Vista previa del material en texto
Esta traducción fue realizada sin fines de lucro por lo cual no tiene costo alguno. Es una traducción hecha por fans y para fans. Si el libro logra llegar a tu país, te animamos a adquirirlo. No olvides que también puedes apoyar a la autora siguiéndola en sus redes sociales, recomendándola a tus amigos, promocionando sus libros e incluso haciendo una reseña en tu blog o foro. Staff .................................. 4 Sinopsis ............................ 5 Prólogo .............................. 8 1 ..................................... 12 2 ..................................... 24 3 ..................................... 27 4 ..................................... 37 5 ..................................... 47 6 ..................................... 74 7 ..................................... 84 8 ..................................... 93 9 ................................... 100 10 ................................. 110 11 ................................. 125 12 ................................. 135 13 ................................. 138 14 ................................. 155 15 ................................. 167 16 ................................. 176 17 ................................. 184 18 ................................. 197 19 ................................. 206 20 ................................. 217 21 ................................. 227 22 ................................. 249 23 ................................. 256 24 ................................. 266 25 ................................. 273 26 ................................. 277 27 ................................. 285 28 ................................. 291 29 ................................. 297 30 ................................. 302 Epílogo .......................... 312 Sobre la Autora ............. 325 TRADUCCIÓN Danielle Marie OnlyNess CORRECCIÓN BVEM Kote Ravest Macchiavello Marie LECTURA FINAL Claudia DISEÑO Bruja_Luna_ Sorrell Pagará por lo que hizo... nació en un tipo de privilegio que nunca he conocido. Tiene todo lo que yo no: Dinero. Educación en una escuela privada. Popularidad. Le espera un futuro brillante y luminoso, lleno de éxitos. Se llevó lo único que tenía a mi favor: mi mejor amiga, Rachel. Ahora que ella se fue, no tengo nada que perder. Me infiltraré en su mundo. Acunaré su inútil corazón en mis manos. Quemaré toda su vida y destruiré todo lo que aprecia. No me inscribí en la Academia Toussaint para aprender. Vine a destruir un monstruo... ...y no me iré hasta que esté muerto. Theo No tiene idea de en qué se está metiendo... es inteligente, cáustica como el infierno, y muy posiblemente la cosa más hermosa que nunca he visto. También va a conseguir que la maten. Es una tonta si cree que voy a ser amable con ella solamente porque está rota. No te metes en la boca del lobo y sales ileso. Tiene sus secretos. Eso está bien. Mis secretos la desentrañarán hasta que se rompa. Se inclinará ante mí, y se romperá. Entonces, y solo entonces, la haré mía. Composición musical que contiene partes de una misa de réquiem. Acto o muestra de recuerdo. Sorrell —De nuevo. Más fuerte. Mierda, lo digo en serio. Golpeo la almohadilla de boxeo con todo lo que tengo, volcando en el golpe todo el odio y el dolor que se sincroniza alrededor de mi corazón. Como siempre, mi puntería es fiel; el impacto del golpe sube por mi brazo atravesándome el hombro, tan fuerte que hace que mis dientes crujan, pero por la mirada en el rostro de Ruth, mis esfuerzos esta mañana ni siquiera están cerca de cumplir con sus estándares. —Este es el problema, Sorrell. —Agarra mi trenza (mi cabello es tan grueso y largo que tengo que atarlo para hacer ejercicio) y le da un fuerte tirón—. Si hubieras pasado más tiempo entrenando en lugar de salir a escondidas a las fiestas, Rachel no estaría muerta ahora mismo. Estaría aquí, donde debía estar. Ambas habrían estado a salvo. Concentradas. Dedicadas. La mirada de los distantes ojos azules de Ruth es aún más fría que de costumbre. No todos los días la jefa de Falcon House se digna a venir a entrenar a sus pupilos. Por lo general, entrenamos en grupo, dirigidos por Sarai o incluso por Gaynor, pero desde la muerte de mi mejor amiga, la eterna Ruth, con su cabello castaño oscuro recogido en un moño severo, y sus manos callosas, su postura erguida y su aire de desaprobación siempre presente, ha estado trabajando conmigo personalmente, uno a uno. Es decir, ha hecho de mi vida un infierno. Como si no hubiera sido suficientemente infernal. Rachel era más que mi mejor amiga; era todo. No habría sobrevivido los últimos cuatro años sin ella. Ahora que se ha ido, con honestidad, no estoy segura de que vaya a sobrevivir el resto de esta semana. No con Ruth tan empeñada en destrozarme. Muerdo la punta de mi lengua, sabiendo que mi mentora tiene razón. Sobre el papel, Falcon House es un hogar de acogida, un hogar de acogida muy grande. En realidad, es mucho más que eso. Este lugar es un santuario. Entrenamos nuestros traseros aquí. Aprendimos a pelear. A protegernos a nosotras mismas. Rachel y yo disponíamos de muchos recursos. Deberíamos haber dedicado más tiempo a realizar simulacros y practicar danza contemporánea, pero Rachel nunca se conformó con las reglas de Ruth. Además, se había marchado a estudiar a esa lujosa escuela privada con una beca, y eso había sido todo. No hubo más sesiones de entrenamiento juntas. Apenas la había visto. Los meses habían pasado sin más que mensajes de texto para mantener viva nuestra amistad. Cuando regresó a Los Ángeles el mes pasado, toda nerviosa y lista para la fiesta, no tuve el corazón para negarme. —¿Qué es una noche? —había dicho ella. ¿Seis horas fuera de la casa, sin que nuestras compañeras vigilaran todos nuestros movimientos? En ese momento no me pareció gran cosa. Ruth hace que suene como si estuviéramos saliendo a hurtadillas de la casa todos los fines de semana para que nos follaran, pero eso no podría estar más lejos de la realidad. La fiesta en casa a la que Rachel insistió en que fuéramos fue, literalmente, la primera fiesta a la que asistimos. Sin embargo, debería haberlo sabido. Era mi deber decirle a mi amiga que no, pecar de precavida e insistir en que nos quedáramos en los terrenos de la casa. Nunca había sido fácil decirle que no a Rachel. Al final había cedido a su incesante insistencia. Habíamos bebido demasiado. Nos habíamos drogado. Nos metimos en un auto con un grupo de chicos que no conocíamos. Y ahora Rachel está muerta. Así de simple. Vuelvo a golpear la almohadilla, una combinación de gancho de derecha, gancho de izquierda y uppercut1, intentando despistar a Ruth con un juego que no hemos practicado hoy, pero la mujer que me recogió de la calle y me salvó la vida no es tonta. Ella ve mis maniobras a un kilómetro y coloca las almohadillas atadas a sus manos en consecuencia, una vez más, decepcionada. Niega con la cabeza y el peso de su desaprobación es un yugo insoportable alrededor de mi cuello. —Puedes olvidarte de ir al funeral —dice. Dejo mi postura de luchador, enderezándome. —¡Ruth! No hablas en serio. Tengo que ir al funeral. 1 Uppercut: Golpe que va a lo largo de una línea vertical hasta el mentón. —Estás demasiado distraída. Solo faltan cuatro días para que te vayas, y no te enviaré al mundo sin estar preparada. Ya es una imprudencia enviarte a esa escuela en este estado. Sigo pensando que sería mejor enviar a Margo… Apreté mi mandíbula, mis manos se cerraron en puños aún más apretados, mi cuerpo se bloqueó. —Voy a ir a Toussaint. Voy a ser yo. No vas a enviar a Margo. Rachel odiaba a Margo. Todo el mundo odia a Margo. La chica es una perrade grado A con un gran resentimiento del tamaño del Monte Rushmore. No permitiré que ni ella ni nadie salga de Falcon House para vengar a mi mejor amiga. Me escabulliré en la noche si es necesario. Ruth tiene razón; debería haber protegido a Rachel, y no lo hice. Está muerta porque no impedí que se subiera a ese auto. Que me condenen hasta el infierno y de vuelta si también le fallo en esto. Ruth ensancha sus fosas nasales, sus ojos recorren los rasgos determinados de mi rostro. —Puedes quedarte aquí y entrenar hasta que te sangren las manos, para estar preparada para lo que venga después, o puedes ir al funeral. No, espera. Déjame expresarlo de otra manera. Puedes hacer las cosas bien por Rachel, o puedes ir y quedarte junto a una tumba, enfadarte y llorar como si eso fuera a cambiar algo. Tú decides. Pero sé cuál sería mi decisión. Rachel ya lleva un mes muerta. El forense se negó a entregar su cuerpo durante semanas; el anciano encargado de determinar la causa de la muerte de Rachel se demoró un poco más. No soy la única que ha esperado a asistir al funeral de Rach para despedirse como es debido, pero soy la única chica de Falcon House que la quería como yo. La mayoría de las demás no son tan unidas como lo estaba yo con Rachel. Se siente como una traición no asistir al servicio ahora, para ver su pálido rostro en paz, presenciar cómo yace en su ataúd abierto, ver cómo cierran la tapa y lo sellan. Verla bajar a salvo a la tierra, donde se descompondrá, se pudrirá y nunca envejecerá, mientras yo me quedo atrás para navegar por esta pesadilla despierta de una vida sin ella. Pero vengarla es más importante. Adopto la postura de lucha que me han inculcado desde el primer día que llegué a Falcon House y me lanzo contra Ruth y sus almohadillas. Ella retrocede un paso con mi primer golpe. El segundo la desequilibra menos, pero aún tiene que enderezar su postura para compensar mi furia. Doy un golpe tras otro, dejando caer todo mi dolor, mi culpa y mi sufrimiento tras mis puños, hasta que finalmente hago algo que nunca antes había hecho: La sorprendo con la guardia baja. Mi puño izquierdo conecta con la mandíbula de Ruth, un golpe que la toma por sorpresa. Sus ojos se abren de par en par, su cabeza se desvía hacia un lado, y una pequeña chispa de satisfacción cobra vida dentro de mí, cuando una perla de sangre roja y brillante brota del labio inferior de mi mentora y se desliza por su barbilla. Mis nudillos se han abierto por el golpe, pero el brillante destello de dolor que siento no es nada comparado con el rugiente abismo de dolor que hay dentro de mí y que se abre un poco más cada vez que recuerdo que mi amiga se ha ido. Derramaré con gusto mi propia sangre si eso me permite vengar a Rachel. Derramaré la de Ruth. Derramaré la sangre de Gaynor, y la de Sarai, y la de cualquiera que se interponga en mi camino. Hago esta promesa al universo mientras cargo de nuevo contra Ruth. Incluso si eso significa que no puedo ir y estar con Rachel cuando sea enterrada en la tierra. Aunque tenga que quedarme de pie, encerrada en esta sala de entrenamiento durante cuatro días seguidos, hasta que Ruth esté satisfecha con mis progresos y le dé una paliza. Haré lo que sea necesario... Porque el tipo que mató a Rachel sigue ahí fuera, paseando, libre como un maldito pájaro, y no voy a tolerar esa injusticia. Theo Merchant también va a sangrar, y no dejaré de hacerlo hasta que no quede una gota de sangre en su cuerpo. Ruth sonríe, más afilada que el filo de una navaja. —Bien. Ahora estamos llegando a algo. Sorrell Supuestamente, la Academia Toussaint es una de las mejores escuelas privadas del país. El ochenta por ciento de sus alumnos que se gradúan van a instituciones de la Ivy League, que luego se convierten en astrofísicos, políticos, médicos, y banqueros. Rachel aplicó a la escuela como una broma, sin pensar que le concederían una beca, pero no me sorprendió cuando una mañana vino corriendo por el pasillo, gritando a todo pulmón, blandiendo una carta de aceptación en su mano. Era inteligente. Como, genio inteligente, con una memoria fotográfica. Era voluntaria en comedores sociales. Estaba en el programa Hermanas Mayores. Por supuesto que la engreída, pretenciosa y ridícula Academia Toussaint la quería. Era la candidata perfecta sobre el papel: lo suficientemente desfavorecida como para hacerles quedar bien, como si estuvieran retribuyendo a la comunidad, pero lo suficientemente inteligente como para mantener sus números altos y garantizar que sus estadísticas se mantuvieran estelares. Solo Dios sabe cómo Ruth me ha hecho ganar un puesto. No soy inteligente. No como Rach. Puedo mantenerme y ocuparme de mis tareas, pero no soy especial como ella. Soy de inteligencia promedio. No soy voluntaria en ningún comedor social. Nunca encontrarás mi culo apuntándose a un programa de Hermanas Mayores; sería una influencia horrible para las mentes jóvenes e impresionables. Ruth debe haber indagado y chantajeado a alguien para que yo pudiera completar mi último año en un lugar tan prestigioso. A cinco horas a las afueras de Seattle, ubicada en el extremo este más alto del estado de Washington, la Academia Toussaint es el último bastión de la civilización ubicada en el centro de uno punto cinco millones de acres del bosque nacional de Colville. Uno punto cinco millones de acres. Hay un camino de entrada. Un camino de salida. No hay municipios de los cuales hablar. Sin tiendas. Sin centros comerciales. Sin Starbucks. Sin cobertura de celular. Voy a tener que conectarme al internet satelital de mierda de la escuela para poder enviar mensajes y llamar a Ruth para nuestros controles diarios, por el amor de Dios. El viaje es interminable y aburrido como la mierda. A dos horas de la Academia, Gaynor, que se llevó la peor parte, me acompaña a través de las fronteras estatales, apaga la radio y bosteza, sacudiendo la cabeza. —Si apagas la música... —Empiezo. Levanta una mano. —No puedo escucharme pensar, Sorrell. Si tengo que escuchar una canción más de Rage Against the Machine, juro por Dios que voy a llorar. —Entonces pon otra cosa. —Vamos a tener un poco de tranquilidad por un segundo. ¿Por qué… por qué no tarareas algo pacífico? Mis nervios están disparados por todos esos gritos. Jesús, es tan vieja. Al cabo de un rato, me desconecto y veo pasar las pequeñas ciudades por la ventanilla del copiloto. Después de un tiempo, estoy tan aburrida que empiezo a tararear, solo para intentar molestarla. —Qué bonito. ¿Qué es eso? —¿Hmm? —Esa melodía. Sonaba como... ¿Brahms? —No lo sé. Solo estaba en mi cabeza. Pero no es Brahms. Juro que no he escuchado a Brahms en mi vida. —Qué incultura. ¡Oh! Mira. Allí. Ese es el último café antes de entrar en el Bosque Nacional. Deberíamos conseguirte un café. Dudo que tengan en la escuela. Giro en mi asiento, apuntándola con una mirada incrédula. —¿Cómo dices? ¿Cómo que dudas que tengan? —Es un internado, Sorrell. Dudo que vayan a dar, a un grupo de adolescentes, acceso a estimulantes que los mantendrán despiertos toda la noche y los volverán locos. —No puedo sobrevivir sin café. —Vas a tener que hacerlo. El miedo sube por mi garganta. —Entra. Entra ahora mismo. Tal vez vendan molido. Gaynor se ríe sin remordimientos mientras mete el auto en el estacionamiento en el último momento, golpeándome contra la puerta. —Quédate aquí —dice, cuando estaciona—. Vigila el auto. —Nadie va a robar el auto. Estamos en medio de la maldita nada. Cierra la puerta de golpe y dice a través de la ventanilla que me quede quieta. Salgo de todos modos. —Por Dios, niña, ¿nunca puedes hacer lo que te dicen? —¡Me quedo con el auto! Solo estoy estirando mis piernas. Hace una mueca mientras desaparece adentro. Está haciendo demasiado frío. Me siento en el capó del Subaru Outback, con mis manos metidas en los bolsillos de michaqueta de cuero, esperando a que Gaynor salga de la destartalada cafetería, y vuelvo a pensar en lo extraño de esta situación. Hace un mes, Rachel y yo estábamos cantando canciones pop de mala calidad en Spotify, bailando en el baño, preparándonos para salir a divertirnos. Ella estaba muy emocionada. Me dijo que había alguien que quería que conociera. Un chico, por supuesto. Habíamos bebido a hurtadillas el Chardonnay de Sarai, directamente de la botella, haciendo una mueca de disgusto por su sabor agrio, riéndonos como idiotas mientras huíamos de la cocina. Habíamos hablado del “plan” para después de la graduación. Íbamos a conseguir trabajos de verano y ahorrar todo lo que pudiéramos, para luego tomarnos un año libre e irnos de mochileras por Europa. Yo quería pasar el primer mes en París. Rachel quería ir a Londres y trabajar por debajo de la mesa un poco más antes de ir a Francia. El “plan” era un trabajo en curso, pero lo estábamos resolviendo todo. Disfrutamos del sol y pasamos todos los momentos que pudimos en la playa, contemplando a tipos sin camiseta jugando al voleibol... Parpadeo, y mis recuerdos de la semana anterior a la muerte de Rachel se fracturan y se disipan, dejándome atrás, plantada de nuevo en la parte superior del Subaru de Gaynor, aturdida por lo rápido que la vida puede dar un vuelco en una moneda de diez centavos si no tienes cuidado. No más playa. No más trabajos de verano. No más París o Londres. No más Rachel. Mierda. Aprieto la mandíbula, tragando con fuerza, negándome a ceder al escozor de mis ojos. Si empiezo a llorar ahora, probablemente lloraré para siempre. No podré parar. Me ahogaré en mi dolor y mi amiga no estará aquí para sacarme de mi depresión. Mirando mis botines de cuero desgastados, intento no pensar en Rachel. Intento no pensar en nada en absoluto. —Jesús, Sorrell. No sé si la nube negra que se cierne sobre tu cabeza es el clima normal de Washington o si la has manifestado con tu mal humor. Gaynor me tiende un vaso para llevar, el vapor sale por el pequeño agujero de la tapa de plástico; el café que me ha conseguido está muy caliente, pero me importa una mierda. Doy un gran trago y acepto el dolor del líquido caliente que escuece mi lengua y mi garganta. Duele mucho, pero es un dolor cuantificable. Tengo mi boca quemada porque bebí un café extremadamente caliente. Genial. Tiene mucho sentido. He experimentado este tipo de dolor antes. Sé aproximadamente cuánto tiempo durará. Sé que no debería sufrir ningún daño grave y duradero, y que para mañana probablemente lo habré olvidado todo. Este otro dolor que estoy experimentando (el dolor de perder a mi amiga) es nuevo. No puedo cuantificarlo. No tiene sentido. No sé cuándo o si desaparecerá, o si me dejará ilesa. Siento que estoy siendo aplastada hasta la muerte por eso. Que en cualquier momento no podré soportar la terrible presión y sucumbiré a ella, y ese será el final de Sorrell Voss. Frunciendo el ceño, Gaynor me mira y da un golpe en mis botas, solicitando sin palabras que quite las botas de mierda de la salpicadera. Pone los ojos en blanco y se da por vencida cuando la ignoro. Suspirando, se sube a mi lado en el capó del auto, colocándose a mi lado, y luego toma un sorbo de su propio café. Es una mujer diminuta. La parte superior de su cabeza rubia apenas roza la parte superior de mi hombro. Parece que, el abrigo azul hinchado y demasiado grande que lleva, se la está comiendo lentamente. El rímel de la mujer siempre está un poco manchado, siempre un poco apelmazado. A sus cuarenta y tantos años, normalmente tiene buen aspecto para su edad, pero el día sombrío y nublado de hoy la hace parecer desvaída, con la piel pálida. —Estás hecha una mierda —digo agradablemente. Su respuesta es inmediata. —¡Descarada! Tú eres la que habla. Te pareces a Casper, el fantasma no tan amigable. Tu rostro es del color de la leche cuajada. Tu cabello es demasiado negro. Deberías hacerte unas mechas o algo así. Suavizarlo un poco. Parece que te has pasado al lado oscuro. ¿De qué color sería tu sable de luz si fueras un Jedi? —¿Tú qué opinas? —pregunto, riendo. —¡Rojo! —responde ella—. ¡Sería rojo! Señor Sith en ciernes. ¿Dónde diablos está tu bronceado, eh? Has pasado bastante tiempo en la playa este verano. Mi sonrisa se desvanece al mencionar la playa. La vida es una carrera de obstáculos en estos días. En un minuto lo estoy haciendo muy bien, navegando por los desafíos que se me presentan. He saltado la brecha. Agarró la cuerda. Balanceándome sobre el agua. Trepó por la pared vertical. Y luego alguien dice algo pequeño e insulso que no debería importar, y caigo de frente. La cuerda se está rasgando a través de mis manos desnudas. Estoy cayendo en aguas profundas y traicioneras. Pasé el verano en la playa con Rachel. Nunca volveré a pasar un verano en la playa con ella. Gaynor nota que me derrumbo y se encoge un poco sobre sí misma conmigo. —Entonces, supongo que lo has visto —dice. Sé a quién se refiere, naturalmente. Me aclaro la garganta. —Sí. —Mi voz se quiebra. Vuelvo a aclararme la garganta—. Sí. —Esta vez lo digo con más firmeza—. Estudié el expediente que Ruth reunió antes de que saliéramos. Parece una auténtica mierda. Gaynor se ríe, escondiendo el rostro en su propia taza de café. Deja de reírse bastante rápido, tapándose la boca con su mano. —Ohhh. ¡Ahh! ¡Ay! ¡Caliente, caliente, caliente! Vivirá. Entrecierro los ojos para mirarla un poco. —¿Qué? ¿Qué es lo gracioso? Hace una mueca, con los ojos llorosos. —Bueno, no es tan malo de ver, ¿verdad? Muy guapo. Rico. Toca el violín. —Violonchelo —digo, corrigiéndola. Vuelve a poner los ojos en blanco. —Está en el equipo de lacrosse. Fue elegido el chico más popular de la escuela o algo así... —No, no lo fue —me burlo. Gaynor me lanza una mirada de soslayo, molesta. —No importa. Es uno de los populares. Un privilegiado. La gente como Theo Merchant no ve con buenos ojos que los extraños los jodan y les causen problemas. Sorbo mi café, sin probarlo, con la lengua demasiado quemada. —No voy a causar problemas. Voy a ser muy, muy amable… —Sí, sí, sí. ¿Y luego vas a envenenarlo mientras duerme o algo así? Me encojo de hombros sin compromiso. —Todavía no lo he decidido. —Bueno, no esperes que vaya a visitarte a la cárcel, cariño. Al menos no aquí arriba. Hace demasiado frío —refunfuña, escondiendo la barbilla dentro del cuello de su chaqueta—. Si planeas asesinarlo, al menos hazlo en California. San Quintín no es divertido, pero al menos será más cálido... —San Quintín es una prisión de hombres —digo—. Y te estás olvidando de algo. —¿Oh? ¿De qué? Me golpeo en el pecho con mi pulgar. —Soy menor. Gaynor se ríe, sacudiendo la cabeza. Se queda mirando a los árboles que se agolpan en el horizonte, con la mirada distante. —¿Sabes lo que pienso? Que todo esto es un mal negocio. Ninguna cantidad de venganza va a hacer que te sientas mejor. Creo que ya lo sabes, ¿no? Y... si haces daño a este chico y te atrapan, tu edad no importará. Tendrás dieciocho años en cuestión de meses. Y en cuanto cualquier detective haga el más mínimo trabajo, va a descubrir la conexión aquí y se dará cuenta de que todo esto fue muy premeditado… No quiero escucharlo. Gaynor puede guardar su lógica y sus preocupaciones para sí misma. No ha hecho nada más que intentar disuadirme de este curso de acción desde que salimos de Los Ángeles y que me condenen si tolero más charlas sobre “tomar el camino más adecuado” y “dejar que la policía lo resuelva.” Bebo el resto de mi café, mi ira aumenta mientras Gaynor sigue divagando. —...dijo que la sentencia de muerte accidental podría ser anulada si pudiéramos aportar más pruebas de… —¿Gaynor? —¿Sí? —Para. —¡Solo estoy diciendo! ¿Qué clase de guardián sería si no intentara actuar como la abogada del diablo? —Suficiente. Theo Merchant es intocable.Ya lo dijiste tú misma. Sus padres son poderosos y ricos. Se equivoco, condujo imprudentemente y mató a Rachel. La mató. El sistema de justicia penal no lo castigará, así que yo lo haré. Eso es todo. Ahora salgamos a la carretera. Parece que va a llover. Donde Ruth es fría y sin emociones, Gaynor es cálida y dulce. Ella siente demasiado. Veo su preocupación por mí, plasmada en su amable rostro, y eso me hace sentir muy mal. Parece estar muy afectada, como si hubiera mucho más que quisiera decir, pero sabe lo inútil que sería intentarlo. Así que no lo hace. En el momento en que vuelvo a entrar en el auto, una ola de agotamiento me golpea con la fuerza de una bola de demolición. El dolor atraviesa mi cabeza y golpea justo detrás de las sienes. Tengo que cerrar mis ojos contra la luz, que hace un momento era opaca y gris, pero que ahora es abrasadoramente brillante. Apenas puedo pensar con el ruido de mi pulso latiendo en los oídos. —¿Estás bien, cariño? —pregunta Gaynor en voz baja. Asiento. —Solo cansada. Y tengo un dolor de cabeza prodigioso. Jesús. Oigo a Gaynor rebuscar en la consola central: El crujido del papel; el arrugamiento del plástico; el traqueteo de un frasco de pastillas. —Toma. —Golpea el dorso de mi mano con la suya—. Toma esto. Solo Dios sabe cuántos Tylenol me pasa; siempre ha sido un poco dura con sus medicinas. Agradecida, se las devuelvo y trago las pastillas. Me desplomo en mi asiento. —Maldita sea, esto ha salido de la nada —digo, haciendo una mueca de dolor cuando el martilleo dentro de mi cráneo se intensifica. —No te preocupes, cariño. —La voz de Gaynor suena extrañamente lejana, pero su tono es tranquilizador—. Los analgésicos harán efecto pronto. Duerme un poco. Te despertaré cuando lleguemos. Toussaint. Es un estúpido apellido francés o algo así. Ni siquiera sabía cómo decirlo cuando Rachel me mostró por primera vez el folleto y me informó de que estaba aplicando. Se lo pasó en grande enseñándome a pronunciarlo, saltando por la sala de formación, repitiendo “Too-SON, Too-SON” con un ridículo acento francés, haciendo que la “N” del final sonara nasal y absurda. Gritó e intentó darme una patada en el culo cuando le dije que sonaba como Tucson. Como en Tucson, Arizona. Al parecer, ella no había visto la comparación como favorable. Sueño, y mis sueños son recuerdos, nadando juntas, llenas de risas y totalmente brillantes. Cuando Gaynor me despierta, es tarde. El cielo es un moretón púrpura y oscuro. Una larga franja de asfalto, con aspecto de locura, se extiende frente a nosotras. Es como si un gran terremoto hubiera hecho pedazos el camino, destruyéndolo por completo. Esta es, de hecho, la única explicación plausible que se me ocurre para justificar lo que estoy viendo mientras salgo del asiento del copiloto. A lo largo de la carretera, un gran letrero con forma de pico dice: Academia Toussaint Punto de Recogida ¡PELIGRO EXTREMO DE DESPRENDIMIENTO DE ROCAS! ¡PELIGRO EXTREMO DE INUNDACIÓN REPENTINA! ¡PELIGRO EXTREMO DE DESLIZAMIENTO DE TIERRA! ¡PELIGRO EXTREMO DE ACANTILADO! Marque el 55311 desde el buzón de llamadas para recibir asistencia. —¿Qué demonios? Todavía estoy superaturdida. Mis piernas se sienten un poco esponjosas. Débiles. Gaynor sopla con fuerza por la nariz mientras evalúa la maldita carretera, visiblemente maravillada por el caos de la misma. —Podría estar equivocada —dice—, pero creo que podría haber algún peligro extremo más adelante. Resoplo ante la ocurrencia, pateando un trozo de asfalto roto de la carretera. Cae en la maleza, rebotando en la espesa alfombra de agujas de pino secas. —Creo que puedes tener razón. ¿Puedes ver una cabina telefónica en algún lugar? —Por ahí. —Señala a la izquierda, donde una pequeña cabina telefónica se encuentra en el centro de un parche de tierra despejado. Está pintado de rojo, pero en la penumbra, no me di cuenta. Gaynor se dirige hacia ella. La sigo, todavía mareada y un poco insegura—. Hay huellas de neumáticos por todas partes —observa Gaynor—. No hay hierba. Parece que esta zona es una especie de bucle de giro. ¿Rachel nunca te mencionó esto? Entrecierro los ojos hacia el camino destruido, tratando de darle sentido a la situación. —No. No lo hizo. Hace frío y el atardecer huele a humo. El aire se siente demasiado quieto, demasiado lleno, demasiado tenso, y una extraña sensación de hormigueo sube por mi nuca. De alguna manera, puedo decir que somos las únicas personas en kilómetros y kilómetros y kilómetros. Puedo sentirlo. La última luz del sol desaparece rápidamente en lugares como éste. Pronto oscurecerá del todo; a saber, qué clase de animales acechan en los árboles, esperando el amparo de la noche para comenzar a acechar a su presa. Detrás de mí, Gaynor empieza a hablar y yo casi me sobresalto. —Sí, sí, oh, buenas noches. Sí, lo siento. Lo sé, hemos llegado un poco más tarde de lo que esperaba. —Ella se ríe cortésmente—. Sí, así es. Sorrell Voss. Bueno, no, ahh, en realidad soy Gaynor Pettigrew, su tutora, pero-sí. Sí. ¡Oh! Oh, claro. Bien. Sí, estoy segura de que podemos arreglárnoslas. Hasta pronto. Cuelga el teléfono y lo vuelve a colocar en su soporte dentro de la caseta telefónica, y yo levanto mis cejas, esperando que me diga qué demonios está pasando. Parece un poco nerviosa cuando se gira y me mira. —Ella sonaba agradable. Ford. La directora Ford. Ha dicho que tenemos que tomar la pista que lleva al oeste desde la cabina telefónica, bajando por la pendiente hasta el embarcadero. Van a enviar a alguien a recibirnos. —¿Hay un embarcadero? Gaynor asiente. —Hay un lago ahí abajo, en esa dirección. —Señala—. No lo viste. Estabas durmiendo. —De acueeeerdo. —Todo esto es muy inusual, pero da igual. Hemos llegado hasta aquí. Gaynor me ayuda con mis dos bolsas, sacándolas del maletero. —Dios, niña, ¿qué tienes aquí, ladrillos? —…tienes aquí, ladrillos? —termino la frase con ella, sabiendo perfectamente lo que va a decir. Gaynor saca su lengua, muy infantil—. Son libros, en realidad —digo. —Ahhh. Has traído tu colección de Shakespeare. Las tragedias. —No. Son quince ejemplares de El Libro de Cocina del Anarquista2. —¡Sorrell! —¿Qué? Son todas ediciones diferentes. Algunos tienen información actualizada. Ah, y también traje un libro sobre plantas venenosas y cómo usarlas. Pobre Gaynor. Está blanca como una sábana. —Me vas a llevar a una tumba temprana, niña —declara—. ¿Cómo se va a ver eso, cuando la policía aparezca para investigar a un chico muerto en el campus...? —Relájate, relájate. Son las Brontë, lo juro. Solo son las Brontë. Gruñe sin que se entienda (algo sobre que no soy graciosa) mientras se aleja por el estrecho camino que encontró justo detrás de la cabina telefónica. 2 El Libro de Cocina del Anarquista: The Anarchist Cookbook, publicado por primera vez en 1971, es un libro que contiene instrucciones para la fabricación de explosivos, dispositivos rudimentarios de phreaking de telecomunicaciones y armas relacionadas, así como instrucciones para la fabricación casera de drogas ilícitas, incluido el LSD. Después de bajar la pendiente a trompicones y de tropezar con las raíces de los árboles en el crepúsculo, el sendero nos lleva a la orilla de guijarros de un enorme lago. El agua es clara como el cristal y plana como un espejo, sin una sola onda a la vista. Es realmente impresionante. Al otro lado del lago, la línea de árboles es ahora una silueta negra y oscura contra el cielo que se desvanece. Una sola estrella parpadea hacia el este, lo suficientemente brillante como para ser vista a través de las nubes difusas que azotan asombrosamente rápido el horizonte. —Mira eso. —Gaynor parece tan melancólica como siempre—. Es hermoso, ¿verdad? —Sí, supongo que lo es. Ya no poseo la parte de mi alma que solía reconocer y apreciar la belleza. Murió hace un mes. Sin embargo, tienesentido estar de acuerdo con Gaynor, cuando sus palabras están llenas de asombro. De alguna manera la convencerá de que no estoy completamente muerta por dentro. El embarcadero es poco más que un pequeño muelle de madera, pintado de blanco. Parece nuevo. En los robustos listones se ha pintado una gran cresta negra, dentro de la cual se ha grabado una A y una T, presumiblemente de la Academia Toussaint. Espero que un barco atraviese el lago o algo así, pero después de cuarenta minutos de espera, cada vez más fría, con la noche cerrándose por todos lados, ocurre algo mucho más inesperado. Lo primero que escuchamospu es un agudo gemido mecánico que, al principio, no es más que una leve sugerencia de sonido, pero a medida que se acerca... —Tiene que ser una broma. Miro fijamente al cielo, sacudiendo la cabeza con incredulidad. Es un maldito hidroavión. Gaynor está como un niño en la mañana de Navidad. Grita y aplaude, rebosante de emoción, cuando el pequeño y elegante avión blanco aterriza en el agua, impulsado por sus esquís, y se detiene despreocupadamente en el muelle. Un hombre de cabello oscuro, de unos treinta años, sale de la nave, con los rasgos inexpresivos, pero... sí, por la forma en que sostiene los hombros, tan tensa, con las fosas nasales un poco abiertas, no está entusiasmado en este momento. —Se suponía que todos ustedes debían estar aquí a más tardar a las cuatro —se queja—. No es seguro despegar y aterrizar aquí en la oscuridad. —¡Lo lamento! —Gaynor sonríe de oreja a oreja, mirando el avión; lo último que parece es que lo lamenta. Creo que nunca la había visto tan emocionada—. No teníamos ni idea de lo de la carretera, y de tener que bajar aquí, y wow, yo solo… ¿eso es un Piper PA 18 Super Cub? El piloto la mira con rostro de asombro. Sin embargo, no está tan sorprendido como yo. —¿No sabía que te gustaban los aviones? —Buen ojo —dice el piloto—. Sí, es un Super Cub. Desgraciadamente, no tenemos tiempo para quedarnos a charlar sobre él. Si vas a Toussaint, tienes que darme tus maletas y subirte ahora mismo —dice—. Voy a dar la vuelta a esta cosa y volveré en los próximos quince segundos, con o sin ti. ¿Subes o qué? Sorrell Gaynor es un punto sombrío, y luego es un borrón, y luego se ha ido. Quería acompañarla de regreso al auto, pero Jeremy (que al parecer es el nombre del piloto del hidroavión) me dijo que me ubicara mientras él la llevaba cuesta arriba hacia el Subaru. Regresó en un abrir y cerrar de ojos, el hidroavión se puso en marcha, luego aceleró a través del lago, y estábamos subiendo en el aire en lo que parecieron segundos. —No soy un maldito taxi personal —refunfuña, mientras el avión se inclina fuertemente hacia la izquierda. Se desliza a lo largo del perímetro del lago, el agua es un espejo negro reflectante debajo de nosotros. No digo nada. Jeremy está enojado, y seguirá enojado sin importar lo que le diga. Una alfombra de árboles se adentra en la noche. En todas las direcciones, lo único que veo son árboles y las formas oscuras y amenazantes de las montañas en la distancia. Estamos en el aire durante diez minutos antes de que Jeremy me diga que me siente bien, endereza el avión y descendemos. Aterrizamos en otro lago… espera, ¿el mismo lago? Seguramente no puede ser... y Jeremy se detiene junto a un muelle mucho más grande y de aspecto más impresionante, haciendo que todo el asunto parezca fácil. —Dile a Ford que voy a cobrar el doble por este, ¿oíste? —dice, mientras agarra mis maletas y las deja en el muelle. —Uhhh. ¿Debo...? —Señalo por encima de mi hombro, hacia la oscuridad. Es sorprendente lo oscuro que está cuando sales de la ciudad y no hay luces ambientales para arrojar algunas sombras. No tengo idea de en qué dirección se supone que debo dirigirme si quiero encontrar la escuela. —No, no —espeta Jeremy—. No te vayas a desviar. Solo te romperás el maldito cuello. Solo espera. Su actitud es una mierda, pero divertida. Me gusta su generoso uso de la palabra “maldito”. —También está bastante bueno, ¿no crees? —comenta una voz en mi cabeza. La voz de Rachel. Me rio suavemente en voz baja, con un torrente de tristeza surgiendo en mí; eso es exactamente lo que ella habría susurrado en mi oído si estuviera aquí. Y sí, el malhumorado Jeremy es algo sexy. Amarra el avión como si fuera un barco y vuelve a agarrar mis maletas, apurando el muelle hacia tierra firme. Al final del muelle nos espera un carrito de golf. Considero preguntarle a Jeremy si puedo conducir, pero no creo que su mal genio pueda aceptar la broma en este momento. Está furioso, murmurando en voz baja, mientras sube a toda velocidad una colina y atraviesa un enorme campo. Doblamos una esquina, el carro de golf se inclina precariamente, y entonces... Wow. El lugar parecía impresionante en las fotos de Rachel. Majestuoso. Pero incluso en la oscuridad, es mucho más que eso. La Academia Toussaint es enorme. Solo hay una luz encendida en el interior del edificio, una luz en lo que parece la entrada, bajo un gran pórtico. El resto del edificio, con sus dinteles, frontones y parapetos de piedra tallada, es una obra maestra victoriana. La hiedra ahoga el ala oriental del edificio, con sus zarcillos aferrados a la piedra. El ala occidental está formada por una columnata, con columnas monolíticas que salpican una especie de pórtico, siete, ocho, nueve... no diez monstruosos cilindros de piedra, que se elevan siete pisos y llegan hasta una elaborada cresta de hierro que recorre la longitud de un parapeto de quince metros. Una gigantesca cúpula se encuentra en un lugar privilegiado, con sus paneles dorados brillantes y gloriosos, incluso sin que la luz del sol rebote en ellos. —Oh, Dios... mío —exclamo. —Sí, sí, sí. Es genial. Vamos. Tengo que registrarte para poder ir a mi casa. Jeremy tiene mis maletas de nuevo. Está a medio camino de los desgastados escalones de piedra que conducen a la entrada antes de que yo haya bajado del carrito de golf. De alguna manera, tengo un portapapeles en mis manos un momento después. Estoy firmando mi nombre en un registro. Con una linterna entre los dientes y una maleta en cada mano, Jeremy me guía por un largo y sinuoso pasillo oscuro, advirtiéndome que no toque nada, y luego me lleva a un tramo de escaleras. Otro tramo, y luego otro. No puedo ver mucho dentro del estrecho haz de luz que arroja la linterna, pero puedo sentir lo afelpada que es la alfombra bajo mis pies. Puedo oler la cera de abejas y el más leve indicio de algo floral y limpio. El silencio casi me aplasta. Jeremy gira a la derecha y avanza a toda prisa por un amplio pasillo, haciéndome un gesto para que me apresure y lo siga. —¿Dónde están todos? —siseo. —¿Dónde diablos crees que están? Están durmiendo. —Pero es temprano... —¡Ja! ¡Son las dos de la puta mañana! ¿Por qué crees que estoy tan desesperado por mi cama? Está mintiendo. Tiene que estarlo. —Pero ya había anochecido antes. Solo oscureció bien mientras te esperábamos. Jeremy se detiene bruscamente y deja mis maletas. —Aquí. Rosewood 13. El desayuno es a las seis y media. Como estás en Rosewood, vas a la sala de Rosewood para pasar lista. —Toma aire, evaluándome con ojos muy agudos y muy azules—. El anochecer es subjetivo aquí, princesa. A veces anochece a las cuatro. A veces no oscurece nunca. No adecuadamente. Depende de la temporada y de las luces. —¿Luces? Jeremy resopla. Obviamente piensa que soy lenta. —¿Las Luces del Norte? ¿La Aurora Boreal? Las vemos aquí a veces. Han sido una locura este año. Ya me voy. ¿Tienes todo? Asiento. —Genial. Jeremy sale trotando, dejándome sola, de pie frente a una pesada puerta de madera oscura marcada con un número trece dorado y brillante. Sorrell Me desmayo con fuerza, demasiado cansada para evaluar adecuadamente mi entorno. Por la mañana, despierto con el canto de los pájaros,el sonido del canto frenético me hace rechinar los dientes. Mi nueva cama es una cosa voluminosa, una nube, realmente, suave y envolvente. Tan cálida y acogedora que me lanzo fuera de ella en cuanto recobro los sentidos, horrorizada de haber podido soñar con estar tan cómoda en un lugar como este. Los rayos de luz fría de la mañana penetran en la habitación a través de una gran ventana con marco que da al lago, donde Jeremy aterrizó en el Super Cub a primera hora de la mañana. El avión ya no está. Lo único que planea sobre la superficie del agua son un par de gansos canadienses muy ruidosos. —Cierren el pico, imbéciles No se callan. Rápidamente descubro que tengo un baño en suite, que es absolutamente hermoso, todo cuarzo rosa, mármol italiano y espejos. Completamente exagerado. En Falcon House, tendría suerte si llegara a las duchas básicas, muy desconchadas y en mal estado, antes de que se acabara el agua caliente por las mañanas. Aquí, ¿tengo acceso a mi propia bañera hundida? Ridículo. Mi dormitorio es lo suficientemente grande como para acomodar fácilmente la odiosa y extremadamente confortable cama tamaño king, así como una mesita de noche y una cómoda al otro lado del espacio junto a la puerta. Un escritorio de aspecto antiguo se encuentra debajo de una segunda ventana, con una lujosa silla con respaldo de orejas debajo de esta. Los estantes se alinean en las paredes, listos y esperando mis libros y todos los accesorios innecesarios que Gaynor fabricó para mí, para que pudiera parecer una estudiante normal que viene a terminar su último año de preparatoria, lejos de sus viejos amigos y familiares. Es absolutamente hermoso, y lo odio absolutamente. Me ducho, rechinando mis dientes a través de una ola de nervios que aparecen de la nada, sin ser invitados. No se han disipado cuando seco mi cabello; siguen rondando cuando termino de aplicarme el rímel y el brillo de labios. Insisten en acosarme mientras me visto. Menos mal que este lugar olvidado de la mano de Dios no obliga a sus alumnos a llevar uniforme. Nunca había tenido que llevar uno. Ni en ninguna de las escuelas primarias entre las que pasé cuando era niña, cuando saltaba de un hogar de acogida a otro. Ni en la escuela secundaria pública a la que asistí durante dos años, antes de que Ruth y Gaynor vinieran y me recogieran un día, de la nada, en las puertas de la escuela cuando tenía trece años. Lo más cercano que he llegado a un uniforme ha sido la ropa negra que Ruth exige que se use en Falcon House. Camisa negra, blusa negra, falda negra, pantalón negro, ropa interior negra. Lo que sea. Me dan una asignación para ropa una vez al mes y me permiten comprar lo que quiera, con la condición de que sea negra y no reivindique más que una propiedad pasajera sobre esta. Esto facilita la vida de los pocos miembros del personal contratados para lavar la ropa y limpiar Falcon House. Con quince chicas jóvenes en la residencia, todas ellas con edades comprendidas entre los trece y los dieciocho años, asegurarse de que la ropa de todas sea negra garantiza que el vestuario de todas sea fácil de lavar y que nadie se pelee por ver de quién son las camisetas o los jeans que se sacan de los cestos de ropa doblados después del día de lavado. Por supuesto, las chicas adolescentes están obligadas a pelearse por ese tipo de cosas de todos modos, pero las residentes de la casa aprenden que discutir por tonterías está mal visto y se castiga inmediatamente. Si te peleas con otra chica por una prenda de vestir, rápidamente te asignarán un solo par de sudaderas desgastadas y una camiseta descolorida para toda la semana. Tendrás que lavar esas prendas tú misma cada noche después del entrenamiento si no quieres apestar hasta el cielo. Nunca he tenido ropa propia, así que nunca me ha importado aceptar lo que queda en las cestas después de que todas las demás hayan reclamado. Lo único que me importa es tener cosas que me queden bien y que sean cómodas para entrenar. Entonces, ¿esto...? Miro mi reflejo en el espejo de mi nueva habitación, sintiéndome un poco fuera de lugar. Mis jeans son azules. Mi blusa es blanca. Todo es nuevo y de buena calidad. Me veo... ¿Creo que me veo bien? Ni siquiera he pensado en inspeccionar la ropa que Gaynor colocó en las maletas para mí. Me ha importado tan poco ese tipo de cosas que simplemente no tiene relevancia. Pero ahora, ni siquiera me reconozco. Mis características son las mismas de siempre. Mis ojos disparejos, uno azul y el otro verde, siempre han sido y serán lo más llamativo de mí. Mi piel es muy pálida. Sin embargo, el puente de mi nariz está salpicado de pecas, prueba de que he visto algo de sol este verano. Mi cabello es negro como la noche (el color del ala de un cuervo, según Ruth), lacio como una flecha y casi hasta la cintura. Mis labios, de un rojo sonrosado natural, parecen demasiado grandes para mi rostro, siempre lo he pensado. La ropa negra que he llevado durante años ha ocultado la forma de mi figura, pero ahora, evaluándome en el espejo de mi habitación, tengo curvas a la vista. Curvas que no me había preocupado por notar antes. Aparte de todo eso... ¿qué aspecto tengo? ¿Parezco una chica en busca de venganza? ¿Una chica que extraña desesperadamente a su mejor amiga? No. Veo a una chica normal, que pronto tendrá dieciocho años, con ropa normal, a punto de embarcarse en su primer día en una nueva escuela. ¿Qué diablos? —¡Llamada de cinco minutos! Tenemos que estar en Rosewood a las ocho. ¡Abran estas puertas y bajen sus traseros, señoritas! La voz al otro lado de la puerta de mi nueva habitación es bastante agradable. Cantarina y brillante. Sin embargo, el fuerte golpe contra la puerta es algo totalmente distinto. No admite discusión. Por muy mimada y consentida que sea la gente de la que me rodearé en las próximas semanas, sigo encontrándome en una prisión. No puedo permitirme olvidar eso. —¡Myra! ¡Oh, Dios mío! ¡Deja de crecer! ¿Nadie te ha dicho nunca que es asqueroso ser tan alta? —¡Karla! ¡Oh, Dios mío! ¿Te operaste las tetas? Definitivamente te operaste las tetas. Te odio, chica. Mis padres no me dejarán operarme las mías hasta que tenga veintiún años. —¡Cuidado! ¡Son Manolos3! Mierda, Leo. ¿Cómo te has vuelto más torpe durante las vacaciones? Imagino que así, es exactamente, como se siente presentarse al pase de lista como recluso. Los pasillos están llenos de extraños; navego a través de ellos, rechinando los dientes. Mi corazón late con fuerza, mis palmas están resbaladizas con un sudor frío mientras forjo un camino a través del mar de chicas que parecen conocerse, encontrándome con una serie de miradas en blanco mientras sus ojos me rozan. Hay otras chicas de mi edad rondando por las afueras, de pie en las puertas de sus dormitorios, alisándose nerviosamente los vestidos y las faldas como si también se sintieran terriblemente incómodas con su ropa nueva. Dos. Tres. Cuatro. Dejo de contar sus rostros nerviosos y mantengo mi cabeza baja, mascullando en voz baja cada vez que casi choco con alguien que se detiene en seco delante de mí. Sabía que no iba a ser la única chica nueva en Toussaint. Sarai investigó un poco antes de que ella y Ruth decidieran que sería inteligente matricularme en la academia. No querían que sobresaliera como un pulgar dolorido. ¿A quién pueden acudir la junta escolar y los padres cuando empiezan a suceder cosas malas dentro de los muros de su preciada escuela? La gente sospecha de los intrusos. Pero, curiosamente, hay veinte estudiantes nuevos que comienzan en Toussaint este año. Veinte rostros nuevos, con historias diferentes, tanto chicos como chicas. Ruth pensó que tantos otros estudiantes nuevos serían un camuflaje apropiado. —Jesús. Parece que este año han aceptado solicitudes del circo. —El comentario sarcástico proviene de una chica de cabello rojo brillante, que merodea con otras tres chicas en la bocadel pasillo que lleva a las escaleras. Su nariz se arruga mientras me mira de arriba abajo—. Quiero decir, wow. Sus ojos son extraños como la mierda. Ahh, sí. Mis ojos. Me lo esperaba. Uno de ellos es verde, el otro es azul. Gran cosa. Sin embargo, los alumnos de preparatoria siempre encuentran algo por lo que meterse con sus compañeros. Me rio burlonamente por la mezquindad del comentario de esta zorra, sobre todo porque me he visto en el espejo un millón de veces y sé a ciencia cierta que mis ojos desiguales son increíbles. Puede criticarlos todo lo que quiera, pero su amargura no me hará parecer menos genial. —Seguro que es una bruja —se burla la chica. —¿Ah sí? —Este comentario es demasiado bueno. No puedo dejar pasar la oportunidad de responderle con una réplica—. He oído que la 3 Manolos: Marca reconocida y costosa de zapatos. mayoría de las brujas son pelirrojas. Te habrían quemado en la hoguera por tener el cabello de ese color hace trescientos años. Su grupito se ríe maliciosamente cuando llego a las escaleras; no puedo decir si el grupo se ríe de mí o de la pelirroja ahora, pero da igual. Me importa una mierda cualquier cosa. Estoy deseando salir de aquí. Mis zapatos resuenan en los escalones, el eco de mis pisadas sigue el ritmo del galope de mi corazón. Esto es temporal, Sorrell. Solo temporal. Volverás a casa antes de que te des cuenta. En la planta baja, el mármol pulido, los muros de cuatro metros de altura y las impresionantes pinturas abstractas de las paredes hacen que la academia parezca más un extravagante hotel que una escuela de educación superior. A primera vista, creo que las flores de los jarrones que salpican la entrada de la escuela son falsas, pero el olor de los lirios y las gardenias que inundan la parte posterior de mi nariz es algo que no se puede imitar sin apestar a productos químicos. Los candelabros de cristal cortado en lo alto proyectan un cálido resplandor sobre el vasto vestíbulo, dándole una sensación de opulencia que no puedo decir que haya experimentado nunca de primera mano. Los huérfanos enfadados con un historial de violencia no suelen caer en lugares como éste. Todavía con la cabeza agachada, navego por la locura de la planta baja, avanzando rápidamente entre el murmullo de las charlas mientras me dirijo a la Sala Rosewood. Ruth se aseguró de que memorizara la distribución de la escuela antes de salir de Falcon House. Sé exactamente dónde tengo que estar, y cuántos pasos me llevará llegar a mi destino. A diferencia de otras escuelas a las que he asistido, aquí las aulas no están numeradas ni organizadas por departamentos. Tienen nombres de flores o árboles, y cada una tiene su propio tema. Magnolia. Roble. Campanilla. Gerbera. Pino. Paso por las puertas de todas estas habitaciones, ignorando a los adolescentes que se derraman dentro, todos entusiasmados con el tipo de emoción que viene con un nuevo año escolar y la reunión de amigos. Yo no tengo amigos aquí. Si fuera por mí, no me molestaría en hacer ninguno, pero Ruth fue muy clara cuando salí de casa. —Encaja. Encuentra tu nicho. Si te apartas de las demás chicas de allí, te marcas como un objetivo, Sorrell. La gente (especialmente los adolescentes) son muy sensibles a lo desconocido. Hazte una de ellos. Haz que confíen en ti. Haz que les gustes. Todo este plan depende de ello. La comunidad de Toussaint está muy unida, una vez que los estudiantes se conocen entre sí. No puedes permitirte el lujo de que te mantengan a distancia. Esto es sabiduría, por supuesto. Tiene sentido. Pero he sido un libro cerrado durante tantos años que no sé realmente cómo la gente hace amigos y forja lealtades en un lugar como este. Voy a hacerlo. Tengo que hacerlo. Pero por ahora, todo lo que quiero hacer es encontrar Rosewood y pasar lo más desapercibida posible. El aula está llena de vida cuando entro por la puerta. Un par de cabezas se giran hacia mí, los alumnos fruncen el ceño, pero en su mayoría nadie me presta atención. Me siento en el fondo del aula y saco un cuaderno y un bolígrafo de mi mochila. El sudor frío que cubre las palmas de mis manos hace que sienta mi piel húmeda por todo mi cuerpo. ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? ¿Cómo diablos pensé que podía hacer esto? Una por una, las sillas que me rodean se llenan: chicas refinadas con cabello perfectamente peinado y maquillaje perfecto. Chicos pulcros con hombros anchos y sonrisas de chico de al lado, dándose palmadas en los hombros mientras se felicitan mutuamente por sus numerosas victorias deportivas recientes. Me encorvo en mi silla, tratando de hacerme pequeña. Si pudiera desaparecer... La puerta se abre una última vez y deja entrar a dos nuevas personas en la sala; el primero es un hombre de unos cuarenta años, de aspecto sombrío, que lleva una camisa blanca pulcramente planchada y pantalones de traje grises. No lleva corbata ni chaqueta. Sin embargo, no hay duda de que ocupa una posición de autoridad aquí. Irradia de él, del mismo modo que la autoridad de Ruth irradia de ella. Su cabello es castaño oscuro, pero la barba que luce está teñida de castaño oscuro. Gafas de montura negra. Sus ojos son del color de una fría y nublada mañana de invierno. El estudiante que lo sigue directamente detrás de él... Mi pulso se acelera cuando veo su rostro. Oh, Dios mío. Oh, Dios mío, oh, Dios mío, maldita sea. De repente, es difícil respirar. Recuerdo muy poco de la noche del accidente. Rachel y yo habíamos bebido bastante (mi tolerancia había sido nula, ya que era la primera vez que experimentaba un licor fuerte) y los detalles de lo que ocurrió son, en el mejor de los casos, confusos. Tengo un único recuerdo de un chico de cabello negro como el carbón que se acercaba a mí aquella noche: una breve instantánea de él riendo, con su rostro reflejado en el espejo retrovisor, sentado en el asiento del conductor del auto. Sus apuestos rasgos; pómulos orgullosos y fuerte mandíbula, boca llena e intrigantes ojos color chocolate dorado, se transformaban con su amplia sonrisa. Recuerdo que pensé que era el tipo más hermoso que había visto en mi vida. Después de eso, todo queda en blanco. Los hombros de Theo Merchant son anchos. Es más alto que la mayoría de los estudiantes varones que acaban de entrar a Rosewood. También está entintado hasta el infierno. Su camisa gris de manga larga cubre la mayor parte de su piel, pero puedo distinguir la insinuación de intrincados diseños en los puños, que se extienden más allá de las mangas y suben por su cuello, asomando por encima del cuello de la camisa. Hay algo muy magnético en él, mientras se pasea por las mesas hacia el fondo de la sala. Todas las miradas lo siguen; es como si él fuera la razón por la que todo el mundo ha venido aquí, y ahora los alumnos de último curso que me rodean están esperando pacientemente a que haga algún tipo de milagro que han venido a presenciar. Por alguna extraña razón, siento que yo también estoy reflejando sus reacciones hacia él. —Me alegra ver que todos lograron pasar el descanso —anuncia el señor al frente del salón de clases—. Tenemos al menos cinco caras nuevas aquí con nosotros hoy. Lanza una mirada ecuánime a nuestro alrededor, mientras Theo Merchant se sienta en una silla a dos filas de mí, dejando su mochila en el suelo a sus pies. —Soy el señor Garrett. Me llevaré a algunos de ustedes para Matemáticas. Si no los tengo para Matemáticas, al menos me tendrán aquí durante las clases de la mañana. A parte de eso, no voy a torturar a ninguno de ustedes obligándolos a presentarse. Son lo suficientemente mayores para llevar a cabo ese tipo de sutileza social en su propio tiempo. Sean buenos entre ustedes. No sean idiotas. Si descubro que alguno de ustedes está siendo un imbécil, habrá mucho que pagar. ¿Entendido? Los estudiantes que me rodean se ríen. Esbozo una sonrisa incierta, ligeramente entretenida por el hecho de que haya utilizadouna palabrota nada más empezar. Sarai desprecia las malas palabras. No es tonta. Sabe que todas decimos palabrotas como marineros, pero que el cielo nos ayude si decimos palabrotas delante de ella. Incluso Ruth y Gaynor moderan su lenguaje para evitar su ira. El señor Garrett pasa lista, y me sorprende el método arcaico que utiliza para contarnos. No hay teclado inteligente. No hay escáner de tarjetas. Toussaint se jacta de tener computadoras nuevas para sus alumnos, y hay portales en línea repartidos por todo el lugar, donde los alumnos y los profesores pueden informar de emergencias o problemas. Hay un tablero digital donde tengo que presentar mis trabajos. También puedo dejar allí avisos para mis futuros amigos, y abrir ventanas de chat con cualquiera de mis profesores. Pero el señor Garret va a la antigua usanza. En su mano, el antiguo portapapeles que sostiene parece estar a punto de desmoronarse. Su plástico azul está agrietado por todas partes, y los remaches metálicos de la parte posterior están delimitados por un anillo naranja de óxido. Garrett va desgranando un nombre tras otro, y el zumbido de su voz se mezcla con el murmullo de fondo de la charla, mientras yo miro fijamente y sin pudor a Theo Merchant. Este bastardo mató a Rachel. Es posible que él no le haya puesto las manos alrededor del cuello y le haya roto el hueso a propósito, pero su imprudencia aseguró que ella no saliera del auto y se fuera caminando esa noche. Estaba borracho. Drogado. Ebrio. Y ahora aquí está, caminando como la segunda venida del mismísimo Jesucristo. Sonríe a sus amigos mientras saca sus cosas de la mochila, murmurando algo en voz baja al rubio con el hoyuelo en la barbilla sentado a su derecha. Debería estar pudriéndose entre rejas por lo que hizo. Si por mí fuera, lo habrían juzgado como un adulto y lo habrían enviado a la cárcel durante mucho tiempo. Pero eso no sucedió. Ni siquiera lo enviaron al reformatorio. Ni siquiera por una puta noche. Su padre intervino y “manejó” la situación, y Theo Merchant fue liberado de la comisaría menos de tres horas después del accidente, para no sufrir más inconvenientes por todo el asunto a partir de entonces. Todo el asunto está jodido, es lo que es. Un maldito criminal. El dinero siempre ha podido comprar la libertad de tipos como Theo, y los Merchant no solo tienen dinero. Tienen dinero antiguo, y la reputación para ir con él. Lo odio. Jodidamente lo desprecio. Voy a disfrutar desmantelando su vida, una pequeña pieza a la vez... Me quedo muy, muy quieta. Theo ha dejado de hablar con el rubio de la barbilla con hoyuelos. Se ha girado... y está mirándome fijamente. Con un horror frío y escalofriante, me doy cuenta de que no es el único; todas las personas de la sala me están mirando. —¿Sorrell Voss? Una voz irritada atraviesa la niebla que nubla mi cabeza, el sonido de mi nombre me sobresalta como si me acabaran de echar un cubo de agua helada por la cabeza. Dirijo mi mirada hacia el frente de la sala, donde el señor Garrett me mira con el ceño fruncido, una ceja más alta que la otra, esperando mi respuesta. —Mierda —siseo. Una carcajada recorre la sala. Me ruborizo, caliente y roja. El señor Garrett levanta ahora las dos cejas. —Soñando despierta a los tres segundos de tu primer día en el campus. Bueno, maldita sea. Sé que este lugar no es exactamente un parque temático, pero pensé que podría mantener tu atención el tiempo suficiente para pasar lista. Supongo que eres Sorrell Voss. Asiento. —Sí, lo soy. Y... estoy aquí. Más risas. —Discutible, pero te marcaré como presente para no provocar un acalorado debate sobre el existencialismo. Marca el papel en su portapapeles con una floritura, lo que entretiene aún más a mis nuevos compañeros. —Muy bien, muy bien. Acomódense. Tenemos un montón de información que repasar y tengo unos cinco minutos para volcarlo todo sobre ustedes, así que cierren la boca. Justin, siéntate, por el amor de Dios. Mantengamos esto civilizado. No somos animales merodeadores. Vas a tener que esperar para besar a Hayley hasta que estés fuera de mi clase. —Respira profundamente y deja caer el portapapeles sobre su escritorio con un ruido seco—. No puedo creer que tenga que decirles esto a algunos de ustedes nuevamente, ¡pero los vestuarios del gimnasio no son mixtos! Inmediatamente se olvidan de mí cuando un fuerte gemido se eleva a mi alrededor. Al menos cinco de mis nuevos compañeros de clase parecen realmente frustrados por este recordatorio. —El señor Deakin ha decidido retirarse durante las vacaciones y no volverá. Algunos de ustedes, bastardos miserables, sí, ya saben quiénes son, lo obligaron a jubilarse anticipadamente. Un sustituto tomará su clase de inglés, así que... —Se encoge de hombros—. No sé. No tengo nombre. Averígüenlo. Será una bonita sorpresa para ustedes cuando vayan a clase. El señor Garrett habla y habla, vomitando anuncio tras anuncio, sonando cada vez más irritado a medida que pasa por cada uno de ellos. Los chicos y chicas sentados a mi alrededor reaccionan, gimiendo o riendo o abucheando, según la noticia, pero yo permanezco inmóvil en mi asiento, con mis ojos clavados en la pizarra blanca de la parte delantera del aula, sin atreverme siquiera a respirar. Siento la presión de esos ojos dorados sobre mí como una mano agarrando la parte de atrás de mi cuello. El peso no cambia; Theo Merchant no aparta la mirada. Sorrell —Te lo estoy diciendo. No está con ella. Está soltero. Una chica que está cerca de su amiga, dos casilleros más abajo, se ríe amargamente. —¿Y? ¿Qué se supone que debo hacer con esa información exactamente? ¿Golpearlo en la nuca con su palo de lacrosse y arrastrarlo hasta mi habitación? Ni siquiera estoy en su radar. —Ponte en su radar —insiste la otra chica. Las miro de reojo, realizando una evaluación rápida de ellas: ambas rubias altas y delgadas como niñas abandonadas. Las dos están usando una tonelada de maquillaje, y ambas usan faldas apenas lo suficientemente largas para cubrir su ropa interior. Veo la curva de sus nalgas de una de las chicas debajo del dobladillo del material mientras cambia su peso de un pie al otro. Parecen copias al carbón la una de la otra. Me he encontrado con muchas chicas como ellas en el pasado, falsas que terminan las frases de la otra, mientras que impresionantemente siguen sin mantener un solo pensamiento lógico en sus mentes colectivas de colmena. —Panovich dejó claro que Theo está fuera de los límites este semestre de todos modos. Deberías haberlo escuchado esta mañana, hablando de la importancia de los equipos universitarios de la escuela este año. Cómo se asegurará personalmente de que ninguno de sus atletas se distraiga con influencias externas. La otra chica resopla. Juro por Dios que no sería capaz de diferenciarlas si las pusieras en fila una al lado de la otra. —¿Qué va a hacer? —Se ríe—. ¿Vigilar fuera de nuestras habitaciones todas las noches? No puede vigilarnos a todos todo el tiempo. Y tú te has guardado para él, June. Tu coño ha estado acumulando polvo mientras el resto de nosotras hemos estado follando una gran polla todo el verano... Si dejas que los niños escuchen las conversaciones de los adultos, empiezan a creerse muy adultos. Estas chicas suenan como si fueran exactamente eso: niñas, jugando a ser adultos. Me rio en voz baja mientras saco una carpeta vacía de mi casillero y meto en esta un cuaderno nuevo. —¿Disculpa? ¿Qué mierda crees que estás haciendo? Levanto la vista y mi boca lucha por formar una sonrisa cuando me encuentro cara a cara con Tweedle Dee y Tweedle Dumb. Ninguna de las dos parece muy feliz. Tienen los brazos cruzados sobre sus pechos y sus tetas se tensan contra el material demasiado ajustado de sus blusas blancas. Creo que... sí, la de la izquierda con la marca de belleza en la barbilla estaba en mi piso esta mañana. —Lo siento¿puedo ayudarte? —Finjo ignorancia. —No, no puedes. —La chica de la derecha tiene una nariz afilada, un poco ganchuda en el extremo. Cuando me mira con desprecio, sus orificios nasales se ensanchan y todo su rostro se vuelve anguloso, afilado y poco atractivo. Lo cual es irrelevante de todos modos. No importa lo experta que sea al echarse el cabello por encima del hombro o lo impecable que sea su maquillaje; con una sola mirada me doy cuenta de lo fea que es por dentro— . Estabas escuchando a escondidas —acusa. —Te estabas riendo —añade la chica del lunar, a las acusaciones que se me hacen. —Llevas aquí cinco segundos y ya me has hecho enojar, Voss. No es inteligente. —Nariz de gancho niega con la cabeza—. Nada inteligente. Cierro la puerta de mi casillero, tomándome mi tiempo para deslizar la carpeta en mi mochila. Me empeño en sonreír con mi boca abierta a estas idiotas mientras paso la bolsa por mi hombro. —Disculpa. ¿Te conozco? Dios, podrías cuajar la leche con lo engreídas que se ven estas dos perras en este momento. —No —dice la chica del lunar—. Pero nosotras te conocemos. Sabemos todo lo que hay que saber sobre ti. Sorrell Voss. Diecisiete años. De Orange County. Mamá es ama de casa. Papá es ingeniero químico. Corriste en pista el año pasado y apestaste por lo que escuché. Mierda, si todo esto no es extremadamente entretenido. ¿Estas chicas creen que, por reunir mi información, de alguna manera tienen poder sobre mí? Tal vez eso sería cierto, si cada pequeña información que creen saber de mí no fuera una puta mentira. Excepto por lo de la pista, supongo. El año pasado hice atletismo, y lo hice fatal. Me encojo de hombros. —Han olvidado mi adicción a las drogas. Y el hecho de que fui la primera chica de catorce años de mi escuela en ser ingresada en rehabilitación. —¿Qué? ¿En serio? La mayor fan de Theo Merchant me mira boquiabierta. —Uhh. Bueno. No. —Me inclino hacia ellas, para indicarles que quiero contarles un secreto. También se acercan, sin poder evitarlo—. De hecho, quedé embarazada al final del primer año. Quiero decir, estuvo bien, pero un poco difícil de estudiar cuando tienes un recién nacido colgando de tu cadera, ¿sabes? Sus ojos se duplican. La chica de la izquierda ha perdido toda función motora; su boca se abre y se cierra, mientras que la de la derecha da un paso atrás, como si el embarazo de la adolescente se contagiara. —Te lo dije, Ash —se burla la chica con el lunar—. ¿No he dicho que parecía una zorra? Podría aplastar su tráquea y acabar con su vida en cuestión de segundos. Podría romperle tanto la cara que pasaría los próximos cinco años sometiéndose a una cirugía reconstructiva y seguiría pareciendo una bolsa de mierda martillada. Este conocimiento me calienta inmensamente mientras inclino mi cabeza hacia un lado, estudiándolas. Las señalo con un dedo, riendo suavemente. —Saben, en realidad creo que sé un poco sobre ustedes dos. —Me dirijo primero a la chica del lunar—. Margaret Elizabeth Johnson. Tú te llamas Beth. Eres virgo. Le dices a todo el mundo que perdiste tu virginidad con Spencer Harris el año pasado, pero eso no es cierto, ¿verdad? Perdiste tu virginidad con Lance Campbell cuando tenías catorce años. Lance Campbell, el socio de tu padre de cuarenta y siete años. Obesidad mórbida, ¿verdad? Un tipo peludo. Tu padre te intercambió para saldar una deuda que tenía con él. Te dijo que eras una buena chica por ayudarlo. Y ahora cuando te follas a Lance... —Me acerco aún más, bajando la voz—. Porque todavía te lo follas, ¿verdad, Beth? Ahora, cuando te lo follas, lo haces porque te gusta. Porque tu padre te observa en las cámaras que ha escondido en tu habitación, y la idea de que su pene se ponga duro mientras ve a su gordo amigo bombeando su pequeña polla dentro de ti te hace sentir un cosquilleo entre las piernas, ¿verdad, Beth? El sonido de su palma al chocar con mi mejilla resuena como un disparo en el pasillo. Cincuenta personas se paran en seco, las conversaciones se interrumpen y todos se giran para ver qué diablos está pasando. Beth está blanca como una sábana y vibra de furia. Por supuesto, sabía quién era desde el momento en que la vi. He memorizado los perfiles de cada uno de los alumnos de último curso de Toussaint, unos perfiles muy completos. Ruth fue meticulosa en su investigación. Siempre lo ha sido. Las cosas que ocurren a puerta cerrada en los hogares de algunos de estos chicos son literalmente criminales, por no mencionar que son oscuramente depravadas. La información que conozco sobre estos niños podría encerrar a bastantes personas de por vida y hacer sonrojar al diablo al mismo tiempo. Sin embargo, cuando empecé a analizar los expedientes de mis nuevos compañeros, les puse apodos para ayudarme a recordar los pequeños y sórdidos detalles de sus vidas. A veces sigue siendo más fácil llamarlos por esos apodos en mi cabeza. —¿Lance Campbell? —sisea Ashley. Ashley Rainier, también de diecisiete años. Tiene una inclinación por golpear a su hermana menor. Ha estado entrando y saliendo de terapia desde los ocho años porque no puede dejar de comerse su propio cabello. Sin embargo, hay cosas mucho más siniestras con Ash. Secretos mucho peores que podría usar como arma para humillarla si así lo decidiera. Mantengo ocultos todos mis datos almacenados sobre Ash mientras ella sigue mirando a Beth—. ¿Ese tipo asqueroso que estuvo en tu casa el día de Navidad? —dice ella—. ¿De qué mierda está hablando? Las mejillas de Beth arden rojas como el carbón; el color intenso la hace parecer bonita en cierto modo. De vez en cuando, incluso nuestros peores momentos nos hacen brillar. —Está mintiendo, joder. ¿Qué demonios te pasa? —Me empuja, y yo me dejo empujar hacia atrás contra los casilleros. Un fuerte estruendo resuena en el pasillo: el sonido de mi cabeza rebotando contra la puerta de metal—. Estás mal de la cabeza —escupe Beth. —No sé nada de eso. Mi historia parece bastante corriente en comparación con la tuya, ¿no crees? No sería capaz de soltar esta frase si ella supiera la verdad. Los esqueletos de mi armario están tan apilados y apretados que parece que haya tenido lugar un genocidio masivo. Hay movimiento a la derecha, una ráfaga de actividad que se dirige hacia nosotros y que me indica que este pequeño teté-a-teté4 está a punto de romperse. Dejo que mis ojos se vuelvan brillantes y llenos de miedo. —¡Beth Johnson! ¿Has perdido la cabeza? —Una mujer con un vestido estampado de flores camina hacia nosotras, separando a la multitud de transeúntes como Moisés separando el Mar Rojo. Su piel es de color marrón cálido, su cabello una masa de rizos apretados. Por las fotos que he visto de ella en la página web de Toussaint, sé que los ojos de la directora Ford suelen ser amables y suaves, pero ahora mismo están lejos de serlo—. Si no quieres que te expulsen en los próximos tres segundos, te recomiendo que le quites las manos de encima a esa chica. Beth me dirige una mirada dura, llena de odio, pero accede, dándome un último empujón mientras me suelta. —¡Beth! —La directora Ford parpadea, negando con la cabeza. Parece que su cerebro no puede calcular lo que está viendo—. No tengo ni idea de lo que ha pasado, pero escucha esto ahora mismo. Sea lo que sea, no va a funcionar. A mi oficina. Ahora. Se gira hacia mí, mirándome rápidamente de arriba a abajo. No puedo decidir si está tratando de recordar mi nombre, o si me está revisando para ver si estoy herida. —Tú también vienes, jovencita. Llegaré al fondo de esto. Las dos se sentarán en mi oficina hasta que escuche algo que suene a verdad. Las mejillas de Beth arden, poniéndose aún más rojas. Sus ojos están llenos de rabia, pero también reside en ellos una lamentable vergüenza. No quiere decirle a la directora Ford la verdad. No quiere ni siquiera contarle lo que pasó, porque si lo hiciera, tendría que decirle de qué la acusé. ¿Y eso? No. Ellano va a hacer eso. —Estaba burlándome de ella —suelta Beth. Ford frunce el ceño. —¿Y por qué hiciste eso? —Porque me enteré de que iba a repetir su último año. 4 Tête-a-tête: Baile muy sensual donde pones una mejilla al lado de la persona con la que estas bailando. Ford, delgada y alta, hace un sonido de desaprobación, cruzando los brazos sobre su pecho. —Estás bromeando, ¿verdad? Beth aprieta la mandíbula. —Eso es lo que he oído. —Sorrell no va a repetir su último año. Y aunque lo hiciera, ¿por qué la empujaste contra un casillero por eso? —El novio de Beth ha roto con ella —dice Ashley, dando un paso adelante—. Ha tenido una mañana muy dura, y acaba de... Beth frunce el ceño hacia su mejor amiga, y su mensaje es claro: Cállate. No estás ayudando. —No me importa si tu novio terminó contigo, o si tu perro murió, o si el motor de un avión se te cayó del techo al estilo Donnie Darko5. ¡No agredes físicamente a otro estudiante porque estás teniendo un mal día! —Lo sé. Lo siento. Beth agacha la cabeza, y las puntas de sus orejas están escarlatas. —¿Eso fue lo que pasó? —La directora Ford se dirige a mí. Hmm. Vamos a pensar en mis opciones aquí. Podría contarle la historia completa. Sería relativamente fácil revelar lo que sé sobre la jodida vida familiar de Beth. Pero... Pero. La información como esta es una moneda. Gástala ahora y se va. Quién sabe lo que podría comprarme en el futuro. Asiento, arrastrando suficiente emoción a mi cara para parecer avergonzada. —Sí. Se rio de mí. Me llamó estúpida. Dijo que iba a contarle a todo el mundo que estaba repitiendo año. La directora Ford se balancea sobre sus talones, suspirando profundamente. 5 Donnie Darko: Es una película estadounidense del 2001, donde Donnie es un chico dotado de gran inteligencia e imaginación. Tras escapar milagrosamente de una muerte casi segura, comienza a sufrir alucinaciones que lo llevan a actuar como nunca hubiera imaginado y a descubrir un mundo insólito a su alrededor. —Sí, bueno. No importa lo que ella o cualquier otro diga, ¿verdad? Tú sabes la verdad, y eso es lo único que importa. Para mí, la humillación no es una emoción fácil de imitar. Después de sufrir todo lo que pasé de niña, y de que Ruth y Gaynor me despojaran de mi ego a conciencia y ritualmente cuando llegué a Falcon House, realmente no me importa lo que los demás piensen de mí. Todo esto es una manipulación, una fachada para construir una historia que la gente crea sobre mí. Hago todo lo posible por forzar una lágrima. Nada desencadena la respuesta de empatía de la gente como un par de lágrimas de cocodrilo gordas y bien sincronizadas. —Sí, directora Ford. —De acuerdo. Estás bien para dirigirte a tu próxima clase, Sorrell. Si tienes algún problema para instalarte, mi puerta está siempre abierta. »Y tú —dice, girándose hacía Beth—. Te has ganado un castigo de una semana, y tienes prohibido ir al Baile Génesis a final de mes. —¡Directora Ford! —protestan ambas chicas. —Estoy ayudando a organizar el baile —dice Beth. —Ya no lo harás. Anda, vete. Vayan a clase. Y si me entero de que vuelves a molestar a Sorrell, que Dios me ayude si no te prohíbo todos los eventos sociales del año que viene. Incluyendo tu propia ceremonia de graduación. Las dos rubias se dan la vuelta y se alejan por el pasillo, discutiendo airadamente entre ellas mientras huyen. La directora Ford no dedica más tiempo a mimarme. —Haz algunos amigos y rápido —dice—. Esas dos son víboras. Te harán la vida imposible aquí si no tienes un grupo de amigos que te protejan. Este lugar es aún más parecido a una prisión de lo que pensaba. Me dirijo hacia el pasillo, sin saber muy bien hacia dónde se supone que debo ir, y sin que me importe. Los ojos de toda la escuela están sobre mí mientras me alejo a toda prisa de mi casillero. Los míos están pegados a mis pies. Por eso no lo veo bloqueando mi camino, y choco directamente con su pecho. —¡Wow! Jesús. ¿Probando para el equipo de fútbol, mariscal de campo? Por supuesto que es él. Solo... en serio. Al diablo con mi suerte. Lo primero que noto es lo alto que es; Theo Merchant se eleva por encima de mí. Lo segundo que noto es la extraña cinta azul envuelta alrededor de las puntas de sus dedos índice y medio de su mano izquierda. La telaraña de finas cicatrices plateadas que se abren en abanico en el dorso de la misma mano, curvándose hacia abajo en una línea irregular alrededor de la base de su pulgar. Su cabello, del color del carbón, de la medianoche y de las pesadillas, está muy corto a los lados, pero un poco más largo en la parte superior, peinado hacia atrás de esa manera informal e ingeniosa que los niños parecen dominar sin que parezca que dedicaron tiempo a peinarse en absoluto. Sus ojos son todo miel y caramelo, de un marrón tan claro que parecen oro bruñido. Su mandíbula es orgullosa y fuerte, sus pómulos vergonzosamente altos. Su nariz... maldita sea. Nunca antes me había importado una mierda la nariz de un hombre, pero la nariz de Theo Merchant es tan majestuosa y recta como una flecha. Hay tres pequeñas pecas debajo de su ojo derecho que forman un triángulo equilátero casi perfecto... Mierda. ¿Qué estoy haciendo? Estoy mirándolo fijamente, por el amor de Dios. Me dedica una sonrisa fría y los corazones se rompen en todo el mundo. —No deberías estar aquí —dice. A pesar de la calidez de su colorido, los ojos de Theo han adquirido un tono súbitamente frío. En el fondo de mi cabeza, las campanas de alarma suenan frenéticamente, instándome a estar en guardia. Reorganizo mis rasgos, entrenando mi expresión en una mirada inexpresiva mientras me encuentro con esos ojos dorados. —¿En el pasillo? Iba de camino a cl... Sus cejas oscuras se juntan con fuerza. —En esta escuela. —Profunda y resonante, la fuerza de su voz me golpea con fuerza, un tambor que retumba en la cavidad de mi pecho. Su timbre me llena de temor. —Toma el volante, Seb. Tiene mi polla en su puta boca. Estas son las palabras que recuerdo que dijo Theo la noche que murió Rachel. Se han repetido en mi cabeza una y otra vez desde esa noche. El sonido de estas repitiéndose me ha llevado al punto de las náuseas más de una vez. Él habla ahora, agregando nuevas palabras a mi banco de memoria de Theo Merchant, y mi estómago se revuelve en el momento justo. —¿Perdón? Resopla. —Eso hubiera sido apropiado antes de que te lanzaras contra mí. Vaya. Este tipo sí que es un idiota. Me domino a mí misma; Ruth se decepcionará de mí si no sigo el plan, pero todo en mi interior me pide a gritos que me lance sobre este idiota engreído. Herirlo. Destrozarlo. Humillarlo. Matarlo. No se merece nada mejor. Internamente, soy un mar embravecido, una tormenta, un huracán de clase diez que lo arrancará de sus pies y desgarrará al bastardo miembro por miembro. Por fuera, soy tan pacífica como un tranquilo día de verano. Le dirijo la mirada que tanto ensaye en el espejo: la expresión inocente de ojos saltones con la expresión de “estoy tan confundida. Por favor, ayúdame” que convierte en idiotas incluso a los tipos más sensatos. —Lo siento. Soy nueva. Pero estoy inscrita. No estoy muy segura... de lo que quieres decir. Dejo escapar una pequeña risa nerviosa, mirando al suelo antes de volver a mirarlo rápidamente por debajo de mis propias pestañas oscuras. Theo me mira fijamente, sin que le afecte mi pequeño acto de coquetería. —Soy plenamente consciente de tu estado de matriculación. Soy plenamente consciente de por qué estás aquí, y puedes olvidarlo. Estás perdiendo el tiempo. ¿Qué, pensabas que no me acordaría de ti de la fiesta? Una descarga de adrenalina golpea mis venas, el estallido de energía pura reduce mi enfoque a un punto milimétrico. Mierda. Apenas lo vi esa noche. No recuerdo haber hablado con él en ningún momento. Estaba en el auto con él al final de la noche, pero había estado tan jodido...Me mira fijamente, un dios observando a una patética hormiguita. —Olvida tu pequeña misión aquí. Vete ahora. Vete a casa antes de que alguien más salga herido. Theo ni siquiera me da la oportunidad de responder a esto; el chasquido de los tacones resuena en el pasillo, el sonido se dirige hacia nosotros, y Theo se da la vuelta, paseando despreocupadamente hacia una estrecha escalera a la derecha. —¿Señorita Voss? —Con su brillante vestido estampado de flores y sus coloridas joyas, la directora Ford es un vibrante estallido de vida frente a los fríos tonos pastel de Toussaint. Supuse que se había ido con Beth, pero parece que no—. ¿Te has perdido, Sorrell? Este lugar puede ser un poco laberíntico al principio. Vamos. Deja que te enseñe tu próxima clase. Llega junto a mí, pero en lugar de detenerse, envuelve un brazo alrededor de mi hombro, y me arrastra en su impulso mientras se apresura por el pasillo. Tardo un momento en darme cuenta de que el lugar está desierto, que los pasillos se despejaron de toda vida en el segundo en que apareció Theo Merchant. Sorrell Las ratas pueden sentir el peligro. Las cucarachas. Los perros y los gatos también. Los caballos son especialmente sensibles a las emociones de las personas, así como al clima. No es nada especial que los organismos complejos perciban algo o alguien como una amenaza y reaccionen en consecuencia para preservar su propia existencia. Las personas son un poco más complicadas. Somos conscientes de nosotros mismos, y arrogantes; nos desviamos por nuestros propios egos. Ahh, esa tormenta no es nada. Puedo manejarla. Puedo con ese tipo. Soy mucho más grande que él. Sé lo que estoy haciendo, ¿de acuerdo? ¡Puedo dar el maldito salto! Ni una sola persona se quedó en ese pasillo cuando Theo Merchant apareció. Todos huyeron de la escena como ratas que huyen de un barco que se hunde, y no me di cuenta porque estaba demasiado ocupada tambaleándome por el hecho de que el hijo de puta me recordaba de la fiesta. Estoy jodida. Estoy realmente jodida. El resto del día pasa a toda velocidad, entre pies que se arrastran aulas sofocantes y sin aire, pero no asimilo nada de eso. Mis pensamientos acelerados me impiden concentrarme en otra cosa que no sea esta devastadora información. Theo sabe quién soy, y si lo sabe, ¿qué más sabe? A las ocho, una vez que terminé de cenar, sola en una mesa del comedor, llevando lentamente la comida a mi boca, sin probar nada más que ceniza y gritando en silencio por dentro, finalmente me encierro en mi habitación y llamo a Ruth. —Jesús, Sorrell. Déjate de tonterías. Así que te recuerda de la fiesta. No significa nada. —No está ni remotamente preocupada cuando termino de explicarle mi pánico—. Mantén el rumbo. Si te acobardas, todo esto habrá sido en vano. —No me estoy acobardando —siseo—. No estoy exagerando. Él. Sabe. Quién. Soy… —¿Y qué va a hacer al respecto? ¿Irrumpir en tu habitación y señalarte con el dedo, gritando que viniste a Toussaint solamente para asesinarlo mientras dormía? —Uhh, ¿sí? —Estás siendo ridícula. Duerme un poco. Espera a que me ponga en contacto contigo antes de emprender cualquier acción contra él. Te diré cuando sea el momento adecuado. —¿Y mientras tanto? ¿Qué se supone que debo hacer? —¡Solo ve a la escuela, Sorrell! Haz tu trabajo. Mantén la cabeza baja. —Ruth, esto… —¿Rachel no habría hecho esto por ti? Esta afirmación, bien afinada y mortalmente aguda, me detiene abruptamente. Es algo frío y malvado, pero Ruth me conoce bien. Rachel absolutamente habría venido aquí a vengarme. Ella mantendría el rumbo, sin importar qué. Estaría decidida en su tarea hasta que cumpliera su objetivo y Theo Merchant estuviera muerto. Dejo escapar un suspiro tenso y tembloroso. —De acuerdo. De acuerdo. Seguiré adelante. Pero te lo digo ahora, Ruth... La línea se corta. Me siento en el borde de la cama durante mucho tiempo, sosteniendo el teléfono celular en mis manos, mirando una astilla en la pintura frente a mí, incapaz de pensar con claridad. Supuse que Ruth enloquecería cuando le contara lo que pasó. Pensé que enviaría un auto por mí, replanteándose inmediatamente cómo íbamos a solucionar nuestro problema con Merchant. Como mínimo, pensé que iba a poner el aire azul con sus maldiciones. Pero no. Nada. Estaba irritada conmigo, porque me preocupara por un giro tan pequeño e intrascendente de los acontecimientos. Quiero ir a casa. Nada de esta situación tiene sentido para mí en este momento. Si Theo sabe quién soy y por qué vine aquí, ¿qué sentido tiene quedarme? Una vez que se pierde el elemento sorpresa, no hay manera de atrapar a un objetivo con la guardia baja. Y quién sabe con quién habló. Si ha ido con algunos de los profesores, o incluso ha hablado con sus amigos sobre mí, y luego le pasa algo, estoy básicamente jodida. Me llevarán esposada antes de que puedas decir “asesinato premeditado”. Ayer fui todo bravuconería, con Gaynor, sobre ir a prisión, pero siempre planeé salir bajo fianza y desaparecer una vez que se encargaran de Theo. En realidad, nunca tuve la intención de ir a prisión… Un nudo frío y apretado se forma en mi estómago durante las siguientes horas. Deshago la maleta que traje de Falcon House, desorientada por las faldas grises, rojas, verdes y azules, los vestidos y blusas que guardo cuidadosamente, sintiéndome mal por el hecho de que solo una o dos prendas de la ropa que me han dado para vestir sean negras. Me aseguro de poner las fotos de la falsa familia que Gaynor enmarcó para mí, sobre la mesita de noche. Coloco por la habitación las pequeñas chucherías y recuerdos que, según Ruth, serían importantes para una estudiante normal de último año de preparatoria, y me siento como un maldito fraude mientras lo hago. Estas pequeñas chucherías sin sentido no significan nada para mí. No entiendo cómo pueden ser importantes para alguien. Un pequeño conejo de peluche desgastado y raído. La mitad de un corazón de oro en una fina cadena de filigrana. Una pila de fotos polaroid, y la cámara para acompañarlas. Una cajita llena de fragmentos de películas, con los nombres escritos en el reverso en pequeñas letras negras: Carla, Olivia y Spencer. Wes y Carla. Christina, Danny y Carla: el día del cumpleaños de Christina. Carla. Carla. Carla. Los nombres son todos intercambiables, pero no el de Carla. Carla, mi falsa mejor amiga, que Ruth y Gaynor acordaron que debería haber muerto el año pasado al igual que Rachel. No sé por qué lo hicieron. Por qué, en este pequeño mundo fabricado que crearon para mí, incluso mi mejor amiga ficticia tuvo que ser apartada de mí. No me parece justo. Nunca he envidiado la mano que me tocó en la vida. Mi infancia. Salir de la casa de acogida en la primera oportunidad que tuve. Vivir en la calle. Que pateen mi trasero cuando entré en Falcon House. Nunca me molestó nada de eso. La vida es jodidamente dura; te estás preparando para una gran decepción si esperas que sea otra cosa. ¿Pero tengo que sufrir incluso en mi vida falsa? Ruth y Gaynor me enviaron aquí para realizar una tarea, y para eso tengo que convertirme en otra persona. ¿Habría sido tan malo dejar que esa otra persona fuera feliz? ¿Haber venido de un lugar feliz? ¿Haber vivido una vida feliz, y tener cosas felices que esperar más allá de su último año? ¿Dónde habría estado el daño en eso? Es casi como si Ruth quisiera que yo sufriera. Ella nunca ha sido de las que miman… ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Dejo caer la polaroid que tengo en la mano, mi rostro, retocada con Photoshop en el cuerpo de una chica abrazada por dos amigos que se ríen, y casi muero del susto al escuchar el fuerte golpe en la puerta de mi habitación. Qué mierda… —¡Vamos, Chica Nueva! ¡Tenemos que irnos! El pequeño reloj de viaje que me compró Gaynor parpadea desde el alféizar de la ventana; son las diez y media. El toque de queda era a las nueve. Todosdeberían estar en sus propias habitaciones, estudiando o en la cama. De ninguna manera alguien debería estar en los pasillos, golpeando las puertas de los dormitorios y gritando a todo pulmón. ¡Pum! ¡Pum! —¡Vamos, abre! ¡Vamos a perder nuestra oportunidad! —Mierda, Mel, déjala —sisea otra voz—. ¿Qué importa? —Importa porque hemos estado esperando esto durante tres años — replica la otra chica—. Ahora somos mayores. Podemos hacer esto una vez. Y conoces las reglas. Todos tienen que ir. No son para nada silenciosas. Probablemente sus voces se pueden escuchar dos pisos más abajo. Abro la puerta del dormitorio y miro al grupo de chicas que hay al otro lado. Ninguna de ellas está vestida para ir a la cama. Sin embargo, su vestimenta es ciertamente confusa. Vestidos y faldas cortas. Blusas escotadas y sujetadores push-up. Un maldito montón de maquillaje en sus rostros. Pero también chaquetas gruesas y abrigadas, botas de gamuza afelpada, con suelas de goma gruesas. Parece que se van de fiesta, pero pareciera que tienen que sortear condiciones subárticas para llegar allí. La chica al frente del grupo, con cabello castaño ondulado hasta los hombros y una sombra de ojos azul brillante, extiende su mano y me sonríe con un poco de locura. —Hola, soy Mel. ¿Tú eres...? Tomo su mano y la estrecho, enarcando una ceja ante este variopinto grupo. —Sorrell. —¿Sorrell? Ohh, ese es un nombre bonito. Bien, Sorrell. Encantada de conocerte. Vamos a necesitar que te vistas y estés lista en unos sesenta segundos si te parece bien. Tenemos prisa y olvidamos que había otro recién nacido en nuestro piso. —¿Recién nacido? Hace un gesto con la mano restándole importancia, pasando a mi habitación. Vaya. Ella… ¿realmente se está sintiendo como en casa? Abre la puerta de mi armario y empieza a rebuscar entre la ropa que acabo de colgar allí, arrugando la nariz mientras descarta cada prenda una por una. —Los recién nacidos son alumnos nuevos. Lo siento, supongo que no es muy amistoso llamarlos así. Pero es la tradición. ¿Jess? Una de las otras chicas (que hasta ahora han permanecido revoloteando respetuosamente en la puerta) se adelanta. Es muy bajita y delgada. Como una niña desamparada. Tiene cabello oscuro cortado en forma de duendecillo, y su nariz de botón está ligeramente inclinada hacia arriba. Parece que su nombre debería ser Tinkerbelle. —Hazme un favor y corre a mi habitación, ¿quieres? —le pregunta Mel—. El vestido púrpura que me probé primero aún está sobre mi cama. ¿Puedes traerlo por mí? Y la varita rizadora del baño también, por favor. Jess sonríe, pareciendo emocionada por ser la encargada de este trabajo. Sale corriendo, sus botas pisan fuerte por el pasillo, y me giro hacia Mel, ahora medio sumergida en mi armario, levantando las manos en el aire. —Bueno, yo también estoy encantada de conocerte, pero ¿qué diablos estás haciendo, Mel? Ella ríe. —Es la Primera Noche, idiota. —La forma en que dice “idiota” hace que suene como un cariño. —¿Y se supone que debo saber qué es eso exactamente? —El comienzo del último año. La Primera Noche es la fiesta más legendaria del último año. —Aparte de La Última Noche —dice otra chica. Mel le hace una mueca por encima de mi hombro. —Bueno, por supuesto que la Última Noche es una fiesta más grande, Noelani. Es la Última maldita Noche. Niego con la cabeza, tratando sin éxito de disipar los sonidos de las discusiones que se producen. —Woah, woah, woah. Lo siento. Es supertarde y no las conozco. No voy a ir a ninguna fiesta ahora mismo. —Tienes que hacerlo —dice Mel de manera uniforme. No hay amenaza ni malicia en su voz; lo dice como si fuera obvio. —Lo siento, pero... —Si no lo haces, serás marcada como una forastera. Alguien que se ve a sí misma como... —Ladea la cabeza, con una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios—, demasiado buena para el resto de nosotros. ¿Crees que eres mejor que los demás estudiantes de esta escuela, Sorrell? Soy una forastera. No estaré aquí lo suficiente como para cambiar eso, aunque vaya a una estúpida fiesta. Sin embargo, ¿me considero mejor que ellos? Hay muchas razones por las que podría serlo: mi infancia increíblemente difícil. El hecho de que he tenido que trabajar para conseguir todas las ventajas que he tenido en esta vida. El hecho de que lo único por lo que ellas han tenido que preocuparse es de dónde vendrá su próximo vestido de diseñador… No. Nada de eso me hace sentir que soy mejor que ellos. Sinceramente, solo me hace sentir celosa de ellas. Le dedico una sonrisa débil y niego con la cabeza. —Muy bien entonces —expresa Mel como respuesta—. Entonces tenemos que prepararte. —Mira, estoy segura de que todos lo entenderán. Estoy cansada, apenas he desempacado, y… Mel se endereza, cruzando los brazos frente a su pecho. —No lo entenderán. Son unos imbéciles elitistas con enormes egos y una muy buena memoria, a diferencia de algunas personas que conozco. — Se ríe de esto como si fuera la cosa más divertida que jamás había escuchado—. Si no vienes, te separarás del resto de nosotros. Una vez que estás fuera, no hay manera de volver a entrar. No habrá clubes sociales. No habrá citas —subraya—. Ninguna. Cualquier chico al que se atrape saliendo con una forastera es automáticamente expulsado del equipo de fútbol. Del equipo de lacrosse. De cualquier equipo en el que estén... —Hace un gesto con las manos—. Los expulsan. Los expulsan de sus programas de clases avanzadas. Sus clubes. Sus amigos les dan la espalda. Es un destino peor que la muerte. —Esa es la mierda más tonta que he escuchado. Los profesores no permitirían eso. —¡Ja! —Mel echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Suena positivamente divertida—. Ahh, mierda. Por supuesto. Todavía tienes la impresión de que los profesores dirigen este lugar. Odio tener que decírtelo, cariño, pero eso no es así aquí en Toussaint. —Entonces, ¿quién lo dirige? Me sonríe, como una loba, y me doy cuenta de que acabo de caer directamente en su trampa. —Quien gane la votación en la fiesta de esta noche, por supuesto — dice—. Un chico. Una chica. Juntos deciden cómo vamos a vivir nuestras vidas durante el próximo año. No querrías perderte eso ahora, ¿verdad? Tonto. Tan, tan jodidamente tonto. Debería estar empacando y largarme de aquí, no desempacando. La pequeña revelación de Theo en el pasillo antes es un gran obstáculo, no importa lo que diga Ruth. Le prometí que mantendría el rumbo, así que ¿qué opción tengo? No es como si pudiera simplemente salir de aquí. No tengo ni idea de lo que Mel quiere decir con esta votación, pero discutir con ella parece inútil, así que cedo. Cuando Jess regresa con un vestido de lentejuelas púrpura y un pesado bolso de maquillaje, blandiendo una varita rizadora en la mano como si fuera un arma ofensiva, dejo que Mel me obligue a cambiarme. Me quedo muy quieta mientras riza mi cabello y Noelani, una hermosa chica de ojos marrones almendrados me maquilla. Zumban a mi alrededor como pequeñas abejas obreras alrededor de su colmena, y terminan conmigo en cuestión de minutos. Me paro frente al espejo de la pared junto a la ventana y apenas reconozco a la chica que me devuelve la mirada. Parece mayor que yo. Menos atormentada. Supongo que tiene mucho que ver con la base de maquillaje que Noelani aplicó sobre las sombras amoratadas debajo de mis ojos, pero aun así. La chica del espejo parece saludable. Feliz. Ni siquiera sabía que mi rostro se veía así cuando sonreía. No hay muchos espejos en Falcon House. Mel retrocede para admirar su obra. —Perfecto. Honestamente, estoy impresionada conmigo misma, incluso si lo digo yo. No todo el mundo puede hacer milagros bajo tal coacción. ¿Coacción? Ella es la que irrumpió aquí y exigió que la dejara hurgar y toquetearme como si fuera una especie de muñeca de juguete. Si a alguien le está yendo bien bajo coacción, es a mí. Sonríe con benevolencia,poniendo una mano en mi hombro. —Confía en mí, Sorrell. Te alegraras de haber asistido a esta fiesta esta noche. Te alegrarás mucho de haberme dejado hacer algo de magia contigo también. Soy literalmente tu hada madrina. Vamos. Tenemos que irnos. En serio, Sorrell. Relájate. ¿Suéltate! ¿Qué es lo peor que puede pasar? —Uhh, ¿podría ser drogada, asaltada y morir como tú? —murmuro en voz baja, respondiendo al sonido de la voz de Rachel en mi cabeza. La risa burlona de mi mejor amiga resuena en mis oídos mientras desciendo por la ladera del monte hacia el oscuro bosque, siguiendo a un grupo de chicas que no conozco, dirigiéndome a una situación que muy probablemente explotará en mi rostro. Nuestro aliento se convierte en nubes de niebla que se elevan hacia el cielo nocturno. El aire invernal huele a humo de leña y es tan frío que quema mis pulmones y fosas nasales. —¿Perdón? ¿Dijiste... algo? La chica alta y tranquila que camina más cerca de mí parpadea como un búho en la oscuridad. Se llama Julia. Su exuberante cabello rubio cuelga en una gruesa trenza por su espalda, casi llegando a su cintura. Niego con la cabeza y meto las manos en los profundos bolsillos del abrigo de invierno que me dio Gaynor. Le dije que la gruesa parka con capucha forrada en piel de oveja era exagerada, pero insistió en que la trajera. Estoy eternamente agradecida por haberlo hecho ahora. —Solo hablo en voz alta —digo—. Mala costumbre. —Ya sabes lo que dicen… —Julia se ríe un poco incómoda—. Hablar contigo misma es lo primero… —No. Solo. No lo hagas. Soy demasiado consciente de que hablar sola es el primer signo de locura. ¿Creo que la voz de Rachel en mi cabeza es real? ¿Creo que estoy siendo perseguida por su fantasma o algo así? No. Sé que estoy hablando conmigo misma cuando mantengo estas conversaciones en mi cabeza. Es que extraño muchísimo a Rachel. Sentí como si me hubieran abierto y hubieran arrancado mi corazón el día que ella murió. La sensación de pérdida era demasiado inmensa para comprenderla. Mi mente se enfrentó al vacío que dejó Rachel de la única manera que sabía: lo llenó con ella lo mejor que pudo. Le dio una apariencia de vida, para que yo pudiera tenerla todavía conmigo. No dejaré de hablar con ella en mi cabeza. Nunca. Si lo hago, la habré perdido para siempre. ¿Y eso? Simplemente no puedo soportarlo. La pobre Julia se estremece ante el tono agudo de mi voz. Mete la barbilla en el cuello de su chaqueta, de modo que solo sus ojos me miran por encima de la tela. —Está bien —dice ella, sus palabras salen ahogadas—. Mi madre dice que hablar consigo misma es la única forma de mantener una conversación sensata la mayor parte del tiempo. Lo entiendo. —Puedo decir por la forma en que sus ojos se arrugan en las esquinas que está sonriendo, aunque todavía se ve nerviosa—. De todos modos. Debería alcanzar a Mel. Mi inhalador está en su bolso, así que... —Se apresura a ir al frente del grupo, dejándome atrás. Sin querer arriesgarme a otro momento de ‘oh, genial, estoy-hablando- sola-otra vez’, tarareo para mantener la voz de Rachel en silencio, la misma melodía que tarareaba ayer en el auto con Gaynor. El ascenso y descenso de la música fluye fácilmente a través de mi mente, como el agua que fluye sobre el lecho de un río, el sonido hermoso y doloroso. Durante el resto de la caminata, estoy sola. Es mejor así. Me estoy quedando tan atrás que fácilmente podría regresar a la escuela si quisiera; el edificio se asoma en la oscuridad, como una pesadilla gótica. El extenso césped que acabamos de cruzar ha sido segado en direcciones opuestas, dándole a la extensión de césped un aspecto rayado. Sigo detrás de las otras chicas, escuchándolas charlar y reír tontamente con un peso de plomo tirando de mi pecho. Si se espera que todos asistan a esta fiesta, elegir no ir habría sido un error. Estaría llamando la atención, sobre todo si me condenan al ostracismo de la forma en que Mel lo