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JESÚS ENTRE DIOSES SECULARES LAS AFIRMACIONES CONTRACULTURALES DE CRISTO Ravi Zacharias y Vince Vitale Ravi Zacharias Para Chris y Raiko Blattner: fieles amigos y grandes ejemplos para mí, me han ayudado a perseguir la visión que Dios ha puesto en mi corazón. Os estaré eternamente agradecido. Para Hayden Kho y Vicki Bello: fieles amigos que han experimentado el milagro de Dios en sus vidas y cuya amistad ha sido una inspiración indescriptible. Os estoy agradecido de corazón. Para Philip Ng y Edmund Cha: vidas que inspiran y corazones que han tocado mi corazón de formas que las palabras no pueden expresar. Gracias Philip y Edmund. Dios os bendiga a vosotros y a vuestras familias. Vince Vitale Para Jo: mi amor y amante de la Verdad. CONTENIDO CAPÍTULO 1 ALTARES CONTRA DIOS Ravi Zacharias CAPÍTULO 2 ATEÍSMO “Dios no existe” Ravi Zacharias CAPÍTULO 3 CIENTIFICISMO “La ciencia ha enterrado a Dios” Vince Vitale CAPÍTULO 4 PLURALISMO “Todos los caminos son igualmente válidos” Vince Vitale CAPÍTULO 5 HUMANISMO “No necesitamos a Dios” Ravi Zacharias CAPÍTULO 6 RELATIVISMO “Es verdad para ti, pero no para mí” Ravi Zacharias CAPÍTULO 7 HEDONISMO “Haz lo que te haga feliz” Vince Vitale CAPÍTULO 8 AMA LA VERDAD Vince Vitale AGRADECIMIENTOS H CAPÍTULO 1 ALTARES CONTRA DIOS Ravi Zacharias ace años, acababa de dar una conferencia en una institución abiertamente atea, y me sorprendió mucho la pregunta de un asistente. Quería saber a qué diantres me refería cuando usaba el término Dios. La institución en la que nos encontrábamos era la Academia Militar Lenin, en Moscú. La tensión era más que palpable. Nunca me habían pedido en una ponencia pública que definiera aquel término. Y dado que estaba en un país cuya historia estaba tan arraigada en el ateísmo, imaginé que se trataba de una pregunta hostil e intencional. Pregunté a mi interrogador si era ateo, y él respondió que sí. Le pregunté qué era lo que él rechazaba. Pero la conversación no llegó muy lejos, así que le expliqué a qué nos referimos cuando hablamos de Dios. Es fascinante hablar con un ateo estridente e intentar llegar más allá de la ira y la hostilidad. Para algunos, la palabra Dios es como un detonante que abre las compuertas de toda la animosidad que tienen acumulada y la convierte en un proyectil de palabras. Pero a medida que afloran las distintas capas de su pensamiento y experiencias, el significado de su ateísmo se va volviendo más y más tenue, y sus términos se van volviendo más y más vacíos. A menudo, la descripción es más visceral y discuten con una ira contenida, en lugar de debatir de forma sensata y respetuosa. En más de una ocasión me ha sorprendido la rabia expresada por los grupos ateos de las universidades de élite estadounidenses en las que he dado conferencias; rabia porque me hubieran invitado y porque osara dirigirme a ellos. En teoría, el ámbito académico siempre ha sido un lugar donde la discrepancia es bienvenida porque sirve para ayudar a los estudiantes a sopesar las diferentes ideas y escoger de forma inteligente. Me atrevería a decir que, si yo hubiera sido un ponente musulmán, no me habrían tratado con tanta hostilidad. Claro, cuanto más te teme la gente, más libertad de expresión te otorga. Pero por desgracia, para algunos, el debate respetuoso es imposible. No obstante, tengo que decir que al final de la conferencia, una líder de uno de los grupos se levantó a darme las gracias, a modo de disculpa velada por toda la resistencia que había habido antes de la ponencia. Agradecí sus palabras y actitud. Personalmente, la rabia con la que algunos se expresan no deja de sorprenderme. Crecí en India, pero sin ser hindú y, de hecho, nunca presté demasiada atención al tema de la religión. Ni siquiera sé si creía en Dios. Era cristiano nominal, pero tampoco le presté demasiada atención al cristianismo. La mayoría de mis amigos eran hindús, musulmanes o sijs, y también tenía amigos de otras fes minoritarias. No recuerdo sentir rabia u hostilidad hacia los que tenían creencias distintas a la mía, por absurdas que estas me parecieran. Tampoco recuerdo que nadie me tratara con rabia u hostilidad por no tener la misma creencia que ellos. Pero Richard Dawkins y sus seguidores son conocidos por acosar y burlarse de las posiciones opuestas a las suyas. Cuando uno ve a un académico con esa actitud, uno se pregunta qué habrá realmente detrás de esa forma de actuar. En una ponencia en Washington D. C., un asistente preguntó a Richard Dawkins cómo actuar con una persona que creía en Dios. “Búrlate”, contestó. “Ridiculízale”. Cuando después de una ponencia alguien me preguntó qué pensaba de aquella respuesta, contesté que si Dawkins aplicara ese mismo método en Arabia Saudí, lo más probable es que no llegara a usar su billete de vuelta. Una cosa está clara: al menos descubriría que no todas las creencias en Dios se parecen, y que no todos los imperativos son iguales. Pero su postura no ha cambiado ni un ápice. En una entrevista que le hizo Maya Oppenheim para The Independent el 23 de mayo de 2016, hizo la siguiente declaración: “Estoy completamente a favor de ofender la religión de la gente. Deberíamos ofenderla a cada momento”.1 ¿En serio? ¿Es esa la forma en la que uno llega a saber si una creencia es o no es válida? También dijo lo siguiente: “En el caso de los inmigrantes de Siria e Irak, deberíamos dar preferencia a los apóstatas, a aquellos que han renegado del islam”.2 Si Donald Trump hubiera dicho lo mismo, el parlamento británico habría convocado una sesión para decidir si vetar la entrada de Trump en el país. Pero si Dawkins lo dice no pasa nada, porque los ateos que lo adoran y que adoran su estilo de ateísmo tienen sus propias verdades absolutas y sus propios prejuicios legitimados. La intolerancia, el prejuicio, la falta de respeto, el odio y la ofensa son el fruto de la filosofía de Dawkins. A modo de credo, su filosofía es la siguiente: odia, discrimina, juzga, búrlate, castiga, elimina, detén... haz lo que sea para acabar con la creencia en Dios. Irónicamente, él condena a Dios por ser discriminatorio, egocéntrico, moralizante, y por odiar y menospreciar a aquellos que no están de acuerdo con Él. Dawkins se mofa de los atributos de Dios haciendo una caricatura de Él, pero justifica esos mismos atributos cuando le definen a él. Yo me fiaría más de la opinión de una persona buena y amable que de la de una persona que malgasta su tiempo y energía en burlarse de la gente y de sus creencias. Y no está solo. La característica principal de los llamados “nuevos ateos” es la ira y el ridículo que arrojan sobre la creencia en lo sagrado de cualquier persona. Es necesario añadir que no todos los ateos tienen esa actitud. De hecho, a muchos de ellos, la hostilidad de los nuevos ateos les hace sentir vergüenza. Yo he conocido a muchos buenos conversadores que son ateos, con los que he mantenido conversaciones buenísimas. Muchos han comentado que empezaron a leer los escritos de Dawkins y sus seguidores, pero que fueron incapaces de terminarlos. Independientemente de la cosmovisión que abracemos, el diálogo y el debate deberían desarrollarse en un ambiente de civismo y de escucha cortés. Pero en los tiempos que corren eso parece un ideal casi inalcanzable. Sostener una creencia supuestamente noble y reducirla a formas innobles de propagación convierte a la persona que sostiene dicha creencia en sospechoso. Reconozcamos también que son muchos los religiosos que han provocado esas respuestas estridentes. Tristemente, el púlpito de una iglesia puede ser un lugar de acusación para lograr que las personas sientan culpa, remordimiento y otro tipo de emociones que hacen que quieran escapar de esa voz que les martillea. Por no hablar del antiintelectualismo entre las filas del cristianismo que tacha de herético todo lo que provenga de la ciencia y la filosofía. La historia nos ha enseñado a desconfiar de cualquier extremista que sacrifica la conversación cordial en el altar de la imposicióndemagógica. En nuestro mundo de Twitter e Instagram las opiniones y los puntos de vista abundan, pero el discurso civilizado escasea. Y escasea aún más la habilidad de defender las creencias propias de forma razonada y empírica. Espero que, a medida que Vince Vitale y un servidor analizamos las diferencias entre los sistemas de creencias seculares (que, de hecho, también son religiones), podamos demostrar dónde están realmente esas diferencias, y podamos demostrar también que la cosmovisión judeocristiana tiene las respuestas más coherentes a las preguntas existenciales que todos tenemos, independientemente de nuestras creencias. Cuestionando la pregunta Se cuenta que un día Albert Einstein viajaba en avión al lado de una persona originaria de la India. Para matar el tiempo, Einstein le propuso jugar a un juego. “Yo te hago una pregunta y, si no la puedes responder, me das cincuenta dólares. Luego tú me haces una pregunta y, si no la puedo responder, yo te pago a ti quinientos dólares”. El indio sabía que no podía igualar a Einstein, pero pensó que tenía suficiente conocimiento cultural y filosófico como para dejarle sin respuestas en algún momento y, haciendo cálculos, concluyó que se las podía arreglar para no salir mal parado. Primero fue el turno de Einstein, y le preguntó al indio qué distancia había entre la Tierra y la Luna. El indio no estaba seguro de la distancia exacta así que se metió la mano en el bolsillo para darle a Einstein cincuenta dólares. Ahora era el turno del indio, que preguntó: “¿Qué sube la montaña con tres patas, y la baja con cuatro patas?”. Einstein se quedó callado, pensó, y después de un rato introdujo la mano en el bolsillo para sacar quinientos dólares. De nuevo era el turno de Einstein. Dijo: “Antes de hacerte la siguiente pregunta, ¿me puedes decir qué sube la montaña con tres patas, y la baja con cuatro patas?”. El indio se quedó callado, se llevó la mano al bolsillo y le dio a Einstein cincuenta dólares. Al igual que el indio, a menudo hacemos preguntas que están pensadas para hacer tropezar a nuestro interlocutor, pero para las que nosotros mismos no tenemos respuestas. En su libro The New Atheism and the Erosion of Freedom (El nuevo ateísmo y la erosión de la libertad), Robert Morey habla de los siete saltos que los ateos tienen que explicar: ¿Cómo es que... ... todo vino de la nada? ... el orden vino del caos? ... la armonía vino de la discordancia? ... la vida vino de la no-vida? ... la razón vino de la irracionalidad? ... la personalidad vino de la no-personalidad? ... la moralidad vino de la amoralidad?3 Pero eso no es todo. Las preguntas existenciales no solo pertenecen al ámbito de las ciencias. No solo se miden de forma matemática y empírica. Imagina a dos personas que se sientan en un avión la una al lado de la otra. Puede que vayan hacia el mismo destino. Puede que ambas sepan las horas que dura el vuelo y los kilómetros que van a recorrer. Puede que una vaya a dar una conferencia sobre ciencia y la otra al entierro de su nieto. Pero piensa en lo siguiente. Puede que el científico, a pesar de conocer bien su materia, aún se siga haciendo preguntas sobre el sentido de la vida, y que la persona que está a su lado, aunque no conozca el valor de las constantes en la formación temprana del universo, sí sepa cuál es el sentido de la existencia. Puede que tenga la convicción profunda de que ese dolor presente no es más que un paréntesis porque le espera la eternidad. Una disciplina puede responder el “cómo” en una explicación material, pero la pregunta más importante responde el “porqué”. ¿Por qué estamos aquí, y quién nos va a ayudar a superar la ansiedad y el sufrimiento de esta vida? Estas preguntas son diferentes aunque igualmente relevantes, pero por razones distintas. Por un lado necesitamos entender la vida, pero también necesitamos encontrar una explicación a las dificultades por las que pasamos. Cuando confundimos estos dos temas y las razones por las que existen, eso deriva en ataques verbales y una hostilidad innecesaria. Muchos ateos lanzan preguntas para las que o bien no tienen respuestas o creen que las respuestas hoy por hoy no se pueden conocer, pero cuando somos nosotros los que las lanzamos, nos exigen que justifiquemos toda nuestra cosmovisión. Cuando era joven, yo también era así: pensaba que, si humillaba a alguien, automáticamente eso justificaba lo que yo había dicho en respuesta a su posición. En este libro examinaremos los “dioses” que los pensadores seculares “idolatran” y la frecuencia con la que esos pensadores dejan sus propias preguntas sin responder. Las tensiones en el seno de las cosmovisiones seculares no son algo secundario. Más bien son algo sistémico, algo que está en sus orígenes. En otras publicaciones ya he hablado de estas cuestiones desde la perspectiva filosófica. Aquí, mi deseo es analizar las respuestas que dan a preguntas sobre la vida y su significado, y contrastarlas con las respuestas que Jesús da a esas mismas preguntas. Ahí es donde la filosofía se encuentra con el camino de la vida. Pero por encima de todo, espero poder demostrar por qué las respuestas de Jesús han resistido las pruebas del tiempo, la verdad y la coherencia. Recordemos aquello que decía G. K. Chesterton en su libro Ortodoxia: para el ateo, la tristeza es central y el gozo es secundario; mientras que para el seguidor de Jesús, el gozo es central y la tristeza es secundaria. La razón por la que esa afirmación es verdad es porque el ateo no tiene respuestas para las preguntas fundamentales, aunque sí las tiene para las preguntas secundarias; de ahí que la tristeza sea central y el gozo, secundario. Para el cristiano es todo lo contrario: las preguntas fundamentales ya tienen respuesta, y solo hay dudas en torno a las secundarias.4 Con todo lo expuesto en este libro, Vince y un servidor hemos procurado presentar razones para sostener esta afirmación. La vida busca un equilibrio Mi ensayista favorito, F. W. Boreham, tiene un ensayo titulado “A Baby’s Funeral” (El funeral de un bebé). Cualquiera que haya leído a Boreham conoce la belleza de su lenguaje y la profundidad de su estilo. Es autor de más de cincuenta libros de ensayos. En este (que ya he mencionado en dos de mis libros, pero vuelvo a mencionar ahora porque ilustra a la perfección que todos los aspectos de la vida necesitan estar fundamentados en la verdad), Boreham empieza describiendo a una mujer visiblemente desconsolada que está caminando de un lado al otro frente a su casa, deteniéndose cada dos por tres delante de la puerta como si fuera a llamar. Finalmente, Boreham salió y la saludó. Ella le preguntó si él era el pastor de la iglesia cercana, y él, después de responderle afirmativamente, la invitó a entrar. Ella aceptó y, una vez dentro, acabó contándole su historia, no sin dificultad. Había tenido un bebé que nació terriblemente deformado y murió poco después del parto. Ella quería que el bebé tuviera un funeral en condiciones, y se preguntaba si él podía oficiarlo. Boreham se apresuró a decirle que no había ningún problema. Sacó un cuaderno para anotar la información. ¿El bebé tenía nombre? ¿Quién era el padre? Y algunas preguntas más. Ella las respondió, y pusieron fecha para el funeral. La mujer se marchó y Boreham y su esposa continuaron preparando el picnic que tenían planeado para aquella mañana. Durante el día, Boreham no pudo dejar de pensar en aquella mujer, y le dijo a su esposa que había algo en aquella historia que no le acaba de encajar. No sabía lo que era, pero esperaba averiguarlo antes del día del funeral. Cuando volvieron a casa, la mujer estaba en la puerta esperándoles y les preguntó si podía entrar. Una vez en el interior se sentó y, frotándose las manos nerviosamente, dijo: “No he sido sincera con vosotros. El bebé era ilegítimo, y me he inventado el nombre del padre”. Continuó con la historia, y Boreham la consoló lo mejor que supo. Llegó el día del funeral. Llovía a cántaros y, para más inri, acababan de inaugurar el cementerioy aquel era el primer entierro. En el ensayo, Boreham describe la sensación de soledad total que acompañaba a aquella pobre mujer. Un bebé deformado e ilegítimo. Un día de lluvia intensa del que se protegían los tres bajo los paraguas mientras que el enterrador, listo para introducir el féretro en un suelo empapado, esperaba. El cuerpo de un bebé a punto de ser enterrado en un lugar donde aún no ha descansado ningún cuerpo. Solo estaban presentes la madre desconsolada y el pastor con su esposa, que no dejaban de ser dos extraños. Repentinamente, Boreham cambia de escena y empieza a escribir sobre un viaje en tren que hizo años después con un líder de la denominación a la que pertenecía su iglesia. Era un viaje para hacer visitas relámpago. Aquel hombre se bajaba del tren en cada estación, donde le esperaban un grupo de pastores. Él les escuchaba, oraba por ellos, y luego se despedía diciendo “Estad ahí para vuestra gente. Estad con ellos en medio de sus necesidades, de su dolor, de sus luchas. Nunca olvidarán vuestra presencia y vuestra bondad”. Boreham continúa diciendo que, mientras escuchaba el consejo que el líder daba a aquellos pastores más jóvenes, su mente voló al pasado, a aquel día en que una joven se presentó en su casa, una joven con un bebé muerto al que había enterrado en un cementerio solitario. Se dio cuenta de que, después de aquel día, lloviera o hiciera sol, aquella mujer no había dejado de ir a su iglesia un solo domingo, y vivía una vida marcada por la relación con su Salvador. Y ella no es la única. Hace dos días fui testigo de una historia similar. Acababa de hablar ante una iglesia llena a rebosar en Yakarta, Indonesia. Cuando acabé de hablar, dejaron un momento de silencio mientras la música sonaba suave a modo de conclusión. Yo dejé el púlpito y me fui a sentar en una silla que había en la tarima cerca de los asientos de los asistentes, y mis ojos se detuvieron al ver a una joven madre con dos niños pequeños. Tenía uno a cada lado, aferrados a su falda, y ella tenía los brazos extendidos hacia delante, con las palmas extendidas hacia arriba, en señal de adoración. En cuanto terminó la reunión los pequeños vinieron corriendo a darme un abrazo, aunque era la primera vez que me veían. Y cuando se marcharon mi intérprete me dijo: “Su padre fue asesinado hace justo un año. El niño pequeño es igualito a su papá”. Esas palabras lo cambiaron todo. Al principio pensaba que estaba viendo a una joven familia que estaba adorando en la iglesia, y que el padre no estaba aquel día, pero me di cuenta de que delante de mí había tenido a una joven viuda que estaba comunicándose con su padre celestial y educando a sus dos niños sin amargura ni enfado. Hablé con ella después, y aún recuerdo sus palabras: “Sí, estoy sola, pero mi Dios está conmigo”. Sí, es cierto que la vida tiene una dimensión intelectual, pero también es verdad que está llena de necesidades reales. Creemos que una dimensión tiene que ver con la verdad, y la otra con la fantasía. Pero nos equivocamos. Ambas precisan de la verdad, y un mundo donde una dimensión elimina a la otra no es el mundo en el que Dios quiere que vivamos. Burlarse de lo sagrado revela una animosidad que no solo asombra sino que muestra la debilidad de carácter de la persona que así actúa. Las palabras de Blake encajan aquí a la perfección: Burlaos, burlaos, Voltaire, Rousseau; Burlaos, burlaos, ¡todo es en vano! Lanzáis arena contra el viento, Y este os la devuelve de nuevo.5 Espero que el lector lea hasta el final con una mente abierta para juzgar justamente el mensaje de Jesús. ¿Es único? ¿Realmente responde a los anhelos más profundos del corazón, a las preguntas más incisivas de la mente? Obviamente, yo no malgastaría ni un segundo en este tema si no estuviera convencido de que, en este mundo fuera de control desde un punto de vista político, social, económico y racial, las respuestas de Jesús son verdaderas y únicas, y nos ofrecen la única cosmovisión coherente combinando verdad con relevancia para darnos esperanza y significado. Todos los días las noticias vienen cargadas de tragedias y atrocidades. Y toda esa información se adentra en nuestra mente, queramos o no. Detrás de muchas acciones y detrás de todas las reacciones hay una cosmovisión que filtra la realidad. El seguidor de Jesús ve lo que ocurre a su alrededor a través de la descripción que Jesús hace de la condición del ser humano y la solución que Él da. El contraste con los dioses seculares de esta época es enorme. Una persona sin prejuicios debe al menos escuchar por qué es así y, si realmente las respuestas de Jesús le ayudan a ver cosas de sí misma que antes no había visto, debe empezar a ver el mundo a través de unas nuevas lentes. Con ese objetivo en mente, me adentro en este viaje por el pensamiento. Tu cosmovisión importa Grandes libros del mundo occidental, serie publicada en la década de 1950, dedica el espacio más extenso al tema de “Dios”, abordado por los pensadores occidentales más notables de aquel entonces. Cuando le preguntaron a Mortimer Adler, editor de la serie, por qué ese tema ocupaba tanto espacio, a diferencia de muchos otros temas también importantes a los que se les dedicaba menos espacio, dijo sin vacilar: “Porque la afirmación o la negación de Dios tiene muchísimas más consecuencias para la vida y la conducta que cualquier otra cuestión básica”.6 El entrevistador quedó callado y asintió. Sí, es cierto que la creencia genuina en Dios o la negación convencida de su existencia tiene más consecuencias sobre cualquier cuestión de valor y sobre cualquier relación que ningún otro tema. Este hecho debería recordarnos que lo que pensamos de Dios afecta profundamente a cómo vivimos. El seguidor de Jesucristo debe tomar buena nota de ello. Esa creencia importa y debe marcar una diferencia. Nunca olvidaré la imagen que me mostró un exmusulmán que se había convertido al cristianismo. Dibujó dos círculos y, dentro de cada uno, un pequeño punto. Apuntó al primero y me dijo: “Como musulmán, yo creía que el círculo era mi fe, y que el punto era mi vida”. A continuación, apuntó al otro círculo y me dijo: “Ahora, como seguidor de Jesús, veo que hay una tensión cultural. Para muchos occidentales, el círculo es su vida, y el punto, su fe”. Dicho de otro modo, un musulmán creía que la vida era prescindible, y que su fe era suprema. El occidental, según aquel hombre, cree que su vida es más importante que su creencia. “Esa es la razón”, añadió, “por la que Occidente se hundirá. En Occidente, la fe es un interés meramente extracurricular, un aspecto más de la vida supeditado a la paz interior. La fe rara vez entra en la conciencia como una convicción”. Esa conversación fue reveladora, pues me ayudó a entender cómo ve la fe la mayoría de occidentales, por no hablar de la pluralidad de fes que existen. De hecho, la palabra “fe” ahora se usa en sentido bastante peyorativo. Se cree que el mundo real es riguroso desde el punto de vista intelectual, y que el mundo de la realidad última, es decir el mundo de la fe, es fantasioso y alejado de los hechos. Fascinante. Así que los valores por los que vivimos están basados en esas arenas movedizas que el escéptico llama “fe”, mientras que el mundo de la comprensión pragmática y real está basado en el sólido fundamento de las ciencias llamado “razón”. ¿Tiene razón mi amigo? Si tiene razón, me atrevo a decir que Occidente está a punto de derrumbarse a manos de sus intelectuales seculares. Solo es cuestión de tiempo. La fe cristiana trae consigo convicciones sobre las que sostenerse y construir un marco moral. El pensador secular, con sus implícitos supuestos amorales, cree que el conocimiento sin una base moral tiene suficiente fuerza sustentadora. Pero no es así. Mira cómo Europa se encoge bajo la presión de los isla- mistas, que no han olvidado que hace trece siglos fueron derrotados por Carlos Martel y no pudieron conquistar Europa. Ahora, con paciencia, un control demográfico astuto y unos medios de comunicaciónnaíf, ahí están, preparados para tomar el control de las estructuras y las edificaciones construidas por una ética diferente y un sistema de creencias diferente. Solo es cuestión de tiempo, y no tienen prisa. Trece siglos atrás, Europa pudo frenar la ola islámica teocrática porque tenía una fe que defender. La cultura sin valores de hoy no será capaz de resistir el ataque. Hace años, mientras Hitler hacía planes para invadir el mundo y algunos intentaban aplacarle para librarse de tener que justificar la guerra moralmente, Winston Churchill dio un discurso revelador en el Parlamento el 5 de octubre de 1938. (Los acuerdos de Múnich también se conocen por el título “Una derrota total y absoluta”, haciendo referencia al tratado conciliador de Neville Chamberlain). Citando las Escrituras, Churchill dijo: “Has sido puesto en la balanza, y no pesas lo que deberías pesar” (Daniel 5:27). A continuación, acabó su discurso diciendo: “Y no creáis que esto es el final. Esto es solo el principio del ajuste de cuentas. Esto es solo el primer sorbo, el primer anticipo de una copa amarga que nos tenderán año tras año a menos que, mediante una recuperación suprema de nuestra salud moral y nuestra fuerza militar, nos volvamos a levantar para defender la libertad como hicimos en otros tiempos”.7 Después de que Hitler visitara París en 1940, André Boulloche, un valiente miembro de la resistencia francesa, escribió una carta a su padre diciendo: “Para que el país se salve es necesaria una resurrección moral, algo que requerirá el trabajo de todos los hombres de buena fe... Creo que yo puedo contribuir mucho. Y si nos esperan más problemas, ¿no es urgente cumplir con mi deber?”.8 Ciertamente, el sistema de valores de una nación siempre está en riesgo. Eso es especialmente cierto en una nación como los Estados Unidos, cuyos valores buscaban desde el principio equilibrar la libertad con la ley. Pero es más fácil decirlo que hacerlo. John Adams lo explicó bien: “Nuestra constitución solo se hizo para gente moral y religiosa. Es totalmente inadecuada para un gobierno formado por gente que no lo sea”.9 Así que yo pregunto: ¿debería ser más importante nuestra creencia en Dios y el destino que la vida misma? En realidad, la respuesta depende de qué es exactamente esa creencia y de si es verdad. La ironía es que, para el ateo, la respuesta solo puede venir de su teoría política o, por defecto, de su trasfondo cultural, y no puede venir de una cosmovisión que persigue la verdad como un hecho objetivo por encima de todo lo demás. Todas las demás disciplinas quedan fuera del ámbito de la verdad, reflejando simplemente las aspiraciones de una cultura. En eso consiste la vida. Los naturalistas controlan la verdad y luego dan permiso a otras disciplinas para vivir sin absolutos. Ese es el error fatal. En un anuncio que vi recientemente, dos bandidos entran en un banco y amenazan a los trabajadores a punta de pistola, diciéndoles que les den el dinero. Les gritan a los clientes que se tiren al suelo. Un hombre le susurra a un guarda de seguridad: “¡Haz algo! ¡Tú vas armado!”. El guarda de seguridad responde: “Mi deber no es hacer algo, sino únicamente determinar si se está produciendo un robo o no”. Después de unos segundos, vuelve a mirar al cliente y le dice: “Sí, claramente esto es un robo”. El naturalista es algo así. Incapaz de avanzar hacia donde apunta la verdad, no puede ayudar a la persona que anhela ser rescatada, que anhela encontrar seguridad. Se limita a decir lo que hay, y no hace nada para llegar a lo que debería ser. ¿Por qué establezco esta conexión entre una nación, un pueblo y una cultura? Hoy, la política está plagada de un lenguaje y unas opiniones que asustan y confunden. Por un lado, al electorado le da igual que le suelten una sarta de mentiras, lo que demuestra que el valor más preciado del discurso humano, la verdad, es un valor prescindible si eso sirve para lograr el poder. Por otro lado, el lenguaje peyorativo está totalmente aceptado, y la dignidad de los políticos queda, de nuevo, relegada por las ansias de poder. Los candidatos que se presentan proponen ideas que generan odio y protestas, así que el futuro es bastante aterrador. Uno acusa al otro de “deshonesto”. El otro acusa al uno de “irrespetuoso” y de “estar lleno de prejuicios”. Si esas afirmaciones son legítimas o no es menos importante que el supuesto de que la moralidad importa. Irónicamente, los manifestantes que protestan en contra de los candidatos se vuelven agresivos. Pero lo que es obvio es que la política se ha convertido en algo espiritual, y una nación que desea negar a Dios se vuelve sedienta de poder y se ve sumida en una mezcla letal de cosmovisiones en conflicto y palabras cargadas de odio. ¿Qué ha ocurrido? La respuesta es clara. En la esfera pública el debate se ha reducido a la derecha y la izquierda, olvidando que hay un “arriba” y un “abajo”. Todo esto nos recuerda la necesidad de entender esta filosofía llamada ateísmo y por qué tiene las consecuencias que tiene. Es curioso que los ateos en Occidente quieran redefinir el término “matrimonio” mientras que sus homólogos en Rusia y China no quieran saber nada de dicha redefinición. Ambos tienen sus razones, y lo que no tienen es un punto de referencia común. Ese es el edificio levantado sobre el fundamento del naturalismo. Cada uno es su propia ley. ¿Recuerdas en el Antiguo Testamento, cuando el pueblo quería un rey y Dios dijo que Él quería ser su gobernante? El pueblo rechistó y dijo que querían ser como las demás naciones y, de hecho, tener a alguien a quien enviar a la guerra mientras ellos seguían con sus vidas. Tuvieron lo que querían y descubrieron que las verdaderas batallas tenían que ver con quién gobernaba su corazón. Cuando el corazón se vuelve autónomo, la cultura y la política se vuelven anárquicas. Y cuando esas batallas se pierden, la guerra que se avecina es de proporciones gigantescas. Esta es, en el mejor de los casos, la consecuencia no deseada del ateísmo. Tan antiguo como el mundo Pensamos que el ateísmo es una filosofía moderna, que la ciencia y su legado han dado lugar a la autonomía y a nuestra soledad en el universo. No es así. Puede que haya tardado en formalizarse y en obtener cierto respeto intelectual, pero la pregunta se remonta al principio de los tiempos. Desde los inicios, la pregunta no giró en torno al origen de las especies sino en torno a la autonomía de las especies. Somos más dados a citar el debate entre Wilberforce y Huxley o el conflicto entre Galileo y la Iglesia que a mirar hacia atrás y ver dónde empezó la verdadera tensión. Pensamos que Darwin enterró a Dios pero, de hecho, en Génesis 3, el primer hombre creado también quiso enterrar a Dios. El primer intento de asesinato fue matar a Dios. Ese intento estuvo seguido del asesinato de Abel por parte de su hermano Caín. La Biblia aborda este conflicto desde la era premosaica. Después de todo, la batalla del Génesis está basada en dos preguntas. La batalla entre el teísmo y el ateísmo es el debate filosófico más antiguo. No nació con los filósofos franceses o los empiristas británicos. ¿Cuáles son las dos preguntas que existen desde el principio de los tiempos? El primer disparo contra Dios en el Edén fue “¿Es verdad que Dios dijo...?”. En el Evangelio, cuando Jesús es tentando aparece la misma pregunta, ya sea cuestionando un pasaje bíblico o sacándolo de contexto. El examen al que Jesús se enfrentó en el desierto, que es el mismo al que el ser humano se enfrentó en el Edén, fue “¿Dios ha dicho...?” y “¿Lo que ha dicho es verdad?”. De forma implícita, esas preguntas planteaban si tenemos a alguien por encima. ¿Existe un marco prescriptivo? ¿No puedo ser yo quien defina lo que está bien y lo que está mal para mí? ¿Estoy sujeto a algún tipo de autoridad superior e intangible? En su artículo sobre “Religión”, Thomas Paine recoge esta tensión como si se tratara de algo nuevo y hace unas afirmaciones sorprendentes cuestionando la posibilidad de creer que Diosse revela y habla. A continuación puedes leer lo que dice: En cuanto a la biblia (sic.), sea verdad o fábula, es historia, y la historia no es revelación. Si Salomón tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas, y si Sansón durmió recostado sobre la falda de Dalila y ella le cortó el cabello, el relato que tenemos de esos hechos es mera historia, una historia que para ser narrada no precisa de revelación divina. Del mismo modo que tampoco precisa de revelación divina para decirnos que Sansón era un necio y culpable de sus males, y Salomón también. En cuanto a las expresiones tan usadas en la biblia, que la palabra del Señor vino a fulano y a mengano (sic.) [...] era una forma de hablar de aquellos tiempos. [...] Pero aún si aceptamos que Dios podría condescender y revelarse a través de palabras, no creamos que lo haría a través de las historias inmorales y mundanas que aparecen en la biblia. [...] Los deístas niegan que el libro llamado “biblia” sea la palabra de Dios o religión revelada.10 Este fragmento es una fascinante mezcla de prejuicio y perversión. A uno le entran ganas de preguntarle a Paine si estaba presente en el Edén desde el principio. A los relatos sobre Salomón y Sansón les otorga la categoría de “historia”. ¿Haría lo mismo con la crucifixión y la resurrección, o a esos relatos les otorga otra categoría? Lo que ocurre es que él no concibe siquiera que Dios pudiera revelarse a sí mismo por medio de verdades proposicionales. Paine no inventó ese dilema. Existía desde el principio. La revelación no se dio en una ausencia de creencias. La revelación vino acompañada de evidencias y fue aceptada porque una y otra vez era posible comprobar su veracidad. El medio que nos sirve para establecer la verdad no es meramente una voz interior sino la lógica de por qué estamos aquí. Realmente, la pregunta que deberíamos hacernos es por qué pensamos en un ser supremo. ¿Por qué nos preguntamos si existe un poder soberano sobre el universo? ¿Es porque nos engañamos a nosotros mismos haciéndonos creer que debería existir, o es porque la razón demanda una causa y un propósito? ¿Es posible que detrás de nuestros anhelos más profundos esté ese deseo por saber por qué estamos aquí, y que la displicencia con la que el naturalista rechaza esa pregunta recaiga sobre las almas inquietas que buscan una razón tal como el cuerpo ansía encontrar agua? En la creación original no había profesores de ciencia para cuestionar la revelación. El desafío de la autonomía, el deseo de traspasar los límites establecidos, surgió de dentro del alma humana. Así que dejemos atrás dos memeces: la que dice que lo que ocurre es que el hombre moderno se está sublevando, y la que dice que los intelectuales no creen en Dios y solo los ingenuos o los estúpidos continúan creyendo en Dios. Yo he conocido a intelectuales en ambos lados del debate, así que no es meramente una lucha intelectual. Es una lucha por construir puentes, por intentar vincular estructuras teóricas a realidades profundas y de búsqueda genuina. Tan real como el ahora La segunda pregunta que surgió en el Génesis vino en forma de desafío: “¡No, no moriréis! Seréis como Dios, vosotros definiréis el bien y el mal”. Para Darwin, al igual que para nuestros educados correctos pensadores modernos, el infierno es anatema. ¿Por qué un ser humano digno se inventaría el infierno? Curiosamente, los que cuestionan la existencia de Dios son los que castigan a los demás por sus creencias. “¡Destruyamos los medios de sustento de aquellos que creen en la santidad del matrimonio!”. “¡Si realmente creen que Dios existe, no les demos lugar en el mundo académico!”. Esa es la venganza de los que se adoran a sí mismos, impuesta por los que dicen que Dios es vengativo, un “monstruo aguafiestas” y un “tirano que restringe tu libertad” si no le cedes el lugar que Él merece. Es fascinante cómo usamos el poder cuando lo tenemos, y cómo luego criticamos a otros por caer en la misma tentación. El enemigo de nuestras almas ataca las afirmaciones de Dios no solo cuestionándolas, sino asegurándonos que al desobedecer las órdenes de Dios llegaremos a ocupar su lugar. De nuevo, vemos que detrás de toda tentación está el ansia de autonomía y poder. La humanidad ha estado inmersa en la lucha por la autonomía y el poder desde el principio. ¿Ha hablado Dios? ¿Es verdad lo que Él dice sobre el bien y el mal? ¿Vamos a creer la verdad, o estamos cómodos con la mentira porque promete darnos poder? Parece que lo que más ansiamos, entonces y ahora, es tener el poder para controlar la cultura y el destino. Recientemente, un magnate ruso dio cien millones de dólares a Stephen Hawking para su búsqueda de inteligencia extraterrestre. Hawking dijo que era crucial encontrarlos antes de que ellos nos encontraran a nosotros, porque si no lo hacemos podrían exterminarnos. Después de las masacres de San Bernardino, Bélgica, París, la maratón de Boston, Turquía, Bagdad, Orlando, Dallas y una lista interminable, ¿queremos ir a otros planetas antes de arreglar el nuestro? ¿También les destruiremos a ellos? Cuando escuché esas declaraciones, no daba crédito. Primero reaccioné con cinismo. “Claro”, pensé, “ya que hoy en día no queda mucha inteligencia en este planeta, vamos a buscarla a otro lugar”. Pero de repente me vino otro pensamiento. Es fascinante que la “mente más brillante del mundo” piense que ahí afuera existe una inteligencia que podría destruirnos pero no crea que existe una inteligencia creadora. Y de nuevo me vino otro pensamiento. Si el propio profesor Hawking hubiera caído en manos de los que defienden que la vida en el útero no es humana y que si se detecta una enfermedad degenerativa lo mejor es abortar, habría sido destruido y nunca habríamos conocido su genialidad. La pérdida habría sido enorme. ¿Ves cómo los valores que adoptamos inevitablemente marcan las decisiones que tomamos? La visión científica por sí sola no nos da valores; solo nos da lo que es y no puede darnos lo que debería ser. Por tanto, no es de extrañar que en este escenario en el que la ciencia es nuestra única visión, la existencia sea el círculo y lo que creemos, es decir, nuestros valores, tan solo un punto. Así lo describe un amigo mío. Otra reflexión personal, a raíz del tiempo que pasé en Cambridge a principios de los 90: la primera esposa de Hawking, Jane, era y es una cristiana convencida, y también una intelectual. Hawking mismo la ha elogiado públicamente. En el caso de Jane, vivir junto a una de las mentes más brillantes del mundo no acabó con su creencia en Jesucristo y en el orden creado. Ya solo eso debería hacernos pensar que la fe no es simplemente una cuestión intelectual. Va mucho más allá. Así que, desde el principio, ante la posibilidad de escoger, dos preguntas determinaron el futuro: 1) ¿Dios ha dicho? 2) ¿De verdad crees que vas a morir, o quieres ser como Dios y decidir lo que está bien y lo que está mal? El trasfondo teológico ¿Qué significa ser ateo? ¿Qué sostiene el ateísmo? ¿Es monolítico? ¿Dicen lo mismo todos los sistemas ateos en cuanto a la teoría política? ¿Cómo llegó esta filosofía a convertirse en un sistema formal, y cómo podemos responder a sus postulados? Remontémonos a las raíces categóricas y filosóficas de esta creencia, a su punto de vista cultural y filosófico. El término ateísmo procede de una palabra griega que simplemente une la negación con lo divino. Esta palabra está compuesta por el prefijo de negación (la letra alfa) y el vocablo que hace referencia a lo divino (theos). Por tanto, desde la propia estructura de la palabra, la filosofía del ateísmo significa que la realidad no tiene una primera causa inteligente, autónoma y existente por sí misma. Irónicamente, el contexto cultural puede diluir el significado de la palabra. Por ejemplo, en los inicios de la iglesia, a los cristianos se les llamaba ateos porque negaban la existencia de los dioses griegos y romanos. En el siglo VII, los musulmanes tachaban a los cristianos de politeístas debido a la doctrinacristiana de la trinidad. Podemos ver la importancia de conocer las creencias desde un punto de vista ortodoxo, y el peligro de interpretarlas desde un contexto cultural concreto. En dos de mis libros ya he mencionado cuáles son los libros y las definiciones básicas para este debate. Me gustaría volver a mencionarlos antes de avanzar. Francamente, ante un tema como este, no hay nada nuevo bajo el sol. Personas como Dawkins, Hitchens, Harris, Krauss y otros que promueven el lado agresivo de esta creencia no han presentado ni un solo argumento nuevo para defender su posición. Esa es la razón por la que otros prominentes ateos y agnósticos los consideran una vergüenza. De hecho, el comentario que Dawkins hace sobre la explicación de Harris en The Moral Maze (El laberinto moral) —en el que Harris ofrece el argumento definitivo contra el teísmo— es embarazoso para otros ateos, por no decir otra cosa. Dudo mucho que Dawkins crea eso. La respetada Encyclopedia of Philosophy (Enciclopedia de Filosofía) editada por Paul Edwards define el ateísmo así: “Un ateo es una persona que sostiene que Dios no existe, es decir, que la frase ‘Dios existe’ es una proposición falsa [...], una persona que rechaza la creencia en Dios”.11 En su libro sobre ateísmo, Étienne Borne dice: “Ateísmo: la negación deliberada, definitiva y dogmática de la existencia de Dios”.12 Aunque la conclusión de esta visión es una negación de la existencia de Dios, en realidad se encuentra dentro del espectro del agnosticismo que va desde un agnosticismo blando en el que uno no sabe si Dios existe hasta un agnosticismo duro que argumenta que uno simplemente no puede saber. El siguiente paso es una negación rigurosa de la existencia de ese Ser al que llamamos Dios. Es la idea, cerrada en banda, de que Dios no está dentro del ámbito de las afirmaciones serias, y que, si Él/Ella/Ello realmente existe, la obligación de los teístas es demostrarlo. Ahora bien, este último supuesto es fruto claramente de los prejuicios de nuestra cultura y, me atrevo a añadir, es contrario a la descripción que el filósofo Alvin Plantinga, profesor en la Universidad de Notre Dame, hace de la creencia en Dios: una “creencia básica “ tan común y evidente para las masas de la humanidad que no hay necesidad de defenderla. Obviamente, otros filósofos discrepan y arguyen que esa descripción no sería aceptada en ningún debate. Plantinga contesta que las masas no pertenecen a la esfera del debate académico; creen intuitivamente que hay un poder más grande que ellas y buscan cómo conectar con ese ser supremo. Crecí en la India, y he visto esto de primera mano. Aunque yo no creía en ello, estaba presente en todos los ámbitos de la vida, tanto de los analfabetos como de los más cultos. Es importante reconocer que los griegos, que realmente son los precursores del pensamiento filosófico sistemático de la filosofía clásica (de donde, por extensión, surgió el gobierno democrático), intentaron definir la realidad última en términos abstractos. A la luz de sus reflexiones y cavilaciones sobre la realidad última, algunos han llegado a decir que Platón probablemente se estaba acercando al monoteísmo. Independientemente de si eso es cierto o no, lo que quiero destacar es que para los filósofos griegos la realidad última era inseparable de la virtud y las normas éticas. Para muchos de los pensadores griegos, el poder de la razón era supremo, y liberar a la filosofía y a la ciencia de cualquier elemento místico era una disciplina deliberada e importante. Pero, repito, para los pensadores griegos, aunque no proponían ningún Dios, una cosa era cierta: la virtud y la armonía eran implicaciones lógicas para la vida. Hay una similitud sorprendente entre nuestra llamada doctrina de la tolerancia y los antiguos griegos. Por ejemplo, el discurso pronunciado en el funeral de Pericles nos permite adentrarnos en la visión que los griegos tenían de la vida y el destino. Conservamos esa elegía gracias al trabajo de Tucídides. Aquí está: Así como nuestra vida política es libre y abierta, también lo son las relaciones de los unos con los otros en nuestra vida cotidiana. No nos entrometemos en la vida de nuestro vecino si vive de un modo distinto al nuestro. [...] Somos libres y tolerantes en nuestras vidas privadas; pero en cuestiones de vida pública, nos sometemos a la ley. [...] Cuando acabamos nuestro trabajo, podemos disfrutar de cualquier tipo de recreación para nuestro espíritu. [...] en nuestros hogares encontramos una belleza y un buen gusto que nos deleitan cada día y que hacen que nuestras preocupaciones se esfumen. [...] Nuestro amor por lo que es bello no nos lleva a la extravagancia; nuestro amor por las cuestiones de la mente no nos hace blandos. [...] En cuanto a la pobreza, nadie tiene por qué avergonzarse: la verdadera vergüenza está en no tomar medidas prácticas para escapar de ella. Labramos amistades haciendo el bien a los demás, no esperando el bien de ellos. Eso hace que la amistad sea más fiable. [...] Cada uno de nuestros ciudadanos, en todos los aspectos de la vida, puede presentarse como señor y dueño de su propia persona, y hacerlo, además, con una gentileza y una versatilidad excepcionales.13 Tolerancia: la nueva virtud De hecho, esta forma de pensar encajaría en el budismo, el hinduismo, el jainismo y en la nueva tolerancia del secularismo occidental. Es el nuevo dios de esta era. Un simple vistazo a esa filosofía y podemos ver cómo un marco político llena el alma de un pueblo cuando este no conoce ni busca a Dios. Por el bien común, ¡qué importante es defender los valores! En realidad, posiblemente tenemos aquí la base de un noble credo humanista, pero de eso hablaremos más adelante. Por ahora, nos quedaremos con cómo los antiguos filósofos griegos y la espiritualidad no teísta o las religiones mistéricas creían que lo que daba estructura a la vida y al destino de una persona era la virtud. No obstante, había diferencias importantes en cuanto a por qué pensaban de ese modo y a cuál era, según ellos, el propósito de la vida. Para mí, eso es clave. Después de cuatro décadas viajando e interactuando con miles de personas tras mis ponencias, ya sea de forma individual o en grupo, las preguntas que la gente tiene se reducen a unas pocas. La primera tiene que ver con el sentido y el propósito de la vida: ¿Qué es la vida y qué es vivir de verdad? A continuación viene la pregunta sobre el placer y el disfrute: ¿Cómo logro cumplir mis deseos? La búsqueda del placer constituye una parte esencial de nuestra existencia. Trabajamos, ganamos un salario, volvemos a nuestros hogares, y luego tomamos decisiones sobre nuestro disfrute. ¿Hay límites en la búsqueda del placer? Luego está la tercera pregunta: ¿qué hacer con todo el sufrimiento y dolor que vemos en este mundo? Ahí las tienes: significado, placer, dolor. Y estas tres preguntas van unidas a la cuarta pregunta, una pregunta determinante: ¿Cómo y por qué estoy aquí? Esa es la base de la búsqueda de Salomón. Él no creció en una familia griega. Creció en la familia del rey David, una familia judía que creía en un Dios personal. Alguna desavenencia debió haber en la relación padre-hijo para que Salomón viviera como un hedonista pero fuera considerado un moralista, conocido por su sabiduría. Ante esta cuarta pregunta, los ateos responden con toda confianza que estamos aquí por accidente. Si vuelves atrás en el tiempo e intentas hacer lo mismo de nuevo, no volverá a ocurrir de la misma manera. Nuestra presencia es un accidente cósmico, y por eso la vida no viene con un guión ni tiene un propósito preasignado. Pero seamos claros. El ateo basa todas las definiciones de cualquier cuestión de la vida sobre este fundamento: que vivimos sobre esta tierra y batallamos con la personalidad, la moralidad y la realidad humanas sin una primera causa personal, moral o real. Eso sí que es un salto de fe: creer que la vida en última instancia es materia y que por lo tanto no importa. Si aceptas la primera conclusión, las siguientesson inevitables. Veamos el ejemplo de Stephen Jay Gould: Estamos aquí porque un raro grupo de peces tenía una anatomía peculiar y cambió sus aletas por patas, dando así lugar a los seres terrestres; porque hubo cometas que se estrellaron contra la tierra y acabaron con los dinosaurios, dando a los mamíferos una oportunidad que de otro modo no hubiesen tenido (ahí sí que tuvimos buena estrella); porque la tierra nunca se congeló totalmente durante la era glacial; porque una especie pequeña y endeble que surgió en África hace un cuarto de millón de años se las ha arreglado de una forma u otra para sobrevivir. Podemos anhelar una respuesta más elevada, pero no existe. Esta explicación, aunque en un primer momento es inquietante, por no decir aterradora, en última instancia es liberadora y satisfactoria. No podemos encontrar el sentido de la vida de forma pasiva en los hechos de la naturaleza. Debemos construir las respuestas nosotros mismos, a partir de nuestra propia sabiduría y nuestro sentido de la ética. No hay otra forma.14 Gould declara inequívocamente que el sentido de la vida es indescifrable para nosotros. Según él, no existe una respuesta superior, y tenemos que encontrar las respuestas a nuestra manera. Esta respuesta falaz hace que los valores occidentales se pierdan y nos lleva al nihilismo. Pero aún hay más. Si hallar el sentido no forma parte del propósito de nuestra existencia, el siguiente debate es si poner límites al placer o eliminar todos los límites. La diferencia entre una religión no teísta y una cosmovisión atea es abismal. La diferencia