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JESÚS ENTRE DIOSES 
SECULARES
LAS AFIRMACIONES 
CONTRACULTURALES DE CRISTO
Ravi Zacharias y Vince Vitale
Ravi Zacharias
Para Chris y Raiko Blattner: fieles amigos 
y grandes ejemplos para mí, me han ayudado 
a perseguir la visión que Dios ha puesto en mi corazón. 
Os estaré eternamente agradecido.
Para Hayden Kho y Vicki Bello: fieles amigos 
que han experimentado el milagro de Dios en sus vidas 
y cuya amistad ha sido una inspiración indescriptible. 
Os estoy agradecido de corazón.
Para Philip Ng y Edmund Cha: vidas que inspiran 
y corazones que han tocado mi corazón de formas 
que las palabras no pueden expresar. 
Gracias Philip y Edmund. Dios os bendiga 
a vosotros y a vuestras familias.
Vince Vitale
Para Jo: mi amor y amante de la Verdad.
CONTENIDO
CAPÍTULO 1
ALTARES CONTRA DIOS
Ravi Zacharias
CAPÍTULO 2
ATEÍSMO “Dios no existe”
Ravi Zacharias
CAPÍTULO 3
CIENTIFICISMO “La ciencia ha enterrado a Dios”
Vince Vitale
CAPÍTULO 4
PLURALISMO “Todos los caminos son igualmente válidos”
Vince Vitale
CAPÍTULO 5
HUMANISMO “No necesitamos a Dios”
Ravi Zacharias
CAPÍTULO 6
RELATIVISMO “Es verdad para ti, pero no para mí”
Ravi Zacharias
CAPÍTULO 7
HEDONISMO “Haz lo que te haga feliz”
Vince Vitale
CAPÍTULO 8
AMA LA VERDAD
Vince Vitale
AGRADECIMIENTOS
H
CAPÍTULO 1
ALTARES CONTRA DIOS
Ravi Zacharias
ace años, acababa de dar una conferencia en una institución
abiertamente atea, y me sorprendió mucho la pregunta de un
asistente. Quería saber a qué diantres me refería cuando usaba el
término Dios. La institución en la que nos encontrábamos era la
Academia Militar Lenin, en Moscú. La tensión era más que
palpable. Nunca me habían pedido en una ponencia pública que
definiera aquel término. Y dado que estaba en un país cuya historia
estaba tan arraigada en el ateísmo, imaginé que se trataba de una
pregunta hostil e intencional. Pregunté a mi interrogador si era ateo,
y él respondió que sí. Le pregunté qué era lo que él rechazaba. Pero
la conversación no llegó muy lejos, así que le expliqué a qué nos
referimos cuando hablamos de Dios.
Es fascinante hablar con un ateo estridente e intentar llegar más allá
de la ira y la hostilidad. Para algunos, la palabra Dios es como un
detonante que abre las compuertas de toda la animosidad que tienen
acumulada y la convierte en un proyectil de palabras. Pero a medida
que afloran las distintas capas de su pensamiento y experiencias, el
significado de su ateísmo se va volviendo más y más tenue, y sus
términos se van volviendo más y más vacíos. A menudo, la
descripción es más visceral y discuten con una ira contenida, en
lugar de debatir de forma sensata y respetuosa. En más de una
ocasión me ha sorprendido la rabia expresada por los grupos ateos
de las universidades de élite estadounidenses en las que he dado
conferencias; rabia porque me hubieran invitado y porque osara
dirigirme a ellos.
En teoría, el ámbito académico siempre ha sido un lugar donde la
discrepancia es bienvenida porque sirve para ayudar a los
estudiantes a sopesar las diferentes ideas y escoger de forma
inteligente. Me atrevería a decir que, si yo hubiera sido un ponente
musulmán, no me habrían tratado con tanta hostilidad. Claro, cuanto
más te teme la gente, más libertad de expresión te otorga. Pero por
desgracia, para algunos, el debate respetuoso es imposible. No
obstante, tengo que decir que al final de la conferencia, una líder de
uno de los grupos se levantó a darme las gracias, a modo de disculpa
velada por toda la resistencia que había habido antes de la ponencia.
Agradecí sus palabras y actitud.
Personalmente, la rabia con la que algunos se expresan no deja de
sorprenderme. Crecí en India, pero sin ser hindú y, de hecho, nunca
presté demasiada atención al tema de la religión. Ni siquiera sé si
creía en Dios. Era cristiano nominal, pero tampoco le presté
demasiada atención al cristianismo. La mayoría de mis amigos eran
hindús, musulmanes o sijs, y también tenía amigos de otras fes
minoritarias. No recuerdo sentir rabia u hostilidad hacia los que
tenían creencias distintas a la mía, por absurdas que estas me
parecieran. Tampoco recuerdo que nadie me tratara con rabia u
hostilidad por no tener la misma creencia que ellos.
Pero Richard Dawkins y sus seguidores son conocidos por acosar y
burlarse de las posiciones opuestas a las suyas. Cuando uno ve a un
académico con esa actitud, uno se pregunta qué habrá realmente
detrás de esa forma de actuar. En una ponencia en Washington D.
C., un asistente preguntó a Richard Dawkins cómo actuar con una
persona que creía en Dios. “Búrlate”, contestó. “Ridiculízale”.
Cuando después de una ponencia alguien me preguntó qué pensaba
de aquella respuesta, contesté que si Dawkins aplicara ese mismo
método en Arabia Saudí, lo más probable es que no llegara a usar su
billete de vuelta. Una cosa está clara: al menos descubriría que no
todas las creencias en Dios se parecen, y que no todos los
imperativos son iguales.
Pero su postura no ha cambiado ni un ápice. En una entrevista que le
hizo Maya Oppenheim para The Independent el 23 de mayo de
2016, hizo la siguiente declaración: “Estoy completamente a favor
de ofender la religión de la gente. Deberíamos ofenderla a cada
momento”.1 ¿En serio? ¿Es esa la forma en la que uno llega a saber
si una creencia es o no es válida? También dijo lo siguiente: “En el
caso de los inmigrantes de Siria e Irak, deberíamos dar preferencia a
los apóstatas, a aquellos que han renegado del islam”.2 Si Donald
Trump hubiera dicho lo mismo, el parlamento británico habría
convocado una sesión para decidir si vetar la entrada de Trump en el
país. Pero si Dawkins lo dice no pasa nada, porque los ateos que lo
adoran y que adoran su estilo de ateísmo tienen sus propias verdades
absolutas y sus propios prejuicios legitimados.
La intolerancia, el prejuicio, la falta de respeto, el odio y la ofensa
son el fruto de la filosofía de Dawkins. A modo de credo, su
filosofía es la siguiente: odia, discrimina, juzga, búrlate, castiga,
elimina, detén... haz lo que sea para acabar con la creencia en Dios.
Irónicamente, él condena a Dios por ser discriminatorio,
egocéntrico, moralizante, y por odiar y menospreciar a aquellos que
no están de acuerdo con Él. Dawkins se mofa de los atributos de
Dios haciendo una caricatura de Él, pero justifica esos mismos
atributos cuando le definen a él. Yo me fiaría más de la opinión de
una persona buena y amable que de la de una persona que malgasta
su tiempo y energía en burlarse de la gente y de sus creencias. Y no
está solo. La característica principal de los llamados “nuevos ateos”
es la ira y el ridículo que arrojan sobre la creencia en lo sagrado de
cualquier persona.
Es necesario añadir que no todos los ateos tienen esa actitud. De
hecho, a muchos de ellos, la hostilidad de los nuevos ateos les hace
sentir vergüenza. Yo he conocido a muchos buenos conversadores
que son ateos, con los que he mantenido conversaciones buenísimas.
Muchos han comentado que empezaron a leer los escritos de
Dawkins y sus seguidores, pero que fueron incapaces de terminarlos.
Independientemente de la cosmovisión que abracemos, el diálogo y
el debate deberían desarrollarse en un ambiente de civismo y de
escucha cortés. Pero en los tiempos que corren eso parece un ideal
casi inalcanzable. Sostener una creencia supuestamente noble y
reducirla a formas innobles de propagación convierte a la persona
que sostiene dicha creencia en sospechoso.
Reconozcamos también que son muchos los religiosos que han
provocado esas respuestas estridentes. Tristemente, el púlpito de una
iglesia puede ser un lugar de acusación para lograr que las personas
sientan culpa, remordimiento y otro tipo de emociones que hacen
que quieran escapar de esa voz que les martillea. Por no hablar del
antiintelectualismo entre las filas del cristianismo que tacha de
herético todo lo que provenga de la ciencia y la filosofía.
La historia nos ha enseñado a desconfiar de cualquier extremista que
sacrifica la conversación cordial en el altar de la imposicióndemagógica. En nuestro mundo de Twitter e Instagram las opiniones
y los puntos de vista abundan, pero el discurso civilizado escasea. Y
escasea aún más la habilidad de defender las creencias propias de
forma razonada y empírica. Espero que, a medida que Vince Vitale
y un servidor analizamos las diferencias entre los sistemas de
creencias seculares (que, de hecho, también son religiones),
podamos demostrar dónde están realmente esas diferencias, y
podamos demostrar también que la cosmovisión judeocristiana tiene
las respuestas más coherentes a las preguntas existenciales que todos
tenemos, independientemente de nuestras creencias.
Cuestionando la pregunta
Se cuenta que un día Albert Einstein viajaba en avión al lado de una
persona originaria de la India. Para matar el tiempo, Einstein le
propuso jugar a un juego. “Yo te hago una pregunta y, si no la
puedes responder, me das cincuenta dólares. Luego tú me haces una
pregunta y, si no la puedo responder, yo te pago a ti quinientos
dólares”. El indio sabía que no podía igualar a Einstein, pero pensó
que tenía suficiente conocimiento cultural y filosófico como para
dejarle sin respuestas en algún momento y, haciendo cálculos,
concluyó que se las podía arreglar para no salir mal parado.
Primero fue el turno de Einstein, y le preguntó al indio qué distancia
había entre la Tierra y la Luna. El indio no estaba seguro de la
distancia exacta así que se metió la mano en el bolsillo para darle a
Einstein cincuenta dólares. Ahora era el turno del indio, que
preguntó: “¿Qué sube la montaña con tres patas, y la baja con cuatro
patas?”. Einstein se quedó callado, pensó, y después de un rato
introdujo la mano en el bolsillo para sacar quinientos dólares. De
nuevo era el turno de Einstein. Dijo: “Antes de hacerte la siguiente
pregunta, ¿me puedes decir qué sube la montaña con tres patas, y la
baja con cuatro patas?”. El indio se quedó callado, se llevó la mano
al bolsillo y le dio a Einstein cincuenta dólares.
Al igual que el indio, a menudo hacemos preguntas que están
pensadas para hacer tropezar a nuestro interlocutor, pero para las
que nosotros mismos no tenemos respuestas. En su libro The New
Atheism and the Erosion of Freedom (El nuevo ateísmo y la erosión
de la libertad), Robert Morey habla de los siete saltos que los ateos
tienen que explicar: ¿Cómo es que...
... todo vino de la nada?
... el orden vino del caos?
... la armonía vino de la discordancia?
... la vida vino de la no-vida?
... la razón vino de la irracionalidad?
... la personalidad vino de la no-personalidad?
... la moralidad vino de la amoralidad?3
Pero eso no es todo. Las preguntas existenciales no solo pertenecen
al ámbito de las ciencias. No solo se miden de forma matemática y
empírica. Imagina a dos personas que se sientan en un avión la una
al lado de la otra. Puede que vayan hacia el mismo destino. Puede
que ambas sepan las horas que dura el vuelo y los kilómetros que
van a recorrer. Puede que una vaya a dar una conferencia sobre
ciencia y la otra al entierro de su nieto. Pero piensa en lo siguiente.
Puede que el científico, a pesar de conocer bien su materia, aún se
siga haciendo preguntas sobre el sentido de la vida, y que la persona
que está a su lado, aunque no conozca el valor de las constantes en
la formación temprana del universo, sí sepa cuál es el sentido de la
existencia. Puede que tenga la convicción profunda de que ese dolor
presente no es más que un paréntesis porque le espera la eternidad.
Una disciplina puede responder el “cómo” en una explicación
material, pero la pregunta más importante responde el “porqué”.
¿Por qué estamos aquí, y quién nos va a ayudar a superar la ansiedad
y el sufrimiento de esta vida? Estas preguntas son diferentes aunque
igualmente relevantes, pero por razones distintas. Por un lado
necesitamos entender la vida, pero también necesitamos encontrar
una explicación a las dificultades por las que pasamos. Cuando
confundimos estos dos temas y las razones por las que existen, eso
deriva en ataques verbales y una hostilidad innecesaria.
Muchos ateos lanzan preguntas para las que o bien no tienen
respuestas o creen que las respuestas hoy por hoy no se pueden
conocer, pero cuando somos nosotros los que las lanzamos, nos
exigen que justifiquemos toda nuestra cosmovisión. Cuando era
joven, yo también era así: pensaba que, si humillaba a alguien,
automáticamente eso justificaba lo que yo había dicho en respuesta a
su posición. En este libro examinaremos los “dioses” que los
pensadores seculares “idolatran” y la frecuencia con la que esos
pensadores dejan sus propias preguntas sin responder.
Las tensiones en el seno de las cosmovisiones seculares no son algo
secundario. Más bien son algo sistémico, algo que está en sus
orígenes. En otras publicaciones ya he hablado de estas cuestiones
desde la perspectiva filosófica. Aquí, mi deseo es analizar las
respuestas que dan a preguntas sobre la vida y su significado, y
contrastarlas con las respuestas que Jesús da a esas mismas
preguntas. Ahí es donde la filosofía se encuentra con el camino de la
vida. Pero por encima de todo, espero poder demostrar por qué las
respuestas de Jesús han resistido las pruebas del tiempo, la verdad y
la coherencia.
Recordemos aquello que decía G. K. Chesterton en su libro
Ortodoxia: para el ateo, la tristeza es central y el gozo es secundario;
mientras que para el seguidor de Jesús, el gozo es central y la
tristeza es secundaria. La razón por la que esa afirmación es verdad
es porque el ateo no tiene respuestas para las preguntas
fundamentales, aunque sí las tiene para las preguntas secundarias; de
ahí que la tristeza sea central y el gozo, secundario. Para el cristiano
es todo lo contrario: las preguntas fundamentales ya tienen
respuesta, y solo hay dudas en torno a las secundarias.4 Con todo lo
expuesto en este libro, Vince y un servidor hemos procurado
presentar razones para sostener esta afirmación.
La vida busca un equilibrio
Mi ensayista favorito, F. W. Boreham, tiene un ensayo titulado “A
Baby’s Funeral” (El funeral de un bebé). Cualquiera que haya leído
a Boreham conoce la belleza de su lenguaje y la profundidad de su
estilo. Es autor de más de cincuenta libros de ensayos. En este (que
ya he mencionado en dos de mis libros, pero vuelvo a mencionar
ahora porque ilustra a la perfección que todos los aspectos de la vida
necesitan estar fundamentados en la verdad), Boreham empieza
describiendo a una mujer visiblemente desconsolada que está
caminando de un lado al otro frente a su casa, deteniéndose cada dos
por tres delante de la puerta como si fuera a llamar.
Finalmente, Boreham salió y la saludó. Ella le preguntó si él era el
pastor de la iglesia cercana, y él, después de responderle
afirmativamente, la invitó a entrar. Ella aceptó y, una vez dentro,
acabó contándole su historia, no sin dificultad. Había tenido un bebé
que nació terriblemente deformado y murió poco después del parto.
Ella quería que el bebé tuviera un funeral en condiciones, y se
preguntaba si él podía oficiarlo.
Boreham se apresuró a decirle que no había ningún problema. Sacó
un cuaderno para anotar la información. ¿El bebé tenía nombre?
¿Quién era el padre? Y algunas preguntas más. Ella las respondió, y
pusieron fecha para el funeral. La mujer se marchó y Boreham y su
esposa continuaron preparando el picnic que tenían planeado para
aquella mañana. Durante el día, Boreham no pudo dejar de pensar en
aquella mujer, y le dijo a su esposa que había algo en aquella
historia que no le acaba de encajar. No sabía lo que era, pero
esperaba averiguarlo antes del día del funeral.
Cuando volvieron a casa, la mujer estaba en la puerta esperándoles y
les preguntó si podía entrar. Una vez en el interior se sentó y,
frotándose las manos nerviosamente, dijo: “No he sido sincera con
vosotros. El bebé era ilegítimo, y me he inventado el nombre del
padre”. Continuó con la historia, y Boreham la consoló lo mejor que
supo.
Llegó el día del funeral. Llovía a cántaros y, para más inri, acababan
de inaugurar el cementerioy aquel era el primer entierro. En el
ensayo, Boreham describe la sensación de soledad total que
acompañaba a aquella pobre mujer. Un bebé deformado e ilegítimo.
Un día de lluvia intensa del que se protegían los tres bajo los
paraguas mientras que el enterrador, listo para introducir el féretro
en un suelo empapado, esperaba. El cuerpo de un bebé a punto de
ser enterrado en un lugar donde aún no ha descansado ningún
cuerpo. Solo estaban presentes la madre desconsolada y el pastor
con su esposa, que no dejaban de ser dos extraños.
Repentinamente, Boreham cambia de escena y empieza a escribir
sobre un viaje en tren que hizo años después con un líder de la
denominación a la que pertenecía su iglesia. Era un viaje para hacer
visitas relámpago. Aquel hombre se bajaba del tren en cada estación,
donde le esperaban un grupo de pastores. Él les escuchaba, oraba
por ellos, y luego se despedía diciendo “Estad ahí para vuestra
gente. Estad con ellos en medio de sus necesidades, de su dolor, de
sus luchas. Nunca olvidarán vuestra presencia y vuestra bondad”.
Boreham continúa diciendo que, mientras escuchaba el consejo que
el líder daba a aquellos pastores más jóvenes, su mente voló al
pasado, a aquel día en que una joven se presentó en su casa, una
joven con un bebé muerto al que había enterrado en un cementerio
solitario. Se dio cuenta de que, después de aquel día, lloviera o
hiciera sol, aquella mujer no había dejado de ir a su iglesia un solo
domingo, y vivía una vida marcada por la relación con su Salvador.
Y ella no es la única. Hace dos días fui testigo de una historia
similar. Acababa de hablar ante una iglesia llena a rebosar en
Yakarta, Indonesia. Cuando acabé de hablar, dejaron un momento
de silencio mientras la música sonaba suave a modo de conclusión.
Yo dejé el púlpito y me fui a sentar en una silla que había en la
tarima cerca de los asientos de los asistentes, y mis ojos se
detuvieron al ver a una joven madre con dos niños pequeños. Tenía
uno a cada lado, aferrados a su falda, y ella tenía los brazos
extendidos hacia delante, con las palmas extendidas hacia arriba, en
señal de adoración. En cuanto terminó la reunión los pequeños
vinieron corriendo a darme un abrazo, aunque era la primera vez que
me veían. Y cuando se marcharon mi intérprete me dijo: “Su padre
fue asesinado hace justo un año. El niño pequeño es igualito a su
papá”.
Esas palabras lo cambiaron todo. Al principio pensaba que estaba
viendo a una joven familia que estaba adorando en la iglesia, y que
el padre no estaba aquel día, pero me di cuenta de que delante de mí
había tenido a una joven viuda que estaba comunicándose con su
padre celestial y educando a sus dos niños sin amargura ni enfado.
Hablé con ella después, y aún recuerdo sus palabras: “Sí, estoy sola,
pero mi Dios está conmigo”.
Sí, es cierto que la vida tiene una dimensión intelectual, pero
también es verdad que está llena de necesidades reales. Creemos que
una dimensión tiene que ver con la verdad, y la otra con la fantasía.
Pero nos equivocamos. Ambas precisan de la verdad, y un mundo
donde una dimensión elimina a la otra no es el mundo en el que
Dios quiere que vivamos. Burlarse de lo sagrado revela una
animosidad que no solo asombra sino que muestra la debilidad de
carácter de la persona que así actúa. Las palabras de Blake encajan
aquí a la perfección:
Burlaos, burlaos, Voltaire, Rousseau;
Burlaos, burlaos, ¡todo es en vano!
Lanzáis arena contra el viento,
Y este os la devuelve de nuevo.5
Espero que el lector lea hasta el final con una mente abierta para
juzgar justamente el mensaje de Jesús. ¿Es único? ¿Realmente
responde a los anhelos más profundos del corazón, a las preguntas
más incisivas de la mente? Obviamente, yo no malgastaría ni un
segundo en este tema si no estuviera convencido de que, en este
mundo fuera de control desde un punto de vista político, social,
económico y racial, las respuestas de Jesús son verdaderas y únicas,
y nos ofrecen la única cosmovisión coherente combinando verdad
con relevancia para darnos esperanza y significado.
Todos los días las noticias vienen cargadas de tragedias y
atrocidades. Y toda esa información se adentra en nuestra mente,
queramos o no. Detrás de muchas acciones y detrás de todas las
reacciones hay una cosmovisión que filtra la realidad. El seguidor de
Jesús ve lo que ocurre a su alrededor a través de la descripción que
Jesús hace de la condición del ser humano y la solución que Él da.
El contraste con los dioses seculares de esta época es enorme. Una
persona sin prejuicios debe al menos escuchar por qué es así y, si
realmente las respuestas de Jesús le ayudan a ver cosas de sí misma
que antes no había visto, debe empezar a ver el mundo a través de
unas nuevas lentes. Con ese objetivo en mente, me adentro en este
viaje por el pensamiento.
Tu cosmovisión importa
Grandes libros del mundo occidental, serie publicada en la década
de 1950, dedica el espacio más extenso al tema de “Dios”, abordado
por los pensadores occidentales más notables de aquel entonces.
Cuando le preguntaron a Mortimer Adler, editor de la serie, por qué
ese tema ocupaba tanto espacio, a diferencia de muchos otros temas
también importantes a los que se les dedicaba menos espacio, dijo
sin vacilar: “Porque la afirmación o la negación de Dios tiene
muchísimas más consecuencias para la vida y la conducta que
cualquier otra cuestión básica”.6
El entrevistador quedó callado y asintió.
Sí, es cierto que la creencia genuina en Dios o la negación
convencida de su existencia tiene más consecuencias sobre cualquier
cuestión de valor y sobre cualquier relación que ningún otro tema.
Este hecho debería recordarnos que lo que pensamos de Dios afecta
profundamente a cómo vivimos. El seguidor de Jesucristo debe
tomar buena nota de ello. Esa creencia importa y debe marcar una
diferencia.
Nunca olvidaré la imagen que me mostró un exmusulmán que se
había convertido al cristianismo. Dibujó dos círculos y, dentro de
cada uno, un pequeño punto. Apuntó al primero y me dijo: “Como
musulmán, yo creía que el círculo era mi fe, y que el punto era mi
vida”. A continuación, apuntó al otro círculo y me dijo: “Ahora,
como seguidor de Jesús, veo que hay una tensión cultural. Para
muchos occidentales, el círculo es su vida, y el punto, su fe”.
Dicho de otro modo, un musulmán creía que la vida era
prescindible, y que su fe era suprema. El occidental, según aquel
hombre, cree que su vida es más importante que su creencia. “Esa es
la razón”, añadió, “por la que Occidente se hundirá. En Occidente, la
fe es un interés meramente extracurricular, un aspecto más de la
vida supeditado a la paz interior. La fe rara vez entra en la
conciencia como una convicción”.
Esa conversación fue reveladora, pues me ayudó a entender cómo ve
la fe la mayoría de occidentales, por no hablar de la pluralidad de fes
que existen. De hecho, la palabra “fe” ahora se usa en sentido
bastante peyorativo. Se cree que el mundo real es riguroso desde el
punto de vista intelectual, y que el mundo de la realidad última, es
decir el mundo de la fe, es fantasioso y alejado de los hechos.
Fascinante. Así que los valores por los que vivimos están basados en
esas arenas movedizas que el escéptico llama “fe”, mientras que el
mundo de la comprensión pragmática y real está basado en el sólido
fundamento de las ciencias llamado “razón”.
¿Tiene razón mi amigo?
Si tiene razón, me atrevo a decir que Occidente está a punto de
derrumbarse a manos de sus intelectuales seculares. Solo es cuestión
de tiempo. La fe cristiana trae consigo convicciones sobre las que
sostenerse y construir un marco moral. El pensador secular, con sus
implícitos supuestos amorales, cree que el conocimiento sin una
base moral tiene suficiente fuerza sustentadora. Pero no es así.
Mira cómo Europa se encoge bajo la presión de los isla- mistas, que
no han olvidado que hace trece siglos fueron derrotados por Carlos
Martel y no pudieron conquistar Europa. Ahora, con paciencia, un
control demográfico astuto y unos medios de comunicaciónnaíf, ahí
están, preparados para tomar el control de las estructuras y las
edificaciones construidas por una ética diferente y un sistema de
creencias diferente. Solo es cuestión de tiempo, y no tienen prisa.
Trece siglos atrás, Europa pudo frenar la ola islámica teocrática
porque tenía una fe que defender. La cultura sin valores de hoy no
será capaz de resistir el ataque.
Hace años, mientras Hitler hacía planes para invadir el mundo y
algunos intentaban aplacarle para librarse de tener que justificar la
guerra moralmente, Winston Churchill dio un discurso revelador en
el Parlamento el 5 de octubre de 1938. (Los acuerdos de Múnich
también se conocen por el título “Una derrota total y absoluta”,
haciendo referencia al tratado conciliador de Neville Chamberlain).
Citando las Escrituras, Churchill dijo: “Has sido puesto en la
balanza, y no pesas lo que deberías pesar” (Daniel 5:27). A
continuación, acabó su discurso diciendo: “Y no creáis que esto es el
final. Esto es solo el principio del ajuste de cuentas. Esto es solo el
primer sorbo, el primer anticipo de una copa amarga que nos
tenderán año tras año a menos que, mediante una recuperación
suprema de nuestra salud moral y nuestra fuerza militar, nos
volvamos a levantar para defender la libertad como hicimos en otros
tiempos”.7
Después de que Hitler visitara París en 1940, André Boulloche, un
valiente miembro de la resistencia francesa, escribió una carta a su
padre diciendo: “Para que el país se salve es necesaria una
resurrección moral, algo que requerirá el trabajo de todos los
hombres de buena fe... Creo que yo puedo contribuir mucho. Y si
nos esperan más problemas, ¿no es urgente cumplir con mi deber?”.8
Ciertamente, el sistema de valores de una nación siempre está en
riesgo. Eso es especialmente cierto en una nación como los Estados
Unidos, cuyos valores buscaban desde el principio equilibrar la
libertad con la ley. Pero es más fácil decirlo que hacerlo. John
Adams lo explicó bien: “Nuestra constitución solo se hizo para
gente moral y religiosa. Es totalmente inadecuada para un gobierno
formado por gente que no lo sea”.9
Así que yo pregunto: ¿debería ser más importante nuestra creencia
en Dios y el destino que la vida misma?
En realidad, la respuesta depende de qué es exactamente esa
creencia y de si es verdad. La ironía es que, para el ateo, la respuesta
solo puede venir de su teoría política o, por defecto, de su trasfondo
cultural, y no puede venir de una cosmovisión que persigue la
verdad como un hecho objetivo por encima de todo lo demás. Todas
las demás disciplinas quedan fuera del ámbito de la verdad,
reflejando simplemente las aspiraciones de una cultura. En eso
consiste la vida. Los naturalistas controlan la verdad y luego dan
permiso a otras disciplinas para vivir sin absolutos. Ese es el error
fatal.
En un anuncio que vi recientemente, dos bandidos entran en un
banco y amenazan a los trabajadores a punta de pistola, diciéndoles
que les den el dinero. Les gritan a los clientes que se tiren al suelo.
Un hombre le susurra a un guarda de seguridad: “¡Haz algo! ¡Tú vas
armado!”. El guarda de seguridad responde: “Mi deber no es hacer
algo, sino únicamente determinar si se está produciendo un robo o
no”. Después de unos segundos, vuelve a mirar al cliente y le dice:
“Sí, claramente esto es un robo”.
El naturalista es algo así. Incapaz de avanzar hacia donde apunta la
verdad, no puede ayudar a la persona que anhela ser rescatada, que
anhela encontrar seguridad. Se limita a decir lo que hay, y no hace
nada para llegar a lo que debería ser.
¿Por qué establezco esta conexión entre una nación, un pueblo y una
cultura? Hoy, la política está plagada de un lenguaje y unas
opiniones que asustan y confunden. Por un lado, al electorado le da
igual que le suelten una sarta de mentiras, lo que demuestra que el
valor más preciado del discurso humano, la verdad, es un valor
prescindible si eso sirve para lograr el poder. Por otro lado, el
lenguaje peyorativo está totalmente aceptado, y la dignidad de los
políticos queda, de nuevo, relegada por las ansias de poder.
Los candidatos que se presentan proponen ideas que generan odio y
protestas, así que el futuro es bastante aterrador. Uno acusa al otro
de “deshonesto”. El otro acusa al uno de “irrespetuoso” y de “estar
lleno de prejuicios”. Si esas afirmaciones son legítimas o no es
menos importante que el supuesto de que la moralidad importa.
Irónicamente, los manifestantes que protestan en contra de los
candidatos se vuelven agresivos. Pero lo que es obvio es que la
política se ha convertido en algo espiritual, y una nación que desea
negar a Dios se vuelve sedienta de poder y se ve sumida en una
mezcla letal de cosmovisiones en conflicto y palabras cargadas de
odio. ¿Qué ha ocurrido? La respuesta es clara. En la esfera pública
el debate se ha reducido a la derecha y la izquierda, olvidando que
hay un “arriba” y un “abajo”.
Todo esto nos recuerda la necesidad de entender esta filosofía
llamada ateísmo y por qué tiene las consecuencias que tiene. Es
curioso que los ateos en Occidente quieran redefinir el término
“matrimonio” mientras que sus homólogos en Rusia y China no
quieran saber nada de dicha redefinición. Ambos tienen sus razones,
y lo que no tienen es un punto de referencia común. Ese es el
edificio levantado sobre el fundamento del naturalismo. Cada uno es
su propia ley.
¿Recuerdas en el Antiguo Testamento, cuando el pueblo quería un
rey y Dios dijo que Él quería ser su gobernante? El pueblo rechistó y
dijo que querían ser como las demás naciones y, de hecho, tener a
alguien a quien enviar a la guerra mientras ellos seguían con sus
vidas. Tuvieron lo que querían y descubrieron que las verdaderas
batallas tenían que ver con quién gobernaba su corazón. Cuando el
corazón se vuelve autónomo, la cultura y la política se vuelven
anárquicas. Y cuando esas batallas se pierden, la guerra que se
avecina es de proporciones gigantescas. Esta es, en el mejor de los
casos, la consecuencia no deseada del ateísmo.
Tan antiguo como el mundo
Pensamos que el ateísmo es una filosofía moderna, que la ciencia y
su legado han dado lugar a la autonomía y a nuestra soledad en el
universo. No es así. Puede que haya tardado en formalizarse y en
obtener cierto respeto intelectual, pero la pregunta se remonta al
principio de los tiempos. Desde los inicios, la pregunta no giró en
torno al origen de las especies sino en torno a la autonomía de las
especies. Somos más dados a citar el debate entre Wilberforce y
Huxley o el conflicto entre Galileo y la Iglesia que a mirar hacia
atrás y ver dónde empezó la verdadera tensión.
Pensamos que Darwin enterró a Dios pero, de hecho, en Génesis 3,
el primer hombre creado también quiso enterrar a Dios. El primer
intento de asesinato fue matar a Dios. Ese intento estuvo seguido del
asesinato de Abel por parte de su hermano Caín. La Biblia aborda
este conflicto desde la era premosaica. Después de todo, la batalla
del Génesis está basada en dos preguntas. La batalla entre el teísmo
y el ateísmo es el debate filosófico más antiguo. No nació con los
filósofos franceses o los empiristas británicos.
¿Cuáles son las dos preguntas que existen desde el principio de los
tiempos? El primer disparo contra Dios en el Edén fue “¿Es verdad
que Dios dijo...?”. En el Evangelio, cuando Jesús es tentando
aparece la misma pregunta, ya sea cuestionando un pasaje bíblico o
sacándolo de contexto. El examen al que Jesús se enfrentó en el
desierto, que es el mismo al que el ser humano se enfrentó en el
Edén, fue “¿Dios ha dicho...?” y “¿Lo que ha dicho es verdad?”. De
forma implícita, esas preguntas planteaban si tenemos a alguien por
encima. ¿Existe un marco prescriptivo? ¿No puedo ser yo quien
defina lo que está bien y lo que está mal para mí? ¿Estoy sujeto a
algún tipo de autoridad superior e intangible?
En su artículo sobre “Religión”, Thomas Paine recoge esta tensión
como si se tratara de algo nuevo y hace unas afirmaciones
sorprendentes cuestionando la posibilidad de creer que Diosse
revela y habla. A continuación puedes leer lo que dice:
En cuanto a la biblia (sic.), sea verdad o fábula, es historia, y
la historia no es revelación. Si Salomón tuvo setecientas
esposas y trescientas concubinas, y si Sansón durmió
recostado sobre la falda de Dalila y ella le cortó el cabello, el
relato que tenemos de esos hechos es mera historia, una
historia que para ser narrada no precisa de revelación divina.
Del mismo modo que tampoco precisa de revelación divina
para decirnos que Sansón era un necio y culpable de sus
males, y Salomón también.
En cuanto a las expresiones tan usadas en la biblia, que la
palabra del Señor vino a fulano y a mengano (sic.) [...] era
una forma de hablar de aquellos tiempos. [...] Pero aún si
aceptamos que Dios podría condescender y revelarse a
través de palabras, no creamos que lo haría a través de las
historias inmorales y mundanas que aparecen en la biblia.
[...] Los deístas niegan que el libro llamado “biblia” sea la
palabra de Dios o religión revelada.10
Este fragmento es una fascinante mezcla de prejuicio y perversión.
A uno le entran ganas de preguntarle a Paine si estaba presente en el
Edén desde el principio. A los relatos sobre Salomón y Sansón les
otorga la categoría de “historia”. ¿Haría lo mismo con la crucifixión
y la resurrección, o a esos relatos les otorga otra categoría?
Lo que ocurre es que él no concibe siquiera que Dios pudiera
revelarse a sí mismo por medio de verdades proposicionales. Paine
no inventó ese dilema. Existía desde el principio. La revelación no
se dio en una ausencia de creencias. La revelación vino acompañada
de evidencias y fue aceptada porque una y otra vez era posible
comprobar su veracidad. El medio que nos sirve para establecer la
verdad no es meramente una voz interior sino la lógica de por qué
estamos aquí.
Realmente, la pregunta que deberíamos hacernos es por qué
pensamos en un ser supremo. ¿Por qué nos preguntamos si existe un
poder soberano sobre el universo? ¿Es porque nos engañamos a
nosotros mismos haciéndonos creer que debería existir, o es porque
la razón demanda una causa y un propósito? ¿Es posible que detrás
de nuestros anhelos más profundos esté ese deseo por saber por qué
estamos aquí, y que la displicencia con la que el naturalista rechaza
esa pregunta recaiga sobre las almas inquietas que buscan una razón
tal como el cuerpo ansía encontrar agua?
En la creación original no había profesores de ciencia para
cuestionar la revelación. El desafío de la autonomía, el deseo de
traspasar los límites establecidos, surgió de dentro del alma humana.
Así que dejemos atrás dos memeces: la que dice que lo que ocurre es
que el hombre moderno se está sublevando, y la que dice que los
intelectuales no creen en Dios y solo los ingenuos o los estúpidos
continúan creyendo en Dios. Yo he conocido a intelectuales en
ambos lados del debate, así que no es meramente una lucha
intelectual. Es una lucha por construir puentes, por intentar vincular
estructuras teóricas a realidades profundas y de búsqueda genuina.
Tan real como el ahora
La segunda pregunta que surgió en el Génesis vino en forma de
desafío: “¡No, no moriréis! Seréis como Dios, vosotros definiréis el
bien y el mal”. Para Darwin, al igual que para nuestros educados
correctos pensadores modernos, el infierno es anatema. ¿Por qué un
ser humano digno se inventaría el infierno? Curiosamente, los que
cuestionan la existencia de Dios son los que castigan a los demás
por sus creencias. “¡Destruyamos los medios de sustento de aquellos
que creen en la santidad del matrimonio!”. “¡Si realmente creen que
Dios existe, no les demos lugar en el mundo académico!”. Esa es la
venganza de los que se adoran a sí mismos, impuesta por los que
dicen que Dios es vengativo, un “monstruo aguafiestas” y un “tirano
que restringe tu libertad” si no le cedes el lugar que Él merece. Es
fascinante cómo usamos el poder cuando lo tenemos, y cómo luego
criticamos a otros por caer en la misma tentación.
El enemigo de nuestras almas ataca las afirmaciones de Dios no solo
cuestionándolas, sino asegurándonos que al desobedecer las órdenes
de Dios llegaremos a ocupar su lugar. De nuevo, vemos que detrás
de toda tentación está el ansia de autonomía y poder. La humanidad
ha estado inmersa en la lucha por la autonomía y el poder desde el
principio. ¿Ha hablado Dios? ¿Es verdad lo que Él dice sobre el bien
y el mal? ¿Vamos a creer la verdad, o estamos cómodos con la
mentira porque promete darnos poder?
Parece que lo que más ansiamos, entonces y ahora, es tener el poder
para controlar la cultura y el destino.
Recientemente, un magnate ruso dio cien millones de dólares a
Stephen Hawking para su búsqueda de inteligencia extraterrestre.
Hawking dijo que era crucial encontrarlos antes de que ellos nos
encontraran a nosotros, porque si no lo hacemos podrían
exterminarnos. Después de las masacres de San Bernardino, Bélgica,
París, la maratón de Boston, Turquía, Bagdad, Orlando, Dallas y una
lista interminable, ¿queremos ir a otros planetas antes de arreglar el
nuestro? ¿También les destruiremos a ellos?
Cuando escuché esas declaraciones, no daba crédito. Primero
reaccioné con cinismo. “Claro”, pensé, “ya que hoy en día no queda
mucha inteligencia en este planeta, vamos a buscarla a otro lugar”.
Pero de repente me vino otro pensamiento. Es fascinante que la
“mente más brillante del mundo” piense que ahí afuera existe una
inteligencia que podría destruirnos pero no crea que existe una
inteligencia creadora.
Y de nuevo me vino otro pensamiento. Si el propio profesor
Hawking hubiera caído en manos de los que defienden que la vida
en el útero no es humana y que si se detecta una enfermedad
degenerativa lo mejor es abortar, habría sido destruido y nunca
habríamos conocido su genialidad. La pérdida habría sido enorme.
¿Ves cómo los valores que adoptamos inevitablemente marcan las
decisiones que tomamos? La visión científica por sí sola no nos da
valores; solo nos da lo que es y no puede darnos lo que debería ser.
Por tanto, no es de extrañar que en este escenario en el que la ciencia
es nuestra única visión, la existencia sea el círculo y lo que creemos,
es decir, nuestros valores, tan solo un punto. Así lo describe un
amigo mío.
Otra reflexión personal, a raíz del tiempo que pasé en Cambridge a
principios de los 90: la primera esposa de Hawking, Jane, era y es
una cristiana convencida, y también una intelectual. Hawking
mismo la ha elogiado públicamente. En el caso de Jane, vivir junto a
una de las mentes más brillantes del mundo no acabó con su
creencia en Jesucristo y en el orden creado. Ya solo eso debería
hacernos pensar que la fe no es simplemente una cuestión
intelectual. Va mucho más allá.
Así que, desde el principio, ante la posibilidad de escoger, dos
preguntas determinaron el futuro: 1) ¿Dios ha dicho? 2) ¿De verdad
crees que vas a morir, o quieres ser como Dios y decidir lo que está
bien y lo que está mal?
El trasfondo teológico
¿Qué significa ser ateo? ¿Qué sostiene el ateísmo? ¿Es monolítico?
¿Dicen lo mismo todos los sistemas ateos en cuanto a la teoría
política? ¿Cómo llegó esta filosofía a convertirse en un sistema
formal, y cómo podemos responder a sus postulados?
Remontémonos a las raíces categóricas y filosóficas de esta
creencia, a su punto de vista cultural y filosófico. El término ateísmo
procede de una palabra griega que simplemente une la negación con
lo divino. Esta palabra está compuesta por el prefijo de negación (la
letra alfa) y el vocablo que hace referencia a lo divino (theos). Por
tanto, desde la propia estructura de la palabra, la filosofía del
ateísmo significa que la realidad no tiene una primera causa
inteligente, autónoma y existente por sí misma.
Irónicamente, el contexto cultural puede diluir el significado de la
palabra. Por ejemplo, en los inicios de la iglesia, a los cristianos se
les llamaba ateos porque negaban la existencia de los dioses griegos
y romanos. En el siglo VII, los musulmanes tachaban a los cristianos
de politeístas debido a la doctrinacristiana de la trinidad. Podemos
ver la importancia de conocer las creencias desde un punto de vista
ortodoxo, y el peligro de interpretarlas desde un contexto cultural
concreto.
En dos de mis libros ya he mencionado cuáles son los libros y las
definiciones básicas para este debate. Me gustaría volver a
mencionarlos antes de avanzar. Francamente, ante un tema como
este, no hay nada nuevo bajo el sol. Personas como Dawkins,
Hitchens, Harris, Krauss y otros que promueven el lado agresivo de
esta creencia no han presentado ni un solo argumento nuevo para
defender su posición. Esa es la razón por la que otros prominentes
ateos y agnósticos los consideran una vergüenza. De hecho, el
comentario que Dawkins hace sobre la explicación de Harris en The
Moral Maze (El laberinto moral) —en el que Harris ofrece el
argumento definitivo contra el teísmo— es embarazoso para otros
ateos, por no decir otra cosa. Dudo mucho que Dawkins crea eso.
La respetada Encyclopedia of Philosophy (Enciclopedia de
Filosofía) editada por Paul Edwards define el ateísmo así: “Un ateo
es una persona que sostiene que Dios no existe, es decir, que la frase
‘Dios existe’ es una proposición falsa [...], una persona que rechaza
la creencia en Dios”.11 En su libro sobre ateísmo, Étienne Borne
dice: “Ateísmo: la negación deliberada, definitiva y dogmática de la
existencia de Dios”.12 Aunque la conclusión de esta visión es una
negación de la existencia de Dios, en realidad se encuentra dentro
del espectro del agnosticismo que va desde un agnosticismo blando
en el que uno no sabe si Dios existe hasta un agnosticismo duro que
argumenta que uno simplemente no puede saber. El siguiente paso
es una negación rigurosa de la existencia de ese Ser al que llamamos
Dios. Es la idea, cerrada en banda, de que Dios no está dentro del
ámbito de las afirmaciones serias, y que, si Él/Ella/Ello realmente
existe, la obligación de los teístas es demostrarlo.
Ahora bien, este último supuesto es fruto claramente de los
prejuicios de nuestra cultura y, me atrevo a añadir, es contrario a la
descripción que el filósofo Alvin Plantinga, profesor en la
Universidad de Notre Dame, hace de la creencia en Dios: una
“creencia básica “ tan común y evidente para las masas de la
humanidad que no hay necesidad de defenderla. Obviamente, otros
filósofos discrepan y arguyen que esa descripción no sería aceptada
en ningún debate. Plantinga contesta que las masas no pertenecen a
la esfera del debate académico; creen intuitivamente que hay un
poder más grande que ellas y buscan cómo conectar con ese ser
supremo. Crecí en la India, y he visto esto de primera mano. Aunque
yo no creía en ello, estaba presente en todos los ámbitos de la vida,
tanto de los analfabetos como de los más cultos.
Es importante reconocer que los griegos, que realmente son los
precursores del pensamiento filosófico sistemático de la filosofía
clásica (de donde, por extensión, surgió el gobierno democrático),
intentaron definir la realidad última en términos abstractos. A la luz
de sus reflexiones y cavilaciones sobre la realidad última, algunos
han llegado a decir que Platón probablemente se estaba acercando al
monoteísmo. Independientemente de si eso es cierto o no, lo que
quiero destacar es que para los filósofos griegos la realidad última
era inseparable de la virtud y las normas éticas.
Para muchos de los pensadores griegos, el poder de la razón era
supremo, y liberar a la filosofía y a la ciencia de cualquier elemento
místico era una disciplina deliberada e importante. Pero, repito, para
los pensadores griegos, aunque no proponían ningún Dios, una cosa
era cierta: la virtud y la armonía eran implicaciones lógicas para la
vida.
Hay una similitud sorprendente entre nuestra llamada doctrina de la
tolerancia y los antiguos griegos. Por ejemplo, el discurso
pronunciado en el funeral de Pericles nos permite adentrarnos en la
visión que los griegos tenían de la vida y el destino. Conservamos
esa elegía gracias al trabajo de Tucídides. Aquí está:
Así como nuestra vida política es libre y abierta, también lo
son las relaciones de los unos con los otros en nuestra vida
cotidiana. No nos entrometemos en la vida de nuestro vecino
si vive de un modo distinto al nuestro. [...] Somos libres y
tolerantes en nuestras vidas privadas; pero en cuestiones de
vida pública, nos sometemos a la ley. [...]
Cuando acabamos nuestro trabajo, podemos disfrutar de
cualquier tipo de recreación para nuestro espíritu. [...] en
nuestros hogares encontramos una belleza y un buen gusto
que nos deleitan cada día y que hacen que nuestras
preocupaciones se esfumen. [...]
Nuestro amor por lo que es bello no nos lleva a la
extravagancia; nuestro amor por las cuestiones de la mente
no nos hace blandos. [...] En cuanto a la pobreza, nadie tiene
por qué avergonzarse: la verdadera vergüenza está en no
tomar medidas prácticas para escapar de ella.
Labramos amistades haciendo el bien a los demás, no
esperando el bien de ellos. Eso hace que la amistad sea más
fiable. [...] Cada uno de nuestros ciudadanos, en todos los
aspectos de la vida, puede presentarse como señor y dueño
de su propia persona, y hacerlo, además, con una gentileza y
una versatilidad excepcionales.13
Tolerancia: la nueva virtud
De hecho, esta forma de pensar encajaría en el budismo, el
hinduismo, el jainismo y en la nueva tolerancia del secularismo
occidental. Es el nuevo dios de esta era. Un simple vistazo a esa
filosofía y podemos ver cómo un marco político llena el alma de un
pueblo cuando este no conoce ni busca a Dios. Por el bien común,
¡qué importante es defender los valores! En realidad, posiblemente
tenemos aquí la base de un noble credo humanista, pero de eso
hablaremos más adelante.
Por ahora, nos quedaremos con cómo los antiguos filósofos griegos
y la espiritualidad no teísta o las religiones mistéricas creían que lo
que daba estructura a la vida y al destino de una persona era la
virtud. No obstante, había diferencias importantes en cuanto a por
qué pensaban de ese modo y a cuál era, según ellos, el propósito de
la vida. Para mí, eso es clave. Después de cuatro décadas viajando e
interactuando con miles de personas tras mis ponencias, ya sea de
forma individual o en grupo, las preguntas que la gente tiene se
reducen a unas pocas.
La primera tiene que ver con el sentido y el propósito de la vida:
¿Qué es la vida y qué es vivir de verdad? A continuación viene la
pregunta sobre el placer y el disfrute: ¿Cómo logro cumplir mis
deseos? La búsqueda del placer constituye una parte esencial de
nuestra existencia. Trabajamos, ganamos un salario, volvemos a
nuestros hogares, y luego tomamos decisiones sobre nuestro
disfrute. ¿Hay límites en la búsqueda del placer? Luego está la
tercera pregunta: ¿qué hacer con todo el sufrimiento y dolor que
vemos en este mundo?
Ahí las tienes: significado, placer, dolor. Y estas tres preguntas van
unidas a la cuarta pregunta, una pregunta determinante: ¿Cómo y
por qué estoy aquí? Esa es la base de la búsqueda de Salomón. Él no
creció en una familia griega. Creció en la familia del rey David, una
familia judía que creía en un Dios personal. Alguna desavenencia
debió haber en la relación padre-hijo para que Salomón viviera
como un hedonista pero fuera considerado un moralista, conocido
por su sabiduría.
Ante esta cuarta pregunta, los ateos responden con toda confianza
que estamos aquí por accidente. Si vuelves atrás en el tiempo e
intentas hacer lo mismo de nuevo, no volverá a ocurrir de la misma
manera. Nuestra presencia es un accidente cósmico, y por eso la
vida no viene con un guión ni tiene un propósito preasignado. Pero
seamos claros. El ateo basa todas las definiciones de cualquier
cuestión de la vida sobre este fundamento: que vivimos sobre esta
tierra y batallamos con la personalidad, la moralidad y la realidad
humanas sin una primera causa personal, moral o real. Eso sí que es
un salto de fe: creer que la vida en última instancia es materia y que
por lo tanto no importa. Si aceptas la primera conclusión, las
siguientesson inevitables.
Veamos el ejemplo de Stephen Jay Gould:
Estamos aquí porque un raro grupo de peces tenía una
anatomía peculiar y cambió sus aletas por patas, dando así
lugar a los seres terrestres; porque hubo cometas que se
estrellaron contra la tierra y acabaron con los dinosaurios,
dando a los mamíferos una oportunidad que de otro modo no
hubiesen tenido (ahí sí que tuvimos buena estrella); porque
la tierra nunca se congeló totalmente durante la era glacial;
porque una especie pequeña y endeble que surgió en África
hace un cuarto de millón de años se las ha arreglado de una
forma u otra para sobrevivir. Podemos anhelar una respuesta
más elevada, pero no existe. Esta explicación, aunque en un
primer momento es inquietante, por no decir aterradora, en
última instancia es liberadora y satisfactoria. No podemos
encontrar el sentido de la vida de forma pasiva en los hechos
de la naturaleza. Debemos construir las respuestas nosotros
mismos, a partir de nuestra propia sabiduría y nuestro
sentido de la ética. No hay otra forma.14
Gould declara inequívocamente que el sentido de la vida es
indescifrable para nosotros. Según él, no existe una respuesta
superior, y tenemos que encontrar las respuestas a nuestra manera.
Esta respuesta falaz hace que los valores occidentales se pierdan y
nos lleva al nihilismo. Pero aún hay más. Si hallar el sentido no
forma parte del propósito de nuestra existencia, el siguiente debate
es si poner límites al placer o eliminar todos los límites.
