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Danita Mariana Cald Sinopsis Prólogo Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Epílogo Sobre la Autora Cuando dos personas sufrientes colisionan, hay algo intoxicante en ahogarse en el caos del amor duro. Brando Hawkins es un detective del Departamento de Policía de Denver. Debería ser capaz de apoderarse del mundo. Es un oficial dedicado con una carrera prometedora. Pero Brando tiene secretos. Oscuros y brutales secretos. A los veintiséis años, está agotado, y la vista de otro cuerpo, de otro final más infeliz, podría acabar con él. Catherine Abbott es una mujer que lucha contra sus demonios y protege su corazón. Inmersa en un mundo donde las personas entintan sus vidas en su piel, ella confía solo en lo que puede ver. Y, como sobreviviente de violación, encuentra consuelo en el control. Pero los demonios de Brando comienzan a enredarse con los suyos. Son peligrosos, como los de ella. Pero también son hermosos. Una lluvia de balas los une, y el dolor de su pasado colisiona con el atractivo de su futuro. Cat quiere reparar su corazón y sus heridas, pero los secretos de Brando yacen escondidos en una caja tan bien sellada que no puede traspasarla. Todo a su alrededor está cubierto por la confusión del amor y la quemadura de la venganza, pero nadie dijo que el amor fuera fácil. Guns & Ink #2 Cae, siente, llora; deja que el ardor de los tres combinados te consuma. Sonríe, arriesga, ama; deja que la excitación de los tres combinados te cure. No todas las historias de amor son perfectas. Algunas son duras. Traducido por Jadasa Corregido por Sahara Nuestras almas eran más inteligentes que nuestros corazones. Tenían que serlo para sobrevivir. Entendían cosas que sobrepasaban lo que no podíamos ver. Percibían el cambio en el aire y la atracción del amor en la brisa. Nuestras almas observaban cómo las nubes en el cielo se convertían en una tormenta, y luego extraían todo rastro de fuerza del rugido del trueno para otro día lluvioso. Eso es lo que éramos Brando y yo. Una tormenta. Desde hace mucho tiempo, estaba rota; y me había curado tiempo atrás, aunque descuidadamente. Fue como poner curitas hacia un lado en una herida abierta; hice mi mejor esfuerzo. En muchos sentidos, Brando no llegó a mi vida para curarme. Sino para hacerme revivir. Resistimos en medio de nuestra furiosa tormenta. Bailamos bajo la lluvia y escapamos del trueno. Creamos pasión donde solo existió el dolor. Pero no nos rendimos. Incluso cuando parecía imposible, ni siquiera cuando dudamos de nuestra magia. Aun cuando fue difícil. Traducido por -queen-ari- Corregido por Sahara Un silencio cayó sobre mi alma. Dicen que cada policía tiene un límite. Cierto número de cuerpos, demasiados secuestros, el último y final homicidio que hizo que tu corazón se volviera sombrío. Nunca pensé que eso fuera cierto hasta hoy. Tal vez me convertí en detective por las razones equivocadas. Tal vez esas razones equivocadas ayudaron a corregir mis terribles errores. Cual quiera que fueran esas razones, ya no jugaron un papel en mis elecciones después de hoy. Hace unos dos meses, mi compañero y yo matamos en un enfrentamiento al hombre que aterrorizaba el campus universitario de la Universidad de Denver. Un violador y asesino en serie que se deshacía de los cadáveres de sus víctimas bajo las tablas del suelo del hotel abandonado del que se había apoderado. Hoy encontramos los cuerpos. Los quince. Se remontan a cinco años. Entonces, tal vez no fue la cantidad de cuerpos en descomposición debajo de las tablas del piso (por desgracia, había visto cosas peores), sino el hecho de que llevaba dos años siguiendo este caso creyendo que estaba al tanto de todo, y había tres años antes de mí en paradero desconocido. Tres años y quince víctimas pudriéndose bajo las tablas del suelo mientras yo perseguía a otros monstruos. Como un pirata en busca de su tesoro, solo para acabar con un cofre podrido de huesos. Les fallé a todas esas mujeres. Mi alma se selló y me dio la espalda mientras permanecía de pie sobre el enorme agujero en el suelo que la unidad de CSI había pasado la noche anterior excavando. Solo podía pensar en Madison Hart, su antepenúltima víctima. Su rostro angelical, sus ojos grises rotos: ése habría sido su final si no hubiera escapado. Había ignorado el patrón y pasado por alto las desapariciones, atribuyéndolas al típico aburrimiento universitario cuando los registros de matriculación habían mostrado un aumento de las bajas. Sentí cómo se rompía mi estabilidad. El endurecimiento de un alma congelada desde hacía mucho tiempo. Mi cerebro y mi corazón se separaron, ya no estaban en el mismo equipo. Había fracasado. Eso fue lo único en lo que pude pensar mientras mi compañero y yo pasábamos las tres semanas siguientes reconstruyendo los casos. Intentando formar quince historias a partir de los huesos. El caso de la desaparición de Madison había sido resuelto. Estaba previsto que volara a Denver a principios de mes para el cierre oficial de su caso. Pero encontrar esos quince cuerpos abría quince nuevas investigaciones de asesinato. Cada víctima tendría un nuevo caso, incluso con su asesino en su propia camilla en la morgue del condado a la espera de una autopsia oficial. Analizarían el ADN, volverían sobre pasos olvidados hacía tiempo y realizarían autopsias. Quién sabía adónde me llevarían las respuestas que encontraran. ¿A cuántas mujeres más había violado? O peor, un nuevo violador, un nuevo crimen, un nuevo asesino que cazar. Más cuerpos. Desvanecidos por el tiempo, contorsionados por la maldad. No podía hacerlo. Lo sabía en los lugares más oscuros de mi alma; no podía encargarme de otra investigación de asesinato. Un cuerpo más, o un caso sin resolver. No podía arriesgarme a perderotra Madison. *** Mi cabeza golpeó mi escritorio. Dormí dos horas y cinco cafés. La cafeína había comenzado a tener el efecto contrario, convirtiendo mi estómago en plomo y mi cerebro en papilla. —¿Estás bien? —preguntó mi compañero, Ethan Cook, dándome una fuerte palmada en la espalda. Gemí, inmóvil. Oí crujir su cuerpo cuando se acomodó en la silla frente a mi escritorio. Ethan era un detective de cuarenta y cinco años que aún no había llegado a su límite. Vivía para la caza, el final de un CASO CERRADO y un final feliz. No ocurrían a menudo, pero pensé que en el fondo su forma de combatir todo lo malo era saber que al final tendría un final feliz. Envidiaba su capacidad para cribar entre la escoria de lo malo una pizca de lo bueno. Yo no era tan optimista. O tal vez sabía que no había nada bueno que encontrar. —Hart vendrá hoy, ¿verdad? La idea de ver a Madison en mi estado actual me obligó a actuar. Me senté y me pasé una mano por la cara, quitando las arrugas de mi camisa de vestir blanca. —Cerraremos oficialmente su caso. Ethan sonrió y el gris en su barbilla desmintió su disposición juvenil. Para sus cuarenta y cinco, actuaba como de veinte. Tal vez por eso pudimos trabajar juntos los últimos dos años. Tenía veinticuatro años cuando marqué mi primer caso. Trabajar en la calle como oficial de patrulla con el Departamento de Policía de Denver justo al salir de la universidad había sido un cubo de agua helada en la cara. Mis sueños de atrapar asesinos en serie se habían evaporado a cambio de disputas domésticas borrachas y ladrones de tiendas. Hasta que Madison Hart, de veinte años, fue secuestrada del campus de la Universidad de Denver. El capitán Gutiérrez quería nuevos ojos jóvenes sobre el caso, y dado que en el momento había solicitado el rango de detective en el Departamento de Policía de Denver, me dio el caso. Dos años después, era un detective de veintiséis años que ya había llegado a su límite. Tenía que ser un récord enfermizo. —Te sientes bien, ¿no es así, chico? —Ethan se recostó, dejando que su sonrisa se borrara cuando no sugerí una fiesta de celebración—. No has estado espabilado desde que tuvimos el enfrentamiento con el Cazador del Campus. Me estremecí ante el apodo que los medios le habían dado al hijo de puta que secuestró a estudiantes universitarias, las violó y luego metió sus cuerpos debajo de las tablas del piso para que se pudrieran. No sabía cómo decirle cómo me sentía, demonios, incluso no había aceptado por completo mis emociones. Estaban fuera de lugar y eran repentinas, y por lo que yo sabía pasaba un mal par de semanas. Tal vez necesitaba un final feliz como Ethan. O tal vez necesitaba un nuevo recuerdo. Una oportunidad para borrar el mal con el que me había cruzado. No era un hombre sonriente. Nunca me habían gustado las demostraciones abiertas de emociones porque, francamente, nunca las había tenido. Tenía voluntad y tenía tiempo, y eso me daba mucha determinación cuando tenías la vista puesta en atrapar a un sospechoso. Pero más allá de mi trabajo, no veía ni sentía nada. Fingir una sonrisa para Ethan en ese momento era agotador. —Estoy bien —le aseguré, levantando la comisura de los labios. Los dos éramos policías y podíamos oír y percibir fácilmente una mentira; giré ligeramente la cabeza y cogí un bolígrafo de mi escritorio, desviando la atención de mi cara a otras partes de mi cuerpo—. Solo estoy cansado, supongo. Esto es pesado, Ethan. —Dejé de sonreír y clavé mi mirada en él—. Quince investigaciones de asesinato sin un solo final feliz. Dime que no sientes ese golpe. Movió la cabeza y un brillo de inquietud se deslizó por su mirada. Tampoco estaba dando saltos de alegría por eso. —Los finales felices vienen de saber que el sospechoso no estará por ahí haciéndole lo mismo a otra persona. —Su dedo carnoso me pinchó—. Porque le vaciaste un cargador en el pecho. No todos los finales felices brillan en oro, Brando. —Se sentó y agarró los dos pasamanos de la silla, comenzando a levantarse—. Vine a felicitarte por un caso cerrado. Sé que este ha dolido. —Dio la vuelta y me palmeó el hombro antes de irse. Necesitaba una siesta y una ducha antes de reunirme con Madison Hart. Me decidí por una ducha y un café, soportando el agua fría de las viejas tuberías de la estación. Me enfrenté a mi poco sonriente reflejo en el espejo del baño de la estación, aguantando la mirada como si fuera un desafío interior. No todos los monstruos mataban a la gente. Algunos monstruos no hacían nada para evitarlo. Las sombras caían sobre mis ojos, silenciando la poca vida que me quedaba. Me arranqué la toalla de la cintura y me vestí mecánicamente. Calzoncillos, camiseta interior y un traje negro combinado con una corbata color carbón y una camisa de vestir de color similar. Me pasé la toalla por el pelo hasta que estuvo manejable y luego me eché una palma de gel. Vestirme me ayudó a calmar los nervios. Si parecía arreglado por fuera, nadie podría ver el desastre que era por dentro. Había aprendido muy pronto que las apariencias eran tan importantes como la verdad. Lo que la gente veía y lo que la gente quería rara vez coincidían a la perfección. Lo más probable era que tu percepción tergiversara tus deseos hasta que veías lo que creías que querías. La gente quería un policía que vistiera bien y supiera lo que hacía. No tenían ni idea de que lo que querían era un hombre de veintiséis años que apenas tenía ni idea de lo que hacía. Pretendía salvar la cara desde que tenía trece años. Suspirando, entré en la cafetería y me dirigí al puesto de café. Alcé un dedo y el camarero, acostumbrado a mis silenciosas demandas de cafeína, asintió y se dirigió a darme mi pedido. Le tendí un billete de cinco dólares, sabiendo que se quedaría la propina, y me apoyé en el mostrador, observando cómo vertía un chorro constante de rico líquido marrón en el vaso de papel. El vuelo de Madison aterrizaba dentro de una hora; me llevé el café para llevar y me metí en mi Charger sin matrícula. Klayton, el novio de Madison, había sido quien se había comunicado conmigo. Expresó que quería que nuestra reunión terminara lo antes posible, para poder sacar a Madison de Denver y volver a casa. Yo también quería eso. Solo quería el bien para esa chica. Pensar en ella me puso un nudo en la garganta y un ardor en el estómago. Había algo en ella, en su alma, una fuerza tan endiablada que fue una de las dos víctimas que escaparon vivas de su secuestrador. No ayudaba que se pareciera tanto a mi madre. No ayudaba en absoluto. Pero al menos una parte de mi alma podía cruzar sus pasados y sacar una pizca de bien de ellos. Al menos Madison escapó. Tragándome el ardor de la garganta, me dirigí a la autopista, incorporándome al tráfico de camino al aeropuerto. Aparqué en la zona de espera designada hasta que recibí una notificación por SMS de que su vuelo había aterrizado. La vi enseguida. Llevaba el pelo rubio oscuro suelto alrededor de su cara menuda. Tenía el labio inferior entre los dientes, pero parecía tranquila. Verla me dio un puñetazo en el pecho. Ver a Madison curada me facilitó la respiración. Me hizo sentir bien durante unos segundos. A su lado estaba Klayton Caldwell, su novio. Y justo detrás de ellos había alguien que no esperaba que los siguiera. Catherine Abbott. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Llevaba unos vaqueros ajustados del color de la tinta, de un negro oscuro intenso, con las rodillas rotas y un par de Converses blancas y negras desgastadas. Los vaqueros le ceñían las piernas a la perfección, hasta el punto de que pude verle el trasero y las rodillas. —Mierda —respiré, inclinándome sobre el volante para verla mejor. Tenía los brazos delgados cubiertos de tatuajes y el torso ceñido por una sencilla camisa blanca. El cuello en V era tan bajo que podía verle el escote desde dondeestaba sentado en el coche mirándola boquiabierto. Su pelo color obsidiana y su piel pálida y cremosa solo parecían aumentar la atracción de su totalidad. La jodida chica era una tentación envuelta en un envoltorio de badass. Tenía esa reacción cada vez que la veía. Era silenciosa, interna; nadie que me mirara se daría cuenta de que mi polla estaba tan dura que dolía, y los latidos de mi corazón latían con fuerza en mis oídos. Para colmo de males, ella también lo sentía. La primera vez que la vi, sus ojos se habían dilatado. Había hablado con ella durante mi investigación, hacía dos años, por primera vez, y la bomba que había entre nosotros había estado rogando por una razón para detonar. Pero nunca ocurrió nada. Porque esa reacción existía tan profundamente en el interior, que no sobreviviría en el exterior. Una de esas atracciones que no se darían en tiempo real. Prosperaba a salvo en ese espacio entre el deseo y la fantasía. Ella no había hecho ningún movimiento, yo nunca lo haría, nada había pasado desde nuestras mínimas interacciones. Y nada pasaría. Enderecé mi expresión y cerré la puerta a mi lujuria. Hacía años que no deseaba a nadie. No había estado enamorado más allá de la atracción intensa. No podía hacerlo... para siempre. Podía ofrecer el presente, y tal vez un mañana, pero no podía darle a nadie más que eso. Sin mencionar que el pasado de Catherine era similar al de Madison. Eran fuertes, y no necesitaban a un policía débil salivando sobre sus partes rotas. Me detuve y salí, limpiando mi expresión excepto por una suave sonrisa para Madison. Me devolvió la sonrisa. No me moví para abrazarla; una sonrisa estaba bien. No le gustaba que los hombres la tocaran o se acercaran a ella sin su permiso. Ella tomó el control y dio un paso adelante, dándome su mano. Ofrecerme su mano era un paso tan grande, que acepté el regalo y la estreché con delicadeza. —¿Cómo estuvo tu vuelo, cariño? —pregunté, clavando mi mirada en sus ojos grises mientras me decía que el vuelo había ido bien. Me moví entre las respuestas amables para encontrar la preocupación en el borde de su mirada. Estar en Denver era duro para ella. —Klayton —saludé, ofreciéndole la mano. Su brazo tatuado salió disparado y agarró el mío, dándome una sacudida firme. Lo miré de la misma manera que a Madison. De frente y sincero. La gente buena se lo merecía—. La llevaré y la traeré tan rápido como pueda. Gracias por venir. No me contestó; agarró la mano de Madison y volvió a centrar su atención donde quería. En ella. —Vamos a meterte en el auto —dijo, guiándola hacia mi Charger. Eso me dejó con Catherine. Mi mirada se clavó en la suya, y en segundos esa maldita bomba estaba de vuelta. La mecha suplicaba ser encendida. Para explotar. Para acabar con los dos. Era una reacción tan extraña ante otro ser humano. Sentir tu muerte en ellos y al mismo tiempo preguntarte qué se sentiría al ser destruido por ellos. Mi lado autodestructivo que había sellado quería salir. Quería que esta mujer nos destruyera. Traducido por Gesi Corregido por Elizabeth.d13 El deseo era el infierno. Conocía muy bien el sabor del deseo y la quemadura posterior de la caída. El ir y venir de querer la misma cosa mala repetidamente. La toxicidad estaba en mi sangre, bombeando directamente a mi corazón, queriendo sangrar al mismo tiempo que vivíamos, contaminaba todo lo que quería. Eso envuelto en un paquete increíblemente fuera de los límites, consumidor y tentador. En la vida a veces simplemente sabes cosas. Lo ves, tu alma lo ve y tu corazón ruega por ello. Tienes que darles lo que quieren, porque no eres nada sin tu corazón y alma. Mi corazón y alma querían a Brando Hawkins. Mis demonios y mi dolor también querían cosas. Tomar lo bueno y chamuscarlo con caos y dolor. Dejar una cicatriz que no pudiera curar. Mis demonios querían a Brando tanto como yo, para poder convertirlo en un doloroso recuerdo del cual alimentarme cuando lo alejaran y se fuera. Ignoré a mis demonios. Mi corazón ganaba siempre. Tomamos, destruimos y estamos de acuerdo con las consecuencias de las relaciones fallidas. Existía en escombros de lujuria desintegrada. No estaba segura de querer ignorar a mis demonios esta vez. Eran tan fuertes como mi deseo, sabían en lo que él se convertiría. Preferiría querer desde lejos antes que anhelar desde dentro eternamente. Era difícil vivir entre escombros. Debería haber sido simple, darle una sonrisa cortes y un simple apretón de manos cuando nos recogió fuera del aeropuerto en Denver. Por dentro, no era tan simple. Me moví en el asiento delantero de su Charger. Klay y Madi estaban en el asiento trasero. Hoy no se trataba de mí. Sino sobre Madison cerrando su caso de desaparición/secuestro. Sentí mi pecho expandirse y mi garganta arder. Miré sobre mi hombro para encontrarlos dándose miraditas. Estaban tan enamorados que me enfermaba al mismo tiempo que hacía feliz. Los amaba a ambos con cada negro y restante centímetro de mi corazón. Klay era tanto mi héroe como el de Madison. Verlo sonreír tan ampliamente, ver la luz en sus ojos, valía la pena sentarse en el asiento delantero con el señor Alto y Hermoso… y Lleno de Ruinas. Amaba las cosas oscuras y hermosas. Iban bien juntas. Rosas sobre espinas. Arcoíris después de una tormenta. Brando en un traje. Podía sentir que su fachada era solo eso, una fachada. Nunca encontraría comodidad en un alma normal. La suya tenía que ser tan retorcida como la mía. Mis ojos se movieron hacia mi izquierda, estudiando sus largas y masculinas manos sobre el volante mientras atravesaba el tráfico de la tarde. Sus manos eran sexys. Dedos largos y fuertes con una capa de vello invadiendo el espacio entre sus nudillos. Llevaba un traje negro con una corbata gris oscuro y una camisa a juego. Siempre llevaba un traje las pocas veces que lo había visto. Mis ojos subieron por sus brazos hasta su rostro. Mi corazón dio un vuelco como un pez fuera del agua mientras mis demonios bailaban en la oscuridad. Maravilloso. Su cabello era tan negro como el mío, de un ónix intenso, con un corte medio a los lados y ligeramente salvaje en la parte superior. Su rostro era duro y hermoso al mismo tiempo que agudo y atractivo. Me preguntaba si él también lo era. Sus pestañas me recordaban a las plumas de un cuervo, y sus ojos eran de un color verde bosque oscuro y profundo. Pero el truco era la barba. La jodida barba me mataba. Crecía perfecta y alineadamente alrededor de sus suaves labios rosados, y era lo suficientemente larga como para imaginarla raspando contra mis muslos internos. Tenía que hacerlo realidad. Brando se aclaró la garganta un segundo antes de que su mirada se disparada hacia la mía. No pude ocultar mi deseo. Y él podía intentarlo todo lo que quisiera, pero vi la llama ardiendo en el borde de sus ojos. Me quería. Por alguna razón, no haría ningún movimiento, lo sabía. Dejándolo a mi decisión típicamente me daba el poder que ansiaba, pero en este caso no iba a joder algo bueno. Desvió la mirada. —¿Madison? —¿Sí? —respondió suavemente. —Esto no tardará mucho. Una hora como mucho. Necesitaremos tu declaración final para cerrar el caso y mi capitán lo escribirá. Habrá adiciones al reporte final, pero no tengo la impresión de que te importe. Él está muerto y tú estás aquí. Eso es lo que importa, ¿verdad, cariño? No solo era sexy, sino que también era dulce. —Sí —susurró Madi. Paró fuera de la estación de policía en Denver y apagó el motor. Todos salimos y me quedé atrás, inhalando el aroma de Denver en el otoño. El frío era sutil en el aire y la brisa aún tenía un toque de calor. Klay se despidió de Madi con un beso y luego ella y Brando entraron en la estación. Klay metió las manos en sus bolsillos y se me unió, inclinándose contra la puerta del pasajero. —Estará bien —le aseguré, estirandola mano para eliminar los surcos en sus cejas—. Llegó hasta aquí, puede manejar un pequeño reporte. Sus ojos azul oscuro se encontraron con los míos y sus labios se levantaron infinitamente. —Lo sé. Conocí a Klayton cuando mi mundo se encontraba a segundos de terminar. Nunca le dije que cuando era lo peor contemplaba cosas que hoy no podía imaginar hacer. Era una víctima de violación de diecisiete años sin hogar. Apenas sobrevivía. Me moría de hambre cuando pasé frente a su tienda de tatuajes esa fatídica noche. Fue el nombre lo que me llamó la atención. Guns & Ink. Era tan… yo. Poético, significativo, confuso, artístico, fuera de lugar, me encontré entrando, y los primeros ojos que encontré fueron los de Klay. Incluso ahora mi corazón ardía al pensar en todo lo que hizo por mí. Le debía mi vida muchas veces. Me preguntó si podía tatuar, dijo que necesitaba otro tatuador en su nueva tienda, y mentí y le dije que sí. Nunca había hecho un tatuaje hasta esa noche. Pero sabía dibujar. Mejor de lo que pensé que podía. Era frágil, un caparazón apenas intacto, y Klay no estaba mucho mejor. Encajábamos perfectamente entre nuestras peleas y gritos. Las cosas mejoraron para mí… y empeoraron. Me hizo sentir segura, me mostró que no todos los hombres eran monstruos malvados sin alma. Pero continuaba dañada, sin importar cuánto me esforzara por mejorar. Entonces Klayton fue a prisión durante dos años por matar a golpes al hombre que me violó. Perderlo por dos años fue casi tan difícil como para querer terminar las cosas. Mantuve a flote Guns & Ink. Trabajé quince horas al día, me iba a dormir con hambre y luché para encontrar artistas que llenaran los espacios y atrajeran clientes. Lo mantuve abierto para que cuando saliera tuviera a su sueño esperándolo. A mis ojos, Klayton no merecía menos que brutal felicidad. Sabía cuánto tiempo había vivido sin ella. Y su sonrisa infinita era mejor que una sonrisa de megavatios cualquier día. —¿Qué estás mirando? —gruñó, frunciendo el ceño. Envolví mis brazos alrededor de su pecho y lo sostuve contra mí, ignorando sus brazos colgando flácidamente a los costados. Él no daba abrazos. Su fuerza venía de permitir mis debilidades. —Te amo, gruñón, eso es todo. Suspirando, también me abrazó. —Yo también te amo, mocosa. Nunca habíamos sido más que platónicos. Consideré sentir algo por él cuando nos conocimos, pero eso fue hace nueve años. No había nada que considerar ahora, excepto esto. Lo apreté más fuerte y luego lo solté. —¿Quieres dar un paseo? —Asentí con la cabeza hacia el Charger de Brando—. El auto del policía está cerrado. Nuestras maletas están a salvo. Asintió, alejándose del coche y dirigiéndose conmigo por la calle. Es obvio donde terminamos. El edificio ahora era una peluquería. Klayton mudó Guns & Ink a Denver hace dos años para alejar a Madi de su dolor. Prosperamos en Portland como nunca antes, e incluso me convirtió en su socio comercial. Estaba dividido en tres partes, Madision, Klayton y yo. Las cosas estaban mejor de lo que nunca lo habían estado. Lo que significaba que mis demonios estaban a punto de salir a jugar. Traducido por Tolola Corregido por Elizabeth.d13 Mi casa apestaba. Pasaba allí unas pocas horas por noche, como mucho, y entre correr a cambiarme (cuando no lo hacía en la estación) las cosas tendían a pudrirse. Me encogí al entrar, dejé caer la bolsa al suelo y me acerqué a las ventanas de la derecha. Abrí también la puerta del patio de un empujón y encendí el ventilador de techo del salón para ayudar a sacar de la casa la podredumbre de la comida olvidada. Así era mi vida. Llegar a una casa vacía llena de comida podrida. Un estruendo de algo oscuro y retorcido me golpeó el pecho. En un esfuerzo por escapar, me arranqué la chaqueta del traje y luego la camisa de vestir y la camiseta interior, dejando suelta mi verdad. Los tatuajes de mis brazos y mi torso ardían de alegría, felices de ser liberados. Nadie se fiaría de un policía con aspecto de delincuente. Por suerte, había sido lo bastante listo de adolescente furioso y veinteañero como para no mancharme las manos de tinta. No podía decir lo mismo del resto de mi cuerpo. Antes de meterme en la ducha, me miré en los amplios espejos que había sobre el lavabo doble. Había dos lavabos. Pero solo se utilizaba uno de ellos. Mi tinta decoraba gran parte de la piel de mis hombros, bíceps y antebrazos. Recorría mi pecho y mi abdomen, dejando poca piel al descubierto. Parecía un maldito matón cabreado, porque eso era lo que era. Un matón que había infringido suficientes normas como para ahora hacer todo lo posible por cumplir todas y cada una de ellas. Me metí bajo el chorro de la ducha y cerré los ojos. Cuando lo hice, las vi a todas. La fosa de cuerpos, los huesos de mujeres que habían luchado tanto como Madison. Tuve arcadas y vomité el contenido de mi estómago en el fondo de la bañera. No quería saber sus nombres. No quería pasarme años introduciendo su ADN en la base de datos y no encontrar nada, o peor aún, poniendo nombre a los huesos. Me deslicé hasta el fondo de la ducha y dejé que el agua me cayera directamente en los ojos mientras luchaba con todas mis fuerzas por ver algo con claridad. Dormir aquella noche fue tan inútil como cualquier otra. Di vueltas en la cama sin cerrar los ojos. Por la mañana, me sentía como si caminara sobre objetos afilados y tropezara a cada paso. Ethan y yo teníamos una reunión con el capitán Gutiérrez por las quince víctimas. Una reunión de estrategia y actuación. Entré a trompicones en la comisaría vestida de pies a cabeza de negro. Llevaba el cabello perfectamente peinado e incluso me recorté la barba. La barba era imprescindible. Cubría la cicatriz que tenía bajo la mandíbula izquierda. Me había acostumbrado a ella con el paso de los años y la única forma que tenía de sobrellevarla era recortármela bien. Así era como afrontaba la vida. Manteniéndola recortada, afilada y ordenada. Cuando por dentro, era desordenada, aburrida y retorcida. Las pretensiones eran una bendición. Y una maldición. El capitán Gutiérrez y Ethan estaban en la sala de conferencias cuando entré. Me senté en una silla libre y asentí con la cabeza. Juntar quince esqueletos podía llevar ocho meses. Este caso podría tardar años en cerrarse con todos los resquicios corporales y emocionales. Me sudaba la frente y me recorría la sien. La boca me sabía a metal y café, un sabor agudo y desagradable que me dificultaba tragar. No quería estar allí. Pero, ¿qué había sin aquí? Ser detective corregía tantos males. Sin mi trabajo, volvería a equivocarme. —¿Hawkins? —llamó el capitán. Su ceño fruncido sugería que no había sido la primera vez. Ethan me miraba fijamente, su mirada intensa por una vez. Me lamí los agrietados labios. Tenía que hacerlo ahora. Si esperaba hasta que me quebrara solo comprometería toda la investigación. Cerré el caso de Madison. Era el único final feliz que me quedaba por buscar. Tal vez Madison lo era. O los dos años que busqué a su secuestrador. En un enfrentamiento que aún no había atacado mi memoria (aunque no dudaba de que lo haría con una mente como la mía), en el momento en que el monstruo de ella desapareció, también desapareció mi conexión con este caso. —Hawkins —repitió el capitán—. Te estoy hablando. Me aclaré la garganta. —Con el debido respeto, capitán, voy a tener que renunciar a esta investigación. Las cejas oscuras del capitán se asentaron en una línea delgada, y sus hombros se tensaron. —¿De qué estás hablando? Ethan y tú han estado en este caso durante los últimos dos años, oficial Hawkins. Con el debido respeto — dijo, taladrándome en mi asiento con su conducta autoritaria mientras usaba las mismas palabras contra mí—. No puedes salirte de este caso. —Técnicamente me asignaron la desaparición de Madison Hart. Ese caso secerró ayer. No he sido asignado a este caso oficialmente. — Mi voz vaciló, y mi fachada comenzó a resquebrajarse. La fuerza era muy difícil de sacar a relucir cuando no la sentías. Era fácil de fingir. Todo el mundo podía fingir ser fuerte. Pero pocos podían serlo. El capitán puso las manos sobre la mesa y se inclinó, acercándose mientras me miraba fijamente. —¿De dónde viene esto, Oficial? Sacudí la cabeza, con los ojos revoloteando. —No puedo hacerlo, capitán. Nuestro interior no era diferente. Los policías eran leales, dedicados, decididos. Yo podía ser esas cosas. Yo era esas cosas. Tenía que entender de dónde venía. Después de unos segundos, bajó la mirada y asintió, pasándose una mano por el pelo. —Pondremos a Connor en el caso. ¿Te parece bien trabajar con Connor? —Le echó un vistazo a Ethan. Ethan ni siquiera pudo mirarme mientras asentía. Me sentí tan inadecuado en ese momento que no pude formar un pensamiento que no existiera en ese sentimiento enfermo y repugnante. —Toma el caso de Parsons —ordenó el capitán bruscamente, agarrando el teléfono de la pared y ladrando—: Manda a Connor a la sala de conferencias. Me aparté de la mesa, dejando atrás los cientos de fotos pegadas a la pizarra de huesos, de cabellos, de cráneos rotos y chicas asesinadas. El caso Parson era un caso de asesinato. Leí el expediente en mi escritorio. Frío durante seis meses. ¿Por qué el capitán me daría este caso? Al leerlo más detenidamente, lo entendí. El sospechoso había huido por la frontera. Nunca tendría el rango suficiente para llamar al FBI. El capitán me estaba dando un respiro. La lástima era peor que los huesos. *** Cuando llegué a casa esa noche, al principio no vi los cristales rotos. Mi puerta principal estaba abierta, pero lo achaqué a que mi mente estaba extraviada últimamente. La cerré y dejé caer el bolso. Di un paso y mi zapato crujió contra los trozos de cristal rotos de la ventana lateral. Mi corazón se calmó y mi respiración se ralentizó, dando a mis oídos la oportunidad de escuchar. Saqué la pistola de la funda y quité el seguro. La última vez que lo usé, había otra pistola apuntándonos a Ethan y a mí. El atacante de Madison había estado listo para disparar. Había disparado un tiro contra el suelo justo donde había mirado el equipo de CSI antes de que yo le vaciara el cargador en el puto pecho. Pensé en denunciarlo antes de apartar esa idea de mi mente y adentrarme en mi casa. La vitrina que albergaba mi televisor estaba abierta y el televisor en el suelo, junto con la caja fuerte de mi pistola y mi caja fuerte personal. Oí gruñidos en el pasillo. Me agaché detrás de la entrada de la cocina y me lamí los labios, escuchando atentamente. —¿Escuchaste eso? —preguntó una profunda voz masculina. El interlocutor no respondió. Intentaban oírme. Los depredadores percibían a otros depredadores. Estaba en nuestro ADN. En nuestra puta sangre. Se hizo el silencio. Ellos sabían de mi presencia. Yo sabía que ellos estaban allí. Tenía el cargador lleno. Mi existencia se sentía transitoria. Les reté a dar el primer paso, pensando que ya no tenía nada que perder. —Entraron en la casa de un policía —les informé. No entoné mi voz para que tuvieran que pensar mucho en mi posición—. Un policía al que no le importa usar su arma. —Tomé una taza de café de mi encimera y la lancé por la abertura sobre el bar a la sala de estar, a unos seis metros. Se estrelló contra la chimenea y se rompió. Se oyeron disparos. Me agaché y aproveché la distracción para acercarme al pasillo. Un rápido vistazo por encima del hombro me mostró que se habían movido. Estaban en la sala de estar. Caminé como un cangrejo hacia el pasillo y entré en mi dormitorio. La casa estaba en silencio en la parte de atrás. Me deslicé a través de las puertas del patio de mi dormitorio y rastreé el perímetro. Las puertas del patio del salón estaban cerradas, pero me permitieron ver perfectamente la habitación. Dos varones, caucásicos, estaban agazapados detrás de la pared que separaba el salón de la habitación familiar. Retrocedí, utilizando la columna de ladrillo del patio como cubierta. Saqué el teléfono del bolsillo y marqué el número de Ethan. —Cook —respondió distraídamente. —Hay dos hombres armados en mi casa. No perdió ni un segundo. —Estoy entrando en mi coche. Quédate donde estás. ¿Han disparado sus armas de fuego? —Ocho disparos. Eso es o un cargador, o dispararon cuatro cada uno. Escuché un portazo y el ruido de su motor en el otro extremo. —Llamaré a la central, dame un segundo. Su línea hizo clic. Bajé el teléfono para mirar por encima del borde de la columna y ver que se habían movido. —Mierda —silbé en voz baja, sintiéndome atrapado. Puse mis ojos en el patio. Me maldecí por no arreglar las luces rotas de seguridad. El patio nunca había estado tan malditamente oscuro. El agotamiento había hecho papilla mi cerebro y empezó a fallarme. —¿Brando? —La voz de Ethan se oía apagada, bajé mi celular y levanté mi arma. No quería arriesgarme a responderle a él o a ellos por la voz de Ethan. Colgué sin mirar y me metí el teléfono en el bolsillo, mis sentidos luchando por captar algo. —No vamos a volver a la cárcel —declaró la misma voz de antes desde mi izquierda—. Tienes dos opciones, cerdo. —¿Sí? ¿Cómo es eso? —Sentía al depredador, él que no hablaba, a mi derecha. Era la verdadera amenaza. El tipo a mi izquierda era valiente pero estúpido. El tipo de mi derecha era inteligente, dejando que el idiota de la izquierda se llevara toda la atención. Pero lo que el tipo de la derecha no sabía era que podía sentirlo mucho mejor que si lo veía. —Pon tu arma en el suelo y aléjala y te ponemos una bala limpia en el pecho. —¿Cuál es mi otra opción? —No iba a bajar mi arma. Ethan nunca me dio su ubicación o tiempo estimado de llegada. No sabía cuánto tiempo iba a tardar en llegar aquí. —Las cosas se ponen feas. El ataúd cerrado es un desastre. —Parece una decisión difícil de tomar, matar a un policía por una TV. —No estamos aquí por la televisión —gruñó, y me dio escalofríos en la piel—. ¿Cuál es el código de la caja fuerte, cerdo? Cerré los ojos con miseria, con determinación. No iban a conseguir ese maldito código. Era lo único que me quedaba, monstruoso o no, no podía renunciar a él. Los pasados, al igual que las pretensiones, acaban por alcanzarte. En un movimiento tan rápido que hasta mi cerebro me gritó que me lo replanteara, apunté mi arma hacia mi derecha y apreté el gatillo tantas veces como pude antes de sentir las balas desgarrarme la espalda. Caí como un ladrillo. Pero aún tenía la caja fuerte. Mis pensamientos, y mi corazón, se detuvieron un segundo después de ver y sentir la cálida humedad de mi sangre acumulándose alrededor de mi cabeza. No vi ninguna luz. Ni siquiera vi oscuridad. Vi un destello de ojos tan marrones que avergonzaron a todas las tazas de café que había bebido antes de que mi final me tragara. Traducido por amaria.viana, Tolola & MadHatter Corregido por Elizabeth.d13 La tinta negra olía a magia. Como escape y realidad al mismo tiempo. Moví la cabeza al ritmo del rock alternativo que había puesto Isaiah, uno de los tatuadores de Guns & Ink, y presioné la afilada punta de la pistola de tatuar contra la piel de mi cliente. Klay estaba inclinado sobre la pierna de una mujer haciéndole un tatuaje en el muslo. El zumbido de su pistola de tatuar se unía al mío y al de Isaiah para crear un indulgente ruido blanco en el que a mi alma le encantaba desvanecerse. Madi hacía inventario en la parte de atrás y Miriam, la otra artista, limpiaba su puesto. La pieza que hacía me había mantenido ocupada durante una semana. Un tatuaje en toda la espalda, mi favorito. Me encantaba pasar semanas en una pieza, viendo cómo las adiciones se convertían en un todo que yo creaba. Esta pieza era un collagede sus vicios. Dados de juego, un siete y un once en un charco de whisky derramado. La botella estaba de lado, y el extremo se convirtió en un asiento para su hija, con sus oscuros mechones arremolinándose alrededor de su rostro. Sus manitos sujetaban una cuerda, como si estuviera en un columpio, pero los hilos que sostenía eran plumas de ángel. Éstas se transformaron en estrellas y las estrellas llovieron sobre los dados. Rompiendo el ciclo. —Quita las manos de tu tinta —oí que ordenaba Klay. Levanté la vista a tiempo para ver cómo ponía los ojos en blanco ante la mirada que ella le dirigió de camino al baño. Algunas cosas nunca cambiaban. Las mujeres seguían viniendo a esta tienda por Klayton. Miren, lo entiendo. Klay era guapísimo, estaba tatuado y era un tipo duro; las mujeres se lo tragaban. Pero Klay estaba tatuado porque amaba la historia; era duro, porque así sobrevivía. Y se encontraba comprometido; las fangirls solían molestarme y divertirme a veces, pero ahora me enojaban. Su mirada agravada se posó en la mía. Saqué el labio inferior en señal de simpatía antes de volver a mi trabajo. —Los precios que pagas por ser un semental. Sonrió de lado. —Métetelo por tu bonito culito, Cat. Mi cliente se rió entre dientes, así que presioné la punta de la pistola profundamente en su carne. —Lo siento —mentí, cuando inhaló bruscamente y se estremeció—. Quédate quieto. Odiaba que los hombres ejercieran una pizca de poder sobre mí. Reírse a mis expensas, gastarme bromas lascivas, darme órdenes... Yo era mi puta jefa y jamás permitiría que otro hombre se aprovechara de mí. Cliente o no. Cuando volvió la cliente de Klay, él reanudó su trabajo y yo el mío, hasta que no hubo más que un zumbido en el aire. En la sala de espera había una televisión sonando a bajo volumen, y dentro de mi vibración, oí una pequeña entrada de aire de uno de los clientes que esperaban. —Vaya, eso es una locura —dijo una mujer—. Irónico, también ¿eh? —Los policías también son personas, supongo —gruñó un hombre, y sonreí un poco porque obviamente no le gustaban tanto los policías como a ella. —Sí, pero ¿quién es lo suficientemente tonto como para entrar en la casa de un policía y luego tener un enfrentamiento con los agentes que llegan? ¿Cómo vale eso lo que sea que estuvieran robando? —Quizás no querían ir a la cárcel —replicó el hombre, y mi sonrisa creció. —Entonces no deberían haber irrumpido en la casa de un policía. Una nueva voz intervino. —Mi hermana vive en Denver. Dice que el índice de criminalidad se ha triplicado desde que el alcalde recortó los fondos para las cárceles. Están liberando anticipadamente a muchos criminales, y parece que a esos dos no deberían haberlos dejado salir. —Qué asco, míralos. Son espeluznantes. Mira esos ojos fríos. Probablemente querían matarlo. —Muy triste también. El policía es hermoso. Tiene una barba digna del porno. —Quien lo dijo suspiró con adoración—. Espero que se recupere. —¿Qué pasa con la charla en la sala de espera? —gruñó Klay, y por el rabillo del ojo, lo vi mirar hacia la sala de espera. Cuando no se volvió, yo también levanté la vista. Se me paró el corazón. Mis demonios se rebelaron. La máquina de tatuar que tenía en la mano se detuvo y un extraño dolor se retorció en mi pecho. Nunca había sentido algo tan ruinoso desde la noche en que me desperté desnuda en una cama con sangre y semen chorreando y un ojo morado. Odiaba el semen. —¿Ese es Brando? —preguntó Klay. —¿Klayton? —llamó Madi, desviando la atención del televisor. Era su tono. Estaba horrorizada. Salió del vestíbulo trasero con lágrimas en los ojos. Se tapó la boca con la mano. Klayton y Madison me miraron como si supieran algo que yo ignoraba. Pero yo sí lo sabía. Por eso se me rompió el corazón. No sabía qué hacer. No estaba segura de si debía hacer algo. Mi corazón ya se equivocó en el pasado. Amaba cosas que lo arruinaban. ¿Quién puede decir que Brando era en realidad la espada de Excalibur para el corazón de mi Rey Arturo? La historia tenía una forma de deformar la verdad, algo que había pasado hacía mucho tiempo podía convertirse fácilmente en algo que había sido malinterpretado hacía mucho tiempo. Sacaría mi propio corazón de la piedra. Incliné la cabeza hacia mi cliente y volví a sombrear los dados. Ignoré los latidos de mi corazón, que se rompía y berreaba, y luché contra el ardor de mis ojos durante dos horas más. Cuando terminé, me senté y encontré a Klayton y Madison en las cajas registradoras, hablando en voz baja entre ellos. —¡Este es el tatuaje más rudo que he visto! —siseó mi cliente, sonriendo sobre su hombro en el espejo junto a mi estación. Era difícil de ver, difícil de respirar. Forcé una sonrisa. —Me alegro de que te guste. —¿Gustar? ¡Estoy enamorado! —Se volvió hacia mí y me ofreció su mano para un abrazo fraternal. Las mujeres con tatuajes eran etiquetadas automáticamente como duras, y de ninguna manera se nos permitía ser femeninas. Me gustaba la magia de los tatuajes, la historia de la tinta; eso no significaba que era una tipa furiosa que perseguía el dolor, que perdí mi feminidad… que era lo que algunas personas pensaban cuando interactuamos. Los tatuajes eran arte, no masoquismo. Intentar explicar eso era lo mismo que tratar de explicar la historia misma. La subjetividad creaba muchas historias para contar. Y no a todos les gustaba leer. Isaiah salió de la parte de atrás con un cliente y, a juzgar por el brillo de sus ojos, le había hecho más que un tatuaje. Era bueno que fuera tan joven. Isaiah Lawson era malo, ardiente y sexy en todos los lugares correctos. Su tinta era única e intensamente colorida como el grafiti. Atraía a las mujeres como lo había hecho Klayton, solo Isaiah tenía una oscuridad que me hacía sentir lastima por él. A veces miraba hacia el espacio, y veía lo perdido que estaba en el universo. Esperaba que encontrara un sol para orbitar pronto. Pasó junto a mí, el aroma de su colonia detrás de él. Mis ojos trataron de concentrarse en demasiadas cosas, pero se mantuvieron a la deriva hacia Klay y Madi, a continuación, hacia la televisión. Alguien había cambiado el canal. Había un programa de cocina y había tanta mantequilla en las gachas de maíz que mis muslos se encogieron. —Te llamaré —escuché a Madison ofrecer. En silencio le agradecí por quitarme el abrazo de mis manos. —¿Qué pasa contigo? —preguntó Isaiah, arrojándome un guante de látex negro. Me paré en el medio de la tienda de tatuajes… inestable. —¿Alguna vez has estado enamorado, Isaiah? —pregunté. Resopló. —Por supuesto. ¿Por qué? ¿Estás enamorada? —Sonaba divertido. Porque estaba enamorada un día sí y otro también. Por eso el deseo era un infierno, por eso me alejé de Brando. Mi corazón era más listo que yo, y mis demonios más valientes; podía sentir la guerra interna de Brando y yo a diez mil kilómetros de distancia. Me hundí entumecida en el asiento de mi puesto, encontrándome con sus ojos extraños. Eran mitad azul cielo y mitad azul oscuro. Los colores se unían en el centro para crear un impresionante tono azul acero. Un tono mate que me recordaba al planeta Neptuno. —No —admití, y mi corazón me miró como si fuera tonta. Hemos estado enamoradas cientos de veces, insistió mi corazón. A lo que respondieron mis demonios, no sabemos amar. Yo no sabía gobernar un país, pero sabía algunas cosas de política. El amor era lo mismo. Sabía algunas cosas sobre él, y en plena fase de luna de miel, las cosas se parecían mucho al amor, pero era demasiado fácil pasar al siguiente hombre. Llevaba cuatro meses soltera. Un récord para mí. Y pensé que tenía algo que ver con el hecho de que Brando Hawkins viniera a Portland cuatro meses atrás para decirle a Madison que había atrapado a su secuestrador. Había algo en el hecho de que viniera del otro lado del país a mi espacio que me había desconcertado.Lo supuse porque había salido con muchos hombres, pero ninguno me había hecho bailar el corazón y los demonios como él. —Bueno —murmuró Isaiah, cruzando los brazos sobre el pecho y dándome una mirada abierta pero lejana—. El amor no es para todos, ¿sabes? Es para corazones que pueden entenderlo, no para corazones que no. Pero tenía tantas ganas de entenderlo. Quería un amor como el que tenían Klayton y Madison. Un amor que no tenía nada que ver con el sexo sino todo que ver con sus almas. A veces se comunicaban sin palabras, y el apoyo que se brindaban me daba envidia. Ya no quería la fase de luna de miel. Quería lo real. Me puse de pie bruscamente y jadeé. —¿Qué sucede? —Isaiah se acercó a mí, tan alto como Klay, sobresaliendo por encima de mí. No me gustaban los hombres que se elevaban sobre mí. Lo empujé. —No puedo respirar. —Ven, siéntate —ordenó Madison, agarrándome del brazo, Madi estaba a salvo, podía agarrarme, y me condujo a la sala de espera, que estaba vacía—. ¿Qué pasa? —preguntó suavemente, apartándome el pelo de la cara. Me agarré a su pierna mientras un escalofrío me recorría el cuerpo. Klay sabía lo que pasaba. Cuando nos conocimos, tuve demasiadas crisis nerviosas para contarlas. Habían pasado años desde que tuve una, pero algunas cosas son difíciles de olvidar. Se agachó sobre sus talones y me agarró la cara entre las manos, sujetándome con seguridad. En las manos de Klay, estaba a salvo. Me concentré en sus ojos azul oscuro. —Respira, Cat —ordenó, su voz un suave murmullo rozando mis partes en pánico—. Respira hondo otra vez y concéntrate en las cosas que te gustan. Como molestarme y no llevar ropa interior. Me reí entre lágrimas y apoyé mi frente contra la suya. —Algunas cosas son demasiado calientes para ocultarlas. Pasó sus pulgares sobre mis mejillas. —¿Quieres venir a hablar conmigo en la parte de atrás? Asentí y dejé que me condujera a su oficina; mis dedos agarraron grandes puñados de su camisa, usándola como talismán. Cerró la puerta y señaló la silla frente a su escritorio. Me hundí y apoyé la cara entre las manos mientras él tomaba asiento. —Mad quiere ir a Denver a ver cómo está. Agradezco todo lo que Brando ha hecho, pero no voy a arriesgarme a llevarla de vuelta allí. Dejé caer mis manos y lo miré a través de mis lágrimas. —No sé qué me está pasando. Tragó con fuerza y luego se inclinó hacia adelante una poco, sin un gramo de tonterías en la cara. —Lo mismo que me pasó a mí cuando trajiste a Madison a mi tienda. No sentí nada durante toda mi vida, lo sabes, pero sentí algo cuando la miré y, por mucho que intentara convencerme de lo contrario, algunos sentimientos nunca desaparecen. Porque se supone que no deben desaparecer, Cat. Le sonreí tristemente a mi hermano/mejor amigo/héroe. —Mírate, todo crecido. —En realidad, había cumplido veintinueve años el invierno pasado. Era mayor, pero yo era más sabia, porque aún argumentaba lo contrario. Dejé caer mi sonrisa—. ¿Qué debo hacer? Se encogió de hombros. —Lo que siempre haces. Lo que quieras. *** Denver estaba helando. Lo que sea de verano que quedara en el aire de la última vez que estuvimos aquí era ahora el frío del otoño en octubre. Luché con mi bolso de lona y luego me rendí, poniéndolo sobre mi hombro. No tenía ni idea de cuánto tiempo iba a estar aquí; empaqué... excesivamente. Me las arreglé para llegar al lote de alquiler de autos y conseguí uno del color de mi cabello, un elegante Chevy Tahoe negro. Tiré mis cosas en el interior y luego me senté en el estacionamiento del aeropuerto. Le dejé una nota a Klay y cancelé mis citas para los tatuajes de forma indefinida. No sabía lo que estaba haciendo. Simplemente lo hacía. Brando