viene de la explicación del pensamiento teísta. Tanto la realidad del placer como la realidad del dolor demandan respuestas y una explicación, independientemente de que la vida tenga sentido o de que haya una solución para el problema del dolor. Llegar a negar de manera formal y establecida la existencia de un ser supremo abre las puertas a todo tipo de debates y argumentos sobre las consecuencias lógicas de un fundamento tan inútil y desesperanzado. Desde ese punto de partida, las tres preguntas restantes quedan literalmente en el aire. Veamos, pues, cómo el no teísta religioso y el ateo secular se enfrentan a las consecuencias lógicas de las conclusiones de las que parten. Cuando en el punto de partida ya has descartado a Dios, acabas haciendo las manipulaciones mentales más estrambóticas para evitar el hilo lógico de razonamiento. Y el primer error del ateo es esperar que la ciencia haga lo que nunca ha sido su papel. Los mismos científicos cuestionan a sus colegas ateos. El académico agnóstico David Berlinski critica duramente a Dawkins en su libro The Devil’s Delusion (El espejismo del diablo), que es una respuesta a la obra de Dawkins titulada El espejismo de Dios. En la solapa del libro, presenta su posicionamiento de la siguiente forma: ¿Alguien ha ofrecido pruebas irrefutables de la inexistencia de Dios? Ni de cerca. ¿Ha explicado la cosmología cuántica el surgimiento del universo y por qué existe? Ni de cerca. ¿Han logrado explicar los científicos por qué nuestro universo tiene las características necesarias para que la vida sea posible? Ni de cerca. ¿Están dispuestos los físicos y los biólogos a creer cualquier cosa, siempre que no provenga del pensamiento religioso? Más bien sí. ¿Nos ha ofrecido el pensamiento moral del racionalismo una comprensión de lo que está bien, lo que está mal, y lo que es moral? Más bien no. En el terrible siglo XX, ¿ha sido el secularismo una fuerza en pro del bien? Para nada. En el mundo de las ciencias, ¿existe una ortodoxia de pensamiento cerrada y opresora? Más bien sí. ¿Hay algo en las ciencias o en su filosofía que permita afirmar que la creencia religiosa es irracional? No, para nada. ¿Es el ateísmo científico un ejercicio frívolo de desprecio intelectual? ¡Exacto!15 Tenemos que felicitar a Berlinski y a otros como él por poner en evidencia a los que se esconden detrás de la ciencia para atacar la creencia en Dios. De hecho, hay tantas contradicciones incluso dentro de las ciencias exactas, que quien habla por todos obviamente no está respetando las distintas disciplinas científicas. Conozco a académicos en el campo de la química que han desafiado a sus colegas pidiéndoles que les demuestren por medio de la química que el paso del caldo primigenio al homo sapiens es posible, aunque sea solo en la teoría. Uno de ellos es el profesor James Tour de la Universidad Rice. Sin ir más lejos, el cosmólogo John Barrow le dijo a Dawkins: “Richard, tienes problemas con todas estas ideas porque no eres científico. Eres biólogo”.16 Es interesante cómo varían la metodología y las implicaciones de una disciplina a otra, ¿verdad? Fue ese mismo desafío el que hizo que Chandra Wickramasinghe y Fred Hoyle postularan que dar con una explicación sobre los orígenes sin mirar más allá de nosotros es matemáticamente imposible. Pero aún así, la campaña de desprestigio contra la creencia religiosa continúa. Más adelante, Vince Vitale, coautor de este libro, hablará más extensamente de los peligros de tener una visión científica única. Por el momento, baste decir que las implicaciones son obvias: esta lucha existencial nos adentra en una tierra de nadie carente de sentido. Una cultura sin raíces En Occidente, hemos pasado de ser una sociedad desarraigada a ser una sociedad despiadada. En EE.UU. decimos que somos una nación de leyes. Asombroso. ¿Estamos diciendo que las demás naciones son naciones sin leyes? Ninguna cultura en el mundo tiene más leyes que el mundo islámico. Tienen leyes para todo: qué comer y cuándo comer, cómo casarte y con quién casarte, cómo trabajar y con quién trabajar, cuándo ayunar y cuánto dar, cuántas veces orar y hacia dónde mirar cuando oras... Leyes ad náuseam. Y les enorgullece. Decíamos que somos una nación de leyes. Demos un paso más. Por usar una metáfora, las leyes son las raíces de nuestra cultura. Entonces, el tronco pasaría a ser el sistema político. Y las ramas y las hojas o el fruto pasarían a ser la expresión de la cultura. He aquí una descripción figurada de cómo construimos una cultura. De hecho, es un movimiento circular. Actuamos como si la ley acabara de nacer y fuera obvia. Pero la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿en qué se basa la ley? Las leyes que legitimaron la esclavitud se denunciaron gracias a la intuición moral de que explotar y discriminar así a un pueblo estaba mal. Irónicamente, en sus canciones, tanto los esclavos como sus amos pedían a Dios que les rescatara o les validara. No se lo pedían a la naturaleza. De hecho, incluso Bertrand Russell llegó a decir, hablando del dominio que los británicos habían ejercido sobre el pueblo indio, que apelar a la razón solo sirvió porque las conciencias a las que se apelaba eran las conciencias de un pueblo cristianizado. Aquí es cuando las cosmovisiones entran en escena. ¿Qué sostiene las leyes de una nación? La base moral es la que debe sostener las raíces. Como dijo G. K. Chesterton, “legítimo” y “legal” no significan lo mismo, y la base moral es indispensable para el florecimiento estético: Nos colocamos muy cerca del límite cuando solo nos preocupamos por lo que es legal y no por lo que es legítimo. A menos que tengamos un principio moral sobre cuestiones tan delicadas como el matrimonio o el asesinato, el mundo se convertirá en un maremágnum de excepciones sin reglas. Habrá tantos casos complejos que todo se volverá relativo.17 Una creación artística sublime nunca surge solo del arte, del mismo modo que algo esencialmente razonable nunca surge solo de la razón. Detrás de todo crecimiento estético siempre hay una rica base moral.18 Hace poco vi la película Irrational Man. El conocido actor Joaquin Phoenix hace de un apreciado profesor de filosofía que llama la atención de todo el mundo. Antes de llegar a la universidad en la que va a enseñar ya tiene la reputación de ser solitario y excéntrico. A medida que la película avanza, nos damos cuenta de que su objetivo es atraer a susestudiantes hacia el sistema ético que él suscribe, basado en los existencialistas. Un día oye la historia de una mujer víctima de un juez injusto. Airado ante esa injusticia, se pone a pensar cómo solucionarlo y decide matar al juez. Cuando lo logra, una de sus estudiantes descubre que él es el asesino y, horrorizada, le confiesa que sabe la verdad. Él solo tiene una opción: matarla a ella también, a pesar de que tienen una relación amorosa. Al final tienen una pelea y él se cae por el hueco de un ascensor, hueco por donde había planeado tirarla a ella. Es interesante que, aunque la disciplina de este profesor era la razón, murió bajo el peso del razonamiento inmoral que había urdido en su corazón y que defendía como lo correcto... hasta que le descubrieron y tuvo que dar explicaciones. La ley, la filosofía, el amor, la educación, la justicia... todos se fundamentan no solo en la razón, sino en el razonamiento moral. Esta es la disciplina que saca a la luz que el ateísmo es un fracaso, y las ideas del ateísmo serán aplastadas precisamente por el sistema construido para acallar al que apunta al culpable. El corazón humano tiene sed de significado, razón, propósito y valor, y el ateísmo simplemente no tiene las respuestas ni el poder explicativo para que sea posible construir una vida sobre la base que ofrece. Es por eso que algunos de los mejores ateos descubren al final de sus vidas que la base de su filosofía era la irracionalidad, y que tenía una victoria temporal pírrica: era más costosa para el vencedor que para el vencido. Por ejemplo, Antony Flew y A. N. Wilson fueron dos grandes pensadores que llegaron a la cima del ateísmo y obtuvieron gran reconocimiento solo para reconocer que su tronco está hueco y sus ramas, muertas. Las preguntas sin respuesta llevaron a Flew a cuestionar la filosofía. Para Wilson, lo que lo cambió todo fue una visita a la iglesia con su familia un Domingo de Resurrección, donde observó a los seguidores de Jesús y donde escuchó las palabras del Señor resucitado. Fue un cambio de muerte a vida, de la vacuidad al contenido, de la falta de sentido al propósito, del odio al amor, de vivir una mentira a vivir en la verdad. Los próximos capítulos muestran la diferencia entre Jesús y los “ismos” seculares en medio de los porqués de la vida. La primera comparación será un análisis más detallado del ateísmo, pues es el “ismo” detrás de todas las demás cosmovisiones seculares. Después, capítulo a capítulo analizaremos los dioses seculares que guían a nuestros vecinos y a nuestra nación. Hasta ahora solo hemos visto la punta del iceberg. Veamos a dónde nos llevan todas las diferencias que vamos a ir descubriendo. 1. Maya Oppenheim, “Richard Dawkins: Atheist academic calls for religion ‘to be offended at every opportunity’”, The Independent (23 de mayo de 2016), http://www.independent.co.uk/news/people/richard-dawkins-atheist-academic-calls- for-religion-to-be-offended-at-every-opportunity-a7043226.html. Visto el 10 de septiembre de 2016. 2. Ibíd. 3. Robert A. Morey, The New Atheism and the Erosion of Freedom (Minneapolis: Bethany House Publishers, 1986), 98. 4. G. K. Chesterton observa: “Se dice que el paganismo es la religión de la alegría y el cristianismo, la religión de la tristeza; pero es muy fácil probar que el paganismo es pura tristeza y el cristianismo, puro gozo. ... El hombre es más él mismo, es más humano, cuando lo fundamental en él es el gozo y lo superficial, la tristeza. La melancolía debería ser un interludio inocente, una tierna y fugaz disposición de la http://www.independent.co.uk/news/people/richard-dawkins-atheist-academic-calls-for-religion-to-be-offended-at-every-opportunity-a7043226.html mente; la alabanza y la gratitud deberían ser el latido permanente del alma. El pesimismo es, en el mejor de los casos, una semivacación emocional; el gozo es la fuerza bulliciosa que da vida a todas las cosas. No obstante, según el aparente estado del hombre a ojos del pagano o el agnóstico, esa primera necesidad de la naturaleza humana nunca queda satisfecha. El gozo debería ser expansivo; pero para el agnóstico está contraído, recluido a un rincón del mundo. La tristeza debería estar concentrada; pero para el agnóstico la desolación de la tristeza se extiende a lo largo de una eternidad inimaginable”. G. K. Chesterton, Ortodoxia (México: Editorial Porrúa, 1998), 89. 5. William Blake, “Mock on, mock on, Voltaire, Rousseau” en The Norton Anthology of English Literature, 3a edición, editor general M. H. Abrams (New York: W.W. Norton & Company, 1975), 1338. 6. Mortimer Adler, The Synopticon: An Index to the Great Ideas, Vol. 1 (Chicago: Britannica, 1952), 543. 7. Winston Churchill, “The Munich Agreement”, http://www.winstonchurchill.org/resources/speeches/1930-1938-the-wilderness/101- the-munich-agreement. Visto el 10 de septiembre de 2016. 8. Charles Kaiser, The Cost of Courage (New York: Other Press, 2015), 51. 9. “Letter to the Officers of the First Brigade of the Third Division of the Militia of Massachusetts, 11 October 1798”, en Revolutionary Services and Civil Life of General William Hull (New York: D. Appleton & Co., 1848), 266. 10. Thomas Paine, The Theological Works of Thomas Paine (London: R. Carlile, 1824), 317. 11. Paul Edwards, ed., Encyclopedia of Philosophy, Vol. 1 (New York: Macmillan, 19 6 7), 175. 12. Étienne Borne, Atheism (New York: Hawthorn Books, 1961), 61. 13. Tucídides, “The Funeral Oration of Pericles”, History of the Peloponnesian War, M. I. Finley, editor, traducido por Rex Warner (New York: Penguin Classics, 1972), fragmento online en http://teacher.sduhsd.net/tpsocialsciences/world_history/dem_ideals/pericles.htm. Visto el 10 de septiembre de 2016. 14. Stephen Jay Gould, citado por David Friend y los editores de la revista Life en The Meaning of Life (Boston: Little, Brown and Company, 1991), 33. 15. Cita de la solapa del libro, http://www.davidberlinski.org/devils- delusion/about.php. Visto el 10 de septiembre de 2016. 16. John Barrow citado por Julia Vitullo-Martin, “A Scientist’s Scientist”, http://www.uncommondescent.com/intelligent-design/barrow-to-dawkins-youre- not-really-ascientist/. Visto el 10 de septiembre de 2016. 17. G. K. Chesterton, As I Was Saying, ed. Robert Knille (Grand Rapids, MI: Wm. http://www.winstonchurchill.org/resources/speeches/1930-1938-the-wilderness/101-the-munich-agreement http://teacher.sduhsd.net/tpsocialsciences/world_history/dem_ideals/pericles.htm http://www.davidberlinski.org/devils-delusion/about.php http://www.uncommondescent.com/intelligent-design/barrow-to-dawkins-youre-not-really-ascientist/ B. Eerdmans, 1984), 267. 18. G. K. Chesterton, “A Defence of Nonsense” en A Defence of Nonsense and Other Essays (New York: Dodd, Mead & Company, 1911), 8. D CAPÍTULO 2 ATEÍSMO “Dios no existe” Ravi Zacharias ado que Dawkins es el nuevo gurú del ateísmo, tomaremos su principal acusación contra la fe en Dios —Dios, el monstruo moral— y consideraremos sus afirmaciones y conclusiones. Otros ya han hablado de su supuesto uso de la ciencia para defender sus postulados, y Vince abordará esta cuestión en su capítulo sobre el cientificismo. Mi intención es responder a las implicaciones y ramificaciones filosóficas de la creencia de Dawkins y contrastarla con el verdadero mensaje de Jesucristo. Dawkins reserva sus ataques más beligerantes para arremeter contra la Biblia y las “atrocidades indescriptibles” que Dios ordenó. Las enumera ad náuseam para explicar su punto de vista. Para ser justo con él, lee por ti mismo lo que escribe en su libro El espejismo de Dios: El Dios del Antiguo Testamento es posiblemente el personaje más molesto de toda la ficción: celoso y orgulloso de serlo; un monstruo mezquino, injusto e implacable; un ser vengativo, sediento de sangre y limpiador étnico; un matón misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista y caprichosamente malévolo.1 Hace algunos años, algunas de esas palabras ni siquieraaparecían en el diccionario. Uno casi se ve tentado a preguntar: “Richard, ¿estás bien?”. Dawkins no es conocido precisamente por ser una persona humilde, conciliadora y compasiva. Pero esa no es la cuestión ahora. La verdad es que, a primera vista, esa descripción es muy fuerte. Y es alarmante que alguien caracterice así a Dios. Me gustaría añadir que cualquiera que crea que una descripción así no inquieta al cristiano pensante, es que nunca ha hablado con uno. ¡Claro que es alarmante! ¡Muy alarmante! Nos guste o no, todos somos en cierta medida producto de nuestras experiencias. Me atrevo a decir que eso es lo que está detrás de la profunda antipatía que muchos ateos sienten por Dios, aunque en sus ataques mordaces no lo digan. Pero no es difícil de ver. Si yo mismo miro al pasado, puedo ver que construí mi propia visión del mundo a través de lo que vi y oí. Si uno ha estado en medio de un conflicto bélico real, donde reinan la devastación y la muerte, obviamente va a pasar de hacerse preguntas sobre su propio sufrimiento a hacerse preguntas sobre el sufrimiento en general. Si uno ve de primera mano el odio, la ira y la crueldad, es inevitable que le surjan preguntas desde lo más hondo de su ser. Cuando tenía veintitantos años recorrí todo Vietnam. Fue en medio de la guerra. Una noche, me senté en el porche de la casa de unos misioneros a 30 kilómetros de la zona desmilitarizada y escuché los disparos que se producían a unos pocos kilómetros y llenaban el cielo de una luz intermitente. Estábamos a una distancia segura, pero suficientemente cerca como para oír los constantes disparos de un lado y de otro. Recuerdo que me pregunté qué fin tenía todo aquello. ¿Cómo podía ser que esa realidad formara parte de un plan eterno? A unos metros de donde estaba sentado había una fosa en la que habían enterrado a seis misioneros hacía tres años. Los había asesinado a sangre fría tan solo por estar allí. No eran combatientes. Estaban allí para acercarse a las almas de las personas, fueran amigos o enemigos. Estaban allí para ayudar a los demás, y lo pagaron con sus vidas, dejando huérfanos a sus hijos. Mis anfitriones y yo hablamos de los horrores de la guerra hasta altas horas de la noche. Yo había estado en reuniones especiales en las que se había orado por pilotos uniformados justo antes de partir para aquel infierno, sin saber si lograrían regresar. En otra ocasión iba en coche con unos misioneros de Da Lat a Saigón, y nuestro coche se averió en medio de una carretera desolada. Logramos hacer un apaño y el coche arrancó. Continuamos nuestro camino, pero unos kilómetros más adelante nos encontramos con una escena aterradora. Un coche que nos había adelantado mientras estábamos reparando el nuestro había sufrido una emboscada y todos los ocupantes yacían inertes y cubiertos de sangre a un lado de la carretera. A lo lejos vimos a los atacantes perderse entre la maleza. A los veinticinco años yo había visto suficiente violencia y suficientes matanzas. Había escuchado suficientes discursos políticos. Estaba harto de lo que los periodistas escribían desde sus cómodos despachos. Y harto también de los debates entre mis profesores: comunismo frente a capitalismo, libertad frente a demagogia. Alejarse del cuerpo de un ser querido al que acaban de meter en una tumba es una experiencia desgarradora. Ante tantas muertes, deformidades y tanta destrucción, reviví aquel dolor pero de forma multiplicada, y me sorprendí a mí mismo clamando a Dios: “¿Por qué todo esto en nombre de la humanidad y la supervivencia?”. Ese es el efecto que tuvo en mí todo aquel horror en aquel entonces. Los años pasaron, y leí a los filósofos y sus teorías sobre la guerra. Me surgían muchas preguntas y muchas dudas. Lo que yo había visto era suficiente como para cuestionar todo el marco teísta. No hace falta ser ateo para preguntarse qué sentido tiene toda la violencia, la injusticia y el mal. Muchos de los profetas de la Biblia acudieron a Dios con ese tipo de preguntas. Habacuc clamó: “¿Hasta cuándo, Señor, he de pedirte ayuda sin que tú me escuches? ¿Hasta cuándo he de quejarme de la violencia sin que tú nos salves?” (Habacuc 1:2). Jeremías hizo lo mismo y le pidió a Dios que se colocara en el banquillo de los testigos. En Jeremías 12:1, le dice: “Tú, Señor, eres justo cuando discuto contigo. Sin embargo, quisiera exponerte algunas cuestiones de justicia. ¿Por qué prosperan los malvados? ¿Por qué viven tranquilos los traidores?”. Más adelante incluso acusa a Dios de engañarle y, a causa de su frustración, dice: “¡Maldito el día en que nací!” (20:14). Y en el Salmo 10:1, David pregunta a Dios: “¿Por qué, Señor, te mantienes distante? ¿Por qué te escondes en momentos de angustia?”. Ante la realidad del dolor causado por el mal humano y ante el dolor de la pérdida, nadie ha cuestionado tanto al Todopoderoso como los autores bíblicos. No obstante, cuando lanzaban sus preguntas siempre lo hacían reconociendo la naturaleza del bien y del mal, la víctima y el acosador, la limitación humana y el poder divino. No solo entendían estas categorías, sino que preguntaban dónde estaba el Dios soberano en medio de todo aquello. Y recibieron respuestas. Por ejemplo, Habacuc encontró una base lo suficientemente sólida y convincente. Lo veremos más adelante. Lo que nos queda claro es que no hacían todas aquellas preguntas para cuestionar la existencia de Dios, ni tampoco para probar que el bien y el mal no son reales. Las hacían para encontrar respuestas que explicaran la existencia de Dios en el marco del bien y del mal que veían a su alrededor. Por el contrario, analizando las mismas evidencias que tenían los autores bíblicos, la conclusión a la que Dawkins llega es negar la existencia de Dios, y por ello se ve obligado a desestimar el bien y el mal como categorías absolutas. Y ahí es donde yace la diferencia tan profunda y arraigada. ¿Qué quiero decir con esto? ¿Dónde te apeas? Esta terrible descripción que Dawkins hace de Dios le pone en un dilema filosófico y existencial. Empieza diciendo que el Dios a quien atribuimos todas esas acciones es una “criatura de la ficción”. Si Dios realmente es una criatura de la ficción, Dawkins está dedicándose en cuerpo y alma a ir en contra de un ente inexistente al que un grupo de ingenuos atribuye todas esas acciones. Así que, ¿dónde está realmente el mal? Si Dios no existe, el mal contra el que Dawkins despotrica solo puede venir de los seres humanos que juegan a ser Dios, ¿no es así? Es clave entender esto. Si el ateísmo está en lo cierto, la repugnante lista de atrocidades que van desde el genocidio al infanticidio no describe el carácter de Dios, sino a la gente que cree en Dios. Irónicamente, Dawkins escribe en un momento histórico en el que hay más abortos voluntarios que nunca, acción que los intelectuales defienden como un derecho moral. Por tanto, matar a millones en nombre de los derechos individuales está bien, siempre y cuando la humanidad así lo declare. Así que, según el paradigma de Dawkins, la fuente de ambos escenarios es humana, no divina. Si Dios está muerto, entonces tal como dijo Malcolm Muggeridge, lo que nos queda es “la búsqueda de poder frente a la búsqueda de la felicidad, la televisión en blanco y negro frente a la televisión a color, el puño apretado frente al falo erecto”.2 Dicho de otro modo, lo que nos queda es la megalomanía o la erotomanía, Hitler o Hugh Hefner. Si Dios solo existe en las mentes y los escritos de sus seguidores, que son seres humanos (al igual que Dawkins), entonces ellos son los genocidas, los misóginos, los infanticidas, los homófobos, etc. ¿Cómo puede Dawkins creer que su juicio como ser humano es una apreciación justa y correcta de las demás personas? ¿Cómo puede pensar eso, y encima defenderlo en nombre de la razón? Si el mal no existe, la suya no es más que una “preferencia personal”, exactamente igual que la de ellos. Intuitivamente, la gente reacciona contra las conductas que Dawkins critica. Pero para denunciarlas, o para denunciara las personas a las que les atribuye dichas conductas, tiene que estar de acuerdo en que esas cosas están mal, una categoría con la que él mismo lucha. Al decir que Dios no existe pero que esos atributos de Dios son malvados, se ha metido en un aprieto y juega a ser Dios. Bien podría poner en su salón un autorretrato y arrodillarse ante él cada mañana. En su libro, el mismo Dawkins dice que el bien y el mal no existen, que bailamos al son de nuestro ADN.3 Pero, ¿acaso no ve lo que ha creado? Denuncia a un Dios monstruoso y lo destierra, pero presenta como algo más razonable una filosofía de vida monstruosa. En el mejor de los casos, su razonamiento es circular o se refuta a sí mismo. Filosóficamente hablando, su pensamiento asume y deduce lo siguiente: Suposición 1: Si existe un Dios que es amor y todopoderoso, no haría las cosas horribles que vemos a nuestro alrededor. Por tanto, el Dios descrito por las religiones del mundo es ficticio: es imposible que exista. Conclusión: Dios no existe. Suposición 2: Como Dios no existe, esas cosas horribles son pensamientos y acciones del corazón humano. Conclusión: Como Dios no existe y no hay quien determine qué está bien y qué está mal, esas cosas no son malas per se. Son solo el medio de supervivencia de los seres humanos y categorías que nos sirven para expresarnos. Suposición 3: Como Dios no existe y por tanto el mal tampoco, todo el mundo baila al compás que le marca su ADN. Todos hacemos lo que hacemos porque estamos hechos y programados para hacer lo que hacemos. No es elección nuestra, por lo que no somos responsables de lo que hacemos. Es una forma más bonita de decir que “la naturaleza tiene las uñas y los dientes manchados de rojo”, algo que ahora se ha postulado científicamente. Conclusión: Como el bien y el mal no existen, la acusación de que Dios es malo deja de ser válida puesto que el reto al que realmente nos enfrentamos es el compás que marca el ADN. Aún así, el compás religioso es más nocivo que el compás no religioso. Suposición 4: Como la religión es una cuestión fenomenológica y no una verdad verificable, toda la religión debería ser tratada como ficción. Conclusión: Búrlate y ridiculiza a la gente que aún cree en Dios porque no tiene ningún sentido. La ira de Dios es perversa, pero la ira del ser humano contra Dios es el zénit del conocimiento. El hecho de que las personas religiosas se sientan heridas por las burlas y el abuso verbal que experimentan no debería preocupar al que vive creyendo en un mundo sin Dios, ya que Dios es el abusón por excelencia. Ahí tienes un resumen. Ahora, fíjate en la cosmovisión cristiana. Curiosamente, la Biblia habla de esta pendiente descendente del pensamiento y de la degeneración que se da cuando la humanidad rechaza a Dios. En Romanos 1:18-25, el apóstol Pablo dice lo siguiente: Ciertamente, la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los seres humanos, que con su maldad obstruyen la verdad. Me explico: lo que se puede conocer acerca de Dios es evidente para ellos, pues él mismo se lo ha revelado. Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa. A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles. Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la impureza sexual, de modo que degradaron sus cuerpos los unos con los otros. Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Lo que aquí tenemos es lo opuesto a la cosmovisión atea. El ateísmo declara que la creencia en Dios es “una necedad”. Y al negar a Dios niega también la distinción entre el bien y el mal. El ateísmo lo desacraliza todo. En el marco cristiano, negar a Dios es en sí necedad y lleva a una degeneración perversa que celebra cosas consideradas comúnmente como perversas. El juicio que recae sobre el mal deliberado siempre será un mal mayor. En resumen, al negar la existencia de Dios, el ateo no soluciona el problema del mal; tan solo usa los horrores del mal para negar su contexto moral, y si la consecuencia es el odio, que así sea. Según la cosmovisión cristiana, esa negación del mal está directamente relacionada con el mal. Pero eso solo es el principio. Aún hay más. El ser humano es imperfecto a un nivel fundamental. Porque para que exista el razonamiento moral, uno tiene que asumir en todo momento la libertad de elección. En un universo cuya causa es accidental, mecánica y no teísta, donde el “azar ciego y despiadado” moldea y da forma a nuestras elecciones, la conclusión inevitable es el determinismo. Si no hay Dios, tampoco hay verdadera libertad; y así, como dice Dawkins, bailamos al compás de nuestro ADN. Incluso Stephen Hawking asumió esta conclusión a regañadientes, a pesar de la teoría cuántica, en una conferencia a la que asistí en el Lady Mitchell Hall de Cambridge en 1990. El determinismo es la consecuencia lógica del azar. Y aquí empezamos el viaje hacia la contradicción. Psicólogos como B. F. Skinner se aferraron a esta realidad inevitable y escribieron sobre este tema durante años. Determinismo y destino El determinismo dice que estamos hechos para pensar del modo en que lo hacemos. Eso invalida el concepto de verdad porque no somos libres de pensar de otro modo. El determinismo elimina la posibilidad de escoger libremente y lo único que produce son conclusiones predeterminadas. Somos ordenadores con sentimientos prescritos para realidades específicas. Con esta programación, el amor también se vuelve ilusorio, una mera preferencia mecánica. No es una elección, tan solo es una acción. El resultado es evidente: al final, la necedad de negar que Dios es la causa primera también pone en peligro los conceptos de la verdad y el amor. El fundamento determinista es como un campo de arenas movedizas donde la verdad y el amor como realidades últimas desaparecen del mapa. En Romanos 1 encontramos justamente lo contrario. Es muy importante entender que la creencia en Dios implica que somos libres y que de forma voluntaria escogemos lo que es corrupto y lo que corrompe. Esa mente corrupta y ese corazón corrupto hacen elecciones cada vez más oscuras hasta que nos habituamos a pensar en categorías opuestas a las que utilizábamos al principio. Lo bueno se convierte en malo, y lo malo se convierte en bueno. Esas elecciones que hicimos tres frases atrás determinan y reconfiguran nuestra mentalidad y nuestro destino. De hecho, el determinismo es el estado final, no el principio. Por eso nuestra elección final es el mal y ahora, con un juicio claramente defectuoso, vemos a Dios como malo y a nosotros como sabios. Los que libremente eligen rechazar a Dios acaban en el mismo lugar en el que creían haber empezado: pensaban que estaban condicionados, pero eran libres, y ahora acaban condicionados y encadenados. La mentira que creyeron al principio se convierte en una verdad enquistada que empezó con el deseo de ser como Dios, de poder determinar qué está bien y qué está mal, y se convierte en un deseo que los lleva a la muerte. Después de todo, es la misma advertencia que encontramos en Génesis 3. Este es el camino a un destino de engaño y degradación que parece noble. Los dioses de este mundo solo ofrecen muerte. Génesis 1 empieza diciendo “En el principio, Dios...”, y Génesis 50 acaba con José en un ataúd. El Dios de la creación nos advierte de la necedad de rechazar a Dios. El secularismo es por definición “así de mundano”, centrado en las cosas de este mundo. La vida y la muerte del razonamientohumano tienen lugar en el tiempo y el espacio. Como dijo cierto autor, “el peor efecto del pecado se da dentro de la persona, y no se manifiesta en forma de pobreza, dolor y deterioro físico, sino en las facultades mermadas, el amor deshonroso, el ideal bajo, el espíritu brutalizado y aprisionado”.4 Ya sé que se te acaban de encender todas las alarmas. Esa cita incluye esa palabra tan odiada: pecado. Odiamos esta palabra porque despierta todos los prejuicios colectivos de una mentalidad anti- Dios: “¡Siempre la misma canción!”. C. S. Lewis nos recuerda que el temor a esa vieja canción es la pasión más fuerte que el maligno ha puesto en nuestros corazones para anular cualquier sentimiento de culpa o autoinculpación. Así que aquí tienes la definición de pecado más suave que se me ha ocurrido: una violación del propósito; una adicción a lo profano. La prisión de la oscuridad Hace algún tiempo, visité el corredor de la muerte de una de las cárceles de máxima seguridad más grandes de EE.UU. Cuando llegamos a una de las celdas, la joven abogada que había hecho las gestiones para que pudiéramos entrar dio media vuelta y se alejó del grupo. Me había dicho que el hombre con el que iba a hablar era un asesino en serie que, cuando ella estaba en la universidad, había sembrado el pánico en su campus torturando y matando a varias estudiantes. No quería tener contacto visual con el hombre que había cometido aquellas atrocidades. Uno de mis acompañantes y yo pudimos hablar con él. La conversación habría sido aterradora de no ser por los barrotes que nos separaban. Él nos preguntó de forma repetida y beligerante si estábamos a favor o en contra de la pena de muerte. Yo le dije que respondería a su pregunta si él me respondía a la mía. Le pregunté: “¿Qué es lo que más echas de menos?”. Pensó unos segundos, y dijo: “A mi esposa y a mis hijos”. Ahí estaba, condenado por asesinar a muchas mujeres que eran hijas de alguien, pero enfadado porque el sistema puede elegir separarle de su esposa e hijos, e indignado porque alguien puede sentenciarlo a muerte por lo que había hecho. Aquello que él había hecho a otros no le parecía bien cuando se lo hacían a él. Aquel joven, inteligente, fuerte, pero condenado por sus propias elecciones, ya no podía pensar con coherencia. Había escogido su propio camino de oscuridad y ahora maldecía a los que protegían a la gente de su mundo oscuro y espeluznante. A aquellas chicas les hizo vivir un infierno, pero él quería ir al cielo. ¿Cuál de los dos mundos se demuestra con su vida? ¿El mundo de la autodeificación que se presenta en términos de grandeza, tal y como lo describe Dawkins, o el mundo de Romanos 1 y el desencadenamiento del mal que describe? Recuerdo una conversación con un hombre que me habló de una visita que Billy Graham hizo a Disney World. Al despedirse, Billy Graham le dijo al Sr. Disney: “¡Vaya mundo de fantasía que has creado aquí!”. Dicen que el Sr. Disney le respondió: “De hecho, es justo al revés. Este es el mundo real. Ahora cuando salgas, entrarás en el mundo de la fantasía”. ¡Qué analogía más poderosa! ¡Ve a Disney World y experimenta la risa contagiosa de los niños! ¡Mírales a los ojos y ve cómo brillan de emoción y asombro! Mi nieto se subió a la misma atracción siete veces hasta que le rogamos que se tomara un descanso. Compáralo con otra ilustración. Conozco a una familia completamente destrozada por la adicción de su hija adolescente a hacerse cortes. Se corta con trozos de vidrio roto hasta que sangra, y eso le produce un extraño deseo de autolesionarse más, una autodestrucción predeterminada por una elección destructiva. El paradigma del mundo y el paradigma de Dios son opuestos, pero con algunas extrañas convergencias terminológicas. En el primero, al asumir que estamos determinados, escogemos libremente creer una mentira, erosionando aún más nuestra conciencia hasta el punto de burlarnos de la verdad y de perder nuestra capacidad de amar. Determinamos que nuestro destino es el determinismo. En el pensamiento cristiano, negamos el determinismo y libremente escogemos que la verdad dé forma a nuestra conciencia y así podamos tener libertad para amar. Libremente, escogemos las alegrías de las libertades que se basan en la verdad de Dios. El niño que ríe alegre simboliza la verdadera libertad. El adolescente con el vidrio roto representa el verdadero determinismo. El asesino en serie, la corrupción máxima del juicio. Obviamente, al ateo no le gusta esta representación. La declaración más sofisticada de su cosmovisión es que un Dios de amor y todopoderoso no puede justificar la creación que ha hecho. Dado que ese orden injustificable existe, es imposible que haya una primera causa que sea puro amor y todopoderosa. La filosofía producto del ateísmo convierte el tiempo en eternidad; el cuerpo en alma; al hombre en Dios; lo sagrado en profano. Esta trampa moral es lo que ahora tenemos en Occidente. A continuación vamos a analizar cada una de estas cuatro luchas. La diferencia en Jesús En cambio, cuando analizamos la enseñanza de Jesús, vemos un nuevo paradigma de vida y destino: eternidad; moral; responsabilidad; caridad. Estos cuatro parámetros definen la vida de una forma totalmente distinta al ateísmo. Veamos uno por uno. Eternidad Siempre he sostenido que el tiempo es el lienzo sobre el que dibujamos nuestras vidas y que la eternidad es el ojo de la cerradura a través del cual vemos toda la galería. Las descripciones filosóficas del tiempo pueden ser demasiado sofisticadas y casi incomprensibles. Cuando el reconocido filósofo Charles Hartshorne celebró su cumpleaños número ciento uno, dijo que el tiempo es la cosa más misteriosa de la vida. Pero en lenguaje cotidiano, vemos el tiempo como una calibración del cambio. Si el ahora es todo lo que tenemos, y la razón última de nuestro ser no es más que lo que nosotros establecemos desde nuestro propio razonamiento, tenemos un vacío como punto de partida y una polución de ideas de las que emerger. El tiempo avanza de forma lineal como una calibración del cambio. Hablamos del presente, del pasado y del futuro. Las Escrituras nos recuerdan que el tiempo es una creación de Dios y que Él habita en la esfera eterna: está por encima y más allá del tiempo porque Él es inmutable. Tal y como Vince Vitale desarrollará de forma más detallada en el próximo capítulo, Dios existe por sí mismo y no ha sido causado. Solo aquello que pasa a existir a partir de la no existencia necesita una causa. Conozco todos los argumentos que los naturalistas presentan para rebatir esta idea. Pero solo lo hacen para refutar el teísmo. Cuando tienen que pronunciarse sobre cualquier otra realidad existente no aplican el mismo razonamiento. Negar una causa eficiente última es adentrarse en la esfera de la lógica de forma anárquica e irracional. Dios no fue creado. No tiene causa porque es inmaterial. Dios trasciende lo material. Salomón nos lo recuerda cuando dice que Dios ha puesto eternidad en el corazón del ser humano, aunque no podemos comprender todo el alcance de lo que Dios ha hecho desde el principio hasta el final. Pero sí sabemos que hay dos momentos en la vida sobre los que no tenemos ningún tipo de control: el nacimiento y la muerte. Uno podría argumentar que en cierta medida sí podemos controlar nuestra muerte, pero para hacerlo tenemos que hacer dos suposiciones: que no hay un Dios soberano que conozca el momento de nuestra muerte y que estamos absolutamente seguros de que cuando nuestro cuerpo muere, eso es el fin. Pero ninguna de estas dos suposiciones forma parte de la cosmovisión bíblica. La Biblia nos dice que cada día que nos es dado estaba escrito en un libro mucho antes de que ese día llegara. No significa que Dios lo había fijado de antemano; pero como mínimo sí significa que Dios lo conocía de antemano. Todo lo maravilloso y todo lo majestuoso nos recuerda la inmensidad insondable del universo y de lo eterno. Una vez me visitaron dos astronautas que habían viajado al espacio. Uno de ellos erael piloto de la nave que les había traído de vuelta a la tierra. Entre los CD que se había llevado había uno con una de mis charlas titulada “¿Quién eres, Dios?”. Para mí fue un gran honor que me visitaran y me regalaran un collage en el que había una foto de toda la tripulación, la bandera de los EE.UU., la bandera de la India en mi honor, y una copia del CD. Lo tenemos colgado en nuestra casa, y es un regalo que aprecio muchísimo: mi tierra natal y la tierra en la que ahora vivo, juntas. Solo son dos puntos diminutos cuando las ves desde el espacio, pero son parte de este gran universo. El piloto me contó que cierto momento, al mirar por la ventana de la nave, se acordó del versículo que dice “¿Qué es el hombre para que pienses en él? ¿Qué es el ser humano para que lo tengas en cuenta?” (Salmo 8:4). Piénsalo: la vasta extensión del espacio insondable, a miles de kilómetros de la tierra; y una diminuta mancha azul en la distancia a la que llamamos “hogar”; sin embargo, lo más grande es esa pequeña criatura a la que llamamos ser humano. ¿Cómo pudo ese ser, el diseñador y el creador de la nave espacial con toda su complejidad, llegar a la escena por accidente? No llegó por accidente. Fue creado por un Ser Eterno y fue diseñado para vivir eternamente. Por eso el salmista dice “¡Has puesto tu gloria sobre los cielos! Has hecho que brote la alabanza de labios de los chiquillos y de los niños de pecho” (Salmo 8:2). Los cielos cuentan la gloria de Dios. Cierto. Pero solo los labios de un niño, de un hombre o de una mujer pueden alabarle. Cuando esa alabanza no sale de sus labios, la capacidad destructiva es enorme, porque la mente roba aquello que pertenece a Dios y lo sagrado se vuelve profano. La eternidad define lo sagrado; el tiempo puede hacer que las cosas se vuelvan profanas. Si yo solo vivo para el ahora, no calculo el coste. Si vivo para lo que es eterno, no hay sacrificio temporal demasiado grande para obtener el gozo eterno de estar en la presencia de Aquel que me formó. El científico Arthur Peacocke describe el viaje de los primeros astronautas que llegaron a la luna y comenta que no es sorprendente que la primera vez que vieron aparecer el planeta Tierra en el horizonte de la luna resonaran en lo más profundo de su ser las palabras “En el principio, Dios...”. Habría sido una burla si hubieran dicho “En el principio, nada”. ¡Qué ridículo pensar que un puñado de personas que han leído un puñado de libros y tienen un puñado de títulos otorgados por otros seres finitos tienen la capacidad cerebral de matar a Dios y ocupar su lugar! Es como si un niño pegase al boxeador Joe Louis y se pensara que es más fuerte que él porque este no le devuelve el golpe. La eternidad es una realidad indispensable si queremos abordar adecuadamente dos de las luchas más grandes de esta vida. Después de la repentina y trágica pérdida de su hijo, Nicholas Wolterstorff, filósofo de Yale, dijo: “Una vez que hemos vencido la ausencia con los teléfonos móviles, la incapacidad de volar con los aviones, el calor del verano con el aire acondicionado; una vez superado todo eso y mucho más, aún quedan dos cosas a las que hacer frente: el mal en nuestros corazones y la muerte”.5 El mal en nuestros corazones y la muerte: la búsqueda de la justicia en un mundo de maldad y el terrible fin de la vida a través de la muerte. Veo un mundo de injusticia donde los débiles no tienen voz, los pobres no tienen esperanza, los quebrantados no conocen la sanidad. ¿Cómo lo soportamos? Jesús habló de esas cosas, y la Biblia nos dice que los que le escuchaban se asombraban ante sus respuestas. Los Dawkins de este mundo tergiversan la verdad. Si les conviene, toman parte de una historia e ignoran convenientemente el resto del relato. Imagínate que llegas tarde a la representación de El fantasma de la ópera y, cuando entras, solo oyes al fantasma gritar: “¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!”. Quizá pienses que es una pieza musical espantosa. Pero te habrás perdido la grandeza del momento en que incluso el feo recibe esperanza, y el gran momento en que ni siquiera las heridas impiden el triunfo de un amor tan buscado y anhelado. La eterna búsqueda de la justicia Para los griegos, la virtud era indispensable para la democracia y un gobierno justo. Pero podríamos preguntar: ¿la virtud de quién?, ¿y por qué la justicia? Estos términos no tienen una única definición. Nosotros los cargamos de significado. ¿Qué decimos de la justicia? ¿Cuál es la diferencia entre lo que Jesús enseñaba y lo que nos dice el marco naturalista sobre estos temas? Veamos y examinemos de uno en uno los supuestos y los desafíos del ateísmo en este contexto. El primero de esos supuestos es que la naturaleza es lo único que existe. Por tanto, la naturaleza y lo que es natural explican todo lo que vemos. Para el biólogo, eso implica la selección natural; para el científico significa la gravedad; para el empírico es el método científico; y para el metafísico, la supremacía de la razón sobre la fe. Todos tienen el mismo punto de partida y el mismo destino: que no hay ninguna evidencia a favor de la existencia de Dios y a eso le sigue, lógicamente, la autonomía de la voluntad y la supremacía de la ley. La corrección política es la cláusula de rescisión ante el hecho inevitable de los valores, y de ese modo la política se convierte en el hogar de la moral. Increíble, ¿no es cierto? La institución en la que menos confiamos, la institución más falsa según las evidencias, es el almacén de los valores. ¿Qué nos dice eso? Los valores corruptos encuentran un sistema corruptible en el que almacenar y definir la corrupción. Los derechos sustituyen a lo que está bien, el poder sustituye a la libertad, las leyes se convierten en moral, y lo legal se impone sobre lo justo. Hablamos de derechos humanos, pero rara vez hablamos del derecho a ser humano. Sin embargo, la búsqueda de la justicia continúa. En 1994, el jugador de fútbol americano O. J. Simpson fue acusado de asesinar brutalmente a Nicole Brown Simpson, su exesposa de treinta y cinco años, y a Ron Goldman, amigo de Nicole y camarero. Todo el país siguió el juicio. Todo el mundo sabía que aquello había sido un crimen, pero O. J. Simpson fue absuelto. Hace poco le hicieron una entrevista televisada al abogado principal del caso. La entrevistadora, una reconocida abogada, le preguntó si al absolver a O. J. Simpson se había hecho justicia. Su respuesta fue la siguiente: “Existe la justicia legal y la justicia moral y, en este caso, se hizo justicia legal”.6 Esa es la seducción del razonamiento sin moral. Esa es la mentira de la justicia distorsionada. Me hubiera gustado oír su respuesta si la mujer brutalmente asesinada hubiera sido su hija. Me pregunto si habría actuado igual. Nos hemos convertido en profesionales sin moral y en jueces deshonestos. Nuestros tribunales se han convertido en actuaciones teatrales donde los argumentos ponen en riesgo la vida de las personas y los países, y donde el razonamiento se usa para la justificación de los actos más bajos. Al dar la espalda a Dios y en consecuencia al bien que Él representa, la justicia pronto será algo del pasado. La generación que clama justicia ha capacitado a legiones de matones para que se comporten injustamente cuando sus propios deseos corran peligro. Esta es una sociedad sin un ancla moral. Estos son los chanchullos que hacemos en nombre de la razón. Pero, ¿a dónde más nos puede llevar este razonamiento? El límite presente es que las ciencias solo se ocupan de los fenómenos. Actúan en el mundo real de la materia y con las leyes de la naturaleza. Nada de cosas sobrenaturales, por favor. Así que, incluso la justicia, el fundamento de todas las sociedades civilizadas, se sacrifica en el altar de la autoadoración. “Se hizo justicia legal”. El peligro de ese tipo de razonamiento es que podemos llegar a destruir la razón y justificar el asesinato de los inocentes. La Alemania nazi es un ejemplo de lo que le puede ocurrir a una cultura cuando el sistema legal pervierte lajusticia. He aquí la ironía. Aquellos que se declaran ateos reivindican la naturaleza y niegan los milagros porque las leyes de la naturaleza son inviolables. Pero cuando consideran las leyes de un país siempre encuentran la manera de justificar la violación que ellos hacen de dichas leyes. Cuando debatimos sobre la ciencia, niegan la excepción. Pero cuando debatimos sobre la ética, apelan a la excepción. ¿Por qué? Juegan a ser Dios, y una vez establecen a dónde quieren ir, escogen el camino que presenta menos resistencia. Así que, con manipulación constante, se supone que el principio rector y las restricciones del mundo material vienen determinadas por las leyes empíricamente verificables. Estas no son pruebas de la no existencia de Dios. Son suposiciones de una cosmovisión construida solo sobre la ley física y que juega con la ley moral. Este es el clamor de una sociedad en la que las personas que están entre rejas no pueden entender que lo justo es que rindan cuentas y se hagan responsables de sus actos. Pero uno de ellos afirmó incluso amar a su mujer y a sus hijos. Los abogados de O. J. Simpson no tuvieron en cuenta que la ley moral sirve para asegurar la libertad de las personas, y de ese modo pusieron a sus propias familias en peligro. Génesis nos cuenta cómo fue el primer asesinato dentro del seno familiar. Todo empezó con el conflicto interno de un hombre que quería para sí lo que pertenecía a Dios. Caín estuvo huyendo el resto de su vida. ¿De qué forma estas dos creencias —la de que la naturaleza es todo lo que hay y la de que las ciencias empíricas son la autoridad última —, aunque solo sean argumentos desde el silencio, niegan la existencia de Dios? ¿A dónde nos lleva eso en la búsqueda de la justicia? El tiempo, que se convirtió en el amigo de los naturalistas a la hora de explicar los orígenes, se convierte en su enemigo cuando buscan la justicia. La eternidad se desvanece en medio de la innegable tensión entre nuestra intuición y nuestro razonamiento. Y la diferencia es aún mayor en el ámbito de la moral. Moral ¿Qué ha pasado con el bien? Al intentar explicar a Dios y el mal, el crítico no logra ver la imagen completa. La perspectiva de la cosmovisión cristiana va mucho más allá que una mera definición del mal y que una mera explicación de su origen, pues es mucho más completa y profunda. La eliminación de Dios puede encajar temporalmente en una argumentación que parece imbatible en su momento. Sin embargo, eso significa ignorar por completo los argumentos contrarios. Si la existencia del mal convierte a Dios en algo indefendible, ¿dónde podemos encontrar una definición del bien? ¿El bien también es indefensible? Lo que respondamos a estas preguntas es clave. Hace algunos años teníamos un perro precioso, un border collie que habíamos traído de Inglaterra. Le llamamos G. K. en honor a G. K. Chesterton. Chesterton se habría sentido halagado porque el border collie es uno de los perros más inteligentes y con más capacidad de aprendizaje. En realidad, era el perro de mi esposa: ella era la que se encargaba de cuidarlo. G. K. tuvo bastantes achaques durante sus últimos dos o tres años de vida. Margie lo cuidó lo mejor que pudo. Aunque a G. K. no le gustaban demasiado las visitas al veterinario, nunca se resistió. Su salud se fue debilitando más y más y era evidente que no viviría mucho. Una tarde cuando regresé a casa me di cuenta de que no podía tenerse sobre las cuatro patas. Era evidente que se estaba apagando. Llamé a Margie y le dije que viniera a casa si quería ver a G. K. con vida, y ella se subió al coche y vino a casa. Unos minutos después, G. K. oyó aquel motor tan familiar mientras el coche se detenía frente a la casa. Oyó la puerta y lentamente alzó la cabeza para ver si Margie entraba en la sala. Cuando oyó el pomo de la puerta, se incorporó con mucho esfuerzo y se arrastró hasta donde ella estaba para derrumbarse a sus pies. Ya no podía más. La Biblia nos dice que incluso el buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo. ¿Puedo preguntar de dónde viene ese cariño que el dueño siente por el animal y viceversa? En este aspecto, el comportamiento de los perros es uno de los más sorprendentes dentro del reino animal. De hecho, puede llegar a tener un vínculo más fuerte con su dueño que con aquellos que comparten su ADN. Del mismo modo, por extraño que parezca, el ser humano de carne y hueso se siente atraído por las cosas del espíritu y de forma natural expresa amor y gratitud hacia Dios. Esta tendencia nos habla de una bondad inherente que celebramos y abrazamos. Nos emocionamos ante tales expresiones de amor y bondad. El amor es real y necesario. Esta perspectiva hace de la fe cristiana algo único. Te dejo aquí una ilustración de una profundad aún mayor. Me la contó un hombre de Palestina mientras tomábamos un café en Jerusalén. Hablando con tono suave, me contó que había presenciado una conversación entre un importante jeque musulmán y el Hermano Andrés, un conocido misionero cristiano. Hacía relativamente poco, el jeque había mandado matar a ocho israelís porque estos habían matado a cuatro palestinos, a los que acusaban de crímenes contra el pueblo judío. El Hermano Andrés le preguntó al jeque: “¿Quién te nombró juez y parte y te dio la autoridad para matar a esas ocho personas?”