La diferencia entre una religión no teísta y una cosmovisión atea es
abismal. La diferencia viene de la explicación del pensamiento
teísta. Tanto la realidad del placer como la realidad del dolor
demandan respuestas y una explicación, independientemente de que
la vida tenga sentido o de que haya una solución para el problema
del dolor. Llegar a negar de manera formal y establecida la
existencia de un ser supremo abre las puertas a todo tipo de debates
y argumentos sobre las consecuencias lógicas de un fundamento tan
inútil y desesperanzado.
Desde ese punto de partida, las tres preguntas restantes quedan
literalmente en el aire. Veamos, pues, cómo el no teísta religioso y el
ateo secular se enfrentan a las consecuencias lógicas de las
conclusiones de las que parten. Cuando en el punto de partida ya has
descartado a Dios, acabas haciendo las manipulaciones mentales
más estrambóticas para evitar el hilo lógico de razonamiento. Y el
primer error del ateo es esperar que la ciencia haga lo que nunca ha
sido su papel.
Los mismos científicos cuestionan a sus colegas ateos. El académico
agnóstico David Berlinski critica duramente a Dawkins en su libro
The Devil’s Delusion (El espejismo del diablo), que es una respuesta
a la obra de Dawkins titulada El espejismo de Dios. En la solapa del
libro, presenta su posicionamiento de la siguiente forma:
¿Alguien ha ofrecido pruebas irrefutables de la inexistencia
de Dios?
Ni de cerca.
¿Ha explicado la cosmología cuántica el surgimiento del
universo y por qué existe?
Ni de cerca.
¿Han logrado explicar los científicos por qué nuestro
universo tiene las características necesarias para que la vida
sea posible?
Ni de cerca.
¿Están dispuestos los físicos y los biólogos a creer cualquier
cosa, siempre que no provenga del pensamiento religioso?
Más bien sí.
¿Nos ha ofrecido el pensamiento moral del racionalismo una
comprensión de lo que está bien, lo que está mal, y lo que es
moral?
Más bien no.
En el terrible siglo XX, ¿ha sido el secularismo una fuerza
en pro del bien?
Para nada.
En el mundo de las ciencias, ¿existe una ortodoxia de
pensamiento cerrada y opresora?
Más bien sí.
¿Hay algo en las ciencias o en su filosofía que permita
afirmar que la creencia religiosa es irracional?
No, para nada.
¿Es el ateísmo científico un ejercicio frívolo de desprecio
intelectual?
¡Exacto!15
Tenemos que felicitar a Berlinski y a otros como él por poner en
evidencia a los que se esconden detrás de la ciencia para atacar la
creencia en Dios. De hecho, hay tantas contradicciones incluso
dentro de las ciencias exactas, que quien habla por todos obviamente
no está respetando las distintas disciplinas científicas. Conozco a
académicos en el campo de la química que han desafiado a sus
colegas pidiéndoles que les demuestren por medio de la química que
el paso del caldo primigenio al homo sapiens es posible, aunque sea
solo en la teoría. Uno de ellos es el profesor James Tour de la
Universidad Rice. Sin ir más lejos, el cosmólogo John Barrow le
dijo a Dawkins: “Richard, tienes problemas con todas estas ideas
porque no eres científico. Eres biólogo”.16
Es interesante cómo varían la metodología y las implicaciones de
una disciplina a otra, ¿verdad? Fue ese mismo desafío el que hizo
que Chandra Wickramasinghe y Fred Hoyle postularan que dar con
una explicación sobre los orígenes sin mirar más allá de nosotros es
matemáticamente imposible. Pero aún así, la campaña de
desprestigio contra la creencia religiosa continúa. Más adelante,
Vince Vitale, coautor de este libro, hablará más extensamente de los
peligros de tener una visión científica única.
Por el momento, baste decir que las implicaciones son obvias: esta
lucha existencial nos adentra en una tierra de nadie carente de
sentido.
Una cultura sin raíces
En Occidente, hemos pasado de ser una sociedad desarraigada a ser
una sociedad despiadada. En EE.UU. decimos que somos una
nación de leyes. Asombroso. ¿Estamos diciendo que las demás
naciones son naciones sin leyes? Ninguna cultura en el mundo tiene
más leyes que el mundo islámico. Tienen leyes para todo: qué comer
y cuándo comer, cómo casarte y con quién casarte, cómo trabajar y
con quién trabajar, cuándo ayunar y cuánto dar, cuántas veces orar y
hacia dónde mirar cuando oras... Leyes ad náuseam. Y les
enorgullece.
Decíamos que somos una nación de leyes. Demos un paso más. Por
usar una metáfora, las leyes son las raíces de nuestra cultura.
Entonces, el tronco pasaría a ser el sistema político. Y las ramas y
las hojas o el fruto pasarían a ser la expresión de la cultura. He aquí
una descripción figurada de cómo construimos una cultura. De
hecho, es un movimiento circular. Actuamos como si la ley acabara
de nacer y fuera obvia. Pero la pregunta que deberíamos hacernos
es: ¿en qué se basa la ley?
Las leyes que legitimaron la esclavitud se denunciaron gracias a la
intuición moral de que explotar y discriminar así a un pueblo estaba
mal. Irónicamente, en sus canciones, tanto los esclavos como sus
amos pedían a Dios que les rescatara o les validara. No se lo pedían
a la naturaleza. De hecho, incluso Bertrand Russell llegó a decir,
hablando del dominio que los británicos habían ejercido sobre el
pueblo indio, que apelar a la razón solo sirvió porque las conciencias
a las que se apelaba eran las conciencias de un pueblo cristianizado.
Aquí es cuando las cosmovisiones entran en escena. ¿Qué sostiene
las leyes de una nación? La base moral es la que debe sostener las
raíces. Como dijo G. K. Chesterton, “legítimo” y “legal” no
significan lo mismo, y la base moral es indispensable para el
florecimiento estético:
Nos colocamos muy cerca del límite cuando solo nos
preocupamos por lo que es legal y no por lo que es legítimo.
A menos que tengamos un principio moral sobre cuestiones
tan delicadas como el matrimonio o el asesinato, el mundo
se convertirá en un maremágnum de excepciones sin reglas.
Habrá tantos casos complejos que todo se volverá relativo.17
Una creación artística sublime nunca surge solo del arte, del
mismo modo que algo esencialmente razonable nunca surge
solo de la razón. Detrás de todo crecimiento estético siempre
hay una rica base moral.18
Hace poco vi la película Irrational Man. El conocido actor Joaquin
Phoenix hace de un apreciado profesor de filosofía que llama la
atención de todo el mundo. Antes de llegar a la universidad en la
que va a enseñar ya tiene la reputación de ser solitario y excéntrico.
A medida que la película avanza, nos damos cuenta de que su
objetivo es atraer a susestudiantes hacia el sistema ético que él
suscribe, basado en los existencialistas.
Un día oye la historia de una mujer víctima de un juez injusto.
Airado ante esa injusticia, se pone a pensar cómo solucionarlo y
decide matar al juez. Cuando lo logra, una de sus estudiantes
descubre que él es el asesino y, horrorizada, le confiesa que sabe la
verdad. Él solo tiene una opción: matarla a ella también, a pesar de
que tienen una relación amorosa. Al final tienen una pelea y él se
cae por el hueco de un ascensor, hueco por donde había planeado
tirarla a ella.
Es interesante que, aunque la disciplina de este profesor era la razón,
murió bajo el peso del razonamiento inmoral que había urdido en su
corazón y que defendía como lo correcto... hasta que le descubrieron
y tuvo que dar explicaciones.
La ley, la filosofía, el amor, la educación, la justicia... todos se
fundamentan no solo en la razón, sino en el razonamiento moral.
Esta es la disciplina que saca a la luz que el ateísmo es un fracaso, y
las ideas del ateísmo serán aplastadas precisamente por el sistema
construido para acallar al que apunta al culpable.
El corazón humano tiene sed de significado, razón, propósito y
valor, y el ateísmo simplemente no tiene las respuestas ni el poder
explicativo para que sea posible construir una vida sobre la base que
ofrece. Es por eso que algunos de los mejores ateos descubren al
final de sus vidas que la base de su filosofía era la irracionalidad, y
que tenía una victoria temporal pírrica: era más costosa para el
vencedor que para el vencido.
Por ejemplo, Antony Flew y A. N. Wilson fueron dos grandes
pensadores que llegaron a la cima del ateísmo y obtuvieron gran
reconocimiento solo para reconocer que su tronco está hueco y sus
ramas, muertas. Las preguntas sin respuesta llevaron a Flew a
cuestionar la filosofía. Para Wilson, lo que lo cambió todo fue una
visita a la iglesia con su familia un Domingo de Resurrección, donde
observó a los seguidores de Jesús y donde escuchó las palabras del
Señor resucitado. Fue un cambio de muerte a vida, de la vacuidad al
contenido, de la falta de sentido al propósito, del odio al amor, de
vivir una mentira a vivir en la verdad.
Los próximos capítulos muestran la diferencia entre Jesús y los
“ismos” seculares en medio de los porqués de la vida. La primera
comparación será un análisis más detallado del ateísmo, pues es el
“ismo” detrás de todas las demás cosmovisiones seculares. Después,
capítulo a capítulo analizaremos los dioses seculares que guían a
nuestros vecinos y a nuestra nación. Hasta ahora solo hemos visto la
punta del iceberg. Veamos a dónde nos llevan todas las diferencias
que vamos a ir descubriendo.
1. Maya Oppenheim, “Richard Dawkins: Atheist academic calls for religion ‘to be
offended at every opportunity’”, The Independent (23 de mayo de 2016),
http://www.independent.co.uk/news/people/richard-dawkins-atheist-academic-calls-
for-religion-to-be-offended-at-every-opportunity-a7043226.html. Visto el 10 de
septiembre de 2016.
2. Ibíd.
3. Robert A. Morey, The New Atheism and the Erosion of Freedom (Minneapolis:
Bethany House Publishers, 1986), 98.
4. G. K. Chesterton observa: “Se dice que el paganismo es la religión de la alegría y
el cristianismo, la religión de la tristeza; pero es muy fácil probar que el paganismo
es pura tristeza y el cristianismo, puro gozo. ... El hombre es más él mismo, es más
humano, cuando lo fundamental en él es el gozo y lo superficial, la tristeza. La
melancolía debería ser un interludio inocente, una tierna y fugaz disposición de la
http://www.independent.co.uk/news/people/richard-dawkins-atheist-academic-calls-for-religion-to-be-offended-at-every-opportunity-a7043226.html
mente; la alabanza y la gratitud deberían ser el latido permanente del alma. El
pesimismo es, en el mejor de los casos, una semivacación emocional; el gozo es la
fuerza bulliciosa que da vida a todas las cosas. No obstante, según el aparente estado
del hombre a ojos del pagano o el agnóstico, esa primera necesidad de la naturaleza
humana nunca queda satisfecha. El gozo debería ser expansivo; pero para el
agnóstico está contraído, recluido a un rincón del mundo. La tristeza debería estar
concentrada; pero para el agnóstico la desolación de la tristeza se extiende a lo largo
de una eternidad inimaginable”. G. K. Chesterton, Ortodoxia (México: Editorial
Porrúa, 1998), 89.
5. William Blake, “Mock on, mock on, Voltaire, Rousseau” en The Norton
Anthology of English Literature, 3a edición, editor general M. H. Abrams (New
York: W.W. Norton & Company, 1975), 1338.
6. Mortimer Adler, The Synopticon: An Index to the Great Ideas, Vol. 1 (Chicago:
Britannica, 1952), 543.
7. Winston Churchill, “The Munich Agreement”,
http://www.winstonchurchill.org/resources/speeches/1930-1938-the-wilderness/101-
the-munich-agreement. Visto el 10 de septiembre de 2016.
8. Charles Kaiser, The Cost of Courage (New York: Other Press, 2015), 51.
9. “Letter to the Officers of the First Brigade of the Third Division of the Militia of
Massachusetts, 11 October 1798”, en Revolutionary Services and Civil Life of
General William Hull (New York: D. Appleton & Co., 1848), 266.
10. Thomas Paine, The Theological Works of Thomas Paine (London: R. Carlile,
1824), 317.
11. Paul Edwards, ed., Encyclopedia of Philosophy, Vol. 1 (New York: Macmillan,
19 6 7), 175.
12. Étienne Borne, Atheism (New York: Hawthorn Books, 1961), 61.
13. Tucídides, “The Funeral Oration of Pericles”, History of the Peloponnesian War,
M. I. Finley, editor, traducido por Rex Warner (New York: Penguin Classics, 1972),
fragmento online en
http://teacher.sduhsd.net/tpsocialsciences/world_history/dem_ideals/pericles.htm.
Visto el 10 de septiembre de 2016.
14. Stephen Jay Gould, citado por David Friend y los editores de la revista Life en
The Meaning of Life (Boston: Little, Brown and Company, 1991), 33.
15. Cita de la solapa del libro, http://www.davidberlinski.org/devils-
delusion/about.php. Visto el 10 de septiembre de 2016.
16. John Barrow citado por Julia Vitullo-Martin, “A Scientist’s Scientist”,
http://www.uncommondescent.com/intelligent-design/barrow-to-dawkins-youre-
not-really-ascientist/. Visto el 10 de septiembre de 2016.
17. G. K. Chesterton, As I Was Saying, ed. Robert Knille (Grand Rapids, MI: Wm.
http://www.winstonchurchill.org/resources/speeches/1930-1938-the-wilderness/101-the-munich-agreement
http://teacher.sduhsd.net/tpsocialsciences/world_history/dem_ideals/pericles.htm
http://www.davidberlinski.org/devils-delusion/about.php
http://www.uncommondescent.com/intelligent-design/barrow-to-dawkins-youre-not-really-ascientist/
B. Eerdmans, 1984), 267.
18. G. K. Chesterton, “A Defence of Nonsense” en A Defence of Nonsense and
Other Essays (New York: Dodd, Mead & Company, 1911), 8.
D
CAPÍTULO 2
ATEÍSMO 
“Dios no existe”
Ravi Zacharias
ado que Dawkins es el nuevo gurú del ateísmo, tomaremos su
principal acusación contra la fe en Dios —Dios, el monstruo
moral— y consideraremos sus afirmaciones y conclusiones. Otros
ya han hablado de su supuesto uso de la ciencia para defender sus
postulados, y Vince abordará esta cuestión en su capítulo sobre el
cientificismo. Mi intención es responder a las implicaciones y
ramificaciones filosóficas de la creencia de Dawkins y contrastarla
con el verdadero mensaje de Jesucristo. Dawkins reserva sus ataques
más beligerantes para arremeter contra la Biblia y las “atrocidades
indescriptibles” que Dios ordenó. Las enumera ad náuseam para
explicar su punto de vista. Para ser justo con él, lee por ti mismo lo
que escribe en su libro El espejismo de Dios:
El Dios del Antiguo Testamento es posiblemente el
personaje más molesto de toda la ficción: celoso y orgulloso
de serlo; un monstruo mezquino, injusto e implacable; un ser
vengativo, sediento de sangre y limpiador étnico; un matón
misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida,
pestilente, megalómano, sadomasoquista y caprichosamente
malévolo.1
Hace algunos años, algunas de esas palabras ni siquieraaparecían en
el diccionario. Uno casi se ve tentado a preguntar: “Richard, ¿estás
bien?”. Dawkins no es conocido precisamente por ser una persona
humilde, conciliadora y compasiva. Pero esa no es la cuestión ahora.
La verdad es que, a primera vista, esa descripción es muy fuerte. Y
es alarmante que alguien caracterice así a Dios. Me gustaría añadir
que cualquiera que crea que una descripción así no inquieta al
cristiano pensante, es que nunca ha hablado con uno. ¡Claro que es
alarmante! ¡Muy alarmante!
Nos guste o no, todos somos en cierta medida producto de nuestras
experiencias. Me atrevo a decir que eso es lo que está detrás de la
profunda antipatía que muchos ateos sienten por Dios, aunque en sus
ataques mordaces no lo digan. Pero no es difícil de ver. Si yo mismo
miro al pasado, puedo ver que construí mi propia visión del mundo a
través de lo que vi y oí. Si uno ha estado en medio de un conflicto
bélico real, donde reinan la devastación y la muerte, obviamente va
a pasar de hacerse preguntas sobre su propio sufrimiento a hacerse
preguntas sobre el sufrimiento en general. Si uno ve de primera
mano el odio, la ira y la crueldad, es inevitable que le surjan
preguntas desde lo más hondo de su ser.
Cuando tenía veintitantos años recorrí todo Vietnam. Fue en medio
de la guerra. Una noche, me senté en el porche de la casa de unos
misioneros a 30 kilómetros de la zona desmilitarizada y escuché los
disparos que se producían a unos pocos kilómetros y llenaban el
cielo de una luz intermitente. Estábamos a una distancia segura, pero
suficientemente cerca como para oír los constantes disparos de un
lado y de otro. Recuerdo que me pregunté qué fin tenía todo aquello.
¿Cómo podía ser que esa realidad formara parte de un plan eterno?
A unos metros de donde estaba sentado había una fosa en la que
habían enterrado a seis misioneros hacía tres años. Los había
asesinado a sangre fría tan solo por estar allí. No eran combatientes.
Estaban allí para acercarse a las almas de las personas, fueran
amigos o enemigos. Estaban allí para ayudar a los demás, y lo
pagaron con sus vidas, dejando huérfanos a sus hijos. Mis
anfitriones y yo hablamos de los horrores de la guerra hasta altas
horas de la noche. Yo había estado en reuniones especiales en las
que se había orado por pilotos uniformados justo antes de partir para
aquel infierno, sin saber si lograrían regresar.
En otra ocasión iba en coche con unos misioneros de Da Lat a
Saigón, y nuestro coche se averió en medio de una carretera
desolada. Logramos hacer un apaño y el coche arrancó.
Continuamos nuestro camino, pero unos kilómetros más adelante
nos encontramos con una escena aterradora. Un coche que nos había
adelantado mientras estábamos reparando el nuestro había sufrido
una emboscada y todos los ocupantes yacían inertes y cubiertos de
sangre a un lado de la carretera. A lo lejos vimos a los atacantes
perderse entre la maleza.
A los veinticinco años yo había visto suficiente violencia y
suficientes matanzas. Había escuchado suficientes discursos
políticos. Estaba harto de lo que los periodistas escribían desde sus
cómodos despachos. Y harto también de los debates entre mis
profesores: comunismo frente a capitalismo, libertad frente a
demagogia. Alejarse del cuerpo de un ser querido al que acaban de
meter en una tumba es una experiencia desgarradora. Ante tantas
muertes, deformidades y tanta destrucción, reviví aquel dolor pero
de forma multiplicada, y me sorprendí a mí mismo clamando a Dios:
“¿Por qué todo esto en nombre de la humanidad y la
supervivencia?”.
Ese es el efecto que tuvo en mí todo aquel horror en aquel entonces.
Los años pasaron, y leí a los filósofos y sus teorías sobre la guerra.
Me surgían muchas preguntas y muchas dudas. Lo que yo había
visto era suficiente como para cuestionar todo el marco teísta. No
hace falta ser ateo para preguntarse qué sentido tiene toda la
violencia, la injusticia y el mal.
Muchos de los profetas de la Biblia acudieron a Dios con ese tipo de
preguntas. Habacuc clamó: “¿Hasta cuándo, Señor, he de pedirte
ayuda sin que tú me escuches? ¿Hasta cuándo he de quejarme de la
violencia sin que tú nos salves?” (Habacuc 1:2). Jeremías hizo lo
mismo y le pidió a Dios que se colocara en el banquillo de los
testigos. En Jeremías 12:1, le dice: “Tú, Señor, eres justo cuando
discuto contigo. Sin embargo, quisiera exponerte algunas cuestiones
de justicia. ¿Por qué prosperan los malvados? ¿Por qué viven
tranquilos los traidores?”. Más adelante incluso acusa a Dios de
engañarle y, a causa de su frustración, dice: “¡Maldito el día en que
nací!” (20:14). Y en el Salmo 10:1, David pregunta a Dios: “¿Por
qué, Señor, te mantienes distante? ¿Por qué te escondes en
momentos de angustia?”.
Ante la realidad del dolor causado por el mal humano y ante el dolor
de la pérdida, nadie ha cuestionado tanto al Todopoderoso como los
autores bíblicos. No obstante, cuando lanzaban sus preguntas
siempre lo hacían reconociendo la naturaleza del bien y del mal, la
víctima y el acosador, la limitación humana y el poder divino. No
solo entendían estas categorías, sino que preguntaban dónde estaba
el Dios soberano en medio de todo aquello. Y recibieron respuestas.
Por ejemplo, Habacuc encontró una base lo suficientemente sólida y
convincente. Lo veremos más adelante. Lo que nos queda claro es
que no hacían todas aquellas preguntas para cuestionar la existencia
de Dios, ni tampoco para probar que el bien y el mal no son reales.
Las hacían para encontrar respuestas que explicaran la existencia de
Dios en el marco del bien y del mal que veían a su alrededor.
Por el contrario, analizando las mismas evidencias que tenían los
autores bíblicos, la conclusión a la que Dawkins llega es negar la
existencia de Dios, y por ello se ve obligado a desestimar el bien y el
mal como categorías absolutas. Y ahí es donde yace la diferencia tan
profunda y arraigada. ¿Qué quiero decir con esto?
¿Dónde te apeas?
Esta terrible descripción que Dawkins hace de Dios le pone en un
dilema filosófico y existencial. Empieza diciendo que el Dios a
quien atribuimos todas esas acciones es una “criatura de la ficción”.
Si Dios realmente es una criatura de la ficción, Dawkins está
dedicándose en cuerpo y alma a ir en contra de un ente inexistente al
que un grupo de ingenuos atribuye todas esas acciones. Así que,
¿dónde está realmente el mal? Si Dios no existe, el mal contra el que
Dawkins despotrica solo puede venir de los seres humanos que
juegan a ser Dios, ¿no es así?
Es clave entender esto. Si el ateísmo está en lo cierto, la repugnante
lista de atrocidades que van desde el genocidio al infanticidio no
describe el carácter de Dios, sino a la gente que cree en Dios.
Irónicamente, Dawkins escribe en un momento histórico en el que
hay más abortos voluntarios que nunca, acción que los intelectuales
defienden como un derecho moral. Por tanto, matar a millones en
nombre de los derechos individuales está bien, siempre y cuando la
humanidad así lo declare. Así que, según el paradigma de Dawkins,
la fuente de ambos escenarios es humana, no divina. Si Dios está
muerto, entonces tal como dijo Malcolm Muggeridge, lo que nos
queda es “la búsqueda de poder frente a la búsqueda de la felicidad,
la televisión en blanco y negro frente a la televisión a color, el puño
apretado frente al falo erecto”.2 Dicho de otro modo, lo que nos
queda es la megalomanía o la erotomanía, Hitler o Hugh Hefner.
Si Dios solo existe en las mentes y los escritos de sus seguidores,
que son seres humanos (al igual que Dawkins), entonces ellos son
los genocidas, los misóginos, los infanticidas, los homófobos, etc.
¿Cómo puede Dawkins creer que su juicio como ser humano es una
apreciación justa y correcta de las demás personas? ¿Cómo puede
pensar eso, y encima defenderlo en nombre de la razón? Si el mal no
existe, la suya no es más que una “preferencia personal”,
exactamente igual que la de ellos.
Intuitivamente, la gente reacciona contra las conductas que Dawkins
critica. Pero para denunciarlas, o para denunciara las personas a las
que les atribuye dichas conductas, tiene que estar de acuerdo en que
esas cosas están mal, una categoría con la que él mismo lucha. Al
decir que Dios no existe pero que esos atributos de Dios son
malvados, se ha metido en un aprieto y juega a ser Dios. Bien podría
poner en su salón un autorretrato y arrodillarse ante él cada mañana.
En su libro, el mismo Dawkins dice que el bien y el mal no existen,
que bailamos al son de nuestro ADN.3 Pero, ¿acaso no ve lo que ha
creado? Denuncia a un Dios monstruoso y lo destierra, pero presenta
como algo más razonable una filosofía de vida monstruosa. En el
mejor de los casos, su razonamiento es circular o se refuta a sí
mismo. Filosóficamente hablando, su pensamiento asume y deduce
lo siguiente:
Suposición 1: Si existe un Dios que es amor y todopoderoso,
no haría las cosas horribles que vemos a nuestro alrededor.
Por tanto, el Dios descrito por las religiones del mundo es
ficticio: es imposible que exista.
Conclusión: Dios no existe.
Suposición 2: Como Dios no existe, esas cosas horribles son
pensamientos y acciones del corazón humano.
Conclusión: Como Dios no existe y no hay quien determine
qué está bien y qué está mal, esas cosas no son malas per se.
Son solo el medio de supervivencia de los seres humanos y
categorías que nos sirven para expresarnos.
Suposición 3: Como Dios no existe y por tanto el mal
tampoco, todo el mundo baila al compás que le marca su
ADN. Todos hacemos lo que hacemos porque estamos
hechos y programados para hacer lo que hacemos. No es
elección nuestra, por lo que no somos responsables de lo que
hacemos. Es una forma más bonita de decir que “la
naturaleza tiene las uñas y los dientes manchados de rojo”,
algo que ahora se ha postulado científicamente.
Conclusión: Como el bien y el mal no existen, la acusación
de que Dios es malo deja de ser válida puesto que el reto al
que realmente nos enfrentamos es el compás que marca el
ADN. Aún así, el compás religioso es más nocivo que el
compás no religioso.
Suposición 4: Como la religión es una cuestión
fenomenológica y no una verdad verificable, toda la religión
debería ser tratada como ficción.
Conclusión: Búrlate y ridiculiza a la gente que aún cree en
Dios porque no tiene ningún sentido. La ira de Dios es
perversa, pero la ira del ser humano contra Dios es el zénit
del conocimiento. El hecho de que las personas religiosas se
sientan heridas por las burlas y el abuso verbal que
experimentan no debería preocupar al que vive creyendo en
un mundo sin Dios, ya que Dios es el abusón por excelencia.
Ahí tienes un resumen.
Ahora, fíjate en la cosmovisión cristiana. Curiosamente, la Biblia
habla de esta pendiente descendente del pensamiento y de la
degeneración que se da cuando la humanidad rechaza a Dios. En
Romanos 1:18-25, el apóstol Pablo dice lo siguiente:
Ciertamente, la ira de Dios se revela desde el cielo contra
toda impiedad e injusticia de los seres humanos, que con su
maldad obstruyen la verdad. Me explico: lo que se puede
conocer acerca de Dios es evidente para ellos, pues él mismo
se lo ha revelado. Porque desde la creación del mundo las
cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su
naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que
él creó, de modo que nadie tiene excusa.
A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a
Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus
inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato
corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y
cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran
réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos
y de los reptiles.
Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus
corazones, que conducen a la impureza sexual, de modo que
degradaron sus cuerpos los unos con los otros. Cambiaron la
verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los
seres creados antes que al Creador, quien es bendito por
siempre.
Lo que aquí tenemos es lo opuesto a la cosmovisión atea. El ateísmo
declara que la creencia en Dios es “una necedad”. Y al negar a Dios
niega también la distinción entre el bien y el mal. El ateísmo lo
desacraliza todo. En el marco cristiano, negar a Dios es en sí
necedad y lleva a una degeneración perversa que celebra cosas
consideradas comúnmente como perversas. El juicio que recae sobre
el mal deliberado siempre será un mal mayor.
En resumen, al negar la existencia de Dios, el ateo no soluciona el
problema del mal; tan solo usa los horrores del mal para negar su
contexto moral, y si la consecuencia es el odio, que así sea. Según la
cosmovisión cristiana, esa negación del mal está directamente
relacionada con el mal. Pero eso solo es el principio. Aún hay más.
El ser humano es imperfecto a un nivel fundamental. Porque para
que exista el razonamiento moral, uno tiene que asumir en todo
momento la libertad de elección.
En un universo cuya causa es accidental, mecánica y no teísta,
donde el “azar ciego y despiadado” moldea y da forma a nuestras
elecciones, la conclusión inevitable es el determinismo. Si no hay
Dios, tampoco hay verdadera libertad; y así, como dice Dawkins,
bailamos al compás de nuestro ADN. Incluso Stephen Hawking
asumió esta conclusión a regañadientes, a pesar de la teoría cuántica,
en una conferencia a la que asistí en el Lady Mitchell Hall de
Cambridge en 1990. El determinismo es la consecuencia lógica del
azar. Y aquí empezamos el viaje hacia la contradicción. Psicólogos
como B. F. Skinner se aferraron a esta realidad inevitable y
escribieron sobre este tema durante años.
Determinismo y destino
El determinismo dice que estamos hechos para pensar del modo en
que lo hacemos. Eso invalida el concepto de verdad porque no
somos libres de pensar de otro modo. El determinismo elimina la
posibilidad de escoger libremente y lo único que produce son
conclusiones predeterminadas. Somos ordenadores con sentimientos
prescritos para realidades específicas.
Con esta programación, el amor también se vuelve ilusorio, una
mera preferencia mecánica. No es una elección, tan solo es una
acción.
El resultado es evidente: al final, la necedad de negar que Dios es la
causa primera también pone en peligro los conceptos de la verdad y
el amor. El fundamento determinista es como un campo de arenas
movedizas donde la verdad y el amor como realidades últimas
desaparecen del mapa.
En Romanos 1 encontramos justamente lo contrario. Es muy
importante entender que la creencia en Dios implica que somos
libres y que de forma voluntaria escogemos lo que es corrupto y lo
que corrompe. Esa mente corrupta y ese corazón corrupto hacen
elecciones cada vez más oscuras hasta que nos habituamos a pensar
en categorías opuestas a las que utilizábamos al principio. Lo bueno
se convierte en malo, y lo malo se convierte en bueno. Esas
elecciones que hicimos tres frases atrás determinan y reconfiguran
nuestra mentalidad y nuestro destino. De hecho, el determinismo es
el estado final, no el principio.
Por eso nuestra elección final es el mal y ahora, con un juicio
claramente defectuoso, vemos a Dios como malo y a nosotros como
sabios. Los que libremente eligen rechazar a Dios acaban en el
mismo lugar en el que creían haber empezado: pensaban que estaban
condicionados, pero eran libres, y ahora acaban condicionados y
encadenados. La mentira que creyeron al principio se convierte en
una verdad enquistada que empezó con el deseo de ser como Dios,
de poder determinar qué está bien y qué está mal, y se convierte en
un deseo que los lleva a la muerte. Después de todo, es la misma
advertencia que encontramos en Génesis 3.
Este es el camino a un destino de engaño y degradación que parece
noble. Los dioses de este mundo solo ofrecen muerte. Génesis 1
empieza diciendo “En el principio, Dios...”, y Génesis 50 acaba con
José en un ataúd. El Dios de la creación nos advierte de la necedad
de rechazar a Dios. El secularismo es por definición “así de
mundano”, centrado en las cosas de este mundo. La vida y la muerte
del razonamientohumano tienen lugar en el tiempo y el espacio.
Como dijo cierto autor, “el peor efecto del pecado se da dentro de la
persona, y no se manifiesta en forma de pobreza, dolor y deterioro
físico, sino en las facultades mermadas, el amor deshonroso, el ideal
bajo, el espíritu brutalizado y aprisionado”.4
Ya sé que se te acaban de encender todas las alarmas. Esa cita
incluye esa palabra tan odiada: pecado. Odiamos esta palabra porque
despierta todos los prejuicios colectivos de una mentalidad anti-
Dios: “¡Siempre la misma canción!”. C. S. Lewis nos recuerda que
el temor a esa vieja canción es la pasión más fuerte que el maligno
ha puesto en nuestros corazones para anular cualquier sentimiento
de culpa o autoinculpación. Así que aquí tienes la definición de
pecado más suave que se me ha ocurrido: una violación del
propósito; una adicción a lo profano.
La prisión de la oscuridad
Hace algún tiempo, visité el corredor de la muerte de una de las
cárceles de máxima seguridad más grandes de EE.UU. Cuando
llegamos a una de las celdas, la joven abogada que había hecho las
gestiones para que pudiéramos entrar dio media vuelta y se alejó del
grupo. Me había dicho que el hombre con el que iba a hablar era un
asesino en serie que, cuando ella estaba en la universidad, había
sembrado el pánico en su campus torturando y matando a varias
estudiantes. No quería tener contacto visual con el hombre que había
cometido aquellas atrocidades.
Uno de mis acompañantes y yo pudimos hablar con él. La
conversación habría sido aterradora de no ser por los barrotes que
nos separaban. Él nos preguntó de forma repetida y beligerante si
estábamos a favor o en contra de la pena de muerte. Yo le dije que
respondería a su pregunta si él me respondía a la mía. Le pregunté:
“¿Qué es lo que más echas de menos?”.
Pensó unos segundos, y dijo: “A mi esposa y a mis hijos”.
Ahí estaba, condenado por asesinar a muchas mujeres que eran hijas
de alguien, pero enfadado porque el sistema puede elegir separarle
de su esposa e hijos, e indignado porque alguien puede sentenciarlo
a muerte por lo que había hecho. Aquello que él había hecho a otros
no le parecía bien cuando se lo hacían a él. Aquel joven, inteligente,
fuerte, pero condenado por sus propias elecciones, ya no podía
pensar con coherencia. Había escogido su propio camino de
oscuridad y ahora maldecía a los que protegían a la gente de su
mundo oscuro y espeluznante. A aquellas chicas les hizo vivir un
infierno, pero él quería ir al cielo. ¿Cuál de los dos mundos se
demuestra con su vida? ¿El mundo de la autodeificación que se
presenta en términos de grandeza, tal y como lo describe Dawkins, o
el mundo de Romanos 1 y el desencadenamiento del mal que
describe?
Recuerdo una conversación con un hombre que me habló de una
visita que Billy Graham hizo a Disney World. Al despedirse, Billy
Graham le dijo al Sr. Disney: “¡Vaya mundo de fantasía que has
creado aquí!”. Dicen que el Sr. Disney le respondió: “De hecho, es
justo al revés. Este es el mundo real. Ahora cuando salgas, entrarás
en el mundo de la fantasía”.
¡Qué analogía más poderosa! ¡Ve a Disney World y experimenta la
risa contagiosa de los niños! ¡Mírales a los ojos y ve cómo brillan de
emoción y asombro! Mi nieto se subió a la misma atracción siete
veces hasta que le rogamos que se tomara un descanso.
Compáralo con otra ilustración. Conozco a una familia
completamente destrozada por la adicción de su hija adolescente a
hacerse cortes. Se corta con trozos de vidrio roto hasta que sangra, y
eso le produce un extraño deseo de autolesionarse más, una
autodestrucción predeterminada por una elección destructiva.
El paradigma del mundo y el paradigma de Dios son opuestos, pero
con algunas extrañas convergencias terminológicas. En el primero,
al asumir que estamos determinados, escogemos libremente creer
una mentira, erosionando aún más nuestra conciencia hasta el punto
de burlarnos de la verdad y de perder nuestra capacidad de amar.
Determinamos que nuestro destino es el determinismo.
En el pensamiento cristiano, negamos el determinismo y libremente
escogemos que la verdad dé forma a nuestra conciencia y así
podamos tener libertad para amar. Libremente, escogemos las
alegrías de las libertades que se basan en la verdad de Dios. El niño
que ríe alegre simboliza la verdadera libertad. El adolescente con el
vidrio roto representa el verdadero determinismo. El asesino en
serie, la corrupción máxima del juicio.
Obviamente, al ateo no le gusta esta representación. La declaración
más sofisticada de su cosmovisión es que un Dios de amor y
todopoderoso no puede justificar la creación que ha hecho. Dado
que ese orden injustificable existe, es imposible que haya una
primera causa que sea puro amor y todopoderosa.
La filosofía producto del ateísmo convierte el tiempo en eternidad;
el cuerpo en alma; al hombre en Dios; lo sagrado en profano. Esta
trampa moral es lo que ahora tenemos en Occidente. A continuación
vamos a analizar cada una de estas cuatro luchas.
La diferencia en Jesús
En cambio, cuando analizamos la enseñanza de Jesús, vemos un
nuevo paradigma de vida y destino: eternidad; moral;
responsabilidad; caridad. Estos cuatro parámetros definen la vida
de una forma totalmente distinta al ateísmo. Veamos uno por uno.
Eternidad
Siempre he sostenido que el tiempo es el lienzo sobre el que
dibujamos nuestras vidas y que la eternidad es el ojo de la cerradura
a través del cual vemos toda la galería. Las descripciones filosóficas
del tiempo pueden ser demasiado sofisticadas y casi
incomprensibles. Cuando el reconocido filósofo Charles Hartshorne
celebró su cumpleaños número ciento uno, dijo que el tiempo es la
cosa más misteriosa de la vida. Pero en lenguaje cotidiano, vemos el
tiempo como una calibración del cambio. Si el ahora es todo lo que
tenemos, y la razón última de nuestro ser no es más que lo que
nosotros establecemos desde nuestro propio razonamiento, tenemos
un vacío como punto de partida y una polución de ideas de las que
emerger. El tiempo avanza de forma lineal como una calibración del
cambio. Hablamos del presente, del pasado y del futuro.
Las Escrituras nos recuerdan que el tiempo es una creación de Dios
y que Él habita en la esfera eterna: está por encima y más allá del
tiempo porque Él es inmutable. Tal y como Vince Vitale
desarrollará de forma más detallada en el próximo capítulo, Dios
existe por sí mismo y no ha sido causado. Solo aquello que pasa a
existir a partir de la no existencia necesita una causa. Conozco todos
los argumentos que los naturalistas presentan para rebatir esta idea.
Pero solo lo hacen para refutar el teísmo. Cuando tienen que
pronunciarse sobre cualquier otra realidad existente no aplican el
mismo razonamiento. Negar una causa eficiente última es adentrarse
en la esfera de la lógica de forma anárquica e irracional.
Dios no fue creado. No tiene causa porque es inmaterial. Dios
trasciende lo material. Salomón nos lo recuerda cuando dice que
Dios ha puesto eternidad en el corazón del ser humano, aunque no
podemos comprender todo el alcance de lo que Dios ha hecho desde
el principio hasta el final. Pero sí sabemos que hay dos momentos en
la vida sobre los que no tenemos ningún tipo de control: el
nacimiento y la muerte.
Uno podría argumentar que en cierta medida sí podemos controlar
nuestra muerte, pero para hacerlo tenemos que hacer dos
suposiciones: que no hay un Dios soberano que conozca el momento
de nuestra muerte y que estamos absolutamente seguros de que
cuando nuestro cuerpo muere, eso es el fin. Pero ninguna de estas
dos suposiciones forma parte de la cosmovisión bíblica. La Biblia
nos dice que cada día que nos es dado estaba escrito en un libro
mucho antes de que ese día llegara. No significa que Dios lo había
fijado de antemano; pero como mínimo sí significa que Dios lo
conocía de antemano.
Todo lo maravilloso y todo lo majestuoso nos recuerda la
inmensidad insondable del universo y de lo eterno. Una vez me
visitaron dos astronautas que habían viajado al espacio. Uno de ellos
erael piloto de la nave que les había traído de vuelta a la tierra.
Entre los CD que se había llevado había uno con una de mis charlas
titulada “¿Quién eres, Dios?”. Para mí fue un gran honor que me
visitaran y me regalaran un collage en el que había una foto de toda
la tripulación, la bandera de los EE.UU., la bandera de la India en mi
honor, y una copia del CD. Lo tenemos colgado en nuestra casa, y es
un regalo que aprecio muchísimo: mi tierra natal y la tierra en la que
ahora vivo, juntas. Solo son dos puntos diminutos cuando las ves
desde el espacio, pero son parte de este gran universo.
El piloto me contó que cierto momento, al mirar por la ventana de la
nave, se acordó del versículo que dice “¿Qué es el hombre para que
pienses en él? ¿Qué es el ser humano para que lo tengas en cuenta?”
(Salmo 8:4). Piénsalo: la vasta extensión del espacio insondable, a
miles de kilómetros de la tierra; y una diminuta mancha azul en la
distancia a la que llamamos “hogar”; sin embargo, lo más grande es
esa pequeña criatura a la que llamamos ser humano. ¿Cómo pudo
ese ser, el diseñador y el creador de la nave espacial con toda su
complejidad, llegar a la escena por accidente? No llegó por
accidente.
Fue creado por un Ser Eterno y fue diseñado para vivir eternamente.
Por eso el salmista dice “¡Has puesto tu gloria sobre los cielos! Has
hecho que brote la alabanza de labios de los chiquillos y de los niños
de pecho” (Salmo 8:2).
Los cielos cuentan la gloria de Dios. Cierto. Pero solo los labios de
un niño, de un hombre o de una mujer pueden alabarle. Cuando esa
alabanza no sale de sus labios, la capacidad destructiva es enorme,
porque la mente roba aquello que pertenece a Dios y lo sagrado se
vuelve profano. La eternidad define lo sagrado; el tiempo puede
hacer que las cosas se vuelvan profanas. Si yo solo vivo para el
ahora, no calculo el coste. Si vivo para lo que es eterno, no hay
sacrificio temporal demasiado grande para obtener el gozo eterno de
estar en la presencia de Aquel que me formó.
El científico Arthur Peacocke describe el viaje de los primeros
astronautas que llegaron a la luna y comenta que no es sorprendente
que la primera vez que vieron aparecer el planeta Tierra en el
horizonte de la luna resonaran en lo más profundo de su ser las
palabras “En el principio, Dios...”. Habría sido una burla si hubieran
dicho “En el principio, nada”. ¡Qué ridículo pensar que un puñado
de personas que han leído un puñado de libros y tienen un puñado
de títulos otorgados por otros seres finitos tienen la capacidad
cerebral de matar a Dios y ocupar su lugar! Es como si un niño
pegase al boxeador Joe Louis y se pensara que es más fuerte que él
porque este no le devuelve el golpe.
La eternidad es una realidad indispensable si queremos abordar
adecuadamente dos de las luchas más grandes de esta vida. Después
de la repentina y trágica pérdida de su hijo, Nicholas Wolterstorff,
filósofo de Yale, dijo: “Una vez que hemos vencido la ausencia con
los teléfonos móviles, la incapacidad de volar con los aviones, el
calor del verano con el aire acondicionado; una vez superado todo
eso y mucho más, aún quedan dos cosas a las que hacer frente: el
mal en nuestros corazones y la muerte”.5
El mal en nuestros corazones y la muerte: la búsqueda de la justicia
en un mundo de maldad y el terrible fin de la vida a través de la
muerte. Veo un mundo de injusticia donde los débiles no tienen voz,
los pobres no tienen esperanza, los quebrantados no conocen la
sanidad. ¿Cómo lo soportamos? Jesús habló de esas cosas, y la
Biblia nos dice que los que le escuchaban se asombraban ante sus
respuestas.
Los Dawkins de este mundo tergiversan la verdad. Si les conviene,
toman parte de una historia e ignoran convenientemente el resto del
relato. Imagínate que llegas tarde a la representación de El fantasma
de la ópera y, cuando entras, solo oyes al fantasma gritar: “¡Vete!
¡Vete! ¡Vete!”. Quizá pienses que es una pieza musical espantosa.
Pero te habrás perdido la grandeza del momento en que incluso el
feo recibe esperanza, y el gran momento en que ni siquiera las
heridas impiden el triunfo de un amor tan buscado y anhelado.
La eterna búsqueda de la justicia
Para los griegos, la virtud era indispensable para la democracia y un
gobierno justo. Pero podríamos preguntar: ¿la virtud de quién?, ¿y
por qué la justicia? Estos términos no tienen una única definición.
Nosotros los cargamos de significado. ¿Qué decimos de la justicia?
¿Cuál es la diferencia entre lo que Jesús enseñaba y lo que nos dice
el marco naturalista sobre estos temas?
Veamos y examinemos de uno en uno los supuestos y los desafíos
del ateísmo en este contexto. El primero de esos supuestos es que la
naturaleza es lo único que existe. Por tanto, la naturaleza y lo que es
natural explican todo lo que vemos. Para el biólogo, eso implica la
selección natural; para el científico significa la gravedad; para el
empírico es el método científico; y para el metafísico, la supremacía
de la razón sobre la fe. Todos tienen el mismo punto de partida y el
mismo destino: que no hay ninguna evidencia a favor de la
existencia de Dios y a eso le sigue, lógicamente, la autonomía de la
voluntad y la supremacía de la ley. La corrección política es la
cláusula de rescisión ante el hecho inevitable de los valores, y de ese
modo la política se convierte en el hogar de la moral.
Increíble, ¿no es cierto? La institución en la que menos confiamos,
la institución más falsa según las evidencias, es el almacén de los
valores. ¿Qué nos dice eso? Los valores corruptos encuentran un
sistema corruptible en el que almacenar y definir la corrupción. Los
derechos sustituyen a lo que está bien, el poder sustituye a la
libertad, las leyes se convierten en moral, y lo legal se impone sobre
lo justo. Hablamos de derechos humanos, pero rara vez hablamos
del derecho a ser humano. Sin embargo, la búsqueda de la justicia
continúa.
En 1994, el jugador de fútbol americano O. J. Simpson fue acusado
de asesinar brutalmente a Nicole Brown Simpson, su exesposa de
treinta y cinco años, y a Ron Goldman, amigo de Nicole y camarero.
Todo el país siguió el juicio. Todo el mundo sabía que aquello había
sido un crimen, pero O. J. Simpson fue absuelto. Hace poco le
hicieron una entrevista televisada al abogado principal del caso. La
entrevistadora, una reconocida abogada, le preguntó si al absolver a
O. J. Simpson se había hecho justicia. Su respuesta fue la siguiente:
“Existe la justicia legal y la justicia moral y, en este caso, se hizo
justicia legal”.6
Esa es la seducción del razonamiento sin moral. Esa es la mentira de
la justicia distorsionada. Me hubiera gustado oír su respuesta si la
mujer brutalmente asesinada hubiera sido su hija. Me pregunto si
habría actuado igual. Nos hemos convertido en profesionales sin
moral y en jueces deshonestos. Nuestros tribunales se han
convertido en actuaciones teatrales donde los argumentos ponen en
riesgo la vida de las personas y los países, y donde el razonamiento
se usa para la justificación de los actos más bajos.
Al dar la espalda a Dios y en consecuencia al bien que Él representa,
la justicia pronto será algo del pasado. La generación que clama
justicia ha capacitado a legiones de matones para que se comporten
injustamente cuando sus propios deseos corran peligro. Esta es una
sociedad sin
un ancla moral. Estos son los chanchullos que hacemos en nombre
de la razón.
Pero, ¿a dónde más nos puede llevar este razonamiento? El límite
presente es que las ciencias solo se ocupan de los fenómenos.
Actúan en el mundo real de la materia y con las leyes de la
naturaleza. Nada de cosas sobrenaturales, por favor. Así que, incluso
la justicia, el fundamento de todas las sociedades civilizadas, se
sacrifica en el altar de la autoadoración. “Se hizo justicia legal”. El
peligro de ese tipo de razonamiento es que podemos llegar a destruir
la razón y justificar el asesinato de los inocentes. La Alemania nazi
es un ejemplo de lo que le puede ocurrir a una cultura cuando el
sistema legal pervierte lajusticia.
He aquí la ironía. Aquellos que se declaran ateos reivindican la
naturaleza y niegan los milagros porque las leyes de la naturaleza
son inviolables. Pero cuando consideran las leyes de un país siempre
encuentran la manera de justificar la violación que ellos hacen de
dichas leyes. Cuando debatimos sobre la ciencia, niegan la
excepción. Pero cuando debatimos sobre la ética, apelan a la
excepción. ¿Por qué? Juegan a ser Dios, y una vez establecen a
dónde quieren ir, escogen el camino que presenta menos resistencia.
Así que, con manipulación constante, se supone que el principio
rector y las restricciones del mundo material vienen determinadas
por las leyes empíricamente verificables. Estas no son pruebas de la
no existencia de Dios. Son suposiciones de una cosmovisión
construida solo sobre la ley física y que juega con la ley moral. Este
es el clamor de una sociedad en la que las personas que están entre
rejas no pueden entender que lo justo es que rindan cuentas y se
hagan responsables de sus actos. Pero uno de ellos afirmó incluso
amar a su mujer y a sus hijos. Los abogados de O. J. Simpson no
tuvieron en cuenta que la ley moral sirve para asegurar la libertad de
las personas, y de ese modo pusieron a sus propias familias en
peligro. Génesis nos cuenta cómo fue el primer asesinato dentro del
seno familiar. Todo empezó con el conflicto interno de un hombre
que quería para sí lo que pertenecía a Dios. Caín estuvo huyendo el
resto de su vida.
¿De qué forma estas dos creencias —la de que la naturaleza es todo
lo que hay y la de que las ciencias empíricas son la autoridad última
—, aunque solo sean argumentos desde el silencio, niegan la
existencia de Dios? ¿A dónde nos lleva eso en la búsqueda de la
justicia?
El tiempo, que se convirtió en el amigo de los naturalistas a la hora
de explicar los orígenes, se convierte en su enemigo cuando buscan
la justicia. La eternidad se desvanece en medio de la innegable
tensión entre nuestra intuición y nuestro razonamiento. Y la
diferencia es aún mayor en el ámbito de la moral.
Moral
¿Qué ha pasado con el bien? Al intentar explicar a Dios y el mal, el
crítico no logra ver la imagen completa. La perspectiva de la
cosmovisión cristiana va mucho más allá que una mera definición
del mal y que una mera explicación de su origen, pues es mucho
más completa y profunda. La eliminación de Dios puede encajar
temporalmente en una argumentación que parece imbatible en su
momento. Sin embargo, eso significa ignorar por completo los
argumentos contrarios. Si la existencia del mal convierte a Dios en
algo indefendible, ¿dónde podemos encontrar una definición del
bien? ¿El bien también es indefensible? Lo que respondamos a estas
preguntas es clave.
Hace algunos años teníamos un perro precioso, un border collie que
habíamos traído de Inglaterra. Le llamamos G. K. en honor a G. K.
Chesterton. Chesterton se habría sentido halagado porque el border
collie es uno de los perros más inteligentes y con más capacidad de
aprendizaje. En realidad, era el perro de mi esposa: ella era la que se
encargaba de cuidarlo. G. K. tuvo bastantes achaques durante sus
últimos dos o tres años de vida. Margie lo cuidó lo mejor que pudo.
Aunque a G. K. no le gustaban demasiado las visitas al veterinario,
nunca se resistió. Su salud se fue debilitando más y más y era
evidente que no viviría mucho.
Una tarde cuando regresé a casa me di cuenta de que no podía
tenerse sobre las cuatro patas. Era evidente que se estaba apagando.