estaba en cuidados intensivos. Ocho balas en la espalda, le habían perforado el pulmón, le habían roto las costillas y casi le habían cortado la columna vertebral. Su corazón se había detenido, pero los paramédicos lo habían devuelto a la vida. Estaba en un coma inducido por los médicos y aún en estado crítico. Su pulmón había sido reparado, pero aún tenía que sanar y la infección y las lesiones aún eran un riesgo. Lo supe por Ethan Cook, el compañero de Brando. Había tomado el teléfono de Madi y encontrado el número de Brando. Cuando llamé, Ethan respondió. Me habló como si fuera la única persona que Brando tenía. Cuando llegué al hospital, estacioné donde Ethan me había indicado, al lado de su coche patrulla con el número de matrícula que terminaba en 84A. Mis pies me llevaron a través de las puertas de emergencia y las instrucciones de Ethan me llevaron al piso correcto. Cuando llegué a la recepción, les di la información que se me había ordenado para poder entrar allí. Después de eso, todo fue niebla y dolor de corazón. Mi corazón parecía que iba a explotar. Estaba aterrorizado, estaba hueco, se iba a romper. A través de la ventana de cristal de su habitación, vi que las sombras se dibujaban. Llamé suavemente a la puerta, pero nadie me respondió. Mi mano salió disparada y giró el pomo, y la puerta dio paso al suave silbido de los respiradores y al pitido del monitor cardíaco. En el momento en que mis ojos se posaron en él, mis rodillas cedieron. Golpeé el suelo y me quedé así. Me negué a levantar la mirada. Me negué a verlo así. Había manos sobre mí, y parpadeé, consciente, sin saber cuánto tiempo había estado arrodillada en el suelo. —¿Catherine? —preguntó una voz suave. Levanté la mirada y vi un par de ojos azules, pero astutos, y una cara curtida. —Cat —corregí. Catherine ya no existía. Me dio su mano y me ayudó a levantarme. —Ethan. —Le dio a Brando un segundo de contacto visual, él tampoco podría verlo así, y luego me dio una sonrisa forzada y educada— . Puedes quedarte esa silla. —Señaló una silla junto a su cama—. Tuve que dar un paseo. Me instalé en la silla, pero no levanté la mirada. El silencio se instaló entre los dos. Se fue a buscar otra silla y la empujó al fondo de la habitación junto al lavabo y el baño. Sentí que iba a vomitar y a llorar. En cambio, no hice nada. Miré fijamente al suelo y me negué a levantar la mirada. En un momento dado, Ethan recibió una llamada. Se fue para aceptarla y volvió un momento después. —Tengo que salir —me informó, asomando la cabeza—. Tienes mi número. Si algo cambia, por favor házmelo saber. —Metió la mano en el bolsillo y me tiró un par de llaves sin avisar—. Las llaves son de su casa. Puedes quedarte allí. Ha sido limpiada —añadió, y yo hice una mueca—. Te enviaré un mensaje con la dirección. Asentí, adormecida. Antes de irse, suspiró. —No lo dejes solo. Eres la única persona, aparte de nuestros compañeros oficiales, que ha venido a visitarlo. Pero eso es una cuestión de respeto. No es algo emocional. He trabajado con él durante dos años y nunca ha mencionado a su familia, ni una novia. No sé quién eres, pero estás aquí, y eso dice mucho. Un hombre como Brando no debería estar solo ahora mismo. Si necesitas algo, házmelo saber. —Golpeó la pared antes de salir, sin darme la oportunidad de decir nada. No tenía nada que decir. El tiempo pareció doblarse a mi alrededor, como si una burbuja de plástico se hubiera puesto sobre mi cabeza. La burbuja se rompió en el momento en que alguien entró en la habitación. La luz que venía de la pequeña ventana a mi derecha estaba ahora oscura. Me había sentado mirando al suelo lo suficiente para que el sol se pusiera. La enfermera se detuvo en seco cuando me vio. —Oh —jadeó, y sus ojos se dirigieron desde donde estaba Brando y luego volvieron a mí, y se volvieron sabios, aunque yo no estaba segura de lo que sabía—. No sabía que había alguien aquí. Solo vengo a ver cómo está el Sr. Hawkins. No tardaré mucho. Yo no quería mirar, pero en el momento en que había alguien que sí quería mirar, a mis ojos les costaba quedarse en el suelo. La siguieron hasta donde yacía Brando.Tenía las sábanas apretadas y parecía... ido. Le habían afeitado la barba y su hermoso rostro estaba tan pálido como las sábanas. Tenía los labios agrietados y los ojos cerrados, pero hinchados y con costras de sangre. —Las cosas se van a poner feas... ¿cómo se llama, señorita? —Cat. —Tengo que vaciar su bolsa de orina y tengo que limpiar su herida y sus heridas quirúrgicas. Y... Levanté la mano. —Me iré. —En mi otra mano todavía tenía las llaves de la casa de Brando. Era difícil hacer que mis pies se movieran, dejarlo solo. Me dirigí a la cafetería y miré fijamente el menú. El trabajador no me presionó. Al final no pedí nada y dejé la cafetería atrás. Me metí en mi auto de alquiler y conduje a la dirección que Ethan Cook me había enviado. El Charger de Brando seguía en la entrada. Tomé mi bolso y abrí su puerta, entrando en una casa misteriosamente limpia. El cristal de la ventana a mi derecha parecía más brillante que el resto y supuse que había sido reemplazado recientemente. Había paredes con pintura más blanca que otras, y supuse que también había habido balas en ellas. No sabía dónde le habían disparado a Brando, y no quería saberlo. Su casa se encontraba clínicamente esterilizada. No se parecía al apartamento que compartía con Klay y Madi, eso es seguro. Una cosa más que Klay me había dado. Un hogar. Sin embargo, era una casa bonita. Cocina moderna, sala de estar con una pantalla plana increíble y un enorme sofá cómodo en forma de L del color del metal de las armas. Era varonil y vacía. No había obras de arte en las paredes, ni tampoco fotos. Entré al pasillo, localizando dos dormitorios vacíos y un baño que no tenía nada aparte de un inodoro y un lavabo. La última en la parte de atrás era su habitación. Tenía la misma sensación de frío que el resto de la casa. La cama estaba hecha y las puertas francesas de cristal se encontraban bien cerradas, los cristales brillaban con cristales nuevos. Dejé mi bolsa en su cama y metí las manos en los bolsillos traseros de mis vaqueros, mirando alrededor, pero sin ver ya su habitación. Mi ser estaba inquieto desde que miré la televisión en Guns & Ink y vi la foto de Brando en las noticias. Me hizo pensar que nuestras almas eran mucho más inteligentes que nuestros cerebros y corazones. Incapaz de aguantar un momento más, cerré y volví al hospital. Las enfermeras de la recepción no me interrogaron esta vez. Me hicieron una seña con la cabeza y encontré su habitación. Empujé la puerta para hallarla vacía, con un televisor prendido en la esquina de la habitación en silencio. Mostraba un partido de fútbol; y el gruñido de los hombres en el campo sonaba insoportablemente fuerte. Pero lo dejé en paz porque no podía apartar los ojos del cuerpo de Brando. Tenía las sábanas alrededor de la cintura. Toda su mitad superior se encontraba en exhibición. Sus huesos pélvicos se hundían en la parte inferior del abdomen y tenía una línea de vello púbico oscuro que bajaba; y no llevaba nada debajo de la manta. Sus brazos me recordaban a los de Klayton. Estaban cubiertos de tatuajes; recorriendo sus bíceps y antebrazos, atravesaban su pecho y adornaban sus duros y musculosos abdominales. No tenía ni idea de que estuviera tan tatuado. Me hizo pararme de golpe, y me quedé mirando boquiabierta su arte corporal. Había parches de gasa sobre ciertas partes de su pecho y costados, heridas de salida, y enormes y grotescas heridas en su pecho donde habían reparado sus pulmones, moretones negros y azules en sus lados donde la bala había atravesado su caja torácica. Su exterior era mucho más caótico de lo que pensaba. Hallé la silla donde la había dejado y me agarré a los reposabrazos, para sentarme. La piel de gallina le salpicaba el su brazo. La vista me entristeció, que todavía pudiera sentir frío atrapado en su propio cuerpo. Mis dedos se extendieron y trazaron los bultos sobre su tinta. Agarré la manta, escondida, y la levanté para cubrirlo, metiéndola bajo sus brazos. Mis ojos querían los suyos. Estudié sus párpados hinchados y las gruesas pestañas negras que los cubrían. Tenía el cabello aplastado en la almohada. Era muy extraño anhelar sus ojos cuando solo los había mirado un puñado de veces. Pero conocía su color. Lo conocía como el de mis propios ojos marrones oscuros. En algún momento mis ojos se cansaron, y sentí que mi espalda se relajaba un momento antes de dormirme. Me despertó una enfermera nueva. Me sacudió y me cubrió el regazo con una manta y un momento después, la televisión se apagó. Me quedé dormida sentada mientras el monitor de Brando me llevaba a una pesadilla. Me encontraba en un bosque corriendo. Estaba oscuro, tan oscuro que no podía ver. Me castañeteaban los dientes y me dolía el corazón. Y luego lo vi. Ojos tan verdes que avergonzaban a los árboles a mi alrededor. Pero desaparecieron rápido y fueron reemplazados por sombras. Tantas sombras, que venían por mí. Me quedé sin aliento y me levanté de un salto, parpadeando y abriendo los ojos, despertándome. Nada había cambiado. Brando seguía en coma, pero sus sábanas habían sido bajadas nuevamente. Las enfermeras probablemente habían entrado para limpiarlo mientras dormía. Yo todavía flotaba en un viaje de inquietud. La luz del exterior entraba a la habitación a través de las cortinas. Había un dolor en mi cuello y mi boca sabía a bolas. Me puse de pie y me estiré, mis ojos se posaron sobre los suyos. Un golpe de dolor me golpeó en el estómago. No entendía las lágrimas, solo sabía que me estaba rompiendo. Mis manos lo buscaron, pero no sabía en dónde tocar. Gran parte de él estaba sangrando o rota. Tanto de él que ni siquiera era mío para tocarlo. Rindiéndome, me fui a tomar un café abajo y después regresé, sentándome con las piernas cruzadas en la silla y mirando sus tatuajes. Comenzaban debajo de su clavícula en su lado izquierdo y una pieza le rodeaba el hombro. No podía verlo desde donde estaba sentada, así que lo seguí por su bíceps. Esa pieza parecía ser una mujer, pero no podía ver su rostro completo, solo un ojo oscuro y embrujado. La pieza en su antebrazo, sin embargo, era fácilmente discernible. Era negra, como todas, y las piezas aleatorias entintadas se juntaban. Unos ojos explotando, mirando al sol. La explosión caía del cielo y se convertía en lágrimas, y caían en un charco, y el charco se convertía en un nuevo par de ojos. Contuve la respiración. Me acerqué y tracé los ojos. Eran suyos. Las largas pestañas de cuervo, la intensa atención encerrada en sus profundidades. Me pregunté qué significaba, y pasé horas discerniéndolo. Ojos explotando, perdiendo la vista. Mirando al sol, todo lo que alguna vez pudo haber deseado. La lluvia de lágrimas, su dolor se encontraba por todas partes. La acumulación de esas lágrimas, debían ir a algún lado. Y los ojos dentro del charco de lágrimas: su interior veía cuando nadie más lo hacía. Me levanté, inclinándome para estudiar la pieza en su bíceps. Era una mujer. El artista que lo hizo captó su belleza perfectamente, incluso hasta las arrugas en sus ojos y la pequeña cicatriz en su frente. Le fluía el pelo, envolviendo todo su bíceps, y cada mechón de su cabello era una palabra. Perdí la cuenta de todas las palabras en su cabello. Pérdida, creer, errores, esperanza, fuego, pasión, su cabello se había convertido en un centenar de hebras de confesiones. La pieza del hombro que lo terminaba era escalofriante. Llamas, vívidas llamas negras, crepitaban desde el extremo de una bala. Había una palabra en la bala, y me incliné tan cerca de él que mi mejilla rozó la suya. La palabra justicia había sido transcrita en la bala y apuntaba directamente a su yugular. El telón de fondo para el tatuaje parecía ser las rosas. Al menos una docena de rosas protegiendo el brutal peligro de la bala. Sus pétalos caían y marcaban su pectoral izquierdo, dejando su esternón desnudo, yluego comenzaba una historia completamente nueva en su lado derecho. Sus tatuajes eran deslumbrantes. —¿Quién eres, Brando Hawkins? —susurré, mis labios rozaron su oreja antes de alejarme y volver a sentarme. Cerré los ojos y recé para conocer la respuesta a esa pregunta. *** Creé un patrón. Y en un presente inmutable, no fue difícil perderme en él. Pero fue duro para mi corazón. Me quedé con él todo el día y comencé a hablar con él como si estuviera despierto. Comía en su habitación, me iba cuando las enfermeras venían a limpiar sus heridas y atenderlo, y luego volvía, quedándome dormida la mayoría de las noches, si no dormía, en su lugar, mirando su rostro inconsciente. Dormir en su casa era difícil. No era mi espacio, y no estaba segura de sí me querría allí cuando despertara, pero era difícil estar allí sin él. Ethan aparecía a veces y me iba a tomar un café para darle algo de privacidad. Las enfermeras y yo nos conocimos, e incluso le dibujé a una de ellas un boceto de un tatuaje que siempre quiso. Pero, sobre todo, dibujé a Brando. Brando despierto, Brando durmiendo, Brando sin camisa, sus tatuajes retorciéndose alrededor de su torso. No nos dibujé juntos, tenía demasiado miedo de quererlo. El médico lo sacó de su coma dos semanas después. Su pulmón estaba sanando y las heridas en su espalda y pecho habían sobrevivido a la infección. Mantenerlo en coma lo mantuvo quieto, lo cual lo mantuvo con vida. Advirtieron que le tomaría algunas horas despertarse, e incluso más tiempo para que “fuera él mismo”. Y mucho más para llevarlo a casa. Cuando el doctor me llamó señora Hawkins, no lo corregí, porque incluso a mis demonios no les importaba el sonido de eso. Habían pasado cuatro horas desde que lo sacaron de su coma. No se había movido ni una vez. Suspiré, golpeando con impaciencia mis dedos en el brazo de mi silla. Me sentía inquieta y ansiosa; quería que abriera los ojos. Pero estaba nerviosa por el momento en que lo hiciera. Estaba dibujando sus manos cuando lo escuché gemir. Mi cabeza se disparó hacia arriba y mis ojos se centraron en su rostro. Sus labios se torcieron, y volvió a gemir. Bajé mi cuaderno de bocetos y me levanté, acercando mi rostro al suyo. —¿Brando? Otro gemido emanó de sus labios. Parecía que estaba sufriendo un dolor insoportable y confusión. Esto no era como despertarse de una siesta en la tarde. Esto era despertar de un coma inducido médicamente después de reiniciar su corazón. Quería resolver su confusión. —Estás en el hospital, Brando. Te dispararon en la espalda. Has estado aquí por más de dos semanas. Un gemido más profundo salió de él. Me incliné sobre su cuerpo y presioné el botón de llamada. Ambas enfermeras entraron de inmediato, nunca antes habían sido llamadas a esta habitación, y me devolvieron el saludo. Una de ellas se acomodó a su derecha y comenzó a hablarle al oído mientras la otra se acercaba a su izquierda para sostener su mano. —¿Señor Hawkins? Se encuentra en el hospital. Ha estado en coma. Sé que eso es confuso. Pero tiene que quedarse quieto. Sus heridas sanaron lo suficiente como para que esté despierto, pero no lo suficiente como para que se siente. Sentirá mucho dolor. Tuvo muchas lesiones y cirugías. Si siente un dolor intenso, apriete la mano de Betty. Mis ojos se dispararon hacia su mano izquierda, donde la sostenía la enfermera Betty. Sus dedos agarraron los de ella. —Apretó. —Vamos a darle algunos medicamentos para aliviar su dolor. —La primera enfermera, Mona, asintió en dirección a Betty, quien salió de la habitación—. ¿Puede hablar? Él gimió justo cuando Betty regresaba corriendo, cambiando una bolsa enganchada a su línea intravenosa alarmantemente rápido. —Pronto debería sentir los efectos del medicamento. Sí —tarareó, cuando todo el cuerpo de Brando se relajó—. Duerma. Se encuentra en buenas manos. Mis ojos se dirigieron a los suyos. Parecían aliviados, por lo que tenía que ser una buena señal. —¿Ahora qué? —pregunté. —Ahora esperamos. Probablemente lo hará varias veces antes de sentirse tan cómodo como para estar despierto con el dolor. Haremos que alguien lo monitoreé cada quince minutos. —Mona caminó a mi lado—. ¿Por qué no te vas a casa? Te duchas, duermes y comes algo. Él dormirá durante la mayor parte de la noche. —Pero… —comencé a decir cuando ambas menearon la cabeza—. Bien —suspiré—. Volveré mañana por la mañana. —Eran las ocho y cuarto de la noche. Llamé a Madi de camino hacia mi coche de alquiler. —Hola —respondió—. ¿Algo nuevo? Suspiré de nuevo, sentándome en el asiento delantero y mirando el estacionamiento congestionado en mi espejo retrovisor. —Despertó. —¿En serio? Eso es genial, ¿verdad? —La esperanza en su tono me hizo sentirlo también. —Creo que sí. Ahora necesito encontrar una buena razón por la que yo sea a quien verá cuando se despierte. —¿Por qué necesitas una buena razón? ¿Por qué no puedes decirle la verdad? Estás ahí porque quisiste estar. Brando es un hombre dulce. Él lo apreciará. —Madi —respiré, riendo con tristeza. Pasara lo que pasara, se enfrentara a los horrores que se enfrentara, seguía habiendo una sutil ingenuidad en su corazón que siempre calentaba el mío—. He estado sentada junto a la cama del hospital de un hombre que apenas conozco durante tres semanas. Se va a preguntar por qué estoy allí, y nadie más ha aparecido. —Exacto. Tú estás ahí. Nadie más. Me pregunto por qué nadie ha ido a visitarlo. —Sonaba tan triste y confundida—. Tiene que tener familia. —El hospital ha estado tratando de encontrar a sus familiares durante semanas. No hay ninguno, Mad. No tiene padres, ni hermanos, ni siquiera primos. Es raro. —O es solitario —respiró, exhalando un suspiro miserable—. Algo me dice que estará agradecido de que estés allí. Además, eres la persona perfecta para cuidarlo. Cuidaste a Klay, me cuidaste a mí y ahora no cuidas de ella, pero adoptaste a Trixie, la perra de tres patas, que por cierto orinó en nuestra cama anoche. Klay estaba muy enojado. Tuve que defender el caso de Trixie. Basta decirte que de ahora en adelante duerme en tu habitación. Miré por la ventana. —¿Puedo hablar con él? —¿Con Klay? Claro. Espera. —Escuché un ruido, y luego sus voces murmuradas—. Es Cat —explicó Madi. —¿Qué pasa, perdedora? —me saludó Klay. —Si le haces algo a Trixie, te cortaré las bolas y las convertiré en aretes, ¿me oyes, Caldwell? Resopló. —Tus orejas no podrían soportar el peso de mis bolas. Me reí por primera vez en semanas. —Quedarían geniales con un par de tacones color piel, así que deja a mi perra en paz. —Sí, sí, Mad ya se echó la culpa. El maldito perro callejero está bien. —No es un perro callejero —argumentó la voz apagada de Madi—. Es una perra con un trasfondo multicultural. Klay se rio entre dientes. —Es así, ¿eh, cariño? —Sí —llegó su suave murmullo. Podía imaginar cómo se veían desde aquí. Sus ojos fijos atrapados en su burbuja de lujuria. Un momento después, escuché piel húmeda sobre piel y supe que los había perdido por un beso. Colgué sin decir adiós y sonreí al mismo tiempo que lloraba. Quería eso. Bromear, besar y saber que mis demonios estaban enterrados. No estaban enterrados, y yo no tenía eso. Tenía un auto alquilado y un cuaderno de bocetos lleno de un hombre que sabía que diezmaría mi corazón como muchos antes que él. No por maldad. Sino por necesidad. Un hombre sin familia no estaba más preparado para esto que yo. Traducido por Val_17 & DianaZ Corregido por Dannygonzal El silencio que cayó sobre mi alma se había ido. En su lugar, sentía agitación. El dolor ardía en mi sangre. No abrigaba nada más que dolor en mi espalda donde yacía. Traté de abrir los ojos pero no respondieron, intenté moverme pero no pude, e intenté hablar; no salieron nada más que gemidos. Mi cerebro se confundía con demasiadas cosas, demasiadodolor, demasiada confusión. —¿Brando? —susurró una suave voz melódica. Agradecía los susurros. No dolía escucharlos. Traté de hablar, pero no salió nada más que una cadena confusa de palabras. Me duele, joder, era lo que quería decir. —¿Duele? —preguntaron. Traté de decir que sí. —Suenas como un zombi —bromearon, pero no había humor en su tono—. Hay un goteo de morfina en tu intravenosa. Y un botón a tu derecha. Está configurado para que no puedas sufrir una sobredosis. Presiónalo cuando lo necesites. Pero… —comenzaron, pero ya tenía agarrado el botón y lo presioné—. Te dejará inconsciente y realmente me gustaría que despertaras. Me fui en segundos. Cuando desperté por segunda vez, fue más de lo mismo. El dolor en mi espalda era cegador. ¿Por qué demonios me hallaba acostado de espaldas si era donde más me dolía? Exigí con enojo, y como la única persona con la que podía hablar en mi cabeza era yo, me permití hacerlo bien. Agarré el botón y lo presioné, perdiéndome en la inconsciencia. Lo hice cinco veces más antes de despertarme y buscar el botón solo para descubrir que ya no estaba. —Se lo llevaron. ¿Qué? Sin el peso de la morfina, sentí que mi cerebro salía de la niebla. Mi dolor era sordo y agravante, pero bien podría acostumbrarme. Me desvanecí por lo que me parecieron horas, pero cuando por fin logré abrir los ojos, ya no sabía nada sobre el tiempo. Mis ojos absorbieron la dura luz en la habitación. Los apreté para cerrarlos. Mi monitor cardíaco se activó. Cuando abrí los ojos nuevamente, capté algunas formas borrosas antes de tener que cerrarlos. Lo hice varias veces más antes de que mis ojos se acostumbraran a la luz y pudieran ver de nuevo. Lo que vi, sin embargo, no dejó las cosas más claras. Me encontraba en una habitación de hospital. Me dolía todo. Y Catherine Abbot dormía en la silla al lado de mi cama. Incluso con mucho dolor y la pérdida de sangre, ella era hermosa. Su cabello ónix estaba en un moño desordenado y dormía sobre su mano, con la otra abrazando su torso. Su manta había caído al suelo y la piel de gallina le cubría los brazos. Llevaba una camiseta negra y vaqueros, sus pies cubiertos con calcetines; sus zapatillas se hallaban metidas debajo de su silla. ¿Por qué estaba aquí? Me quedé allí un rato, luchando contra el sueño. Mi cerebro parecía lleno de recuerdos sangrientos, pero no me quedaban muchas preguntas. Podría reconstruir lo que sucedió después de que me dispararon. Las únicas preguntas apremiantes que tenía eran sobre la mujer que dormía en mi habitación y dónde se hallaba mi caja fuerte. El sueño venció. Cuando volví, el sol entraba en la habitación y Catherine no se encontraba allí. Mi estómago se retorció al darme cuenta, pero lo aparté. Traté de moverme, encontrándolo un poco más fácil hoy que antes. Logré levantar mi mano derecha para mover la sábana, encontrando mi cuerpo completamente desnudo. Las sábanas fueron agrupadas alrededor de mi cintura. Mi corazón se detuvo. La parte superior de mi cuerpo se encontraba expuesta, probablemente lo había estado por todo el tiempo que estuve en el hospital. Genial. Se acabaron las pretensiones. Alguien abrió la puerta y mis ojos se dispararon en esa dirección, encontrando a una mujer con un uniforme médico de Nemo. Sonrió ampliamente cuando se dio cuenta que estaba despierto. —Buenos días, señor Hawkins. Me llamo Mona. ¿Cómo está el dolor? Un dedo para manejable y dos para severo. Levanté uno. Me harté de la inconciencia. La confusión en mi cerebro se sentía casi tan mal como las balas. —Bien —dijo, acercándose para pararse a mi lado—. Ya limpié tus heridas hoy, así que eso eliminará muchas de tus molestias y te dará tiempo para aclimatarte. ¿Te gustaría sentarte? —Sí —gruñí, tenía la garganta tan cruda que hablar me mataba. Ella se estremeció. —Creo que primero necesitas agua. Iré a buscar agua y sopa de pollo. Veremos si puedes mantener eso antes de comenzar a alimentarte, ¿suena bien? —Parecía estar esperando mi respuesta, colgando al final de mi cama. Asentí. —Gracias. Su sonrisa se iluminó. —Me alegra que estés bien. Tu esposa ha estado a tu lado durante semanas. ¿Mi esposa? Alcé las cejas, pero no tenía energía para discutir. ¿Dónde estaba mi esposa? Miré su silla vacía y después respiré hondo, tratando de enfocarme. Mona regresó con una jarra de agua y un vaso. Vertió un poco y luego me lo llevó a los labios. —Lentamente —instó cuando el líquido tibio golpeó mis labios—. Has estado vacío por casi un mes. El agua era como la lluvia en el desierto: empapaba mi lengua y garganta secas. Bebí un gran trago y luego alejó el vaso, mirándome a los ojos por un momento. Supuse que esperaba que vomitara. Asintiendo, lo trajo de vuelta y me dejó terminarlo antes de bajarlo. Sentarse no fue tan fácil. Mi espalda palpitaba y ardía; sentía que tenía clavos enterrados en la caja torácica. Las heridas en mi pecho eran sensibles y crudas; un movimiento incorrecto reabriría cada herida que recibí. Pero lo logré. Y a juzgar por la expresión de alivio en el rostro de Mona, salió mejor de lo que ella pensó. —Sopa de pollo —me dijo, trayéndomela—. ¿Te gustaría intentar sostenerlo y alimentarte? Asentí, tomando el tazón y descubriendo que mi fuerza ya había regresado. El caldo de pollo era suave y acuoso, pero era líquido, y eso era todo lo que quería. —Si logras mantener eso, te traeré algo de gelatina. El doctor Nino vendrá en breve para hablar contigo. ¿Estás preparado para eso? —Me palmeó el muslo de manera tranquilizadora. Pero no lo hizo. —Sí. ¿Dónde está Catherine? —dije con voz ronca, aclarándome la garganta con cuidado. Todo dolía. —La envié a casa a primera hora de esta mañana. Probablemente volverá en unas horas. ¿Te gustaría que la llame? No tenía ganas de levantar muros y descubrir qué pretexto sería más agradable. De todos modos, lo más probable era que hubiera visto cada centímetro de mí. Las mentiras ya no funcionarían. —Si no es mucho problema. —La llamaré lo antes posible. Quédate aquí. No hice ningún comentario. ¿A dónde iba a ir? La puerta se abrió menos de un minuto después. Apareció un hombre de unos cincuenta y tantos años que llevaba una bata blanca, y era todo sonrisas. Me congelé al ver cuán aliviados parecían todos. Cuando el médico abrió la boca, descubrí por qué. —Tu corazón se detuvo en la escena. Los paramédicos no tenían idea de cuánto tiempo estuviste inconsciente cuando te revivieron. Es un milagro, señor Hawkins, que estés vivo con todas tus facultades. Lo miré y después bajé la vista, necesitando liberarme del alivio en sus ojos. No creyeron que sobreviviría, mucho menos sabrían mi propio nombre. Hubo un repentino y agudo vacío en mi pecho que nunca antes había sentido. El médico Nino siguió y siguió, y aunque sabía que era importante escuchar, no tenía la fuerza de voluntad. Lo que obtuve fue suficiente para apuñalar aún más ese vacío en mi pecho y también para asustarme. Después de que se fue, Mona regresó, y me tragué la gelatina de fresa en segundos. Frunció el ceño. —Ya veo que tu apetito está bien. ¿Qué tal un poco de sopa de pollo y budín de chocolate para la cena? —Preferiría unas cervezas y algunas alitas de pollo picantes, pero aceptaré lo que pueda. Se rió. —Somos dos, señor Hawkins. Lamía el tazón del budín de chocolate cuando Catherine entró en la habitación. Se detuvo de golpe y nuestros ojos se encontraron. Sus profundos ojos marrones se veían enrojecidos y ella parecía sonrojada y aterrorizada. Conocía las señales. Estrés, ansiedad… algo la había afectado desde la última vez que la vi. Y aunque sabía que era absurdo, también era consciente que probablemente era por mi culpa. —¿Me estás jodiendo? —Exhaló, apoyándose contra la puerta y moviendo sus ojos por cada centímetro de mí—. Me voy por primera vez en una eternidad, ¿y estás sentado comiéndote unmaldito budín cuando regreso? —Es un buen budín. Deberías probarlo. Un poco arenoso, pero esto no es exactamente Outback Steakhouse. Me dedicó una suave sonrisa, y todo el dolor que sentía se agravó al verla. Sus dientes eran de un color blanco cremoso y sus labios, toda su cara, se encontraba desmaquillados. Había tanto alivio en su sonrisa que no percibí nada de felicidad. —No es mi primera opción de buena comida. —Se apartó de la pared y se sentó junto a mi cama—. Soy más el tipo de chica Sizzler. Mis labios se curvaron. —Le sacas provecho a tu dinero. No hay nada malo con eso. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero la sonrisa permaneció en su lugar. —Además, vamos, esa tostada de queso es la mejor parte. Me aclaré la garganta y luché por mantener el contacto visual. —Prefiero aros de cebolla cualquier día. Rompió el contacto visual, riendo suavemente y sacudiendo la cabeza. Era sorprendente lo joven que se veía en ese momento. Tenía la misma edad que yo, pero se veía tan dulce y suave, rompible… al menos no de una forma en que la hubiera visto. Era dura y fuerte, y eso era sexy, pero había algo en su suavidad que hizo que mi polla se contrajera. Las erecciones y heridas de bala no eran compatibles. —Brando —susurró, sus ojos cayeron sobre mí una vez más—. Lamento haber estado aquí, pero… —No lo hagas —la interrumpí—. No te disculpes por eso. Me alegra que lo hicieras. Bajó la vista y entrelazó sus dedos. Hoy llevaba una sudadera con capucha del color de las cerezas oscuras y vaqueros negros ajustados, con una sola rasgadura en su rodilla derecha. Sus zapatillas negras eran pequeñas, y de repente me pregunté de qué tamaño eran sus pies. Y cómo se vería con un par de tacones negros. Desnuda. Su pelo ónix le caía por su espalda y hombros. Esos profundos ojos marrones sin fondo ardiendo de lujuria. Los coloridos tatuajes retorcidos en sus brazos añadiéndole vida a su dolor. Cuando volvió a levantar la vista y vi que sus pupilas se dilataban, supe que no estaba ocultando muy bien lo que sentía, en absoluto. —No sabía cómo te sentirías con que estuviera aquí. Demonios, ni siquiera yo sé cómo me siento. —Llevó las piernas y las rodillas a su pecho, manteniéndolas cerca de su cuerpo mientras me miraba de forma abierta—. Solo sabía que no podía dejarte solo. La oleada de lujuria fue un puñetazo en mi pecho. No podía respirar y me dolía no poder hacerlo. Hubo algo en su sinceridad que me afectó mucho. La mayoría de las personas (incluyéndome) éramos tan conscientes de los aspectos externos que nos olvidábamos de nuestro interior, o era al revés. Quizás nuestro interior determinaba lo que mostrábamos por fuera. Catherine era diferente. Su exterior mostraba su interior para que todo el mundo lo viera. Me hizo preguntarme cuántos de nosotros nos deteníamos a mirar. Mi suposición era, que no tantos como se merecía. —Estoy acostumbrado a estar solo, Catherine. Si eso es lo que te preocupa, puedes descansar tranquila. Estoy bien. —Cat —corrigió, presionando la barbilla contra su rodilla—. ¿Estás bien? No lo creo. No creo que un hombre al que le dispararon y tuvo que ser resucitado esté bien. Acabas de despertar de un coma. Detén la mierda machista. No estás bien. —Entonces, no estoy bien. No significa que tengas que interrumpir tu vida por mí. Vuelve a tu vida en Portland. No estoy bien, pero lo estaré. Algo de dolor y enojo oscurecieron sus ojos. —Si no me quieres aquí, solo dilo. No hay ningún afecto por mi parte. —Se levantó. La observé aturdido y confundido. Estaba a medio camino de la puerta cuando la llamé. Parecía que había estado aquí desde que yo llegué y, aunque no entendía por qué, se lo agradecía. Tenía la sensación de que despertar habría sido diez veces más duro para mí si ella no fuera lo primero que viera. —No te vayas. —La llamé lo mejor que pude con los agujeros de bala que tenía en la espalda y un pulmón que suplicaba explotar. Me encogí y agarré mi costado, respirando con los dientes apretados y sin aliento, de una manera en la que nunca había estado antes—. Siéntate. —Me moví, cerrando los ojos con fuerza mientras luchaba por respirar. —Mierda, lo siento. —Sus delicadas manos agarraron mi bíceps izquierdo. Odiaba que me vieran así. Desnudo en más de un sentido, sin una máscara a la vista. Me sentía expuesto, revuelto. —Siéntate y deja de ponerte a la defensiva. Acabo de despertar de un coma. No estoy totalmente equipado para lidiar con una mujer y punto. Y menos con una como tú. —Abrí los ojos para mirarla—. Me vendría bien una amiga ahora, Cat. —Pude ver la confusión en su mirada. Necesitaba un motivo para quedarse aparte de la razón que la trajo aquí. Le di uno y, en el fondo, la necesitaba por las razones exactas por las que quería alejarla. Me apretó el bíceps. Su garganta se estremeció débilmente. No dijo nada más sobre su arrebato ni sobre mi petición; se sentó y volvió a poner las rodillas sobre el pecho. Tardé exactamente cinco minutos en superar el silencio. En el televisor de la esquina ponían un resumen de un partido de fútbol. Mi dolor creció hasta sentirse como un demonio dentro de mí. Oscuro y palpitante. Mi mano derecha se cerró en un puño. Necesitaba un muro. Algo que me diera una oportunidad de luchar. Pero sabía que ya no había nada que me protegiera. Mi carrera estaba sin duda acabada. El capitán no me tendría en el cuerpo así. Ya había estado indeciso con mi carrera, y pensar en añadir mi cuerpo a la lista de los encontrados bajo las tablas del suelo, solo me empujaba aún más a la confusión. ¿Qué iba a hacer? Odiaba esa pregunta, odiaba la presión por hallar una respuesta. —¿Qué quieres decir con una mujer como yo? —dijo de repente. Fue la pregunta de reemplazo perfecta. En cualquier otro momento no estaría dispuesto a seguir un camino tan peligroso, no era un hombre estúpido. —Creo que eso se explica por sí solo. —¿Cómo? —exigió, disparándome dagas. —No es algo malo —le aseguré. —Mmm —murmuró, con una mirada oscura e insegura de mi autenticidad—. Por suerte, no me importa lo que los hombres piensen de mí. Obviamente había tocado un nervio. —Este hombre no pensó nada malo de ti. Este hombre va a dormir unas horas. —Mis ojos se cerraron y en el momento en que lo hicieron, mi boca se hizo cargo—. No te vayas —susurré, buscando desesperadamente el sueño, cualquier cosa que calmara la agitación dentro de mí—. No me dejes solo, Cat. Rozar mi propia muerte había insertado una parte fragmentada en mi alma que sabía que todo lo que había hecho estaba mal, y que todo lo que hiciera de aquí en adelante tenía que importar. Eso era mucha presión, sobre todo porque la forma en que había vivido mi vida no había importado, y si importaba, era solo porque dolía. Llevaba el dolor conmigo a todas partes, como un mono enfermo e infestado que me clavaba las garras en la espalda. Ese mono me hacía esforzarme más, arrugar los trajes un poco más y sonreír un poco más. Al recibir un disparo, una tumultuosa bomba de gas lacrimógeno cayó sobre mi regazo y su contenido se filtró. Asfixiándome. Contaminando cada aliento que tomaba. Pero el gas lacrimógeno no era letal, y por mucho que me costara respirar ahora, el humo se disiparía. Tenía que hacerlo. Cat estaba comiendo cuando volví en mí. Fue desorientador despertarme aquella vez. Fue lo único en lo que me concentré durante unos minutos mientras mi cerebro se ponía al día con mis pesadillas. Fue inquietante, en medio de mi confusión, que ella fuera lo único que tenía sentido. El aroma a cilantro y lima flotó hasta mí y gemí desde lo más profundo de mi garganta. La gelatina y el agua ya no servían. La vi llevarse un taco a los labios. Sus labios regordetes se llevaron el taco a la boca y lo mordió con los dientes; no derramó ni una gota mientras masticaba, con los ojos fijos en su teléfono. Estaba apoyado en el brazo dela silla y oí lo que parecía un vídeo. Llevaba unos auriculares en la oreja. Mientras mi estómago gruñía de hambre, la observé alimentar el suyo. Parecía mucho más tranquila. Había algo en ella que no estaba cuando me desperté. No tenía el iris rojo y se había peinado esta mañana. Le colgaba alrededor de la cara y le rozaba los hombros, mientras que la camisa negra de manga larga le cubría los brazos. Sus vaqueros estaban desgastados y eran ajustados. Estudié la tela vaquera estirada sobre sus muslos, la forma en que se tensaba y desaparecía donde éstos se tocaban. Levanté la pierna izquierda para apoyar el talón en la cama, con la esperanza de que bloqueara mi erección. Cuando lo hice, levantó la cabeza y sus ojos se clavaron en mí. No supe por qué, pero sonreí. Era una sonrisa discreta y obviamente mejor que admitir que me la estaba poniendo dura. Me devolvió la sonrisa y se quitó los auriculares. —¿Te desperté? Sacudí la cabeza. Cuando continué mirándola sin hablar, se aclaró la garganta y se encogió de hombros. —Ha sido más fácil comer desde que te despertaste —reveló en voz baja, levantando su taco a medio comer en su envoltorio, como prueba. La idea de que por mi culpa pasara hambre durante semanas me quitó el apetito. —Cat —dije en un susurro, mi voz asquerosamente áspera y llena de sueño—. Debiste haber comido. —No valía la pena pasar hambre por mí—. No dejes que te interrumpa. —Demasiado tarde. —Sonrió para demostrarme que me tomaba el pelo, y envolvió su taco y lo metió en una bolsa marrón de comida para llevar. La grasa creaba un halo en el fondo de la bolsa y mi estómago ansiaba saber cuántos tacos le quedaban. Apoyó el codo en la silla y apoyó la barbilla en la palma de la mano, observándome—. Creen que soy tu esposa. Deben ser los tatuajes. Giré la cabeza hacia un lado y la miré. Ella no había mencionado mis tatuajes hasta ahora. O la lealtad inquebrantable, pensé para mí mismo. Lealtad que no había hecho nada para merecer. —¿Cómo te lo propuse? Una sonrisa triste y nostálgica jugó en sus labios. —Estabas borracho. —Eso no es romántico. —Estudié sus labios, deseándolos tanto en ese momento que no parecía saludable querer autodestruirme después de haber recibido un disparo. —No soy romántica. Así que, en mi libro, una propuesta borracha es lo mismo que flores y chocolate. A decir verdad, yo tampoco era romántico. No tenía un hueso romántico en todo mi cuerpo. —¿Cómo puede alguien fallar con estándares tan bajos? —Le guiñé un ojo, manteniendo el contacto visual con ella. Había algo íntimo en mirar a los ojos a otra persona. Intentaba no hacerlo a menos que fuera necesario. Hablar con una víctima, con un delincuente, interrogar intensamente un alma no era lo mismo que mirar una. Una ráfaga de aire abandonó mis pulmones y me quedé allí, con la mejilla presionada contra la almohada mientras jugábamos con el alma del otro. Como si pasara los dedos por un estanque en calma. Las ondas rebotaban en las puntas de mis dedos y, en el horizonte, divisé una tormenta detrás de sus aguas tranquilas. Solo podía imaginar el desastre que ella veía en mi alma. La sangre acudió a mi polla y quise llenarla. La calma y el caos chocando tenían que ser la clase de destrucción más adictiva. —Se las arreglan —susurró, sacando la lengua para lamerse el labio inferior. Me esforcé por sostenerle la mirada y no seguir la punta de su lengua rosada deslizándose por la carne flexible de su labio. Me pregunté si ella también lo sentiría. La presión en la habitación, la fuerza del caos aferrándose a cada respiración. No podía pensar en mi deseo, en mi dolor. Quería zambullirme en su tormenta. El calor me llenó las entrañas y tuve que preguntarme cuántos años tenía. Era un hombre de veintiséis años. No había tenido una erección tan fuerte desde que tenía trece años. Y como la mayoría de las cosas que hacía a los trece, sabía que mi polla dura me metería en problemas. —¡Buenos días! —saludó una voz cantarina, rompiendo el hechizo entre Catherine y yo. Me aclaré la garganta y miré hacia la puerta para encontrarme con Mona. Hoy llevaba el uniforme de Barbie, y la enorme cantidad de rosa me inquietaba. Pero también me hizo sentir extrañamente... tranquilo. Como masticar un enorme y ofensivo chicle. —Buenos días —murmuré. —Es hora de limpiarte las heridas —anunció, dándole a Cat una mirada de complicidad cuando se paró rápidamente. —¿Puede tomar café? —preguntó Cat. Mona apretó los labios y se puso unos guantes nuevos. —No veo por qué no. ¿Me das quince con él? —Si, seguro. —Cat tocó mi mano y me apretó los dedos—. Vuelvo enseguida. ¿Por qué demonios se sentía como si todo mi mundo se fuera con ella? Ese jodido apego no era propio de mí. —¿Crema y azúcar? Frotó su pulgar sobre mis nudillos. —Claro, maridito. Estudié su culito firme en sus vaqueros desgastados mientras se iba. Antes de tener otra erección y espantar a Mona, pensé en lo que vendría. Invasivo. Limpiar mis heridas tenía que ser. —Amor joven —dijo Mona, suspirando con adoración—. Esto va a ser duro. Alcé una ceja, estudiando el alcohol y la gasa en sus manos. —¿El amor o limpiar mis heridas? Ella sonrió radiante. —Ambos. Cada vez que he hecho esto, has estado dormido. Será diez veces más fácil cuando estás despierto. Al final, tendré que conseguir que tu mujer se quede a limpiarte para que pueda hacerlo por ti cuando te den el alta. Podría haberla detenido entonces. Corregirla. En lugar de eso, me quedé mirando, preguntándome cuántas veces me había limpiado el culo esta mujer cuando yo estaba en coma, y por qué Cat tampoco la había corregido. —¿Cómo me quieres? —Sobre tu lado derecho. Si es demasiado doloroso, házmelo saber y podemos hacer descansos. Me agarré a la barandilla de la cama y tiré con la poca fuerza que aún poseía en mi cuerpo. Sentía que mis músculos se habían deteriorado. Sabía sin pesarme que había perdido una cantidad considerable de peso, incluso antes de que me dispararan. Cuando hallamos al secuestrador de Madison y desenterraron aquellos quince esqueletos, mi mundo se había torcido sobre su eje, y aunque estuviera equilibrado, no estaba segura de querer volver allí. Apreté los dientes y cerré los ojos mientras Mona me torturaba. Cuando terminó de limpiar mis heridas, tanto en la espalda como en el torso, caí agradecido de espalda y dejé que el dolor se desvaneciera gradualmente. —¿Mona? —gruñí, agarrando las sábanas en un puño—. ¿Es posible ir al baño? —¿Número uno o número dos? Abrí los ojos para ponerlos en blanco. —Número dos. Ella ni siquiera perdió el ritmo. —¿Por qué no te quito también el catéter y vemos si podemos empezar a devolverte a tu estado normal? Sonrió, feliz de volver a recomponerme. No tuve valor para decirle que no era posible. Traducido por IsCris, Gesi & MadHatter Corregido por Pame .R. Mátenme. Cuando entré, Brando salía del baño. Se encontraba de espaldas a mí y Mona tenía una mano sobre su codo, ayudándolo. Su espalda, su espalda gloriosamente tensa (todavía de alguna manera hermosa incluso con la piel fruncida de las heridas de bala) llegaba a una cintura delgada y uno de los culos más hermosos que jamás haya visto. Eran dos globos de perfección. Quería hundir mis dientes en ellos, o mejor, mis uñas mientras se introducía en mí. Algo me decía que el hombre tenía un alma gentil en medio de su caos, pero algo también me decía que follaba como un animal salvaje. Carnal, duro y exigente. Nunca dejaba que los hombres me reclamaran. No después de ser violada. Pero algo sobre darle a Brando la capacidad de hacerlo no daba miedo. Él no tomaría el control y me haría daño. Tomaría el control y lo nutriría. Pero Brando no era mío. Mirar y querer no marcaba un alma. Amarlo sí. Cuando se dio fijó en mí, miró por encima del hombro y frunció el ceño antesde apartar la mirada. No parecía importarle su desnudez. Sin dudas a mí no me importaba. Su cuerpo alto y duro, con músculos y tatuajes, era un caos tentador. Quería estar debajo de su tormenta y probar su locura. ¿Qué podía decir? Una chica podría revolcarse en su tipo de maldad. Mientras Mona lo ayudaba a meterse en la cama, vi el sudor en su frente en el momento que finalmente logró hacerlo. Su mano derecha tembló al tiempo que se movía para agarrar sus sábanas. —El doctor Nino se alegrará de que hayas podido orinar y defecar por tu cuenta. —Asintió hacia mí, como si eso fuera un buen progreso, así que le devolví el saludo, a pesar de que no me gustaba hablar de cosas del baño—. Bebe tu café y te enviaré unos huevos revueltos y avena. —Gracias —murmuró y todo su comportamiento cambió. Se veía pálido y débil. Parecía un hombre que había recibido ocho disparos y acababa de despertar. Mi estómago se cerró, pero forcé una sonrisa. No le haría ningún bien a él ni a mí ver lo malo en esta situación. —Aquí tienes. —Esperé a que agarrara la taza antes de tomar asiento. Cuando la enfermera se fue, dejó de fingir y gimió, cerrando los ojos en tanto agarraba la taza de café con la mano izquierda. Quería sacar su mente del dolor. —Buen culo. Soltó una risa cansada de un segundo de duración antes de apretar los labios con dolor. —El mejor culo que he visto en mucho tiempo —continué—, el primero es el mío, por supuesto. —Me mordí el labio cuando sonrió. Esta vez duró dos segundos—. Pero solo hay una Mona Lisa, así que... —Me encogí de hombros. Su sonrisa duró tres segundos. —Eres más un Van Gogh. La Noche Estrellada. Una belleza creada en grandes cantidades. Una vez compré un llavero con esa pintura. Lo tatué una docena de veces. No sonrió, pero ya no sudaba y abrió los ojos. Se llevó el café a los labios y tomó un sorbo. —Ahh —gimió, la primera chispa de verdadera felicidad iluminó su rostro. Café, fiel bastardo. —Entonces tu semejanza todavía no ha sido creada, por lo que entiendo —dijo, con los ojos lejanos. —Nah. Creo que la única persona lo suficientemente valiente como para pintar esa pintura soy yo, y nunca profundizaría tanto.... Asintió mecánicamente, y cuando me incliné para atrapar la mayor cantidad de su mirada, vi el sombreado de dolor en sus ojos. Algo sobre él lastimado extrañamente también me lastimó. Sufrir por el sufrimiento de otra persona era la sensación más incómoda. Klay sufría cuando Madison lo hacía, y como eran mi única verdadera base de amor, no tuve que sentir el dolor de Brando más de una vez para saber que me hallaba realmente jodida. Me llevé la mano a la boca y me mordí la uña del pulgar. —Bromeaba, ¿lo sabes, Brando? No eres una belleza producida en grandes cantidades. Eres La Última Cena. Sus ojos se cerraron y sus hombros se encorvaron. Me hizo preguntarme si su dolor era puramente físico. Quería hacerlo sonreír por más de tres segundos. Le temblaba la mano cuando se llevó el café a los labios. —Puedo sincronizar mi teléfono con la televisión. ¿Podemos ver una película juntos? —ofrecí, aferrándome a un clavo ardiendo. No era una chica de tener citas en el cine. Era una mujer de tragos de tequila y besos descuidados. —No quiero que te vayas, Cat. Pero hay un millón de otros lugares que te merecen más que yo. —Luchó sin pedir ayuda para llegar lo suficientemente lejos como para dejar su café. Apretó los dientes y se deslizó hacia abajo para acostarse boca arriba. Luchando contra la quemadura en mis ojos, lo ignoré. Encendí mi Wi-Fi y conecté mi teléfono a la televisión. Me desplacé por las películas hasta que encontré una que sabía que ambos odiaríamos. Es mejor dejar un festival de chicas para las Madison de este mundo. Sin pedir permiso, atenué las luces prácticamente a oscuras y también cerré las cortinas. Y luego me metí en su cama de hospital junto a él. Había suficiente espacio para que me acostara de lado. Descansé mi cabeza sobre su hombro, cuidadosa de sus heridas, y puse mi mano sobre su cintura. Sentí su cabeza moverse, y luego su barbilla y mejilla presionarse suavemente contra la parte superior de mi cabeza a medida que sus brazos me rodeaban. —Esta película apesta —susurró quince minutos después. Me reí sin aliento. —¿Quieres ver Sons of Anarchy en su lugar? —¿Es una pregunta con trampa? Mona llegó a la mitad del episodio uno, nos dio una sonrisa de complicidad y luego dejó la comida, cerrando la puerta tras ella. No presté atención a la serie. Había cosas mucho mejores en las que centrarse. Como el sonido de su corazón. Era hermoso. Fuerte, el calor se filtraba por su piel y calentaba mi mejilla. Me encantaba cómo latió un poco más fuerte cuando el brazo que había agrupado sobre su cintura se movió unos centímetros. Lo afectaba, él me afectaba, ¿cuánto tiempo duraríamos hasta que ambos cediéramos a esta extraña atracción? —Huelo a pozos y pelotas —dijo a la mitad del episodio tres. —Huelo a azúcar y especias. Lo cancela. —Me acurruqué lo mejor que pude. Me encantaba esta parte de estar con un hombre. El calor compartido y la conexión. Lo sentí moverse y luego su nariz se encontraba en mi cabello. —Hueles a mi champú. ¿Te duchaste en mi casa? —¿Te parece bien? En respuesta, la mano que tenía en mi espalda se deslizó por mi columna vertebral para descansar sobre mi cadera. —Está bien. Entrada la tarde, entró el doctor