los psicoterapeutas vayamos varios pasos por delante de los pacientes; no porque seamos más listos ni más sabios, sino porque contamos con la ventaja de observar sus vidas desde fuera. Si un paciente ha comprado el anillo pero no encuentra el momento para pedirle matrimonio a su novia, le diré: «No parece usted muy convencido de querer casarse con ella». Y él protestará: «¿Cómo? ¡Pues claro que lo estoy! ¡Este fin de semana se lo pido sin falta!». Pero volverá a casa y seguirá sin declararse porque hacía mal tiempo y quería pedirle matrimonio en la playa. Mantendremos el mismo diálogo durante semanas, hasta que un día se sentará en mi consulta y admitirá: «Puede que no quiera casarme con ella». Muchas personas repiten en terapia: «No, yo no soy así». Y más tarde, al cabo de un mes o de un año entero, reconocen: «Sí, en realidad soy así». Tengo el presentimiento de que Wendell tenía la pregunta guardada desde hacía tiempo, esperando el momento adecuado para plantearla. Los psicoterapeutas siempre están sopesando el equilibrio entre crear una alianza basada en la confianza y empezar a trabajar de verdad para que el paciente no tenga que seguir sufriendo. Desde el principio, avanzamos despacio y deprisa al mismo tiempo, moderando el contenido, acelerando la relación, sembrando semillas estratégicamente a lo largo del camino. Igual que sucede en la naturaleza, si plantas las semillas demasiado pronto, no brotarán. Si las siembras demasiado tarde, es posible que la persona haga progresos, pero el terreno ya no será tan fértil. Ahora bien, si colocas las semillas en el momento oportuno, absorberán todos los nutrientes y crecerán. Nuestro trabajo es una intrincada danza entre el apoyo y la confrontación. Wendell me pregunta por mi lucha con la muerte en el momento preciso… por más razones de las que él intuye siquiera. R 23 Trader Joe’s eina el bullicio en el Trader Joe’s este sábado por la mañana y yo estoy observando las colas para calcular cuál es la más corta cuando mi hijo sale corriendo para echar un vistazo al expositor de chocolatinas. Los cajeros parecen inmunes al caos. Un joven con los brazos tatuados de arriba abajo toca un timbre y una empaquetadora enfundada en unas mallas se acerca bailoteando y guarda en bolsas la compra de un cliente, al ritmo de la música que suena de fondo. En el siguiente pasillo, un hípster con un corte de pelo estilo mohicano pregunta el precio de un artículo y, al principio de la cola, una rubia muy guapa hace malabarismos con tres naranjas para distraer a un niño que llora en su cochecito. Tardo un minuto en darme cuenta de que la malabarista es Julie, mi paciente. Todavía no la había visto con su peluca rubia, aunque había mencionadola novedad en terapia. —¿Le parece un disparate? —me preguntó tras plantearse la idea de ser rubia, obligándome así a sostener mi promesa de avisarla si se pasaba de la raya. Me formuló la misma pregunta acerca de contestar al anuncio de un grupo que buscaba cantante, ir a un concurso de la tele y apuntarse a un retiro budista que requería pasar una semana entera en silencio. Todo ello antes de que el medicamento milagroso obrara su magia en los tumores. He disfrutado viéndola superar la aversión al riesgo que la había acompañado toda la vida. Julie siempre había creído que conseguir la plaza de profesora le proporcionaría libertad, pero ahora estaba saboreando una clase de liberación del todo distinta. —¿Es demasiado excéntrico? —quería saber antes de abordar un nuevo plan. Estaba ansiosa por desviarse del rumbo esperado, pero no tanto como para perderse. Sin embargo, nada de lo que proponía me sorprendía. Y entonces, por fin, Julie tuvo una idea que me pilló desprevenida. Me dijo que cierto día, haciendo cola en el Trader’s Joe durante aquellas semanas en que creyó tener los días contados, se quedó hipnotizada viendo a los cajeros del supermercado. Su manera de interactuar con los clientes y entre ellos, de entablar conversación sobre las pequeñas cosas cotidianos que en realidad conforman la vida —la comida, el tráfico, el tiempo— le pareció el colmo de la autenticidad. Qué distinto ese empleo del suyo, una ocupación que le encantaba pero que también entrañaba la presión constante de producir y publicar, de posicionarse para seguir ascendiendo. Ahora que su futuro se había acortado tanto, se imaginaba realizando un trabajo cuyos resultados fueran tangibles en el momento; empaquetas provisiones, animas a los clientes, repones artículos. Al final del día, has hecho algo útil y concreto. Julie decidió que si acaso tenía, pongamos, un año de vida por delante, se presentaría para trabajar de cajera los fines de semana en el Trader’s Joe. Era consciente de que estaba idealizando el empleo. Pero, con todo y con eso, deseaba experimentar un sentimiento de significado y comunidad, ser una pequeña parte en la existencia de muchas personas distintas, aunque solo fuera durante el breve instante de cobrarles los alimentos. —Puede que el Trader Joe’s forme parte de mi Holanda —musitó. A mí no me gustó la idea y guardé silencio un minuto tratando de entender las razones. Tal vez tuviera algo que ver con el dilema al que me enfrenté cuando acepté tratar a Julie. De no haber tenido cáncer, habría intentado ayudarla a explorar esa parte que había reprimido tanto tiempo. Parecía estar destapando aspectos de sí misma que hasta entonces apenas si había dejado respirar. Sin embargo, si el paciente está muriendo, ¿tiene sentido hacer una terapia al uso o basta con ofrecerle apoyo? ¿Debía tratar a Julie como a una persona sana en el sentido de aspirar a objetivos más ambiciosos o limitarme a sostenerla y no levantar la liebre? Me pregunté si Julie se habría planteado nunca los interrogantes sobre el riesgo, la seguridad y la identidad que dormitaban debajo de su circunspección de no haberse enfrentado al horror de una muerte inminente. Y ahora que lo había hecho, ¿en qué medida debíamos ahondar en ellos? Esas son las dudas que nos embargan a todos de manera menos radical: ¿cuánto queremos saber? ¿Cuánto es demasiado? Y ¿cuánto es demasiado si estás al borde de la muerte? La fantasía del Trader Joe’s parecía representar alguna clase de huida — igual que un niño diciendo: «¡Me voy a Disneylandia!»— y me pregunté en qué medida esa ilusión guardaba relación con su yo previo al cáncer. Pero, por encima de todo, no tenía nada claro que tuviera fuerzas para un empleo como ese. El tratamiento experimental le provocaba fatiga. Julie necesitaba descansar. A su marido, me dijo, la idea le parecía una locura. —Sabes que se te acaba el tiempo y ¿tu sueño es trabajar en el Trader Joe’s? —le preguntó. —¿Por qué lo dices? ¿Qué harías tú si te quedara un año de vida? — replicó ella. —Trabajaría menos —fue la respuesta de su marido—, no más. Cuando Julie me relató la reacción de Matt, me percaté de que ninguno de los dos la estaba apoyando, aunque queríamos que Julie fuera feliz. Cierto que había algún que otro inconveniente de tipo práctico pero ¿no estaríamos sintiendo, de algún modo retorcido, cierta envidia de Julie y de su decisión de cumplir su sueño, por excéntrico que fuera? Los psicoterapeutas siempre dicen: si experimentas envidia, síguela; te mostrará lo que deseas. ¿Acaso el despertar de Julie ponía en evidencia el hecho de que nosotros éramos demasiado cobardes como para agarrar por los cuernos nuestra versión del Trader Joe’s? ¿Y si pretendíamos, muy en el fondo, que Julie hiciera como nosotros, soñar sin llegar a hacer nada, limitados por nada más que los falsos barrotes de nuestras celdas? ¿O tenía que hablar solamente por mí? —Además —añadió Matt en el transcurso de su conversación con Julie —, ¿no quieres que pasemos ese tiempo juntos? Claro que sí, fue la respuesta de ella, pero también quería trabajar en el Trader Joe’s y su deseo se convirtió en una especie de obsesión. De modo que presentó una solicitud. El mismo día que descubrió que los tumores habían remitido, le ofrecieron el turno del sábado por la mañana. Cuando llegó a mi consulta, tras conocer la noticia, Julie buscó el teléfono y reprodujo ambos mensajes, uno de su oncólogo y otro del encargado de Trader Joe’s. Su sonrisa no era la de alguien que ha ganado una lotería cualquiera, sino el gran bote de los megamillones. —He aceptado —me confesó cuando el mensaje del supermercado concluyó. Me explicó que nadie sabía si los tumores reaparecerían y ella no deseaba añadir nuevos sueños a su lista de cosas pendientes; prefería ir tachando alguno. —Tienes que poner manos a la obra —añadió—. En caso contrario, la lista es un ejercicio inútil de nostalgia por lo que pudo ser. Y aquí estoy, en el supermercado, sin saber qué fila escoger. Ya sabía, como es natural, que Julie había entrado a trabajar en la cadena de supermercados, pero no tenía ni idea de que la hubieran contratado en este establecimiento. Todavía no me ha visto y la observo un rato de lejos; no puedo evitarlo. Toca el timbre para pedir un empaquetador, le tiende a un niño un montón de pegatinas y comparte unas risas con un cliente acerca de algo que no alcanzo a oír. Parece la reina de las cajeras, la fiesta a la que todo el mundo desea asistir. La gente se comporta como si la conociera y ella demuestra una extraordinaria eficiencia, lo que no me sorprende; su cola avanza ligera. Se me saltan las lágrimas y, cuando me quiero dar cuenta, mi hijo grita desde la cola de Julie: —Mamá, por aquí. Titubeo. Al fin y al cabo, la joven podría sentirse incómoda por el hecho de toparse con su psicóloga. Y, a decir verdad, es posible que yo sintiera lo propio. Sabe tan poco de mí que aun mostrarle el contenido de mi carro de la compra se me antoja demasiada información. No obstante, por encima de todo, estoy pensando en la tristeza que Julie experimenta, según me ha revelado, cuando ve a los hijos de sus amigas, mientras su marido y ella tratan de encontrar la manera de ser padres. ¿Cómo se sentirá al verme con mi pequeño? —¡Aquí! —respondo, y le señalo a Zach otra cola. —¡Pero esta es más corta! —grita, y tiene toda la razón, porque Julie es la más eficiente de todas, maldición. En ese momento ella se vuelve a mirar a mi hijo y sigue la mirada del niño hacia mí. Pillada. Sonrío. Sonríe. Echo a andar hacia la otra cola, pero Julie grita: —¡Eh, señora, escuche al niño! Esta cola es más corta. Me uno a Zach