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Carla Tamayo

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DEBERÍAS HABLAR CON ALGUIEN
LORI GOTTLIEB
DEBERÍAS
HABLAR
CON ALGUIEN
Una psicóloga, su terapeuta
y un viaje revelador por el alma humana
URANO
Argentina – Chile – Colombia – España
Estados Unidos – México – Perú – Uruguay
Título original: Maybe You Should Talk to Someone – A Therapist, Her Therapist, and Our Lives
Revealed
Editor original: Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company, Boston, New York
Traducción: Victoria Simó Perales
1.ª edición Febrero 2021
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización
escrita de los titulares del copyright , bajo las sanciones establecidas en las leyes, la
reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de
ejemplares mediante alquiler o préstamo público.
Copyright © 2019 by Lori Gottlieb
Illustrations copyright página 62 by Arthur Mont
Emojis página 70: Shutterstock
Published by special arrangement with Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company
All Rights Reserved
© 2021 de la traducción by Victoria Simó Perales
© 2021 by Ediciones Urano, S.A.U.
Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid
www.edicionesurano.com
ISBN: 978-84-17780-71-5
Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A.U.
http://www.edicionesurano.com/
Proponemos que la felicidad se clasifique como un trastorno psiquiátrico y
se incluya en los principales manuales de diagnóstico bajo un nuevo
nombre: trastorno afectivo mayor de tipo placentero. Una revisión de la
literatura relevante demuestra que la felicidad es estadísticamente anormal,
consiste en un grupo discreto de síntomas, se asocia con una serie de
anomalías cognitivas y con toda probabilidad refleja un funcionamiento
irregular del sistema nervioso central. Se debe tener en cuenta una posible
objeción a esta propuesta: la sociedad no valora negativamente la felicidad.
Esta objeción, sin embargo, puede desestimarse por ser científicamente
irrelevante.
Richard Bentall
JOURNAL OF MEDICAL ETHICS , 1992
El eminente psiquiatra Carl Jung dijo: «Las personas son capaces de
cualquier cosa, por absurda que sea, con tal de no mirar de frente su propia
alma».
Pero también afirmó:
«El que mira hacia dentro, despierta».
NOTA DE LA AUTORA
Este libro plantea una pregunta: «¿cómo se produce el cambio?», y
responde diciendo: «a través de la relación con los demás». La relación de
la que hablo en estas páginas, entre terapeutas y pacientes, requiere de una
confianza sagrada para que el cambio sea efectivo. Así pues, además de
obtener permiso por escrito, me he esforzado al máximo por disfrazar
identidades y cualquier detalle reconocible. En algunos casos los relatos y
los escenarios relativos a distintos pacientes se han atribuido a uno solo. He
meditado a conciencia todas esas modificaciones y las he escogido con
cuidado para permanecer fiel al espíritu de cada historia al mismo tiempo
que las colocaba al servicio de un objetivo mayor: poner de relieve la
condición humana que compartimos, para que todos podamos vernos con
más claridad. Con ello pretendo decir que, si acaso te reconoces en estas
páginas, se debe en parte a la casualidad pero también a la voluntad de la
autora.
Un apunte sobre la terminología: las personas que acuden a terapia
reciben diversas denominaciones, siendo las más habituales paciente o
cliente . Dudo que ninguna de esas palabras llegue a captar la relación que
mantengo con los seres humanos que acuden a mi consulta. Sin embargo,
hablar de las personas con las que realizo un trabajo resultaría demasiado
farragoso y el término cliente puede inducir a confusión, habida cuenta de
sus múltiples connotaciones, así que, en aras de la claridad y la simplicidad,
me referiré a mis pacientes a lo largo de este libro.
ÍNDICE
Nota de la autora
PRIMERA PARTE
1. Idiotas
2. Si la reina tuviera pelotas
3. El espacio de un solo paso
4. La lista y la guapa
5. Yo prefiero meditar en la cama
6. Buscando a Wendell
7. El comienzo del saber
8. Rosie
9. Instantáneas de uno mismo
10. El futuro también es el presente
11. Adiós, Hollywood
12. Bienvenidos a Holanda
13. Cómo lidian los niños con la pena
14. Harold y Maude
15. Nada de mayonesa
16. El chico diez
17. Sin memoria ni deseo
SEGUNDA PARTE
18. Los viernes a las cuatro
19. El material de los sueños
20. La primera confesión
21. Terapia con protección
22. Entre rejas
23. Trader Joe’s
24. Hola, familia
25. El repartidor de UPS
26. Encuentros incómodos
27. La madre de Wendell
28. Adicción
29. El violador
30. A la hora en punto
TERCERA PARTE
31. Mi útero errante
32. Sesión de emergencia
33. Karma
34. Vivir la vida
35. ¿Qué preferirías?
36. La urgencia ante la necesidad
37. Preocupaciones esenciales
38. Legoland
39. Cómo cambia el ser humano
40. Padres
41. Integridad frente a desesperación
42. Mi Neshamá
43. Cosas que no deberías decirle a una persona que va a morir
44. El email de Novio
45. La barba de Wendell
CUARTA PARTE
46. Las abejas
47. Kenia
48. Sistema inmunitario psicológico
49. Orientación frente a psicoterapia
50. Mortzilla
51. Querido Myron
52. Madres
53. El abrazo
54. No lo estropees
55. Es mi fiesta y llorarás si quieres
56. La clave de la felicidad
57. Wendell
58. Una pausa en la conversación
Agradecimientos
PRIMERA PARTE
No hay nada más deseable que ser descargado de un pesar, pero
no hay nada tan aterrador como ser despojado de una muleta.
James Baldwin
S
1
Idiotas
ANOTACIONES INICIALES, JOHN:
El paciente dice sentirse «estresado» y declara problemas para
dormir y para entenderse con su esposa. Expresa impaciencia
hacia los demás y busca ayuda para «aguantar a tanto idiota ».
é compasiva.
Suspiro de paciencia infinita.
Sé compasiva, sé compasiva, sé compasiva…
Repito la frase mentalmente, como un mantra, mientras el hombre de
cuarenta años que tengo delante me habla de todos los «idiotas» con los que
se relaciona a diario. ¿Por qué, quiere saber, hay tantos idiotas en el mundo?
¿Nacieron así? ¿Se volvieron idiotas con el tiempo? Tal vez, musita, su
condición sea una consecuencia de todos los aditivos químicos que lleva la
comida hoy día.
—Por eso procuro comer productos biológicos —afirma—. Para no
convertirme en un idiota, como todos los demás.
Me he perdido. Ya no sé de qué idiota me habla, si del higienista dental
que formula una pregunta detrás de otra («y ninguna es retórica»), de su
compañero de trabajo que solamente se expresa con interrogantes («nunca
afirma nada, porque eso significaría que tiene algo que decir»), del
conductor que frenó con el semáforo en ámbar («¿la gente no piensa que
algunos tenemos prisa?») o del técnico de la Barra de Genios, en la tienda
Apple, que no fue capaz de arreglarle el portátil («menudo genio»).
—John —empiezo a decir, pero ahora está divagando sobre su mujer. No
consigo meter baza, aunque en teoría acude a mí en busca de ayuda.
Yo, por cierto, soy su nueva psicóloga. (La anterior, que solamente le
duró tres sesiones, era «simpática, pero una idiota».)
—Y entonces Margo se enfada… ¿se lo puede creer? —me está contando
—. Y no me dice el motivo de su enfado. Solamente actúa como si
estuviera molesta por algo y se supone que yo debo preguntarle qué le pasa.
Pero sé muy bien que, si le pregunto, responderá «nada» las tres primeras
veces y luego, tal vez a la cuarta o la quinta, dirá: «ya sabes lo que me
pasa», y yo le contestaré: «no, no lo sé, si lo supiera no te lo preguntaría».
Sonríe. De oreja a oreja. Yo intento trabajar con esa sonrisa; lo que sea
con tal de transformar el monólogo en un diálogo que me permita
comunicarme con él.
—Me llama la atención que sonría ahora mismo —observo—, porque me
está hablando de la frustración que le producen muchas personas, incluida
Margo, y sin embargo parece contento.
Su sonrisa se ensancha. Posee la dentadura más blanca que he visto en mi
vida. Le brillan los dientes como diamantes.
—Sonrío, Sherlock, porque conozco muy bien las razones de su disgusto.
—Ah —respondo—. Entonces…
—Espere, espere,que ahora llegamos a la mejor parte —me interrumpe
—. Pues bien, como iba diciendo, sé muy bien lo que le pasa, pero no me
apetece nada seguir oyendo sus quejas. De manera que esta vez, en lugar de
preguntar, decido que voy a…
Se detiene y mira el reloj que descansa la estantería, a mi espalda.
Me gustaría emplear este inciso para pararle los pies a John. Podría
comentar la ojeada que acaba de echarle al reloj (¿tiene prisa por
marcharse? o el hecho de que acabe de llamarme «Sherlock» (¿está molesto
conmigo por algo?). O podría atenerme a la superficie de lo que llamamos
«el contenido» —el relato que me está narrando— e intentar entender por
qué equipara los sentimientos de Margo con una queja. Pero si me quedo en
el contenido, no conectaremos en esta sesión y John, estoy descubriendo,
tiene problemas para establecer contacto con su entorno.
—John —vuelvo a probar—. ¿Por qué no hablamos de lo que pasó…?
—Ah, vale —me corta en mitad de la frase—. Todavía nos quedan veinte
minutos.
Y retoma su historia.
Me vienen ganas de bostezar, irrefrenables, y tengo que recurrir a una
fuerza de voluntad sobrehumana para mantener la boca cerrada. Mis
músculos luchan contra mi mandato, mi semblante adopta todo tipo de
expresiones grotescas, pero gracias a Dios el bostezo permanece dentro. Por
desgracia, emerge en forma de eructo. Sonoro. Como si estuviera borracha.
(No lo estoy. Seré un muestrario de muchas otras cosas desagradables ahora
mismo, pero no estoy borracha.)
A causa del eructo, mi boca lucha por abrirse otra vez. Aprieto los labios
con tanta fuerza que me lloran los ojos.
Como es natural, John no parece percatarse. Sigue despotricando de
Margo. Margo hizo tal cosa. Margo hizo tal otra. Yo dije esto. Ella dijo lo
otro. Y entonces yo le solté…
Durante las prácticas de psicología clínica, una supervisora me dijo en
cierta ocasión: «Todo el mundo posee un aspecto entrañable». Y, para mi
sorpresa, descubrí que estaba en lo cierto. Es imposible conocer a alguien a
fondo y no tomarle cariño. Deberíamos reunir en una habitación a los
archienemigos mundiales y obligarles a compartir su historia y sus
experiencias de formación, sus miedos y sus penas. Súbitamente, los peores
adversarios se llevarían de maravilla. He descubierto algo entrañable en
todas y cada una de las personas con las que he trabajado como terapeuta,
incluido el tipo que intentó a asesinar a alguien. (Debajo de su rabia, había
un corazón de oro.)
Ni siquiera me sentí molesta la semana anterior, en nuestra primera
sesión, cuando John me explicó que había contactado conmigo porque yo
no era «nadie» en Los Ángeles, en referencia a que no se cruzaría con
ninguno de sus colegas de la industria televisiva cuando acudiera a las
sesiones. (Sus colegas, sospechaba él, visitaban psicólogos «conocidos y
experimentados».) Me limité a anotar la frase para usarla en el futuro,
cuando se mostrara más dispuesto a involucrarse. Tampoco me inmuté
cuando, al final de esa misma sesión, me tendió un fajo de billetes y me
explicó que prefería pagar en metálico para que su esposa no supiera que
estaba haciendo terapia.
—Fingiremos que es usted mi amante —sugirió—. O más bien mi fulana.
No se ofenda, pero no es el tipo de mujer que escogería como amante…
usted ya me entiende.
No le entendía (¿escogería a una mujer más rubia, más joven, con una
dentadura más blanca y brillante?), pero consideré el comentario uno más
de los mecanismos de defensa que usa John para evitar la posibilidad de
acercarse a alguien o de reconocer su necesidad de contacto humano.
—¡Ja, ja, mi fulana! —dijo, deteniéndose ante la puerta—. Acudiré cada
semana, liberaré toda la frustración acumulada y nadie se enterará. Qué
divertido, ¿verdad?
Oh, sí, quise decirle, superdivertido.
Sin embargo, mientras le oía reír por el pasillo, tuve la seguridad de que
John acabaría por caerme bien. Debajo de su insufrible exhibicionismo, sin
duda emergería algo entrañable, incluso hermoso.
Ahora bien, eso fue la semana pasada.
Hoy tan solo veo a un gilipollas. Un gilipollas con una dentadura
espectacular.
Sé compasiva, sé compasiva, sé compasiva . Repito mi silencioso mantra
para volver a concentrarme en mi paciente. Ahora está hablando del error
que ha cometido un técnico de la serie (un hombre que, según John, se
llama sencillamente «el idiota») y en ese preciso instante se me enciende
una bombilla: la diatriba de John me resulta familiar hasta extremos
inquietantes. No tanto las situaciones que describe como los sentimientos
que evocan en él… y en mí. Sé muy bien hasta qué punto es agradable
culpar al mundo exterior de tus frustraciones, no responsabilizarte del papel
que puedas haber tenido en la obra existencial titulada Mi importantísima
vida . Conozco lo que significa indignarse desde la superioridad moral,
convencida de que tú tienes razón y eres víctima de una terrible injusticia,
porque es así, exactamente, como me he sentido a lo largo de todo el día.
Lo que John ignora es que arrastro las secuelas de lo que me sucedió
anoche, cuando el hombre con el que en teoría iba a casarme rompió
conmigo por las buenas. Hoy intento concentrarme en mis pacientes (me
limito a llorar durante los diez minutos de descanso que me tomo entre
sesiones, con cuidado de lavarme los rastros de rímel antes de que entren
los pacientes). Dicho de otro modo: afronto el dolor tal y como sospecho
que John lidia con el suyo: ocultándolo.
Como psicoterapeuta, entiendo mucho de dolor y de los distintos nexos
entre el sufrimiento y la pérdida. Pero también sé algo que no todo el
mundo ha entendido: que el cambio y el dolor van de la mano. No hay
evolución sin renuncia, y eso explica por qué con tanta frecuencia la gente
afirma que quiere cambiar pero se aferra a lo que ya tiene. Para ayudar a
John, tendré que averiguar cuál sería su pérdida, pero antes tendré que
entender la mía. Porque, ahora mismo, tan solo puedo pensar en la mala
pasada que mi novio me jugó anoche.
¡El muy idiota!
Devuelvo la vista a John y pienso: Te escucho, hermano.
Espera un momento , estarás pensando. ¿Por qué me cuentas todo esto? ¿No
se supone que los terapeutas protegen su vida privada? ¿Acaso no son, en
teoría, pizarras en blanco que jamás revelan nada sobre sí mismos,
observadores imparciales que no critican a sus pacientes… ni siquiera para
sus adentros? Además, ¿no deberían los psicólogos, ellos más que nadie,
tener sus vidas bajo control?
En parte, sí. Lo que sucede en el gabinete de terapia debería cumplir el
único objetivo ayudar al paciente, y si un psicólogo no se siente capaz de
separar sus propios conflictos de los problemas de la persona a la que
acompaña haría bien en escoger una línea de trabajo distinta.
Por otro lado, esto —aquí y ahora, entre tú y yo— no es terapia sino un
relato sobre la terapia: cómo sanamos y adónde nos lleva la redención. Igual
que esos programas del National Geographic que muestran el desarrollo
embrionario y el nacimiento de cocodrilos singulares, quiero captar el
proceso por el cual los seres humanos, en su esfuerzo por evolucionar,
empujan sus cascarones hasta que, en silencio (o gran estrépito) y despacio
(pero también de súbito), los rompen.
De manera que, por más que la imagen de mi cara manchada de máscara
entre sesiones sea incómoda de contemplar, así comienza esta historia sobre
un puñado de seres humanos en apuros a los que estás a punto de conocer:
en mi propia condición humana.
Los psicólogos, como es natural, se enfrentan a los mismos rigores
cotidianos que el resto del mundo. Esa familiaridad con los problemas de la
vida constituye la base del vínculo que forjamos con extraños, que nos
confían sus historias y secretos más íntimos. La formación profesional nos
brinda teorías, herramientas y técnicas, pero debajo de esa pericia tan ardua
de conquistar late el hecho de que sabemos hasta qué punto resulta
complicado ser una persona. Eso equivale a decir que acudimos cada día al
trabajo siendo nosotros mismos, cada cual con su provisión de
vulnerabilidad, sus anhelos einseguridades y su propia historia. De todas
mis credenciales como psicoterapeuta, la más significativa es mi afiliación a
la raza humana.
Ahora bien, revelar esa humanidad es harina de otro costal. Una colega
me contó que, cuando el médico la llamó para darle la noticia de que su
embarazo no era viable, rompió a llorar en mitad del Starbucks.
Casualmente una de sus pacientes la vio, canceló la siguiente cita y ya no
volvió.
Recuerdo haber oído relatar al escritor Andrew Solomon una anécdota
sobre un matrimonio que conoció en un congreso. En el transcurso de un
día, explicaba, cada cónyuge le confió por su lado que estaba tomando
antidepresivos pero no quería que el otro lo supiera. Por lo visto, escondían
la misma medicación en la misma casa. No importa que, como sociedad,
nos hayamos abierto a compartir temas que antes se consideraban privados;
el estigma en torno a nuestras dificultades emocionales sigue siendo
inmenso. Hablamos sin tapujos de nuestra salud física (¿alguien se imagina
a un matrimonio escondiéndose mutuamente su medicación para el reflujo?)
e incluso de la vida sexual, pero coméntale a alguien que sufres ansiedad,
depresión o un sentimiento de pérdida irreparable y es probable que leas en
su semblante algo del estilo de: que alguien me libre de esta conversación,
rápido.
Sin embargo, ¿a qué tenemos tanto miedo? Nadie ha dicho que al mirar
en esos rincones oscuros y encender la luz vayamos a encontrar un montón
de cucarachas. Las luciérnagas también buscan la oscuridad. Hay belleza en
esos lugares. Pero tenemos que mirar para verla.
Mi misión, la misión del terapeuta, consiste en mirar.
Y no solo para ayudar a los pacientes.
Una realidad que apenas se comenta: los psicólogos también hacen terapia.
Estamos obligados, de hecho, durante la formación, como parte de las
prácticas que requiere la acreditación. Únicamente así podemos saber de
primera mano lo que van a experimentar nuestros futuros pacientes.
Aprendemos a aceptar las observaciones, a tolerar la incomodidad, a ser
conscientes de nuestros puntos ciegos y a observar el efecto que nuestros
relatos y conductas ejercen en nosotros mismos y en los demás.
Y cuando por fin obtenemos la acreditación, empezamos a recibir
pacientes y… seguimos haciendo terapia. No todo el tiempo y no como
condición necesaria, pero la gran mayoría de psicoterapeutas se sienta en el
sofá de otra persona en distintos momentos de su carrera profesional, en
parte porque hace falta un espacio para hablar del impacto emocional que
supone un oficio como el nuestro y en parte porque la vida sigue y la terapia
nos ayuda a afrontar nuestros demonios cuando nos visitan.
Y nos visitarán, porque todo el mundo tiene demonios: grandes,
pequeños, viejos, nuevos, silenciosos, ruidosos, como sean. Esos demonios
comunes constituyen la prueba de que no somos tan distintos, al cabo. Y
gracias a esa consciencia podemos entablar una relación distinta con
nuestros propios demonios, de tal suerte que ya no tratamos de razonar con
una insolente voz interior para librarnos de ella ni de adormecer los
sentimientos con distracciones como comer o beber en exceso o pasar horas
navegando por internet (una actividad a la que una colega se refiere como
«el analgésico sin receta más rápido y eficaz»).
Uno de los pasos más importantes de la terapia consiste en ayudar a las
personas a asumir la responsabilidad de las dificultades que afrontan,
porque en el momento en que comprenden que pueden (y deben) construir
sus propias vidas, son libres para generar cambios. A menudo, sin embargo,
la gente se aferra a la idea de que sus problemas son circunstanciales o
situacionales en buena parte, es decir, externos. Y si la culpa de sus
problemas la tienen las circunstancias u otras personas, agentes que se
encuentran ahí fuera , ¿por qué molestarse en cambiar? Aun si actuaran de
otra manera, ¿acaso el resto del mundo no seguiría comportándose igual?
El argumento tiene su lógica. Pero la vida no funciona así, por lo general.
¿Recuerdas la famosa frase de Sartre «el infierno son los otros»? Es
verdad, el mundo está lleno de individuos complicados (o, como diría John,
de «idiotas»). Estoy segura de que puedes nombrar cinco personas difíciles
ahora mismo sin tener que pensar demasiado; a algunas las evitas siempre
que puedes, a otras las evitarías si no fuera porque comparten tu apellido.
Sin embargo, en ocasiones —más a menudo de lo que nos gusta aceptar—
esa persona difícil es uno mismo.
Como lo oyes: con frecuencia el infierno eres tú.
A veces somos nosotros la causa de nuestras dificultades. Y si
encontramos la manera de dejar de ponernos trabas, sucede algo
extraordinario.
El terapeuta muestra un espejo a sus pacientes, pero los pacientes, a su
vez, ofrecen un reflejo al terapeuta. La terapia nunca discurre en un solo
sentido, en absoluto; el proceso es recíproco y en paralelo. Cada día, los
pacientes plantean preguntas que también debemos aplicarnos. Y si son
capaces de verse con más claridad gracias a la imagen que les devolvemos,
igualmente nosotros nos vemos más claramente en la suya. Esto les sucede
a los psicólogos que trabajan con pacientes y a los que trabajan con otros
psicólogos. Somos espejos que reflejan espejos que reflejan espejos y nos
mostramos unos a otros lo que aún no somos capaces de ver.
Y eso me lleva de vuelta a John. Hoy no tengo presente nada de lo que
acabo de exponer. En lo que a mí concierne, ha sido un día difícil con un
paciente complicado y, por si fuera poco, me ha tocado hablar con John
justo después de visitar a una joven recién casada que está muriendo de
cáncer. No es la situación ideal para trabajar con nadie, en particular cuando
apenas has dormido, tus planes de matrimonio acaban de ser cancelados y
sabes que tu dolor es insignificante comparado con el de una mujer que
padece una enfermedad terminal; y también presientes (sin ser demasiado
consciente) que tu sufrimiento no es nimio en absoluto, porque un auténtico
cataclismo se está desencadenando en tu interior.
Mientras tanto, a cosa de un kilómetro y medio de distancia, en una
pintoresca construcción de ladrillos de un estrecho callejón, un terapeuta
llamado Wendell atiende a sus pacientes en su gabinete, igual que yo. Uno
tras otro, se sientan en un sofá con vistas a un jardín interior maravilloso y
hablan del mismo tipo de cosas que mis pacientes han compartido conmigo
en el último piso de un edificio de oficinas acristalado. Esas personas llevan
semanas, meses, puede que años acudiendo a la consulta de Wendell. Yo, en
cambio, todavía no lo conozco. De hecho, ni siquiera he oído hablar de él.
Pero eso pronto cambiará.
Estoy a punto de convertirme en la nueva paciente de Wendell.
T
2
Si la reina tuviera pelotas
ANOTACIONES INICIALES, LORI:
Paciente de unos cuarenta y cinco años acude para tratar las
consecuencias de una ruptura inesperada. Dice necesitar
«solamente unas pocas sesiones para superar esto».
odo comienza con un problema presentado.
Por definición, el problema presentado es la dificultad que empuja a
una persona a buscar terapia. Puede ser un ataque de pánico, la pérdida de
un empleo, una muerte, un nacimiento, una relación complicada,
incapacidad para tomar una decisión trascendente o un episodio de
depresión. En ocasiones el problema presentado no es tan específico: una
sensación de estancamiento o la noción vaga pero persistente de que algo
no va bien.
Sea cual sea el problema, acostumbra a «presentarse» porque la persona
se enfrenta a una encrucijada existencial. ¿Giro a la izquierda o a la
derecha? ¿Intento dejar las cosas como están o me interno en un territorio
inexplorado? (Aviso: la terapia siempre te llevará a un territorio
inexplorado aunque optes por dejar las cosas como están.)
Ahora bien, a los pacientes les traen sin cuidado las encrucijadas cuando
acuden a su primera sesión. Por lo general solo quieren dejar de sufrir.
Desean contarte su historia, empezando por el problema presentado.
Así pues, dejad que comparta con vosotros mi «percancecon Novio».
Para empezar, quisiera aclarar que considero a Novio una persona
maravillosa. Es un tipo amable y generoso, divertido e inteligente. Igual te
arranca unas carcajadas que te lleva a la farmacia a las dos de la madrugada
para comprar el antibiótico cuya toma no puedes aplazar al día siguiente. Si
por casualidad pasa por el supermercado Costco, te envía un mensaje de
texto para preguntarte si necesitas algo y, cuando le respondes que te
vendría bien un envase de detergente, se presenta en tu casa con tus
albóndigas favoritas y veinte frascos de sirope de arce para los gofres
caseros que acostumbra a prepararte. Transporta los veinte frascos del
garaje a la cocina, guarda diecinueve en el estante más alto del armario y
deposita uno en la encimera, a punto para el día siguiente.
También te deja notitas de amor en el escritorio, te toma la mano y te
cede el paso, y nunca protesta por tener que acompañarte a las reuniones
familiares porque le divierte de veras pasar un rato con tus parientes,
incluidos los más chismosos o los ancianos. Te envía paquetes de Amazon
repletos de libros por nada en especial (para ti, los libros son el equivalente
a las flores) y por las noches os acurrucáis juntos y os leéis mutuamente
párrafos en voz alta, con pausas para retozar. Mientras os dais un atracón de
Netflix, él te frota ese punto de la espalda en el que sufres una leve
escoliosis y cuando se detiene y tú lo animas a continuar, sigue
masajeándote durante un delicioso minuto más antes de escaquearse con
disimulo (tú finges no percatarte). Permite que apures sus bocadillos, que
termines sus frases y que uses su crema solar, y escucha las anécdotas del
día con tanta atención que, igual que un biógrafo personal, recuerda más
detalles de tu vida que tú misma.
Si este retrato te parece tendencioso, has acertado. Hay muchas manera de
contar una historia y, si algo me ha enseñado el oficio de psicóloga, es que
la mayoría de las personas se pueden considerar lo que nosotros llamamos
«narradores no fiables». Con eso no pretendo decir que engañen a
sabiendas. El fenómeno se debe más bien a que todo relato posee múltiples
matices y tendemos a obviar aquellos que no encajan con nuestro punto de
vista. Casi todo lo que me cuentan mis pacientes es la pura verdad… desde
su perspectiva actual. Pregúntale a alguien por su cónyuge mientras todavía
están enamorados y luego vuelve a interrogarlo después del divorcio; en
ambas ocasiones te contarán únicamente la mitad de la historia.
¿Lo que acabas de leer sobre Novio? Es la mitad buena.
Abordemos ahora la otra mitad. Son las diez en punto de una noche entre
semana. Estamos en la cama, charlando. Tenemos pensado ir al cine el
próximo sábado y acabamos de decidir qué entradas vamos a comprar por
anticipado. De súbito, Novio se sume en un silencio extraño.
—¿Estás cansado? —le pregunto. Los dos trabajamos, los dos tenemos
hijos y ambos hemos dejado atrás los cuarenta, de modo que el silencio no
suele entrañar nada más que agotamiento. E incluso cuando no estamos
fatigados, estar juntos sin hablar resulta agradable, relajante. Pero si acaso
el silencio se puede oír, el de hoy suena distinto. Y si alguna vez has estado
enamorado, ya sabes a qué clase de silencio me refiero: el que vibra en una
frecuencia que únicamente ese otro especial puede percibir.
—No —responde. Tan solo es una sílaba, pero un temblor lo traiciona y
la palabra va seguida de un mutis todavía más inquietante si cabe. Lo miro.
Me devuelve la mirada. Sonríe, sonrío y un silencio ensordecedor se instala
de nuevo, quebrado únicamente por el roce nervioso de su pie contra el
edredón. Ahora estoy asustada. Durante las sesiones, soy capaz de soportar
silencios maratonianos, pero aquí, en mi dormitorio, no aguanto ni tres
segundos.
—Oye, ¿pasa algo? —pregunto, intentando adoptar un tono desenfadado.
Sin embargo, se trata de una pregunta retórica donde las haya. La respuesta
es un notorio «sí», porque, en toda la historia del mundo, nada
tranquilizador ha surgido jamás de esta pregunta. Cuando trabajo con
parejas en terapia, aun si la respuesta inicial es «no», el tiempo acaba
desvelando que la verdadera contestación era alguna versión de te estoy
engañando, me he fundido las tarjetas de crédito, mi anciana madre se
viene a vivir con nosotros o ya no estoy enamorado/a de ti.
La respuesta de Novio confirma la regla.
Dice:
—Me he dado cuenta de que no puedo convivir con un niño los próximos
diez años.
¿Me he dado cuenta de que no puedo convivir con un niño los próximos
diez años?
Estallo en carcajadas. Ya sé que la frase de Novio no tiene ninguna
gracia, pero habida cuenta de que planeamos pasar juntos el resto de la vida
y que yo tengo un hijo de ocho años, me parece tan absurda que me la tomo
a risa.
Novio no dice nada, de manera que dejo de reír. Lo miro. Él desvía la
mirada.
—¿De qué estás hablando, si se puede saber? ¿Qué significa que no
puedes convivir con un niño los próximos diez años?
—Lo siento —es su respuesta.
—¿Cómo que lo sientes? —insisto, todavía incapaz de creer lo que estoy
oyendo—. ¿Hablas en serio? ¿No quieres vivir conmigo?
Me explica que sí quiere vivir conmigo, pero ahora que sus hijas
adolescentes están a punto de marcharse a la universidad, se ha dado cuenta
de que no quiere esperar otros diez años a que el nido esté vacío.
Lo miro boquiabierta. Literalmente. Abro la boca y permanezco de esa
guisa un buen rato. Es la primera noticia que tengo al respecto y tardo un
minuto entero en cerrar la mandíbula para poder articular palabra. Mi mente
dice: ¿queeeeé? , pero mis labios preguntan:
—¿Cuánto hace que te sientes así? Si no te hubiera preguntado, ¿no me
habrías dicho nada?
Esto no puede estar pasando, pienso. Hace cinco minutos estábamos
eligiendo la película del fin de semana. En teoría, íbamos a pasarlo juntos.
¡Pensábamos ir al cine!
—No lo sé —responde, compungido. Se encoge de hombros sin
desplazarlos. Todo su cuerpo se encoge de hombros—. No sabía cómo sacar
el tema. No encontraba el momento.
(Cuando les cuento a mis amigas psicólogas esta parte de la historia, al
momento lo diagnostican como «un evasivo». Cuando les cuento a mis
amigas no psicólogas esta parte de la historia, al momento lo definen como
«un cerdo».)
Otro silencio.
Me siento como si estuviera contemplando la escena desde fuera. Veo a
una desorientada versión de mí misma atravesar a la velocidad del rayo las
famosas cinco etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y
aceptación. Si la risa equivalía a la negación y la pregunta «cuándo narices
pensabas decírmelo» ha sido una manifestación de ira, estoy en plena fase
de negociación. ¿Qué podemos hacer para que esto funcione?, quiero saber.
¿Le pedimos a la canguro que venga más horas? ¿Salimos solos otra noche
más a la semana?
Novio niega con la cabeza. Sus hijas adolescentes no se despiertan a las
siete de la mañana para jugar con los Lego. Está deseando recuperar su
libertad y quiere poder relajarse los domingos por la mañana. Da igual que
mi hijo no necesite ayuda para jugar con sus Lego cuando se levanta. El
problema, al parecer, reside en que el niño, de vez en cuando, le dice lo
siguiente: «¡Mira qué chulo! ¡Mira lo que acabo de construir con los
Lego!».
—La cuestión es —aclara Novio— que no quiero sentirme obligado a
mirar sus construcciones. Quiero leer el periódico tranquilamente.
Empiezo a plantearme si un extraterrestre habrá invadido el cuerpo de
Novio o si tendrá un tumor cerebral en expansión cuyo primer síntoma es
un cambio de personalidad. Me pregunto qué pensaría Novio de mí si
rompiera con él porque sus hijas adolescentes me piden que eche un vistazo
a sus nuevos leggins de Forever 21 cuando estoy leyendo tranquilamente.
No quiero mirar tus leggins. ¿Qué clase de persona rompe con otra porque
no le apetece levantar la vista?
—Pensaba que querías casarte conmigo —es mi penosa observación.
—Y quiero casarme contigo —responde—. Es que no quiero convivir
con un niño.
Lo medito un instante, como si me estuvieraplanteando un acertijo. Se
parece al enigma de la Esfinge.
—Pero el niño y yo vamos en el lote —objeto, ahora levantando la voz.
Me enfurece que plantee este problema precisamente ahora. Me enfurece
que plantee este problema y punto—. No soy un plato a la carta, como una
hamburguesa sin las patatas fritas, como una… una…
Acuden a mi mente esos pacientes que describen situaciones ideales e
insisten en que solo podrán ser felices en esas circunstancias exactas. Si no
hubiera dejado la escuela de negocios para hacerse escritor, sería el chico
ideal (así que rompo con él y sigo viendo a gestores de fondos que me
aburren). Si el empleo no implicara un cambio radical, sería la
oportunidad perfecta (así que conservaré este empleo sin futuro y seguiré
contándote lo mucho que envidio las profesiones de mis amigos). Si no
tuviera un hijo, me casaría con ella.
Todos tenemos innegociables, es natural. Sin embargo, cuando los
pacientes recurren una y otra vez a este tipo de argumentos, a veces les
digo: «Si la reina tuviera pelotas, sería un rey». O, lo que es lo mismo, si
vas por la vida escogiendo y descartando, si no te das cuenta de que «lo
perfecto es la antítesis de lo bueno», puede que te estés privando de la
felicidad. Al principio los pacientes se sorprenden ante mi crudeza, pero a
la postre la observación les ahorra tres meses de terapia.
—La verdad es que no quería salir con una mujer que tuviera hijos —está
diciendo Novio—. Pero entonces me enamoré de ti y ya no supe qué hacer.
—No te enamoraste de mí antes de nuestra primera cita, cuando te dije
que tenía un niño de seis años —objeto—. Entonces sí sabías lo que debías
hacer, ¿no?
Más silencio angustiado.
Como seguramente ya habrás adivinado, esta conversación no va a
ninguna parte. Yo intento averiguar si el problema es otro; ¿cómo no? Al fin
y al cabo, su deseo de libertad no es más que una variante del típico «no
eres tú, soy yo» (que siempre equivale a: no soy yo, eres tú). ¿Acaso a
Novio le disgusta algún aspecto de la relación y no se atreve a decírmelo?,
le pregunto con tranquilidad, ahora en tono más suave, porque soy
consciente de que las Personas Muy Enfadadas no son Muy Accesibles.
Pero Novio insiste en que el problema radica en el hecho de que tenga hijos,
no en mí.
Me encuentro en un estado de conmoción mezclada con perplejidad. No
entiendo cómo ha podido suceder algo así. ¿Cómo es posible que alguien
duerma a pierna suelta a tu lado y planee una vida contigo cuando está
considerando en secreto la idea de dejarte? (La respuesta es muy simple: un
mecanismo de defensa llamado «compartimentación». Pero ahora mismo
estoy demasiado ocupada recurriendo a otro mecanismo de defensa, la
negación, como para reparar en ello.)
Novio, dicho sea de paso, es abogado y plantea el caso igual que si
tuviera delante a un jurado. De verdad quiere casarse conmigo. De verdad
me ama. Sencillamente, querría que pasáramos más tiempo a solas. Le
gustaría que pudiéramos hacer una escapada cuando nos viniera en gana,
volver a casa del trabajo y salir a cenar sin tener que preocuparnos por una
tercera persona. Desea disfrutar de la intimidad que implica la vida en la
pareja, no de la sensación comunal que acarrea una familia. Cuando
descubrió que yo tenía un hijo pequeño supo que la situación no era ideal,
pero no me comentó nada porque pensó que sabría adaptarse. Dos años más
tarde, sin embargo, cuando estamos a punto de fundir nuestros hogares en
uno y empieza a otear la libertad en el horizonte, ha comprendido hasta qué
punto es importante para él. Sabía que la relación estaba sentenciada y por
otro lado no quería que acabase; y cuando se planteaba hablarme de ello, no
sabía cómo introducir el tema porque las cosas habían llegado muy lejos e
imaginaba que yo montaría en cólera. Dudaba si decírmelo, arguye, porque
no quería portarse como un cerdo.
La defensa está servida y además lo siente mucho.
—¿Lo sientes? —le espeto—. Bueno, pues ¿sabes qué? ¡Te has esforzado
tanto en NO portarte como un cerdo que al final te has portado como el tío
más cerdo del mundo!
De nuevo guarda silencio y entonces lo entiendo todo: su extraño
mutismo de antes ha sido su forma de colocar el tema sobre el tapete. Y
aunque le damos vueltas y más vueltas al problema hasta que el sol se filtre
por las rendijas de las persianas, ambos sabemos en lo más profundo del
corazón que todo está dicho ya.
Yo tengo un hijo. Él quiere ser libre. Los niños y la libertad se excluyen
mutuamente.
Si la reina tuviera pelotas, sería un rey.
Voilà … ya tenía mi problema presentado.
C
3
El espacio de un solo paso
uando comentas que te dedicas a la psicoterapia la reacción habitual
suele ser un breve silencio de sorpresa seguido de preguntas
incómodas al estilo de: «¡Ah, psicoterapeuta! ¿Tengo que hablarte de mi
infancia?». O: «¿Tú me podrías ayudar con un problema que tengo con mi
suegra?». O: «¿Me vas a psicoanalizar?». (Las respuestas, por cierto, son:
«Por favor, no»; «es posible»; y «¿cómo voy a psicoanalizarte aquí ? Si
fuera ginecóloga, ¿me preguntarías si te voy a hacer un examen pélvico?».
No obstante, entiendo el motivo de esas reacciones. A la postre, todas
nacen del miedo; temor a quedar expuestos, a ser desenmascarados. ¿Vas a
detectar las inseguridades que tanto me esfuerzo en ocultar? ¿Vas a percibir
mi vulnerabilidad, mis mentiras, mi vergüenza?
¿Vas a ver al ser humano que hay en mí?
Me choca que las personas con las que entablo conversación en una
barbacoa o en una fiesta no tengan en cuenta que también ellos podrían
desenmascararme a mí o intuir aspectos de mi personalidad que yo intento
ocultar a mi vez en situaciones sociales. En cuanto se enteran de que soy
psicóloga, empiezan a verme como alguien capaz de leer su mente e
intentan despistarme con una broma sobre psicólogos o se largan a toda
prisa en busca de una copa.
De vez en cuando, sin embargo, la gente formula otro tipo de preguntas,
como por ejemplo: «¿Qué clase de gente acude a tu consulta?». Yo les digo
que hablo con personas normales y corrientes, esto es, iguales a la persona
que tengo delante. Una vez, en una fiesta del Cuatro de Julio, le comenté a
un matrimonio que expresó curiosidad que muchas parejas acuden a hacer
terapia, y ellos se enzarzaron en una discusión delante de mí. El hombre
quería saber por qué la mujer parecía tan intrigada por la terapia de pareja;
al fin y al cabo, ellos no tenían problemas (risilla de circunstancias). Ella le
preguntó por qué sentía nulo interés en la vida emocional de las parejas; al
fin y al cabo, no les vendría mal una ayudita (mirada de rabia). Ahora bien,
¿pensaba yo en ellos como material de terapia? En absoluto. En esa ocasión
fui yo la que se largó deprisa y corriendo «a buscar una copa».
La terapia suscita toda clase de reacciones extrañas porque, en cierto
sentido, se parece a la pornografía. Ambas implican desnudez de un tipo u
otro. Las dos involucran emoción en potencia. Y tanto una como otra
poseen millones de usuarios, buena parte de los cuales guardan su
condición en secreto. Si bien los investigadores sociales han tratado de
cuantificar el número de personas que hacen terapia, las cifras no se
consideran fiables, por cuanto muchos de los pacientes prefieren ocultarlo.
Y por más que no reflejen la realidad, las cifras siguen siendo altas. En un
año cualquiera, alrededor de treinta millones de adultos estadounidenses se
sientan con regularidad en la consulta de un psicólogo, y Estados Unidos ni
siquiera lidera el ránking mundial en ese aspecto. (Un dato curioso: los
países con más psicoterapeutas en relación al número de habitantes son, en
orden descendiente, Argentina, Austria, Australia, Francia, Canadá, Suiza,
Islandia y los Estados Unidos.)
Toda vez que soy psicóloga, cabría pensar que el día siguiente a mi
«percance con Novio» decidí buscar terapia yo misma. Trabajo en un
gabinete con doce profesionales, mi edificio está lleno de psicólogos y he
pertenecido a varios grupos de supervisión en los cuales los terapeutas
comentan suscasos, así que tengo infinidad de contactos en el mundillo.
Sin embargo, paralizada en mi cama en posición fetal, no es esa la
llamada que hago.
—¡Es un impresentable! —exclama mi amiga de toda la vida, Allison,
cuando le cuento la historia desde mi lecho antes de que el niño despierte
—. ¡Que le vaya bien! Hay que ser muy mala persona para hacer algo así. Y
no solo a ti, también a tu hijo-
—¡Tienes razón! —asiento—. Hay que ser muy mala persona.
Pasamos cosa de veinte minutos poniendo verde a Novio. Cuando el
dolor estalla por primera vez, la gente tiende a despotricar de los demás o
de sí mismos, a dirigir el malestar hacia fuera o hacia dentro. ¡Allison y yo
lo estamos proyectando hacia fuera, nena! Ella se encuentra en el Medio
Oeste, de camino al trabajo, con dos horas de ventaja respecto a la costa
oeste, y va directa al grano.
—¿Sabes qué deberías hacer? —me dice.
—¿Qué?
Yo me siento como si me hubieran clavado un puñal en el corazón y haría
cualquier cosa con tal de que cese el dolor.
—¡Deberías acostarte con alguien! ¡Acuéstate con alguien y olvida al
«odianiños». —Me enamoro al instante del nuevo nombre de Novio: el
«odianiños»—. Está claro que no es lo que parecía. Quítatelo de la cabeza.
Casada desde hace veinte años con su gran amor de la universidad,
Allison no tiene ni idea de cómo aconsejar a las personas solteras.
—Te ayudará a recuperarte más rápidamente, igual que cuando te caes de
la bici. Tienes que volver a montar cuanto antes —prosigue—. Y no pongas
los ojos en blanco.
Allison me conoce bien. Mis ojos llorosos e irritados están en blanco
ahora mismo.
—Vale, me acostaré con alguien —respondo con voz llorosa. Sé que
intenta hacerme reír. Pero al momento estallo en sollozos de nuevo. Me
siento como una adolescente de dieciséis años que se enfrenta a su primera
ruptura y no me puedo creer que esté reaccionando así a los cuarenta y pico.
—Ay, cielo —dice Allison. Su voz suena como un abrazo—. Estoy aquí
para lo que necesites. Lo superarás.
—Ya lo sé —respondo, pero, por alguna razón extraña, no lo siento así.
Un proverbio que parafrasea un poema de Robert Frost dice: «Para salir,
hay que cruzar.» El único modo de salir por el otro lado del túnel es
atravesarlo, no rodearlo. Sin embargo, ahora mismo ni siquiera me imagino
la entrada.
Cuando Allison aparca el coche y promete llamarme en cuanto tenga un
momento, echo un vistazo al reloj: las seis y media de la mañana. Telefoneo
a mi amiga Jen, que es psicoterapeuta y pasa consulta en la otra punta de la
ciudad. Responde a la primera señal y oigo a su marido al fondo, que le
pregunta quién es. Jen susurra:
—Creo que es Lori.
Debe de haber visto el identificador de llamadas, pero estoy llorando tan
desconsoladamente que ni siquiera la he saludado todavía. De no ser por el
número de la pantalla, pensaría que soy un psicópata acosador.
Recupero el aliento y le narro lo sucedido. Ella me escucha con atención.
No deja de repetir que no se lo puede creer. Pasamos otros veinte minutos
despotricando de Novio y luego oigo a su hija entrar en la habitación y
decirle que tiene que llegar al colegio temprano para la clase de natación.
—Te llamo a la hora de comer —promete Jen—. De todas formas, dudo
que esto acabe aquí. Me parece una ventolera. A menos que sea un
sociópata, no me cuadra con lo que he visto a lo largo de estos dos años.
—Exacto —asiento—. Y eso significa que es un sociópata.
La oigo tomar un trago de agua y dejar el vaso.
—En ese caso —responde, después de tragar—, conozco un chico
perfecto para ti. Y no es un odianiños. —A ella también le gusta el nuevo
nombre de Novio—. Dentro de unas semanas, cuando estés lista, te lo
presentaré.
La idea es tan absurda que prácticamente sonrío. Lo que de verdad
necesito estando la ruptura tan fresca es que alguien me acompañe en mi
dolor, pero al mismo tiempo entiendo la sensación de impotencia que
produce ver a una amiga sufriendo y no poder ofrecerle ninguna solución.
El acompañamiento en el dolor es una de esas raras experiencias que
acontecen en la seguridad del gabinete, pero cuesta mucho brindarlo u
obtenerlo fuera; incluso resulta difícil para Jen, que también es psicóloga.
Cuando cortamos la llamada, pienso en la frase «dentro de unas
semanas». ¿De verdad podría salir con alguien dentro de unas semanas? Me
imagino quedando con un buen chico que hace esfuerzos por entablar la
típica conversación para romper el hielo; sin saberlo, hará referencia a algo
que me recordará a Novio (estoy convencida) y yo no seré capaz de
contener las lágrimas. El llanto en una primera cita enfría a cualquiera. El
llanto de una terapeuta en una primera cita enfría y asusta. Además, ahora
mismo solo tengo fuerzas para concentrarme en el presente inmediato.
En estos momentos solo puedo pensar en dar un paso y luego otro.
Eso les digo a los pacientes que están sumidos en una depresión
incapacitante, de esas que te llevan al extremo de pensar: Ahí está el cuarto
de baño . A cinco pasos de distancia. Lo veo, pero no soy incapaz de
desplazarme hasta allí. Mueve un pie y luego el otro. No contemples los
cinco pasos de una vez. Concéntrate en el primero. Y cuando lo hayas
conseguido, da el siguiente. Al final llegarás a la ducha. Y al día de
mañana, y al año que viene. Un paso. Tal vez no puedan imaginar que su
depresión desaparecerá en un futuro cercano, pero no hace falta. Hacer algo
te empuja a hacer algo más y ese gesto sustituye un círculo vicioso por uno
virtuoso. Las grandes transformaciones acaecen gracias a los cientos de
pasos minúsculos, casi imperceptibles, que damos a lo largo del camino.
Muchas cosas pueden suceder en el espacio de un solo paso.
No sé cómo lo hago, pero me las arreglo para despertar a mi hijo,
preparar el desayuno, guardarle las cosas en la mochila, entablar
conversación, llevarlo al cole y conducir hasta el trabajo, todo sin derramar
ni una lágrima. Puedo hacerlo , pienso mientras subo a mi despacho en el
ascensor. Un pie, luego el otro. Una sesión de cincuenta minutos cada vez.
Llego al gabinete de psicoterapia, saludo a los colegas en el pasillo, abro
la puerta de mi despacho y me sumerjo en la rutina: dejo mis cosas en su
sitio, silencio los teléfonos, retiro el seguro de los muebles archivadores y
ahueco los almohadones del sofá. Luego, algo nada propio de mí, tomo
asiento en el sitio del paciente. Miro mi silla de terapeuta vacía y contemplo
las vistas desde este lado de la habitación. El gesto me proporciona un
consuelo extraño. Me quedo allí hasta que la lucecita verde que hay junto a
la puerta parpadea para hacerme saber que mi primer paciente ha llegado.
Estoy lista , pienso. Un pie, luego el otro. Todo irá bien.
Salvo que no es así.
S
4 
La lista y la guapa
iempre me han atraído los relatos; no solamente la trama sino también
la forma. Cuando los pacientes acuden a terapia, me concentro en sus
narraciones, pero al mismo tiempo estoy pendiente del punto de vista que
adoptan. ¿Consideran lo que están relatando la única versión de la historia
—la versión «correcta»— o saben que la suya tan solo es una más entre
muchas maneras de narrarla? ¿Son conscientes de lo que deciden incluir o
dejar fuera, de cómo influye la manera de contar el relato en la opinión que
se forma el que escucha?
Pensé mucho en esas cuestiones cuando rondaba la veintena; no en
relación a los pacientes en terapia sino a los personajes del cine y la
televisión. Por eso, tan pronto como me gradué en la universidad, me puse a
trabajar en la industria del entretenimiento, la misma que todos llamamos,
para abreviar, «Hollywood».
Una gran agencia de talentos me contrató como ayudante de un agente
cinematográfico junior que, como la mayoría de la gente en el negocio, no
era mucho mayor que yo. Brad representaba a guionistas y directores y
tenía un aspecto tan aniñado, con sus mejillas tersas y esa mata de pelo
lacio cuyo flequillo parecía empeñado en taparle los ojos, que su elegante
traje y sus carísimos zapatos parecían demasiado serios para él, como si
llevara puestala ropa de su padre.
Estrictamente hablando, mi primer día de trabajo fue un examen. Gloria,
de Recursos Humanos (nunca llegué a conocer su apellido; todo el mundo
la llamaba «Gloria, de Recursos Humanos») me había dicho que Brad había
reducido los candidatos a dos finalistas, y cada una de nosotras trabajaría
una jornada de prueba. Durante la tarde de la mía, volviendo del cuarto de
la impresora, oí a mi posible jefe y a otro agente, su mentor, charlando en su
despacho.
—Gloria, de Recursos Humanos, quiere una respuesta hoy mismo —
decía Brad—. ¿Escojo a la lista o a la guapa?
Yo me quedé helada.
—Escoge siempre a la lista —respondió el otro agente, y yo me pregunté
cuál de las dos me consideraba Brad.
Una hora más tarde me dieron el empleo. Y si bien la pregunta me
pareció ofensivamente inapropiada, fui tan boba de sentirme herida.
Y pese a todo, no entendía por qué Brad me había etiquetado como «la
lista». Lo único que hice ese día fue marcar una serie de números
telefónicos (y desconectar una y otra vez las llamadas al equivocarme de
tecla en la confusa centralita), preparar café (que me devolvieron dos
veces), imprimir un guion (marqué diez copias en lugar de una y escondí
los nueve guiones sobrantes debajo de un sofá en la sala de descanso) y
tropezar con el cable de una lámpara en el despacho de Brad antes de
caerme de culo.
La guapa, concluí, debía de ser tonta de remate.
En teoría, ocupaba el cargo de «ayudante literaria de cinematografía»,
pero en realidad era una secretaria que se pasaba el día haciendo llamadas.
Marcaba los números de los estudios de ejecutivos y cineastas, les decía a
los ayudantes que mi jefe estaba al teléfono y luego le pasaba la llamada.
En la industria, era del dominio público que los ayudantes escuchaban en
silencio las conversaciones. Gracias a eso sabíamos qué guiones debíamos
enviar sin necesidad de que nos dieran instrucciones. En ocasiones, sin
embargo, los interlocutores se olvidaban de nosotros y oíamos toda clase de
cotilleos jugosos sobre los amigos famosos de nuestros jefes: quién había
discutido con su pareja o qué ejecutivo estaba a punto de ser «enviado al
baúl de los recuerdos» con gran discreción, frase en clave para indicar que
le iban a asignar la autoproducción de una estrella. Si la persona con la que
mi jefe quería contactar no estaba disponible, «dejaba el recado» y pasaba
al siguiente nombre de una lista de cien personas. En ocasiones me pedían
que devolviera llamadas a horas estratégicamente inoportunas (antes de las
nueve y media de la mañana, porque en Hollywood nadie llega al trabajo
antes de las diez, o, de manera menos sutil, a la hora del almuerzo) para
asegurarse de que la persona en cuestión estuviera ausente.