describió. Integrarme tiene un precio, y Ruth dijo que necesitaba integrarme de cualquier manera. Mel nos lleva por un camino de tierra que serpentea colina abajo, alrededor de un bosquecillo de árboles imponentes, y fuera de la vista de Toussaint. En cuanto rodeamos los árboles, el débil sonido de la música sale a nuestro encuentro. Está tan oscuro ahora, lejos de la escuela, que apenas puedo ver mi mano frente a mi rostro. A pesar de la oscuridad, Mel parece saber exactamente a dónde va. Me apresuro a alcanzar al grupo, refunfuñando infelizmente para mí misma. —¿Marcus estará allí? —pregunta Jessica por delante. Mel resopla ruidosamente. —¿Tú qué crees? Él nunca se perdería una bebida gratis. Y puedes apostar tu trasero a que se presentará para ser el Delegado de la Escuela. Al tipo le encanta darle mierda a la gente. Nunca dejaría pasar la oportunidad de que todos lo adulen y laman sus botas por el resto del año. Noelani hace un sonido de resoplido; aparentemente, está de acuerdo. —¿Y qué hay de la Delegada? ¿Crees que Beth lo conseguirá? —No si tengo algo que ver con eso —dice Mel. —Sabes que todos votaremos por ti —responde Noelani. —¡Será mejor! A menos que quieras hacer mandados y palear la mierda de Beth hasta que te gradúes. No se me ocurre nada peor. Ugh. Tonterías básicas de drama de preparatoria. Este tipo de división nunca existió en Falcon House. Nunca se habría permitido que se perpetuara. Todos los agravios internos se resolvían en la colchoneta, por grandes o pequeños que fueran, y el asunto no se resolvía hasta que una de las dos quedaba inconsciente. Realmente tenías que tener la intención. A medida que descendemos a un pequeño valle cerrado, la fuente de la música aparece a la vista: una gran fogata lanza altísimas llamas que se elevan hacia el despejado cielo nocturno. Unas sombras locas se precipitan en todas direcciones mientras una multitud de personas se mueve y retoza alrededor del infierno, gritando y riendo a todo pulmón. Hay mesas instaladas en el claro circundante, repletas de comida y bebida. No sé lo que esperaba, pero seguro que no era esto. La fiesta no está en la trastienda de un bar o un restaurante. Ni en la casa de los padres de algún niño rico, como la noche en que murió Rachel. Ni siquiera es en un granero. Es solo un grupo de estudiantes de Toussaint, alrededor de una fogata en medio de un claro. Hace un frío de los mil demonios, pero en cuanto nos acercamos a menos de seis metros de esa fogata rugiente, las chicas comienzan a despojarse de sus abrigos y chaquetas y los dejan encima de una mesa llena de ropa de invierno. Antes de darme cuenta, tengo un vaso rojo desechable en la mano y miro con desconfianza el líquido con olor desagradable que hay en su interior, preguntándome si estará mezclado con la misma mierda que nos dieron a Rach y a mí en la última fiesta. Lo arrojo en la hierba a mis pies. —¡Whoa, whoa, whoa! No desperdicies eso. —Una chica borracha con una blusa rosa de lentejuelas y unos pantalones cortos de mezclilla blancos me arrebata el vaso de la mano. Apenas quedaba nada en él, pero bebe lo que queda y lo traga como si fuera el maná de los dioses—. Esta mierda es cara. Y muy fuerte. Los chicos la trajeron de regalo. ¿Por qué la derramas? Me encojo de hombros y subo la capucha de mi parka. —No estoy de humor para que me violen en grupo, supongo. Entrecierra los ojos hasta convertirlos en rendijas, mirándome como si fuera una especie de bicho raro. —¿Qué demonios te pasa? —Ahh, ya sabes. Un pequeño trauma infantil aquí. Una pizca de trastorno de estrés postraumático allí. Lo normal… Me alejo, sonriendo para mí misma. Me siento tan alejada de esta gente. Tenemos la misma edad, pero somos diferentes. Especies totalmente diferentes. Mientras estos hijos de puta montaban en poni y gritaban a los magos, exigiendo trucos más impresionantes en su octavo cumpleaños, yo comía de los botes de basura. Cuando teníandiez años, ellos se iban de vacaciones a Los Hamptons y se atiborraban de la mejor langosta de Maine. Mientras tanto, yo estaba arrodillada en un sucio callejón, inyectando Narcan en la nariz de mi cuidador adoptivo David para que no tuviera una maldita sobredosis y muriera. Manzanas. Naranjas. Nunca podré ser como ellos. Entenderlos. Mierda, incluso tolerarlos va a ser un desafío. Ruth estaba loca al pensar que alguna vez podría encajar aquí. Me siento llena de desprecio mientras atravieso la reunión, observándolos coquetear, reír y bromear entre ellos, como si no tuvieran nada más importante de qué preocuparse que impresionarse mutuamente con teatralidad en una fiesta tonta. Los desprecio a todos. Al otro lado del fuego, veo a Beth y a Ash, muy juntas, susurrando con maldad. Me han visto y, por lo que parece, no están nada contentas de que haya aparecido aquí esta noche. Ustedes y yo, señoritas. Ustedes y yo, jodidamente, las dos. Beth lleva una boa de plumas rosa, por el amor de Dios. Ash, un sombrero de fieltro y un pesado y elaborado delineador azul eléctrico, que se arremolina en elaborados diseños alrededor de sus ojos. ¿No se dan cuenta de lo estúpidas que se ven? Llego al borde de la multitud, contenta de volver a caminar hacia el otro lado, hacia donde Mel y su grupo siguen de pie, pero cuando me doy la vuelta, me encuentro frente a frente con la única persona con la que me hubiera gustado no tropezar esta noche. Su rostro está desprovisto de toda expresión mientras se encuentra de pie frente a mí. Las sombras bailan sobre sus majestuosas facciones, haciéndolo parecer macabro a la luz del fuego. Sus labios carnosos se presionan juntos en una línea, poco impresionado mientras levanta el vaso a su boca y toma un sorbo de su bebida. No digo nada. No hago nada. Solo dejo que me mire. Aunque llevo puesta la parka y mi piel está básicamente cubierta hasta las rodillas, me siento desnuda ante su mirada. —He estado pensando, ¿sabes? —dice. Otro escalofrío recorre mi espalda, subiendo y bajando, subiendo y bajando; odio que una mirada como esta, de él, pueda provocar cualquier tipo de reacción física en mí, incluso si esa reacción sea de repulsión. Me encuentro mirando las tres pecas oscuras debajo de su ojo. Tengo que clavar las uñas en la palma de mi mano para detenerme—. Ahh, lo siento. —Le hago un mohín—. Eso tiene que doler. Su sonrisa plana se vuelve agria. —Lindo. Intento pasar por delante de él, pero da un paso al costado, bloqueando mi camino. —Las chicas como tú se creen invencibles. Crees que eres jodidamente intocable. Ladeo la cabeza hacia un lado. —Es curioso. Ayer dije literalmente lo mismo de ti. Y... ¿chicas como yo? No sabes nada de chicas como yo. Intento moverme de nuevo a su alrededor. Él vuelve a reflejar mi movimiento. —Sé mucho. —¿Oh, en serio? Ilumíname. —Mi lengua está resbaladiza por el odio. Mi garganta palpita con este—. ¿Qué es lo que tú... —Clavo mi dedo en su pecho—, crees que sabes de mí? Me encantaría escucharlo, Merchant. Mira hacia abajo, al punto en su pecho, justo encima de su plexo solar, donde mi dedo índice acaba de pincharlo. Con su camiseta ACDC de manga larga desteñida y sus jeans negros rotos, su cabello oscuro todo revuelto y tan cuidadosamente desordenado, parece que se esfuerza demasiado por no ser la persona que es: el niño rico y arrogante de los fondos fiduciarios con la cuchara de plata metida un kilómetro en su culo. —Crees que solo porque has sufrido, nosotros no sabemos nada sobre el sufrimiento. Crees que nuestro dolor palidece en comparación con el tuyo. Tu dolor es mucho más importante que el nuestro. Tú, tan santa, con tu maldita doctrina de niña huérfana, y tus reglas y órdenes, con esa venganza al rojo vivo ardiendo en tus venas. Me irrita que esté repitiendo en voz alta los pensamientos que nublaban mi mente. Es todavía más irritante que parezca saber algo sobre mí. Una vez más, un temblor de pánico se agita en mis entrañas. —¿Y qué sabes tú de mis reglas? ¿Mis órdenes? —espeto las palabras, obligándolas a pasar entre mis dientes apretados. Sus ojos oscuros, casi negros en la oscuridad, saltan de mi boca a mis mejillas y a mis propios ojos, donde permanecen y arden. Una sonrisa socarrona inclina su boca hacia la izquierda. —Oh, eso arruinaría el juego. Si tienes intención de jugar a esto conmigo, al menos deberíamos hacerlo divertido, ¿no? Pero... ¿por qué no me ayudas, Chica? Cuando vuelvas mañana por la tarde y transmitas toda la información que has reunido sobre la situación aquí en Toussaint, ¿me harías un favor? —¿Por qué mierda te haría un favor? Ignora la pregunta. —Pregúntale sobre Henry. —¿Quién demonios es Henry? Tomando otro sorbo de su bebida, se encoge de hombros. —Eso lo tengo que saber yo y lo tienes que averiguar tú. Pregúntale a ella, Sorrell. Él camina a mi alrededor y vuelve a dirigirse a la fogata, dejándome helada a su paso, y una punzada de ira me apuñala justo entre las costillas. Lo sigo. Es un error, pero no puedo evitarlo. —¿Preguntarle a quién? No contesta, solo sigue bebiendo despreocupadamente de su vaso, sonriendo ampliamente a la gente cuando pasa junto a ellos. La indiferencia es más de lo que puedo soportar. Agarrando su hombro, lo hago girar y el licor oscuro de su vaso se derrama, salpicando su camiseta. Vuelve a mirar su pecho, ahora con la mancha húmeda que acabo de provocar, y luego me mira lentamente con ojos asesinos. —¿A quién diablos le estoy informando, Theo? ¿A quién mierda le estoy preguntando? ¿Quién diablos crees que…? —Ruth. —El nombre sale disparado de su boca, cargado de veneno, un sonido cruel y crudo que parece causarle dolor—. Conoces ese nombre, ¿verdad? —Me tambaleo hacia atrás, picada por su vitriolo y aturdida por ese nombre en sus labios—. Sí, eso es lo que pensaba —dice con frialdad— . ¿Por qué no le preguntas a tu preciosa Ruth sobre Henry? ¿Y cuando te mienta y te diga que no tiene ni idea de lo que estás hablando? ¿Y te diga que hagas tu trabajo y dejes de hacer preguntas estúpidas? Ven a buscarme. Entonces te contaré todo sobre Henry. ¿De acuerdo? Respira con fuerza por la nariz, sus fosas nasales se ensanchan y una luz peligrosa parpadea en sus ojos que no tiene nada que ver con el fuego. —Hola, cariño. —Beth aparece de la nada en una nube de ridículas plumas rosas y un perfume empalagoso y dulce. Pasa la mano por el pecho de Theo, lanzando una mirada de absoluta repugnancia en mi dirección mientras lo hace. Aparta la mirada de mí y vuelve a mirarlo a él, agitando sus pestañas postizas—. Ni siquiera me saludaste, nene. ¿Dónde diablos has estado toda la noche? Él ni siquiera la mira. Vuelve a levantar el vaso a su boca y lo vacía, los músculos de su garganta trabajan mientras traga, bebiendo el resto de su licor. Con el vaso vacío, lo arroja al fuego, sin apartar la mirada de mí. No hay más palabras entre nosotros, pero su mirada lo dice todo: me está desafiando a hacer lo que me dijo. Él aclara su garganta, se da la vuelta y se adentra en la multitud de gente sin ni siquiera mirar atrás. Beth se acerca a mí como una víbora furiosa. —Aléjate de Theo, perra. Él es mío, y todos los que tienen media neurona aquí lo saben. No sé quién diablos te dijo esa mierda sobre Lance, pero no es cierto. Y si se te ocurre publicar cualquier tipo de foto, o vídeo, o lo que sea, entonces que Dios me ayude... Me rio en su rostro. —Beth, si decido hacer algo así, entonces ni siquiera Dios podrá ayudarte. Perra. Estos juegos insignificantes están por debajo de mí. Involucrarme con personas como ella es degradante en todos los niveles posibles. Odio ser arrastrada a esto, pero el simple privilegio de la chica me molesta. Su rostro es un rictus de rabia cuando se inclina para susurrarme, reflejando las mismas acciones que hice con ella en el pasillo esta mañana. —Mi padre nunca dejará que esamierda salga a la luz, estúpida imbécil. ¿Crees que se va a quedar de brazos cruzados y que vas a soltar algo así al público en general? —Envuelve su mano alrededor de mi antebrazo, apretando su agarre, tratando de clavar sus uñas en mi piel, pero llevo un abrigo grueso, por el amor de Dios—. Mi padre te demandará por cada centavo que vale tu familia. Se quedará con todo. Y me refiero a todo. Con movimientos muy medidos y cuidadosos, coloco mi mano encima de la suya y la retiro de mi brazo, arrugando la nariz, como si me pareciera repugnante tocarla. No es un acto. —Lo hermoso de no tener nada es que nadie te lo puede quitar, Beth. Cuando no tienes cosas, ni dinero, ni reputación… eres libre. Sé que es un concepto extraño para ti, pero realmente es liberador. Tu padre no puede destruirme, cariño. Soy nada. No hay nada que destruir. Espeta algo detrás de mí mientras me alejo de ella, pero ni siquiera me molesto en escuchar. El espectáculo que acaba de montar fue patético, y creo que lo sabe. Theo Merchant es mío. ¡Ja! El tipo ni siquiera registró su existencia. Si él no fuera el responsable de la muerte de mi mejor amiga y no me hubieran enviado aquí para quebrarlo, me esforzaría para convencer al bastardo de que se enamorara de mí solo para joderla. —Muy bien, chicos. ¡El momento que todos han estado esperando ha llegado! Al otro lado de la fogata, un tipo alto de cabello castaño ondulado está de pie encima de una pila de troncos, sosteniendo una botella de tequila sobre su cabeza. Da un enorme trago a la botella y luego la rocía por la boca, haciendo saltar un arco de fuego desde la fogata. Todos se quedan en silencio y se giran para mirarlo. —¡Sorrell! Sorrell, por Dios, chica. Te he estado buscando por todas partes. —Mel de repente está a mi lado. Coloca su mano en la parte baja de mi espalda, instándome a avanzar—. Vamos. Tienes que venir conmigo. La fuerte música que ha estado sonando en los altavoces, instalados en la arboleda, se corta bruscamente cuando Mel me engatusa para que regrese con las chicas de mi piso. Me dejo empujar, todavía acalorada por la frustración de mi interacción con Theo y las palabras que intercambié con Beth. —Quítate la chaqueta, por el amor de Dios —insta Mel. —Hace frío —digo rotundamente—. Ni siquiera quiero estar aquí. Menos aún quiero estar aquí fuera solo con un vestido diminuto. —No era una sugerencia. —Mel suspira con frustración—. Mira. Necesitamos que nos noten. Necesitamos que una de nosotras sea elegida, ¿de acuerdo? Si no causamos impresión, estamos todas jodidas. Maldita sea. Mi paciencia para esta mierda de caballo se está agotando. Lo juro, todo lo que hice desde que llamaron a la puerta de mi habitación es hacer preguntas, y ninguna de ellas ha sido respondida a mi satisfacción. —¿Elegida para qué? ¿Delegada? —Ya lo verás. ¡Mierda, quítate el abrigo! ¡Por favor! Literalmente te lo suplico. No te elegirán a ti, lo prometo. De todas las personas aquí… —Ella exhala otro suspiro—. Solo necesitamos que… —Muy bien. Como todos saben, ¡me llamo Sebastian West! —dice el tipo con la botella de tequila y la afición por la pirotecnia—. Hace ocho años, mi hermano, Jared, creó los rituales inaugurales de la Primera Noche, y esos rituales se han mantenido desde entonces. Esta noche, es un gran honor y un privilegio para mí continuar lo que él empezó hace casi una década. Todos hemos estado esperando mucho tiempo para esto, chicos, así que sin más preámbulos, pongamos en marcha este espectáculo. Observo a los estudiantes de último año de la Academia Toussaint, totalmente entumecida, sorprendida por las expresiones de emoción en todos sus rostros. Escuché hablar de cosas así. Universitarios que beben la orina de los demás y hacen juramentos de sangre mientras beben cerveza desnudos y rompen sus propias manos en las puertas para demostrar su compromiso con las fraternidades. Nunca pensé, ni por un segundo, que este tipo de exhibición neandertal tuviera lugar en una maldita preparatoria. Ni siquiera en una tan pretenciosa y exagerada como Toussaint. —El primer punto de la agenda es elección del chico. ¡Señoritas! ¡Formen filas! Todas saben acerca de la selección. Han venido aquí vestidas con sus mejores galas, listas y dispuestas a ser juzgadas. —¡Por supuesto que no! —digo bruscamente. —¡Shh! Oh, Dios mío. —Mel me da un fuerte codazo en el costado—. ¿Sabes qué? Estás aquí —sisea—. Eso es suficiente. No te van a elegir. Quédate con esa fea chaqueta por lo que me importa. Solo no arruines esto para el resto de nosotras, ¿de acuerdo? Quédate ahí y mantén la boca cerrada. —A través de todos sus acorralamientos y empujones, ha sido bastante dulce conmigo hasta ahora. Para ser justos, no creo que esté realmente enojada conmigo. Parece más bien… preocupada. Lo que, a su vez, también me parece muy preocupante. ¿Qué demonios está a punto de suceder? —Chicos, formen una línea al otro lado de la fogata. ¡Las chicas pueden elegir primero como grupo! El contingente femenino se alinea obedientemente, parloteando nerviosamente, todas con sonrisas conspiradoras en sus rostros. Incluso Beth y Ash parecen ansiosas mientras se abren paso al frente de la fila que bordea la fogata, empujando a sus compañeras de clase fuera de su camino. —Dos minutos. ¡Eso es todo lo que tienen! —grita Sebastian—. Si para entonces no han llegado a un consenso, lo echaremos a la suerte y elegiremos por ustedes. ¡Ya saben que hacer! ¿Cómo es que todas estas personas saben qué diablos está pasando ahora, y yo estoy tan completamente en la oscuridad? Creo que es emocionante, murmura la memoria de Rachel en mi oído. Por supuesto que ella pensaría eso. Rachel siempre estaba muy celosa de las experiencias de otros chicos en la preparatoria. Siempre lamentaba el hecho de no haber jugado nunca a los juegos tontos de secundaria. Nunca llegó a perseguir el título de Reina de Bienvenida. Nunca la invitaron al baile de graduación. Siempre sintió que se había perdido muchas cosas. Yo estaba encantada de evitar la tortura de esos arcaicos concursos de popularidad para adolescentes. Ella se había reído de mí por eso y me había llamado “aguafiestas”. —Lachlan Taylor —susurra la chica a mi lado. —¡NO! —Un coro de gritos hace eco de la misma objeción en la noche. —¿Qué demonios? De ninguna manera vamos a elegir a Lachlan. Tiene una uniceja. Y su padre es dueño de una cadena de tiendas de comestibles —murmura Noelani. Que la familia de Lachlan sea dueña de una cadena de tiendas de comestibles debe ser repulsivo para las chicas; varias de ellas asienten con la cabeza, arrugando la nariz. —Yo voto por Justin Rathers. Está muy bueno —sugiere Mel—. Escuché que su pene es enorme. Ash pone los ojos en blanco. —¿Por qué estamos perdiendo el tiempo con esto? Todas sabemos quién va a ser elegido. —Cierto. —Beth cruza los brazos sobre su pecho, enfatizando su muy considerable escote—. Tenemos que darnos prisa. Si no elegimos rápido, van a elegir por nosotros, y no me voy a follar a Zack Richmond. Su piel es asquerosa. Nunca había visto tanto acné en un tipo. —¿Quién dice que te van a elegir a ti? —exige otra chica. —Sí. ¿Qué te hace pensar que te van a elegir? —añade alguien a mi izquierda. Beth pone los ojos en blanco. —Sean realistas. ¿De verdad creen que uno solo de ellos elegiría a una de ustedes antes que a mí? Por favor. Parpadeo, mirando de Mel a Ash y a Noelani. —¿Perdón? ¿Alguien tiene que follar con alguien? Tres chicas a mi derecha, la tranquila Julia con la gruesa trenza se inclina hacia delante, lanzándome una mirada de advertencia, llevándose un dedo a los labios. Quiere que me calle, pero no sé por qué. Nada de esto tiene un maldito sentido, y estoy a punto de llegar al límite. —Cierra la boca, recién nacida —sisea Ash—. Ni siquiera eres bienvenida aquí. Nadie te pidió que vinieras. —Yo le pedí que viniera —responde Mel—. Tiene tanto derechoa estar aquí como cualquiera. Ash parece a punto de lanzarse sobre Mel y empezar a arañar su rostro. —¡Basta! ¡QUE ALGUIEN ME DIGA QUÉ MIERDA ESTÁ PASANDO! Maldita sea. No quería gritar tan fuerte. Al otro lado de la fogata, los chicos, que hablan entre ellos igual que nosotras, estallan en carcajadas. —Tenemos que elegir a uno de ellos —dice Ash con fuerza—. Y luego ese tipo elige a una de nosotras. Esas dos personas follan delante del resto de nosotros. Así es como es. Es divertido. Es caliente. Es un rito de iniciación. Ahora nos estamos quedando sin tiempo. Tenemos que elegir a alguien, o ellos elegirán a su virgen más asqueroso para burlarse de una de nosotras y no podremos hacer nada al respecto. —Umm, podríamos decir… ¿no? Las chicas me miran como si hubiera perdido la cabeza. —Eso es todo. Elegiré por nosotras —declara Beth. Antes de que nadie pueda detenerla, se adelanta y grita—: ¡Elegimos a THEO MERCHANT! Un grito colectivo surge entre las chicas, pero es débil, poco entusiasta en el mejor de los casos. Tengo la sensación de que Theo iba a ser elegido pase lo que pase. Al otro lado de la fogata, un rugido separa al grupo de chicos; suena nada menos que como un grito de victoria. —Jodidamente me voy de aquí. Doy un paso atrás, decidida a dejar de lado esta tontería antes de que se vuelva más ridícula, si es que eso es posible, pero las manos me agarran desde todos los lados, manteniéndome en mi lugar. —No tienes nada de qué preocuparte, Sorrell —dice Mel—. Como dije, aquí nadie te conoce. No tienes ninguna influencia y pareces una maldita religiosa vestida con ese abrigo. Solo mantén el rumbo. Deja que manejemos esto. Se acabará en un minuto, y puedes volver a esconderte en tu habitación. No es como si no pudiera liberarme y salir corriendo. En mi peor día, eso sería fácil. Pero hay una luz suplicante en los ojos de Mel. Esto es desesperadamente importante para ella por alguna razón. Es importante para todos los demás aquí, y parece que voy a estar haciendo un montón de enemigos si huyo. Sin embargo, no puedo pensar en nada peor que ver a Theo Merchant follar con una de estas chicas. Mis recuerdos de la noche en que Rachel murió es tan irregular y fracturado que ni siquiera puedo recordar si ella estaba con él o no, pero sé en mis adentros que sí. A ella le gustaba. Coqueteó con él toda la noche. Antes de que las cosas se pusieran realmente confusas y mi recuerdo de esa fiesta comenzara a fragmentarse, la recuerdo tomando su mano y llevándolo escaleras arriba… —¡Nuestro chico Theo! ¡Buena elección, señoritas! Todas sabemos lo mojadas que las pone Merchant. Risas estridentes llenan el aire mientras los chicos comienzan a filtrarse alrededor del fuego, uniéndose a nosotras en nuestro lado de la fogata. Sebastian sigue liderando la reunión. Incluso sin los troncos en los que pararse, parece un gigante entre el mar de ancianos. Se para frente a la fila de chicas, desabrocha su camisa negra, se la quita y la cuelga de la rama de un árbol, fuera del camino. Su pecho está repleto de músculos, su estómago es una pared de marcados abdominales. Si lo viera en la calle, pensaría que es sexy; no se puede negar. En este momento, su arrogancia mientras se pavonea por la fila de chicas me hace querer darle un puñetazo en la garganta. El último en unirse a nosotros le arrebata la botella de tequila a Sebastian y la lleva a sus labios. Veo el líquido ámbar drenarse del vaso mientras Theo bebe de un trago. No parece particularmente feliz de encontrarse en esta situación, pero sigue aquí. Todavía resignado a seguir con este desafío. —¡Cuidado, hijo! —se burla Sebastian—. Vas a provocar que tu polla no se pare si no tienes cuidado. No querrás arruinar el espectáculo para el resto de nosotros, ¿verdad? Theo le hace una mueca, mostrando los dientes. —Vete a la mierda, hombre. Mi polla estará bien. —Esto es estúpido —murmuro. —Shh. Jessica se acerca por detrás de mí y coloca su mano en la mía, entrelazando nuestros dedos. Ella se aferra a mí con fuerza, apretando. Está en silencio. Parece que quiere hablar ahora, pero creo que ya pasó el momento de hacerlo. Theo comienza a caminar de un lado a otro frente a la fila, mirando casualmente a cada chica a medida que avanza. Se detiene frente a Mel, que se sonroja visiblemente bajo el escrutinio de su mirada. Pero sigue adelante. Una a una, va pasando por la fila. Cuando llega a mí, se detiene y me mira fijamente a los ojos. Mi corazón se acelera como un pistón. De ninguna manera voy a follar con este monstruo. De ninguna jodida manera. Sus ojos son dos carbones ardientes mientras levanta la botella de tequila hasta su boca y bebe… … y entonces continúa con la fila. Evalúa a cada chica por turno, pero no se detiene de nuevo. Vuelve a empezar desde el principio de la fila, mirando a Ash, a Beth, mirando a otras tres chicas, luego a Mel, a Jessica, y a mí… Se detiene. Me atraviesa con una mirada tan ardiente e intensa que puedo sentir el calor y la ira que desprende hasta en mis huesos. Levanta la botella hasta su boca una vez más y bebe. La luz del fuego juega con el dorso de su mano, resaltando la telaraña de débiles cicatrices que marcan su piel allí. Sus ojos permanecen fijos en mí mientras traga una y otra vez. Siento que la sangre sube a mis mejillas. Theo Merchant no es solo un estudiante de último año de diecisiete años. No, es mucho más que eso. Él es fuego, hielo y una vorágine de caos en el medio, y la forma en que me mira me hace sentir como si el suelo se estuviera resquebrajando a mi alrededor y todos los demás se estuvieran desvaneciendo… desapareciendo… desvaneciéndose en el vacío. Lo odio. Es un monstruo y no puedo apartar la mirada. Mirar hacia otro lado sería dejarlo ganar. Me pasa la botella y la agarro sin dudar, bebiendo los últimos tragos solo para molestarlo. Para fastidiarlo. Para demostrarle a él y a todos los presentes que no le tengo miedo. El licor arde como el mismísimo fuego del infierno mientras baja por mi garganta, incendiando mi estómago. —Uhh… —Sebastian parece confundido—. ¿Es... eh, ella es tu elección, hombre? —pregunta. Los ojos de Theo me fulminan, inmovilizándome en mi lugar. Si asiente en este momento, noquearé a este hijo de puta donde está parado. No permitiré que me toque. No toleraré su… Una risa amarga brota de él, fuerte, llena de desprecio. —No, hombre. No seas jodidamente estúpido. Me arrebata la botella, gira y la lanza al fuego. —¡Entonces decídete! —exige Seb. Theo pasa la lengua por sus dientes y vuelve a mirar la fila de chicas. Vuelve a mirarme cuando dice: —Ninguna de ellas está lo suficientemente buena como para follar. Estoy fuera. Beth da un paso adelante, con la boca abierta. —Pero... El rostro de Theo es una máscara de desprecio cuando se gira hacia ella. —Pero ¿qué, Johnson? La chica palidece. Por mucho que la deteste, casi me siento mal por ella mientras retrocede en la fila. —Nada. —Eso es lo que pensaba. Theo gira, dándole la espalda a la fila. LoHe te veo alejarse. Camiseta negra, cabello negro, jeans negros. El tipo está hecho de oscuridad. No es sorprendente que se funda en la noche, desapareciendo después de solo seis o siete pasos. Sebastian parece estar a punto de implosionar, parece tener mil maldiciones bailando en la punta de la lengua, justo detrás de sus dientes apretados, pero en lugar de reprender a Theo, exhala bruscamente y esboza una sonrisa burlona. —Merchant quiere volver a arruinar nuestra diversión. No hay sorpresas. Pero está bien. No pasa nada. Lo que sea. Si no puede ser un hombre y hacer el trabajo, entonces supongo que tendré que hacerlo yo. Su afirmación provoca diversas reacciones, que van desde la sorpresa y el enfado de algunos estudiantes de Toussaint hasta el entusiasmo vertiginoso de un par de chicas. Seb da un paso adelante y toma el lugar de Theo. Nopierde el tiempo recorriendo la fila como hizo Theo. Inmediatamente toma la mano de Ash y la empuja hacia delante. Los ojos de Ash se agrandan, la conmoción se refleja en su rostro mientras él la atrae hacia él. Beth suelta una fría carcajada. —¡Sí, Ashley! Por fin vas a echar un polvo. —¡Yo… yo no puedo! —dice Ash—. Yo… Vuelve a mirar a Beth, negando con la cabeza. —¿Vas a renunciar? —pregunta Sebastian. —¡No! No va a renunciar —dice Beth. A mi lado, Jess suspira tan silenciosamente que solo yo puedo escucharla. —Si ella renuncia... —susurra. Pero no termina la oración. —¿Qué? ¿Qué pasa si renuncia? —No la dejarán vivir. Pasará el resto del año siendo burlada y ridiculizada. —Entonces... ¿eso es lo que le van a hacer a Theo ahora? Jess se encoge de hombros despreocupadamente. —¿Supongo? La luz del fuego se retuerce y se desplaza, proyectando feas sombras sobre los rasgos de Sebastian mientras entrecierra los ojos hacia Ashley. —¿Qué va a ser, Ash? ¿Quieres divertirte, o eres una cobarde de mierda como Merchant? —Yo… Ashley le da una última mirada a Beth, quien fulmina a su amiga con una mirada asesina. —Te avergüenzas a ti misma y me avergüenzas a mí —sisea Beth—. Es solo un tonto desafío. No significa nada. Torpemente, Ashley envuelve un brazo alrededor de la cintura de Sebastian, sonriendo. —No soy una cobarde de mierda. Me apunto. Pero... ¿tienes más de ese tequila? La sonrisa de Sebastian crece. Palmea el trasero de Ashley a través de su corta falda, y hunde su rostro en su cuello. —Claro que sí, nena. Sígueme. No puedo imaginar lo que los estudiantes de esta miserable escuela podrían hacerle a Ashley en el transcurso del próximo año que pudiera ser peor que dejar que este bastardo engreído se la folle frente a todos. Sin embargo, Ashley probablemente tiene alguna idea y está dispuesta a participar en este ritual antes que afrontar las consecuencias. Las cosas se desenredan rápidamente. Seb le da a Ash una nueva botella de tequila, y ella bebe cuatro grandes tragos antes de devolvérsela. Coraje holandés. Tan pronto como Seb le quita la botella, se la pasa a uno de sus amigos y cae sobre Ash como un demonio. Su boca se estrella contra la de ella y un rugido llena mis oídos. La clase de último curso de Toussaint pierde la cabeza. Ash se derrite en él como una buena chica. Mientras las manos de Sebastian recorren agresivamente todo su cuerpo, ella se aparta, curvándose hacia él, sonriendo contra su boca abierta mientras él roza su labio superior con la lengua. De repente, ya no parece tan indecisa. Una ola de náuseas me invade. Esto realmente no puede estar pasando, ¿verdad? ¿Esto es lo que le pasó a Rachel? ¿Theo la obligó a realizar algún acto sexual depravado y dejó que todos sus amigos imbéciles miraran? ¿Jugaron al mismo tipo de juego aborrecible la noche que fuimos a esa fiesta? ¿Y podría haber olvidado algo así, incluso si me hubieran drogado? No puedo asegurarlo. Más alcohol pasa de persona a persona, abriéndose paso entre la multitud. Esta vez no lo rechazo. Mis entrañas se sienten como si estuvieran hirviendo en ácido. Creo que voy a vomitar. Mientras acepto una botella tras otra, tomando un trago de cada una, el calor del alcohol aumenta lentamente, entumeciéndome más y más cuanto más borracha estoy. Junto a la fogata, Sebastian desnuda a Ash con manos impacientes. Él le dice algo, susurrándole al oído, y ella lo empuja hacia atrás, con las manos plantadas contra su camiseta, riendo. Ella sacude la cabeza, y él sacude la suya, dirigiéndole una mirada firme, inclinándose para hablarle al oído de nuevo. Ella levanta la vista hacia él, con una falsa expresión de seriedad en su rostro, y luego asiente. No puedo escuchar lo que dice, pero... Entonces ella desliza la camiseta de su cabeza. Luego, desabrocha el cinturón de Seb. Se ríe, vertiginosa e increíblemente tímida, mientras desabrocha los jeans y los baja por sus caderas. —Jesucristo. Escuché rumores de que él no usaba ropa interior. Los ojos de Mel están enormes mientras mira fijamente el pene de Sebastian West. No la escuché venir y pararse a mi lado. Ni siquiera me di cuenta cuando Jess soltó mi mano; la chica desapareció en el aire. Trato de mantener la mirada fija en la escandalosa sonrisa de Mel, pero es imposible. La polla de Seb se alza orgullosa y erguida, dura como el acero contra el cálido resplandor que emana del fuego. Pasa su mano por el brazo de Ash, rodeando su bíceps y atrayéndola hacia él, ella se acerca voluntariamente. Todas las chicas miran con celos ardiendo en sus ojos febriles, y una pizca de náuseas me recorre. No puedo entender a estas personas. No puedo entender por qué están todos aquí en sus pequeñas facciones, hambrientos de ver más. Y lo que es más importante, no entiendo por qué sigo mirando. Él la besa, aplastando sus pechos desnudos contra su pecho. Su piel parece un cuadro, con el brillo anaranjado emitido por el fuego bailando por toda la parte trasera de sus piernas y nalgas. Los músculos de los brazos de Seb se flexionan cuando los envuelve alrededor del cuerpo de Ash; no me había fijado en los tatuajes que se ensanchaban en sus hombros y su espalda, pero veo la tinta negra que se extiende por su piel cuando la hace girar, dándonos la espalda a mí y a los demás espectadores. Ash jadea, sin aliento, mientras él desliza una mano entre sus piernas, guiándolas para separarlas, y trabaja con sus dedos allí. —Bueno, mierda —murmura Mel, bebiendo su bebida—. El último tipo que tocó mi coño no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. West no parece tener ningún problema. Dudo que Theo lo tuviera, tampoco. —Oh, estoy segura de que ha tenido mucha práctica. —El rencor gotea de cada una de mis palabras. Mel tararea, negando con la cabeza. —¿Theo? ¡Ja! —Muerde la uña de su pulgar, con los ojos pegados a la mano de Sebastian, que sigue trabajando entre las piernas de Ashley—. Tal vez. Tal vez no. Creo que te sorprendería. —¿Qué significa eso? Sebastian desliza sus dedos dentro de Ash, bombeándolos gradualmente dentro y fuera de ella. Los chicos aúllan y le gritan obscenidades a su amigo, animándolo, incitándolo, y mi necesidad de vomitar se intensifica hasta un nivel de castigo. —Theo nunca salió con ninguna de nosotras —dice Mel—. Por mucho que algunas lo hayamos intentado, nunca ha salido con ninguna de nosotras. Nunca coqueteó con nadie. Ni siquiera nos miró dos veces. Esta noticia me sorprende. Recuerdo el sonido de Rachel gimiendo en la parte trasera del auto, la noche de la fiesta a la que fuimos el año pasado. No puedo estar segura de lo que estaba pasando entre ellos, pero había sonado como si las cosas se estuvieran poniendo calientes y pesadas. ¿Tal vez Theo Merchant tiene una política de “no cagar donde se come”? ¿Quizás solo tiene altos estándares? Este pensamiento casi me hace reír a carcajadas. No puedo imaginarme que tenga ningún estándar en absoluto. Bastardo. La cabeza de Sebastian se inclina hacia atrás cuando Ash agarra su pene y comienza a bombear su mano hacia arriba y abajo, trabajando la gruesa longitud para que todos la vean. Su boca se abre, y veo sus labios moverse, una pequeña maldición sale de su boca, y la expresión de éxtasis en su rostro me empuja finalmente al límite. Este lugar está tan jodido. Nada se parece a la verdad. En todo momento, siento que solo me están dando la mitad de los hechos, y no solo Mel, sino Theo. Por Ruth. Theo sabía quién era ella, por el amor de Dios. Su demanda de que le pregunte sobre este tal Henry es un testimonio de que aquí hay más de lo que parece, y no hay manera de que haga nada hasta que descubra qué es. —Tengo que regresar. —Coloco el dorso de mi mano en la boca—. No puedo… no puedo ver esto. Me siento mal. Mel se ríe suavemente. Cuando la miro, me está estudiando, arqueando una ceja. —¿Eres una mojigata, nena? Esto no es nada. ¿No hasvisto nunca porno? Eso no es de su maldita incumbencia. Apenas la conozco; no voy a decirle algo tan personal. —Esto es un poco diferente a ver porno. —¿Lo es? —Sonríe—. Sigue siendo sexo. Una versión está en una pantalla. Esta versión está… justo frente a ti. No veo el problema. —¡Esto es… esto es ridículo! Mis mejillas están demasiado calientes. —Ven, entonces. Si lo estás pasando tan mal, debes asegurarte de que Sebastian te haya visto bien por última vez antes de irte. —Toma mi mano y trata de empujarme hacia delante. Sin embargo, ya dejé que me empuje y tire de mí toda la noche. Dejé que me vistiera y maquillara mi rostro. Dejé que me convenciera de venir aquí en contra de mi buen juicio. He terminado. Liberando mi mano, clavo mis talones, negándome a dar un paso más. —¡Que se joda Sebastian! —Estoy segura de que eso se puede arreglar. Sebastian jugará con todo lo que se mueve. Una vez que haya terminado con Ash… —Oh, Dios mío. Mira, ¡solo detente! ¡No vine aquí para esto! No me mudé al otro lado del maldito país solo para lanzarme de cabeza a un extraño culto sexual. —No. Viniste aquí para terminar tu educación preparatoria, graduarte y comenzar tu vida. Todos lo hicimos. Pero hay más cosas en la vida que escribir trabajos y mantener tu promedio, Voss. ¿No quieres divertirte un poco? Levanta las manos, riendo, y puedo verlo escrito por todas partes: realmente cree lo que está diciendo. No hay nada malo en esto en lo que a ella respecta. —Sebastian sabe que estuve aquí —digo con cansancio—. Me vio muchas veces. Me voy a la maldita cama. Esta vez no intenta detenerme. Cuando me doy la vuelta y me alejo, la multitud aplaude, y sé por qué: Sebastian tiene a Ash sobre su espalda, y está dentro de ella. Sorrell No me gusta este lugar. El aire es demasiado limpio, el cielo demasiado gris. Las nubes cuelgan demasiado bajas, flotando justo por encima de la línea de árboles, ocultando las montañas al otro lado del lago. Observo la vista a través de la ventana, resentida por la pura vegetación en todo esto, extrañando el caos de Los Ángeles, mientras que al mismo tiempo no veo nada de eso. Theo, de pie junto a la fogata. Esos ojos oscuros e impenetrables. Por el amor de Dios, Voss. Contrólate. Sacudo la cabeza, borrando de mi mente las imágenes de la fiesta de anoche. Estoy enferma, retorcida y rota. Nunca he despreciado a nadie tanto como a Theo, pero las dos veces que he estado en su presencia, algo extraño ocurre dentro de mi cuerpo. La forma en que mi estómago se revuelve. La forma en que mis palmas se sienten húmedas. Mierda, la forma en que mi corazón comienza a latir como un frenético tambor, queriendo salirse de mi pecho. No puedo explicar nada de esto. Mis reacciones ante él no tienen nada que ver con lo mucho que lo odio. Eso no es lo que estoy experimentando cuando estoy en su presencia, y se siente tan jodidamente incorrecto. No debería estar pensando en Theo de esa manera. El único momento en que debería permitirle entrar en mis pensamientos es cuando estoy planeando su muerte, pero… La cruel inclinación de su boca cuando estaba allí, sonriéndome. La forma en que los músculos de su garganta se movían mientras bebía de esa botella de tequila… La presión de su mano en mi brazo, cuando me impidió alejarme… Su olor, inundando mis sentidos: menta y bergamota. El más leve indicio de cuero… Dios, maldita sea. Señor, ten piedad, estoy tan jodida. Sacudiendo la cabeza, acerco el celular a mi oreja y escucho el ronroneo del tono de llamada, mordiendo el interior de mi mejilla. He estado temiendo esta llamada, pero hay que hacerla. Se supone que tengo que hablar con Ruth todas las noches a las ocho, pero es imposible que pueda pasar un día entero con toda esta mierda en mi cabeza. Theo me dijo que le preguntara por Henry. Aunque no quiero darle la satisfacción de hacer exactamente lo que me ordenó, también necesito saber qué demonios está pasando aquí y necesito saberlo ya. Llegué a Toussaint pensando que tenía todas las cartas, cuando la verdad del asunto es que Ruth me envió a la guarida del león, desarmada y mal preparada. Si hay algún tipo de conexión entre Theo y Ruth, entonces esa es información vital que debo saber. Si le sucede algo, seré la primera persona sospechosa en la lista de la policía si hay absolutamente algo en el pasado de Theo que lo relacione con Ruth. Suena el teléfono. Cuelgo y vuelvo a llamar, y esta vez la línea ni siquiera suena; va directamente al buzón de voz. Genial. Ahora está filtrando mis llamadas. ¿Qué significa eso? ¿Sabe que he vuelto a hablar con Theo y que estoy muy enfadada por la misión a la que me ha enviado? No puede saberlo. Y, sin embargo, hay algo que da vueltas en mi cabeza, carcomiéndome. Anoche sonó muy rara en el teléfono. Brusca y enfadada, incluso para ella. Dejo el teléfono en la mesita de noche y preparo mi mochila para el día, tomando los libros que necesitaré para la clase. Será mejor que te des prisa, Voss, canturrea la falsa Rachel en mi oído. Llegarás tarde. —Lo sé —respondo mordazmente—. Si no hubiera estado pensando en lo que me habrías dicho que hiciera anoche, nunca habría ido con esas chicas, y ni siquiera estaría cansada en este momento. Todavía estoy pensando en Ruth y Theo cuando salgo a toda prisa de mi habitación… directamente en el camino de una de las chicas de anoche. Gracias a Dios que no es Mel. Es la rubia bonita, Noelani. No le presté mucha atención anoche, pero se parece a una vieja amiga que tenía en Los Ángeles. Cabello decolorado por el sol. Ojos azules brillantes. Ojos almendrados. Pecas en el puente de la nariz. Es extraño, realmente. Me agrada esta chica, aunque no sepa nada de ella. Me da una sonrisa amistosa mientras me detengo abruptamente y evito chocar con ella. —Oye —dice—. Tú también, ¿eh? —¿Yo también? —¿Te quedaste dormida y no escuchaste tu despertador? Te juro que una vez me quedé dormida y aquí estoy, a tres segundos de recibir una amonestación. Su blusa con lazo está arrugada. Bajo sus ojos, sombras oscuras se esconden debajo de una base de maquillaje mal difuminada. Ahora que la veo más de cerca, parece que acaba de salir de la cama. —¿Supongo que te quedaste para el espectáculo de anoche? Estoy bromeando con ella. Al mismo tiempo, también me repugna la idea de que haya elegido quedarse para presenciar el espectáculo que montaron Sebastian y Ash. Parpadea un par de veces, como si intentara entender de qué demonios estoy hablando, pero luego su expresión se ensombrece. Me examina con una mirada que solo puedo calificar como curiosa. —Sí. Sí. Anoche. La fiesta. Te fuiste justo antes de que todo comenzara, ¿no? Su ceño se frunce. —Eh… bueno, diría que todo estaba en pleno apogeo cuando me fui, pero supongo que se puede decir eso. —Sin embargo, no te metiste en problemas, ¿verdad? —¿Qué quieres decir con problemas? —Unos quince minutos después de que te fueras, un grupo de guardias de seguridad llegó y nos desalojaron a todos. Todo se terminó. Los estudiantes volvieron a la escuela por el bosque, pero la directora Ford estaba esperando en la entrada principal cuando cruzaron las puertas. Entré por la parte de atrás con Mel y algunos de los otros, pero un montón de estudiantes fueron atrapados. —Mierda. —Sí. Mierda. Sebastian está furioso. Cree que alguien nos delató a los guardias nocturnos, pero todos estaban en la fiesta. Aparte de… Ella se detiene. Ya veo por dónde va esto, y no me gusta nada. —Aparte de mí —termino por ella. Noelani asiente. —Sí, bueno. No creo que Seb se haya dado cuenta de que ya te habías ido. Mel, Julia y yo… creo que somos las únicas que lo sabemos. —No le dije nada a nadie. Regresé directamente aquí. No vi un alma. El lugar estaba en total oscuridad cuando entré, también. No había rastro de la directora Ford. Noelani me mira fijamente a los ojos,con sus cejas rubias fruncidas. —¿De verdad? ¿No fuiste tú? —Lo juro. Pensé que todo el asunto era una estupidez. No quise involucrarme. Me fui. Ese fue el final. Sin embargo, nunca iría corriendo a los guardias para reportar una fiesta. Eso es jodidamente tonto. Piensa en eso por un momento; casi puedo escuchar los engranajes de su cabeza girando. —De acuerdo. Bueno… te creo. —Parece estar sorprendida de hacerlo—. Pero si Seb se entera de que te fuiste antes de que empezara la mierda, va a pensar que fuiste tú quien le avisó a Ford. Confía en mí. Si fuera tú, no se lo mencionaría a nadie. Los pasillos están llenos de charlas y chismes mientras me dirijo a Rosewood. Mantengo la cabeza baja, tratando de no hacer contacto visual con nadie. Por suerte, nadie me detiene para preguntar mi versión de los hechos. No sé por qué alguien lo haría, pero estoy agradecida de todos modos. El señor Garrett llega diez minutos tarde a Rosewood Todavía hay un puñado de sillas vacías cuando entra a toda prisa por la puerta luciendo agobiado. —Bueno, ustedes idiotas seguro que saben cómo empezar el año con el pie derecho, ¿no es así? —dice, lanzando una mirada cansada alrededor de la habitación. Deja su bolso en su escritorio y se dirige a nosotros con las manos en la cadera—. Espero que se hayan divertido, porque no habrá más travesuras hasta la graduación, eso se los aseguro. La directora Ford los mantendrá encerrados hasta que empaquen sus cosas y se vayan de aquí, y eso es un hecho. —Lo siento, ¿de qué está hablando exactamente, señor Garrett? — pregunta una chica con cabello casi tan negro como el mío en la primera fila. Ella mastica la tapa de su bolígrafo, sonriendo con picardía. —No me vengas con esas tonterías, Marnie. Todos estaban ahí abajo en esa fiesta, y la directora Ford lo sabe. El hecho de que ella no los haya atrapado a todos no significa que estén libres de culpa. Habrá repercusiones por lo que pasó anoche, y te prometo que no te van a gustar. No más sala común. No más noches de cine. No más martes de tacos. —Él pasa una mano por su cabeza (ya lo ha hecho un par de cientos de veces esta mañana, a juzgar por lo alborotado que está su cabello) y suspira—. Cristo, ¿por qué tienen que arruinar el martes de tacos, pequeños vagos? La comida aquí ya es bastante mala y ahora ni siquiera podemos comer tacos. Me reiría a carcajadas si no pensara que alguien se daría cuenta. —Ya están perdiendo todos sus privilegios, y no siento ninguna simpatía por ustedes. Ahora terminemos con esta mierda y salgamos de aquí, para no tener que mirar sus caras. ¿Amber Yates? Marca asistencia en su registro, deteniéndose y haciendo muecas a medida que avanza, omitiendo los nombres de los estudiantes que no están en clase. No lee el nombre de Theo en voz alta. Obviamente, los estudiantes que faltan están en problemas y alguien con un poco más de autoridad que el señor Garrett se está encargando de ellos. Divertido. Mis clases se alargan. En cada una de ellas, el profesor nos reprende por ser idiotas. Mi profesor de química, el doctor Farr, nos llama a todos pequeños pervertidos y sugiere que podríamos necesitar terapia intensiva para superar nuestras adicciones sexuales. A continuación, se lanza a una diatriba sobre ver porno, y sobre cómo el fácil acceso a la pornografía es la razón por la que todos estamos tan jodidos de la cabeza. No aprendo nada nuevo. Termino el trabajo que se me ha encomendado, desesperadamente aburrido, solo esperando que lleguen las ocho para poder llamar a Ruth a la hora prevista. A la hora de la cena, estoy tan inquieta y al borde de mi asiento que considero la posibilidad de saltarme la comida por completo, pero ya me perdí el desayuno y casi no toqué la ensalada que compré para el almuerzo, así que… El comedor es jodidamente impresionante. Incluso yo puedo admitirlo. Parece el comedor de Harry Potter: largas mesas de madera con bancos a ambos lados. Hay grandes candelabros colgando, cinco en total, todos de cristal tallado y con velas. Me imagino que las velas son falsas, de las que están hechas de plástico con los pequeños interruptores en la parte inferior para apagarlas y encenderlas, pero cuando las pesadas puertas de madera tallada se abren y se cierran para admitir a los nuevos estudiantes a la cena, una brisa errante recorre la sala y las llamas de las velas se agitan y se fortalecen. Los pequeños cristales en forma de lágrima comienzan a balancearse, esparciendo una explosión de arcoíris sobre las paredes. Es muy bonito. Estoy sentada sola. Evito hablar con alguien. Incluso Noelani me esquiva mientras nos sentamos todos en las mesas del comedor, devorando mi Pollo Piccata. Me provoca acidez estomacal comer tan rápido, pero quiero estar ya en mi habitación. Tengo que planificar exactamente lo que le voy a decir a Ruth, y eso tomará un minuto. Debería hacer una lista, me aconseja Rachel. Por lo menos tener algunos ítems preparados. Tiene razón. Ruth tiene una forma de arrollarte cuando empieza con una de sus peroratas. Me pasará por encima y no recordaré nada de lo que quería decir si no estoy preparada. Agarrando mi plato y mis cubiertos, coloco todo en un contenedor vacío y me dirijo a la estación concurrida. Estoy a tres segundos de la salida del comedor. Dos segundos. Uno. Y entonces... —Estudiantes de Toussaint, su atención por favor. —La voz de la directora Ford retumba a través de un altavoz que ni siquiera sabía que estaba ahí, deteniendo la conversación en todo el comedor y haciendo que todos miren hacia arriba, al techo, como si buscaran algún tipo de dios omnipotente. —Ahh, mierda. Aquí vamos. En la mesa más cercana, Sebastian West deja caer su tenedor sobre su plato con un fuerte ruido. —Como todos ustedes saben, anoche se llevó a cabo una fiesta no autorizada en los terrenos de la escuela. La naturaleza de esta fiesta fue indecente