Nino. Su rostro desgastado era amable pero clínico. Todo negocios con una pizca de emoción. —Escuché que removieron tu catéter —saludó, encendiendo las luces y terminando nuestra fiesta de pijamas—. Si puedes salir de esta habitación por la puerta y llegar a la máquina de refrescos al final del pasillo, te daré de alta antes de la medianoche. Brando no solo llegó a la máquina de refrescos, sino que incluso regresó a su habitación. El doctor y yo nos quedamos lo suficientemente cerca para atraparlo si era necesario, y la enfermera Mona lo siguió con una silla de ruedas. Hubiera estado celosa del claro vistazo que echó a su trasero descubierto, si no hubiera estado tan emocionada. —Voy a escribirte una receta para el próximo mes, tal vez dos, pero prefiero que vayas dejando los medicamentos de a poco. Si los necesitas más tiempo, hablaremos. Mona le mostrará a la señora Hawkins cómo limpiar tus heridas o puedes contratar atención de enfermería interna si decides no hacerlo. Mi regla número uno es tomarlo con calma. —Sus ojos no mostraron ninguna broma—. Te vas a quedar sin aliento con fácilidad y te vas a marear por eso. Tu pulmón necesita sanar antes de comenzar a volver a la normalidad. Si te dejo salir de este hospital, tienes que estar en reposo durante al menos treinta días. Te levantas y das caminatas cortas, y luego te acuestas de nuevo. ¿De acuerdo? —Extendió su mano. Brando logró volver a su cama. Se veía verde por el esfuerzo que había hecho. —Trato hecho —jadeó, estrechándole la mano al doctor Nino. Tomé nota para llevar el consejo del doctor conmigo. Brando obviamente no iba a prestar atención a su advertencia. La enfermera Mona probó mi límite de vómito, al mostrarme cómo limpiar sus heridas. Insistí en mirar, no tocar. La piel irritada y sangrante de tantas heridas me convirtió en un desastre nauseabundo. —Haz que se siente si puede. Si no, puede acostarse sobre su lado derecho. Guantes, siempre. Desinfecta las heridas con alcohol, límpiales cualquier pus y exudado con una crema antibiótica, sécalas lo mejor que puedas y luego aplica una gasa fresca. Algunas están cosidas, así que limpia el exterior de esas. Aplica vendajes de mariposa a las heridas que están abiertas de par en par. Por desgracia, puedes esperar cicatrices, señor Hawkins. Pero sospecho que puedes cubrir las cicatrices con tatuajes. —Dejó que Brando retrocediera cuando terminó. En ese momento, ambos estábamos verdes. —Te traeré algo de ropay un botiquín de primeros auxilios con una lista de lo que debes comprar y las instrucciones de limpieza de la herida por si acaso —ofreció Mona—. Dame un segundo. —¿Emocionado? —le pregunté una vez que estuvimos solos. No respondió más que con una mirada. No parecía emocionado. Se veía vacío, dolorido y al límite. Parecía que nada le importaba. Apenas reaccionó cuando Mona le ayudó a vestirse con una sudadera negra y una camiseta blanca lisa con el logotipo del hospital en la parte delantera. Le ayudó a sentarse en una silla de ruedas y luego lo acompañamos las dos. Todo el tiempo me preguntaba dónde estaría su familia y qué haría si yo no estuviera. Incluso Ethan había dejado de venir. Nadie llamaba. A nadie parecía importarle. ¿Por qué Brando estaba solo en este mundo? Mona me ayudó a meterlo en el asiento delantero de mi coche de alquiler, lo cual fue una hazaña, considerando lo alto que era el Tahoe. En el momento en el que estuvo en el asiento y Mona cerró la puerta, se sintió como si fuera todo mío. —¿A dónde primero? —pregunté, tratando de romper la oscura y deprimente tensión que giraba a su alrededor—. ¿Al gimnasio? Su cabeza golpeó el asiento y cayó a la derecha, cortando mi visión de él. Al salir del estacionamiento, las farolas de la calle brillaron sobre el auto y su garganta. Había una gruesa capa de tejido cicatrizado debajo de su mandíbula. Se encontraba oculto para que la sombra normal de su mandíbula lo ocultara, la cuál es probablemente la razón por la que no lo vi en el hospital. Se veía retorcida a la luz de las farolas. Como si alguien hubiera intentado cortarle la garganta desde la oreja hasta la yugular. El pensamiento me heló. Me recosté, tragando con dificultad a medida que salía del hospital. Brando era un libro de secretos. No me hallaba segura de querer desterrarlos a todos. Sospechaba que para conseguir un secreto tendría que escuchar el resto. Sin tener idea de a dónde más ir, me dirigí a su casa. Se encontraba completamente callado. Su estado de ánimo comenzó a afectarme y me sentí incómoda. Incómoda con gran parte de nuestra situación, pero independientemente aferrada a sentirla. Me mordí la uña del pulgar mientras conducía, mirándolo tantas veces que se me puso rígido el cuello. No sabía qué hacer cuando comenzó a respirar rápidamente. El sudor le goteaba por las sienes, podía oler el almizcle del miedo en su transpiración. Coloqué una mano sobre su antebrazo. —¿Brando? ¿Qué sucede, cariño? No respondió con palabras. Su mano izquierda luchó por la mía, sus dedos se envolvieron alrededor de los míos y me apretaron. Sus ojos no se apartaron ni una vez de la ventana. —¿Quieres regresar al hospital? —No. —Suspiró miserablemente—. Tampoco quiero ir a casa. —Por fin me miró. La mirada atrapada y perdida en sus ojos gritaba perdido y roto. Puede que no supiera lo que quería, solo lo que no quería. Entendía esa forma de pensar. Fue la que me ayudó a atravesar mi vida hasta que conocí a Klay. —Dime qué necesitas y te lo daré. —El peso de mi promesa se apoderó de nosotros. Tomó una larga e irregular respiración. Sus labios se separaron y los lamió, mirándome fugazmente a los ojos antes de apartarla la mirada. —Detén el vehículo. Lo hice, parando a una cuadra de su casa. La noche era oscura y las farolas de la calle se hallaban demasiado separadas para ofrecer mucha luz donde estábamos estacionados. Me giré hacia él, sosteniendo su mano izquierda entre las mías. —¿Qué tal esto? ¿Regresamos a tu casa y nos quedamos a pasar la noche allí? Nos bañamos, comemos algo y luego podemos ir a la cama y descubrir qué quieres hacer en la mañana. Suspiró; su mandíbula estaba tensa con su tormento. —Lo siento por estar enojado. Ya no quiero estar aquí, Cat. No quiero ser policía. No quiero ser yo mismo. No quiero volver a esa casa, ponerme esos trajes y esconderme. Estoy tan malditamente cansado de esconderme —confesó. Llevé su mano hacia mis labios y le besé el dorso. Sabía lo que quería. Lo mismo que quiso Madison cuando Klay la sacó de Denver. Quería estar en otro lugar. —¿Quieres regresar conmigo a Portland? —Su actitud cambió por completo en el momento en que lo pregunté. El alivio se estrelló contra él y su cuerpo se hundió. Pero sus ojos intentaron negar lo mucho que lo deseaba. —No puedo pedirte que me ayudes con eso. —Entonces no me lo pidas. Los amigos se ayudan entre sí, Brando. Harías lo mismo por mí, por Madi, ¿verdad? No respondió, desviando mis palabras con una mirada fija hacia nuestras manos unidas. —Puedes mudarte con Klay, Madi y yo. Alejarte. Resolver las cosas. Sanar. Ser… tú. Asintió lentamente, restregándose el rostro con la mano libre. —Eres un milagro, ¿lo sabes? —Se dio vuelta hacia mí con ojos vidriosos—. Algún día me arrancarás el corazón, ambos sabemos que lo harás, pero por ahora simplemente estoy tan jodidamente contento de que estés aquí. —Llevó mi mano hacia sus labios y besó el dorso mientras la sacudía. Tragando la quemadura en mi garganta, sonreí a través de mis lágrimas. Lo sabía. Sabía lo increíble y terrible que seríamos juntos. Algo sobre eso, que albergara el conocimiento de nosotros juntos en su cabeza y corazón, me excitó y me hizo protectora de él al mismo tiempo. Quería follarlo y abrazarlo. Me conformé con darle un apretón a su mano. —Un milagro, ¿eh? Más como una maldición. Sonrió tristemente. La refutación estaba en sus ojos. No lo creía, y una parte de mí sintió que un pequeño trozo de mi corazón caída sobre el borde de nuestro terrible e increíble acantilado. Lo dejé caer. No intenté salvarlo. Viviría sin él si algún día podía recordar este momento. —Llevémoste a casa por la noche. —Conduje con su mano en la mía. Lo ayudé a salir del coche cuando llegamos. Apoyó su peso sobre mí, arrastrándose descalzo a mi lado hasta que llegamos a la puerta principal. La desbloqueé y luego lo ayudé a entrar. No miró mucho a su alrededor. Mantuvo los ojos al frente. —¿Dónde está mi caja fuerte? —preguntó, después de que pude recostarlo en su cama. Se hundió agradecido con los ojos cerrados. —No sé. No escuché nada sobre una caja fuerte. ¿Puedo llamar a Ethan si quieres? —Probablemente sea una evidencia. —Sus ojos se abrieron y la ira ardió a fuego lento en ellos. Me senté en el borde de la cama y me quité los zapatos. Al hombre le dispararon, todo su mundo se hallaba en el aire, ¿y se preocupaba por una caja fuerte? O había un montón de dinero dentro o algo más. Algo por lo que valiera la pena morir. Cerré los ojos cuando me di cuenta de la verdad. No se había estado protegiendo a sí mismo la noche en que le dispararon. Protegía esa caja fuerte. —Sé que te mueres por algo de comida de verdad. ¿Pizza suena bien? —pregunté, alejando mi descubrimiento antes de que brillara en mi rostro. —¿Cuánto te está costando ese auto de alquiler? —No quieres saberlo. —Me froté los brazos a través de la camisa. Helaba en su casa—. Sí o no a la pizza. —Quiero una pizza entera para mí solo —respondió, para mi sorpresa—. Y todas las alitas picantes que tengan. Y si tengo espacio, también algunos panes de ajo. —Cielos. Suenas igual a que Klay. —Era una maravilla como se mantenían tan calientes comiendo tanta basura. Tomé el control remoto de su mesa de noche y lo lancé a su alcance. Luego lo señalé con el dedo— . No te muevas a menos que esté aquí para ayudar. ¿Me oyes, Brando? Sus labios se torcieron por primera vez en horas. —Sí, Catherine. Detestaba mi nombre. Me recordaba a la época en que las cosas no eran tan duras en la superficie, pero eran insoportables en las sombras. Me hacía pensar en caros vestidos blancos que odiaba y en un corazón joven y solitario. Pero en su lengua, Catherine no se sentía tan perdida y enterrada. Eso me aterraba. Busqué mis cosas y los artículos que la enfermera Mona nos había dado al salir delTahoe. Llevé todo hacia su habitación y lo dejé en su cama. Busqué una pizzería cercana y luego llamé para hacer el pedido. —¿Dónde están mis cosas? —preguntó de repente—. ¿Mi celular, mi placa, mi arma? Le entregué mi teléfono. —Llama a tu compañero. Voy a ducharme. No… —Te muevas —terminó, desplazándose entre mis contactos. Frunció el ceño mientras lo hacía. Cuando me vio aun mirando, puso su rostro en blanco—. Lo sé, Cat. Me duché en tiempo récord. Me cepillé el cabello y busqué en mi bolso algo cómodo y cálido. Habían pronosticado nieve. Me puse un chándal de Klay y una camiseta térmica blanca, no estaba de humor para usar sujetador. Brando estaba mirando a la nada cuando salí. —¿Lo encontraste? —Vendrá a dejarme mis cosas. A juzgar por la rigidez de su mandíbula, su caja fuerte no era parte de ellas. —¿Necesitas algo mientras esperamos? Su roja y torturada mirada cruzó la habitación para sostener la mía. —¿Tú necesitas algo de mí? La crudeza de su pregunta me sorprendió. —No, Brando. Solo necesito que te mejores. Se dio vuelta, lo que quería no era lo suficientemente bueno. —¿Entonces qué, Cat? Mis pulmones sanan. Mis heridas también. Volveré justo a donde empecé. —¿Dónde era eso? —Me arrastré por la cama hasta estar a su lado, sentándome con las piernas cruzadas en tanto él miraba a cualquier lado menos a mí. Suspiró profundamente desde el fondo de sus pulmones. —En ninguna parte. Todo lo que he hecho en mi vida no lleva a ningún lado bueno. Solo es una cuestión de tiempo hasta que te hunda conmigo. Estaba impactada. No se parecía al detective tatuado que había sido. Parecía un hombre al que habían roto y creció lo suficientemente fuerte como para no dejar que volviera a suceder. —Odio decírtelo, amigo, pero ya me he hundido hace como un millón de años. Puedo apañármelas sola. Sus cejas se arquearon y sus labios se curvaron en las esquinas. —¿Amigo? —¿Cómo preferirías que te llame? ¿Papi? —Cuando resopló, me acerqué, guiñándole un ojo—. Eso me interesa un poco. —¿Qué cosa, exactamente? —Llamar a los hombres con los que… me besuqueo… papi. ¿Quieres probarlo? —Sonreí. Me dio lo que necesitaba. Una pequeña carcajada. —No puedo decir que es algo que he hecho. Pruébame. —Se palmeó los muslos—. Ven con papi. Oh, mierda. Sus ojos bajaron con un destello tóxico que yo quería desvanecer. Sus pestañas negras creaban suficiente sombra y sus ojos verde oscuro brillaban. No necesité de mucha más coerción. Me acerqué y usé su cabecera para equilibrarme antes de acomodar mis piernas a cada lado de las suyas. Coloqué mis manos sobre sus hombros y me estremecí cuando sentí que me rodeaba la cintura. Eso debería haber sido una advertencia. Ese escalofrío inocente. Los hombres no enviaban hormigueos por mi columna vertebral. Le dejaban moretones a mi corazón. Pero este hombre aún no había hecho eso. —¿En qué piensas? —pregunté, moviendo mis dedos hacia arriba para agarrar la parte inferior de su cabello. Sus manos se sumergieron debajo de mi camisa y el calor de sus dedos en mi piel quemó cada lugar que tocaban. —Pienso que tenemos que intentar con un nuevo apodo. —Ay —hice un puchero, apoyando mi frente contra la suya. Así de cerca, sus ojos me estaban matando—. Hazlo por mí, ¿por favor? Asintió una vez, nuestras pestañas rozándose muy suavemente. —Yo encima de ti. Tengo que estar en la cima —aclaré, lo que lo dejó quieto, pero seguí adelante antes de que pudiera pensar demasiado en eso—. Tú, enterrado en lo más profundo de mí. Mis dedos clavándose en tu pecho, tus manos guiando mis caderas. —Exhalé roncamente y me acerqué, colocando mis labios sobre su oreja. Podía oír su deglución fuerte y el creciente bulto de su entusiasmo surgiendo entre nosotros—. ¿Te gusta la idea de tu polla dentro de mí, papi? Las cosas me salieron al revés cuando sus labios encontraron mi cuello. Sentí mi poder desvaneciéndose; necesitaba ese poder. El poder me mantenía a salvo durante el sexo. Pero no me sentía en peligro. Me sentía protegida. Era hedonista y hermoso, poniendo a mi deseo patas arriba. Me arqueé en su abrazo. —Mejor pregunta es si te gusta la idea de mi polla dentro de ti, Catherine. Porque no me ha gustado nada en mucho tiempo, pero la idea de que estemos juntos suena bastante jodidamente tentadora. —Sus dientes mordieron mi pulso, enviando una oleada de calor directamente a mi dolorido clítoris. Mis dedos se movieron más alto en su cabello, agarrando grandes puñados en tanto él besaba y mordía el cuello de mi camisa. —Haría cualquier cosa para convertir esa idea en realidad —admití descaradamente. Justo cuando sus labios comenzaron a avanzar lentamente sobre mi mandíbula, hubo un sonido estridente que atravesó la casa. Rasgó el momento. Su puta pizza arruinó nuestro momento. Me recosté y sonreí tímidamente. —Trabajaremos en los apodos, ¿sí? —Mmm —gruñó, sus ojos adquirieron un destello de... ¿decepción? —. Cat —comenzó, con una chispa de confianza brillando en sus ojos antes de que desapareciera—. Sí. Trabajaremos en los apodos. Éramos dos trenes que se dirigían hacia el otro. Nos estrellaríamos. Lo sabía, y él también lo sabía. Habría devastación, y habría restos, pero tendríamos una parte de ello, y de una manera jodida, encontré la idea de mirar a nuestros restos como algo hermoso. Me aparté de su regazo, con la cara roja y el corazón palpitante, y lo dejé pagar la comida. Me estaba acercando a lo último de mis fondos. Necesitaba volver a Portland y Guns & Ink tanto como Brando quería alejarse. Luché por llevar la comida a su habitación y me fui a buscar servilletas y dos vasos de agua. Él comenzó de inmediato, metiéndose la comida por la garganta como una persona loca, e ignorándome, en tanto me acomodaba a su lado y encendía su televisor, tratando y fallando en desconectarme con episodios antiguos de Breaking Bad. —Estoy cansado —anunció; el reloj junto a su cama indicaba que eran casi las cuatro de la mañana. —Sí, está bien. —Levanté la comida, puse las sobras en la cocina y tiré la basura. Cuando regresé, se encontraba acostado de espaldas y las mantas le cubrían la cintura—. ¿Te importa si compartimos tu cama? —No. Lo que es mío es tuyo, Cat. ¿Vale? —Me encontré con sus ojos intensos—. Si lo tengo, y lo quieres, es tuyo. Dime que lo entiendes. —Lo entiendo —susurré, deseándolo. Tal como estaban las cosas, no podíamos tener sexo. Todavía sentía tanto dolor que no se encontraba lo suficientemente bien como para follarme tan fuerte como yo quería. Tan difícil como era admitirlo, me ordené a mí misma calmar la tensión. Disminuir la velocidad de mi tren y dejar que él me alcanzara. Apagué las luces y me metí debajo de las mantas. Era tentador acercarme a él y acostarme como lo habíamos hecho antes en el hospital. Quería oír los latidos de su corazón. No era una mujer que se negara a sí misma. Había muy pocas cosas que hicieran encender mi deseo, que cuando encontraba algo que me tentaba, lo tomaba sin mirar atrás. Este hombre era diferente al resto. Quedarme dormida fue difícil. Estaba hiperactiva por él. Cada movimiento de su cuerpo, cada respiración profunda, cada suspiro de sus labios, quería tocar, verlo y sentirlo. En cambio, me quedé allí y pensé en cómo ayudarlo. Necesitaba ayuda como yo la necesité cuando conocí a Klay, y la forma en que Madison necesitó ayuda el día que ella también lo conoció a él. Brando necesitaba a Klay. Era así de simple. Iríamos a Portland, y nuestros trenes nos seguirían. Me desperté a la mañana siguiente y caí de espaldas, bostezando y estirando mi cuerpo. Era la primera mañana en semanas en la que no me sentía mal del estómago. Había un sonido, como agua corriente, y la ira se desencadenó en mí. Arrojé las mantas a un lado y caminé hacia el baño. Efectivamente, pude distinguir el cuerpo desnudo de Brando a través de las puertas de vidriode la ducha. —¿Qué demonios, amigo? Miró por encima del hombro y me fulminó con la mirada. —Estoy desnudo —señaló innecesariamente. —Pensé que te había dicho que no hicieras cosas por tu cuenta. Estás rompiendo las reglas. Se volvió y mantuvo la mano sobre el cubículo de la ducha para mantener el equilibrio. —Te veías tan linda durmiendo. No quería despertarte. Necesitas dormir. ¿Linda? Era muchas cosas, pero linda probablemente no era una de ellas. Peor aún, el bastardo me hizo sonrojar. El calor serpenteó sobre mis mejillas. —Avísame la próxima vez —espeté, cerrando la puerta de golpe después de salir enojada—. Hombres —gruñí, dirigiéndome a su cocina para tomar un café. Empecé una cafetera y luego abrí su refrigerador, estudiando los pocos artículos que había comprado en las pocas semanas. En este caso, dos aguas gasificadas de fresa, un litro de leche y crema, y nuestros restos de comida de la noche anterior. Encogiéndome de hombros, agarré una rodaja de pepperoni y esperé a que mi café se preparara. Todo el tiempo estuve atenta a él. Podría caerse. Podría resbalarse. Podría lastimarse. Hice dos cafés después de terminar mi pizza y los llevé por el pasillo hasta su habitación cuando salía del baño, agarrando su toalla con la mano. Se apoyó contra la pared y jadeó, con los ojos cerrados. —Maldita sea, Brando —gruñí, bajando nuestros cafés—. No te muevas. Te traeré algo de ropa. —Gracias —arrastró la palabra, lo que me aseguró que se había excedido. Abrí sus cajones y encontré un par de calzoncillos blancos. —¿Solo calzoncillos están bien? —Sí. Me arrodillé a sus pies, con la ropa interior en mano. Me miró con vergüenza y dolor ardiendo en los ojos. —No seas estúpido —advertí—. Estoy aquí para ayudarte. Déjame ayudarte, Brando. —Le ofrecí la prenda. Después de un minuto, levantó cada pierna con cuidado. Por tentador que fuera, no miré cuando dejó caer la toalla hasta que se puso los calzoncillos sobre las caderas—. Ahora deberíamos secar y limpiar tus heridas. Asintió, arrastrándose hacia su cama y tirándose para sentarse. Puso su cabeza en sus manos. No sabía qué hacer. Sentirme impotente me hacía sentir ansiosa, y las dos emociones juntas hacían que fuera difícil pensar. Fui a buscar el botiquín de primeros auxilios y comencé a secar y a limpiar sus heridas. Aparte de sentir náuseas algunas veces, pensé que había hecho un buen trabajo. Considerando todas las cosas. Cuando me moví, su mano salió disparada para agarrar mi muñeca y traerme de regreso. —¿Me puedes hacer un favor? —Cualquier cosa. —Mis cosas que están en evidencia se pueden recoger hoy. Ethan puso tu nombre en la hoja de registro. ¿Puedes por favor ir a recoger los artículos por mí? No sabía por qué, pero su pregunta me hizo querer llorar. Era la emoción más extraña, pero pensé que tenía que ver con el hecho de que probablemente se suicidaría para estar a salvo. —Con una condición. —¿Qué? —Me dejas ponerte algún chándal, comes algo y bebes ese café. Y no te mueves ni un centímetro de esta cama hasta que regrese. —Trato hecho —murmuró, apretando mi muñeca antes de dejarme ir. Encontré un par de pantalones azul oscuro de entrenamiento del departamento de policía de Denver y me arrodillé para él una vez más, subiendo la prenda por sus tobillos y luego por sus espinillas. Se levantó. Los llevé hasta su cintura. Le ahorré el dolor y evité el contacto visual. Lo metí en la cama y luego le traje algo de pizza. —¿Pizza fría para desayunar? —Me dio una sonrisa triste y dejó su café—. El niño de cinco años en mí se regocija. No le devolví la sonrisa. —Voy a comprar algunas cosas en el supermercado mientras estoy fuera. ¿Necesitas algo? Meneó la cabeza. —¿Necesitas dinero? Podría escribirte un cheque. Meneé también la cabeza y palmeé su muslo. —Estoy bien. No te muevas. —Probablemente tomaré una siesta después de comer esto. No dormí bien. Tú y yo, los dos. —Cuando llegue a casa, ¿hablaremos de Portland? Incluso en esa burbuja tensa y dolorosa, pude saborear su anhelo. —No hay nada de qué hablar. Ya lo decidí. Finalmente le di una sonrisa, acercándome para presionar un beso en su mejilla sin afeitar. No sabía qué pasaría, pero esa era a menudo mi vida. No sabía que estaría sin hogar a los catorce años. No sabía que sería violada a los diecisiete años. No sabía que me encontraría con Klay. No sabía que me convertiría en la mujer que era. Y no sabía que encontraría a un hombre como Brando. Pero en esa mezcla, había mucho mal y mucho bien. Tenía la sensación de que Brando Hawkins era un poco de ambos. Traducido por Anna Karol, DianaZ & Gesi Corregido por Pame .R. Sentarse quieto era una tortura. Pero pensar era peor. Mi mente se volvió desenfrenada, como si estar en casa dejara escapar a los monstruos. Me senté en la cama y golpeteé con los dedos la almohada de Cat. Se había ido hace casi dos horas. Me cansé de CNN y vagueé en los canales, dejando en un programa sobre animales. El Serengueti africano parecía interminable, y me dio envidia. Quería levantarme, correr sin perder el aliento, estar lejos de mí mismo. Tenía este horror en la boca del estómago de que era hora de dejar de correr, o que seguir sentado tanto tiempo me daría la oportunidad de ponerme al día. Podría pensar mejor una vez que tuviera mi caja fuerte. Mi cuerpo existía en una capa de dolor. Si me quedaba quieto, era manejable. Ducharse había sido diez veces más difícil de lo que pensé que sería. La verdad era que no podría hacer esto sin Cat. Ni siquiera quería intentarlo. Ella era la única parte de mi vida que se sentía bien. Una mirada hacia ella y no me sentía tan jodidamente perdido. Pero estaba perdido. Llegaría un momento en que Cat seguiría adelante. El pensamiento no debería doler tan mal como lo hacía. Cat volvió a casa a segundos de mi implosión. Oí atentamente sus movimientos en el pasillo. Hubo gruñidos y suspiros, y finalmente, allí se encontraba ella, mi caja de seguridad en sus brazos. Su cuello se tensó bajo su peso, pero aguantó. Me llamó la atención mirarla. Fui golpeado y aniquilado. Tomó mi caja fuerte por mí, y no había vuelta atrás desde allí. Puso la caja en la cama cerca de mis pies y jadeó de alivio, frotándose los antebrazos. —Esa cosa es pesada. Luché por deslizarme hasta el final de la cama. En el momento en que alcancé el código clave, ella se fue. Marqué el código, abrí la tapa y suspiré de alivio. Sin el código, los investigadores no pudieron entrar. Cerré la caja y marqué los números, sintiéndome mucho mejor. Las balas en mi espalda habían valido la pena. Me puse de pie y me tomé mi tiempo caminando por el pasillo y hacia la cocina. Cat acarreaba bolsas de supermercado. Las subió a la encimera. Cuando lo hizo, una de ellas se cayó y un frasco de Nutella se salió, rodando para detenerse en el borde de mi mostrador. Lo agarré y torcí la parte superior, avergonzado por lo difícil que fue liberar la jodida tapa. Mi fuerza se encontraba drenada. Me las arreglé para abrirlo y apoyé mi cadera contra el mostrador, sacando una gran porción con mi dedo y metiéndolo en mi boca. Necesitaba aumentar de peso. Cat me frunció el ceño, su ceja se arqueó, pero no hizo ningún comentario en tanto comenzaba a descargar los comestibles. —Madi generalmente hace las compras. Espero que sepas cómo de humillante fue tantear las manzanas. Sonreí, imaginándome su brazo tatuado saliendo de repente junto a las manzanas Fuji. No pude dejar de reírme ante la idea de ella toqueteando la fruta. Me miró por encima de la encimera. —Ahora no tendrás una puta manzana. Presioné un dedo con nutella pegajosa en mi costado para detener el dolor causado por la risa. Levanté el frasco en una ofrenda de paz. —¿Nutella? Me la arrebató y sacó una cuchara de mi cajón. —No soluciona todo. Incapaz de evitarlo, agarré una bolsade compras y comencé a descargarla. Mi boca se negó a permanecer cerrada. —¿Cuándo nos vamos? Apoyó la cadera en la isla y me evaluó, deteniéndose con la mano en medio de llevarse la cuchara a la boca. —¿Cómo quieres hacerlo? ¿Volar o conducir? —Podemos conducir mi auto. —Sentí una chispa de anticipación ante la idea de estar atrapado en mi automóvil con ella todo el camino a Portland. Asintió, lamiéndose la extensión de su labio inferior. —Sorprenderemos a Klay. De esa manera no tiene tiempo para pensar demasiado en tener un policía viviendo en su casa. —Dejó el frasco y giró la tapa—. Podemos irnos cuando quieras. Pero tienes que prometer que te lo tomarás con calma. ¿Pararemos cada pocas horas para que puedas dar un paseo? Sonaba como mi madre. Una chica cariñosa que se preocupaba tanto como arruinaba, y eso me mataba de la peor manera. Deseaba estrellarla contra la nevera y besarla al mismo tiempo que quería gritar. —Lo prometo, Catherine. —Ese es un buen chico —ronroneó, con un brillo burlón en sus ojos a medida que me pasaba. Me preguntaba si siempre tenía que ser así. Si tenía que ser la jefa, si siempre debía tener el control. Sabía que había sufrido agresión sexual en algún momento de su vida, y también sabía que no importaba qué tan bien lo estuviera haciendo ahora, desafortunadamente su ataque aún podría jugar un papel importante en sus elecciones y percepción en referencia a los hombres. Nunca la presionaría, nunca forzaría el control. No tenía idea de que, en ese momento, le di todo el control que tenía en mí. Además, la idea de tenerla encima de mí solo hacía que mi polla se pusiera dura. Me inundó un sentimiento extraño, algo que nunca antes había considerado sentir. Me hizo sentir alivio. Alivio de que alguien tuviera el control y no lo arruinaría como yo. —Hmm —murmuré, estudiando su trasero con los vaqueros negros que se había puesto antes de irse. Eran como látex, ajustados. Cuando mis ojos se dispararon hacia los suyos, los de ella brillaban a sabiendas— . Creo que tienes razón. Tu trasero es el número uno. Asintió. —Guapo e inteligente. Eso es raro. Me reí de su audacia. —Probablemente tengas razón. —Siempre. —Oh —gemí, queriendo reorganizar su arrogancia—. Hermosa y mal informada. —¿Mal informada? —Resopló, sacando un paquete de doce huevos—. Me retracto. Guapo y nada más. —Ahora eso es probablemente más preciso. —Me instalé en uno de los taburetes de la encimera, observándola buscar algo hasta que se rindió y se dio la vuelta. —¿Sartén antiadherente? —No tengo uno. Me frunció el ceño y se llevó las manos a las caderas. —¿No cocinas? Negué con la cabeza. —No con la frecuencia suficiente para tener sartenes antiadherentes. Compré este lugar hace un año y medio, y nunca viví en él. —¿Por qué no? —Optó por una sartén plateada y tomó la mantequilla de la encimera. —Trabajo. Mi vida era mi trabajo. —¿Era? —Con una cuchara puso mantequilla en la sartén y luego encendió la estufa de gas, el tic, tic, tic del quemador seguido de una ráfaga de llamas azules. Admitir eso en voz alta se sintió levemente peligroso. Una cosa era sentirse perdido por dentro. Otra admitirlo en voz alta. Pero ella me había visto en posiciones mucho peores. —He pasado los últimos dos años consumido por el secuestrador de Madison, y los tres meses anteriores, los pasé buscándola. Hace unos meses… —No debería estar haciendo esto. El público aún no sabía acerca de los quince cuerpos desenterrados. Sabían que habíamos encontrado más víctimas, pero no conocían el alcance. Habló en el cuenco donde partió los huevos: —No se lo contaré a Madison —me prometió suavemente, inteligente y hermosa. —Encontramos quince cuerpos más. Se dio la vuelta, con un huevo en la mano volando de allí hacia el suelo. Abrió mucho la boca y palideció. —¿Qué? El horror en su rostro me recordó todas las razones por las que no podía volver a ese caso. —No era solo un secuestrador y violador. Era un asesino en serie. No pude hacerlo. En el momento en que lo maté y resolví el caso de Madison, mi alma se negó a ir más allá. Esos quince cadáveres me empujaron al límite. Me sacaron del caso la noche que me dispararon. —Oh, por… —Su mano cubrió la boca—. Quieres decir, si Madison no hubiera escapado… —Sería uno de esos cuerpos —terminé por ella. Vomitó en el fregadero. Agarró una servilleta del gancho y se limpió la boca, respirando por la nariz. —No te culpo. No podría hacer eso. Desenterrar quince almas rotas. Saber que no pude salvarlas, solo podría darles una voz. Eso es para un tipo diferente de persona. Uno que todavía puede ver lo bueno en lo malo. Eso no es lo que somos, ¿verdad, Brando? Era la primera vez en toda mi vida que alguien parecía entenderme. La primera vez que no tuve que decir lo que sentía, ella ya lo sabía. Quería rogarle, pedir una pequeña advertencia cuando me aplastara. En cambio, encontré consuelo en sus ojos marrones oscuros. En ella. —¿Te gustan tus huevos revueltos? —me susurró, volviendo a la sartén humeante. Sus dedos temblaron cuando alcanzaron un nuevo huevo. —Sí. —Nos iremos al final de la semana, ¿de acuerdo? Esto será bueno para ti. Alejarte, aclarar tu cabeza. ¿Estás de permiso permanente? —Hasta nuevo aviso. —No le dije que renuncié a mi puesto en el Departamento de Policía de Denver anoche. Que no había llamado a Ethan, había llamado al capitán Gutiérrez, y no había salido tan bien como quería. Sabía que me mataría, pero agarré un trapo del mango del horno e hice mi mejor esfuerzo para agacharme para limpiar el huevo que dejó caer. —No —gruñí, cuando alcanzó mi brazo. No podía quedarme en esta casilla de indefenso en el que me había metido. La mayor parte de mi supervivencia provenía de poder cuidarme. Llegué tan lejos porque no tuve otra opción. —Maldición, Brando —siseó—. Está bien necesitar ayuda, ¿sabes? Hombres de mierda y su masculinidad de mierda. ¿Sabes quién es dura? ¡Yo! No vuelvas a hacer eso. Apreté los dientes y me levanté, arrojando el trapo en el fregadero. —Listo. Todo limpio. —Una ola de desequilibrio me golpeó; mi visión se volvió borrosa. No quería admitir que tenía razón, ni que me equivoqué. Volví y me instalé en mi lugar, protegiéndome los ojos de la luz mientras trataba de no desmayarme. Siguió así hasta que pensé que no podría soportarlo más. Ella me vigiló como un halcón, sin dejarme nunca hacer nada por mi cuenta que no fuera ducharme. Al final de la semana, me sentía más fuerte, pero en muchos sentidos, me sentía más débil. Perdía el aliento tan rápido que incluso me daba miedo reír. Y con Cat, era difícil no reírse. Ella alcanzaba mi dolor y lo volteaba al revés, haciéndome reír hasta quedar sin aliento más veces de las que podía contar. Quería decirle que cada vez que me hacía reír cuando me estaba derrumbando, era una razón más para notarla. Nunca había estado tan consciente de otro ser humano. La escuchaba por la noche mientras dormíamos, encontrando extrema comodidad en su respiración. Murmuraba dormida de vez en cuando, pero no entendía lo que decía, y nunca lo repetía. Eso también era así en los momentos que se hallaba despierta. Decía las cosas una vez, y si no lo oía, me lo perdía. Había estado en casa cinco días antes de que mi mente ya no pudiera superar las cosas con las que soñaba. Todas las noches soñaba con caer en un charco de mi propia sangre en mi patio trasero. Pero en mis pesadillas, los matones escapaban con mi caja fuerte, y Cat no se encontraba allí en cuanto me despertaba. Lo que me aterrorizó fue que la parte más horrible de esa pesadilla debería ser perder mi caja fuerte. Pero despertar sin Cat dolía mucho más. *** El aire era muy frío y las nubes se agitaban en el cielo. Observé desde la acera de mi lugar, metiendo las manos en los bolsillos a medida que Cat salía del Uber. Hizo una pausa y habló con elconductor, una pequeña sonrisa coqueta levantó sus labios. Estudié su sonrisa y luego mis ojos se dirigieron al conductor, entrecerrándolos. El puto imbécil parecía un bebé. Cat se lo comería vivo. Ella le guiñó un ojo y sus labios se movieron, pero me hallaba demasiado lejos en la calle para que oyera lo que decía. Sus jeans eran del mismo color que los míos de hoy, denim oscuro. Llevaba una de mis sudaderas con capucha negras de la policía de Denver, y su cabello peinado en una trenza francesa en la mitad de su cráneo. Había algo entre nosotros. Se hallaba tan vivo como nosotros. Pero también había algo llamado auto-conservación, y pensaba que tenía una mente mucho más grande que nuestras emociones. Por lo que sabía, ella solo estaba siendo amable. Cuando llegáramos a Portland, estaría solo. Quería salir con ella, y había algo entre nosotros, pero eso no quería decir que fuera a haber algo. —¿Qué haces aquí? —exigió, mirándome mientras el conductor de Uber se alejaba. Vi que había metido un trozo de papel en su bolsillo y al instante me dio un ardor en el estómago. —Te extrañaba —bromeé, pero mis labios se presionaron en una línea fina y no me encontraba de humor para reír. Me hallaba de humor para correr. Realmente la extrañé. Esa es la parte jodida. Puso los ojos en blanco. —Sí, claro. Estás harto de mí. —Me dio una sonrisa suave y siguió caminando. La seguí a mi casa—. Todo está empacado, ¿verdad? Va a nevar en una hora y quiero estar fuera de Denver antes de eso. Hoy entregó su coche de alquiler, de ahí el conductor demasiado amigable de Uber. Me preguntaba si eso iba a ser una cosa. Hombres y ella. Hasta ahora, solo habíamos sido nosotros dos juntos. Durmiendo juntos. Despertando juntos. Instalamos una alfombra peligrosa que tenía la sensación que sacarían de debajo de mí en el momento en que me sintiera cómodo. Sentí mi deseo y mi dolor retorciéndose alrededor del otro. Las cosas se complicarían. Mi corazón sangraría. Pero me sentía impotente para impedirlo cuando lo deseaba tanto. Los corazones sangrantes tenían un sentido enfermizo para mí —Sí —respondí, mis ojos siguiéndola por la casa en tanto ella se aseguraba de que todo estuviera desconectado. No le dije que no tenía sentido. Había contratado a un agente de bienes raíces hace dos días e iban a encargarse de la venta de mi casa. No me importaban los muebles. No me importaban mis trajes en mi armario. Crearía un nuevo pretexto cuando llegara a Portland, y, aunque la idea me ponía enfermo, era un mal necesario para mantener al mundo contento y que no se fijaran demasiado. Dio la vuelta en el pasillo y se encontró con mis ojos, los suyos suaves. Maldita sea, eran hermosos. Tan profundos, un marrón eterno. No había otro color en sus ojos. Solo este marrón intenso y brillante que nunca dejaba de quemar en mi jodida alma. —¿Moviste tu caja fuerte? ¿Es por eso que estabas afuera? Asentí una vez. —Está bien —dijo—. Entonces, ¿estamos listos para ir a casa? Asentí una vez más. Me pasó por el pasillo y dejó que su mano izquierda se frotara contra mis muslos en su camino. Justo debajo de mi polla. —El nuevo compañero de piso más sexy de todos los tiempos. —¿Tú o yo? —exclamé Resopló. —Yo, obvio. Me reí entre dientes y la seguí, agarrando mi abrigo de lana de la encimera. Mi barba había comenzado a crecer, ensombreciéndome la mandíbula. Estaba agradecido, habiendo atrapado a Cat mirando fijo mi cicatriz más de una vez. Sin embargo, era una mujer inteligente. Sabía que tenía preguntas, pero también supe que nunca las haría. La primera hora de viaje fue silenciosa. Mi Charger se encontraba lleno con mis dos maletas y el resto eran sus bolsos. No necesitaba mucho. —Dividiré la conducción por la mitad. Nueve y nueve. Pararemos a mitad de camino, pediremos una habitación de hotel y volveremos a la carretera. ¿Te parece bien? —comprobó. En el momento en que dejáramos Denver, todo iba a ser genial. —Lo que te parezca bien, querida. —¿Querida? —repitió, arrugando la nariz—. Bueno, qué amable, cielito. Mis labios se torcieron. —No soy más que amable, pastelito. Soltó una carcajada. —Qué gris está el cielo hoy, ¿verdad, cariño? —Tormentoso, dulzura —coincidí, sonriéndole a un lado de la cara. Sus propios labios se levantaron, y sonriendo así, era una belleza. —Ugh —gimió—. No soporto esa mierda. Nos merecemos apodos rudos. Como... —Lo reflexionó, golpeando el volante—. Brawk. Mis cejas se arquearon. —¿Brawk? —Brando y Hawkins juntos hacen Brawk. Me encanta. Ese es tu nuevo nombre. Vive con ello. —Me quedaré con Cat. —Por supuesto. ¿Por qué meterse con la perfección? —Me dio una sonrisa azucarada. —En efecto —murmuré, queriendo besarla. Asquerosamente. Muy sucio. Tenía que sacar eso de mi sistema antes de hacer algo suave. De todos modos, tenía la sensación de que ella no era delicada. La delicadeza requería tiempo. La bomba entre nosotros seguramente no iba a esperar a que nos tomáramos nuestro tiempo. Después de unos minutos de silencio, suspiró. —Estoy aburrida. Hagamos un juego de viaje por carretera. Respiré hondo y me hundí en mi asiento para encontrar algún tipo de consuelo. —¿Como qué? —Cada vez que veamos un automóvil blanco tenemos que... contar un secreto. —Me miro con unos ojos inocentes de los que no me atrevía a enamorarme—. Hay un auto blanco frente a nosotros. Espero que no salga de la carretera pronto. Mocosa. —Bien. Dime un secreto. —Nunca he probado el anal. Me ahogué con la sorpresa y luego hice lo único que pude. Me reí a carcajadas a pesar de que me dolía todo el cuerpo. Se unió a mí. —Odio decírtelo, nena, pero no puedo decir lo mismo. Dejó de reír abruptamente y miró la carretera. —Ya no quiero jugar. Se me borró la sonrisa. Miró fijamente a la carretera y sus manos en el volante parecían enfermizamente pálidas agarrándolo con todas sus fuerzas. Y algo me decía que una mujer como Cat tenía mucha fuerza. —¿Por qué no? —pregunté deliberadamente. Se mordió el labio y, si fuera posible, el estado de ánimo en el auto se oscureció. —Dime un secreto. Es tu turno. Saqué un secreto inofensivo de mi caja fuerte. —Soy adicto a los tatuajes. El estado de ánimo que la rodeaba comenzó a calmarse de inmediato. —Me doy cuenta. Pero los escondes. Te avergüenzas. —No me avergüenzo de ellos. De hecho, estoy muy orgulloso. Los he dibujado yo. El mundo es el que se avergüenza de ellos. Giró la cabeza hacia mí. Me miró con los ojos muy abiertos. —¿Dibujaste todos los tatuajes en tu cuerpo? Me estás tomando el pelo. —No. Silbó. —Estoy impresionada, Brando. Me encogí de hombros. —No deberías estarlo. —¿Cómo puedes ser un policía con ese tipo de magia atrapada dentro de ti? Va en contra de todo el infundir orden y luego irse a casa y dibujar caos. Apoyé la cabeza en el asiento y la miré fijamente. —Tenía que convertirme en policía. Era la única forma de... arreglar las cosas. —Suspiré y miré a la carretera. El coche blanco seguía allí. Podría darle otro secreto—. Crecí en un mundo jodido. —Yo no —reveló—. ¿Te diré mi verdad si tú me dices la tuya? Nunca le he dicho a nadie de dónde vengo, Brando —añadió suavemente. Tenía que saber todo sobre ella. —Mi padre era miembro de un MC. Una pandilla de motociclistas. Los Hard Riders. Estaba inmerso en ese estilo de vida en Texas. —Me salté un trozo enorme de tiempo y dolor, luego continué—: Después de que se asentara el polvo, supe que si no me convertía en policía, acabaría enterrado a su lado, con un rastro de cadáveres y dolor a mi paso. La escuché inhalar bruscamente. —¿Al igual que Sons of Anarchy? —Peor —admití. —No teníamos un Jax Teller, solo diré eso. —No teníamos —remarcó, leyendo entre líneas, como si pudiera ver que una vez había crecido junto a los Hard Riders—. Puede que eso sea tan impactante como mi pasado. Pero por diferentes razones. —Respiró hondo—.