Si bien el mundo del cine irradiaba glamur —el tarjetero de Brad
rebosaba direcciones y números privados de personas que yo admiraba
desde hacía años—, el trabajo de ayudante era otro cantar. Los asistentes
traen cafés, conciertan citas de pedicura y peluquería, recogen ropa de la
tintorería, filtran llamadas de padres o excónyuges, imprimen y envían
documentos, llevan coches al mecánico, se encargan de recados personales
y siempre, sin excepción, llevan botellines de agua fría a las reuniones (sin
dirigir la palabra a los guionistas o directores presentes, a los que te mueres
por conocer).
Por fin, a última hora de la noche, redactas diez páginas de notas a un
solo espacio sobre los guiones que envían los clientes para que tu jefe pueda
hacer comentarios inteligentes en las reuniones del día siguiente sin
necesidad de leer nada. Los ayudantes nos esforzábamos mucho en la
redacción de esas notas para demostrar que éramos brillantes y capaces, y
que a su debido tiempo podríamos (Dios mediante) dejar de trabajar como
asistentes y olvidarnos de las soporíferas tareas, las jornadas interminables,
los salarios irrisorios y las horas extraordinarias no retribuidas.
Cuando llevaba unos meses en el puesto, empecé a percatarme de que las
guapas de mi agencia —y las había a montones entre las ayudantes—
recibían toda la atención, mientras que a las listas nos encargaban el trabajo
pesado. Dormí muy poco a lo largo de aquel primer año, porque leía y
escribía comentarios de una docena de guiones a la semana, siempre fuera
del horario laboral y durante los días de descanso. Pero no me importaba.
De hecho, esa era mi parte favorita del trabajo. Aprendí a crear historias y
me enamoré de fascinantes personajes con tortuosas vidas interiores. A
medida que pasaron los meses, fui aprendiendo a confiar en mi instinto y a
vencer mis reparos a compartir ideas.
Pronto, una productora me contrató como ejecutiva cinematográfica de
nivel inferior, con el cargo de «redactora de historias». Ahora yo participaba
en las reuniones mientras otro ayudante traía el agua embotellada. Trabajé
codo con codo con guionistas y directores, atrincherada en una sala y
repasando el material escena por escena, planteando los cambios que
indicaba el estudio de tal modo que los guionistas, que tendían a mostrarse
protectores con sus textos, no montasen en cólera y amenazasen con
abandonar el proyecto. (Esas negociaciones acabaron constituyendo unas
excelentes prácticas para la terapia de pareja.)
En ocasiones, para evitar distracciones en la oficina, trabajaba con los
cineastas a primera hora de la mañana en mi minúsculo apartamento.
Compraba pastas para el desayuno la noche anterior pensando: ¡Mañana,
John Lithgow se comerá este bagel en mi cochambrosa sala, con la horrible
moqueta y el techo estucado! ¿Puede haber algo mejor?
Y entonces ocurrió… o eso creía yo. Me ascendieron. A un puesto para el
que me había esforzado mucho y que deseaba con toda mi alma. Hasta que
lo conseguí.
El problema de este oficio es que llevas a cabo casi todo el trabajo
creativo cuando tienes poca experiencia. En tus comienzos, eres la persona
entre bastidores, la que redacta el guion en el despacho mientras los
ejecutivos de rango más alto están fuera buscando talento, almorzando con
agentes o visitando los platós para echar un vistazo a las producciones de la
empresa. Cuando asciendes, pasas de ser lo que se conoce como un
ejecutivo interno a uno externo, y si te encantaba la vida social del instituto,
es la ocupación ideal para ti. Pero si eras la típica empollona, que disfrutaba
más haciendo codos en la biblioteca con un par de amigas, lleva cuidado
con lo que deseas.
Ahora mi trabajo consistía en realizar torpes intentos por socializar en
almuerzos y reuniones. Por si fuera poco, el proceso parecía avanzar a
cámara lenta. La producción de una película lleva años —literalmente— y
yo tenía la inquietante sensación de que ese trabajo no era para mí. Me
había mudado a un adosado con una amiga y cierto día mi compañera
observó que veía demasiada televisión por las noches. O sea, una cantidad
patológica de televisión.
—Pareces deprimida —comentó preocupada. Yo repliqué que no estaba
deprimida, solamente aburrida. No tuve en cuenta que si lo único que te
induce a levantarte por las mañanas es saber que después de cenar podrás
mirar la tele un rato, seguramente estás deprimida.
Cierto día, más o menos en esa época, estaba almorzando en un
restaurante ideal con una agente encantadora, oyéndola hablar del
maravilloso contrato que había conseguido, cuando reparé en las cuatro
palabras que desfilaban por mi cabeza sin cesar: Me-trae-sin-cuidado.
Dijera lo que dijese la agente, las cuatro palabras se repetían en bucle, y no
desaparecieron cuanto llegó la cuenta ni durante el trayecto de regreso al
despacho. Resonaron en mi mente al día siguiente también y a lo largo de
las semanas venideras, hasta que por fin me vi obligada a admitir, meses
más tarde, que no iban a desaparecer. Me-trae-sin-cuidado.
Y como lo único que me motivaba era la televisión, como el único
momento en que sentía algo (o, quizás, formulado con más propiedad, el
único momento en que notaba la ausencia de una vaga sensación
desagradable) era cuando estaba inmersa en esos mundos imaginarios
creados apartir de episodios que llegaban cada semana como un reloj,
busqué trabajo en la tele. Al cabo de pocos meses, empecé a trabajar en
desarrollo de series para la NBC.
Me pareció un sueño hecho realidad. Pensé: contribuiré a contar historias
otra vez. Aún mejor, en lugar de desarrollar películas aisladas, con finales
planeados al milímetro, escribiré guiones de series. A lo largo de múltiples
episodios y temporadas, desvelaré a los espectadores los secretos sus
personajes favoritos, retirando capa tras capa; personajes tan imperfectos y
contradictorios como todos nosotros, con historias igual de embrolladas.
Lo consideré la solución perfecta a mi aburrimiento. Tardaría años en
darme cuenta de que había resuelto el problema equivocado.
–¿E
5
Yo prefiero meditar en la cama
ANOTACIONES INICIALES, JULIE:
Profesora universitaria de treinta y tres años acude pidiendo ayuda
para afrontar el diagnóstico de cáncer que ha recibido al regreso
de su luna de miel.
so es un pijama? —pregunta Julie cuando entra en mi consulta. Es
la tarde del día siguiente a mi «percance con Novio», justo antes de
la cita con John (y sus idiotas), y estoy a punto de dar por superada la
jornada.
La miro con perplejidad.
—Su camiseta —aclara, a la vez que se acomoda en el sofá.
Retrocedo mentalmente a primera hora de la mañana, al jersey gris que
pretendía enfundarme, y acto seguido, con desaliento, a la imagen de ese
mismo jersey extendido sobre mi cama junto a la camiseta del pijama gris
de la que me he despojado antes de meterme en la ducha en estado de
estupor posruptura.
Ay, Dios.
En uno de sus viajes a Costco, Novio me compró un paquete de pijamas
con mensajes estampados del estilo de soy tan guapa que estoy buena hasta
en pijama, háblame en pringado y zzzzz ronquido (en absoluto el mensaje
que una terapeuta querría transmitir a sus pacientes). Intento recordar cuál
llevaba puesta ayer por la noche.
Me preparo y bajo la vista. Mi camiseta dice: yo prefiero meditar en la
cama . Julie me está mirando, esperando una respuesta.
Cuando no sé qué decir en sesión —algo más frecuente entre terapeutas
de lo que piensan los pacientes— me enfrento a un dilema: guardar silencio
hasta tener más controlada la situación o tratar de ofrecer una respuesta,
pero haga lo que haga debo ser fiel a la verdad. De manera que, si bien me
siento tentada a decirle que hago yoga y que mi top no es más que una
camiseta informal, me lo pienso dos veces, por cuanto estaría mintiendo.
Julie hace yoga como parte de su programa de Cáncer Consciente y, si
empieza a hablar de posturas, tendré que seguir disimulando y fingir que las
conozco; o reconocer que no he dicho la verdad.
Recuerdo que, durante las prácticas como internos, un compañero le dijo
a una paciente que estaría ausente tres semanas, y ella le preguntó a dónde
iba.
«Voy a Hawái», respondió el interno con sinceridad.
«¿De vacaciones?», preguntó la paciente.
«Sí», respondió él aunque, estrictamente hablando, se disponía a casarse y
luego pasaría dos semanas de luna de miel en la isla.
«Qué vacaciones más largas», observó ella, y él, pensando que compartir
la noticia de su boda sería demasiado personal, decidió centrarse en el
comentario de la paciente. ¿Cómo se sentía ella ante la idea de perder tres
semanas de sesiones? ¿Qué le sugerían sus sentimientos en relación a su
ausencia? Sin duda dos vías que ofrecían abundante material para explorar,
pero lo mismo podría decirse de la pregunta indirecta de la paciente: si no
estamos en verano ni en época vacacional, ¿a qué se debe que te tomes tres
semanas libres? Y, como era de esperar, cuando el interno volvió al trabajo,
ella reparó en su alianza y se sintió traicionada. ¿Por qué no me dijiste la
verdad?
En retrospectiva, el interno lamentó no haberlo hecho. ¿Y qué, si la chica
se enteraba de que se iba a casar? Los terapeutas se casan y los pacientes
reaccionan a eso. Ambas situaciones se pueden trabajar. La pérdida de
confianza es más difícil de restaurar.
Freud argüía que «los psicólogos deberían ser impenetrables para el
paciente e, igual que un espejo, no reflejar nada salvo lo que se les
muestra». En la actualidad, sin embargo, la mayoría de terapeutas adopta en
su trabajo alguna versión de lo que se conoce como «autorrevelación», ya
sea compartiendo algunas de las reacciones que experimentan durante las
sesiones o reconociendo que han visto el programa de televisión al que el
paciente se ha referido varias veces. (Mejor reconocer que ves The
Bachelor que fingir ignorancia y sufrir un lapsus nombrando a un personaje
que el otro todavía no ha mencionado.)
A pesar de todo, como es inevitable, la cuestión de qué material se
comparte y cuál no resulta siempre peliaguda. Una psicóloga que conozco
le confió a una paciente a cuyo hijo le acababan de diagnosticar síndrome
de Tourette que su retoño sufría el mismo problema… y eso las acercó. Otro
colega estuvo tratando a un hombre cuyo padre se había suicidado sin
revelarle nunca que su propio padre también se quitó la vida. Cada situación
requiere un cálculo, una prueba subjetiva que usamos para sopesar la
conveniencia de autorrevelarse: ¿contar con esta información ayudará al
paciente?
Si la usas bien, la autorrevelación puede servir para acortar distancias con
personas que se sienten aisladas en sus experiencias y tiende a generar
mayor apertura por su parte. Sin embargo, si el paciente percibe la
información como inapropiada o autoindulgente, podría sentirse incómodo
y cerrarse; o abandonar la terapia sin más.
—Sí —le digo a Julie—. Es una camiseta de pijama. Me la he puesto por
error.
Aguardo, preguntándome qué responderá. Si me pregunta por qué, le diré
la verdad (aunque sin entrar en detalles): esta mañana estaba despistada.
—Ah —contesta, y entonces tuerce la boca como hace cuando está a
punto de romper en llanto, pero en vez de eso estalla en carcajadas—.
Perdone, no me río de usted. YO PREFIERO MEDITAR EN LA CAMA…
¡Es exactamente así como me siento!
Me habla de una mujer de su programa de Cáncer Consciente. Por lo
visto, está convencida que si Julie no se toma el yoga en serio —al igual
que los famosos lazos rosa y el optimismo— el cáncer acabará con ella. Da
igual que el oncólogo de Julie le haya dicho a las claras que su enfermedad
es incurable. La mujer insiste en que el yoga puede sanarla.
Julie la desprecia.
—Imagine que entro en clase de yoga con esa camiseta puesta y…
Ahora tiene un ataque de risa en toda regla. Intenta controlarse y al
momento vuelve a empezar. No he visto reír a Julie desde que descubrió
que no viviría mucho más. Esta debía de ser su personalidad en la época a
la que ella se refiere como a. C. o «antes del cáncer», cuando era feliz y
estaba sana y se enamoró de su futuro marido. Su risa suena como una
canción y es tan contagiosa que rompo en carcajadas a mi vez.
Las dos estamos riendo, ella de la mojigata de su clase de yoga, yo de mi
error; de la facilidad con que nos traiciona la mente, igual que el cuerpo.
Julie descubrió que tenía cáncer mientras mantenía relaciones con su
marido en una playa de Tahití. Entonces no sospechó que pudiera ser un
tumor. Experimentaba molestias en el pecho y más tarde, en la ducha, notó
algo raro en la zona dolorida, pero a menudo tenía sensaciones raras en el
pecho y el examen ginecológico nunca revelaba nada más importante que
algún cambio en las glándulas mamarias en ciertos momentos del mes.
Bueno, pensó, tal vez estuviera embarazada. Ella y su flamante marido,
Matt, llevaban juntos tres años y ambos habían hablado de formar una
familia tan pronto como se casaran. En las semanas previas a la boda no
habían usado ningún método anticonceptivo.
Además, era un buen momento para tener un hijo. Julie acababa de
obtener plaza fija en la universidad y, tras años de duro trabajo, por fin
podía tomarse un respiro. Ahora dispondría de más tiempo para dedicar a
sus pasiones: correr maratones, escalar montañas y preparar pasteles bobos
para su sobrino. También habría espacio para el matrimonio y lamaternidad.
Cuando Julie regresó de su luna de miel, hizo pis sobre un dispositivo y
se lo enseñó a Matt, que la levantó en volandas y bailó con ella por la
habitación. Decidieron que el tema que sonaba en la radio —Walking on
sunshine — sería la canción de su bebé. Emocionados, acudieron al obstetra
para la primera cita prenatal y cuando el médico palpó la «glándula» que
Julie había notado durante la luna de miel, la sonrisa del hombre perdió
algo de alegría.
—No será nada —los tranquilizó—. Pero vamos a asegurarnos.
Era algo. Joven, recién casada y embarazada, sin antecedentes de cáncer
en la familia, Julie había sido alcanzada por la arbitrariedad del universo.
Luego, mientras lidiaba con la dificultad de soportar el tratamiento estando
embarazada, abortó.
Fue entonces cuando Julie aterrizó en mi consulta.
Me pareció una derivación extraña, por cuanto yo no estaba especializada
en ese tipo de enfermos. Sin embargo, mi falta de experiencia era
exactamente lo que Julie andaba buscando. Le dijo a su doctor que no
quería trabajar con una psicóloga «del grupito del cáncer». Deseaba sentirse
normal, formar parte de la vida. Y como los médicos parecían confiar en
que se recuperaría tras la cirugía y la quimio, prefirió concentrarse en
superar el tratamiento y en sus experiencias como recién casada y no en la
enfermedad. (¿Qué debía decir en las notas de agradecimiento por los
regalos de boda? ¿Muchísimas gracias por la preciosa ensaladera… la
dejaré junto a la cama para cuando tenga ganas de vomitar?)
El tratamiento fue brutal, pero Julie mejoró. El día después de que los
médicos la declararan «libre de tumores», Matt y ella hicieron una
excursión en globo junto con sus familiares y mejores amigos. Sucedió
durante la primera semana del verano y, cuando entrelazaron los brazos y
contemplaron el ocaso a trescientos metros de altura, Julie ya no se sintió
estafada como se había sentido durante el tratamiento, sino afortunada. Sí,
había vivido un infierno. Pero lo había dejado atrás y tenía un futuro por
delante. Dentro de seis meses le harían el último TAC, su carta blanca para
quedarse embarazada. Esa noche soñó que tenía sesenta años y sostenía en
brazos a su primer nieto.
El ánimo de Julie era bueno. Nuestro trabajo había terminado.
No la vi entre el viaje en globo y el TAC. Pero empecé a recibir llamadas
de otros pacientes de cáncer, derivados por la oncóloga de Julie. Nada como
una enfermedad para perder la sensación de control sobre los
acontecimientos, si bien a menudo controlamos menos de lo que
imaginamos. No nos gusta pensar que nos puede tocar la china por más que
lo hagamos todo bien, ya sea en la vida o en el tratamiento. Y cuando eso
sucede, lo único que puedes controlar es la manera de sobrellevar esa china;
sobrellevarla a tu manera y no como otros piensan que deberías afrontarla.
Yo le había dado espacio a Julie para elegir su proceder; tenía tan poca
experiencia que apenas sabía nada del enfoque «correcto» y, por lo visto, el
mío había funcionado.
—Sea lo que sea lo que hiciste con ella —dijo la oncóloga de Julie—
quedó contenta con el resultado.
Era consciente de que no había hecho nada extraordinario. Por encima de
todo, me esforcé mucho en no arredrarme ante la crudeza de la situación.
Sin embargo, esa crudeza tenía un límite, porque en aquel entonces ni
siquiera considerábamos la posibilidad de la muerte. En cambio,
comentábamos pelucas frente a turbantes, sexo e imagen corporal
poscirugía. Y la ayudé a meditar cómo afrontar su matrimonio, la relación
con sus padres y su vida profesional tal como habría hecho, más o menos,
con cualquier otro paciente.
Y entonces, un día, escuchando los mensajes del contestador, oí la voz de
Julie. Necesitaba verme cuanto antes.
Acudió a la mañana siguiente, lívida. El TAC que en teoría no debía
mostrar nada había revelado un tipo raro de cáncer, distinto del original.
Con toda probabilidad, la enfermedad iba a acabar con su vida. Tardaría un
año, cinco, diez a lo sumo. Como es natural, probarían tratamientos
experimentales, pero no eran sino eso: procedimientos en fase de prueba.
—¿Me acompañará hasta que muera? —preguntó Julie, y si bien mi
primer impulso fue hacer lo mismo que suele hacer la gente cuando alguien
saca la muerte a colación, que consiste en negarla por completo (oh, eh, no
nos pongamos en lo peor, Esos tratamientos experimentales podrían
funcionar ), tuve que recordarme que estaba allí para ayudar a Julie, no para
consolarme a mí misma.
A pesar de todo, me quedé pasmada ante la pregunta, todavía tratando de
asimilar la noticia. No estaba segura de ser la persona indicada. ¿Y si decía
o hacía algo inapropiado? ¿Se sentiría herida si mi expresión facial o mi
lenguaje corporal dejaban traslucir mis sentimientos (incomodidad, miedo,
tristeza)? Ella tan solo tendría una oportunidad para llegar hasta el final tal
como deseaba. ¿Y si le fallaba?
Debió de percibir mi vacilación.
—Por favor —dijo—. Ya sé que no es un paseo por el parque, pero no
quiero acudir a la gente esa del cáncer. Se comportan como una secta. No
paran de decirte lo valiente que eres, como si tuvieras alternativa y, además,
estoy aterrorizada y todavía retrocedo al ver una aguja, igual que hacía de
niña cuando me vacunaban. No soy valiente ni una guerrera dispuesta a
librar una batalla. Solo soy una profesora universitaria normal y corriente.
—Se inclinó hacia delante, sentada en el sofá—. Tienen las paredes forradas
de afirmaciones . Por favor.
Mirando a Julie, no pude negarme. Aún más importante si cabe, ahora
tampoco quería hacerlo.
Y en ese preciso instante, el carácter de nuestro trabajo compartido
cambió: iba a ayudarla a hacer las paces con la idea de morir.
En esta ocasión, mi inexperiencia tal vez marcase la diferencia.
–D
6
Buscando a Wendell
eberías hablarlo con alguien —sugiere Jen tres semanas después
de la ruptura. Acaba de llamarme al trabajo para saber cómo estoy
—. Tienes que encontrar un espacio en el que no te sientas obligada a
comportarte como una psicóloga —añade—. Un lugar en el que te puedas
desmoronar por completo.
Me miro en el espejo que cuelga junto a la puerta de mi consulta, el que
uso para asegurarme de que no llevó lápiz de labios en los dientes cuando
estoy a punto de salir en busca de un paciente que aguarda en la sala de
espera, tras un tentempié rápido entre sesiones. Mi aspecto es normal, pero
estoy mareada y desorientada. Me desenvuelvo bien en las sesiones —ver
pacientes es un alivio, una tregua de cincuenta minutos en mi propia vida—
pero el resto del tiempo me siento desquiciada. De hecho, cada día estoy
peor, no mejor.
No puedo dormir. No me puedo concentrar. Desde la ruptura, he olvidado
la tarjeta de crédito en Target, he salido de la gasolinera con el tapón del
depósito colgando y me he lastimado la rodilla al tropezar en el garaje. Me
duele el pecho igual que si me hubieran aplastado el corazón, pero sé que
no es así porque trabaja aún con más ahínco si cabe, latiendo a toda
velocidad las veinticuatro horas del día; un signo de ansiedad. No paro dejo
de preguntarme cómo se sentirá Novio. Tranquilo y en paz, imagino,
mientras que yo paso las noches tirada en el suelo de mi habitación,
echándolo de menos. Y entonces empiezo a darle vueltas a la cuestión de si
realmente lo echo de menos; ¿acaso lo conocía siquiera? ¿Lo añoro a él o a
una imagen que yo construí?
De modo que cuando Jen me anima a hablar con un terapeuta, comprendo
que tiene razón. Necesito que alguien me ayude a superar esta crisis.
Pero ¿quién?
Buscar psicólogo es peliagudo. No se parece a encontrar, pongamos, un
buen internista o un dentista. ¿Un psicoterapeuta? Hay que tener en cuenta:
1. Si le pides a alguien que te recomiende un buen psicólogo clínico
y esa persona no está haciendo psicoterapia, podría tomarse mal
tu suposición. De manera parecida, si le preguntas a alguien por
un buen terapeuta y esa persona sí está viendo a uno, tal vez le
angustie que lo hayas deducido con tanta facilidad. De todas las
personas queconoce —podría decirse— ¿por qué ha pensado en
mí?
2. Cuando preguntas, te arriesgas a que esa persona quiera conocer
los motivos que te inducen a hacer terapia. «¿Algo va mal? —se
interesará tal vez—. ¿Es tu matrimonio? ¿Estás deprimida?». Y
aunque no lo dijera en voz alta, cada vez que te viera podría estar
pensando: ¿Algo va mal? ¿ Será su matrimonio? ¿Estará
deprimida?
3. Si la amiga en cuestión te da el nombre de su psicólogo, lo que
digas en sesión podría ser cotejado sin que tú lo sepas. Si, por
ejemplo, tu amiga le cuenta a su psicólogo un incidente que te
involucra y te deja en mal lugar y tú le ofreces una versión
distinta del mismo episodio —o lo obvias por completo— el
terapeuta verá una faceta de ti misma que tú no has elegido
mostrarle. Pero no llegarás a averiguar qué sabe acerca de ti en
realidad, porque no puede comentar nada mencionado en la
sesión de otra persona.
A pesar de estos inconvenientes, el boca a boca suele ser un sistema
eficaz para encontrar psicoterapeuta. También puedes acudir a Psychology
Today.com y revisar los perfiles de profesionales que ejerzan por tu zona.
Ahora bien, hagas lo que hagas, es posible que tengas que hablar con unos
cuantos antes de encontrar al adecuado. Sucede así porque conectar con el
terapeuta es crucial en sentidos que no afectan a otros profesionales de la
salud (como dijo otro psicólogo: no es lo mismo que escoger a un buen
cardiólogo, que te ve dos veces al año como mucho y nunca sabrá nada de
tus terribles problemas de inseguridad). Estudios y más estudios han
demostrado que el factor más importante para el éxito del tratamiento es la
relación con el terapeuta, la experiencia del paciente de «sentirse sentido».
Influye más que la preparación del profesional, el tipo de enfoque con el
que trabaja o la clase de problema con que acudes a terapia.
No obstante, mi búsqueda está sometida a líneas rojas particulares. Para
evitar una infracción de tipo ético conocida como «relación dual», no puedo
tratar ni ser tratada por nadie de mi entorno: ni el padre o la madre de un
compañero de mi hijo, la hermana de un colega o una amiga de mi madre,
ni algún vecino. La relación que se establece en consulta tiene que limitarse
a ese espacio y no trascenderlo. Esas reglas no se aplican a otros
profesionales clínicos. Puedes jugar al tenis o compartir club de lectura con
tu cirujano, dermatólogo o quiropráctico, pero no con tu psicólogo.
Dicha restricción limita enormemente mis opciones. Tengo tendencia a
derivar pacientes a numerosos colegas de la ciudad, acudir a congresos con
ellos y relacionarme de un modo u otro. Por si fuera poco, mis amigas
psicólogas, como Jen, conocen a los mismos que yo. Aun si Jen me derivara
a algún colega con el que nunca he coincidido, no me sentiría cómoda
sabiendo que mi terapeuta y ella se conocen; demasiada proximidad. ¿Y si
preguntara a mis propios colegas? Bueno, hay un problema: no quiero que
sepan que busco terapia urgente. Tal vez se mostraran reacios,
conscientemente o no, a derivarme pacientes.
http://today.com/
Así que, si bien vivo rodeada de psicoterapeutas, mi dilema se resume en
unos versos de Coleridge: «Agua, agua, por todas partes/ y ni una gota para
beber.»
Afortunadamente, a punto de dar la jornada por concluida tengo una idea.
Mi colega Caroline no trabaja en mi gabinete, ni siquiera en mi edificio. No
somos amigas, pero nos llevamos bien. En ocasiones compartimos casos:
yo llevo a una pareja y ella a uno de los miembros de manera individual, o
viceversa. Tengo confianza plena en su criterio.
Marco su número y responde de inmediato.
—Hola, ¿cómo estás? —pregunta.
Le aseguro que estoy de maravilla.
—Genial —repito con entusiasmo. No menciono que apenas duermo ni
me alimento, y que me siento como si me fuera a desmayar en cualquier
momento. Le pregunto qué tal está ella y luego voy directa al grano.
—Necesito una derivación —expongo—, para un amigo.
Le explico deprisa y corriendo que mi «amigo» está buscando un
terapeuta masculino para evitar que Caroline se pregunte por qué no se lo
envío a ella.
A través del teléfono, prácticamente oigo girar los engranajes de su
cerebro. Alrededor de tres cuartas partes de los psicólogos que ejercen
como terapeutas (en lugar de dedicarse a la investigación, a la psicometría o
al control de medicamentos) son mujeres, así que tiene que pensarlo un rato
antes de que se le ocurra un nombre. Añado que tampoco le puedo
recomendar al único psicoterapeuta varón de mi centro, que casualmente es
uno de los más brillantes que conozco, porque mi amigo no se sentiría
cómodo acudiendo a mi gabinete, donde compartimos sala de espera.
—Hummm —dice Caroline—. ¿Es un hombre de tu edad?
—Sí, de cuarenta y pico —respondo—. Altamente funcional.
Altamente funcional es la expresión en clave que empleamos los
terapeutas para hablar de los buenos pacientes, esos con los que a todos nos
gusta trabajar y que te compensan por los otros, a los que también tratamos
pero que son menos funcionales. Hablamos de pacientes altamente
funcionales para referirnos a aquellos que demuestran capacidad para forjar
vínculos, asumir responsabilidades adultas y verse a sí mismos. La clase de
paciente que no te llama a todas horas entre sesión y sesión con problemas
urgentes. Los estudios demuestran, tal como dicta el sentido común, que la
mayoría de los profesionales prefieren trabajar con personas locuaces,
motivadas, abiertas y responsables; son esas los que progresan con más
rapidez. Le he mencionado a Caroline el detalle de la alta funcionalidad con
el fin de agrandar la franja de terapeutas que pudieran mostrar interés en el
caso y, bueno, me considero altamente funcional, más o menos. (Como
mínimo, lo era hasta hace poco.)
—Creo que se sentiría más cómodo si está casado y tiene hijos —prosigo.
Añado esta nueva condición por otra razón. Sé que no estoy siendo
ecuánime, pero me temo que una mujer podría estar predispuesta a
empatizar con mi situación posruptura y que un hombre, si no está casado
ni es padre, tal vez no comprenda los matices que aporta el detalle del niño
a la situación. En resumen, quiero saber si un profesional objetivo que sepa
por propia experiencia lo que implica el matrimonio y la paternidad —un
hombre igual a Novio— se horroriza tanto como yo ante la conducta de mi
ex, porque en ese caso confirmaré que mi reacción es normal y no me estoy
volviendo loca.
Sí, busco objetividad, pero solamente porque estoy convencida de que me
va a favorecer.
Oigo a Caroline teclear en el ordenador. Tap, tap, tap.
—A lo mejor… no, olvídalo, tiene una opinión de sí mismo demasiado
buena —dice de algún terapeuta sin nombre. Vuelve a su teclado.
Tap, tap, tap.
—Hay un colega que antes formaba parte de mi grupo de supervisión —
empieza—. Pero no estoy segura. Es genial. Muy hábil. Siempre hace
aportaciones interesantes. Pero…
Caroline titubea.
—¿Pero qué?
—Parece tan feliz todo el tiempo. Me resulta… antinatural. En plan, ¿qué
le hace tan feliz, si se puede saber? Pero a algunos pacientes les gusta eso.
¿Crees que tu amigo se llevaría bien con él?
—Seguro que no —es mi respuesta. Yo también desconfío de las personas
aquejadas de felicidad crónica. A continuación Caroline nombra un buen
psicólogo al que conozco bastante bien, así que le digo que no encajará con
mi amigo porque hay conflicto ; expresión en clave que indica: «sus
mundos se tocan, pero no puedo revelar más.»
Ella sigue tecleando —tap, tap, tap— y entonces se detiene.
—Ah, oye, hay un psicólogo llamado Wendell Bronson —me dice
Caroline—. Hace años que no hablo con él, pero hicimos la residencia
juntos y es listo. Casado, con hijos. De cuarenta y tantos, con mucha
experiencia. ¿Te paso el contacto?
Digo que me parece bien, o sea, a «mi amigo» le parecerá bien.
Intercambiamos unas cuantas frases educadas y nos despedimos.
En este momento, lo único que sé de Wendell es lo que Caroline acaba de
decirme y que hay dos horas de estacionamiento gratuito en el aparcamiento
de enfrente de su gabinete. Estoy al tanto deldetalle del aparcamiento
porque, cuando Caroline me envía su teléfono y su dirección un minuto
después, advierto que mi centro de depilación se encuentra en la misma
calle (aunque dudo mucho que me vaya a depilar en un futuro próximo ,
pienso, y eso me hace llorar de nuevo).
Recupero la compostura el tiempo suficiente para marcar el número de
Wendell y, tal como esperaba, salta el contestador. Los psicoterapeutas rara
vez responden al teléfono de la consulta para que los pacientes no se sientan
rechazados si acaso llaman en plena crisis y el profesional tan solo les
puede ofrecer unos minutos entre sesión y sesión. Las llamadas entre
colegas se realizan al móvil o al busca.
Oigo una grabación genérica («Hola, ha llamado a la consulta de Wendell
Bronson. Devuelvo las llamadas en horario de oficina de lunes a viernes. Si
es una emergencia, por favor llame al…») y, después de la señal, dejo un
mensaje conciso con la información que desea un terapeuta, ni más ni
menos: nombre, una breve explicación del motivo de mi llamada y número
de teléfono. Lo estoy haciendo bien hasta que, pensando que contribuirá a
que adelante la cita, añado que yo también soy psicóloga, pero mi voz se
rompe al pronunciar la última palabra. Avergonzada, toso para disimular y
cuelgo a toda prisa.
Cuando Wendell me devuelve la llamada, una hora más tarde, trato de
sonar lo más serena posible mientras le explico que solamente necesito
resolver una pequeña crisis, unas pocas semanas para «procesar» una
ruptura y todo estará resuelto. Ya he pasado por terapia, así que acudo con
las tuercas apretadas. No se ríe de mi broma, de lo cual deduzco que carece
de sentido del humor, pero me da igual porque no me hace falta el humor
para solventar esta crisis.
Lo que quiero, al fin y al cabo, es volver a levantar cabeza.
Wendell pronuncia unas cinco palabras en el transcurso de toda la
llamada. Empleo el término palabras en su sentido más amplio, porque en
realidad suelta unos cuantos ajá antes de ofrecerme una visita a las nueve
en punto de la mañana siguiente. Acepto y hemos terminado.
Aunque Wendell no ha dicho gran cosa, la conversación me proporciona
consuelo inmediato. Sé que se trata de un efecto placebo muy extendido:
Me van a ayudar con esto. Sí, estoy fatal ahora mismo porque lo sucedido
me ha pillado desprevenida, pero pronto las cosas se pondrán en su sitio
(es decir, Wendell me confirmará que Novio es un sociópata). Cuando
vuelva la vista atrás, esta ruptura será una perturbación en el radar de mi
vida. Lo consideraré un error del que pude aprender algo, la clase de
equivocación que mi hijo llama «un resbalón ».
Esta noche, antes de acostarme, reúno las cosas de Novio —su ropa,
artículos de aseo, raqueta de tenis, libros y dispositivos electrónicos— y los
guardo en una caja que planeo devolverle. Retiro los pijamas de Costco del
cajón y encuentro una papelito autoadhesivo con un mensaje travieso que
Novio dejó pegado. Cuando lo escribió, me pregunto, ¿ya sabía que se iba a
marchar?
En una presentación de casos a la que acudí la semana anterior a la
ruptura, un colega habló de cierta paciente que acababa de descubrir la
doble vida de su marido. No solo tenía una amante desde hacía años sino
que la había dejado embarazada y ella estaba a punto de dar a luz. Cuando
la paciente descubrió todo eso (¿pensaba él decírselo algún día?), ya no
supo qué pensar de la vida que había compartido con él. ¿Sus recuerdos
eran reales? Por ejemplo, aquellas vacaciones románticas… ¿era exacta su
versión del viaje o una ficción, toda vez que él ya había iniciado su aventura
en aquel entonces? No solo tenía la sensación de que le habían arrebatado
su matrimonio sino también sus recuerdos. De manera similar, cuando
Novio colocó la notita en mi pijama —o cuando me compró los pijamas, ya
puestos— ¿estaba planeando en secreto, al mismo tiempo, su vida sin hijos?
Fulmino la nota con la mirada. Mentiroso , pienso.
Llevo la caja al coche y la dejo en el asiento delantero para acordarme de
tirarla. Puede que lo haga por la mañana, de camino a la sesión con
Wendell.
Estoy deseando oírle decir hasta qué punto Novio es un sociópata.
E
7
El comienzo del saber
stoy parada en el umbral del despacho de Wendell y no sé dónde
sentarme. He visto numerosos gabinetes de terapia en el ejercicio de
mi profesión —los de mis supervisores durante la formación, las consultas
de los colegas cuando voy de visita— pero ninguno como este.
Sí, tiene expuestos los diplomas de rigor en las paredes y los libros de
psicología en los estantes, además de la palpable ausencia de nada que
pueda delatar su vida personal (no hay fotografías sobre el escritorio, por
ejemplo; únicamente un portátil solitario). No obstante, en lugar de la
disposición estándar, con la butaca del terapeuta en el centro de la sala y
asientos contra la pared (durante el internado aprendimos a sentarnos cerca
de la puerta por si «las cosas se complicaban» y necesitábamos una vía de
escape), la consulta de Wendell cuenta con dos grandes sofás en las paredes
del fondo, formando una L, una mesita auxiliar entre los dos… y carece de
butaca para el terapeuta.
No entiendo nada.
He aquí un esquema de mi consulta:
Y he aquí un esquema de la consulta de Wendell.
Wendell, que es muy alto y delgado, con una calva incipiente y la postura
encorvada típica de nuestra profesión, está de pie, esperándome para tomar
asiento. Doy por supuesto que no nos sentaremos codo con codo en el
mismo sofá, pero ¿cuál suele ocupar él? ¿El que está contra a la ventana
(para poder escapar por allí si acaso las cosas se complican)? ¿O el que se
encuentra contra la pared? Decido sentarme en el que queda debajo de la
ventana, posición A, antes de que él cierre la puerta, cruce la sala y se
acomode en la posición C.
Por lo general, cuando veo a un nuevo paciente, empiezo la conversación
con una pregunta para romper el hielo del tipo: «Bueno, cuénteme que le
trae por aquí».
Wendell, en cambio, no dice nada. Se limita a mirarme con un
interrogante en sus ojos verdes. Lleva un jersey de punto, unos pantalones
de sport y mocasines, como si acabara de salir de un cásting de psicólogos.
—Hola —digo.
—Hola —responde. Y aguarda.
Transcurre alrededor de un minuto, que es más tiempo del que pudiera
parecer, y yo intento centrarme para exponerle con la máxima claridad el
problema relativo a Novio. La verdad es que, desde la ruptura, cada día ha
sido peor que la propia noche de la separación, porque ahora un flagrante
vacío se ha desplegado en mi vida. A lo largo de los dos años pasados,
Novio y yo estábamos en contacto todo el tiempo en el transcurso de la
jornada y luego me daba las buenas noches antes de que me fuera a dormir.
Ahora, en cambio, no sé nada de él. ¿Ha tenido un buen día? ¿Ha triunfado
en la empresa con su presentación? ¿Piensa en mí? ¿O se alegra de haberme
soltado la verdad por fin para poder salir en busca de una mujer sin hijos?
Yo he notado su ausencia en cada célula de mi cuerpo, así que cuando llego
a la consulta de Wendell, esta mañana, estoy destrozada; pero no quiero que
sea esa la primera impresión que se lleve de mí.
Ni la segunda, ni la centésima, para ser sincera.
Una paradoja interesante en el proceso terapéutico: para poder hacer su
trabajo, los psicoterapeutas intentan ver a sus pacientes tal como son en
realidad y eso implica reparar en sus aspectos vulnerables, en sus patrones
disfuncionales, en sus dificultades. Los pacientes, como es lógico, quieren
que los ayuden pero desean asimismo caer bien y despertar admiración. En
otras palabras, tienden a ocultar sus aspectos vulnerables, sus patrones
disfuncionales y sus dificultades. Todo ello no significa que el
psicoterapeuta no vislumbre los puntos fuertes de la persona que viene a
pedir ayuda e intente apoyarse en estos. Lo hacemos. Ahora bien, mientras
el profesional trata de descubrir lo que no funciona, los pacientes intentan
seguir proyectando una imagen fantástica para evitar la vergüenza de ser
desenmascarados; hacen lo posible por aparentaruna serenidad que no
sienten. Ambas partes tienen en mente un mismo objetivo, que es el
bienestar del paciente, pero a menudo trabajan desde lugares distintos.
Con toda la calma que soy capaz de transmitir, empiezo a relatarle a
Wendell la historia de Novio, pero mi dignidad pronto se va al garete y me
deshago en lágrimas. Le cuento lo sucedido con todo detalle y, para cuando
termino, tengo la cara entre las manos, tiemblo de pies a cabeza y estoy
recordando lo que me dijo Jen ayer, cuando hablamos por teléfono: «Tienes
que encontrar un espacio en el que no te sientas obligada a comportarte
como una psicóloga.»
Está claro que no me estoy comportando como una psicóloga ahora
mismo. Me dedico a desgranar argumentos para demostrar por qué Novio es
el culpable de todo: si él no hubiera sido tan evasivo (diagnóstico de Jen),
yo no habría estado tan ciega. Y, añado, debe de ser un sociópata (de nuevo
cito a Jen; he aquí la razón exacta por la cual los psicoterapeutas no pueden
trabajar con sus amigos), porque yo no tenía ni idea de cómo se sentía. ¡Qué
buen actor! E incluso si su perfil no se ajustara del todo al de un sociópata,
está claro que le falta un tornillo, porque ¿qué persona en su sano juicio se
traicionaría a sí mismo hasta ese punto durante Dios sabe cuánto tiempo?
Al fin y al cabo, yo sé muy bien en qué consiste una comunicación normal,
sobre todo porque trabajo con un montón de parejas en terapia, y además…
Levanto la vista y creo advertir que Wendell reprime una sonrisa
(imagino la burbuja de pensamiento: ¿Esta pirada es psicóloga… y trata a
parejas? ) pero no puedo estar segura porque no lo veo bien. Ahora mismo
tengo la sensación de mirar a través del parabrisas en plena tormenta, con
las escobillas en marcha. De un modo extraño, me alivia llorar a lágrima
viva delante de otra persona, aunque esa persona sea un extraño que no dice
gran cosa.
Tras una serie de murmullos empáticos, Wendell formula una pregunta:
—¿Es así como suele reaccionar a las rupturas?
Lo plantea en tono amable, pero intuyo por dónde va. Está tratando de
determinar cuál es, en mi caso, lo que se conoce como el estilo de apego.
Los estilos de apego se instalan en la primera infancia a partir de las
interacciones con los cuidadores. Son importantes, porque se manifiestan
después en las relaciones adultas e influyen en el tipo de pareja que
escogemos (estables o menos estables), cómo nos comportamos en el
transcurso de la relación (dependiente, distante o ambivalente) y cómo
reaccionamos cuando esta concluye (con tristeza, amistosamente o con
furia). La buena noticia es que un estilo de apego inadecuado se puede
corregir en la edad adulta; de hecho, constituye buena parte del trabajo en
una psicoterapia.
—No, no es nada propio de mí —le aseguro mientras me enjugo las
lágrimas con la manga. Le aclaro que he tenido otras relaciones largas y he
vivido rupturas previas, pero nunca como esta. Y además, insisto, si he
reaccionado así se debe tan solo a que este desengaño en particular me pilló
desprevenida, con la guardia totalmente baja, y ¿no está de acuerdo
conmigo en que Novio hizo lo más turbio, retorcido e INMORAL que se le
puede hacer a alguien?
Estoy segura de que este profesional casado y con hijos está a punto de
hacer un comentario reconfortante, algo así como que los golpes duelen
más cuando te caen de improviso, pero a la larga daré las gracias, porque he
esquivado una bala que no solo iba dirigida a mí sino también a mi hijo. Me
arrellano en el sofá, respiro y aguardo su validación.
Wendell, sin embargo, no me la ofrece. Como es lógico, no esperaba que
se refiriese a Novio como escoria, que fue la reacción de Allison; un
psicólogo recurre a un lenguaje más neutro, del estilo de «por lo que parece,
albergaba sentimientos que no fue capaz de comunicarle». En cambio,
Wendell no dice nada.
Las lágrimas me salpican los pantalones de nuevo cuando veo de refilón
un objeto surcando el aire hacia mí. Al principio lo confundo con un balón
y me pregunto si estaré alucinando (a causa de las cero horas de sueño
reparador que he disfrutado desde la ruptura), pero entonces comprendo que
se trata de una caja de pañuelos marrón; la misma que descansaba en la
mesita auxiliar entre los dos sofás, junto al siento que no he ocupado.
Levanto las manos automáticamente para atraparla, pero no lo consigo.
Aterriza con pesadez en el almohadón de mi lado, agarro un montón de
pañuelos y me sueno la nariz. Tener allí la caja parece acortar el espacio
entre el psicoterapeuta y yo, como si acabara de lanzarme un salvavidas
atado a una cuerda. A lo largo de los años, he tendido pañuelos a los
pacientes innumerables veces, pero había olvidado hasta qué punto un gesto
tan sencillo te ayuda a sentirte cuidado.
Una frase que escuché por primera vez en la facultad asoma a mi
pensamiento: «centraos en el acto terapéutico, no en la palabra terapéutica».
Echo mano de más pañuelos para enjugarme los ojos. Wendell me
observa, esperando.
Sigo hablando de Novio y de sus problemas de evasión y recurro a
detalles de su pasado para apoyar mi argumentación, incluida su manera de
poner fin a su matrimonio, no tan distinta al final de nuestra relación si
tenemos en cuenta el impacto y la sorpresa que supuso para su mujer y sus
hijos. Le estoy contando a Wendell todo lo que siempre he sabido sobre el
historial evasivo de Novio sin darme cuenta de que estoy delatando mi
propia reticencia a aceptar sus reticencias; acerca de las cuales, por lo que
parece, estaba más que informada.
Wendell tuerce la cabeza con una sonrisa inquisitiva en el semblante.
—Me parece curioso que, sabiendo lo que sabía sobre su historia, esta
situación haya supuesto un golpe tan inesperado para usted.
—Pero es que ha sido un golpe bajo —arguyo—. ¡Jamás mencionó que
no quisiera convivir con un niño! De hecho, acababa de hablar con el
Departamento de Recursos Humanos de su empresa para que incluyeran a
mi hijo en su seguro, una vez que estuviéramos casados.
Repaso la cronología de nuevo, ahora añadiendo más pruebas si cabe para
corroborar mi historia. En ese momento advierto que la mirada de Wendell
se empieza a nublar.
—Ya sé que me estoy repitiendo —reconozco—, pero es que esperaba
pasar el resto de mi vida con él, tiene que entenderlo. Así iban a ser las
cosas, en teoría, y ahora todo se ha esfumado en el aire. La mitad de mi vida
ha terminado y no tengo la menor idea de qué va a pasar a continuación. ¿Y
si ya nunca me enamoro de nadie más? ¿Y si he perdido el último tren?
—¿El último tren? —Wendell se espabila.
—Sí, el último tren —repito.
Aguarda a que continúe. En vez de eso, rompo a llorar una vez más. No a
lágrima viva, como toda esta semana, sino con un llanto más tranquilo y
profundo al mismo tiempo.
Más silencioso.
—Ya sé que piensa que no se lo esperaba —admite Wendell—. Pero
también me interesa otra cosa que ha dicho. La mitad de su vida ha
terminado. Tal vez su dolor se deba a algo más que a esa ruptura, por más
que su experiencia de la situación haya sido abrumadora. —Se interrumpe
y, cuando vuelve a hablar, lo hace en un tono más suave—. Me pregunto si
su duelo guarda relación con algo más importante que la pérdida de su
novio.
Me lanza una mirada elocuente, como si acabara de decir algo
increíblemente trascendente, pero yo siento tentaciones de atizarle un
puñetazo en la cara.
Qué montón de chorradas pienso. O sea, ¿en serio? Yo estaba bien —
mejor que bien, estaba de maravilla— antes de este giro inesperado de los
acontecimientos. Tengo un hijo al que adoro más de lo que puedo expresar.
Tengo una profesión que me encanta. Tengo una familia que me apoya,
amigos maravillosos a los que quiero y que me quieren. Me siento
agradecida de la vida que he construido… vale, a veces me siento
agradecida. Sin duda intento sentirme agradecida. Y ahora estoy frustrada.
Le estoy pagando a este psicólogo para que me ayude a superar una ruptura
dolorosa ¿y me viene con esas tonterías?
Algo más importante que la pérdida de mi novio, y un cuerno.
Antesde que pueda expresarlo en voz alta, me percato de que Wendell me
observa de un modo al que no estoy habituada. Sus ojos parecen imanes y
cada vez que desvío la vista parecen encontrarme. Su expresión es intensa
pero amable, una combinación de anciano sabio y animal disecado, y
contiene un mensaje: en esta sala, te voy a ver, y tu intentarás escabullirte,
pero yo te veré de todos modos, y est á bien que sea así.
Sin embargo, yo no he venido para esto. Como ya le dije a Wendell
cuando lo llamé para pedirle cita, únicamente necesito que me ayude a
gestionar esta crisis.
—En realidad solo he venido a superar la ruptura —aclaro—. Me siento
como si me hubieran tirado a una licuadora y no pudiera salir, y por eso
estoy aquí… para encontrar la salida.
—Vale —es la respuesta de Wendell, que se retira con elegancia—.
Ayúdeme a entender mejor su relación.
Intenta crear lo que se conoce como una alianza terapéutica, el clima de
confianza que debe quedar establecido antes de empezar a trabajar. En las
primeras sesiones, lograr que los pacientes se sientan escuchados y
comprendidos es más importante que inducirlos a lograr cierta
introspección o generar cambios.
Aliviada, sigo hablando de Novio, repitiendo de nuevo toda la historia.
Sin embargo, él lo sabe.
Sabe algo que todos los psicoterapeutas conocen. Que el problema
presentado, la dificultad que un paciente lleva a terapia, a menudo no es
sino un aspecto parcial de una dificultad más importante, cuando no un
mero subterfugio. Sabe que la mayoría de las personas tenemos una enorme
facilidad para obviar lo que no queremos ver, para emplear distracciones o
mecanismos de defensa que nos permitan mantener a raya los sentimientos
amenazadores. Sabe que rechazar las emociones tan solo sirve para
otorgarles poder, pero antes de entrar al trapo a destruir las defensas de
alguien —ya sean esas defensas la obsesión por otra persona o fingir
incapacidad para ver lo que tiene delante— hay que ayudar al paciente a
reemplazar esos mecanismos por otra cosa, para evitar que se quede
desnudo y expuesto sin ninguna clase de protección. Como la propia
palabra sugiere, un mecanismo de defensa tiene una función. Protege a las
personas contra los daños… hasta que ya no lo necesitan.
Y en esa elipsis trabajan los psicoterapeutas.
Mientras tanto, aquí en mi sofá, aferrada a la caja de pañuelos, una
pequeña parte de mí también lo sabe. Por más que le pida validación de mis
sentimientos, muy en el fondo soy consciente de que le pago precisamente
para oír ese montón de chorradas, porque si de verdad quisiera despotricar
de Novio y nada más, podría hacerlo sin gastar un céntimo, con mi familia
y amigos (al menos hasta que se les agotara la paciencia). Sé que las
personas tendemos a crear relatos falaces para sentirnos mejor en el
presente, aunque esa postura nos pase una factura mayor a la larga; y que,
en ocasiones, necesitamos a otro para leer entre líneas.
Ahora bien, sé igualmente algo más: Novio es un maldito sociópata
egoísta y un cerdo .
Estoy en esa fase que discurre entre el saber y el no saber.
—Vamos a dejarlo aquí —dice Wendell y, siguiendo su mirada, me
percato de que el reloj ha estado todo el tiempo en la repisa de la ventana,
junto a mi hombro. Levanta los brazos y se propina en las rodillas dos
sonoras palmadas como para remarcar el final de la sesión, un gesto que
pronto reconoceré como su marca personal de despedida. A continuación se
levanta y me acompaña a la puerta.
Me dice que si me apetece volver el próximo jueves se lo haga saber, y yo
pienso en la semana que tengo por delante, en el vacío que llenaba Novio, y
en el consuelo que me supone, como dijo Jen, tener un sitio donde
desmoronarme por completo.
—Resérveme la hora —le pido.
Cruzo la calle hacia el aparcamiento donde solía estacionar para
depilarme y me siento más ligera y a punto de vomitar al mismo tiempo.
Uno de mis supervisores comparó una vez la psicoterapia con una sesión de
terapia física. Puede resultar incómoda y provocar dolor, y es posible que tu
problema empeore antes de mejorar, pero si acudes con regularidad y
trabajas con ahínco mientras dure el proceso, te librarás de los calambres y
al final te moverás mucho mejor.
Miro el teléfono.
Un mensaje de Allison:
Recuerda, es escoria. 
Un email de un paciente que quiere cambiar la hora de la sesión.
Un mensaje de voz de mi madre, que me pregunta qué tal estoy.
Novio no ha dado señales de vida. Todavía albergo esperanzas de que me
llame. No puedo entender que él esté tan campante mientras yo estoy
sufriendo tanto. Al menos, parecía estar tan campante esta mañana,cuando
hemos hablado para coordinar la devolución de sus pertenencias. ¿Atravesó
su propio periodo de tristeza hace meses, sabiendo que, a la postre, tendría
que poner fin a la relación? Y, de ser así, ¿cómo pudo seguir hablando de
nuestro futuro en común? ¿Cómo pudo enviarme emails diciendo te quiero
apenas unas horas antes de la que sería nuestra última conversación, al
inicio de la cual hicimos planes para ir al cine el siguiente fin de semana?