en la fila de Julie. Intento no mirarla con demasiada atención mientras aguardamos el turno, pero estoy hipnotizada. Tengo ante mis ojos la materialización de aquella visión que me describió en terapia: literalmente, su sueño hecho realidad. Cuando Zach y yo llegamos a la caja registradora, Julie parlotea con nosotros igual que hace con todos los clientes. —Cereales Joe’sO’s —le dice a mi hijo—. Qué buen desayuno. —Son de mi madre —responde él—. No se ofenda, pero a mí me gustan más los Cheerios. Julie mira a su alrededor para asegurarse de que nadie la oye, le guiña el ojo con disimulo y susurra: —No se lo digas a nadie, pero a mí también. Se pasan el rato comentando las cualidades de las distintas barras de chocolate que ha elegido el niño. Cuando lo tenemos todo en bolsas y nos alejamos, Zach examina las pegatinas que le ha regalado Julie. —Me cae bien esa señora —observa. —A mí también. Solo cuando ha pasado media hora y estoy guardando las cosas en la cocina veo algo garabateado en el recibo de la tarjeta de crédito. ¡Estoy embarazada! , dice. –T 24 Hola, familia ANOTACIONES INICIALES, RITA: La paciente es una mujer divorciada con síntomas de depresión. Expresa remordimientos por lo que considera «malas decisiones» y una vida desaprovechada. Afirma que si las cosas no mejoran en un año, tiene pensado «acabar con todo». engo algo que enseñarle —anuncia Rita. En el pasillo que discurre entre la sala de espera y mi consulta, me tiende el móvil. Rita nunca antes me había ofrecido su teléfono y mucho menos empezado a hablar antes de que estuviéramos instaladas en mi despacho con la puerta cerrada, así que el gesto me sorprende. Me anima a echar un vistazo. En la pantalla veo un perfil de una aplicación de citas llamada Bumble. Rita ha empezado a usarla últimamente, porque, a diferencia de otras apps más orientadas al ligue ocasional, como Tinder (¡repugnante!, fue su comentario), en Bumble solamente las mujeres pueden abrir contacto. Por pura casualidad, mi amiga Jen leyó hace poco un artículo al respecto y me lo reenvió acompañado del mensaje: Para cuando sea que estés lista. Le contesté: Cuando sea no ha llegado todavía. Levanto la vista para mirar a Rita. —¿Y bien? —me pregunta expectante cuando entramos en mi despacho. —¿Y bien, qué? —respondo a mi vez, devolviéndole el teléfono. Aún no he captado por dónde va. —¿Y bien, qué ? —repite con incredulidad—. ¡Es un hombre de ochenta y dos! No soy ninguna chiquilla, pero… ¡por el amor de Dios! Sé perfectamente el aspecto que tiene un octogenario desnudo, porque la imagen me provocó pesadillas durante una semana entera. Lo siento, pero setenta y cinco es mi tope. ¡Y no intente convencerme de lo contrario! Rita, por cierto, tiene sesenta y nueve años. Hace unas semanas, tras varios meses animándola sin resultado, Rita decidió probar una aplicación de citas. Al fin y al cabo, no iba a conocer a ningún hombre mayor y soltero en su vida diaria, y menos uno que cumpliera sus requisitos: inteligente, amable, bien situado («no quiero a nadie que ande buscando una enfermera y una cartera») y atlético (alguien que todavía pueda tener una erección cuando haga falta). Podía prescindir del pelo, pero no de los dientes, insistía. Antes del ochentón, conoció a un caballero de su misma edad que no fue nada caballeroso. Salieron a cenar y, la noche antes del que debía ser el segundo encuentro, Rita le envió un mensaje con la receta y la foto de un plato que él quería probar. Mmmm , respondió el hombre. Tiene una pinta deliciosa. Rita estaba a punto de contestar cuando le llegó otro mmmm seguido de: Me estas volviendo loco. Y luego: Si no paras, no podré aguantar. Por fin, un minuto más tarde: Perdona, le estaba explicando a mi hija que me duele mucho la espalda. —¡La espalda, y un cuerno, el muy pervertido! —exclamó Rita—. ¡Estaba haciendo vete a saber qué con vete a saber quién y desde luego no hablaba de mi plato de salmón! No hubo segunda cita y ningún encuentro en absoluto hasta el tipo de ochenta. Rita acudió a mi consulta a comienzos de la primavera. En la primera sesión estaba tan deprimida que, cuando me explicó su situación, tuve la sensación de que me estaba leyendo una esquela. El final ya estaba escrito y la vida de Rita, creía ella, era una tragedia. Divorciada tres veces y madre de cuatro adultos problemáticos (a causa de su pésima maternidad, me explicó), sin nietos y sola en el mundo, jubilada de un empleo que nunca le gustó, Rita no veía motivos para levantarse por las mañanas. Su lista de errores era larga: escoger a los maridos equivocados, no ser capaz de colocar las necesidades de sus hijos por delante de las propias (incluido el hecho de no protegerlos de un padre alcohólico), no usar sus capacidades para realizarse profesionalmente, no esforzarse en la juventud por crear una tribu. Se había protegido detrás de la negación mientras le funcionó. De un tiempo a esta parte, la estrategia había perdido eficacia. Ni siquiera le apetecía pintar, la única actividad que disfrutaba y en la que destacaba. Ahora que los setenta estaban a la vuelta de la esquina, había acordado consigo que si su vida no había mejorado para entonces, la abandonaría. —Temo que sea demasiado tarde para buscar ayuda —concluyó—, pero quiero probar, para estar segura. Sin presiones , pensé. Si bien los pensamientos suicidas —conocidos como «ideación suicida»— son frecuentes en las depresiones, la mayoría de la gente responde al tratamiento y nunca lleva a la práctica esos impulsos destructivos. De hecho, el riesgo de suicidio se incrementa cuando el paciente empieza a mejorar. Durante un breve lapso de tiempo, ya no están tan deprimidos como para que alimentarse o vestirse se les antoje un esfuerzo monumental, pero todavía sufren tanto como para querer acabar con todo; una peligrosa mezcla de angustia residual y energía recién adquirida. Sin embargo, una vez que la depresión desaparece y los pensamientos suicidas remiten, se abre una nueva ventana. Es entonces cuando la persona adquiere la capacidad de realizar cambios que mejoran significativamente su vida a largo plazo. Cuando aparece el tema de poner fin a la propia vida —bien porque lo menciona el paciente, bien porque lo hace el psicoterapeuta (sacarlo a colación no «siembra» la idea en la mente de nadie, como algunas personas sospechan), el psicólogo tiene que valorar la situación. ¿El paciente ha ideado un plan concreto? ¿Cuenta con los medios para ponerlo en práctica (una pistola en la casa, el cónyuge ausente)? ¿Lo ha intentado con anterioridad? ¿Concurren factores de riesgo (falta de apoyo social o género, por cuanto los hombres cometen suicidio en una proporción tres veces mayor que las mujeres)? A menudo las personas hablan de suicidio no porque quieran morir sino porque no desean seguir sufriendo. Si supieran cómo librarse de la angustia, ni se plantearían la posibilidad de la muerte. Hacemos la valoración más exacta que podemos y, siempre y cuando no haya peligro inminente, controlamos la situación de cerca y trabajamos la depresión. Ahora bien, si la persona está decidida, se deben tomar de inmediato una serie de medidas. Rita afirmaba que estaba dispuesta a poner fin a su vida, pero había dejado muy claro que esperaría un año y no haría nada antes de cumplir los setenta. Quería cambiar, no morir; dada su situación, ya estaba muerta por dentro. De momento, el suicidio no me preocupaba. Sí me inquietaba en cambio la edad de Rita. Me avergüenza reconocerlo, pero al principio me preocupaba estar de acuerdo en secreto con la sombría percepción de Rita. Quizás fuera demasiado tarde para ayudarla o cuando menos para brindarle el tipo de ayuda que buscaba. En teoría, el psicoterapeuta debe sostener la esperanza que el depresivo todavía no atisba y yo no veía demasiadas perspectivas en su caso. Por lo general, vislumbro posibilidades porque los individuos deprimidos casi siempre tienen algo que los ata a la vida: un empleo que los obliga a levantarse por las mañanas (aunque no sea el trabajo de sus sueños), una red de amigos (un par de personas con las que charlar) o contacto con miembros de la familia (problemático, pero ahí está). Vivir con los hijos, una mascota a la que le tienes cariño o una fe religiosa también te protege contra el suicidio. No obstante, por encima de todo, las personas deprimidas con las que yo trabajaba eran más jóvenes.Más maleables. Por más que les desalentase el panorama ahora mismo, tenían tiempo de cambiar el rumbo y crear cosas nuevas. Rita, en cambio, parecía la moraleja de una fábula personificada: una anciana sola en el mundo, sin perspectivas de futuro y arrepentida hasta la médula. Según su relato, nadie la había amado de verdad. Hija única de unos padres mayores y distantes, les había fallado a sus propios hijos hasta tal punto que ninguno de ellos quería contacto con ella y no tenía amigos, parientes ni vida social. Su padre llevaba décadas muerto y su madre falleció a los noventa tras largos años enferma de Alzheimer. Me miró a los ojos y me plateó un desafío. Siendo realistas, me preguntó, ¿qué podía cambiar a estas alturas? Cosa de un año antes, recibí una llamada de un reputado psiquiatra de setenta y muchos años. Me preguntó si podía hablar con una paciente suya, una mujer de poco más de treinta que se estaba planteando congelar sus óvulos mientras seguía buscando pareja. El psiquiatra pensaba que a la paciente le vendría bien hablar conmigo, por cuanto él no sabía gran cosa, dijo, de lo que implica para una mujer relativamente joven buscar pareja y tener hijos en el mundo actual. Ahora entendía cómo se sentía el psiquiatra cuando me llamó. Yo tampoco estaba segura de entender en profundidad lo que implica envejecer hoy día. Durante la formación me habían hablado de los grandes desafíos que afrontan las personas de la tercera edad. Sin embargo, este grupo poblacional recibe poca atención en cuestión de salud mental. Para algunos, la psicoterapia es un concepto extraño, como el TiVo, y además crecieron creyendo que uno tenía que arreglar sus cosas por sí mismo (fueran cuales fuesen esas «cosas»). Otros, que subsisten con una pensión exigua y buscan ayuda en la asistencia social, no se sienten cómodos con los internos de veinte años que suelen atenderlos y lo dejan al poco tiempo. Algunos ancianos dan por supuesto que sus sentimientos