y horrible. No solo hubo estudiantes participando en actos sexuales, sino que también se encontraron alcohol y estupefacientes en el lugar. Muchos de los estudiantes que detuvimos al regresar al edificio estaban tan ebrios que tuvieron que ser confinados en la sala de recuperación de la enfermería esta mañana. —Encerrados en la enfermería por una maldita resaca —gruñe Seb a sus amigos—. ¿Son tan jodidamente estúpidos que no se dan cuenta de que la mayoría de nosotros tenemos resaca todos los malditos días? —Decir que estoy decepcionada por las acciones de nuestro último año sería un eufemismo. Estoy sorprendida y horrorizada. Francamente, no tengo palabras para lo que siento ahora mismo… —Entonces, ¿cállate de una maldita vez? No me había dado cuenta de que Beth está sentada en una mesa junto a Seb hasta que murmura esto. Parece cansada. Su cabello está recogido en un moño desordenado. Levanta la vista haciendo contacto visual conmigo y el odio puro que me envía es impresionante. Qué manera de hacer enemigos, Voss. —Como resultado de las travesuras de anoche, tres alumnos de Toussaint han sido expulsados y enviados a casa con sus padres. Por la pura gracia de Dios, algunos de ustedes tuvieron suerte y han sido amonestados. Por favor, tengan en cuenta que en la Academia Toussaint no hay una política de tres avisos y expulsión. Si vuelven a pasarse de la raya, serán expulsados y se les pedirá que empaquen sus pertenencias inmediatamente. »En cuanto al resto de ustedes… fueron lo suficientemente inteligentes como para colarse de nuevo en la escuela sin ser detectados, pero por favor, sepan que no se saldrán con la suya con respecto a la participación en esta fiesta. Todo el último año será castigado por esta falta de decoro. A partir de esta noche, ya no tendrán acceso a ningún espacio común en sus pisos o en la parte principal del edificio después de las seis de la tarde. No habrá más eventos sociales semanales. No más pases de cine. No más privilegios de televisión. Sin BaileGénesis. Después de hablar con sus padres y explicarles la situación, ninguno de ustedes recibirá pases para salir del recinto escolar los fines de semana bajo ninguna circunstancia… Un grito colectivo de consternación llena el comedor, ahogando la voz de la directora Ford. Dondequiera que miro, mis nuevos compañeros de clase están tirando sus servilletas, golpean las manos contra las mesas, con sus rostros rojos, gritando al orador sobre la injusticia de esta última decisión. —¡No pueden hacer eso! —¡Maldita mierda! —Tengo que estar en Seattle para mi entrenamiento los fines de semana. No pueden impedírmelo. Mis padres nunca… La directora Ford debe ser un lector de mente. —Repito: he perdido todo el día llamando y hablando con todos y cada uno de sus padres, y han acordado por unanimidad suspender todos los privilegios de pases en el futuro inmediato. Este castigo se levantará cuando lo consideremos oportuno. Hasta ese momento, también tendrán prohibido utilizar la biblioteca después de las cinco de la tarde. Todos los deberes o tareas que necesiten realizar después de esta hora deberán hacerlas en sus habitaciones. Solo se permite la presencia de otro estudiante del mismo género en su habitación en cualquier momento para fines de estudio. Todos los estudiantes deben volver a sus habitaciones a las ocho de la noche. Un monitor vigilará cada piso todas las noches para asegurarse de que todos están donde se supone que deben estar. ¡Tendrán que rendir cuentas! Un gran alboroto. El comedor desciende a la locura ciega. Al otro lado de la sala, uno de los chicos que anoche corría sin camiseta con Seb lanza su vaso de agua contra la pared, gritando algo sobre la injusticia. Rápidamente es atrapado por el doctor Farr, quien susurra y gruñe amonestaciones mientras lo saca a rastras por el pasillo. —Por último —continúa la directora Ford—. Vamos a poner en marcha un programa de enriquecimiento estudiantil por las tardes, con la vana esperanza de que ocupen sus mentes con preocupaciones más… saludables. Una vez a la semana, los estudiantes serán seleccionados para enseñar una nueva habilidad o actuar para sus compañeros de último año. La participación es obligatoria. De nuevo, se tomará un registro. No aprobarán el último año si no asisten… No puedo escuchar una mierda por encima de los gritos que circulan por la sala; por un momento, las palabras de la directora Ford quedan ahogadas por la ira unificada. —…se requiere presencia esta noche en el auditorio. Esto no es negociable. Cualquier estudiante que no esté presente en el auditorio en menos de treinta minutos será suspendido automáticamente sin revisión. Eso es todo lo que hay que decir al respecto. —Ella jodidamente no puede hacer esto —arremete Sebastian—. Mis padres nunca estarían de acuerdo con esto. Esto es inconstitucional o algo así. Me siento tan fuera de esto. Los castigos tontos de Ford parecen un poco excesivos, pero me importan muy poco. Para empezar, yo puedo salir de aquí cuando quiera. Tendrían que inmovilizarme físicamente, y me gustaría verlos incluso intentarlo y lograrlo. En segundo lugar, no tendré que sufrir bajo este nuevo estado policial durante mucho tiempo. ¿Un par de semanas? ¿Tal vez un mes? Estaré fuera de aquí, lejos, mi tarea estará completa y nunca volveré a pensar en este lugar. Pero por ahora… Miro mi teléfono y compruebo la hora. Son las siete y cincuenta y tres. Tengo hasta las ocho y cuarto antes de tener que dirigirme al auditorio, dondequiera que esté, y todavía tengo que hablar con Ruth. La pesada puerta golpea contra la pared cuando salgo corriendo al pasillo, llevándome el teléfono a la oreja. Salta el buzón de voz. Lo intento de nuevo cuando llego a las escaleras de mi piso. Directamente al buzón de voz. En la puerta de mi habitación. Buzón de voz. La frustración baila salvajemente en mi pecho, provocando que camine arriba y abajo por mi habitación como un león enjaulado. Esto no es bueno. Esto no es bueno. Esto no es bueno. Veo pasar los minutos con dolorosa lentitud en la pantalla del teléfono, esperando a que la lectura llegue a las 8:00. En cuanto lo hace, vuelvo a llamar a Ruth y, por cuarta vez, la llamada va directamente al buzón de voz. —Qué mierda. Me excedo cuando arrojo mi teléfono; apunto a la cama, pero rebota en el borde del colchón y golpea la pared, produciendo un preocupante crujido al chocar con el suelo. Por favor, no te rompas. Por favor, no te rompas. Por favor, no te rompas. Ahh, mierda. Está roto. La pantalla es una telaraña de fracturas, tan densa y entrelazada que ni siquiera puedo ver el protector de pantalla de mi familia falsa que Gaynor guardó ahí como parte de mi historia de fondo. No es gran cosa, pero… ¡uf! Presiono el botón en el costado del teléfono y aún aparece el identificador facial. Todavía puedo desbloquearlo. Un par de toques con el dedo aquí y allá revelan que, sorprendentemente, la pantalla todavía funciona. Solo de forma muy esporádica. —Perfecto —refunfuño—. Solo… en serio jodidamente perfecto. Sorrell Considero la posibilidad de llevar un mapa de Toussaint conmigo, para asegurarme de que sé a dónde voy, pero todavía hay muchas personas saliendo del comedor, discutiendo y peleando furiosamente sobre el anuncio de Ford por el sistema de megafonía; se quejan y maldicen sobre lo injusto que es todo esto, pero es claro que ninguno de ellos se atreve a desobedecer las órdenes de la directora, porque se dirigen obedientemente hacia el norte, por un pasillo con corrientes de aire, todos gravitando en la misma dirección. Espero que haya cortinas azules y plateadas, los colores de Toussaint, a ambos lados del escenario del auditorio. Que los asientos sean azules. Que la alfombra sea azul. En realidad, es de terciopelo rojo sangre. Un brocado carmesí intenso. Butacas de color granate con filigranas y volutas doradas. El lugar es dolorosamente tradicional, como un antiguo cine, aunque su lujo supera cualquier cosa que haya visto en uno de esos lugares. El olor a miel y a madera pulida impregna el aire. Una profesora a la que aún no conozco se encuentra en la parte superior del pasillo, marcando la asistencia de las personas en el iPad que lleva en la mano. No solo me pregunta mi nombre, sino que también exige mi identificación de estudiante, que luego examina, deslizando su mirada de mi foto en la identificación a mi rostro tres veces antes de asegurarse de que soy quien digo ser. —Muy bien. Ve y siéntate en la fila E —dice—. No hables. Nada de mensajes de texto. Si te vemos enviando mensajes de texto, tu teléfono será confiscado. ¡Ja! Puedo abrir algunas aplicaciones en mi teléfono, pero los mensajes de texto están descartados. Dudo incluso que pueda leer un mensaje de texto ahora que mi teléfono está roto, y no es que Ruth se esfuerce mucho en enviar muchos de ellos. Esta profesora, sea quien sea, no necesita preocuparse de que yo juegue con mi teléfono. Presiono el botón lateral para silenciarlo, pero lo apoyo en mi rodilla de todos modos, con la esperanza de que se encienda con una llamada de Falcon House. ¿Por qué diablos me está evitando? ¿Quién es ese Henry? ¿Y cómo sabe Theo el nombre de Ruth? Ruth tiene un millón de alter egos diferentes. Su licencia de conducir dice Olivia Markham un día; al siguiente es Sarah Lothian. Su colección de pasaportes tiene una variedad de nombres diferentes impresos en ellos. Nunca hay una situación en la que entregue una identificación con su nombre real. Incluso nuestro cartero cree que se llama Valerie. Pero Theo la llama Ruth. En algún lugar al otro lado del auditorio, puedo escuchar a Beth riéndose a carcajadas. Es el tipo de risa que siempre me ha puesto los vellos de punta. No es una risa real. Es del tipo sociópata, una imitación de humor que las personas rotas sacan a la fuerza de su boca para parecer divertida. Beth se ríe, bromeay coquetea con los chicos, compitiendo por su atención, haciendo pucheros y revolviendo su cabello, mirando con desdén a las otras chicas, retándolas a desafiar su popularidad y belleza. Por dentro, se está muriendo. Se odia a sí misma. Tiene tanto miedo de que un día alguien realmente la vea. La mirarán y verán más allá de su cabello, maquillaje, ropa y la risa exagerada y falsa, y verán a la joven tímida, insegura y asustada que se pone delante del espejo cada mañana y practica esa risa para que suene y parezca natural. Lo hace con lágrimas corriendo por su rostro. Hay mucho dolor dentro de Beth Johnson. Se derrama de las formas más crueles. —Bien. Están todos aquí. —La directora Ford sale al escenario, el sonido de los tacones resuena dramáticamente a través del espacio cavernoso. Apenas levanta la voz por encima de un nivel de conversación normal, pero sus palabras se transmiten perfectamente; la acústica aquí es fenomenal—. Me alegra ver que no despediré a más estudiantes de este establecimiento esta noche —dice. Ya no está la sonrisa amistosa que me dedicó ayer. Hay una dureza en sus ojos que me hace pensar en Ruth. »No tengo intención de repetir lo que ya he dicho por el altavoz. Y no, no estaré entablando conversaciones con individuos, buscando ser excusados de este castigo. No me importa qué compromisos o responsabilidades tengan que los hagan pensar que deben estar por encima de las reglas de esta escuela, pero es así de simple. Si rompen las reglas, pagarán el precio. Sin excepción. Un estruendo bajo de descenso rueda como una ola a través de la multitud; es claro que muchos estudiantes del último año estaban planeando acercarse a Ford en privado para presentar sus casos de por qué se les debería permitir salir los fines de semana o estar fuera después del toque de queda. No están contentos de que este plan de respaldo ya esté siendo cortado de raíz. —No se preocupen. No los retendré aquí por mucho tiempo. Como parte de nuestro nuevo programa de enriquecimiento estudiantil, los estudiantes ahora están siendo seleccionados para compartir sus dones con el resto del año escolar. No se equivoquen. Esto es un castigo, y se sentarán aquí todas las tardes, las veces que yo considere necesarias, y van a prestar atención a quien suba a este escenario. Y si llamo a alguien para subir a este escenario para hacer algo, será mejor que lo hagan. Levanten la mano para que pueda ver que todos los presentes en la sala han escuchado esto con sus propios oídos y han entendido lo que estoy diciendo. Un mar de manos se levanta en el auditorio. A un lado, bañadas por las sombras, mis dos manos permanecen en mi regazo, resistiendo obstinadamente el impulso de alzarse. A lo largo de los años, me he convertido en alguien que complace a las personas. Hacer feliz a Ruth, darle lo que quería, era una tarea de tiempo completo y se sentía como una batalla cuesta arriba que nunca ganaría. No importaba cuán rápido o eficientemente llevara a cabo las tareas que me asignaba; siempre había algo que podía haber hecho mejor. El frío gruñido de aprobación de Ruth era todo lo que ansiaba. Era la única recompensa que me importaba. Aquí, en este lugar extraño, rodeada de personas que no conozco ni me interesan, me importa muy poco hacer feliz a alguien, y menos a la directora Ford. La mujer de pie en el escenario parece satisfecha. —Muy bien. Entonces, sigamos con la actuación de esta noche. Y para que lo sepan, no me iré. Estaré junto a la salida del fondo, así que ni se les ocurra intentar escabullirse. Si alguno de ustedes se levanta de sus asientos, se encontrará en una detención interminable que les prometo que no será en absoluto divertida. Se gira para mirar hacia la derecha del escenario, señalando con la cabeza a quienquiera que esté esperando entre bastidores. Theo Merchant sale de entre las pesadas cortinas de terciopelo. De nuevo, lleva otra camiseta negra de manga larga descolorida y unos jeans negros igualmente descoloridos. Empiezo a pensar que todo su guardarropa se compone únicamente de ropa desgastada y raída que solía ser negra, pero que ahora tiene distintos tonos de gris desteñido y opaco. Sus zapatillas de deporte, en cambio, son blancas e impecables, y brillan tanto bajo el único foco que se enciende por encima de su cabeza, que resplandecen en mis retinas. Su cabello oscuro es una maraña de ondas desordenadas. Caen sobre su rostro mientras lleva un gran estuche rígido negro por el escenario y lo deja frente a una silla solitaria que se encuentra en el centro. La multitud murmura colectivamente mientras él desabrocha los cierres del estuche y lo abre, sacando, en silencio, un magnífico violonchelo: la madera del instrumento es negra bruñida, muy lisa y brilla bajo los focos. Es precioso. Por alguna razón inexplicable, mi pulso se acelera cuando lo veo. Me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración. ¿Por qué demonios estoy conteniendo la respiración? El susurro cesa, sumergiendo el espacio en un tenso silencio mientras Theo se sienta en la silla y coloca el violonchelo entre sus piernas. Con el arco en una mano, Theo desliza hábilmente los dedos de la otra por las cuerdas del instrumento, aparentemente practicando una serie de formas y movimientos. Luego se sienta allí, muy quieto, con la cabeza inclinada y su rostro oculto detrás de su cabello, la crin del arco flota una fracción por encima de las cuerdas… y espera. La luz lo baña, tiñendo de blanco alabastro las partes de sus brazos descubiertos y la pendiente de su cuello tatuado. Estoy lo suficientemente cerca como para ver cómo sus hombros se levantan mientras toma una respiración constante y uniforme. Y entonces toca. El sonido comienza como una única nota lúgubre y aguda. Parece que durará eternamente. Theo estira la longitud del arco hacia la izquierda y lo vuelve a girar hacia la derecha con tanta suavidad que la nota ni siquiera tiembla. Luego se detiene. Espera. Hace una pausa. Mis mejillas se enrojecen mientras lo observo ahí arriba, con la mirada baja y su atención fija tan intensamente en el violonchelo. Mis oídos resuenan con el sonido de la nota quejumbrosa que acaba de tocar, cuya dulzura sigue vibrando en cada uno de mis huesos. Estoy tan inmóvil como él, tan inmóvil como una estatua. Inmóvil como la superficie plana e imperturbable de un lago sin fondo. Inmóvil como un amanecer de invierno después de la nieve. El momento se alarga, devorando los segundos que pasan, y la inexplicable necesidad de gritar sube por mi garganta. En el momento en que se mueve de nuevo, tensando el arco sobre las cuerdas, una oleada de calor inunda mi cuerpo con una ola de fuego que hace que mis ojos piquen y ardan. El sonido que saca del violonchelo es atronador e intrincado. La música va subiendo a medida que él mueve el arco hacia adelante y atrás, su mano izquierda recorre arriba y abajo el elegante cuello del instrumento, pasando de una nota a la siguiente con una práctica fluida, y nadie emite un sonido. Yo… Frunzo el ceño. Reconozco esta música. Hay algo tan familiar en ella. Tan inquietante. La conozco, lo juro… Las venas en el dorso de las manos y antebrazos de Theo se alzan orgullosas, testimonio del esfuerzo que requiere su actuación, pero la melodía fluye con tanta facilidad, con tanta belleza, que uno pensaría que no le cuesta nada. Hipnotizada, me hundo en mi asiento, aturdida por lo que estoy viendo. ¿Cómo? ¿Cómo alguien tan vil puede ser capaz de esto? Es un asesino. Frío e insensible. Ha dejado bien claro que el mundo y todos sus habitantes le importan una mierda. Pero ¿cómo puede alguien a quien le importa tan poco ser responsable de lo que sucede dentro de mi cuerpo? Dentro del hueco en mi pecho, me duele el corazón. Mi caja torácica está tan apretada que es como si los huesos se hubieran ceñido alrededor de mis pulmones, impidiéndome respirar. Mismanos, que están sobre mi regazo, se cerraron en puños sin darme cuenta, y por mucho que lo intente, ninguna coacción las obligará a relajarse. —Vaya, vaya, vaya. Es muy especial, ¿verdad? —murmura a voz de Rachel en mi oído. De repente, siento su presencia tan cerca que me da miedo girar la cabeza. Si lo hago, no la encontraré sentada a mi lado en la oscuridad. El hechizo se romperá, y la certeza de que ella está aquí conmigo en este lugar olvidado de la mano de Dios, siendo testigo de lo que estoy presenciando, se romperá. No puedo soportar la angustia de ese pensamiento. En cambio, cierro los ojos. Si extiendo mi mano hacia la de ella, podría tomar la suya si lo intentara. En este momento, ella está aquí conmigo. El olor de su loción corporal de coco llega a mi nariz. Puedo sentir su energía contenida, que irradia desde el asiento a mi lado. Por primera vez en semanas, me invade una paz que elimina la tensión de mis hombros y borra el ceño en mi frente. Mis manos finalmente se relajan y se apoyan en la parte superior de mis muslos. —Cristo. Deberías estar viendo esto —susurra la voz de Rachel—. Sé que no quieres escucharlo, pero él es magnífico. No. Es un monstruo. Él te lastimó. Te quitó la vida. Es un maldito mentiroso. No podemos confiar en una palabra que salga de su boca. La risa de Rachel se eleva con el ritmo de la música, y su sonido hace que mis ojos ardan aún más. —Siempre tomándote las cosas tan en serio, Sorrell. No es más que un tipo que toca el chelo. Míralo. —No lo haré. —¡Shhh! Tres filas más atrás, alguien me sisea, sobresaltándome tanto que mis ojos se abren de golpe. Mierda. No me había dado cuenta de que estaba hablando en voz alta. Me encorvo en mi asiento, deseando que la oscuridad se cierre aún más, que me trague. Necesito tener más cuidado. Las personas realmente comenzarán a pensar que estoy loca si me escuchan… El pensamiento muere, a medio formar, en mi mente. Arriba en el escenario, Theo Merchant arquea su cuerpo sobre el violonchelo, aserrando el arco en las cuerdas. Toca como una criatura poseída. Las gruesas ondas de su cabello aún ocultan sus ojos, pero puedo ver perfecto la línea de su mandíbula, que está rígida, con los músculos tensos mientras la música sale de él. Ahora es sonora e intensa, una vibración cruda que inunda el auditorio y ya ni siquiera parece salir del violonchelo. Viene de mi interior, del fondo de mi pecho, de mi alma, como si fuera el sonido de la sangre que canta en mis venas. No soporto mirar, pero es imposible apartar la vista. Esto se siente como un despertar, y Theo… Theo es algo salido de un sueño. Mitad demonio, mitad ángel, es un hermoso terror nocturno, y me obsesiona verlo. Sus dientes presionan su labio inferior cuando la música alcanza su crescendo, y su piel palidece de color blanco hueso. Si pudiera odiarme a mí misma más de lo que ya lo hago, lo haría, porque Theo Merchant es impresionante, y estoy demasiado asombrada por la visión de él tocando en ese escenario como para seguir negándolo. Es inexplicable, esta necesidad en mí. Potente y fuerte. Deseo cosas que no debería desear. Quiero su cuerpo curvado a mi alrededor. Quiero sus manos en mi piel. Quiero sus dientes mordiendo mi labio. Oh. Oh, Dios, yo… Me levanto de mi asiento y subo corriendo las escaleras hacia la salida. Intento agacharme para evitar que me detecte cualquiera de los otros estudiantes sentados en la audiencia, pero lo lamento al instante; agacharme solo intensifica las náuseas que me recorren. Llego a las puertas en la parte trasera del auditorio, las abro de golpe y salgo a toda prisa al pasillo iluminado, el sonido de la interpretación de Theo llega a un final discordante, la nota que estaba sosteniendo se corta abruptamente con un chirrido de su arco. Mierda. Mierda, mierda, mierda. Él me vio. Él me vio. —¿Señorita Voss? ¿A dónde cree que va? Me doy la vuelta, agarrando mi estómago, para encontrar a la directora Ford caminando hacia mí. —Lo siento. Creo que voy a… Su rostro se arruga con preocupación. —Dios mío, estás sudando. ¿Qué ocurre? —Voy a vomitar. Aprieto los dientes contra otra punzada de dolor en mi estómago. Mi boca se llena de saliva. Quiero tragarla, pero mi reflejo nauseoso está funcionando a toda marcha y no puedo. —Puedo ver eso. Vamos a llevarte al baño. La directora Ford se pone nerviosa a mi alrededor y me acompaña; coloca una mano en mi hombro y la otra en la parte baja de mi espalda mientras me guía rápidamente por el pasillo hasta el baño más cercano. Tan pronto como estoy en un cubículo, caigo de rodillas y vomito en el retrete, con arcadas y jadeando, mientras reaparece ese maldito pollo que devoré en el comedor. La directora Ford se sitúa detrás de mí, frotando mi espalda, y de repente, la culpa me invade. Debería haber levantado la mano cuando nos lo dijo antes, en el auditorio. Ella se preocupa por sus estudiantes. La única razón por la que está siendo tan dura es porque se preocupa por nosotros y por nuestro bienestar. Puedo ver eso. Y aquí estoy, a punto de hacer su vida infinitamente más difícil. La mujer me muestra más compasión de la que merezco. —Shhh. Está bien, Sorrell. Ya está. Suéltalo todo. Cielos, sí que estás enferma, ¿no? Las lágrimas corren por mi rostro mientras jadeo una y otra vez, y no puedo decir si es por el escozor de la bilis que sube por mi garganta, o porque estoy llorando; la catastrófica sensación de vergüenza que sentí allí atrás, viendo tocar a Theo, es ciertamente suficiente para convertirme en un desastre sollozante. —Está bien. De acuerdo, cariño. Ya está. Respira. Tómatelo con calma y respira ahora. Coloco mis antebrazos en el asiento del retrete y apoyo mi frente contra ellos, haciendo lo que me dicen. El mal sabor del vómito cubre mi lengua y mi boca se llena de saliva de nuevo. Escupo dentro, aspirando con fuerza y arrepintiéndome cuando un trozo de pollo que se metió en mi nariz se suelta y casi me atraganto con él. Una vez que lo escupo en el retrete, tomo una respiración irregular. —Urgh. Mierda. —Mierda, en efecto. —La directora Ford asiente—. Permitiré el lenguaje esta vez. Odio vomitar. De hecho, soy una vomitadora solidaria. Hago una mueca; ella lleva el dorso de la mano a su boca, haciendo una mueca hacia el retrete como si estuviera a punto de unirse a mí de rodillas y aumentar el desastre que hice. —No pasa nada. Puedes… —Me estremezco—, esperar fuera ahora. Estaré bien. Creo que… terminé. Me doy cuenta de que quiere quedarse y cuidar de mí, pero también se siente aliviada de que la deje salir del apuro. —¿Estás segura? Asiento. —De acuerdo. Estaré fuera. Me doy un minuto para recuperar el aliento y sigo escupiendo en el retrete, tratando de quitar el horrible sabor de comida a medio digerir de mi boca. Desde el cubículo a mi lado, escucho un zumbido. Es la pieza musical que Theo acaba de tocar en el auditorio. El zumbido se interrumpe y una voz femenina llena de humor dice: —Bueno, eso ha sido un poco exagerado, ¿no crees? Gimo y dejo que mi cabeza vuelva a caer sobre mis antebrazos. —Vete a la mierda, Rachel. Sorrell Supuse que iba a tener que convencer a la directora Ford de que no estaba vomitando porque tenía resaca, pero ella solo me hizo un gesto con la mano cuando traté de explicarme de camino a mi habitación. —Sé que no estuviste en la fiesta, Sorrell. No pasa nada. No te preocupes. No estás en ningún problema. Solo espero que no sea una intoxicación alimentaria. Lo último que necesito es que todo el último año esté en cama porque no pueden dejar de purgar sus estómagos. Ella sabe que no estuve en la fiesta. ¿Cómo lo sabe? Lo dice como si fuera un hecho. Estuve en la fiesta. Bajo coacción, bastante justo, pero fui. Estuve allí durante al menos una hora. Fue un milagro haber logrado regresar a la escuela antes de que los de seguridadbajaran y lo disolvieran todo. Sin embargo, estoy demasiado cansada como para preocuparme por la declaración de Ford en este momento. He desgarrado cada músculo de mi estómago por las fuertes arcadas y me siento asquerosa. —¿Estás segura de que no quieres ver a la enfermera? No estaría haciendo mi trabajo si no me asegurara de que te revisen. La directora Ford se queda en la puerta de mi habitación, mirando hacia el pasillo cada dos segundos. Sé por qué está tan nerviosa. Theo dejó de tocar cuando salí corriendo del auditorio, y desde que ella salió conmigo, Dios sabe cuántos estudiantes ignoraron su advertencia y salieron de allí mientras pudieron. Apuesto a que Sebastian robó la Super Cub de Jeremy y ya está a medio camino de Seattle. —Estoy bien, lo prometo. Es que a veces tengo calambres muy fuertes con mi período. Pueden hacerme vomitar si no tomo algo lo suficientemente rápido. Ella me evalúa con simpatía y asiente. —Entonces métete en la cama y descansa. Si mañana te sigue doliendo, ve a la enfermería a primera hora. Seguro que la enfermera tendrá algo para aliviar los calambres. —Voy a darme una ducha rápida primero. Creo que tengo vómito en mi cabello —digo tímidamente. —Me parece una buena idea. Muy bien, Sorrell. Voy a tener que dejarte con eso. Si no vuelvo con la chusma que dejé en el auditorio, el lugar se convertirá en un puro caos. Se va. Mientras estoy en la ducha, me llegan los sonidos de las otras chicas de mi piso que regresan: puertas abriéndose y cerrándose; conversaciones apagadas; risas. Me tomo mi tiempo, obligándome a permanecer bajo el rocío de agua terriblemente caliente, esperando sentir que por fin estoy limpia, pero esa sensación no llega. Froto una capa de piel tras otra hasta que estoy en carne viva y roja, pero la empalagosa y asquerosa sensación de que estoy sucia simplemente no desaparece. Finalmente, el agua se enfría y salgo. Cepillo mis dientes cuatro veces, decidida a deshacerme al menos del repugnante sabor de boca. Ya no hay sonidos en el pasillo, las chicas deben de estar ya en sus camas. Abriendo la puerta del baño, suelto un grito de sorpresa al ver que tengo visita. Theo Merchant, sentado en mi cama, con la espalda apoyada en la cabecera, tan cómodo como puede estar. Al menos se quitó los zapatos. Sus piernas están cruzadas a la altura de sus tobillos y sus manos apiladas sobre su estómago. Cuando me ve, toma algo que está sobre la cama a su lado y me lo ofrece: una bolsa de agua caliente. —Tienes que estar jodidamente bromeando. Se encoge de hombros. —Escuché que las bolsas de agua caliente son buenas para los calambres menstruales. —Lo dice argumentando, como si pensara que me estoy oponiendo a la estúpida bolsa de agua y no al hecho de que esté en mi maldita habitación. —Tienes mucho valor —gruño. Sin inmutarse, deja la bolsa de agua caliente y comienza a jugar con sus uñas. —Cuidado. Será mejor que dejes esa ropa. Parece que estás a punto de perder la toalla. Suelto un gruñido de frustración mientras tiro la ropa en la silla que hay detrás de la puerta. Una vez que me he asegurado de que la toalla no está a punto de caerse, atravieso la habitación y le doy una palmada en los pies, mostrándole los dientes. —No tienes derecho a estar aquí. Tienes que irte. Ahora. Me mira inexpresivamente, y veo todo lo que su cabello ocultaba mientras estaba allí arriba, tocando en ese escenario: el complejo tono dorado-ámbar-chocolate de sus ojos; sus altos pómulos; la regia línea de su nariz; la marcada curva de su arco de cupido, y la plenitud de su boca. A diferencia de ayer, no está del todo afeitado. Su mandíbula está oscurecida con los comienzos de una barba incipiente. —¿Estás segura de que quieres que me vaya? —pregunta rotundamente—. ¿No me tienes exactamente dónde quieres? El calor sube por la parte posterior de mi garganta. —¿De qué demonios estás hablando? —Ambos sabemos por qué te enviaron aquí. Así que, estar aquí, solo, en tu habitación, ¿no es la oportunidad perfecta para acabar conmigo? Tan. Jodidamente. Casual. No parece inmutarse por el hecho de que me hayan enviado aquí para hacerle daño. —Ya sabes. De hecho, es realmente insultante que hayas venido aquí, dado el hecho de que sabes que te quiero muerto. Si no me consideras una amenaza, entonces deberías reconsiderar esa táctica, porque… —Eres perfectamente capaz de lastimarme. Bla, Bla, Bla. Lo sé, lo sé. —Pone los ojos en blanco—. También sé que no vas a lastimarme en tu propia maldita habitación. Eso parecería un poco sospechoso, ¿no? Se acuesta de nuevo sobre mis almohadas, retorciéndose un poco para ponerse más cómodo. —¿Qué. Es. Lo. Que. Quieres? —Me cuesta un esfuerzo monumental pronunciar la pregunta sin gritar. —Traje tus cosas. Señala detrás de mí, donde mi mochila y mi teléfono celular están encima de mi escritorio. Ahh. Mierda. En mi prisa por salir del auditorio, me olvidé por completo de mi mochila y mi teléfono. Ni siquiera había pensado en ello… hasta ahora, obviamente. —De nada —dice Theo. —No te estoy agradeciendo. Trajiste mis cosas. Ahora puedes irte. ¿Cómo…? —Lo miro con incredulidad—. ¿Cómo entraste aquí? Vuelve a mirar sus manos. Distraídamente, juega con su pulgar. —No nos encierran por la noche, Voss. Salí de mi habitación, bajé las escaleras… Hace un mohín, como si el resto fuera obvio. —Genial. Bueno… si no te importa, necesito cambiarme para ir a la cama. Y no, incluso antes de que se te ocurra decirlo, no me cambiaré frente a ti. Sus ojos parecen brillar en color ámbar mientras se dirigen a mí. —¿Y por qué querría que te cambiaras delante de mí? No tengo palabras. Miro alrededor de la habitación, tratando de encontrar algo que lanzarle, y tomo lo primero que parece que va a doler: el globo de nieve que Gaynor me dio para dar cuerpo a mi historia. Dentro del pesado globo, la escena invernal del horizonte de la ciudad de Nueva York queda borrada por pequeños copos blancos cuando lo saco de la cómoda y lo levanto sobre mi cabeza. Los ojos de Theo se agrandan. —Hombre, eliges la violencia muy rápido, ¿no es así, Voss? Aprieto la mandíbula. —No tienes ni idea. —Entonces, ¿vas a lanzarme esa cosa? No se mueve. No se inmuta. Si él tuviera un poco de sentido común, ya estaría de pie y a medio camino de la puerta. —Sí. Lo haré. A la cuenta de cinco. La ira baila por mi espalda cuando vuelve a mirar la uña de su pulgar. —Uno… —Cámbiate en tu vestidor —ordena. —¿Por qué demonios iba a cambiarme en el vestidor? Lo digo en serio, Theo. ¡Dos! El maldito sonríe. —¡Tres! Nada. —¡Cuatro! Lo juro por Dios, Theo. Lanzaré esta cosa directamente hacia ti, y tengo una excelente puntería. ¿Quieres ganarte una maldita lesión en la cabeza? Esto parece funcionar. Suspirando con cansancio, sus ojos vuelven a encontrarse con los míos mientras se desplaza lentamente hacia el borde de la cama. —En definitiva, no quiero eso. Las lesiones en la cabeza son las peores. Lo fulmino con la mirada mientras se levanta y cruza la habitación. Debo parecer ridícula, aferrada a mi toalla con una mano mientras sostengo la bola de nieve sobre mi cabeza en la otra, lista para lanzarla. Sin embargo, no me importa si se ríe de mí; estoy dispuesta a hacerle daño si me mira de reojo. Y lo hace. Se detiene, con el cuerpo inclinado hacia la puerta y la cabeza ladeada, me mira de reojo y parece que el maldito mundo se detiene. —¿Has estado alguna vez en Nueva York? —pregunta, señalando con la barbilla hacia la bola de nieve. —¿Qué? —Es una pregunta sencilla. ¿Has estado alguna vez en Nueva York? —¿Por qué tendría una bola de nieve de Nueva York si no lo hubiera hecho? —espeto. Su boca se curva hacia abajo. —No lo sé. Las personas coleccionan esas cosas. Las personas las regalan. ¿Cuál es tu lugar favorito en el mundo? —¿Qué? Esa parece una pregunta completamente irrelevante para hacerlaen este momento, considerando la posición en la que nos encontramos. Sus hombros se mueven, inclinándose un poco hacia mí. Sin embargo, sigue con la cabeza inclinada hacia abajo, como si no estuviera dispuesto a girarse y mirarme correctamente. —Hay mejores posiciones en las que podríamos estar, sí. —¿Se supone que eso es una insinuación? —Resoplo—. ¿De verdad crees que es inteligente venir aquí e intentar coquetear conmigo después de lo que pasó anoche? Él frunce el ceño con curiosidad. —¿Y qué pasó anoche? —¡Tú ibas a elegirme en esa fila junto a la fogata! Una genuina expresión de diversión aparece en su rostro. —No creo que lo hiciera. La furia burbujea en mi sangre, haciendo que se precipite en una marea furiosa hacia mi cabeza. Mis sienes comienzan a palpitar. —No me vengas con esa mierda, Merchant. Te paraste frente a mí, bebiendo esa botella de tequila. Tú… ¡estabas jugando conmigo! Su expresión ahora es ilegible. Con movimientos cuidadosos y medidos, levanta una mano y extiende la punta de su dedo índice, haciendo contacto con la parte superior de mi hombro. Quiero apartarme del contacto, la repugnancia me desgarra por dentro, pero… no me muevo. Theo pasa la yema de su dedo por mi piel, un toque ligero como una pluma, trazando su dedo a través de las gotas de agua que todavía se adhieren a mi piel de la ducha. —Quizá deberías informarte bien antes de acusar a las personas de hacer cosas. —Oh, maravilloso. Ahora estamos usando comentarios capciosos. —¿Un comentario capcioso sobre qué? Es tan, tan jodidamente engreído. Estoy tan enojada que me está costando contener la vorágine de sentimientos que azotan mi pecho. Me está provocando. Quiere que diga algo sobre Rachel. Lo siento. Lo sé. Quiere provocarme, para hacer que lo acuse de provocar la muerte de Rach o algo así. Sin embargo, no puedo simplemente decir eso. Eso acabaría con esta artimaña entre nosotros. Mi propósito aquí quedaría oficialmente al descubierto de una vez por todas. Theo tararea en silencio, considerando el patrón que ha dibujado en mi hombro con las gotas de agua. —De acuerdo. Bueno, entonces te dejaré pensar en eso, Chica. Ya que parece que no puedes resolverlo en este momento. Mi reacción es instantánea. —No me llames así. No soy una niña. Lárgate de aquí, Theo. Jodidamente gritaré. Una expresión fría e insensible se asienta en sus rasgos. Lo miro fijamente, y la expresión de vacío se ve tan fuera de lugar que casi me quita el aliento. Es como si se hubiera transformado en una persona completamente diferente. —Supongo que llegaste a cinco, ¿no? —Su tono es todo duro y frío. —Lo hice. Se prolonga un momento horrible, en el que me inmoviliza con una mirada feroz y dura. El golpeteo en mis sienes se convierte en un latido implacable; tan rápido que se siente como si mi cabeza estuviera a punto de partirse. —¿Qué ocurre? Las palabras salen de su boca, entrecortadas y afiladas. —Tu presencia aquí me está provocando una migraña infernal, eso es lo que pasa. Ahora vete… —No te preocupes. Jodidamente, me voy. Se dirige a la puerta y la abre con tanta fuerza que creo que va a arrancarla de sus bisagras. No dice nada más y desaparece en el pasillo. La puerta se cierra de golpe detrás de él, la madera traquetea en el marco… y el vacío que deja atrás es tan hueco como un abismo. Sorrell Dos semanas después El tiempo pasa de forma extraña en Toussaint. Un día se convierte en tres, se convierte en una semana, se convierte en dos. Estudio. Voy de un lado a otro de mis clases, luego vuelvo a mi habitación. Cada vez paso más tiempo con Noelani. Se desarrolla una especie de amistad tentativa entre nosotras, y paso la mayor parte de mis descansos para almorzar con ella, fantaseando con todas las cosas que no podemos esperar a hacer una vez que salgamos de este infierno. Sin Internet ni televisión, el mundo exterior no existe para nosotras aquí, suspendidas en nuestro estado de castigo; lo único que mantiene cuerda a la mayoría de las chicas de mi piso es soñar despiertas con toda la mierda divertida en la que se meterán una vez que se levante la prohibición de los pases de fin de semana de Ford, algo que yo, en lo personal, empiezo a pensar que nunca sucederá. No sé nada de Ruth. Nada. No hay llamadas telefónicas. No hay mensajes de texto. No hay ningún tipo de control, lo que fue muy preocupante al principio. Sin embargo, a medida que pasan los días, mi preocupación se convierte en rabia. Ruth es la que me envió aquí. Ella fue la que me dijo que me enfrentara a Theo y lo hiciera sufrir las consecuencias de sus acciones. Luego me dijo que no hiciera nada hasta que me diera luz verde. ¿Ahora me ha abandonado, sin ningún tipo de orientación o seguridad sobre lo que se supone que debo hacer? ¿A qué mierda está jugando? En el día diez de silencio de Falcon House, tomo una decisión. Si Ruth no quiere contestar cuando la llamo y ni siquiera tiene la decencia de enviarme un mensaje rápido, entonces que se joda. Tampoco voy a intentar contactar con ella. ¿Por qué debería hacerlo? Ella está guardando secretos. ¿Me ha arrojado al fondo con todo esto, y ahora se niega incluso a lanzarme un salvavidas? Se supone que debo esperar sus instrucciones antes de hacerle algo a Theo, pero la espera está volviéndome loca. ¿Cuánto tiempo espera que me quede aquí y pase el rato atrapada en este pequeño y extraño microcosmos de humanidad sin ningún contacto con el mundo exterior? Soy una persona bastante paciente, pero esa paciencia tiene sus límites. Y tener que ver a Theo todos los días, seguir cruzándome con él en los pasillos, sentarme a dos filas de distancia de él en clase, verlo joder con Sebastian fuera de la entrada principal... es más de lo que puedo soportar. Sus arrebatos de mal genio son aleatorios y espectaculares. Todos los días parece que se pelea con alguien nuevo. No puedo evitar querer saltar en estas peleas. Tomarlo desprevenido. Deslizar una hoja afilada en su tráquea. Destriparlo donde está parado. Es viernes, al medio día, cuando por fin me rompo y le digo a Noelani algo sobre él, quién me ha pedido recientemente que la llame Lani. El tiempo es inusualmente cálido. Estamos sentadas en el césped fuera del edificio principal de Toussaint, tomando el sol bajo la débil luz de la tarde, cuando veo el familiar mechón de cabello oscuro de Theo. Está sentado a los pies de un roble gigante a 30 metros de distancia, solo, garabateando en un cuaderno, y un escalofrío de ira aparece en mi nuca. No es la primera vez que lo veo sentado bajo el enorme árbol, apoyando la espalda en su grueso tronco. La mayoría de los días está allí a las diez y media, mientras los demás estamos temblando dentro, tomando un tentempié durante nuestro descanso matutino. Ya sé que hay que esperarlo allí, pero hoy, al verlo descansando en la sombra, con su bolígrafo pasando de un lado a otro de su cuaderno, con los dedos envueltos en esa cinta azul siempre presente, me dan ganas de romperle la cara. —¿Por qué hace eso? —Gruño—. Todos los días. Se sienta ahí y escribe y escribe y escribe. ¿No tiene amigos? Noelani mira por encima del hombro a Theo, lo ve y frunce el ceño. —Oh. Uhhh... sí, absolutamente los tiene. Theo es una de las personas más populares de aquí. No puedes decirme que no te has dado cuenta. Todo el mundo se desvive por estar en su favor. Lo he notado. Pero no quiero admitirlo. Admitir que a la gente le gusta lo hace parecer menos villano de alguna manera. Aunque eso es lo que la gente siempre dice de los asesinos en serie en los documentales de televisión, ¿no? ‘Era tan encantador. Tan querido. Tenía un montón de amigos. Siempre se detenía a ayudar a las ancianas en la calle’. Pero a puertas cerradas, esos psicópatas descuartizaban a las mujeres que habían secuestrado y las llevaban como trajes de piel. —¿Qué pasa con la cinta? —espeto. Me haestado molestando durante semanas. Semanas. Sin embargo, no iba a preguntarle al respecto. Noelani me mira con curiosidad. —¿Eh? Levanto el dedo índice, el dedo medio y el pulgar de mi mano izquierda. —Ohhhh, la cinta. —Noelani se encoge de hombros—. Lo usa cuando practica el violonchelo, supongo. Solía querer ser violonchelista de concierto, pero ahora… —¿Qué? —Creo que ahora ha cambiado de opinión. Por alguna razón, este pequeño detalle de información sobre él me hace enojar irracionalmente. Muerdo la punta de mi lengua, respirando con dificultad por la nariz. No me importa si quería ser un violonchelista de concierto algún día, o si ahora ha cambiado de opinión. Solo quiero que el bastardo desaparezca. —Si tiene tantos amigos, ¿por qué siempre está solo? ¿Por qué siempre está... ahí? Noelani aparta la mirada de Theo y mira hacia el césped en el que estamos sentadas. La arranca distraídamente, apilando las hojas rotas en una pequeña montaña. —Supongo que ninguno de nosotros se ha dado cuenta realmente. Siempre ha sido él mismo. Lo dejamos hacer lo suyo. —¿Nosotros? ¿Nosotros? No me digas que te gusta. —No puedo evitar la incredulidad en mi voz. Lani se ríe. —Claro que me gusta. No es tan malo una vez que lo conoces. —A mí me parece bastante volátil. Debo de tener cuidado con lo que digo aquí. Me incriminaré si hago demasiado evidente mi odio por Theo Merchant. Cuando una mañana empiece a ahogarse con sangre porque he envenenado su avena, no necesito que nadie me señale con el dedo. —¿Volátil? —pregunta Lani—. ¿Qué quieres decir? —Metió a Sebastian en un casillero e intentó estrangularlo hace tres días —digo alegremente—. Antes de eso le dio un puñetazo a Callum Fairley en la mandíbula. No puedes haberlo olvidado. Estabas a mi lado cuando ocurrió. Difícilmente llamaría a eso las acciones de alguien en posesión de todas sus facultades. Estos dos eventos separados habían sucedido en el pasillo, entre clases, al parecer justo en frente de mí. Yo había estado tranquilamente hirviendo, cómoda en mi odio hacia Theo, enfadada porque estaba allí, justo delante de mí, como siempre, y entonces ¡BOOM! Sebastian había murmurado algo, y Theo se había lanzado sobre él, con los puños volando. Lo mismo había ocurrido con Callum. La brillante risa de Lani vuelve a llenar el aire. Se echa hacia atrás, acostada en la hierba, acunando su cabeza entre sus manos, usándolas como almohada. —En primer lugar, Sebastian es un imbécil. Lleva incluso a sus mejores amigos a la violencia con regularidad, por ejemplo. Todos hemos querido hacerle daño en algún momento. Callum... —Suspira—. Callum dijo algo realmente horrible que no debería haber dicho. Parece que sabe qué dijo Callum para provocar una reacción tan sorprendente en Theo, pero que me condenen si le pido los detalles. No se me ocurre nada que decir, así que me quedo sentada, mirando un trozo de hierba durante un rato. He aprendido que a Noelani no le gustan los silencios largos, así que no tarda en llenar el vacío. —Supongo que no solía ser tan... reservado —dice—. Theo. Tuvo un accidente hace poco tiempo. Cambió después de eso. Supongo que ahora prefiere su propia compañía. Muchas de las chicas de aquí esperan que salga pronto de su mente y muestre algún interés por alguna de ellas. Sé exactamente a qué accidente se refiere. ¿Te sorprende que Theo haya cambiado después de esa noche? ¿Después de la muerte de Rachel? Tal vez. Quiero decir, tal vez incluso los malditos malvados que causan la muerte de chicas adolescentes son golpeados con una conciencia culpable a veces. Pero no digo eso. En cambio, me encuentro obsesionándome en su última declaración. —Déjame adivinar. Beth Johnson está liderando la carga en eso. —Sí. Beth siempre ha tenido algo por Theo. Lo persiguió durante todo el primer y segundo año. —¿Ella vio el sentido en el tercer año? —¡Ja, ja, no! Él estuvo con alguien en segundo año. A Beth no le gustó mucho, pero mantuvo la distancia. Supongo que no quería parecer demasiado desesperada. —¿Estuvo con alguien el año pasado? ¿Estaba saliendo con alguien? No sé por qué esto suena tan ridículo. Él es guapo. Tiene sentido que esté con alguien. Noelani pone una cara extraña. —Sí. Pero ella... la chica con la que estaba... ella... supongo que murió. —¿Supones que ella murió? —Ácido se derrama de mis palabras. Me mata pensar que esta gente sabe lo de Rachel. Duele sobremanera que supieran de su existencia, que supieran que Theo tuvo un “accidente” y que todavía lo traten como si fuera una especie de dios todos los días. Es una afrenta a la memoria de Rachel. La expresión de Noelani se aplana, es como si estuviera conteniendo su reacción a mi respuesta con mucho cuidado. —Ella murió —dice—. Fue muy triste. Todos queríamos mucho a Rachel. Algunos días... es casi como si todavía estuviera aquí. Me olvido de que se ha ido, ¿sabes? Es... realmente duele. Traga con fuerza. La emoción en su voz desencadena algo en lo más profundo de mi ser que me hace querer herirla, de la misma manera que me duele ahora. Rachel nunca me mencionó a Noelani. Nunca habló de ninguno de los estudiantes de Toussaint. Hasta donde yo sabía, ella estaba aburrida aquí y no podía esperar a escapar. No tenía idea de que estaba involucrada con Theo de esa manera. Que realmente estuvieran saliendo. Ella nunca mencionó su nombre. Pensar que todas estas otras personas conocían esa parte de su vida mejor que yo me hace sentir mal del estómago. Noelani deja que otro tramo de silencio se extienda entre nosotras, pero finalmente dice: —En fin. Basta de hablar de Theo. Tengo que ir a la biblioteca a terminar mi informe de ciencias o voy a perder la oportunidad de agarrar los libros de texto. ¿Quieres acompañarme? Considero su propuesta: sentada en la vieja biblioteca de Toussaint, el peso de un silencio aún más profundo y opresivo presionando sobre mí, pretendiendo estudiar, y simplemente no puedo hacerlo. —No, ve tú, adelante. Termine mi tarea. Estoy harta de estar encerrada. Creo que el aire fresco me hará bien. —Está bien. ¿Estás segura? —Sí. Nos vemos en la cena. También podemos estudiar juntas esta noche un rato. —De acuerdo. Recoge sus cosas y se va, dirigiéndose al edificio principal. La veo irse, preguntándome si estoy cometiendo un error al no ir con ella, pero de verdad es un día hermoso. Hacía toda una vida que no veía el sol, y el inesperado calor del día a estas alturas del año me hace sentir floja y suelta, como si los músculos se derritieran de mis huesos. Me quito el suéter ligero que me he puesto esta mañana y lo envuelvo, metiéndolo debajo de mi cabeza. Rachel y yo solíamos hacer esto en nuestros descansos de verano, acostadas al sol, contándonos historias y chistes hasta que estábamos tan borrachas de calor y mareadas por las risas que nos desmayábamos. Despierto sobresaltada algún tiempo después, temblando contra una brisa fresca que roza mi piel. El sol se ha ido. Mis brazos y piernas están erizados, y la hierba que antes era cálida y acolchada ahora se siente húmeda y pegajosa. Al parpadear ante el cúmulo de nubes que se han acumulado mientras dormía, veo que parece que está a punto de llover. Bueno, eso no ha durado mucho. Lucho contra una oleada de vértigo mientras me levanto, y casi me da un maldito infarto cuando me doy cuenta de que Theo está sentado al estilo indio en la hierba a unos metros de distancia. Su maltrecho cuaderno descansa sobre una de sus rodillas. Hace girar un bolígrafo perezosamente en su mano derecha, mirando a lo lejos, colina abajo, hacia el valle donde tuvo lugar la fiesta de la Primera Noche. —Jesús. Por el amor de Dios. ¿Qué demonios estás haciendo? —Sentado —responde, sin mirarme. —Ya lo veo. ¿Por qué estás sentado tan cerca de mí? —Parecías tener frío. Señala con la cabeza mis piernas, que se han cubierto con una simple