(Me preguntó si llegó a ver la película.)
Empiezo a alterarme de nuevo durante el trayecto a mi gabinete. Para
cuando entro en el aparcamiento del edificio, estoy pensando que Novio no
solo me ha hecho perder dos años de mi vida sino que ahora tendré que
lidiar en terapia con los efectos colaterales de esos dos años y no tengo
tiempo para nada de esto, porque voy de camino a los cincuenta y la mitad
de mi vida ha terminado y… ¡Ay, Dios mío, otra vez! La mitad de mi vida
ha terminado. Nunca había pronunciado esa frase, ni para mis adentros ni
de viva voz. ¿Por qué no dejo de repetirla?
Su duelo guarda relación con una pérdida más importante , ha dicho
Wendell.
Sin embargo, me olvido de todo en cuanto piso el ascensor para subir a
mi despacho.
–B
8
Rosie
ueno, ya es oficial —anuncia John tras despojarse de los zapatos y
sentarse con la piernas cruzadas en el sofá—. Estoy rodeado de
idiotas.
Su teléfono vibra. Cuando alarga la mano para comprobar quién llama, yo
enarco las cejas. En respuesta, John pone los ojos en blanco con aire
exasperado.
Es su cuarta sesión conmigo y ya he empezado a formarme algunas
impresiones iniciales. Tengo la sensación de que, pese a vivir rodeado de
gente, John se siente horriblemente aislado; una situación que él mismo ha
fomentado. Alguna vivencia del pasado lo ha empujado a considerar
peligrosa la intimidad, tan delicada que hace todo lo que está en su mano
por evitarla. Posee un buen arsenal, y eficaz: me insulta, da largos rodeos,
cambia de tema y me interrumpe cada vez que intento hablar. Si no
encuentro la manera de sortear sus defensas, no tendremos ninguna
posibilidad de progresar.
Una de esas defensas es el móvil.
La semana pasada, cuando John empezó a enviar mensajes en mitad de la
sesión, le hice notar que me siento ignorada cuando se pone a escribir. Mi
estrategia se conoce como «trabajar el momento presente». En lugar de
centrarse en los relatos del paciente sobre el mundo exterior, el trabajo con
el momento presente explora lo que está sucediendo en sesión. Casi
siempre, la conducta de un paciente con su psicoterapeuta es la misma que
exhibe con los demás, y yo quería que John empezara a tener en cuenta el
impacto que causa en el otro. Me arriesgaba a presionarle en exceso, ya lo
sabía, y demasiado pronto, pero recordé un detalle de su primera terapia:
había durado tres sesiones, exactamente el punto en el que estábamos. No
sabía si dispondría de más tiempo para trabajar con él.
Empezaba a sospechar que John había abandonado a su psicóloga anterior
por una de dos razones: o bien la terapeuta no le llamó la atención sobre sus
tonterías, una actitud que induce a los pacientes a sentirse inseguros, como
niños cuyos padres no les exigen responsabilidades, o bien le cuestionó sus
tonterías, pero lo hizo demasiado pronto e incurrió en el mismo error que yo
podía cometer ahora mismo. A pesar de todo, estaba dispuesta a jugármela.
Quería que John se sintiera cómodo ennuestras sesiones, pero no tan
cómodo como para no poder ayudarle.
Por encima de todo, me negaba a caer en la trampa que los budistas
denominan «la compasión del idiota»; una frase más que adecuada, habida
cuenta de la visión del mundo que tiene John. Cuando caes en la compasión
del idiota, evitas agitar las aguas para no lastimar a otra persona, aunque las
aguas necesiten ser agitadas y tu compasión acabe resultando más
perjudicial que tu sinceridad. Tendemos a hacerlo con los adolescentes, los
cónyuges, los adictos, incluso con nosotros mismos. El gesto contrario es la
compasión del sabio, que implica cuidar al otro pero también ofrecerle una
buena dosis de realidad cuando hace falta.
—Sabe qué, John —le dije la semana anterior mientras escribía en el
teléfono—. Me gustaría saber si experimenta alguna reacción al hecho de
que yo me sienta ignorada cuando hace eso.
Levantó un dedo —un momento — pero siguió a lo suyo. Cuando
terminó, levantó la vista para mirarme.
—Perdone, ¿qué le estaba diciendo?
Qué maravilla. No «¿qué me estaba diciendo?» sino «qué le estaba
diciendo?».
—Bueno… —empecé, pero entonces su teléfono emitió una señal y él se
lanzó de cabeza a responder otro mensaje.
—¿Lo ve? A esto me refiero —gruñó—. No puedo delegar en nadie si
quiero que las cosas salgan bien. Enseguida termino.
A juzgar por las señales que entraban, debía de estar manteniendo
conversaciones simultáneas. Me pregunté si estaríamos recreando una
escena que había representado ya con su mujer.
Margo: ¿Me puedes prestar atención?
John: ¿A quién, a ti?
Era molesto hasta extremos indecibles. ¿Qué podía hacer con mi enfado?
Sentarme a esperar (e irritarme todavía más) o cambiar de táctica.
Me levanté, me acerqué a mi escritorio, busqué su teléfono en mi archivo,
cogí el móvil y regresé a mi butaca, donde empecé a escribir.
Soy yo, su psicóloga. Estoy aquí.
El teléfono de John emitió una señal. Lo observé mientras leía mi texto,
sorprendido.
—¡Por Dios! ¿Ahora me envía mensajes?
Sonreí.
—Quería captar su atención.
—Tiene mi atención —respondió, pero siguió escribiendo.
No me parece que tenga su atención.
Me siento ignorada y una pizca insultada.
Ping.
John exhaló un suspiro dramático y luego reanudó el tecleo.
Y no creo que pueda ayudarle a menos que podamos prestarnos
atención plena.
Así pues, si quiere que trabajemos juntos, le voy a pedir que no
use el teléfono durante las sesiones.
Ping.
—¿Qué? —exclamó John, alzando la vista hacia mí—. ¿Me prohíbe usar
el móvil? ¿Como si estuviera en un avión? No puede hacer eso. ¡Es mi
sesión!
Me encogí de hombros.
—No quiero hacerle perder el tiempo.
No le mencioné que nuestras sesiones, en realidad, no son exclusivamente
suyas. Toda sesión de psicoterapia pertenece tanto al paciente como al
terapeuta, a la interacción entre ambos. Fue el psicoanalista Harry Stack
Sullivan quien, a principios del siglo xx , desarrolló una teoría sobre
psiquiatría basada en las relaciones interpersonales. Alejándose de la
postura de Freud, según la cual los trastornos mentales son de origen
intrapsíquico (es decir, se encuentran en el interior de la mente), Sullivan
creía que nuestras dificultades son de origen interpersonal (es decir,
relacionales). Llegó a afirmar que «a los psicólogos y psicólogas clínicos
más experimentados se los reconoce porque son la misma persona en el
salón de su casa que en la consulta». No podemos enseñar a los pacientes a
conectar emocionalmente si no conectamos con ellos.
El teléfono de John volvió a emitir una señal, pero esta vez no era yo.
Pasó la vista del móvil a mi persona, indeciso. Mientras él libraba esa
batalla interna, me limité a esperar. Casi estaba preparada para que se
levantara y se marchara, pero también sabía que, si no quisiera estar aquí,
no habría venido. Tanto si lo entendía como si no, estaba sacando provecho
de esto. Ahora mismo, yo debía de ser la única persona de todas las que
conocía dispuesta a escucharle.
—Oh, por el amor de Dios —exclamó, al tiempo que lanzaba el teléfono
a la silla que tenía enfrente—. Vale, dejaré el maldito teléfono.
Y cambió de tema.
Esperaba que se enfadase, pero tuve la sensación, por un instante, de que
había lágrimas en sus ojos. ¿Era tristeza? ¿O un reflejo del sol que entraba
por la ventana? Acaricié la idea de interrogarlo al respecto, pero solamente
quedaba un minuto de sesión, un ratito que se suele dedicar a recomponer a
los pacientes más que a inducirlos a abrirse. Decidí guardarme la
información para un momento más oportuno.
Como un minero que acaba de localizar una veta de oro, sospeché que
había dado con algo.
Hoy, con grandes dosis de autocontrol, John se detiene en mitad del
movimiento, hace caso omiso del teléfono que vibra y sigue hablando de
que está, literalmente, rodeado de idiotas.
—Incluso Rosie se está portando como una idiota —dice. Me sorprende
oírle hablar así de su hija, que tiene cuatro años—. Le digo que no se
acerque a mi portátil y ¿qué hace? Se sube a la cama, lo que me parece de
maravilla, pero no si salta encima del ordenador. ¡Será idiota! Y cuando le
grito «¡no!», se hace pis en la cama. Ya puedo tirar el colchón. No se había
hecho pis desde que era pequeña.
La historia me preocupa. Cuenta la leyenda que los psicólogos no nos
inmutamos por nada, pero ¿quién es así? Somos seres humanos, no robots.
De hecho, en lugar de ser objetivos, los psicoterapeutas nos esforzamos en
advertir nuestros sentimientos subjetivos, prejuicios y opiniones (lo que
llamamos contratransferencia) para poder dar un paso atrás y discurrir qué
hacer con ellos. Más que reprimir las emociones, las usamos para decidir el
rumbo del tratamiento. Y esta historia de Rosie me enfurece. Muchos
padres gritan a sus hijos en sus momentos parentales menos memorables,
pero me invaden las dudas sobre la relación de John con su hija. Cuando
trabajo la empatía con las parejas, a menudo les aconsejo: «Antes de hablar,
pregúntate cómo se sentirá el otro.» Tomo nota mental de que debo
compartir esta idea con John en algún momento.
—Entiendo que se sintiera frustrado —intervengo—. ¿Cree que la asustó?
Un grito puede dar mucho miedo.
—No, le grito constantemente —es su respuesta—. Cuanto más alto
mejor. Es la única manera de que haga caso.
—¿La única manera? —pregunto.
—Bueno, cuando era más joven, la llevaba fuera y corría con ella por el
jardín, para que se desfogase. A veces necesita pasar un ratito al aire libre.
Pero últimamente se porta fatal. Incluso ha intentado morderme.
—¿Por qué?
—Quería jugar conmigo, pero… ah, esto le va a encantar.
Imagino por dónde va.
—Estaba escribiendo un mensaje en el móvil y le pedí que esperara, pero
se puso como una fiera. Margo estaba de viaje, así que Rosie pasaba el día
con su Danny y…
—¿Me recuerda quién es Danny?
—Danny, no. Su danny. Ya sabe, una niñera de perros.
Lo miro de hito en hito.
—La canguro del perro. Dog nanny . Danny.
—Ah, Rosie es su perro —digo.
—¿Y de quién narices pensaba que le estaba hablando?
—Pensaba que su hija se llamaba…
—Ruby —me interrumpe—. La pequeña se llama Ruby. Es evidente que
hablaba de un perro, ¿no?
Suspira y sacude la cabeza como si yo fuera la mayor idiota de todo su
reino de idiotas.
Nunca antes había mencionado que tiene un perro. Considero una victoria
haber recordado la inicial de su hija, a la que se refirió de pasada hace dos
semanas. Sin embargo, más que la indignación de John, me sorprende lo
siguiente: me está mostrando un lado tierno que nunca antes había revelado.
—La quiere mucho —observo.
—Pues claro. Es mi hija.
—No, me refiero a Rosie. Le tiene un gran cariño.
Estoy intentando conmoverlo de algún modo, acercarlo un poco más a sus
emociones, que sé que están ahí, pero atrofiadas, como un músculo no
ejercitado.
Desdeña mi comentario con un gesto de la mano.
—Es un perro.
—¿Qué clase de perro?
Su semblante se ilumina.
—Un cruce. Es adoptada. Estaba hecha un desastre cuando la llevamos a
casa, por culpa de esos idiotas que, en teoría, la estaban cuidando, pero
ahora… Le enseñaré unafoto si me deja usar el maldito teléfono.
Asiento.
Mientras desliza el dedo por la pantalla, sonríe para sí.
—Estoy buscando un plano bueno —explica—. Para que vea qué mona
es.
Sonríe un poco más con cada foto y yo atisbo nuevamente su perfecta
dentadura.
—¡Aquí la tiene! —exclama con orgullo, y me tiende el teléfono.
Miro la foto. Resulta que me encantan los perros, pero Rosie, pobrecita
mía, es el chucho más feo que he visto jamás. Tiene los belfos caídos, los
ojos desiguales y el pelo sembrado de calvas. Además, carece de cola. John
sigue sonriendo, embelesado.
—Salta a la vista que la quiere muchísimo —comento mientras le
devuelvo el móvil.
—No la quiero. Es un maldito perro.
Parece un niño de quinto negando que le gusta una compañera de clase. A
John le gusta Rosie…
—Ah —respondo con suavidad—. Por su manera de hablar de ella,
percibo mucho amor en usted.
—¿Quiere parar de decir eso?
Me lo espeta en un tono irritado, pero veo dolor en sus ojos. Retrocedo a
las sesiones anteriores; el amor y el cariño, por alguna razón, le resultan
dolorosos. A otro paciente le preguntaría por qué mis palabras lo alteran
tanto. Pero sé que John evitará el tema discutiendo conmigo el hecho de que
quiera a su perro. Así que le digo:
—La gente que tiene mascotas suele quererlas mucho. —Bajo tanto la
voz que casi tiene que echarse hacia delante para oírme. Los
neurocientíficos han descubierto que las personas poseemos un tipo de
células cerebrales llamadas «neuronas espejo» que nos inducen a imitar a
los demás. Cuando una persona se encuentra emocionalmente alterada, una
voz suave tiende a apaciguar su sistema nervioso y la ayuda a estar presente
—. Llámelo como quiera. Eso no cambia nada.
—¡Esta conversación es absurda! —protesta John.
Está mirando al suelo, pero advierto que está pendiente de mis palabras.
—Usted ha sacado el tema de Rosie a colación por una razón. Su perrita
le importa y últimamente se comporta de un modo que le preocupa…
porque la quiere.
—Quiero a las personas —insiste John—. A mi mujer, a mis hijos. A la
gente.
Echa un vistazo al móvil, que vibra de nuevo, pero yo no sigo su mirada.
Me quedo con él, sosteniéndolo, para que no se retire cada vez que lo asalta
un sentimiento no deseado y se aletargue. La gente tiende a confundir la
insensibilidad con la nada, pero la insensibilidad no equivale a ausencia de
sentimientos; es un modo de reaccionar al exceso de sentimientos.
John despega la vista del móvil para mirarme.
—¿Quiere saber lo que me encanta de Rosie? —dice—. Es la única que
no me pide nada. La única que no se siente, de un modo u otro,
decepcionada conmigo; o cuando menos no se sentía hasta que me mordió.
¿Cómo no querer a alguien así?
Se ríe estrepitosamente, como si estuviéramos en un bar y acabara de
soltar un chiste. Yo intento hablar de la decepción —¿a quién ha
decepcionado John y por qué?— pero afirma que solo era una broma y
¿acaso no pillo las bromas? Y si bien hoy no vamos a llegar a ninguna
parte, ambos sabemos muy bien lo que me ha revelado: debajo de todas
esas púas tiene un corazón y la capacidad de amar.
Para empezar, adora a ese perrito tan horrible.
L
9
Instantáneas de uno mismo
a personas que acuden a terapia ofrecen instantáneas de sí mismas y, a
partir de esas imágenes congeladas en el tiempo, el psicólogo tiene que
extrapolar. Los pacientes aparecen, si no en su peor momento, sin duda no
en el mejor. Están desesperados, a la defensiva, desorientados o hechos un
lío. Por lo general, llegan de muy mal humor.
Así que se sientan en el sofá del terapeuta y nos miran con expectación,
esperando comprensión y, antes o después (a poder ser de inmediato), una
solución. Pero no podemos ofrecerles una cura instantánea, porque tenemos
delante a unos completos extraños. Necesitamos tiempo para
familiarizarnos con sus esperanzas y sus sueños, con sus sentimientos y sus
dinámicas repetitivas, para conocerlos, a menudo más profundamente de lo
que se conocen a sí mismos. Si hace falta explorar desde el día del
nacimiento hasta el momento en que llegaron a la consulta para desentrañar
lo que sea que les preocupa, o si un problema lleva muchos meses
incubándose, no es difícil deducir que van a necesitar más de un par de
sesiones de cincuenta minutos para conseguir ese alivio que ansían.
Sin embargo, cuando alguien llega con una angustia insoportable, quiere
que el psicólogo, el profesional, haga algo. Las personas que acuden a
terapia nos piden paciencia, pero no siempre hacen gala de ella. Sus
exigencias pueden ser manifiestas o tácitas y —en particular al principio—
colocan una gran presión sobre el psicoterapeuta.
¿Por qué escogemos una profesión que nos obliga a recibir a personas
infelices, angustiadas, desagradables o inconscientes y sentarnos con ellas,
un día tras otro, a solas en una sala? La respuesta es la siguiente: porque los
psicoterapeutas sabemos que, al principio, cada paciente no es sino una
instantánea, una persona capturada en un momento aislado. Se parece a una
foto tomada en un ángulo poco favorecedor y con una expresión rara en la
cara. También habrá fotos en las que aparezcan radiantes, captadas mientras
abren un regalo o en mitad de una carcajada junto a una persona amada.
Ambas los retratan en una fracción de tiempo y ninguna refleja su
enteridad.
Así que los psicólogos escuchamos, azuzamos, guiamos y, de vez en
cuando, arrancamos revelaciones a los pacientes para sacar a la luz otras
instantáneas, para cambiar su experiencia de lo que sucede en su interior y
en torno a ellos. Revisamos las instantáneas y no pasa mucho tiempo antes
de que comprendamos que esas imágenes aparentemente inconexas giran en
torno a un tema común, uno que tal vez ni siquiera atisbaran cuando
tomaron la decisión de hacer terapia.
Algunas instantáneas son inquietantes y vislumbrarlas me recuerda que
todos tenemos un lado oscuro. Otras están borrosas. Las personas no
siempre retienen los sucesos o las conversaciones, pero conservan un
recuerdo nítido de los sentimientos que les provocaron esas experiencias.
Los psicólogos interpretan las instantáneas borrosas, conscientes de que los
pacientes necesitan velarlas hasta cierto punto, porque esas opacidades les
ayudan a adormecer los sentimientos dolorosos que alteran su paz mental.
Con el tiempo, descubren que no están en guerra, que el camino a la paz es
declarar una tregua consigo mismos.
Por eso, cuando los pacientes acuden por primera vez, tratamos de
imaginarlos más avanzado el proceso. Y no lo hacemos únicamente el
primer día sino en cada sesión, porque esa imagen nos permite sostener la
misma esperanza que ellos no ven al tiempo que nos ayuda a entrever cómo
avanza el tratamiento.
Una vez escuché que la creatividad es la capacidad de captar la esencia de
una cosa, la esencia de otra muy distinta, y mezclarlas para crear algo
totalmente nuevo. Eso hacemos los terapeutas también. Tomamos la esencia
de esa instantánea inicial y la esencia de otra imaginaria y las
amalgamamos para crear otra diferente.
Tengo esta idea presente cada vez que recibo a un nuevo paciente.
Espero que Wendell haga lo propio, porque en estas primeras sesiones las
instantáneas que ofrezco son… bueno, poco halagadoras.
H
10
El futuro también es el presente
oy he llegado temprano a la cita con Wendell, así que me siento en la
sala de espera y echo un vistazo a mi alrededor. Resulta que su
antesala es tan inusual como la consulta. En lugar de un mobiliario
profesional y de los típicos objetos decorativos —un póster enmarcado de
una pintura abstracta y quizás una máscara africana— sus muebles parecen
heredados de la abuela. Incluso percibo el clásico tufillo rancio. En una
esquina hay dos sillas de comedor con respaldo alto, muy gastadas,
tapizadas con un anticuado brocado en color oro con dibujos de cachemira,
una alfombra igual de raída y pasada sobre la moqueta beis, un aparador
cubierto con un mantel de encaje rematado con tapetes —¡tapetes!— y un
jarrón de flores artificiales. En el suelo, entre las sillas,hay una máquina de
ruido blanco y, delante de estas, a guisa de mesita baja, descansa lo que
debía de ser una mesa auxiliar de salón, ahora descascarillada y cubierta por
un montón de revistas desordenadas. Un biombo de papel separa la zona de
espera del camino que lleva al despacho de Wendell para ofrecer intimidad
a los pacientes, pero nada te impide fisgar entre las rendijas que crean las
bisagras.
Ya sé que no estoy aquí por la decoración, pero empiezo a preguntarme:
¿podrá ayudarme alguien que tiene tan mal gusto? ¿Es esto un reflejo de su
capacidad? (Una conocida me contó en cierta ocasión que los cuadros
torcidos de la consulta de su psicóloga no paraban de distraerla; ¿por qué no
los endereza, maldita sea?)
Durante cosa de cinco minutos, me dedico a ojear las cubiertas de las
revistas —Time, Ser padres, Vanity Fair — y entonces la puerta de la
consulta se abre para ceder el paso a una mujer. Pasa zumbando tras el
biombo, pero me basta esa milésima de segundo para advertir que es guapa,
va bien vestida y ha llorado. En ese momento aparece Wendell en la zona
de espera.
—Vuelvo enseguida —dice, y se aleja por el pasillo, cabe suponer que al
cuarto de baño.
Mientras espero, me pregunto por qué lloraba la mujer guapa.
Cuando Wendell regresa, me indica con un gesto que pase al despacho. Esta
vez no me quedo titubeando en el umbral. Me encamino con decisión a la
posición A, debajo de la ventana, él ocupa la posición C, al lado de la
mesita, y yo procedo a soltarle mi perorata.
—Bla, bla, bla, bla, bla —empiezo—. Y Novio dijo: bla, bla, bla, bla, bla.
¿Se lo puede creer? Así que le respondí: Bueno, ¿bla, bla, bla?
O, al menos, eso es lo que oye Wendell, estoy segura. La situación se
prolonga durante un rato. He traído páginas y páginas de notas a esta sesión,
numeradas, comentadas y en orden cronológico, igual que organizaba las
entrevistas en mi época de periodista, antes de convertirme en psicóloga.
Le confieso a Wendell que he flaqueado y he llamado a Novio, pero saltó
el contestador. Humillada, tuve que esperar un día entero con su noche a
que me devolviera la llamada, sabiendo todo el tiempo que lo último que
nadie desea es hablar con una expareja a la que acabas de dejar y que está
deseando volver contigo.
—Querrá saber qué pretendía conseguir con esa llamada, supongo —le
digo, previendo la siguiente pregunta.
Wendell enarca una ceja —solamente una, advierto, y me pregunto cómo
lo hace— pero antes de que responda, yo sigo adelante. En primer lugar,
explico, quería escuchar que Novio me echaba de menos y que todo había
sido un gran error. Pero salvando esa «improbable posibilidad»
(justificación que añado para informar a Wendell de que soy consciente de
mi posición, si bien esperaba oírle decir a Novio que había reconsiderado la
idea de volver), pretendía que me aclarase cómo hemos acabado así. Si
conseguía que respondiera a mis preguntas, dejaría de darle vueltas al tema
de la ruptura en un bucle infinito de confusión. Y eso explica por qué, le
digo a Wendell, sometí a Novio a varias horas de interrogatorio —quiero
decir, conversación — durante las cuales intenté resolver el misterio de
«qué leches provocó nuestro repentino adiós».
—Y entonces me suelta: «Vivir con un niño te desconcentra y te limita»
—prosigo, citando las palabras textuales—. «Nunca tendríamos tiempo para
nosotros. Y comprendí que, por muy encantador que sea tu hijo, jamás
querré convivir con ningún niño que no sea mío.» Y yo le dije: «¿Y por qué
me lo ocultaste?». A lo que me respondió: «Porque quería tenerlo claro
antes de decir nada.» Y yo le señalé: «Pero ¿no crees que deberíamos
haberlo hablado?». Y él me espetó: «¿Hablar qué? Es dicotómico. O puedes
convivir con un niño o no, y yo era el único que podía responder a eso.» Y
justo cuando mi cerebro está a punto de estallar, añade: «Te quiero, de
verdad que sí, pero el amor no lo arregla todo».
—¡Dicotómico! —exclamo, a la vez que agito mis papeles en el aire.
Puse un asterisco en mis notas junto a esa palabra—. ¡Dicotómico! Si tan
dicotómico es, ¿por qué se mete en una dicotomía, para empezar?
Soy inaguantable y lo sé, pero no puedo detenerme.
Durante las semanas siguientes, acudo a la consulta de Wendell para
informarle de mis repetitivas conversaciones con Novio (hay muchas más,
lo reconozco) mientras él intenta intercalar algo útil (no está seguro de
cómo me ayuda eso; mi conducta tiene rasgos masoquistas; cuento la
misma historia una y otra vez con la esperanza de que el desenlace sea
distinto). Observa que le pido a novio que me explique su postura —cuando
ya me la ha aclarado— pero yo vuelvo a lo mismo porque su explicación no
me satisface. Wendell afirma que, si me he dedicado a tomar unas notas tan
profusas durante nuestras conversaciones telefónicas, es poco probable que
haya prestado atención a Novio y, si pretendo entender su punto de vista,
difícilmente lo voy a lograr cuando estoy más empeñada en tener razón que
en mantener una verdadera interacción. Y, añade, estoy adoptando esa
misma actitud en nuestras sesiones.
Asiento y luego sigo despotricando contra novio.
En una sesión, le explico con doloroso detalle cómo nos organizamos
para que mi ex recupere sus pertenencias. En otra, repito sin cesar: «¿Estoy
loca o lo está él?» (Wendell contesta que ninguno de los dos lo está, una
respuesta que me enfurece). La siguiente consiste en analizar qué clase de
persona hay que ser para decir: «Quiero casarme contigo, pero no si aportas
un hijo al matrimonio». Para esta sesión, he creado una infografía sobre las
diferencias de género. Un hombre puede decir: «No quiero sentirme
obligado a mirar cómo juega» y «nunca podré querer a un niño que no sea
mío» y quedarse tan fresco. Si una mujer dijera eso, la pondrían verde.
También sazono nuestras sesiones con las novedades que he descubierto
espiándolo en Google a diario: la mujer con la que Novio debe de estar
saliendo (sobre la base de las elaboradas historias que he fabulado a través
de los «likes» en los medios sociales); la fantástica vida que lleva sin mí (a
partir de sus tuits sobre sus viajes de negocios); el hecho de que ni siquiera
esté triste por nuestra ruptura (porque fotografía ensaladas en restaurantes;
¿cómo puede comer siquiera?). Estoy convencida de que Novio ha
transitado en un abrir y cerrar de ojos a la vida después de mí sin
despeinarse. Reconozco el patrón. Es idéntico al de muchas parejas en
proceso de divorcio que acuden a mi consulta: un miembro sufre lo
indecible mientras que el otro parece encantado, feliz incluso, de pasar
página.
Le digo a Wendell que, igual que esos pacientes, me gustaría haber
dejado alguna marca a mi paso. Quiero saber, en resumidas cuentas, que yo
le importaba.
—¿Le importaba? —pregunto, incansable.
Continúo en ese plan, exhibiendo mis desvaríos, hasta que Wendell me
propina un puntapié.
Una mañana, mientras le suelto mi rollo sobre Novio, Wendell se desplaza
al borde del sofá, se levanta, se encamina hacia mí y, con su larguísima
pierna, me patea el pie con suavidad. Sonriendo, vuelve a su asiento.
—¡Ay! —protesto automáticamente, aunque no me ha hecho daño. Me ha
pillado por sorpresa—. ¿A qué ha venido eso?
—Bueno, parece disfrutar con la experiencia del sufrimiento, así que me
ha parecido buena idea echarle una mano.
—¿Qué?
—Hay diferencias entre el dolor y el sufrimiento —aclara Wendell—. El
dolor es inevitable; todo el mundo lo experimenta en algún momento. Pero
no hace falta sufrir tanto. Usted no ha escogido el dolor, sino el sufrimiento.
A continuación me explica que tanta insistencia, toda esta cavilación y
especulación constante en torno a la vida de Novio, aumenta el dolor y me
hace sufrir. Así pues, sugiere, puesto que me aferro al sufrimiento con tanta
intensidad, debe de ser por algo. Algún beneficio debe aportarme.
¿Es así?
Medito por qué puedo estar espiando a Novio compulsivamente en
Google, a sabiendas de que me perjudica. ¿Será un modo de permanecer
conectada a él y a su rutina, aunque solo sea a una banda? Tal vez.¿Lo hago
para adormecerme y no tener que aceptar la realidad de lo que pasó? Es
posible. ¿Intento esquivar un aspecto de mi vida que no quiero afrontar,
aunque debería?
En una sesión anterior, Wendell señaló que me distancié de Novio —
haciendo caso omiso de las pistas que habrían atenuado el golpe— porque,
si me hubiera interesado por ellas, habría escuchado algo que no quería oír.
Yo restaba importancia a su tendencia a quejarse de la presencia de niños en
lugares públicos, a que hiciera recados para nosotros en lugar de asistir a los
partidos de baloncesto de mi hijo, al comentario de que a él no le molestaba
tanto como a su exesposa el hecho de no tener descendencia cuando
decidieron hacer un tratamiento de fertilidad, a que su hermano y su cuñada
se hospedaran en un hotel cuando acudían de visita porque a Novio no le
apetecía que los tres hijos de la pareja corretearan por casa. Y sin embargo,
ni él ni yo comentamos jamás nuestros sentimientos respecto a los niños
directamente. Yo pensaba: Es padre, le gustan los críos.
Wendell y yo consideramos si tal vez pasé por alto ciertos aspectos de la
historia de Novio, algunos comentarios y su lenguaje corporal, con el fin de
silenciar la alarma que habría saltado si les hubiera prestado atención. Y
ahora Wendell se pregunta si esta obsesión con leerle mis notas y la
elección del asiento en la consulta no será también una estrategia para
distanciarme de él .
Echo un vistazo a la disposición de los sofás en forma de L.
—¿No se sienta aquí la mayoría de los pacientes? —pregunto desde mi
sitio, debajo de la ventana. Estoy segura de que nadie comparte el sofá con
él, de manera que la posición D queda descartada. En cuanto a la B, en
diagonal con Wendell, ¿quién ocuparía un sitio tan próximo a su psicólogo?
Nadie, tampoco.
—Algunos —es la respuesta de Wendell.
—¿De verdad? ¿Y dónde se sientan los demás?
—En cualquier parte entre ahí y aquí.
Hace un gesto que abarca desde mi sitio hasta la posición B.
De súbito, la distancia que nos separa me parece inmensa, pero todavía no
me puedo creer que la gente tome asiento tan cerca de él.
—¿Me está diciendo que algunas personas entran en su consulta por
primera vez, echan una ojeada a la sala, y se acomodan ahí mismo,
sabiendo que usted estará a pocos centímetros de distancia?
—Sí —responde Wendell, lacónico. Me acuerdo de la caja de pañuelos
que Wendell me lanzó. Estaba en la mesita auxiliar, junto a la posición B,
porque, acabo de comprenderlo, casi todo el mundo debe de acomodarse
ahí.
—Ah —digo—. ¿Me cambio de sitio?
Wendell se encoge de hombros.
—Eso debe decidirlo usted.
Me levanto y me siento en perpendicular a Wendell. Tengo que colocar
las piernas a un lado para que mis rodillas no rocen las suyas. Advierto una
nota gris en las raíces de su cabello oscuro. La alianza en el dedo. Recuerdo
haberle pedido a Caroline que me recomendase —o a mi «amigo»— un
psicólogo casado, pero ahora que estoy aquí comprendo que en realidad
daba igual. No se ha puesto de mi parte ni ha corroborado mi teoría de que
Novio es un sociópata.
Ahueco los almohadones e intento ponerme cómoda. Es una situación
rara. Miro mis notas pero ya no me apetece leerlas. Me siento expuesta y
tengo ganas de echar a correr.
—No me puedo sentar aquí —digo.
Wendell pregunta por qué y le confieso que no lo sé.
—No saber es un buen punto de partida —declara, y sus palabras se me
antojan una revelación. Dedico muchísimo tiempo a averiguar cosas, a
buscar respuestas, pero sienta bien no saber .
Guardamos silencio un ratito. A continuación me levanto para sentarme
más lejos, a medio camino entre las posiciones A y B. Respiro aliviada.
Pienso en una cita de Flannery O’Connor: «La verdad no cambia en
función de nuestra capacidad de encajarla». ¿De qué me estoy protegiendo?
¿Qué intento ocultarle a Wendell?
Llevo todo este tiempo jurándole que no le deseo nada malo a Novio
(como que su próxima novia lo abandone de improviso); solo me gustaría
recuperar la relación. Le he asegurado impertérrita que no busco venganza,
que no lo odio, que no estoy enfadada, únicamente desorientada.
Wendell me ha escuchado en todas las ocasiones, pero no se lo traga.
Salta a la vista que quiero venganza, odio a Novio y estoy furiosa.
«Sus sentimientos no tienen por qué ajustarse a los que juzga apropiados
—me explicó en otra sesión—. Están ahí de todos modos, así que más le
conviene aceptarlos, porque albergan pistas importantes.»
¿Cuántas veces habré dicho algo parecido a mis pacientes? Aquí, sin
embargo, me siento como si oyera esas palabras por primera vez. No
juzgues tus sentimientos; obsérvalos. Empléalos como mapa. No tengas
miedo a la verdad.
A mis amigos, a mi familia —a mí misma— les cuesta contemplar la
posibilidad de que Novio sea un tipo decente que estaba confuso y dividido.
En vez de eso, o bien se ha portado como un egoísta o es un mentiroso.
Tampoco han considerado nunca la eventualidad de que, si bien Novio se
justificó alegando que no podía convivir con un niño, es posible que
tampoco quisiera vivir conmigo. Puede que, en aspectos que ni él mismo
advertía, yo le recuerde demasiado a sus padres o a su ex o a la chica que,
según mencionó en cierta ocasión, le hizo daño en la universidad. «Me juré
a mí mismo que jamás volvería a pasar por lo mismo», me confesó al
principio de la relación. Le pedí que me contara más, pero él no quiso
hablar de ello y yo, en connivencia con sus tendencias evasivas, no lo
presioné.
Wendell, sin embargo, me ha señalado de cuántas maneras distintas nos
evitábamos mutuamente, escondidos detrás del amor, del parloteo y de los
planes de futuro. Y ahora me retuerzo de dolor y estoy creando mi propio
sufrimiento; y mi psicólogo intenta infundirme un poco de sentido común a
patadas, literalmente.
Descruza las piernas, derecha sobre izquierda, para volver a cruzarlas,
izquierda sobre derecha, algo que hacen los terapeutas cuando se les
duermen las extremidades. Hoy sus calcetines a rayas hacen juego con el
jersey, como si hubiera comprado todo el conjunto. Señala con la barbilla
los papeles que tengo en la mano.
—No creo que vaya a encontrar las respuestas que busca en esas notas.
La frase «su duelo guarda relación con una pérdida más importante»
vuelve a mi pensamiento, como esas canciones que no te puedes quitar de la
cabeza.
—Pero si no hablo de la ruptura, no tendré nada que decir —insisto.
Wendell tuerce la cabeza a un lado.
—Podría hablar de las cosas importantes.
Le creo y no le creo. Cada vez que Wendell sugiere que esto se debe a
algo más trascendente que la pérdida de Novio, me pongo a la defensiva, así
que algo de razón tendrá. Los temas que nos irritan a menudo son los
mismas que deberíamos observar.
—Puede —concedo, pero me siento incómoda—. Ahora mismo me
gustaría acabar de contarle lo que dijo Novio. ¿Me deja relatarle una última
cosa?
Toma aliento pero guarda silencio, titubeante, como si se mordiera la
lengua.
—Claro —responde Wendell. Ya me ha presionado bastante y lo sabe. Me
ha dejado sin mi droga —hablar de Novio— demasiado rato y necesito otra
dosis.
Empiezo a hojear mis papeles, pero ya no recuerdo por dónde iba. Repaso
las notas en busca de la maldita cita que pensaba leerle a continuación, pero
hay demasiados asteriscos y demasiadas anotaciones, y percibo los ojos de
Wendell clavados en mi persona. Me pregunto qué pensaría yo si un
paciente parecido a mí estuviera en mi consulta ahora mismo. En realidad,
lo sé. Estaría pensando en el el cartel plastificado que una compañera del
centro prendió a la parte interior del armario archivador: «Uno siempre
tiene que estar decidiendo si escapar del dolor o tolerarlo y, en
consecuencia, transformarlo.»
Renuncio a las notas.
—Vale —miro a Wendell—. ¿Qué me quería decir?
Me explica que experimento dolor en el presente, pero que en realidad el
sufrimiento pertenece al pasado y al futuro al mismo tiempo. Los
psicólogos hablan mucho de cómo el pasado conforma el ahora; cómo la
historia personal influye en nuestra manera de pensar, sentiry comportarnos
en el momento presente, y de la necesidad de renunciar, en algún momento
de la vida, a la fantasía de cambiar lo que ya pasó. Si no aceptamos que no
hay vuelta atrás, por más que nos empeñemos en que nuestros padres,
hermanos o pareja arreglen lo que sucedió hace tiempo, seguiremos
atascados en el pasado. Cambiar la relación con el ayer es un eje de la
psicoterapia. Sin embargo, a menudos olvidamos que la relación con el
futuro conforma el presente también. Nuestra idea del mañana puede
constituir un obstáculo igual de poderoso que la noción del ayer.
En realidad, prosigue Wendell, he perdido mucho más que mi relación
presente. He perdido mi relación futura. Tendemos a pensar que el mañana
sucede más tarde, pero lo creamos mentalmente a diario. Cuando el
presente se desmorona, lo hace asimismo el futuro que asociamos con él. Y
perder el futuro es el giro inesperado por excelencia. Ahora, bien, si
dedicamos el momento actual a tratar de reparar el pasado o a controlar el
porvenir, permanecemos atrapados en el mismo sitio, en un estado de
reproche permanente. Espiando a Novio en Google, he visto cómo su futuro
se desplegaba ante mis ojos mientras yo seguía paralizada en el ayer. Pero si
quiero vivir aquí y ahora, tendré que aceptar la pérdida de mi futuro tal
cómo lo concebía.
¿Puedo transitar el dolor o prefiero seguir sufriendo?
—En ese caso —le digo a Wendell— supongo que debería dejar de
interrogar a Novio… y de espiarlo en Google.
Él sonríe con indulgencia, tal como le sonreirías a una fumadora que
anuncia su decisión de dejarlo de un día para otro, sin reparar en lo
ambicioso de su propósito.
—O cuando menos intentarlo —rectifico—. Pasar menos tiempo en su
futuro, más en mi presente.
Wendell asiente y, acto seguido, se propina dos palmadas en las rodillas y
se levanta. La sesión ha terminado pero yo quiero continuar.
Tengo la sensación de que acabamos de empezar.
L
11
Adiós, Hollywood
levaba una semana trabajando para la NBC cuando me destinaron a
dos series que estaban a punto de estrenarse, Urgencias , un drama
médico, y Friends , una comedia de situación. Estos programas
catapultarían a la cadena al número uno y liderarían la audiencia de la
noche de los jueves durante varios años.
Las series se estrenaron en otoño, tras un proceso mucho más rápido que
en el mundo cinematográfico. En pocos meses se contrataron actores y
equipos, se construyeron decorados y empezó la producción. Yo estaba
presente cuando Jennifer Aniston y Courteney Cox se presentaron a las
pruebas para los papeles protagonistas de Friends . Yo sopesé si el
personaje de Julianna Margulies de Urgencias debía morir al final del
primer episodio y estuve en el plató con George Clooney antes de que nadie
supiera hasta qué punto la serie lo encumbraría.
Motivada por el nuevo trabajo, veía menos televisión en casa. Contribuía
a crear historias que me apasionaban con colegas que compartían mi pasión
y de nuevo me sentía conectada a mi trabajo.
Un día, los guionistas de Urgencias llamaron a un hospital cercano para
consultar una duda médica y, casualmente, un tal doctor Joe respondió a la
llamada. Fue como si el destino hubiera obrado su magia; además del
doctorado en medicina, el médico había cursado un máster en producción
cinematográfica.
Cuando los guionistas descubrieron el currículum de Joe, empezaron a
consultarle con regularidad. Pronto lo contrataron como asesor técnico para
revisar las elaboradas escenas de traumatología, enseñar a los actores a
pronunciar los términos médicos y conseguir que las intervenciones fueran
más fieles a la realidad (extraer el aire de la jeringuilla, frotar la piel con
alcohol antes de aplicar una vía, sostener el cuello del paciente en la
posición adecuada cuando le insertas un respirador). Por supuesto, en
ocasiones prescindíamos de las mascarillas quirúrgicas porque todo el
mundo quería verle la cara a George Clooney.
En el plató, Joe era un ejemplo de tranquilidad y competencia, las mismas
cualidades de las que hacía gala en las urgencias reales. Durante los
descansos, hablaba de sus casos recientes y yo absorbía hasta la última
palabra. ¡Menudas historias! , pensaba. Cierto día le pregunté a Joe si podía
verlo en acción —para investigar, alegué— y me ofreció acceso a su
servicio de urgencias. Allí, con un uniforme prestado, lo acompañé a todas
partes durante las horas que duró su turno.
—Los conductores borrachos y los pandilleros heridos no empiezan a
entrar hasta la noche —me explicó cuando llegué un sábado por la tarde y
me sorprendí ante la calma reinante. Pero al poco corríamos de sala en sala,
de paciente en paciente, mientras yo intentaba retener los nombres, los
historiales y los diagnósticos al vuelo. En el transcurso de una hora, vi a Joe
practicar una punción lumbar, mirar el útero de una mujer embarazada y
sostener la mano de una madre de gemelos, de treinta y nueve años,
mientras le decían que su migraña era en realidad un tumor cerebral.
—No, verá, yo solo quería que me dieran algo para la migraña —fue su
única respuesta; negación que pronto cedería el paso a un mar de lágrimas.
Su marido se disculpó alegando que necesitaba ir al baño pero vomitó por el
camino. Durante un segundo imaginé ese mismo drama en la televisión —
un instinto muy arraigado cuando tu trabajo consiste en inventar historias—
pero presentía que no estaba allí únicamente en busca de material
televisivo. Y Joe también lo notó. Semana tras semana, yo regresaba a
urgencias.
—Pareces más interesada en lo que hacemos aquí que en tu trabajo diario
—me comentó Joe una noche, meses después, mientras mirábamos juntos
una radiografía y me enseñaba dónde estaba la fractura. Luego, como de
pasada, añadió—: Todavía podrías estudiar medicina, ¿sabes?
—¿Medicina? —repetí. Lo miré como si hubiera perdido la chaveta. Yo
tenía veintiocho años y había cursado un grado de lengua en la universidad.
Es verdad que en el instituto me presentaba a torneos de matemáticas y de
ciencias, pero en mi vida no académica siempre me habían atraído las
palabras y los relatos. Y ahora tenía un fantástico empleo en la NBC por el
que me sentía más que afortunada.
A pesar de todo, no dejaba de escaparme de los rodajes para acudir a las
urgencias del hospital. Y no solo seguía a Joe a todas partes sino también a
cualquier otro médico que me dejara ser su sombra. Era consciente de que
mi presencia allí tenía ya poco que ver con la investigación. Había devenido
una afición. ¿Y qué? ¿Acaso no tiene todo el mundo aficiones? Y, vale,
claro, puede que pasar la noche en urgencias se hubiera convertido en el
equivalente a mirar la tele compulsivamente cuando no me sentía a gusto
trabajando para el cine. De nuevo: ¿y qué? Desde luego no iba a abandonar
mi profesión para empezar de cero en la facultad de Medicina. Además, el
empleo en la NBC no me aburría. Sencillamente sentía que algo real,
grande y trascendente acontecía en urgencias, algo que no podía pasar en la
televisión, del mismo modo. Y mi nueva afición llenaba esos vacíos; para
eso son los entretenimientos.
En ocasiones, sin embargo, en los momentos de tranquilidad entre
emergencias, comprendía hasta qué punto me sentía cómoda en las salas del
hospital y, cada vez más, me preguntaba si Joe no tendría algo de razón.
Poco tiempo después, mi afición me trasladó de las urgencias a un
quirófano de neurocirugía. El caso que me habían invitado a presenciar era
un hombre de mediana edad con un tumor pituitario que preveían benigno
pero que se debía extraer para evitar que presionase los nervios craneales.
Cubierta con bata y mascarilla y calzada con zapatillas deportivas para
mayor comodidad, me planté junto al señor Sánchez con los ojos clavados
en su cráneo. Tras serrarle el hueso (con una herramienta que parecía
comprada en una ferretería), el cirujano y su equipo procedieron a retirar
con suma meticulosidad capa tras capa de fascia hasta llegar al cerebro
desnudo.
Por fin lo tenía delante, idéntico a las imágenes que había visto en un
libro la nocheanterior, pero allí, en aquel instante, con mis propios sesos a
pocos centímetros del cerebro del señor Sánchez, me sentí sobrecogida.
Todo lo que era ese hombre —su personalidad, sus recuerdos y
experiencias, sus gustos y aversiones— se alojaba en el órgano de kilo y
medio que tenía delante. Pierdes una pierna o un riñón y sigues siendo tú
mismo, pero si pierdes una parte del cerebro —si, literalmente, pierdes la
cabeza— ¿quién eres entonces?
Me asaltó un pensamiento retorcido: ¡he visitado la mente de una
persona! Hollywood intenta constantemente entrar en la cabeza de la gente
a través de la investigación de mercado y la publicidad, pero yo había
estado allí de veras, en las profundidades del cráneo de ese hombre. Me
pregunté si los eslóganes con los que las cadenas de televisión
bombardeaban a los espectadores llegaban a su destino: ¡No se lo pierda!
Una música clásica empezó a sonar de fondo, suave, y dos neurocirujanos
fueron retirando el tumor y depositando los trozos en una bandeja de metal.
Recordé los frenéticos platós de Hollywood, una locura de órdenes y
conmoción.
«¡Venga, chicos! ¡Vamos allá! —Transportaban a un actor en camilla por
un pasillo, la ropa empapándose de líquido rojo, pero alguien doblaba la
esquina con excesiva precipitación—. ¡Mierda! —exclamaba el director—.
¡Por Dios, a ver si lo hacéis bien esta vez! —Tipos fornidos cargados con
cámaras y focos corrían de un lado para otro para rehacer la escena. Veía a
un productor llevarse una pastilla a la boca (¿Tylenol, Xanax o Prozac?) y
tragársela con un sorbo de agua con gas—. Si no dejamos lista esta escena
hoy, me va a dar un infarto —suspiraba el director—. Lo juro, me voy a
morir.»
En el quirófano, con el señor Sánchez, no había gritos ni la sensación de
que nadie estuviera al borde del infarto. Incluso el paciente, con la cabeza
serrada en dos, parecía menos estresado que la gente del plató. Concentrado
en su trabajo, el equipo de cirugía acompañaba cada petición con frases de
cortesía: «por favor» y «gracias». Nadie pensaría que un flujo de sangre
constante circulaba de la cabeza del hombre a la bolsa que pendía cerca de
mi pierna. Podría haber confundido la escena con una fantasía. Y en cierto
sentido lo era. Se trataba de lo más auténtico que había presenciado jamás y,
al mismo tiempo, estaba a años luz de mi vida real en Hollywood, un lugar
que no tenía intención de abandonar.
Sin embargo, pasados unos meses, todo cambió.
Estoy acompañando a un médico de urgencias en un hospital municipal, un
domingo. Según nos acercamos a un cortina, dice:
—Paciente de cuarenta y cinco años con complicaciones diabéticas.
Retira la cortina y veo a una mujer tendida en la camilla, tapada con una
sábana. En ese momento, el hedor golpea mis fosas nasales; un mazazo tan
tremendo que me siento al borde del desmayo. No puedo identificar el olor,
porque jamás he percibido nada tan nauseabundo. ¿Ha defecado?
¿Vomitado?
No veo señales de ninguna de las dos cosas, pero la pestilencia se torna
tan intensa que el almuerzo asciende por mi garganta y trago con fuerza
para empujarlo hacia abajo. Espero que la paciente no repare en mi palidez
ni en el revuelo que ha provocado en mis tripas. Pienso: Puede que el
pestazo proceda de la cama contigua. Tal vez si me cambio de lado, no lo
notaré tanto. Me concentro en la cara de la mujer: ojos llorosos, mejillas
enrojecidas, flequillo sobre la sudorosa frente. El médico le hace preguntas
y yo no entiendo cómo consigue respirar. Llevo conteniendo el aliento
desde que he entrado, pero necesito tomar aire.
Vale , me digo. Allá vamos.
Empiezo a respirar y el horrible olor invade mi cuerpo. Buscando apoyo
en la pared, observo cómo el doctor levanta la sábana que cubre las piernas
de la paciente. Pero no hay piernas. La diabetes le ha provocado una
vasculitis severa y únicamente conserva dos muñones por debajo de las
rodillas. Uno está gangrenado y yo no tengo claro si la imagen de ese
muñón infectado, negro y podrido como una fruta putrefacta, es aún peor si
cabe que la pestilencia.
Hay poco espacio y yo me acerco a la cabeza de la mujer, tan lejos como
puedo del muñón infectado, y en ese momento sucede algo extraordinario.
La paciente me toma la mano y sonríe como diciendo: Ya sé que te
horroriza mirarlo, pero todo va bien. Aunque debería ser yo la que le
sostuviera la mano, aunque es ella la que ha perdido las extremidades y
sufre una infección masiva, me está tranquilizando. Y si bien la situación
ofrece una excelente trama secundaria para Urgencias , sé, en esa milésima
de segundo, que no seguiré trabajando mucho más tiempo en la serie.
Me voy a matricular en la facultad de Medicina.
Puede que mi decisión se deba a un impulso del momento —al hecho de
que esa encantadora desconocida con un muñón renegrido me sostenga la
mano mientras intento no vomitar— pero algo acaba de suceder en mi
interior que jamás he sentido en ninguno de los trabajos que he
desempeñado en Hollywood. Me encanta la televisión, pero la realidad de
las historias que estoy experimentando en persona me conmueve
profundamente y empequeñece los relatos imaginarios. Friends habla del
sentimiento comunidad, pero de un modo que no es real. Urgencias trata de
la vida y la muerte, aunque solamente en la ficción. En lugar de tomar estas
historias que presencio y llevarlas a mi mundo televisivo, quiero que la vida
real —las personas de verdad— sean mi mundo.
Ese día, mientras recorro en coche el trayecto que va del hospital a casa,
no sé cómo o cuándo sucederá ni qué tipo de crédito voy a tener que
solicitar para estudiar medicina; ni siquiera si me admitirán en la facultad.
Desconozco cuántas asignaturas de ciencias tendré que cursar para cumplir
los requisitos y prepararme para el examen de ingreso y dónde estudiar esas
asignaturas, pues hace seis años que dejé la universidad.
Sin embargo, de algún modo, conseguiré que suceda y no puedo hacerlo
si tengo que trabajar sesenta horas a la semana en No Se Lo Pierda TV.
C
12
Bienvenidos a Holanda
uando Julie descubrió que se estaba muriendo, su mejor amiga, Dara,
le envió el famoso texto «Bienvenidos a Holanda» con la intención de
ayudarla. Escrito por Emily Perl Kingsley, madre de un niño con síndrome
de Down, aborda la experiencia de saber que tus expectativas vitales acaban
de alterarse por completo:
Esperar el nacimiento de un hijo se parece a planear unas fabulosas
vacaciones en Italia. Compras un montón de guías turísticas y haces
planes maravillosos: el Coliseo, el David de Miguel Ángel, las
góndolas de Venecia… Incluso puedes aprender unas cuantas frases en
italiano, que te van a venir muy bien. Todo es muy emocionante.