forman parte del proceso de envejecimiento y no se dan cuenta de que un tratamiento los podría ayudar. La consecuencia de todo ello es que pocas personas de la tercera edad acuden a terapia. Al mismo tiempo, la vejez constituye hoy una parte de la vida más larga que en el pasado. A diferencia de los sesentones de generaciones previas, los sexagenarios de hoy están en plenas facultades en cuanto a capacidades, conocimientos y experiencia, pero son desplazados por profesionales más jóvenes. La expectativa de vida media en los Estados Unidos ronda los ochenta años y es frecuente alcanzar los noventa. Así pues, ¿qué pasa con esas identidades de sesenta durante las décadas que aún tienen por delante? La vejez entraña una larga serie de pérdidas en potencia: salud, familia, amigos, trabajo y sentido existencial. Rita, por otro lado, no sufría un sentimiento de pérdida a consecuencia de la edad. En vez de eso, estaba adquiriendo conciencia de la cantidad de carencias que había acumulado a lo largo de su vida. Allí estaba, buscando una segunda oportunidad, una oportunidad a la que únicamente le concedía un año para materializarse. Tal como ella lo veía, había perdido tanto que ya no tenía nada que perder. En eso le daba la razón… en parte. Todavía podía perder la salud y la belleza. Alta y delgada, con grandes ojos verdes, pómulos marcados y una abundante melena pelirroja apenas surcada de vetas grises, Rita disfrutaba de la fortuna genética de conservar el aspecto de una persona de cuarenta. (Estaba tan aterrada ante la idea de vivir tanto como su madre y agotar el plan de pensiones que se negaba a pagar por lo que llamaba «lujos modernos », su eufemismo para el bótox.) También acudía a clases de gimnasia en la asociación cristiana cada mañana «por tener un motivo para levantarme de la cama». Su médico, que me la había enviado, decía que Rita era «la persona con la salud más envidiable que he conocido en mi vida». No obstante, en cualquier otro aspecto, Rita parecía muerta, inerme. Incluso sus movimientos irradiaban apatía, como su manera de encaminarse al sofá a cámara lenta, un signo de depresión conocido como «inhibición psicomotora». (Esta dificultad para coordinar el cerebro y el cuerpo podría explicar igualmente porque yo no era capaz de atrapar al vuelo la caja de pañuelos de Wendell.) A menudo, cuando doy comienzo a una terapia, les pido a los pacientes que relaten las últimas veinticuatro horas con el máximo detalle posible. De eso modo me puedo hacer una idea de cuál es su situación actual: nivel de integración y sentido de pertenencia, personas con las que se relacionan, responsabilidades y factores de estrés, estabilidad o inestabilidad de sus relaciones y a qué dedican el tiempo. Parece ser que la mayoría de nosotros no somos conscientes de cómo pasamos el tiempo en realidad. Ni de las cosas que hacemos a lo largo de la jornada hasta que la dividimos en horas y verbalizamos nuestras actividades. Los días de Rita transcurrían del modo siguiente: se levantaba temprano (la menopausia le había arruinado el sueño) y se dirigía en coche a la asociación cristiana. Volvía a casa, desayunaba viendo Good Morning America . Pintaba o se echaba una siesta. Comía leyendo el periódico. Pintura o siesta. Calentaba un plato congelado para cenar («es demasiado lío cocinar para uno»), se sentaba en la escalera de su edificio («me gusta mirar a los bebés y a los perros cuando los sacan a pasear al atardecer»), miraba «telebasura», se quedaba dormida. Por lo que parecía, Rita apenas si tenía contacto con otros seres humanos. Pasaba días enteros sin hablar con nadie. Ahora bien, lo que más me chocó de su vida no fue tanto que estuviera tan sola, sino su capacidad para evocar en mí la idea de la muerte con cada cosa que decía o hacía. Como escribió Andrew Solomon en El demonio de la depresión , «lo contrario de la depresión no es la felicidad sino la vitalidad». Vitalidad. Sí, Rita llevaba toda la vida deprimida y arrastraba una historia complicada, pero yo no tenía claro si debía iniciar el tratamiento centrándonos en su pasado. Aun si no se hubiera marcado una fecha límite, había otro plazo que ninguno podemos cambiar: la mortalidad. Igual que me sucedía con Julie, dudé acerca del objetivo del tratamiento. ¿Necesitaba sencillamente alguien con quien hablar, para encontrar alivio al dolor y a la soledad, o estaba dispuesta a entender de qué modo había contribuido ella a la situación? Era la misma cuestión con la que yo me debatía en la consulta de Wendell: ¿qué debía aceptar y que debía cambiar en mi propia vida? Sin embargo, yo era dos décadas más joven que Rita. ¿Aún estaba a tiempo ella para redimirse o era demasiado tarde? ¿En algún momento es demasiado tarde para eso? ¿Y qué grado de malestar emocional estaba dispuesta a soportar para averiguarlo? Pensé que el arrepentimiento te puede conducir a dos sitios: o bien te encadena al pasado o te sirve de motor para el cambio. Rita pretendía haber transformado su vida para cuando cumpliera setenta años. En lugar de escarbar en las siete décadas pasadas, pensé, tendríamos que empezar por inyectar un poco de vitalidad a su existencia… ahora. —¿Compañía? —exclama Rita cuando le digo que no intentaré disuadirla de que busque compañía entre hombres menores de setenta y cinco—. Ay, cariño, no sea ingenua, por favor. Quiero algo más que compañía. Todavía no estoy muerta. Incluso yo sé pedir alguna cosita por internet en la intimidad de mi apartamento. Tardo un momento en atar cabos. ¿Compra vibradores? ¡Bien por ella! —¿Sabe —añade Rita— cuánto tiempo hace que nadie me acaricia? Rita pasa a describir hasta qué punto la desanima el mercado de las citas; y, como mínimo en ese aspecto, no está sola. Es la frase que más a menudo repiten mis amigas solteras: buscar pareja es un asco. Por otro lado, en el matrimonio tampoco le ha ido mucho mejor. Conoció al que sería su primer marido a los veinte años, ansiosa por escapar de un hogar deprimente. Se desplazaba a la universidad cada día y pasaba de «morirse de aburrimientoy silencio» a «un mundo de gente e ideas interesantes». Pero se vio obligada a compaginar el trabajo con los estudios y, mientras tecleaba la soporífera correspondencia en una inmobiliaria, añoraba esa vida social que tanto la animaba. Y entonces apareció Richard en escena, un estudiante de último curso encantador y sofisticado con el que mantenía conversaciones profundas y que la llevó en volandas a la existencia que ansiaba… hasta que nació su primer hijo, dos años más tarde. Fue entonces cuando Richard empezó a trabajar hasta las tantas y a beber; pronto Rita estaba igual de sola y aburrida que en su hogar de infancia. Después de cuatro hijos, incontables peleas y demasiadas borracheras durante las cuales su marido los golpeaba a ella y a sus hijos, Rita decidió marcharse. ¿Cómo? ¿Qué podía hacer? Había dejado la universidad. ¿Cómo pagaría sus gastos y los de sus hijos? Con Richard, los niños tenían ropa, comida, buenos colegios y amigos. ¿Qué les podía ofrecer ella, estando sola? En muchos aspectos, se sentía como una niña indefensa. Al cabo de poco tiempo, Richard no era el único que bebía. Solo cuando la sangre estuvo a punto de llegar al río, Rita reunió el valor para marcharse, pero para entonces sus hijos ya eran adolescentes y la familia estaba destrozada. Se casó con su segundo marido cinco años más tarde. Edward era la cara opuesta de Richard, un viudo amable y considerado que acababa de perder a su esposa. Tras divorciarse a los treinta y cinco, Rita había retomado su tediosa profesión de secretaria (su única habilidad rentable, aparte de la inteligencia y el talento artístico). Edward era un cliente de la agencia de seguros en la que trabajaba. Se casaron seis meses después de conocerse, pero el hombre todavía estaba en duelo por la muerte de su mujer y Rita tenía celos de su amor por la difunta. Discutían sin parar. El matrimonio duró dos años antes de que Edward la enviara a paseo. Su tercer marido dejó a su esposa por ella y luego, cinco años más tarde, abandonó a Rita por otra mujer. Cada vez que se quedaba sola, se sumía en un estupor paralizante, pero a mí la historia de Rita no me sorprendía. Nos casamos con nuestros asuntos por resolver. A lo largo de la década siguiente, Rita prescindió de buscar pareja. Tampoco tenía demasiadas oportunidades de conocer a nadie, atrincherada en su piso y haciendo aerobic en la asociación católica. Y luego presenció la cruda realidad de un cuerpo octogenario, marchito y fláccido comparado con el de su último marido, que solo tenía cincuenta y cinco años cuando se divorciaron. Rita conoció al Señor Colgajos, como ella lo llamaba, a través de una aplicación de citas y «como quería que alguien me tocara —explicó — pensé que por probar no perdía nada». El hombre parecía joven para su edad, explicó («más bien de setenta») y era guapo; vestido, claro está. Después de mantener relaciones, me relató, él quería que se hicieran arrumacos, pero Rita huyó al cuarto de baño, donde encontró «una farmacia entera de medicamentos», incluida viagra. Ante una escena que le pareció «vomitiva» (a Rita muchas cosas se le antojaban vomitivas), esperó a que el hombre se durmiera (sus ronquidos eran tan vomitivos como su orgasmo) y cogió un taxi para volver a casa. —Nunca más —me jura ahora. Intento imaginar la sensación de acostarse con un hombre de ochenta años y me pregunto si por lo general los ancianos se desinflan al ver el cuerpo de sus parejas. ¿Resulta impactante tan solo para aquellos que no han visto nunca un cuerpo envejecido? ¿Es más sencillo prescindir de ese factor para las personas que llevan juntas cincuenta años, porque se han ido acostumbrando a los cambios? Recuerdo haber leído una historia en internet. Pidieron a un matrimonio de ancianos casados desde hacía más de sesenta años consejos para un matrimonio feliz. Tras las típicas recomendaciones sobre comunicación y compromiso, el marido añadió que el sexo oral todavía formaba parte de su repertorio. Como es natural, el asunto corrió como la pólvora en la red y buena parte de los comentarios expresaban repugnancia. Habida cuenta de las reacciones tan viscerales que provocan en el público los cuerpos envejecidos, no me extraña que los ancianos anden faltos de caricias. Ahora bien, el contacto físico constituye una