¿Estás listo? Era un ángel oscuro. No presionaba. No juzgaba. Solo apertura e igualdad a la hora de compartir nuestro pasado. —Estoy listo. —Mantengo esto oculto porque en el esquema de las cosas, no importa de dónde vienes, ¿sabes? Solo a dónde vas y cómo llegarás allí. Todos me miran y piensan que siempre fue difícil. Pero no es verdad — susurró—. Me fue fácil crecer en Maine. Ese fue el problema. Mis padres son inmunda y asquerosamente ricos. Veía a mi madre dos veces al mes si tenía suerte, y a mi padre aún menos. Siempre me sentí… fuera de lugar. Como si fuera la persona correcta en el lugar equivocado. Si iba a estar sola, prefería cuidarme sola. Me escapé cuando tenía catorce. Y fue el error más grande de mi vida. —Exhaló apresuradamente. Me estiré a través del asiento para tocarla, colocando mi mano sobre su muslo. Froté desde su rodilla hasta la parte superior de su muslo. Se quedó en silencio durante una gran cantidad de tiempo. Lo que significaba que era tan doloroso como lo mío. —¿Alguna vez regresaste? —No —respondió forzosamente—. Y nunca lo haré. No levanté la mano. La coloqué sobre su rodilla, tanto por mí como para ella. —¿Cómo terminaste en Denver? Se encogió de hombros. —¿Cómo lo hiciste tú? Sonreí sin humor. —Simplemente sucedió. —Yo también. Y entonces quedé atascada allí. Atrapada. Hasta que conocí a Klay. —Su sonrisa triste se convirtió en una melancólica. —Tú y él alguna vez… —me callé, inseguro de cómo mencionarlo. Pero sacudió la cabeza. —No. Nunca fue de esa forma. Bien. —¿Terminamos con los secretos? Bajó la vista a mi mano. —Si hemos terminado, ¿moverás tu mano? —Sí —mentí, para ver qué diría. —Tu turno, Brawk. —Su sonrisa apuntaba hacia la carretera. Así que levanté la mano, trazando la entrepierna de sus vaqueros mientras la escuchaba tragar casi inaudiblemente. —Nunca he estado enamorado. Le llevó un segundo responder. No supe si fue por mi secreto o por el hecho de que mi mano había subido un poco más. Mis nudillos estaban cerca del lugar donde se encontraban sus muslos. —Tengo miedo de amarte. Mi mano se detuvo y mi corazón hizo lo mismo. —Entonces no lo hagas. Porque si lo haces, lo arruinaré. Y me destruirás. —¿También tienes miedo de amarme? —Su voz era temblorosa y débil por el peso de la pregunta. —Solo tengo miedo de las cosas que no puedo controlar. Y no podría controlar mis sentimientos por ti ni aunque lo intentara. Su aliento salió en un silbido, y en el momento en que las palabras salieron de mi boca, el temporizador de la bomba que existía entre nosotros comenzó a funcionar. Inició una cuenta regresiva para nuestra destrucción total. Una lágrima se deslizó por su mejilla, pero sonrió sombríamente hacia la carretera. —Quiero casarme en Hawái. —¿Por qué? —pregunté. Sonrió privadamente. Me aclaré la garganta y le apreté el muslo antes de soltarla. —Debidamente anotado. Detrás de nosotros, comenzó a nevar en Denver. Tic. Tic. Tic. *** Me despertó el sonido de una puerta cerrándose. Parpadeé varias veces bajo las luces cegadoras y brillantes del estacionamiento en el que nos encontrábamos. Cat caminó alrededor de la parte delantera de mi automóvil hacia el vestíbulo del hotel en ruinas que había elegido. Gruñí, pasándome una mano por el rostro. Todo me dolía más de lo común. Me agaché a ciegas entre mis piernas para tomar la bolsa que contenía mis pastillas para el dolor, tragándome dos. En el momento que regresó, abrió la puerta y asomó la cabeza. Me arrojó una llave. —Habitación doscientos uno. Segundo piso. Subiré todo. Ignoré su orden y me di la vuelta, desafiando su mirada hostil cuando tomé mis maletas. Me dolía si me quedaba quieto y me dolía si me movía, bien podría moverme. En el instante que se movió para tomar mi caja de seguridad, me enamoré un poco más de ella. Si alguna vez lográbamos desactivar nuestra bomba, probablemente me sentiría de esa forma todos los días. Amándola un poco más, temiéndole un poco menos. Pero el tictac prosperó en la parte posterior de mi cráneo, subiendo con cada paso que di hasta el segundo piso. Me las ingenié para deslizar la tarjeta en la puerta y arrojé todo lo que tenía en mis brazos al suelo. La habitación era de un hotel estándar. Sábanas sin lavar de los años setenta, pinturas horteras sin sentido y una sola ventana que daba a la calle. —Tienen piscina e hidromasaje —comentó, leyendo el panfleto sobre la mesa de noche. Se hundió en la cama—. Probablemente haya alcohol en la estación de servicio de al lado. ¿Quieres emborracharte y meterte al hidromasaje? —No estoy seguro de que entrar a una tina tibia y burbujeante que marina eyaculación y heces de cientos de personas sea bueno para mis heridas. —Me le uní, tomando el folleto de sus manos y leyéndolo. Arrugó todo su rostro y sacudió la cabeza. —Correcto. Probablemente no. Aún podemos emborracharnos en nuestra habitación. ¿Divertirnos un poco? Quería divertirse. Nos divertiríamos. —¿Whisky y coca cola? Se iluminó, sus ojos brillaron con la llamarada de maldad. Era hermosa, pero también bailaba con demonios. También me hacía querer bailar con ellos. Pensé que envejecer exterminaba la presión de grupo, pero Cat era una influencia completamente diferente. —Mi favorito. —Me palmeó el muslo—. Enseguida regreso con algo de alcohol y comida. Ponte algo más cómodo para mí, ¿sí? —Me guiñó un ojo y arrastró los dedos sobre mi mandíbula, su suave piel contra mi barba incipiente, sus ojos marrones oscuros brillando con alboroto antes de dejarme solo. Podía estar solo. Así estaba antes de ella. Ahora me hacía sentir… mal. Como si mi balanza se inclinara demasiado hacia lo desconocido. Me quité los zapatos y el abrigo de lana, dejándolo sobre la colcha de los años setenta. El baño no era mucho mejor. Azulejos manchados de color hueso y una luz tan apagada que parecía incoloro. Pálido y oscuro al mismo tiempo, al igual que mi pálida piel y los círculos oscuro debajo de mis ojos. Abrí el grifo y junté un poco de agua para llevármelo al rostro, sintiendo alivio al no poder ver por un momento. Saqué la toalla del gancho y me sequé la cara, atrapando un vistazo de mis ojos verdes vacíos antes de alejarme del espejo manchado. Me ardía la cicatriz de la garganta. Incapaz de soportarlo, tomé la tarjeta llave y salí hacia la gasolinera para reunirme con ella. El aire frío me mordía los brazos y la cara y me ayudaba a despejar la mente. Las puertas de la gasolinera sonaron cuando entré y la empleada levantó la vista. Debía de tener unos veinte años. Me miró de arriba abajo cuando me vio, sus ojos se fijaron en mis tatuajes y luego en mi cara antes de dedicarme una sonrisa amplia y complaciente. —Hola —saludó. No pude evitar devolverle la sonrisa. Su desvergonzada apreciación no pasó desapercibida. —Hola a ti. —Ejem —una mujer se aclaró la garganta a mi lado. Miré y encontré a Cat con los brazos llenos de bocadillos y un paquete de seis refrescos. Donde antes sus ojos marrones habían brillado con picardía, ahora rugían con furia. La ira ardiente los convertía en brillantes orbes negros de locura, y estaría mintiendo si no encontraba sexy la dureza. Quería envolver los dedos alrededor de su cuello y empujarla contra el frío cristal de la tienda antes de hundir mi lengua en su boca. Solo podía imaginar cuán dulce sabría, cuánto de su locura probablemente tejía los ingredientes de la adicción. —¿Haciendo nuevos amigos, Brando? No pude evitarlo. No había reglas en el exterior. Me incliné hacia adelante y presioné mis labios en la esquina de su boca, obteniendo el borde de sus suaves y regordetes labios. Nuestros ojos permanecieron abiertos y observé cómo se encendieron sus pupilas. —¿Quién necesita nuevos amigos contigo a mi lado? Giró la cabeza hacia un lado y rozó sus labios sobre los míos durante medio segundo. El contacto desató el peortipo de deseo en mi interior. Del tipo tóxico y retorcido. —Me gusta la forma en que piensas —susurró contra mis labios. —Hmm —murmuré, pegado a ella—. ¿Tienes idea de lo sexy que eres cuando estás celosa? —¿Quién dice que estoy celosa? —bromeó. Hice un ruido con la boca. —No empieces a mentirme. La alegría le entró en los ojos y dejó de pretender. En ese caso, no quería pretensiones entre nosotros. Antes de que pudiera responder, se oyó el sonido de las puertas al abrirse, destrozando nuestra burbuja. Parpadeó regresando a la consciencia y un sonrojo le cubrió las mejillas. —¿Sí o no a las galletas de queso? No respondí. Me moví a su alrededor, rozando mi mano sobre la suya antes de encontrar el pasillo de los bocadillos. Cargué mis brazos y me uní a ella en la caja registradora. La dependienta parecía decaída y empacó malhumoradamente nuestros artículos después de que pasara mi tarjeta de crédito. —Que tengan una buena noche —murmuró. —Una mirada y le rompiste el corazón —habló Cat a medida que nos abríamos paso por el estacionamiento hacia el hotel. —Sí, ese soy yo. Un rompecorazones. —Resoplé. —¿Qué pensaste de ella? Lindos ojos. Tetas grandes. ¿Buscaba algo? Apacigüé mi sonrisa y me encogí de hombros. —Las tetas grandes siempre son agradables. Hizo un sonido en el fondo de su garganta. —¿Cuál es tu tipo? — Demandó, caminando un poco más rápido. A decir verdad, no tenía un tipo. Buscaba mujeres que no quisieran nada de mí a excepción de una noche. —Vacías. Por el rabillo del ojo vi cómo bajaron sus cejas. —Me refiero a físicamente. —No me interesa. Limitar tus gustos a una cosa limita tus experiencias. —No —discutió—. No tener expectativas limita la decepción. Yo tengo un tipo. Y no me estoy limitando. Vi lo que hizo allí. Me puso el cebo de su tipo porque se preguntaba lo mismo que yo. ¿Era su tipo? —Te sacaré la verdad una vez que estés borracho —anunció, subiendo las escaleras hasta el segundo piso. —Soy un borracho meloso, lo creas o no. Y… cachondo. —Interesante. —Atrapé su sonrisa antes de que se diera la vuelta para dejar la botella de whisky en el escritorio debajo del televisor montado en la pared—. Yo también. Me reí y me senté en el borde de la cama, abriendo la bolsa de Doritos. Solo ella podía hacer que una espalda llena de orificios de bala y una sucia habitación de hotel parecieran un corte menor y unas vacaciones. Traducido por Tolola & Clara Markov Corregido por Pame .R. La operación “Embriagar a Brando” no empezó tan maniáticamente como terminó. Quería más de él. Estar en ese coche a su lado durante nueve horas seguidas, sentir su calor corporal, olerlo cada vez que se movía, respirar profundo... su presencia me volvió híper consciente. Y, eventualmente, con toda esa conciencia y sin acción, comencé a acercarme a la locura más de lo que normalmente me gustaba, y necesitaba un maldito trago. Luego Brando hizo esa maniobra en la gasolinera, acercándose lo suficiente como para que sintiera su aliento en mis labios. Y entonces el alcohol empezó a entrar en nuestro sistema, y el estrés de ocultar nuestras emociones cayó. Primero para mí, y luego para él. Una chispa de vida entró en sus ojos cada vez que me miraba, y una ráfaga de deseo hizo que se me humedecieran las bragas. La chispa de vida en sus ojos parecía muy tentadora. Como si pudiera extender la mano, agarrarla y hacerla mía. Sabía lo que quería de la vida. Volé y me caí tantas veces que olvidé cómo me sentía al desear algo. Y lo que deseaba era simple. A él. Pero, en algún lugar entre anhelarlo y tenerlo, muchas cosas podrían estallarnos en la cara. Los dos nos hundimos en el suelo junto a la cama, con nuestras latas de refresco siendo mitad whisky. Había bocadillos abiertos y yo tenía polvo de queso y de wasabi en los dedos, tiñéndolos de verde y naranja. La luz junto a la cama se encontraba encendida y el brillo caía sobre nuestras cabezas, proyectando sombras. Me sentía envuelta en un capullo. —Dame algunas de tus nueces —le pedí, arrebatándole las nueces picantes de soja. Le tiré las de wasabi que había estado comiendo y luego me llevé la bolsa a la boca. —Te gustan mis nueces, ¿verdad? —Se rio mucho de su propia broma. Y supuse que tenía que hacerlo. Ya que yo no lo encontré gracioso. Cuando lo miré con desprecio, se rio aún más fuerte. —¿Qué clase de policía se ríe de sus propios chistes? Sonrió, dejando el aperitivo de wasabi para beber de su lata. —Ya no soy policía. Renuncié. Me atraganté con sus nueces, tosiéndolas mientras trataba de mirarlo al mismo tiempo. —¿Qué quieres decir con que lo dejaste? —Contraté a un agente inmobiliario para vender mi casa. Me quedé boquiabierta. —¿De qué estás hablando, Brando? ¿Estás dejando tu vida atrás? Se suponía que Portland era temporal. Para que mejoraras y resolvieras las cosas. —Voy a resolver las cosas. Pero no en Denver. —Me miró con determinación, como si hubiera pensado en ello lo suficiente como para aceptarlo. —¿Qué hay de tu carrera? —pregunté, sintiéndome ridícula con mis dedos cubiertos de polvo naranja y verde. Se encogió de hombros y tomó otro trago. —Se acabó. Empezaré de nuevo. —Asintió con determinación—. No tengo elección. Ya no puedo ser policía, Cat —admitió en un doloroso arrebato de palabras—. Madison fue mi primer y último caso. Y me parece bien. Porque no todos mis casos iban a terminar con la víctima volviendo a casa y enamorándose. No puedo aceptar la alternativa. Sentí que su pasado lo abandonaba. Como si se desprendiera de su piel. Lo único era, ¿cuántas veces podría hacer eso? Eventualmente desprenderse de su piel repetidamente lo dejaría con la verdad. Y, si quisiera la verdad, no estaría huyendo tan lejos de sí mismo. Lo sabía, porque yo lo había hecho. —Está bien. Bueno, estaré ahí para ti si lo necesitas. Siempre puedes convertirte en un artista en Guns & Ink. ¿Alguna vez has hecho tatuajes o dibujos? —He dibujado. —Deberías intentar hacer tatuajes. Con obras de arte tan buenas como tus tatuajes, tendrás un culto que te siga. Sonrió en su lata. —Puede que se me suba a la cabeza. Tenía la sensación de que nada se le subía a la cabeza a Brando. En todo caso era un alma en pena. Una rosa marchita en un jardín de cenizas. Yo ya me había marchitado una vez. Ahora me enorgullecía mostrar mis suaves pétalos rojos. Y mis malditas espinas. Apoyé mi cabeza en su hombro. —Siempre podrías convertirte en stripper. Con un culo como ese, arrasarías. Se rio, poniendo su mejilla en mi frente y acariciándome. Estaba mucho más relajado borracho. Recordé que era un borracho cachondo como yo y no podía esperar a que se bajara los pantalones. —Lo mismo digo. Sonreí, acariciándolo. Seguramente pareciéramos dos gatos negros frotándose su mala suerte. —Aunque nunca me has visto el culo desnudo. —Cierto. Parece injusto, si lo piensas. Ponte al día, florcita. Mi ceja se levantó. —¿Quieres ver mi culo desnudo? No respondió con palabras. Se enderezó y le sonrió a la pared antes de tomar un largo trago. Hmm. Brando era un caballero. Algo sobre un hombre cubierto de tatuajes que de alguna manera seguía siendo dulce hizo que me doliera el coño por él. Sabía que sería increíble en la cama. Duro y exigente, tan consumidor que me quitaría cada pensamiento de mi cerebro. Pero, al mismo tiempo, la idea de que nuestra relación fuera solo sexo me entristecía. Típicamente, es lo que quería. Sentir al principio, dar y recibir, y luego, en el instante que la magia se esfumaba me encontraba con el siguiente hombre. Mis demonios rugieron, emocionados por tener la oportunidad de destrozar mi corazón. Pero esta vez no podía dejar que mis demonios ganaran. Pero eso significaba que mi corazón también perdía. —¿Qué pasa? —preguntó suavemente, extendiendo la mano para agarrar suavemente mi mandíbula. Me giró hacia él,consiguiendo un vistazo perfecto del dolor en mis ojos. —¿Sinceramente? —susurré. Se puso sobrio, y esperaba que sacudiera la cabeza y me soltara. Pero, hasta ahora, nada de lo que esperaba que fuera o hiciera había resultado como yo pensaba. —Sinceramente —aseguró, inclinándose hacia adelante. El olor del refresco y el whisky ardía en nuestro aliento. Había tanta intoxicación entre nosotros que estábamos borrachos incluso cuando estábamos sobrios. —Te deseo. Más de lo que jamás he deseado a nadie. Pero no sé cómo hacer que dure. No sé cómo no convertirte en un recuerdo doloroso. Sus ojos se cerraron y su respiración se hizo más profunda. —Quiero ser tu recuerdo doloroso. Esa era el defecto de nuestra atracción. No confiábamos en ella más de lo que confiábamos en nuestra capacidad para destruirla. Querer lo que finalmente te diezmaría era una pizca de locura en un cerebro por lo demás sano. Pero esa pizca de locura era lo más lógico. —¿Qué vamos a hacer al respecto? —dije, a un centímetro de sus labios. Me sentiría muy bien si me rindiera ante nosotros aunque sea por un segundo. Exhaló contra mis labios y los rozó delicadamente con los suyos. —Podemos hacer una de dos cosas. O no hacemos nada y dejamos que cause estragos. O ponemos reglas para que eso no suceda. Le devolví el beso. —Odio las reglas. Sacudió la cabeza. —Las reglas son importantes. Mantienen lo malo y lo bueno separados. Sin eso, todos estaríamos perdidos. —¿No lo estamos ya? —Lo besé de nuevo, en una burbuja tan fina que hasta el más mínimo movimiento la haría explotar. —Buena pregunta —murmuró, apretando el agarre de su mano en mi cara. Sus dedos se clavaron en mi mandíbula y me tumbó con suavidad, siguiéndome con su cuerpo. No me gustaba que los hombres estuvieran encima de mí, pero no me importó. Hombres como Brando habían sido heridos muy profundamente como para herir a alguien. Al menos a propósito. Nada de esto fue a propósito. Me besó suavemente, y mis dedos cometieron el error de extenderse para agarrar algo, cualquier cosa. Siseó bruscamente y cayó hacia atrás, soltándome y agarrándose por donde sus costillas se estaban curando. Éramos nosotros. No hacía falta un grado de amor para estimar la velocidad necesaria para ceder... y naufragar. Esa era una ecuación de uno más uno y la respuesta era un lío de corazones destrozados y oportunidades perdidas. —Lo siento —susurré, sentándome, una mancha de polvo amarillo y verde untada en su camisa. Se recostó y me dio una sonrisa, pero estaba torcida en el borde y había sudor de dolor a un lado de su ceja. —Creo que me lo he buscado. Yo también, pensé miserablemente. Sintiendo nuestra fiesta de pijamas al borde de la destrucción, tomé el whisky y nos preparé dos bebidas. El alcohol había empezado a calentar mis huesos y a hacer papilla mi corazón. Bien podría convertirlo en polvo mientras estuviera en ello. —Gracias. —Tomó la bebida y dio un largo trago, probablemente necesitando el valor líquido tanto como yo. Hice lo único que se me ocurrió hacer con el corazón en juego. —Entonces, ¿quieres verme el culo ahora? Balbuceó, escupiendo su bebida por toda la manchada alfombra verde oscuro. Nuestras piernas se hallaban estiradas, nuestros pies con calcetines en claro contraste con la sucia y gastada alfombra. Estábamos tan cómodos el uno con el otro al mismo tiempo que no podíamos hallar la manera de estarlo con nosotros mismos. —¿Qué? —Se limpió la cara con el dorso de la mano. —Soy una persona justa, Brando. Yo vi el tuyo, tú deberías ver el mío. ¿De qué otra forma vamos a resolver este concurso? —¿Qué concurso? —El concurso del mejor culo que tenemos en marcha. —Luché para ponerme en pie mientras tomaba un largo trago sabiendo que, si iba a ponerme de pie delante de él, lo necesitaría. —Suena como si ya te hubieras coronado como vencedora. —Me sonrió, tan guapo que mi corazón respiró profundamente conmigo. Tenía las mejillas rojas por el alcohol y sus párpados bajos. Su pelo negro se hallaba desordenado y suelto, y sabía con absoluta certeza que pasaría los dedos por eso. Preferiblemente con él dentro de mí. Sus ojos verde oscuro parecían aún más oscuros, dos brillantes orbes de hoja perenne. A su larga garganta ya le había empezado a crecer barba, y aunque era magnífica, su rastrojo tenía su propio tipo de belleza. Oscura y arenosa en su larga garganta, creciendo sobre su nuez y escondiendo la cicatriz bajo su mandíbula izquierda. No sabía por qué, pero quería besar esa cicatriz. Lamerla. Adorarla. Porque era obvio que a Brando no le gustaba. La lujuria era un monstruo codicioso. Nunca se llenaba. Siempre hambriento. Su nuez se movió. Él también lo sentía. También lo deseaba. Pero el miedo también era insaciable. Tenía refutaciones y preguntas. ¿Cómo podíamos tener lujuria sin temer lo que sentíamos? Mi cabeza daba vueltas, pero no me importaba. Se sentía… como si estuviera viva. Incluso en la habitación de un hotel anticuado cubierta de queso en polvo, había una razón en mis acciones. Tenían un propósito. Un recuerdo que nunca desaparecería. —Estás mirando fijamente —me dijo, pero sus ojos deambulaban sobre mí todo el tiempo que los míos deambulaban en él. —Me gusta ver cosas hermosas. Obvio —añadí, sonriéndole—, a ti también te gusta. Sus labios se curvaron, y el calor en sus ojos hizo que mi coño se contrajera. —Me atrapaste. Lujuria: Uno. Miedo: Cero. Cuando se trataba de Brando, llevaba un marcador. Dejé mi lata en la mesita de noche al lado de la cama. Con mis dedos llenos de queso y wasabi, me giré y abrí el botón de mis vaqueros. Bajé el cierre; mi siguiente movimiento sería lo que dirigiera al próximo movimiento. Pero lo hice de todos modos. Porque los errores y el amor iban juntos como el escombro y la decadencia. ¿Qué es uno sin el otro? Bajé mis vaqueros unos centímetros y luego sacudí mis caderas para pasarlos sobre los globos de mi trasero. Afortunadamente, llevaba puesta una tanga negra, el material apretado en mi trasero para que él lo viera. Me quité los pantalones hasta media pierda y luego miré sobre mi hombro para encontrarlo en el cielo. Tenía la boca abierta y los ojos llenos de fuego. Se acercó casi sin pensar. Me hice para atrás y le di lo que quería. Su mano grande se colocó en mi mejilla derecha. Su palma era caliente, pero me provocó escalofríos. Sentirse caliente y fría era una sensación emocionante que nunca había sentido antes, como jugar con hielo y fuego. —¿Estamos a mano? —cuestioné, mordiéndome el labio inferior para evitar quitarme las bragas también. —Sí, estamos a mano —respondió, el tono de su voz habiendo bajado unas cuantas octavas. Era oscuro, profundo, hermoso. Era la primera chispa de vida que había visto en él. Me volví a subir los vaqueros y me lamí los dedos, poniéndome otra vez a su lado después de agarrar mi lata. —Eres una jodida tentación —declaró, y me hizo reír tanto que no podía respirar—. Una jodida tentación de primera categoría. Me encogí de hombros, mi risa desvaneciéndose en una sonrisa. —¿Qué eres tú? —Tu víctima —contestó, antes de llevarse su bebida a los labios y darle un largo trago. —¿No te importa ser una víctima? —No me importa ni un poco. —Sus ojos destellaron en los míos—. Quiero rogarte que te lo tomes con calma conmigo, pero al mismo tiempo, quiero que jodidamente me arruines, Catherine. Arruíname —me rogó. Mi corazón no podía creer el tormento atrapado en su mirada. Conocía ese tormento. Vivía con ese tormento. ¿Qué te sucedió, Brando? Preguntar me daría las respuestas, ¿y quién puede decir que lo arruinaría después de eso? Sin la ruina, el miedo ganaría. Peleé contra el miedo. Sucumbí. El miedo no me volvería a ganar. Atraje las rodillas hacia mi pecho y giré mi mirada hacia la insípida pintura de playa en la pared. Nos encontrábamos en Idaho cercade Boise, junto a la Autopista 84. Tan lejos de la playa que la pintura parecía una broma. Tendrían mejor suerte pintando una papa en la pared. Tendría más sentido. —Lo siento. Son probablemente los analgésicos combinados con el alcohol. —Se aclaró la garganta y alcanzó una bolsa de cecina—. No me hagas caso, Cat. Parece improbable. Estar a solas con él se sentía peligroso. Quería consolarlo, quería sacar una de esas risas autocríticas de él, como si no pudiera evitar reírse de mí. —Juguemos algo —ofrecí—. Para pasar el tiempo. Asintió, llenando su boca con un puñado de cecina. El chico comía pésimo. —¿Siempre comes así? —No. —Suspiró—. Usualmente me inclino por la proteína, los carbohidratos complejos. Pero eso era antes… cuando cómo me veía importaba. Ya no importa ahora, ¿no es así? Estaba deprimido. A diferencia de mí, que bebía y perseguía chicos cuando me deprimía. Brando comía y tenía pesadillas. —De acuerdo, entonces, tienes que adivinar lo que estoy viendo por cómo lo describo. —Suena lo suficientemente simple. —Alcanzó una bolsa de gomitas acidas y se metió un puñado a la boca. —Cálida arena rosada que probablemente se siente muy bien en tus pies. Me dio una sonrisa pequeña como diciendo ¿eso es todo lo que tienes? —Es la pintura. Hay arena pintada de verde en Hawái. —No puede ser. —En la playa Mahana. Tal vez es ahí a donde iremos de luna de miel —bromeó, trayendo otra vez a colación mi comentario de Hawái en el auto. El hecho de que se hubiera acordado de que era allí donde yo quería casarme me hizo estremecer. Mis bragas estaban mojadas, y mi corazón estaba desesperadamente necesitado. De ser la señora Hawkins en serio en esta ocasión. Y no el producto de un error inofensivo. —¿Por qué Hawái, Cat? Sonreí con tristeza. —La primera chica que tatué era de ahí. Habló sin parar sobre ello. Carecía de mucha magia en ese entonces. Tenía como, nada, y la escuché hablar tan bien sobre ello, que me hizo querer ir ahí. Para sentir la magia así de real. Nunca lo olvidé —admití—. Incluso después de todos estos años, nunca olvidé lo que se sintió el ser devorada por… lo bueno. —¿Por qué no vamos? ¿Tú y yo? —Se veía tan emocionado, tan entusiasmado por regresarme mi magia. No podía soportarlo. Me rendí. El admitir que siento algo por él. El admitir que mi guerra apenas había comenzado. Quería estar con él. Anhelaba ser mejor por él. Me sentía aterrada porque tal vez no tendría la oportunidad. Porque, porque, porque… las razones importaban aquí, tanto como no lo hacían. —¿Quieres llevarme a Hawái, Brando? —Mi voz era atípicamente suave. La tensión entre ambos se hallaba sujeta por hilos. —Quiero que te sientas de esa manera todo el tiempo. Nunca he conocido a nadie que merezca más la magia que tú. En ese momento sentí algo cercano a la magia. Era oscuro, pero me consumía, y no toda la magia brillaba cegadoramente. —¿Qué hay de ti? Creo que tú también mereces algo de magia. —Ya no estoy seguro de que merezca algo. —Su semblante cambió por completo. Fue de ojos abiertos y pesados, a cerrados y rígidos—. Estoy un poco cansado —susurró—. ¿Te importa si nos vamos a dormir? —Batalló para ponerse de pie mientras lo miraba en silencio, su rostro comprimido por el dolor. No pidió ayuda, y aunque quería dársela, sentía que no la hubiera querido. —Sí, claro. —Recogí los bocadillos y los regresé a la bolsa de la gasolinera. Bebí mi bebida y luego busqué en mi maleta por mi cepillo de dientes y un cambio de ropa. Me deslicé al baño y me preparé para la cama. En el espejo, enfrenté mi reflejo; espuma de pasta de dientes filtrada entre mis labios, haciéndome parecer rabiosa. Con mis mejillas sonrojadas y el cabello alborotado por los dedos, lucía en cada parte como un alma torturada y cachonda. Me tomó un largo tiempo encontrar mis propios ojos. Desde los diecisiete y muchos años después, fue difícil amarme a mí misma. Difícil quererme. Me sentía rota y enferma, y no fue hasta que toqué fondo que empecé a reconstruirme. Todavía tenía mis momentos; podía darme cuenta que había estado alejada de la terapia durante mucho tiempo. Regresaba a mi viejo marco mental, separando mis entrañas, dudando de las piezas lastimadas. La duda y la vergüenza eran la pesadilla de una víctima. Porque nunca se iban. Me puse una camiseta sin mangas y unas mallas, luego me recogí el pelo en un moño y apagué la luz del baño. La habitación se encontraba oscura en el momento que salí, iluminada solo por la única ventana del cuarto. Las luces de la calle se inclinaban sobre la pared del fondo, enviando largos tramos de luz tenue sobre la cama. Vi la parte superior de su cabeza y la parte inferior de su garganta, pero sus ojos estaban protegidos por la oscuridad de la habitación. Después de poner mi ropa de regreso en la maleta, me metí debajo de las cobijas, tratando de no pensar en cuántos hombres habían eyaculado en estas sábanas. —¿Qué tan seguido cambian estas cosas? —Pateé el edredón y solo usé las sábanas. —Trabajé en una operación encubierta cuando estaba de patrullero por prostitución. En un hotel barato como este. La criada me dijo que solo lavaban el edredón dos veces al año. Elegían las sábanas con cuidado. Y escogían edredones de colores brillantes, como este, para que puedan esconder la suciedad. Miré boquiabierta a su rostro en la oscuridad. —Gracias por ese dato esclarecedor. —Mi piel se erizó. Odiaba el semen. Lo sentía todo sobre mí. En las sábanas, en la manta, se encontraba en todas partes, maldita sea. Traté de relajarme, respirando por la nariz. Pero fue demasiado fácil regresar ahí. Despertar con semen y sangre manchada entre mis piernas. Con el terror y el dolor diezmando mi corazón. Me dolía el rostro por ser golpeada en seco. Mi vagina me dolió por un año después de ese ataque, aunque a veces sentía que se hallaba en mi cabeza. Como un dolor fantasma que nunca se fue. Comenzó a dolerme, doliendo en donde él se había forzado a entrar en mí. Odiaba ver su cara. Odiaba haber caído directo a la trampa de un monstruo. Odiaba que nunca jamás sería libre de esos recuerdos. —Oye —susurró Brando—. ¿Cat? ¿Qué ocurre, nena? Respiraba con fuerza. —Recuerdos —resoplé, tratando de recuperar el aliento, que no me doliera—. No importa lo que haga, nunca lo olvidaré, eso es todo. A veces los recuerdos vuelven a mí. Tengo que enterrarlos. —Cerré los ojos e intenté con todas mis fuerzas deshacerme de ellos. Pero se hicieron más fuertes. Había olores, sentimientos; los recuerdos eran tan brutales como el amor. —Ven aquí —suplicó, sus manos buscándome a tiendas en la oscuridad. Antes de que pudiera lastimarse a sí mismo acercándose, me escabullí por en medio de la cama y me doblé contra su costado. Mi oreja buscó su pecho, en busca del latido de su corazón. En el instante en que oí los constantes latidos en mi cerebro, mis recuerdos se evaporaron y escondí mi rostro en su camisa, inhalando su delicioso aroma en mis pulmones. —Shh —me tranquilizó, sus labios en mi frente. Su cálido aliento se paseó a través de mi rostro e inhalé eso también—. Estás bien. ¿Sabes cómo lo sé? —¿Cómo? —Respiré, mi voz demasiado débil para hablar. —Porque eres fuerte. Puedo sentirlo en ti. Siéntelo en ti. Eres fuerte, Cat, y eso significa que vas a estar bien. ¿Él se sentía fuerte? Debería. Cualquier hombre que pudiera consolarme en medio de mis recuerdos era diez veces más fuerte que mi miedo, y eso era tan malditamente hermoso para mí, que dejé que se desbordara el llanto de mis ojos. Traducido por Tolola, IsCris & Val_17 Corregido por Pame .R. Cat estaba inusualmente tranquila a la mañana siguiente. Se despertó al otro lado de la cama, habiéndose dormido en mis brazos, y se esforzó por no mirarme a los ojos cuando intenté mirarla. Pero llevó mi caja fuerte por las escaleras y, considerando todaslas cosas, yo haría el amable gesto de no hablar. Llevábamos una hora en la carretera, y el único sonido entre nosotros era el clásico rock de la radio. Parecía preocupada. Lo dejé pasar al principio. También estaba preocupado, y después de anoche tal vez algo de silencio entre nosotros ayudaría a desactivar la bomba. Pero pronto la tranquilidad empezó a tener el efecto contrario. Necesitaba sus palabras y su voz; hacía que mi presente importara cuando por dentro, lo evitaba. Evitaba todo lo que era yo. Me aclaré la garganta y cambié la emisora, pero nunca me había interesado lo suficiente la música como para buscarla. Me senté y me pasé una mano por el cabello, deseando haberme duchado en el hotel antes de salir, pero Cat tenía mucha prisa por irse. —Estoy bien —aseguró en voz baja—. No eres tú. —Su sonrisa era triste, dirigida a la carretera. No lo admití ni a ella ni a mí, pero sentí el gusano de alivio que se abrió paso entre mis músculos tensos. Lo cual fue bueno para mí; el dolor en mi espalda y costado palpitaba más allá de lo tolerable. La cama del hotel había sido un bloque de madera apenas aceptable con sábanas sucias. Apoyé la cabeza contra la ventana y miré la tormenta en las nubes. Había un pequeño espacio a cielo abierto, pero rodeado de nubes de tormenta de aspecto loco, del color de un arma de fuego y metal. Mientras lo miraba, las nubes chocaron y la lluvia comenzó a caer del cielo. —Genial —refunfuñó, poniendo en marcha los limpiaparabrisas de las ventanas. Seguí mirando fijamente, preguntándome qué intentaba decirme el cielo. ¿Había dejado atrás mi tormenta, o estaba conduciendo hacia una? *** El dolor en mi costado me despertó. Abrí los ojos para mirar a mi alrededor, atrapado entre la pesadilla de mis sueños y la realidad que tenía delante. No podía discernir mi paradero, todavía desconociendo la zona, pero Cat navegaba por los caminos llenos de lluvia con facilidad. —Bienvenido de nuevo a Portland —anunció, dándome una suave sonrisa. Había vuelto. Lo que sea que la deprimía había sido empujado de vuelta a donde estaba antes. Como empujar a los fantasmas, sus tenues dedos todavía se las arreglaban para colarse por las grietas cuando no estabas mirando. Buscando y adquiriendo almas. Yo tenía unos cuantos fantasmas propios a los que les gustaba perseguirme, apareciendo cuando mis defensas se encontraban bajas, cuando mi corazón pensaba que me hallaba a salvo. Eso era un error. Mi corazón y yo nunca estábamos a salvo. Éramos recelosos. —Se ve igual —me burlé. Resopló. —Bueno, esto es lo que estoy pensando. El corazón de Klay está en mi bolsillo, y las partes que no tengo las tiene Madi, así que te vamos a meter en el apartamento porque una vez que estés adentro, no puede oponerse. Fruncí el ceño. —Cat, no quiero imponerme. No tengo problemas para conseguir mi propia casa. —Brando —advirtió—, no me gusta la idea de que estés solo. Este era el plan. Klay es un poco retorcido. Es todo el asunto de la policía y la prisión. Ya se le pasará. —Asintió para sí misma—. También es mi departamento. Empecé a sumar dos más dos. Y no me gustaba mucho la respuesta. —No les dijiste que iba a volver contigo, ¿verdad? —Puede que haya retenido ciertas partes. —¿Qué partes, Cat? —Las partes que te conciernen. Miré el perfil de su hermoso rostro. Se había recogido el cabello en una cola de caballo y se había puesto una sudadera gris con las palabras Dance Madly sobre los pechos en letras de grafiti, y unos vaqueros del color de la ceniza oscura. Sus ojos marrones eran claros y vibrantes, y se había estado mordiendo el labio inferior. Estaba tierno e hinchado. Quise inclinarme sobre los asientos y tirar de él entre los dientes, chupar su carne flexible, saborearla. No sabía si discutir con ella o follármela. —Bueno, qué conveniente. —Me pasé una mano por el cabello y sopesé mis opciones—. Debería conseguir una habitación. Resolver las cosas. Me ignoró. O al menos me dio la impresión de que me ignoraba. Miraba fijo al frente, con la barbilla levantada en actitud desafiante. Quería que viviera con ella y, aunque no conocía sus verdaderas razones, pensé que eran las mismas razones que la mantuvieron junto a mi cama de hospital todas las noches. Mi corazón se estremecía ante la amenaza de hacerle daño, aunque fuera mínimo. Pero tenía un grave problema con que me ocultara información. Sería una sospechosa de mierda. Por no decir una distracción. Se detuvo en la entrada de un complejo de apartamentos y bajó la ventana lo suficiente para introducir el código de la puerta. Una vez dentro del estacionamiento del complejo, condujo hasta que se estacionó debajo del 3 E. —Klay y Madi están en la tienda. Entra, y yo traeré todo. —Me dio sus llaves—. Derecho por ese pasillo. —Señaló a través del parabrisas cubierto de lluvia—. Y a tu derecha. Apartamento tres E. Ignoré sus llaves y salí, luchando por ponerme en pie y respirando profundamente el aire húmedo. Olía diferente aquí, y esa diferencia hacía felices a mis pretensiones. Feliz de ser alguien nuevo. Feliz de no ser nadie en absoluto. —Vas a ser el peor juguete —refunfuñó, abriendo mi baúl con el teclado de mis llaves. Le alcé una ceja. —Supongo que la desobediencia es parte del juguete, ¿no? —El peor. —Agarró mi caja fuerte—. ¿Puedes al menos abrirme la puerta? —¿Tienes una lista? —Traté de mantener la diversión fuera de mi cara. Esta mujer no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. Fuerte e independiente y, al mismo tiempo, delirante y divertida—. ¿Una lista de lo que hace y lo que no un juguete? —Me reí para mis adentros y caminé delante de ella mientras Cat caminaba con mi caja fuerte detrás mío. Resopló, y pude sentir su mirada en mi espalda. —Voy a meter mi dedo en tu herida de bala si no te callas. Me reí más fuerte, agarrándome del costado. —Eso es cruel. ¿Cuál es el umbral de los derechos humanos de un juguete? —No tiene ninguno. —Pude oír una sonrisa en su voz mientras la lluvia caía a nuestro alrededor, las gotas repiqueteaban en el camino de piedra mientras caminábamos por el complejo de apartamentos. —¿Ninguno? —Fingí indignación, llegando a su departamento—. Eso es criminalmente injusto. —Puse la llave en la cerradura y giré el pomo, abriendo la puerta y retrocediendo para que pudiera entrar con mi caja fuerte. La dejó en el suelo, junto a la puerta, se frotó la espalda y me miró con humor. Le brillaban los ojos. —Le gusta. —Guiñó el ojo—. A todos. Siéntete como en casa, estírate. Volveré en un segundo. —Cerró la puerta tras ella, dejándome solo. Miré a mi alrededor y dejé la bolsa que había cogido del maletero. Me encontraba en el salón. Un sofá de cuero negro, una pantalla plana empotrada en la pared, una mesa de centro llena de tazas de café, revistas de tatuajes y bocetos. La cocina estaba abierta al salón y las fotos de la nevera me hicieron sonreír con tristeza. Madison y Klayton sonreían a la cámara, y parecía que Madi había estado sujetando la cámara. La sonrisa de Klay parecía reacia, pero había una luz en sus ojos que yo envidiaba. Esa luz decía que tenía todo lo que quería, sonriendo o no. Había una foto de Cat debajo de esa. Estaba de pie fuera de Guns & Ink, con Klay detrás de ella bajando el letrero de Gran Apertura de la tienda aquí en Portland. Klay sonreía, como si se estuviera riendo de algo que la persona que sostenía la cámara, presumiblemente Madi, había dicho. Y, aunque Cat también sonreía, la luz que ardía en los ojos de Klay no existía en los suyos. Sabía sin mirar que tampoco existía en los míos. Cuando oí que la puerta se abría, me aparté de las fotos de Cat y volví a la sala de estar. Quería darle toda la magia y la luz del mundo, pero no tenía magia, no tenía idea de cómo hacer un hechizo, y nunca había conocido la luz suficiente para dársela a alguien más.—¿Vamos a ver la parte de atrás? —ofreció, cargando nuestras cosas. Tomé unas cuantas bolsas, apreté los dientes contra el dolor y la seguí hasta el pasillo. —Este es el baño. Es el mío. Bueno, ahora es nuestro. Klay y Madi tienen uno en su dormitorio. Y esta será nuestra habitación, ¿si estás de acuerdo en compartir mi espacio? —Miró por encima del hombro, con la mirada insegura, incluso un poco preocupada. Era tan linda que quería inclinarme y besar las líneas nerviosas que aparecieron en su frente. En lugar de eso, apreté los labios y sacudí la cabeza. —No me importa. —Ella quería esto, a mí. Eso me confundía tanto como me tentaba. Abrió su dormitorio y en el momento en que lo hizo, fuimos bombardeados por el hedor de la orina y los aullidos. —Maldito Klay. —Un pequeño perro negro con solo tres patas saltó de su cama y se lanzó en picado. Cat se agachó y acarició al animal—. Hola, cariño —arrulló, acariciándole la cara. Los perros y yo no nos llevábamos bien. Vi una mancha húmeda en la alfombra beige y la miré fijamente, pasando por encima del charco de orina para dejar mis cosas. Ignorando al perro y al pis, la habitación era espaciosa y… ella. De color brillante con negro disperso por toda la habitación. Como si entendiera que el color era más brillante con un poco de oscuridad alrededor. O tal vez no tuviera otra opción que entender eso. La cama era de dos plazas, hecha con sábanas y almohadas negras con una manta de color amarillo pálido. Su tocador era negro con manijas doradas, y sus paredes blancas se transformaron con un boceto tras otro. Un boceto en particular me llamó la atención. Era yo. En la tienda de Guns & Ink cuando aún se encontraba en Denver. Fue la primera vez que nos vimos, llevaba puesto un traje, con mi placa en la cadera. Iba todo de negro. Sombras negras alrededor de mi cuerpo, traje oscuro, lo negro ensombreciendo mi cara. El único color en el boceto existía en la esquina más alejada. Había una mujer acurrucada de costado y todo su cuerpo se había convertido en un parche de hierba con dientes de león. Flores amarillas brotaban del cuerpo, y los pétalos se habían apoderado de sus ojos. Y en el centro de mi pecho había un solo pétalo cosido donde estaría el cuarto botón en mi camisa de vestir blanca. Tragué saliva y la miré donde se hallaba arrodillada, acariciando detrás de las orejas del perro. Mi cuerpo zumbaba y la deseaba. Desnuda, con las uñas clavándome lunas crecientes sangrientas en la espalda. Su espalda arqueada. Sus dulces gemidos en mis oídos. Pero sobre todo, quería que me mirara. Quería que sus pequeñas hierbas amarillas se abrieran paso entre mis escombros. Se equivocaba. No era una hierba linda. Era una maldita rosa. Cuando el perro se me acercó, pasé por encima. —Oye —siseó—. Saluda a Trixie. La tiraron de un coche en marcha en la autopista y la dejaron en la carretera. —¿Es así como perdió su pierna? —adiviné, dándole al animal una mirada poco convencida. Se sentó en su pequeño trasero, mirándome con esos grandes ojos marrones. Abierta, confiada. Me puso nervioso. —No. La perrera dijo que estaba rota antes de eso. Cerré los ojos con pesar. —Jodido monstruo. —Me agaché lo mejor que pude y le di una caricia a la bolita de pelo. Pero ella era codiciosa, como mis pretensiones; quería más. Se acurrucó en mi agarre y gruñó con aprobación cuando la alcé en mis brazos. Cat me sonrió. —Le agradas. Trixie tiene buen instinto. Reconoce a la gente buena y evita a las malas. Como este tipo que va a buscar su correo a veces cuando salimos por un paseo, y Trixie lo odia. Ella ama a Klay y Madi. Y también te ama. ¿Verdad, chica? La pequeña cola negra de Trixie se movió. Me preocupaba más el tipo que revisaba su correo. —¿Cómo se llama? ¿Este tipo? Encontró mis ojos y una mirada destelló en ellos. —Ya no eres policía, Brando. —Su nombre, Cat. —Trixie me miró cuando mi voz se elevó, sus enormes ojos marrones se ampliaron aún más. Demonios—. Lo siento, chica. —Le di una palmadita en la cabeza y se relajó, haciéndome pensar que no le gustaban los gritos, probablemente porque los gritos a menudo conducían a la acción, y cuando eres un perro de cinco kilos, la acción terminaba con piernas rotas. —No sé su nombre. Pero vive en el apartamento seis W. —¿Klay lo sabe? —Luché por sentarme en su cama, suspirando cuando el peso de estar de pie apartó el dolor de mis costillas. Cuando se levantó y empezó a quitarse los zapatos, supe que tenía mi respuesta. No le había contado a Klay lo del asqueroso del correo. Porque sabía que había algo que temer. Y Klay ya había ido a la cárcel cuando eran más jóvenes por darle una paliza a su violador. Se me ensancharon las fosas nasales e hice todo lo que pude para no hacer lo que quería. Hice una nota mental para comprobarlo y luego lo dejé. —¿Te importa si me ducho? Sus hombros se hundieron con alivio. —No. Este es tu lugar ahora, Brando. Puedes hacer lo que quieras. Caminar desnudo, por ejemplo. — Movió las cejas—. Las toallas están en el armario del pasillo. Te traeré un cambio de ropa, ¿de acuerdo? Una oleada de gratitud me atravesó. —Gracias, Cat. Por todo. —Le entregué a Trixie, acercándome a ella. No me di tiempo para pensar antes de inclinarme y presionar un suave beso en sus labios. Nuestros ojos permanecieron abiertos. Vi la ampliación de sus pupilas. El rubor de la lujuria pesaba sobre sus párpados. La besé más profundamente, luchando por mantener los ojos abiertos. Pero ella me devolvió el beso con la misma profundidad y la llamarada de deseo se abrió paso a través de sus perfectos irises marrones. Teníamos miedo, sí, pero teníamos más miedo de decir que sí a esto, a nosotros, de admitir que decir sí significaba que nos íbamos a abrir a la destrucción total. Su lengua salió y rozó mis labios, casi como si me estuviera dando el poder de hundir esta nave. Se hundiría conmigo, también pude ver eso en sus ojos. Y era embriagador. La dejé tener mi lengua, deslizando la mía sobre la suya. Mis ojos se cerraron un momento después de que sus pestañas negras revolotearan. Sabía dulce, era consumidor. Sumergirse de cabeza en un tornado, así de bien sabía Cat. A tormenta y a deseo. Sin embargo, lo único que arruinaba la tormenta era Trixie. Gimoteó entre nosotros y Cat sonrió contra mis labios, con los ojos brillantes cuando me aparté. ¿Por qué dientes de león?, quería preguntar. ¿Por qué veía una rosa? Y cuando me miraba, ¿realmente me veía sin color? Salí al pasillo dando tumbos, aparté la niebla de lujuria de mi mirada y abrí el armario del pasillo para sacar una toalla. Dejé la puerta del baño sin cerrar y abrí la ducha. No había bañera, solo una ducha de pie, un retrete y un lavabo doble. Al igual que el mío, solo se utilizaba un lado. Me desnudé con cuidado. Sin poder evitarlo, mis cicatrices y heridas parecían arder con fuerza en este nuevo espacio abierto y limpio. Tenía un aspecto caótico por fuera, como lo era por dentro. Mi tinta chocaba con las heridas. Cerré los ojos bajo el chorro caliente de la ducha. No levanté la vista cuando se abrió la puerta. —Tu ropa está aquí. Gruñí un agradecimiento. —Santo infierno, Brando. Levanté la vista, parpadeando el agua de mis ojos para encontrarla mirando mi polla dura. Miré hacia ella para encontrarla lamiéndose los labios. —¿Requisito número dos para ser un hombre juguete? Tiene que tener una polla como la tuya. —Miró abiertamente mi pene, con la boca ligeramente abierta—. ¿Cuánto mide? ¿Como veintiún centímetros? Me reí entre dientes, sorprendido por su audacia. —Un poco de privacidad estaría bien, Catherine. Y son veintidós, cariño. Veintidós centímetros. Exhaló como yo lo hacía cuando pensaba en una cerveza después de un largo día. Completamente tentada. —¿Cuántos centímetros de ancho? Sonreí e incliné la cara, dejando que el agua cayera en cascada sobremí. —Deja un poco de misterio. —No me gustan los misterios. Me gusta la erótica. Es mucho más sincera. Atraviesa todas las tonterías y va directo al grano. —Si te vas a quedar ahí mirando boquiabierta, por qué no entras y me lavas la espalda, ¿sí? —Le di un segundo de contacto visual antes de darle la espalda. Escuché atentamente. Oí que se cerraba la puerta. La cerradura deslizándose en su sitio. El sonido de la tela sobre la piel. El vaquero deslizándose por sus piernas. La puerta de cristal de la ducha se abrió y sus manos se posaron en mi cintura. Mi respiración se agitó, pero permanecí inmóvil. Escuchando, deseando. Muchísimo. —¿Te importaría usar mi gel corporal de albaricoque? Sonreí a la pared de azulejos blancos. —¿Acaso los chicos juguete pueden opinar sobre estas cosas? —No todo el tiempo. —El olor a albaricoque me golpeó un segundo antes de que sus manos se posaran en mis hombros. Cat era mucho más baja que mi metro noventa, así que la imaginé alcanzando mis hombros un momento antes de sentir sus pechos apoyarse en mi espalda. Sus pezones me provocaron, y sentí un temblor en su toque a medida que se deslizaba sobre mis músculos tensos. —Relájate, cariño —susurró. Sentí sus labios en mi espalda y casi la ataqué. Mi polla estaba tan dura que dolía. Abrí la boca y mis fuertes respiraciones se liberaron. Deslizó sus manos por cada centímetro de mi espalda, lavándome delicadamente. Cuidadosa con mis heridas mientras aumentaba mi deseo—. Estás en buenas manos. Bajó los dedos y me tocó el culo con la suficiente presión para llamar mi atención. Me apoyé en la pared de la ducha. Sus dedos, resbaladizos de jabón, rodearon mis caderas a ambos lados. Encontró mi polla dura sin esfuerzo, rodeando mi base con sus manos. Un escalofrío me recorrió y la lujuria que sentía en mi cerebro me enloqueció. Estuve a punto de perder el control. Sus pechos me oprimían la espalda y sus labios me acariciaban la columna. Imaginé sus suaves labios rosados sobre la tinta negra de mis tatuajes, y un segundo escalofrío me sacudió. Miré hacia abajo. Sus manos bombeaban mi pene lentamente, desde la punta hasta el fondo, y luego apretó la base con la presión perfecta. Observé en trance cómo me acariciaba, haciendo la misma tortura de arriba abajo unas cuantas veces más antes de que una gota de semen saliera de la punta. Lo utilizó como lubricante, mezclándolo con el agua de la ducha. Aumentó la velocidad y la presión, empuñándome y acariciándome con su increíble magia. —Quiero que te corras —dijo, con su voz ronca zumbando contra mi espalda—. Quiero que te corras fuerte para mí, Brando. Ella amaba el poder, necesitaba el poder. Se lo di, y mi orgasmo me atravesó como un hacha de guerra que me cortara el cráneo. Después de todo, yo era su víctima. Su víctima voluntaria y rota que se corrió tan fuerte que vi las estrellas. Continuó acariciándome, dándole tirones a mi polla y haciendo que mi orgasmo durara más de lo creíble. Me escuché gruñir, pero en mis oídos, sonaba como si le estuviera rogando al tiempo que caía. Me imaginé agitando los brazos, sintiéndome bien porque ella me había llevado al límite. Me hizo dar la vuelta y agarró el jabón de albaricoque, llenando su palma con el líquido color naranja claro. Me miró a los ojos un segundo antes de ponerse a lavar mi pene medio erecto. Mi lengua quería decir algo estúpido. Te amo, me vino a la mente, pero era ridículo. Aunque me preguntaba si oculté bien mis emociones cuando sus propios ojos me devolvieron la mirada. Se puso de puntillas y besó la cicatriz en mi garganta. Mis ojos se cerraron en miseria. En necesidad. Necesidad de hacerla... mía. Sus labios besaron toda la cicatriz, justo sobre mi pulso, y luego hasta mi pecho. Su lengua se revolvió en el pelo de mi pecho, y sus manos en mi eje me revivieron. Se hallaba a un más duro que la primera vez. —Esta es para mí —susurró, acariciando mi erección en tanto me besaba en el pecho—. Podemos mantener esto a salvo, Brando. Esta cosa entre nosotros. Yo me ocuparé de ti y tú de mí, de cualquier forma que sea. —Agarró mi longitud, bombeándome hasta el borde de su espada—. No tiene que explotar en nuestras caras si estamos a salvo. Me corrí por segunda vez mirándola directo a los ojos, lanzándome sobre su espada. Su víctima voluntaria. El pulso me latía salvajemente en los oídos. Cada gramo de placer que mi cuerpo era capaz de sentir palpitaba en mi polla donde ella me agarraba. —¿Trato? —comprobó, poniéndose de puntillas para alcanzar mis labios. Me incliné y se los di, besándola tan fuerte que sentí sus dedos clavarse en mi cintura. —Trato. Me lavó y luego se hizo a un lado para que yo saliera. Alcancé la botella de jabón, queriendo lavarla, pero negó con la cabeza. —No es una buena idea en este momento. Tus dedos no serán suficientes. Voy a hacerte daño. Nunca quisiera lastimarte, Brando. Vete, por favor. Le di lo que quería, haciendo una nota para devolverle el favor más tarde. Con mi lengua. Demostrarle que mis dedos podían hacer su propio tipo de magia. Salí de la ducha, con mi cerebro nublado y mi cuerpo débil. Llevé mi ropa y mi toalla a su habitación, y encontré la mancha de orina limpiada y la cama hecha. ¿Hizo su cama? La idea me pareció extrañamente linda. Podía imaginarla metiendo las esquinas y esponjando las almohadas. Dada la situación, parecía delicioso. Agotado, me desplomé sobre el edredón, saqué una de las almohadas y la metí debajo de mi cabeza. En algún punto escuché a Cat entrar y luego mi mente se desvaneció en un sueño tranquilo y feliz. Era la primera vez en semanas que no me despertaba en mi propia sangre. Las cortinas negras transparentes en su ventana no mostraban la luz del día cuando recobre el conocimiento. La habitación se hallaba a oscuras y había algo insoportablemente caliente cerca de mis piernas. Cuando moví mi pie, oí el tintineo del collar de Trixie, su silencioso gruñido de desaprobación, y luego su pequeño cuerpo se puso cómodo nuevamente. Seguía desnudo en mi toalla, mi ropa al pie de la cama donde la dejé. El dolor en mi cuerpo estalló hasta ser inimaginable. Eso debe haber sido lo que me despertó. Luché para sentarme y respiré uniformemente, tratando de aclimatarme a mi entorno y dejar que el dolor se calmara. No se calmó. Empeoró. Miré a mi alrededor buscando mi bolso, pero no se encontraba en el dormitorio como mis bolsos de lona. Me puse uno de mis bóxers y luego fui al pasillo, deteniéndome para respirar. Había voces en la sala de estar. Dos mujeres, un hombre. Klay y las chicas. No me di cuenta de cuánto no quería estar aquí hasta que escuché una voz familiar dirigirse hacia mí. Madison dobló la esquina y se detuvo en el instante que me vio. Sus ojos escanearon mi pecho, las cicatrices, los tatuajes, todo lo que era ahora, o siempre había sido, y luego hizo algo increíble. Sonrió. —Cat me contó todo. Estoy muy feliz de que te quedes aquí. La miré, mudo. Había estado esperando horror. No aceptación —Gracias. —Ya hablé con Klay —continuó—. Cat también. Él está... de acuerdo... con ello. —Se encogió, pero el hecho de haber tratado de mentir por mi bien me hizo sonreír. Vivir alrededor de un final feliz podría hacerme algo de bien. —Lo está, ¿eh? Su cabeza se movió y sus cejas se fruncieron. Captó mi burla, y no le gustó. —Hay comida para llevar en la cocina. Tailandés. Klay odia el tailandés, por lo que a Cat le gusta pedirlo mucho. —Se encogió de hombros—. ¿Necesitas algo? Hice una mueca y luego dejé que se desvaneciera en una pequeña sonrisa. —Se siente bien verte feliz, Madison. Se mordió el labio y se miró los dedos desnudos, pintados de un tono rosado pálido. —Se siente bien ser feliz. Aunque todavía tengo mis días. Me preguntaba si el ataque de pánico de Cat en el hotel la noche anterior era su versión de seguir teniendo sus días. Cat no le contósobre el Asesino del Campus. Sobre los quince cuerpos. Era solo cuestión de tiempo antes de que Madison supiera la noticia. Tomé una nota mental para contactar a Ethan para ver si vendría a Portland. Tenía sentido que quisiera hablar con Madison, él no tenía el apego como yo. No veía cuán frágil era su progreso. —En realidad, sí necesito algo, ¿si no te importa? —Claro, cualquier cosa. —Se veía mucho más feliz con el cambio de tema. —Mi bolso negro que tiene mis analgésicos todavía está en la sala de estar. ¿Me lo puedes traer? —Por supuesto. —Dio media vuelta por el pasillo y yo me desplomé contra la pared. Madison no regresó con mi bolso, Cat sí, junto con una botella de agua helada. La acumulación de condensación en el exterior me hizo darme cuenta de lo dolorosamente seca que estaba mi boca, y lo vacío que también se hallaba mi estómago. —Ven —dijo, dirigiéndose a su habitación—. Siéntate —ordenó. No estaba seguro de que ceder a sus órdenes era algo bueno para nuestra relación, pero prometí en la ducha mantener esto a salvo. Me