Tras meses de ilusionada espera, llega el ansiado día. Preparas las
maletas y te pones en camino. Varias horas más tarde, cuando el avión
aterriza, un auxiliar de vuelo anuncia:
—Bienvenidos a Holanda.
—¿Holanda? —preguntas—. ¿Cómo que Holanda? ¡Yo he comprado
un billete a Italia! ¿Por qué me han traído a otro país? Llevo toda la
vida soñando con viajar a Italia.
Pero los planes de vuelo han cambiado. El avión ha aterrizado en
Holanda y allí te vas a quedar.
Lo principal es que no te han llevado a un sitio horrible, mugriento y
desagradable, donde la miseria y las enfermedades campan a sus
anchas. Simplemente has llegado a un lugar distinto.
Así que te toca salir y comprar nuevas guías. E incluso aprender un
idioma nuevo. Y conocerás a personas que de otro modo nunca habrías
conocido.
Estás en otro sitio, nada más. El ritmo es más pausado que en Italia;
el entorno, menos deslumbrante. Pero después de pasar un tiempo en el
país y recuperar el aliento, miras a tu alrededor… y adviertes que en
Holanda hay molinos de viento y tulipanes. En Holanda hay incluso
obras de Rembrandt.
Pero todos tus conocidos están muy ocupados yendo y viniendo de
Italia, y presumen de las maravillosas experiencias que han vivido allí.
Y durante el resto de tu vida, te dirás:
—Sí, yo también pensaba ir a Italia. Ese fue el viaje que planeé.
El dolor jamás desaparecerá,porque la pérdida de ese sueño es, en
verdad, muy significativa. Ahora bien, si malgastas la vida lamentando
el hecho de que nunca llegaste a conocer Italia, tal vez jamás seas libre
para disfrutar de las experiencias especiales y maravillosas que te
esperan en Holanda.
«Bienvenidos a Holanda» enfureció a Julie. Al fin y al cabo, ¿qué tiene el
cáncer de especial o maravilloso? Pero Dara, cuyo hijo tiene diagnosticado
un autismo severo, le dijo a Julie que no había captado la idea. Reconocía
que el diagnóstico de su amiga era devastador e injusto, y le exigía una
ruptura total con el rumbo que, en teoría, iba a tomar su vida. Pero no
quería que Julie pasara el tiempo que le pudiera quedar —quizás tanto
como diez años— perdiéndose lo que aún le reservaba la vida. Su
matrimonio. Su familia. Su trabajo. Todavía podía disfrutar de una versión
de todas esas experiencias en Holanda.
Julie pensó: Que te den.
Y también: Tienes razón.
Porque Dara lo sabía mejor que nadie.
Julie ya me había hablado de Dara, igual que todos mis pacientes me
hablan de sus mejores amigos. Sabía que la joven estaba desesperada de
pena y de preocupación ante los incansables golpes y cabezazos de su hijo,
sus rabietas, su incapacidad de mantener una conversación o de comer solo
a los cuatro años, su necesidad de múltiples terapias semanales que le
absorbían buena parte de su vida pero que tampoco parecían ayudar, según
la joven le relataba a Julie, desalentada.
—Bueno, no me siento orgullosa de lo que le voy a contar —dijo Julie
después de narrarme cómo se había enfadado al principio con su amiga—,
pero cuando vi lo que Dara estaba pasando con su hijo, supe que por nada
del mundo querría vivir algo parecido. La quiero mucho y pensé que
cualquier esperanza de conocer la vida a la que aspiraba se había esfumado.
—Lo mismo que siente usted ahora.
Julie asintió.
Me relató que Dara pasó mucho tiempo diciendo: «¡yo no me esperaba
esto!» y luego recitaba la lista de todas las pérdidas que implicaba su
situación. Su marido y ella nunca podrían acurrucarse con su hijo, ni se
turnarían con otros padres los viajes al colegio, ni le leerían a su pequeño
cuentos de buenas noches. El niño no crecería para convertirse en un adulto
independiente. Dara miraba a su marido, me contó Julie, y pensaba: es un
padre maravilloso , pero luego empezaba a rumiar hasta qué punto habría
sido un papá fabuloso de haber tenido un hijo con el que pudiera interactuar
plenamente. La tristeza se apoderaba de ella, sin que pudiera evitarlo, cada
vez que le daba por pensar en la clase de experiencias que jamás
compartirían con el niño.
Dara se sentía egoísta y culpable por su tristeza, porque si deseaba que la
vida del niño fuera más fácil, si soñaba que pudiera tener una existencia
plena, con amigos, amores y trabajo, era ante todo por el bien de él . La
invadían el dolor y la envidia cuando veía a otras madres jugar con sus hijos
de cuatro años en el parque, sabiendo que, en una situación parecida, su hijo
perdería el control y con toda probabilidad lo invitarían a marcharse. Siendo
consciente de que la gente seguiría evitando a su hijo cuando creciera, y a
ella. Las miradas que le dispensaban las otras madres, esas que tenían hijos
típicos con problemas típicos, incrementaban su sensación de aislamiento.
A lo largo de aquel año, Dara telefoneaba a Julie a menudo, cada llamada
más desesperada que la anterior. Con los recursos financieros, emocionales
y prácticos agotados, decidieron no añadir otro hermano a la combinación.
¿Cómo pagarían los gastos y de dónde sacarían el tiempo para otro hijo? ¿Y
si ese niño también padecía autismo? Dara ya había dejado de trabajar para
poder ocuparse del pequeño, su marido había buscado un segundo empleo y
ella no sabía cómo sobrellevarlo todo. Hasta que un día llegó a sus manos
«Bienvenidos a Holanda» y comprendió que no solo tendría que vivir en
esa tierra extraña sino encontrar motivos de alegría donde pudiera. Todavía
podía disfrutar de la vida, si se lo permitía.
En Holanda, Dara encontró amigos que comprendían su situación
familiar. Halló maneras de conectar con su hijo, divertirse con él y amarlo
tal como era, sin centrarse en las carencias. Aprendió a dejar de buscar
información obsesivamente sobre el atún, la soja o los productos químicos
de los cosméticos que pudieran haber perjudicado el desarrollo de su hijo
durante el embarazo. Buscó ayuda para cuidar del niño con el fin de poder
cuidar también de sí misma, trabajar media jornada en algo que le gustaba y
disfrutar de tiempo libre significativo. Su marido y ella se reencontraron y
recuperaron su matrimonio al tiempo que lidiaban con los problemas que no
podían eludir. En lugar de pasar todo el viaje encerrados en el hotel,
decidieron salir y visitar el país.
Ahora Dara estaba invitando a Julie a hacer lo mismo, a mirar los
tulipanes y los Rembrandt. Y cuando la ira de Julie ante «Bienvenidos a
Holanda» remitió, comprendió que siempre habría alguien cuya vida le
pareciera más —o menos— envidiable. ¿Le cambiaría el sitio a Dara, ahora
mismo? Su primera reacción: sí, con los ojos cerrados. La segunda: puede
que no. Se planteó distintas posibilidades: si pudiera disfrutar de diez años
fantásticos con un hijo sano, ¿cambiaría eso por una vida más larga? ¿Es
más difícil estar enferma que compartir la vida con un niño que lo está? Se
sentía despreciable por albergar esos pensamientos, pero tampoco podía
negarlos.
—¿Cree que soy mala persona? —me preguntaba, y yo le aseguraba que a
todo aquel que acude a terapia le preocupa que sus pensamientos no sean
«buenos» o «normales» y, sin embargo, tan solo la sinceridad con uno
mismo nos ayuda a extraer el sentido de nuestras vidas, con todos sus
matices y complejidades. Reprime esos pensamientos y es probable que te
comportes «mal». Acéptalos y crecerás.
A través de esas reflexiones, Julie empezó a comprender que todos
estamos en Holanda, porque casi nadie llega a tener la vida que soñó. Aun
si eres tan afortunada como para viajar a Italia, te pueden cancelar el vuelo
o tal vez llueva sin parar. O, durante un viaje de aniversario, tu marido
podría sufrir un infarto en la ducha diez minutos después de compartir
contigo un sexo maravilloso en un lujoso hotel de Roma, como le sucedió a
una conocida mía.
Así que Julie se marchaba de viaje a Holanda. No sabía cuánto tiempo
duraría su estancia, pero habíamos hecho reservas para diez años y
cambiaríamos el itinerario de ser necesario.
Mientras tanto, trabajaríamos juntas para averiguar qué quería hacer allí.
Julie solamente puso una condición.
—Si cometo algún disparate, ¿promete decírmelo? O sea, ahora que voy a
morir antes de lo que jamás hubiera pensado, no hace falta que sea tan…
sensata, ¿verdad? Así que, si me paso de la raya y me desmadro demasiado,
¿me avisará?
Le prometí hacerlo. Julie siempre había sido una persona concienzuda y
responsable. Lo hacía todo como Dios manda y no podía imaginar qué
entendía ella por «desmadrarse». Supuse que, en todo caso, no llegaría más
lejos que la típica niña buena que un día se desmelena bebiendo alguna
cerveza de más en una fiesta.
Había olvidado que las personas mostramos nuestro lado más interesante
cuando tenemos una pistola metafórica en la sien.
—Cosas que quiero hacer antes de morir —dijo Julie durante la sesión,
cuando iniciamos el trabajo de visualizarla en Holanda—. Qué expresión
más curiosa, ¿verdad?
No pude sino asentir. ¿Qué nos gustaría hacer antes de criar malvas?
A menudo empezamos a pensar en nuestra lista de sueños pendientes
cuando muere alguien cercano. Ese fue el caso de la artista Candy Chang
que, en 2009, creó un espacio público en Nueva Orleans con la entrada:
Antes de morir ___________. Al cabo de pocos días, el muro estaba repleto
de inscripciones. La gente escribió cosas como Antes de morir, me gustaría
poner un pie a cada lado de la línea internacional del cambio de fecha.
Antes de morir, quiero cantar delante de millones de personas. Antes de
morir, quiero ser yo mismo. Pronto la idease extendió a miles de muros en
todo el mundo: Antes de morir, me gustaría estar más unida a mi hermana.
Ser un padre genial. Tirarme en paracaídas. Cambiar la vida de alguien.
No sé si lo pusieron en práctica, pero a juzgar por lo que he visto en mi
consulta, es posible que más de uno viviera su epifanía, escarbara en su
alma, añadiera más elementos a la lista… y luego no hiciera nada. Cuando
la muerte tan solo existe en la teoría, la gente tiende a soñar sin más.
Pensamos que hacemos listas de cosas pendientes para no dejarnos nada
en el tintero, pero en realidad lo hacemos para defendernos de la muerte. Al
fin y al cabo, cuanto más largas sean nuestras listas, más tiempo creemos
tener para cumplir todo lo que contienen. Acortar la lista, sin embargo,
debilita una pizca nuestro sistema de negación y nos obliga a reconocer una
verdad incuestionable: la tasa de mortalidad de la vida es del cien por cien.
Todos y cada uno de nosotros vamos a morir y la mayoría no tenemos la
menor idea de cómo ni cuándo sucederá. De hecho, con cada segundo que
pasa, más cerca estamos del inevitable final. Como dicen por ahí: ninguno
de nosotros saldrá vivo de aquí.
Imagino que ahora mismo te alegras mucho de que yo no sea tu terapeuta.
¿Quién quiere pensar en eso? ¡Es mucho más agradable procrastinar en
relación a la muerte! Muchos damos por sentadas a las personas que
amamos y las cosas que nos importan hasta que comprendemos, cuando nos
anuncian la fecha de expiración, que el gran proyecto todavía está por
hacer: nuestra vida.
Ahora, sin embargo, Julie tenía que decir adiós a todas aquellas cosas que
quedarían fuera de su lista. A diferencia de las personas mayores, que se
lamentan de lo que van a perder y dejar atrás, Julie estaba de duelo por lo
que nunca tendría todas las metas y primeras veces que las personas de
treinta años dan por supuesto que alcanzarán. Julie tenía, según ella misma
lo expresó, «un vencimiento muy concreto». Lo que en inglés se conoce
como deadline , dijo, siendo dead (muerte), la clave de la palabra. Un plazo
tan implacable que buena parte de lo que esperaba vivir nunca sucedería.
Cierto día Julie me confesó que había empezado a notar la frecuencia con
que la gente, en las conversaciones informales, hace referencia al futuro.
Voy a adelgazar. La semana que viene empiezo a hacer ejercicio. Este año
nos iremos de vacaciones. Dentro de tres años conseguiré el ascenso. Estoy
ahorrando para comprar una casa. Tendremos otro hijo dentro de un par
de años. Dentro de cinco años acudiré a la siguiente reunión de exalumnos.
Hacen planes.
A Julie le costaba planificar el porvenir sin saber cuánto tiempo tenía.
¿Qué haces cuando la diferencia entre un año y diez es inmensa?
Y entonces sucedió un milagro. El tratamiento experimental de Julie estaba
reduciendo los tumores. En cuestión de semanas, prácticamente habían
desaparecido. Los médicos se mostraban optimistas; tal vez tuviera más
tiempo del que pensaban. Puede que los medicamentos funcionasen a largo
plazo y no solo en el presente o durante unos pocos años. Había tantos
«quizás» que, cuando los tumores desaparecieron por completo, ella y Matt
empezaron, con suma cautela, a ser de esas personas que hacen planes.
Cuando Julie examinó su lista de sueños pendientes, Matt y ella hablaron
de tener un hijo. ¿Debían ser padres aunque quizás para cuando el niño
empezase la primaria Julie ya no estuviera o, en el peor de los casos, ni
siquiera para preescolar? ¿Se sentía capaz Matt de enfrentarse a eso? ¿Y
qué pasaba con el niño? ¿Era justo que Julie fuera madre en esas
circunstancias? ¿O acaso el máximo gesto de amor materno fuera
precisamente la decisión de no serlo, aunque implicase el mayor sacrificio
que había hecho jamás?
Julie y Matt decidieron que la vida debía continuar, aun delante de una
incertidumbre tan grande. Si algo habían aprendido es que la vida es
aleatoria por definición. ¿Y si Julie optaba por la precaución y renunciaban
a tener un hijo por si el cáncer regresaba… pero nunca lo hacía? Matt le
aseguró a Julie que sería un padre implicado pasara lo que pasase. Siempre
estaría presente para su hijo.
Así pues, estaba decidido. Mirar a la muerte a los ojos les obligaba a vivir
con plenitud; no en el futuro, con una larga lista de objetivos por delante,
sino en el momento presente.
Julie redujo su lista al mínimo: formarían una familia.
No importaba si acababan en Italia, en Holanda o en algún lugar distinto.
Subirían a bordo del avión y ya se vería dónde aterrizaban.
A
13
Cómo lidian los niños con la pena
l poco tiempo de la ruptura, compartí la noticia con Zach, mi hijo, de
ocho años. Estábamos cenando y yo se lo dije sin rodeos: Novio y yo
habíamos decidido (licencia poética) que no íbamos a estar juntos, al cabo.
Se quedó de piedra. Parecía sorprendido y aturdido al mismo tiempo.
(¡Bienvenido al club! , pensé.)
—¿Por qué? —quiso saber. Le expliqué que cuando dos personas planean
casarse antes tienen que averiguar si van a formar un buen equipo, no solo
en el presente sino también durante el resto de sus vidas. Y si bien Novio y
yo nos amábamos, ambos habíamos comprendido (otra licencia poética)
que ese no era nuestro caso y que sería más conveniente para nosotros
buscar otras personas con las que nos lleváramos mejor.
En esencia le había dicho la verdad, menos algunos detalles y más de un
par de sustituciones pronominales.
—¿Por qué? —volvió a preguntar Zach—. ¿Por qué no formáis un buen
equipo?
Su rostro era un gran interrogante. Verlo me partía el corazón.
—Bueno —respondí yo—. ¿Te acuerdas de que Asher y tú erais muy
amigos pero entonces él se aficionó al fútbol y tú empezaste a jugar al
baloncesto?
Asintió.
—Todavía sois amigos, pero ahora tú pasas más tiempo con niños que
tienen intereses parecidos a los tuyos.
—Entonces, ¿os gustan cosas distintas?
—Eso es —asentí yo. A mí me gustan los niños y él los odia.
—¿Qué cosas?
Suspiro.
—Bueno, pues cosas como que yo quiero estar más en casa y él prefiere
viajar.
Los niños y la libertad se excluyen mutuamente. Si la reina tuviera
pelotas…
—¿Y por qué no podéis llegar a un acuerdo? Podrías quedaros en casa
unas veces y viajar otras.
Medité la propuesta.
—Puede que sí, pero nos pasa lo mismo que a Sonja y a ti cuando
tuvisteis que preparar juntos un cartel y ella quería llenarlo de mariposas y
tú querías que tuviera un montón de soldados clon, y al final pintasteis
dragones amarillos. Quedó chulo, pero no era lo que queríais ninguno de los
dos. Así que, en el siguiente proyecto, formaste pareja con Theo y aunque
pensáis de manera distinta, vuestras ideas se parecen más. Tuvisteis que
negociar pero no tanto como Sonja y tú.
Zach tenía la mirada clavada en la mesa.
—Todo el mundo tiene que negociar para llevarse bien —le expliqué—,
pero si tienes que negociar demasiado, el matrimonio puede resultar
complicado. Si uno de nosotros quisiera viajar a menudo y el otro prefiriese
quedarse en casa casi siempre, los dos acabaríamos muy frustrados. ¿Me
explico?
—Sí —respondió mi hijo. Seguimos sentados un rato y luego, de súbito,
alzó la vista y me espetó—: ¿Los plátanos se mueren cuando te los comes?
—¿Qué? —le pregunté, descolocada por la irrelevancia de su pregunta.
—Matamos a las vacas para comérnoslas y por eso los vegetarianos no
comen carne, ¿no?
—Ajá.
—Bueno —prosiguió—, si arrancamos un plátano del árbol, ¿no lo
matamos también?
—No, es más parecido al pelo —aclaré—. Los pelos caen cuando ya no
pueden seguir creciendo para que el cabello nuevo los pueda reemplazar.
Los plátanos nuevos sustituyen a los viejos.
Zach se inclinó hacia delante.
—Pero nosotros arrancamos los plátanos antes de que caigan, cuando
todavía están vivos. ¿Y si alguien TE ARRANCARA el pelo antes de que
estuviera listo para caer? ¿No mata eso al plátano? ¿Y no le duele al árbol
que le arranques el fruto?
Ah. Era la estrategia de Zach para afrontar la noticia. Él era el árbol. O el
plátano. En cualquier caso, le dolía.
—No lo sé —respondí—. Puede que no pretendamos hacerledaño al
árbol ni al plátano, pero es posible que les duela de todos modos, aunque
preferiríamos mil veces no hacerlo.
Se quedó callado un rato. Luego:
—¿Lo volveré a ver?
Le dije que no lo creía.
—¿Y ya no volveremos a jugar al Goblet?
El Goblet era un juego de mesa que había pertenecido a las hijas de
Novio cuando eran niñas. Zach y Novio jugaban juntos de vez en cuando.
Le respondí que no, no con Novio. Pero, si le apetecía, yo jugaría con él.
—Puede —aceptó con voz queda—. Pero es que él jugaba muy bien.
—Jugaba muy bien —asentí—. Ya sé que es un gran cambio —añadí, y
luego dejé de hablar porque nada de lo que dijera iba a ayudar a mi hijo en
ese momento. Tendría que experimentar la tristeza. Sabía que durante los
días y semanas e incluso meses siguientes me tocaría mantener muchas
conversaciones con él para ayudarle a superar esto (la ventaja de ser el hijo
de una psicóloga es que nada se barre debajo de la alfombra; la desventaja
es que lo vas a pasar fatal de todos modos). Mientras tanto, el niño tendría
que digerir la noticia.
—Vale —musitó Zach. Se levantó de la mesa, se acercó al frutero,
escogió un plátano, lo abrió y, con aire dramático, le hincó el diente.
—Ñammmm —dijo, con una curiosa expresión de alegría en el
semblante. ¿Estaba asesinando al plátano? Se lo zampó de tres grandes
bocados y entró en su habitación.
Cinco minutos más tarde, regresó cargado con el Goblet.
—Vamos a donarlo —propuso a la vez que dejaba el juego junto a la
puerta. Se acercó para abrazarme—. De todas formas, ya no me gusta.
E
14
Harold y Maude
n la facultad de Medicina, mi cadáver se llamaba Harold. O, más bien,
así lo bautizaron mis compañeros de laboratorio después de que el otro
grupo diera el nombre de Maude al suyo. Acabábamos de empezar el curso
de anatomía macroscópica, la clásica asignatura de disección de primer año,
y cada equipo trabajaba en el cadáver de una persona que, con gran
generosidad, había donado su cuerpo a la ciencia.
Los profesores nos hicieron dos recomendaciones antes de entrar en el
laboratorio. Una: era conveniente imaginar que el cadáver perteneció a
nuestra abuela y demostrarle respeto en consonancia. («¿La gente normal
disecciona a sus abuelas?», replicó un alumno, horrorizado.) Dos:
deberíamos prestar atención a las emociones que experimentáramos durante
un proceso que, según nos dijeron, iba a ser muy intenso.
No nos ofrecieron ninguna información relativa a los cadáveres: ni
nombre, ni edad, historial médico o causa de la defunción. Los nombres se
ocultaban por discreción y el resto porque el objetivo del ejercicio era
resolver un misterio, no «quién lo hizo» sino «qué». ¿Por qué murió esa
persona? ¿Fumaba? ¿Le encantaba la carne roja? ¿Era diabético?
A lo largo del semestre, descubrí que Harold llevaba una prótesis de
cadera (pista: las grapas de metal en el costado); sufría insuficiencia mitral
(pista: agrandamiento del lado izquierdo del corazón); padecía
estreñimiento, seguramente por haber pasado la última etapa de su vida
tendido en una cama de hospital (pista: las heces atascadas en el colon). Sus
ojos eran de un tono azul pálido y tenía una dentadura uniforme, una pizca
amarillenta, una gran calva rodeada de cabello blanco y los dedos
musculosos de un constructor, pianista o cirujano. Más tarde, descubrí que
había muerto de neumonía a los noventa y dos años. El dato nos sorprendió
a todos, incluido el profesor, que declaró:
—Sus órganos podrían haber pertenecido a un hombre de sesenta.
Maude, en cambio, tenía los pulmones llenos de tumores y sus bonitas
uñas pintadas de rosa contrastaban con las manchas de nicotina de sus
dedos, que traicionaban su hábito. Al contrario que Harold, su cuerpo había
envejecido prematuramente y sus órganos parecían los de una persona
mucho mayor. Cierto día, el «equipo Maude», como llamábamos al otro
grupo de laboratorio, le extrajo el corazón. Un alumno lo levantó con tiento
para que los demás pudieran observarlo, pero se le resbaló entre los dedos
enguantados, cayó y se partió en dos. Todos ahogamos un grito: un corazón
roto. Qué fácil es , pensé yo, romper el corazón de alguien, aun si llevas
gran cuidado para no hacerlo.
Prestad atención a vuestras emociones, nos habían instruido, pero todo
resultaba más sencillo si las guardabas a buen recaudo mientras retirabas el
cuero cabelludo y serrabas el cráneo como si fuera un melón. («Otro día de
bricolaje», dijo el profesor cuando nos recibió para la segunda clase. Una
semana más tarde, haríamos una «disección cuidadosa» del oído, que
implicaba el uso de cinceles y martillos, pero no sierras.)
Comenzábamos cada sesión de laboratorio abriendo la bolsa que contenía
nuestro cadáver y guardando un minuto de silencio para honrar a las
personas que nos permitían desmantelar sus cuerpos. Empezábamos por
debajo del cuello, absteniéndonos de destapar la cabeza por respeto, y
cuando ascendíamos a la cara manteníamos los párpados cerrados,
igualmente por respeto pero también porque así parecían menos humanos;
menos reales.
La disección nos enseñó que la vida es precaria y, para distanciarnos de
esa realidad, aligerábamos el ambiente con trucos mnemotécnicos groseros
que pasaban de clase en clase, como el que ayudaba a memorizar los
nervios craneales (olfatorio, óptico, motor ocular, patético, trigémino, motor
ocular externo, facial, auditivo, glosofaríngeo, vago, espinal e hipogloso):
oh, oh, mamá, papá, traigo minifalda, ahora mis glúteos van a estar helados.
Mientras diseccionábamos la cabeza y el cuello, la clase gritaba la cantinela
al unísono. Luego hacíamos codos y nos preparábamos para la siguiente
sesión de laboratorio.
El duro trabajo mereció la pena. Clavamos cada uno de los temas, pero
dudo que ninguno de nosotros prestara atención a sus emociones.
Cuando llegaron los exámenes, nos tocó hacer nuestra primera
deambulación. Como su nombre indica, consiste en deambular por una sala
llena de piel, huesos y vísceras como si examinaras los restos de un horrible
accidente de avión, salvo que tu trabajo no consiste en identificar a las
víctimas sino las partes del cuerpo. En lugar de decir «me parece que este es
John Smith», intentas averiguar si la pieza carnosa que descansa aislada en
una mesa pertenece a una mano o a un pie y, a continuación, deduces: «Me
parece que es un músculo extensor radial largo del carpo». Y esa ni siquiera
fue la experiencia más sangrienta que vivimos.
El día que diseccionamos el pene de Harold —frío, correoso, inerme—
los alumnos de la mesa de Maude, al carecer su cadáver de órganos
masculinos, se unieron a nosotros para observar. Kate, mi compañera de
laboratorio, se caracterizaba por su meticulosidad en las disecciones (hacía
gala de una atención, solía decir el profesor, «aguda como una hoja del
nueve»), pero ahora los gritos del equipo Maude la distraían. Cuanto más
profundo era el corte, más estridentes se tornaban los chillidos.
—¡Ay!
—¡Puaj!
—¡Voy a vomitar!
Más compañeros se acercaron a mirar y un montón de chicos empezaron
a bailotear a la vez que se protegían la entrepierna con libros de texto
meticulosamente forrados.
—Teatreros —musitó Kate. No tenía paciencia con los aprensivos;
aspiraba a ser cirujana. Recuperando la atención, usó una sonda para
localizar el cordón espermático y practicó una incisión vertical en la base
del pene para abrirlo en dos mitades, como un perrito caliente.
—¡Vale, ya está, me largo! —anunció un chico antes de que él y varios de
sus compañeros abandonaran el laboratorio a toda prisa.
El último día del curso celebramos una ceremonia oficial en la que
presentamos nuestros respetos a esas personas que nos habían permitido
aprender de sus restos. Leímos notas individuales de agradecimiento,
tocamos música y expresamos nuestras bendiciones, con la esperanza de
que, si bien sus cuerpos habían sido desmantelados, sus almas
permaneciesen intactas y dispuestas a recibir nuestra gratitud. Hablamos
mucho de la vulnerabilidad de esos cadáveres, expuestos y a nuestra
merced, abiertos y escudriñados bajoel microscopio, milímetro a
milímetro, en muestras de tejidos. Sin embargo, éramos nosotros los más
vulnerables, más todavía si cabe a causa de nuestra resistencia a admitirlo:
un grupo de alumnos de primero tratando de averiguar si se podrían abrir
paso en este campo; jóvenes que veían la muerte de cerca por primera vez;
estudiantes que no sabían cómo gestionar las lágrimas que derramaban de
vez en cuando, en los momentos más inesperados.
Nos habían dicho que tuviéramos presentes nuestras emociones, pero no
veíamos con claridad qué emociones eran esas ni qué hacer con ellas.
Algunos se apuntaron a las clases de meditación que ofrecía la facultad de
medicina. Otros recurrieron a la actividad física o se refugiaron en los
libros. Un alumno del equipo de Maud empezó a fumar y, cada vez que
tenía un descanso, salía corriendo a dar unas caladas, reacio a creer que
acabaría infestado de tumores como el cadáver que estudiaba. Yo me
presenté voluntaria a un programa de lectura para preescolares —¡qué sanos
estaban!, ¡qué vivos!, ¡qué intactos sus organismos!— y cuando no leía a
los niños, escribía. Al principio contaba mis experiencias, más tarde empecé
a interesarme también por las vivencias ajenas y acabé narrando todas esas
historias en artículos para periódicos y revistas.
En cierto momento escribí sobre una asignatura llamada Médico-
Paciente, que te enseñaba a interactuar con las personas a las que ibas a
tratar. Como parte del examen final, grabaron a cada alumno interrogando a
un enfermo acerca de su historial clínico, y mi profesor comentó que yo
había sido la única en preguntarle cómo se sentía en general.
—Esa debería ser la primera pregunta —señaló al grupo.
En Stanford se hace hincapié en la necesidad de tratar a los enfermos
como personas, no como casos. Sin embargo, decían los profesores, cada
vez resultaba más complicado adoptar esa actitud, porque la práctica de la
medicina estaba cambiando. Las relaciones de años entre médicos y
pacientes, así como los encuentros significativos, habían pasado a la
historia, remplazados por un moderno sistema denominado «atención
médica administrada», con visitas de quince minutos, actitud de cadena de
montaje y restricciones a los cuidados que el médico puede prestar. A
medida que anatomía macroscópica iba quedando atrás, yo empezaba a
plantearme qué especialidad escoger; ¿existía alguna que me permitiera
trabajar de acuerdo con el antiguo modelo, basado en la figura del médico
de familia? ¿O tendría que conformarme con no conocer siquiera el nombre
de muchos de mis pacientes, por no hablar de sus vidas?
Estuve acompañando a doctores de especialidades diversas y descarté
aquellas que implicaban una interacción mínima con el enfermo. (Medicina
de emergencia: emocionante, pero casi nunca vuelves a ver a las personas.
Radiología: trabajas con imágenes, no con gente. Anestesiología: los
enfermos están dormidos. Cirugía: ídem.) Me gustaban la medicina interna
y la pediatría, pero los profesionales con los que hablé me advirtieron que
esas prácticas se estaban volviendo menos personales cada vez: para
cumplir con las directrices, los médicos tenían que visitar treinta pacientes
cada día. Si tuvieran que empezar de nuevo, comentaron algunos, tal vez
escogerían otra especialidad.
—¿Por qué quieres ser médico si sabes escribir? —me preguntó un
profesor después de leer un artículo mío en una revista.
Cuando trabajaba en la NBC, creaba historias pero ansiaba formar parte
de la vida real. Ahora que vivía inmersa en la realidad, dudaba de que en la
práctica moderna de la medicina tuvieran cabida las historias de las
personas. Si algo me satisfacía, descubrí, era sumergirme en las vidas de
otros, y cuanto más escribía para distintas publicaciones, más tiempo y
pasión dedicaba a esta actividad.
Cierto día le comenté mi dilema a una profesora y me sugirió que hiciera
las dos cosas: periodismo y medicina. Si ganaba un sueldo como escritora,
razonó, podría tener menos pacientes y visitarlos a la antigua usanza. Eso sí,
añadió, todavía tendría que responder ante las mutuas, con su interminable
burocracia, una actividad que restaría tiempo a las consultas médicas. ¿De
verdad hemos llegado a eso? , me horroricé. ¿Tengo que escribir para
poder ganarme la vida como médico? ¿No se suponía que la cosa era al
revés?
Tuve en cuenta la sugerencia, de todos modos. Sin embargo, en ese
momento tenía treinta y tres años, dos cursos por delante en la facultad de
Medicina, un mínimo de tres años de residencia, tal vez una plaza en
prácticas en algún hospital; y sabía que deseaba formar una familia. Cuanto
más observaba los efectos de la atención médica administrada, menos me
imaginaba dedicando años y años a completar mi formación, si acaso lo
lograba, para luego encontrar la manera de practicar la medicina tal como
deseaba y escribir al mismo tiempo. Además, no estaba segura de poder
hacer ambas cosas —de poder hacerlas bien — sin sacrificar mi vida
personal. Cuando el curso llegó a su fin, supe que tenía que escoger:
periodismo o medicina.
Escogí el periodismo y, a lo largo de los años siguientes, publiqué libros y
escribí cientos de artículos para diarios y revistas. Por fin, pensé, he
encontrado mi vocación.
En cuanto al resto de mi vida —la familia— fluiría por sí sola. En el
momento en que dejé la facultad de Medicina, estaba convencida de ello.
M
15
Nada de mayonesa
–¿ e toma el pelo? ¿Acaso los psicólogos no piensan en otra cosa?
John está de nuevo instalado en mi sofá, descalzo y con las piernas
cruzadas. Se ha presentado calzado con chanclas porque hoy el pedicuro ha
visitado el estudio. Las uñas de sus pies, advierto, lucen tan impecables
como su dentadura.
Acabo de formularle una pregunta sobre su infancia y no se lo ha tomado
bien.
—¿Cuántas veces tengo que decírselo? Tuve una infancia maravillosa —
prosigue—. Mis padres eran unos santos. ¡Unos santos!
Cada vez que oigo hablar de padres sacrosantos, desconfío. Conste que no
intento buscarle tres pies al gato. Sencillamente sé que los padres y las
madres santos no existen. La mayoría acabamos siendo los progenitores
«suficientemente buenos» que, según afirmaba Donald Winnicott, el
prestigioso pediatra y psiquiatra infantil inglés, bastarán para criar un hijo
bien adaptado.
A pesar de todo, el poeta Philip Larkin lo expresó mejor: «Te joden,
mamá y papá / Tal vez no sea su intención, pero lo hacen.»
Tuve que convertirme en psicoterapeuta para llegar a entender dos
aspectos cruciales de la terapia:
1. El objetivo de preguntar a los pacientes por sus padres no es
unirse a las críticas, ni señalar a los progenitores con el dedo, ni
culparlos de nada. De hecho, la pregunta guarda poca relación
con los progenitores. Se formula exclusivamente para entender
cómo las experiencias tempranas han influido en el adulto que el
paciente ha llegado a ser con el fin de que sea capaz de separar el
pasado del presente (y no seguir llevando prendas psicológicas
que ya no le caben).
2. Los padres de la mayoría lo hicieron lo mejor que pudieron, ya
sea ese «mejor» un sobresaliente bajo o un suspenso. Por
limitados que sean, hay pocos progenitores que no quieran el bien
de sus hijos. Eso no significa que uno no pueda albergar
sentimientos complicados en relación a las limitaciones (o
problemas mentales) de sus padres. Solo tienen que decidir qué
hacer con ellos.
He aquí lo que sé de John hasta el momento: tiene cuarenta años, lleva doce
casado, es padre de dos niñas, de diez y cuatro años, y dueño de un perro.
Escribe y produce series de televisión muy conocidas y, cuando me dice
cuáles son, no me sorprendo: ha ganado varios Emmys precisamente porque
crea unos personajes tan brillantes como retorcidos e insensibles. Se queja
de que su mujer está deprimida (aunque, como dicen por ahí, «antes de
diagnosticar una depresión, asegúrate de que esa persona no esté rodeada de
imbéciles»), sus hijas no lo respetan, sus colegas le hacen perder el tiempo
y todo el mundo le exige demasiado.
Su padre y sus dos hermanosviven en el Medio Oeste, donde John se
crio; él fue el único que decidió marcharse. Su madre murió cuando él tenía
seis años y sus hermanos, doce y catorce. La mujer era profesora de teatro y
salía del instituto después de un ensayo cuando vio a uno de sus alumnos en
el camino de un coche que se acercaba a gran velocidad. Logró apartar al
niño, pero fue atropellada y murió en el acto. John me relató esa parte sin
emoción, como si me estuviera narrando el argumento de una de sus series.
Su padre, un profesor de lengua aspirante a escritor, se ocupó de los chicos
hasta que tres años más tarde se casó con una viuda sin hijos, vecina de la
familia. John describió a su madrastra como «una seta, pero no tengo nada
contra ella».
Si bien John se prodiga en críticas hacia los numerosos idiotas que
pueblan su vida, sus padres no suelen aparecer en nuestras conversaciones.
Durante el internado, un supervisor me sugirió que, con los pacientes que
oponen gran resistencia, un modo de abordar el pasado podría ser decirles:
«sin pararte a pensar, ¿qué tres adjetivos te vienen a la cabeza para describir
la personalidad de tu madre [o padre]?». Este tipo de respuestas
espontáneas siempre me han ofrecido (y a mis pacientes) útiles intuiciones
acerca de su relación parental.
Sin embargo, nada de eso funciona con John.
—Santos, santos y santos. Esas son las tres palabras que me vienen a la
cabeza en ambos casos —replica, usando solamente un adjetivo en lugar de
tres. (Más tarde descubriré que su padre «pudo» beber más de la cuenta tras
la muerte de su esposa, y «tal vez» lo siga haciendo, y que, según el
hermano mayor de John, su madre quizás tuvieran un «leve trastorno
bipolar », aunque, afirmó John, «mi hermano exageraba».)
La infancia de John me despierta curiosidad a causa de su narcisismo.
Rasgos como el egocentrismo, la actitud defensiva, la tendencia a degradar
a los demás, la necesidad de dominar la conversación, el sentimiento de
superioridad —en resumen, el hecho de que sea un imbécil— encajan en los
criterios diagnósticos del trastorno de personalidad narcisista. Advertí esas
peculiaridades desde la primera sesión y si bien algunos psicoterapeutas
habrían derivado a John (las personalidades narcisistas no se consideran
buenos candidatos para un terapia introspectiva, orientada al
autoconocimiento, a causa de sus dificultades para verse y ver a los demás
con claridad), yo me lancé.
No quería que el diagnóstico me impidiese ver a la persona.
Sí, John me había comparado con una prostituta, se comportaba como si
no hubiera nadie más en el mundo y se creía mejor que cualquiera. Sin
embargo, debajo de todo eso, ¿de verdad era distinto al resto de nosotros?
El término trastorno de personalidad evoca toda clase de asociaciones, no
solo entre los psicólogos, que consideran a estos pacientes especialmente
problemáticos, sino también en la cultura popular. Existe incluso una
entrada de Wikipedia que clasifica a los personajes de las películas en
función de los trastornos de personalidad que ejemplifican.
La versión más reciente del Manual diagnóstico y estadístico de los
trastornos mentales , considerado la biblia clínica de las disfunciones
psicológicas, identifica diez tipos de trastornos de la personalidad, divididos
en tres grupos:
Grupo A (excéntricos, extraños, solitarios):
TP paranoide, TP esquizoide, TP esquizotípico
Grupo B (dramáticos y erráticos):
TP antisocial, TP límite, TP histriónico, TP narcisista
Grupo C (ansiosos, inhibidos):
TP evasivo, TP dependiente, TP obsesivo compulsivo
En la clínica ambulatoria, vemos principalmente a pacientes del grupo B.
Las personas desconfiadas (paranoide), solitarias (esquizoide) o excéntricas
(esquizotípico) no suelen buscar ayuda profesional, así que podemos
descartar el grupo A. Los que evitan la conexión (evasivo), tienen
dificultades para funcionar como adultos (dependiente) o son adictos al
trabajo hasta extremos patológicos (obsesivo-compulsivo) tampoco
acostumbran a recurrir a un psicólogo, lo que deja fuera el grupo C.
Igualmente, pocos antisociales del grupo B buscarán ayuda. Sin embargo,
los individuos que tienen problemas para relacionarse con los demás y son
emocionales en extremo (histriónicos y límite) o están casados con ese tipo
de personalidades (a menudo narcisistas) tienden a buscar ayuda. (Las
personas con un trastorno límite suelen emparejarse con narcisistas y vemos
esa combinación a menudo en las terapias de pareja.)
Hasta épocas recientes, buena parte de los profesionales de salud mental
consideraban incurables los trastornos de la personalidad porque, a
diferencia de los del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad, los
primeros son un tipo de patrón de conducta, prolongado y generalizado, que
define en buena medida la personalidad del individuo. Dicho de otro modo,
los trastornos de la personalidad son egosintónicos, es decir, guardan
armonía con la autoimagen. De ahí que las personas que padecen ese tipo
de problemas atribuyen a los demás el origen de sus dificultades. Los
trastornos del estado de ánimo, en cambio, son egodistónicos y por eso
provocan angustia al individuo que los sufre. Alguien afectado de un
trastorno del estado de ánimo no desea estar deprimido, ni sentir ansiedad,
ni tener que encender y apagar la luz diez veces antes de salir de casa. Es
consciente de que algo va mal.
Ahora bien, los trastornos de la personalidad deben ubicarse dentro de un
espectro. Las personas con trastorno límite sienten terror al abandono, pero
para algunas eso podría involucrar tan solo ansiedad cuando su pareja tarda
en responder a los mensajes; para otras, tal vez signifique aferrarse a
relaciones inestables y disfuncionales, porque prefieren eso a estar solas.
Pensemos, por ejemplo, en los narcisistas. ¿Quién no conoce a alguien que
encaja con el perfil en mayor o menor grado? ¿Una persona eficaz,
carismática, inteligente e ingeniosa pero excesivamente egocéntrica?
Es importante recordar que presentar rasgos de un trastorno de la
personalidad no implica necesariamente cumplir los criterios para un
diagnóstico oficial. De vez en cuando —cuando tienes un día horrible o te
tocan tu punto débil— todo el mundo exhibe algún atisbo de uno u otro
trastorno, porque todos ellos se encuentran enraizados en la necesidad de
autoprotección, aceptación y seguridad que es consustancial al ser humano.
(Si crees que no se aplica en tu caso, pregunta a tu cónyuge o a tu mejor
amiga). Dicho de otra manera, igual que yo me esfuerzo en ver a la persona
en su totalidad y no solo la instantánea del momento, procuro vislumbrar
asimismo sus luchas internas en lugar de los cinco dígitos que corresponden
al código de diagnóstico en algún formulario. Si me apoyo demasiado en
ese código, empiezo a contemplar todos y cada uno de los aspectos del
tratamiento a través de ese prisma, lo que me impide crear una relación
auténtica con el individuo especial y único que tengo delante. Es posible
que John sea narcisista, pero también es… John. Un hombre que puede
mostrase arrogante y, recurriendo a términos ajenos a la clínica, ser un tipo
insufrible.
No obstante…
El diagnóstico posee su utilidad. Sé, por ejemplo, que las personas
exigentes, críticas e irascibles tienden a sentirse terriblemente solas. He
aprendido que, cuando alguien actúa de ese modo, desea ser tenido en
cuenta y al mismo tiempo le aterroriza que lo tengan en cuenta. Pienso que
a John le avergüenza y le horroriza la experiencia de la vulnerabilidad; e
intuyo que alguien lo animó a no mostrar «debilidad» a los seis años,
cuando su madre murió. Si pasara el más mínimo tiempo en compañía de
sus emociones, es probable que estas lo arrollaran, así que las proyecta en
los demás en forma de rabia, burla o crítica. Por eso los pacientes como
John suponen un gran desafío: son expertos en el arte de sacarte de quicio;
todo al servicio de la evasión.
Mi trabajo consiste en ayudarle a averiguar de qué se esconde. Ha
construido castillos y fosos para que no pueda entrar, pero yo sé que unaparte de él está pidiendo ayuda desde el torreón con la esperanza de que lo
rescate; de qué, todavía no lo he averiguado. Y yo recurriré a todos mis
conocimientos sobre diagnósticos, sin dejarme deslumbrar por ellos, para
ayudar a John a comprender que su propio comportamiento le causa más
problemas que todos esos «idiotas» que tiene alrededor.
—Se ha encendido la luz.
Le estoy preguntando a John por qué se irrita tanto cuando me intereso en
su infancia y entonces me informa de que el piloto verde que hay junto a la
puerta, conectado a la sala de espera, se ha encendido. Echo un vistazo a la
luz y luego al reloj. Tan solo llevamos cinco minutos de sesión y concluyo
que el paciente siguiente, por alguna razón, se ha adelantado casi una hora.
—Sí —respondo, al tiempo que me pregunto si John intenta cambiar de
tema o si el hecho de descubrir que tengo más pacientes le provoca algún
tipo de sentimiento. Muchas de las personas que acuden a terapia desean en
secreto ser los únicos pacientes del psicólogo. O, cuando menos, el favorito:
el más divertido, el más entretenido y, por encima de todo, el más amado.
—¿Le puede decir que pase? —me pide John, señalando el piloto con un
gesto—. Es mi almuerzo.
No le entiendo.
—¿Su almuerzo?
—El repartidor está ahí fuera. Dijo que nada de móviles, de modo que le
he pedido que pulse el botón. Aún no he comido y, puesto que tengo una
hora libre, o sea, cincuenta minutos, debería almorzar.
Estoy anonadada. Casi nadie come en terapia pero, si acaso lo hacen, se
disculpan con una frase del estilo de «¿le importa que almuerce aquí hoy?».
Y se traen su propia comida. Tengo un paciente que sufre hipoglucemia y
solamente se trajo el almuerzo en una ocasión, para no entrar en choque.
—No se preocupe —dice John al ver mi expresión—. Podemos
compartirla si quiere.
Se levanta, sale al pasillo y recoge el pedido en la sala de espera, donde
aguarda el repartidor.
Cuando entra, abre la bolsa, se extiende la servilleta sobre las rodillas,
desenvuelve el bocadillo, lo muerde y monta en cólera.
—¡Por Dios, lo he pedido sin mayonesa! ¡Mire esto!
Separa las dos mitades del bocadillo para mostrarme la mayonesa y, con
la mano libre, busca el teléfono —para reclamar, supongo— pero le
recuerdo con una mirada que los móviles están prohibidos en terapia.
Se pone rojo como la grana y yo me pregunto si será capaz de gritarme.
En vez de eso, explota:
—¡Idiota!
—¿Yo? —pregunto.
—¿Usted qué?
—Una vez describió a su última psicóloga como «simpática pero idiota».
¿Yo también soy simpática pero idiota?
—No, para nada —es su respuesta, y yo me alegro de oírlo. Acaba de
reconocer que al menos una de las personas de su entorno no es idiota.
—Gracias —le digo.
—¿Por qué?
—Por decir que no soy idiota.
—No quería decir eso —me espeta—. Quería decir que no, usted no es
simpática. No me deja usar el teléfono para llamar al idiota que ha puesto
mayonesa en mi bocadillo.
—Entonces ¿soy mala persona e idiota?
Sonríe y, cuando lo hace, le brillan los ojos y se le marcan los hoyuelos de
las mejillas. Durante un segundo entiendo por qué algunas personas lo
consideran encantador.
—Bueno, es mala persona, eso seguro. La otra parte todavía no la tengo
clara.
Está coqueteando y yo le sonrío a mi vez.
—Uf —respiro—. Por lo menos está dispuesto a conocerme mejor. Se lo
agradezco.
Se revuelve en el asiento, incómodo con mi intento de conectar. Está tan
desesperado por huir de este instante de conexión humana que empieza a
zamparse el bocadillo con mayonesa y todo, sin mirarme. Pero no está
discutiendo conmigo, así que voy a tirar del hilo. Percibo un resquicio
microscópico.
—Lamento que tenga la impresión de que no le trato bien —prosigo—.
¿De ahí el comentario sobre la duración de las sesiones?
El insulto de la amante —eso de que soy más bien su fulana— era más
complejo, pero supongo que ha lanzado la apostilla de los cincuenta
minutos por las mismas razones que lo hace todo el mundo: les gustaría
quedarse más rato, pero no se atreven a verbalizarlo. Reconocer que hay un
vínculo de apego les hace sentir demasiado vulnerables.
—¡No, me alegro de que solamente duren cincuenta minutos! —replica
—. Bien sabe Dios que, si me quedara una hora, empezaría a preguntarme
por mi infancia.
—Solo quiero conocerle mejor —aclaro.
—¿Qué más necesita saber? Sufro ansiedad y no puedo dormir. Hago
malabarismos con tres series al mismo tiempo, mi mujer no para de
quejarse, mi hija de diez años se comporta como una adolescente, mi hija de
cuatro añora a su canguro que ha empezado la universidad, el maldito perro
se porta fatal y estoy rodeado de idiotas que me complican la vida. Y, la
verdad, estoy hasta las narices.
—No es poco —reconozco—. Tiene muchos frentes abiertos.
John no responde. Está comiendo y observando una mancha del suelo,
junto a sus chanclas.
—Maldita sea —suelta por fin—. ¿Qué parte de las tres palabras no han
entendido? Nada-de-mayonesa. ¡Es muy fácil!
—En relación a todos esos idiotas —empiezo—. Tengo una idea al
respecto. ¿Y si las personas que le sacan de quicio no pretendieran hacerlo?
¿Y si no fueran idiotas sino individuos con una inteligencia aceptable que
hacen lo que pueden con lo que tienen?
John enarca una pizca las cejas, como si estuviera considerando la idea.
—¿Y —añado con suavidad, pensando que si es tan duro con los demás,
debe de serlo el triple consigo mismo— si ese fuera también su caso?
John se dispone a decir algo, pero se detiene. Devuelve la vista a las
chanclas, recoge la servilleta y finge retirarse las migas de los labios. Pero
lo veo de todos modos. Desplaza la servilleta a toda prisa hacia arriba, a la
zona del ojo.
—Qué porquería de bocadillo —gruñe, e introduce la servilleta en la
bolsa de papel junto con los restos del sándwich antes de lanzarlo todo a la
papelera que hay debajo de mi escritorio. Swish. Un tiro perfecto.
Mira el reloj.
—Esto es de locos. Me muero de hambre, es el único rato que tengo para
comer y ni siquiera puedo usar el teléfono para pedir algo. ¿Llama a esto
terapia?
Sí, esto es terapia , me gustaría decirle. Cara a cara, sin teléfonos ni
bocadillos, para que dos personas puedan sentarse juntas y conectar. Pero sé
que John se limitará a disentir con algún comentario cínico. Pienso en la
pobre Margo y me pregunto qué problemas psicológicos tendrá para haber
escogido a John.
—Hagamos un trato —propone—. Le hablaré de mi infancia si me deja
pedir algo al restaurante que hay un poco más arriba. Para los dos.
Portémonos como personas civilizadas y mantengamos una conversación
mientras nos zampamos una buena ensalada china, ¿de acuerdo?
Me mira, esperando.
Por lo general, le diría que no. Sin embargo, no hay fórmulas en terapia.
Debemos marcar límites profesionales, pero si son demasiado amplios,
como el mar, o demasiado rígidos, como una pecera, empiezan los
problemas. Un acuario tiene la medida ideal. Hay que dejar espacio a la
espontaneidad; de ahí que el puntapié de Wendell cumpliera su objetivo. Y
si John necesita poner barreras, como una ensalada, para sentirse más
cómodo hablando conmigo, me parece bien.
Le digo que podemos encargar comida, pero que no está obligado a
hablar de su infancia. Esto no es un toma y daca. Sin hacerme ni caso, llama
al restaurante para encargar el pedido, un proceso que, como cabía esperar,
le provoca una frustración inmensa.
—Eso es, sin aliño. No, piña no, ¡aliño! —está gritando al teléfono, que
tiene puesto el altavoz—. A-l-i-ñ-o.
Suspira con paciencia infinita, pone los ojos en blanco.
—¿Doble aliño? —pregunta el tipo del restaurante, que apenas si
chapurrea inglés, y John parece a punto de sufrir una apoplejía mientras
intenta explicarle que quiere el aliño aparte. Todo conspira contra él: tienen
Pepsi diet, no Coca-cola light; pueden llegar en veinte minutos, no en
quince. Observo la escena, horrorizada y perpleja. Qué complicado debe de
ser el mundo para él , pienso. Mientras ultiman los detalles, John dice algo
en chino, pero el otro no lo entiende. John no concibe que el chicono
entienda «su propia lengua» y este le explica que habla cantonés.
Finalizan la llamada y John me mira con incredulidad.
—¿Cómo? ¿No hablan mandarín?