importante necesidad humana. Está documentado que la caricias son esenciales para el bienestar a lo largo de toda la vida. Los abrazos reducen la presión arterial y los niveles de estrés, mejoran el humor y el sistema inmunológico. Los recién nacidos pueden morir por falta de contacto y también los adultos (las personas que reciben abrazos y caricias con regularidad viven más tiempo). Incluso se ha acuñado un término para definir esta afección: hambre de piel. Rita me dice que derrocha en pedicura no porque quiera pintarse las uñas de los pies (¿quién las va a ver?), sino porque una mujer llamada Connie es el único ser humano que la toca. Connie lleva años haciéndole los pies y no habla ni una palabra de inglés. Pero sus masajes, dice Rita, son la gloria. Cuando se divorció por tercera vez, Rita no sabía cómo podría vivir ni una semana sin caricias. Estaba frenética, me confiesa. Pero pasó un mes. Y luego los años se transformaron en décadas. No le gusta gastar dinero en una pedicura que nadie va a ver, pero no tiene más remedio. Considera el arreglo de los pies una necesidad, porque se volvería loca si careciera de contacto humano por completo. —Es como pagarle a una prostituta —dice Rita. Igual que hace John conmigo , pienso. Soy su fulana emocional. —El caso es —está diciendo Rita ahora en relación al octogenario— que pensé que me sentiría bien. Quería volver a sentir las caricias de un hombre, pero me parece que seguiré con la pedicura. Le digo que las opciones no se limitan a Connie o al ochentón, pero Rita me mira con sorna y sé lo que está pensando. —Yo no sé a quién conocerá —le concedo—, pero es posible obtener caricias, físicas y emocionales, de alguien que le guste, y que el sentimiento sea mutuo. Puede que la acaricien de un modo totalmente nuevo, más satisfactorio que en sus relaciones anteriores. Estoy esperando que haga chasquear la lengua con impaciencia, el equivalente para Rita a poner los ojos en blanco, pero guarda silencio y las lágrimas inundan sus ojos verdes. —Deje que le cuente una historia —me pide al tiempo que rescata un pañuelo usado y arrugado de las profundidades del bolso, aunque tiene una caja nueva en la mesita auxiliar—. En el piso de enfrente al mío vive una familia —empieza—. Aparecieron hará cosa de un año. Acaban de mudarse a la ciudad y están ahorrando para una casa. Tienen dos hijas pequeñas. El marido trabaja desde casa y juega con las niñas en el patio. Se las sube a hombros, las pasea a caballito y juegan a la pelota. Todo lo que yo nunca tuve. Busca más pañuelos en el bolso, no encuentra ninguno y se enjuga los ojos con el que acaba de usar para sonarse. Siempre me pregunto por qué no coge un pañuelo de la caja que tiene a pocos centímetros de distancia. —En fin —continúa—. Cada día, alrededor de las cinco, la madre llega a casa. Y siempre sucede lo mismo. Rita no puede seguir hablando. Descansa. Vuelve a sonarse y a enjugarse los ojos. ¡Coge un maldito pañuelo! , quiero gritarle. Esta sufrida mujer, a la que nadie habla ni acaricia, ni siquiera se concede permiso para usar un pañuelo limpio. Rita estruja lo que queda de esa bola de mocos, se seca los ojos y respira. —Cada día —prosigue—, la madre abre la puerta principal y grita: «¡Hola, familia!». Así los saluda: «¡Hola, familia!». Se le quiebra la voz y tarda un minuto en recuperar la compostura. Las niñas, explica Rita, acuden corriendo, chillando de alegría, y el marido la besa con emoción. Rita me dice que observa todo eso a través de la mirilla, que ha agrandado en secreto para poder espiar. («No me juzgue», me pide.) —¿Y sabe cómo reacciono yo? —pregunta—. Ya sé que es la actitud menos generosa del mundo, pero me rechinan los dientes de rabia. A mínadie me ha dicho nunca: «¡Hola, familia!». Trato de imaginar la clase de familia que Rita podría crear a estas alturas de su historia; quizás con una pareja o recuperando el contacto con alguno de sus hijos adultos. Pero me pregunto asimismo por otras posibilidades: cómo podría encauzar su pasión por el arte o forjar nuevas amistades. Pienso en el abandono que experimentó de niña y en el trauma que sufrieron sus propios hijos. Hasta qué punto deben de sentirse todos estafados y resentidos, incapaces de ver lo que tienen delante y la clase de vida que todavía podrían construir. Y comprendo que yo, durante un tiempo, tampoco he sido capaz de visualizar nada de eso para Rita. Me acerco a la caja de pañuelos, se la tiendo a Rita y me siento a su lado en el sofá. —Gracias —dice—. ¿De dónde han salido? —Siempre han estado ahí —es mi respuesta. Pero ella, en lugar de coger un pañuelo limpio, sigue enjugándose la cara con su bola de mocos. En el coche, de camino a casa, llamo a Jen. Ella debe de estar conduciendo también. Cuando responde, le digo: —Por favor, prométeme que no seguiré buscando pareja cuando me jubile. Se ríe. —No lo sé. Puede que sea yo la que esté buscando pareja cuando me retire. Antes la gente tiraba la toalla cuando el cónyuge moría. Ahora se dedican a ligar. —Oigo el bramido del claxon antes de que prosiga—: Y hay muchos divorciados ahí fuera. —¿Insinúas que tienes problemas conyugales? —Sí. —¿Ya se está tirando pedos otra vez? —Sí. Es una broma recurrente entre ellos. Jen amenaza a su marido con cambiarse de habitación si sigue comiendo productos lácteos, pero a él le encanta el queso y a ella le encanta él, así que nunca lo hace. Entro en el aparcamiento y le digo a Jen que tengo que dejarla. Aparco el coche y abro la puerta principal de casa, donde me espera mi pequeño con su canguro, César. En teoría, César trabaja para nosotros, pero en realidad es más bien un hermano mayor para Zach y un segundo hijo para mí. Mantenemos una relación estrecha con sus padres, sus hermanos y su multitud de primos, y lo he visto crecer hasta convertirse en el estudiante universitario que es ahora, todo el tiempo al cuidado de mi hijo, que se hacía mayor también. Abro la puerta y grito: —¡Hola, familia! Zach responde desde su cuarto: —¡Hola, mamá! Cesar se retira un auricular del oído y grita desde la cocina, donde prepara la cena. —¡Eh! Nadie corre emocionado a darme la bienvenida, nadie grita deleitado, pero yo no me siento en desventaja como Rita sino todo lo contrario. Me encamino a mi cuarto para enfundarme unos pantalones cómodos y, cuando vuelvo a salir, todos empezamos a hablar a un tiempo, compartiendo las noticias del día, bromeando, compitiendo por tomar la palabra, colocando platos y sirviendo las bebidas. Los chicos discuten quién pone la mesa y luego corren a servirse la porción más grande. ¡Hola, familia! Una vez le dije a Wendell que se me da fatal tomar decisiones, que a menudo lo que creo querer no progresa como yo esperaba. Sin embargo, hay dos excepciones notables, y las dos resultaron ser las mejores decisiones de mi vida. En ambos casos, tenía casi cuarenta años. Una fue la decisión de tener un hijo. La otra, la de estudiar psicología. E 2 5 El repartidor de UPS l año que nació Zach, empecé a exhibir conductas inapropiadas hacia el repartidor de UPS. No digo que intentara seducirlo (es difícil mostrarse insinuante con manchas de leche en la camiseta). Me refiero a que cada vez que me traía un paquete (algo que sucedía con frecuencia, por cuanto necesitaba un montón de productos de bebé) intentaba darle conversación, sencillamente porque ansiaba compañía adulta. Lo obligaba a hablar del tiempo, de las noticias o incluso del peso del paquete («¡hala, cuánto pesan los pañales!; ¿tú tienes hijos?»), mientras el conductor de UPS forzaba una sonrisa y retrocedía sin demasiado disimulo a la seguridad de su furgoneta. En aquella época me ganaba la vida escribiendo en casa. Eso significa que me pasaba todo el día en pijama, bien delante del ordenador, bien dando el pecho, cambiando, meciendo o interactuando de uno u otro modo con un adorable pero exigente ser humano de cuatro kilos y medio, con un talento especial para gritar como una banshee. Básicamente, me relacionaba con lo que llamaba, en mis peores momentos, «un tracto gastrointestinal con pulmones». Antes de tener un hijo, adoraba la libertad que supone no tener un horario de oficina. Ahora ansiaba vestirme a diario y estar en compañía de adultos capaces de articular una frase. En mitad de esta tormenta perfecta de aislamiento y brusca caída de estrógenos, empecé a preguntarme si habría cometido un error al dejar la facultad de Medicina. El periodismo me gustaba; cubría cientos de temas para montones de publicaciones distintas y todos los artículos giraban en torno a un tema común que me apasionaba: la psique humana. No quería dejar de escribir, pero ahora, despierta en mitad de la noche y apestando a leche regurgitada, reconsideré la posibilidad de compaginar dos oficios. Si estudiaba psiquiatría, discurrí, podría interactuar con la gente de manera significativa, ayudarlos a ser más felices, pero también disfrutaría de la flexibilidad necesaria para escribir y pasar tiempo con mi familia. Medité la idea durante unas cuantas semanas, hasta que una mañana de primavera llamé a la decana de Stanford y le planteé mi plan. Reconocida investigadora, la decana era asimismo una especie de monitora de campamentos en versión profesora de medicina. Yo había dirigido su grupo de lectura para madres e hijas cuando estudiaba allí y la conocía bien. Estaba segura de que, cuando le explicara la lógica de mi decisión, apoyaría el plan. En vez de eso, me preguntó: —¿Y por qué ibas a hacer algo así? Y luego añadió: —Además, los psiquiatras no hacen felices a nadie. Recordé un viejo chiste de la facultad de Medicina: «Los psiquiatras no hacen felices a nadie… ¡los medicamentos sí!». De vuelta al mundo real, entendí a qué se refería. No lo decía porque no respetase a los psiquiatras, sino porque la psiquiatría actual se centra más en los matices de la medicación y los neurotransmisores que en las sutilidades de las historias vitales; ella lo sabía y yo también. De todos modos, me preguntó, ¿de verdad estaba dispuesta a completar los tres años de residencia teniendo un bebé? ¿No quería pasar tiempo con mi hijo antes de llevarlo a la escuela infantil? ¿Acaso no recordaba haberle expuesto mi deseo, cuando todavía estudiaba Medicina, de entablar una relación más profunda con los pacientes de la que permitía la medicina actual? Y entonces —en el preciso instante en