senté. Sacó dos pastillas y me las entregó con el agua. Las tragué y luego tomé el agua. —Necesito hablar con Klay. Llevaba unos pantalones deportivos con Guns & Ink escrito en el muslo izquierdo en letra gris y una camiseta sin mangas blanca, sin sujetador. Demonios. Sus tetas eran perfectas. Las quería en mi boca. Mi polla entre ellas. Ella había roto mi inquietud en esa ducha. Ahora podía hacer lo que quisiera con esta mujer. Era un alivio extraño. —Klay está de acuerdo. Tuve que prometerle algunas cosas, por supuesto. Como que estarás dividiendo con nosotros el alquiler. Eso le dará a Klay un par de cientos extra para su bolsillo. Enorme ventaja a tu favor. Y no puedes ser un policía cerca de él. —Ya no soy policía. —Tenía mis credenciales, podía trabajar en la estación aquí en Portland, pero eso significaría comenzar de nuevo, lo que significaría más cuerpos. —Sí, pero sigues pareciendo un policía. La forma en que miras a tu alrededor cuando estás en un lugar nuevo, la forma en que evalúas a las personas, la manera en que abordas una situación, sigues siendo un policía, Brando. Y eres uno bueno. No creo que sea algo a lo que debas renunciar. No quería ir allí en este momento. Las charlas motivacionales eran para personas que sabían lo que deseaban de la vida. No estaba confundido. Me encontraba perdido. —Aquí. Ponte estos y sal a pasar el rato. Agarré la ropa que me arrojó y suspiré. —No quiero pasar el rato. —Luché con mis pantalones deportivos y me puse una camiseta blanca. Se paró frente a mí y puso sus manos sobre mis hombros, mirándome con una extraña ternura. Se sentía como si estuviera dentro de mi corazón y cerebro, sacando las piezas que quería y tratando de comprender las piezas que no estaban completas. Estaban empapadas de sangre, pero no le importaba; ella seguiría buscando la magia hasta encontrarla. —¿Qué quieres hacer? —preguntó. Tú, pensé impotente. —Nada —dije porque eso todavía era cierto. —¿Qué tal si voy y te traigo algo de comida y cerveza y podemos pasar el rato aquí? Cerré los ojos con alivio. Hablé con ellos cerrados. —Eso suena perfecto, Cat. —¿Perfecto? —Se rio suavemente—. Una chica se puede acostumbrar a esos estándares. —Me dio una palmadita en los hombros y después me dejó, regresando con un recipiente para llevar y cuatro cervezas. La televisión de su cómoda se encendió y nos acomodamos en su cama. Nos acostamos y miramos una película, comimos una horrible comida tailandesa y bebimos cerveza helada. Todo el tiempo no pensé. No hice nada más que comer y mirar. Le dio a mi mente y corazón la oportunidad de respirar. Portland sería bueno para mí. Porque Cat estaba allí. Sin embargo, mi caja fuerte se encontraba en la esquina de la habitación, y era mucho más notable de lo que había sido antes. Traducido por Umiangel Corregido por Pame .R. Me encantaba dormir con un hombre. El baile de las extremidades y el aliento cálido. El vello de sus piernas rozando mi piel suave. La confianza que jugaba con bajar la guardia lo suficiente como para dormir. Cuando comencé a acostarme con hombres otra vez después de mi ataque, siempre sentí que jugaba con fuego. ¿Sería este hombre el próximo en lastimarme? Así pasaba, solo me lastimaban emocionalmente. Y pronto aprendí que no era bueno para mí vivir con miedo constantemente. Mi ansiedad se transformó, cambió la forma en que veía las cosas, y cuando no podía ver las cosas de la manera correcta, mi atacante ganaba un poco más. Me negué a dejar que ese hijo de puta ganara. Cambié por completo. Confié un poco más en las personas. Le di a los hombres el poder de lastimarme, porque había poder en la confianza. Había poder en mí. Pero despertarse con Brando se sintió diferente. Como si hubiera caído en una trampa y aún no lo supiera, cómoda en mi jaula. Para quitarme el sentimiento, o desafiarlo, me acurruqué más profundamente contra su cuerpo. Era jueves. Sabía que necesitaba volver al trabajo. Mi cuenta bancaria sudaba por el agotamiento de los fondos, pero Brando me necesitaba. Me recosté sobre su pecho del lado derecho, trazando las muescas y surcos en su abdomen a través de su camisa. Mientras me encontraba allí, me pregunté si ser poderoso era lo mismo que curar. Ansiaba el poder en todas las facetas de mi vida. Sobre todo, porque me despojaron de la peor manera. Necesitaba poder sobre los hombres, sobre mi carrera, pero, sobre todo, sobre mí misma. Brando señalaba las fallas en mi armadura. Remarcaba que el poder no significaba que estuviera curada. Madison podía pelear consigo misma, pero pasó los últimos dos años juntando sus piezas. Yo pasé los últimos nueve tratando de olvidar las mías. Sintiéndome incómoda en mi propia piel (odiaba la sensación) me senté, perturbando a Trixie, que se encontraba enterrada entre Brando y mis pies enredados. Quería esto. Esta mañana simple. De pies enredados y sus suaves ronquidos. Se veía tan delicioso durmiendo. Su rastrojo se convirtió de nuevo en una barba mínima de pocos días. Sus ojos cerrados y su cabello negro desordenado solo se sumaron en tanto me lo comía con los ojos. Mientras dormía, su depresión descansaba. Tenía la sensación de que su estado de ánimo negativo tenía mucho que ver con su situación actual, pero también con su pasado. Mis demonios reconocían a un alma torturada cuando la veían. Lo dejé, levantándome cuidadosamente de la cama, y me incliné para recoger a Trixie. Cerré la puerta en silencio y caminé descalza hacia el pasillo. Klay se encontraba en la barra de la cocina en su computadora portátil, con el ceño fruncido. Podía escuchar la ducha débilmente y supuse que Madi se hallaba allí. —Buenos días, palito. —Me puse los zapatos cerca de la puerta y me incliné para poner la correa de Trixie. —Hmm —gruñó, todavía enojado por haber invitado a Brando a vivir con nosotros. —Supéralo, Klay. —¿Supéralo? —Se dio vuelta y me lanzó una mirada fulminante—. Quieres que olvide el hecho de que invitaste a un hombre a vivir en nuestro departamento, donde está mi novia, ¿alguien que no soporta a los hombres que la rodean? Suspiré. —Klay, Madison ama a Brando. No es un mal tipo. Sabía la verdadera razón por la que se enojó. Esta vez era Brando, la próxima vez puede que no sea un hombre tan bueno. Pero la cosa era que no habría nadie después de Brando. La confesión se estrelló en mi corazón. Solo estaba él. Si por alguna razón mis demonios ganaran, los dejaría devastarme. Deja que tengan la pequeña cantidad de magia que aún tengo. Debo haber lucido tan derrotada como me sentía porque Klay también suspiró, pasándose la mano por su cabello castaño oscuro. —Trabajaré en ello. Y si te sirve de consuelo, Mad durmió como un bebé anoche. Dijo que le gusta tener dos hombres buenos en la casa. — Se giró. Aprovechéla oportunidad para sonreír deliberadamente. —Llevaré a Trixie a hacer pipí y popó. ¿Quieres venir? —¿Así? —Se dio la vuelta para estudiar mis pantalones cortos y camiseta sin mangas—. Puedo ver tu coño a través de la tela. —Hermoso, ¿no crees? —Lo ahuequé, mostrándole mi pista de aterrizaje. Se rio entre dientes y sacudió la cabeza. —Tiene cierta chispa. —¿Chispa? —Me reí a carcajadas, agarrándome del costado y dirigiéndome hacia la puerta—. Claro que sí. Madison se hallaba en la sala bebiendo café cuando Trixie y yo regresamos. Su oscuro cabello color miel le caía por la espalda y alrededor de los hombros. Levantó la vista cuando entré y sonrió. Maldición, su felicidad era hermosa. —Buenos días, Cárdigan —saludé, sabiendo que odiaba cuando Klay y yo la molestábamos por su vestuario “conservador”. Molestarla era lo mejor. Su sonrisa cayó. —Buenos días, Kat Von D. Detrás de nosotras, Klay se echó a reír. —Buena esa, Mad. —Cuando llevas tus chaquetas de punto a la tintorería, ¿qué te pones cuando las esperas? ¿Perlas y cachemir? Resopló, ignorando la risa de Klay. —¿Tienen rebajas en Forever Goth? Klay se dobló en la barra. Solté la correa de Trixie. También dejé que Madison ganara. Bromeaba, sonreía, valía la pena perder esta ronda. —Como sea. ¿Quieren desayunar? Puedo calentar un burrito congelado. —Abrí el congelador, mirando debajo de mi brazo para evaluar sus reacciones. Klay asintió con la cabeza hacia su computadora portátil y Madison me miró por encima del hombro, pensativa de repente. —¿Cómo está él, Cat? De verdad. —Puso la barbilla en su mano en el respaldo del sofá y me miró directo a los ojos. Me giré hacia el congelador. Madison y Brando obviamente tenían una conexión. Víctima a detective. Entendía eso, pero no era mi conexión, y Brando parecía proteger su dolor. Hacía todo lo posible para mantener cada gramo oculto. —Está tan bien como cualquiera puede estar, con ocho balas en la espalda y creo que con un millón de agujeros de bala que no puedo ver. —Desenvolví los burritos congelados, los puse en el microondas y lo encendí. —Parece muy diferente. No sé si fue debido a la mala situación en la que me hallaba cuando lo conocí, pero no parece tan grande o mayor. Se parece a Klay. Pero con el pelo negro. Eso decía mucho. Ella no se equivocaba. Cuando Madi conoció a Klay, él era un hombre vacío y perdido. —Tal vez por eso me agrada. — Miré a Klay para encontrarlo frunciendo el ceño ante el monitor—. ¿En qué piensas tanto, Klay? —Hemos perdido cinco mil este mes. El último también. Todavía ganamos mucho más que en Denver, pero el costo de vida también es mayor. —Entonces sus ojos miraron directamente a los míos. Capté la indirecta. —Todo es mi culpa, ¿eh? —Eres mi mejor artista. Te fuiste mucho tiempo. —No tenía otra opción. —O había hecho la única elección que quería. —No te estoy culpando —me aseguró, y le creí. Sabía que Brando era el maestro de mis títeres frenéticos y maníacos, incluso si nunca lo decía en voz alta—. Isaiah redujo el número de clientes con la llegada de los finales. Necesita estudiar. Miriam tiene hijos. Te necesito de vuelta en escena y un cuerpo más para recuperar el juego. Mi corazón dio un salto; mantuve mi rostro neutral. —¿Me haces un favor, Klay? —Dime. —Ve a mi habitación y mira los brazos de Brando. —Sí, hazlo —intervino Madi. Y como Klay haría cualquier cosa por la mujer que amaba, se encogió de hombros y se levantó. Regresó un minuto después, con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. —¿Desde cuándo está cubierto de tinta? —Desde siempre. Usa muchos trajes. O usaba trajes. —Por eso parece diferente —espetó Madi—. Ya no es un policía encubierto. Es un hombre cubierto de tatuajes y dolor. —Su tono entristecido. Salté sobre Klay mientras tenía la oportunidad. Con la mirada suave y preocupada que le dirigió a Madi, lo tenía. —Dibujó cada tatuaje que tiene en su cuerpo. —¿Dibujó eso? —Se frotó la barbilla recién afeitada—. Es una tinta bastante morbosa. —Puede cubrir la vacante. —Se sintió como si una pieza del rompecabezas cayera en su lugar. Una pieza deformada, desgarrada, irreconocible, pero que de todos modos encajaba—. Lo ayudaré a obtener la certificación. Klay asintió lentamente, dando vueltas a la idea en su cabeza. —No es que tenga otra opción. Sonreí. —Pero… —continuó, intentando pero fallando en acabar con mis esperanzas—. Si va a convertirse en un empleado de Guns & Ink, debe intentar trabajar en alguien. —Mirándome directamente. Tragué saliva. —¿Quieres que practique conmigo? —Mis rodillas temblaron. ¿Brando marcándome? ¿Poniendo magia para siempre en mi piel? Me sentí mareada por el deseo—. Sí, por supuesto. —Demonios, sí. Sí, por favor. Mis bragas se empaparon. Klay sonrió a sabiendas y se dejó caer en el sofá junto a Madi. Ella inmediatamente se acurrucó en su regazo y él besó su sien. —¿Dónde está mi burrito? —Demandó por encima de su hombro. Después de que se fueron a la tienda durante el día, le hice a Brando su propio burrito y una taza de café, metiendo su botella de píldoras en mi puño. Se encontraba enredado en mis sábanas negras y amarillas, su rostro dormido con trazos crueles. Imaginé sus pesadillas y decidí que no quería saber por qué. Dejé su comida y luego me acurruqué a su lado, acariciando su mandíbula cubierta de barba con insistencia. —Despierta. Vengo con café y burritos de desayuno. Sus labios se torcieron, y giró hacia mi abrazo, rodando sobre su costado y tirando de mí en sus brazos. Fue una respuesta tan impulsiva. Una que no dudó en hacer; simplemente tenía ganas de abrazarme. Mi corazón dio un vuelco. Me derretí contra su cálido cuerpo. Su calor era envolvente, filtrándose en mis huesos. Mis demonios se estremecieron por el fuego en su escarcha. Luché contra mi hielo con su fuego y no podía esperar para arder. Nuestra burbuja llena de calor duró cinco segundos más antes de dejarse caer de espaldas y apretar los dientes. Ni siquiera se acostó así antes. Estaba mejorando. Incluso querer acostarse de lado tenía que ser una buena señal de que mejoraba. —Toma. —Sacudí algunas píldoras, tomé nota para rellenarlas, y luego le entregué su café. Luchó sobre su codo, nuestras caras tan cerca que me perdí en el bosque de sus ojos. —Ah —gruñó, tomando un largo trago de su café. Sonaba como un zombi—. Creo que dormí demasiado tiempo. Mi cuerpo se siente rígido. Hombre de hojalata. Sin aceite. Lo besé. En sus labios suaves y adormilados. Saboreé la riqueza del café en su aliento y el profundo gemido de hambre que zumbó en su garganta. Quería más, necesitaba más, pero no podía tener eso. Todavía sentía mucho dolor. Cualquier cosa más que lo que le hice en la ducha solo lo lastimaría. No quería eso. —Come, y luego daremos un recorrido por el apartamento. Su cara lucía agotada. Podía sentir su negatividad en el aire. Tenía mucho dolor y se hallaba en un mal lugar mental. Quería hacerlo sentir mejor, pero no sabía cómo. Me mordí el labio y decidí darle un poco de espacio. —¿Estaré en la sala cuando estés listo? —No —dijo. Su mano salió disparada para agarrar mi muñeca—. Quédate. Eres la única cosa que me mantiene incluso remotamente cuerdo. La locura nunca sonó tan sexy. —Me quedaré. —Me acurruqué contra él, envolviendo su brazo izquierdo contra mi pecho—. Cerca. Al mediodía, lo arrastré fuera de la cama y lejos de las noticias y amenacé con encadenarlo cuando comenzó a decir excusas. Quería que Brando mejorara. Tal vez si pudiera pensar en el dolor, podría formar pensamientos que no dolieran tanto. El cielo se hallaba gris, una enorme cúpula de tormenta, cuando salimos del apartamento por primera vez desde que llegamos a Portland. La correa de Trixie se encontraba en mi mano derecha y me quedé pegada a su lado derecho por si acaso. Lucía pálido y vacío. Me dolía el corazónpor él. Era un fantasma andante y parlante con solo chispas pequeñas de vida. Yo necesitaba magia y Brando necesitaba vida. ¿Y quién habría sabido que teníamos el poder de repartir esas necesidades? No mencioné la vacante en Guns & Ink hasta que tuve que hacerlo. Habíamos estado en Portland durante más de una semana en ese momento. Brando mejoró físicamente, pero por dentro podía ver el brillo en sus ojos desvanecerse un poco más cada día. Madi y Klay se fueron a la tienda y estábamos en la mesa de la cocina desayunando. Empujó los huevos alrededor y no miró a nada. Lucía vacío mucho antes de llegar aquí. Estaría vacío en cualquier lugar. Eso es lo que más me asustaba. —Entonces, pensaba —comencé, atrapando su mirada en cuanto levantó la vista con curiosidad—. Hay una vacante para un artista en Guns & Ink. Y con tu obra de arte, creo que serías una adición increíble al equipo. Apretó la mandíbula y sacudió la cabeza. —Nunca tatué a una persona. —Yo tampoco cuando comencé. Solo hice un boceto. No es tan diferente cuando despejas tu duda. Piénsalo, por favor. Klay podría necesitar la ayuda. Pasó una mano por sus tatuajes y luego se encogió de hombros. —¿Qué tengo que hacer? —Debes obtener un certificado. Pasar una prueba. Necesitas más de trescientas horas y al menos cincuenta tatuajes. Afortunadamente para ti, puedes pasarte sin problemas en Guns & Ink, y Klay te pagará regularmente. Después de obtener tu certificado, estarás a salvo. No parecía emocionado, pero pensé que esa era su cara. —Suena bien. —Apartó su plato y luego se preparó. Cuadró los hombros y tensó la mandíbula—. He estado buscando lugares para alquilar en línea. Mi corazón se marchitó. Pero mantuve la cara tranquila. Mantenía la fea necesidad por este hombre escondida. Todo lo que podía pensar era: ¿tan pronto? ¿Y qué podría decir? ¿Por favor, no te vayas? ¿No sé por qué, pero todo se siente... muy bien... cuando estás cerca? Acordamos mantener nuestros sentimientos a salvo. Supongo que quererlo allí no era seguro. Pero lo quería a él. Probablemente más de lo que alguna vez había querido algo. —¿Encontraste algo? —Tomé un largo trago de mi café, dando la bienvenida a la quemadura. —Unos pocos —admitió—. Soy una molestia para todos aquí, Cat. Probablemente sea mejor si tuviera mi propio espacio. La ira comenzó a arder a través de mí. No me enojé con él. Me encontraba enojada conmigo misma. Todas esas advertencias, todos esos sentimientos, y aun así los ignoré, conscientemente tomé la decisión equivocada porque me sentí bien. Brando se sentía bien. Pero todo lo que él deseaba era un nuevo escenario. No vino aquí por mí. Vino aquí para escapar. Me tragué la quemadura en mi garganta y forcé mi cara permanecer serena. Cuando me miró, pensé que no me esforcé lo suficiente. —No eres una molestia, Brando. Solo quieres serlo. —Me levanté para irme, y luego lo reconsideré, girando hacia él—. ¿Qué harás solo? ¿Quién limpiará tus heridas? ¿Quién te ayudará? —Cat, deberías ser feliz. Puedes volver a trabajar. Regresar a tu vida. Estoy tratando de hacerte esto más fácil. —Sus grandes ojos y su aire desesperado me hicieron pensar que él creía eso. Realmente creía que interrumpía mi vida. Pero no era así. Al mismo tiempo, no sabía exactamente qué es lo que me hacía, aparte de volverme loca. Yo era quien se aferraba, lo hice desde que abordé el avión a Denver. Todo ese tiempo, desafié mi propia preservación personal y caí de cabeza en un pozo de confusión y deseo. Quería esto, fuera lo que fuese, pero Brando no. No queriendo sonar desesperada (desesperada era una cosa que no era) me encogí de hombros. —¿Cuándo te vas a mudar? —Mi tono áspero hirió mi corazón. No quería lastimarlo, pero en una guerra entre nuestros corazones, no tenía más remedio que proteger el mío. Él obviamente no iba a hacerlo. Bajó la mirada a su plato. —Me iré lo antes posible. Absorbí mis emociones y luego las encerré. Con doble cerradura. —Bueno. Como obviamente estás tan bien para cuidarte, creo que hoy iré a trabajar. Entras mañana a las nueve para comenzar. Cuando llegué a casa del trabajo esa noche, Brando se había ido. Al igual que su caja de seguridad. Traducido por MadHatter Corregido por Pame .R. Mis llaves se sentían pesadas en mi mano. Había sido demasiado fácil. Todo esto había sido demasiado fácil. Dejar a Cat debería haber sido imposible. Pero algo había allanado el camino, y no pude evitar sentir que caminaba hacia cada elección errada que tomaría en mi vida. Pensé que hacía lo correcto, al salir de su vida, pero en el momento en que me encontré a solas en mi apartamento vacío, me sentí al revés y perdido. Ella tenía mucho más que darle al mundo de lo que yo tenía para ofrecerle. Limpiar mis heridas y ayudarme a vestir no era su obligación. Cat tenía una vida. No necesitaba que yo la derribara. Mi departamento se encontraba en la Avenida Decimonovena, en el tercer piso, con un dormitorio. Con el ascensor roto; tuve que subir las escaleras. Mentalizándome, bajé las escaleras y pasé la siguiente media hora cargando mi caja fuerte por las escaleras. En el momento en que entré, corrí a la cocina y vomité en el fregadero. Mi cabeza nadó de dolor, y me hundí en el suelo, cerrando los ojos con fuerza contra el oscuro tormento que se retorcía en mi cerebro. Tendría que empezar de nuevo, pero los pretextos no me importaban. Me arrastré hasta mi bolso y tragué en seco dos pastillas. Luego me puse de pie e hice una cama en el piso de mi habitación con ropa sucia. Me desmayé, despertando con la luz plateada. Afuera, parecía nevar. Cada parte de mí se sentía encapsulada por el dolor. Pero luché conmigo mismo. Me duché, me rasuré la barba y me vestí abrigado, eligiendo unos vaqueros negros y una sudadera negra por encima de mi camisa blanca. Apreté los dientes y me até las botas, me pasé una mano llena de agua por el cabello y luego me enfrenté al espejo del baño. Aparte de mis ojos rojos, me veía presentable. Me guardé la billetera, el celular y luego me fui a Guns & Ink. Aparqué el Charger en la parte de atrás como Klay me indicó cuando llamé anoche. No había mencionado a Cat, y yo no merecía preguntarle. Su camioneta se hallaba estacionada en un lugar cercano. La puerta trasera de la tienda se encontraba abierta cuando intenté abrirla, entrando en un pequeño pasillo. Seguí por el corredor, encontrando otra puerta después de ver un baño. Esa se hallaba cerrada cuando intenté abrirla. Antes de sacar mi teléfono y llamar a Klay, la puerta se abrió, y allí estaba él, sonriendo a sabiendas. —Esta puerta está cerrada con un código. —Me indicó que entrara en el edificio y señaló un pequeño teclado que pasé por alto por encima del picaporte—. Mantiene afuera a los rezagados. El código es diecisiete diez. Cat te dará las llaves y demás mierda. Llegará pronto. Vamos a mi oficina. Lo seguí por un nuevo pasillo y abrió una puerta de metal negro a nuestra izquierda. Me encontraba un poco familiarizado con la tienda por la única vez que la había visitado. Sabía que la puerta de enfrente era de su oficina y la segunda más allá era del salón de descanso. Entonces recordé mi visita, cuando vine a informarle a Madison que su atacante había sido atrapado y asesinado por tu servidor. Trajo una ola de alivio al mismo tiempo que me puso nervioso. Eso no fue hace ni cuatro meses. Pero se sentía como si hubiera pasado toda una vida. La última vez que me senté al otro lado de Klayton, era un detective. —Lo primero es lo primero, probablemente deberías quitarte la sudadera. —Levantó ambos brazos y asintió hacia sus tatuajes—. Son tatuajes buenos, y será agradable que lo vean tus nuevos clientes. La mayoría de las personas no quieren ser conejillos de indias para hacerse un tatuaje. Era una segunda naturaleza esconder mis historias. Eso es lo que eranmis tatuajes. Bocetos que decían la verdad cuando mi mundo explotó. Se sintió liberador y peligroso marcar mi cuerpo con la verdad en tanto mi corazón buscó todas las mentiras para ocultarlas. —Tiene sentido. —Eres un —dibujó unas comillas en el aire— “pasante”. Gánate tus horas. Las reglas son muy simples. Sesenta/cuarenta por trabajo. Tan pronto como obtengas un certificado de patógenos transmitido por la sangre, puedes comenzar a tatuar. Mi sugerencia es que trabajes como un loco y no digas que no a menos que tengan menos de dieciocho años. Es muy difícil conseguir que los nuevos clientes confíen en un pasante, y necesitas al menos cincuenta trabajos en tu haber para obtener una licencia. Por suerte para ti, tenemos que renovar nuestros certificados cada año. Contraté a un especialista para que venga mañana por la mañana. Cat hará que comiencen los trámites de tu nueva contratación en cuanto llegue aquí. —Apartó la vista cuando mencionó su nombre—. Si todo va de acuerdo al plan, eres un empleado de Guns & Ink. — Extendió su mano y me miró con humor—. Nunca pensé que alguna vez contrataría a un policía. —Nunca pensé que trabajaría para un delincuente. —Sonreí. Me guiñó un ojo. —Es curioso cómo funciona la mierda. En cuanto Cat llegue aquí, te preparará. Pero hasta entonces, el salón necesita barrerse. —Aplaudió dos veces, con una amplia sonrisa arrogante en su jodida cara—. Vamos, vamos, detective. Me abstuve de enviar mi puño a su mandíbula. —Te está encantando esto, ¿verdad? Se rio entre dientes. —¿Aún tienes tu arma? —Conmigo no. —Aún podía escucharlo reír cuando cerré la puerta de su oficina. Comenzar de nuevo tenía sus inconvenientes. Me quité la sudadera y la tiré en la sala de descanso, colocándola sobre una de las sillas junto a la mesa. Los artículos de limpieza no fueron difíciles de encontrar. Se hallaban en el armario de suministros. Decidí que, si iba a comenzar de nuevo, bien podría hacerlo bien. Saqué la escoba y la llevé a la sala principal. Los pisos eran de color gris metalizado, con cemento negro. Se habían acomodado estaciones de tatuajes alrededor de la habitación, y había un mural de Guns & Ink colgado en la sala de espera donde se sentaban cinco personas, con los rostros aburridos. ¿Te levantas a las ocho para hacerte un tatuaje? Eso era o preocupante o Cat no era la única que buscaba magia. Me pregunté cuántos nos perdemos de las maravillas, pasamos por alto el fuego de la vida, a cambio de momentos que nunca importarían. Madison estaba sentada en la caja registradora, con la lengua entre los dientes concentrada al tiempo que estudiaba lo que parecía un libro de texto. En el instante que entré, levantó la vista con curiosidad, y luego sonrió en cuanto me vio. Maldita cosa, era linda. No pude evitar devolverle una pequeña sonrisa. —Buenos días, Madison. Puso los ojos en blanco. —Puedes llamarme Mad, Brando. Por centésima vez. Me reí entre dientes, estudiando a los artistas en sus estaciones. Había dos de ellos, ambos jóvenes, probablemente en la adolescencia o principios de los veinte años. Una mujer, un hombre. —¿Klay ya te puso a trabajar? Me encogí de hombros para desestimar su preocupación. No me oponía al trabajo duro. Comencé a barrer cerca de la caja registradora, pasando la escoba entre las patas de su taburete para sacar la suciedad de allí. Hice mi mejor esfuerzo por ignorar el dolor en mi espalda y costado. Centrándome en el ruido silencioso de la escoba en los suelos de baldosas. —¿Estudiando? —pregunté. —Los cursos en línea son mucho más exigentes que la universidad. —Sin embargo, no parecía molesta, y asumí que ser secuestrada de un campus universitario haría que estudiar en línea fuera un paseo por el parque. —Académicos condensados —dije, sonriendo cuando asintió co seriedad. Me moví al área de la ventana cuando la escuché hablar de nuevo. —La lastimaste, Brando. Cerré los ojos por un momento, mis manos aún se movían. Los abrí y seguí. —Trababa de hacer lo correcto, Mad. —¿Qué es lo correcto? —preguntó, pero continuó hablando antes de que pudiera responder—. ¿No ser una carga? —Su voz se puso triste— . Conozco ese sentimiento, desafortunadamente. No querer ser una carga para las personas que nos abren sus hogares. ¿Quieres saber cómo dejé de ser una carga? —¿Cómo, cariño? —Intercambié lugares. Si yo fuera Klay y Klay fuera yo, ¿querría que él se sintiera así? Es bastante simple cuando pienso en cosas así. Ponte en sus zapatos y ella en los tuyos. Las cosas pueden tener un poco más de sentido. Meneé la cabeza maravillado. —Las cosas deberían tener sentido para ti. —Hay todo tipo de cargas, Brando. No significa que tú tienes que ser una. Por fortuna, por muchas razones dolorosas diferentes, Cat entró entonces, doblando la esquina desde la parte de atrás con ojos recelosos y hermosos. Me buscó. No estaba siendo presuntuoso. Sus ojos rodearon la habitación y no se veían más que enojados y dolidos en el momento que aterrizaron sobre mí. Borró sus emociones rápidamente, pero las vi lo suficiente como para saber que yo las había puesto allí. No me saludó al principio. —¿Están todos esperándome? —preguntó, caminando hacia una carpeta y abriéndola. —Sí. Anoche llamé a tus clientes. Tienes reservaciones para las próximas dos semanas seguidas. El nombre del primer chico es Mike. Dijo que dibujaste su pieza hace dos meses y medio. —Gracias, niña. —Le revolvió el cabello a Mad y caminó alrededor del mostrador hacia el área de espera, murmurando—: Buenos días, Brando —en su camino. —Buenos días, Catherine. Sus hombros se pusieron rígidos por mi uso de su nombre completo, pero no dijo más. Me retorció lo fácil que nos convertimos en extraños. Hace dos noches, nos habíamos quedado dormidos en los brazos del otro, y ahora apenas recibía un saludo. Una sensación incómoda ardía en mis entrañas, pero en ese momento, el dolor se encontraba en todas partes. Lo soporté, barriendo la mierda de esa tienda de tatuajes. Agarré el contenedor de papeles y lo volqué en el tacho de basura en la sala de descanso. El tacho estaba lleno, así que lo saqué y la vacié en el callejón, regresando cuando Klay salía de su oficina. —Cat ha sido una pequeña mierda remilgada desde que te fuiste. —Dio un portazo y se dirigió a la sala de descanso. Lo seguí. —¿Que se suponía que debía hacer? —Mira, lo entiendo. No te culpo por querer tu propio espacio. Por querer estar solo. He estado allí. —Agarró dos tazas de papel y llenó las dos—. Pero no hiciste enojar a una santita dulce. Estás enojando a Catherine Abbott. Tienes que estar preparado para tener huesos rotos y una pelea. —Me entregó una de las tazas y luego se puso a hacer la suya, vertiendo un poco de crema en polvo en ella. Abrí dos paquetes de azúcar que saqué del contenedor. En vez de prestar atención a su advertencia, me pareció extrañamente intoxicante. Peligroso. Pelear con una mujer como Cat dejaría una hermosa cicatriz. —Creo que puedo manejarla. Se rio con inquietud. —Probablemente eres el único. —Me dio unas palmaditas en la espalda al salir—. Ven conmigo. Coloqué una tapa en mi café después de remover la crema, y luego lo seguí al salón y hacia la caja registradora. —Hoy tengo una consulta. Se llama Gloria. Es una pieza importante. Llévala a mi estación y escúchala, luego dibuja su pieza. No la cagues. —Y luego se volvió hacia Madison, su personaje se desvaneció a cambio de una sonrisa suave a medida que se inclinaba para besar sus labios. Mirando hacia el salón de tatuajes, el zumbido de las pistolas en el aire, el leve toque de tinta y cuero en mi nariz, sentí el ardor de algo vivo y pesado. —¿Gloria? —llamé. Una pequeña morena con orejas con expansores y flequillo se levantó de un salto, agradecida de ya no seguir sentada. Llevaba una camisa tipo túnica desteñida y pantalones cortos de jean, sus pálidaspiernas cubiertas de tatuajes y botas de comando. Era tan colorida que parpadeé cuando me sonrió. Le tendí la mano. —Brando. —Me estrechó la mano, sus mejillas enrojecieron del color de su sombra de ojos granate. Estudió mi brazo derecho a la vez que me estrechaba la mano, trazando las llamas en mi muñeca interior. Siguió las llamas hasta un par de ases, deteniéndose en medio de mi pieza para morderse el labio. —Estos son súper rudos. —Eh, gracias. ¿Quieres seguirme? —¿Tú los dibujaste? Mi hermano es artista. Dibuja todas mis piezas, pero ahora está en el extranjero y pensé en hacerme un tatuaje en honor a él. —Los dibujé a todos. ¿En qué rama está él? —Me instalé en el asiento de Klay y asentí para que ella tomara la silla. —En el ejército. Segundo periodo de servicio. —Palideció de forma visible, pero vi el ardor de la esperanza en sus ojos y supe que yo haría todo lo posible para crear su pieza correcta—. Es como mi mundo entero. —Balanceó los pies y se miró las botas. Yo no era un hombre reconfortante. Mi mano revoloteó torpemente sobre la de ella antes de colocar la mía sobre la suya y apretarla. —Hagamos que se sienta orgulloso, ¿sí? Sonrió. —Gracias. Agarré el cuaderno de bocetos de la estación de Klay y saqué el lápiz número dos afilado entre las páginas y lo abrí en una hoja en blanco. —¿Tienes algo en mente? Pateó la punta de su bota contra la mía. —Quería algo que lo representara, como su vida en el Ejército, pero también a mí, mi vida sin él. Mis miedos, mi fuerza… tengo que ser fuerte. Quiero que este tatuaje me recuerde eso. Respiré hondo y luego hice algo que no había hecho en años. Abrí la bóveda de mis emociones e hice lo único que ha tenido sentido para mí. Dibujé. Mi mano derecha voló sobre la página nueva, incorporando sus sugerencias y sus dolores con mi visión. A mitad de camino, había demasiado lápiz, gris y negro, necesitaba más color, más viveza. —Toma. —Una caja de lápices de colores apareció frente a mí. —Gracias. —Tomé la caja y le di a Cat una sonrisa agradecida, pero ella no me estaba mirando. Observaba mi dibujo. Y toda la vida en el mundo ardía en su mirada. Sus ojos se dispararon hacia los míos, y tragó saliva. No dijo nada. Volvió a su cliente y se puso guantes nuevos, con el labio inferior entre los dientes. Saqué los colores y los extendí, sosteniendo el boceto. —¿Qué te parece? —le pregunté a Gloria. —No lo sé. Tú elige. Me estás volviendo loca. —Descansó su cabeza sobre mi hombro, mirando mi dibujo con ojos brillantes. Tomé el lápiz morado y agregué sombreado alrededor de los bordes donde lo necesitaba, y luego saqué el azul, combinando los colores hasta que conseguí lo que quería. —Está bien, creo que eso es todo. —Le entregué el boceto a Gloria, que se recostó en el cuaderno de bocetos, llena de lágrimas. Una sola flor de protea púrpura florecía del casco del ejército de su hermano. Había una muñeca que se parecía a ella en el suelo, las extremidades dobladas en ángulos poco apropiados como piernas de una muñeca. La muñeca tenía flequillo oscuro y botas de combate, y aunque había una sonrisa en su cara, las lágrimas corrían por su rostro mientras sus pequeños dedos alcanzaban la flor de protea. Así ella recordaría sonreír, recordaría que estaba bien llorar, recordaría siempre alcanzar su fuerza. Klay se acercó, Cat también, mirando por encima del hombro de Gloria. Ambas caras eran inexpresivas, y luego se miraron a los ojos. Los labios de Cat se levantaron en una sonrisa petulante y él le dio un asentimiento. —¿Qué piensas? —le preguntó Klay a Gloria. —Creo que es impresionante. —Meneó su cabeza, una vergonzosa gratitud en sus ojos—. Es todo lo que siempre quise. ¿Qué representa esta flor? —Coraje y fuerza. Sonrió, con los ojos llorosos ante el boceto. —Es perfecto. —Traza este diseño exacto menos el sombreado en el papel de transferencia. Colócalo donde ella quiera y yo me pondré a trabajar. — Klay esperó pacientemente. Hice suficientes tatuajes para saber cómo funcionaba este proceso. Me tomé mi tiempo, transfiriendo el boceto hasta que se viera idéntico menos el sombreado y el color. —¿En dónde te gustaría? —pregunté, agarrando un par de guantes negros del paquete en su estación. Gloria me dio su brazo izquierdo, señalando la piel interior. —Aquí mismo. Me sentí como en casa, rociando el área con alcohol y usando toallitas estériles para limpiar su piel. Después de transferir el dibujo a su piel, me aparté, examinando la ubicación. Cada vez que necesitara fuerza, todo lo que tenía que hacer era mirar hacia abajo. —Dato interesante. Mi máquina está vacía. Si deseas llenarla con agujas estériles y tinta fresca, ya vuelvo. —Klay se alejó, con un brillo sospechoso en su mirada. La emoción ardía en mi sangre. Tal vez ocultar mi tinta no se trataba de esconderme de todos los demás. Tal vez se trataba más de esconderme de mí mismo. Sabía cómo cargar una máquina de tatuaje. Sabía cómo mantener las cosas limpias. Sabía cómo probar los trazos, qué agujas funcionaban mejor para sombrear y cuáles funcionaban para delinear. Nunca había hecho un tatuaje en mi vida, pero vi a mi padre regalando millones. La tinta negra corría en mi ADN. Odié lo vivo que me sentí al encender la máquina. El zumbido estremeció mis dientes, hizo que mi corazón fuera a toda marcha. Era adolescente otra vez, y el peligro prosperaba a mi alrededor. Antes de que todo se fuera al infierno. Perdí la calma, pero cuando alcé la vista, Cat me estaba mirando. —Puedes hacerlo —articuló, dándome una sonrisa alentadora. Incluso enojada, ella era solidaria. Incluso herida, estaba de mi lado. Me tragué mis emociones y me encontré con los ojos de Gloria. —¿Estás lista, cariño? Sonrió a través de sus lágrimas. —Sí. Durante las siguientes dos horas y media, viví. Una ráfaga de vida cayó sobre mí y me saturó de propósito. Razón. Todo importaba con mis oídos traqueteando con el zumbido, con el olor a tinta y la mancha de púrpura sobre carne pálida. Era una segunda naturaleza, como recoger un legado. La sangre de los Hard Riders fluía por mis venas, me gustara o no. Gloria se puso a llorar mientras estudiaba su pieza en el espejo cuando terminé. Silenciosas lágrimas cayeron por su rostro. Su carne brillaba, al rojo vivo por la aguja, pero el producto terminado brillaba con colores: morado, azul y negro, con un ligero sombreado en 3D, como si la pieza se levantara de su brazo. En el momento en que apagué la máquina de tatuajes, la realidad volvió a golpearme. Los sonidos de la tienda volvieron, y yo era un ex policía con agujeros de bala en la espalda, y no tenía idea de cómo iba a lograr salir adelante. Pero al menos tenía mi venganza. Traducido por IsCris Corregido por Pame .R. El infierno era así. Ver a Brando Hawkins vibrar con una pistola de tatuar en la mano, los brazos tatuados a la vista, el pelo negro desordenado, la cara seria y hermosa... era la reencarnación del deseo. Hacía magia con su arte, uniendo las piezas deshilachadas y hermosas para crear belleza y asombro. Mientras lo observaba, me dolía el corazón. Por suerte, mi pieza actual era fácil. Si necesitaba más atención, no podría prestársela, no con Brando en la habitación. Había rosas a cambio de ojos en una calavera. Cegado por el amor. Conocía la sensación demasiado bien, por desgracia. Madison llamó a nuestros clientes al mismo tiempo. Habíamos pasado el mismo tiempo en nuestros primeros trabajos y, cuando terminamos, era hora de comer. Vi cómo Klay se llevaba a Brando por detrás y supe que la expresión de su cara se parecía mucho a la de abrir un tesoro secreto. Brando era exactamente lo que Guns & Ink necesitaba. —Toma una foto de su dibujo —le pedí a Mad—. ¿Puedes hacerle a Brando su propio portafolio y ponerlo en la sala de espera? Haz que ella firme un formulario de autorización.—Sí, Catherine. Estás muy mandona, ¿no? —Me dio una mirada herida. —Lo siento —admití, inclinándome sobre el mostrador para besar su mejilla—. No pude dormir anoche. —Sola. Klay y Brando trabajaron lado a lado el resto de la jornada. Recordé aquellos primeros días con un Klay mucho más joven. Era un hombre paciente con una personalidad grosera. Si podías ignorar su actitud, él tenía mucho conocimiento en este negocio. Hice cuatro trabajos más esa noche. Sin parar, solo me tomaba un pequeño descanso para meterme comida en la boca, antes de volver con mis clientes. Me sentía apurada y ansiosa, pero eso era solo porque Brando ya no estaba en mi órbita. Aquella noche se marchó a las ocho. Antes de irse, se detuvo en el pasillo para mirar a su alrededor, sus ojos se posaron en los míos. No quería que se fuera. Pero ya no dependía de mí. Ese era el problema. Me apoyé en otro ser humano para dar sentido a mis emociones. Eso era peligroso. —¿Te llamo? —articulé. Asintió, mirándome a los ojos por un momento más antes de partir. Mi corazón se sintió pesado una vez salió del edificio. Me desquité con mi cliente, creando una increíble pieza llena de notas musicales y estrellas fugaces. Ella me abrazó y sonreí cuando completé su pieza, pero no lo sentí. Mi cuenta bancaria, sin embargo, suspiró aliviada cuando embolsé mi parte esa noche. Era casi la una de la mañana y mi estómago estaba vacío. Llamé a Brando tan pronto como estuve en mi auto, mirando las luces traseras de Klay y Madi frente a mí. Sonó dos veces antes de que respondiera. —¿Siempre trabajas hasta tan tarde? Su voz se filtró en mi cerebro. —Lo hago cuando necesito el dinero. —¿Puedo ayudar? —Sonaba íntimo, su voz profunda y tranquila. Lo extrañaba. Un día sin él había comenzado a desintegrar mi control. —Sí. —¿De verdad? —Parecía sorprendido, pensando que hablaba de dinero. Pero no era así. —Puedes ayudar hablando conmigo. Su pesado suspiro cayó desde el otro extremo. —¿De qué quieres hablar, Cat? —Quiero una buena razón. —¿Una buena razón de qué? —Del por qué me dejaste. —Miré al camino, odiando lo vulnerable que me hacía sentir. La vulnerabilidad se parecía mucho a la exposición, y la exposición a menudo provocaba dolor. —No te dejé. Hice lo que vine a hacer. Tratar de resolver las cosas. La razón por la que esto me estaba costando no era porque se había ido. Era porque me había dejado. —¿Hazme un favor? —pidió. —¿Qué? —Voltea nuestros roles. Tú eres yo y yo soy tú. Múdate conmigo, Cat. Se me aceleró el corazón. Retrocedí ante la idea, odiando que tuviera razón. No era él quien me disgustaba. Él era la única idea que tenía sentido ahora mismo. Era la idea de desarraigar mi terreno estable para pisar el suyo. Que era en definitiva lo que le estaba pidiendo que hiciera. Me sentía fatal. El terreno de Brando ya era lo suficientemente inestable como para que yo le obligara a cambiar su camino en ruinas por el mío. —Exacto —suspiró, probablemente percibiendo mi inquietud—. Querías mantener nuestros sentimientos a salvo. Esto lo hará. Asentí con la cabeza, con los ojos empañados por las lágrimas. —Está bien, de acuerdo. Pero me preocupo. Me preocupa que no estés comiendo, que no estés durmiendo. Que estés tendido en el suelo con dolor porque no puedes levantarte para tomar tus píldoras. —Empecé a hiperventilar. Se suponía que los dos estaríamos cerca el uno del otro. Lo supe desde el momento en que nos conocimos. Éramos las dos últimas piezas arruinadas en un rompecabezas atrozmente hermoso. Simplemente no sabíamos por qué. Necesitábamos lógica. Una razón. Si íbamos a destrozarnos, sería mejor que hubiera una razón. A menos, por supuesto, que fuéramos la razón del otro. —Cat, sobreviví a cosas que deberían haberme matado. Estaré bien, nena. Lo prometo. No necesitas perder un segundo preocupándote por mí. Había desperdiciado más de un segundo y seguiría haciéndolo. Pero le di otro: —Está bien, de acuerdo. —Para apaciguarlo—. ¿Te veré mañana en el trabajo? —Sí —respondió en voz baja, y podría haber estado engañándome a mí misma, pero también había escuchado nostalgia. —Llega temprano, alrededor de las siete. La chica de transmisión sanguínea vendrá. —Eso es solo dentro de cinco horas. —Como si no lo supiera. —Bostecé, girando en la calle hacia mi departamento—. Y tengo otro día completo de clientes. —Fue increíble, Cat. —Se oyó una emoción gutural en su voz—. ¿Es así como se siente siempre? Sonreí cuando me detuve, apagando el motor de mi auto. —Siempre, Brando. *** La separación entre Brando y yo se sentía como arrancarme las venas una por una. Todos los días me desangraba un poco más, perdía un poco más de vida. Nos mirábamos mutuamente en el salón, inclinados sobre los clientes, con el zumbido de la tinta y la magia en el aire entre nosotros. Tatuábamos a todo el que entraba, creando una obra maestra tras otra; solo así podíamos vivir, repartiendo obras de arte como sobornos; Guns & Ink floreció. Nos íbamos tarde y nos llamábamos antes de acostarnos cada noche. Pero no nos tocábamos. No nos besábamos. No compartimos una copa en un hotel sórdido a las tres de la mañana, y eché tanto de menos sus raras sonrisas que empecé a preguntarme si alguna vez las había visto. Y entonces, sucedió Ariel. Maldita Ariel. Y como una cadena de fichas de dominó, ella, sin saberlo, había volcado la primera, enviándonos a Brando y a mí a aguas diferentes. Era domingo, yo estaba deseando tener dos días libres, y Brando estaba tatuando una obra maestra en la pierna de un ex jugador de la NFL, llena de líneas de yardas y billetes de dólar cayendo para llegar al campo. Era tan diferente cuando entintaba, en su propia e intensa burbuja. La mirada poseída de sus ojos brillaba en el borde del color verde bosque. Las puertas principales se abrieron hacia el mediodía, y apenas levanté la vista, captando unas piernas largas y bronceadas y un atisbo de cabello pelirrojo antes de volver a mi clienta. Era una clienta anónima más en una tienda de tatuajes abarrotada. Me había olvidado de ella hasta una hora más tarde. Brando terminó con su jugador de la NFL, se abrazaron y se sentó en su puesto, pasándose una mano por el pelo. Llevaba una camisa azul oscura, los brazos acordonados en historias, sus vaqueros negros ajustados se confundían con su taburete de cuero negro. —Brando, ¿tienes tiempo para una cita? —preguntó Madi, con un deje de nerviosismo en la voz. Mad no quería a la clienta cerca de Klay, y podía apostar a que ella había preguntado por él primero, razón por la cual Mad la encomendó a Brando. Isaiah no había venido en todo el día y no volvería hasta el miércoles. —Claro —respondió. Y ahí fue cuando lo escuché. Tacones altos. Piernas Largas estaba yendo hacia Brando, y él se la estaba comiendo con los ojos. Aun así, no perdí la calma. Parecía excitado, pero era un hombre. Esa mirada se la ponían a todos. Cuando me miró, sus pupilas se dilataron y sus ojos filtraron deseo. Todo iba bien. Ella se rio, él se rio y yo apreté los dientes. —Ay —siseó mi cliente, mirándome cuando metí mi aguja en su hombro. —Lo siento —murmuré, limpiando el exceso de tinta—. Siéntate quieto. Traté de concentrarme. Traté de concentrarme en mi trabajo. Pero ella se rio tan jodidamente fuerte. Como una sirena roja que llama la atención de todos los hombres en la habitación. —Es muy linda —susurró mi cliente. No lo apuñales. —Piernas largas, pechos grandes, ¿qué más se puede pedir? —murmuré, respirando por la nariz—. Mira hacia adelante, por favor. —Me sacudí sus risitas antes de hacer algo estúpido, como meterle la máquina de tatuar en los ojos. Brando era dulce. Le seguía el juego. Todavía no todo estaba perdido. Hasta que pagó su factura por el tatuaje que él le hizo en el tobillo y ella se inclinó y besó su mejilla, poniendo su mano sobresu brazo. —No hay un anillo en tu dedo. ¿Estás saliendo con alguien? —le preguntó esperanzada. Me concentré en su respuesta, conteniendo la respiración. —No —respondió después de un segundo de vacilación. Mi corazón se hizo añicos. —Hoy es mi día de suerte —ronroneó—. Aquí está mi número. Dame el tuyo y podemos quedar y hablar de... los cuidados posteriores al tatuaje. Se rio calurosamente. —Parece legítimo. Ella se rio. De nuevo. Que imbécil. —Nos vemos, Brando. Gracias por las alas de ángel. —Hasta luego, Ariel. Era oficial. Lo odiaba. Lo destrozaría. Le haría arrepentirse del día en que jugó con mi corazón. Levanté la vista y me encontré con sus ojos, amando la forma en que se estremeció. Que empiece el juego, Brando. Regresé con mi cliente. Arrasé con mi pieza, y aunque me costó mucho sonreír, lo hice. Me encontraba acostumbrada a levantarme de las cenizas. Demonios, renací de ellas. Esa noche salí después del trabajo. Conocí a un tipo llamado Alec. Tenía ojos bonitos y palabras bonitas, un poeta trasladado de Minnesota. Me bebí sus chupitos y me fui a casa con él, con toda la intención de hacer lo que siempre hacía, pero en el momento en que sus labios tocaron los míos, me encogí. Me sentí mal, demasiado fría y seca, nada cálido en él. —¿Qué pasa? —me preguntó, sonriéndome. Me preguntaba por qué se veía tan asqueroso de repente. —Nada. —Traté de sacudirme el sentimiento—. Siento náuseas. —Bueno, siéntate. Iré a buscarte un refresco dietético. ¿Por qué dietético?, pensé, mirando a su espalda cuando se fue. Quería ir a casa. Sentí una sensación de aprensión al mirar alrededor de su departamento. Ya no estaba alimentada por la venganza y el dolor, observé su apartamento. Se encontraba completamente amueblado. Si se acababa de mudar, ¿por qué parecía que había vivido aquí durante años? Las heridas del pasado solo eran buenas para una cosa. Implantar advertencias en nuestros cerebros. Y mi cerebro me estaba gritando. Incluso mis demonios miraron alrededor preocupados. Las ventanas se hallaban enrejadas, pero estábamos en el segundo piso. El bar se hallaba a dos cuadras. Habíamos venido caminando. Necesitaba mi auto. Estaba muy lejos. Llevé mi bolso a los hombros, el zumbido del whisky en mis venas hizo mi cabeza confusa. Mi respiración se intensificó. Corre, rogó mi corazón. Alcancé la manija de la puerta cuando él volvió a entrar en la habitación, con el refresco ya abierto, burbujeando en la lata. Sonrió, inquietamente tranquilo. —¿A dónde crees que vas? —Creo que dejé mi identificación en el bar. Sonrió más ampliamente. —Tienes tu identificación, Cat. ¿Por qué no vuelves aquí y te sientas? Bebe tu refresco. Te sentirás mejor. ¿Qué tan estúpida me veía? Regla número uno. Nunca tomes una bebida que no hayas abierto tú misma. Miré por encima