—Si sabe chino, ¿por qué no lo ha usado para encargar el pedido? —
pregunto.
John me aniquila con la mirada.
—Porque yo hablo inglés.
Vaya.
John no deja de gruñir hasta que llega el almuerzo, pero una vez que
tenemos las ensaladas delante, baja una pizca el puente levadizo. Yo ya he
almorzado pero picoteo un par de bocados para acompañarlo; nada estrecha
tanto los lazos entre dos personas como comer juntas. Me cuenta anécdotas
de su padre y de sus hermanos mayores, y comenta que, aunque apenas
recuerda a su madre, empezó a soñar con ella hace unos años. Siempre tiene
distintas versiones del mismo sueño, como Atrapado en el tiempo , y no se
puede librar de él. Preferiría no soñar. Ni siquiera mientras duerme lo dejan
tranquilo. Solo desea un poco de paz.
Le pregunto por su sueño, pero me dice que se sentiría incómodo
hablando de ello y no me paga para que le incomode. ¿Acaso no acaba de
decirme que necesita un poco de paz? ¿No nos enseñan «técnicas de
escucha» a los psicólogos o qué? Yo deseo hablar de lo que acaba de decir,
rebatirle la idea de que uno va a terapia a estar cómodo o que es posible
experimentar paz sin soportar antes cierto malestar; pero necesito tiempo
para eso y tan solo nos quedan un par de minutos.
Le pregunto en qué momentos se siente en paz.
—Cuando paseo al perro —me confiesa—. Hasta que Rosie empezó a
portarse mal. Antes me sentía en paz.
Medito el hecho de que no desee comentar el sueño en terapia. ¿Se habrá
convertido este despacho en una especie de santuario para él, lejos de su
trabajo, de su esposa, sus hijas, su perro, los idiotas que lo rodean y el
fantasma de su madre que se le aparece en sueños?
—John —pruebo—. ¿Se siente en paz ahora mismo?
Entierra los palillos en la bolsa, donde acaba de depositar los restos de la
ensalada.
—Pues claro que no —replica, y de nuevo pone los ojos en blanco con
impaciencia.
—Ah —es mi respuesta, dando el tema por zanjado. No para él. La sesión
ha terminado y se levanta para marcharse.
—¿Me toma el pelo? —prosigue, según avanza hacia la puerta—. ¿Aquí?
¿Paz?
Ahora una sonrisa ha remplazado su expresión exasperada. No es una
sonrisilla condescendiente, sino un secreto revelado. Un gesto encantador y
luminoso, y no a causa de su deslumbrante dentadura.
—Eso me parecía.
A
16
El chico diez
dvertencia, spoiler : tras dejar la facultad de Medicina, el resto de mi
vida no fluyó por sí sola como esperaba.
Tres años más tarde, a punto de cumplir treinta y nueve, la relación que
mantenía desde hacía dos llegó a su fin. La despedida fue triste pero
amistosa y no me pilló por sorpresa como la partida de Novio. A pesar de
todo, sucedió en el peor momento posible para una mujer que desea tener
un hijo.
Siempre había sabido, desde un convencimiento pleno, que quería ser
madre. Había pasado buena parte de mi vida adulta haciendo voluntariados
relacionados con niños y daba por supuesto que algún día criaría a uno
propio. Ahora, sin embargo, con los cuarenta a la vuelta de la esquina, me
moría por tener un hijo, aunque no tanto como para casarme con el primero
que apareciese. Mi postura me colocaba ante un dilema endiablado:
desesperada pero selectiva.
Fue entonces cuando una amiga me sugirió que alterase el orden: primero
el niño, luego la pareja. Una noche me envió enlaces a páginas web de
donantes de esperma. Yo nunca había oído hablar de nada parecido y al
principio no estaba segura de mis sentimientos al respecto. Sin embargo,
tras meditar las alternativas que tenía, tomé la decisión de seguir adelante
con el asunto.
Solo tenía que escoger un donante.
Como es natural, el elegido debía contar con un buen historial clínico,
pero esas páginas te planteaban otras cualidades a tener en cuenta y no solo
el color del pelo o la estatura. ¿Quería que el donante fuera jugador de
lacrosse o licenciado en literatura? ¿Aficionado a Truffaut o trombonista?
¿Extrovertido o introvertido?
Me sorprendió descubrir que, en muchos sentidos, los perfiles de los
candidatos se parecían a los de las páginas de citas, salvo que buena parte
de los donantes eran estudiantes universitarios y aportaban sus notas de las
pruebas de acceso. Y había otras diferencias importantes, la principal de las
cuales eran los comentarios de las supuestas «chicas del laboratorio». Estas
eran las mujeres (por alguna razón, no parecía que hubiera hombres) que
trabajaban en los bancos de esperma y que interactuaban con los candidatos
cuando acudían a entregar su «donación» (no en el sentido económico). Las
chicas del laboratorio redactaban entonces lo que denominaban
«impresiones del personal», pero la clase de sensaciones que compartían
carecían de la más mínima estructura. Sus comentarios variaban
enormemente, desde tiene unos bíceps increíbles hasta tiende a
procrastinar, pero al final cumple . (Yo desconfiaba de cualquier
universitario cuya tendencia a postergar abarcase la masturbación.)
Concedía una gran importancia a las impresiones del personal, porque
cuantos más perfiles leía, más comprendía que deseaba sentir una conexión
sutil con el donante que a su vez estaría conectado con mi hijo. Quería que
me gustara , por impreciso que suene: tener la sensación de que, si nos
sentáramos a compartir una cena familiar, me sentiría cómoda con él. Sin
embargo, por más que leyese las sensaciones de las chicas y escuchase los
archivos de audio con las entrevistas a los candidatos («¿qué es lo más
divertido que le ha pasado?», «¿cómo describiría su personalidad?» y, la
más extraña, «¿cómo describiría una primera cita ideal?»), el asunto me
parecía igual de frío e impersonal.
Cierto día llamé al banco de esperma con una duda acerca del historial
clínico de cierto donante y me pasaron a una chica del laboratorio llamada
Kathleen. Mientras ella miraba los documentos médicos, empecé a charlar
con ella y descubrí que Kathleen había recibido a ese chico en particular.
No pude evitarlo.
—¿Es mono? —le pregunté en tono desenfadado. No sabía si les
permitían responder a eso.
—Bueno… —titubeó Kathleen, alargando la palabra con su fuerte acento
de Nueva York—. Yo no diría que es feo. Pero no lo miraría dos veces en el
metro.
Tras eso, Kathleen se convirtió en mi consejera, la persona que me
sugería donantes y respondía a mis preguntas. Confiaba en ella porque, si
bien algunas de las chicas hinchaban las valoraciones —trataban de vender
esperma, al fin y al cabo— Kathleen era sincera hasta la médula. Colocaba
el listón muy alto, igual que yo, una actitud que planteaba un problema,
porque nadie pasaba nuestros filtros.
A decir verdad, daba por supuesto que mi futuro hijo querría que fuera
exigente. Y había multitud de factores a tener en cuenta. Si encontraba un
donante que me agradaba, había otros inconvenientes, como aspectos del
historial clínico familiar que no casaban bien con los míos (cáncer de pecho
antes de los sesenta, insuficiencia renal). Y si daba con el candidato ideal
desde el punto de vista médico, resultaba ser un danés de metro ochenta con
rasgos nórdicos, un aspecto que llamaría la atención —y tal vez
acomplejase a mi hijo— en mi familia de judíos asquenazí, menudos y
morenos. Otros parecían tener buena salud, ser listos y exhibir rasgos
parecidos a los míos, pero alguna otra cosa me disparaba la alarma, como
que su color favorito era el negro, Lolita su libro preferido o le encantaba
La naranja mecánica . Imaginaba a mi retoño leyendo el perfil algún día y
mirándome con perplejidad: «¿por qué lo escogiste?». Tampoco quería
saber nada de donantes que escribían con faltas de ortografía o que no
supieran puntuar.
El proceso se prolongó durante tres meses agotadores, en el transcurso de
los cuales empecé a perder la esperanza de dar con un tipo sano del que
pudiera sentirme orgullosa delante de mi hijo.
Y entonces —¡por fin!— lo encontré.
Una noche, al llegar a casa a una hora avanzada, descubrí queme estaba
esperando un mensaje de voz de Kathleen. Me pedía que echara un vistazo
a un candidato al que describió como «un joven George Clooney». Añadió
que le gustaba especialmente porque siempre era amable y estaba de buen
humor cuando pasaba a dejar la muestra. Yo puse los ojos en blanco. Al fin
y al cabo, si eres un chico de veinte años que está a punto de ver porno y
tener un orgasmo —y encima te van a pagar por ello— ¿cómo vas a estar
enfurruñado? Pero Kathleen lo puso por las nubes: buena salud, guapo, muy
inteligente y carismático.
—Es un hombre diez —me aseguró, convencida.
Nunca había visto a Kathleen tan entusiasmada, así que me conecté para
echar un vistazo, pinché su perfil, leí de cabo a rabo su historial clínico,
devoré sus textos, escuché el audio con la entrevista y supe al instante, del
mismo modo que algunas personas hablan de amor a primera vista, que lo
había encontrado: era Él.
Todo en mi candidato —sus aficiones, sus aversiones, su sentido del
humor, sus intereses y valores— me recordaba a mí misma. Eufórica pero
agotada, decidí dormir un poco y ocuparme de los detalles por la mañana.
Quiso la casualidad que al día siguiente fuera mi cumpleaños y esa noche
tuve vívidos sueños con mi pequeño durante lo que se me antojaron ocho
horas seguidas. Por primera vez, era capaz de imaginar un bebé creado por
dos personas concretas en lugar de un niño difuso con la mitad de su
ascendencia en blanco.
Por la mañana me levanté brincando de la emoción mientras la canción
Child of mine sonaba en mi cabeza. ¡Feliz cumpleaños! , me deseé. Hacía
varios años que deseaba tener un hijo y haber encontrado un donante con el
que me sentía tan cómoda me parecía el mejor regalo de cumpleaños del
mundo. De camino al ordenador, sonreí ante mi buena suerte; iba a hacerlo.
Tecleé la URL del banco de esperma, encontré el perfil y de nuevo lo leí
detenidamente. Me sentí tan segura como la noche anterior de que era Él; la
persona de la que hablaría con orgullo a mi retoño cuando me preguntase
por qué, de todos los donantes posibles, había escogido a ese.
Coloqué su nombre en mi carrito de la compra —igual que habría hecho
con un libro de Amazon—, confirmé el pedido y luego pinché en «comprar
pajuelas». ¡Voy a tener un bebé!, pensé. La sensación fue estratosférica.
Mientras se procesaba la orden, empecé a pensar en lo que haría a
continuación: pedir cita para la inseminación, comprar vitaminas prenatales,
crear una lista de nacimiento, preparar la habitación del bebé. Entre un
pensamiento y otro, advertí que el proceso se demoraba. El círculo giratorio
de mi pantalla, conocido como «la ruleta de la muerte» llevaba demasiado
rato dando vueltas. Esperé, esperé un poco más y por fin intenté retroceder
a la pantalla anterior por si el ordenador se había quedado colgado. Pero no
pude. Por fin, la rueda de la muerte desapareció y asomó un mensaje:
agotado .
¿Agotado? Supuse que debía de ser un fallo técnico —¿quizás al apretar
la tecla de escape?— así que llamé al banco de esperma y pregunté por
Kathleen, pero estaba fuera y me pasaron con una comercial de atención al
cliente llamada Barb.
La chica echó un vistazo y me informó de que no había ningún fallo
técnico. Había escogido un donante muy popular, dijo. Siguió explicando
que las muestras de los más solicitados duraban poco y, si bien la empresa
intentaba «reponer» las «existencias» con frecuencia, tardaban seis meses
en hacer las pruebas para poder ofrecer garantías. Y aunque hubiera
existencias disponibles, prosiguió, el plazo sería largo, porque algunas
personas estaban en lista de espera. Mientras Barb hablaba, pensé que
Kathleen me había llamado ayer mismo. Comprendí que tal vez había
sugerido ese mismo candidato a varias mujeres. Seguro que muchas, igual
que yo, habían conectado con Kathleen a causa precisamente de sus
sinceras evaluaciones,.
Barb me puso en lista de espera («no sea tonta, es una pérdida de
tiempo», me advirtió, ceniza) y dejé el teléfono anonadada. Después de
varios meses de búsqueda infructuosa, había encontrado un chico diez, y mi
futuro bebé parecía una realidad más que una idea en mi mente. Pero ahora,
el día de mi cumpleaños, tenía que renunciar a ese niño. Volvía a estar en el
punto de partida.
Cerré el portátil mirando al infinito. Me quedé allí sentada largo rato
hasta que vi, de refilón, la tarjeta de visita que un joven me había dado en
un evento de networking . Era un cineasta de veintisiete años llamado Álex.
Hablé con él cosa de cinco minutos, pero parecía listo y saludable. Con la
impulsividad propia de alguien que se está quedando sin opciones,
consideré la idea de prescindir de bancos de semen y buscar a mi donante
en el mundo real. Álex daba el perfil del tipo de hombre que buscaba. ¿Por
qué no preguntarle si se avendría? Al fin y al cabo, el «no» ya lo tenía.
Escogí el asunto del email con cuidado (Una pregunta inusual ) y redacté
un mensaje ambiguo (Eh, ¿te acuerdas de mí, del evento de networking ?) A
continuación le propuse que quedáramos para tomar un café, con el fin de
formularle mi «pregunta inusual». Álex respondió sugiriendo que le
planteara mi duda por correo. Respondí diciendo que prefería hablarlo en
persona y respondió: Claro . Y así, sin más, quedamos para tomar un café
un domingo a mediodía.
Yo estaba, por expresarlo con suavidad, hecha un manojo de nervios cuando
llegué al Urth Café. Después de enviar el impulsivo email, empecé a pensar
que Álex respondería con una negativa y luego les contaría a todos sus
conocidos lo que le había propuesto y yo acabaría tan hundida en la miseria
que no volvería a acudir a un evento en toda mi vida. Me planteé si echarme
atrás, pero deseaba tanto ser madre que decidí lanzarme a pesar de todo, por
si acaso. La respuesta a una pregunta no formulada siempre es «no», me
repetía una y otra vez.
Álex me saludó con cariño y la charla fluyó con facilidad; con tanta
facilidad que, antes de que nos diéramos cuenta, estábamos pasando un rato
estupendo. Cosa de una hora más tarde, de hecho, casi había olvidado por
qué estábamos allí. En ese momento, Álex se echó hacia delante, me miró a
los ojos y preguntó con coquetería, como si hubiera deducido que le había
escrito para ligar:
—Y bien, ¿cuál era esa «pregunta inusual»?
Al instante noté un cosquilleo las mejillas y las palmas de las manos me
empezaron a sudar. Reaccioné como habría reaccionado cualquiera en esas
circunstancias: enmudecí. Lo que estaba a punto de hacer era tan
importante, y tan absurdo, que me sentía incapaz de verbalizarlo.
Álex esperó hasta que fui capaz de hablar, titubeando, usando analogías
incoherentes para explicar mi petición. Decía cosas como: «yo no tengo
todos los ingredientes que requiere la receta» y «se parece a donar un riñón,
pero sin perder el órgano». En el instante en que pronuncié la palabra
«órgano» me aturullé aún más si cabe e intenté cambiar de rumbo.
—Se parece a donar sangre —dije—, salvo que requiere sexo en vez de
agujas.
Tras eso, me ordené a mí misma cerrar el pico. Álex me miraba con una
expresión extraña en el rostro, como si pensara: dudo que jamás llegue a
presenciar nada más patético que esto .
Y sin embargo, lo presenció. Porque pronto se hizo evidente que Álex no
tenía la menor idea de lo que le estaba pidiendo.
—Mira —conseguí decir—. Tengo treinta y siete años y quiero ser madre.
No he tenido suerte con los bancos de esperma y me preguntaba si tú…
Esta vez sí lo captó, porque todo su cuerpo se paralizó; incluso el té chai
con leche que tenía en la mano se quedó suspendido en el aire. Aparte de un
paciente catatónico en la facultad de Medicina, jamás había visto a nadie
tan inmóvil en toda mi vida. Por fin, los labios de Álex se movieron para
articular una única palabra:
—Hala.
Y luego, despacio, siguió hablando.
—Es lo último que me esperaba.
—Ya lo sé —respondí. Me sentía fatal por haberlo colocado en una
situación tan incómoda, por haber mencionado el tema siquiera, y estaba a
punto de decírselo cuando, para mi asombro, añadió—: Pero estoydispuesto a hablarlo.
Ahora me tocaba a mí quedarme paralizada antes de responder a mi vez:
—Hala.
Las horas siguientes pasaron volando. Álex y yo conversamos acerca de
todo, desde nuestra infancia hasta nuestros sueños de futuro. Por lo visto,
hablar de esperma había derribado nuestras barreras emocionales igual que
acostarse con alguien por primera vez puede abrir las compuertas de los
sentimientos. Cuando por fin nos levantamos para marcharnos, Álex me
dijo que tenía que pensarlo y a mí me pareció bien, cómo no. Estaríamos en
contacto. Albergaba la seguridad, sin embargo, de que una vez que lo
meditase a fondo, no volvería a saber de él.
A pesar de todo, esa noche el nombre de Álex apareció en mi bandeja de
entrada. Abrí el mensaje, esperando leer una amable negativa. En vez de
eso, había escrito: De momento es un sí, pero tengo más preguntas. Así que
acordamos otro encuentro.
A lo largo de los dos meses siguientes, nos reunimos en el Urth con tanta
frecuencia que empecé a referirme al café como mi «despacho de esperma».
Mis amigas lo llamaban sencillamente el «espurth». En el Espurth,
hablamos de todo, desde muestras de esperma e historiales médicos hasta
contratos y contacto con el niño. Finalmente llegó el momento de abordar el
tema de la transferencia: ¿acudíamos a un médico para hacer la
inseminación o manteníamos relaciones para incrementar las posibilidades
de concepción?
Escogió mantener relaciones.
A decir verdad, no puse reparos. ¿Y siendo del todo sincera? Estaba
encantada con ese giro de los acontecimientos. Al fin y al cabo, no creía
que en mi futura vida de mamá abundaran la ocasiones de acostarme con un
apuesto joven de veintisiete años como Álex, con sus abdominales
ondulados y sus pómulos marcados.
Mientras tanto, controlaba obsesivamente mis ciclos menstruales. Cierto
día en el Espurth, le mencioné a Álex que estaba a punto de ovular, de
manera que, si queríamos intentarlo ese mes, tenía una semana exacta para
tomar la decisión definitiva. En otras circunstancias el comentario habría
supuesto una presión excesiva, pero el asunto parecía cosa hecha y yo no
tenía tiempo que perder. Ya habíamos analizado el plan desde todos los
ángulos posibles: legal, emocional, ético, práctico. Además, a esas alturas
ya compartíamos bromas privadas, habíamos creado motes cariñosos para
el otro y teníamos muy claro hasta qué punto ese nuevo ser sería una
bendición para los dos. La semana anterior Álex había llegado a
preguntarme si «se lo había ofrecido a otros», como si estuviéramos
hablando de una oportunidad de negocio. Sentí la tentación fugaz de
inventar una guerra de pujas para animarlo a cerrar el trato (Pete se lo está
pensando y Gary ha mostrado interés, así que dime algo cuanto antes,
porque la cosa está que arde). Pero quería que nuestra relación se basara en
la sinceridad y, en cualquier caso, estaba segura de que Álex iba a aceptar.
El día después de que le fijara el plazo, decidimos dar un paseo por la
playa para comentar una última vez los detalles del contrato que habíamos
redactado. Mientras caminábamos por la orilla, una llovizna apareció de la
nada. Nos miramos —¿sería mejor volver?— pero la llovizna mudó en
tormenta. Ambos íbamos en manga corta y Álex se desató la chaqueta que
llevaba atada a la cintura y me cubrió los hombros con ella. Y
sosteniéndome la mirada, empapados de lluvia en la playa, me dio la luz
verde oficial. Después de tantas negociaciones, de tanto conocernos
mutuamente, de tanto dudar sobre lo que ese paso significaría para nosotros
y para el futuro niño, estábamos listos.
—¡Tengamos un hijo! —exclamó, y dimos media vuelta, abrazados y
sonrientes, yo envuelta en una chaqueta enorme que me tapaba hasta las
rodillas, aferrada a ese hombre que me iba a ofrecer su esperma. Algún día
le contaría esa historia a mi hijo.
Cuando llegamos a su coche, Álex me entregó su copia del contrato,
firmada.
Y entonces desapareció.
No tuve noticias suyas en tres días. Es posible que no parezca mucho
tiempo, pero si tienes treinta y tantos, estás a punto de ovular y tu única
alternativa es un pedido pendiente sin fecha de entrega, tres días te parecen
una eternidad. Intenté no sacar conclusiones (el estrés no favorece la
concepción). Sin embargo, lo siguiente que supe de Álex fue un mensaje
que decía: «Tenemos que hablar». Se me cayó el alma a los pies. Como
cualquier adulto del planeta, sabía exactamente lo que significaba esa frase:
estaban a punto de mandarme a paseo.
Al día siguiente, cuando nos sentamos a nuestra mesa habitual del
Espurth, Álex desvió la vista y empezó a recitar los consabidos clichés de
ruptura: «No eres tú soy yo»; «hay tantas cosas ahora mismo en mi vida que
no sé si puedo comprometerme, así que prefiero no marearte más». Y el
más popular de siempre: «Espero que sigamos siendo amigos».
—No pasa nada, hay más peces en el mar —respondí, protegiéndome con
un chiste malo. Lo hice para quitarle hierro al momento, para transmitirle
que mi parte racional entendía por qué no se sentía con fuerzas para seguir
adelante con la donación. Sin embargo, por dentro estaba destrozada,
porque se trataba del segundo bebé que imaginaba con absoluta claridad y
que nunca acunaría entre mis brazos. Una amiga que abortó por segunda
vez más o menos en la misma época me digo que sentía exactamente lo
mismo. Volví a casa y decidí darme un respiro en la búsqueda de donante
porque no podría soportar otro desengaño. E, igual que mi amiga, evitaba
ver bebés todo lo que podía. Incluso los anuncios de pañales me inducían a
salir corriendo en busca del mando.
Pasados unos meses, comprendí que tendría que volver a entrar en
internet para reanudar la búsqueda. Y cuando estaba a punto de registrarme
de nuevo, recibí una llamada inesperada.
Era Kathleen, la chica del banco de esperma.
—¡Lori, buenas noticias! —anunció con su fuerte acento de Brooklyn—.
Alguien ha devuelto una pajuela del peque Clooney.
El peque Clooney… Mi niño. El chico diez.
—¿Devuelto? —pregunté. No sabía qué pensar de un semen devuelto .
Recordé que en Whole Foods no te dejan devolver ningún producto de
higiene personal, ni siquiera presentando el recibo. Pero Kathleen me
aseguró que la pajuela no había salido de su tanque de nitrógeno y que el
«producto» estaba en perfectas condiciones. Sencillamente una mujer se
había quedado embarazada de algún otro modo y ya no necesitaba el
refuerzo. Si lo quería, tenía que comprarlo ya.
—Clooney tiene lista de espera, ¿sabes? —empezó, pero antes de que
terminara la frase, yo ya había respondido «sí».
En otoño, cuando salimos a cenar después de la fiesta de regalos para el
bebé, mi madre vio al auténtico George Clooney sentado a una mesa
cercana. Todos los presentes conocían la descripción que Kathleen había
hecho del «joven Gegorge Clooney» y, uno a uno, todos mis familiares y
amigos señalaron mi enorme barriga antes de volverse a mirar a la estrella
de cine.
Cuánto había cambiado desde que fuera el joven protagonista de
Urgencias . Yo también me sentía muy cambiada desde mis tiempos como
joven ejecutiva de la NBC. Habían pasado tantas cosas desde entonces en
su vida y en la mía… Él estaba a punto de ganar un Oscar. Yo estaba a
punto de ser madre.
Una semana más tarde el «peque Clooney» ya tenía nombre: Zachary
Julian. ZJ. Es puro amor, alegría, magia y maravilla. Es, como diría
Kathleen, «el chico diez».
Ocho años más tarde, viviré una especie de déjà vu . Cuando Novio diga:
«No puedo convivir con un niño de ocho años», me sentiré transportada a
ese día en el Urth, cuando Álex me comunicó que no sería mi donante, al
fin y al cabo. Recordaré hasta qué punto se me partió el corazón, pero
también que Kathleen llamó poco después para resucitar lo que viví como
la muerte de un sueño.
Las situaciones se parecen tanto —el giro imprevisto, los planes
destrozados— que debajo del dolor que arrastro desde el anuncio de Novio,
debería encontrar confianza en que las cosas se arreglarán por sí solas.
Sin embargo, esta vez todo parece distinto.
A
17
Sinmemoria ni deseo
mediados del siglo xx , el psicoanalista británico Wilfred Bion
planteó que los psicoterapeutas deberían acercarse a sus pacientes
«sin memoria ni deseo». Bajo su punto de vista, la memoria del terapeuta es
propensa a la interpretación subjetiva y los recuerdos se transforman con el
tiempo, mientras que sus deseos podrían contradecir la voluntad del
paciente. Unidos, recuerdos y deseos tienen a crear prejuicios que orientan
el tratamiento (conocidos como ideas formuladas). Bion proponía que los
analistas abordasen cada sesión desde el compromiso de escuchar a la
persona en el momento presente (sin dejarse influir por los recuerdos) y
permanecer abiertos a distintos desenlaces (en lugar de guiarse por su
deseo).
A comienzos del internado, me supervisó un entusiasta de Bion y me
desafié a mí misma a afrontar cada sesión «sin memoria ni deseo». La idea
de no permitir que preconcepciones o expectativas distorsionasen mis
percepciones me parecía muy atractiva. Asimismo advertía las similitudes
con el zen, por cuanto ambos enfoques te animaban a renunciar a los
apegos. En la práctica, en cambio, me sentía más bien como si tratara de
emular al famoso paciente H.M. del neurólogo Oliver Sacks, un hombre
que, a causa de una lesión cerebral, vivía en un instante presente perpetuo,
sin capacidad para recordar el pasado inmediato ni para conceptualizar el
futuro. A mí, que tenía el lóbulo frontal intacto, me resultaba complicado
inducirme ese tipo de amnesia.
Soy consciente, obviamente, de que la propuesta de Bion posee muchos
más matices y que la idea de prescindir de los aspectos de la memoria y el
deseo que interfieren en el tratamiento constituye una aportación valiosa. Si
saco a colación a Bion ahora mismo es porque hoy, mientras me dirijo en
coche a la consulta de Wendell, me asalta la idea de que, desde la
perspectiva del paciente —desde mi perspectiva— «sin recuerdos (de
Novio) ni deseos (de Novio)» sería algo parecido al nirvana».
Es jueves por la mañana y estoy sentada en el sofá de Wendell, a medio
camino entre las posiciones A y B, con los almohadones ya bien ajustados a
mi espalda.
Estoy totalmente predispuesta a compartir lo que me sucedió ayer en el
trabajo, cuando encontré un ejemplar de la revista Divorcio en la cocina de
nuestro centro, sobre un montón de material de lectura pendiente de colocar
en la sala de espera. Imaginé a los suscriptores llegando a casa al final del
día para descubrir, entre facturas y folletos de propaganda, esa revista con la
palabra divorcio escrita en la portada con estridentes letras amarillas. Luego
imaginé a esas mismas personas entrando en su casa vacía, encendiendo la
luz, calentando un plato precocinado en el microondas o haciendo un
pedido para uno por teléfono y echando un vistazo a las páginas de la
revista con una pregunta en la mente: ¿cómo he acabado así? Las personas
que ya habían superado el divorcio tendrían cosas más interesantes a las que
dedicar el tiempo que leer esa revista, supuse. La mayoría de suscriptores
debía de ser gente como yo, todavía con la herida reciente e intentando
entender qué había pasado.
Yo no me había casado con Novio, obviamente, así que lo mío no era un
divorcio. Pero se suponía que nos íbamos a casar y eso, según mi
mentalidad de entonces, situaba las dos circunstancias en una misma
categoría. Incluso tenía la sensación de que esa ruptura pudiera ser peor que
un divorcio en cierto sentido. Cuando te divorcias, la relación ya se ha
deteriorado; de ahí la separación. Si vas a tener que llorar una pérdida,
¿acaso no es preferible contar con un arsenal de recuerdos desagradables —
silencios pétreos, peleas a gritos, infidelidades, decepción a mansalva—
para contrarrestar los buenos? ¿No resulta más difícil separarse de una
relación cuando abundan las memorias felices?
Para mí, la respuesta era un rotundo «sí».
De modo que estaba sentada a la mesa comiendo un yogur mientras
echaba un vistazo a los titulares de la revista («Cómo superar el rechazo»;
«Aprende a gestionar los pensamientos negativos»; «¡Crea un nuevo yo!»)
cuando el móvil emitió una señal para indicar que había entrado un email.
No era de Novio, como yo (ilusa de mí) todavía esperaba. El asunto decía
¡Prepárate para la mejor noche de tu vida! Correo basura, supuse; por otro
lado, si por casualidad no lo era, ¿quién era yo para rechazar la mejor noche
de mi vida, habida cuenta de lo mal que me sentía?
Cuando abrí el correo, descubrí que se trataba de la confirmación de las
entradas para un concierto que había comprado meses atrás, como regalo
sorpresa para el cumpleaños de Novio. A los dos nos encantaba el grupo y
considerábamos sus temas la banda sonora de nuestra relación. En la
primera cita descubrimos que compartíamos una misma canción favorita de
siempre. No concebía acudir a ese concierto con alguien que no fuera
Novio; especialmente siendo su cumpleaños. ¿Debía ir? ¿Con quién? ¿Y no
era lógico que estuviera pensando en él, dadas las fechas? Una idea que a la
fuerza me llevó a la siguiente: ¿estaría él pensando en mí? Y en caso de que
no fuera así, ¿implicaba eso que no signifiqué nada para él? Volví a mirar el
titular de Divorcio : «Aprende a gestionar los pensamientos negativos».
Me costaba mucho gestionar los pensamientos negativos porque, fuera de
la consulta de Wendell, apenas si tenía forma de darles salida. Las rupturas
tienden a enmarcarse en la categoría de pérdidas silenciosas, menos
tangibles para los demás. Tu embarazo se ha malogrado pero no has perdido
un bebé. Has roto con tu pareja pero no has perdido a tu cónyuge. En
consecuencia, los amigos dan por supuesto que pasarás página con relativa
facilidad y sucesos como las entradas del concierto se convierten en
validaciones externas, casi de agradecer, de la ausencia; no solo de la
persona sino también del tiempo compartido, la compañía y las rutinas
cotidianas, de las bromas privadas y las referencias y los recuerdos
comunes que ahora te pertenecen solo a ti.
Tengo intención de contarle a Wendell todo eso cuando me acomodo en el
sofá, pero en lugar de hacerlo estallo en un llanto amargo.
A través de las lágrimas veo la caja de pañuelos planeando hacia mí.
Tampoco esta vez consigo atraparla. (Encima de que me han dejado, pienso,
tengo problemas de motricidad.)
Mi reacción me sorprende y avergüenza —ni siquiera nos hemos
saludado todavía— y cada vez que intento recuperar la compostura, musito
una rápida disculpa antes de romper a llorar de nuevo. Durante cosa de
cinco minutos, la sesión discurre del modo siguiente: llanto. Intento
serenarme. Lo siento. Llanto. De nuevo trato de serenarme. Lo siento.
Llanto. Pruebo otra vez a recuperar la compostura. Oh, Dios mío, cuánto lo
siento.
Wendell quiere saber a qué vienen tantas disculpas.
Me señalo el pecho.
—¡Míreme!
Me sueno ruidosamente con un pañuelo de papel.
Wendell se encoge de hombros como diciendo: sí, bueno, ¿y qué?
Y a partir de ese momento ni quiera me interrumpo para disculparme; me
limito a llorar. Intento rehacerme. Llanto. Vuelta a empezar.
La situación se prolonga varios minutos más.
Mientras sollozo, recuerdo que el día siguiente a la ruptura, tras una
noche de insomnio, me levanté y reanudé mi vida cotidiana como si nada.
Dejé a Zach en el colegio y le dije: «Te quiero». Él se apeó del coche,
miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le oía y respondió «¡Te
quiero!» antes de salir corriendo para reunirse con sus amigos.
De camino al trabajo, reproduje en mi mente el comentario de Jen una y
otra vez: no tengo nada claro que esta historia haya terminado.
Mientras subía en el ascensor, llegué a reírme recordando la broma que
circula por ahí: negación no es un río de Egipto . Y, a pesar de todo, yo me
empeñaba en negar la realidad. Puede que cambie de idea , pensaba. Es
posible que todo esto sea un gran malentendido .
Es obvio que no hubo ningún malentendido, porque aquí estoy, llorando a
lágrima viva delante de Wendell y expresándole una y otra vez hasta qué
punto me desprecio por hallarmeen este estado, por seguir hecha un asco,
todavía.
—Hagamos un trato —propone—. ¿Y si acordamos que será amable
consigo misma mientras se encuentre aquí? Luego, en cuanto salga por la
puerta, podrá flagelarse todo lo que quiera, ¿de acuerdo?
Ser amable conmigo misma. Ni se me había ocurrido.
—Pero si solo es una ruptura —insisto, olvidando al instante la idea de
tratarme bien.
—O, si lo prefiere, le dejo unos guantes de boxeo a la entrada para que
pueda dedicar toda la sesión a machacarse. ¿Lo prefiere?
Wendell sonríe y yo consigo inspirar, soltar el aire, abrir espacio a la
benevolencia. Rescato un pensamiento que a menudo me cruza la mente
cuando mis propios pacientes se fustigan en sesión: tú no eres la persona
más indicada para hablar contigo ahora mismo. Hay diferencias, les
señalo, entre la autoinculpación y la responsabilidad personal, tal como
señaló Jack Kornfield: «La benevolencia es inherente al desarrollo
espiritual. Nace del gesto fundamental que supone la aceptación de uno
mismo». En terapia, aspiramos a la compasión hacia uno mismo (¿soy
humano?) y no a la autoestima, que implica un juicio de valor (¿soy bueno
o malo? ).
—Mejor nos olvidamos de los guantes —digo—. Es que ya empezaba a
estar mejor y de repente no puedo parar de llorar, otra vez. Tengo la
sensación de que he retrocedido al punto en el que me encontraba la semana
misma de la ruptura.
Wendell ladea la cabeza.
—Permita que le haga una pregunta —empieza, y yo, dando por supuesto
que me va a interrogar sobre algún aspecto de mi relación, me enjugo las
lágrimas y espero, interesada.
—En su ejercicio como terapeuta —plantea—, ¿alguna vez ha
acompañado a alguien en un proceso de duelo?
La observación me deja helada.
He acompañado a personas que estaban atravesando toda clase de duelos: la
pérdida de un hijo, la defunción de un padre o de una madre, de un
cónyuge, de un hermano, el final de un matrimonio, la muerte de un perro,
la pérdida de un trabajo, de la identidad misma, de un sueño, de una parte
del cuerpo, de la juventud. Me he sentado delante de pacientes cuyas caras
se descomponían, cuyos ojos se tornaban rendijas, cuyas bocas abiertas
recordaban al gesto de El grito , de Munch. He sostenido a individuos que
describían su dolor con palabras como «monstruoso» e «insoportable»; una
paciente, citando algo que había leído, dijo que su pena la hacía sentir
anestesiada y presa de un dolor desgarrador, alternativamente.
También he presenciado el más profundo desconsuelo de lejos, como me
pasó una vez en la facultad de Medicina. Estaba transportando muestras de
sangre a urgencias cuando se dejó oír un sonido tan extraño que estuve a
punto de soltar los tubos. Era un aullido, más animal que humano,
penetrante y primigenio. Tardé un minuto en averiguar de dónde procedía.
En el pasillo había una madre cuya hija de tres años se había ahogado al
salir corriendo por la puerta trasera y caer en la piscina. Sucedió en el
transcurso de los dos minutos que la mujer pasó en la planta superior
cambiándole el pañal al hermano menor. El gemido proseguía cuando vi
llegar al padre, que recibió la noticia a su vez, y de nuevo escuché el horror
brotar en forma de gritos de su garganta, a coro con el lamento de la madre.
Era la primera vez que percibía la música de la angustia y la desesperación
en estado puro, pero me ha tocado escucharla en incontables ocasiones
desde entonces.
A nadie le sorprenderá saber que el duelo se parece en muchos aspectos a
la depresión y por esa razón, hace unos años, los manuales de diagnóstico
incluían la expresión exclusión por duelo. Si una persona mostraba
síntomas de depresión a lo largo de dos meses con posterioridad a una
pérdida, se consideraba que estaba en proceso de duelo. Sin embargo, si los
síntomas persistían más tiempo, se le diagnosticaba depresión. La exclusión
por duelo se ha suprimido de los manuales, en parte por la brevedad del
plazo: ¿de verdad entendemos que el proceso de duelo estará resuelto en
dos meses? ¿Acaso el dolor no puede durar seis meses, un año o, de un
modo u otro, toda una vida?
Igualmente debemos tener en cuenta que las pérdidas constan de varias
capas. Está la pérdida real (en mi caso, la de Novio) y la subyacente (lo que
representa). De ahí que, para muchas personas, el dolor provocado por un
divorcio esté causado solo en parte por la separación; a menudo abarca
asimismo todo eso que el cambio representa : fracaso, rechazo, traición,
miedo a lo desconocido y una historia vital distinta a la esperada. Si el
divorcio nos sorprende en la mediana edad, la pérdida podría implicar la
necesidad de afrontar que habrá limitaciones en el proceso de conocer a
alguien y dejarse conocer, pues es posible que el grado de intimidad de la
pareja nunca llegue a ser tan profundo. Recuerdo haber leído la experiencia
de una divorciada que inició una nueva relación tras un matrimonio de
décadas: «David y yo nunca nos miraremos a los ojos en la sala de partos
—escribió—. Ni siquiera he conocido a su madre.»
Y por eso la pregunta de Wendell es tan importante. Al pedirme que
recuerde lo que implica sostener a alguien en proceso de duelo, me está
mostrando lo que puede hacer por mí ahora mismo. No puede arreglar mi
relación rota. No puede cambiar la realidad. Pero tiene la capacidad de
ayudarme, porque sabe lo siguiente: todos albergamos el anhelo de
comprendernos y ser comprendidos. En las terapias de pareja, la queja
principal no suele ser tanto «no me amas» como «no me comprendes».
(Una mujer le dijo a su marido: «¿Sabes qué dos palabras me parecen aún
más románticas que “te quiero”?». «¿Eres preciosa?», probó él. «No —
respondió ella—. Te comprendo .»
El llanto vuelve a brotar mientras pienso cómo debe de sentirse Wendell
ahora mismo, sosteniéndome. La historia del psicoterapeuta influye en todo
lo que hace, dice o siente mientras acompaña a un paciente. Mis propias
experiencias se manifestarán en mi forma de conducirme en una sesión
concreta, a una hora determinada. El mensaje de texto que acabo de recibir,
la conversación que he mantenido con una amiga, la interacción en el
servicio de atención al cliente cuando intento que corrijan un error en la
factura, la cantidad de horas que he dormido, lo que he soñado antes de la
primera sesión del día, un recuerdo suscitado por el relato de un paciente;
todo tendrá un impacto a lo largo del tratamiento. Ahora no soy la misma
que fui antes de Novio. La que era cuando mi hijo contaba tan solo unos
meses ya no es la que acude a las sesiones, incluida esta con Wendell. Y él
es distinto también a raíz de lo que sea que haya acontecido a lo largo de su
vida hasta este momento. Puede que mis lágrimas evoquen en él algún dolor
del pasado y le resulte difícil acompañarme en esto. Wendell representa
para mí un misterio tan grande como yo lo soy para él y sin embargo aquí
estamos, uniendo fuerzas para averiguar cómo he acabado así.
La tarea de Wendell consiste en ayudarme a editar mi historia. Todos los
psicoterapeutas lo hacen: ¿qué material es superfluo? ¿Son importantes los
personajes secundarios o nos están despistando? ¿Avanza el relato o el
protagonista se mueve en círculos? ¿Apuntan los distintos subtemas que
van apareciendo a un tema global?
Las técnicas que empleamos se parecen a esas neurocirugías en las que el
paciente permanece despierto para que el cirujano pueda interactuar con él:
¿nota esto? ¿Puede decir estas palabras? ¿Podría repetir esta frase?
Evalúan constantemente su cercanía con las zonas más delicadas del
cerebro y, si acaso tocan una, se retiran a toda prisa para no dañarla. Los
psicoterapeutas hurgamos en la mente más que en el cerebro y el menor
gesto o expresión nos avisa de que hemos rozado una fibra sensible. Sin
embargo, a diferencia de los neurocirujanos, nosotros gravitamos en torno a
esa zona, regresamos a ella para pulsarla con delicadeza, aun si el roce
incomoda al paciente.
A través de este gesto, llegamos al significado profundo de la historia, a
menudo al núcleo de alguna forma de dolor. Sin embargo,buena parte de la
trama discurre en una región intermedia.
Una paciente llamada Samantha, de poco más de veinte años, acudió a
terapia buscando entender la muerte de su amado padre. De niña le habían
contado que falleció en un accidente de navegación, pero al hacerse mayor
empezó a sospechar que se había suicidado. El suicidio a menudo deposita
en manos de los supervivientes un misterio no resuelto: ¿por qué? ¿Qué se
podría haber hecho para evitarlo?
Mientras tanto, Samantha no dejaba de buscar defectos en sus relaciones,
a la caza de problemas que le ofrecieran una excusa para marcharse.
Empeñada en evitar que sus novios devinieran el enigma que fue su padre,
recreaba sin pretenderlo la historia del abandono; salvo que en esta versión
era ella la que huía. De ese modo conseguía su objetivo de controlar la
situación, pero acababa sola. En terapia, descubrió que en realidad estaba
tratando de resolver un misterio mucho mayor que la verdad sobre la
muerte de su padre. El enigma incluía el anhelo de saber quién era el
hombre cuando estaba vivo y en quién se había convertido ella a
consecuencia de esa presencia.
Queremos entender y ser entendidos pero el gran problema, para la
mayoría, radica en el hecho de no saber qué diantre nos pasa. Tropezamos
una y otra vez en la misma piedra. ¿Por qué no dejo de repetir una conducta
que a la postre me garantiza mi propia infelicidad?
El llanto no cesa, y mientras lloro me pregunto cómo es posible que lleve
tantas lágrimas dentro. ¿Me estaré deshidratando? Y entonces sollozo aún
con más fuerza si cabe. Antes de que me dé cuenta, Wendell se propina dos
palmadas en las rodillas para señalar que la sesión ha terminado. Respiro y
me percato de que ahora me inunda una extraña sensación de paz. Expresar
mi desgarro en la consulta de Wendell ha sido como acurrucarme debajo de
una manta cálida y segura que me aísla del mundo exterior. Vuelvo a pensar
en la cita de Jack Kornfield, particularmente en la idea de la autoaceptación,
pero entonces empiezo a juzgarme: ¿de verdad le estoy pagando a alguien
para que me mire llorar durante cuarenta y cinco minutos seguidos?
Sí y no.
Wendell y yo hemos mantenido una conversación, aunque no hayamos
intercambiado palabras. Ha observado mi dolor sin interrumpirme ni
analizar el problema para que me sintiera más cómoda. Me ha permitido
contar mi historia del modo que necesitaba hacerlo hoy.
Mientras me enjugo las lágrimas y me levanto para marcharme, reparo en
que cada vez que Wendell me pregunta por otros aspectos de mi vida —qué
más sucedía mientras Novio y yo estábamos juntos, cómo era mi día a día
antes de conocerlo— le doy una respuesta parcial (familia, trabajo, amigos;
¡lárguense, aquí no hay nada que ver!) antes de regresar al tema de Novio.
Pero ahora, mientras tiro los pañuelos a la papelera, comprendo que no le he
mostrado la fotografía completa.
No he mentido exactamente. Pero no he contado toda la verdad.
Digamos que me he guardado algunos detalles.
SEGUNDA PARTE
La honestidad es una medicina más poderosa que la lástima. Esta
última consuela, pero también esconde.
Gretel Ehrlich
E
18
Los viernes a las cuatro
stamos en el despacho de mi colega Maxine; sillas con faldón, madera
envejecida, tejidos vintage y tonos crema. Me toca a mí presentar un
caso en la sesión de supervisión de hoy y quiero hablar de una paciente a la
que no sé cómo ayudar.
¿Es ella el problema? ¿Soy yo? Eso es lo que me propongo averiguar.
Becca tiene treinta años y acudió a mí doce meses atrás por sus
dificultades para socializar. Tenía un buen trabajo, pero se sentía excluida:
sus compañeros nunca la invitaban a unirse a ellos para almorzar o tomar
una copa y eso le dolía. Mientras tanto, había salido con una serie de
hombres que al principio parecían entusiasmados pero rompían con ella
pasados un par de meses.
¿Era ella el problema? ¿Eran ellos? Eso se proponía averiguar en terapia.
No es la primera vez que saco el tema de Becca un viernes a las cuatro,
que es la hora fijada para nuestro encuentro semanal. Aunque no son
obligatorios, los grupos de supervisión forman parte de la vida de
numerosos psicoterapeutas. Como trabajamos en solitario, no podemos
beneficiarnos de las aportaciones de otras personas, ya sea un elogio por un
acierto o una observación que nos ayude a mejorar. En este espacio no solo
analizamos a nuestros pacientes sino también a nosotros mismos en relación
a ellos .
En el transcurso de estas reuniones, Andrea me señala, por ejemplo: «Ese
paciente habla igual que tu hermano. Por eso reaccionas de ese modo». O
yo intento ayudar a Ian a gestionar sus sentimientos hacia una joven que
empieza cada sesión dándole el parte astrológico. («No soporto el rollo
esotérico», se queja). El grupo de supervisión es un sistema —imperfecto
pero valioso— de control y equilibro para asegurarnos de que no perdemos
la objetividad, abordamos los temas importantes y no pasamos por alto nada
llamativo durante el tratamiento.
Debo reconocer igualmente que en las tardes del viernes abunda la
cháchara; a menudo junto con vino y picoteo.
—Seguimos en las mismas —le comento al grupo: Maxine, Andrea,
Claire e Ian (nuestra Ione masculina). Todo el mundo tiene puntos ciegos,
añado, pero lo curioso de Becca es que apenas demuestra curiosidad por
conocerse.
Los miembros del grupo asienten. Muchas personas inician la terapia más
interesadas por los demás que por ellas mismas. ¿Por qué mi marido hace
tal cosa? Ahora bien, con cada conversación, espolvoreamos semillas de
curiosidad, porque este tipo de trabajo no puede ayudar a la gente que no
desea conocerse mejor. Llegado el momento, puede que digamos algo
parecido a «me parece raro que yo sienta más interés por conocerla que
usted misma», para ver cómo reacciona la paciente. Por lo general, mi
pregunta les despierta la curiosidad. Pero no a Becca.
Inspiro hondo antes de proseguir.
—No le satisface lo que estoy haciendo, no avanza y, en lugar de cambiar
de terapeuta, sigue volviendo cada semana; casi como si quisiera demostrar
que ella tiene razón y yo me equivoco.
Maxine, que lleva ejerciendo treinta años y es la matriarca del grupo,
agita el vino en la copa.
—¿Y tú por qué la sigues viendo?
Lo medito mientras corto una loncha de queso de la cuña que hay sobre la
mesa. De hecho, todas las ideas que el grupo me ha ofrecido a lo largo de
los últimos meses han caído en saco roto. Si, por ejemplo, le pregunto a
Becca a qué atribuye las lágrimas, ella replica: «Pues para eso vengo a
terapia. Si supiera lo que me pasa, no estaría aquí». Si le hablo de lo que
está sucediendo en sesión —su decepción conmigo, el hecho de que se
sienta incomprendida, la percepción que tiene de que no la ayudo— se va
por las ramas alegando que no suele bloquearse con nadie, solo conmigo.
Cuando intento que la conversación gire en torno a nosotras —¿se ha
sentido acusada, criticada?— se enfada. Si la invito a hablar de la ira, se
cierra en banda. Cuando le sugerí que tal vez estuviera boicoteando la
comunicación por miedo a oír algo que pudiera herirla, volvió a decir que
yo no la entendía. Si le preguntaba por qué seguía viniendo a terapia, habida
cuenta de que se sentía tan incomprendida, decía que me gustaría
abandonarla y que en el fondo deseaba perderla de vista; igual que sus
novios y sus compañeros de trabajo. Cuando intentaba ayudarla a entender
por qué sus novios o sus compañeros la podían estar relegando, alegaba que
esos chicos tenían fobia al compromiso y que sus compañeros eran unos
esnobs.
Por lo general, lo que ocurre entre terapeuta y paciente se parece a la
experiencia de este último en el mundo exterior, y la psicoterapia ofrece un
espacio seguro en el que explorar esas dinámicas. (Si acaso la danza entre
ambos no es un reflejo de su vida cotidiana, casi siempre se debe a que el
paciente no se relaciona con nadie en profundidad… para evitar conflictos.
Es fácil disfrutar de relaciones plácidas cuando las mantienes en un plano
superficial.) Yo tenía la sensación de que Becca estaba recreandoconmigo y
con el resto del mundo una versión de la relación con sus padres, pero
tampoco se mostraba dispuesta a hablar de ello.
Como es natural, hay ocasiones en que la relación entre terapeuta y
paciente no acaba de fluir, a menudo cuando la contratransferencia del
psicólogo se interpone en el proceso. Una señal de alarma: los sentimientos
negativos hacia la persona que viene a verte.
Becca me irrita, le confieso al grupo. Ahora bien, ¿reacciono con
impaciencia porque me recuerda a alguien del pasado o porque de verdad es
una persona difícil?
Los psicoterapeutas recurrimos a tres fuentes de información cuando
trabajamos con los pacientes: lo que dicen, lo que hacen y cómo nos
sentimos en su compañía. Hay personas que prácticamente llevan un cartel
colgado del cuello diciendo: ¡te recuerdo a tu madre! No obstante, durante
las prácticas de la formación, un mentor nos inculcó una idea importante:
«Los sentimientos que os asaltan en los encuentros con los pacientes son
reales; usadlos.» Nuestras experiencias con ellos son importantes porque,
seguramente, estamos sintiendo lo mismo que las personas con las que
conviven a diario.
Ser consciente de ello me ayudó a empatizar con Becca, a comprender el
verdadero alcance de sus dificultades. El difunto periodista Alex Tizon
pensaba que toda persona posee una historia épica alojada «en alguna parte
de la maraña que forman el pasado y el deseo del sujeto». Pero yo no
lograba llegar tan lejos con mi paciente. Las sesiones me agotaban cada vez
más, y no hablo de un cansancio mental sino más bien de tedio. Me
aseguraba de tener chocolate cerca y hacía saltos de tijera antes de su
llegada para espabilarme. Al final, cambié la hora de sus sesiones, de última
hora de la tarde a primera de la mañana. Pero daba igual; en cuanto me
sentaba, se instalaba el aburrimiento y me sentía incapaz de ayudarla.
—Necesita que te sientas incompetente para saberse más poderosa —
aporta hoy Claire, una psicoanalista muy requerida—. Tu fracaso la ayuda a
sentirse menos fracasada.
Puede que Claire tenga razón. Los pacientes más difíciles no son los del
estilo de John, personas que están cambiando pero no acaban de percatarse.
Los más complicados se parecen más bien a Becca, que siguen viniendo
pero no cambian.
Hace poco, Becca empezó a salir con un chico nuevo, un joven llamado
Wade, y la semana pasada me habló de la discusión que habían mantenido.