Llamé a Margie y le dije que viniera a casa si quería ver a G. K. con
vida, y ella se subió al coche y vino a casa. Unos minutos después,
G. K. oyó aquel motor tan familiar mientras el coche se detenía
frente a la casa. Oyó la puerta y lentamente alzó la cabeza para ver si
Margie entraba en la sala. Cuando oyó el pomo de la puerta, se
incorporó con mucho esfuerzo y se arrastró hasta donde ella estaba
para derrumbarse a sus pies. Ya no podía más.
La Biblia nos dice que incluso el buey conoce a su dueño y el asno
el pesebre de su amo. ¿Puedo preguntar de dónde viene ese cariño
que el dueño siente por el animal y viceversa? En este aspecto, el
comportamiento de los perros es uno de los más sorprendentes
dentro del reino animal. De hecho, puede llegar a tener un vínculo
más fuerte con su dueño que con aquellos que comparten su ADN.
Del mismo modo, por extraño que parezca, el ser humano de carne y
hueso se siente atraído por las cosas del espíritu y de forma natural
expresa amor y gratitud hacia Dios. Esta tendencia nos habla de una
bondad inherente que celebramos y abrazamos. Nos emocionamos
ante tales expresiones de amor y bondad.
El amor es real y necesario.
Esta perspectiva hace de la fe cristiana algo único. Te dejo aquí una
ilustración de una profundad aún mayor. Me la contó un hombre de
Palestina mientras tomábamos un café en Jerusalén. Hablando con
tono suave, me contó que había presenciado una conversación entre
un importante jeque musulmán y el Hermano Andrés, un conocido
misionero cristiano. Hacía relativamente poco, el jeque había
mandado matar a ocho israelís porque estos habían matado a cuatro
palestinos, a los que acusaban de crímenes contra el pueblo judío. El
Hermano Andrés le preguntó al jeque: “¿Quién te nombró juez y
parte y te dio la autoridad para matar a esas ocho personas?”.
El jeque respondió: “Yo no soy el juez. Simplemente soy un
instrumento de la justicia de Dios”.
Hubo un momento de silencio y entonces el Hermano Andrés
preguntó: “Entonces, ¿qué lugar queda para el perdón?”.
El jeque le dijo: “El perdón solo es para aquellos que lo merecen”.
Después de un largo silencio, el palestino con el que estaba tomando
café me dijo: “En ese momento, lo vi todo claro. Si el perdón se
puede merecer, entonces ya no es perdón, ¿no? Pero me quedé
callado porque tenía ante mí dos cosmovisiones completamente
opuestas: ambas con el mismo punto de partida, Dios, pero con una
visión de Dios radicalmente distinta”.
La gracia es real y es necesaria.
Este es el quid de la cuestión. Nuestros puntos de partida son clave,
pero debemos preguntarnos si los podemos defender. La enseñanza
de Jesús va más allá de la moral, porque llega a donde la moral no
llega. Somos criaturas caídas. Deseamos de manera lujuriosa, somos
avaros, somos orgullosos, somos egoístas. Tenemos que oponernos
a estas tendencias no solo para ser buenos, sino por el bien de
aquello que es realmente valioso. Tenemos que valorarnos unos a
otros, no solo a nosotros mismos. El mensaje central del evangelio
es “tanto amó Dios al mundo que dio...”.
Meter a todas las religiones en el mismo saco y, además, sacar
textos de su contexto y hacer una caricatura repugnante de Dios es
jugar a engañar y evocar emociones fruto del error. Si hay algo que
marca las enseñanzas y la persona de Jesucristo son los conceptos
del amor y la gracia, no del odio y el asesinato. ¿No es la grandeza
de la gracia y la admiración por el coraje lo que frenan el efecto
dominó del mal?
No es suficiente con definir el mal y rechazarlo. Debemos abogar
por el bien. Los puntos de partida de las distintas cosmovisiones
religiosas pueden guardar cierta semejanza entre ellos, pero el
carácter del marco teísta permite claramente la justificación del bien.
Las categorías de la bondad y el amor desaparecen cuando un
naturalista como Dawkins afirma displicente que el bien y el mal o
la gracia y el amor no existen, ya que bailamos al compás de nuestro
ADN.
Hace unas horas estaba hablando con un hombre de un país
musulmán. Le habían preguntado cuál es la diferencia entre el Dios
del islam y el Dios del cristianismo. Pensó unos instantes y
respondió: “Si quieres saber cómo es el Dios del islam, lee y observa
la vida de Mahoma. Si quieres saber cómo es el Dios del
cristianismo, lee y observa la vida de Jesús. Sumando lo que
observas en ambas vidas verás cómo es el carácter de Dios”.
Una vez más, nuestros académicos están tan intoxicados por sus
titulaciones que a menudo manipulan ideas para llegar a las
conclusiones que les convienen.El Dios del cristianismo y el Dios
del islam no son iguales. El musulmán lo sabe y el cristiano
verdadero también lo sabe. Si no fueran diferentes, ¿por qué fue
necesaria una segunda religión, ya que el islam empezó después del
cristianismo? ¿Y por qué hubo un movimiento dentro del islam para
prohibir a los cristianos usar la palabra genérica “Alá” para “Dios”
en la Biblia? No todas las creencias religiosas son iguales. Hay una
diferencia, y esa diferencia es más evidente cuando nos adentramos
en el ámbito de la moral.
Lo mismo ocurre con las distintas versiones del ateísmo, solo que en
ese caso la diferencia es abismal. La doctrina de gobierno marxista-
leninista y el gobierno comunista maoísta eran dos teorías políticas
distintas, pero ambas con el mismo punto de partida: el ateísmo. Sus
teorías políticas y las matanzas de millones para formar y sostener
sus gobiernos les llevaron a distintos destinos, pero los medios
fueron parecidos: el asesinato, el terror, el silenciamiento de los
disidentes, la masacre de millones. Ambos tienen el mismo punto de
partida, opuesto al teísmo.
Aunque todos los teístas parten de una creencia en Dios o en dioses,
las distintas comprensiones de cómo es Dios han producido distintas
teorías políticas. Los ateos tienen una misma idea sobre Dios y el ser
humano: Dios no existe y el ser humano no es más que materia. Esto
ha llevado a la negación de los absolutos y a la justificación de
cualquier teoría política. El hombre no es más que polvo en el
camino del idealismo ideológico. Así que ese común denominador
de las distintas ideologías ateas es la causa de las atrocidades contra
la humanidad. Muy distinto al común denominador de cualquier
marco teísta, que sí implica preguntarse qué significa ser humano.
Pero llegados a este punto surge una pregunta crucial. ¿Hace bien el
ateo al convertir al hombre en la medida de todas las cosas y al
reducir al otro a su propia medida? El poderoso destruye al débil
porque una idea se vuelve más importante que una persona. Ahí es
donde el ateísmo cae en su propia trampa.
El carácter de Dios importa y es necesario.
Amoralidad y el coste de la verdad
Un ateo como Dawkins necesita considerar dos tensiones a las que
se va a tener que enfrentar. La primera es el deterioro de las
categorías del bien y del mal que se produce cuando las personas se
toman en serio lo que él dice. Dawkins se defiende diciendo que no
es él quien ha elaborado las teorías políticas maoísta y leninista.
Vale. Pues consideremos su visión del materialismo científico.
Empezaré haciendo una sencilla pregunta. Supongamos que se
puede demostrar que, después de leer los libros de Dawkins, algunas
personas se han suicidado porque lo que leyeron tiró por tierra lo
que siempre habían creído sobre la realidad. ¿Haría eso que
Dawkins dejara de escribir?
No se trata de una pregunta hipotética. Conozco a personas cuyos
padres han estado a punto de suicidarse porque sus hijos han
abandonado la fe de la familia. He conocido a madres con el corazón
destrozado porque algún profesor ha hecho que su hijo o hija
perdiera la fe en Dios. Esa pérdida de la fe les llevó a un sistema de
creencias que minimiza el valor de las relaciones, relativiza el
compromiso matrimonial, exalta la actitud contestataria y divide a
las familias. Yo he sido testigo de historias así. ¿Dejará Dawkins o
algún otro autor ateo de escribir sus libros al ver el efecto negativo
que estos tienen sobre las personas, aunque esa no fuera su intención
al escribirlos? ¿Reconocerá que es un autor destructivo? Lo dudo
mucho.
Es verdad que él podría decir, con cierta razón: “No es culpa mía.
Soy libre de expresar aquello que creo que es verdad”. Pero yo le
confrontaría con la realidad de que algunas de las personas que se
suicidaron dejaron a sus familias totalmente desamparadas; de
hecho, una de ellas estaba haciendo una investigación sobre el
cáncer que podría haber salvado la vida de muchas personas. Dicho
de otro modo, personas que estaban luchando por causas nobles
pusieron fin a su vida porque la filosofía atea les llevó a un
nihilismo fatal. ¿Podemos decir que los promotores de esa filosofía
son responsables de esas muertes? Dawkins y los que comparten su
visión deberían dejar de escribir.
Visualiza esta otra situación. Después de leer una defensa
convincente del ateísmo, un piloto entra en depresión y estrella un
avión lleno de hombres, mujeres y niños. Yo podría demostrar que
se debe a los efectos negativos del libro, ¿pero sería suficiente para
convencer a un ateo de que no escriba más libros de ese tipo?
¡No! Insistiría en que sus libros dicen la verdad y que los que se
suicidaron pagaron el precio de haber creído una mentira. ¿No sería
eso lo que dirían? Los libros de Friedrich Nietzsche tuvieron una
clara influencia sobre Hitler. Hitler regaló libros de Nietzsche a
Stalin y a Mussolini. El impacto de los autores ateos puede dar lugar
a situaciones terribles. Pero, ante esa realidad, ¿no deberían
cuestionarse su idea de que no existe una primera causa moral y
personal?
Y aquí llegamos a la segunda tensión a la que se enfrenta el ateo. Si
la defensa de la verdad tal como él la ve justifica las tragedias
provocadas por personas que han creído su idea de verdad, entonces,
¿por qué le niega al Creador del universo ese mismo derecho a
comprometerse con la verdad? Por doloroso que resulte, lo cierto es
que cuando alguien se opone a la verdad, acabamos siendo testigos
de tragedias y atrocidades. Al menos, en defensa de Dios podemos
decir que él puede transformar el mal en bien, algo que los ateos
simplemente no pueden hacer.
Es clave conocer la verdad y las implicaciones que esta tiene para la
vida. La repugnancia que nos produce el mal puede llevarnos a
cuestionar la existencia de Dios. La libertad de propagar la verdad
no nos deja ver las decisiones equivocadas de aquellos que escogen
creer una mentira. El tirón inexorable de la bondad y su atractivo
aún tienen un poder intuitivo sobre el corazón humano. Por eso, el
ateísmo no solo es incómodo para la conciencia sino impracticable
en la realidad.
Conocía a un importante empresario en la ciudad en la que vivo. Los
negocios le iban increíblemente bien y era muy generoso con las
causas benéficas. Su esposa era una mujer encantadora que luchaba
por proteger a los necesitados de la sociedad. Un día, él hizo una
inversión muy arriesgada. Invirtió todo su dinero en un plan que
creyó que le daría muchos beneficios. Y lo perdió todo. Todo. Una
noche, mientras su mujer dormía, escribió una serie de notas y pegó
cada una a algún mueble o a alguna joya, legando todas sus
posesiones a diferentes miembros de su familia. Por último, escribió
una nota pidiendo disculpas, tomó su pistola, mató a su mujer, que
aún estaba dormida, y acto seguido se suicidó.
Después de perder toda su fortuna, acabó con la vida de su mujer y
con la suya propia. ¿No sabía la pena y el dolor que iba a causar?
Verdaderamente pensaba que estaba tomando la mejor decisión. Esa
es la realidad, ¿no? Podemos destruir nuestras vidas, pensando que
es la mejor decisión y que lo estamos haciendo por una buena causa.
Sea en nombre de la verdad académica o del dolor existencial,
sencillamente no podemos señalar a Dios con el dedo y decir que no
debería permitir todo ese dolor puesto que, cuando tenemos
elección, nosotros hacemos lo mismo por razones supuestamente
nobles. El dolor que causamos no nos disuade de hacer lo que
pensamos que está bien. En el caso de Dawkins, se excusa diciendo
que si causa dolor y decepción es en aras de la verdad. Para el
empresario mencionado más arriba, la inminente catástrofe fue
suficiente para justificar el dolor que causó.
Gente como Dawkins lanza esas acusaciones contra Dios porque
asumen que lo que es verdad es valioso y que, cuando eso se viola,
genera muerte; que la libertad es un regalo que debemos atesorar y
del que no podemos abusar; que no tenemos derecho a quitarle la
vida a nadie y, más concretamente, a quitarnos nuestra propia vida
porque siempredejamos víctimas; que estamos interconectados con
nuestros semejantes y a menudo hay personas que pagan por las
decisiones y las acciones de alguien con quien no tienen nada que
ver.
¿Pero no son estas las afirmaciones de una cosmovisión teísta?
¿Cómo se explica que estas realidades surjan de una visión atea, de
una colocación accidental de átomos? En realidad, estas ideas y
valores las han tomado prestadas del marco teísta. Cuando
encontramos estas ideas en el naturalismo, se trata de deducciones
ilegítimas. El determinismo no puede ofrecer libertad real ni
categorías morales reales.
Demos un paso más. Por más que intentemos mitigar la realidad,
hay una diferencia ente una tragedia y una atrocidad. Nos gusta
culpar a Dios de ser atroz, pero nos exculpamos de las atrocidades
que nosotros causamos. Y acto seguido usamos la palabra “tragedia”
porque es más fácil absolvernos de un rol causal. En el gran cuadro
de la historia, Dios tiene soberanía sobre las tragedias y
sencillamente no podemos explicar su rol sin apelar a las categorías
del bien y del mal, que tan felizmente rechazamos. Por lo tanto,
detrás de toda esta lucha están estas dos realidades. Algunas cosas
son buenas en sí mismas y algunas cosas son malas en sí mismas. Y
el ateísmo no nos puede decir por qué.
La verdad importa y es necesaria.
Moral y belleza
Estoy sentado en un avión, escribiendo esto mientras vuelo de Seúl a
Atlanta. Acabamos de entrar en el espacio aéreo estadounidense.
Son alrededor de las seis de la mañana, y desde la ventanilla veo un
amanecer espectacular. Las nubes que se ven más abajo son suaves
y casi parecen algodón de azúcar. Estoy maravillado ante tanta
belleza. Oscar Wilde dijo que yo puedo maravillarme ante su
esplendor, pero que el amanecer no puede devolverme el cumplido.
Es la persona la que le da un marco a la belleza. La belleza como
abstracción no se deleita en sí misma. Pero paso a un plano superior
y pienso cómo podría un poeta reaccionar ante tal esplendor. Y
luego me pregunto: cuando leo una poesía, ¿no hay un poeta detrás
de esa poesía? Cuando escucho una canción, ¿no hay un cantante
detrás de esa canción? Cuando leo un libro, ¿no hay un autor detrás
de ese libro? Cuando me siento amado, ¿no hay una persona detrás
de ese amor?
Obviamente, el ateo también puede disfrutar del amanecer. Pero el
ateo se queda a las puertas de la belleza y la bondad, pues no hay
nadie detrás de ellas. Esa idea es un callejón sin salida y elimina la
causa detrás de la creación y al que ha quedado maravillado. El
agente y su genialidad mueren a las puertas de las ideas. Es natural
ver una pintura y buscar la firma del pintor, leer un libro y mirar
quién es el autor, ver una guerra y preguntar quién la ha empezado,
ver una tumba y preguntar quién está enterrado, ver un bebé y
preguntar quiénes son los padres. La capacidad intrínseca de una
persona de crear o destruir.
De hecho, el ateo habla de la verdad, del bien, de la belleza, pero
nunca se pregunta por qué admiramos o perseguimos esas
categorías. Tal como dice Mortimer Adler, usamos esas ideas para
juzgarlo todo. Lo mismo ocurre con la libertad, la igualdad y la
justicia. Intentamos vivir según esas ideas. Surgen guerras para
defender esas ideas. Se han escrito infinidad de libros sobre esas
ideas. Si esas categorías existen, ¿qué cosmovisión es capaz de
explicarlas, justificarlas o sostenerlas? El ateísmo no puede. Y eso
que lo ha intentado. Sam Harris escribe sobre ello en The Moral
Landscape (El paisaje moral), al igual que Stephen Hawking en El
gran diseño. Pero, claro, no existe un diseñador ni un legislador
objetivo y moral. Nosotros hacemos leyes y nos atribuimos el
mérito. Diseñamos belleza y nos atribuimos el mérito. Pero, ¿están
libres esas categorías de tales conexiones necesarias? Las
conclusiones contrarias a la lógica son indefendibles. Escribiremos
libros que pueden destruir vidas y que defienden la libertad, pero le
negamos a Dios ese mismo derecho. Nosotros no podemos dar vida.
Él sí. Nosotros no tenemos conocimiento infinito. Él sí.
Los ideales importan. Cada uno de ellos importa gracias a la
eternidad y gracias al carácter de Dios. Eternidad, moral y, a
continuación, responsabilidad.
Responsabilidad
Con el rechazo de la eternidad y la moral, regresamos a lo
inevitable: como seres humanos, ¿rendimos cuentas ante alguien o
algo? ¿O lo que ocurre es que necesitamos evitar que nos pillen
infraganti? Regreso, pues, al desafío que lancé al principio: cuando
Dawkins atribuye a Dios todas esas horribles descripciones, ¿qué es
lo que está diciendo? ¿Está diciendo que ese tipo de Dios existe y no
es merecedor de nuestra adoración? ¿O está diciendo que ese tipo de
Dios no existe y es una creación del ser humano?
¡Ajá! Así que eso es, ¿no? No se está burlando de Dios, sino de
aquellos que creen en Dios. Él no cree que Dios exista; está
cargando contra el pensamiento y las creencias de un grupo de
personas. Así que cuando Dawkins y demás ateos se burlan de Dios,
de quienes realmente se están burlando es de las personas que creen
en Dios. Dawkins está hablando de la desdicha de la humanidad, no
de Dios. Eso es precisamente lo que ocurre cuando el ser humano
juega a ser Dios.
Para el cristiano, la pregunta sigue estando ahí: dado que creemos
que la Biblia es Palabra de Dios, ¿cómo puede “Dios ordenar esas
cosas”? Las atrocidades que Dawkins enumera, a veces descritas de
forma ridícula y tendenciosa, precisan de una explicación
contextual. ¿Realmente fue Dios quien las ordenó? ¿Fue alguien
más, usando el nombre de Dios? ¿Hay alguna razón de peso detrás
de los juicios difíciles de entender? ¿Tienen una explicación
contextual? ¿Hay una diferencia entre algunas de las consecuencias
de darle la espalda a Dios y las intervenciones de Dios llamadas
arbitrarias? ¿Había una serie de consecuencias lógicas si se rompía
el pacto establecido para asegurar el bien de la nación? ¿Hay
diferencias entre la profanación ceremonial y la desobediencia
moral?
En contraste con la actitud impulsiva y belicosa de Dawkins, es
importante considerar estas y otras muchas cuestiones contextuales.
Él busca demostrar su posición y manipula los textos para provocar
las emociones que él desea. No es un experto en Biblia. Dios se
vuelve un blanco muy fácil cuando queremos hacer una caricatura
de él. Las explosiones de ira nos hablan más de la resistencia del
corazón humano que de la forma en la que Dios se acerca a
nosotros. Iremos viendo estos temas a lo largo del libro, y en el
último capítulo daré un contexto más amplio.
Caridad
Hace algún tiempo, mientras participaba en un foro abierto en una
universidad, un estudiante me preguntó por mi visión sobre el
matrimonio homosexual. Desde el momento en el que la formuló,
supe que me hacía la pregunta para ponerme entre la espada y la
pared. Así que le respondí con una pregunta: “¿En qué tipo de
cultura vivimos? ¿Teónoma, heterónoma o autónoma?”.
Una cultura teónoma cree que la ley de Dios está tan grabada en la
conciencia humana que por diseño pensamos Sus pensamientos y de
forma natural nos sentimos impulsados a responder a Su llamado.
Aunque esta era la visión predominante de la cultura occidental, ya
no lo es.
El segundo tipo de cultura es la heterónoma. Heteros significa
“otro”, y en una cultura heterónoma el pensamiento de las masas
está dictado por un demagogo o un poder que les impone su propia
moral. En términos religiosos, el islam es una cultura heterónoma.
En términos seculares, el marxismo es una cultura heterónoma. En
Occidente, repudiamos ese tipo de dictadura moral.
Eso significa que no somos ni teónomos ni heterónomos. Somos,
estrictamente hablando, una cultura autónoma. A la hora de tomar
decisiones morales, somos autónomos. El estudiante que me había
lanzado la pregunta estuvo de acuerdo con esta conclusión.
En ese momento le dije: “Ahora déjame hacerte la siguiente
pregunta. Si somos una cultura autónoma, ¿me darás el privilegio de
tomar mis propias decisiones morales, o te pasarás al modelo
heterónomo enel momento en que lo haga y me dictarás qué debo
elegir?”. Se quedó callado. La caridad no es una deducción natural
en una cultura anti-Dios. Pero sí es el resultado lógico de una
cosmovisión cristiana.
Así funciona la ética cristiana. Tengo la libertad de escoger, y Dios
me ama incluso cuando tomo malas decisiones. Pero la misión y la
obra de Jesucristo me recuerdan gráficamente que, aunque puedo
decidir sobre mi conducta, no puedo cambiar las consecuencias de
mis decisiones. La increíble realidad es que, incluso cuando escojo
mal, Dios me sigue amando y me seduce dándome el regalo más
sacrificial de todos: un salvador para mi corazón rebelde.
La palabra caridad no es muy potente en sí misma, pero lo que hay
detrás de ella es “un amor sacrificial”, un amor que saca a la luz el
dolor de las malas decisiones pagando el precio en Aquel que no
tomó esas decisiones. Es por ello que la expresión máxima del
evangelio es la palabra gracia. En algunos idiomas incluso cuesta
encontrar una traducción apropiada. Gracia es la palabra más rica
para el corazón más pobre, es lo que hereda aquel que simplemente
pide al Juez de toda la tierra que extienda Su favor a aquel que lo ha
traicionado.
¿Recuerdas la conversación con el jeque que decía que el perdón
solo es para aquellos que lo merecen? ¿O la burla de Dawkins, para
quien la gracia probablemente sea un concepto desconocido? La
gracia y el perdón son elementos clave del mensaje de Jesucristo.
Esa verdad se alza visible en medio de los dioses seculares y
también en medio de otras religiones del mundo.
Para el ateo, el hombre pasa a ser Dios; el cuerpo pasa a ser el alma;
el tiempo sustituye a la eternidad; lo profano se vuelve sagrado.
En la enseñanza de Jesús, la eternidad, la moral, la responsabilidad y
la caridad definen la naturaleza de nuestra existencia y el patrón de
nuestra conducta. ¿No es lógico que la fe cristiana sea la fe más rica
en música y alabanza? Está basada en una relación, se expresa a
través de la alabanza, se demuestra por medio de la caridad, que es
un fantástico medidor de humanidad, y tiene repercusiones eternas.
Es capaz de cautivar a un niño y liberar al mayor de los filósofos; y
ambos pueden expresar asombro de la forma más sencilla pero
también la más sublime.
El verso más conocido de la Biblia es Juan 3:16. En menos de
treinta palabras lo dice todo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que
dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda,
sino que tenga vida eterna”. Analicemos este profundo versículo:
El punto de partida es filial;
La entrega es incondicional;
El regalo es relacional;
El alcance es eternal;
En esencia es judicial.
Contrariamente a la crítica de un naturalista como Dawkins, el
mundo sí se rige por una ley. La ley de Dios es existencialmente
necesaria y quedó verificada empíricamente en la vida, mensaje,
muerte y resurrección de Jesucristo. Esa es la razón por la que, en
países que tiempo atrás fueron totalmente ateos, las masas aún
claman por su mensaje y, a riesgo de sus vidas, se aferran a esa
creencia y esperanza. Jesús ha sido crucificado y enterrado
reiteradamente, pero resucita para vivir más tiempo que los que han
atentado contra Él a lo largo de la historia y para vivir en los
corazones de miles de millones de seguidores.
A continuación, analizaremos uno de los rumores más influyentes
sobre la muerte de Dios: que la ciencia ha enterrado a Dios. El
cientificismo que defiende la plena suficiencia de la ciencia es quizá
la forma más extendida de ateísmo. Pero, ¿se puede sostener?
1. R. Dawkins, El espejismo de Dios, (Espasa Calpe, 2007), p. 39.
2. Malcolm Muggeridge, A Third Testament (New York: Ballantine Books, 1983),
xix.
3. Richard Dawkins, El río del Edén: Un punto de vista darwiniano sobre la vida,
(Editorial Debate, 2000), p. 133 de la edición en inglés: “El universo que
observamos tiene exactamente las propiedades que podríamos esperar si en el fondo
no hubiera ningún diseño, ningún propósito, ni bien ni mal. Solo indiferencia ciega
y despiadada. El ADN ni sabe ni se preocupa. El ADN solo es. Y bailamos al ritmo
de su música”.
4. Edwin Hubbell Chapin, Living Words (Boston: N.E. Universalist Publishing
House [sic.], 1866), 121.
5. Nicholas Wolterstorff, Lament for a Son (Grand Rapids, MI: William B.
Eerdmans, 1987), 72-73.
6. Ver “Megyn Kelly to OJ’s Former Lawyer: Was the ‘Not Guilty’ Verdict Fair?”
(13 de mayo de 2016), entrevista en vídeo en
http://insider.foxnews.com/2016/05/13/robert-shapiro-reflects-oj-simpson-verdict-
megyn-kelly-presents. Visto el 10 de septiembre de 2016.
http://insider.foxnews.com/2016/05/13/robert-shapiro-reflects-oj-simpson-verdict-megyn-kelly-presents
L
CAPÍTULO 3
CIENTIFICISMO 
“La ciencia ha enterrado a Dios”
Vince Vitale
a primera vez que conocí a gente que me animó a plantearme el
tema de Dios, yo estaba en la universidad. Empecé leyendo los
Evangelios, y enseguida me vi atraído por el mensaje cristiano. Lo
que más me atrajo fue la persona de Jesús y la vida que vivió. Pero,
para ser sincero, yo creía que la creencia en Dios era para gente que
no piensa. Creía que, en algún lugar, un grupo de gente inteligente
ya había demostrado que Dios no existe. Más concretamente,
pensaba que la ciencia era suficiente para entender el mundo y que
no había lugar para los milagros.
Recuerdo bien un libro que vi en la librería de la universidad. En la
contraportada decía que el autor explicaba de forma científica todos
los supuestos milagros de Jesús. Y recuerdo pensar: “¡Espero que
sea posible!”. Porque me atraía mucho la persona de Jesús, pero
pensaba que la explicación cristiana tradicional era demasiado
inverosímil.
Yo tenía la idea de que los creyentes tenían la obligación de
presentar pruebas de la existencia de Dios, puesto que creer en Él es
algo sumamente “extra-ordinario”. Richard Dawkins lo expresa de
la siguiente forma:
Si quieres creer en unicornios, hadas, Thor o Yahvé, es
responsabilidad tuya explicar por qué crees en ello. El resto
no tenemos la obligación de explicar por qué no creemos en
ello.11
Esa forma de pensar me había convencido: Dios es la opción
fanática, mientras que un universo totalmente naturalista y
científicamente explicable es la opción seria, sensata y racional. Sin
ningún tipo de reflexión previa, acepté el mito cultural de que antes
necesitábamos a Dios para explicar el origen de los milagrosos
truenos y relámpagos, de los inexplicables arcoíris y estrellas
fugaces. Pero ahora que tenemos una explicación científica para
todos esos fenómenos, deberíamos dejar de creer en Dios.
Pero ese no es un buen argumento. Un buen ingeniero no necesita
intervenir una y otra vez para mejorar los sistemas o reparar
anomalías. Si Dios es un buen ingeniero, ¿no sería lógico poder
explicar su diseño en base a los procesos que funcionan de forma
consistente?
Además, ya no pensamos que necesitamos la luna para explicar la
condición de los lunáticos. (A los locos se les empezó a llamar
“lunáticos” porque antiguamente se pensaba que la posición de la
luna explicaba la locura). ¿Significa eso que ya no deberíamos creer
en la luna? ¿Deberíamos convertirnos no solo en ateos, sino en a-
lunistas?2 Claro que no. Aunque la luna no explique la locura, hay
muchas otras cosas que sí explica, como por ejemplo las mareas de
los océanos. Del mismo modo, las razones para creer en Dios no
solo son razones científicas, sino que también hay razones
históricas, filosóficas, morales, estéticas, experienciales y
relacionales.
Sin darme cuenta, había saltado de la ciencia al cientificismo; del
hecho de que la ciencia puede explicar mucho a la suposición de que
lo puede explicar todo. Sin embargo, aunque el avance de la ciencia
nos ha enseñado cosas nuevas sobre cómo funciona el universo, no
nos dice si hay alguien detrás del cómo.
Puedo darte una explicación científica completa sobre cómo
funciona Microsoft Office (bueno, yo no puedo, pero un informático
sí podría; podría sentarse contigo con las instrucciones del diseño de
MicrosoftOffice y darte una explicación científica completa de
cómo funciona). Pero eso no demostraría que Bill Gates no existe;
no demostraría que detrás del cómo no hay un creador. ¡Al
contrario! Demostraría que Bill Gates es muy inteligente.
La pregunta sobre el cómo (una pregunta sobre el mecanismo) no
responde a la pregunta sobre el quién (una pregunta sobre el agente),
y tampoco responde a la pregunta sobre el porqué (una pregunta
sobre el propósito): ¿por qué fue creado Microsoft Office? Solo
podemos conocer la respuesta si Bill Gates decide compartir esa
información con nosotros, si el creador del sistema escoge revelarlo.
Algunos de los argumentos típicos contra Dios basados en la ciencia
no son muy buenos. Pero creo que hay mucha gente que está como
yo estaba. Gente que quizá está abierta a la fe cristiana, pero que
simplemente ha dado por sentado que la ciencia ha enterrado a Dios.
Gente que se ha creído ciegamente el mito cultural de que la ciencia
y la religión son incompatibles.
Yo estoy muy agradecido porque hace diecisiete años conocí a
personas que supieron transmitirme de forma comprensible las
razones que tenían para creer en Dios, incluyendo las razones para
creer que la ciencia y Dios no son incompatibles. Me persuadieron.
De hecho, hoy suscribo esta declaración de Peter van Inwagen, uno
de los principales filósofos a nivel mundial: “Ningún
descubrimiento de la ciencia (al menos hasta el momento) tiene la
menor tendencia a demostrar que Dios no existe”.3
De hecho, yo diría más. No solo creo que la ciencia no es
incompatible con la creencia en Dios, sino que creo que la ciencia
apunta claramente a la existencia de Dios. Y quiero explicarte cuatro
razones por las que lo creo:
1. El universo tiene un principio.
2. El universo es cognoscible.
3. El universo es regular.
4. El universo está finamente ajustado de forma que la vida
sea posible.
Creo que estos cuatro hechos sobre el universo se explican mejor
desde la existencia de Dios.
1. El universo tiene un principio
Empecemos cuestionando mi antigua creencia de que la fe cristiana
es demasiado inverosímil.
Ahora mismo, estoy sobre una roca que rota a 1.700 kilómetros por
hora y orbita alrededor del sol a 108.000 kilómetros por hora, como
parte de una galaxia que se mueve a más de 1,6 millones de
kilómetros por hora por un universo con leyes tan ordenadas que la
vida humana es posible. ¡Las cosas no siempre son tan normales
como parecen!
Dawkins insinúa que Dios es demasiado extraordinario para ser
verdad. Pero una hipótesis solo es probable o improbable con
relación a las hipótesis alternativas. Así que, ¿cuáles son las
alternativas?
Cuando hablamos de explicaciones del universo (¿Cómo ha llegado
a existir todo lo que existe?), solo hay tres opciones:
Opción 1: Dios creó el universo. Sí, lo reconozco. Se trata
de una afirmación realmente extraordinaria. Pero veamos
cuáles son las otras alternativas.
Opción 2: El universo entero apareció de la nada, y no hay
ningún tipo de explicación. Esta opción es realmente
extraña. En nuestro día a día, las cosas físicas no aparecen
sin más, así porque sí. Si no ocurre ahora, ¿por qué pensar
que sí ocurrió en el principio?
Opción 3: El universo, o quizá una serie de universos,
siempre ha existido, y se retrotrae en el tiempo de forma
infinita. Pero esta opción es aún más extraña. Quizá cada
parte del universo puede explicarse gracias a otra parte del
universo anterior a ella, pero seguimos sin tener ninguna
explicación de por qué existe un universo. Esta opción
también es muy extraña.
Estas tres opciones son las únicas opciones significativas, y las tres
son extraordinarias; las tres están fuera de la esfera de lo normal. Por
lo tanto, podrías decir: “Ya que todas estas opciones son un poco
locas, voy a seguir siendo agnóstico y no me voy a comprometer
con ninguna de ellas”. Sin embargo, sigues comprometido con la
creencia de que una de esas locas opciones es verdad, ¡y eso también
es una locura!
La conclusión: ¡vivimos en un mundo milagroso! Nadie puede
ignorarlo, independientemente de si eres teísta, ateo o agnóstico.
Nadie tiene la opción de creer solo en lo ordinario. Esa opción no
existe. Yo lo llamo la normalidad de lo sobrenatural, y hay mucha
gente que simplemente no se ha parado a pensar en ello. Han vivido
toda su vida mirando al suelo, sin darse cuenta de que el hecho de
que forman parte de un universo observable que mide casi cien mil
millones de años luz es totalmente extraordinario.
La observación de las únicas opciones posibles cuestiona la
suposición de que los teístas deben ofrecer más evidencias que los
ateos. Pero yo voy aún más allá, y sugiero que los que realmente
tienen que ofrecer evidencias de su postura son los ateos. Veamos
con más detenimiento cada una de las tres opciones que acabamos
de mencionar. Y lo haremos a la inversa:
Opción 3: ¿Puede el universo haber existido siempre?
¿Puede retrotraerse de forma infinita hacia un pasado sin
principio?
Hace cien años, la mayoría de científicos habrían respondido de
manera afirmativa; simplemente se daba por sentado que el universo
siempre había existido. Pero uno de los progresos más importantes
de la cosmología en los últimos cien años ha sido el derrocamiento
de esa idea. En la actualidad, la mayoría de los científicos cree que
el principio absoluto del universo está en el Big Bang. Ahora
tenemos instrumentos que pueden detectar que el universo se está
expandiendo en tamaño, y no solo eso, sino que cuanto más se
expande, más rápido lo hace. Además, a menos que los científicos
estén totalmente equivocados sobre la cantidad de masa en el
universo, el universo nunca se va a volver a contraer por medios
naturales. Así que, si nos remontamos al principio, el cuadro que
tenemos delante es el de un universo que comenzó con una densidad
totalmente singular, ya que toda la masa del universo estaba
concentrada en un único punto que a continuación explotó en el Big
Bang y dio paso al universo.
Una segunda razón para pensar que el universo tuvo un principio
viene del segundo principio de la termodinámica, que dice que “la
entropía se incrementará hasta un estado de equilibrio
termodinámico”. Suena muy técnico, pero lo que quiere decir
básicamente es que el universo tiene cierta cantidad de energía
utilizable, y que con el tiempo ya no quedará energía utilizable.
Cuando eso ocurra, el universo sufrirá una muerte térmica.
Piensa en el café que te has tomado esta mañana. Su calor es energía
utilizable, pero si lo dejas en la mesa, toda esa energía se agotará y
el café se quedará a temperatura ambiente. Del mismo modo, si el
universo no tuviera principio, si el universo siempre hubiera
existido, ya debería estar a temperatura ambiente. ¿Por qué? Porque
ya habría pasado el tiempo necesario para que se enfriara, sin
importar cuál sea esa cantidad de tiempo. Pero el universo no está a
temperatura ambiente: aún tiene energía utilizable, ¡aún seguimos
tomando café caliente! Y eso apunta a que el universo debe haber
tenido un principio.
El físico de Cambridge Stephen Hawking, que en absoluto se
identificaba con las afirmaciones del cristianismo, sin embargo sí
confirmó esta conclusión:
Toda la evidencia parece indicar que el universo no ha
existido siempre, sino que tuvo un principio hace unos
quince mil millones de años. Este es, probablemente, el
descubrimiento más notable de la cosmología moderna. Y
sin embargo hoy en día lo damos por sentado. [...] El
universo no siempre ha existido. El universo, y el tiempo
también, empezaron en el Big Bang.4
Así que la ciencia parece sugerir que el universo tuvo un principio.
Pero incluso si dejamos la ciencia a un lado, también podemos llegar
a esta conclusión a través de la filosofía.
La filosofía también apunta a que un número infinito de cosas o
momentos no es posible. Pensemos en un universo sin principio. La
implicación es que antes del momento presente ya ha pasado una
cantidad infinita de tiempo. Pero, ¿cómo puede el universo haber
atravesado ya un número infinitode momentos? ¡Lo infinito nunca
se agota! Aunque ya hubiera atravesado muchos momentos, siempre
quedaría un número infinito de momentos para llegar al tiempo
presente. Así que, si el universo no tuviera principio, nunca
habríamos llegado hasta este momento; y como sí hemos llegado a
este momento, eso significa que el universo debe tener un principio.
Aquí tienes otro ejemplo para ver el problema filosófico que nos
plantea un universo infinito. Este año tuvimos una larga lista de
espera para un congreso de RZIM, pero les he dicho a los
organizadores que no se preocupen porque he solucionado el
problema para el año que viene. El año que viene vamos a hacer el
congreso en un hotel muy especial. Es un hotel infinito con un
número infinito de habitaciones.
Os explico por qué eso nos va a ayudar. Imagina que el año que
viene el congreso se vuelve a llenar por completo, y que tenemos un
número infinito de participantes alojados en un número infinito de
habitaciones en nuestro hotel especial. Todas las habitaciones están
ocupadas.
Hemos colgado el cartel de “completo”. ¡No queda ninguna
habitación libre!
Y entonces recibimos una llamada de alguien que dice: “Sé que la
fecha límite ha pasado, y sé que no quedan plazas, pero tengo
muchas ganas de ir al congreso. Por favor, ¿me pueden ayudar?”.
Normalmente esto nos pondría en una situación difícil. Pero ahora,
gracias a nuestro hotel infinito, podemos decirle: “¡Ningún
problema! Ahora mismo te reservamos una plaza”.
¿Cómo podemos hacerlo, si el hotel está completo? De la siguiente
forma: pasamos a la persona de la habitación 1 a la habitación 2, a la
persona de la habitación 2 a la habitación 3, a la persona de la
habitación 3 a la habitación 4, y así una y otra vez hasta el infinito.
Le pedimos a todas las personas que se trasladen a la siguiente
habitación. Al hacer eso, ocurre algo extraño: la habitación 1 queda
vacante para el nuevo participante, ¡a pesar de que todas las
habitaciones estaban ocupadas y ninguno de los participantes se ha
desapuntado!
Y podemos seguir haciendo eso las veces que queramos. Aunque
llame un número infinito de personas para preguntar si pueden venir
al congreso, podemos seguir diciéndoles: “¡Ningún problema!
Ahora mismo le reservamos una plaza”. Cada vez que aparezca un
nuevo participante, simplemente tendremos que pasar a la persona
de la habitación 1 a la habitación 2, a la persona de la habitación 2 a
la habitación 3, etcétera. Este congreso nunca más tendrá lista de
espera. ¡Y la gente dice que la filosofía no es práctica!
Pero, ¿ves el problema? El hotel está completo. Todas las
habitaciones están ocupadas. Sin embargo, cuando aparecen más
participantes, podemos decir: “¡Adelante, tenemos muchas
habitaciones disponibles!”. El resultado es absurdo. Es una
contradicción que el hotel esté completo y que a la vez haya
habitaciones disponibles para todo el que quiera. Este es el tipo de
resultado incoherente que obtenemos si aceptamos que puede haber
un número infinito de cosas o momentos, y lo que esto demuestra es
que este tipo de infinidad no es posible.
Por lo tanto, hay razones de peso tanto científicas como filosóficas
para sostener que es imposible que el universo se retrotraiga en el
tiempo de forma infinita. Como afirman las primeras páginas de la
Biblia, el universo tuvo un principio. Así que, si alguien aún quiere
negar la existencia de Dios, solo le queda la Opción 2: El universo,
o una serie de universos, simplemente apareció de la nada, y no hay
ningún tipo de explicación.
Esta es una afirmación realmente extraña. Copio a continuación una
descripción cómica relacionada con este tema que leí recientemente:
ATEÍSMO: La creencia de que una vez no había
absolutamente nada. Y esa nada fue nada hasta que la nada
explotó mágicamente (sin razón alguna), creando todas las
cosas en todas partes. Entonces, algunas partículas de ese
todo explotado se unieron (sin razón alguna) dando como
resultado piezas capaces de autoreproducirse que luego se
convirtieron en dinosaurios.
Lo he incluido porque suena gracioso; pero también sirve para
enfatizar lo que quiero decir. Las cosas simplemente no comienzan a
existir como por arte de magia. Ninguno de nosotros ha visto una
mesa crearse de la nada; ni tampoco a un tigre o a una persona.
William Lane Craig, el filósofo más influyente sobre este tema en
los últimos treinta años, lo explica de la siguiente manera:
Sugerir que algo puede empezar a existir de forma no
causada y de la nada es dejar de hacer metafísica seria y
recurrir a la magia. Nadie cree realmente que algo,
pongamos por caso un caballo o un poblado esquimal, puede
simplemente aparecer de la nada sin causa alguna.5
Incluso David Hume, el ateo por excelencia del siglo XVIII, está de
acuerdo:
Nunca he afirmado una proposición tan absurda como la
siguiente: que cualquier cosa podría surgir sin una Causa.6
Las cosas simplemente no empiezan a existir sin razón alguna. Si el
universo empezó a existir, debería haber una explicación de su
existencia, y de este razonamiento extraemos el siguiente argumento
(el argumento cosmológico Kalam):7
1. El universo empezó a existir.
2. Todo lo que empieza a existir tiene una causa.
3. Por lo tanto, el universo tiene una causa.
¿Cómo tendría que ser esa causa? Para poder ser la causa del
universo, y no tan solo una parte del universo, tendría que estar
fuera del tiempo y del espacio, pues habría creado el tiempo y el
espacio. Y para poder crear todo el universo, tendría que ser
extremadamente poderosa y extremadamente creativa. La
conclusión es que la causa del universo es algo enormemente
poderoso y enormemente creativo que está fuera del tiempo y el
espacio, y es difícil pensar en un candidato mejor que Dios para esa
descripción.
Objeción: ¿Quién creó a Dios?
Quizá la objeción más común a este argumento es la siguiente: Dios
no es una buena explicación de la existencia del universo porque no
tenemos una buena explicación de la existencia de Dios. Richard
Dawkins lanza esta objeción, diciendo: “Como siempre, la respuesta
teísta es profundamente insatisfactoria, puesto que no explica la
existencia de Dios”.8
Me puedo identificar con esta objeción. Cuando era niño, mi
hermano y yo dejábamos cartas en la chimenea para Papá Noel,
diciéndole lo que queríamos para Navidad. Y con seis años, lo que
dejé en la chimenea fue la siguiente pregunta escrita con mi mejor
letra cursiva: “Queridos Papá Noel y Dios, ¿Dios nació en algún
momento?”. ¿No os encanta lo listo que era? Preguntándole a los
dos tendría más posibilidades de obtener una respuesta.
Es una pregunta recurrente: Si Dios creó el universo, ¿quién creó a
Dios? Me gustaría decir varias cosas para responder a esta objeción.
Para empezar, no creo en un Dios “creado”. A diferencia del
universo, el Dios cristiano no está atado al tiempo, ya que Él creó el
tiempo y el espacio. Y recuerda la premisa 2 del argumento
cosmológico: “Todo lo que empieza a existir tiene una causa”. Las
cosas que precisan de una causa son aquellas que tienen un principio
dentro del tiempo. ¿Por qué? Porque hubo un momento en el que
esas cosas no existían y, en un momento dado, empezaron a existir.
Ese cambio exige una explicación. Por el contrario, no hubo ningún
momento en el que Dios no existiera Dios; Él nunca empezó a existir
y por tanto la razón no sugiere que tuviera un creador.
Sin embargo, lo primero que hay que decir en respuesta a esa
objeción es que para reconocer que una explicación es buena no
hace falta explicarla. Imagina que estamos explorando un planeta
extrasolar y encontramos una ciudad desierta. Para decir que la
explicación más razonable de lo que hemos encontrado es que los
alienígenas existen no hace falta poder explicar de dónde vienen o
cómo se originaron. De hecho, podríamos no saber nada en absoluto
de los alienígenas y aún así nuestra creencia de que ellos son los que
están detrás de la ciudad desierta sería perfectamente razonable.
Del mismo modo, nadie piensa que Isaac Newton necesitó una
explicación de laexistencia de la gravedad para poder postular su
existencia y explicar así sus observaciones. De hecho, si toda buena
explicación precisara de una explicación, como Dawkins sugiere, la
búsqueda de explicaciones sería infinita. Siempre necesitarías una
explicación de tu explicación, y una explicación de la explicación de
tu explicación, y una explicación de la explicación de la explicación
de tu explicación, y así hasta el infinito. El resultado sería que nunca
podrías llegar a una explicación que no precisara de una explicación.
¡Nunca encontrarías algo con una explicación satisfactoria! Por
tanto, la objeción de Dawkins no puede ser válida. De hecho,
irónicamente es una objeción que es totalmente incompatible con la
actividad científica.
Un día, yendo en taxi, le pregunté al taxista por sus creencias.
Señalando hacia afuera, me dijo: “Claro que creo en Dios. Si Dios
no existe, ¿de dónde ha venido todo esto?”.
Lo que la buena filosofía y la buena ciencia sugieren es que ese
taxista estaba en lo cierto, al igual que lo estaba mi suegro hace
treinta años cuando miró el paisaje del Gran Cañón y, aunque era
escéptico, sintió a Dios decir: “Yo creé todo esto”. Luego le
esperaba un viaje de tres días en autocar para regresar a la costa este,
y se los pasó preguntándose qué implicaciones tendría para su vida
que Dios no solo hubiera creado el Gran Cañón sino que también lo
hubiera creado a él. Hoy, mi suegro es pastor de una iglesia y dedica
su vida a compartir con otros que “Dios creó todo esto” y que
también los creó a ellos.
La buena filosofía y la buena ciencia apuntan a Dios. Y eso nos
lleva a preguntarnos si los obstáculos que mantienen a la gente
alejada de Dios son obstáculos intelectuales o si, más bien, son
obstáculos que proceden del corazón. La creación divina del
universo no es menos racional que las otras alternativas, pero sí
demanda más de nosotros. Si es verdad, no es solo una teoría
abstracta que solo requiere nuestro asentimiento intelectual; es una
persona que espera que le demos todo nuestro ser. Es una invitación
a una relación, y las relaciones implican sacrificio, compromiso y
confianza.
2. El universo es cognoscible
Una segunda característica del universo que apunta a Dios es su
inteligibilidad o comprensibilidad.
Fue Einstein el que dijo que la cosa más incomprensible del
universo es que es comprensible.9 Creo que estaba en lo cierto. De
hecho, de eso se desprende que, sin Dios, no hay razón para fiarnos
de ninguna de nuestras creencias. Esto es algo que preocupó a
Charles Darwin.10 También a C. S. Lewis,11 y en los últimos años el
filósofo Alvin Plantinga ha desarrollado más esta idea en su trabajo
“Argumento evolutivo contra el naturalismo”.12
Esta es la idea principal. Si eres ateo, lo común es creer que el único
principio que guía el desarrollo humano es la evolución. Pero
entonces surge una pregunta incómoda: ¿por qué deberíamos fiarnos
de nuestras facultades cognitivas si existen y funcionan simplemente
como producto de la evolución atea?
Dicho crudamente, la evolución sostiene que las especies se adaptan
genéticamente según el principio de “la supervivencia del más
fuerte”. Si no existe ninguna guía sobrenatural, la evolución atea
dice que nuestras facultades de razonamiento se desarrollan para
llevarnos hacia la supervivencia, no hacia la verdad. Y la
supervivencia y la verdad no son lo mismo. De hecho, si queremos
sobrevivir, conocer la verdad muchas veces no es una ventaja.
Imagina a una niña que está en el segundo piso de un edificio en
llamas. Lo cierto es que si salta por la ventana para no morir
abrasada probablemente se rompa las piernas; pero para sobrevivir,
es mucho más ventajoso creer que no va a hacerse daño porque
entonces es más probable que salte y, por tanto, más probable que
sobreviva al incendio.
Se me ocurre otro ejemplo: Geary y Mary Jane Chancey podrían
haberse salvado cuando su tren descarriló y cayó al pantano, pero en
cambio se quedaron en el tren el tiempo necesario para sacar por la
ventana a Andrea, su hija de once años con discapacidad. Andrea se
salvó, pero Geary y Mary Jane se hundieron con el tren y
murieron.13
Es verdad que merecía la pena morir para salvar a su hija, pero esa
creencia fue una desventaja para la supervivencia de Geary y Mary
Jane. Esa verdad les llevó a la muerte. Las creencias basadas en la
verdad no siempre son una ventaja para la supervivencia: con
frecuencia son más bien una desventaja.
Lo que quiero decir es lo siguiente. Si crees que lo único que
determina el desarrollo humano es la evolución atea no guiada,
entonces solo te queda una opción: tus creencias sirven para
sobrevivir, pero no son verdad. Tal como dice Plantinga, “a la
selección natural no le importa lo que crees; solo le importa cómo
actúas”.14 Nuestras facultades cognitivas simplemente nos engañan,
porque a ellas tampoco les importa si nuestras creencias son verdad;
lo único que les importa es que nosotros sobrevivamos.
Creer en la evolución atea y a la vez creer que tus creencias son
verdad es como subirte a una báscula pensando que te va a decir qué
hora es. Las básculas dicen cuánto pesas, no qué hora es. Del mismo
modo, la evolución atea busca la supervivencia, no la verdad.
¡Pero lo mismo ocurre con el ateísmo! Irónicamente, el resultado de
este argumento es que si crees en el ateísmo tienes una buena razón
para no creer en el ateísmo, porque esta creencia también es —según
los supuestos del propio ateísmo— el resultado de un proceso que
tampoco busca la verdad.
Lo más inquietante, quizás, es que este argumento también es
aplicable a las creencias morales. Si la evolución atea es el único
principio que guía el desarrollo humano, podemos encontrar razones
para pensar que nuestras creencias morales son útiles para la
supervivencia, pero no tenemos razón alguna para pensar que sean
verdad.