sudadera negra. La quitoy se la arrojo. —No necesito que hagas actos de bondad al azar por mí, imbécil. —De acuerdo. Atrapa una puta neumonía, entonces. A ver si me importa. Toma su sudadera, el cuaderno y el bolígrafo, y se levanta. Está a punto de alejarse, pero mi estúpida boca se abre antes de que pueda amordazarme. —¿De verdad crees que taparme las piernas mientras duermo cambia algo de lo que has hecho? Una acción tan insignificante. Si cree que siguiéndome y haciendo pequeñas acciones como esa hará que lo perdone, tiene otra cosa viniendo. Se detiene. Se da la vuelta. —No estaba tratando de ganar tu perdón, Voss. —¿Entonces qué? ¿Te gusta pinchar al oso o algo así? ¿Quieres sentir cuánto te odio? ¿Lo mucho que te desprecio? ¿Eso es? Me da una sonrisa plana y fría. —Me importa una mierda que me odies. Adelante. Exasperante. Absolutamente exasperante. —Tu arrogancia no tiene límites. ¡No necesito tu maldito permiso! Has matado a mi mejor amiga. Te odiaré hasta el día en que muera, y encontraré la manera de odiarte mucho después, también. Nunca dejaré de odiarte, joder. Yo… Se arrodilla frente a mí. Se mueve tan rápido que no tengo ninguna esperanza de detenerlo. De repente, sus manos están en mi cabello, y su boca... Oh, Dios. Su boca... Sus labios chocan contra los míos. Me besa tan bruscamente que no puedo respirar, no puedo moverme, reaccionar, pensar. ¿Qué demonios está haciendo? Presiono mis manos planas contra su pecho, lista para apartarlo de mí, rebosante de tanta ira que creo que podría matarme. Pero entonces… ¿Qué estoy haciendo? No lo empujo. Su olor me golpea: bergamota. Menta. Aire fresco de invierno, y algo sucede dentro de mí. Una parte de mí se abre. Un sollozo sale de mi boca y entra en la suya. El sonido es tan roto y doloroso, tan animal y herido, que mi mente simplemente se queda... en blanco. La presión de su boca se vuelve más suave. Sus manos bajan hasta la parte superior de mis brazos, sujetándome con cuidado mientras me empuja a abrir mi boca. Su aliento llega caliente contra mi rostro, rápido y urgente, abanicándose sobre mis mejillas, entrando y saliendo, entrando y saliendo, demasiado rápido. Cuando su lengua pasa por encima de mis labios para acariciar mi lengua, me pongo rígida, paralizada por un miedo con el que no puedo contar. Sus labios... Dios, la presión de su boca es estimulante. Me siento atraída por él tan desesperadamente, y no puedo explicar nada de esto. Es una maldición y una plaga, y cada día me pongo más enferma en sus manos. Avergonzada como estoy, temerosa como estoy, me encuentro rindiéndome al bastardo, fundiéndome con él como si hubiera estado recorriendo en un viaje agotador durante años y finalmente me hubiera encontrado en casa. Mi lengua se mueve contra la suya, saboreándola, aceptándola más profundamente en mi propia boca, y un estremecimiento corporal recorre a Theo. Su respiración se queda atrapada en algún lugar entre sus pulmones y su boca, un sonido agudo e insistente que emana de su garganta, y me agarra con más fuerza. Su calor me calienta. Sus manos me sostienen. La solidez de su presencia me ancla de nuevo en un cuerpo del que sentí que me estaba escapando durante mucho tiempo. Mi cabeza da vueltas cuando Theo me acerca, de modo que nuestros pechos están al mismo nivel, nuestros estómagos, nuestras caderas, nuestros... Señor, ten piedad. Nuestras caderas se encuentran y puedo sentirlo. Está duro contra mí, su erección tirando de la parte delantera de sus jeans, se apoya en mí entre mis piernas y presiona una zona de mi cuerpo que ni siquiera sabía que podía doler como está doliendo ahora. ¿Qué clase de locura es ésta? ¿Cómo puedo necesitarlo así, después de todo lo que ha hecho? La pregunta me devuelve a mis sentidos, pero también me suelta, me desata, me deja a la deriva, fuera de mi cuerpo de nuevo. Me echo hacia atrás, apartándome de él, asqueada de mí misma por haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. Los ojos de Theo están muy abiertos, las pupilas dilatadas, mientras me mira. Su rostro está tan sonrojado que los dedos de los pies se me encogen en los zapatos. —¿Ahora me odias? —jadea. —¡SÍ! —Me alejo de él, del peligro que representa. La suciedad se acumula bajo mis uñas mientras araño el suelo, usándolo para ganar terreno y poner algo de distancia entre nosotros. Una vez que estoy segura de que no podrá arremeter contra mí de nuevo, froto una mano en mi boca, intentando borrar la sensación de sus labios—. ¿Estás dañado de la cabeza? El color intenso de su rostro se disipa ante mis ojos. Veo como regresa la expresión arrogante y fría que estoy tan acostumbrada a que él use. —Debo estarlo si quiero liarme contigo. —Vete a la mierda —espeto—. Besar a alguien sin su permiso sigue siendo una agresión sexual. Debería denunciarte con Ford. Theo se hunde sobre sus talones, observándome, con la comisura de la boca curvada en una sonrisa cruel. —¿De verdad, Voss? ¿Agresión sexual? —Se ríe en voz baja—. No parecía una agresión cuando metías tu lengua en mi garganta y gemías en mi boca como una gatita hambrienta de sexo. Pero lo llamaremos como quieras. —¡No te pedí que me besaras! —Tampoco me dijiste que no lo hiciera. Y cuando te apartaste, no te detuve. Eras libre de aceptarme o rechazarme desde el primer momento. —¡Urgh! Eres tan... —Busco a tientas las palabras adecuadas—. ¡Eres un imbécil! —Todo el día, todos los días —acepta. No puedo ver bien, joder. Me pongo de pie, balanceándome desequilibrada figurativa y literalmente por lo que acaba de ocurrir. Nunca había reaccionado así con alguien. Fue visceral. Carnal. Nunca había deseado nada como lo deseaba a él en ese momento. Grita algo tras de mí, pero mis oídos resuenan demasiado fuerte para escuchar lo que sea que dice. Mi corazón se acelera mientras vuelvo a la escuela. Me hierve la sangre. Mi mandíbula está bloqueada. Mis manos tiemblan y tengo los hombros tensos. No estoy enfadada con Theo. Estoy enfadada conmigo misma. Él tenía razón. No le impedí que me besara. Yo lo quería. Lo quería. Me costó toda la fuerza de voluntad que poseía para apartarme. Sorrell Él está allí cuando desayuno. Cuando voy a clase. Cuando entreno exhaustivamente en el nuevo gimnasio de Toussaint, después de cada noche tortuosa, atrapado en el auditorio, viendo a un estudiante tras otro realizar recitales, cantar, bailar y leer su estúpida poesía. Está allí cuando ceno y cuando paso el rato en la biblioteca con Noelani. Lo peor de todo es que está allí cuando cierro mis ojos todas las noches, recorriendo mi mente. Cuando duermo, ni siquiera puedo escapar de él en mis sueños. Noche tras noche, despierto empapada en sudor, incapaz de recordar lo que sucedió mientras dormía, pero sabiendo en un nivel muy profundo que Theo Merchant también ha estado acosándome a cada paso. Todavía puedo oler su aroma. Sentir sus manos sobre mi piel. Sentir la presión de su boca sobre la mía. Más de una vez, me he sentado muy erguida en la cama, con mi corazón acelerado, resbaladiza y húmeda entre mis piernas, sabiendo que acabo de tener un orgasmo, por el amor de Dios, y sin recordar cómo sucedió. Lo odio con cada fibra de mi ser. Pasa un mes y no sé nada de Ruth. Tres veces intento escapar de Toussaint, decidida a huir de este infierno y volver a Los Ángeles, pero cada vez mis planes se ven frustrados, ya sea por la propia directora Ford o por el simple hecho de que estamos en medio de la nada y no tengo medios para volver a la civilización. La escuela sigue cerrada. Una vez a la semana, Jeremy llega en el Super Cub, llevando productos perecederos y otros suministros para la escuela, pero la directora Ford siempre está allí para recibirlo, junto con al menos otros dos miembros del personal. He intentado idear una forma de colarme en la parte trasera de ese maldito hidroavión hasta que me ha dado una migraña, pero aún nohe descubierto una forma de lograr ese objetivo sin que me descubran. Acostada en la cama por la noche, maldiciendo el día en que acepté venir aquí a hacer esto. Parecía la única manera de obtener justicia, pero ahora no estoy tan segura. ¿No tendría más sentido denunciar a Theo a la policía? Fue absuelto de cualquier delito después del accidente, pero seguramente echarían otro vistazo a su implicación si les diera una declaración. Una nueva declaración. Dado que no recuerdo nada de esa noche, tendría que ser una declaración inventada, por supuesto, pero ¿no sería mejor mentir a la policía que estar atrapada aquí, viendo al hijo de puta todos los días, teniendo que enfrentarme a la idea de que está ahí mismo, al alcance de la mano, y según el edicto de Ruth, no puedo tocarlo? Mierda. Sé que Theo fue responsable de lo que pasó. Ruth me dijo que había dado un relato detallado de lo sucedido después del accidente, antes de que todos mis recuerdos de esa noche desaparecieran de mí. Mientras septiembre se convierte en octubre, y el castigo de Ford continúa, todo lo que puedo hacer es ir a clase, hacer mis tareas, intentar evitar a Merchant lo mejor que pueda, y rezar a Dios para que la prohibición de los pases de fin de semana fuera de este parque nacional olvidado de Dios termine pronto. En el momento en que Jeremy pueda empezar a llevarnos de vuelta a la civilización, me iré de aquí y no volveré. Empiezo a tener esperanzas de que ese día llegue pronto cuando la directora Ford sube al escenario un viernes por la noche después de que todos nos hayamos reunido en el auditorio para nuestro castigo “educativo” nocturno y se dirige a nosotros. Sentada a mi lado, Noelani agarra mi mano mientras ambas escuchamos. —En primer lugar, tengo que hacer un anuncio. El servicio de Internet de la Academia está siendo reemplazado. Vamos a actualizarlo a un sistema mejor, ya que nuestro Internet por satélite ha sido muy irregular últimamente. Eso significa que sus celulares no funcionarán. Por desgracia, también significa que las computadoras de la biblioteca estarán fuera de servicio durante la próxima semana. Si necesitan investigar para un trabajo, tendrán que utilizar otros recursos de la biblioteca. Hay extraños objetos rectangulares en las numerosas estanterías de la biblioteca. Si abren uno, verán que está lleno de páginas con escritura en su interior. Puede que los hayan notado. Se llaman libros. Todos los estudiantes de último año gimen. —Ahora que eso está fuera del camino... —Ford suspira—. Como saben, cada uno de ustedes vino aquí y compartió una lectura, o alguna poesía, o completó y compartió una tarea, o interpretó, ya sea cantando o tocando un instrumento. Había planeado extender esta reunión vespertina por un mes más y hacer que todos ustedes vinieran aquí e hicieran algo de nuevo, pero honestamente… —Niega con la cabeza, hinchando las mejillas— . Honestamente, no tengo la energía para eso. Esto ha sido un castigo para mí tanto como lo ha sido para ustedes. Así que, a partir de mañana por la noche, ya no tendrán que venir aquí a las ocho. Sin embargo, el toque de queda todavía está vigente, y todas las demás reglas que se establecieron siguen igual… Un grito de emoción recorre el auditorio. —Esperen, esperen, esperen —dice la directora Ford, dirigiéndose a los estudiantes que se han puesto de pie con entusiasmo y se dirigen a la salida—. Dije a partir de mañana. Siéntense de nuevo. Esta noche, en lugar de forzar a uno de ustedes aquí, decidí que veríamos una película en su lugar. Los gritos de mis compañeros se hacen más fuertes. Tenemos acceso a las películas y programas que la gente ha traído en discos duros, pero sin Internet de alta velocidad para descargar cosas nuevas, todos nos hemos cansado de lo que teníamos guardado en nuestras computadoras portátiles. Una nueva película es una buena noticia. —No se emocionen demasiado —advierte la directora Ford—. Ya que ustedes han hecho de mi vida un infierno y he tenido que perder mucho de mi tiempo cuidando sus traseros, puedo elegir la película y elijo El Diario de una Pasión. Los chicos gimen. Las chicas aplauden. Nunca he visto El Diario de una Pasión, pero cuando Lani empieza a saltar en su asiento a mi lado, murmurando algo sobre Ryan Gosling y lo sexy que es su barba, deduzco que se trata de una especie de romance épico. Está tan emocionada que no puedo evitar sonreír. Ford nos sorprende aún más cuando dos miembros del personal de cocina aparecen con un carrito de catering, apilado con pequeñas bolsas de papel a rayas rojas y blancas de palomitas. Lani se levanta de su asiento antes de que yo pueda ofrecerme a ir por unas. —No te preocupes. Me encargo —dice por encima del hombro y sale corriendo por el pasillo. En el momento en que deja su asiento, una pantalla se despliega desde el techo y Ford sale del escenario. La gente todavía está fuera de sus asientos, peleándose por las palomitas, cuando empieza la película. He estado tan aburrida durante las últimas semanas que me absorbe inmediatamente la historia. Cuando Lani vuelve y se sienta a mi lado, ni siquiera la miro de reojo; agarro la bolsa de palomitas que me ofrece y las mastico, con mis ojos clavados en Ryan Gosling. Y entonces, por encima del olor a mantequilla del bocadillo en mi regazo, huelo algo más. —Supongo que puedo ver la atracción —dice Theo, inclinándose para susurrarme al oído. Las palomitas salen volando de mi regazo y caen al suelo. Está oscuro en el auditorio, así que no puedo ver mucho de él: solo el cuello deshilachado de su camiseta de manga larga y la tinta negra que se desliza por su piel. Solo la profundidad de sus ojos, casi negros en la oscuridad. Solo la hinchazón de su bíceps, cuando se apoya en el brazo de mi silla, peligrosamente cerca de rozarme. Huele como si acabara de salir a la lluvia, fresco y a pino aromático. —No me lo digas. —Me dedica una sonrisa arrogante—. Eres más bien una chica Tom Hardy. Me alejo de él, hasta que mi espalda se clava en el otro reposabrazos. —¿Dónde diablos está Noelani? Los dedos de Theo vuelven a estar envueltos en cinta adhesiva. Debe haber estado tocando su violonchelo antes de venir aquí. Sistemáticamente, se lo arranca de sus dedos, dejando caer los trozos al suelo. Una vez que ha terminado, vuelve a mirar la película y se mete en la boca unas cuantas palomitas. La luz de la pantalla convierte sus ojos en espejos. Lo observo comer (los músculos de su mandíbula y garganta trabajando mientras mastica y traga) con una fascinación mórbida. Me estremezco involuntariamente cuando mete la punta del pulgar en su boca y lo lame. —Creo que he oído algo de que se va a sentar atrás con Mel —dice finalmente. —¿Qué diablos? ¿Le dijiste que no volviera a sentarse conmigo? No le afecta mi tono. Se encoge de hombros y se mete más palomitas en la boca. Esta vez lame su dedo índice. —No he hecho nada de eso. —¡Entonces sal de su asiento para que pueda volver! —Noelani puede tomar sus decisiones. Si ella quería ir a sentarse con Mel, ¿quién soy yo para detenerla? Dudo que el hecho de moverme la haga volver. —¡Theo! —¡Shh! —La cabeza de la directora Ford asoma desde la primera fila— . Lo juro, si siguen inquietos, apagaré esto y todos pueden sentarse aquí en silencio mientras lo veo con auriculares en mi computadora¿Eso es lo que quieren? El auditorio está silencioso como una tumba. Miro fijamente a Theo, que mete otro puñado de palomitas en su boca y se encoge de hombros en plan de: ¿qué vas a hacer? Yo podría gritar de verdad. No quiero ser la persona que provoque que apaguen la película para todos, así que no puedo decir nada más. Tampoco puedo levantarme y moverme. Estoy atrapada aquí, sentada a su lado, una tormenta rugiendo en mi pecho. Él piensa que es tan jodidamente inteligente. ¿Qué puede esperar lograr, viniendo a sentarse a mi lado? La película avanza lentamente,pero ahora estoy ciega. Mi atención se centra en el calor que emana del cuerpo de Theo. Meto los codos, evitando los reposabrazos, pero eso hace muy poca diferencia. Theo es más alto que la mayoría y, para empezar, su enorme figura apenas cabe en el asiento. Su brazo roza el mío de vez en cuando. Entonces sus piernas se abren y su rodilla descansa contra la mía. Los dos puntos de contacto donde nuestros cuerpos se tocan arden como nada más. En mi cabeza, estoy gritando. —Sin embargo, seguro que huele bien —señala la voz de Rachel—. Apuesto a que se sentiría increíble si tuviera su brazo alrededor de ti. Imagina lo segura que te sentirías con tu cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos de su corazón... ¿De qué mierda está hablando? No puedo imaginar nada que se sienta menos seguro. Trato de borrar la idea de estar en los brazos de Theo, acurrucada contra él, pero la idea es como una mancha indeleble en mi alma. Ahora que lo he pensado, no puedo borrarlo hasta que no exista. Perdura, impregnando mis pensamientos hasta que es lo único en lo que puedo pensar. En la pantalla, Noah y Allie comienzan a enamorarse, pero lo único en lo que puedo pensar es en la proximidad de Theo Merchant y en lo fácil que sería extender mi mano y tomar la suya. —Vamos. Podría ser. Nunca se sabe. Puede que lo disfrutes —dice Rachel con picardía. ¿Por qué, en nombre de todo lo sagrado, me insta a tomar su mano? La Rachel con la que hablo en mi cabeza no es real. Es un producto de mi imaginación. No quiero que me haga esos comentarios, así que ¿por qué diablos no lo deja? Cierra. La. Maldita. Boca. El tiempo se arrastra dolorosamente lento mientras se reproduce la película. Eventualmente, me acostumbré tanto a la rodilla de Theo descansando contra mi pierna que salto cada vez que se mueve en su asiento, recordando que está tocándome. Después de una hora más o menos, Theo tira su bolsa de palomitas de maíz, colocándola en el asiento al otro lado de él... y casualmente coloca su mano sobre mi muslo. La vista de las cicatrices plateadas entrelazadas que marcan el dorso de su mano me llena con el deseo perverso de estirar la mano y tocarlas, para ver cómo se sienten. ¿Qué diablos?, gesticulo. Niega con la cabeza, llevándose la otra mano a la oreja, haciendo como que no puede escucharme. Está bien. Si quiere ser un imbécil en esto, entonces es justo. Yo también seré un imbécil al respecto. Agarro su mano, la levanto de mi pierna, engancho su dedo meñique y lo tiro hacia atrás. —Arrrunghhhpphhh. Corta el sonido estrangulado de dolor tan rápido como puede, pero no lo suficiente. —Muy bien. Ya está. Último aviso —dice Ford—. ¡Una palabra más y se acabó! Theo trata de soltar su dedo de mi agarre, pero diablos, no... no lo voy a soltar. Necesitará un par de pinzas para aflojar el fuerte agarre que tengo sobre él. —Sorrell —su susurro es terso—. Suéltalo. Sorrell. Sí, no lo creo. Tiro de su dedo hacia atrás un poco más, deleitándome con el sonido de su dolor cuando suelta un gemido agónico y profundo. Retorciéndose en su asiento, Theo me agarra por la nuca, acercándome, para que pueda sentir su boca moverse contra mi oído cuando habla. —¿Quieres saber lo de Henry o no? Un truco cruel y calculador. No ha mencionado el nombre de Henry desde que me dijo que le preguntara a Ruth sobre él, mi primer día aquí. Mi propia terquedad me ha impedido pedir más información. Originalmente, elegí creer que Ruth me habría hablado de él si fuera importante de alguna manera, o incluso real, pero ahora no estoy tan segura. Han pasado demasiadas semanas sin contacto con Ruth o Falcon House que ya no sé lo que se supone que debo pensar. Así que sí. Supongo que quiero saber qué tiene que decir Theo sobre esta persona misteriosa. Suelto su dedo. Un pedernal frío y duro brilla en sus ojos. Él sacude su mano, dilatando sus fosas nasales, luego se inclina para susurrar en mi oído de nuevo. —Eres tan obstinada como la mierda, ¿lo sabías? Tengo que inclinarme hacia él igual de cerca para poder susurrarle al oído. Dios me ayude si el olor de él tan cerca no hace que mi cabeza dé vueltas. Trato de no respirar. —Solo dímelo. El lado izquierdo del rostro de Theo se vuelve blanco, ensombreciendo el derecho mientras la escena en la pantalla del proyector pasa de la noche al día. Durante un largo segundo, se limita a mirarme, frunciendo el ceño... y luego levanta el dedo meñique. —Primero bésalo para que mejore. Me resisto a soltar una carcajada que sube al fondo de mi garganta. —¿Qué tienes, cinco años? No voy a besar tu dedo, idiota. —¿No? —Levanta una ceja oscura con frialdad hacia mí—. Entonces, ¿no quieres saber nada de Henry? —No, si vas a hacer que te mime como una especie de hombre-bebé medio crecido, no. —Oh, ten por seguro que estoy completamente crecido —retumba. Hay algo indecente en la forma en que lo dice; su tono, aunque susurrado, habla de indecencia. Una rápida réplica ayuda a borrar ese pensamiento. —Mejor aún. Un hombre-bebé completamente crecido. Maravilloso. Theo estrecha los ojos. —Henry es otro de los proyectos favoritos de Ruth. ¿Qué acaba de decir? En primer lugar, me ofende la insinuación de que soy un maldito proyecto favorito. En segundo lugar, se equivoca. Simplemente... está jodidamente equivocado. Niego con la cabeza. —Ruth no acoge a niños. Solo acoge a chicas. Chicas como yo. Una sonrisa despreocupada y lenta se extiende por el rostro trágicamente apuesto de Theo. —Parece que hay muchas cosas de tu vieja amiga Ruth que no conoces. —Cuéntame —espeto. Theo levanta su meñique. —Como dije. —Dios, eres patético. Tomo su muñeca y la mantengo firme, rápidamente le doy un rápido beso a su dedo meñique. El contacto dura menos de un segundo, pero mi cuerpo reacciona, aun así. Quiero salir de mi piel; no quiero esto. No quiero sentirme así… Estoy acostumbrándome a la gélida sonrisa de Theo, pero esta vez es un puñetazo en mi estómago. Hay una chispa de calor en ella que no se puede negar. —Puedes hacerlo mejor, cariño. —¡Urgh! ¿Qué quieres de mí? Por Dios, no debería haber preguntado eso. Theo parece un niño en la mañana de Navidad, si ese niño fuera un sádico y disfrutara causando dolor a otros para su propio disfrute. —Me alegro de que preguntes. Deja que te lo enseñe. Rápido como un rayo, mete el meñique en su boca. Sale reluciente. Un segundo después, frota la almohadilla contra mis labios, pasándola por mi labio inferior, mojándolo, de un lado a otro. Muerde su labio mientras observa lo que está haciendo. Completamente aturdida, no tengo ni idea de qué hacer. Ni siquiera siento la presión de su dedo en mi boca. Todo lo que puedo ver es lo salvaje que parece, los ojos tan concentrados en sus acciones. Parece que quiere comerme. En definitiva, parece que quiere volver a besarme. Es todo lo que puedo hacer para permanecer erguida y respirar sin desmayarme. —Abre para mí, Voss —murmura. ¡NO! En mi cabeza, grito la palabra en su rostro. Le doy una bofetada. Le doy un empujón. Lo escupo. Lo golpeo tan fuerte que rompo mis propios huesos y parto mi propia piel. —¿Por qué? ¿Por qué quieres esto? Se gira, inclinándose para mirarme, dejando muy claro que soy el centro de su atención. Por un breve instante, sus ojos se elevan para encontrarse con los míos. —Porque todo esto está matándome —gruñe—. Te deseo. Quiero hacerte mía. Quiero tus piernas envueltas alrededor de mi maldita cabeza y tu coño mojando mi boca, solo... así... esto... —El dedo de Theo se desliza aún más lento sobre mi labio inferior, dejando un rastro de fuego a su paso— . Porque te deseo... a ti —dice sin aliento—. Quiero hundir mi polla tan profundamente dentro de ti que grites. No puedo dejar de pensar en ti, en tu sonrisa, en tus tetas y en lo dulce que debe saber tu coño. Quiero sujetarte mientras te follo. Quiero ver el segundo cuando te desmoronas.— Nunca antes había sido testigo del tipo de intensidad que arde en sus ojos en este mismo momento; es completamente embriagador—. ¿Eso responde tu pregunta? Abro mi boca. Ni siquiera es una decisión consciente. Simplemente lo hago. En algún lugar de mi cabeza, Rachel grita, aplaude, me choca los cinco mentalmente. —Por fin. Buena chica. Haz que se retuerza, Sorrell. Y sí, se está retorciendo. Una guerra se desata en mi interior, tirando de mí en cuatro direcciones diferentes: Lo quiero; lo odio; lo necesito; lo voy a matar. Si Ruth pudiera verme ahora, caería muerta en el acto. Nunca podría decepcionarla más de lo que lo estoy haciendo ahora. Pero... enrosco mi lengua alrededor de su dedo, saboreando el sabor de la mantequilla de las palomitas en su piel, exhalando con fuerza por la nariz. A pesar de todo lo que me parece mal, también me parece muy bien. Theo gruñe y sus dientes se clavan con más fuerza en su labio inferior, haciendo que su carne se vuelva blanca mientras me estudia trabajando. —Dios mío —gime. —¡Shh! La advertencia no viene de Ford esta vez. Viene de más atrás en el auditorio. Claramente, algunos de los estudiantes realmente quieren ver esta película. En la pantalla, los personajes están discutiendo, pero no me preguntes por qué. Lo único que sé es que Theo está metiendo su dedo en mi boca, clavándolo en mi mejilla, enganchándome mientras acerca mi rostro al suyo. Su otra mano se cierra alrededor de mi garganta, y no puedo soportarlo más. Cierro mis ojos. Ya era bastante malo sentir sus labios moviéndose contra mi oreja, pero sentirlos moverse contra mi boca... Mierda. Retira el dedo. —Buena chica. Ya era hora de que cedieras. Me estaba hartando de esperar. —Jódete —jadeo. Se ríe, enviando una ola de aliento caliente que patina sobre mis mejillas. —Eso te gustaría, ¿verdad? Follar conmigo. ¿Has pensado en cómo sería tenerme dentro de ti, Chica? Trago con fuerza. —No. —Mírame. —¿Por qué? —Porque quiero saber si eres buena ocultando tus mentiras. Dios, Dios, Dios, esto es malo. Esto es realmente malo. —Vete al infierno. Su mano se mueve, agarrándome por la mandíbula esta vez. Me da una pequeña sacudida en la cabeza. —Ábrelos —gruñe. Lo hago. —Ahora, dímelo otra vez. Dime que no has pensado en mí, como yo he pensado en ti. —Eres lo más alejado de mi mente, Theodore. Siempre. Chasquea la lengua. —Tienes que practicar eso en el espejo un poco más. Antes de que pueda maldecirlo de nuevo, su boca se estrella contra la mía. Estoy tensa, con los músculos tan apretados que debo estar a punto de romperme contra él. Su lengua se desliza entre mis dientes y estoy acabada. No puedo resistir más. Me besa, metiendo sus manos en mi cabello, respirando con fuerza en mi boca mientras explora cada parte de mí con su lengua, y yo lo dejo. Más que eso, le devuelvo el beso. Me aferro a él, dándole todo lo que quiere y más. Tomo lo que quiero, y es el cielo. Su sabor es dulce y salado, lo suficientemente adictivo como para hacerme gemir. Por cada movimiento que él hace, yo contraataco. Esto es mucho más que un simple beso. Sus manos descienden, deslizándose por la sensible piel de mi cuello, por la clavícula, y lo igualo, agarrándolo por la camiseta, atrayéndolo hacia mí. Sus manos bajan aún más y tocan mis pechos por encima de la camiseta, pellizcando y haciendo rodar mis pezones a través del fino material del sujetador y... Oh, Mierda. Oh, Dios. Oh... ¡Dios! Deslizo mis manos por el interior de su camiseta, clavando las uñas en su estómago y en sus costados, saboreando la sensación de sus duros músculos. Theo suelta un sonido animal, gutural y desesperado, y yo pierdo todo el sentido de lo que es arriba y abajo. El bien y el mal. El conflicto que se ha desatado en mi cabeza durante semanas llega a un abrupto alto al fuego cuando me siento hacia adelante, hasta donde el reposabrazos lo permite, curvándome hacia él. —¿Tienes idea de lo duro que me estás poniendo ahora mismo? La necesidad en su voz es palpable. Viaja entre nosotros, transfiriéndose de él a mí, y lo agradezco, porque así, encerrados juntos, con la punta de su lengua rozando mis labios y sus manos agarrándome lo suficientemente fuerte como para dejar marcas, el mundo se ha quedado en silencio. Ya no siento dolor. No sufro. Encuentro una especie de paz en esta locura, incluso sabiendo que está mal, y de alguna manera eso hace que lo que está sucediendo sea aún más adictivo. ¿Cuándo me he vuelto tan débil? Si lo pensara, ¿podría señalar el momento en que perdí esta batalla, o está sucediendo ahora mismo, en este momento, con su mano rodeando mi garganta y su lengua en mi boca? Dios, soy la peor clase de criatura viva. Rachel está muerta. Rachel está muerta. Rachel está muerta. Repetir esa frase me ha mantenido anclada y en el camino en el pasado, pero las palabras no significan nada ahora. Son ruido de fondo. No puedo escucharlas por encima del rugido de mi cabeza. —Mierda, tu boca... —gime Theo—. No puedo decirte lo que quiero hacerle a esta maldita y dulce boca. Me besa de nuevo antes de que pueda apartarme, o respirar, o incluso pensar. Empiezo a sacar mis manos de debajo de su camiseta, incapaz de soportar el tacto de su piel, pero él vuelve a agarrarme la barbilla y me mira fijamente a los ojos. —Vuelve a ponerlas —ordena. Su tono no admite discusiones, aunque mi naturaleza es discutir. —¿Por qué debería hacerlo? —Si tus manos no están en mi pecho y en mi estómago, encontraré otro lugar para ellas, Voss. Y aunque la idea de que las pongas alrededor de mi pene suena jodidamente perfecta ahora mismo, no quiero que nos expulsen a ninguno de los dos. —No lo harías. No te atreverías a sacar tu polla... Aprieta la mandíbula y me mira con rabia, mientras aparta su mano de mi rosto y se desabrocha los jeans. Lo observo, demasiado sorprendida por su repentina demostración de furia como para detenerlo. Y luego, y luego... Oh... mierda. Vuelvo a mirarlo y mi cabeza me da vueltas ante la expresión primitiva y dominante que pone en mí. —No me digas lo que me atreveré a hacer o no. No tienes ni puta idea. Mira. Mantengo mis ojos fijos en su rostro. —Mírala, Voss. Ford lo va a escuchar en cualquier momento. Va a perder la cabeza y detener la película, y yo me salvaré de esta hermosa pesadilla. Solo que no lo hace. Que Dios me ayude, pero miro hacia abajo. Theo toca su polla con la mano derecha, subiendo y bajando lentamente su considerable longitud. Está duro, las venas se alzan orgullosas en el eje rígido de su erección. Se aprieta, más fuerte de lo que parece, y una gota de preseminal se forma en la cabeza de su eje. Un infierno arde en mi interior, abrasándome desde el estómago hasta el pecho, ardiendo en la base de mi garganta y haciendo arder mis mejillas. El hecho de que se toque a sí mismo, subiendo y bajando esa mano, hace que mis pezones se pongan en punta. Mis pechos se sienten repentinamente apretados. Pesados. Me duelen como si también quisieran ser tocados. Y entre mis piernas... mi coño quiere ser tocado aún más. Estoy más mojada que nunca en toda mi vida. Cuando Theo se detiene, con la mano agarrada a la parte superior de su pene, y frota esa gota de preseminal por toda la cabeza de su polla con la yema del pulgar, casi me da un ataque espontáneo. —¿Qué demonios te pasa? —murmuro. —¿Qué demonios te pasa? —responde él—. Quieres esto. Puedo oler lo mucho que lo deseas. La vergüenza me invade, me consume. ¿Puede olerlo en mí? Por Dios. —Siéntate ahí y mira, Chica. Mira hacia otro lado, aunque sea por un segundo, y te arrepentirás. Es una promesa. Theo se recuesta en su asiento, soltándome, pero sus ojos nunca dudan. Hacen agujeros en mí mientras se baja los jeans un poco más abajo sobre sus caderas, dándole un mejor acceso mientras inclina sus caderas hacia arriba, haciendo que su pene sobresalga... Oh, Diosmío. Fascinada, trago aire frenéticamente mientras él acelera su ritmo, subiendo y bajando la mano por su erección. Cada vez más rápido. Cada vez más fuerte. Es lo más primitivo, descarado y fascinante que he presenciado nunca. Se sube la camiseta, dejando al descubierto los planos musculosos de su estómago. —Esto es por ti —sisea—. Así de loco me vuelves. Esto es lo mucho que me haces querer follar. Cada vez más rápido, pasa la mano por encima, cada vez más tensa. Sus hombros se bloquean. Sus piernas. Los músculos de sus brazos se tensan a medida que se acerca más y más. Todo sucede a la vez: los párpados de Theo se cierran de golpe, su cabeza se inclina hacia atrás y entra en erupción, viniéndose sobre su mano y su estómago desnudo. ¡Joder! La visión de él, resbaladizo y húmedo, cubierto de su propio semen, es la cosa más caliente y aterradora que he visto nunca. Suelta una exhalación tartamuda, su boca se abre un poco, y siento que voy a morir. Es hermoso y salvaje, tan jodidamente sexy que me muerdo el interior de la mejilla hasta saborear la sangre. Lo deseo tanto que no puedo ver bien. —Mierda, Theo... Se incorpora, abriendo sus ojos, y el crudo deseo que había antes de correrse no ha desaparecido; en todo caso, se ha intensificado. —La próxima vez que lo haga, será dentro de ti, Voss. Voy a restregar mi semen por todo tu coño. Voy a alimentarlo dentro de ti con mis dedos. Tienes mi palabra. Sin perder el tiempo, se acerca a mí y agarra el pequeño pañuelo rojo y blanco que usé como banda para mi cabeza esta mañana; lo deseché y lo puse encima de mi mochila cuando entré antes en el auditorio con Noelani, pero ahora Theo lo usa para limpiarse. Una vez que ha terminado, abre la cremallera de mi mochila y mete el material enrollado dentro. Se aparta y se abrocha los jeans. Entonces el bastardo se levanta de su asiento. —Voy a ir a tu habitación mañana por la noche. —¡No lo harás! —siseo. —Sí iré. E iré a follarte. Y te vas a venir en toda mi polla, y yo te voy a lamer hasta dejarte jodidamente limpia. Es una cita. Se aleja. —¡Theo! No escucha. Ni siquiera mira hacia atrás. Ford no hace ruido mientras él avanza por el pasillo y sale del auditorio. Maldita sea, no puedo... no puedo respirar. Vamos, vamos, vamos. Tienes que salir de aquí. No es la memoria de Rachel la que me dice que siga su ejemplo y me vaya. Es una voz mucho más urgente y desesperada en mi cabeza, que me grita que salga corriendo. Mis piernas se tambalean mientras salgo del auditorio. Mi visión es extrañamente borrosa. En el pasillo, el aire es fresco, pero sigo sintiendo que estoy ardiendo. Voy a desmayarme. Es imposible que consiga volver a mi habitación. A pesar de mis dudas, lo consigo. En el momento en que la puerta de mi habitación se cierra tras de mí y dejo la mochila en el suelo, apoyo mi espalda en la madera maciza y meto la mano derecha en la parte delantera del pantalón. Las yemas de mis dedos encuentran inmediatamente mi calor resbaladizo y doloroso, y el mundo se enciende. No son mis dedos. En mi mente, son los de Theo. Comienzo a frotarme en círculos apretados sobre mi clítoris, jadeando de frustración mientras la presión aumenta entre mis piernas. Las manos de Theo, ásperas en mi piel. La boca de Theo, caliente en mi cuello. Los dientes de Theo, clavados en mi carne. El pene de Theo, presionando entre mis muslos, empujando violentamente dentro de mí. Grito mientras me vengo, más fuerte que nunca. El suelo se abre debajo de mí, y caigo... Sorrell —Anoche te fuiste con mucha prisa. ¿Estabas enferma? Noelani me encuentra a la mañana siguiente cuando salgo de Rosewood. La preocupación se dibuja en su rostro y una ola de culpa me atraviesa. Ha sido una buena amiga para mí estas últimas semanas. Es una mierda saber que estaba tan preocupada por mí, mientras yo estaba de vuelta en mi habitación, tratando de satisfacer una picazón que se negaba a ser rascada. Sí, anoche estuve enferma. Depravada. Desesperada. Hacerme venir, de pie, con mi espalda pegada a la puerta, no había sido suficiente. Ni siquiera cerca. Me obligué a venirme otras dos veces, reproduciendo la vista de Theo masturbándose en el asiento a mi lado una y otra vez, hasta que sentí que mi cuerpo se iba a desmoronar. Y después vino la rabia. La humillación. El asco. Ya no sé quién soy, en qué clase de persona estoy convirtiéndome, pero no me gusta. Esta mañana casi me quemé viva en la ducha, con el agua tan caliente que escaldaba, intentando lavarme hasta el punto de no sentirme sucia. Podría ducharme cien veces más y seguiría sin sentirme limpia. —Oh, estaba bien —miento, enlazando mi brazo con el de Noelani—. Es que he visto esa película mil veces. Estaba aburrida. Mentira, mentira, mentira. Me estoy volviendo notablemente buena en eso. —Lo sé, ¿verdad? —dice Noelani, riéndose—. ¿Qué quieres? ¿QUÉ. QUIERES? Tengo la sensación de que está representando una parte de la película que claramente me he perdido; sonrío, riéndome con ella, con cuidado de que no se note mi confusión. —Sin embargo, tenías razón sobre su barba. Ryan Gosling con vello facial debería ser ilegal. Suspira soñadoramente. —Lástima que ninguno de los chicos de aquí tenga ese aspecto. Sería una buena distracción del aburrimiento de estar atrapada en esta Academia olvidada de Dios. Realmente no he prestado mucha atención a los chicos aquí en Toussaint. Solo uno de ellos ha captado y mantenido mi atención, y lo quiero muerto ahora más que nunca. —Sin embargo, pensé que podrías haberte peleado con Theo —dice Noelani—. Primero sale él, y luego tú justo después. Me dijo que quería hacerse amigo tuyo. Enterrar el hacha de guerra o algo así. Espero que no haya hecho nada para molestarte. —Oh, no. No hizo nada. A no ser que cuentes el coquetear conmigo, besarme, tocarme, venirse y luego usar mi pañuelo para limpiar su desorden, por supuesto. —Bien. Me alegro. Puede ser bastante testarudo cuando quiere. Pero es un buen tipo, ya sabes. Es que han pasado muchas cosas por aquí últimamente, supongo. Esto me detiene en seco. —¿Muchas cosas? ¿Qué quieres decir? La boca de Noelani se abre y se cierra inmediatamente. —Oh, no, nada en realidad. Solo con el encierro y los castigos. Todo el mundo se está volviendo un poco loco, ¿no? Espero que la directora Ford nos deje salir pronto y podamos desahogarnos. Hace tiempo que debería haber sido así. Su voz es demasiado despreocupada. ¿Por qué siento que no me está diciendo algo? La miro de cerca con el rabillo del ojo, pero no hay señales de engaño. Solo una brillante sonrisa que se extiende de oreja a oreja. —Ahh, Dios mío. Ya me lo imagino. De compras. Café. Café apropiado. Café de verdad. ¡Urgh! Y un viaje al cine. ¡The Jump! No puedo esperar a ir a The Jump contigo. —¿Qué es The Jump? —Oh, es solo un lugar donde nos gusta pasar el rato. Está un poco en el camino de vuelta hacia Seattle. Si alguna vez salimos lo suficientemente temprano un viernes, también podríamos ir de viaje por carretera a algún sitio. ¿Tienes tu pasaporte? Tal vez podríamos ir a Vancouver y... El dolor estalla en la parte posterior de mi cabeza. Se siente como una bomba que estalla dentro de mi cráneo. Es algo tan inesperado y fuera de lo común que caigo de rodillas, apretando las manos hasta el punto del dolor, jadeando, tratando infructuosamente de respirar. Algo duro cae al suelo junto a mí. ¿Mi mochila? ¿Mi teléfono? No lo sé. Por un segundo, no puedo ver nada. Mi visión se oscurece, las sombras se cuelan en mis periféricos. —¡Dios mío, Sorrell! —El grito de ansiedad de Noelani es fuerte y cercano. Sus manos están sobre mí, dándome palmaditas. El mundo que me rodea vuelve a ser nítido y su expresión de terror me llena de una ansiedad inexplicable. ¡Trum, trum, trum! El dolor en la parte posterior de mi cabeza no desaparece. Está empeorando.Arrrgh, ¡parece que se me está abriendo el cráneo! —Está bien, está bien. Shhh. Inclínate hacia adelante. Déjame echar un vistazo. No sé lo que quiere. No necesito inclinarme hacia adelante. El dolor no viene de la parte posterior de mi cabeza. Viene de dentro de mi cabeza, y... ¡duele, joder! —¡No está bien, Sebastian! —grita Noelani. Nunca la había oído gritar. No es de las que levantan la voz en absoluto. Suena como si estuviera a punto de explotar—. ¿Qué diablos estabas pensando? Ahora puedo verla bien. Se sienta sobre sus talones frente a mí, y cuando levanta sus manos para apartarme el cabello de mi rostro, están cubiertas de sangre. Me alejo de ella, con el pulso acelerado. No me mira. Está mirando a alguien detrás de mí. —Estaba pensando que estoy harto de esta mierda —gruñe una voz masculina. Alargo la mano para estabilizarme, sintiéndome mareada, con náuseas, pero mi mano choca con algo liso y cilíndrico. ¿Una lata de refresco? ¿Qué? Hay una enorme abolladura en el fondo de la lata, y el otro extremo está empujado hacia fuera, el metal abultado. Sisea, el precinto se rompe, un fino chorro de refresco sale de ella. —Estoy harto de que todo el mundo finja. Estoy harto de que me castiguen por su culpa. El veneno en su voz me hace girar. Demasiado rápido. Casi me desmayo de nuevo. A un metro y medio de distancia, Sebastian cruza los brazos sobre su pecho, con el rostro convertido en una máscara de ira. —¿Qué mierda? —Empiezo a reconstruir lo que ha pasado. La lata de refresco, rota y goteando por el suelo. El dolor de cabeza que se está instalando detrás de mis ojos. Sebastian me lanzó la puta lata a la cabeza, y dio justo en el blanco—. ¿De qué demonios estás hablando, Sebastian? Me mira, asqueado, mirándome como si fuera algo desagradable que acaba de raspar de su zapato. Su mandíbula se aprieta, como si masticara sus palabras antes de escupirlas hacia mí. —Tú, Sorrell Voss. Eres un maldito problema, y estoy harto de fingir que no lo eres. —¿Cómo diablos soy un problema para ti? Coloco con cuidado la palma de mi mano en la parte posterior de mi cabeza y mi mano sale aún más ensangrentada que la de Noelani. Ahora puedo sentirla: el flujo constante y caliente de sangre que sale de la herida abierta en la parte posterior de mi cráneo, que se desliza por mi cabello y por la parte posterior de mi cuello. Hay mucha. Mi estomago se revuelve. Sebastian ve el resbaladizo color carmesí de mis manos y su rostro se endurece aún más. Acentúa sus fosas nasales. —Todos andan por ahí, actuando como si no supieran nada, pero es obvio —escupe. —¿Obvio? ¿Qué es jodidamente obvio? Nada es obvio para mí. —Seb. —Una nota extraña se cuela en el tono de Noelani. No puedo decir qué es, pero suena a advertencia. Sebastian pone los ojos en blanco. Una pequeña multitud se ha reunido a nuestro alrededor para ver el intercambio. Sin embargo, la mayoría de los demás estudiantes nos rodean, con las cabezas gachas, fingiendo claramente que no han visto nada. Imbéciles. —Ya he terminado con esto, Lani —se burla Seb—. Ya lo he superado, joder. Se suponía que este año iba a ser divertido para todos nosotros y mira lo que hemos hecho. —¡SEBASTIAN! El rugido llega desde el otro extremo del pasillo. Los vellos ensangrentados de mi nuca se erizan ante el sonido de la pura rabia que encierra. Un tipo alto que está al lado de Noelani palidece, subiendo su bolsa a la espalda. —Oh, mierda. Yo no estaba aquí —murmura, y luego se va hacia el departamento de inglés. —¡Sebastian West, estás jodidamente muerto! La multitud se separa, formando un camino, y Theo aparece a la vista, lanzándose por el pasillo a la carrera. Sus manos son puños. Su camiseta negra de manga larga se tensa sobre su pecho cuando se lanza frente a nosotros; parece que está a punto de destruir a Sebastian, pero se acerca a mí primero, donde estoy arrodillada en el suelo en un charco de mi propia sangre; se agacha para que estemos a la altura de los ojos. —¿Estás bien? —pregunta Theo. —Creo que sí. —¿Te sientes mal? ¿Mareada? —¿Qué crees? Theo enseña los dientes. Inclinándose a mi alrededor, evalúa la parte posterior de mi cabeza, separando mi cabello en varios lugares y haciendo sonidos furiosos mientras observa el daño. —Jodidamente quédate ahí —gruñe—. No te muevas. —¡No voy a ninguna parte! —respondo con un chasquido. Al acabar con la parte trasera de mi cabeza, Theo aparece de nuevo ante mí. Toma mi rostro entre sus manos y me echa la cabeza hacia atrás, frunciendo el ceño. —Tú no. Él —dice, moviendo su cabeza hacia Sebastian. No me había dado cuenta, pero Sebastian se ha alejado de la escena por lo que parece, intentando pasar desapercibido. —¿Qué? —dice con ligereza—. Tengo que ir a clase. Theo entrecierra aún más los ojos, mirándome a los ojos. —Jodidamente quédate ahí, Seb. —¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Ser el gran hombre? ¿Golpearme o alguna mierda? Te olvidas de que soy el capitán del equipo de lucha, imbécil. He estado yendo a lo fácil contigo. Podría vencerte en un santiamén. Theo no justifica su afirmación con una reacción. Esta vez me habla a mí. —Las pupilas son responsivas e iguales. No creo que tengas ningún daño real, más allá del corte. —¿Qué eres, una especie de médico ahora? Aprecio la preocupación, supongo, pero el hecho de que venga de Theo me hace querer gritar. No se supone que esté aquí, salvando el día. No se supone que quiera caer en sus brazos y llorar, solo para que me abrace. Su cabello grueso y ondulado cae en su rostro mientras mira la lata de refresco y su boca se tensa. —Algo así —murmura. Sin decir nada más, se pone de pie y rodea a su amigo. En un instante, tiene al otro tipo agarrado por la camisa y lo golpea contra la pared. —¡Eres hombre muerto, hijo de puta! Y entonces se desata de verdad. Veo con horror cómo Theo hace retroceder su puño y lo lanza al guapo rostro de Sebastian West. El puñetazo conecta, y la cabeza de Seb retrocede, provocando un fuerte crujido cuando la parte posterior de su cráneo se conecta con la pared detrás de él. —¡Ah! ¡MIERDA! Sebastian intenta aflojar el agarre de Theo sobre su camiseta ahora que lo está inmovilizando con una mano, pero Theo no se lo permite. Lo golpea de nuevo, y de nuevo, y de nuevo, asestando golpes tan rápidos que Seb apenas tiene tiempo de reaccionar entre ellos. Al final, se sacude el susto y empieza a devolver los golpes. Seb se tambalea y lanza un gancho de derecha a Theo, y lo consigue; el sonido de su puño al conectar con la mandíbula de Theo cruje y resuena en las paredes del pasillo; parece lo suficientemente fuerte como para despertar a los muertos. La cabeza de Theo da vueltas. Se tambalea hacia atrás, pero no pierde el equilibrio. En todo caso, el golpe sirve menos como advertencia y solo hace que Theo se enfade más. Seb lo ve. Yo lo veo. Noelani lo ve: el momento en que Theo decide asesinar a Sebastian West justo donde está. Noelani se tapa la boca. Sebastian levanta las manos en señal de protesta (por lo visto se ha dado cuenta de que ser capitán del equipo de lucha no le va a servir de nada aquí) y empieza a retroceder. Conozco la ira. He vivido con ella enroscada en mis huesos desde que tengo uso de razón. Ha sido una compañera incondicional, que ha perseguido todos mis movimientos desde la muerte de Rachel. Pero nunca he sido testigo del tipo de odio condensado y magnificado que vive ahora en los hermosos ojos de Theo. Verlo me hace temblar. —Theo. A-amigo. Sé razonable —balbucea Sebastian. —¿Razonable? —El rostro de Theo se tuerce—. ¿Razonable? Estás bromeando ¿verdad? —No tenía intención de hacer daño. —Tus acciones dicen lo contrario. Theo lo tiene atrapado; ha arrinconado a Sebastian, y su única vía de escape ahora es a través de Theo. Lo que simplemente no es una opción. Theo se eleva sobre él, bloqueando su camino... y luego procede a golpearlo.