Él había notado que la joven se quejaba de sus propios amigos más de la
cuenta. «Si tan infeliz te hacen —le dijo—, ¿por qué no dejas de verlos?».
Becca «no se podía creer» la reacción de Wade. ¿Acaso no entendía que
simplemente se estaba desahogando? ¿Que estaba compartiendo con él sus
pensamientos en vez de «cerrarse en banda»?
Los paralelismos resultaban evidentes. Le pregunté a Becca si acaso venía
a verme para desahogarse y si, igual que le sucedía con sus amigos,
valoraba nuestra relación, por más que en ocasiones se sintiera frustrada.
No, replicó ella, lo había entendido mal una vez más. Ella acudía a mí para
hablar de Wade. Con él no tenía los problemas de comunicación que tenía
conmigo, hasta el punto de sentirse incomunicada. No estaba dispuesta a
analizar cuál era su responsabilidad en sus dificultades para obtener de los
demás lo que deseaba. Y si bien Becca acudió a mí solicitando que la
ayudara a cambiar ciertos aspectos de su vida, no mostraba el menor interés
en evolucionar. Estaba atascada en una «discusión histórica», una postura
que boicotea el proceso terapéutico. E igual que Becca tenía sus
limitaciones, yo también. Todos los psicólogos que conozco han tenido que
afrontar los suyos.
Maxine vuelve a preguntar por qué sigo viendo a Becca. Señala que he
recurrido a todos mis conocimientos y experiencia, he probado todo lo que
el grupo me ha propuesto, y la chica no hace progresos.
—No quiero que se sienta emocionalmente abandonada —alego.
—Ya se siente emocionalmente abandonada —señala Maxine—. Por todo
su entorno, incluida tú.
—Es verdad —admito—. Pero me da miedo que, si la derivo, se instale
en ella la idea de que nadie puede ayudarla.
Andrea enarca las cejas.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—No tienes por qué demostrarle a Becca tu competencia profesional —es
su respuesta.
—Ya lo sé. Es ella la que me preocupa.
Ian tose aparatosamente y luego finge atragantarse. El grupo al completo
estalla en risas.
—Vale, puede que sí. —Unto queso en una galleta salada—. La situación
me recuerda a la de otra paciente. Sale con un chico que no la trata
demasiado bien y no quiere dejarlo porque, a algún nivel, necesita
demostrarle que merece su respeto. Nunca se lo va a demostrar, pero no
deja de intentarlo.
—Tienes que darte por vencida —sentencia Andrea.
—Nunca antes he roto con un paciente —objeto.
—Las rupturas son horribles —asiente Claire, al tiempo que se lleva unas
pasas a la boca—. Pero sería negligente por nuestra parte no cortar el hilo
cuando es necesario.
Un murmullo de asentimientos se propaga por el despacho.
Ian nos observa, negando con la cabeza.
—Me vais a saltar a la yugular por lo que voy a decir —en nuestro grupo,
Ian tiene fama de generalizar en torno a los roles de género—, pero allá va.
Las mujeres aguantan más porquería que los hombres. Si una chica trata
mal a su novio, a él le cuesta menos dejarla. Si un paciente no se está
beneficiando de lo que puedo ofrecerle y tengo la seguridad de haber hecho
cuanto estaba en mi mano, lo derivo.
Como de costumbre, lo miramos de arriba abajo. Las mujeres somos tan
capaces como los hombres de cortar una relación. No obstante, también
sabemos que podría tener una pizca de razón.
—Por la ruptura —dice Maxine. Brindamos, pero no con alegría.
Es descorazonador fallarle a un paciente que había depositado en ti sus
esperanzas. En esos casos, siempre te queda una duda: si hubiera actuado de
otra manera, ¿habría dado con la clave a tiempo? ¿Podría haberla ayudado?
La respuesta que te das: seguramente. Diga lo que diga el grupo de
supervisión, no he sabido comunicarme con Becca tal como ella necesitaba
y, en ese sentido, le he fallado.
La terapia es exigente… y no solo para el psicoterapeuta. Sucede así porque
la responsabilidad del cambio pertenece en exclusiva al paciente.
Si esperas que el psicólogo se pase una hora asintiendo con simpatía, has
ido al lugar equivocado. Los psicoterapeutas apoyamos a las personas que
acuden a terapia, pero lo hacemos para contribuir a su crecimiento, no para
corroborar la mala opinión que tienen de su pareja. (Nuestra función es
comprender tu punto de vista, aunque no tenemos por qué suscribirlo.) En
terapia, te van a pedir que te responsabilices e igualmente que seas capaz de
mostrarte vulnerable. Más que arrastrar a las personas al núcleo del
problema, las instamos a descifrarlo por sí mismas, porque las verdades más
poderosas —esas que nos tomamos en serio— son aquellas que
vislumbramos, poco a poco, por nuestra cuenta. El contrato terapéutico
lleva implícita la disposición del paciente a tolerar cierto malestar, porque
esa incomodidad es necesaria para la efectividad del proceso.
O, como dijo Maxine aquel viernes por la tarde: «Yo no hago terapia del
tipo «¡tú puedes, chica!».
Puede parecer paradójico, pero la terapia funciona mejor cuando los
pacientes empiezan a mejorar; cuando están menos deprimidos o ansiosos,
o la crisis ha quedado atrás. A partir de ese momento son menos reactivos,
están más presentes y demuestran más capacidad de implicarse en el
trabajo. Por desgracia, en ocasiones se marchan justo cuando los síntomas
empiezan a remitir, sin comprender (o quizás sabiendo muy bien) que el
proceso está en sus comienzos y que, para seguir adelante, tendrán que
aplicar aún más esfuerzo.
Cierto día, al final de una sesión con Wendell, le revelé que algunas
veces, cuando me marcho más alterada que al llegar —abandonada en el
mundo cruel, con tantas cosas por decir todavía, presa de un millón de
sentimientos dolorosos— detesto la terapia.
«Las cosas que merecen la pena a menudo son dolorosas», respondióél.
No lo dijo por decir; su tono y la expresión de su rostro me indujeron a
pensar que hablaba por propia experiencia. Y si bien es verdad que todo el
mundo desea sentirse mejor al terminar la sesión, añadió, yo, más que
nadie, debería saber que la terapia no siempre funciona así. Si quería
sentirme mejor a corto plazo, debería comerme un trozo de pastel o tener un
orgasmo. Pero él no trabajaba en el negocio de las gratificaciones
inmediatas.
Y yo, añadió, tampoco.
Salvo que yo era… una paciente. La terapia resulta engorrosa porque nos
exige mirarnos desde ángulos que, por lo general, preferimos obviar. Los
psicólogos sostienen el espejo con toda la empatía del mundo, pero depende
del paciente echar un buen vistazo al reflejo, sostenerle la vista y decir:
«Oh, es muy interesante. ¿Y ahora qué?», en lugar de dar media vuelta.
Decidí seguir el consejo del grupo y poner fin a las sesiones con Becca.
Tras eso, ambas nos sentimos decepcionadas y liberadas. Cuando comparto
la novedad con Wendell en la siguiente sesión, afirma que entiende muy
bien lo que estaba viviendo con ella.
—¿Tiene algún paciente parecido? —pregunto.
—Sí —responde, y esboza una gran sonrisa sin desviar la mirada.
Tardo un minuto, pero lo pillo: se refiere a mí . ¿Practica el salto de tijera
o se hincha a cafeína antes de nuestras sesiones, como hacía yo? Muchos
pacientes piensan que el relato de sus vidas, que perciben como insulsas,
nos aburre, pero se equivocan por completo. En terapia, las personas
aburridas son aquellas que no comparten sus vidas, que se pasan la sesión
sonriendo o nos largan historias intrascendentes y repetitivas en todas las
ocasiones, hasta que acabamos sumidos en la perplejidad. ¿Por qué me
cuenta esto? ¿Qué importancia tiene? Los individuos agresivamente
aburridos pretenden mantenerte a distancia.
Y precisamente eso es lo que hago con Wendell al hablarle de Novio sin
cesar: no puede comunicarse conmigo porque no lo dejo entrar. Ahora
mismo acaba de evidenciarlo: estoy mostrando hacia Wendell el mismo
comportamiento que adoptamos Novio y yo mutuamente durante la
relación; no soy tan distinta de Becca, al cabo.
—Se lo digo a guisa de invitación —sugiere Wendell, y yo pienso en
cuántas invitaciones mías ha rechazado Becca. No quiero hacerle eso a mi
terapeuta.
Si no fui capaz de ayudar a Becca, tal vez ella sí pueda ayudarme a mí.
U
19
El material de los sueños
n día, una mujer de veinticuatro años con la que llevaba trabajando
unos meses, entró y me relató el sueño que había tenido la noche
anterior.
—Estoy en un centro comercial —empezó Holly— y me topo con una
chica, Liza, que se portó fatal conmigo en el instituto. No se burlaba de mí a
la cara, como hacían otras. Sencillamente me ignoraba por completo. No
digo que me importase, si no fuera porque fingía no saber quién era yo
cuando me cruzaba con ella fuera del instituto. Y era absurdo, porque hacía
tres años que asistíamos al mismo centro y compartíamos varias clases.
»En fin, Liza vivía a pocas manzanas de mi casa, así que coincidíamos a
menudo, ya sabe, en el barrio y por ahí, y yo tenía que fingir que no la veía,
porque si le decía «hola» o la saludaba con un gesto o algo parecido, fruncía
el ceño y me miraba como si le sonara de algo pero no pudiera ubicarme.
Me decía, con un tono afectado: «Perdona, ¿nos conocemos?» o «¿nos
hemos visto antes?». O también, si tenía suerte: «Lo siento mucho, pero no
consigo recordar tu nombre».
La voz de Holly se quebró un instante. A continuación prosiguió el relato.
—En el sueño, estoy en el centro comercial y Liza también anda por allí.
Ya no voy al instituto y tengo un aspecto distinto; he adelgazado, llevo un
conjunto perfecto y me he alisado el cabello. Estoy mirando vestidos en un
expositor cuando Liza se acerca a echar un vistazo y hace un par de
comentarios sobre las prendas, igual que harías con una desconocida. Al
principio me enfado: ya estamos otra vez, sigue fingiendo que no me
conoce. Salvo que esta vez no representa un papel; no me reconoce porque
estoy fantástica.
Holly se revuelve en el asiento y se tapa con la manta. Ya hemos hablado
otras veces de su tendencia a usar la manta para ocultar su cuerpo; para
esconder su talla.
—Así que disimulo y seguimos charlando, de los vestidos, de nuestras
profesiones y, mientras hablamos, advierto en su expresión que empieza a
recordar quién soy. Tengo la impresión de que intenta conciliar la imagen
de mi antiguo yo, el de bachillerato (ya sabe, con granos, gorda, cabello
encrespado) con la persona que tiene delante. Su cerebro ata cabos y
exclama: «¡Oh, Dios mío! ¡Holly! ¡Fuimos juntas al instituto!».
Ahora Holly se reía con ganas. De largo cabello castaño y ojos del color
del océano tropical, era alta y despampanante, y todavía pesaba veinte kilos
de más.
—Así pues —prosiguió—, frunzo el ceño y le digo, con el mismo tono
afectado que usaba ella para dirigirse a mí: «Perdona, lo siento, pero ¿nos
conocemos?». Y ella responde: «Pues claro que nos conocemos. ¡Soy Liza!
Íbamos juntas a clase de geometría, de historia antigua y de francés. ¿No te
acuerdas de la señorita Hyatt?». Y yo respondo: «Sí, yo iba a la clase de la
señorita Hyatt, pero, vaya, no me acuerdo de ti. ¿Tú también ibas a su
clase?». Y ella insiste: «¡Holly! Vivíamos a una manzana de distancia y te
veía en el cine y en la tienda de yogures. Y una vez coincidimos junto a los
vestuarios de Victorias’s Secret…»
Holly lanzó otra carcajada.
—Me está confesando que sí me había reconocido en todas esas
ocasiones. Pero yo sigo en mis trece: «Hala, qué raro. No me acuerdo de ti,
pero me alegro de haberte visto.» En ese momento suena mi teléfono y es
su novio del instituto, que me dice que me dé prisa o llegaremos tarde al
cine. Así que la obsequio con la misma sonrisa condescendiente que ella
siempre me dedicaba y me alejo. Y ella se queda allí sintiendo lo mismo
que sentía yo en tiempos del instituto. Y entonces me percato de que el
timbre del teléfono es en realidad la alarma del despertador y todo ha sido
un sueño.
Más adelante, Holly se referiría a su experiencia como «un sueño de
justicia poética», pero, en mi opinión, más bien aborda un tema universal
que aparece a menudo en terapia, y no solamente en los sueños: la
exclusión. El miedo a quedar al margen, a ser ignorado, a que te rehúyan, a
acabar solo y sin amor.
Carl Jung acuñó el término inconsciente colectivo para referirse a la parte
de la psique que alberga la memoria ancestral o las experiencias comunes a
toda la humanidad. Mientras que Freud interpretaba los sueños en el marco
del sujeto singular, analizando cómo el contenido del sueño se relaciona con
el soñador en la vida real (el elenco de personajes, las situaciones
específicas), la psicología de Jung sitúa los sueños en el marco del sujeto
universal al analizar cómo se relacionan con los motivos recurrentes del
inconsciente colectivo.
No debe sorprendernos pues que con frecuencia soñemos con nuestros
miedos. Y tenemos muchos.
¿A qué tenemos miedo?
Tenemos miedo a que nos hagan daño. A que nos humillen. Al fracaso y
también al éxito. Nos asusta estar solos y nos aterra conectar con los demás.
Nos da miedo escuchar lo que nos dice el corazón. Nos atemoriza la
posibilidad de ser infelices e igualmente la de ser demasiado felices (en
esos sueños, se nos castiga por nuestra dicha). Tenemos miedo a no recibir
la aprobación de nuestros padres y a aceptarnos tal como somos. A la mala
salud y a la buena suerte. Nos asusta nuestra propia envidia y nos da miedo
tener demasiado. Nos aterra hacernos ilusiones, por si nos llevamos un
desengaño. Nos da pánico el cambio y la posibilidad de no cambiar. Nos
asusta que les pase algo a nuestros hijos y quedarnos sin trabajo. Tememos
perder el control y nos aterra nuestro propio poder. Tenemos miedo a la
brevedad de nuestras vidas y a la cantidad de tiempo que pasaremos
muertos. (Nos aterroriza haber sido irrelevantes, después de morir.) Nos
asusta hacernos responsables de nuestra existencia.
En ocasiones tardamosun tiempo en admitir nuestros miedos, en
particular ante nosotros mismos.
He advertido que algunos sueños preceden una autoconfesión; como si
fueran una especie de preconfesión. Algo enterrado en la psique asciende
más cerca de la superficie, pero no del todo. Una paciente sueña que está
tumbada en la cama abrazada a su compañera de piso. Al principio piensa
que su sueño habla de la estrecha amistad que las une, pero más tarde se da
cuenta de que se siente atraída por las mujeres. Un hombre tiene un sueño
recurrente en el que la policía lo detiene cuando circula por la autopista a
toda velocidad. Al cabo de un año empieza a plantearse, después de
décadas, que seguir evadiendo impuestos —saltándose las reglas— podría
tener consecuencias.
Llevo varios meses trabajando con Wendell cuando el sueño de mi
paciente sobre su compañera del instituto se cuela en uno de los míos. Estoy
en el centro comercial mirando vestidos y, de súbito, Novio aparece a mi
lado. Por lo visto, está buscando un regalo de cumpleaños para su nueva
pareja.
—Ah, ¿cuántos cumple? —le pregunto en el sueño.
—Cincuenta —es su respuesta. Al principio me invade un alivio
mezquino; no solo no se ajusta al cliché de los veinticinco sino que me lleva
muchos años. Todo cuadra. Novio no quería niños en casa y ella es lo
bastante mayor como para tener hijos en la universidad. Novio y yo
mantenemos una agradable conversación —amistosa, inocua— hasta que
atisbo mi reflejo en el espejo que hay junto al expositor. En ese momento
me percato de que en realidad soy una anciana: de setenta y pico, quizás de
ochenta. Resulta que la novia de cincuenta es décadas más joven que yo.
—¿Llegaste a escribir el libro? —pregunta Novio.
—¿Qué libro? —digo, observando el movimiento de mis labios,
arrugados como una pasa, en el espejo.
—El libro sobre tu muerte —responde como si nada.
Y entonces suena la alarma del despertador. A lo largo de todo el día,
mientras escucho las ensoñaciones de mis pacientes, no puedo dejar de
pensar en el mío. Este sueño me atormenta.
Me atormenta porque es una preconfesión.
P
20
La primera confesión
ermitid que dedique un momento a justificarme. Veréis, cuando le
aseguré a Wendell que todo en mi vida iba bien hasta la ruptura, le dije
la pura verdad. O, más bien, la verdad tal como yo la conocía. Lo que
equivale a decir que le dije la verdad tal como yo quería verla.
Y ahora prescindamos de justificaciones: estaba mintiendo.
Una de las cosas que no le he contado a Wendell es que, en teoría, debería
estar escribiendo un libro y que el proyecto no va viento en popa. Al decir
que «no va viento en popa» me refiero a que todavía no he escrito ni una
línea. El retraso no tendría mayor importancia si no hubiera firmado un
contrato y, en consecuencia, no estuviera legalmente obligada a entregar un
libro terminado o, en su defecto, a devolver el anticipo que ya se ha
esfumado de mi cuenta bancaria. En realidad, tendría importancia aun si
pudiera devolver el dinero por cuanto, además de ser psicóloga, soy
escritora —no se trata de algo que hago únicamente, sino de quién soy— y
si no puedo plasmar mis ideas en el papel, me falta una parte importante de
mí misma. Además, por si fuera poco, mi agente me ha advertido que si no
presento el libro nadie me encargará otro.
No digo que me sienta incapaz de escribir. De hecho, durante el tiempo
que debería haber ocupado redactando el borrador me dediqué a
confeccionar emails tan ingeniosos como insinuantes para Novio. Mientras
tanto, les decía a mis amigos, familia e incluso al mismo Novio que estaba
ocupada con el libro. Me había convertido en el clásico ludópata en el
armario que se viste cada mañana para ir al trabajo, se despide de su familia
con un beso y luego se dirige al casino en lugar de ir al despacho.
Llevo un tiempo queriendo comentar con Wendell la situación, pero estoy
tan centrada en superar la ruptura que no he tenido ocasión.
Eso, desde luego, también es un cuento.
No le he hablado a Wendell del libro que no estoy escribiendo porque si
pienso en ello me invade el pánico, el terror, el remordimiento y la
vergüenza. Cada vez que la circunstancia asoma a mi pensamiento (algo
que sucede constantemente; como dijo Fitzgerald: «En la noche más oscura
del alma, siempre son las tres de la madrugada, día tras día») se me anuda el
estómago y me siento paralizada. Luego empiezo a plantearme cada mala
decisión que he tomado en cada encrucijada del camino, porque estoy
convencida de que me encuentro en esta situación a causa de la que
considero uno de los patinazos más garrafales de mi vida.
Puede que ahora mismo estés pensando: ¿Va en serio? ¿Tienes tanta
suerte como para que te encarguen un libro y todavía te quejas? ¡Ay,
pobrecita! ¡Ponte a trabajar doce horas al día en una fábrica, por el amor
de Dios! Entiendo la impresión que produce. O sea ¿quién me he creído que
soy, Elizabeth Gilbert al principio de Come, reza, ama , cuando está
llorando en el suelo del baño y piensa en dejar a su marido, que tanto la
ama? ¿Gretchen Rubin en Objetivo: felicidad , que tiene un marido apuesto
y cariñoso, dos hijas sanas y más dinero del que la mayoría de la gente verá
jamás y, pese a todo, no puede librarse de la sensación de que le falta algo?
Y eso me recuerda que… he olvidado mencionar un detalle importante
acerca del libro que no estoy escribiendo. ¿El tema? La felicidad. Sí, tengo
muy presente la ironía de la situación: un libro sobre la felicidad me está
haciendo desgraciada.
Nunca debería haber aceptado el encargo de una obra sobre ese tema, y
no solamente porque llevo un tiempo deprimida, si acaso la teoría «su duelo
se debe a un pérdida más importante» de Wendell es acertada. Veréis:
cuando tomé la decisión de escribir el libro, acababa de abrir mi consulta
privada y la revista Atlantic había publicado recientemente mi artículo
estrella «Cómo empujar a tus hijos a terapia: por qué nuestra obsesión con
la felicidad de los niños los podría estar condenando a la desdicha», que, en
su momento, fue la pieza más compartida de la publicación en sus más de
cien años de historia. Me invitaron a hablar del tema en televisiones y
radios de ámbito nacional; los medios de todo el mundo me llamaron para
entrevistarme y, de la noche a la mañana, me convertí en una «experta en
parentalidad».
Al cabo de nada, distintas editoriales me estaban pidiendo que convirtiera
el artículo en un libro. Y cuando hablo de «pedir», me refiero a que me
ofrecían una cifra desorbitada. Más dinero del que una madre soltera como
yo podía soñar, tanto como para proporcionar a una familia monoparental
como la mía cierto alivio financiero durante largo tiempo. Un libro como
ese me garantizaría ofertas para pronunciar conferencias (una actividad que
me encanta) en los colegios de todo el país así como un flujo constante de
pacientes (que no me vendrían mal, por cuanto estaba empezando). Incluso
me compraron los derechos del artículo para una serie de televisión (que tal
vez se habría materializado de haber existido un libro superventas sobre el
tema).
Ahora bien, cuando me dieron la oportunidad de trasladar a una obra más
larga el tema de «Cómo empujar a tus hijos a terapia», una obra capaz de
cambiar por completo mi futuro profesional y financiero, respondí, con una
pasmosa estrechez de miras: Muchas gracias, es muy amable por su parte,
pero… prefería no hacerlo.
No, no me había dado un golpe en la cabeza. Sencillamente dije «no».
Y lo dije porque no me parecía bien. Ante todo, pensaba que el mundo no
necesitaba otro libro sobre «padres helicóptero». Montones de obras
inteligentes e interesantes sobre hiperparentalidad habían abordado el tema
desde todos los ángulos posibles. Al fin y al cabo, dos siglos atrás , el
filósofo Johann Wolfgang von Goethe resumió a la perfección el
sentimiento: «Demasiados padres complican la vida de sus hijos cuando
pretenden, con un exceso de celo, facilitársela.» Incluso en la historia
reciente —2003, para ser exactos— uno de los primeros libros sobre
hiperparentalidad,titulado con mucho acierto Worried all the time
(Preocupados todo el tiempo), lo expresó de este modo: «Las reglas
fundamentales de una buena crianza —moderación, empatía y adaptarse al
temperamento del niño— son sencillas y no parece probable que los últimos
hallazgos científicos puedan mejorarlas».
En cuanto que madre, yo no era inmune a la ansiedad parental. Escribí el
artículo original, de hecho, con la esperanza de que ayudara a los padres de
manera similar a como lo hace la psicoterapia. Ahora bien, si conseguía
transformarlo en un libro con el fin de subirme al carro comercial y me unía
a las filas de los instaexpertos , me convertiría en parte del problema. Los
progenitores no necesitaban otro libro más que los animara a tomarse las
cosas con calma y darse un respiro. Lo que necesitaban era un respiro de
esa avalancha de manuales de crianza. (Algunos meses más tarde, The New
Yorker publicó un artículo humorístico sobre la proliferación de manifiestos
sobre parentalidad, diciendo que «la cosa ha alcanzado tales extremos que
otro libro más sería una crueldad.)
Así pues, igual que Bartleby el escribiente (y con resultados similarmente
trágicos), respondí: «preferiría no hacerlo». Y después pasé los años
siguientes presenciando cómo nuevos títulos sobre hiperparentalidad
pegaban con fuerza, y martirizándome con una pregunta sancionadora tras
otra: ¿había sido una actitud responsable por mi parte rechazar tanto dinero?
Acababa de terminar un internado no remunerado, tenía prestamos
universitarios que devolver y era la única fuente de ingresos de mi familia;
¿no podría haber escrito el libro, recogido los beneficios personales y
profesionales y todos tan felices? Al fin y al cabo, ¿cuántas personas se
pueden conceder el lujo de trabajar en aquello que les importa de verdad?
Por si no estuviera ya bastante arrepentida de haber rechazado la oferta,
cada semana recibía correos de lectores y ofertas para impartir charlas sobre
«Cómo empujar a tus hijos a terapia». «¿Habrá un libro?», me preguntaban
una y otra vez. No , quería decirles, porque soy idiota .
Y me sentía una idiota, ante todo porque, a cambio de no venderme y
sacar tajada de la locura parental, había accedido a escribir el manual sobre
la felicidad, el mismo que ahora me inspira terror y me mantiene sumida en
la angustia y depresión. Para poder pagar las facturas mientras mi consulta
arrancaba, tendría que escribir una obra, la que fuera, y en aquel momento
pensé que tenía algo que ofrecer a los lectores. En lugar de insistir en que
los padres nos esforzamos demasiado en hacer felices a nuestros hijos,
demostraría que nosotros, los progenitores, estamos obsesionados con
alcanzar la dicha. Me parecía un planteamiento más acorde con mi sentir.
Sin embargo, cada vez que me sentaba a escribir, me sentía tan
desconectada del tema como antes del asunto de los padres helicóptero. La
investigación no reflejaba —no podía reflejar— los matices de lo que yo
presenciaba en la consulta de terapia. Unos científicos habían ideado
incluso una compleja ecuación matemática para predecir el júbilo, basada
en la premisa de que la felicidad no aparece cuando las cosas van bien, sino
tan solo cuando nos van mejor de lo esperado . La ecuación tiene este
aspecto:
En realidad, todo se reduce a: felicidad es igual a realidad menos
expectativas. Por lo visto, para hacer feliz a alguien basta con darle una
mala noticia y luego desmentirla (algo que a mí personalmente más bien me
enfurecería).
A pesar de todo, sabía que podía armar la información de unos cuantos
estudios interesantes, pero tenía la sensación de que tan solo estaría
arañando la superficie de algo importante que quería decir pero todavía no
sabía cómo expresar con claridad. Y en mi nueva profesión, así como en el
conjunto de mi vida, ya no tenía bastante con arañar la superficie. Es
imposible formarse como psicoterapeuta y no cambiar en alguna medida, no
convertirse en una persona, casi sin darte cuenta, que aspira a acercarse al
núcleo.
Me dije que no importaba. Escribe el libro y acaba de una vez. Ya había
metido la pata con la obra sobre parentalidad; no podía pifiarla también con
el manual de la felicidad. Pero pasaban los días y yo no encontraba el
enfoque adecuado. Igual que no supe encontrarlo en la ocasión anterior.
¿Cómo me había colocado en esta situación, de nuevo?
En la universidad presenciábamos sesiones de terapia a través de espejos
de una sola dirección. En ocasiones, en los momentos en que me sentaba a
escribir el libro de la felicidad, pensaba en un paciente de treinta y cinco
años al que había observado. Decidió hacer terapia porque, si bien amaba a
su mujer y se sentía atraído por ella, no podía dejar de engañarla. Ni la
esposa ni él entendían la lógica de este comportamiento, tan opuesto a lo
que él creía desear: confianza, estabilidad, intimidad. En la sesión, explicó
que detestaba la conmoción que sus aventuras provocaban en su
matrimonio y en su esposa y reconoció que no era el padre ni el marido que
aspiraba a ser. Estuvo hablando un rato de que deseaba con toda su alma
dejar de engañarla y confesó no tener ni idea de las razones que lo
empujaban a hacerlo.
La terapeuta le explicó que, con frecuencia, partes distintas de uno mismo
quieren cosas diferentes y, si amordazamos a las facetas que nos parecen
inaceptables, estas encuentran otros modos de hacerse oír. Le pidió al
hombre que se trasladara a una silla situada en el otro extremo de la
habitación y observara lo que pasaba cuando esa parte suya que optaba por
engañar podía expresarse en lugar de ser silenciada.
Al principio, el pobre hombre se quedó en blanco, pero luego, poco a
poco, empezó a dar voz a su parte oculta, la misma que incitaba al marido
cariñoso y responsable a enzarzarse en una conducta autodestructiva.
Estaba dividido entre esos dos aspectos de sí mismo, igual que yo me
hallaba dividida entre la parte de mí que deseaba ofrecer un sustento a mi
familia y esa otra deseosa de hacer algo significativo; algo que me saliera
del alma y, con suerte, llegara al alma de otros.
Novio apareció en escena en el momento más oportuno para distraerme
de mi batalla interna. Y, cuando se marchó, llené el vacío acechándolo a
través de Google cuando debería haberme sentado a escribir. Buena parte de
nuestras conductas autodestructivas nacen de un vacío emocional, una nada
que pide a gritos ser llenada. Pero ahora que Wendell y yo hemos acordado
que no acecharé a Novio por internet, me siento responsable de mí misma.
No tengo excusa para no sentarme a escribir este libro sobre la felicidad que
tan desgraciada me hace.
O, cuando menos, no la tengo para seguir ocultándole a Wendell la
verdad sobre este lío en el que estoy metida.
–H
21
Terapia con protección
ola, soy yo —dice una voz, cuando escucho los mensajes del
contestador entre sesiones. Me da un vuelco el corazón: es Novio.
Si bien hace tres meses que no hablamos, su voz me transporta al pasado de
inmediato, igual que cuando oyes una vieja canción. Sin embargo,
conforme el mensaje prosigue, comprendo que no es él, porque (a) Novio
no me llamaría al número del despacho y (b) no trabaja en una serie de
televisión.
El «yo» del mensaje es John (su voz, grave y queda, se parece a la de
Novio hasta extremos espeluznantes). Nunca antes un paciente me había
llamado al gabinete sin identificarse. Lo hace como si fuera la única
persona que acude a mi consulta y por supuesto el único «yo» de mi vida.
Incluso los pacientes suicidas dejan su nombre. Jamás nadie me ha dejado
un mensaje diciendo: Hola, soy yo. Me dijiste que te llamara si me asaltaba
la idea de quitarme la vida.
John me informa de que no podrá llegar a la sesión porque no puede
abandonar el estudio, así que se conectará por Skype. Me da su nombre de
usuario y se despide diciendo:
—Hablamos a las tres.
Advierto que no ha preguntado si podemos hacer la sesión por Skype, ni
siquiera si tengo por costumbre emplear la aplicación en caso de ser
necesario. Da por supuesto que sucederá porque asífunciona el mundo para
él. Y si bien recurro a Skype con los pacientes en determinadas
circunstancias, no me parece una buena idea en el caso de John. Buena
parte de las estrategias que empleo para ayudarle radican en la interacción
que mantenemos cara a cara. Podrán ensalzar cuanto quieran las maravillas
de la tecnología, pero celebrar una sesión a través de la pantalla se parece,
como dijo una colega en una ocasión, «a hacer terapia con preservativo».
El trabajo no se basa únicamente en las palabras del paciente, ni siquiera
en el lenguaje corporal: el pie que baila, un tic facial sutil, el temblor del
labio inferior, los ojos que se entornan con rabia. Más allá de lo que vemos
y oímos, hay algo menos tangible pero igual de importante: la energía de la
sala, el hecho de estar juntos. Pierdes esa inefable dimensión cuando no
compartes el mismo espacio físico.
(Por no mencionar el asunto de los problemas técnicos. Una vez celebré
una sesión por Skype con una paciente que había tenido que trasladarse a
Australia de manera temporal y, en el instante en que empezó a llorar a
lágrima viva, el volumen desapareció. Únicamente veía sus labios en
movimiento y ella no sabía que no podía escucharla. Antes de que se lo
hiciera saber, la conexión cayó por completo. Tardé diez minutos en volver
a conectar con ella, y para entonces no solo el momento se había esfumado
sino que el tiempo se había agotado.)
Le envío a John un correo electrónico rápido para proponerle que
cambiemos la sesión a otra día, pero me responde con un mensaje
equivalente a un telegrama moderno: No puedo esperar. Urgente. Por favor.
Me sorprende que lo pida por favor y aún más que solicite ayuda urgente.
Reconoce que me necesita en lugar de tratarme como un elemento
prescindible. Accedo: hablaremos por Skype a las tres.
Algo va mal, deduzco.
A las tres en punto, entro en Skype y llamo a John. Espero encontrarlo
sentado en un despacho, ante un escritorio. En vez de eso, la llamada entra
y me sorprendo observando una casa que conozco bien. La conozco porque
se trata de uno de los decorados principales de una serie que Novio y yo
mirábamos compulsivamente en el sofá, con los brazos y las piernas
entrelazados. Al otro lado de la pantalla, los cámaras y los técnicos de
iluminación pululan de acá para allá por el interior de un dormitorio que he
visto millones de veces. Aparece la cara de John.
—Espere un momento —es su saludo. Su cara desaparece y ahora veo sus
pies. Hoy lleva unas deportivas de lona, a cuadros, y parece estar
desplazándose mientras me lleva consigo. Deduzco que busca intimidad.
Además de sus zapatos, atisbo cables eléctricos en el suelo y oigo, de
fondo, una gran conmoción. Por fin reaparece la cara de mi paciente.
—Vale —dice—. Estoy listo.
Ahora tiene una pared detrás y empieza a susurrar a toda máquina.
—Es Margo y el idiota de su psicólogo. No sé quién le ha dado el título,
pero en vez de mejorar las cosas, las está empeorando. En teoría tenía que
buscar ayuda para la depresión y, en vez de eso, está cada vez más molesta
conmigo: no soy accesible, no la escucho, me muestro distante, la evito,
olvido no sé qué fecha significativa. ¿Le he contado que ha creado un
calendario de Google compartido para asegurarse de que no olvido los
asuntos «importantes»? —con la mano libre, John dibuja unas comillas en
el aire—. Así que ahora estoy aún más estresado si cabe porque no para de
incluir cosas y mi agenda ya está a tope.
John ya me ha contado todo eso, así que no acabo de entender a qué viene
tanta urgencia. Al principio presionó a Margo para que hiciera terapia («así
podrá despotricar de mí») pero ahora que ella ha empezado el tratamiento
John me dice a menudo que «el idiota de su psicólogo» le está «comiendo
el coco» a su esposa y «metiéndole ideas absurdas en la cabeza». Yo intuyo
que el terapeuta de Margo la está ayudando a ver con más claridad lo que
puede y no puede tolerar, un trabajo que la mujer necesitaba como agua de
mayo. O sea, no puede ser fácil estar casada con John.
Al mismo tiempo, empatizo con John, porque su reacción es muy
habitual. Cada vez que una persona de la constelación familiar empieza a
cambiar, por más que los cambios sean sanos y positivos, los otros
miembros tienden a hacer todo lo que está en su mano por devolver las
cosas a su antiguo estado con el fin de recuperar la homeostasis. Si un
adicto deja de beber, por ejemplo, el resto de la familia boicotea
inconscientemente su recuperación, porque para recuperar la homeostasis
del sistema, alguien tiene que hacer el papel de oveja negra. ¿Y quién
quiere el papel? En ocasiones las personas oponen resistencia incluso a los
cambios positivos de sus amigos: ¿Por qué vas tanto al gimnasio? ¿Por
qué quieres irte a dormir?; ¡no necesitas dormir tanto! ¿Por qué te
esfuerzas tanto por conseguir ese ascenso? ¡Ya no eres divertido!
Si la mujer de John empieza a superar la depresión, ¿cómo conservará
John su rol de persona cuerda en el sistema familiar? Si ella intenta
acercarse a él con una actitud más sana, ¿cómo podrá él mantener la
cómoda distancia que con tanta habilidad ha preservado todos estos años?
No me sorprende que John reaccione mal a la terapia de Margo. Su
psicólogo parece estar haciendo un buen trabajo.
—Pues bien —prosigue John—, ayer por la noche, Margo me pidió que
fuera a la cama y le dije: «voy enseguida, tengo que contestar unos emails».
Normalmente la tengo encima a los dos minutos. ¿Por qué no vienes? ¿Por
qué estás siempre trabajando? Pero anoche no hizo nada de eso. ¡Me quedé
de piedra! Pensé, Dios mío, parece que la terapia empieza a funcionar. Por
fin ha entendido que pincharme no me ayuda a terminar antes. Así que
rematé los correos y, cuando llegué, Margo estaba dormida. El caso es que
esta mañana, cuando nos hemos levantado, Margo me ha dicho: «Me alegro
de que terminaras el trabajo, pero te eché de menos. Siempre te echo de
menos. Solo quiero que lo sepas».
John vuelve la cabeza hacia la izquierda y ahora oigo lo que él oye: una
conversación sobre la iluminación. Sin decir una palabra, veo las deportivas
de John según se desplazan por el suelo. Cuando su rostro vuelve a asomar,
la pared que tenía detrás ha desparecido y, al fondo, atisbo a la estrella de la
serie, en la esquina superior derecha de mi pantalla, que ríe con su
archienemigo y con una pretendiente de la que abusa verbalmente en la
ficción. (Estoy segura de que el personaje protagonista es una creación de
John.)
Me encantan esos actores, de modo que fuerzo la vista para verlos mejor
a través del ordenador, como esas personas que alargan el cuello a la
entrada de los Emmy para avistar por un instante a alguna celebridad; salvo
que esto no es la alfombra roja y yo los estoy observando mientras charlan
y toman sorbos de agua entre una escena y otra. Los paparazzi matarían
por esta imagen , pienso, y tengo que recurrir a una inmensa fuerza de
voluntad para devolverle la atención a mi paciente.
—En fin —susurra—. Ya sabía yo que era demasiado bueno para ser
verdad. Pensaba que había entrado en razón ayer por la noche, pero, como
era de esperar, las quejas se han reanudado en cuanto nos hemos levantado.
Así que le he soltado: «¿Me echas de menos? ¿A qué viene eso? ¿Intentas
que me sienta culpable?». O sea, estoy ahí. Estoy ahí cada noche. Soy fiel al
ciento por ciento. Nunca la he engañado y nunca lo haré. Le proporciono
una buena vida. Soy un padre implicado. Incluso me ocupo del perro,
porque Margo odia ir por ahí recogiendo cacas con una bolsa. Y cuando no
estoy en casa me dedico a trabajar. No me paso la vida de vacaciones en el
Cabo, que digamos. Y le he dicho que puedo dejar mi empleo para que no
me añore tanto y pasarme el día en casa mano sobre mano o conservarlo y
asegurarme de que sigamos teniendo un techo que nos cobije. ¡Voy
enseguida! —le grita a alguien que no alcanzo a ver antes de continuar—:
¿Y sabe lo que ha hecho al oír eso? Me ha respondido, en plan Oprah —
aquí clava el tono exacto de la presentadora—: «Ya sé que te esfuerzas,y te
lo agradezco, pero también te echo de menos cuando estás aquí».
Intento intervenir pero John no me lo permite. Nunca lo había visto tan
alterado.
—Y, por un segundo, me he sentido aliviado, porque normalmente ya
estaría gritando a estas alturas, pero entonces me he percatado de lo que
está pasando. Eso no es propio de Margo. ¡Está tramando algo! Y entonces
me dice: «Necesito que prestes atención a esto». Y yo le respondo: «Te
estoy prestando atención, ¿vale? No soy sordo. Intentaré acostarme más
temprano, pero antes tengo que acabar el trabajo». Ella me mira con
tristeza, como si estuviera a punto de echarse a llorar, y yo me quiero morir
cuando me mira así, porque lo último que deseo es verla triste. Lo último
que deseo es decepcionarla. Pero antes de que diga nada, me suelta:
«Necesito que sepas hasta qué punto te añoro porque, si no me haces caso,
no sé cuánto tiempo más te lo podré seguir diciendo». «¿Ahora nos
amenazamos?», la acuso, y ella responde: «No es una amenaza, es la
realidad».
John abre unos ojos como platos y su mano libre sale disparada hacia
arriba como diciendo: ¿se lo puede creer?
—No creo que sea capaz de hacerlo —supone—, pero me he quedado de
piedra porque ninguno de los dos había amenazado nunca con marcharse.
Cuando nos casamos, prometimos que nunca recurriríamos a ese tipo de
chantaje, por mucho que nos enfadáramos, y no lo hemos hecho en doce
años. —Mira a su derecha—. Vale, Tommy, ahora le echo un vistazo…
John se interrumpe y, de sopetón, estoy viendo nuevamente sus
deportivas. Cuando termina con Tommy, echa a andar hacia alguna otra
parte. Un minuto más tarde asoma su semblante otra vez. Ahora está
delante de otra pared.
—John —lo interrumpo—. Vamos a retroceder un poco. En primer lugar,
ya sé que está disgustado por los comentarios de Margo…
—¿Los comentarios de Margo? ¡Ni siquiera son sus palabras! Es el idiota
de su terapeuta haciendo de ventrílocuo. Adora a ese tío. Siempre lo está
citando, como si fuera su puñetero gurú. Seguro que echa algo en la bebida,
y las mujeres de toda la ciudad se están divorciando porque se tragan las
chorradas de ese tipo. Busqué sus credenciales en internet y, claro, algún
comité profesional de idiotas le dio el título. Wendell Bronson, puñetero
doctor en psicología.
Espera un momento.
¿Wendell Bronson?
¡!
¡¡!!
¡¡¡¡!!!!
¡¡¡¡¡!!!!!
¿Margo está viendo a mi Wendell? ¿El «idiota del psicólogo» es Wendell?
Me va a estallar la cabeza. Me pregunto qué sitio del sofá escogió Margo el
primer día. Me pregunto si Wendell le lanza la caja de pañuelos o si Margo
se sienta tan cerca como para alcanzarlos ella misma. Si nos hemos cruzado
al salir o al entrar (¿la mujer guapa que lloraba cuando yo estaba
esperando?). Si alguna vez ha mencionado mi nombre en sus sesiones:
«John tiene una terapeuta horrible, una tal Lori Gottlieb, y le ha dicho
que…». Pero entonces me acuerdo de que John no le ha contado a Margo
que hace terapia —yo soy la «fulana» a la que paga en efectivo— y ahora
mismo doy infinitas gracias por esta circunstancia. No sé dónde colocar esta
información, así que opto por el curso de acción que nos aconsejaron en la
formación en caso de experimentar una reacción complicada y necesitar
más tiempo para entenderla. No hago nada… de momento. Ya consultaré al
respecto.
—Vamos a quedarnos con Margo un instante —digo, más para mí que
para John—. Opino que fue un comentario muy tierno. Debe de amarle con
locura.
—¿Cómo? ¡Está amenazando con dejarme!
—Bueno, se puede ver de otro modo —propongo—. Ya hemos hablado
antes de la diferencia entre crítica y queja. La primera contiene un juicio de
valor mientras que la segunda alberga una petición. Pero una queja puede
ser al mismo tiempo un cumplido implícito. Ya sé que las palabras de
Margo a menudo parecen una retahíla de quejas. Y lo son. Pero también
contienen un elemento de ternura, porque dentro de cada una hay un
cumplido. Si bien la forma no es la ideal, le está diciendo que lo ama.
Necesita más. Lo añora. Le está pidiendo que se acerque. Y ahora le dice
que la experiencia de querer estar con usted y no ser correspondida le
resulta tan dolorosa que no sabe si será capaz de seguir soportándola porque
lo ama con toda su alma . —Quiero que asimile esa última parte—. A mí
me parece un cumplido.
Con John, me dedico ante todo a trabajar sus sentimientos en el momento
presente, porque lo que sentimos se traduce en comportamientos. Una vez
que sabemos lo que nos pasa por dentro, podemos elegir qué hacer con las
emociones. Pero si las negamos en cuanto aparecen, a menudo tomamos la
dirección equivocada y acabamos perdidos en tierra de nadie.
Los hombres están en desventaja en ese aspecto, porque no han sido
criados para orientarse por sus mundos internos. Socialmente no está bien
visto que los hombres hablen de sus emociones. Y mientras que las mujeres
están sometidas a la presión social de cuidar su apariencia física, los
hombres se enfrentan al imperativo de cuidar su apariencia emocional.
Nosotras tendemos a sincerarnos con las amigas y miembros de la familia,
pero cuando ellos me dicen cómo se sienten en terapia, casi siempre soy la
primera persona a la que le confiesan sus emociones. Igual que mis
pacientes femeninas, los hombres lidian con el matrimonio, la autoestima,
la identidad, el éxito, sus padres, su infancia, la necesidad de sentirse
amados y comprendidos; y sin embargo son temas difíciles de abordar de
manera significativa con sus amigos masculinos. No me extraña que los
índices de abuso de sustancias y suicidio entre hombres de mediana edad
sigan aumentando. Muchos tienen la sensación de que no tienen nada más a
lo que recurrir.
Así que le concedo a John un rato para descifrar los sentimientos que le
inspira la «amenaza» de Margo y el mensaje, más tierno, que podría haber
detrás. Nunca lo he visto permanecer tanto rato consigo mismo y me admira
que sea capaz de hacerlo ahora.
John ha bajado la vista hacia un lado, un gesto que suelen adoptar los
pacientes cuando algo de lo que digo toca una fibra sensible, y me alegro.
Es imposible crecer si no estás dispuesto a aceptar tu vulnerabilidad. Parece
que todavía está asimilando mis palabras, que el impacto que causa en
Margo resuena en él por primera vez.
Por fin John alza la vista.
—Hola, perdone. He tenido que silenciarla un momento. Estaban
grabando. Me he perdido lo último. ¿Qué estaba diciendo?
Es el colmo. He estado, literalmente, hablando conmigo misma. ¡No me
extraña que Margo quiera dejarlo! Debería haber hecho caso a mi instinto y
haber cambiado el día de la sesión, pero me ha enredado con su actitud
suplicante.
—John —le digo—. Quiero ayudarle, de veras, pero esto es demasiado
importante para hablarlo por Skype. Vamos a programar otra hora y viene a
mi consulta, donde no habrá tantas distrac…
—Oh, no, no, no, no, no —me interrumpe—. Esto no puede esperar.
Tengo que ponerla al día para que pueda hablar con él.
—Con…
—¡El idiota del psicólogo! Solo ha oído una versión de la historia y ni
siquiera muy exacta. Pero usted me conoce. Usted puede interceder por mí.
Puede explicarle cómo son las cosas antes de que a Margo se le vaya la olla.
Me hago una composición mental de la escena: John quiere que llame a
mi terapeuta para comentarle por qué mi paciente no está contento con el
trabajo que está realizando con la esposa de mi paciente.
Esto… no.
Y aunque Wendell no fuera mi psicólogo, tampoco haría esa llamada. En
ocasiones llamo a otro psicoterapeuta si, pongamos, yo estoy trabajando
con la pareja y un colega está viendo a uno de los miembros, y hay una
razón de peso para intercambiar información (alguien piensa en el suicidio
o es potencialmente violento o quizás estamos trabajando en un marco que
se podría reforzar en otro. También si necesito una perspectiva más amplia).
Pero, en esos casos, ambas partes han firmado su consentimiento al
respecto. Tanto si se trata de Wendell como si no, no puedo llamar al
terapeuta de la esposa de mi paciente sin una razón clínica de peso y sin que
losdos hayan consentido por escrito.
—¿Le puedo hacer una pregunta? —le dijo a John.
—¿Qué?
—¿Usted echa de menos a Margo?
—¿Si la echo de menos?
—Sí.
—No va a llamar al psicólogo de Margo, ¿verdad?
—No, y usted no me va a decir lo que siente por ella, ¿no es cierto?
Tengo el presentimiento de que hay un gran amor enterrado entre John y
Margo, porque si algo he aprendido es que el amor a menudo se expresa de
muchas formas que parecen otra cosa.
John sonríe y veo a una persona que debe de ser Tommy entrar en el
encuadre con un guion en la mano. Me veo proyectada hacia el suelo a tal
velocidad que me mareo, como si fuera montada en una montaña rusa e
iniciara un descenso a toda velocidad. Mirando los zapatos de John, los
oigo debatir acerca de si un personaje —¡mi favorito!— debe comportarse
como un completo imbécil en esa escena o darse cuenta hasta cierto punto
de que está siendo insufrible (John escoge conciencia, qué curioso). Tras
eso, Tommy da las gracias y se marcha. Me divierte presenciar cómo John
exhibe unas maneras amables; se disculpa con Tommy por su ausencia y le
explica que está ocupado «apagando un fuego en la cadena». (Yo soy «la
cadena»). Puede que sea educado con sus compañeros de trabajo, en contra
de lo que cabría esperar.
O puede que no. Espera a que Tommy se marche, me devuelve al nivel de
su rostro y articula idiota con los labios, al tiempo que pone los ojos en
blanco.
—No entiendo cómo el psicólogo, que además es un tío, no es capaz de
ver la situación desde mi punto de vista —continúa—. ¡Incluso usted la ve
desde mi punto de vista!
¿Incluso yo? Sonrío.
—¿Me acaba de hacer un cumplido?
—No se ofenda. Quería decir que… ya sabe.
Lo sé, pero quiero que lo diga. A su manera, está apegado a mí y quiero
que permanezca en ese mundo emocional un poco más. Pero John insiste de
nuevo en que Margo está enredando a su terapeuta. Además, dice, Wendell
es un charlatán porque sus sesiones solo duran cuarenta y cinco minutos y
no los cincuenta de rigor. (Yo comparto su fastidio al respecto, por cierto.)
De súbito me asalta la idea de que John está hablando de Wendell igual que
un marido hablaría del hombre que se ha ganado el corazón de su mujer.
Creo que está celoso y se siente desplazado de lo que sea que está
sucediendo entre Margo y el psicólogo en ese despacho. (¡Yo también estoy
celosa! ¿Se ríe Wendell de las bromas de la mujer? ¿Le cae ella mejor que
yo?) Quiero devolver a John a ese momento en que ha estado a punto de
conectar conmigo.
—Me alegra que piense que yo le comprendo —digo. John me mira como
un ciervo sorprendido por unos faros, pero en seguida vuelve a lo suyo.
—Yo solo quiero saber cómo debo comportarme con Margo.
—Ella ya se lo ha dicho —es mi respuesta—. Lo añora. Conozco de
primera mano la facilidad que usted tiene para rechazar a las personas que
lo aprecian. Yo no le voy a dejar, pero Margo le está diciendo que podría
hacerlo. Así que tendrá que probar algo distinto con ella. Quizás hacerle
saber que usted también la echa de menos. —Dejo un silencio—. Porque es
posible que me equivoque, pero creo que desearía tenerla más cerca.
Se encoge de hombros y esta vez, cuando baja la mirada, no me ha
silenciado.
—Echo de menos los buenos tiempos —dice.
Ahora su expresión muestra tristeza en lugar de rabia. La rabia es la
emoción por defecto de la mayoría, porque se proyecta hacia fuera; echar la
culpa a los demás evoca una deliciosa sensación de virtud. No obstante, esa
sensación suele ser la punta del iceberg y si miras bajo la superficie verás
sentimientos sumergidos, ya sean inconscientes u ocultos a los demás:
miedo, indefensión, envidia, soledad, inseguridad. Y si eres capaz de
soportar esos sentimientos el tiempo suficiente para entenderlos y escuchar
lo que te dicen, no solo podrá controlar la ira de maneras más productivas
sino que dejarás de estar enfadado todo el tiempo.
Como cabe imaginar, la rabia cumple igualmente otro propósito: aleja a
las personas e impide que se acerquen tanto como para ver tu verdadero yo.
Me pregunto si John necesita que los demás estén enfadados con él para que
no adviertan su tristeza.
Empiezo a hablar, pero alguien llama a John a gritos y él se sobresalta. El
móvil se le resbala de la mano y cuando creo que mi cara se va a estrellar
contra el suelo, John lo recoge y vuelve a aparecer en pantalla.
—Porras… ¡tengo que irme! —exclama. A continuación, entre dientes—.
Malditos imbéciles.
Y la imagen desaparece.
Por lo visto, la sesión ha terminado.