. El jeque respondió: “Yo no soy el juez. Simplemente soy un instrumento de la justicia de Dios”. Hubo un momento de silencio y entonces el Hermano Andrés preguntó: “Entonces, ¿qué lugar queda para el perdón?”. El jeque le dijo: “El perdón solo es para aquellos que lo merecen”. Después de un largo silencio, el palestino con el que estaba tomando café me dijo: “En ese momento, lo vi todo claro. Si el perdón se puede merecer, entonces ya no es perdón, ¿no? Pero me quedé callado porque tenía ante mí dos cosmovisiones completamente opuestas: ambas con el mismo punto de partida, Dios, pero con una visión de Dios radicalmente distinta”. La gracia es real y es necesaria. Este es el quid de la cuestión. Nuestros puntos de partida son clave, pero debemos preguntarnos si los podemos defender. La enseñanza de Jesús va más allá de la moral, porque llega a donde la moral no llega. Somos criaturas caídas. Deseamos de manera lujuriosa, somos avaros, somos orgullosos, somos egoístas. Tenemos que oponernos a estas tendencias no solo para ser buenos, sino por el bien de aquello que es realmente valioso. Tenemos que valorarnos unos a otros, no solo a nosotros mismos. El mensaje central del evangelio es “tanto amó Dios al mundo que dio...”. Meter a todas las religiones en el mismo saco y, además, sacar textos de su contexto y hacer una caricatura repugnante de Dios es jugar a engañar y evocar emociones fruto del error. Si hay algo que marca las enseñanzas y la persona de Jesucristo son los conceptos del amor y la gracia, no del odio y el asesinato. ¿No es la grandeza de la gracia y la admiración por el coraje lo que frenan el efecto dominó del mal? No es suficiente con definir el mal y rechazarlo. Debemos abogar por el bien. Los puntos de partida de las distintas cosmovisiones religiosas pueden guardar cierta semejanza entre ellos, pero el carácter del marco teísta permite claramente la justificación del bien. Las categorías de la bondad y el amor desaparecen cuando un naturalista como Dawkins afirma displicente que el bien y el mal o la gracia y el amor no existen, ya que bailamos al compás de nuestro ADN. Hace unas horas estaba hablando con un hombre de un país musulmán. Le habían preguntado cuál es la diferencia entre el Dios del islam y el Dios del cristianismo. Pensó unos instantes y respondió: “Si quieres saber cómo es el Dios del islam, lee y observa la vida de Mahoma. Si quieres saber cómo es el Dios del cristianismo, lee y observa la vida de Jesús. Sumando lo que observas en ambas vidas verás cómo es el carácter de Dios”. Una vez más, nuestros académicos están tan intoxicados por sus titulaciones que a menudo manipulan ideas para llegar a las conclusiones que les convienen.El Dios del cristianismo y el Dios del islam no son iguales. El musulmán lo sabe y el cristiano verdadero también lo sabe. Si no fueran diferentes, ¿por qué fue necesaria una segunda religión, ya que el islam empezó después del cristianismo? ¿Y por qué hubo un movimiento dentro del islam para prohibir a los cristianos usar la palabra genérica “Alá” para “Dios” en la Biblia? No todas las creencias religiosas son iguales. Hay una diferencia, y esa diferencia es más evidente cuando nos adentramos en el ámbito de la moral. Lo mismo ocurre con las distintas versiones del ateísmo, solo que en ese caso la diferencia es abismal. La doctrina de gobierno marxista- leninista y el gobierno comunista maoísta eran dos teorías políticas distintas, pero ambas con el mismo punto de partida: el ateísmo. Sus teorías políticas y las matanzas de millones para formar y sostener sus gobiernos les llevaron a distintos destinos, pero los medios fueron parecidos: el asesinato, el terror, el silenciamiento de los disidentes, la masacre de millones. Ambos tienen el mismo punto de partida, opuesto al teísmo. Aunque todos los teístas parten de una creencia en Dios o en dioses, las distintas comprensiones de cómo es Dios han producido distintas teorías políticas. Los ateos tienen una misma idea sobre Dios y el ser humano: Dios no existe y el ser humano no es más que materia. Esto ha llevado a la negación de los absolutos y a la justificación de cualquier teoría política. El hombre no es más que polvo en el camino del idealismo ideológico. Así que ese común denominador de las distintas ideologías ateas es la causa de las atrocidades contra la humanidad. Muy distinto al común denominador de cualquier marco teísta, que sí implica preguntarse qué significa ser humano. Pero llegados a este punto surge una pregunta crucial. ¿Hace bien el ateo al convertir al hombre en la medida de todas las cosas y al reducir al otro a su propia medida? El poderoso destruye al débil porque una idea se vuelve más importante que una persona. Ahí es donde el ateísmo cae en su propia trampa. El carácter de Dios importa y es necesario. Amoralidad y el coste de la verdad Un ateo como Dawkins necesita considerar dos tensiones a las que se va a tener que enfrentar. La primera es el deterioro de las categorías del bien y del mal que se produce cuando las personas se toman en serio lo que él dice. Dawkins se defiende diciendo que no es él quien ha elaborado las teorías políticas maoísta y leninista. Vale. Pues consideremos su visión del materialismo científico. Empezaré haciendo una sencilla pregunta. Supongamos que se puede demostrar que, después de leer los libros de Dawkins, algunas personas se han suicidado porque lo que leyeron tiró por tierra lo que siempre habían creído sobre la realidad. ¿Haría eso que Dawkins dejara de escribir? No se trata de una pregunta hipotética. Conozco a personas cuyos padres han estado a punto de suicidarse porque sus hijos han abandonado la fe de la familia. He conocido a madres con el corazón destrozado porque algún profesor ha hecho que su hijo o hija perdiera la fe en Dios. Esa pérdida de la fe les llevó a un sistema de creencias que minimiza el valor de las relaciones, relativiza el compromiso matrimonial, exalta la actitud contestataria y divide a las familias. Yo he sido testigo de historias así. ¿Dejará Dawkins o algún otro autor ateo de escribir sus libros al ver el efecto negativo que estos tienen sobre las personas, aunque esa no fuera su intención al escribirlos? ¿Reconocerá que es un autor destructivo? Lo dudo mucho. Es verdad que él podría decir, con cierta razón: “No es culpa mía. Soy libre de expresar aquello que creo que es verdad”. Pero yo le confrontaría con la realidad de que algunas de las personas que se suicidaron dejaron a sus familias totalmente desamparadas; de hecho, una de ellas estaba haciendo una investigación sobre el cáncer que podría haber salvado la vida de muchas personas. Dicho de otro modo, personas que estaban luchando por causas nobles pusieron fin a su vida porque la filosofía atea les llevó a un nihilismo fatal. ¿Podemos decir que los promotores de esa filosofía son responsables de esas muertes? Dawkins y los que comparten su visión deberían dejar de escribir. Visualiza esta otra situación. Después de leer una defensa convincente del ateísmo, un piloto entra en depresión y estrella un avión lleno de hombres, mujeres y niños. Yo podría demostrar que se debe a los efectos negativos del libro, ¿pero sería suficiente para convencer a un ateo de que no escriba más libros de ese tipo? ¡No! Insistiría en que sus libros dicen la verdad y que los que se suicidaron pagaron el precio de haber creído una mentira. ¿No sería eso lo que dirían? Los libros de Friedrich Nietzsche tuvieron una clara influencia sobre Hitler. Hitler regaló libros de Nietzsche a Stalin y a Mussolini. El impacto de los autores ateos puede dar lugar a situaciones terribles. Pero, ante esa realidad, ¿no deberían cuestionarse su idea de que no existe una primera causa moral y personal? Y aquí llegamos a la segunda tensión a la que se enfrenta el ateo. Si la defensa de la verdad tal como él la ve justifica las tragedias provocadas por personas que han creído su idea de verdad, entonces, ¿por qué le niega al Creador del universo ese mismo derecho a comprometerse con la verdad? Por doloroso que resulte, lo cierto es que cuando alguien se opone a la verdad, acabamos siendo testigos de tragedias y atrocidades. Al menos, en defensa de Dios podemos decir que él puede transformar el mal en bien, algo que los ateos simplemente no pueden hacer. Es clave conocer la verdad y las implicaciones que esta tiene para la vida. La repugnancia que nos produce el mal puede llevarnos a cuestionar la existencia de Dios. La libertad de propagar la verdad no nos deja ver las decisiones equivocadas de aquellos que escogen creer una mentira. El tirón inexorable de la bondad y su atractivo aún tienen un poder intuitivo sobre el corazón humano. Por eso, el ateísmo no solo es incómodo para la conciencia sino impracticable en la realidad. Conocía a un importante empresario en la ciudad en la que vivo. Los negocios le iban increíblemente bien y era muy generoso con las causas benéficas. Su esposa era una mujer encantadora que luchaba por proteger a los necesitados de la sociedad. Un día, él hizo una inversión muy arriesgada. Invirtió todo su dinero en un plan que creyó que le daría muchos beneficios. Y lo perdió todo. Todo. Una noche, mientras su mujer dormía, escribió una serie de notas y pegó cada una a algún mueble o a alguna joya, legando todas sus posesiones a diferentes miembros de su familia. Por último, escribió una nota pidiendo disculpas, tomó su pistola, mató a su mujer, que aún estaba dormida, y acto seguido se suicidó. Después de perder toda su fortuna, acabó con la vida de su mujer y con la suya propia. ¿No sabía la pena y el dolor que iba a causar? Verdaderamente pensaba que estaba tomando la mejor decisión. Esa es la realidad, ¿no? Podemos destruir nuestras vidas, pensando que es la mejor decisión y que lo estamos haciendo por una buena causa. Sea en nombre de la verdad académica o del dolor existencial, sencillamente no podemos señalar a Dios con el dedo y decir que no debería permitir todo ese dolor puesto que, cuando tenemos elección, nosotros hacemos lo mismo por razones supuestamente nobles. El dolor que causamos no nos disuade de hacer lo que pensamos que está bien. En el caso de Dawkins, se excusa diciendo que si causa dolor y decepción es en aras de la verdad. Para el empresario mencionado más arriba, la inminente catástrofe fue suficiente para justificar el dolor que causó. Gente como Dawkins lanza esas acusaciones contra Dios porque asumen que lo que es verdad es valioso y que, cuando eso se viola, genera muerte; que la libertad es un regalo que debemos atesorar y del que no podemos abusar; que no tenemos derecho a quitarle la vida a nadie y, más concretamente, a quitarnos nuestra propia vida porque siempredejamos víctimas; que estamos interconectados con nuestros semejantes y a menudo hay personas que pagan por las decisiones y las acciones de alguien con quien no tienen nada que ver. ¿Pero no son estas las afirmaciones de una cosmovisión teísta? ¿Cómo se explica que estas realidades surjan de una visión atea, de una colocación accidental de átomos? En realidad, estas ideas y valores las han tomado prestadas del marco teísta. Cuando encontramos estas ideas en el naturalismo, se trata de deducciones ilegítimas. El determinismo no puede ofrecer libertad real ni categorías morales reales. Demos un paso más. Por más que intentemos mitigar la realidad, hay una diferencia ente una tragedia y una atrocidad. Nos gusta culpar a Dios de ser atroz, pero nos exculpamos de las atrocidades que nosotros causamos. Y acto seguido usamos la palabra “tragedia” porque es más fácil absolvernos de un rol causal. En el gran cuadro de la historia, Dios tiene soberanía sobre las tragedias y sencillamente no podemos explicar su rol sin apelar a las categorías del bien y del mal, que tan felizmente rechazamos. Por lo tanto, detrás de toda esta lucha están estas dos realidades. Algunas cosas son buenas en sí mismas y algunas cosas son malas en sí mismas. Y el ateísmo no nos puede decir por qué. La verdad importa y es necesaria. Moral y belleza Estoy sentado en un avión, escribiendo esto mientras vuelo de Seúl a Atlanta. Acabamos de entrar en el espacio aéreo estadounidense. Son alrededor de las seis de la mañana, y desde la ventanilla veo un amanecer espectacular. Las nubes que se ven más abajo son suaves y casi parecen algodón de azúcar. Estoy maravillado ante tanta belleza. Oscar Wilde dijo que yo puedo maravillarme ante su esplendor, pero que el amanecer no puede devolverme el cumplido. Es la persona la que le da un marco a la belleza. La belleza como abstracción no se deleita en sí misma. Pero paso a un plano superior y pienso cómo podría un poeta reaccionar ante tal esplendor. Y luego me pregunto: cuando leo una poesía, ¿no hay un poeta detrás de esa poesía? Cuando escucho una canción, ¿no hay un cantante detrás de esa canción? Cuando leo un libro, ¿no hay un autor detrás de ese libro? Cuando me siento amado, ¿no hay una persona detrás de ese amor? Obviamente, el ateo también puede disfrutar del amanecer. Pero el ateo se queda a las puertas de la belleza y la bondad, pues no hay nadie detrás de ellas. Esa idea es un callejón sin salida y elimina la causa detrás de la creación y al que ha quedado maravillado. El agente y su genialidad mueren a las puertas de las ideas. Es natural ver una pintura y buscar la firma del pintor, leer un libro y mirar quién es el autor, ver una guerra y preguntar quién la ha empezado, ver una tumba y preguntar quién está enterrado, ver un bebé y preguntar quiénes son los padres. La capacidad intrínseca de una persona de crear o destruir. De hecho, el ateo habla de la verdad, del bien, de la belleza, pero nunca se pregunta por qué admiramos o perseguimos esas categorías. Tal como dice Mortimer Adler, usamos esas ideas para juzgarlo todo. Lo mismo ocurre con la libertad, la igualdad y la justicia. Intentamos vivir según esas ideas. Surgen guerras para defender esas ideas. Se han escrito infinidad de libros sobre esas ideas. Si esas categorías existen, ¿qué cosmovisión es capaz de explicarlas, justificarlas o sostenerlas? El ateísmo no puede. Y eso que lo ha intentado. Sam Harris escribe sobre ello en The Moral Landscape (El paisaje moral), al igual que Stephen Hawking en El gran diseño. Pero, claro, no existe un diseñador ni un legislador objetivo y moral. Nosotros hacemos leyes y nos atribuimos el mérito. Diseñamos belleza y nos atribuimos el mérito. Pero, ¿están libres esas categorías de tales conexiones necesarias? Las conclusiones contrarias a la lógica son indefendibles. Escribiremos libros que pueden destruir vidas y que defienden la libertad, pero le negamos a Dios ese mismo derecho. Nosotros no podemos dar vida. Él sí. Nosotros no tenemos conocimiento infinito. Él sí. Los ideales importan. Cada uno de ellos importa gracias a la eternidad y gracias al carácter de Dios. Eternidad, moral y, a continuación, responsabilidad. Responsabilidad Con el rechazo de la eternidad y la moral, regresamos a lo inevitable: como seres humanos, ¿rendimos cuentas ante alguien o algo? ¿O lo que ocurre es que necesitamos evitar que nos pillen infraganti? Regreso, pues, al desafío que lancé al principio: cuando Dawkins atribuye a Dios todas esas horribles descripciones, ¿qué es lo que está diciendo? ¿Está diciendo que ese tipo de Dios existe y no es merecedor de nuestra adoración? ¿O está diciendo que ese tipo de Dios no existe y es una creación del ser humano? ¡Ajá! Así que eso es, ¿no? No se está burlando de Dios, sino de aquellos que creen en Dios. Él no cree que Dios exista; está cargando contra el pensamiento y las creencias de un grupo de personas. Así que cuando Dawkins y demás ateos se burlan de Dios, de quienes realmente se están burlando es de las personas que creen en Dios. Dawkins está hablando de la desdicha de la humanidad, no de Dios. Eso es precisamente lo que ocurre cuando el ser humano juega a ser Dios. Para el cristiano, la pregunta sigue estando ahí: dado que creemos que la Biblia es Palabra de Dios, ¿cómo puede “Dios ordenar esas cosas”? Las atrocidades que Dawkins enumera, a veces descritas de forma ridícula y tendenciosa, precisan de una explicación contextual. ¿Realmente fue Dios quien las ordenó? ¿Fue alguien más, usando el nombre de Dios? ¿Hay alguna razón de peso detrás de los juicios difíciles de entender? ¿Tienen una explicación contextual? ¿Hay una diferencia entre algunas de las consecuencias de darle la espalda a Dios y las intervenciones de Dios llamadas arbitrarias? ¿Había una serie de consecuencias lógicas si se rompía el pacto establecido para asegurar el bien de la nación? ¿Hay diferencias entre la profanación ceremonial y la desobediencia moral? En contraste con la actitud impulsiva y belicosa de Dawkins, es importante considerar estas y otras muchas cuestiones contextuales. Él busca demostrar su posición y manipula los textos para provocar las emociones que él desea. No es un experto en Biblia. Dios se vuelve un blanco muy fácil cuando queremos hacer una caricatura de él. Las explosiones de ira nos hablan más de la resistencia del corazón humano que de la forma en la que Dios se acerca a nosotros. Iremos viendo estos temas a lo largo del libro, y en el último capítulo daré un contexto más amplio. Caridad Hace algún tiempo, mientras participaba en un foro abierto en una universidad, un estudiante me preguntó por mi visión sobre el matrimonio homosexual. Desde el momento en el que la formuló, supe que me hacía la pregunta para ponerme entre la espada y la pared. Así que le respondí con una pregunta: “¿En qué tipo de cultura vivimos? ¿Teónoma, heterónoma o autónoma?”. Una cultura teónoma cree que la ley de Dios está tan grabada en la conciencia humana que por diseño pensamos Sus pensamientos y de forma natural nos sentimos impulsados a responder a Su llamado. Aunque esta era la visión predominante de la cultura occidental, ya no lo es. El segundo tipo de cultura es la heterónoma. Heteros significa “otro”, y en una cultura heterónoma el pensamiento de las masas está dictado por un demagogo o un poder que les impone su propia moral. En términos religiosos, el islam es una cultura heterónoma. En términos seculares, el marxismo es una cultura heterónoma. En Occidente, repudiamos ese tipo de dictadura moral. Eso significa que no somos ni teónomos ni heterónomos. Somos, estrictamente hablando, una cultura autónoma. A la hora de tomar decisiones morales, somos autónomos. El estudiante que me había lanzado la pregunta estuvo de acuerdo con esta conclusión. En ese momento le dije: “Ahora déjame hacerte la siguiente pregunta. Si somos una cultura autónoma, ¿me darás el privilegio de tomar mis propias decisiones morales, o te pasarás al modelo heterónomo enel momento en que lo haga y me dictarás qué debo elegir?”. Se quedó callado. La caridad no es una deducción natural en una cultura anti-Dios. Pero sí es el resultado lógico de una cosmovisión cristiana. Así funciona la ética cristiana. Tengo la libertad de escoger, y Dios me ama incluso cuando tomo malas decisiones. Pero la misión y la obra de Jesucristo me recuerdan gráficamente que, aunque puedo decidir sobre mi conducta, no puedo cambiar las consecuencias de mis decisiones. La increíble realidad es que, incluso cuando escojo mal, Dios me sigue amando y me seduce dándome el regalo más sacrificial de todos: un salvador para mi corazón rebelde. La palabra caridad no es muy potente en sí misma, pero lo que hay detrás de ella es “un amor sacrificial”, un amor que saca a la luz el dolor de las malas decisiones pagando el precio en Aquel que no tomó esas decisiones. Es por ello que la expresión máxima del evangelio es la palabra gracia. En algunos idiomas incluso cuesta encontrar una traducción apropiada. Gracia es la palabra más rica para el corazón más pobre, es lo que hereda aquel que simplemente pide al Juez de toda la tierra que extienda Su favor a aquel que lo ha traicionado. ¿Recuerdas la conversación con el jeque que decía que el perdón solo es para aquellos que lo merecen? ¿O la burla de Dawkins, para quien la gracia probablemente sea un concepto desconocido? La gracia y el perdón son elementos clave del mensaje de Jesucristo. Esa verdad se alza visible en medio de los dioses seculares y también en medio de otras religiones del mundo. Para el ateo, el hombre pasa a ser Dios; el cuerpo pasa a ser el alma; el tiempo sustituye a la eternidad; lo profano se vuelve sagrado. En la enseñanza de Jesús, la eternidad, la moral, la responsabilidad y la caridad definen la naturaleza de nuestra existencia y el patrón de nuestra conducta. ¿No es lógico que la fe cristiana sea la fe más rica en música y alabanza? Está basada en una relación, se expresa a través de la alabanza, se demuestra por medio de la caridad, que es un fantástico medidor de humanidad, y tiene repercusiones eternas. Es capaz de cautivar a un niño y liberar al mayor de los filósofos; y ambos pueden expresar asombro de la forma más sencilla pero también la más sublime. El verso más conocido de la Biblia es Juan 3:16. En menos de treinta palabras lo dice todo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Analicemos este profundo versículo: El punto de partida es filial; La entrega es incondicional; El regalo es relacional; El alcance es eternal; En esencia es judicial. Contrariamente a la crítica de un naturalista como Dawkins, el mundo sí se rige por una ley. La ley de Dios es existencialmente necesaria y quedó verificada empíricamente en la vida, mensaje, muerte y resurrección de Jesucristo. Esa es la razón por la que, en países que tiempo atrás fueron totalmente ateos, las masas aún claman por su mensaje y, a riesgo de sus vidas, se aferran a esa creencia y esperanza. Jesús ha sido crucificado y enterrado reiteradamente, pero resucita para vivir más tiempo que los que han atentado contra Él a lo largo de la historia y para vivir en los corazones de miles de millones de seguidores. A continuación, analizaremos uno de los rumores más influyentes sobre la muerte de Dios: que la ciencia ha enterrado a Dios. El cientificismo que defiende la plena suficiencia de la ciencia es quizá la forma más extendida de ateísmo. Pero, ¿se puede sostener? 1. R. Dawkins, El espejismo de Dios, (Espasa Calpe, 2007), p. 39. 2. Malcolm Muggeridge, A Third Testament (New York: Ballantine Books, 1983), xix. 3. Richard Dawkins, El río del Edén: Un punto de vista darwiniano sobre la vida, (Editorial Debate, 2000), p. 133 de la edición en inglés: “El universo que observamos tiene exactamente las propiedades que podríamos esperar si en el fondo no hubiera ningún diseño, ningún propósito, ni bien ni mal. Solo indiferencia ciega y despiadada. El ADN ni sabe ni se preocupa. El ADN solo es. Y bailamos al ritmo de su música”. 4. Edwin Hubbell Chapin, Living Words (Boston: N.E. Universalist Publishing House [sic.], 1866), 121. 5. Nicholas Wolterstorff, Lament for a Son (Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans, 1987), 72-73. 6. Ver “Megyn Kelly to OJ’s Former Lawyer: Was the ‘Not Guilty’ Verdict Fair?” (13 de mayo de 2016), entrevista en vídeo en http://insider.foxnews.com/2016/05/13/robert-shapiro-reflects-oj-simpson-verdict- megyn-kelly-presents. Visto el 10 de septiembre de 2016. http://insider.foxnews.com/2016/05/13/robert-shapiro-reflects-oj-simpson-verdict-megyn-kelly-presents L CAPÍTULO 3 CIENTIFICISMO “La ciencia ha enterrado a Dios” Vince Vitale a primera vez que conocí a gente que me animó a plantearme el tema de Dios, yo estaba en la universidad. Empecé leyendo los Evangelios, y enseguida me vi atraído por el mensaje cristiano. Lo que más me atrajo fue la persona de Jesús y la vida que vivió. Pero, para ser sincero, yo creía que la creencia en Dios era para gente que no piensa. Creía que, en algún lugar, un grupo de gente inteligente ya había demostrado que Dios no existe. Más concretamente, pensaba que la ciencia era suficiente para entender el mundo y que no había lugar para los milagros. Recuerdo bien un libro que vi en la librería de la universidad. En la contraportada decía que el autor explicaba de forma científica todos los supuestos milagros de Jesús. Y recuerdo pensar: “¡Espero que sea posible!”. Porque me atraía mucho la persona de Jesús, pero pensaba que la explicación cristiana tradicional era demasiado inverosímil. Yo tenía la idea de que los creyentes tenían la obligación de presentar pruebas de la existencia de Dios, puesto que creer en Él es algo sumamente “extra-ordinario”. Richard Dawkins lo expresa de la siguiente forma: Si quieres creer en unicornios, hadas, Thor o Yahvé, es responsabilidad tuya explicar por qué crees en ello. El resto no tenemos la obligación de explicar por qué no creemos en ello.11 Esa forma de pensar me había convencido: Dios es la opción fanática, mientras que un universo totalmente naturalista y científicamente explicable es la opción seria, sensata y racional. Sin ningún tipo de reflexión previa, acepté el mito cultural de que antes necesitábamos a Dios para explicar el origen de los milagrosos truenos y relámpagos, de los inexplicables arcoíris y estrellas fugaces. Pero ahora que tenemos una explicación científica para todos esos fenómenos, deberíamos dejar de creer en Dios. Pero ese no es un buen argumento. Un buen ingeniero no necesita intervenir una y otra vez para mejorar los sistemas o reparar anomalías. Si Dios es un buen ingeniero, ¿no sería lógico poder explicar su diseño en base a los procesos que funcionan de forma consistente? Además, ya no pensamos que necesitamos la luna para explicar la condición de los lunáticos. (A los locos se les empezó a llamar “lunáticos” porque antiguamente se pensaba que la posición de la luna explicaba la locura). ¿Significa eso que ya no deberíamos creer en la luna? ¿Deberíamos convertirnos no solo en ateos, sino en a- lunistas?2 Claro que no. Aunque la luna no explique la locura, hay muchas otras cosas que sí explica, como por ejemplo las mareas de los océanos. Del mismo modo, las razones para creer en Dios no solo son razones científicas, sino que también hay razones históricas, filosóficas, morales, estéticas, experienciales y relacionales. Sin darme cuenta, había saltado de la ciencia al cientificismo; del hecho de que la ciencia puede explicar mucho a la suposición de que lo puede explicar todo. Sin embargo, aunque el avance de la ciencia nos ha enseñado cosas nuevas sobre cómo funciona el universo, no nos dice si hay alguien detrás del cómo. Puedo darte una explicación científica completa sobre cómo funciona Microsoft Office (bueno, yo no puedo, pero un informático sí podría; podría sentarse contigo con las instrucciones del diseño de MicrosoftOffice y darte una explicación científica completa de cómo funciona). Pero eso no demostraría que Bill Gates no existe; no demostraría que detrás del cómo no hay un creador. ¡Al contrario! Demostraría que Bill Gates es muy inteligente. La pregunta sobre el cómo (una pregunta sobre el mecanismo) no responde a la pregunta sobre el quién (una pregunta sobre el agente), y tampoco responde a la pregunta sobre el porqué (una pregunta sobre el propósito): ¿por qué fue creado Microsoft Office? Solo podemos conocer la respuesta si Bill Gates decide compartir esa información con nosotros, si el creador del sistema escoge revelarlo. Algunos de los argumentos típicos contra Dios basados en la ciencia no son muy buenos. Pero creo que hay mucha gente que está como yo estaba. Gente que quizá está abierta a la fe cristiana, pero que simplemente ha dado por sentado que la ciencia ha enterrado a Dios. Gente que se ha creído ciegamente el mito cultural de que la ciencia y la religión son incompatibles. Yo estoy muy agradecido porque hace diecisiete años conocí a personas que supieron transmitirme de forma comprensible las razones que tenían para creer en Dios, incluyendo las razones para creer que la ciencia y Dios no son incompatibles. Me persuadieron. De hecho, hoy suscribo esta declaración de Peter van Inwagen, uno de los principales filósofos a nivel mundial: “Ningún descubrimiento de la ciencia (al menos hasta el momento) tiene la menor tendencia a demostrar que Dios no existe”.3 De hecho, yo diría más. No solo creo que la ciencia no es incompatible con la creencia en Dios, sino que creo que la ciencia apunta claramente a la existencia de Dios. Y quiero explicarte cuatro razones por las que lo creo: 1. El universo tiene un principio. 2. El universo es cognoscible. 3. El universo es regular. 4. El universo está finamente ajustado de forma que la vida sea posible. Creo que estos cuatro hechos sobre el universo se explican mejor desde la existencia de Dios. 1. El universo tiene un principio Empecemos cuestionando mi antigua creencia de que la fe cristiana es demasiado inverosímil. Ahora mismo, estoy sobre una roca que rota a 1.700 kilómetros por hora y orbita alrededor del sol a 108.000 kilómetros por hora, como parte de una galaxia que se mueve a más de 1,6 millones de kilómetros por hora por un universo con leyes tan ordenadas que la vida humana es posible. ¡Las cosas no siempre son tan normales como parecen! Dawkins insinúa que Dios es demasiado extraordinario para ser verdad. Pero una hipótesis solo es probable o improbable con relación a las hipótesis alternativas. Así que, ¿cuáles son las alternativas? Cuando hablamos de explicaciones del universo (¿Cómo ha llegado a existir todo lo que existe?), solo hay tres opciones: Opción 1: Dios creó el universo. Sí, lo reconozco. Se trata de una afirmación realmente extraordinaria. Pero veamos cuáles son las otras alternativas. Opción 2: El universo entero apareció de la nada, y no hay ningún tipo de explicación. Esta opción es realmente extraña. En nuestro día a día, las cosas físicas no aparecen sin más, así porque sí. Si no ocurre ahora, ¿por qué pensar que sí ocurrió en el principio? Opción 3: El universo, o quizá una serie de universos, siempre ha existido, y se retrotrae en el tiempo de forma infinita. Pero esta opción es aún más extraña. Quizá cada parte del universo puede explicarse gracias a otra parte del universo anterior a ella, pero seguimos sin tener ninguna explicación de por qué existe un universo. Esta opción también es muy extraña. Estas tres opciones son las únicas opciones significativas, y las tres son extraordinarias; las tres están fuera de la esfera de lo normal. Por lo tanto, podrías decir: “Ya que todas estas opciones son un poco locas, voy a seguir siendo agnóstico y no me voy a comprometer con ninguna de ellas”. Sin embargo, sigues comprometido con la creencia de que una de esas locas opciones es verdad, ¡y eso también es una locura! La conclusión: ¡vivimos en un mundo milagroso! Nadie puede ignorarlo, independientemente de si eres teísta, ateo o agnóstico. Nadie tiene la opción de creer solo en lo ordinario. Esa opción no existe. Yo lo llamo la normalidad de lo sobrenatural, y hay mucha gente que simplemente no se ha parado a pensar en ello. Han vivido toda su vida mirando al suelo, sin darse cuenta de que el hecho de que forman parte de un universo observable que mide casi cien mil millones de años luz es totalmente extraordinario. La observación de las únicas opciones posibles cuestiona la suposición de que los teístas deben ofrecer más evidencias que los ateos. Pero yo voy aún más allá, y sugiero que los que realmente tienen que ofrecer evidencias de su postura son los ateos. Veamos con más detenimiento cada una de las tres opciones que acabamos de mencionar. Y lo haremos a la inversa: Opción 3: ¿Puede el universo haber existido siempre? ¿Puede retrotraerse de forma infinita hacia un pasado sin principio? Hace cien años, la mayoría de científicos habrían respondido de manera afirmativa; simplemente se daba por sentado que el universo siempre había existido. Pero uno de los progresos más importantes de la cosmología en los últimos cien años ha sido el derrocamiento de esa idea. En la actualidad, la mayoría de los científicos cree que el principio absoluto del universo está en el Big Bang. Ahora tenemos instrumentos que pueden detectar que el universo se está expandiendo en tamaño, y no solo eso, sino que cuanto más se expande, más rápido lo hace. Además, a menos que los científicos estén totalmente equivocados sobre la cantidad de masa en el universo, el universo nunca se va a volver a contraer por medios naturales. Así que, si nos remontamos al principio, el cuadro que tenemos delante es el de un universo que comenzó con una densidad totalmente singular, ya que toda la masa del universo estaba concentrada en un único punto que a continuación explotó en el Big Bang y dio paso al universo. Una segunda razón para pensar que el universo tuvo un principio viene del segundo principio de la termodinámica, que dice que “la entropía se incrementará hasta un estado de equilibrio termodinámico”. Suena muy técnico, pero lo que quiere decir básicamente es que el universo tiene cierta cantidad de energía utilizable, y que con el tiempo ya no quedará energía utilizable. Cuando eso ocurra, el universo sufrirá una muerte térmica. Piensa en el café que te has tomado esta mañana. Su calor es energía utilizable, pero si lo dejas en la mesa, toda esa energía se agotará y el café se quedará a temperatura ambiente. Del mismo modo, si el universo no tuviera principio, si el universo siempre hubiera existido, ya debería estar a temperatura ambiente. ¿Por qué? Porque ya habría pasado el tiempo necesario para que se enfriara, sin importar cuál sea esa cantidad de tiempo. Pero el universo no está a temperatura ambiente: aún tiene energía utilizable, ¡aún seguimos tomando café caliente! Y eso apunta a que el universo debe haber tenido un principio. El físico de Cambridge Stephen Hawking, que en absoluto se identificaba con las afirmaciones del cristianismo, sin embargo sí confirmó esta conclusión: Toda la evidencia parece indicar que el universo no ha existido siempre, sino que tuvo un principio hace unos quince mil millones de años. Este es, probablemente, el descubrimiento más notable de la cosmología moderna. Y sin embargo hoy en día lo damos por sentado. [...] El universo no siempre ha existido. El universo, y el tiempo también, empezaron en el Big Bang.4 Así que la ciencia parece sugerir que el universo tuvo un principio. Pero incluso si dejamos la ciencia a un lado, también podemos llegar a esta conclusión a través de la filosofía. La filosofía también apunta a que un número infinito de cosas o momentos no es posible. Pensemos en un universo sin principio. La implicación es que antes del momento presente ya ha pasado una cantidad infinita de tiempo. Pero, ¿cómo puede el universo haber atravesado ya un número infinitode momentos? ¡Lo infinito nunca se agota! Aunque ya hubiera atravesado muchos momentos, siempre quedaría un número infinito de momentos para llegar al tiempo presente. Así que, si el universo no tuviera principio, nunca habríamos llegado hasta este momento; y como sí hemos llegado a este momento, eso significa que el universo debe tener un principio. Aquí tienes otro ejemplo para ver el problema filosófico que nos plantea un universo infinito. Este año tuvimos una larga lista de espera para un congreso de RZIM, pero les he dicho a los organizadores que no se preocupen porque he solucionado el problema para el año que viene. El año que viene vamos a hacer el congreso en un hotel muy especial. Es un hotel infinito con un número infinito de habitaciones. Os explico por qué eso nos va a ayudar. Imagina que el año que viene el congreso se vuelve a llenar por completo, y que tenemos un número infinito de participantes alojados en un número infinito de habitaciones en nuestro hotel especial. Todas las habitaciones están ocupadas. Hemos colgado el cartel de “completo”. ¡No queda ninguna habitación libre! Y entonces recibimos una llamada de alguien que dice: “Sé que la fecha límite ha pasado, y sé que no quedan plazas, pero tengo muchas ganas de ir al congreso. Por favor, ¿me pueden ayudar?”. Normalmente esto nos pondría en una situación difícil. Pero ahora, gracias a nuestro hotel infinito, podemos decirle: “¡Ningún problema! Ahora mismo te reservamos una plaza”. ¿Cómo podemos hacerlo, si el hotel está completo? De la siguiente forma: pasamos a la persona de la habitación 1 a la habitación 2, a la persona de la habitación 2 a la habitación 3, a la persona de la habitación 3 a la habitación 4, y así una y otra vez hasta el infinito. Le pedimos a todas las personas que se trasladen a la siguiente habitación. Al hacer eso, ocurre algo extraño: la habitación 1 queda vacante para el nuevo participante, ¡a pesar de que todas las habitaciones estaban ocupadas y ninguno de los participantes se ha desapuntado! Y podemos seguir haciendo eso las veces que queramos. Aunque llame un número infinito de personas para preguntar si pueden venir al congreso, podemos seguir diciéndoles: “¡Ningún problema! Ahora mismo le reservamos una plaza”. Cada vez que aparezca un nuevo participante, simplemente tendremos que pasar a la persona de la habitación 1 a la habitación 2, a la persona de la habitación 2 a la habitación 3, etcétera. Este congreso nunca más tendrá lista de espera. ¡Y la gente dice que la filosofía no es práctica! Pero, ¿ves el problema? El hotel está completo. Todas las habitaciones están ocupadas. Sin embargo, cuando aparecen más participantes, podemos decir: “¡Adelante, tenemos muchas habitaciones disponibles!”. El resultado es absurdo. Es una contradicción que el hotel esté completo y que a la vez haya habitaciones disponibles para todo el que quiera. Este es el tipo de resultado incoherente que obtenemos si aceptamos que puede haber un número infinito de cosas o momentos, y lo que esto demuestra es que este tipo de infinidad no es posible. Por lo tanto, hay razones de peso tanto científicas como filosóficas para sostener que es imposible que el universo se retrotraiga en el tiempo de forma infinita. Como afirman las primeras páginas de la Biblia, el universo tuvo un principio. Así que, si alguien aún quiere negar la existencia de Dios, solo le queda la Opción 2: El universo, o una serie de universos, simplemente apareció de la nada, y no hay ningún tipo de explicación. Esta es una afirmación realmente extraña. Copio a continuación una descripción cómica relacionada con este tema que leí recientemente: ATEÍSMO: La creencia de que una vez no había absolutamente nada. Y esa nada fue nada hasta que la nada explotó mágicamente (sin razón alguna), creando todas las cosas en todas partes. Entonces, algunas partículas de ese todo explotado se unieron (sin razón alguna) dando como resultado piezas capaces de autoreproducirse que luego se convirtieron en dinosaurios. Lo he incluido porque suena gracioso; pero también sirve para enfatizar lo que quiero decir. Las cosas simplemente no comienzan a existir como por arte de magia. Ninguno de nosotros ha visto una mesa crearse de la nada; ni tampoco a un tigre o a una persona. William Lane Craig, el filósofo más influyente sobre este tema en los últimos treinta años, lo explica de la siguiente manera: Sugerir que algo puede empezar a existir de forma no causada y de la nada es dejar de hacer metafísica seria y recurrir a la magia. Nadie cree realmente que algo, pongamos por caso un caballo o un poblado esquimal, puede simplemente aparecer de la nada sin causa alguna.5 Incluso David Hume, el ateo por excelencia del siglo XVIII, está de acuerdo: Nunca he afirmado una proposición tan absurda como la siguiente: que cualquier cosa podría surgir sin una Causa.6 Las cosas simplemente no empiezan a existir sin razón alguna. Si el universo empezó a existir, debería haber una explicación de su existencia, y de este razonamiento extraemos el siguiente argumento (el argumento cosmológico Kalam):7 1. El universo empezó a existir. 2. Todo lo que empieza a existir tiene una causa. 3. Por lo tanto, el universo tiene una causa. ¿Cómo tendría que ser esa causa? Para poder ser la causa del universo, y no tan solo una parte del universo, tendría que estar fuera del tiempo y del espacio, pues habría creado el tiempo y el espacio. Y para poder crear todo el universo, tendría que ser extremadamente poderosa y extremadamente creativa. La conclusión es que la causa del universo es algo enormemente poderoso y enormemente creativo que está fuera del tiempo y el espacio, y es difícil pensar en un candidato mejor que Dios para esa descripción. Objeción: ¿Quién creó a Dios? Quizá la objeción más común a este argumento es la siguiente: Dios no es una buena explicación de la existencia del universo porque no tenemos una buena explicación de la existencia de Dios. Richard Dawkins lanza esta objeción, diciendo: “Como siempre, la respuesta teísta es profundamente insatisfactoria, puesto que no explica la existencia de Dios”.8 Me puedo identificar con esta objeción. Cuando era niño, mi hermano y yo dejábamos cartas en la chimenea para Papá Noel, diciéndole lo que queríamos para Navidad. Y con seis años, lo que dejé en la chimenea fue la siguiente pregunta escrita con mi mejor letra cursiva: “Queridos Papá Noel y Dios, ¿Dios nació en algún momento?”. ¿No os encanta lo listo que era? Preguntándole a los dos tendría más posibilidades de obtener una respuesta. Es una pregunta recurrente: Si Dios creó el universo, ¿quién creó a Dios? Me gustaría decir varias cosas para responder a esta objeción. Para empezar, no creo en un Dios “creado”. A diferencia del universo, el Dios cristiano no está atado al tiempo, ya que Él creó el tiempo y el espacio. Y recuerda la premisa 2 del argumento cosmológico: “Todo lo que empieza a existir tiene una causa”. Las cosas que precisan de una causa son aquellas que tienen un principio dentro del tiempo. ¿Por qué? Porque hubo un momento en el que esas cosas no existían y, en un momento dado, empezaron a existir. Ese cambio exige una explicación. Por el contrario, no hubo ningún momento en el que Dios no existiera Dios; Él nunca empezó a existir y por tanto la razón no sugiere que tuviera un creador. Sin embargo, lo primero que hay que decir en respuesta a esa objeción es que para reconocer que una explicación es buena no hace falta explicarla. Imagina que estamos explorando un planeta extrasolar y encontramos una ciudad desierta. Para decir que la explicación más razonable de lo que hemos encontrado es que los alienígenas existen no hace falta poder explicar de dónde vienen o cómo se originaron. De hecho, podríamos no saber nada en absoluto de los alienígenas y aún así nuestra creencia de que ellos son los que están detrás de la ciudad desierta sería perfectamente razonable. Del mismo modo, nadie piensa que Isaac Newton necesitó una explicación de laexistencia de la gravedad para poder postular su existencia y explicar así sus observaciones. De hecho, si toda buena explicación precisara de una explicación, como Dawkins sugiere, la búsqueda de explicaciones sería infinita. Siempre necesitarías una explicación de tu explicación, y una explicación de la explicación de tu explicación, y una explicación de la explicación de la explicación de tu explicación, y así hasta el infinito. El resultado sería que nunca podrías llegar a una explicación que no precisara de una explicación. ¡Nunca encontrarías algo con una explicación satisfactoria! Por tanto, la objeción de Dawkins no puede ser válida. De hecho, irónicamente es una objeción que es totalmente incompatible con la actividad científica. Un día, yendo en taxi, le pregunté al taxista por sus creencias. Señalando hacia afuera, me dijo: “Claro que creo en Dios. Si Dios no existe, ¿de dónde ha venido todo esto?”. Lo que la buena filosofía y la buena ciencia sugieren es que ese taxista estaba en lo cierto, al igual que lo estaba mi suegro hace treinta años cuando miró el paisaje del Gran Cañón y, aunque era escéptico, sintió a Dios decir: “Yo creé todo esto”. Luego le esperaba un viaje de tres días en autocar para regresar a la costa este, y se los pasó preguntándose qué implicaciones tendría para su vida que Dios no solo hubiera creado el Gran Cañón sino que también lo hubiera creado a él. Hoy, mi suegro es pastor de una iglesia y dedica su vida a compartir con otros que “Dios creó todo esto” y que también los creó a ellos. La buena filosofía y la buena ciencia apuntan a Dios. Y eso nos lleva a preguntarnos si los obstáculos que mantienen a la gente alejada de Dios son obstáculos intelectuales o si, más bien, son obstáculos que proceden del corazón. La creación divina del universo no es menos racional que las otras alternativas, pero sí demanda más de nosotros. Si es verdad, no es solo una teoría abstracta que solo requiere nuestro asentimiento intelectual; es una persona que espera que le demos todo nuestro ser. Es una invitación a una relación, y las relaciones implican sacrificio, compromiso y confianza. 2. El universo es cognoscible Una segunda característica del universo que apunta a Dios es su inteligibilidad o comprensibilidad. Fue Einstein el que dijo que la cosa más incomprensible del universo es que es comprensible.9 Creo que estaba en lo cierto. De hecho, de eso se desprende que, sin Dios, no hay razón para fiarnos de ninguna de nuestras creencias. Esto es algo que preocupó a Charles Darwin.10 También a C. S. Lewis,11 y en los últimos años el filósofo Alvin Plantinga ha desarrollado más esta idea en su trabajo “Argumento evolutivo contra el naturalismo”.12 Esta es la idea principal. Si eres ateo, lo común es creer que el único principio que guía el desarrollo humano es la evolución. Pero entonces surge una pregunta incómoda: ¿por qué deberíamos fiarnos de nuestras facultades cognitivas si existen y funcionan simplemente como producto de la evolución atea? Dicho crudamente, la evolución sostiene que las especies se adaptan genéticamente según el principio de “la supervivencia del más fuerte”. Si no existe ninguna guía sobrenatural, la evolución atea dice que nuestras facultades de razonamiento se desarrollan para llevarnos hacia la supervivencia, no hacia la verdad. Y la supervivencia y la verdad no son lo mismo. De hecho, si queremos sobrevivir, conocer la verdad muchas veces no es una ventaja. Imagina a una niña que está en el segundo piso de un edificio en llamas. Lo cierto es que si salta por la ventana para no morir abrasada probablemente se rompa las piernas; pero para sobrevivir, es mucho más ventajoso creer que no va a hacerse daño porque entonces es más probable que salte y, por tanto, más probable que sobreviva al incendio. Se me ocurre otro ejemplo: Geary y Mary Jane Chancey podrían haberse salvado cuando su tren descarriló y cayó al pantano, pero en cambio se quedaron en el tren el tiempo necesario para sacar por la ventana a Andrea, su hija de once años con discapacidad. Andrea se salvó, pero Geary y Mary Jane se hundieron con el tren y murieron.13 Es verdad que merecía la pena morir para salvar a su hija, pero esa creencia fue una desventaja para la supervivencia de Geary y Mary Jane. Esa verdad les llevó a la muerte. Las creencias basadas en la verdad no siempre son una ventaja para la supervivencia: con frecuencia son más bien una desventaja. Lo que quiero decir es lo siguiente. Si crees que lo único que determina el desarrollo humano es la evolución atea no guiada, entonces solo te queda una opción: tus creencias sirven para sobrevivir, pero no son verdad. Tal como dice Plantinga, “a la selección natural no le importa lo que crees; solo le importa cómo actúas”.14 Nuestras facultades cognitivas simplemente nos engañan, porque a ellas tampoco les importa si nuestras creencias son verdad; lo único que les importa es que nosotros sobrevivamos. Creer en la evolución atea y a la vez creer que tus creencias son verdad es como subirte a una báscula pensando que te va a decir qué hora es. Las básculas dicen cuánto pesas, no qué hora es. Del mismo modo, la evolución atea busca la supervivencia, no la verdad. ¡Pero lo mismo ocurre con el ateísmo! Irónicamente, el resultado de este argumento es que si crees en el ateísmo tienes una buena razón para no creer en el ateísmo, porque esta creencia también es —según los supuestos del propio ateísmo— el resultado de un proceso que tampoco busca la verdad. Lo más inquietante, quizás, es que este argumento también es aplicable a las creencias morales. Si la evolución atea es el único principio que guía el desarrollo humano, podemos encontrar razones para pensar que nuestras creencias morales son útiles para la supervivencia, pero no tenemos razón alguna para pensar que sean verdad. Como dijo el filósofo Michael Ruse, “la moralidad no es más que una ayuda para la supervivencia y la reproducción [...] cualquier sentido más profundo es ilusorio”.15 Eso es justamente lo que Richard Dawkins afirma. Cuando un entrevistador le dijo que “en última instancia, tu creencia de que la violación está mal es tan arbitraria como el hecho de que hemos desarrollado cinco dedos en lugar de seis”, Dawkins respondió: “Sí, podría decirse que sí”.16 Cuando llegamos a la conclusión lógica de la evolución atea, obtenemos frases enormemente perturbadoras como las siguientes. La moral no es más que un derivado evolutivo arbitrario. Simplemente evolucionó de ese modo, pero bajo otras condiciones podría haber evolucionado de modo radicalmente distinto. Charles Darwin vio el mismo problema: Si [...] el hombre fuese criado bajo las mismas condiciones que las abejas de colmena, no hay duda de que, al igual que las abejas obreras, nuestras hembras solteras pensarían que es un deber sagrado matar a sus hermanos, y las madres lucharían por matar a sus hijas fértiles; y a nadie se le ocurriría interferir.17 Esta no es la moral en la que creemos y la que nos importa. La moral en la que creemos no es una expresión de la evolución; no tiene que ver con valorar y hacer aquello que sirve para sobrevivir. Tiene que ver con valorar a la persona, incluso si la persona en cuestión no está contribuyendo a la supervivencia de la especie. Los ancianos, las personas con discapacidad, los marginados, Andrea Chancey: todos ellos son tan valiosos y tienen tanta dignidad como cualquier otro. Una comprensión del universo puramente naturalista no puede explicar esto. El hecho de que todos hemos sido creados a imagen de Dios y que Dios nos ama a todos por igual explica la dignidad y el valor intrínsecos de cada ser humano. Solo hace falta echar un vistazo a la historia del siglo XX para ver lo peligroso que es pensar que las personas son más valiosas si son más fuertes. Somos valiosos por lo que somos: creación de Dios. No somos valiosos por lo que hacemos o lo útiles que somos o cuántos hijos tenemos o cuánto dinero ganamos, sino por lo que somos: seres creados a imagende Dios, quien no buscó Su supervivencia por encima de la de los demás, sino que dio Su vida para que otros puedan sobrevivir. 