de su hombro y fingí estar sorprendida. —¿Qué es eso? —¿Qué…? —Se dio la vuelta, con la cara confundida. Usé la distracción para desbloquear la cerradura, tanto la parte superior como la inferior, y abrí la puerta. —¡Maldición! —rugió detrás de mí. A mis demonios les gustaba bailar en mi dolor, pero sabían que no sobrevivirían si había más. Mi corazón bombeó la sangre que necesitaba a mis extremidades y corrí. Corrí por el pasillo, evitando los ascensores por la señal de la escalera que había visto al entrar. Los ascensores requerían tiempo, y yo no lo tenía. Le oía gruñir detrás de mí. —¡Solo quiero hablar! —mintió, riéndose detrás de mí. Le rogué a las estrellas, a todos los dioses en los cielos, a toda la magia del mundo. No otra vez. El terror me revolvió el estómago, pero me tragué la bilis, abrí la pesada puerta de metal y bajé volando la escalera. Había llegado al primer piso antes de escuchar sus pies en la escalera de metal oxidado. —¡Tú lo querías! —gritó, la calma poética en su voz reemplazada por furia llena de odio—. Todas lo quieren, carajo. ¡Vuelve aquí! La puerta de metal al pie de las escaleras estaba parcialmente abierta. Le di las gracias a mi creador y la abrí, volando hacia la calle al otro lado del bar. No perdí el tiempo. Perder un segundo podría ser la diferencia entre más dolor y sobrevivir. ¿Por qué los hombres lastimaban a las mujeres? ¿Por qué no podrían simplemente dejarnos ser? ¿Por qué les gustaba la palabra no? ¿Cuándo la palabra sí era mucho más bella? Lágrimas furiosas y aterrorizadas corrían por mis mejillas a medida que corría calle abajo hacia la esquina. —Tienes suerte, maldita perra. ¡Sé tu nombre! —Su rugido resonó en las calles detrás de mí. Cuando llegué a la esquina, me detuve para darme la vuelta. No estaba detrás de mí. Continué, forcejeando con mi móvil mientras corría. Pero antes de llamar a Klay, me lo pensé mejor. La última vez que alguien me hizo daño, lo condenó a dos años de prisión. Madison no duraría dos años sin él. Yo tampoco. Le necesitábamos. Necesitábamos hombres buenos cuando tantos de ellos no lo eran. Volví a guardar mi teléfono y corrí hacia mi auto en el bar. Mis manos temblaban alrededor de mis llaves en tanto luchaba por meterlas en la cerradura. Una vez dentro de mi coche, puse el seguro de golpe y solté mi miedo, hiperventilando al tiempo que forzaba mi automóvil a conducir y volvía a casa. Saqué mi teléfono y llamé al nueve-uno-uno. Cuando me atendió la operadora, les dije que había una chica gritando en la dirección de la casa de él. Dije que pedía ayuda en el segundo piso, con las ventanas enrejadas. Dije que la estaba violando, que había violado a otras. Cuando me preguntaron mi nombre, colgué y me fui a casa. No se lo dije a nadie. Me fui a la cama, y me quedé despierto toda la noche, sacando calor del cuerpecito de Trixie. Todos los horrores que había sentido se reabrieron esa noche. Volvía a tener diecisiete años y mi mundo se había reducido a nada más que miedo y lágrimas. Cuando el sol asomó entre las cortinas y oí a Madison y Klay levantarse por fin el lunes por la mañana, exhalé aliviada. El lunes y el martes era nuestro fin de semana. No quería estar sola. Salí corriendo de la cama, dejando a Trixie durmiendo. Madison estaba en la encimera y Klay entre sus piernas, con manos posesivas y cariñosas, acunándole el cuello y la cabeza mientras la besaba con locura. Se me llenaron los ojos de lágrimas al verlos. Nunca me había sentido tan sola como cuando volví a mi habitación sola, cuando eso era lo último que deseaba. Traducido por Camila Cruz Corregido por Pame .R. Algo andaba mal. Cat no estaba en el trabajo el miércoles. No me entrometí al principio. Tenía un cliente que llegaba a primera hora de la mañana y quería darle lo que pedía. Pero me molestó, todo el día, que los ojos de Cat no estuvieran cerca de mí. Podía sentirlos en la habitación, su calidez trazando mi cara al tiempo que trabajaba. Su fuego dejaba ceniza. Podía trabajar, pensar y respirar porque ella se hallaba allí. Klay entró en el salón principal mientras yo dibujaba. Su puesto se encontraba junto al mío, y se dejó caer en su asiento, sacando un jabón antibacterial para limpiar su silla. —¿Qué hiciste? —preguntó, mirando su silla en tanto hablaba. —¿De qué estás hablando? —¿Por qué Cat está encerrada en su habitación? Eso no sonaba típico de ella, sino de mí. Había pedido muebles por Internet, pagué un dineral para que me los trajeran y los instalaran. Después, me caí sobre mi flamante colchón desnudo y me quedé así todo el fin de semana. Mis costillas y espalda habían pasado de un umbral de dolor de diez a uno de ocho, pero los largos periodos de tiempo que pasaba inclinada sobre los clientes me habían creado un dolor en la caja torácica que se negaba a desaparecer. —No lo sé, Klay. No he hablado con ella. —Llamé. El lunes por la noche, y el martes por la noche, pero no contestó. —No sé qué carajo le pasa. —Frotó la silla con más fuerza, haciendo crujirel cuero. —Iré después del trabajo. —Bien. —Todavía parecía molesto. Se recostó y pasó una mano por su cabello cuando Isaiah salió de la parte de atrás—. ¿Qué pasa, Izzy? Nos saludó con la cabeza, un chico tranquilo que me recordaba a mí a su edad. Perdido como se esforzaba por encontrarse a sí mismo. Esperaba que lo consiguiera. Yo no había hallado más que una prueba más de que estaba perdido. Y empezaba a cansarme. No importaba a dónde fuera, no importaba qué versión de mí mismo eligiera representar, seguía sin sentirme vivo. Mi cliente era una distracción bienvenida. La tenía de espaldas ya que su tatuaje estaba debajo de sus pechos. Afortunadamente, esto no lo hizo difícil para mí. Todavía podía ver la mirada en los ojos de Cat cuando esa pelirroja me dio su número, y no pude quitarme la idea de que yo era la razón por la que no se encontraba en el trabajo. ¿Qué clase de tipo pensaba que era? Me miré las manos mientras recorrían la piel aceitunada de mi clienta. Tenía la cara contraída y se había puesto los auriculares para calmarse, pero estaba a punto de romperse el labio inferior. Quería unas alas de ángel bajo los pechos, gruesas franjas de tinta negra y sombreado dorado. Algunas de las alas se desprendían, bajando por su sección media hasta el ombligo. Tardaría ocho horas en hacerlo. Si no podía darle a Cat lo que necesitaba, ¿por qué iba a perder el tiempo con otra mujer? No me había ido para ser un idiota. Me fui para protegerla. Intenté sacudirme el mal presentimiento de mi corazón, pero solo se intensificó. Dejé que mi cliente se tomara una hora de descanso al mediodía. Había terminado el esquema. Ahora venía el sombreado. Vi a Madison en la sala de descanso almorzando con Klay y decidí que prefería no tener esa conversación. Cogí la sudadera de mi puesto y me fui a comer a un sitio de bocadillos al final de la calle. ¿Por qué diablos me sentía tan vacío hoy? Comí, intentando llenar esos feos pedazos que me faltaban con comida y refrescos de cola, pero era inútil. Habían estado ahí toda mi vida. Cuando volví a Guns & Ink, pasé las cuatro horas siguientes terminando mi pieza. Con lo que gané con esa pieza pagué todos mis muebles nuevos, pero no me sentí vivo. Tenía la sensación de que era porque la vida no tenía nada que ver con la tinta o los tatuajes. Eso era una historia, eso era arte. La vida tenía mucho que ver con Catherine Abbott, y toda la tinta y la magia del mundo eran una pieza que faltaba. Los ayudé a cerrar, desinfectando los puestos, rellenando la sala de descanso y fregando el salón principal con un intenso lavado de lejía y jabón. Cuando terminamos, la tienda estaba reluciente, pero mi espalda y mi costado gritaban de dolor agudo. Escondí las manos temblorosas mientras volvía a mi Charger, asintiendo a la conversación de Klay y Madison. Eran casi las once y se dirigían a un restaurante nocturno para cenar tarde. Lamentando no haberme traído las pastillas, respiré de forma entrecortada y golpeé el volante con los dedos mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde. Todavía tenía la llave de su casa, la introduje en la cerradura y entré en un salón negro. En cuanto cerré la puerta, oí el tintineo de un collar y Trixie saltó del sofá, corriendo hacia mí en la oscuridad. No podía creer lo mucho que me había gustado el pequeño chucho. Me agaché para cogerla y acerqué mi cara a la suya. —¿Qué pasa, chica? Lloriqueó, retorciéndose en mis manos. —¿Quieres salir? —supuse, y sus gemidos se intensificaron. Encendí la luz en el salón y encontré su correa colgada sobre una de las sillas de la cocina. No había pensado en buscar el vehículo de Cat cuando entré, preguntándome demasiado tarde si ella estaría en casa. —Vamos a tomarnos un descanso para ir al baño, Trix. —Le puse su correa, luchando contra su cuerpo que se retorcía, y la llevé a dar un paseo para que hiciera sus necesidades. Cuando volvimos dentro, le llené el comedero y el bebedero, y vi cómo se lo comía todo. Cat adoraba a Trixie. Si Trixie no era su prioridad, ¿cuál lo era? Bajé por el pasillo hasta su dormitorio y encontré la puerta abierta. La habitación se hallaba a oscuras, pero la televisión estaba encendida y la película que sonaba era baja. Cat estaba hecha un ovillo bajo las sábanas, con la cara contraída por el sueño. Incluso inmóvil podía sentir la energía negativa en el aire. Había una tormenta en esta habitación. Llovía sobre ella. No sabía si despertarla y sacarla, o arrastrarme en la tormenta con ella. Me senté en el borde de su cama y aparté las mantas de su barbilla. —¿Cat? Gimió, hundiendo la barbilla en el pecho. Pasé los nudillos por su mejilla, deslizándolos sobre su flexible labio inferior. Verla tan cerca luego de haber estado separados emocional y físicamente me hizo un nudo en el alma. Quería deshacerlo, pero sabía que no debía hacerlo. Sabía lo que pasaba cuando dejábamos entrar a alguien. Sabía que no debía amar. Apreté los dientes contra el dolor y me puse de lado, acunando su cara con la mano. Me tumbé sobre su almohada y la miré dormir. Descansando, parecía tan joven. Despierta, era fuerte, y eso era hermoso, claro que lo era, pero había algo en su vulnerabilidad que también lo era. Me acerqué y le di un beso en los cálidos labios, que me parecieron flexibles y atractivos. Ella gimió en sueños y respiró profundo, permitiéndome el acceso a su interior. Sabía que debía detenerme por un millón de razones diferentes, pero su lengua era seda caliente y la necesitaba tanto en aquel momento que perdí el autocontrol. Cerré los ojos y me entregué al beso. Supe que estaba despierta cuando su mano se posó en mi nuca y sus dedos se enredaron en mi pelo, estrechándome aún más. Yo estaba atrapado en la lujuria y ella en esa niebla de sueño y realidad. No había mentiras ni miedos entre nosotros. Sentí el deseo brutal en su cuerpo. Los músculos tensos, el agarre doloroso con el que me retorcía el pelo y la lentitud erótica de su lengua. Saboreamos el interior del otro. Si pudiéramos quedarnos así para siempre, nada estaría mal. No podíamos. Ella se despertaría, se despejaría de la niebla, y yo bajaría de lo alto, caería directo al suelo. Había lujuria y había verdad, pero por desgracia, también había miedo. El dolor en el costado me invadió de realidad. Luché contra él, aferrándome a nuestra niebla un momento más. Fue como si ella también lo sintiera, me besó con fuerza y me abrazó más fuerte. Me relajé sobre ella, y ese fue el momento exacto en que detonó nuestra bomba. Explotó dentro de nosotros, enviando metralla a través de nuestras partes del cuerpo y desgarrando nuestros órganos. Fragmentos de ella acabaron dentro de mí, y partes de mí quedaron esparcidas dentro de ella. Los labios de Cat se detuvieron bruscamente. Me empujó por los hombros y apoyó la mejilla en la almohada. —¿Qué demonios, Brando? —siseó; una sola lágrima se deslizó por su sien y desapareció entre su cabello—. Aléjate de mí, ¿quieres? ¡No me gustan los hombres encima de mí! —Espetó con ira, empujándome aún más fuerte por los hombros. No podía moverme. Estaba atrapado. Encerrado en su bruma. —¿Por qué lloras, Cat? —Apoyé todo mi peso sobre ella, hundiendo mi cara en su cuello. Olía tan bien, tan ligera y limpia. Aspiré la piel detrás de su oreja y me deslicé entre sus piernas. Se resistía, pero me rodeó la cintura con las piernas. Sus manos se posaron en mis omóplatos. Besé su cuello, arrastrando la lengua por el pulso palpitante de su garganta. Su sabor me quemaba en la lengua. Quizá por eso me mantuve a distancia. Tener hambre estaba bien. No era el hambre lo que nos volvía locos. Era el sustento lo que nos volvía locos. Tener lo que te saciaría tan cerca pero no poder darte el gusto, era una tortura retorcida. —¿Hmm? —murmuré, tirando de la suave y flexible carne de su lóbulo de la oreja entre mis dientes.—Aléjate de mí —rogó, pero sus brazos y piernas se apretaron a mi alrededor. El grito en su voz destrozó un poco de mi hambre. —¿Por qué estás tendida en la oscuridad? —Besé su sien, deteniéndome allí para besar el latido del corazón. Golpeó contra mis labios. —¿Por qué te importa? —respondió, clavando sus uñas en mis omóplatos. Se encontraba herida. Pero, además, era frágil. Podía percibir sus quebrantos en la forma en que me abrazaba. Le di un beso en la frente mientras me rodeaba el cuello con los brazos, estrechándome aún más. Apoyó la cara en el pliegue entre mi brazo y mi cuello y sollozó. Profundos sollozos desgarradores. Yo también apoyé la cabeza en su hueco y pasé los brazos por debajo de ella para sujetarla. —¿Qué pasó? —Pensé que lo había hecho yo. Pero no hice todo esto. Su cabeza se sacudió contra mí. —No importa. —Cualquier cosa que te lastime me importa. ¿Qué pasó? Sollozó con más fuerza. Luché contra su agarre y me apoyé en los codos, mirándola fijamente a los ojos empapados en lágrimas. Había tanto tormento en ellos. Tanto dolor. Me sorprendió. Era demasiado reciente para ser del pasado. Ese dolor era dolorosamente nuevo. —A mí me corresponde afrontarlo. —Cerró la puerta de su tormento—. ¿Por qué estás aquí? —Y abrió la puerta de su dolor para mí. —Klay estaba preocupado por ti. Apretó la mandíbula. —Bueno, puedes correr y decirle a tu jefe que estoy bien. Vete. —Me empujó con fuerza una vez más, haciéndome caer de lado y luego de espaldas. Me quedé mirando el techo. La oscuridad de la habitación palpitaba en los bordes. Era un completo idiota. —Dime lo que piensas de mí —dije. —Solo vete, Brando. —Rodó sobre su lado, dándome la espalda. —Necesito saber cómo arreglar esto. —¿Qué sentido tiene? Arréglalo hoy, rómpelo mañana. Es solo cuestión de tiempo que esto me explote en la cara. Sonreí tristemente. Cat no era la única que invirtió en esto. Esto existía gracias a nosotros. —Estoy tratando de protegerte. —Mi triste sonrisa se desvaneció en polvo. Estuvo en silencio durante unos momentos, los suaves sonidos de la televisión entre nosotros. —¿Protegerme de qué? Tenía una caja fuerte en la vida real. Pero también tenía una caja fuerte en mi corazón. Tenía ciertas cosas guardadas bajo llave que nunca abriría. Si soltaba esos recuerdos, podría encontrar un precipicio por el que saltar. No llegué tan lejos en la vida recordando. Llegué tan lejos en la vida huyendo, olvidando y creando nuevos pretextos para ocultar todas las verdades que no quería guardar. El amor era un arma en mi mundo. Tan pronto como caiga, bien podría destruirlo yo mismo. —De mí. —¿Estoy soñando? ¿O entraste en mi habitación, me besaste como si fuera todo y luego me golpeaste con la frase no eres tú, soy yo? —Soy yo —insistí. —¿Qué hay de peligroso en ti? No respondí, no puse palabras a mi pasado. Suspiró, aun hablando de espaldas a mí. —¿Quieres saber lo que pienso de ti, Brando? Pienso todo sobre ti. Creo que eres hermoso. Pienso que eres fuerte. Creo que eres divertido. Creo que eres dulce. Creo que eres terco y testarudo. Pienso que eres inteligente y paranoico. Creo que tienes miedo. Creo que eres hermoso cuando te ríes, como si no pudieras creer que tienes algo de lo que reírte. Estás a salvo. Eres mío. Pienso que eres todo lo que querría en un hombre. Eso es lo que pienso de ti. —Podía oír lágrimas en su voz, el aliento empapado—. Pero también pienso, no sé, que me vas a romper el corazón. Tengo un montón de preguntas que me da miedo saber las respuestas ¿Dónde está tu familia? ¿Por qué fui la única persona en esa habitación de hospital contigo? ¿Por qué parece que la cicatriz de tu cuello es de alguien que te cortó la garganta? ¿Y qué habría en una caja fuerte por cuya protección te arriesgarías a tener la espalda llena de agujeros de bala? Estaba impresionado y un poco agradecido. Cat veía a través de mí. Desde el primer día, había visto a través de cada una de las paredes que había construido. —¿Qué piensas de mí? —preguntó a continuación. —Creo que eres perspicaz. Ves a través de mí, pero todavía eres una mujer. Una mujer que quiere y teme que no me pregunte las mismas cosas que tú. —No quería hacer esto, no quería liberar mis sentimientos, pero ella sí, y en ese momento, no había nada que quisiera más que sus sentimientos para moldear los míos—. Me mudé para poner distancia entre nosotros, no porque la quisiera, sino porque te la mereces. Cat. — Respiré desesperadamente, pasando una mano por mi cara—. Es mejor para ti estar lejos de mí. Eso no es lo que quiero, eso es lo mejor para ti. —¿Por qué? —Se cayó de espaldas, mirándome a través de sus pestañas de ónice cubiertas de lágrimas. —Simplemente es así. —Traté de mantener el tono bajo, pero ella no tenía idea de lo difícil que había sido perder todo lo que conocía y amaba. Por mi padre. Y su jodida incapacidad para liberarse de los Hard Riders. —Está bien, está bien —tranquilizó, acercándose a mí—. Quiero saber una cosa. —¿Qué? —Me rendí con un tono derrotado. —¿Qué quieres? La respuesta era clara, lo había sido desde que nos conocimos. Era todo lo intermedio que me chupaba hacia el fondo. —A ti. —La miré—. Te deseo, Catherine. Te deseo tanto. Sus ojos se cerraron y una sonrisa taciturna se dibujó en sus labios. Asintió despacio, como lo haría uno cuando escucha la respuesta que siempre ha deseado. Sus pestañas se abrieron. Su iris de caoba brillaba en la oscuridad. —Puedo trabajar con eso. Tengo la sensación de que todo aquello de lo que huyes siempre te perseguirá de todos modos. Yo también conozco esa sensación, ¿recuerdas? Puede que no huyamos de las mismas cosas, pero corremos, Brando, corremos con todo nuestro corazón. Me deslicé hacia adelante, poniendo mi cara cerca de la suya. —¿Puedo tenerte? Nuestra relación nunca sería una relación que requiriera títulos y entendimientos. Era más fuerte que nosotros. Su mano se posó en mi cara y su pulgar acarició mis labios. —Siento que siempre he sido tuya. Puedes tenerme. —Asintió, tranquilizándose a sí misma, a mí o a todo lo que había entre nosotros, y entonces presionó un suave beso en mis labios—. Con una condición. Sonreí. —¿Cuál es? —Dame algo a cambio. Te deseo, Brando. Te deseo tanto que me vuelves loca. Maldije mis heridas. Quería subirme encima de ella, deslizarme entre sus piernas y hacerle el amor ruda y profundamente. Sin salir nunca a tomar aire, sin buscar alivio. —No quiero perderte —admití, tragando el dolor. Chasqueó contra mí como un látigo. Vio la llamarada del miedo. Vio mis demonios. —Entrégame todo de ti. Quería oírlo. Así que lo dije: —Puedes tenerme. Sobre nosotros, las nubes de tormenta se preparaban para el trueno. Las grietas de nuestras almas se preparaban para el impacto. El dolor en nuestros corazones se preguntaba cómo sería esta vez. Cuando solo quedaban cenizas por quemar. Traducido por IsCris, Gesi, Tolola, amaria.viana & Val_17 Corregido por Pame .R. Hubo un cambio casi inidentificable en el aire. Donde se había sentido desolación, ahora había esperanza. Desafié a mis demonios, ignoré a mi corazón. Quería a Brando. Lo tenía. Lo necesitaba. Daría lo mejor de mí en esta guerra. Su lengua se retorció con la mía, alimentando mi alma al mismo tiempo que nos moríamos de hambre. Saboreé su sabor sedoso y caliente. Me sentí encendida pero forzada a bajar. Era como meter una vela encendida en un tarro de cristal y enroscar la tapa lentamente. Mi llama seguía ardiendo, pero ¿por cuánto tiempo? ¿De qué tenía tanto miedo Brando? Separé mis labios de los suyos y jadeé mientras sus labios seguían torturándome. Seguía enfadada con él. Seguía dolida. Y seguía siendo muy consciente de lo que había pasado la otra noche. Una parte de mí quería volver a Denver. A vivir en su casa, donde ambos estábamos confundidos.En mi espacio, se suponía que debía saber qué hacer. No lo sabía. No sabía nada más que él. Y cuando cada gramo de conocimiento que posees reside en un hombre, te estás buscando problemas e ignorancia. Me aparté de él y me senté, llevándome las rodillas al pecho. Él me deseaba, y yo lo deseaba a él, pero no había nada fijo entre nosotros. —Vete a casa. —Apoyé la barbilla en mi rodilla y miré la televisión— . Podemos hablar mañana. —¿Es eso lo que quieres? —preguntó, con un tono astuto en la voz. —No. ¿De acuerdo? No. Nunca quise que te fueras en primer lugar. Pero no te importa lo que quiero. Lo has hecho desde el momento en que nos conocimos. —Eso no es justo, Cat. Tampoco sabía que estaría aquí en tu cama defendiendo mis sentimientos cuando nos conocimos. Sin embargo, no había defendido sus sentimientos. Desearme y mantenerme no era lo mismo. No podía soportarlo más. Las idas y venidas. El tal vez lo amo, el tal vez él me ama. Las subidas y bajadas. Quería huir. Lejos. Lo peor era que quería llevármelo conmigo. Quería que me persiguiera. Que me atrapara. Que me agarrara fuerte cuando era difícil. Que amara mi cuerpo cuando las cosas iban bien. Que nunca, nunca me dejara ir. —Entonces defiende tus sentimientos. —Me quedé mirando fijo, prohibiéndome llorar, quebrarme. Empezó un anuncio y las aguas azules de un anuncio de viajes me llegaron al alma. Hawái. La magia. Quería magia. —Mis sentimientos son bastante simples cuando se refieren a ti. Siempre lo han sido. Soy yo quien los complica. Me lo complico. Yo... no puedo olvidar, y todo lo que recuerdo dicta las decisiones que tomo ahora. Mantengo una vida simple. Nadie entra, nadie sale. Me pongo trajes para ocultar los tatuajes. Fui a la universidad, me hice policía, detective. Huí. Me mudé. Todo eso también es complicado. Tú eres lo único que ha tenido sentido para mí desde que desperté en aquella cama de hospital. El intermedio era un laberinto retorcido y desfigurado. Gran parte de lo que importaba se perdió en el medio. —¿Qué quieres que haga? —Me tendió la mano, pero me quedé mirando fijamente, estudiando las aguas azules, la arena perfecta—. ¿Pedirte que seas mi novia? Odiaba lo estúpido que sonaba eso. Qué mundano y ordinario. Pestañeé las lágrimas de mis ojos. Su mano envolvió mi muñeca. —No sé qué hacer aquí. Nena, dímelo para que pueda hacerlo. — Tiró de mi muñeca. La liberé, enfocándome tanto en el océano del anuncio que vi peces nadando bajo el agua. Apuesto a que se veía mágico bajo esa agua. Tan brillante y vivo. Tan significativo, libre de dolor, lleno de asombro. —Llévame a Hawái —me oí decir antes de poder pensar. Hubo silencio de su parte por unos segundos. El comercial terminó, cambiando a uno que era tan insignificante como yo. Cerré los ojos con tristeza. Soltar. Eso es lo que me hizo ese monstruo la otra noche. Derribó todos los refugios que había construido en mi corazón y soltó todos los puntos débiles que me había hecho creer que ya no tenía. Se aclaró la garganta. Y luego abrió la boca. —De acuerdo. Mis ojos se abrieron de golpe. —¿De acuerdo? ¿Qué quieres decir con de acuerdo? —Quiero decir, vámonos. Tú y yo. A Hawái. —Sonrió, pero fue apagado, ligeramente manchado de desesperación. Quería hacerme feliz. Estaba funcionando. —¿Cuándo? —Ahora mismo. —Se puso de rodillas frente a mí y agarró mi rostro entre sus manos, con los ojos brillantes, claros, incluso excitados, ante la perspectiva de hacer algo por mí—. Vamos. No dejes que lo intermedio arruine esto. Tú quieres ir, yo quiero llevarte… hagámoslo. Me encontraba tan cerca de caer en esta idea, que ya podía oler la sal en el aire, sentir la brisa calurosa en mi rostro. —No podemos irnos... —Sí podemos. Me quedan cuatro mil quinientos en mis ahorros. Otros dos mil en mi cuenta bancaria. Son seis mil dólares y mucho más en magia. Por favor, Cat. Necesitamos esto. Lo necesitábamos. Él lo necesitaba. Yo lo necesitaba. Lo necesitábamos. —¿Qué pasa con la tienda? Bajó sus labios sobre los míos. Eran unos labios increíbles. Suaves, llenos, desaliñados alrededor de los bordes de su barba. Calientes como el fuego y sedosos como frotar terciopelo sobre mis labios. Sucumbí ante ellos de inmediato, gimiendo en su beso cuando hizo lo mismo. —Comienza a empacar. Una bolsa. Ligera. Haré lo mismo. Sal con Trixie en una hora. —¿Qué…? Metió su lengua de nuevo en mi boca... y todo tuvo sentido por unos segundos más. En el momento que abrí los ojos, me miraba con electricidad y hambre ardiendo en los suyos. —Una hora —enfatizó, dándome un beso más juguetón y sexy. —Una hora —repetí sin aliento, apretando una mano contra mi pecho mientras salía de la habitación. Salté de mi cama y encendí las luces. No me permití pensar. No me di la oportunidad de sentir otra cosa que emoción. Mis maletas seguían desempacadas de mi viaje a Denver, pero con las cosas esparcidas por todos lados. Eché dentro cosas sin pensar. Pantalones, bragas, cepillo para el cabello, pasta de dientes, zapatos y el cargador de mi teléfono celular. Apenas respiré en todo ese tiempo, con mi pecho colmado de algo extraño. No podía recordar haberme sentido así. Nunca haberme sentido tan... esperanzada. Al igual que Brando, pasé la mayor parte de mi vida huyendo. Ocultándome. Solo tratando de sobrevivir. Hawái puede ser otro patrón horrible para nosotros. Pero nos hallábamos dispuestos a correr ese riesgo. De lo contrario, nuestros demonios ganaban. Empaqué las cosas de Trixie, le puse el arnés y la correa, y luego le escribí una nota a Klay y la puse encima de su computadora portátil. Klay Me fui a una búsqueda de magia. No te enojes. Con amor, Cat. (La mejor persona que has conocido). Brando estaba parado afuera cuando salí al estacionamiento. No hablamos. No dijimos nada cuando llegamos al aeropuerto. Ni tampoco cuando compró dos boletos de ida y pagó la tarifa por mascotas. No intercambiamos palabras cuando pasamos la seguridad ni tampoco cuando subimos al avión. No me dijo nada hasta que estuvimos en el aire, tomando el único vuelo que quedaba del aeropuerto de Portland a las cinco de la mañana. —No volveremos a casa hasta que encuentres lo que buscas. — Luego se bajó la capucha sobre los ojos y durmió el resto del vuelo, Trixie se dobló como una bola entre nosotros, feliz de estar a miles de kilómetros en el aire. Supuse que aguantaría esta locura de la única manera que sabía. Apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos. Encontré lo que buscaba cuando le conocí. Lo que necesitaba era una forma de mantenerlo. *** A principios de noviembre, en Hawái hacía un calor infernal. Jadeé en cuanto salimos de las puertas automáticas en Oahu. El aire estaba húmedo por el calor, inmediatamente me dejó sin aliento. El sol brillaba alto en el cielo azul claro. Hasta el aire olía diferente, espeso por la sal y libre de contaminantes. Nunca había estado aquí. Mis demonios no tenían idea de cómo amenazar mi felicidad, así que no lo hicieron. —Ja —murmuré, dejando bajar a Trixie. Nos veíamos muy fuera de lugar al lado de las camisas y pantalones cortos con estampado hawaiano. Empacamos mal. Portland estaba frío, húmedo y nevoso. Nuestras sudaderas con capucha ya eran obsoletas. Mis vaqueros ajustados ya se me pegaban como pegamento. Brando le hizo señas a un taxi. Lo fulminé con la mirada cuando trató de ayudar con las bolsas. Mago o no, todavía estaba herido. —Aloha —saludó el conductor en cuanto nos acomodamos en la parte de atrás—. Bienvenidos a Hawái. ¿Hacia dónde? —El hotel más barato con la mejor vista —dije. Se rio entre dientes. —No estoy seguro de que esos dos vayan juntos. ¿Pero conozco un hotel asequible a poca distancia? —Suena bien, gracias —dijo Brando, agarrándose el costado—. El aire húmedo está haciendo que me cueste más respirar. Preocupada, me mordíel labio y estudié su rostro en busca de signos de dolor. Las sienes le goteaban de sudor. —Quítate la sudadera. Lo intentó, pero los movimientos hicieron que se encogiera, por lo que me moví en mi asiento y se la quité de un brazo a la vez. Eso lo dejó con una remera blanca lisa empapada de sudor y transparente. En ese momento se veía tan caliente que no podía esperar a llegar a la cama. Cabello oscuro agitado y húmedo por el sudor. Brazos tatuados contra su camiseta empapada de sudor que hacía que fuera transparente. Ya parecía más joven. No un policía, sino un artista en una tierra nueva. Incluso el verde de sus ojos de alguna manera parecía más brillante. —¿Playas a tu alrededor y me estás mirando a mí? —Arqueó una ceja en mi dirección y sus labios se elevaron en una esquina. Sonrojarme no era mi estilo, pero no pude evitar el calor en mis mejillas. —Perdedor. —Me crucé de brazos e intercambié su hermoso conjunto por mi ventana. Tenía razón. La playa trazaba el camino, extendiéndose ante mí, un azul infinito. ¿Cómo era posible? Lo miré para encontrarme con que también miraba el agua. Trixie se hallaba en su regazo mientras jadeaba por la ventana. El amor era una provocación tan flagrante. Mi celular sonó en mi bolso. Entonces el de Brando vibró en su bolsillo trasero. Ambos tomamos nuestros teléfonos y los apagamos. Familia o no, mi viaje a la magia no podía ser desviado. —Casi allí —anunció el conductor, alejándose de la carretera y girando hacia la ciudad. No estaba tan concurrida como imaginé y los tramos de playa que vi no se encontraban cubiertos de cuerpos vestidos de bikinis. Dobló dos veces y luego condujo cuesta arriba durante un tiempo, deteniéndose frente a una señal que decía Posada de Vacaciones y Hostal—. Barato, a cinco minutos de la playa caminando. Lo hice bien, ¿no? —Me sonrió por encima del hombro. —Hostal, ¿eh? —Fruncí el ceño ante la estructura de estilo cabaña. Había visto la película y no me impresionó. —Sí, gracias. Quédate con el cambio. —Brando sacó algo de dinero de su billetera y lo colocó sobre la mano del chofer. —Aloha —dijo alegremente, contando con entusiasmo el efectivo. Agarré las bolas en tanto él forcejeaba con Trixie. Había una bandada de pájaros en los bancos de picnic en el frente y estaba haciendo todo lo posible para causar estragos, sus tres patas eran todo lo que necesitaba. La admiraba. Quería ser más como ella. Correr sobre mis tres patas y perseguir pajaritos, sonreírle al viento en mi cara. Tal como estaba, me sacudía y giraba en la ráfaga. Y el aullido del rugido a través de mis partes vacías comenzaba a desgastarme. El hostal se hallaba más que feliz de recibirnos. El empleado nos mostró la cocina comunitaria, la sala de estar y nuestra habitación privada. No había paredes, solo persianas de mallas (para dejar afuera a los mosquitos) y una cama hecha de cañas de bambú. Al menos las sábanas parecían limpias. —Bienvenida al paraíso —anunció Brando, dejando caer sus cosas y a sí mismo sobre la cama. Desde su posición, me miró con unos ojos descuidados—. Parece que todo va a cambiar en este viaje. Me acerqué, mirándolo fijamente a medida que el calor de día me pegaba el cabello a la nuca. —Mientras no lo hagamos nosotros. Se estiró en mi dirección. En el instante que le di la mano, me tiró sobre la cama a su lado. Me acurruqué contra su costado y nuestras pieles cubiertas de sudor se pegaron donde se tocaban. Desde nuestra posición, podía ver los árboles de la jungla detrás del hostal y oír los sonidos de la ciudad y el débil golpe de las olas en la distancia. Ya se sentía mágico. Maravillada, cerré los ojos y presioné el rostro contra su pecho. —Vamos a desayunar —sugirió, besándome el cabello. No sabía por qué, pero Brando se sentía más… mío. Me cambié a una camisa blanca más liviana con la inscripción cae sobre el borde de la maravilla pintado con aerosol en la parte delantera, me arremangué las mangas y me até el cabello en un moño. Cuando salimos, me tomó la mano y entrelazó nuestros dedos. No era propio de mí tomarme de la mano, tampoco pensé que para él lo fuera, pero en ese momento no se sentía tan impropio de nosotros. Se sentía como aferrarse cada parte nuestra que luchaba por mantenerse conectados. Quería decir algo, pero el silencio que provenía de él no parecía querer ser interrumpido. En cambio, dejé que me guiara. Le di una pizca de control. El restaurante de barbacoa hawaiano que eligió se hallaba a dos cuadras, más hacia el interior. Hacía calor adentro. Nos sentamos en una cabina y tomamos los menús. Estudié a los lugareños transpirando y comiendo spam musubi. Brando ordenó suficiente comida como para tres personas. Hice lo mismo para hacerle compañía. —Si engordo, va a ser tu culpa —advertí, abriendo el sorbete y hundiéndolo en mi refresco. Tomé un gran sorbo, observándolo poner los ojos en blanco mientras hacía lo mismo con su limonada. —Si engordas, me aseguraré de que el empleado del hostal nos dé una cama más grande. —Sonrió. Contemplé golpearlo, luego decidí no hacerlo. —¿Dónde dormirás? —Cat, relájate. Respira. Necesitamos respirar. No he tomado una bocanada de aire sin que doliera durante tanto tiempo que ya olvidé cómo se siente. No creí que únicamente estuviera hablando sobre sus pulmones. —Yo también —admití—. De acuerdo, divirtámonos. Primero, seis mil calorías. Luego, volteretas desnudos. —Espero que esas volteretas sucedan antes de que engordes. — Trató de contenerse cuando lo fulminé con la mirada, pero no pudo evitarlo, riéndose como un hermoso imbécil. Y maldición, verlo reír me hizo reír. Me cubrí la boca con la mano. —Brando. Se suponía que dijeras algo ultra solidario. No que seas un imbécil. Su sonrisa se debilitó. —¿Como qué? ¿Que te amaré sin importar lo que le suceda a tu increíble cuerpo? ¿Que será increíble en cualquier tamaño? No pensé que se dio cuenta de su error. —Sí. —Creí que eso ya era un hecho. No pensé que también tuviera que decirlo —dijo. Me amaba. Sentí como si alguien me hubiera perforado el esternón y me hubiera arrancado el corazón, sosteniéndolo sobre la cabeza de Brando. Podría saltar y gritar por él, pero la verdad era que no quería recuperarlo. Mi corazón también era suyo. Y el amor, al parecer, iba en ambos sentidos. Nuestra comida llegó y pronto nuestra mesa se llenó de pollo a la parrilla, spam musubi y ensalada de macarrones; arroz al vapor, kalua de cerdo y pollo katsu. No hablamos. Recogimos nuestros tenedores y comimos, ocasionalmente mirándonos a los ojos. Mi estómago se revolvió todo el tiempo. Este viaje era mi oportunidad para sentir sin temor. Su oportunidad para olvidar que casi había dado su vida por una caja fuerte. O que la había dejado atrás por mí. Me preguntaba si lo sabía, si era un molesto pensamiento en la parte trasera de su cabeza. Que yo estaba aquí y su caja fuerte no. Quería significar tanto para él como la caja de seguridad. Valer la pena por el interior. Y ahora que nos hallábamos tan lejos de ella, me moría por conocer qué había dentro. Contra qué estaba compitiendo. Regresamos a la carretera después de almorzar, tomados de las manos. Caminamos por las calles y terminamos en la carretera principal que trazaba el océano. Teniendo en cuenta que era un día de semana en noviembre, la playa se hallaba libre de personas. Las olas rodaban, estrellándose en la orilla. Nos detuvimos cerca de la arena para quitarnos los zapatos y luego caminamos hasta la orilla. La arena húmeda y cálida se hundió entre mis dedos. El agua era celeste y agitada, pero el encanto era espeso en el aire. Respiré profundo. —Se acerca una tormenta —murmuró, señalando el horizonte. Está bien, pensé. La desafiaríamos. Agarré su mano. Llegó, arrastrándose sobre la costa como un monstruo. El azul se volvió gris y el blanco negro. Mientras todos corrían para ponerse aresguardo, nos quitamos la ropa, quedándonos en ropa interior, y corrimos hacia el agua tomados de la mano. Nos sumergimos juntos. En el momento que subí a la superficie, el cielo se arremolinaba y las olas eran altas. Pero Brando sonreía, muy cómodo dentro de la tormenta. Me preguntaba si así era como sería para nosotros. Buscando tormentas y luchando. Nuestras vidas eran de la misma forma. Lo bueno llegaba cuando la tormenta terminaba. Lo esperábamos secretamente. Y tal vez un día las tormentas disminuirían. Pero por ahora nadábamos en el medio de ella hasta que no pudimos caminar, hasta que era difícil respirar, hasta que la sal del océano quemaba. Hasta que la tormenta era demasiado fuerte. Nos arrastramos fuera del agua y nos miramos a los ojos. Los suyos ardían. Mi corazón latía fuertemente. Nuestro deseo era tan espeso en el aire como la electricidad de la tormenta. Ataqué su boca con una ferocidad que nunca había sentido antes. Y él la igualó. Beso por beso, más fuerte que mi debilidad, más grande que mis miedos. Sabía a océano, salado y rico. Intuía que yo igual. Que así mientras nos saboreábamos el uno al otro, también nos saboreábamos a nosotros mismos. Pasé las manos por su cuerpo, sin miedo a las heridas de bala, enamorada de la tinta. Agarramos las ropas empapadas y corrimos hacia el albergue, deteniéndonos en el camino para probar los labios del otro. Cuando llegamos a nuestra habitación, dejamos nuestras prendas mojadas en el suelo y nos unimos. Le pasé mis dedos por sus mechones mojados. Sus manos se movieron para sostener mi trasero. Nuestras lenguas se encontraron, calientes, sedosas y húmedas. Degusté cada centímetro suyo mientras él intentaba consumirme. Nos instó a volver a la cama. Tuve un momento de pánico. Los hombres no se me subían encima. Yo iba encima. Pero sabía en mi alma que Brando nunca me haría daño. Era un buen hombre, como Klay, y estaba bien que empezara a confiar en ellos de nuevo. Caí de espaldas. Me siguió, atacando mi boca una vez más. Estábamos empapados y donde nos tocábamos estaba resbaladizo. Sus caderas se acomodaron entre mis piernas y sus manos acunaron mi cara al tiempo que besaba el fondo de mi alma. Yo le devolví el beso, igual de profundo; e intercambiamos almas. Y fue mágico. Luché para bajarle los calzoncillos por el culo. Se hallaban pegados a él como con pegamento. Su polla dura provocaba mi coño a través del material húmedo. Quería sentirlo. Todo de él. Quería que tomara todo de mí, también. Metió la mano entre nosotros y agarró el material de mis bragas, y luego las arrancó, alejando los restos de mi cuerpo y tirándolos. Sonreí contra su boca. Eso fue impresionante. No me devolvió la sonrisa. Me besó aún más fuerte, enredando su lengua con la mía. Me las arreglé para liberar su ropa interior, de una forma mucho menos elegante, y él los alejó a patadas. Se agachó para encontrar mi coño. Separó mis pliegues húmedos, creando un largo sendero desde mi húmeda entrada hasta mi sensible clítoris. Gemí contra su beso, incapaz de romperlo, incapaz de respirar. La punta de su dedo provocó mi apertura, frotando la carne húmeda con ternura, como si supiera que el más ligero toque me empaparía. Mi coño se apretó con deliciosa anticipación. Nos hallábamos muy cerca de tener lo que queríamos. Todo de él. Metió un dedo lentamente, y luego otro. Sin prisa al principio, tan lento que acostumbró a mis músculos internos a estar llenos. Nunca había estado con un hombre que tuviera una polla tan grande como la de Brando. Aprecié que me preparara. Que pudiera ver a través de su lujuria y todavía se preocupara por mí. Era embriagador, ser cuidada y deseado al mismo tiempo. Casi nunca iban de la mano conmigo. Acarició mis músculos internos doloridos en tanto su lengua me torturaba. Cuando mis muslos se apretaron en preparación para mi orgasmo, sacó sus dedos. Puso sus manos a ambos lados de mi cabeza y me miró a los ojos. Los suyos brillaban, iluminados por la lujuria y el hambre. Se veía hermoso en ese momento. Vivo. Quería que estuviera así de vivo todo el tiempo. La punta de su erección se deslizó entre mis pliegues y se apretó contra mi abertura. Su punta era mucho más ancha que la de la mayoría, y gemí, lista para que me llevara a ese hermoso borde caótico de dolor y placer. Se introdujo más, cuidadosamente; yo me aferré a sus bíceps. Y luego me besó, largo y profundo, antes de llenarme completamente. Mi boca se abrió con un suspiro. Mis ojos se pusieron en blanco. Mi vientre se apretó y mi sangre se inundó de locura. Sentí como si hubiera tocado partes de mí que ningún otro hombre había tocado. Partes de mí que solo estaban destinadas a él. Se metió en mí de la manera más perfecta, moviendo sus caderas al tiempo que me besaba hasta volverme loca. Mi coño se apretó a su alrededor, sin sentido por las sensaciones que provenían de su polla. Nunca había sentido nada tan bueno, tan dañino. Mis demonios se prepararon para la batalla, pero no me importó. Bailé alrededor de ellos, extendiendo la mano para clavar mis uñas en su culo. Lo quería más profundo, más duro, quería que la belleza de nosotros me lloviera encima. Sus caderas se aceleraron, y sucumbí a lo bueno. Gemí sin impedimento, empujando mi cara contra su cuello en tanto la tormenta de afuera se desataba y la tormenta de adentro nos envolvía a ambos. Era un macho. Pesado, caliente, con su piel sudorosa deslizándose sobre la mía. Y el olor. Olía a todo lo bueno que había deseado. Sudor, colonia y sal. Lo inhalé hasta mis pulmones y exhalé placer. Mis sentidos eran un torbellino. Mi corazón temblaba alrededor de su grueso cuerpo, con tanto de él dentro de mí. Sus dientes me mordisqueaban la garganta, en mi hombro, seguramente dejando marcas en mi piel. Las quería. Marcas para siempre. Mi cálida excitación hizo que su polla se volviera resbaladiza, permitiéndole penetrarme más profundamente de lo que ningún hombre lo había hecho antes. Los gruñidos de placer que salían de sus labios eran una banda sonora que quería repetir. Y todo eso estaba bien. Todo eso era asombroso. Pero nada comparado con la sensación de saber que él sentía lo mismo. El abrumador choque de nuestras caderas al encontrarse, el charco de calor y suciedad ardiendo donde estábamos conectados. Eso no era sexo. Ni siquiera era amor. Era necesidad. Una necesidad ardiente y abrazadora. Lo necesitaba. Él me necesitaba a mí. Un rayo de placer llovió sobre mí, y cada vez que su erizado vello púbico rozó mi sensible clítoris, temblé. —Te sientes tan bien —gimió. Podía oír el desconcierto en su voz. Yo tampoco podía creer lo perfecto que era—. Tan apretada. Tan húmeda. —Respiró entre sus dientes—. Tan mía. Eres mía, nena. Dímelo. Gemí, al borde de un orgasmo que intuí que me iba a destrozar. —Soy tuya, Brando. Soy tan tuya. —Mía —gruñó, chocando conmigo. Rompiéndome. Volviendo a juntarme. El cosquilleo de mi orgasmo empezó justo donde acariciaba la punta de su polla. Se frotó repetidamente contra ese punto hambriento y dolorido de mí, y el hambre creció, apretando mi cuerpo en su puño. Se hizo más fuerte, enviando una ráfaga de fuego a mi núcleo. Le oí maldecir cuando el torrente de mi excitación le empapó, catapultándome a un estado mental sublime que ni siquiera sabía que poseía. Me folló con más fuerza. Más profundamente, mordiéndome el hombro con tanta fuerza que grité de éxtasis. Mi vista vaciló, y la luz brilló en el borde de la oscuridad como un arco iris en medio de una fuerte lluvia. Era hermoso y destructor, y tan increíblemente perfecto. Escuché que las palabras caían de mi boca un segundo antes de acabar violentamente. —Te amo —jadeé, arqueándome en sus brazos. Mi cuerpo se tensó y el placer irradió de mi coño, de su pene, de sus bruscos y brutales embistes, y de su duro y fuerte cuerpo. Fue el orgasmo más intenso de mi vida.Reparador. Transformador. Gritó a medida que la inundación de su final me llenaba. Su cuerpo se tensó y también perdió el control de su boca. —Quédate conmigo. Mi mente se desintegró. No era consciente de nada salvo la vida en mi corazón y las réplicas mientras su erección se movía dentro de mí. Intenté encontrarlos, siempre estaban ahí, pero no podía oírlos. Mis demonios se callaron por primera vez en toda mi vida. Y mis miedos estaban en ruinas, como yo. *** El cuerpo me dolía por la mañana. La lluvia fuera de nuestra habitación contrastaba directamente con el calor pegajoso y húmedo. No llevaba nada puesto, envuelta en sus brazos y extendida sobre su pecho tatuado y herido. Besé una herida, apenas una suave cicatriz, y otra, y otra. Seguí bajando, pasando la lengua por su tinta y saboreando su historia. Saboreé cada cresta de su abdomen, saboreando su paquete de seis. Debajo de mí, zumbaba. Froté mi mejilla contra el vello de su estómago, maullando como un gato por el sabor salado de sus gruesos pelos. Su polla se encontraba dura en el momento que bajé hasta sus huesos pélvicos. Sus manos se hallaban hechas puños en las sábanas, y sus ojos cerrados. Era una extraña imagen de paz. Al menos para él. Empecé por sus pelotas primero, y pasé mucho tiempo amándolas. Las tomé una a una en mi boca y las chupé entre mis labios, girando mi lengua alrededor de su suave saco peludo. Mi lengua patinó entre ellas hasta la base de su eje. Masajeé sus bolas al mismo tiempo que las lamía, pellizcándolas con los dientes. Se sacudió. —Mierda, Cat. —Tu pene sabe muy bien —ronroneé, lamiendo su eje como si fuera la mejor piruleta del mundo—. No acabes en mi boca —advertí, tratando de mantener el humor relajado—. ¿Trato? —Trato —suspiró, bajando la mano para acunarme la mejilla—. Mírame —rogó suavemente. Mis ojos se alzaron para encontrarse con los suyos—. Nunca haremos nada que no quieras hacer. Si alguna vez te sientes incómoda, dímelo, por favor. ¿Entendido? —Asentí de forma mecánica, atrapada en la ternura de sus ojos—. De acuerdo —dijo con brusquedad—. Ahora vuelve a meterte mi polla en la boca. Lo hice, llevándomela hasta el fondo de la garganta. Siseó y su mano se cerró en un puño alrededor de mi pelo. Me encantaba el tirón de dolor en el cuero cabelludo y saber que lo estaba llevando al borde del precipicio y tirándolo por encima. Lo único era que yo le seguiría. Me metí la punta de su polla en la boca y chupé. Una gota de semen se derritió contra mi lengua, pero la dejé pasar, porque el sabor me pareció rico y ácido. Odiaba el semen. Pero en aquel momento casi me pregunté cómo sería tragarme su semen. Nunca lo había hecho. —Cat, nena. Ya acabo. —Tiró de mi cabello, hundiéndose más en mi garganta con dos empujes más antes de sacarme de él y agarrar su polla. Aparté sus manos. —Yo me ocuparé de ti. —Envolví mis manos alrededor de su longitud y bombeé. Nunca lo había visto perder la razón. Su cuerpo tatuado se retorcía en las sábanas. Estaba precioso, con la boca abierta por la agonía y los ojos apenas abiertos. Los puños apretados sobre los muslos. Gritó mi nombre cuando su orgasmo se apoderó de su cuerpo y su liberación se disparó sobre mis pechos. Odiaba lo mucho que lo odiaba, odiaba que, hiciera lo que hiciera, incluso en medio de tanta belleza, hubiera recuerdos que no quería. Pero seguí adelante. Brando hizo que las cosas fueran seguras. Brando me aseguró que reemplazaría ese horrible recuerdo con algo especial. —Eres increíble. —Su cuerpo se hundió. Agarré mi camisa mojada del piso y me limpié el pecho y las manos. Luego me arrastré sobre su cuerpo y lo monté a horcajadas. Era como si él estuviera listo para mí. Sus labios se encontraron con los míos y sus manos me rodearon. Y nos besamos, nos besamos hasta que volvió a estar duro, hasta que mis miedos fueron reemplazados por amor. Colocó la cabeza de su polla en mi abertura. Me hundí lentamente, centímetro a centímetro. Era tan grueso en esta posición, y aunque traté de tomarlo todo, la tensión ardiente era demasiado para soportarlo por mi cuenta. Puse mis manos en su pecho y me encontré con sus ojos, haciendo círculos con mis caderas. Se puso las manos detrás de la cabeza y me miró atentamente, dejando que creara mi propio placer con su cuerpo. Agradecí el control que me daba. Reprimí las lágrimas, pero era difícil ignorarlas. Lo amaba. Ya no tenía que luchar contra eso. Ya no le temía. Solo me temía a mí. Me corrí en toda su polla, el deslizamiento de mi