Como tengo un rato antes de que llegue mi próximo paciente, me encamino
a la cocina para comer algo. Dos de mis colegas están allí. Hillary prepara
té. Mike come un bocadillo.
—Hipotéticamente hablando —empiezo—, ¿qué haríais si la mujer de un
paciente estuviera viendo a vuestro psicoterapeuta y el paciente pensara que
ese psicólogo es idiota?
Me miran con las cejas enarcadas. En esta cocina, las situaciones
hipotéticas nunca lo son.
—Cambiaría de terapeuta —dice Hillary.
—Yo me quedaría con mi terapeuta e intercambiaría los pacientes —
propone Mike.
Sueltan sendas carcajadas.
—No, en serio —insisto—. ¿Qué haríais? La cosa es todavía peor: quiere
que hable con mi psicólogo acerca de su mujer. Ella todavía no sabe que él
está haciendo terapia, pero ¿y si en algún momento se lo dice y me pide que
hable con el psicólogo de su esposa, y ella lo aprueba? ¿Tengo que revelar
quién es mi terapeuta?
—Claro que sí —responde Hillary.
—No necesariamente —dice Mike al mismo tiempo.
—Exacto —concluyo—. La cosa no está nada clara. ¿Y sabéis por qué?
¡Porque esas cosas NUNCA PASAN! ¿A quién le ha sucedido alguna vez
algo así?
Hillary me sirve una taza de té.
—Hace tiempo vino a verme un matrimonio, cada uno por su lado,
inmediatamente después de separarse —relata Mike—. Tenían apellidos
distintos y las direcciones no coincidían, porque no vivían juntos, así que no
supe que estaban casados hasta la segunda sesión con cada uno, cuando me
percaté de que estaba oyendo dos versiones de la misma historia. Un amigo
mutuo, antiguo paciente mío, les había proporcionado mi nombre a los dos.
Tuve que derivarlos a ambos.
—Sí —admito—, pero en este caso no hay dos pacientes con un conflicto
de intereses. Es mi terapeuta el que está en medio. ¿Qué probabilidades hay
de que pase algo así?
Advierto que Hillary ha desviado la vista.
—¿Qué pasa? —quiero saber.
—Nada.
Mike la mira. Ella se ruboriza.
—Suéltalo —ordena él.
Hillary suspira.
—Vale. Hará cosa de veinte años, cuando estaba empezando, trataba a un
paciente que sufría depresión. Yo tenía la sensación de que estábamos
avanzando pero en cierto momento la terapia se atascó. Pensé que él oponía
resistencia, cuando la verdad es que yo no tenía suficiente experiencia y
estaba demasiado verde para darme cuenta. Da igual, el caso es que él se
marchó y, al cabo de un año, me lo encontré en la consulta de mi psicóloga.
Mike sonríe.
—¿Tu paciente te dejó por tu terapeuta?
Hillary asiente.
—Lo más curioso es que, en sesión, le había contado que había llegado a
un punto muerto con ese paciente y hasta qué punto me sentí impotente
cuando se marchó. Estoy segura de que él le habló de la ineptidud de su
antigua terapeuta e incluso mencionó mi nombre en algún momento. Me
juego algo a que ella sumó dos y dos.
Medito la historia en relación a la situación con Wendell.
—¿Pero tu psicóloga no dijo nada?
—Nunca —asiente Hillary—. Así que un día saqué el tema a colación. Y,
como es lógico, ella no reconoció que estaba tratando a ese chico, así que
nos centramos en cómo afrontaba yo la inseguridad que me inspiraba el
hecho de ser nueva en esto. Pfff. ¿Mis sentimientos? ¿A quién le
importaban? Yo me moría por saber cómo le iba con el chico, qué estaba
haciendo distinto, por qué su estrategia funcionaba mejor.
—Nunca lo sabrás —sentencié.
Hillary niega con un movimiento de la cabeza.
—Nunca lo sabré.
—Somos como tumbas —dice Mike—. No soltamos prenda.
Hillary se vuelve a mirarme.
—¿Y entonces qué? ¿Se lo vas a decir a tu psicólogo?
—¿Debería?
Ambos seencogen de hombros. Mike echa una ojeada al reloj, tira los
restos del bocadillo a la basura. Hillary y yo apuramos los últimos sorbos de
té. Es hora de volver al trabajo. Una a una, las luces verdes del panel de la
cocina se encienden, y salimos en fila india a buscar a nuestros pacientes en
la sala de espera.
–H
22
Entre rejas
um —murmura Wendell cuando le confieso el asunto del libro,
bien avanzada la sesión. He tardado un buen rato en reunir el
valor necesario para contárselo.
Llevo dos semanas sentándome en la posición B con la intención de
confesarme, pero cuando lo tengo delante, rodillas contra rodillas en la
esquina del sofá, me acobardo. Hablo de la maestra de mi hijo
(embarazada), de la salud de mi padre (mala), de un sueño (raro), del
chocolate (una huida por la tangente, lo reconozco), las arrugas que se me
empiezan a dibujar en la frente (para mi sorpresa, no es una huida por la
tangente) y el significado de la vida (la mía). Wendell intenta que me
centre, pero yo salto tan deprisa de un tema al siguiente que le gano la
partida. O eso me parece.
De sopetón, Wendell bosteza. Es un bostezo fingido, estratégico,
espectacular, exagerado, ostentoso. Es un bostezo que dice: a menos que me
cuentes lo que tienes en la cabeza de verdad, te vas a quedar atascada
donde estás. A continuación se recuesta en el asiento y me observa con
atención.
—Tengo que contarle una cosa —empiezo.
Me mira como diciendo: no me digas .
Y le suelto toda la historia de un tirón.
—Hum —dice—. Así que no quiere escribir ese libro.
Asiento.
—¿Y si no lo presenta, habrá graves consecuencias financieras y
profesionales para usted?
—Exacto. —Me encojo de hombros con un gesto que viene a decir: ¿se
da cuenta hasta qué punto estoy hundida en la miseria? —. Si hubiera
escrito el libro de parentalidad —le explico— no me encontraría en esta
situación.
Me repito este sonsonete cada día —en ocasiones cada hora— desde hace
varios años.
Wendell, como tiene por costumbre, se encoge de hombros con un amago
de sonrisa.
—Ya lo sé —suspiro—. He cometido un error monumental. No hay
vuelta atrás.
El pánico me inunda de nuevo.
—No es eso lo que estoy pensando —dice.
—¿No? ¿Y qué está pensando?
Empieza a cantar.
—He perdido la mitad de mi vida, oh, sí. Media vida que ya nunca
recuperaré.
Pongo los ojos en blanco con impaciencia, pero él continúa sin darse por
aludido. La melodía recuerda a un blues y yo intento ubicarla. ¿Es un tema
de Etta James? ¿De B. B. King?
—Ojalá pudiera retroceder, cambiar el pasado. Tener más años,
arreglarlo…
Y entonces me percato de que no está cantando ningún tema famoso. Se
trata de una composición de Wendell Bronson, improvisador. La letra es
horrible, pero su voz, potente y vibrante, me pilla por sorpresa.
La canción continúa y él está cada vez más motivado. Sigue el ritmo con
los pies. Hace chasquear los dedos. Si estuviéramos en cualquier otra parte,
lo tomaría por un pardillo enfundado en un jersey de punto, pero aquí me
asombran su confianza en sí mismo y su espontaneidad, su capacidad de
mostrarse tal como es, sin importarle quedar como un bobo o parecer poco
profesional. No me imagino haciendo algo así delante de mis pacientes.
—Porque he perdido la mitad de mi viiiiida.
Cierra con una variación e incluso agita las manos como un bailarín de
jazz.
Wendell deja de cantar y me mira con seriedad. Quiero decirle que no ha
tenido gracia. Está trivializando un problema que me genera, desde un
punto de vista realista y práctico, una gran ansiedad. Pero antes de que
llegue a decirlo, una pesada tristeza desciende sobre mí, como surgida de la
nada. La melodía de Wendell resuena en mi cabeza.
—¿Conoce el poema de Mary Oliver? —le pregunto a Wendell— «¿Qué
vas a hacer con tu preciosa, salvaje, única vida?». Así me siento. Creía
saber lo que iba a hacer y ahora todo ha cambiado. Iba a vivir con Novio.
Iba a escribir un libro del que me sintiera orgullosa. Nunca imaginé…
—…que se encontraría en esta situación.
Me lanza una mirada elocuente. Ya estamos otra vez. Somos como un
viejo matrimonio, que termina las frases del otro.
Sin embargo, ahora Wendell guarda silencio, y no me parece la clase de
mutismo intencionado al que estoy acostumbrada. Me asalta la idea de que
tal vez se haya quedado sin palabras, igual que me quedo yo a veces en
sesión, cuando mis pacientes están atascados y yo me atasco con ellos. Ha
probado con el bostezo y la canción, ha tratado de reencauzarme y ha
formulado preguntas importantes. Y, a pesar de todo, yo he regresado al
mismo lugar de siempre, a la historia de mis pérdidas.
—Me estaba planteando qué ha venido a buscar aquí —dice—. ¿Cómo
cree que la puedo ayudar?
La pregunta me desconcierta. No sé si me pide ayuda como colega o si se
lo plantea a la paciente. En cualquier caso, no lo tengo claro; ¿qué le pido a
la terapia?
—No lo sé —es mi respuesta, y tan pronto como lo digo, me asalta el
miedo. Es posible que Wendell no pueda socorrerme. Quizás nada pueda
socorrerme. Tal vez tenga que aprender a vivir con mis decisiones.
—Tengo recursos para ayudarla —expone—, pero tal vez no del modo
que usted imagina. No le puedo devolver a su novio y no le puedo ofrecer
una segunda oportunidad. Y ahora tiene este problema con el libro y quiere
que la rescate también. Y no puedo hacerlo.
Resoplo ante el disparate que acabo de oír.
—No pretendo que me rescate —protesto—. Soy cabeza de familia, no
una damisela en apuros.
Me sostiene la mirada. Desvío la vista.
—No necesito que nadie me rescate de nada —insisto, aunque esta vez
una parte de mí se pregunta: ¿o sí? ¿No es eso lo que queremos todos, de
alguna manera? Pienso en las personas que acuden a terapia con la
esperanza de sentirse mejor, pero ¿qué significa mejor en realidad?
Alguien colgó un imán en la cocina de nuestro centro: paz no significa
estar en un lugar sin ruido, problemas ni esfuerzo. significa estar inmerso en
todo eso y seguir sintiendo calma en el corazón . Podemos ayudar a los
pacientes a encontrar la paz, pero quizás no el tipo de paz que imaginaban
cuando empezaron el tratamiento. Como advierte la famosa frase del
difunto psicoterapeuta John Weakland: «Antes de una terapia finalizada con
éxito, te enfrentas a lo mismo una y otra vez. Después de una terapia
finalizada con éxito, te enfrentas a una cosa después de otra».
Ya sé que la terapia no borrará mis problemas como por arte de magia,
impedirá que aparezcan otros nuevos ni me garantizará que siempre vaya a
actuar desde la claridad y la conciencia. Los psicoterapeutas no llevan a
cabo trasplantes de personalidad; tan solo ayudan a limar aristas. Tras la
terapia, los pacientes tienden a mostrarse menos reactivos o críticos, más
abiertos y capaces de conectar con los demás. En otras palabras, la terapia
consiste en entender mejor tu propio ser. Ahora bien, una parte de
conocerse implica desconocerse : desanudar los relatos que te has venido
contando acerca de quién eres, para que no coarten tus movimientos, y
empezar a explorar tu verdad, no la historia que has construido acerca de tu
existencia.
Ahora bien, la cuestión de cómo ayudar a las personas a llevar a cabo ese
proceso es otro cantar.
Yo formulo el problema mentalmente una y otra vez: tengo que escribir
un libro para tener un techo sobre mi cabeza. He desaprovechado la
oportunidad de crear una obra que me habría garantizado la subsistencia
durante varios años. No me sentí capaz de escribir un manual estúpido
sobre un tema estúpido que me está haciendo desgraciada. Me obligué a mí
misma a escribir un estúpido libro sobre la felicidad. He intentado
obligarme a redactar el estúpido manual sobre la felicidad, pero siempre
acabo en Facebook, envidiando a las personas que se las ingenian para
hacerlo todo como Dios manda.
Recuerdo una cita de Einstein: «Ningún problema se puede resolver
desde el mismo nivel de conciencia que lo creó». Siempre me ha parecido
una máxima sabia. Pero, como la mayoría de nosotros, también pensaba que
encontraría la respuesta a mi apuro pensando unay otra vez cómo he
acabado en esta situación.
—No le veo solución —sentencio—. Y no me refiero al libro únicamente.
Hablo de todo esto… de todo lo que ha pasado.
Wendell se recuesta en el sofá, descruza las piernas y las vuelve a cruzar.
A continuación cierra los ojos, algo que hace cuando necesita ordenar sus
pensamientos.
Cuando los abre, nos limitamos a seguir sentados, sin hablar, dos
psicólogos que se sienten cómodos con el silencio. Yo me retrepo en el
asiento y lo disfruto, y medito cuánto me gustaría que todo el mundo fuera
capaz de hacer esto mismo en la vida diaria, estar juntos sencillamente, sin
teléfonos ni portátiles, sin televisión ni parloteo banal. Únicamente
presencia. La situación me relaja y me carga las pilas al mismo tiempo.
Por fin, Wendell rompe a hablar.
—Me estoy acordando de una famosa viñeta. Un reo agita los barrotes de
una celda, desesperado por escapar. Pero a su derecha y a su izquierda no
hay barrotes, nada.
Guarda silencio para que asimile la imagen.
—Lo único que tiene que hacer el prisionero es rodearlos. Y sin embargo
no hace nada más que sacudir los barrotes, frenético. Esa imagen nos
describe a casi todos. Nos sentimos atrapados, presos de nuestras celdas
emocionales, pero hay una salida… siempre y cuando estemos dispuestos a
verla.
Deja que esa última frase flote entre los dos. Siempre y cuando estemos
dispuestos a verla. Con la mano, señala una celda imaginaria, como
invitándome a mirarla.
Desvío la vista, pero noto los ojos de Wendell fijos en mí.
Suspiro. Vale.
Cierro los ojos e inspiro. Imagino la cárcel, una celda minúscula con
paredes anodinas de color beis. Visualizo los barrotes metálicos, gruesos,
grises y oxidados. Me veo a mí misma vestida con un mono naranja,
agitando los barrotes con furia, suplicando que me dejen salir. Imagino que
vivo en esa diminuta celda, donde no hay nada salvo el tufo acre de la orina
y la perspectiva de un futuro deprimente y limitado. Me veo gritando:
«¡Sáquenme de aquí! ¡Que alguien me ayude!». Me visualizo mirando
frenética a diestra y siniestra, y luego volviendo a mirar a ambos lados,
atónita. Mi cuerpo reacciona; me siento más ligera, como si me hubieran
quitado quinientos kilos de encima, cuando comprendo la realidad: eres tu
propio carcelero.
Abro los ojos y miro a Wendell de refilón, que enarca la ceja derecha
como si dijera: lo sé… lo has visto. He presenciado cómo lo veías.
—Siga mirando —susurra.
Cierro los ojos de nuevo. Ahora estoy rodeando los barrotes y me
encamino hacia la salida, con inseguridad al principio pero, según me
acerco, empiezo a correr. En el exterior, noto el suelo bajo mis pies, la brisa
en la piel, los rayos de sol en el rostro. ¡Soy libre! Me apresuro tanto como
puedo y al cabo de un rato aminoro el paso para mirar a mi espalda. Ningún
guardia me persigue. Me percato de que ni siquiera había guardias. ¡Pues
claro que no!
Casi todos nos sentimos atrapados cuando llegamos a terapia; prisioneros
de nuestros pensamientos, conductas, matrimonios, empleos, miedos o
pasado. En ocasiones nos confinamos tras los barrotes de un relato
autopunitivo. Si tenemos la opción de elegir entre dos ideas, aun habiendo
pruebas que respalden ambas —me pueden querer, no me pueden querer—
elegimos la que nos hace sentir mal. ¿Por qué sintonizamos nuestros
aparatos de radio con las mismas emisoras repletas de interferencias (radio
«todo el mundo tiene más suerte que yo», radio «no se puede confiar en
nadie», radio «todo me sale mal») en lugar de desplazar el dial? Cambia de
emisora. Rodea los barrotes. ¿Quién nos lo impide, salvo nosotros mismos?
Hay una salida… siempre y cuando estés dispuesta a verla . Una
caricatura, nada menos, acaba de enseñarme el secreto de la vida.
Abro los ojos y sonrío. Wendell me devuelve la sonrisa. Es un gesto de
complicidad, que viene a decir: No te engañes. Tal vez creas que acabas de
experimentar una revelación trascendental, pero esto solo es el principio.
Conozco muy bien los desafíos que tengo por delante y Wendell es
consciente de que lo sé, porque ambos tenemos muy claro algo más: la
libertad implica responsabilidad y en todos nosotros hay una parte que
siente terror a hacerse responsable.
¿Me sentiría más segura en la cárcel? Vuelvo a imaginar los barrotes y los
lados abiertos. Por un lado ansío quedarme; por otro, partir. Escojo salir.
Pero rodear los barrotes mentalmente no es lo mismo que hacerlo en la vida
real.
«La mirada interior es el premio de consolación de la psicoterapia» reza
mi máxima favorita del gremio. Significa que puedes tener toda la
capacidad de autoanálisis del mundo, pero si no cambias en la vida real, tu
mirada interior —y la terapia— no te servirá para nada. La mirada interior
te permite preguntarte ¿esto viene de fuera o de dentro? La respuesta te
ofrece opciones, pero las decisiones dependen de ti.
—¿Se siente preparada para hablar de la lucha que está librando? —
pregunta Wendell.
—¿Se refiere a la lucha con Novio? —pregunto—. ¿O conmigo
misma…?
—No, a su lucha con la muerte —aclara Wendell.
Durante un segundo no sé de qué me habla, pero entonces me viene a la
mente el sueño en el que me encontraba a Novio en el centro comercial. Él:
¿Llegaste a escribir el libro? Yo: ¿Qué libro? Él: El libro sobre tu muerte.
Ay. Dios. Mío.
Es habitual que los psicoterapeutas vayamos varios pasos por delante de
los pacientes; no porque seamos más listos ni más sabios, sino porque
contamos con la ventaja de observar sus vidas desde fuera. Si un paciente
ha comprado el anillo pero no encuentra el momento para pedirle
matrimonio a su novia, le diré: «No parece usted muy convencido de querer
casarse con ella». Y él protestará: «¿Cómo? ¡Pues claro que lo estoy! ¡Este
fin de semana se lo pido sin falta!». Pero volverá a casa y seguirá sin
declararse porque hacía mal tiempo y quería pedirle matrimonio en la playa.
Mantendremos el mismo diálogo durante semanas, hasta que un día se
sentará en mi consulta y admitirá: «Puede que no quiera casarme con ella».
Muchas personas repiten en terapia: «No, yo no soy así». Y más tarde, al
cabo de un mes o de un año entero, reconocen: «Sí, en realidad soy así».
Tengo el presentimiento de que Wendell tenía la pregunta guardada desde
hacía tiempo, esperando el momento adecuado para plantearla. Los
psicoterapeutas siempre están sopesando el equilibrio entre crear una
alianza basada en la confianza y empezar a trabajar de verdad para que el
paciente no tenga que seguir sufriendo. Desde el principio, avanzamos
despacio y deprisa al mismo tiempo, moderando el contenido, acelerando la
relación, sembrando semillas estratégicamente a lo largo del camino. Igual
que sucede en la naturaleza, si plantas las semillas demasiado pronto, no
brotarán. Si las siembras demasiado tarde, es posible que la persona haga
progresos, pero el terreno ya no será tan fértil. Ahora bien, si colocas las
semillas en el momento oportuno, absorberán todos los nutrientes y
crecerán. Nuestro trabajo es una intrincada danza entre el apoyo y la
confrontación.
Wendell me pregunta por mi lucha con la muerte en el momento
preciso… por más razones de las que él intuye siquiera.
R
23
Trader Joe’s
eina el bullicio en el Trader Joe’s este sábado por la mañana y yo
estoy observando las colas para calcular cuál es la más corta cuando
mi hijo sale corriendo para echar un vistazo al expositor de chocolatinas.
Los cajeros parecen inmunes al caos. Un joven con los brazos tatuados de
arriba abajo toca un timbre y una empaquetadora enfundada en unas mallas
se acerca bailoteando y guarda en bolsas la compra de un cliente, al ritmo
de la música que suena de fondo. En el siguiente pasillo, un hípster con un
corte de pelo estilo mohicano pregunta el precio de un artículo y, al
principio de la cola, una rubia muy guapa hace malabarismos con tres
naranjas para distraer a un niño que llora en su cochecito.
Tardo un minuto en darme cuenta de que la malabarista es Julie, mi
paciente. Todavía no la había visto con su peluca rubia, aunque había
mencionadola novedad en terapia.
—¿Le parece un disparate? —me preguntó tras plantearse la idea de ser
rubia, obligándome así a sostener mi promesa de avisarla si se pasaba de la
raya. Me formuló la misma pregunta acerca de contestar al anuncio de un
grupo que buscaba cantante, ir a un concurso de la tele y apuntarse a un
retiro budista que requería pasar una semana entera en silencio. Todo ello
antes de que el medicamento milagroso obrara su magia en los tumores.
He disfrutado viéndola superar la aversión al riesgo que la había
acompañado toda la vida. Julie siempre había creído que conseguir la plaza
de profesora le proporcionaría libertad, pero ahora estaba saboreando una
clase de liberación del todo distinta.
—¿Es demasiado excéntrico? —quería saber antes de abordar un nuevo
plan. Estaba ansiosa por desviarse del rumbo esperado, pero no tanto como
para perderse. Sin embargo, nada de lo que proponía me sorprendía.
Y entonces, por fin, Julie tuvo una idea que me pilló desprevenida. Me
dijo que cierto día, haciendo cola en el Trader’s Joe durante aquellas
semanas en que creyó tener los días contados, se quedó hipnotizada viendo
a los cajeros del supermercado. Su manera de interactuar con los clientes y
entre ellos, de entablar conversación sobre las pequeñas cosas cotidianos
que en realidad conforman la vida —la comida, el tráfico, el tiempo— le
pareció el colmo de la autenticidad. Qué distinto ese empleo del suyo, una
ocupación que le encantaba pero que también entrañaba la presión
constante de producir y publicar, de posicionarse para seguir ascendiendo.
Ahora que su futuro se había acortado tanto, se imaginaba realizando un
trabajo cuyos resultados fueran tangibles en el momento; empaquetas
provisiones, animas a los clientes, repones artículos. Al final del día, has
hecho algo útil y concreto.
Julie decidió que si acaso tenía, pongamos, un año de vida por delante, se
presentaría para trabajar de cajera los fines de semana en el Trader’s Joe.
Era consciente de que estaba idealizando el empleo. Pero, con todo y con
eso, deseaba experimentar un sentimiento de significado y comunidad, ser
una pequeña parte en la existencia de muchas personas distintas, aunque
solo fuera durante el breve instante de cobrarles los alimentos.
—Puede que el Trader Joe’s forme parte de mi Holanda —musitó.
A mí no me gustó la idea y guardé silencio un minuto tratando de
entender las razones. Tal vez tuviera algo que ver con el dilema al que me
enfrenté cuando acepté tratar a Julie. De no haber tenido cáncer, habría
intentado ayudarla a explorar esa parte que había reprimido tanto tiempo.
Parecía estar destapando aspectos de sí misma que hasta entonces apenas si
había dejado respirar.
Sin embargo, si el paciente está muriendo, ¿tiene sentido hacer una
terapia al uso o basta con ofrecerle apoyo? ¿Debía tratar a Julie como a una
persona sana en el sentido de aspirar a objetivos más ambiciosos o
limitarme a sostenerla y no levantar la liebre? Me pregunté si Julie se habría
planteado nunca los interrogantes sobre el riesgo, la seguridad y la
identidad que dormitaban debajo de su circunspección de no haberse
enfrentado al horror de una muerte inminente. Y ahora que lo había hecho,
¿en qué medida debíamos ahondar en ellos?
Esas son las dudas que nos embargan a todos de manera menos radical:
¿cuánto queremos saber? ¿Cuánto es demasiado? Y ¿cuánto es demasiado
si estás al borde de la muerte?
La fantasía del Trader Joe’s parecía representar alguna clase de huida —
igual que un niño diciendo: «¡Me voy a Disneylandia!»— y me pregunté en
qué medida esa ilusión guardaba relación con su yo previo al cáncer. Pero,
por encima de todo, no tenía nada claro que tuviera fuerzas para un empleo
como ese. El tratamiento experimental le provocaba fatiga. Julie necesitaba
descansar.
A su marido, me dijo, la idea le parecía una locura.
—Sabes que se te acaba el tiempo y ¿tu sueño es trabajar en el Trader
Joe’s? —le preguntó.
—¿Por qué lo dices? ¿Qué harías tú si te quedara un año de vida? —
replicó ella.
—Trabajaría menos —fue la respuesta de su marido—, no más.
Cuando Julie me relató la reacción de Matt, me percaté de que ninguno de
los dos la estaba apoyando, aunque queríamos que Julie fuera feliz. Cierto
que había algún que otro inconveniente de tipo práctico pero ¿no estaríamos
sintiendo, de algún modo retorcido, cierta envidia de Julie y de su decisión
de cumplir su sueño, por excéntrico que fuera? Los psicoterapeutas siempre
dicen: si experimentas envidia, síguela; te mostrará lo que deseas. ¿Acaso el
despertar de Julie ponía en evidencia el hecho de que nosotros éramos
demasiado cobardes como para agarrar por los cuernos nuestra versión del
Trader Joe’s? ¿Y si pretendíamos, muy en el fondo, que Julie hiciera como
nosotros, soñar sin llegar a hacer nada, limitados por nada más que los
falsos barrotes de nuestras celdas?
¿O tenía que hablar solamente por mí?
—Además —añadió Matt en el transcurso de su conversación con Julie
—, ¿no quieres que pasemos ese tiempo juntos?
Claro que sí, fue la respuesta de ella, pero también quería trabajar en el
Trader Joe’s y su deseo se convirtió en una especie de obsesión. De modo
que presentó una solicitud. El mismo día que descubrió que los tumores
habían remitido, le ofrecieron el turno del sábado por la mañana.
Cuando llegó a mi consulta, tras conocer la noticia, Julie buscó el
teléfono y reprodujo ambos mensajes, uno de su oncólogo y otro del
encargado de Trader Joe’s. Su sonrisa no era la de alguien que ha ganado
una lotería cualquiera, sino el gran bote de los megamillones.
—He aceptado —me confesó cuando el mensaje del supermercado
concluyó.
Me explicó que nadie sabía si los tumores reaparecerían y ella no deseaba
añadir nuevos sueños a su lista de cosas pendientes; prefería ir tachando
alguno.
—Tienes que poner manos a la obra —añadió—. En caso contrario, la
lista es un ejercicio inútil de nostalgia por lo que pudo ser.
Y aquí estoy, en el supermercado, sin saber qué fila escoger. Ya sabía, como
es natural, que Julie había entrado a trabajar en la cadena de supermercados,
pero no tenía ni idea de que la hubieran contratado en este establecimiento.
Todavía no me ha visto y la observo un rato de lejos; no puedo evitarlo.
Toca el timbre para pedir un empaquetador, le tiende a un niño un montón
de pegatinas y comparte unas risas con un cliente acerca de algo que no
alcanzo a oír. Parece la reina de las cajeras, la fiesta a la que todo el mundo
desea asistir. La gente se comporta como si la conociera y ella demuestra
una extraordinaria eficiencia, lo que no me sorprende; su cola avanza ligera.
Se me saltan las lágrimas y, cuando me quiero dar cuenta, mi hijo grita
desde la cola de Julie:
—Mamá, por aquí.
Titubeo. Al fin y al cabo, la joven podría sentirse incómoda por el hecho
de toparse con su psicóloga. Y, a decir verdad, es posible que yo sintiera lo
propio. Sabe tan poco de mí que aun mostrarle el contenido de mi carro de
la compra se me antoja demasiada información. No obstante, por encima de
todo, estoy pensando en la tristeza que Julie experimenta, según me ha
revelado, cuando ve a los hijos de sus amigas, mientras su marido y ella
tratan de encontrar la manera de ser padres. ¿Cómo se sentirá al verme con
mi pequeño?
—¡Aquí! —respondo, y le señalo a Zach otra cola.
—¡Pero esta es más corta! —grita, y tiene toda la razón, porque Julie es la
más eficiente de todas, maldición. En ese momento ella se vuelve a mirar a
mi hijo y sigue la mirada del niño hacia mí.
Pillada.
Sonrío. Sonríe. Echo a andar hacia la otra cola, pero Julie grita:
—¡Eh, señora, escuche al niño! Esta cola es más corta.
Me uno a Zach en la fila de Julie.
Intento no mirarla con demasiada atención mientras aguardamos el turno,
pero estoy hipnotizada. Tengo ante mis ojos la materialización de aquella
visión que me describió en terapia: literalmente, su sueño hecho realidad.
Cuando Zach y yo llegamos a la caja registradora, Julie parlotea con
nosotros igual que hace con todos los clientes.
—Cereales Joe’sO’s —le dice a mi hijo—. Qué buen desayuno.
—Son de mi madre —responde él—. No se ofenda, pero a mí me gustan
más los Cheerios.
Julie mira a su alrededor para asegurarse de que nadie la oye, le guiña el
ojo con disimulo y susurra:
—No se lo digas a nadie, pero a mí también.
Se pasan el rato comentando las cualidades de las distintas barras de
chocolate que ha elegido el niño. Cuando lo tenemos todo en bolsas y nos
alejamos, Zach examina las pegatinas que le ha regalado Julie.
—Me cae bien esa señora —observa.
—A mí también.
Solo cuando ha pasado media hora y estoy guardando las cosas en la
cocina veo algo garabateado en el recibo de la tarjeta de crédito.
¡Estoy embarazada! , dice.
–T
24
Hola, familia
ANOTACIONES INICIALES, RITA:
La paciente es una mujer divorciada con síntomas de depresión.
Expresa remordimientos por lo que considera «malas decisiones» y
una vida desaprovechada. Afirma que si las cosas no mejoran en
un año, tiene pensado «acabar con todo».
engo algo que enseñarle —anuncia Rita.
En el pasillo que discurre entre la sala de espera y mi consulta, me
tiende el móvil. Rita nunca antes me había ofrecido su teléfono y mucho
menos empezado a hablar antes de que estuviéramos instaladas en mi
despacho con la puerta cerrada, así que el gesto me sorprende. Me anima a
echar un vistazo.
En la pantalla veo un perfil de una aplicación de citas llamada Bumble.
Rita ha empezado a usarla últimamente, porque, a diferencia de otras apps
más orientadas al ligue ocasional, como Tinder (¡repugnante!, fue su
comentario), en Bumble solamente las mujeres pueden abrir contacto. Por
pura casualidad, mi amiga Jen leyó hace poco un artículo al respecto y me
lo reenvió acompañado del mensaje: Para cuando sea que estés lista. Le
contesté: Cuando sea no ha llegado todavía.
Levanto la vista para mirar a Rita.
—¿Y bien? —me pregunta expectante cuando entramos en mi despacho.
—¿Y bien, qué? —respondo a mi vez, devolviéndole el teléfono. Aún no
he captado por dónde va.
—¿Y bien, qué ? —repite con incredulidad—. ¡Es un hombre de ochenta
y dos! No soy ninguna chiquilla, pero… ¡por el amor de Dios! Sé
perfectamente el aspecto que tiene un octogenario desnudo, porque la
imagen me provocó pesadillas durante una semana entera. Lo siento, pero
setenta y cinco es mi tope. ¡Y no intente convencerme de lo contrario!
Rita, por cierto, tiene sesenta y nueve años.
Hace unas semanas, tras varios meses animándola sin resultado, Rita
decidió probar una aplicación de citas. Al fin y al cabo, no iba a conocer a
ningún hombre mayor y soltero en su vida diaria, y menos uno que
cumpliera sus requisitos: inteligente, amable, bien situado («no quiero a
nadie que ande buscando una enfermera y una cartera») y atlético (alguien
que todavía pueda tener una erección cuando haga falta). Podía prescindir
del pelo, pero no de los dientes, insistía.
Antes del ochentón, conoció a un caballero de su misma edad que no fue
nada caballeroso. Salieron a cenar y, la noche antes del que debía ser el
segundo encuentro, Rita le envió un mensaje con la receta y la foto de un
plato que él quería probar. Mmmm , respondió el hombre. Tiene una pinta
deliciosa. Rita estaba a punto de contestar cuando le llegó otro mmmm
seguido de: Me estas volviendo loco. Y luego: Si no paras, no podré
aguantar. Por fin, un minuto más tarde: Perdona, le estaba explicando a mi
hija que me duele mucho la espalda.
—¡La espalda, y un cuerno, el muy pervertido! —exclamó Rita—.
¡Estaba haciendo vete a saber qué con vete a saber quién y desde luego no
hablaba de mi plato de salmón!
No hubo segunda cita y ningún encuentro en absoluto hasta el tipo de
ochenta.
Rita acudió a mi consulta a comienzos de la primavera. En la primera
sesión estaba tan deprimida que, cuando me explicó su situación, tuve la
sensación de que me estaba leyendo una esquela. El final ya estaba escrito y
la vida de Rita, creía ella, era una tragedia. Divorciada tres veces y madre
de cuatro adultos problemáticos (a causa de su pésima maternidad, me
explicó), sin nietos y sola en el mundo, jubilada de un empleo que nunca le
gustó, Rita no veía motivos para levantarse por las mañanas.
Su lista de errores era larga: escoger a los maridos equivocados, no ser
capaz de colocar las necesidades de sus hijos por delante de las propias
(incluido el hecho de no protegerlos de un padre alcohólico), no usar sus
capacidades para realizarse profesionalmente, no esforzarse en la juventud
por crear una tribu. Se había protegido detrás de la negación mientras le
funcionó. De un tiempo a esta parte, la estrategia había perdido eficacia. Ni
siquiera le apetecía pintar, la única actividad que disfrutaba y en la que
destacaba.
Ahora que los setenta estaban a la vuelta de la esquina, había acordado
consigo que si su vida no había mejorado para entonces, la abandonaría.
—Temo que sea demasiado tarde para buscar ayuda —concluyó—, pero
quiero probar, para estar segura.
Sin presiones , pensé. Si bien los pensamientos suicidas —conocidos
como «ideación suicida»— son frecuentes en las depresiones, la mayoría de
la gente responde al tratamiento y nunca lleva a la práctica esos impulsos
destructivos. De hecho, el riesgo de suicidio se incrementa cuando el
paciente empieza a mejorar. Durante un breve lapso de tiempo, ya no están
tan deprimidos como para que alimentarse o vestirse se les antoje un
esfuerzo monumental, pero todavía sufren tanto como para querer acabar
con todo; una peligrosa mezcla de angustia residual y energía recién
adquirida. Sin embargo, una vez que la depresión desaparece y los
pensamientos suicidas remiten, se abre una nueva ventana. Es entonces
cuando la persona adquiere la capacidad de realizar cambios que mejoran
significativamente su vida a largo plazo.
Cuando aparece el tema de poner fin a la propia vida —bien porque lo
menciona el paciente, bien porque lo hace el psicoterapeuta (sacarlo a
colación no «siembra» la idea en la mente de nadie, como algunas personas
sospechan), el psicólogo tiene que valorar la situación. ¿El paciente ha
ideado un plan concreto? ¿Cuenta con los medios para ponerlo en práctica
(una pistola en la casa, el cónyuge ausente)? ¿Lo ha intentado con
anterioridad? ¿Concurren factores de riesgo (falta de apoyo social o género,
por cuanto los hombres cometen suicidio en una proporción tres veces
mayor que las mujeres)? A menudo las personas hablan de suicidio no
porque quieran morir sino porque no desean seguir sufriendo. Si supieran
cómo librarse de la angustia, ni se plantearían la posibilidad de la muerte.
Hacemos la valoración más exacta que podemos y, siempre y cuando no
haya peligro inminente, controlamos la situación de cerca y trabajamos la
depresión. Ahora bien, si la persona está decidida, se deben tomar de
inmediato una serie de medidas.
Rita afirmaba que estaba dispuesta a poner fin a su vida, pero había
dejado muy claro que esperaría un año y no haría nada antes de cumplir los
setenta. Quería cambiar, no morir; dada su situación, ya estaba muerta por
dentro. De momento, el suicidio no me preocupaba.
Sí me inquietaba en cambio la edad de Rita.
Me avergüenza reconocerlo, pero al principio me preocupaba estar de
acuerdo en secreto con la sombría percepción de Rita. Quizás fuera
demasiado tarde para ayudarla o cuando menos para brindarle el tipo de
ayuda que buscaba. En teoría, el psicoterapeuta debe sostener la esperanza
que el depresivo todavía no atisba y yo no veía demasiadas perspectivas en
su caso. Por lo general, vislumbro posibilidades porque los individuos
deprimidos casi siempre tienen algo que los ata a la vida: un empleo que los
obliga a levantarse por las mañanas (aunque no sea el trabajo de sus
sueños), una red de amigos (un par de personas con las que charlar) o
contacto con miembros de la familia (problemático, pero ahí está). Vivir
con los hijos, una mascota a la que le tienes cariño o una fe religiosa
también te protege contra el suicidio.
No obstante, por encima de todo, las personas deprimidas con las que yo
trabajaba eran más jóvenes.Más maleables. Por más que les desalentase el
panorama ahora mismo, tenían tiempo de cambiar el rumbo y crear cosas
nuevas.
Rita, en cambio, parecía la moraleja de una fábula personificada: una
anciana sola en el mundo, sin perspectivas de futuro y arrepentida hasta la
médula. Según su relato, nadie la había amado de verdad. Hija única de
unos padres mayores y distantes, les había fallado a sus propios hijos hasta
tal punto que ninguno de ellos quería contacto con ella y no tenía amigos,
parientes ni vida social. Su padre llevaba décadas muerto y su madre
falleció a los noventa tras largos años enferma de Alzheimer.
Me miró a los ojos y me plateó un desafío. Siendo realistas, me preguntó,
¿qué podía cambiar a estas alturas?
Cosa de un año antes, recibí una llamada de un reputado psiquiatra de
setenta y muchos años. Me preguntó si podía hablar con una paciente suya,
una mujer de poco más de treinta que se estaba planteando congelar sus
óvulos mientras seguía buscando pareja. El psiquiatra pensaba que a la
paciente le vendría bien hablar conmigo, por cuanto él no sabía gran cosa,
dijo, de lo que implica para una mujer relativamente joven buscar pareja y
tener hijos en el mundo actual. Ahora entendía cómo se sentía el psiquiatra
cuando me llamó. Yo tampoco estaba segura de entender en profundidad lo
que implica envejecer hoy día.
Durante la formación me habían hablado de los grandes desafíos que
afrontan las personas de la tercera edad. Sin embargo, este grupo
poblacional recibe poca atención en cuestión de salud mental. Para algunos,
la psicoterapia es un concepto extraño, como el TiVo, y además crecieron
creyendo que uno tenía que arreglar sus cosas por sí mismo (fueran cuales
fuesen esas «cosas»). Otros, que subsisten con una pensión exigua y buscan
ayuda en la asistencia social, no se sienten cómodos con los internos de
veinte años que suelen atenderlos y lo dejan al poco tiempo. Algunos
ancianos dan por supuesto que sus sentimientos forman parte del proceso de
envejecimiento y no se dan cuenta de que un tratamiento los podría ayudar.
La consecuencia de todo ello es que pocas personas de la tercera edad
acuden a terapia.
Al mismo tiempo, la vejez constituye hoy una parte de la vida más larga
que en el pasado. A diferencia de los sesentones de generaciones previas,
los sexagenarios de hoy están en plenas facultades en cuanto a capacidades,
conocimientos y experiencia, pero son desplazados por profesionales más
jóvenes. La expectativa de vida media en los Estados Unidos ronda los
ochenta años y es frecuente alcanzar los noventa. Así pues, ¿qué pasa con
esas identidades de sesenta durante las décadas que aún tienen por delante?
La vejez entraña una larga serie de pérdidas en potencia: salud, familia,
amigos, trabajo y sentido existencial.
Rita, por otro lado, no sufría un sentimiento de pérdida a consecuencia de
la edad. En vez de eso, estaba adquiriendo conciencia de la cantidad de
carencias que había acumulado a lo largo de su vida. Allí estaba, buscando
una segunda oportunidad, una oportunidad a la que únicamente le concedía
un año para materializarse. Tal como ella lo veía, había perdido tanto que ya
no tenía nada que perder.
En eso le daba la razón… en parte. Todavía podía perder la salud y la
belleza. Alta y delgada, con grandes ojos verdes, pómulos marcados y una
abundante melena pelirroja apenas surcada de vetas grises, Rita disfrutaba
de la fortuna genética de conservar el aspecto de una persona de cuarenta.
(Estaba tan aterrada ante la idea de vivir tanto como su madre y agotar el
plan de pensiones que se negaba a pagar por lo que llamaba «lujos
modernos », su eufemismo para el bótox.) También acudía a clases de
gimnasia en la asociación cristiana cada mañana «por tener un motivo para
levantarme de la cama». Su médico, que me la había enviado, decía que
Rita era «la persona con la salud más envidiable que he conocido en mi
vida».
No obstante, en cualquier otro aspecto, Rita parecía muerta, inerme.
Incluso sus movimientos irradiaban apatía, como su manera de encaminarse
al sofá a cámara lenta, un signo de depresión conocido como «inhibición
psicomotora». (Esta dificultad para coordinar el cerebro y el cuerpo podría
explicar igualmente porque yo no era capaz de atrapar al vuelo la caja de
pañuelos de Wendell.)
A menudo, cuando doy comienzo a una terapia, les pido a los pacientes
que relaten las últimas veinticuatro horas con el máximo detalle posible. De
eso modo me puedo hacer una idea de cuál es su situación actual: nivel de
integración y sentido de pertenencia, personas con las que se relacionan,
responsabilidades y factores de estrés, estabilidad o inestabilidad de sus
relaciones y a qué dedican el tiempo. Parece ser que la mayoría de nosotros
no somos conscientes de cómo pasamos el tiempo en realidad. Ni de las
cosas que hacemos a lo largo de la jornada hasta que la dividimos en horas
y verbalizamos nuestras actividades.
Los días de Rita transcurrían del modo siguiente: se levantaba temprano
(la menopausia le había arruinado el sueño) y se dirigía en coche a la
asociación cristiana. Volvía a casa, desayunaba viendo Good Morning
America . Pintaba o se echaba una siesta. Comía leyendo el periódico.
Pintura o siesta. Calentaba un plato congelado para cenar («es demasiado
lío cocinar para uno»), se sentaba en la escalera de su edificio («me gusta
mirar a los bebés y a los perros cuando los sacan a pasear al atardecer»),
miraba «telebasura», se quedaba dormida.
Por lo que parecía, Rita apenas si tenía contacto con otros seres humanos.
Pasaba días enteros sin hablar con nadie. Ahora bien, lo que más me chocó
de su vida no fue tanto que estuviera tan sola, sino su capacidad para evocar
en mí la idea de la muerte con cada cosa que decía o hacía. Como escribió
Andrew Solomon en El demonio de la depresión , «lo contrario de la
depresión no es la felicidad sino la vitalidad».
Vitalidad. Sí, Rita llevaba toda la vida deprimida y arrastraba una historia
complicada, pero yo no tenía claro si debía iniciar el tratamiento
centrándonos en su pasado. Aun si no se hubiera marcado una fecha límite,
había otro plazo que ninguno podemos cambiar: la mortalidad. Igual que
me sucedía con Julie, dudé acerca del objetivo del tratamiento. ¿Necesitaba
sencillamente alguien con quien hablar, para encontrar alivio al dolor y a la
soledad, o estaba dispuesta a entender de qué modo había contribuido ella a
la situación? Era la misma cuestión con la que yo me debatía en la consulta
de Wendell: ¿qué debía aceptar y que debía cambiar en mi propia vida? Sin
embargo, yo era dos décadas más joven que Rita. ¿Aún estaba a tiempo ella
para redimirse o era demasiado tarde? ¿En algún momento es demasiado
tarde para eso? ¿Y qué grado de malestar emocional estaba dispuesta a
soportar para averiguarlo? Pensé que el arrepentimiento te puede conducir a
dos sitios: o bien te encadena al pasado o te sirve de motor para el cambio.
Rita pretendía haber transformado su vida para cuando cumpliera setenta
años. En lugar de escarbar en las siete décadas pasadas, pensé, tendríamos
que empezar por inyectar un poco de vitalidad a su existencia… ahora.
—¿Compañía? —exclama Rita cuando le digo que no intentaré disuadirla
de que busque compañía entre hombres menores de setenta y cinco—. Ay,
cariño, no sea ingenua, por favor. Quiero algo más que compañía. Todavía
no estoy muerta. Incluso yo sé pedir alguna cosita por internet en la
intimidad de mi apartamento.
Tardo un momento en atar cabos. ¿Compra vibradores? ¡Bien por ella!
—¿Sabe —añade Rita— cuánto tiempo hace que nadie me acaricia?
Rita pasa a describir hasta qué punto la desanima el mercado de las citas;
y, como mínimo en ese aspecto, no está sola. Es la frase que más a menudo
repiten mis amigas solteras: buscar pareja es un asco.
Por otro lado, en el matrimonio tampoco le ha ido mucho mejor. Conoció
al que sería su primer marido a los veinte años, ansiosa por escapar de un
hogar deprimente. Se desplazaba a la universidad cada día y pasaba de
«morirse de aburrimientoy silencio» a «un mundo de gente e ideas
interesantes». Pero se vio obligada a compaginar el trabajo con los estudios
y, mientras tecleaba la soporífera correspondencia en una inmobiliaria,
añoraba esa vida social que tanto la animaba.
Y entonces apareció Richard en escena, un estudiante de último curso
encantador y sofisticado con el que mantenía conversaciones profundas y
que la llevó en volandas a la existencia que ansiaba… hasta que nació su
primer hijo, dos años más tarde. Fue entonces cuando Richard empezó a
trabajar hasta las tantas y a beber; pronto Rita estaba igual de sola y
aburrida que en su hogar de infancia. Después de cuatro hijos, incontables
peleas y demasiadas borracheras durante las cuales su marido los golpeaba
a ella y a sus hijos, Rita decidió marcharse.
¿Cómo? ¿Qué podía hacer? Había dejado la universidad. ¿Cómo pagaría
sus gastos y los de sus hijos? Con Richard, los niños tenían ropa, comida,
buenos colegios y amigos. ¿Qué les podía ofrecer ella, estando sola? En
muchos aspectos, se sentía como una niña indefensa. Al cabo de poco
tiempo, Richard no era el único que bebía.
Solo cuando la sangre estuvo a punto de llegar al río, Rita reunió el valor
para marcharse, pero para entonces sus hijos ya eran adolescentes y la
familia estaba destrozada.
Se casó con su segundo marido cinco años más tarde. Edward era la cara
opuesta de Richard, un viudo amable y considerado que acababa de perder a
su esposa. Tras divorciarse a los treinta y cinco, Rita había retomado su
tediosa profesión de secretaria (su única habilidad rentable, aparte de la
inteligencia y el talento artístico). Edward era un cliente de la agencia de
seguros en la que trabajaba. Se casaron seis meses después de conocerse,
pero el hombre todavía estaba en duelo por la muerte de su mujer y Rita
tenía celos de su amor por la difunta. Discutían sin parar. El matrimonio
duró dos años antes de que Edward la enviara a paseo. Su tercer marido
dejó a su esposa por ella y luego, cinco años más tarde, abandonó a Rita por
otra mujer.
Cada vez que se quedaba sola, se sumía en un estupor paralizante, pero a
mí la historia de Rita no me sorprendía. Nos casamos con nuestros asuntos
por resolver.
A lo largo de la década siguiente, Rita prescindió de buscar pareja.
Tampoco tenía demasiadas oportunidades de conocer a nadie, atrincherada
en su piso y haciendo aerobic en la asociación católica. Y luego presenció
la cruda realidad de un cuerpo octogenario, marchito y fláccido comparado
con el de su último marido, que solo tenía cincuenta y cinco años cuando se
divorciaron. Rita conoció al Señor Colgajos, como ella lo llamaba, a través
de una aplicación de citas y «como quería que alguien me tocara —explicó
— pensé que por probar no perdía nada». El hombre parecía joven para su
edad, explicó («más bien de setenta») y era guapo; vestido, claro está.
Después de mantener relaciones, me relató, él quería que se hicieran
arrumacos, pero Rita huyó al cuarto de baño, donde encontró «una farmacia
entera de medicamentos», incluida viagra. Ante una escena que le pareció
«vomitiva» (a Rita muchas cosas se le antojaban vomitivas), esperó a que el
hombre se durmiera (sus ronquidos eran tan vomitivos como su orgasmo) y
cogió un taxi para volver a casa.
—Nunca más —me jura ahora.
Intento imaginar la sensación de acostarse con un hombre de ochenta
años y me pregunto si por lo general los ancianos se desinflan al ver el
cuerpo de sus parejas. ¿Resulta impactante tan solo para aquellos que no
han visto nunca un cuerpo envejecido? ¿Es más sencillo prescindir de ese
factor para las personas que llevan juntas cincuenta años, porque se han ido
acostumbrando a los cambios?
Recuerdo haber leído una historia en internet. Pidieron a un matrimonio
de ancianos casados desde hacía más de sesenta años consejos para un
matrimonio feliz. Tras las típicas recomendaciones sobre comunicación y
compromiso, el marido añadió que el sexo oral todavía formaba parte de su
repertorio. Como es natural, el asunto corrió como la pólvora en la red y
buena parte de los comentarios expresaban repugnancia. Habida cuenta de
las reacciones tan viscerales que provocan en el público los cuerpos
envejecidos, no me extraña que los ancianos anden faltos de caricias.
Ahora bien, el contacto físico constituye una importante necesidad
humana. Está documentado que la caricias son esenciales para el bienestar a
lo largo de toda la vida. Los abrazos reducen la presión arterial y los niveles
de estrés, mejoran el humor y el sistema inmunológico. Los recién nacidos
pueden morir por falta de contacto y también los adultos (las personas que
reciben abrazos y caricias con regularidad viven más tiempo). Incluso se ha
acuñado un término para definir esta afección: hambre de piel.
Rita me dice que derrocha en pedicura no porque quiera pintarse las uñas
de los pies (¿quién las va a ver?), sino porque una mujer llamada Connie es
el único ser humano que la toca. Connie lleva años haciéndole los pies y no
habla ni una palabra de inglés. Pero sus masajes, dice Rita, son la gloria.
Cuando se divorció por tercera vez, Rita no sabía cómo podría vivir ni
una semana sin caricias. Estaba frenética, me confiesa. Pero pasó un mes. Y
luego los años se transformaron en décadas. No le gusta gastar dinero en
una pedicura que nadie va a ver, pero no tiene más remedio. Considera el
arreglo de los pies una necesidad, porque se volvería loca si careciera de
contacto humano por completo.
—Es como pagarle a una prostituta —dice Rita.
Igual que hace John conmigo , pienso. Soy su fulana emocional.
—El caso es —está diciendo Rita ahora en relación al octogenario— que
pensé que me sentiría bien. Quería volver a sentir las caricias de un hombre,
pero me parece que seguiré con la pedicura.
Le digo que las opciones no se limitan a Connie o al ochentón, pero Rita
me mira con sorna y sé lo que está pensando.
—Yo no sé a quién conocerá —le concedo—, pero es posible obtener
caricias, físicas y emocionales, de alguien que le guste, y que el sentimiento
sea mutuo. Puede que la acaricien de un modo totalmente nuevo, más
satisfactorio que en sus relaciones anteriores.