3. El universo es regular Una tercera característica del universo es su regularidad. Esta es otra cosa que damos por sentada sin darnos cuenta de lo increíble que es. Asumimos que cuando nos levantemos mañana por la mañana el universo seguirá siendo igual de estable y regular, sin pararnos a considerar que es algo asombroso. Piensa en todas las predicciones que haces sobre los próximos cinco minutos que deben cumplirse para que tú puedas vivir una vida coherente y con sentido. Asumes que los objetos a tu alrededor van a seguir más o menos donde están, que la gravedad va a continuar funcionando, que los átomos y las moléculas van a continuar interactuando como siempre lo han hecho, que el color de las cosas que te rodean va a seguir siendo constante, que el sol va a volver a salir y va a volver a ponerse, que el lenguaje seguirá funcionando del mismo modo, que las ondas sonoras continuarán haciendo lo que suelen hacer. ¿Por qué? ¿Por qué asumimos que el universo va a continuar funcionando con regularidad? Podríamos responder: “Bueno, así es como siempre ha funcionado en el pasado”. Pero eso no es una respuesta; ¡esa es precisamente la pregunta! ¿Por qué? ¿Por qué siempre ha sido así, y por qué deberíamos pensar que también va a ser así mañana? Si te vendara los ojos y te dijera que metieras la mano en una bolsa llena de cientos de pelotas blancas de ping-pong y que sacaras la única pelota roja, lo más probable es que fallaras. ¿Por qué? Porque hay un número elevadísimo de posibilidades de que la pelota que saques no sea roja, y solo una posibilidad de que sí lo sea. Lo mismo ocurre cuando consideramos la regularidad del universo. Si nos ponemos a imaginar, hay un número infinito de locuras que la física podría hacer mañana. La fuerza de la gravedad podría ser otra, y hay un número infinito de opciones. Pero solo hay un modo de que la gravedad se mantenga igual, segundo tras segundo y día tras día y año tras año. Metemos la mano en la bolsa constantemente, y todas las veces, una tras otra, ¡sacamos la única pelota roja! Solo desde la perspectiva lógica, la regularidad repetida una y otra vez es increíblemente improbable. ¿Qué puede explicarla? Nosotros simplemente damos por sentado que, obviamente, el universo funcionará con regularidad. Pero la verdad es que es un gran misterio. Sin embargo, si Dios existe, tenemos una explicación perfectamente razonable de por qué cabe esperar que el futuro se parezca al pasado. ¿Por qué? Porque el universo está regulado por Alguien que se preocupa por nosotros, y que por tanto quiere que vivamos vidas ordenas y coherentes llenas de sentido y propósito.18 Tanto teístas como ateos viven la vida de tal forma que solo tiene sentido si creemos que Dios está al control del universo. Damos la regularidad por sentada, pero solo Dios explica que el universo sea así. 4. El universo está finamente ajustado de forma que la vida sea posible Hay una característica más del universo que quiero que consideremos: está finamente ajustado de forma que la vida sea posible. Imagina que llegados a este punto del capítulo estás inmensamente aburrido (ya sé que es difícil de imaginar, pero haz un esfuerzo). Te cuesta mantenerte despierto y desearías que un agujero negro te tragara. Como eso no ocurre, enciendes la tele y lo primero que te aparece es el campeonato mundial de póquer. Te quedas viéndolo, y en las siguientes doce partidas el mismo jugador saca doce escaleras reales seguidas. ¿Qué pensarías? Exacto, que ese jugador está haciendo trampas. ¿Por qué? Porque, por más que sea una persona honesta, es tan poco probable que alguien saque doce escaleras reales que lo lógico es pensar que alguien está manipulando las cartas. Durante los últimos treinta años, el argumento del “ajuste fino” del universo nos ha sugerido que deberíamos sacar la misma conclusión con respecto a Dios. El universo en el que vivimos podría haber adoptado muchas formas distintas, y los científicos —no solo los científicos cristianos, sino los científicos en general— han llegado al consenso de que hay docenas de características fundamentales del universo que tenían que ser así para que la vida fuera posible. No solo la vida en el planeta Tierra o la vida tal como la conocemos, sino cualquier forma de vida en cualquier lugar del universo. Estas características del universo incluyen la fuerza de la gravedad, la cantidad de energía oscura (la energía que hace que el universo se expanda a un ritmo cada vez mayor), la fuerza nuclear fuerte (la fuerza que mantiene unido el núcleo del átomo), el índice de electrones y protones en el universo, la fuerza electromagnética, y otras muchas características.19 En las publicaciones académicas se les ha llamado “coincidencias antrópicas”; “antrópicas” porque favorecen la aparición de la vida, y “coincidencias” porque esos valores que favorecen la vida son altamente improbables. De hecho, decir que son “altamente improbables” es quedarse corto. Veamos un ejemplo. Para que la vida fuese posible, la fuerza explosiva del Big Bang tenía un margen de variación respecto del valor conocido de 1 dividido entre 1060. En otras palabras, la diferencia porcentual que podía haber para que la vida fuese posible es de un cero, una coma, 57 ceros y un uno. Eso es 0000000000000000 00000000000000000000000000000000000000000 01%. Si el Big Bang hubiera sido mínimamente más débil, la gravedad habría hecho que el universo se volviera a contraer casi inmediatamente, con demasiada rapidez como para que algún tipo de vida se desarrollara. Si el Big Bang hubiera sido mínimamente más fuerte, las partículas se habrían dispersado por el espacio. Se habrían dispersado tan rápido y se habría alejado tanto las unas de las otras que el único resultado habrían sido moléculas simples y frías; algo totalmente distinto a la compleja química necesaria para formar cualquier tipo de vida. Ese es tan solo un ejemplo, y hay muchos más. La precisión necesaria para obtener algunas de esas condiciones, aunque solo sea alguna de ellas, puede compararse a tener los ojos vendados y, después de dar unas vueltas, disparar una sola vez con un arma de gran potencia a un objetivo de un par de centímetros situado al otro lado del universo observable, a casi cincuenta mil millones de años luz, y dar en la diana. Ese es el tipo de probabilidad del que estamos hablando. Y para que en el universo exista algún tipo de vida compleja no solo necesitamos una de esas condiciones, sino que necesitamos que todas ellas se den. ¿Qué probabilidades hay? Sir Roger Penrose — profesor emérito de Oxford, uno de los mejores físicos matemáticos del mundo y ganador del premio Wolf en Física junto a Stephen Hawking— sugiere que la precisión necesaria es menor que uno dividido entre 10 elevado a 10 elevado a 123 (1/1010A123).20 Escribiría este porcentaje si pudiera, tal y como he hecho unos párrafos más arriba, pero aunque lograra convertir toda la materia del universo en papel, no tendría papel suficiente para imprimir todos los ceros que hacen falta. Basándonos solamente en el azar, las probabilidades de vida son menos que si tuviéramos que coger una partícula concreta de entre todas las partículas del universo, seleccionando una partícula al azar, y en el primer intento nos saliera esa partícula en cuestión. Sir Fred Hoyle, astrónomo británico y una de las mentes científicas más destacables del siglo XX, comparó la aparición casual de la célula más simple con la probabilidad de que un tornado ensamblara de forma perfecta un Boeing 747 al pasar por un vertedero.21 William Lane Graig resume que “la improbabilidad se multiplica por sí misma constantemente hasta que nuestras mentes se ahogan en un mar de números incomprensibles”.22 Incluso la Stanford Encyclopedia of Philosophy (Enciclopedia de Filosofía de Stanford), la principal enciclopedia de filosofía a nivel mundial, incluye la misma afirmación:“La aparente probabilidad de que todas las condiciones necesarias para la formación de los planetas (por no hablar de la vida) se den solo por casualidad es increíblemente pequeña”.23 ¿Cómo podemos explicar estas sorprendentes “coincidencias”, esa repetición improbable de “escaleras reales”? Deberíamos llegar a la conclusión racional: Alguien metió mano en las cartas y modificó el sistema. Incluso si pensaras que solo hay un 1% de probabilidad de que alguien haga trampas antes de empezar a jugar al póquer, si vieras sacar una escalera real tras otra sin parar, la única opción que te quedaría es concluir que alguien está haciendo trampas. Los científicos nos dicen que eso es exactamente lo que está ocurriendo en el universo: una “escalera real” tras otra. Incluso si antes de conocer el argumento del ajuste fino creías que la probabilidad de la existencia de Dios era muy baja, una vez que has oído hablar de las “escaleras reales” que se dan una y otra vez por todo el universo, solo hay una conclusión racional: Alguien diseñó el universo. El argumento del ajuste fino ha tenido mucha influencia; tanta, que incluso ateos convencidos han tenido que tomarla en serio. Cuando le preguntaron al antiteísta Christopher Hitchens cuál es el argumento de más peso contra el ateísmo, respondió: “Creo que todos nosotros vemos el argumento del ajuste fino como el más fascinante... No es un argumento trivial. Todos lo sabemos”.24 Esto es lo que Sir Fred Hoyle dijo después de considerar lo exactas que debían ser algunas de las características del universo para que la vida fuera posible: ¿No te dirías a ti mismo [...] que un intelecto increíblemente previsor debe haber diseñado las propiedades del átomo de carbono, ya que de lo contrario la probabilidad de que yo diese con ese tipo de átomo a través de las fuerzas ciegas de la naturaleza sería increíblemente minúscula? Claro que te lo dirías [...] Una interpretación honesta de los hechos sugiere que un superintelecto ha jugado con la física, y también con la química y la biología, y que en la naturaleza no hay fuerzas ciegas de las que merezca la pena hablar. Los números que te salen cuando analizas los hechos parecen tan contundentes que esta conclusión resulta casi incuestionable.25 Hoyle era ateo hasta ese momento, pero dijo que el aparente ajuste fino del universo le dejó “profundamente confundido”. Objeción: Pero, ¿y si hay muchos universos? La objeción más popular al argumento del ajuste fino es sugerir que quizá no solo hay un universo, sino muchos (un multiverso), y, en ese caso, quizá no es tan sorprendente que por pura casualidad uno de esos universos acabe siendo apto para albergar vida. Con el tiempo, cualquier cosa improbable podría llegar a ocurrir.26 De hecho, esta objeción es a la vez un cumplido, porque está de acuerdo en que la evidencia del ajuste fino exige una explicación, y la busca. Pero afirmar que el multiverso puede ser la explicación no tiene sentido. En primer lugar, no hay evidencias de peso de que exista siquiera otro universo, mucho menos la cantidad exorbitante de universos que haría falta para que salieran las cuentas. El británico Richard Swinburne, uno de los filósofos de la religión más influyentes de los últimos sesenta años, dice que “postular un número infinito de universos nunca conectados entre ellos casualmente, solamente para evitar la hipótesis del teísmo, es el colmo de la irracionalidad”.27 Del mismo modo, John Polkinghorne, físico teórico mundialmente conocido, dice que la teoría del multiverso “no es ciencia”, y la llama simplemente “suposición metafísica”.28 Pero, más importante aún, aunque hubiera evidencias de peso a favor de múltiples universos, la objeción del multiverso contra el ajuste fino seguiría sin tener validez. La razón es la siguiente: piensa de nuevo en la partida de póquer en la que ves a alguien sacar doce escaleras reales seguidas. Concluyes que alguien está haciendo trampas, y con razón. Ahora bien, imagina que uno de los jugadores se vuelve hacia ti y te dice: “No, te equivocas. ¡Nadie está haciendo trampa! Lo que no sabías es que jugamos a las cartas todo el tiempo; de hecho, llevamos años jugando a las cartas durante todo el día”. Si alguien te dijera eso y tuvieras alguna razón para creerle, ¿deberías cambiar tu conclusión de que alguien está haciendo trampas? No, no deberías. ¿Por qué no? Porque por lo que sabes, ¡esa persona ha estado haciendo trampas durante años y sacando escaleras reales varias veces al día desde que empezó a jugar! La única información que tienes sigue siendo que esas doce manos —las doce manos que acabas de ver— han sido todas escaleras reales, y eso es inverosímil, independientemente de cuántas veces hayan jugado los jugadores. Solo deberías cambiar tu conclusión si alguien, además de demostrarte que juegan todo el día durante todos los días desde hace años, también pudiera demostrarte que han jugado todo el día durante todos los días desde hace años y es la primera vez que les pasa eso. Entonces las pruebas cambiarían. Entonces las pruebas apuntarían a que en una ocasión, después de muchos intentos, ocurrió algo altamente improbable. Entonces quizá no sería tan sorprendente y podría explicarse apelando al azar. Pero esa posición no es la posición en la que están los defensores del multiverso. Los científicos no solo no pueden decirnos que hay otros universos, sino que, aunque pudieran, ninguno de ellos afirma poder decirnos si esos universos (en caso de existir) están finamente ajustados de forma que la vida sea posible. Por lo que sabemos, si existen otros universos, tal vez muchos de ellos se ajustan exactamente a los parámetros altamente improbables necesarios para que haya vida, y de ese modo confirman la conclusión de que Alguien diseñó el sistema. Como respondió mi colega John Lennox cuando le preguntaron si cree que hay otros universos: “He oído rumores de que el cielo existe”. Este universo, el que hemos observado, está finamente ajustado de forma que la vida sea posible. Esa es toda la evidencia que tenemos. Y es muy poco probable que eso ocurra por casualidad, independientemente de cuántos universos existan. Fíjate también en la ironía de esta objeción del multiverso. Para evitar plantearse la existencia de Dios, la gente plantea la existencia de otros universos: algo que no podemos ver ni tocar, algo con lo que no podemos hacer experimentos, algo que no podemos comprobar científicamente. ¡Precisamente las cosas que le achacan a la creencia en Dios! De hecho, creo que esa crítica a la creencia en Dios es injusta, porque sí podemos diseñar pruebas experimentales para determinar su existencia. Podemos esperar a morirnos y observar los resultados. O, mejor aún, poder hablar con Dios y pedirle de forma sincera que se revele a nosotros, y ver qué pasa. Ese experimento es una parte importante de cómo yo abracé la fe.29 Pero responder al argumento del ajuste fino con la teoría del multiverso es pecar de lo que normalmente se acusa al teísmo. No hay forma de comprobar, verificar o refutar la teoría del multiverso. En respuesta a la evidencia del ajuste fino del universo, Andrei Linde, físico de la Universidad de Stanford, presenta la posibilidad de que nuestro universo haya sido diseñado por una cultura alienígena súper tecnológica.30 En la misma línea, el astrofísico John Gribbin dice que “deberíamos considerar seriamente” la hipótesis de que “nuestro universo es un constructo artificial, fabricado de forma deliberada por seres inteligentes de otros universos”.31 El hecho de que en el mundo académico aparezcan propuestas de este tipo como excusas para no tener que admitir la existencia de Dios es en sí un testimonio de la fuerza del argumento del ajuste fino. Los hechos hacen que incluso Richard Dawkins contemple la posibilidad de un diseño inteligente. Le preguntaron en una entrevista: “¿Qué posibilidad hay de que la respuesta a algunas cuestiones relacionadas con la genética y la evolución sea un diseño inteligente?”. A lo que Dawkinsrespondió: Bueno, podría haber ocurrido lo siguiente. Quizá tiempo atrás, en algún lugar del universo, una civilización evolucionó [...] hasta tener una tecnología desarrolladísima y diseñó una forma de vida que tal vez implantaron en este planeta. Es una posibilidad. Una posibilidad fascinante. Y supongo que es posible que llegues a encontrar evidencias de ello si observas los detalles de la bioquímica y la biología molecular; puede que llegues a encontrar la firma de una especie de diseñador.32 Interesante, ¿no es cierto? Esto revela que el verdadero problema de Dawkins no es el diseño inteligente, sino el diseño divino. Creo que Linde y Dawkins van en la dirección correcta. Por citar otra de mis frases favoritas de John Lennox: “Claro que hay inteligencia extraterrestre; Su nombre es Dios”.33 ¿Hasta dónde nos lleva el argumento del ajuste fino del universo? ¿Hasta la fe cristiana? No. Para eso necesitamos otros argumentos. No obstante, el argumento del ajuste fino nos lleva más allá de lo que algunos pueden pensar. ¿Qué características harían falta para desempeñar el rol de “arquitecto del ajuste fino”? El arquitecto detrás del ajuste fino tiene que ser capaz de determinar los parámetros fundamentales del universo. Por tanto, necesita ser muy poderoso y muy inteligente. Necesita haber estado presente en el inicio del universo para establecer esos parámetros. Eso apunta a la idea de que el arquitecto responsable del ajuste fino siempre ha existido (—es eterno—), o al menos es muy antiguo. También podemos inferir que ese arquitecto deseaba crear vida; concretamente, vida consciente e inteligente capaz de relacionarse, de amar, y de exhibir virtudes. Y para ello es necesario que el arquitecto sea personal, moral y relacional.34 La conclusión lógica, por tanto, es que existe un diseñador del universo que es moral, personal, extraordinariamente poderoso, enormemente inteligente y eterno; y además, que valora las relaciones, el amor y la virtud. Eso se parece mucho al Dios al que yo adoro. De la ciencia a Dios Es demasiado simple asumir que la ciencia puede explicarlo todo. La propia afirmación de que “la única forma de conocer la verdad es a través de la ciencia” no se puede demostrar científicamente. Es más, en contraste con la idea de que el progreso científico ha enterrado a Dios, dos de los avances científicos más significativos del último siglo —que el universo tiene un principio, y que está finamente ajustado para que la vida sea posible— apuntan claramente a Dios. Así mismo, sin Dios, no hay razón para fiarnos de la regularidad o la comprensibilidad del universo, que son la base de toda empresa científica. El avance científico no solo está lejos de enterrar a Dios, ¡sino que Dios es lo que hace que la ciencia sea posible! Por eso no me sorprende que un estudio reciente muestre que, entre los cristianos evangélicos de EE. UU., los científicos tienden a tener una fe más viva que los no científicos.35 Los dos poemas de Dios Podemos ver la firma de Dios en el diseño del universo. Y también podemos ver la firma de Dios en el diseño de cada vida. Normalmente, la gente piensa que la ciencia y los milagros son dos cosas opuestas. Eso es lo que yo pensaba en aquella ocasión en la que leí la contraportada de aquel libro que intentaba explicar todos los milagros de Jesús. Pero, de hecho, Dios puede revelarse a nosotros de manera milagrosa gracias a la regularidad de la ciencia. ¡La ciencia hace que los milagros sean posibles! Si Dios puede revelarse en un nacimiento virginal es solo porque científicamente una virgen no puede quedarse embarazada. Si Dios puede revelarse a través de la resurrección es solo porque científicamente la gente no resucita. Y del mismo modo, Dios puede revelarse en cada una de nuestras vidas. Cuanto más hablo con la gente, más convencido estoy de que la experiencia de los milagros es universal. Me encanta preguntar lo siguiente a la gente, incluso a la gente más científica: “¿Alguna vez has tenido una experiencia que te ha hecho pensar que tiene que haber un Dios?”. Acto seguido suele haber un silencio incómodo, luego una risa nerviosa, pero, si espero el tiempo suficiente, casi siempre la persona dice: “Bueno, una vez...”. ¡Y entonces me cuentan una historia extraordinaria que lleva claramente la firma de Dios! La mayoría de las personas a las que les pregunto tienen historias increíbles, pero piensan que son los únicos. Les preocupa que los demás piensen que son raros. Y entonces se dicen a sí mismos que no son más que imaginaciones suyas. Tenemos que contar nuestras historias e invitar a los demás a que nos cuenten las suyas. Así que te voy a contar una historia en la que pude ver el diseño de Dios perfectamente ajustado en la vida de una persona. Hace poco, una estudiante de China asistió en la universidad a un debate abierto en el que yo participaba. Uno de mis compañeros, Daniel, la saludó, y ella le dijo que se llamaba Alva. Daniel respondió: “¡Qué nombre tan interesante! ¿Qué significa?”. Alva contestó: “Significa ‘por gracia blanca como la nieve’”. A Daniel se le iluminó la cara y le preguntó a Alva si era cristiana. Ella le dijo: “No; para nada”. Daniel le dijo: “¿Sabes que tu nombre es básicamente un resumen del mensaje cristiano?”. Ella no tenía ni idea. Simplemente lo había adoptado como su nombre occidental porque le gustaba cómo sonaba. Daniel le empezó a explicar el mensaje cristiano, y a medida que él hablaba, Alva se sentía cada vez más atraída por ese Dios. Entonces empezó la charla y, cuando iba por la mitad, pasé a la siguiente diapositiva del PowerPoint, en la que citaba Isaías 1:18: “Aunque vuestros pecados sean como la escarlata, yo los haré tan blancos como la nieve”. Daniel no se pudo contener y se volvió hacia Alva, que lo miró estupefacta. “¡Te lo dije, ese es tu nombre!”. Al final de la charla, Daniel y otro de mis compañeros continuaron explicándole a Alva lo mucho que Dios la ama y el sacrificio que hizo por ella. Alva decidió que quería aceptar el regalo de Dios, y mis amigos tuvieron el enorme privilegio de orar con ella para reafirmar ese compromiso. Pero hay algo más, un detalle que me llena de asombro. La charla de esa noche la tenía preparada desde el fin de semana, y el PowerPoint también. Pero al mediodía de ese mismo día, mi mujer y yo sentimos claramente que a esa charla le faltaba algo. Así que volvimos un momento a casa después del evento del mediodía y le añadimos una página escrita a mano a la charla y una diapositiva a la presentación de PowerPoint. ¿Qué había en esa diapositiva? Isaías 1:18: “Aunque vuestros pecados sean como la escarlata, yo los haré tan blancos como la nieve”. Dios diseñó todos los detalles de ese día de una forma increíblemente bella para poder revelarse a una joven llamada Alva. En la Biblia hay dos fragmentos a los que se les ha llamado “poema de Dios”. En primer lugar, Romanos 1:20: “Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios [...] se perciben claramente a través de lo que él creó”. La palabra griega que traducimos por “lo que él creó” es poiemasin, la palabra de que obtenemos el término poema. La creación de Dios es su poema. En segundo lugar, Efesios 2:8-10: “Porque por gracia habéis sido salvados mediante la fe; esto no procede de vosotros, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica”. Porque somos “hechura” de Dios. Otra traducción “la obra maestra de Dios”. Y en el original griego es la misma palabra: poiema. Dios no solo diseñó el universo; Él diseñó a Alva y le puso un nombre, y tiene planes para su vida que están tan bien diseñados como su plan para el cosmos. Y lo mismo es cierto sobre cada uno de nosotros. El universo empezó. Sus leyes son estables y se sostienen. Es cognoscible. Está finamente ajustado para que la vida sea posible. Espero que eso nos transmita que nuestrasvidas empezaron solo porque Dios nos escogió antes de la fundación del mundo. Espero que eso nos hable de que es Dios el que da estabilidad a nuestra identidad y nos sostiene en medio de las dificultades de esta vida. Porque Dios existe, podemos saber que tenemos un propósito. Y, si le dejamos, Dios “nos ajustará” de modo que podamos tener vida: una vida libre de vergüenza y culpa, una vida llena de amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio (Gálatas 5:22-23). Al mirar el universo, la gente debería poder verlo como un poema que solo puede haber sido escrito por Dios. Del mismo modo, al mirar las vidas de aquellos que siguen a Dios, la gente debería poder decir: “Estoy viendo un poema que solo puede haber sido escrito por Dios” y “sea quien sea el autor de ese poema, quiero que Él también sea el Autor de mi vida”. La Biblia dice que nuestras vidas son “cartas” vivas, “conocidas y leídas por todos” (2 Corintios 3:2). El universo apunta a Dios; estoy convencido de ello. Pero la gente solo está abierta a verlo si al mirar las vidas de los hijos de Dios también puede ver un cambio, un carácter y una identidad estables, un conocimiento profundo de quiénes son y un sentido confiado de que fuimos diseñados para un propósito mayor, un propósito que da vida. ¿Es tu vida una evidencia que apunta a la existencia de Dios? Si queremos que la gente vea que el universo es un bello poema, los cristianos debemos ser el poema que Dios quería que fuéramos. Cuando la gente nos mira, ¿qué ve? ¿Ve mera casualidad? ¿Ve arbitrariedad? ¿O ve una poesía perfectamente diseñada por Dios? Si al mirar a la comunidad cristiana la gente puede ver el diseño de un Dios de amor, entonces estará abierta a unirse a esa comunidad para afirmar que “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos. Un día cuenta al otro la noticia, una noche a la otra se la hace saber” (Salmo 119:1-2). 1. Richard Dawkins, “A Challenge to Atheists”, Free Enquiry, vol. 22, núm. 3, 2002. 2. Alvin Plantinga, entrevista de Gary Gutting, “Is Atheism Irrational?”, The New York Times Opinionator, 9 de febrero de 2014, http://opinionator.blogs.nytimes.com/2014/02/09/is-atheism- irrational/?_r=0. Visto el 10 de septiembre de 2016. 3. Peter van Inwagen, “Weak Darwinism”, Darwin and Catholicism: The Past and Present Dynamics of a Cultural Encounter, editado por Louis Caruana, Edinburgh: T & T Clark, 2009, 119. 4. Stephen Hawking, “The Beginning of the Universe”, Primordial Nucleosynthesis and Evolution of Early Universe, editado por K. Sato y J. Audouze, Dordrecht, Netherlands: Kluwer Academic Publishers, 1990, 129, 137. Aunque Hawking parece apoyar esta declaración suya (incluida en una conferencia destacada en su página web), su obra más reciente ha especulado sobre explicaciones científicas no teístas del principio del universo. La exposición filosófica sobre la naturaleza de lo infinito que ofrezco a continuación cuestiona cualquier teoría que intente proponer una serie infinita de explicaciones científicas no teístas sobre el origen del nuestro universo. 5. William Lane Craig y James D. Sinclair, “The Kalam cosmological argument”, The Blackwell Companion to Natural Theology, editado por William Lane Craig y J. P. Moreland, West Sussex, UK: Wiley-Blackwell, 2012, 182. 6. David Hume, The Letters of David Hume, Volume 11727-1765, editado por J.Y.T. Greig, New York: Oxford University Press, 1932, Carta 91, 187. 7. Puedes leer una introducción accesible a este argumento en William Lane Craig, On Guard, Colorado Springs: David C. Cook, 2010. 8. Richard Dawkins, The God Delusion, edición 10° aniversario, London: Transworld, 2016, 171 [El espejismo de Dios, Barcelona: Espasa Calpe, 2014, 175]. 9. Albert Einstein, Ideas and Opinions, New York: Crown Trade Paperbacks, 1995, http://opinionator.blogs.nytimes.com/2014/02/09/is-atheism-irrational/?_r=0 292 [Mis ideas y opiniones, Barcelona: Antoni Bosch, 2011]. 10. “A mí siempre me surge la horrible duda de si las convicciones de la mente humana, que se ha desarrollado a partir de la mente de los animales inferiores, tienen algún tipo de valor o son de fiar. ¿Confiaría alguien en las convicciones de la mente de un mono, si es que esa mente alberga algún tipo de convicción?”, Charles Darwin, “C. D. to W. Graham, July 3d, 1881”, Selected Letters on Evolution and Origin of Species, editado por Francis Darwin, New York: Dover, 1958, 68. 11. Ver C. S. Lewis, “The Cardinal Difficulty of Naturalism”, Miracles, London: Geoffrey Bles, 1947 [“La dificultad cardinal del naturalismo”, Los milagros, Madrid: Ediciones Encuentro, 2009]. 12. Este argumento apareció originalmente en el último capítulo de: Alvin Plantinga, Warrant and Proper Function, New York: Oxford University Press, 1993. Más adelante elaboró el argumento en un ensayo inédito: Alvin Plantinga, “Naturalism Defeated”, www.Calvin.edu, 1994, www.alvin.edu/academic/philosophy/virtual_library/articles/plantinga_alvin/naturalism_defeated.pdf Visto el 10 de septiembre de 2016. 13. “‘Miracle Child’ is Survivor”, The New York Times, 25 de septiembre de 1993, www.nytimes.com/1993/09/25/us/miracle-child-is-survivor.html. Visto el 12 de septiembre de 2016. 14. Alvin Plantinga, “Introduction”, Naturalism Defeated? Essays on Plantinga’s Evolutionary Argument Against Naturalism, editado por James Beilby, Ithaca, NY: Cornell University Press, 2002, 4. 15. Michael Ruse, “Evolutionary Theory and Christian Ethics”, Zygon, vol. 21, núm. 1, 1994, 20-21. 16. Puedes ver una transcripción de esta porción de la entrevista en: Richard Dawkins, entrevista por Justin Brierley, “The John Lennox—Richard Dawkins Debate”, www.bethinking.org, 2008, www.bethinking.org/atheism/the-john-lennox- richard-dawkins-debate. Visto el 11 de septiembre de 2016. 17. Charles Darwin, The Descent of Man, New York: D. Appleton and Company, 1871, 70 [El origen del hombre, Barcelona: Editorial Trilla y Serna, 1880]. 18. Llegado este punto, quizá te preguntes por qué los procesos naturales de nuestro universo no solo producen orden y significado, sino también mucho sufrimiento. Ravi Zacharias y yo hemos tratado ese tema en Why Suffering? Finding Meaning and Comfort When Life Doesn’t Make Sense, New York: FaithWords, 2014. 19. Es importante tener en cuenta que cuando hablamos de las características del ajuste fino del universo no estamos hablando de “agujeros” en el sistema (por lo que este argumento no es el argumento de “el Dios tapagujeros”), sino del sistema tal como está diseñado. 20. Con respecto a esta estimación, Penrose dice: “Simplemente quiero ayudaros a ver lo especial que fue el estado inicial del universo. Y, por alguna razón, la gente intenta decir que no quiere tal o cual teoría porque entonces se necesitaría algo como http://www.Calvin.edu http://www.alvin.edu/academic/philosophy/virtual_library/articles/plantinga_alvin/naturalism_defeated.pdf http://www.nytimes.com/1993/09/25/us/miracle-child-is-survivor.html http://www.bethinking.org http://www.bethinking.org/atheism/the-john-lennox-richard-dawkins-debate el ajuste fino. Bueno, es que el ajuste fino es necesario. Esto es ajuste fino. La increíble precisión en la organización del universo inicial” (MrEpistemologist1, “The Big Bang’s low entropy condition”, Youtube, 1 de noviembre de 2012, https://www.youtube.com/watch?v=GvV2Xzh11r8. Visto el 11 de septiembre de 2016). 21. Fred Hoyle, The Intelligent Universe, London: Michael Joseph, 1981, 18-19. 22. William Lane Craig, “Five Reasons God Exists”, God? A Debate between a Christian and an Atheist, editado por James P. Sterba, New York: Oxford University Press, 2004, 10. 23. Del Ratzsch, “Teleological Arguments for God’s Existence”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy, editada por Edward N. Zalta, edición invierno de 2009, www.plato.stanford.edu/archives/win2009/entries/teleological-arguments/. Visto el 11 de septiembre de 2016. 24. Collision: Christopher Hitchens vs Douglas Wilson. Dirigido porDarren Doane, 2009. 25. Fred Hoyle, “The Universe: Past and Present Reflections”, Engineering and Science, noviembre de 1981, 12. 26. Sin embargo, es interesante notar que en la teoría de las cuerdas, el número de posibles universos más citado es 10500; si el cálculo que Penrose hace del ajuste del universo (1/1010”123) es lo suficientemente acertado, entonces 10500 universos siguen siendo demasiados pocos universos para que la existencia de un universo que albergue vida sea probable. De hecho, la probabilidad sería tan baja que, a todos los efectos, equivaldría a cero. 27. Richard Swinburne, The Existence of God, 2a edición, New York: Oxford University Press, 2004, 185 [La existencia de Dios, Salamanca: Editorial San Esteban, 2011]. 28. John Polkinghorne y Nicholas Beale, Questions of Truth: Fifty-one Responses to Questions about God, Science, and Belief, Louisville, KY: Westminster John Knox Press, 2009, 13. 29. En el capítulo 4 abordo el tema de por qué a veces se piensa que este experimento no le ha funcionado a alguna gente que buscaba a Dios. 30. Linde dice: “Para enviar un mensaje largo, tienes que hacer un universo extraño con complicadas leyes de física. Es la única forma de enviar información. Las únicas personas que pueden leer este mensaje son los físicos. Dado que vemos a nuestro alrededor un universo bastante extraño, ¿significa eso que nuestro universo no fue creado por Dios, sino por un físico hacker?” (Adrei Linde, entrevistado por Rudy Rucker, “Goodbye Big Bang”, Seek! Selected Non-Fiction, New York: Four Walls Eight Windows, 1999). 31. John Gribbin, In Search of the Multiverse, New York: Penguin Books, 2010, 173. https://www.youtube.com/watch?v=GvV2Xzh11r8 http://www.plato.stanford.edu/archives/win2009/entries/teleological-arguments/ 32. Expelled: No Intelligence Allowed. Dirigido por Nathan Frankowski, Premise Media Corporation & Rampant Films, 2008. 33. “Are We Alone in the Universe? John Lennox and Paul Davies”, Unbelievable?, www.premierchristianradio.com/Shows/Saturday/Unbelievable/Episodes/Unbelievable- 17-Apr-2010-Are-we-alone-in-the-universe-Paul-Davies-John-Lennox. Visto el 11 de septiembre de 2016. 34. Uno podría objetar que el mal y el sufrimiento de nuestro mundo apuntan a la idea de que el arquitecto detrás del ajuste fino es moralmente imperfecto. Ver Why Suffering? Finding Meaning and Comfort When Life Doesn’t Make Sense, New York: FaithWords, 2014, donde Ravi y yo respondemos de forma extensa a esta objeción. 35. “Misconceptions of science and religion found in new survey”, Rice University News & Media, 16 de febrero de 2014, www.news.rice.edu/2014/02/16/misconceptions-of-science-and-religion-found-in- new-study/. Visto el 11 de septiembre de 2016. http://www.premierchristianradio.com/Shows/Saturday/Unbelievable/Episodes/Unbelievable-17-Apr-2010-Are-we-alone-in-the-universe-Paul-Davies-John-Lennox http://www.news.rice.edu/2014/02/16/misconceptions-of-science-and-religion-found-in-new-study/ M CAPÍTULO 4 PLURALISMO “Todos los caminos son igualmente válidos” Vince Vitale e encantan los deportes. Siempre me han gustado. Es difícil encontrar un deporte que no me guste. Pero no me gustaría tener la siguiente experiencia deportiva. Imagina que te meten en un partido y no sabes cuándo empezó, cuando acabará, cuál es el objetivo del juego o cuáles son las reglas. ¿Qué harías? Probablemente les pedirías a los demás jugadores que te contestaran a esas cuatro preguntas. ¿Qué ocurría si te contestaran dándote muchas respuestas distintas? ¿O y si simplemente siguieran jugando, sin mostrar ningún interés por tus preguntas y mirándote como si fueras un bicho raro? Entonces buscarías la ayuda del entrenador. Pero, ¿y si el entrenador, en medio de ese caos evidente, estuviera gritando: “¡Buen trabajo, equipo! ¡Lo estáis haciendo genial! ¡Seguid así! ¡Hay un trofeo esperándoos!”. Por último, te volverías buscando al árbitro, seguro de que él tendrá las respuestas definitivas. Pero, ¿y si los jugadores se han cansado de las advertencias del árbitro y lo han enviado a casa? Y ahora imagina las conversaciones sobre el partido en el camino de vuelta a casa. No tendrían ningún sentido. Cero. Es nuestro conocimiento sobre el comienzo, el final, el objetivo y las reglas del juego lo que nos da la libertad de jugarlo y disfrutarlo de una forma significativa. Tristemente, lo que he descrito no es solo un juego, es la realidad de muchas personas que luchan por vivir una vida con sentido dentro de una cultura pluralista. Como sociedad, estamos olvidando las respuestas a estas preguntas fundamentales: Origen: ¿De dónde vengo? Significado: ¿Por qué estoy aquí? Moral: ¿Cómo debería vivir? Destino: ¿A dónde voy? Hace poco estuve en un campus universitario en Chicago y tuve el privilegio de hablar con muchos estudiantes sobre las grandes preguntas de la vida. Un día pusimos en una zona muy transitada una pizarra blanca que decía “¿Cuál es el sentido de la vida?”. Abajo había varias columnas que ofrecían distintas opciones: tener éxito, transmitir mis genes, ninguno, amar a los demás, etcétera. Se me ha quedado grabada la imagen de los estudiantes: recuerdo cómo se acercaban a la pizarra, tomaban un rotulador y leían las diferentes opciones, y luego se quedaban frente a la pizarra, paralizados, a veces durante minutos. Cuando les preguntamos por qué les costaba tanto decidirse por una opción, muchos de los estudiantes con los que hablamos nos dijeron que lo que ocurría es que no se sentían cómodos con la idea de escoger. “¿Por qué no puedo escoger más de una?”, decían muchos de ellos. Lo que estos estudiantes estaban diciendo es que la verdad no existe. La mayoría de ellos se dieron cuenta de que, como dice el filósofo Roger Scruton, “un autor que dice que la verdad no existe [...] te está pidiendo que no le creas. Así que, no le creas”.1 No es que esos estudiantes fueran relativistas, reduciendo la verdad a la preferencia personal; más bien, eran pluralistas. Creían en la verdad objetiva, pero querían decir que todos llegamos a esa verdad por vías igual de válidas. Tres malas suposiciones y tres buenos deseos Antes de saber cómo responder al pluralismo,2 o a cualquier acercamiento a la verdad, tenemos que preguntar qué lo motiva, y no tenemos que asumir que dos personas que son pluralistas lo son necesariamente por la misma razón. Si queremos responder a las personas y no tan solo responder a una teoría, tenemos que identificar y sacar a la luz las motivaciones que hay detrás de sus afirmaciones. El pluralismo en torno al concepto de verdad puede estar motivado por al menos tres malas suposiciones y tres buenos deseos. Primero, abordemos las suposiciones. 1. Afirmaciones equivalentes Algunas personas se acercan a la verdad desde una aproximación pluralista porque suponen erróneamente que las principales visiones del mundo, o al menos muchas de ellas, son equivalentes. Es decir, que todas dicen básicamente lo mismo con respecto a los puntos más importantes. Hace poco conocí a una mujer en una calle de Chicago que me dijo: “Creo que la religión es algo bueno. Creo que todas las religiones son iguales”. A algunos les gustaría cambiar su frase para que dijera esto: “Creo que la religión es algo malo. Creo que todas las religiones son iguales”. Sea como sea, hoy en día mucha gente está de acuerdo en que las principales religiones, e incluso las principales cosmovisiones, son fundamentalmente iguales. Este es un error común y también peligroso. Cuanto más estudias las principales cosmovisiones, más cuenta te das de que, aunque tienen similitudes en un nivel superficial, son muy diferentes en sus fundamentos y, a menudo, totalmente opuestas. Veamos por ejemplo el islam y el cristianismo. Las tres cosas que tienes que creer según el cristianismo para poder reconciliarte con Dios —que Jesús es Dios, que murió en la cruz, y que resucitó de los muertos3—, para el islam son totalmente erróneas,4 y no solo eso, sino que si crees que Jesús es Dios, te vas directo alinfierno.5 Pero vamos a hilar más fino en nuestra evaluación de las cosmovisiones; vamos a centrarnos en aquello que realmente nos importa: el amor y el futuro. La pregunta que más me gusta hacer a la gente es “¿Qué causa el 80% de tu estrés?”. La primera vez que le pregunté eso a alguien, en seguida me soltó: “Que gente como tú me haga preguntas como esa”. Entonces le pregunté qué causa el otro 20%, y tuvimos una buena conversación. Normalmente cuando pregunto sobre las causas del estrés y la ansiedad, las respuestas que recibo se reducen a una de estas dos preocupaciones: ¿Alguien me ama de verdad? ¿Qué nos depara el futuro? El cristianismo, el islam y el humanismo secular, presumiblemente las tres cosmovisiones más influyentes del mundo, dicen cosas radicalmente distintas sobre aquello que más nos importa. ¿Cómo te ama tu dios? Empezamos por el islam. El Corán tiene muy poco que decir del amor de Dios, y Al-Ghazali, posiblemente el musulmán más influyente después de Mahoma, dijo que “Alá está por encima del sentimiento del amor”.6 En las pocas ocasiones en las que el Corán menciona el amor de Dios, queda claro que el amor de Alá por las personas humanas está reservado para aquellos que se lo han ganado. Alá ama a los que “hacen el bien” (sura 2:195; 3:134, 148; 5:93), a los “justos” (5:42; 60:8) y a “los que observan la equidad” (49:9), a los que “le temen” (9:4, 7), a los que “se arrepienten” y “se purifican” (2:222), y a los que “no reinciden en sus pecados a sabiendas” (3:135); y Alá “ama a quienes combaten en filas por su causa” (61:4). Si esas son las condiciones para merecer el amor de Alá, la lista de aquellos a los que Alá ama debe ser muy corta. A diferencia de las pocas referencias que hace al amor de Dios, el Corán enfatiza repetidamente que hay personas a las que Alá no ama. Se nos dice que Alá no ama a los impíos (3:57, 140), a los corruptores (5:64; 28:77), o a los transgresores (2:190; 5:87; 7:55). No ama al arrogante, al jactancioso (4:36; 31:18), al avaro, al mezquino (57:24), o al pecador desagradecido (2:276). Alá “no ama al que traiciona o peca” (4:107), y no ama a los que ignoran sus mandamientos (3:32); y “Alá es enemigo” de los infieles (2:98).7 En cuanto al tema crucial del amor, el islam no solo es diferente al cristianismo, sino que en algunos aspectos clave es diametralmente opuesto. En el islam, si amas y obedeces a Alá, entonces puede que Él te ame. En el cristianismo, Jesús critica explícitamente esa actitud de amar solo a los que nos aman: “¿Qué mérito tenéis al amar a quienes os aman? Aun los pecadores hacen así” (Lucas 6:32). En el cristianismo, “Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Aunque no nos lo merecíamos, Dios nos amó hasta el punto de dar su vida por nosotros. En el cristianismo, “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados. Queridos hermanos, ya que Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1 Juan 4:10-11). El cristianismo no nos pide ser buenos para obtener el amor de Dios, sino que el amor de Dios por nosotros nos impulsa a vivir vidas marcadas por la bondad y el amor. En lo que se refiere al amor, el cristianismo y el islam no solo son diferentes, sino que el orden del amor está totalmente invertido. Aún hay una persona más que a Alá no le gusta: el “derrochador” (6:141; 7:31), traducido a veces como “el pródigo”. Pero lo que Jesús dice sobre “el pródigo” es muy distinto. En una de las historias más famosas que Jesús contó, describe a Dios como un Padre lleno de amor que anhela que su hijo pródigo vuelva a casa (Lucas 15:11- 32). El hijo pródigo le ha dado a su padre un sinfín de razones para que este ya no le ame: le ha pedido su herencia antes de tiempo (en aquella cultura, eso era lo mismo que decir que deseabas la muerte de tu padre), ha abandonado a su familia y ha malgastado su herencia en una vida de excesos, despilfarrando lo que su padre había ahorrado durante toda una vida. El hijo pródigo era orgulloso, desagradecido, injusto y corrupto; era, en resumidas cuentas, malo. Y sin embargo, al ver a lo lejos al hijo pródigo, el padre se remanga la larga túnica, dejando las piernas al descubierto, y echa a correr (algo completamente deshonroso para un hombre mayor de aquella cultura). Besa a su hijo (el texto original dice literalmente que el hombre cae sobre el cuello de su hijo) y lo abraza y le da la bienvenida a casa ofreciéndole las mejores ropas (probablemente las suyas propias), le coloca un anillo en el dedo (probablemente un sello dándole así la autoridad de actuar en nombre de la familia) y sandalias en los pies (un símbolo de libertad). ¡Qué cercanía, qué intimidad! Siempre me he preguntado qué debió pensar el hijo pródigo cuando vio a su padre en la distancia apresurándose hacia él. Él sabía que no merecía el amor de su padre. Probablemente pensaba que el padre había tenido tiempo para sopesar sus acciones y ahora corría hacia él enfadado para darle lo que se merecía. Llegará el día en que cada uno de nosotros veremos a Dios corriendo hacia nosotros. Me pregunto qué te imaginas si tratas de imaginar ese encuentro. ¿Qué emoción ves en el rostro de Dios a medida que corre hacia ti? ¿Cómo te ama Dios? En el cristianismo, eres amado con el amor de un padre que corre alegre hacia ti. No corre hacia a ti si te has mantenido puro y limpio, si vistes como deberías o si tienes el trabajo que se supone que deberías tener. Ni siquiera corre hacia a ti solo si le has servido o si has pasado tiempo con Él. El amor de Dios no es condicional. Por eso solo la Biblia puede afirmar: “Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 8:38-39). Nada puede separarte del amor de Dios, y nada puede hacer que Dios te ame menos. Nada. De algún modo, todos somos hijos pródigos, y Alá no ama a los hijos pródigos. ¿Por qué? Porque no es padre. En el Corán, a Alá nunca se le llama “padre”. De hecho, el Corán dice de forma explícita que “no ha engendrado” (112:3). Solo en el Nuevo Testamento, a Dios se le llama “Padre” más de doscientas veces.8 Y esto explica por qué el islam tiene que negar las tres creencias principales del cristianismo de las que hablamos al principio: la divinidad, la muerte y la resurrección de Jesús. Solo un Dios que también es un padre lleno de amor vendría a sufrir junto a Sus hijos, estaría dispuesto a morir por Sus hijos, y moriría si eso sirviera para ver a Sus hijos de nuevo. El islam no puede entender el sufrimiento y la muerte de Jesús porque no entiende el amor de Dios. En el islam, Alá solo nos ofrece una relación de servidumbre. Curiosamente, lo único que el hijo pródigo espera es ser aceptado como “jornalero” de su padre (Lucas 15:19). Pero Jesús dice: “Ya no os llamo siervos [...], os he llamado amigos” (Juan 15:15). Dios no solo es nuestro padre, sino que es nuestro amigo, nuestro hermano (Hebreos 2:11), nuestro amado (Cantar de los Cantares 5:2), nuestro novio (Isaías 62:5), nuestro esposo (Isaías 54:5). Es como la gallina que busca reunirnos bajo sus alas protectoras (Mateo 23:37). En el islam, decir que uno tiene una relación íntima y cercana con Alá es blasfemia, y en algunas partes del mundo el castigo por esa blasfemia puede ser muy severo. La Biblia muestra una y otra vez a través de un sinfín de metáforas que lo que Dios quiere es ofrecernos una relación de amor, intimidad y cercanía. Creo que es interesante que cuando pensamos en el intelecto de Dios, rápidamente reconocemos que debe ser mayor que cualquier intelecto humano. Pero cuando pensamos en el amor de Dios, rara vez pensamos que su amores más fuerte que el de un padre o una madre. ¿Por qué? ¿Es porque en lo más profundo hay algo que nos dice que no merecemos ese tipo de amor? Desde la perspectiva del cristianismo, nuestras mentes son minúsculas cuando las comparamos con la totalidad de todo lo que hay por conocer; del mismo modo, nuestra concepción del amor de Dios es minúscula en comparación con el amor sin par que ha derramado por nosotros. ¿Cómo deberíamos amar? Lo que creemos sobre el amor de Dios por nosotros es quizá la creencia más importante porque sentirnos o no sentirnos amados determinará la forma en la que amamos. Del mismo modo, la forma en la que amamos tendrá un impacto en cómo aman las personas que nos rodean y cómo aman las personas que les rodean a ellos; es decir, las consecuencias de cómo amamos tendrá un impacto más allá de lo que podamos ver, extendiéndose en el tiempo y el espacio. Por eso es crucial ver a quién dice tu dios que debes amar. Cuando era niño, mis amigos y mi familia eran casi Dios para mí, y nuestra actitud era: “Si alguien es bueno contigo, sé diez veces más bueno con ellos; pero si alguien te hace daño, hazles sufrir”. Ama a los que te aman, pero niega ese amor a los que están en tu contra. Culturalmente, muchos de nosotros éramos cristianos nominales: íbamos a la iglesia en Navidad y en Semana Santa, pero nuestra comprensión de la fe cristiana era casi inexistente. Aunque nosotros no lo sabíamos, nuestra forma de amar a los demás era más acorde con el islam que con el cristianismo. El Corán dice que hasta que la gente no crea en Alá, los musulmanes deben mostrar a los que no son musulmanes “enemistad y odio” (60:4). Los musulmanes creen en la doctrina de la abrogación, que dice que las enseñanzas tardías y más elaboradas de Mahoma tienen más peso que sus enseñanzas más tem- pranas.9 La sura 9, que fue escrita solo dos años antes de la muerte de Mahoma y por lo tanto contiene la visión definitiva del Corán, ordena a los musulmanes que ataquen y agredan a la gente para obligarles a someterse a Alá: “Matad a los idólatras dondequiera les halléis, capturadles, cercadles y tendedles emboscadas en todo lugar” (9:5); “Combatid a quienes [realmente] no creen en Alá ni en el Día del Juicio, no prohíben lo que Alá y Su Mensajero han prohibido, ni siguen la religión verdadera, al menos hasta que se sometan y paguen el tributo debido” (9:29); “Si no salís a combatir, Alá os infligirá un castigo doloroso y os sustituirá por otro pueblo” (9:39); “¡Oh, creyentes! Combatid a aquellos incrédulos que habitan alrededor vuestro, y que comprueben vuestra severidad” (9:123). Mahoma fue un ejemplo de sumisión a estos mandatos, pues estuvo involucrado en al menos veinticinco batallas durante los últimos diez años de su vida.10 Los mandatos definitivos del cristianismo son las palabras directas de Jesús: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mateo 5:44); “Haced bien a quienes os odian, bendecid a quienes os maldicen, orad por quienes os maltratan. Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien te quita la camisa, no le impidas que se lleve también la capa. Dale a todo el que te pida, y si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás tal y como queréis que ellos os traten a vosotros” (Lucas 6:27-31). La diferencia no podría ser más abismal. Lo que enfurecía a los líderes religiosos de la época era precisamente que Jesús amaba y pasaba tiempo con los que no vivían sometidos a Dios (Lucas 5:30; 7:34). Según Jesús, “¿Qué mérito tenéis al amar a quienes os aman? Aun los pecadores hacen así. ¿Y qué mérito tenéis al hacer bien a quienes os hacen bien? Aun los pecadores actúan así. ¿Y qué mérito tenéis al dar prestado a quienes pueden corresponderos? Aun los pecadores se prestan entre sí, esperando recibir el mismo trato. Vosotros, por el contrario, amad a vuestros enemigos, hacedles bien y dadles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendréis una gran recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. Sed compasivos, así como vuestro Padre es compasivo” (Lucas 6:32-36). Muchos musulmanes creen que serán recompensados por matar enemigos. Pero en el cristianismo, lo que merece recompensa es poner la vida de tus enemigos por encima de la tuya propia. En su campaña para las primarias para la presidencia de los Estados Unidos, el demócrata Bernie Sanders describió su visión sobre Dios de la siguiente manera: “Todo el mundo cree en la regla de oro, y a eso lo llamamos dios”. Este es el pluralismo del que he estado hablando, y no tiene ningún fundamento. La regla de oro dice “Tratad a los demás tal y como queréis que ellos os traten a vosotros”, y la mayoría de la gente no cree eso. Te aseguro que la cosmovisión secular en la que crecí no creía eso. El islam tampoco. Y muy poca gente la pone en práctica. La regla de oro fue algo totalmente único cuando Jesús la enseñó, y sigue siendo algo totalmente único hoy. Todos seguimos a un dios, sea sobrenatural o secular. ¿Qué piensa tu dios de los que están en su contra? ¿A quién te pide que ames? No existen otras dos preguntas tan cruciales para la raza humana. ¿A dónde vamos? El destino último nos dice mucho sobre la realidad presente. Puedes saber mucho sobre una persona fijándote en el destino al que se dirige. Piensa en la trayectoria de tu vida: la trayectoria de tu carácter, de tus valores morales, de tus elecciones, de tus ideales, de tus sueños, de tus relaciones. Haz una valoración honesta de cómo será esa trayectoria de aquí a diez, veinte, treinta años. ¿A dónde vas? Para bien o para mal, la respuesta a esa pregunta dice mucho de quiénes somos hoy. Del mismo modo, podemos saber mucho sobre la esencia de una cosmovisión fijándonos en lo que dice sobre el destino del ser humano. Esa es la razón por la que Ravi dice que “cuando empiezas una línea de pensamiento, es importante haber mirado el mapa para saber dónde acaba esa línea”. Cuando yo era joven, los eslóganes sobre el futuro más comunes eran los siguientes: “Tienes que poner un techo sobre tu cabeza y comida sobre la mesa”, “Solo se vive una vez”, “Puedes hacer todo lo que te propongas”, “Tú eres el dueño de tu destino”. Años después, abrí la Biblia y lo que encontré no podía ser más sorprendente: “El Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mateo 8:20), “Nos os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o beberéis” (Mateo 6:25), “Todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Juan 11:26), “Nosotros somos ciudadanos del cielo” (Filipenses 3:20), “Separados de mí no podéis hacer nada” (Juan 15:5), “El corazón humano genera muchos proyectos, pero al final prevalecen los designios del Señor” (Proverbios 19:21). De nuevo, el cristianismo y los valores seculares de mi juventud eran muy diferentes. E incluso cuando ya estaba convencido de que había un ser superior, las principales religiones decían cosas muy distintas sobre nuestro destino. “Todos los caminos llevan a Dios” es una frase tentadora. Encierra cierto positivismo. Pero en realidad el cristianismo es la única creencia que dice llevar a Dios.11 El destino cristiano es una relación íntima, vivificante y floreciente con Dios mismo: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado” (Juan 17:3). “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Básicamente, para un cristiano el cielo no es un lugar sino una persona; no es una recompensa sino una relación. La cristianización de la cultura occidental ha hecho que a veces creamos que el destino de otras creencias religiosas también es una relación íntima con Dios. Pero de hecho es una marca única del cristianismo. En el budismo y en algunas tradiciones del hinduismo, el objetivo del nirvana es el cese del yo y la eliminación del deseo, dos componentes esenciales para que se dé una relación personal. Según la tradición,la noche en que su hijo nació, Gautama Buda marchó buscando una vida de desapego de cualquier cosa o persona que pudiera causarle sufrimiento. Compáralo con Jesucristo, quien, buscando relacionarse con nosotros, hizo todo lo posible para apegarse a nuestro sufrimiento. De igual modo, el destino del islam tampoco es una relación con Alá. El paraíso del que se habla en el islam es un paraíso en el que Alá está prácticamente ausente.12 En cambio, el paraíso se describe como un lugar de placer carnal: vino, sexo, vírgenes siempre jóvenes, chicos adolescentes que sirven a los hombres (55:56-57, 70-78; 56:34-40). ¿No hemos probado ya ese paraíso, y no nos ha satisfecho? ¿Cuántas personas que han alcanzado la cúspide del placer terrenal han testificado que no es el paraíso, que en última instancia nuestra sed de una relación auténtica no puede satisfacerse con nada más? ¿Cómo llego hasta allá? Una de las características del cristianismo es que afirma llevarnos a Dios. Pero de hecho no es exactamente así. Si somos precisos, ni siquiera el cristianismo dice que nos lleva a encontrar a Dios. De hecho, afirma lo contrario. Afirma que Dios vino a encontrarnos a nosotros: “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). ¡Qué sorpresa descubrir de nuevo que la ideología de mi cultura estaba mucho más cerca del islam que del cristianismo! Yo aceptaba que “solo puedes fiarte de ti mismo”, que “en esta vida nada es gratis”, y que “tienes lo que mereces”. El islam afirma que, para las cosas más importantes de esta vida, no podemos confiar en nadie más que en nosotros. Si no cumples con los pilares del islam, nadie puede salvarte. En palabras del Corán, “Cada hombre es responsable de su suerte” (17:13), y “el ser humano solo obtendrá el fruto de sus esfuerzos” (53:38-39). “Nadie cargará con los pecados ajenos” (17:5). En otro lugar dice “Nadie cargará con la carga ajena. Y si alguien, abrumado por su carga, pide ayuda a otro, no se le ayudará nada, aunque sea pariente” (35:18). El día del juicio es “el día en que nadie podrá hacer nada en favor de nadie” (82:19). El budismo y el hinduismo coinciden aquí, pues afirman que la única forma de alcanzar la iluminación es a través del esfuerzo personal para encontrar las cuatro nobles verdades o para seguir el noble camino óctuple o para merecer un buen karma. En otras palabras, solo puedes alcanzar la iluminación en base a tus acciones. De nuevo, Jesús es único. Él nos dice: “Venid a mí todos vosotros que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso. Cargad con mi yugo y aprended de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestra alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana” (Mateo 11:28-30). Jesús se ofrece explícitamente a llevar nuestras cargas: “Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados” (1 Pedro 2:24). Por tanto, la salvación no es algo que ganamos sino un “regalo gratuito” (Romanos 6:23): “Porque por gracia habéis sido salvados mediante la fe; esto no procede de vosotros, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2:8-9). A diferencia de todos los demás sistemas religiosos, el Dios cristiano “no nos trata conforme a nuestros pecados ni nos paga según nuestras maldades” (Salmo 103:10). Así de grande es su amor. En el cristianismo, si vamos al lugar al que vamos no es gracias a lo que nosotros hacemos, sino gracias a lo que Dios ya ha hecho. Por esa razón, y a diferencia del islam, nuestro destino está asegurado. En el islam nunca sabes si has hecho suficiente. Aunque la balanza se decante a tu favor en el día final, la soberanía de Alá es tal que no está sujeta al resultado de la balanza. Ni siquiera el que obedece a Alá “debe sentirse seguro contra el castigo de su Señor” (70:28). En el Corán, incluso Mahoma dice lo siguiente: “Tampoco sé lo que será de mí o de vosotros” (46:9). El cristianismo promete salvación a aquellos que confían en Jesús. Al explicar cuál es la motivación que le lleva a escribir, uno de los autores bíblicos dice: “Os escribo estas cosas a vosotros, que creéis en el Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Del mismo modo, Pablo escribe: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9). Podría citar muchos otros versículos de la Biblia. Para Jesús, la seguridad de la salvación está en la línea de salida, mientras que para todos los demás solo se alcanza en la línea de llegada. Podemos tener esa seguridad porque en el cristianismo no necesitamos construirnos un techo para la eternidad. Cuando los discípulos de Jesús le dijeron que no conocían el camino a su destino final, él les respondió: “No os angustiéis. Confiad en Dios, confiad también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya os lo habría dicho. Voy a prepararos un lugar. Y si me voy y os lo preparo, vendré para llevaros conmigo. Así estaréis donde yo esté. Vosotros ya conocéis el camino para ir a donde yo voy” (Juan 14:1-4). Conocían el camino porque conocían a Jesús, y Él es el camino. En una ocasión, un taxista musulmán me dijo: “Me aterra el día del juicio. Eso es lo que te dirá cualquier musulmán”. Después de explicarle que en el cristianismo no tenemos miedo al día del juicio porque Jesús ya pagó por el castigo que merecían nuestras faltas, el taxista respondió visiblemente emocionado: “Es una bella historia. Ojalá fuera cierta”. En el cristianismo, Jesús concibió nuestro hogar eterno, lo compró, lo está preparando, y un día nos mudaremos porque nos llevará a vivir allí con Él. Él es el arquitecto, el comprador, el interiorista y la empresa de mudanzas. ¡Qué distinto a tener que conseguirnos un techo! Vamos a recibir mucho más de lo que merecemos y mucho más de lo que jamás hemos soñado. Volviendo a nuestro tema, ¿todos los caminos llevan a Dios? No. Ninguno lo hace. Algunos afirman poder llevarnos a algún tipo de recompensa o iluminación. Las cosmovisiones naturalistas dicen que en última instancia no vamos a ningún lado; lo que nos espera es la muerte de toda persona y la extinción de las especies. Tampoco el cristianismo afirma llevarnos a Dios; lo que afirma es que el amor de Dios le llevó a Él hacia nosotros. Cuando pensamos en esos temas que nos quitan el sueño —¿Alguien me ama de verdad? y ¿ Qué será de mí en el futuro?—, nos vemos obligados a elegir entre dos formas de ver el mundo totalmente distintas. ¿Tenemos que esforzarnos para ganar el amor de alguien o somos libres para disfrutar de un amor que no nos hemos ganado? ¿Los demás deben esforzarse por ganar nuestro amor o les amaremos de todos modos? ¿Nuestro futuro es incierto o está asegurado? Y, ¿ese futuro incluirá la relación que más deseamos? 2. Afirmaciones racionalmente equivalentes La fe es ciega Una segunda razón por la que algunos se ven tentados a pensar que todas o muchas cosmovisiones son igual de válidas es porque asumen que todas tienen una base intelectual equivalente. Quizá la razón más común por la que muchos piensan así es por la extendida idea de que la fe es lo opuesto a la razón; y que, por definición, la fe es ciega. Es decir, por un lado están las afirmaciones científicas e históricas respaldadas por las evidencias y los hechos y, por otro, las afirmaciones filosóficas sobre Dios, el significado, la moral, el amor y el destino, que no son más que un salto al vacío y por tanto todas ellas son igual de válidas o inválidas. No tengo aquí espacio suficiente para hablarte de muchas de las evidencias que me llevaron a la fe. Sin embargo, sí te puedo decir que concebir la fe como algo opuesto o en conflicto con la razón no tiene nada que ver con la comprensión cristiana de la fe. Claramente, si te lo tomas en serio e investigas, verás que la Biblia no entiende la fe así, y que los primeros seguidores de Jesús tampoco entendieron la fe así. Cuando empecé a investigar la fe cristiana comoestudiante de filosofía de la Universidad de Princeton, para mí el tema de las evidencias y la razón era extremadamente importante. Yo sabía que si la fe cristiana significaba “aparentar que sabes cosas que realmente no sabes”,13 aquello no era para mí. Pero cuando finalmente abrí la Biblia, eso no es lo que me encontré. Para mi asombro, descubrí que la Biblia alababa a la gente de Berea por sus elevados criterios intelectuales y decía que eran “de sentimientos más nobles que los de Tesalónica” no debido a su fe ciega sino porque “examinaban las Escrituras para ver si era verdad lo que se les anunciaba” (Hechos 17:11). Descubrí que la expresión que Jesús añadió al primer mandamiento judío —ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas— era que también debías amar a Dios “con toda tu mente” (Lucas 10:27). Descubrí que, según la Biblia, la transformación que se da en las personas cuando estas confían en Cristo no es fruto de la autosugestión o de una minimización de la razón, sino de “la renovación de vuestra mente” (Romanos 12:2). A medida que seguí leyendo, descubrí que los “hechos” de los seguidores de Jesús recogidos en el libro bíblico titulado Los Hechos de los Apóstoles incluían “razonar”, “argumentar”, “persuadir”, “examinar”, “debatir”, “dialogar”, “explicar”, “defender”, “refutar”, “convencer” e incluso “probar”. Sí, se usan todos esos conceptos, ¡y solo estoy hablando de uno de los libros! Además, la descripción más usada en el Nuevo Testamento para referirse a la conversión de alguien al cristianismo es que quedó “persuadido” o “convencido”. Si estás dispuesto a conocer las evidencias y la razonabilidad de la fe cristiana, como hicieron los primeros discípulos, descubrirás lo mismo que ellos descubrieron: que hay evidencias, y evidencias de peso. Quizá la evidencia más importante a favor de la fe cristiana es la resurrección. La Biblia dice que Dios ha dado “pruebas” a “todos”, y la forma en que lo ha hecho ha sido “levantando [a Jesús] de entre los muertos” (Hechos 17:31). Esa es una afirmación muy fuerte. Pero es una afirmación que se puede demostrar. Buda decía que miráramos la sabiduría de su enseñanza, pero esa es una medida muy subjetiva. Mahoma decía que miráramos la belleza y la elocuencia del Corán. Pero, de nuevo, ¿de qué forma pruebas que algo es bello o elocuente? Sin embargo, Jesús sí ofreció un elemento objetivo: “A los tres días resucitaré” (Mateo 27:63). Con una afirmación así te la juegas. Si las autoridades hubieran encontrado el cuerpo sin vida de Jesús, habrían demostrado que su afirmación era falsa. Pero nunca lo encontraron.14 Recuerdo de forma muy viva la etapa en la que investigué la fe cristiana por primera vez, cuando era estudiante en Princeton. Descubrir que había evidencias de peso que apuntaban a la resurrección milagrosa de Jesús fue algo que no esperaba. Nunca se me había pasado por la cabeza que podía haber argumentos racionales para defender tal afirmación. Fue una sorpresa descubrir que uno de los filósofos más influyentes y respetados de la segunda mitad del siglo XX, el profesor Richard Swinburne de la Universidad de Oxford, conocido sobre todo por su capacidad para evaluar evidencias, argumentaba en un libro publicado por la propia Universidad de Oxford que, en base a las evidencias históricas que tenemos hoy, hay un 97% de posibilidad de que Jesús resucitara milagrosamente de entre los muertos.15 Como no podía dejar de darle vueltas a aquel descubrimiento, pedí entrevistarme con los dos profesores de Nuevo Testamento más reconocidos de la universidad. No eran cristianos, por lo que pensé que, como expertos que eran en ese campo, podrían hablarme de teorías creíbles que pudieran explicar los datos que tenemos sin necesidad de apelar a una resurrección milagrosa. Uno de los profesores me dijo que estaba la teoría de la alucinación colectiva, pero sin demasiada convicción. Esa teoría presenta lagunas e incoherencias, por lo que la literatura especializada no le confiere ninguna credibilidad. El otro profesor me dijo que, como historiador, el tema simplemente no le interesaba. Según él, parecía ser que si empezabas a hablar de algo sobrenatural ya abandonabas el campo de la historia. Nunca he podido entender por qué pensaba así. Empecé a preguntarme si G. K. Chesterton no tendría razón: “El problema con el cristianismo no es que lo hayamos puesto a prueba y no haya salido airoso. El problema es que lo encontramos difícil, y no lo hemos puesto a prueba”.16 Si nunca has investigado las evidencias de la resurrección de Jesús, por favor, hazlo. Ninguna otra creencia o religión cuenta con evidencias como estas: evidencias basadas en los testimonios de testigos oculares, evidencias comprobadas por diversas personas, y evidencias públicas, es decir, que cualquier coetáneo podía comprobar. He podido estudiar a conciencia todas las evidencias tanto en Princeton como en Oxford, y lo que puedo decir es que cuanto más investigaba, más convencido estaba de la credibilidad de la resurrección. Muchas personas han oído una o dos supuestas evidencias en contra de Dios, y rápidamente han sacado una conclusión sin preocuparse de hacer una investigación a fondo. Pero lo que está en juego es demasiado importante como para coger atajos. Qué devastador sería estar un día ante Dios y tener que decirle: “Nunca tuve suficiente interés como para querer saber más sobre ti”. Si Dios nos creó, lo lógico es que se asegurara de que una búsqueda intelectual seria nos llevara hacia Él. Eso es precisamente lo que yo y muchas otras personas hemos descubierto, y lo que muchos buscadores honestos continúan descubriendo hoy. La fe es arrogante Otros cuestionan la validez de la fe cristiana no porque crean que la fe es ciega, sino porque piensan que afirmar que solo hay una cosmovisión válida es arrogante. Los cristianos no deberíamos tomarnos esta objeción a la ligera. Esta objeción debería preocuparnos, y mucho. Cuando les pregunto a mis estudiantes por qué mucha gente piensa que el cristianismo es arrogante, alguno siempre dirá: “Quizá han conocido a cristianos que actuaban de forma arrogante”. Primero hemos de fijarnos en la viga de nuestra propia conducta antes de fijarnos en la paja de la crítica de los demás. También hemos de estar dispuestos a pedir perdón, porque en el cristianismo no hay lugar para la arrogancia. El cristianismo te hace humilde de forma inherente. Según el cristianismo, cualquier verdad que tengamos el privilegio de conocer es porque Dios, por su gracia, la ha compartido por nosotros. No nos hemos ganado el derecho a conocerla; no lo merecemos. La generosidad de Dios hacia nosotros es nuestra única esperanza. Sin embargo, algunas personas tachan de arrogante una afirmación con demasiada rapidez. Una afirmación no es arrogante solo porque otros no estén de acuerdo con ella. Si la diversidad en el ámbito de la opinión religiosa hace que el cristianismo sea arrogante, ¿por qué no sacar la misma conclusión en el campo de la filosofía, la política o incluso la ciencia? En esos ámbitos, nadie pensaría que una afirmación es arrogante solo porque otros piensan diferente. Si pensáramos así, tendríamos que tachar casi todo el discurso filosófico y político, como también gran parte del discurso científico, de arrogante. Entonces, ¿por qué evaluamos las creencias religiosas con un criterio distinto? Además, si estar en desacuerdo con los demás fuera suficiente para tachar una afirmación de arrogante, entonces la afirmación “estar en desacuerdo con los demás es suficiente para tachar una afirmación de arrogante” sería arrogante en sí misma, ya que muchos están en desacuerdo con esa afirmación. De hecho, si miramos en todo el mundo y a través de la historia, hay mucha más gente que está en desacuerdo con esa afirmación que gente que la acepta. Lo mismo podría decirse de las afirmaciones del ateísmo, y también del pluralismo religioso. Incluso la posición agnóstica —aparentemente humilde porque afirmas que no conoces la verdad—sería arrogante, porque mucha gente (en realidad, la mayoría) no está de acuerdo con el agnosticismo. Todos hacemos afirmaciones convencidos de que son verdad, incluso si lo que afirmamos es que la verdad no existe. No podemos evitar pensar que algunas personas están equivocadas. Si pensamos que cualquier afirmación que pretende ser verdad es arrogante, se vuelve prácticamente imposible encontrar una afirmación que no sea arrogante. Pero quizás haya una preocupación más razonable detrás de la acusación de arrogancia. Busca un trozo de papel y dibuja un círculo. Imagina que ese círculo representa todo lo que se puede conocer, es decir, todo lo que conocería un ser omnisciente. Ahora dibuja un segundo círculo dentro del primer círculo que represente proporcionalmente el porcentaje de todo el conocimiento total que tú has llegado a alcanzar personalmente. Si consideramos la grandeza del universo y nuestra pequeñez, o la pequeñez del universo (piensa en la nanotecnología) y la grandeza del ser humano, ¿no es arrogante afirmar que conocemos la verdad? Aunque lo que ahora conoces apunta hacia una verdad concreta, todo aquello que no sabes tiene el potencial de cuestionar tu creencia actual. ¿Realmente es racional estar seguro de lo que crees? ¡Quizá la razón por la que todas las cosmovisiones tienen una base intelectual equivalente es porque ninguna de ellas puede justificarse intelectualmente! Dado el abismo que separa nuestras mentes finitas y la infinitud de lo que queda por conocer, quizá todas nuestras cosmovisiones son igualmente válidas porque son igual de inválidas. Puedo entender esta objeción. Aunque no podemos evitar hacer afirmaciones que creemos que son verdad, quizá es arrogante mostrarnos seguros de nuestras creencias si nuestro conocimiento es tan limitado. Las implicaciones de esta forma de pensar son aterradoras. Pensemos en nuestras creencias éticas, por ejemplo. Si no podemos estar seguros de ellas, ¿qué prácticas de las que ahora aprobamos y somos cómplices serán vistas como algo horrendo de aquí a quinientos años? ¿Y quién tendrá razón, ellos o nosotros? La pregunta en sí ya provoca escalofríos. Yo solo veo una salida a este dilema, solo veo una forma de no caer en el agujero negro de nuestro conocimiento limitado: que Dios entre en nuestro círculo para revelarnos y confirmarnos la verdad. Cualquier cosmovisión que confía en que nosotros, como seres humanos finitos, tenemos la capacidad de razonar la verdad tiene que enfrentarse a esta objeción. Las únicas cosmovisiones que pueden evitar esta objeción son las cosmovisiones que han sido reveladas a la humanidad por Alguien que sabe mucho más que nosotros, Alguien que sabe tanto que ha determinado el tamaño y la complejidad del universo y por eso no se ve limitado por él, Alguien cuyo círculo de conocimiento es tan grande que el universo entero cabe dentro de él. A menudo, la cultura secular se burla y ridiculiza la idea de revelación divina. Pero toda crítica que no presenta una alternativa está vacía. Con frecuencia, hoy se desestima la ética bíblica. Pero, ¿en favor de qué? ¿De la ética actual? ¿De la ética del mañana? ¿De la ética de mi cultura? ¿De la ética de tu cultura? Solo la revelación puede dar estabilidad y fiabilidad a nuestro conocimiento. O bien tenemos conocimiento por medio de la revelación, o tenemos un serio problema epistemológico y estamos atrapados por la arrogancia de pensar que de algún modo nosotros, en nuestro pequeño rincón del universo, en nuestro pequeño periodo histórico, hemos logrado descubrir la verdad sobre las grandes preguntas de la vida. Solo hay dos opciones: una ignorancia enorme o un Dios enorme. Irónicamente, aunque hemos de tomar en serio cualquier acusación de arrogancia religiosa, la fe en Dios es la única forma de evitar que nos acusen de eso. Solo el Dios que se revela puede librarnos de mostrarnos arrogantes ante las grandes preguntas de la vida. 3. Impacto equivalente En tercer lugar, otra idea equivocada que puede hacernos pensar que “todos los caminos son igual de válidos” es la suposición de que el resultado en términos prácticos de las principales cosmovisiones es básicamente el mismo. No hace mucho participé en un debate con un filósofo ateo, y una de las preguntas que nos hicieron era cómo nos ayudaba de forma práctica nuestra cosmovisión a lidiar con el sufrimiento personal. Mi interlocutor dijo que él no creía que el cristianismo ofreciera más que el ateísmo en este aspecto. Después de todo, dijo, si vas a un funeral, da igual que sea un funeral cristiano o un funeral ateo: todo el mundo está desolado.17 Yo no podía estar más en desacuerdo. El último funeral al que asistí era un funeral cristiano. Fue una celebración de la vida que habíamos visto y de la vida que está por venir. Y no fueron solo meras palabras. Fue una expresión profunda y auténtica. El hermano del difunto invitó a los asistentes a aplaudir unos instantes como muestra de aprecio por la vida de su hermano y, ante su asombro, todas las personas que llenaban aquella pequeña y elegante iglesia se subieron a los bancos y empezaron a gritar y a silbar con más fuerza y más gozo que en ningún evento deportivo en el que he estado. Los aplausos y los gritos de alegría continuaron, como extendiéndose y abrazando la eternidad, hasta que los rostros de todos los asistentes se cubrieron de lágrimas de alegría —¡tendrías que haber visto aquellos rostros radiantes!— y toda la sala se llenó de esperanza. Uno de los mayores privilegios que he tenido en esta vida ha sido ver y participar de esta verdadera despedida. Estoy hablando de un hombre que no llegó a los cuarenta. Me encantaría que hubieras podido estar allí. Recuerdo que pensé: Si aquel filósofo ateo pudiera ver esto, no tendría más opción que retractarse de sus palabras. Recientemente, un universitario de la Universidad Estatal de Portland me dijo: “Creo que todos los seres humanos tenemos un anhelo profundo de paz, y creo que eso apunta a que hay algo que puede satisfacer ese anhelo, de la misma forma que el hambre apunta a que existe la comida”. Hasta ahí yo estaba de acuerdo. Pero luego concluyó: “Así que creo que es buena idea creer en algo, sea lo que sea”. Este chico creía que la respuesta de cada una de las cosmovisiones a esa necesidad humana universal sería más o menos equivalente, que el resultado práctico sería básicamente el mismo. Pero eso no es verdad. No sirve cualquier cosmovisión antigua. No sirve cualquier dios antiguo. Los antiguos dioses griegos se relacionaban con la humanidad de forma caprichosa, y podían tanto traer paz como provocar ansiedad. Alá no trae paz sino miedo a su juicio. La indiferencia de un dios teísta tampoco ofrece paz. Aquellos que han triunfado adorando al sexo y al dinero nos avisan de que esos dioses no traen paz. Mucha gente nunca le ha dicho “sí” a Dios porque nunca les han hablado de un Dios que sí puede traer paz. El año pasado a Ariel, una de mis estudiantes, le diagnosticaron cavernoma (una anomalía que provoca que los vasos sanguíneos del cerebro tiendan a tener hemorragias). Le dijeron que volvería a tener hemorragias, y que tenía dos opciones: o someterse a una cirugía que, en el mejor de los casos, la dejaría severamente incapacitada, o no hacer nada y seguir viviendo con una esperanza de vida de menos de cinco años. Ariel tiene veintitrés años. La semana después de recibir aquellas noticias, Ariel vino a clase para informar a sus compañeros, que se habían convertido en buenos amigos. Les explicó su enfermedad detalladamente y con un aplomo increíble, a la vez que les animaba sonriendo constantemente y haciendo bromas. Después nos contó que, mientras procesaba todo aquello, había habido tres cosas que la habían confortado. “Primero”, nos dijo, “Dios tiene buenos planes para mi vida, y creo que no me llevará con Él hasta que Sus propósitos para mi vida se hayan cumplido”. Luego continuó diciendo: “Jesús sabía lo que significaba que te quedaran pocos años de vida para tener un impacto enesta tierra, y aun así dijo ‘mi tiempo aún no ha llegado’ (Juan 7:8) y vio cada día como un día para servir a Dios y servir a los demás”. Y por último, concluyó: “¿Sabéis? Mi enfermedad me ha hecho ser más consciente de que mi cuerpo se va a ir debilitando, y que podría morir en cualquier momento. Pero en realidad eso no me hace distinta a los demás. Eso os va a pasar a cada uno de vosotros. Quizá yo soy más consciente ahora, pero cada uno de nosotros tiene que hacerse la pregunta de cómo va a vivir, dado que hoy podría ser nuestro último día”. Tuve el privilegio de entrevistar a Ariel sobre lo que estaba viviendo cuando aún se estaba recuperando de la contusión que dio lugar al diagnóstico. Llevaba gafas de sol para protegerse de la luz, pues esta le provocaba un fuerte dolor en los ojos. Me contó que un día, mientras se miraba al espejo para comprobar la movilidad limitada de su lado derecho, pensó: ¿Me voy a quedar así? ¿Esto es todo lo sana que voy a estar? ¿Esto es todo lo fuerte que voy a estar? ¿Esto es todo lo guapa que voy a estar? Pero luego me habló de la paz que vino sobre ella cuando recordó la respuesta a todas esas preguntas: “No. Rotundamente no”. Ariel siguió hablando del gozo de saber que un día su cuerpo podrá hacer más de lo que nunca ha hecho. Sé que le encanta hacer snowboard, así que le pregunté si creía que existiría el snowboard en la vida por venir. Ojalá hubierais oído la confianza y la convicción con la que respondió: “¡No lo dudes! ¡Y el fútbol también!”. Y ojalá hubierais visto la sonrisa radiante que se dibujó en su cara cuando lo dijo. El filósofo ateo con el que debatí estaba equivocado. La fe cristiana no solo consiste en creer en un conjunto de ideas nuevas. Es una relación real, personal y vivificante con el “Príncipe de paz” (Isaías 9:6) y eso lo cambia todo: aun en medio de lo peor que esta vida nos pueda deparar, podemos experimentar una fuerza y un consuelo tangibles y tener la esperanza de que no nos dirigimos a la muerte sino a una vida mucho mejor. Tres buenos deseos Al pensar en una cosmovisión con la que no estamos de acuerdo, aunque es importante identificar aquello que debemos negar, a menudo es más importante identificar aquello que podemos afirmar. Todas las cosmovisiones buscan explicar los deseos del ser humano y explorar si la realidad existente podrá satisfacerlos. Normalmente esos deseos son buenos, al menos antes de corromperse. Con frecuencia el problema no son los deseos en sí, sino el hecho de que nos conformamos con una satisfacción meramente parcial. Como dijo C. S. Lewis, somos “como un niño ignorante que quiere seguir haciendo pasteles de barro en un charco porque es incapaz de imaginar lo que significa la oferta de unas vacaciones junto al mar”.18 Eso significa que aun cuando tengamos que rechazar un “ismo”, probablemente tengamos que seguir respaldando e incentivando la motivación detrás de ese “ismo”. En mi opinión, hay al menos tres buenos deseos provenientes de Dios que el pluralismo solo satisface de forma parcial y distorsionada. 1. Valor equivalente El peligro del desacuerdo En primer lugar, muchos de nosotros sentimos en nuestro interior, al menos en nuestros mejores días, que debemos comprometernos con la idea de que todas las personas tienen el mismo valor. Por tanto, ¿no deberíamos evitar decir que nuestra verdad es la que vale? ¿Estar en desacuerdo no lleva al menosprecio, que a su vez lleva a la intolerancia, y que a su vez lleva a la violencia? Es bueno que eso nos preocupe. De hecho, esa progresión es una realidad que podemos ver casi a diario en las noticias que nos llegan de distintas partes del mundo y de nuestro propio país. Y, ¿no es la religión la raíz del problema? La religión te lleva a creer en algo de forma fanática y a mostrar tu desacuerdo de forma vehemente, y el resultado es que acabas despreciando a los que no piensan como tú. Cuentan que una vez Gandhi intentó entrar a una iglesia, pero que le denegaron la entrada y le dirigieron unas palabras racistas. Teniendo en cuenta esa experiencia, la cita del filósofo indio Bara Dada, que a menudo se atribuye al propio Gandhi, es una reacción totalmente comprensible: “Jesús es ideal y maravilloso, pero los cristianos no sois como Él”.19 He oído esta historia varias veces, y cada vez que la oigo, me vienen a la mente cosas que he hecho que probablemente han alejado a la gente de la fe cristiana, momentos en los que no he vivido la vida de amor y de valentía moral a la que Jesús me ha llamado. Así que, por un lado, comprendo y lamento esta objeción. Felizmente, muchos hemos conocido comunidades cristianas cuya generosa acogida y cuyo amor entregado han superado con creces lo que anhelábamos encontrar. Comunidades sanadoras a las que puedes llamar “mi familia” y “mi casa”. Cuando algo como la religión produce maldad, la tentación es rechazarla de inmediato. Pero a menudo, que algo tenga la capacidad de producir mucha maldad significa que también tiene la capacidad de producir mucho bien. Y no tenemos por qué concluir que esa cosa en cuestión es mala, sino que es poderosa, y que deberíamos hacer todo lo que esté en nuestras manos para que ese poder se use para bien. Por ejemplo, los padres de un niño pueden ser la fuerza que más nutra, que más capacite y que más gozo dé a ese niño. Pero precisamente por esa poderosa conexión entre los padres y el niño, los padres también pueden ser una fuerza destructora. Podríamos decir lo mismo del fuerte vínculo que se da en el matrimonio y de las numerosas formas de abuso que se dan dentro de él. Otro ejemplo: la división del átomo nos ofreció una nueva comprensión del universo, la posibilidad de aumentar nuestro poder tecnológico, y un nuevo y potente combustible alternativo. Pero esa misma tecnología también nos dio la capacidad de destruir muchas vidas. Cuando hay poder, también existe el potencial de bendecir o maldecir. Entonces, si nos deshacemos de la religión, ¿no deberíamos también deshacernos del matrimonio, la familia y la investigación científica? Por tanto, si el cristianismo parece ser la raíz tanto de nuestro servicio altruista como de nuestro odio y avaricia, quizá es porque al acercarnos a Dios nos acercamos a la fuente de poder. Y si a menudo hemos usado ese poder para fines egoístas, quizá eso dice más sobre el estado de nuestros corazones que sobre la fuente del poder. Entonces, ¿qué nos dice sobre el cristianismo el legado contradictorio que nos ha dejado la comunidad cristiana? Se han hecho atrocidades en nombre del cristianismo. Pero también en nombre del ateísmo. Si algo nos ha enseñado el siglo XX es que deshacernos de la religión no es la solución. El siglo XX ha sido el siglo más sangriento de la historia, y los autores de las peores atrocidades (Hitler, Stalin, Lenin, Mussolini y Mao) las justificaron basándose en filosofías ateas. Los ateos no querrían ser juzgados en base a las atrocidades que se han hecho en nombre del ateísmo al igual que los cristianos no quieren ser juzgados en base a las atrocidades hechas en nombre del cristianismo. Solo porque alguien hace algo en nombre de algo no significa que sea una representación fiel de ese algo. Así que debemos preguntarnos: ¿Qué es el verdadero cristianismo, y cuáles son sus consecuencias? La violencia en nombre de Dios es totalmente contraria a la enseñanza de Jesús de amar a nuestros enemigos, orar por los que nos persiguen y poner la otra mejilla. La única vez que alguien sacó una espada en presencia de Jesús en nombre de la religión, el maestro reprendió a Pedro: “Guarda tu espada, porque los que a hierro matan, a hierro mueren” (Mateo 26:52). No es una coincidencia que lo que Pedro hace con la espada, antes de la reprimenda de Jesús, sea cortar una oreja. La violencia no solo es inherentemente contraria al mensaje cristiano, sino que consigue que ante dicho mensaje la gente haga oídos sordos.20 Si algo caracteriza la vida que Jesús vivió, la vida que los cristianos debemos imitar, es que valoró, dedicó su tiempo y sepreocupó por aquellos que eran diferentes y por los marginados en aquella sociedad: extranjeros, mujeres, adúlteras o recaudadores de impuestos; se preocupó incluso por aquellos que lo asesinaron. Desde la cruz miró a aquellos que lo habían perseguido, y las palabras que salieron de su boca fueron “Padre, perdónalos” (Lucas 23:34). El cristianismo proclama que incluso cuando alguien te persigue, la respuesta cristiana —ciertamente, la respuesta de Cristo— es valorar, amar y perdonar. A veces la religión ha sido causa de violencia. Algunos líderes religiosos han sido causa de violencia. Pero Jesús no. Y lo que yo y los verdaderos cristianos seguimos no es una religión o una institución o una serie de normas, sino a Jesús mismo. Hay un juego infantil llamado “pasa el paquete” en el que los niños se pasan un regalo que está guardado en una caja y envuelto con muchas capas. En cada capa hay un pequeño regalo, normalmente una golosina. Los niños se pasan el regalo mientras suena música, y cuando la música para, el niño que tenga el regalo desenvuelve una capa. Todos los niños esperan que cuando la música se detenga, la capa que les toque quitar sea la última y puedan destapar el regalo principal. Imagina que un niño piensa que ha llegado al regalo principal, pero realmente no es así. Retira la capa de papel y piensa que le han dado una caja con una triste golosina, ¡y encima una golosina que ni siquiera le gusta! Probablemente tire la caja y nunca sabrá que en su interior había algo mucho más valioso. Si presentamos objeciones al cristianismo, asegurémonos de no quedarnos en las capas exteriores. Podemos ponerlas a un lado mientras seguimos buscando el regalo principal. Reconocemos que algunos cristianos, o más bien aquellos que erróneamente se consideran cristianos, han actuado de forma vergonzosa. Pero no por ello tiramos el paquete entero. El regalo central del mensaje cristiano nunca ha sido la afirmación de que los cristianos serán personas moralmente perfectas. El verdadero regalo es la afirmación de que Jesús de Nazaret murió voluntariamente en nuestro lugar y resucitó venciendo a la muerte. Y ni las acciones de los cristianos del siglo X ni del siglo XXI pueden poner en entredicho las acciones de Cristo en el siglo I.21 La preocupación del verdadero cristianismo Puedes conocer a un árbol por su fruto (Mateo 7:17). Y cuando te fijas en el fruto del cristianismo auténtico, el cristianismo que sigue a Jesús, descubres un árbol muy bueno. En 2008, el periodista ateo Matthew Parris escribió en The Times sobre “la enorme contribución que la evange- lización cristiana hace en África: marcadamente distinta de la labor de las ONG seculares, los proyectos gubernamentales y los esfuerzos de la ayuda internacional. [...] En África, el cristianismo cambia el corazón de las personas. Da lugar a una transformación espiritual. El nuevo nacimiento es real. El cambio es bueno”. Y, de forma sorprendente, Parris concluyó: “Como ateo, realmente creo que África necesita a Dios”.22 Reflexionando sobre los dos últimos siglos de historia de EE.UU., el filósofo de Princeton Jeffrey Stout, ateo y anterior presidente de la Academia Estadounidense de Religión, nos recuerda que muchas de las grandes victorias sociales de ese periodo —la abolición de la esclavitud, el voto femenino, los avances en derechos civiles en la década de 1960— no habrían sido posibles sin la ayuda de ciudadanos cristianos que actuaron motivados por sus convicciones cristianas.23 Y eso lleva a Stout a hablar de lo que él llama “la necedad del laicismo”.24 Si los laicistas logran minimizar la influencia religiosa en la vida pública, les será mucho más difícil conseguir muchos de sus propios objetivos porque la historia demuestra que la mayor parte de los mejores avances sociales en EE.UU. salieron adelante por el apoyo de cristianos motivados por sus creencias. Si nos remontamos aún más atrás en el tiempo, lo que hizo que el cristianismo auténtico se extendiera fue precisamente su buen fruto. La iglesia primitiva tuvo un papel principal en la lucha contra la pobreza. Su implicación era tal que el emperador Juliano el Apóstata, fiero perseguidor de los cristianos, escribió una carta en la que se quejaba de que a pesar de todos sus esfuerzos no podía evitar que la iglesia creciera, y exclamaba: ¿Por qué entonces [...] no observamos cómo han ayudado a los infieles, sobre todo con la filantropía con la que tratan a los extranjeros, el cuidado con el que entierran a los muertos, y la sobriedad con la que fingen vivir? [...] Es vergonzoso que no haya ni un solo mendigo judío y que los impíos galileos ayuden a nuestros pobres además de ayudar a los suyos, porque parece que nosotros hemos abandonado a los nuestros [...] Por tanto, no dejemos que otros nos ganen a buenas obras. No dejemos que esos perezosos nos hagan caer en descrédito.25 Quizá lo más llamativo era la forma en la que los cristianos cuidaban a los enfermos. Durante las plagas de los primeros siglos, como por ejemplo la peste antonina (165-180 d. C.) y la epidemia de Cipriano (250-270 d. C.), a los enfermos los abandonaban en la calle hasta que morían, los médicos huían a las colinas y “nadie hacía por los demás lo que a él mismo le gustaría que le hicieran si cayera enfermo”.26 De entre los supervivientes, muchos le debían la vida a algún cristiano. Estadísticamente hablando, tenías más probabilidades de sobrevivir si conocías a algún cristiano porque muchos de ellos, siguiendo el ejemplo de Cristo, fueron los únicos que estuvieron dispuestos a quedarse en las ciudades arriesgando sus vidas para unirse a los que sufrían. Y eso a pesar de que acusaron a los cristianos de ser los causantes de la epidemia de Cipriano y de que esta empezó en tiempos de la persecución del emperador Decio, cuando forzaban a los cristianos a rendir culto a los dioses romanos y al emperador bajo pena de muerte. El obispo Dionisio, obispo de Alejandría en aquel entonces, recoge lo siguiente: La mayoría de nuestros hermanos cristianos mostraron una lealtad y un amor ilimitados, pues no pensaron en sí mismos, sino que pensaron solo en los demás. A pesar del peligro, se encargaron de los enfermos atendiendo sus necesidades y siendo como Cristo, y partieron con ellos de esta vida con serena felicidad; porque quedaron infectados, contrayendo la enfermedad y aceptando gozosamente el dolor de sus vecinos. Muchos, al atender y tratar a los demás, tomaron la muerte de otros sobre sí y murieron en su lugar.27 Si damos un salto de ochocientos años y leemos los relatos de los médicos misioneros que han ido al África occidental, veremos que el fruto de la fe cristiana sigue siendo el mismo. Por eso en 2014 la revista Time nombró “Persona del año” a los médicos misioneros que lucharon contra el ébola.28 La vindicación del valor La experiencia nos ha enseñado que el desacuerdo puede llevar al menosprecio, el menosprecio a la intolerancia, y la intolerancia a la violencia. Por ello, preocupados, nos preguntamos: ¿Debemos cortar esta secuencia de raíz? Si adoptamos el pluralismo (a pesar de sus incoherencias) y por tanto nos negamos a disentir, entonces evitaremos que se dé esta insidiosa secuencia. Pero, obviamente, si nos negamos a disentir estamos en desacuerdo con aquellos que defienden el derecho a disentir. Por más que lo intentemos, el desacuerdo no va a desaparecer; es inseparable del debate riguroso y por tanto de una sociedad libre y plena. El problema no es estar en desacuerdo, sino que hemos perdido la habilidad de hacerlo bien. Si queremos recuperar esa habilidad, necesitaremos una cosmovisión que sea inflexible con el desacuerdo que lleva al menosprecio, y que a su vez lleva a infravalorar al otro. (En el capítulo 8 dedicaremos más espacio a considerar la naturaleza contracultural de la discrepancia de los cristianos). El cristianismo es esa cosmovisión. Para que todas las personas tengan el mismo valor, todas deben tener algo que sea igualmente verdadero y que además no pueda cambiar. ¿Quépuede ser ese “algo”? Las respuestas naturalistas a esta pregunta no sirven porque todos tenemos talentos naturales y legados distintos. Algunas personas son menos inteligentes que otras, menos sanas, menos útiles para la sociedad, menos atractivas, menos ricas, menos capaces de pasar sus genes, menos morales. Aunque hoy salgamos bien parados al medirnos según ese abanico de características, un día eso cambiará. Envejeceremos, nos debilitaremos y nuestro valor económico fluctuará. Moralmente, nos faltará coherencia. Físicamente, cada uno de los átomos de nuestro cuerpo podría ser diferente de aquí a siete años. ¿Quiénes somos si todo lo que nos caracteriza solo es temporal y cambiante? Desde cualquier perspectiva naturalista, el valor del ser humano es efímero y graduable, por lo que algunos acaban siendo menos valiosos que otros.29 ¿Qué elemento es igualmente verdadero para todos los seres humanos y siempre está presente, y por lo tanto hace que todas las personas tengan el mismo valor y justifica la universalidad y la inalienabilidad de los derechos humanos? Solo el amor de Dios. El amor de Dios es la única cosa que es igual para cada individuo. El amor de Dios es la única cosa que no cambiará y que el ser humano no puede perder. Aquí volvemos a la imagen de Dios como padre, imagen que encontramos en la Biblia; porque un padre bueno ama a sus hijos por igual, de forma incansable e incondicional. Tú no tienes valor porque puedes pasar tus genes; tú tienes valor porque antes de que tus genes se unieran, Dios ya te había amado y te había escogido. Dios no solo valora a los que sobreviven por ser los más fuertes: Él dio su vida por los más débiles. La medida del valor humano no es biológica, intelectual, económica, moral o estética: es personal. Lo que nos confiere valor es el amor de un Dios personal. Aunque nos preocupen los peligros