orgasmo me facilitó la penetración. Caí sobre su pecho y jadeé. —Las cosas serán difíciles, Cat. Pero no son tan difíciles cuando estamos juntos. —Me besó el pelo—. No puedo respirar, cariño. —¡Oh! —Me aparté de su pecho y me acurruqué a su lado, dándole una sonrisa soñolienta y de disculpa—. ¿Quieres que traiga tus pastillas? Trató de ocultar su dolor con una sonrisa, pero lo vi en el borde de sus ojos. Lo había soportado por mí. —¿Por favor? Me arrodillé desnuda y rebusqué en su bolso. Cuando trató de levantarse, lo empujé hacia atrás. —No hemos terminado. Estamos lejos de terminar. Arqueó una ceja hacia mí. —¿Oh? —Mmm. —Me acurruqué a su lado y besé el costado de su cara por todas partes. Su sien, su lóbulo de la oreja, su mandíbula. Besé cada centímetro de su cicatriz—. ¿De qué es la cicatriz, Brando? Su cuerpo entero se hundió. Sentí una de sus paredes derrumbarse cuando sus músculos se relajaron en mí. —Represalias. —¿De qué? Miró hacia otro lado. —Mi padre era un hombre malo, Cat. Hizo cosas malas. Las cosas malas lo encontraron a cambio. Solo que esas cosas intentaron matar a toda mi familia. Yo fui el único que sobrevivió. El horror irrumpió en nuestra burbuja de amor. —Espera, ¿qué? ¿Alguien intentó matar a toda tu familia? —No trataron. Lo hicieron. Sacudí la cabeza. Eso no tenía sentido. ¿Pero no era así? No tenía familia. Nadie en el hospital. Nadie en su vida. —¿Qué pasó? Sus ojos, que habían estado tan vivos de amor hace un momento, se habían enfriado. —No quieres esta mierda en tu cabeza, créeme. —Si está en tu cabeza, también lo quiero en la mía. —Ahuequé su mejilla—. Por favor, dime. Dime para que no estés solo. —Decirte no cambiará nada. Decirte solo te manchará. —Sus ojos les suplicaron a los míos—. Eres tan buena. Eres lo único bueno que tengo. No quiero mancharte. No había estado tratando de protegerme. Había estado tratando de preservarme. Sabía que algún día haría estas preguntas. Intuyó que la verdad lo alcanzaría y lo encontraría. Dedujo que yo lo sabría y saberlo significaba que tenía que admitir que él también lo sabía. Podía sentir la oscuridad en él. Era demasiado oscura para arreglarla en ese momento, demasiado grande para una sola plática. Lo dejé pasar por miedo a perderlo por el dolor. —Está bien —tranquilicé—. Bueno. Olvida que pregunté. Pero quiero que sepas esto. No puedes mancharme, Brando. Tú me revives. Sus ojos se cerraron en la miseria y me dio una sonrisa triste. —Dímelo de nuevo. —¿Decirte qué? —Que me amas. Besé su sonrisa triste, dándole una propia. —Te amo más de lo que he amado a nadie. Al instante. Desde el momento en que te conocí, supe que serías el veneno de nuestra retorcida historia de amor. Sabía que me harías caer de culo. Sabía que alimentarías mis demonios. Sabía que me harías feliz. Sabía que me romperías. Sabía que serías el único para mí. Tal vez por eso luché. Porque no había forma de luchar contra algo tan grande. Aplastó sus labios con los míos. Ese beso no fue sexy. No fue apasionado. Fue duro, brutal… fue real. Lo que ambos necesitábamos en ese momento. —Casi me violan de nuevo la otra noche —revelé en una serie de palabras entrecortadas. Se apartó bruscamente, mirándome como si hubiera perdido la cabeza. —¿De qué estás hablando? Le conté lo de la otra noche y deseé no haberlo hecho. Luchócontra mi agarre y se puso su ropa interior. Luego encontró su teléfono y salió por la puerta trasera, haciendo llamadas que derribarían el infierno sobre el hombre que me atacó. Suspiré, volviendo a la cama. Cuando regresó, me fulminó con la mirada. —¿Por qué no me lo dijiste antes de que nos fuéramos? —Porque lo matarías —contesté simplemente. Ni siquiera lo negó. Me miró simplemente. Su cabello despeinado me hacía cosas. Estiré mi cuerpo desnudo sobre la cama, hambrienta por él una vez más. —¿Sabes lo interesante sobre los anticonceptivos? Sus ojos siguieron mis movimientos. Una lujuria oscura se arremolinaba en ellos. —¿Qué? —Puedes tener sexo una y otra vez. —Eso es interesante. Sería aún más interesante si te pusieras de rodillas y me dieras tu coño. El calor se acumuló entre mis piernas. No sería bueno con esta próxima ronda. Parecía una bestia, mala y enojada. Intuí que sacaría su miedo y enojo de mi cuerpo. Y no podía esperar. Me empujé sobre mis manos y rodillas y retrocedí hasta el borde de la cama, dándole mi coño por detrás. Agarró mis caderas y me arrastró hacia atrás bruscamente contra él. No me preparó. No me ayudó a hacerlo. Se zambulló en mí por detrás, y luego sistemáticamente me jodió el cerebro, follándome como si nunca me volvería a ver, como si no fuera a quedarme, como si hubiera sido atacada y él no hubiera estado allí para protegerme. Sus fuertes manos en mis caderas eran reconfortantes. Acabé en su polla, gritando y babeando, un desastre de oscuridad y saciedad. Cayó sobre mi espalda en el instante que terminó dentro de mí una vez más. Estaba llena de él. Su pesado aliento sonó en mi oído. ¿Qué hay en la caja fuerte?, deseaba preguntar. ¿Qué era más importante que tú? En vez de eso, tanteé a ciegas detrás de mí y acaricié la parte de atrás de su cabeza. —Dilo de nuevo —murmuró. —Te amo. —De nuevo. Sonreí en las sábanas. —Te amo. —No he escuchado a nadie decirme eso desde que tenía trece años —reveló, levantándome y rodando sobre su espalda—. Necesito comida y agua. Lo necesitaba. Me dolía el corazón por él. Pero también lo entendía. —Las primeras personas que me dijeron eso fueron Klay y Mad. Sus ojos se dispararon a los míos. —Estás bromeando. —Mmm mmm. No bromeo. —Metí las manos debajo de mi barbilla. —¿Me cuentas sobre eso? —pidió con ojos suaves. —¿Sobre mi infancia? Me pasó el pelo por detrás de la oreja y sostuvo el extremo de mi mandíbula entre sus dedos pulgar e índice. —Sí. —No hay mucho que contar. —Le besé el interior de su muñeca, incapaz de tener suficiente de él—. Había una mansión vacía, vestidos bonitos que no me gustaban, y este pozo de vacío en mi pequeño corazón que nunca desapareció. Fui a una escuela privada. Así que estuve lejos por largos períodos de tiempo, especialmente en la secundaria. —¿Qué te hizo huir? ¿Todo? ¿O pasó algo? Tragué saliva y luché por mantener el contacto visual. —Los hombres apestan —expliqué—. Tú y Klay son los dos únicos buenos que he conocido. —¿Qué pasó, nena? —Su pulgar continuó acariciándome. —Mi papá era un banquero de inversiones. Uno de sus clientes se sobrepasó un día. Yo acababa de cumplir catorce años. Tenía puesto mi uniforme escolar y me dirigía a mi habitación para hacer la tarea. Me arrinconó en el pasillo. Subió su mano por mi falda e intentó besarme. El señor Wallace. Le di un rodillazo en las bolas y corrí a mi habitación. Él llegó a mi padre primero. Le dijo una mentira, que me lancé hacia él. Cuando le conté a mi papá lo que ocurrió, que él trató de tocarme, mi padre me abofeteó y me envió a mi habitación. Me culpó por ser tocada. Eso jodió mi cabeza. —Incluso después de todo este tiempo, mi ira aún ardía por mi padre—. Enloquecí. Empaqué mi mochila y me fui. Hice todo lo posible para sobrevivir, y me gustó. Al principio, de todos modos. Las cosas fueron difíciles, pero era real, ¿sabes? Tenía hambre, pero sentía mi hambre. Me encontraba sola, pero lo entendía. Tenía miedo, pero tenía sentido. Me enganché con chicos, absorbiendo su atención. Bebí, me drogué, viví de la única manera que sabía. Y entonces conocí a… —Cerré los ojos con un dolor agudo—. Daryl. Era mayor, más genial. Me atrajo en su trampa. Pasamos todos los días juntos durante un par de semanas. Pensé que estaba enamorada. —Lloré a través de mi sonrisa destrozada— . Y luego me llevó de regreso a su lugar y comenzamos a besarnos. El asunto era que todavía era virgen. Daba besos y quizás dejaba que los chicos me tocaran, pero aún no había tenido relaciones sexuales. Le dije a Daryl que no. Él siguió adelante. No se detuvo. Y cuando comencé a rogarle que se bajara de mí, sus ojos encontraron los míos y me dijo que me callara. Sus ojos eran fríos, y lo sabía, supe que había hecho todo para llevarme a donde me hallaba ahora. En su cama y en su trampa. Metió un calcetín sucio del suelo en mi boca, me arrancó los vaqueros y las bragas y me violó. Luché lo más fuerte que pude, así que me ató las manos y las sostuvo. Intenté usar mis piernas, pero cuanto más luchaba, más parecía gustarle. Me violó cuatro veces esa noche. Luego me dio un puñetazo hasta que me desmayé. Cuando desperté, tenía sangre y semen sobre mí, odio el semen, y me sentía… rota. No sé cómo describirlo. Estaba vacía, destrozada. No sabía qué hacer. Lo escuché en la casa. Intuí que, si no me iba, lo volvería a hacer. Volví a ponerme los vaqueros y salí por la ventana. Traté de sobrevivir después de eso. Fue duro, Brando. Tenía hambre otra vez, pero no me gustaba. Me hallaba sola y extrañaba a mi familia, pero sabía que mi familia no me extrañaba. Tenía miedo, y no había nada bueno en eso. Me odiaba por escapar. Detestaba a mi padre por ponerme en esa posición. Aborrecía a los hombres. Odiaba a todo el mundo. Contemplé hacer cosas que hoy me hacen estremecer. Y cuando pensé que haría esas cosas, cuando pensé que nunca sería nada más que una víctima de violación rota, conocí a Klayton, y mi mundo finalmente se enfocó. —Lloré contra Brando, el segundo hombre en el que había confiado en toda mi vida. Me sostuvo contra su pecho y me envolvió en sus brazos. Ahora no necesitaba el apoyo, no era por eso que me sentía tan bien. Me sentía bien porque sabía lo hermoso que era tener la fuerza para estar en los brazos de un hombre. —¿Qué hay en la caja fuerte, Brando? Respiró hondo y con dolor. —Todo lo que me queda. Esperé a que continuara. —Una pandilla rival deseaba vengarse de mi padre. Dos hombres irrumpieron en nuestra casa a las dos de la mañana. Le dispararon a mi padre en el garaje. Él pasaba mucho tiempo allí. Kenny dormía en su cama. Él era mi hermano. Solo tenía nueve años. Lo mataron mientras dormía. Le hicieron lo mismo a mamá. Los escuché, Cat. Mi habitación se encontraba en el sótano. La única ventana que tenía estaba clavada por fuera. Mamá lo había hecho. Para evitar que me escabullera por la noche. El primer disparo me despertó. Me quedé en la cama, tratando de entender lo que escuché. Oí el segundo disparo. Y subí las escaleras a tiempo para ver el tercero. Corrí. Me persiguieron. Luché contra ellos. Yo era enorme a los trece años, dos veces el tamaño de otros adolescentes. Y acababa de escucharlos y verlos matar a las únicas personas que amaba. Luché contra ellos. Ambos. Con todo lo que tenía. Les quité las armas de las manos. Fuimos puño a puño, pero ellos eran dos. Uno me agarró por la espalda y llevó un cuchillo a mi garganta sobre la yugular. Logré darle un codazo en las costillas, por lo que solo terminó cortándome la arteria izquierda antes de que comenzaran las sirenas. Se fueron, dejándome con vida. Me arrastré, con la sangre brotando de mi cuello, a la habitación de mi madre. A la habitación de mi hermano. Al garaje. Buscando pulsos. Sin encontrar ninguno. Lo miré con horror. Tenía que estar bromeando. Esperé que lo retirara. Ja, ja, se reiría, solo estoy bromeando.Pero el dolor en sus ojos era repugnante y profundo. Había pasado por el infierno y no bromeaba. Ni siquiera sabía qué decir. Puse mi mano sobre su corazón, su corazón roto. —Después de salir del hospital, me fui a vivir con mi tía en Denver. Lo único que se me ocurrió hacer fue fingir. Ser otra persona. Mi padre era un alma perdida que hacía lo mejor que podía con lo malo que tenía. Amaba el arte, me enseñó a dibujar. Dije la verdad al obtener los tatuajes y luego me puse ropa bonita para esconderlos. Me convertí en policía para que nada volviera a pasarme. Me convertí en detective para resolver crímenes porque mi crimen nunca fue resuelto. Y luego ocurrió lo de Madison y los cuerpos, y no pude regresar allí. Pero entonces pasaste tú, pasaste, Cat, y no entiendo nada en absoluto, excepto a ti. Era mi turno de abrazarlo. Llevé su cabeza a mi pecho y besé la cima, intentando y fallando al imaginar los horrores que había vivido. El amor probablemente era muy duro para él. Amar era peligroso. Querer era aterrador. Lo abracé más fuerte. —Entonces, la razón por la que no había familia en el hospital era porque no hay familia. ¿Qué hay de tu tía? —Ya no hablamos. Me echó a los catorce. Nunca volvimos a hablar. Acerqué su rostro y lo besé con ternura. Quería amarlo. No había sido amado en mucho tiempo, mi corazón ansiaba dárselo. —Gracias por compartir eso conmigo. —No, Cat. Gracias a ti. —Me asfixió con un beso. Ese beso también era diferente. Gentil, suave y seguro. Vertí cada gramo de amor que tenía en mis labios. Gimió, pasando sus dedos por mi pelo. Se acomodó entre mis piernas y las abrí para él. Me hizo el amor con ternura, meciéndose con el mismo ritmo de una ola. Fue una lenta quemadura de amor y dolor. Lo besé tan fuerte como pude, y él me hizo el amor tan suave como pudo. Nos corrimos, gimiendo y cayendo juntos. Entonces me prometí que los demonios podrían ser temporales. Un destello de dolor que se quedaba por mucho tiempo. Pero el amor tenía que ganar. Duro o doloroso. Tenía que ganar. Traducido por Anna Karol, Umiangel & Jadasa Corregido por Pame .R. No nos levantamos de la cama hasta que nuestra hambre fue más fuerte que nuestro deseo. Aun así, la miré, tomándome el tiempo en la ducha para lavar todo su cuerpo. Lavé sus senos, dotados y pesados, maduros de sexo. Los ahuequé en la ducha y me los llevé a la boca, chupando su pezón duro y rosado oscuro en mi boca. Su cuerpo tembló, y sus pesados ojos se cruzaron con los míos. El sabor de su cuerpo mezclado con el gel de baño de hibisco y coco que usaba; ella sabía a sexo y paraíso. Se apoyó contra la pared de la ducha y me miró con los párpados medio caídos. Me encantó el brillo en sus ojos, la chica mala atrapada en su lado bueno. Me puse de rodillas, deseando más de ella. Le temblaron las piernas, agotadas por pasar el día alrededor de mi cintura. Agarré su tobillo y lo apoyé en el borde de la bañera, y guie el otro sobre mi hombro, mostrando su coño hacia mí. Tenía la tira más sexy de vello púbico de ónice en su montículo pálido y flexible. Pasé mi lengua por él, mordiendo de lleno su brillante vello púbico hasta que gritó; sus dedos se hundieron en mi cabello. Ya la había probado dos veces, pero nunca tendría suficiente. Nunca te cansas de probar su alma. Empujé su coño con mi lengua hasta que encontré su clítoris hinchado y sensible. Lo chupé entre mis dientes y lo mordí, enviándola a toda velocidad al piso de la ducha. No había terminado. Nunca lo haría. La levanté hasta el borde de la ducha y le sostuve las piernas, manteniéndolas abiertas para mí. Lamí su goteante coño, saboreando el sabor almizclado de los dos; el aroma a hibisco y coco flotaba a nuestro alrededor. Deslicé mi lengua desde su tierna abertura hacia su pulsante clítoris, arriba y abajo, ignorando sus gritos rogándome que me detuviera. Quería un orgasmo más. Solté su pierna y luché contra su opresión, insertando dos dedos en su dulce coño. Y luego usé mi barba, frotándola sobre su clítoris hipersensible. Lloró, un sonido de tortura y placer. Bombeé mis dedos en su profundidad, besando su abdomen tenso a medida que se desmoronaba debajo de mí. No me detuve. No pude. Me hallaba paralizado. Dándome rienda suelta. Besé su estómago, hasta su pecho, y encontré su garganta. Me encantaba la sensación de su pulso, que podía hacerla sentir viva. Ella desafió la oscuridad de mi pasado y no había huido. —No puedo más, Brando —se quejó, tan linda con su cabello enmarañado y sus mejillas rosadas—. Apártate. —Una vez más —prometí, encontrando sus labios. —¿Cómo te queda algo de fuerza? —Luchó para escapar, riéndose cuando la agarré por la cintura—. Tienes algunos problemas serios. Déjame levantarme. Por mucho que doliera, la dejé ir, tragando la espesa bruma de deseo que nublaba mi visión. Fue bueno que esperáramos a tener sexo. Nunca tendré suficiente de ella. Le daría todo lo que tenía y ni siquiera extrañaría la cáscara vacía que me dejara. —Vamos —dijo suavemente, bajando mi mano con las suyas, el agua cayendo en cascada por sus brazos tatuados. Cuando le di las manos, nuestros brazos no se veían tan diferentes. Seguí la tinta por su brazo, el genio colgando boca abajo, el remolino de magia de su lámpara envolviendo su garganta. Combinaba bien con mis llamas. Todo en ella combinaba. Ese era el problema. Las cosas que iban bien en mi vida tendían a… no. Me lavó, limpiándome cuidadosamente el pecho y la espalda. Enjabonó mi polla a medias y clavó sus uñas en mi culo. Nos vestimos en silencio. Me sentía mareado y mi estómago se hallaba tan vacío que no podía ver bien. Eran casi las nueve de la noche. Habíamos pasado todo el día y parte de la noche perdidos el uno en el otro. Perderme en ella se sentía mucho como encontrarme a mí mismo. Busqué en mi bolsa el tubo de gel que empaqué. Me eché un poco en la mano mientras ella rociaba perfume en su cuello. Me pasé la mano por el pelo y me puse las botas. Hubo un sonido de lloriqueo en alguna parte, y Cat y yo jadeamos al mismo tiempo. Se apresuró hacia la puerta en la parte trasera de la habitación y dejó entrar a Trixie. Estaba empapada, pero emocionada, girando alegremente en un círculo a los pies de Cat. —Debe haberme seguido afuera cuando me fui esta mañana. —Lo llamé a Ethan Cook, mi antiguo compañero. Prometió mantenerme informado sobre la detención de Alec Lowelle, el hijo de puta que atrajo a Cat a su departamento. Acusado de agresión sexual en 2004, cumplió dos años en Indiana a los dieciocho años. Una serie de delitos menores en el camino. No parecía ser un asesino, solo un hombre al que le gustaba que sus mujeres se defendieran—. Puto idiota —siseé por lo bajo. Lo que más me molestó era que fue mi culpa. Estaba molesta por mi partida, por una mujer en Guns & Ink que no significaba nada para mí. La puse en ese lugar. Porque eso era lo que hacía. Debería correr ahora, dejarla en paz, pero no podía. No quería hacerlo. La quería a ella. La necesitaba. Era egoísta, y la derribaría para tenerla ahora. Bajando la cabeza, murmuré algo acerca de esperarla en la sala de estar. El albergue necesitaba atención, pero por el precio y la atmósfera, tenía un cierto encanto. La sala común se hallaba llena de invitados esta noche. Probablemente debido a la lluvia. Los examiné a todos. Pareja rubia en el sofá, hípsters en el bar y una mujer de piel aceitunada cerca de la estantería. Me miró a medida que la examinaba. A finales de los veinte, sin anillo de bodas, y sostuvo mi mirada. Lo que significaba que no tenía nada que ocultar (lo que no compré) o que le gustaba jugar con fuego. Me dio una sonrisa recatada antes de sacar un porro de detrás de su oreja y acomodarse en el sofá de bambú. Lo encendió mientras yo miraba, y el policía en mí arqueó una ceja ante su audacia. Quería darle una palmada en el trasero, pero probablementele gustaría. Me tendió el porro en una ofrenda silenciosa. Le di una ligera sacudida. —No, gracias. Sonrió de nuevo, sosteniendo mi mirada al tiempo que tomaba una calada. Sabía que estaba jodido entonces. Totalmente jodido. Tenía un cabello precioso, moreno y marrón miel. Enormes tetas y un cuerpo largo. Y no me provocó absolutamente nada. No quería tener nada que ver con ella más que moler su porro en el suelo con mi bota. —¿Cuál es tu nombre? —preguntó, el humo penetrante flotando sobre su cabeza. Sonreí. Estaba enamorado de una mujer diez veces más aterradora que esta. De ninguna manera agitaría esas aguas. Miré por encima de mi hombro, viendo a Cat acercarse y cerrar la puerta de nuestra habitación. Me sonrió suavemente y mi polla se crispó. Mía, tenía que ser mía. Le ofrecí mi mano y la tomó. Pensé que no se había dado cuenta de mi amiga fumadora, pero miró por encima del hombro antes de que nos fuéramos. —Nunca he peleado por un chico —dijo cuando salimos. Había una ligera llovizna, nada que chispearía sobre nuestro estado de ánimo—. Siempre pensé que era estúpido. Los hombres deberían estar peleando por mí. Pero pelearía por ti, Brando, como una virgen de trece años, cualquier día. Me llevé la mano al pecho. —Detén el romance. Me estás excitando. —Pero también mataría por ti, así que recuerda eso la próxima vez que dejes que una perra se joda lo que es mío, ¿de acuerdo? —Me dio una sonrisa misteriosa que fue directamente a mi pene. —Sí, Catherine. —Buen chico, Brando. —Me palmeó el culo. Terminamos en un bar en la costa. Pedimos mojitos de coco y aperitivos. —¿Trixie está bien? —pregunté, tomando un trago. Preferiría tomar una cerveza, pero Cat parecía emocionada tomando su cóctel tropical. —La sequé y le preparé su camita. Todavía tiene comida y agua. Llevaba una fina camisa negra con mangas cortas. Sus mechones oscuros le colgaban por los hombros y tenía dos enormes chupetones en la garganta. Me encantaba sentir su pulso golpear contra mis labios, y me preguntaba si lo hacía porque el mío casi había sido cortado. Sus mejillas brillaban por el calor de la noche húmeda y el alcohol, y cuando sus ojos marrones oscuros se dispararon hacia los míos, se llenaron de una miríada de emociones. El sexo y el amor eran los más prominentes, y había otros, como la timidez y la duda, pero supuse que yo tenía el mismo aspecto y no lo presioné. —Genial. El chucho se metió en mí. Algo así como tú. —Le di un codazo en el costado con mi codo, riéndome cuando frunció el ceño. —Eres medio idiota. Como Klay. Solo que nunca quise sentarme en la cara de Klay. Me atraganté con mi bebida, tosiendo ruidosamente en el bar en tanto ella me palmeaba la espalda. —Es bueno escuchar eso, supongo. No podría imaginarlos a los dos juntos. Se encogió de hombros, jugando con su sorbete. —Siempre será mi primer amor. No es romántico, pero es el primer hombre que amé que nunca me hizo daño. Pero es todo lo que será. Es un poco vergonzoso recordar desearlo hace tantos años. —Se sonrojó, rascándose incómodamente la ceja—. Lo superé hace mucho tiempo. ¿En serio nunca te has enamorado? —indagó, mirándome. No le quité los ojos de encima desde que nos sentamos. Y al observarla, era difícil comprender la mentira. —Tenía trece años cuando perdí a mi familia. Esa fue la última vez que amé a alguien. Y luego me desperté en mi cama de hospital y te encontrabas allí. Me asustó la idea de amar a alguien otra vez. —¿Todavía te asusta? —Me aterra. Pero es difícil sentir ese miedo en el medio, si eso tiene sentido. Solo tengo miedo cuando no estás allí. Catherine era una mujer sexy. No necesitaba un recordatorio. Era sexy cuando era fuerte, cuando era vulnerable. Pero había algo muy nuevo en su timidez. No pensé que incluso ella lo entendiera. Me incliné y la besé, incapaz de contenerme. Quería probar su timidez, tragarme su debilidad. Ella sabía a menta y coco. Quería sostenerla en la barra, arrancarle los pantalones y enterrarme dentro de ella. Así fue durante días. Me encontraba en su interior cada vez que lo permitía. Comimos, dormimos y soñamos sexo. Haciendo el amor en nuestra habitación, con nuestros cuerpos pegajosos por el sudor, solo levantándonos el tiempo suficiente para dejar que Trixie entrara y saliera. Tal vez comimos, tal vez no. El patio trasero estaba cercado, y a la perrita le encantaba perseguir pájaros y rodar por las hojas de eucalipto. Devoré a Catherine Abbott. La única vez que me sentía vivo era cuando se encontraba debajo de mí, encima de mí, a mi lado, cerca de mí, tenía que estar cerca, o las cosas parecían implosionar. Comenzó a sentirse como unas verdaderas vacaciones. Hoy, pasé la mañana saboreando el espacio entre sus muslos, arrastrando mi lengua de arriba a abajo por su dulce y húmedo coño. La mujer siempre se mojaba para mí, con sabor a azúcar. Se desplomó sobre su espalda, el sudor manchando tentadoramente sus senos, el cabello negro pegado a la almohada. Besé su muslo interno, el dolor en mis costillas era mucho menos notable. Me preguntaba si el sexo aliviaba el dolor o era el ejercicio constante. Continué, besando su muslo hasta su rodilla. Le arrastré la lengua por la pantorrilla y la mordí hasta llegar a su pie. Qué lindos pies. Pequeños y femeninos, su esmalte negro astillado a su manera muy particular. Succioné su dedo meñique del pie en mi boca y mordí, amando la forma en que se sacudió. Sus ojos apenas se hallaban abiertos y su estómago se movía arriba y abajo con su respiración agitada. —Nunca quiero regresar a casa —murmuró adormilada. Podía escuchar a Trixie en el patio trasero, ladrando a los pájaros. Dejé ir su declaración sin responderle. Teníamos que irnos a casa. Aunque solo fuera para asegurarme de que mi pasado quedara enterrado. Me moví hacia su dedo gordo, mirándola retorcerse. Me moví a lo largo de su empeine y me detuve en su talón. Parecía artificial, acostada sobre las sábanas cubierta por mí. Su tinta se retorcía en su piel pálida y su cabello oscuro. Como una ilusión que solo me traería paz. Mi amor por ella explotó en mi pecho. Tenía que quedarme con Cat. O nada importaba. Me dejé caer en la cama junto a su lado y me enterré en ella y a su alrededor. Enterré mi cara en su cabello y la abracé con mis brazos y piernas. Tenía que dejarla ir. —¿Quieres ir a nadar? —Inhalé su cabello, el olor a sudor y sexo se aferraba a Cat. Olía a magia para mí. Nuestro tipo de magia. —¿Comida? —rogó, pero apenas fue un susurro. Rodó hacia mí y un segundo después, escuché sus delicados ronquidos. Besé su sien y me levanté. Puse la sábana sobre su hermoso cuerpo desnudo y luego me puse unos pantalones y una camisa. No conocía el amor. Después de perder a mi familia, me condené a vivir sin amor. De todos modos, no sentía nada, el amor no esperaría a un hombre como yo a la vuelta de la esquina. Pero Cat y yo lo supimos, sabíamos lo que éramos en el momento en que nos conocimos, como si nuestras almas nos suplicaran mucho antes de que pudiéramos abrir la boca. Le puse a Trixie su correa y guardé mi billetera, asegurándome de que ambas puertas estuvieran cerradas antes de salir. La puesta de sol se reflejaba sobre el agua, y se veía increíble. Lavanda y magenta pintaban el mundo, y el agua era de un azul oscuro intenso, junto con la arena. Quería dibujarlo. Quería ponerlo en el cuerpo de Cat. Así siempre recordaría la magia que tuvimos aquí. Así siempre recordaría mirarlo cuando lo necesitara. Corrí torpemente con Trixie, hasta que suplicó que la cargaran. La llevé conmigo al mercado de la esquina y compré una hielera y hielo, y luego la abastecí con comida y bebidas. Cuando Trixie y yo volvimos a la habitación, Cat todavía se encontraba dormida donde la dejé. Acomodé la hielera, destapé una lata de refresco y abrí una bolsa de mezcla de frutos secos. Luego me senté en el suelo cercade la cama y vi a Catherine dormir. La luz de la luna entraba en la habitación, brillando directamente sobre su cuerpo desnudo. El amor se retorcía dentro de mí. Lo tuve una vez, tuve mucho, y luego me lo arrancaron. Catherine nunca lo tuvo. No supimos qué era el amor durante mucho tiempo, y tal vez aún no lo sabíamos con seguridad, pero ¿quién sí lo sabía? ¿Quién sabía el momento exacto en que se enamoraban? ¿Quién sabía la composición química exacta? ¿La alineación perfecta de las estrellas y la luna? ¿Quién sabía algo con seguridad? El amor no sabía nada. El amor constaba de sentimientos. El amor crecía y nunca quería parar. Saltaba al borde del miedo y la maravilla y cayendo libremente en la locura. Así que Catherine no conocía el amor, y yo no sabía cómo conservarlo, pero ambos aprenderíamos. Caeríamos una y otra vez en la tormenta. Porque no teníamos otra opción. Cat se movió. Vi su mano moverse en busca de algo. Sus ojos temblaron y sus dedos se aferraron a las sábanas vacías. —Brando —susurró suavemente, con los labios entreabiertos—. Mmm, Brando. —Rodó sobre su espalda, sus pálidas tetas desnudas a la luz de la luna—. No —exhaló, su rostro transformándose en dolor—. No me dejes. —Agarró las sábanas y buscó aire, y un momento después, su cuerpo se relajó y rodó sobre su costado—. Nunca me dejes —murmuró letárgicamente. Como si supiera que eso es lo que tenía que hacer. *** Mis ojos se posaron sobre su piel suave y aceitada. Mi polla estaba en el cielo. Compró un bikini en una de las tiendas locales. Era el único que quedaba de su tamaño, para su disgusto. No era su estilo, lo admitía, pero era mi estilo. Palmeras de color amarillo oscuro y naranja. Apenas cubría su cuerpo. Se ataba alrededor del cuello y espalda, dos trozos triangulares de tela sobre sus tetas; podía espiar sus areolas rosa oscuro mientras yacía boca arriba. Su estómago suave y tenso se hundía tan bajo que podía ver la parte superior de su montículo. La parte baja era una tanga, y ahuecando su apretado coño como un guante. Cuando se hallaba de pie, su culo redondo y regordete tenía una piel flexible y cremosa. Quería hundir mis dientes en cada centímetro de ella. Habíamos estado en la playa desde las nueve de la mañana. Trixie se desmayó debajo del árbol detrás de nosotros. El sol irradiaba sobre mi pecho y piernas. Pude comprar un par de pantalones cortos de mi talla, pero como Cat tuvo que sufrir, yo también. Mis pantalones cortos combinaban con su bikini. Amarillo oscuro con palmeras naranjas. —¿Necesitas más loción bronceadora? —pregunté. Sonrió, sus ojos ocultos detrás de sus gafas de sol. —Me frotaste hace veinte minutos, tranquilo, estoy bien. Le devolví la sonrisa, sabiendo que sus ojos se encontraban sobre los míos. —Estoy aquí, cada vez que me necesites para proteger esa carne cremosa, suave y flexible… —Tragué saliva, arrastrando mi mirada sobre su cuerpo una vez más. Se rio y su mano golpeó mi brazo. —Eres increíble. Estoy adolorida. Me duele tanto que ni siquiera quería orinar hoy. Dame un respiro. —Podría darle un beso, ¿mejoraría? —Moví mi lengua hacia ella. A decir verdad, no hacíamos nada más que el amor (rudo, dulce, duro, lento) desde que llegamos aquí. Probablemente merecía un descanso. No era un mal tipo, a pesar de mi pasado, pero tampoco me encontraba de humor pasivo en estos días. Quería llenarme de ella. Aunque estaba seguro eternamente que ni siquiera sería suficiente—. Desliza tus bragas a un lado al menos. Muéstrame tu coño. —Nunca me cansaría de ella. Se rio de nuevo, su estómago y su pecho se sonrojaron. —¿Al menos? Oh, por favor. Nadie se siente mal por ti. Rodé sobre mi lado derecho. —Creo que tendré que hacerlo —dije, con toda la falsa negatividad que no sentía. Se cubrió la boca con la mano y comenzó a reírse. Me encantaba el sonido de su risa. Era rara, como la mía, y lo raro se valoraba. Ahuequé su entrepierna a través de su bikini, empujando mi dedo medio en su raja. Levanté la mirada rápidamente para ver si había alguien cerca, y luego volví a bajar para descubrir que había levantado sus anteojos de sol y los acomodó en su cabello. No pude evitarlo. Una vez que vi el brillo resplandeciente de lujuria que decoloraba sus ojos, no estaba en mi poder después de eso. Presioné mis labios contra los suyos y me empapé con su gemido. Tenía los gemidos más sexys. Venían todos del interior, en este lugar oscuro y profundo que solo yo iluminaba. —Muéstrale tu coño a papi —ronroneé en su cuello, anticipando su reacción. Separó sus muslos y exhaló. —Creo que ese apodo funciona después de todo —gimió, arqueándose ante mi toque. Se estiró a ciegas y metió el dedo debajo de la tela de sus nalgas. Luego lo tiró a un lado, exhibiéndose. En el momento en que la vi expuesta, me hallaba en una bruma. Perdido por ella. Caí sobre mi estómago en la arena y enterré mi cara entre sus muslos. El sol brillaba sobre nosotros, quemándome la espalda y convirtiendo sus ojos en oscuros charcos de miel color ámbar. Santo infierno, era hermosa. Lamí su entrepierna y me complació más a mí que a ella. Tenía un sabor increíblemente maravilloso. —Podría vivir aquí abajo —gemí, tirando de su clítoris pulsante en mi boca. Para ahora, ya conocía bien su coño. Sabía que la menor presión de mis dientes sobre su pequeño clítoris rosado la enviaba a una espiral. Sabía que le gustaba venirse al menos dos veces por vía oral. Una vez con su clítoris y otra con su punto g. Inserté dos dedos en su calor y la bombeé, enganchándolos y acariciando ese punto pulsante en su interior a medida que chupaba su clítoris. Giró hacia su segundo orgasmo. Parecía una sirena gótica que emergió del mar, retorciéndose en la arena. Era oscura y hermosa, sus tatuajes chocaban con el cielo azul sin nubes. Aunque Catherine lo enfrentaba, todavía pertenecía. Y de una manera extraña, en tanto ella lo hiciera, yo también. —Te amo —le prometí, necesitando que lo supiera. Al igual que yo. Se derrumbó en la arena. Me incorporé por aire solo porque nos hallábamos en público, y a pesar de mis intenciones, no merecía ser tomada en la playa frente a cualquiera. Me acosté de costado y le eché el brazo por la cintura para comprobar si alguien nos había visto. Las rocas en la orilla nos ocultaban. Regresé con ella; no había otro lugar donde preferiría mirar. Abrazó mi brazo contra su pecho y permaneció inmóvil. Mirarla era agridulce. Parte de mí se sentía sobrepasado. La otra mitad, se sentía condenada. *** Cat me fulminó con la mirada. Continué atando los cordones de mis zapatos. Era temprano en la mañana, y el calor del día ya había hecho que la atmósfera pareciera que respirábamos aire húmedo. —Estaré bien. Me he sentido genial desde que llegamos aquí. Suspiró, sus ojos marrones ardían llenos de preocupación. Por mí. Yo, me preocupaba solo porque tenía que hacerlo. Ella no tenía que hacerlo. La autoconservación no se doblegaba tanto. Pero había estado preocupada por mí desde que desperté en esa cama de hospital, y en ese momento, su cuidado por mí se sintió como una manta de seguridad. Si se marchará, se llevaría todo lo bueno que me hizo sentir con ella. Pero algunas cosas eran inevitables. La marea, la luna; un giro equivocado a la derecha, una ráfaga peligrosa a la izquierda, y esta tormenta en la que nos habíamos sentido cómodos colapsaría sobre mí. —Te has sentido bien porque hemos pasado mucho tiempo en la cama —señaló. Innecesariamente, podría agregar. Era muy consciente de cómo habíamos pasado nuestro tiempo. —Bueno, Trixie y yo nos vamos de excursión. Eres más que bienvenida a acompañarnos. —Me agaché para agarrarle su arnés y correa. —Oh, muy bien. Como si eso estuviera pasando. Entonces puedo sentarme aquí y enfermarme de la preocupación. Me estás convirtiendo en una mujer con un corazón, y me estoy cansando de eso, Brando.Sonreí tristemente a la espalda de Trixie, abrochándole la correa. Me quedé con eso en la mano y me volví hacia ella. —No lo sé, Cat. Me siento mejor. Ha pasado mucho tiempo desde que pude moverme, y mucho menos hacer una excursión. Pero ha pasado toda una vida desde que quería sentirme bien. Pensé que podríamos hacer eso juntos. —Me encogí de hombros. Sus hombros se hundieron y me miró con una expresión intensa. —Eres bueno, muy bueno. Treinta minutos después nos encontrábamos en el comienzo del sendero. Mochilas llenas, sudor goteando por nuestras caras. Trixie ya se hallaba cubierta de barro. Pero el aire caliente en mis pulmones no se sentía tan pesado como cuando llegamos a la isla. Muchas cosas no se sentían tan pesadas como cuando lo hicimos. Ese era el problema. Volverían. Era inevitable. Eché un vistazo a Cat a medida que se impulsaba a través de las sinuosas y retorcidas vides que sobrepasaban el suelo de la selva. Esperaba que recordara el día de hoy. Cualquier día de nosotros juntos, estaría bien. Pero algo sobre hoy se sintió ligero. Lleno de sol y calor. Me llenó el pecho. Me acerqué a su lado y empujé hacia el frente. Había un grupo de personas a medio kilómetro delante de nosotros. Podía escuchar sus risas y gritos fuertes. —No deberías beber tan pronto toda el agua —advertí, oyéndola detrás de mí, bebiendo de su botella. —Tengo sed. Estaba fuera de su elemento. Incómoda, sudorosa, sedienta, e insegura. Pero era una luchadora. Se adaptaría. Cerré los ojos en mi miseria y recé por tener razón. Y luego los abrí e hice lo que había estado haciendo desde que tenía trece años. Empujé la oscuridad muy lejos en mi mente y me concentré en este momento. Y este era lo bastante bueno. El calor de la selva tropical era sofocante, pero el aire todavía olía a fresco. El suelo debajo de nuestras botas estaba lleno de vida. No éramos dos personas perdidas en el mar en la selva tropical. Sino dos personas que sujetaban con fuerza su tiempo juntos. Solo que Cat no sabía que nuestro tiempo juntos tenía un temporizador. Era así desde el momento en que nos conocimos. Traté de luchar contra mi amor por ella, no porque pensara que no me lo merecía, nunca lo haría, sino que luché porque sabía que jamás lo tendría. Sabía que me partiría el corazón en dos. No porque ella me lastimaría. Sino porque Cat me dio todas las razones del mundo para querernos. Pero no se podía detener lo que se puso en marcha la noche en que asesinaron a mi familia. Nunca conocería la paz con ella. Solo tendría este momento. Yo era una persona horrible. Mi pecho se cerró y fue casi imposible respirar. —¿Estás bien? ¿Quieres tomar un descanso? —Su mano se posó sobre mi espalda, preocupada. —No —insistí, empujando—. Avancemos. Mis pulmones no gritaron por un descanso hasta el momento en que llegamos a la cima de la montaña. Llegamos al final del camino y extendí la mano. Quería que viéramos esto juntos. Me dio una sonrisa tímida, su cara enrojecida por el esfuerzo y puso su mano en la mía. Caminamos hasta el borde de la montaña y contemplamos Hawái. Su jadeo de conmoción me calentó el corazón. La vista ante nosotros era mágica. Verde, exuberante y vibrante. El océano se extendía delante de nosotros. El agua turquesa brillaba en el horizonte. —Brando, esto es increíble. —Boquiabierta, sus labios brillaban para ser lamidos—. Gracias. Por el viaje. Por… todo. Me incliné y la besé. En el borde del acantilado, en medio de la única magia que podríamos tener. Extendimos una manta que empaqué y Trixie se derrumbó sobre ella en cuanto pudo. Comimos la comida que compré y bebimos agua. Recordaría ese momento eternamente. La luz en sus profundos ojos marrones. El color en sus mejillas. El calor en su mirada. La profundidad de su amor por mí era tan evidente que casi cedí. Entró y se comprometió, pero ya no quedaba espacio para suplicar. Solo quedaba espacio para destruir. Traducido por Jadasa & Gesi Corregido por Pame .R. El desamor era despiadado. A la mañana siguiente, me di la vuelta y hallé la cama vacía. Trixie se quejaba en la puerta trasera de la habitación del hostal, arañando implacablemente con su única pata. El sol afuera tenía un color dorado oscuro. Era tarde. No me sorprendió que durmiera tanto. Ayer pasamos diez horas haciendo senderismo. Me dolían algunas partes y otras no. Cuando volvimos a la habitación, Brando me arrancó la ropa y me hizo el amor dos veces. Larga e intensamente. El tipo de sexo que reorganizaba el alma, como si la suya se hubiera vinculado con la mía y fundido. Caminé sobre nubes hasta la puerta trasera. —Cálmate, Trix. —La dejé salir y luego busqué a Brando. No me di cuenta de que su bolso había desaparecido hasta que regresé de la ducha, pensando que salió por comida o por algo más, y me arrodillé cerca del mío. Mi corazón se detuvo. Miré a mi alrededor frenéticamente. Todo lo que era suyo desapareció, excepto lo que era mío. Incluso su botella de agua vacía que dejaba en el suelo cerca de su cama. La tenía allí para poder tomar sus pastillas para el dolor. Mi mundo se sentía inestable, como si alguien inclinó el tablero de juego hacia la derecha, y todos los peones cayeron por el borde. Forcejeé con mi teléfono celular, esperando con impaciencia que se encendiera. Ignoré las llamadas perdidas y los mensajes de texto de Klay y Madi, e inmediatamente llamé al celular de Brando. Fue directo al correo de voz. —Has contactado al detective Hawkins. Deja un mensaje. Nunca cambió su correo de voz. En ese momento, no pensé en ello. Pero algo acerca de que siguiera siendo Detective Hawkins me hizo sentir un horrible nudo en la garganta. Me puse algo de ropa. Todavía sosteniendo mi celular, salí al vestíbulo. El empleado llevaba una camiseta sin mangas y un pañuelo. Cuando me vio, se sacó sus auriculares y asintió. —¿Qué sucede? —preguntó, probablemente en su adolescencia tardía. —¿Viste a mi novio irse? Asintió. —Salió temprano esta mañana. Pagó hasta el final de la semana. Dijo que te diera esto. —Metió la mano debajo del escritorio y sacó una carta. La agarré y la abrí, mi corazón se detuvo. Escribió con su letra al reverso de un folleto de guía turístico. Lo habían doblado al menos diez veces, como si hubiera pasado mucho tiempo escribiéndolo. Leí mi nombre al inicio y luego pasé al final, pero nada de lo que vi explicaba nada, y no quería leerlo delante del empleado. Lo metí en mi sostén, mi alma agitada. —¿Qué dijo? Se encogió de hombros. —En realidad, nada. Dijo que le gustaría registrar su salida y pagar hasta el final de la semana. Por cierto, tu salida tendrás que registrarla el viernes al mediodía. Eso no tenía sentido. Nada de eso lo tenía. —Gracias. —Me alejé, pisando fuerte de regreso a mi habitación. Me hundí en mi cama, nuestra cama, y saqué la carta de mi sostén. Catherine Tenías razón. Cuando me desperté en el hospital, dijiste que no estaba bien. Tenías razón. No lo estoy. No lo he estado por mucho tiempo. No quería hacer esto. No quería dejarte, Cat. No quisiera hacerlo nunca. Me haces anhelar cosas que jamás soñé querer. Felicidad. Amor. Te quise desde el momento en que nos conocimos. Se encendió un fósforo. Lo sentiste. Sé que lo hiciste. Lo veo cada vez que te miro a los ojos. Por eso me fui. Me niego a apagar esa luz. Deseo saber que existe en alguna parte, de alguna manera. Fui egoísta. Mucho. Amándote sabiendo que nunca podría mantenerte. Sabías que seríamos un desastre. El mejor tipo de mal y el peor tipo de bien. Quédate el resto de la semana. Ve a casa. Sonríe. Jamás dejes de buscar la magia. Tengo que hacer esto, Cat, así ellos pueden estar en paz. Siempre estuvo en mis planes encontrar a los hombres que asesinaron a mi familia. Y también, siempre planeé hacerles pagar. Había una razón por la que dudaste. Tu miedo te mantuvo a salvo, porquenuestras almas no se detendrían hasta que estuviéramos juntos. Nuestros temores, por otro lado, probablemente tenían razón. Eres mi tormenta. Mi corazón. Lo único que me hace feliz. Te pondría en mi caja fuerte si pudieras caber en ella. Llevarte conmigo a donde quiera que fuera. Te amo, Catherine Abbott. Esa es toda la magia que necesitaba. Nunca quise hacerte daño. Solo quería amarte. Con amor, Brando El frío me atravesó. Estaba en el paraíso, pero ya no sentía el calor. Sentía el hielo de su traición. No vino a Portland para mejorar. Se fue a Portland para perseguirlos. ¿Cómo no lo vi? Analicé su carta, palabra por palabra, durante horas. ¿Los iba a matar? ¿A las personas que mataron a su familia? El hielo en mi corazón se convirtió en fragmentos. Él supo, todo este tiempo, lo que iba a hacer. Tenía que detenerlo. No podía ver a través de mis lágrimas a medida que empacaba. Lazando mis cosas y las de Trixie en mi bolso. La saqué del patio trasero y me puse mis zapatos. Llevé mis cosas afuera y pedí un Uber. —¿Vamos al aeropuerto? —preguntó el conductor. —Sí —respondí, poniendo a Trixie en el asiento trasero. Me negaba a permitirme pensar. Si lo hiciera, imaginaría cosas que no quería. Me había estado protegiendo de Brando. A mi corazón, de este sentimiento. No sabía que él también protegía algo. Y no era su corazón. Era a mí. De la verdad. Cuando llegué al aeropuerto, me encontré con una decepción. El único vuelo a PDX ya salió esta mañana. Al borde de las lágrimas, intenté respirar, pensar. Busqué otras ciudades cercanas, como Seattle, pero había una gran tormenta moviéndose sobre la costa oeste y se cancelaron todos los vuelos por allí. Por eso me llevó a hacer senderismo ayer. Sabía que no habría otro vuelo a Portland hasta el viernes. Sabía que esa era nuestra última oportunidad de estar juntos antes de dejarme varada en el paraíso con mi corazón goteando a través de su puño. Llevé mis maletas a una cafetería en el aeropuerto y até la correa de Trixie a mi silla. El vuelo de Brando ya aterrizó en PDX hace dos horas. Llamé al número de Klayton, masticando mi pulgar a medida que sonaba. Era lunes por la mañana. Lo más probable era que ambos estuvieran en la tienda. Luego probé con el celular de Madi, mi corazón se detuvo cuando escuché su voz. —Cat, estás en una mierda seria —saludó—. Klay está tan enojado. —Madi, ¿está Brando allí? —No. Ha desaparecido como tú. —¿Has hablado con él? —No. Me pellizqué el puente de la nariz. —¿Klay? —No lo sé. ¿Cat? ¿Qué está mal? —Todo —exhalé miserablemente—. ¿Klay está disponible? —Um... esa probablemente no sea una buena idea. Está muy enojado. Lo comprendía. Si él me dejara, de seguro tendría sus bolas. Pero Klay tenía su magia. Yo también quería la mía. La idea me hizo doblar. Enterré mi cara en mis manos e hiperventilé. Ya sentía su ausencia. Como si hubiera llevado consigo todo el amor y la magia del mundo. No veía luz ni maravillas. Todo lo que veía era dolor y traición. —¡Cat! Recogí mi celular y suspiré tristemente en el receptor. —Necesito que me hagas un favor, Madi. —¿Qué? —Sonaba resignada. —Ve al departamento de Brando. —¿Y hacer qué? —A ver si está allí. Llámalo. No sé. Llama a su casero. Haz algo. ¿Por favor? Tienes que hacer algo. Tienes que detenerlo, Madison. —¿Detenerlo de hacer qué? ¿Dónde han estado ustedes dos? —Llámame una vez que hayas terminado. —Colgué y luego marqué su celular otra vez, solo para escuchar su voz ronca y sexy diciéndome que dejara un mensaje—. No sé qué mierda haces, Brando Hawkins, pero será mejor que no hagas lo que creo que estás haciendo. ¿Abandonarme? ¡A mí! —Grité, sin importarme quién me viera—. Te amo, estúpido idiota. Y me abandonaste, enamorada de ti, sabiendo que tramabas tu venganza todo el tiempo. Sin importar cuánto te quisiera, ¿no teníamos ninguna oportunidad? ¿Por qué no me dijiste que me fuera a casa cuando despertaste en el hospital? ¿Por qué esperaste hasta ahora? ¿Hasta que no pudiera respirar sin ti? Debajo de la mesa, Trixie se quejó. Colgué y me sequé las lágrimas. Si el desamor era implacable, la fuerza también lo era. Incluso ahora, no podía romperme. Eso no estaba en mi sangre. Pude tomar un vuelo a Nueva York. Uno sin escalas, de diez horas al otro lado de los Estados Unidos. Cuando aterricé, inmediatamente encendí mi teléfono para encontrar un mensaje de texto de Madison. Se ha ido. El propietario dijo que pagó con cinco meses de anticipación cuando obtuvo el apartamento. Lo curioso es que el apartamento está a tu nombre. Y está completamente amueblado. ¿Qué está pasando? Mis lágrimas rogaron por caer, pero las contuve así podría pensar. ¿Me dejó su departamento? El temor en mis entrañas me enfermó de preocupación. ¿Por qué arruinar su cuenta bancaria con un viaje a Hawái, estadías en hoteles y alquilar un departamento? A menos que jamás haya planeado regresar. Nunca me había desmayado. Hasta ese momento exacto en que me di cuenta de lo que Brando planeaba hacer. No necesitaba dinero, si no se encontraba vivo para gastarlo. No nos llevó a Hawái por amor. Me llevó a mí a Hawái. Por una última batalla en nuestra retorcida historia de amor. Me desperté en el piso del aeropuerto con extraños desconocidos sobre mí y Trixie lamiéndome la cara. Rechacé su ayuda y nos arrastré hasta el mostrador de los boletos. Todos los vuelos a los estados del oeste estaban cancelados, pero logré conseguir uno a Las Vegas. Después de eso, me conecté en la cuenta de Uber de Klay (mi cuenta bancaria estaba en negativo después de haber gastado más de dos mil dólares para volver a casa) y conduje hacia una tormenta de nieve. Estaba sin aliento, exhausta y motivada por la angustia de un corazón roto cuando llegué al complejo de apartamentos de Brando. Encontré la oficina de arrendamiento y el gerente confirmó el mensaje de Madison. Brando arrendó su apartamento a mi nombre. Al gerente no le importó, gracias al depósito en efectivo y los cinco meses de alquiler. —¿Entonces está diciendo que es mío? —pregunté, sacudiéndome la nieve del cabello. Trixie estaba olfateando la alfombra cerca del dispensador