—¡Theo! ¡Oh, Dios mío! ¡Detente! —El fuerte grito de Noelani amenaza con destrozarme la cabeza, pero Theo no la oye. No puede. Ha desaparecido en otro mundo. Puedo verlo en sus ojos vacíos. Noelani me ayuda a levantarme; aprieta mi brazo con tanta fuerza que sus uñas arañan mi piel a través de la manga de la sudadera. —Di algo, Sorrell. Detenlo. Te escuchará. El rostro de Sebastian es un desastre sangriento y pulposo. Se desliza por la pared, cayendo al suelo, pero Theo no deja de golpearlo. Lo intento, y lo intento, y lo intento de nuevo, pero no puedo apartar la mirada. Esto es brutalidad en su máxima expresión. Un espectáculo de terror que daría pesadillas a la mayoría de la gente. Pero para mí, es una sinfonía. Un ballet sangriento e impresionante. Theo Merchant está a punto de matar a este tipo por hacerme daño. No tiene derecho a tomar estas acciones en mi defensa, pero su furia está despertando algo dentro de mí que ha estado dormido durante mucho tiempo. Una extraña sensación que me hace querer cacarear desde los tejados. Se siente oscuro, retorcido, y equivocado en muchos niveles, pero ver a Theo así, en su momento más cruel, es como ver su alma al descubierto. Y es jodidamente impresionante. —¡Detenlo! —insta Noelani de nuevo—. ¡Va a matarlo! Oh, Dios. No debería estar disfrutando de esto. Doy un paso adelante, con la respiración entrecortada mientras grito: —¡THEODORE WILLIAM MERCANT! Las palabras se disparan por el pasillo como un tiro. Theo se pone rígido, quieto como una estatua, con un puño ensangrentado levantado detrás de la cabeza. Lentamente, baja a su lado. Nadie dice nada. En el suelo, Sebastian gime, cubriéndose el rostro con las manos; es un milagro que siga consciente; por derecho, debería haberse desmayado en algún momento entre el décimo y el decimoquinto golpe de Theo. Estoy increíblemente mareada, pero consigo acercarme a Theo, que se cierne sobre Seb, de espaldas a mí. Sus hombros se levantan alrededor de las orejas, la tensión irradia de él como el humo. No hace falta mucho para que se ponga en marcha y empiece a dar patadas a su amigo de nuevo. Pongo mi mano en su hombro y, como por arte de magia, la tensión se escapa; se hunde, sus músculos se relajan, como si mi contacto le hubiera dado permiso para liberar la rabia que lo devoraba. Sin embargo, lejos de calmarse, Theo mira a Seb, con el cabello alborotado y despeinado. —Dile por qué lo has hecho —exige. Seb tose y la sangre resbala por su barbilla. —¿Qué esperas que te diga? —Díselo —repite Theo, con un tono que promete más violencia si no obedece. Seb se ríe y suspira con fuerza. —Bien. Quieres que me haga el simpático. Me haré el maldito simpático. Ridículo... Un estruendo bajo y amenazante sale de la garganta de Theo. —De acuerdo. De acuerdo. Mierda. —Me mira a través de los párpados que se hinchan rápidamente—. Te tiré la lata porque es obvio. Eres tú quien corrió hacia Ford y le contó sobre la fiesta. —¡No lo hice! —Mentira. Te fuiste temprano, antes de que apareciera la seguridad. Eres la única que no obtuvo castigo... —¿De qué estás hablando? No he podido salir. He tenido toque de queda, ¡igual que los demás! —Eres la única que no fue llamada a ese escenario —escupe Seb—. De treinta y cuatro alumnos, eres la única a la que Ford no hizo subir al escenario para bailar o cantar como una especie de interpretación. Explica eso. —Yo… —Oh. Oh, Dios mío. El mundo se paraliza. Tiene razón. ¿Cómo me perdí eso? No me llamaron para hacer nada. De alguna manera, asumí que ese castigo no se aplicaba a mí, y realmente no era así. ¿Cómo puedo haber sido tan ciega a esto? ¿Cómo es posible que ni siquiera se me haya ocurrido? Balbuceo, tratando de encontrar alguna razón lógica para esto, pero no me vienen palabras a la mente—. No puedo explicarlo. No sé por qué Ford no me llamó. Pero no fui yo quien le dijo lo que estaba pasando en el lago. ¿Por qué mierda se lo iba a contar? —Dejaste muy claro que estabas disgustada con todos nosotros esa noche. Te quedaste allí con ese ridículo abrigo de mierda, juzgándonos a todos. Y cuando tu novio decidió abandonar... —¡No es mi maldito novio! Jesú… —me interrumpo, incapaz de soportar el calor que se acumula en mi interior. La cabeza me da vueltas. El flujo ha disminuido, creo, pero todavía puedo sentir el goteo de sangre en mi nuca. No puedo aguantar esto, joder. No puedo con nada de esto. Ya debería estar de vuelta en Falcon House. Theo debería estar entre rejas, o humillado, o algo peor. ¿Y ahora el maldito Sebastian West lo llama mi novio? Theo se ve afligido cuando se acerca, tratando de tomarme de la mano. Lo aparté de un manotazo, gruñendo mientras me giro contra él. —¡No! No puedes tocarme. No puedes protegerme. No finjas que significo algo para ti. Parece destrozado, desgarrado por mis palabras, pero no siento ninguna simpatía por este demonio. Ha jugado conmigo. Ha jugado con mis emociones. Me ha destrozado con este jodido juego que está jugando. —Puedes quedarte con tu estúpida información sobre Henry. No me importa lo que sepas. Ya no importa. Solo mantente alejado. »Y tú... —Vuelvo a dirigir mi rabia hacia Sebastian—. No te entregué a Ford. Me importa una mierda tú, o él, o cualquier otro en este lugar olvidado por Dios. Vuelve a acercarte a mí y te arrancaré la puta garganta. Me alejo de ellos, arrebatando mi mochila del suelo mientras avanzo. —Asegúrate de que llegue a la enfermería, Lani —dice Theo suavemente detrás de mí. —No necesito que nadie me lleve —replico. Lani parece devastada por esto. El sentimiento de culpa me invade: no es culpa suya. No ha sido más que dulce y amable conmigo, pero pondré el grito en el cielo si tengo que pasar otro segundo con otra de estas personas ahora mismo. Iré a ver a la enfermera. Volveré a mi habitación y recogeré mis cosas yo sola. Y luego, con la ayuda de Dios, contra viento y marea, llevaré mi trasero a Falcon House. Sorrell Necesito puntos de sutura. Cuatro. La enfermera amenaza con afeitarme alrededor de la herida, pero cuando le muestro los dientes y le digo que más vale que no se atreva, retrocede y accede a coserme si prometo mantener la herida limpia. No es de ayuda cuando se trata de enviarme de vuelta a Seattle. Tampoco lo es Ford. La directora apenas parpadea cuando entro en su oficina y empiezo a hacer mis peticiones. —Me temo que no es tan fácil, señorita Voss. Hay procedimientos y protocolos aquí cuando un estudiante desea dejar Toussaint. Tengo que archivar el papeleo. Tengo que hablar con su tutor... —Quiero irme, directora Ford. No puede retenerme aquí. Ford me da una mirada medida. Ella deja el bolígrafo en su mano, cualquier anotación que estaba haciendo en el bloc de notas frente a ella ahora se olvida. —De acuerdo. Bueno. Está bien. Cálmate. Arreglaremos esto… —Bien. Entonces dile a Jeremy que iré con él en el avión cuando aterrice aquí esta tarde. —Eso no es posible, señorita Voss. —Acaba de decir... —Sé lo que he dicho, pero Jeremy está de vacaciones. Un piloto de reemplazo está volando, pero no está asegurado para llevar pasajeros. No puede llevarla. Jeremy no volverá hasta el próximo miércoles. —El próximo miércoles no va a funcionar. Necesito salir de aquí hoy. No puede retenerme aquí —repito. —No te retengo aquí —dice con calma—. Eres libre de irte. He pedido a la compañía de vuelos chárter que organice otro avión, pero sus horarios están planificados con una semana de antelación y no van a cambiarlos de golpe solo por nosotros. Ya he intentado... —Pues inténtalo más. Se ríe suavemente, negando con la cabeza, su exasperación clara. —Créame, si pensara que llamarlos de nuevo cambiaría las cosas, lo haría. Es más que bienvenida a llamarlos usted misma directamente si lo desea. —Señala el teléfono en su escritorio—. El número está ahí. ¿No cree que desenmascararé su mentira?Me ha entendido mal. Me acerco a su mesa y agarro el auricular del teléfono, arrancando la nota adhesiva con la inscripción “CNP Private Air Tours” de la parte delantera de una carpeta que está encima de una pila de papeles. Hago la llamada. Casi espero que no se conecte, que Ford me juegue una mala pasada, pero lo hace. Alguien contesta al cuarto timbre. Le explico que necesito que me atiendan en la Academia, pero el agente al otro lado de la línea no me ayuda en absoluto. —Entiendo su situación, señorita, pero no puedo hacer nada. Tengo las manos atadas. Estamos trabajando con una plantilla mínima y no tenemos pilotos. Y como su directora nos informó que la escuela no necesitaba transporte para que sus alumnos fueran y vinieran a la ciudad durante un tiempo, aprovechamos la oportunidad para dar servicio a varios de nuestros aviones. Incluso si tuviéramos un piloto asegurado que pudiera hacer el viaje, tres de nuestros aviones están actualmente en piezas en el taller… Cuelgo. La sonrisa de disculpa de la directora Ford me da ganas de destrozar su maldita oficina. —El miércoles no está tan lejos, Sorrell. Solo cinco días. Sugiero que utilice ese tiempo para pensar realmente en la decisión que está tomando. Lo que hizo Sebastian fue reprobable, y créame, sufrirá las consecuencias de sus actos. Pero si hay alguna posibilidad de que usted cambie de opinión... —No la hay. Cierra los ojos, respirando profundamente. —Si hay alguna posibilidad de que lo haga, entonces la insto a que considere todas sus opciones. Toussaint no es una prisión. Es una institución educativa de gran prestigio, y podrías aprender mucho aquí si simplemente... Me dirijo a la directora Ford. —Llamaré a un taxi. Extiende sus manos, señalando el teléfono de nuevo. —Siéntase libre de intentarlo. Sin embargo, ha visto el camino por usted misma. Es intransitable. No hay ninguna compañía de taxis en esta tierra que arriesgue sus autos viniendo hasta aquí. Ni por todo el dinero del mundo. Uber. Lyft. —Niega con la cabeza—. El terreno es demasiado peligroso. Y aunque no lo fuera, no se puede llamar a ninguno de esos servicios de transporte compartido sin cobertura. —Puedo usar el WIFI para pedir uno —espeto. Pero antes de que pueda decir algo para contrarrestar eso, recuerdo el anuncio que hizo antes por el sistema de megafonía. El internet de la academia no funcionará durante la próxima semana. Mierda, el universo está conspirando contra mí en este momento. Lo juro, estoy a punto de explotar. —Respire hondo, Sorrell. Sé que no es lo ideal, pero... El final de la frase de la directora Ford se ve interrumpido por la puerta de su oficina cuando la cierro de golpe. Sorrell Solía tener miedo a la oscuridad. Cuando era pequeña, lloraba hasta quedarme dormida todas las noches, petrificada por los monstruos que acechaban en las sombras, esperando salir de sus escondites para venir a hacerme daño cuando bajara la guardia. Tenía siete años cuando aprendí que los peores monstruos, los más capaces de hacerte daño, no se molestaban en esconderse en la oscuridad. Eran los que prometían cuidarte y mantenerte en un suspiro, mientras otros te levantaban el puño. Eran los que te tocaban en los lugares que rogabas que no te tocaran. Los que te llenaban la cabeza de mentiras, te hacían creer que eran buenos, solo para herirte de formas que nunca hubieras podido imaginar. No temí a la oscuridad después de aprender esa lección. Ahora me siento en la oscuridad, saboreando la calidad aterciopelada del silencio que viene con ella. Mi habitación es una tumba. Más allá de la puerta que me separa del resto de Toussaint, todas las demás habitaciones están vacías; todas las chicas de mi piso han bajado a la sala común a jugar al billar, a hablar y a ver películas. Ford, en todo su esplendor benévolo, decidió abrir las puertas de la sala común para nosotras después de todo. Noelani llamó alrededor de las ocho, rogándome que bajara y me uniera a ellas si me sentía bien. No respondí. Mi cabeza se siente bien ahora. Solo me duele cuando toco el corte que me ha dejado allí, cortesía de Sebastian, a quien Noelani me informó a través de la puerta que ha sido confinado en su habitación a la espera de que el consejo administrativo de la escuela revise el “incidente” de hoy. Probablemente Lani pensó que me sentiría más cómoda si sabía que Sebastian no iba a estar allí abajo, pero su presencia me importa poco. Me importa una mierda. Hablaba en serio cuando le dije que le arrancaría la garganta. Haré algo mucho peor si intenta hacerme daño de nuevo. Sé cómo lidiar con imbéciles como él. Son casi las diez cuando llaman de nuevo a mi puerta. Lo he estado esperando. Temiéndolo. Sabiendo que viene. —Vete, Theo. —Abre la puerta, Chica. Quiero hablar contigo. —Creo que he dejado muy claro que no quiero hablar contigo. —No me iré hasta que tengamos una conversación. —Entonces espero que disfrutes merodeando por los pasillos. —Puedo ser más terco que tú —dice. Ah. Lo dudo mucho. Rachel siempre afirmaba que yo era la persona más terca que había conocido, y conocía a Ruth, así que eso era realmente decir algo. —Vete a la mierda. He dicho todo lo que quería decirte. —¿Ah sí? Puedo imaginarme el ascenso arrogante de su boca. La imagen mental que he evocado de él apoyado en la puerta de mi dormitorio, pasando una mano por su cabello desordenado, me hace ver rojo. Respiro a través de mi mal temperamento y exhalo, levantando el edredón sobre mi cabeza. El edredón de plumas no bloquea totalmente el sonido de su voz, pero sí lo amortigua hasta el punto de que no puedo distinguir sus palabras. —¿No quieres que me haga responsable de lo que le pasó a Rachel? — dice. Quito las sábanas y me quedo muy, muy quieta en el colchón. Maldita sea. Le he oído decir eso. Me ha manipulado absolutamente con promesas de información sobre ese misterioso tipo Henry, pero esta manipulación tiene un sabor asqueroso del que no podré deshacerme en días. —Como si fueras a hacer eso —gruño. —Nunca he sido de los que eluden la responsabilidad cuando han hecho algo malo —dice en voz baja. El descaro de este tipo. Los malditos huevos que tiene, para venir aquí y decirme algo así. Me levanto y cruzo el dormitorio, con la sangre hirviendo. Cuando abro la puerta, está de pie exactamente como lo había imaginado, apoyado contra la pared, con sus manos en los bolsillos. El fantasma de un moretón florece en su mandíbula, enfadado y morado; las tres pecas que tiene debajo del ojo también destacan, extraordinariamente oscuras contra su piel en la tenue luz del pasillo. Su cabello está retirado de su rostro. No hay una sonrisa arrogante y segura de sí misma. Vistiendo una camiseta blanca de manga larga y jeans rasgados que caen bajo sus caderas, verlo evoca una extraña y abrumadora sensación de emoción a través de mi cuerpo. Por alguna razón, sus pies están descalzos. Me enfrentó a él. —¿Dónde diablos están tus zapatos? Se ríe. —¿Esa es tu primera pregunta? ¿Dónde diablos están mis zapatos? —¿Qué clase de persona deambula por la escuela en medio de la noche sin nada en sus pies? —siseo. Es estúpido molestarse por algo tan extraño y sin importancia, pero la visión de sus pies descalzos me ha hecho algo que no me gusta y atacarlo por ello parece lo único lógico. —Solo estoy un piso más arriba, Chica —dice—. La alfombra es bastante suave. No pensé que me iba a cortar con vidrios rotos ni nada. Aunque supongo que nunca se sabe. Alguien podría arrojarme una botella de Coca-Cola la próxima vez. Dicen que sabe mejor. —No estoy de humor para discutir contigo. Di lo que sea que hayas venido a decir. Tengo que hacer las maletas. —Crees que maté a Rachel —afirma—. Por eso has venido aquí. Para castigarme. Lo fulmino con la mirada. Si quiere ir al grano, que así sea. Por fin. Por fin voy a tener esta conversación con él.—Sí. Por eso mismo he venido aquí. Porque quería que sufrieras, como ella sufrió. —¿Cómo murió Rachel, Voss? —pregunta. Tan tranquilo. Tan sereno. La pregunta me hace dudar. —Tú sabes cómo murió. Tú estabas allí. Tú fuiste la razón por la que murió. —Ya hemos establecido eso. ¿Pero cómo murió? ¿Cómo fui responsable? No niega que su muerte fue culpa suya. No implica que esté equivocada en esta creencia. ¿Qué clase de mierda está tratando de hacer con esta línea de preguntas entonces? —Ella estaba en el auto. Tú conducías. Inclina ligeramente la cabeza, con las cejas oscuras juntas. —¿Yo? —Mira, no tengo paciencia para esta mierda. Tú conducías. Rachel estaba en el asiento del copiloto. Estabas borracho. Algo... algo salió a la carretera y lo golpeaste. Rachel salió despedida del auto. —¿Ella tenía puesto el cinturón de seguridad? —No lo sé. ¿Cómo demonios se supone que voy a saber eso? —¿Dónde estabas cuando todo esto sucedió? —¡Estaba allí! Estaba contigo. Asiente, como si estuviera asimilando todo esto. —Entonces, ¿estabas en el asiento trasero? —¡¿Dónde iba a estar si no?! —¿Y no te hiciste daño cuando el auto se estrelló? ¿Saliste ilesa? —Dios, ¿qué mierda estás haciendo, Theo? ¿Crees que vas a perjudicarme jugando a las veinte preguntas? Yo estaba allí —digo con firmeza—. Sé lo que pasó. Sé lo que vi. Se queda ahí, inmóvil, observándome con cautela mientras le grito. —Muy bien, entonces. —¿Muy bien, entonces? ¿Qué diablos se supone que significa muy bien, entonces? —Lo siento. Siento profundamente haberla matado. Nunca quise que eso sucediera. Odio lo que le pasó tanto como tú, créeme. —¿Así que lo admites, entonces? ¿Admites que la mataste? ¿Qué es tu culpa que se haya ido? Mis emociones se clavan en la parte posterior de mi garganta, mi voz se espesa con estas. Mis ojos arden con lágrimas no derramadas. No pensé que me sentiría así cuando finalmente aceptara lo que hizo. Supuse que me sentiría reivindicada. Victoriosa. No esta... esta... dolorosa sensación de pérdida y pánico que se apodera de mí ahora. Una mirada desgarrada y sombría aparece en el rostro de Theo. Es la imagen de la devastación. —Es mi culpa que se haya ido. Haría todo lo que estuviera en mi mano para cambiar eso... —¡NO PUEDES CAMBIAR ESO! —grito—. ¡ESTÁ JODIDAMENTE MUERTA! Él se balancea hacia atrás. Es como si lo hubiera golpeado cien veces más fuerte que Sebastian antes, y la fuerza del golpe lo ha sacudido hasta el fondo. —Me doy cuenta —dice en voz baja. —Y ahora, de todas las personas de toda la escuela, tú me persigues a mí. Su mejor amiga. Alguien que te odia más que nada en todo el maldito mundo. Tienes un maldito valor. —No puedo evitar lo que siento —susurra. —¿Y crees que, apareciendo aquí, confesando lo que hiciste y diciendo que lo sientes, todo mejorará? ¿Qué puedo perdonarte por lo que has hecho y que caeré en la cama contigo como si nada importara ya? ¿Qué clase de persona crees que soy? Sus ojos están llenos de dolor, las complejidades de los marrones y dorados leonados cambian y se retuercen mientras me observa fijamente. Inhala profundamente mientras dice: —Creo que eres un ser humano. Que no puedes evitar lo que sientes más que yo. Un nudo me duele en la base de la garganta. ¿Por qué no puedo tragar? ¿Por qué me arden tanto los ojos, están tan llenos de lágrimas? ¿Por qué tengo tantas ganas de acercarme a él, cuando necesito estar lo más lejos posible de él? —No importa, Theo. Nada de esto importa. Nunca debí haber venido aquí. Fue un error. No puedo hacer nada mejor quedándome aquí. Lastimarte no ayudará. Y estar cerca de ti es un maldito castigo… —Puedes irte, pero no cambiará nada. Te prometo que no lo hará — dice—. No dejarás de preocuparte por mí. —¿Por qué me importas una mierda en primer lugar? —Podría gritar las palabras. Gritarlas en su rostro. Se sentiría como una liberación. Pero la pregunta sale como un susurro, llena de dolor y de un anhelo desesperado que siento hasta las raíces de mi alma. No puedo entenderlo. Theo parece tan desgarrado. Su mandíbula está apretada, sus ojos duros, pero sus cejas juntas sobre el puente de su nariz. Sus manos se aprietan, como si estuviera en guerra, listo para pelear de nuevo. ¿Pelear conmigo? ¿Luchar contra él mismo? Quién mierda sabe. Pasa la lengua por sus dientes y me mira con los ojos entrecerrados. —No tengo todas las respuestas. Solo sé lo que sé. Que te quiero. Y me quieres. Todo lo demás palidece en comparación con eso. Mi corazón duele físicamente. —Solo vete. Lentamente, niega con la cabeza. —No puedo hacerlo. No puedo dejarte ahora. Sabes que no puedo. —No te lo estoy pidiendo. Te lo estoy diciendo. Quiero que te vayas. Su voz es suave y llena de agonía cuando dice: —Si tanto quieres que me vaya, ¿por qué lloras? Un sollozo sale de mi boca en el momento justo. No me he dado cuenta de que mis lágrimas se han desbordado y se extienden por mis mejillas. El contorno del rostro de Theo se agita mientras mis ojos se inundan, estas extrañas e inoportunas emociones se hinchan en mi pecho hasta el punto de abrumarme. —Joder. Ven aquí. —Theo se aparta del marco de la puerta, sacando las manos de los bolsillos. Intenta atraerme hacia él, pero lo empujo hacia atrás, deteniéndolo—. Jesús, Voss. ¡Jodidamente deja de pelear conmigo! ¡No voy a hacerte daño! Algo dentro de mí se rompe. Simplemente se rompe en un millón de pedazos. He hecho todo lo posible durante mucho tiempo, tratando de mantenerme firme, pero hay límites a lo que soy capaz de hacer. Este es mi umbral. He llegado al punto en el que físicamente no puedo mantener todo esto reprimido, y entonces se desborda. Mi fuerza me abandona. Mi furia y mi rabia se van de golpe, dejando atrás solo la confusión y la necesidad de los brazos de Theo alrededor de mí. Dejo que me abrace. Me atrae hacia él, aplastándome contra su pecho, y la tormenta que hay en mi interior se calma. Esto es una medicina amarga; es injusto que tenga que hacer esto para sentirme mejor. Cualquier otra persona. Literalmente, cualquier otra persona en el mundo habría sido mejor que Theo, y sin embargo es él quien calma mi corazón acelerado y alivia el pánico en mis venas. En sus brazos, me siento anclada, segura de una manera que no creo haberme sentido nunca antes, ¿y el alivio que viene con eso? Lo es todo. Entierro mi rostro en su camiseta, respirando su aroma. Menta y bergamota. La lluvia de invierno y la promesa de nieve. Me resulta tan familiar que despierta algo dentro de mí, le da vida. El pecho musculoso de Theo se flexiona bajo mis manos mientras me sujeta con fuerza, levantándome del suelo. No me opongo. Ni siquiera cuando se agacha y me levanta bien, acunándome en sus brazos como a una niña, y me lleva a mi habitación. Rodeo su nuca con mis brazos, aferrándome a él para salvar mi vida, sollozando en su camiseta, dejándome llevar, mientras poco a poco todo el dolor y el sufrimiento que he soportado y llevado conmigo últimamente se resquebraja, se desprende y cae. Theo se sienta en el borde de mi cama, abrazándome. No dice nada. No me apura para que me recupere. Me mece suavemente, de un lado a otro, apoyando de vez en cuando su mejilla en la parte superior de mi cabeza. Al cabo de un rato, el aire de sus pulmones empieza a vibrar, resonante, lleno de graves, y comienza a tararear. Es la pieza musical que tocó en el auditorio. La misma pieza musical que yo tarareaba en el auto el día que Gaynor me dejó en Toussaint. No sé cómo lo sé, pero lo hago. De repente me invade la frustración. Estoy harta de sentirme triste, enfadada y culpable. Quiero sentir otra cosa, cualquier otra cosa, solo durante cinco malditos minutos. Theo deja de tararear cuando levanto mi cabeza de su pecho. —Si vas a empezar a gritarme otra vez... —empieza. Pero lo interrumpo con mi boca. Acariciando su nuca con mi mano, acerco sucabeza para poder besarlo más fuerte, y el calor de su piel contra mi palma me cala hasta los huesos. Llevo mucho tiempo queriendo tocarlo. Necesitaba tocarlo. Apoyo la otra mano en su pecho y siento que su pulso se acelera al mismo tiempo que el mío mientras insto a sus labios a abrirse y llevo mi lengua a su boca. Gime, desesperado y urgente, resoplando pesadamente por la nariz, devolviéndome el beso, y soy arrastrada por una oleada de alivio. Me ha besado antes. Ha hecho muchos movimientos conmigo, pero nunca he sido yo quien trató de besarlo. La idea de que pudiera rechazarme era aterradora, pero no tenía por qué preocuparme. La reacción de Theo es envolvente. Sus manos recorren mi espalda, bajan por mis brazos y suben hasta mi rostro. Hunde sus dedos en mi cabello, tirando bruscamente de este hacia atrás. Cae sobre mí, separando su boca de la mía para dejar un rastro de besos ardientes por la columna de mi garganta, y mi estómago se contrae. Mis muslos se aprietan, un calor se acumula entre mis piernas, y sé exactamente hasta dónde llegará esto si no lo detengo ahora. Debería hacerlo. Pero... no puedo. —Voss. Joder, Voss, me estás matando —jadea Theo—. Quiero tu coño. Quiero que montes mi maldita cara. Jodidamente lo necesito. El calor golpea dentro de mí, un atizador ardiente que arde justo en mi centro. La desesperación en su tono coincide con la urgencia que siento, rastrillando sus garras por mi columna. Normalmente, me alejaría de una declaración tan gráfica. Los chicos me han hablado sucio antes, pero siempre me ha parecido vergonzoso. Sin embargo, nada de lo que Theo acababa de decir era vergonzoso. Ya sé lo bueno que es con esa lengua. Nadie besa así y no sabe cómo hacerle sexo oral a una chica. Y quiero que él me haga venirme así, realmente lo quiero. Por un segundo, estoy mareada; Theo se mueve, poniéndose de pie, pero no por mucho tiempo, solo el tiempo suficiente para girarme de modo que estemos pecho con pecho, y para que sus manos guíen mis piernas alrededor de su cintura. Luego se vuelve a sentar en la cama y me besa de nuevo. No puedo decir si hay fuegos artificiales dentro de mi cabeza o si son relámpagos. No debería importar, pero lo hace: una de esas opciones se utiliza para celebrar ocasiones trascendentales; la otra provoca desastres naturales y mata gente. En cualquier caso, la energía bruta que se agita dentro de mi cerebro es demasiado para soportarla cuando la lengua de Theo explora mi boca y muerde y juega con mis labios con sus dientes. Sus manos recorren hacia abajo, sobre mi camiseta, hasta que está ahuecando mis dos senos en las palmas de sus manos. No es amable cuando comienza a amasarlos, enrollando y pellizcando mis pezones endurecidos a través de la tela de mi camiseta y el sostén de encaje fino que llevo puesto. —Voy a llenar tus agujeros —dice—. Quiero mi polla en tu boca. Tu coño. Tu culo. Jodidamente quiero hacerte gritar. He necesitado escuchar mi nombre en tus labios por tanto tiempo... Agarrándome por las caderas, me tira hacia abajo, balanceando sus caderas, y puedo sentirlo, sólido, frotándose contra mí a través de sus jeans. Su pene es tan duro como el acero reforzado. Cuando mueve sus caderas debajo de mí, moliéndose para encontrarse conmigo, la sensación es alucinante. Asombrosa. Todo lo que alguna vez imaginé que podría ser. Vuelvo a inclinar mis caderas hacia atrás, esperando a que él se mueva, y cuando lo hace, vuelvo a inclinarme hacia abajo al mismo tiempo, de modo que ambos nos movemos al unísono, aplicando presión al mismo tiempo. Theo pierde la cabeza. Sus dedos se clavan en mis nalgas mientras me mece contra su polla. —Te voy a follar tan malditamente duro —dice entre dientes—. Te sujetaré y haré que te vengas una y otra y otra vez. Me rogarás que me detenga. No lo haré. Nunca querré que se detenga. Lucho con el material de su camiseta, agarrándolo con el puño y arrastrándolo por su cuerpo, decidida a tenerlo desnudo en los próximos cinco segundos. Sin embargo, Theo pone una mano alrededor de mi muñeca, negando con la cabeza. —No. No hay tiempo. De acuerdo. Me parece bien. Puedo aceptarlo. Theo gira y me deja de espaldas sobre la cama. Lucho con el botón de sus jeans (gracias a Dios que no lleva un mladito cinturón) mientras él lucha con los míos. Sus manos trabajan más rápido que las mías. Jadeo cuando baja mis pantalones por las caderas y luego los baja por mis piernas. Mis bragas van con mis pantalones cortos del pijama. Con una sonrisa feroz y animal en su rostro, Theo se deja caer entre mis piernas y las separa aún más, apoyándose en los codos. Un gruñido de apreciación profundamente satisfecho sube por su garganta mientras me inspecciona. —Joder, Chica. Maldita sea, eres preciosa. Tienes el coño más bonito que jamás he visto. Mis mejillas arden y brillan. Alarga su mano y, usando las puntas de sus dedos índice y corazón, me separa, su aliento se entrecorta mientras explora una parte de mi cuerpo que nadie ha investigado tan a fondo antes. —Tan. Jodidamente. Mojada —sisea—. Estás lista para mí. Dejo caer la cabeza contra el edredón y cierro mis ojos. Mi piel pica como si una corriente eléctrica la recorriera. Me duelen tanto los pezones y los pechos que me hacen daño. Necesito que me toque apropiadamente. Necesito sus dedos en mi clítoris, su lengua... algo. Necesito sentir su pene dentro de mí antes de perder la puta cabeza. Nunca he experimentado nada como esto antes. Si no lo tengo, creo que podría morir. —Por favor. ¡Por favor! Nunca pensé que rogaría. No por esto. No con él. Pero aquí estoy... —Está bien, Chica. Te voy a dar lo que necesitas. Está bien. Shh. Theo me lame, la punta de su lengua tanteando entre mi humedad, encontrando y acariciando el tenso manojo de nervios en el vértice de mis muslos, y todos los músculos de mi cuerpo se paralizan. Mis piernas se bloquean. Mi espalda se curva lejos de la cama. Gritaría si tuviera aire en los pulmones. Unas ráfagas de luz atraviesan el oscuro vacío detrás de mis párpados, iluminando mi cabeza. Actúo sin pensar, hundiendo mis manos en el cabello de Theo. Sabía cómo se sentiría esto: la forma de su cabeza acunada entre mis piernas. Mis sueños empapados de sudor me han dado vislumbres, incluso si no puedo recordarlos. La realidad es igual de embriagadora, igual de desviada. Pasa la parte plana de su lengua sobre mí, desde mi entrada hasta mi clítoris de nuevo, y mis muslos se contraen, cerrándose alrededor de su cabeza. Me doy cuenta de lo que estoy haciendo y los bajo, un poco de vergüenza tirando de mí, pero Theo me regaña desde el interior de mi pierna. —No, Voss. Sujétalos fuerte. Quiero sentir lo mucho que deseas esto. Y hay peores formas de morir. Si me voy con la cara enterrada en tu coño, será con una sonrisa en el rostro. Oh. Mi. Dios. Mierda. Lo complazco, apretando mis muslos alrededor de su cabeza, empujándolo hacia abajo sobre mí. Necesito más, más, más. Quiero estar desnuda ante él, toda expuesta para él, para que me examine e inspeccione a su antojo. Quiero que me utilice. Quiero entregar todo el control sobre esta pesadilla. Por primera vez en meses, quiero sentir algo más que tristeza. Quiero sentirme bien. Theo vuelve a pasar su lengua por mi centro. Unas llamas de calor se intensifican en mis entrañas y suben hasta mi pecho, quemando allí. La banda de tensión que se extiende por la espalda de mis hombros, siempre presente y que nunca cede, finalmente se libera y mi cuerpo se hunde aún más en la cama. Suelto un grito ahogado cuando siento una nueva presión: los dedos de Theo, que se introducen en mi abertura. Soy el punto central de una estrella brillantemente ardiente cuando los desliza dentro de mí y comienza a enroscarlos contra una parte firme de mis entrañas que ni siquiera sabía que existía. Junto con la sensación de su lengua trabajando lánguidamente sobre mi clítoris, casi me vengo justoen ese momento. —Oh, Dios mío. Mierda, eso se siente... eso... —¿Bien? —murmura Theo. —Mierda, sí. Bien. Muy jodidamente bien. Merchant retumba su placer en mi coño, y suena para todo el mundo como un gato depredador muy complacido. No del tipo domesticado. Un león. Hace una pausa en lo que está haciendo con su boca para decir: —Lo digo en serio. Quiero que montes mi cara. Me vas a dar lo que necesito. No esta noche. No mañana. Pero cuando estés bien y lista, me aseguraré de que suceda. Gracias a Dios que me está concediendo un poco de tiempo. En realidad, no estoy preparada. No puedo imaginarme dándole vueltas y haciéndome cargo así. Quiero hacerlo. Sería muy excitante sentarme sobre su rostro y apretarme contra su boca, encontrar el punto de fricción que mejor se sienta y luego reclamarlo para mí mientras él usa el calor húmedo de su lengua para complacerme. Por ahora, que me penetre así es todo lo que puedo hacer. Aun así, me sobresalto cuando acelera el ritmo con sus dedos, acariciándolos dentro de mí, creando el tipo de presión más delicioso contra mi pared interior. Su lengua presiona con más fuerza, la punta se mueve más y más rápido, y una oleada de calor me inunda. —Mierda, qué bien sabes —jadea Theo—. Estás tan jodidamente mojada para mí. Voy a lamerte hasta dejarte limpia. —Sí. ¡Dios, sí! Vuelvo a empujar su cabeza hacia abajo, forzándolo entre mis piernas, aumentando la presión de su boca yo sola, diciéndole que quiero más. Que lo necesito. Se ríe con fuerza mientras satisface mi petición, que no es demasiado suave. Más velocidad. Más rápido. Más fuerte. Theo me lame y chupa, introduciendo sus dedos en mi interior, masajeando ese punto dentro de mí con renovada intención, y yo ardo aún más. Más brillante. —¡Oh! ¡Oh... mierda! Chupa mi clítoris, frotando círculos apretados alrededor de este, y todo está perdido. Theo sabe que estoy cerca. Debe hacerlo. Cambiando el ritmo por completo, me folla con sus dedos, curvándolos ligeramente dentro de mí, hundiéndolos en mí cada vez más rápido hasta que… —¡Mierda! ¡Mierda, Theo! ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío, Dios mío, Dios mío! Golpea como una bomba nuclear. Mi espalda se arquea tan violentamente que me caigo hacia un lado, mis piernas suplicando enderezarse mientras el orgasmo me atraviesa, pero Theo envuelve sus brazos alrededor de mis muslos, enganchándolos alrededor de su cabeza mientras sigue lamiendo y chupando. Grito. No puedo evitarlo. El sonido es crudo y ronco, y me abrasa la garganta. Ya no soy el centro de una estrella ardiente; soy una supernova que se rompe en un trillón de pedazos y estalla en el espacio. La explosión en mi interior no puede contenerse. Siento que me estoy deshaciendo a nivel molecular, astillando, rompiendo, cayendo. —¡Oh, Dios mío, para, para, ¡para! Theo se detiene... pero solo el tiempo suficiente para bajarse los jeans ya desabrochados por encima de las caderas. Abro mis ojos y lo miro, demasiado aturdida para hablar. Mi respiración es corta y aguda, entrecortada por los ecos de mi clímax, que aún me recorren. Me mira mientras se arrastra por mi cuerpo, leonino, con los ojos llenos de un hambre aterradora. —¿Estás preparada para mí, Chica? —exige. —Sí. La palabra es solo una forma en mi boca. Trato de darle sonido, pero nada sale. Le doy un breve y desesperado movimiento de cabeza en caso de que no lo entienda, pero… Theo impulsa sus caderas hacia adelante, hundiéndose en lo profundo dentro de mí. Jadeo, agarrándome de él, tratando de estabilizarme contra la sensación de él empujando dentro de mí. El movimiento no fue suave ni tierno. Fue una declaración. Un reclamo. Me llena tan profundamente que mi cuerpo lucha por estirarse para adaptarse a su tamaño. No duele. Me siento... completa. Theo se queda quieto, apoyado sobre mí, con las manos colocadas a ambos lados de mi cabeza. Nuestros ojos se cruzan y durante un segundo nos miramos fijamente, tratando de asimilar la desconcertante sensación de plenitud que hay entre nosotros, en la que nuestros dos cuerpos se han juntado y ahora nos unen. Sé que él también lo siente. Está ahí, escrito en su expresión de asombro. Sus pupilas, dilatadas hasta el infierno, parecen dos agujeros negros. —Maldita sea —gruñe—. Encajas como un guante. Te sientes jodidamente increíble. No tengo palabras. No puedo comprender lo primero que quiero decir en respuesta. Una parte primitiva de mi cerebro se ha apoderado de él, haciendo que mis centros del habla sean redundantes. En lugar de responderle, rodeo su cintura con mis piernas y lo abrazo con más fuerza, tirando de él aún más profundamente. Los labios de Theo se separan. Sus ojos se abren de par en par. Una satisfacción felina me recorre al ver que se deshace. —Voss —dice con voz ronca—. No te muevas. Sería muy satisfactorio ignorar su súplica y mecerme contra él, sentir cómo su pene erecto se pone aún más duro dentro de mí mientras lo hago derramarse. Pero soy egoísta. Quiero más. Si lo llevo al límite demasiado rápido, este momento se acabará. Así que, en lugar de girar las caderas, como pide mi cuerpo, lo aprieto desde dentro, apretándome a su alrededor. No estoy segura de que lo sienta. Nunca he intentado hacerlo antes. Por la forma en que sus ojos se redondean, una profunda y estrangulada ráfaga de aire abandonando sus pulmones, diría que lo siente. —Cruel —murmura—. Eres jodidamente cruel. —¿Y qué si lo soy? —susurro. Muestra sus dientes, cerrando rápidamente una mano alrededor de mi garganta. Sus dedos se clavan en mi piel... pero no lo suficientemente fuerte como para marcar. Todavía puedo respirar, casi. Es obvio que Theo sabe exactamente cuánto de su peso debe apoyarse contra mí para hacer que mi cabeza dé vueltas un poco. —¿Chicas crueles? ¿Las chicas que se portan mal? Las castigan — promete. Vuelvo a apretar, palpitando a su alrededor, y él sisea entre dientes. Sonrío con la boca abierta. —¿Cómo? Theo aprovecha que tengo la boca abierta y vuelve a enganchar sus dedos en mi mejilla, como hizo anoche en el auditorio. Puedo saborearme en él, el olor de mi excitación recubriendo su piel. Gimo, incapaz de contener el sonido. Se inclina, con los ojos llenos de fuego, y dice: —Se les folla la garganta, cariño. Se inclinan y se les estira el culo. —Yo no... hago... eso. Es difícil que salgan las palabras. Ladea la cabeza, entrecerrando los ojos. Que me condenen si su polla no se retuerce dentro de mí. —¿No lo haces? Niego con la cabeza. —¿Segura? Porque creo que eres una buena chica. Creo que haces lo que te digo. Maldita sea. La feminista que hay en mí se revuelve ante sus palabras. Pero la parte servil de mí, una parte de mí que no sabía que existía hasta ahora, brilla de placer. Quiero obedecerlo. Quiero ser su chica buena. La idea de que me ponga sobre sus rodillas y acaricie mi culo hace que mis mejillas se ruboricen hasta el punto de sentir que mi propia sangre me produce quemaduras de segundo grado. Nunca había pensado en eso... Con una mano alrededor de mi garganta, y los dedos de su otra mano en mi boca, Theo está apoyando una cantidad considerable de peso sobre mí. Aunque no todo su peso. Su fuerza interior debe ser ridícula si se sostiene sobre mí solo con los músculos del estómago. Mataría por arrancarle la camiseta ahora mismo. Quiero ver su piel, ver su tinta, estudiar cada línea de su pecho y sus abdominales, pero cuando voy a intentar agarrar el dobladillo de su camiseta de nuevo, Theo me suelta y me agarra por las dos muñecas, usando una mano para sujetarlas por encima de mi cabeza. —No recuerdo haberte dado permiso para tocarme. —No recuerdo haberte dado permiso para tocarme —respondo. Mi voz es áspera. Le echaría la culpa a la forma en que me asfixia, pero sería una mentira. Es pura necesidad. Lo oigo. Theo también lo oye. Esboza una sonrisa salvaje, acariciando con sus dedos mi mejilla, mi cuello,sobre mi propia camiseta. Vuelve a tocarme el pecho, amasándolo y apretándolo hasta que grito. —¿Necesito permiso para tocarte? —pregunta. —Yo… —¿Tengo tu permiso? ¿Puedo tocarte donde quiero? ¿Cuándo quiero? ¿Cómo quiero? Solo una tonta diría que sí. Yo soy esa tonta. Asiento. Theo resplandece ante mi respuesta. —Eres una chica extremadamente buena. Te avisaré cuando puedas verme desnudo, Voss. Hasta entonces... Me opondría a la injusticia de su doble estándar, pero me quedo sin palabras cuando echa las caderas hacia atrás y se abalanza sobre mí. Con fuerza. —Esto te pasa por moverte cuando te he dicho que no lo hagas. Espero otro embiste de castigo, pero cuando Theo retrocede y vuelve a inclinar sus caderas hacia delante, solo desliza un centímetro dentro de mí, una y otra vez, pequeños empujones, introduciendo solo la punta de su polla. No tenía ni idea de que mi cuerpo pudiera necesitar algo tanto como yo necesito que él empuje hasta el fondo dentro de mí otra vez. —¡Mierda! ¡Theo! ¡Oh, Dios mío, ¡por favor! Jodidamente... Mis dientes crujen cuando vuelve a meterse hasta el fondo. Hasta la empuñadura. —¡THEO! Me preparo para otra fuerte embestida, pero no. Vuelve a dar pequeños y provocativos embistes que me dan ganas de arrancarme el cabello. Intento atraerlo más hacia mí, pero Theo es mucho más fuerte que yo, y su voluntad también. —Paciencia. Aguanta conmigo. Lo tienes. Me encantaría poder contenerme. Sin embargo, mi autocontrol y mi dignidad han volado por la ventana. Lo necesito (mi cuerpo está ardiendo) y haré todo lo que pueda para reclamar lo que necesito. Me retuerzo debajo, luchando con él, tratando urgentemente de mover mis caderas para encontrarme y tomar más de él, para robar más de lo que está tratando de darme. Entierra su cabeza en mi cuello y pellizca agresivamente mi piel, la inesperada presión de sus dientes me hace soltar un fuerte suspiro. —¿Tengo que atarte, Chica? ¿O debería dejar de follarte hasta que te comportes? —¡No! No, por favor, no. No pares. Ese sería un destino peor que la muerte. Me estremezco mientras me repongo, intentando calmar mi acelerado corazón y el ritmo de mi sangre. Sin embargo, duelo por él, y ese dolor amenaza con consumirme por dentro. Es tan jodidamente difícil relajar mi cuerpo y dejar que esto ocurra. Sin embargo, de alguna manera, libero la tensión de mi espalda y mis piernas. Theo me sonríe, todo satisfacción y... un leve indicio de orgullo. —Ya está. Perfecto —dice. Pasa sus labios por mi frente, mi sien y la línea de mi mandíbula, dándome ligeros besos en la boca, y ahora puedo sentir su sonrisa. Me hace arder el alma experimentar su forma y saber que todo es para mí. Vuelve a empezar ese agotador patrón, sumergiéndose dentro de mí, con la punta de su polla lo suficientemente profunda como para casi responder a la demanda que late en mi cuerpo. Y de nuevo, justo cuando estoy a punto de perder la puta cabeza, se lanza hacia delante, enterrándose tan profundo que mis ojos se abren de par en par y todo el sentido común me abandona. —¡Por favor! —Nunca he gemido por nadie antes. Nunca he suplicado que me alivien así. Sin embargo, mi vergüenza es un susurro ahogado por la rugiente corriente de electricidad que se canaliza entre nosotros. Estoy tan delirante que no le prestó atención—. Por favor. Por favor. ¡Por favor! Theo es implacable. No hay piedad en él. Se inclina hacia atrás, sus ojos dorados se clavan en los míos, y su sombría mirada de determinación me dice que suplicar es inútil. Se ha propuesto esta tarea, ha decidido cómo va a hacerme ronronear, y ninguna súplica lo cambiará. Una y otra vez, repite sus acciones y, con cada repetición, siento que se me va un poco más de mí misma, que mi conciencia se hunde en las profundidades de la locura. —Mierda. Oh, Dios mío. ¡Por favor! Vuelve a estrellarse profundamente, y un calor imposible se enciende entre mis muslos. —¡MIERDA, THEO! NO PUEDO... DIOS MÍO, VOY A... Me bloqueo, mi sangre es un infierno en mis venas, el fuego lame mis entrañas... pero no me vengo. Casi comienzo a llorar cuando empieza a mecerse dentro de mí de nuevo, no lo suficiente, demasiado superficial, frotándose contra el punto dentro de mí que quiere más. —Shh. Está bien. Ya viene. Ya viene —murmura sin aliento—. Te tengo, Chica. Ya viene, lo prometo. Theo Merchant no rompe sus promesas. Al menos no está. Cuando se introduce en mí por última vez, la explosión de sensaciones que me desgarra me deja incoherente y gritando. Me invade de golpe, detonando en todas partes, en lo que parece ser cada célula de mi cuerpo. No puedo respirar. Mi visión se tambalea y, por un momento de infarto, se vuelve negra. Ni siquiera me importa. Jadeo y me arqueo sobre la cama, con un éxtasis inimaginable recorriéndome, cayendo sobre mí mientras Theo me penetra. Suelta un gemido apretado, sacudiéndose contra mí, y siento cómo se vacía dentro de mí. El hecho de saber que se va a venir provoca algo que nunca antes había experimentado. Me aferro a él, desesperada por estar lo más cerca posible, y esta vez cede y deja que suceda. Se derrumba contra mí, soplando con fuerza, su corazón latiendo en su pecho con tanta fuerza que puedo sentir su rápido latido contra mis pechos, a través de nuestras camisetas. —Dios, Chica —susurra sin aliento—. Vas a ser mi muerte uno de estos días. Una cosa extraña para decir en este momento. Pero diablos, mi cerebro tampoco está funcionando bien. Mi mente está llena de un sonido de timbre agudo y no mucho más. Permanecemos enredados durante un largo momento y, poco a poco, nuestros acelerados corazones se ralentizan. Theo respira en mi cabello y en mi cuello, su cabello hace cosquillas en mi nariz, y el olor a menta y a aire invernal baña mis sentidos. Dibuja pequeños y ligeros círculos en mi clavícula con dedos temblorosos, y yo me quedo lo más quieta posible, concentrándome en este momento y solo en este momento. Sé lo que está por venir. En cualquier momento llegará la culpa. Aparecerá con la pistola en mano, tambaleándome con la fuerza de su poder, y me odiaré a mí misma. Nada en el cielo o en la tierra me permitirá perdonarme por este acto de traición. Al dejar que esto ocurra, me he condenado a una vida de miseria. Rachel… Rachel. El solo hecho de pensar en su nombre hace que las ruedas se pongan en marcha. —Tienes que irte —susurro en el cabello de Theo. —Sorrell... —No, Theo. Por favor. —Tengo la voz entrecortada por las lágrimas—. Solo vete. Sorrell Despierto con un dolor de cabeza intenso. No puedo ver la herida en la parte de atrás de mi cabeza sin importar cuán creativamente incline mi compacto de maquillaje y el espejo en el botiquín del baño. Sin embargo, puedo sentirlo, y la herida de unos cinco centímetros de largo está hinchada y duele demasiado al tocarla. Me ducho y me preparo para la clase, haciendo una mueca ante los brillantes rayos de sol que se lanzan a través de las vidrieras de Toussaint mientras me dirijo a Rosewood, típico de que el único día que el clima mejora por aquí sería mejor una densa capa de nubes que sería una bendición en lugar de una maldición. Todo el mundo habla de que Sebastian me tiró esa estúpida lata de refresco a la cabeza. Los escucho susurrar al respecto mientras me siento en mi escritorio, hurgando en mi mochila en busca de un bloc de notas y un bolígrafo. Apenas he pensado en el incidente en el pasillo, he estado demasiado preocupada por lo que sucedió en mi habitación anoche para pensar en otra cosa, pero parece que el resto de la escuela no ha estado pensando en algo más. —¿Estás bien? —pregunta Ashley, sentándose en el asiento junto al mío—. Escuché sobre Seb. Sé que se siente terrible por eso. Me rio amargamente, lanzándole una mirada severa de soslayo. —¿Él? ¿De verdad? —Sí. Lo hace. Lo vi esta mañana en el desayuno y estaba pálido como unfantasma. Estaba tan enojado por estar atrapado aquí, y la fiesta arruinada, y… —¿Y me lanzó un proyectil para sentirse mejor? Ashley me frunce el ceño como si estuviera siendo difícil. —A veces no entiendes cómo es aquí. Eres… —resopla, frunciendo el ceño cada vez más mientras parece buscar la palabra apropiada—. Eres nueva. Hemos estado atrapados aquí por mucho tiempo. A veces parece que nunca vamos a salir de aquí. El resentimiento se acumula. —Lo siento, ¿por qué me hablas ahora mismo? No tenía la impresión de que éramos amigas. —Desenmascaré a su mejor amiga por una mierda bastante oscura, mi primer día aquí. Vio lo disgustada que estaba con la mierda que estaba pasando en la fiesta de la Primera Noche. Ella… Maldita sea. Me duele demasiado la cabeza para esto. Golpeo un bolígrafo negro sobre mi escritorio. —Mira, Ashley. Las tensiones son altas. Lo entiendo. Esto también es la preparatoria, y no importa cuán excelente sea la crianza de una persona y cuán ricos sean sus padres, sé que eso no les impide ser idiotas y actuar como niños. No avisé sobre la fiesta. No sé por qué Ford no me llamó para actuar en el auditorio, pero les prometo que yo no fui la causa de las sanciones que Ford nos impuso. Estaba tan atada y restringida por ello como todos los demás. Ahora, por favor, vuelve a tu propio asiento. Tengo un fuerte dolor de cabeza y apenas puedo ver. Solo quiero que me dejen en paz. Parece que quiere discutir, pero cuando abre la boca, no sale nada. Niega con la cabeza en lo que parece ser frustración, luego agarra su bolso que esta debajo del escritorio y regresa a su lugar habitual junto a la puerta al otro lado de la habitación. Paso el resto del día sin que nadie más me moleste. Historia, inglés y Biología pasan rápidamente como un borrón. Ni siquiera sé por qué asisto a las clases. Me voy el miércoles y no tengo por qué pasar por nada de esto. Pero cuando pensé en esconderme en mi habitación y esperar el resto de mi tiempo en Toussaint, sentí tanta claustrofobia y pánico que esta parecía ser mi única otra opción real. Me digo a mí misma que es el aburrimiento y la cercanía hasta que casi me lo creo. Finjo que mi habitación no olía a Theo cuando desperté esta mañana. Me niego a reconocer el hecho de que mis sábanas todavía están arrugadas porque anoche tuvimos sexo en ellas y... —¡Ah! Ahí estás. Te he estado buscando por todas partes. ¿Qué demonios es eso? Lani se sienta frente a mí en el comedor, observando el desastre que he hecho con mi comida. El sándwich es una montaña de papilla en el medio de mi bandeja, y mi tenedor de plástico sobresale de la parte superior como un asta de bandera. —Incomible —respondo malhumorada. —Veo eso. Aquí. Come esto. —Golpea una barra de pastel de chocolate, todavía en su envoltorio, sobre la mesa al lado de mi bandeja. Lo deslizo hacia ella. —Está bien. No tienes que hacer eso. Simplemente no tengo hambre. Lo empuja de vuelta. —Mierda. Conozco la mirada de una chica que necesita chocolate. ¿Estás molesta por lo de ayer? Tomo la barra de pastel de chocolate y la abro, me la meto en la boca y muerdo el extremo. El azúcar explota en mi lengua, y por un segundo caliente, me siento mejor. —Me importa una mierda lo de ayer —mascullo alrededor del bocado de pastel. Noelani me lanza una mirada de reproche. —Soy tu amiga. Sabes que puedes decirme si lo estás. No voy a pensar mal de ti por eso. Eres solo humano. Y Seb es un idiota. Lo que hizo fue… Trago. —En serio. Está bien. Aparte de estar enojada por el enorme bulto en la parte posterior de mi cabeza, estoy muy bien. Me importa una mierda Sebastian. Honestamente, tengo otros asuntos más urgentes en mi mente en este momento. Le da un mordisco a su sándwich de ensalada de huevo, levantando las cejas. —¿Cómo? Por un momento, considero ignorar su pregunta y poner una excusa para mi mal humor. Pero la mirada seria en sus ojos y la genuina preocupación en su tono me hace escapar un profundo suspiro. —Tengo que ir a ver a la enfermera. Palidece, tirando su sándwich en su bandeja. —Mierda, Sorrell. Tu cabeza está mal, ¿no? ¿Tienes una conmoción cerebral? No podemos joder con cosas así. Es muy importante que te llevemos a un hospital adecuado si tienes algún síntoma extraño… —No, no, mi cabeza está bien. Lo prometo. No es eso. Me mira, con los ojos muy abiertos. —Entonces, ¿qué? Urgh, hombre, esto va a apestar. Tomo una respiración profunda y me desplomo en mi silla, pellizcando el puente de mi nariz entre mi pulgar y mi dedo índice. —Bien. Odio admitir esto, pero… necesito la píldora del día después. —Pensé que lo odiabas —dice Lani, sentándose a mi lado afuera de la oficina de la enfermera. No ha dejado de morderse las uñas desde que le conté lo que pasó anoche. No pareció sorprendida en absoluto cuando le hablé de Theo. En todo caso, parecía emocionada. Solo puedo atribuir su obsesión por morderse las uñas a los nervios simpáticos: tengo que entrar en esta oficina en un segundo y decirle a la enfermera que anoche me follé a alguien sin protección. —Lo odio mucho —gruño, dejando que mi cabeza caiga hacia atrás hasta que, en realidad, auch. No. Inclinar mi cabeza hacia atrás en ese ángulo es realmente doloroso. Me enderezo en mi asiento, suspirando pesadamente por lo ridículo de esta situación. A mi lado, Lani se retuerce en su asiento para quedar completamente frente a mí, todo su ser zumbando con energía cargada—. ¿Están saliendo ahora? ¿Te dijo que estaba enamorado de ti? ¿Se siente realmente…? —Niega con la cabeza—. No sé. ¿De verdad correcto o algo así? Hago una mueca hacia ella. —No, claro que no. No se siente realmente correcto. Se siente realmente equivocado. No estoy saliendo con él. Le compraría a Theo Merchant un billete de ida directo al infierno si pudiera. ¿Y por qué profesaría su amor eterno por mí, Lani? El tipo apenas me conoce. La decepción reemplaza su expresión emocionada. —No sé. Solo pensé... no puedes negar que hay cierta tensión entre ustedes dos. Después de que le dio una paliza a Sebastian, y.