de la discrepancia, la discrepancia es inevitable. Es parte de vivir una vida plena, una vida donde la gente tiene libertad de expresión. Lo que necesitamos no es prohibir el derecho a disentir, sino un amor lo suficientemente grande que nos inspire a discrepar sin infravalorar. Y a mí solo se me ocurre una opción, la misma opción que menciona el filósofo ateo Jürgen Habermas: El igualitarismo universalista —del que brotaron los ideales de la libertad y una vida colectiva marcada por la solidaridad, la vida autónoma y la emancipación, la moralidad individual de la conciencia, los derechos humanos y la democracia— es legado directo de la ética judaica de la justicia y de la ética cristiana del amor. Este legado, que mantiene su esencia, ha sido objeto de una apropiación y una reinterpretación crítica y continua. A día de hoy, yo no veo otra alternativa.30 2. Oportunidades equivalentes Una segunda motivación del pluralismo que merece la pena afirmar es el deseo de que la gente tenga igualdad de acceso a la verdad o las mismas oportunidades de conocer la verdad. En el fondo, es un deseo de justicia. Pero en una era pluralista, en la que hay tantas verdades y en la que la gente está expuesta a verdades tan distintas, es tentador pensar que la forma de ser justo con todo el mundo es aceptar todos los puntos de vista como igualmente válidos. Eso hace que la gente rechace las afirmaciones absolutas del cristianismo, en concreto las palabras de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí” (Juan 14:6). ¿Cómo puede afirmar el cristianismo que “no hay otro nombre mediante el cual podemos ser salvos” (Hechos 4:12) si hay tanta gente que nunca ha oído el nombre de Jesús? Y la gente objeta: “Claro, tú crees eso por el lugar y la época en la que has nacido”. Sin embargo, en cierto sentido el pluralismo es una de las cosmovisiones más injustas porque muy poca gente en el mundo y a lo largo de la historia ha estado expuesta al pluralismo o es psicológicamente capaz de creer en él. Para creer en el pluralismo, presumiblemente tendrías que haber nacido el siglo pasado en un país rico, lo que a fin de cuentas es una ubicación espaciotemporal extremadamente reducida. Eso nos lleva a lo que podríamos llamar el absolutismo o quizá el etnocentrismo del pluralismo y, de hecho, también del ateísmo y del agnosticismo. Normalmente se acusa a los cristianos de exclusivismo o etnocentrismo porque dicen tener un conocimiento privilegiado de una verdad objetiva y universal, y les da igual (supuestamente) que muchas personas estén en desacuerdo con ellos. Pero que esta objeción venga de un ateo, un agnóstico o un pluralista es una completa ironía, porque habría que acusarles a todos ellos de lo mismo, ¡y con más razón! Aquellos que, en un intento de ser inclusivos, dicen que “todos los puntos de vista son válidos” están excluyendo a la gran mayoría de la población mundial que dice que muchos puntos de vista son profundamente erróneos. Resulta que el inclusivismo es una afirmación altamente exclusivista y que el cristianismo es más inclusivo que el inclusivismo. Dicho de otro modo, ¡los llamados inclusivistas excluyen a muchos más que los llamados exclusivistas! Veamos un ejemplo. Imagina que estás en el programa de televisión ¿Quién quiere ser millonario? y que te toca una pregunta que no sabes cómo contestar. Te juegas un montón de dinero y decides optar por el “comodín del público”. Y el 98% del público dice que deberías escoger la opción “A”. Pero crees que tienes un buen presentimiento y escoges la opción “C”. Al día siguiente, todos los periódicos se burlarán de tu irracionalidad. Pero eso es exactamente lo que hace el que adopta el ateísmo, el agnosticismo o el pluralismo. Lo que está diciendo es que unos cuantos países del norte de Europa en el siglo XXI tienen razón, mientras que todos los demás, no solo en la actualidad sino a lo largo de toda la historia, están equivocados. Una perspectiva global e histórica, por ínfima que sea, demuestra que considerar el ateísmo, el pluralismo y el agnosticismo como posicionamientos minoritarios es quedarse extremadamente corto. Casi todos los grandes pensadores de la historia han creído que existen uno o más dioses y que algunas cosmovisiones relacionadas con los dioses son acertadas y otras son erróneas. Desde que el ser humano empezó a hacerse preguntas, estas creencias han sido casi universales entre aquellos que las han considerado detenidamente. Una creencia no es errónea solo porque otros piensen diferente. No obstante, si casi todo el mundo piensa lo mismo, eso debe tomarse en consideración. Según la reconocida filósofa Linda Zagzebski, este consensus gentium (consenso de las naciones) es un argumento de peso a favor del teísmo.31 Sin embargo, uno podría objetar que en ¿Quién quiere ser millonario? normalmente solo nos interesa consultar a un público moderno. Si nos sale una pregunta científica, por ejemplo, no nos interesará lo que la gente ha pensado a lo largo de la historia. Con todo, con relación a la pregunta sobre la existencia de Dios, a día de hoy sigue habiendo más teístas que ateos y, según muchos expertos —entre ellos el destacado sociólogo Peter Berger— no hay razón para pensar que eso va a cambiar: Cuando empecé a estudiar la sociología de la religión, casi todo el mundo en ese campo creía en la teoría de la secularización, cuya tesis dice que la modernidad lleva a un declive de la religión. Cuanta más modernidad, menos religión. [...] Yo cambié de opinión; no porque cambiara de perspectiva religiosa o filosófica, sino simplemente porque llegué a la conclusión de que las evidencias no respaldaban esa tesis. Y no fui el único. Casi todos los expertos llegaron a la misma conclusión. [...] Contrariamente a lo que afirma esa teoría [...], si observas el mundo contemporáneo es imposible describirlo como secular. La situación real es que la mayor parte del mundo es tan religioso como lo ha sido siempre. En muchos lugares del mundo la religión está en auge. [...] De hecho, podemos decir que en los últimos treinta o cuarenta años las principales tradiciones religiosas han experimentadoun periodo de resurgimiento. El hinduismo, el budismo o el judaísmo, por nombrar algunas; todo menos secularización.32 Incluso el “público moderno” seguirá apuntando de forma casi unánime a Dios. Es más, solo deberíamos confiar en un público moderno si la modernidad ha ofrecido nuevas evidencias sobre Dios a las que la gente de generaciones anteriores no tenía acceso. ¿Cuál es esa nueva evidencia que supuestamente apunta en contra de Dios? ¿Es una evidencia científica? En el capítulo 3 ya he demostrado que no. ¿Será que gracias al progreso moral estamos en mejor posición de opinar? Las tragedias morales del siglo XX dejan bien claro que no lo estamos. Otra objeción afirma que cuando recurrimos al público, este no apunta a Dios sino a un amplio abanico de dioses que refleja las distintas religiones del mundo. Es cierto, pero ese público muestra que muchos están de acuerdo en que tiene que haber algo inteligente, poderoso y sobrenatural que pueda explicar el universo. Así que ese debería ser nuestro punto de partida. Si en un juicio los testigos no se ponen de acuerdo en quién era la persona que vieron, pero todos aseguran que vieron a alguien, no dirás que no vieron a nadie simplemente porque no se ponen de acuerdo sobre quién es la persona que vieron. Aceptarás que vieron a alguien y continuarás buscando evidencias para descubrir a quién vieron. Eso es justamente lo que estoy defendiendo. Puede que el acceso al pluralismo, al ateísmo y al agnosticismo esté distribuido de forma injusta o desigual, pero eso no es suficiente para demostrar que el acceso al cristianismo no es injusto y desigual. Cuando hablamos del cristianismo, ¿está justificada la crítica de que el acceso a la verdad es injusto y desigual? El punto de partida para responder a esta pregunta desde la perspectiva cristiana es la creencia en un Dios de amor y todopoderoso, en un Dios que desea que todas las personas lleguen a conocer y a abrazar la verdad. La Biblia es clara: Dios “quiere que todos sean salvos” (1 Timoteo 2:4) y “no quiere que nadie perezca” (2 Pedro 3:9). Escogió de forma especial a Israel, pero la razón por la que lo escogió no fue para que fuese su favorito, sino para que llevase el mensaje de Dios al resto del mundo. Tal y como dijo a Abraham, “todas las naciones del mundo serán bendecidas por medio de tu descendencia” (Génesis 22:18). A continuación podemos observar la vida de Jesús. Cuando nace, su identidad es revelada de forma sobrenatural a unos magos: unos astrólogos extranjeros que debían adorar a dioses extranjeros. Dios tomó lo que ellos conocían (las estrellas) y lo que tenían (elementos de magia — oro, incienso y mirra—) y por Su gracia usó todo eso para llevarles a la verdad. Y al final de su vida Jesús les ruega a sus discípulos: “Id y haced discípulos de todas las naciones” (Mateo 28:19). El principio y el final de la vida de Jesús nos hablan del compromiso de Dios con aquellos que de forma natural no oirían de Él. Como en todo buen libro, la introducción y la conclusión apuntan a la historia central del mismo: en este caso, la vida de Jesús, que una y otra vez sorprendió tanto a amigos como a enemigos porque nunca discriminó a nadie por ser extranjero, estúpido, discapacitado o inmoral. Aunque no sé exactamente cómo se asegura Dios de que todo el mundo tenga acceso a la verdad, la vida de Jesús me confirma que se ha comprometido a llegar a todas las personas. Acepto la objeción de que parece que algunas personas tienen menos oportunidades, pero es que Dios también la acepta. De hecho, esa es Su objeción. Él ha iniciado una comunidad, la iglesia, con el objetivo expreso de llevar las buenas noticias hasta lo último de la tierra. Él dice de forma explícita que Su deseo no es que la gente solo crea en función del lugar en el que nace. Cuando los cristianos tratan a las personas injustamente no amándolas lo suficiente como para compartir con ellas el mensaje de Dios, el más decepcionado y el que más se opone es Dios mismo. Pero afortunadamente, Dios llega allá donde nosotros no llegamos. No podemos remontarnos en el tiempo para hablar con los que vivieron antes que Jesús, pero podemos estar seguros de que Dios dará a aquellos que nunca supieron de Jesús la oportunidad de conocerle y aceptarle. Sabemos que eso es así porque en Hebreos 11 y en otros lugares la Biblia describe como salvas a personas que vivieron antes que Jesús. Confiaron en Dios poniendo su esperanza en la obra salvadora que un día tendría lugar, del mismo modo en que nosotros confiamos en Dios volviendo nuestra mirada agradecida al sacrificio de Jesús. Y si Dios puede alcanzar a aquellos que están separados de Jesús por el tiempo, también puede alcanzar a aquellos que están lejos de Él por el lugar en el que viven o la cultura a la que pertenecen. Yo he escuchado muchísimos testimonios de personas de los lugares más remotos del mundo a las que Jesús ha alcanzado a través de sueños o de otras formas milagrosas. Dios ha hecho este tipo de milagros en las vidas de estudiantes, amigos y colegas a los que creo y respeto profundamente. Dios es lo suficientemente grande como para alcanzar a cualquiera, y yo le he visto manifestarse de las formas más extraordinarias y en las circunstancias más improbables. Además, sé que algunos de mis familiares han sido más conscientes de Dios, y Dios mismo se ha hecho más evidente, cuando parecía que estaban a las puertas de la muerte. No sabemos cómo interactúa Dios con las personas que se acercan al momento de la muerte o incluso en el mismo momento de la muerte. Algunos científicos dicen que en los momentos finales el cerebro va a cámara lenta y prolonga esos últimos momentos.33 El criminal que estaba crucificado al lado de Jesús se salvó justo antes de exhalar su último aliento. Lo más difícil de entender, y que claramente podría parecer injusto, es cuando alguien ha buscado a Dios y no lo ha encontrado, cuando Dios parece ocultarse. Yo he luchado con esa frustración porque esa ha sido la experiencia de algunos amigos cercanos. Y algo que me ha ayudado ha sido reflexionar sobre la naturaleza de las relaciones humanas. Cuando tenía diecinueve años anhelaba con todas mis fuerzas casarme de una vez. Ahora, mirando hacia atrás, puedo ver que mi relación con mi mujer es mucho más fuerte y estable por haberme casado más tarde, aunque eso significó que a los diecinueve no obtuve lo que quería ni lo que buscaba sinceramente. Los tiempos de Dios a veces son distintos a los nuestros. Sí, Dios podría hacer un milagro para que todos fuésemos conscientes de su existencia. Pero eso no le acercaría ni un centímetro a su objetivo principal. Todos caeríamos de rodillas asombrados. ¿Pero lo haríamos para adorar, o por miedo? No habría forma de saberlo. Dios no busca que creamos de forma intelectual: “También los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19). En la Biblia, la palabra que traducimos por creer tiene el sentido de confiar, y la confianza no se impone: surge con el paso del tiempo. Dios desea una relación genuinamente bidireccional, y las relaciones son únicas para cada persona. Para algunas, un breve cortejo es suficiente; para otras, eso sería un desastre. Ir muy rápido en una relación puede ser peligroso. En mi experiencia, las mejores relaciones de mi vida son aquellas por las que he tenido que luchar: han requerido esfuerzo por mi parte, pero por eso son tan valiosas. Blaise Pascal, el brillante matemático, físico, inventor y filósofo, sugirió que un Dios que quiere una relación con nosotros estaría “dispuesto a aparecerse abiertamente a aquellos que le buscan con todo su corazón, y a esconderse de aquellos que huyen de Él con todo su corazón”. Por tanto, dice Pascal, no debería sorprendernos que haya “suficiente luz para aquellos que desean ver, y suficiente oscuridad para aquellos que tienen la actitud opuesta”.34 Dios se revela claramente a aquellos que le desean, pero no se impone a aquellos que no le desean. Quiere que le sigamos no porque es sobrecogedor, sino porque confiamosen Él. Sinceramente, cuando considero todo eso, me parece sorprendente que Dios se haga tan evidente. Ya he mencionado más arriba que, cuando le pregunto a la gente si han experimentado algo que les ha hecho pensar que Dios podría existir, no puedo creer la cantidad de señales que la gente menciona y aun así siguen negándole. Otros muchos, cuando por fin dedican tiempo a buscar a Dios de una forma razonada, llegan a conclusiones inesperadas. Hace poco me contaron una conversación en la que un amigo mío le estaba contando a otra amiga que el deseo de Dios de tener una relación con nosotros significa que no siempre se va a revelar de forma milagrosa, ya que entonces no tendríamos más elección que creer en Él. La amiga estaba siguiendo el hilo argumental cuando, sin pensarlo dos veces, dijo: “¿No sería genial si Dios se acercara a nosotros disfrazado? Así podríamos conocerle sin sentirnos abrumados por Él”. Parece ser que acto seguido le cambió la cara, puesto que se dio cuenta de que había presentado sin querer un argumento a favor de la encarnación de Cristo, la creencia que se supone que estaba intentando rebatir. ¿Es posible que “lo que se puede conocer acerca de Dios sea evidente para [la gente], porque Dios mismo se lo ha revelado”? ¿No tenemos acceso a la verdad, o simplemente “obstruimos la verdad” (Romanos 1:18-19)? Dios hace una promesa: “Me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis de todo corazón” (Jeremías 29:13). Los tiempos de Dios no siempre serán los nuestros, y los tiempos de Dios no siempre nos parecerán justos. Pero solo podemos ver en retrospectiva si son justos o no. Si lo único que vieras fuera un día en la vida de mi familia, dependiendo del día y de la situación podrías llegar a la conclusión de que mis padres me favorecían a mí por encima de mi hermano, y viceversa. Imagina que el único día que ves es mi cumpleaños. Pero si conoces a mi familia, la única conclusión que podrías sacar es que mis padres nos aman a mí y a mi hermano por igual y nos han tratado de forma justa e imparcial. Del mismo modo, la Biblia dice que, cuando miramos retrospectivamente toda nuestra vida con la perspectiva de la eternidad, quien no haya aceptado a Dios no tendrá excusa (Romanos 1:20). No conocemos los detalles de cómo se revela Dios, pero sí podemos decir esto: todo el que desee a Dios, le encontrará. La mejor prueba para saber si alguien está dispuesto a ser equitativo es ver si hace excepciones consigo mismo. Jesús no lo hizo. No evitó el sufrimiento, la muerte, ni tan siquiera la experiencia de estar lejos de Dios. Aceptó lo que no merecía para que pudiéramos confiar en que vino a servirnos. Sabemos que será justo con todos porque estuvo dispuesto a ser injusto consigo mismo. Creer algo porque has nacido en un lugar y una época concreta puede aplicarse al ateísmo; también podría aplicarse al pluralismo. Pero no se puede aplicar al cristianismo. Jesús es un Dios de amor lo suficientemente grande como para irrumpir en cualquier lugar. O bien tenemos a un Dios que quiere y es capaz de acercarse a las personas estén donde estén, o bien tenemos un dios secular en el que la gente cree solo porque ha nacido en un lugar concreto. Ante esta elección, mi creencia en Dios es parte integral de mi compromiso con la equidad y la igualdad de oportunidades. 3. Unidad equivalente Por último, una motivación admirable que puede llevarnos a sentirnos atraídos por el pluralismo es el anhelo de estar unidos a otras personas, el anhelo de comunidad. Es un buen anhelo; fuimos creados para vivir en unidad y en comunidad. Anhelamos ver las cosas del mismo modo, estar de acuerdo, trabajar con los demás y no contra los demás. No nos gusta la tensión y nos sentimos inseguros cuando pensamos en lo que los demás pensarán de nosotros. Anhelamos formar parte de una comunidad llena de amigos que sean totalmente fieles y con los que podamos ser nosotros mismos sin que nos juzguen o entrar en controversias. Sin embargo, si evitamos los desacuerdos o nos negamos a reconocer las diferencias en lugar de ver cómo superarlas, solo nos quedaremos en la superficie de la comunidad que realmente deseamos. El compromiso con el pluralismo puede deberse a ese anhelo de pertenecer a una comunidad. Actuar como si existiera una unidad profunda cuando esa unidad no se ha trabajado es promiscuidad. Queremos el beneficio del compañerismo sin el trabajo duro, el sacrificio y el servicio a los demás que hacen falta para llegar a la verdadera unidad. Pero la apariencia de unidad cuando esta no es reflejo de relaciones realmente profundas no traerá más satisfacción que la unión sexual cuando esta no es reflejo de una verdadera entrega. En ambos casos, esa unión superficial solo podremos mantenerla si hablamos poco o pasamos poco tiempo juntos, porque así la realidad no llega a materializarse. La promiscuidad en el ámbito de las creencias es saltar de creencia en creencia dependiendo de las personas con las que estamos. Estamos dispuestos a asociarnos temporalmente con muchas verdades distintas si eso nos permite tener relaciones fáciles y divertidas. Esta es una tentación de lo más antigua, aunque aflora de forma distinta en cada época. En tiempos del Antiguo Testamento era la tentación de adorar ídolos; de tener, en lugar de un Dios, una colección de dioses que respondería a cada capricho y necesidad y que les haría sentirse unidos a las tribus vecinas. El pluralismo cambia los ídolos físicos por ídolos ideológicos, pero sigue siendo una posición promiscua, ya que acepta muchos dioses pero no rinde cuentas a ninguno. Esa ideología es equivalente a la persona que nunca está dispuesta a comprometerse o a empezar una relación seria, así que sigue jugando y yendo de flor en flor. Puede que a veces esté bien tratar así a los objetos. Por ejemplo, está bien que cambie mi tabla de surf por una que me gusta más. Pero nunca estará bien tratar así a las personas. La pregunta, por tanto, es si la verdad es una persona. El cristianismo dice que sí; Jesús dice “Yo soy la verdad” (Juan 14:6). No debemos respaldar la promiscuidad en las relaciones. Si no lo hacemos en nuestro acercamiento al sexo, tampoco debemos hacerlo en nuestro acercamiento a la verdad. Si relacionarnos con la verdad es relacionarnos con una persona, entonces relacionarnos con la verdad exigirá la lealtad, el compromiso y la coherencia necesarios en cualquier relación consolidada. Por lo tanto, no es de extrañar que la promiscuidad de creencias que se esconde detrás del pluralismo nos deje intelectualmente vacíos. Una vez más, descubrimos que el deseo que hay detrás del pluralismo no es demasiado fuerte sino demasiado débil. No estamos llamados a una unidad superficial, sino a una comunión profunda para toda la eternidad. Pablo dice: “Os ruego que viváis de una manera digna del llamamiento que habéis recibido, siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor. Esforzaos por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz” (Efesios 4:1-3). La verdadera comunidad no puede ser superficial. Requiere paciencia; requiere soportarnos los unos a los otros; requiere esfuerzo. ¡Pero merece tanto la pena! Mi experiencia es que el Espíritu de Dios nos da la visión y el poder necesarios para vivir en una comunidad increíblemente rica. A menudo desearíamos ver un milagro. Yo he visto muchos milagros en el contexto de la comunidad cristiana. He visto dormir plácidamente a personas que no podían dormir a causa de la ansiedad; he visto pedir y recibir perdón a personas que nunca admitían sus errores; he visto cómo personas que eran egoístas y desagradables se volvían humildes y valoraban a los demás por encima de sí mismas (Filipenses 2:3); he visto cómo personas que vivían enfadadas y amargadas mostraban amor genuino a aquellos que les hicieron daño. ¿Por qué solo contamos como milagros las transformaciones físicas? Si de aquí a un año corro tan rápido como Usain Bolt, a eso claramente lo llamaríamos milagro. Pero en el contexto de lacomunidad cristiana, una y otra vez he visto transformaciones psicológicas y emocionales más increíbles que esa. Cuando un grupo de personas pone a Dios en el centro, la comunidad que puede llegar a crearse es un milagro y no tiene igual. Podemos encontrar la unidad que anhelamos, no evitando discrepar, sino encontrando un amor lo suficientemente grande para discrepar bien y encontrando una verdad lo suficientemente grande para unirnos. Conclusión Cuando estaba acabando este capítulo, bajé para tirar la basura y en el cubo de reciclaje de mi vecino vi una pegatina que me llamó la atención. Tenía una enorme cruz cristiana en el centro, y debajo ponía: “El surf es mi religión”. ¡No queremos escoger! Y la realidad es que no podemos escoger. Alguien nos pregunta cuál es el sentido de la vida, y allí estamos, frente a una pizarra blanca con un rotulador en la mano, paralizados. Si todas las respuestas son válidas, entonces ninguna es motivadora. Dejar abiertas todas las posibilidades teóricas es eliminar cualquier modo concreto de avanzar. Pensamos que así vivimos con más opciones, más tolerancia y más libertad, pero acabamos inmóviles frente a una pizarra blanca, incapaces de reaccionar. ¿Es eso libertad? A veces no queremos escoger porque tenemos ideas preconcebidas, pero otras veces no queremos escoger por buenas razones: porque creemos en la igualdad y en el valor de todos los seres humanos, y porque anhelamos formar parte de una comunidad auténtica y vivificante. La pregunta es, ¿dónde encontramos todo eso? ¿Dónde podemos encontrar un amor incondicional sobre el que basar la igualdad de todos los seres humanos? ¿Dónde podemos encontrar una justicia lo suficientemente poderosa para que nadie quede desatendido? ¿Dónde podemos encontrar relaciones profundas que duren para siempre? La ciencia como verdad única no nos llena. El pluralismo, con su multitud de verdades, nos roba la motivación. Así que, ¿qué nos queda? 1. Roger Scruton, Modern Philosophy: An Introduction and Survey, London: Mandarín, 1996, 6. 2. La ideología del pluralismo en torno al concepto de la verdad, o sea, ser pluralista en cuanto a la verdad, no debe confundirse con la realidad de una sociedad pluralista (es decir, una sociedad que incluye a personas de diversas creencias). 3. Ver Romanos 10:9: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo”. 4. La sura 4:157 niega que Jesús fuera crucificado y sacrificado; las suras 3:59, 4:171, 43:59 y 9:30 niegan la divinidad de Jesús. La sura 9:30 añade: “¡Que Alá los maldiga! ¡Cómo se desvían!”. 5. Eso se debe a que creer que Jesús es Dios viola el concepto islámico de la unidad de Dios. Entonces se incurre en shirk, el pecado imperdonable del islam. Ver la sura 5:72. 6. Al-Ghazali, The 99 Beautiful Names of God. 7. A Alá tampoco le gustan “los que hacen el mal” (sura 42:40) o “aquellos que rechazan la verdad” (sura 30:45). 8. Ver Robert H. Stein, “Fatherhood of God”, www.Biblestudytools.com, http://www.biblestudytools.com/dictionaries/bakers-evangelical- dictionary/fatherhood-of-god.html. Visto el 12 de septiembre de 2016. 9. La sura 2:106 es el texto principal en el que basan esta doctrina. 10. Ver Ibn Ishaq, The Life of Muhammad, traducido por A. Guillaume, New York: Oxford University Press, 2002. Esta es la biografía más antigua de Mahoma, y en ella se documentan sus conquistas. [La vida de Muhammad, editada y anotada por Ibn Hisam para Dar Al-Kotob Al-ilmiyah]. 11. Estoy en deuda con mis compañeros Andy Bannister y Tanya Walker, pues ellos son los primeros a los que les escuché esta idea. En cuanto a Tanya, ver su capítulo “But...What About Other Religions?” en A New Kind of Apologist, editado por Sean McDowell, Eugene, OR: Harvest House Publishers, 2016. En cuanto a Andy, http://www.Biblestudytools.com http://www.biblestudytools.com/dictionaries/bakers-evangelical-dictionary/fatherhood-of-god.html ver el capítulo 3 de su libro The Atheist Who Didn’t Exist, Oxford: Monarch Books, 2015. 12. En el islam, lo máximo a lo que uno puede aspirar en el paraíso es contemplar a Alá (sura 75:22-23), pero eso no se acerca ni de lejos a una relación. Esa situación, ¿no dejaría a la persona con sed de relación? 13. Peter Boghossian, A Manual for Creating Atheists, Durham, NC: Pitchstone Publishing, 2013, 10. 14. Encontrará una excelente exposición de este tema en Abdu Murray, “The Substance of Hope”, https://www.intouch.org/read/magazine/features/the-substance- of-hope. Visto el 17 de septiembre de 2016. 15. Ver Richard Swinburne, The Resurrection of God Incarnate, New York: Oxford University Press, 2003. 16. G. K. Chesterton, “What’s Wrong with the World”, The Collected Works of G. K. Chesterton IV, San Francisco: Ignatius Press, 1987, 62. 17. Why Does God Allow Suffering? Vince Vitale and Julian Baggini”, Premier Christian Radio, 7 de febrero de 2015, www.premierchristianradio.com/Shows/Saturday/Unbelievable/Episodes/Unbelievable- Why-does-God-allow-suffering-Vince-Vitale-Julian-Baggini. Visto el 11 de septiembre de 2016. 18. C. S. Lewis, The Weight of Glory, New York: Macmillan, 1949, 26 [El peso de la gloria, New York, HarperCollins Publishers, 2016]. 19. E. Stanley Jones recoge esta cita de Bara Dada en su libro The Christ of the Indian Road, New York: Abingdon Press, 1925, 114. 20. En cuanto a esta idea, estoy en deuda con el profesor John Lennox. 21. Estoy en deuda con Martin Smith por esta analogía del juego infantil. 22. Matthew Parris, “As an atheist, I truly believe Africa needs God”, The Times, 27 de diciembre de 2008, www.thetimes.co.uk/tto/opinion/columnists/matthewparris/article2044345.ece. Visto el 12 de septiembre de 2016. 23. Ver Jeffrey Stout, Democracy and Tradition, Princeton: Princeton University Press, 2009, 69-70, 84-85, 91. 24. Jeffrey Stout, “2007 Presidential Address: The Folly of Secularism”, Journal of the American Academy of Religion, septiembre de 2008. Vol. 76, No. 3 (2008), 533-544. 25. Flavio Claudio Juliano, “To Arsacius, High Priest of Galatia”, A Few Notes on Julian and a Translation of His Public Letters, traducido por Edward James Chinnock, London: Ballantyne Press, 1901, Epistle 49, 75-77. 26. Poncio de Cartago, “The Life and Passion of Cyprian”, The Ante-Nicene https://www.intouch.org/read/magazine/features/the-substance-of-hope http://www.premierchristianradio.com/Shows/Saturday/Unbelievable/Episodes/Unbelievable-Why-does-God-allow-suffering-Vince-Vitale-Julian-Baggini http://www.thetimes.co.uk/tto/opinion/columnists/matthewparris/article2044345.ece Fathers, Volume V, editado por Rev. Alexander Roberts y James Donaldson, Edinburgh: T & T Clark, 270. 27. “Festival Letters”, citado por Eusebio, Ecclesiastical History 7.22, traducido por G. A. Williamson, New York: Penguin, 1965. 28. Ver Time, “Person of the Year”, 10 de diciembre de 2014, www.time.com/time- person-of-the-year-ebola-doctors/. Visto el 26 de septiembre de 2016. 29. Estoy en deuda con Joshua Fountain y Michael Lloyd por esta idea. 30. Jürgen Habermas, Time of Transitions, Cambridge: Polity Press, 2006, 150-151. 31. Linda Zagzebski, Epistemic Authority: A Theory of Trust, Authority, and Autonomy in Belief, New York: Oxford University Press, 2012, 18-188. 32. Peter Berger, “Dr. Peter Berger at the November 2011 Faith Angle Forum”, Ethics and Public Policy Centre, www.eppc.org/publications/berger/. Visto el 12 de septiembre de 2016. 33. V. Arstila, “Time Slows Down During Accidents”, Frontiers in Psychology, 27 de junio de 2012, Vol. 3, No. 196 (2012), http://doi.org/10.3389/fpsyg.2012.00196. Visto el 25 de septiembre de 2016. 34. Blaise Pascal, Pensées, New York: E. P. Dutton & Co, 1958, 430 [Pensamientos, Madrid, Rialp, 2014]. http://www.time.com/time-person-of-the-year-ebola-doctors/ http://www.eppc.org/publications/berger/ http://doi.org/10.3389/fpsyg.2012.00196 I CAPÍTULO 5 HUMANISMO “No necesitamos a Dios” Ravi Zacharias ntentar definir la palabra humanismo sinenemistarte con algún académico es tarea complicada. En La tradición humanista en Occidente, Alan Bullock describió el humanismo y a los humanistas como “palabras que nadie ha logrado definir a gusto de todos, palabras erráticas que significan cosas muy distintas según los receptores y que dejan a los lexicógrafos y a los enciclopedistas con una sensación de exasperación y de frustración”.1 No obstante, no escasean los intentos de definir este término. Al humanismo le gusta describirse como “algo que va más allá del agnosticismo”.2 Este desafío, que podría compararse a intentar clavar un bloque de gelatina a la pared, no nos toma por sorpresa porque la propia filosofía está sujeta a la persona que hace la definición. Hay un viejo proverbio que dice así: “Si un cretense te dice que todos los cretenses son mentirosos, ¿puedes creerle?”. La pregunta hoy en día sería esta: si un humano define lo que significa ser humano, ¿podemos fiarnos de esa definición? Para acertar en la definición, ¿no es necesario cierto nivel de trascendencia? Si examinamos varias obras sobre lo que llamamos humanismo, veremos que cubren un amplio espectro. Por ejemplo, el filósofo Norman Geisler escoge abordar los intentos más recientes de definir el humanismo del siglo XIX, centrándose en el papel de Julian Huxley, quien determinó en buena medida la visión moderna del humanismo.3 Tom Kitwood, en su libro What Is Human? (¿Qué es humano?) escrito años atrás, se remonta al Renacimiento, que es lo normal si vas a escribir sobre la historia de esa tradición. Su libro cubre el humanismo, el existencialismo y la fe cristiana. Él y otros autores destacan que algunos de los primeros humanistas se consideraban a sí mismos cristianos comprometidos. En 2014, el centro de investigación Theos con base en el Reino Unido publicó una obra muy instructiva titulada The Case For Christian Humanism: Why Christians Should Believe in Humanism, and the Humanists in Christianity (En defensa del humanismo cristiano: por qué los cristianos deberían creer en el humanismo, y los humanistas en el cristianismo), de Angus Ritchie y Nick Spencer. El anterior arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, participó escribiendo el prólogo. Esto debería recordarnos la elasticidad del término y lo subjetivo que resulta cualquier intento de definirlo, pues depende de cómo uno define la idea en primer lugar, y de las ramificaciones del modo en el que uno cree en esa idea. En 2007, Anthony Kronman, profesor emérito de Derecho en la Universidad de Yale, escribió un libro titulado Education’s End: Why Our Colleges and Univer- sities Have Given Up on the Meaning of Life (El fin de la educación: por qué nuestros institutos y universidades han dejado a un lado el sentido de la vida). Uno de los capítulos principales del libro es “Humanismo secular”. Es interesante ver que Kronman da por sentadas dos realidades: que la búsqueda de sentido es algo esencial para la vida, y que las universidades deberían estar a la cabeza de esa búsqueda. En mis viajes, he preguntado a varios estudiantes quién debería estar al frente de la búsqueda del sentido de la vida, y la respuesta casi nunca ha incluido a las universidades. En la entrada de la Universidad de Upsala, Suecia, pueden leerse estas palabras: “Pensar libremente es bueno, pero pensar correctamente es mejor”.4 Cuando hicimos una serie de eventos en aquel campus, realizamos encuestas preguntando a los estudiantes si estaban de acuerdo con el lema de su universidad. Más de la mitad se mostraron en desacuerdo. Entonces, en la noche inaugural pregunté a los estudiantes si creían que tenían razón al estar en desacuerdo con el lema de su universidad, y se pudo oír una risa generalizada. Me atrevo a decir que no se habían parado a pensar en lo que aquel lema decía. Ellos solo querían ser libres. Hoy, el verdadero lema de la educación en Occidente es: “No quiero que nadie me diga lo que tengo que pensar”. Kronman llama al humanismo secular a posicionarse de nuevo como la cosmovisión de referencia y cree que la universidad es el lugar adecuado para que ocurra eso. Su libro es sorprendente, tanto por su alcance como por su incapacidad de ofrecer una respuesta convincente. Como apologeta del humanismo, Kronman hace una afirmación extraordinaria sobre por qué nació el humanismo y por qué debe resurgir. Pero uno se pregunta si es un grito de guerra o el toque de retirada: El humanismo secular nació en un momento de duda. Cuando la religiosidad de la universidad de antes de la guerra civil empezó a perder su poder y fue sustituida por la cultura de la duda y la diversidad, la tradición de enseñar sobre el sentido de la vida — enseñanza sobre la que se basó la educación superior estadounidense desde el principio— solo podía sobrevivir si estaba abierta a modificaciones. El humanismo secular lo hizo posible. Ofreció una forma de mantener la pregunta sobre el sentido de la vida en el centro de la atención académica y de estudiarla de una forma disciplinada, a la vez que reconocía las creencias pluralistas y escépticas que habían minado la autoridad del viejo orden y la credibilidad de su premisa principal: que solo existe una manera correcta de vivir en el mundo ordenado e inteligible que Dios ha creado. Las dudas que trajo el colapso del viejo orden hicieron creer a algunos que la escuela ya no tenía autoridad para hacer lo que todas las escuelas habían hecho hasta ese momento: enseñar a sus estudiantes el sentido de la vida. Pero el humanismo secular mostró que eso seguía siendo posible. Fue una fuente de confianza en tiempos de duda y, para aquellos profesores que lo abrazaron, un nuevo tipo de fe, la única permitida en el mundo de desilusión en el que vivían entonces. Hoy necesitamos el humanismo secular por la razón opuesta: no como un bastión contra la duda, sino como un disolvente de nuestras creencias. Lo necesitamos para que nos ayude a cuestionar la religiosidad que condiciona nuestras vidas de forma profunda e inadvertida. Necesitamos que el humanismo secular resurja para que nos ayude a volver a dudar.5 Cuando Kronman lanza su llamamiento a que le demos al humanismo secular el magisterio de la búsqueda de sentido que la ciencia tiene en su terreno materialista, lo hace empezando con dos premisas. La primera premisa es que las universidades, gracias a Europa, han perdido su función y se han convertido en instituciones de investigación en lugar de ser incubadoras para el pensamiento serio y creativo. La segunda, tal como él dice, que “las cuestiones de valor más profundas se han dejado en manos de los que están motivados por convicciones religiosas; una evolución inquietante y peligrosa”.6 Es decir: si las dudas sobre la religión dieron lugar al humanismo, ¿por qué tendríamos que declinar la responsabilidad de estar por encima de la religión? Esa, efectivamente, es su postura. Su argumento lleva a cinco proposiciones que explican por qué el humanismo secular debe ofrecer el marco filosófico para la búsqueda de significado: 1. Hay más de una buena respuesta a la pregunta sobre el sentido de la vida. 2. El número de respuestas al sentido de la vida es limitado, y es imposible estudiarlas de una forma organizada. 3. Es imposible reconciliar las respuestas sobre qué da sentido a nuestra vida y, por eso, cada uno debe escoger una de entre todas ellas. 4. La mejor forma de examinar esas respuestas es estudiar las grandes obras filosóficas, literarias y artísticas en las que se presentan. 5. Cualquier estudio debería incluir conversaciones o debates entre los defensores de los distintos puntos de vista, tales como Agustín de Hipona, Hobbes, Paine, Burke, Elliot, Dante, Virgilio u Homero.7 Algunos filósofos y eruditos cristianos a los que se les pidió responder a Kronman lo hicieron en un simposio celebrado en septiembre de 2007 bajo el patrocinio de Comment.8 No escatimaron emociones preguntándose qué había causado aquel trato tan distorsionado de un tema tan elevado. John Seel resumió su consternación ante algo“provocador pero errado” en una crítica que merece la pena leer. En ella demuestra que el argumento de Kronman no es más que una versión recalentada del existencialismo. “Los modernos quieren significado con autonomía. Eso no es posible”, replica Seel. Steven Garber, director del Instituto para la fe de Washington, le recuerda a Kronman que, como Nietzsche nos advirtió, esa búsqueda lleva consigo el peligro de la muerte de Dios; y que, como Vaclav Havel señaló, si Dios no existe, las preguntas que Kronman intenta responder están escritas en la arena y el viento se las lleva. En La abolición del hombre, C. S. Lewis predijo este sentimiento y lo describió como el despojo definitivo de lo que significa ser humano. Probablemente el texto más esclarecedor sobre la superficialidad de la posición de Kronman nos llega de la mano de Aaron Belz, profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Saint Louis: Sin embargo, aprender a pensar más allá de las preocupaciones del día a día mediante el dominio de autores como Agustín de Hipona, Platón, Aristóteles, Tolstoi y otros, a quienes Anthony Kronman considera parte del canon del pensamiento, no es suficiente para evitar que una persona se convierta en el Unabomber o incluso en un capitalista maquiavélico ansioso y mediocre. [...] Estar familiarizado con las “grandes ideas” no salva.9 A esto añadiría que el cine lleva tiempo examinando el humanismo, y la conclusión es que esta filosofía no da la talla. Películas como El club de los poetas muertos e Irrational Man revelan el fundamento hueco de esas ilusiones cubiertas de maquillaje y el deterioro interior que destruye el alma. Todo esto es fascinante. Me siento tentado a hacer una digresión y opinar sobre el tema, pero resistiré y me reservaré la crítica para más adelante. Creo que podemos estar de acuerdo en que todo esto nos muestra varias cosas. Sobre todo, que la búsqueda principal en esta vida es la búsqueda de significado. Cuando rompemos de forma decisiva con los significados compartidos del pasado no solo se da una revolución cultural a nuestro alrededor, sino que, en lo más profundo de su espíritu, el ser humano lucha por encontrar coherencia y valores que llenen el interior y sean “tolerantes” en el exterior. En ese sentido, Kronman nos ha hecho a todos un favor al centrarse en esta importante búsqueda en la que se ahogan muchas vidas jóvenes y para la que nuestros centros de enseñanza no tienen respuestas. Me pregunto si leer sus propias conclusiones ha sido tan inspirador para él que ha tenido que defenderlas diciendo: “¡Venid y mirad lo que he descubierto!”. Es como encontrar unas especias y pensar que has descubierto una receta. Kronman cree que sus pensamientos e ideas son la repuesta, cuando en realidad esas respuestas o bien son claramente contradictorias entre ellas o bien no son más que un acompañamiento para la vida, el artista principal. Curiosamente, dedica su libro a su madre con las siguientes palabras: “Cuando tenía seis años le pregunté: ‘¿Qué hay más allá de las estrellas?’. Ella me respondió: ‘Esa es una pregunta metafísica’. Y por el tono de su voz me quedó claro que las preguntas de ese tipo son las más importantes”. Me encantaría saber si la buena mujer tenía estudios superiores, y preguntarle si está en paz consigo misma sabiendo que ahora estas preguntas tan importantes sobre el sentido de la vida las responden los profesores y no los padres. Esto me recuerda a una vez que estaba en Moscú para dar una conferencia en una de sus universidades y mi intérprete me contó que cuando era pequeño le preguntó a su madre si Stalin iba a morir algún día. Su madre le contestó: “¿Qué te ha dicho tu profesor? Pregúntale a él”. No tengo duda alguna de que Stalin se veía a sí mismo como un defensor del sentido de la vida. Ese es el problema; y el humanismo secular, abiertamente pluralista y en efecto relativista, continúa sembrando dudas y dando lugar a creencias contradictorias. Seel tenía razón al decir que la búsqueda se convierte en la respuesta, como El violinista en el tejado, sosteniéndose precariamente sobre algo porque no hay otra opción, porque si te inclinas demasiado te rompes. Es un ideal que tiene contradicciones inherentes y que ha demostrado que no puede dar lo que promete. Kronman no vio lo que es obvio. Quizá el secularismo nació de la duda, pero quizá ha fracasado porque el oyente duda de las respuestas que ofrece. La limitación intrínseca del humanismo secular es que asfixia lo absoluto en favor de opciones múltiples, lo cual es como adentrarse en una zona de arenas movedizas. Las raíces del humanismo Debido a la propia naturaleza de la ideología humanista como categoría de pensamiento, debo describir el término, aunque sea de forma no exhaustiva. La palabra humanista se acuñó en el periodo del Renacimiento. Recuerdo bien las clases en la Universidad de Cambridge de Don Cupitt, un pastor anglicano que se convirtió al ateísmo; en ellas repetía una y otra vez que el Renacimiento había sido la cuna del secularismo moderno. Aunque, irónicamente, muchos de los humanistas renacentistas eran cristianos devotos; si no por su doctrina, al menos sí por su marco referencial. Antes del Renacimiento, la mayoría de los intelectuales más influyentes también eran teólogos: podemos verlo en figuras como Agustín de Hipona, Anselmo y Tomás de Aquino. No había diferencia entre los valores humanos y los valores cristianos: se asumía que unos daban lugar a los otros, y viceversa. Pero el Renacimiento sirvió de caldo de cultivo para el surgimiento de una base no cristiana de los valores, que en tiempos más recientes se ha convertido en una posición anticristiana. Al principio, los primeros humanistas no tenían la intención de deshacerse de Dios, sino que eran conscientes del centro de autoridad del que provenían sus creencias. Cuestionaban el poder de la Iglesia, no la existencia de Dios. Esto es clave, y esa autoridad dentro de la Iglesia que llevó a un control absoluto del destino humano fue lo que sentó la base para el derrocamiento de la Iglesia. Dentro del secularismo, este derrocamiento vino de la mano de los filósofos o los pensadores, y dentro del cristianismo lo trajeron personalidades como Wycliffe, Huss, Savonalora, Lutero y Calvino, que fueron los cimentos del movimiento de la Reforma. Esto es algo que a menudo ignoran los filósofos seculares. Para Lutero, el mayor obstáculo era la Iglesia. Él no estaba tanto en contra de la abolición del clero como en contra de la abolición del laicado. Ese era precisamente el reclamo de la persona secular: el “estudio personal” y el uso de la razón. En el caso de los humanistas, la revolución empezó por las artes para a continuación pasar a las disciplinas de las ciencias y llegar por último a la enseñanza formal y a la eliminación de la espiritualidad usada por la jerarquía eclesial para dominar al individuo. La Iglesia no solo había errado en su interpretación de la ciencia; también se había equivocado en su interpretación de las Escrituras. Y, por cierto: la visión de la ciencia predominante en aquel entonces era la visión aristotélica, respaldada por una cosmología geocéntrica ptolemaica. Aristóteles no adoptó el cristianismo, sino que ofreció una metanarrativa cosmológica. Otros pensadores de su época hicieron lo mismo. Intuitivamente, Aristóteles asumió que el movimiento celestial era circular porque ese era el movimiento perfecto, creencia que aún sigue estando presente en el pensamiento oriental. Durante mil años ese fue el punto de vista oficial hasta que, siglos después, la combinación de Copérnico y Kepler en los siglos XVI y XVII dio paso a la cosmología heliocéntrica y al movimiento elíptico de los cuerpos celestes, dejando atrás toda la especulación anterior. Kitwood cuenta la historia de un sacerdote que le dijo a su superior que había visto manchas en el sol, a lo que el superior le respondió: “He estudiado a Aristóteles y en ningún momento habla de manchas. Tendrás que cambiar de lentes”.10 Tenemos que viajara principios del siglo XVI para llegar al momento en que alguien captó la atención de la Iglesia diciendo que la tierra se movía. Esa persona fue Galileo, que lo hizo aun a pesar de que sus amigos le aconsejaron que no se complicara la vida, hasta que fue silenciado por la Inquisición. Esa victoria momentánea de la Iglesia tuvo como resultado la pérdida de poder y autoridad eclesial más costosa de la historia. A finales del siglo XIX nos encontramos con la Revolución francesa, momento en el que la monarquía llegó a su fin. Según Dickens, aquí se escribió un nuevo capítulo con sangre, cuando el esplendor pisoteó las escuálidas espaldas de los pobres y el poder pervirtió el derecho hasta que la humanidad, por mucho tiempo oprimida, derrocó al régimen con aquel monstruoso artilugio llamado guillotina. La creencia religiosa también fue decapitada, y la Iglesia, que una vez más respaldó a los que estaban en el poder, fue arrojada a la montaña de cadáveres. Aunque Da Vinci podría representar el nacimiento del humanismo en el Renacimiento, nunca se habría imaginado las sangrientas consecuencias que tendría cuando la humanidad, oprimida durante siglos por las estructuras de poder, derrocó a aquellas estructuras. Francia nunca se ha recuperado por completo y, hasta el día de hoy, en el mundo académico de ese país la teología se sigue viendo con mucho recelo. El filósofo francés Auguste Comte, que nació justo después de le Revolución francesa, postuló que el pensamiento humano pasa por tres etapas. La primera es teológica; la segunda, mística; y la tercera, empírica. A esta última etapa la llamó “positivismo”. De hecho, llegó a llamarla “la nueva religión de la humanidad”.11 Ideó sacramentos y abrió casas para los santos y los rituales. Auguste Comte se convirtió en la figura papal de esa nueva religión. Y tanto es así que de Descartes a Comte y de Sartre a Derrida, del racionalismo al positivismo y del existencialismo al posmodernismo, así como la India ha producido más religiones que ningún otro país, Francia podría ganar la mención honorífica al país que más filosofías ha producido. Voltaire, Robespierre, Rousseau y Montaigne fueron pioneros. Comte recogió el testigo y le dio un impulso científico. Eso, combinado con los empiristas y los filósofos ilustrados, dio paso a la cosmovisión posmoderna de nuestros tiempos, cosmovisión que las ciencias nunca abrazarán, pero que las humanidades respaldan alegremente. Si añadimos a los principales críticos bíblicos alemanes, que también tuvieron su revolución copernicana en la que el mundo antropocéntrico derrocó al mundo teocéntrico, entonces no solo las universidades se suman a la marcha contra la teología y contra Dios, sino también los seminarios. Curiosamente, en los primeros años del choque entre el cristianismo y lo secular, cuando el centro neurálgico de la enseñanza había pasado de Atenas a Alejandría, el conflicto realmente se daba en el ámbito de la filosofía. Esa es la razón por la que los primeros apologetas, o bien se centraban en las cuestiones teológicas centrales y la naturaleza de Dios, o bien luchaban contra los filósofos griegos y la búsqueda insaciable que les llevó a interesarse incluso por las religiones mistéricas. El discurso del apóstol Pablo en el Areópago fue histórico no solo por su ubicación sino por sus resultados. En la actualidad, dos mil años después, la calle que queda junto al Areópago se llama Dionysius Areopagas, nombre del miembro del Areópago que se convirtió al escuchar el mensaje de Pablo. Algunos eruditos especulan que Dionisio fue el primer obispo de Atenas. El cambio epistemológico no se dio hasta después del Renacimiento y de la Ilustración, y hoy en día a veces cuesta diferenciar entre un humanista y un naturalista hostil como Dawkins. Curiosamente, muy pocos filósofos occidentales abordan lo que ocurrió en Oriente durante esa época, especialmente en China y en India. En ambas culturas aparecieron pensadores sobre ética y religiosidad muy respetados. Sin embargo, el preámbulo del “Manifiesto Humanista” del año 2000 dice lo siguiente: “El humanismo es una perspectiva ética, científica y filosófica que ha cambiado el mundo. Su patrimonio comenzó a fraguarse con los filósofos y poetas de las antiguas Grecia y Roma, y de la China de Confucio, y con el movimiento Carvaka de la India clásica”.12 La Asociación Humanista Estadounidense dice: “El humanismo es una filosofía de vida progresista que, sin teísmo y otras creencias sobrenaturales, afirma que tenemos la capacidad y la responsabilidad de llevar vidas éticas de realización personal que buscan el bien común de toda la humanidad”.13 El lector podrá comprobar cómo algunos teóricos políticos usan el lenguaje del llamado pensamiento humanista y hoy vemos la palabra progresista difundida por todas partes como una visión de futuro con una infraestructura política. Es increíble que podamos hablar de optimismo y “progreso” en los albores del siglo XXI tras haber sido testigos del siglo más sangriento de la historia. Acuñamos muchas palabras nuevas que se convierten en el nuevo vocabulario que ve la descripción como prescripción, y una nueva obligación moral emerge de entre los escombros de fundamentos derruidos. Usar la palabra humanismo como un término amplio aplicable desde Oriente hasta Occidente refleja una ceguera total ante las implicaciones de las filosofías orientales que nombran. Desde Sankara a Ramanuja en India, desde Confucio a Lao Tzu en China, hubo pensadores influyentes (algunos sin educación formal pero con un pensamiento brillante) que elaboraron ricas filosofías. Los filósofos y líderes religiosos occidentales se sorprendieron cuando Vivekananda vino a Occidente y describió el prejuicio occidental como lo que es. Había leído a los filósofos occidentales, los citaba, y se atrevió a desafiar su pensamiento prescribiendo una espiritualidad centrada en el ser humano. De ese modo cubrió la enorme necesidad de muchos occidentales que querían deshacerse de Dios, pero deseaban mantener lo místico y lo espiritual. En cierto sentido, Vivekananda fue el padre de la espiritualidad de la Nueva Era. Bastante sincretista, pero buen orador, supo reconocer el vacío espiritual creado por un humanismo robusto que se despojó del ropaje cristiano y aprovechó el momento. Vivekananda sostenía que aquella nueva espiritualidad iba de la mano de la ciencia, pero sin dejar a un lado el espíritu. La larga lista de gurús que se especializaron en “resultados científicamente demostrables” aplaudieron su valentía y conocimiento y se adentraron en el mundo de los negocios, los centros de fitness y las industrias, influyendo así en la cultura popular y logrando adeptos de una espiritualidad trascendental que permitía una búsqueda rigurosa de lo material. De hecho, en la actualidad algunos de estos gurús pasan más tiempo en los tribunales luchando por mantener su botín que sentados en soledad disfrutando de una mente vacía de pensamientos. Solo hacían falta expertos doctorados como Deepak Chopra para que esta filosofía llegara a la enseñanza superior. Por medio de charlas densamente decoradas con palabras como quantum y consciencia, Chopra difunde en el mundo académico un humanismo robusto revestido de una espiritualidad ingeniosamente formulada. ¿Y los académicos se preguntan en qué momento se equivocó el humanismo secular? Irónicamente, en Oriente la filosofía oriental nunca se enseñó como una disciplina académica, sino que se aprendía a los pies de maestros que enseñaban a sus seguidores cómo pensar sobre aquellas cuestiones. Hoy en día, los gurús instruyen de forma individual y no como parte de un curso reglado que te ofrece un título y ciertas garantías. Considerar que el humanismo está fuera del agnosticismo y difuminar la línea divisoria entre un progresismo seguro y un gnosticismo sutil es el sueño del filósofo que desearía que existieran más categorías. Pero con el impacto de la enseñanza superior incluso en Oriente, los cambios sobreviven hasta que algunasculturas enormemente religiosas, como por ejemplo el islam, oponen resistencia al método y al mensaje de Occidente y lo repelen. Sus escuelas están diseñadas para mirar al pasado, no al futuro. Ven el progresismo como algo abominable y usan los mismos medios científicos que los humanistas aplauden como medio para devolver el futuro al pasado. El conflicto entre Oriente y Occidente va a seguir creciendo. Una vez más, los que han olvidado el pasado están cegados por una terminología que distorsiona las cosas y engaña a su gente, y de ese modo ponen en riesgo a su descendencia en el altar del control político por medio de una ideología. El test de la verdad no cumple sus propios requisitos Dejando esa advertencia aparte, una vez vestido con su traje multicolor el humanismo campaba a sus anchas. Sobre la piedra angular del Renacimiento, John Locke, David Hume y otros tuvieron vía libre para provocar cambios sísmicos epistemológicos en nuestro pensamiento. Locke cuestionó la certeza de nuestro conocimiento del mundo exterior a través de los sentidos. Según él, como solo podemos conocer el mundo a través de nuestros sentidos y experiencias, eso significa que no podemos conocer las cosas tal como son. Hume fue más allá, cuestionando incluso la causalidad hasta que su test para comprobar la significatividad de las afirmaciones no cumplió sus propios requisitos. Esto es lo que dijo: Pongamos que cogemos cualquier libro, de teología o de metafísica básica, por ejemplo. Preguntémonos: ¿Contiene algún razona miento abstracto sobre cantidades o números? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental sobre hechos y existencia? No. Entonces, quemémoslo en la hoguera; pues no contiene nada sino sofistería e ilusión.14 Para él, este era el disolvente universal para lidiar con las ideas metafísicas y la certeza. El método empírico científico, con su visión filosófica particular, fue relegado en aras de la filosofía mientras que, al mismo tiempo, se apuñaló el corazón de la metafísica. El problema fue que ese test no cumplía sus propios requisitos. Añadiría que ese fue el error que Stephen Hawking cometió en su libro El gran diseño (aunque me atrevo a decir que estaba diseñado así). En ese volumen defiende que la gravedad engendró el universo, por lo que “no es necesario invocar a Dios como el que encendió la mecha y puso el universo en funcionamiento”.15 Además, argumenta que la filosofía está muerta porque no ha podido seguir el ritmo de la ciencia moderna. Hawking llega a una conclusión filosófica apresurada porque cree que el humanismo puede levantarse sobre una epistemología que es altamente cuestionable como explicación de por qué estamos aquí. Pero John Cornwell, director del Science and Human Dimensión Project (Proyecto sobre ciencia y la dimensión humana) en el Jesus College de Cambridge y catedrático del Departamento de Filosofía de Cambridge, criticó a Hawking en su reseña de El gran diseño. Tal y como señaló Cornwell (al igual que nuestro colega, el profesor John Lennox),16 ningún teólogo respetable cree en ese tipo de Dios no intervencionista que Haw- king rechaza. Es más; según Cornwell, la acusación de Hawking de que la filosofía está muerta no tiene ninguna base ni siquiera en su propia universidad, donde el Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia ha dado pasos agigantados para “mantenerse al día de la física teórica durante décadas”. Como concluye Cornwell, “¿quizá es Hawking el que no ha logrado seguir el ritmo de los filósofos y los teólogos, y no a la inversa?”.17 Esa es la cuestión: empezar con los artistas y, con el paso de los siglos, pasar a los positivistas lógicos para llegar al mismo destino que provocó los errores de siglos atrás revela una arrogancia que está repitiendo los mismos errores en perjuicio del significado humano. Probablemente, esa es la razón por la que Kronman necesita revisar su teoría y reconocer que las humanidades han fracasado porque estaban destinadas a hacerlo desde el momento en que intentaron responder a sus propias preguntas sin respuesta, dados sus prejuicios. Se queja de que la ciencia es la única autoridad incuestionable, cree que las iglesias han monopolizado de algún modo la cuestión del significado, y desea que las humanidades tomen el lugar que les corresponde sin rendirse ante una ni ante la otra. El deseo de entender es eterno, y en una era caracterizada por el olvido, cuando los poderes que poseemos tapan nuestra humanidad y las iglesias monopolizan la pregunta sobre el sentido de la vida porque nuestras facultades y universidades les han cedido toda la autoridad para hacerla, el resurgimiento del humanismo secular ofrece una alternativa espiritual a los fundamentalistas que nos invitan a consagrarnos y a la ciencia que nos invita a olvidarnos de quiénes somos. Con asombro, sobriedad y valentía aceptemos nuestro yo mortal: dejemos que nuestras facultades y universidades sean los líderes espirituales que fueron en el pasado y que todos nosotros — profesores, estudiantes, padres, ciudadanos de la república— necesitamos que vuelvan a ser.18 Una amiga que estudiaba en una prestigiosa universidad le preguntó a su profesor por qué le gustaba tanto burlarse de la fe cristiana. El profesor la envió a la oficina del decano, donde la acusaron de interrumpir en clase. Sorprendida, respondió que era el profesor el que se desviaba constantemente del tema y atacaba a los cristianos, y que ella se había mostrado en desacuerdo porque se trataba de la fe de su familia y de su propia creencia. De hecho, su padre era el jefe de uno de los departamentos de la misma universidad. El decano le contestó: “Ahora estás aquí para recibir una educación. Hasta este momento, tu familia te ha lavado el cerebro”. Presiento que el decano no se habría atrevido a decirle lo mismo a un estudiante musulmán o hindú. Esta cobardía intelectual que se esconde detrás de palabras conciliadoras que llaman a una búsqueda del significado en la universidad está ciega ante la realidad de que vivimos con una pluralidad de culturas, y esas culturas basan sus valores en un punto de partida totalmente distinto al del humanismo secular. La intención de cambiar la visión de los demás no solo es arrogante, sino que va en contra del entendimiento mutuo. La universidad debería ser un lugar para el diálogo sano y civilizado con el privilegio de la discrepancia. No es un lugar para lavarles el cerebro a los estudiantes diciéndoles que su fe religiosa está por debajo de la fe del humanismo secular. Es interesante que en su libro Kronman llama a las universidades a jugar un papel espiritual. Si la universidad de verdad fuera un lugar para desarrollar el alma, la imposición de una espiritualidad por encima de todas las demás violaría claramente el derecho constitucional del estudiante. De hecho, la estudiante que mencioné más arriba llevó a los tribunales la acción disciplinaria que le habían impuesto y ganó el juicio. La universidad no puede hacer las dos cosas a la vez: no puede ser un lugar de aprendizaje y también un lugar de adoctrinamiento espiritual que viole la herencia espiritual de los estudiantes. Además, muchos olvidan que el Renacimiento que nació en el ámbito de las artes, o que como mínimo destacó gracias a las artes, finalmente fue propulsado por las ciencias para justificar el rol supremo del método científico. El nacimiento del positivismo lógico fue su sirviente. Por tanto, pensar que hay un canal que puede dar significado sin el fundamento del naturalismo es ignorar lo que la historia nos enseña. De hecho, el rechazo de la fe cristiana se promueve a sí mismo diciendo que está basado en las ciencias exactas. Así que construir una estructura de significado sobre un fundamento que se llevó el derecho a enseñar religión es, como diríamos en el ámbito de la lógica, caer en un alegato especial. De hecho, esto revela dónde acierta el humanismo y dónde se equivoca. El humanista acierta al intentar rescatar a la humanidad de la mera materia, pero va en contra de larazón al asumir como fundamento una suposición materialista de por qué estamos aquí y simplemente sustituirla por la rocambolesca teoría de “seamos amables unos con otros” porque somos más que materia. El humanismo en la actualidad En la actualidad, The Humanist Magazine define el humanismo, catapultado por la “postura de vida progresista”, de la siguiente forma: El humanismo es una filosofía racional basada en la ciencia, inspirada en el arte y motivada por la compasión. Afirma la dignidad de todo ser humano y respalda la maximización de la libertad individual y la oportunidad individual en consonancia con la responsabilidad social y planetaria. Aboga por la democracia participativa y la expansión de una sociedad abierta, defendiendo los derechos humanos y la justicia social. Libre del sobrenaturalismo, reconoce a los seres humanos como parte de la naturaleza y sostiene que la fuente de los valores (sean religiosos, éticos, sociales o políticos) es la cultura y la experiencia humana. Por tanto, los objetivos para la vida no los dictan las abstracciones teológicas o ideológicas, sino la necesidad y el interés humano. [...] Humanismo: una alternativa satisfactoria a las religiones que creen en un dios sobrenatural y en la vida después de la muerte.19 Aun a riesgo de resultar polémico, yo describiría el humanismo de la siguiente forma: el humanismo es una filosofía racional (incluso si al eliminar los absolutos se ve forzado a respaldar una conducta irracional) basada en la ciencia (como la autoridad final sobre los orígenes), inspirada en el arte (incluso si tiene que justificar lo indecente y lo profano) y motivada por la compasión (pero impedirá la subsistencia de aquellos que no suscriban sus supuestos). Afirma la dignidad de todo ser humano (excepto en el vientre de su madre o las definiciones éticamente aberrantes de gente como Peter Singer) y respalda la maximización de la libertad individual (excepto la de la gente religiosa, que se ve forzada a privatizar su fe) y la oportunidad individual en consonancia con la responsabilidad social y planetaria (aun cuando se deshace de todas las definiciones del pasado). Aboga por la democracia participativa (por lo tanto es una teoría política) y la expansión de una sociedad abierta, defendiendo los derechos humanos y la justicia social (sin reconocer una ley moral absoluta, en la que esa justicia social se basa). Libre del sobrenaturalismo, reconoce a los seres humanos como parte de la naturaleza (no distintos de los animales, solo que con una ética superior) y sostiene que la fuente de los valores (sean religiosos, éticos, sociales o políticos) es la cultura (pero no puede explicar por qué nuestras culturas se justifican a sí mismas de manera tan diferente) y la experiencia humana. Por tanto, los objetivos para la vida no los dictan las abstracciones teológicas o ideológicas (pero sí la abstracción ideológica del humanismo), sino la necesidad (olvidando la necesidad que el ser humano tiene de Dios) y el interés humano. [...] El humanismo es una alternativa satisfactoria a las religiones que creen en un dios sobrenatural y en la vida después de la muerte (aunque la mayoría admite que vivimos en una sociedad carente de significado, acabando así con lo esencialmente sagrado y la búsqueda de la justicia). Lo que intento transmitir es que las constantes acusaciones que hace el humanismo contra las religiones, diciendo que se atribuyen exclusividad, imponen su ética, reprimen la educación, controlan la sexualidad y un largo etcétera, también están presentes aquí. Y la realidad es que, al igual que las religiones, al humanismo le gusta verse como punto de referencia, pero aquí también hay desviaciones infinitas. Como ocurre en el cristianismo, en el campo de las ciencias y de las humanidades sus seguidores no siempre siguen un solo credo. En su libro Is Man the Measure? (¿Es el hombre la medida?),20 Norman Geisler recoge ocho creencias centrales en un epígrafe sobre el humanismo. Son las siguientes: Humanismo evolutivo (promovido porJulian Huxley) Humanismo conductual (promovido por B. F. Skinner) Humanismo existencial (promovido por Jean-Paul Sartre) Humanismo pragmático John Dewey) Humanismo marxista (promovido por Marx y Feuerbach) Humanismo egocéntrico (promovido por Ayn Rand) Humanismo cultural (promovido por Corliss Lamont) Humanismo cristiano (promovido por C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien y otros) Pero veamos cuáles son los puntos en común de las diferentes vertientes humanistas. Todas, a excepción de la última de la lista, encajarían fácilmente en el apartado de “humanismo secular”, representado por Julian Hu- xley en su libro Religión Without Revelation (Religión sin revelación). De hecho, hay quienes le ven como la mascota del humanismo. La frase por la que se le conoce decía que Dios, en lugar de parecer un gobernante, se parecía cada vez más a “la última sonrisa, a punto de desvanecerse, de un gato de Chesire cósmico”.21 Proclamó triunfante el gran alivio que eso le producía y confió que muchos otros le seguirían. Curiosamente, también habló de la experiencia “espiritual” que le llevó a rechazar el humanismo estrictamente materialista de Karl Marx. Hay dos citas que resumen su visión del hombre y del futuro: Está claro que el hombre del siglo XX necesita un nuevo órgano para enfrentarse al destino, un nuevo sistema de creencias religiosas y actitudes adaptadas a la nueva situación en la que las sociedades humanas tienen que existir. La característica radicalmente nueva de la situación presente podría describirse así: las religiones y los sistemas de creencias anteriores eran en gran parte adaptaciones para hacer frente a la ignorancia y los miedos del hombre, y el resultado fue que se preocuparon principalmente por la estabilidad y la actitud. Pero hoy necesitamos un sistema de creencias adaptado para hacer frente al conocimiento humano y a sus posibilidades creativas; y esto implica la capacidad de afrontar, incentivar y guiar el cambio.22 Según Huxley, la eliminación de Dios y del destino que Él promete significa que el humanismo debe encontrar la respuesta que ofrezca aquello que la “racionalidad” de sus creencias niega. Él confiaba en que de todo esto surgiría una religión humanista viable. Comte no lo logró. Huxley reavivó esa búsqueda: “La forma que tendrá esa religión —qué rituales o celebraciones practicará, si tendrá un equipo de profesionales o algún tipo de clero, qué edificios construirá, qué símbolos adoptará— es algo que nadie puede profetizar”.23 Avancemos en el tiempo. Recuerdo un artículo que leí hace pocos años, escrito por Loyal D. Rue, profesor de religión y filosofía, en el que decía que debemos inventar una “mentira piadosa” porque en nuestra era científica la cosmovisión judeocristiana ya no es creíble. Pero reconocía que, sin mitos religiosos, lo único que nos queda es el nihilismo, que tampoco es una opción positiva. Por tanto, necesitamos una mentira piadosa convincente, una mentira que nos diga que nuestro universo “tiene valor”. Reconoce que, en última instancia, eso es una “gran ficción” porque “el universo simplemente es”, pero una mentira de ese estilo “le confiere valor objetivo” y “sin ese tipo de mentiras, no podemos vivir”.24 Además, en su libro By the Grace of Guile: The Role of Deception in Natural History and Human Affairs (Por la gracia del estafador: el papel del engaño en la historia natural y en los asuntos humanos) dice que “queda en manos de los artistas, los poetas, los novelistas, los músicos, los cineastas, los encantadores y los ilusionistas empujarnos hacia nuestra salvación tentándonos a abrazar una mentira piadosa”.25 Vemos, pues, claramente, que el humanismo ha llegado a su destino: una mentira que sirve para que no acabemos unos con otros. Como no tiene un valor intrínseco que ofrecer, tiene que inventarlo; de lo contrario, continuaremos por el camino del que vinimos y el débil será engullido por cualquier hombre fuerte a quien no le importen los valores. Revisandosus objetivos Kitwood señala que el discurso del funeral de Pericles realmente se resume en cuatro proposiciones: 1. Tolerancia: cada uno es soberano sobre sus elecciones, y cada uno debería ser libre de escoger su camino sin que nadie protestara por su elección. 2. Integralidad o equilibrio: una vida equilibrada saca partido de todas las búsquedas y las posibilidades humanas. 3. Cooperación y generosidad. 4. La ideaprincipalydeprincipiosdeautosuu- ciencia.26 A simple vista, es obvio que hay una intención noble. Pero esos imperativos dan por hecho que esas cualidades son intrínsecamente buenas. ¿Y cómo separar entre el bien intrínseco y el bien pragmático o utilitario? ¿No es este acaso un acercamiento simplista a las complejas decisiones que hay que afrontar en la vida? Piensa en los retos a los que nos enfrentamos hoy con el avance de la tecnología y en el abanico de elecciones que tenemos ante nosotros tanto respecto a la vida como a la muerte. Debido a esos y a otros callejones sin salida, el humanismo sigue evolucionando, y de ahí las definiciones camaleónicas con las que nos encontramos. Las declaraciones y negaciones del humanismo quedaron plasmadas en tres manifiestos humanistas con fecha de 1933, 1973 y 2003. Cualquiera puede encontrarlos fácilmente en Internet. Después incluso de dos guerras mundiales y del siglo más sangriento de la historia, la determinación por eliminar lo sagrado es tan fuerte que ignoran la realidad aunque la tengan delante de las narices. Esos documentos han sido firmados por personas célebres e intelectuales destacados. Quizá sea esa arrogancia ciega lo que ha llevado al historiador Paul Johnson a escribir su libro Intellectuals (Intelectuales); solo el último párrafo ya hace que el libro valga la pena. Las vidas privadas de esos intelectuales revelan por qué están tan en contra de cualquier razonamiento moral que convierta la vida en algo sagrado. El preámbulo de la Asociación Humanista Británica y el terreno cubierto años después lo dicen todo: Los humanistas creen que la conducta del hombre debería basarse en la humanidad, el conocimiento y la razón. El hombre debe afrontar sus problemas con sus propios recursos morales e intelectuales, sin buscar ayuda sobrenatural. Nuestra preocupación tiene que ser esta vida, que intentamos que merezca la pena y sea plena por sí misma. No creemos poseer un conocimiento especial ni respuestas definitivas, ya que vemos la búsqueda de la comprensión como un proceso continuo.27 Los elementos básicos son una vida autosuficiente y plena por sí misma, y el rechazo de toda perspectiva trascendente. A partir de esa simple plataforma, el humanismo ha evolucionado, ha mutado, se ha reconfigurado y se ha transformado, convirtiéndose en lo que realmente quería. Como declaró abiertamente The Humanist Magazine hace algunos años, “lo que deberíamos hacer es luchar por la destrucción total del cristianismo y sus supersticiones, engaños y fraudes. [...] Sin duda alguna declaro que liberarnos del mito de la religión es de vital importancia para la humanidad”.28 Uno pensaría que la experiencia humana nos habría llevado a revisar seriamente su optimismo, pero no ha sido así, y probablemente nunca llegue a ocurrir. El gran desafío era encontrar una base para la ética puesto que Dios ya no era la fuente de la ética. Entonces, desde la ética evolutiva se propusieron tres caminos distintos. El primero es el utilitarismo (Jeremy Bentham), que busca la mayor felicidad para el mayor número de personas; el segundo es la ética de la responsabilidad mutua (H. J. Blackham es uno de los principales representantes); y el tercero, encontrar una medición para el aumento en la anchura y la longitud de la vida (Julian Huxley fue la voz más influyente por medio de El mono desnudo de Desmond Morris). Podríamos añadir un camino más: se trata del esfuerzo valiente, aunque muy maquillado, de Sam Harris en The Moral Landscape (El paisaje moral), donde defiende el “bienestar”. Uno se maravilla ante las ideas retocadas y reconfiguradas que presenta con términos diferentes. El rey realmente va desnudo, pero el lenguaje ofrece cobijo en medio de la tormenta de la sinrazón. William Lane Craig entre otros ha hecho una increíble labor mostrando el juego de palabras que Sam Harris usa en su argumento cuando intenta explicar por qué pensamos con categorías morales. Animo a los lectores a leer su crítica. Todo se reduce a una distorsión de la realidad o a una devaluación de la humanidad. Si no fuera algo tan serio, el sinsentido de esos esfuerzos hasta resultaría cómico. En el humanismo, es el ser humano quien define a su antojo qué es la humanidad. Curiosamente, yo no puedo tener mi propia ley de la gravedad, pero parece ser que una persona sí puede tener su propia ley moral. Al final, la ley de la gravedad seguirá haciendo su función cuando la humanidad caiga estrepitosamente, y quedará demostrado que la ley moral sí tenía razón de ser. Antes de presentar la fe cristiana como una perspectiva alternativa, veamos tan solo un ejemplo de la Segunda Guerra Mundial. Se trata del testimonio de personas que pensaron que la humanidad podría ser mejor si compartían lo que la experiencia les había enseñado. Doctors of Depravity (Doctores de la depravación), del escritor inglés Christopher Hudson y comentado en The Daily Mail (2 de marzo de 2007), cuenta esta impactante historia. Las palabras del doctor japonés que se encuentra en medio de toda aquella crueldad, tal y como las recoge Hudson, lo dicen todo: “La misión dada por Dios a los médicos es eliminar y tratar la enfermedad [...] pero el trabajo [...] en el que nos vamos a embarcar se opone completamente a esos principios”.29 Hudson narra los horrores de lo que ocurrió bajo una unidad secreta de experimentos médicos del ejército imperial japonés, la unidad 731. Más de sesenta años después, un doctor que participó en varias operaciones, la mayoría de ellas practicadas a prisioneros de guerra sin anestesia), describió los experimentos como “instructivos”. Hudson cuenta que el agente confesó haber diseccionado a diez prisioneros, entre ellos a dos niñas adolescentes: “Les sacó el hígado, los riñones y el vientre mientras aún estaban vivos. No murieron hasta que les sacó el corazón”.30 La lista de horrores es innombrable. Pero irónicamente, como señala Hudson, muchos miembros de esa unidad pasaron a ocupar posiciones importantes en la sociedad, incluyendo un doctor que llegó a ser el líder de una de las farmacéuticas más importantes de Japón. Añadiría que ese es el aguijón del humanismo dirigido al corazón. Y su fundamento es el relativismo en cuanto al valor del ser humano. Muchos humanistas y relativistas se enfadan cuando oyen estas ilustraciones. Les repugnan más los que las sacan a la luz que los que cometen esas atrocidades. Sinceramente, no es posible leer el libro de Hudson y no horrorizarse con los detalles que cuenta. Pero eso es precisamente lo que ocurre cuando los que están en el poder actúan contra los demás en nombre del desarrollo humanista. Eso es posible porque no hay una referencia universal del bien ni una definición unificada de qué significa ser humano. En el próximo capítulo, mi crítica al humanismo se centrará en desenmascarar el relativismo sobre el que descansa y los peligros que tiene esa relación, y responderé a esa filosofía con la declaración de Jesús sobre qué significa ser humano. 1. Alan Bullock, The Humanist Tradition in the West, New York; London, Norton, 1985, 8 [La tradición humanista en Occidente, Madrid, Alianza Editorial, 1989]. 2. Eslogan del Concejo para el Humanismo Secular, https://www.secularhumanism.org/index.php. Visto el 10 de septiembre de 2016. 3. Ver Norman Geisler, Is Man the Measure?, Grand Rapids, MI, Baker Book House, 1983. 4. Ver http://www.uu.se/en/about-uu/traditions/thomas-torild/. Visto el 10 de septiembre de 2016. https://www.secularhumanism.org/index.php http://www.uu.se/en/about-uu/traditions/thomas-torild/ 5. Anthony Kronman, Education’sEnd: Why Our Colleges and Universities Have Given Up on the Meaning of Life, New Haven, CT, Yale University Press, 2007, 255. 6. Anthony Kronman, “Why are we here? Colleges ignore life’s biggest questions, and we all pay the price”, The Boston Globe, 16 de septiembre de 2007, http://archive. boston.com/news/globe/ideas/articles/2007/09/16/why_are_we_here/ Visto el 10 de septiembre de 2016. 7. Ibíd. 8. Ver el simposio “A Dangerous and Disturbing Development”, 21 de septiembre de 2007, https://www.cardus.ca/comment/article/928/a-dangerous-and-disturbing- development/. Visto el 10 de septiembre de 2016. 9. Ibíd. 10. A. E. E. McKenzie, The Major Achievements of Science, Cambridge University Press, citado en T. M. Kitwood, What Is Human?, London: InterVarsity Press, 1970, 17. 11. “El año siguiente, Comte escogió la evolución de la humanidad como el nuevo tema para su discurso oficial; era la ocasión perfecta para establecer las premisas de lo que llegaría a ser la nueva religión de la humanidad”. Citado en “Auguste Comte”, Stanford Encyclopedia of Philosophy, http://plato.stanford.edu/entries/comte/. Visto el 10 de septiembre de 2016. 12. Ver Paul Kurtz, “A Call for a New Planetary Humanism”, Humanist Manifesto 2000, https://www.secularhumanism.org/index.php/1169. Visto el 10 de septiembre de 2016. 13. Ver “What Is Humanism?”, http://americanhumanist.org/Humanism. Visto el 10 de septiembre de 2016. 14. David Hume, An Enquiry Concerning Human Understanding, London: A. Millar, 1777, 166. 15. Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, The Grand Design, reimpresión, New York: Bantam, 2012, 180. [El gran diseño, Barcelona, Editorial Crítica, 2010]. 16. Ver, p. ej. John Lennox, “Como científico estoy convencido de que Stephen Hawking está equivocado. No podemos explicar el universo sin Dios”, The Daily Mail (3 de septiembre de 2010), http://www.dailymail.co.uk/debate/article- 1308599/Stephen-Hawking-wrong-You-explainuniverse- God.html#ixzz0yabn9HCT. Visto el 10 de septiembre de 2016. 17. John Cornwell, “The Grand Design: New Answers to the Ultimate Questions of Life by Stephen Hawking: review” en The Telegraph (20 de septiembre de 2010), online en http://www.telegraph.co.uk/culture/books/bookreviews/8006738/The- Grand-Design-New-Answersto-the-Ultimate-Questions-of-Life-by-Stephen- Hawking-review.html. Visto el 10 de septiembre de 2016. https://www.cardus.ca/comment/article/928/a-dangerous-and-disturbing-development/ http://plato.stanford.edu/entries/comte/ https://www.secularhumanism.org/index.php/1169 http://americanhumanist.org/Humanism http://www.dailymail.co.uk/debate/article-1308599/Stephen-Hawking-wrong-You-explainuniverse-God.html#ixzz0yabn9HCT http://www.telegraph.co.uk/culture/books/bookreviews/8006738/The-Grand-Design-New-Answersto-the-Ultimate-Questions-of-Life-by-Stephen-Hawking-review.html 18. Kronman, Education’s End, 259. 19. Ver “Definitions of Humanism”, http://americanhumanist.org/humanism/definitions_of_humanism. Visto el 10 de septiembre de 2016. 20. Geisler, Is Man the Measure?, Grand Rapids, MI, Baker Book House, 1983. 21. Julian Huxley, Religión Without Revelation, New York: Harper, 1957, 58. 22. Ibíd, 188. 23. Ibíd., 205. 24. George W. Cornell, “In Light of Science Let’s Begin with a Noble Lie”, Deseret News, 20 de julio de 1991, http://www.deseretnews.com/article/173507/IN-LIGHT- OF-SCIENCELETS-BEGIN-ANEW-WITH-A-NOBLE-LIE-PHILOSOPHER- SAYS. html?pg=all. Visto el 10 de septiembre de 2016. 25. Loyal Rue, By the Grace of Guile: The Role of Deception in Natural History and Human Affairs, New York, Oxford University Press, 1994, 279. 26. Kitwood, What Is Human?, 13. 27. Ibíd., 30. 28. Citado en Kitwood, 36. 29. Christopher Hudson, “Doctors of Depravity” (2 de marzo de 2007), The Daily Mail, http://www.dailymail.co.uk/news/article-439776/Doctors-Depravity.html. Visto el 10 de septiembre de 2016. 30. Ibíd. http://www.deseretnews.com/article/173507/IN-LIGHT-OF-SCIENCELETS-BEGIN-ANEW-WITH-A-NOBLE-LIE-PHILOSOPHER-SAYS.html?pg=all http://www.dailymail.co.uk/news/article-439776/Doctors-Depravity.html C CAPÍTULO 6 RELATIVISMO “Es verdad para ti, pero no para mí” Ravi Zacharias La alternativa verdadera uentan una vieja historia de un sheriff de Texas que perseguía a un ladrón de bancos que, después de cada atraco, cruzaba la frontera de vuelta a México. El sheriff al final lo encuentra en un bar de su ciudad pero, debido a la barrera del idioma, tiene que depender de un intérprete que pacientemente traduce la conversación palabra por palabra. Al final, el sheriff le dice al ladrón: “¡Dime dónde has escondido el dinero o disparo!”. El bandido empieza a darle detalles de dónde ha escondido el dinero: detrás de qué casa, junto a qué árbol, cuál era la profundidad del agujero, etcétera. El intérprete duda unos instantes y dice: “Dice... dice... ¡adelante, dispara!”. El interés y el beneficio personal son motivaciones poderosas a la hora de decidir qué confesar. A menudo me pregunto cuántos académicos saben que no tienen una base sólida para sostener su cosmovisión, pero la presión del mundo académico y la seguridad laboral les fuerza a no admitirlo y les obliga a seguir la corriente. Como Vince señaló anteriormente, G. K. Chesterton dijo que el problema de la fe cristiana no es que la hayamos puesto a prueba y no haya salido airosa, sino que la encontramos difícil y no la hemos puesto a prueba.1 El precio que uno paga por creer en medio de un ambiente hostil es muy alto. Sin embargo, cuando uno mira la iglesia perseguida, es increíble cómo ha sobrevivido y cómo, a menudo, ha crecido. Cuando los musulmanes se jactan de la rapidez con la que está creciendo el islam, no es una reivindicación legítima. Solo pueden hacer esa afirmación si retiran la obligatoriedad de los países donde han impuesto su religión. En la mayoría de países islámicos, uno no tiene la libertad de no creer. Hemos de reconocer el mérito de la fe cristiana, que ha sobrevivido a una inmensa persecución y a los esfuerzos de borrarla de la faz de la tierra. El Estado Islámico ha intentado eliminarla mientras el resto del mundo observa, y sin embargo los seguidores de Jesús se mantienen firmes y confiados. El cristianismo es una creencia basada en la libertad. También es una creencia en un absoluto, y aquí es donde más se diferencia del humanismo. Ese absoluto es en lo que me quiero centrar. El humanismo, al menos el humanismo secular, está indisolublemente ligado a la relativización de la verdad y de la ética. El ser humano es la medida de todas las cosas. Pero, ¿qué ser humano define esa medida? ¿Qué cultura? ¿Qué periodo o época? No nos dan ninguna respuesta. De este modo, el fracaso del humanismo y el fracaso del relativismo están totalmente relacionados. Cualquier valor se reduce al valor que le otorgan las preferencias o los prejuicios de una persona, cultura o época. Ya he hablado anteriormente de los tecnicismos y de las perplejidades filosóficas del relativismo. No voy a repetirme, sino que quiero hablar de un camino mejor, mostrar cómo la verdad y la ética descansan en el marco objetivo y universal que Cristo ofreció. A la vez, también abordaré la deficiencia que encontramos tanto en el relativismo en cuanto a la verdad como en el relativismo en cuanto a la ética. En medio de la confusión del relativismo impuesto por el humanismo secular, Jesús hace una afirmación absoluta sobre lo que significa ser humano. En el centro de la enseñanza de Jesús está la descripción clara y definitiva de qué significa ser humano. De ese modo, sí se pueden unir los preceptos morales y el sentido de la vida. Veo cuatro distintivos claros que integran la cronología y la lógica: Creación Encarnación Transformación Consumación Esta secuencia define el mensaje cristiano sobre qué significa realmente ser humano. Desafortunadamente, los caminos se separan ya en la primera fase, por lo que hay mucha información errónea y mucha tergiversación. Creación Si utilizas esta palabra en el contexto académico, estás acabado.He conocido a profesores de universidad que me han hablado en privado de la presión académica que experimentan si dan a entender que para explicar nuestra existencia necesitamos la intervención de una causa primera personal y moral. En su libro Seven Days That Divide the World (Siete días que dividen el mundo), mi amigo y colega John Lennox defiende de forma fundamentada la hermenéutica de la historia de la humanidad tal como está recogida en el Génesis. El amplio abanico de posibilidades que se postulan merece una seria consideración. Es increíble que, en lugar de centrarse en la idea principal, los críticos salten a los puntos menos importantes e intenten destruir toda la narrativa con minucias. El hecho es que ni siquiera los científicos presentan un argumento convincente a favor de una teoría “terrenal” de los orígenes. No hablo de los procesos. Hablo del punto de partida. La ciencia no tiene nada que decir a ese respecto, y esa es la razón por la que vemos diferencias dentro de las disciplinas. Por ejemplo, Hoyle y Wickramasinghe calcularon la probabilidad de que todas las proteínas funcionales necesarias para la vida se formaran en un lugar a consecuencia de eventos aleatorios: el resultado fue la sorprendente cifra de 1 entre 1040 000. Concluyen que “es una probabilidad escandalosamente pequeña que no podría asumirse incluso si todo el universo estuviera compuesto de caldo orgánico”.2 Hoyle concluye en su libro Intelligent Universe (El universo inteligente): La vida no podría haberse originado aquí en la tierra, ni tampoco parece que la evolución biológica se pueda explicar desde una teoría terrenal de la vida. Para que se dé el proceso evolutivo son necesarios genes de fuera de la tierra. Eso es lo que confirman los métodos científicos, la experimentación, la observación y los cálculos.3 A continuación, plantea la posibilidad de una teoría de la panspermia sobre los orígenes. Si la ciencia está dispuesta a aplazar su veredicto sobre los orígenes, ¿es demasiado pedir que se incluya a un Diseñador entre las demás posibilidades? Recomiendo el libro de Lennox a los estudiantes serios para que vean las diferentes posibilidades que nos acechan. Por mi parte, quiero extraer dos implicaciones para la humanidad de que exista un Dios Creador. La primera es que los seres humanos tienen valor intrínseco, y no un valor meramente relativo. Ese valor no lo transmite el estado, la política o las Naciones Unidas. Lo que da valor al ser humano es el hecho de ser una entidad diseñada con dignidad y propósito. Allí donde hay un Creador con un propósito, hay una ley para gobernar a la entidad creada. En este punto, dicho sea de paso, que el ateo hostil destripe el carácter de Dios sin reconocer la relación de pacto que aceptó el pueblo de Israel (junto con sus bendiciones y sus implicaciones) es equivalente a tomar una frase fuera de contexto y presentarla como la historia completa. Por ejemplo, si un niño hace deducciones cuando su madre lo lleva al médico, puede llegar a conclusiones falsas y horrendas. El pequeño ve la enorme aguja en las manos del médico y chilla preguntándose por qué su madre, a cuyos brazos protectores se había confiado, se queda quieta sin hacer nada. Además, el niño puede quedarse aún más confundido cuando ve que su madre le paga al doctor por el dolor que le ha infligido. Podrían pasar años antes de ver el beneficio de esa dolora visita. ¿Es demasiado para nosotros los mortales someternos a la sabiduría de un Creador bondadoso para que nos muestre de qué manera los dolorosos efectos del pecado pueden acercarnos a la perspectiva eterna? La violación de las leyes tiene consecuencias. Es algo que nos cuesta mucho entender. El rey Salomón, que sabía suficiente sobre la ley aunque la ignoraba a placer, dijo: “La senda de los justos se asemeja a los albores de la aurora: su esplendor va en aumento hasta que el día alcanza su plenitud” (Proverbios 4:18). También dijo que “el deber” del hombre era “cumplir los mandatos de Dios” (Eclesiastés 12:13). Hablaba desde la perspectiva de alguien que luchó con un estilo de vida descuidado y que descubrió que había estado “corriendo tras el viento” (Eclesiastés 1:14). La propia palabra ley hace arder la rebelión en nuestros corazones. Cuando observas la ley mosaica ves que hay un total de 613 leyes. Se dividen en códigos morales, ceremoniales y cívicos. A medida que la revelación avanza, vemos cómo otros profetas sintetizan esas leyes para llegar a su esencia. En el Salmo 15, David las reduce a once. Isaías 1:16-18 las reduce a seis. Miqueas 6:8 las reduce a tres: practicar la justicia, amar la misericordia y humillarte ante tu Dios. Habacuc 2:4 ve la ley a la luz de la relación entre el hombre y Dios y enuncia una sola ley: que “el justo vivirá por su fe”. Si quitas el tercero de los tres imperativos que vemos en Miqueas (humillarnos ante nuestro Dios) nos quedamos con la misma terminología que enarbola el humanismo: justicia y compasión. La principal diferencia entre los dos es el tercer imperativo: caminar ante Dios en humildad. ¿Cómo lo sabemos? Cuando Jesús estaba enseñando la ley, le hicieron dos preguntas capciosas. La primera fue si era correcto pagar los impuestos al César. Jesús respondió de forma brillante: le pidió al que le había hecho la pregunta que le enseñara una moneda. Cuando el hombre se la mostró, Jesús le preguntó de quién era la imagen que aparecía en la moneda. La respuesta llegó sin vacilar: del César. Jesús le dijo: “Entonces dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21). Ese fue un momento decisivo. La carga impositiva sobre los judíos era enorme, y estaba molesto por tener que pagar los impuestos. Pero entonces se hizo un silencio que jamás se tendría que haber hecho. El hombre debería haber preguntado: “¿Qué pertenece a Dios?”. Esa pregunta habría resaltado lo que subyace en toda responsabilidad política y económica. Y Jesús habría respondido: “¿De quién es la imagen que llevas grabada en ti?”. Esa esencia que lo define todo está en el centro de lo que significa ser humano. Es la “imago Dei” en nosotros. Hemos sido creados a imagen de Dios. Esto se ve aún más claro en la siguiente pregunta capciosa que le hacen a Jesús: “¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley?” (Mateo 22:36). Como no consiguieron que Jesús cayera en la trampa de “Dios contra el César”, probaron con “Dios contra Dios”. De entre las 613 leyes, le pidieron a Jesús que escogiera una. Increíblemente, Jesús no cayó en la trampa y les citó dos leyes como indisolublemente relacionadas. Dijo: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente. [...] El segundo se parece a este: Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Mateo termina la conversación con las palabras de Jesús: “De esos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37- 40). Luego Marcos añade: “No hay otro mandamiento más importante que estos” (Marcos 12:31). En otras palabras, el amor a Dios y el amor resultante por la humanidad no solo están indisolublemente relacionados, sino que toda la moralidad que quede el margen de esos dos mandatos no tiene otra base sobre la que levantarse. Esta es la única verdad noble. Todo lo demás es una mentira piadosa. No hay fundamento fuera de esos mandamientos, y nada es más excelente que esos mandamientos. Decir la verdad, la santidad del sexo, la santidad de la vida, la santidad de la propiedad, etcétera: ninguno es mayor y ninguno es legítimo si no están basados en la relación vertical con Dios. En ellos tenemos aquello que el humanismo simplemente no tiene y ataca abiertamente. La lógica de Jesús es convincente por los dos mandamientos que une. Sin el primer mandamiento no existe ninguna base para amar a tus semejantes. Uno no puede decir que ama a Dios si trata de forma inhumana a sus semejantes. Lo que Dios ha unido, que nadie lo separe. Esa es la razón por la que hasta los Diez Mandamientos dependen completamente de la redención. Cuando el hombre o la mujerson libertados de la esclavitud del “yo”, ven la gloria de la otra persona. No puedes ser un ser humano genuino si no reconoces el valor intrínseco dado al resto de seres humanos. Mi respeto hacia otra persona no se basa en lo que piense de mí, sino en lo que yo pienso de ella. El dinero y las cosas materiales son cantidades económicas y sociales; la persona es una entidad espiritual. De ese valor intrínseco surge un brillante resplandor. El valor inherente que tenemos como seres humanos nos da valor general y valor particular. Ya he contado esto antes en algún otro sitio, pero no conozco mejor ejemplo para ilustrar esto que un suceso que tuvo lugar hace algunos años. En 2006 varios estudiantes y profesores de la Taylor University en Upland, Indiana, murieron en un accidente de tráfico. Una joven sobrevivió al accidente y su familia estuvo junto a su cama durante días que se convirtieron en semanas. Pero pronto se dieron cuenta de que las respuestas que ella les daba no tenían mucho sentido. Debido al traumatismo craneal sabían que algo iba mal, pero la confirmación vino cuando finalmente ella les preguntó por qué insistían en llamarla con un nombre que no era el suyo. Eso hizo que realizaran algunas averiguaciones hasta que quedó claro que aquella joven no era su hija. Había habido un error de identificación. El forense no hizo pruebas de ADN y se equivocó de persona. Su hija era una de las jóvenes que había muerto en el accidente y a la que habían enterrado con otro nombre. Y la joven a la que estaban cuidando era la hija de otros. De repente, una familia quedó traumatizada el descubrir que su hija, a la que creían muerta, aún estaba viva, mientras que la familia que pensaba que su hija había sobrevivido descubrió que su hija ya estaba enterrada. Para hacer frente a un cambio de emociones tan brusco ambas familias tuvieron que reajustar su mundo radicalmente. ¿Cómo puedes siquiera empezar a entender algo así? La negligencia de un forense tuvo unas implicaciones devastadoras. Permíteme llevar esto más lejos. ¿Y si la joven se hubiera dado cuenta de que aquellos padres creían que ella era su hija, pero hubiera preferido esa familia a la suya propia y hubiera decidido seguirles la corriente? El robo de documentos de identidad para suplantar a otros es suficientemente horrendo; pero el robo de la identidad esencial es despreciable porque se priva a todos de la verdad y porque se traiciona a una persona difunta con una mentira que roba su identidad. Piensa en las implicaciones de tergiversar nuestro valor esencial, solo para descubrir al final de la vida que no somos quienes los académicos nos dijeron. La mujer que sobrevivió tenía un nombre y un valor que justificaba su cuidado y su liberación. Ella irradiaba un resplandor brillante en su familia, pero tenía valor intrínseco para toda la humanidad. Solo la fe cristiana da ese equilibrio desde el comienzo de cada vida. Hay un pasaje interesante en la Biblia en el que Rebeca, la esposa de Isaac, estando embarazada le pregunta a Dios qué es lo que está pasando en su interior. La respuesta que Dios le dio es que en su vientre hay dos naciones y que la mayor servirá a la menor. Pero la cuestión es que Dios no le dice “llevas en tu vientre dos fetos”, ni le dice “llevas en tu vientre dos bebés”. Las palabras de Dios son bastante drásticas: “Dos naciones hay en tu seno” (Génesis 25:23). De este modo, Dios nos recuerda el valor de cada vida. No se trata solo de una vida. Está hablando de un linaje, de una descendencia que determinará el futuro. El diseño del Creador no es solo algo individual. Es un plan que nos vincula con el futuro. Encarnación Génesis 1:1 empieza diciendo: “En el principio creó Dios...”. En hebreo son tan solo tres palabras. Esas tres palabras lo cambian todo, pues determinan quiénes somos. Pero el Evangelio de Juan nos da más detalles: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. [...] Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros [...] lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1, 14). La historia de la encarnación ha dado forma y ha inspirado a la humanidad durante siglos. No fue una mentira piadosa; fue una verdad noble. Fue la vida más excelente jamás vivida y cambió la historia del mundo. En su nacimiento, un grupo de pastores que criaban ovejas para los sacrificios de la pascua se encontraron cara a cara con el Cordero perfecto. Nacido en la familia de un carpintero, el mismísimo Creador del universo entraba en la historia. Recibió regalos de parte de gobernantes de Oriente, pero Él mismo era el mayor de los regalos: el Rey de reyes y Señor de señores. El poder de Roma intentó detenerlo. Vino a liberar cautivos. Vino a anunciar libertad a un mundo esclavizado. En nuestra casa tenemos un cuadro. En primer plano aparece un fornido soldado romano ataviado con la vestimenta militar y apoyado sobre su lanza. Está observando a un hombre que aparece en la distancia, tirando de un burro en el que está montada una mujer en avanzado estado de gestación. El contraste es inconfundible. Los poderes de este mundo engalanados con una fuerza irreal, observando a una sencilla familia de la que provendría el mensaje del poder definitivo. Recuerda la visión de Daniel de la roca que nadie desprendió, esa roca que destrozaría a los reinos de este mundo (Daniel 2:34). Roma fue conquistada por el evangelio. Pero como más adelante Roma se burló del evangelio, sus rocas se convirtieron en ruinas y ahora solo existen los recuerdos de una gloria del pasado. Edward Gibbon lo recoge en su obra Historia de la decadencia y la caída del Imperio romano. Sus fracasos morales y su arrogancia lo debilitaron hasta que los bárbaros pudieron escalar sus muros porque, detrás de aquellos muros, ya estaba todo devastado. Veo al menos dos implicaciones en la encarnación: una ley moral absoluta y la supremacía del amor. Vamos a considerarlas una por una. Por mucho que queramos enfatizar los tópicos, en esencia el humanismo es relativista. Todos los valores se convierten en relativos dependiendo de las circunstancias y la cultura de la persona. Y en esencia, el relativismo se destruye a sí mismo. Decir que toda la verdad es relativa es en sí una contradicción: esa afirmación o incluye el relativismo o lo excluye. Si lo incluye, está diciendo que el propio relativismo no siempre es verdad. Si lo excluye, está sugiriendo un absoluto, aunque niega que los absolutos existan. Así que la única forma de que toda la verdad pueda ser relativa es, de nuevo, emplear un disolvente que se disuelve a sí mismo. El relativismo se convierte en las arenas movedizas del humanismo y también destruye el significado porque uno no puede encontrar seguridad en una cultura sin valores, definida por personas sin valor. Los que mejor lo saben son nuestros jóvenes. En su libro Finding God at Harvard (Encontrando a Dios en Harvard), Kelly Monroe Kullberg cita a un estudiante: “La libertad de hoy es la libertad de entregarnos a los valores que nos apetezcan, con la condición de que no creamos que esos valores son verdad”.4 En su libro Relativism (Relativismo), Francis Beckwith y Greg Koukl describen lo que significa e implica el relativismo moral. Señalan que los sistemas morales clásicos tienen al menos tres características. Primero, sirven como guía incuestionable para las acciones, independientemente de los gustos, preferencias, costumbres, intereses, etcétera. Segundo, el sistema estipula un código pres- criptivo que da un sentido de “deber” y de imperativos; dicta cómo deberían ser las cosas. Tercero, la moral es universal. Estos principios morales no son arbitrarios ni personales, sino que son públicos, y son aplicables por igual a todas las personas en situaciones esencialmente similares. Esto es lo que implica una ley moral objetiva. Incluso los escépticos ven esto necesario. Beckwith y Koukl citan al filósofo David Hume en cuanto al tema del sistema moral: El concepto de valores morales lleva implícito un sentimiento comúna toda la humanidad que recomienda la aprobación general de un mismo objeto y hace que todos los hombres o la mayoría de los hombres coincidan en la misma opinión o en la misma explicación de dicho objeto. También da por hecho algunos sentimientos tan universales y amplios que se extienden a toda la humanidad.5 En efecto, el relativismo rechaza esa idea y se deshace del “deber” universal. Es interesante ver que los relativistas han huido de los absolutos, pero demandan acatar el relativismo como un absoluto. Funcionalmente, no es diferente de un punto de vista amoral o, lo que es más, de una persona sin un punto de vista moral. Nuestra cultura al completo ha caído presa de un modo relativista de decidir qué valores morales se aplican a cada persona. Peligrosamente, en lugar de estipular una prescripción, el relativismo se desplaza constantemente hacia la pregunta “¿relativo a qué?”. Recuerdo muy bien una noticia que salió en uno de los principales canales de televisión en los años 90. Describían una encuesta sobre qué piensan los estadounidenses de los absolutos en los ámbitos del lenguaje y la moral. Vivimos en lo que yo llamo una cultura de “salvación por encuestas”. En la primera pregunta de la encuesta, el reportero preguntaba a pie de calle: “¿Crees que las palabras tienen un significado específico o, por lo contrario, que su significado depende de la forma en la que el emisor la use?”. Esa pregunta fue avalada por la famosa frase que el presidente Clinton dijo en su defensa en el caso Lewinsky: “Todo depende de lo que signifique la palabra es”. Curiosamente, el consenso fue que el uso de las palabras depende del emisor y que las palabras no están sometidas a definiciones específicas. Ni el reportero ni los entrevistados cayeron en la cuenta de que, para opinar sobre el tema, estaban usando palabras. Pero dejando eso a un lado, la siguiente pregunta era si la moral es absoluta o si depende de cada persona. De nuevo, la encuesta mostró una dependencia de la persona, en lugar de unas normas morales externas al individuo. Una vez más, implícitamente eso plantea la pregunta de si uno necesita ser honesto en su respuesta. Tal es el estancamiento que nuestra cultura posmoderna se autoimpone. Irónicamente, la segunda noticia que dieron ese día fue la advertencia a Saddam Hussein de que si no “dejaba de hacer juegos de palabras, empezaría el bombardeo”. Eso evidenció la dura realidad. Las palabras y los principios morales sí tenían un significado con el que podíamos juzgar a los demás, pero eso no era aplicable en la misma medida a nosotros mismos. Esa es la espada de doble filo del relativismo. Hiere la mano del que la empuña. Lo admitamos o no, las palabras tienen referentes ónticos al igual que los pronunciamientos morales. Vince hablará más de esto en su capítulo sobre el hedonismo. Yendo más allá de la ley moral, Jesús enseña las ocho bienaventuranzas en las que no solo invierte supuestos comunes, sino que enseña cómo Él trasciende la ley (Mateo 5:1-12). Los pobres en espíritu heredan Su reino porque los que ven su propia pobreza de espíritu claman al Señor para que Él les enriquezca. No son los arrogantes los que heredan, sino los humildes. El Sermón del Monte va más allá de la ley y apunta a un llamado aún más elevado: “Habéis oído que se dijo... [...] Pero yo os digo...” (Mateo 5:21-48). Nosotros hablamos de la letra de la ley y del espíritu de la ley, pero Jesús va más allá y hace que incluso el espíritu de la ley parezca tan solo una intención. Las bienaventuranzas nos llevan a una ética del reino que hace que la obra de Dios en nuestras vidas sea la liberación definitiva. Buda Gautama dijo una media verdad cuando proclamó que el sufrimiento desaparece cuando dejamos de desear. Si no deseas nada, nunca te sentirás desposeído. Pero en lugar de eso, Jesús nos anima a tener hambre y sed de justicia. Ese es un deseo positivo que te lleva más allá de la ausencia de sufrimiento, hasta la presencia de gozo y hasta Su paz. La vida no debería ser un proceso en el que meramente evitamos el sufrimiento. El punto de partida del orden creado lo redefine todo. Por eso el Domingo de Resurrección vemos quién estaba vivo y quién estaba muerto en realidad. O, en el caso del hombre que nació ciego y que Jesús sanó, descubrimos que la ceguera espiritual es la enfermedad por excelencia que nos impide ver la realidad tal como es. Durante la guerra de Irak, una mujer soldado perdió la mano a causa de un explosivo que cayó a su lado. Cuando la llevaban de urgencias al hospital no paraba de llorar, no por la mano que había perdido sino por el anillo que llevaba en aquella mano: su anillo de boda. Uno de sus compañeros regresó a aquel lugar, encontró la mano, y le llevó el anillo. Qué manera más increíble de dar valor a las cosas. El anillo era la alianza que simbolizaba su amor y unión con su marido. Comprendió qué era lo que realmente importaba: podía vivir sin aquella mano, pero lloró la pérdida de lo que simbolizaba el vínculo espiritual del amor. En algunos de los momentos más determinantes de la vida, descubrimos una profundidad de valores que los momentos superficiales nunca nos muestran. Cuando malgastamos nuestra existencia en el lado superficial de la vida, nos perdemos todo lo que se encuentra en el lado profundo del descubrimiento y de la belleza. Esto me lleva a concluir que por encima de la ley está la supremacía del amor: el amor como la ética suprema. La creación define la esencia. La esencia determina la existencia. Es así, y no a la inversa. Si la existencia define la esencia, nos adentramos en un camino de elecciones relativistas que, aunque en el momento parecen tener sentido, no tienen un sentido último; y la vida se convierte en “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, sin significado alguno”.6 El anuncio de un reloj de alta gama dice lo siguiente: “Nunca un Patek Philippe es del todo suyo. Suyo es el placer de custodiarlo hasta la siguiente generación”. Si la existencia define la esencia, eso no solo es aplicable a un reloj de alta gama: es aplicable a cualquier cosa que tú creas poseer. Salomón se lamentó de esa fugacidad de las posesiones. Solo lo custodiamos hasta la siguiente generación. Irónicamente, ese eslogan publicitario es para un objeto que marca el tiempo. Todas las posesiones “valiosas” tienen fecha de caducidad. Aquí es donde la enseñanza de Jesús alcanza cotas no conocidas hasta entonces. Jesús habla de tres grandes excelencias: la fe, la esperanza y el amor. Todo ser humano se aferra en esta vida a estas tres virtudes, que han de ser ejercitadas de manera voluntaria. Las tres son posturas de la mente a las que todo ser humano se aferra en esta vida. Algunas las dejamos a un lado al final, y otras encuentran su esencia en la eternidad. Realmente no podemos vivir sin ellas, aunque a veces intentamos vivir sin la que es la más importante de todas. Es imposible vivir sin fe y esperanza. Uno puede intentar vivir sin amor, pero no habrá tenido la posesión más gloriosa del alma y del corazón. De padres a hijos, el amor es una virtud sobre la que cantamos, escribimos, con la que soñamos, y de la que a menudo nos privamos. En la actualidad soy abuelo, y me encanta esta etapa de la vida. Nuestro nieto mayor, Jude, tiene cinco años. Me resulta muy emotivo verle colgarse la mochila a la espalda y salir para la escuela (aunque aún está en preescolar). No le gusta ir porque son muchas horas para un niño pequeño. Pero le encanta volver a casa por las tardes. Cuando tenía unos tres años y medio, su madre no sabía dónde había dejado las llaves del coche y al final exclamó frustrada: “¡Un día voy a perder la cabeza!”. Enseguida, Jude se le acercó y le dijo: “Mami, hagas lo que hagas, por favor, nunca pierdas tu corazón, porque yo estoy ahí dentro”. En sus salmos, David dice: “Has hecho que brote la alabanza de labios de los chiquillos” (Salmo 8:2). Los niños tienen formas de mostrarnos el esplendor del amor que a menudo son inalcanzables para losadultos. ¿Por qué? Porque nuestro amor puede ser interesado. Un niño lo expresa como una necesidad genuina. C. S. Lewis nos recordaría que el clímax del amor está en “el amor apreciativo” que se da en adoración.7 Lleguemos o no al amor apreciativo, sabemos que en lo más profundo de nuestro ser anhelamos una relación consumada que aúne de forma totalmente satisfactoria lo sagrado y la expresión de amor. Si no hay entrega de amor ni aceptación de ese amor, eso es imposible. ¿De qué manera es posible ese tipo de amor? En todas las demás cosmovisiones, como mucho la vida precede al amor. Únicamente en la fe cristiana el amor precede a la vida. El Dios de amor nos ha creado para Su propósito, que cumplimos de forma suprema cuando amamos a Dios y a nuestros semejantes. Y el amor sucede a la vida. Está tanto aquí como en el más allá. Lo disfrutas, lo entregas y lo heredas en términos aún más excelentes. No solo custodias el amor para la siguiente generación. Tu realidad es que la siguiente generación lo multiplicará y finalmente lo disfrutará junto a ti en la eternidad. Es como una semilla que se planta y que da un fruto que todos van a degustar y a disfrutar. Transformación En ese tipo de amor, algo tiene que morir para que la pasión más excelente viva. Eso es lo que Jesús llama nuevo nacimiento o “conversión”. Como ya mencionó Vince, hace algunos años el destacado escritor Matthew Parris escribió un artículo increíble en The Times (27 de diciembre de 2008) en el que dijo que la única respuesta para África no era más ayuda humanitaria sino el “mensaje evangelístico de la conversión”. Cualquiera que conozca a Parris sabe que como ateo no respalda en absoluto el mensaje del evangelio. Él mismo lo confirma. Sin embargo, cuando visitó Malawi, donde había crecido, y vio cómo se había deteriorado la vida en África, dijo que para levantar ese continente no hacían falta más ONG sino el corazón transformado que el mensaje de Jesús promete. Admitió que como ateo se sentía destrozado, pero que se veía forzado a reconocer el aspecto único de la transformación que solo la fe cristiana promete. Incluyo aquí el final del artículo: Los que quieren que África camine con la cabeza alta en medio de la competición global del siglo XXI no deben engañarse: proveerles de los medios materiales o del conocimiento que acompaña lo que llamamos desarrollo no provocará un cambio. Primero, hay que sustituir todo un sistema de creencias. Y me temo que debe ser sustituido por otro. Eliminar la evangelización cristiana de la ecuación africana podría dejar el continente a la merced de una fusión maligna de Nike, los curanderos, los teléfonos móviles y los machetes.8 Lo cierto es que esta verdad no es aplicable solo para África, sino para toda la humanidad. El machete sería la excepción. El poder destructivo al que tienen acceso los llamados “países avanzados” (que es un término debatible) tiene posibilidades catastróficas. Nuestra ética puede ser relativa, pero nuestros métodos pueden ser absolutos. Jesús decía que todos necesitamos un corazón cambiado: no solo los destructivos, los indeseables y los destituidos, sino también los sofisticados, los exitosos y los cualificados. Ese cambio de corazón es el único camino para aquello que de otro modo mataría. Hace falta una confianza chulesca en uno mismo para pensar que podemos salir del atolladero del egocentrismo y el orgullo. En su llamado a la transformación, la enseñanza de Jesús es clara. Primero, no es un problema del intelecto sino del espíritu. Entra en una cárcel y verás la diferencia entre la autojustificación y el arrepentimiento verdadero. Conozco a un empresario multimillonario que, justo antes de meterse en un proyecto de 1000 millones de dólares, me pidió que orara por él y por el proyecto. Cuando marchamos del edificio hacia las once de la noche, me dijo: “Tiempo atrás no habría estado de acuerdo con la parte de la oración en la que has pedido que se haga la voluntad de Dios en este proyecto. Habría querido arriesgarme, quisiera Dios o no. Ahora digo con todo mi corazón que solo quiero meterme en esto si es lo que Dios quiere para mí”. Cuando aprobaron su licitación, me llamó y me dijo: “Eres el primero al que llamo para contarle que han aceptado mi oferta”. Hay una diferencia abismal entre querer las cosas a mi manera y querer las cosas a la manera de Dios. Cuando nos entregamos, ganamos. Cuando morimos, vivimos. Eso es lo que Dios quiere decir cuando nos pide que nos neguemos a nosotros mismos. Es la disposición a aceptar el reclamo de Dios sobre nuestra vida antes de perseguir nuestros propios ideales. Ese punto de partida es realmente el comienzo de la victoria. La vida de verdad empieza con un funeral en el que enterramos nuestro orgullo y autosuficiencia. Recuerdo que de joven mis amigos y yo nos burlábamos de uno de nuestros amigos que estaba a punto de casarse, diciéndole que iba a perder su libertad. La broma se acabó cuando nos miró fijamente y nos dijo: “Estáis equivocados. Lo cierto es que ahora soy realmente libre, libre para amar, libre para comprometerme a una relación significativa. Vosotros aún tenéis las manos atadas”. Eso no son solo palabras. Bien entendido, describe lo que la entrega y la muerte nos brindan: la vida para la que fuimos diseñados. La mayoría de nosotros intenta construir primero, y solo leemos las instrucciones cuando nos encontramos con problemas. Seguir las instrucciones nos ayuda a cada uno a construir nuestro propio destino. En eso consisten la libertad y la celebración verdaderas. Consumación Hace algunos años estaba en Jerusalén investigando y escribiendo mi libro Light in the Shadow of Jihad (Luz en las sombras de la yihad). Tuve una conversación fascinante con un profesor de religiones en la universidad principal, y me sorprendió bastante uno de sus comentarios. “Es usted un hombre inteligente, Sr. Zacharias, pero déjeme decirle algo que usted no sabe”. “Hay muchas cosas que no sé”, le respondí. “Por favor, cuénteme”. “Yo soy judío y usted es cristiano. Pero tenemos una cosa en común. Nuestra meta última es la comunión con Dios. Eso es un destino espiritual, ¿no es cierto?”. “Sí, es cierto”, dije sin saber exactamente a dónde quería llegar. Pero no quise interrumpir su intenso y apasionado discurso. “Sí. Tenemos esa meta en común. Queremos estar en comunión con nuestro Creador, con nuestro Dios”. Continuó: “Antes de llegar a ser profesor trabajé para el Mosad. No me juzgue. Trabajé en los servicios de inteligencia para proteger mi país”. La intensidad con la que hablaba y sus pensamientos me dejaron de piedra. “Con frecuencia me llamaban a la escena de un atentado suicida para recoger las partes desperdigadas de algún cuerpo que había volado por los aires. Era horrible ver tanta devastación. Pero me di cuenta de algo. Los jóvenes que se inmolaban normalmente llevaban una faja de plomo para proteger esa parte de su anatomía que iban a necesitar en el paraíso. “Sí... Y cuando me daba cuenta, guardaba silencio. Estaban protegiendo aquello que usarían en el más allá. Entonces me di cuenta de que su creencia y la mía eran radicalmente distintas. No, no son mis prejuicios políticos o territoriales, ni venganza ni nada de eso. Se trata de una creencia fundamental sobre quiénes somos en lo más profundo de nuestro ser. Su fe se definía, metafóricamente, en términos materiales. Mi fe, aunque algunas veces representada por algo material, trascendía la materia y buscaba una comunión espiritual con Dios. Esperamos un día en el que nuestra esencia espiritual se deshará de todo apego a lo material y encontraremos nuestro destino en Dios”. Me quedé en silencio, reflexionando. Fue una conversación muy diferente a la que había tenido con el gran muftí de Jerusalén la noche anterior. El profesor tenía razón. Por un lado, lo que importaba era el territorio, el poder, la política, las propiedades, el control, ganar, y la destrucción de cualquiera que se interpusiera en el camino. En cambio, esta conversación definíael viaje desde el punto de vista del destino. Soren Kierkegaard dijo que había aprendido a definir la vida a la luz del pasado y a vivirla a la luz del futuro. ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es la ruta que Dios ha marcado para que lleguemos allí? Toda la vida es un peregrinaje por el desierto para que descubramos que no hemos de vivir solo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios y que, sea cual sea la prueba, Él nos guardará y nos protegerá con los valores que se desprenden de Su carácter. Esa es la razón por la que Blaise Pascal dijo lo siguiente en su obra Pensamientos: En vano, oh hombres, buscáis en vosotros mismos el remedio para todas vuestras miserias. Todas vuestras observaciones os llevan a conocer que por vosotros mismos no descubriréis la verdad ni el bien. Los filósofos prometieron ofrecéroslos y no han podido cumplir su promesa. No saben cuál es vuestro verdadero bien ni cuál es vuestro verdadero estado. ¿Cómo iban a daros el remedio para curar vuestras enfermedades, si ni siquiera las entienden? Vuestras enfermedades principales son el orgullo, que os separa de Dios, y el placer, que os ata a la tierra. Y lo que han hecho es alimentar, al menos, una de esas enfermedades. Si os han dado a Dios como objeto ha sido para satisfacer vuestro orgullo. Os han hecho pensar que sois como Él y semejantes a Él en vuestra naturaleza. Y los que han visto la vanidad de esa pretensión os han arrojado al otro precipicio haciéndoos creer que vuestra naturaleza es como la de las bestias del campo y os han llevado a buscar vuestro bien en vuestros impulsos, que son el sino de los animales.9 La bifurcación en el camino es evidente: el panteísmo te engaña para que tengas una visión inflada de quién eres, y el naturalismo te reduce diciéndote que no eres más que una máquina pensante. Una es autoidólatrica y la otra es reduccionista. Ninguno de esos extremos es verdad ni empíricamente justificable. Malcolm Muggeridge cuenta de una representación del musical Godspell en la que Michael Ramsey, que había sido arzobispo de Canterbury, se puso en pie aplaudiendo y gritando: “¡Larga vida a Dios!”. Sorprendido ante el emotivo arrebato de un sosegado clérigo británico, Muggeridge dijo: “Fue como si hubiera gritado ‘¡Continúa, Eternidad!’ o ‘¡Sigue adelante, Infinidad!’”. Añadió: “Aquel incidente me impactó profundamente porque ilustraba la dificultad básica con la que me encontraba cuando fui editor de Punch: que las personas eminentes a menudo dicen y hacen cosas que son infinitamente más ridículas de lo que habrías imaginado”.10 A continuación Muggeridge habla de cómo Jesús trajo una definición radicalmente distinta de lo que significa ser humano. Con demasiada frecuencia lo que vemos es una jactancia de aquel que habla de sí mismo, que se exalta a sí mismo, que se define a sí mismo; en última instancia, una jactancia vacía. Dijo que la elección que nos quedaba era la siguiente: o la ciudad de los hombres o la ciudad de Dios. El renombrado E. M. Blaiklock de Nueva Zelanda dijo que solo Dios sabe cómo exaltarte sin adularte o humillarte sin rebajarte. Qué verdad tan magnífica. Ahí está el equilibrio que necesitamos. De ahí que el salmista que pensaba que podía esconderse de Dios o del pecado entre las sombras escribiera: “¿A dónde podría huir de tu presencia?” (Salmo 139:7). Da igual dónde intentara esconderse: Dios estaba en todas partes. Incluso en el mismo infierno son conscientes de Su ausencia, que es la causa de todo dolor. El mismo David escribió en el Salmo 8:3-5, 9: Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto: “¿Qué es el hombre, para que pienses en él? ¿Qué es el ser humano para que lo tengas en cuenta?”. Pues lo hiciste poco menos que un dios, y lo coronaste de gloria y de honra; [...] Oh Señor, soberano nuestro, ¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra! Esa es la estatura a la que podemos aspirar, o podemos darle la espalda a esa verdad y precipitarnos a las profundidades de la deshumanización y la relativización que le siguen. Esa es la razón por la que Pascal dijo en Pensamientos que los seres humanos somos “la gloria y la vergüenza del universo”. Encuentra tu propósito y ascenderás a la gloria; frustra ese propósito y descenderás a la vergüenza. ¿A Su manera o la nuestra? Tú decides. 1. “No es que hayamos puesto a prueba el ideal cristiano y no haya salido airoso, sino que lo encontramos difícil y no lo hemos puesto a prueba”, G. K. Chesterton, “The Unfinished Temple” en What’s Wrong with the World Nonsense and Other Essays, San Francisco, Ignatius Press, 1994, 37. 2. Fred Hoyle y N. Chandra Wickramasinghe, Evolution from Space, London: J. M. Dent & Sons, 1981, 24. 3. Fred Hoyle, Intelligent Universe, New York, Holt, Rinehart, and Winston, 1983, 242. 4. Rebecca Baer Porteous citada en Kelly Monroe Kullberg, ed., Finding God at Harvard, Grand Rapids, MI, Zondervan, 1996, 17. 5. David Hume, “Universal Principle of the Closed Frame”, The Enquiry Concerning Morals, citado en Francis Beckwith y Greg Koukl, Relativism: Feet Firmly Planted in Mid-Air, Grand Rapids, MI, Baker Book House, 1998, 29. 6. William Shakespeare, Macbeth, Acto 5°, Escena V. 7. Ver C. S. Lewis, The Four Loves, New York, Harcourt Brace & Company, 1988, 17 [Los cuatro amores, Madrid, Rialp, 1991]. 8. Matthew Parris, “As an Atheist, I Truly Believe Africa Needs God”, Times, 27 de diciembre de 2008, http://www.timesonline.co.uk/tol/comment/columnists/matthew_parris/article5400568 Visto el 10 de septiembre de 2016. 9. Blaise Pascal, Pensées, Section VII: Morality and Doctrine, 430, http://www.bartleby.com/48/1/7.html. Visto el 10 de septiembre de 2016. [Pensamientos, Madrid, Valdemar, 2014]. 10. Malcolm Muggeridge, The End of Christendom, Grand Rapids, MI, William B. Eerdmans, 1980, 13. http://www.timesonline.co.uk/tol/comment/columnists/matthew_parris/article5400568 http://www.bartleby.com/48/1/7.html I CAPÍTULO 7 HEDONISMO “Haz lo que te haga feliz” Vince Vitale magina que existe una máquina (¡probablemente dentro de poco existirá!) que te ofrece cualquier experiencia que desees. Podrías escoger ganar el oro olímpico, enamorarte o hacer un importante descubrimiento científico. Y entonces la máquina estimularía las neuronas de tu cerebro de tal forma que experimentaras una simulación perfecta de aquello que has deseado. En realidad, estarías flotando en un tanque lleno de una sustancia viscosa, con un montón de electrodos conectados a tu cerebro. Si te dieran a escoger, ¿programarías las experiencias que deseas tener y te enchufarías a esa máquina por el resto de tu vida?1 Me uno al filósofo Robert Nozick, a quien se le ocurrió este experimento mental en la década de 1970, cuando dice que no deberíamos enchufarnos a esta “máquina de experiencias”. Y esto apunta a la falacia del hedonismo, filosofía de más de dos milenios, postulada por los filósofos griegos Demócrito y Epicuro. Si lo único que importa es el placer (es decir, si el hedonismo es verdad), entonces deberíamos enchufarnos a la máquina de experiencias y deberíamos animar a todo el mundo a hacer lo mismo. No solo nos importa la felicidad o el placer. No solo queremos sentirnos amados; queremos ser amados de verdad. No solo queremos soñar con cumplir nuestros sueños; queremos llegar a cumplirlos de verdad. No solo soñamos con hacer algo importante; queremos llegar a hacer algo importante de verdad. El hedonismo no es lo que nuestros corazones anhelan; tan solo es lo que queda cuando todos los demás “ismos” nos han fallado. Una publicación académica reciente sugirió que, según la visión hedonista, dado que algunos animales pueden sentir placer como los humanos pero no llegan a experimentar lo peor del sufrimiento humano, deberíamos concluir que esos animales tienen más valor que los humanos.2 Si experimentar placer y evitar el dolor es la medida de todas las cosas, esos animales obtienen una alta puntuación en el área del placer y se libran de sufrimientos psicológicoscomplejos como la ansiedad y la decepción, que sí afectan a la psique humana. Esta misma idea llevó al utilitarista Jeremy Bentham a plantear que “el push-pin [un juego de niños inútil] tiene el mismo valor que las artes, las ciencias y la poesía”.3 El problema de esta afirmación no es el razonamiento que le lleva a esa conclusión, sino la idea subyacente de que el placer es el único factor que determina el valor de algo o alguien. El placer y la felicidad son cosas buenas, pero no son las únicas cosas buenas. No solo debería importarnos sentirnos bien por dentro, sino que también debería importarnos la verdad y el impacto que tiene nuestra vida sobre nuestro entorno. Como dijo C. S. Lewis, “si la felicidad fuera lo único que persigo, una buena botella de oporto serviría para satisfacer mi deseo”.4 La gente a menudo me dice que no necesita a Dios porque “soy feliz tal y como estoy”. ¡Eso es genial! Yo creo que la felicidad es un regalo de Dios, que es quien “llena nuestros corazones de alegría” (Hechos 14:17). Pero la fe cristiana ofrece mucho más que eso. La persona que opta por la máquina de experiencias es feliz tal y como está. Algunos animales son muy felices tal y como están. Entonces, ¿deberíamos enchufarnos a la máquina de experiencias o desear haber sido animales? En ambos casos, la consecuencia del hedonismo es la pérdida de la humanidad. Según la fe cristiana, hubo un personaje histórico que podría haberse enchufado a la máquina de experiencias: Jesús. De hecho, Jesús podría haber hecho una mejor. Podría no haber creado nada y simplemente haber disfrutado eternamente de la relación y el placer perfectos que hay en la trinidad. O, después de crearlo todo, podría haberse mantenido alejado de la fragilidad de este mundo. Podría haber vivido en su forma no humana, gozando de una existencia rebosante de placer y libre de todo dolor. En cambio, Jesús creó un mundo que Sus propias criaturas dañarían, un mundo que le afligiría en muchos aspectos; y decidió entrar en ese mundo como humano, con todo el dolor y sufrimiento que la vida humana conlleva. Dios hizo todo eso sabiendo que las siguientes profecías, escritas cientos de años antes de su nacimiento, se cumplirían en su vida como humano: Isaías 53:3-9: Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca. Después de prenderlo y juzgarlo, le dieron muerte; nadie se preocupó de su descendencia. Fue arrancado de la tierra de los vivientes, y golpeado por la transgresión de mi pueblo. Se le asignó un sepulcro con los malvados, y murió entre los malhechores aunque nunca cometió violencia alguna, ni hubo engaño en su boca. Salmo 22:14-18: Como agua he sido derramado; dislocados están todos mis huesos. Mi corazón se ha vuelto como cera, y se derrite en mis entrañas. Se ha secado mi vigor como una teja; la lengua se me pega al paladar. ¡Me has hundido en el polvo de la muerte! Como perros de presa, me han rodeado; me ha cercado una banda de malvados; me han traspasado las manos y los pies. Puedo contar todos mis huesos; con satisfacción perversa la gente se detiene a mirarme. Se reparten entre ellos mis vestidos y sobre mi ropa echan suertes. Esa es la vida que Jesús escogió. Tal como Él dijo: “Nadie me arrebata la vida, sino que yo la entrego por mi propia voluntad” (Juan 10:18). Al escoger esta vida por encima de una vida de placer ininterrumpido e infinito, y vivir la vida más aplaudida de toda la historia a pesar de esa elección, la vida de Jesús es un argumento muy potente en contra del hedonismo. Jesús se busca problemas Hay una tendencia a olvidar lo incómoda que fue la vida de Jesús. Tendemos a sanearla, en parte quizá porque así nos resulta más fácil justificar las comodidades a las que nos aferramos. A Jesús se le recuerda como un buen maestro de moral, sabio y respetado, querido por las masas, una celebridad a la que le gustaba hacer milagros y ser aplaudido por ello. Fue “Jesucristo Superstar”. ¿Y a quién no le produce placer ser una estrella? Cierto, está aquel desafortunado incidente de la cruz, pero apartamos nuestra mirada de esa visión repugnante y vemos aquel incidente como una excepción dentro de una vida llena de placer. La realidad es que la cruz es un final lógico para una vida constantemente provocadora y a menudo incómoda. Jesús conocía la incomodidad de no tener dónde reposar la cabeza cuando llegaba la noche (Lucas 9:58). Conocía lo que era estar frustrado con un amigo hasta el punto de tener que amonestarle diciendo: “¡Apártate de mí, Satanás!” (Marcos 8:33). Conocía el enfado con las autoridades injustas que actuaban como “hipócritas” (Mateo 23:13), como “ciegos insensatos” (Mateo 23:17) y como una “camada de víboras” (Mateo 23:33). Conocía la tristeza profunda de ver cómo pisoteaban lo más sagrado para Él: “Mi casa será casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones” (Lucas 19:46). Jesús vivió con las emociones que le llevaron a exclamar la noche antes de su muerte: “Es tal la angustia que me invade, que me siento morir” (Mateo 26:38). Jesús murió experimentando el rechazo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). La vida que Jesús eligió no solo fue una vida con un final difícil; fue una vida llena de dificultades de principio a fin. Cuando nació, un rey lo buscaba para matarle; y murió en manos de aquellos que buscaban matar a un Rey. Jesús no solo vivió una vida llena de problemas, sino que buscaba los problemas de forma activa. Un día, una multitud de gente se había reunido a orillas del mar de Galilea para escucharle. Había tanta gente y tenían tantas ganas de escucharle que Jesús se subió a una barca y les enseñó desde el agua. Al atardecer, Jesús decidió dejar a la multitud y les dijo a sus discípulos: “Crucemos al otro lado” (Marcos 4:35). Zarparon y atravesaron una fuerte tormenta que casi hundió la barca en la que iban. Cuando llegaron al otro lado, Jesús interactuó con un hombre del que se dice que tenía un espíritu maligno: “Este hombre vivía en los sepulcros, y ya nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Muchas veces lo habían atado con cadenas y grilletes, pero él los destrozaba, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Noche y día andaba por los sepulcros y por las colinas, gritando y golpeándose con piedras” (Marcos 5:3-5). Este hombre, “que hacía mucho tiempo que no se vestía” (Lucas 8:27), cayó de rodillas frente a Jesús y este le dijo: “¡Sal de este hombre, espíritu maligno!” (Marcos 5:8). Cuando la gente que vivía cerca vino a ver qué ocurría, “vieron al que había estado poseído por la legión de demonios, sentado, vestido y en su sano juicio” (Marcos 5:15). Entonces Jesús subió de nuevo a la barca y cruzó al otro lado del mar de Galilea, y de nuevo le rodeó una gran multitud. Esta es la vida que Jesús vivió. De repente se encuentra con una oportunidad de enseñanza ideal a las orillas del mar de Galilea. Hay una enorme multitud que ha venido a escucharle y todos están ansiosos por oír más. Podría continuar asombrando a la multitud con Su sabiduría y disfrutando de los elogios de sus queridos fans. Pero Jesús tiene una idea mejor: “Vayamos al otro lado”. Crucemos el mar de Galilea. Por la noche. Ese mar de casi trece kilómetros de anchura, rodeado por altas montañas y conocido por sus tormentas violentas y repentinas.“¿Por qué no podemos esperar a que amanezca, Jesús?”. “Bueno, al otro lado hay un hombre poseído por un demonio increíblemente violento e increíblemente fuerte, y me gustaría ir a hablar con él y ver si puedo ayudarle”. Si nosotros nos topáramos con un hombre así, cruzaríamos al otro lado de la calle. Jesús no. Jesús cruzó al lado donde él estaba. Jesús no buscaba meterse en problemas porque fuera más fácil o placentero, sino porque era la mejor forma de mostrar amor. Y una vez que Jesús encontró el problema que estaba buscando, tanto Marcos 5:21, Lucas 8:37 como Mateo 9:1 dan a entender que de inmediato volvió a cruzar el mar para regresar al lado donde estaba antes. Parece que Jesús hizo ese ridículo viaje solo para sanar a ese hombre cargado de problemas. Imagino que aquellos que pasaban tiempo con Jesús experimentarían muchos días así: días en los que Jesús no buscó su propio placer, sino que fue a buscar el dolor de otras personas. Buscaba los problemas porque era allí, en medio de los problemas, donde Dios quería obrar; era allí, en medio de los problemas, donde había necesidad de sanación. Así es como Jesús entendió el propósito de Su vida: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18-19). Los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos, ese niño de cada siete que se escapará de casa antes de los dieciocho, los ochocientos cuarenta niños que morirán de hambre o por enfermedades fácilmente tratables en el tiempo en que lees este capítulo: no aquellos que le podían prometer placer, sino aquellos que necesitaban Su ayuda. Jesús no se metía en problemas porque le gustara, sino porque hay mucha gente en apuros. Jesús se metió en problemas porque ese es el precio que costó salvarnos. Jesús el agitador Jesús también fue un agitador. Agitaba las vidas de Sus seguidores porque seguirle significaba meterse en problemas. Los cristianos suelen explicar que Jesús murió para que nosotros no tuviéramos que morir. Eso es totalmente cierto: movido por un amor desmesurado e inconcebible para nosotros, Dios cargó sobre sí nuestro pecado, nuestra vergüenza y nuestro sufrimiento para que nosotros pudiéramos ser libres de todo ello. Pero igual de cierto es que Jesús murió para que nosotros muriéramos. Jesús murió para que encontráramos en Él el coraje para entregar nuestras vidas por los demás del mismo modo en que Él entregó su vida por nosotros. Por eso Jesús dijo: “Y este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos” (Juan 15:12-13). Y Juan y los demás discípulos de Jesús aceptaron el llamado: “En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos” (1 Juan 3:16). Jeremy Bentham creía que “la naturaleza ha puesto a la humanidad bajo el gobierno de dos señores soberanos: el dolor y el placer”.5 Pero para Jesús y sus seguidores, esos dioses falsos no son ni señores ni soberanos. Jesús no pide a sus discípulos que se entreguen a la eterna y agotadora búsqueda del placer, ni a la inútil evasión del dolor, sino al amor sacrificial. Alguien expresó este contraste de forma sencilla y clara: en una cultura que te dice “sé tú mismo, cuida de ti mismo, exprésate, confía en ti mismo y mímate”, Jesús dijo “niégate a ti mismo, toma tu cruz cada día y sígueme” (Lucas 9:23), sabiendo que “si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Juan 15:20). Recuerdo a un estudiante de la Universidad de Oxford con el estuve hablando durante varias semanas de sus preguntas sobre Dios y la fe cristiana. Cuando parecía que las cosas le empezaban a cuadrar y las evidencias a favor del cristianismo le resultaban convincentes, le pregunté qué le impedía tomar la decisión de seguir a Jesús. Su respuesta fue la siguiente: “Imagino que estoy sopesando qué voy a ganar yo”. Me sentí muy triste. No había entendido nada. No había entendido que Jesús nos ofrece una vida mucho más elevada: una vida vivida no solo para nosotros mismos, sino entregada a los demás y a la verdad, la belleza y la bondad. Yo estoy inmensamente agradecido de que la respuesta de Jesús no fuera “sopesar lo que Él iba a ganar”. Su respuesta fue exactamente lo contrario: Él “no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). La única balanza que a Jesús le interesaba era la que calculaba lo que nosotros íbamos a ganar. En una entrevista realizada recientemente a Ravi Zacharias, buen amigo y coautor de este libro, le preguntaron lo siguiente: “¿Disfruta usted de su trabajo?”. Hubo una larga pausa. Ravi necesitó unos instantes porque nunca se había planteado esa pregunta, y esa es una de las cosas que más admiro de él. Nunca se preguntó: “¿Este trabajo me dará la mayor felicidad y satisfacción?”. Lo que se preguntó fue si era el trabajo al que Dios le había llamado y si era una forma de servir a los demás. Después de pensar unos instantes, Ravi respondió: “Hay muchos momentos en los que disfruto profundamente”. ¿Hay muchos momentos placenteros en la vida cristiana? Por supuesto. Y mejor aún: puedes experimentar el gozo profundo e inamovible que proviene de saber que tienes un propósito y que siempre puedes descansar en la presencia de Aquel que te ama más que nadie. Pero el placer y el gozo solo son regalos que podemos recibir con integridad cuando son el resultado, no de enchufarse a la máquina de experiencias, sino de vivir en nuestro mundo real y lleno de problemas con el amor de Cristo. Dios es un agitador. Él busca los problemas y les pide a sus seguidores que busquen problemas con Él. ¿En qué problemas quiere que te metas para ser Su agente de sanidad? Todo seguidor de Cristo debe poder responder a esa pregunta. Problemas a causa del dinero Tristemente, a menudo estamos demasiado distraídos pensando “qué vamos a ganar nosotros” como para preguntarnos en qué problema quiere Dios que nos metamos. Y no hay distracciones más grandes que el dinero y el sexo. Cuando se trata de dinero, ¿nos enchufamos a la máquina de experiencias? El filósofo ateo Peter Singer, con el que no puedo estar más en desacuerdo en muchos puntos, cuenta una historia escalofriante para argumentar que sí nos enchufamos a la máquina de experiencias. La historia dice algo así: Un tipo camina junto a las vías del tren y se da cuenta de que unos pasos más atrás se le ha caído el iPhone. Mira al frente y ve que viene un tren, y a la vez ve que hay un niño atado a las vías pidiendo ayuda. Tiene tiempo suficiente para desatar al niño, pero se da cuenta de que solo tiene tiempo o para desatar al niño o para dar unos pasos atrás y recoger su iPhone. A su derecha oye gritos. Se vuelve y ve a los familiares del niño, desesperados porque quieren llegar hasta él, pero una alambrada de púas les bloquea el camino. Los familiares ven al hombre y le piden con gritos desesperados que salve a su pequeño. El hombre mira al niño, mira a la familia y con indiferencia da media vuelta, camina unos pasos y recoge su iPhone. El niño y su familia gritan y lloran hasta que el tren lo atropella partiéndolo en pedazos, que vuelan por todas partes. Cuando le entrevistaron sobre lo sucedido, el hombre dijo: “Sé que podría haber salvado al niño fácilmente, pero le tengo mucho aprecio a mi iPhone, y si el tren lo hubiera destrozado, me tendría que haber comprado otro, y eso significa que no me hubiera quedado suficiente dinero para comprar la TV que quiero. No merecía la pena salvar al niño. No era mi problema”.6 Si estuviéramos viendo las noticias y viéramos esa entrevista, nuestra reacción sería de indignación absoluta. Pensaríamos que ese hombre es un monstruo. Pero, ¿acaso nosotros somos distintos? En muchos lugares del mundo, doscientosdólares son suficientes para que en un niño de dos años enfermo y moribundo llegue a los seis años totalmente sano. Lo que muchos de nosotros gastamos en lujo personal y placer personal es más que suficiente para que un niño que está a las puertas de la muerte pueda salir de esa situación; es suficiente para salvarle la vida. ¿Hay alguna diferencia entre nosotros y el monstruo que caminaba junto a las vías del tren? Sí, un par de ellas. Nosotros estamos más lejos de las personas a las que podríamos salvar, mientras que él estaba lo suficientemente cerca para oír los gritos del niño. Otra diferencia es que, aparte de nosotros, son muchos los que podrían salvar a las personas que están en situación límite alrededor del mundo, mientras que el hombre del ejemplo de Singer era la única persona en posición de salvar al niño. Pero una reflexión de segundos es suficiente para ver que, moralmente hablando, esas diferencias no tienen la más mínima importancia. Solo sirven para que nos sea más fácil mirar hacia otro lado. Solo sirven para que nos sea más fácil conectarnos a la máquina de experiencias dejando el mundo fuera y, así, poder evadirnos en nuestras adquisiciones de placer personal. Jesús nos pide (o nos ruega) que no nos enchufemos a la máquina, y su ruego es coherente porque Él lo respondió primero: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa de vosotros se hizo pobre, para que mediante su pobreza vosotros llegarais a ser ricos” (2 Corintios 8:9). Jesús se hizo pobre para que nosotros llegáramos a ser ricos. Literalmente. Él dejó el lujo y la comodidad celestial para venir a vivir la pobreza humana porque era la única forma de acercarse a nosotros en medio de nuestros problemas y sacarnos de esa situación. Si vieras un extracto de los últimos movimientos de mi cuenta bancaria, ¿qué conclusiones sacarías? Acabo de mirarlo online: iTunes, Netflix, MLB.com. Ninguna de esas cosas es mala, pero “donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21). ¿Mi corazón se quebranta ante los problemas del mundo real, o se deleita en el engaño de mi máquina de experiencias personalizada? Ahora bien, soy totalmente consciente de que cuando hablamos de cómo usar bien nuestro dinero surgen un sinfín de preguntas complejas. ¿Cuándo y dónde damos, cuándo y dónde ahorramos, cuándo y dónde invertimos en economía? Todas estas preguntas son difíciles, y son preguntas con las que yo lucho. Pero lo que sé es que mi corazón debe estar alineado con el mensaje de Jesús. Y lo que ese mensaje dice, simple y llanamente, es que merece la pena morir por la gente. Su muerte fue el precio que pagó para darnos vida. Así que, ¿morimos para pagar la vida de los demás? ¿O los demás mueren para pagar nuestras máquinas de placer? Problemas a causa del sexo Una de las primeras cosas que me llamaron la atención de la fe cristiana fue su acercamiento contracultural al sexo. “¡Nada de sexo antes del matrimonio! Estás de broma, ¿no?”. Para mí eso era sumamente extraño; era una evidencia de lo anticuado que era el cristianismo. Me recordaba a las viejas leyes que puedes encontrar en muchos estados que, aunque técnicamente aparecen en los libros, evidentemente están escritas para una época pasada y han quedado obsoletas. Por ejemplo, he oído que en Baltimore existe una ley que dice que es ilegal llevar un león al cine. (Es inquietante pensar que hubo un momento en el que fue necesario redactar una ley así). O en Oklahoma —esta es mi favorita— ¡supuestamente es ilegal tener un burro durmiendo en tu bañera después de las siete de la noche! (¿Por qué ibas a pensar que era apropiado tener a un burro durmiendo en tu bañera antes de las siete de la noche?). Así es como yo solía ver la práctica cristiana de no tener relaciones sexuales antes del matrimonio: extraña, anticuada, represiva, una regla imposible de seguir. Una regla pensada para aguarme la fiesta y poner límites al placer. En la universidad, un chico estaba intentando explicar su fe cristiana, y dijo: “Yo antes bebía, salía de fiesta y tenía relaciones sexuales. Pero ahora soy cristiano y ya no hago nada de todo eso”. Y yo pensé, con todo mi sarcasmo: ¡Sí! ¡Suena genial! ¿Dónde tengo que apuntarme? Esa es la imagen que yo tenía de la fe cristiana: reglas ridículas que era más divertido romper que seguir. Y no era el único que pensaba que la visión del sexo de la fe cristiana era de lo más extraña. Recuerdo muy bien el momento en el que, después de abrazar el cristianismo, les dije a mis dos mejores amigos que había tomado la decisión de no volver a tener relaciones sexuales hasta después del matrimonio. Me miraron como si tuviera tres cabezas. Más tarde, cuando Jo y yo estábamos a punto de casarnos, una de nuestras amigas nos dio una tarjeta de felicitación unos días antes de la boda porque no iba a poder venir. Abrimos la tarjeta y la leímos delante de ella, y cuando empezamos a reírnos a carcajadas, nos miró con una expresión que decía: “¿Por qué os reís de mi preciosa tarjeta?”. Le enseñamos la tarjeta para que viera que, justo al final, cuando iba a escribir “os deseo todo el amor del mundo”, como probablemente estaba pensando en lo extraño que era que aún no hubiéramos tenido relaciones sexuales, sin darse cuenta había puesto “os deseo todo el sexo del mundo”. ¡Definitivamente nuestra tarjeta de boda favorita! No tener sexo antes del matrimonio puede parecer muy extraño y anticuado, pero mi percepción de este tema ha cambiado radicalmente. Permíteme explicarte por qué. El modo en que usamos las palabras es importante. Incluso el más mínimo error puede tener consecuencias importantes. Al principio de nuestra relación, Jo se compró una bicicleta para moverse por la ciudad, pero compró una muy pesada y, cada vez que se subía en ella, avanzaba unos metros tambaleándose de un lado al otro hasta que por fin conseguía ir recto. Me preguntó: “¿Por qué me tambaleo tanto?”. Yo le respondí: “Por el peso”. Después de un largo silencio, me di cuenta de que me estaba matando con la mirada, y me apresuré a decirle: “¡De la bici! ¡Por el peso de la bici!”. Un pequeño error en el uso de las palabras puede crear un gran problema. Las palabras tienen mucho poder. Cuando pienso en los peores momentos de mi vida, no veo peleas a puñetazo limpio, ni momentos de los que salí herido físicamente, ni siquiera momentos en los que fracasé estrepitosamente. Veo palabras. Veo momentos en los que me mintieron, o momentos en los que alguien me dijo algo a la cara pero dijo algo muy distinto a mis espaldas. Momentos en los que las palabras que alguien dijo no reflejaban lo que esa persona realmente pensaba. ¿Por qué es tan importante el tema del sexo para los cristianos? No es a causa de una regla obsoleta y arbitraria. Es por el tipo de palabra que es: “sexo” es una palabra simbólica, una palabra física. Hablar de “relación” sexual es apropiado porque el sexo dice algo. Hacer que otra persona se sienta sexualmente satisfecha es la palabra más poderosa de nuestro lenguaje físico. Es la palabra que dice “todo tuyo, para ti entero, para siempre”. Las palabras tienen significados que se forman y se establecen con el paso de los siglos, y heredamos esos significados nos guste o no. No puedes chasquear los dedos y cambiar el significado de una palabra. Puedo intentar usar la palabra hamburguesa para referirme a un perrito caliente, pero aun así acabaré con una hamburguesa en el plato. Del mismo modo, puedo decidir usar la palabra feo para querer decir “guapo”, pero acabaré por quedarme sin amigos. Incluso si por alguna razón inimaginable mi mujer aceptara que entre nosotros usáramos la palabra feo para querer decir “guapo”, os garantizo que si la llamara “fea” no le haría ninguna gracia porque no puedes cambiar de repente el significado que ha tenido una palabra durante siglos. Las raíces etimológicas y las raíces psicológicas de las palabras son muy profundas, y cortarle las raíces a un árbol adulto solo puede traer problemas.7 Lo mismo ocurre