que imaginé a la decana negando con la cabeza al otro lado del teléfono, justo cuando deseé poder retroceder en el tiempo para borrar la conversación— dijo algo que cambió el curso de mi vida. —Deberías especializarte en psicología clínica. Si escogía ese camino, dijo, podría trabajar con los pacientes tal y como siempre había soñado: las visitas serían de cincuenta minutos, no de quince, y entablaría relaciones profundas a largo plazo. Me entraron escalofríos. La gente usa esa expresión de manera figurada, pero yo los noté de verdad, con la piel de gallina incluida. No me podía creer hasta qué punto la decana había dado en el clavo, como si el sentido de mi vida acabara de revelarse ante mí. Ejerciendo el periodismo, pensé, narraba historias de personas, pero no podía transformar sus vidas. Como psicóloga, podría mejorarlas. Y al compaginar ambos oficios, disfrutaría de la combinación perfecta. —Ser psicólogo clínico requiere una mezcla de capacidades cognitivas y creativas —prosiguió la decana—. Fusionarlas es todo un arte. No se me ocurre un modo mejor de conjugar tus talentos e intereses. Poco después de esa conversación, me senté en una sala e hice el examen GRE, que es el equivalente a las pruebas de acceso universitario para los cursos de posgrado. Me matriculé en la universidad de mi zona y, a lo largo de los años siguientes, cursé los estudiosde psicología. Y seguí escribiendo, escuchando historias y compartiéndolas, al mismo tiempo que aprendía a ayudar a la gente a mejorar su vida y transformaba la mía en el proceso. En esa época, mi hijo empezó a andar, luego a hablar, y las entregas del repartidor de UPS evolucionaron de los pañales a los Lego. —¡Oh, el jedi starfighter! —le decía—. ¿Eres fan de La guerra de las galaxias ? Y cuando por fin estaba a punto de graduarme, compartí la noticia con él. Por primera vez, no trató de salir corriendo hacia su furgoneta. En vez de eso, se inclinó hacia mí y me abrazó. —¡Felicidades! —exclamó, con los brazos en torno a mi espalda—. Hala, ¿has llegado tan lejos teniendo un niño pequeño? Estoy orgulloso de ti. Me quedé allí plantada, sorprendida y conmovida, abrazada a mi chico de UPS. Cuando por fin me soltó, me dijo que él también tenía una buena noticia: ya no cubriría mi ruta. Igual que yo, había decidido volver a estudiar. Y para ahorrarse el alquiler tenía que trasladarse a casa de sus padres, que vivían a unas horas de distancia. Quería ser contratista. —¡Felicidades! —le dije, y le eché los brazos al cuello—. Yo también estoy muy orgullosa de ti. Vista desde fuera, la escena debía de parecer un tanto extraña. («¡Menuda entrega!», imaginaba murmurando a los vecinos), pero seguimos abrazados un rato que se me antojó muy largo, los dos encantados con nuestros logros. —Me llamo Sam, por cierto —me dijo, cuando nos separamos. —Yo me llamo Lori, por cierto —respondí. Él siempre me llamaba «señora». —Ya lo sé —señaló con la barbilla el paquete con mi nombre en la etiqueta. Ambos reímos con ganas. —Bueno, Sam, te enviaré buenas vibraciones —le prometí. —Gracias —sonrió él—. Las voy a necesitar. Negué con un movimiento de la cabeza. —Tengo el presentimiento de que las cosas te irán bien, pero te las enviaré de todos modos. Tras eso, Sam me pidió que firmara por última vez y se marchó. Desde el asiento del conductor, mientras arrancaba su gran furgoneta marrón, me hizo un gesto de ánimo con los pulgares. Un par de años más tarde, recibí una tarjeta de visita de Sam. Guardé tu dirección , había escrito en un papel autoadhesivo, ahora pegado a la tarjeta. Si tienes algún amigo que necesite mis servicios, te agradeceré que les pases mi contacto. En aquel entonces, todavía estaba haciendo el internado y guardé la tarjeta en el cajón para más adelante. Sabía perfectamente cuándo lo llamaría. ¿Las estanterías de mi despacho? Las construyó Sam. A 26 Encuentros incómodos l principio de nuestra relación, Novio y yo hacíamos cola en una tienda de yogur helado cuando entró uno de mis pacientes. —¡Vaya, hola! —me saludó Keisha, y se situó detrás de nosotros—. Qué raro verla aquí. —Se volvió a la derecha—. Este es Luke. Luke, que rondaría los treinta y era tan atractivo como Keisha, sonrió y me estrechó la mano. Aunque nunca nos habíamos visto, yo sabía muy bien quién era. Estaba al corriente de que Luke, el novio de Keisha, acababa de engañarla con otra y que ella se dio cuenta porque fue incapaz de tener una erección cuando se acostó con ella. Cada vez que la traicionaba, sucedía lo mismo. («El sentimiento de culpa —me comentó ella una vez— le afecta al pene.») También sabía que Keisha se estaba preparando para dejarlo. Había entendido por qué se sintió atraída por él al conocerlo y quería escoger a un hombre en el que pudiera confiar, desde la conciencia. En la última sesión me confió que planeaba romper el fin de semana. Estábamos a sábado. ¿Había cambiado de idea, me pregunté, o tenía pensado comunicarle su decisión el domingo, para tener el día siguiente ocupado y no flaquear en su decisión? Me había contado que tenía intención de decírselo en un lugar público. De ese modo se aseguraba de que no le montara una escena y suplicara que siguiera con él, como hizo cuando mantuvieron la conversación en el apartamento de ella, en dos ocasiones. Keisha no quería transigir de nuevo solamente porque él le dijera lo que deseaba oír. En la cola de los yogures, Novio aguardaba expectante, esperando ser presentado. Yo todavía no le había explicado que, si me topaba con algún paciente fuera del gabinete, no daba muestras de conocerlo a menos que este lo hiciera en primer lugar, con el fin de proteger su intimidad. Se podría haber creado una situación tensa si yo, por ejemplo, saludaba a un paciente y su acompañante preguntaba: «¿quién es?», ante lo cual el otro tendría que responder con una evasiva o explicárselo allí mismo. ¿Y si me dirigía a un paciente que iba a acompañado de un compañero de trabajo, de su jefe o de un nuevo ligue? Aun en el caso de que ellos me saludaran, yo no los presentaba a mis acompañantes. Eso habría sido romper el acuerdo de confidencialidad, a menos que mintiese cuando me preguntaran de qué conocía a esa persona. Así que Novio me estaba mirando, Luke lo observaba a él y Keisha lanzaba ojeadas discretas a mi mano, que Novio sostenía. Yo ya me había encontrado a otro paciente estando con Novio, sin que él lo supiera. Unos días antes, el marido de una pareja con la que estaba trabajando se cruzó con nosotros en la calle. Sin pararse, me saludó, yo le respondí y ambos seguimos caminando en direcciones opuestas. «¿Quién era?», preguntó Novio. «Ah, un conocido del trabajo», respondí con indiferencia, aunque conocía mejor sus fantasías sexuales que las de mi propia pareja. El sábado por la noche, en la tienda de yogur helado, sonreí a Keisha y a Luke y luego me di media vuelta para situarme de cara al mostrador. La cola era larga. Novio captó la indirecta y se puso a charlar sobre los distintos sabores del yogur, mientras yo intentaba desconectar de la voz de Luke, que comentaba emocionado con Keisha distintos planes para las vacaciones. Él intentaba fijar fechas, ella respondía con evasivas y Luke le preguntó si prefería dejarlo para el mes siguiente. Por fin Keisha sugirió que lo hablaran más tarde y cambió de tema. A mí me reconcomía la vergüenza ajena, por los dos. Cuando Novio y yo compramos los yogures, lo llevé a una mesa apartada, junto a la salida, y me senté de espaldas a la concurrencia, para que tanto Keisha como yo pudiéramos disfrutar de cierta intimidad. Unos minutos más tarde, Luke salió disparado pasando junto a nuestra mesa, seguido de su novia. A través del escaparate, la vi disculparse por gestos, pero Luke montó en su coche y arrancó, casi atropellando a Keisha. Novio sumó dos y dos. —Ahora entiendo de qué la conoces. Bromeó diciendo que salir con una psicóloga se parecía a ser pareja de una agente de la CIA. Yo me reí y respondí que ser psicóloga a veces se parecía más bien a tener una aventura con todos tus pacientes, pasados y presentes, al mismo tiempo. Siempre estamos fingiendo no conocer a personas de las que tanto sabemos. Sin embargo, a menudo somos los terapeutas los que nos sentimos incómodos cuando nuestros mundos chocan. Al fin y al cabo, poseemos información sobrada de la vida real de las personas que acuden a consulta. Son ellos los que no saben nada de la nuestra. Fuera del gabinete, somos como celebridades de serie Z, en el sentido que casi nadie nos reconoce pero, para aquellos que lo hacen, un solo encuentro resulta significativo. He aquí algunas de las cosas que un psicólogo clínico no puede hacer en público: llorar con un amigo en un restaurante, discutir con el cónyuge, pulsar el botón del ascensor una y otra vez como si fuera una bomba de morfina. Si tienes prisa de camino al despacho, no puedes tocar el claxon para meter prisa al conductor del coche que te está bloqueando el paso, por si un paciente te ve (o el conductor es tu paciente). Si eres una reputada psicóloga infantil, como una colega mía, no querrás estar en la cola de la panadería cuando tu hijo de cuatro años tenga un berrinche porque no le das otra galleta y, para colmo, la pataleta termine con la ensordecedora constatación: «ERES LA PEOR MAMÁ DEL MUNDO», sobre todo si un niño de seis años con el que trabajas y su madre te están observandoestupefactos. Ni tampoco te hará ninguna gracia, como me pasó a mí, encontrarte a una antigua paciente en la sección de ropa interior de unos grandes almacenes justo cuando la dependienta regresa anunciando a voz en cuello: «¡Buenas noticias, señora! He encontrado un Miracle Bra en la talla noventa A!». Cuando vas al baño entre sesiones, es preferible evitar la cabina contigua a la de tu próxima visita, en particular si alguna de los dos está soltando algo apestoso. Y si vas a la farmacia que hay enfrente de tu gabinete de psicoterapia, no te apetece nada que te vean en el pasillo comprando preservativos, tampones, laxantes, pañales para adultos, cremas para infecciones por hongos o para hemorroides o recetas para ETS o trastornos mentales. Cierto día que me sentía débil y griposa, bajé a la farmacia de enfrente a recoger una medicación. La farmacéutica me tendió lo que, en teoría, habría debido ser un antibiótico, pero que en realidad era un antidepresivo, descubrí