… quiero decir, ¡Te acostaste con él anoche, Sorrell! ¿Por qué te acostarías con él si lo odiabas tanto? Hincho mis mejillas, mirando el reloj en la pared. Son casi las dos y cincuenta. La oficina de la enfermera cierra a las cuatro. Aún queda mucho tiempo para verla, pero tiene otras citas. Si vengo más tarde, no podrá acomodarme. Y no puedo dejar de verla. Hoy. Absolutamente no vine a Toussaint para destruir la vida de Theo, solo para quedar embarazada por él. Eso es una maldita locura. —Un momento de locura —le digo a Lani, haciendo eco de mis pensamientos en voz alta—. Mi vida no ha sido más que una locura desde que llegué aquí. Puedo decir que no le gusta esta respuesta. Baja la mirada al suelo, masticando lo que sea que acaba de arrancarse del pulgar, sus rodillas rebotando arriba y abajo, arriba y abajo. —¿Así que no sientes nada por él? ¿Nada en absoluto? —pregunta. —Oh, siento muchas cosas por él y nada de eso es bueno. Mira, sé que estás tratando de ser dulce y solo me estás cuidando, pero no necesitas esperar conmigo. Si hay algo que precisas hacer, siempre puedo verte más tarde. Realmente no hay problema. Sus ojos tienen el doble de su tamaño normal y están llenos de dolor cuando dice: —Amiga. Nunca te abandonaría en un momento como este. ¿Qué clase de amiga sería si te dejara hacer esto sola? ¿El tipo de amiga que necesito en este momento? Sé que decirle algo así en voz alta solo herirá más sus sentimientos. Y tiene razón en cierto modo: desde que perdí a Rachel, no he tenido una amiga en quien apoyarme. Me he acostumbrado tanto a cuidar de mí misma y a lidiar sola con mis problemas, que se siente bien tener a alguien que me apoye en esto. Ojalá dejara de hablar de Theo, de lo que hizo Theo, de lo que siento por Theo, durante unos cinco segundos. Me está costando bastanteexpulsar al bastardo de mi cabeza tal como está. —Tuve que usar un Plan B desde aquí el año pasado —confiesa Lani de la nada—. No fue tan malo. No hicieron demasiadas preguntas. Debo decir que me sorprende escuchar esto. Supuse que Lani era virgen. Es tan dulce y tímida que nunca se me ocurrió que pudiera ser sexualmente activa. Me giro hacia ella, mirándola de una manera nueva. —¿Con quién te acostaste? —solicito. Se sonroja. —Oh, ya no está aquí. Se graduó el año pasado. Su nombre era Clay. Fue un error, pero... aun así fue divertido —dice, sonriendo maliciosamente. —¡Lani! —Golpeo una mano en mi pecho, fingiendo sorpresa—. ¿Quién eres? Nunca te habría catalogado como una lasciva… La puerta de la oficina de la enfermera se abre y una niña que se tapa la boca con un trapo, sale con lágrimas en los ojos. Solloza cuando nos ve a mí y a Lani, luego sale corriendo por el pasillo. —¿Qué…? —¿Señorita Voss? —El cabello castaño claro de la enfermera Riley está trenzado en coletas hoy; hay pequeñas flores de plástico rosa unidas a sus lazos para el cabello. Parece que va a tratar de darme una piruleta. No me sonreirá tan abiertamente cuando se dé cuenta de por qué he venido a verla: los adolescentes promiscuos sin una pizca de sentido común no merecen dulces al final de sus visitas. Por ahora, me sonríe—. Entra, cariño —dice ella. —¿Quieres que entre contigo? —pregunta Lani. —Sabes las reglas. Solo el paciente puede entrar al consultorio —dice la enfermera Riley—. Pero no te preocupes, Lani. Te devolveré a Sorrell muy rápido. Sigo a la enfermera adentro y me siento en la mesa de examen mientras me indica. La enfermera Riley tararea mientras se dirige al archivador alto en la esquina de la habitación y lo abre. Hojea una fila de archivos, encuentra el mío, es enorme, y luego lo saca, lo deja en su escritorio y comienza a teclear en su computadora. —¿Por qué mi archivo es tan grande? —pregunto, rompiendo el incómodo silencio. —¿Mmm? ¡Vaya! —La enfermera Riley me mira con esa sonrisa de un millón de megavatios—. Sí, es grande, ¿no? Cuando llega un nuevo estudiante a Toussaint, tenemos que recopilar todos sus registros de sus médicos anteriores. Necesitamos copias impresas de todo lo que está en el archivo, ya sabes. El clima es tan malo aquí arriba que el sistema falla todo el tiempo. Si tienes una emergencia mientras estamos atrapados en medio de un corte de energía, aún necesitamos tener a mano un registro completo de tu historial médico. No estaría bien que te diera un medicamento al que eres alérgica ahora, ¿verdad? —Supongo que no. —Y recuerdo que obtener todos tus registros fue una especie de pesadilla. —Se ríe, señalándome con un dedo—. Te mudaste mucho cuando eras pequeña, ¿no? Solo la miro. —Estaba en el sistema de cuidado de crianza. Su sonrisa se atenúa. —Oh, sí. Así es. Ahora recuerdo. Lo siento. —Está bien. —Entonces, ¿qué te trae hoy? —cambia rápidamente de tema—. ¿Esa cabeza te molesta un poco? —No. No es eso. Y yo tenía razón. De hecho, su sonrisa se desvanece por completo cuando le explico el motivo de mi visita. Me voy, no solo después de tomar una píldora del Plan B frente a la enfermera Riley, sino con una receta para la píldora, que cortésmente rechacé, pero ella insistió en que la tomara. Tendría que conseguirla fuera del sitio, me informó, pero no se sentiría cómoda entregándome el control de la natalidad de emergencia sin asegurarse de que tuviera medidas que evitarían que lo necesitara nuevamente en el futuro. No le importaba que me fuera en cuestión de días. Fue firme, inamovible, y yo necesitaba ese Plan B. Así que tomé la receta y me dio un maldito Tootsie Roll cuando salía por la puerta. Cuatro horas más tarde, estoy tan mareada y miserable por los medicamentos que incluso levantarme de la cama se siente como una tarea monumental. Por eso grito: —¡Vete! En lugar de abrir la puerta cuando alguien toca, después de las ocho. La persona no se va. La persona, que es Theo, entra en mi habitación sin problema alguno, a pesar de que la maldita puerta estaba cerrada con llave. Me tiro de nuevo en mis sábanas recién cambiadas, gimiendo teatralmente. —¡Urgh! Esto es como una especie de mal chiste que sigue repitiéndose, amigo. Me escondo en mi habitación. Apareces en mi puerta. Te digo que te vayas a la mierda y me ignoras. ¿No estás aburrido de todo esto? Al entrar, Theo no se molesta en mirarme al principio. Pasa un momento inspeccionando todos los demás elementos de la habitación excepto a mí: las fotos falsas de mi familia encima de la cómoda; las entradas de los conciertos y los resguardos de las películas metidos en el marco del espejo; las Polaroids que Gaynor hábilmente se truqueó, mostrándome con un grupo de amigos sonrientes que no conozco; el osito de peluche de la mesita de noche; los aretes, collares y pulseras envueltos en el árbol de joyería que nunca he usado. Todo falso. Todo mentira. Vestido de negro de pies a cabeza, con el cabello oscuro cayendo sobre su rostro salvajemente hermoso, Theo parece un espectro embrujado mientras examina la ficción que Gaynor seleccionó para mí, observando cada pequeño detalle con una intensidad feroz. Agarra un marco de fotos de plata dorada de una yo más joven, editado con Photoshop junto a una mujer bonita de mediana edad con ojos azules claros y abiertos y cabello largo y oscuro de un tono similar al mío, y un hombre alto, de aspecto inteligente, con gafas, cuya nariz lleva la misma suave subida que la mía al final. Gaynor hizo un gran trabajo al encontrar imágenes con las que me mezclaría bien. —Háblame de ellos —dice Theo. Casi me ahogo de la risa. Él sabe por qué vine aquí. Sabe todo sobre Ruth y Falcon House. ¿Por qué molestarse en permitirse esta tontería? Gimo, poniendo un brazo sobre mi rostro, queriendo bloquearlo a él y al resto de esta mierda. —Lo de anoche no cambia nada, ya sabes. Está en silencio por un momento. La cama se hunde a mi lado; ha tomado asiento, sin invitación. Qué sorpresa. —¿No es así? —pregunta suavemente. —No. —La palabra sale dura—. No cambia nada para mí. —¿Se te ha ocurrido que podría cambiar las cosas para mí? Eso sí que es nuevo. Bajo mi brazo, apoyándome en mis codos. La habitación se balancea, mi cabeza late con fuerza, las náuseas recorren mis entrañas, pero los efectos del anticonceptivo que tragué en la oficina de la enfermera Riley son secundarios a mi mal genio. —¿Vaya? ¿Qué ha cambiado para ti, Theo? ¿Has decidido que Rachel no significa nada para ti ahora? ¿Qué estás enamorado de mí en su lugar? Jodidamente no me conoces —espeto. Él permanece tranquilo ante mi furia. Su expresión es difícil de leer, en realidad, pero por mi vida, creo que veo un breve momento de tristeza atravesando sus rasgos. —¿Cómo puedo? Ni siquiera te conoces a ti misma. —Me conozco perfectamente —contesto—. Sé que me quitaste lo más importante del mundo. ¿Te sientes mal por lo que pasó, Theo? ¿Te arrepientes de algo? ¿Incluso la extrañas? En un abrir y cerrar de ojos, el rostro de Theo se convierte en una máscara de ira tan tumultuosa y poderosa que casi iguala la mía. —¡Por supuesto que la extraño! —chasquea—. La extraño todos los jodidos días. La extraño más de lo que puedas imaginar, ¿sabes? Dios, a veces puedes ser una mocosa tan mimada. Esta acusación es una bofetada en el rostro. Duele como el infierno. Mi rostro se calienta, mi sangre sube a mis mejillas. Estoy tan indignada que quiero devolverle el golpe, morderlo, arrancarle los ojos, cortarle la piel tan brutalmente hasta ver el hueso, pero no tengo las palabras para lastimarlo tan efectivamente como él me lastimó. Me han robado por completo la capacidad de hablar. Es una pena que Theo no lo haya hecho. Se inclina hacia mí, sus labios presionados en una línea plana, y por primera vez veo dolor real, verdadero en sus ojos con hilos dorados. Estoy aturdidapor el peso de su mirada en mi piel. —Rachel era valiosa para mí. Nunca sabrás lo que significó para mí. Caminas por este lugar con la nariz en el aire, actuando como una maldita víctima, pero no eres la única que ha sufrido todo esto. ¿De verdad crees que eres la única que se despierta en medio de la noche sintiendo que no puede respirar? ¿Crees que eres la única jodidamente aplastada por esto? Ni siquiera puedo mirarme en el espejo. Puedes odiarme hasta lo más profundo de tu alma, hasta que sientas que te está comiendo viva, pero puedo garantizarte ahora mismo que nunca me odiarás tanto como yo me odio a mí mismo. ¡Ahora cuéntame sobre las personas en esa maldita foto, Sorrell! Parpadeo hacia él, destrozada por las palabras que acaba de lanzarme... y completamente confundida por su última orden. —¿De qué diablos estás hablando? ¡No sé nada de ellos! ¡No son reales! Aprieta la mandíbula. —Sí, lo son. —¡Es una foto de archivo! Son solo modelos que Gaynor encontró en línea. Descargó una foto de una familia almorzando en la playa y reemplazó a la chica de la imagen conmigo. ¿Por qué es tan difícil de entender para ti? Las manos de Theo se convierten en puños. —Eres tan malditamente terca —sisea. —Si te molesto tanto… si amabas tanto a Rachel… —jadeo, luchando por hablar. ¿Cuándo comencé a llorar? Hipo, tratando de controlar la oleada de emociones que me invade, pero no es bueno. Es demasiado para mí. Más grande que yo. Más poderoso de lo que puedo enfrentar—. Si la amabas tanto, ¿por qué estás aquí? —grité—. ¿Cómo pudiste dormir conmigo anoche? Si Rachel significaba tanto para mí, ¿cómo pude dormir con él anoche? La pregunta deja un rastro ardiente en mi mente, borrando cualquier otro pensamiento. Esta es la cuestión, esta pregunta aquí mismo, la verdadera fuente de mi ira. Odio a Theo pero… Rachel era mi amiga. He luchado como el infierno para ignorar lo que siento, esta atracción innegable que tengo hacia Theo. Lo he criticado día y noche, tratando de alejarlo, de rechazarlo de plano, pero no importa lo que haga. Todavía lo siento, cada momento despierta de cada día, y no puedo escapar de él. Lo que siento por él va más allá de la simple atracción. Hay muchos otros tipos atractivos en Toussaint, pero no atormentan mis pensamientos ni me impiden dormir. No pienso en ellos veinticuatro siete. No los anhelo, ni los necesito de la forma en que quiero a Theo. Lo que siento por él va mucho más allá de la atracción. Es un tirón en la boca de mi vientre. Un hambre para la que no tengo nombre. Una desesperación y una urgencia por él que no tiene sentido y me asusta hasta la muerte cada vez que trato de enfrentarlo. Theo es la encarnación viviente de la frustración cuando dice: —Rachel se fue, Sorrell. Tuve que aceptar eso hace mucho tiempo. Tú estás aquí. —Parece luchar con qué decir a continuación—. Tú estás viva, Tú estás en mi vida. Dios me perdone, pero no puedo evitarlo, también te amo. Esto es demasiado para soportar. —Tú no me amas. No sabes el significado de la puta palabra. Se ríe con una risa amarga. —Sé el significado de eso íntimamente. —Entonces, ¿cómo puedes sentarte ahí y decirme que la amabas y al mismo tiempo decirme que me amas? No es posible. ¡No quiero escucharlo! —Ese es el problema, ¿no? Simplemente no quieres enfrentar la verdad. —Sal de mi habitación antes de que empiece a gritar. Creo que va a pelear conmigo por esto. ¿Cuándo no ha peleado conmigo cuando le he dicho que haga algo? Pero Theo se levanta de la cama. La fría luz de la luna, que entra a raudales por el enorme ventanal junto a la cama, tiñe su piel pálida de un plateado mortal mientras me mira. —Sabes que es verdad. Y también lo sientes. Niégalo todo lo que… —Oh, créeme. Jodidamente lo haré. Estás delirando. Incluso mientras digo esto, me desgarra la necesidad de pasar mis manos por su cabello, de quitarle los mechones rebeldes del rostro. Quiero sentir su grosor y entrelazar sus ondas entre mis dedos. Quiero subirme a su regazo y llorar en su pecho; es como si el círculo de sus brazos fuera el único lugar seguro que queda en la Tierra. Una mentira tan cruel y amarga. La culpa es insoportable. Quiero huir de las cosas odiosas que me dice, pero no puedo. La verdad de todo esto me destruye, aunque Theo no ha expresado la verdad que más me duele. Esquivo el pensamiento, tratando de que no tome forma en mi mente, pero el conocimiento tiene una mente propia. Y quiere ser escuchado. Estaba celosa. Escucharlo hablar de su dolor y de cuán profundamente amaba a Rachel, me hizo querer salir de mi maldita piel. Hizo la náusea viciosa de la píldora del Plan B hasta que fue todo en lo que pude pensar. Amaba a Rachel. Es un hecho irrefutable. Lo vi en su rostro y lo escuché en su voz. Y escucharlo decir eso dolía. Nunca he conocido la vergüenza tan amarga. Theo se mueve al final de la cama, y una parte miserable y terrible de mí de repente no quiere que se vaya. ¿Cómo puedo sentirme así, tan confundida y desgarrada, cuando mi camino debería ser tan claro? Dios, solo quiero hacerme un ovillo y dejar de respirar. Si eso me quitara esta confusión y dolor, entonces con gusto me entregaría al olvido. —Lani me contó sobre el Plan B. No te enojes con ella —dice, interrumpiéndome bruscamente cuando me siento erguida en la cama—. Solo está preocupada por ti. Solo quiere ayudar. Solo vine aquí para ver si estabas bien. Mis ojos pican, llenos de una nueva afluencia de lágrimas. No sé por qué importa que Theo sepa sobre la píldora que tomé. Estuvo allí anoche. Él me folló. Se corrió dentro de mí, y sabe que estúpidamente no usamos ninguna protección. Es obvio que habría que hacer algo para mitigar las consecuencias desastrosas de lo que hicimos. Pero la vergüenza de que él supiera que yo tomé algo, viniendo de Lani simplemente... me duele por alguna razón. Lanzo mis manos al aire, dejándolas caer sobre mi regazo, una muestra de pura resignación. —Excelente. Estoy tan contenta de que lo hayas hecho. Como puedes ver, estoy perfectamente bien. Puedes irte ahora que has aliviado tu conciencia. Sus ojos están llenos de acero y molestia. —Mi conciencia está tranquila. No me hubiera importado si no la hubieras tomado. —¡Oh, por favor, Theo! ¿Qué tipo se tira a una chica y no quiere asegurarse de que no pagará la manutención de los hijos por…? —Suficiente —dice en voz baja—. Te dije. No me hubiera importado. Sé que esa mierda tiene efectos secundarios desagradables a veces, así que vine para asegurarme de que estabas bien. No sé qué hacer con esta afirmación. Realmente no lo hago. —Bien. No voy a vomitar mis entrañas si eso es lo que quieres decir —digo con amargura—. Pero ¿estoy bien? —Niego con la cabeza, aferrándome desesperadamente a la poca cordura que me queda—. No. No puedo decir que estoy bien. Por un segundo, creo que va a venir a mí. La mirada torturada en su rostro indica que lo hará. Y por esa fracción de segundo, su abrazo reconfortante es todo lo que quiero en el mundo. Se pasa las manos por el cabello y suelta un suspiro forzado por la nariz. Y luego me mira. —Lo sé. Lo siento mucho. Cuando la puerta se cierra detrás de él, me derrumbo sobre mis almohadas y lloro. Sorrell Llega el miércoles. Me aferro al conocimiento de que me iré de Toussaint en cuestión de horas como si me estuviera ahogando en un río embravecido y esa información es lo único que mantiene mi cabeza fuera del agua. Me niego a ver a Lani. Toca a mi puerta antes de irse a clase, pero no contesto. Me siento al lado de mi maleta empacada, mirando con ojos muertos la pared frente a mí, ignorando sus suaves súplicas a través de la puerta, enfocando mi atención en un punto estrecho. Me voy. Finalmente me voy. Me voy a la mierda de aquí. No es que esté enojada con Lani. Es dulce y amable; sé que solo estaba tratando de ayudar. No debería haberle contado a Theo sobre mi visitaa la enfermería, pero lo hizo con la mejor de las intenciones. Esa no es la razón por la que no la veré. Simplemente detesto las despedidas. Hacer una amiga aquí fue una tontería. Los amigos son debilidad. Me enteré de eso en el momento en que Rachel murió. No tenía por qué forjar una relación con Noelani, sabiendo lo que vine a hacer aquí y que no me quedaría mucho tiempo, pero... una pequeña parte de mí anhelaba la compañía. Fui débil. La soledad es una enfermedad que matará tu espíritu más rápido que la mayoría, y no había tenido la energía para combatirla. No quiero escapar de este infierno llorando, lamentando la pérdida de otra amiga. No creo que mi corazón pueda soportarlo. Al mediodía, la directora Ford viene a buscarme. No dice mucho mientras me acompaña fuera de la escuela y por el césped hasta el carrito de golf que espera, pero es difícil pasar por alto la desaprobación que irradia de ella. Cuando llegamos al muelle, me ayuda a sacar mis maletas de la parte trasera del carrito. Exactamente a las doce y veinte, el Super Cub se acerca, planeando a baja altura sobre el lago, el sonido de sus motores zumbando en el aire fresco del mediodía, rompiendo el silencio. Una vez que el avión aterriza, envía ondas ondulantes golpeando contra el muelle, agarro mis maletas con ambas manos, lista para subir a bordo, sin querer perder ni un segundo más, pero luego la puerta se abre y veo la figura allí, esperando para subir al embarcadero. Ruth. Viste jeans azules y un suéter de color crema de gran tamaño. Botas color canela. Su cabello está cuidadosamente peinado hacia atrás en una trenza francesa. Su apariencia está muy lejos de las camisetas sin mangas negras ajustadas y las mallas negras que generalmente usa para hacer ejercicio. Parece una madre, en camino a ir de compras o recoger a su hijo de la escuela. Sus ojos azules son realmente cálidos cuando se posan en mí. —Hola, Sorrell —dice sonriendo. Tengo que contenerme para dejar caer mis maletas y volar hacia ella. No he escuchado ni una maldita palabra de ella, ¿y ahora aparece aquí, luciendo como una especie de esposa de Stepford, sonriéndome como si no hubiera hecho nada malo? Había planeado hacerla pedazos en el momento en que cruzara las puertas de Falcon House, pero supongo que aquí, frente a la directora Ford, es un lugar tan bueno como cualquier otro. —No me digas Hola, Sorrell —digo con frialdad—. ¿Dónde demonios has estado? Sube al embarcadero, adoptando su expresión sensata mientras se acerca a mí y me tira en un abrazo. —Lo siento. He estado ocupada. —¿Ocupada? —La empujo lejos—. Me has estado mintiendo. ¿Quién diablos es Henry? Sus párpados se cierran. Está momentáneamente sorprendida, pero se recupera rápidamente. —¿Dónde escuchaste ese nombre? —hace la pregunta de manera uniforme, pero estoy familiarizada con cada cambio minúsculo en el estado de ánimo y el comportamiento de Ruth; ella está molesta. —¿Dónde crees que lo escuché? El maldito Theo Merchant me dijo que tenía que preguntarte por él, justo después de que terminara de decirme eso… —Miro de reojo a la directora Ford, no queriendo que escuche nada de esto. Puede que haya terminado con Toussaint, pero eso no significa que sea seguro derramar información sobre todo este sórdido lío frente a ella. Sin embargo, no tengo muchas opciones—. Después de que terminó de decirme que sabe todo sobre ti, y Falcon House, y el hecho de que vine aquí por Rachel. La tranquila calma de Ruth no se desvanece, pero sus ojos brillan con irritación. —¿Lo hizo ahora? Bueno, eso ciertamente interfiere un poco con nuestros planes, ¿no? —Sabrías todo esto si te hubieras molestado en levantar tu celular o devolver cualquiera de los mil quinientos mensajes que te dejé —siseo—. ¿Qué diablos era tan importante que no pudiste responderme? —Te lo dije —corta—. He estado ocupada. Ahora, ¿por qué te vas de Toussaint? —Señala con la cabeza a Ford—. He recibido una serie de mensajes de voz largos y represivos de esta, diciéndome que has decidido no continuar con tu educación aquí. ¿Tienes alguna idea de lo que costó inscribirte aquí en primer lugar? —Nada de eso importa ya… Ruth sonríe con dulzura, pero todo es pura apariencia. —Como el infierno que no lo hace. Tienes que volver a esa escuela y terminar lo que empezaste. De una forma u otra, Sorrell. Miro a la mujer a los ojos, tratando de averiguar qué diablos está pasando. Ella reaccionó muy mal cuando mencioné a Henry; parecía como si hubiera visto un fantasma. Ahora está actuando jodidamente raro. Todo esto es raro. —No tiene sentido, Ruth. Theo es un maldito desastre. Lamenta lo que le pasó a Rachel. Hay… yo solo… ¡Ya no quiero estar aquí! Mira a Ford. —¿Te importaría darnos un momento, por favor? —Por supuesto. La directora Ford se dirige hacia el carrito de golf, como si nada de la conversación que ya había escuchado hubiera sido en lo más mínimo preocupante. Tan pronto como está fuera del alcance del oído, Ruth sisea: —Querías venganza por lo que él hizo. Querías que esto terminara. ¿Ya no quieres eso? —¡No! —Mi respuesta sale antes de que pueda pensar en la pregunta. Me sorprende descubrir que es la verdad. Venir aquí con la venganza en mente fue lo peor que pude haber hecho. He sufrido todos los días por ello. Me consumió, me envenenó, y ni siquiera lo seguí de todos modos. Algo mucho peor sucedió. El pánico se apodera de mí, sacudiendo mis huesos. —Por favor. ¿Podemos volver a Los Ángeles? Podemos arreglar esto desde allí. Yo solo… ya no puedo estar aquí. —No me importa si quieres irte de aquí. Realmente no me importa. ¿Quieres subirte a este avión y regresar a Los Ángeles? Bien. Pero, ¿eso es realmente lo que quieres? —Yo… —Cierro los ojos con fuerza—. No hay como continuar con esto. No puedo volver a mi vida como si nada hubiera pasado. Todavía queda mucho en el aire. Todavía hay tantos secretos, sé que los hay. —Entonces ya sabes lo que tienes que hacer —dice Ruth, sombría. Se ve tan extraña con sus jeans azules y su suéter, su cabello tan bien peinado, que es difícil escuchar estas palabras saliendo de su boca—. Quédate y resuelve todo. Esta es tu oportunidad para un cierre. No encontrarás ninguno en Falcon House. Eso no es algo que pueda darte. Tienes que averiguarlo por ti misma. Nunca me ha gustado la idea de decepcionar a Ruth. Y así es como suena: decepcionada. Esa misma vieja necesidad de complacerla se apodera de mí, y siento que la necesidad cobra vida dentro de mí: hacer lo que sea necesario para ganar su aprobación. Quédate aquí. Pelea con Theo. Tolera esta mierda. Manéjalo de alguna manera y haz las paces con todo lo que le pasó a Rachel. Pero por primera vez desde que la conocí, mi ira anula mi necesidad de complacerla. Ella me dejó para hacer frente a esto sola. ¿Estaba ocupada? A la mierda eso. El corazón de esta mujer está protegido por un muro de seis metros de altura y un metro de espesor, y ninguna de sus protecciones lo ha penetrado jamás. La única emoción que ha mostrado públicamente ha sido la ira. Nunca amabilidad. Nunca tristeza. Nunca empatía, ni felicidad. Es la persona más fría que he conocido. Y, por una vez, necesitaba más de ella. Estaba desesperada por algo de amabilidad, y todo lo que ella puede decir es: “¿Estaba ocupada?” Rachel se merecía más que eso. Yo merezco más. Doy un paso atrás. —Solo soy un inconveniente para ti, ¿no? —Sorrell. No seas ridícula. Sabes que eres importante para mí. —¿Por qué soy importante? ¿Por qué te importo? ¿Qué me pasa si me voy de este lugar, eh? ¿Estoy fuera, en el momento en que regrese a Falcon House? ¿Cómo es mi vida después de subirme a este avión? Los ojos de Ruth me taladran con una dureza franca que me hirió profundamente. Se encoge de hombros. —Sabes cómo es. Has estado con nosotros durante mucho tiempo. Ya eres prácticamente un adulto. Es hora de que descubras las cosas porti misma. Falcon House es un santuario para niñas que son demasiado jóvenes para abrirse camino en el mundo. Chicas que no tienen otro lugar donde estar… —Te refieres a las chicas que todavía traen un cheque del gobierno cada semana, ¿verdad? Cumpliré dieciocho pronto. He crecido lo suficiente para estar fuera del sistema. Esta fuente de ingresos ha dejado de ser económicamente beneficiosa, ¿verdad? Niega con la cabeza y allí está de nuevo, incluso peor que antes: su decepción es algo vivo que respira, un monstruo que acecha detrás de esos insensibles ojos azules. Podía convertir un corazón en piedra con esa mirada suya. —Ya sabes cómo son las cosas, Sorrell. Eso es todo lo que puede decir: una declaración que vale la pena repetir en su mente. Piensa que debería haber esperado esto. Debería haberlo visto venir. Estaba tan cegada por lo que le pasó a Rachel que realmente no lo hice. He sido la niña de oro en la casa de Ruth durante tanto tiempo que nunca pensé que podría caer en desgracia. —Quédate aquí, Sorrell. Descubre todos los misterios que te atormentan. Obtén el cierre que necesitas sobre lo que pasó con Rachel. Haz que ese chico pague por lo que hizo si es necesario. Perdónalo si es necesario. Olvida que alguna vez existió si es necesario. No regreses a Los Ángeles hasta que estés lista para lo que viene después. Una vez que lo estés, súbete al avión. Vuelve con nosotros y te ayudaremos a instalarte en algún lugar… —Jódete. En serio. Solo… jódete. Rachel lo vio venir, creo. Siempre decía que éramos una mercancía para Ruth. Fui tan jodidamente ingenua. Me alejo de ella y hago lo único que puedo en este momento; me dirijo directamente a la directora Ford. Ni siquiera parece sorprendida por la mirada vacía en mi rostro. —Supongo que podría estar terminando el semestre después de todo —le digo. —Vaya. Ya veo. Bueno, no puedo decir que lamento escucharlo. Tenemos suerte de tenerte en Toussaint… —¿Por qué? —Muevo mi cabeza hacia un lado, mirándola—. ¿Por qué tienen suerte de tenerme, directora Ford? No puedo pensar en una sola razón por la que me quieras en tu academia. Difícilmente soy la estudiante más inteligente. Eres tan mala como ella, cobrando otro cheque para mi beca, ¿no? La directora Ford me observa uniformemente, dejándome despotricar. Tengo mil y una acusaciones más que me encantaría lanzarle, pero de repente estoy tan cansada, tan agotada y aturdida por lo que acaba de pasar, que me quedo sin fuerzas. Hace quince minutos, nunca pensé que me encontraría pensando esto, pero en este momento todo lo que quiero hacer es volver a mi habitación y esconderme. Increíble cómo todo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. —No creo que eso fuera muy necesario —dice Ford con rigidez. —Está bien. Lo siento. Voy a volver a la escuela. —¿Estás segura de que no quieres despedirte de tu tía? Sí. Claro. Me olvidé. En esta ficción que hemos creado, Ruth es mi tía. Me pregunto qué tendré que decirle a Ford en las próximas semanas. Ruth no volverá aquí nunca más. Tendré que fingir matarla o algo así. Menos mal que tengo tanta práctica mintiendo estos días. —No —respondo—. Le he dicho todo lo que tenía que decirle. Me alejo, volviendo al auto. Estoy a punto de entrar, cuando una figura viene corriendo alrededor de la arboleda, corriendo a toda velocidad cuesta abajo hacia el lago. Oh. Malditamente. Excelente. No le dije que me iba. Dios sabe cómo Theo descubrió que iba a regresar a California, pero claramente lo descubrió de alguna manera y no parece feliz por eso. Corre hacia el embarcadero, dirigiéndose directamente hacia mí. Sus cejas están juntas, sus ojos fríos y furiosos. Señala con un dedo con cinta azul el carrito de golf y me gruñe. —Llévalo de vuelta a la academia, Chica. Iba a subirme al carrito de golf. Ahora, no estoy tan segura de querer hacerlo. No tengo la costumbre de obedecer las órdenes de este imbécil. Lanzo mis maletas en la parte trasera, pero me abstengo de subir y ponerlo en marcha. Doy la vuelta a Theo, controlando mis emociones; estoy tan enojada que podría llorar. —¿Por qué estás aquí? Ni siquiera se detiene a hablarme. Bordea el carrito de golf, pasa justo por delante de mí y se precipita por el embarcadero hacia la directora... y mi “tía” Ruth. Oh, mierda. Lo sigo, un torbellino de nervios haciendo que mi estómago se retuerza de nuevo. —¿Qué diablos crees que estás haciendo? —siseo. Theo no me escucha, o simplemente me ignora. De cualquier manera, él no responde a mi pregunta. —Lo digo en serio. Toma el carro y vete. —¿Quién diablos murió y te hizo dios? —Lo agarro por el brazo, haciéndolo girar. No creo que esperara que hiciera esto, porque casi logro detenerlo en seco. Libera su brazo de un tirón, dejando escapar un suspiro entrecortado, y… Oh, Dios. La mirada en su rostro... ¿Por qué se ve así? —Toma el carro y vete, Voss. —¡No lo haré! ¡Soy un jodido ser humano! No soy un pedazo de carne sin sentido, para ser ordenado. Mi padre era un borracho y un adicto, y murió en un charco de su propio vómito cuando yo tenía cinco años. Me las he arreglado sin un padre desde entonces. ¡No voy a hacer audiciones para uno nuevo ahora! Aspira hondo, una respiración irregular y dolorosa. —Joder, Sorrell. Por favor. Solo, por favor. Literalmente te lo suplico. Mi mente da vueltas. Ni siquiera puedo empezar a desentrañar lo que está pasando en este momento. Siento que oficialmente perderé mi mierda si no obtengo algunas respuestas pronto. Sin embargo, nunca he visto a nadie tan desesperado. Theo está irreconocible. Hay círculos oscuros debajo de sus ojos. Su piel está pálida. Sus labios parecen sin sangre, y un dolor tan terrible brilla en sus ojos que no puedo soportar sentirlo en mi dirección. —Si vuelvo a subirme a ese carrito, me dirás qué diablos está pasando —digo. No es una solicitud. No es una súplica. Una declaración. Se acabó el tiempo de rogar por información, y tendré las respuestas que necesito o tendrá que pagar mucho. Theo parece completamente derrotado... pero asiente. —Está bien. Hablaremos esta noche. —Excelente. —En contra de todos mis instintos, me subo al carro. Eso sí, no me voy. Espero. Un desagrado se asienta en mis entrañas; se necesita toda mi fuerza de voluntad para no vomitar en mi propio regazo. Observo mientras Theo cruza el embarcadero, donde la directora Ford y Ruth parecen estar enfrascadas en una acalorada discusión. ¿Están discutiendo? Tan pronto como llega Theo, se gira hacia Ruth y se enfurece. No puedo escuchar lo que dice. No puedo entender la extraña serie de emociones que pasan por el rostro de mi mentor: tristeza, confusión, irritación, frustración. Sin embargo, entiendo la última mirada que se posa sobre ella. Ira pura. De la nada, ella arremete contra Theo, golpeándolo con fuerza en el rostro. Me tapo la boca con las manos y observo con incredulidad cómo Theo va tras ella; parece que está a punto de devolverle el golpe, por el amor de Dios. Pero no lo hace. Él se controla, con ambas manos apretadas a los costados. La directora Ford se interpone entre ellos, levantando las manos en un gesto apaciguador que no parece calmar ni a Theo ni a Ruth. La directora habla, su boca se mueve a un kilómetro por minuto, y Theo mira hacia otro lado, hacia el lago, apretando la mandíbula. Se ve lo suficientemente tenso como para explotar. Sin decir una palabra más, gira sobre sus talones y vuelve a subir por el embarcadero. No me mira mientras carga a lo largo del borde del lago y desaparece, no hacia la academia, sino hacia el denso bosque a nuestra derecha. Difícilmente registro a la directora Ford volviendo al carrito de golf. Un silencio pesado y opresivo ahoga el aire. Ford abre la boca, pero yo niego con la cabeza lentamente. —No. Por favor. Solo... no lo hagas. No puedo soportar más mentiras en este momento. Solo llévame de vuelta. SorrellMe acuesto, escuchando la lluvia golpear contra la ventana. En el otro lado del cristal, el mundo es un desastre de metal gris rayado. El verde del césped y el bosquecillo de árboles en la distancia es monótono, los detalles del paisaje se reducen a manchas fangosas. Me deshago en mi capullo de mantas, hundiéndome en el silencio. Ni siquiera recuerdo los eventos de esta tarde en mi cabeza. ¿Cuál sería el punto? Ni siquiera sabría por dónde empezar. ¿Por dónde empezaría si quisiera darle sentido a algo de esto? Si pudiera encontrar un punto de partida, el comienzo del hilo, y avanzar desde allí, podría tener una gran oportunidad de salir del paso, pero todo está tan enredado que hacerlo es simplemente imposible. Así que me acuesto en mis sábanas, con un fuerte dolor de cabeza, esa maldita pieza musical acechando mis pensamientos, haciendo todo lo posible por no pensar en nada. Poco después de las siete, llaman a mi puerta. Es Lani. Tiene una mirada de lástima que aviva mi ira en un infierno ardiente. Podría destruir el mundo, esta rabia que tengo dentro de mí. Sé que no debería dirigirlo a Lani, pero lo último que necesito en este momento es su jodida simpatía. —Si has venido aquí para tratar de hacerme sentir mejor, o hablar de ello, o trenzarme el cabello o cualquier otra mierda, puedes olvidarlo —le digo, bloqueando la entrada de mi habitación con mi cuerpo. Asiente, como si entendiera perfectamente por lo que estoy pasando y cómo me siento en este momento. —Lo sé. No lo he hecho, lo prometo. En realidad... Theo me envió. —Maravilloso. Déjame adivinar. Está rompiendo su promesa y no viene a tener una conversación conmigo, ¿verdad? —No. Quería asegurarse de que todavía quisieras verlo primero. ¿Supongo que lo haces? —Maldita sea, lo hago. —Bueno. Luego me pidió que te dijera que te estará esperando en su habitación. Puedes ir a verlo cuando quieras. Dijo que te esperaría levantado, así que si se hace tarde… —¿Cuál es su habitación? Lani se ve confundida por un momento. Y luego: —Oh, cierto. ¿No has estado allí antes? —No. Se ríe con una risita extraña que hace que mi dolor de cabeza se intensifique a niveles molestos. —Está un piso más arriba. En el lado este del edificio. Está en el doscientos-cincuenta y ocho. —Gracias. Agarro la sudadera que cuelga en la parte trasera de mi puerta y salgo al pasillo. —¿Te vas ahora mismo? —chilla Lani. —Será mejor que acabemos con esto. —De acuerdo. Bueno, voy a estar terminando un par de tareas por un tiempo. Si terminas y quieres hablar… —Se calla, una luz suave y amable en sus ojos, y el calor que quema en la parte de atrás de mi cuello disminuye un poco. La estoy tratando como una mierda en este momento. Odio este lado feo y enojado de mí. Me está convirtiendo en una imbécil, lo que me hace arremeter contra la única persona que no ha hecho nada más que estar ahí para mí desde que llegué a Toussaint. Lucho para derribar el muro que he erigido entre nosotras, asintiendo rígidamente. —De acuerdo. Gracias, Lani. Podría hacer eso. Theo abre la puerta cuando llamo e inmediatamente da un paso atrás para dejarme entrar. Se retira a su habitación, dirigiéndose a sentarse en su escritorio, girando la silla de su oficina para quedar frente a mí. Hace un gesto hacia su cama, indicando que debería sentarme allí. Por alguna razón, esperaba que su habitación fuera mucho más amplia que la mía. Más grande. Sin embargo, el espacio es aproximadamente del mismo tamaño: lo suficientemente grande para su cama, su escritorio, una cómoda y una mesita de noche. Se siente mucho más pequeño aquí debido a su violonchelo, que ocupa una gran parte de su propiedad junto a la ventana. Huele tan fuerte a él aquí: frío invernal, nieve y menta. El aire está tan denso con el vertiginoso olor de él que mi cabeza da vueltas por un segundo, mi cuerpo reacciona de la manera más extraña. Me duele el corazón de una manera que no sé qué hacer. Sus paredes están desnudas, a excepción de un tablero de corcho sobre su escritorio, que está cubierto con fotos: Theo con una pareja que supongo que son sus padres; Theo con Sebastian y Callum; Theo con Lani, Ashley y Beth. Sin embargo, hay una serie de espacios vacíos. Espacios, de forma rectangular, donde parece que se han bajado unas fotos. Una mano se cierra alrededor de mi tráquea cuando me doy cuenta de qué fotos probablemente tenían esos espacios: imágenes de Theo y Rachel juntos, riendo, besándose, haciendo muecas. ¿Él las quitó después de que ella muriera? ¿O las quitó esta noche, para mi beneficio, porque no quiere que los vea juntos? La bilis sube, caliente, por la parte posterior de mi garganta, y tengo que apartar la mirada del tablero. —¿Quieres algo? —pregunta Theo en voz baja. Dirijo mi atención a él y mi pulso se acelera. Su cabello es tan oscuro que es negro como el azabache, mojado, como si acabara de salir de la ducha. Está cepillado hacia atrás, fuera de su rostro, haciendo de esta una de las raras ocasiones en las que puedo ver todo su rostro sin obstrucciones. Incluso el triángulo de tres pecas justo encima del pómulo. Sus ojos son serios, el marrón como el chocolate líquido, las motas doradas que enhebran sus iris aún más brillantes de lo habitual. Sus mejillas están sonrojadas, lo que marca un cambio con respecto a esta tarde, cuando estaba tan pálido que parecía que se iba a desmayar. Trato de no distraerme por el hecho de que la camiseta blanca de manga larga que lleva puesta no es, por una vez, cinco tallas demasiado grande, y el material tira tenso sobre su pecho y sus brazos, enfatizando cuán musculoso es su cuerpo debajo de él. Con los pies descalzos, pantalones de chándal gris oscuro hasta las caderas, es la persona más devastadoramente atractiva que he visto en mi vida. Incluso ahora, en medio de toda esta confusión y ofuscación, mi estómago todavía se llena de mariposas al verlo. Lo maldigo y maldigo mi propia estupidez. —¿Sorrell? —¿Mmm? —¿Quieres algo? —repite, en voz baja. Sonrío, sintiéndome un poco enojada, solo un poco imprudente. —No, a menos que tengas algo de tequila. Se ríe en silencio, pero la vista de su sonrisa, tan fácil, iluminando un poco su rostro, abre un agujero en mi pecho y me arranca el maldito corazón. —Es gracioso que digas eso. —Se agacha y abre el último cajón de su escritorio, sacando una botella de Don Julio y dos vasos de chupito—. No tengo limón. O sal —admite. —Está bien. Dudo que el alcohol mejore la presión que me golpea en las sienes, pero estoy dispuesta a correr el riesgo; tengo la sensación de que voy a necesitar un trago una vez que entremos en esto. Theo sirve dos tragos y me ofrece uno, agarrando uno para él. Extiende el suyo cuando me siento en el borde de su cama perfectamente hecha y choco el vaso que me ha dado con el suyo. —Salud —susurra. —Salud. El líquido ámbar abre un camino por mi esófago y me trago las ganas de vomitar, sacudiendo la cabeza para evitar la quemadura. Dejando su vaso, Theo toma el mío y lo vuelve a llenar. Hacemos otro trago, y la aspereza del tequila no es tan mala la segunda vez. Estoy tan nerviosa que aceptaría un tercero de él si me lo sirviera, pero cuando me quita el vaso esta vez, lo deja en su escritorio junto con el suyo y los empuja a un lado. Probablemente sea lo mejor. A partir de ahí, solo me mira, sus ojos buscan mi rostro, su frente se arruga en líneas de preocupación. No dice una palabra. —Bien entonces. Aquí estamos —digo, porque uno de los dos tiene que decir algo—. ¿Por dónde piensas empezar? Porque tengo muchas preguntas. El ceño de Theo se profundiza, tallando profundos surcos en su frente. Se sienta hacia delante, respira hondo y se frota su rostro con las manos. —No sé. No estoy seguro de por dónde empezar. Honestamente, no sé si esto es siquiera una buena idea. Probablemente no lo sea. Definitivamente no lo es. —Será mejorque no cambies de opinión y me cuentes una mierda ahora, Theodore William Merchant. Me mira por el rabillo del ojo, un poco de diversión reemplazando su expresión preocupada. —Tratamiento de nombre completo, ¿eh? Algunas cosas nunca cambian. —¿Que se supone que significa eso? Se ríe de nuevo, sacudiendo la cabeza. —Nada. Solo deja de parecer tan enojada por un segundo y relájate, ¿de acuerdo? Necesito un momento para resolver esto. No me siento muy benevolente. O paciente. Sin embargo, le doy un segundo para que se recomponga, porque realmente parece que está pensando profundamente, tratando de encontrar la solución a un problema muy complejo. Eventualmente, dice: —Solo hay una manera de hacer esto. —¿Y eso es? —Necesito prepararme primero. —Suena como una gran idea. Manos a la obra. Juro que si me hace esperar más, voy a tener un ataque de nervios. De mala gana, Theo se levanta de su silla. ¿Vendrá a acostarse en la cama conmigo? ¿ Va a tirar de mí hacia él? ¿Qué demonios está haciendo? —Espero que estés lista para esto —susurra. Y se quita la camiseta. La tela blanca cae al suelo, y Theo se pasa una mano por el cabello, apartándolo de nuevo del camino. Se para frente a mí, desnudo de cintura para arriba, y mi respiración se atasca en mis pulmones. Él es una belleza. Su pecho es una pared de músculos, sus abdominales están esculpidos a la perfección. Ranuras gemelas se sumergen sobre sus caderas, formando una V profunda que desaparece debajo de la cintura de sus pantalones de chándal. Su piel, suave y con restos de bronceado, es tan jodidamente perfecta que no puedo evitar querer estirar la mano y tocarlo. Atravesando su pecho, subiendo por su cuello, la tinta de la que solo he vislumbrado hasta ahora se despliega a través de sus pectorales, intrincada e intrigante. Un sol elaborado ha sido grabado en el mismo centro de su pecho, lanzas de líneas que brotan de su centro, creando sus rayos. Entre ellos, las flores silvestres, las rosas, las abejas y los colibríes se unen para crear la obra de arte más detallada e impresionante que jamás haya visto en el cuerpo de una persona. La parte superior de sus hombros también está entintada: a la izquierda, una brújula, la flecha apuntando al norte. A la derecha, otro diseño que parece casi una brújula también, aunque esté está rodeado por lo que parecen... ¿runas? Y luego por su pecho, debajo del sol, por el lado izquierdo de su caja torácica, un delicado trabajo de escritura Detengo mi inspección de él, mirándolo, tratando de darle sentido a lo que estoy viendo. Nombres. Nombres de chicas. Cuatro. El último de los cuales dice: Rachel. —¿Qué demonios es esto? —Sorrell. —No, Theo. ¿Qué demonios es esto? ¿Crees que vas a hacer que te desprecie menos mostrándome una lista de los nombres de tus conquistas pasadas tatuados en tu cuerpo? ¿Qué diablos? —Sorrell —dice suplicante. —Deberías haber hecho el guion un poco más pequeño, imbécil. Te quedarás sin espacio antes de que termines el primer año de universidad. Voy a agarrar mi bolso, pero no traje uno. Agarro mi sudadera y me la pongo, metiendo furiosamente mis brazos en ella, tirando de esta por encima de mi cabeza. No tengo frío, pero necesito hacer algo. Tengo que alejarme de él. Esto no tiene ningún sentido. Theo agarra mi muñeca mientras me dirijo a la puerta. —¡Dijiste que querías la verdad, así que déjame decirte la puta verdad! Giro sobre él, liberándome de su agarre, mi corazón pateando contra la jaula de mis costillas. Se siente como si estuviera tratando de salir de mí. —Fui una idiota al venir aquí, pensando qué harías lo correcto. Que me darías una respuesta honesta a mis preguntas. Pero no. Todavía estás jugando jodidos juegos conmigo, ¿no es así? Todavía estás… ¡Estás tratando de lastimarme! La devastación deja un rastro sombrío en el rostro de Theo. Junta sus manos alrededor de la parte posterior de su cuello, entrelazando sus dedos allí. —No estoy jugando —susurra. —Entonces, ¿por qué tienes el nombre de Rachel tatuado en tus malditas costillas? —Porque la amaba —responde rápidamente. —¿Y… Amelia? —farfullo. —La amaba —repite. —¿Y Catherine? Solo me mira. No siente la necesidad de decir nada ahora. Llevo el dorso de mi mano a mi boca, tratando de contener el sollozo que se acumula en mi garganta, pero es inútil. Se me escapa de todos modos, fuerte y horrible. No puedo entender esto. No puedo entender lo que estoy viendo. —¿Por qué? —susurro—. ¿Por qué mi nombre está en la parte superior de tu lista? —Sorrell. Si tan solo me dejas explicar… Corro hacia la puerta, incapaz de soportarlo un segundo más. La confusión. El pánico. La agonía insoportable, desgarrándome. Se siente como la muerte misma, rugiendo a través de mis venas, canalizando un camino hacia el centro de mi pecho, donde se envolverá alrededor de mi corazón como alambre de púas y me matará. Tengo que irme. En el pasillo. Corriendo hacia las escaleras. Tropezando, trastabillando, cayendo. Dolor destellando a través de mis rodillas. Otro pasillo. Otro juego de escaleras. —¡SORRELL, ESPERA! Corro. Corro tan fuerte que ni siquiera siento que me rompo. Sorrell Estoy empapada hasta los huesos. Me duelen las piernas. Mis muslos arden. Mis pulmones gritan. Estoy cubierta de barro. Corro colina abajo, apenas capaz de mantenerme erguida. Un miedo horrendo ruge en el fondo de mi mente, advirtiéndome que si dejo de correr, un destino realmente horrible me sobrevendrá, y no puedo razonar para salir de las garras de ese miedo. Siento como si estuviera atrapada dentro de un reloj de arena, hundiéndome en la arena, que se vierte de un extremo al otro, demasiado rápido, y estoy trepando por los lados del vaso, tratando de no desaparecer, de detenerme de ser tragada por la angosta brecha, para evitar que me deshaga. Mi cráneo se está partiendo en pedazos. Corro a través de los árboles, a toda velocidad a ciegas, sin