Como dijo el filósofo Michael Ruse, “la moralidad no es más que
una ayuda para la supervivencia y la reproducción [...] cualquier
sentido más profundo es ilusorio”.15
Eso es justamente lo que Richard Dawkins afirma. Cuando un
entrevistador le dijo que “en última instancia, tu creencia de que la
violación está mal es tan arbitraria como el hecho de que hemos
desarrollado cinco dedos en lugar de seis”, Dawkins respondió: “Sí,
podría decirse que sí”.16
Cuando llegamos a la conclusión lógica de la evolución atea,
obtenemos frases enormemente perturbadoras como las siguientes.
La moral no es más que un derivado evolutivo arbitrario.
Simplemente evolucionó de ese modo, pero bajo otras condiciones
podría haber evolucionado de modo radicalmente distinto.
Charles Darwin vio el mismo problema:
Si [...] el hombre fuese criado bajo las mismas condiciones
que las abejas de colmena, no hay duda de que, al igual que
las abejas obreras, nuestras hembras solteras pensarían que
es un deber sagrado matar a sus hermanos, y las madres
lucharían por matar a sus hijas fértiles; y a nadie se le
ocurriría interferir.17
Esta no es la moral en la que creemos y la que nos importa. La
moral en la que creemos no es una expresión de la evolución; no
tiene que ver con valorar y hacer aquello que sirve para sobrevivir.
Tiene que ver con valorar a la persona, incluso si la persona en
cuestión no está contribuyendo a la supervivencia de la especie. Los
ancianos, las personas con discapacidad, los marginados, Andrea
Chancey: todos ellos son tan valiosos y tienen tanta dignidad como
cualquier otro. Una comprensión del universo puramente naturalista
no puede explicar esto. El hecho de que todos hemos sido creados a
imagen de Dios y que Dios nos ama a todos por igual explica la
dignidad y el valor intrínsecos de cada ser humano.
Solo hace falta echar un vistazo a la historia del siglo XX para ver lo
peligroso que es pensar que las personas son más valiosas si son más
fuertes. Somos valiosos por lo que somos: creación de Dios. No
somos valiosos por lo que hacemos o lo útiles que somos o cuántos
hijos tenemos o cuánto dinero ganamos, sino por lo que somos:
seres creados a imagende Dios, quien no buscó Su supervivencia
por encima de la de los demás, sino que dio Su vida para que otros
puedan sobrevivir.
3. El universo es regular
Una tercera característica del universo es su regularidad. Esta es otra
cosa que damos por sentada sin darnos cuenta de lo increíble que es.
Asumimos que cuando nos levantemos mañana por la mañana el
universo seguirá siendo igual de estable y regular, sin pararnos a
considerar que es algo asombroso. Piensa en todas las predicciones
que haces sobre los próximos cinco minutos que deben cumplirse
para que tú puedas vivir una vida coherente y con sentido.
Asumes que los objetos a tu alrededor van a seguir más o menos
donde están, que la gravedad va a continuar funcionando, que los
átomos y las moléculas van a continuar interactuando como siempre
lo han hecho, que el color de las cosas que te rodean va a seguir
siendo constante, que el sol va a volver a salir y va a volver a
ponerse, que el lenguaje seguirá funcionando del mismo modo, que
las ondas sonoras continuarán haciendo lo que suelen hacer.
¿Por qué? ¿Por qué asumimos que el universo va a continuar
funcionando con regularidad? Podríamos responder: “Bueno, así es
como siempre ha funcionado en el pasado”. Pero eso no es una
respuesta; ¡esa es precisamente la pregunta! ¿Por qué? ¿Por qué
siempre ha sido así, y por qué deberíamos pensar que también va a
ser así mañana?
Si te vendara los ojos y te dijera que metieras la mano en una bolsa
llena de cientos de pelotas blancas de ping-pong y que sacaras la
única pelota roja, lo más probable es que fallaras. ¿Por qué? Porque
hay un número elevadísimo de posibilidades de que la pelota que
saques no sea roja, y solo una posibilidad de que sí lo sea.
Lo mismo ocurre cuando consideramos la regularidad del universo.
Si nos ponemos a imaginar, hay un número infinito de locuras que la
física podría hacer mañana. La fuerza de la gravedad podría ser otra,
y hay un número infinito de opciones. Pero solo hay un modo de que
la gravedad se mantenga igual, segundo tras segundo y día tras día y
año tras año. Metemos la mano en la bolsa constantemente, y todas
las veces, una tras otra, ¡sacamos la única pelota roja!
Solo desde la perspectiva lógica, la regularidad repetida una y otra
vez es increíblemente improbable. ¿Qué puede explicarla? Nosotros
simplemente damos por sentado que, obviamente, el universo
funcionará con regularidad. Pero la verdad es que es un gran
misterio.
Sin embargo, si Dios existe, tenemos una explicación perfectamente
razonable de por qué cabe esperar que el futuro se parezca al pasado.
¿Por qué? Porque el universo está regulado por Alguien que se
preocupa por nosotros, y que por tanto quiere que vivamos vidas
ordenas y coherentes llenas de sentido y propósito.18
Tanto teístas como ateos viven la vida de tal forma que solo tiene
sentido si creemos que Dios está al control del universo. Damos la
regularidad por sentada, pero solo Dios explica que el universo sea
así.
4. El universo está finamente ajustado de forma
que la vida sea posible
Hay una característica más del universo que quiero que
consideremos: está finamente ajustado de forma que la vida sea
posible.
Imagina que llegados a este punto del capítulo estás inmensamente
aburrido (ya sé que es difícil de imaginar, pero haz un esfuerzo). Te
cuesta mantenerte despierto y desearías que un agujero negro te
tragara. Como eso no ocurre, enciendes la tele y lo primero que te
aparece es el campeonato mundial de póquer. Te quedas viéndolo, y
en las siguientes doce partidas el mismo jugador saca doce escaleras
reales seguidas.
¿Qué pensarías? Exacto, que ese jugador está haciendo trampas.
¿Por qué? Porque, por más que sea una persona honesta, es tan poco
probable que alguien saque doce escaleras reales que lo lógico es
pensar que alguien está manipulando las cartas.
Durante los últimos treinta años, el argumento del “ajuste fino” del
universo nos ha sugerido que deberíamos sacar la misma conclusión
con respecto a Dios. El universo en el que vivimos podría haber
adoptado muchas formas distintas, y los científicos —no solo los
científicos cristianos, sino los científicos en general— han llegado al
consenso de que hay docenas de características fundamentales del
universo que tenían que ser así para que la vida fuera posible. No
solo la vida en el planeta Tierra o la vida tal como la conocemos,
sino cualquier forma de vida en cualquier lugar del universo.
Estas características del universo incluyen la fuerza de la gravedad,
la cantidad de energía oscura (la energía que hace que el universo se
expanda a un ritmo cada vez mayor), la fuerza nuclear fuerte (la
fuerza que mantiene unido el núcleo del átomo), el índice de
electrones y protones en el universo, la fuerza electromagnética, y
otras muchas características.19 En las publicaciones académicas se
les ha llamado “coincidencias antrópicas”; “antrópicas” porque
favorecen la aparición de la vida, y “coincidencias” porque esos
valores que favorecen la vida son altamente improbables. De hecho,
decir que son “altamente improbables” es quedarse corto.
Veamos un ejemplo. Para que la vida fuese posible, la fuerza
explosiva del Big Bang tenía un margen de variación respecto del
valor conocido de 1 dividido entre 1060. En otras palabras, la
diferencia porcentual que podía haber para que la vida fuese posible
es de un cero, una coma, 57 ceros y un uno. Eso es
0000000000000000
00000000000000000000000000000000000000000 01%.
Si el Big Bang hubiera sido mínimamente más débil, la gravedad
habría hecho que el universo se volviera a contraer casi
inmediatamente, con demasiada rapidez como para que algún tipo
de vida se desarrollara. Si el Big Bang hubiera sido mínimamente
más fuerte, las partículas se habrían dispersado por el espacio. Se
habrían dispersado tan rápido y se habría alejado tanto las unas de
las otras que el único resultado habrían sido moléculas simples y
frías; algo totalmente distinto a la compleja química necesaria para
formar cualquier tipo de vida.
Ese es tan solo un ejemplo, y hay muchos más. La precisión
necesaria para obtener algunas de esas condiciones, aunque solo sea
alguna de ellas, puede compararse a tener los ojos vendados y,
después de dar unas vueltas, disparar una sola vez con un arma de
gran potencia a un objetivo de un par de centímetros situado al otro
lado del universo observable, a casi cincuenta mil millones de años
luz, y dar en la diana. Ese es el tipo de probabilidad del que estamos
hablando.
Y para que en el universo exista algún tipo de vida compleja no solo
necesitamos una de esas condiciones, sino que necesitamos que
todas ellas se den. ¿Qué probabilidades hay? Sir Roger Penrose —
profesor emérito de Oxford, uno de los mejores físicos matemáticos
del mundo y ganador del premio Wolf en Física junto a Stephen
Hawking— sugiere que la precisión necesaria es menor que uno
dividido entre 10 elevado a 10 elevado a 123 (1/1010A123).20
Escribiría este porcentaje si pudiera, tal y como he hecho unos
párrafos más arriba, pero aunque lograra convertir toda la materia
del universo en papel, no tendría papel suficiente para imprimir
todos los ceros que hacen falta.
Basándonos solamente en el azar, las probabilidades de vida son
menos que si tuviéramos que coger una partícula concreta de entre
todas las partículas del universo, seleccionando una partícula al azar,
y en el primer intento nos saliera esa partícula en cuestión. Sir Fred
Hoyle, astrónomo británico y una de las mentes científicas más
destacables del siglo XX, comparó la aparición casual de la célula
más simple con la probabilidad de que un tornado ensamblara de
forma perfecta un Boeing 747 al pasar por un vertedero.21
William Lane Graig resume que “la improbabilidad se multiplica
por sí misma constantemente hasta que nuestras mentes se ahogan
en un mar de números incomprensibles”.22 Incluso la Stanford
Encyclopedia of Philosophy (Enciclopedia de Filosofía de Stanford),
la principal enciclopedia de filosofía a nivel mundial, incluye la
misma afirmación:“La aparente probabilidad de que todas las
condiciones necesarias para la formación de los planetas (por no
hablar de la vida) se den solo por casualidad es increíblemente
pequeña”.23
¿Cómo podemos explicar estas sorprendentes “coincidencias”, esa
repetición improbable de “escaleras reales”? Deberíamos llegar a la
conclusión racional: Alguien metió mano en las cartas y modificó el
sistema.
Incluso si pensaras que solo hay un 1% de probabilidad de que
alguien haga trampas antes de empezar a jugar al póquer, si vieras
sacar una escalera real tras otra sin parar, la única opción que te
quedaría es concluir que alguien está haciendo trampas. Los
científicos nos dicen que eso es exactamente lo que está ocurriendo
en el universo: una “escalera real” tras otra. Incluso si antes de
conocer el argumento del ajuste fino creías que la probabilidad de la
existencia de Dios era muy baja, una vez que has oído hablar de las
“escaleras reales” que se dan una y otra vez por todo el universo,
solo hay una conclusión racional: Alguien diseñó el universo.
El argumento del ajuste fino ha tenido mucha influencia; tanta, que
incluso ateos convencidos han tenido que tomarla en serio. Cuando
le preguntaron al antiteísta Christopher Hitchens cuál es el
argumento de más peso contra el ateísmo, respondió: “Creo que
todos nosotros vemos el argumento del ajuste fino como el más
fascinante... No es un argumento trivial. Todos lo sabemos”.24
Esto es lo que Sir Fred Hoyle dijo después de considerar lo exactas
que debían ser algunas de las características del universo para que la
vida fuera posible:
¿No te dirías a ti mismo [...] que un intelecto increíblemente
previsor debe haber diseñado las propiedades del átomo de
carbono, ya que de lo contrario la probabilidad de que yo
diese con ese tipo de átomo a través de las fuerzas ciegas de
la naturaleza sería increíblemente minúscula? Claro que te lo
dirías [...] Una interpretación honesta de los hechos sugiere
que un superintelecto ha jugado con la física, y también con
la química y la biología, y que en la naturaleza no hay
fuerzas ciegas de las que merezca la pena hablar. Los
números que te salen cuando analizas los hechos parecen tan
contundentes que esta conclusión resulta casi
incuestionable.25
Hoyle era ateo hasta ese momento, pero dijo que el aparente ajuste
fino del universo le dejó “profundamente confundido”.
Objeción: Pero, ¿y si hay muchos universos?
La objeción más popular al argumento del ajuste fino es sugerir que
quizá no solo hay un universo, sino muchos (un multiverso), y, en
ese caso, quizá no es tan sorprendente que por pura casualidad uno
de esos universos acabe siendo apto para albergar vida. Con el
tiempo, cualquier cosa improbable podría llegar a ocurrir.26
De hecho, esta objeción es a la vez un cumplido, porque está de
acuerdo en que la evidencia del ajuste fino exige una explicación, y
la busca. Pero afirmar que el multiverso puede ser la explicación no
tiene sentido.
En primer lugar, no hay evidencias de peso de que exista siquiera
otro universo, mucho menos la cantidad exorbitante de universos
que haría falta para que salieran las cuentas. El británico Richard
Swinburne, uno de los filósofos de la religión más influyentes de los
últimos sesenta años, dice que “postular un número infinito de
universos nunca conectados entre ellos casualmente, solamente para
evitar la hipótesis del teísmo, es el colmo de la irracionalidad”.27 Del
mismo modo, John Polkinghorne, físico teórico mundialmente
conocido, dice que la teoría del multiverso “no es ciencia”, y la
llama simplemente “suposición metafísica”.28
Pero, más importante aún, aunque hubiera evidencias de peso a
favor de múltiples universos, la objeción del multiverso contra el
ajuste fino seguiría sin tener validez. La razón es la siguiente: piensa
de nuevo en la partida de póquer en la que ves a alguien sacar doce
escaleras reales seguidas. Concluyes que alguien está haciendo
trampas, y con razón.
Ahora bien, imagina que uno de los jugadores se vuelve hacia ti y te
dice: “No, te equivocas. ¡Nadie está haciendo trampa! Lo que no
sabías es que jugamos a las cartas todo el tiempo; de hecho,
llevamos años jugando a las cartas durante todo el día”. Si alguien te
dijera eso y tuvieras alguna razón para creerle, ¿deberías cambiar tu
conclusión de que alguien está haciendo trampas?
No, no deberías. ¿Por qué no? Porque por lo que sabes, ¡esa persona
ha estado haciendo trampas durante años y sacando escaleras reales
varias veces al día desde que empezó a jugar! La única información
que tienes sigue siendo que esas doce manos —las doce manos que
acabas de ver— han sido todas escaleras reales, y eso es inverosímil,
independientemente de cuántas veces hayan jugado los jugadores.
Solo deberías cambiar tu conclusión si alguien, además de
demostrarte que juegan todo el día durante todos los días desde hace
años, también pudiera demostrarte que han jugado todo el día
durante todos los días desde hace años y es la primera vez que les
pasa eso. Entonces las pruebas cambiarían. Entonces las pruebas
apuntarían a que en una ocasión, después de muchos intentos,
ocurrió algo altamente improbable. Entonces quizá no sería tan
sorprendente y podría explicarse apelando al azar.
Pero esa posición no es la posición en la que están los defensores del
multiverso. Los científicos no solo no pueden decirnos que hay otros
universos, sino que, aunque pudieran, ninguno de ellos afirma poder
decirnos si esos universos (en caso de existir) están finamente
ajustados de forma que la vida sea posible. Por lo que sabemos, si
existen otros universos, tal vez muchos de ellos se ajustan
exactamente a los parámetros altamente improbables necesarios para
que haya vida, y de ese modo confirman la conclusión de que
Alguien diseñó el sistema. Como respondió mi colega John Lennox
cuando le preguntaron si cree que hay otros universos: “He oído
rumores de que el cielo existe”.
Este universo, el que hemos observado, está finamente ajustado de
forma que la vida sea posible. Esa es toda la evidencia que tenemos.
Y es muy poco probable que eso ocurra por casualidad,
independientemente de cuántos universos existan.
Fíjate también en la ironía de esta objeción del multiverso. Para
evitar plantearse la existencia de Dios, la gente plantea la existencia
de otros universos: algo que no podemos ver ni tocar, algo con lo
que no podemos hacer experimentos, algo que no podemos
comprobar científicamente. ¡Precisamente las cosas que le achacan a
la creencia en Dios!
De hecho, creo que esa crítica a la creencia en Dios es injusta,
porque sí podemos diseñar pruebas experimentales para determinar
su existencia. Podemos esperar a morirnos y observar los resultados.
O, mejor aún, poder hablar con Dios y pedirle de forma sincera que
se revele a nosotros, y ver qué pasa. Ese experimento es una parte
importante de cómo yo abracé la fe.29 Pero responder al argumento
del ajuste fino con la teoría del multiverso es pecar de lo que
normalmente se acusa al teísmo. No hay forma de comprobar,
verificar o refutar la teoría del multiverso.
En respuesta a la evidencia del ajuste fino del universo, Andrei
Linde, físico de la Universidad de Stanford, presenta la posibilidad
de que nuestro universo haya sido diseñado por una cultura
alienígena súper tecnológica.30 En la misma línea, el astrofísico John
Gribbin dice que “deberíamos considerar seriamente” la hipótesis de
que “nuestro universo es un constructo artificial, fabricado de forma
deliberada por seres inteligentes de otros universos”.31 El hecho de
que en el mundo académico aparezcan propuestas de este tipo como
excusas para no tener que admitir la existencia de Dios es en sí un
testimonio de la fuerza del argumento del ajuste fino.
Los hechos hacen que incluso Richard Dawkins contemple la
posibilidad de un diseño inteligente. Le preguntaron en una
entrevista: “¿Qué posibilidad hay de que la respuesta a algunas
cuestiones relacionadas con la genética y la evolución sea un diseño
inteligente?”. A lo que Dawkinsrespondió:
Bueno, podría haber ocurrido lo siguiente. Quizá tiempo
atrás, en algún lugar del universo, una civilización
evolucionó [...] hasta tener una tecnología desarrolladísima y
diseñó una forma de vida que tal vez implantaron en este
planeta. Es una posibilidad. Una posibilidad fascinante. Y
supongo que es posible que llegues a encontrar evidencias
de ello si observas los detalles de la bioquímica y la biología
molecular; puede que llegues a encontrar la firma de una
especie de diseñador.32
Interesante, ¿no es cierto? Esto revela que el verdadero problema de
Dawkins no es el diseño inteligente, sino el diseño divino. Creo que
Linde y Dawkins van en la dirección correcta. Por citar otra de mis
frases favoritas de John Lennox: “Claro que hay inteligencia
extraterrestre; Su nombre es Dios”.33
¿Hasta dónde nos lleva el argumento del ajuste fino del universo?
¿Hasta la fe cristiana? No. Para eso necesitamos otros argumentos.
No obstante, el argumento del ajuste fino nos lleva más allá de lo
que algunos pueden pensar. ¿Qué características harían falta para
desempeñar el rol de “arquitecto del ajuste fino”?
El arquitecto detrás del ajuste fino tiene que ser capaz de determinar
los parámetros fundamentales del universo. Por tanto, necesita ser
muy poderoso y muy inteligente. Necesita haber estado presente en
el inicio del universo para establecer esos parámetros. Eso apunta a
la idea de que el arquitecto responsable del ajuste fino siempre ha
existido (—es eterno—), o al menos es muy antiguo. También
podemos inferir que ese arquitecto deseaba crear vida;
concretamente, vida consciente e inteligente capaz de relacionarse,
de amar, y de exhibir virtudes. Y para ello es necesario que el
arquitecto sea personal, moral y relacional.34
La conclusión lógica, por tanto, es que existe un diseñador del
universo que es moral, personal, extraordinariamente poderoso,
enormemente inteligente y eterno; y además, que valora las
relaciones, el amor y la virtud. Eso se parece mucho al Dios al que
yo adoro.
De la ciencia a Dios
Es demasiado simple asumir que la ciencia puede explicarlo todo.
La propia afirmación de que “la única forma de conocer la verdad es
a través de la ciencia” no se puede demostrar científicamente. Es
más, en contraste con la idea de que el progreso científico ha
enterrado a Dios, dos de los avances científicos más significativos
del último siglo —que el universo tiene un principio, y que está
finamente ajustado para que la vida sea posible— apuntan
claramente a Dios. Así mismo, sin Dios, no hay razón para fiarnos
de la regularidad o la comprensibilidad del universo, que son la base
de toda empresa científica. El avance científico no solo está lejos de
enterrar a Dios, ¡sino que Dios es lo que hace que la ciencia sea
posible! Por eso no me sorprende que un estudio reciente muestre
que, entre los cristianos evangélicos de EE. UU., los científicos
tienden a tener una fe más viva que los no científicos.35
Los dos poemas de Dios
Podemos ver la firma de Dios en el diseño del universo. Y también
podemos ver la firma de Dios en el diseño de cada vida.
Normalmente, la gente piensa que la ciencia y los milagros son dos
cosas opuestas. Eso es lo que yo pensaba en aquella ocasión en la
que leí la contraportada de aquel libro que intentaba explicar todos
los milagros de Jesús. Pero, de hecho, Dios puede revelarse a
nosotros de manera milagrosa gracias a la regularidad de la ciencia.
¡La ciencia hace que los milagros sean posibles! Si Dios puede
revelarse en un nacimiento virginal es solo porque científicamente
una virgen no puede quedarse embarazada. Si Dios puede revelarse
a través de la resurrección es solo porque científicamente la gente no
resucita. Y del mismo modo, Dios puede revelarse en cada una de
nuestras vidas.
Cuanto más hablo con la gente, más convencido estoy de que la
experiencia de los milagros es universal. Me encanta preguntar lo
siguiente a la gente, incluso a la gente más científica: “¿Alguna vez
has tenido una experiencia que te ha hecho pensar que tiene que
haber un Dios?”. Acto seguido suele haber un silencio incómodo,
luego una risa nerviosa, pero, si espero el tiempo suficiente, casi
siempre la persona dice: “Bueno, una vez...”. ¡Y entonces me
cuentan una historia extraordinaria que lleva claramente la firma de
Dios!
La mayoría de las personas a las que les pregunto tienen historias
increíbles, pero piensan que son los únicos. Les preocupa que los
demás piensen que son raros. Y entonces se dicen a sí mismos que
no son más que imaginaciones suyas. Tenemos que contar nuestras
historias e invitar a los demás a que nos cuenten las suyas.
Así que te voy a contar una historia en la que pude ver el diseño de
Dios perfectamente ajustado en la vida de una persona. Hace poco,
una estudiante de China asistió en la universidad a un debate abierto
en el que yo participaba. Uno de mis compañeros, Daniel, la saludó,
y ella le dijo que se llamaba Alva. Daniel respondió: “¡Qué nombre
tan interesante! ¿Qué significa?”. Alva contestó: “Significa ‘por
gracia blanca como la nieve’”.
A Daniel se le iluminó la cara y le preguntó a Alva si era cristiana.
Ella le dijo: “No; para nada”. Daniel le dijo: “¿Sabes que tu nombre
es básicamente un resumen del mensaje cristiano?”. Ella no tenía ni
idea. Simplemente lo había adoptado como su nombre occidental
porque le gustaba cómo sonaba.
Daniel le empezó a explicar el mensaje cristiano, y a medida que él
hablaba, Alva se sentía cada vez más atraída por ese Dios. Entonces
empezó la charla y, cuando iba por la mitad, pasé a la siguiente
diapositiva del PowerPoint, en la que citaba Isaías 1:18: “Aunque
vuestros pecados sean como la escarlata, yo los haré tan blancos
como la nieve”. Daniel no se pudo contener y se volvió hacia Alva,
que lo miró estupefacta. “¡Te lo dije, ese es tu nombre!”.
Al final de la charla, Daniel y otro de mis compañeros continuaron
explicándole a Alva lo mucho que Dios la ama y el sacrificio que
hizo por ella. Alva decidió que quería aceptar el regalo de Dios, y
mis amigos tuvieron el enorme privilegio de orar con ella para
reafirmar ese compromiso.
Pero hay algo más, un detalle que me llena de asombro. La charla de
esa noche la tenía preparada desde el fin de semana, y el PowerPoint
también. Pero al mediodía de ese mismo día, mi mujer y yo
sentimos claramente que a esa charla le faltaba algo. Así que
volvimos un momento a casa después del evento del mediodía y le
añadimos una página escrita a mano a la charla y una diapositiva a la
presentación de PowerPoint.
¿Qué había en esa diapositiva? Isaías 1:18: “Aunque vuestros
pecados sean como la escarlata, yo los haré tan blancos como la
nieve”. Dios diseñó todos los detalles de ese día de una forma
increíblemente bella para poder revelarse a una joven llamada Alva.
En la Biblia hay dos fragmentos a los que se les ha llamado “poema
de Dios”. En primer lugar, Romanos 1:20: “Porque desde la
creación del mundo las cualidades invisibles de Dios [...] se perciben
claramente a través de lo que él creó”. La palabra griega que
traducimos por “lo que él creó” es poiemasin, la palabra de que
obtenemos el término poema. La creación de Dios es su poema.
En segundo lugar, Efesios 2:8-10: “Porque por gracia habéis sido
salvados mediante la fe; esto no procede de vosotros, sino que es el
regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos
hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las
cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en
práctica”. Porque somos “hechura” de Dios. Otra traducción “la obra
maestra de Dios”. Y en el original griego es la misma palabra:
poiema.
Dios no solo diseñó el universo; Él diseñó a Alva y le puso un
nombre, y tiene planes para su vida que están tan bien diseñados
como su plan para el cosmos. Y lo mismo es cierto sobre cada uno
de nosotros.
El universo empezó.
Sus leyes son estables y se sostienen.
Es cognoscible.
Está finamente ajustado para que la vida sea posible.
Espero que eso nos transmita que nuestrasvidas empezaron solo
porque Dios nos escogió antes de la fundación del mundo. Espero
que eso nos hable de que es Dios el que da estabilidad a nuestra
identidad y nos sostiene en medio de las dificultades de esta vida.
Porque Dios existe, podemos saber que tenemos un propósito. Y, si
le dejamos, Dios “nos ajustará” de modo que podamos tener vida:
una vida libre de vergüenza y culpa, una vida llena de amor, alegría,
paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio
propio (Gálatas 5:22-23).
Al mirar el universo, la gente debería poder verlo como un poema
que solo puede haber sido escrito por Dios. Del mismo modo, al
mirar las vidas de aquellos que siguen a Dios, la gente debería poder
decir: “Estoy viendo un poema que solo puede haber sido escrito por
Dios” y “sea quien sea el autor de ese poema, quiero que Él también
sea el Autor de mi vida”.
La Biblia dice que nuestras vidas son “cartas” vivas, “conocidas y
leídas por todos” (2 Corintios 3:2). El universo apunta a Dios; estoy
convencido de ello. Pero la gente solo está abierta a verlo si al mirar
las vidas de los hijos de Dios también puede ver un cambio, un
carácter y una identidad estables, un conocimiento profundo de
quiénes son y un sentido confiado de que fuimos diseñados para un
propósito mayor, un propósito que da vida.
¿Es tu vida una evidencia que apunta a la existencia de Dios? Si
queremos que la gente vea que el universo es un bello poema, los
cristianos debemos ser el poema que Dios quería que fuéramos.
Cuando la gente nos mira, ¿qué ve? ¿Ve mera casualidad? ¿Ve
arbitrariedad? ¿O ve una poesía perfectamente diseñada por Dios?
Si al mirar a la comunidad cristiana la gente puede ver el diseño de
un Dios de amor, entonces estará abierta a unirse a esa comunidad
para afirmar que “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el
firmamento proclama la obra de sus manos. Un día cuenta al otro la
noticia, una noche a la otra se la hace saber” (Salmo 119:1-2).
1. Richard Dawkins, “A Challenge to Atheists”, Free Enquiry, vol. 22, núm. 3,
2002.
2. Alvin Plantinga, entrevista de Gary Gutting, “Is Atheism Irrational?”, The New
York Times Opinionator, 9 de febrero de 2014,
http://opinionator.blogs.nytimes.com/2014/02/09/is-atheism- irrational/?_r=0. Visto
el 10 de septiembre de 2016.
3. Peter van Inwagen, “Weak Darwinism”, Darwin and Catholicism: The Past and
Present Dynamics of a Cultural Encounter, editado por Louis Caruana, Edinburgh: T
& T Clark, 2009, 119.
4. Stephen Hawking, “The Beginning of the Universe”, Primordial Nucleosynthesis
and Evolution of Early Universe, editado por K. Sato y J. Audouze, Dordrecht,
Netherlands: Kluwer Academic Publishers, 1990, 129, 137. Aunque Hawking
parece apoyar esta declaración suya (incluida en una conferencia destacada en su
página web), su obra más reciente ha especulado sobre explicaciones científicas no
teístas del principio del universo. La exposición filosófica sobre la naturaleza de lo
infinito que ofrezco a continuación cuestiona cualquier teoría que intente proponer
una serie infinita de explicaciones científicas no teístas sobre el origen del nuestro
universo.
5. William Lane Craig y James D. Sinclair, “The Kalam cosmological argument”,
The Blackwell Companion to Natural Theology, editado por William Lane Craig y
J. P. Moreland, West Sussex, UK: Wiley-Blackwell, 2012, 182.
6. David Hume, The Letters of David Hume, Volume 11727-1765, editado por
J.Y.T. Greig, New York: Oxford University Press, 1932, Carta 91, 187.
7. Puedes leer una introducción accesible a este argumento en William Lane Craig,
On Guard, Colorado Springs: David C. Cook, 2010.
8. Richard Dawkins, The God Delusion, edición 10° aniversario, London:
Transworld, 2016, 171 [El espejismo de Dios, Barcelona: Espasa Calpe, 2014, 175].
9. Albert Einstein, Ideas and Opinions, New York: Crown Trade Paperbacks, 1995,
http://opinionator.blogs.nytimes.com/2014/02/09/is-atheism-irrational/?_r=0
292 [Mis ideas y opiniones, Barcelona: Antoni Bosch, 2011].
10. “A mí siempre me surge la horrible duda de si las convicciones de la mente
humana, que se ha desarrollado a partir de la mente de los animales inferiores,
tienen algún tipo de valor o son de fiar. ¿Confiaría alguien en las convicciones de la
mente de un mono, si es que esa mente alberga algún tipo de convicción?”, Charles
Darwin, “C. D. to W. Graham, July 3d, 1881”, Selected Letters on Evolution and
Origin of Species, editado por Francis Darwin, New York: Dover, 1958, 68.
11. Ver C. S. Lewis, “The Cardinal Difficulty of Naturalism”, Miracles, London:
Geoffrey Bles, 1947 [“La dificultad cardinal del naturalismo”, Los milagros,
Madrid: Ediciones Encuentro, 2009].
12. Este argumento apareció originalmente en el último capítulo de: Alvin
Plantinga, Warrant and Proper Function, New York: Oxford University Press, 1993.
Más adelante elaboró el argumento en un ensayo inédito: Alvin Plantinga,
“Naturalism Defeated”, www.Calvin.edu, 1994,
www.alvin.edu/academic/philosophy/virtual_library/articles/plantinga_alvin/naturalism_defeated.pdf
Visto el 10 de septiembre de 2016.
13. “‘Miracle Child’ is Survivor”, The New York Times, 25 de septiembre de 1993,
www.nytimes.com/1993/09/25/us/miracle-child-is-survivor.html. Visto el 12 de
septiembre de 2016.
14. Alvin Plantinga, “Introduction”, Naturalism Defeated? Essays on Plantinga’s
Evolutionary Argument Against Naturalism, editado por James Beilby, Ithaca, NY:
Cornell University Press, 2002, 4.
15. Michael Ruse, “Evolutionary Theory and Christian Ethics”, Zygon, vol. 21,
núm. 1, 1994, 20-21.
16. Puedes ver una transcripción de esta porción de la entrevista en: Richard
Dawkins, entrevista por Justin Brierley, “The John Lennox—Richard Dawkins
Debate”, www.bethinking.org, 2008, www.bethinking.org/atheism/the-john-lennox-
richard-dawkins-debate. Visto el 11 de septiembre de 2016.
17. Charles Darwin, The Descent of Man, New York: D. Appleton and Company,
1871, 70 [El origen del hombre, Barcelona: Editorial Trilla y Serna, 1880].
18. Llegado este punto, quizá te preguntes por qué los procesos naturales de nuestro
universo no solo producen orden y significado, sino también mucho sufrimiento.
Ravi Zacharias y yo hemos tratado ese tema en Why Suffering? Finding Meaning
and Comfort When Life Doesn’t Make Sense, New York: FaithWords, 2014.
19. Es importante tener en cuenta que cuando hablamos de las características del
ajuste fino del universo no estamos hablando de “agujeros” en el sistema (por lo que
este argumento no es el argumento de “el Dios tapagujeros”), sino del sistema tal
como está diseñado.
20. Con respecto a esta estimación, Penrose dice: “Simplemente quiero ayudaros a
ver lo especial que fue el estado inicial del universo. Y, por alguna razón, la gente
intenta decir que no quiere tal o cual teoría porque entonces se necesitaría algo como
http://www.Calvin.edu
http://www.alvin.edu/academic/philosophy/virtual_library/articles/plantinga_alvin/naturalism_defeated.pdf
http://www.nytimes.com/1993/09/25/us/miracle-child-is-survivor.html
http://www.bethinking.org
http://www.bethinking.org/atheism/the-john-lennox-richard-dawkins-debate
el ajuste fino. Bueno, es que el ajuste fino es necesario. Esto es ajuste fino. La
increíble precisión en la organización del universo inicial” (MrEpistemologist1,
“The Big Bang’s low entropy condition”, Youtube, 1 de noviembre de 2012,
https://www.youtube.com/watch?v=GvV2Xzh11r8. Visto el 11 de septiembre de
2016).
21. Fred Hoyle, The Intelligent Universe, London: Michael Joseph, 1981, 18-19.
22. William Lane Craig, “Five Reasons God Exists”, God? A Debate between a
Christian and an Atheist, editado por James P. Sterba, New York: Oxford University
Press, 2004, 10.
23. Del Ratzsch, “Teleological Arguments for God’s Existence”, The Stanford
Encyclopedia of Philosophy, editada por Edward N. Zalta, edición invierno de 2009,
www.plato.stanford.edu/archives/win2009/entries/teleological-arguments/. Visto el
11 de septiembre de 2016.
24. Collision: Christopher Hitchens vs Douglas Wilson. Dirigido porDarren Doane,
2009.
25. Fred Hoyle, “The Universe: Past and Present Reflections”, Engineering and
Science, noviembre de 1981, 12.
26. Sin embargo, es interesante notar que en la teoría de las cuerdas, el número de
posibles universos más citado es 10500; si el cálculo que Penrose hace del ajuste del
universo (1/1010”123) es lo suficientemente acertado, entonces 10500 universos
siguen siendo demasiados pocos universos para que la existencia de un universo que
albergue vida sea probable. De hecho, la probabilidad sería tan baja que, a todos los
efectos, equivaldría a cero.
27. Richard Swinburne, The Existence of God, 2a edición, New York: Oxford
University Press, 2004, 185 [La existencia de Dios, Salamanca: Editorial San
Esteban, 2011].
28. John Polkinghorne y Nicholas Beale, Questions of Truth: Fifty-one Responses to
Questions about God, Science, and Belief, Louisville, KY: Westminster John Knox
Press, 2009, 13.
29. En el capítulo 4 abordo el tema de por qué a veces se piensa que este
experimento no le ha funcionado a alguna gente que buscaba a Dios.
30. Linde dice: “Para enviar un mensaje largo, tienes que hacer un universo extraño
con complicadas leyes de física. Es la única forma de enviar información. Las
únicas personas que pueden leer este mensaje son los físicos. Dado que vemos a
nuestro alrededor un universo bastante extraño, ¿significa eso que nuestro universo
no fue creado por Dios, sino por un físico hacker?” (Adrei Linde, entrevistado por
Rudy Rucker, “Goodbye Big Bang”, Seek! Selected Non-Fiction, New York: Four
Walls Eight Windows, 1999).
31. John Gribbin, In Search of the Multiverse, New York: Penguin Books, 2010,
173.
https://www.youtube.com/watch?v=GvV2Xzh11r8
http://www.plato.stanford.edu/archives/win2009/entries/teleological-arguments/
32. Expelled: No Intelligence Allowed. Dirigido por Nathan Frankowski, Premise
Media Corporation & Rampant Films, 2008.
33. “Are We Alone in the Universe? John Lennox and Paul Davies”, Unbelievable?,
www.premierchristianradio.com/Shows/Saturday/Unbelievable/Episodes/Unbelievable-
17-Apr-2010-Are-we-alone-in-the-universe-Paul-Davies-John-Lennox. Visto el 11
de septiembre de 2016.
34. Uno podría objetar que el mal y el sufrimiento de nuestro mundo apuntan a la
idea de que el arquitecto detrás del ajuste fino es moralmente imperfecto. Ver Why
Suffering? Finding Meaning and Comfort When Life Doesn’t Make Sense, New
York: FaithWords, 2014, donde Ravi y yo respondemos de forma extensa a esta
objeción.
35. “Misconceptions of science and religion found in new survey”, Rice University
News & Media, 16 de febrero de 2014,
www.news.rice.edu/2014/02/16/misconceptions-of-science-and-religion-found-in-
new-study/. Visto el 11 de septiembre de 2016.
http://www.premierchristianradio.com/Shows/Saturday/Unbelievable/Episodes/Unbelievable-17-Apr-2010-Are-we-alone-in-the-universe-Paul-Davies-John-Lennox
http://www.news.rice.edu/2014/02/16/misconceptions-of-science-and-religion-found-in-new-study/
M
CAPÍTULO 4
PLURALISMO 
“Todos los caminos son igualmente válidos”
Vince Vitale
e encantan los deportes. Siempre me han gustado. Es difícil
encontrar un deporte que no me guste. Pero no me gustaría
tener la siguiente experiencia deportiva.
Imagina que te meten en un partido y no sabes cuándo empezó,
cuando acabará, cuál es el objetivo del juego o cuáles son las reglas.
¿Qué harías? Probablemente les pedirías a los demás jugadores que
te contestaran a esas cuatro preguntas.
¿Qué ocurría si te contestaran dándote muchas respuestas distintas?
¿O y si simplemente siguieran jugando, sin mostrar ningún interés
por tus preguntas y mirándote como si fueras un bicho raro?
Entonces buscarías la ayuda del entrenador. Pero, ¿y si el
entrenador, en medio de ese caos evidente, estuviera gritando:
“¡Buen trabajo, equipo! ¡Lo estáis haciendo genial! ¡Seguid así!
¡Hay un trofeo esperándoos!”.
Por último, te volverías buscando al árbitro, seguro de que él tendrá
las respuestas definitivas. Pero, ¿y si los jugadores se han cansado
de las advertencias del árbitro y lo han enviado a casa?
Y ahora imagina las conversaciones sobre el partido en el camino de
vuelta a casa. No tendrían ningún sentido. Cero. Es nuestro
conocimiento sobre el comienzo, el final, el objetivo y las reglas del
juego lo que nos da la libertad de jugarlo y disfrutarlo de una forma
significativa.
Tristemente, lo que he descrito no es solo un juego, es la realidad de
muchas personas que luchan por vivir una vida con sentido dentro
de una cultura pluralista. Como sociedad, estamos olvidando las
respuestas a estas preguntas fundamentales:
Origen: ¿De dónde vengo?
Significado: ¿Por qué estoy aquí?
Moral: ¿Cómo debería vivir?
Destino: ¿A dónde voy?
Hace poco estuve en un campus universitario en Chicago y tuve el
privilegio de hablar con muchos estudiantes sobre las grandes
preguntas de la vida. Un día pusimos en una zona muy transitada
una pizarra blanca que decía “¿Cuál es el sentido de la vida?”. Abajo
había varias columnas que ofrecían distintas opciones: tener éxito,
transmitir mis genes, ninguno, amar a los demás, etcétera. Se me ha
quedado grabada la imagen de los estudiantes: recuerdo cómo se
acercaban a la pizarra, tomaban un rotulador y leían las diferentes
opciones, y luego se quedaban frente a la pizarra, paralizados, a
veces durante minutos.
Cuando les preguntamos por qué les costaba tanto decidirse por una
opción, muchos de los estudiantes con los que hablamos nos dijeron
que lo que ocurría es que no se sentían cómodos con la idea de
escoger. “¿Por qué no puedo escoger más de una?”, decían muchos
de ellos. Lo que estos estudiantes estaban diciendo es que la verdad
no existe. La mayoría de ellos se dieron cuenta de que, como dice el
filósofo Roger Scruton, “un autor que dice que la verdad no existe
[...] te está pidiendo que no le creas. Así que, no le creas”.1 No es
que esos estudiantes fueran relativistas, reduciendo la verdad a la
preferencia personal; más bien, eran pluralistas. Creían en la verdad
objetiva, pero querían decir que todos llegamos a esa verdad por
vías igual de válidas.
Tres malas suposiciones y tres buenos deseos
Antes de saber cómo responder al pluralismo,2 o a cualquier
acercamiento a la verdad, tenemos que preguntar qué lo motiva, y no
tenemos que asumir que dos personas que son pluralistas lo son
necesariamente por la misma razón. Si queremos responder a las
personas y no tan solo responder a una teoría, tenemos que
identificar y sacar a la luz las motivaciones que hay detrás de sus
afirmaciones.
El pluralismo en torno al concepto de verdad puede estar motivado
por al menos tres malas suposiciones y tres buenos deseos. Primero,
abordemos las suposiciones.
1. Afirmaciones equivalentes
Algunas personas se acercan a la verdad desde una aproximación
pluralista porque suponen erróneamente que las principales visiones
del mundo, o al menos muchas de ellas, son equivalentes. Es decir,
que todas dicen básicamente lo mismo con respecto a los puntos más
importantes.
Hace poco conocí a una mujer en una calle de Chicago que me dijo:
“Creo que la religión es algo bueno. Creo que todas las religiones
son iguales”. A algunos les gustaría cambiar su frase para que dijera
esto: “Creo que la religión es algo malo. Creo que todas las
religiones son iguales”. Sea como sea, hoy en día mucha gente está
de acuerdo en que las principales religiones, e incluso las principales
cosmovisiones, son fundamentalmente iguales.
Este es un error común y también peligroso. Cuanto más estudias las
principales cosmovisiones, más cuenta te das de que, aunque tienen
similitudes en un nivel superficial, son muy diferentes en sus
fundamentos y, a menudo, totalmente opuestas.
Veamos por ejemplo el islam y el cristianismo. Las tres cosas que
tienes que creer según el cristianismo para poder reconciliarte con
Dios —que Jesús es Dios, que murió en la cruz, y que resucitó de
los muertos3—, para el islam son totalmente erróneas,4 y no solo
eso, sino que si crees que Jesús es Dios, te vas directo alinfierno.5
Pero vamos a hilar más fino en nuestra evaluación de las
cosmovisiones; vamos a centrarnos en aquello que realmente nos
importa: el amor y el futuro. La pregunta que más me gusta hacer a
la gente es “¿Qué causa el 80% de tu estrés?”. La primera vez que le
pregunté eso a alguien, en seguida me soltó: “Que gente como tú me
haga preguntas como esa”. Entonces le pregunté qué causa el otro
20%, y tuvimos una buena conversación.
Normalmente cuando pregunto sobre las causas del estrés y la
ansiedad, las respuestas que recibo se reducen a una de estas dos
preocupaciones: ¿Alguien me ama de verdad? ¿Qué nos depara el
futuro? El cristianismo, el islam y el humanismo secular,
presumiblemente las tres cosmovisiones más influyentes del mundo,
dicen cosas radicalmente distintas sobre aquello que más nos
importa.
¿Cómo te ama tu dios?
Empezamos por el islam. El Corán tiene muy poco que decir del
amor de Dios, y Al-Ghazali, posiblemente el musulmán más
influyente después de Mahoma, dijo que “Alá está por encima del
sentimiento del amor”.6 En las pocas ocasiones en las que el Corán
menciona el amor de Dios, queda claro que el amor de Alá por las
personas humanas está reservado para aquellos que se lo han
ganado. Alá ama a los que “hacen el bien” (sura 2:195; 3:134, 148;
5:93), a los “justos” (5:42; 60:8) y a “los que observan la equidad”
(49:9), a los que “le temen” (9:4, 7), a los que “se arrepienten” y “se
purifican” (2:222), y a los que “no reinciden en sus pecados a
sabiendas” (3:135); y Alá “ama a quienes combaten en filas por su
causa” (61:4). Si esas son las condiciones para merecer el amor de
Alá, la lista de aquellos a los que Alá ama debe ser muy corta.
A diferencia de las pocas referencias que hace al amor de Dios, el
Corán enfatiza repetidamente que hay personas a las que Alá no
ama. Se nos dice que Alá no ama a los impíos (3:57, 140), a los
corruptores (5:64; 28:77), o a los transgresores (2:190; 5:87; 7:55).
No ama al arrogante, al jactancioso (4:36; 31:18), al avaro, al
mezquino (57:24), o al pecador desagradecido (2:276). Alá “no ama
al que traiciona o peca” (4:107), y no ama a los que ignoran sus
mandamientos (3:32); y “Alá es enemigo” de los infieles (2:98).7
En cuanto al tema crucial del amor, el islam no solo es diferente al
cristianismo, sino que en algunos aspectos clave es diametralmente
opuesto. En el islam, si amas y obedeces a Alá, entonces puede que
Él te ame. En el cristianismo, Jesús critica explícitamente esa actitud
de amar solo a los que nos aman: “¿Qué mérito tenéis al amar a
quienes os aman? Aun los pecadores hacen así” (Lucas 6:32). En el
cristianismo, “Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que
cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”
(Romanos 5:8). Aunque no nos lo merecíamos, Dios nos amó hasta
el punto de dar su vida por nosotros. En el cristianismo, “El amor
consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en
que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como
sacrificio por el perdón de nuestros pecados. Queridos hermanos, ya
que Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos los
unos a los otros” (1 Juan 4:10-11). El cristianismo no nos pide ser
buenos para obtener el amor de Dios, sino que el amor de Dios por
nosotros nos impulsa a vivir vidas marcadas por la bondad y el
amor. En lo que se refiere al amor, el cristianismo y el islam no solo
son diferentes, sino que el orden del amor está totalmente invertido.
Aún hay una persona más que a Alá no le gusta: el “derrochador”
(6:141; 7:31), traducido a veces como “el pródigo”. Pero lo que
Jesús dice sobre “el pródigo” es muy distinto. En una de las historias
más famosas que Jesús contó, describe a Dios como un Padre lleno
de amor que anhela que su hijo pródigo vuelva a casa (Lucas 15:11-
32). El hijo pródigo le ha dado a su padre un sinfín de razones para
que este ya no le ame: le ha pedido su herencia antes de tiempo (en
aquella cultura, eso era lo mismo que decir que deseabas la muerte
de tu padre), ha abandonado a su familia y ha malgastado su
herencia en una vida de excesos, despilfarrando lo que su padre
había ahorrado durante toda una vida. El hijo pródigo era orgulloso,
desagradecido, injusto y corrupto; era, en resumidas cuentas, malo.
Y sin embargo, al ver a lo lejos al hijo pródigo, el padre se remanga
la larga túnica, dejando las piernas al descubierto, y echa a correr
(algo completamente deshonroso para un hombre mayor de aquella
cultura). Besa a su hijo (el texto original dice literalmente que el
hombre cae sobre el cuello de su hijo) y lo abraza y le da la
bienvenida a casa ofreciéndole las mejores ropas (probablemente las
suyas propias), le coloca un anillo en el dedo (probablemente un
sello dándole así la autoridad de actuar en nombre de la familia) y
sandalias en los pies (un símbolo de libertad). ¡Qué cercanía, qué
intimidad!
Siempre me he preguntado qué debió pensar el hijo pródigo cuando
vio a su padre en la distancia apresurándose hacia él. Él sabía que no
merecía el amor de su padre.
Probablemente pensaba que el padre había tenido tiempo para
sopesar sus acciones y ahora corría hacia él enfadado para darle lo
que se merecía.
Llegará el día en que cada uno de nosotros veremos a Dios
corriendo hacia nosotros. Me pregunto qué te imaginas si tratas de
imaginar ese encuentro. ¿Qué emoción ves en el rostro de Dios a
medida que corre hacia ti?
¿Cómo te ama Dios? En el cristianismo, eres amado con el amor de
un padre que corre alegre hacia ti. No corre hacia a ti si te has
mantenido puro y limpio, si vistes como deberías o si tienes el
trabajo que se supone que deberías tener. Ni siquiera corre hacia a ti
solo si le has servido o si has pasado tiempo con Él.
El amor de Dios no es condicional. Por eso solo la Biblia puede
afirmar: “Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni
los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los
poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación,
podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo
Jesús nuestro Señor” (Romanos 8:38-39). Nada puede separarte del
amor de Dios, y nada puede hacer que Dios te ame menos. Nada.
De algún modo, todos somos hijos pródigos, y Alá no ama a los
hijos pródigos. ¿Por qué? Porque no es padre. En el Corán, a Alá
nunca se le llama “padre”. De hecho, el Corán dice de forma
explícita que “no ha engendrado” (112:3). Solo en el Nuevo
Testamento, a Dios se le llama “Padre” más de doscientas veces.8
Y esto explica por qué el islam tiene que negar las tres creencias
principales del cristianismo de las que hablamos al principio: la
divinidad, la muerte y la resurrección de Jesús. Solo un Dios que
también es un padre lleno de amor vendría a sufrir junto a Sus hijos,
estaría dispuesto a morir por Sus hijos, y moriría si eso sirviera para
ver a Sus hijos de nuevo. El islam no puede entender el sufrimiento
y la muerte de Jesús porque no entiende el amor de Dios.
En el islam, Alá solo nos ofrece una relación de servidumbre.
Curiosamente, lo único que el hijo pródigo espera es ser aceptado
como “jornalero” de su padre (Lucas 15:19). Pero Jesús dice: “Ya
no os llamo siervos [...], os he llamado amigos” (Juan 15:15). Dios
no solo es nuestro padre, sino que es nuestro amigo, nuestro
hermano (Hebreos 2:11), nuestro amado (Cantar de los Cantares
5:2), nuestro novio (Isaías 62:5), nuestro esposo (Isaías 54:5). Es
como la gallina que busca reunirnos bajo sus alas protectoras (Mateo
23:37). En el islam, decir que uno tiene una relación íntima y
cercana con Alá es blasfemia, y en algunas partes del mundo el
castigo por esa blasfemia puede ser muy severo. La Biblia muestra
una y otra vez a través de un sinfín de metáforas que lo que Dios
quiere es ofrecernos una relación de amor, intimidad y cercanía.