Estoy esperando que haga chasquear la lengua con impaciencia, el
equivalente para Rita a poner los ojos en blanco, pero guarda silencio y las
lágrimas inundan sus ojos verdes.
—Deje que le cuente una historia —me pide al tiempo que rescata un
pañuelo usado y arrugado de las profundidades del bolso, aunque tiene una
caja nueva en la mesita auxiliar—. En el piso de enfrente al mío vive una
familia —empieza—. Aparecieron hará cosa de un año. Acaban de mudarse
a la ciudad y están ahorrando para una casa. Tienen dos hijas pequeñas. El
marido trabaja desde casa y juega con las niñas en el patio. Se las sube a
hombros, las pasea a caballito y juegan a la pelota. Todo lo que yo nunca
tuve.
Busca más pañuelos en el bolso, no encuentra ninguno y se enjuga los
ojos con el que acaba de usar para sonarse. Siempre me pregunto por qué no
coge un pañuelo de la caja que tiene a pocos centímetros de distancia.
—En fin —continúa—. Cada día, alrededor de las cinco, la madre llega a
casa. Y siempre sucede lo mismo.
Rita no puede seguir hablando. Descansa. Vuelve a sonarse y a enjugarse
los ojos. ¡Coge un maldito pañuelo! , quiero gritarle. Esta sufrida mujer, a
la que nadie habla ni acaricia, ni siquiera se concede permiso para usar un
pañuelo limpio. Rita estruja lo que queda de esa bola de mocos, se seca los
ojos y respira.
—Cada día —prosigue—, la madre abre la puerta principal y grita:
«¡Hola, familia!». Así los saluda: «¡Hola, familia!».
Se le quiebra la voz y tarda un minuto en recuperar la compostura. Las
niñas, explica Rita, acuden corriendo, chillando de alegría, y el marido la
besa con emoción. Rita me dice que observa todo eso a través de la mirilla,
que ha agrandado en secreto para poder espiar. («No me juzgue», me pide.)
—¿Y sabe cómo reacciono yo? —pregunta—. Ya sé que es la actitud
menos generosa del mundo, pero me rechinan los dientes de rabia. A mínadie me ha dicho nunca: «¡Hola, familia!».
Trato de imaginar la clase de familia que Rita podría crear a estas alturas
de su historia; quizás con una pareja o recuperando el contacto con alguno
de sus hijos adultos. Pero me pregunto asimismo por otras posibilidades:
cómo podría encauzar su pasión por el arte o forjar nuevas amistades.
Pienso en el abandono que experimentó de niña y en el trauma que
sufrieron sus propios hijos. Hasta qué punto deben de sentirse todos
estafados y resentidos, incapaces de ver lo que tienen delante y la clase de
vida que todavía podrían construir. Y comprendo que yo, durante un
tiempo, tampoco he sido capaz de visualizar nada de eso para Rita.
Me acerco a la caja de pañuelos, se la tiendo a Rita y me siento a su lado
en el sofá.
—Gracias —dice—. ¿De dónde han salido?
—Siempre han estado ahí —es mi respuesta. Pero ella, en lugar de coger
un pañuelo limpio, sigue enjugándose la cara con su bola de mocos.
En el coche, de camino a casa, llamo a Jen. Ella debe de estar conduciendo
también.
Cuando responde, le digo:
—Por favor, prométeme que no seguiré buscando pareja cuando me
jubile.
Se ríe.
—No lo sé. Puede que sea yo la que esté buscando pareja cuando me
retire. Antes la gente tiraba la toalla cuando el cónyuge moría. Ahora se
dedican a ligar. —Oigo el bramido del claxon antes de que prosiga—: Y
hay muchos divorciados ahí fuera.
—¿Insinúas que tienes problemas conyugales?
—Sí.
—¿Ya se está tirando pedos otra vez?
—Sí.
Es una broma recurrente entre ellos. Jen amenaza a su marido con
cambiarse de habitación si sigue comiendo productos lácteos, pero a él le
encanta el queso y a ella le encanta él, así que nunca lo hace.
Entro en el aparcamiento y le digo a Jen que tengo que dejarla. Aparco el
coche y abro la puerta principal de casa, donde me espera mi pequeño con
su canguro, César. En teoría, César trabaja para nosotros, pero en realidad
es más bien un hermano mayor para Zach y un segundo hijo para mí.
Mantenemos una relación estrecha con sus padres, sus hermanos y su
multitud de primos, y lo he visto crecer hasta convertirse en el estudiante
universitario que es ahora, todo el tiempo al cuidado de mi hijo, que se
hacía mayor también.
Abro la puerta y grito:
—¡Hola, familia!
Zach responde desde su cuarto:
—¡Hola, mamá!
Cesar se retira un auricular del oído y grita desde la cocina, donde prepara
la cena.
—¡Eh!
Nadie corre emocionado a darme la bienvenida, nadie grita deleitado,
pero yo no me siento en desventaja como Rita sino todo lo contrario. Me
encamino a mi cuarto para enfundarme unos pantalones cómodos y, cuando
vuelvo a salir, todos empezamos a hablar a un tiempo, compartiendo las
noticias del día, bromeando, compitiendo por tomar la palabra, colocando
platos y sirviendo las bebidas. Los chicos discuten quién pone la mesa y
luego corren a servirse la porción más grande. ¡Hola, familia!
Una vez le dije a Wendell que se me da fatal tomar decisiones, que a
menudo lo que creo querer no progresa como yo esperaba. Sin embargo,
hay dos excepciones notables, y las dos resultaron ser las mejores
decisiones de mi vida. En ambos casos, tenía casi cuarenta años.
Una fue la decisión de tener un hijo.
La otra, la de estudiar psicología.
E
2 5 
El repartidor de UPS
l año que nació Zach, empecé a exhibir conductas inapropiadas hacia
el repartidor de UPS.
No digo que intentara seducirlo (es difícil mostrarse insinuante con
manchas de leche en la camiseta). Me refiero a que cada vez que me traía
un paquete (algo que sucedía con frecuencia, por cuanto necesitaba un
montón de productos de bebé) intentaba darle conversación, sencillamente
porque ansiaba compañía adulta. Lo obligaba a hablar del tiempo, de las
noticias o incluso del peso del paquete («¡hala, cuánto pesan los pañales!;
¿tú tienes hijos?»), mientras el conductor de UPS forzaba una sonrisa y
retrocedía sin demasiado disimulo a la seguridad de su furgoneta.
En aquella época me ganaba la vida escribiendo en casa. Eso significa
que me pasaba todo el día en pijama, bien delante del ordenador, bien dando
el pecho, cambiando, meciendo o interactuando de uno u otro modo con un
adorable pero exigente ser humano de cuatro kilos y medio, con un talento
especial para gritar como una banshee. Básicamente, me relacionaba con lo
que llamaba, en mis peores momentos, «un tracto gastrointestinal con
pulmones». Antes de tener un hijo, adoraba la libertad que supone no tener
un horario de oficina. Ahora ansiaba vestirme a diario y estar en compañía
de adultos capaces de articular una frase.
En mitad de esta tormenta perfecta de aislamiento y brusca caída de
estrógenos, empecé a preguntarme si habría cometido un error al dejar la
facultad de Medicina. El periodismo me gustaba; cubría cientos de temas
para montones de publicaciones distintas y todos los artículos giraban en
torno a un tema común que me apasionaba: la psique humana. No quería
dejar de escribir, pero ahora, despierta en mitad de la noche y apestando a
leche regurgitada, reconsideré la posibilidad de compaginar dos oficios. Si
estudiaba psiquiatría, discurrí, podría interactuar con la gente de manera
significativa, ayudarlos a ser más felices, pero también disfrutaría de la
flexibilidad necesaria para escribir y pasar tiempo con mi familia.
Medité la idea durante unas cuantas semanas, hasta que una mañana de
primavera llamé a la decana de Stanford y le planteé mi plan. Reconocida
investigadora, la decana era asimismo una especie de monitora de
campamentos en versión profesora de medicina. Yo había dirigido su grupo
de lectura para madres e hijas cuando estudiaba allí y la conocía bien.
Estaba segura de que, cuando le explicara la lógica de mi decisión, apoyaría
el plan.
En vez de eso, me preguntó:
—¿Y por qué ibas a hacer algo así?
Y luego añadió:
—Además, los psiquiatras no hacen felices a nadie.
Recordé un viejo chiste de la facultad de Medicina: «Los psiquiatras no
hacen felices a nadie… ¡los medicamentos sí!». De vuelta al mundo real,
entendí a qué se refería. No lo decía porque no respetase a los psiquiatras,
sino porque la psiquiatría actual se centra más en los matices de la
medicación y los neurotransmisores que en las sutilidades de las historias
vitales; ella lo sabía y yo también.
De todos modos, me preguntó, ¿de verdad estaba dispuesta a completar
los tres años de residencia teniendo un bebé? ¿No quería pasar tiempo con
mi hijo antes de llevarlo a la escuela infantil? ¿Acaso no recordaba haberle
expuesto mi deseo, cuando todavía estudiaba Medicina, de entablar una
relación más profunda con los pacientes de la que permitía la medicina
actual?
Y entonces —en el preciso instante en que imaginé a la decana negando
con la cabeza al otro lado del teléfono, justo cuando deseé poder retroceder
en el tiempo para borrar la conversación— dijo algo que cambió el curso de
mi vida.
—Deberías especializarte en psicología clínica.
Si escogía ese camino, dijo, podría trabajar con los pacientes tal y como
siempre había soñado: las visitas serían de cincuenta minutos, no de quince,
y entablaría relaciones profundas a largo plazo.
Me entraron escalofríos. La gente usa esa expresión de manera figurada,
pero yo los noté de verdad, con la piel de gallina incluida. No me podía
creer hasta qué punto la decana había dado en el clavo, como si el sentido
de mi vida acabara de revelarse ante mí. Ejerciendo el periodismo, pensé,
narraba historias de personas, pero no podía transformar sus vidas. Como
psicóloga, podría mejorarlas. Y al compaginar ambos oficios, disfrutaría de
la combinación perfecta.
—Ser psicólogo clínico requiere una mezcla de capacidades cognitivas y
creativas —prosiguió la decana—. Fusionarlas es todo un arte. No se me
ocurre un modo mejor de conjugar tus talentos e intereses.
Poco después de esa conversación, me senté en una sala e hice el examen
GRE, que es el equivalente a las pruebas de acceso universitario para los
cursos de posgrado. Me matriculé en la universidad de mi zona y, a lo largo
de los años siguientes, cursé los estudiosde psicología. Y seguí escribiendo,
escuchando historias y compartiéndolas, al mismo tiempo que aprendía a
ayudar a la gente a mejorar su vida y transformaba la mía en el proceso.
En esa época, mi hijo empezó a andar, luego a hablar, y las entregas del
repartidor de UPS evolucionaron de los pañales a los Lego.
—¡Oh, el jedi starfighter! —le decía—. ¿Eres fan de La guerra de las
galaxias ?
Y cuando por fin estaba a punto de graduarme, compartí la noticia con él.
Por primera vez, no trató de salir corriendo hacia su furgoneta. En vez de
eso, se inclinó hacia mí y me abrazó.
—¡Felicidades! —exclamó, con los brazos en torno a mi espalda—. Hala,
¿has llegado tan lejos teniendo un niño pequeño? Estoy orgulloso de ti.
Me quedé allí plantada, sorprendida y conmovida, abrazada a mi chico de
UPS. Cuando por fin me soltó, me dijo que él también tenía una buena
noticia: ya no cubriría mi ruta. Igual que yo, había decidido volver a
estudiar. Y para ahorrarse el alquiler tenía que trasladarse a casa de sus
padres, que vivían a unas horas de distancia. Quería ser contratista.
—¡Felicidades! —le dije, y le eché los brazos al cuello—. Yo también
estoy muy orgullosa de ti.
Vista desde fuera, la escena debía de parecer un tanto extraña. («¡Menuda
entrega!», imaginaba murmurando a los vecinos), pero seguimos abrazados
un rato que se me antojó muy largo, los dos encantados con nuestros logros.
—Me llamo Sam, por cierto —me dijo, cuando nos separamos.
—Yo me llamo Lori, por cierto —respondí. Él siempre me llamaba
«señora».
—Ya lo sé —señaló con la barbilla el paquete con mi nombre en la
etiqueta.
Ambos reímos con ganas.
—Bueno, Sam, te enviaré buenas vibraciones —le prometí.
—Gracias —sonrió él—. Las voy a necesitar.
Negué con un movimiento de la cabeza.
—Tengo el presentimiento de que las cosas te irán bien, pero te las
enviaré de todos modos.
Tras eso, Sam me pidió que firmara por última vez y se marchó. Desde el
asiento del conductor, mientras arrancaba su gran furgoneta marrón, me
hizo un gesto de ánimo con los pulgares.
Un par de años más tarde, recibí una tarjeta de visita de Sam. Guardé tu
dirección , había escrito en un papel autoadhesivo, ahora pegado a la tarjeta.
Si tienes algún amigo que necesite mis servicios, te agradeceré que les
pases mi contacto. En aquel entonces, todavía estaba haciendo el internado
y guardé la tarjeta en el cajón para más adelante. Sabía perfectamente
cuándo lo llamaría.
¿Las estanterías de mi despacho?
Las construyó Sam.
A
26
Encuentros incómodos
l principio de nuestra relación, Novio y yo hacíamos cola en una
tienda de yogur helado cuando entró uno de mis pacientes.
—¡Vaya, hola! —me saludó Keisha, y se situó detrás de nosotros—. Qué
raro verla aquí. —Se volvió a la derecha—. Este es Luke.
Luke, que rondaría los treinta y era tan atractivo como Keisha, sonrió y
me estrechó la mano. Aunque nunca nos habíamos visto, yo sabía muy bien
quién era. Estaba al corriente de que Luke, el novio de Keisha, acababa de
engañarla con otra y que ella se dio cuenta porque fue incapaz de tener una
erección cuando se acostó con ella. Cada vez que la traicionaba, sucedía lo
mismo. («El sentimiento de culpa —me comentó ella una vez— le afecta al
pene.»)
También sabía que Keisha se estaba preparando para dejarlo. Había
entendido por qué se sintió atraída por él al conocerlo y quería escoger a un
hombre en el que pudiera confiar, desde la conciencia. En la última sesión
me confió que planeaba romper el fin de semana. Estábamos a sábado.
¿Había cambiado de idea, me pregunté, o tenía pensado comunicarle su
decisión el domingo, para tener el día siguiente ocupado y no flaquear en su
decisión? Me había contado que tenía intención de decírselo en un lugar
público. De ese modo se aseguraba de que no le montara una escena y
suplicara que siguiera con él, como hizo cuando mantuvieron la
conversación en el apartamento de ella, en dos ocasiones. Keisha no quería
transigir de nuevo solamente porque él le dijera lo que deseaba oír.
En la cola de los yogures, Novio aguardaba expectante, esperando ser
presentado. Yo todavía no le había explicado que, si me topaba con algún
paciente fuera del gabinete, no daba muestras de conocerlo a menos que
este lo hiciera en primer lugar, con el fin de proteger su intimidad. Se podría
haber creado una situación tensa si yo, por ejemplo, saludaba a un paciente
y su acompañante preguntaba: «¿quién es?», ante lo cual el otro tendría que
responder con una evasiva o explicárselo allí mismo. ¿Y si me dirigía a un
paciente que iba a acompañado de un compañero de trabajo, de su jefe o de
un nuevo ligue?
Aun en el caso de que ellos me saludaran, yo no los presentaba a mis
acompañantes. Eso habría sido romper el acuerdo de confidencialidad, a
menos que mintiese cuando me preguntaran de qué conocía a esa persona.
Así que Novio me estaba mirando, Luke lo observaba a él y Keisha
lanzaba ojeadas discretas a mi mano, que Novio sostenía.
Yo ya me había encontrado a otro paciente estando con Novio, sin que él
lo supiera. Unos días antes, el marido de una pareja con la que estaba
trabajando se cruzó con nosotros en la calle. Sin pararse, me saludó, yo le
respondí y ambos seguimos caminando en direcciones opuestas.
«¿Quién era?», preguntó Novio.
«Ah, un conocido del trabajo», respondí con indiferencia, aunque conocía
mejor sus fantasías sexuales que las de mi propia pareja.
El sábado por la noche, en la tienda de yogur helado, sonreí a Keisha y a
Luke y luego me di media vuelta para situarme de cara al mostrador. La
cola era larga. Novio captó la indirecta y se puso a charlar sobre los
distintos sabores del yogur, mientras yo intentaba desconectar de la voz de
Luke, que comentaba emocionado con Keisha distintos planes para las
vacaciones. Él intentaba fijar fechas, ella respondía con evasivas y Luke le
preguntó si prefería dejarlo para el mes siguiente. Por fin Keisha sugirió que
lo hablaran más tarde y cambió de tema.
A mí me reconcomía la vergüenza ajena, por los dos.
Cuando Novio y yo compramos los yogures, lo llevé a una mesa apartada,
junto a la salida, y me senté de espaldas a la concurrencia, para que tanto
Keisha como yo pudiéramos disfrutar de cierta intimidad.
Unos minutos más tarde, Luke salió disparado pasando junto a nuestra
mesa, seguido de su novia. A través del escaparate, la vi disculparse por
gestos, pero Luke montó en su coche y arrancó, casi atropellando a Keisha.
Novio sumó dos y dos.
—Ahora entiendo de qué la conoces.
Bromeó diciendo que salir con una psicóloga se parecía a ser pareja de
una agente de la CIA.
Yo me reí y respondí que ser psicóloga a veces se parecía más bien a
tener una aventura con todos tus pacientes, pasados y presentes, al mismo
tiempo. Siempre estamos fingiendo no conocer a personas de las que tanto
sabemos.
Sin embargo, a menudo somos los terapeutas los que nos sentimos
incómodos cuando nuestros mundos chocan. Al fin y al cabo, poseemos
información sobrada de la vida real de las personas que acuden a consulta.
Son ellos los que no saben nada de la nuestra. Fuera del gabinete, somos
como celebridades de serie Z, en el sentido que casi nadie nos reconoce
pero, para aquellos que lo hacen, un solo encuentro resulta significativo.
He aquí algunas de las cosas que un psicólogo clínico no puede hacer en
público: llorar con un amigo en un restaurante, discutir con el cónyuge,
pulsar el botón del ascensor una y otra vez como si fuera una bomba de
morfina. Si tienes prisa de camino al despacho, no puedes tocar el claxon
para meter prisa al conductor del coche que te está bloqueando el paso, por
si un paciente te ve (o el conductor es tu paciente).
Si eres una reputada psicóloga infantil, como una colega mía, no querrás
estar en la cola de la panadería cuando tu hijo de cuatro años tenga un
berrinche porque no le das otra galleta y, para colmo, la pataleta termine
con la ensordecedora constatación: «ERES LA PEOR MAMÁ DEL
MUNDO», sobre todo si un niño de seis años con el que trabajas y su
madre te están observandoestupefactos. Ni tampoco te hará ninguna gracia,
como me pasó a mí, encontrarte a una antigua paciente en la sección de
ropa interior de unos grandes almacenes justo cuando la dependienta
regresa anunciando a voz en cuello: «¡Buenas noticias, señora! He
encontrado un Miracle Bra en la talla noventa A!».
Cuando vas al baño entre sesiones, es preferible evitar la cabina contigua
a la de tu próxima visita, en particular si alguna de los dos está soltando
algo apestoso. Y si vas a la farmacia que hay enfrente de tu gabinete de
psicoterapia, no te apetece nada que te vean en el pasillo comprando
preservativos, tampones, laxantes, pañales para adultos, cremas para
infecciones por hongos o para hemorroides o recetas para ETS o trastornos
mentales.
Cierto día que me sentía débil y griposa, bajé a la farmacia de enfrente a
recoger una medicación. La farmacéutica me tendió lo que, en teoría, habría
debido ser un antibiótico, pero que en realidad era un antidepresivo,
descubrí al mirar la etiqueta. Unas semanas antes, una reumatóloga me
había recetado el antidepresivo genérico para la fibromialgia, que según ella
podría explicar cierta fatiga persistente, pero luego decidimos esperar un
tiempo debido a sus efectos secundarios en potencia. Yo nunca recogí el
medicamento y la reumatóloga canceló la receta; a pesar de todo, por
alguna razón, todavía aparecía en el ordenador y cada vez que iba a buscar
un medicamento, la farmacéutica traía el antidepresivo y anunciaba el
nombre a viva voz mientras yo rezaba para que ninguno de mis casos
estuviera en la cola.
A menudo, cuando ven nuestro lado humano, los pacientes se marchan.
Poco después de que John acudiera a mí, me lo encontré en un partido de
los Lakers. Sucedió durante la media parte y mi hijo y yo estábamos
esperando para comprar una camiseta.
—¡Por Dios! —oí rezongar a alguien. Cuando busqué la voz con la
mirada, vi a John un poco más adelante, en la fila que discurría junto a la
nuestra. Iba acompañado de otro hombre y dos chicas cuya edad coincidía
con la de su hija mayor. Una tarde padre-hija, supuse. John despotricaba de
los compradores que los antecedían, una pareja que se estaba tomando su
tiempo para hacer la compra; parecían incapaces de retener las tallas
agotadas.
—Oh, por el amor de Dios —estalló John. Su retumbante voz captó la
atención de todos los que estaban a su alrededor—. Se han acabado las de
Kobe negras en todas las tallas menos en la pequeña, que obviamente no es
la vuestra, y solamente tienen la blanca en talla de niño, que tampoco es la
vuestra. Pero sí la de estas chicas que han venido a ver el partido de los
Lakers, que empieza en —exhibió el reloj haciendo muchos aspavientos—
cuatro minutos.
—Tranquilo, colega —le dijo uno de los compradores.
—¿Tranquilo? —exclamó John—. A lo mejor eres tú el que está
demasiado tranquilo. A lo mejor deberías tener en cuenta que el descanso
dura quince minutos y que hay una cola considerable detrás. A ver, veinte
personas, quince minutos, menos de un minuto por persona… ¡Oh, mierda,
quizás no debería estar tan tranquilo!
Obsequió al chico con su radiante sonrisa y, en ese momento, se dio
cuenta de que yo lo estaba mirando. Se quedó helado, estupefacto de ver a
su amante/fulana/psicoterapeuta allí de pie, la misma cuya existencia no
quería que su mujer —ni seguramente su hija, ni su amigo— descubrieran.
Ambos desviamos la vista como si no nos conociéramos.
Sin embargo, cuando mi hijo y yo compramos la camiseta y corrimos de
regreso a los asientos cogidos de la mano, advertí que John nos observaba
de lejos con una expresión inescrutable.
En ocasiones, cuando me cruzo con algún paciente en el mundo real, en
particular la primera vez que sucede, les pregunto en la siguiente sesión
cómo vivieron la experiencia. Algunos terapeutas aguardan a que el otro lo
mencione, pero a menudo el hecho de no referirse a ello le suma
importancia, como el típico «elefante» en la habitación del que nadie habla,
y comentar el encuentro los alivia. Así pues, cuando volvimos a vernos, le
expresé a John mi interés por saber cómo vivió la experiencia.
—¿A qué viene esa pregunta, si se puede saber? —exclamó. Soltó un
suspiro seguido de un gruñido—. ¿Sabe cuánta gente había en ese partido?
—Mucha —fue mi respuesta—. Pero a veces es raro ver a tu terapeuta
fuera de la consulta. O a sus hijos.
Había pensado mucho en la expresión de John cuando me vio correr con
Zach. En secreto me preguntaba cómo se sintió al ver a una madre de la
mano con su hijo, por cuanto había perdido a la suya siendo un niño.
—¿Quiere saber cómo me sentó ver a mi psicóloga y a su hijo? —
preguntó John—. Me llevé un disgusto.
Me sorprendió que se mostrara dispuesto a compartir su reacción.
—¿Y eso?
—Su hijo se quedó con la última camiseta de Kobe en la talla de mi hija.
—¿Ah?
—Sí, por eso me llevé un disgusto.
Esperé a que continuara, si acaso se había cansado de tomarme el pelo. Se
hizo un silencio. Por fin John empezó a contar:
—Un elefante, dos elefantes, tres elefantes… —Me lanzó una mirada
exasperada—. ¿Cuánto tiempo vamos a seguir aquí sentados sin decir nada?
Entendía su frustración. En las películas, los silencios de los psicólogos
se han convertido en un tópico, pero la quietud es necesaria para que las
personas puedan oír sus emociones. Guardar silencio equivale a vaciar la
papelera. Cuando dejas de volcar basura en la nada —palabras, palabras y
más palabras— algo importante emerge a la superficie. Y cuando el silencio
es una experiencia compartida, se puede convertir en una mina de oro de
pensamientos y sentimientos cuya existencia el paciente ni siquiera conocía.
No me extraña que me pasara toda una sesión con Wendell prácticamente
sin decir ni palabra, llorando sin más. Aun la mayor felicidad a menudo se
comunica mejor a través del silencio, como sucede cuando un paciente ha
conseguido un ascenso con mucho esfuerzo o se ha prometido y no
encuentra las palabras para expresar lo que está sintiendo. En esos casos
permanecemos mudos, sonriendo.
—Estoy esperando a oír lo que tenga que decirme.
—Bien —asintió John—. En ese caso me gustaría hacerle una pregunta.
—¿Mmm?
—¿Cómo se sintió usted cuando me vio?
Nadie me había preguntado eso nunca. Medité un ratito mi reacción y
cómo transmitírsela a John. Recordé que me había irritado el tono que había
empleado con la pareja de compradores, delante de todo el mundo, y mis
remordimientos por aplaudirle en secreto. Yo también quería volver a las
gradas antes de que finalizara el descanso. Me acordé igualmente de que, al
regresar a mi asiento, lo miré de reojo y advertí que John y su grupo estaban
sentaos junto a la pista. Vi a su hija mostrarle algo en el móvil y, mientras
miraban juntos la pantalla, él le rodeó los hombros con el brazo y estallaron
en carcajadas, y el gesto me conmovió tanto que no podía desviar la vista.
Quería compartir eso con él.
—Bueno —empecé— fue…
—Ay, por Dios, ¡estaba bromeando! —me interrumpió—. Obviamente,
me trae sin cuidado cómo se sintió. A eso voy. ¡Era un partido de los
Lakers! Habíamos ido a ver a baloncesto.
—Vale.
—¿Vale, qué?
—Vale, le da igual.
—Desde luego que sí.
John volvía a mostrar esa expresión, la misma que había visto en su rostro
cuando me vio correr con Zach. Y por más que me esforzase por conectar
con él ese día —ayudándolo a echar el freno y reparar en sus sentimientos,
hablando de lo que estaba pasando en la sesión, compartiendo cómo me
sentía durante la conversación— no hubo nada que hacer. Se cerró en
banda.
Únicamente al final, cuando ya se iba, se volvió a mirarme desde el
pasillo y me dijo:
—Muy mono, por cierto, su hijo. Me encantó cómo le cogía la mano. Los
chicos no siempre hacen eso.
Aguardé la puntilla final. En vez de eso, me miró a los ojos y añadió, casi
meditabundo:
—Disfrútelo mientras pueda.
Me quedé allí parada un momento. Disfrútelo mientras pueda.
¿Hablaba por su hija? Quizás ya no le dejaba que le tomara la mano en
público. Pero también había dicho: «Los chicos no siempre hacen eso».
¿Qué sabíaél de criar niños, siendo padre de dos chicas?
Hablaba de su madre y él, concluí. Me guardé la observación para más
adelante, cuando estuviera listo para tocar el tema.
C
27
La madre de Wendell
uando Wendell era niño, cada mes de agosto, sus cuatro hermanos y él
se amontonaban en la ranchera familiar y viajaban con sus padres de
la urbanización del Medio Oeste en la que vivían todo el año a una cabaña
junto a un lago para pasar las vacaciones con su gran familia extensa.
Debían de sumar cosa de veinte primos en total y los niños iban en manada
de acá para allá. Salían por la mañana y no volvían a casa hasta la hora del
almuerzo (que devoraban con un hambre canina, sentados sobre mantas en
un prado), para luego desaparecer de nuevo hasta la hora de cenar.
En ocasiones, los primos daban un paseo en bici, pero Wendell, el más
joven de todos, no quería montar. Cada vez que sus padres o sus hermanos
mayores se ofrecían a enseñarle, él fingía que no le apetecía, pero todo el
mundo sabía que Wendell no podía dejar de pensar en la historia de un
chico mayor que se había quedado sordo de un oído al caer de la bici y
darse un golpe en la cabeza.
Por suerte, las bicis no eran el único entretenimiento en el lago. Aunque
unos cuantos primos salieran a pedalear, siempre quedaban niños
suficientes con los que nadar, trepar a los árboles y jugar en equipos a
capturar la bandera.
Y entonces, un verano, poco después de que Wendell cumpliera trece
años, desapareció. La tribu de primos regresó para comer y, mientras
masticaban grandes bocados de sandía, alguien advirtió que Wendell no
estaba con ellos. Miraron en el interior de la cabaña. Vacía. Formaron
grupos para buscarlo por el lago, en los bosques, en el pueblo. Pero el niño
no aparecía por ninguna parte.
Tras cuatro horas aterradoras para su familia, Wendell regresó… montado
en una bicicleta. Por lo visto, una niña muy mona que había conocido junto
al lago le había preguntado si quería dar un paseo en bici con ella, así que se
acercó a la tienda del pueblo y explicó su problema. El propietario miró al
escuálido e ilusionado muchacho de trece años y al momento captó la
historia. Cerró la tienda, lo llevó a un solar abandonado y lo enseñó a
montar. Le prestó una bici gratis para todo el día.
Y allí estaba, pedaleando en dirección a la cabaña. Sus padres lloraron de
alivio.
Wendell y la chica del lago pasearon juntos en bici durante el resto del
verano y, cuando las vacaciones llegaron a su fin, mantuvieron una
correspondencia que duró varios meses. Pero un día Wendell recibió una
carta de su amiga. En ella le decía que había conocido a otro chico en la
escuela y ya no le escribiría más. Su madre encontró la misiva rota en la
papelera.
Wendell fingió que le daba igual.
—Ese año hizo un curso intensivo de ciclismo y de amor —comentaría su
madre más tarde—. Te arriesgas, caes, te levantas y vuelta a empezar.
Wendell se levantó. Y, con el tiempo, dejó de fingir que le daba igual.
Después de terminar los estudios universitarios y empezar a trabajar en el
negocio familiar, ya no pudo seguir aparentando que su interés por la
psicología era un mero pasatiempo. Así que Wendell se marchó y se
doctoró en psicología. Ahora fue su padre el que simuló indiferencia. E,
igual que Wendell, al final volvió a montar en su bici metafórica y aceptó la
decisión de su hijo.
Al menos, así cuenta la madre de Wendell la historia.
Como es de suponer, no me la confió a mí . Sé todo esto por cortesía de
internet.
Ojalá pudiera decir que me topé con la información casualmente, que
necesitaba la dirección de Wendell para enviarle un talón, tecleé su nombre
y —Oh, vaya, mira lo que ha aparecido — allí mismo, en la página de
búsquedas, surgió la entrevista protagonizada por su madre. Sin embargo,
solamente sería verdad que escribí su nombre en el buscador.
Un pequeño consuelo: no soy la única que espía en Google a su psicólogo.
Julie me citó una vez a un científico que trabaja en su universidad al que
yo había mencionado en un artículo, como si ambas hubiéramos hablado de
él con anterioridad (no lo habíamos hecho). Rita hizo alusión al hecho de
que las dos nos habíamos criado en Los Ángeles, aunque yo nunca le había
comentado dónde me crie. En cierta ocasión, John concluyó una diatriba
sobre un «idiota» recién graduado en Stanford al que acababa de contratar
diciendo: «La Harvard del oeste, y un cuerno». Y luego, mirándome
avergonzado, añadió: «O sea, no se ofenda». Sabía que yo había estudiado
en Stanford. También sé que John buscó en Google a Wendell para saber
más del psicólogo de su mujer, porque cierto día se quejó de que no tenía
web ni foto, algo que despertó sus sospechas: «¿Qué trata de ocultar, el muy
idiota? —dijo—. Ah, claro, su incompetencia».
Así que los pacientes espían a sus terapeutas, pero mi excusa no es esa.
De hecho, jamás se me habría ocurrido fisgonear hasta que sugirió que,
acechando a Novio en Google, me estaba aferrando a un futuro que ya no
existía. Veía cómo el mañana de Novio se desplegaba ante mis ojos
mientras yo seguía atrapada en el pasado. Tenía que aceptar que su futuro y
el mío, su presente y el mío, discurrían ahora por sendas distintas y lo único
que teníamos en común era nuestra historia.
Ante el portátil, recordé hasta qué punto había sido Wendell tajante al
respecto. Y entonces pensé que en realidad no sabía nada de él aparte de
que había compartido prácticas con Caroline, la colega que me proporcionó
su contacto. Ignoraba dónde había estudiado, en qué se había especializado
y toda la información básica que la gente reúne en internet antes de iniciar
una terapia con alguien. Estaba tan necesitada de ayuda que había aceptado
la derivación de Caroline para mi «amigo» con los ojos cerrados.
Si algo no funciona, prueba otra cosa , nos enseñan a los psicoterapeutas
en las prácticas cuando estamos atascados con un caso, y también se lo
sugerimos a los pacientes. ¿Por qué seguir haciendo algo que no te da
resultado? Si espiar a Novio en internet me impedía avanzar, como Wendell
apuntaba, cambiaría de táctica. Pero, ¿qué podía hacer? Probé a cerrar los
ojos y respirar, una estrategia que puede cortar un impulso compulsivo. Y
funcionó… más o menos. Cuando volví a abrirlos, no escribí el nombre de
Novio en Google.
Escribí el de Wendell.
John tenía razón: el hombre era prácticamente invisible. No tenía página
web. Ni estaba en LinkedIn. No aparecía información suya en Psychology
Today ni en Facebook ni en Twitter. Tan solo un enlace con la dirección de
su consulta y el número de teléfono. Para ser un psicólogo de mi
generación, Wendell pertenecía a la vieja escuela hasta extremos
sorprendentes.
Volví a revisar los resultados de Google. Había varios Wendell Bronson,
pero ninguno era mi psicoterapeuta. Seguí mirando y, dos páginas más
adelante, encontré una lista Yelp sobre Wendell. Contenía una reseña. La
pinché.
La autora, que firmaba como Angela L., formaba parte del «pelotón élite»
desde hacía 5 años, y no me extraña. Había compartido reseñas de
restaurantes, tintorerías, colchonerías, residencias caninas, dentistas (a
montones), ginecólogos, manicuristas, techadores, floristas, boutiques,
hoteles, empresas de control de plagas, empresas de mudanzas, farmacias,
vendedores de coches, estudios de tatuaje, un abogado especializado en
lesiones e incluso un abogado penal (una multa de aparcamiento que se
había convertido de algún modo en un delito).
Sin embargo, lo más sorprendente de Angela L. no era el número de
reseñas, sino hasta qué punto casi todas eran negativas y agresivas.
¡SUSPENSO! , escribía. ¡INÚTILES! Angela L. parecía horriblemente
decepcionada con todo. Con la manera de cortarle las cutículas. Con el tono
del recepcionista. Aun estando de vacaciones, nada escapaba a su
escrutinio. Publicaba reseñas mientras estaba alquilando un coche, mientras
se registraba en el hotel, al subir a su habitación, en cada uno de los
establecimientos en los que comía y bebía durante el viaje, al parecer, e
incluso en la playa (dondeen cierta ocasión tropezó con una roca que
asomaba entre la que en teoría debía ser sedosa arena blanca y, según
afirmó, se lastimó el pie). En todas las ocasiones, la gente con la que se
cruzaba era perezosa, incompetente o estúpida.
Me recordó a John. Y entonces se me ocurrió que tal vez Angela L. fuera
Margo. Porque la única persona en el mundo que no sacaba de quicio a
Angela o la trataba mal era Wendell.
A él le dio cinco estrellas, por primera vez.
He ido a muchos psicólogos —no me sorprendió— pero esta vez tengo la
sensación de estar progresando de verdad , escribió. Proseguía la reseña
poniendo por las nubes la empatía y la sabiduría de Wendell y añadía que la
estaba ayudando a entender cómo su propia conducta contribuía a sus
problemas conyugales. Gracias a Wendell, concluía, había sido capaz de
reconciliarse con su marido después de su separación. (Entonces no era
Margo.)
La reseña se remontaba a un año atrás. Observando sus comentarios
posteriores, advertí una tendencia. Poco a poco, su serie invariable de
pésimas valoraciones derivaba en elogios acompañados de tres y luego
cuatro estrellas. Angela L. estaba menos enfadada con el mundo, no parecía
tan propensa a culpar a los demás de su infelicidad (una maniobra que
llamamos «externalización»). Había menos rabia hacia los comerciales del
servicio al cliente, menos faltas al respeto percibidas (personalización), más
consciencia (en una reseña llegaba a reconocer que a veces podía ser difícil
de complacer). El número de publicaciones había descendido también, señal
de una conducta menos obsesiva. Empezaba a dar muestras de «sobriedad
emocional», que es la capacidad de regular los sentimientos sin
automedicarse, ya sea con sustancias, defensas, aventuras o internet.
Bravo por Wendell , pensé. Advertía la evolución emocional de Angela L.
en la progresión de sus reseñas en Yelp.
Sin embargo, en el instante en que empezaba a asombrarme de las
habilidades de mi terapeuta, me topé con otra airada reseña de Angela L.
Otorgaba una estrella a un servicio de autobuses, el mismo al que en una
reseña anterior puntuaba con cuatro. Angela L. se declaraba horrorizada de
que en el autobús estuviera sonando música ambiental a todo volumen y el
conductor no pudiera apagarla. ¿Cómo podían «atacar» a los pasajeros de
ese modo? Tres párrafos más tarde, remarcado con MAYÚSULAS y signos
de exclamación, Angela L. concluía el comentario diciendo: Llevo meses
viajando en estos autobuses, pero nunca más. ¡¡¡Nuestra relación ha
terminado!!!
Su dramática ruptura con el servicio de autobuses tras una serie de
reseñas más equilibradas era de esperar. Seguramente, igual que les pasa a
tantos pacientes, había recaído, se había arrepentido, comprendido que
había tocado fondo y decidido que la moderación no bastaba; tenía que
abandonar Yelp por completo. Y de momento lo había conseguido; aquella
era la última reseña de Angela L., publicada seis meses atrás.
Yo, en cambio, no estaba dispuesta a renunciar a mi fisgoneo en Google.
Media hora más tarde, el cursor de mi pantalla planeaba sobre la entrevista
a la madre de Wendell. El psicólogo que yo conocía parecía sensato y poco
convencional a un tiempo, duro y tierno, seguro de sí mismo y tímido.
¿Quién lo había criado? Tenía la sensación de haber encontrado la veta
madre, nunca mejor dicho.
Como es natural, pinché el enlace.
La entrevista, que resultó ser una historia familiar de diez páginas de
extensión, aparecía en el blog de una organización municipal que estaba
documentando las vidas de familias prominentes del Medio Oeste asentadas
en el pueblo durante medio siglo.
Tanto el padre como la madre de Wendell procedían de cunas humildes.
Su abuela por parte materna murió al dar a luz. La madre de Wendell se
marchó a vivir con la hermana de su padre en un pequeño apartamento,
donde encontró una nueva familia. El padre de mi psicoterapeuta, mientras
tanto, se estaba labrando un futuro, el primero de la familia en cursar
estudios universitarios. En una enorme universidad pública conoció a la
madre de Wendell, la primera mujer de su familia en licenciarse también.
Después de casarse, él arrancó un negocio, ella dio a luz a una prole de
cinco hijos y, en la época en que Wendell alcanzó la adolescencia, la familia
había reunido un patrimonio espectacular. Esa era una de las razones de que
los hubieran entrevistado. Por lo visto, los padres de Wendell donaban
buena parte de su riqueza a obras de caridad.
Para cuando llegué a los nombres de los hermanos de Wendell, y a sus
mujeres e hijos, estaba tan desquiciada como Angela L. Investigué a la
familia al completo: cómo se ganaban la vida, en qué ciudades vivían, qué
edades tenían sus hijos, quién estaba divorciado. Ninguno de los datos fue
fácil de encontrar; la misión me requirió numerosas referencias cruzadas y
horas de trabajo.
También es verdad que sabía unas cuantas cosas de Wendell por
comentarios que el hombre dejaba caer estratégicamente en las sesiones. En
cierta ocasión, cuando exclamé: «¡Pero no es justo!», en referencia a lo
sucedido con Novio, él me miró y replicó con ternura: «Habla usted como
mi hijo de diez años. ¿Quién le ha dicho que la vida es justa?».
Yo entendí que tenía razón, pero pensé igualmente: Vaya, tiene un niño de
la edad del mío. Cada vez que dejaba caer un dato, yo me sentía como si me
hubiera hecho un regalo.
Sin embargo, aquella noche en internet, había siempre otro hilo, otro
enlace. Conoció a su mujer a través de un amigo mutuo; su familia vivía en
un caserón de estilo español que, según Zillow, había doblado su valor
desde que lo compraron; si me cambió una cita en una fecha reciente fue
porque iba a impartir una conferencia.
Cuando por fin cerré el portátil, la noche había pasado y yo me sentía
culpable, vacía y agotada.
Internet puede ser tanto un bálsamo como una adicción, un modo de
adormecer el dolor (el bálsamo) al mismo tiempo que lo genera (la
adicción). Cuando el efecto de la ciberdroga se desvanece, te sientes peor,
no mejor. Los pacientes creen que quieren saber acerca de sus
psicoterapeutas, pero a menudo, cuando investigan la vida de estos, desean
no haberlo hecho, porque ese conocimiento posee la capacidad de
contaminar la relación e inducir al consultante a editar, conscientemente o
no, lo que dice en terapia.
Yo sabía que había hecho algo destructivo. Y también tenía muy claro
que no le hablaría a Wendell de mi transgresión. Ahora entendía por qué,
cuando a un paciente se le escapa algún dato sobre mí que yo no he
compartido y le pregunto las razones, siempre percibo una ligera vacilación
mientras el otro decide si ser sincero o mentir. No es fácil confesarle a tu
psicólogo que has estado fisgoneando. Yo me sentía avergonzada —de
haber invadido la intimidad de Wendell, de haber perdido la noche— y juré,
quizás como Angela L., que no se repetiría.
No obstante, el daño ya estaba hecho. Cuando acudí a la siguiente sesión,
el conocimiento recién adquirido me pesaba horrores. No podía dejar de
pensar que antes o después cometería un desliz; igual que hacían mis
pacientes.
–M
28
Adicción
ANOTACIONES PRELIMINARES, Charlotte:
Paciente de veinticinco años, dice sentirse «ansiosa» desde hace
unos meses, aunque nada digno de mención ha sucedido. Afirma
que está «aburrida» de su trabajo. Describe dificultades con sus
padres pero una intensa vida social, aunque en su historia no hay
relaciones románticas significativas. Para relajarse, comenta, bebe
«un par de copas de vino» cada noche.
e va a matar —me dice Charlotte cuando entra con parsimonia y,
despacio, se acomoda en la enorme butaca que hay a mi derecha,
en diagonal. Se posa un almohadón en el regazo y luego extiende la manta
por encima. Nunca se ha sentado en el sofá, ni siquiera en la primera sesión.
En vez de eso, ha convertido la butaca en su trono particular. Como de
costumbre, extrae sus pertenencias del bolso, una a una, como si deshiciera
el equipaje para su estancia de cincuenta minutos. En el brazo izquierdo de
la butaca, deja el teléfono yel podómetro; en el derecho, la botella de agua
y las gafas de sol.
Hoy lleva colorete y pintalabios, y sé lo que eso significa: ha estado
coqueteando otra vez con el chico de la antesala.
El gabinete en el que trabajo cuenta con una gran zona de espera donde
los pacientes aguardan a que los visiten. La salida es más discreta; hay un
pasillo interior que conduce al rellano. Por lo general, los pacientes se
aíslan mientras aguardan; pero Charlotte está tramando algo.
El Tío, como llama Charlotte al blanco de su coqueteo (ni ella ni yo
conocemos su nombre) es un paciente de mi colega Mike. Charlotte y él
coinciden en horario. Según ella, la primera vez que el Tío apareció, se
fijaron en el otro al instante y se miraron a hurtadillas mientras fingían estar
pendientes de sus móviles. La situación se prolongó semanas y, después de
las sesiones, que también concluían a la misma hora, salían por la puerta
interior y se lanzaban miraditas furtivas en el ascensor antes de partir cada
uno por su lado.
Por fin, un día, Charlotte llegó con noticias frescas.
—El Tío me ha hablado —me susurró, como si el paciente de Mike
pudiera oírnos a través de las paredes.
—¿Qué ha dicho? —quise saber.
—Ha dicho: Y bien, ¿qué problema tienes?
Buena frase , pensé. Aunque no fuera el colmo de la originalidad, no
estaba nada mal.
—Pero me va a matar —me dijo Charlotte. Inspiró como si se dispusiera
a hacer una gran revelación, pero yo ya había oído otras veces esa frase. Si
Charlotte había bebido demasiado la semana anterior, empezaba la sesión
diciendo: «Me va a matar». Si se acostaba con un chico y luego se
arrepentía (como sucedía a menudo), arrancaba con «me va a matar».
Incluso la iba a matar cuando tardó tanto en sentarse a revisar distintas
opciones de posgrado que pasó el plazo de preinscripción. Ya habíamos
comentado que, debajo de esa proyección, había un profundo
remordimiento.
—Bueno, no me va a matar —reconoció—, pero… uf . No sabía qué
decir, me he quedado paralizada. No le he hecho ni caso y he fingido que
estaba concentrada con los mensajes. Porras, me odio a mí misma.
Imaginé al Tío en aquel mismo instante en la consulta de mi colega, a
pocas puertas de distancia, relatando el mismo incidente: por fin me he
decidido a hablar con la chica de la sala de espera y ella ha pasado
totalmente de mí. Uf, he quedado como un idiota. Porras, cómo me odio.
No obstante, el coqueteó se reanudó la semana siguiente. Cuando el Tío
entró en la sala de espera, me contó Charlotte, ella lo abordó con una frase
que llevaba ensayando toda la semana.
—¿Quieres saber cuál es mi problema? —le preguntó Charlotte—. Me
quedo muda cuando los desconocidos me hacen preguntas en una sala de
espera.
El chico se rio con ganas, y ambos estaban en mitad de una carcajada
cuando acudí a buscar a Charlotte.
Al verme, el Tío se ruborizó. ¿Se siente culpable?, me pregunté.
Mientras nos encaminábamos a mi oficina, Charlotte y yo nos cruzamos
con Mike, que se dirigía a la antesala en busca del Tío. Mike y yo nos
miramos a los ojos y luego, al momento, desviamos la vista. S í, pensé. El
Tío también le ha hablado de Charlotte.
La semana siguiente, la charla en la sala de espera estaba en pleno
apogeo. Charlotte le preguntó su nombre, me contó, y él respondió: «No te
lo puedo decir».
—¿Por qué no? —se extrañó ella.
—Aquí todo es confidencial —fue la respuesta del chico.
—Vale, señor Confidencial —manifestó mi paciente—. Yo me llamo
Charlotte y dentro de un momento voy a hablarle de ti a mi terapeuta.
—Espero que te merezca la pena —replicó él con una sonrisa sugerente.
Yo había visto al Tío unas cuantas veces y Charlotte tenía razón, su
sonrisa tiraba de espaldas. Y sin bien yo no sabía ni una palabra acerca de
él, intuía peligro para Charlotte en esa historia. Dado su historial con los
hombres, presentía que todo eso acabaría mal. Y dos semanas más tarde,
Charlotte llegó con novedades. El Tío había acudido a la sesión
acompañado de una mujer.
Pues claro , pensé yo. Inasequible. Exactamente el tipo de Charlotte. De
hecho, ella usaba esa misma expresión cada vez que hablaba de él. Es
exactamente mi tipo.
Cuando usamos la palabra «tipo», casi siempre estamos hablando de una
sensación de atracción: un tipo de aspecto físico o un tipo de personalidad
que despierta nuestra libido. Ahora bien, bajo ese algo que identificamos
con «nuestro tipo» subyace un sentimiento de familiaridad. No es
casualidad que, si te criaste con unos padres gruñones, escojas parejas
gruñonas o si tuviste un padre o una madre alcohólico te atraigan las
personas que beben más de la cuenta o que te cases con una persona fría y
criticona si tus progenitores lo fueron.
¿Por qué nos jugamos esa mala pasada a nosotros mismos? Porque la
sensación de comodidad, de sentirnos «como en casa», nos impide separar
lo que deseamos como adultos de lo que experimentamos de niños.
Sentimos una extraña atracción por las personas que comparten las
características de un progenitor que, de algún modo, nos lastimó. Al
principio de la relación esas características apenas si serán perceptibles,
pero el inconsciente posee un radar infalible, al que la mente consciente no
tiene acceso. Nadie quiere que le vuelvan a hacer daño. Sencillamente
deseamos llegar a dominar una situación en la que nos sentimos indefensos
siendo niños. Freud llamó a este fenómeno «compulsión de repetición».
Puede que esta vez, imagina el inconsciente, sea capaz de retroceder en el
tiempo y sanar esa herida del pasado a través de esta persona que me
resulta familiar… pero es distinta. El problema radica en que, al escoger
compañeros de esas características, nos estamos asegurando el resultado
opuesto al que buscamos: nuestras heridas se reabren y nos sentimos
todavía más defectuosos e indignos de amor.
Todo esto sucede al margen de la conciencia. Charlotte, por ejemplo,
decía que deseaba tener una pareja en la que pudiera confiar, capaz de
comprometerse, pero cada vez que conocía a alguien que le gustaba
acababa sumida en el caos y la frustración. En cambio, tras una cita reciente
con un chico que, en apariencia cuando menos, poseía muchas de las
cualidades que ella decía estar buscando, llegó a terapia diciendo: «Mala
suerte, no había química entre nosotros». A su inconsciente, la estabilidad
emocional que emanaba el joven se le antojaba demasiado ajena.
El psicoterapeuta Terry Real describe las conductas que más tendemos a
exhibir como «la familia de origen internalizada. Representan nuestro
repertorio de temas relacionales». No hace falta que los pacientes nos
cuenten sus historias con palabras porque siempre la van a relatar en la
relación con el terapeuta. A menudo proyectan expectativas negativas en el
psicoterapeuta y, cuando el psicólogo o profesional no cumple esas
expectativas, esa «experiencia emocional enmendadora» con una persona
fiable y benevolente cambia a los pacientes; descubren que el mundo no se
limita a su familia de origen. Si Charlotte resuelve sus complicados
sentimientos hacia sus padres a través de la interacción conmigo, se sentirá
cada vez más atraída por otro tipo de personas, capaces de proporcionarle
una nueva experiencia con una pareja empática, fiable y madura. Hasta
entonces, cada vez que encuentre un chico accesible que la pueda
corresponder, su inconsciente lo rechazará tachándolo de «poco
interesante». Todavía equipara la sensación de sentirse amada no con la paz
ni la alegría sino con la ansiedad.
Así funcionan las cosas. El mismo chico, distinto nombre, idéntico
resultado.
«¿La ha visto? —me preguntó Charlotte, refiriéndose a la mujer que
había acudido a terapia con el Tío—. Debe de ser su novia.»
Les había lanzado un vistazo rápido. Estaban sentados en sillas contiguas
pero no interactuaban en ningún sentido. Igual que el Tío, la joven era alta,
con una larga melena oscura. Podría haber sido su hermana, pensé, que lo
acompañaba para una terapia familiar. Sin embargo, seguramente Charlotte
tenía razón; con toda seguridad era su novia.
Y ahora, en la sesión de