al mirar la etiqueta. Unas semanas antes, una reumatóloga me había recetado el antidepresivo genérico para la fibromialgia, que según ella podría explicar cierta fatiga persistente, pero luego decidimos esperar un tiempo debido a sus efectos secundarios en potencia. Yo nunca recogí el medicamento y la reumatóloga canceló la receta; a pesar de todo, por alguna razón, todavía aparecía en el ordenador y cada vez que iba a buscar un medicamento, la farmacéutica traía el antidepresivo y anunciaba el nombre a viva voz mientras yo rezaba para que ninguno de mis casos estuviera en la cola. A menudo, cuando ven nuestro lado humano, los pacientes se marchan. Poco después de que John acudiera a mí, me lo encontré en un partido de los Lakers. Sucedió durante la media parte y mi hijo y yo estábamos esperando para comprar una camiseta. —¡Por Dios! —oí rezongar a alguien. Cuando busqué la voz con la mirada, vi a John un poco más adelante, en la fila que discurría junto a la nuestra. Iba acompañado de otro hombre y dos chicas cuya edad coincidía con la de su hija mayor. Una tarde padre-hija, supuse. John despotricaba de los compradores que los antecedían, una pareja que se estaba tomando su tiempo para hacer la compra; parecían incapaces de retener las tallas agotadas. —Oh, por el amor de Dios —estalló John. Su retumbante voz captó la atención de todos los que estaban a su alrededor—. Se han acabado las de Kobe negras en todas las tallas menos en la pequeña, que obviamente no es la vuestra, y solamente tienen la blanca en talla de niño, que tampoco es la vuestra. Pero sí la de estas chicas que han venido a ver el partido de los Lakers, que empieza en —exhibió el reloj haciendo muchos aspavientos— cuatro minutos. —Tranquilo, colega —le dijo uno de los compradores. —¿Tranquilo? —exclamó John—. A lo mejor eres tú el que está demasiado tranquilo. A lo mejor deberías tener en cuenta que el descanso dura quince minutos y que hay una cola considerable detrás. A ver, veinte personas, quince minutos, menos de un minuto por persona… ¡Oh, mierda, quizás no debería estar tan tranquilo! Obsequió al chico con su radiante sonrisa y, en ese momento, se dio cuenta de que yo lo estaba mirando. Se quedó helado, estupefacto de ver a su amante/fulana/psicoterapeuta allí de pie, la misma cuya existencia no quería que su mujer —ni seguramente su hija, ni su amigo— descubrieran. Ambos desviamos la vista como si no nos conociéramos. Sin embargo, cuando mi hijo y yo compramos la camiseta y corrimos de regreso a los asientos cogidos de la mano, advertí que John nos observaba de lejos con una expresión inescrutable. En ocasiones, cuando me cruzo con algún paciente en el mundo real, en particular la primera vez que sucede, les pregunto en la siguiente sesión cómo vivieron la experiencia. Algunos terapeutas aguardan a que el otro lo mencione, pero a menudo el hecho de no referirse a ello le suma importancia, como el típico «elefante» en la habitación del que nadie habla, y comentar el encuentro los alivia. Así pues, cuando volvimos a vernos, le expresé a John mi interés por saber cómo vivió la experiencia. —¿A qué viene esa pregunta, si se puede saber? —exclamó. Soltó un suspiro seguido de un gruñido—. ¿Sabe cuánta gente había en ese partido? —Mucha —fue mi respuesta—. Pero a veces es raro ver a tu terapeuta fuera de la consulta. O a sus hijos. Había pensado mucho en la expresión de John cuando me vio correr con Zach. En secreto me preguntaba cómo se sintió al ver a una madre de la mano con su hijo, por cuanto había perdido a la suya siendo un niño. —¿Quiere saber cómo me sentó ver a mi psicóloga y a su hijo? — preguntó John—. Me llevé un disgusto. Me sorprendió que se mostrara dispuesto a compartir su reacción. —¿Y eso? —Su hijo se quedó con la última camiseta de Kobe en la talla de mi hija. —¿Ah? —Sí, por eso me llevé un disgusto. Esperé a que continuara, si acaso se había cansado de tomarme el pelo. Se hizo un silencio. Por fin John empezó a contar: —Un elefante, dos elefantes, tres elefantes… —Me lanzó una mirada exasperada—. ¿Cuánto tiempo vamos a seguir aquí sentados sin decir nada? Entendía su frustración. En las películas, los silencios de los psicólogos se han convertido en un tópico, pero la quietud es necesaria para que las personas puedan oír sus emociones. Guardar silencio equivale a vaciar la papelera. Cuando dejas de volcar basura en la nada —palabras, palabras y más palabras— algo importante emerge a la superficie. Y cuando el silencio es una experiencia compartida, se puede convertir en una mina de oro de pensamientos y sentimientos cuya existencia el paciente ni siquiera conocía. No me extraña que me pasara toda una sesión con Wendell prácticamente sin decir ni palabra, llorando sin más. Aun la mayor felicidad a menudo se comunica mejor a través del silencio, como sucede cuando un paciente ha conseguido un ascenso con mucho esfuerzo o se ha prometido y no encuentra las palabras para expresar lo que está sintiendo. En esos casos permanecemos mudos, sonriendo. —Estoy esperando a oír lo que tenga que decirme. —Bien —asintió John—. En ese caso me gustaría hacerle una pregunta. —¿Mmm? —¿Cómo se sintió usted cuando me vio? Nadie me había preguntado eso nunca. Medité un ratito mi reacción y cómo transmitírsela a John. Recordé que me había irritado el tono que había empleado con la pareja de compradores, delante de todo el mundo, y mis remordimientos por aplaudirle en secreto. Yo también quería volver a las gradas antes de que finalizara el descanso. Me acordé igualmente de que, al regresar a mi asiento, lo miré de reojo y advertí que John y su grupo estaban sentaos junto a la pista. Vi a su hija mostrarle algo en el móvil y, mientras miraban juntos la pantalla, él le rodeó los hombros con el brazo y estallaron en carcajadas, y el gesto me conmovió tanto que no podía desviar la vista. Quería compartir eso con él. —Bueno —empecé— fue… —Ay, por Dios, ¡estaba bromeando! —me interrumpió—. Obviamente, me trae sin cuidado cómo se sintió. A eso voy. ¡Era un partido de los Lakers! Habíamos ido a ver a baloncesto. —Vale. —¿Vale, qué? —Vale, le da igual. —Desde luego que sí. John volvía a mostrar esa expresión, la misma que había visto en su rostro cuando me vio correr con Zach. Y por más que me esforzase por conectar con él ese día —ayudándolo a echar el freno y reparar en sus sentimientos, hablando de lo que estaba pasando en la sesión, compartiendo cómo me sentía durante la conversación— no hubo nada que hacer. Se cerró en banda. Únicamente al final, cuando ya se iba, se volvió a mirarme desde el pasillo y me dijo: —Muy mono, por cierto, su hijo. Me encantó cómo le cogía la mano. Los chicos no siempre hacen eso. Aguardé la puntilla final. En vez de eso, me miró a los ojos y añadió, casi meditabundo: —Disfrútelo mientras pueda. Me quedé allí parada un momento. Disfrútelo mientras pueda. ¿Hablaba por su hija? Quizás ya no le dejaba que le tomara la mano en público. Pero también había dicho: «Los chicos no siempre hacen eso». ¿Qué sabíaél de criar niños, siendo padre de dos chicas? Hablaba de su madre y él, concluí. Me guardé la observación para más adelante, cuando estuviera listo para tocar el tema. C 27 La madre de Wendell uando Wendell era niño, cada mes de agosto, sus cuatro hermanos y él se amontonaban en la ranchera familiar y viajaban con sus padres de la urbanización del Medio Oeste en la que vivían todo el año a una cabaña junto a un lago para pasar las vacaciones con su gran familia extensa. Debían de sumar cosa de veinte primos en total y los niños iban en manada de acá para allá. Salían por la mañana y no volvían a casa hasta la hora del almuerzo (que devoraban con un hambre canina, sentados sobre mantas en un prado), para luego desaparecer de nuevo hasta la hora de cenar. En ocasiones, los primos daban un paseo en bici, pero Wendell, el más joven de todos, no quería montar. Cada vez que sus padres o sus hermanos mayores se ofrecían a enseñarle, él fingía que no le apetecía, pero todo el mundo sabía que Wendell no podía dejar de pensar en la historia de un chico mayor que se había quedado sordo de un oído al caer de la bici y darse un golpe en la cabeza. Por suerte, las bicis no eran el único entretenimiento en el lago. Aunque unos cuantos primos salieran a pedalear, siempre quedaban niños suficientes con los que nadar, trepar a los árboles y jugar en equipos a capturar la bandera. Y entonces, un verano, poco después de que Wendell cumpliera trece años, desapareció. La tribu de primos regresó para comer y, mientras masticaban grandes bocados de sandía, alguien advirtió que Wendell no estaba con ellos. Miraron en el interior de la cabaña. Vacía. Formaron grupos para buscarlo por el lago, en los bosques, en el pueblo. Pero el niño no aparecía por ninguna parte. Tras cuatro horas aterradoras para su familia, Wendell regresó… montado en una bicicleta. Por lo visto, una niña muy mona que había conocido junto al lago le había preguntado si quería dar un paseo en bici con ella, así que se acercó a la tienda del pueblo y explicó su problema. El propietario miró al escuálido e ilusionado muchacho de trece años y al momento captó la historia. Cerró la tienda, lo llevó a un solar abandonado y lo enseñó a montar. Le prestó una bici gratis para todo el día. Y allí estaba, pedaleando en dirección a la cabaña. Sus padres lloraron de alivio. Wendell y la chica del lago pasearon juntos en bici durante el resto del verano y, cuando las vacaciones llegaron a su fin, mantuvieron una correspondencia que duró varios meses. Pero un día Wendell recibió una carta de su amiga. En ella le decía que había conocido a otro chico en la escuela y ya no le escribiría más. Su madre encontró la misiva rota en la papelera. Wendell fingió que le daba igual. —Ese año hizo un curso intensivo de ciclismo y de amor —comentaría su madre más tarde—. Te arriesgas, caes, te levantas y vuelta a empezar. Wendell se levantó. Y, con el tiempo, dejó de fingir que le daba igual. Después de terminar los estudios universitarios y empezar a trabajar en el negocio familiar, ya no pudo seguir aparentando que su interés por la psicología era un mero pasatiempo. Así que Wendell se marchó y se doctoró en psicología. Ahora fue su padre el que simuló indiferencia. E, igual que Wendell, al final volvió a montar en su bici metafórica y aceptó la