Creo que es interesante que cuando pensamos en el intelecto de
Dios, rápidamente reconocemos que debe ser mayor que cualquier
intelecto humano. Pero cuando pensamos en el amor de Dios, rara
vez pensamos que su amores más fuerte que el de un padre o una
madre. ¿Por qué? ¿Es porque en lo más profundo hay algo que nos
dice que no merecemos ese tipo de amor? Desde la perspectiva del
cristianismo, nuestras mentes son minúsculas cuando las
comparamos con la totalidad de todo lo que hay por conocer; del
mismo modo, nuestra concepción del amor de Dios es minúscula en
comparación con el amor sin par que ha derramado por nosotros.
¿Cómo deberíamos amar?
Lo que creemos sobre el amor de Dios por nosotros es quizá la
creencia más importante porque sentirnos o no sentirnos amados
determinará la forma en la que amamos. Del mismo modo, la forma
en la que amamos tendrá un impacto en cómo aman las personas que
nos rodean y cómo aman las personas que les rodean a ellos; es
decir, las consecuencias de cómo amamos tendrá un impacto más
allá de lo que podamos ver, extendiéndose en el tiempo y el espacio.
Por eso es crucial ver a quién dice tu dios que debes amar.
Cuando era niño, mis amigos y mi familia eran casi Dios para mí, y
nuestra actitud era: “Si alguien es bueno contigo, sé diez veces más
bueno con ellos; pero si alguien te hace daño, hazles sufrir”. Ama a
los que te aman, pero niega ese amor a los que están en tu contra.
Culturalmente, muchos de nosotros éramos cristianos nominales:
íbamos a la iglesia en Navidad y en Semana Santa, pero nuestra
comprensión de la fe cristiana era casi inexistente. Aunque nosotros
no lo sabíamos, nuestra forma de amar a los demás era más acorde
con el islam que con el cristianismo. El Corán dice que hasta que la
gente no crea en Alá, los musulmanes deben mostrar a los que no
son musulmanes “enemistad y odio” (60:4).
Los musulmanes creen en la doctrina de la abrogación, que dice que
las enseñanzas tardías y más elaboradas de Mahoma tienen más peso
que sus enseñanzas más tem- pranas.9 La sura 9, que fue escrita solo
dos años antes de la muerte de Mahoma y por lo tanto contiene la
visión definitiva del Corán, ordena a los musulmanes que ataquen y
agredan a la gente para obligarles a someterse a Alá: “Matad a los
idólatras dondequiera les halléis, capturadles, cercadles y tendedles
emboscadas en todo lugar” (9:5); “Combatid a quienes [realmente]
no creen en Alá ni en el Día del Juicio, no prohíben lo que Alá y Su
Mensajero han prohibido, ni siguen la religión verdadera, al menos
hasta que se sometan y paguen el tributo debido” (9:29); “Si no salís
a combatir, Alá os infligirá un castigo doloroso y os sustituirá por
otro pueblo” (9:39); “¡Oh, creyentes! Combatid a aquellos
incrédulos que habitan alrededor vuestro, y que comprueben vuestra
severidad” (9:123). Mahoma fue un ejemplo de sumisión a estos
mandatos, pues estuvo involucrado en al menos veinticinco batallas
durante los últimos diez años de su vida.10
Los mandatos definitivos del cristianismo son las palabras directas
de Jesús: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os
persiguen” (Mateo 5:44); “Haced bien a quienes os odian, bendecid
a quienes os maldicen, orad por quienes os maltratan. Si alguien te
pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien te quita la
camisa, no le impidas que se lleve también la capa. Dale a todo el
que te pida, y si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás tal y como queréis que ellos os traten a vosotros”
(Lucas 6:27-31).
La diferencia no podría ser más abismal. Lo que enfurecía a los
líderes religiosos de la época era precisamente que Jesús amaba y
pasaba tiempo con los que no vivían sometidos a Dios (Lucas 5:30;
7:34). Según Jesús, “¿Qué mérito tenéis al amar a quienes os aman?
Aun los pecadores hacen así. ¿Y qué mérito tenéis al hacer bien a
quienes os hacen bien? Aun los pecadores actúan así. ¿Y qué mérito
tenéis al dar prestado a quienes pueden corresponderos? Aun los
pecadores se prestan entre sí, esperando recibir el mismo trato.
Vosotros, por el contrario, amad a vuestros enemigos, hacedles bien
y dadles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendréis una gran
recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con
los ingratos y malvados. Sed compasivos, así como vuestro Padre es
compasivo” (Lucas 6:32-36). Muchos musulmanes creen que serán
recompensados por matar enemigos. Pero en el cristianismo, lo que
merece recompensa es poner la vida de tus enemigos por encima de
la tuya propia.
En su campaña para las primarias para la presidencia de los Estados
Unidos, el demócrata Bernie Sanders describió su visión sobre Dios
de la siguiente manera: “Todo el mundo cree en la regla de oro, y a
eso lo llamamos dios”. Este es el pluralismo del que he estado
hablando, y no tiene ningún fundamento. La regla de oro dice
“Tratad a los demás tal y como queréis que ellos os traten a
vosotros”, y la mayoría de la gente no cree eso. Te aseguro que la
cosmovisión secular en la que crecí no creía eso. El islam tampoco.
Y muy poca gente la pone en práctica. La regla de oro fue algo
totalmente único cuando Jesús la enseñó, y sigue siendo algo
totalmente único hoy.
Todos seguimos a un dios, sea sobrenatural o secular. ¿Qué piensa
tu dios de los que están en su contra? ¿A quién te pide que ames? No
existen otras dos preguntas tan cruciales para la raza humana.
¿A dónde vamos?
El destino último nos dice mucho sobre la realidad presente.
Puedes saber mucho sobre una persona fijándote en el destino al que
se dirige. Piensa en la trayectoria de tu vida: la trayectoria de tu
carácter, de tus valores morales, de tus elecciones, de tus ideales, de
tus sueños, de tus relaciones. Haz una valoración honesta de cómo
será esa trayectoria de aquí a diez, veinte, treinta años. ¿A dónde
vas? Para bien o para mal, la respuesta a esa pregunta dice mucho de
quiénes somos hoy.
Del mismo modo, podemos saber mucho sobre la esencia de una
cosmovisión fijándonos en lo que dice sobre el destino del ser
humano. Esa es la razón por la que Ravi dice que “cuando empiezas
una línea de pensamiento, es importante haber mirado el mapa para
saber dónde acaba esa línea”.
Cuando yo era joven, los eslóganes sobre el futuro más comunes
eran los siguientes: “Tienes que poner un techo sobre tu cabeza y
comida sobre la mesa”, “Solo se vive una vez”, “Puedes hacer todo
lo que te propongas”, “Tú eres el dueño de tu destino”.
Años después, abrí la Biblia y lo que encontré no podía ser más
sorprendente: “El Hijo del hombre no tiene dónde recostar la
cabeza” (Mateo 8:20), “Nos os preocupéis por vuestra vida, qué
comeréis o beberéis” (Mateo 6:25), “Todo el que vive y cree en mí
no morirá jamás” (Juan 11:26), “Nosotros somos ciudadanos del
cielo” (Filipenses 3:20), “Separados de mí no podéis hacer nada”
(Juan 15:5), “El corazón humano genera muchos proyectos, pero al
final prevalecen los designios del Señor” (Proverbios 19:21).
De nuevo, el cristianismo y los valores seculares de mi juventud
eran muy diferentes. E incluso cuando ya estaba convencido de que
había un ser superior, las principales religiones decían cosas muy
distintas sobre nuestro destino.
“Todos los caminos llevan a Dios” es una frase tentadora. Encierra
cierto positivismo. Pero en realidad el cristianismo es la única
creencia que dice llevar a Dios.11 El destino cristiano es una relación
íntima, vivificante y floreciente con Dios mismo: “Y esta es la vida
eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo,
a quien tú has enviado” (Juan 17:3). “Mira que estoy a la puerta y
llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con
él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Básicamente, para un cristiano
el cielo no es un lugar sino una persona; no es una recompensa sino
una relación.
La cristianización de la cultura occidental ha hecho que a veces
creamos que el destino de otras creencias religiosas también es una
relación íntima con Dios. Pero de hecho es una marca única del
cristianismo. En el budismo y en algunas tradiciones del hinduismo,
el objetivo del nirvana es el cese del yo y la eliminación del deseo,
dos componentes esenciales para que se dé una relación personal.
Según la tradición,la noche en que su hijo nació, Gautama Buda
marchó buscando una vida de desapego de cualquier cosa o persona
que pudiera causarle sufrimiento. Compáralo con Jesucristo, quien,
buscando relacionarse con nosotros, hizo todo lo posible para
apegarse a nuestro sufrimiento.
De igual modo, el destino del islam tampoco es una relación con
Alá. El paraíso del que se habla en el islam es un paraíso en el que
Alá está prácticamente ausente.12 En cambio, el paraíso se describe
como un lugar de placer carnal: vino, sexo, vírgenes siempre
jóvenes, chicos adolescentes que sirven a los hombres (55:56-57,
70-78; 56:34-40). ¿No hemos probado ya ese paraíso, y no nos ha
satisfecho? ¿Cuántas personas que han alcanzado la cúspide del
placer terrenal han testificado que no es el paraíso, que en última
instancia nuestra sed de una relación auténtica no puede satisfacerse
con nada más?
¿Cómo llego hasta allá?
Una de las características del cristianismo es que afirma llevarnos a
Dios. Pero de hecho no es exactamente así. Si somos precisos, ni
siquiera el cristianismo dice que nos lleva a encontrar a Dios. De
hecho, afirma lo contrario. Afirma que Dios vino a encontrarnos a
nosotros: “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que
se había perdido” (Lucas 19:10).
¡Qué sorpresa descubrir de nuevo que la ideología de mi cultura
estaba mucho más cerca del islam que del cristianismo! Yo aceptaba
que “solo puedes fiarte de ti mismo”, que “en esta vida nada es
gratis”, y que “tienes lo que mereces”.
El islam afirma que, para las cosas más importantes de esta vida, no
podemos confiar en nadie más que en nosotros. Si no cumples con
los pilares del islam, nadie puede salvarte. En palabras del Corán,
“Cada hombre es responsable de su suerte” (17:13), y “el ser
humano solo obtendrá el fruto de sus esfuerzos” (53:38-39). “Nadie
cargará con los pecados ajenos” (17:5). En otro lugar dice “Nadie
cargará con la carga ajena. Y si alguien, abrumado por su carga, pide
ayuda a otro, no se le ayudará nada, aunque sea pariente” (35:18). El
día del juicio es “el día en que nadie podrá hacer nada en favor de
nadie” (82:19).
El budismo y el hinduismo coinciden aquí, pues afirman que la
única forma de alcanzar la iluminación es a través del esfuerzo
personal para encontrar las cuatro nobles verdades o para seguir el
noble camino óctuple o para merecer un buen karma. En otras
palabras, solo puedes alcanzar la iluminación en base a tus acciones.
De nuevo, Jesús es único. Él nos dice: “Venid a mí todos vosotros
que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso. Cargad con
mi yugo y aprended de mí, pues yo soy apacible y humilde de
corazón, y encontraréis descanso para vuestra alma. Porque mi yugo
es suave y mi carga es liviana” (Mateo 11:28-30). Jesús se ofrece
explícitamente a llevar nuestras cargas: “Él mismo, en su cuerpo,
llevó al madero nuestros pecados” (1 Pedro 2:24). Por tanto, la
salvación no es algo que ganamos sino un “regalo gratuito”
(Romanos 6:23): “Porque por gracia habéis sido salvados mediante
la fe; esto no procede de vosotros, sino que es el regalo de Dios, no
por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2:8-9). A diferencia de
todos los demás sistemas religiosos, el Dios cristiano “no nos trata
conforme a nuestros pecados ni nos paga según nuestras maldades”
(Salmo 103:10). Así de grande es su amor.
En el cristianismo, si vamos al lugar al que vamos no es gracias a lo
que nosotros hacemos, sino gracias a lo que Dios ya ha hecho. Por
esa razón, y a diferencia del islam, nuestro destino está asegurado.
En el islam nunca sabes si has hecho suficiente. Aunque la balanza
se decante a tu favor en el día final, la soberanía de Alá es tal que no
está sujeta al resultado de la balanza. Ni siquiera el que obedece a
Alá “debe sentirse seguro contra el castigo de su Señor” (70:28). En
el Corán, incluso Mahoma dice lo siguiente: “Tampoco sé lo que
será de mí o de vosotros” (46:9).
El cristianismo promete salvación a aquellos que confían en Jesús.
Al explicar cuál es la motivación que le lleva a escribir, uno de los
autores bíblicos dice: “Os escribo estas cosas a vosotros, que creéis
en el Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan
5:13). Del mismo modo, Pablo escribe: “Si confiesas con tu boca
que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de
entre los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9). Podría citar muchos
otros versículos de la Biblia. Para Jesús, la seguridad de la salvación
está en la línea de salida, mientras que para todos los demás solo se
alcanza en la línea de llegada.
Podemos tener esa seguridad porque en el cristianismo no
necesitamos construirnos un techo para la eternidad. Cuando los
discípulos de Jesús le dijeron que no conocían el camino a su
destino final, él les respondió: “No os angustiéis. Confiad en Dios,
confiad también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas
viviendas; si no fuera así, ya os lo habría dicho. Voy a prepararos un
lugar. Y si me voy y os lo preparo, vendré para llevaros conmigo.
Así estaréis donde yo esté. Vosotros ya conocéis el camino para ir a
donde yo voy” (Juan 14:1-4). Conocían el camino porque conocían
a Jesús, y Él es el camino.
En una ocasión, un taxista musulmán me dijo: “Me aterra el día del
juicio. Eso es lo que te dirá cualquier musulmán”. Después de
explicarle que en el cristianismo no tenemos miedo al día del juicio
porque Jesús ya pagó por el castigo que merecían nuestras faltas, el
taxista respondió visiblemente emocionado: “Es una bella historia.
Ojalá fuera cierta”.
En el cristianismo, Jesús concibió nuestro hogar eterno, lo compró,
lo está preparando, y un día nos mudaremos porque nos llevará a
vivir allí con Él. Él es el arquitecto, el comprador, el interiorista y la
empresa de mudanzas. ¡Qué distinto a tener que conseguirnos un
techo! Vamos a recibir mucho más de lo que merecemos y mucho
más de lo que jamás hemos soñado.
Volviendo a nuestro tema, ¿todos los caminos llevan a Dios? No.
Ninguno lo hace. Algunos afirman poder llevarnos a algún tipo de
recompensa o iluminación. Las cosmovisiones naturalistas dicen que
en última instancia no vamos a ningún lado; lo que nos espera es la
muerte de toda persona y la extinción de las especies. Tampoco el
cristianismo afirma llevarnos a Dios; lo que afirma es que el amor
de Dios le llevó a Él hacia nosotros.
Cuando pensamos en esos temas que nos quitan el sueño —¿Alguien
me ama de verdad? y ¿ Qué será de mí en el futuro?—, nos vemos
obligados a elegir entre dos formas de ver el mundo totalmente
distintas. ¿Tenemos que esforzarnos para ganar el amor de alguien o
somos libres para disfrutar de un amor que no nos hemos ganado?
¿Los demás deben esforzarse por ganar nuestro amor o les
amaremos de todos modos? ¿Nuestro futuro es incierto o está
asegurado? Y, ¿ese futuro incluirá la relación que más deseamos?
2. Afirmaciones racionalmente equivalentes
La fe es ciega
Una segunda razón por la que algunos se ven tentados a pensar que
todas o muchas cosmovisiones son igual de válidas es porque
asumen que todas tienen una base intelectual equivalente.
Quizá la razón más común por la que muchos piensan así es por la
extendida idea de que la fe es lo opuesto a la razón; y que, por
definición, la fe es ciega. Es decir, por un lado están las
afirmaciones científicas e históricas respaldadas por las evidencias y
los hechos y, por otro, las afirmaciones filosóficas sobre Dios, el
significado, la moral, el amor y el destino, que no son más que un
salto al vacío y por tanto todas ellas son igual de válidas o inválidas.
No tengo aquí espacio suficiente para hablarte de muchas de las
evidencias que me llevaron a la fe. Sin embargo, sí te puedo decir
que concebir la fe como algo opuesto o en conflicto con la razón no
tiene nada que ver con la comprensión cristiana de la fe. Claramente,
si te lo tomas en serio e investigas, verás que la Biblia no entiende la
fe así, y que los primeros seguidores de Jesús tampoco entendieron
la fe así.
Cuando empecé a investigar la fe cristiana comoestudiante de
filosofía de la Universidad de Princeton, para mí el tema de las
evidencias y la razón era extremadamente importante. Yo sabía que
si la fe cristiana significaba “aparentar que sabes cosas que
realmente no sabes”,13 aquello no era para mí. Pero cuando
finalmente abrí la Biblia, eso no es lo que me encontré.
Para mi asombro, descubrí que la Biblia alababa a la gente de Berea
por sus elevados criterios intelectuales y decía que eran “de
sentimientos más nobles que los de Tesalónica” no debido a su fe
ciega sino porque “examinaban las Escrituras para ver si era verdad
lo que se les anunciaba” (Hechos 17:11). Descubrí que la expresión
que Jesús añadió al primer mandamiento judío —ama a Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas— era que
también debías amar a Dios “con toda tu mente” (Lucas 10:27).
Descubrí que, según la Biblia, la transformación que se da en las
personas cuando estas confían en Cristo no es fruto de la
autosugestión o de una minimización de la razón, sino de “la
renovación de vuestra mente” (Romanos 12:2).
A medida que seguí leyendo, descubrí que los “hechos” de los
seguidores de Jesús recogidos en el libro bíblico titulado Los Hechos
de los Apóstoles incluían “razonar”, “argumentar”, “persuadir”,
“examinar”, “debatir”, “dialogar”, “explicar”, “defender”, “refutar”,
“convencer” e incluso “probar”. Sí, se usan todos esos conceptos, ¡y
solo estoy hablando de uno de los libros! Además, la descripción
más usada en el Nuevo Testamento para referirse a la conversión de
alguien al cristianismo es que quedó “persuadido” o “convencido”.
Si estás dispuesto a conocer las evidencias y la razonabilidad de la
fe cristiana, como hicieron los primeros discípulos, descubrirás lo
mismo que ellos descubrieron: que hay evidencias, y evidencias de
peso.
Quizá la evidencia más importante a favor de la fe cristiana es la
resurrección. La Biblia dice que Dios ha dado “pruebas” a “todos”, y
la forma en que lo ha hecho ha sido “levantando [a Jesús] de entre
los muertos” (Hechos 17:31). Esa es una afirmación muy fuerte.
Pero es una afirmación que se puede demostrar. Buda decía que
miráramos la sabiduría de su enseñanza, pero esa es una medida
muy subjetiva. Mahoma decía que miráramos la belleza y la
elocuencia del Corán. Pero, de nuevo, ¿de qué forma pruebas que
algo es bello o elocuente? Sin embargo, Jesús sí ofreció un elemento
objetivo: “A los tres días resucitaré” (Mateo 27:63). Con una
afirmación así te la juegas. Si las autoridades hubieran encontrado el
cuerpo sin vida de Jesús, habrían demostrado que su afirmación era
falsa. Pero nunca lo encontraron.14
Recuerdo de forma muy viva la etapa en la que investigué la fe
cristiana por primera vez, cuando era estudiante en Princeton.
Descubrir que había evidencias de peso que apuntaban a la
resurrección milagrosa de Jesús fue algo que no esperaba. Nunca se
me había pasado por la cabeza que podía haber argumentos
racionales para defender tal afirmación. Fue una sorpresa descubrir
que uno de los filósofos más influyentes y respetados de la segunda
mitad del siglo XX, el profesor Richard Swinburne de la
Universidad de Oxford, conocido sobre todo por su capacidad para
evaluar evidencias, argumentaba en un libro publicado por la propia
Universidad de Oxford que, en base a las evidencias históricas que
tenemos hoy, hay un 97% de posibilidad de que Jesús resucitara
milagrosamente de entre los muertos.15
Como no podía dejar de darle vueltas a aquel descubrimiento, pedí
entrevistarme con los dos profesores de Nuevo Testamento más
reconocidos de la universidad. No eran cristianos, por lo que pensé
que, como expertos que eran en ese campo, podrían hablarme de
teorías creíbles que pudieran explicar los datos que tenemos sin
necesidad de apelar a una resurrección milagrosa.
Uno de los profesores me dijo que estaba la teoría de la alucinación
colectiva, pero sin demasiada convicción. Esa teoría presenta
lagunas e incoherencias, por lo que la literatura especializada no le
confiere ninguna credibilidad. El otro profesor me dijo que, como
historiador, el tema simplemente no le interesaba. Según él, parecía
ser que si empezabas a hablar de algo sobrenatural ya abandonabas
el campo de la historia. Nunca he podido entender por qué pensaba
así. Empecé a preguntarme si G. K. Chesterton no tendría razón: “El
problema con el cristianismo no es que lo hayamos puesto a prueba
y no haya salido airoso. El problema es que lo encontramos difícil, y
no lo hemos puesto a prueba”.16
Si nunca has investigado las evidencias de la resurrección de Jesús,
por favor, hazlo. Ninguna otra creencia o religión cuenta con
evidencias como estas: evidencias basadas en los testimonios de
testigos oculares, evidencias comprobadas por diversas personas, y
evidencias públicas, es decir, que cualquier coetáneo podía
comprobar. He podido estudiar a conciencia todas las evidencias
tanto en Princeton como en Oxford, y lo que puedo decir es que
cuanto más investigaba, más convencido estaba de la credibilidad de
la resurrección.
Muchas personas han oído una o dos supuestas evidencias en contra
de Dios, y rápidamente han sacado una conclusión sin preocuparse
de hacer una investigación a fondo. Pero lo que está en juego es
demasiado importante como para coger atajos. Qué devastador sería
estar un día ante Dios y tener que decirle: “Nunca tuve suficiente
interés como para querer saber más sobre ti”. Si Dios nos creó, lo
lógico es que se asegurara de que una búsqueda intelectual seria nos
llevara hacia Él. Eso es precisamente lo que yo y muchas otras
personas hemos descubierto, y lo que muchos buscadores honestos
continúan descubriendo hoy.
La fe es arrogante
Otros cuestionan la validez de la fe cristiana no porque crean que la
fe es ciega, sino porque piensan que afirmar que solo hay una
cosmovisión válida es arrogante.
Los cristianos no deberíamos tomarnos esta objeción a la ligera. Esta
objeción debería preocuparnos, y mucho. Cuando les pregunto a mis
estudiantes por qué mucha gente piensa que el cristianismo es
arrogante, alguno siempre dirá: “Quizá han conocido a cristianos
que actuaban de forma arrogante”.
Primero hemos de fijarnos en la viga de nuestra propia conducta
antes de fijarnos en la paja de la crítica de los demás. También
hemos de estar dispuestos a pedir perdón, porque en el cristianismo
no hay lugar para la arrogancia. El cristianismo te hace humilde de
forma inherente. Según el cristianismo, cualquier verdad que
tengamos el privilegio de conocer es porque Dios, por su gracia, la
ha compartido por nosotros. No nos hemos ganado el derecho a
conocerla; no lo merecemos. La generosidad de Dios hacia nosotros
es nuestra única esperanza.
Sin embargo, algunas personas tachan de arrogante una afirmación
con demasiada rapidez. Una afirmación no es arrogante solo porque
otros no estén de acuerdo con ella. Si la diversidad en el ámbito de
la opinión religiosa hace que el cristianismo sea arrogante, ¿por qué
no sacar la misma conclusión en el campo de la filosofía, la política
o incluso la ciencia? En esos ámbitos, nadie pensaría que una
afirmación es arrogante solo porque otros piensan diferente. Si
pensáramos así, tendríamos que tachar casi todo el discurso
filosófico y político, como también gran parte del discurso
científico, de arrogante. Entonces, ¿por qué evaluamos las creencias
religiosas con un criterio distinto?
Además, si estar en desacuerdo con los demás fuera suficiente para
tachar una afirmación de arrogante, entonces la afirmación “estar en
desacuerdo con los demás es suficiente para tachar una afirmación
de arrogante” sería arrogante en sí misma, ya que muchos están en
desacuerdo con esa afirmación. De hecho, si miramos en todo el
mundo y a través de la historia, hay mucha más gente que está en
desacuerdo con esa afirmación que gente que la acepta. Lo mismo
podría decirse de las afirmaciones del ateísmo, y también del
pluralismo religioso. Incluso la posición agnóstica —aparentemente
humilde porque afirmas que no conoces la verdad—sería arrogante,
porque mucha gente (en realidad, la mayoría) no está de acuerdo con
el agnosticismo.
Todos hacemos afirmaciones convencidos de que son verdad,
incluso si lo que afirmamos es que la verdad no existe. No podemos
evitar pensar que algunas personas están equivocadas. Si pensamos
que cualquier afirmación que pretende ser verdad es arrogante, se
vuelve prácticamente imposible encontrar una afirmación que no sea
arrogante.
Pero quizás haya una preocupación más razonable detrás de la
acusación de arrogancia. Busca un trozo de papel y dibuja un
círculo. Imagina que ese círculo representa todo lo que se puede
conocer, es decir, todo lo que conocería un ser omnisciente. Ahora
dibuja un segundo círculo dentro del primer círculo que represente
proporcionalmente el porcentaje de todo el conocimiento total que tú
has llegado a alcanzar personalmente.
Si consideramos la grandeza del universo y nuestra pequeñez, o la
pequeñez del universo (piensa en la nanotecnología) y la grandeza
del ser humano, ¿no es arrogante afirmar que conocemos la verdad?
Aunque lo que ahora conoces apunta hacia una verdad concreta,
todo aquello que no sabes tiene el potencial de cuestionar tu creencia
actual. ¿Realmente es racional estar seguro de lo que crees?
¡Quizá la razón por la que todas las cosmovisiones tienen una base
intelectual equivalente es porque ninguna de ellas puede justificarse
intelectualmente! Dado el abismo que separa nuestras mentes finitas
y la infinitud de lo que queda por conocer, quizá todas nuestras
cosmovisiones son igualmente válidas porque son igual de inválidas.
Puedo entender esta objeción. Aunque no podemos evitar hacer
afirmaciones que creemos que son verdad, quizá es arrogante
mostrarnos seguros de nuestras creencias si nuestro conocimiento es
tan limitado. Las implicaciones de esta forma de pensar son
aterradoras. Pensemos en nuestras creencias éticas, por ejemplo. Si
no podemos estar seguros de ellas, ¿qué prácticas de las que ahora
aprobamos y somos cómplices serán vistas como algo horrendo de
aquí a quinientos años? ¿Y quién tendrá razón, ellos o nosotros? La
pregunta en sí ya provoca escalofríos.
Yo solo veo una salida a este dilema, solo veo una forma de no caer
en el agujero negro de nuestro conocimiento limitado: que Dios
entre en nuestro círculo para revelarnos y confirmarnos la verdad.
Cualquier cosmovisión que confía en que nosotros, como seres
humanos finitos, tenemos la capacidad de razonar la verdad tiene
que enfrentarse a esta objeción. Las únicas cosmovisiones que
pueden evitar esta objeción son las cosmovisiones que han sido
reveladas a la humanidad por Alguien que sabe mucho más que
nosotros, Alguien que sabe tanto que ha determinado el tamaño y la
complejidad del universo y por eso no se ve limitado por él, Alguien
cuyo círculo de conocimiento es tan grande que el universo entero
cabe dentro de él.
A menudo, la cultura secular se burla y ridiculiza la idea de
revelación divina. Pero toda crítica que no presenta una alternativa
está vacía. Con frecuencia, hoy se desestima la ética bíblica. Pero,
¿en favor de qué? ¿De la ética actual? ¿De la ética del mañana? ¿De
la ética de mi cultura? ¿De la ética de tu cultura?
Solo la revelación puede dar estabilidad y fiabilidad a nuestro
conocimiento. O bien tenemos conocimiento por medio de la
revelación, o tenemos un serio problema epistemológico y estamos
atrapados por la arrogancia de pensar que de algún modo nosotros,
en nuestro pequeño rincón del universo, en nuestro pequeño periodo
histórico, hemos logrado descubrir la verdad sobre las grandes
preguntas de la vida. Solo hay dos opciones: una ignorancia enorme
o un Dios enorme.
Irónicamente, aunque hemos de tomar en serio cualquier acusación
de arrogancia religiosa, la fe en Dios es la única forma de evitar que
nos acusen de eso. Solo el Dios que se revela puede librarnos de
mostrarnos arrogantes ante las grandes preguntas de la vida.
3. Impacto equivalente
En tercer lugar, otra idea equivocada que puede hacernos pensar que
“todos los caminos son igual de válidos” es la suposición de que el
resultado en términos prácticos de las principales cosmovisiones es
básicamente el mismo.
No hace mucho participé en un debate con un filósofo ateo, y una de
las preguntas que nos hicieron era cómo nos ayudaba de forma
práctica nuestra cosmovisión a lidiar con el sufrimiento personal. Mi
interlocutor dijo que él no creía que el cristianismo ofreciera más
que el ateísmo en este aspecto. Después de todo, dijo, si vas a un
funeral, da igual que sea un funeral cristiano o un funeral ateo: todo
el mundo está desolado.17
Yo no podía estar más en desacuerdo. El último funeral al que asistí
era un funeral cristiano. Fue una celebración de la vida que
habíamos visto y de la vida que está por venir. Y no fueron solo
meras palabras. Fue una expresión profunda y auténtica. El hermano
del difunto invitó a los asistentes a aplaudir unos instantes como
muestra de aprecio por la vida de su hermano y, ante su asombro,
todas las personas que llenaban aquella pequeña y elegante iglesia se
subieron a los bancos y empezaron a gritar y a silbar con más fuerza
y más gozo que en ningún evento deportivo en el que he estado. Los
aplausos y los gritos de alegría continuaron, como extendiéndose y
abrazando la eternidad, hasta que los rostros de todos los asistentes
se cubrieron de lágrimas de alegría —¡tendrías que haber visto
aquellos rostros radiantes!— y toda la sala se llenó de esperanza.
Uno de los mayores privilegios que he tenido en esta vida ha sido
ver y participar de esta verdadera despedida.
Estoy hablando de un hombre que no llegó a los cuarenta. Me
encantaría que hubieras podido estar allí. Recuerdo que pensé: Si
aquel filósofo ateo pudiera ver esto, no tendría más opción que
retractarse de sus palabras.
Recientemente, un universitario de la Universidad Estatal de
Portland me dijo: “Creo que todos los seres humanos tenemos un
anhelo profundo de paz, y creo que eso apunta a que hay algo que
puede satisfacer ese anhelo, de la misma forma que el hambre
apunta a que existe la comida”. Hasta ahí yo estaba de acuerdo. Pero
luego concluyó: “Así que creo que es buena idea creer en algo, sea
lo que sea”. Este chico creía que la respuesta de cada una de las
cosmovisiones a esa necesidad humana universal sería más o menos
equivalente, que el resultado práctico sería básicamente el mismo.
Pero eso no es verdad. No sirve cualquier cosmovisión antigua. No
sirve cualquier dios antiguo. Los antiguos dioses griegos se
relacionaban con la humanidad de forma caprichosa, y podían tanto
traer paz como provocar ansiedad. Alá no trae paz sino miedo a su
juicio. La indiferencia de un dios teísta tampoco ofrece paz.
Aquellos que han triunfado adorando al sexo y al dinero nos avisan
de que esos dioses no traen paz. Mucha gente nunca le ha dicho “sí”
a Dios porque nunca les han hablado de un Dios que sí puede traer
paz.
El año pasado a Ariel, una de mis estudiantes, le diagnosticaron
cavernoma (una anomalía que provoca que los vasos sanguíneos del
cerebro tiendan a tener hemorragias). Le dijeron que volvería a tener
hemorragias, y que tenía dos opciones: o someterse a una cirugía
que, en el mejor de los casos, la dejaría severamente incapacitada, o
no hacer nada y seguir viviendo con una esperanza de vida de menos
de cinco años. Ariel tiene veintitrés años.
La semana después de recibir aquellas noticias, Ariel vino a clase
para informar a sus compañeros, que se habían convertido en buenos
amigos. Les explicó su enfermedad detalladamente y con un aplomo
increíble, a la vez que les animaba sonriendo constantemente y
haciendo bromas.
Después nos contó que, mientras procesaba todo aquello, había
habido tres cosas que la habían confortado. “Primero”, nos dijo,
“Dios tiene buenos planes para mi vida, y creo que no me llevará
con Él hasta que Sus propósitos para mi vida se hayan cumplido”.
Luego continuó diciendo: “Jesús sabía lo que significaba que te
quedaran pocos años de vida para tener un impacto enesta tierra, y
aun así dijo ‘mi tiempo aún no ha llegado’ (Juan 7:8) y vio cada día
como un día para servir a Dios y servir a los demás”. Y por último,
concluyó: “¿Sabéis? Mi enfermedad me ha hecho ser más consciente
de que mi cuerpo se va a ir debilitando, y que podría morir en
cualquier momento. Pero en realidad eso no me hace distinta a los
demás. Eso os va a pasar a cada uno de vosotros. Quizá yo soy más
consciente ahora, pero cada uno de nosotros tiene que hacerse la
pregunta de cómo va a vivir, dado que hoy podría ser nuestro último
día”.
Tuve el privilegio de entrevistar a Ariel sobre lo que estaba viviendo
cuando aún se estaba recuperando de la contusión que dio lugar al
diagnóstico. Llevaba gafas de sol para protegerse de la luz, pues esta
le provocaba un fuerte dolor en los ojos. Me contó que un día,
mientras se miraba al espejo para comprobar la movilidad limitada
de su lado derecho, pensó: ¿Me voy a quedar así? ¿Esto es todo lo
sana que voy a estar? ¿Esto es todo lo fuerte que voy a estar? ¿Esto
es todo lo guapa que voy a estar?
Pero luego me habló de la paz que vino sobre ella cuando recordó la
respuesta a todas esas preguntas: “No. Rotundamente no”.
Ariel siguió hablando del gozo de saber que un día su cuerpo podrá
hacer más de lo que nunca ha hecho. Sé que le encanta hacer
snowboard, así que le pregunté si creía que existiría el snowboard en
la vida por venir. Ojalá hubierais oído la confianza y la convicción
con la que respondió: “¡No lo dudes! ¡Y el fútbol también!”. Y ojalá
hubierais visto la sonrisa radiante que se dibujó en su cara cuando lo
dijo.
El filósofo ateo con el que debatí estaba equivocado. La fe cristiana
no solo consiste en creer en un conjunto de ideas nuevas. Es una
relación real, personal y vivificante con el “Príncipe de paz” (Isaías
9:6) y eso lo cambia todo: aun en medio de lo peor que esta vida nos
pueda deparar, podemos experimentar una fuerza y un consuelo
tangibles y tener la esperanza de que no nos dirigimos a la muerte
sino a una vida mucho mejor.
Tres buenos deseos
Al pensar en una cosmovisión con la que no estamos de acuerdo,
aunque es importante identificar aquello que debemos negar, a
menudo es más importante identificar aquello que podemos afirmar.
Todas las cosmovisiones buscan explicar los deseos del ser humano
y explorar si la realidad existente podrá satisfacerlos. Normalmente
esos deseos son buenos, al menos antes de corromperse. Con
frecuencia el problema no son los deseos en sí, sino el hecho de que
nos conformamos con una satisfacción meramente parcial. Como
dijo C. S. Lewis, somos “como un niño ignorante que quiere seguir
haciendo pasteles de barro en un charco porque es incapaz de
imaginar lo que significa la oferta de unas vacaciones junto al
mar”.18
Eso significa que aun cuando tengamos que rechazar un “ismo”,
probablemente tengamos que seguir respaldando e incentivando la
motivación detrás de ese “ismo”. En mi opinión, hay al menos tres
buenos deseos provenientes de Dios que el pluralismo solo satisface
de forma parcial y distorsionada.
1. Valor equivalente
El peligro del desacuerdo
En primer lugar, muchos de nosotros sentimos en nuestro interior, al
menos en nuestros mejores días, que debemos comprometernos con
la idea de que todas las personas tienen el mismo valor.
Por tanto, ¿no deberíamos evitar decir que nuestra verdad es la que
vale? ¿Estar en desacuerdo no lleva al menosprecio, que a su vez
lleva a la intolerancia, y que a su vez lleva a la violencia? Es bueno
que eso nos preocupe. De hecho, esa progresión es una realidad que
podemos ver casi a diario en las noticias que nos llegan de distintas
partes del mundo y de nuestro propio país. Y, ¿no es la religión la
raíz del problema? La religión te lleva a creer en algo de forma
fanática y a mostrar tu desacuerdo de forma vehemente, y el
resultado es que acabas despreciando a los que no piensan como tú.
Cuentan que una vez Gandhi intentó entrar a una iglesia, pero que le
denegaron la entrada y le dirigieron unas palabras racistas. Teniendo
en cuenta esa experiencia, la cita del filósofo indio Bara Dada, que a
menudo se atribuye al propio Gandhi, es una reacción totalmente
comprensible: “Jesús es ideal y maravilloso, pero los cristianos no
sois como Él”.19 He oído esta historia varias veces, y cada vez que la
oigo, me vienen a la mente cosas que he hecho que probablemente
han alejado a la gente de la fe cristiana, momentos en los que no he
vivido la vida de amor y de valentía moral a la que Jesús me ha
llamado. Así que, por un lado, comprendo y lamento esta objeción.
Felizmente, muchos hemos conocido comunidades cristianas cuya
generosa acogida y cuyo amor entregado han superado con creces lo
que anhelábamos encontrar. Comunidades sanadoras a las que
puedes llamar “mi familia” y “mi casa”.
Cuando algo como la religión produce maldad, la tentación es
rechazarla de inmediato. Pero a menudo, que algo tenga la
capacidad de producir mucha maldad significa que también tiene la
capacidad de producir mucho bien. Y no tenemos por qué concluir
que esa cosa en cuestión es mala, sino que es poderosa, y que
deberíamos hacer todo lo que esté en nuestras manos para que ese
poder se use para bien.
Por ejemplo, los padres de un niño pueden ser la fuerza que más
nutra, que más capacite y que más gozo dé a ese niño. Pero
precisamente por esa poderosa conexión entre los padres y el niño,
los padres también pueden ser una fuerza destructora. Podríamos
decir lo mismo del fuerte vínculo que se da en el matrimonio y de
las numerosas formas de abuso que se dan dentro de él. Otro
ejemplo: la división del átomo nos ofreció una nueva comprensión
del universo, la posibilidad de aumentar nuestro poder tecnológico,
y un nuevo y potente combustible alternativo. Pero esa misma
tecnología también nos dio la capacidad de destruir muchas vidas.
Cuando hay poder, también existe el potencial de bendecir o
maldecir. Entonces, si nos deshacemos de la religión, ¿no
deberíamos también deshacernos del matrimonio, la familia y la
investigación científica?
Por tanto, si el cristianismo parece ser la raíz tanto de nuestro
servicio altruista como de nuestro odio y avaricia, quizá es porque al
acercarnos a Dios nos acercamos a la fuente de poder. Y si a
menudo hemos usado ese poder para fines egoístas, quizá eso dice
más sobre el estado de nuestros corazones que sobre la fuente del
poder.
Entonces, ¿qué nos dice sobre el cristianismo el legado
contradictorio que nos ha dejado la comunidad cristiana? Se han
hecho atrocidades en nombre del cristianismo. Pero también en
nombre del ateísmo. Si algo nos ha enseñado el siglo XX es que
deshacernos de la religión no es la solución. El siglo XX ha sido el
siglo más sangriento de la historia, y los autores de las peores
atrocidades (Hitler, Stalin, Lenin, Mussolini y Mao) las justificaron
basándose en filosofías ateas. Los ateos no querrían ser juzgados en
base a las atrocidades que se han hecho en nombre del ateísmo al
igual que los cristianos no quieren ser juzgados en base a las
atrocidades hechas en nombre del cristianismo. Solo porque alguien
hace algo en nombre de algo no significa que sea una representación
fiel de ese algo.
Así que debemos preguntarnos: ¿Qué es el verdadero cristianismo, y
cuáles son sus consecuencias? La violencia en nombre de Dios es
totalmente contraria a la enseñanza de Jesús de amar a nuestros
enemigos, orar por los que nos persiguen y poner la otra mejilla. La
única vez que alguien sacó una espada en presencia de Jesús en
nombre de la religión, el maestro reprendió a Pedro: “Guarda tu
espada, porque los que a hierro matan, a hierro mueren” (Mateo
26:52). No es una coincidencia que lo que Pedro hace con la espada,
antes de la reprimenda de Jesús, sea cortar una oreja. La violencia
no solo es inherentemente contraria al mensaje cristiano, sino que
consigue que ante dicho mensaje la gente haga oídos sordos.20
Si algo caracteriza la vida que Jesús vivió, la vida que los cristianos
debemos imitar, es que valoró, dedicó su tiempo y sepreocupó por
aquellos que eran diferentes y por los marginados en aquella
sociedad: extranjeros, mujeres, adúlteras o recaudadores de
impuestos; se preocupó incluso por aquellos que lo asesinaron.
Desde la cruz miró a aquellos que lo habían perseguido, y las
palabras que salieron de su boca fueron “Padre, perdónalos” (Lucas
23:34).
El cristianismo proclama que incluso cuando alguien te persigue, la
respuesta cristiana —ciertamente, la respuesta de Cristo— es
valorar, amar y perdonar. A veces la religión ha sido causa de
violencia. Algunos líderes religiosos han sido causa de violencia.
Pero Jesús no. Y lo que yo y los verdaderos cristianos seguimos no
es una religión o una institución o una serie de normas, sino a Jesús
mismo.
Hay un juego infantil llamado “pasa el paquete” en el que los niños
se pasan un regalo que está guardado en una caja y envuelto con
muchas capas. En cada capa hay un pequeño regalo, normalmente
una golosina. Los niños se pasan el regalo mientras suena música, y
cuando la música para, el niño que tenga el regalo desenvuelve una
capa. Todos los niños esperan que cuando la música se detenga, la
capa que les toque quitar sea la última y puedan destapar el regalo
principal.
Imagina que un niño piensa que ha llegado al regalo principal, pero
realmente no es así. Retira la capa de papel y piensa que le han dado
una caja con una triste golosina, ¡y encima una golosina que ni
siquiera le gusta! Probablemente tire la caja y nunca sabrá que en su
interior había algo mucho más valioso.
Si presentamos objeciones al cristianismo, asegurémonos de no
quedarnos en las capas exteriores. Podemos ponerlas a un lado
mientras seguimos buscando el regalo principal. Reconocemos que
algunos cristianos, o más bien aquellos que erróneamente se
consideran cristianos, han actuado de forma vergonzosa. Pero no por
ello tiramos el paquete entero.
El regalo central del mensaje cristiano nunca ha sido la afirmación
de que los cristianos serán personas moralmente perfectas. El
verdadero regalo es la afirmación de que Jesús de Nazaret murió
voluntariamente en nuestro lugar y resucitó venciendo a la muerte.
Y ni las acciones de los cristianos del siglo X ni del siglo XXI
pueden poner en entredicho las acciones de Cristo en el siglo I.21
La preocupación del verdadero cristianismo
Puedes conocer a un árbol por su fruto (Mateo 7:17). Y cuando te
fijas en el fruto del cristianismo auténtico, el cristianismo que sigue
a Jesús, descubres un árbol muy bueno.
En 2008, el periodista ateo Matthew Parris escribió en The Times
sobre “la enorme contribución que la evange- lización cristiana hace
en África: marcadamente distinta de la labor de las ONG seculares,
los proyectos gubernamentales y los esfuerzos de la ayuda
internacional. [...] En África, el cristianismo cambia el corazón de
las personas. Da lugar a una transformación espiritual. El nuevo
nacimiento es real. El cambio es bueno”. Y, de forma sorprendente,
Parris concluyó: “Como ateo, realmente creo que África necesita a
Dios”.22
Reflexionando sobre los dos últimos siglos de historia de EE.UU., el
filósofo de Princeton Jeffrey Stout, ateo y anterior presidente de la
Academia Estadounidense de Religión, nos recuerda que muchas de
las grandes victorias sociales de ese periodo —la abolición de la
esclavitud, el voto femenino, los avances en derechos civiles en la
década de 1960— no habrían sido posibles sin la ayuda de
ciudadanos cristianos que actuaron motivados por sus convicciones
cristianas.23 Y eso lleva a Stout a hablar de lo que él llama “la
necedad del laicismo”.24 Si los laicistas logran minimizar la
influencia religiosa en la vida pública, les será mucho más difícil
conseguir muchos de sus propios objetivos porque la historia
demuestra que la mayor parte de los mejores avances sociales en
EE.UU. salieron adelante por el apoyo de cristianos motivados por
sus creencias.
Si nos remontamos aún más atrás en el tiempo, lo que hizo que el
cristianismo auténtico se extendiera fue precisamente su buen fruto.
La iglesia primitiva tuvo un papel principal en la lucha contra la
pobreza. Su implicación era tal que el emperador Juliano el
Apóstata, fiero perseguidor de los cristianos, escribió una carta en la
que se quejaba de que a pesar de todos sus esfuerzos no podía evitar
que la iglesia creciera, y exclamaba:
¿Por qué entonces [...] no observamos cómo han ayudado a
los infieles, sobre todo con la filantropía con la que tratan a
los extranjeros, el cuidado con el que entierran a los
muertos, y la sobriedad con la que fingen vivir? [...] Es
vergonzoso que no haya ni un solo mendigo judío y que los
impíos galileos ayuden a nuestros pobres además de ayudar
a los suyos, porque parece que nosotros hemos abandonado
a los nuestros [...] Por tanto, no dejemos que otros nos ganen
a buenas obras. No dejemos que esos perezosos nos hagan
caer en descrédito.25
Quizá lo más llamativo era la forma en la que los cristianos
cuidaban a los enfermos. Durante las plagas de los primeros siglos,
como por ejemplo la peste antonina (165-180 d. C.) y la epidemia de
Cipriano (250-270 d. C.), a los enfermos los abandonaban en la calle
hasta que morían, los médicos huían a las colinas y “nadie hacía por
los demás lo que a él mismo le gustaría que le hicieran si cayera
enfermo”.26 De entre los supervivientes, muchos le debían la vida a
algún cristiano. Estadísticamente hablando, tenías más
probabilidades de sobrevivir si conocías a algún cristiano porque
muchos de ellos, siguiendo el ejemplo de Cristo, fueron los únicos
que estuvieron dispuestos a quedarse en las ciudades arriesgando sus
vidas para unirse a los que sufrían. Y eso a pesar de que acusaron a
los cristianos de ser los causantes de la epidemia de Cipriano y de
que esta empezó en tiempos de la persecución del emperador Decio,
cuando forzaban a los cristianos a rendir culto a los dioses romanos
y al emperador bajo pena de muerte.
El obispo Dionisio, obispo de Alejandría en aquel entonces, recoge
lo siguiente:
La mayoría de nuestros hermanos cristianos mostraron una
lealtad y un amor ilimitados, pues no pensaron en sí mismos,
sino que pensaron solo en los demás. A pesar del peligro, se
encargaron de los enfermos atendiendo sus necesidades y
siendo como Cristo, y partieron con ellos de esta vida con
serena felicidad; porque quedaron infectados, contrayendo la
enfermedad y aceptando gozosamente el dolor de sus
vecinos. Muchos, al atender y tratar a los demás, tomaron la
muerte de otros sobre sí y murieron en su lugar.27
Si damos un salto de ochocientos años y leemos los relatos de los
médicos misioneros que han ido al África occidental, veremos que el
fruto de la fe cristiana sigue siendo el mismo. Por eso en 2014 la
revista Time nombró “Persona del año” a los médicos misioneros
que lucharon contra el ébola.28
La vindicación del valor
La experiencia nos ha enseñado que el desacuerdo puede llevar al
menosprecio, el menosprecio a la intolerancia, y la intolerancia a la
violencia. Por ello, preocupados, nos preguntamos: ¿Debemos
cortar esta secuencia de raíz? Si adoptamos el pluralismo (a pesar
de sus incoherencias) y por tanto nos negamos a disentir, entonces
evitaremos que se dé esta insidiosa secuencia.
Pero, obviamente, si nos negamos a disentir estamos en desacuerdo
con aquellos que defienden el derecho a disentir. Por más que lo
intentemos, el desacuerdo no va a desaparecer; es inseparable del
debate riguroso y por tanto de una sociedad libre y plena. El
problema no es estar en desacuerdo, sino que hemos perdido la
habilidad de hacerlo bien. Si queremos recuperar esa habilidad,
necesitaremos una cosmovisión que sea inflexible con el desacuerdo
que lleva al menosprecio, y que a su vez lleva a infravalorar al otro.
(En el capítulo 8 dedicaremos más espacio a considerar la naturaleza
contracultural de la discrepancia de los cristianos).
El cristianismo es esa cosmovisión. Para que todas las personas
tengan el mismo valor, todas deben tener algo que sea igualmente
verdadero y que además no pueda cambiar. ¿Quépuede ser ese
“algo”?
Las respuestas naturalistas a esta pregunta no sirven porque todos
tenemos talentos naturales y legados distintos. Algunas personas son
menos inteligentes que otras, menos sanas, menos útiles para la
sociedad, menos atractivas, menos ricas, menos capaces de pasar sus
genes, menos morales.
Aunque hoy salgamos bien parados al medirnos según ese abanico
de características, un día eso cambiará. Envejeceremos, nos
debilitaremos y nuestro valor económico fluctuará. Moralmente, nos
faltará coherencia. Físicamente, cada uno de los átomos de nuestro
cuerpo podría ser diferente de aquí a siete años. ¿Quiénes somos si
todo lo que nos caracteriza solo es temporal y cambiante? Desde
cualquier perspectiva naturalista, el valor del ser humano es efímero
y graduable, por lo que algunos acaban siendo menos valiosos que
otros.29
¿Qué elemento es igualmente verdadero para todos los seres
humanos y siempre está presente, y por lo tanto hace que todas las
personas tengan el mismo valor y justifica la universalidad y la
inalienabilidad de los derechos humanos? Solo el amor de Dios. El
amor de Dios es la única cosa que es igual para cada individuo. El
amor de Dios es la única cosa que no cambiará y que el ser humano
no puede perder. Aquí volvemos a la imagen de Dios como padre,
imagen que encontramos en la Biblia; porque un padre bueno ama a
sus hijos por igual, de forma incansable e incondicional.