de agua. —Es todo suyo —aseguró, mirándome extrañamente—. Usted firmó el contrato, señora Hawkins. —Señaló mi nombre en el documento. Catherine Hawkins. —Seguro que parece que lo hice. Por mucho que quisiera ponerme mi armadura y levantar mi espada, no sabía a dónde ir. Tenía que resolver las cosas. Sin embargo, no tenía llave, pero supuse que, si Brando era lo suficientemente inteligente como para engañarme para que me enamorara de él, sería lo suficientemente inteligente como para dejar un rastro. Subí las escaleras hasta su apartamento en el tercer piso. Toqué la puerta con mi mano e intenté sentirlo. Pero el amor no se cultivaba por el tacto o la distancia. Crecía por la emoción y era alimentado por el sacrificio. Solté mi equipaje y me arrodillé, buscando a través del contenido. Rompí mi bolso antes de aceptar que no había ninguna llave en él. Me senté en el piso en medio del pasillo vacío e intenté pensar como el ex policía mentiroso que poseía mi corazón. Mis ojos se posaron en Trixie. En mi prisa y el caos del viaje, no me había detenido a mirar la llave dorada que colgaba de su collar. Justo al lado de su placa de identificación púrpura de estampado de leopardo. —Ven aquí, chica. —Le besé la cara, abrazándola contra mi pecho—. Ya lo extraño. ¿No es loco? —Me olfateó—. Entremos. Veamos los escombros. El apartamento estaba completamente amueblado. Y era tan yo. Muebles negros con toques de color. Cojines amarrillos, una alfombra dorada. Una pintura en la pared de un diente de león convirtiéndose en una rosa. Podía ver que él la había pintado. Podía sentirlo en ella. La energía de la emoción atrapada, el amor ardiendo en el borde de todo lo que sintió al pintarla.En el extremo estaba su firma. BH. Bien podría haberla firmado en la esquina de mi corazón. En un desafiante acto de rebeldía, decidí justo entonces que mi corazón era suyo. Nunca buscaría magia en alguien más que él. Y si no era Brando, mi magia se esfumaría. Aturdida, me hundí en el sofá y saqué su carta de mi bolsillo trasero, volviéndola a leer. Todo lo que habíamos hecho en los últimos dos meses parecía una mentira. Cada paso que dio, cada elección que tomó, tenía que preguntarme por qué había hecho lo que hizo. Renunciar a su trabajo e ir a Portland. Obtener su propio apartamento solo para ponerlo a mi nombre. Me moría por saber qué había en su caja fuerte. Una búsqueda por el departamento me dijo todo lo que necesitaba saber. Se la había llevado. Por supuesto que sí. De repente odié a esa maldita caja de seguridad. Odié haberla llevado por él. Haber acarreado sus mentiras. Había pasado por alto todas las señales. Pero esa era la cuestión, ¿no? El amor valía la pena con todo lo que no veíamos y era más fuerte debido a la duda. Trixie y yo dormimos en su cama, rodeadas de su aroma. Inhalé su almohada con cada respiración hasta que me quedé dormida gracias a las lágrimas. Cuando me desperté, esperaba estar en Hawái. Que Brando dejándome fuera una pesadilla. Pero desafortunadamente no fue así. La parte de la pesadilla era verdad, pero la de despertarme y regresar al paraíso no lo fue. Trixie estaba husmeando alrededor de la habitación en el instante que abrí los ojos, la cabeza me dolía. El dolor de cabeza por el llanto era el peor. Arrojé las mantas a un lado y arrastré los pies hasta la cocina, usando la misma ropa desde que salí de la isla. Él había pensado en todo para hacer que esto me fuera más fácil. El apartamento estaba lleno de comida, café y alcohol. Todo lo que necesitaría para olvidarlo. Encendí la cafetera y luego me metí en su ducha, enjabonándome el cuerpo con su jabón hasta que solo olí a él. La ciudad se hallaba cubierta de nieve. Llevé a Trixie a hacer pipí. Mi aliento se nubló en la calle cubierta de nieve. Me sentí verdaderamente sola en ese momento. Despojada de todo lo que había encontrado en Hawái. En cuanto regresé, inmediatamente revisé el apartamento. Apenas había vivido en él. Pero tenía que haber dejado algo más para mí. Después de una búsqueda que no tuvo buen resultado, comencé a volverme loca. Mi realidad de unos días atrás y la de ese momento chocaron entre sí. Una era la felicidad. La otra era la pérdida. Le había dado espacio, sin saber que ese espacio también era todo el que necesitaba para cazar. Me pasé la mano por el cabello en el medio de mi nuevo hogar y odié cada centímetro del espacio. Odiaba estar entre esas cuatro paredes sin que su tormenta levantara mis ganancias. —¿Cómo pudo hacer esto? —demandé en voz alta. Sus intenciones parecían tan severas en contraste con su corazón. Su corazón era como el mío. Dañado, pero vivo; latía más fuerte cuando estábamos juntos. Separados, nuestros corazones apenas hacían ruido. Brando no podía estar cazando a los hombres que mataron a su familia. ¿Por qué esperar tanto tiempo? A menos que no hubiera tenido nada con que continuar hasta ahora. Tragué la traición (lidiaría con ella más tarde) e intenté pensar como él. Un hombre con dolor. Llevé una taza de café hacia el sofá y me conecté al Wi-Fi del apartamento. Abrí mi aplicación de internet y escribí un nombre. Brando Hawkins era el mismo en la vida real y en internet. Estoico, frío y vestido con un traje. La mayoría de los artículos que hallé vinculados a él tenían que ver con la desaparición de Madi y la búsqueda de su secuestrador. Todos eran artículos de periódicos pequeños que lo nombraban como oficial de respuesta cuando trabajaba en la fuerza, pero nada giraba en torno a su carrera. El hombre tenía un pasado impecablemente limpio. Ni siquiera tenía perfil en Facebook. Estado: Rompí el corazón de Cat. Pero aún tengo mi caja fuerte. —Su caja de seguridad —susurré, intentando recordar lo que había dicho sobre su pasado. Abrí una pestaña nueva en el navegador de mi teléfono y busqué Hard Riders en Texas. Mi corazón dio un vuelco aterrador. Realmente eran una pandilla de motociclistas que desencadenó el caos y el peligro durante la mayor parte de dos décadas en San Antonio, Texas. Los artículos eran interminables. Delitos triviales como robos que escalaban hasta asesinatos en primer grado. Ponían a Son of Anarchy en vergüenza. Escribí Hawkins Hard Riders Texas. No había nada concreto (la gente obviamente tenía miedo de la pandilla) y lo que se hallaba disponible era críptico. Alegaciones sobre el presidente del club, Franco Hawkins, precedido por Harlow Hawkins, su hermano y el tío de Brando. Entonces encontré los artículos sobre el asesinato de su familia. Familia asesinada dos noches antes del Día de Acción de Gracias. Los oficiales respondieron a una llamada al 911 por disparos en la calle Lowend a la altura 1713 en San Antonio a las dos de la mañana. Cuando entraron a la propiedad, encontraron un baño de sangre. Tres personas asesinadas y una apuñalada. El propietario de la vivienda era un conocido miembro de la famosa pandilla de motociclistas Hard Riders. Los segundos oficiales que respondieron participaron de la persecución a pie de dos sospechosos, ambos oficiales perecieron por disparos. En este momento no se sabe si los asesinatos estaban relacionados con la pandilla. Me desplacé demasiado rápido, inconsciente de que había escenas incluidas en el artículo. Se me aceleró el corazón ante la imagen de una mujer acostada sobre su cama, boca arriba y con un agujero de bala en el cráneo. Melanie Hawkins. Al lado de su foto asesinada había una de ella sonriendo. Mi corazón tartamudeó al verla. Su cabello era rubio dorado y sus ojos del color de un cristal azul claro. Parecía dulce. Se me llenaron los ojos de lágrimas por la luz en su mirada y luego la imagen de su cuerpo sin vida. La sangre en la pared trasera parecía una retorcida pintura abstracta manchada de rojo. Melanie Hawkins, madre de dos, asesinada mientras dormía en su casa en San Antonio, al estilo ejecución. Sabía que odiaría lo que encontraría, pero seguí bajando. Había una foto del crimen de su padre, Franco, disparado cinco veces a sangre fría en su garaje. Su cabello negro estaba enmarañado en sangre. La imagen de al lado era una de un hombre sorprendentemente guapo. Ojos verdes oscuros y vibrantes. Cabello oscuro y largo. Hermoso y malo. Sabía por qué su madre se había enamorado de él. Se parecía a Brando. Franco Hawkins, presunto miembro del club de motociclistas Hard Riders, encontrado asesinado en su casa. Seguí bajando, al borde de vomitar. El café se sentía como plomo en mi estómago. Había una imagen de un niño pequeño asesinado de la misma manera en su cama. Mis lágrimas se derramaron al ver su foto vivo. Se veía como Melanie, vivo y vibrante. Kenny Hawkins, nueve años, asesinado al estilo de ejecución en su habitación. La última foto era de Brando. Un adolescente de trece años tirado en el suelo sobre un charco de su propia sangre. El horror se encontraba grabado en su rostro y había un gran corte en su garganta donde ahora estaba su cicatriz. Había paramédicos en el fondo, avanzando hacia él. Era dos noches antes de Acción de Gracias. El aniversario del asesinato de su familia. Sabía a dónde se había ido. Me cubrí el rostro con las manos y ahogué un sollozo. Lo perdoné inmediatamente. Dejé que mi ira se fuera. No me había traicionado. Se había mantenido fiel a su familia. Traducido por Jadasa Corregido por Danita San Antonio en noviembre podía ser un lugar hermoso. El cielo era azul sin nubes; la temperatura cerca de los veintiséis grados. Pero para mí nunca sería hermoso. Siempre sería el primer lugar donde realmente viví algunavez, y el último. Angus Joel y Monty Unger. Había esperado trece años para hallar a las personas que asesinaron a mi familia. Me preguntaba si era una casualidad o si el universo me dio un regalo la noche en que irrumpieron en mi casa en Denver y me dispararon por la espalda. Ellos sabían quién era yo. ¿Por qué más irrumpirían? Y sabían lo que tenía en esa caja fuerte. De lo contrario, ¿por qué correrían el riesgo de matarme? Lo que no podía entender es que fue lo que les alertó. Había sido cuidadoso, investigándolos cuando tenía tiempo libre; desde que perdí a mi familia, llevaba toda mi vida tratando de encontrar a los hijos de puta que se los llevaron. Renuncié a la policía. Ya no era un oficial. Era un civil con un asunto pendiente. Me senté en mi Charger al otro lado de la calle frente a mi casa familiar. Había una camioneta destartalada y oxidada en la parte trasera y un triciclo en el césped. Podía recordar jugar béisbol con Kenny en frente. El pensamiento me golpeó en las costillas y me hizo difícil respirar. Durante mucho tiempo, odié a mi padre. Era su culpa, sin importar cuánto me esforcé por culpar a alguien más. Mamá le rogó desde que nací que saliera de la pandilla. En ese entonces, solo era un miembro menor. Jamás lo habrían extrañado. Pero su familia nació en la pandilla, y ni siquiera el amor fue lo suficientemente fuerte como para liberarlo. Se entregó a ella hasta que fue elegido presidente cuando yo tenía diez años. Fue entonces cuando las cosas comenzaron a ir cuesta abajo. Más asesinatos, más peligro, muchos de los Hard Riders se hallaban ahora en prisión. O enterrados. La pandilla no existía hoy, a excepción de los pocos aspirantes que todavía usaban el parche. Después de matar a Angus y Monty, mi pasado finalmente sería enterrado. Había una oscuridad en mi alma reservada para ellos. Quizás nunca lidié con mi dolor, tal vez huí tan lejos que jamás se puso al día, y aunque se podría decir lo mismo de la oscuridad, ahora resurgió con una facilidad aterradora. Listo para hacer arder mi mundo con venganza. Traducido por Miry & Beatrix Corregido por Pame .R. —Por favor, Klay. No tienes idea de cuánto necesito esto. —Me encontraba a punto de llorar. —Demonios, no te daré ochocientos dólares para un vuelo a San Antonio. Me abandonaste a mí y a la tienda para ir al maldito Hawái. — Su pecho subió y bajó bajo su ira; ni siquiera Madison se acercó a él. Se quedó en la sala de estar. Me arriesgué a la tormenta de nieve para conducir aquí—. ¿Qué sucede contigo? —No lo entiendes. Tengo que irme ahora si voy a detenerlo. —¿Detener a quién? —Me fulminó con la mirada tan sombríamente que me habría preocupado un poco si ya no me sintiera tan preocupada. Decidí que la honestidad era mi única oportunidad aquí y le conté todo lo que sabía sobre Brando y lo que pensaba que haría con las personas que mataron a su familia. —Necesito detenerlo, Klay. —Agarré sus manos y le rogué con cada gramo de mi alma. —Llama a la policía. Ellos deberían ser los que manejen esto. No irás ahí. ¡Podrías salir lastimada! —rugió. Su ira enmascaró lo que realmente sentía. Y eso a menudo era miedo y dolor. —¿Qué harías si Madison se encontrara al otro lado del país a punto de arriesgar su vida matando al hombre que la lastimó? Palideció, pero no dejó el ceño fruncido. —Eso no es lo mismo. —Sí, lo es. Necesito tu ayuda. Si hace esto, lo matarán o irá a prisión. Será el malo. No es el malo. Él es literalmente todo lo jodidamente bueno en mi mundo. Lo necesito, Klay. Por favor. —Cat —gruñó desesperadamente—. No me mires así. Esto es una locura, ¿no lo entiendes? ¿Asesinato? ¿Pandillas? No perteneces a un mundo así. Por eso Brando se fue. Para protegerte. Escúchalo a él. Crucé los brazos sobre mi pecho. —Mira, Klayton. Llegaré ahí de alguna manera, incluso si tengo que caminar. Pero si llego demasiado tarde, siempre te culparé. Así que me perderás de todos modos. —Eso fue bajo, pero también me encontraba desesperada—. Al menos dame una oportunidad. Pasó ambas manos por su rebelde cabello castaño y luego se pasó una mano por la barba, con la mirada llena de preocupación. —Llama a la policía en San Antonio. Cuéntales todo. Y luego te daré el dinero. Suspiré de alivio y lo abracé. —Gracias, Klay. Rompí las reglas un poco. Llamé a su antiguo compañero Ethan Cook, transmitiéndole todo lo que sabía. —¡Mierda! —Maldijo Ethan—. ¿Qué demonios piensa? —No piensa —dije—. ¿Qué debo hacer? —No haces nada. Pones un pie fuera de tu puerta y todas las apuestas están hechas. ¿Me oyes, Catherine? No entras en un tiroteo a menos que estés dispuesta a nunca salir. Dame treinta y te devolveré la llamada. Me desplacé por la sala de estar de Klay, ignorando la mirada preocupada de Madison y los grandes ojos marrones de Trixie siguiendo mis pies. Cuando Ethan volvió a llamar, salí por la puerta principal y me encontré en el frío. —¿Qué pasa? —Tengo buenas y malas noticias. La buena noticia es que su camioneta aún tiene la ubicación GPS con el departamento de policía. Lo rastreé hasta un hotel en San Antonio. La mala noticia es que está fuera de mi jurisdicción y el departamento de policía de San Antonio no se moverá sin causa. ¿Tiene esto algo que ver con los hombres que irrumpieron en su casa? —sugirió. Cerré los ojos al darme cuenta. —Iban tras su caja fuerte. —Se escaparon. Nunca los identificamos. ¿Cómo lo hizo? —Quizás simplemente lo sabía. Brando tiene la extraña habilidad de leer entre líneas. O tal vez los reconoció. Vio a los hombres que intentaron matarlo. —No hay mucho más que pueda hacer —dijo, con un tono triste— . Tenemos que esperar a que Brando resurja. Me negaba a ser víctima de su negatividad. Siempre había algo más por hacer. Brando se lo merecía. —¿Cómo se llama el hotel? —Catherine —advirtió. —No tengo miedo a los disparos, Ethan. Tengo miedo de no volver a verlo nunca más. ¡Dime dónde está el maldito hotel! Suspiró, su pesadez zumbó en el otro extremo. —Te enviaré un mensaje de texto con la dirección. Tenía que evitar que un buen hombre hiciera algo malo. No había retorno del asesinato. La venganza era una bestia salvaje. Sin alma. Lo sentí demasiadas veces después de ser violada. Soñé con todas las formas en que le haría pagar en mis puntos más bajos. Sabía lo retorcida que podía hacerte la venganza. Cómo podría comenzar a alterar tus elecciones. Hacerte pensar que valía la pena los años a sufrir después. Pero la venganza estaba mal. No valía la pena el dolor después. No cuando ya habíamos sufrido tanto. En el momento que regresé al apartamento, Klay se encontraba de pie al otro lado de la puerta, con el cheque en la mano. No sabía qué decir, así que no dije nada. Nunca apreciaría mi agradecimiento de todos modos. No hacía cosas buenas por la palmada en la espalda. Las hacía para que importaran más tarde. —¿Cuidarías de Trixie? —pedí, dos horas después, con una maleta nueva empacada y sobre mi hombro. Madi asintió, sosteniéndola en su regazo. —Me aseguraré de que Klay no la eche. Klay resopló, sentado a su lado en el sofá. Pero su mirada era seria. —Cuídate, Catherine. ¿Me escuchas? No respondí. Hubo un tiempo en el que Klayton era mi mundo entero. Ahora lo era Brando. Entrar en su tormenta no era peligroso. No salir de ella con él, sí. Regresé por el mismo camino, tomando un Uber hasta Reno para tomar un vuelo a San Antonio. En el momento que llegué a Texas, era casi medianoche. El calor del asfalto desmintió el invierno. Se sentía como si el peligro se aferrara al calor en el aire. Tomé un taxi hasta el hotel, comprobando la distancia entre donde ocurrieron los asesinatos desde el hotel. Se hallaban a poca distancia. Se me cayó el corazón. El camino al lado de ambos era una importante autopista interestatal. Entra en ella después de renunciar a tu alma y desvanécete parasiempre. O probablemente se entregará. Ir a prisión y pudrirse por el resto de su vida. Hiperventilaba cuando salí del taxi en el hotel, Ethan me envió un mensaje de texto con la dirección. Recorrí el estacionamiento en busca de su camioneta, pero no se hallaba ahí. Llevé a hombros mi maleta y miré los bancos de picnic en el frente. Usando el toldo para esconderme debajo, puse las piernas debajo de mí y esperé. No haría nada hasta mañana por la noche. Tenía que hablar con él primero. Brando tenía que verme. Ver nuestra magia por lo que era. Para siempre, la forma más pura y oscura de felicidad. Nunca tocaríamos la luz por completo, pero podríamos convertir nuestra oscuridad en oro. La noche se instaló a mi alrededor. La una de la mañana se convirtió en las dos. El agotamiento comenzó a arder en mis ojos y sienes cuando noté su camioneta. Condujo con propósito en el estacionamiento hacia un lugar. Salió y cerró la puerta, dirigiéndose a una habitación en el primer piso. Mi corazón se aceleró al verlo. Llevaba una camisa negra de manga larga y pantalones. Su cabello peinado hacia atrás y su barba completamente afeitada como cuando estuvo en el hospital. De alguna manera, sabía que se trataba de su cicatriz. Quería que la vieran. Quería que vieran lo que se llevaron. Busqué en mi bolso y tomé mi hallazgo; la plata brilló bajo la luz de la luna. Cuando me acerqué a la llanta trasera de Brando, busqué testigos antes de llevar la navaja, que guardaba en mi bolso para emergencias, directamente dentro de su rueda. El estallido y la ráfaga de aire caliente me golpeó en la cara. Lo hice con las cuatro llantas antes de volver a guardar la navaja y dirigirme a la puerta de su hotel. Las persianas se encontraban cerradas, pero podía escuchar la televisión encendida. Mi estómago se revolvió. El Brando que vi por última vez no tenía el asesinato en mente. Él me tenía a mí. Con mano temblorosa, cubrí la mirilla y luego golpeé, echada hacia atrás para que no pudiera verme desde la ventana. —¿Quién es? —gruñó al otro lado, al darse cuenta de que alguien jugaba con él. No respondí. Lo escuché maldecir antes de que la puerta se abriera y hubiera un arma apuntando a mi cabeza. En el instante que me vio, el color desapareció de su rostro. Soltó el arma con un gruñido. —¿Qué demonios haces aquí? —Fue fácil encontrarte. Lo que significa que será fácil para alguien más, si sabes a lo que me refiero. —Crucé los brazos sobre mi pecho—. ¿Quieres que te encuentren? ¿Es así? ¿Quieres irte con gloria, usando eso —empujé su arma—, para vengar el asesinato de tu familia? ¿Quién eres? —exigí, al ver un lado de él que nunca había conocido. Me miró con la boca entreabierta por la sorpresa o tal vez por la ira. Luego dejó caer todas las paredes que colocó en su lugar. —Se merecen lo que les dé. —Se palmeó el pecho con el arma—. Me quitaron todo. Y han caminado por esta tierra viviendo, sonriendo... vivos. Eso no es justo. Las lágrimas ardieron inmediatamente en mis ojos. —No —asentí—, no es justo. Eso no fue justo, cariño. Pero tampoco estás siendo justo en este momento. Te estás alejando de mí. Y eres todo lo que tengo. —Perdí el control, señalándolo con el dedo mientras las lágrimas corrían por mi cara—. ¿Cómo pudiste hacerme eso? ¿Asesinato? ¿Prisión? ¿Estás loco? ¡Eres un egoísta! —grité, empujándolo hacia su habitación. Cerré la puerta de su hotel y abrí la boca para seguir gritando, pero luego me di cuenta del estado del lugar y me detuve. Recortes de prensa, desgastados por los años, del asesinato de su familia, estaban esparcidos sobre el escritorio, carpetas apiladas llenas de lo que podía suponer que eran pistas o notas, apiladas precariamente a su lado. Su caja fuerte estaba abierta sobre la cama, vacía. Todo el contenido que había dentro estaba ahora esparcido por la cama. Mi ira se disipó. Caí de rodillas y miré los objetos, con el corazón destrozado. Cenizas. Eran las cenizas de su familia. Tres urnas, todas de metal reluciente (debió de pasar años puliéndolas), se encontraban apoyadas contra sus almohadas. También había bolsas de pruebas, llenas de ropa ensangrentada. La ropa que su familia había llevado aquella noche. Casquillos de bala. El pasado había vivido en esa caja fuerte. —Kenny tendría veintidós años, ¿sabes? —Su voz vaciló detrás de mí—. Se estaría graduando de la universidad. Casándose. Teniendo hijos. Estaría vivo, Cat, pero no lo está y yo sí. ¿Cómo puedo dejar pasar esto? Toqué la urna más pequeña. La culpa del superviviente lo había comido vivo durante trece años. —¿Crees que deberías haber sido tú? — Decir eso me rompió. —Si no soy yo, entonces debería haberme quedado en el sótano. Haciéndoles más fácil matarme. Pero tuve que luchar. Tenía que ser un jodido héroe. Ahora mira a dónde me llevó. Solo. Cerré los ojos con tristeza. Sacudí la cabeza, hablando con los ojos cerrados. —No, no quieres decir eso. Tu familia no querría eso. Seguro están ahí arriba ahora mismo tan felices de que estés vivo. De que los mantengas vivos a ellos también. Escuché sus rodillas golpear el piso y el sollozo atrapado en su voz. —Tengo que matarlos. Solo para conocer un segundo de paz. Tienes que entenderlo. Entender que te amo. Que durante trece años solo he conocido el dolor. Pero contigo, probé algo que hizo que esos trece años valieran la pena. Te amo, Catherine Abbott. Pero tienes que dejarme ir, cariño. Caí sobre la cama, agitándome. —¡No! —exploté, girando sobre mis rodillas para encontrarlo en la misma posición. La única forma de que la venganza desapareciera era ponerme en su camino—. Te seguiré hasta el final de la jodida tierra. No podrás apartarme. Caes, me llevas contigo. Su rostro palideció aún más, pero sus ojos brillaron de ira. —¿De verdad? ¿Matas a uno y yo mato al otro? Bromease o no, no tenía elección. Abrí los brazos y solté mi control. —Acaba conmigo, Brando. Véngate de tu familia y destrúyeme en el proceso. Eso es lo que querías, ¿no? ¿Lo que temías todo el tiempo? —No me amenaces. —Se puso de pie y contuvo los sollozos—. Vete a casa. —Eso no va a pasar. Acaba de ganarse una sombra muy atractiva y furiosa, detective. —Miré el arma en su mano—. Te amo. No sé en qué nos convertiremos, pero quiero hacerlo contigo. —La epifanía se estrelló contra mí, convirtiéndose en sueños al instante—. Podemos reemplazar lo que perdiste. Podemos crear una nueva familia. Pero no podemos hacer eso si continúas con esto. —¡Tengo que hacerlo! —gritó, con una energía agitada crepitando en sus ojos—. Tengo que hacer esto. Ha sido mi único enfoque durante años. No había nada más. No hasta que... —Se detuvo y se pasó una mano por el pelo. —¿Hasta mí? —adiviné. Dejó caer su mano y me dio la espalda. —Quiero eso, Cat. Incluso la idea de estar para siempre contigo me hacía feliz. Sin embargo, conseguirlo nunca fue una opción. Yo lo sabía, y tú también. Así es como termina. Venganza y arrepentimiento. Por favor, vete a casa. Tuve que vivir conmigo mismo después de perder a mi familia. No puedo vivir conmigo mismo si te hago daño. Por favor —insistió, mirándome fijo, con un brillo de angustia en sus ojos verde oscuro—. Déjame hacer esto solo. Todavía no había bajado su arma. —Está bien. Me levantaré y me iré. Olvida que vine. —Resoplé—. No seas estúpido, Brando. No me enamoré de un imbécil. Y tú no te enamoraste de alguien tan tonto como para tragarse esa frase. No hiciste esto por mí. Haces esto por tu familia. Una familia, que puedo garantizar, no está orgullosa de ti ahora mismo. Todo su cuerpo se congeló. Sus ojos se desviaron hacia las urnas, y cada onza de dolor que había estado conteniendo brilló. —Mamá no estaría orgullosa. Kenny tampoco. Eran tan normales. Tan buenos. Papá, por otro lado, exigiría que me vengara. —Sus ojos se volvieron fríos y se centraron en mí. Me pregunté si quería vengarse por sufamilia o si quería dar la razón a sus demonios. La culpa del superviviente probablemente pintó un cuadro feo en su cabeza, y durante todos esos años ha hecho todo lo posible por darles la razón. Pero no tenían razón. Eran el peor tipo de error. —Por lo que puedo decir, no vale la pena tirar tu vida por tu padre. Tu madre y tu hermano quieren para ti lo que ellos no consiguieron. Sé su bien, no el mal de tu padre. Se llevó las manos a la cara y el cañón de la pistola apuntó al techo. —Ni siquiera conoces a mi padre. —Sé que su implicación en una banda se llevó por delante a toda tu familia. Pero algún día podremos volver a tenerla. Podemos crear una nueva familia. ¿No quieres estar ahí para tus hijos? —Me enjugué las lágrimas, luchando por verle a través del borrón de mi dolor—. ¿Para mí? No estaré bien si sales de mi vida. ¡No estaré bien! —gemí, abriéndome de par en par—. Perdónate y ven a casa conmigo. Un bajo zumbido de rabia gruñó en su garganta. Bajó la mano con la pistola lo suficiente para captar mi mirada. —Tengo que hacer esto. Asentí rígidamente y me puse de pie. —Entonces, los dos vamos a caer. De acuerdo. Dame una pistola. —Deja de hacer el ridículo. —Comenzó a pasearse por la pequeña habitación del hotel. Aparte de la pintura de Texas en la pared, parecía idéntica a la que nos habíamos quedado en nuestro viaje a Portland. Había sido un momento aparentemente duro. Pero no había sido duro. Habíamos sido... nosotros. Un estallido de bondad en medio de la maldad. Una belleza manchada por tanto malestar. —Dame una oportunidad. Dame una oportunidad de pintar tu mundo lleno de magia, Brando. Solo quiero hacerte feliz. ¿No lo ves? — Me acerqué a él y caminó más rápido, un animal enjaulado—. Si alguna vez me amaste, déjame tener la oportunidad de significar más para ti que tu venganza. Se detuvo a medio paso y me miró boquiabierto. —¿Si alguna vez te amé? ¿Te estás escuchando? ¡Solo te he amado a ti! —siseó. —Entonces baja el arma y deja de pelear. Ven a casa conmigo. Quédate conmigo. —Cuando titubeó, vi rojo—. ¿Sabes a quién me estás recordando en este momento? —¿A quién? —preguntó. Tan dispuesto a ser el malo. —A mi familia. Si me dejas marchar, serás como ellos. ¿Perdiste a tu familia? Yo también. Pero tenemos esta oportunidad, y la vas a echar a perder. Tratar de discutir con él en ese estado era como hablarle a una pared. Él me escuchó, yo sabía que lo había hecho, pero una mente centrada tan intensamente en la retribución no podía entrar en razón. No quería razón. Quería sangre. —No me alejes como hizo mi familia. No me dejes volver al infierno. —Catherine —rogó, con la desesperación grabada en su brutal y atractivo rostro—. No puedo detener esto. —Sí, puedes. Eso es lo que es tan difícil. Todo depende de ti. Y odias eso, ¿no? —Me acerqué, hasta que me paré frente a él. Puse mis manos sobre su pecho y sostuve su mirada manchada de rojo—. Dame el arma. Se puso rígido bajo mi toque, el rojo en sus ojos se parecía mucho a la inestabilidad. Tenía que sacarlo de allí. Fuera de ese hotel. Fuera de ese estado. Fuera de ese estado de ánimo. Fuera de su dolor y llevarlo a nuestro amor. Me empujó la pistola a la mano. En el momento en que fue mía, él cayó de rodillas y miró impotente las urnas de su familia. El peso de los últimos trece años le empujó hacia abajo. Pero yo siempre estaría allí para levantarlo. Traducido por amaria.viana Corregido por Danita Cat no lo entendía. Estaba tan seguro de que mañana por la noche acabaría mi sufrimiento. Lo había planeado, podía imaginar no volver a sentirme tan vacío. Sabiendo que mi familia estaba en paz. Sus urnas me hicieron pedazos. Tres cuerpos amontonados en prácticamente nada. Mis rodillas se clavaron en la gastada moqueta del hotel. No estaba enfadado con Cat por derribar mis muros. Si los papeles se invirtieran, yo habría hecho lo mismo. De hecho, cuando lo pensaba así, ni siquiera sentía remordimiento. Nunca hubiera querido que ella estuviera donde yo estaba ahora. Desesperado por matar. Era un lugar feo para estar, estar en el borde de la nada y saber que eso es todo lo que siempre habría. —¿Qué hago ahora? —pregunté, mi voz sonaba extraña para mis propios oídos. No me conocía sin venganza en mi sangre. No me conocía sin una salida. —Ahora haces tu duelo —dijo suavemente. Los ojos me dieron vueltas y me puse en pie tambaleándome. —Error. Ahora bebo. —Agarré mi billetera de la cómoda la puse en mis bolsillos, junto con la llave de mi habitación. No podía mirarla en este momento. Me despedí. Ahora se encontraba aquí. Rogándome un para siempre—. ¡No puedo tener un felices para siempre! —grité, abriendo la puerta. Traté de cerrarla, pero me siguió, pisoteando detrás de mí. —¿No puedes o no quieres? Nunca me había enojado con ella, y el hilo de ira en mi pecho me hizo sentir jodidamente terrible. Hice un movimiento hacia mi Charger, queriendo poner algo de distancia entre nosotros. Pero al momento en que me acerqué, noté que mi auto se inclinaba en un ángulo extraño. Mis ojos se dispararon hacia los neumáticos, y la ira comenzó a florecer en mi pecho. Mis ojos fríos se posaron en ella. —¿Me reventaste el maldito neumático? Cruzó los brazos sobre el pecho, absolutamente imperturbable ante mí y mi rabia. Era jodidamente guapa y enloquecedora, y quería ser mía. Pero yo estaba jodido. ¿No se daba cuenta? Toda mi existencia giraba en torno a la noche de mañana, y ahora que eso había desaparecido, ¿qué quedaba? Desde luego, no las cosas que había pintado en su mente. Amor, familia, para siempre... No se me permitían esas cosas. —No, exploté los cuatro neumáticos, en realidad. Apreté los dientes y me pellizqué el puente de la nariz. —¿Por qué demonios hiciste eso? —¡Para evitar que te conviertas en un asesino sin alma, por eso! — chilló. —Noticia de última hora, cariño, no tengo una maldita alma. — Saqué mi celular para llamar a un servicio de grúa, pero ella se adelantó y agarró mi teléfono, enviándolo a toda velocidad por el asfalto cubierto de aceite. —¿De qué me enamoré entonces? Tu barba era jodidamente sexy, pero ni siquiera eso era suficiente para volver. —Me empujó contra mi auto, golpeándome la espalda contra el metal. Mis costillas gritaron. Disfruté el dolor. Eso tenía sentido. —¿Por qué estás haciendo esto? —exigí, sintiéndome solo un poco mal cuando se encogió ante mi tono. Pero Catherine Abbott se había enfrentado a monstruos. No me tenía miedo. Tensó su mandíbula. —Porque quiero tu magia para siempre, Brando Hawkins. Quiero casarme y hacer bebés con ella, y quiero hacerlo todo contigo. Y no te dejaré interponerte en eso. Es la primera vez que he querido un futuro con un hombre. Será la última vez también. Levanta la cabeza, detective. Vamos a ser verdadera felices juntos, carajo. —¿En serio? —La fulminé con la mirada, con la furia y el dolor volviéndome tóxica la sangre. Pero en el límite de mis emociones, había algo más. Algo parecido a la nostalgia. Rara vez lo sentía, no tenía sentido. Pero en ese momento, mirando sus profundos ojos marrones cargados con su propio cóctel de ira y anhelo, quería que fuéramos felices juntos— . ¿Quién dice que se nos permite eso? Se encogió de hombros, acercándose a mí. Señaló hacia el cielo, se señaló a sí misma, y luego me señaló a mí. —Nosotros. —Podrías hacerlo mejor. No te voy a hacer feliz. Ni siquiera puedo hacerme feliz a mí. —Me acerqué, la explosión que detonó entre nosotros había creado un despiadado incendio forestal. Me chamuscó el corazón y convirtió en cenizas lo que aún quedaba de él. El amor podía renacer en la ceniza, del mismo modo que podía esfumarse. Puso las manos en mi pecho y sus dedos recorrieron mi abdomen. Observó sus dedos, siguiéndolos mientras me tocaba. —No te preocupes por tu felicidad. Me haré cargo de ella. Preocúpatepor la mía. —Me miró, la vulnerabilidad suavizando sus ojos. La polla se me endureció en los vaqueros. Sabía que tenía que hacerlo. Sabía que nunca conocería la paz de otra forma. Aplasté sus labios con los míos. Asentí mientras nos besábamos. —Quiero que seas feliz —susurré, mordiendo su regordete labio inferior. —Entonces existe. Es todo lo que necesito. —Pasó los dedos por mi pelo y extrajo mi amor a besos. Puse mis manos en sus caderas y nos di la vuelta, sujetándola contra mi auto —¿Reventaste mis neumáticos? ¿De verdad? —Sonrió contra mis labios, así que la besé aún más fuerte, convirtiendo su sonrisa en un gemido. Succioné su dulce lengua, apretando mi polla contra su vientre. Ella se retorció contra mi auto. No me importaba que estuviéramos en el estacionamiento. No iba a hacerlo en mi habitación de hotel de todos modos. No cuando mi familia se encontraba allí, y sus asesinos seguían libres. Aparté mis labios de los de ella y enterré mi rostro en su cuello. —¿Y si no me perdonan? ¿Qué pasa si nunca están en paz porque no los liberé? Bajó la mano para tocarme la polla a través de los vaqueros. El calor inundó mi entrepierna cuando me acarició a través de la tela vaquera. —No hay nada que perdonar, más que a ti mismo. Volví a acercar mis labios a los suyos, a besarla en el aparcamiento, contra mi Charger, en mis brazos. Ella me devolvió el beso, correspondió a mis profundidades. Las quería. Tenía la sensación de que esta mujer iría al infierno por mí. Pero ya lo había hecho. No era justo. Arrastrarla al infierno, forzarla a cualquier versión del mismo. Tenía que mantener mi enfoque en algo que pudiera conseguir. Y eso era hacerla feliz. Y por alguna retorcida razón, soy a quien eligió su alma para encontrar la felicidad. Lo sabía porque yo encontré la felicidad en la suya. Deslicé mi mano entre nuestras caderas para ahuecar su coño a través de sus pantalones. Calor irradiaba de su montículo, quemándome dulcemente. La palmeé. —Quiero tu coño. Ahora mismo. —¿Aquí mismo? —jadeó ella, arqueándose en mi mano—. ¿Que tenemos? ¿Dieciséis? Besé a lo largo de su mandíbula hasta su cuello, tirando de su tierna carne con mis dientes. Mordí, perdido en ella y sin querer ser encontrado. —Sí, aquí, maldición. —Me aparté lo suficiente para alcanzar su botón. Lo desgarré; escuché la hebilla dorada golpear el asfalto. Bajé su cremallera, luego los vaqueros y las bragas por debajo de su cadera. Me arrodillé en el suelo. Era tarde. La luna brillaba en la parte superior del auto y brillaba sobre ella. No había mucha gente alrededor. La desvestí y le quité los zapatos, dejándola desnuda de la cintura para abajo. La vista de su coño brillando a la luz de la luna me deshizo. Casi había renunciado a esto. Me encontré con sus ojos—. Casi te pierdo. Ahuecó mi rostro en sus delicados dedos, la luna brillaba en sus tatuajes. Su historia. Su vida. —Nunca me perderás. Froté mi mejilla contra su palma. —Abre las piernas. Sus pies descalzos se movieron unos centímetros sobre el asfalto. Me encantó la visión de sus muslos pálidos y flexibles contra la calle sucia. Lamí su muslo interno hasta que encontré su coño, y luego enterré mi lengua entre sus pliegues resbaladizos y calientes. Su sabor se derritió en mi lengua y me sentí ávido en segundos. Extendí más sus muslos, lamiendo el camino hasta su clítoris. Lo cogí entre mis labios y chupé. Hice el amor con su pequeño clítoris rosado hasta que ella raspó mi cuero cabelludo, hasta que gritó a pleno pulmón en medio de la noche mientras la luna y las estrellas brillaban en su cabello de ónix. La mujer era una ilusión, el espejismo en la distancia que tanto deseaba hacer realidad. Pero la tragedia volvió mi corazón al revés. Me hizo creer que nunca volvería a conocer el amor. Endureció un alma que quería la suya. Me puse de pie y abrí la puerta trasera de mi Charger. —Entra —ordené, observando su perfecto y pálido trasero mientras se metía en mi auto. Me hundí en el asiento trasero y cerré la puerta. Ella inmediatamente comenzó a trabajar en mi cremallera. Pero yo quería su boca. —Bésame —exigí, devorando su boca en el momento en que me la dio—. Te amo —prometí, probando cada centímetro. —Ajá —murmuró borracha, todavía luchando con mi cremallera. La abrió y la bajó—. Yo también te amo. —Gimió contra mis labios. Me encantaba lo drogada que parecía, cómo el brillo en sus ojos parecía locura. Liberé mi polla y luego agarré su cintura, levantando su cuerpo sobre mi regazo. Alineé mi polla con su calor, y luego Catherine se hundió en mí lentamente, llevándome centímetro a centímetro dentro de ella. No nos movimos hasta que acabé de penetrarla. Su coño apretado y húmedo se estremeció a mi alrededor y un escalofrío la recorrió. Sus ojos se pusieron en blanco y sus dedos se clavaron en mi mandíbula, donde me sujetaba la cara. Envolví un brazo alrededor de su espalda baja y usé mi otra mano para acercar su cabeza. Guié su cabeza hasta que su hermoso rostro se acurrucó en mi cuello. Apoyé la mano en su culo, la saqué y volví a penetrarla. Ella gritó, un grito mágico y sin sentido. La follé tan fuerte como pude. Me abrazó con fuerza, sin intentar seguirme el ritmo esta vez. La penetré con fuerza, descargando mi ira, mi pérdida. Había perdido tanto, y durante tanto tiempo eso era todo lo que era. Un cuerpo humano vacío de emociones y lleno de pérdidas. Hasta Catherine. Mi pérdida comenzó a disiparse. Y en su lugar, estaba esto. Pasión. Todo su cuerpo se tensó cuando llegó al orgasmo. Sus músculos internos apretaron mi polla, manteniéndome en mi sitio mientras la recorrían los temblores. Me gritó al oído, aferrándose a mi nuca. Quería que me arrancara el cabello de raíz. La penetré más profundamente, gruñendo cuando me ardía el cuero cabelludo. Más fuerte, más profundo, llenándola todo lo que podía. Se levantó y se puso las manos en el pelo, cabalgando mi polla sin vergüenza. Le acaricié los pechos a través de la camisa, pellizcándole los pezones. Nuestros muslos chocaron y el vaho de nuestro calor empañó las ventanillas traseras. Nuestros ojos se clavaron. No oculté lo que sentía. Dejé que lo viera. Sus ojos se abrieron de par en par y luego se cerraron. Una lágrima corrió por su mejilla un instante antes de que su segundo orgasmo la desgarrara. Se contorsionó en mi regazo, con los labios rosados abiertos en un jadeo insonoro. La seguí hasta el final, enamorándome perdidamente de ella. Se desplomó sobre mi pecho. La abracé contra mí, con el corazón palpitando. Su champú olía como el mío. Debió de usar mi jabón antes de salir para salvarme. Algo sobre eso me hizo abrazarla más fuerte. —Entrega tu evidencia a la policía. Déjalos hacer su trabajo. Y déjate sanar. —Besó mi cuello con ternura—. A la mierda los demonios. Me quedaré contigo. —Sus labios rozaron mi mandíbula y encontraron mis labios, haciendo el amor con mi boca, ese tipo de amor lento y tierno. Le froté las nalgas, su carne suave me calentaba las palmas. —Creo que yo también me quedaré contigo. Aunque solo sea por este culo. —Le di una palmada, riéndome cuando ella se rió. —Estoy indecisa. Me encanta tu barba, pero también tu mandíbula bien afeitada. —Se movió sobre mi regazo, poniendo su cabeza a mi izquierda. Besó mi cicatriz con ternura—. No escondas tu cicatriz. Es una herida de batalla. Muestra lo fuerte que eres. Una ola de emoción se estrelló contra mi pecho. Me aclaré la garganta. —Odio mirarla. La gente la ve y hace preguntas. Esconderla me ahorra la molestia de revivir esa noche de nuevo. Se subió a mi regazo y se sentó, con los ojos brillantes. —¿Puedo ponerle un tatuaje encima? —No puedo ser exactamente un miembro funcional de la sociedad con un tatuaje en el cuello, nena. Puso los ojos en blanco. —Ya no eres un miembro de la sociedad. Estás enamorado de mí. Reina de los marginados. Te dibujaré algo. ¿Lopensarás? Por ella, pensaría en cualquier cosa. —Puedes tatuar encima. Trazó mi fea cicatriz. —Algo suave, pero oscuro. —Observé cómo se le revolvía el cerebro—. ¿Quizás las iniciales de tu familia envueltas en una espina de rosa? ¿Hacer sus letras en cada espina? Envolver la vid en agonía, esta oscura franja de sombras. Convertir la agonía en luz, un púrpura intenso, hacer que ese sea el telón de fondo. Siempre sabré que la cicatriz está ahí. Tú también. Pero cubrirlo te dará la oportunidad de respirar. Observé su rostro talentoso y hermoso. —Te amo, Catherine. Tanto, carajo. Apretó su frente contra la mía. Su sonrisa así de cerca era el mejor tipo de magia. —Yo también te amo, Brando. Tanto, carajo. No vi a los dos hombres que acechaban fuera de mi habitación de hotel hasta que fue demasiado tarde. Porque la venganza nubla la mente. No me había importado que Angus Joel y Monty Unger me encontraran. Diablos, yo quería que lo hicieran, y me pasé las dos últimas horas antes de que apareciera Cat dejando un rastro de ceniza para que me siguieran. Los haría volar y luego me entregaría. Pero eso fue antes de Cat. Antes de cambiar de opinión. Antes de que la bomba entre nosotros explotara y se llevara todo por delante. Traducido por Jadasa Corregido por Danita Mi cuerpo se sentía desgastado. Mi cabeza se encontraba en las nubes, separando las estrellas y metiéndolas en mis bolsillos para más tarde. El cuerpo de Brando seguía debajo del mío, y ni siquiera esa era una razón lo suficientemente fuerte como para moverme. Jamás quería bajarme. —Cat —dijo con rigidez—. No te muevas. —Agarró mis caderas y me inmovilizó. Sus ojos temerosos se encontraron con los míos. Hice lo que me pidió, cayendo de las nubes precipitadamente. —¿Qué pasa? —susurré, pero de alguna manera, ya lo sabía. ¿Qué temería Brando excepto a los hombres que se suponía que debían temerle a él? Sus ojos se cerraron arrepentidos por medio segundo. —Mi arma está en la habitación. —Y tus neumáticos están reventados —agregué, con mi tono igual de arrepentido. —Acuéstate. Despacio —siseó, cuando caí de costado. Me siguió, acostándose de espaldas torpemente. Comenzó a sacarse sus pantalones vaqueros—. Póntelos. —Se los sacó por completo, quedándose con un par de calzoncillos negros sueltos mientras me esforzaba por ponerme sus pantalones—. Haz lo que te digo. No discutas conmigo —advirtió cuando parpadeé—. Baja lentamente del auto, y luego corre. ¿Me escuchas? — Me agarró la cara entre las manos y me miró profundamente a los ojos— . Corre, Catherine, hasta que sepas que estás a salvo. Podía hacer varias cosas. Una, por supuesto, hacer lo que me dijo. Pero si corría, eso lo dejaba solo, y no había nada en mí que permitiera eso. Agarré su mano desafiantemente sobre mi cara. —Esperemos a que se vayan. —Maldita sea, Cat. ¿Hay alguna posibilidad de que aprendas a hacer lo que te dicen? Parpadeé. —Sí, seguramente no —gruñó—. Odio sentirme impotente. Quiero salir y romperles el cuello. —Pero no puedes hacerlo, porque estoy aquí —susurré, aunque había un tono de inquietud en mi voz que esperaba que no captara. Tenía un borde salvaje en los ojos. Los dos hombres a los que había perseguido toda su edad adulta estaban justo afuera de su vehículo y pude sentir la necesidad de venganza en él. Me di cuenta con consternación de que había hecho esto a propósito. Los guío a su habitación de hotel, expuso las urnas de su familia y tenía la intención de terminar con su tormento de una vez por todas. Se me heló la sangre y me pregunté si por eso mis demonios habían estado emocionados. No por perder a Brando. Sino por perderme... a mí. Los demonios eran, después de todo, el peor tipo de autodestrucción. No me había incluido a mí en sus planes. —Mi celular está en el bolsillo de mis vaqueros. Si abro la puerta con cuidado y me bajo, podemos pedir ayuda. —Hace un minuto, me sentía drogada, ahora sentía que caía al suelo. Por favor, atrápame, Brando. Sus ojos fríos se encontraron con los míos. —¿A las tres? ¿A las tres qué? Asentí. —A las tres. Abrió cuidadosamente la puerta trasera de su Charger. Entró el aire fresco, mezclándose con el aroma de nuestro amor. Irrumpió en el sudor y la lujuria, dejando atrás un escalofrío que se filtró en mis huesos. Asomé la cabeza entre los asientos para hallar a los dos hombres, ambos vestidos de negro, mirando a través de la cortina de su habitación. Uno hablaba, el otro miraba. Probablemente tenían más de treinta años. Había líneas grabadas en el rostro del hombre que se hallaba en silencio, y una cantidad aterradora de energía oscura salía de su cuerpo. Él era quien daba miedo. El que se hallaba detrás de él era descuidado, hablaba, caminaba, no le importaba nada en el mundo. —No puedo ver el interior —le oí decir. Brando logró agarrar mis pantalones vaqueros del piso y comenzó a tirarlos dentro. La mandíbula del hombre silencioso se tensó y sus ojos siguieron observando. —Cierra la puerta —susurré; mi corazón latía con fuerza. Un segundo antes de que sus ojos se posaran sobre el vehículo, Brando logró cerrar la puerta con un clic apenas audible. Se recostó con lentitud. Permanecí inmóvil, observando al hombre que no emitía ningún sonido. Sus ojos continuaron fijos en el Charger. Y supe en mis huesos que ese era el hombre que asesinó a su familia. El hablador había tratado de matar a Brando. Por eso él seguía vivo. Escuché la voz del operador de emergencia en el otro extremo y el susurro silencioso de Brando. —Hay dos hombres tratando de entrar en mi habitación de hotel. Estoy dentro. Tienen pistolas. —Dio rápidamente la dirección, sus ojos nunca dejaron el espacio entre los asientos para mirar afuera. Ni siquiera sonaba asustado. Sonaba hambriento—. Mi novia está afuera, escondida en mi auto. Voy a buscarla. Tengo que hacerlo —insistió, y lo miré con recelo. ¿Qué estaba haciendo? Terminó la llamada. —Quédate en el puto auto —dijo. Metió la mano entre los asientos delanteros y abrió su guantera. Sacó una pistola plateada. Observé en trance cuando le quitó el seguro, revisó el cargador, y luego se inclinó y me besó bruscamente en la boca—. No salgas. ¿Me escuchas? Me transportó a un espacio lleno de horror en mi mente. No podía comprender lo que me decía. Qué iba a hacer. —Brando, no. La puerta de su habitación se abrió de golpe y el hombre hablador sonrió triunfante. Al momento en que abrió la puerta, su rostro palideció. —Monty, tienes que ver esto. Este jodido imbécil tiene nuestras almas en esa caja fuerte. Los ojos del hombre silencioso nunca dejaron de moverse. Podía sentirnos de la misma manera que nosotros a ellos. Y luego abrió la boca. Casi vomito. No tenía lengua. —El castigo característico de los Hard Rider para un soplón o un miembro desleal. Cortarle la lengua, quemar su chaleco, su parche, y marcar su brazo derecho con un esqueleto con la boca abierta. Mi padre lo ordenó dos noches antes de que mataran a mi familia. No se detendrá hasta que esté tan callado como él. Y yo, no me detendré hasta que se haya muerto al igual que mi familia. Monty le ordenó a Angus que me cortara la lengua esa noche. Pero me defendí y me cortó el cuello. Durante trece años me he preguntado cómo se sentiría devolverle el favor. Si dejaba que sucediera, no solo lo perdería. Perdería su hermosa alma. —Si haces lo que creo que estás a punto de hacer, nunca te perdonaré. —Agarré su hombro y hundí mis dedos en su piel—. No estoy jugando, Brando. Espera a la policía. —Soy policía. —Abrió la puerta y un sollozo silencioso escapó de mis labios. Todo sucedió en cámara lenta. La oscuridad en su alma se hizo cargo. Llevaba su camisa negra de manga larga y sus calzoncillos negros sueltos. Cabello negro revuelto, exhibiendo su cicatriz. Apuntando con su arma a Monty y Angus como un ángel vengador oscuro.