pensar a dónde me dirijo. Está oscuro, y me estoy congelando, y no puedo ver adónde diablos voy, pero no dejo de correr. Finalmente, llegué a una carretera. Sigo corriendo. Estoy más asustada que nunca en mi vida y no sé por qué. Solo sigo corriendo. La noche se extiende eternamente frente a mí. Doblo mis tobillos. Me caigo y me vuelvo a levantar. Mis manos están resbaladizas con sangre, mis palmas abiertas. Después de una eternidad, las luces brillan en la oscuridad detrás de mí, arrojando dos columnas gemelas de color amarillo-blanco sobre el suelo, iluminando el asfalto y haciendo una sombra de mí. Me detengo en seco, el agotamiento se hunde en mis huesos, y me inclino, descansando mis manos en mis jeans empapados, tosiendo y ahogándome con el aire perversamente frío, tratando de recuperar el aliento. La puerta de un auto se cierra de golpe detrás de mí. Espera. ¿La puerta de un auto? Me golpea de repente: estoy en una carretera. Un maldito camino. No el camino destruido que Gaynor y yo vimos boquiabiertos hace un par de meses. Este camino está completo, en una sola pieza, perfectamente bien para conducir. —Sorrell, te vas a romper el cuello, precipitándote aquí abajo de esa manera. Por favor, ¿puedes subir al auto y hablar conmigo? La calma mortal de Theo me provoca algo que no puedo explicar. El miedo y el pánico parpadean, abandonándome en mi agotamiento, y de repente es todo lo que puedo hacer para permanecer de pie. Cuando siento su mano en mi hombro, me giro y me derrumbo contra él, dejando escapar un sollozo ahogado mientras entierro mi rostro en su pecho. Se ha vuelto a poner la camiseta ahora, ocultando los nombres en su caja torácica, pero es como si pudiera sentirlos arder bajo mis manos, y me siento tan perdida y desestabilizada que no puedo hacer nada más que llorar. Me levanta, llevándome a sus brazos. Me lleva de regreso al auto, un elegante Mustang negro, y me coloca suavementeen el asiento del pasajero, sujetándome en mi asiento. Estoy aturdida cuando entra y comienza a conducir. No vuelve a subir por la montaña, me doy cuenta. Pero vamos hacia abajo. —¿A dónde vamos? —pregunto rígidamente. —A un lugar especial —responde. Y estoy demasiado cansada para hacer más preguntas. Me enfado cuando Theo pasa frente a una parada de autobús. Una maldita parada de autobús. Mi ira es algo vivo que respira. No se suponía que hubiera otros caminos que condujeran a la Academia, solo el camino solitario y destruido que vi cuando llegué a Toussaint. Era innavegable, decía el cartel. Imposible de pasar, había dicho la directora Ford. Pero aquí estamos, acelerando por una carretera en perfecto estado, las luces de la calle azotando las ventanillas del auto mientras Theo arde en la noche. Mastico el interior de mi mejilla hasta que saboreo la sangre, negándome a abrir la boca, porque sé lo que sucederá si lo hago. Comenzaré a gritar, maldecir, lanzar puños, y no puedo ver cómo eso ayudará en nada en este momento. Estoy furiosa cuando Theo gira a la izquierda y entramos en un pequeño pueblo, ¡Un maldito pueblo! Pasamos por un cartel pintado que dice: “Ahora estás entrando en Sumner, WA. Población 1287. Conduzca con cuidado”. Una farmacia. Una tienda general. Una oficina de correos. Un agente de bienes raíces. Una tienda de licores. Pasamos por cada uno de estos negocios, el único auto en la carretera llena de baches bajo la lluvia, y yo hiervo de asombro en silencio. Otro kilómetro y medio por la carretera, Theo se detiene en un estacionamiento. Un restaurante, Patty’s, se encuentra al otro lado del estacionamiento, todavía abierto, sus luces brillan en la oscuridad. Theo apaga el motor. Se mira las manos por un segundo y luego dice: —Vamos. Tienen un gran café aquí. Realmente te gustara. Miro el teléfono de Theo, parpadeando ante la imagen en la pantalla. No es jodidamente posible. Estoy allí en la fotografía, encerrada en el círculo de los brazos de Theo. Me está besando en la mejilla y yo me estremezco, fingiendo que lo odio. Pero no es así. Me encanta. —Aquí tienen. Un café negro. Un café con crema. azúcar. La camarera alta con los hoyuelos a juego coloca dos tazas, una para mí y otra para Theo, y nos sonríe nerviosamente. No tomó ningún pedido de nosotros cuando entramos. Todo su rostro se iluminó cuando nos vio entrar, pero Theo sacudió la cabeza en señal de advertencia y ella asintió, volviéndose hacia la caja registradora. Me guio a una cabina junto a la ventana y me sentó en el banco, operando mis extremidades por mí como si fuera un robot inerte, y luego se sentó en el banco frente a mí, aclarándose la garganta. Entonces me había dado su teléfono. Me dijo que mirara todas las fotos que tenía en su cámara. Todavía no he logrado procesar las imágenes que he visto. Yo con un vestido de verano amarillo, de pie frente a la Space Needle, con los brazos en alto en el aire. Yo dormida en los brazos de Theo, acurrucada en un revoltijo de sábanas. Yo en un sofá, con el cabello recogido en un moño desordenado, un pastelito en la mano, las mejillas llenas, la punta de la nariz cubierta de escarcha, sonriendo como una niña pequeña. Yo en Central Park, con el cabello mojado por la lluvia, agarrando con fuerza la bola de nieve que actualmente está sobre la cómoda de mi habitación en la academia. Theo y yo besándonos. Theo y yo besándonos en un millón de imágenes diferentes, en diferentes poses, en diferentes lugares, rodeados de nieve, bajo la lluvia y bañados por la luz del sol. Theo, yo, Lani, Ashley y Sebastian, las chicas en biquini, los chicos en bañador. En esta imagen, solo hay un nombre grabado en las costillas de Theo, y es el mío. —Avísenme si les puedo traer algo más, niños —dice la camarera en voz baja. Theo le da las gracias y ella se retira detrás del mostrador, dándonos un poco de espacio. —¿Qué es esto? —susurro. —Somos nosotros —responde Theo simplemente. —Estás mintiendo. —No lo estoy. —Todas están editadas con Photoshop. —No lo están. Puse su teléfono en la mesa frente a mí. —¿Crees que soy estúpida, Merchant? Gaynor me retocó todas esas fotos en mi habitación muy bien. Parecen reales. ¿De verdad crees que no sé cuándo estoy mirando fotos falsas? Toma una respiración constante y alcanza su teléfono. Rápidamente mira las imágenes y encuentra la que está buscando. Después de un largo momento, mirando la pantalla, se muerde el labio inferior y lo desliza hacia mí. Estoy acostada en una cama de hospital. Mis ojos están cerrados. Estoy usando una bata de hospital y mi cabeza está envuelta en gruesos vendajes. Estoy conectada a demasiados monitores y máquinas para contar. —Gaynor era tu enfermera —dice—. Estaba en el turno de noche la mayor parte del tiempo, que era cuando más te despertabas. A veces recuerdas el accidente. La mayoría de las veces... no lo haces. Aparto su teléfono. —¿De qué estás hablando? —Eran las vacaciones de verano y nos habíamos ido a la casa de un amigo de West en Los Ángeles. Había una fiesta en las colinas. Se suponía que debía llevarnos a todos a casa, pero había bebido demasiado. Solo habías tomado una cerveza, así que te ofreciste a llevarnos de vuelta. Sebastian y Ashley estaban jugando en la parte trasera del auto. Yo también estaba jodiendo con ellos, siendo un idiota, pero me desmayé a medio camino del lugar. Había aceite en la carretera. Intentaste reducir la velocidad en una esquina y terminaste atravesando la barandilla hacia el tráfico que se aproximaba. Se precipita a través de esto con cero inflexión en su voz, rápidamente, como si estuviera recitando una lista. Como si fuera una historia que ha contado muchas veces antes. Pero no es verdad. Lo recordaría si fuera cierto. —Soy de Los Ángeles —le digo. —Eres de aquí —dice—. De Sumner. Yo también. Crecimos uno al lado del otro, Sorrell. Te conozco de toda mi puta vida. Y eso, damas y caballeros, es justo donde me desmayo. No recuerdo cómo terminé de vuelta en mi habitación. Sin embargo, me despierto en mi cama de alguna manera. Estoy fuera de mi ropa empapada y en sudaderas y una camiseta, temblando debajo de mis sábanas. Theo se sienta en la silla al lado de mi cama, mirando por la ventana. Suspira cuando se da cuenta de que estoy despierta. —Lo siento —dice firmemente—. Traté de ayudarte a hacerlo lentamente, pero… supongo que no fue lo suficientemente lento. Recuerdo todo lo que me dijo en el restaurante. Desearía no haberlo hecho, pero sus palabras están grabadas en mi mente, dando vueltas una y otra vez. —¿Por qué estás haciendo esto? —susurro—. ¿Qué estás sacando de esto? ¿Es algún intento de aliviar tu culpa por Rachel? —Rachel… —Theo ensancha sus fosas nasales, mirando hacia atrás por la ventana. Una vena late en su sien, lo que indica una llamarada de frustración que parece muy real—. No sé cómo hacer esto sin provocarte de nuevo —dice. —¿Provocarme? —Te desmayaste en el restaurante. Te desmayas mucho. —No, no lo hago. —Sí, tú, jodidamente lo haces —dice, riendo amargamente—. Hemos pasado por esto antes, está bien, y nunca sale jodidamente bien, así que solo... —Levanta las manos, dejándolas caer de nuevo en su regazo. Una respiración profunda parece igualarlo un poco—. Todos estábamos usando nuestros cinturones de seguridad esa noche, gracias a Dios. El automóvil no golpeó a ningún otro vehículo, solo a la barandilla. Sin embargo, la bolsa de aire del lado del conductor no se desplegó. Te golpeaste la cabeza con el volante. Todos logramos salir del auto, pero tú estabas atascada. No podía sacarte del lado del pasajero. —Él ahoga una risa—. Y tu ventana era terca como la mierda y se negaba a romperse. Se mira las manos. Las cicatrices irregulares que tiene allí, las tenues líneas plateadas que cruzan su piel. —Pasé mi puño a través de esta —dice con total naturalidad—.No se suponía que el vidrio de seguridad fuera afilado, pero... supongo que estaba equivocado en eso, ¿no? Sebastian y Ashley esperaron la ambulancia junto a la carretera. Sin embargo, no quería moverte tan lejos, así que me quedé contigo en el camino. El motor del auto se incendió. No explotó como en las películas, pero... fue malo. El tráfico era malo, de parachoques a parachoques, y esos malditos idiotas no se detendrían para los servicios de emergencia más adelante en el camino. Tardaron treinta minutos en llegar hasta nosotros. Si hubieran llegado antes, no sé… —Sus ojos brillan demasiado—. Tal vez la mierda no hubiera sido tan mala. Pero ni siquiera tenías heridas abiertas. No había sangre. Dijeron que no empeoré las cosas al moverte, pero… —Detente —digo con voz áspera. —Si te hubiera dejado en el auto, tal vez podría haber estabilizado tu cuello correctamente. Estuviste bien por un día más o menos. Pero luego tuviste compresión. Tu cerebro se hinchó hasta el punto de que tuvieron que hacerte un maldito agujero gigante en el cráneo. No pensaron que lo ibas a lograr. Tuviste tres contusiones separadas en tu cerebro. Tu cirujano dijo que el más grande fue catastrófico. Dijo que ni siquiera pasarías esa segunda noche. Pero había otro cirujano. Esta jodida... vaquera. —Él niega con la cabeza—. Ella juró que podía curarte, y lo hizo. Mas o menos. Ella fue imprudente como el infierno... pero sobreviviste. Estuviste en coma durante dieciocho... —Deja de hablar. Estoy horrorizada por las lágrimas que corren por sus mejillas. Esto no está pasando. Secando esas lágrimas con el dorso de sus manos, finalmente me mira. —Dieciocho… días —termina—. Fuiste un maldito milagro. Después de superar la hinchazón, las hemorragias y la cirugía, los otros médicos dijeron que era imposible que te despertaras después de un coma de dieciocho días. Y si lo hacías, serías un vegetal por el resto de tu vida. Pero te despertaste. Y estabas bien. Podrías ver. Hablar. Moverte. Caminar. Fue el mejor día de mi puta vida. —Estás enfermo. Trato de escapar. Mis brazos son como plomo cuando intento tirar las sábanas hacia atrás. Es como si me estuviera moviendo a través de un lodo espeso y empalagoso, y mi cuerpo no me respondiera. Theo salta de la silla y se sienta a mi lado, tomándome la mano. —¿Qué pasa con esto que no te parece real? —exige—. Lógicamente, ¿por qué inventaría algo como esto? —¡Por qué! ¡No sé! Yo... si algo de esto era cierto, ¿por qué no lo recordaría? Si me desperté después de todo eso y estaba bien, ¿por qué no lo recordaría? —Dijeron que era amnesia al principio. Pérdida de la memoria a corto plazo. Común después de ese tipo de lesión en la cabeza. Pero después de un par de semanas, perdiste más y más de ti misma. Empezaron a sospechar que se trataba de algo más complicado. Yo era lo último que recordabas. Sin embargo, generalmente soy lo primero que recuerdas también —admite. Retrocedo lentamente hacia las almohadas, de alguna manera encontrando la fuerza para quitar mi mano de la suya. —Mentiroso. —Ojalá estuviera mintiendo. Theo siempre ha sido tan distante. Retirado. Frío. Duro. Nunca lo he visto así. Destrozado. Roto. Tan lleno de dolor. —Si… —Hay tantas maneras de discutir esto. Tantos “si”. No puedo contenerlos todos en mi cabeza a la vez—. Si no me estás mintiendo, entonces ¿por qué creo que soy de Los Ángeles? ¿Por qué... por qué recuerdo haber estado en un hogar de acogida allí? Respira uniformemente, los hombros tensos, cuando dice: —Nunca estuviste en un hogar de acogida. Tus padres… Me sacudo hacia atrás, aturdida. —¿Mis padres? —La gente en todos los marcos de tus fotos —dice gravemente. —Tu padre murió en un accidente de motocicleta cuando tenías once años. Tu madre murió de cáncer cuando tenías trece años. —¡Jesucristo! —Lo sé. ¡Mierda! Demasiado rápido. Todo esto es demasiado rápido. Estoy arruinando esto. Yo tengo… ¿tuve padres? No puedo procesar esto. Simplemente no puedo. Mi cerebro sufre un cortocircuito cuando intento entender lo que Theo acaba de decirme, así que ni siquiera lo intento. —Todavía no me has explicado por qué tengo estos otros recuerdos... —En muchos casos, los traumatismos craneales son un completo misterio. El cerebro es todavía un universo desconocido, todavía en exploración. Muy poco tiene sentido. Una persona puede tener el cráneo abierto de par en par, puede parecer que no hay una posibilidad lógica de supervivencia, pero esa persona se recupera por completo. Luego, hay personas que reciben un pequeño golpe en la cabeza y lo pierden todo. Sus funciones motoras. Su capacidad de hablar. Su memoria. Todo su sentido de sí mismo. Sin embargo, el cerebro siempre quiere curarse a sí mismo. Y es muy hábil para llenar los vacíos. Si la mente percibe que está en peligro y que su entorno no tiene sentido, hará todo lo posible para que su entorno tenga sentido. Tu mente todavía se está recuperando del accidente, así que está llenando los espacios en blanco, brindándote un trasfondo y una historia, un sentido de ti misma, para que puedas sobrevivir. Eventualmente, la hinchazón en tu cerebro se corregirá y comenzarás a recordar. Suena tan confiado. Ni una sombra de duda en su voz. La sombra de incertidumbre en sus ojos cuenta una historia diferente. Me hacen pensar que hay más en esta fantástica y absolutamente loca historia suya, y que realmente no me gustará cuando finalmente entregue toda la información que tiene. Cierro los ojos por un segundo, respirando. Inhala… Exhala… Inhala… Exhala… Me invade una especie de calma temblorosa, pero sé que tan pronto como empiece a hablar de nuevo, esa calma me abandonará. Lo disfruto por un momento, tratando de juntar mis pensamientos en algún tipo de estructura que tenga algún sentido. Y luego digo: —Está bien. Digamos que creo algo de esto, entonces, ¿qué... he estado dando vueltas así, pensando que crecí en un hogar de acogida, que no te conozco ni a ti ni a nadie más de mi pasado? ¿Por semanas? Theo se recuesta en la silla, sus ojos miran al techo. —Ha pasado un poco más que eso, me temo. De repente me siento muy mal. —¿Meses? No dice nada. —¡Theo! ¡Por el amor de Dios! ¡Dime que no he estado flotando en un mundo de fantasía falso durante meses! A regañadientes, baja sus ojos chocolate dorado, su mirada encuentra la mía y la sostiene. —Han pasado casi dos años desde el accidente. La bilis sube por la parte posterior de mi garganta. Creo que me voy a enfermar. —¿Y Rachel? Rachel ha estado fuera todo ese tiempo, y yo... —Quiero decir las palabras, de verdad, pero no puedo decirlas. Me duele la garganta, llena de fuego, cerrándose. No puedo tragar. No puedo respirar. No puedo procesar nada de esto. Mi mejor amiga se fue hace casi dos años, y he estado a flote, pensando... No sé en qué he estado pensando. Estoy tan jodidamente confundida, mi cabeza se siente como si estuviera a punto de astillarse. Mi creciente pánico se intensifica cuando los ojos de Theo se cierran, como si acabara de atravesar una puerta mental, a través de un portal, a un lugar donde no puedo seguirlo. —¿Qué es? Sea lo que sea, también podrías decirlo ahora. Ya has puesto el mundo de cabeza. Solo... por el amor de Dios, ¡No puedo soportar más esto! ¡Escúpelo! —Bien —espeta—. Rachel no ha muerto desde el accidente. La esperanza se eleva dentro de mí por un hermoso momento. ¿Ella no murió? Oh, Dios mío. Oh, Dios mío… —Tú eras Rachel. —Puedo decir que esta admisión es difícil; las palabras parecen traer cuchillas de afeitar hasta la parte posterior de su garganta con ellas—. Así como eras Amelia. Justo como fuiste Catherine. —No. No, eso no es posible. La recuerdo. —Cuando comenzaste a perderte después de despertarte del coma, comenzaste a decirle a la gente que tu nombre era Amelia. Tuviste toda una vida como Amelia. Una historia. Un pasado. Me quedé contigo enel hospital todo el tiempo que pude. Intenté recordarte quién eras antes del accidente y nuestra vida juntos. Lo que habíamos estado planeando durante tanto tiempo. Fuiste Amelia durante tres meses. Eras tan diferente de la persona de la que me había enamorado, pero también eras la misma, en el fondo. Tu color favorito seguía siendo el verde. Tu sabor de helado favorito era caramelo salado. Todavía eras amable, valiente, sarcástica y defensiva. Todavía me mirabas como si yo fuera lo único que importaba en el mundo. Sin embargo, toda nuestra historia fue borrada. Cada momento especial que hemos experimentado juntos, simplemente… —Chasquea los dedos—. Desapareció. Un día, yo solo… —Aprieta la mandíbula—. Lo perdí. Estaba tan frustrado y te grité. Te sobresaltó tanto que te acordaste por un segundo. Y entonces... solo miraste la mesa y no dijiste nada. Miraste al espacio durante tres días después de eso. Cuando empezaste a hablar de nuevo, Amelia se había ido. Tú eras Catherine. Nunca he conocido un horror como este. Ni siquiera puedo comprender cómo se supone que debo escuchar esto y creer algo de eso. Si pudiera, me levantaría de esta cama y correría hacia la puerta, pero sé que mis piernas no me llevarían. No daría tres pasos antes de hundirme en el suelo y estallar en lágrimas. —¿Por cuánto tiempo... supuestamente... fui Catherine? —susurro aturdida. —Siete malditos meses miserables —responde Theo—. Me odiabas. Estabas enojada. Depresiva. Te escapabas del hospital y te metías con extraños. Bebías demasiado. Consumiste drogas. Sin embargo, seguías siendo tú misma, debajo de toda la ira y el dolor. Todavía podría verte allí. Así que me quedé. Intenté ayudarte a recordar. Traté de ser más paciente esa vez. Más comprensivo. Pero Catherine… —Se ríe temblorosamente—. Bueno, ella casi me mata, si soy honesto. Al final, casi tomaste una sobredosis en una fiesta. Los paramédicos te llevaron a un hospital en Seattle. Te lavaron el estómago y te inyectaron Narcan, y cuando conduje hasta allí para buscarte, ya no eras Catherine. De repente eras Rachel. Yo no… No. Cierro los ojos con fuerza. Eso no está bien. No puede ser. —Piensan que el trauma causa estos cambios. Estrés. Tu mente ha pasado por tantas cosas que cada vez que se encuentra con una experiencia realmente difícil o no puede manejar su entorno, simplemente... —Hace un movimiento rápido con la mano—. Tu antiguo médico, el doctor Pérez, explicó que es como cambiar los canales de un televisor. Al espectador no le gusta el programa que se está reproduciendo, así que ven lo que hay al otro lado. —¿Y yo soy el espectador en todo esto? —Tu subconsciente —dice Theo—. La parte animal de tu cerebro que detecta el peligro se ha activado tanto desde el accidente que tu subconsciente está atrapado en este ciclo de lucha o huida. Y toma vuelo cada vez que las cosas se ponen difíciles. Y te conviertes en otra persona. Y yo... —Su voz se quiebra. Se detiene en seco. Parece más enojado que molesto, pero siento que debería consolarlo de alguna manera. Aun así, el furioso ciclón de emociones en mis entrañas que me dice que debería despreciarlo persiste. ¿Cómo se supone que voy a hacerlo sentir mejor si quiero hacerlo sufrir por lo que hizo? Si lo que dice es cierto, ¿por qué no puedo sacudirme esta terrible furia que parece tan decidida a envenenarme? —Deberías descansar un poco —murmura Theo—. Diría que ahora califica como uno de esos momentos en que las cosas se ponen difíciles. Si presiono más… —Él pasa sus manos hacia atrás a través de sus gruesas ondas, dejando escapar una risita derrotada que no contiene nada de humor—. ¿A quién estoy engañando? Probablemente ya sea demasiado tarde. Dios... solo en serio. A la mierda mi vida. —Se levanta de la silla, gimiendo mientras se vuelve a poner los zapatos. Ni siquiera me había dado cuenta de que se las había quitado. Por su apariencia, la lluvia las empapo por completo. Se estremece, hace una mueca mientras mete los pies en ellas y comienza a abrocharse los cordones. —No lo hagas —susurro. Su cabeza se levanta. —¿Qué? —No te vayas. Todavía te odio. Creo que eres literalmente lo peor. Pero... no quiero que te vayas —admito. —No puedo responder más preguntas. No puedo decirte más de lo que ya he hecho. No ahora… —No quiero saber nada más. No todavía. Yo solo... ¿Por favor? ¿Te quedas? —¿Quieres que duerma contigo? ¿Aquí? —Algo se atasca en la garganta de Theo—. ¿Después de todo esto? Estoy tan jodidamente cansada. Me he agotado tratando de seguir el ritmo de la información que Theo me transmitió, pero procesar cada pequeño detalle me ha costado algo, y es algo más que energía. Se siente como que, sea lo que sea lo que he perdido, no lo recuperaré. —Siento que podría escabullirme si te vas —confieso—. Por favor. Solo quédate conmigo. ¿Te acuestas a mi lado? ¿Tomas mi mano? Esta versión de Theo es irreconocible. No se parece en nada al tipo que conocí aquí en mi primer día de Toussaint. Se ve feliz. Mi cabeza está palpitando tan violentamente que no puedo pensar con claridad, de todos modos. Si esto es una estrategia para engañarme para que lo perdone, entonces joder, será fácilmente refutado, ¿no? Me dirijo directamente a ver a la directora Ford por la mañana. Una conversación con ella confirmará o refutará las afirmaciones de Theo. Si me está mintiendo sobre esto, le cortaré la garganta al bastardo. Sería una mentira tan malvada y terrible de decir, y se merecería todo lo que le hice por ello. Aunque ya sé la verdad. Realmente no tiene sentido que Theo mienta sobre algo tan extravagante como esto. ¿Dónde lo llevaría a largo plazo? Entonces eso significa que está diciendo la verdad. Simplemente no entiendo nada de eso. Nada de esto tendrá sentido, al menos hasta la mañana. Theo se acerca a la cama lentamente. El colchón se hunde cuando retira las sábanas y se acuesta a mi lado, completamente vestido. No le pido que se desnude. No estamos aquí para follar; esto no se trata de eso. Solo quiero sentirme segura y tener el calor de otro cuerpo junto al mío. Y, sinceramente, tengo miedo. Si todo esto es cierto, es posible que ni siquiera me despierte mañana, y ese pensamiento es aterrador. No puedo soportar ni siquiera pensar en ello. No quiero perderme. Pero si lo hago, al menos así despertaré en los brazos de Theo Merchant. Theo Hace tres años —¿Lucha? ¿En serio? Eres tan predecible. ¿Por qué no condimentar un poco las cosas? Únete al club de ajedrez. Entra en robótica. Agita el statu quo. No puedo creer que mi hermano mayor haya resultado ser un atleta. Es tan… cliché. Noelani intenta robarme un arándano. Deslizo mi plato fuera de su alcance, metiendo un pan tostado en mi boca mientras me levanto de la mesa. —Toco el violonchelo, Lani. ¿No es eso lo suficientemente tonto para ti? Al otro lado de la cocina, junto al refrigerador, Lorelei habla con uno de los jardineros sobre cortar el césped o alguna mierda. El pobre bastardo está tratando de decirle a mi madre algo sobre su horario, pero la mujer, con toda su terquedad, se niega a aceptar lo que él está tratando de decirle. —Tenemos un contrato, Sam. Vienes aquí dos veces por semana y te encargas de lo que sea necesario. También te pagan muy bien por ello, ¿recuerdas? Tengo una fiesta en el jardín la semana que viene… —Lo sé, señora Merchant. Lo sé. Pero nuestro contrato también me permite vacaciones, y le hablé de este viaje hace tres me... —No, no. No. —Lorelei se mete el cabello oscuro y ondulado detrás de las orejas, una señal segura de que se está frustrando. Suspira profundamente—. Estoy hablando, Sam. Por favor, no me interrumpas cuando estoy hablando. Es muy grosero. Ahora, sabes que necesito que el jardín sea absolutamente perfecto para esta fiesta. Necesito cuidar el césped. No puedo tener los bordes como una mierda, ¿de acuerdo? Simplemente no puedo. Ahoraque alguien volverá a vivir al lado, yo… Estoy acostumbrado a ignorar a mi madre. Puede seguir y seguir durante horas. Sin embargo, lo siento por Sam, nuestro sufrido jardinero. Me sorprende que no se haya ido hace años. Agarro mi bolso, guardo las llaves del Mustang y empujo mi silla debajo de la mesa. Lani me mira con ojos color chocolate oscuro, ojos como los de nuestra madre. Como los míos, y me da una sonrisa cursi y come mierda. —Si no vas a comer tu fruta, ¿por qué no puedo tenerla yo? —Porque soy un imbécil. —Sonriendo, le doy el plato con los restos de mi desayuno—. ¿Quieres que te lleve? Me mira, fingidamente horrorizada, como si fuera a caerse de la silla. —¡Absolutamente no! Es mi primer día en una escuela nueva. Lo último que necesito es que cualquiera de mis nuevos compañeros de clase se dé cuenta de que estoy relacionado con el notorio Theo Merchant. Le saco la lengua. —Probablemente la única forma en que harás amigos, pequeño insecto. Una vez que la gente descubra que eres pariente mío, estarán sobre ti como moscas en la mierda. —¡Theo! —llama Lorelei desde la cocina. Está molesta, harta de tratar con idiotas hoy—. No, gracias. Sin maldecir. Tienes catorce años... —Ella te ha escuchado decir cosas mucho peores —respondo. —Soy su madre. Puedo maldecir delante de ella. No hagas eso, por favor. Frunzo el ceño. —Espera. ¿Acabas de decir que alguien se va a mudar a la casa de los Voss? —Sí, cariño. Una mujer que conoció a la madre de Sorrell. Ella es la albacea de su patrimonio. No se quedará mucho tiempo. El tiempo justo para ver a Sorrell instalarse en Toussaint. Entonces regresará a... Dios sabe. Venga de donde venga. —Espera. ¿Sorrell se matricula en Toussaint? —Sí. Hoy. Estará matriculada —dice Lorelei, disgustada—. Sin embargo, supongo que no es como si ella pudiera instalarse sola en la casa. Aún no tiene dieciocho años. Es un crimen que ese hermoso lugar se lo dejen a un niño. Debería haber sido vendido. lo hubiésemos comprado. Ampliar los jardines… —¿Sorrell se matricula hoy en Toussaint? —repito. —Sí, Theo. Para de gritar en voz alta, ¡Sigue así! Ese tío de Nueva York que la acogió después de la muerte de Hilary finalmente decidió que tenía la edad suficiente para volver sola. Ella y esa mujer que es su albacea regresaron tarde anoche, por lo que necesito que esta fiesta en el jardín sea un éxito para que… —Vuelve a hablarle a Sam, hablando sobre lo importante que es esta fiesta para ella y cómo no puede aparecer frente a la hija huérfana de James Voss y un don nadie del medio de la puta nada. Ya me fui. Fuera de la cocina. Al final del pasillo. Fuera de la puerta principal. Sorrell viene a Toussaint. Sorrell y yo solíamos hacer pasteles de barro en el patio trasero de los Voss cuando éramos pequeños. Hilary Voss era mucho menos neurótica que mi madre. A ella nunca le importó una mierda que hiciéramos un lío. Solía dejarnos pintar con los dedos en las paredes de la sala de estar formal en su hermosa y antigua mansión de ladrillo, y Lorelei tendría problemas con eso. Recuerdo que incluso le dije, a los siete años: “¿Qué importa? No es tu casa”. Me había amenazado con meterme una barra de jabón en la boca por haberla insultado por eso. Pero aprendí dos cosas muy rápidamente debido a la conversación que siguió después: mi madre, tan trabajadora y amable como podía ser, tendía a ser resentida. Y estaba tan celosa de Hilary Voss que la enfermaba. Hilary estaba casada con James, para empezar. James y mi madre habían salido en la escuela secundaria durante años. Lorelei había pasado gran parte de sus años formativos de adolescente en la casa de los Voss, y esa sala de estar formal era su habitación favorita en todo el lugar. Era tierra sagrada, en lo que a ella respectaba. Lorelei no se había ido a la universidad. Mis abuelos le habían dado una importante herencia desde muy temprano, mis abuelos, quienes le dijeron a Lorelei que era grosero que una mujer de medios trabajara o se molestara en estudiar una educación superior. Así que Lorelei se quedó en casa y esperó a James. Excepto que James regresó de la universidad después de graduarse con una extraña del brazo. Y el anillo de compromiso de la herencia victoriana de Voss estaba cómodamente colocado en el tercer dedo de la mano izquierda de esa extraña. Lorelei había ido a investigar y descubrió todo lo que necesitaba saber sobre la futura señora Hilary Voss. Ella no era de la clase obrera. No, era mucho peor que eso. Sus padres eran hippies y habían criado a Hilary en una comuna de California, en el desierto de Anza Borrego, en las afueras de San Diego. Hilary se había graduado en derecho humanitario y planeaba usarlo para ayudar a los vulnerables y débiles. Mi madre se había burlado de eso. Me dijo que Hilary Voss tenía complejo de salvadora y pensaba que era mejor que todos los demás en el vecindario, solo porque tomaba algún caso pro bono de vez en cuando. Lorelei estuvo de luto cuando James murió. Estaba menos molesta cuando Hilary falleció. Sorrell, por otro lado, estaba comprensiblemente desconsolada, y me había destrozado no poder estar ahí para ella. Se había mudado a Nueva York para estar con su tío. Nos mantuvimos en contacto a través del correo electrónico. Una vez por semana. Dos veces a la semana. Todo estaba muy bien al principio, pero después de un tiempo, ambos nos sumergimos tanto en nuestras propias vidas que las cosas simplemente... se desvanecieron. Sin embargo, ¿voy a llegar a verla de nuevo? ¿Hoy? ¿Después de un año y medio, esperando a que se encendiera la luz en la ventana oscura de su dormitorio de enfrente? Joder, sí. Contemplo llamar a la puerta del Voss para ver si Sorrell está allí. Siempre solíamos viajar juntos en autobús a la escuela secundaria, antes de que ninguno de nosotros tuviera una licencia. Sería lo más normal del mundo preguntarle si quiere que la lleve, pero una extraña sensación de incomodidad me impide cruzar el césped y tocar el timbre. Es como si hubiera una mano en mi hombro, reteniéndome. Mucho ha cambiado en los últimos años. Mucho. Tal vez Sorrell ni siquiera me reconozca. Éramos niños cuando ella se fue, apenas trece años. He crecido casi medio metro desde entonces. Incluso yo puedo ver los cambios en mí mismo cuando me miro en el espejo: soy más amplio. Gracias a todo el tiempo de ejercicio y gimnasio que he estado haciendo, estando en el equipo de lacrosse, no soy el chico desgarbado y desproporcionado que solía ser. Me dejó como un nerd, y ahora soy... otra cosa, supongo. Hay muchas posibilidades de que la pequeña y mandona Sorrell Voss, cuya opinión siempre ha significado más para mí que la de cualquier otra persona, no le guste el hombre en el que me estoy convirtiendo. Jesús. No le agradaré en absoluto si descubre cuánto tiempo me senté afuera de su casa, debatiéndome si debería ir a verla o no, por el amor de Dios. Me meto en el Mustang, llamándome marica, reprendiéndome mientras entro en el bosque, serpenteando a través de las curvas que conducen a Toussaint. Durante quince minutos, me acosé así, conduciendo más y más rápido, la anticipación creciendo a niveles locos dentro de mí. Puedo ver a Sorrell hoy. Voss está jodidamente en casa. Me parece divertido, cuando llegué a la mitad del camino a la academia, que hoy será el primer día de Sorrell en Toussaint. No puedo dejar de reír. Callum y Seb me esperan en mi lugar habitual en el estacionamiento. Llevan puestas las camisetas del equipo de lacrosse de la Academia Toussaint; en el momento en que los miro y veo su cabello perfectamente peinado y sus zapatillas Adidas blancas y nuevas, me doy cuenta de que Lani tenía razón: me he convertido en un atleta. Salgo con deportistas. Juego un maldito deporte. Callum estará sobre mí tan pronto como apague el motor del Mustang. —¿Bien? ¿El viejo te pateó el trasero? Doy un portazo al auto. —¿Por qué me patearíael trasero? —¡Porque casi te suspenden por tres semanas! Me sorprende que incluso se te permita poner un pie en la propiedad de la escuela. Ja. Solo me involucré en esa pelea porque el bocón de Callum lo metió en una mierda con Jonah, la única persona en Toussaint con la que no quieres enemistarte, y necesitaba que sus amigos lo sacaran a rastras. Conseguí un golpe, un buen golpe, y Jonah cayó como un saco de mierda. Naturalmente, yo era el único de los tres que la directora Ford vio lanzando golpes. Callum y Seb habían huido. Me quedé, con los nudillos escociéndome, la piel abierta y sangrando. No me había molestado en ir tras mis amigos. Una parte enferma de mí había querido el castigo. —Puedo irme a casa si quieres —digo burlonamente, pasando un brazo alrededor de la nuca de Callum. Lucha contra la llave de cabeza que le puse, escapando después de que clava su codo en mi costado, obligándome a dejarlo ir. Seb gime, apoyando su peso contra el costado del auto. —No me hagas eso, Merchant. Si vas a pagar la fianza, al menos llévame contigo. No creo que pueda soportar ni un segundo más de este imbécil actuando como un gran hombre. Cualquiera pensaría que fue él quien noqueó a Jonah. Si tengo que escuchar sobre el sonido que hizo la cabeza de Jonah cuando se partió en el suelo una jodida vez más, voy a perder oficialmente la cabeza. —Estás celoso —proclama Callum—. Solo desearías haber sido tú quien lo noqueó. En cambio, te quedaste allí con el pulgar metido en el culo. —Mierda. ¿Cuándo empezamos a pelearnos como niñas? Ya estoy aburrido de sus tonterías y el día aún no ha comenzado. Para evitar la suspensión, tuve que disculparme con Jonah frente a sus malditos padres. Realmente no me arrepiento de noquear al imbécil; fingir sinceridad mientras me disculpaba por mis acciones había sido jodidamente difícil. Estoy empezando a pensar que debería haberme suspendido y haberme quedado en casa un par de semanas. Al menos allí, no tendría que escuchar a mis amigos discutiendo como niños de ocho años. Sin embargo, me habría perdido demasiados juegos. Perderme los juegos significa que no hay beca, y como Lorelei insiste en que vaya a una escuela de la costa oeste y no me pagará para estudiar música en Juilliard, entonces realmente voy a necesitar esa beca. La campana suena. —Vamos. —Agarro a mis dos amigos por los hombros, instándolos a subir los escalones, hacia el edificio—. Tenemos unos tres minutos antes de que estemos en la mierda. Se dejan conducir hacia la entrada, pero continúan con su parloteo a medida que avanzan. Implacables. Son jodidamente implacables. —Marcus está organizando la fiesta de la Primera Noche. Me dijo que me rompería la nariz si pensaba en colarme —dice Sebastian. Marcus, el hermano de Seb, ha estado planeando esta fiesta de la Primera Noche para su último año desde que se inscribió en Toussaint. Como estudiantes de primer año, definitivamente no estamos invitados. Me importa una mierda la tonta fiesta de Marcus, pero a Sebastian nada le encantaría más que asistir. El tipo adora el suelo que pisa su hermano. Lo idolatra en todo momento, a pesar de que es un chupapollas de primer orden. Aparecer en esta mierda de la Primera Noche ha estado en la agenda de Seb desde que se enteró de los planes de Marcus hace dos años. —Necesitamos citas —dice Callum, mientras empujamos a través de las puertas dobles, caminando hacia el pasillo principal de Toussaint—. Escuché que iban a meterse en algo de sexo extraño. Estaría bastante jodido si asistiéramos a la fiesta y no tuviéramos a nadie con quien asociarnos. Sintonizo toda su charla. No voy a ninguna fiesta. Rechacé el comentario de Callum antes, pero estoy muy jodido con mi padre por el incidente de Jonah. No me hospedo en Toussaint como estos vagos. ¿Por qué diablos lo haría, cuando vivo tan cerca? No hay forma de que me permitan salir de la casa después del anochecer durante las próximas semanas. E incluso si me lo permitieran, no me molestaría en poner a prueba la paciencia de mi padre asistiendo a lo que ya parece ser un espectáculo de mierda. —¿Qué hay de ti, Merchant? Sebastian me mira expectante. —Lo siento. Me distraje. ¿Qué hay de mí? Sacude la cabeza, luego repite la pregunta agradable y lentamente, obviamente descontento por tener que hacerlo. —¿A quién... vas a.… invitar... a la fiesta? —Lo siento, muchachos. Es el aniversario de mis padres. Estarán fuera toda la noche. Estoy cuidando a Lani. —-Tus padres son ricos, Merch. Pueden permitirse una niñera. No te estás perdiendo esta fiesta —afirma Sebastian. —Háblalo con mi padre. Te enviaré su información de contacto. Esto lo calla. Sebastian es tan grande como yo. Ha acumulado un montón de músculos durante el último año y medio. Sin embargo, no importa qué tan alto sea o cuánto músculo acumule, siempre le tendrá miedo a mi papá. Paul Merchant es un hombre delgado. Físicamente poco imponente. Reservado. Tranquilo. Pero no jodas con él. Es un hombre serio. Implica respeto y lo consigue. Mi padre solo tiene que mirar de reojo a Seb con el ceño fruncido en su rostro para hacer que mi amigo se acobarde. Es gracioso verlo retorcerse, pobre bastardo. —No hay necesidad de ponerse atrevido —murmura Seb—. ¿Por qué no le pides a tu antigua mejor amiga que venga como tu cita? Escuché que la Señorita Rayo de Sol ha regresado de la costa este… Empujo a Sebastian delante de mí, a través de la puerta del salón de clases. Callum sigue detrás. Una vez que estamos todos sentados, yo frente a Seb, Callum en el escritorio directamente a mi derecha, me dirijo a Seb con más modales de los que se merece. —Primero, para repetirme, no voy a ir a la fiesta. Segundo, no la llames así. —¿Por qué no? —Se ríe desagradablemente—. ¿No fue ella siempre la más alegre? —Su tono apesta. Sorrell caminaba con una nube de tormenta sobre su cabeza y el ceño fruncido, lo que la hizo parecer como si estuviera a punto de golpear en la garganta a la persona más cercana a ella y luego incendiar el edificio. Su delineador de ojos, incluso a los trece años, siempre fue agresivamente grueso. Se negaba a aceptar la mierda de nadie. Adoraba cada pequeño detalle enojado de ella. Otras personas no encontraban su hostilidad tan encantadora. Pero fue más que eso para Seb. No podía entender por qué quería pasar tanto tiempo con una chica. Una del que solo era amiga, especialmente. Él se mudó a Sumner para asistir a la escuela secundaria asociada con Toussaint, y se vino a vivir aquí cuando solo tenía ocho años. Él y yo nos conocimos en la práctica de lacrosse junior y nos hicimos amigos rápidamente. Quería pasar el rato todo el tiempo, quería hacer “cosas de chico tonto”. La presencia de Sorrell lo había irritado incluso en ese entonces. Ha estado enloqueciendo desde que ella se fue; estoy seguro de que solo odia que ella haya regresado ahora. Como si leyera mi mente, mi amigo me golpea en la espalda. —Solo recuerda —dice Sebastian—. Este es el comienzo del tercer año. No tenemos tiempo para distracciones. Ni siquiera de amigos. El equipo importa más que cualquier otra cosa. No siempre quiero estrangular a Seb. Solo la mayor parte del tiempo. El tipo es tan jodidamente mezquino. Le doy lo que espero se traduzca en una sonrisa comprensiva. —Por supuesto, amigo. Sin distracciones. Sin viejos mejores amigos. Nada de fiestas… —Las fiestas son diferentes. Una fiesta es solo una noche. Una manera de desahogarse. Tenemos casi diecisiete años, Theo. Tiene sentido que queramos follar con chicas y emborracharnos. Sorrell Voss es una mala noticia, amigo. Ella está necesitada como la mierda. Consumirá todo tu tiempo. Tu trabajo en clase sufrirá. Perderás tu lugar en el equipo. Me rio. —El sol explotará en el cielo. Las cosechas fallarán en todo el planeta. Una nueva edad de hielo se apoderará de la tierra y toda la humanidad morirá. Voss no es el jodido Anticristo,Seb. —¿No es ella? —se queja. Elijo pasar por alto el comentario. —Soy perfectamente capaz de pasar el rato con mi amiga y cuidar de mi… —Mi mandíbula casi toca el suelo—, ¡Mierda! La chica parada en la puerta del salón tiene un parecido pasajero con mi amiga de la infancia. Pero no puede ser Sorrell, ¿verdad? Siento que me acaban de dar un puñetazo en el estómago. Ella es... Mierda. Su cabello negro, espeso y ondulado cae en cascada hasta su cintura. Sus pómulos son afilados como navajas, sus mejillas sonrosadas. Sus ojos, el izquierdo de un verde verdoso, el derecho de un sorprendente azul hielo, brillan más que nunca. Me atropellan y me lanzan a mi maldito asiento cuando su mirada viaja por la habitación y se posa en mí. ¿Qué diablos le pasó? Pensé que había cambiado, pero la chica de al lado con la que crecí está completamente irreconocible. Se ha convertido en un maldito espectáculo humeante. —Oh, genial. —Sebastian golpea su cuaderno sobre su escritorio—. Ahora ella está caliente. Eso es simplemente... jodidamente... genial. Sus quejas no son escuchadas. No puedo dejar de mirarla. Siento que estoy tratando de recuperar el equilibrio, meciéndome al borde de un precipicio. Tambaleándome. Luchando para mantener mi equilibrio. Cada momento que he pasado con esta chica pasa por mi mente a la vez, borrándose y mezclándose. La risa. Las burlas. Los argumentos. Las pequeñas disputas. Viendo películas juntos en el sofá, su cabeza descansando en mi regazo. Lanzándonos pedazos de papel arrugados el uno al otro en la biblioteca. Saltando al lago. Andar en bicicleta por la ciudad. Cada Navidad. Cada cumpleaños. Cada primavera, verano, invierno, otoño. Una vida que había olvidado. Hasta ahora. Sorrell se dirige en mi dirección, zigzagueando entre los escritorios, con una pequeña sonrisa casual jugando en sus labios carnosos; cuando llega frente a mí, mi corazón da un latido fuerte y desesperado, como si nunca fuera a latir correctamente ahora que ella está aquí. —Bueno, mira quién es. Theodore William Merchant —dice. Su voz es más profunda de lo que era antes. Rasposa. Más que eso, es jodidamente sexy. Un extraño pánico hunde los dientes en mí. ¿Qué diablos se supone que debo hacer con este nudo de fuego que se encendió detrás de mi esternón? Me toma mucho más tiempo del que debería devolverle la sonrisa y hablar, e incluso entonces solo puedo pronunciar dos palabras. —Hola, Chica. Sorrell Ahora La cadencia de su respiración me resulta familiar. Que yo sepa, nunca me he despertado en la cama de Theo, pero si hay que creer la historia absolutamente descabellada que me contó anoche, entonces es probable que sí. Muchas veces. Admito que sentir su pecho presionado contra mi espalda, su cuerpo curvado alrededor del mío, sus brazos apretados a mi alrededor… todo eso se siente… joder, se siente bien. ¿Cómo puede ser eso posible? ¿Y cómo puede ser posible todo lo que me dijo anoche? Yazco en su cuerpo, escuchando su lenta inhalación y exhalación mientras duerme, y el terror aumenta en mi interior. Recuerdo a Rachel. Su risa. Su sonrisa. Lo mucho que me molestaba cada vez que nos peleábamos. Compartimos secretos susurrados en la oscuridad. Intento recordar cómo se sentía su mano en la mía, cuando corríamos por las vías del tren detrás de Falcon House, gritando y chillando, y todo llega tan fácilmente que sé sin ninguna duda que era real. Pero luego, están los espacios en blanco. ¿De qué color eran sus ojos? ¿Era más alta que yo, o yo era más alta que ella? ¿Tenía familia? La noche del accidente, ¿dónde estaba ella sentada en el auto? ¿Dónde estaba yo sentada? ¿Qué pasó exactamente? Jesucristo. Suspiro con miedo y cierro los ojos con fuerza. ¿Qué demonios me pasa? Detrás de mí, Theo se mueve. Siento el momento en que recupera la conciencia, y el instante en que su cuerpo se pone rígido por la tensión posterior. Su cansancio irradia de él con tanta fuerza que casi puedo saborear su sabor agrio y metálico en mi lengua. Tick. Tick. Tick. El pequeño despertador analógico de la mesita de noche marca los segundos que pasan sin tener en cuenta lo mucho que quiero que el tiempo se detenga. En cuanto Theo diga algo, tendré que afrontar lo que venga después. La paz se romperá, y habrá preguntas, seguidas de más historias demasiado fantásticas para ser creídas, y todo eso me supera. Por fin, Theo respira profundamente, su cuerpo se relaja en la cama, la rigidez que encerraba su cuerpo se desvanece como si nunca hubiera existido. Debería decir algo. Tengo que decir algo. Pero Theo se adelanta. —Duerme un poco más, Voss. Todavía estás cansada. —Hace una pausa. Su mano, apoyada en mi costado, se mueve y sus dedos trazan lentos y tranquilizadores círculos sobre mí, donde mi camiseta se ha levantado durante la noche, dejando al descubierto una fracción de piel—. No pasa nada. —Su cálido aliento revuelve mi cabello—. Todavía estás aquí. Sigues siendo tú. Tres horas después, no está detrás de mí cuando me despierto. Me doy cuenta de inmediato: el espacio frío y vacío detrás de mí me hace temblar. Me siento violenta e insoportablemente sola, hasta que me doy cuenta de que está sentado en la silla junto a la ventana. Sus ojos son hermosos, lobunos, alertas y salvajes, y me observan con una intensidad lo suficientemente aguda como para cortar. Su cabello está desordenado, las ondas oscuras despeinadas, saltan por todas partes. Esas tres pecas, dispuestas en un triángulo casi perfecto debajo de su ojo derecho, resaltan con crudeza sobre su piel descolorida. Bajo la fresca luz de la mañana que se filtra por la ventana, está sentado sin camiseta, con la barbilla apoyada en su codo, sin más ropa que su bóxer, con el aspecto de no haber dormido en milenios. Los tatuajes que marcan su pecho, su cuello, su costado y brazos son extensos; en realidad, no me había dado cuenta de lo entintado que está. Parpadea sin decir nada, esperando que hable, tal vez, pero yo me quedo acostada de lado, mirándolo de la misma manera que él me está mirando, tratando de entender cómo me siento en este momento. Después de un largo momento en el que no hacemos más que mirarnos, murmura: —Deja de hacer eso. —¿Qué? —Mirarme como si me desearas. Estoy tratando de darte un poco de espacio. Nada me gustaría más que volver a subir a esa cama y follarte hasta la saciedad, pero no podrías manejarlo ahora mismo. —¿No podría? Su cabeza se balancea de izquierda a derecha. —No de la forma en que quiero follar contigo. Estoy demasiado estresado como para ser amable. Un destello de calor se enciende en mi estómago, inesperado, haciéndome contener el aliento. Mi mente es una maraña de emociones y sentimientos ahora mismo. Anoche me enteré de que tenía padres, solo para descubrir que ahora ambos están muertos en la misma conversación, por el amor de Dios. Hay un millón de otras cosas en las que debería estar pensando, pero como siempre que estoy cerca de él, Theo absorbe mi ancho de banda mental como un agujero negro absorbe la luz. Lo deseo. Quiero que me folle con rudeza, como acaba de insinuar que haría. Quiero moretones en mi cuerpo, y marcas de dientes en mi piel, y quiero que él los ponga ahí… —Detente —dice, su es voz una advertencia—. Puedo leerte como un libro, Voss, y esos pensamientos impuros que tienes ahora mismo... me están poniendo duro. —Prefiero disfrutarlos. —No. Estás demasiado asustada para enfrentarte a lo que ocurre, así que te escondes detrás de ellos. ¡Grosero! ¿Cómo se atreve a reprenderme por mis tácticas de evasión? Lo acribillo con una mirada rencorosa, pero al final, la profundidad líquida y constante de su mirada me hace apartar la vista. Me incorporo para apoyarme contra las almohadas. Mi cabeza palpita. —Entonces ¿son la razón por la que siempre usas camisetas de manga larga? —digo. —¿Hmm? La aspereza en su voz hace