decisión de su hijo. Al menos, así cuenta la madre de Wendell la historia. Como es de suponer, no me la confió a mí . Sé todo esto por cortesía de internet. Ojalá pudiera decir que me topé con la información casualmente, que necesitaba la dirección de Wendell para enviarle un talón, tecleé su nombre y —Oh, vaya, mira lo que ha aparecido — allí mismo, en la página de búsquedas, surgió la entrevista protagonizada por su madre. Sin embargo, solamente sería verdad que escribí su nombre en el buscador. Un pequeño consuelo: no soy la única que espía en Google a su psicólogo. Julie me citó una vez a un científico que trabaja en su universidad al que yo había mencionado en un artículo, como si ambas hubiéramos hablado de él con anterioridad (no lo habíamos hecho). Rita hizo alusión al hecho de que las dos nos habíamos criado en Los Ángeles, aunque yo nunca le había comentado dónde me crie. En cierta ocasión, John concluyó una diatriba sobre un «idiota» recién graduado en Stanford al que acababa de contratar diciendo: «La Harvard del oeste, y un cuerno». Y luego, mirándome avergonzado, añadió: «O sea, no se ofenda». Sabía que yo había estudiado en Stanford. También sé que John buscó en Google a Wendell para saber más del psicólogo de su mujer, porque cierto día se quejó de que no tenía web ni foto, algo que despertó sus sospechas: «¿Qué trata de ocultar, el muy idiota? —dijo—. Ah, claro, su incompetencia». Así que los pacientes espían a sus terapeutas, pero mi excusa no es esa. De hecho, jamás se me habría ocurrido fisgonear hasta que sugirió que, acechando a Novio en Google, me estaba aferrando a un futuro que ya no existía. Veía cómo el mañana de Novio se desplegaba ante mis ojos mientras yo seguía atrapada en el pasado. Tenía que aceptar que su futuro y el mío, su presente y el mío, discurrían ahora por sendas distintas y lo único que teníamos en común era nuestra historia. Ante el portátil, recordé hasta qué punto había sido Wendell tajante al respecto. Y entonces pensé que en realidad no sabía nada de él aparte de que había compartido prácticas con Caroline, la colega que me proporcionó su contacto. Ignoraba dónde había estudiado, en qué se había especializado y toda la información básica que la gente reúne en internet antes de iniciar una terapia con alguien. Estaba tan necesitada de ayuda que había aceptado la derivación de Caroline para mi «amigo» con los ojos cerrados. Si algo no funciona, prueba otra cosa , nos enseñan a los psicoterapeutas en las prácticas cuando estamos atascados con un caso, y también se lo sugerimos a los pacientes. ¿Por qué seguir haciendo algo que no te da resultado? Si espiar a Novio en internet me impedía avanzar, como Wendell apuntaba, cambiaría de táctica. Pero, ¿qué podía hacer? Probé a cerrar los ojos y respirar, una estrategia que puede cortar un impulso compulsivo. Y funcionó… más o menos. Cuando volví a abrirlos, no escribí el nombre de Novio en Google. Escribí el de Wendell. John tenía razón: el hombre era prácticamente invisible. No tenía página web. Ni estaba en LinkedIn. No aparecía información suya en Psychology Today ni en Facebook ni en Twitter. Tan solo un enlace con la dirección de su consulta y el número de teléfono. Para ser un psicólogo de mi generación, Wendell pertenecía a la vieja escuela hasta extremos sorprendentes. Volví a revisar los resultados de Google. Había varios Wendell Bronson, pero ninguno era mi psicoterapeuta. Seguí mirando y, dos páginas más adelante, encontré una lista Yelp sobre Wendell. Contenía una reseña. La pinché. La autora, que firmaba como Angela L., formaba parte del «pelotón élite» desde hacía 5 años, y no me extraña. Había compartido reseñas de restaurantes, tintorerías, colchonerías, residencias caninas, dentistas (a montones), ginecólogos, manicuristas, techadores, floristas, boutiques, hoteles, empresas de control de plagas, empresas de mudanzas, farmacias, vendedores de coches, estudios de tatuaje, un abogado especializado en lesiones e incluso un abogado penal (una multa de aparcamiento que se había convertido de algún modo en un delito). Sin embargo, lo más sorprendente de Angela L. no era el número de reseñas, sino hasta qué punto casi todas eran negativas y agresivas. ¡SUSPENSO! , escribía. ¡INÚTILES! Angela L. parecía horriblemente decepcionada con todo. Con la manera de cortarle las cutículas. Con el tono del recepcionista. Aun estando de vacaciones, nada escapaba a su escrutinio. Publicaba reseñas mientras estaba alquilando un coche, mientras se registraba en el hotel, al subir a su habitación, en cada uno de los establecimientos en los que comía y bebía durante el viaje, al parecer, e incluso en la playa (dondeen cierta ocasión tropezó con una roca que asomaba entre la que en teoría debía ser sedosa arena blanca y, según afirmó, se lastimó el pie). En todas las ocasiones, la gente con la que se cruzaba era perezosa, incompetente o estúpida. Me recordó a John. Y entonces se me ocurrió que tal vez Angela L. fuera Margo. Porque la única persona en el mundo que no sacaba de quicio a Angela o la trataba mal era Wendell. A él le dio cinco estrellas, por primera vez. He ido a muchos psicólogos —no me sorprendió— pero esta vez tengo la sensación de estar progresando de verdad , escribió. Proseguía la reseña poniendo por las nubes la empatía y la sabiduría de Wendell y añadía que la estaba ayudando a entender cómo su propia conducta contribuía a sus problemas conyugales. Gracias a Wendell, concluía, había sido capaz de reconciliarse con su marido después de su separación. (Entonces no era Margo.) La reseña se remontaba a un año atrás. Observando sus comentarios posteriores, advertí una tendencia. Poco a poco, su serie invariable de pésimas valoraciones derivaba en elogios acompañados de tres y luego cuatro estrellas. Angela L. estaba menos enfadada con el mundo, no parecía tan propensa a culpar a los demás de su infelicidad (una maniobra que llamamos «externalización»). Había menos rabia hacia los comerciales del servicio al cliente, menos faltas al respeto percibidas (personalización), más consciencia (en una reseña llegaba a reconocer que a veces podía ser difícil de complacer). El número de publicaciones había descendido también, señal de una conducta menos obsesiva. Empezaba a dar muestras de «sobriedad emocional», que es la capacidad de regular los sentimientos sin automedicarse, ya sea con sustancias, defensas, aventuras o internet. Bravo por Wendell , pensé. Advertía la evolución emocional de Angela L. en la progresión de sus reseñas en Yelp. Sin embargo, en el instante en que empezaba a asombrarme de las habilidades de mi terapeuta, me topé con otra airada reseña de Angela L. Otorgaba una estrella a un servicio de autobuses, el mismo al que en una reseña anterior puntuaba con cuatro. Angela L. se declaraba horrorizada de que en el autobús estuviera sonando música ambiental a todo volumen y el conductor no pudiera apagarla. ¿Cómo podían «atacar» a los pasajeros de ese modo? Tres párrafos más tarde, remarcado con MAYÚSULAS y signos de exclamación, Angela L. concluía el comentario diciendo: Llevo meses viajando en estos autobuses, pero nunca más. ¡¡¡Nuestra relación ha terminado!!! Su dramática ruptura con el servicio de autobuses tras una serie de reseñas más equilibradas era de esperar. Seguramente, igual que les pasa a tantos pacientes, había recaído, se había arrepentido, comprendido que había tocado fondo y decidido que la moderación no bastaba; tenía que abandonar Yelp por completo. Y de momento lo había conseguido; aquella era la última reseña de Angela L., publicada seis meses atrás. Yo, en cambio, no estaba dispuesta a renunciar a mi fisgoneo en Google. Media hora más tarde, el cursor de mi pantalla planeaba sobre la entrevista a la madre de Wendell. El psicólogo que yo conocía parecía sensato y poco convencional a un tiempo, duro y tierno, seguro de sí mismo y tímido. ¿Quién lo había criado? Tenía la sensación de haber encontrado la veta madre, nunca mejor dicho. Como es natural, pinché el enlace. La entrevista, que resultó ser una historia familiar de diez páginas de extensión, aparecía en el blog de una organización municipal que estaba documentando las vidas de familias prominentes del Medio Oeste asentadas en el pueblo durante medio siglo. Tanto el padre como la madre de Wendell procedían de cunas humildes. Su abuela por parte materna murió al dar a luz. La madre de Wendell se marchó a vivir con la hermana de su padre en un pequeño apartamento, donde encontró una nueva familia. El padre de mi psicoterapeuta, mientras tanto, se estaba labrando un futuro, el primero de la familia en cursar estudios universitarios. En una enorme universidad pública conoció a la madre de Wendell, la primera mujer de su familia en licenciarse también. Después de casarse, él arrancó un negocio, ella dio a luz a una prole de cinco hijos y, en la época en que Wendell alcanzó la adolescencia, la familia había reunido un patrimonio espectacular. Esa era una de las razones de que los hubieran entrevistado. Por lo visto, los padres de Wendell donaban buena parte de su riqueza a obras de caridad. Para cuando llegué a los nombres de los hermanos de Wendell, y a sus mujeres e hijos, estaba tan desquiciada como Angela L. Investigué a la familia al completo: cómo se ganaban la vida, en qué ciudades vivían, qué edades tenían sus hijos, quién estaba divorciado. Ninguno de los datos fue fácil de encontrar; la misión me requirió numerosas referencias cruzadas y horas de trabajo. También es verdad que sabía unas cuantas cosas de Wendell por comentarios que el hombre dejaba caer estratégicamente en las sesiones. En cierta ocasión, cuando exclamé: «¡Pero no es justo!», en referencia a lo sucedido con Novio, él me miró y replicó con ternura: «Habla usted como mi hijo de diez años. ¿Quién le ha dicho que la vida es justa?». Yo entendí que tenía razón, pero pensé igualmente: Vaya, tiene un niño de la edad del mío. Cada vez que dejaba caer un dato, yo me sentía como si me hubiera hecho un regalo. Sin embargo, aquella noche en internet, había siempre otro hilo, otro enlace. Conoció a su mujer a través de un amigo mutuo; su familia vivía en un caserón de estilo español que, según Zillow, había doblado su valor desde que lo compraron; si me cambió una cita en una fecha reciente fue porque iba a impartir