Tú no tienes valor porque puedes pasar tus genes; tú tienes valor
porque antes de que tus genes se unieran, Dios ya te había amado y
te había escogido. Dios no solo valora a los que sobreviven por ser
los más fuertes: Él dio su vida por los más débiles. La medida del
valor humano no es biológica, intelectual, económica, moral o
estética: es personal. Lo que nos confiere valor es el amor de un
Dios personal.
Aunque nos preocupen los peligros de la discrepancia, la
discrepancia es inevitable. Es parte de vivir una vida plena, una vida
donde la gente tiene libertad de expresión. Lo que necesitamos no es
prohibir el derecho a disentir, sino un amor lo suficientemente
grande que nos inspire a discrepar sin infravalorar.
Y a mí solo se me ocurre una opción, la misma opción que
menciona el filósofo ateo Jürgen Habermas:
El igualitarismo universalista —del que brotaron los ideales
de la libertad y una vida colectiva marcada por la
solidaridad, la vida autónoma y la emancipación, la
moralidad individual de la conciencia, los derechos humanos
y la democracia— es legado directo de la ética judaica de la
justicia y de la ética cristiana del amor. Este legado, que
mantiene su esencia, ha sido objeto de una apropiación y una
reinterpretación crítica y continua. A día de hoy, yo no veo
otra alternativa.30
2. Oportunidades equivalentes
Una segunda motivación del pluralismo que merece la pena afirmar
es el deseo de que la gente tenga igualdad de acceso a la verdad o las
mismas oportunidades de conocer la verdad. En el fondo, es un
deseo de justicia. Pero en una era pluralista, en la que hay tantas
verdades y en la que la gente está expuesta a verdades tan distintas,
es tentador pensar que la forma de ser justo con todo el mundo es
aceptar todos los puntos de vista como igualmente válidos.
Eso hace que la gente rechace las afirmaciones absolutas del
cristianismo, en concreto las palabras de Jesús: “Yo soy el camino,
la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
¿Cómo puede afirmar el cristianismo que “no hay otro nombre
mediante el cual podemos ser salvos” (Hechos 4:12) si hay tanta
gente que nunca ha oído el nombre de Jesús? Y la gente objeta:
“Claro, tú crees eso por el lugar y la época en la que has nacido”.
Sin embargo, en cierto sentido el pluralismo es una de las
cosmovisiones más injustas porque muy poca gente en el mundo y a
lo largo de la historia ha estado expuesta al pluralismo o es
psicológicamente capaz de creer en él. Para creer en el pluralismo,
presumiblemente tendrías que haber nacido el siglo pasado en un
país rico, lo que a fin de cuentas es una ubicación espaciotemporal
extremadamente reducida.
Eso nos lleva a lo que podríamos llamar el absolutismo o quizá el
etnocentrismo del pluralismo y, de hecho, también del ateísmo y del
agnosticismo. Normalmente se acusa a los cristianos de
exclusivismo o etnocentrismo porque dicen tener un conocimiento
privilegiado de una verdad objetiva y universal, y les da igual
(supuestamente) que muchas personas estén en desacuerdo con
ellos.
Pero que esta objeción venga de un ateo, un agnóstico o un pluralista
es una completa ironía, porque habría que acusarles a todos ellos de
lo mismo, ¡y con más razón! Aquellos que, en un intento de ser
inclusivos, dicen que “todos los puntos de vista son válidos” están
excluyendo a la gran mayoría de la población mundial que dice que
muchos puntos de vista son profundamente erróneos. Resulta que el
inclusivismo es una afirmación altamente exclusivista y que el
cristianismo es más inclusivo que el inclusivismo. Dicho de otro
modo, ¡los llamados inclusivistas excluyen a muchos más que los
llamados exclusivistas!
Veamos un ejemplo. Imagina que estás en el programa de televisión
¿Quién quiere ser millonario? y que te toca una pregunta que no
sabes cómo contestar. Te juegas un montón de dinero y decides
optar por el “comodín del público”. Y el 98% del público dice que
deberías escoger la opción “A”. Pero crees que tienes un buen
presentimiento y escoges la opción “C”.
Al día siguiente, todos los periódicos se burlarán de tu
irracionalidad. Pero eso es exactamente lo que hace el que adopta el
ateísmo, el agnosticismo o el pluralismo. Lo que está diciendo es
que unos cuantos países del norte de Europa en el siglo XXI tienen
razón, mientras que todos los demás, no solo en la actualidad sino a
lo largo de toda la historia, están equivocados.
Una perspectiva global e histórica, por ínfima que sea, demuestra
que considerar el ateísmo, el pluralismo y el agnosticismo como
posicionamientos minoritarios es quedarse extremadamente corto.
Casi todos los grandes pensadores de la historia han creído que
existen uno o más dioses y que algunas cosmovisiones relacionadas
con los dioses son acertadas y otras son erróneas. Desde que el ser
humano empezó a hacerse preguntas, estas creencias han sido casi
universales entre aquellos que las han considerado detenidamente.
Una creencia no es errónea solo porque otros piensen diferente. No
obstante, si casi todo el mundo piensa lo mismo, eso debe tomarse
en consideración. Según la reconocida filósofa Linda Zagzebski,
este consensus gentium (consenso de las naciones) es un argumento
de peso a favor del teísmo.31
Sin embargo, uno podría objetar que en ¿Quién quiere ser
millonario? normalmente solo nos interesa consultar a un público
moderno. Si nos sale una pregunta científica, por ejemplo, no nos
interesará lo que la gente ha pensado a lo largo de la historia. Con
todo, con relación a la pregunta sobre la existencia de Dios, a día de
hoy sigue habiendo más teístas que ateos y, según muchos expertos
—entre ellos el destacado sociólogo Peter Berger— no hay razón
para pensar que eso va a cambiar:
Cuando empecé a estudiar la sociología de la religión, casi
todo el mundo en ese campo creía en la teoría de la
secularización, cuya tesis dice que la modernidad lleva a un
declive de la religión. Cuanta más modernidad, menos
religión. [...] Yo cambié de opinión; no porque cambiara de
perspectiva religiosa o filosófica, sino simplemente porque
llegué a la conclusión de que las evidencias no respaldaban
esa tesis. Y no fui el único. Casi todos los expertos llegaron
a la misma conclusión.
[...] Contrariamente a lo que afirma esa teoría [...], si
observas el mundo contemporáneo es imposible describirlo
como secular. La situación real es que la mayor parte del
mundo es tan religioso como lo ha sido siempre. En muchos
lugares del mundo la religión está en auge. [...] De hecho,
podemos decir que en los últimos treinta o cuarenta años las
principales tradiciones religiosas han experimentadoun
periodo de resurgimiento. El hinduismo, el budismo o el
judaísmo, por nombrar algunas; todo menos
secularización.32
Incluso el “público moderno” seguirá apuntando de forma casi
unánime a Dios. Es más, solo deberíamos confiar en un público
moderno si la modernidad ha ofrecido nuevas evidencias sobre Dios
a las que la gente de generaciones anteriores no tenía acceso. ¿Cuál
es esa nueva evidencia que supuestamente apunta en contra de Dios?
¿Es una evidencia científica? En el capítulo 3 ya he demostrado que
no. ¿Será que gracias al progreso moral estamos en mejor posición
de opinar? Las tragedias morales del siglo XX dejan bien claro que
no lo estamos.
Otra objeción afirma que cuando recurrimos al público, este no
apunta a Dios sino a un amplio abanico de dioses que refleja las
distintas religiones del mundo. Es cierto, pero ese público muestra
que muchos están de acuerdo en que tiene que haber algo
inteligente, poderoso y sobrenatural que pueda explicar el universo.
Así que ese debería ser nuestro punto de partida. Si en un juicio los
testigos no se ponen de acuerdo en quién era la persona que vieron,
pero todos aseguran que vieron a alguien, no dirás que no vieron a
nadie simplemente porque no se ponen de acuerdo sobre quién es la
persona que vieron. Aceptarás que vieron a alguien y continuarás
buscando evidencias para descubrir a quién vieron. Eso es
justamente lo que estoy defendiendo.
Puede que el acceso al pluralismo, al ateísmo y al agnosticismo esté
distribuido de forma injusta o desigual, pero eso no es suficiente
para demostrar que el acceso al cristianismo no es injusto y desigual.
Cuando hablamos del cristianismo, ¿está justificada la crítica de que
el acceso a la verdad es injusto y desigual?
El punto de partida para responder a esta pregunta desde la
perspectiva cristiana es la creencia en un Dios de amor y
todopoderoso, en un Dios que desea que todas las personas lleguen a
conocer y a abrazar la verdad. La Biblia es clara: Dios “quiere que
todos sean salvos” (1 Timoteo 2:4) y “no quiere que nadie perezca”
(2 Pedro 3:9). Escogió de forma especial a Israel, pero la razón por
la que lo escogió no fue para que fuese su favorito, sino para que
llevase el mensaje de Dios al resto del mundo. Tal y como dijo a
Abraham, “todas las naciones del mundo serán bendecidas por
medio de tu descendencia” (Génesis 22:18).
A continuación podemos observar la vida de Jesús. Cuando nace, su
identidad es revelada de forma sobrenatural a unos magos: unos
astrólogos extranjeros que debían adorar a dioses extranjeros. Dios
tomó lo que ellos conocían (las estrellas) y lo que tenían (elementos
de magia — oro, incienso y mirra—) y por Su gracia usó todo eso
para llevarles a la verdad. Y al final de su vida Jesús les ruega a sus
discípulos: “Id y haced discípulos de todas las naciones” (Mateo
28:19). El principio y el final de la vida de Jesús nos hablan del
compromiso de Dios con aquellos que de forma natural no oirían de
Él. Como en todo buen libro, la introducción y la conclusión
apuntan a la historia central del mismo: en este caso, la vida de
Jesús, que una y otra vez sorprendió tanto a amigos como a
enemigos porque nunca discriminó a nadie por ser extranjero,
estúpido, discapacitado o inmoral.
Aunque no sé exactamente cómo se asegura Dios de que todo el
mundo tenga acceso a la verdad, la vida de Jesús me confirma que
se ha comprometido a llegar a todas las personas.
Acepto la objeción de que parece que algunas personas tienen
menos oportunidades, pero es que Dios también la acepta. De hecho,
esa es Su objeción. Él ha iniciado una comunidad, la iglesia, con el
objetivo expreso de llevar las buenas noticias hasta lo último de la
tierra. Él dice de forma explícita que Su deseo no es que la gente
solo crea en función del lugar en el que nace. Cuando los cristianos
tratan a las personas injustamente no amándolas lo suficiente como
para compartir con ellas el mensaje de Dios, el más decepcionado y
el que más se opone es Dios mismo.
Pero afortunadamente, Dios llega allá donde nosotros no llegamos.
No podemos remontarnos en el tiempo para hablar con los que
vivieron antes que Jesús, pero podemos estar seguros de que Dios
dará a aquellos que nunca supieron de Jesús la oportunidad de
conocerle y aceptarle. Sabemos que eso es así porque en Hebreos 11
y en otros lugares la Biblia describe como salvas a personas que
vivieron antes que Jesús. Confiaron en Dios poniendo su esperanza
en la obra salvadora que un día tendría lugar, del mismo modo en
que nosotros confiamos en Dios volviendo nuestra mirada
agradecida al sacrificio de Jesús.
Y si Dios puede alcanzar a aquellos que están separados de Jesús
por el tiempo, también puede alcanzar a aquellos que están lejos de
Él por el lugar en el que viven o la cultura a la que pertenecen. Yo
he escuchado muchísimos testimonios de personas de los lugares
más remotos del mundo a las que Jesús ha alcanzado a través de
sueños o de otras formas milagrosas. Dios ha hecho este tipo de
milagros en las vidas de estudiantes, amigos y colegas a los que creo
y respeto profundamente. Dios es lo suficientemente grande como
para alcanzar a cualquiera, y yo le he visto manifestarse de las
formas más extraordinarias y en las circunstancias más improbables.
Además, sé que algunos de mis familiares han sido más conscientes
de Dios, y Dios mismo se ha hecho más evidente, cuando parecía
que estaban a las puertas de la muerte. No sabemos cómo interactúa
Dios con las personas que se acercan al momento de la muerte o
incluso en el mismo momento de la muerte. Algunos científicos
dicen que en los momentos finales el cerebro va a cámara lenta y
prolonga esos últimos momentos.33 El criminal que estaba
crucificado al lado de Jesús se salvó justo antes de exhalar su último
aliento.
Lo más difícil de entender, y que claramente podría parecer injusto,
es cuando alguien ha buscado a Dios y no lo ha encontrado, cuando
Dios parece ocultarse. Yo he luchado con esa frustración porque esa
ha sido la experiencia de algunos amigos cercanos. Y algo que me
ha ayudado ha sido reflexionar sobre la naturaleza de las relaciones
humanas. Cuando tenía diecinueve años anhelaba con todas mis
fuerzas casarme de una vez. Ahora, mirando hacia atrás, puedo ver
que mi relación con mi mujer es mucho más fuerte y estable por
haberme casado más tarde, aunque eso significó que a los
diecinueve no obtuve lo que quería ni lo que buscaba sinceramente.
Los tiempos de Dios a veces son distintos a los nuestros. Sí, Dios
podría hacer un milagro para que todos fuésemos conscientes de su
existencia. Pero eso no le acercaría ni un centímetro a su objetivo
principal. Todos caeríamos de rodillas asombrados. ¿Pero lo
haríamos para adorar, o por miedo? No habría forma de saberlo.
Dios no busca que creamos de forma intelectual: “También los
demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19). En la Biblia, la
palabra que traducimos por creer tiene el sentido de confiar, y la
confianza no se impone: surge con el paso del tiempo. Dios desea
una relación genuinamente bidireccional, y las relaciones son únicas
para cada persona. Para algunas, un breve cortejo es suficiente; para
otras, eso sería un desastre. Ir muy rápido en una relación puede ser
peligroso. En mi experiencia, las mejores relaciones de mi vida son
aquellas por las que he tenido que luchar: han requerido esfuerzo por
mi parte, pero por eso son tan valiosas.
Blaise Pascal, el brillante matemático, físico, inventor y filósofo,
sugirió que un Dios que quiere una relación con nosotros estaría
“dispuesto a aparecerse abiertamente a aquellos que le buscan con
todo su corazón, y a esconderse de aquellos que huyen de Él con
todo su corazón”. Por tanto, dice Pascal, no debería sorprendernos
que haya “suficiente luz para aquellos que desean ver, y suficiente
oscuridad para aquellos que tienen la actitud opuesta”.34 Dios se
revela claramente a aquellos que le desean, pero no se impone a
aquellos que no le desean. Quiere que le sigamos no porque es
sobrecogedor, sino porque confiamosen Él.
Sinceramente, cuando considero todo eso, me parece sorprendente
que Dios se haga tan evidente. Ya he mencionado más arriba que,
cuando le pregunto a la gente si han experimentado algo que les ha
hecho pensar que Dios podría existir, no puedo creer la cantidad de
señales que la gente menciona y aun así siguen negándole.
Otros muchos, cuando por fin dedican tiempo a buscar a Dios de una
forma razonada, llegan a conclusiones inesperadas. Hace poco me
contaron una conversación en la que un amigo mío le estaba
contando a otra amiga que el deseo de Dios de tener una relación
con nosotros significa que no siempre se va a revelar de forma
milagrosa, ya que entonces no tendríamos más elección que creer en
Él. La amiga estaba siguiendo el hilo argumental cuando, sin
pensarlo dos veces, dijo: “¿No sería genial si Dios se acercara a
nosotros disfrazado? Así podríamos conocerle sin sentirnos
abrumados por Él”. Parece ser que acto seguido le cambió la cara,
puesto que se dio cuenta de que había presentado sin querer un
argumento a favor de la encarnación de Cristo, la creencia que se
supone que estaba intentando rebatir.
¿Es posible que “lo que se puede conocer acerca de Dios sea
evidente para [la gente], porque Dios mismo se lo ha revelado”?
¿No tenemos acceso a la verdad, o simplemente “obstruimos la
verdad” (Romanos 1:18-19)?
Dios hace una promesa: “Me buscaréis y me encontraréis, cuando
me busquéis de todo corazón” (Jeremías 29:13). Los tiempos de
Dios no siempre serán los nuestros, y los tiempos de Dios no
siempre nos parecerán justos. Pero solo podemos ver en
retrospectiva si son justos o no. Si lo único que vieras fuera un día
en la vida de mi familia, dependiendo del día y de la situación
podrías llegar a la conclusión de que mis padres me favorecían a mí
por encima de mi hermano, y viceversa. Imagina que el único día
que ves es mi cumpleaños. Pero si conoces a mi familia, la única
conclusión que podrías sacar es que mis padres nos aman a mí y a
mi hermano por igual y nos han tratado de forma justa e imparcial.
Del mismo modo, la Biblia dice que, cuando miramos
retrospectivamente toda nuestra vida con la perspectiva de la
eternidad, quien no haya aceptado a Dios no tendrá excusa
(Romanos 1:20). No conocemos los detalles de cómo se revela Dios,
pero sí podemos decir esto: todo el que desee a Dios, le encontrará.
La mejor prueba para saber si alguien está dispuesto a ser equitativo
es ver si hace excepciones consigo mismo. Jesús no lo hizo. No
evitó el sufrimiento, la muerte, ni tan siquiera la experiencia de estar
lejos de Dios. Aceptó lo que no merecía para que pudiéramos
confiar en que vino a servirnos. Sabemos que será justo con todos
porque estuvo dispuesto a ser injusto consigo mismo.
Creer algo porque has nacido en un lugar y una época concreta
puede aplicarse al ateísmo; también podría aplicarse al pluralismo.
Pero no se puede aplicar al cristianismo. Jesús es un Dios de amor lo
suficientemente grande como para irrumpir en cualquier lugar. O
bien tenemos a un Dios que quiere y es capaz de acercarse a las
personas estén donde estén, o bien tenemos un dios secular en el que
la gente cree solo porque ha nacido en un lugar concreto. Ante esta
elección, mi creencia en Dios es parte integral de mi compromiso
con la equidad y la igualdad de oportunidades.
3. Unidad equivalente
Por último, una motivación admirable que puede llevarnos a
sentirnos atraídos por el pluralismo es el anhelo de estar unidos a
otras personas, el anhelo de comunidad. Es un buen anhelo; fuimos
creados para vivir en unidad y en comunidad. Anhelamos ver las
cosas del mismo modo, estar de acuerdo, trabajar con los demás y
no contra los demás. No nos gusta la tensión y nos sentimos
inseguros cuando pensamos en lo que los demás pensarán de
nosotros. Anhelamos formar parte de una comunidad llena de
amigos que sean totalmente fieles y con los que podamos ser
nosotros mismos sin que nos juzguen o entrar en controversias. Sin
embargo, si evitamos los desacuerdos o nos negamos a reconocer las
diferencias en lugar de ver cómo superarlas, solo nos quedaremos en
la superficie de la comunidad que realmente deseamos.
El compromiso con el pluralismo puede deberse a ese anhelo de
pertenecer a una comunidad. Actuar como si existiera una unidad
profunda cuando esa unidad no se ha trabajado es promiscuidad.
Queremos el beneficio del compañerismo sin el trabajo duro, el
sacrificio y el servicio a los demás que hacen falta para llegar a la
verdadera unidad. Pero la apariencia de unidad cuando esta no es
reflejo de relaciones realmente profundas no traerá más satisfacción
que la unión sexual cuando esta no es reflejo de una verdadera
entrega. En ambos casos, esa unión superficial solo podremos
mantenerla si hablamos poco o pasamos poco tiempo juntos, porque
así la realidad no llega a materializarse.
La promiscuidad en el ámbito de las creencias es saltar de creencia
en creencia dependiendo de las personas con las que estamos.
Estamos dispuestos a asociarnos temporalmente con muchas
verdades distintas si eso nos permite tener relaciones fáciles y
divertidas.
Esta es una tentación de lo más antigua, aunque aflora de forma
distinta en cada época. En tiempos del Antiguo Testamento era la
tentación de adorar ídolos; de tener, en lugar de un Dios, una
colección de dioses que respondería a cada capricho y necesidad y
que les haría sentirse unidos a las tribus vecinas. El pluralismo
cambia los ídolos físicos por ídolos ideológicos, pero sigue siendo
una posición promiscua, ya que acepta muchos dioses pero no rinde
cuentas a ninguno. Esa ideología es equivalente a la persona que
nunca está dispuesta a comprometerse o a empezar una relación
seria, así que sigue jugando y yendo de flor en flor.
Puede que a veces esté bien tratar así a los objetos. Por ejemplo, está
bien que cambie mi tabla de surf por una que me gusta más. Pero
nunca estará bien tratar así a las personas. La pregunta, por tanto, es
si la verdad es una persona. El cristianismo dice que sí; Jesús dice
“Yo soy la verdad” (Juan 14:6).
No debemos respaldar la promiscuidad en las relaciones. Si no lo
hacemos en nuestro acercamiento al sexo, tampoco debemos hacerlo
en nuestro acercamiento a la verdad. Si relacionarnos con la verdad
es relacionarnos con una persona, entonces relacionarnos con la
verdad exigirá la lealtad, el compromiso y la coherencia necesarios
en cualquier relación consolidada. Por lo tanto, no es de extrañar que
la promiscuidad de creencias que se esconde detrás del pluralismo
nos deje intelectualmente vacíos.
Una vez más, descubrimos que el deseo que hay detrás del
pluralismo no es demasiado fuerte sino demasiado débil. No
estamos llamados a una unidad superficial, sino a una comunión
profunda para toda la eternidad. Pablo dice: “Os ruego que viváis de
una manera digna del llamamiento que habéis recibido, siempre
humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor.
Esforzaos por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo
de la paz” (Efesios 4:1-3). La verdadera comunidad no puede ser
superficial. Requiere paciencia; requiere soportarnos los unos a los
otros; requiere esfuerzo.
¡Pero merece tanto la pena! Mi experiencia es que el Espíritu de
Dios nos da la visión y el poder necesarios para vivir en una
comunidad increíblemente rica. A menudo desearíamos ver un
milagro. Yo he visto muchos milagros en el contexto de la
comunidad cristiana. He visto dormir plácidamente a personas que
no podían dormir a causa de la ansiedad; he visto pedir y recibir
perdón a personas que nunca admitían sus errores; he visto cómo
personas que eran egoístas y desagradables se volvían humildes y
valoraban a los demás por encima de sí mismas (Filipenses 2:3); he
visto cómo personas que vivían enfadadas y amargadas mostraban
amor genuino a aquellos que les hicieron daño.
¿Por qué solo contamos como milagros las transformaciones físicas?
Si de aquí a un año corro tan rápido como Usain Bolt, a eso
claramente lo llamaríamos milagro. Pero en el contexto de lacomunidad cristiana, una y otra vez he visto transformaciones
psicológicas y emocionales más increíbles que esa. Cuando un
grupo de personas pone a Dios en el centro, la comunidad que puede
llegar a crearse es un milagro y no tiene igual. Podemos encontrar la
unidad que anhelamos, no evitando discrepar, sino encontrando un
amor lo suficientemente grande para discrepar bien y encontrando
una verdad lo suficientemente grande para unirnos.
Conclusión
Cuando estaba acabando este capítulo, bajé para tirar la basura y en
el cubo de reciclaje de mi vecino vi una pegatina que me llamó la
atención. Tenía una enorme cruz cristiana en el centro, y debajo
ponía: “El surf es mi religión”.
¡No queremos escoger! Y la realidad es que no podemos escoger.
Alguien nos pregunta cuál es el sentido de la vida, y allí estamos,
frente a una pizarra blanca con un rotulador en la mano, paralizados.
Si todas las respuestas son válidas, entonces ninguna es motivadora.
Dejar abiertas todas las posibilidades teóricas es eliminar cualquier
modo concreto de avanzar. Pensamos que así vivimos con más
opciones, más tolerancia y más libertad, pero acabamos inmóviles
frente a una pizarra blanca, incapaces de reaccionar. ¿Es eso
libertad?
A veces no queremos escoger porque tenemos ideas preconcebidas,
pero otras veces no queremos escoger por buenas razones: porque
creemos en la igualdad y en el valor de todos los seres humanos, y
porque anhelamos formar parte de una comunidad auténtica y
vivificante. La pregunta es, ¿dónde encontramos todo eso? ¿Dónde
podemos encontrar un amor incondicional sobre el que basar la
igualdad de todos los seres humanos? ¿Dónde podemos encontrar
una justicia lo suficientemente poderosa para que nadie quede
desatendido? ¿Dónde podemos encontrar relaciones profundas que
duren para siempre?
La ciencia como verdad única no nos llena. El pluralismo, con su
multitud de verdades, nos roba la motivación. Así que, ¿qué nos
queda?
1. Roger Scruton, Modern Philosophy: An Introduction and Survey, London:
Mandarín, 1996, 6.
2. La ideología del pluralismo en torno al concepto de la verdad, o sea, ser pluralista
en cuanto a la verdad, no debe confundirse con la realidad de una sociedad pluralista
(es decir, una sociedad que incluye a personas de diversas creencias).
3. Ver Romanos 10:9: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu
corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo”.
4. La sura 4:157 niega que Jesús fuera crucificado y sacrificado; las suras 3:59,
4:171, 43:59 y 9:30 niegan la divinidad de Jesús. La sura 9:30 añade: “¡Que Alá los
maldiga! ¡Cómo se desvían!”.
5. Eso se debe a que creer que Jesús es Dios viola el concepto islámico de la unidad
de Dios. Entonces se incurre en shirk, el pecado imperdonable del islam. Ver la sura
5:72.
6. Al-Ghazali, The 99 Beautiful Names of God.
7. A Alá tampoco le gustan “los que hacen el mal” (sura 42:40) o “aquellos que
rechazan la verdad” (sura 30:45).
8. Ver Robert H. Stein, “Fatherhood of God”, www.Biblestudytools.com,
http://www.biblestudytools.com/dictionaries/bakers-evangelical-
dictionary/fatherhood-of-god.html. Visto el 12 de septiembre de 2016.
9. La sura 2:106 es el texto principal en el que basan esta doctrina.
10. Ver Ibn Ishaq, The Life of Muhammad, traducido por A. Guillaume, New York:
Oxford University Press, 2002. Esta es la biografía más antigua de Mahoma, y en
ella se documentan sus conquistas. [La vida de Muhammad, editada y anotada por
Ibn Hisam para Dar Al-Kotob Al-ilmiyah].
11. Estoy en deuda con mis compañeros Andy Bannister y Tanya Walker, pues ellos
son los primeros a los que les escuché esta idea. En cuanto a Tanya, ver su capítulo
“But...What About Other Religions?” en A New Kind of Apologist, editado por
Sean McDowell, Eugene, OR: Harvest House Publishers, 2016. En cuanto a Andy,
http://www.Biblestudytools.com
http://www.biblestudytools.com/dictionaries/bakers-evangelical-dictionary/fatherhood-of-god.html
ver el capítulo 3 de su libro The Atheist Who Didn’t Exist, Oxford: Monarch Books,
2015.
12. En el islam, lo máximo a lo que uno puede aspirar en el paraíso es contemplar a
Alá (sura 75:22-23), pero eso no se acerca ni de lejos a una relación. Esa situación,
¿no dejaría a la persona con sed de relación?
13. Peter Boghossian, A Manual for Creating Atheists, Durham, NC: Pitchstone
Publishing, 2013, 10.
14. Encontrará una excelente exposición de este tema en Abdu Murray, “The
Substance of Hope”, https://www.intouch.org/read/magazine/features/the-substance-
of-hope. Visto el 17 de septiembre de 2016.
15. Ver Richard Swinburne, The Resurrection of God Incarnate, New York: Oxford
University Press, 2003.
16. G. K. Chesterton, “What’s Wrong with the World”, The Collected Works of G.
K. Chesterton IV, San Francisco: Ignatius Press, 1987, 62.
17. Why Does God Allow Suffering? Vince Vitale and Julian Baggini”, Premier
Christian Radio, 7 de febrero de 2015,
www.premierchristianradio.com/Shows/Saturday/Unbelievable/Episodes/Unbelievable-
Why-does-God-allow-suffering-Vince-Vitale-Julian-Baggini. Visto el 11 de
septiembre de 2016.
18. C. S. Lewis, The Weight of Glory, New York: Macmillan, 1949, 26 [El peso de
la gloria, New York, HarperCollins Publishers, 2016].
19. E. Stanley Jones recoge esta cita de Bara Dada en su libro The Christ of the
Indian Road, New York: Abingdon Press, 1925, 114.
20. En cuanto a esta idea, estoy en deuda con el profesor John Lennox.
21. Estoy en deuda con Martin Smith por esta analogía del juego infantil.
22. Matthew Parris, “As an atheist, I truly believe Africa needs God”, The Times, 27
de diciembre de 2008,
www.thetimes.co.uk/tto/opinion/columnists/matthewparris/article2044345.ece.
Visto el 12 de septiembre de 2016.
23. Ver Jeffrey Stout, Democracy and Tradition, Princeton: Princeton University
Press, 2009, 69-70, 84-85, 91.
24. Jeffrey Stout, “2007 Presidential Address: The Folly of Secularism”, Journal of
the American Academy of Religion, septiembre de 2008. Vol. 76, No. 3 (2008),
533-544.
25. Flavio Claudio Juliano, “To Arsacius, High Priest of Galatia”, A Few Notes on
Julian and a Translation of His Public Letters, traducido por Edward James
Chinnock, London: Ballantyne Press, 1901, Epistle 49, 75-77.
26. Poncio de Cartago, “The Life and Passion of Cyprian”, The Ante-Nicene
https://www.intouch.org/read/magazine/features/the-substance-of-hope
http://www.premierchristianradio.com/Shows/Saturday/Unbelievable/Episodes/Unbelievable-Why-does-God-allow-suffering-Vince-Vitale-Julian-Baggini
http://www.thetimes.co.uk/tto/opinion/columnists/matthewparris/article2044345.ece
Fathers, Volume V, editado por Rev. Alexander Roberts y James Donaldson,
Edinburgh: T & T Clark, 270.
27. “Festival Letters”, citado por Eusebio, Ecclesiastical History 7.22, traducido por
G. A. Williamson, New York: Penguin, 1965.
28. Ver Time, “Person of the Year”, 10 de diciembre de 2014, www.time.com/time-
person-of-the-year-ebola-doctors/. Visto el 26 de septiembre de 2016.
29. Estoy en deuda con Joshua Fountain y Michael Lloyd por esta idea.
30. Jürgen Habermas, Time of Transitions, Cambridge: Polity Press, 2006, 150-151.
31. Linda Zagzebski, Epistemic Authority: A Theory of Trust, Authority, and
Autonomy in Belief, New York: Oxford University Press, 2012, 18-188.
32. Peter Berger, “Dr. Peter Berger at the November 2011 Faith Angle Forum”,
Ethics and Public Policy Centre, www.eppc.org/publications/berger/. Visto el 12 de
septiembre de 2016.
33. V. Arstila, “Time Slows Down During Accidents”, Frontiers in Psychology, 27
de junio de 2012, Vol. 3, No. 196 (2012), http://doi.org/10.3389/fpsyg.2012.00196.
Visto el 25 de septiembre de 2016.
34. Blaise Pascal, Pensées, New York: E. P. Dutton & Co, 1958, 430 [Pensamientos,
Madrid, Rialp, 2014].
http://www.time.com/time-person-of-the-year-ebola-doctors/
http://www.eppc.org/publications/berger/
http://doi.org/10.3389/fpsyg.2012.00196
I
CAPÍTULO 5
HUMANISMO 
“No necesitamos a Dios”
Ravi Zacharias
ntentar definir la palabra humanismo sinenemistarte con algún
académico es tarea complicada. En La tradición humanista en
Occidente, Alan Bullock describió el humanismo y a los humanistas
como “palabras que nadie ha logrado definir a gusto de todos,
palabras erráticas que significan cosas muy distintas según los
receptores y que dejan a los lexicógrafos y a los enciclopedistas con
una sensación de exasperación y de frustración”.1
No obstante, no escasean los intentos de definir este término. Al
humanismo le gusta describirse como “algo que va más allá del
agnosticismo”.2 Este desafío, que podría compararse a intentar
clavar un bloque de gelatina a la pared, no nos toma por sorpresa
porque la propia filosofía está sujeta a la persona que hace la
definición. Hay un viejo proverbio que dice así: “Si un cretense te
dice que todos los cretenses son mentirosos, ¿puedes creerle?”. La
pregunta hoy en día sería esta: si un humano define lo que significa
ser humano, ¿podemos fiarnos de esa definición? Para acertar en la
definición, ¿no es necesario cierto nivel de trascendencia?
Si examinamos varias obras sobre lo que llamamos humanismo,
veremos que cubren un amplio espectro. Por ejemplo, el filósofo
Norman Geisler escoge abordar los intentos más recientes de definir
el humanismo del siglo XIX, centrándose en el papel de Julian
Huxley, quien determinó en buena medida la visión moderna del
humanismo.3 Tom Kitwood, en su libro What Is Human? (¿Qué es
humano?) escrito años atrás, se remonta al Renacimiento, que es lo
normal si vas a escribir sobre la historia de esa tradición. Su libro
cubre el humanismo, el existencialismo y la fe cristiana. Él y otros
autores destacan que algunos de los primeros humanistas se
consideraban a sí mismos cristianos comprometidos.
En 2014, el centro de investigación Theos con base en el Reino
Unido publicó una obra muy instructiva titulada The Case For
Christian Humanism: Why Christians Should Believe in Humanism,
and the Humanists in Christianity (En defensa del humanismo
cristiano: por qué los cristianos deberían creer en el humanismo, y
los humanistas en el cristianismo), de Angus Ritchie y Nick
Spencer. El anterior arzobispo de Canterbury, Rowan Williams,
participó escribiendo el prólogo. Esto debería recordarnos la
elasticidad del término y lo subjetivo que resulta cualquier intento
de definirlo, pues depende de cómo uno define la idea en primer
lugar, y de las ramificaciones del modo en el que uno cree en esa
idea.
En 2007, Anthony Kronman, profesor emérito de Derecho en la
Universidad de Yale, escribió un libro titulado Education’s End:
Why Our Colleges and Univer- sities Have Given Up on the
Meaning of Life (El fin de la educación: por qué nuestros institutos y
universidades han dejado a un lado el sentido de la vida). Uno de los
capítulos principales del libro es “Humanismo secular”.
Es interesante ver que Kronman da por sentadas dos realidades: que
la búsqueda de sentido es algo esencial para la vida, y que las
universidades deberían estar a la cabeza de esa búsqueda. En mis
viajes, he preguntado a varios estudiantes quién debería estar al
frente de la búsqueda del sentido de la vida, y la respuesta casi
nunca ha incluido a las universidades.
En la entrada de la Universidad de Upsala, Suecia, pueden leerse
estas palabras: “Pensar libremente es bueno, pero pensar
correctamente es mejor”.4 Cuando hicimos una serie de eventos en
aquel campus, realizamos encuestas preguntando a los estudiantes si
estaban de acuerdo con el lema de su universidad. Más de la mitad
se mostraron en desacuerdo. Entonces, en la noche inaugural
pregunté a los estudiantes si creían que tenían razón al estar en
desacuerdo con el lema de su universidad, y se pudo oír una risa
generalizada. Me atrevo a decir que no se habían parado a pensar en
lo que aquel lema decía. Ellos solo querían ser libres. Hoy, el
verdadero lema de la educación en Occidente es: “No quiero que
nadie me diga lo que tengo que pensar”.
Kronman llama al humanismo secular a posicionarse de nuevo como
la cosmovisión de referencia y cree que la universidad es el lugar
adecuado para que ocurra eso. Su libro es sorprendente, tanto por su
alcance como por su incapacidad de ofrecer una respuesta
convincente. Como apologeta del humanismo, Kronman hace una
afirmación extraordinaria sobre por qué nació el humanismo y por
qué debe resurgir. Pero uno se pregunta si es un grito de guerra o el
toque de retirada:
El humanismo secular nació en un momento de duda. Cuando la
religiosidad de la universidad de antes de la guerra civil empezó a
perder su poder y fue sustituida por la cultura de la duda y la
diversidad, la tradición de enseñar sobre el sentido de la vida —
enseñanza sobre la que se basó la educación superior estadounidense
desde el principio— solo podía sobrevivir si estaba abierta a
modificaciones. El humanismo secular lo hizo posible. Ofreció una
forma de mantener la pregunta sobre el sentido de la vida en el
centro de la atención académica y de estudiarla de una forma
disciplinada, a la vez que reconocía las creencias pluralistas y
escépticas que habían minado la autoridad del viejo orden y la
credibilidad de su premisa principal: que solo existe una manera
correcta de vivir en el mundo ordenado e inteligible que Dios ha
creado.
Las dudas que trajo el colapso del viejo orden hicieron creer a
algunos que la escuela ya no tenía autoridad para hacer lo que todas
las escuelas habían hecho hasta ese momento: enseñar a sus
estudiantes el sentido de la vida. Pero el humanismo secular mostró
que eso seguía siendo posible. Fue una fuente de confianza en
tiempos de duda y, para aquellos profesores que lo abrazaron, un
nuevo tipo de fe, la única permitida en el mundo de desilusión en el
que vivían entonces.
Hoy necesitamos el humanismo secular por la razón opuesta:
no como un bastión contra la duda, sino como un disolvente
de nuestras creencias. Lo necesitamos para que nos ayude a
cuestionar la religiosidad que condiciona nuestras vidas de
forma profunda e inadvertida. Necesitamos que el
humanismo secular resurja para que nos ayude a volver a
dudar.5
Cuando Kronman lanza su llamamiento a que le demos al
humanismo secular el magisterio de la búsqueda de sentido que la
ciencia tiene en su terreno materialista, lo hace empezando con dos
premisas. La primera premisa es que las universidades, gracias a
Europa, han perdido su función y se han convertido en instituciones
de investigación en lugar de ser incubadoras para el pensamiento
serio y creativo. La segunda, tal como él dice, que “las cuestiones de
valor más profundas se han dejado en manos de los que están
motivados por convicciones religiosas; una evolución inquietante y
peligrosa”.6 Es decir: si las dudas sobre la religión dieron lugar al
humanismo, ¿por qué tendríamos que declinar la responsabilidad de
estar por encima de la religión? Esa, efectivamente, es su postura.
Su argumento lleva a cinco proposiciones que explican por qué el
humanismo secular debe ofrecer el marco filosófico para la
búsqueda de significado:
1. Hay más de una buena respuesta a la pregunta sobre el
sentido de la vida.
2. El número de respuestas al sentido de la vida es
limitado, y es imposible estudiarlas de una forma
organizada.
3. Es imposible reconciliar las respuestas sobre qué da
sentido a nuestra vida y, por eso, cada uno debe escoger
una de entre todas ellas.
4. La mejor forma de examinar esas respuestas es estudiar
las grandes obras filosóficas, literarias y artísticas en las
que se presentan.
5. Cualquier estudio debería incluir conversaciones o
debates entre los defensores de los distintos puntos de
vista, tales como Agustín de Hipona, Hobbes, Paine,
Burke, Elliot, Dante, Virgilio u Homero.7
Algunos filósofos y eruditos cristianos a los que se les pidió
responder a Kronman lo hicieron en un simposio celebrado en
septiembre de 2007 bajo el patrocinio de Comment.8 No escatimaron
emociones preguntándose qué había causado aquel trato tan
distorsionado de un tema tan elevado. John Seel resumió su
consternación ante algo“provocador pero errado” en una crítica que
merece la pena leer. En ella demuestra que el argumento de
Kronman no es más que una versión recalentada del existencialismo.
“Los modernos quieren significado con autonomía. Eso no es
posible”, replica Seel.
Steven Garber, director del Instituto para la fe de Washington, le
recuerda a Kronman que, como Nietzsche nos advirtió, esa búsqueda
lleva consigo el peligro de la muerte de Dios; y que, como Vaclav
Havel señaló, si Dios no existe, las preguntas que Kronman intenta
responder están escritas en la arena y el viento se las lleva. En La
abolición del hombre, C. S. Lewis predijo este sentimiento y lo
describió como el despojo definitivo de lo que significa ser humano.
Probablemente el texto más esclarecedor sobre la superficialidad de
la posición de Kronman nos llega de la mano de Aaron Belz,
profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Saint Louis:
Sin embargo, aprender a pensar más allá de las
preocupaciones del día a día mediante el dominio de autores
como Agustín de Hipona, Platón, Aristóteles, Tolstoi y
otros, a quienes Anthony Kronman considera parte del
canon del pensamiento, no es suficiente para evitar que una
persona se convierta en el Unabomber o incluso en un
capitalista maquiavélico ansioso y mediocre. [...] Estar
familiarizado con las “grandes ideas” no salva.9
A esto añadiría que el cine lleva tiempo examinando el humanismo,
y la conclusión es que esta filosofía no da la talla. Películas como El
club de los poetas muertos e Irrational Man revelan el fundamento
hueco de esas ilusiones cubiertas de maquillaje y el deterioro
interior que destruye el alma.
Todo esto es fascinante. Me siento tentado a hacer una digresión y
opinar sobre el tema, pero resistiré y me reservaré la crítica para más
adelante. Creo que podemos estar de acuerdo en que todo esto nos
muestra varias cosas. Sobre todo, que la búsqueda principal en esta
vida es la búsqueda de significado. Cuando rompemos de forma
decisiva con los significados compartidos del pasado no solo se da
una revolución cultural a nuestro alrededor, sino que, en lo más
profundo de su espíritu, el ser humano lucha por encontrar
coherencia y valores que llenen el interior y sean “tolerantes” en el
exterior. En ese sentido, Kronman nos ha hecho a todos un favor al
centrarse en esta importante búsqueda en la que se ahogan muchas
vidas jóvenes y para la que nuestros centros de enseñanza no tienen
respuestas.
Me pregunto si leer sus propias conclusiones ha sido tan inspirador
para él que ha tenido que defenderlas diciendo: “¡Venid y mirad lo
que he descubierto!”. Es como encontrar unas especias y pensar que
has descubierto una receta. Kronman cree que sus pensamientos e
ideas son la repuesta, cuando en realidad esas respuestas o bien son
claramente contradictorias entre ellas o bien no son más que un
acompañamiento para la vida, el artista principal.
Curiosamente, dedica su libro a su madre con las siguientes
palabras: “Cuando tenía seis años le pregunté: ‘¿Qué hay más allá de
las estrellas?’. Ella me respondió: ‘Esa es una pregunta metafísica’.
Y por el tono de su voz me quedó claro que las preguntas de ese tipo
son las más importantes”. Me encantaría saber si la buena mujer
tenía estudios superiores, y preguntarle si está en paz consigo misma
sabiendo que ahora estas preguntas tan importantes sobre el sentido
de la vida las responden los profesores y no los padres.
Esto me recuerda a una vez que estaba en Moscú para dar una
conferencia en una de sus universidades y mi intérprete me contó
que cuando era pequeño le preguntó a su madre si Stalin iba a morir
algún día. Su madre le contestó: “¿Qué te ha dicho tu profesor?
Pregúntale a él”. No tengo duda alguna de que Stalin se veía a sí
mismo como un defensor del sentido de la vida. Ese es el problema;
y el humanismo secular, abiertamente pluralista y en efecto
relativista, continúa sembrando dudas y dando lugar a creencias
contradictorias.
Seel tenía razón al decir que la búsqueda se convierte en la
respuesta, como El violinista en el tejado, sosteniéndose
precariamente sobre algo porque no hay otra opción, porque si te
inclinas demasiado te rompes. Es un ideal que tiene contradicciones
inherentes y que ha demostrado que no puede dar lo que promete.
Kronman no vio lo que es obvio. Quizá el secularismo nació de la
duda, pero quizá ha fracasado porque el oyente duda de las
respuestas que ofrece. La limitación intrínseca del humanismo
secular es que asfixia lo absoluto en favor de opciones múltiples, lo
cual es como adentrarse en una zona de arenas movedizas.
Las raíces del humanismo
Debido a la propia naturaleza de la ideología humanista como
categoría de pensamiento, debo describir el término, aunque sea de
forma no exhaustiva. La palabra humanista se acuñó en el periodo
del Renacimiento. Recuerdo bien las clases en la Universidad de
Cambridge de Don Cupitt, un pastor anglicano que se convirtió al
ateísmo; en ellas repetía una y otra vez que el Renacimiento había
sido la cuna del secularismo moderno.
Aunque, irónicamente, muchos de los humanistas renacentistas eran
cristianos devotos; si no por su doctrina, al menos sí por su marco
referencial. Antes del Renacimiento, la mayoría de los intelectuales
más influyentes también eran teólogos: podemos verlo en figuras
como Agustín de Hipona, Anselmo y Tomás de Aquino. No había
diferencia entre los valores humanos y los valores cristianos: se
asumía que unos daban lugar a los otros, y viceversa. Pero el
Renacimiento sirvió de caldo de cultivo para el surgimiento de una
base no cristiana de los valores, que en tiempos más recientes se ha
convertido en una posición anticristiana.
Al principio, los primeros humanistas no tenían la intención de
deshacerse de Dios, sino que eran conscientes del centro de
autoridad del que provenían sus creencias. Cuestionaban el poder de
la Iglesia, no la existencia de Dios. Esto es clave, y esa autoridad
dentro de la Iglesia que llevó a un control absoluto del destino
humano fue lo que sentó la base para el derrocamiento de la Iglesia.
Dentro del secularismo, este derrocamiento vino de la mano de los
filósofos o los pensadores, y dentro del cristianismo lo trajeron
personalidades como Wycliffe, Huss, Savonalora, Lutero y Calvino,
que fueron los cimentos del movimiento de la Reforma. Esto es algo
que a menudo ignoran los filósofos seculares. Para Lutero, el mayor
obstáculo era la Iglesia. Él no estaba tanto en contra de la abolición
del clero como en contra de la abolición del laicado. Ese era
precisamente el reclamo de la persona secular: el “estudio personal”
y el uso de la razón.
En el caso de los humanistas, la revolución empezó por las artes
para a continuación pasar a las disciplinas de las ciencias y llegar
por último a la enseñanza formal y a la eliminación de la
espiritualidad usada por la jerarquía eclesial para dominar al
individuo. La Iglesia no solo había errado en su interpretación de la
ciencia; también se había equivocado en su interpretación de las
Escrituras. Y, por cierto: la visión de la ciencia predominante en
aquel entonces era la visión aristotélica, respaldada por una
cosmología geocéntrica ptolemaica.
Aristóteles no adoptó el cristianismo, sino que ofreció una
metanarrativa cosmológica. Otros pensadores de su época hicieron
lo mismo. Intuitivamente, Aristóteles asumió que el movimiento
celestial era circular porque ese era el movimiento perfecto, creencia
que aún sigue estando presente en el pensamiento oriental. Durante
mil años ese fue el punto de vista oficial hasta que, siglos después, la
combinación de Copérnico y Kepler en los siglos XVI y XVII dio
paso a la cosmología heliocéntrica y al movimiento elíptico de los
cuerpos celestes, dejando atrás toda la especulación anterior.
Kitwood cuenta la historia de un sacerdote que le dijo a su superior
que había visto manchas en el sol, a lo que el superior le respondió:
“He estudiado a Aristóteles y en ningún momento habla de manchas.
Tendrás que cambiar de lentes”.10 Tenemos que viajara principios
del siglo XVI para llegar al momento en que alguien captó la
atención de la Iglesia diciendo que la tierra se movía.
Esa persona fue Galileo, que lo hizo aun a pesar de que sus amigos
le aconsejaron que no se complicara la vida, hasta que fue silenciado
por la Inquisición. Esa victoria momentánea de la Iglesia tuvo como
resultado la pérdida de poder y autoridad eclesial más costosa de la
historia.
A finales del siglo XIX nos encontramos con la Revolución
francesa, momento en el que la monarquía llegó a su fin. Según
Dickens, aquí se escribió un nuevo capítulo con sangre, cuando el
esplendor pisoteó las escuálidas espaldas de los pobres y el poder
pervirtió el derecho hasta que la humanidad, por mucho tiempo
oprimida, derrocó al régimen con aquel monstruoso artilugio
llamado guillotina. La creencia religiosa también fue decapitada, y
la Iglesia, que una vez más respaldó a los que estaban en el poder,
fue arrojada a la montaña de cadáveres.
Aunque Da Vinci podría representar el nacimiento del humanismo
en el Renacimiento, nunca se habría imaginado las sangrientas
consecuencias que tendría cuando la humanidad, oprimida durante
siglos por las estructuras de poder, derrocó a aquellas estructuras.
Francia nunca se ha recuperado por completo y, hasta el día de hoy,
en el mundo académico de ese país la teología se sigue viendo con
mucho recelo.
El filósofo francés Auguste Comte, que nació justo después de le
Revolución francesa, postuló que el pensamiento humano pasa por
tres etapas. La primera es teológica; la segunda, mística; y la tercera,
empírica. A esta última etapa la llamó “positivismo”. De hecho,
llegó a llamarla “la nueva religión de la humanidad”.11 Ideó
sacramentos y abrió casas para los santos y los rituales.
Auguste Comte se convirtió en la figura papal de esa nueva religión.
Y tanto es así que de Descartes a Comte y de Sartre a Derrida, del
racionalismo al positivismo y del existencialismo al
posmodernismo, así como la India ha producido más religiones que
ningún otro país, Francia podría ganar la mención honorífica al país
que más filosofías ha producido.
Voltaire, Robespierre, Rousseau y Montaigne fueron pioneros.
Comte recogió el testigo y le dio un impulso científico. Eso,
combinado con los empiristas y los filósofos ilustrados, dio paso a la
cosmovisión posmoderna de nuestros tiempos, cosmovisión que las
ciencias nunca abrazarán, pero que las humanidades respaldan
alegremente. Si añadimos a los principales críticos bíblicos
alemanes, que también tuvieron su revolución copernicana en la que
el mundo antropocéntrico derrocó al mundo teocéntrico, entonces no
solo las universidades se suman a la marcha contra la teología y
contra Dios, sino también los seminarios.
Curiosamente, en los primeros años del choque entre el cristianismo
y lo secular, cuando el centro neurálgico de la enseñanza había
pasado de Atenas a Alejandría, el conflicto realmente se daba en el
ámbito de la filosofía. Esa es la razón por la que los primeros
apologetas, o bien se centraban en las cuestiones teológicas centrales
y la naturaleza de Dios, o bien luchaban contra los filósofos griegos
y la búsqueda insaciable que les llevó a interesarse incluso por las
religiones mistéricas.
El discurso del apóstol Pablo en el Areópago fue histórico no solo
por su ubicación sino por sus resultados.
En la actualidad, dos mil años después, la calle que queda junto al
Areópago se llama Dionysius Areopagas, nombre del miembro del
Areópago que se convirtió al escuchar el mensaje de Pablo. Algunos
eruditos especulan que Dionisio fue el primer obispo de Atenas.
El cambio epistemológico no se dio hasta después del Renacimiento
y de la Ilustración, y hoy en día a veces cuesta diferenciar entre un
humanista y un naturalista hostil como Dawkins. Curiosamente,
muy pocos filósofos occidentales abordan lo que ocurrió en Oriente
durante esa época, especialmente en China y en India. En ambas
culturas aparecieron pensadores sobre ética y religiosidad muy
respetados. Sin embargo, el preámbulo del “Manifiesto Humanista”
del año 2000 dice lo siguiente: “El humanismo es una perspectiva
ética, científica y filosófica que ha cambiado el mundo. Su
patrimonio comenzó a fraguarse con los filósofos y poetas de las
antiguas Grecia y Roma, y de la China de Confucio, y con el
movimiento Carvaka de la India clásica”.12
La Asociación Humanista Estadounidense dice: “El humanismo es
una filosofía de vida progresista que, sin teísmo y otras creencias
sobrenaturales, afirma que tenemos la capacidad y la
responsabilidad de llevar vidas éticas de realización personal que
buscan el bien común de toda la humanidad”.13 El lector podrá
comprobar cómo algunos teóricos políticos usan el lenguaje del
llamado pensamiento humanista y hoy vemos la palabra progresista
difundida por todas partes como una visión de futuro con una
infraestructura política. Es increíble que podamos hablar de
optimismo y “progreso” en los albores del siglo XXI tras haber sido
testigos del siglo más sangriento de la historia. Acuñamos muchas
palabras nuevas que se convierten en el nuevo vocabulario que ve la
descripción como prescripción, y una nueva obligación moral
emerge de entre los escombros de fundamentos derruidos.
Usar la palabra humanismo como un término amplio aplicable desde
Oriente hasta Occidente refleja una ceguera total ante las
implicaciones de las filosofías orientales que nombran. Desde
Sankara a Ramanuja en India, desde Confucio a Lao Tzu en China,
hubo pensadores influyentes (algunos sin educación formal pero con
un pensamiento brillante) que elaboraron ricas filosofías. Los
filósofos y líderes religiosos occidentales se sorprendieron cuando
Vivekananda vino a Occidente y describió el prejuicio occidental
como lo que es. Había leído a los filósofos occidentales, los citaba, y
se atrevió a desafiar su pensamiento prescribiendo una espiritualidad
centrada en el ser humano. De ese modo cubrió la enorme necesidad
de muchos occidentales que querían deshacerse de Dios, pero
deseaban mantener lo místico y lo espiritual. En cierto sentido,
Vivekananda fue el padre de la espiritualidad de la Nueva Era.
Bastante sincretista, pero buen orador, supo reconocer el vacío
espiritual creado por un humanismo robusto que se despojó del
ropaje cristiano y aprovechó el momento. Vivekananda sostenía que
aquella nueva espiritualidad iba de la mano de la ciencia, pero sin
dejar a un lado el espíritu. La larga lista de gurús que se
especializaron en “resultados científicamente demostrables”
aplaudieron su valentía y conocimiento y se adentraron en el mundo
de los negocios, los centros de fitness y las industrias, influyendo así
en la cultura popular y logrando adeptos de una espiritualidad
trascendental que permitía una búsqueda rigurosa de lo material. De
hecho, en la actualidad algunos de estos gurús pasan más tiempo en
los tribunales luchando por mantener su botín que sentados en
soledad disfrutando de una mente vacía de pensamientos.
Solo hacían falta expertos doctorados como Deepak Chopra para
que esta filosofía llegara a la enseñanza superior. Por medio de
charlas densamente decoradas con palabras como quantum y
consciencia, Chopra difunde en el mundo académico un humanismo
robusto revestido de una espiritualidad ingeniosamente formulada.
¿Y los académicos se preguntan en qué momento se equivocó el
humanismo secular? Irónicamente, en Oriente la filosofía oriental
nunca se enseñó como una disciplina académica, sino que se
aprendía a los pies de maestros que enseñaban a sus seguidores
cómo pensar sobre aquellas cuestiones.
Hoy en día, los gurús instruyen de forma individual y no como parte
de un curso reglado que te ofrece un título y ciertas garantías.
Considerar que el humanismo está fuera del agnosticismo y
difuminar la línea divisoria entre un progresismo seguro y un
gnosticismo sutil es el sueño del filósofo que desearía que existieran
más categorías.
Pero con el impacto de la enseñanza superior incluso en Oriente, los
cambios sobreviven hasta que algunasculturas enormemente
religiosas, como por ejemplo el islam, oponen resistencia al método
y al mensaje de Occidente y lo repelen. Sus escuelas están diseñadas
para mirar al pasado, no al futuro. Ven el progresismo como algo
abominable y usan los mismos medios científicos que los
humanistas aplauden como medio para devolver el futuro al pasado.
El conflicto entre Oriente y Occidente va a seguir creciendo. Una
vez más, los que han olvidado el pasado están cegados por una
terminología que distorsiona las cosas y engaña a su gente, y de ese
modo ponen en riesgo a su descendencia en el altar del control
político por medio de una ideología.
El test de la verdad no cumple sus propios
requisitos
Dejando esa advertencia aparte, una vez vestido con su traje
multicolor el humanismo campaba a sus anchas. Sobre la piedra
angular del Renacimiento, John Locke, David Hume y otros
tuvieron vía libre para provocar cambios sísmicos epistemológicos
en nuestro pensamiento. Locke cuestionó la certeza de nuestro
conocimiento del mundo exterior a través de los sentidos. Según él,
como solo podemos conocer el mundo a través de nuestros sentidos
y experiencias, eso significa que no podemos conocer las cosas tal
como son. Hume fue más allá, cuestionando incluso la causalidad
hasta que su test para comprobar la significatividad de las
afirmaciones no cumplió sus propios requisitos. Esto es lo que dijo:
Pongamos que cogemos cualquier libro, de teología o de
metafísica básica, por ejemplo. Preguntémonos: ¿Contiene
algún razona miento abstracto sobre cantidades o números?
No. ¿Contiene algún razonamiento experimental sobre
hechos y existencia? No. Entonces, quemémoslo en la
hoguera; pues no contiene nada sino sofistería e ilusión.14
Para él, este era el disolvente universal para lidiar con las ideas
metafísicas y la certeza. El método empírico científico, con su visión
filosófica particular, fue relegado en aras de la filosofía mientras
que, al mismo tiempo, se apuñaló el corazón de la metafísica.
El problema fue que ese test no cumplía sus propios requisitos.
Añadiría que ese fue el error que Stephen Hawking cometió en su
libro El gran diseño (aunque me atrevo a decir que estaba diseñado
así). En ese volumen defiende que la gravedad engendró el universo,
por lo que “no es necesario invocar a Dios como el que encendió la
mecha y puso el universo en funcionamiento”.15 Además, argumenta
que la filosofía está muerta porque no ha podido seguir el ritmo de la
ciencia moderna. Hawking llega a una conclusión filosófica
apresurada porque cree que el humanismo puede levantarse sobre
una epistemología que es altamente cuestionable como explicación
de por qué estamos aquí.
Pero John Cornwell, director del Science and Human Dimensión
Project (Proyecto sobre ciencia y la dimensión humana) en el Jesus
College de Cambridge y catedrático del Departamento de Filosofía
de Cambridge, criticó a Hawking en su reseña de El gran diseño.
Tal y como señaló Cornwell (al igual que nuestro colega, el profesor
John Lennox),16 ningún teólogo respetable cree en ese tipo de Dios
no intervencionista que Haw- king rechaza. Es más; según Cornwell,
la acusación de Hawking de que la filosofía está muerta no tiene
ninguna base ni siquiera en su propia universidad, donde el
Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia ha dado pasos
agigantados para “mantenerse al día de la física teórica durante
décadas”. Como concluye Cornwell, “¿quizá es Hawking el que no
ha logrado seguir el ritmo de los filósofos y los teólogos, y no a la
inversa?”.17
Esa es la cuestión: empezar con los artistas y, con el paso de los
siglos, pasar a los positivistas lógicos para llegar al mismo destino
que provocó los errores de siglos atrás revela una arrogancia que
está repitiendo los mismos errores en perjuicio del significado
humano.
Probablemente, esa es la razón por la que Kronman necesita revisar
su teoría y reconocer que las humanidades han fracasado porque
estaban destinadas a hacerlo desde el momento en que intentaron
responder a sus propias preguntas sin respuesta, dados sus
prejuicios. Se queja de que la ciencia es la única autoridad
incuestionable, cree que las iglesias han monopolizado de algún
modo la cuestión del significado, y desea que las humanidades
tomen el lugar que les corresponde sin rendirse ante una ni ante la
otra.
El deseo de entender es eterno, y en una era caracterizada
por el olvido, cuando los poderes que poseemos tapan
nuestra humanidad y las iglesias monopolizan la pregunta
sobre el sentido de la vida porque nuestras facultades y
universidades les han cedido toda la autoridad para hacerla,
el resurgimiento del humanismo secular ofrece una
alternativa espiritual a los fundamentalistas que nos invitan a
consagrarnos y a la ciencia que nos invita a olvidarnos de
quiénes somos. Con asombro, sobriedad y valentía
aceptemos nuestro yo mortal: dejemos que nuestras
facultades y universidades sean los líderes espirituales que
fueron en el pasado y que todos nosotros — profesores,
estudiantes, padres, ciudadanos de la república—
necesitamos que vuelvan a ser.18
Una amiga que estudiaba en una prestigiosa universidad le preguntó
a su profesor por qué le gustaba tanto burlarse de la fe cristiana. El
profesor la envió a la oficina del decano, donde la acusaron de
interrumpir en clase. Sorprendida, respondió que era el profesor el
que se desviaba constantemente del tema y atacaba a los cristianos,
y que ella se había mostrado en desacuerdo porque se trataba de la fe
de su familia y de su propia creencia. De hecho, su padre era el jefe
de uno de los departamentos de la misma universidad. El decano le
contestó: “Ahora estás aquí para recibir una educación. Hasta este
momento, tu familia te ha lavado el cerebro”.
Presiento que el decano no se habría atrevido a decirle lo mismo a
un estudiante musulmán o hindú. Esta cobardía intelectual que se
esconde detrás de palabras conciliadoras que llaman a una búsqueda
del significado en la universidad está ciega ante la realidad de que
vivimos con una pluralidad de culturas, y esas culturas basan sus
valores en un punto de partida totalmente distinto al del humanismo
secular. La intención de cambiar la visión de los demás no solo es
arrogante, sino que va en contra del entendimiento mutuo. La
universidad debería ser un lugar para el diálogo sano y civilizado
con el privilegio de la discrepancia. No es un lugar para lavarles el
cerebro a los estudiantes diciéndoles que su fe religiosa está por
debajo de la fe del humanismo secular.
Es interesante que en su libro Kronman llama a las universidades a
jugar un papel espiritual. Si la universidad de verdad fuera un lugar
para desarrollar el alma, la imposición de una espiritualidad por
encima de todas las demás violaría claramente el derecho
constitucional del estudiante. De hecho, la estudiante que mencioné
más arriba llevó a los tribunales la acción disciplinaria que le habían
impuesto y ganó el juicio. La universidad no puede hacer las dos
cosas a la vez: no puede ser un lugar de aprendizaje y también un
lugar de adoctrinamiento espiritual que viole la herencia espiritual
de los estudiantes.
Además, muchos olvidan que el Renacimiento que nació en el
ámbito de las artes, o que como mínimo destacó gracias a las artes,
finalmente fue propulsado por las ciencias para justificar el rol
supremo del método científico. El nacimiento del positivismo lógico
fue su sirviente. Por tanto, pensar que hay un canal que puede dar
significado sin el fundamento del naturalismo es ignorar lo que la
historia nos enseña. De hecho, el rechazo de la fe cristiana se
promueve a sí mismo diciendo que está basado en las ciencias
exactas. Así que construir una estructura de significado sobre un
fundamento que se llevó el derecho a enseñar religión es, como
diríamos en el ámbito de la lógica, caer en un alegato especial.
De hecho, esto revela dónde acierta el humanismo y dónde se
equivoca. El humanista acierta al intentar rescatar a la humanidad de
la mera materia, pero va en contra de larazón al asumir como
fundamento una suposición materialista de por qué estamos aquí y
simplemente sustituirla por la rocambolesca teoría de “seamos
amables unos con otros” porque somos más que materia.
El humanismo en la actualidad
En la actualidad, The Humanist Magazine define el humanismo,
catapultado por la “postura de vida progresista”, de la siguiente
forma:
El humanismo es una filosofía racional basada en la ciencia,
inspirada en el arte y motivada por la compasión. Afirma la
dignidad de todo ser humano y respalda la maximización de
la libertad individual y la oportunidad individual en
consonancia con la responsabilidad social y planetaria.
Aboga por la democracia participativa y la expansión de una
sociedad abierta, defendiendo los derechos humanos y la
justicia social. Libre del sobrenaturalismo, reconoce a los
seres humanos como parte de la naturaleza y sostiene que la
fuente de los valores (sean religiosos, éticos, sociales o
políticos) es la cultura y la experiencia humana. Por tanto,
los objetivos para la vida no los dictan las abstracciones
teológicas o ideológicas, sino la necesidad y el interés
humano.
[...]
Humanismo: una alternativa satisfactoria a las religiones que
creen en un dios sobrenatural y en la vida después de la
muerte.19
Aun a riesgo de resultar polémico, yo describiría el humanismo de la
siguiente forma: el humanismo es una filosofía racional (incluso si
al eliminar los absolutos se ve forzado a respaldar una conducta
irracional) basada en la ciencia (como la autoridad final sobre los
orígenes), inspirada en el arte (incluso si tiene que justificar lo
indecente y lo profano) y motivada por la compasión (pero impedirá
la subsistencia de aquellos que no suscriban sus supuestos). Afirma
la dignidad de todo ser humano (excepto en el vientre de su madre o
las definiciones éticamente aberrantes de gente como Peter Singer) y
respalda la maximización de la libertad individual (excepto la de la
gente religiosa, que se ve forzada a privatizar su fe) y la oportunidad
individual en consonancia con la responsabilidad social y planetaria
(aun cuando se deshace de todas las definiciones del pasado). Aboga
por la democracia participativa (por lo tanto es una teoría política) y
la expansión de una sociedad abierta, defendiendo los derechos
humanos y la justicia social (sin reconocer una ley moral absoluta,
en la que esa justicia social se basa).
Libre del sobrenaturalismo, reconoce a los seres humanos como
parte de la naturaleza (no distintos de los animales, solo que con una
ética superior) y sostiene que la fuente de los valores (sean
religiosos, éticos, sociales o políticos) es la cultura (pero no puede
explicar por qué nuestras culturas se justifican a sí mismas de
manera tan diferente) y la experiencia humana. Por tanto, los
objetivos para la vida no los dictan las abstracciones teológicas o
ideológicas (pero sí la abstracción ideológica del humanismo), sino
la necesidad (olvidando la necesidad que el ser humano tiene de
Dios) y el interés humano. [...] El humanismo es una alternativa
satisfactoria a las religiones que creen en un dios sobrenatural y en
la vida después de la muerte (aunque la mayoría admite que vivimos
en una sociedad carente de significado, acabando así con lo
esencialmente sagrado y la búsqueda de la justicia).
Lo que intento transmitir es que las constantes acusaciones que hace
el humanismo contra las religiones, diciendo que se atribuyen
exclusividad, imponen su ética, reprimen la educación, controlan la
sexualidad y un largo etcétera, también están presentes aquí. Y la
realidad es que, al igual que las religiones, al humanismo le gusta
verse como punto de referencia, pero aquí también hay desviaciones
infinitas. Como ocurre en el cristianismo, en el campo de las
ciencias y de las humanidades sus seguidores no siempre siguen un
solo credo.
En su libro Is Man the Measure? (¿Es el hombre la medida?),20
Norman Geisler recoge ocho creencias centrales en un epígrafe
sobre el humanismo. Son las siguientes:
Humanismo evolutivo (promovido porJulian Huxley)
Humanismo conductual (promovido por B. F. Skinner)
Humanismo existencial (promovido por Jean-Paul Sartre)
Humanismo pragmático John Dewey)
Humanismo marxista (promovido por Marx y Feuerbach)
Humanismo egocéntrico (promovido por Ayn Rand)
Humanismo cultural (promovido por Corliss Lamont)
Humanismo cristiano (promovido por C. S. Lewis y J. R. R.
Tolkien y otros)
Pero veamos cuáles son los puntos en común de las diferentes
vertientes humanistas. Todas, a excepción de la última de la lista,
encajarían fácilmente en el apartado de “humanismo secular”,
representado por Julian Hu- xley en su libro Religión Without
Revelation (Religión sin revelación). De hecho, hay quienes le ven
como la mascota del humanismo. La frase por la que se le conoce
decía que Dios, en lugar de parecer un gobernante, se parecía cada
vez más a “la última sonrisa, a punto de desvanecerse, de un gato de
Chesire cósmico”.21 Proclamó triunfante el gran alivio que eso le
producía y confió que muchos otros le seguirían. Curiosamente,
también habló de la experiencia “espiritual” que le llevó a rechazar
el humanismo estrictamente materialista de Karl Marx.
Hay dos citas que resumen su visión del hombre y del futuro:
Está claro que el hombre del siglo XX necesita un nuevo
órgano para enfrentarse al destino, un nuevo sistema de
creencias religiosas y actitudes adaptadas a la nueva
situación en la que las sociedades humanas tienen que
existir. La característica radicalmente nueva de la situación
presente podría describirse así: las religiones y los sistemas
de creencias anteriores eran en gran parte adaptaciones para
hacer frente a la ignorancia y los miedos del hombre, y el
resultado fue que se preocuparon principalmente por la
estabilidad y la actitud. Pero hoy necesitamos un sistema de
creencias adaptado para hacer frente al conocimiento
humano y a sus posibilidades creativas; y esto implica la
capacidad de afrontar, incentivar y guiar el cambio.22
Según Huxley, la eliminación de Dios y del destino que Él promete
significa que el humanismo debe encontrar la respuesta que ofrezca
aquello que la “racionalidad” de sus creencias niega. Él confiaba en
que de todo esto surgiría una religión humanista viable. Comte no lo
logró. Huxley reavivó esa búsqueda: “La forma que tendrá esa
religión —qué rituales o celebraciones practicará, si tendrá un
equipo de profesionales o algún tipo de clero, qué edificios
construirá, qué símbolos adoptará— es algo que nadie puede
profetizar”.23
Avancemos en el tiempo. Recuerdo un artículo que leí hace pocos
años, escrito por Loyal D. Rue, profesor de religión y filosofía, en el
que decía que debemos inventar una “mentira piadosa” porque en
nuestra era científica la cosmovisión judeocristiana ya no es creíble.
Pero reconocía que, sin mitos religiosos, lo único que nos queda es
el nihilismo, que tampoco es una opción positiva. Por tanto,
necesitamos una mentira piadosa convincente, una mentira que nos
diga que nuestro universo “tiene valor”. Reconoce que, en última
instancia, eso es una “gran ficción” porque “el universo
simplemente es”, pero una mentira de ese estilo “le confiere valor
objetivo” y “sin ese tipo de mentiras, no podemos vivir”.24 Además,
en su libro By the Grace of Guile: The Role of Deception in Natural
History and Human Affairs (Por la gracia del estafador: el papel del
engaño en la historia natural y en los asuntos humanos) dice que
“queda en manos de los artistas, los poetas, los novelistas, los
músicos, los cineastas, los encantadores y los ilusionistas
empujarnos hacia nuestra salvación tentándonos a abrazar una
mentira piadosa”.25
Vemos, pues, claramente, que el humanismo ha llegado a su destino:
una mentira que sirve para que no acabemos unos con otros. Como
no tiene un valor intrínseco que ofrecer, tiene que inventarlo; de lo
contrario, continuaremos por el camino del que vinimos y el débil
será engullido por cualquier hombre fuerte a quien no le importen
los valores.
Revisandosus objetivos
Kitwood señala que el discurso del funeral de Pericles realmente se
resume en cuatro proposiciones:
1. Tolerancia: cada uno es soberano sobre sus elecciones, y
cada uno debería ser libre de escoger su camino sin que
nadie protestara por su elección.
2. Integralidad o equilibrio: una vida equilibrada saca
partido de todas las búsquedas y las posibilidades
humanas.
3. Cooperación y generosidad.
4. La ideaprincipalydeprincipiosdeautosuu- ciencia.26
A simple vista, es obvio que hay una intención noble. Pero esos
imperativos dan por hecho que esas cualidades son intrínsecamente
buenas. ¿Y cómo separar entre el bien intrínseco y el bien
pragmático o utilitario? ¿No es este acaso un acercamiento simplista
a las complejas decisiones que hay que afrontar en la vida? Piensa
en los retos a los que nos enfrentamos hoy con el avance de la
tecnología y en el abanico de elecciones que tenemos ante nosotros
tanto respecto a la vida como a la muerte. Debido a esos y a otros
callejones sin salida, el humanismo sigue evolucionando, y de ahí
las definiciones camaleónicas con las que nos encontramos.
Las declaraciones y negaciones del humanismo quedaron plasmadas
en tres manifiestos humanistas con fecha de 1933, 1973 y 2003.
Cualquiera puede encontrarlos fácilmente en Internet. Después
incluso de dos guerras mundiales y del siglo más sangriento de la
historia, la determinación por eliminar lo sagrado es tan fuerte que
ignoran la realidad aunque la tengan delante de las narices. Esos
documentos han sido firmados por personas célebres e intelectuales
destacados.
Quizá sea esa arrogancia ciega lo que ha llevado al historiador Paul
Johnson a escribir su libro Intellectuals (Intelectuales); solo el
último párrafo ya hace que el libro valga la pena. Las vidas privadas
de esos intelectuales revelan por qué están tan en contra de cualquier
razonamiento moral que convierta la vida en algo sagrado. El
preámbulo de la Asociación Humanista Británica y el terreno
cubierto años después lo dicen todo:
Los humanistas creen que la conducta del hombre debería
basarse en la humanidad, el conocimiento y la razón. El
hombre debe afrontar sus problemas con sus propios
recursos morales e intelectuales, sin buscar ayuda
sobrenatural. Nuestra preocupación tiene que ser esta vida,
que intentamos que merezca la pena y sea plena por sí
misma. No creemos poseer un conocimiento especial ni
respuestas definitivas, ya que vemos la búsqueda de la
comprensión como un proceso continuo.27
Los elementos básicos son una vida autosuficiente y plena por sí
misma, y el rechazo de toda perspectiva trascendente. A partir de esa
simple plataforma, el humanismo ha evolucionado, ha mutado, se ha
reconfigurado y se ha transformado, convirtiéndose en lo que
realmente quería. Como declaró abiertamente The Humanist
Magazine hace algunos años, “lo que deberíamos hacer es luchar por
la destrucción total del cristianismo y sus supersticiones, engaños y
fraudes. [...] Sin duda alguna declaro que liberarnos del mito de la
religión es de vital importancia para la humanidad”.28
Uno pensaría que la experiencia humana nos habría llevado a revisar
seriamente su optimismo, pero no ha sido así, y probablemente
nunca llegue a ocurrir. El gran desafío era encontrar una base para la
ética puesto que Dios ya no era la fuente de la ética. Entonces, desde
la ética evolutiva se propusieron tres caminos distintos. El primero
es el utilitarismo (Jeremy Bentham), que busca la mayor felicidad
para el mayor número de personas; el segundo es la ética de la
responsabilidad mutua (H. J. Blackham es uno de los principales
representantes); y el tercero, encontrar una medición para el
aumento en la anchura y la longitud de la vida (Julian Huxley fue la
voz más influyente por medio de El mono desnudo de Desmond
Morris).
Podríamos añadir un camino más: se trata del esfuerzo valiente,
aunque muy maquillado, de Sam Harris en The Moral Landscape
(El paisaje moral), donde defiende el “bienestar”. Uno se maravilla
ante las ideas retocadas y reconfiguradas que presenta con términos
diferentes. El rey realmente va desnudo, pero el lenguaje ofrece
cobijo en medio de la tormenta de la sinrazón. William Lane Craig
entre otros ha hecho una increíble labor mostrando el juego de
palabras que Sam Harris usa en su argumento cuando intenta
explicar por qué pensamos con categorías morales. Animo a los
lectores a leer su crítica. Todo se reduce a una distorsión de la
realidad o a una devaluación de la humanidad. Si no fuera algo tan
serio, el sinsentido de esos esfuerzos hasta resultaría cómico.
En el humanismo, es el ser humano quien define a su antojo qué es
la humanidad. Curiosamente, yo no puedo tener mi propia ley de la
gravedad, pero parece ser que una persona sí puede tener su propia
ley moral. Al final, la ley de la gravedad seguirá haciendo su
función cuando la humanidad caiga estrepitosamente, y quedará
demostrado que la ley moral sí tenía razón de ser.
Antes de presentar la fe cristiana como una perspectiva alternativa,
veamos tan solo un ejemplo de la Segunda Guerra Mundial. Se trata
del testimonio de personas que pensaron que la humanidad podría
ser mejor si compartían lo que la experiencia les había enseñado.
Doctors of Depravity (Doctores de la depravación), del escritor
inglés Christopher Hudson y comentado en The Daily Mail (2 de
marzo de 2007), cuenta esta impactante historia. Las palabras del
doctor japonés que se encuentra en medio de toda aquella crueldad,
tal y como las recoge Hudson, lo dicen todo: “La misión dada por
Dios a los médicos es eliminar y tratar la enfermedad [...] pero el
trabajo [...] en el que nos vamos a embarcar se opone
completamente a esos principios”.29
Hudson narra los horrores de lo que ocurrió bajo una unidad secreta
de experimentos médicos del ejército imperial japonés, la unidad
731. Más de sesenta años después, un doctor que participó en varias
operaciones, la mayoría de ellas practicadas a prisioneros de guerra
sin anestesia), describió los experimentos como “instructivos”.
Hudson cuenta que el agente confesó haber diseccionado a diez
prisioneros, entre ellos a dos niñas adolescentes: “Les sacó el
hígado, los riñones y el vientre mientras aún estaban vivos. No
murieron hasta que les sacó el corazón”.30
La lista de horrores es innombrable. Pero irónicamente, como señala
Hudson, muchos miembros de esa unidad pasaron a ocupar
posiciones importantes en la sociedad, incluyendo un doctor que
llegó a ser el líder de una de las farmacéuticas más importantes de
Japón.
Añadiría que ese es el aguijón del humanismo dirigido al corazón. Y
su fundamento es el relativismo en cuanto al valor del ser humano.
Muchos humanistas y relativistas se enfadan cuando oyen estas
ilustraciones. Les repugnan más los que las sacan a la luz que los
que cometen esas atrocidades. Sinceramente, no es posible leer el
libro de Hudson y no horrorizarse con los detalles que cuenta. Pero
eso es precisamente lo que ocurre cuando los que están en el poder
actúan contra los demás en nombre del desarrollo humanista. Eso es
posible porque no hay una referencia universal del bien ni una
definición unificada de qué significa ser humano.
En el próximo capítulo, mi crítica al humanismo se centrará en
desenmascarar el relativismo sobre el que descansa y los peligros
que tiene esa relación, y responderé a esa filosofía con la
declaración de Jesús sobre qué significa ser humano.
1. Alan Bullock, The Humanist Tradition in the West, New York; London, Norton,
1985, 8 [La tradición humanista en Occidente, Madrid, Alianza Editorial, 1989].
2. Eslogan del Concejo para el Humanismo Secular,
https://www.secularhumanism.org/index.php. Visto el 10 de septiembre de 2016.
3. Ver Norman Geisler, Is Man the Measure?, Grand Rapids, MI, Baker Book
House, 1983.
4. Ver http://www.uu.se/en/about-uu/traditions/thomas-torild/. Visto el 10 de
septiembre de 2016.
https://www.secularhumanism.org/index.php
http://www.uu.se/en/about-uu/traditions/thomas-torild/
5. Anthony Kronman, Education’sEnd: Why Our Colleges and Universities Have
Given Up on the Meaning of Life, New Haven, CT, Yale University Press, 2007,
255.
6. Anthony Kronman, “Why are we here? Colleges ignore life’s biggest questions,
and we all pay the price”, The Boston Globe, 16 de septiembre de 2007,
http://archive. boston.com/news/globe/ideas/articles/2007/09/16/why_are_we_here/
Visto el 10 de septiembre de 2016.
7. Ibíd.
8. Ver el simposio “A Dangerous and Disturbing Development”, 21 de septiembre
de 2007, https://www.cardus.ca/comment/article/928/a-dangerous-and-disturbing-
development/. Visto el 10 de septiembre de 2016.
9. Ibíd.
10. A. E. E. McKenzie, The Major Achievements of Science, Cambridge University
Press, citado en T. M. Kitwood, What Is Human?, London: InterVarsity Press, 1970,
17.
11. “El año siguiente, Comte escogió la evolución de la humanidad como el nuevo
tema para su discurso oficial; era la ocasión perfecta para establecer las premisas de
lo que llegaría a ser la nueva religión de la humanidad”. Citado en “Auguste
Comte”, Stanford Encyclopedia of Philosophy,
http://plato.stanford.edu/entries/comte/. Visto el 10 de septiembre de 2016.
12. Ver Paul Kurtz, “A Call for a New Planetary Humanism”, Humanist Manifesto
2000, https://www.secularhumanism.org/index.php/1169. Visto el 10 de septiembre
de 2016.
13. Ver “What Is Humanism?”, http://americanhumanist.org/Humanism. Visto el 10
de septiembre de 2016.
14. David Hume, An Enquiry Concerning Human Understanding, London: A.
Millar, 1777, 166.
15. Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, The Grand Design, reimpresión, New
York: Bantam, 2012, 180. [El gran diseño, Barcelona, Editorial Crítica, 2010].
16. Ver, p. ej. John Lennox, “Como científico estoy convencido de que Stephen
Hawking está equivocado. No podemos explicar el universo sin Dios”, The Daily
Mail (3 de septiembre de 2010), http://www.dailymail.co.uk/debate/article-
1308599/Stephen-Hawking-wrong-You-explainuniverse-
God.html#ixzz0yabn9HCT. Visto el 10 de septiembre de 2016.
17. John Cornwell, “The Grand Design: New Answers to the Ultimate Questions of
Life by Stephen Hawking: review” en The Telegraph (20 de septiembre de 2010),
online en http://www.telegraph.co.uk/culture/books/bookreviews/8006738/The-
Grand-Design-New-Answersto-the-Ultimate-Questions-of-Life-by-Stephen-
Hawking-review.html. Visto el 10 de septiembre de 2016.
https://www.cardus.ca/comment/article/928/a-dangerous-and-disturbing-development/
http://plato.stanford.edu/entries/comte/
https://www.secularhumanism.org/index.php/1169
http://americanhumanist.org/Humanism
http://www.dailymail.co.uk/debate/article-1308599/Stephen-Hawking-wrong-You-explainuniverse-God.html#ixzz0yabn9HCT
http://www.telegraph.co.uk/culture/books/bookreviews/8006738/The-Grand-Design-New-Answersto-the-Ultimate-Questions-of-Life-by-Stephen-Hawking-review.html
18. Kronman, Education’s End, 259.
19. Ver “Definitions of Humanism”,
http://americanhumanist.org/humanism/definitions_of_humanism. Visto el 10 de
septiembre de 2016.
20. Geisler, Is Man the Measure?, Grand Rapids, MI, Baker Book House, 1983.
21. Julian Huxley, Religión Without Revelation, New York: Harper, 1957, 58.
22. Ibíd, 188.
23. Ibíd., 205.
24. George W. Cornell, “In Light of Science Let’s Begin with a Noble Lie”, Deseret
News, 20 de julio de 1991, http://www.deseretnews.com/article/173507/IN-LIGHT-
OF-SCIENCELETS-BEGIN-ANEW-WITH-A-NOBLE-LIE-PHILOSOPHER-
SAYS. html?pg=all. Visto el 10 de septiembre de 2016.
25. Loyal Rue, By the Grace of Guile: The Role of Deception in Natural History and
Human Affairs, New York, Oxford University Press, 1994, 279.
26. Kitwood, What Is Human?, 13.
27. Ibíd., 30.
28. Citado en Kitwood, 36.
29. Christopher Hudson, “Doctors of Depravity” (2 de marzo de 2007), The Daily
Mail, http://www.dailymail.co.uk/news/article-439776/Doctors-Depravity.html.
Visto el 10 de septiembre de 2016.
30. Ibíd.
http://www.deseretnews.com/article/173507/IN-LIGHT-OF-SCIENCELETS-BEGIN-ANEW-WITH-A-NOBLE-LIE-PHILOSOPHER-SAYS.html?pg=all
http://www.dailymail.co.uk/news/article-439776/Doctors-Depravity.html
C
CAPÍTULO 6
RELATIVISMO 
“Es verdad para ti, pero no para mí”
Ravi Zacharias
La alternativa verdadera
uentan una vieja historia de un sheriff de Texas que perseguía a
un ladrón de bancos que, después de cada atraco, cruzaba la
frontera de vuelta a México. El sheriff al final lo encuentra en un bar
de su ciudad pero, debido a la barrera del idioma, tiene que depender
de un intérprete que pacientemente traduce la conversación palabra
por palabra. Al final, el sheriff le dice al ladrón: “¡Dime dónde has
escondido el dinero o disparo!”. El bandido empieza a darle detalles
de dónde ha escondido el dinero: detrás de qué casa, junto a qué
árbol, cuál era la profundidad del agujero, etcétera. El intérprete
duda unos instantes y dice: “Dice... dice... ¡adelante, dispara!”.
El interés y el beneficio personal son motivaciones poderosas a la
hora de decidir qué confesar. A menudo me pregunto cuántos
académicos saben que no tienen una base sólida para sostener su
cosmovisión, pero la presión del mundo académico y la seguridad
laboral les fuerza a no admitirlo y les obliga a seguir la corriente.
Como Vince señaló anteriormente, G. K. Chesterton dijo que el
problema de la fe cristiana no es que la hayamos puesto a prueba y
no haya salido airosa, sino que la encontramos difícil y no la hemos
puesto a prueba.1 El precio que uno paga por creer en medio de un
ambiente hostil es muy alto.
Sin embargo, cuando uno mira la iglesia perseguida, es increíble
cómo ha sobrevivido y cómo, a menudo, ha crecido. Cuando los
musulmanes se jactan de la rapidez con la que está creciendo el
islam, no es una reivindicación legítima. Solo pueden hacer esa
afirmación si retiran la obligatoriedad de los países donde han
impuesto su religión. En la mayoría de países islámicos, uno no
tiene la libertad de no creer. Hemos de reconocer el mérito de la fe
cristiana, que ha sobrevivido a una inmensa persecución y a los
esfuerzos de borrarla de la faz de la tierra. El Estado Islámico ha
intentado eliminarla mientras el resto del mundo observa, y sin
embargo los seguidores de Jesús se mantienen firmes y confiados.
El cristianismo es una creencia basada en la libertad. También es
una creencia en un absoluto, y aquí es donde más se diferencia del
humanismo. Ese absoluto es en lo que me quiero centrar. El
humanismo, al menos el humanismo secular, está indisolublemente
ligado a la relativización de la verdad y de la ética. El ser humano es
la medida de todas las cosas. Pero, ¿qué ser humano define esa
medida? ¿Qué cultura? ¿Qué periodo o época? No nos dan ninguna
respuesta. De este modo, el fracaso del humanismo y el fracaso del
relativismo están totalmente relacionados. Cualquier valor se reduce
al valor que le otorgan las preferencias o los prejuicios de una
persona, cultura o época.
Ya he hablado anteriormente de los tecnicismos y de las
perplejidades filosóficas del relativismo. No voy a repetirme, sino
que quiero hablar de un camino mejor, mostrar cómo la verdad y la
ética descansan en el marco objetivo y universal que Cristo ofreció.
A la vez, también abordaré la deficiencia que encontramos tanto en
el relativismo en cuanto a la verdad como en el relativismo en
cuanto a la ética. En medio de la confusión del relativismo impuesto
por el humanismo secular, Jesús hace una afirmación absoluta sobre
lo que significa ser humano.
En el centro de la enseñanza de Jesús está la descripción clara y
definitiva de qué significa ser humano. De ese modo, sí se pueden
unir los preceptos morales y el sentido de la vida. Veo cuatro
distintivos claros que integran la cronología y la lógica:
Creación
Encarnación
Transformación
Consumación
Esta secuencia define el mensaje cristiano sobre qué significa
realmente ser humano. Desafortunadamente, los caminos se separan
ya en la primera fase, por lo que hay mucha información errónea y
mucha tergiversación.
Creación
Si utilizas esta palabra en el contexto académico, estás acabado.He
conocido a profesores de universidad que me han hablado en
privado de la presión académica que experimentan si dan a entender
que para explicar nuestra existencia necesitamos la intervención de
una causa primera personal y moral.
En su libro Seven Days That Divide the World (Siete días que
dividen el mundo), mi amigo y colega John Lennox defiende de
forma fundamentada la hermenéutica de la historia de la humanidad
tal como está recogida en el Génesis. El amplio abanico de
posibilidades que se postulan merece una seria consideración. Es
increíble que, en lugar de centrarse en la idea principal, los críticos
salten a los puntos menos importantes e intenten destruir toda la
narrativa con minucias.
El hecho es que ni siquiera los científicos presentan un argumento
convincente a favor de una teoría “terrenal” de los orígenes. No
hablo de los procesos. Hablo del punto de partida. La ciencia no
tiene nada que decir a ese respecto, y esa es la razón por la que
vemos diferencias dentro de las disciplinas.
Por ejemplo, Hoyle y Wickramasinghe calcularon la probabilidad de
que todas las proteínas funcionales necesarias para la vida se
formaran en un lugar a consecuencia de eventos aleatorios: el
resultado fue la sorprendente cifra de 1 entre 1040 000. Concluyen que
“es una probabilidad escandalosamente pequeña que no podría
asumirse incluso si todo el universo estuviera compuesto de caldo
orgánico”.2
Hoyle concluye en su libro Intelligent Universe (El universo
inteligente):
La vida no podría haberse originado aquí en la tierra, ni
tampoco parece que la evolución biológica se pueda explicar
desde una teoría terrenal de la vida. Para que se dé el
proceso evolutivo son necesarios genes de fuera de la tierra.
Eso es lo que confirman los métodos científicos, la
experimentación, la observación y los cálculos.3
A continuación, plantea la posibilidad de una teoría de la
panspermia sobre los orígenes. Si la ciencia está dispuesta a aplazar
su veredicto sobre los orígenes, ¿es demasiado pedir que se incluya
a un Diseñador entre las demás posibilidades? Recomiendo el libro
de Lennox a los estudiantes serios para que vean las diferentes
posibilidades que nos acechan. Por mi parte, quiero extraer dos
implicaciones para la humanidad de que exista un Dios Creador.
La primera es que los seres humanos tienen valor intrínseco, y no un
valor meramente relativo. Ese valor no lo transmite el estado, la
política o las Naciones Unidas. Lo que da valor al ser humano es el
hecho de ser una entidad diseñada con dignidad y propósito. Allí
donde hay un Creador con un propósito, hay una ley para gobernar a
la entidad creada.
En este punto, dicho sea de paso, que el ateo hostil destripe el
carácter de Dios sin reconocer la relación de pacto que aceptó el
pueblo de Israel (junto con sus bendiciones y sus implicaciones) es
equivalente a tomar una frase fuera de contexto y presentarla como
la historia completa.
Por ejemplo, si un niño hace deducciones cuando su madre lo lleva
al médico, puede llegar a conclusiones falsas y horrendas. El
pequeño ve la enorme aguja en las manos del médico y chilla
preguntándose por qué su madre, a cuyos brazos protectores se había
confiado, se queda quieta sin hacer nada. Además, el niño puede
quedarse aún más confundido cuando ve que su madre le paga al
doctor por el dolor que le ha infligido. Podrían pasar años antes de
ver el beneficio de esa dolora visita.
¿Es demasiado para nosotros los mortales someternos a la sabiduría
de un Creador bondadoso para que nos muestre de qué manera los
dolorosos efectos del pecado pueden acercarnos a la perspectiva
eterna? La violación de las leyes tiene consecuencias. Es algo que
nos cuesta mucho entender. El rey Salomón, que sabía suficiente
sobre la ley aunque la ignoraba a placer, dijo: “La senda de los
justos se asemeja a los albores de la aurora: su esplendor va en
aumento hasta que el día alcanza su plenitud” (Proverbios 4:18).
También dijo que “el deber” del hombre era “cumplir los mandatos
de Dios” (Eclesiastés 12:13). Hablaba desde la perspectiva de
alguien que luchó con un estilo de vida descuidado y que descubrió
que había estado “corriendo tras el viento” (Eclesiastés 1:14).
La propia palabra ley hace arder la rebelión en nuestros corazones.
Cuando observas la ley mosaica ves que hay un total de 613 leyes.
Se dividen en códigos morales, ceremoniales y cívicos. A medida
que la revelación avanza, vemos cómo otros profetas sintetizan esas
leyes para llegar a su esencia. En el Salmo 15, David las reduce a
once. Isaías 1:16-18 las reduce a seis. Miqueas 6:8 las reduce a tres:
practicar la justicia, amar la misericordia y humillarte ante tu Dios.
Habacuc 2:4 ve la ley a la luz de la relación entre el hombre y Dios
y enuncia una sola ley: que “el justo vivirá por su fe”.
Si quitas el tercero de los tres imperativos que vemos en Miqueas
(humillarnos ante nuestro Dios) nos quedamos con la misma
terminología que enarbola el humanismo: justicia y compasión. La
principal diferencia entre los dos es el tercer imperativo: caminar
ante Dios en humildad. ¿Cómo lo sabemos? Cuando Jesús estaba
enseñando la ley, le hicieron dos preguntas capciosas. La primera
fue si era correcto pagar los impuestos al César. Jesús respondió de
forma brillante: le pidió al que le había hecho la pregunta que le
enseñara una moneda. Cuando el hombre se la mostró, Jesús le
preguntó de quién era la imagen que aparecía en la moneda. La
respuesta llegó sin vacilar: del César. Jesús le dijo: “Entonces dadle
al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo
22:21).
Ese fue un momento decisivo. La carga impositiva sobre los judíos
era enorme, y estaba molesto por tener que pagar los impuestos.
Pero entonces se hizo un silencio que jamás se tendría que haber
hecho. El hombre debería haber preguntado: “¿Qué pertenece a
Dios?”. Esa pregunta habría resaltado lo que subyace en toda
responsabilidad política y económica. Y Jesús habría respondido:
“¿De quién es la imagen que llevas grabada en ti?”. Esa esencia que
lo define todo está en el centro de lo que significa ser humano. Es la
“imago Dei” en nosotros. Hemos sido creados a imagen de Dios.
Esto se ve aún más claro en la siguiente pregunta capciosa que le
hacen a Jesús: “¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley?”
(Mateo 22:36). Como no consiguieron que Jesús cayera en la trampa
de “Dios contra el César”, probaron con “Dios contra Dios”. De
entre las 613 leyes, le pidieron a Jesús que escogiera una.
Increíblemente, Jesús no cayó en la trampa y les citó dos leyes como
indisolublemente relacionadas. Dijo: “Ama al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente. [...] El segundo
se parece a este: Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Mateo termina
la conversación con las palabras de Jesús: “De esos dos
mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37-
40). Luego Marcos añade: “No hay otro mandamiento más
importante que estos” (Marcos 12:31).
En otras palabras, el amor a Dios y el amor resultante por la
humanidad no solo están indisolublemente relacionados, sino que
toda la moralidad que quede el margen de esos dos mandatos no
tiene otra base sobre la que levantarse. Esta es la única verdad noble.
Todo lo demás es una mentira piadosa. No hay fundamento fuera de
esos mandamientos, y nada es más excelente que esos
mandamientos. Decir la verdad, la santidad del sexo, la santidad de
la vida, la santidad de la propiedad, etcétera: ninguno es mayor y
ninguno es legítimo si no están basados en la relación vertical con
Dios.
En ellos tenemos aquello que el humanismo simplemente no tiene y
ataca abiertamente. La lógica de Jesús es convincente por los dos
mandamientos que une. Sin el primer mandamiento no existe
ninguna base para amar a tus semejantes. Uno no puede decir que
ama a Dios si trata de forma inhumana a sus semejantes. Lo que
Dios ha unido, que nadie lo separe.
Esa es la razón por la que hasta los Diez Mandamientos dependen
completamente de la redención. Cuando el hombre o la mujerson
libertados de la esclavitud del “yo”, ven la gloria de la otra persona.
No puedes ser un ser humano genuino si no reconoces el valor
intrínseco dado al resto de seres humanos.
Mi respeto hacia otra persona no se basa en lo que piense de mí, sino
en lo que yo pienso de ella. El dinero y las cosas materiales son
cantidades económicas y sociales; la persona es una entidad
espiritual. De ese valor intrínseco surge un brillante resplandor. El
valor inherente que tenemos como seres humanos nos da valor
general y valor particular.
Ya he contado esto antes en algún otro sitio, pero no conozco mejor
ejemplo para ilustrar esto que un suceso que tuvo lugar hace algunos
años. En 2006 varios estudiantes y profesores de la Taylor
University en Upland, Indiana, murieron en un accidente de tráfico.
Una joven sobrevivió al accidente y su familia estuvo junto a su
cama durante días que se convirtieron en semanas. Pero pronto se
dieron cuenta de que las respuestas que ella les daba no tenían
mucho sentido. Debido al traumatismo craneal sabían que algo iba
mal, pero la confirmación vino cuando finalmente ella les preguntó
por qué insistían en llamarla con un nombre que no era el suyo.
Eso hizo que realizaran algunas averiguaciones hasta que quedó
claro que aquella joven no era su hija. Había habido un error de
identificación. El forense no hizo pruebas de ADN y se equivocó de
persona. Su hija era una de las jóvenes que había muerto en el
accidente y a la que habían enterrado con otro nombre. Y la joven a
la que estaban cuidando era la hija de otros.
De repente, una familia quedó traumatizada el descubrir que su hija,
a la que creían muerta, aún estaba viva, mientras que la familia que
pensaba que su hija había sobrevivido descubrió que su hija ya
estaba enterrada. Para hacer frente a un cambio de emociones tan
brusco ambas familias tuvieron que reajustar su mundo
radicalmente. ¿Cómo puedes siquiera empezar a entender algo así?
La negligencia de un forense tuvo unas implicaciones devastadoras.
Permíteme llevar esto más lejos. ¿Y si la joven se hubiera dado
cuenta de que aquellos padres creían que ella era su hija, pero
hubiera preferido esa familia a la suya propia y hubiera decidido
seguirles la corriente? El robo de documentos de identidad para
suplantar a otros es suficientemente horrendo; pero el robo de la
identidad esencial es despreciable porque se priva a todos de la
verdad y porque se traiciona a una persona difunta con una mentira
que roba su identidad.
Piensa en las implicaciones de tergiversar nuestro valor esencial,
solo para descubrir al final de la vida que no somos quienes los
académicos nos dijeron. La mujer que sobrevivió tenía un nombre y
un valor que justificaba su cuidado y su liberación. Ella irradiaba un
resplandor brillante en su familia, pero tenía valor intrínseco para
toda la humanidad. Solo la fe cristiana da ese equilibrio desde el
comienzo de cada vida.
Hay un pasaje interesante en la Biblia en el que Rebeca, la esposa de
Isaac, estando embarazada le pregunta a Dios qué es lo que está
pasando en su interior. La respuesta que Dios le dio es que en su
vientre hay dos naciones y que la mayor servirá a la menor. Pero la
cuestión es que Dios no le dice “llevas en tu vientre dos fetos”, ni le
dice “llevas en tu vientre dos bebés”. Las palabras de Dios son
bastante drásticas: “Dos naciones hay en tu seno” (Génesis 25:23).
De este modo, Dios nos recuerda el valor de cada vida. No se trata
solo de una vida. Está hablando de un linaje, de una descendencia
que determinará el futuro. El diseño del Creador no es solo algo
individual. Es un plan que nos vincula con el futuro.
Encarnación
Génesis 1:1 empieza diciendo: “En el principio creó Dios...”. En
hebreo son tan solo tres palabras. Esas tres palabras lo cambian todo,
pues determinan quiénes somos. Pero el Evangelio de Juan nos da
más detalles: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba
con Dios, y el Verbo era Dios. [...] Y el Verbo se hizo hombre y
habitó entre nosotros [...] lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1, 14).
La historia de la encarnación ha dado forma y ha inspirado a la
humanidad durante siglos. No fue una mentira piadosa; fue una
verdad noble. Fue la vida más excelente jamás vivida y cambió la
historia del mundo. En su nacimiento, un grupo de pastores que
criaban ovejas para los sacrificios de la pascua se encontraron cara a
cara con el Cordero perfecto. Nacido en la familia de un carpintero,
el mismísimo Creador del universo entraba en la historia. Recibió
regalos de parte de gobernantes de Oriente, pero Él mismo era el
mayor de los regalos: el Rey de reyes y Señor de señores. El poder
de Roma intentó detenerlo. Vino a liberar cautivos. Vino a anunciar
libertad a un mundo esclavizado.
En nuestra casa tenemos un cuadro. En primer plano aparece un
fornido soldado romano ataviado con la vestimenta militar y
apoyado sobre su lanza. Está observando a un hombre que aparece
en la distancia, tirando de un burro en el que está montada una mujer
en avanzado estado de gestación. El contraste es inconfundible. Los
poderes de este mundo engalanados con una fuerza irreal,
observando a una sencilla familia de la que provendría el mensaje
del poder definitivo.
Recuerda la visión de Daniel de la roca que nadie desprendió, esa
roca que destrozaría a los reinos de este mundo (Daniel 2:34). Roma
fue conquistada por el evangelio. Pero como más adelante Roma se
burló del evangelio, sus rocas se convirtieron en ruinas y ahora solo
existen los recuerdos de una gloria del pasado. Edward Gibbon lo
recoge en su obra Historia de la decadencia y la caída del Imperio
romano. Sus fracasos morales y su arrogancia lo debilitaron hasta
que los bárbaros pudieron escalar sus muros porque, detrás de
aquellos muros, ya estaba todo devastado.
Veo al menos dos implicaciones en la encarnación: una ley moral
absoluta y la supremacía del amor. Vamos a considerarlas una por
una.