una conferencia. Cuando por fin cerré el portátil, la noche había pasado y yo me sentía culpable, vacía y agotada. Internet puede ser tanto un bálsamo como una adicción, un modo de adormecer el dolor (el bálsamo) al mismo tiempo que lo genera (la adicción). Cuando el efecto de la ciberdroga se desvanece, te sientes peor, no mejor. Los pacientes creen que quieren saber acerca de sus psicoterapeutas, pero a menudo, cuando investigan la vida de estos, desean no haberlo hecho, porque ese conocimiento posee la capacidad de contaminar la relación e inducir al consultante a editar, conscientemente o no, lo que dice en terapia. Yo sabía que había hecho algo destructivo. Y también tenía muy claro que no le hablaría a Wendell de mi transgresión. Ahora entendía por qué, cuando a un paciente se le escapa algún dato sobre mí que yo no he compartido y le pregunto las razones, siempre percibo una ligera vacilación mientras el otro decide si ser sincero o mentir. No es fácil confesarle a tu psicólogo que has estado fisgoneando. Yo me sentía avergonzada —de haber invadido la intimidad de Wendell, de haber perdido la noche— y juré, quizás como Angela L., que no se repetiría. No obstante, el daño ya estaba hecho. Cuando acudí a la siguiente sesión, el conocimiento recién adquirido me pesaba horrores. No podía dejar de pensar que antes o después cometería un desliz; igual que hacían mis pacientes. –M 28 Adicción ANOTACIONES PRELIMINARES, Charlotte: Paciente de veinticinco años, dice sentirse «ansiosa» desde hace unos meses, aunque nada digno de mención ha sucedido. Afirma que está «aburrida» de su trabajo. Describe dificultades con sus padres pero una intensa vida social, aunque en su historia no hay relaciones románticas significativas. Para relajarse, comenta, bebe «un par de copas de vino» cada noche. e va a matar —me dice Charlotte cuando entra con parsimonia y, despacio, se acomoda en la enorme butaca que hay a mi derecha, en diagonal. Se posa un almohadón en el regazo y luego extiende la manta por encima. Nunca se ha sentado en el sofá, ni siquiera en la primera sesión. En vez de eso, ha convertido la butaca en su trono particular. Como de costumbre, extrae sus pertenencias del bolso, una a una, como si deshiciera el equipaje para su estancia de cincuenta minutos. En el brazo izquierdo de la butaca, deja el teléfono yel podómetro; en el derecho, la botella de agua y las gafas de sol. Hoy lleva colorete y pintalabios, y sé lo que eso significa: ha estado coqueteando otra vez con el chico de la antesala. El gabinete en el que trabajo cuenta con una gran zona de espera donde los pacientes aguardan a que los visiten. La salida es más discreta; hay un pasillo interior que conduce al rellano. Por lo general, los pacientes se aíslan mientras aguardan; pero Charlotte está tramando algo. El Tío, como llama Charlotte al blanco de su coqueteo (ni ella ni yo conocemos su nombre) es un paciente de mi colega Mike. Charlotte y él coinciden en horario. Según ella, la primera vez que el Tío apareció, se fijaron en el otro al instante y se miraron a hurtadillas mientras fingían estar pendientes de sus móviles. La situación se prolongó semanas y, después de las sesiones, que también concluían a la misma hora, salían por la puerta interior y se lanzaban miraditas furtivas en el ascensor antes de partir cada uno por su lado. Por fin, un día, Charlotte llegó con noticias frescas. —El Tío me ha hablado —me susurró, como si el paciente de Mike pudiera oírnos a través de las paredes. —¿Qué ha dicho? —quise saber. —Ha dicho: Y bien, ¿qué problema tienes? Buena frase , pensé. Aunque no fuera el colmo de la originalidad, no estaba nada mal. —Pero me va a matar —me dijo Charlotte. Inspiró como si se dispusiera a hacer una gran revelación, pero yo ya había oído otras veces esa frase. Si Charlotte había bebido demasiado la semana anterior, empezaba la sesión diciendo: «Me va a matar». Si se acostaba con un chico y luego se arrepentía (como sucedía a menudo), arrancaba con «me va a matar». Incluso la iba a matar cuando tardó tanto en sentarse a revisar distintas opciones de posgrado que pasó el plazo de preinscripción. Ya habíamos comentado que, debajo de esa proyección, había un profundo remordimiento. —Bueno, no me va a matar —reconoció—, pero… uf . No sabía qué decir, me he quedado paralizada. No le he hecho ni caso y he fingido que estaba concentrada con los mensajes. Porras, me odio a mí misma. Imaginé al Tío en aquel mismo instante en la consulta de mi colega, a pocas puertas de distancia, relatando el mismo incidente: por fin me he decidido a hablar con la chica de la sala de espera y ella ha pasado totalmente de mí. Uf, he quedado como un idiota. Porras, cómo me odio. No obstante, el coqueteó se reanudó la semana siguiente. Cuando el Tío entró en la sala de espera, me contó Charlotte, ella lo abordó con una frase que llevaba ensayando toda la semana. —¿Quieres saber cuál es mi problema? —le preguntó Charlotte—. Me quedo muda cuando los desconocidos me hacen preguntas en una sala de espera. El chico se rio con ganas, y ambos estaban en mitad de una carcajada cuando acudí a buscar a Charlotte. Al verme, el Tío se ruborizó. ¿Se siente culpable?, me pregunté. Mientras nos encaminábamos a mi oficina, Charlotte y yo nos cruzamos con Mike, que se dirigía a la antesala en busca del Tío. Mike y yo nos miramos a los ojos y luego, al momento, desviamos la vista. S í, pensé. El Tío también le ha hablado de Charlotte. La semana siguiente, la charla en la sala de espera estaba en pleno apogeo. Charlotte le preguntó su nombre, me contó, y él respondió: «No te lo puedo decir». —¿Por qué no? —se extrañó ella. —Aquí todo es confidencial —fue la respuesta del chico. —Vale, señor Confidencial —manifestó mi paciente—. Yo me llamo Charlotte y dentro de un momento voy a hablarle de ti a mi terapeuta. —Espero que te merezca la pena —replicó él con una sonrisa sugerente. Yo había visto al Tío unas cuantas veces y Charlotte tenía razón, su sonrisa tiraba de espaldas. Y sin bien yo no sabía ni una palabra acerca de él, intuía peligro para Charlotte en esa historia. Dado su historial con los hombres, presentía que todo eso acabaría mal. Y dos semanas más tarde, Charlotte llegó con novedades. El Tío había acudido a la sesión acompañado de una mujer. Pues claro , pensé yo. Inasequible. Exactamente el tipo de Charlotte. De hecho, ella usaba esa misma expresión cada vez que hablaba de él. Es exactamente mi tipo. Cuando usamos la palabra «tipo», casi siempre estamos hablando de una sensación de atracción: un tipo de aspecto físico o un tipo de personalidad que despierta nuestra libido. Ahora bien, bajo ese algo que identificamos con «nuestro tipo» subyace un sentimiento de familiaridad. No es casualidad que, si te criaste con unos padres gruñones, escojas parejas gruñonas o si tuviste un padre o una madre alcohólico te atraigan las personas que beben más de la cuenta o que te cases con una persona fría y criticona si tus progenitores lo fueron. ¿Por qué nos jugamos esa mala pasada a nosotros mismos? Porque la sensación de comodidad, de sentirnos «como en casa», nos impide separar lo que deseamos como adultos de lo que experimentamos de niños. Sentimos una extraña atracción por las personas que comparten las características de un progenitor que, de algún modo, nos lastimó. Al principio de la relación esas características apenas si serán perceptibles, pero el inconsciente posee un radar infalible, al que la mente consciente no tiene acceso. Nadie quiere que le vuelvan a hacer daño. Sencillamente deseamos llegar a dominar una situación en la que nos sentimos indefensos siendo niños. Freud llamó a este fenómeno «compulsión de repetición». Puede que esta vez, imagina el inconsciente, sea capaz de retroceder en el tiempo y sanar esa herida del pasado a través de esta persona que me resulta familiar… pero es distinta. El problema radica en que, al escoger compañeros de esas características, nos estamos asegurando el resultado opuesto al que buscamos: nuestras heridas se reabren y nos sentimos todavía más defectuosos e indignos de amor. Todo esto sucede al margen de la conciencia. Charlotte, por ejemplo, decía que deseaba tener una pareja en la que pudiera confiar, capaz de comprometerse, pero cada vez que conocía a alguien que le gustaba acababa sumida en el caos y la frustración. En cambio, tras una cita reciente con un chico que, en apariencia cuando menos, poseía muchas de las cualidades que ella decía estar buscando, llegó a terapia diciendo: «Mala suerte, no había química entre nosotros». A su inconsciente, la estabilidad emocional que emanaba el joven se le antojaba demasiado ajena. El psicoterapeuta Terry Real describe las conductas que más tendemos a exhibir como «la familia de origen internalizada. Representan nuestro repertorio de temas relacionales». No hace falta que los pacientes nos cuenten sus historias con palabras porque siempre la van a relatar en la relación con el terapeuta. A menudo proyectan expectativas negativas en el psicoterapeuta y, cuando el psicólogo o profesional no cumple esas expectativas, esa «experiencia emocional enmendadora» con una persona fiable y benevolente cambia a los pacientes; descubren que el mundo no se limita a su familia de origen. Si Charlotte resuelve sus complicados sentimientos hacia sus padres a través de la interacción conmigo, se sentirá cada vez más atraída por otro tipo de personas, capaces de proporcionarle una nueva experiencia con una pareja empática, fiable y madura. Hasta entonces, cada vez que encuentre un chico accesible que la pueda corresponder, su inconsciente lo rechazará tachándolo de «poco interesante». Todavía equipara la sensación de sentirse amada no con la paz ni la alegría sino con la ansiedad. Así funcionan las cosas. El mismo chico, distinto nombre, idéntico resultado. «¿La ha visto? —me preguntó Charlotte, refiriéndose a la mujer que había acudido a terapia con el Tío—. Debe de ser su novia.» Les había lanzado un vistazo rápido. Estaban sentados en sillas contiguas pero no interactuaban en ningún sentido. Igual que el Tío, la joven era alta, con una larga melena oscura. Podría haber sido su hermana, pensé, que lo acompañaba para una terapia familiar. Sin embargo, seguramente Charlotte tenía razón; con toda seguridad era su novia. Y ahora, en la sesión de