Por mucho que queramos enfatizar los tópicos, en esencia el
humanismo es relativista. Todos los valores se convierten en
relativos dependiendo de las circunstancias y la cultura de la
persona. Y en esencia, el relativismo se destruye a sí mismo. Decir
que toda la verdad es relativa es en sí una contradicción: esa
afirmación o incluye el relativismo o lo excluye. Si lo incluye, está
diciendo que el propio relativismo no siempre es verdad. Si lo
excluye, está sugiriendo un absoluto, aunque niega que los absolutos
existan. Así que la única forma de que toda la verdad pueda ser
relativa es, de nuevo, emplear un disolvente que se disuelve a sí
mismo.
El relativismo se convierte en las arenas movedizas del humanismo
y también destruye el significado porque uno no puede encontrar
seguridad en una cultura sin valores, definida por personas sin valor.
Los que mejor lo saben son nuestros jóvenes. En su libro Finding
God at Harvard (Encontrando a Dios en Harvard), Kelly Monroe
Kullberg cita a un estudiante: “La libertad de hoy es la libertad de
entregarnos a los valores que nos apetezcan, con la condición de que
no creamos que esos valores son verdad”.4
En su libro Relativism (Relativismo), Francis Beckwith y Greg
Koukl describen lo que significa e implica el relativismo moral.
Señalan que los sistemas morales clásicos tienen al menos tres
características. Primero, sirven como guía incuestionable para las
acciones, independientemente de los gustos, preferencias,
costumbres, intereses, etcétera. Segundo, el sistema estipula un
código pres- criptivo que da un sentido de “deber” y de imperativos;
dicta cómo deberían ser las cosas. Tercero, la moral es universal.
Estos principios morales no son arbitrarios ni personales, sino que
son públicos, y son aplicables por igual a todas las personas en
situaciones esencialmente similares. Esto es lo que implica una ley
moral objetiva.
Incluso los escépticos ven esto necesario. Beckwith y Koukl citan al
filósofo David Hume en cuanto al tema del sistema moral:
El concepto de valores morales lleva implícito un
sentimiento comúna toda la humanidad que recomienda la
aprobación general de un mismo objeto y hace que todos los
hombres o la mayoría de los hombres coincidan en la misma
opinión o en la misma explicación de dicho objeto. También
da por hecho algunos sentimientos tan universales y amplios
que se extienden a toda la humanidad.5
En efecto, el relativismo rechaza esa idea y se deshace del “deber”
universal. Es interesante ver que los relativistas han huido de los
absolutos, pero demandan acatar el relativismo como un absoluto.
Funcionalmente, no es diferente de un punto de vista amoral o, lo
que es más, de una persona sin un punto de vista moral. Nuestra
cultura al completo ha caído presa de un modo relativista de decidir
qué valores morales se aplican a cada persona. Peligrosamente, en
lugar de estipular una prescripción, el relativismo se desplaza
constantemente hacia la pregunta “¿relativo a qué?”.
Recuerdo muy bien una noticia que salió en uno de los principales
canales de televisión en los años 90. Describían una encuesta sobre
qué piensan los estadounidenses de los absolutos en los ámbitos del
lenguaje y la moral. Vivimos en lo que yo llamo una cultura de
“salvación por encuestas”. En la primera pregunta de la encuesta, el
reportero preguntaba a pie de calle: “¿Crees que las palabras tienen
un significado específico o, por lo contrario, que su significado
depende de la forma en la que el emisor la use?”. Esa pregunta fue
avalada por la famosa frase que el presidente Clinton dijo en su
defensa en el caso Lewinsky: “Todo depende de lo que signifique la
palabra es”.
Curiosamente, el consenso fue que el uso de las palabras depende
del emisor y que las palabras no están sometidas a definiciones
específicas. Ni el reportero ni los entrevistados cayeron en la cuenta
de que, para opinar sobre el tema, estaban usando palabras.
Pero dejando eso a un lado, la siguiente pregunta era si la moral es
absoluta o si depende de cada persona. De nuevo, la encuesta mostró
una dependencia de la persona, en lugar de unas normas morales
externas al individuo. Una vez más, implícitamente eso plantea la
pregunta de si uno necesita ser honesto en su respuesta. Tal es el
estancamiento que nuestra cultura posmoderna se autoimpone.
Irónicamente, la segunda noticia que dieron ese día fue la
advertencia a Saddam Hussein de que si no “dejaba de hacer juegos
de palabras, empezaría el bombardeo”. Eso evidenció la dura
realidad. Las palabras y los principios morales sí tenían un
significado con el que podíamos juzgar a los demás, pero eso no era
aplicable en la misma medida a nosotros mismos. Esa es la espada
de doble filo del relativismo. Hiere la mano del que la empuña. Lo
admitamos o no, las palabras tienen referentes ónticos al igual que
los pronunciamientos morales. Vince hablará más de esto en su
capítulo sobre el hedonismo.
Yendo más allá de la ley moral, Jesús enseña las ocho
bienaventuranzas en las que no solo invierte supuestos comunes,
sino que enseña cómo Él trasciende la ley (Mateo 5:1-12). Los
pobres en espíritu heredan Su reino porque los que ven su propia
pobreza de espíritu claman al Señor para que Él les enriquezca. No
son los arrogantes los que heredan, sino los humildes.
El Sermón del Monte va más allá de la ley y apunta a un llamado
aún más elevado: “Habéis oído que se dijo... [...] Pero yo os digo...”
(Mateo 5:21-48). Nosotros hablamos de la letra de la ley y del
espíritu de la ley, pero Jesús va más allá y hace que incluso el
espíritu de la ley parezca tan solo una intención. Las
bienaventuranzas nos llevan a una ética del reino que hace que la
obra de Dios en nuestras vidas sea la liberación definitiva.
Buda Gautama dijo una media verdad cuando proclamó que el
sufrimiento desaparece cuando dejamos de desear. Si no deseas
nada, nunca te sentirás desposeído. Pero en lugar de eso, Jesús nos
anima a tener hambre y sed de justicia. Ese es un deseo positivo que
te lleva más allá de la ausencia de sufrimiento, hasta la presencia de
gozo y hasta Su paz.
La vida no debería ser un proceso en el que meramente evitamos el
sufrimiento. El punto de partida del orden creado lo redefine todo.
Por eso el Domingo de Resurrección vemos quién estaba vivo y
quién estaba muerto en realidad. O, en el caso del hombre que nació
ciego y que Jesús sanó, descubrimos que la ceguera espiritual es la
enfermedad por excelencia que nos impide ver la realidad tal como
es.
Durante la guerra de Irak, una mujer soldado perdió la mano a causa
de un explosivo que cayó a su lado. Cuando la llevaban de urgencias
al hospital no paraba de llorar, no por la mano que había perdido
sino por el anillo que llevaba en aquella mano: su anillo de boda.
Uno de sus compañeros regresó a aquel lugar, encontró la mano, y le
llevó el anillo.
Qué manera más increíble de dar valor a las cosas. El anillo era la
alianza que simbolizaba su amor y unión con su marido.
Comprendió qué era lo que realmente importaba: podía vivir sin
aquella mano, pero lloró la pérdida de lo que simbolizaba el vínculo
espiritual del amor.
En algunos de los momentos más determinantes de la vida,
descubrimos una profundidad de valores que los momentos
superficiales nunca nos muestran. Cuando malgastamos nuestra
existencia en el lado superficial de la vida, nos perdemos todo lo que
se encuentra en el lado profundo del descubrimiento y de la belleza.
Esto me lleva a concluir que por encima de la ley está la supremacía
del amor: el amor como la ética suprema.
La creación define la esencia. La esencia determina la existencia. Es
así, y no a la inversa. Si la existencia define la esencia, nos
adentramos en un camino de elecciones relativistas que, aunque en
el momento parecen tener sentido, no tienen un sentido último; y la
vida se convierte en “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido
y furia, sin significado alguno”.6
El anuncio de un reloj de alta gama dice lo siguiente: “Nunca un
Patek Philippe es del todo suyo. Suyo es el placer de custodiarlo
hasta la siguiente generación”. Si la existencia define la esencia, eso
no solo es aplicable a un reloj de alta gama: es aplicable a cualquier
cosa que tú creas poseer. Salomón se lamentó de esa fugacidad de
las posesiones. Solo lo custodiamos hasta la siguiente generación.
Irónicamente, ese eslogan publicitario es para un objeto que marca
el tiempo. Todas las posesiones “valiosas” tienen fecha de
caducidad.
Aquí es donde la enseñanza de Jesús alcanza cotas no conocidas
hasta entonces. Jesús habla de tres grandes excelencias: la fe, la
esperanza y el amor. Todo ser humano se aferra en esta vida a estas
tres virtudes, que han de ser ejercitadas de manera voluntaria. Las
tres son posturas de la mente a las que todo ser humano se aferra en
esta vida. Algunas las dejamos a un lado al final, y otras encuentran
su esencia en la eternidad. Realmente no podemos vivir sin ellas,
aunque a veces intentamos vivir sin la que es la más importante de
todas.
Es imposible vivir sin fe y esperanza. Uno puede intentar vivir sin
amor, pero no habrá tenido la posesión más gloriosa del alma y del
corazón. De padres a hijos, el amor es una virtud sobre la que
cantamos, escribimos, con la que soñamos, y de la que a menudo
nos privamos.
En la actualidad soy abuelo, y me encanta esta etapa de la vida.
Nuestro nieto mayor, Jude, tiene cinco años. Me resulta muy
emotivo verle colgarse la mochila a la espalda y salir para la escuela
(aunque aún está en preescolar). No le gusta ir porque son muchas
horas para un niño pequeño. Pero le encanta volver a casa por las
tardes.
Cuando tenía unos tres años y medio, su madre no sabía dónde había
dejado las llaves del coche y al final exclamó frustrada: “¡Un día
voy a perder la cabeza!”. Enseguida, Jude se le acercó y le dijo:
“Mami, hagas lo que hagas, por favor, nunca pierdas tu corazón,
porque yo estoy ahí dentro”.
En sus salmos, David dice: “Has hecho que brote la alabanza de
labios de los chiquillos” (Salmo 8:2). Los niños tienen formas de
mostrarnos el esplendor del amor que a menudo son inalcanzables
para losadultos. ¿Por qué? Porque nuestro amor puede ser
interesado. Un niño lo expresa como una necesidad genuina. C. S.
Lewis nos recordaría que el clímax del amor está en “el amor
apreciativo” que se da en adoración.7
Lleguemos o no al amor apreciativo, sabemos que en lo más
profundo de nuestro ser anhelamos una relación consumada que
aúne de forma totalmente satisfactoria lo sagrado y la expresión de
amor. Si no hay entrega de amor ni aceptación de ese amor, eso es
imposible. ¿De qué manera es posible ese tipo de amor?
En todas las demás cosmovisiones, como mucho la vida precede al
amor. Únicamente en la fe cristiana el amor precede a la vida. El
Dios de amor nos ha creado para Su propósito, que cumplimos de
forma suprema cuando amamos a Dios y a nuestros semejantes. Y el
amor sucede a la vida. Está tanto aquí como en el más allá. Lo
disfrutas, lo entregas y lo heredas en términos aún más excelentes.
No solo custodias el amor para la siguiente generación. Tu realidad
es que la siguiente generación lo multiplicará y finalmente lo
disfrutará junto a ti en la eternidad. Es como una semilla que se
planta y que da un fruto que todos van a degustar y a disfrutar.
Transformación
En ese tipo de amor, algo tiene que morir para que la pasión más
excelente viva. Eso es lo que Jesús llama nuevo nacimiento o
“conversión”.
Como ya mencionó Vince, hace algunos años el destacado escritor
Matthew Parris escribió un artículo increíble en The Times (27 de
diciembre de 2008) en el que dijo que la única respuesta para África
no era más ayuda humanitaria sino el “mensaje evangelístico de la
conversión”. Cualquiera que conozca a Parris sabe que como ateo no
respalda en absoluto el mensaje del evangelio. Él mismo lo
confirma.
Sin embargo, cuando visitó Malawi, donde había crecido, y vio
cómo se había deteriorado la vida en África, dijo que para levantar
ese continente no hacían falta más ONG sino el corazón
transformado que el mensaje de Jesús promete. Admitió que como
ateo se sentía destrozado, pero que se veía forzado a reconocer el
aspecto único de la transformación que solo la fe cristiana promete.
Incluyo aquí el final del artículo:
Los que quieren que África camine con la cabeza alta en
medio de la competición global del siglo XXI no deben
engañarse: proveerles de los medios materiales o del
conocimiento que acompaña lo que llamamos desarrollo no
provocará un cambio. Primero, hay que sustituir todo un
sistema de creencias. Y me temo que debe ser sustituido por
otro. Eliminar la evangelización cristiana de la ecuación
africana podría dejar el continente a la merced de una fusión
maligna de Nike, los curanderos, los teléfonos móviles y los
machetes.8
Lo cierto es que esta verdad no es aplicable solo para África, sino
para toda la humanidad. El machete sería la excepción. El poder
destructivo al que tienen acceso los llamados “países avanzados”
(que es un término debatible) tiene posibilidades catastróficas.
Nuestra ética puede ser relativa, pero nuestros métodos pueden ser
absolutos.
Jesús decía que todos necesitamos un corazón cambiado: no solo los
destructivos, los indeseables y los destituidos, sino también los
sofisticados, los exitosos y los cualificados. Ese cambio de corazón
es el único camino para aquello que de otro modo mataría. Hace
falta una confianza chulesca en uno mismo para pensar que
podemos salir del atolladero del egocentrismo y el orgullo.
En su llamado a la transformación, la enseñanza de Jesús es clara.
Primero, no es un problema del intelecto sino del espíritu. Entra en
una cárcel y verás la diferencia entre la autojustificación y el
arrepentimiento verdadero. Conozco a un empresario
multimillonario que, justo antes de meterse en un proyecto de 1000
millones de dólares, me pidió que orara por él y por el proyecto.
Cuando marchamos del edificio hacia las once de la noche, me dijo:
“Tiempo atrás no habría estado de acuerdo con la parte de la oración
en la que has pedido que se haga la voluntad de Dios en este
proyecto. Habría querido arriesgarme, quisiera Dios o no. Ahora
digo con todo mi corazón que solo quiero meterme en esto si es lo
que Dios quiere para mí”.
Cuando aprobaron su licitación, me llamó y me dijo: “Eres el
primero al que llamo para contarle que han aceptado mi oferta”. Hay
una diferencia abismal entre querer las cosas a mi manera y querer
las cosas a la manera de Dios.
Cuando nos entregamos, ganamos. Cuando morimos, vivimos. Eso
es lo que Dios quiere decir cuando nos pide que nos neguemos a
nosotros mismos. Es la disposición a aceptar el reclamo de Dios
sobre nuestra vida antes de perseguir nuestros propios ideales. Ese
punto de partida es realmente el comienzo de la victoria. La vida de
verdad empieza con un funeral en el que enterramos nuestro orgullo
y autosuficiencia.
Recuerdo que de joven mis amigos y yo nos burlábamos de uno de
nuestros amigos que estaba a punto de casarse, diciéndole que iba a
perder su libertad. La broma se acabó cuando nos miró fijamente y
nos dijo: “Estáis equivocados. Lo cierto es que ahora soy realmente
libre, libre para amar, libre para comprometerme a una relación
significativa. Vosotros aún tenéis las manos atadas”.
Eso no son solo palabras. Bien entendido, describe lo que la entrega
y la muerte nos brindan: la vida para la que fuimos diseñados. La
mayoría de nosotros intenta construir primero, y solo leemos las
instrucciones cuando nos encontramos con problemas. Seguir las
instrucciones nos ayuda a cada uno a construir nuestro propio
destino. En eso consisten la libertad y la celebración verdaderas.
Consumación
Hace algunos años estaba en Jerusalén investigando y escribiendo
mi libro Light in the Shadow of Jihad (Luz en las sombras de la
yihad). Tuve una conversación fascinante con un profesor de
religiones en la universidad principal, y me sorprendió bastante uno
de sus comentarios. “Es usted un hombre inteligente, Sr. Zacharias,
pero déjeme decirle algo que usted no sabe”.
“Hay muchas cosas que no sé”, le respondí. “Por favor, cuénteme”.
“Yo soy judío y usted es cristiano. Pero tenemos una cosa en común.
Nuestra meta última es la comunión con Dios. Eso es un destino
espiritual, ¿no es cierto?”.
“Sí, es cierto”, dije sin saber exactamente a dónde quería llegar.
Pero no quise interrumpir su intenso y apasionado discurso.
“Sí. Tenemos esa meta en común. Queremos estar en comunión con
nuestro Creador, con nuestro Dios”.
Continuó: “Antes de llegar a ser profesor trabajé para el Mosad. No
me juzgue. Trabajé en los servicios de inteligencia para proteger mi
país”. La intensidad con la que hablaba y sus pensamientos me
dejaron de piedra.
“Con frecuencia me llamaban a la escena de un atentado suicida
para recoger las partes desperdigadas de algún cuerpo que había
volado por los aires. Era horrible ver tanta devastación. Pero me di
cuenta de algo. Los jóvenes que se inmolaban normalmente llevaban
una faja de plomo para proteger esa parte de su anatomía que iban a
necesitar en el paraíso.
“Sí... Y cuando me daba cuenta, guardaba silencio. Estaban
protegiendo aquello que usarían en el más allá.
Entonces me di cuenta de que su creencia y la mía eran radicalmente
distintas. No, no son mis prejuicios políticos o territoriales, ni
venganza ni nada de eso. Se trata de una creencia fundamental sobre
quiénes somos en lo más profundo de nuestro ser. Su fe se definía,
metafóricamente, en términos materiales. Mi fe, aunque algunas
veces representada por algo material, trascendía la materia y
buscaba una comunión espiritual con Dios.
Esperamos un día en el que nuestra esencia espiritual se deshará de
todo apego a lo material y encontraremos nuestro destino en Dios”.
Me quedé en silencio, reflexionando. Fue una conversación muy
diferente a la que había tenido con el gran muftí de Jerusalén la
noche anterior. El profesor tenía razón. Por un lado, lo que
importaba era el territorio, el poder, la política, las propiedades, el
control, ganar, y la destrucción de cualquiera que se interpusiera en
el camino. En cambio, esta conversación definíael viaje desde el
punto de vista del destino.
Soren Kierkegaard dijo que había aprendido a definir la vida a la luz
del pasado y a vivirla a la luz del futuro. ¿Hacia dónde vamos?
¿Cuál es la ruta que Dios ha marcado para que lleguemos allí? Toda
la vida es un peregrinaje por el desierto para que descubramos que
no hemos de vivir solo de pan sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios y que, sea cual sea la prueba, Él nos guardará y nos
protegerá con los valores que se desprenden de Su carácter.
Esa es la razón por la que Blaise Pascal dijo lo siguiente en su obra
Pensamientos:
En vano, oh hombres, buscáis en vosotros mismos el
remedio para todas vuestras miserias. Todas vuestras
observaciones os llevan a conocer que por vosotros mismos
no descubriréis la verdad ni el bien. Los filósofos
prometieron ofrecéroslos y no han podido cumplir su
promesa. No saben cuál es vuestro verdadero bien ni cuál es
vuestro verdadero estado. ¿Cómo iban a daros el remedio
para curar vuestras enfermedades, si ni siquiera las
entienden? Vuestras enfermedades principales son el
orgullo, que os separa de Dios, y el placer, que os ata a la
tierra. Y lo que han hecho es alimentar, al menos, una de
esas enfermedades. Si os han dado a Dios como objeto ha
sido para satisfacer vuestro orgullo. Os han hecho pensar
que sois como Él y semejantes a Él en vuestra naturaleza. Y
los que han visto la vanidad de esa pretensión os han
arrojado al otro precipicio haciéndoos creer que vuestra
naturaleza es como la de las bestias del campo y os han
llevado a buscar vuestro bien en vuestros impulsos, que son
el sino de los animales.9
La bifurcación en el camino es evidente: el panteísmo te engaña para
que tengas una visión inflada de quién eres, y el naturalismo te
reduce diciéndote que no eres más que una máquina pensante. Una
es autoidólatrica y la otra es reduccionista. Ninguno de esos
extremos es verdad ni empíricamente justificable.
Malcolm Muggeridge cuenta de una representación del musical
Godspell en la que Michael Ramsey, que había sido arzobispo de
Canterbury, se puso en pie aplaudiendo y gritando: “¡Larga vida a
Dios!”. Sorprendido ante el emotivo arrebato de un sosegado clérigo
británico, Muggeridge dijo: “Fue como si hubiera gritado
‘¡Continúa, Eternidad!’ o ‘¡Sigue adelante, Infinidad!’”.
Añadió: “Aquel incidente me impactó profundamente porque
ilustraba la dificultad básica con la que me encontraba cuando fui
editor de Punch: que las personas eminentes a menudo dicen y
hacen cosas que son infinitamente más ridículas de lo que habrías
imaginado”.10 A continuación Muggeridge habla de cómo Jesús trajo
una definición radicalmente distinta de lo que significa ser humano.
Con demasiada frecuencia lo que vemos es una jactancia de aquel
que habla de sí mismo, que se exalta a sí mismo, que se define a sí
mismo; en última instancia, una jactancia vacía. Dijo que la elección
que nos quedaba era la siguiente: o la ciudad de los hombres o la
ciudad de Dios.
El renombrado E. M. Blaiklock de Nueva Zelanda dijo que solo
Dios sabe cómo exaltarte sin adularte o humillarte sin rebajarte. Qué
verdad tan magnífica. Ahí está el equilibrio que necesitamos. De ahí
que el salmista que pensaba que podía esconderse de Dios o del
pecado entre las sombras escribiera: “¿A dónde podría huir de tu
presencia?” (Salmo 139:7). Da igual dónde intentara esconderse:
Dios estaba en todas partes. Incluso en el mismo infierno son
conscientes de Su ausencia, que es la causa de todo dolor. El mismo
David escribió en el Salmo 8:3-5, 9:
Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las
estrellas que allí fijaste, me pregunto:
“¿Qué es el hombre, para que pienses en él?
¿Qué es el ser humano para que lo tengas en cuenta?”.
Pues lo hiciste poco menos que un dios, y lo coronaste de
gloria y de honra; [...]
Oh Señor, soberano nuestro,
¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra!
Esa es la estatura a la que podemos aspirar, o podemos darle la
espalda a esa verdad y precipitarnos a las profundidades de la
deshumanización y la relativización que le siguen. Esa es la razón
por la que Pascal dijo en Pensamientos que los seres humanos
somos “la gloria y la vergüenza del universo”. Encuentra tu
propósito y ascenderás a la gloria; frustra ese propósito y
descenderás a la vergüenza.
¿A Su manera o la nuestra?
Tú decides.
1. “No es que hayamos puesto a prueba el ideal cristiano y no haya salido airoso,
sino que lo encontramos difícil y no lo hemos puesto a prueba”, G. K. Chesterton,
“The Unfinished Temple” en What’s Wrong with the World Nonsense and Other
Essays, San Francisco, Ignatius Press, 1994, 37.
2. Fred Hoyle y N. Chandra Wickramasinghe, Evolution from Space, London: J. M.
Dent & Sons, 1981, 24.
3. Fred Hoyle, Intelligent Universe, New York, Holt, Rinehart, and Winston, 1983,
242.
4. Rebecca Baer Porteous citada en Kelly Monroe Kullberg, ed., Finding God at
Harvard, Grand Rapids, MI, Zondervan, 1996, 17.
5. David Hume, “Universal Principle of the Closed Frame”, The Enquiry
Concerning Morals, citado en Francis Beckwith y Greg Koukl, Relativism: Feet
Firmly Planted in Mid-Air, Grand Rapids, MI, Baker Book House, 1998, 29.
6. William Shakespeare, Macbeth, Acto 5°, Escena V.
7. Ver C. S. Lewis, The Four Loves, New York, Harcourt Brace & Company, 1988,
17 [Los cuatro amores, Madrid, Rialp, 1991].
8. Matthew Parris, “As an Atheist, I Truly Believe Africa Needs God”, Times, 27 de
diciembre de 2008,
http://www.timesonline.co.uk/tol/comment/columnists/matthew_parris/article5400568
Visto el 10 de septiembre de 2016.
9. Blaise Pascal, Pensées, Section VII: Morality and Doctrine, 430,
http://www.bartleby.com/48/1/7.html. Visto el 10 de septiembre de 2016.
[Pensamientos, Madrid, Valdemar, 2014].
10. Malcolm Muggeridge, The End of Christendom, Grand Rapids, MI, William B.
Eerdmans, 1980, 13.
http://www.timesonline.co.uk/tol/comment/columnists/matthew_parris/article5400568
http://www.bartleby.com/48/1/7.html
I
CAPÍTULO 7
HEDONISMO 
“Haz lo que te haga feliz”
Vince Vitale
magina que existe una máquina (¡probablemente dentro de poco
existirá!) que te ofrece cualquier experiencia que desees. Podrías
escoger ganar el oro olímpico, enamorarte o hacer un importante
descubrimiento científico. Y entonces la máquina estimularía las
neuronas de tu cerebro de tal forma que experimentaras una
simulación perfecta de aquello que has deseado. En realidad, estarías
flotando en un tanque lleno de una sustancia viscosa, con un montón
de electrodos conectados a tu cerebro. Si te dieran a escoger,
¿programarías las experiencias que deseas tener y te enchufarías a
esa máquina por el resto de tu vida?1
Me uno al filósofo Robert Nozick, a quien se le ocurrió este
experimento mental en la década de 1970, cuando dice que no
deberíamos enchufarnos a esta “máquina de experiencias”. Y esto
apunta a la falacia del hedonismo, filosofía de más de dos milenios,
postulada por los filósofos griegos Demócrito y Epicuro. Si lo único
que importa es el placer (es decir, si el hedonismo es verdad),
entonces deberíamos enchufarnos a la máquina de experiencias y
deberíamos animar a todo el mundo a hacer lo mismo.
No solo nos importa la felicidad o el placer. No solo queremos
sentirnos amados; queremos ser amados de verdad. No solo
queremos soñar con cumplir nuestros sueños; queremos llegar a
cumplirlos de verdad. No solo soñamos con hacer algo importante;
queremos llegar a hacer algo importante de verdad. El hedonismo no
es lo que nuestros corazones anhelan; tan solo es lo que queda
cuando todos los demás “ismos” nos han fallado.
Una publicación académica reciente sugirió que, según la visión
hedonista, dado que algunos animales pueden sentir placer como los
humanos pero no llegan a experimentar lo peor del sufrimiento
humano, deberíamos concluir que esos animales tienen más valor
que los humanos.2 Si experimentar placer y evitar el dolor es la
medida de todas las cosas, esos animales obtienen una alta
puntuación en el área del placer y se libran de sufrimientos
psicológicoscomplejos como la ansiedad y la decepción, que sí
afectan a la psique humana. Esta misma idea llevó al utilitarista
Jeremy Bentham a plantear que “el push-pin [un juego de niños
inútil] tiene el mismo valor que las artes, las ciencias y la poesía”.3
El problema de esta afirmación no es el razonamiento que le lleva a
esa conclusión, sino la idea subyacente de que el placer es el único
factor que determina el valor de algo o alguien.
El placer y la felicidad son cosas buenas, pero no son las únicas
cosas buenas. No solo debería importarnos sentirnos bien por
dentro, sino que también debería importarnos la verdad y el impacto
que tiene nuestra vida sobre nuestro entorno. Como dijo C. S.
Lewis, “si la felicidad fuera lo único que persigo, una buena botella
de oporto serviría para satisfacer mi deseo”.4
La gente a menudo me dice que no necesita a Dios porque “soy feliz
tal y como estoy”. ¡Eso es genial! Yo creo que la felicidad es un
regalo de Dios, que es quien “llena nuestros corazones de alegría”
(Hechos 14:17). Pero la fe cristiana ofrece mucho más que eso. La
persona que opta por la máquina de experiencias es feliz tal y como
está. Algunos animales son muy felices tal y como están. Entonces,
¿deberíamos enchufarnos a la máquina de experiencias o desear
haber sido animales? En ambos casos, la consecuencia del
hedonismo es la pérdida de la humanidad.
Según la fe cristiana, hubo un personaje histórico que podría haberse
enchufado a la máquina de experiencias: Jesús. De hecho, Jesús
podría haber hecho una mejor. Podría no haber creado nada y
simplemente haber disfrutado eternamente de la relación y el placer
perfectos que hay en la trinidad. O, después de crearlo todo, podría
haberse mantenido alejado de la fragilidad de este mundo. Podría
haber vivido en su forma no humana, gozando de una existencia
rebosante de placer y libre de todo dolor.
En cambio, Jesús creó un mundo que Sus propias criaturas dañarían,
un mundo que le afligiría en muchos aspectos; y decidió entrar en
ese mundo como humano, con todo el dolor y sufrimiento que la
vida humana conlleva. Dios hizo todo eso sabiendo que las
siguientes profecías, escritas cientos de años antes de su nacimiento,
se cumplirían en su vida como humano:
Isaías 53:3-9:
Despreciado y rechazado por los hombres, varón de
dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban
mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos.
Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó
nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido,
golpeado por Dios, y humillado.
Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por
nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio
de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados.
Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía
su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la
iniquidad de todos nosotros.
Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como
cordero, fue llevado al matadero; como oveja,
enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su
boca.
Después de prenderlo y juzgarlo, le dieron muerte; nadie
se preocupó de su descendencia.
Fue arrancado de la tierra de los vivientes, y golpeado por
la transgresión de mi pueblo.
Se le asignó un sepulcro con los malvados, y murió entre
los malhechores aunque nunca cometió violencia
alguna, ni hubo engaño en su boca.
Salmo 22:14-18:
Como agua he sido derramado; dislocados están todos mis
huesos.
Mi corazón se ha vuelto como cera, y se derrite en mis
entrañas.
Se ha secado mi vigor como una teja; la lengua se me
pega al paladar.
¡Me has hundido en el polvo de la muerte!
Como perros de presa, me han rodeado; me ha cercado
una banda de malvados; me han traspasado las manos y
los pies.
Puedo contar todos mis huesos; con satisfacción perversa
la gente se detiene a mirarme.
Se reparten entre ellos mis vestidos y sobre mi ropa echan
suertes.
Esa es la vida que Jesús escogió. Tal como Él dijo: “Nadie me
arrebata la vida, sino que yo la entrego por mi propia voluntad”
(Juan 10:18). Al escoger esta vida por encima de una vida de placer
ininterrumpido e infinito, y vivir la vida más aplaudida de toda la
historia a pesar de esa elección, la vida de Jesús es un argumento
muy potente en contra del hedonismo.
Jesús se busca problemas
Hay una tendencia a olvidar lo incómoda que fue la vida de Jesús.
Tendemos a sanearla, en parte quizá porque así nos resulta más fácil
justificar las comodidades a las que nos aferramos.
A Jesús se le recuerda como un buen maestro de moral, sabio y
respetado, querido por las masas, una celebridad a la que le gustaba
hacer milagros y ser aplaudido por ello. Fue “Jesucristo Superstar”.
¿Y a quién no le produce placer ser una estrella? Cierto, está aquel
desafortunado incidente de la cruz, pero apartamos nuestra mirada
de esa visión repugnante y vemos aquel incidente como una
excepción dentro de una vida llena de placer.
La realidad es que la cruz es un final lógico para una vida
constantemente provocadora y a menudo incómoda. Jesús conocía la
incomodidad de no tener dónde reposar la cabeza cuando llegaba la
noche (Lucas 9:58). Conocía lo que era estar frustrado con un amigo
hasta el punto de tener que amonestarle diciendo: “¡Apártate de mí,
Satanás!” (Marcos 8:33). Conocía el enfado con las autoridades
injustas que actuaban como “hipócritas” (Mateo 23:13), como
“ciegos insensatos” (Mateo 23:17) y como una “camada de víboras”
(Mateo 23:33). Conocía la tristeza profunda de ver cómo pisoteaban
lo más sagrado para Él: “Mi casa será casa de oración, pero vosotros
la habéis convertido en cueva de ladrones” (Lucas 19:46). Jesús
vivió con las emociones que le llevaron a exclamar la noche antes de
su muerte: “Es tal la angustia que me invade, que me siento morir”
(Mateo 26:38). Jesús murió experimentando el rechazo: “Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34).
La vida que Jesús eligió no solo fue una vida con un final difícil; fue
una vida llena de dificultades de principio a fin. Cuando nació, un
rey lo buscaba para matarle; y murió en manos de aquellos que
buscaban matar a un Rey.
Jesús no solo vivió una vida llena de problemas, sino que buscaba
los problemas de forma activa. Un día, una multitud de gente se
había reunido a orillas del mar de Galilea para escucharle. Había
tanta gente y tenían tantas ganas de escucharle que Jesús se subió a
una barca y les enseñó desde el agua. Al atardecer, Jesús decidió
dejar a la multitud y les dijo a sus discípulos: “Crucemos al otro
lado” (Marcos 4:35). Zarparon y atravesaron una fuerte tormenta
que casi hundió la barca en la que iban.
Cuando llegaron al otro lado, Jesús interactuó con un hombre del
que se dice que tenía un espíritu maligno: “Este hombre vivía en los
sepulcros, y ya nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas.
Muchas veces lo habían atado con cadenas y grilletes, pero él los
destrozaba, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Noche y día andaba
por los sepulcros y por las colinas, gritando y golpeándose con
piedras” (Marcos 5:3-5). Este hombre, “que hacía mucho tiempo que
no se vestía” (Lucas 8:27), cayó de rodillas frente a Jesús y este le
dijo: “¡Sal de este hombre, espíritu maligno!” (Marcos 5:8).
Cuando la gente que vivía cerca vino a ver qué ocurría, “vieron al
que había estado poseído por la legión de demonios, sentado,
vestido y en su sano juicio” (Marcos 5:15). Entonces Jesús subió de
nuevo a la barca y cruzó al otro lado del mar de Galilea, y de nuevo
le rodeó una gran multitud.
Esta es la vida que Jesús vivió. De repente se encuentra con una
oportunidad de enseñanza ideal a las orillas del mar de Galilea. Hay
una enorme multitud que ha venido a escucharle y todos están
ansiosos por oír más. Podría continuar asombrando a la multitud con
Su sabiduría y disfrutando de los elogios de sus queridos fans.
Pero Jesús tiene una idea mejor: “Vayamos al otro lado”. Crucemos
el mar de Galilea. Por la noche. Ese mar de casi trece kilómetros de
anchura, rodeado por altas montañas y conocido por sus tormentas
violentas y repentinas.“¿Por qué no podemos esperar a que
amanezca, Jesús?”. “Bueno, al otro lado hay un hombre poseído por
un demonio increíblemente violento e increíblemente fuerte, y me
gustaría ir a hablar con él y ver si puedo ayudarle”.
Si nosotros nos topáramos con un hombre así, cruzaríamos al otro
lado de la calle. Jesús no. Jesús cruzó al lado donde él estaba. Jesús
no buscaba meterse en problemas porque fuera más fácil o
placentero, sino porque era la mejor forma de mostrar amor. Y una
vez que Jesús encontró el problema que estaba buscando, tanto
Marcos 5:21, Lucas 8:37 como Mateo 9:1 dan a entender que de
inmediato volvió a cruzar el mar para regresar al lado donde estaba
antes. Parece que Jesús hizo ese ridículo viaje solo para sanar a ese
hombre cargado de problemas.
Imagino que aquellos que pasaban tiempo con Jesús
experimentarían muchos días así: días en los que Jesús no buscó su
propio placer, sino que fue a buscar el dolor de otras personas.
Buscaba los problemas porque era allí, en medio de los problemas,
donde Dios quería obrar; era allí, en medio de los problemas, donde
había necesidad de sanación.
Así es como Jesús entendió el propósito de Su vida: “El Espíritu del
Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas
nuevas a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los
cautivos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos,
a pregonar el año del favor del Señor” (Lucas 4:18-19). Los pobres,
los cautivos, los ciegos, los oprimidos, ese niño de cada siete que se
escapará de casa antes de los dieciocho, los ochocientos cuarenta
niños que morirán de hambre o por enfermedades fácilmente
tratables en el tiempo en que lees este capítulo: no aquellos que le
podían prometer placer, sino aquellos que necesitaban Su ayuda.
Jesús no se metía en problemas porque le gustara, sino porque hay
mucha gente en apuros. Jesús se metió en problemas porque ese es
el precio que costó salvarnos.
Jesús el agitador
Jesús también fue un agitador. Agitaba las vidas de Sus seguidores
porque seguirle significaba meterse en problemas.
Los cristianos suelen explicar que Jesús murió para que nosotros no
tuviéramos que morir. Eso es totalmente cierto: movido por un amor
desmesurado e inconcebible para nosotros, Dios cargó sobre sí
nuestro pecado, nuestra vergüenza y nuestro sufrimiento para que
nosotros pudiéramos ser libres de todo ello. Pero igual de cierto es
que Jesús murió para que nosotros muriéramos. Jesús murió para
que encontráramos en Él el coraje para entregar nuestras vidas por
los demás del mismo modo en que Él entregó su vida por nosotros.
Por eso Jesús dijo: “Y este es mi mandamiento: que os améis unos a
otros, como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el
dar la vida por sus amigos” (Juan 15:12-13). Y Juan y los demás
discípulos de Jesús aceptaron el llamado: “En esto conocemos lo
que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así
también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos”
(1 Juan 3:16).
Jeremy Bentham creía que “la naturaleza ha puesto a la humanidad
bajo el gobierno de dos señores soberanos: el dolor y el placer”.5
Pero para Jesús y sus seguidores, esos dioses falsos no son ni
señores ni soberanos. Jesús no pide a sus discípulos que se
entreguen a la eterna y agotadora búsqueda del placer, ni a la inútil
evasión del dolor, sino al amor sacrificial. Alguien expresó este
contraste de forma sencilla y clara: en una cultura que te dice “sé tú
mismo, cuida de ti mismo, exprésate, confía en ti mismo y mímate”,
Jesús dijo “niégate a ti mismo, toma tu cruz cada día y sígueme”
(Lucas 9:23), sabiendo que “si a mí me han perseguido, también a
vosotros os perseguirán” (Juan 15:20).
Recuerdo a un estudiante de la Universidad de Oxford con el estuve
hablando durante varias semanas de sus preguntas sobre Dios y la fe
cristiana. Cuando parecía que las cosas le empezaban a cuadrar y las
evidencias a favor del cristianismo le resultaban convincentes, le
pregunté qué le impedía tomar la decisión de seguir a Jesús. Su
respuesta fue la siguiente: “Imagino que estoy sopesando qué voy a
ganar yo”. Me sentí muy triste. No había entendido nada. No había
entendido que Jesús nos ofrece una vida mucho más elevada: una
vida vivida no solo para nosotros mismos, sino entregada a los
demás y a la verdad, la belleza y la bondad.
Yo estoy inmensamente agradecido de que la respuesta de Jesús no
fuera “sopesar lo que Él iba a ganar”. Su respuesta fue exactamente
lo contrario: Él “no vino para que le sirvan, sino para servir y para
dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). La única
balanza que a Jesús le interesaba era la que calculaba lo que
nosotros íbamos a ganar.
En una entrevista realizada recientemente a Ravi Zacharias, buen
amigo y coautor de este libro, le preguntaron lo siguiente: “¿Disfruta
usted de su trabajo?”. Hubo una larga pausa. Ravi necesitó unos
instantes porque nunca se había planteado esa pregunta, y esa es una
de las cosas que más admiro de él. Nunca se preguntó: “¿Este
trabajo me dará la mayor felicidad y satisfacción?”. Lo que se
preguntó fue si era el trabajo al que Dios le había llamado y si era
una forma de servir a los demás. Después de pensar unos instantes,
Ravi respondió: “Hay muchos momentos en los que disfruto
profundamente”.
¿Hay muchos momentos placenteros en la vida cristiana? Por
supuesto. Y mejor aún: puedes experimentar el gozo profundo e
inamovible que proviene de saber que tienes un propósito y que
siempre puedes descansar en la presencia de Aquel que te ama más
que nadie. Pero el placer y el gozo solo son regalos que podemos
recibir con integridad cuando son el resultado, no de enchufarse a la
máquina de experiencias, sino de vivir en nuestro mundo real y lleno
de problemas con el amor de Cristo.
Dios es un agitador. Él busca los problemas y les pide a sus
seguidores que busquen problemas con Él. ¿En qué problemas
quiere que te metas para ser Su agente de sanidad? Todo seguidor de
Cristo debe poder responder a esa pregunta.
Problemas a causa del dinero
Tristemente, a menudo estamos demasiado distraídos pensando “qué
vamos a ganar nosotros” como para preguntarnos en qué problema
quiere Dios que nos metamos. Y no hay distracciones más grandes
que el dinero y el sexo. Cuando se trata de dinero, ¿nos enchufamos
a la máquina de experiencias? El filósofo ateo Peter Singer, con el
que no puedo estar más en desacuerdo en muchos puntos, cuenta
una historia escalofriante para argumentar que sí nos enchufamos a
la máquina de experiencias. La historia dice algo así:
Un tipo camina junto a las vías del tren y se da cuenta de que
unos pasos más atrás se le ha caído el iPhone. Mira al frente
y ve que viene un tren, y a la vez ve que hay un niño atado a
las vías pidiendo ayuda. Tiene tiempo suficiente para desatar
al niño, pero se da cuenta de que solo tiene tiempo o para
desatar al niño o para dar unos pasos atrás y recoger su
iPhone. A su derecha oye gritos. Se vuelve y ve a los
familiares del niño, desesperados porque quieren llegar hasta
él, pero una alambrada de púas les bloquea el camino. Los
familiares ven al hombre y le piden con gritos desesperados
que salve a su pequeño. El hombre mira al niño, mira a la
familia y con indiferencia da media vuelta, camina unos
pasos y recoge su iPhone. El niño y su familia gritan y lloran
hasta que el tren lo atropella partiéndolo en pedazos, que
vuelan por todas partes.
Cuando le entrevistaron sobre lo sucedido, el hombre dijo:
“Sé que podría haber salvado al niño fácilmente, pero le
tengo mucho aprecio a mi iPhone, y si el tren lo hubiera
destrozado, me tendría que haber comprado otro, y eso
significa que no me hubiera quedado suficiente dinero para
comprar la TV que quiero. No merecía la pena salvar al
niño. No era mi problema”.6
Si estuviéramos viendo las noticias y viéramos esa entrevista,
nuestra reacción sería de indignación absoluta. Pensaríamos que ese
hombre es un monstruo. Pero, ¿acaso nosotros somos distintos?
En muchos lugares del mundo, doscientosdólares son suficientes
para que en un niño de dos años enfermo y moribundo llegue a los
seis años totalmente sano. Lo que muchos de nosotros gastamos en
lujo personal y placer personal es más que suficiente para que un
niño que está a las puertas de la muerte pueda salir de esa situación;
es suficiente para salvarle la vida.
¿Hay alguna diferencia entre nosotros y el monstruo que caminaba
junto a las vías del tren? Sí, un par de ellas.
Nosotros estamos más lejos de las personas a las que podríamos
salvar, mientras que él estaba lo suficientemente cerca para oír los
gritos del niño. Otra diferencia es que, aparte de nosotros, son
muchos los que podrían salvar a las personas que están en situación
límite alrededor del mundo, mientras que el hombre del ejemplo de
Singer era la única persona en posición de salvar al niño.
Pero una reflexión de segundos es suficiente para ver que,
moralmente hablando, esas diferencias no tienen la más mínima
importancia. Solo sirven para que nos sea más fácil mirar hacia otro
lado. Solo sirven para que nos sea más fácil conectarnos a la
máquina de experiencias dejando el mundo fuera y, así, poder
evadirnos en nuestras adquisiciones de placer personal.
Jesús nos pide (o nos ruega) que no nos enchufemos a la máquina, y
su ruego es coherente porque Él lo respondió primero: “Ya conocéis
la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por causa
de vosotros se hizo pobre, para que mediante su pobreza vosotros
llegarais a ser ricos” (2 Corintios 8:9). Jesús se hizo pobre para que
nosotros llegáramos a ser ricos. Literalmente. Él dejó el lujo y la
comodidad celestial para venir a vivir la pobreza humana porque era
la única forma de acercarse a nosotros en medio de nuestros
problemas y sacarnos de esa situación.
Si vieras un extracto de los últimos movimientos de mi cuenta
bancaria, ¿qué conclusiones sacarías? Acabo de mirarlo online:
iTunes, Netflix, MLB.com. Ninguna de esas cosas es mala, pero
“donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21).
¿Mi corazón se quebranta ante los problemas del mundo real, o se
deleita en el engaño de mi máquina de experiencias personalizada?
Ahora bien, soy totalmente consciente de que cuando hablamos de
cómo usar bien nuestro dinero surgen un sinfín de preguntas
complejas. ¿Cuándo y dónde damos, cuándo y dónde ahorramos,
cuándo y dónde invertimos en economía? Todas estas preguntas son
difíciles, y son preguntas con las que yo lucho. Pero lo que sé es que
mi corazón debe estar alineado con el mensaje de Jesús. Y lo que
ese mensaje dice, simple y llanamente, es que merece la pena morir
por la gente. Su muerte fue el precio que pagó para darnos vida. Así
que, ¿morimos para pagar la vida de los demás? ¿O los demás
mueren para pagar nuestras máquinas de placer?
Problemas a causa del sexo
Una de las primeras cosas que me llamaron la atención de la fe
cristiana fue su acercamiento contracultural al sexo. “¡Nada de sexo
antes del matrimonio! Estás de broma, ¿no?”. Para mí eso era
sumamente extraño; era una evidencia de lo anticuado que era el
cristianismo.
Me recordaba a las viejas leyes que puedes encontrar en muchos
estados que, aunque técnicamente aparecen en los libros,
evidentemente están escritas para una época pasada y han quedado
obsoletas.
Por ejemplo, he oído que en Baltimore existe una ley que dice que
es ilegal llevar un león al cine. (Es inquietante pensar que hubo un
momento en el que fue necesario redactar una ley así). O en
Oklahoma —esta es mi favorita— ¡supuestamente es ilegal tener un
burro durmiendo en tu bañera después de las siete de la noche! (¿Por
qué ibas a pensar que era apropiado tener a un burro durmiendo en
tu bañera antes de las siete de la noche?).
Así es como yo solía ver la práctica cristiana de no tener relaciones
sexuales antes del matrimonio: extraña, anticuada, represiva, una
regla imposible de seguir. Una regla pensada para aguarme la fiesta
y poner límites al placer. En la universidad, un chico estaba
intentando explicar su fe cristiana, y dijo: “Yo antes bebía, salía de
fiesta y tenía relaciones sexuales. Pero ahora soy cristiano y ya no
hago nada de todo eso”. Y yo pensé, con todo mi sarcasmo: ¡Sí!
¡Suena genial! ¿Dónde tengo que apuntarme? Esa es la imagen que
yo tenía de la fe cristiana: reglas ridículas que era más divertido
romper que seguir.
Y no era el único que pensaba que la visión del sexo de la fe
cristiana era de lo más extraña. Recuerdo muy bien el momento en
el que, después de abrazar el cristianismo, les dije a mis dos mejores
amigos que había tomado la decisión de no volver a tener relaciones
sexuales hasta después del matrimonio. Me miraron como si tuviera
tres cabezas.
Más tarde, cuando Jo y yo estábamos a punto de casarnos, una de
nuestras amigas nos dio una tarjeta de felicitación unos días antes de
la boda porque no iba a poder venir. Abrimos la tarjeta y la leímos
delante de ella, y cuando empezamos a reírnos a carcajadas, nos
miró con una expresión que decía: “¿Por qué os reís de mi preciosa
tarjeta?”.
Le enseñamos la tarjeta para que viera que, justo al final, cuando iba
a escribir “os deseo todo el amor del mundo”, como probablemente
estaba pensando en lo extraño que era que aún no hubiéramos tenido
relaciones sexuales, sin darse cuenta había puesto “os deseo todo el
sexo del mundo”. ¡Definitivamente nuestra tarjeta de boda favorita!
No tener sexo antes del matrimonio puede parecer muy extraño y
anticuado, pero mi percepción de este tema ha cambiado
radicalmente. Permíteme explicarte por qué. El modo en que usamos
las palabras es importante. Incluso el más mínimo error puede tener
consecuencias importantes. Al principio de nuestra relación, Jo se
compró una bicicleta para moverse por la ciudad, pero compró una
muy pesada y, cada vez que se subía en ella, avanzaba unos metros
tambaleándose de un lado al otro hasta que por fin conseguía ir
recto. Me preguntó: “¿Por qué me tambaleo tanto?”. Yo le respondí:
“Por el peso”. Después de un largo silencio, me di cuenta de que me
estaba matando con la mirada, y me apresuré a decirle: “¡De la bici!
¡Por el peso de la bici!”.
Un pequeño error en el uso de las palabras puede crear un gran
problema. Las palabras tienen mucho poder. Cuando pienso en los
peores momentos de mi vida, no veo peleas a puñetazo limpio, ni
momentos de los que salí herido físicamente, ni siquiera momentos
en los que fracasé estrepitosamente. Veo palabras. Veo momentos
en los que me mintieron, o momentos en los que alguien me dijo
algo a la cara pero dijo algo muy distinto a mis espaldas. Momentos
en los que las palabras que alguien dijo no reflejaban lo que esa
persona realmente pensaba.
¿Por qué es tan importante el tema del sexo para los cristianos? No
es a causa de una regla obsoleta y arbitraria. Es por el tipo de
palabra que es: “sexo” es una palabra simbólica, una palabra física.
Hablar de “relación” sexual es apropiado porque el sexo dice algo.
Hacer que otra persona se sienta sexualmente satisfecha es la
palabra más poderosa de nuestro lenguaje físico. Es la palabra que
dice “todo tuyo, para ti entero, para siempre”.
Las palabras tienen significados que se forman y se establecen con
el paso de los siglos, y heredamos esos significados nos guste o no.
No puedes chasquear los dedos y cambiar el significado de una
palabra. Puedo intentar usar la palabra hamburguesa para referirme a
un perrito caliente, pero aun así acabaré con una hamburguesa en el
plato. Del mismo modo, puedo decidir usar la palabra feo para
querer decir “guapo”, pero acabaré por quedarme sin amigos.
Incluso si por alguna razón inimaginable mi mujer aceptara que
entre nosotros usáramos la palabra feo para querer decir “guapo”, os
garantizo que si la llamara “fea” no le haría ninguna gracia porque
no puedes cambiar de repente el significado que ha tenido una
palabra durante siglos. Las raíces etimológicas y las raíces
psicológicas de las palabras son muy profundas, y cortarle las raíces
a un árbol adulto solo puede traer problemas.7
Lo mismo ocurre